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Vicious

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¡Que disfrutes la lectura!


2
3
No ta DE LA A uto r a

Vicious es una novela de romance oscuro entre una pareja con dife-
rencia de edad, si bien la relación empieza cuando ella es mayor de edad
hay algunos aspectos que pueden no ser del agrado de todos los lectores.

En este libro hay escenas de consentimiento dudoso tales como acoso,


secuestro, mención de agresión y abuso sexual (aunque nada en la página)
y fetiches cuestionables como somnofilia, juegos de sangre, juegos de as-
fixia y más…

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Con t en ido
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE

Nota de la Autora Capítulo 14


Sinopsis Capítulo 15
Capítulo 1 Capítulo 16
Capítulo 2 Capítulo 17
Capítulo 3 Capítulo 18
Capítulo 4 Capítulo 19
Capítulo 5 Capítulo 20
5
Capítulo 6 Capítulo 21
Capítulo 7 Capítulo 22
Capítulo 8 Capítulo 23
Capítulo 9 Capítulo 24
Capítulo 10 Capítulo 25
Capítulo 11 Próximo libro
Capítulo 12 Sobre la Autora
Capítulo 13 Créditos
Sinop s is
MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE

Uno, dos, él viene por ti.

Tres, cuatro, será mejor que corras

Nunca habría aceptado su ayuda si hubiera sabido lo que haría.

Cuando aquel desconocido que me sacó de un lío acabó convirtiendo el pueblo


en un matadero en mi nombre, hago lo único que puedo hacer… Huyo.

Pero no lo bastante lejos, porque puedo sentirlo en Akron, buscándome. Él


quiere llevarme a casa, y no puedo volver. No después de lo que hizo. Especial-
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mente cuando sé que más que nada, me quiere en casa junto a él.

Pero cuando sus palabras traicionan lo que realmente siente, y en lugar de


violencia por parte del Monstruo de Springwood, recibo algo completamente dife-
rente. ¿Me engañará para que vuelva a casa después de todo?

¿O me arrastrará lejos, pateando y gritando, con sus garras clavadas tan pro-
fundamente que nunca seré libre?
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MIENTRAS AÚN ESTÁS INCONSCIENTE Y LLENARTE EL C0Ñ* TODA LA NOCHE
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— P or supuesto que voy a ayudarte.

El recuerdo de sus manos acariciando mis mejillas, de la mirada en sus cálidos


ojos marrones, no es suficiente para apartar mi atención de la cafetería.

No es suficiente para que todo esto desaparezca.


7
Me tiemblan las manos cuando dejo que la puerta se cierre tras de mí, con los
ojos fijos en la sangre que salpica la pared de detrás de la barra de la cafetería am-
bientada en los años cincuenta. La música sigue sonando en la gramola y, cuando
giro para mirar el escaparate iluminado de su antigua fachada, veo que es una de
las pocas cosas del edificio que no está manchada de sangre.

—Puedes confiar en mí.

Silbando, constantemente silbando. El Dr. Gabriel Brooks silba siempre que


entro en su despacho, hasta que se gira y me ve. Entonces sonríe y comenta que
soy un soplo de aire fresco comparado con los otros pacientes que atiende en el
Springwood Medical.

—Me gusta silbar —explicó, con la boca curvada en una sonrisa de lo más
dulce, mientras se le marcaban las líneas de expresión alrededor de los ojos. —¿Es
eso tan raro?

Supuse que mi nuevo terapeuta me estaba tomando el pelo con lo de ser su


paciente favorito. Hasta esta mañana.

Hasta ahora.
Me tiemblan las manos cuando rodeo el mostrador, con los ojos clavados en
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la figura que yace en el suelo. Marcie Owen, cuyo enmarañado cabello rubio y en-
sangrentado, era la dueña del restaurante junto con su marido, Frank. Ninguno
de los dos era una gran persona y habían criado a un hijo con tanto derecho como
arrogancia.

Siempre habían estado fuera de lugar en Springwood.

—¿Qué sucede? —Me había consolado cuando entré en su despacho, sollozando,


con sangre en las manos y mareada. —Dime qué te pasa, Quinn. Puedes decírmelo.

Se lo dije. Se lo había contado todo. Como buen terapeuta, fue abriéndose ca-
mino en mi relato sin que me diera cuenta de que estaba pidiéndome más detalles
de los que quería darle.

Había tenido tanto miedo, tanto terror después de lo que había pasado. No era

8
mí culpa, pero nadie más lo vería así. Culpa mía o no, me expulsarían del pro-
grama de becas por ello. Acabaría en la calle, en lugar de ir a la universidad. Tener
dieciocho años significaba que los hogares de acogida ya no me importaban.

Me quedaría sola, aunque no fuera culpa mía.

Me había dicho que se ocuparía de ello, y yo había pensado que mi terapeuta


simplemente apelaría a alguien. Pensé que traería a los padres de Billy Owen y
hablaría con ellos.

Pensé que todo estaría bien.

Arrodillándome junto a Marcie, mi mano temblorosa se extiende antes de de-


tenerse justo sobre su cara. Con los ojos abiertos de miedo, me cuesta apartar
la mirada de ella. Las náuseas revuelven mi estómago y finalmente me pongo en
pie, incapaz de permanecer aquí por más tiempo con su cuerpo en su charco seco
de sangre. Marcie Owen está muerta, y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Mis pasos me llevan más adentro de la cafetería, aunque tengo un buen pre-
sentimiento sobre lo que voy a encontrar. Si Marcie está muerta y el lugar está en
silencio, entonces sólo hay una respuesta posible.
Sin embargo, cuando encuentro el cadáver, desearía no haberlo hecho. Doy un
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paso atrás, los zapatos resbalan en el suelo mojado mientras un grito ahogado
sube por mi garganta escapándose de mis labios.

Si la muerte de Marcie fue mala, la de Frank Owen es mucho peor.

Mis ojos contemplan la escena por partes. Su cabeza apretada contra la frei-
dora, la cara quemada y ennegrecida; derretida donde está tocando los quema-
dores. La visión provocándome violentas arcadas y me tapo la boca presionando
fuertemente con una mano para no vomitar sobre la escena del crimen.

Frank aún sostiene un cuchillo en la mano, como si intentara vengar a su mujer


o, más probablemente, salvarse a sí mismo. Incluso en la muerte está aferrado
en sus huesudos y demasiado largos dedos ese cuchillo que descansa junto al
lavabo. Tiene cortes que marcan su brazo, los mismos que atravesaron el cuerpo
de Marcie en tantos lugares.

Estoy segura de que no son heridas de un cuchillo, pero no estoy en condiciones 9


de hacer algún tipo de análisis sobre el arma utilizada para matar a los Owen.

Pero no es sólo su cara lo que me hace querer encogerme en el suelo de la co-


cina del comedor. Es el resto de él. El brazo arrancado de cuajo; la piel desollada
para que pueda ver el músculo debajo. Murió de forma más violenta que su mujer,
y una vocecita en el fondo de mi cabeza me dice que se lo merecía.

Al fin y al cabo, era tan malo como Billy Owen.

Paso a su lado e intento mirar a todas partes menos a su rostro abrasado. Es


la peor parte de todo el cuadro, aunque los músculos que veo en su brazo y su
hombro también agitan mi estómago. Podría irme, pienso, mientras miro al suelo
en vez de a él. Debería irme.

Pero tengo que saber qué hay detrás de la puerta número tres.

Con los ojos fijos en la mancha de sangre que se arrastra y adorna el linóleo
a mis pies, la sigo con la mirada hasta la puerta que da al despacho trasero. Está
entreabierta, lo suficiente como para que no necesite avanzar mucho más para
ver lo que hay dentro.

Además, ya lo sé, ¿verdad?


Es Billy.
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Billy Owen, la pesadilla de mi existencia, está desparramado sobre el escritorio


con menos heridas que los demás, como si le hubieran concedido algún tipo de
misericordia que le negaron sus padres. Incluso muerto parece un imbécil, y mis
ojos se detienen en los cortes irregulares que adornan sus manos y brazos, el ojo
morado.

Mi cuerpo aprovecha ese momento para decirme que se me ha acabado el tiempo.

No puedo más.

Mi cabeza se tambalea y giro sobre mis talones, casi resbalando en el mismo


lugar que antes mientras corro más allá del cuerpo de Frank, luego bordeo más
allá de Marcie mientras llego de nuevo a la parte delantera del local.

¿Huele a muerte o sólo soy yo?

La cafetería parece diferente desde este ángulo, aunque puede que sea mi vi- 10
sión de túnel mientras tropiezo con la barra de metal. Un tintineo en mis oídos,
como campanas golpeando la puerta de cristal, se registra en mi cabeza mientras
miro fijamente el suelo tembloroso y palpitante e intento por todos los medios
salir a la calle antes de desplomarme.

No lo consigo.

Los pies me fallan y caigo, pero unas manos me agarran por los hombros ende-
rezándome hasta ponerme en pie, donde me encuentro con unos ojos marrones
desaprobadores en un rostro delgado y apuesto.

—No deberías estar aquí —amonesta suavemente mi terapeuta, Gabriel Brooks.


—¿Qué estás haciendo, Quinn? ¿No te dije que fueras una buena chica y me de-
jaras encargarme de esto?

—Los mataste —susurro, fijándome por fin en la sangre machando su cara y su


camiseta blanca que resalta marcadamente sobre el resto de su cuerpo.

—Tú los mataste —repito, haciendo las palabras más reales.

Ladea la cabeza y me mira a la cara.


—Los maté —reconoce. —Porque él te hizo daño. ¿Por qué habría de dejar
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pasar eso?

—Porque... no te lo pedí... ¡no puedes matar a la gente así! Tú los masacraste. —


Mi voz se convierte en un susurro, el corazón me late como un conejo en el pecho
mientras todo mi ser busca una forma de escapar.

Podría matarme a mí también, con cualquier arma que usó con la familia Owen.
Podría destrozarme en mil pedazos, mientras yo me limito a mirar.

—Se lo merecían. —Se encoge de hombros y vuelve a acercarme la mano a la


cara para acunarme la mejilla contra la palma. —Dulce niña, se lo merecían todo
por lo que hizo. Me ocupé de ello por ti. Me ocupé de que nadie más se detuviera
a cuestionar que has hecho algo malo.

—¿Cómo pudiste hacer esto? —susurro, mis manos tiemblan donde están apre-

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tadas contra sus hombros. —¿Cómo has podido...?

—De la misma forma que lo he hecho siempre, por supuesto.

La horrorizada sorpresa de mi cara provoca una deliciosa confusión en la suya,


y sus ojos brillan. —Oh no, oh Quinn, ¿de verdad creías que era mi primera vez?
Cariño, no. La verdad es que me estaba poniendo un poco inquieto.

Me diste la oportunidad perfecta para desahogarme. Debería darte las gracias...

—¡No digas eso! —Me suelto de él, tropiezo con la barra y casi me caigo. Pone
cara de preocupación, pero cuando se acerca a mí, busco a tientas un arma y final-
mente sostengo entre los dos un gran trozo de cristal hecho añicos.

—Muévete —digo, intentando ignorar cómo me tiembla la mano.

Gabriel no lo hace. Se pasa los dedos por el desordenado cabello castaño claro y
ladea la cabeza para observarme como si fuera un animal especialmente interesante.

—Te vas a hacer daño —reprende suavemente mirando el vidrio. —Nunca


podrías herirme.

—Daré lo mejor que tengo —amenazo. —Si no te mueves.


Me aguanta la mirada unos segundos más, con la deliberación reflejada en su
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rostro, antes de encogerse de hombros.

—De acuerdo —dice al fin. —Pero te encontraré más tarde, cuando todo esto
haya pasado. No dirás nada, Quinn. Ambos lo sabemos, y yo estaré bien.

Se hace a un lado, agitando los brazos como si me invitara a marcharme. Me


detengo, con los dedos tan apretados contra el cristal que se me clavan en la piel,
y me lanzo hacia la puerta.

Antes de alcanzarla, una mano me rodea el hombro y la otra en la muñeca para


que no pueda usar el cristal contra él. —Pero no te vayas lejos, ¿está bien? No
hemos terminado, Quinn. Ni mucho menos.

—Sí, hemos terminado —siseo, alejándome de él.

Me suelta y salgo corriendo sin decir ni una palabra, abriendo de golpe la


puerta de la cafetería mientras él se apoya en el mostrador y me observa como si
no oyera las sirenas a lo lejos ni viera la sangre salpicada en la pared a su lado.
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Puede que no lo atrapen, pero aprovecharé todo el tiempo que tenga para huir lo
más lejos posible, para asegurarme de que nunca me encuentre mientras siga viva.
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A unque no soy precisamente una snob, no me atrevo a disfrutar de la pizza


de Akron. Tal vez sea el hecho de que mucha de ella raya en el estilo Chicago, que
para mí es apenas una pizza, o que simplemente no me gusta la mayoría de las
salsas de tomate. En cualquier caso, cuando miro el trozo que tengo en la mano y
que el centro estudiantil de nuestro campus me ha dado gratis, suelto un suspiro
de decepción por la nariz.
13
Pero bueno, lo gratis es gratis. Especialmente para una chica huérfana conver-
tida en becaria con un título de trabajo social recién obtenido y nada en lo que
usarlo. Aun así. Al parecer definitivamente hay trabajo para mí en Akron, si real-
mente lo quiero.

Sin embargo, desearía trabajar en otro lado. En algún lugar fuera de Ohio, y más
allá de los pocos cientos de millas que me separan de Springwood, donde crecí.

Estás siendo tonta, me reprendo, tragando un bocado de pizza que sabe a cartón
cubierta con una lámina de queso. Por otra parte, esta pizza es lo bastante barata
como para preferir el cartón con la lámina de queso. Han pasado cinco años, y él
está a más de cientos kilómetros de distancia. No llegan a doscientos, si quiero ser
exacta, pero ciento noventa y tres punto cuatro kilómetros son suficientes para
que las llame cientos.

Y no es sólo eso. No hay forma de que Gabriel Brooks pudiera asomar la cara
por ningún sitio después de la investigación.

Diablos, ni siquiera estoy segura de que siga vivo.


Se me retuerce el pecho ante los flashbacks que intentan abrumarme, y mor-
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disqueo una pizza de mierda en un intento de hacerlos desaparecer mientras


camino. Con todas mis cosas ya embaladas para irme, el problema ahora es saber
adónde. Podría vivir en mi auto si fuera necesario. Ya lo he hecho antes, y tengo
que dejar la residencia en dos días, o me arriesgo a que me echen por la fuerza.
Probablemente no haya muchas posibilidades de que me dejen quedarme como la
conserje o la Asistente Residente retozona que ya se ha graduado.

En el trabajo de Nueva York me habían dicho que quizá no tendría noticias


suyas hasta el lunes, y eso me deja cuarenta y ocho horas sin casa, sin trabajo y
preguntándome qué haré.

Mi estómago también intenta retorcerse ante eso, pero lo calmo con más pizza
acartonada mientras deambulo por la acera que me llevará fuera del campus y
hacia unos cuantos restaurantes baratos que se han convertido en mis favoritos
a lo largo de los años.

Si tengo suerte, el trabajo de Oregón volverá a mí antes de esa hora. Hoy, tal vez.
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Mañana como muy tarde. Pero Dios, quiero ir a Nueva York. Quiero ir a un sitio
nuevo, y Oregón no es la idea que me hace cosquillas en el cerebro ahora mismo.

Quizá más adelante, cuando pueda dejar mi trabajo de asistente social junior
y optar a algo mejor, me mude al otro lado del país, a Los Ángeles o al desierto.

Pero por ahora, me encuentro en un dilema conmigo misma. No es que tenga


miedo. Normalmente sólo le temo a las cosas que intentan matarme o entrar por
la fuerza en mi habitación en una noche oscura y tormentosa.

Pero me siento... insegura.

Esquivo a un par de estudiantes, deseando que haga más calor. No es que me


importara como a los demás cuando la lluvia había amenazado empañar nuestra
graduación. No había nadie allí para hacerme una foto o crear recuerdos conmigo.

Nunca lo había habido.

Mis pasos continúan por la acera mientras me trago el último bocado de pizza
grumosa. Es lo bastante buena para que me dure hasta la cena, pero he decidido
que, ya que me he graduado con todos los honores, un batido todos los días está
a la orden.
Ayuda mucho que uno de mis escondites baratos tenga una oferta especial
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durante todo el fin de semana, así que no tengo que hacer más que reunir unas
cuantas monedas para alimentar mi adicción a la lactosa.

No tardo mucho en llegar a la pequeña cafetería, y entro mientras los recuerdos


de otra cafetería intentan presionarme el cerebro por todas partes. A veces los
recuerdos son peores que otras, pero hoy no está tan mal.

La decoración de los años setenta no me hace pararme a mirar, y sólo necesito


un empujón para controlar mis pensamientos cuando me acerco al mostrador y
sonrío a la mujer mayor con el cabello rizado y gris que le cae en cascada hasta
la espalda baja.

—Buenos días, Quinn —saluda con voz aguda y rasposa. Está a medio camino
entre la “fritura vocal”, los pulmones de fumador y la excitación, pero desde luego
nunca se me había ocurrido preguntar. —¿Qué tal la graduación?

Su pregunta me toma desprevenida y la miro un momento antes de responder—: 15


Estuvo bien. Hizo frío —rectifico, compartiendo una sonrisa con ella.

—A mucha gente le molestó que sus fotos se arruinarán por el clima, pero
estoy segura de que lo superarán.

Al menos tienen fotos.

Ahuyento ese pensamiento inesperado, no me gusta la envidia que bulle en mi


interior. Nunca da buena imagen a nadie, y menos a mí.

—Un batido de menta mediano, por favor. —Saco cinco monedas de mi chaqueta,
pero ella niega con la cabeza y me hace señas para que las guarde en el bolsillo.

—Lo haremos grande, e invita la casa, ya que te acabas de graduar. ¿Vas a al-
guna buena fiesta? ¿Tienes planes de adónde irás después?

Ni uno.

Tampoco lo digo, pero niego con la cabeza. —Gracias. Los aprecio mucho,
chicos, y no sé qué haría sin sus batidos. Estoy esperando respuesta a un par de
ofertas de trabajo, pero probablemente me mude a Nueva York. —El optimismo
oculta los nervios que trepidan mi voz, y ella no se da cuenta.
En lugar de eso, habla de cosas normales, es amable y educada hasta que des-
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liza mi batido por el mostrador. Me despido de ella, aceptando sus buenos de-
seos, y me voy antes de que la sonrisa se me borre de la cara y caiga al suelo.

Debe ser agradable, pienso, asumir que todos los demás tienen la misma vida
de mierda que tú. Bien por ella. Bien por ellos, supongo.

Aun así, el batido está más sabroso de lo normal, y tarareo suavemente, sor-
prendida, mientras giro por la calle hacia el final de la manzana. El camino más
rápido para volver a mi dormitorio no es a través del campus, y como odio hacer
ejercicio y sudar, siempre busco atajos.

Especialmente en días como hoy, cuando el tráfico peatonal en Akron es nota-


blemente mayor de lo normal, como si todo el mundo estuviera desfilando para
celebrar el final de una semana de mal tiempo.

16
No quito los ojos del objetivo mientras camino. Con un pie delante del otro,
llego al final de la manzana, espero y cruzo. Luego vuelvo a hacerlo, con el cronó-
metro en mi cabeza haciendo la cuenta atrás en los semáforos hasta que puedo
moverme. Esperar y cruzar. Espero y cruzo una y otra vez, y en pocas manzanas
he llegado a la parte trasera del campus, donde las residencias se elevan sobre el
resto de la universidad. No es que sea una gran competencia, cuando los edificios
académicos tienen, como mucho, tres pisos de altura y el dormitorio más alto,
Fernwood, tiene ocho.

Es enorme, cuenta con muchas habitaciones, y como es el edificio donde meten


a todos los estudiantes de primer año, los demás nos mantenemos alejados de él
todo lo que podemos.

En nuestra universidad es difícil ingresar y más difícil quedarse, así que al-
rededor del veinte por ciento de esos estudiantes de primer año no pasarán al
siguiente. Si lo hacen, serán mucho menos irritantes, al menos.

Estoy a punto de cruzar al campus cuando una mano me agarra, y mi estómago


cae en picado mientras me remolcan hacia atrás, hacia la parte delantera de la
tienda que hay detrás de mí. Con una mano apretando el batido de menta como
un salvavidas, y con la otra tratando de liberar mi muñeca del hombre, que me
mira con suspicaces y preocupados ojos.
Es magnífico, dice mi cerebro, que se toma el peor tiempo del mundo para fi-
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jarse en el cabello negro de aspecto y la boca llena del hombre. Sus ojos son de un
marrón más oscuro de lo que yo prefiero, o de lo que esperaba, y tiene una ligera
capa de sudor en la frente mientras me mira.

—Suéltame —digo en voz baja, observando que estamos en una zona lo bas-
tante vacía como para que nadie se detenga a ver si pasa algo. —Suéltame o gritaré.

—No grites —murmura el hombre, aflojando el agarre de mi brazo. —Sólo


quiero ayudarte.

Mis cejas se arquean y no puedo evitar fruncir el ceño, incrédula y poco impre-
sionada. —No te ofendas, amigo, pero los hombres que me agarran y me empujan
contra la pared no son mi idea de ayuda. ¿Qué quieres? —No quiero tirarle mi
batido, pero lo haré si es necesario para poder escapar.

17
Aunque sé que podría hacerme daño, no me asusta. Mi corazón no se acelera.
No se me hiela la sangre en las venas. No he tenido miedo de nadie en más de
cuatro años, y este tipo no romperá la racha ahora. Aunque me apuñale y me deje
sangrando en el suelo, no sé si sentiré el mismo miedo que antes.

—Te está buscando. —Las palabras arrastran mi atención fuera de ese abismo
dentro de mí que se ha hecho más y más grande con los años. Su voz es apresurada
y suave, y cambia de posición para que esto no parezca tan poco consensuado.
—No sabía que eras tú hasta hoy, y es difícil avisarte cuando él está mirando.

Me da un vuelco el corazón, pero me niego a pensar lo peor.

—¿Quién? —cuestiono, tomándome mi tiempo para formular la pregunta.


—¿Quién crees que me está siguiendo? ¿Y quién demonios eres tú?

—Me llamo Wren. —Aparta las manos y las levanta en señal de rendición. —Nor-
malmente no ayudo a la gente, pero... —Sacude la cabeza se detiene. —He visto lo
que puede hacer. Si te está siguiendo, es para hacerte mucho daño. Tienes que huir.

—¿Quién me sigue? —exijo, mi bravuconería cayendo de mi tono. No conozco a


este hombre, a este Wren, si es que así se llama, más de lo que conozco a la gente
que pasa. No me conoce, y probablemente sea un borracho drogado. No necesito
escucharlo. —Mira, hombre, yo...…
—¿Alguna vez conociste a un tipo llamado Gabriel Brooks?
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El tiempo se detiene y mi mundo se rompe. Lo siento y lo oigo fragmentarse en


pedazos a mi alrededor, y durante un largo instante me pregunto si hundiré, o si
simplemente me fallarán las piernas y caeré a través del suelo.

Siento un cosquilleo en los labios, entumecidos, y el temblor cae de los dedos


inertes para salpicar todo el calzado que tenemos debajo.

—No —respondo, negándome a escucharlo. —No.

Con los pensamientos acelerados, miro a ambos lados de la calle, como si Ga-
briel estuviera allí de pie, esperando para hacer una entrada.

De repente, cada desconocido podría ser él, y cada capucha oculta su rostro
mientras mi corazón se golpea contra mis costillas para intentar emprender al-
guna gran huida.

—No —repito, volviendo a mirar a Wren. —Te equivocas... 18


—Corre —dice, dando un paso atrás. —Si eres lo que busca, si le has hecho
algo... Corre. Y nunca dejes de correr por nada. ¿Me entiendes?

Claro que te entiendo; te entiendo mejor de lo que él pueda imaginar. Incluso


mientras las náuseas arañan mi estómago y mi alma intenta abandonar el resto de
mi cuerpo, me preparo para hacer exactamente lo que me ha dicho.

Correr.
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C reo que nunca he corrido tanto en mi vida.

El hecho de que casi me atropelle un auto hace poco para penetrar en mi pá-
nico, y sólo corro más rápido para llegar a la acera del otro lado. Por suerte, ya
estaba cerca y me sé la ruta de memoria; mi sprint me lleva por un sinuoso ca-
mino por la parte trasera del campus que ignoro a medias, optando en su lugar 19
por pisotear los jardines en mi loca carrera.

Cuando vuelvo a la residencia y mi corazón amenaza con decaer, estoy ja-


deando y agarrándome el costado. Los calambres son reales y me arden los pul-
mones mientras atravieso a trompicones las puertas de cristal de mi dormitorio.
Hace tanto calor que estoy sudando y golpeo el botón del ascensor con tanta
fuerza que me sorprende que no se rompa.

—¿Quinn? —La voz que suena detrás de mí es la de mi profesora, y me giro con


una sonrisa dolorida en la cara para verla. —¿Estás bien? —pregunta, la preocu-
pación dibujada en su rostro y tejida en sus palabras. —Te ves... —No dice nada
terrible, pero tengo la sensación de que quiere hacerlo.

—Totalmente bien —completo, todavía respirando con dificultad y con las


manos en las costillas como si tratara de mantener la compostura. —Genial. Estu-
penda. Sólo necesito volver a mi portátil por un email de trabajo. Tú te encargas.
—No sé si lo entiende, o si lo que digo tiene sentido, pero necesito que se aparte
para poder jadear en paz.

—Sí —asiente, dedicándome una sonrisa de apoyo. —Por cierto, esta noche hay
fiesta de pizza en el teatro. ¿Vienes?
No. No iré. Estaré ocupada huyendo, estando en cualquier sitio menos aquí.
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Pero hago ademán de pensármelo, luego asiento con la cabeza como si conside-
rara la invitación.

—Tal vez, si esta llamada va bien. —Suena el ascensor y cruzo los dedos, dán-
dome cuenta tardíamente de que le he enviado un correo electrónico, o algo así.
¿Pero a quién carajo le importa?

Pulso el botón del ascensor para que se cierren las puertas, le doy una falsa
sonrisa y rezo para que se mueva. Cuando por fin se cierran las puertas, caigo de
espaldas contra el metal de la pared del fondo, gimiendo.

¿Dónde estará?

En Akron, obviamente. Pero, ¿cómo ha podido seguirme? No hago mucho, ex-


cepto ir a clase, tomar batidos, estudiar y, a veces, dormirme en la biblioteca.

20
Aunque pensar en él observándome mientras ronco y babeo sobre mis libros de
texto en la tercera planta me estremece.

¿Cómo me encontró?

Esa es la verdadera pregunta. Yo quería ir más lejos. Esperaba ir más lejos, en


realidad. Pero al cabo de un año me habían quitado una beca muy buena y había
tenido que volver de Nevada para matricularme a Akron. Pero incluso entonces,
hacía un año y medio que no sabía nada de él, y por la información que tenía,
había huido de Springwood con la policía pisándole los talones.

Entonces, ¡¿por qué no se busca mejores cosas que hacer que estar aquí,
acechándome?!

Mi puerta protesta cuando meto la llave en la cerradura, y rebota en la pared


por la fuerza con que la abro. Mi compañera de piso se ha ido, había hecho las
maletas antes de la graduación y se había marchado en cuanto terminó. Había
sido simpática, pero no lo suficiente como para que fuéramos amigas de verdad.
Aunque no creo que me odiara, ahora me alegro de que no necesitara quedarse
unos días más, como yo.

Aunque, ese plan cayó por la ventana y muerto a tiros. Muy muerto.
Con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos y la vista aún nublada, miro
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a mi alrededor y me quedo paralizada, con las manos intentando recogerme el


cabello negro hasta los hombros en una coleta.

¿Qué estoy haciendo? Quiero hacer la maleta. Tengo que hacer la maleta, obvia-
mente, como cada vez que he necesitado escapar o ir a un sitio nuevo.

Pero ahora, rodeada por el desorden de las pocas cosas que he guardado, ya
no sé qué hacer. Lo más inteligente sería dejarlo todo, pero la racionalidad me da
una patada en la cabeza al considerar esa opción. Sin ninguna de mis cosas, ni mi
dinero, ni mi ordenador, no podré hacer absolutamente nada.

Necesito mis cosas, y no es que tenga muchas. ¿Un retraso de treinta minutos
realmente me matará? Dios, espero que no.

Respiro y trato de canalizar la niña huérfana que llevo dentro. No voy por las

21
bolsas de basura, porque algo tierno y frágil en mí se rompería si lo hiciera, pero
saco mis dos bolsas de lona y me pongo manos a la obra para meter la ropa en
una de ellas, seguida de los zapatos. Las cosas personales van a continuación, y ya
he cerrado la cremallera de esa y la mitad de la segunda cuando me doy cuenta,
con una sacudida de alivio, de que básicamente he terminado.

Claro, es trágico que ni siquiera tenga lo suficiente para llenar un dormitorio,


pero en esta situación, es útil. Es necesario, incluso, y cuando miro las paredes
encaladas y la habitación vacía, no puedo evitar la tristeza que me invade.

No puedo evitar hacer una pausa o que mis pies se arrastren para poder con-
templar este lugar un rato más. Mi hogar durante tres años no ha sido gran cosa,
pero ha sido el lugar más seguro que he tenido nunca. Incluso antes de Gabriel,
no había conocido la seguridad en Springwood. No sabía lo que era mirar a mi
alrededor y tener cosas que realmente me pertenecieran.

Siempre me había sentido... perdida.

Cierro los ojos con fuerza, aspiro, suelto el aire y repito el proceso. De todos los
momentos para derrumbarse, este tiene que ser el peor. Tengo que irme. Ahora
que ya he hecho las maletas y no me queda nada por hacer, necesito irme. Correos
electrónicos, llamadas, mensajes de texto... todos pueden esperar hasta que esté
en mi auto y fuera de Akron.
Seguramente si soy lo suficientemente rápida, Gabriel Brooks pensará que to-
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davía estoy aquí. O al menos, no sabrá dónde buscarme. Miro hacia la puerta y
frunzo el ceño al ver la taza rosa sobre el escritorio de mi compañera de piso. Le
había dicho que se la había olvidado aquí, pero Kaye se había limitado a resoplar
y decirme que la tirara. Aún no lo he hecho, y a estas alturas no pienso ir a la pa-
pelera. El estado de nuestra habitación es el que es. Las cosas van a estar bien, o
al menos tan bien como pueden estar.

—De acuerdo —murmuro, mirando a mi alrededor una vez más para asegu-
rarme de que no había olvidado nada. —Creo que estás lista, Quinn. Ahora es
el momento de hacerlo de verdad. —Me adelanto, con la mano en el pomo de la
puerta, y echo un último vistazo a la habitación.

Tengo todo lo que necesito para escapar y, una vez abierta y preparada la
puerta, arrastro las maletas hasta el ascensor y bajo al estacionamiento.

—Parece que estás lista para ir a algún sitio. —La voz fría y neutra me golpea
con fuerza, mis dedos resbalan de la puerta, aunque me niego a volver a mirar al
22
marco. —Pero no a Nevada, ¿verdad? No creí que el desierto te siente bien, aunque
te bronceaste muy bien allí la última vez.

¿Cómo lo sabe? Las palabras susurran en mi cerebro y cada miedo, cada pizca
de ansiedad que he sentido inunda mi cuerpo diez veces más.

No tengo miedo de nada. Excepto de él.

—Apuesto a que te has quemado —expongo rotundamente, volviendo la mi-


rada hacia el hombre apoyado en el marco de la puerta. —Estás demasiado pálido
para tanto sol.

No es del todo cierto, aunque su tez es unos tonos más clara que la mía.

Una sonrisa se dibuja en sus labios, unos cálidos ojos color avellana danzan
mientras levanta la mano que sostiene el mismo tipo de envase en el que estaba
mi batido. —No entiendo tu fascinación por la menta. ¿No la pruebas lo suficiente
cuando te lavas los dientes? —No puedo apartar los ojos de los suyos mientras
sorbe la pajita, sin apartar la mirada de la mía. —La señora del mostrador fue muy
amable. Te tienen en gran estima.
—Vete —digo, las palabras son una súplica susurrada y no la orden que quiero
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que sean.

—Pero acabo de llegar —responde Gabriel, con los ojos muy abiertos y serios.
Pero no es real. Nada en este acto es real. Levanta la mano que tiene libre para
peinarse el pelo castaño claro, un poco más largo de lo que recordaba, y cuando
parpadeo, me doy cuenta de que parece mayor.

Pero supongo que yo también lo estoy.

Han pasado cinco años y Gabriel parece agotado. Hay impaciencia y frustra-
ción en las líneas de su cara, y aunque apenas aparentaba treinta años cuando
vivíamos en Springwood, ahora se notan sus treinta y pico. Por desgracia, no le
queda nada mal.

—No te quiero aquí —rechazo, odiando retroceder cuando da un paso adelante.

23
—No quiero que estés aquí, Gabriel.

—Me lo imaginaba, por el frenesí con el que has hecho la maleta —admite,
echándoles un vistazo. —Pero, ¿por qué exactamente? ¿Qué he hecho yo para
hacerte daño, Quinn? ¿Qué he dicho para que pienses que soy un peligro para ti?

Entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí, haciendo que mi corazón se


hunda tanto que me preocupa que se queme en mi estómago.

—Tú los mataste —repaso, con las manos cerradas en puños. —Masacraste a
los Owen. Yo lo vi. Vi lo que le hiciste, su cara, su...

—Bueno, tal vez no deberían haber criado a un hijo de mierda, ¿eh? Tal vez no
deberían haber sido cómplices, o querido ir a la policía por ti. —Lo dice con natu-
ralidad, como si no le importara lo que acabo de decir. —Pero creo que nunca te
he oído dar las gracias.

—Porque no lo he hecho. Y no tengo intención de hacerlo —expongo, inten-


tando aplacar mis nervios y darle algo de eso a mi voz. —Porque entonces no
hice nada malo. Fui una niña que la cagó, por algo que pasó y que estaba fuera
de su control. Así que acudí a ti en busca de ayuda, y lo empeoraste todo.
Las uñas me cortan las palmas de las manos, aunque apenas noto el dolor
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agudo. Estoy demasiado concentrada en él y en la forma en que deja el batido


sobre mi mesa con tanta delicadeza.

—No lo recuerdo así —comenta, y sus movimientos lentos y cuidadosos des-


aparecen cuando cruza la habitación. Tropiezo hacia atrás, sorprendida, y mis
piernas chocan con la cama de mi compañera de piso, lo que da a Gabriel la
oportunidad perfecta para lanzarse hacia delante y agarrarme la barbilla con la
mano. —Y me preocupa que te estés mintiendo a ti misma, Quinn. Quizá debe-
rías programar otra sesión con tu terapeuta.

Sus uñas se clavan ligeramente en mi mandíbula mientras me mira fijamente,


con rostro calculador.

—Mi terapeuta era una mierda y no entendía mis necesidades —siseo, con los
ojos recorriendo la habitación. —¿Qué quieres? ¿Una disculpa? ¿Un gracias? —
Me doy cuenta de que no quiero darle ninguna de las dos cosas, y la sola idea de
hacerlo hace que me ardan los labios. —Dime cómo hacer que te vayas.
24
—Te deseo —contesta Gabriel, con el mismo tono.

Es tan fácil, tan sincero, que dejo de buscar una salida de la habitación vacía.
Lo miro fijamente, confusa y aterrorizada, y descubro una honestidad aterra-
dora en ese precioso rostro.

—No, no es cierto —rechazo, sobre todo porque me niego a creer que sea
verdad. —No, no lo haces, jodido psicópata...

—Estoy dispuesto a perdonar mucho de esto, porque sé que tienes miedo —


interrumpe, aunque no parece especialmente impresionado. —Pero tengo poca
paciencia. Ya te dije entonces que volvería por ti. No creí que la espera fuera tan
larga para ninguno de los dos.

—Lo siento, pero no estoy buscando un compañero de viaje —respondo,


viendo la taza rosa por el rabillo del ojo. Trato de no llamar la atención sobre
ella, sin embargo, y en su lugar mantengo mi atención fija en él. —Ni siquiera
creo que tengas espacio suficiente en mi auto.
—No, no es eso lo que estaba diciendo, nena —admite Gabriel, con una son-
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risa dibujada en los labios. No es agradable, no como las sonrisas que me dedi-
caba cuando era su paciente. Ésta es cruel y anhelante.

Es psicótica. Igual que él.

—Estoy diciendo que tú y yo nos vamos a casa. En caso de que no hayas es-
tado al tanto de las noticias de Springwood, he sido absuelto de cualquier delito.
Incluso me dieron una disculpa. Todo es tan maravilloso allí ahora, excepto por
un pequeño problema. ¿Quieres adivinar cuál es?

—¿La gente todavía sabe que estás loco? —asumo, los pensamientos vuelan a
la velocidad de la luz. —¿Sigues sin poder dormir

—No estás ahí como se supone que deberías estar. —Me pone de pie de un
tirón, un jadeo me abandona mientras tropiezo con su sólido cuerpo.

—No voy a ir a casa contigo —batallo, con el corazón palpitando de pánico.


—No iré a ningún sitio contigo. Nunca.
25
—Nunca es mucho tiempo —señala, con una sonrisa amplia y helada. —Y
tengo muchas formas de hacerte ver las cosas a mi manera.

—Te mataré —juro, las palabras escapan de mis labios antes de que pueda
pararme a pensarlas. —Te mataré, te haré daño. Porque no te tengo miedo, y
no me iré contigo. Ni ahora, ni nunca —escupo las palabras, pero él se encoge
de hombros y da un paso hacia la puerta, sin darse cuenta de que me está acer-
cando a mi objetivo. Me está ayudando, pero no puedo decírselo. No cuando
vuelve a tirar de mí y me tambaleo más de lo necesario, poniéndome a tiro de la
taza que hay sobre el escritorio.

—La verdad es que no te creo —admite, apretándome el brazo. —Pero estoy


deseando que me sorprendas, Quinn. Una vez que estemos en casa.

—Entonces créame esto, doctor. —No sé de dónde saco la fuerza, supongo


que tiene que ser de la desesperación. Todo lo que sé es que agarro el aza de la
taza y con un giro la cerámica chasquea contra su cráneo y Gabriel cae al suelo
desmayado.
4
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A pesar de que estoy moderadamente segura de que estará inconsciente al


menos unos minutos, sigo aterrorizada de que aparezca en el estacionamiento
detrás de mí mientras arrojo el equipaje en el maletero, probablemente con un
cuchillo para acabar con mi vida allí mismo.

Pero él nunca ha intentado hacerte daño, recuerda fríamente una parte muy 26
poco útil de mi cerebro, como si tuviera derecho a hacerlo.

—Cállate —susurro para mí misma, arrojándome al asiento del conductor de mi


Camry del 2005 que empieza a deshacerse. Lo único que necesito es que me lleve a
algún sitio que no sea este. Entonces puede morir o arder, por lo que a mí respecta.

Mientras lo haga fuera de Akron.

—Estás bien —me digo a mí misma, saliendo al tráfico. Hay acero en mi voz
que fuerzo para que exista, y la frialdad inunda mis venas mientras creo distancia
entre Gabriel y yo. En retrospectiva, debería haber llamado a la policía.

Pero la idea me revuelve el estómago de forma desagradable y, en lugar de in-


tentar examinar la raíz del sentimiento, me lo sacudo de encima y lo tiro al male-
tero junto a mis cosas. No llamaré a la policía, porque no tengo tiempo y no quiero
enfrentarme a las preguntas. No porque Gabriel Brooks no merezca ir a la cárcel.
Aprieto con fuerza las manos en el volante y trabajo para calmarme el resto del
camino resolviendo mis pensamientos por partes.

No sabrá adónde he ido. No tiene forma de seguirme.

No tengo motivos para temer a Gabriel.


La última parte no es precisamente cierta, y mi cerebro me lo recuerda paseán-
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dose por una imagen mental de la cafetería de los Owen sin mi consentimiento.
Recuerdo el aspecto macilento de Marcie, como una muñeca de trapo.

Recuerdo el olor que había invadido mis fosas nasales cuando pasé junto a su
marido, y la forma en que su cara se había fundido en la parrilla, con…

Un auto toca el claxon y vuelvo a mi carril, maldiciéndome a mí misma y a mi


atención errante. No puedo hacer esto ahora. No tengo tiempo ni libertad para
derrumbarme, y me pregunto si me habré ablandado en los años transcurridos
desde que escapé de mi último hogar de acogida.

Solía ser tan buena compartimentando. Para hacer que las cosas parecieran
menos reales de lo que realmente son. Pero sin haber tenido que hacerlo en mucho
tiempo, me estoy dando cuenta de que es más difícil de lo que era antes.

27
Estás escapando a tus ensoñaciones. La voz del Dr. Brooks resuena en mi cabeza
y esta vez no pongo freno al recuerdo, ya que no va acompañado del olor a carne
quemada y demasiada sangre. ¿Te encuentras necesitándolos para pasar el día,
Quinn?

Se había sentado frente a mí, en un sofá tapizado con una manta negra y suave,
mientras yo me empotraba en un sillón. Su despacho siempre había sido tan aco-
gedor que me preguntaba si lo había decorado él o se lo había encargado a su
secretaria. Las almohadas habían sido de las caras, no de tela barata y áspera.
Debería saberlo, ya que durante el transcurso de la sesión pasaba las manos por
sus costuras como si buscara la forma de sacarles las entrañas.

Las necesito, había admitido, mitad para él y mitad para mí. Usted no lo en-
tiende, doctor Brooks. No es porque me guste soñar despierta o inventar historias
en mi cabeza.

Lo había visto entonces. Su rostro había decaído ligeramente y había apretado


el bolígrafo con más fuerza. Las necesitas porque te hacen daño.

Consigo detenerme de golpe delante de un semáforo en rojo, con la boca tor-


cida mientras casi salgo despedida por el parabrisas. Tengo que calmarme y rela-
jarme de una jodida vez. De lo contrario, me mato antes de salir de Akron.
Mi teléfono suena cuando el semáforo se pone en verde, haciéndome dar un
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respingo, y alargo la mano a ciegas para rodearlo con los dedos antes de ponerlo
en altavoz y responder a la llamada de un número que no conozco.

—¿Hola? —atiendo con voz educadamente desconcertada. Si se trata de una


oferta de trabajo, no necesito sonar histérica de entrada.

—¿Señorita Riley? —La mujer al otro lado suena tan educada como yo, e ima-
gino que está fingiendo, igual que yo.

—Ella habla. ¿En qué puedo ayudarla? —Dios, más vale que sea una agencia con
la que me he entrevistado.

—Mi nombre es Melinda Yates. ¿Hablamos el otro día? —Viene a mí el recuerdo


de una señora mayor de rostro dulce que me había entrevistado en una agencia de
Kentucky. Rural Kentucky, me enteré cuando lo busqué después de la reunión. No

28
es mi primera opción de trabajo, pero si me está ofreciendo uno, me da un poco
de ansiedad la perspectiva de rechazarlo.

—¡Oh, hola! —saludo, como si me alegrara darme cuenta. —Me alegra mucho
de saber de usted. Había sido una entrevista de respaldo, en un lugar en el que
realmente no quería trabajar, pero al que sentía que debía presentarme, debido a
mis preocupaciones por entrar en una carrera de trabajo social en cualquier lugar
grande, como Nueva York. Mis exigencias para Kentucky habían sido demasiado
altas, lo sé. Había sido mi forma de hacerles desistir de contratarme, y me sor-
prende que me haya llamado sólo para decirme eso.

—Hemos estado discutiendo lo que pediste en términos salariales. —Aquí viene.


La negación que espero y necesito a medias. —Y estamos dispuestos a alcanzar el
valor que pides.

¿Qué?

—Si sigues interesada en el trabajo, nos encantaría que empezaras el martes.


¿Sería eso posible?

No sé qué decir. Ni siquiera sé cómo sentirme, ya que esto es afortunado y des-


afortunado en partes iguales.
Quiero decirle que no, que estoy esperando a que me llamen de otro sitio.
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Quiero decirle que de ninguna manera voy a arrastrar mi culo hasta Kentucky para
trabajar, especialmente a un pueblo del oeste con un lago cerca de una prisión
que parece la última parada antes del infierno.

—Eso sería perfecto —respondo cuando la lógica se impone. Sé que los otros
trabajos son una posibilidad remota, y probablemente no haya nada que me im-
pida rechazar este trabajo en el último minuto antes de aceptar uno de esos. Al
menos, eso creo.

Y esto me da un lugar al que ir. Además, el coste de la vida allí parece ser muy
asequible, lo que significa que no tendría que vivir en una caja de cartón. Gabriel,
por lo que me conoce, nunca sospecharía que me dirigiría a Kentucky. Sobre todo,
desde que compartí con él mis sueños de mudarme a una ciudad más grande.

Es perfecto, de la peor manera posible.

—Muchas gracias, Sra. Yates. Estoy muy emocionada por empezar el martes. — 29
Emoción no es la palabra que suena bien en mi cabeza, pero quiero sonar lo más
entusiasta y alegre posible para que no caerle mal sin conocerme antes. —¿Po-
dría enviarme la información por correo electrónico, por favor? La verdad es que
acabo de salir de la universidad, así que me voy para allá. Y empezar el martes me
da tiempo a encontrar un sitio para alquilar, aunque sea a corto plazo.

Probablemente tendré que buscar un hotel por un par de días, o una cabaña
barata en el patio trasero que una vez fue propiedad de asesinos en serie. Eso
parece estar más dentro de mi presupuesto.

—No hay problema, Quinn. Mi hermana alquila algunas casas en la zona, si


quieres echarles un vistazo. ¿Puedo enviarte su número?

Más vale que las casas sean baratas, pero no lo digo.

—Te lo agradecería mucho. —Si lo son, o son departamentos, entonces tal vez
podría conseguir todo resuelto hoy. Eso estaría bien y me daría la oportunidad de
dormir el pánico que se escurre por mis venas.

—Envíame todo y estaré allí temprano el martes. Muchas gracias, de nuevo.


—En realidad trabajas un poco más tarde —informa dulcemente la trabajadora
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social. —Espero que esté bien.

Estupendo. Turno de noche; allá voy. Pero como no se puede pedir más, le digo
que estoy perfectamente contenta con ese arreglo y me despido.

Quizá sea una bendición. Probablemente no, ya que no creo en ellas, pero al fin
y al cabo soy una persona nocturna. Si mi turno es tan tarde como me temo, al
menos estaré más despierta para ello, con suerte.

Por otra parte, mientras Gabriel Brooks no esté allí, seguro que podré
arreglármelas.

30
L o mejor que se puede decir de la casa en el 402 de Knickview Road, en
Eddyville, Kentucky, es que no está tan mal como esperaba. No es una caja de
cartón, hay electricidad, internet e incluso agua corriente.

Lo cual, arribando de una pequeña ciudad de Ohio y acabando en casas que a


veces no tenían agua caliente o Internet fiable, es suficiente argumento de venta
para que acepte el precio e inmediatamente arrastre mis cosas desde el auto.

Marian Yates, quien se parece bastante a su hermana y mi nueva jefa, me mira


con horror en los ojos cuando queda claro que no tengo literalmente nada más.

—Estás bien, ¿verdad, cariño? —consulta con toda la preocupación maternal de


la que es capaz. Aunque sonrío, la mirada es probablemente demasiado amplia y
demasiado feliz para la ocasión.

—Lo estoy —prometo. —Estoy totalmente bien. Es solo que no tengo mucho.

—Está amueblada —anuncia, como si no acabáramos de recorrer la casa de dos


dormitorios y dos baños con al menos quinientos metros cuadrados cubiertos.
—Y si necesitas algo más, seguro que te lo podemos conseguir. —Necesito
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dormir. Las siete horas y media de viaje hacen que ya casi sea de noche y esté lista
para entrar en la casa y desmayarme. Una parte de mí desearía poder dividirlo
en cinco días y la otra parte de mí, la más racional, está encantada de no poder
hacerlo, ya que ahora dispongo de un fin de semana entero para dormir y comer
comida chatarra antes de empezar mi primer turno de trabajo como trabajadora
social. Una preocupación que dejaré para otro momento.

—No pasa nada —aseguro, y levanto la bolsa de la compra de la gasolinera para


demostrarle que tampoco me voy a morir de hambre. —Estoy muy contenta de
poder llamarlo hogar. Es realmente genial, Sra. Yates, se lo agradezco.

