el poder de un favorito,
el cardenal de rochelee CARDENAL RICHELIEU
El Hombre Rojo
Así́ se llamó́ en el siglo XIX al cardenal de Richelieu. Con ello se hacía
referencia no solo a su purpura de cardenal, sino también a su fama de
gobernante implacable, que no dudó en hacer correr la sangre para castigar a
rebeldes y conspiradores. Alexandre Dumas, en Los tres mosqueteros, lo
presenta altivo y rencoroso, pensando siempre en enemigos reales o
imaginarios, y dueño absoluto de la voluntad del soberano, Luis XIII.
Naturalmente, sería injusto reducir la figura de Richelieu. Ni sus enemigos
podían negar su inteligencia y capacidad política y el aire de dignidad que
ponía en todas sus acciones. Uno de estos adversarios decía en 1635, tras una
audiencia con el cardenal: "Hay que reconocer la verdad, este hombre tiene
grandes cualidades, un aire elevado y de gran señor, una facilidad de hablar
maravillosa, una mente aguda y ágil, una conducta noble, una habilidad
inconcebible para tratar los asuntos, y una gracia en todo lo que hace o dice
que encandila a todo el mundo".
Su religiosidad era sincera y exigente, no una simple cobertura de su ambición.
A lo largo de su gobierno, de 1624 a 1642, desarrolló una gran obra política,
que abarcó múltiples aspectos: reformas judiciales y administrativas, decisivas
para la centralización del Estado; desarrollo del comercio exterior; o bien el
impulso de la cultura francesa, que culminó con la fundación de la Academia en
1635.
Desarrolló una gran obra política que abarcó múltiples reformas
decisivas para la centralización del Estado
Pero su fama de dureza, incluso de crueldad, no fue tampoco una invención de
los autores románticos. Prisión, exilios, ejecuciones públicas, revueltas
duramente reprimidas, marcaron sus años de gobierno. Para el cardenal, todo
ello tenía una justificación: imponer la autoridad suprema del monarca en todo
el país, hacer del rey de Francia un soberano de verdad, al que todos sus
súbditos debían obedecer. Eran muchos los que en su época deseaban una
política de ese tipo, que terminara con decenios de guerras civiles y revueltas
crónicas y devolviera a la monarquía su prestigio internacional. Pero los
métodos expeditivos de Richelieu crearon un profundo resentimiento e hicieron
pensar a muchos que lo único que buscaba el primer ministro era incrementar
su poder despótico y satisfacer una desmedida ambición de mando.
ASCENSO EN LA CORTE
Richelieu procedía de una familia de la nobleza media de Poeto, los Dulosis.
Su padre había empezado a prosperar mediante el favor de los reyes, pero
murió́ prematuramente, dejando a su esposa en una situación apurada.
Armando no olvidaría nunca las dificultades de su infancia. Su voluntad de
ascender en la corte fue para él una forma de dar a su familia el prestigio y la
riqueza que creía que les correspondía, igualándola con las casas nobles más
encopetadas del reino. Riquezas, títulos y enlaces matrimoniales sirvieron
todos a ese objetivo, coronado en 1631 con la obtención del título de "duque-
par", el máximo al que podía aspirar. Muchos, claro está́ , no le perdonaron este
ascenso meteórico y no dejaron de recordarle sus orígenes humildes.
En esta voluntad de medrar, su condición eclesiástica, lejos de ser un
obstáculo, le allanó el camino. Terminadas las grandes guerras de religión del
siglo XVI, en Francia se estaba imponiendo la Contrarreforma, un gran
esfuerzo de relanzamiento del catolicismo en todos los órdenes: catecismo,
disciplina del clero, órdenes religiosas, conversión de los protestantes... La
regencia de Marina de Medicas, instaurada tras el asesinato de Enrique IV en
1610 y durante la minoría de edad de su hijo Luis XIII, favoreció́ decididamente
esta política.
Nombrado obispo con apenas veinte años, Richelieu se ganó́ fama de clérigo
riguroso y dedicado a sus feligreses, hasta el punto de vivir durante unos años
en la pequeña diócesis de Luchón. Pero no por ello olvidó su objetivo último, el
ascenso en la corte. La oportunidad le llegó en 1615, cuando pronunció el
discurso de clausura de los Estados Generales (equivalente de las Cortes
de Castilla o Aragón). Su claridad de ideas, su energía y su porte personal
causaron impresión. Poco después la regente le ofreció́ un cargo en la corte.
