Vicious
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Vicious es una novela de romance oscuro entre una pareja con dife-
rencia de edad, si bien la relación empieza cuando ella es mayor de edad
hay algunos aspectos que pueden no ser del agrado de todos los lectores.
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Con t en ido
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE
¿O me arrastrará lejos, pateando y gritando, con sus garras clavadas tan pro-
fundamente que nunca seré libre?
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—Me gusta silbar —explicó, con la boca curvada en una sonrisa de lo más
dulce, mientras se le marcaban las líneas de expresión alrededor de los ojos. —¿Es
eso tan raro?
Hasta ahora.
Me tiemblan las manos cuando rodeo el mostrador, con los ojos clavados en
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la figura que yace en el suelo. Marcie Owen, cuyo enmarañado cabello rubio y en-
sangrentado, era la dueña del restaurante junto con su marido, Frank. Ninguno
de los dos era una gran persona y habían criado a un hijo con tanto derecho como
arrogancia.
Se lo dije. Se lo había contado todo. Como buen terapeuta, fue abriéndose ca-
mino en mi relato sin que me diera cuenta de que estaba pidiéndome más detalles
de los que quería darle.
Había tenido tanto miedo, tanto terror después de lo que había pasado. No era
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mí culpa, pero nadie más lo vería así. Culpa mía o no, me expulsarían del pro-
grama de becas por ello. Acabaría en la calle, en lugar de ir a la universidad. Tener
dieciocho años significaba que los hogares de acogida ya no me importaban.
Mis pasos me llevan más adentro de la cafetería, aunque tengo un buen pre-
sentimiento sobre lo que voy a encontrar. Si Marcie está muerta y el lugar está en
silencio, entonces sólo hay una respuesta posible.
Sin embargo, cuando encuentro el cadáver, desearía no haberlo hecho. Doy un
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paso atrás, los zapatos resbalan en el suelo mojado mientras un grito ahogado
sube por mi garganta escapándose de mis labios.
Mis ojos contemplan la escena por partes. Su cabeza apretada contra la frei-
dora, la cara quemada y ennegrecida; derretida donde está tocando los quema-
dores. La visión provocándome violentas arcadas y me tapo la boca presionando
fuertemente con una mano para no vomitar sobre la escena del crimen.
Pero tengo que saber qué hay detrás de la puerta número tres.
Con los ojos fijos en la mancha de sangre que se arrastra y adorna el linóleo
a mis pies, la sigo con la mirada hasta la puerta que da al despacho trasero. Está
entreabierta, lo suficiente como para que no necesite avanzar mucho más para
ver lo que hay dentro.
No puedo más.
La cafetería parece diferente desde este ángulo, aunque puede que sea mi vi- 10
sión de túnel mientras tropiezo con la barra de metal. Un tintineo en mis oídos,
como campanas golpeando la puerta de cristal, se registra en mi cabeza mientras
miro fijamente el suelo tembloroso y palpitante e intento por todos los medios
salir a la calle antes de desplomarme.
No lo consigo.
Los pies me fallan y caigo, pero unas manos me agarran por los hombros ende-
rezándome hasta ponerme en pie, donde me encuentro con unos ojos marrones
desaprobadores en un rostro delgado y apuesto.
pasar eso?
Podría matarme a mí también, con cualquier arma que usó con la familia Owen.
Podría destrozarme en mil pedazos, mientras yo me limito a mirar.
—¿Cómo pudiste hacer esto? —susurro, mis manos tiemblan donde están apre-
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tadas contra sus hombros. —¿Cómo has podido...?
—¡No digas eso! —Me suelto de él, tropiezo con la barra y casi me caigo. Pone
cara de preocupación, pero cuando se acerca a mí, busco a tientas un arma y final-
mente sostengo entre los dos un gran trozo de cristal hecho añicos.
Gabriel no lo hace. Se pasa los dedos por el desordenado cabello castaño claro y
ladea la cabeza para observarme como si fuera un animal especialmente interesante.
—De acuerdo —dice al fin. —Pero te encontraré más tarde, cuando todo esto
haya pasado. No dirás nada, Quinn. Ambos lo sabemos, y yo estaré bien.
Sin embargo, desearía trabajar en otro lado. En algún lugar fuera de Ohio, y más
allá de los pocos cientos de millas que me separan de Springwood, donde crecí.
Estás siendo tonta, me reprendo, tragando un bocado de pizza que sabe a cartón
cubierta con una lámina de queso. Por otra parte, esta pizza es lo bastante barata
como para preferir el cartón con la lámina de queso. Han pasado cinco años, y él
está a más de cientos kilómetros de distancia. No llegan a doscientos, si quiero ser
exacta, pero ciento noventa y tres punto cuatro kilómetros son suficientes para
que las llame cientos.
Y no es sólo eso. No hay forma de que Gabriel Brooks pudiera asomar la cara
por ningún sitio después de la investigación.
Mi estómago también intenta retorcerse ante eso, pero lo calmo con más pizza
acartonada mientras deambulo por la acera que me llevará fuera del campus y
hacia unos cuantos restaurantes baratos que se han convertido en mis favoritos
a lo largo de los años.
Si tengo suerte, el trabajo de Oregón volverá a mí antes de esa hora. Hoy, tal vez.
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Mañana como muy tarde. Pero Dios, quiero ir a Nueva York. Quiero ir a un sitio
nuevo, y Oregón no es la idea que me hace cosquillas en el cerebro ahora mismo.
Quizá más adelante, cuando pueda dejar mi trabajo de asistente social junior
y optar a algo mejor, me mude al otro lado del país, a Los Ángeles o al desierto.
Mis pasos continúan por la acera mientras me trago el último bocado de pizza
grumosa. Es lo bastante buena para que me dure hasta la cena, pero he decidido
que, ya que me he graduado con todos los honores, un batido todos los días está
a la orden.
Ayuda mucho que uno de mis escondites baratos tenga una oferta especial
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durante todo el fin de semana, así que no tengo que hacer más que reunir unas
cuantas monedas para alimentar mi adicción a la lactosa.
—Buenos días, Quinn —saluda con voz aguda y rasposa. Está a medio camino
entre la “fritura vocal”, los pulmones de fumador y la excitación, pero desde luego
nunca se me había ocurrido preguntar. —¿Qué tal la graduación?
—A mucha gente le molestó que sus fotos se arruinarán por el clima, pero
estoy segura de que lo superarán.
—Un batido de menta mediano, por favor. —Saco cinco monedas de mi chaqueta,
pero ella niega con la cabeza y me hace señas para que las guarde en el bolsillo.
—Lo haremos grande, e invita la casa, ya que te acabas de graduar. ¿Vas a al-
guna buena fiesta? ¿Tienes planes de adónde irás después?
Ni uno.
Tampoco lo digo, pero niego con la cabeza. —Gracias. Los aprecio mucho,
chicos, y no sé qué haría sin sus batidos. Estoy esperando respuesta a un par de
ofertas de trabajo, pero probablemente me mude a Nueva York. —El optimismo
oculta los nervios que trepidan mi voz, y ella no se da cuenta.
En lugar de eso, habla de cosas normales, es amable y educada hasta que des-
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liza mi batido por el mostrador. Me despido de ella, aceptando sus buenos de-
seos, y me voy antes de que la sonrisa se me borre de la cara y caiga al suelo.
Debe ser agradable, pienso, asumir que todos los demás tienen la misma vida
de mierda que tú. Bien por ella. Bien por ellos, supongo.
Aun así, el batido está más sabroso de lo normal, y tarareo suavemente, sor-
prendida, mientras giro por la calle hacia el final de la manzana. El camino más
rápido para volver a mi dormitorio no es a través del campus, y como odio hacer
ejercicio y sudar, siempre busco atajos.
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No quito los ojos del objetivo mientras camino. Con un pie delante del otro,
llego al final de la manzana, espero y cruzo. Luego vuelvo a hacerlo, con el cronó-
metro en mi cabeza haciendo la cuenta atrás en los semáforos hasta que puedo
moverme. Esperar y cruzar. Espero y cruzo una y otra vez, y en pocas manzanas
he llegado a la parte trasera del campus, donde las residencias se elevan sobre el
resto de la universidad. No es que sea una gran competencia, cuando los edificios
académicos tienen, como mucho, tres pisos de altura y el dormitorio más alto,
Fernwood, tiene ocho.
En nuestra universidad es difícil ingresar y más difícil quedarse, así que al-
rededor del veinte por ciento de esos estudiantes de primer año no pasarán al
siguiente. Si lo hacen, serán mucho menos irritantes, al menos.
jarse en el cabello negro de aspecto y la boca llena del hombre. Sus ojos son de un
marrón más oscuro de lo que yo prefiero, o de lo que esperaba, y tiene una ligera
capa de sudor en la frente mientras me mira.
—Suéltame —digo en voz baja, observando que estamos en una zona lo bas-
tante vacía como para que nadie se detenga a ver si pasa algo. —Suéltame o gritaré.
Mis cejas se arquean y no puedo evitar fruncir el ceño, incrédula y poco impre-
sionada. —No te ofendas, amigo, pero los hombres que me agarran y me empujan
contra la pared no son mi idea de ayuda. ¿Qué quieres? —No quiero tirarle mi
batido, pero lo haré si es necesario para poder escapar.
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Aunque sé que podría hacerme daño, no me asusta. Mi corazón no se acelera.
No se me hiela la sangre en las venas. No he tenido miedo de nadie en más de
cuatro años, y este tipo no romperá la racha ahora. Aunque me apuñale y me deje
sangrando en el suelo, no sé si sentiré el mismo miedo que antes.
—Te está buscando. —Las palabras arrastran mi atención fuera de ese abismo
dentro de mí que se ha hecho más y más grande con los años. Su voz es apresurada
y suave, y cambia de posición para que esto no parezca tan poco consensuado.
—No sabía que eras tú hasta hoy, y es difícil avisarte cuando él está mirando.
—Me llamo Wren. —Aparta las manos y las levanta en señal de rendición. —Nor-
malmente no ayudo a la gente, pero... —Sacude la cabeza se detiene. —He visto lo
que puede hacer. Si te está siguiendo, es para hacerte mucho daño. Tienes que huir.
Con los pensamientos acelerados, miro a ambos lados de la calle, como si Ga-
briel estuviera allí de pie, esperando para hacer una entrada.
De repente, cada desconocido podría ser él, y cada capucha oculta su rostro
mientras mi corazón se golpea contra mis costillas para intentar emprender al-
guna gran huida.
Correr.
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El hecho de que casi me atropelle un auto hace poco para penetrar en mi pá-
nico, y sólo corro más rápido para llegar a la acera del otro lado. Por suerte, ya
estaba cerca y me sé la ruta de memoria; mi sprint me lleva por un sinuoso ca-
mino por la parte trasera del campus que ignoro a medias, optando en su lugar 19
por pisotear los jardines en mi loca carrera.
—Sí —asiente, dedicándome una sonrisa de apoyo. —Por cierto, esta noche hay
fiesta de pizza en el teatro. ¿Vienes?
No. No iré. Estaré ocupada huyendo, estando en cualquier sitio menos aquí.
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Pero hago ademán de pensármelo, luego asiento con la cabeza como si conside-
rara la invitación.
—Tal vez, si esta llamada va bien. —Suena el ascensor y cruzo los dedos, dán-
dome cuenta tardíamente de que le he enviado un correo electrónico, o algo así.
¿Pero a quién carajo le importa?
Pulso el botón del ascensor para que se cierren las puertas, le doy una falsa
sonrisa y rezo para que se mueva. Cuando por fin se cierran las puertas, caigo de
espaldas contra el metal de la pared del fondo, gimiendo.
¿Dónde estará?
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Aunque pensar en él observándome mientras ronco y babeo sobre mis libros de
texto en la tercera planta me estremece.
¿Cómo me encontró?
Entonces, ¡¿por qué no se busca mejores cosas que hacer que estar aquí,
acechándome?!
Aunque, ese plan cayó por la ventana y muerto a tiros. Muy muerto.
Con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos y la vista aún nublada, miro
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¿Qué estoy haciendo? Quiero hacer la maleta. Tengo que hacer la maleta, obvia-
mente, como cada vez que he necesitado escapar o ir a un sitio nuevo.
Pero ahora, rodeada por el desorden de las pocas cosas que he guardado, ya
no sé qué hacer. Lo más inteligente sería dejarlo todo, pero la racionalidad me da
una patada en la cabeza al considerar esa opción. Sin ninguna de mis cosas, ni mi
dinero, ni mi ordenador, no podré hacer absolutamente nada.
Necesito mis cosas, y no es que tenga muchas. ¿Un retraso de treinta minutos
realmente me matará? Dios, espero que no.
Respiro y trato de canalizar la niña huérfana que llevo dentro. No voy por las
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bolsas de basura, porque algo tierno y frágil en mí se rompería si lo hiciera, pero
saco mis dos bolsas de lona y me pongo manos a la obra para meter la ropa en
una de ellas, seguida de los zapatos. Las cosas personales van a continuación, y ya
he cerrado la cremallera de esa y la mitad de la segunda cuando me doy cuenta,
con una sacudida de alivio, de que básicamente he terminado.
No puedo evitar hacer una pausa o que mis pies se arrastren para poder con-
templar este lugar un rato más. Mi hogar durante tres años no ha sido gran cosa,
pero ha sido el lugar más seguro que he tenido nunca. Incluso antes de Gabriel,
no había conocido la seguridad en Springwood. No sabía lo que era mirar a mi
alrededor y tener cosas que realmente me pertenecieran.
Cierro los ojos con fuerza, aspiro, suelto el aire y repito el proceso. De todos los
momentos para derrumbarse, este tiene que ser el peor. Tengo que irme. Ahora
que ya he hecho las maletas y no me queda nada por hacer, necesito irme. Correos
electrónicos, llamadas, mensajes de texto... todos pueden esperar hasta que esté
en mi auto y fuera de Akron.
Seguramente si soy lo suficientemente rápida, Gabriel Brooks pensará que to-
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davía estoy aquí. O al menos, no sabrá dónde buscarme. Miro hacia la puerta y
frunzo el ceño al ver la taza rosa sobre el escritorio de mi compañera de piso. Le
había dicho que se la había olvidado aquí, pero Kaye se había limitado a resoplar
y decirme que la tirara. Aún no lo he hecho, y a estas alturas no pienso ir a la pa-
pelera. El estado de nuestra habitación es el que es. Las cosas van a estar bien, o
al menos tan bien como pueden estar.
—De acuerdo —murmuro, mirando a mi alrededor una vez más para asegu-
rarme de que no había olvidado nada. —Creo que estás lista, Quinn. Ahora es
el momento de hacerlo de verdad. —Me adelanto, con la mano en el pomo de la
puerta, y echo un último vistazo a la habitación.
Tengo todo lo que necesito para escapar y, una vez abierta y preparada la
puerta, arrastro las maletas hasta el ascensor y bajo al estacionamiento.
—Parece que estás lista para ir a algún sitio. —La voz fría y neutra me golpea
con fuerza, mis dedos resbalan de la puerta, aunque me niego a volver a mirar al
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marco. —Pero no a Nevada, ¿verdad? No creí que el desierto te siente bien, aunque
te bronceaste muy bien allí la última vez.
¿Cómo lo sabe? Las palabras susurran en mi cerebro y cada miedo, cada pizca
de ansiedad que he sentido inunda mi cuerpo diez veces más.
No es del todo cierto, aunque su tez es unos tonos más clara que la mía.
Una sonrisa se dibuja en sus labios, unos cálidos ojos color avellana danzan
mientras levanta la mano que sostiene el mismo tipo de envase en el que estaba
mi batido. —No entiendo tu fascinación por la menta. ¿No la pruebas lo suficiente
cuando te lavas los dientes? —No puedo apartar los ojos de los suyos mientras
sorbe la pajita, sin apartar la mirada de la mía. —La señora del mostrador fue muy
amable. Te tienen en gran estima.
—Vete —digo, las palabras son una súplica susurrada y no la orden que quiero
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que sean.
—Pero acabo de llegar —responde Gabriel, con los ojos muy abiertos y serios.
Pero no es real. Nada en este acto es real. Levanta la mano que tiene libre para
peinarse el pelo castaño claro, un poco más largo de lo que recordaba, y cuando
parpadeo, me doy cuenta de que parece mayor.
Han pasado cinco años y Gabriel parece agotado. Hay impaciencia y frustra-
ción en las líneas de su cara, y aunque apenas aparentaba treinta años cuando
vivíamos en Springwood, ahora se notan sus treinta y pico. Por desgracia, no le
queda nada mal.
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—No quiero que estés aquí, Gabriel.
—Me lo imaginaba, por el frenesí con el que has hecho la maleta —admite,
echándoles un vistazo. —Pero, ¿por qué exactamente? ¿Qué he hecho yo para
hacerte daño, Quinn? ¿Qué he dicho para que pienses que soy un peligro para ti?
—Tú los mataste —repaso, con las manos cerradas en puños. —Masacraste a
los Owen. Yo lo vi. Vi lo que le hiciste, su cara, su...
—Bueno, tal vez no deberían haber criado a un hijo de mierda, ¿eh? Tal vez no
deberían haber sido cómplices, o querido ir a la policía por ti. —Lo dice con natu-
ralidad, como si no le importara lo que acabo de decir. —Pero creo que nunca te
he oído dar las gracias.
—Mi terapeuta era una mierda y no entendía mis necesidades —siseo, con los
ojos recorriendo la habitación. —¿Qué quieres? ¿Una disculpa? ¿Un gracias? —
Me doy cuenta de que no quiero darle ninguna de las dos cosas, y la sola idea de
hacerlo hace que me ardan los labios. —Dime cómo hacer que te vayas.
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—Te deseo —contesta Gabriel, con el mismo tono.
Es tan fácil, tan sincero, que dejo de buscar una salida de la habitación vacía.
Lo miro fijamente, confusa y aterrorizada, y descubro una honestidad aterra-
dora en ese precioso rostro.
—No, no es cierto —rechazo, sobre todo porque me niego a creer que sea
verdad. —No, no lo haces, jodido psicópata...
risa dibujada en los labios. No es agradable, no como las sonrisas que me dedi-
caba cuando era su paciente. Ésta es cruel y anhelante.
—Estoy diciendo que tú y yo nos vamos a casa. En caso de que no hayas es-
tado al tanto de las noticias de Springwood, he sido absuelto de cualquier delito.
Incluso me dieron una disculpa. Todo es tan maravilloso allí ahora, excepto por
un pequeño problema. ¿Quieres adivinar cuál es?
—¿La gente todavía sabe que estás loco? —asumo, los pensamientos vuelan a
la velocidad de la luz. —¿Sigues sin poder dormir
—No estás ahí como se supone que deberías estar. —Me pone de pie de un
tirón, un jadeo me abandona mientras tropiezo con su sólido cuerpo.
—Te mataré —juro, las palabras escapan de mis labios antes de que pueda
pararme a pensarlas. —Te mataré, te haré daño. Porque no te tengo miedo, y
no me iré contigo. Ni ahora, ni nunca —escupo las palabras, pero él se encoge
de hombros y da un paso hacia la puerta, sin darse cuenta de que me está acer-
cando a mi objetivo. Me está ayudando, pero no puedo decírselo. No cuando
vuelve a tirar de mí y me tambaleo más de lo necesario, poniéndome a tiro de la
taza que hay sobre el escritorio.
Pero él nunca ha intentado hacerte daño, recuerda fríamente una parte muy 26
poco útil de mi cerebro, como si tuviera derecho a hacerlo.
—Estás bien —me digo a mí misma, saliendo al tráfico. Hay acero en mi voz
que fuerzo para que exista, y la frialdad inunda mis venas mientras creo distancia
entre Gabriel y yo. En retrospectiva, debería haber llamado a la policía.
dose por una imagen mental de la cafetería de los Owen sin mi consentimiento.
Recuerdo el aspecto macilento de Marcie, como una muñeca de trapo.
Recuerdo el olor que había invadido mis fosas nasales cuando pasé junto a su
marido, y la forma en que su cara se había fundido en la parrilla, con…
Solía ser tan buena compartimentando. Para hacer que las cosas parecieran
menos reales de lo que realmente son. Pero sin haber tenido que hacerlo en mucho
tiempo, me estoy dando cuenta de que es más difícil de lo que era antes.
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Estás escapando a tus ensoñaciones. La voz del Dr. Brooks resuena en mi cabeza
y esta vez no pongo freno al recuerdo, ya que no va acompañado del olor a carne
quemada y demasiada sangre. ¿Te encuentras necesitándolos para pasar el día,
Quinn?
Se había sentado frente a mí, en un sofá tapizado con una manta negra y suave,
mientras yo me empotraba en un sillón. Su despacho siempre había sido tan aco-
gedor que me preguntaba si lo había decorado él o se lo había encargado a su
secretaria. Las almohadas habían sido de las caras, no de tela barata y áspera.
Debería saberlo, ya que durante el transcurso de la sesión pasaba las manos por
sus costuras como si buscara la forma de sacarles las entrañas.
Las necesito, había admitido, mitad para él y mitad para mí. Usted no lo en-
tiende, doctor Brooks. No es porque me guste soñar despierta o inventar historias
en mi cabeza.
respingo, y alargo la mano a ciegas para rodearlo con los dedos antes de ponerlo
en altavoz y responder a la llamada de un número que no conozco.
—¿Señorita Riley? —La mujer al otro lado suena tan educada como yo, e ima-
gino que está fingiendo, igual que yo.
—Ella habla. ¿En qué puedo ayudarla? —Dios, más vale que sea una agencia con
la que me he entrevistado.
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es mi primera opción de trabajo, pero si me está ofreciendo uno, me da un poco
de ansiedad la perspectiva de rechazarlo.
—¡Oh, hola! —saludo, como si me alegrara darme cuenta. —Me alegra mucho
de saber de usted. Había sido una entrevista de respaldo, en un lugar en el que
realmente no quería trabajar, pero al que sentía que debía presentarme, debido a
mis preocupaciones por entrar en una carrera de trabajo social en cualquier lugar
grande, como Nueva York. Mis exigencias para Kentucky habían sido demasiado
altas, lo sé. Había sido mi forma de hacerles desistir de contratarme, y me sor-
prende que me haya llamado sólo para decirme eso.
¿Qué?
Quiero decirle que de ninguna manera voy a arrastrar mi culo hasta Kentucky para
trabajar, especialmente a un pueblo del oeste con un lago cerca de una prisión
que parece la última parada antes del infierno.
—Eso sería perfecto —respondo cuando la lógica se impone. Sé que los otros
trabajos son una posibilidad remota, y probablemente no haya nada que me im-
pida rechazar este trabajo en el último minuto antes de aceptar uno de esos. Al
menos, eso creo.
Y esto me da un lugar al que ir. Además, el coste de la vida allí parece ser muy
asequible, lo que significa que no tendría que vivir en una caja de cartón. Gabriel,
por lo que me conoce, nunca sospecharía que me dirigiría a Kentucky. Sobre todo,
desde que compartí con él mis sueños de mudarme a una ciudad más grande.
—Muchas gracias, Sra. Yates. Estoy muy emocionada por empezar el martes. — 29
Emoción no es la palabra que suena bien en mi cabeza, pero quiero sonar lo más
entusiasta y alegre posible para que no caerle mal sin conocerme antes. —¿Po-
dría enviarme la información por correo electrónico, por favor? La verdad es que
acabo de salir de la universidad, así que me voy para allá. Y empezar el martes me
da tiempo a encontrar un sitio para alquilar, aunque sea a corto plazo.
Probablemente tendré que buscar un hotel por un par de días, o una cabaña
barata en el patio trasero que una vez fue propiedad de asesinos en serie. Eso
parece estar más dentro de mi presupuesto.
—Te lo agradecería mucho. —Si lo son, o son departamentos, entonces tal vez
podría conseguir todo resuelto hoy. Eso estaría bien y me daría la oportunidad de
dormir el pánico que se escurre por mis venas.
Estupendo. Turno de noche; allá voy. Pero como no se puede pedir más, le digo
que estoy perfectamente contenta con ese arreglo y me despido.
Quizá sea una bendición. Probablemente no, ya que no creo en ellas, pero al fin
y al cabo soy una persona nocturna. Si mi turno es tan tarde como me temo, al
menos estaré más despierta para ello, con suerte.
Por otra parte, mientras Gabriel Brooks no esté allí, seguro que podré
arreglármelas.
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L o mejor que se puede decir de la casa en el 402 de Knickview Road, en
Eddyville, Kentucky, es que no está tan mal como esperaba. No es una caja de
cartón, hay electricidad, internet e incluso agua corriente.
—Lo estoy —prometo. —Estoy totalmente bien. Es solo que no tengo mucho.
dormir. Las siete horas y media de viaje hacen que ya casi sea de noche y esté lista
para entrar en la casa y desmayarme. Una parte de mí desearía poder dividirlo
en cinco días y la otra parte de mí, la más racional, está encantada de no poder
hacerlo, ya que ahora dispongo de un fin de semana entero para dormir y comer
comida chatarra antes de empezar mi primer turno de trabajo como trabajadora
social. Una preocupación que dejaré para otro momento.
Me hace un gesto con la mano. —No tienes que ser tan formal conmigo, cariño.
Con Marian bastará. Y si necesitas algo, mi marido y yo vivimos justo ahí —co-
menta señalando una casa bastante más limpia y mejor iluminada al final de la
calle. —Avísame y estaremos aquí en un minuto o dos. ¿De acuerdo?
—Lo haré. —Dudo que llegue a hacerlo, pero sonrío ante la oferta con todo el
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aprecio que puedo reunir en mi cansado cerebro. —Gracias de nuevo por esto. Te
lo agradezco de verdad. —Me gustaría más que me dejara sola para poder desma-
yarme por un rato.
Nueva York que había encontrado cuando busqué la información que había en-
viado Melinda. Tal y como esperaba, declinaron contratarme muy amablemente,
diciéndome que me tendrían en cuenta en el futuro.
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Gabriel nunca aparece, y cada vez que miro por una ventana elegida al azar, me
siento más tonta que la última vez que lo hice. 33
Kentucky está muy lejos de cualquier lugar al que haya pensado ir. No hay
razón para que me busque aquí, ni siquiera para que venga, la verdad sea dicha.
Todo el lugar parece demasiado rural para él, y dudo que al perfecto Dr. Gabriel
Brooks le guste siquiera la región de los lagos.
