Material para el Adviento Infantil
Material para el Adviento Infantil
complementario
para el tiempo de
Adviento
1
El adviento explicado en un decálogo
2 Adviento es el tiempo litúrgico compuesto por las cuatro semanas que pre-
ceden a la Navidad como tiempo para la preparación al Nacimiento del Señor.
6 El adviento nos interpela a vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos
del Señor en la justicia y en el amor. El adviento es presencia encarnada del
cristiano, que cada vez que hace el bien, reactualiza la encarnación y la nativi-
dad de Jesucristo.
1
La Navidad es el tiempo en que recordamos el nacimiento del Niño Jesús en Belén, y
el Adviento es el tiempo en que la Iglesia se prepara para vivir la Navidad con un gran fruto
espiritual.
Como los hombres buenos del Antiguo Testamento, que esperaban al Mesías anuncia-
do por los profetas y hacían oración para que los cielos se abrieran y llovieran al Salvador, así
también nosotros vivimos nuestro Adviento en un espíritu de oración para que Jesús nazca
realmente en nuestro corazón.
La Corona de Adviento
Monición introductoria:
Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta corona con que inauguramos
también el tiempo de Adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo.
Su color verde significa la vida y la esperanza. El encender, semana tras semana, los cuatro
cirios de la corona debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la
Navidad.
Oremos:
La tierra, Señor, se alegra en estos días, y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor,
que se avecina como luz esplendorosa, para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la
ignorancia, del dolor y del pecado. Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha
preparado esta corona con ramos del bosque y la ha adornado con luces. Ahora, pues, que
vamos a empezar el tiempo de preparación para la venida de tu Hijo, te pedimos, Señor,
que, mientras se acrecienta cada día el esplendor de esta corona, con nuevas luces, a
nosotros nos ilumines con el esplendor de aquel que, por ser la luz del mundo, iluminará
todas las oscuridades. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
3
ESPERAMOS AL SEÑOR, COMO SUS SIERVOS
DE VIGILIA PERMANENTE DURANTE
LA NOCHE
I domingo de adviento
“Estén atentos y vigilen”
Marcos 13,33-37
1. LECTURA
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— «Vigilen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como
un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y
4
encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va
a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la ma-
drugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo.
Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta.»
Palabra del Señor.
Iniciamos un nuevo año litúrgico del ciclo B, con lo que se proclamarán los domingos
de este año perícopas del Evangelio según san Marcos principalmente. También, comienza el
tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada
uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo.
No bastan los símbolos externos y adornos, el Nacimiento o el canto de los villancicos
para prepararnos para la celebración jubilosa de la Navidad. El sentido del Adviento es llevar-
nos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el
hoy de cada día, así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña
que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última
venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada
vez que alguien anuncia el inminente fin del mundo. Nunca debemos prestar oídos a quienes
aseguran saber esa fecha. Los cristianos no esperamos el “regreso” del Señor resucitado, sino
que vivimos una expectación activa de su venida.
Para comprender mejor el capítulo 13 del evangelio de Marcos es muy importante que
pongamos atención en el estilo en el que se habla. Este tipo de lenguaje que usa diversos
tipos de figuras celestes y terrenas, imágenes y símbolos, es conocido como apocalíptico.
Este lenguaje apocalíptico es común a todas las culturas y en la Biblia, especialmente en los
evangelios (Mc 13; Lc 21,8-36; Mt 24,1-25,46), y, más que para infundir temor, se usa como un
recurso valioso para convencer de algo importante a los discípulos.
Pongamos atención en la pregunta que da pie para este discurso de Jesús. Los discí-
pulos quieren que Jesús comparta su emoción ante la majestuosidad del Templo; él, por el
contrario, les habla de su destrucción, de su caducidad (13,2). ¡Esto era escandaloso para los
judíos de esa época! En la antigüedad era conocido el orgullo que ellos sentían por el Templo
de Jerusalén; decían: “Quien no ha visto el santuario en su construcción, jamás ha visto un
edificio suntuoso”. ¡Era símbolo de identidad nacional! Basta leer los Salmos Graduales (120-
134, o de las subidas, las peregrinaciones al templo de Jerusalén) para darnos una idea de su
importancia: era signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo elegido, signo de la
promesa hecha a David, signo de la alianza, esperanza de un nuevo éxodo…, pero todo esto
irá a la ruina, es sólo un signo de algo que sucederá en el futuro. No habían entendido, una vez
más, las palabras de Jesús. Pero no todo es negativo, en medio de la oscuridad, se asoma la
esperanza.