Richelieu aparecía como un hombre de la regente, integrado en el partido
que apoyaba su política de alianza con el Papado y con España
En esa fase inicial Richelieu aparecía como un hombre de la regente, integrado
en el partido que apoyaba su política de alianza con el Papado y con España.
Frente a él estaba el partido agrupado en torno al soberano, Luis XIII, al que se
había declarado mayor de edad en 1615, y que durante largo tiempo vio a
Richelieu con mucho recelo. En los siguientes nueve años Richelieu pudo
conocer a fondo los entresijos de la política cortesana, sus intrigas y sus
vaivenes. Nombrado ministro en 1617 (aunque en función meramente
consultiva), dos años después cayó en desgracia junto a su protectora,
enfrentada al favorito de turno del joven rey. La experiencia le sirvió́ a Richelieu
para medir las nefastas consecuencias de la lucha de facciones y lo precario
del favor real.
TRAICIÓN A SU PROTECTORA
Una reconciliación entre el rey y la reina madre permitió́ su retorno a la
corte. Cada vez más influyente, en 1622 fue nombrado cardenal, y dos años
después entraba de nuevo en el gobierno, esta vez como ministro efectivo,
aunque en un primer momento no era aún la figura dominante. Pero su
inteligencia y su energía acabaron ganándole la confianza de Luis XIII, que
comprendió́ que el cardenal era el único que podía garantizarle lo que de
verdad le interesaba: la gloria de restablecer la monarquía francesa como
potencia hegemónica de Europa. Así́ se lo demostró́ la actuación de Richelieu
en las primeras grandes crisis internacionales que se presentaron, resueltas de
forma favorable a los intereses de Francia: Valtelina, La Rochela, Mantua...
El cardenal era el único que podía garantizarle lo que de verdad le
interesaba: la gloria de restablecer la hegemonía la monarquía francesa
La consagración de su dominio llegó en 1630, en un episodio muy conocido de
la historia francesa: la Jornada de los Engaños. La reina madre, viendo que su
antiguo servidor se mostraba cada vez más independiente, decidió́ hacer un
último esfuerzo para recuperar la confianza del rey, su hijo. El 10 de noviembre
por la mañana, tuvo una entrevista en el palacio del Luxemburgo con Luis, en
la que le pidió́ la destitución de Richelieu. El cardenal, introduciéndose en
palacio por un pasillo secreto, hizo irrupción en medio de la entrevista y, viendo
el peligro que corría, no dudó en humillarse pidiendo perdón a la reina y
dándole seguridades de su fidelidad. El rey, incomodo por la escena, abandonó
la sala mientras la reina abrumaba al cardenal con toda clase de improperios.
Richelieu creyó́ que había perdido el poder y preparó incluso su retirada, que
los embajadores extranjeros daban por segura. Pero unas horas después
recibió́ un aviso del rey para que fuera a visitarlo a Versalles (entonces un
simple pabellón de caza). Allí́, Luis le ratificó su confianza y ordenó a su madre
que se retirara de la corte. María de Médicis había perdido definitivamente la
partida, y un año después marcharía al extranjero para no volver a ver a su
hijo. Hasta su muerte no dejaría de denunciar la ingratitud de su antiguo
protegido.
La rivalidad de María de Médicis no fue la única a la que tuvo que hacer frente
Richelieu. Estaba también el hermano pequeño de Luis XIII, Gastón, que se
sentía privado por el primer ministro del puesto de privilegio que, en su opinión,
le correspondía por nacimiento. Y junto a Gastón estaban los otros grandes
aristócratas, "príncipes de la sangre" y grandes señores. Todos ellos estaban
acostumbrados a campar a sus anchas por la corte, a comportarse como
soberanos en sus propios dominios, y a conspirar y rebelarse cuando les
parecía oportuno. Llevaban siglos actuando así́. Pero ahora se encontraban
con un ministro dispuesto a impedírselo.
Richelieu estaba dispuesto a impedir que los grandes
aristócratas de palacio siguieran campando a sus anchas
Para Richelieu, la indisciplina y las continuas conjuras y revueltas de la
aristocracia contra la monarquía eran la causa del debilitamiento de la
monarquía, dentro y fuera de sus fronteras. Había que poner coto a esa
situación, recurriendo a todos los medios necesarios. El primer ministro fue lo
bastante hábil como para ganarse la fidelidad de algunas de los linajes más
importantes del país, como los Condé. Pero frente a los demás decidió́ aplicar
una política de escarmientos y mano dura.