No me doy cuenta de que estoy mirando mal hasta que me encuentro con los
ojos de uno de mis vecinos mientras pasea a su perro hasta el final de la calle. El
hombre calvo y rubio me lanza una mirada incómoda y se gira, como si yo fuera
el monstruo de la película y no la superviviente chica final.
mencionar que actualmente estoy en periodo de prueba. Trabajo sólo cuatro días
a la semana, y naturalmente no tengo seguro médico. Dios bendiga a América.
Me lo quito de la cabeza, odiando que exista sin que yo lo quiera. Parece casi
imposible dejar de pensar en él, y lo peor es que...
Pero los buenos son un poco más fáciles de apartar por ahora, sobre todo
cuando me concentro en tareas como recoger las llaves y comprobar por última
vez que la plancha no va a convertir la casa en cenizas. Luego cierro la puerta y
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me dirijo a mi viejo auto, que de algún modo no ha explotado.
Es bueno que no lo haya hecho, porque lo necesito para ir y volver del trabajo.
Mi casa recién alquilada está demasiado lejos de la oficina de Eddyville, en el lado
oeste de la ciudad, para estar más cerca de su vecina, Kuttawa, a la que se llega an-
dando. Hasta que pueda afrontar a los pagos para un auto más nuevo, será mejor
que mis plegarias y la cinta aislante lo mantengan en funcionamiento.
El viaje es fácil, aunque un poco aburrido. Eddyville es aún más rural de lo que
era Springwood, y las únicas partes interesantes son cuando puedo mirar al lago
y ver a la gente pasar a toda velocidad en barcas de pesca o en pontones más
grandes. Después de veinte minutos de rutas campestres y de preguntarme si
necesito más café, me detengo en la Oficina de Servicios Sociales de Eddyville... y
me limito a mirarla.
en algunas partes que evidencian que este lugar es tan viejo como parece. El jardín
está ordenado, con pequeños macizos de flores bordeando los lados del pequeño
edificio y un letrero blanco que lo identifica como Oficina de Servicios Sociales de
Eddyville clavado en el suelo y pintado con letras negras y resquebrajadas.
Desde luego, no es como los otros sitios en los que había solicitado trabajo,
eso está claro.
Sin dudarlo, agarro el pomo de la puerta, y sólo consigo tirar en lugar de em-
pujar, como me recuerda el cartel impreso en verde brillante con una alegre carita
sonriente. Pongo los ojos en blanco y empujo, haciendo que la puerta se abra
sobre unas chirriantes bisagras.
Habían ido de mal en peor hasta que finalmente no pudieron alimentar a sus
hijos y el padre se automedicó con alcohol. Según Melinda, van por buen camino
para recuperar la tenencia de sus dos hijas, pero la expresión de su cara no es pre-
cisamente optimista cuando habla de ellas.
—¿Qué? —aclaro, necesitando un momento para escuchar realmente su pre-
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gunta y pensarla.
Mis dedos se tensan bajo su contacto y ella me dedica una sonrisa reconfor-
tante para acompañar la caricia indeseada. No la conozco. No quiero tener su
mano sobre la mía, aunque parece una buena persona.
—Todo irá bien —promete, y abre la carpeta que tiene sobre la mesa mientras
Abby, otra de las asistentes sociales, dirige a los Blaiken hacia su despacho. Una
sonrisa brillante y apenas creíble se instala en los labios de Melinda, y yo intento
dar un aspecto menos morboso a mi propia expresión mientras los Blaiken entran
y se sientan en unas sillas de metal desvencijadas que chirrían y protestan cuando
se posan en ellas.
Durante unos instantes, mientras Melinda remueve papeles, el único sonido de
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Como dos personas normales, con mala suerte, que han cometido demasiados
errores en su vida. Mi corazón se aprieta, retorciéndose en mi pecho, y es una
pena que la Sra. Blaiken me mire en el momento en que recuerdo la cara de mi
madre, y lo diferente que era de esta mujer cuando la vi por última vez.
llas se separan de los pulmones que intentaban cerrar. El corazón deja de latirme
con fuerza en las sienes y los analizo racionalmente, como si fuera una situación
de estudio en vez de tratarse de la vida real. Puedo hacerlo, y es una tontería de-
jarme llevar por mis emociones ahora, cuando normalmente soy tan buena man-
teniendo a raya mis sentimientos o mi simpatía.
Melinda no pierde tiempo en repasar sus informes con ellos y, desde el prin-
cipio, sé que no será bueno. Tiene un ceño fruncido que no había visto hasta
ahora y evita palabras como “metí la pata” o “cometí errores”. Aunque no sé cómo
las evita, ya que todo este asunto es un desastre.
El test de drogas del Sr. Blaiken había dado positivo. Su mujer lo sabía, por la
expresión de decepción en su rostro, y cuando abre la boca para platicar, no es
para condenarlo o divorciarse de él en el acto, como yo esperaba.
—¿Qué pasará con mis hijos? —pregunta con la voz temblorosa. —Sé que dijiste
que tenía que pasar esta vez, pero... —Traga saliva. —¿Podemos seguir intentán-
38
dolo? Se está esforzando mucho. Fue sólo un error, y sé que puede hacerlo mejor.
Cuando se van, la Sra. Blaiken está llorando. La veo irse, con un puñado de pa-
ñuelos rosados de Melinda en las manos, y me obligo de nuevo a destensar todos
los músculos de mi cuerpo.
—Es duro —comenta Melinda, tendiéndome la caja de pañuelos. Niego con la
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—Es frustrante —corrijo, esperando a que los Blaiken se vayan antes de dis-
cutir—: ¿Por qué no lo deja sin más? Tiene trabajo y no es ella la que bebe o se
droga. Podría recuperar a sus hijos sin él.
—Dudo que eso se le haya ocurrido —dice Melinda, con la voz teñida de sor-
presa por mis palabras. —Es su marido. Su compañero.
—Eres muy práctica, aunque estas situaciones rara vez lo son. —Cierra el expe-
diente y se pone en pie. La sigo, rodando los hombros, y ella prosigue—: ¿Crees
que serías capaz de dejar al hombre que amas, si estuvieras en esa situación?
—Sí —alego sin necesidad de tiempo para pensarlo. —En el momento en que al-
guien a quien quiero me hace daño es cuando corto con esa persona. No deberías
39
dejar que la gente tenga tanto control sobre ti.
Melinda me mira y, por unos segundos, estoy segura de que he dicho algo malo
y de que me va a despedir en el acto. El ventilador zumba detrás de mí y, justo
antes del inevitable chirrido, Melinda sonríe.
H ace falta que el teléfono suene dos veces para que recuerde que, como
nuevo miembro de los Servicios Sociales de Eddyville, tengo un horario de guardia
de mierda.
Suspiro y abro los ojos, mirando el techo del pequeño dormitorio que he re-
clamado en casa de Marian. Podría dejar que salte el buzón de voz, pero eso no 40
forma parte de mi trabajo. Alargo la mano para agarrar el teléfono, lo tomo antes
de que salte el buzón de voz y lo acerco a mi cara. —¿Hola? —murmuro, desenros-
cando las piernas y estirándolas hacia el final de la cama hasta que mis músculos
protestan.
Miro el reloj digital que hay junto a la cama y me estremezco. Son casi las tres
de la mañana. La mejor hora para dormir. Pero también, aparentemente, la pri-
mera hora de Melinda.
—No lo creo, pero como eres la trabajadora social de guardia esta noche, ne-
cesito que compruebes algo por mí. Es más, una formalidad que otra cosa, y una
buena forma de que adquieras experiencia en esto —explica mi jefa, con un tono
más alegre de lo que tiene derecho a ser a estas horas de la noche.
—¿Quieres que vaya a llamar a la puerta de alguien a las tres de la madru-
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—No exactamente. Los dos suelen ponerse en contacto conmigo a las diez o así
por correo electrónico. Trabajan hasta tarde y son... un caso un poco especial. Esto
ya ha pasado antes, pero quiero que les dejes una nota en su puerta para que así
me llamen en cuanto se despierten.
Lo único que quiero saber es por qué no basta con un jodido correo electrónico.
Aun así, aspiro y cierro los ojos con fuerza, preparándome para lo que tengo
que hacer. —Está bien —digo finalmente, poniéndome de pie. —De acuerdo. Sí,
¿me mandas la dirección? ¿Hay alguna carta que deba escribir o algo así?
41
—Está en el buzón de la oficina, si no te importa pasarte. Te queda de camino.
Claramente había subestimado lo mierda de jefa que puede ser Melinda cuando
quiere.
—Perfecto. Estaré despierta unas horas más. —A estas alturas, me está con-
venciendo de que es una especie de demonio ancestral que utiliza la noche para
realizar rituales paganos, o algo así.
Pero soy yo la que quería hacerlo. Es culpa mía haber pensado que un pueblo
rural junto a un lago no exigiría horas como ésta.
A
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El patio está lleno de basura, que decora la hierba como si se tratara de adornos,
mientras un colchón desgastado se apoya precariamente en la terraza. Las esca-
leras que conducen a la puerta parecen inestables en el mejor de los casos. Un
desastre de tétanos en el peor escenario.
Una parte de mí desearía poder meter la carta en el buzón e irme, pero eso no
es posible.
—Dios, ¿por qué no podía haber esperado hasta mañana? —mascullo, saliendo
del auto y cerrando la puerta tras de mí. Se me eriza la piel, poniéndose como
42
carne de gallina en los antebrazos y vuelvo a mirar hacia la casa.
Algo va mal. Lo siento estando aquí, y no solo porque la casa parezca una ruina
en lugar de estar habitada.
—Estás bien. —Me recuerdo a mí misma, con voz ronca. —Estás tan jodida-
mente bien que es irreal. Ha pasado una semana. Estás bien. No sabe que estás
aquí. —No quiero pensar en cuántas veces me lo he repetido últimamente, pero ¿a
quién le importa? Desde luego, no hay nadie cerca que pueda juzgarme por ello. El
miedo disminuye, aunque no desaparece del todo. Este lugar sigue pareciéndome
espeluznante, y una parte de mi cerebro quiere que vuelva al auto y me aleje a
toda velocidad en lugar de acercarme a la puerta.
Pero es sólo una puerta, sólo una casa y es sólo de noche en una ciudad cual-
quiera. No voy a dejar que un instinto se apodere de mí. Así que, con ese pensa-
miento, atravieso el campo de minas del patio y abro el desvencijado mosquitero
que bloquea la parte delantera de la puerta de madera.
Otro escalofrío recorre mi espina dorsal, y odio ceder a mis nervios y echar un
vistazo detrás de mí al patio aún vacío.
Bueno, vacío de gente, al menos. El patio tiene un aspecto terrible y premoni-
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torio. Como un campo cargado de minas en el que podría romperme una pierna
o acabar con esquirlas en mi cuerpo o terminar con fragmentos de vidrio incrus-
tados en mi piel.
Pero eso fue hace muchos años, y no es algo que yo hubiera podido evitar.
Ahora que hasta cierto punto soy dueña de mí misma y de lo que me rodea,
nunca dejaría que mi vida se desbordara hasta ese punto. No podría, a menos
que quisiera perder la cordura a la que me he aferrado todos estos años.
43
Rebusco en el bolsillo, despliego el papel y lo sujeto con ambas manos.
Aunque no sé si debo mirarlo, eso no me impide leer la carta de aviso impresa
en negrita en la parte delantera.
Por lo que veo, si los Blaiken no quieren perder su recurso judicial por la
custodia de los niños, tienen que ponerse al día. Pero por lo que veo aquí, ese
barco ya ha zarpado y por mucho si no juntan su mierda no conseguirán lo que
necesitan. Pero no es mi decisión, y no es mi caso. Sólo estoy aquí para hacer lo
que Melinda necesita de mí, luego volver a la cama y fingir que tengo ocho horas
completas en lugar de cinco horas rotas en pedazos.
—Buena suerte con esto —murmuro, y levanto la mano para deslizar el papel
en el pequeño espacio entre la puerta y el marco.
—Siempre soy yo —promete, con los ojos nítidos a la luz mortecina de la lám-
para del porche. —Y nunca seré nadie más.
Está tan cerca que podría morderlo, y su aliento es cálido en mi cara. Tiene el
mismo aspecto que hace una semana, y una parte de mí desearía haberle dejado
algún tipo de marca con la taza de café que destrocé contra su cara.
—Mierda —susurro, mirándolo a los ojos. —Eres más difícil de eliminar que
una jodida cucaracha. —A pesar de todas mis amenazas e insultos, me aterro-
riza. Me recorren escalofríos y mis manos se aprietan en puños.
—De la misma forma que siempre —revela, inclinándose hacia delante para 44
rozarme la oreja con la boca.
—¿Por algún poder oscuro que obtuviste al vender tu alma al diablo? —de-
safío, con la voz aguda mientras lucho por no huir gritando de él otra vez.
Se me hiela la sangre y me doy la vuelta para mirarlo, con los ojos muy
abiertos e incrédula. —Pusiste un rastreador en mi... —Alarga la mano y yo me
alejo, golpeándome la espalda contra la puerta mientras mis pies me alejan de
la amenaza que es Gabriel Brooks.
—¡Déjame en paz!
—Nunca dejaré de intentar huir hasta que me dejes de una jodida vez…
—…y mires detrás de ti. —Me da un tirón del brazo más fuerte de lo necesario,
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haciéndome caer sobre él. Por un momento me preocupa que no sea capaz de
equilibrarnos a ambos, pero se endereza y me da la vuelta con las manos en los
brazos para mostrarme en qué me he metido.
—Santa mierda —suspiro, con los ojos fijos en los dos adultos muertos y des-
pedazados en el suelo de la cocina.
—¿Tú...?
—Ni siquiera los conocía —niega Gabriel, sus propias palabras pensativas. —
Supongo que esta noche tampoco te has dedicado a acuchillar.
—No, definitivamente no lo hice. Así que, si no fui yo, y no fuiste tú... —Me
detengo al ver la mirada mezquina y depravada que ilumina sus ojos y dibuja
una sonrisa desigual en sus labios.
—Dios —murmuro, cerrando los ojos con fuerza en lugar de mirar los cuerpos.
—¿He venido hasta aquí para alejarme de ti y tropezarme con esto?
Irme de Illinois debería haber significado dejar todo esto atrás, pero aquí estoy,
46
encontrando cadáveres con él a mi espalda.
Pero no lo hace.
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para que mi costado quede presionado contra la barandilla de madera a mi iz-
quierda. —No vuelvas a hacerlo, Quinn. A menos que quieras que haga que te
arrepientas.
—Ya haces que me arrepienta de todo —resoplo, con los ojos fijos en los suyos.
—No creo que haya nada más que puedas hacer para empeorar las cosas.
—Lo hay —promete. —Hay muchas formas de hacerte daño, y muchas de ellas
ni siquiera me las plantearía. Me gusta cuando luchas contra mí. —Su mano se
mueve para agarrarme la muñeca, impidiéndome llegar a su cuello. En su lugar,
una risita sale de su garganta, aunque sus ojos no se apartan de los míos. —Pero
si vuelves a intentar huir, te detendré. No dejaré que llegues tan lejos como las
dos últimas veces.
—He venido a ver cómo estaban, como me pidieron —repasa con voz queda.
Ante mi burla, me agarra del brazo con más fuerza y tuerce la boca en una
mueca. —Tú eres la ingenua más creíble, Quinn. Entré detrás de ti y te hice retro-
ceder. Casi te mareas, no querías pisar la sangre. ¿Me entiendes?
—¿Y si les digo que fuiste tú? —respondo más como un desafío que como una
pregunta real. Espero enfado. Espero irritación, como mínimo. Pero no espero la
sonrisa que ilumina sus cálidos ojos y le hace sacudir la cabeza.
Podría hacerlo aquí y ahora. Decirles la verdad, aunque les resulte inverosímil.
Podría sellar aquí su destino como sospechoso. Puede que no me crean del todo,
pero aun así tendría problemas si dijera algo en su contra. Si les dijera que es
responsable de otras muertes, incluso si fuera absuelto de ésta.
—Me dijo su nombre y que lo habían enviado a hacer un registro, igual que a mí
me han enviado con una carta para dejar en la puerta principal. Encontramos la
puerta abierta y yo...
—Creo que pisé sangre antes de que tuviera la idea de que saliéramos de allí.
—¿No temías que quien lo hubiera hecho siguiera por ahí? —interroga, y el
agudo sonido de las ruedas de las camillas al chocar contra el hormigón desvía mi
atención de ella y la dirige hacia la acera que hay detrás de mí.
Lo único que veo es una bolsa para cadáveres. Ningún cuerpo destrozado. Ni
un par de ojos abiertos y con la mirada fija. Una parte de mí se pregunta si fue así
como sacaron a la familia Owen de la cafetería, una vez que Gabriel acabó con ellos.
¿Habría sido difícil despegar primero la cara del señor Owen de la parrilla? 49
Las náuseas me revuelven el estómago cuando vuelvo a mirar a la mujer.
—No lo hice, lo siento, yo... sólo estaba asustada —falsifico, tratando de sonar
como si estuviera confundida. —No lo están, ¿verdad? Quienquiera que haya
hecho esto.
Duda y niega con la cabeza. —No. Hicimos una búsqueda exhaustiva, y está
completamente vacío. Ambos deberían irse a casa. Si tenemos algunas preguntas,
nos pondremos en contacto.
—No, está bien —digo rápidamente, dándome una patada por haber vendido
tan bien la actuación. —No me importa conducir hasta casa. No está lejos, sólo al
otro lado de la ciudad. Treinta minutos aproximadamente —prometo, esperando
que me crea.
—Me lo llevo —ofrece la mujer policía, tendiéndome la mano para que le dé las
llaves. —De todas formas, yo voy en esa dirección. De verdad, creo que es mejor que
te lleven a casa. Pareces agotada y no creo que sea buena idea que conduzcas así.
Estoy bien, pero al final sólo asiento con la cabeza y le doy las llaves como si
alguna parte de mí estuviera agradecida.
No lo estoy.
Cómo podría estarlo, cuando Gabriel extiende la mano para hacer un gesto en
dirección a su auto y camina hacia él con una última palabra de agradecimiento
con ambos policías.
—Prefiero ir andando —digo por fin, cuando estamos lo bastante lejos como
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para que sólo él me oiga. Lo único que consigo es un bufido y que abra la puerta
del pasajero de un Camaro negro.
Estaré asolas con él. No tendré forma de protegerme, y él podría largarse con-
migo como estoy segura de que quiere.
—Respira, Quinn. —Su voz en mi oído, suave y casi dulce, es inesperada. También
lo es su mano en mi codo y su sólido calor detrás de mí.
51
—Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho. Sé dónde vives, ¿recuerdas?
Podría haberte dañado cualquier noche que hubieras estado aquí, y habría sido
mucho más fácil que manchar mi automóvil con tu sangre.
—¿Se supone que eso es reconfortante? —suelto con una voz que tiembla de verdad.
Se ríe entre dientes. —Sí, lo es. Y es para que entres en el auto antes de que
venga alguno de nuestros amigos policías a ver qué te pasa. No hagas esto más
difícil de lo que tiene que ser, ¿de acuerdo?
y el rencor que soy capaz de reunir en una sola mirada. Como si necesitara que le
recordara lo que siento por él.
No habla de camino a mi casa recién alquilada. No dice ni una palabra hasta que
estaciona en frente y apaga el motor, apagando las luces y dejando todo a oscuras.
O al menos lo intento.
52
en ello como si eso fuera a cambiar las cosas. En este momento, sin embargo,
tengo más posibilidades de romper la puerta que de abrirla, y él no parece en ab-
soluto molesto por la posibilidad.
—Por supuesto que no. Deja que salga... —La cerradura se abre de golpe y casi
me caigo del vehículo cuando la puerta retrocede de golpe sobre su marco.
Juro que lo oigo reír, justo cuando lo veo caminar amablemente hacia mi pe-
queño porche.
Gabriel me empuja hacia atrás, hasta que mi espalda choca contra la puerta y
sus manos están a ambos lados de mí, con los dedos extendidos sobre el cristal.
Sin la luz de mi porche y sin nada con lo que distinguir su expresión, sólo puedo
guiarme por su aliento en mis labios y el calor de su cuerpo, por mucho que eso
sirva de algo.
—Dije que no podías entrar —reprendo, con un temblor en la voz que intento
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ahuyentar. —Dije...
Pero él sólo suelta una risita y, de repente, siento su mano en mi pecho, justo
debajo de la clavícula.
Su mano se desliza hacia arriba, suavemente, hasta que sus dedos se acercan
a mi garganta e inclino la cabeza hacia atrás para crear espacio ante su contacto.
53
—Entonces, ¿qué quieres? ¿Qué te ayude? —Le escupo a la cara. —No me obligues a...
—Te quiero.
Las palabras son francas, honestas, y no puedo asimilarlo cuando las dice. Me
siento aturdida, como un ciervo ante los faros, pero aquí no hay luz y son sus pala-
bras las que me tienen paralizada. —¿Qué? —pregunto, segura de haberlo oído mal.
—No. —Trago saliva bajo sus dedos, y desearía tener respuestas de más una
palabra en mí.
Se supone que no debo tener miedo de nada, y aunque él sea la única excep-
ción, no soy el tipo de persona que deja que haga esto y se queda aquí como una
víctima. Tengo que hacer algo.
Cualquier cosa.
—¿No estás cansada de huir de mí? —continúa, con la cara tan cerca de la mía
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que siento el roce de su barba sin afeitar contra mi mejilla. —¿Cuándo vas a dejar
que te enseñe lo que siento?
—¿Estás tan segura de eso? — No parece perturbado por mis palabras, pero me
niego a que las asimile.
—No estás muy sorprendida, ¿verdad? —ironiza, y odio que tenga razón. Había 54
sido casi romántico, aunque un poco trastornado, pensar que se había convertido
en un asesino por mí.
—¿O qué?
—Ni siquiera estás mintiendo, ¿verdad? —Se ríe, y su cara vuelve a estar dema-
siado cerca, su aliento caliente contra mis labios entreabiertos. —Me encantaría
que lo intentaras, pero no esta noche. Ni ahora. No cuando necesitas dormir y
pensar qué le vas a decir a tu jefa mañana. Intenta entrar en pánico, Quinn. Re-
cuerda que te dije que te relajaras y...
—¡Cállate, cállate! —Lo golpeo con las manos, pero no me suelta la garganta y
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—Quizá no, pero te conozco mejor de lo que nadie podría conocerte jamás —
remarca, y su otra mano se extiende para sujetarme la cadera tan bruscamente
que abro la boca en un jadeo de sorpresa.
Gabriel gruñe, un sonido que nunca había oído de él, pero en lugar de apar-
tarse, se inclina hacia delante de modo que su cuerpo es una línea sólida contra el
mío, una de sus rodillas presionando entre mis muslos. La excitación me inunda,
y el calor se hunde en un punto bajo mi estómago, cerca de donde su cuerpo se
frota contra el mío.
55
Pero me niego a pensar en ello o a hacer algo más que reconocerlo. Muerdo
con más fuerza, hasta que noto el sabor cobrizo de su sangre, y finalmente él se
aparta, claramente dolorido.
—Siempre supe que te gustaría jugar —dice, levantando la cabeza como si in-
tentara encontrar mis ojos en la oscuridad. —Siempre lo supe, Quinn...
Tengo trece años y estoy en mi cuarto hogar de acogida. Este es peor que el an-
terior, y lo único que quiero es irme de aquí, cueste lo que cueste.
La puerta se abre con un chirrido a mi izquierda y me detengo, con los ojos muy
abiertos, para encontrarme con la mirada de la otra chica que vive aquí.
—Prefiero morir a quedarme —respondo, tan segura, incluso a los trece años, de
que mis únicas opciones son escapar o la muerte. Había visto lo que pasó con ella.
Las veces que nuestro padre adoptivo se había colado en su habitación y cuánto
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había llorado después que se fue. Aunque no me había pasado a mí, me prometí a
mí misma que no me pasaría, de un modo u otro. Me acerco sigilosamente, bajando
las escaleras mientras ella cierra la puerta y se mete en la cama. Le pedí que me
acompañara, pero me dijo que no podía. Tenía demasiado miedo.
Era un punto justo, ya que nuestro padre adoptivo era malo. Hacía daño a los
chicos y a las chicas por igual, y todos se escondían en sus habitaciones en cuanto
llegaba a casa, no fuera a ser que desencadenáramos su irritación de borracho
antes de que rezumara todo el alcohol de sus poros gritándole a su mujer.
—¿Adónde vas, Quinn? —La voz me sobresalta. El miedo hace que se me cierre
la garganta, y lentamente me giro para mirar hacia arriba y hacia la imponente y
aterradora figura de mi padre adoptivo.
57
—A ninguna parte —susurro, con el cuerpo temblando como una hoja en una
tormenta. —A ningún sitio, sólo estaba...
—Te mantendré a salvo, Quinn —murmura, y vuelve a clavar las largas cuchi-
llas en el pecho de este monstruo.
No puedo hacer otra cosa que ver cómo Gabriel apuñala a mi cruel padre adop-
tivo una y otra vez, hasta que se desploma en el suelo y su sangre se esparce hacia
mí como dedos que se extienden para agarrarme.
Gabriel tiene unas arrugas en la cara que no tenía cuando lo conocí en Sprin-
gwood, y no lo detengo cuando da un paso hacia delante para sostenerme la me-
jilla con la mano que no lleva garras.
—Te mantendré a salvo. No dejaré que hagas nada de lo que te arrepientas.
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—Sabes lo que quiero decir. —Se echa hacia atrás y me toma la mano, donde
de repente sostengo una hoja delgada y afilada que brilla a la luz de la ventana.
La sangre mancha el metal y mis dedos, y la suelto con un grito ahogado, con una
pregunta en los labios.
—Joder —murmuro, repasando el sueño una y otra vez. Pero no sirve de nada. 58
No importa cuántas veces intente averiguar qué quería decir, no puedo. Peor aún, el
sueño se hace trizas cuando lo escudriño y la tormenta se lleva mis pensamientos.
Ya había soñado antes con mi pasado, pero nunca con Gabriel como prota-
gonista, a menos que se tratara de él en concreto. Aquella noche había ocurrido
antes de conocerlo y, por desgracia, no había acabado con Gabriel salvándome.