Me hace un gesto con la mano. —No tienes que ser tan formal conmigo, cariño.
Con Marian bastará. Y si necesitas algo, mi marido y yo vivimos justo ahí —co-
menta señalando una casa bastante más limpia y mejor iluminada al final de la
calle. —Avísame y estaremos aquí en un minuto o dos. ¿De acuerdo?

—Lo haré. —Dudo que llegue a hacerlo, pero sonrío ante la oferta con todo el
31
aprecio que puedo reunir en mi cansado cerebro. —Gracias de nuevo por esto. Te
lo agradezco de verdad. —Me gustaría más que me dejara sola para poder desma-
yarme por un rato.

—Cuando quieras. Que pases buena noche, Quinn. Y bienvenida a Eddyville.

Lo dice como si aquí hubiera algo de lo que sentirse orgulloso. Como si no


fuera una pequeña ciudad al borde del lago en el oeste de Kentucky. Lo único que
tiene a su favor, en mi opinión, es la falta de terapeutas asesinos en serie, aunque
supongo que eso podría cambiar si tengo una suerte increíble.

¿Cómo podría saberlo? me pregunto cínicamente, con los pensamientos llenos


de incredulidad, mientras me arrastro por la desvencijada terraza e ingreso a la
casa. Al menos huele a limpio. Como si Marian hubiera rociado Lysol aquí dentro
cuando supo que yo que venía. Pero me parece bien. Más que bien, ya que no hay
nada cuestionable, sucio o peligroso hasta donde mis ojos pueden ver.

Hay lugares mucho peores donde acabar.


Y la mudanza me ha quitado de la cabeza el correo electrónico de la agencia de
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Nueva York que había encontrado cuando busqué la información que había en-
viado Melinda. Tal y como esperaba, declinaron contratarme muy amablemente,
diciéndome que me tendrían en cuenta en el futuro.

No es que me creyera una carta formal.

—Podría ser peor —reflexiono, dejándome caer en el sofá y pulsando el botón


de encendido del mando a distancia para encender la televisión. El salón es pe-
queño, con espacio suficiente para un sofá, una mesa de centro y un anticuado
centro de entretenimiento apoyado donde está la televisión en la pared de en-
frente. Hay marcas de desgaste en el suelo de madera, y el sofá parece haber aco-
gido docenas de traseros a lo largo de los años antes de que yo tuviera el valor de
sentarme en él. —Las cosas siempre pueden ser peores.

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L as cosas no empeoran en todo el fin de semana. No importa cuántas veces


me asomo a la ventana y miro por ella como si estuviera en una mala película de
terror esperando a que el monstruo se cuele por mi entrada, nunca ocurre.

Gabriel nunca aparece, y cada vez que miro por una ventana elegida al azar, me
siento más tonta que la última vez que lo hice. 33
Kentucky está muy lejos de cualquier lugar al que haya pensado ir. No hay
razón para que me busque aquí, ni siquiera para que venga, la verdad sea dicha.
Todo el lugar parece demasiado rural para él, y dudo que al perfecto Dr. Gabriel
Brooks le guste siquiera la región de los lagos.

Demonios, ni siquiera estoy segura de que a mí me guste. He jugado con la idea


de alquilar un barco con dinero que no tengo y descubrir el arte de la pesca, que
no creo que se me diera muy bien. ¿Haría calor? ¿Tendría que madrugar por las
mañanas como he visto en los documentales de naturaleza que sigo encontrando
en mi recién adquirido paquete de cable?

No me doy cuenta de que estoy mirando mal hasta que me encuentro con los
ojos de uno de mis vecinos mientras pasea a su perro hasta el final de la calle. El
hombre calvo y rubio me lanza una mirada incómoda y se gira, como si yo fuera
el monstruo de la película y no la superviviente chica final.

—Genial —murmuro para mis adentros, y vuelvo a la pequeña y desordenada


cocina para tirar los restos de mi café. Aunque mi turno no es exactamente de
noche, tampoco es el normal de nueve a cinco. Tengo que estar en la oficina a
mediodía y no acabaré hasta las ocho.
No es horrible, pero no es exactamente mi idea de una buena jornada. Por no
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mencionar que actualmente estoy en periodo de prueba. Trabajo sólo cuatro días
a la semana, y naturalmente no tengo seguro médico. Dios bendiga a América.

Pero mientras no me apuñalen o me dé una pulmonía por mi constante acecho


a las ventanas, dudo que lo necesite mucho. Cuando tenía menos de dieciocho
años, el Estado me pagaba la atención sanitaria y la terapia. Cuando perdí eso, el
Dr. Brooks me había aceptado como paciente pro bono.

Qué hombre más jodidamente encantador.

Me lo quito de la cabeza, odiando que exista sin que yo lo quiera. Parece casi
imposible dejar de pensar en él, y lo peor es que...

No todos los pensamientos son malos.

Pero los buenos son un poco más fáciles de apartar por ahora, sobre todo
cuando me concentro en tareas como recoger las llaves y comprobar por última
vez que la plancha no va a convertir la casa en cenizas. Luego cierro la puerta y
34
me dirijo a mi viejo auto, que de algún modo no ha explotado.

Es bueno que no lo haya hecho, porque lo necesito para ir y volver del trabajo.
Mi casa recién alquilada está demasiado lejos de la oficina de Eddyville, en el lado
oeste de la ciudad, para estar más cerca de su vecina, Kuttawa, a la que se llega an-
dando. Hasta que pueda afrontar a los pagos para un auto más nuevo, será mejor
que mis plegarias y la cinta aislante lo mantengan en funcionamiento.

El viaje es fácil, aunque un poco aburrido. Eddyville es aún más rural de lo que
era Springwood, y las únicas partes interesantes son cuando puedo mirar al lago
y ver a la gente pasar a toda velocidad en barcas de pesca o en pontones más
grandes. Después de veinte minutos de rutas campestres y de preguntarme si
necesito más café, me detengo en la Oficina de Servicios Sociales de Eddyville... y
me limito a mirarla.

Santa mierda, exclama mi cerebro, mirando el diminuto edificio, no más grande


que una cafetería y mucho menos interesante a la vista. Esto es muy pequeño. El
exterior es de ladrillo oscuro, con una alegre puerta blanca que alberga carteles
de papel laminado que no puedo leer desde aquí. El edificio más cercano es un
McDonald’s con mucho más tráfico y atractivo que éste.
Despacio, subo por la acera de cemento, observando las grietas y el deterioro
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en algunas partes que evidencian que este lugar es tan viejo como parece. El jardín
está ordenado, con pequeños macizos de flores bordeando los lados del pequeño
edificio y un letrero blanco que lo identifica como Oficina de Servicios Sociales de
Eddyville clavado en el suelo y pintado con letras negras y resquebrajadas.

Desde luego, no es como los otros sitios en los que había solicitado trabajo,
eso está claro.

Sin dudarlo, agarro el pomo de la puerta, y sólo consigo tirar en lugar de em-
pujar, como me recuerda el cartel impreso en verde brillante con una alegre carita
sonriente. Pongo los ojos en blanco y empujo, haciendo que la puerta se abra
sobre unas chirriantes bisagras.

La primera cara que veo dentro es una que me recuerda lo suficiente a la de


Marian como para pensar que tiene que ser mi nueva jefa, Melinda Yates. Sonríe
de oreja a oreja, con unas gafas de carey colgadas de la punta de la nariz y sujetas
con dos cadenas de cuentas que le rodean el cuello. Tiene el pelo más gris que
35
rubio y ya es demasiado simpática, sólo por su aspecto.

Le devuelvo la sonrisa y entro, intentando recordarme a mí misma que no debo


ignorar todo lo que me dirá sobre lo que tengo que hacer para triunfar en Eddy-
ville. Porque, mientras me da una vuelta por la pequeña oficina. Ahora mismo no
tengo otro sitio donde triunfar. Es aquí o nada, y nada no es una opción.

Especialmente, cuando nada suena muy parecido a Springwood en mi cerebro.

—¿Te gusta nadar? —Melinda intenta acomodarse en su silla de respaldo duro


mientras la observo, aunque tardo un momento en volver a pensar en su pre-
gunta. No era lo que esperaba, ya que la familia Blaiken está a punto de aparecer
en cualquier momento para su evaluación con Melinda. Es un caso especialmente
triste, para cualquiera, y el corazón me late nervioso en el pecho ante todos los
posibles desenlaces para una familia que lo había perdido todo por culpa de la
adicción al juego de su padre.

Habían ido de mal en peor hasta que finalmente no pudieron alimentar a sus
hijos y el padre se automedicó con alcohol. Según Melinda, van por buen camino
para recuperar la tenencia de sus dos hijas, pero la expresión de su cara no es pre-
cisamente optimista cuando habla de ellas.
—¿Qué? —aclaro, necesitando un momento para escuchar realmente su pre-
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gunta y pensarla.

—Me preguntaba si te gustaba nadar. Mi marido y yo organizamos fiestas en


la piscina en verano y, como está haciendo un calor insoportable, estamos pla-
neando la primera. Marian me dijo que te gustaría estar acompañada y pasar un
rato fuera. Dice que no has salido mucho de casa desde que llegaste.

Odio la lástima. Odio más su compasión, ya que la transmite con amabilidad y


simpatía practicadas. La simpatía es casi tan mala como la lástima.

—He estado cansada —explico, esbozando una sonrisa. —Y me gusta nadar,


aunque hace tiempo que no lo hago. —Dios, ojalá aparecieran los Blaiken para no
tener que hacer esto ahora mismo. Es triste pensar que su miseria podría salvarme
de mi propia incomodidad, y peor aún, que estoy rogando por ello. Pero, ¿qué otra
cosa impedirá que las palabras y la amabilidad salgan de la boca de Melinda?

—Deberías venir. Te diré la fecha exacta cuando la tengamos. Probablemente 36


sea el próximo fin de semana. Aunque todavía no habrá mucha natación. El agua
aún no se ha dado cuenta de que es verano. —Se ríe cuando se abre la puerta y veo
entrar a dos adultos, ambos con cara de estar marchando hacia la muerte.

Como si percibiera mi incomodidad, Melinda se acerca para acariciarme la


mano, aunque desearía que no lo hiciera.

Mis dedos se tensan bajo su contacto y ella me dedica una sonrisa reconfor-
tante para acompañar la caricia indeseada. No la conozco. No quiero tener su
mano sobre la mía, aunque parece una buena persona.

Pero no se trata de eso.

—Todo irá bien —promete, y abre la carpeta que tiene sobre la mesa mientras
Abby, otra de las asistentes sociales, dirige a los Blaiken hacia su despacho. Una
sonrisa brillante y apenas creíble se instala en los labios de Melinda, y yo intento
dar un aspecto menos morboso a mi propia expresión mientras los Blaiken entran
y se sientan en unas sillas de metal desvencijadas que chirrían y protestan cuando
se posan en ellas.
Durante unos instantes, mientras Melinda remueve papeles, el único sonido de
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la habitación es el del ventilador que gira en su soporte de la esquina. Se balancea


un poco al girar y emite un chirrido perceptible cuando se inclina demasiado
hacia un lado. El vaivén es predecible y me encuentro contando los giros mientras
Melinda hojea los papeles y yo observo a los señores Blaiken.

No son lo que esperaba. No suplican ni amenazan. No parecen desinteresados


ni realmente pobres. De hecho, parecen... normales.

Como dos personas normales, con mala suerte, que han cometido demasiados
errores en su vida. Mi corazón se aprieta, retorciéndose en mi pecho, y es una
pena que la Sra. Blaiken me mire en el momento en que recuerdo la cara de mi
madre, y lo diferente que era de esta mujer cuando la vi por última vez.

—Es nueva —cuchichea Melinda, radiante mientras intento cambiar mi expre-


sión. —Voy a hacer que se siente conmigo para que aprenda. ¿les importa? Es
muy prometedora, y espero que pueda darnos alguna idea sobre la ayuda que
podemos prestarles después de hoy.
37
La última parte de su frase es lo que derrite su aprensión, y la Sra. Blaiken se
vuelve de nuevo hacia mí con ojos muy abiertos y temerosos que intentan y no
consiguen ocultar que ahora mismo está aterrorizada por Melinda. O más bien, de
lo que el juicio de Melinda podría significar para su familia.

No deberías haberlo dejado, reprocho en silencio, mirando a su marido. Es


mejor ocultando sus sentimientos que su mujer, pero no puedo evitar recordar
las palabras que había leído en el expediente sobre ambos. Sus hijos estarían bien
y vivirían con ellos, si no fuera por él y sus problemas.

¿Por qué no lo dejó? No pregunto, porque no me corresponde. Al principio no


fue culpa suya, claro. ¿Pero quedarse de brazos cruzados y dejar que él destroce
la vida de sus hijos? No me parece correcto, y algo en mí se retuerce ante la idea
de que ella simplemente dejara que sucediera.

Dios, quizá mi primer profesor de sociología tenía razón cuando le conté mi


historia de acogida. Me dijo que este trabajo probablemente me resultaría más di-
fícil que a los otros, porque mi empatía significaría que sentiría cada caso similar
al mío más intensamente que la mayoría. Entonces no le hice caso, pero ahora me
doy cuenta de que es muy probable que tuviera razón.
Respiro hondo y fuerzo mi cuerpo a relajarse. Mis dedos se aflojan y mis costi-
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llas se separan de los pulmones que intentaban cerrar. El corazón deja de latirme
con fuerza en las sienes y los analizo racionalmente, como si fuera una situación
de estudio en vez de tratarse de la vida real. Puedo hacerlo, y es una tontería de-
jarme llevar por mis emociones ahora, cuando normalmente soy tan buena man-
teniendo a raya mis sentimientos o mi simpatía.

Melinda no pierde tiempo en repasar sus informes con ellos y, desde el prin-
cipio, sé que no será bueno. Tiene un ceño fruncido que no había visto hasta
ahora y evita palabras como “metí la pata” o “cometí errores”. Aunque no sé cómo
las evita, ya que todo este asunto es un desastre.

El test de drogas del Sr. Blaiken había dado positivo. Su mujer lo sabía, por la
expresión de decepción en su rostro, y cuando abre la boca para platicar, no es
para condenarlo o divorciarse de él en el acto, como yo esperaba.

—¿Qué pasará con mis hijos? —pregunta con la voz temblorosa. —Sé que dijiste
que tenía que pasar esta vez, pero... —Traga saliva. —¿Podemos seguir intentán-
38
dolo? Se está esforzando mucho. Fue sólo un error, y sé que puede hacerlo mejor.

El rostro de Melinda es comprensivo y amable, pero no esperanzador. —Me


temo que nos estamos quedando sin opciones en este momento, Sra. Blaiken
—admite, mirando de ella a su marido con más comprensión de la que yo sería
capaz de reunir. —Sé que habíamos hablado de que sus hijos volvieran a casa con
usted, pero el primer paso es que su marido sea capaz de no consumir ni beber.
—Ella lo mira, todavía tan comprensiva, y en absoluto como si quisiera darle un
puñetazo.

Pero él no hace contacto visual. Murmura unas cuantas palabras de explicación


que apenas puedo oír, ninguna de ellas suena como las súplicas y disculpas que de-
bería estar vociferando. Si le importaban, ¿por qué no se divorció él mismo? Tiene
que saber que su mujer tendría más posibilidades de recuperar a sus hijos sin él.

A menos que no le importe.

Cuando se van, la Sra. Blaiken está llorando. La veo irse, con un puñado de pa-
ñuelos rosados de Melinda en las manos, y me obligo de nuevo a destensar todos
los músculos de mi cuerpo.
—Es duro —comenta Melinda, tendiéndome la caja de pañuelos. Niego con la
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cabeza y ella me los devuelve, mirándome preocupada.

—Es frustrante —corrijo, esperando a que los Blaiken se vayan antes de dis-
cutir—: ¿Por qué no lo deja sin más? Tiene trabajo y no es ella la que bebe o se
droga. Podría recuperar a sus hijos sin él.

—Dudo que eso se le haya ocurrido —dice Melinda, con la voz teñida de sor-
presa por mis palabras. —Es su marido. Su compañero.

—Él es el problema —argumento yo. —No es un buen compañero cuando él es


quién complica las cosas.

—Eres muy práctica, aunque estas situaciones rara vez lo son. —Cierra el expe-
diente y se pone en pie. La sigo, rodando los hombros, y ella prosigue—: ¿Crees
que serías capaz de dejar al hombre que amas, si estuvieras en esa situación?

—Sí —alego sin necesidad de tiempo para pensarlo. —En el momento en que al-
guien a quien quiero me hace daño es cuando corto con esa persona. No deberías
39
dejar que la gente tenga tanto control sobre ti.

Melinda me mira y, por unos segundos, estoy segura de que he dicho algo malo
y de que me va a despedir en el acto. El ventilador zumba detrás de mí y, justo
antes del inevitable chirrido, Melinda sonríe.

—Qué práctica —señala y me saca de su despacho hacia la sala de descanso. —


Te costará encontrar un marido con ideas tan radicales. ¿Y quién sabe? A lo mejor
es porque eres joven y cuando te enamores pensarás de otra manera.

No lo creo. De hecho, no podría estar más en desacuerdo. Pero me limito a son-


reír y a darle una respuesta sin compromiso. Se equivoca, pero eso no importa.
Lo único que importa es conservar mi trabajo y hacer que esto funcione, al menos
hasta que aparezca otra opción mejor.
6
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H ace falta que el teléfono suene dos veces para que recuerde que, como
nuevo miembro de los Servicios Sociales de Eddyville, tengo un horario de guardia
de mierda.

Suspiro y abro los ojos, mirando el techo del pequeño dormitorio que he re-
clamado en casa de Marian. Podría dejar que salte el buzón de voz, pero eso no 40
forma parte de mi trabajo. Alargo la mano para agarrar el teléfono, lo tomo antes
de que salte el buzón de voz y lo acerco a mi cara. —¿Hola? —murmuro, desenros-
cando las piernas y estirándolas hacia el final de la cama hasta que mis músculos
protestan.

—¿Te he despertado? —La voz de Melinda no es cansada, como si estuviera le-


vantada de todos modos, y me pregunto si ésta es su hora social normal, o si hay
una razón tras su llamada. Ahora mismo, no puedo decidir cuál sería peor.

Claro que me ha despertado. Pero me trago las palabras y respondo—: Está


bien. ¿Qué te pasa? ¿Ocurrió algo?

Miro el reloj digital que hay junto a la cama y me estremezco. Son casi las tres
de la mañana. La mejor hora para dormir. Pero también, aparentemente, la pri-
mera hora de Melinda.

—No lo creo, pero como eres la trabajadora social de guardia esta noche, ne-
cesito que compruebes algo por mí. Es más, una formalidad que otra cosa, y una
buena forma de que adquieras experiencia en esto —explica mi jefa, con un tono
más alegre de lo que tiene derecho a ser a estas horas de la noche.
—¿Quieres que vaya a llamar a la puerta de alguien a las tres de la madru-
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gada? —averiguo, sentándome en la cama y frotándome los ojos con la palma de


la mano. Necesito que mi cerebro funcione bien si voy a hacer lo que me pide.
Aunque no quiera.

—No exactamente. Los dos suelen ponerse en contacto conmigo a las diez o así
por correo electrónico. Trabajan hasta tarde y son... un caso un poco especial. Esto
ya ha pasado antes, pero quiero que les dejes una nota en su puerta para que así
me llamen en cuanto se despierten.

Lo único que quiero saber es por qué no basta con un jodido correo electrónico.

Aun así, aspiro y cierro los ojos con fuerza, preparándome para lo que tengo
que hacer. —Está bien —digo finalmente, poniéndome de pie. —De acuerdo. Sí,
¿me mandas la dirección? ¿Hay alguna carta que deba escribir o algo así?

41
—Está en el buzón de la oficina, si no te importa pasarte. Te queda de camino.

Claramente había subestimado lo mierda de jefa que puede ser Melinda cuando
quiere.

—Seguro —acepto, intentando no resoplar bruscamente y dejar súper claro mi


desdén por el trabajo. —No debería llevarme mucho tiempo, espero. —Dios, es-
pero que no sea tanto. —Haré todo eso. Y te avisaré si necesito algo o me pierdo.
—Sin quitarme el pijama, me pongo un pantalón de chándal y una sudadera ligera.

—Perfecto. Estaré despierta unas horas más. —A estas alturas, me está con-
venciendo de que es una especie de demonio ancestral que utiliza la noche para
realizar rituales paganos, o algo así.

—De acuerdo. Hablamos luego. —Consigo mantener mi fachada neutral hasta


que cuelgo el teléfono y gimo, deseando volver a tumbarme en la cama y fingir
que todo esto ha sido un extraño sueño.

Pero soy yo la que quería hacerlo. Es culpa mía haber pensado que un pueblo
rural junto a un lago no exigiría horas como ésta.
A
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unque me prometo a mí misma que no juzgaré, es difícil cuando la casa


aparece a la vista.

El patio está lleno de basura, que decora la hierba como si se tratara de adornos,
mientras un colchón desgastado se apoya precariamente en la terraza. Las esca-
leras que conducen a la puerta parecen inestables en el mejor de los casos. Un
desastre de tétanos en el peor escenario.

Una parte de mí desearía poder meter la carta en el buzón e irme, pero eso no
es posible.

Bueno, al menos no si quiero conservar mi trabajo o quedar bien con Melinda.


Tal vez, si supero este periodo de prueba, no sea a mí a quien envíen en excur-
siones nocturnas para pegar un papel en la puerta de alguien.

—Dios, ¿por qué no podía haber esperado hasta mañana? —mascullo, saliendo
del auto y cerrando la puerta tras de mí. Se me eriza la piel, poniéndose como
42
carne de gallina en los antebrazos y vuelvo a mirar hacia la casa.

Algo va mal. Lo siento estando aquí, y no solo porque la casa parezca una ruina
en lugar de estar habitada.

—Estás bien. —Me recuerdo a mí misma, con voz ronca. —Estás tan jodida-
mente bien que es irreal. Ha pasado una semana. Estás bien. No sabe que estás
aquí. —No quiero pensar en cuántas veces me lo he repetido últimamente, pero ¿a
quién le importa? Desde luego, no hay nadie cerca que pueda juzgarme por ello. El
miedo disminuye, aunque no desaparece del todo. Este lugar sigue pareciéndome
espeluznante, y una parte de mi cerebro quiere que vuelva al auto y me aleje a
toda velocidad en lugar de acercarme a la puerta.

Pero es sólo una puerta, sólo una casa y es sólo de noche en una ciudad cual-
quiera. No voy a dejar que un instinto se apodere de mí. Así que, con ese pensa-
miento, atravieso el campo de minas del patio y abro el desvencijado mosquitero
que bloquea la parte delantera de la puerta de madera.

Otro escalofrío recorre mi espina dorsal, y odio ceder a mis nervios y echar un
vistazo detrás de mí al patio aún vacío.
Bueno, vacío de gente, al menos. El patio tiene un aspecto terrible y premoni-
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torio. Como un campo cargado de minas en el que podría romperme una pierna
o acabar con esquirlas en mi cuerpo o terminar con fragmentos de vidrio incrus-
tados en mi piel.

¿Cómo puede alguien vivir así?

Aunque siempre he estado en la parte baja de la clase media, y mucho más


abajo, nunca me había ido tan mal. Al menos, no desde que puedo evitarlo
personalmente. Mi cerebro me recuerda un hogar de acogida de hace mucho
tiempo, donde la basura se amontonaba más alta que mis pequeñas y dema-
cradas mejillas y mis ojos tristes.

Pero eso fue hace muchos años, y no es algo que yo hubiera podido evitar.
Ahora que hasta cierto punto soy dueña de mí misma y de lo que me rodea,
nunca dejaría que mi vida se desbordara hasta ese punto. No podría, a menos
que quisiera perder la cordura a la que me he aferrado todos estos años.
43
Rebusco en el bolsillo, despliego el papel y lo sujeto con ambas manos.
Aunque no sé si debo mirarlo, eso no me impide leer la carta de aviso impresa
en negrita en la parte delantera.

Por lo que veo, si los Blaiken no quieren perder su recurso judicial por la
custodia de los niños, tienen que ponerse al día. Pero por lo que veo aquí, ese
barco ya ha zarpado y por mucho si no juntan su mierda no conseguirán lo que
necesitan. Pero no es mi decisión, y no es mi caso. Sólo estoy aquí para hacer lo
que Melinda necesita de mí, luego volver a la cama y fingir que tengo ocho horas
completas en lugar de cinco horas rotas en pedazos.

—Buena suerte con esto —murmuro, y levanto la mano para deslizar el papel
en el pequeño espacio entre la puerta y el marco.

O, al menos, ése es el plan.

La puerta retrocede un poco, como si no estuviera bien cerrada, justo cuando


una mano se apoya en el marco junto a mi cara, un cuerpo detrás de mí cálido
y sólido.

—Veo que sigue poniéndote nerviosa la oscuridad.


La voz de Gabriel en mi oído casi me hace levitar y me doy la vuelta, odiando
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esta necesidad de acercarme a él en lugar de alejarme como debería.

—Tú —siseo, con los ojos muy abiertos.

—Siempre soy yo —promete, con los ojos nítidos a la luz mortecina de la lám-
para del porche. —Y nunca seré nadie más.

Está tan cerca que podría morderlo, y su aliento es cálido en mi cara. Tiene el
mismo aspecto que hace una semana, y una parte de mí desearía haberle dejado
algún tipo de marca con la taza de café que destrocé contra su cara.

—Mierda —susurro, mirándolo a los ojos. —Eres más difícil de eliminar que
una jodida cucaracha. —A pesar de todas mis amenazas e insultos, me aterro-
riza. Me recorren escalofríos y mis manos se aprietan en puños.

—¿Cómo me has encontrado?

—De la misma forma que siempre —revela, inclinándose hacia delante para 44
rozarme la oreja con la boca.

—¿Por algún poder oscuro que obtuviste al vender tu alma al diablo? —de-
safío, con la voz aguda mientras lucho por no huir gritando de él otra vez.

—Por el rastreador en tu auto.

Se me hiela la sangre y me doy la vuelta para mirarlo, con los ojos muy
abiertos e incrédula. —Pusiste un rastreador en mi... —Alarga la mano y yo me
alejo, golpeándome la espalda contra la puerta mientras mis pies me alejan de
la amenaza que es Gabriel Brooks.

Grito, tropezando, y apenas me doy cuenta de que estoy sobre el linóleo de la


cocina en vez de sobre la madera del deteriorado porche.

—¡Déjame en paz!

—Quinn. —La preocupación tiñe sus rasgos agudamente apuestos y me sigue,


aunque sólo me incita a seguir adelante. —Quinn —vuelve a decir, esta vez esti-
rando la mano y agarrándome de la muñeca. —Deja de jodidamente huir de mí.

—Nunca dejaré de intentar huir hasta que me dejes de una jodida vez…
—…y mires detrás de ti. —Me da un tirón del brazo más fuerte de lo necesario,
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haciéndome caer sobre él. Por un momento me preocupa que no sea capaz de
equilibrarnos a ambos, pero se endereza y me da la vuelta con las manos en los
brazos para mostrarme en qué me he metido.

—Santa mierda —suspiro, con los ojos fijos en los dos adultos muertos y des-
pedazados en el suelo de la cocina.

—¿Tú...?

—Ni siquiera los conocía —niega Gabriel, sus propias palabras pensativas. —
Supongo que esta noche tampoco te has dedicado a acuchillar.

—No, definitivamente no lo hice. Así que, si no fui yo, y no fuiste tú... —Me
detengo al ver la mirada mezquina y depravada que ilumina sus ojos y dibuja
una sonrisa desigual en sus labios.

—Entonces creo que estamos invadiendo territorio ajeno, pequeña. Y si sé


algo sobre ser mala persona, dudo que le caigamos muy bien por ello. —Odio
45
que deslice sus brazos alrededor de mi cuerpo, estrechándome más firmemente
contra él.

Pero aún más que eso, odio permitírselo.

—Dios —murmuro, cerrando los ojos con fuerza en lugar de mirar los cuerpos.
—¿He venido hasta aquí para alejarme de ti y tropezarme con esto?

—Tienes mala suerte. —Gabriel está de acuerdo. —Tan jodidamente desafor-


tunada. ¿Quieres llamar a la policía? Probablemente deberíamos, ya que pisaste
su sangre y todo eso.
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A penas oigo lo que dice cuando llama a la policía.

En lugar de eso, me siento en el porche desvencijado con clavos que probable-


mente estén repletos de tétanos que sobresalen de ella, y pongo la cabeza entre
las manos con un suspiro.

Irme de Illinois debería haber significado dejar todo esto atrás, pero aquí estoy,
46
encontrando cadáveres con él a mi espalda.

Igual que en Springwood.

Me restriego la cara cuando se sienta a mi lado, moviéndome inmediatamente


para alejarme de él, solo para que sus dedos me agarren por la parte de atrás de
la camisa y me mantengan quieta, como si estuviera desplumando a un gato.

—Hablemos de lo que vamos a decir cuando aparezca la policía —dice de ma-


nera uniforme, con sus ojos clavados en los míos bajo la tenue luz de la lámpara
que hay sobre nosotros. —No huyas de mí. Esta vez no tienes adónde ir.

—Tengo tantos sitios a los que ir —susurro, aunque el primero de ellos es a un


mecánico para que me saque el rastreador del auto... dondequiera que esté.

—¿Cómo te atreves a rastrearme? ¿Qué te pasa, Gabriel? ¿Estás loco?

Su sonrisa se vuelve oscura, morbosa y tan inquietante que desearía no haber


preguntado. —Sí, Quinn —arrulla, me agarra de la camisa manteniéndome en mi
sitio mientras se inclina hacia mí. —Estoy loco. Por eso estoy aquí, contigo, en vez
de cualquiera de los otros lugares en los que preferiría estar. ¿No te hace sentir
especial? ¿Qué cruzaría la tierra por ti sin pensarlo?
—No —respiro, con el corazón martilleándome en el pecho. —Suéltame o te pego.
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—Hablemos de eso. —Levanta la otra mano y yo me aparto, esperando que me


golpee o sujete mi cara con dureza.

Pero no lo hace.

En lugar de eso, Gabriel se limita a observarme, y eso me recuerda a todas las


veces que ha esperado en su despacho a que se me pasara el miedo o a que se
calmara mi ansiedad.

Ahora lo hace, con la mano a escasos centímetros de mi cara, y espera algún


tipo de señal de que está bien continuar.

Lo odio por eso.

Segundos después, su mano se posa en mi mejilla y él se inclina hacia delante

47
para que mi costado quede presionado contra la barandilla de madera a mi iz-
quierda. —No vuelvas a hacerlo, Quinn. A menos que quieras que haga que te
arrepientas.

—Ya haces que me arrepienta de todo —resoplo, con los ojos fijos en los suyos.
—No creo que haya nada más que puedas hacer para empeorar las cosas.

—Lo hay —promete. —Hay muchas formas de hacerte daño, y muchas de ellas
ni siquiera me las plantearía. Me gusta cuando luchas contra mí. —Su mano se
mueve para agarrarme la muñeca, impidiéndome llegar a su cuello. En su lugar,
una risita sale de su garganta, aunque sus ojos no se apartan de los míos. —Pero
si vuelves a intentar huir, te detendré. No dejaré que llegues tan lejos como las
dos últimas veces.

No sé qué decirle. Mis entrañas se agitan y no puedo decidir si tengo náuseas


o estoy hiperventilando cuando mi respiración se acelera e inhalo el aroma de su
colonia y el cuero de su chaqueta.

—¿Por qué me perseguiste? —cuestiono, congelada y atrapada en el porche con


dos cadáveres a nuestras espaldas. Curiosamente no me molestan tanto como su
presencia. ¿Cómo podrían, cuando no pueden hacerme nada, y él tiene todo el
poder que nunca querría que ejerciera contra mí? —¿Qué quieres, Gabriel?
Abre la boca justo cuando las sirenas suenan a lo lejos y la decepción se dibuja
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en su rostro. Al instante siguiente, está de pie, tirando de mí para que me apoye


en las escaleras.

—He venido a ver cómo estaban, como me pidieron —repasa con voz queda.

—Nos encontramos en la entrada y vimos que la puerta estaba abierta. En-


traste, aunque te dije que no lo hicieras…

Ante mi burla, me agarra del brazo con más fuerza y tuerce la boca en una
mueca. —Tú eres la ingenua más creíble, Quinn. Entré detrás de ti y te hice retro-
ceder. Casi te mareas, no querías pisar la sangre. ¿Me entiendes?

—¿Y si les digo que fuiste tú? —respondo más como un desafío que como una
pregunta real. Espero enfado. Espero irritación, como mínimo. Pero no espero la
sonrisa que ilumina sus cálidos ojos y le hace sacudir la cabeza.

—Haz lo que quieras —ofrece, soltándome cuando la policía aparece en la en-


trada. —Haz lo que quieras y sufre las consecuencias. —La diversión se desvanece
48
sólo cuando las luces rojas y azules son cegadoras, y observo cómo su rostro se
vuelve serio y respetable. Es una máscara perfecta.

Saluda primero a los agentes y yo me quedo atrás, con expresión de nervio-


sismo. Su plan es fácil y no del todo falso, salvo por algunas diferencias clave.
Pero le sigo la corriente, explicándole a los policías lo que ha pasado y coincido
con Gabriel en que llegamos aquí al mismo tiempo.

—¿Conoces al Dr. Brooks? —pregunta la mujer policía, volviendo a mirar a mi


ex terapeuta. —No creía que siguiera viendo pacientes.

No me pierdo la mirada subrepticia que Gabriel me dirige, la pregunta en sus


ojos y la forma en que espera mi respuesta.

Podría hacerlo aquí y ahora. Decirles la verdad, aunque les resulte inverosímil.
Podría sellar aquí su destino como sospechoso. Puede que no me crean del todo,
pero aun así tendría problemas si dijera algo en su contra. Si les dijera que es
responsable de otras muertes, incluso si fuera absuelto de ésta.

No podría hacer nada al respecto, si se lo dijera. No aquí mismo, al menos.


—Nunca lo había visto antes de esta noche —miento, mirando a la mujer seria.
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—Me dijo su nombre y que lo habían enviado a hacer un registro, igual que a mí
me han enviado con una carta para dejar en la puerta principal. Encontramos la
puerta abierta y yo...

Intento parecer avergonzada y arrepentida.

—Creo que pisé sangre antes de que tuviera la idea de que saliéramos de allí.

—¿No temías que quien lo hubiera hecho siguiera por ahí? —interroga, y el
agudo sonido de las ruedas de las camillas al chocar contra el hormigón desvía mi
atención de ella y la dirige hacia la acera que hay detrás de mí.

Lo único que veo es una bolsa para cadáveres. Ningún cuerpo destrozado. Ni
un par de ojos abiertos y con la mirada fija. Una parte de mí se pregunta si fue así
como sacaron a la familia Owen de la cafetería, una vez que Gabriel acabó con ellos.

¿Habría sido difícil despegar primero la cara del señor Owen de la parrilla? 49
Las náuseas me revuelven el estómago cuando vuelvo a mirar a la mujer.

—¿Q-qué? —tartamudeo, necesito un momento para procesar su pregunta. In-


tento demostrar los nervios en mi voz, junto con el miedo.

Ella repite la pregunta y yo lucho por no mirar a Gabriel.

Francamente, la idea de que alguien más peligroso que él siguiera aquí no se


me había pasado por la cabeza en absoluto.

Después de todo, ¿cómo podría?

—No lo hice, lo siento, yo... sólo estaba asustada —falsifico, tratando de sonar
como si estuviera confundida. —No lo están, ¿verdad? Quienquiera que haya
hecho esto.

Duda y niega con la cabeza. —No. Hicimos una búsqueda exhaustiva, y está
completamente vacío. Ambos deberían irse a casa. Si tenemos algunas preguntas,
nos pondremos en contacto.

El despido es tan grosero como frío, y me encojo de hombros, intentando se-


guir pareciendo amable y asustada.
Parece que lo consigo, porque el policía me da una palmada torpe en el hombro.
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—Pareces agotada —comenta, y me enorgullezco de haber vendido la actuación.


—¿Estás bien para conducir?

—La llevaré a casa —ofrece Gabriel, sonando un poco diferente a como me


habla normalmente. Sus ojos son serios, su postura menos segura de sí mismo y
más modesta.

Este no es el verdadero Gabriel, ni el que conocí en Springwood.

Es una actuación, y una muy buena.

—No, está bien —digo rápidamente, dándome una patada por haber vendido
tan bien la actuación. —No me importa conducir hasta casa. No está lejos, sólo al
otro lado de la ciudad. Treinta minutos aproximadamente —prometo, esperando
que me crea.

Pero no lo hace e intercambia una mirada cautelosa con el otro policía. 50


No soy una niña, maldita sea, quiero estallar. Dejen de tratarme como una.

—La llevaré a casa —repite Gabriel, metiéndoles la solución en la cabeza para


que la acepten de una vez. Me lanza una mirada de advertencia y yo aprieto los
labios, sabiendo que, si sigo insistiendo, pareceré sospechosa.

Ninguno de los dos necesita parecerlo ahora mismo.

—Pero necesito el auto para ir a trabajar mañana —señalo, expresando un pro-


blema muy real.

—Me lo llevo —ofrece la mujer policía, tendiéndome la mano para que le dé las
llaves. —De todas formas, yo voy en esa dirección. De verdad, creo que es mejor que
te lleven a casa. Pareces agotada y no creo que sea buena idea que conduzcas así.

Estoy bien, pero al final sólo asiento con la cabeza y le doy las llaves como si
alguna parte de mí estuviera agradecida.

No lo estoy.

Cómo podría estarlo, cuando Gabriel extiende la mano para hacer un gesto en
dirección a su auto y camina hacia él con una última palabra de agradecimiento
con ambos policías.
—Prefiero ir andando —digo por fin, cuando estamos lo bastante lejos como
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para que sólo él me oiga. Lo único que consigo es un bufido y que abra la puerta
del pasajero de un Camaro negro.

Por supuesto, su auto es mucho más bonito que el mío.

Dudando, miro dentro y se me bloquean las rodillas ante la idea de subirme a


un auto con él. Estaré atrapada.

Estaré asolas con él. No tendré forma de protegerme, y él podría largarse con-
migo como estoy segura de que quiere.

Incluso podría matarme. Nadie podría detenerlo, y...

—Respira, Quinn. —Su voz en mi oído, suave y casi dulce, es inesperada. También
lo es su mano en mi codo y su sólido calor detrás de mí.

51
—Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho. Sé dónde vives, ¿recuerdas?
Podría haberte dañado cualquier noche que hubieras estado aquí, y habría sido
mucho más fácil que manchar mi automóvil con tu sangre.

Me estremezco, sintiendo su aliento en mi cuello, justo debajo de mi oreja.

—¿Se supone que eso es reconfortante? —suelto con una voz que tiembla de verdad.

Se ríe entre dientes. —Sí, lo es. Y es para que entres en el auto antes de que
venga alguno de nuestros amigos policías a ver qué te pasa. No hagas esto más
difícil de lo que tiene que ser, ¿de acuerdo?

Con esas palabras obligo a mi cuerpo a cooperar, recordándome a mí misma


que tiene razón y que podría haber hecho algo mucho peor que esto si hubiera
querido. Aun así, es difícil.

He estado en suficientes situaciones peligrosas como para que instinto de su-


pervivencia se active, y necesito toda mi fuerza de voluntad para sentarme en el
asiento delantero de su lujoso auto y abrocharme el cinturón con helados y tem-
blorosos dedos.

Para cuando termino, él también ingresa en el auto, pone el motor en marcha


mientras me mira.
Cuando hago contacto visual, mis ojos se estrechan y le dirijo toda la aversión
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y el rencor que soy capaz de reunir en una sola mirada. Como si necesitara que le
recordara lo que siento por él.

Pero lo único que hace es burlarse.

No habla de camino a mi casa recién alquilada. No dice ni una palabra hasta que
estaciona en frente y apaga el motor, apagando las luces y dejando todo a oscuras.

—Gracias —murmuro, sintiendo que la cortesía es lo mínimo, y abro la puerta.

O al menos lo intento.

No pasa nada y, cuando vuelvo a intentarlo, el corazón me golpea contra las


costillas al darme cuenta de que estoy atrapada.

—Gabriel... —Vuelvo a tirar de la manija de la puerta, poniendo todo mi cuerpo

52
en ello como si eso fuera a cambiar las cosas. En este momento, sin embargo,
tengo más posibilidades de romper la puerta que de abrirla, y él no parece en ab-
soluto molesto por la posibilidad.

—¿Puedo entrar? —pregunta con ligereza, como si no me estuviera peleando


con la puerta.

—Por supuesto que no. Deja que salga... —La cerradura se abre de golpe y casi
me caigo del vehículo cuando la puerta retrocede de golpe sobre su marco.

Juro que lo oigo reír, justo cuando lo veo caminar amablemente hacia mi pe-
queño porche.

—¡No, he dicho que no! —recalco, alcanzándolo y adelantándolo en el porche,


justo delante de mi puerta. La pequeña zona está cubierta en su mayor parte, lo
que me otorga intimidad frente a mis vecinos, y ahora mismo, es ese hecho el que
juega en mi contra.

Gabriel me empuja hacia atrás, hasta que mi espalda choca contra la puerta y
sus manos están a ambos lados de mí, con los dedos extendidos sobre el cristal.
Sin la luz de mi porche y sin nada con lo que distinguir su expresión, sólo puedo
guiarme por su aliento en mis labios y el calor de su cuerpo, por mucho que eso
sirva de algo.
—Dije que no podías entrar —reprendo, con un temblor en la voz que intento
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ahuyentar. —Dije...

—Estoy preocupado por ti —reconoce, cortándome en mitad de mi frase. —En


serio, Quinn. Sé lo duro que fue para ti volver a casa. Sé que retomaste la terapia
con otra persona. —No puede ocultar el desdén por no hacerlo con él, y casi re-
soplo con oscura diversión ante sus celos. —Háblame.

—Quiero que te vayas —digo cuando me da la oportunidad.

Pero él sólo suelta una risita y, de repente, siento su mano en mi pecho, justo
debajo de la clavícula.

—No te haré daño —recuerda, mientras la confusión enturbia mis pensamientos


y me congela en el sitio. —Nunca he querido hacerte daño. ¿Por qué sigues hu-
yendo de mí, Quinn?

Su mano se desliza hacia arriba, suavemente, hasta que sus dedos se acercan
a mi garganta e inclino la cabeza hacia atrás para crear espacio ante su contacto.
53
—Entonces, ¿qué quieres? ¿Qué te ayude? —Le escupo a la cara. —No me obligues a...

—Te quiero.

Las palabras son francas, honestas, y no puedo asimilarlo cuando las dice. Me
siento aturdida, como un ciervo ante los faros, pero aquí no hay luz y son sus pala-
bras las que me tienen paralizada. —¿Qué? —pregunto, segura de haberlo oído mal.

—Te quiero... a ti. —Sus dedos se cierran en torno a mi garganta, acunándola


suavemente. —Desde la primera vez que te abriste a mí en mi despacho y me
mostraste lo dulce, y lo divertida que eres. Desde la primera vez que maté por ti,
siempre has sido tú, Quinn.

—No. —Trago saliva bajo sus dedos, y desearía tener respuestas de más una
palabra en mí.

Se supone que no debo tener miedo de nada, y aunque él sea la única excep-
ción, no soy el tipo de persona que deja que haga esto y se queda aquí como una
víctima. Tengo que hacer algo.

Cualquier cosa.
—¿No estás cansada de huir de mí? —continúa, con la cara tan cerca de la mía
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que siento el roce de su barba sin afeitar contra mi mejilla. —¿Cuándo vas a dejar
que te enseñe lo que siento?

—Cuando estés muerto —suelto, intentando encontrar mi voz. —O cuando lo


esté. Pero no creo que vayamos al mismo sitio después, así que...

—¿Estás tan segura de eso? — No parece perturbado por mis palabras, pero me
niego a que las asimile.

—Eres un asesino —remarco. —Mataste a los Owen...

—He matado a mucha más gente que a ellos.

Las palabras me dejan atónita. Se me entrecorta la respiración en el pecho, al


tiempo que sus dedos se tensan hasta restringirme en parte la respiración, y lo
siento con cada bocado de aire que entra en mis pulmones.

—No estás muy sorprendida, ¿verdad? —ironiza, y odio que tenga razón. Había 54
sido casi romántico, aunque un poco trastornado, pensar que se había convertido
en un asesino por mí.

Pero saber que forma parte de él y que no fueron los únicos...

Eso es algo totalmente distinto.

—Ya suéltame —ordeno, intentando sonar algo más que aterrorizada.

—¿O qué?

—O romperé la puerta de cristal y te apuñalaré en la garganta, Gabriel.

Se ríe. Siempre me ha encantado su risa, pero el tinte de manía que encierra me


hace estremecerme y cerrar los ojos con fuerza contra las implicaciones.

—Ni siquiera estás mintiendo, ¿verdad? —Se ríe, y su cara vuelve a estar dema-
siado cerca, su aliento caliente contra mis labios entreabiertos. —Me encantaría
que lo intentaras, pero no esta noche. Ni ahora. No cuando necesitas dormir y
pensar qué le vas a decir a tu jefa mañana. Intenta entrar en pánico, Quinn. Re-
cuerda que te dije que te relajaras y...
—¡Cállate, cállate! —Lo golpeo con las manos, pero no me suelta la garganta y
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apenas se aparta. —¡Ya no eres mi terapeuta! Cállate.

—Quizá no, pero te conozco mejor de lo que nadie podría conocerte jamás —
remarca, y su otra mano se extiende para sujetarme la cadera tan bruscamente
que abro la boca en un jadeo de sorpresa.

Es lo que estaba esperando. Gabriel ataca, su boca encuentra la mía y presiona


hasta empujarme contra la puerta una vez más. Mis manos caen flojas, y antes
de que pueda pararme a pensar en lo que estoy haciendo, mis dientes se cierran
sobre su labio inferior. Duro.

Gabriel gruñe, un sonido que nunca había oído de él, pero en lugar de apar-
tarse, se inclina hacia delante de modo que su cuerpo es una línea sólida contra el
mío, una de sus rodillas presionando entre mis muslos. La excitación me inunda,
y el calor se hunde en un punto bajo mi estómago, cerca de donde su cuerpo se
frota contra el mío.
55
Pero me niego a pensar en ello o a hacer algo más que reconocerlo. Muerdo
con más fuerza, hasta que noto el sabor cobrizo de su sangre, y finalmente él se
aparta, claramente dolorido.

Entonces Gabriel se ríe. Parece enloquecido mientras busco a tientas la perilla


de la puerta y me hago a un lado para poder abrirla. Se toca el labio y, en la pe-
numbra, apenas puedo verle pasar la lengua por el mordisco, sin dejar de reírse.

—Siempre supe que te gustaría jugar —dice, levantando la cabeza como si in-
tentara encontrar mis ojos en la oscuridad. —Siempre lo supe, Quinn...

No lo dejo terminar la frase. En lugar de eso, le cierro la puerta en las narices,


echo el pestillo y compruebo todas las ventanas y puertas de la casa antes de
escapar al baño, abrir la ducha y meterme en el agua caliente rodeada de vapor.
8
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C uando no sueño con él, sueño con algo peor.

A veces, es sólo la sensación de un momento bajo, a diferencia de una de las


cosas terribles que me habían pasado en la casa de acogida. Esta noche, es lo pri-
mero, aunque me sorprende que no sea Gabriel cuando últimamente siempre está
tan cerca de mis pensamientos. 56
Con mis finas y gastadas zapatillas de deporte camino por el oscuro pasillo, con
los hombros temblorosos bajo la raída rebeca que llevo. Si pudiera cambiar esta
decisión, muchas otras malas noches no habrían ocurrido.

Tengo trece años y estoy en mi cuarto hogar de acogida. Este es peor que el an-
terior, y lo único que quiero es irme de aquí, cueste lo que cueste.

Me odian, ese pensamiento resuena en mi cerebro, plantándose allí con segu-


ridad. Mis padres adoptivos me desprecian activamente, en lugar de ignorarme
como hicieron los demás. Sólo quieren el dinero del Estado, no cuidar de nosotros.
En general, los otros siete niños y yo cuidamos de nosotros mismos.

La puerta se abre con un chirrido a mi izquierda y me detengo, con los ojos muy
abiertos, para encontrarme con la mirada de la otra chica que vive aquí.