Varios elementos indican que esta escena será una revelación: En el monte de los Oli-
vos, frente al Templo, Pedro, Santiago, Juan y Andrés, los mismos discípulos que habían sido
llamados al comienzo del evangelio (1,16-20.29) preguntan a Jesús sobre cuándo y cómo
sucederá aquella destrucción. Jesús no les responde esencialmente sobre el cuándo y cómo,
sino acerca de la actitud que deberán tener ante las diversas situaciones que les tocará pade-
cer: estar alertas para que nadie los engañe (v. 5. 22), no atemorizarse (v. 7); estar al pendiente
de ellos mismos (v. 9) y perseverar hasta el final (v. 13), insiste en que los discípulos deberán
estar atentos, vigilando despiertos (v. 23. 33. 35. 37). Es entonces, una enseñanza fundamen-
tal para el discipulado. Pero para que la atención y la vigilancia no se reduzcan a una actitud
pasiva debe estar en relación con la fidelidad, es decir, con hacer lo que a cada quien le co-
rresponde. En el contexto del pasaje, “vigilar”, “velar” significa reconocer continuamente que
uno es siervo y que tiene una responsabilidad con el patrón, que la vida de uno debe estar
5
concentrada en función del encargo recibido y que hay que conducir un estilo de vida acorde
con este comportamiento. La tarea encomendada al portero (el centinela) también es válida
para todos los siervos.
En tiempos de Jesús, el día se dividía en doce horas, nombradas con números ordina-
rios, y la noche: en tres vigilias según los judíos, o cuatro según los romanos: atardecer, media-
noche, canto del gallo y madrugada; y para que la fidelidad sea verdadera debe ser perma-
nente, pues el señor de la casa puede llegar en esas vigilias (v. 35). De día cualquiera puede
estar atento; donde se nota realmente la fidelidad del siervo es precisamente si está velando
a horas poco usuales en las que casi nadie puede o desear estarlo.
El idioma griego tiene la palabra para tiempo: chronos, que tiene que ver con el tiempo
cronológico, un tiempo que se puede medir. Pero ho kairos (v. 33) es un tiempo muy diferente,
crucial, un momento decisivo, un punto central en la historia de la vida de una persona. Llegar
tarde en tiempo chronos es, por ejemplo, retardo en el trabajo, en las clases, en alguna cita,
etc. Llegar tarde en tiempo kairos es perder el tren, el avión o el barco. ¡Tal vez nunca haya otro
boleto! U otra oportunidad, no siempre se repiten las cosas y por tanto hay que saber aprove-
charlas.
2. MEDITACIÓN
A menudo Jesús pedía a los suyos que vigilasen. En el huerto de los Olivos, en la tarde
del jueves, antes de la pasión, el Señor dice a Pedro, Santiago y Juan: “Quédense aquí y vigilen
conmigo” (Mc 14, 34; Mt 26,38). La vigilancia nos ayuda a no caer en la tentación (Mt 26,41) y a
permanecer despiertos. En el huerto de los Olivos los discípulos duermen porque la carne es
débil aunque el espíritu está pronto (Mc 14, 38). Quien se duerme va a la ruina, como Sansón
que se deja adormecer, perdiendo así la fuerza, don del Señor (Jue 16, 19). Se necesita estar
siempre despiertos y no adormilarse, sino vigilar y orar para no ser engañados, acercándose
así a la propia perdición (Mc 13,22 + Jn 1,6). Por eso “despierta tú que duermes, levántate de
entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,14).
La vigilancia se hace más intensa durante la noche, que es precisamente cuando se
hacen más oscuros los significados y valores de la vida. Velar en el Evangelio significa servir a
Dios fielmente día a día. Podemos esperar todo tipo de distracciones: tentación, dificultades,
enfermedad, aburrimiento, persecución. Nuestra tarea es no permitirnos estar distraídos, sino
permanecer enfocados fielmente sobre la roca, en estrecha relación con nuestra identidad; es
decir, de acuerdo a lo que somos y hemos elegido esperar la venida del Señor, no aguardar
pasivamente la solución de los problemas personales, familiares o sociales como un cambio
espectacular que llega mágicamente.