Me vuelvo para mirar por la ventana, sin sorprenderme al notar que el sol ya
ha salido. Con mi horario, dormir hasta el amanecer es un hecho. Una tormenta
golpea la ventana y me estremezco mientras me acurruco bajo el grueso edredón
que me he traído de la residencia. Aún no tengo que levantarme y, por mucho que
lo odie, sigo sin poder quitarme el sueño y a Gabriel de la cabeza. Aunque espero
que inhalar una taza de café y echarme por la garganta un montón de cereales me
ayude a sacarlo de mis pensamientos.
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Es que Clara, la mujer que comparte mi cubículo, es insufrible. Lleva tres días
hablando del doble homicidio, parloteando hasta la saciedad mientras intento
resolver mi pila de casos mientras a ella se le ocurren múltiples teorías sobre lo
que podría haber ocurrido.
Cada vez que se sienta y acerca su silla chirriante a la mía, tengo que luchar
contra el impulso de levantarme e irme. —He oído que tienen una pista —susurra
en mi oído, como si me estuviera contando algún secreto. —¿Me has oído, Quinn?
¿Cómo podría no hacerlo si está tan cerca como para resollar contra mi cara?
59
—Sí, ya te he oído —lamento, dejo el bolígrafo y la observo. Una parte de mí
quiere alcanzarla y empujarla lejos en su silla chirriante para darme un poco de
espacio, pero eso sería incorrecto. No sería fomentar la camaradería en el lugar
de trabajo que tanto le gusta a Melinda, y estoy segura de que eso también debería
significar algo para mí.
—¿No te interesa? Sé que no eres de por aquí, pero encontraste los cuerpos con
el Dr. Brooks —comenta y mira hacia otro lado, sus ojos llenos de lo que proba-
blemente son pensamientos inapropiados sobre el Dr. Brooks.
Tengo que admitir que es fácil enamorarse de él. Es fácil de agradar, con su
personalidad ganadora y su atractivo encanto. Es amable, comprensivo y el tera-
peuta por el que todos harían fila. Pero es una máscara. Una muy buena, porque
el verdadero Gabriel Brooks no es sólo esas cosas.
Es un monstruo.
Pero bueno, más poder para Clara si quiere ponerse en su lado malvado o hacer
caer su ira sobre ella. Me dará más espacio para esparcirme, y la paz y tranqui-
lidad en la que prospero. Aunque no creo que mate a mi compañera de trabajo.
Por desgracia para mí.
—¿No termina tu turno en...? —Compruebo mi teléfono, y trato de no alabar al
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Señor en señal de alivio. —¿Treinta y dos segundos? —Pero ¿quién lleva la cuenta?
Desde luego, yo no.
—Me quedo unos minutos —dice Clara tímidamente, alisándose el cabello rubio
y mirando hacia la puerta. —Melinda tiene una reunión.
—¿Qué tiene eso que ver contigo? —Me lanza una mirada confusa, posible-
mente ofendida, como si no supiera si estoy siendo mala. Así que le pongo la
sonrisa más brillante que puedo para apaciguarla.
60
quedarme por aquí. Quizá necesite ayuda o... —Se encoge de hombros mientras
observo su cara con confusión. Clara nunca está tan ansiosa. Como si quisiera que
se produjera la reunión, pero a la vez no quisiera.
A diferencia de Clara, que hace todo lo posible por llamar su atención y quedar
bien haciéndolo, yo no podría alegrarme menos de su presencia. Me mira con el
ceño fruncido, pero no cedo ni un milímetro. Sólo lo fulmino con la mirada y lo
insto mentalmente a que vuelva por donde ha venido, para que mi corazón se
calme y mis dedos puedan soltarse del bolígrafo.
Tengo miedo de él. No hay nada que impida que esa idea resuene en mis pensa-
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—Hola —saluda con su voz dulce y cálida. —¿Sabes dónde está el despacho
de la Sra. Melinda? —¿Es un rastro de encanto sureño lo que oigo, sólo para com-
placer a la gente que lo rodea?
Lo más probable.
61
obtener toda su atención. Él se la presta a regañadientes, y permite que ella lo guíe
a través del despacho hasta la pequeña habitación esquinera de Melinda, mientras
sacudo la cabeza y vuelvo a mi trabajo.
Pero es inútil.
El hecho de que esté aquí significa que no puedo concentrarme, y aunque Clara
ya no me habla, sigue existiendo en mi periferia, aprovechando la oportunidad de
atraparlo cuando se acerca.
—Dame un segundo, por favor —dice, firme pero amablemente, y doy un res-
pingo cuando me doy cuenta de que está más cerca de mí de lo que esperaba. —
Me gustaría ver cómo está Quinn. —Levanto la vista mientras habla, la acción me
recuerda a mi sueño cuando había sido tan pequeña, mirando hacia arriba y hacia
el rostro de…
—Pareces cansada —murmura, inclinándose sobre mi escritorio. —¿No duermes,
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Quinn? —Hay preocupación en sus ojos y un brillo depredador que estoy segura
de que reserva sólo para mí.
—Estoy bien —replico, deseando que no estuviera tan cerca. —Duermo bien.
—No es del todo cierto, y mi mirada se dirige al escritorio, donde aprieto el bolí-
grafo mientras lo digo.
—¿Qué está mal? —pregunta, con voz aún suave. —Puedes decírmelo…
62
—Tengo el número que me pedías. —Clara vuelve, y sus ojos se posan en nues-
tras manos, luego saltan a mi cara.
Pero Clara no. Ella respira hondo y lo mira con ojos grandes y soñadores mien-
tras él sale por la puerta, sus manos aferrando el bloc de notas entre sus dedos
mientras él se va.
Esta vez tengo los pies descalzos y miro fijamente por el pasillo hacia las esca-
leras donde las luces de abajo están encendidas. Mi padre adoptivo está gritando,
y mi nombre en sus labios significa cosas terribles sobre mí.
Su silueta ensombrece el rellano y vuelvo a oír mi nombre, esta vez como una
63
amenaza, mientras sus pasos parecen sacudir la casa. Sube un escalón, luego otro,
y yo me deslizo por la pared del lado opuesto, con las manos cubriéndome la ca-
beza. Pronto está en lo alto, caminando hacia mí con amenazas que me hacen
tiritar, y puedo sentir el momento en que extiende la mano…
Tardo dos parpadeos y casi se me paraliza el corazón hasta que doy un tirón
hacia atrás.
frotándose el brazo donde le había golpeado. —Lo estabas pasando mal. ¿Qué
soñaste?
—Contigo —miento, con el corazón acelerándose hasta que parece que intenta
lanzarme fuera de aquí. —Soñé contigo, haciendo mierdas como esta... —Intento
rodar fuera de la cama, sólo para que él sea más rápido. Arremete, hasta que se
sitúa encima de mí y de alguna manera, por un golpe de mala suerte, ya no hay
mantas entre nosotros.
Solo estamos él, con sus perfectos jeans y su camiseta negra de cuello V, y yo,
con mi camiseta y mis pantalones cortos de correr. Por un momento se queda mi-
rándome, y se me corta la respiración al sentir sus ojos recorrer mi cuerpo.
—Me encanta verte dormir, Quinn —admite, sin importarle que siga luchando.
En lugar de eso, se sienta sobre mis caderas y me inmoviliza con su peso. —Pones
las caras más dulces cuando sueñas. Es tan difícil no hacer algo al respecto.
—No importa lo que quiera decir. —¿Está irritado por haberlo confesado? Un
ceño fruncido cruza sus facciones, pero es ahuyentado rápidamente por la di-
versión una vez más. —Vine aquí para salvarte de tus pesadillas. No importa lo
irreales que sean. Háblame, pequeña. ¿Qué estás soñando que te mantiene dando
vueltas en la cama toda la noche?
—¿Toda la noche? —repito una vez más, como un loro. —Si tanto te preocupa,
¿por qué no me despertaste antes?
—Lo he hecho —suspira, subiendo una mano para acariciarme la cara. Me so-
bresalto, aunque su contacto no me abrasa la piel ni me duele como desearía.
Sus dedos son cálidos contra mi rostro y se deslizan suavemente hasta que quiero
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estremecerme bajo él. Sus uñas pinchan dándome una sensación aguda y placentera
cuando me acaricia la mejilla, la nariz de un lado antes de repetir el proceso.
—No recuerdo...
—¿Por qué? —Probablemente sea irrelevante, y sus cejas se alzan bajo la tenue
luz de la luna que se filtra por las finas y baratas cortinas de la ventana.
—No creo que puedas —replico, intentando sonar como si no quisiera su ayuda
ni creyera que vaya a serme útil. No creo que lo haga. Estoy segura de que no
puede ayudarme. No con esto.
se afloja en mi garganta. —No lo sé. Quizá sea este trabajo. Es lo que siempre he
querido hacer. Ayudar a niños en mi situación, o impedir que la gente haga... ya
sabes. —Lo único bueno es que no necesito explicarme. Ya ha oído todo esto de
mí y conoce mi pasado. —Pero ahora todas las noches sueño con la casa mala. Esa
donde estaban los otros niños.
—¿Cómo son los sueños? —Es más fácil cuando no lo miro. Puedo fingir que
no es este Gabriel el que me está ayudando. Puedo, en cambio, fingir que es el Dr.
Brooks, el terapeuta que tanto había hecho por mí cuando era adolescente.
El único del que tenía un secreto y tabú enamoramiento. Estaba segura de que
nunca le gustaría. Era demasiado mayor para mí. Demasiado establecido y exitoso.
Aunque él es el demonio de mis sueños que nunca se ha ido de ellos por mucho
tiempo, la desafortunada verdad es que todo lo que le gusta recordarme es cierto.
Tengo un millón de razones para temerle, y una razón para no hacerlo que
nunca parece querer desaparecer. Gabriel Brooks nunca me ha hecho daño.
vez que ha quitado por completo su peso de mis piernas. No la tomo, porque no soy
idiota. Me acomodo sola, con las rodillas pegadas al pecho y mirándolo con recelo.
—No lo necesito.
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Esto también me recuerda mucho a nuestras sesiones de terapia, aunque no
de la mejor manera. Siempre me presionaba para que le contara las cosas que me
hacían sentir incómoda, y yo siempre me resistía y me quejaba por ello.
—Primero, soñaba con la noche en que intenté huir. —Siento que las palabras
se me escapan y alargo la mano para encender la lámpara junto a la mesita de
noche para verle mejor la cara.
Es un error, por supuesto. Porque eso sólo me recuerda lo mucho disfruto mi-
rarlo, y el hecho de que es muy agradable a la vista. Lo atribuyo a otro vestigio de
la Quinn adolescente que no conocía nada mejor, y lo hago a un lado.
—¿Ocurre lo mismo que cuando eras pequeña? —Él también se lleva las rodi-
llas al pecho, como si estuviera reflejando mi pose. —Los sueños rara vez son
recuerdos perfectos. ¿Qué cosas cambian?
Tú.
Lamiéndome el labio inferior, intento aparentar que estoy recordando.
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Odio esa sensación de debilidad, de impotencia. Y odio recordar todas las cosas
que han pasado, cuando...
Siempre había sido tan bueno en eso que no debería sorprenderme que nada
haya cambiado. Pongo los ojos en blanco, deseando distraerlo de lo que no quiero
decir. —Para ser alguien que no está en mis sueños, te gusta pensar que eres hábil
68
descubriendo lo que hay en ellos —digo fríamente, con un tono quebradizo. —No
hay nada más...
Parpadeo hacia su mano, luego hacia la mía, pero no veo nada excepto mis
dedos. —¿Mi... mano? —dudo, preguntándome si la habrá perdido.
Gabriel suspira y desliza su mano hacia abajo hasta que puede sostener mi
pulgar entre los dos. La piel alrededor de la uña sangra.
—¿Está bien? —pregunto, sin entender muy bien a dónde quiere llegar.
—Lo haces cuando estás enfadado. Cuando mientes, normalmente. Cada vez
que intentas mentir, te arrancas la piel de las uñas. No has cambiado mucho en
cinco años, y todavía puedo leerte como un libro. —Me suelta la mano con una
sonrisa, pero no se separa de mí.
En cambio, antes de que pueda moverme, está sobre mí otra vez. Me presiona
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contra la cama y me hundo hasta apoyar la cabeza en la almohada, con sus dedos
alrededor de mi garganta otra vez.
—Te pedí que no... —empiezo, pero me corta con una mueca.
—Perdiste tus privilegios cuando mentiste hasta que tuve que llamarte la aten-
ción. Quédate, Quinn. —Esta vez no se sienta encima de mí para sujetarme, pero
no estoy segura de poder zafarme de su agarre, aunque lo intentara.
—¡No estoy mintiendo! Eres tú, siempre eres tú. Pero no, así no. —Su agarre se
afloja ligeramente y el mundo deja de girar. —Siempre apareces antes... de la parte
mala. Antes de que me haga daño. Apareces y lo matas, entonces soy mayor y ya no
soy una niña... —Se mueve, acercando el otro brazo a mi cara, y yo me estremezco.
—Tú no sabes lo que pienso —asegura Gabriel, con una rápida sonrisa en los
labios. —Pero tengo una idea bastante aproximada de lo que pasa por tu mente
ahora mismo. No es extraño que te guste, ¿sabes?
—Así que sueñas que mato a tu padre adoptivo en la casa mala. —Se mueve
hasta inclinarse sobre mí y se me corta la respiración cuando coloca una mano en
70
mi bajo vientre. —¿Cómo lo hago?
—Lo apuñalas —respondo, incapaz de dejar de repetir el sueño una y otra vez
en mi cabeza.
—¿Y qué sientes cuando me ves hacerlo? ¿Quieres ayudarme? ¿Preferirías ser
tú quien lo matara, en vez de yo?
Abro la boca para responder y hago una pausa. Porque no lo sé. Nunca lo he
pensado, me doy cuenta. Nunca me he parado a analizar cómo que siento cuando
Gabriel mata al hombre que me hizo daño durante casi dos años de mi vida.
Pero ahora que pienso en ello, no puedo parar. Me estremezco cuando su mano
se desliza hacia arriba, por debajo de mi camisa, pero ni siquiera eso es suficiente
para alejar mis pensamientos de mis sueños por completo.
—No lo sé —digo finalmente. —Pero sé que cuando lo haces, todo parece tan real.
Es como si saliera de una especie de trance y ya no tuviera que seguir el recuerdo...
—Tienes miedo de que te guste —acusa Gabriel, pero no tengo nada que
responderle.
Al fin y al cabo, ambos sabemos que es verdad.
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—Ya tengo una —asegura Gabriel, pasándose los dedos por el cabello despei-
nado. —Es mucho más bonita que la tuya y tiene mejores camas. Ven algún día.
No me importa enseñártela.
—No, Quinn. —Espera pacientemente hasta que hago contacto visual. —Esa
parte no. La parte de que me perteneces. Quizá si lo entiendes, uno de estos días
no te sorprendas cuando al despertar me encuentres en tu cama. O mejor, tal vez
te despiertes en la mía.
El problema, para el hombre calvo de dos metros y medio con músculos que
probablemente no han salido del gimnasio, es que no le tengo miedo.
En absoluto.
Mis dedos tamborilean sobre mi taza de café mientras él grita, y la aparto para
evitar que algo de su saliva caiga en mi taza ya tibia. Continúa, presumiendo de
más capacidad pulmonar de la que esperaba, hasta que finalmente aparto la mi-
rada, aburrida del espectáculo.
—Sí, ahora realmente no quiero que su caso sea una prioridad. No me gustan
mucho los insultos, Sr. Durham.
Antes de que pueda empezar de nuevo, añado—: Por favor, váyase antes de que
tenga que llamar a la policía. Creo que ambos tenemos mejores cosas que hacer
hoy, ¿no le parece? —Aunque no me asusta, su imprevisibilidad y la forma en que
se mueve de un lado a otro delante de mi mesa me ponen nerviosa.
Si le quito todas sus opciones, ¿intentará hacerme daño? Si soy yo quien acaba
con sus esperanzas de recuperar a su hijo, aunque sea un fin de semana sí y otro
no, ¿volcará la mesa e intentará estrangularme?
—Te vas a arrepentir de haberme hecho esto —amenaza, con su cuerpo tem-
blando como una hoja al viento. No es miedo ni preocupación.
73
Me odia. Me culpa, aunque ya hemos hablado de que no era mi responsabilidad
y, francamente, la culpa es suya. Después de todo, no soy quien se emborrachó
y golpeó a su mujer varias veces antes de dedicarse a vender drogas para conse-
guir dinero extra. —No te he hecho nada —repaso, echando la cabeza hacia atrás
y cerrando los ojos para ocultar la mirada en blanco que quiero darle. —Pero me
ocuparé de su caso, si se retira. No puedo hacer mi trabajo con usted en esas con-
diciones, después de todo.
Clara suelta un largo y nervioso quejido y se echa hacia atrás en la silla, justo
cuando Melinda aparece de la sala de personal como si realmente hubiera estado
allí todo el tiempo, organizando o haciendo otra cosa que no fuera esconderse.
—Eras tan buena actuando como si no tuvieras miedo —comenta Clara cuando
Melinda se acerca. Mi jefa frunce el ceño hacia la puerta y luego hacia mí.
—¿Todo bien, Quinn? —pregunta con el rostro arrugado. —He oído el alboroto
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—Bueno, estoy segura de que te encargarás de ello. —Que nos eche encima los 74
casos que no le gustan no me entusiasma, pero al menos está dispuesta a respon-
sabilizarse de nosotros. Las palabras de Melinda van acompañadas de una sonrisa
forzada y se vuelve hacia mí con una suavidad en los ojos que no me espero.
—¿Por qué no te vas más temprano hoy, Quinn? El día está lento, y parece
que ya casi has terminado. —Inspecciona mi mesa mientras dejo la taza de café,
sorprendida.
—Te mereces una noche libre. Quizá haya alguien en la ciudad que te interese.
—Me recuerda a la tía sureña de alguna película antigua cuando lo dice con una
mirada significativa, y lucho por no poner los ojos en blanco. En lugar de eso, una
sonrisa se dibuja en mis labios y niego con la cabeza.
—En realidad no estoy buscando nada —admito, poniéndome en pie con una
pila de trabajo. —Ahora mismo, no.
—¿Ni siquiera con nuestro encantador nuevo terapeuta? El Dr. Brooks está tra-
bajando con nosotros ahora, ya sabes. No estaría de más conocerlo un poco mejor.
—Oh, Melinda. —Se ríe mi compañera. —Creo que el Dr. Brooks es un poco
mayor para Quinn, ¿no crees?
—La verdad es que no. — Melinda se encoge de hombros. —Sé que cuando era
joven siempre me interesaban los hombres mayores elegantes. ¿Qué te parece? —
Me mira y, con una sacudida, me doy cuenta de que no es una pregunta retórica.
75
Si no tengo cuidado, su confianza va a hacer que Clara me dispare.
Melinda me despide con mucha más buena voluntad que Clara, quién está no-
toriamente irritada. Bueno, no es culpa mía que tenga mal gusto para los hombres,
ni que piense que quiero algo con Gabriel. Eso es lo que me digo a mí misma, mien-
tras intento no pensar en sus manos sobre mis muslos, o en su voz susurrando en
mi oído después de que me despertara de mis pesadillas hace unos días.
Había sido más útil de lo que jamás admitiré. Especialmente desde que mis
pesadillas fueron ahuyentadas por su tacto y su olor.
—¿Qué...? —Me interrumpo con una brusca inspiración, con los ojos desorbi-
tados y los dedos enroscados en las palmas de las manos. —Tiene que estar de
broma. ¿Qué está haciendo?
—No hemos terminado —sisea, tan cerca de mi cara que puedo sentir su cálido
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aliento en mi piel. Me da la vuelta arrastrándome detrás del edificio para que las
dos mujeres que están dentro no puedan vernos a través de la ventana. —Te pa-
reció muy lindo, ¿verdad? Sentarte ahí y burlarte jodidamente de mí.
Su voz se eleva mientras habla, las manos en mis mangas tiemblan. Lo asimilo
todo con calma, aunque una parte de mí se agita con el temor de que vaya a ha-
cerme daño. Puede que no le tenga miedo, pero parece que él no lo sabe.
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Comparado con él, esto es sólo una desafortunada interrupción en mi día.
Hasta que no aspiro y huelo el alcohol que se filtra por sus poros, no me doy
cuenta de que la razón se le ha ido por la ventana. Sus ojos revolotean alrededor
de mi cara, y se me ocurre que puede que no sepa lo que estoy diciendo, o que no
vea la lógica detrás de ello. Pero, por desgracia, no se me dan bien los borrachos.
Nunca he podido lidiar con ellos, y no creo que vaya a empezar a hacerlo ahora.
—Necesitas que escuchar —gruñe por tercera vez desde que entró en mi des-
pacho. —Sólo, sólo escucha, y...
Hay un momento de tensión en el que el Sr. Durham mira a Gabriel con los ojos
muy abiertos... Pero no dura. No puede durar cuando Gabriel es una tormenta
imparable y Durham no es más que una aterrorizada señal de pare a punto de ser
arrancada del suelo.
Sale corriendo, sin mirar atrás, hasta que se pierde de vista alrededor de los 77
autos. Lo observo, intentando ver en qué dirección va, pero es imposible verlo una
vez que ha desaparecido calle abajo más allá del estacionamiento.
Una vez que estamos solos, mis manos se flexionan, siento la piel húmeda
mientras intento averiguar qué decirle al hombre que sigue aquí, que me mira
como si quisiera que hablara. —¿Por qué has hecho eso? —cuestiono finalmente,
con voz tranquila. —¿Porque crees que no puedo cuidar de mí misma?
Gabriel se ríe entre dientes y se gira para mirarme con las manos metidas en
los bolsillos. —En absoluto, dulce niña —dice, dando un paso más hacia mí para
invadir mi espacio personal. —Podrías haberlo matado, ¿verdad? Apuesto que po-
drías haber hecho que se arrepintiera. Pero por esta vez, no pude evitarlo, Quinn.
Necesitaba recordármelo, ¿sabes?
Esta vez, cuando alzo la mano para empujarlo nuevamente, me sujeta de los
brazos haciéndome chocar con fuerza contra el todoterreno negro que tengo a
mi espalda. Es un milagro que no salte la alarma, aunque el modelo parece lo bas-
tante viejo como para que quizá no tenga un sistema de seguridad que funcione.
—Me preguntaba cuándo saldría a jugar esta faceta tuya. Parece que pudieras
apuñalarme, Quinn. Con toda esa ira y justa indignación. Dime, ¿te duele?
—Sentarte en ese jodido caballo alto todo el tiempo. Déjame arrastrarte y darte
un pequeño respiro de creer que eres mejor que yo. ¿Qué te parece eso? —Cuando
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vuelvo a moverme, su mano sale disparada para presionarme la garganta, los
dedos rodean mi cuello mientras su cuerpo se aprieta contra el mío.
—¿Mejor que yo? Puede que lo seas, solo un poco. Pero no por tu personalidad.
Fue simplemente una oportunidad. Quizá debería haberlo dejado pasar. Debería
haber dejado que te arrastrara a los arbustos. —Se me revuelve el estómago y,
cuando aspiro, una fría sensación de miedo me recorre la espalda.
—¿Por qué? ¿Por qué, Quinn? ¿Está jodido porque en tu mente te estás con-
venciendo de que quiero que te pase algo malo? —Se lanza hacia delante, con los
dientes juntándose a centímetros de mis labios para poder sonreírme amplia-
mente. —¿O es jodido dejarte hacer todas las cositas desagradables que sé que
estabas pensando?
—Quieres serlo —acusa. —¿No es eso lo que tanto temes? —Su boca sigue
demasiado cerca, muy demasiado cerca, y cuando separo los labios para poder
contradecirlo, hace su movimiento.
Los labios de Gabriel encuentran los míos en un beso contundente y, como si qui-
siera devolvérmelo por lo de hace unas noches, no pierde el tiempo y muerde duro.
—Para —digo, con el corazón latiéndome con fuerza mientras alargo la mano
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para intentar rasguñarlo. Mis dedos no son lo bastante largos para enroscarse
en su garganta como él lo hace en la mía, pero copio sus movimientos de todos
modos y deslizo el pulgar justo bajo la barba incipiente de su mandíbula.
—¿Quieres jugar así? ¿Quieres ver quién aguanta más, Quinn? —Hay algo en
sus ojos que hace que mi pulso se dispare, y me pregunto si él puede sentirlo
bajo las yemas de sus dedos. —Deja que te ayude. —Levanta la mano que tiene
libre para ajustármela, poniéndola en una mejor posición para que mi pulgar
y mi índice puedan hundirse en su piel más cómodamente. —Ahora presiona.
Sólo presiona, Quinn. —Sus palabras son una orden, y mi vacilación desaparece
cuando las cumplo. Presiono con fuerza y él hace lo mismo.
—Justo ahí, nena —gruñe, inclinándose de nuevo hacia delante y forzando mis
caderas contra su rodilla. —Tendrás que hacerlo mejor si quieres hacerme daño.
Vamos, aprieta más fuerte.
—Tú...
—Sé cómo cuidarte. —Las palabras resuenan en mis oídos justo cuando mis
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dedos sueltan su camisa. No puedo evitar caer de espaldas contra el auto, y apenas
siento sus dientes contra la base de mi garganta mientras la cabeza me da vueltas,
la mente se me nubla hasta...
En el momento en que me suelta, tomo aire y abro los ojos. Separo los la-
bios para que vuelva a besarme y me sujeta las caderas con tanta fuerza que me
preocupa que me deje moretones.
—Lo sé, preciosa, lo sé. Pero aquí no. ¿Y si alguien nos viera? ¿Y si alguien te
viera cabalgando así sobre mi muslo, o la forma en que me suplicas que te toque?
—Abre la boca —ordena Gabriel en un gruñido bajo, con los ojos brillantes. —
Abre la jodida boca, Quinn.
Lo muerdo.
—Suéltame —ordena Gabriel, con los dedos retorciéndome la camisa con más
fuerza. —Suéltame, Quinn. Este no es el lugar para jugar como tú quieres.
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¿Cómo yo quiero?
Lo suelto, sólo para darle un leve pellizco a su pulgar cuando sale de mi boca,
sólo para demostrarle que no soy suya para que me dé órdenes.
Sonríe, con los ojos brillantes, y me vuelve a pegar al todoterreno, su boca en-
cuentra la mía para besarme como si fuera la última oportunidad que tiene.
—¿Para qué nos vea tu jefa? —se burla, con las manos en los bolsillos. —Tal
vez no sea una buena idea, ya que tendrás que explicar por qué estábamos casi
follando contra su auto.
Doy un salto hacia delante, alejándome del vehículo, negando con la cabeza.