NOBLES EN EL PATÍBULO
El primer ejemplo de su firmeza llegó en 1626, con el affaire Chaláis, una
clásica conspiración cortesana motivada por un plan de matrimonio impuesto a
Gastón de Orleans. Una vez descubierta, Richelieu, en vez de echar tierra
sobre el asunto, instó a un castigo ejemplar: la ejecución publica de un
gentilhombre de familia ilustre, el conde de Chaláis, y la prisión de otros
implicados, varios de los cuales murieron en la cárcel.
Los jueces comisionados por el cardenal empezaron a aplicar sin
contemplaciones la acusación de "lesa majestad", por la que cualquier
sublevación contra la autoridad del rey se consideraba como un ataque contra
su persona, y por tanto se castigaba con la pena capital. Un año después otro
noble de alcurnia, François de Montmorency-Bouteville, fue ejecutado
en Paris por haberse batido en duelo en pleno día, desafiando la prohibición
contra los duelos que Luis XIII acababa de decretar.
Las grandes familias del reino suplicaron clemencia al rey y a Richelieu,
pero ambos se mostraron inexorables, y Montmorency fue decapitado en
Toulouse
El momento culminante en el enfrentamiento de Richelieu con la alta
aristocracia llegó en 1632, con la ejecución del duque de Montmorency.
Miembro de una de las familias más antiguas de Francia –a su lado, los
Duplessis eran unos advenedizos–, Enrique de Montmorency, que ejercía el
cargo de gobernador de Languedoc, se dejó́ arrastrar en un proyecto de
insurrección general contra Richelieu liderado por el hermano del rey, Gastón
de Orleans. La revuelta, apoyada con dinero español, no encontró́ ningún
apoyo en el interior, y Montmorency fue capturado por las tropas del rey tras
una escaramuza. Todas las grandes familias del reino suplicaron clemencia al
rey y a Richelieu, pero ambos se mostraron inexorables, y Montmorency fue
decapitado en Toulouse.
La ejecución de Montmorency vino acompañada de una persecución general
contra la nobleza conspiradora. La Bastilla se llenó́ de presos ilustres, a los que
por otra parte se trató́ bastante bien. Otros nobles emigraron a los países
vecinos, sobre todo Flandes e Inglaterra. Los que permanecieron en el país se
dolían del clima de miedo imperante, que hacía "que apenas se atreva uno a
hablar de su propia miseria en su casa y con su familia", como decía uno de
ellos; lo único que se escuchaba eran los elogios oficiales a la política del
cardenal. Este mantenía una red de espías y contaba hasta con interrogadores
profesionales, como el temido Laffemas.
No por ello cesaron las conjuras, aunque hacia el final del ministerio de
Richelieu los que se mostraban más activos eran no tanto los príncipes y
grandes nobles como los gentileshombres que vivían en Paris, embebidos en la
ideología de la Roma clásica y que sonaban con remedar el tiranicidio de Julio
Cesar. En 1636 hubo una trama para secuestrar y asesinar al cardenal en
Amiens, frustrada en el último momento.
LA ÚLTIMA CONJURA
Para entonces Francia estaba en guerra abierta con España, una guerra que
se desarrolló́ inicialmente de forma muy desfavorable para los franceses. Las
tropas españolas se internaron en el país hasta conquistar Corbie, al norte
de Paris. La capital temió́ por su suerte durante unas semanas, y las críticas
contra la mala dirección de la guerra por Richelieu se redoblaron. En las
provincias estallaron sublevaciones de enorme gravedad en protesta por el
incremento de los impuestos. En Guyena, en 1637, un ejército rebelde de casi
10.000 hombres puso en jaque a las autoridades durante meses, y dos años
después otra rebelión campesina en Normandía hubo de ser reprimida
violentamente. Con su característico tesón y sangre fría, Richelieu logró
restablecer el orden en el interior y recuperar posiciones en las fronteras.
En 1641 una nueva conspiración nobiliaria, secundada por España, estuvo a
punto de lograr su objetivo. La muerte accidental de su cabecilla, el conde de
Soissons, volvió́ a salvar a Richelieu in extremis. Y al año siguiente, apenas
unas semanas antes de su muerte, el cardenal desbarató una última
conspiración en su contra, tramada esta vez por un joven noble, el marqués de
Cinq-Mars, que había tratado de sustituir- lo en la confianza de Luis XIII. Cinq-
Mars y uno de sus cómplices, François de Thou, pagaron con la vida su plan.