Sylvie sacude la cabeza, con la cara desencajada y asustada.

—No lo hagas —susurra. —Te atraparán, Quinn. No te dejarán marchar.

—Prefiero morir a quedarme —respondo, tan segura, incluso a los trece años, de
que mis únicas opciones son escapar o la muerte. Había visto lo que pasó con ella.
Las veces que nuestro padre adoptivo se había colado en su habitación y cuánto
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había llorado después que se fue. Aunque no me había pasado a mí, me prometí a
mí misma que no me pasaría, de un modo u otro. Me acerco sigilosamente, bajando
las escaleras mientras ella cierra la puerta y se mete en la cama. Le pedí que me
acompañara, pero me dijo que no podía. Tenía demasiado miedo.

Era un punto justo, ya que nuestro padre adoptivo era malo. Hacía daño a los
chicos y a las chicas por igual, y todos se escondían en sus habitaciones en cuanto
llegaba a casa, no fuera a ser que desencadenáramos su irritación de borracho
antes de que rezumara todo el alcohol de sus poros gritándole a su mujer.

Ya no puedo más. El pensamiento resuena en mi cerebro, y mis ojos se posan en


la puerta principal junto a la encimera de la cocina. No sé adónde iré. En realidad,
me da igual. Mientras no sea aquí.

—¿Adónde vas, Quinn? —La voz me sobresalta. El miedo hace que se me cierre
la garganta, y lentamente me giro para mirar hacia arriba y hacia la imponente y
aterradora figura de mi padre adoptivo.
57
—A ninguna parte —susurro, con el cuerpo temblando como una hoja en una
tormenta. —A ningún sitio, sólo estaba...

—No me mientas. No te atrevas... —Da un paso adelante, pero se detiene con


un grito ahogado. Unas garras metálicas le atraviesan el pecho y, por encima del
hombro, Gabriel me mira con compasión, empatía y preocupación.

—Te mantendré a salvo, Quinn —murmura, y vuelve a clavar las largas cuchi-
llas en el pecho de este monstruo.

No puedo hacer otra cosa que ver cómo Gabriel apuñala a mi cruel padre adop-
tivo una y otra vez, hasta que se desploma en el suelo y su sangre se esparce hacia
mí como dedos que se extienden para agarrarme.

Cuando retrocedo y miro a Gabriel, el miedo desaparece y ya no tengo trece


años. Tengo veintitrés, y la casa de mi infancia se ha transformado en la casa en
la que vi los dos cadáveres hace sólo un par de días.

Gabriel tiene unas arrugas en la cara que no tenía cuando lo conocí en Sprin-
gwood, y no lo detengo cuando da un paso hacia delante para sostenerme la me-
jilla con la mano que no lleva garras.
—Te mantendré a salvo. No dejaré que hagas nada de lo que te arrepientas.
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—Nunca he hecho nada así —murmuro, con la confusión encendida en mi ce-


rebro mientras acuna mi cara y se inclina, rozando mis labios. —Gabriel, ¿qué
quieres decir? —Me besa, y en mi sueño es el roce más suave de su boca contra la
mía, lo suficiente para ponerme de puntillas y suplicar más.

—Sabes lo que quiero decir. —Se echa hacia atrás y me toma la mano, donde
de repente sostengo una hoja delgada y afilada que brilla a la luz de la ventana.
La sangre mancha el metal y mis dedos, y la suelto con un grito ahogado, con una
pregunta en los labios.

Cuando me incorporo, temblando, me sorprende que la fuerza no sea sufi-


ciente para lanzarme a través de la ventana del otro lado del pequeño dormitorio.
Gimo y entierro la cara entre las manos, arrastrando las rodillas hacia arriba para
apretar el cuerpo contra ellas.

—Joder —murmuro, repasando el sueño una y otra vez. Pero no sirve de nada. 58
No importa cuántas veces intente averiguar qué quería decir, no puedo. Peor aún, el
sueño se hace trizas cuando lo escudriño y la tormenta se lleva mis pensamientos.

Ya había soñado antes con mi pasado, pero nunca con Gabriel como prota-
gonista, a menos que se tratara de él en concreto. Aquella noche había ocurrido
antes de conocerlo y, por desgracia, no había acabado con Gabriel salvándome.

Mi padre de acogida me había hecho daño, aunque afortunadamente no de la


misma forma que le gustaba hacer a Sylvie. Me rompió el brazo, y cuando una
semana después me puse delante de él para protegerla, los servicios sociales no
tuvieron más remedio que intervenir.

Aunque nunca me habían dicho qué le había pasado a Sylvie.

Me vuelvo para mirar por la ventana, sin sorprenderme al notar que el sol ya
ha salido. Con mi horario, dormir hasta el amanecer es un hecho. Una tormenta
golpea la ventana y me estremezco mientras me acurruco bajo el grueso edredón
que me he traído de la residencia. Aún no tengo que levantarme y, por mucho que
lo odie, sigo sin poder quitarme el sueño y a Gabriel de la cabeza. Aunque espero
que inhalar una taza de café y echarme por la garganta un montón de cereales me
ayude a sacarlo de mis pensamientos.
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N o es que no me guste mi trabajo.

Es que Clara, la mujer que comparte mi cubículo, es insufrible. Lleva tres días
hablando del doble homicidio, parloteando hasta la saciedad mientras intento
resolver mi pila de casos mientras a ella se le ocurren múltiples teorías sobre lo
que podría haber ocurrido.

Cada vez que se sienta y acerca su silla chirriante a la mía, tengo que luchar
contra el impulso de levantarme e irme. —He oído que tienen una pista —susurra
en mi oído, como si me estuviera contando algún secreto. —¿Me has oído, Quinn?

¿Cómo podría no hacerlo si está tan cerca como para resollar contra mi cara?

59
—Sí, ya te he oído —lamento, dejo el bolígrafo y la observo. Una parte de mí
quiere alcanzarla y empujarla lejos en su silla chirriante para darme un poco de
espacio, pero eso sería incorrecto. No sería fomentar la camaradería en el lugar
de trabajo que tanto le gusta a Melinda, y estoy segura de que eso también debería
significar algo para mí.

Al menos, tengo que fingir que lo hace.

—¿No te interesa? Sé que no eres de por aquí, pero encontraste los cuerpos con
el Dr. Brooks —comenta y mira hacia otro lado, sus ojos llenos de lo que proba-
blemente son pensamientos inapropiados sobre el Dr. Brooks.

Tengo que admitir que es fácil enamorarse de él. Es fácil de agradar, con su
personalidad ganadora y su atractivo encanto. Es amable, comprensivo y el tera-
peuta por el que todos harían fila. Pero es una máscara. Una muy buena, porque
el verdadero Gabriel Brooks no es sólo esas cosas.

Es un monstruo.

Pero bueno, más poder para Clara si quiere ponerse en su lado malvado o hacer
caer su ira sobre ella. Me dará más espacio para esparcirme, y la paz y tranqui-
lidad en la que prospero. Aunque no creo que mate a mi compañera de trabajo.
Por desgracia para mí.
—¿No termina tu turno en...? —Compruebo mi teléfono, y trato de no alabar al
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Señor en señal de alivio. —¿Treinta y dos segundos? —Pero ¿quién lleva la cuenta?
Desde luego, yo no.

—Me quedo unos minutos —dice Clara tímidamente, alisándose el cabello rubio
y mirando hacia la puerta. —Melinda tiene una reunión.

—¿Qué tiene eso que ver contigo? —Me lanza una mirada confusa, posible-
mente ofendida, como si no supiera si estoy siendo mala. Así que le pongo la
sonrisa más brillante que puedo para apaciguarla.

Funciona, aunque no estoy segura de que no parezca que me está dando un


derrame cerebral. Cuando vuelve a hablar, relajo la cara, esperando que no se me
quede así si tengo que hacerlo a menudo, por el bien de Clara.

—Melinda tiene una reunión —explica, removiéndose en la silla. —Pensé en

60
quedarme por aquí. Quizá necesite ayuda o... —Se encoge de hombros mientras
observo su cara con confusión. Clara nunca está tan ansiosa. Como si quisiera que
se produjera la reunión, pero a la vez no quisiera.

—¿Se trata de ti? —aclaro, preguntándome si corre el riesgo de que la despidan.


Aunque no he oído ningún rumor en la oficina sobre su bajo rendimiento, tam-
poco sé si alguna vez me enteraría. Al fin y al cabo, soy una intrusa.

Clara abre la boca para platicar en el momento en que se abre la puerta, la


campanilla suena suavemente en el despacho mientras mis labios se aprietan
formando una fina línea.

Gabriel está de pie en la entrada del despacho, mirando a su alrededor con


educado interés mientras entra y cierra suavemente la puerta tras de sí. Se aclara
la garganta como si se sintiera incómodo, o simplemente fuera de lugar, y se quita
la chaqueta para colgarla en el gancho junto a la puerta antes de que sus ojos
busquen en la habitación y se posen en mí.

A diferencia de Clara, que hace todo lo posible por llamar su atención y quedar
bien haciéndolo, yo no podría alegrarme menos de su presencia. Me mira con el
ceño fruncido, pero no cedo ni un milímetro. Sólo lo fulmino con la mirada y lo
insto mentalmente a que vuelva por donde ha venido, para que mi corazón se
calme y mis dedos puedan soltarse del bolígrafo.
Tengo miedo de él. No hay nada que impida que esa idea resuene en mis pensa-
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mientos, y no puedo evitar el pequeño escalofrío que recorre mi espalda. A pesar


de toda la falsa bravuconería que muestro cuando me molesta, ahora mismo no
puedo ocultarlo.

Gabriel Brooks me aterroriza tanto como arrastra mi involuntario interés hacia


él. Hoy está bellísimo, como todos los días. Mientras lo observo, se pasa una mano
por el pelo castaño claro y sonríe a Clara.

—Hola —saluda con su voz dulce y cálida. —¿Sabes dónde está el despacho
de la Sra. Melinda? —¿Es un rastro de encanto sureño lo que oigo, sólo para com-
placer a la gente que lo rodea?

Lo más probable.

—Sí, está aquí detrás. —Clara empuja en su espacio, sonriendo y tratando de

61
obtener toda su atención. Él se la presta a regañadientes, y permite que ella lo guíe
a través del despacho hasta la pequeña habitación esquinera de Melinda, mientras
sacudo la cabeza y vuelvo a mi trabajo.

Pero es inútil.

El hecho de que esté aquí significa que no puedo concentrarme, y aunque Clara
ya no me habla, sigue existiendo en mi periferia, aprovechando la oportunidad de
atraparlo cuando se acerca.

El estómago se anuda y se retuerce, no importa cuántas respiraciones pro-


fundas haga, hasta que por fin soy un amasijo de escalofríos en mi mesa y me
rindo, enterrando la cara entre las manos.

La puerta se abre detrás de mí, pero no me muevo. No mientras Clara le chista,


o mientras él le responde educadamente, aunque distante. No le cae bien, si tu-
viera que adivinar. Pero no me sorprende.

—Dame un segundo, por favor —dice, firme pero amablemente, y doy un res-
pingo cuando me doy cuenta de que está más cerca de mí de lo que esperaba. —
Me gustaría ver cómo está Quinn. —Levanto la vista mientras habla, la acción me
recuerda a mi sueño cuando había sido tan pequeña, mirando hacia arriba y hacia
el rostro de…
—Pareces cansada —murmura, inclinándose sobre mi escritorio. —¿No duermes,
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Quinn? —Hay preocupación en sus ojos y un brillo depredador que estoy segura
de que reserva sólo para mí.

—Estoy bien —replico, deseando que no estuviera tan cerca. —Duermo bien.
—No es del todo cierto, y mi mirada se dirige al escritorio, donde aprieto el bolí-
grafo mientras lo digo.

—¿Qué está mal? —pregunta, con voz aún suave. —Puedes decírmelo…

—No es nada en lo que puedas ayudarme —interrumpo, deseando ser la mitad


de valiente de lo que intento parecer. El efecto se pierde, sin embargo, por mis
manos temblorosas que sé que él también ve. Saca la mano y me cubre los dedos,
calmando el temblor mientras espera a que continúe—: Sólo son pesadillas, ¿de
acuerdo? No es...

62
—Tengo el número que me pedías. —Clara vuelve, y sus ojos se posan en nues-
tras manos, luego saltan a mi cara.

Sus ojos se entrecierran al contacto y yo aparto las manos, poniéndolas sobre


mi regazo y alejándolas de él mientras se endereza con un suspiro.

—Muchas gracias —responde, quitándole la tarjeta de visita. Por el rabillo del


ojo veo que, junto con algún otro número, en la tarjeta están escritos el nombre
y el número de Clara.

Está desesperada por el hombre equivocado, y no voy a ser yo quien se lo diga.


—Las veré luego, señoritas, ¿de acuerdo? —Le guiña un ojo a Clara, y es tan cursi
que me dan ganas de vomitar.

Pero Clara no. Ella respira hondo y lo mira con ojos grandes y soñadores mien-
tras él sale por la puerta, sus manos aferrando el bloc de notas entre sus dedos
mientras él se va.

—¿Crees que me llamará? —pregunta mirándome. —Pienso que si va a llamarme.

—Sí, Clara —asiento, intentando volver a concentrarme en la pila de trabajo


que tengo delante. —Seguro que te llamará.
9
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S ucedió otra vez.

Esta vez tengo los pies descalzos y miro fijamente por el pasillo hacia las esca-
leras donde las luces de abajo están encendidas. Mi padre adoptivo está gritando,
y mi nombre en sus labios significa cosas terribles sobre mí.

Su silueta ensombrece el rellano y vuelvo a oír mi nombre, esta vez como una
63
amenaza, mientras sus pasos parecen sacudir la casa. Sube un escalón, luego otro,
y yo me deslizo por la pared del lado opuesto, con las manos cubriéndome la ca-
beza. Pronto está en lo alto, caminando hacia mí con amenazas que me hacen
tiritar, y puedo sentir el momento en que extiende la mano…

Me incorporo con fuerza. Un grito ahogado sale de mi garganta y la pesadilla


me carcome mientras la mano en mi hombro se tensa.

—Quinn. —La voz que es familiar pero no es la de mi padre adoptivo. Ahuyenta


el sueño hasta que parpadeo en la suave oscuridad de mi habitación y miro fija-
mente un rostro que no reconozco de inmediato.

Tardo dos parpadeos y casi se me paraliza el corazón hasta que doy un tirón
hacia atrás.

Entonces empujo a Gabriel al mismo tiempo y le arranco un suspiro cuando


apenas se mueve.

—¿Qué haces aquí? —chillo, intentando levantarme de la cama y enredándome


en las mantas. —¡¿Cómo has entrado aquí?!
—Viéndote dormir. Y salvándote de pesadillas —responde Gabriel con frialdad,
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frotándose el brazo donde le había golpeado. —Lo estabas pasando mal. ¿Qué
soñaste?

—Contigo —miento, con el corazón acelerándose hasta que parece que intenta
lanzarme fuera de aquí. —Soñé contigo, haciendo mierdas como esta... —Intento
rodar fuera de la cama, sólo para que él sea más rápido. Arremete, hasta que se
sitúa encima de mí y de alguna manera, por un golpe de mala suerte, ya no hay
mantas entre nosotros.

Solo estamos él, con sus perfectos jeans y su camiseta negra de cuello V, y yo,
con mi camiseta y mis pantalones cortos de correr. Por un momento se queda mi-
rándome, y se me corta la respiración al sentir sus ojos recorrer mi cuerpo.

No quiero esto. El pensamiento resuena en mi cerebro y forcejeo debajo de él


solo para oír un sonido suave, como un gruñido, procedente del hombre que está
encima de mí.
64
Pero no es un gruñido. Me doy cuenta cuando separa los labios y una risita
brota de entre ellos. Su boca se tuerce en una media sonrisa, que no deja de ser
encantadora.

—Me encanta verte dormir, Quinn —admite, sin importarle que siga luchando.
En lugar de eso, se sienta sobre mis caderas y me inmoviliza con su peso. —Pones
las caras más dulces cuando sueñas. Es tan difícil no hacer algo al respecto.

—¿Hacer... algo? —repito, con voz suave. —Quieres decir...

—No importa lo que quiera decir. —¿Está irritado por haberlo confesado? Un
ceño fruncido cruza sus facciones, pero es ahuyentado rápidamente por la di-
versión una vez más. —Vine aquí para salvarte de tus pesadillas. No importa lo
irreales que sean. Háblame, pequeña. ¿Qué estás soñando que te mantiene dando
vueltas en la cama toda la noche?

—¿Toda la noche? —repito una vez más, como un loro. —Si tanto te preocupa,
¿por qué no me despertaste antes?

—Lo he hecho —suspira, subiendo una mano para acariciarme la cara. Me so-
bresalto, aunque su contacto no me abrasa la piel ni me duele como desearía.
Sus dedos son cálidos contra mi rostro y se deslizan suavemente hasta que quiero
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estremecerme bajo él. Sus uñas pinchan dándome una sensación aguda y placentera
cuando me acaricia la mejilla, la nariz de un lado antes de repetir el proceso.

—No recuerdo...

—Las otras veces apenas me costó nada —interrumpe. —Y en realidad no te


despertaste. Simplemente volviste a acurrucarte conmigo y dejaste que te abra-
zara mientras te volvías a dormir. Como te he dicho, Quinn. Eres tan dulce cuando
duermes.

Me late el corazón y miro a cualquier parte menos a él. No me muevo, como


si eso fuera a incitarle a hacerme daño, pero no tengo ni idea de qué hacer, ni de
cómo conseguir que se vaya.

¿Ha estado aquí toda la noche?

Nunca volveré a dormir tranquila. 65


—¿Quién te hace tanto daño mientras duermes? —vuelve a preguntar Gabriel
con una voz que recuerda al tono que perfeccionan los terapeutas. —Háblame.

—¿Por qué? —Probablemente sea irrelevante, y sus cejas se alzan bajo la tenue
luz de la luna que se filtra por las finas y baratas cortinas de la ventana.

—Porque voy a ayudarte.

—No creo que puedas —replico, intentando sonar como si no quisiera su ayuda
ni creyera que vaya a serme útil. No creo que lo haga. Estoy segura de que no
puede ayudarme. No con esto.

—Antes era tan bueno ayudándote. —Cuando intento incorporarme, de repente


me pone su mano en mi garganta empujándome hacia atrás hasta que vuelvo a
apoyar la cabeza en la almohada. —No me obligues a seguir agarrándote —men-
ciona. —No quiero ser duro esta noche. Además, ¿qué tienes que perder?

Me vienen a la cabeza imágenes de los cadáveres en la cafetería, además de


otros cuerpos con rostros ensombrecidos que representan al resto de las per-
sonas que ha matado.

¿Cuántos habrán sido?


—He estado soñando con mis casas de acogida —admito vacilante, y su agarre
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se afloja en mi garganta. —No lo sé. Quizá sea este trabajo. Es lo que siempre he
querido hacer. Ayudar a niños en mi situación, o impedir que la gente haga... ya
sabes. —Lo único bueno es que no necesito explicarme. Ya ha oído todo esto de
mí y conoce mi pasado. —Pero ahora todas las noches sueño con la casa mala. Esa
donde estaban los otros niños.

Él también lo sabe. Lo sabe porque trabajó con mi asistente social y ella le


contó los detalles.

—¿Cómo son los sueños? —Es más fácil cuando no lo miro. Puedo fingir que
no es este Gabriel el que me está ayudando. Puedo, en cambio, fingir que es el Dr.
Brooks, el terapeuta que tanto había hecho por mí cuando era adolescente.

El único del que tenía un secreto y tabú enamoramiento. Estaba segura de que
nunca le gustaría. Era demasiado mayor para mí. Demasiado establecido y exitoso.

Demasiado bueno, había pensado mi yo más joven. 66


—Te lo diré si sueltas mi cuello —digo por fin, sintiendo que necesito algún
tipo de moneda de cambio. Mi corazón late con normalidad, como debe ser, y
tomo largas bocanadas de aire para intentar calmar el resto de mi cuerpo.

Aunque él es el demonio de mis sueños que nunca se ha ido de ellos por mucho
tiempo, la desafortunada verdad es que todo lo que le gusta recordarme es cierto.

Nunca me ha hecho daño.

Tengo un millón de razones para temerle, y una razón para no hacerlo que
nunca parece querer desaparecer. Gabriel Brooks nunca me ha hecho daño.

Sólo ha declarado que soy suya, ha matado a varias personas en mi nombre y


me ha seguido de ciudad en ciudad durante los últimos cinco años.

No es gran cosa ni nada.

—Quiero sentarme —pido, tras unos instantes de tenso silencio.

Duda, y no creo que me deje hacerlo. Le gusta su control, demasiado. El poder


que ejerce sobre mí.
Gabriel se echa hacia atrás con suavidad y alarga una mano para levantarme una
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vez que ha quitado por completo su peso de mis piernas. No la tomo, porque no soy
idiota. Me acomodo sola, con las rodillas pegadas al pecho y mirándolo con recelo.

—¿No duermes? —le pregunto. —Eres un puto vampiro, ¿verdad?

—Duermo —asegura, con un gesto de diversión en el rostro. —Pero soy noc-


támbulo por naturaleza. Y no me importa quedarme despierto por ti.

—No lo necesito.

—Háblame de tus sueños.

Mi mirada se desvía hacia la cama y desenredo mentalmente el pequeño hilo


que sobresale del borde de la sábana hasta que mi mano serpentea hasta él para
poder pasar la uña por el bulto de la tela.

67
Esto también me recuerda mucho a nuestras sesiones de terapia, aunque no
de la mejor manera. Siempre me presionaba para que le contara las cosas que me
hacían sentir incómoda, y yo siempre me resistía y me quejaba por ello.

Esta noche no ha sido diferente.

—Primero, soñaba con la noche en que intenté huir. —Siento que las palabras
se me escapan y alargo la mano para encender la lámpara junto a la mesita de
noche para verle mejor la cara.

Es un error, por supuesto. Porque eso sólo me recuerda lo mucho disfruto mi-
rarlo, y el hecho de que es muy agradable a la vista. Lo atribuyo a otro vestigio de
la Quinn adolescente que no conocía nada mejor, y lo hago a un lado.

—De ser atrapada, y cuando me rompí el brazo. Pero...

No me gusta admitir el resto; que Gabriel había aparecido en esos sueños de


vez en cuando. —Pero no me gusta ese sueño —comento en su lugar, mante-
niendo la voz fría y uniforme.

—¿Ocurre lo mismo que cuando eras pequeña? —Él también se lleva las rodi-
llas al pecho, como si estuviera reflejando mi pose. —Los sueños rara vez son
recuerdos perfectos. ¿Qué cosas cambian?

Tú.
Lamiéndome el labio inferior, intento aparentar que estoy recordando.
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—No lo sé —miento en su lugar, encogiéndome de hombros bajo el fino al-


godón de mi camiseta. —No las recuerdo muy bien. Últimamente, es otra noche.
Después, o quizá antes de esa. Es más general, y mi padre adoptivo de la casa
mala viene a buscarme. —Mi voz vacila mientras el miedo me recorre el pecho
sólo de mencionarlo.

Odio esa sensación de debilidad, de impotencia. Y odio recordar todas las cosas
que han pasado, cuando...

—¿Y qué es lo que no me estás contando?

Siempre había sido tan bueno en eso que no debería sorprenderme que nada
haya cambiado. Pongo los ojos en blanco, deseando distraerlo de lo que no quiero
decir. —Para ser alguien que no está en mis sueños, te gusta pensar que eres hábil

68
descubriendo lo que hay en ellos —digo fríamente, con un tono quebradizo. —No
hay nada más...

—Voy a contarte un secreto, Quinn. —Gabriel se mueve hasta sentarse a mi


lado y toma mi mano despacio. —¿Ves esto? —Su apretón es ligero, aunque su
piel está tan caliente sobre la mía que tardo un momento en darme cuenta de lo
que quiere decir.

Parpadeo hacia su mano, luego hacia la mía, pero no veo nada excepto mis
dedos. —¿Mi... mano? —dudo, preguntándome si la habrá perdido.

Gabriel suspira y desliza su mano hacia abajo hasta que puede sostener mi
pulgar entre los dos. La piel alrededor de la uña sangra.

El solo hecho de verla parece desencadenar el dolor, y pequeñas punzadas


agudas asaltan mis sentidos, haciéndome flexionar el dígito ofensivo.

—¿Está bien? —pregunto, sin entender muy bien a dónde quiere llegar.

—Lo haces cuando estás enfadado. Cuando mientes, normalmente. Cada vez
que intentas mentir, te arrancas la piel de las uñas. No has cambiado mucho en
cinco años, y todavía puedo leerte como un libro. —Me suelta la mano con una
sonrisa, pero no se separa de mí.
En cambio, antes de que pueda moverme, está sobre mí otra vez. Me presiona
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contra la cama y me hundo hasta apoyar la cabeza en la almohada, con sus dedos
alrededor de mi garganta otra vez.

—Te pedí que no... —empiezo, pero me corta con una mueca.

—Perdiste tus privilegios cuando mentiste hasta que tuve que llamarte la aten-
ción. Quédate, Quinn. —Esta vez no se sienta encima de mí para sujetarme, pero
no estoy segura de poder zafarme de su agarre, aunque lo intentara.

Aun así, lo detengo agarrándole el antebrazo y, bajo mi mano, noto la flexión


de sus músculos mientras me sujeta. Intento zafarme de él, pero, tal y como es-
peraba, no hay forma de quitármelo de encima.

El corazón se me acelera, la bilis se me sube a la garganta, pero él no hace nada


salvo mirarme.

—Cuéntame el resto —ordena Gabriel con un suave ronroneo que no se parece


en nada a su voz de terapeuta. —Y te dejaré sentarte.
69
—Sueño contigo —jadeo, cuando sus dedos me aprietan las vías respiratorias.
Pero no se detienen. Su rostro permanece impasible, lleno de interés casual, y
su pulgar se desliza para presionar justo debajo de mi mandíbula hasta que el
mundo da vueltas y estoy intentando quitármelo de encima en serio.

Debería haber huido en cuanto me soltó.

—¡No estoy mintiendo! Eres tú, siempre eres tú. Pero no, así no. —Su agarre se
afloja ligeramente y el mundo deja de girar. —Siempre apareces antes... de la parte
mala. Antes de que me haga daño. Apareces y lo matas, entonces soy mayor y ya no
soy una niña... —Se mueve, acercando el otro brazo a mi cara, y yo me estremezco.

—Shhh —murmura Gabriel, arrastrando sus nudillos por mi mejilla. —No te


alejes de mí. No te he dañado. —El malestar en mi cuello me hace pensar lo con-
trario, y la forma en que mi mundo sigue girando.

Pero tiene razón.

No me duele. El corazón me late con fuerza y siento mariposas en el estómago,


pero esta vez no es de dolor ni de miedo, aunque me gustaría que así fuera.
Instintivamente aprieto los muslos, con los ojos muy abiertos fijos en los suyos,
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y veo el momento en que su atención se desvía hacia abajo, su contacto con mi


cara se detiene al darse cuenta de lo que estoy haciendo.

—No —regaño, antes de que pueda hablar. —Sé lo que piensas...

—Tú no sabes lo que pienso —asegura Gabriel, con una rápida sonrisa en los
labios. —Pero tengo una idea bastante aproximada de lo que pasa por tu mente
ahora mismo. No es extraño que te guste, ¿sabes?

—No me ha gustado —prometo mientras aparta la mano de mi cara. Ahora está


tan cerca que puedo oler su colonia, penetrante como la escarcha en mi nariz. —
No me gusta nada de esto, ni tú, ni...

—Así que sueñas que mato a tu padre adoptivo en la casa mala. —Se mueve
hasta inclinarse sobre mí y se me corta la respiración cuando coloca una mano en

70
mi bajo vientre. —¿Cómo lo hago?

—Lo apuñalas —respondo, incapaz de dejar de repetir el sueño una y otra vez
en mi cabeza.

—¿Y qué sientes cuando me ves hacerlo? ¿Quieres ayudarme? ¿Preferirías ser
tú quien lo matara, en vez de yo?

Abro la boca para responder y hago una pausa. Porque no lo sé. Nunca lo he
pensado, me doy cuenta. Nunca me he parado a analizar cómo que siento cuando
Gabriel mata al hombre que me hizo daño durante casi dos años de mi vida.

Pero ahora que pienso en ello, no puedo parar. Me estremezco cuando su mano
se desliza hacia arriba, por debajo de mi camisa, pero ni siquiera eso es suficiente
para alejar mis pensamientos de mis sueños por completo.

—No lo sé —digo finalmente. —Pero sé que cuando lo haces, todo parece tan real.
Es como si saliera de una especie de trance y ya no tuviera que seguir el recuerdo...

Lo detengo agarrando su muñeca y entrecierro los ojos.

—No —expreso con firmeza, y él se limita a mirarme, con la mano inmóvil.

—Tienes miedo de que te guste —acusa Gabriel, pero no tengo nada que
responderle.
Al fin y al cabo, ambos sabemos que es verdad.
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En lugar de eso, lucho por incorporarme de nuevo, y me sorprendo cuando me


deja. Suelto un suspiro y me pongo en pie, con las manos temblorosas y el pulgar
palpitante, ahora que he notado en la herida.

—Déjame en paz —gruño, señalando hacia la puerta. —Y lárgate de mi casa.


Búscate tu propia jodida casa.

—Ya tengo una —asegura Gabriel, pasándose los dedos por el cabello despei-
nado. —Es mucho más bonita que la tuya y tiene mejores camas. Ven algún día.
No me importa enseñártela.

En lugar de contestar, lo ignoro. Me mira, resopla y sacude rápidamente la


cabeza.

—Te lo estás buscando —advierte de camino a la salida. Pero no es hasta que


llega y la puerta está entreabierta cuando se detiene y se vuelve para observarme,
con una mirada que se suaviza ligeramente.
71
—No olvides lo que te dije —remarca, y yo pongo los ojos en blanco, temerosa
y exasperada a la vez.

—¿Qué nunca me harías daño? Lo entiendo...

—No, Quinn. —Espera pacientemente hasta que hago contacto visual. —Esa
parte no. La parte de que me perteneces. Quizá si lo entiendes, uno de estos días
no te sorprendas cuando al despertar me encuentres en tu cama. O mejor, tal vez
te despiertes en la mía.

Aprovecha el momento en que mi mente intenta asimilarlo para sonreír y mar-


charse, cerrando la puerta con fuerza tras de sí. Incluso desde dentro lo oigo
silbar mientras baja por el camino de entrada, y no es hasta que se ha ido cuando
con un suspiro me desplomo en el suelo, enterrando la cara entre las manos y
preguntándome si esta es otra pesadilla de la que despertaré pronto.
10
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H ay algo increíblemente catártico en el desmayo de Carla, la preocupación


de Melinda, y el hombre delante de mí que me está gritando como si estuviera a
doce metros de distancia, en lugar de diez centímetros.

Respiro y miro a mi alrededor para ver la cara desencajada de Carla y la au-


sencia de cualquier otra persona en el despacho. Si Melinda está aquí, entonces 72
está haciendo un buen trabajo para no mostrar su cara.

El problema, para el hombre calvo de dos metros y medio con músculos que
probablemente no han salido del gimnasio, es que no le tengo miedo.

En absoluto.

Mis dedos tamborilean sobre mi taza de café mientras él grita, y la aparto para
evitar que algo de su saliva caiga en mi taza ya tibia. Continúa, presumiendo de
más capacidad pulmonar de la que esperaba, hasta que finalmente aparto la mi-
rada, aburrida del espectáculo.

—No era mi decisión, Sr. Durham —remarco, cuando inevitablemente deja de


aspirar oxígeno. —Sólo he sido su asistente social durante ¿cuánto? ¿Tres días?
—Levanto las cejas y busco un insulto silencioso que encaje con lo que siento por
el hecho de que Melinda me haya echado encima otro caso.

Es el tercero en el tiempo que llevo aquí, y empiezo a preguntarme si se está


convirtiendo en una tendencia permanente. —La decisión de quitarle lo que que-
daba de su custodia no tuvo nada que ver conmigo. Y si quería algún tipo de
ayuda de mí, no deberías estar aquí gritando. Me hace aún menos propensa a
dársela; si somos sinceros el uno con el otro.
Me reclino en la silla, esperando su siguiente perorata. Es más breve de lo que
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esperaba y le doy un sorbo a mi café mientras se calma.

—Sí, ahora realmente no quiero que su caso sea una prioridad. No me gustan
mucho los insultos, Sr. Durham.

Antes de que pueda empezar de nuevo, añado—: Por favor, váyase antes de que
tenga que llamar a la policía. Creo que ambos tenemos mejores cosas que hacer
hoy, ¿no le parece? —Aunque no me asusta, su imprevisibilidad y la forma en que
se mueve de un lado a otro delante de mi mesa me ponen nerviosa.

Si le quito todas sus opciones, ¿intentará hacerme daño? Si soy yo quien acaba
con sus esperanzas de recuperar a su hijo, aunque sea un fin de semana sí y otro
no, ¿volcará la mesa e intentará estrangularme?

Es posible, aunque eso no me hace temerle.

—Te vas a arrepentir de haberme hecho esto —amenaza, con su cuerpo tem-
blando como una hoja al viento. No es miedo ni preocupación.
73
Me odia. Me culpa, aunque ya hemos hablado de que no era mi responsabilidad
y, francamente, la culpa es suya. Después de todo, no soy quien se emborrachó
y golpeó a su mujer varias veces antes de dedicarse a vender drogas para conse-
guir dinero extra. —No te he hecho nada —repaso, echando la cabeza hacia atrás
y cerrando los ojos para ocultar la mirada en blanco que quiero darle. —Pero me
ocuparé de su caso, si se retira. No puedo hacer mi trabajo con usted en esas con-
diciones, después de todo.

Me sostiene la mirada y me niego a apartar la vista, aunque la respiración agi-


tada y nerviosa de Clara a mis espaldas me hace inquietarme un poco. Finalmente
se aparta del escritorio, sin decir nada, mientras sale del despacho y desaparece
por la ventana.

Clara suelta un largo y nervioso quejido y se echa hacia atrás en la silla, justo
cuando Melinda aparece de la sala de personal como si realmente hubiera estado
allí todo el tiempo, organizando o haciendo otra cosa que no fuera esconderse.

—Eras tan buena actuando como si no tuvieras miedo —comenta Clara cuando
Melinda se acerca. Mi jefa frunce el ceño hacia la puerta y luego hacia mí.
—¿Todo bien, Quinn? —pregunta con el rostro arrugado. —He oído el alboroto
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en la sala de personal. Me preguntaba si debía llamar a la policía .

Me encojo de hombros, sin decirle que, sinceramente, llamar a la policía no


habría perjudicado la situación. De hecho, habría estado bien tener una salida
automática. Mis dedos vuelven a tamborilear sobre la taza de café y me encojo de
hombros como si estuviera ignorando la experiencia. Y puede que lo esté haciendo.

—Era el Sr. Durham. Está... disgustado —le explico a mi jefa, preguntándome


qué parte de la conversación habrá oído. La mayor parte, supongo. Estoy segura
de que la gente de la calle también la oyó, teniendo en cuenta el volumen de los
gritos del hombre.

—Está todo bien. Yo me encargo. —Aunque no añado, ojalá no me hubieras


puesto en su caso, y sigo mirándola fijamente. Desearía que me dejaras hacer algo
que no sea tan arriesgado.

—Bueno, estoy segura de que te encargarás de ello. —Que nos eche encima los 74
casos que no le gustan no me entusiasma, pero al menos está dispuesta a respon-
sabilizarse de nosotros. Las palabras de Melinda van acompañadas de una sonrisa
forzada y se vuelve hacia mí con una suavidad en los ojos que no me espero.

—¿Por qué no te vas más temprano hoy, Quinn? El día está lento, y parece
que ya casi has terminado. —Inspecciona mi mesa mientras dejo la taza de café,
sorprendida.

—Ah... ¿sí? —pregunto, más que sorprendida. —¿Si no me necesitas?

—Te mereces una noche libre. Quizá haya alguien en la ciudad que te interese.
—Me recuerda a la tía sureña de alguna película antigua cuando lo dice con una
mirada significativa, y lucho por no poner los ojos en blanco. En lugar de eso, una
sonrisa se dibuja en mis labios y niego con la cabeza.

—En realidad no estoy buscando nada —admito, poniéndome en pie con una
pila de trabajo. —Ahora mismo, no.

—¿Ni siquiera con nuestro encantador nuevo terapeuta? El Dr. Brooks está tra-
bajando con nosotros ahora, ya sabes. No estaría de más conocerlo un poco mejor.

Melinda me lanza una mirada cómplice, con los labios fruncidos.


Detrás de mí, siento que Clara irradia desaprobación. Si alguna de nosotras se
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muere por conocer mejor al doctor, esa no soy yo.

—Oh, Melinda. —Se ríe mi compañera. —Creo que el Dr. Brooks es un poco
mayor para Quinn, ¿no crees?

—La verdad es que no. — Melinda se encoge de hombros. —Sé que cuando era
joven siempre me interesaban los hombres mayores elegantes. ¿Qué te parece? —
Me mira y, con una sacudida, me doy cuenta de que no es una pregunta retórica.

—Eh... —Parpadeo, tratando de encontrar otro sitio donde estar mientras se me


hace un nudo en el estómago. —No, yo... no sé cuál es mi tipo. —Es una respuesta
tonta. Es estúpida, y hago una leve mueca de dolor. —Quiero decir, no creo que sea
Gabri... El Dr. Brooks. —Maldición. Llamarlo por su nombre de pila no va a conven-
cerlas y, efectivamente, Melinda levanta la vista con un brillo triunfal en los ojos.

75
Si no tengo cuidado, su confianza va a hacer que Clara me dispare.

—De todos modos, agradezco mucho la noche libre —digo apresuradamente,


dejando caer mis archivos terminados en una cesta de alambre. —Gracias, Me-
linda. ¿Nos vemos mañana?

Melinda me despide con mucha más buena voluntad que Clara, quién está no-
toriamente irritada. Bueno, no es culpa mía que tenga mal gusto para los hombres,
ni que piense que quiero algo con Gabriel. Eso es lo que me digo a mí misma, mien-
tras intento no pensar en sus manos sobre mis muslos, o en su voz susurrando en
mi oído después de que me despertara de mis pesadillas hace unos días.

Había sido más útil de lo que jamás admitiré. Especialmente desde que mis
pesadillas fueron ahuyentadas por su tacto y su olor.

Pero esta vez me niego a que sea mi salvador.

Estoy tan absorta en mis pensamientos mientras camino hacia el estaciona-


miento que no me fijo en el hombre que está entre los setos hasta que el Sr.
Durham se adelanta y me agarra los brazos con fuerza.

—¿Qué...? —Me interrumpo con una brusca inspiración, con los ojos desorbi-
tados y los dedos enroscados en las palmas de las manos. —Tiene que estar de
broma. ¿Qué está haciendo?
—No hemos terminado —sisea, tan cerca de mi cara que puedo sentir su cálido
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aliento en mi piel. Me da la vuelta arrastrándome detrás del edificio para que las
dos mujeres que están dentro no puedan vernos a través de la ventana. —Te pa-
reció muy lindo, ¿verdad? Sentarte ahí y burlarte jodidamente de mí.

Su voz se eleva mientras habla, las manos en mis mangas tiemblan. Lo asimilo
todo con calma, aunque una parte de mí se agita con el temor de que vaya a ha-
cerme daño. Puede que no le tenga miedo, pero parece que él no lo sabe.

Mi cuerpo tampoco está tan seguro, aunque me niego a dejarme caer en un


pozo de turbación.

Después de todo, él no es nada comparado con Gabriel. No es nada parecido al


hombre que camina en mis sueños y pesadillas por igual. Nada comparado con el
hombre que me había seguido desde Springwood.

76
Comparado con él, esto es sólo una desafortunada interrupción en mi día.

—Como le he dicho antes, Sr. Durham —explico, acercándome más mientras


intento ignorar el dolor de su apretado agarre. —No puedo hacer mi jodido
trabajo si me grita. Y si me agrede, tendré que denunciarlo a la policía. ¿Cree que
sus posibilidades de custodia son malas ahora? Agreda a su jodida trabajadora
social. A ver hasta dónde puede tirarse por el desagüe.

Hasta que no aspiro y huelo el alcohol que se filtra por sus poros, no me doy
cuenta de que la razón se le ha ido por la ventana. Sus ojos revolotean alrededor
de mi cara, y se me ocurre que puede que no sepa lo que estoy diciendo, o que no
vea la lógica detrás de ello. Pero, por desgracia, no se me dan bien los borrachos.
Nunca he podido lidiar con ellos, y no creo que vaya a empezar a hacerlo ahora.

—Necesitas que escuchar —gruñe por tercera vez desde que entró en mi des-
pacho. —Sólo, sólo escucha, y...

Tarde me doy cuenta de la expresión de su cara y de cómo se transforma en


algo parecido al terror. Apenas noto la sombra que cae sobre mí, justo cuando un
cuerpo se interpone entre el Sr. Durham y yo.

Me empuja hacia atrás y, por un momento, veo su expresión cuando lo em-


pujan con fuerza contra la pared a la que intentaba arrastrarme.
—Tal y como yo lo veo, has cometido un error. —La voz de Gabriel es suave,
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peligrosa, y me produce escalofríos. —Comete otro y te arrepentirás antes de que


se ponga el sol.

Joder. Mi cuerpo parece encenderse, las terminaciones nerviosas arden en mi


cuerpo de repente. —Estoy bien —digo, con voz suave. —No necesitaba tu ayuda.

Me ignora, aunque no me escandalizo. Gabriel se inclina cerca del hombre, su-


surrando una amenaza que estoy segura de adivinar pero que no puedo oír. Una
parte de mí desearía poder hacerlo, y siento como si vibrara en el sitio; me hundo
los dientes en el labio inferior para estabilizarme.

Hay un momento de tensión en el que el Sr. Durham mira a Gabriel con los ojos
muy abiertos... Pero no dura. No puede durar cuando Gabriel es una tormenta
imparable y Durham no es más que una aterrorizada señal de pare a punto de ser
arrancada del suelo.

Sale corriendo, sin mirar atrás, hasta que se pierde de vista alrededor de los 77
autos. Lo observo, intentando ver en qué dirección va, pero es imposible verlo una
vez que ha desaparecido calle abajo más allá del estacionamiento.

Una vez que estamos solos, mis manos se flexionan, siento la piel húmeda
mientras intento averiguar qué decirle al hombre que sigue aquí, que me mira
como si quisiera que hablara. —¿Por qué has hecho eso? —cuestiono finalmente,
con voz tranquila. —¿Porque crees que no puedo cuidar de mí misma?

Gabriel se ríe entre dientes y se gira para mirarme con las manos metidas en
los bolsillos. —En absoluto, dulce niña —dice, dando un paso más hacia mí para
invadir mi espacio personal. —Podrías haberlo matado, ¿verdad? Apuesto que po-
drías haber hecho que se arrepintiera. Pero por esta vez, no pude evitarlo, Quinn.
Necesitaba recordármelo, ¿sabes?

Se me hiela la sangre y me froto las manos en los jeans para secármelas.

—¿Qué cosa? —aclaro, con voz suave y reticente.

—El hecho de que eres mía, obviamente.


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E ste es el momento en el que corro.

Ambos lo sabemos, y el miedo que se agudiza en mi cuerpo es una prueba de lo


mucho que lo sepamos. Este es el momento en el que huyo hacia mi auto, o vuelvo
dentro del edificio si me da demasiado miedo de quedarme a solas con él un se-
gundo más. Ha dicho esas palabras mágicas que me ponen en estado de lucha o 78
huida. No me está acorralando, pero podría hacerlo.

Este es definitivamente el momento en que huyo... pero hoy, algo cambia. El


puntero coge la otra caja en su lugar, y antes de que sepa lo que estoy haciendo,
doy una zancada hacia delante con un gruñido y empujo a Gabriel Brooks con
fuerza en el pecho, como si fuera a ir a alguna parte.

Milagrosamente, da un paso atrás. La confusión en su rostro es la misma que


siento yo, y mi respiración se hace entrecortada mientras lo acorralo en el estacio-
namiento, más lejos del edificio.

—¿Cómo te atreves? —siseo, esperando sonar amenazadora. No hay ni una


pizca de miedo en su cara, y la mezcla de intriga y diversión casi me hace dudar.

Pero no del todo.

—Nunca te he pedido ayuda y no soy tuya. —Vuelvo a empujarlo y él retrocede


una vez más hasta que nos encontramos entre dos todoterrenos en el estacio-
nados, completamente a salvo de miradas curiosas.
Eso debería hacerme reflexionar, pero tampoco lo hace. No hace más que pasar
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por encima de mis pensamientos, y ni siquiera es un factor que influya en mi


toma de decisiones. —Eras mi terapeuta, no lo que sea que creas que fuiste.

Esta vez, cuando alzo la mano para empujarlo nuevamente, me sujeta de los
brazos haciéndome chocar con fuerza contra el todoterreno negro que tengo a
mi espalda. Es un milagro que no salte la alarma, aunque el modelo parece lo bas-
tante viejo como para que quizá no tenga un sistema de seguridad que funcione.

—Me preguntaba cuándo saldría a jugar esta faceta tuya. Parece que pudieras
apuñalarme, Quinn. Con toda esa ira y justa indignación. Dime, ¿te duele?

—¿Dolerme qué? —protesto, intentando apartarlo. Pero esta vez no se mueve.

—Sentarte en ese jodido caballo alto todo el tiempo. Déjame arrastrarte y darte
un pequeño respiro de creer que eres mejor que yo. ¿Qué te parece eso? —Cuando

79
vuelvo a moverme, su mano sale disparada para presionarme la garganta, los
dedos rodean mi cuello mientras su cuerpo se aprieta contra el mío.

—Yo no... —empiezo, pero me corta el aire y no puedo evitar ahogarme.

—¿Mejor que yo? Puede que lo seas, solo un poco. Pero no por tu personalidad.
Fue simplemente una oportunidad. Quizá debería haberlo dejado pasar. Debería
haber dejado que te arrastrara a los arbustos. —Se me revuelve el estómago y,
cuando aspiro, una fría sensación de miedo me recorre la espalda.

—Eso es jodido —susurro, y es como si Gabriel absorbiera mi llama. Me aprieta,


su altura y su musculatura son más imponentes de lo que jamás podría ser, y
cuando desliza su rodilla entre mis muslos, irradia calor contra mi cuerpo.

—¿Por qué? ¿Por qué, Quinn? ¿Está jodido porque en tu mente te estás con-
venciendo de que quiero que te pase algo malo? —Se lanza hacia delante, con los
dientes juntándose a centímetros de mis labios para poder sonreírme amplia-
mente. —¿O es jodido dejarte hacer todas las cositas desagradables que sé que
estabas pensando?

Se me cae el estómago hasta el fondo y siento como si el suelo se abriera bajo


mis pies. Los destellos de la cena, del pasado, intentan abrumar mi cerebro, pero
sacudo la cabeza para ahuyentarlos a ellos y a su voz.
—No sabes de lo que estás hablando. No soy lo que piensas —rechazo. —No
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soy como tú.

—Quieres serlo —acusa. —¿No es eso lo que tanto temes? —Su boca sigue
demasiado cerca, muy demasiado cerca, y cuando separo los labios para poder
contradecirlo, hace su movimiento.

Los labios de Gabriel encuentran los míos en un beso contundente y, como si qui-
siera devolvérmelo por lo de hace unas noches, no pierde el tiempo y muerde duro.

Grito de dolor, y el agudo ardor me recorre el cuerpo mientras separo más la


boca. Bebe el sonido mientras lame la sangre de mi labio inferior, y tardo unos
segundos en darme cuenta de que su rodilla contra mi cuerpo está rozando el
vértice de mis piernas, enviando una fricción innegable a través de mi núcleo.

—Para —digo, con el corazón latiéndome con fuerza mientras alargo la mano

80
para intentar rasguñarlo. Mis dedos no son lo bastante largos para enroscarse
en su garganta como él lo hace en la mía, pero copio sus movimientos de todos
modos y deslizo el pulgar justo bajo la barba incipiente de su mandíbula.

—¿Quieres jugar así? ¿Quieres ver quién aguanta más, Quinn? —Hay algo en
sus ojos que hace que mi pulso se dispare, y me pregunto si él puede sentirlo
bajo las yemas de sus dedos. —Deja que te ayude. —Levanta la mano que tiene
libre para ajustármela, poniéndola en una mejor posición para que mi pulgar
y mi índice puedan hundirse en su piel más cómodamente. —Ahora presiona.
Sólo presiona, Quinn. —Sus palabras son una orden, y mi vacilación desaparece
cuando las cumplo. Presiono con fuerza y él hace lo mismo.