—No estábamos…
—Que tengas un buen día, Quinn —interrumpe, riendo entre dientes. —Sueña
conmigo, ¿quieres? —No responde a mi grosero gesto y, segundos después, su
auto sale a toda velocidad del estacionamiento.
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MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
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Mi cuello duele cuando me giro lo justo, y había acertado al decir que sus dedos
dejarían moretones en mis caderas. 84
Los tenía, y parecen como si hubiera sido reclamada por un hombre que aca-
bara de follarme, aunque Gabriel definitivamente no es ese hombre.
Cierro los ojos y me los froto con las palmas de las manos, suspirando por la
nariz y deseando que se acabe de una vez la semana. Es viernes, me recuerdo.
Es viernes y estarás bien.
Superar el día de hoy significa un fin de semana para dormir, comer galletas y
no asistir a la fiesta de piscina en casa de Melinda.
Sin embargo, las ráfagas de colores que tengo detrás de los ojos al cerrarlos no
ayudan, cuando cada una de ellas es del color del pelo de Gabriel o del marrón
chispeante de sus ojos. Maldita sea. Controlarme es el primer, segundo y tercer
paso para conseguir alejarlo de mí.
Tiene que haberlo, reflexiono, con el ceño fruncido arrastrando la boca hacia
abajo. No hay otra forma de que pueda seguir encontrándome, a menos psíquico
en secreto. Es probable, supongo, ya que de algún modo parece saber todo lo que
voy a disfrutar, incluso cuando la idea me hace retorcerme.
Había sido jodido en todos los sentidos, pero nunca me había excitado tanto
en mi vida.
Cuando una carpeta cae de golpe delante de mí, doy un respingo y alzo la vista,
parpadeando con fuerza, para ver a Clara mirándome con expresión turbia. Sigue
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con la mano sobre el expediente y no dice nada durante unos instantes.
Se limita a mirarme.
Lo ha visto, creo, y ya estoy pensando qué decirle. ¿Cómo le explico lo que pasó
ayer cuando yo mismo apenas puedo entenderlo?
—Clara... —empiezo, pero ella me interrumpe con lo que espero que sean celos
irritados, o incluso hostilidad. Después de todo, toda la oficina sabe que Clara
está enamorada de Gabriel. Es decir, Melinda, Clara, yo y el conserje lo sabemos.
puede quedarse allí, pero tenemos otra casa preparada para ella y todo. Sólo
tienes que recogerla y llevarla a encontrarse con Melinda. Estará lista cuando lle-
gues. Y Melinda te estará esperando en el McDonalds cerca de la intersección. —
Como no hay muchos McDonalds ni muchas intersecciones en la ciudad, sé a cuál
se refiere. —Me gustaría ir, pero tengo una reunión. ¿Puedes recoger a la niña?
—Sí, está bien. —Me levanto y recojo la carpeta, hojeándola, hasta que en-
cuentro el nombre y la dirección actual de la chica.
Lily Jenkins.
—Por cierto, la familia Blaiken. ¿Te has enterado de lo que ha pasado? ¿Quién
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lo hizo, o...? —Clara sacude la cabeza. —Lo último que supe de Ed es que sospe-
chan que se lo hicieron entre ellos. Pero no hay nada oficial, todavía —explica,
nombrando a su amigo policía con el que estoy bastante segura de que se acuesta.
—Que tengas un buen viaje, ¿de acuerdo? Odio hacerte esto —admite levantando
la mano de la carpeta.
—Ah, sí. —Señalo la carpeta con la cabeza. —Sí, no hay problema. —Mis pasos
me llevan fuera del despacho y, por suerte, no hago ninguna otra pregunta es-
túpida que pueda poner en duda su fe en mi capacidad para hacer esta tarea,
aunque yo misma me la esté cuestionando.
—Este es tu trabajo —me digo. —Un trabajo por el que te pagan. Vas a ayudar,
así que todo irá bien. No pienses demasiado en ello, Quinn. —Una vez en el auto,
me recojo el pelo en una coleta y me siento con los ojos cerrados.
De todos los días para hacer esto, nunca hubiera preferido que fuera hoy.
El sudor me resbala por la cara mientras estoy de pie en la acera y miro fija-
mente las bolsas de basura negras a mis pies. No parece que estén hace mucho
tiempo, pero ¿qué se supone que debo hacer si la niña ha salido con sus pertenen-
cias en ellas y las ha tirado delante de mí?
Desapareció de nuevo en el interior, abatida y con los ojos hundidos, y aún no
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La niña, Lily, vuelve a salir con otra bolsa y la deja caer, con la cabeza gacha,
antes de soltar un largo suspiro. No entiendo por qué su madre adoptiva no pudo
ayudarla, pero ese no es mi único problema ahora.
Fue un asco.
La niña vacila y mira a su madre adoptiva, que esboza una sonrisa amarga y
saluda con la mano.
—¿Necesita que le firme algo más? —pregunta la mujer con pereza, apagando
el cigarrillo en la barandilla del porche. —Melinda ya...
Me mira con sus pálidos ojos azules. No puedo evitar preguntarme si la edad
y la nicotina les habrán quitado el color, volviéndose más grises que azules, pero
no aparto la mirada. Ni siquiera cuando el olor a humo me recorre las entrañas y
me arde en la nariz.
Si esta mujer cree que porque soy joven voy a dejar que me pisotee, se va a
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llevar una gran decepción.
Por suerte, sólo tarda cuarenta y dos años en salir y me pone en los brazos un
conejo de peluche al que le falta una oreja. Lo tomo con cuidado, como si estu-
viera vivo y no fuera un juguete gastado.
Mientras lo dice, examino el conejo y paso los dedos por el suave pero desgas-
tado pelaje.
Siento frío, y con el frío viene la ausencia de cualquier cosa excepto irritación
e inmensa aversión hacia la mujer por cómo está tratando a esta niña. —Pero
no voy a dejar que nadie me pisotee. Y créame, tengo bastante experiencia en el
sector de la acogida, señora. —Me sostiene la mirada un momento más antes de
darse la vuelta y volver a entrar, cerrándome la puerta en las narices.
—¿Te gustan los batidos? —ofrezco, sacando el auto a la vacía calle suburbana.
—¿Me compras un batido para poder decirme algo malo? No hace falta. Sé
cómo funciona esto.
—Eh, diablos, no —digo, sonriendo por el espejo retrovisor para que pueda
verme desde el asiento trasero. —Te voy a comprar un batido y patatas fritas
para que podamos esperar a Melinda con estilo y sin sudar la gota gorda. No soy
de aquí —añado, intentando entablar conversación. —¿Siempre hace tanto calor?
Sólo estamos en junio.
—Por si llega tarde —digo, cuando Lily también cuestiona esto. —Además, todo
el mundo necesita nuggets de pollo.
—No debería tener bolsas de basura —explico, con las palabras como cuchillas
afiladas en la boca. —Eso no está bien. Ya no están permitidas, y…
—Lo sé. —Me aprieta el hombro y la miro a la cara. —Vamos a hablar con su ex
madre de acogida. Vamos a asegurarnos de que sepa que eso no es aceptable de
ahora en adelante.
—¿Qué hizo? —pregunto, sabiendo que la mayoría de los niños son trasla-
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dados porque el hogar no es apto o porque se portan mal. —¿Hizo daño a alguien?
—Estará ella bien —averiguo, forzándome a abrir mis ojos y no decir nada que
lo empeore. —La enviarán a otro hogar de acogida, ¿verdad? 90
—A un mejor hogar de acogida —promete mi jefa. —Tiré de algunos hilos y ella
va a una de las mejores casas que tengo. Investigaremos su último hogar, tam-
bién. No son solo por las bolsas de basura, como ahora sabes. Hay dos niños más
allí, buscaré sacarlos lo antes posible.
La madre y su hijo adolescente merecen más. Se merecen algo peor que una jo-
dida reprimenda y un recorte de su pago del gobierno. Pero yo sé que mis palabras
no van a hacer nada, así que solo asiento y miro fijamente al aire sobre su hombro.
—No, yo mmm... —No acepta un no por respuesta. Lo entiendo. Así que niego
con la cabeza y sonrío forzadamente. —Está bien —miento, sabiendo que no haré
nada de lo que digo cuando se trata de él. —Pediré su número en la oficina. Veré
si puede atenderme.
Bueno, aparte de mí, estando de pie frente a la casa donde asesinaron al matri-
monio Blaiken, dejando a sus hijos huérfanos y permanentemente en el sistema
de acogida, apoyada en mi auto y repasando con los ojos el expediente que extraje
del despacho de Melinda. Fui lista, había hecho copias, y ahora estoy viendo pa- 92
peles que son míos y sólo míos.
—A ti. —Las palabras son sencillas, directas, y hacen que el corazón me palpite
nervioso en el pecho.
Mis dientes presionando mi labio inferior, hundiéndose en él hasta que mis
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—No, me refiero a que se supone que tendrías que estar aquí hoy. —Suena tan
paciente, como si fuera una niña traviesa con la que está hablando en lugar de una
adulta con un título profesional. —Melinda pidió una cita y dijo que tú la habías
firmado. ¿Dónde estás, Quinn?
—Ahí no —respondo con ligereza. —No voy a hacer terapia contigo, Gabriel. —
Sueno más valiente de lo que me siento, y hago una pausa cuando se ríe entre dientes.
—¿Por qué? Soy el mejor terapeuta que has tenido. ¿Crees que no puedo ayu-
darte ahora igual que te ayudé entonces? ¿O tienes miedo de que te ayude más de
lo que quieres?
—En realidad hay una señora muy agradable en Eddyville a la que voy a ir a ver.
Trabaja con adultos con trastorno de estrés postraumático y es muy recomen-
dada por otros trabajadores sociales —informo con dulzura. —Ella parece mucho
más lo que necesito. Pero tú lo entiendes, ¿verdad? Después de todo, fuiste tú
quien me dijo que se trataba de encontrar al terapeuta adecuado.
—Así es. Y el terapeuta adecuado para ti soy yo. —Hay algo en su voz que no
puedo distinguir. Algo que va más allá de su habitual naturaleza cruel pero ju-
guetona. —Cuidado con los errores que cometes, cariño. Un día podrías lamentar
las consecuencias.
—Voy a colgar —anuncio cerrando la carpeta que tengo entre las manos. —Hoy
no tengo tiempo para esto.
—Haz lo que quieras. —El cambio repentino me da una pausa, y miro hacia la
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—Ah, ¿sí?
—Sí. Haz lo que quieras, Quinn. Al fin y al cabo, es un país libre. —Su tono no
concuerda con las palabras, seguro, pero no estoy dispuesta a cuestionarlo.
Quiero ver qué hay dentro, por una jodida y macabra curiosidad que no puede
domarse en mi pecho. Además, como esto ya no es la escena de un crimen, ¿a
quién le importa? Es probable que nadie me detenga. A menos que aparezca el
94
agente inmobiliario. Pero dudo que eso ocurra.
Mi camino hasta la casa es igual que antes, y los escalones siguen siendo una
trampa antitetánica de clavos sueltos. La barandilla también sigue en mal estado,
así que parece que cualquier limpieza o arreglo que se haya hecho aquí ha sido
superficial en el mejor de los casos.
El picaporte de la puerta gira bajo mi agarre y entro, con los ojos puestos en la
cocina en la que había estado antes.
Hoy no hay... nada. Ni sangre, ni cadáveres, ni nada que haga pensar que aquí
ha pasado algo. Pero aun así me tomo un momento, exploro la cocina y me agacho
a mirar cosas, aunque no haya nada que ver, antes de pasar al salón. Es más bo-
nito y limpio de lo que esperaba, brilla a pesar de ser barato y paso de largo hasta
que encuentro el dormitorio principal en el primer piso.
O, mejor dicho, lo que pienso que es el dormitorio principal. Parece una suite
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principal, con un cuarto de baño y un armario con una puerta desvencijada que
casi cuelga de sus goznes. Sin embargo, no hay nada. No hay muebles. Ni cama.
Simplemente... nada. A continuación, me dirijo al cuarto de baño y busco en los
limpios armarios cualquier cosa de interés.
Nada, excepto el olor a lejía. Quienquiera que haya limpiado este lugar lo ha
hecho a conciencia, pero no entiendo por qué. Especialmente cuando se trata
de la cama principal y cuarto de baño, en lugar de las otras habitaciones que he
visto. Incluso la cocina no está tan limpia, ni es tan perfecta como esta habitación
extrañamente vacía.
Pero si hay algo que esconder aquí, ¿no habría sido en la cocina donde mataron
a los Blaiken? ¿No sería ese el lugar para blanquear hasta la última gota, en lugar
de venir aquí y hacerlo?
Echo un vistazo rápido al resto de la casa, que está intacta y todo lo limpia que
puede estar, antes de volver al extraño dormitorio y mirarlo una vez más.
95
Hay algo que no encaja, como una pista bajo la pintura fresca de las paredes,
pero no sé qué voy a hacer. Diablos, ni siquiera sé si hay algo que hacer. Sobre
todo, porque la policía lo ha peritado y aquí no hay nada más que pintura nueva
y malos recuerdos.
Ese pensamiento me irrita mientras salgo y apenas vuelvo a mirar la casa mien-
tras corro hacia el auto. Este lugar es espeluznante y tengo una sensación extraña,
como si me estuvieran observando. Cuanto antes me vaya, mejor, aunque no en-
tienda esa incomodidad que me produce estar aquí.
Pero no hacen ningún ruido. En lugar de eso, cambian de mano hasta que el
trapo tapa mi boca y mi nariz presionando profundamente, y con horror puedo
sentir cómo aumenta el mareo en mi cabeza, haciendo que mis miembros se
sientan más pesados con cada sacudida.
—¡No! —grito, intentando lanzarme hacia delante y sólo consigo hacerme daño
con el cinturón de seguridad. —¡No! —Vuelvo a chillar, con el brazo golpeando el
claxon una y otra vez, para que me oiga cualquiera, aunque mis forcejeos paula-
tinamente disminuyen.
Poco a poco vuelven mis recuerdos, de hablar por teléfono con Gabriel y re-
chazar hacer terapia con él. De la cocina impecable y el dormitorio vacío, y del
resto de la casa que había sido de lo más aburrida.
Como era el último día laboral, esperaba llegar a casa, comer tacos y prepa-
rarme batidos. Como es mi ritual de los viernes, intento estar en casa a las ocho,
para no cenar a las dos de la mañana.
Mi cerebro busca los recuerdos perdidos mientras poco a poco voy desper-
tando. Mis dedos se flexionan y froto la nariz contra la suave tela que tengo de-
bajo. A lo mejor todavía es de noche, y estoy a punto de quemar la casa con los
tacos que dejé al fuego o con la batidora llena de helado a punto de explotar.
—¿Te duele algo? —La voz me remonta a mi adolescencia, cuando Gabriel había
sido tan convincente haciéndome creer que era el hombre que pretendía ser. Es
su voz de terapeuta la que hacía tiempo no oía, mis ojos se abren de golpe y me
incorporo rápidamente.
Enseguida me arrepiento. Gimo y vuelvo a caer sobre los codos, con los ojos
cerrados mientras el mundo gira y se sumerge a mi alrededor.
98
siento así?
Se mueve, aunque solo lo sé por cómo suenan sus pasos cuando cruza la ha-
bitación. No puedo evitar estremecerme tan pronto como me toca, y mis ojos se
abren de nuevo para fijarse en su rostro, tratando de enfocarlo. —Deja que te
ayude —dice con dulzura, suavidad y de una forma que me dan ganas de darle un
puñetazo. —Vamos, Quinn. Deja que te ayude.
—De eso podemos hablar. ¿Ya puedes levantarte sola? —Me apoya con más
firmeza sobre los pies y, cuando se aparta, me doy cuenta de que puedo. A duras
penas. Mis manos siguen aferradas a su camiseta de manga larga y cuello en V,
pero eso es todo. Trago aire, tratando de despejarme, y una parte de mí agradece
que no me esté presionando más en este momento.
Después de todo, van a pasar unos minutos antes de que pueda romperle la nariz.
Desde luego, es mucho más hermosa que la que he alquilado para mí. La pin-
tura fresca, los suelos de madera y los techos altos saltan a la vista, insultándome
con su aspecto lujoso. También es mucho más grande que la casa que he alqui-
lado, y al asomarme por las puertas francesas, veo un gran salón con un sofá
frente a una televisión montada sobre una larga chimenea de aspecto moderno.
—Si quieres, podemos ir a otra habitación —expone Gabriel perezosamente
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Claro que está cerrada, porque Gabriel siempre es tan bueno que piensa en
todo de la peor manera. Aunque no lo estuviera, habría esperado que pusiera
trampas fuera para retenerme aquí con él. A menos que esté planeando derri-
barme y arrastrarme él mismo, si escapo. Lo cual siempre es una opción.
—Silla o sofá, tú eliges dónde sentarte. Pero vas a sentarte, así que... —se in-
terrumpe cuando lo miro, encogiéndose de hombros. —Cuanto antes lo hagas,
antes podrás irte. ¿Qué te parece?
100
Tiene razón, y es una oferta mejor. Vacilo durante medio segundo más antes de
dirigirme a su lado de la habitación, con la cabeza por fin despejada, y dejándome
caer en el sillón de felpa frente a su escritorio para mirarlo con desprecio.
No sirve de nada. Apenas parece darse cuenta mientras saca su iPad y su lápiz
óptico, con un documento de notas con mi nombre en la parte superior.
—¿En serio? ¿Estás haciendo esto de verdad? —acuso, más sorprendida que
otra cosa. —Creía que era una excusa estúpida para hacer amenazas veladas y
promesas que crees que me excitan.
—Nop.
—No te estoy hablando de eso. Se trata del trabajo, ¿verdad? De cómo Melinda
está preocupada por mí sin motivo. —No quiero hablar de nosotros, ni de él. No
quiero hablar con él de nada. Especialmente cuando se trata de mi trabajo.
Pero, por desgracia, parece que Gabriel no está dispuesto a aceptar eso como res-
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puesta. Golpea suavemente su escritorio con el lápiz óptico mirándome a los ojos.
Si antes había alguna duda de que esta casa no era suya, ahora ya no la hay. No 101
me lo imagino leyendo sobre abejas, repostería o diversión. Definitivamente no
diversión.
—Es mi trabajo —recuerda dulcemente, con una sonrisa curvando sus labios
carnosos. —Sólo intento ayudarte.
—Ah, entonces no puedes encontrarlo, ¿verdad? —Anota algo más con una
floritura. —Sinceramente estoy sorprendido. ¿Has probado llevar el auto a algún
sitio? Lo buscarán. Les sería más fácil encontrarlo a ellos que a ti, ya que dudo que
sepas siquiera lo que estás buscando.
—Quería hacerlo. —Me acerco a grandes zancadas para apoyar las manos en su
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escritorio, poniéndome encima de él. —Pero eso cuesta dinero. Que es algo de lo
que ando escasa. Me parece un insulto. Se siente como una mierda que me pongas
en una situación que económicamente no puedo manejar ahora mismo.
Mira sus notas y escribe más palabras que no puedo leer, ni siquiera desde esta
distancia. Luego deja el lápiz en el suelo y me mira hasta que nuestros rostros están
demasiado cerca y deseo no haberme acercado tanto. —¿Se supone que eso tiene
que hacerme sentir mal? —pregunta perezosamente, con voz suave. —¿Se supone
que debo... qué? ¿Romperme y decirte dónde está? ¿Decirte cómo es y ofrecerme
a sacarlo por ti? ¿De verdad crees que eso es lo que va a pasar aquí, Quinn?
—Te odio —susurro, con los nervios a flor de piel. Me abalanzo sobre su lápiz
con la intención de romperlo o, al menos, tirarlo por la ventana. Es infantil, preci-
102
pitado y, sobre todo, estúpido. Pero tiene tendencia a llevarme demasiado lejos,
hasta el punto de verme actuar como si no tuviera sentido común.
—Eres muy hostil para alguien a quien le vendría bien hablar —masculla en mi
oído, levantándose, pero manteniéndome agarrada para que yo no pueda hacerlo.
—Esto no es así como quería que fuera, Quinn. ¿Por qué no puedes controlar tu
temperamento por una vez?
Mis mejillas arden ante su reprimenda. Tiene razón, y odio que me haga en-
fadar tan irracionalmente. Se mueve hasta inmovilizarme con una mano en la
nuca y se queda de pie junto a su escritorio, inmóvil.
Me retuerzo lo suficiente como para tirar al suelo algunas de sus cosas. Aun
así, no se mueve; finalmente, me veo obligada a renunciar a mis esfuerzos con un
gruñido frustrado e intento darle una patada, irritada.
Naturalmente, fallo.
—¿Qué estás haciendo? —chasqueo al fin, tanteando con la mano en un intento
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Respiro hondo e intento moverme. Necesito equilibrio para hacer algo más que
retorcerme. Pero me tiene atrapada y, con él entre las piernas, no puedo hacer más.
Lo peor es que cada vez que me retuerzo, cada vez que me muevo arriba y
abajo sobre su escritorio para intentar zafarme de él, lo único que siento es el
calor y la presión de su muslo contra mi cuerpo. A través del fino material de mis
pantaloncillos, tengo la sensación de estar rozando intencionadamente su piel.
Ese pensamiento me hace sentir más vergüenza. Es una combinación de eso y de
irritación lo que hace que finalmente me detenga, con la mejilla apoyada en su
103
escritorio, y cierre los ojos con fuerza mientras jadeo mi frustración.
—¿Puedes dejar que me levante? —pregunto, intentando que suene como una
petición y no como una orden. —¿Por favor?
—Podría —indica Gabriel, moviéndose para apretar su muslo con más fuerza
contra mí. —Pero te lo estabas pasando tan bien. ¿Qué te pasa, pequeña? ¿Fue
demasiado para ti?
—Creo que la haremos aquí mismo. ¿Desde cuándo tienes pesadillas, Quinn?
—pregunta de improviso, sorprendiéndome con la franqueza de su pregunta.
—Desde que tenía seis años —contesto, poniendo los ojos en blanco. —Cosa
que ya sabías. —Su mano se posa en mi muslo, justo debajo de la curva de mi
culo, con un golpe que resuena en mis oídos y detiene mis palabras en seco.
—¿Qué estás...?
—¿Cuánto tiempo desde que te mudaste tienes pesadillas?
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—Desde que empecé a tomar casos —reconozco en voz baja, aún aturdida. Su
mano roza el lugar que había golpeado, los dedos suaves y burlones.
—Explícame cómo te hacen sentir. ¿Son todos sobre la casa mala? ¿La de tu
padre adoptivo maltratador?
Me golpea de nuevo, haciendo que me retuerza contra su muslo, una vez más.
—Sí, sí —siseo entre dientes apretados, sintiendo que me tiemblan los muslos. —
Siempre son sobre la casa mala y siempre implican a mi padre adoptivo. Siempre
es la noche en que me rompió el brazo. A veces estás allí y lo matas. A veces lo
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hago yo y él sigue levantándose. ¿Puedes por favor dejarme levantar ahora?
—No. —Me sube los shorts y ardo de vergüenza cuando me agarra el muslo con
la mano libre. —¿Crees que estos casos te están sirviendo de algo, Quinn? ¿Es la
vida que siempre habías soñado?
No.
Odio cómo me hace sentir el silencio y cierro los ojos contra la frialdad de su
escritorio. Sus dedos se mueven hacia arriba, acariciando mi piel, y un suave sus-
piro sale de él.
—Vamos, haz lo que puedas. Vámonos. No puede ser peor que... —No llego a
terminar. Me vuelve a dar un ligero golpe en el muslo, pero me hace retorcerme
contra él.
—Eres tan difícil. —Suena como un elogio cuando lo dice. —Eres tan...
—Hoy soy más lista que tú —contesto con voz burlona mientras sonrío.
Pero no se detiene a apreciar mi creativa y sorprendente escapada. Él se mueve
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—¿Lo eres? —cuestiona, sujetándome las manos por encima de la cabeza con
una mano y los dedos enroscados en la muñeca.
Lucho contra él, pero es tanto más fuerte que yo que resulta completamente in-
útil, y lo único que consigo es que mi corazón palpite con fuerza y mis pulmones
jadeen en busca de aire. —¿Eres mucho más lista que yo, cariño? —desafía mien-
tras con la rodilla entre mis muslos, los separa a la fuerza.
—¿Qué haces? —siseo, odiando que tenga una mano libre para hacer lo que quiera.
Su sonrisa es rápida y para nada amistosa. —Lo que me dé la puta gana, Quinn. 105
Y vas a disfrutar cada segundo. —No me da la oportunidad de discutir. Su mano
libre agarra la tela de camisa retorciéndola hasta que mi estómago queda al
descubierto.
Se inclina hacia delante, atrapando mi labio inferior entre los suyos y los
muerde hasta que grito por el palpitante y ardiente dolor.
—No sé a qué te refieres —susurro, sin romper el contacto visual. —Yo no...
estoy, cómo cada vez que se frota contra mí me recorren rayos de electricidad
por la columna vertebral.
—Por la violencia.
Es una excusa débil. Una terrible que ni siquiera me molesto en explicar. Gabriel
me mira fijamente, casi sorprendido, antes de que una amplia sonrisa se dibuje
en sus facciones. —Puedo verlo —ríe finalmente. —Tal vez. ¿Estás admitiendo que
estás mojada? ¿Qué te excita esto?
—No.
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No contesta. No hace falta, porque la mano con la que me baja los shorts y des-
liza sus dedos entre mis muslos es respuesta suficiente. Lanzo un grito ahogado
y abro la boca en señal de protesta, pero sus labios vuelven a encontrar los míos
en otro castigador y doloroso beso.
Pero eso no me distrae de su mano. Sus dedos rozan mi raja a través de las
bragas dos veces y luego las aparta mientras otros dos se deslizan dentro de mí.
Lo hace con facilidad, demostrando lo acertado que está y arrancándome un largo
gemido que él se traga con avidez.
Los introduce y los saca, sin dejar de besarme, mientras me folla sin prisas con
dos dedos, arrastrándome lentamente hacia lo que promete ser una liberación
dolorosamente buena.
Al menos, hasta que los retira, dejándome vacía. Gimo en protesta, odiando el
sonido que sale de mis labios, y veo cómo se aparta para levantar la mano entre
nosotros. —Parece que te pone algo más que la violencia —ronronea Gabriel, mos-
trándome sus dedos que están cubiertos de mi humedad. —Pero dímelo tú.