Y al año siguiente, apenas unas semanas antes de su muerte, el cardenal
desbarató una última conspiración en su contra
En 1630 el cardenal afirmaba: "no tengo más enemigos que los del Estado". En
su opinión, los que le odiaban y tramaban contra el atentaban contra la
monarquía, contra el interés supremo del Estado. La historia, en cierto modo, le
dio la razón, pues su política prepararía en el interior el terreno para el triunfo
del absolutismo bajo Luis XIV, el hijo de Luis XIII, e inclinaría la balanza
internacional a favor de Francia, frente a una debilitada España. Pero todo ello
tuvo un precio, el de una antigua tradición de libertad e independencia que
quedó sepultada bajo el imperio de la razón de Estado.
Richelieu en el sitio de la Rochela
Durante su ministerio, Richelieu se ganó fama de gobernante
implacable, dispuesto a todo para afirmar el poder del rey. En muchas
ocasiones no dudó en hacer correr la sangre para castigar a rebeldes y
conspiradores.
La religión al servicio del estado
La toma de La Rochela en 1628 fue el hito decisivo en este proceso.
EL Óleo de la Stella es un ejemplo del carácter peculiar que tuvo la ofensiva de
Richelieu en el ámbito religioso. No hay duda de su empeño en favorecer el
catolicismo y restringir la libertad de acción de los protestantes, que gozaban
de grandes privilegios en amplias regiones del país. Pero Richelieu estuvo lejos
de ser un fanático. Por ejemplo, tras la conquista de La Rochela, mientras los
sectores ultracatólicos instaban a la destrucción de la ciudad, el cardenal
impuso una postura de clemencia.
Padre José, capuchino que fue el principal confidente de Richelieu
Un colaborador inestimable de Richelieu en esta política fue François Le-clero
du Tremble, llamado Padre José́ , y apodado por la historia la Eminencia Gris.
Capuchino de fe ferviente, fue también un genio de la propaganda y de las
intrigas diplomáticas. Se dedicó́ a la restauración del catolicismo en las
regiones hugonotes, pero al mismo tiempo no dudó en pactar con Estados
protestantes para lograr los objetivos de la monarquía francesa.
La duquesa de Chavease como Diana cazadora. Claude Drouet, 1627.
La mayor enemiga de Richelieu
María de Rohan es el mejor ejemplo, en versión femenina, del espíritu rebelde
de la alta aristocracia francesa en esos años. Nacida en 1600, se introdujo
pronto en la corte hasta convertirse en dama de honor de Ana de Austria, la
marginada esposa española de Luis XIII. Desde que Richelieu ascendió́ al
poder, concibió́ contra él una animosidad inflexible que la llevó a tramar una
conspiración tras otra contra el favorito. Se dijo que fue ella quien urdió́ la trama
que costó la vida a Chaláis, precisamente uno de sus pretendientes. Marchó
exiliada a Londres y luego a Lorena, donde sedujo al duque Carlos y urdió́ todo
un complot internacional contra Richelieu. Volvió a París en 1631. El cardenal
trató de congraciársela, pero fue en vano. Desde su castillo, la Chavease
seguía con sus intrigas. En 1637, temiendo ser detenida, protagonizó una
pintoresca huida a través de Francia, disfrazada de hombre, hasta cruzar los
Pirineos y, tras una corta estancia en Madrid, pasar a Inglaterra y Flandes. Ya
solo volvería a Francia tras la muerte de Richelieu. El odio entre el cardenal y la
aristócrata era mutuo, como el temor. Richelieu decía de ella: "Este espíritu es
tan peligroso que esta do fuera del reino puede alterar las cosas de forma
imprevisible". La duquesa, por su parte, declaraba: "El rey es un idiota y un
incapaz, y ese bribón de cardenal es una vergüenza".
Los propagandistas contrarios a Richelieu dejaron la imagen de un ministro que
se había adueñado totalmente de la débil voluntad de Luis XIII. La realidad fue
más compleja. Durante mucho tiempo Luis miró con mucho recelo a
Richelieu. Y aun después de elegirlo primer ministro, seguía sintiéndose
incomodo ante un hombre 17 años mayor, con una inteligencia y una
determinación de las que el mismo carecía. Richelieu supo valerse de las
debilidades del rey para fortalecer su poder, por ejemplo, indisponiéndolo con
la reina madre y sobre todo con su esposa, Ana de Austria, y proporcionándole
amistades, femeninas y masculinas, que dieran cauce a la emotividad del rey.
