11.
- La resurrección de la carne
La resurección de la carne
Es bien cierto que nacemos pero que, también, morimos. Es un principio y
realidad de la vida del ser humano que no podemos olvidar y que, sobre todo,
no debemos esconder: estamos hechos para otra vida, la eterna y, por eso
mismo, morir es, por así decirlo, un paso necesario para subir a la Casa del
Padre y gozar de su Reino Eterno.
Tal es así, que el apóstol de los gentiles escribió que “para mí la vida es Cristo
y morir una ganancia” (Flp 1, 21) y mostraba, a la perfección, lo que un
discípulo del Mesías debe entender acerca de esta vida y de la que tiene que
venir. Vale la pena, pues, reconocerse en el mundo como hijos de Dios y
actuar, en consecuencia, sabiendo que Cristo nos está preparando estancias
en la Casa de su Padre (cf. Jn 14, 2) y que, cuando sea la voluntad del
Creador, allí estaremos de acuerdo a nuestro ser en este mundo (Cristo dijo
que “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”, en
Mc 16, 16).
¿Pero qué sentido tiene para el cristiano la muerte?
Por muy brusco que pueda parecer decirlo de esta manera, el discípulo de
Cristo sabe que es llamado por Dios y que, por eso mismo, anhela ir con el
Padre. No es que quiera morirse ahora mismo para estar en el definitivo Reino
de Dios sino que acepta ser llamado cuando tenga que ser llamado. Por eso
San Pablo escribió, en la Epístola a los Filipenses (1, 23) “Deseo partir y estar
con Cristo”. Y esto lo dice quien entregó su vida, sin querer acortarla por nada,
al servicio de la predicación y del Reino de Dios que trajo Cristo. Morir, sí pero
mientras tanto, servir.
Padres de la Iglesia como San Ignacio de Antioquía entendieron a la perfección
el sentido de la muerte para un cristiano que no es horror o miedo sino, al
contrario, gozo de querer estar donde siempre es siempre, siempre, siempre.
Así, dijo que “Mi deseo terreno ha desaparecido…; hay en mí un agua viva que
murmura y que dice desde dentro de mí ‘ven al Padre’” pues se sentía llamado,
tras una vida de donación de sí a los demás y a Dios, a habitar las praderas del
Reino.
Pero muchos otros han entendido el sentido de la muerte como debe
entenderla un hijo de Dios. Así, por ejemplo, Santa Teresa de Jesús, cuando
expresó
“Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir”
U otra Teresa, ahora del Niño Jesús, teresita, que expresó que
“Yo no muero, entro en la vida”
Por eso, bien podemos decir que la muerte, para un cristiano, es el fin de una
etapa para la que fue creado por Dios: el de peregrinación por el valle de
lágrimas que suele ser la vida. Por eso la Iglesia católica nos anima a
prepararnos para un momento tan importante como el de la muerte y poder. La
preparación se pide, por ejemplo, desde las Letanías de los santos cuando se
pide que “De la muerte repentina e imprevista líbranos Señor” pues nos impide
estar debidamente preparados para tan crucial momento de nuestra vida-
muerte. Y es que por eso nos recomienda Tomas de Kempis (Imitación de
Cristo 1, 23) lo siguiente:
Catecismo 995 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha
encontrado incomprensiones y oposiciones. "En ningún punto la fe cristiana
encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne" (San Agustín,
psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida
de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que
este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Hechos 17,32 Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros
dijeron: «Sobre esto ya te oiremos otra vez.»
¿Qué es resucitar?
Catecismo 997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el
cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al
encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en
su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible
uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
¿Quiénes resucitarán?
Catecismo 998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto:"los que
hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal,
para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).
Daniel 12,1-3 «En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a
los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido
hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se
salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de
los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida
eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el
fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las
estrellas, por toda la eternidad.
Juan 5,29 y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida,
y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio.
¿Como resucitarán?
Catecismo 999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo:
Lucas 24,39-40 Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved
que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.» Y, diciendo
esto, los mostró las manos y los pies.
Pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El "todos resucitarán
con su propio cuerpo, que tienen ahora" (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este
cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria, en "cuerpo espiritual"
Filipenses 3,20-21 Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde
esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este
miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del
poder que tiene de someter a sí todas las cosas.
I Corintios 15,42-44 Así también en la resurrección de los muertos: se siembra
corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra
debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo
espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.
Catecismo 1000 Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro
entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en
la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por
Cristo: Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la
invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos
cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la
eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección
(San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).
¿Cuando resucitarán?
Catecismo 1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Juan 6:39-40,44, 54;
11:24); "al fin del mundo". En efecto, la resurrección de los muertos está
íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: El Señor mismo, a la orden dada
por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que
murieron en Cristo resucitarán en primer lugar:
I Tesalonicenses 4,16 El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un
arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en
Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que
quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del
Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.