—Parece demasiado, ¿no crees? Me inclino a pensar que es por mí y por la forma
en que te toco. —Sus palabras son roncas pero suaves. Siento que quiere algo más,
pero se aparta de pronto indicándome—: Siéntate un rato —anima cuando abro la
boca en señal de queja. —Son mis deberes oficiales como terapeuta.
Da un paso atrás y yo tropiezo y casi caigo de rodillas al suelo. —Ya puedes irte
—dice, de nuevo formal. Se aleja mientras lo miro, como si no me hubiera tenido
inmovilizada con sus dedos dentro de mí.
—Quizá la próxima vez —acepta. —Pero no creo que el seguro pague tantas
horas extras hoy.
Hay tantas cosas que quiero decir. Quiero estrangularlo, gritarle y tal vez volcar
ese bonito escritorio de caoba si puedo.
Pero no hago nada de eso. En su lugar, le hago un gesto grosero, como si eso
fuera lo que hubiera querido hacer todo el tiempo, espero a que abra la puerta a
su propio ritmo e intento por todos los medios no parecer que salgo corriendo de
la habitación mientras emprendo la gran huida hacia mi auto, donde puedo gritar
todo lo que quiera sin que nadie me juzgue ni se burle de mí.
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Sus ojos encuentran los míos, oscuros en su rostro fruncido y cansado, y me re- 108
clino en la silla para mirarlo fijamente, con la esperanza de evitar que se me acerque.
Pero claro, la vida no funciona así para mí. Seguro que para Gabriel sí. Sobre
todo, porque fue él quien lanzó al señor Durham contra una pared, casi atrave-
sándola, y le hizo irse a la mierda. Pero no es mi caso. Yo sólo soy la persona que
quería lanzarlo a través de una ventana de cristal y verlo sangrar.
Diría que eso es pueril para las vibraciones que intento enviar al Sr. Durham.
Tal vez él no es la fuente de todos mis problemas en este momento, tampoco es
que vaya a calmarlos. Y hoy no me apetece que me griten.
—¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Durham? —pregunto, justo cuando la puerta se
abre de nuevo y entra el protagonista de mis actuales pesadillas.
Tiene... buen aspecto. Y desde luego mucho mejor del que tengo hoy.
Con las manos metidas en los bolsillos y las mangas largas subidas hasta el
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Como si ella tuviera alguna posibilidad de ser algo más que su víctima.
109
—Creía que estaban juntos —expone en voz baja. —Claro, me imaginaba que
era un poco mayor para ser tu novio. Pero con su forma de actuar... —Se encoge
de hombros y me mira detenidamente. —A juzgar por la expresión en tu cara,
también lo pensabas.
—No lo creo. Puede estar con quien quiera. Me da igual. —Aun así, el golpeteo
de mi bolígrafo se vuelve más errático y la irritación burbujea en mi pecho.
—Hoy está menos enfadado —remarco, sin importarme que sea bastante obvio.
—¿Ha dejado de beber, Sr. Durham?
Se encoge de hombros, sin dejar de observarme con interés. —¿Es usted así de
amable todo el tiempo, señorita Riley? ¿O es sólo porque su novio está flirteando
con su compañera de trabajo?
—No está...
Clara se ríe a carcajadas, con un tono lo bastante alto y falso como para que
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Realmente es una persona totalmente distinta a la del otro día. Mucho más
razonable, conversador y sobre todo educado. Es como el día y la noche, y me
pregunto si la rabia por haber perdido la custodia de su hijo era realmente lo
único que lo alentaba la última vez. —No es mi expediente. Melinda me llamó,
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así que sé cómo va eso.
Me quedo en silencio mientras piensa, aunque está claro que intenta encon-
trar las palabras adecuadas para lo que quiera decirme.
—He visto algo —dice al fin, arrastrando de nuevo su mirada hasta la mía.
—¿Algo así como...? —Levanto las cejas y me quedo pensativa. —¿Ha ido a
buscar a su hija, Sr. Durham? Si es así, sabe que tengo que decirle que...
—No lo hice —niega, sacudiendo la cabeza. —Fui a hacer una entrega a casa
de los Blaiken la otra noche. Conocía la dirección, aunque sabía que estaban
muertos, pensé que podría dar una vuelta por allí de todos modos. Sólo para ver
si había alguien, eh, en casa para recibir la entrega.
cuché que fuiste tú quien los encontró ahí con una notificación. Aunque no es tu
caso, ¿verdad? La Sra. Melinda estaba trabajando con ellos. —Me mira mientras
lo dice, como si buscara una reacción. Si es así, no sé cuál sería. Y no sé qué cree
que sé o sospecho.
111
—Éramos amigos. —La voz del Sr. Durham me saca de mi irritación y, cuando
vuelvo a mirarlo, dirige la vista hacia la pareja que está al otro lado de la habita-
ción. —Se está pasando de la raya, ¿verdad?
Me encojo de hombros.
—Quizá intenta ponerte celosa. ¿Has hecho algo para enojar al doctor?
—No —alego. —De hecho, si alguien debería estar furiosa, soy yo. —Me corto
y cierro los ojos con fuerza. —¿De qué estamos hablando, Sr. Durham? ¿De los
Blaiken? ¿Por qué?
—Porque no hay ninguna razón real para que sólo una parte de su casa esté así
de limpia. Y aún menos razón para que la investigación se manejara rápidamente,
con tan poca cobertura. ¿Sabe dónde estamos, Srta. Riley? —resopla y se sienta
con fuerza en su silla. —Sólo unos cientos de kilómetros al sur de los asesinatos
de Ashwick hace un par de años. Eso significa que, por lo general, cualquier no-
ticia de un asesinato explota por aquí.
—¿Los asesinatos de Ashwick? —averiguo, con voz suave. —Me suena familiar,
más o menos. Hubo una sobreviviente, ¿verdad? ¿Una niña que vio morir al ase-
sino delante de ella?
—A eso precisamente me refiero. Como decía, desde entonces, recibimos mucha
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publicidad negativa por ser un pueblo de tamaño similar con un lago. Cada vez
que alguien muere y hay un tufillo a juego sucio, veo tres artículos especulando
si el Carnicero de Ashwick tiene un imitador en nuestra ciudad. Pero, ¿por qué no
esta vez?
—Está bien, ¿entonces crees que lo están ocultando? Los extraterrestres lo hi-
cieron, o el gobierno, o...
—Creo que alguien podría saber más de lo que dice, eso es todo. ¿Pero quién soy
yo para decirlo? —Sus ojos se oscurecen, la tristeza se apodera de su ímpetu. —Sólo
soy un borracho cuya mujer lo abandonó y que perdió la custodia de su hijo.
112
Nos quedamos callados unos instantes hasta que otra risita de Clara rompe el
silencio y aprieto la cara contra mi mano.
—Si da la impresión correcta. —La suave y aterciopelada voz quiere que levante
la vista hacia él. Igual que la imponente figura que se alza sobre mí. Gabriel se
reclina sobre mi escritorio y sonríe al Sr. Durham. —Yo también estoy disponible
para hablar, si necesita algo antes. Tengo licencia para trabajar con el condado y
me encantaría mejorar las cosas para usted, Sr. Durham. —Aunque no sé cómo
sabe su nombre, el hombre que tengo enfrente se retuerce en su asiento, eviden-
temente incómodo.
Pero también lo estoy. No voy a retorcerme por ello. No puedo, cuando está
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—Está bien. —El Sr. Durham se levanta y se quita el polvo de las manos, como
si tuviera algo en ellas o simplemente estuviera incómodo. Estoy dispuesta a
apostar por lo segundo, ya que Gabriel tiene ese efecto en la gente sin siquiera
intentarlo. —Gracias por su tiempo, señorita Riley. Hasta pronto.
113
mientras ardo de celos al mismo tiempo.
—¿Crees que guardo trofeos? —Se mueve conmigo, arrastrando los dedos por
mi piel con tanta fuerza que sus uñas me muerden ligeramente. Me estremezco,
deseando odiarlo, y él vuelve a hacerlo. —Bueno, no te equivocas. Pero no los
que son por ser terapeuta o un buen novio.
—No quiero follarme a Clara. —Se ríe Gabriel. —Pero sé muy bien lo que
puede ofrecer una buena relación con la gente que me rodea. A diferencia de ti
Quinn. ¿Te ha molestado?
Sacudo la cabeza, con los ojos fijos en mi bolígrafo roto. Está tan cerca de mí,
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y me cerca tan completamente, que no puedo moverme sin tocar alguna parte de
él. Incluso ahora, con su mano en mi brazo, no sé adónde ir ni cómo escapar.
Me tiene atrapada.
—¿Qué quería?
—Quiere demandarte —miento, sin querer contarle lo que el hombre había dicho
y que me tiene tan nerviosa como intrigada. —Dice que va a ir a la policía por lo
que le hiciste la semana pasada. Le di la razón y prometí que testificaría contra ti.
Su mano sube hasta rodearme el cuello y me tira hacia atrás para que apoye los
hombros y la cabeza en su estómago.
—Te excitas mucho con solo tener mis dedos aquí —comenta, con un tono 114
divertido en la voz. —¿Qué ha dicho, Quinn? Sólo lo ocultas porque era algo
importante.
Tiene razón, pero tampoco quiero repetir las palabras donde alguien pueda
oírme. Melinda podría estar en su despacho y yo nunca lo sabría, ya que tiene una
puerta de salida del edificio detrás de su escritorio. Clara podría volver en cual-
quier momento, y tampoco creo que deba oírme. Dudo, mi mano sube para po-
sarse en su muñeca mientras pienso y me concentro en la sensación de su mano
alrededor de mi garganta.
—Tal vez haya otro momento en el que podamos hablar —digo finalmente,
insegura de si es la decisión correcta. —¿Quizás podrías ayudarme con este caso
más tarde? He querido otro par de ojos en él... ¿Crees que tendrías tiempo?
—Podría hacer tiempo —responde al fin. —¿Qué tal si consulto con Melinda
si puedo ayudar con tu caso? Seguro que ella sabrá cuál, o podrá encontrar uno.
—Seguro —acepto, dándome una patada. Quería decir que podríamos hablar
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más tarde. No que me ayudara con algo. Pero aquí estoy, arrepintiéndome de mis
palabras y deseando haber sido más clara.
Me hace un gesto con la cabeza y me fuerzo a sonreír, con las tripas temblo-
rosas como gelatina.
—No hay problema —pronuncio, haciéndole un falso saludo que sé que odiará.
Sus ojos castaños parpadean irritados y sus labios se aplastan. —Estoy a su ser-
vicio, Dr. Brooks.
Se ríe entre dientes, aunque como mucho es forzada, y se acerca para decirle
algo más a Clara antes de que sus pasos lo lleven hacia el despacho de Melinda y
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lo pierda de vista.
—Mejorará. —Lo dudo, pero veo a Clara ponerse en pie y estirarse. —¿Nos
vemos mañana? Mi turno ha terminado, y me gustaría llegar a casa antes de la
hora de la cena. —Aquí no hay prisa por cenar, pero no voy a llevarle la contraria.
—Te veré luego —digo, saludando con la mano e inclinándome sobre mis car-
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Me guiña un ojo, como si hubiera una broma que me estoy perdiendo, y ca-
mina hacia el despacho de Melinda para asomar la cabeza antes de salir por la
puerta principal, Gabriel detrás de ella y sin volver a mirarme ni una sola vez,
aunque no puedo apartar la vista de él hasta que la puerta se cierra firmemente
tras ellos, cortando mi línea de visión.
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Pero cuanto más leo, más sé que esto no tiene nada que ver con Ashwick.
¿Cómo podría, cuando la única similitud es la geografía? Y realmente, si hubiera
un imitador, ¿no estarían imitando? Eso no parece estar ocurriendo aquí, cuando
los únicos muertos tenían la garganta cortada, no extraños patrones de cortes por
todo el cuerpo.
Espero que ahora esté mejor, aunque si fuera yo, no sé si volvería a estarlo.
Al no encontrar nada, vuelvo al principio de la página y me recuesto en el sofá.
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Pongo los ojos en blanco ante el último artículo, pero hago clic de todos modos.
Así que era verdad. En realidad, había salido libre porque se había encontrado a
otro culpable, aunque Gabriel lo había hecho todo el tiempo. Mis dedos tambori-
lean contra el portátil y miro la televisión. No tengo ni idea de lo que estoy viendo,
aparte de que está relacionado con la comida, y dejo que mi atención se desvíe
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hacia lo que parece ser un concurso de cocina durante unos minutos.
Arrugo la nariz ante las palabras del título, preguntándome qué demonios
tiene Gabriel para la gente que sigue durmiendo. Diablos, ha dejado claro que le
parece “lindo” cuando estoy dormida. Unos cuantos artículos más hablan de su
trabajo con los sueños lúcidos, y los leo rápidamente antes de sentarme y cerrar
los ojos con fuerza.
Es difícil recordar mucho de lo que había pasado antes del incidente con la
familia Owen. Me cuesta pensar en Gabriel antes de saber lo que era, aunque hay
cosas que nunca podré quitarme de la cabeza.
que sienta eso por mí. No debería alegrarme que sus sonrisas más dulces sean solo
para mí. Es una mala persona, y aún no he descubierto cómo me está siguiendo.
Pero al ver sus logros en línea surgen más preguntas. ¿Había usado alguna vez
la psicología de los sueños conmigo? ¿Es por eso por lo que está tan interesado
en las pesadillas que tengo sobre mi infancia?
—Es una mala idea —refunfuño y busco el móvil en la mesita. Tengo su nú-
mero, gracias a que Melinda le dio el mío cuando tuvimos sesión de terapia, y
aunque no lo he guardado en el teléfono, es bastante fácil de encontrar en mi
historial de llamadas.
No tengo por qué hacerlo. Aunque tengo ganas de preguntarle algo, varias
cosas, sigue siendo una mala idea. Tampoco tengo por qué seguir con esto.
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Aun así, pulso el botón de llamada y espero. Suena una vez y suelto un suspiro
cuando no contesta. Vuelve a sonar y pienso que quizá no esté. Podría colgar
antes de que vuelva a sonar, antes de darle una oportunidad de...
El tercer timbre se corta y oigo un largo y suave suspiro en mi oído, junto con
el sonido de alguien moviéndose. —Cada vez que creo que sé lo que vas a hacer,
me sorprendes, Quinn. ¿Qué necesitas?
Miro hacia abajo, sin responder, mientras pienso en su pregunta y en por qué
he llamado. Después de todo, aún puedo colgar. No puede obligarme a contestar
por teléfono.
—Sí, estoy lavando los platos. ¿Por qué? ¿Quieres venir? —Lo pregunta con pe-
reza, como si le diera igual. Tal vez no.
—No. No me importa.
—Mentirosa. —Su tono es divertido y una canilla se abre cerca del teléfono. —
No estás en problemas, ¿verdad? No me importa prestarme a jugar a lo que sea,
pero quiero asegurarme de que estás bien.
—Entonces te haré su reina. —Las palabras no son lo que esperaba. Lo dijo todo
tan a la ligera, como si el asesinato no fuera la cosa más desquiciada del mundo
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para discutir. Especialmente cuando él es un asesino en serie, así que no es tan
hipotético como cuando otras personas lo insinúan.
—¿Cómo los matarías? —No sé por qué pregunto. Especialmente cuando mis
palabras salen suaves, casi susurradas, en lugar del tono inexpresivo que pre-
tendo. ¿Por qué me importa cómo los mataría?
—¿Esta es tu idea de charla sexual por teléfono? Si es así, tengo que admitir que
me está gustando mucho, Quinn. —No respondo. En lugar de eso, lo escucho lavar
los platos, con el sonido de su silbido discordante entrando y saliendo de mis
oídos. Finalmente, oigo cómo se cierra el grifo y, tras unos segundos de pisadas
en su lujoso suelo de madera, parece que se sienta.
—¿Lo sé?
—Ah, ya veo. No me estás pidiendo información, ¿verdad? —Su voz se hace más
profunda, el sonido ronco y aterciopelado. Si estuviera en la habitación conmigo,
estoy segura de que podría oír más claramente su diversión, o verla en la calidez
de sus ojos marrones.
—Sólo quieres oírme hablar de ello. Si te lo cuento, ¿me dirás por qué has lla-
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mado? Sé que no era para esto, aunque desde luego no me importa responder a
tus preguntas.
—Los cortaría en pedazos para ti. Sé que has visto el trabajo que pueden hacer
mis garras. Podría despedazarlos, o simplemente rebanarlos. Me gusta la libertad
de explorar mis opciones.
—Ven y averígualo.
—Ni lo sueñes. —Me río, el sonido chirriante y agudo. —No soy tan estúpida.
—Entonces dime por qué llamas, Quinn. A no ser que sea para que te excite ha-
blando de asesinatos. ¿Ya estás mojada por mí? —Se me revuelve el estómago ante
la pregunta, formulada en el mismo tono sedoso.
—¿Sabes algo de Ashwick? —No es la pregunta que tanto quería hacer, pero a
esta altura me da igual. —Está en Indiana, y...
—Sé dónde está Ashwick —responde Gabriel con calma. —Y sé que está lleno de
asesinos.
—Quiero decir lo que he dicho. Si estás planeando unas vacaciones allí, me gus-
taría aconsejarte que no lo hagas. He trabajado demasiado para perderte en un
pueblo de locos.
Lo que dijo no tiene sentido. Es imposible que un pueblo entero esté lleno de
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asesinos, pero me quito sus bromas de la cabeza. —El Sr. Durham, el tipo que
tiraste contra una pared, vino a hablar conmigo hoy. Podrías haber escuchado, si
no estuvieras hablando con tu novia sobre tu cita. ¿Cómo te sentiste cuando ella
te estaba desnudando con la mirada?
Hace un sonido chirriante que podría ser una risita, y suelta—: Estás celosa.
—¿De qué? —El silencio resuena entre ambos, revolviéndome el estómago va-
rias veces. —No, no estoy celosa, Gabriel. —Las palabras no parecen auténticas,
no suenan verdaderas en mis oídos.
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del otro? —Hay una paciencia en su voz que me irrita, y aprieto los dientes porque
me ha robado la gran revelación.
—Algo así. ¿Sabías que cerraron la investigación muy rápido sobre los Blaiken?
¿Y qué básicamente lo mantienen fuera de las noticias? Fui a su casa el otro día...
—Como sea. Su dormitorio está limpio. Sólo su dormitorio. ¿No te parece raro?
—Creo que estás muy obsesionada con el asesinato para ser alguien que intenta
demostrarme que no quiere formar parte de él. —No me espero esas palabras.
Siento los dedos fríos y casi se me cae el teléfono de la sorpresa. Los recuerdos
que me trae asaltan mi mente y casi le cuelgo.
—No digas eso —contesto por fin. —No digas mierdas como ésa, Gabriel.
hablar y miro el teléfono una vez para asegurarme de que sigue ahí.
—No —dice al fin. —No voy a preguntar. Pero no debería hacerlo. No deberías
tener tantas ganas de investigar un asesinato así. Especialmente sola. ¿Me oyes,
Quinn? Estoy diciendo que no.
—Eres mía —recuerda con suavidad. —Y te digo que no, que no te vas a ir sola.
¿Y si encuentras algo? ¿Y si acabas muerta?
—¡Entonces supongo que tendrás que buscar a otra persona con la que
obsesionarte!
—No lo es —interrumpo, dándome una patada por sonar tan ansiosa. —No
cuelgues. Por favor. —La palabra casi me mata al pronunciarla, y su silencio me
pone nerviosa. —¿Gabriel?
—Sigo aquí. ¿Qué más quieres, princesa? —El apodo pone en marcha algo en mí,
pero me niego a pensar en ello.
—Le dijiste a mi asistente social que no tenías tiempo para ocuparte de otra
niña de acogida. ¿Te acuerdas?
—Porque me necesitabas —dice por fin. —Me necesitabas más que nadie. En-
traste en mi consulta con un ojo morado y un resentimiento que te llegaba hasta
las rodillas.
—Eso suena como todos los chicos de acogida que conozco —señalo. —Y no es
tan especial.
Apenas recuerdo ese día. Sí creo saber de qué está hablando, sólo porque había
esperado a que mi asistente social se fuera para tener las agallas de decírselo al
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hombre agradable y bien vestido que había aceptado ser mi terapeuta temporal.
Yo me veía como una mierda, y él... no.
—No, no lo es. ¿Sabes lo que me preocupaba entonces? ¿Sabes por qué accedí a
aceptarte como cliente y luego te retuve?
—¿Porque estás un poco loco y viste a una chica roto con una vida desorde-
nada? —Supongo. Después de todo, eso es lo que yo era entonces. Especialmente
antes de que me ayudara.
Sus palabras me dejan helada. Esta vez el teléfono se me cae al suelo mientras
cierro los ojos con fuerza.
No es verdad.
Si dejo el teléfono tirado el tiempo suficiente, seguro que cuelga. Pero cuando
vuelvo a tomarlo, siento su respiración. Lentamente, me lo acerco a la oreja y digo
en voz baja—: Mientes. Intentas asustarme.
—¿Lo hago? —Hay algo ahí, en su voz, en lo que no quiero pensar. Que no
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quiero recordar. —¿Seguro que no quieres venir? Puedo ayudarte a superar esto.
—¡Cállate! —Me enfado, casi tirando el teléfono esta vez. —No hay nada que
recordar, Gabriel. No hay nada que superar. Estoy harta de que me hagas esto.
Estoy harta de que me sigas y finjas que soy algo que no soy. ¡¿Por qué no puedes
dejarme en paz?! —Me pongo en pie de un salto, incapaz de quedarme quieta
mientras mi corazón late con el miedo que siempre intento fingir que no siento.
—No, no puedo hacerlo —confiesa, así de simple. —Nunca te dejaré sola, Quinn.
Y nunca te dejaré marchar. Y no porque fueras la chica que quería asesinar a
todos los que le hacían daño. ¿Recuerdas los sueños que tenías?
—Cállate —imploro, cerrando los ojos con fuerza. Esto había sido una idea
tan mala. Todo en esta llamada era terrible, y mi cuerpo me pide una forma de
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escapar de sus palabras y de los recuerdos que trae a mi mente.
—No.
Doy un paso atrás, y luego otro, cuando mi padre adoptivo se arrastra hacia mí.
Su respiración suena demasiado fuerte y las venas en sus ojos los enrojece mien-
tras sigue avanzando.
Tropiezo hacia atrás y el cuchillo cae al suelo. No debería ser capaz de alcan-
zarme, pero siento que voy más despacio, como si me moviera entre la melaza.
Me aprieta y su sonrisa se ensancha. Esto duele más que cualquier otra cosa. El
dolor es real, en lugar de distante, y la sangre me arde en las venas.
Abro los ojos y me incorporo con un grito ahogado. O más bien lo intento.
Un peso cálido y firme me empuja hacia abajo y, durante un breve y aterrador
instante, veo a mi padre adoptivo encima de mí, con su rostro ensangrentado
mirándome.
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—Shhh, todo está bien. Ya estás despierta.
—Soñé con él. —Mi corazón sigue latiendo como un tambor en mi pecho,
sólo alentado por la tormenta mientras mis manos se hunden en su pelo. —No
pude evitarlo, y no quise. Volví a matarlo, como cuando era más joven. Pero no
se quedaba muerto, seguía viniendo, y... —Apenas sé de quién estoy hablando,
ya que mi cerebro recuerda al hombre de mi sueño como mi padre adoptivo y
como Billy. —Yo lo maté —secreteo, con las manos apretando las sábanas que
me rodean. —Lo hice…
—Estás bien —corea Gabriel. —Todo está bien. Fue sólo un sueño, y él no
puede hacerte daño. Si lo apuñalas, estará bien muerto, princesa. —Se acerca
hasta que siento su tibio aliento en mis labios y vacila sólo para mirarme a los
ojos antes de besarme.
Los besos de Gabriel nunca son dulces, y este se vuelve sucio nada más em-
pezar. Su lengua arrastra la mía, y cuando la retira es sólo para poder morderme
y ocuparse de mis labios.
Pero en el silencio roto sólo por mis jadeos y el latido de mi corazón, por fin
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—No me hizo falta —responde con una suave carcajada. —¿No es una locura?
Ni siquiera necesité drogarte.
—Eres... —No se me ocurre ninguna palabra para expresar mi opinión sobre él,
pero lo intento de todos modos. —Eso es muy retorcido. Estás jodidamente loco.
No puedes secuestrarme.
sigue apretada contra mí. —Te daría un cuchillo; si no tuviera que ir a la cocina a
buscarlo. ¿Quieres hacerme daño, Quinn?
—Sí —farfullo, con el pecho agitado mientras lo miro. No debería sentir esto
por él. No debería estar ardiendo debajo de él, y ser consciente de cada pequeño
movimiento de su pierna contra mi cuerpo. En realidad, debería estar gritando,
buscando mi teléfono y noqueándolo con la taza de café más cercana.
Intento incorporarme, pero me empuja hacia abajo con una mano en la gar-
ganta. —Un par de reglas, mi querida viciosa —tararea, y la mirada en sus ojos
es algo que nunca había visto antes. Es difícil conciliar a esta persona sombría y
aterradora que tengo encima con mi Gabriel, aunque siempre he sabido esto de él.
—Si sales de esta habitación, se acabó el juego. Si no puedes responderme cuando
te pregunte si estás bien, se acabó. ¿Entendido?
Levanto la mano e intento incorporarme de nuevo, esta vez con éxito, mientras
busco el cuello de su camiseta. Me engancho a la tela, lo justo, y él se ve obligado
a sentarse de nuevo en la cama, ya sin inmovilizarme.
Levanto la otra mano y lo agarro del cuello como antes. La forma en que me lo
hace me marea lo suficiente como para sentirme increíble después.
hacer lo que quiera contigo. Siempre que quiera. Y te quería aquí, en mi cama.
No en esa casa de mierda al lado de una vecina que está suplicando le claven una
cuchilla en el pecho.
—Ella nunca te hizo nada —siseo, temblando. —¿Por qué ibas a...?
—Quizá estoy celoso de que pueda estar cerca de ti. —Cuando aprieto el
agarre, lo toma como una especie de señal. De repente, Gabriel nos da la vuelta,
me tira sobre la cama poniéndome de rodillas y sujetándome del pelo me obliga
a pegar la cara al colchón. —¿Tal vez odio que ella tenga tanto acceso a ti,
cuando estoy al otro lado de la ciudad?