¿Le das importancia a la preparación para la venida de Cristo? Este es el acontecimiento
más importante en nuestras vidas. Sus resultados serán eternos. No debemos seguir pospo-
niendo esta preparación porque no sabemos cuándo ocurrirá. Este capítulo no se escribió
para promover discusiones, sino para estimularnos a vivir de una manera recta para Dios en un
mundo donde El casi no se tiene en cuenta.
Somos como los que saben que su amo va a volver, pero que no saben cuándo. Vivimos
a la sombra de la eternidad. No hay razón para estar en una actitud de expectación nerviosa e
histérica. Pero quiere decir que nuestro trabajo ha de irse completando día a día. Quiere de-
cir que debemos vivir de tal manera que no nos importe cuándo venga. Nos encarga la gran
tarea de hacer que cada uno de nuestros días sea digno de que Él lo vea, y de estar en todo
momento preparados para encontrarnos con Él cara a cara. Toda la vida se convierte en una
preparación para encontrarnos con el Rey.
Así, pues, ese día será para cada uno aquél en que salga de este mundo tal y como deba
ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida
6
del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día
de su vida. San Agustín, ad Hesych., epíst. 80
3. ORACIÓN
Gracias, Señor, por todos nuestros hermanos cristianos que nos han dado testimonio de per-
severancia y fidelidad en medio de las más graves dificultades y desgracias, que ni siquiera
nos podemos imaginar poder vivirlas.
Perdona por todas las veces que hemos pretendido vivir la fidelidad en lo que se nos ha ocurri-
do, en nuestra comodidad, o solo cuando nos conviene y no como exige nuestro compromiso
de bautizados, de verdaderos discípulos tuyos.
Danos la gracia de ser auténticos, atentos y vigilantes, para estar siempre a la altura de las cir-
cunstancias por nuestra fidelidad. Amén.
4. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN
¿En qué actitudes deberíamos mejorar para ser discípulos fieles?
¿En qué deberíamos convertirnos para ser discípulos atentos y vigilantes ante lo que sucede
a nuestro alrededor?
Recordemos que la vigilancia a la que estamos llamados es en dos sentidos: para percibir la
presencia de Dios en la historia y para ser sensibles a las necesidades de los que forman nues-
tra comunidad ¿vivimos una fe que se reduce al culto, o esta nos lleva a obrar en la caridad con
los hermanos?
El templo y la ciudad santa eran formas concretas de la alianza entre Dios y el Pueblo. Pero a
ellos les ha llegado la ruina. ¿Cuáles son nuestros apegos religiosos? ¿Crees que tendrán el
mismo fin?
¿Estás adormecido? ¿En qué?
¿Vives siempre a la espera del Señor que viene? ¿Es el Adviento una ocasión que te recuerda
la vigilancia en la vida cristiana?
7
Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se ali-
mentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mí uno que es más
poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa
de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu
Santo”. Palabra del Señor.
Esta gozosa espera del Señor nos sitúa en un momento importante de la historia, la ilu-
minación de estas lecturas nos pone en un contexto de preparación. Este día la Liturgia desde
su inicio en la antífona de entrada nos dice “Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar
a todos los hombres. El Señor hará oír la majestad de su voz, para alegría de tu corazón”. El
Salvador iba a llegar y nadie advertía nada. Nuestro mundo seguía en la indiferencia completa;
permanecía en la oscuridad. Cristo aún está en el seno de la Virgen María, y los judíos seguían
disertando sobre el Mesías, sin sospechar que lo tenían tan cerca.
Este domingo la Iglesia nos propone meditar sobre la figura de Juan el Bautista, el
precursor quien prepara el camino del Señor. “Preparen el camino del Señor, enderecen sus
senderos” (Mc 1,3). Juan aparece como la línea divisoria del Antiguo y el Nuevo.
La llegada del Mesías fue anunciada desde el Antiguo Testamento por los profetas, “Pre-
paren el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro
Dios” (Is 40,3). Isaías anuncia al Mesías con una preparación desde lo hondo del corazón y una
verdadera conversión: “Que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane” (Is 40, 4b).
El salmo 84 se suma al mensaje de preparación de la venida del Mesías y canta con
alegría “Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra” (Sal 85,10).
También anuncia que este Mesías será el rostro de la misericordia, la verdad, la justicia y la paz.