Gracias a su condición de cardenal, no dudaba en ocasiones en sermonearlo,
instándolo a comportarse a la altura de su cargo.
Pero Luis XIII nunca dejó de ser el verdadero soberano. Richelieu era sabedor
de que su posición pendía del delgado hilo del favor real, y en varias ocasiones
creyó́ perderlo, como en la Jornada de los Engaños o en la conspiración de
Cinq-Mars, alentada tácitamente por el soberano. Su gran baza para
mantenerse en el poder era su propia capacidad política, y la creencia que
supo transmitir a Luis de que con su política la monarquía francesa recuperaría
todo su esplendor. Los éxitos militares y diplomáticos que se sucedieron desde
1628 convencieron a Luis de que la política de Richelieu era la buena y que su
contribución resultaba imprescindible. Como le escribía ya en 1626: "Tengo
puesta en vos toda mi confianza, y ciertamente nunca he encontrado otro
hombre que me sirviera tan a mi gusto...".
"No tengo más enemigos que los del Estado". Richelieu justificó así́ su
implacable represión de revueltas y conjuras durante su gobierno, necesaria
para afirmar la autoridad de la corona”
. La política del cardenal
Su programa de gobierno desarrolló dos objetivos esenciales: en el interior,
fortalecer la autoridad monárquica sobre las bases del absolutismo y la
centralización, mientras que en el exterior, limitar la expansión del
imperialismo de los Austrias de Madrid y Viena y sentar las bases de la
hegemonía francesa sobre Europa.
Retrato triple del cardenal Richelieu. Champaigne.
Política interior
El inicio del gobierno de Richelieu estuvo marcado por las revueltas
nobiliarias y por la lucha contra los hugonotes. El cardenal contrarrestó la
oposición de una facción de la nobleza cortesana con la creación de una
clientela de adictos a su persona a los que recompensaba con honores y
cargos. Sin embargo, los complots nobiliarios se sucedieron sin descanso. A
pesar de que consideraba a la alta nobleza como uno de los pilares del
Estado, Richelieu luchó contra el poder de las clientelas aristocráticas e hizo
derruir las fortalezas nobiliarias que pudieran servir de baluarte a los
revoltosos. En cuanto a la cuestión protestante, Richelieu quiso darle una
solución definitiva que le dejara las manos libres para dedicarse a sus
proyectos internacionales. Los hugonotes (nombre con que en Francia se
conocía a los calvinistas) habían conseguido formar, en virtud de los
privilegios concedidos en el Edicto de Nantes por Enrique IV, un “Estado
dentro del Estado” y dominaban numerosos territorios gracias a sus
privilegios políticos y militares. En 1625 se alzaron contra la monarquía.
Richelieu, mientras consolidaba su posición en el poder, ganó tiempo
confirmando la renovación del Edicto de Nantes en 1626, al tiempo que
reunía una flota capaz de atacar el puerto de La Rochela, principal enclave
protestante. El ataque a La Rochela (julio de 1627-octubre de 1628) no fue
una guerra de religión, sino una guerra de Estado: Richelieu pretendió ante
todo acabar con los privilegios militares y políticos que garantizaban a los
hugonotes una autonomía rayana en la independencia. Por otra parte, la
toma de La Rochela constituyó el inicio de una ofensiva general para el
control sobre los puertos de toda Francia, con el fin de meter al país en la
corriente del gran comercio marítimo. Dos campañas paralelas en la región
protestante de las Cevenas y en el Languedoc completaron esta primer
ofensiva contra las disidencias internas. Tras la derrota protestante,
Richelieu promulgó el Edicto de Gracia de Alès de 1629, que preservaba a
los hugonotes la libertad religiosa así como sus derechos civiles y judiciales,
pero les privaba de los privilegios políticos y militares, con lo que el
cardenal pensaba garantizar la obediencia de los protestantes a la
monarquía. El Edicto de Gracia agravó la tensión que reinaba en la corte
entre el llamado “partido devoto” o “de los buenos católicos” y el partido
“de los buenos franceses”; en el que se apoyaba Richelieu. El primero,
encabezado por María de Médicis, Ana de Austria -esposa de Luis XIII- y
Gastón de Orleáns, hermano y heredero del rey, defendía el acercamiento a
España en el exterior, la eliminación de los protestantes y una política de
reformas en el interior que pusiera fin a la miseria que padecía Francia. Los
“buenos franceses”, por su parte, propugnaban la separación de los
intereses del Estado y la religión y la necesidad de limitar el poder de los
Austrias en Europa, aunque ello significara paralizar la reforma interior. Luis
XIII se mantuvo neutral en un principio, pero cuando el “partido devoto”
pareció derrocar al cardenal en la llamada journée de Dupes de noviembre
de 1630, el rey renovó su apoyo a Richelieu, que actuó desde entonces con
un poder absoluto para asegurar el cumplimiento de sus proyectos. Su
política interior fue desde este momento una política de guerra. El
desarrollo del ejército, la centralización administrativa que permitiera el
control sobre el orden público y la recaudación eficaz de impuestos, así
como el control de la opinión pública, constituyeron los pilares de una
política que el mismo Richelieu llamó de “salvación pública”.