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Se ríe, su voz suena más cercana de lo que esperaba y, de repente, me muerde
el hombro con fuerza.
—Puede que sí —dice en mi oído. —Tal vez estoy buscando cualquier razón
para reclamarte como mía de nuevo. Te fuiste tan rápido la última vez. Eso me
dolió. —Sin previo aviso, quita mi camisa y siento algo afilado contra la piel que
me hace permanecer inmóvil.
—Espera...
—Necesito algo que ponerme, Gabriel —remarco, apretando los dedos en las
sábanas que tengo debajo. Estoy demasiado nerviosa para protestar de verdad,
cuando él tiene algo así de afilado. —Por favor, necesito...
tura de mis pantalones cortos. —Si te cubres con ropa, entonces sólo te escon-
derás de mí. Y preferiría que no lo hicieras.
—Deja que me los quite. —Podría decirle que parara. Podría levantarme y diri-
girme a la puerta, y estoy segura de que me dejaría.
—Es más fácil, y no puedo quedarme aquí para siempre. —La tela me aprieta
la piel cuando tira de ella y me estremezco al sentir el contacto de sus nudillos.
—Necesito algo que ponerme para ir a trabajar.
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—Sí —contesta, muy complacido. —Supongo que no lo había pensado. ¿Qué
pensarán los vecinos? ¿Y si esto significa que nunca más podrás salir de aquí?
Tienes razón, Quinn. Ese es un excelente punto.
La cuchilla rompe la fina tela con facilidad y, cuando mis pantaloncillos acaban
de recibir el mismo tratamiento que mi camiseta, me los arranca también de un
tirón, se sienta y me aprieta contra la cama.
—Tan sumisa con una cuchilla contra la piel —bromea, inclinándose de nuevo
sobre mí. —¿Es porque tienes miedo de que te corte? O por lo mucho que lo disfrutas.
El cuchillo cae con estrépito sobre la mesita junto a la cama y me agarra por las
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—No me gusta —miento, intentando incorporarme, sólo para que vuelva a em-
pujar mi cara hacia abajo.
—Normalmente me gusta mirarte, pero creo que esta vez estás mejor ahí
mismo. Justo aquí, debajo de mí, donde perteneces. —Apenas puedo moverme,
sobre todo cuando hunde una mano en mi cabello para mantenerme con el culo
al aire y la cara contra su funda de almohada súper suave.
—Dime que lo haga otra vez —invita. —Dime todas las cosas perversas que te
gustaría que hiciera. —Cuando niego con la cabeza, vuelve a morderme, esta vez
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con insistencia y me hace un moretón en la piel que presiento que me durará días.
—Apuesto a que estás mojada por mí —incita, buscando mi raja con los dedos.
—Apuesto a que estás empapada, ¿verdad?
—Ah, ¿sí? —Vuelve a inclinarse sobre mí y me tenso cuando espero otro mor-
disco. Pero nunca llega. Vuelve a colocarse detrás de mí y sus dedos se clavan en
mi cadera cuando intento mirar por encima del hombro.
—Quédate donde estás, Quinn. Quédate donde estás y déjame jugar contigo,
o tendré que esposarte. ¿Crees que no lo haré? ¿Crees que no disfrutaría contigo
indefensa y retorciéndote en mi cama? ¿Sin ropa y sin nadie que venga a buscarte?
—gruñe ante sus propias palabras. —Todavía estoy dispuesto a dejarte ir cuando
termine, pero si te tengo esposada en mi cama como una dulce y dispuesta mas-
cota... no sé si seguirá siendo así.
—Te estoy dando lo que quieres —responde, todo inocencia. —Te estoy dando
lo que dijiste que querías. Te gusta la violencia. Te gusta el cuchillo, ¿verdad? —La
hoja desaparece y casi grito cuando algo que no son sus dedos penetra en mi coño.
Con una sacudida, me doy cuenta de que es el mango del cuchillo. Entierro la
cara en la almohada y me tiemblan los muslos cuando lo introduce.
Tiene razón sobre lo mojada que estoy, porque la empuñadura se desliza sua-
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vemente en mi entrada.
—Eso no es lo que quiero —siseo, con los dedos apretados contra la almohada.
El calor se acumula en mi estómago mientras me folla con él, y noto lo empapada
que estoy. No ayuda que pueda oírlo también, y el sonido húmedo de succión
mientras del cuchillo va entrando y saliendo suena fuerte en la habitación.
—¿No lo quieres? ¿No quieres correrte sobre mi cuchillo, preciosa mía? —Odio
la forma en que se burla de mí. Y la forma en que hace algo en mi estómago que
es imposible de ignorar. —Bueno, ya sabes cuál es la alternativa, ¿no?
chillo al otro lado de la habitación, que cae al suelo cuando Gabriel se mueve.
Segundos después está detrás de mí y, a través de la lluvia que golpea la ventana
de mi izquierda, oigo el ruido de su ropa al caer.
—Debería obligarte a decir por favor —dice con desprecio en mi oído, pero
cuando abro la boca para replicar, se abalanza sobre mí y me hace ahogar un grito
ahogado. —Pero me gustas desesperada y exigente. Estás tan necesitada. ¿Nadie
te ha follado bien antes?
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Sus movimientos nunca son lentos ni suaves. Empieza con brusquedad y no
cesa, arrancándome jadeos y gritos mientras me penetra.
—Confía en mí —gruñe, mientras con la otra mano rodea mis labios inferiores
hasta encontrar mi clítoris. Lo presiona y es tan brusco en sus caricias como lo
es con el resto de mi cuerpo. Sin embargo, no encuentro aliento para quejarme.
Tampoco encuentro el deseo de hacerlo, ya que me trata como un juguete que
puede utilizar a su antojo.
—Se siente tan bien así —promete. —No te preocupes, Quinn. No te haré daño.
Sólo quiero sentirte jadear, sentir tu pulso. Es tan rápido, como si fueras a huir de
mí. Pero no es así, ¿verdad?
No puedo responder ahora. No cuando lo único que me sostiene es Gabriel.
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abandona la lucha contra la conciencia. Estoy agotada, sin oxígeno, y siento que
vuelvo a dormirme cuando él se pone de lado y me atrae hacia su cuerpo sin sol-
tarme. —La próxima vez, dejaré que me hagas lo que quieras.
Gimo, vuelvo la cara hacia la almohada e intento moverme, solo para que me
abrace fuerte contra su pecho. No es incómodo. De hecho, no lo es en absoluto.
—No, no tienes que moverte —ríe suavemente contra mi piel. —Me gustas aquí,
llena de mi semen, y donde sé que no vas a ir a ninguna parte, Quinn.
—Tengo que trabajar mañana —protesto, con los ojos aún cerrados. —Tengo
que irme a casa.
Quiero discutir. Quiero decirle que desde luego que sí... pero no puedo. No
cuando está tan cálido y la manta que me sube hasta los hombros pesa tanto que
no deseo moverme. Dejo que me atraiga hacia su cuerpo, hasta que soy la cuchara
pequeña y él aún sigue dentro de mí, así y todo, cuando se inclina hacia delante
para susurrarme al oído otra vez, estoy tan ida que no oigo una sola palabra.
Sus sentimientos.
Eso también me retuerce por dentro, incluso mientras busco a tientas el telé-
fono. Nunca ha sido claro sobre sus sentimientos, excepto para decirme que cree
que soy suya, que le pertenezco. ¿Será eso? ¿Es sólo un loco al que debería haber
entregado a la policía hace mucho tiempo? Sí, probablemente.
—¿Hola? —saludo, aún sin saber adónde ha ido Gabriel. Abajo, probablemente.
Y debería estar agradecida por no haberme despertado en plena calle, supongo.
Una puerta detrás de mí se abre, justo cuando la voz de Melinda llega a mis
oídos. —Siento molestarte tan temprano, Quinn. —Suena tan compungida como es
humanamente posible, y se le nota un atisbo de preocupación, incluso a través de
nuestra mala conexión. —Pero necesito pedirte un favor. ¿Te parece bien? No estás
fuera de la ciudad, ¿verdad?
Un trueno retumba en la distancia, como un recuerdo lejano de la tormenta de
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anoche, o la promesa de una nueva para el día de hoy. El colchón se inclina detrás
de mí y, con un suspiro, Gabriel se tumba sobre mí cuerpo y me besa el brazo.
—Estoy aquí. Aunque ahora no estoy en casa. —Entrecierro los ojos y le echo
una mirada por encima del hombro mientras mordisquea y besa todo el brazo.
Mientras lo observo, mis ojos reparan el cuchillo que hay sobre la cómoda, al
otro lado de la habitación. ¿Ese es el cuchillo que usó anoche?
—Espero que todo esté bien. Y siento mucho si te estoy arruinando la mañana
—suspira y duda antes de continuar. —¿Te acuerdas de Lily?
—Hay que recogerla. No estoy segura de lo que pasó. Un pariente vino a visi-
tarla sin nuestra aprobación... no lo sé exactamente. Está a salvo, por el momento.
Pero se encuentra en la oficina del Condado de Pascua y hay que recogerla en una
hora. —No tengo ni idea de dónde está ubicado eso, aunque no puede estar a más
de treinta minutos en auto, para eso Dios creó la aplicación Mapas y la dotó de
geolocalización.
—Tardaré un poco en llegar. Tengo que ir a casa y... —Me detengo cuando él me
da un codazo en el brazo, señalando hacia la ventana. Justo debajo, en el asiento
acolchado, hay un montón de ropa que sospechosamente se parece a la mía.
—No importa, tengo todo lo que necesito. Puedo salir enseguida —ex-
plico, porque siento la forma en que Gabriel no se preocupa por una situación
desesperada.
No, sólo está muy contento de estar en la cama conmigo. Sus caderas se mueven
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Me vienen a la mente los Birkin, junto con la primera recogida de Lily. Esos son,
o eran, en definitiva, los casos de Melinda.
Gabriel insiste cada vez más; sus besos en mi cuello se intensifican cuando sus
dientes rozan las marcas que dejó anoche. Me estremezco al sentirlas, mi piel
sigue hipersensible a sus mordiscos.
—Lo es. —Melinda no parece enfadada. Sólo suena... cansada. —Pero estoy al
máximo de horas extras para el mes. Siento endilgarte esto, Quinn. Sé que necesito
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contratar a otro trabajador social para la oficina. Si conoces a alguien, me lo dirías
de todas formas, supongo. —Se ríe, pero el sonido carece de humor real. Una vez
más, irradia cansancio y exceso de trabajo.
Se me encoge el corazón por ella y alzo la mano para agarrar el pelo de Gabriel,
con la esperanza de que se dé cuenta y pare un momento.
—Estaré allí pronto, ¿está bien? —aclaro, odiando ser tan fácil de convencer.
Especialmente porque sé que esto será tan difícil como la primera vez. Que el caso
de Lily me va a doler. Sé eso, tanto como sé que aprovecharé cualquier oportunidad
para ayudarla, porque me recuerda a mí en todas las formas equivocadas posibles.
tos. —Las cosas están raras últimamente —reflexiona al fin, actuando como si no
se hubiera dado cuenta del sonido. —Llámame cuando estés allí. Estoy pensando
dónde reubicarla, pero lo sabré para entonces.
Mis caderas se balancean contra las suyas, mis ojos encuentran su mirada y se
entrecierran. —Quizá sólo intento alejarme de ti lo antes posible —señalo, aunque
la situación deja bastante claro que no es así.
Levanta una ceja y me aprieta con la mano para que no pueda arquearme.
—De algún modo, no creo que eso sea cierto. Pero, ¿quieres que me dé prisa?
Podría usarte para mí placer, correrme dentro de este dulce coño y dejarte do-
lorida todo el día. ¿Es eso lo que quieres, Quinn? —Puntúa cada palabra con un
fuerte empellón que sacude todo mi ser. —¿Qué te deje necesitada y chorreando
mi semen todo el día?
—Hazlo —desafío, aun agarrándole el brazo con fuerza mientras me sube una
pierna por encima del hombro para poder penetrarme más profundamente. —
Hazlo, si quieres. Ya acabaré yo más tarde. Después de todo, acabo de comprar
pilas nuevas. Y sé muy bien lo que quiero.
Sonríe atormentado y le brillan los ojos. —Eres un monstruito —ronronea la
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Suelta el agarre en mi muslo y se lanza hacia delante, con la mano en alto para
sujetarme las muñecas por encima de la cabeza. Me besa y me muerde el labio con
un gruñido antes de usar la mano que tiene libre para agarrarme por el cuello y
sujetarme exactamente donde me quiere…
Sus dedos me aprietan con cuidado y sus embestidas se vuelven más duras y
erráticas. Si él está cerca, yo también, pero no quiero ser la primera en correrme.
No esta vez.
—¿Estás cerca? —tantea, cuando se retira para tomar aire. Me abalanzo sobre
él todo lo que puedo, los dientes se juntan con un chasquido agudo cuando estoy
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cerca de sus labios. Se ríe sombríamente y me besa de nuevo, forzándome a abrir
la boca para alimentarme con los ruidos que hace.
—Estás taan cerca —corea, con palabras burlonas mientras su tono es más o
menos un gruñido. —Durante mucho tiempo me pregunté cómo sería follarte.
Cómo te excitarías. Resulta que realmente te gusta cuando soy duro. No necesito
jugar con tu clítoris ni susurrarte palabras dulces, ¿verdad?
—Podrías intentarlo. ¿Quién sabe? Puede que me guste —puntuó, sabiendo que
tiene razón. Es esto lo que me gusta. Más que nadie con quien me haya acostado,
Gabriel sabe cómo excitarme. Su personalidad, sus acciones. La forma en que es
tan dominante y áspero pero juguetón, realmente lo hace por mí.
Mi liberación me pilla por sorpresa justo cuando los dientes de Gabriel se cie-
rran sobre mi pezón. Su mano abandona mi garganta y baja a jugar con mi otro
pecho con la misma dureza, y aunque me doy cuenta de que lo intenta, no puede
contenerse cuando mis rodillas se aprietan alrededor de su cuerpo, atrayéndolo
mientras me corro.
Maldice en voz baja y se gira para jadear contra mi cuello mientras se aprieta
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—Sólo te estaba observando, Quinn. —Se ríe Gabriel, cortándome con sus li-
geras palabras. —No le des tanta importancia. Es que me gusta mucho mirarte.
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de él. Ni de su piel dorada, ni de los tatuajes que adornan sus brazos. Es hermoso.
¿Por qué me doy cuenta recién ahora?
—Yo... —Muerdo mis labios, sabiendo que tengo que decir algo. No puedo que-
darme aquí, mirándolo y sintiéndome estupefacta.
—Hola, Melinda. —Sus ojos encuentran los míos, y estoy segura de que mi mi-
rada refleja su misma confusión. —Claro, tengo un minuto. ¿Qué necesitas?
19
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—Ha... ido bien —explico, golpeando con los dedos el reposabrazos de la rígida
silla. —Aunque en realidad no necesitaba a Ga–Dr. Brooks —continuo, esperando
no haber metido la pata al casi decir su nombre de pila. 142
Después de que Melinda me llamara para ir a recoger a Lily bajo la lluvia, había
sido él quien me había convencido de que su auto era mejor que el mío y que a la
niña le gustaría más.
Aunque había tardado hasta que llegamos allí y vi a la nueva madre de acogida
de Lily bajo la tormenta mientras la mujer nos vigilaba desde el porche, para
darme cuenta de por qué traer a Gabriel era una buena idea.
Se había puesto lívido. Toda justa, furia terapeuta y citando leyes que la mujer
estaba infringiendo. Ella había comenzado desafiante, tratando de hacer agu-
jeros en su argumento. Pero Gabriel nunca había sido fácil de romper. Sobre todo,
cuando estaba enfadado.
—¿Cómo está ahora, de todos modos? Lo estás viendo para las sesiones de
terapia, ¿verdad? Me dijo que ahí estabas esta mañana cuando te llamé, y que por
eso fueron los dos juntos tan rápido.
¿Lo hará?
Parpadeo, intentando buscar qué decir. Intento adivinar cuánto está al tanto de
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nosotros. ¿Sabe que Gabriel tuvo que alejarme de la mujer porque había estado
amenazando con quitarle todos los niños que tenía a su cargo y cada céntimo de
la financiación estatal que recibía por ellos?
¿O sabe que me senté atrás con Lily, dejándola llorar en mi sudadera con ca-
pucha mientras me preguntaba por qué Melinda no se molestaba en aparecer y
hacer algo al respecto? Era su caso. Suyo, no nuestro. Debería haber sido ella la
que se hubiera apresurado a salir, a protegerla antes de que le pasara esto.
—No sabría decirte —bromeo, sabiendo que luzco incómoda. —Nunca he vi-
vido en un sitio con piscina. —Francamente, no sé nada de ellas.
—No se notó nada —tranquilizo, preguntándome por qué esto siquiera im-
porta. —Sólo he olido el cloro en piscinas públicas y... —Parpadeo y frunzo el
ceño, cuando un recuerdo interrumpe mi proceso de pensamiento.
Aun así, no puedo recordar exactamente dónde he olido antes ese olor. Hacía
mucho tiempo que no iba a una piscina pública sucia, llena de niños y gestionada
por el condado. Al menos diez años, si no unos cuantos más.
Pero el olor a cloro es nítido en mi nariz, como si hubieran pasado pocas se-
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Cuando me doy cuenta de que Melinda vuelve a hablar, le dedico otra sonrisa
e intento parecer interesada. —Como te decía, gracias por ocuparte de ese asunto
por mí. No creo que haya que volver a trasladar a Lily. Ahora está en una casa de
acogida mejor de lo que podía esperar. Habría estado allí antes, pero no tenían
espacio. —Duda, sus ojos pálidos encuentran mi cara y me sostienen la mirada.
144
abierta al respecto.
A menos que Gabriel haya dicho algo, no tengo ni idea de cómo lo sabría.
Golpeo la silla con los dedos y le sostengo la mirada. No sé qué decir ni cómo
avanzar. Diablos, no tengo ni idea de lo que podría ganar por sacar el tema ahora
mismo.
tación que he tenido en mucho tiempo. La primera que parece que se quedará.
—Suelta una risita y mira el ordenador. —Me preocupo por ti —dice por fin. —Me
preocupo porque creo que estos casos podrían afectarte más que a cualquier otra
persona. Como a Clara. —Esboza una sonrisa cariñosa hacia la ventana, donde
probablemente esté ella sentada. —No quiero que te quemes, ¿entiendes? Pero
más que eso, no quiero que salgas lastimada por estos casos.
Esto es tan extraño. ¿Había tenido alguna vez a alguien que expresara tan abier-
tamente su preocupación por mí? Probablemente no, excepto la trabajadora so-
cial que había tomado mi caso de niña. Le encantaba decirme que las cosas mejo-
rarían, que sólo tenía que tener pensamientos positivos y manifestar mis sueños
para que se hicieran realidad.
Sin embargo, lo único que se me había manifestado eran los asesinatos de tres
145
personas. Y eso no era precisamente positivo.
—Estoy bien —expreso al fin, cada palabra lenta y bien articulada. —De verdad,
estoy bien. Llevo toda la vida queriendo hacer esto. Siempre he sabido que quiero
ayudar a otros niños de acogida. Esto no me quemará, ni me hará daño, ni nada
de eso. Estoy realmente bien.
Las palabras suenan huecas a mis oídos, y odio la sensación que me producen.
—Si necesitas irte, si alguna vez piensas que esto no es para ti, nunca te lo re-
procharía. —Alarga la mano hacia delante, como un pez flácido que levita sobre
mi escritorio. Veo lo que quiere y miro fijamente su mano como si fuera una cobra
que pudiera morderme.
—Que tengas un buen día, Melinda —platico, saludando con la mano al salir del
despacho y metiendo la mano en el bolsillo para agarrar el teléfono.
146
como siempre.
—No puedes venir porque voy a invitarte a cenar. Te mandaré un mensaje con
la dirección. ¿Te parece bien?
E sto es raro. No hay manera de obviar el hecho de que es raro estar aquí, en
un restaurante que se propone a ser una recreación del año 1800.
rantes más bonitos en los que he estado, las habitaciones están decoradas con
diferentes temas y niveles de complejidad. Los camareros parecen salidos de los
viejos tiempos con sus trajes y delantales de estampado floral. Con el restaurante
oliendo a comida increíble, pan casero y flores, puedo decir con tranquilidad que
nunca volveré a un sitio así.
Pasa una página de su menú y no levanta la vista. Tiene los ojos oscuros de con-
centración mientras lee y su cabello, eternamente despeinado, está de punta hoy.
Está hermosísimo.
—No —niega, mirándome fijamente. —¿Tú lo estás? ¿Es esta tu forma de decir
que soy demasiado mayor para ti, Quinn?
Niego lentamente con la cabeza. —Quizá sólo estaba insinuando que parezco
del tipo despreocupado y de citas casuales y que todos los chicos de por aquí
están haciendo cola para conseguir mi número.
—En vez de eso, deberías conseguir el suyo —expone, volviendo a mirar el menú.
—¿Y eso por qué?
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—No sé cómo sentirme cuando me hablas así —confieso, siendo sincera con
él por primera vez. —No entiendo cómo te sientes tan cómodo con una situación
así de violenta. Sobre todo, porque sé que lo dices en serio. Realmente matarías a
alguien por pedirme mi número, ¿verdad?
—¿No tienes miedo de que te atrapen? ¿De no escapar tan fácilmente esta vez?
—Prefiero hablar de ti. Deberías contarme todo sobre tus premios de psico-
logía onírica —contraataco, sentándome recta de nuevo en la silla
—Sólo si me dices por qué deseas tanto que esta carrera funcione. ¿De verdad
sólo quieres salvar a los innumerables niños que están en el sistema como tú? ¿A
los que necesitaban ayuda? —No aparta la mirada, ni siquiera cuando yo lo hago.
—¿O es que quieres vengarte de un sistema roto?
149
—No, de eso no... —Trago saliva, sigo sin mirarlo. —No es por eso que lo hago.
Quiero ayudar a la gente, ¿de acuerdo?
—No. Vas a tener que sacarlo tú misma. —Parece agraviado por la idea, pero
una sonrisa se dibuja en su rostro. —Absolutamente no.
Eso le hace reflexionar. Se mira las manos y las golpea contra la superficie lisa
de la mesa de madera falsa. —Me gustan las cosas que no son tan racionales como
nuestro tiempo de vigilia —dice finalmente.
—Me gusta resolver el rompecabezas que nos plantean nuestros sueños y ave-
riguar el porqué. Y disfruto escuchando los jodidos sueños de la gente. —Me re-
compensa con una sonrisa que hace que se me corte la respiración.
—Y yo que pensaba que sólo tenías un fetiche por la gente dormida —comento
finalmente, sin saber qué preguntar.
—Bueno, eso también. Definitivamente tengo algunas manías relacionadas con
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—Sí, pero no entiendo muy bien lo de tus ‘manías del sueño’ —admito, levan-
tando la vista para asegurarme de que no hay nadie más cerca.
No debería afectarme tanto como lo hace, pero esa parece ser la historia de mi
vida cuando Gabriel está involucrado.
—Puede ser. Pero te dejé hacer, ya sabes que, con un cuchillo —remarco con
dulzura. Se lo piensa, lo medita antes de asentir una vez, como si estuviera de
acuerdo consigo mismo. 150
—¿Sabes lo que es la somnofilia? —pregunta, acercándose una vez más.
—Tú... —Me quedo pensativa y me paso la lengua por el labio inferior. Por su
tono suave y ronco y los detalles de su explicación, está claro que ha pensado
mucho en esto. Y si soy sincera conmigo misma, no me asusta particularmente.
—¿Lo has hecho antes? —examino finalmente. —Parece que tienes un plan bas-
tante claro para lo que quieres.
Sacude la cabeza antes de que termine. —Esto puede resultar extraño, pero la
mayoría de las mujeres quieren que se las follen mientras están despiertas. No
mientras están fuera de sí.
—Bueno, ¿de qué tan ‘fuera de sí’ estamos hablando? Me gusta disfrutar del
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sexo, y me gusta pensar que necesito estar algo despierta para que eso ocurra.
Pero entiendo el atractivo de lo que dices.
—Te daría un sedante —responde sin necesidad de pensarlo. —No algo que te
dejara inconsciente. Pero si algo que me diera un poco de tiempo para jugar con-
tigo, eso es todo.
—Te dejaría —respondo al fin. —Llámame jodida, pero suena excitante. Suena 151
diferente. No sé. —Luego me encojo de hombros cuando sus ojos se entrecierran
como si pensara que voy a decirle de repente que miento y se ríe a carcajadas por
haberlo hecho ilusionarse. —Me gusta probar cosas nuevas.
—¿De verdad lo harías? ¿Sabiendo lo que quiero hacer? ¿Sabiendo que te des-
pertarás con el coño dolorido y mi semen escurriendo de ti? —específica, como si
alguna parte de su discusión anterior no estuviera clara.
—No te creo.
—¿Cómo que por qué? Esto es una locura. Irrumpes en mi dormitorio y anun-
cias que soy tuya después de años acosándome. Por favor, no comentes eso. Luego
me sigues hasta aquí, porque hay un rastreador en mi auto, y me dices que soy
tuya. Pero, ¿qué significa eso exactamente?
Aparentemente es mi turno de dar discursos, y odio lo incómoda que me siento
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con ellos. Cómo cada palabra me hace sentir más y más insegura de mis convic-
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—Hasta que ambos estemos muertos y nos reunamos en lo que sea que nos
espere después —aclara, deslizando las palabras cuando respirar se convierte en
una necesidad. —¿De verdad creías que esto era temporal, Quinn?
—Sí. Pensaba que ibas a matarme, no a follarme. —La camarera entra, sonriendo
alegremente entre nosotros, tan despistada, que sé que no ha oído nada. Natural-
mente, llena primero la copa de Gabriel y luego la mía. Pero no me importa. Ahora
mismo no, cuando hay cosas mucho más importantes de las que ocuparse. Cosas
que tienen mi corazón latiendo como... como si tuviera miedo.
—Quinn... —Se inclina hacia delante y me toma las manos antes de que pueda
152
apartarme, arrastrándolas por la mesa mientras engancha su pie alrededor de mi
tobillo una vez más. Estoy atrapada, a menos que quiera tirarme de la silla.
—Amor es una palabra demasiado sana para lo que tenemos, cariño. El amor
es para la gente que no es como nosotros. —No necesito saber lo que quiere decir.