De hecho, refleja cada movimiento que hago. Cuando mi agarre se aligera, el


suyo también, así que cuando aprieto aún más contra su pulso, él también lo hace,
y veo estrellas.

—Justo ahí, nena —gruñe, inclinándose de nuevo hacia delante y forzando mis
caderas contra su rodilla. —Tendrás que hacerlo mejor si quieres hacerme daño.
Vamos, aprieta más fuerte.

Lo hago. No me esperaba la oleada de calor que me recorre cuando imita la


presión, y me ahogo mientras mi visión se nubla y se duplica.
—No te rindas ahora —reclama, sin dejar de refregarse contra mí. —Sé, que
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tienes más fuerza que esto.

—Para —jadeo, y mi mano se desliza desde su garganta para agarrar el cuello


de su camisa. —Para, n-no puedo...

—Suéltame y deja de luchar contra mí —exige, apretándome ahora que no tengo


el brazo en su garganta. —Te tengo. Te tengo, Quinn. Como siempre lo he hecho.

—Por favor. Estás... estás haciéndome daño...

—Estás disfrutando cada segundo, mi cosita preciosa —ronronea en mi oído.


—Y estás tan desesperada por mí. Déjate llevar, Quinn. Disfrútalo.

—Tú...

—Sé cómo cuidarte. —Las palabras resuenan en mis oídos justo cuando mis

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dedos sueltan su camisa. No puedo evitar caer de espaldas contra el auto, y apenas
siento sus dientes contra la base de mi garganta mientras la cabeza me da vueltas,
la mente se me nubla hasta...

En el momento en que me suelta, tomo aire y abro los ojos. Separo los la-
bios para que vuelva a besarme y me sujeta las caderas con tanta fuerza que me
preocupa que me deje moretones.

—Gabriel —sollozo, un sonido demasiado parecido a un gemido para sentirme


bien. —Por favor, por favor...

—Lo sé, preciosa, lo sé. Pero aquí no. ¿Y si alguien nos viera? ¿Y si alguien te
viera cabalgando así sobre mi muslo, o la forma en que me suplicas que te toque?

La humillación me escuece mientras me estimula, aunque no me ayuda a recu-


perar la cordura. En todo caso, hace exactamente lo contrario.

Cuando vuelve a besarme y se ocupa de morderme el labio inferior, gimo de


verdad. Me empuja con los brazos hacia arriba, por encima de sus hombros, y me
levanta con fuerza contra el vehículo para que mi peso descanse sobre su pierna.

—Una más —ronronea, y no sé si se lo está prometiendo a sí mismo o a mí. —


Una más y me voy. No me gusta que otras personas te vean así. Esto es sólo para
mí, no para ellos.
Su mano se acerca para apartarme el cabello de la cara y siento el temblor que
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recorre mi cuerpo cuando su pulgar presiona mi labio inferior.

—Abre la boca —ordena Gabriel en un gruñido bajo, con los ojos brillantes. —
Abre la jodida boca, Quinn.

—Te morderé —prometo, encontrando su mirada con la mía. —Voy a morderte,


Gabriel. —No me escucha, si es que acaso oye mis palabras entrecortadas. Su
pulgar se desliza en mi boca, presionando contra mi lengua, y hago justo lo que
le había dicho que haría.

Lo muerdo.

Mis dientes se hunden en su piel mientras susurra una maldición contra mi


pelo, y su otra mano aprieta mi camisa como advertencia mientras suelta un
suave joder lo bastante alto como para que yo lo oiga.

—Suéltame —ordena Gabriel, con los dedos retorciéndome la camisa con más
fuerza. —Suéltame, Quinn. Este no es el lugar para jugar como tú quieres.
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¿Cómo yo quiero?

Lo suelto, sólo para darle un leve pellizco a su pulgar cuando sale de mi boca,
sólo para demostrarle que no soy suya para que me dé órdenes.

Sonríe, con los ojos brillantes, y me vuelve a pegar al todoterreno, su boca en-
cuentra la mía para besarme como si fuera la última oportunidad que tiene.

Gimo contra él y, cuando se separa dejándome caer al suelo, es mi turno de


soltar una suave sarta de palabrotas.

Gabriel se ríe y se aparta el pelo de la cara.

—Eres un monstruito cuando quieres. —No sé si es un cumplido, así que no


respondo. En realidad, no sé cómo hacerlo, así que lo fulmino con la mirada. —
Hasta luego, Quinn. Y espero que estés deseando ver todo lo que voy a hacerle a
cada centímetro de tu cuerpo en cuanto tenga ocasión.

—¿Como si yo quisiera que lo hicieras? —Es un argumento débil, y se limita a


mirarme como si fuera idiota. Hay incredulidad en su cara, y me incita a poner los
ojos en blanco y mirar hacia otro lado.
—Vete. A menos que quieras que grite lo poco que quiero tu ayuda. Otra vez.
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—¿Para qué nos vea tu jefa? —se burla, con las manos en los bolsillos. —Tal
vez no sea una buena idea, ya que tendrás que explicar por qué estábamos casi
follando contra su auto.

Doy un salto hacia delante, alejándome del vehículo, negando con la cabeza.
—No estábamos…

—Que tengas un buen día, Quinn —interrumpe, riendo entre dientes. —Sueña
conmigo, ¿quieres? —No responde a mi grosero gesto y, segundos después, su
auto sale a toda velocidad del estacionamiento.

Dejándome hecha un lío, confusa y ansiosa, mientras intento recomponerme y


averiguar qué voy a hacer conmigo misma.

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A penas un día después, de vuelta en mi cubículo y deseando convertirme


en algo con más chispa, como un payaso de circo, no puedo quitarme a Gabriel
de la cabeza.

Mi cuello duele cuando me giro lo justo, y había acertado al decir que sus dedos
dejarían moretones en mis caderas. 84
Los tenía, y parecen como si hubiera sido reclamada por un hombre que aca-
bara de follarme, aunque Gabriel definitivamente no es ese hombre.

Ni lo será nunca, si consigo que ciertas partes de mí se pongan de acuerdo.

Cierro los ojos y me los froto con las palmas de las manos, suspirando por la
nariz y deseando que se acabe de una vez la semana. Es viernes, me recuerdo.
Es viernes y estarás bien.

Superar el día de hoy significa un fin de semana para dormir, comer galletas y
no asistir a la fiesta de piscina en casa de Melinda.

Sin embargo, las ráfagas de colores que tengo detrás de los ojos al cerrarlos no
ayudan, cuando cada una de ellas es del color del pelo de Gabriel o del marrón
chispeante de sus ojos. Maldita sea. Controlarme es el primer, segundo y tercer
paso para conseguir alejarlo de mí.

El cuarto paso es sacar el maldito rastreador de mi auto, si es que realmente


existe. Había dedicado unas horas a buscar, no encontré nada, luego pasé el resto
del día tratando de averiguar cómo son, sólo para descubrir que hay unos mil
tipos diferentes.
El día había sido un fracaso, todo sea dicho. Y todavía no estaba cerca de ave-
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riguar si realmente hay uno escondida en algún lugar de mi auto.

Tiene que haberlo, reflexiono, con el ceño fruncido arrastrando la boca hacia
abajo. No hay otra forma de que pueda seguir encontrándome, a menos psíquico
en secreto. Es probable, supongo, ya que de algún modo parece saber todo lo que
voy a disfrutar, incluso cuando la idea me hace retorcerme.

Como cuando me ahorcó a unos minutos de la inconciencia.

Siento un cosquilleo en el cuerpo mientras intento alejar el recuerdo. Ahora no


es el momento de pensar en ello. Pero tampoco lo era anoche, en la cama, con los
dedos enterrados entre los muslos y los dedos alrededor de mi propia garganta.

Había sido jodido en todos los sentidos, pero nunca me había excitado tanto
en mi vida.

Cuando una carpeta cae de golpe delante de mí, doy un respingo y alzo la vista,
parpadeando con fuerza, para ver a Clara mirándome con expresión turbia. Sigue
85
con la mano sobre el expediente y no dice nada durante unos instantes.

Se limita a mirarme.

Lo ha visto, creo, y ya estoy pensando qué decirle. ¿Cómo le explico lo que pasó
ayer cuando yo mismo apenas puedo entenderlo?

—Clara... —empiezo, pero ella me interrumpe con lo que espero que sean celos
irritados, o incluso hostilidad. Después de todo, toda la oficina sabe que Clara
está enamorada de Gabriel. Es decir, Melinda, Clara, yo y el conserje lo sabemos.

—Odio hacerte esto —dice levantando la mano de la carpeta. —Melinda no está


aquí, pero acaba de llamar. ¿Puedes hacer algo por nosotros? Este es uno de sus
casos, pero está pensando que quizá podrías encargarte del trabajo de hoy.

Parpadeo ante la carpeta, sin reconocer el nombre.

—¿Qué necesitas? —pregunto despacio, temiendo a medias que sea un truco y


se esté preparando para exiliarme de la isla o tirarme del tejado.
—La familia Weathers necesita que vayas a recoger a uno de sus hijos. No
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puede quedarse allí, pero tenemos otra casa preparada para ella y todo. Sólo
tienes que recogerla y llevarla a encontrarse con Melinda. Estará lista cuando lle-
gues. Y Melinda te estará esperando en el McDonalds cerca de la intersección. —
Como no hay muchos McDonalds ni muchas intersecciones en la ciudad, sé a cuál
se refiere. —Me gustaría ir, pero tengo una reunión. ¿Puedes recoger a la niña?

—Sí, está bien. —Me levanto y recojo la carpeta, hojeándola, hasta que en-
cuentro el nombre y la dirección actual de la chica.

Lily Jenkins.

El corazón me da un vuelco inesperado y frunzo el ceño. Llevo toda la vida


queriendo hacer esto, y es un mal momento para acobardarse.

—Por cierto, la familia Blaiken. ¿Te has enterado de lo que ha pasado? ¿Quién

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lo hizo, o...? —Clara sacude la cabeza. —Lo último que supe de Ed es que sospe-
chan que se lo hicieron entre ellos. Pero no hay nada oficial, todavía —explica,
nombrando a su amigo policía con el que estoy bastante segura de que se acuesta.
—Que tengas un buen viaje, ¿de acuerdo? Odio hacerte esto —admite levantando
la mano de la carpeta.

—Ah, sí. —Señalo la carpeta con la cabeza. —Sí, no hay problema. —Mis pasos
me llevan fuera del despacho y, por suerte, no hago ninguna otra pregunta es-
túpida que pueda poner en duda su fe en mi capacidad para hacer esta tarea,
aunque yo misma me la esté cuestionando.

—Este es tu trabajo —me digo. —Un trabajo por el que te pagan. Vas a ayudar,
así que todo irá bien. No pienses demasiado en ello, Quinn. —Una vez en el auto,
me recojo el pelo en una coleta y me siento con los ojos cerrados.

De todos los días para hacer esto, nunca hubiera preferido que fuera hoy.

El sudor me resbala por la cara mientras estoy de pie en la acera y miro fija-
mente las bolsas de basura negras a mis pies. No parece que estén hace mucho
tiempo, pero ¿qué se supone que debo hacer si la niña ha salido con sus pertenen-
cias en ellas y las ha tirado delante de mí?
Desapareció de nuevo en el interior, abatida y con los ojos hundidos, y aún no
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sé cómo enfrentarme a la mujer que está de pie en el porche fumando un ciga-


rrillo lo bastante corto como para chamuscarle los dedos si los mueve mal.

Dios, ojalá hiciera un mal movimiento.

La niña, Lily, vuelve a salir con otra bolsa y la deja caer, con la cabeza gacha,
antes de soltar un largo suspiro. No entiendo por qué su madre adoptiva no pudo
ayudarla, pero ese no es mi único problema ahora.

Mi mayor problema es el hecho de que esto me trae recuerdos que quisiera


evitar. Cierro los ojos con fuerza y alejo los recuerdos de mis propias pertenen-
cias en bolsas de basura y de mis hermanos de acogida mirando por la ventana
mientras me metían en el auto de otra trabajadora social.

Fue un asco.

Me arrodillo delante de Lily y espero a que me mire para sonreírle. 87


—¿Esto es todo? ¿No te habrás dejado nada por accidente?

La niña vacila y mira a su madre adoptiva, que esboza una sonrisa amarga y
saluda con la mano.

—No me deja llevarme mi conejo de peluche —confiesa la niña.

—¿Por qué no?

—Dice que no he sido lo bastante buena para llevármelo.

La rabia me revuelve el estómago mientras me levanto y abro el maletero del


auto. Las bolsas son lo bastante ligeras como para que solo me lleve un viaje re-
cogerlas, y para cuando Lily está en mi asiento trasero con el aire acondicionado a
tope y una botella de agua en la mano, estoy a punto de explotar. Los temblores me
hacen apretar las manos y giro sobre mis talones para marchar hacia las escaleras.

—¿Necesita que le firme algo más? —pregunta la mujer con pereza, apagando
el cigarrillo en la barandilla del porche. —Melinda ya...

—Necesito el conejo de peluche de Lily —interrumpo, sin molestarme en dete-


nerme al pie de la escalera cortésmente. —¿Dónde está?
La mujer me mira, estupefacta, antes de mirar a un lado y a otro confundida.
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—¿Qué conejo? —pregunta finalmente. —Si hay un conejo, está en...

—Está en tu casa —acuso, encontrándome segura de que Lily no miente ni se


equivoca. —Si quieres, puedo ir a buscarlo. O puedes traérmelo tú. No me importa.

Me mira con sus pálidos ojos azules. No puedo evitar preguntarme si la edad
y la nicotina les habrán quitado el color, volviéndose más grises que azules, pero
no aparto la mirada. Ni siquiera cuando el olor a humo me recorre las entrañas y
me arde en la nariz.

—Iré a buscarlo —suelta finalmente, tirando la colilla del cigarrillo en mi di-


rección. No la sigo mientras gira sobre sus talones, aunque cuento mentalmente
hasta cincuenta antes de derribar la puerta e ir a buscarlo yo misma.

Si esta mujer cree que porque soy joven voy a dejar que me pisotee, se va a

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llevar una gran decepción.

Por suerte, sólo tarda cuarenta y dos años en salir y me pone en los brazos un
conejo de peluche al que le falta una oreja. Lo tomo con cuidado, como si estu-
viera vivo y no fuera un juguete gastado.

—Eres nueva —observa, mirándome fríamente. —Dejarás que estos chicos te


pisoteen si no te crece una maldita columna vertebral.

Mientras lo dice, examino el conejo y paso los dedos por el suave pero desgas-
tado pelaje.

—Soy nueva —respondo, y mis ojos se dirigen a los suyos.

Siento frío, y con el frío viene la ausencia de cualquier cosa excepto irritación
e inmensa aversión hacia la mujer por cómo está tratando a esta niña. —Pero
no voy a dejar que nadie me pisotee. Y créame, tengo bastante experiencia en el
sector de la acogida, señora. —Me sostiene la mirada un momento más antes de
darse la vuelta y volver a entrar, cerrándome la puerta en las narices.

Es mejor así, pienso, mientras vuelvo corriendo al auto y le entrego el conejo a


la niña. Se le dibuja una sonrisa en los labios, aunque en el mejor de los casos es
cautelosa, mientras se lleva el juguete al pecho y lo abraza con fuerza.
Yo fui esa niña una vez, y verla así, tan esperanzada y a la vez tan asustada por
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lo que está por venir, duele.

—¿Te gustan los batidos? —ofrezco, sacando el auto a la vacía calle suburbana.

—Me gustan los batidos de chocolate —responde Lily después de pensárselo


un momento.

—¿Me compras un batido para poder decirme algo malo? No hace falta. Sé
cómo funciona esto.

—Eh, diablos, no —digo, sonriendo por el espejo retrovisor para que pueda
verme desde el asiento trasero. —Te voy a comprar un batido y patatas fritas
para que podamos esperar a Melinda con estilo y sin sudar la gota gorda. No soy
de aquí —añado, intentando entablar conversación. —¿Siempre hace tanto calor?
Sólo estamos en junio.

La sonrisa de la niña se ensancha ante mi actitud exagerada. —¡Es verano! —responde


risueña, como si ella fuera la adulta y yo la niña despistada. —Claro que hace calor.
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—Batido caliente —bromeo, y me meto en el primer sitio de comida rápida que
encuentro para comprarn para ambas patatas fritas, batidos y nuggets de pollo.

—Por si llega tarde —digo, cuando Lily también cuestiona esto. —Además, todo
el mundo necesita nuggets de pollo.

No es hasta que Lily está en el auto de Melinda, con el batido extra-grande ni


siquiera medio vacío, que me paro a respirar. Sé lo que debo parecer, y estoy se-
gura de que Melinda no se deja engañar.

Especialmente cuando se para frente a mí, su figura bloqueando a Lily de mi


mirada mientras apoya una mano en mi hombro. —La primera siempre es difícil
—comenta, con voz suave. —La más dura, hasta que ves algo tan terrible que
sueñas con ello. Vivimos en una zona pobre, y aquí los padres pasan apuros.

—No debería tener bolsas de basura —explico, con las palabras como cuchillas
afiladas en la boca. —Eso no está bien. Ya no están permitidas, y…

—Lo sé. —Me aprieta el hombro y la miro a la cara. —Vamos a hablar con su ex
madre de acogida. Vamos a asegurarnos de que sepa que eso no es aceptable de
ahora en adelante.
—¿Qué hizo? —pregunto, sabiendo que la mayoría de los niños son trasla-
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dados porque el hogar no es apto o porque se portan mal. —¿Hizo daño a alguien?

Melinda se queda callada unos instantes, y yo la miro a la cara mientras repasa


sus pensamientos. —Es una buena chica —dice finalmente mi jefa. —Y ella no era
el problema en esa casa.

—¿No lo era? Entonces...

—Lo era su hijo adolescente.

Las palabras casi me derriban, y la mano de Melinda apretando mi hombro es


a lo que me aferro. Mis ojos se cierran con fuerza, y lucho por no llorar mientras
mi corazón se rompe en pedazos por la niña en el auto a la que había comprado
un Batido solo unos minutos atrás.

—Estará ella bien —averiguo, forzándome a abrir mis ojos y no decir nada que
lo empeore. —La enviarán a otro hogar de acogida, ¿verdad? 90
—A un mejor hogar de acogida —promete mi jefa. —Tiré de algunos hilos y ella
va a una de las mejores casas que tengo. Investigaremos su último hogar, tam-
bién. No son solo por las bolsas de basura, como ahora sabes. Hay dos niños más
allí, buscaré sacarlos lo antes posible.

Las palabras me hacen sentir mejor, pero solo un poco. No es suficiente.

La madre y su hijo adolescente merecen más. Se merecen algo peor que una jo-
dida reprimenda y un recorte de su pago del gobierno. Pero yo sé que mis palabras
no van a hacer nada, así que solo asiento y miro fijamente al aire sobre su hombro.

—¿Has pensado en ver un terapeuta? —consulta Melinda, y casi me burlo de la


ironía. De niña adoptiva a trabajadora social, parece que nunca lograré escapar de
la necesidad de tener un terapeuta en esta vida. —La mayoría de los trabajadores
sociales lo hace. Todos nosotros lo hacemos, actualmente. En un momento u otro.
Las evaluaciones nos ayudan a hacer nuestro trabajo, y es algo que recomiendo
a mis empleados. Especialmente cuando hay tan pocos de nosotros y abarcamos
demasiado. Quiero que veas a alguien.

—Echaré... un vistazo —acepto, escuchándola sólo a medias. —Le preguntaré a


Clara a quién ve, o...
—Creo que deberías ver al Dr. Brooks —afirma Melinda, cortándome. —Ha fir-
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mado un contrato con la oficina y se ha puesto a disposición de los trabajadores


sociales sin coste alguno. Parece un gran tipo, Quinn. —Su reconfortante apretón
en el hombro me parece de repente una amenaza, aunque no puedo moverme.

Si digo algo, será algo equivocado.

Dejaré escapar que lo conozco. Diré lo que es y lo que hace.

No puedo hacerlo. Aquí no.

—No, yo mmm... —No acepta un no por respuesta. Lo entiendo. Así que niego
con la cabeza y sonrío forzadamente. —Está bien —miento, sabiendo que no haré
nada de lo que digo cuando se trata de él. —Pediré su número en la oficina. Veré
si puede atenderme.

—Puedo llamarlo, si lo prefieres —ofrece, sus palabras amables. —No me importa.

Ya estoy negando con la cabeza. 91


—No, Melinda. No pasa nada. La verdad es que prefiero encargarme yo misma.
—Aunque en este caso lo que realmente estoy tratando de decir es que no voy a
manejarlo en absoluto.

Ya no es mi terapeuta, y volveré con él sobre mi muy frío cadáver.


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A lgo no está bien.

Bueno, aparte de mí, estando de pie frente a la casa donde asesinaron al matri-
monio Blaiken, dejando a sus hijos huérfanos y permanentemente en el sistema
de acogida, apoyada en mi auto y repasando con los ojos el expediente que extraje
del despacho de Melinda. Fui lista, había hecho copias, y ahora estoy viendo pa- 92
peles que son míos y sólo míos.

Algo no va bien, y aunque no soy de aquí, me doy cuenta. La cinta policial ha


desaparecido. Aquí no hay nada que parezca siquiera la escena de un crimen hace
apenas una semana y media. Demonios, incluso hay un cartel de se vende y el
patio ha sido limpiado.

Como si todo el mundo estuviera tratando de seguir adelante y pretender que


eso nunca sucedió. Pero eso no está bien, ¿verdad? ¿Cuándo no ha habido pruebas
concluyentes sobre quién mató a los Blaiken?

Suelto un suspiro cuando suena mi teléfono, el número me resulta lo bastante


familiar como para fruncir el ceño. Aunque sólo sé que es Gabriel por su tarjeta.
Desde luego, nunca he tomado el teléfono para llamarlo. Tampoco es que lo vaya
a hacer nunca.

—¿Qué? —pregunto con voz seca mientras me acerco el teléfono a la oreja.


—¿Qué quieres?

—A ti. —Las palabras son sencillas, directas, y hacen que el corazón me palpite
nervioso en el pecho.
Mis dientes presionando mi labio inferior, hundiéndose en él hasta que mis
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ojos lloran y me siento lo suficientemente tranquila como para respirar.

—Bueno, eso no va a pasar, así que ¿qué más quieres?

—No, me refiero a que se supone que tendrías que estar aquí hoy. —Suena tan
paciente, como si fuera una niña traviesa con la que está hablando en lugar de una
adulta con un título profesional. —Melinda pidió una cita y dijo que tú la habías
firmado. ¿Dónde estás, Quinn?

—Ahí no —respondo con ligereza. —No voy a hacer terapia contigo, Gabriel. —
Sueno más valiente de lo que me siento, y hago una pausa cuando se ríe entre dientes.

—¿Por qué? Soy el mejor terapeuta que has tenido. ¿Crees que no puedo ayu-
darte ahora igual que te ayudé entonces? ¿O tienes miedo de que te ayude más de
lo que quieres?

Hay una especie de desafío en su voz, como si intentara provocarme. 93


Pero hoy no estoy enfadada y él no va a presionarme tanto.

—En realidad hay una señora muy agradable en Eddyville a la que voy a ir a ver.
Trabaja con adultos con trastorno de estrés postraumático y es muy recomen-
dada por otros trabajadores sociales —informo con dulzura. —Ella parece mucho
más lo que necesito. Pero tú lo entiendes, ¿verdad? Después de todo, fuiste tú
quien me dijo que se trataba de encontrar al terapeuta adecuado.

—Así es. Y el terapeuta adecuado para ti soy yo. —Hay algo en su voz que no
puedo distinguir. Algo que va más allá de su habitual naturaleza cruel pero ju-
guetona. —Cuidado con los errores que cometes, cariño. Un día podrías lamentar
las consecuencias.

Se hace el silencio entre nosotros y trato de no pensar en toda la razón que


tiene al ser mi terapeuta. Realmente es el mejor que he tenido, aunque estoy de-
cidida a no decir esas palabras en voz alta cuando está al teléfono conmigo. No
puedo. No puedo hacerlo con él, más concretamente. No puedo dejarlo entrar
como antes. Después de todo, ¿quién me dice que no me matará si le decepciono?

—Voy a colgar —anuncio cerrando la carpeta que tengo entre las manos. —Hoy
no tengo tiempo para esto.
—Haz lo que quieras. —El cambio repentino me da una pausa, y miro hacia la
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casa con los ojos entrecerrados.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Haz lo que quieras, Quinn. Al fin y al cabo, es un país libre. —Su tono no
concuerda con las palabras, seguro, pero no estoy dispuesta a cuestionarlo.

—Como quieras, entonces —respondo, resoplando con desdén. —Siento es-


tropear tu horario de terapia, o lo que sea. Pero oye, llama a Clara, ¿de acuerdo?
Estoy segura que ella...

Cuelga, el teléfono se queda silencioso en mi oído, y yo resoplo. Sacudo la ca-


beza y vuelvo a meter la carpeta en el auto, pero antes de acercarme al lado del
conductor, echo otro vistazo a la casa.

Quiero ver qué hay dentro, por una jodida y macabra curiosidad que no puede
domarse en mi pecho. Además, como esto ya no es la escena de un crimen, ¿a
quién le importa? Es probable que nadie me detenga. A menos que aparezca el
94
agente inmobiliario. Pero dudo que eso ocurra.

Paducah es una ciudad lo suficientemente pequeña como para que no ocurran


muchas cosas a estas horas del día. Incluso un viernes. Puedo hacer lo que quiera
aquí, y no me atraparán. Diablos, nadie sabría siquiera venir a buscarme aquí. Es
la situación perfecta para explorar lugares en donde no debería estar.

Mi camino hasta la casa es igual que antes, y los escalones siguen siendo una
trampa antitetánica de clavos sueltos. La barandilla también sigue en mal estado,
así que parece que cualquier limpieza o arreglo que se haya hecho aquí ha sido
superficial en el mejor de los casos.

El picaporte de la puerta gira bajo mi agarre y entro, con los ojos puestos en la
cocina en la que había estado antes.

Hoy no hay... nada. Ni sangre, ni cadáveres, ni nada que haga pensar que aquí
ha pasado algo. Pero aun así me tomo un momento, exploro la cocina y me agacho
a mirar cosas, aunque no haya nada que ver, antes de pasar al salón. Es más bo-
nito y limpio de lo que esperaba, brilla a pesar de ser barato y paso de largo hasta
que encuentro el dormitorio principal en el primer piso.
O, mejor dicho, lo que pienso que es el dormitorio principal. Parece una suite
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principal, con un cuarto de baño y un armario con una puerta desvencijada que
casi cuelga de sus goznes. Sin embargo, no hay nada. No hay muebles. Ni cama.
Simplemente... nada. A continuación, me dirijo al cuarto de baño y busco en los
limpios armarios cualquier cosa de interés.

Nada, excepto el olor a lejía. Quienquiera que haya limpiado este lugar lo ha
hecho a conciencia, pero no entiendo por qué. Especialmente cuando se trata
de la cama principal y cuarto de baño, en lugar de las otras habitaciones que he
visto. Incluso la cocina no está tan limpia, ni es tan perfecta como esta habitación
extrañamente vacía.

Pero si hay algo que esconder aquí, ¿no habría sido en la cocina donde mataron
a los Blaiken? ¿No sería ese el lugar para blanquear hasta la última gota, en lugar
de venir aquí y hacerlo?

Echo un vistazo rápido al resto de la casa, que está intacta y todo lo limpia que
puede estar, antes de volver al extraño dormitorio y mirarlo una vez más.
95
Hay algo que no encaja, como una pista bajo la pintura fresca de las paredes,
pero no sé qué voy a hacer. Diablos, ni siquiera sé si hay algo que hacer. Sobre
todo, porque la policía lo ha peritado y aquí no hay nada más que pintura nueva
y malos recuerdos.

Ese pensamiento me irrita mientras salgo y apenas vuelvo a mirar la casa mien-
tras corro hacia el auto. Este lugar es espeluznante y tengo una sensación extraña,
como si me estuvieran observando. Cuanto antes me vaya, mejor, aunque no en-
tienda esa incomodidad que me produce estar aquí.

La carpeta está en el asiento del copiloto, donde la dejé cuando me subo al


auto, y me tomo un momento para reclinarme en el asiento, con los ojos cerrados,
y respirar. Necesito serenarme. Si quiero manejar todo esto correctamente y no
perder el juicio por una tontería, tengo que...

La mano que me tapa la boca me hace retroceder bruscamente y grito, sacu-


diéndome en el asiento del conductor, solo para quedar atrapada por el cinturón
de seguridad que ya me había abrochado.
Otra mano me rodea la garganta, manteniéndome en mi sitio, y abro los ojos de
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golpe mientras intento ver quién está detrás de mí.

Pero no hacen ningún ruido. En lugar de eso, cambian de mano hasta que el
trapo tapa mi boca y mi nariz presionando profundamente, y con horror puedo
sentir cómo aumenta el mareo en mi cabeza, haciendo que mis miembros se
sientan más pesados con cada sacudida.

—¡No! —grito, intentando lanzarme hacia delante y sólo consigo hacerme daño
con el cinturón de seguridad. —¡No! —Vuelvo a chillar, con el brazo golpeando el
claxon una y otra vez, para que me oiga cualquiera, aunque mis forcejeos paula-
tinamente disminuyen.

Mi cabeza cae pesada contra el asiento y mi respiración se hace más profunda


en contra de mi voluntad. ¿Quién va a oírme cuando he programado mi visita
tan perfectamente para que nadie supiera dónde estaba? ¿Quién va a salvarme
cuando no haya nadie más que los fantasmas de los Blaiken y la persona del
asiento trasero que se niega a decir una palabra?
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E l sonido del aire acondicionado me hace notar de que estoy despierta.

Gimo suavemente y me acurruco más sobre mí misma, la almohada debajo de


mi rostro se siente suave contra mi mejilla. ¿Es sábado? No recuerdo haberme
ido a dormir, pero tampoco recuerdo qué hice después de ir a la extraña casa del
asesinato. 97
¿Habré entrado?

Poco a poco vuelven mis recuerdos, de hablar por teléfono con Gabriel y re-
chazar hacer terapia con él. De la cocina impecable y el dormitorio vacío, y del
resto de la casa que había sido de lo más aburrida.

Como era el último día laboral, esperaba llegar a casa, comer tacos y prepa-
rarme batidos. Como es mi ritual de los viernes, intento estar en casa a las ocho,
para no cenar a las dos de la mañana.

Pero no recuerdo nada de eso. A menos que me haya quedado dormida en el


sofá, tiene que haber ocurrido.

Mi cerebro busca los recuerdos perdidos mientras poco a poco voy desper-
tando. Mis dedos se flexionan y froto la nariz contra la suave tela que tengo de-
bajo. A lo mejor todavía es de noche, y estoy a punto de quemar la casa con los
tacos que dejé al fuego o con la batidora llena de helado a punto de explotar.

Pero ni siquiera recuerdo haber vuelto a casa.


Finalmente, algo atrae mi atención hacia un pensamiento, un retazo de re-
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cuerdo. Empieza con una molestia y un paño presionado contra mi boca y mi


nariz. Había respirado cada vez más profundo, sintiendo que mi cuerpo se rela-
jaba contra mi voluntad.

¿Había ocurrido de verdad?

—¿Te duele algo? —La voz me remonta a mi adolescencia, cuando Gabriel había
sido tan convincente haciéndome creer que era el hombre que pretendía ser. Es
su voz de terapeuta la que hacía tiempo no oía, mis ojos se abren de golpe y me
incorporo rápidamente.

Enseguida me arrepiento. Gimo y vuelvo a caer sobre los codos, con los ojos
cerrados mientras el mundo gira y se sumerge a mi alrededor.

—¿Qué me has hecho? —lloro, preguntándome si voy a vomitar. —¿Por qué me

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siento así?

—Me lo has puesto fácil —responde Gabriel amablemente. —Pero bueno,


siempre se te da bien ser predecible conmigo, ¿no? —Odio la forma en que lo
dice, pero me parece que no puedo estar en desacuerdo en este momento. —Te
he noqueado. Estarás bien, sobre todo cuando te levantes y empieces a moverte
para despejar tu cabeza.

Se mueve, aunque solo lo sé por cómo suenan sus pasos cuando cruza la ha-
bitación. No puedo evitar estremecerme tan pronto como me toca, y mis ojos se
abren de nuevo para fijarse en su rostro, tratando de enfocarlo. —Deja que te
ayude —dice con dulzura, suavidad y de una forma que me dan ganas de darle un
puñetazo. —Vamos, Quinn. Deja que te ayude.

—No —rechazo descaradamente. —No, si te sientes mal, no deberías haberme


drogado, noqueado y arrastrado hasta aquí...

—En realidad —interrumpe suavemente y se arrodilla junto al sofá, su sonrisa


se vuelve menos amable. —Nunca he dicho que lo sintiera, cariño. Sólo dije que te
ayudaría a superar esto.

Antes de que pueda detenerlo, tira de mí para incorporarme y, aunque protesto


con maldiciones e intento morderle el brazo, me arrastra hasta ponerme de pie.
No puedo sostenerme. Por lo visto, eso es transitorio, y caigo sobre él con un
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grito ahogado, preocupada por si va a dejarme caer. Pero no lo hace.

Aspiro aire mientras me agarro a él, deseando que la cabeza no me dé vueltas


como un carrusel y poder poner las piernas debajo de mí. Mis dedos se aferran
con fuerza a él mientras me sujeta, sosteniéndonos a ambos sin quejarse.

—Te odio —murmuro, por si no se ha dado cuenta. —Te odio, Gabriel.

—De eso podemos hablar. ¿Ya puedes levantarte sola? —Me apoya con más
firmeza sobre los pies y, cuando se aparta, me doy cuenta de que puedo. A duras
penas. Mis manos siguen aferradas a su camiseta de manga larga y cuello en V,
pero eso es todo. Trago aire, tratando de despejarme, y una parte de mí agradece
que no me esté presionando más en este momento.

Después de todo, van a pasar unos minutos antes de que pueda romperle la nariz.

—¿Puedes caminar un poco? —Se aparta, llevándome a dar unos pasos. Me


tambaleo, poniendo un pie delante del otro, y gimo suavemente para expresar
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mi disgusto. Puedo andar, pero me lo estoy pasando muy mal. De hecho, nada de
esto es lo que yo consideraría un buen momento.

—Joder —susurro, dando unos vertiginosos pasos más. Finalmente me separo


de él, caminando lentamente por la habitación con las palmas de las manos pe-
gadas a los ojos. —¿Qué es lo que quieres? —exclamo cuando por fin siento que
no voy a desmayarme. —No puedes secuestrarme, drogarme, lo que sea. Esto está
jodido, Gabriel. —Me giro para fulminarlo con la mirada mientras lo digo, obser-
vando el despacho y la mesa tras la que se sienta.

Es bonito. Más bonito de lo que sería cualquier despacho, y cuando miro a


través de las puertas francesas que hay detrás de mí, me doy cuenta de que es-
tamos en su casa.

Desde luego, es mucho más hermosa que la que he alquilado para mí. La pin-
tura fresca, los suelos de madera y los techos altos saltan a la vista, insultándome
con su aspecto lujoso. También es mucho más grande que la casa que he alqui-
lado, y al asomarme por las puertas francesas, veo un gran salón con un sofá
frente a una televisión montada sobre una larga chimenea de aspecto moderno.
—Si quieres, podemos ir a otra habitación —expone Gabriel perezosamente
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desde detrás de su gran escritorio de caoba. Es parecido al que tenía en Sprin-


gwood, y toda esta habitación me recuerda a una versión mejorada de aquel
despacho.

—Prefiero irme —respondo, probando el picaporte. Está cerrada.

Claro que está cerrada, porque Gabriel siempre es tan bueno que piensa en
todo de la peor manera. Aunque no lo estuviera, habría esperado que pusiera
trampas fuera para retenerme aquí con él. A menos que esté planeando derri-
barme y arrastrarme él mismo, si escapo. Lo cual siempre es una opción.

—Silla o sofá, tú eliges dónde sentarte. Pero vas a sentarte, así que... —se in-
terrumpe cuando lo miro, encogiéndose de hombros. —Cuanto antes lo hagas,
antes podrás irte. ¿Qué te parece?

100
Tiene razón, y es una oferta mejor. Vacilo durante medio segundo más antes de
dirigirme a su lado de la habitación, con la cabeza por fin despejada, y dejándome
caer en el sillón de felpa frente a su escritorio para mirarlo con desprecio.

No sirve de nada. Apenas parece darse cuenta mientras saca su iPad y su lápiz
óptico, con un documento de notas con mi nombre en la parte superior.

—¿En serio? ¿Estás haciendo esto de verdad? —acuso, más sorprendida que
otra cosa. —Creía que era una excusa estúpida para hacer amenazas veladas y
promesas que crees que me excitan.

—¿Te excitan? —curiosea, mirando sus notas y garabateando algo en su con


mano desordenada. No puedo leerlo desde tan lejos, y menos al revés, pero dudo
que me entusiasme lo que documente.

—Nop.

—¿Estás segura? El otro día en el estacionamiento me pareció que no era así.


—Su mano se detiene, largos dedos acariciando el borde del lápiz. —¿O estamos
fingiendo que eso no ocurrió?

—No te estoy hablando de eso. Se trata del trabajo, ¿verdad? De cómo Melinda
está preocupada por mí sin motivo. —No quiero hablar de nosotros, ni de él. No
quiero hablar con él de nada. Especialmente cuando se trata de mi trabajo.
Pero, por desgracia, parece que Gabriel no está dispuesto a aceptar eso como res-
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puesta. Golpea suavemente su escritorio con el lápiz óptico mirándome a los ojos.

—¿Tienes pesadillas todas las noches? —murmura, haciendo que me piquen


los dedos. —¿Desde qué empezaste a llevar casos en el trabajo?

—¿A quién le importa?

—¿Se te ha ocurrido que ser trabajadora social está arrastrando partes de tu


pasado que has estado intentando olvidar?

Sus palabras me revuelven el estómago y desvío la mirada. Mis ojos se posan


en la estantería y me acerco a ella para examinar los títulos.

«Historia de las abejas».

«Diversión y dulces en la cocina».

Si antes había alguna duda de que esta casa no era suya, ahora ya no la hay. No 101
me lo imagino leyendo sobre abejas, repostería o diversión. Definitivamente no
diversión.

—No necesito tu ayuda —digo, girándome para mirarlo y apoyándome en las


pesadas estanterías de madera. Cruzo un tobillo sobre el otro, rezando por no
estar demasiado mareada para mantener el equilibrio. —Hace años que no lo ne-
cesito. ¿Puedes, por favor, no hacerme esto?

Me sostiene la mirada y sus ojos color caramelo destellan simpatía.

—Es mi trabajo —recuerda dulcemente, con una sonrisa curvando sus labios
carnosos. —Sólo intento ayudarte.

—¡Si estuvieras intentando ayudarme, me dirías dónde está el rastreador de mi


auto! —No puedo evitar la forma en que le grito, ni la sacudida agresiva dirigida
hacia él.

—Ah, entonces no puedes encontrarlo, ¿verdad? —Anota algo más con una
floritura. —Sinceramente estoy sorprendido. ¿Has probado llevar el auto a algún
sitio? Lo buscarán. Les sería más fácil encontrarlo a ellos que a ti, ya que dudo que
sepas siquiera lo que estás buscando.
—Quería hacerlo. —Me acerco a grandes zancadas para apoyar las manos en su
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escritorio, poniéndome encima de él. —Pero eso cuesta dinero. Que es algo de lo
que ando escasa. Me parece un insulto. Se siente como una mierda que me pongas
en una situación que económicamente no puedo manejar ahora mismo.

Mira sus notas y escribe más palabras que no puedo leer, ni siquiera desde esta
distancia. Luego deja el lápiz en el suelo y me mira hasta que nuestros rostros están
demasiado cerca y deseo no haberme acercado tanto. —¿Se supone que eso tiene
que hacerme sentir mal? —pregunta perezosamente, con voz suave. —¿Se supone
que debo... qué? ¿Romperme y decirte dónde está? ¿Decirte cómo es y ofrecerme
a sacarlo por ti? ¿De verdad crees que eso es lo que va a pasar aquí, Quinn?

El aire se siente espeso entre nosotros, y su cálido aliento es el único punto


de calor mientras se me pone la piel de gallina en los brazos y un cosquilleo me
recorre la espina dorsal.

—Te odio —susurro, con los nervios a flor de piel. Me abalanzo sobre su lápiz
con la intención de romperlo o, al menos, tirarlo por la ventana. Es infantil, preci-
102
pitado y, sobre todo, estúpido. Pero tiene tendencia a llevarme demasiado lejos,
hasta el punto de verme actuar como si no tuviera sentido común.

De hecho, creo que disfruta con ello.

Pero esta vez no se limita a mirar. Saca la mano, me inmoviliza el brazo y me


empuja hacia abajo, sobre el escritorio, hasta que estoy pegada a él.

—Eres muy hostil para alguien a quien le vendría bien hablar —masculla en mi
oído, levantándose, pero manteniéndome agarrada para que yo no pueda hacerlo.
—Esto no es así como quería que fuera, Quinn. ¿Por qué no puedes controlar tu
temperamento por una vez?

Mis mejillas arden ante su reprimenda. Tiene razón, y odio que me haga en-
fadar tan irracionalmente. Se mueve hasta inmovilizarme con una mano en la
nuca y se queda de pie junto a su escritorio, inmóvil.

Me retuerzo lo suficiente como para tirar al suelo algunas de sus cosas. Aun
así, no se mueve; finalmente, me veo obligada a renunciar a mis esfuerzos con un
gruñido frustrado e intento darle una patada, irritada.

Naturalmente, fallo.
—¿Qué estás haciendo? —chasqueo al fin, tanteando con la mano en un intento
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de encontrar su muñeca. Mi cara se sonroja, caliente por la vergüenza y la frustra-


ción, mientras mi corazón late con fuerza. Quiero que me suelte. Que me suelte y,
con un poco de suerte, caiga atravesando la puerta de cristal. —¡Suéltame!

—No —dice simplemente, moviéndose alrededor del escritorio para situarse


detrás de mí. Con una pierna, separa las mías, deslizando su muslo entre ellas
antes de que pueda recuperar el equilibrio.

Respiro hondo e intento moverme. Necesito equilibrio para hacer algo más que
retorcerme. Pero me tiene atrapada y, con él entre las piernas, no puedo hacer más.

Lo peor es que cada vez que me retuerzo, cada vez que me muevo arriba y
abajo sobre su escritorio para intentar zafarme de él, lo único que siento es el
calor y la presión de su muslo contra mi cuerpo. A través del fino material de mis
pantaloncillos, tengo la sensación de estar rozando intencionadamente su piel.
Ese pensamiento me hace sentir más vergüenza. Es una combinación de eso y de
irritación lo que hace que finalmente me detenga, con la mejilla apoyada en su
103
escritorio, y cierre los ojos con fuerza mientras jadeo mi frustración.

—¿Puedes dejar que me levante? —pregunto, intentando que suene como una
petición y no como una orden. —¿Por favor?

—Podría —indica Gabriel, moviéndose para apretar su muslo con más fuerza
contra mí. —Pero te lo estabas pasando tan bien. ¿Qué te pasa, pequeña? ¿Fue
demasiado para ti?

Lo desliza contra mí, haciendo un trabajo mucho mejor que yo de golpear


todos los lugares correctos.

—¿No puedes? —chasqueo, intentando y fracasando una vez más en liberarme.


—Haré tu estúpida terapia, ¿de acuerdo? Sólo déjame levantarme.

—Creo que la haremos aquí mismo. ¿Desde cuándo tienes pesadillas, Quinn?
—pregunta de improviso, sorprendiéndome con la franqueza de su pregunta.

—Desde que tenía seis años —contesto, poniendo los ojos en blanco. —Cosa
que ya sabías. —Su mano se posa en mi muslo, justo debajo de la curva de mi
culo, con un golpe que resuena en mis oídos y detiene mis palabras en seco.
—¿Qué estás...?
—¿Cuánto tiempo desde que te mudaste tienes pesadillas?
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—Desde que empecé a tomar casos —reconozco en voz baja, aún aturdida. Su
mano roza el lugar que había golpeado, los dedos suaves y burlones.

—Explícame cómo te hacen sentir. ¿Son todos sobre la casa mala? ¿La de tu
padre adoptivo maltratador?

Como no contesto enseguida, me da un golpecito en el muslo en señal de ad-


vertencia. Me da igual. No necesito que me haga esto, ni que saque a relucir los
problemas de...

Me golpea de nuevo, haciendo que me retuerza contra su muslo, una vez más.
—Sí, sí —siseo entre dientes apretados, sintiendo que me tiemblan los muslos. —
Siempre son sobre la casa mala y siempre implican a mi padre adoptivo. Siempre
es la noche en que me rompió el brazo. A veces estás allí y lo matas. A veces lo

104
hago yo y él sigue levantándose. ¿Puedes por favor dejarme levantar ahora?

—No. —Me sube los shorts y ardo de vergüenza cuando me agarra el muslo con
la mano libre. —¿Crees que estos casos te están sirviendo de algo, Quinn? ¿Es la
vida que siempre habías soñado?

No.

Odio cómo me hace sentir el silencio y cierro los ojos contra la frialdad de su
escritorio. Sus dedos se mueven hacia arriba, acariciando mi piel, y un suave sus-
piro sale de él.

—Vamos, haz lo que puedas. Vámonos. No puede ser peor que... —No llego a
terminar. Me vuelve a dar un ligero golpe en el muslo, pero me hace retorcerme
contra él.

—Eres tan difícil. —Suena como un elogio cuando lo dice. —Eres tan...

Me empujo hacia arriba en el momento en que su mano entre mis hombros se


relaja. Es demasiado lento para detenerme, y lucho hasta deslizarme fuera de su
escritorio y caer al suelo, girándome para fulminarlo con la mirada.

—Hoy soy más lista que tú —contesto con voz burlona mientras sonrío.
Pero no se detiene a apreciar mi creativa y sorprendente escapada. Él se mueve
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para agarrarme de nuevo, y consigue engancharme del brazo. No es gran cosa,


no es algo de lo que no pueda recuperarme; hasta que lo es. Me presiona contra
su cuerpo, aprovechando mi impulso para hacerme girar y golpearme contra la
estantería. Diversión y dulces en la cocina cae al suelo, seguido por otros libros
cuyos títulos no había leído.

—¿Lo eres? —cuestiona, sujetándome las manos por encima de la cabeza con
una mano y los dedos enroscados en la muñeca.

Lucho contra él, pero es tanto más fuerte que yo que resulta completamente in-
útil, y lo único que consigo es que mi corazón palpite con fuerza y mis pulmones
jadeen en busca de aire. —¿Eres mucho más lista que yo, cariño? —desafía mien-
tras con la rodilla entre mis muslos, los separa a la fuerza.

—¿Qué haces? —siseo, odiando que tenga una mano libre para hacer lo que quiera.

Su sonrisa es rápida y para nada amistosa. —Lo que me dé la puta gana, Quinn. 105
Y vas a disfrutar cada segundo. —No me da la oportunidad de discutir. Su mano
libre agarra la tela de camisa retorciéndola hasta que mi estómago queda al
descubierto.

Se inclina hacia delante, atrapando mi labio inferior entre los suyos y los
muerde hasta que grito por el palpitante y ardiente dolor.

Sólo cuando estoy segura de que me ha hecho sangrar se mueve, convirtiendo


el mordisco en un beso sucio en toda regla, con la boca tan pegada a la mía que
apenas puedo moverme, y mucho menos hacer otra cosa que no sea disfrutar.
Aun así, protesto, y él se traga los sonidos con avidez mientras me besa cruel-
mente, moviendo el muslo contra mi cuerpo.

—No sé a quién crees que estás engañando —murmura en cuanto se separa y


sigo jadeando por su beso. —Porque ciertamente no a mí.

—No sé a qué te refieres —susurro, sin romper el contacto visual. —Yo no...

—Como no engañas a nadie —afirma, presionándome contra la estantería. —


Entonces, cuando te meta los dedos, ¿tu coño no estará húmedo para mí? ¿Al
igual que no te excitaba ser azotada durante nuestras sesiones?
Sacudo la cabeza, odiando que pueda tener razón. Siento lo acalorada que
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estoy, cómo cada vez que se frota contra mí me recorren rayos de electricidad
por la columna vertebral.