Animados en la venida del Señor estamos exhortados a prepararnos con esmero para llegar
a su presencia sin mancha ni reproche. Él quiere que nadie perezca, sino que se arrepientan.
Nosotros confiamos en su promesa porque esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva (2Pe
3,13).
Si el domingo pasado se nos invitaba a la vigilancia, este domingo se nos apremia.
Centremos nuestra mirada en Juan cuya misión y vocación fue preparar la venida de Jesús.
Preparar un pueblo capaz de recibir el Reino de Dios: y, por otra parte, dar testimonio público
de Él. Juan no hará su labor buscando una realización personal sino preparar para el Señor
un pueblo perfecto. Lo hace porque para eso fue concebido. Así es todo apostolado: olvido
de uno mismo y preocupación sincera por los demás. Juan realizará acabadamente su misión
hasta dar la vida en el cumplimiento de su vocación. Los primeros discípulos siguieron a Jesús
por indicación expresa suya otros muchos se prepararon gracias a su predicación.
MEDITACIÓN
Cada quien en su sitio y en sus circunstancias, tiene una vocación dada por Dios; y de
su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina, de que tú y yo ha-
gamos las cosas como Dios quiere dependen muchas cosas buenas. ¿Acercamos al Señor a
quienes nos rodean? ¿Somos ejemplares en la realización de nuestro trabajo, en la familia en
nuestras relaciones sociales? ¿Hablamos del Señor a nuestros compañeros de trabajo o de
estudio?
Juan, plenamente consciente de su misión, sabe que ante Jesús no es ni siquiera digno
de desatar la correa de las sandalias; tarea que solía hacer el último de los criados. Tal es así
que cuando le preguntaron ¿Quién eres tú?, Juan dice: “Yo soy la voz del que clama en el de-
sierto: preparen los caminos del Señor”. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia Jesús.
Esa es su misión. La preparación, consiste en el bautismo de arrepentimiento, para el perdón
8
de los pecados advirtiendo que ya viene uno más poderoso que bautizará con el Espíritu
Santo.
La actitud de Juan es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio,
que siempre nos empuja a ponernos indebidamente en primer plano. Un afán de protagonis-
mo no dejaría lugar a Jesús. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y
entonces nuestra vida quedaría vacía.
Hoy nosotros ya no somos solo precursores como Juan; somos testigos de Cristo. He-
mos recibido con la gracia bautismal y la Confirmación el honroso deber de confesar, con las
obras y de palabra, la fe en Cristo. Para cumplir esta misión recibimos frecuentemente, y aun a
diario, el alimento divino del Cuerpo de Jesús, y los sacerdotes nos prodigan la gracia sacra-
mental y nos instruyen con la enseñanza de la Palabra de Dios.
¿Somos conscientes de todo lo que poseemos ahora que es muy superior a lo que Juan
tenía? Ya no somos precursores ¡somos testigos!
Ante ésta pregunta vienen otras ¿Qué clase de testigos somos? ¿Cómo es nuestro tes-
timonio cristiano entre los que nos rodean: familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos?
¿Tiene suficiente fuerza para convencer a los que aún no creen en Cristo o tienen una idea
falsa de Jesús? Son preguntas que nos podrían servir para vivir este Adviento.
Cuando nos damos cuenta de esta responsabilidad nos llevará a actuar de tal manera
que los demás al vernos puedan decir: éste es cristiano porque no odia, porque sabe com-
prender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado,
porque transmite paz, porque… ama.
Quizá nuestro mundo actual está tan disperso, que no espera nada, o espera en otra
dirección donde no vendrá nadie. Muchos están volcados hacia los bienes materiales como fin
último, pero éstos no llenarán su corazón jamás. Debemos de anunciar y preparar el camino a
TODOS.
Nuestra alegría será haber acercado a Jesús, como lo hizo Juan el Bautista, sobre todo
a los alejados e indiferentes. Sin perder de vista que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas
humanas la que consigue mover las almas a Jesús.
Solamente mediante una conversión profunda personal y comunitaria haremos posible el Ad-
viento del hombre nuevo y las condiciones que propicien el cambio de estructuras para crear
una sociedad más humana.
ORACIÓN
¡Qué grande eres mi Señor! Y admirable tu Sabiduría, tus planes son perfectos, porque has
preparado el camino de nuestra salvación, escogiendo a Sn Juan Bautista como ejemplo para
nosotros de quien espera con seguridad y confianza al Mesías. Gracias porque has querido
que en Juan escuchemos el mensaje de conversión y arrepentimiento, porque sólo así encon-
trarás en nosotros un corazón puro y dispuesto a recibirte como el Rey de cielos y tierra.