Me hago una idea.
rando los labios para hablar. Sólo que esta vez me le adelanto. —Vas a repetir lo
de ‘mía’, ¿verdad? —pregunto secamente, y esta vez veo una chispa de diversión
en su mirada.
—Puede ser —admite. —Siento mucho que repetirme te sea aburrido. Tendré
que buscar material nuevo.
Esta vez, es con los dos platos humeantes de comida que nos pone delante.
153
Para él, es el cerdo demasiado de una chuleta gruesa. Para mí, pollo con salsa de
queso y una patata asada cargada.
Levanto el tenedor, miro la comida y vuelvo a dejarlo para mirar al hombre que
tengo enfrente.
—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo? —Las palabras son valientes, incluso sugerentes.
Me gusta, pero también me excita nerviosamente. Es aterrador en cierto modo. En
muchos sentidos. Pero, de nuevo, la idea no se me ha ido de la cabeza desde que
me lo planteó, así que quizá no sea la única loca aquí.
...su enorme cuerpo aprisiona el mío. Levanto las cejas y miro a mi alrededor, 154
mientras él se limita a mirarme.
—Lo sé. Y no estoy haciendo nada. Sólo quiero saber si lo dices en serio o sólo
me estás siguiendo la corriente.
que contiene. —Y no, no las tengo con algún propósito nefasto. A veces las necesito.
—¿Culpa de conciencia?
Le quito el frasco de las manos y lo agito, sin apartar los ojos de los suyos
mientras lo atraigo hacia mí, rozando su boca. —Si hago esto, podré utilizar un
cuchillo contigo —regateo, besando la risita que sale de sus labios.
—Te dejaría hacerlo de todos modos, mi vicioso amorcito. —Me besa de nuevo,
más fuerte, y es él quien se separa primero, aclarándose la garganta mientras re-
cupera la compostura. —Te llamaré más tarde —promete, y está claro que quiere
volver a besarme mientras me meto en el bolsillo el frasco de pastillas.
155
Pero está bien, porque no es el único.
—Me parece que el listón estaba bajo —dice, pero ya se está alejando, su mano
deslizándose por mi brazo. —Que pases buena noche, Quinn.
—No las has tomado, ¿verdad? —Hay una especie de frenesí sin aliento en su voz,
y miro por la ventana los relámpagos que de vez en cuando iluminan mi habitación.
—Tardarán una hora en hacer efecto. Quizá un poco menos. Te sentirás som-
nolienta y simplemente te quedarás dormida. La dosis es lo suficientemente baja
como para darte un sueño tranquilo. —No puede ocultar que su voz se entrecorta
por la expectación, y mis costillas se relajan un poco. —No dejes la puerta abierta.
Sé dónde está tu llave de repuesto. Iré a recogerte y te traeré a mi casa.
Parece la opción más sencilla. Pero él sólo se burla, el sonido desdeñoso incluso
en el altavoz. —No. Quiero ir a buscarte. Eso me encanta, Quinn.
—Porque ya te lo dije. Y lo que dije iba en serio. Que quiero follarte mientras
duermes. No sé cuánto tardarás en despertarte. Puede que te asustes cuando lo
hagas. Pararé, me cercioraré de que estás bien y veré qué quieres hacer. Pero es-
157
tarás dormida un rato. ¿Segura de que aun quieres hacerlo?
—Si sigues preguntándomelo, voy a decir que no sólo para fastidiarte. —No lo
digo en serio. Son solo los nervios y el entusiasmo. Respiro hondo, cierro los ojos
y cuento hasta diez antes de volver a hablar. —Sí. Quiero hacerlo de verdad. Sé
que no me harás daño.
—¿Confías en mí?
—Si en algún momento dices ‘rojo’ me detendré. Si pienso que no lo estás disfru-
tando, me detendré. Te doy mi palabra.
Sus palabras son un consuelo que no espero. Vuelco las pastillas en mi mano,
las miro fijamente y respiro. —Ahora o nunca —murmuro y me las meto en la
boca. Hay una botella de agua a mi lado que destapo y, segundos después, las
pastillas se han tragado. —De acuerdo, lo he hecho. —Ya es demasiado tarde para
sentirme inquieta, o estar tan temblorosa. —¿Nos vemos luego?
—Sólo... —No sé lo que quiero decir, y por un momento siento náuseas. Estoy
muy nerviosa, más de lo que pensaba, mientras me acurruco de lado bajo la
158
manta. —¿Me prometes que todo irá bien? —Espero más que nada no soñar con
mi antigua casa, ni con la cara de Billy que sigue apareciendo, sólo para desvane-
cerse tan pronto como abro los ojos antes de que pueda recordar bien mis sueños.
—Ya veremos. —Cierro los ojos y suelto un largo suspiro. —Buenas noches, Gabriel.
—No, no creo que lo estés. Todavía no. Vuelve a dormirte, preciosa. Déjame
jugar contigo un rato más.
—Lo sé, nena. Pero no he terminado. Vuelve a dormir para mí. Quiero jugar
un rato más contigo. —Cuando intento decir algo más, me acalla con un beso.
159
—¿Quieres correrte primero? Seguro que vuelves a correrte, ¿no?
La zona está sensible, como si llevara jugando conmigo más tiempo del que creo.
Por otra parte, no tengo ni idea de qué hora es, ni siquiera de si sigue lloviendo.
Todo lo que sé es cómo me siento. Cómo el calor y la necesidad se acumulan en
mi cuerpo, provocando que un suave suspiro escape de mis labios.
Sus dientes se cierran sobre mi cuello, y el agudo dolor me hace ser más cons-
ciente a medida que acelera el ritmo. Está diciendo algo, aunque no logro distin-
guir qué. Lo único de lo que estoy segura es que me mueve a su antojo, pasando
mi pierna por encima de su hombro para que pueda follarme más profundamente.
que no me esté follando. Pero el sentimiento sólo dura unos instantes. Tres dedos
presionan mi interior, arrancándome un grito que hace que Gabriel se detenga.
160
—Han pasado más de veinte minutos desde la última vez que te corriste, Quinn
—remarca mientras acaricia mi clítoris con el pulgar. Intento apartarme de él,
pero me inmoviliza.
Con la otra mano en mi estómago, desliza los dedos y los roza ligeramente
contra mi entrada. —¿Puedes decirme cómo te sientes? ¿Quieres usar la palabra
de seguridad que te di?
Tengo que pensar en ello, y pensar es difícil ahora mismo. Respiro hondo un
par de veces y hago balance de mí misma. No me pasa nada. Excepto que estoy
sudorosa y agotada, con un cuerpo que se siente absolutamente destrozado y
llevado al límite ida y vuelta.
—Estoy bien —digo, abriendo por fin los ojos. —Quiero decir, no quiero usarla.
¿De acuerdo?
He pensado que podría deslizar un tapón en este coño tan bonito, para mantenerte
bien llena hasta que esté listo para volver a jugar contigo. ¿No suena perfecto?
Lo mejor que puedo hacer es gemir. Sobre todo, por lo llena que me hace sentir
con sus dedos y por cómo tiemblan y se tensan mis muslos.
—¿Por qué? —bromea Gabriel, abriéndome las rodillas para poder ubicarse
sobre mí. Cuando abro los ojos, lo primero que veo es su cara, y no quiero mirar
a ningún otro sitio.
Tal vez sea una prueba de cómo me he sentido siempre a su lado que nunca soy
capaz de apartar la mirada.
Lleva el pelo revuelto hacia atrás, apartándolo de su rostro anguloso, y sus cá-
lidos ojos marrones están fijos en los míos. Hoy se le nota más la sombra de las
cinco. Su barba más pronunciada, como si hubiera olvidado afeitarse o no quisiera
161
hacerlo. ¿Es esa la sensación de irritación, casi como una quemadura, que siento
levemente en mis muslos?
Cuando se desliza dentro de mí, grito más fuerte de lo que pretendía. El mundo
se me viene encima y la cabeza me da vueltas por la intensidad de la sensación.
Para sentirme así sólo con su polla, debe de haber estado haciéndolo durante
las dos últimas horas. —Espera —grito, con una mano sujetando su pelo. Sigue
siendo tan difícil concentrarse. Tan difícil hacer algo que no sea tomar lo que él
quiere. —Espera.
sensación oscila entre el placer y el dolor. Sin darme cuenta de lo que es, siento
que una humedad ardiente recorre mi cara, y no es hasta que la lengua de Gabriel
lame las lágrimas que me doy cuenta de que estoy llorando por sobre estimulación.
—Una más —gruñe. —Una vez más, Quinn. Sólo quiero que te corras una vez
más por mí, ¿está bien?
—¿Me lo prometes? —lloriqueo, por fin capaz de rodearle el cuello con los brazos.
—Claro, nena. —Me folla con la misma languidez que recuerdo de la última
vez que me desperté. Empujones largos y profundos que me dejan sin aliento y
mareada. No tarda mucho, no cuando cada embestida se desliza por un punto de
mi cuerpo que me hace ver las estrellas. Jadeo, suplicante, con la cabeza echada
hacia atrás para que pueda marcarme el cuello y los hombros a su antojo.
162
Mi cuerpo tiembla, mis brazos se aprietan alrededor de sus hombros mientras
me corro. Es diferente a lo que estoy acostumbrada, el placer se mezcla con el
orgasmo arrancado de mi cuerpo. Esta vez gimo contra su cuello mientras él se
inclina sobre mí, aferrándome a él con fuerza mientras sigue follándome hasta su
propio orgasmo.
No pasa mucho tiempo. Una suave maldición resuena en mi oído y sus manos
en mis caderas se tensan, arrastrándome hacia él para que pueda enterrar su
polla en mi coño.
—Eres tan buena aguantando esto. Eres tan buena por dejarme jugar contigo
—murmura contra mi mandíbula. Antes de que pueda formular una respuesta, se
aparta, se apoya entre mis muslos y me sujeta las caderas para mirarme fijamente.
—Sí, puedes —contradice, con una sonrisa cruel en la cara. —Sólo una más. Sé
que puedes hacerlo por mí, nena.
—De verdad que no puedo —respiro, el aire llena mis pulmones bruscamente al
sentir sus dedos en mi entrada. —Gabriel, por favor... —No me escucha, o no me
cree. Siento sus dedos en el interior de mis muslos, rozando mi piel, antes de que
dos de ellos se introduzcan profundamente en mi coño y luego vuelvan a salir.
163
con mi semen goteando de tu coño. La próxima vez, voy a llenarte ambos agujeros
y realmente voy a poner un tapón en ti hasta que esté listo para follarte de nuevo.
Quiero verte suplicante y necesitada, tan llena que no puedas caminar erguida.
Quiero verte tan asustada que no puedas salir de la cama porque sabes que mi
semen goteará por tus muslos.
—Si lo hiciera para ser malo, lo sabrías —asegura. —Pero si te preocupa la gravedad...
Me estremezco bajo sus caricias, sus dedos implacables vuelven a ponerme los
pezones erectos.
mis dedos, así. Déjame sentir cómo tu coño se estremece alrededor de mis dedos.
Sé que estás cansada, pero sólo quiero que acabes una vez más.
Mis caderas se arquean débilmente entre sus manos mientras mis músculos se
tensan. Contra mi voluntad, mis muslos tiemblan, se aprietan, y mi cuerpo lucha
contra la excitación y el agotamiento.
—Tú realmente, realmente puedes. Estás tan cerca, Quinn. Tan jodidamente
cerca. Córrete solo con mis dedos. No tienes elección, nena. Córrete por mí. —Su
164
pulgar encuentra mi clítoris y lo frota con fuerza, la sensación me hace gritar. —
Sí, te encanta. Sé que es demasiado, así que córrete y jodidamente terminamos,
princesa. Ahora mismo. —Se interrumpe cuando grito, mi cuerpo finalmente
abandona la lucha mientras un último orgasmo me desgarra.
—Justo... así… nena. —Sus dedos se clavan en mí con cada palabra, alargando
mi orgasmo todo lo que puede antes de que, finalmente sus dedos se deslicen y
me vea temblar en mil pedazos sobre la cama.
—¿Qué vas a hacer? —examino, mirándolo bien por primera vez mientras se
pone unos pantalones de dormir ligeros. —¿Te vas a quedar?
165
echarme ni con una escoba. —Hay algo diferente en él esta noche. Algo de lo que
suelo ver destellos, pero nunca momentos completos.
Está actuando tan dulce. Incluso cariñoso. Como si estuviera preocupado por
mí. Como si quisiera cuidarme.
—Oh —suelto, parpadeando como una idiota. —Mmm. Bien. Quiero que te
quedes. Quiero que...
—Has estado muy bien —expresa, como si quisiera que absorbiera el signifi-
cado en mis huesos. Me rodea con un brazo y, cuando me acerca a su cuerpo, lo
hace para que pueda apretar contra él todo lo que pueda de mí. —Gracias.
—¿Por qué?
puedo de él. —Supongo que estaría dispuesta a abrir negociaciones para volver
a hacerlo alguna vez. Pero sobre todo porque es la mejor noche de sueño que he
tenido en mi vida.
Quiero responderle con algo irónico e ingenioso. Decirle que tenga cuidado con
lo que promete, o lo tendré sirviéndome de pies y manos durante la próxima dé-
cada. Pero estoy demasiado lejos. Demasiado aturdida y demasiado deseosa por
volver a dormir como para hacer algo más que apretar la nariz contra su pecho e
inhalar el peligroso y almizclado aroma del que no me canso.
166
21
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE
Miro hacia arriba a través de los árboles, con el corazón latiéndome deprisa.
Golpea contra mi pecho, una y otra vez, tratando de obligar a mis costillas a do- 167
blarse y romperse para que pueda escapar. Pero me mantengo firme, con la mi-
rada fija en la copiosa lluvia que cae.
El trueno suena como un estruendo que inunda mi cuerpo, recorriendo mis huesos
de arriba abajo mientras algo me pica en la nuca, poniéndome de los nervios.
Date la vuelta.
No hay nada que hacer excepto mirarlo. Separo los labios mientras la lluvia cae
en cascada sobre mi piel fría.
—Vete —gruño, con la voz desgarrada por el viento. —Déjame en paz —repito
la segunda parte más alto, aunque él actúa como si no me hubiera oído.
—Vete —apunto, con palabras suplicantes. —Por favor, no quiero... —Se ade-
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE
lanta y me agarra del brazo, tirando de mí hacia él. Soy muy pequeña para tener
dieciocho años y mi cabeza apenas le llega al hombro. Sus dedos me rodean la
muñeca con facilidad, con espacio de sobra, y me sujeta con tanta fuerza que noto
cómo me rechinan los huesos.
Cuando miro hacia abajo, Billy está en el suelo, con los ojos muy abiertos y acu-
sadores. Hay alguien más aquí, y el objeto que tengo en la mano es un teléfono, no
lo que podría haber sido antes.
168
—Ayúdame —susurro, mirando fijamente a la figura bajo la lluvia. —Por favor,
ayúdame. No quería hacerlo…
Gabriel me tiende la mano igual que Billy, pero me agarra el hombro en lugar
de la muñeca magullada. Abre la boca mientras me mira con ojos oscuros e impa-
sibles, pero en lugar de palabras, un zumbido me llena los oídos.
Me levanto bruscamente del escritorio, con la cara ardiendo por haberla apo-
yado incómodamente en el borde del portátil. El mundo a mi alrededor da vueltas,
el trueno de mis sueños hace que me vibren los huesos y me dé vueltas la cabeza.
truenos lo bastante fuertes como para hacer temblar un edificio pequeño. El re-
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE
lámpago que cae a continuación es más brillante que antes y me deja momentá-
neamente ciega en la oscura oficina.
¿Oscura?
Debería haber luces encendidas, pero estoy casi a ciegas. Ya he perdido la lla-
mada, pero cuando la compruebo y veo un número que no tengo agendado, inme-
diatamente dejo de lado cualquier preocupación. En lugar de eso, uso el teléfono
como linterna, y me dirijo al panel de interruptores de la pared del fondo.
169
parme tanto entrar donde está mi jefa.
Necesito luz, después de todo. Tal vez haya algo que me ayude. Mientras entro,
busco su número en mi teléfono y llamo. Como mínimo, debo informarle del
apagón, aunque tendré que ocultar sobre cuánto tiempo lleva sin funcionar. No
tengo forma de saberlo, aunque espero que no haya sido mucho. Tal vez sólo sea
un parpadeo muy largo, en lugar de un apagón de verdad.
El tono suena tres veces cuando rodeo su mesa en busca de la fuente de luz,
aunque se apaga en cuanto empiezo a buscarla. Otro timbre rechina en la oficina
cuando pongo el teléfono en el altavoz y mi mano se dirige hacia ella.
—Soy Melinda Wilkes, por favor deje su mensaje. Si necesita hablar con la oficina
de servicios sociales, llame a... —Se corta la voz al citar el número de la oficina y,
por un momento, me planteo dejar un mensaje. Hasta que, llegado el momento,
me arrepiento y cuelgo. Sabrá que he llamado y podré mandarle un mensaje si
quiero, en vez de hablar con ella del apagón.
—Hola, Melinda —saludo, y hago una pausa esperando que un trueno deje de
resonar en la habitación. —Estoy en la oficina y... ¿Podrías llamarme? —El teléfono
vibra para avisarme de que está entrando otra llamada, y lo aparto de mi cara para
poder ver la pantalla, medio esperando que sea mi jefe el que llama mientras dejo
un mensaje. En lugar de eso, es el mismo número desconocido de antes.
Absurdamente, vuelvo a mirar el teléfono y ambas llamadas son del mismo número
local. Soy yo quien está de guardia, y no es raro que mis colegas reciban llamadas.
Sobre todo, si se trata del marido de Melinda, o de ella llamando desde otra línea.
Con esa idea en mente, devuelvo la llamada, esperando a medias que salte el
buzón de voz. En cambio, mi llamada es contestada al segundo timbrazo, y mis
oídos son asaltados por el sonido de jadeos y respiraciones frenéticas. —Haz que
pare —gruñe el Sr. Durham al oído. —Hice lo que me dijo. Haz que pare.
Las palabras hacen que una sacudida de sorpresa me suba por la columna
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—Es porque he mencionado a los Blaiken, ¿no? Dile que no se lo diré a nadie... —Se
interrumpe con una maldición, y suena como si corriera o tropezara entre la maleza.
—¿Dónde estás? —repito con la cabeza en blanco. Abro el viejo teléfono, miro
la pantalla agrietada y pulso el botón para leer el mensaje. No tengo derecho a
hacer esto. Ninguno en absoluto. Pero ahora no puedo evitarlo.
—El bosque de Ridgeback Marina. Dile lo que necesites para que se detenga. Lo
que quieras que haga... —se corta de nuevo, y juro que oigo una voz de mujer
171
desde algún lugar mucho más lejano, aunque no puedo distinguir lo que dice.
—¡Ayúdame! —sisea, y luego se corta la llamada.
Deshazte de ella.
Ahora empiezo a pensar que este celular no es de mi jefa. Las palabras son si-
niestras, enviadas desde un número que no está agendado en el teléfono. Aunque
cuando lo reviso, descubro que no hay ningún número guardado.
Es una exageración, pero con lo nerviosa que me tiene el extraño sueño del
que acabo de despertar y todo lo que ha pasado en los últimos minutos, estoy
dispuesta a arriesgarme.
—¿Por fin has salido del trabajo? —contesta, con el sonido del televisor de
fondo resonando cada tres palabras. —¿Quieres venir a mi casa?
—Quinn.
—Me preocupa que mi jefa tenga problemas. No sé, algo va mal. Y he estado te-
niendo sueños, pero ahora se han puesto peor. No te lo he contado antes; a veces
apenas me acuerdo. —Estoy divagando mientras corro hacia el auto y, cuando por
172
fin estoy dentro, con el aire fresco dándome en la cara, tiemblo empapada por
la lluvia. —Siempre quise decírtelo. Bueno, más o menos. Es lo mío, y tengo que
averiguar de qué...
—Creo que deberías venir —dice al fin, su voz tan cuidada y controlada. —
Deberíamos hablar de esto. Averiguaremos dónde está Melinda y el porqué de la
llamada del Sr. Durham.
—No creo que haga falta —rechazo, con los ojos entrecerrados. —Voy a ir a
buscarlo. A ambos. Tengo este teléfono. Creo que está en problemas, y…
—¿Sabes cómo suenas ahora mismo? ¿Sabes con quién parece que estoy ha-
blando? —chasquea Gabriel, su paciencia evaporada. —No estamos en Springwood,
Quinn. Aquí las cosas no funcionan igual. —¿Hay algo de preocupación en su voz?
¿Preocupación por mí? Aunque no sé por qué.
—No sé a qué te refieres. —Cierro los ojos con fuerza, mientras los aconte-
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cimientos de mi sueño pasan por mi cabeza. La otra mano se cierra con fuerza
sobre lo que sostengo y suelto un suspiro largo y uniforme. —Estoy bien.
—Suenas como la chica que me llamó hace cinco años. La que acababa de
apuñalar al atleta universitario favorito de la ciudad. —Una puerta se cierra
de golpe y oigo llover al otro lado del teléfono mientras miro fijamente el suelo
frente a mí, iluminado por mis faros.
173
flexiona alrededor de la frialdad del manubrio y miro sorprendida el cuchillo que
tengo en el regazo. ¿De dónde ha salido esto? Es el cuchillo de la sala de descanso,
pero no estoy segura de recordar haber ido a buscarlo. ¿O si lo hice?
—Es egoísta por mi parte pedirte siempre ayuda cuando las cosas se ponen
sangrientas —musito, sin apartar de mí el recuerdo del aspecto que tenía aquella
noche cuando se plantó en la cafetería. Los había matado.
Había matado a los Owen por mí y había colocado el cadáver de Billy en la ca-
fetería para que la policía supusiera que formaba parte del crimen.
—Para eso estoy aquí. Te encontraré, aunque me cuelgues, sabes. —Dios, nece-
sito sacar el rastreador de mi auto. No debería ser tan fácil de encontrar para él
todo el tiempo.
Algo tiene que ser, porque ahora que los sueños de Billy Owen han empezado,
no puedo apartar los recuerdos de mi mente.
Yo lo maté.
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Mis manos se tensan sobre el volante mientras respiro hondo. Hace semanas
que sé que no puedo seguir así sin que algo cambie. Mis sueños han ido empeo-
rando y, aunque no he querido admitirlo, ni siquiera ante mí misma, no puedo
evitar preguntarme si esto podría haberse evitado si me hubiera tomado las cosas
con más calma.
Si hubiera hecho caso a mi cuerpo, a mi cerebro y a mis sueños, ¿estaría aquí ahora?
¿Medio frenética y presa del pánico mientras intento no salirme de la carretera?
Respiro hondo y lucho contra las náuseas que me carcomen la garganta, in-
capaz de cerrar los ojos mientras conduzco bajo una lluvia torrencial. Es impo-
sible no dejar que los pensamientos se apoderen de mí, que se expandan desde la
caja cerrada en el fondo de mi cerebro en la que los he estado archivando durante
tanto tiempo.
me dijo una chica antes de aquella noche. Simplemente le cuesta oír lo que dices
cuando está borracho. No es una excusa. O si lo es, es una pobre excusa. Pero no
puedo evitar preguntarme si hubiera podido terminar la noche sin la sangre y la
muerte de él y sus padres en mi conciencia.
¿Te arrepientes de haberlo matado? Las palabras resonaron entre mis oídos
cuando Gabriel las había dicho, de pie al otro lado del cuerpo de Billy en el parque.
Entonces había sido mucho más sincera conmigo misma y con él. Lo había mirado
a la cara y en vez de decir lo correcto. En lugar de mentirle y decirle lo mal que me
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sentía, simplemente sacudí la cabeza, abrí la boca y dije que no.
Es fácil pensar eso ahora, cuando sólo siento un eco de lo que sentí aquella noche.
lluvia. —Basta, Quinn. —Fue hace demasiado tiempo. Demasiado lejos en el pa-
sado para que hoy tenga una crisis existencial manejando en mi auto.
Si he vivido en paz conmigo misma tanto tiempo, seguro que lo haré otros
ochenta años.
Excepto dos autos. Uno de ellos no lo reconozco, pero el otro hace que se me corte
la respiración. Es el auto de Melinda, y mi preocupación por ella se clava en mi pecho.
¿Alguien está tratando de matarla? Pensaba que el Sr. Durham estaba en apuros
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cuando me llamó, pero tal vez eso es lo que quería que pensara. He oído las his-
torias de personas que se enfadan y se ponen violentas con su asistente social
cuando las cosas no van como quiere.
¿Es eso lo que está pasando aquí? El Sr. Durham es técnicamente uno de los
casos de Melinda, como los Blaiken. Uno que había empezado a posponer de la
misma manera que los tenía a ellos. Tal vez se está volviendo complaciente o ne-
gligente como para que sus clientes empiecen a despreciarla y a querer vengarse.
Estaciono al otro lado del auto de Melinda, necesito un momento para cal-
marme. Me aprieto contra el asiento, y echando la cabeza hacia atrás, contra el
asiento. Con los ojos cerrados, observo los relámpagos desde detrás de los pár-
pados y aspiro profundamente varias veces. Si voy a estar aquí haciendo alguna
estupidez, lo menos que puedo hacer es no intentarlo mientras siento pánico.
Cuando abro los ojos y miro por la ventana, casi me muero en el acto. Un suave
chillido sale de mis labios, seguido de una risita histérica mientras Gabriel, con
cara de gato ahogado y cabreado, se me queda mirando.
—No quería traerlo, creo —admito, con una voz que apenas se oye.
Es Gabriel quien se aparta primero, con las cejas alzadas. La lluvia está amai-
nando, aunque los dos estamos empapados y siento cómo me resbala incómoda
por el cuero cabelludo.
—Llama a tu jefa —ordena por encima del hombro. —A ver si está aquí.
—Acabo de hacerlo —protesto, poniéndome a su altura y señalando su auto.
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—Está aquí, en alguna parte. Y el Sr. Durham también. Creo que él va a hacerle
daño. —Levanto la voz para que se me oiga por encima de los truenos, necesito
alargar la zancada y casi trotar para seguirle el ritmo.
La tienda del puerto deportivo está cerrada, y las únicas luces encendidas
dentro son las de una máquina expendedora que proyectan una luz azul sobre el
interior del edificio. La lluvia continúa, sonando contra el tejado de hojalata sobre
nosotros mientras me alejo del edificio hacia el muelle.