—Si estoy mojada, no es por ti —reto, con la voz apenas temblorosa.

—Entonces, ¿por qué es, querida niña?

—Por la violencia.

Es una excusa débil. Una terrible que ni siquiera me molesto en explicar. Gabriel
me mira fijamente, casi sorprendido, antes de que una amplia sonrisa se dibuje
en sus facciones. —Puedo verlo —ríe finalmente. —Tal vez. ¿Estás admitiendo que
estás mojada? ¿Qué te excita esto?

—No.

106
No contesta. No hace falta, porque la mano con la que me baja los shorts y des-
liza sus dedos entre mis muslos es respuesta suficiente. Lanzo un grito ahogado
y abro la boca en señal de protesta, pero sus labios vuelven a encontrar los míos
en otro castigador y doloroso beso.

Pero eso no me distrae de su mano. Sus dedos rozan mi raja a través de las
bragas dos veces y luego las aparta mientras otros dos se deslizan dentro de mí.
Lo hace con facilidad, demostrando lo acertado que está y arrancándome un largo
gemido que él se traga con avidez.

Los introduce y los saca, sin dejar de besarme, mientras me folla sin prisas con
dos dedos, arrastrándome lentamente hacia lo que promete ser una liberación
dolorosamente buena.

Al menos, hasta que los retira, dejándome vacía. Gimo en protesta, odiando el
sonido que sale de mis labios, y veo cómo se aparta para levantar la mano entre
nosotros. —Parece que te pone algo más que la violencia —ronronea Gabriel, mos-
trándome sus dedos que están cubiertos de mi humedad. —Pero dímelo tú.

Abro la boca para discutir mientras mi coño palpita y mi estómago se retuerce


en nudos. Mi cuerpo suplica ser llenado por sus dedos, su lengua o por algo, pero
antes de que pueda decir una palabra, mete su índice y medio entre mis labios
hasta que puede presionarlos contra mi lengua.
Entonces me doy cuenta de que no es una respuesta lo que quiere. Es para
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demostrarme algo. Mientras enrosca sus dedos en mi lengua, obligándome a pro-


barme, dejando claro que está disfrutando esto tanto como yo.

—Parece demasiado, ¿no crees? Me inclino a pensar que es por mí y por la forma
en que te toco. —Sus palabras son roncas pero suaves. Siento que quiere algo más,
pero se aparta de pronto indicándome—: Siéntate un rato —anima cuando abro la
boca en señal de queja. —Son mis deberes oficiales como terapeuta.

Da un paso atrás y yo tropiezo y casi caigo de rodillas al suelo. —Ya puedes irte
—dice, de nuevo formal. Se aleja mientras lo miro, como si no me hubiera tenido
inmovilizada con sus dedos dentro de mí.

Gabriel se sienta en su silla y levanta la vista cuando ve que no me he movido.


—Tu sesión ha terminado —dice, como recordándomelo. —Ya puedes irte, Quinn.
Encontrarás las llaves en tu auto, que está estacionado en la entrada.

—¡Vete a la mierda! —siseo, consiguiendo finalmente avanzar a trompicones 107


hacia la puerta con las mejillas ardiendo. —¡Qué te jodan!

—Quizá la próxima vez —acepta. —Pero no creo que el seguro pague tantas
horas extras hoy.

Su sonrisa es salvaje y burlona. Cruel en la nitidez de su rostro.

Hay tantas cosas que quiero decir. Quiero estrangularlo, gritarle y tal vez volcar
ese bonito escritorio de caoba si puedo.

Pero no hago nada de eso. En su lugar, le hago un gesto grosero, como si eso
fuera lo que hubiera querido hacer todo el tiempo, espero a que abra la puerta a
su propio ritmo e intento por todos los medios no parecer que salgo corriendo de
la habitación mientras emprendo la gran huida hacia mi auto, donde puedo gritar
todo lo que quiera sin que nadie me juzgue ni se burle de mí.
15
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C uando el Sr. Durham tiene la audacia de presentarse de nuevo en mi des-


pacho, creo que voy a arrojarle algo. Lo más probable es que sea mi grapadora
en su cabeza, pero los detalles exactos aún están en el aire. Al menos hasta que
vea si vuelve a gritarme o a amenazarme.

Sus ojos encuentran los míos, oscuros en su rostro fruncido y cansado, y me re- 108
clino en la silla para mirarlo fijamente, con la esperanza de evitar que se me acerque.

Pero claro, la vida no funciona así para mí. Seguro que para Gabriel sí. Sobre
todo, porque fue él quien lanzó al señor Durham contra una pared, casi atrave-
sándola, y le hizo irse a la mierda. Pero no es mi caso. Yo sólo soy la persona que
quería lanzarlo a través de una ventana de cristal y verlo sangrar.

Se sienta frente a mí y lo miro con desdén. Mi “sesión de terapia” de hace dos


días aún está demasiado fresca en mi mente como para ser algo parecido a amis-
tosa, y doy golpecitos con la punta del bolígrafo sobre la mesa, presionando y
soltando la punta a cada golpe. Si Melinda estuviera aquí, estaría decepcionada
conmigo. Diría que estoy siendo antisocial y poco acogedora.

Diría que eso es pueril para las vibraciones que intento enviar al Sr. Durham.
Tal vez él no es la fuente de todos mis problemas en este momento, tampoco es
que vaya a calmarlos. Y hoy no me apetece que me griten.

—¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Durham? —pregunto, justo cuando la puerta se
abre de nuevo y entra el protagonista de mis actuales pesadillas.

Tiene... buen aspecto. Y desde luego mucho mejor del que tengo hoy.
Con las manos metidas en los bolsillos y las mangas largas subidas hasta el
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codo, Gabriel es la personificación de la actitud distante y la energía sexy de un


chico malo. Su pelo eternamente despeinado luce perfectamente imperfecto y,
mientras se quita las gafas de aviador para echar un vistazo a la habitación, no
puedo evitar fijarme en la forma en que le sonríe a Clara.

Como si ella tuviera alguna posibilidad de ser algo más que su víctima.

Sin embargo, mis ojos se entrecierran de sorpresa cuando se acerca a ella a


grandes zancadas en lugar de venir hacia mí como esperaba. Se inclina sobre su
mesa, con la boca curvada en los bordes diciéndole algo que no puedo oír y que
hace que ella baje la mirada azorada. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios
y yo aprieto los míos, odiando la sensación que me recorre el pecho.

El Sr. Durham también se da la vuelta, con las cejas levantadas.

109
—Creía que estaban juntos —expone en voz baja. —Claro, me imaginaba que
era un poco mayor para ser tu novio. Pero con su forma de actuar... —Se encoge
de hombros y me mira detenidamente. —A juzgar por la expresión en tu cara,
también lo pensabas.

Cambio mi atención al hombre que tengo delante, frunciendo aún el ceño.

—No lo creo. Puede estar con quien quiera. Me da igual. —Aun así, el golpeteo
de mi bolígrafo se vuelve más errático y la irritación burbujea en mi pecho.

No me importa, me recuerdo, como si eso estuviera siquiera en cuestión.

—Si me permites que te dé un consejo, si realmente no te importa, podrías in-


tentar actuar en consecuencia. —Cuando no está gritando, tiene un profundo acento
sureño que atrae mi atención de nuevo hacia él, y miro al hombre con sorpresa.

—Hoy está menos enfadado —remarco, sin importarme que sea bastante obvio.
—¿Ha dejado de beber, Sr. Durham?

Se encoge de hombros, sin dejar de observarme con interés. —¿Es usted así de
amable todo el tiempo, señorita Riley? ¿O es sólo porque su novio está flirteando
con su compañera de trabajo?

—No está...
Clara se ríe a carcajadas, con un tono lo bastante alto y falso como para que
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yo sepa que está intentando impresionarlo. Respiro y suelto el aire lentamente


mientras ella sigue riéndose y respondiendo a lo que sea que él le haya dicho.

Tengo que controlarme. No puedo comportarme así con él aquí y viéndome.


Además, soy una profesional. No puedo actuar así en mi trabajo.

—¿Qué necesita, Sr. Durham? —vuelvo a preguntar, insegura de si ya ha con-


testado y no me he dado cuenta. —Si va a preguntar por su expediente, entonces...

—Quería hablarte de algo —interrumpe con suavidad.

Realmente es una persona totalmente distinta a la del otro día. Mucho más
razonable, conversador y sobre todo educado. Es como el día y la noche, y me
pregunto si la rabia por haber perdido la custodia de su hijo era realmente lo
único que lo alentaba la última vez. —No es mi expediente. Melinda me llamó,

110
así que sé cómo va eso.

Me quedo en silencio mientras piensa, aunque está claro que intenta encon-
trar las palabras adecuadas para lo que quiera decirme.

—He visto algo —dice al fin, arrastrando de nuevo su mirada hasta la mía.

—Y ya que tu príncipe probablemente vendrá aquí a continuación, me gus-


taría hablar de ello rápidamente, mientras la bonita rubia se aferra a su atención
como a un salvavidas. —No respondo a sus dramáticas analogías, pero consigo
colocar el bolígrafo, ahora roto, sobre el escritorio como si no hubiera pasado
los últimos minutos golpeándolo hasta dejarlo inutilizado.

—¿Algo así como...? —Levanto las cejas y me quedo pensativa. —¿Ha ido a
buscar a su hija, Sr. Durham? Si es así, sabe que tengo que decirle que...

—No lo hice —niega, sacudiendo la cabeza. —Fui a hacer una entrega a casa
de los Blaiken la otra noche. Conocía la dirección, aunque sabía que estaban
muertos, pensé que podría dar una vuelta por allí de todos modos. Sólo para ver
si había alguien, eh, en casa para recibir la entrega.

—No está bien husmear la escena de un crimen —advierto despacio, seña-


lando lo obvio, como si yo no hubiera estado haciendo lo mismo recientemente.
—Lástima que ya no sea una escena del crimen. ¿Y no es eso lo más raro? Es-
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cuché que fuiste tú quien los encontró ahí con una notificación. Aunque no es tu
caso, ¿verdad? La Sra. Melinda estaba trabajando con ellos. —Me mira mientras
lo dice, como si buscara una reacción. Si es así, no sé cuál sería. Y no sé qué cree
que sé o sospecho.

—¿Cómo lo sabes? —indago tras un momento de pausa y vislumbrar por el ra-


billo del ojo a Clara susurrarle algo a Gabriel. Mis ojos recorren la habitación, solo
para ver que él sigue con toda su atención puesta en la rubia.

¿Así que tiene el descaro de secuestrarme, castigarme y follarme, pero no me


presta atención en la oficina?

El pensamiento resuena en mi cabeza, agriando mis pensamientos, y me en-


cuentro yendo a por el bolígrafo una vez más.

111
—Éramos amigos. —La voz del Sr. Durham me saca de mi irritación y, cuando
vuelvo a mirarlo, dirige la vista hacia la pareja que está al otro lado de la habita-
ción. —Se está pasando de la raya, ¿verdad?

Me encojo de hombros.

—Quizá intenta ponerte celosa. ¿Has hecho algo para enojar al doctor?

—No —alego. —De hecho, si alguien debería estar furiosa, soy yo. —Me corto
y cierro los ojos con fuerza. —¿De qué estamos hablando, Sr. Durham? ¿De los
Blaiken? ¿Por qué?

—Porque no hay ninguna razón real para que sólo una parte de su casa esté así
de limpia. Y aún menos razón para que la investigación se manejara rápidamente,
con tan poca cobertura. ¿Sabe dónde estamos, Srta. Riley? —resopla y se sienta
con fuerza en su silla. —Sólo unos cientos de kilómetros al sur de los asesinatos
de Ashwick hace un par de años. Eso significa que, por lo general, cualquier no-
ticia de un asesinato explota por aquí.

Entrecerrando los ojos, intento averiguar de qué está hablando.

—¿Los asesinatos de Ashwick? —averiguo, con voz suave. —Me suena familiar,
más o menos. Hubo una sobreviviente, ¿verdad? ¿Una niña que vio morir al ase-
sino delante de ella?
—A eso precisamente me refiero. Como decía, desde entonces, recibimos mucha
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publicidad negativa por ser un pueblo de tamaño similar con un lago. Cada vez
que alguien muere y hay un tufillo a juego sucio, veo tres artículos especulando
si el Carnicero de Ashwick tiene un imitador en nuestra ciudad. Pero, ¿por qué no
esta vez?

No tengo ni idea. Y desde luego no sé lo suficiente sobre Ashwick, Indiana, y


sus asesinatos, como para predecir el razonamiento que podría estar insinuando.

—Está bien, ¿entonces crees que lo están ocultando? Los extraterrestres lo hi-
cieron, o el gobierno, o...

—Creo que alguien podría saber más de lo que dice, eso es todo. ¿Pero quién soy
yo para decirlo? —Sus ojos se oscurecen, la tristeza se apodera de su ímpetu. —Sólo
soy un borracho cuya mujer lo abandonó y que perdió la custodia de su hijo.

112
Nos quedamos callados unos instantes hasta que otra risita de Clara rompe el
silencio y aprieto la cara contra mi mano.

—¿Quería hablar de su caso mientras está aquí? —aclaro, encontrándome más


dispuesta a la idea de lo que había estado en un principio. —Podemos, si quiere.

—¿Porque quieres una distracción? —Sus palabras no son particularmente


crueles, pero no es exactamente el epítome de la amabilidad.

—Claro —acepto, volviendo a centrarme en él. —Según Melinda, lo estás ha-


ciendo muy bien. Eso es lo que dicen sus notas. —Hago un gesto hacia el orde-
nador, donde he sacado su expediente. —Tienes una reunión con el consejero el
jueves, ¿verdad? Creo que debería seguir por el camino que lleva. En serio, esto
podría salir bien, si...

—Si da la impresión correcta. —La suave y aterciopelada voz quiere que levante
la vista hacia él. Igual que la imponente figura que se alza sobre mí. Gabriel se
reclina sobre mi escritorio y sonríe al Sr. Durham. —Yo también estoy disponible
para hablar, si necesita algo antes. Tengo licencia para trabajar con el condado y
me encantaría mejorar las cosas para usted, Sr. Durham. —Aunque no sé cómo
sabe su nombre, el hombre que tengo enfrente se retuerce en su asiento, eviden-
temente incómodo.
Pero también lo estoy. No voy a retorcerme por ello. No puedo, cuando está
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tan cerca de mí y puedo sentir su escrutinio.

—Está bien. —El Sr. Durham se levanta y se quita el polvo de las manos, como
si tuviera algo en ellas o simplemente estuviera incómodo. Estoy dispuesta a
apostar por lo segundo, ya que Gabriel tiene ese efecto en la gente sin siquiera
intentarlo. —Gracias por su tiempo, señorita Riley. Hasta pronto.

Me hace un gesto con la cabeza y se da la vuelta, saliendo del despacho sin


esperar mi respuesta.

Tampoco se molestó en repetírselo a Gabriel.

Me quedo sentada, mordiéndome la lengua y esperando a que Gabriel se


mueva. —Ya puedes irte —suelto con frialdad. —No necesitaba tu ayuda. —Odio
que pueda dejarme en este estado, que me haga temblar de miedo y expectación

113
mientras ardo de celos al mismo tiempo.

—Estaba preocupado por ti —murmura, pasándome una mano por el brazo


cuando se cierra la puerta de la sala de personal y nos dejan solos.

—Sí, te has comportado como si lo estuvieras —siseo, apartándome de su


contacto. —En serio, tenemos el compañero del año, aquí mismo. Lo pondré
junto a tu premio de maestro terapeuta en la estantería que probablemente
tengas en tu habitación.

—¿Crees que guardo trofeos? —Se mueve conmigo, arrastrando los dedos por
mi piel con tanta fuerza que sus uñas me muerden ligeramente. Me estremezco,
deseando odiarlo, y él vuelve a hacerlo. —Bueno, no te equivocas. Pero no los
que son por ser terapeuta o un buen novio.

—Bien. Porque tú no eres un buen terapeuta, y si fueras mi novio, lo harías


fatal —despotrico, mirando a cualquier sitio menos a él. —Mejor tenga cuidado,
Dr. Brooks. Clara podría volver a salir y verte conmigo, ¿y entonces cómo la
atraerías a tu cama?

—No quiero follarme a Clara. —Se ríe Gabriel. —Pero sé muy bien lo que
puede ofrecer una buena relación con la gente que me rodea. A diferencia de ti
Quinn. ¿Te ha molestado?
Sacudo la cabeza, con los ojos fijos en mi bolígrafo roto. Está tan cerca de mí,
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y me cerca tan completamente, que no puedo moverme sin tocar alguna parte de
él. Incluso ahora, con su mano en mi brazo, no sé adónde ir ni cómo escapar.

Me tiene atrapada.

—¿Qué quería?

—Quiere demandarte —miento, sin querer contarle lo que el hombre había dicho
y que me tiene tan nerviosa como intrigada. —Dice que va a ir a la policía por lo
que le hiciste la semana pasada. Le di la razón y prometí que testificaría contra ti.

Su mano sube hasta rodearme el cuello y me tira hacia atrás para que apoye los
hombros y la cabeza en su estómago.

Joder. Respiro hondo, temblorosa, mientras sus dedos se deslizan fácilmente


bajo mi mandíbula, presionando lo justo para que sepa que está ahí.

—Te excitas mucho con solo tener mis dedos aquí —comenta, con un tono 114
divertido en la voz. —¿Qué ha dicho, Quinn? Sólo lo ocultas porque era algo
importante.

Tiene razón, pero tampoco quiero repetir las palabras donde alguien pueda
oírme. Melinda podría estar en su despacho y yo nunca lo sabría, ya que tiene una
puerta de salida del edificio detrás de su escritorio. Clara podría volver en cual-
quier momento, y tampoco creo que deba oírme. Dudo, mi mano sube para po-
sarse en su muñeca mientras pienso y me concentro en la sensación de su mano
alrededor de mi garganta.

—Tal vez haya otro momento en el que podamos hablar —digo finalmente,
insegura de si es la decisión correcta. —¿Quizás podrías ayudarme con este caso
más tarde? He querido otro par de ojos en él... ¿Crees que tendrías tiempo?

Me acaricia la mandíbula con el pulgar, pensativo.

Es imposible que no sepa lo que le estoy pidiendo, y tararea suavemente como


si tuviera que pensar en la petición.

—Podría hacer tiempo —responde al fin. —¿Qué tal si consulto con Melinda
si puedo ayudar con tu caso? Seguro que ella sabrá cuál, o podrá encontrar uno.
—Seguro —acepto, dándome una patada. Quería decir que podríamos hablar
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más tarde. No que me ayudara con algo. Pero aquí estoy, arrepintiéndome de mis
palabras y deseando haber sido más clara.

La puerta de la sala de personal se abre justo cuando Gabriel da un paso atrás


y suelta la mano.

—Sí, mantenme informado —dice, como si hubiéramos estado teniendo una


conversación de trabajo. —Le haré saber lo que tengo por mi parte, señorita Riley.

Me hace un gesto con la cabeza y me fuerzo a sonreír, con las tripas temblo-
rosas como gelatina.

—No hay problema —pronuncio, haciéndole un falso saludo que sé que odiará.
Sus ojos castaños parpadean irritados y sus labios se aplastan. —Estoy a su ser-
vicio, Dr. Brooks.

Se ríe entre dientes, aunque como mucho es forzada, y se acerca para decirle
algo más a Clara antes de que sus pasos lo lleven hacia el despacho de Melinda y
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lo pierda de vista.

Clara se sienta a mi lado en mi cubículo en lugar del suyo.

—¿De qué estaban hablando? —cuestiona, recogiendo mi bolígrafo roto y mi-


rándolo con confusión. —¿Y qué ha pasado con esto?

—Nada —miento, y le empujo una carpeta cualquiera de mi escritorio. —Está-


bamos hablando de esto. Sólo quería su opinión.

Lo abre, y la foto de Lily nos mira fijamente. Mierda.

—Oh, lo entiendo. —Su ceño es amable y cariñoso, suave mientras estudia mi


cara. —Es duro, ¿verdad? ¿El primer niño que sacas de una mala situación?

—S-sí. —Ojalá hubiera elegido otro expediente. —Es... es muy duro.

—Mejorará. —Lo dudo, pero veo a Clara ponerse en pie y estirarse. —¿Nos
vemos mañana? Mi turno ha terminado, y me gustaría llegar a casa antes de la
hora de la cena. —Aquí no hay prisa por cenar, pero no voy a llevarle la contraria.
—Te veré luego —digo, saludando con la mano e inclinándome sobre mis car-
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petas. —Buenas noches, Clara.

Me guiña un ojo, como si hubiera una broma que me estoy perdiendo, y ca-
mina hacia el despacho de Melinda para asomar la cabeza antes de salir por la
puerta principal, Gabriel detrás de ella y sin volver a mirarme ni una sola vez,
aunque no puedo apartar la vista de él hasta que la puerta se cierra firmemente
tras ellos, cortando mi línea de visión.

—Que te vaya bien —mascullo, y vuelvo a sacudir la cabeza. —De todas


formas, no te quería aquí. —Es un buen sentimiento. Inteligente incluso.

Si sólo lo dijera en serio.

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N o importa cuánto me diga a mí misma que no estoy a punto de irme a


casa para devorar un pote de helado e hibernar, sé que no es verdad. En cuanto he
comido y los platos están en el lavavajillas, me desplomo en el viejo y raído sofá
y suelto un suspiro, cerrando los ojos con fuerza.

¿Sabría Gabriel algo de Ashwick si se lo preguntara? 117


Ahuyento los pensamientos como la suciedad con una escoba y escribo As-
hwick, Indiana, en la barra de búsqueda para ver qué aparece.

No me decepciona. Artículo tras artículo, algunos citando sectas y leyendas ur-


banas mientras otros hablan de un asesino real, desfilan por mi pantalla mientras
me desplazo por los resultados. En cambio, uno de ellos habla de la superviviente,
una joven que era una niña en el momento de los primeros asesinatos.

Pero cuanto más leo, más sé que esto no tiene nada que ver con Ashwick.
¿Cómo podría, cuando la única similitud es la geografía? Y realmente, si hubiera
un imitador, ¿no estarían imitando? Eso no parece estar ocurriendo aquí, cuando
los únicos muertos tenían la garganta cortada, no extraños patrones de cortes por
todo el cuerpo.

El último artículo que leo me muestra a la chica ya crecida, y estudio el rostro


de Parker Lowell durante unos instantes, observando lo cansada que parece y lo
paranoica que está, antes de sacudir la cabeza y cerrar el artículo.

Espero que ahora esté mejor, aunque si fuera yo, no sé si volvería a estarlo.
Al no encontrar nada, vuelvo al principio de la página y me recuesto en el sofá.
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Llevo la mano izquierda hacia atrás y encuentro la botella de refresco en la mesita


auxiliar, bien colocada sobre el posavasos. Con la otra mano, con movimientos
lentos, tecleo Springwood, Illinois, en su lugar.

«La policía sigue buscando al asesino de las garras».

«Tres muertos, más sospechosos».

«Ex médico acusado liberado de prisión a la luz de nuevas pruebas».

Pongo los ojos en blanco ante el último artículo, pero hago clic de todos modos.
Así que era verdad. En realidad, había salido libre porque se había encontrado a
otro culpable, aunque Gabriel lo había hecho todo el tiempo. Mis dedos tambori-
lean contra el portátil y miro la televisión. No tengo ni idea de lo que estoy viendo,
aparte de que está relacionado con la comida, y dejo que mi atención se desvíe

118
hacia lo que parece ser un concurso de cocina durante unos minutos.

Entonces tecleo el nombre de Gabriel Brooks, en su lugar.

«Psicólogo local premiado por sus avances en psicología del sueño».

Arrugo la nariz ante las palabras del título, preguntándome qué demonios
tiene Gabriel para la gente que sigue durmiendo. Diablos, ha dejado claro que le
parece “lindo” cuando estoy dormida. Unos cuantos artículos más hablan de su
trabajo con los sueños lúcidos, y los leo rápidamente antes de sentarme y cerrar
los ojos con fuerza.

¿Siempre ha sido así?

Es difícil recordar mucho de lo que había pasado antes del incidente con la
familia Owen. Me cuesta pensar en Gabriel antes de saber lo que era, aunque hay
cosas que nunca podré quitarme de la cabeza.

El aroma de su colonia penetrante.

El cómodo sofá de su despacho.

Su cálida y dulce sonrisa. Es la misma que usa de vez en cuando. Y cuando


pienso en ello, me doy cuenta de que la reserva sólo para mí.
Siento calor en el pecho, pero lo contengo rápidamente. No debería alegrarme
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que sienta eso por mí. No debería alegrarme que sus sonrisas más dulces sean solo
para mí. Es una mala persona, y aún no he descubierto cómo me está siguiendo.

Pero al ver sus logros en línea surgen más preguntas. ¿Había usado alguna vez
la psicología de los sueños conmigo? ¿Es por eso por lo que está tan interesado
en las pesadillas que tengo sobre mi infancia?

—Es una mala idea —refunfuño y busco el móvil en la mesita. Tengo su nú-
mero, gracias a que Melinda le dio el mío cuando tuvimos sesión de terapia, y
aunque no lo he guardado en el teléfono, es bastante fácil de encontrar en mi
historial de llamadas.

No tengo por qué hacerlo. Aunque tengo ganas de preguntarle algo, varias
cosas, sigue siendo una mala idea. Tampoco tengo por qué seguir con esto.

119
Aun así, pulso el botón de llamada y espero. Suena una vez y suelto un suspiro
cuando no contesta. Vuelve a sonar y pienso que quizá no esté. Podría colgar
antes de que vuelva a sonar, antes de darle una oportunidad de...

El tercer timbre se corta y oigo un largo y suave suspiro en mi oído, junto con
el sonido de alguien moviéndose. —Cada vez que creo que sé lo que vas a hacer,
me sorprendes, Quinn. ¿Qué necesitas?

Miro hacia abajo, sin responder, mientras pienso en su pregunta y en por qué
he llamado. Después de todo, aún puedo colgar. No puede obligarme a contestar
por teléfono.

Como no digo nada, espero que cuelgue. La curiosidad alarga mi silencio, y lo


único que oigo es otra exhalación y lo que suena como platos tintineando.

—¿Estás en casa? —indago finalmente, reprochándome por qué esa es mi


primera pregunta. Debería acabar con esto de una vez, no intentar entablar
conversación.

—Sí, estoy lavando los platos. ¿Por qué? ¿Quieres venir? —Lo pregunta con pe-
reza, como si le diera igual. Tal vez no.

—¿Clara ya ha visto tu casa? —Es de mala educación contestarle con preguntas,


pero ahora mismo no me importan precisamente los modales.
—No. ¿Te pondrías celosa si lo hubiera hecho?
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—No. No me importa.

—Mentirosa. —Su tono es divertido y una canilla se abre cerca del teléfono. —
No estás en problemas, ¿verdad? No me importa prestarme a jugar a lo que sea,
pero quiero asegurarme de que estás bien.

—¿Qué vas a hacer si te digo que no y te cuento que me ha secuestrado un capo


narco y me ha enviado a Sudamérica? —pregunto, con las palabras secas.

—Iría a buscarte, matarlos a todos y traerte a casa.

—¿Y si quiero quedarme y gobernarlos?

—Entonces te haré su reina. —Las palabras no son lo que esperaba. Lo dijo todo
tan a la ligera, como si el asesinato no fuera la cosa más desquiciada del mundo

120
para discutir. Especialmente cuando él es un asesino en serie, así que no es tan
hipotético como cuando otras personas lo insinúan.

—¿Cómo los matarías? —No sé por qué pregunto. Especialmente cuando mis
palabras salen suaves, casi susurradas, en lugar del tono inexpresivo que pre-
tendo. ¿Por qué me importa cómo los mataría?

—¿Esta es tu idea de charla sexual por teléfono? Si es así, tengo que admitir que
me está gustando mucho, Quinn. —No respondo. En lugar de eso, lo escucho lavar
los platos, con el sonido de su silbido discordante entrando y saliendo de mis
oídos. Finalmente, oigo cómo se cierra el grifo y, tras unos segundos de pisadas
en su lujoso suelo de madera, parece que se sienta.

—¿Cómo los matarías? —repito, por si de algún modo ha olvidado la pregunta.

—Ya sabes cómo lo haría.

—¿Lo sé?

—Ah, ya veo. No me estás pidiendo información, ¿verdad? —Su voz se hace más
profunda, el sonido ronco y aterciopelado. Si estuviera en la habitación conmigo,
estoy segura de que podría oír más claramente su diversión, o verla en la calidez
de sus ojos marrones.
—Sólo quieres oírme hablar de ello. Si te lo cuento, ¿me dirás por qué has lla-
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mado? Sé que no era para esto, aunque desde luego no me importa responder a
tus preguntas.

—Puede que sí —revelo, las palabras me salen entrecortadas mientras me en-


cojo de hombros. Él no puede ver el movimiento, obviamente, pero eso no es rele-
vante ahora mismo. Apenas puedo pensar con claridad, y mucho menos averiguar
por qué estoy haciendo esto, aparte de tener una extraña y enfermiza fascinación
que necesito que me revise un médico.

—Los cortaría en pedazos para ti. Sé que has visto el trabajo que pueden hacer
mis garras. Podría despedazarlos, o simplemente rebanarlos. Me gusta la libertad
de explorar mis opciones.

—¿Qué...? —Trago saliva con dificultad, odiando tener el corazón en la garganta


y los muslos apretados alrededor del calor que se acumula en la parte inferior de
mi cuerpo. —¿Qué aspecto tienen tus garras? —Hasta ahora no estaba segura de
cuál era su arma asesina. ¿Por qué no me las ha enseñado, si le importo tanto y
121
quiere que sienta por él lo mismo que siente por mí?

—Ven y averígualo.

—Ni lo sueñes. —Me río, el sonido chirriante y agudo. —No soy tan estúpida.

—Entonces dime por qué llamas, Quinn. A no ser que sea para que te excite ha-
blando de asesinatos. ¿Ya estás mojada por mí? —Se me revuelve el estómago ante
la pregunta, formulada en el mismo tono sedoso.

De ninguna manera voy a responder.

—¿Sabes algo de Ashwick? —No es la pregunta que tanto quería hacer, pero a
esta altura me da igual. —Está en Indiana, y...

—Sé dónde está Ashwick —responde Gabriel con calma. —Y sé que está lleno de
asesinos.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir lo que he dicho. Si estás planeando unas vacaciones allí, me gus-
taría aconsejarte que no lo hagas. He trabajado demasiado para perderte en un
pueblo de locos.
Lo que dijo no tiene sentido. Es imposible que un pueblo entero esté lleno de
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asesinos, pero me quito sus bromas de la cabeza. —El Sr. Durham, el tipo que
tiraste contra una pared, vino a hablar conmigo hoy. Podrías haber escuchado, si
no estuvieras hablando con tu novia sobre tu cita. ¿Cómo te sentiste cuando ella
te estaba desnudando con la mirada?

Hace un sonido chirriante que podría ser una risita, y suelta—: Estás celosa.

—¿De qué? —El silencio resuena entre ambos, revolviéndome el estómago va-
rias veces. —No, no estoy celosa, Gabriel. —Las palabras no parecen auténticas,
no suenan verdaderas en mis oídos.

Las odio en cuanto las digo, y espero que él no lo vea también.

—¿Vino a hablarte de Ashwick? ¿Sobre cómo la gente murmura sobre asesinos


imitadores por aquí, porque los dos lugares están a pocas horas de distancia el uno

122
del otro? —Hay una paciencia en su voz que me irrita, y aprieto los dientes porque
me ha robado la gran revelación.

—Algo así. ¿Sabías que cerraron la investigación muy rápido sobre los Blaiken?
¿Y qué básicamente lo mantienen fuera de las noticias? Fui a su casa el otro día...

Es imposible no oír el ruido de sorpresa desde su lado del teléfono, ni la forma


en que murmura algo que podría no ser un cumplido.

—Como sea. Su dormitorio está limpio. Sólo su dormitorio. ¿No te parece raro?

—Creo que estás muy obsesionada con el asesinato para ser alguien que intenta
demostrarme que no quiere formar parte de él. —No me espero esas palabras.
Siento los dedos fríos y casi se me cae el teléfono de la sorpresa. Los recuerdos
que me trae asaltan mi mente y casi le cuelgo.

—No digas eso —contesto por fin. —No digas mierdas como ésa, Gabriel.

—Como quieras, Quinn. —Desde luego, no parece muy enfadado. —¿Intentas


preguntarme si quiero formar una pandilla Scooby contigo para ir a investigar un
asesinato?

—Nunca he dicho que quiera hacerlo contigo.


El silencio en la línea me hace preguntarme si habrá colgado. Abro la boca para
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hablar y miro el teléfono una vez para asegurarme de que sigue ahí.

—¿Gabriel? —pregunto tímidamente. —¿Te he disgustado?

—No —dice al fin. —No voy a preguntar. Pero no debería hacerlo. No deberías
tener tantas ganas de investigar un asesinato así. Especialmente sola. ¿Me oyes,
Quinn? Estoy diciendo que no.

—¡No estoy pidiendo tu permiso! —replico, perdiendo los estribos. —No te he


llamado por eso. No eres mi padre ni mi tutor, Gabriel. No necesito...

—Eres mía —recuerda con suavidad. —Y te digo que no, que no te vas a ir sola.
¿Y si encuentras algo? ¿Y si acabas muerta?

—¡Entonces supongo que tendrás que buscar a otra persona con la que
obsesionarte!

—Eso nunca ocurrirá. —Suelta un largo suspiro y me lo imagino pellizcándose 123


el puente de la nariz. —No quiero discutir contigo. No sobre esto. Si quieres discu-
tirlo, puedes venir aquí. Pero si esto es todo lo que quieres…

—No lo es —interrumpo, dándome una patada por sonar tan ansiosa. —No
cuelgues. Por favor. —La palabra casi me mata al pronunciarla, y su silencio me
pone nerviosa. —¿Gabriel?

—Sigo aquí. ¿Qué más quieres, princesa? —El apodo pone en marcha algo en mí,
pero me niego a pensar en ello.

—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? ¿En tu despacho?

—Por supuesto que me acuerdo.

—Le dijiste a mi asistente social que no tenías tiempo para ocuparte de otra
niña de acogida. ¿Te acuerdas?

—Claro que sí.

—Pero lo hiciste de todos modos. ¿Puedo preguntarte por qué? —Hay un


montón de cosas que quiero saber, y esta no era la pregunta que había planeado,
pero ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que no puedo evitarlo.
Se toma su tiempo para responder. Lo oigo moverse e intento adivinar si está
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sentado tras su escritorio o en su gran sofá de cuero.

—Porque me necesitabas —dice por fin. —Me necesitabas más que nadie. En-
traste en mi consulta con un ojo morado y un resentimiento que te llegaba hasta
las rodillas.

—Eso suena como todos los chicos de acogida que conozco —señalo. —Y no es
tan especial.

—Pero entraste en mi oficina con violencia en los ojos y jurando que no me


necesitabas. Dijiste que no dejarías que te volvieran a hacer daño, pasara lo que
pasara, y que podías lidiar con tu trauma tú sola.

Apenas recuerdo ese día. Sí creo saber de qué está hablando, sólo porque había
esperado a que mi asistente social se fuera para tener las agallas de decírselo al

124
hombre agradable y bien vestido que había aceptado ser mi terapeuta temporal.
Yo me veía como una mierda, y él... no.

—No puedo creer que te acuerdes de eso —mascullo, hurgando en un cordón


suelto de mi camiseta. —Eso es tan aleatorio.

—No, no lo es. ¿Sabes lo que me preocupaba entonces? ¿Sabes por qué accedí a
aceptarte como cliente y luego te retuve?

—¿Porque estás un poco loco y viste a una chica roto con una vida desorde-
nada? —Supongo. Después de todo, eso es lo que yo era entonces. Especialmente
antes de que me ayudara.

—Porque vi a una chica que planeaba un asesinato.

Sus palabras me dejan helada. Esta vez el teléfono se me cae al suelo mientras
cierro los ojos con fuerza.

No es verdad.

Si dejo el teléfono tirado el tiempo suficiente, seguro que cuelga. Pero cuando
vuelvo a tomarlo, siento su respiración. Lentamente, me lo acerco a la oreja y digo
en voz baja—: Mientes. Intentas asustarme.
—¿Lo hago? —Hay algo ahí, en su voz, en lo que no quiero pensar. Que no
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quiero recordar. —¿Seguro que no quieres venir? Puedo ayudarte a superar esto.

—No hay nada que resolver.

—Sólo porque no quieres recordar.

—¡Cállate! —Me enfado, casi tirando el teléfono esta vez. —No hay nada que
recordar, Gabriel. No hay nada que superar. Estoy harta de que me hagas esto.
Estoy harta de que me sigas y finjas que soy algo que no soy. ¡¿Por qué no puedes
dejarme en paz?! —Me pongo en pie de un salto, incapaz de quedarme quieta
mientras mi corazón late con el miedo que siempre intento fingir que no siento.

—No, no puedo hacerlo —confiesa, así de simple. —Nunca te dejaré sola, Quinn.
Y nunca te dejaré marchar. Y no porque fueras la chica que quería asesinar a
todos los que le hacían daño. ¿Recuerdas los sueños que tenías?

—Cállate —imploro, cerrando los ojos con fuerza. Esto había sido una idea
tan mala. Todo en esta llamada era terrible, y mi cuerpo me pide una forma de
125
escapar de sus palabras y de los recuerdos que trae a mi mente.

—¿Recuerdas los de la casa mala?

—No.

—Porque en mi memoria no fui yo quien al final mató a tu padre adoptivo.

No puedo hacer esto. No lo haré, y me alegro de que no esté en la habitación


conmigo. En lugar de contestar o dejar que siga hablando, le cuelgo y arrojo el
teléfono al sofá, esperando que se pierda entre los raídos cojines y caiga en algún
agujero negro.

No lo haré con él. Tampoco hacérmelo a mí misma.

No importa cuánto trate de convencerme, no soy la chica que recuerda, ni la


chica que él quiere que sea.
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J adea cuando lo apuñalo. Mi padre adoptivo se queda con la boca abierta y la


sangre se le escapa de los ojos como lágrimas.

—¿Por qué? —tose, aunque no denota miedo ni disculpas en su cara ni en la


forma de pronunciar las palabras. —¿Por qué? ¿POR QUÉ? —Cuando intenta dar
un paso adelante, vuelvo a apuñalarlo, esta vez en la garganta, y la sangre me 126
salpica la cara y el pecho. Está lo bastante caliente como para quemarme, aunque
la sensación es lejana y, en algún lugar de mi cabeza, me doy cuenta de que estoy
soñando. ¿No me habían guiado antes por este sueño?

Doy un paso atrás, y luego otro, cuando mi padre adoptivo se arrastra hacia mí.
Su respiración suena demasiado fuerte y las venas en sus ojos los enrojece mien-
tras sigue avanzando.

Tropiezo hacia atrás y el cuchillo cae al suelo. No debería ser capaz de alcan-
zarme, pero siento que voy más despacio, como si me moviera entre la melaza.

Finalmente, no puedo moverme. Mi corazón late con fuerza, el miedo recorre


mis venas mientras lo miro fijamente, y una mano se extiende y se eleva. Sube por
mi cuerpo arrastrándome hasta que mis rodillas chocan contra el suelo y una de
sus manos me rodea la garganta.

Me aprieta y su sonrisa se ensancha. Esto duele más que cualquier otra cosa. El
dolor es real, en lugar de distante, y la sangre me arde en las venas.

El rostro de mi padre adoptivo se transforma, rejuveneciendo, hasta que Billy


Owen me mira con desprecio, brotando sangre de él.
—Despierta, Quinn —sisea en mi cara, salpicándome de saliva ensangrentada.
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—Despierta, despierta, despierta...

Abro los ojos y me incorporo con un grito ahogado. O más bien lo intento.
Un peso cálido y firme me empuja hacia abajo y, durante un breve y aterrador
instante, veo a mi padre adoptivo encima de mí, con su rostro ensangrentado
mirándome.

Un relámpago ilumina la habitación y entra por un ventanal que no es el mío.


Eso hace que mi corazón se acelere, y cuando mis ojos se fijan en un rostro fa-
miliar, el consuelo que corre por mis venas es embarazoso.

—Gabriel —susurro, mis manos se acercan a su cara. Necesito tocarlo, palpar


algo real, incluso cuando un trueno retumba en el exterior.

—Shhh, tranquila Quinn —murmura, dejando que acerque su cara a la mía.

127
—Shhh, todo está bien. Ya estás despierta.

—Soñé con él. —Mi corazón sigue latiendo como un tambor en mi pecho,
sólo alentado por la tormenta mientras mis manos se hunden en su pelo. —No
pude evitarlo, y no quise. Volví a matarlo, como cuando era más joven. Pero no
se quedaba muerto, seguía viniendo, y... —Apenas sé de quién estoy hablando,
ya que mi cerebro recuerda al hombre de mi sueño como mi padre adoptivo y
como Billy. —Yo lo maté —secreteo, con las manos apretando las sábanas que
me rodean. —Lo hice…

Me hace callar suavemente y, cuando me retuerzo en la cama de terciopelo,


me doy cuenta de que su rodilla está apretada entre mis muslos. Cada parte de
mi cuerpo se concentra de repente en ese hecho, y recuerda lo bien que me había
hecho sentir en su despacho no hacía muchas horas.

—Estás bien —corea Gabriel. —Todo está bien. Fue sólo un sueño, y él no
puede hacerte daño. Si lo apuñalas, estará bien muerto, princesa. —Se acerca
hasta que siento su tibio aliento en mis labios y vacila sólo para mirarme a los
ojos antes de besarme.

Los besos de Gabriel nunca son dulces, y este se vuelve sucio nada más em-
pezar. Su lengua arrastra la mía, y cuando la retira es sólo para poder morderme
y ocuparse de mis labios.
Pero en el silencio roto sólo por mis jadeos y el latido de mi corazón, por fin
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me doy cuenta de lo que significa que éste no sea mi dormitorio.

—¿Dónde estoy? —Intento incorporarme, pero él vuelve a empujarme hacia la


cama. —Esta no es mi casa.

Una sonrisa se dibuja lentamente en sus labios y no se disculpa en lo más


mínimo. —Sabía que tendrías problemas esta noche —revela, como si fuera una
respuesta. —Pensé en asegurarme de estar aquí para ti.

—Pero aquí debería haber estado mi casa.

—Tienes el sueño muy pesado —insiste, y no puede evitar la oscura diversión


en sus facciones ahora. —Estaba seguro que te despertarías. Pensé que lo sabías.
Pero nunca lo hiciste. Aunque te saqué de tu casa y te puse en el asiento trasero.
Nunca te despertaste. Ni una sola vez.

—¿Me secuestraste? —cuestiono, intentando recordar algo de lo que dijo. —¿Tú


me secuestraste a mí?
128
—Sí, Quinn. —Ni siquiera intenta negarlo. —Y fue tan jodidamente fácil. Sabía
que dormirías mejor en mi cama, y tenía razón. No fue hasta llegó la tormenta
que empezaste a tener pesadillas. —Mientras intento ordenar mis pensamientos,
él entierra su cara en mi cuello. —Y estás tan jodidamente linda cuando duermes.

—Tú me secuestraste. —Sigo atascada en ese hecho, aunque en lugar de au-


mentar, el miedo en mi pecho se desvanece. —¿Me drogaste?

—No me hizo falta —responde con una suave carcajada. —¿No es una locura?
Ni siquiera necesité drogarte.

—Eres... —No se me ocurre ninguna palabra para expresar mi opinión sobre él,
pero lo intento de todos modos. —Eso es muy retorcido. Estás jodidamente loco.
No puedes secuestrarme.

Empujo contra él, aunque no hay suficientes excusas para convencerme a mí


misma de que no me encanta la sensación de sus dientes rozándome la garganta.

—Cuéntamelo todo —ronronea. —Vamos, Quinn. Convénceme de que estás en-


fadada conmigo.
Se sienta, dejándome espacio para maniobrar, aunque no mueve la pierna que
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sigue apretada contra mí. —Te daría un cuchillo; si no tuviera que ir a la cocina a
buscarlo. ¿Quieres hacerme daño, Quinn?

—Sí —farfullo, con el pecho agitado mientras lo miro. No debería sentir esto
por él. No debería estar ardiendo debajo de él, y ser consciente de cada pequeño
movimiento de su pierna contra mi cuerpo. En realidad, debería estar gritando,
buscando mi teléfono y noqueándolo con la taza de café más cercana.

Intento incorporarme, pero me empuja hacia abajo con una mano en la gar-
ganta. —Un par de reglas, mi querida viciosa —tararea, y la mirada en sus ojos
es algo que nunca había visto antes. Es difícil conciliar a esta persona sombría y
aterradora que tengo encima con mi Gabriel, aunque siempre he sabido esto de él.
—Si sales de esta habitación, se acabó el juego. Si no puedes responderme cuando
te pregunte si estás bien, se acabó. ¿Entendido?

—¿Y si no quiero jugar contigo? —Quiero. En verdad lo quiero, y eso es un problema


tan jodido que parece que tendrá que esperar. Al menos hasta que salga el sol.
129
—Entonces demuéstralo.

Levanto la mano e intento incorporarme de nuevo, esta vez con éxito, mientras
busco el cuello de su camiseta. Me engancho a la tela, lo justo, y él se ve obligado
a sentarse de nuevo en la cama, ya sin inmovilizarme.

Cuando vacila, me abalanzo sobre él, pongo mi mano en su garganta y lo em-


pujo hacia la cama tamaño king. Sé que me deja, porque nunca es tan dócil con-
migo, y acabo a horcajadas sobre su cintura, con las rodillas inmovilizándole los
brazos mientras lo miro.

Pero no se resiste. Su mirada brilla de interés, y debajo de mí puedo sentir que


él también está metido en esto. —¿Cómo te atreves? —demando, mi mano arru-
gando en puños su camisa. —¿Por qué me secuestraste, Gabriel? —El ardor de mi
cuerpo ya no es ira. Al menos, no del todo.

Levanto la otra mano y lo agarro del cuello como antes. La forma en que me lo
hace me marea lo suficiente como para sentirme increíble después.

Ni siquiera se resiste. Me deja, echando la cabeza hacia atrás para permitirme


un mejor acceso.
—¿Cómo me atrevo? —pregunta, sonando sólo ligeramente molesto. —Puedo
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hacer lo que quiera contigo. Siempre que quiera. Y te quería aquí, en mi cama.
No en esa casa de mierda al lado de una vecina que está suplicando le claven una
cuchilla en el pecho.

—Ella nunca te hizo nada —siseo, temblando. —¿Por qué ibas a...?

—Quizá estoy celoso de que pueda estar cerca de ti. —Cuando aprieto el
agarre, lo toma como una especie de señal. De repente, Gabriel nos da la vuelta,
me tira sobre la cama poniéndome de rodillas y sujetándome del pelo me obliga
a pegar la cara al colchón. —¿Tal vez odio que ella tenga tanto acceso a ti,
cuando estoy al otro lado de la ciudad?

—A lo mejor te estás inventando razones. —Me tiembla la voz, pero no sé si


es de miedo o de excitación. O ambas cosas.

130
Se ríe, su voz suena más cercana de lo que esperaba y, de repente, me muerde
el hombro con fuerza.

—Puede que sí —dice en mi oído. —Tal vez estoy buscando cualquier razón
para reclamarte como mía de nuevo. Te fuiste tan rápido la última vez. Eso me
dolió. —Sin previo aviso, quita mi camisa y siento algo afilado contra la piel que
me hace permanecer inmóvil.

—Espera...

—No voy a hacerte daño —explica con cuidado. —Y te repondré lo que te he


cortado esta semana, te lo prometo. ¿Me escuchas?

Lo entiendo, pero no puedo evitar el escalofrío que me recorre. Sobre todo,


cuando aprieta el puño y me doy cuenta de lo que va a hacer.

—Necesito algo que ponerme, Gabriel —remarco, apretando los dedos en las
sábanas que tengo debajo. Estoy demasiado nerviosa para protestar de verdad,
cuando él tiene algo así de afilado. —Por favor, necesito...