En 1629 emprendió la reforma militar con la promulgación del Código
Michau, que había de garantizar el mantenimiento de un ejército poderoso
administrado por oficiales regios, y la creación de una flota militar y
comercial que asegurara la competencia marítima con España e Inglaterra.
Para ello improvisó una administración militar que sería el germen de la
administración central. La guerra con España y la organización del ejército
agotaron el tesoro regio y Richelieu recurrió al aumento continuo de la
presión fiscal desde 1635. Con el fin de garantizar el cobro de los impuestos
y el mantenimiento del orden público, creó un cuerpo de comisarios reales,
los “intendentes”, que desde 1630 se establecieron en las provincias con
poderes judiciales, policiales, fiscales y militares. Estas medidas le crearon
múltiples oposiciones en todos los frentes. Desde 1632 la nobleza promovió
conspiraciones constantes, apoyadas por España. La presión fiscal creciente
y la extensión del poder de los intendentes regios produjeron numerosas
revueltas en las provincias (en Guyena en 1635, en Perigord en 1637, en
Normandía en 1639, etc.), en las que participaban tanto la nobleza
provincial, como las autoridades locales, la burguesía y el pueblo llano,
acuciado por la miseria. La represión de los revoltosos, muy cruenta, estaba
a cargo del ejército. Para sostener su política, Richelieu modificó las
instituciones del gobierno hacia una mayor centralización. Su innovación
fundamental fue la organización de un gobierno ministerial fuerte. El
Consejo de los Negocios, el Consejo Privado y los cuatro Secretariados de
Estado fundados por él mismo, fueron sus principales instrumentos de
gobierno. En las provincias, aumentó el control sobre la administración local
con el nombramiento de lugartenientes generales y creó una auténtica red
de policía y espionaje a través de los intendentes, lo que a menudo desató
la violencia popular contra éstos. Asimismo, despojó a los Parlamentos
locales y a los Estados generales de toda participación política. La venta de
cargos y honores provocó la ascensión de la llamada “nobleza de toga”,
formada por funcionarios que debían su engrandecimiento al Estado, con lo
que Richelieu trataba de garantizar la lealtad de los servidores públicos a los
designios de la monarquía. Richelieu descubrió asimismo la importancia de
la manipulación de la opinión pública para el control social. Mantenía en la
corte un auténtico gabinete de prensa y propaganda que, desde 1632,
publicó una Gaceta de información favorable a su política. Los escritores de
la corte lanzaban continuamente libelos a favor de Richelieu y Luis XIII y
escritos de teoría política que legitimaban filosóficamente la actuación del
prelado.
Cardenal Richelieu.
Richelieu endureció la censura de los libros y dio pábulo institucional a los
escritores e intelectuales cercanos a la corte con la fundación de la
Academia Francesa (1635), que se convirtió en uno de sus más eficaces
instrumentos de propaganda. En cuanto a su política religiosa, el cardenal
favoreció la aplicación en Francia de los cánones del Concilio de Trento y
fomentó moderadamente la expansión del catolicismo, aunque no excluyó al
clero de su política fiscal y frenó la proliferación de conventos y la influencia
de los aires contrarreformistas que llegaban de España.
Política económica
Richelieu asumió los principios mercantilistas de Laffemas y Sully.