Morir con Cristo
Catecismo 1005 Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es
necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor". En esta "partida"
que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día
de la resurrección de los muertos.
II Corintios 5,8 Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este
cuerpo para vivir con el Señor.
Filipenses ,:23 Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo
partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor;
“Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si
tuvieses buena conciencia no temería mucho la muerte. Mejor sería huir de los
pecados que de la muerte. Si hoy estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?
Por lo tanto, recomienda no pecar porque es una forma de asegurar la no
muerte espiritual que es, en definitiva la que debería importarnos porque el
cuerpo, como sabemos, se convierte en polvo que es, exactamente, de donde
vino para ser creado por Dios.
Decimos, pues, que creemos en la resurrección de la carne. Pero, antes de
seguir, conviene decir que La reencarnación y la resurrección no son lo mismo.
Y esto, que es de una claridad meridiana parece no ser entendido por personas
que dicen profesar la fe católica. Debido al batiburrillo religioso que en
occidente se ha difundido con la premisa del “todo vale” más de un católico ha
asumido que, en realidad, la reencarnación es posible. Sin embargo ya decía la
Epístola a los Hebreos (9, 27) que “está establecido que los hombres mueran
una sola vez”. Tampoco podemos olvidar aquello tan maravillo que expresa el
Salmo 77 cuando, en un momento determinado dice, refiriéndose a Dios, que
Él sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía;
una y otra vez reprimió su cólera
y no despertaba todo su furor,
acordándose de que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.
Dice, pues, el Salmo, que el ser humano, cuando muere no vuelve a la vida
terrena porque “no torna”. Y lo dice con toda claridad y, ante esto, no cabe duda
alguna para un católico que se precie de serlo.
A este respecto, dice el el número 1013 del Catecismo de la Iglesia Católica
dice que
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia
y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el
designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único
curso de nuestra vida terrena” (LG 48), ya no volveremos a otras vidas
terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Hb 9, 27).
No hay “reencarnación” después de la muerte.
Es más, la Constitución Lumen Gentium (48)(Vaticano II) nos informa de lo que
llama “el único plazo de nuestra vida terrena” y que tampoco es creación de tal
documento sino que tiene su razón de ser en la Epístola a los Hebreos que, en
un momento determinado (9, 27) dice que “está establecido que los hombres
mueran una sola vez”. Y esto, lo que lisa y llanamente quiere decir, es que Dios
ha establecido que así sea.
Por tanto aquello que entendemos ser doctrina de la resurrección final no
puede admitir aquello que tiene que ver con la teoría de reencarnación
mediante la cual el alma humana, cuando ha muerto el cuerpo, emigra a otro
cuerpo y lo hace varias veces hasta que se ha purificado.
Resurrección
Podemos preguntarnos, entonces, por qué el cristiano, aquí católico, no cree
en la reencarnación, porque no debe creer…
Como respuesta traemos aquí la intervención del teólogo Michael F. Hull el cual
en una videoconferencia de fecha 29 de abril de 2003 y en el marco de una que
lo fue de teología organizada por la Congregación vaticana para el Clero, dijo
esto:
La integridad de la persona humana (cuerpo y alma en la vida presente y la
futura) ha sido y sigue siendo uno de los aspectos de la revelación divina más
difíciles de entender. Son todavía actuales las palabras de san Agustín:
«Ninguna doctrina de la fe cristiana es negada con tanta pasión y obstinación
como la resurrección de la carne» («Enarrationes in Psalmos», Ps. 88, ser. 2, §
5). Dicha doctrina, afirmada constantemente por la Escritura y la Tradición, se
encuentra expresada de la manera más sublime en el capítulo 15 de la Primera
carta de San Pablo a los Corintios. Y es declarada continuamente por los
cristianos cuando pronuncian el Credo de Nicea: «Creo en la resurrección de la
carne». Es una expresión de la fe en las promesas de Dios.
A menudo, aun sin el auxilio de la gracia, la razón humana llega a vislumbrar la
inmortalidad del alma, pero no alcanza a concebir la unidad esencial de la
persona humana, creada según la “imago Dei". Por ello, a menudo, la razón no
iluminada y el paganismo han visto «a través de un cristal, borrosamente» el
reflejo de la vida eterna revelada por Cristo y confirmada por su misma
resurrección corporal de los muertos, pero no pueden ver «la dispensación del
misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo» (Ef 3,9). La
noción equivocada de la metempsícosis (Platón y Pitágoras) y la reencarnación
(hinduismo y budismo) afirma una transmigración natural de las almas
humanas de un cuerpo a otro. La reencarnación, que es afirmada por muchas
religiones orientales, la teosofía y el espiritismo, es muy distinta de la
resurrección de la fe cristiana, según la cual la persona será reintegrada,
cuerpo y alma, el último día para su salvación o su condena.