Que Nuestra Señora de San Juan de los Lagos aumente nuestros deseos y esfuerzos, por
acercar más almas a su Hijo, con el anuncio de su palabra acompañada de nuestro testimonio
como buenos cristianos, y la seguridad de que ningún esfuerzo es en vano ante Él.
CONTEMPLACIÓN-ACCIÓN
Tu palabra, Señor, ha movido nuestros corazones a ti, y Juan no ha hecho otra cosa que
proclamar tu venida con una preparación, que muestra siempre a Aquel, de quien no debe-
mos perder de vista, Cristo. Juan nos revela cómo al reconocernos servidores, nos permite
actuar como la creatura más insignificante ante nuestro Dios, y de esta manera dejar camino al
que debía manifestarse entre nosotros. Jesucristo.
9
La esperanza de que llegarás a nosotros nos impulsa a prepararte un lugar, la conver-
sión será la clave, porque nos llevará a un arrepentimiento sincero de corazón. Nos has bauti-
zado con el Espíritu Santo y confiamos en dejarnos guiar por Él como la voz de Dios que dirige
nuestras acciones, que siempre están encaminadas a nuestra salvación.
Hazme un instrumento de tu Palabra que te muestre a ti como El Salvador que nacerá en
mi interior. ¿Crees que se puede lograr? Hagamos la prueba.
LECTURA
Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para
dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo
de la luz.
Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jeru-
salén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. Él reconoció y no negó
quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres
Elías?” Él les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?”. Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces
dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti
mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del
Señor’, como anunció el profeta Isaías”. Los enviados, que pertenecían a la secta de los fari-
seos, le preguntaron: “Entonces ¿Por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?”.
Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes
no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas
de sus sandalias”. Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.
Palabra del Señor.
En este tercer domingo de Adviento, llamado Gaudete, la liturgia nos invita a expresar
nuestra alegría porque se acerca el nacimiento de Jesús, de nuestro Salvador, el mejor regalo
de nuestro Dios. Preparémonos reconociendo la oscuridad en nuestra comunidad y en nues-
tro interior, para que con humildad busquemos y recibamos al que es Luz, a Jesús, y para que
Él ilumine a muchos a través de nosotros. Vivamos con mucha alegría esta espera.
Según el prólogo de este Evangelio, la Palabra viva de Dios está presente en todas las cosas
y brilla en las tinieblas como una luz para cada hombre. Las tinieblas intentan apagarla, pero
10
no lo consiguen (Jn 1,15). Nadie consigue esconderla, porque no podemos vivir sin Dios. La
búsqueda de Dios siempre renace en el corazón humano. Juan Bautista viene para ayudar al
pueblo a descubrir esta presencia luminosa de la Palabra. Su testimonio fue tan importante,
que mucha gente pensaba que él era el Cristo (Mesías) (Hch 19,3; Jn 1,20). Por esto el Prólogo
aclara: “Juan no era la luz, vino para dar testimonio de la Luz” (Jn 1,8).
El autor del cuarto evangelio menciona a los judíos esencialmente como opositores
al plan de Dios. Y las autoridades judías envían sacerdotes y levitas para saber quién es este
Juan, que bautizaba al pueblo en el desierto y que atraía a tanta gente de todas partes y en
ciertos momentos les causaba perplejidad e incomodidad, no sólo por sus palabras, sino, por
su forma radical de vida. Querían saber quién es él y que cosa significa dentro del plan de
Dios. Juan es interrogado en primera persona, y responde:
“¡No soy el Mesías!” Tampoco Elías, ni el Profeta.
¿Quién eres? “Yo soy una voz”
¿Qué haces? “Que grita”
¿En qué lugar? “En el desierto”
¿Qué dices? “Preparen un camino al Señor”.