Supeditada por completo a la guerra contra los Austrias, la reforma
económica fue muy limitada e inoperante. Para reducir las importaciones
publicó decretos de limitación de los gastos suntuarios dirigidos a la
burguesía y creó derechos de aduanas con el fin de proteger las
manufacturas francesas. Sus intentos de fundar compañías comerciales al
estilo de las holandesas fueron un estrepitoso fracaso, así como el proyecto
de establecer una red de gran comercio marítimo sobre los enclaves
franceses de ultramar. La Hacienda constituyó el mayor problema de
Richelieu. El tesoro público estaba agotado por la guerra y el mantenimiento
de ésta se realizaba a través de expedientes fiscales extraordinarios,
empréstitos, venta de cargos burocráticos y, desde 1640, el recurso a la
devaluación monetaria, todo lo cual causaba un gran marasmo económico y
una miseria insostenible.
Política exterior
Los mayores éxitos de la política de Richelieu se dieron en el campo de las
relaciones internacionales. En 1629 el cardenal publicó su Aviso al rey, en el
que defendía la necesidad de sacrificar la reforma interior a la política
exterior, cuyo objetivo prioritario era detener el imperialismo de los
Austrias. Éstos habían conseguido crear un cerco alrededor de Francia que
impedía a ésta su expansión. Richelieu demoró todo lo posible la
intervención directa de Francia en la Guerra de los Treinta Años mientras
consolidaba su posición en el gobierno. Sin embargo, apoyó a Suecia en su
conflicto con el Imperio austríaco y subvencionó a los enemigos de los
Habsburgo. Estableció una alianza con las Provincias Unidas y se acercó a
Inglaterra pactando el matrimonio del rey inglés Carlos I con Enriqueta de
Francia, hermana de Luis XIII. Los españoles, por su parte, conspiraban
continuamente con los enemigos de Richelieu en la corte de París. El
cardenal proyectó en primer lugar detener el avance de los Habsburgo en
Italia. En 1629, tropas francesas invadieron el ducado de Saboya-Piamonte
y aseguraron su sucesión para Francia. En mayo de 1635 Francia declaró
finalmente la guerra a Felipe IV de España. Los primeros años de lucha
fueron desfavorables para Francia, pero a partir de 1637 la situación
cambió: en los cuatro años siguientes, el ejército francés y sus aliados
consiguieron numerosas victorias. Los frentes fueron diversos: Flandes,
Alsacia, Lorena y el Rosellón. El ejército francés consiguió aislar a los Países
Bajos españoles bloqueando la comunicación terrestre con Italia y la naval
con España. En 1641, aprovechando el estallido de las revueltas de Portugal
y Cataluña contra Felipe IV, Richelieu firmó una alianza con Portugal y envió
ayuda militar a los catalanes, que habían invocado la protección de Luis
XIII. En 1642 el ejército francés ocupó el Rosellón. En Alemania, tras la
anexión de Alsacia, los franceses consiguieron el retroceso continuo de las
posiciones imperiales gracias a su alianza con Gustavo Adolfo de Suecia.
Esta situación impulsó al emperador Fernando IIIa entablar negociaciones,
que abrirían el camino de los acuerdos definitivos de paz, firmados en 1658,
ya muerto Richelieu.
Su legado político
A la muerte del cardenal en 1642, se produjo en Francia un alivio
generalizado. Sin embargo, su sucesor al frente del gobierno, el
cardenal Mazzarino, habría de continuar las líneas maestras de su política. A
pesar de su precaria salud, Richelieu había desarrollado una actividad
desbordante (que quedó reflejada en sus memorias y en su amplia
correspondencia) que hizo de él uno de los políticos más prestigiosos de su
época. Se le ha acusado a menudo de carecer de un sistema político y de
haber fundado la hegemonía de Francia sobre la miseria del pueblo, cuya
situación nunca interesó a este defensor del absolutismo monárquico.
Richelieu tuvo como metas esenciales el engrandecimiento de Francia en el
exterior y el fortalecimiento de la autoridad regia en el interior. Su política
puso los cimientos de la preponderancia francesa en Europa y fue el umbral
del florecimiento del absolutismo en tiempos de Luis XIV. Pero al mismo
tiempo facilitó el mantenimiento de unas estructuras sociales basadas en el
privilegio que harían crisis con el estallido revolucionario de 1789.
[Link]
cardenal-de