Antes de la parusía, el alma del individuo, entra inmediatamente, con el juicio
particular, en la bienaventuranza eterna del cielo (quizá después de un período
de purgatorio necesario para las delicias del cielo) o en el tormento eterno del
infierno (Benedicto XII, «Benedictus Deus»). En el momento de la parusía, el
cuerpo se reunirá con su alma en el juicio universal. Cada cuerpo resucitado
será unido entonces con su alma, y todos experimentarán entonces la
identidad, la integridad y la inmortalidad. Los justos seguirán gozando de la
visión beatífica en sus cuerpos y almas unificados y también de la
impasibilidad, la gloria, la agilidad y la sutileza. Los injustos, sin estas últimas
características, seguirán en el castigo eterno como personas totales.
La resurrección del cuerpo niega cualquier idea de reencarnación porque el
retorno de Cristo no fue una vuelta a la vida terrenal ni una migración de su
alma a otro cuerpo. La resurrección del cuerpo es el cumplimiento de las
promesas de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. La resurrección del
cuerpo del Señor es la primicia de la resurrección. «Porque, habiendo venido
por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los
muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos
revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los
de Cristo en su venida» (1 Cor 15,21–23). La reencarnación nos encierra en un
círculo eterno de desarraigo corporal, sin otra certidumbre más que la
renovación del alma. La fe cristiana promete una resurrección de la persona
humana, cuerpo y alma, gracias a la intervención del Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, para la perpetuidad del paraíso.
En la carta apostólica Tertio millennio adveniente (14 de noviembre de 1994),
escribe Juan Pablo II: «¿Cómo podemos imaginar la vida después de la
muerte? Algunos han propuesto varias formas de reencarnación: según la vida
anterior, cada uno recibirá una vida nueva bajo una forma superior o inferior,
hasta alcanzar la purificación. Esta creencia, profundamente arraigada en
algunas religiones orientales, indica de por sí que el hombre se rebela al
carácter definitivo de la muerte, porque está convencido de que su naturaleza
es esencialmente espiritual e inmortal. La revelación cristiana excluye la
reencarnación y habla de una realización que el hombre está llamado a
alcanzar durante una sola vida terrenal» (n° 9).
Por lo tanto, se entiende claramente que la reencarnación no es posible sea
tenida por posible por un católico. Y es que, además, como bien dice San
Pablo, si Cristo no resucitó (y nosotros, en consecuencia, no resucitaremos)
nuestra fe es vana ( cf. 1 Cor 15, 14) y bien sabemos que de vana no tiene
nada.
Volvamos, ahora y tras el tema de la reencarnación a lo que verdaderamente
importa para un cristiano y que es la resurrección de la carne pues, como dice
el Catecismo de la Iglesia católica (989)
Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha
resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre,
igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo
resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la
suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:
«Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida
a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11;
cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).
Pues bien, a este respecto es interesante, como planteamiento siquiera al tema
de la resurrección de la carne, plantear tres preguntas que deben estar en la
mente de todo cristiano, aquí católico, a la hora de tratar el tema del que
tratamos:
¿Quién resucitará?
Lo dice expresamente el evangelista Juan en el versículo 29 del capítulo 5 de
su Evangelio:
“Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el
mal, para la condenación".
Nos cabe, pues, a cada uno, encontrarnos en uno u otro grupo de personas.
¿Cómo?
En realidad, aunque cristo resucitó con su propio cuerpo (”Mirad mis manos y
mis pies; soy yo mismo“, en Lc 24,39) no volvió el Mesías a una vida terrenal
sino que subió a la Casa del Padre donde espera su retorno en la Parusía.
Pues del mismo modo, en Cristo “todos resucitarán con su propio cuerpo, que
tienen ahora“, pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp.
3,21) o, lo que es lo mismo, en “Cuerpo espiritual” (1 Co 15,44)
Es difícil, lógicamente, imaginar cómo será tal momento. Sin embargo, no es
poco cierto que nuestra participación en la Santa misa nos ofrece la posibilidad
de que tal momento sea un principio de la transfiguración de nuestro cuerpo
por Cristo. Así lo dice San Irineo de Lyón cuando escribe que
“Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la
invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos
cosas, una terrena y una celestial, así nuestros cuerpos que participan en la
Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la
resurrección”
¿Cuándo?
Solemos pensar en términos de tiempos humanos. Sin embargo, no sabemos
cuándo será tan glorioso momento. Sin embargo, dice San Juan (Jn 6, 39-40.
44-45) que será en el “último día” o, lo que es lo mismo, en la Parusía de
Cristo. Así lo confirma San Pablo cuando en la Primera Epístola a los de
Tesalónica escribe (4, 16) que
“El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta
de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer
lugar".
Y, entonces, todo se habrá cumplido.