El profeta anunciado para llevar en el futuro a buen término la obra iniciada por Moisés,
era visto por el pueblo como el Mesías esperado, un nuevo Moisés (Dt 18,15). Elías debería
volver para llevar el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. O
sea, habría regresado para restaurar la convivencia humana (Ml 3,23-24; Si 48,10). El hecho
es que existían muchas versiones sobre la misión de Elías. Algunos decían que el Mesías sería
como un nuevo Elías, entonces, en este sentido Juan no era Elías. Elías no murió, subió al cielo
en un torbellino (2Re 2,11), y los judíos esperaban su regreso como predecesor del Mesías (Ml
4,5; Mc 8,28; 9,11). En el evangelio de Marcos, Juan el Bautista se viste como Elías (Mc 1,6; 2Re
1,8), es el predecesor del Mesías (Mc 1,1-4). De este modo, Juan cumplía la función de Elías
(Mt 17,12-13).
Juan se autodefine como “una voz”. Alguien que habla, que cuestiona, que no se calla.
Es una voz que se debe oír se acepte o no, por eso es una voz que grita, porque se requiere
que muchos escuchen. No es un murmullo. Y grita en el desierto, lugar muy significativo en la
Historia de la Salvación, porque ser el lugar del encuentro con el Señor, porque ahí es el lugar
donde somos más vulnerables, porque se hace desierto en los corazones cuando existe resis-
tencia para que penetre Dios en ellos. Pero, fundamentalmente su misión es preparar y hacer
preparar el camino al Señor (Mt 3,3; Mc 1,3; Lc 3,4; Jn 1,23). La cita viene de Isaías 40, 3. En el
contexto de Isaías, el pueblo estaba en cautividad en Babilonia, y la visión de Isaías prometía
un segundo éxodo con un ángel haciendo un camino derecho a través del desierto para per-
mitir que los israelitas regresaran a su Tierra Prometida; un regreso que Dios de hecho hizo
posible. Pero Juan el Bautista prepararía el camino, no para que el pueblo de Dios regresara a
la Tierra Prometida, sino para que Dios llegara a su pueblo.
No a todos a quienes les fueron enviadas estas respuestas los dejaron satisfechos, y
hacen una última consulta: una explicación porque para ellos no es claro por qué bautiza, si
no es el Mesías ni el profeta. Juan les aclara que él bautiza sólo en agua, y termina con una
afirmación que los deja más perplejos y en suspenso: “Entre ustedes hay uno que no conocen
y que viene después de mi” (Jn 1,26-27). La respuesta de Juan indica que su bautismo es una
preparación para la aparición del Mesías que está escondido, que ya está en medio de Israel
y está por cumplir su tarea mesiánica. Y una vez más, Juan dice que lo que no es. No es “digno
de desatar la correa de sus sandalias” (v. 27). Juan está diciendo que el grado de diferencia
entre él y quien ya está en medio de ellos es más grande que el que está entre un maestro y el
esclavo más bajo. Lo más seguro es que entendieron con esta respuesta muy poco.
11
En este diálogo entre Juan, los fariseos y sacerdotes aparece la catequesis de las comu-
nidades del final del primer siglo después de Cristo. Las preguntas de los fariseos y sacerdotes
sobre el significado de Juan Bautista dentro del plan de Dios, eran también las preguntas de
las comunidades de la naciente Iglesia. En aquel tiempo existían muchas clases de bautis-
mos. El bautismo era una forma con la cual la persona se comprometía con un determinado
mensaje, y era una práctica generalmente reservada para los gentiles convertidos al judaísmo.
Quien aceptaba el mensaje estaba invitado a confirmar su decisión a través de un bautismo
(ablución, purificación o baño). Por ejemplo: con el bautismo de Juan la persona se vinculaba
al mensaje anunciado por Juan.
MEDITACIÓN
¿Quién ha sido enviado por Dios, como testigo de la verdad? ¿Qué claridad tengo yo
de mi identidad y de mi misión en el mundo?
La Iglesia como un cuerpo está llamada a testificar en este tiempo que se acerca la na-
vidad, y ser testigo de la verdad, con obras y palabras.
La identidad cristiana (¿quién soy?) no es otra cosa que el testimonio que transparenta
mi relación con Jesús. La identidad es relacional. El Espíritu nos capacita para que hablemos
de Dios con las obras, para anunciar la buena noticia a los pobres de hoy, para sanar los cora-
zones con una curación que no tiene nada de milagroso, sino, que requiere paciencia como
herida que sólo cicatriza con el tiempo. Otra de nuestras tareas es proclamar la libertad de los
cautivos y prisioneros, recordando que hay esclavos evidentes y otros latentes, pero no menos
graves, por liberar.
