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Hada en busca de su familia

La niña se despierta convertida en un hada de 10 años. Se siente triste porque su familia ya no puede verla. Escucha a su familia hablar de ella con nostalgia. Intenta ayudarlos en la cocina aunque no la ven. Más tarde, habla con otra hada que le dice que aunque no la vean, siempre estará presente en sus corazones. La niña comprende que aunque ya no puede estar físicamente con su familia, siempre los recordarán.

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Hada en busca de su familia

La niña se despierta convertida en un hada de 10 años. Se siente triste porque su familia ya no puede verla. Escucha a su familia hablar de ella con nostalgia. Intenta ayudarlos en la cocina aunque no la ven. Más tarde, habla con otra hada que le dice que aunque no la vean, siempre estará presente en sus corazones. La niña comprende que aunque ya no puede estar físicamente con su familia, siempre los recordarán.

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PRESENTE

María Yerpes Sánchez

Es la primera vez que despertarme para ir al cole se me hace tan raro. ¿Por qué todo
parece tan gigante? Quizás esté teniendo una pesadilla, pero parece tan real… Lo único que
me queda es levantarme y comprobar qué está pasando. Hasta la cama es enorme. ¡Y el
armario! ¡Y el escritorio!

¿Y el espejo? Tengo que subirme encima de la cómoda para ser capaz de mirarme.

—Oh, no… —digo, llevándome las manos a los mofletes para apretarlos; si es un
sueño, ayudará a que pueda abrir los ojos.

Pero no pasa nada y aquí sigo, mirando mi reflejo, dándome cuenta de que me he
convertido en algo para lo que yo creía que aún faltaba mucho. ¡Soy un hada! Y no quiero ser
un hada.

Esto es algo que no se puede escoger, que te pasa y te tienes que aguantar. No es justo
porque a otras personas les ocurre mucho más tarde que a mí, cuando son ancianitas. Yo no
soy ancianita, yo tengo diez años. Y tampoco es justo porque los seres queridos se ponen
muy tristes. A pesar de eso, supuestamente, ser un hada es bonito. Es estar en paz. Pero
también se ha asociado siempre como algo que da miedo. Por culpa de eso, estoy un poco
asustada; ¿por qué tiene que ser todo tan contradictorio? ¿Por qué me ha tocado tan pronto?

Decido aprovechar las alas para volar en búsqueda de mi familia. Tengo suerte de no
tardar mucho en encontrarles, ya que están en el salón.

—Es raro… —Es la voz de mi hermana, así que me acerco a ella—. Que Ana no esté
aquí, me refiero. Me va a costar acostumbrarme.

¡Están hablando de mí!

—Es normal, cariño. Poco a poco todo irá a mejor —ahora habla mamá.
Papá no dice nada pero asiente con la cabeza. Se quedan en silencio y la pena me
intenta abrazar hasta a mí; yo soy más rápida y huyo de ella para poder seguir firme.
Tampoco quiero que ellos me vean mal. Aunque, ¿podrán hacerlo?

Revoloteo alrededor de sus caras, llamándoles la atención. No parecen reaccionar, tal


vez es porque soy demasiado pequeñita.

—¡Hola! ¡Soy yo! ¡Estoy aquí! —grito lo más fuerte que puedo, brincando y volando de
un lado a otro, delante de sus ojos—. ¡No estéis tristes! ¡Sigo aquí!

Nada. No hay manera.

Mientras intento pensar una forma en la que me puedan notar, escucho de fondo que
van a intentar hacer un bizcocho entre todos para despejarse y tratar de estar un poco mejor.
Yo también quiero cocinar con ellos…

Pero, aunque no me vean, quiero ayudarles como pueda. De hecho, no tardo en entrar
en acción: han estado a punto de echar sal en vez de azúcar en la masa. ¡Qué despistados! Si
hasta he tenido que girar la rueda para encender el horno porque habían preparado todo
menos eso… Menos mal que he venido a la cocina por si necesitaban algo.

También he impedido que se cayeran cosas al suelo, y me he quemado un poquito al


colocar mejor el molde en la bandeja del horno antes de que lo cerraran. ¡He pasado mucho
miedo! Pensaba que me iba a quedar encerrada.

—Seguro que a Ana le hubiera gustado mucho este bizcocho —dice mi hermana,
agachándose para ver a través del cristal empañado.

—Con mucho chocolate, ¿verdad? —añade mamá.

—De todos modos, se siente como si ella hubiera estado aquí también —papá por fin
habla.

Esto es muy raro para mí, pero espero acabar acostumbrándome.

⊱•••━━━━━━《 ⊹ 》━━━━━━•••⊰
¡Ya es mañana!

Creo que hace una buena mañana para ver qué tal se está en la calle con mi nueva
vida. Además, a lo mejor me encuentro a algún hadita y puedo hacer nuevas amigas.

—¡Hola! —Una vocecita me saca de mis pensamientos.

—Hola —le saludo de vuelta.

Parece una abuelita. ¡Qué bien! O qué mal. ¿Qué debería pensar?

—Soy María. ¿Y tú, lucero?

—¡Ana!

—Qué nombre más bonito. Y qué jovencita para ser un hada. ¿Te está gustando?
—me pregunta, sonriendo. Se le notan mucho las arruguitas.

—No me gusta que mis papás y mi hermana no puedan verme. Pero volar es
divertido.

—Claro que sí, volar es lo mejor —y se ríe—. Pero no te preocupes por tu familia.
Ellos, pase lo que pase, te van a tener presente.

—¿Presente? ¿Qué es eso? ¿No es lo que dices cuando vas al cole y el profe pasa lista?

—En este caso no, corazón. Significa que siempre van a pensar en ti.

Me despido de ella, ha sido divertido hablar con la abuelita María. Pero tengo que ver
si lo que me ha dicho es verdad, así que vuelvo a casa.

Papá y mamá están en el jardín, quitando algunos hierbajos y buscando plantar


nuevas flores. Decido quedarme a su alrededor para observar de cerca cómo lo hacen y, de
paso, quitar algunas raíces cuando no estén mirando.
—Los tulipanes le encantaban a Ana, ¿verdad? —pregunta mi padre, mientras que
arranca una mala hierba.

—Eran sus favoritos, sí.

No puedo evitar sonreír. De nuevo están hablando de mí. Y es ahora cuando lo


comprendo. La abuelita María tenía razón.

Sé que ellos no me pueden ver ni escuchar. Sé que para ellos es como si yo no


existiera nunca más, a pesar de que sigo aquí. Pero sé que me recuerdan. Y sé que nunca me
van a olvidar. Porque aunque no esté con mi familia en persona, siempre lo voy a estar en sus
corazones. Y, a pesar de que ellos ya no puedan estar para mí, yo sí que voy a intentar estar
para ellos todo lo que pueda. Va a costar, pero me acostumbraré. Voy a estar presente a mi
manera.

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