No me escucha, o no le importa. Se oye un fuerte desgarro y, unos instantes


después, me quita la vieja y raída camisa de dormir hecha pedazos.
—No necesitas nada, princesa —canta Gabriel, con los dedos agarrando la cin-
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tura de mis pantalones cortos. —Si te cubres con ropa, entonces sólo te escon-
derás de mí. Y preferiría que no lo hicieras.

—Deja que me los quite. —Podría decirle que parara. Podría levantarme y diri-
girme a la puerta, y estoy segura de que me dejaría.

Podría decirle que no lo haga, si no estuviera tan interesada en cómo se sentirá


esto. —No quiero que te tomes la molestia —ronronea, y siento la hoja rozán-
dome el muslo mientras me levanta, raspando mi muslo mientras levanta la tela
de mi piel. —Pero intenta convencerme de todos modos.

—Es más fácil, y no puedo quedarme aquí para siempre. —La tela me aprieta
la piel cuando tira de ella y me estremezco al sentir el contacto de sus nudillos.
—Necesito algo que ponerme para ir a trabajar.

131
—Sí —contesta, muy complacido. —Supongo que no lo había pensado. ¿Qué
pensarán los vecinos? ¿Y si esto significa que nunca más podrás salir de aquí?
Tienes razón, Quinn. Ese es un excelente punto.

—¿Entonces me dejarás quitármelos?

Su respuesta es un bufido y el sonido de la tela rasgándose de nuevo.

La cuchilla rompe la fina tela con facilidad y, cuando mis pantaloncillos acaban
de recibir el mismo tratamiento que mi camiseta, me los arranca también de un
tirón, se sienta y me aprieta contra la cama.

—Qué hermosa. —Hay una especie de reverencia en su voz que no esperaba, y


cuando intento moverme, presiona con su mano en la parte baja de la columna.
—No, princesa. Quédate ahí para mí, ¿sí? Déjame jugar un poco contigo.

El cuchillo desciende a continuación, recorriendo mi columna y subiendo por


mi culo hasta rozar la parte superior de mis muslos. No puedo evitar los gemidos
cuando la hoja se hunde ligeramente entre mis muslos, pero él sólo suelta una
suave carcajada y vuelve a subirla por mi cuerpo, sin hacer más que burlarse.

—Tan sumisa con una cuchilla contra la piel —bromea, inclinándose de nuevo
sobre mí. —¿Es porque tienes miedo de que te corte? O por lo mucho que lo disfrutas.
El cuchillo cae con estrépito sobre la mesita junto a la cama y me agarra por las
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caderas, moviéndose lo suficiente para arrastrarme hasta las rodillas.

—No me gusta —miento, intentando incorporarme, sólo para que vuelva a em-
pujar mi cara hacia abajo.

—Normalmente me gusta mirarte, pero creo que esta vez estás mejor ahí
mismo. Justo aquí, debajo de mí, donde perteneces. —Apenas puedo moverme,
sobre todo cuando hunde una mano en mi cabello para mantenerme con el culo
al aire y la cara contra su funda de almohada súper suave.

—Muérdeme —mascullo sarcástica, cerrando los ojos con fuerza. Un segundo


después grito, sin haber esperado que me clavara los dientes en la cadera.

—Dime que lo haga otra vez —invita. —Dime todas las cosas perversas que te
gustaría que hiciera. —Cuando niego con la cabeza, vuelve a morderme, esta vez

132
con insistencia y me hace un moretón en la piel que presiento que me durará días.

—Apuesto a que estás mojada por mí —incita, buscando mi raja con los dedos.
—Apuesto a que estás empapada, ¿verdad?

—Es por la violencia, no por ti —contradigo, relajando los hombros cuando su


mano abandona mi pelo.

—Ah, ¿sí? —Vuelve a inclinarse sobre mí y me tenso cuando espero otro mor-
disco. Pero nunca llega. Vuelve a colocarse detrás de mí y sus dedos se clavan en
mi cadera cuando intento mirar por encima del hombro.

—Quédate donde estás, Quinn. Quédate donde estás y déjame jugar contigo,
o tendré que esposarte. ¿Crees que no lo haré? ¿Crees que no disfrutaría contigo
indefensa y retorciéndote en mi cama? ¿Sin ropa y sin nadie que venga a buscarte?
—gruñe ante sus propias palabras. —Todavía estoy dispuesto a dejarte ir cuando
termine, pero si te tengo esposada en mi cama como una dulce y dispuesta mas-
cota... no sé si seguirá siendo así.

—No puedes tenerme aquí para siempre.

—Claro que puedo.


La hoja del cuchillo me roza el muslo y grito contra la almohada. Sin embargo,
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no me da la oportunidad de moverme. Se ha colocado de forma que puede aga-


rrarme del pelo y empujarme contra la espalda sin dejar de pasarme la hoja por
el interior de los muslos.

—¿Qué estás haciendo? —exijo, deseando al menos poder girarme y mirarlo.


—Gabriel...

—Te estoy dando lo que quieres —responde, todo inocencia. —Te estoy dando
lo que dijiste que querías. Te gusta la violencia. Te gusta el cuchillo, ¿verdad? —La
hoja desaparece y casi grito cuando algo que no son sus dedos penetra en mi coño.

Con una sacudida, me doy cuenta de que es el mango del cuchillo. Entierro la
cara en la almohada y me tiemblan los muslos cuando lo introduce.

Tiene razón sobre lo mojada que estoy, porque la empuñadura se desliza sua-

133
vemente en mi entrada.

—Buena chica —ronronea mientras sigue sujetándome con una mano en la


parte superior de la espalda, justo entre los omóplatos. —Buena chica, lo tomas
jodidamente bien para mí. —Sus movimientos se aceleran, impacientes, y cierro
los ojos con fuerza ante la idea de correrme sobre la empuñadura de un cuchillo.
—¿Quieres que te haga correrte así? —Se burla, como si pudiera leer mis pensa-
mientos. —¿Quieres correrte con un cuchillo dentro de ti? Eso es jodido, Quinn.

—Eso no es lo que quiero —siseo, con los dedos apretados contra la almohada.
El calor se acumula en mi estómago mientras me folla con él, y noto lo empapada
que estoy. No ayuda que pueda oírlo también, y el sonido húmedo de succión
mientras del cuchillo va entrando y saliendo suena fuerte en la habitación.

—Por favor, Gabriel...

—¿No lo quieres? ¿No quieres correrte sobre mi cuchillo, preciosa mía? —Odio
la forma en que se burla de mí. Y la forma en que hace algo en mi estómago que
es imposible de ignorar. —Bueno, ya sabes cuál es la alternativa, ¿no?

—Cualquier cosa —jadeo, sintiendo cómo aprieto involuntariamente la punta


roma.
—¿Cualquier cosa? ¿Estás segura? —No espera a que responda. Lanza el cu-
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chillo al otro lado de la habitación, que cae al suelo cuando Gabriel se mueve.
Segundos después está detrás de mí y, a través de la lluvia que golpea la ventana
de mi izquierda, oigo el ruido de su ropa al caer.

Cuando vuelve a cubrirme, ya no tiene camisa. Su piel es tan cálida contra la


mía, y lo siento como una línea ardiente de calor contra mi cuerpo. Su polla roza
mi coño y se burla de mí, guiándola contra mí, pero solo dejando que la cabeza en
forma de seta entre en mi interior antes de volver a burlarse.

Gimo, odiando lo mucho que lo necesito. —Fóllame —suplico, con la mente


dándome vueltas. —Date prisa y fóllame.

—Debería obligarte a decir por favor —dice con desprecio en mi oído, pero
cuando abro la boca para replicar, se abalanza sobre mí y me hace ahogar un grito
ahogado. —Pero me gustas desesperada y exigente. Estás tan necesitada. ¿Nadie
te ha follado bien antes?
134
Sus movimientos nunca son lentos ni suaves. Empieza con brusquedad y no
cesa, arrancándome jadeos y gritos mientras me penetra.

—No como tú —contesto, levantando la cabeza para que pueda rodearme la


garganta con los dedos. No espero la fuerza de su agarre, que casi me hace ver las
estrellas. —Gabriel...

—Confía en mí —gruñe, mientras con la otra mano rodea mis labios inferiores
hasta encontrar mi clítoris. Lo presiona y es tan brusco en sus caricias como lo
es con el resto de mi cuerpo. Sin embargo, no encuentro aliento para quejarme.
Tampoco encuentro el deseo de hacerlo, ya que me trata como un juguete que
puede utilizar a su antojo.

Cuando mi visión empieza a nublarse, ahogo una protesta que es ignorada. La


rabia que me ha mantenido caliente todo este tiempo se apaga, hasta que lo único
que me mantiene viva es su cuerpo contra el mío y la forma en que me folla.

—Se siente tan bien así —promete. —No te preocupes, Quinn. No te haré daño.
Sólo quiero sentirte jadear, sentir tu pulso. Es tan rápido, como si fueras a huir de
mí. Pero no es así, ¿verdad?
No puedo responder ahora. No cuando lo único que me sostiene es Gabriel.
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—Nunca volverás a huir de mí. —Sus dedos me aprietan la garganta y siento


que pierdo el conocimiento, justo cuando sus movimientos me llevan al límite.

Al instante me suelta y resuello, con el orgasmo desgarrándome con tanta


fuerza que las lágrimas brotan de mis ojos manchando la funda de su almo-
hada. Sólo puedo aferrarme a sus sábanas e intentar no romperme en mil pedazos
mientras me corro, y concentrarme en sus largos y desiguales empujones hasta
que finalmente él se entierra en mi cuerpo y se corre también.

Los dientes de Gabriel se acercan a la piel de mi garganta, un suave sonido sale


de entre ellos mientras me hace una marca en la piel, tan cerca del lugar donde le
encanta estrangularme.

—La próxima vez, dejaré que me destroces —asegura, mientras mi cerebro

135
abandona la lucha contra la conciencia. Estoy agotada, sin oxígeno, y siento que
vuelvo a dormirme cuando él se pone de lado y me atrae hacia su cuerpo sin sol-
tarme. —La próxima vez, dejaré que me hagas lo que quieras.

Gimo, vuelvo la cara hacia la almohada e intento moverme, solo para que me
abrace fuerte contra su pecho. No es incómodo. De hecho, no lo es en absoluto.

—No, no tienes que moverte —ríe suavemente contra mi piel. —Me gustas aquí,
llena de mi semen, y donde sé que no vas a ir a ninguna parte, Quinn.

—Tengo que trabajar mañana —protesto, con los ojos aún cerrados. —Tengo
que irme a casa.

—No, de verdad que no.

Quiero discutir. Quiero decirle que desde luego que sí... pero no puedo. No
cuando está tan cálido y la manta que me sube hasta los hombros pesa tanto que
no deseo moverme. Dejo que me atraiga hacia su cuerpo, hasta que soy la cuchara
pequeña y él aún sigue dentro de mí, así y todo, cuando se inclina hacia delante
para susurrarme al oído otra vez, estoy tan ida que no oigo una sola palabra.

Tendré que acordarme de preguntarle que dijo por la mañana.


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C uando suena el teléfono, me doy cuenta de que no estaba en condiciones


de haberlo traído aquí anoche. Aun así, el sonido me saca del sueño y abro los
ojos de golpe para ver que está sobre la mesita, enchufado. No solo eso, sino que
Gabriel ya no está en la cama conmigo.

Odio sentirme decepcionada. Siento que algo en mí se desenrosca, y mi mañana 136


está arruinada de repente. No debería afligirme así por un hombre que me ha per-
seguido por todo el país, me ha secuestrado y no me ha dado ninguna razón real
para corresponder a sus sentimientos.

Sus sentimientos.

Eso también me retuerce por dentro, incluso mientras busco a tientas el telé-
fono. Nunca ha sido claro sobre sus sentimientos, excepto para decirme que cree
que soy suya, que le pertenezco. ¿Será eso? ¿Es sólo un loco al que debería haber
entregado a la policía hace mucho tiempo? Sí, probablemente.

—¿Hola? —saludo, aún sin saber adónde ha ido Gabriel. Abajo, probablemente.
Y debería estar agradecida por no haberme despertado en plena calle, supongo.

No es que me haya dado una pista de que me haría eso.

Una puerta detrás de mí se abre, justo cuando la voz de Melinda llega a mis
oídos. —Siento molestarte tan temprano, Quinn. —Suena tan compungida como es
humanamente posible, y se le nota un atisbo de preocupación, incluso a través de
nuestra mala conexión. —Pero necesito pedirte un favor. ¿Te parece bien? No estás
fuera de la ciudad, ¿verdad?
Un trueno retumba en la distancia, como un recuerdo lejano de la tormenta de
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anoche, o la promesa de una nueva para el día de hoy. El colchón se inclina detrás
de mí y, con un suspiro, Gabriel se tumba sobre mí cuerpo y me besa el brazo.

Así que, después de todo, no me había abandonado.

—Estoy aquí. Aunque ahora no estoy en casa. —Entrecierro los ojos y le echo
una mirada por encima del hombro mientras mordisquea y besa todo el brazo.

Mientras lo observo, mis ojos reparan el cuchillo que hay sobre la cómoda, al
otro lado de la habitación. ¿Ese es el cuchillo que usó anoche?

—Espero que todo esté bien. Y siento mucho si te estoy arruinando la mañana
—suspira y duda antes de continuar. —¿Te acuerdas de Lily?

Me tenso bajo el tacto de Gabriel, y puedo decir inmediatamente que él lo


siente. Sus caricias se detienen, su boca abandona mi piel, y engancha un brazo
alrededor de mi cintura para atraerme en un abrazo contra su cuerpo. 137
Al instante, me doy cuenta de que no lleva ropa. Respiro hondo, cierro los ojos
e intento concentrarme en la conversación, en lugar de su cálido cuerpo contra
el mío. —La recuerdo. —¿Cómo no iba a hacerlo? Me había sentido tan mal por la
niña, y me había visto reflejada en ella más de lo que me gustaría admitir.

—Hay que recogerla. No estoy segura de lo que pasó. Un pariente vino a visi-
tarla sin nuestra aprobación... no lo sé exactamente. Está a salvo, por el momento.
Pero se encuentra en la oficina del Condado de Pascua y hay que recogerla en una
hora. —No tengo ni idea de dónde está ubicado eso, aunque no puede estar a más
de treinta minutos en auto, para eso Dios creó la aplicación Mapas y la dotó de
geolocalización.

—Tardaré un poco en llegar. Tengo que ir a casa y... —Me detengo cuando él me
da un codazo en el brazo, señalando hacia la ventana. Justo debajo, en el asiento
acolchado, hay un montón de ropa que sospechosamente se parece a la mía.

Qué rarito es. Uno considerado, pero un rarito al fin.

—No importa, tengo todo lo que necesito. Puedo salir enseguida —ex-
plico, porque siento la forma en que Gabriel no se preocupa por una situación
desesperada.
No, sólo está muy contento de estar en la cama conmigo. Sus caderas se mueven
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contra las mías, meciéndose lentamente, y no me cuesta precisamente dejar que


enganche una mano bajo mi rodilla y la suba por encima de su cadera.

—Puedo preguntar... ella es tu caso, ¿verdad? —No quiero acusarla de pos-


tergar su trabajo, pero no es la primera vez que tengo que hacer algo por ella, ni
la segunda, ahora que lo pienso.

Me vienen a la mente los Birkin, junto con la primera recogida de Lily. Esos son,
o eran, en definitiva, los casos de Melinda.

Entonces, ¿por qué me los echa a mí?

Gabriel insiste cada vez más; sus besos en mi cuello se intensifican cuando sus
dientes rozan las marcas que dejó anoche. Me estremezco al sentirlas, mi piel
sigue hipersensible a sus mordiscos.

—Lo es. —Melinda no parece enfadada. Sólo suena... cansada. —Pero estoy al
máximo de horas extras para el mes. Siento endilgarte esto, Quinn. Sé que necesito
138
contratar a otro trabajador social para la oficina. Si conoces a alguien, me lo dirías
de todas formas, supongo. —Se ríe, pero el sonido carece de humor real. Una vez
más, irradia cansancio y exceso de trabajo.

Se me encoge el corazón por ella y alzo la mano para agarrar el pelo de Gabriel,
con la esperanza de que se dé cuenta y pare un momento.

Lo hace, sorprendiéndome. Sus movimientos se ralentizan hasta que lo único


que siento es su respiración contra mi espalda.

—Estaré allí pronto, ¿está bien? —aclaro, odiando ser tan fácil de convencer.

Especialmente porque sé que esto será tan difícil como la primera vez. Que el caso
de Lily me va a doler. Sé eso, tanto como sé que aprovecharé cualquier oportunidad
para ayudarla, porque me recuerda a mí en todas las formas equivocadas posibles.

—Gracias, Quinn. —Parece aliviada, y oigo el chirrido de su silla de oficina


cuando vuelve a sentarse. —Estoy haciendo algunas llamadas para ver si puedo
conseguir que alguien más vaya contigo. Como he dicho, todo debería salir bien.
Pero últimamente... —se interrumpe, y la paciencia de Gabriel disminuye.
Me muerde la garganta, arrancándome un grito ahogado que cubro con una
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tos. —Las cosas están raras últimamente —reflexiona al fin, actuando como si no
se hubiera dado cuenta del sonido. —Llámame cuando estés allí. Estoy pensando
dónde reubicarla, pero lo sabré para entonces.

—N-no hay problema. —Odio la inestabilidad en mi voz, y cuando la dureza de


Gabriel roza mi raja, lucho duro para no hacer un sonido que traicione mis estre-
mecimientos. —Estaré allí pronto. —Cuelgo más deprisa de lo que sería educado
y, de repente, me tumban de espaldas; el movimiento me sorprende y suelto un
grito ahogado.

—Eres impaciente —acuso maliciosamente cuando Gabriel extiende una mano


para tocarme el esternón. Separa ampliamente mis piernas con la otra mano hasta
que las envuelvo en su cadera.

—Dejas que te pida demasiado —sermonea, y su cuerpo se hunde en mí sin


vacilar. —Me atraganto con el aire que había estado respirando, pero no puedo
hacer más que agarrarme a su brazo, hundiéndole las uñas en la piel, mientras me
139
sujeta para follarme. —Es tu día libre. Deberías haberle dicho que no.

Mis caderas se balancean contra las suyas, mis ojos encuentran su mirada y se
entrecierran. —Quizá sólo intento alejarme de ti lo antes posible —señalo, aunque
la situación deja bastante claro que no es así.

Levanta una ceja y me aprieta con la mano para que no pueda arquearme.

—De algún modo, no creo que eso sea cierto. Pero, ¿quieres que me dé prisa?
Podría usarte para mí placer, correrme dentro de este dulce coño y dejarte do-
lorida todo el día. ¿Es eso lo que quieres, Quinn? —Puntúa cada palabra con un
fuerte empellón que sacude todo mi ser. —¿Qué te deje necesitada y chorreando
mi semen todo el día?

Sí, por favor es comprensiblemente la respuesta equivocada, y que no debería


ser dicha.

—Hazlo —desafío, aun agarrándole el brazo con fuerza mientras me sube una
pierna por encima del hombro para poder penetrarme más profundamente. —
Hazlo, si quieres. Ya acabaré yo más tarde. Después de todo, acabo de comprar
pilas nuevas. Y sé muy bien lo que quiero.
Sonríe atormentado y le brillan los ojos. —Eres un monstruito —ronronea la
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pesadilla de mi existencia. —¿Lo sabías?

—Sólo cuando te involucra a ti.

Suelta el agarre en mi muslo y se lanza hacia delante, con la mano en alto para
sujetarme las muñecas por encima de la cabeza. Me besa y me muerde el labio con
un gruñido antes de usar la mano que tiene libre para agarrarme por el cuello y
sujetarme exactamente donde me quiere…

Le respondo el sonido con un gruñido propio, mordisqueando su lengua cuando


entra en mi boca.

Sus dedos me aprietan con cuidado y sus embestidas se vuelven más duras y
erráticas. Si él está cerca, yo también, pero no quiero ser la primera en correrme.
No esta vez.

—¿Estás cerca? —tantea, cuando se retira para tomar aire. Me abalanzo sobre
él todo lo que puedo, los dientes se juntan con un chasquido agudo cuando estoy
140
cerca de sus labios. Se ríe sombríamente y me besa de nuevo, forzándome a abrir
la boca para alimentarme con los ruidos que hace.

—Estás taan cerca —corea, con palabras burlonas mientras su tono es más o
menos un gruñido. —Durante mucho tiempo me pregunté cómo sería follarte.
Cómo te excitarías. Resulta que realmente te gusta cuando soy duro. No necesito
jugar con tu clítoris ni susurrarte palabras dulces, ¿verdad?

—Podrías intentarlo. ¿Quién sabe? Puede que me guste —puntuó, sabiendo que
tiene razón. Es esto lo que me gusta. Más que nadie con quien me haya acostado,
Gabriel sabe cómo excitarme. Su personalidad, sus acciones. La forma en que es
tan dominante y áspero pero juguetón, realmente lo hace por mí.

¿Eso me hace tan jodida como él?

Mi liberación me pilla por sorpresa justo cuando los dientes de Gabriel se cie-
rran sobre mi pezón. Su mano abandona mi garganta y baja a jugar con mi otro
pecho con la misma dureza, y aunque me doy cuenta de que lo intenta, no puede
contenerse cuando mis rodillas se aprietan alrededor de su cuerpo, atrayéndolo
mientras me corro.
Maldice en voz baja y se gira para jadear contra mi cuello mientras se aprieta
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contra mí. Mis manos se flexionan en su agarre, pero él no me suelta. No hasta


que está completamente agotado y puede incorporarse para mirarme, con los
ojos brillantes.

—¿Qué? —Suelto un chasquido, repentinamente cohibida al sentir el cosquilleo


de los últimos instantes de mi orgasmo. —¿Por qué me miras así? Y juro por Dios
que gritaré si es alguna frase cursi que incluya la palabra “mía”.

—Sólo te estaba observando, Quinn. —Se ríe Gabriel, cortándome con sus li-
geras palabras. —No le des tanta importancia. Es que me gusta mucho mirarte.

—Ah ¿sí? —pregunto, dejándome caer de espaldas. —¿Por qué?

—Porque eres preciosa. —Todo lo que quiero decir se ahoga en mi garganta.


Todas mis réplicas se esfuman cuando siento su mirada. No puedo apartar los ojos

141
de él. Ni de su piel dorada, ni de los tatuajes que adornan sus brazos. Es hermoso.
¿Por qué me doy cuenta recién ahora?

—Yo... —Muerdo mis labios, sabiendo que tengo que decir algo. No puedo que-
darme aquí, mirándolo y sintiéndome estupefacta.

Di algo. Di lo que sea.

Se me abre la boca, aunque no sé qué decir, pero por suerte me interrumpe el


timbre de su teléfono. Gabriel suspira y se inclina sobre mí hacia la mesita, to-
mándolo antes de sentarse de nuevo entre mis muslos.

—¿Diga? —habla, volviendo a su voz profesional incluso mientras su mano


recorre mi acalorada piel.

—Hola, Melinda. —Sus ojos encuentran los míos, y estoy segura de que mi mi-
rada refleja su misma confusión. —Claro, tengo un minuto. ¿Qué necesitas?
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N o sé qué decirle a Melinda, aparte de la misma frase que he estado repi-


tiendo de diferentes maneras durante los últimos minutos.

—Ha... ido bien —explico, golpeando con los dedos el reposabrazos de la rígida
silla. —Aunque en realidad no necesitaba a Ga–Dr. Brooks —continuo, esperando
no haber metido la pata al casi decir su nombre de pila. 142
Después de que Melinda me llamara para ir a recoger a Lily bajo la lluvia, había
sido él quien me había convencido de que su auto era mejor que el mío y que a la
niña le gustaría más.

Aunque había tardado hasta que llegamos allí y vi a la nueva madre de acogida
de Lily bajo la tormenta mientras la mujer nos vigilaba desde el porche, para
darme cuenta de por qué traer a Gabriel era una buena idea.

Se había puesto lívido. Toda justa, furia terapeuta y citando leyes que la mujer
estaba infringiendo. Ella había comenzado desafiante, tratando de hacer agu-
jeros en su argumento. Pero Gabriel nunca había sido fácil de romper. Sobre todo,
cuando estaba enfadado.

—¿Cómo está ahora, de todos modos? Lo estás viendo para las sesiones de
terapia, ¿verdad? Me dijo que ahí estabas esta mañana cuando te llamé, y que por
eso fueron los dos juntos tan rápido.

Sonríe amablemente, con una invitación a que le diga la verdad. Como si no me


fuera a despedir por tirarme al terapeuta mayor.

¿Lo hará?
Parpadeo, intentando buscar qué decir. Intento adivinar cuánto está al tanto de
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nosotros. ¿Sabe que Gabriel tuvo que alejarme de la mujer porque había estado
amenazando con quitarle todos los niños que tenía a su cargo y cada céntimo de
la financiación estatal que recibía por ellos?

¿O sabe que me senté atrás con Lily, dejándola llorar en mi sudadera con ca-
pucha mientras me preguntaba por qué Melinda no se molestaba en aparecer y
hacer algo al respecto? Era su caso. Suyo, no nuestro. Debería haber sido ella la
que se hubiera apresurado a salir, a protegerla antes de que le pasara esto.

No debería habérsenos echado la culpa a ambos, por mucho que la sangre me


recorra el cuerpo y mis manos se cierren en puños al pensarlo. Respiro hondo,
intentando alejar mis pensamientos de la irritación y concentrarme de nuevo en
sus palabras.

—Sabes, voy a invitarlo a nuestra próxima fiesta en la piscina. Es dentro de un


par de semanas en casa. Normalmente las hacemos una vez al mes, pero en esta
ocasión estábamos trabajando en el revestimiento. Piscinas —resopla, levantando
143
una mano como si fuera obvio que las piscinas son la perdición de su existencia.
No le digo que le vendrían bien las horas de la tarde, ya que siempre está des-
pierta como una criatura de la noche, sino que me limito a sonreír alegremente.

—No sabría decirte —bromeo, sabiendo que luzco incómoda. —Nunca he vi-
vido en un sitio con piscina. —Francamente, no sé nada de ellas.

—Siempre me cubre el olor a cloro por la noche —añade, sacudiendo la cabeza.


—Es espantoso. Tanto para mi marido como para mí. Sinceramente, me sorprende
que no lo hayas notado aquí.

—No se notó nada —tranquilizo, preguntándome por qué esto siquiera im-
porta. —Sólo he olido el cloro en piscinas públicas y... —Parpadeo y frunzo el
ceño, cuando un recuerdo interrumpe mi proceso de pensamiento.

Una piscina no es el único lugar donde he olido cloro.

Aun así, no puedo recordar exactamente dónde he olido antes ese olor. Hacía
mucho tiempo que no iba a una piscina pública sucia, llena de niños y gestionada
por el condado. Al menos diez años, si no unos cuantos más.
Pero el olor a cloro es nítido en mi nariz, como si hubieran pasado pocas se-
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manas, en lugar de años. ¿Por qué eso me inquieta?

Cuando me doy cuenta de que Melinda vuelve a hablar, le dedico otra sonrisa
e intento parecer interesada. —Como te decía, gracias por ocuparte de ese asunto
por mí. No creo que haya que volver a trasladar a Lily. Ahora está en una casa de
acogida mejor de lo que podía esperar. Habría estado allí antes, pero no tenían
espacio. —Duda, sus ojos pálidos encuentran mi cara y me sostienen la mirada.

¿Quiere algo de mí? ¿Hay algún detalle que no le he contado?

Respiro mientras ella me observa, insegura de lo que va a decir. No me preocupa


ni me asusta. ¿Cómo podría, si apenas parece capaz de matar una mosca?

—Estuviste en una casa de acogida, ¿verdad? —pregunta por fin, y yo parpadeo


sorprendida, con una leve sospecha. No estaba en mi solicitud de trabajo, y no soy

144
abierta al respecto.

A menos que Gabriel haya dicho algo, no tengo ni idea de cómo lo sabría.

—¿Qué? —mascullo finalmente, sin querer confirmar o negar su acusación.


—¿Por qué lo dices?

—Porque sé lo que parece —señala, echándose hacia atrás en la silla con un


suspiro. —Conozco la mirada y las reacciones de una joven que vivió en casas
de acogida. Especialmente una que nunca fue adoptada. De niña viste lo peor de
nuestro sistema, ¿verdad, Quinn?

Golpeo la silla con los dedos y le sostengo la mirada. No sé qué decir ni cómo
avanzar. Diablos, no tengo ni idea de lo que podría ganar por sacar el tema ahora
mismo.

—Umm... —Aparto la mirada de ella, mordiéndome el labio inferior mientras


repaso los pensamientos que no dejan de revolotear por mi cabeza. No es un gran
secreto. No se equivoca, obviamente. Y no puede echármelo en cara. Lo que pasa
es que no quiero hablar de ello.

—Sí —acepto finalmente, con voz suave, apenas pronunciando la palabra. No


quiero hablar de esto ni alargarlo. —¿Te parece bien? ¿Hay algo que te preocupe,
relacionado con mi desempeño laboral?
—No, no, en absoluto. Eres buena en tu trabajo, Quinn. Eres la mejor contra-
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tación que he tenido en mucho tiempo. La primera que parece que se quedará.
—Suelta una risita y mira el ordenador. —Me preocupo por ti —dice por fin. —Me
preocupo porque creo que estos casos podrían afectarte más que a cualquier otra
persona. Como a Clara. —Esboza una sonrisa cariñosa hacia la ventana, donde
probablemente esté ella sentada. —No quiero que te quemes, ¿entiendes? Pero
más que eso, no quiero que salgas lastimada por estos casos.

Esto es tan extraño. ¿Había tenido alguna vez a alguien que expresara tan abier-
tamente su preocupación por mí? Probablemente no, excepto la trabajadora so-
cial que había tomado mi caso de niña. Le encantaba decirme que las cosas mejo-
rarían, que sólo tenía que tener pensamientos positivos y manifestar mis sueños
para que se hicieran realidad.

Sin embargo, lo único que se me había manifestado eran los asesinatos de tres

145
personas. Y eso no era precisamente positivo.

Me calmo y trato de no perder el conocimiento mientras Melinda me mira


preocupada, esperando una respuesta que no sé cómo darle.

—Estoy bien —expreso al fin, cada palabra lenta y bien articulada. —De verdad,
estoy bien. Llevo toda la vida queriendo hacer esto. Siempre he sabido que quiero
ayudar a otros niños de acogida. Esto no me quemará, ni me hará daño, ni nada
de eso. Estoy realmente bien.

Las palabras suenan huecas a mis oídos, y odio la sensación que me producen.

¿Estoy diciendo la verdad?

¿Estoy realmente segura?

—Si necesitas irte, si alguna vez piensas que esto no es para ti, nunca te lo re-
procharía. —Alarga la mano hacia delante, como un pez flácido que levita sobre
mi escritorio. Veo lo que quiere y miro fijamente su mano como si fuera una cobra
que pudiera morderme.

No necesito que me sostengan de la mano. No necesito el consuelo que ella


quiere darme. Aun así, fijo una sonrisa en mi rostro y hago lo que quiere, dejando
que cubra mi mano con su mano húmeda.
No me gusta. Nunca me ha gustado mucho el contacto personal, y esto no me
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hace ganar puntos en el tema.

—Estoy bien —repito, tratando de sonar como si lo dijera en serio. —Y te avi-


saré si eso cambia, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Me da una palmadita en la mano y me suelta. —Sólo me


preocupo por ti, eso es todo. Ahora, tómate el resto del día libre. Ve a comer
algo. ¿Quizás con alguien? —Me guiña un ojo como si compartiéramos un secreto,
aunque no estoy segura de qué podría ser. Así que le sonrío de nuevo y me pongo
en pie, asintiendo con la cabeza como si sus ideas fueran buenas. Pero en fin...

—Que tengas un buen día, Melinda —platico, saludando con la mano al salir del
despacho y metiendo la mano en el bolsillo para agarrar el teléfono.

—¿Sí, Quinn? —contesta al segundo timbrazo, sonando tan a gusto y relajado

146
como siempre.

—¿Estás libre, Gabriel? —pregunto, casi corriendo hacia mi auto. —¿Puedo ir a


hablar contigo, si lo estás?

—Estoy libre —confirma, la curiosidad tiñendo su voz. —Pero no puedes venir.

Mis pasos se ralentizan y frunzo el ceño. —¿Qué?

—No puedes venir porque voy a invitarte a cenar. Te mandaré un mensaje con
la dirección. ¿Te parece bien?

—Depende de adónde vayamos.

Se ríe, y odio lo mucho que me deleita el sonido. —Supongo que lo descubrirás.

E sto es raro. No hay manera de obviar el hecho de que es raro estar aquí, en
un restaurante que se propone a ser una recreación del año 1800.

Especialmente cuando la persona sentada frente a mí es Gabriel.


Es bonito. No me voy a mentir al respecto. Es sin duda uno de los restau-
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rantes más bonitos en los que he estado, las habitaciones están decoradas con
diferentes temas y niveles de complejidad. Los camareros parecen salidos de los
viejos tiempos con sus trajes y delantales de estampado floral. Con el restaurante
oliendo a comida increíble, pan casero y flores, puedo decir con tranquilidad que
nunca volveré a un sitio así.

—Esto parece una cita de verdad —admito, sorprendiéndome a mí misma. Ga-


briel, frente a mí, lee el menú despacio, repasando las ensaladas antes de pasar a
la página que muestra sus opciones de filetes. Muchos de los restaurantes que he
visto en los últimos años parecen estar adoptando un estilo moderno y minima-
lista. Este sitio no. Las fotos de la comida decoran las páginas plastificadas, y los
bordes verdes de la carta están desgastados por muchos comensales que lo han
visitado.

—Esta es una cita de verdad —reconoce Gabriel perezosamente, estirando las


piernas bajo la mesa hasta que sus pies me rozan. Lo dejo, aunque lo miro fija- 147
mente cuando su tobillo presiona el mío.

—¿No te preocupa lo que piense la gente?

Pasa una página de su menú y no levanta la vista. Tiene los ojos oscuros de con-
centración mientras lee y su cabello, eternamente despeinado, está de punta hoy.

Está hermosísimo.

Es innegable que Gabriel Brooks es el hombre más atractivo que he conocido


en toda mi vida.

Su pie se engancha con el mío y hace avanzar un centímetro mi silla.

—No —niega, mirándome fijamente. —¿Tú lo estás? ¿Es esta tu forma de decir
que soy demasiado mayor para ti, Quinn?

Niego lentamente con la cabeza. —Quizá sólo estaba insinuando que parezco
del tipo despreocupado y de citas casuales y que todos los chicos de por aquí
están haciendo cola para conseguir mi número.

—En vez de eso, deberías conseguir el suyo —expone, volviendo a mirar el menú.
—¿Y eso por qué?
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—Para que me resulte más fácil localizarlos y matarlos.

Esas palabras sacuden mi estómago y me hacen apretar los labios, mientras


mis entrañas pasan de la agitación a unos nervios aplastantes.

—No sé cómo sentirme cuando me hablas así —confieso, siendo sincera con
él por primera vez. —No entiendo cómo te sientes tan cómodo con una situación
así de violenta. Sobre todo, porque sé que lo dices en serio. Realmente matarías a
alguien por pedirme mi número, ¿verdad?

No contesta mientras la camarera aparece con nuestras bebidas con su vestido


rosa de flores que casi arrastra por el suelo. Pone un té dulce delante de mí y agua
delante de Gabriel. La observo, noto que su sonrisa es más amplia para él que para
mí, y que está más entusiasmada tomando su pedido que el mío.

Pero, ¿quién puede culparla? 148


Cuando se va, tengo los codos apoyados en la mesa y vuelvo a mirarlo. Sin un
menú delante, su atención es toda para mí, y una sonrisa juega en sus labios.

—¿Debería matarla? —pregunto en voz baja, contenta de que estemos solos en


nuestra habitación apodada el salón del jardín. —¿Por estar interesada en ti?

—Sabes, podrías —responde, inclinándose hacia delante sobre la mesa y apo-


yando la barbilla en las manos. —Me gustaría verlo y grabarlo. Probablemente lo
haría una o dos veces al mes. Quizá podríamos convertirlo en un pasatiempo. Yo
mato a alguien por ti y tú por mí. Tendríamos que tener cuidado de no dejar rastro.

—¿No tienes miedo de que te atrapen? ¿De no escapar tan fácilmente esta vez?

Todavía no me ha dado una respuesta satisfactoria sobre cómo se escapó en


Springwood, y me pregunto si seguirá evitando el tema si continúo preguntando.

—No. La única complicación sería enseñarte a ti a no ir a la cárcel. Es una


especie de rompecabezas. Un juego, en realidad, para que nunca te atrapen. Pre-
feriría dejar de encubrirte, aunque estoy seguro de que tendré que mantenerte
atada durante un tiempo. Serías mi pequeña protegida —reflexiona, y sus pala-
bras hacen que apriete las manos y me clave las uñas en las palmas.
—No soy una asesina —remarco despacio, intentando pronunciar cada palabra.
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—Ni mucho menos.

Se limita a mirarme de arriba abajo y luego da un largo trago a su agua. —Ha-


blemos de otra cosa —sugiere, dejándola de nuevo en la mesa. —Por mucho que
me gusten los juegos y las amenazas que tanto disfrutas, quiero hablar de noso-
tros. De ti, Quinn.

—Prefiero hablar de ti. Deberías contarme todo sobre tus premios de psico-
logía onírica —contraataco, sentándome recta de nuevo en la silla

—Sólo si me dices por qué deseas tanto que esta carrera funcione. ¿De verdad
sólo quieres salvar a los innumerables niños que están en el sistema como tú? ¿A
los que necesitaban ayuda? —No aparta la mirada, ni siquiera cuando yo lo hago.
—¿O es que quieres vengarte de un sistema roto?

149
—No, de eso no... —Trago saliva, sigo sin mirarlo. —No es por eso que lo hago.
Quiero ayudar a la gente, ¿de acuerdo?

—Te va a romper —advierte en voz baja. —Y sé que tú también lo ves. —Intenta


acercarse a mí, pero le aparto la mano y lo miro maliciosamente.

—Dime dónde está el rastreador de mi auto —exijo, recibiendo la misma mi-


rada de pesar por respuesta.

—No. Vas a tener que sacarlo tú misma. —Parece agraviado por la idea, pero
una sonrisa se dibuja en su rostro. —Absolutamente no.

—Háblame de la psicología de los sueños y de por qué te gusta tanto.

Eso le hace reflexionar. Se mira las manos y las golpea contra la superficie lisa
de la mesa de madera falsa. —Me gustan las cosas que no son tan racionales como
nuestro tiempo de vigilia —dice finalmente.

—Me gusta resolver el rompecabezas que nos plantean nuestros sueños y ave-
riguar el porqué. Y disfruto escuchando los jodidos sueños de la gente. —Me re-
compensa con una sonrisa que hace que se me corte la respiración.

—Y yo que pensaba que sólo tenías un fetiche por la gente dormida —comento
finalmente, sin saber qué preguntar.
—Bueno, eso también. Definitivamente tengo algunas manías relacionadas con
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el sueño. ¿Algún sueño del que quieras hablar?

—Sí, pero no entiendo muy bien lo de tus ‘manías del sueño’ —admito, levan-
tando la vista para asegurarme de que no hay nadie más cerca.

Mientras lo hago, su pie me acaricia el tobillo, empujando ligeramente la tela


de mi legging para que su bota de cuero acaricie mi piel.

No debería afectarme tanto como lo hace, pero esa parece ser la historia de mi
vida cuando Gabriel está involucrado.

—Te van a asustar —afirma, aunque la expresión de su cara no concuerda con


sus palabras. Quiere que pregunte. Más que eso, realmente quiere decírmelo.

—Puede ser. Pero te dejé hacer, ya sabes que, con un cuchillo —remarco con
dulzura. Se lo piensa, lo medita antes de asentir una vez, como si estuviera de
acuerdo consigo mismo. 150
—¿Sabes lo que es la somnofilia? —pregunta, acercándose una vez más.

Me devano los sesos en busca de la palabra y niego con la cabeza.

—Significa que me encantaría follarte mientras duermes. Quiero destrozarte


mientras aún estás inconsciente. Quiero llenarte el coño toda la noche y asegu-
rarme de que disfrutas cada segundo, aunque no estés despierta durante parte
del proceso. Entonces te despertarás por la mañana tan bien follada y me supli-
carás por más.

—Tú... —Me quedo pensativa y me paso la lengua por el labio inferior. Por su
tono suave y ronco y los detalles de su explicación, está claro que ha pensado
mucho en esto. Y si soy sincera conmigo misma, no me asusta particularmente.

—¿Lo has hecho antes? —examino finalmente. —Parece que tienes un plan bas-
tante claro para lo que quieres.

Sacude la cabeza antes de que termine. —Esto puede resultar extraño, pero la
mayoría de las mujeres quieren que se las follen mientras están despiertas. No
mientras están fuera de sí.
—Bueno, ¿de qué tan ‘fuera de sí’ estamos hablando? Me gusta disfrutar del
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sexo, y me gusta pensar que necesito estar algo despierta para que eso ocurra.
Pero entiendo el atractivo de lo que dices.

Sus cejas se levantan sorprendidas y se dejan caer sobre el flequillo. Dejo de


hablar y me pregunto si es la primera vez que lo sorprendo de verdad.

—Véndemelo —insisto, enganchando mi pie a su tobillo incitándolo. —¿Qué te


hace pensar que no me despertaré en cuanto me toques?

—Te daría un sedante —responde sin necesidad de pensarlo. —No algo que te
dejara inconsciente. Pero si algo que me diera un poco de tiempo para jugar con-
tigo, eso es todo.

—¿Y no pararías cuando me despierte?

Sacude la cabeza, todavía con cara de no creerme del todo.

—Te dejaría —respondo al fin. —Llámame jodida, pero suena excitante. Suena 151
diferente. No sé. —Luego me encojo de hombros cuando sus ojos se entrecierran
como si pensara que voy a decirle de repente que miento y se ríe a carcajadas por
haberlo hecho ilusionarse. —Me gusta probar cosas nuevas.

—¿De verdad lo harías? ¿Sabiendo lo que quiero hacer? ¿Sabiendo que te des-
pertarás con el coño dolorido y mi semen escurriendo de ti? —específica, como si
alguna parte de su discusión anterior no estuviera clara.

Golpeo la mesa con los nudillos y asiento con la cabeza.

—No te creo.

—Y yo no me creo que te guste tanto como dices. —Me encojo de hombros, —


Así que ahí queda eso.

—¿No me crees? —Es su turno de parecer confundido, más de lo que estaba.


—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Esto es una locura. Irrumpes en mi dormitorio y anun-
cias que soy tuya después de años acosándome. Por favor, no comentes eso. Luego
me sigues hasta aquí, porque hay un rastreador en mi auto, y me dices que soy
tuya. Pero, ¿qué significa eso exactamente?
Aparentemente es mi turno de dar discursos, y odio lo incómoda que me siento
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con ellos. Cómo cada palabra me hace sentir más y más insegura de mis convic-
ME ENCANTARÍA FOLLARTE MIENTRAS DUERMES... QUIERO DESTROZARTE

ciones. —¿Hasta qué te aburras? ¿Hasta qué consigas lo que quieres?

—Hasta que ambos estemos muertos y nos reunamos en lo que sea que nos
espere después —aclara, deslizando las palabras cuando respirar se convierte en
una necesidad. —¿De verdad creías que esto era temporal, Quinn?

—Sí. Pensaba que ibas a matarme, no a follarme. —La camarera entra, sonriendo
alegremente entre nosotros, tan despistada, que sé que no ha oído nada. Natural-
mente, llena primero la copa de Gabriel y luego la mía. Pero no me importa. Ahora
mismo no, cuando hay cosas mucho más importantes de las que ocuparse. Cosas
que tienen mi corazón latiendo como... como si tuviera miedo.

Como si no pudiera soportar oír las palabras de que Gabriel realmente me ha


estado tratando como un cachorro de Navidad que será abandonado en el refugio
en apenas cuatro meses.

—Quinn... —Se inclina hacia delante y me toma las manos antes de que pueda
152
apartarme, arrastrándolas por la mesa mientras engancha su pie alrededor de mi
tobillo una vez más. Estoy atrapada, a menos que quiera tirarme de la silla.

—Esto no es temporal. No te habría estado siguiendo todo este tiempo si así


fuera. Cuando digo que eres mía, lo digo en tiempo indefinido. Quiero decir, eres
mía, y eso no se puede cambiar. Aunque no te gustara. Aunque me rogaras que
me fuera. No creo que pudiera. No hay otra opción para mí. Tú lo eres.

—Eso casi suena a una declaración de amor —acuso débilmente. —Como si


estuvieras intentando decir algo más con esas palabras.

—Amor es una palabra demasiado sana para lo que tenemos, cariño. El amor
es para la gente que no es como nosotros. —No necesito saber lo que quiere decir.
Me hago una idea.

Tentativamente, giro mis manos, enroscándolas alrededor de sus muñecas.


—¿Y si soy horrible y no lo sabes? Apenas me conoces. Quizá ronco o mastico con
la boca abierta.

—A lo mejor dejo los calcetines por todas partes —replica.

—Eso es un delito mortal.


Resopla y me arrastra hacia él, hasta que apenas nos separa un palmo, sepa-
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rando los labios para hablar. Sólo que esta vez me le adelanto. —Vas a repetir lo
de ‘mía’, ¿verdad? —pregunto secamente, y esta vez veo una chispa de diversión
en su mirada.

—Puede ser —admite. —Siento mucho que repetirme te sea aburrido. Tendré
que buscar material nuevo.

—Quizá Clara te ayude —sugiero maliciosamente mientras me suelta, aunque


su pie sigue pegado al mío.

—Clara es un medio para un fin, Quinn —amonesta. —Necesitaba un aliado en


tu oficina, y seguro que al principio no eras tú. —Se interrumpe cuando, de nuevo,
vuelve nuestra camarera.

Esta vez, es con los dos platos humeantes de comida que nos pone delante.

153
Para él, es el cerdo demasiado de una chuleta gruesa. Para mí, pollo con salsa de
queso y una patata asada cargada.

—Si necesitan algo más, díganmelo —ofrece la camarera, comprobando nues-


tras copas una vez más antes de marcharse de nuevo.

Levanto el tenedor, miro la comida y vuelvo a dejarlo para mirar al hombre que
tengo enfrente.

—¿Gabriel? —llamo, y él levanta una ceja mientras evalúa su comida. —¿Dónde


olimos el cloro por última vez? Sigo pensando que es reciente. Pero quizá me
estoy volviendo loca.

Se piensa la respuesta, y cuando sus palabras no son inmediatas, sé que no


va a ser él quien me diga nada. Parece luchar con las palabras, inseguro de qué
revelar, antes de decir—: En casa de los Blaiken. Su cocina olía un poco a cloro o
lejía. Tiene el mismo olor.

—Así es —murmuro, clavándome la patata. —Da igual. Probablemente no sea


nada. Gracias, de todas formas.

Me mira fijamente, como si estuviera seguro de que no es nada. —¿Lo decías en


serio? —pregunta al fin, provocando que levante la vista.
—¿A qué te refieres?
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—¿Qué te gustaría probar mi plan somno?

—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo? —Las palabras son valientes, incluso sugerentes.
Me gusta, pero también me excita nerviosamente. Es aterrador en cierto modo. En
muchos sentidos. Pero, de nuevo, la idea no se me ha ido de la cabeza desde que
me lo planteó, así que quizá no sea la única loca aquí.

A ntes de que pueda entrar en mi auto, Gabriel me empuja contra él,

...su enorme cuerpo aprisiona el mío. Levanto las cejas y miro a mi alrededor, 154
mientras él se limita a mirarme.

—Hay gente aquí —digo, luchando contra el impulso de agarrarlo de la cami-


seta y ahogarlo con ella. Me gusta demasiado la idea como para que sea por rabia.
Pero este realmente no es el lugar para hacerlo.

—Lo sé. Y no estoy haciendo nada. Sólo quiero saber si lo dices en serio o sólo
me estás siguiendo la corriente.

Así que volvemos a esto.

—Yo... lo digo en serio —expongo, pensando en mis palabras. —Siempre y


cuando me prometas que no me lastimarás. Hacerme realmente daño. Me gusta lo
que hacemos. Pero quiero poder elegir hasta dónde quieres llegar conmigo.

—No iría más lejos de lo que hemos hecho.