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El lago es espeluznante en la oscuridad, bajo la lluvia. Lo contemplo con las
manos metidas en los bolsillos, como si eso pudiera cortar el frío que me provoca
algún que otro estremecimiento. Los barcos se bambolean en sus puestos, cho-
cando suavemente contra el muelle mientras el agua se agita y el viento sopla las
cubiertas blancas.
—Yo menos. —Se encoge de hombros. —Pero no soy quien tiene un teléfono
misterioso, un cuchillo y un tipo llamándote que puede o no ser un asesino. Vamos.
—Se aleja de mí, en dirección al bosque más cercano. Lo sigo. Es una buena idea,
ya que es desde aquí desde donde me han llamado esta noche. Pero, aun así, un
escalofrío me recorre la espalda que no tiene nada que ver con la lluvia.
Gabriel, sin embargo, se detiene al borde del bosque para girarse y levantar una
ceja. Hace un gesto hacia delante, como invitándome, y yo me detengo a su lado,
con los ojos muy abiertos por la sorpresa que me causan sus movimientos.
—¿Qué? —pregunto, sin necesidad de hablar tan alto aquí. —¿Qué pasa?
—Nada —asegura. —Yo no soy el que hace estupideces. Eres la salvadora del
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—Entonces dame mi cuchillo —decido, cruzando los brazos sobre el pecho e inten-
tando que no parezca que estoy temblando. —Así podré defenderme si lo necesito.
Me repasa de arriba abajo, pensativo, y me mira a los ojos antes de hablar. —No
lo sé —dice al fin. —Puedo protegerte, ¿sabes?
Me lo da sin decir nada más, aunque juro que veo una sonrisa en sus labios
mientras sus ojos se oscurecen.
Lo miro mientras lo oculto en la manga. Los puños de mi sudadera con ca- 179
pucha son lo suficientemente ajustados como para que pueda guardarlo allí con
facilidad, aunque una vez que está allí y camino por el pequeño sendero que ser-
pentea por el bosque, me doy cuenta de que tengo otro problema.
No tengo ni idea de lo que estoy haciendo ni de adónde debo ir. Vuelvo a probar
con Melinda en mi teléfono, frunciendo el ceño hacia el suelo mientras miro a mi
alrededor en busca de rastros de algo. ¿Una pelea, tal vez? ¿O una señal pintada
con sangre que me indique adónde ir?
Lástima que no sea más ayuda que eso. Cada vez que vuelvo la vista hacia él, lo
único que obtengo como respuesta es una mirada sombría.
—No eres de ninguna ayuda —expongo finalmente, subiendo una pequeña pen-
diente. —Literalmente, ninguna.
—¿Qué quieres que haga, exactamente? —apunta, con los dedos agarrados a mi
capucha el tiempo suficiente para que me dé cuenta. —No tengo ni idea de dónde
quieres ir. No conozco este lugar, Quinn.
—Si fuera yo la que estuviera perdida y pensaras que estoy a punto de morir,
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¿harías algo más? —pregunto irritada, deseando que me diera una idea de cómo
localizar a la gente bajo la lluvia por la noche.
—No.
La palabra me hace detenerme rápidamente, parando tan rápido que casi choca
conmigo. La inesperada respuesta hace palpitar mi corazón y lo miro asombrada
cuando se acerca a mi lado, intentando no parecer absolutamente desolada.
Me alejo de él, con los ojos escrutando la oscuridad del bosque mientras aprieto
los dedos en torno a la manga que oculta mi cuchillo. Un movimiento atrae por
fin mi atención, y doy unos pasos hacia delante mientras el señor Durham corre
hacia mí, tropezando y cayendo de bruces en el sendero antes de volver a ponerse
en pie, con la ropa cubierta de barro.
Dejo que venga hacia mí hasta que Gabriel se interpone entre nosotros y pone una
mano de advertencia contra su pecho para evitar que Durham choque contra mí.
—¿Se lo has dicho? —resopla, estirando la mano y agarrando el borde de la
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Sacudo la cabeza y me encojo de hombros. —Aquí no hay bromas. En verdad
no sé qué está pasando.
—Creía que habías venido a ayudarme. Creía que ése era el objetivo. —Mira
detrás de él y a nuestro alrededor, buscando a alguien que no está aquí. —Pensé
que le estabas diciendo que parara. —Veo que se impacienta, que se molesta. Su
cara enrojece y, cuando vuelve a girar sobre mí, hay odio en sus ojos. —Estúpida
perra. ¿Qué haces aquí si no estás aquí para decirle que jodidamente pare?
Respira hondo y luego otra vez. Veo que intenta calmarse, al igual que noto que
apenas funciona. Está furioso conmigo, aunque no he hecho nada malo.
tame, maldita sea! Si no estás aquí para ayudarme, tengo que irme de aquí.
—¿Por qué? —demando, girándome para mirarlo. —¿Qué está pasando aquí?
Hay una sonrisa en la cara de Melinda que me recuerda a la primera vez que la
conocí. Toda amabilidad y comprensión, sin una pizca de inquietud. La lluvia no
parece molestarla, por lo que veo. Pero en lo que no puedo dejar de fijarme es en
182
la pistola que lleva en la mano enguantada y que sujeta con cómoda soltura.
—Qué sorpresa verte aquí fuera —saluda cuando está a sólo tres metros de no-
sotros. —Pensé que el tiempo sería lo suficientemente malo como para mantener
a todo el mundo alejado. ¿Vienen a menudo por aquí?
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Melinda asiente con la cabeza, con el arma todavía a su lado en una empuña-
dura relajada. —Mi marido y yo venimos bastante por aquí. Nos gustan los sen-
deros y ver los barcos. Esta noche no hay barcos, claro. Pero podría ver el atractivo 183
si los dos se van de excursión secreta y clandestina. —Nos mira a ambos con el
ceño fruncido, lo que aumenta mi confusión.
—Los dos son terribles ocultando sus sentimientos. Lo sé desde hace semanas.
No te preocupes, Quinn. No voy a disciplinarte por tu distinguido amigo caballero
—ríe entre dientes, haciéndome un gesto con la mano libre.
Tiene que faltarme algo. Mi miedo, para empezar. Nunca en mi vida he tenido
miedo de mi jefa. Es tan poco amenazadora que la idea me parece ridícula. Por no
mencionar que todavía no tengo ni idea de lo que está pasando aquí.
—Estaba en la pila de maletas terminadas, ¿no? Lo dejé allí cuando Clara vino
a hablar conmigo. Eres muy amable por preocuparte por mí. Siento que hayas
tenido que venir hasta aquí. —Levanta la pistola de repente y la amartilla, justo
cuando Durham se lanza detrás de mí para utilizarme como escudo humano.
—No lo hagas —ordena, y ella se limita a fruncir el ceño, irritada, con las fac-
ciones dibujadas en su rostro pálido y circular. 184
—Yo no dispararía a Quinn —anuncia. —Una vez que esté muerto, podremos
hablar de esto. A ver si llegamos a un acuerdo. Creo que esto no es nada nuevo
para usted, Dr. Brooks. —Cuando él no responde, ella continúa. —Usted es bastante
famoso en algunos círculos. No estamos tan lejos de Springwood, después de todo.
—¡Dímelo! —regaño, nerviosa. —¿Por qué ella quiere dispararle, Sr. Durham?
¿Qué ha hecho?
encima de él. —Dejé de beber. Trabajé para mejorar en todo lo demás. Hice lo que
me dijiste, para poder recuperar a mi familia.
—¿Cómo...?
—¡No! —Lucha desesperadamente debajo de mí, pero soy más fuerte que él
cuando está tan agotado. —Sólo quiero recuperar a mi hijo. Por favor, te prometo
que esta vez lo haré mejor. Haré lo que me digas. Todo lo que quieras. Sólo quiero
a mi hijo.
—Estás loca —sisea Durham, renovando sus esfuerzos. —¡Estás loca, maldita perra!
arrastro hacia atrás, pataleando y gritando, para que Melinda pueda ponerse en
pie y quitarse el polvo de los pantalones. El asco y el desprecio en sus ojos son
fácilmente visibles, y nos mira con una sonrisa tensa.
—Siento haberlos metido en esto. —Nos dice a las dos, mirando a su alrededor
en busca de la pistola que debería estar en el suelo. —No era mi intención...
El arma hace clic y miro hacia abajo, dándome cuenta de que está en la mano
de Durham. Hay una luz desesperada en sus ojos cuando me mira, junto con
una mueca de disculpa. —No puedo evitarlo —dice. Las palabras para mí mien-
tras el tiempo parece ralentizarse a nuestro alrededor. —Ella no entiende que
no puedo evitarlo. Quiero a mi hijo, pero me enfado mucho. Sólo necesito una
oportunidad para decirle que lo siento. Él lo entenderá. —Su brazo se levanta len-
tamente, el arma apuntando a mi jefa. —Volverá a quererme. Sólo necesito tener
otra oportunidad.
Sus movimientos son lentos mientras me mira, el arma baja unos centímetros antes
de moverse en mi dirección. La sangre brota, y otra sacudida junto con una suave
exhalación es mi único indicador de que ha sido herido nuevamente, hasta que
Gabriel se aparta y gira para clavar sus garras metálicas en la garganta de Durham.
Está muerto.
—¿Me das mi otro teléfono, Quinn? —pregunta con la mano extendida delante
de mí. Se lo ofrezco entumecida, con los ojos fijos en los suyos. —Siento mucho
que hayan tenido que formar parte de esto. —Me limpia suavemente las manos y
me sube las mangas hasta los codos, buscando sangre en mi piel. La forma en que
me ayuda a limpiarme es casi maternal, y finalmente la miro sorprendida.
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—¿Ibas a matarlo? —averiguo, aún sin poder asimilarlo todo. —¿Por qué?
—Sé cómo limpiar —asegura, y los dos comparten un momento, como si estu-
vieran cortados por el mismo patrón.
Ella sacude la cabeza hacia su cuerpo y yo me enderezo, con los brazos alre-
dedor de mí, ya que no sé dónde ponerlos.
—Has matado a gente antes. Y me enviaste allí para encontrar sus cuerpos —
asumo en voz baja. —¿Por qué?
—Necesitaba a nuestro condado para encontrarlos. La policía y yo tenemos
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un acuerdo. Nadie en este lugar soportará a los abusadores de niños por mucho
tiempo.
—¿Por qué había un mensaje en el teléfono de tu mesa? Pensé que era una
amenaza contra ti. Pensé que era él —confieso, señalando con la cabeza el cuerpo
que hay entre nosotros.
—Sé que no lo harás. Pero, ¿segura que estás bien, Quinn? —Intercambia una
mirada con Gabriel, que lleva más de un minuto vigilándome en silencio. —Sea lo
que sea, puedes hablar con nosotros.
—Sólo necesito irme —vuelvo a decir, dando unos pasos hacia atrás.
tando. Está hablando de una fiesta en la piscina mientras estamos junto a un cadáver.
—El domingo —asiento, pero es lo único que consigo decir antes de que mis
pies me lleven de vuelta por el sendero hacia el estacionamiento abierto. Intento
no echar a correr, pero es casi imposible.
Sobre todo, cuando oigo mi nombre en los labios de Gabriel en cuanto llego a la
acera. Corro hacia mi auto, tratando de llegar antes de que él pueda alcanzarme,
sólo para ser detenida y empujada contra el lateral del todoterreno de Melinda.
—¡Quinn! —grita Gabriel, examinando mi rostro mientras me tapo la boca con las
manos. —Quinn, para. Háblame. Dime qué pasa por tu cabeza y cómo puedo ayudarte.
Asiente una vez, y luego otra, más despacio, mientras nota mi expresión. —Dime 189
qué te pasa, ¿de acuerdo? Déjame ayudarte.
—No creo que puedas —susurro desde detrás de mis dedos. —Realmente no
creo que puedas.
—Estoy aterrorizada —admito, apartando por fin las manos de mi boca. —Estoy tan,
tan jodidamente aterrorizada. Miedo es quedarse corta.
—No —respiro y vuelvo a apoyar la cabeza contra el auto. —Por lo mucho que
lo he jodidamente disfrutado.
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Me sube una mano por el brazo hasta rodearme la mandíbula con sus largos
dedos. Roza mi labio inferior con el pulgar y, finalmente, una suave sonrisa se 190
dibuja en su boca. —Mi pequeño monstruo —ronronea por fin, y el sonido me
calienta hasta los huesos. —Mi viciosa, querida niña. ¿Puedes conducir?
—Sube a tu auto y conduce hasta mi casa, siempre que te sientas segura hacién-
dolo. ¿No tienes mareos ni náuseas?
Pero no quiero. Resistir la atracción que siento hacia él como un imán constante
que me arrastra es realmente difícil. Imposible, incluso, por todas las veces que le
he deseado la muerte en secreto.
De hecho, parece que lo he odiado durante tanto tiempo que ni siquiera puedo
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decir cuándo ese odio se convirtió en algo más que es igual de abrasador e in-
tenso, con un nombre de cuatro letras diferente.
Mierda.
—De acuerdo —digo, poniéndome de puntillas para darle otro beso. Me es-
quiva, sonriendo, y se aparta de mi alcance cuando vuelvo a intentarlo, solo para
acercarse y morderme el labio inferior.
—Vete a casa. Date una ducha. Lo que necesites, Quinn. Estaré allí pronto, te lo juro.
Es un buen argumento solo con usar su boca para burlarse de la mía. Asiento y
me echo hacia atrás, dejando que se separe de mí para que pueda alejarse.
191
Le hago un saludo burlón con los dos dedos y me dirijo rápidamente a mi auto,
entro y enciendo el motor mientras él se adentra de nuevo en el bosque.
Paseo por la casa de tres habitaciones con curiosidad, y descubro que las otras
dos habitaciones de arriba están vacías: en una hay unas cuantas cajas, en la
segunda no hay nada en absoluto. El otro cuarto de baño también parece sin
usar. Aunque está abastecido de cosas, desde jabones corporales hasta crema de
afeitar, y equipado con una ducha con un cabezal que se puede quitar de la pared
para llegar a esos lugares de difícil acceso.
Aunque mi única experiencia con este tipo de duchas es el porno que veía en la
universidad durante las sesiones nocturnas de estudio.
Hizo daño a su hijo. Una y otra vez, me recuerdo con firmeza mientras el agua
caliente me rocía el pecho y la cara. Hizo algo más que hacerle daño. He visto los
expedientes. Los informes. Las fotos.
Le había hecho cosas terribles a su hijo, y yo había sido una estúpida por pensar
que se arrepentía cuando había venido a la oficina y fue más amable conmigo.
Recuerdo que pensé que estaba allí porque le importaba y estaba arrepentido. No
porque estuviera tratando de escapar de las amenazas de Melinda.
Entonces no puedo evitar preguntarme a cuánta gente ella habrá matado. Mien-
tras la sangre que limpio de mi cuerpo se la va llevando el agua, me observo de-
tenidamente a la tenue luz del dormitorio. Aún no he encendido todas las luces
del baño, y apenas puedo ver la pizca de rojo en el agua sucia que se arremolina
alrededor de mis pies y desaparece por el desagüe.
192
Me tomo mi tiempo limpiándome exhaustivamente. Me lavo el pelo con toques
lentos y deliberados y me aplico el acondicionador de Gabriel. Cuando termino, la
sangre ha desaparecido por completo, pero de todos modos me paso una toallita
por la piel, deseando a medias que él estuviera aquí para ver la sangre antes de
que desaparezca.
Espero que esté bien y que Melinda no lo haya acabado también. Aunque, para
ser justos, dudo que ella pudiera con él si realmente quisiera irse.
Finalmente, cuando ya no tengo motivos para quedarme bajo el agua aún ca-
liente, cierro el grifo y salgo sobre la toalla que hay en el suelo de baldosas. Tem-
blando por el aire frío que revolotea por mi piel, recojo una de sus mullidas toa-
llas extra grandes y la envuelvo alrededor del cuerpo para poder limpiar el espejo
empañado con una mano.
Me veo... normal. Sin sangre ni barro en la piel, tengo el mismo aspecto que esta
mañana. La Quinn Riley normal, con su trabajo normal en Eddyville, Kentucky.
tener el cuchillo en la mano. Había sido tan agradable luchar contra la resistencia
de la carne de Durham. Hundirlo en su garganta hasta el fondo. ¿Se habría sentido
igual de bien con las garras de Gabriel? Si lo hubiera degollado en lugar de apuña-
larlo, ¿habría disfrutado más?
Decido no volver a ponérmelas, las dejo caer al suelo del baño y me envuelvo
bien en la toalla. No es perfecto, pero es algo. Y ahora mismo estoy buscando algo
hasta que Gabriel llegue a casa y, con un poco de suerte, pueda tomar prestada
ropa suya. Suspiro y me tumbo en su cama, gimiendo de cansancio y de lo mucho
que disfruto la comodidad de su colchón.
Seguro que es mejor que el que yo tengo, y voy a aprovecharlo al máximo mien-
193
tras espero. Sabiendo que me despertará cuando llegue a casa, me acurruco en la
cama, arrastro las mantas sobre mí y apenas consigo respirar profundamente su
olor, que perdura en sus almohadas, antes de quedarme completamente dormida.
—Siempre —ronronea la voz cerca de mi oído. —Duerme todo lo que quieras, Quinn.
—Gabriel —murmuro, un sonido casi tan suave como mi respiración. Esta vez
noto más lo que está pasando. Sigo boca abajo, con la cara apoyada en las almohadas
donde me había dormido. Una de mis rodillas se ha desplazado a un lado y entre mis
muslos puedo sentirlo, cálido contra mi piel mientras se desliza dentro y fuera de mí.
—Qué sueño tan pesado —ronronea, y suena como un cumplido. —O quizá
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Gimoteo, aún medio dormida. Ahora es más fácil sentirlo dentro de mí que
enfrentarme a lo que tendré que hacer una vez despierta.
—Relájate —ronronea, pasándome una mano por la espalda. —Estás bien, ca-
riño. Justo donde estás.
Noto que sus movimientos se aceleran y, con una sacudida, me doy cuenta de
que estoy increíblemente cerca, como si llevara un rato preparándome para mi
liberación.
Se inclina sobre mí y arrastra mis caderas hacia las suyas para que pueda hun-
dirse más entre mis pliegues, mientras me toca el clítoris con una mano, rogán-
194
dome que me lance al precipicio con él.
—Córrete sobre mi polla mientras lleno este dulce coño —gruñe, y es todo lo
que necesito para convencerme. Jadeo y el orgasmo me recorre con tanta fuerza
que se curvan los dedos de mis pies. Mi cuerpo se estremece y lo aprieta mientras
él embiste una vez más, sus músculos se tensan cuando se corre dentro de mí.
—Esta noche he soñado con Billy. Antes de que Durham me llamara a la oficina
—digo, recostándome contra el cabecero de la cama. Él me sorprende siguiendo
mi impulso y colocando su cuerpo sobre el mío, abrazándome en la cama.
—En las últimas semanas he soñado con Billy por momentos, pero no siempre
lo recuerdo. Creo que... —Desvío la mirada, frunzo el ceño y recupero parte de la
inquietud de antes. —Creo que acabo de matar a un hombre y no me siento mal
por ello. Igual que no me sentí mal por lo de Billy —explico por fin, con voz dura.
—Y no sé qué hacer.
—Dejas que me ocupe de ello. De ti —murmura. —Siempre he sabido que dis- 195
frutabas matar. Recuerdo a Billy. Recuerdo la expresión de tu cara y lo que me
dijiste. ¿Te acuerdas?
—¿Qué no soy? —susurro en la oscuridad, la luz de la luna del cielo por fin
despejado ilumina sus rasgos con dureza.
—No eres una presa —gruñe en mi oído. —Y no deberías volver a actuar como
tal. ¿Me oyes?
Sus uñas se hunden en mis costados, arrancando un siseo de mis labios mien-
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE
—Las personas no son ovejas —protesto, alzando una mano para agarrarle el
pelo cuando me lame el pezón.
—Sí, lo son, pequeña loba. Son ovejas esperando tus colmillos. —Muerde, como
para dejar claro su punto de vista, y sube la otra mano para juguetear con mi otro
pezón. —Y por eso te reclamo como mía.
—Ya lo has dicho antes —digo, con la cabeza dándome vueltas mientras le le-
vanto la cabeza para mirarlo a los ojos. —No paras de decirlo.
—Bueno, no siempre fue tan cierto —bromea, con los labios a escasos centíme-
tros de los míos. —Pero ahora has matado conmigo. Lo has disfrutado. Eres mía, 196
tanto como yo soy tuyo. Y la próxima vez que lo hagamos, follaremos bañados
con la sangre de nuestras ovejas para demostrarle a todos los demás la clase de
monstruos que somos.
Que siempre tuvo razón, y que la niña perdida que conoció en su despacho
nació con el asesinato en los ojos y en el corazón.
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MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
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—No es raro —contradice. —Vamos, ¿cómo puede ser raro? Le gustas a tu jefa, y
su marido hace buenas hamburguesas. —Levanta la que está comiendo y saluda al
marido de Melinda, que sonríe y le devuelve el saludo con la espátula en la mano. 197
—Esto es raro —repito, apoyándome en la alta y robusta valla de privacidad mien-
tras Gabriel se une a mí. —¿Estás seguro de que no quieres, no sé, ir a otro sitio?
—¿Cómo a mi casa?
Su mano se desliza por mi hombro hasta que puede presionar con sus dedos
la base de mi garganta. —Tu casa es un asco —señala dulcemente. —Es horrible,
y esos muebles probablemente han pasado por seis dueños diferentes. Todas mis
cosas son nuevas. Discúlpame si no quiero infectarme con lo que sea que esté
viviendo debajo de tu cama.
conmigo.
—Sólo para ti. Es la palabra adecuada para mí, aunque antes pensaba que no
encajaba. Estaba equivocado. Vamos, Quinn. No te retuerzas por ello. Sólo porque
no lo haya dicho en voz alta, ¿de verdad te escandaliza tanto? —Se inclina para
rozar sus labios con los míos, aunque vuelvo la cara, poco impresionada.
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—Entonces haz que sepa a ti —provoca, y me echa la cara hacia atrás para ma-
tarme de nuevo con más exigencias. Me rindo con un suspiro de placer, mi lengua
encuentra la suya antes de apartarme lo suficiente para darle un mordisco.
Melinda está detrás de nosotros, radiante, con su hermana al lado. —Me alegro
mucho de que estén aquí —anuncia, tendiéndonos a ambos una copa de vino. —
Pensé que no vendrían.
Gabriel y yo nos separamos, cada uno tomando una copa de vino mientras Ma-
rian, la hermana de Melinda, lo mira.
—Me alegro mucho de verte a la luz del día —dice astutamente. —En lugar de
acecharla en su casa. Es un buen partido —añade, guiñándome un ojo. Aparto la
mirada, haciendo una mueca de vergüenza ante sus palabras.
nemos nuestros juegos, ¿no? —Me mira cómplice antes de alejarse para saludar a
otra persona, mientras Melinda se queda dando sorbos a su vino.
—¿En tu fiesta? No para siempre, pero dudo que me deje escapar todavía —res-
pondo, poniendo una pequeña risa en las palabras.
Pero Melinda niega con la cabeza. —Aquí. En Eddyville. Estoy segura de que us-
tedes dos no se quedarían para siempre; no estoy pidiendo eso. Pero eres buena en
tu trabajo. Eres buena ayudando, y sabes que a veces el servicio puede ser desagra-
dable. No quiero perder a la mejor trabajadora social que he contratado en años.
—Me quedaré por aquí un tiempo, creo —comento, con una pequeña sonrisa
curvándose finalmente en mis labios. —Al menos hasta que haya ahorrado lo su-
ficiente para comprar una casa mejor que la suya.
—Tu auto casi se ha averiado dos veces desde que te has mudado aquí —amo-
nesta, pero niego con la cabeza. —Necesitas uno nuevo.
Melinda se marcha con una risita y un deseo de que tengamos un buen fin de
semana, siguiendo a su hermana mientras camina alrededor de la piscina para
charlar con sus invitados.
—No necesito un auto nuevo —digo, acercándome de nuevo a él. —Y no sé si
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—No tan raro como Springwood. —Me pasa un brazo por encima de los hom-
bros. —Haré lo que tú quieras hacer, Quinn. Quédate o vete, depende de ti.
Cómo cambian las cosas, reflexiono en silencio, y le arrastro para besarlo una
vez más antes de que tengamos que ir a hacer sociales. 200
C uando gabriel sale de su cuarto de baño con sólo una toalla enrollada al-
rededor de la cintura y ve lo que estoy haciendo, me dedica una mirada antes de
dirigirse a su armario.
de las manos para usar mi regazo como almohada. Vuelve la cara para besar la
cara interna de mi muslo, mi respiración se entrecorta cuando lo hace. —Iré a
cualquier parte contigo.
—¿Y si...? —Me detengo, con los dedos ansiosos por recorrer su suave pelo.
Cedo, tirando de él y escuchando el suave silbido que emite al sentir el dolor de
mi agarre. —¿Y si me fuera sin decírtelo? ¿En mi auto de mierda del que siempre
te quejas?
—Sí —acepto, y una sonrisa se dibuja rápidamente en mis facciones. —Ese 201
mismo auto.
—Te alcanzaría —promete, con una rodilla entre las mías mientras me aprieta
con fuerza. —Te seguiría la pista, esperando a que te detuvieras. Esperando a
jugar a lo que sea que quieras.
—Tal vez lo limpie todo por ti. —Se inclina hacia delante para besarme, sus
dientes y sus labios insistentes contra los míos.
—Quizá te deje venir conmigo —acepto finalmente, intentando ocultar mis ja-
deos después de nuestro beso.
pelo. —Me encantaría que lo intentaras. —Actúo como si fuera a besarlo, sólo para
soltar un pequeño gruñido que viaja de mis labios a los suyos.
—Pobre chica confundida —se burla, y sus ojos adquieren un tono oscuro,
cruel y juguetón. —Este es un juego que vas a perder, lo sabes.
F IN
Próximo libro... Delicious
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204
A.J. Merlin es una escritora, loca de los pájaros y fanática de las pelí-
culas de terror. Nacida y criada en el Medio Oeste de Estados Unidos, AJ
tiene la suerte de estar rodeada de gente que la apoya y de una colección
de animales que la mantienen cuerda, a veces. Cuando no está escribiendo,
probablemente esté viendo algo de aterrador y sangriento o siendo aco-
sada por sus propias palomas.
TRADUCCIÓN Y CORRECCIÓN
Lady Dinamite
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