—Bueno, de nuevo, me has follado con la empuñadura de un cuchillo, así que


ese es un argumento bastante jodido —comento secamente, mientras una mano
se pasea hasta enredarse en su camisa. Lo observo mientras rebusca en su bolsillo
trasero hasta que saca un pequeño frasco de pastillas naranjas. El corazón casi
me da un vuelco y lo miro fijamente, aterrorizada de repente.
—No tienes por qué hacerlo —explica, agitándolo para mostrarme las dos pastillas
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que contiene. —Y no, no las tengo con algún propósito nefasto. A veces las necesito.

—¿Culpa de conciencia?

—Insomnio de toda la vida. Te darán somnolencia. Te costará más despertarte,


pero eso es todo. Si no las tomas, pues no las tomas. No pensaré mal de ti ni me
iré sólo porque no te gusten...

Parece un reto, y me encantan los retos.

Le quito el frasco de las manos y lo agito, sin apartar los ojos de los suyos
mientras lo atraigo hacia mí, rozando su boca. —Si hago esto, podré utilizar un
cuchillo contigo —regateo, besando la risita que sale de sus labios.

—Te dejaría hacerlo de todos modos, mi vicioso amorcito. —Me besa de nuevo,
más fuerte, y es él quien se separa primero, aclarándose la garganta mientras re-
cupera la compostura. —Te llamaré más tarde —promete, y está claro que quiere
volver a besarme mientras me meto en el bolsillo el frasco de pastillas.
155
Pero está bien, porque no es el único.

—Puede que conteste. —Me encojo de hombros, y me encanta la expresión de


irritada diversión de su cara. —Si no estoy ocupada. —En el fondo de mi mente, el
pensamiento del cloro y la lejía da vueltas, sin dejarme en paz. Pero eso es cosa
mía, y no de él. —Gracias por la cena. Estuvo... —Miro el restaurante y enarco las
cejas. —Es el sitio más interesante en el que he comido.

—Me parece que el listón estaba bajo —dice, pero ya se está alejando, su mano
deslizándose por mi brazo. —Que pases buena noche, Quinn.

Saludo en respuesta, intentando llevar la contraria en la medida de lo posible,


mientras él sacude la cabeza y abre la puerta de su auto para irse a casa.
20
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¿Cuánto tardan en hacer efecto?


Sentada en la cama, miro el mensaje que he escrito, lo medito y pulso enviar.
Las pastillas en su pequeño frasco están sobre la rodilla, y no puedo ni empezar
a controlar lo rápido que se acelera el corazón en mi pecho.

Estoy aterrorizada, sobreexcitada y siento que no puedo respirar. Si hago esto,


156
será difícil volver atrás. Me estoy comprometiendo a largo plazo, a todo el asunto.
Al menos hasta que me despierte.

No me contesta. En su lugar, suena mi teléfono, sorprendiéndome, y contesto


un segundo antes de ponerlo en altavoz.

—No esperaba que llamaras —admito con torpeza.

—No las has tomado, ¿verdad? —Hay una especie de frenesí sin aliento en su voz,
y miro por la ventana los relámpagos que de vez en cuando iluminan mi habitación.

—Aún no —digo despacio, con el corazón saltándome un latido y lanzándome


a la garganta. —¿Ya no quieres que lo haga?

—Sólo quiero hablar contigo primero. Quiero asegurarme de que estás en un


buen estado mental para esto. —Sus palabras son tranquilizadoras, amables y tan
pacientes que podría morderme la lengua de la frustración.

—Crees que me acobardaré.

—Simplemente quiero asegurarme de que te vas a llevar una buena sorpresa.


—¿No arruinarás la sorpresa si me cuentas todo el plan? —argumento, no muy
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segura de cómo me sienta conocer todo lo que ha planeado.

—Tardarán una hora en hacer efecto. Quizá un poco menos. Te sentirás som-
nolienta y simplemente te quedarás dormida. La dosis es lo suficientemente baja
como para darte un sueño tranquilo. —No puede ocultar que su voz se entrecorta
por la expectación, y mis costillas se relajan un poco. —No dejes la puerta abierta.
Sé dónde está tu llave de repuesto. Iré a recogerte y te traeré a mi casa.

—¿Podría ir en mi auto antes de que hagan efecto?

Parece la opción más sencilla. Pero él sólo se burla, el sonido desdeñoso incluso
en el altavoz. —No. Quiero ir a buscarte. Eso me encanta, Quinn.

—¿Porque eres un secuestrador?

—Porque ya te lo dije. Y lo que dije iba en serio. Que quiero follarte mientras
duermes. No sé cuánto tardarás en despertarte. Puede que te asustes cuando lo
hagas. Pararé, me cercioraré de que estás bien y veré qué quieres hacer. Pero es-
157
tarás dormida un rato. ¿Segura de que aun quieres hacerlo?

—Si sigues preguntándomelo, voy a decir que no sólo para fastidiarte. —No lo
digo en serio. Son solo los nervios y el entusiasmo. Respiro hondo, cierro los ojos
y cuento hasta diez antes de volver a hablar. —Sí. Quiero hacerlo de verdad. Sé
que no me harás daño.

—¿Confías en mí?

—Bueno, ya me has drogado una vez y literalmente me has secuestrado dos.


Así que, sí. En este punto, esto parece un juego de niños. —No lo parece. ¿Cómo
podría? Pero tengo miedo de decírselo.

—Si en algún momento dices ‘rojo’ me detendré. Si pienso que no lo estás disfru-
tando, me detendré. Te doy mi palabra.

—Gracias —susurro, con la intención de decirlo más alto y fallando. —En-


tonces... ¿una hora y media?

—Tienes mañana libre, ¿verdad?


—Tengo todo el jodido fin de semana. —Le quito el tapón al frasco de pastillas.
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—¿Y quieres que haga esto? ¿De verdad te interesa?


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—Más de lo que te imaginas.

—Porque estoy a punto de tomarlas.

—Me quedaré al teléfono contigo mientras lo haces.

Sus palabras son un consuelo que no espero. Vuelco las pastillas en mi mano,
las miro fijamente y respiro. —Ahora o nunca —murmuro y me las meto en la
boca. Hay una botella de agua a mi lado que destapo y, segundos después, las
pastillas se han tragado. —De acuerdo, lo he hecho. —Ya es demasiado tarde para
sentirme inquieta, o estar tan temblorosa. —¿Nos vemos luego?

—Yo cuidaré de ti, Quinn —ronronea Gabriel, provocándome escalofríos. —


Duérmete, princesa. Te prometo que cuidaré de ti.

—Sólo... —No sé lo que quiero decir, y por un momento siento náuseas. Estoy
muy nerviosa, más de lo que pensaba, mientras me acurruco de lado bajo la
158
manta. —¿Me prometes que todo irá bien? —Espero más que nada no soñar con
mi antigua casa, ni con la cara de Billy que sigue apareciendo, sólo para desvane-
cerse tan pronto como abro los ojos antes de que pueda recordar bien mis sueños.

—Todo irá más que bien. Confía en mí.

—Ya veremos. —Cierro los ojos y suelto un largo suspiro. —Buenas noches, Gabriel.

—Hasta pronto, Quinn.

L o primero en lo que se concentra mi mente es en el calor entre mis muslos.


Lo siguiente es la forma en que tiembla todo mi cuerpo, los músculos doloridos
como si hubiera estado haciendo ejercicio.

Los dientes rozan mi cuello y la cálida palma de la mano de Gabriel me masajea


el pecho mientras me folla. Sus movimientos son lentos y relajados. Tranquilo,
como lo ha sido toda la noche. Y puede que así continúe.
—¿De verdad te has despertado esta vez, mi chica perfecta? —ronronea en mi
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oído. —¿Quieres ver el desastre que he hecho de ti?

No puedo abrir los ojos ni moverme, aunque él no me sujeta en absoluto. Estoy


tan a punto de correrme que apenas puedo respirar bien, aunque el dolor que
reverbera en mi cuerpo me hace pensar que no es la primera vez.

—No, no creo que lo estés. Todavía no. Vuelve a dormirte, preciosa. Déjame
jugar contigo un rato más.

—Gabriel... —La palabra se arrastra y es difícil de pronunciar. Lo único que


puedo hacer es acariciarle la mandíbula, con su barba raspándome la piel. Mur-
muro su nombre una vez más, provocando una suave carcajada de él.

—Lo sé, nena. Pero no he terminado. Vuelve a dormir para mí. Quiero jugar
un rato más contigo. —Cuando intento decir algo más, me acalla con un beso.

159
—¿Quieres correrte primero? Seguro que vuelves a correrte, ¿no?

Mueve la mano hasta encontrar mi clítoris, lo frota insistentemente con dos


dedos y arrancándome un gemido de sorpresa.

La zona está sensible, como si llevara jugando conmigo más tiempo del que creo.
Por otra parte, no tengo ni idea de qué hora es, ni siquiera de si sigue lloviendo.
Todo lo que sé es cómo me siento. Cómo el calor y la necesidad se acumulan en
mi cuerpo, provocando que un suave suspiro escape de mis labios.

Sus dientes se cierran sobre mi cuello, y el agudo dolor me hace ser más cons-
ciente a medida que acelera el ritmo. Está diciendo algo, aunque no logro distin-
guir qué. Lo único de lo que estoy segura es que me mueve a su antojo, pasando
mi pierna por encima de su hombro para que pueda follarme más profundamente.

Mi orgasmo me pilla por sorpresa, mis labios se separan en un jadeo que él


atrapa con la lengua. No se queda atrás y siento cómo me penetra por última vez,
cómo se corre dentro de mí mientras me susurra al oído promesas posesivas.

Apenas puedo oírlas. Mi conciencia se desvanece cuando él sale, y lo último


que mi cerebro registra es el suave sonido de satisfacción contra mi oído y sus
palabras mientras vuelvo a salir.

—No he terminado contigo, Quinn.


La siguiente vez que la conciencia me encuentra, estoy algo decepcionada de
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que no me esté follando. Pero el sentimiento sólo dura unos instantes. Tres dedos
presionan mi interior, arrancándome un grito que hace que Gabriel se detenga.

—¿A la cuarta va la vencida, princesa? —incita, penetrándome con dos dedos


hasta el fondo. —Creo que debería serlo. Quiero que te despiertes y veas cómo
estás. Que me digas cómo te sientes.

Me retuerzo bajo él, dolorida y completamente destrozada. Me duele el cuerpo,


como si mis músculos hubieran estado trabajando horas extras, e incluso el hecho
de que me meta los dedos arranca de mí un suave sonido de protesta.

—Es demasiado —gimoteo, intentando abrir los ojos. Apenas se abren, se me


cierran de agotamiento, y me doy cuenta de que no tengo fuerzas para volver a
hacerlo. —Gabriel...

160
—Han pasado más de veinte minutos desde la última vez que te corriste, Quinn
—remarca mientras acaricia mi clítoris con el pulgar. Intento apartarme de él,
pero me inmoviliza.

Con la otra mano en mi estómago, desliza los dedos y los roza ligeramente
contra mi entrada. —¿Puedes decirme cómo te sientes? ¿Quieres usar la palabra
de seguridad que te di?

Tengo que pensar en ello, y pensar es difícil ahora mismo. Respiro hondo un
par de veces y hago balance de mí misma. No me pasa nada. Excepto que estoy
sudorosa y agotada, con un cuerpo que se siente absolutamente destrozado y
llevado al límite ida y vuelta.

Pero no nada está mal.

—Estoy bien —digo, abriendo por fin los ojos. —Quiero decir, no quiero usarla.
¿De acuerdo?

Lo miro, como si de alguna manera fuera su decisión, y él estudia mi rostro


durante unos instantes antes de que sus labios se curven en una hermosa sonrisa.

—Buena chica —elogia, y sus dedos vuelven a deslizarse dentro de mi coño.


Añade otro, y casi me ahogo al sentir cuatro dedos en mi cuerpo, presionando
profundamente.
—Eres tan buena para mí. Te ves tan hermosa así y estás tan llena de mi semen.
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He pensado que podría deslizar un tapón en este coño tan bonito, para mantenerte
bien llena hasta que esté listo para volver a jugar contigo. ¿No suena perfecto?

Lo mejor que puedo hacer es gemir. Sobre todo, por lo llena que me hace sentir
con sus dedos y por cómo tiemblan y se tensan mis muslos.

—Fóllame —murmuro, cuando puedo ordenar las palabras. —Por favor.

—¿Por qué? —bromea Gabriel, abriéndome las rodillas para poder ubicarse
sobre mí. Cuando abro los ojos, lo primero que veo es su cara, y no quiero mirar
a ningún otro sitio.

Tal vez sea una prueba de cómo me he sentido siempre a su lado que nunca soy
capaz de apartar la mirada.

Lleva el pelo revuelto hacia atrás, apartándolo de su rostro anguloso, y sus cá-
lidos ojos marrones están fijos en los míos. Hoy se le nota más la sombra de las
cinco. Su barba más pronunciada, como si hubiera olvidado afeitarse o no quisiera
161
hacerlo. ¿Es esa la sensación de irritación, casi como una quemadura, que siento
levemente en mis muslos?

—Porque yo lo digo —respondo, con una sonrisa fácil en la boca.

—¿Porque te sentirás tan bien cuando estés suelta y destrozada? ¿Cuándo


apenas puedas moverte? Eres un juguete muy bueno para mí, ¿verdad? Y amas
que te haya estado usando toda la noche a mi antojo. —Saca sus dedos de mí y
levanta mis piernas hasta que estoy casi doblada a la mitad. —Estás goteando mi
semen, pero sólo quieres más. Qué egoísta y viciosa eres, Quinn.

Cuando se desliza dentro de mí, grito más fuerte de lo que pretendía. El mundo
se me viene encima y la cabeza me da vueltas por la intensidad de la sensación.
Para sentirme así sólo con su polla, debe de haber estado haciéndolo durante
las dos últimas horas. —Espera —grito, con una mano sujetando su pelo. Sigue
siendo tan difícil concentrarse. Tan difícil hacer algo que no sea tomar lo que él
quiere. —Espera.

—No —ronronea, y me pellizca ligeramente la garganta magullada. —No, nena.


Me dijiste que te follara. Estabas tan segura, aunque estaba siendo amable.
Sus embestidas son cualquier cosa menos eso, y aprieto los ojos al ver cómo la
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sensación oscila entre el placer y el dolor. Sin darme cuenta de lo que es, siento
que una humedad ardiente recorre mi cara, y no es hasta que la lengua de Gabriel
lame las lágrimas que me doy cuenta de que estoy llorando por sobre estimulación.

—Una más —gruñe. —Una vez más, Quinn. Sólo quiero que te corras una vez
más por mí, ¿está bien?

—¿Me lo prometes? —lloriqueo, por fin capaz de rodearle el cuello con los brazos.

—Claro, nena. —Me folla con la misma languidez que recuerdo de la última
vez que me desperté. Empujones largos y profundos que me dejan sin aliento y
mareada. No tarda mucho, no cuando cada embestida se desliza por un punto de
mi cuerpo que me hace ver las estrellas. Jadeo, suplicante, con la cabeza echada
hacia atrás para que pueda marcarme el cuello y los hombros a su antojo.

162
Mi cuerpo tiembla, mis brazos se aprietan alrededor de sus hombros mientras
me corro. Es diferente a lo que estoy acostumbrada, el placer se mezcla con el
orgasmo arrancado de mi cuerpo. Esta vez gimo contra su cuello mientras él se
inclina sobre mí, aferrándome a él con fuerza mientras sigue follándome hasta su
propio orgasmo.

No pasa mucho tiempo. Una suave maldición resuena en mi oído y sus manos
en mis caderas se tensan, arrastrándome hacia él para que pueda enterrar su
polla en mi coño.

—Eres tan buena aguantando esto. Eres tan buena por dejarme jugar contigo
—murmura contra mi mandíbula. Antes de que pueda formular una respuesta, se
aparta, se apoya entre mis muslos y me sujeta las caderas para mirarme fijamente.

—¿Qué haces? —pregunto, dudosa y echando un poco de menos el peso de su


cuerpo. —¿Gabriel?

—Ver cómo se escapa mi semen de tu dulce coñito —confiesa, inclinándose


para besarme el estómago. Lo miro, perpleja, y se me corta la respiración cuando
su lengua acaricia mi clítoris.

—No puedo —digo, intentando incorporarme, pero todavía demasiado ma-


reada para hacerlo bien. —Gabriel...
Una mano en el vientre me empuja hacia abajo y sus ojos encuentran los míos
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mientras vuelve a lamerme.

—Sí, puedes —contradice, con una sonrisa cruel en la cara. —Sólo una más. Sé
que puedes hacerlo por mí, nena.

—De verdad que no puedo —respiro, el aire llena mis pulmones bruscamente al
sentir sus dedos en mi entrada. —Gabriel, por favor... —No me escucha, o no me
cree. Siento sus dedos en el interior de mis muslos, rozando mi piel, antes de que
dos de ellos se introduzcan profundamente en mi coño y luego vuelvan a salir.

—¿Qué estás haciendo? —cuestiono, mirando al techo que sigue girando.

—Poniendo todo mi semen donde debe estar. He trabajado demasiado para


desperdiciarlo tan pronto. ¿Y sabes lo caliente que luces ahora mismo? No puedes
verte, pero te pintaré un cuadro. Temblando y jodidamente arruinada en mi cama,

163
con mi semen goteando de tu coño. La próxima vez, voy a llenarte ambos agujeros
y realmente voy a poner un tapón en ti hasta que esté listo para follarte de nuevo.
Quiero verte suplicante y necesitada, tan llena que no puedas caminar erguida.
Quiero verte tan asustada que no puedas salir de la cama porque sabes que mi
semen goteará por tus muslos.

—No se quedará —gimo, mi coño apretándose de nuevo alrededor de sus dedos.


—La gravedad es una jodida cosa, y tú sólo lo haces para ser malo.

—Si lo hiciera para ser malo, lo sabrías —asegura. —Pero si te preocupa la gravedad...

Se sienta y me acomoda en su regazo, mis caderas inclinadas hacia arriba para


que pueda recoger una almohada y meterla debajo de mí. —Ahora puedo tenerte
así todo el tiempo que quiera. Y creo que esta vez quiero verte correrte sin mi
polla. —Vuelve a penetrarme con los dedos y se inclina sobre mí lo suficiente para
acariciar mi cuerpo demasiado sensible.

Me estremezco bajo sus caricias, sus dedos implacables vuelven a ponerme los
pezones erectos.

—Duele —murmullo, echando la cabeza contra la cama. Me mete tres dedos,


luego otro, hasta que casi lloro al sentirlos. —Ya no puedo —vuelvo a decir, con la
voz ronca y más lágrimas corriéndome por la cara. —Por favor, no puedo...
—Sí puedes, mi precioso juguetito. Puedes correrte para mí si yo quiero. Sobre
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mis dedos, así. Déjame sentir cómo tu coño se estremece alrededor de mis dedos.
Sé que estás cansada, pero sólo quiero que acabes una vez más.

—Pero lo prometiste, dijiste...

—Mentí —interrumpe bruscamente, retomando los movimientos de sus dedos.


—Te mentí. Porque estoy tan ávido de esto. No puedes culparme cuando luces así,
¿verdad? ¿Cómo iba a mantener mi palabra?

Mis caderas se arquean débilmente entre sus manos mientras mis músculos se
tensan. Contra mi voluntad, mis muslos tiemblan, se aprietan, y mi cuerpo lucha
contra la excitación y el agotamiento.

—Yo realmente, realmente no puedo —juro, las palabras demasiado altas y


demasiado chillonas. Parece que estoy llorando, y puede que lo esté.

—Tú realmente, realmente puedes. Estás tan cerca, Quinn. Tan jodidamente
cerca. Córrete solo con mis dedos. No tienes elección, nena. Córrete por mí. —Su
164
pulgar encuentra mi clítoris y lo frota con fuerza, la sensación me hace gritar. —
Sí, te encanta. Sé que es demasiado, así que córrete y jodidamente terminamos,
princesa. Ahora mismo. —Se interrumpe cuando grito, mi cuerpo finalmente
abandona la lucha mientras un último orgasmo me desgarra.

—Justo... así… nena. —Sus dedos se clavan en mí con cada palabra, alargando
mi orgasmo todo lo que puede antes de que, finalmente sus dedos se deslicen y
me vea temblar en mil pedazos sobre la cama.

Con la conciencia todavía intentando recomponerse y el corazón latiéndome a


un ritmo acelerado, no espero nada de él excepto que observe su obra.

No espero que se levante de la cama, aunque apenas me doy cuenta cuando


entra en su cuarto de baño. Mis ojos se cierran con fuerza y entierro la cara en la
palma de la mano, intentando que el mundo deje de girar.

Más que nada, no me lo espero cuando vuelve a arrodillarse a mi lado, apar-


tándome la mano de la cara para poder murmurarme alabanzas reconfortantes
contra la piel y besarme dulcemente en los labios. —Buena chica. Te has portado
muy bien conmigo. Déjame cuidarte, dulce niña. Eres perfecta Quinn.
Tiene un trapo húmedo en la mano y lo pasa suavemente por mi piel, limpián-
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dome su semen y el sudor pegajoso que me hace sentir incómodamente fría.

No tarda mucho, aunque tampoco se da prisa. Nunca me abandona, sus palabras


suaves en mis oídos mientras me limpia metódicamente y finalmente me ayuda a
sentarme, con las rodillas apoyadas debajo de mí. —Toma. —Me tiende una cami-
seta de gran tamaño, con una sonrisa torcida en la cara. —No estaba seguro de que
quisieras dormir con algo que te quedara ajustado, así que te he traído esto.

Como no protesto, Gabriel me ayuda a ponerme la camiseta, y veo que tiene


razón. No quiero ponerme otra cosa.

—¿Qué vas a hacer? —examino, mirándolo bien por primera vez mientras se
pone unos pantalones de dormir ligeros. —¿Te vas a quedar?

—¿Voy a quedarme? —repite, arrodillándose conmigo en la cama. —No podrías

165
echarme ni con una escoba. —Hay algo diferente en él esta noche. Algo de lo que
suelo ver destellos, pero nunca momentos completos.

Está actuando tan dulce. Incluso cariñoso. Como si estuviera preocupado por
mí. Como si quisiera cuidarme.

—Oh —suelto, parpadeando como una idiota. —Mmm. Bien. Quiero que te
quedes. Quiero que...

Me interrumpe cuando me arrastra con él bajo las mantas, y el calor vuelve a


disparar mi somnolencia.

—Has estado muy bien —expresa, como si quisiera que absorbiera el signifi-
cado en mis huesos. Me rodea con un brazo y, cuando me acerca a su cuerpo, lo
hace para que pueda apretar contra él todo lo que pueda de mí. —Gracias.

—¿Por qué?

—Por darme esto. ¿Tú también lo disfrutaste?

Lo pienso mientras me doy la vuelta para mirarlo, sin sorprenderme de que no


pueda leer su expresión en la oscuridad de la habitación. Las tormentas han pa-
sado, aunque no estoy segura de cuánto tiempo hace que se han ido, y aún está lo
bastante oscuro como para que puedan ser las tres o las cinco de la madrugada.
—Mucho más de lo que pensaba —admito, acurrucándome lo más cerca que
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puedo de él. —Supongo que estaría dispuesta a abrir negociaciones para volver
a hacerlo alguna vez. Pero sobre todo porque es la mejor noche de sueño que he
tenido en mi vida.

Se ríe, el sonido lo suficientemente fuerte y repentino como para que parezca


que lo he sorprendido. —Me encantaría escuchar cuáles son tus negociaciones ini-
ciales —accede, metiendo mi cabeza bajo su barbilla. —Otro día. Duérmete, dulce
niña. Cuidaré de ti todo el tiempo que quieras.

Quiero responderle con algo irónico e ingenioso. Decirle que tenga cuidado con
lo que promete, o lo tendré sirviéndome de pies y manos durante la próxima dé-
cada. Pero estoy demasiado lejos. Demasiado aturdida y demasiado deseosa por
volver a dormir como para hacer algo más que apretar la nariz contra su pecho e
inhalar el peligroso y almizclado aroma del que no me canso.

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L os partes meteorológicos no habían sido exactos cuando dijeron que... esta


noche se produciría una de las peores tormentas de la historia reciente de Springwood,
Illinois. Deberían haber dicho que sería una inundación de proporciones bíblicas.

Miro hacia arriba a través de los árboles, con el corazón latiéndome deprisa.
Golpea contra mi pecho, una y otra vez, tratando de obligar a mis costillas a do- 167
blarse y romperse para que pueda escapar. Pero me mantengo firme, con la mi-
rada fija en la copiosa lluvia que cae.

El trueno suena como un estruendo que inunda mi cuerpo, recorriendo mis huesos
de arriba abajo mientras algo me pica en la nuca, poniéndome de los nervios.

Date la vuelta.

Date la vuelta, Quinn.

Me doy la vuelta, balanceándome sobre un pie, y el corazón me da una sacudida


hacia arriba hasta alojárseme en la garganta. Billy Owen está tan cabreado como
en la fiesta a la que nunca debí haber ido. Solo que ahora no hay nadie cerca para
ponerle una copa en la mano o decirle que se calme, que solo soy esa chica rara
sin casa ni modales.

No hay nada que hacer excepto mirarlo. Separo los labios mientras la lluvia cae
en cascada sobre mi piel fría.

—Vete —gruño, con la voz desgarrada por el viento. —Déjame en paz —repito
la segunda parte más alto, aunque él actúa como si no me hubiera oído.
—Vete —apunto, con palabras suplicantes. —Por favor, no quiero... —Se ade-
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lanta y me agarra del brazo, tirando de mí hacia él. Soy muy pequeña para tener
dieciocho años y mi cabeza apenas le llega al hombro. Sus dedos me rodean la
muñeca con facilidad, con espacio de sobra, y me sujeta con tanta fuerza que noto
cómo me rechinan los huesos.

Grito y la memoria onírica parpadea, deshaciéndose en los bordes.

Hay una ráfaga de movimiento a mi alrededor, y el crepitar de un rayo me ciega


contra mi entorno justo a tiempo para que mi mano se enrosque alrededor de algo
frío y resbaladizo.

Cuando miro hacia abajo, Billy está en el suelo, con los ojos muy abiertos y acu-
sadores. Hay alguien más aquí, y el objeto que tengo en la mano es un teléfono, no
lo que podría haber sido antes.

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—Ayúdame —susurro, mirando fijamente a la figura bajo la lluvia. —Por favor,
ayúdame. No quería hacerlo…

Gabriel me tiende la mano igual que Billy, pero me agarra el hombro en lugar
de la muñeca magullada. Abre la boca mientras me mira con ojos oscuros e impa-
sibles, pero en lugar de palabras, un zumbido me llena los oídos.

La lluvia me golpea la cara, pero segundos después estoy entumecida. El sueño


se desvanece, oscureciéndose, pero no antes de que oiga la voz de Gabriel en lugar
del timbre del teléfono.

—Les dirás que fue un accidente.

Me levanto bruscamente del escritorio, con la cara ardiendo por haberla apo-
yado incómodamente en el borde del portátil. El mundo a mi alrededor da vueltas,
el trueno de mis sueños hace que me vibren los huesos y me dé vueltas la cabeza.

Mi teléfono móvil suena en el escritorio, con un ruido irritante y ensordecedor.


Aunque en este caso me ha salvado de un sueño desafortunado, así que supongo
que debo estar agradecida.

Tardo unos instantes en darme cuenta de dónde estoy, y agradezco que no


haya nadie más en la oficina mientras dormía una siesta improvisada.
La tormenta arrecia y no recuerdo si el pronóstico había dicho algo sobre
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truenos lo bastante fuertes como para hacer temblar un edificio pequeño. El re-
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lámpago que cae a continuación es más brillante que antes y me deja momentá-
neamente ciega en la oscura oficina.

¿Oscura?

Debería haber luces encendidas, pero estoy casi a ciegas. Ya he perdido la lla-
mada, pero cuando la compruebo y veo un número que no tengo agendado, inme-
diatamente dejo de lado cualquier preocupación. En lugar de eso, uso el teléfono
como linterna, y me dirijo al panel de interruptores de la pared del fondo.

Están todos encendidos, lo que confirma mi creencia de que no hay electricidad.


La única luz de la oficina procede de las ventanas y del despacho de Melinda. Par-
padeo estúpidamente, preguntándome si tendrá algún tipo de generador que nos
oculta a los empleados, y decido que, como no hay nadie aquí, no debería preocu-

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parme tanto entrar donde está mi jefa.

Necesito luz, después de todo. Tal vez haya algo que me ayude. Mientras entro,
busco su número en mi teléfono y llamo. Como mínimo, debo informarle del
apagón, aunque tendré que ocultar sobre cuánto tiempo lleva sin funcionar. No
tengo forma de saberlo, aunque espero que no haya sido mucho. Tal vez sólo sea
un parpadeo muy largo, en lugar de un apagón de verdad.

El tono suena tres veces cuando rodeo su mesa en busca de la fuente de luz,
aunque se apaga en cuanto empiezo a buscarla. Otro timbre rechina en la oficina
cuando pongo el teléfono en el altavoz y mi mano se dirige hacia ella.

¿Cuándo se volvió tan desorganizada? Normalmente, cuando estoy aquí, Melinda


es el epítome del orden.

—Soy Melinda Wilkes, por favor deje su mensaje. Si necesita hablar con la oficina
de servicios sociales, llame a... —Se corta la voz al citar el número de la oficina y,
por un momento, me planteo dejar un mensaje. Hasta que, llegado el momento,
me arrepiento y cuelgo. Sabrá que he llamado y podré mandarle un mensaje si
quiero, en vez de hablar con ella del apagón.

Deberías haber dejado un mensaje, me reprocho, sabiendo que parecerá sospe-


choso cuando vuelva a llamarla. Un mensaje me parece la opción equivocada. Si
insisto en comunicarme con ella, quizá sepa que es urgente y atienda.
Mis dedos se cierran en torno a un viejo teléfono justo cuando salta de nuevo
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su buzón de voz, invitándome a dejar un mensaje o a llamar a la oficina en la que


me encuentro.

—Hola, Melinda —saludo, y hago una pausa esperando que un trueno deje de
resonar en la habitación. —Estoy en la oficina y... ¿Podrías llamarme? —El teléfono
vibra para avisarme de que está entrando otra llamada, y lo aparto de mi cara para
poder ver la pantalla, medio esperando que sea mi jefe el que llama mientras dejo
un mensaje. En lugar de eso, es el mismo número desconocido de antes.

—Se ha ido la luz —digo, continuando mi mensaje a Melinda mientras me dudo


si quiero atender la llamada. —Lleva cortada un rato y no sabía si tenía que hacer
algo. ¿Debería llamar a algún sitio? —La otra llamada se corta, indicando que ha
pasado a mi buzón de voz.

—Llámame. Estaré aquí unos minutos más, pero probablemente cierre y me


vaya a casa, ya que no hay electricidad. —Ya son las diez, y como no viene nadie
hasta el lunes, soy la última en la oficina por todo el fin de semana. Si Melinda no
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viene a comprobarlo, pasarán días hasta que sepamos si ha vuelto la luz.

Pero comprobar los fusibles, o permanecer más tiempo esperando el sumi-


nistro, está muy por encima de mi nivel salarial. Mi noche consiste en averiguar si
la tormenta es tan fuerte como para impedirme llegar a casa sana y salva.

Al colgar, miro el móvil que tengo en la mano. Está estropeado y es de un opaco


color plateado, como sacado de principios de la década de 2010. Hacía años que
no veía un teléfono así. Lo miro y sé que debería dejarlo en paz. No es mío, des-
pués de todo. No tengo derecho a revisar las cosas de mi jefa. Mucho menos, lo
que hay en su escritorio.

Absurdamente, vuelvo a mirar el teléfono y ambas llamadas son del mismo número
local. Soy yo quien está de guardia, y no es raro que mis colegas reciban llamadas.
Sobre todo, si se trata del marido de Melinda, o de ella llamando desde otra línea.

Con esa idea en mente, devuelvo la llamada, esperando a medias que salte el
buzón de voz. En cambio, mi llamada es contestada al segundo timbrazo, y mis
oídos son asaltados por el sonido de jadeos y respiraciones frenéticas. —Haz que
pare —gruñe el Sr. Durham al oído. —Hice lo que me dijo. Haz que pare.
Las palabras hacen que una sacudida de sorpresa me suba por la columna
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vertebral y miro mi teléfono como si pudiera darme la respuesta a qué demonios


está pasando, justo cuando el otro teléfono que tengo en la mano se ilumina con
un mensaje.

—¿Hacer parar a quién? —aclaro con voz suave. —¿Dónde estás?

—Es porque he mencionado a los Blaiken, ¿no? Dile que no se lo diré a nadie... —Se
interrumpe con una maldición, y suena como si corriera o tropezara entre la maleza.

—¿Dónde estás? —repito con la cabeza en blanco. Abro el viejo teléfono, miro
la pantalla agrietada y pulso el botón para leer el mensaje. No tengo derecho a
hacer esto. Ninguno en absoluto. Pero ahora no puedo evitarlo.

—El bosque de Ridgeback Marina. Dile lo que necesites para que se detenga. Lo
que quieras que haga... —se corta de nuevo, y juro que oigo una voz de mujer

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desde algún lugar mucho más lejano, aunque no puedo distinguir lo que dice.
—¡Ayúdame! —sisea, y luego se corta la llamada.

De todos modos, no sabría qué decir. Estoy demasiado ocupada mirando el


mensaje del otro teléfono, que me hace un nudo en el estómago.

Deshazte de ella.

Ahora empiezo a pensar que este celular no es de mi jefa. Las palabras son si-
niestras, enviadas desde un número que no está agendado en el teléfono. Aunque
cuando lo reviso, descubro que no hay ningún número guardado.

—Mierda —farfullo, guardo el teléfono en el bolsillo y salgo de la habitación.


¿Mi jefa estará en peligro? ¿Está en el puerto deportivo y las llamadas que estoy
recibiendo del señor Durham están relacionadas con lo que sea que signifique
este mensaje?

Es una exageración, pero con lo nerviosa que me tiene el extraño sueño del
que acabo de despertar y todo lo que ha pasado en los últimos minutos, estoy
dispuesta a arriesgarme.

Vuelvo a apoyar el teléfono en mi oreja y suelto un suspiro cuando la persona


a la que he llamado atiende enseguida.
—Hola —saludo, con los hombros caídos por la tensión. Al menos está bien y
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no me ha saltado el buzón de voz. Aunque, en realidad, Gabriel es la persona por


cuya seguridad menos debo preocuparme.

—¿Por fin has salido del trabajo? —contesta, con el sonido del televisor de
fondo resonando cada tres palabras. —¿Quieres venir a mi casa?

—Se ha ido la luz —expongo, mis palabras me dejan en un revoltijo de pánico


mientras recojo mi chaqueta y mis llaves antes de dirigirme hacia la puerta. —No sé
qué está pasando. Ha llamado el Sr. Durham y he encontrado este viejo teléfono...

—Quinn.

—Me preocupa que mi jefa tenga problemas. No sé, algo va mal. Y he estado te-
niendo sueños, pero ahora se han puesto peor. No te lo he contado antes; a veces
apenas me acuerdo. —Estoy divagando mientras corro hacia el auto y, cuando por

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fin estoy dentro, con el aire fresco dándome en la cara, tiemblo empapada por
la lluvia. —Siempre quise decírtelo. Bueno, más o menos. Es lo mío, y tengo que
averiguar de qué...

—¿Con qué sueñas?

—Billy —confieso, la palabra cayendo como un misil entre nosotros.

Al principio se queda callado. El ruido de su televisor es lo único que oigo, aparte


del motor encendido y los limpiaparabrisas que chirrían contra la ventanilla.

—Creo que deberías venir —dice al fin, su voz tan cuidada y controlada. —
Deberíamos hablar de esto. Averiguaremos dónde está Melinda y el porqué de la
llamada del Sr. Durham.

—No creo que haga falta —rechazo, con los ojos entrecerrados. —Voy a ir a
buscarlo. A ambos. Tengo este teléfono. Creo que está en problemas, y…

—¿Sabes cómo suenas ahora mismo? ¿Sabes con quién parece que estoy ha-
blando? —chasquea Gabriel, su paciencia evaporada. —No estamos en Springwood,
Quinn. Aquí las cosas no funcionan igual. —¿Hay algo de preocupación en su voz?
¿Preocupación por mí? Aunque no sé por qué.
—No sé a qué te refieres. —Cierro los ojos con fuerza, mientras los aconte-
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cimientos de mi sueño pasan por mi cabeza. La otra mano se cierra con fuerza
sobre lo que sostengo y suelto un suspiro largo y uniforme. —Estoy bien.

—Suenas como la chica que me llamó hace cinco años. La que acababa de
apuñalar al atleta universitario favorito de la ciudad. —Una puerta se cierra
de golpe y oigo llover al otro lado del teléfono mientras miro fijamente el suelo
frente a mí, iluminado por mis faros.

—No —susurro, sintiéndome congelada. —No te atrevas, joder...

—Entonces no te muevas. No vayas a ninguna parte. Deja que vaya a buscarte


primero, Quinn. No hagas lo que sea que estés intentando hacer.

—Sólo quiero ayudar. Quiero encontrar a mi jefa y al Sr. Durham. No es mi


caso. Sé que técnicamente es de ella, pero ¿y si necesitan mi ayuda? —Mi agarre se

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flexiona alrededor de la frialdad del manubrio y miro sorprendida el cuchillo que
tengo en el regazo. ¿De dónde ha salido esto? Es el cuchillo de la sala de descanso,
pero no estoy segura de recordar haber ido a buscarlo. ¿O si lo hice?

—No estás en condiciones de ayudar. No estás sola. Quédate en el estaciona-


miento, Quinn. Déjame ayudarte.

—Es egoísta por mi parte pedirte siempre ayuda cuando las cosas se ponen
sangrientas —musito, sin apartar de mí el recuerdo del aspecto que tenía aquella
noche cuando se plantó en la cafetería. Los había matado.

Había matado a los Owen por mí y había colocado el cadáver de Billy en la ca-
fetería para que la policía supusiera que formaba parte del crimen.

Pero no lo había sido.

—Para eso estoy aquí. Te encontraré, aunque me cuelgues, sabes. —Dios, nece-
sito sacar el rastreador de mi auto. No debería ser tan fácil de encontrar para él
todo el tiempo.

—Sí —suspiro, echándome hacia atrás mientras dejo el cuchillo en el asiento


del copiloto y pongo el auto en marcha. —Lo sé.
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N o sé qué está mal conmigo.

Algo tiene que ser, porque ahora que los sueños de Billy Owen han empezado,
no puedo apartar los recuerdos de mi mente.

Yo lo maté.
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Mis manos se tensan sobre el volante mientras respiro hondo. Hace semanas
que sé que no puedo seguir así sin que algo cambie. Mis sueños han ido empeo-
rando y, aunque no he querido admitirlo, ni siquiera ante mí misma, no puedo
evitar preguntarme si esto podría haberse evitado si me hubiera tomado las cosas
con más calma.

Si hubiera hecho caso a mi cuerpo, a mi cerebro y a mis sueños, ¿estaría aquí ahora?
¿Medio frenética y presa del pánico mientras intento no salirme de la carretera?

Respiro hondo y lucho contra las náuseas que me carcomen la garganta, in-
capaz de cerrar los ojos mientras conduzco bajo una lluvia torrencial. Es impo-
sible no dejar que los pensamientos se apoderen de mí, que se expandan desde la
caja cerrada en el fondo de mi cerebro en la que los he estado archivando durante
tanto tiempo.

Maté a Billy Owen.

Lo apuñalé con un cuchillo que había recogido de la fiesta, porque le tuve


miedo cuando me agarró del brazo y me preguntó por qué me iba tan pronto. Más
tarde, me pregunté si sólo estaba bromeando. Sólo estaba jugando y exagerando,
como muchos de sus amigos siempre lo acusaban de hacer.
A veces sólo tienes que hacerle creer que realmente no lo quieres, recuerdo que
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me dijo una chica antes de aquella noche. Simplemente le cuesta oír lo que dices
cuando está borracho. No es una excusa. O si lo es, es una pobre excusa. Pero no
puedo evitar preguntarme si hubiera podido terminar la noche sin la sangre y la
muerte de él y sus padres en mi conciencia.

Me habrían sacrificado absolutamente. Lo supe en el momento en que Billy


murió y yo estaba de pie junto a él, cubierta de su sangre. Había sollozado por
teléfono a mi terapeuta, la única persona en la vida que me había dado una opor-
tunidad y que realmente se había sentado a escucharme.

¿Te arrepientes de haberlo matado? Las palabras resonaron entre mis oídos
cuando Gabriel las había dicho, de pie al otro lado del cuerpo de Billy en el parque.
Entonces había sido mucho más sincera conmigo misma y con él. Lo había mirado
a la cara y en vez de decir lo correcto. En lugar de mentirle y decirle lo mal que me

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sentía, simplemente sacudí la cabeza, abrí la boca y dije que no.

No me había sentido mal por Billy en absoluto.

Sólo me había sentido mal por mí.

Gabriel se había ofrecido a ayudar. Me había dicho que él se encargaría. Me


había convencido para ir a casa y esperar, pero yo no había hecho eso. Había ido a
la cafetería, por alguna razón. Para disculparme. A confesarles lo que había hecho.

¿Para matarlos también?

La idea es desagradable y me revuelve el estómago. Es fácil pensar que estoy lo


bastante cuerda como para no haber querido matar a los padres de Billy sólo para
evitar que descubrieran lo que hice.

Es fácil pensar eso ahora, cuando sólo siento un eco de lo que sentí aquella noche.

Vi a una chica planeando un asesinato. Eso es lo que Gabriel me dijo, pero él


estaba hablando de cuando nos conocimos. Cuando yo era la niña de acogida en-
fadada y maltratada sin nadie con quien hablar.

Pero, ¿hablaba de esa noche también?

¿Los habría matado?


—Basta. —Mi voz se oye fuerte en el auto, aunque compite con el sonido de la
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lluvia. —Basta, Quinn. —Fue hace demasiado tiempo. Demasiado lejos en el pa-
sado para que hoy tenga una crisis existencial manejando en mi auto.

Si he vivido en paz conmigo misma tanto tiempo, seguro que lo haré otros
ochenta años.

La señal de Ridgeback Marina aparece a la vista, iluminada por mis luces en la


vacía carretera rural. A estas horas de la noche y con este tiempo, no me he cru-
zado con nadie. Incluso cuando aminoro la marcha y me dirijo al estacionamiento
del puerto deportivo, que está rodeado de bosque, no veo a nadie más.

Excepto dos autos. Uno de ellos no lo reconozco, pero el otro hace que se me corte
la respiración. Es el auto de Melinda, y mi preocupación por ella se clava en mi pecho.

¿Alguien está tratando de matarla? Pensaba que el Sr. Durham estaba en apuros

176
cuando me llamó, pero tal vez eso es lo que quería que pensara. He oído las his-
torias de personas que se enfadan y se ponen violentas con su asistente social
cuando las cosas no van como quiere.

¿Es eso lo que está pasando aquí? El Sr. Durham es técnicamente uno de los
casos de Melinda, como los Blaiken. Uno que había empezado a posponer de la
misma manera que los tenía a ellos. Tal vez se está volviendo complaciente o ne-
gligente como para que sus clientes empiecen a despreciarla y a querer vengarse.

No sería más jodido que otras cosas que he presenciado en mi vida.

Estaciono al otro lado del auto de Melinda, necesito un momento para cal-
marme. Me aprieto contra el asiento, y echando la cabeza hacia atrás, contra el
asiento. Con los ojos cerrados, observo los relámpagos desde detrás de los pár-
pados y aspiro profundamente varias veces. Si voy a estar aquí haciendo alguna
estupidez, lo menos que puedo hacer es no intentarlo mientras siento pánico.

Cuando abro los ojos y miro por la ventana, casi me muero en el acto. Un suave
chillido sale de mis labios, seguido de una risita histérica mientras Gabriel, con
cara de gato ahogado y cabreado, se me queda mirando.

Me llevo una mano a la boca y vuelvo a reírme de su aspecto.


Sin embargo, no espera a que me recomponga. Abre de un tirón la puerta del
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auto, aprovechando que no está cerrada con llave, me desabrocha el cinturón y


me arrastra hacia afuera. Por lo que veo, la lluvia empieza a amainar. Al menos, no
parece tan fuerte como cuando venía conduciendo desde el centro de la ciudad.

—¡Eres una imprudente! —suelta, agarrándome de los brazos. —¿Qué demonios


haces aquí? —Sus ojos se fijan en algo detrás de mí cuando mira más allá del auto,
y sé lo que ve.

—No quería traerlo, creo —admito, con una voz que apenas se oye.

—Sí, lo hiciste. —Se inclina sobre mí para recoger el cuchillo y se lo mete en


los vaqueros cubriendolo con la camisa y la chaqueta. Me fulmina con la mirada,
aunque puedo ver un atisbo de diversión tras la exasperación de su rostro.

—Eres un monstruo —gruñe sin soltarme.

—¿Lo siento? 177


—Ojalá me escucharas de vez en cuando. —Se inclina hacia delante y mi cuerpo
se tensa, preparado para lo que sea que esté planeando hacer. Gabriel está irri-
tado. Frustrado, incluso enfadado, en el peor de los casos. Si quiere echarme al
hombro y meterme en su maletero, no puedo hacer mucho.

No espero que me bese. Su boca húmeda se desliza, exigente contra la mía, y le


rodeo los hombros con un brazo para tirar de él y darle un beso rápido y sucio.

Es Gabriel quien se aparta primero, con las cejas alzadas. La lluvia está amai-
nando, aunque los dos estamos empapados y siento cómo me resbala incómoda
por el cuero cabelludo.

—Bueno, pues vámonos —suspira, apartándose el pelo mojado de la cara. De su


otro bolsillo sale una pequeña linterna, y veo el destello de algo metálico contra su piel.

¿Tiene algún arma aparte de mi cuchillo robado?

—Ni siquiera sé adónde —admito, poniéndome el teléfono en la oreja mientras


llamo a Melinda por tercera vez. No contesta, no es que espere que lo haga, y lo
sigo hacia el puerto deportivo, donde camina con un propósito en mente.

—Llama a tu jefa —ordena por encima del hombro. —A ver si está aquí.
—Acabo de hacerlo —protesto, poniéndome a su altura y señalando su auto.
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—Está aquí, en alguna parte. Y el Sr. Durham también. Creo que él va a hacerle
daño. —Levanto la voz para que se me oiga por encima de los truenos, necesito
alargar la zancada y casi trotar para seguirle el ritmo.

Pero él apenas parece darse cuenta. Mira constantemente a su alrededor, como


preocupado por lo que nos vamos a encontrar. Como si hubiera algo más de lo
que preocuparse de lo que le he contado.

Y realmente, es el experto, ¿no? Si alguien va a saber de qué preocuparse, es él.

La tienda del puerto deportivo está cerrada, y las únicas luces encendidas
dentro son las de una máquina expendedora que proyectan una luz azul sobre el
interior del edificio. La lluvia continúa, sonando contra el tejado de hojalata sobre
nosotros mientras me alejo del edificio hacia el muelle.

178
El lago es espeluznante en la oscuridad, bajo la lluvia. Lo contemplo con las
manos metidas en los bolsillos, como si eso pudiera cortar el frío que me provoca
algún que otro estremecimiento. Los barcos se bambolean en sus puestos, cho-
cando suavemente contra el muelle mientras el agua se agita y el viento sopla las
cubiertas blancas.

—Joder —murmuro, incapaz de no pensar en lo cuestionable que es todo este


viaje. —Realmente no estoy buscando resolver un caso de asesinato —admito
cuando Gabriel se detiene en el muelle a mi lado. —No me siento con ganas de
jugar a la Scooby-pandilla, si te soy sincera.

—Yo menos. —Se encoge de hombros. —Pero no soy quien tiene un teléfono
misterioso, un cuchillo y un tipo llamándote que puede o no ser un asesino. Vamos.
—Se aleja de mí, en dirección al bosque más cercano. Lo sigo. Es una buena idea,
ya que es desde aquí desde donde me han llamado esta noche. Pero, aun así, un
escalofrío me recorre la espalda que no tiene nada que ver con la lluvia.

Gabriel, sin embargo, se detiene al borde del bosque para girarse y levantar una
ceja. Hace un gesto hacia delante, como invitándome, y yo me detengo a su lado,
con los ojos muy abiertos por la sorpresa que me causan sus movimientos.

—¿Qué? —pregunto, sin necesidad de hablar tan alto aquí. —¿Qué pasa?
—Nada —asegura. —Yo no soy el que hace estupideces. Eres la salvadora del
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día, así que tú mandas.

—Entonces dame mi cuchillo —decido, cruzando los brazos sobre el pecho e inten-
tando que no parezca que estoy temblando. —Así podré defenderme si lo necesito.

Me repasa de arriba abajo, pensativo, y me mira a los ojos antes de hablar. —No
lo sé —dice al fin. —Puedo protegerte, ¿sabes?

—¡Puedo protegerme a mí misma! —replico, tendiendo la mano hacia el arma.


—Por eso he traído el maldito cuchillo.

Me lo da sin decir nada más, aunque juro que veo una sonrisa en sus labios
mientras sus ojos se oscurecen.

¿Quiere que tenga el cuchillo? ¿Tenía algún sentido obligarme a exigirlo, en


lugar de dejármelo desde el principio?

Lo miro mientras lo oculto en la manga. Los puños de mi sudadera con ca- 179
pucha son lo suficientemente ajustados como para que pueda guardarlo allí con
facilidad, aunque una vez que está allí y camino por el pequeño sendero que ser-
pentea por el bosque, me doy cuenta de que tengo otro problema.

No tengo ni idea de lo que estoy haciendo ni de adónde debo ir. Vuelvo a probar
con Melinda en mi teléfono, frunciendo el ceño hacia el suelo mientras miro a mi
alrededor en busca de rastros de algo. ¿Una pelea, tal vez? ¿O una señal pintada
con sangre que me indique adónde ir?

Melinda no contesta, ni tampoco el Sr. Durham. Gabriel me sigue, su silbido


desafinado es la banda sonora de mi noche.

Lástima que no sea más ayuda que eso. Cada vez que vuelvo la vista hacia él, lo
único que obtengo como respuesta es una mirada sombría.

—No eres de ninguna ayuda —expongo finalmente, subiendo una pequeña pen-
diente. —Literalmente, ninguna.

—¿Qué quieres que haga, exactamente? —apunta, con los dedos agarrados a mi
capucha el tiempo suficiente para que me dé cuenta. —No tengo ni idea de dónde
quieres ir. No conozco este lugar, Quinn.
—Si fuera yo la que estuviera perdida y pensaras que estoy a punto de morir,
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¿harías algo más? —pregunto irritada, deseando que me diera una idea de cómo
localizar a la gente bajo la lluvia por la noche.

—No.

La palabra me hace detenerme rápidamente, parando tan rápido que casi choca
conmigo. La inesperada respuesta hace palpitar mi corazón y lo miro asombrada
cuando se acerca a mi lado, intentando no parecer absolutamente desolada.

—No —vuelve a decir, apartándome el cabello mojado de la cara. —Porque


nunca dejaría que llegaras tan lejos como para tener que preocuparme. —Me aca-
ricia la mejilla con su gran mano, derritiendo parte del frío que me ha helado
hasta la médula. —Siempre te protegeré, Quinn —gruñe, con la cara cerca de la
mía. —Aunque eso signifique meterte en mi maletero si vuelves a intentar hacer
estupideces como esta.

—Eso suena incómodo —bromeo, distraída de mis problemas actuales. 180


—Mucho —concuerda. —Así que compórtate.

Antes de que pueda replicar, un grito rompe la tormenta.

Me alejo de él, con los ojos escrutando la oscuridad del bosque mientras aprieto
los dedos en torno a la manga que oculta mi cuchillo. Un movimiento atrae por
fin mi atención, y doy unos pasos hacia delante mientras el señor Durham corre
hacia mí, tropezando y cayendo de bruces en el sendero antes de volver a ponerse
en pie, con la ropa cubierta de barro.

—Bueno, eso... no es lo que esperaba —admite Gabriel a mi lado. —¿Estás se-


gura de que sabes lo que está pasando aquí?

Niego con la cabeza, con los ojos entrecerrados. Durham me ve un segundo


después y se acerca a mí como si fuera a tomarlo de la mano y salvarlo de la si-
tuación. Pero no lo hago.

Dejo que venga hacia mí hasta que Gabriel se interpone entre nosotros y pone una
mano de advertencia contra su pecho para evitar que Durham choque contra mí.
—¿Se lo has dicho? —resopla, estirando la mano y agarrando el borde de la
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chaqueta de Gabriel. —Todavía me sigue. Ella no se detendrá. Dile que no se lo


diré a nadie. Sólo intento recuperar a mi hijo. —Vuelve los ojos suplicantes hacia
Gabriel. —Tú me entiendes. Sabes qué haré lo que haga falta. No más bebida ni
violencia. No más hablar de cosas que no sé, te lo juro.

—Estoy... confundida —reflexiono, atrayendo de nuevo su atención hacia mí.


—Sr. Durham. —Parpadeo y me aparto el pelo de la cara. —¿Qué está pasando
aquí? —No quiero decirle que esperaba que él fuera el peligroso, no el que está en
peligro. —¿De quién tiene miedo?

Me mira fijamente, con la sorpresa luchando contra la incredulidad en su del-


gado rostro.

—Estás de broma —susurra finalmente. —Dime que estás de broma.

181
Sacudo la cabeza y me encojo de hombros. —Aquí no hay bromas. En verdad
no sé qué está pasando.

—Creía que habías venido a ayudarme. Creía que ése era el objetivo. —Mira
detrás de él y a nuestro alrededor, buscando a alguien que no está aquí. —Pensé
que le estabas diciendo que parara. —Veo que se impacienta, que se molesta. Su
cara enrojece y, cuando vuelve a girar sobre mí, hay odio en sus ojos. —Estúpida
perra. ¿Qué haces aquí si no estás aquí para decirle que jodidamente pare?

—¿Decirle que pare a quién? —reclamo, perdiendo la paciencia y un poco atónita


por el repentino cambio en su comportamiento. —Sr. Durham, díganos qué está
pasando para que podamos ayudarlo, en lugar de quedarnos aquí bajo la lluvia.

Respira hondo y luego otra vez. Veo que intenta calmarse, al igual que noto que
apenas funciona. Está furioso conmigo, aunque no he hecho nada malo.

—Quiero tu ayuda. Creía que lo entendías. Hablaste conmigo y no parecías


enfadada como ella. Pensé que por eso estabas en mi caso ahora, porque ya no
tengo problemas.

—¿Quién? —exijo, dando un paso adelante para agarrar su chaqueta y sacu-


dirlo por ella. —¿Qué está pasando? ¿De quién huyes?
—¡De tu jefa! —grita, lo bastante alto como para que su voz resuene. —¡Suél-
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tame, maldita sea! Si no estás aquí para ayudarme, tengo que irme de aquí.

—¿Mi jefa? ¿Por qué te persigue? —cuestiono. La cabeza me da vueltas, y veo


por el rabillo de mi ojo a Gabriel moverse, como si algo se le hubiera ocurrido y le
incomodara la situación. Como si supiera algo que ignoro.

—Quinn, ¿por qué no retrocedes? —murmura en mi oído, tirándome del


hombro. —Retrocede ahora.

—¿Por qué? —demando, girándome para mirarlo. —¿Qué está pasando aquí?

—¿Por qué no le preguntas a tu jefa y lo averiguas? —Llama mi atención con esas


palabras, espera a que lo mire y señala hacia el sendero, donde una mujer con im-
permeable avanza a grandes zancadas por el camino como si viniera aquí siempre.

Hay una sonrisa en la cara de Melinda que me recuerda a la primera vez que la
conocí. Toda amabilidad y comprensión, sin una pizca de inquietud. La lluvia no
parece molestarla, por lo que veo. Pero en lo que no puedo dejar de fijarme es en
182
la pistola que lleva en la mano enguantada y que sujeta con cómoda soltura.

—Qué sorpresa verte aquí fuera —saluda cuando está a sólo tres metros de no-
sotros. —Pensé que el tiempo sería lo suficientemente malo como para mantener
a todo el mundo alejado. ¿Vienen a menudo por aquí?
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—¿ V enimos aquí a menudo? —repito, un poco confusa. —¿Es eso lo que


acabas de preguntar?

Melinda asiente con la cabeza, con el arma todavía a su lado en una empuña-
dura relajada. —Mi marido y yo venimos bastante por aquí. Nos gustan los sen-
deros y ver los barcos. Esta noche no hay barcos, claro. Pero podría ver el atractivo 183
si los dos se van de excursión secreta y clandestina. —Nos mira a ambos con el
ceño fruncido, lo que aumenta mi confusión.

—¿Nosotros? —repito, señalándome primero a mí misma y luego a Gabriel. No


le temo como debería, y como Durham claramente lo hace, ya que me agarra del
brazo y parece que está buscando una forma de escapar. —¿Te refieres a nosotros?

—Los dos son terribles ocultando sus sentimientos. Lo sé desde hace semanas.
No te preocupes, Quinn. No voy a disciplinarte por tu distinguido amigo caballero
—ríe entre dientes, haciéndome un gesto con la mano libre.

Tiene que faltarme algo. Mi miedo, para empezar. Nunca en mi vida he tenido
miedo de mi jefa. Es tan poco amenazadora que la idea me parece ridícula. Por no
mencionar que todavía no tengo ni idea de lo que está pasando aquí.

—Me llamó el Sr. Durham —admito, señalándolo. —Me dijo... bueno, no sé lo


que me dijo. Estaba un poco frenético, umm... —Miro primero en su dirección y
luego vuelvo a mirar a Melinda. —¿Puedes explicarme qué está pasando? Encontré
un teléfono en tu escritorio. Pensé que necesitabas ayuda. No estás, en peligro,
¿verdad?
—No creo que esté en peligro —señala Gabriel desde mi otro lado. —En lo más mínimo.
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—Sí, empiezo a entenderlo —murmuro de vuelta.

—¿Me he dejado el teléfono? —Melinda se palpa los bolsillos de la chaqueta


con cara de angustia. Sin embargo, cuando levanto la mano con el viejo teléfono,
se da cuenta.

—Estaba en la pila de maletas terminadas, ¿no? Lo dejé allí cuando Clara vino
a hablar conmigo. Eres muy amable por preocuparte por mí. Siento que hayas
tenido que venir hasta aquí. —Levanta la pistola de repente y la amartilla, justo
cuando Durham se lanza detrás de mí para utilizarme como escudo humano.

La reacción de Gabriel es instantánea. Se coloca delante mío, me agarra por el


brazo y mira a Melinda a los ojos con un movimiento de cabeza.

—No lo hagas —ordena, y ella se limita a fruncir el ceño, irritada, con las fac-
ciones dibujadas en su rostro pálido y circular. 184
—Yo no dispararía a Quinn —anuncia. —Una vez que esté muerto, podremos
hablar de esto. A ver si llegamos a un acuerdo. Creo que esto no es nada nuevo
para usted, Dr. Brooks. —Cuando él no responde, ella continúa. —Usted es bastante
famoso en algunos círculos. No estamos tan lejos de Springwood, después de todo.

—Tienes una admiradora —ironizo, ganándome la ira de su mirada. Pongo los


ojos en blanco cuando su irritación se intensifica, y me muevo para agarrar el brazo
de Durham y sacarlo de detrás de mí. —¿Por qué intenta matarte? —exijo, espe-
rando por Dios que esté diciendo la verdad y no vaya a dispararme a mí o a Gabriel.

No contesta. Está demasiado ocupado intentando zafarse de mí, y lo arrastro


hasta el suelo, inmovilizándolo con una rodilla.

—¡Dímelo! —regaño, nerviosa. —¿Por qué ella quiere dispararle, Sr. Durham?
¿Qué ha hecho?

—¡No he hecho nada! —grita, frenético en sus palabras y en sus intentos de


alejarse de mí. Oigo que el seguro de la pistola es amartillado y Melinda se acerca
mirándolo con desprecio. Gabriel tampoco está lejos, y veo el brillo del metal en
su mano mientras la observa, aparentemente indiferente a lo que el Sr. Durham
tenga que decir.
—Hice lo que me pidió —revela, con los ojos desorbitados al ver a Melinda por
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encima de él. —Dejé de beber. Trabajé para mejorar en todo lo demás. Hice lo que
me dijiste, para poder recuperar a mi familia.

—Bueno, eso no es precisamente cierto. —Melinda se arrodilla, con una mueca


de dolor, y me pregunto si será capaz de volver a levantarse. —Te dije que pa-
raras, ¿no? Que dejaras de intentarlo. Te dije que tu hijo no volvería contigo,
dijeran lo que dijeran los tribunales. Te dije que te cambiaría de asistente social
y que seguirías por el camino que ibas. Pero eso no es lo que hiciste, ¿verdad? En
cuanto el caso dejó de estar en mi mesa, entraste y amenazaste a mi empleada.
Tuviste suerte de que no te matara. —Ella asiente a Gabriel, luego se encuentra
con mi mirada sorprendida.

—¿Cómo...?

—Cámaras de seguridad, querida. Están por todo el edificio, dentro y fuera.


No te preocupes. Respeto tu intimidad. Cuando las cosas con el Sr. Durham ter-
minaron, dejé de mirar. —Mi cara arde de vergüenza cuando me doy cuenta de
185
lo que quiere decir, pero ella no ha terminado de hablar. —Entonces intentaste
ganarte su simpatía. Le hablaste de Ashwick para ver qué sabía de los asesinatos.
Intentaste hacerla pensar. ¿Era tu plan ponerla en mi contra?

—¡No! —Lucha desesperadamente debajo de mí, pero soy más fuerte que él
cuando está tan agotado. —Sólo quiero recuperar a mi hijo. Por favor, te prometo
que esta vez lo haré mejor. Haré lo que me digas. Todo lo que quieras. Sólo quiero
a mi hijo.

—Entonces déjame cortarte la mano con la que lo lastimaste —dice Melinda


con entusiasmo, como si estuviera de acuerdo con el plan.

—Córtale la... —interrumpo, tragándome la palabra. ¿Quiere cortarle la mano?


Seguro que es una broma.

—Estás loca —sisea Durham, renovando sus esfuerzos. —¡Estás loca, maldita perra!

Se suelta de repente, arrojándome contra Gabriel mientras se pone en pie y


arremete hacia delante. Espero que corra. Espero que intente escapar, así que
cuando en lugar de eso ataca a Melinda y la arroja de espaldas al sendero, me
sorprendo.
No me paro a pensar. Me lanzo hacia delante y, con la ayuda de Gabriel, lo
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arrastro hacia atrás, pataleando y gritando, para que Melinda pueda ponerse en
pie y quitarse el polvo de los pantalones. El asco y el desprecio en sus ojos son
fácilmente visibles, y nos mira con una sonrisa tensa.

—Siento haberlos metido en esto. —Nos dice a las dos, mirando a su alrededor
en busca de la pistola que debería estar en el suelo. —No era mi intención...

El arma hace clic y miro hacia abajo, dándome cuenta de que está en la mano
de Durham. Hay una luz desesperada en sus ojos cuando me mira, junto con
una mueca de disculpa. —No puedo evitarlo —dice. Las palabras para mí mien-
tras el tiempo parece ralentizarse a nuestro alrededor. —Ella no entiende que
no puedo evitarlo. Quiero a mi hijo, pero me enfado mucho. Sólo necesito una
oportunidad para decirle que lo siento. Él lo entenderá. —Su brazo se levanta len-
tamente, el arma apuntando a mi jefa. —Volverá a quererme. Sólo necesito tener
otra oportunidad.

Los músculos de su brazo se tensan y sé que va a disparar. Está demasiado


186
cerca para fallar, y por la mirada resignada de Melinda, ella también lo sabe.

Pero de algún modo, como si lo hubiera estado esperando, ya tengo el cu-


chillo en la mano y libre de la manga. Se lo clavo en el espacio entre el cuello y el
hombro, haciéndole soltar un gruñido de sorpresa mientras su cuerpo se sacude
dónde está apretado contra mí.

Sus movimientos son lentos mientras me mira, el arma baja unos centímetros antes
de moverse en mi dirección. La sangre brota, y otra sacudida junto con una suave
exhalación es mi único indicador de que ha sido herido nuevamente, hasta que
Gabriel se aparta y gira para clavar sus garras metálicas en la garganta de Durham.

La sangre me salpica la cara cuando las quita, y el hombre sólo... gorgotea. El


arma cae al suelo y él parece sentarse. No hay agonía. No hay una última declara-
ción culminante de venganza.

Simplemente se sienta y cae de espaldas. Sus ojos nunca se cierran mientras la


sangre se derrama de él, y después de unos momentos vertiginosos en los que mi
corazón late con fuerza en mis oídos y mis manos medio levantadas, temblando
en el aire vacío, él ha terminado.
La respiración ya no mueve su pecho arriba y abajo. La sangre que burbujea en
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sus labios se detiene y sus ojos se vuelven vidriosos.

Está muerto.

—Campanas del infierno —jadea Melinda y es la primera en romper el silencio.


—Qué fastidio. Tenía que ser un problema hasta el final, ¿no? —protesta. Se pone
a dar vueltas con Gabriel mirando, aunque no puedo dejar de mirar el cadáver que
tengo delante.

—¿Me das mi otro teléfono, Quinn? —pregunta con la mano extendida delante
de mí. Se lo ofrezco entumecida, con los ojos fijos en los suyos. —Siento mucho
que hayan tenido que formar parte de esto. —Me limpia suavemente las manos y
me sube las mangas hasta los codos, buscando sangre en mi piel. La forma en que
me ayuda a limpiarme es casi maternal, y finalmente la miro sorprendida.

187
—¿Ibas a matarlo? —averiguo, aún sin poder asimilarlo todo. —¿Por qué?

—Porque estaba en camino de recuperar a su hijo —responde, con palabras


agrias. —Nuestro sistema judicial es imperfecto, Quinn. —Le arranca la hoja del
cuello y mira a Gabriel. —Supongo que te quedarás con la tuya.

Él asiente, flexionando los dedos de su guante con garras.

—Sé cómo limpiar —asegura, y los dos comparten un momento, como si estu-
vieran cortados por el mismo patrón.

Demonios, tal vez lo estén.

—Hirió a su hijo. De gravedad. Por no mencionar que el niño le tiene terror.


Habría acabado mal. Lo he aprendido por experiencia. Se lo advertí. Una y otra
vez, le dije que se detuviera. Sabía lo que les pasó a los Blaiken cuando intentaron
recuperar la custodia después de lo que hicieron. Sabía que le pasaría lo mismo.
Se lo advertí.

Ella sacude la cabeza hacia su cuerpo y yo me enderezo, con los brazos alre-
dedor de mí, ya que no sé dónde ponerlos.

—Has matado a gente antes. Y me enviaste allí para encontrar sus cuerpos —
asumo en voz baja. —¿Por qué?
—Necesitaba a nuestro condado para encontrarlos. La policía y yo tenemos
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un acuerdo. Nadie en este lugar soportará a los abusadores de niños por mucho
tiempo.

—¿Por qué había un mensaje en el teléfono de tu mesa? Pensé que era una
amenaza contra ti. Pensé que era él —confieso, señalando con la cabeza el cuerpo
que hay entre nosotros.

—Es mi marido —sonríe. —Me ayuda con la limpieza si lo necesito. O a preparar


la escena para la policía. —Finalmente se levanta, con una bolsa de plástico a su
lado que contiene la pistola y mi cuchillo. —Saldrá pronto —añade, apartando la
mirada del Sr. Durham como si fuera un montón de basura. —¿Estás bien, Quinn?
Parece que estás en estado de shock. Sé que matar a alguien es difícil. La primera
vez de todo el mundo es difícil. Pero él se lo merecía. El mundo es un lugar mejor
por lo que hiciste, y yo misma te estoy bastante agradecida.

—No es mi primera vez —murmuro, incapaz de contenerme. —Necesito irme a


casa. —Retrocedo unos pasos, sin querer mirar a ninguno de los dos. —Solo nece-
188
sito irme. No se lo diré a nadie. No lo haré.

Luego me muerdo el labio y respiro. —No estoy enfadada ni a punto de des-


velar tus secretos. ¿De acuerdo? —contesto, mirándola y tratando de mantener mi
última pizca de autocontrol mientras mi corazón late con un latido acelerado en
mis oídos que sacude todo mi ser.

—Sé que no lo harás. Pero, ¿segura que estás bien, Quinn? —Intercambia una
mirada con Gabriel, que lleva más de un minuto vigilándome en silencio. —Sea lo
que sea, puedes hablar con nosotros.

Nosotros. Mi novio un psicólogo asesino y mi jefa asesina. Sacudo la cabeza,


con movimientos bruscos.

—Sólo necesito irme —vuelvo a decir, dando unos pasos hacia atrás.

—Estaré bien. Te veré... pronto.

—¿Este domingo? —sugiere inquieta Melinda. —Mi marido y yo vamos a dar


una fiesta en la piscina. Ya hemos tardado bastante. Este domingo, de una a seis.
Pásate por la piscina, quédate por la comida. ¿Podemos contar con los dos?
No entiendo lo que pregunta. O, mejor dicho, cómo demonios lo está pregun-
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tando. Está hablando de una fiesta en la piscina mientras estamos junto a un cadáver.

Asiento con la cabeza un par de veces y sonrío con fuerza a ambos.

—El domingo —asiento, pero es lo único que consigo decir antes de que mis
pies me lleven de vuelta por el sendero hacia el estacionamiento abierto. Intento
no echar a correr, pero es casi imposible.

Sobre todo, cuando oigo mi nombre en los labios de Gabriel en cuanto llego a la
acera. Corro hacia mi auto, tratando de llegar antes de que él pueda alcanzarme,
sólo para ser detenida y empujada contra el lateral del todoterreno de Melinda.

—¡Quinn! —grita Gabriel, examinando mi rostro mientras me tapo la boca con las
manos. —Quinn, para. Háblame. Dime qué pasa por tu cabeza y cómo puedo ayudarte.

—¿Ayudar? —Medio me río, medio sollozo. —¿Quieres ayudarme?

Asiente una vez, y luego otra, más despacio, mientras nota mi expresión. —Dime 189
qué te pasa, ¿de acuerdo? Déjame ayudarte.

—No creo que puedas —susurro desde detrás de mis dedos. —Realmente no
creo que puedas.

—¿Por qué, mi querida niña? —arrulla, atrapándome contra el vehículo, su


cuerpo una línea de sólido calor mientras sus brazos me envuelven.

—¿Porque tienes miedo? —Sacudo la cabeza. —Entonces dime qué pasa.

—Estoy aterrorizada —admito, apartando por fin las manos de mi boca. —Estoy tan,
tan jodidamente aterrorizada. Miedo es quedarse corta.

—De matar a alguien.

—No —respiro y vuelvo a apoyar la cabeza contra el auto. —Por lo mucho que
lo he jodidamente disfrutado.
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M e mira fijamente mientras jadeo en el lateral del todoterreno de Melinda.


No puedo saber qué está pensando tras su expresión calculadora. No podría ni
siquiera empezar a adivinarlo, cosa que ya no ocurre tan a menudo.

Me sube una mano por el brazo hasta rodearme la mandíbula con sus largos
dedos. Roza mi labio inferior con el pulgar y, finalmente, una suave sonrisa se 190
dibuja en su boca. —Mi pequeño monstruo —ronronea por fin, y el sonido me
calienta hasta los huesos. —Mi viciosa, querida niña. ¿Puedes conducir?

Asiento con la cabeza. Después de todo, esa era mi intención.

—Sube a tu auto y conduce hasta mi casa, siempre que te sientas segura hacién-
dolo. ¿No tienes mareos ni náuseas?

Sacudo la cabeza lentamente, con los ojos entrecerrados.

—Te vas a casa, ¿verdad?

—Dentro de un minuto. —Vuelve a mirar hacia el bosque, donde está el cuerpo


de Durham. —Sólo quiero asegurarme de que tu jefa puede encargarse de todo.
Haz lo que te digo, ¿de acuerdo? —Desliza una llave entre mis dedos, empuján-
dola contra mi palma.

Podría irme sólo a mi casa, ducharme y tratar de dormir.

Pero no quiero. Resistir la atracción que siento hacia él como un imán constante
que me arrastra es realmente difícil. Imposible, incluso, por todas las veces que le
he deseado la muerte en secreto.
De hecho, parece que lo he odiado durante tanto tiempo que ni siquiera puedo
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decir cuándo ese odio se convirtió en algo más que es igual de abrasador e in-
tenso, con un nombre de cuatro letras diferente.

Mierda.

—De acuerdo —digo, poniéndome de puntillas para darle otro beso. Me es-
quiva, sonriendo, y se aparta de mi alcance cuando vuelvo a intentarlo, solo para
acercarse y morderme el labio inferior.

—Vete a casa. Date una ducha. Lo que necesites, Quinn. Estaré allí pronto, te lo juro.

Es un buen argumento solo con usar su boca para burlarse de la mía. Asiento y
me echo hacia atrás, dejando que se separe de mí para que pueda alejarse.

—No tardaré —promete, y me señala el auto.

191
Le hago un saludo burlón con los dos dedos y me dirijo rápidamente a mi auto,
entro y enciendo el motor mientras él se adentra de nuevo en el bosque.

Cuando entro en su casa, lo primero que hago es mirar a mi alrededor. No he


estado aquí lo suficiente como para hacerme una idea general. Además, si se va
a enfadar por ello, prefiero hacerlo cuando esté cubierta de sangre y tenga un
aspecto algo aterrador. O sexy, según el público.

Paseo por la casa de tres habitaciones con curiosidad, y descubro que las otras
dos habitaciones de arriba están vacías: en una hay unas cuantas cajas, en la
segunda no hay nada en absoluto. El otro cuarto de baño también parece sin
usar. Aunque está abastecido de cosas, desde jabones corporales hasta crema de
afeitar, y equipado con una ducha con un cabezal que se puede quitar de la pared
para llegar a esos lugares de difícil acceso.

Aunque mi única experiencia con este tipo de duchas es el porno que veía en la
universidad durante las sesiones nocturnas de estudio.

La ducha no es negociable. La sangre que se me ha secado en la cara y el pecho


es pegajosa y asquerosa. Se está endureciendo como pintura y, por mucho que
disfrute mirándola en el espejo mientras mi corazón se acelera al recordar que he
matado al Sr. Durham, me resulta incómoda.
Se lo merecía, me digo, como si mi cerebro necesitara una razón. Me meto en
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la ducha, sintiéndome defectuosa por no sentirme culpable, y me convenzo a mí


misma de la explicación que apenas necesito.

Hizo daño a su hijo. Una y otra vez, me recuerdo con firmeza mientras el agua
caliente me rocía el pecho y la cara. Hizo algo más que hacerle daño. He visto los
expedientes. Los informes. Las fotos.

Le había hecho cosas terribles a su hijo, y yo había sido una estúpida por pensar
que se arrepentía cuando había venido a la oficina y fue más amable conmigo.
Recuerdo que pensé que estaba allí porque le importaba y estaba arrepentido. No
porque estuviera tratando de escapar de las amenazas de Melinda.

Entonces no puedo evitar preguntarme a cuánta gente ella habrá matado. Mien-
tras la sangre que limpio de mi cuerpo se la va llevando el agua, me observo de-
tenidamente a la tenue luz del dormitorio. Aún no he encendido todas las luces
del baño, y apenas puedo ver la pizca de rojo en el agua sucia que se arremolina
alrededor de mis pies y desaparece por el desagüe.
192
Me tomo mi tiempo limpiándome exhaustivamente. Me lavo el pelo con toques
lentos y deliberados y me aplico el acondicionador de Gabriel. Cuando termino, la
sangre ha desaparecido por completo, pero de todos modos me paso una toallita
por la piel, deseando a medias que él estuviera aquí para ver la sangre antes de
que desaparezca.

Espero que esté bien y que Melinda no lo haya acabado también. Aunque, para
ser justos, dudo que ella pudiera con él si realmente quisiera irse.

Finalmente, cuando ya no tengo motivos para quedarme bajo el agua aún ca-
liente, cierro el grifo y salgo sobre la toalla que hay en el suelo de baldosas. Tem-
blando por el aire frío que revolotea por mi piel, recojo una de sus mullidas toa-
llas extra grandes y la envuelvo alrededor del cuerpo para poder limpiar el espejo
empañado con una mano.

Me veo... normal. Sin sangre ni barro en la piel, tengo el mismo aspecto que esta
mañana. La Quinn Riley normal, con su trabajo normal en Eddyville, Kentucky.

No parezco alguien que acaba de matar a un hombre y ha disfrutado cada segundo.


Aprieto los dedos alrededor de la nada, intentando recordar cómo me sentí al
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tener el cuchillo en la mano. Había sido tan agradable luchar contra la resistencia
de la carne de Durham. Hundirlo en su garganta hasta el fondo. ¿Se habría sentido
igual de bien con las garras de Gabriel? Si lo hubiera degollado en lugar de apuña-
larlo, ¿habría disfrutado más?

Cuando recojo mi ropa, con la intención de ponérmela de nuevo, me detengo


con el ceño fruncido. Están llenas de barro y suciedad, y bastante sangre la mancha
de tal forma que me preocupa tener que tirarlas. No tengo suficiente dinero para
seguir cambiando de ropa, eso está claro. Pero tampoco puedo ir por la ciudad así.

Decido no volver a ponérmelas, las dejo caer al suelo del baño y me envuelvo
bien en la toalla. No es perfecto, pero es algo. Y ahora mismo estoy buscando algo
hasta que Gabriel llegue a casa y, con un poco de suerte, pueda tomar prestada
ropa suya. Suspiro y me tumbo en su cama, gimiendo de cansancio y de lo mucho
que disfruto la comodidad de su colchón.

Seguro que es mejor que el que yo tengo, y voy a aprovecharlo al máximo mien-
193
tras espero. Sabiendo que me despertará cuando llegue a casa, me acurruco en la
cama, arrastro las mantas sobre mí y apenas consigo respirar profundamente su
olor, que perdura en sus almohadas, antes de quedarme completamente dormida.

En lugar de sueños, las sensaciones que me invaden me sacan de una cómoda


y fresca oscuridad. El descanso sin sueños me resulta extraño últimamente, así
que me esfuerzo todo lo que puedo por aferrarme a él, en lugar de despertarme.

—Déjame dormir —protesto al sentir las manos sobre mi cuerpo y el calor


entre mis muslos.

—Siempre —ronronea la voz cerca de mi oído. —Duerme todo lo que quieras, Quinn.

Sus palabras tienen el efecto de alargar lo que tardo en despertarme. Mi ce-


rebro tarda en responder a todas las cosas perfectas y deliciosas que le suceden.
Tardo en despertar del todo mientras Gabriel me penetra perezosamente.

—Gabriel —murmuro, un sonido casi tan suave como mi respiración. Esta vez
noto más lo que está pasando. Sigo boca abajo, con la cara apoyada en las almohadas
donde me había dormido. Una de mis rodillas se ha desplazado a un lado y entre mis
muslos puedo sentirlo, cálido contra mi piel mientras se desliza dentro y fuera de mí.
—Qué sueño tan pesado —ronronea, y suena como un cumplido. —O quizá
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duermes mejor cuando estás en mi cama. Te despiertas justo a tiempo, Quinn.


Justo a tiempo para sentir cómo te lleno otra vez.

Gimoteo, aún medio dormida. Ahora es más fácil sentirlo dentro de mí que
enfrentarme a lo que tendré que hacer una vez despierta.

—Relájate —ronronea, pasándome una mano por la espalda. —Estás bien, ca-
riño. Justo donde estás.

Noto que sus movimientos se aceleran y, con una sacudida, me doy cuenta de
que estoy increíblemente cerca, como si llevara un rato preparándome para mi
liberación.

Se inclina sobre mí y arrastra mis caderas hacia las suyas para que pueda hun-
dirse más entre mis pliegues, mientras me toca el clítoris con una mano, rogán-

194
dome que me lance al precipicio con él.

—Córrete sobre mi polla mientras lleno este dulce coño —gruñe, y es todo lo
que necesito para convencerme. Jadeo y el orgasmo me recorre con tanta fuerza
que se curvan los dedos de mis pies. Mi cuerpo se estremece y lo aprieta mientras
él embiste una vez más, sus músculos se tensan cuando se corre dentro de mí.

La cabeza me da vueltas, absorbiendo la sensación, y cuando se desliza fuera


de mí coño, me despierto de golpe, con un suspiro de decepción en los labios.

—No quería estar tan dormida —refunfuño, incorporándome y girándome para


mirarlo. —¿Cuánto hace que has vuelto? —Mientras hablo, me froto los ojos con
las palmas de las manos, intentando orientarme.

—Unos treinta minutos —admite, observándome. Tampoco está vestido, y hago


una pausa para admirar su cuerpo, su cara y todo lo que hay que mirar cuando se
trata de Gabriel.

—Es que no he podido evitarlo. ¿Quieres hablar de lo que pasó?

—Claro, Doctor Brooks —bostezo, buscando mi toalla, encontrándola final-


mente a medio camino de la habitación en el suelo. —No tengo ropa —confieso,
devolviéndole la mirada.
—No te lo tendré en cuenta —asegura Gabriel, con la sombra de una sonrisa
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asomándose en sus labios.

—Esta noche he soñado con Billy. Antes de que Durham me llamara a la oficina
—digo, recostándome contra el cabecero de la cama. Él me sorprende siguiendo
mi impulso y colocando su cuerpo sobre el mío, abrazándome en la cama.

—En las últimas semanas he soñado con Billy por momentos, pero no siempre
lo recuerdo. Creo que... —Desvío la mirada, frunzo el ceño y recupero parte de la
inquietud de antes. —Creo que acabo de matar a un hombre y no me siento mal
por ello. Igual que no me sentí mal por lo de Billy —explico por fin, con voz dura.
—Y no sé qué hacer.

Suspira contra mi garganta, besando dulcemente la piel antes de morderla. Se


lo permito, dejando escapar un suave sonido de placer cuando me presiona las
rodillas para que pueda deslizarse entre ellas, acercando su cuerpo al mío.

—Dejas que me ocupe de ello. De ti —murmura. —Siempre he sabido que dis- 195
frutabas matar. Recuerdo a Billy. Recuerdo la expresión de tu cara y lo que me
dijiste. ¿Te acuerdas?

Pienso en el pasado, desenterrando memorias que tanto me ha costado en-


terrar. —Ayúdame —pido, cerrando los ojos para recordar la escena con toda
claridad. La oscuridad me había rodeado tanto entonces, y el cuerpo de Billy no
parecía real. —Ayúdame, porque no lo lamento.

—Y yo te ayudé. Como siempre te ayudaré. No hay nada malo en no sentirlo. Ni


para ti, ni para mí. No para gente como nosotros. —Él me arrastra lejos del cabe-
cero hasta que vuelvo a estar tumbada en la cama. —Y tú deberías dejar de huir
de lo que eres. Deja de fingir ser algo que no eres.

—¿Qué no soy? —susurro en la oscuridad, la luz de la luna del cielo por fin
despejado ilumina sus rasgos con dureza.

Se me retuerce el estómago, pequeñas mariposas despegan para revolverme las


entrañas. Siento casi náuseas, casi mareos. Sin embargo, nunca me había sentido
tan presente.

—No eres una presa —gruñe en mi oído. —Y no deberías volver a actuar como
tal. ¿Me oyes?
Sus uñas se hunden en mis costados, arrancando un siseo de mis labios mien-
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tras su boca recorre mi cuello hasta la clavícula.

—Podrías matarlos. A cualquiera de ellos. Y no deberías sentirte mal por ello.


¿Se siente mal el lobo por las ovejas del campo?

—Las personas no son ovejas —protesto, alzando una mano para agarrarle el
pelo cuando me lame el pezón.

—Sí, lo son, pequeña loba. Son ovejas esperando tus colmillos. —Muerde, como
para dejar claro su punto de vista, y sube la otra mano para juguetear con mi otro
pezón. —Y por eso te reclamo como mía.

—Ya lo has dicho antes —digo, con la cabeza dándome vueltas mientras le le-
vanto la cabeza para mirarlo a los ojos. —No paras de decirlo.

—Bueno, no siempre fue tan cierto —bromea, con los labios a escasos centíme-
tros de los míos. —Pero ahora has matado conmigo. Lo has disfrutado. Eres mía, 196
tanto como yo soy tuyo. Y la próxima vez que lo hagamos, follaremos bañados
con la sangre de nuestras ovejas para demostrarle a todos los demás la clase de
monstruos que somos.

—Haces que suene horrible —señalo secamente. —Como si realmente fuéramos


monstruos.

Gabriel se ríe, aunque no es un sonido alegre. Es cruel y lleno de oscuras pro-


mesas, y si no lo conociera, pensaría que está loco. Pero sé exactamente lo que es.

—Somos monstruos, Quinn —anuncia, dándome un golpecito en el muslo


hasta que mi pierna rodea su cintura y él puede mecerse perfectamente contra mi
cuerpo. —No importa siempre seremos los monstruos que la gente teme.

No sé si creerle. No sé si puedo ser la clase de monstruo que él cree que soy.


Aunque cuando vuelvo a correrme y bebe el sonido entre sus labios como una
plegaria, empiezo a pensar que tal vez, sólo tal vez, tenga razón sobre mí.

Que siempre tuvo razón, y que la niña perdida que conoció en su despacho
nació con el asesinato en los ojos y en el corazón.
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— E sto es raro —lamento, dejando que Gabriel me arrastre hasta el patio de


Melinda. —Dime que esto no es raro.

—No es raro —contradice. —Vamos, ¿cómo puede ser raro? Le gustas a tu jefa, y
su marido hace buenas hamburguesas. —Levanta la que está comiendo y saluda al
marido de Melinda, que sonríe y le devuelve el saludo con la espátula en la mano. 197
—Esto es raro —repito, apoyándome en la alta y robusta valla de privacidad mien-
tras Gabriel se une a mí. —¿Estás seguro de que no quieres, no sé, ir a otro sitio?

—¿Cómo a mi casa?

—Quizá me refiero a mi casa —discuto. —Nunca quieres venir a mi casa a tener


sexo. O ducharte. O pasar el rato.

Gabriel pone los ojos en blanco y termina su hamburguesa antes de girarse


hacia mí y presionarme suavemente contra la valla, protegiéndonos con su cuerpo
de los demás invitados de Melinda.

Su mano se desliza por mi hombro hasta que puede presionar con sus dedos
la base de mi garganta. —Tu casa es un asco —señala dulcemente. —Es horrible,
y esos muebles probablemente han pasado por seis dueños diferentes. Todas mis
cosas son nuevas. Discúlpame si no quiero infectarme con lo que sea que esté
viviendo debajo de tu cama.

—Bueno, discúlpame por respirar —contesto, sólo un poco ofendida mientras


mis cejas se alzan. —No todos podemos ser psicólogos del sueño de renombre
mundial, premiados, con títulos de lujo y una tonelada de deudas.
—Media tonelada de deuda —argumenta. —Más bien un tercio. Deberías vivir
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conmigo.

—¿Sí? ¿Cómo tu follamiga interna? —Asiento, un poco agresiva. —¿La chica


que atas a tu cama para poder follártela cuando quieras?

—Como la chica a la que quiero —corrige.

—Esa es una palabra muy fuerte.

—Sólo para ti. Es la palabra adecuada para mí, aunque antes pensaba que no
encajaba. Estaba equivocado. Vamos, Quinn. No te retuerzas por ello. Sólo porque
no lo haya dicho en voz alta, ¿de verdad te escandaliza tanto? —Se inclina para
rozar sus labios con los míos, aunque vuelvo la cara, poco impresionada.

—Sabes a ketchup —digo con sorna.

198
—Entonces haz que sepa a ti —provoca, y me echa la cara hacia atrás para ma-
tarme de nuevo con más exigencias. Me rindo con un suspiro de placer, mi lengua
encuentra la suya antes de apartarme lo suficiente para darle un mordisco.

—Múdate porque me gustas —insiste. —Podrías ser mi sexy compañera de piso


si quisieras. Te haré pagar el alquiler y los servicios para que te sientas mejor.

Me burlo y abro la boca, justo cuando el delicado sonido de un carraspeo nos


hace mirar a nuestro alrededor.

Melinda está detrás de nosotros, radiante, con su hermana al lado. —Me alegro
mucho de que estén aquí —anuncia, tendiéndonos a ambos una copa de vino. —
Pensé que no vendrían.

Gabriel y yo nos separamos, cada uno tomando una copa de vino mientras Ma-
rian, la hermana de Melinda, lo mira.

—Me alegro mucho de verte a la luz del día —dice astutamente. —En lugar de
acecharla en su casa. Es un buen partido —añade, guiñándome un ojo. Aparto la
mirada, haciendo una mueca de vergüenza ante sus palabras.

—Perdona si alguna vez te he molestado. —Se disculpa Gabriel, teniendo la de-


cencia de parecer avergonzado. —No era mi intención. Quinn y yo sólo...
—No digas más —interrumpe Marian, agitando la mano hacia él. —Todos te-
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nemos nuestros juegos, ¿no? —Me mira cómplice antes de alejarse para saludar a
otra persona, mientras Melinda se queda dando sorbos a su vino.

—Te quedarás, ¿verdad? —dice, sorprendiéndome con la pregunta.

Miro a Gabriel, perplejo, y luego a ella.

—¿En tu fiesta? No para siempre, pero dudo que me deje escapar todavía —res-
pondo, poniendo una pequeña risa en las palabras.

Pero Melinda niega con la cabeza. —Aquí. En Eddyville. Estoy segura de que us-
tedes dos no se quedarían para siempre; no estoy pidiendo eso. Pero eres buena en
tu trabajo. Eres buena ayudando, y sabes que a veces el servicio puede ser desagra-
dable. No quiero perder a la mejor trabajadora social que he contratado en años.

El elogio es inesperado y me siento incómoda al sentirlo. No sé cómo responder.


Apenas estoy segura de lo que me pide, y espero que no sea tener una compañera
de asesinatos en el futuro.
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Después de todo, prefiero matar a la gente con Gabriel, o no hacerlo.

—Me quedaré por aquí un tiempo, creo —comento, con una pequeña sonrisa
curvándose finalmente en mis labios. —Al menos hasta que haya ahorrado lo su-
ficiente para comprar una casa mejor que la suya.

—Entonces, ¿para siempre? —murmura Gabriel, dando un largo trago a su vino


mientras yo lo miro fijamente. —Sigo diciéndole que podría mudarse conmigo —
le dice a Melinda, que parece impresionada. —Así no tendría que gastar nada en
alquiler y podría ahorrar para comprarse un auto nuevo.

—Mi auto está bien —replico, poniendo los ojos en blanco.

—Tu auto casi se ha averiado dos veces desde que te has mudado aquí —amo-
nesta, pero niego con la cabeza. —Necesitas uno nuevo.

Melinda se marcha con una risita y un deseo de que tengamos un buen fin de
semana, siguiendo a su hermana mientras camina alrededor de la piscina para
charlar con sus invitados.
—No necesito un auto nuevo —digo, acercándome de nuevo a él. —Y no sé si
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quiero quedarme aquí. Este sitio es... raro.

—No tan raro como Springwood. —Me pasa un brazo por encima de los hom-
bros. —Haré lo que tú quieras hacer, Quinn. Quédate o vete, depende de ti.

—¿Y si me voy? —pregunto, caminando hacia el otro lado de la piscina con su


cuerpo contra el mío mientras cae al paso conmigo. —¿Y si me alejo?

—Entonces iré contigo —murmura en mi oído, besándome antes de que pueda


dar un paso más. —Eso no es una pregunta ni una preocupación, Quinn. Nunca
lo será.

No respondo durante unos instantes. En lugar de eso, me acomodo contra él y


respiro su aroma penetrante y almizclado que hace unos meses no podía soportar.

Cómo cambian las cosas, reflexiono en silencio, y le arrastro para besarlo una
vez más antes de que tengamos que ir a hacer sociales. 200

C uando gabriel sale de su cuarto de baño con sólo una toalla enrollada al-
rededor de la cintura y ve lo que estoy haciendo, me dedica una mirada antes de
dirigirse a su armario.

—¿Qué estás haciendo? —curiosea, rebuscando entre unos montones de ropa.

No me he molestado en ponerme la ropa. Con las rodillas acurrucadas bajo


mí, sostengo su guante con garras en la mano, pasando los dedos por una de las
hojas.

—Pensando —admito, levantando la vista para ver cómo suelta la toalla y se


pone un pantalón de chándal negro y holgado. Se hunde en la cama y se arrastra
hasta quedar frente a mí. —¿Si debería irme? —delibero, repasando la conversa-
ción de antes.
—Ya te lo he dicho, no te librarás tan fácil de mí —contesta y me quita el guante
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de las manos para usar mi regazo como almohada. Vuelve la cara para besar la
cara interna de mi muslo, mi respiración se entrecorta cuando lo hace. —Iré a
cualquier parte contigo.

—¿Y si...? —Me detengo, con los dedos ansiosos por recorrer su suave pelo.
Cedo, tirando de él y escuchando el suave silbido que emite al sentir el dolor de
mi agarre. —¿Y si me fuera sin decírtelo? ¿En mi auto de mierda del que siempre
te quejas?

No responde inmediatamente. Se toma un minuto para volver a acariciarme el


muslo antes de girarse hacia mí, con su cuerpo casi pegado al mío.

—¿En tu auto de mierda, donde he colocado un rastreador? —recalca y me


rodea la garganta con los dedos. Sus dedos se introducen bajo mi mandíbula y me
empuja hacia atrás, obligándome a hundirme en su cama.

—Sí —acepto, y una sonrisa se dibuja rápidamente en mis facciones. —Ese 201
mismo auto.

—Te alcanzaría —promete, con una rodilla entre las mías mientras me aprieta
con fuerza. —Te seguiría la pista, esperando a que te detuvieras. Esperando a
jugar a lo que sea que quieras.

Me separa los muslos alrededor de su rodilla y acaricia con la mano mi cabello.

—A lo mejor me dedico a matar gente —bromeo, sin querer. A pesar de todo lo


que había disfrutado con lo que le hice a Durham, y originalmente con lo que le
había hecho a Billy, no me pica el gusanillo de matar a nadie más.

Sólo sé que podría volver a hacerlo sin dudarlo.

—Tal vez lo limpie todo por ti. —Se inclina hacia delante para besarme, sus
dientes y sus labios insistentes contra los míos.

—Quizá te deje venir conmigo —acepto finalmente, intentando ocultar mis ja-
deos después de nuestro beso.

—Realmente me estás pidiendo que te retenga aquí —comenta provocador Ga-


briel, dejando que le rodee los hombros con mis brazos. —¿Lo sabes?
—¿Sí? ¿En verdad lo sé? —imito, arrastrándolo hacia mí con mis dedos en su
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pelo. —Me encantaría que lo intentaras. —Actúo como si fuera a besarlo, sólo para
soltar un pequeño gruñido que viaja de mis labios a los suyos.

Gruñe en respuesta, apartándose lo justo para liberar la boca antes de lamerme


la mandíbula.

—Pobre chica confundida —se burla, y sus ojos adquieren un tono oscuro,
cruel y juguetón. —Este es un juego que vas a perder, lo sabes.

—Entonces vamos a averiguarlo —desafío, empujando contra él para poder


sentarme. —Veamos si puedes obligarme.

Su siguiente beso es dulce, el que le sigue es castigador, y en poco tiempo me


encuentro de nuevo boca arriba, con sus manos arrastrándose por mi cuerpo
como líneas de fuego mientras cierro los ojos con fuerza contra su entusiasmo.

—Nunca te dejaré marchar, Quinn —promete con su voz áspera y tentadora.


—No vas a escaparte de mí. Ni siquiera en tus sueños.
202

F IN
Próximo libro... Delicious

203

No es tan malo, una vez que superas la motosierra.

Pero no dejes que te prepare la cena, cariño.

No es culpa suya que tenga esos antojos.


Sob r r e l a A uto r a

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A.J. Merlin es una escritora, loca de los pájaros y fanática de las pelí-
culas de terror. Nacida y criada en el Medio Oeste de Estados Unidos, AJ
tiene la suerte de estar rodeada de gente que la apoya y de una colección
de animales que la mantienen cuerda, a veces. Cuando no está escribiendo,
probablemente esté viendo algo de aterrador y sangriento o siendo aco-
sada por sus propias palomas.

Conéctate con ella en Facebook o Instagram para saber de sus nuevos


libros, actualizaciones, sorteos y ser bombardeada con fotos de perros,
gatos y pájaros.
Cr ed i to s

TRADUCCIÓN Y CORRECCIÓN
Lady Dinamite

LECTURA FINAL Y DISEÑO


Evil Babe

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