Irónicamente, el testimonio de la Iglesia frecuentemente ha sido más fiel cuando está
bajo persecución que bajo la prosperidad. Quienes estamos en un contexto principalmente
cristiano necesitamos recordar que en otros lugares muchos cristianos mueren todos los días
debido a su testimonio de Cristo. No se necesita ser asesinado para ser mártir, se puede ser
“mártir” siendo testigo en vida diaria.
¿Soy testigo de la luz en mis comunidades, en mi familia? ¿Seré hostigoso como los
sacerdotes y levitas, poniéndole trampa a mis hermanos a sabiendas que muchas ocasiones
viven mejor su vida cristiana que yo? ¿Seré como Juan, reconociendo que hay alguien más
grande que yo, o busco ser más grande que cualquiera? ¿Seré capaz de ayudar a alguien ne-
cesitado, o sólo busco satisfacer mis propias necesidades? ¿O, sólo practico mi fe para ganar
fama, prestigio, poder?
La historia del arte ha retratado a Juan bautista con una mano que hace un signo, un ín-
dice que hace que la mirada del espectador se dirija siempre hacia Jesús, el “cordero de Dios
que quita el pecado del mundo”. Él, es el hombre de la vida interior que escucha la Palabra
para poder ser “voz” de ella. Él, es el amigo del novio que se goza dejándolo hablar y traspa-
sándole el protagonismo. Él es imagen de una Iglesia que tiene en su centro a Jesús pero que
no lo suplanta, el desconocido que siempre hay que buscar, el “incógnito” que está ahí, pero
cuya presencia no reconocemos. Necesitamos de un Juan que nos lo indique; él lo señalará
con la voz, nosotros lo veremos con el amor.
ORACIÓN
Gracias Señor, por ungirnos con tu Espíritu al llamarnos a ser testigos de la verdad, de la luz;
con nuestro testimonio y vida nos haces fructificar los dones que nos das, y nos ayudas a com-
partirlo con nuestros hermanos para atraerlos a Ti. Y por todas las ocasiones que nos regalas la
luz del día y de compartir con nuestros seres queridos, familia, amigos, comunidad la alegría
de vivir. Por eso te damos gracias, Señor.
Perdón Jesús cuando hemos contristado apagado tu Espíritu, al vivir una vida de amargados
12
y les amargamos la vida a las personas que nos rodean en nuestras comunidades, o cuando
hemos usurpado tu lugar, o al usarte para beneficio propio, o para atacar a otros, o cuando no
hemos sabido ser responsables de nuestras actitudes negativas frente a nuestros hermanos y
les hemos impedido que te conozcan, que crezcas en ellos. Te pedimos perdón, Señor.
CONTEMPLACIÓN/ACCIÓN:
Observa a Juan como testigo de la Luz. A los sacerdotes y levitas haciendo preguntan
capciosas y tendenciosas para hacer caer a Juan. Contempla a las personas parecidas a los
sacerdotes y levitas preguntando sin sentido cosas de nuestra fe, y a otros, como Juan, dan-
do respuestas con certeza y verdades acerca de su papel como preparadores del camino. ¿A
quién quiero parecerme? ¿Qué debo hacer para lograrlo?
Hagamos un propósito personal:
Que yo sea portador de alegría y felicidad ante mis hermanos y que sea capaz, por me-
dio de mis obras y palabras, de ser testigo de la verdad, buscando siempre la alegría y paz de
mi comunidad y que les enseñe el valor tan grande de dar testimonio del que está en medio
de nosotros y así caminemos juntos, para recibirlo con alegría y gozo en esta Navidad y siem-
pre.
QUIEN ESTÁ LLENO DE DIOS, SIEMPRE BUS-
CARÁ EL BIEN, POR ELLO SU VOLUNTAD Y LA
VOLUNTAD DE DIOS SE UNEN
IV DOMINGO DE ADVIENTO
TEXTO
Lc 5 26,38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen
se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Se-
ñor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría
decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vasa concebir y
a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altí-
simo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por
los siglos y su reinado no tendrá fin”.
María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco
virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí
13
tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto
mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy
la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.
Palabra del Señor.
De los cuatro evangelistas, Lucas es el que más noticias da sobre María. Este evangelista
no fue discípulo de Jesús, era un médico amigo del apóstol Pablo, que relató la vida de Jesús
entre diez y veinte años después de la muerte de Pablo. Es Lucas quien relata la escena de la
aparición del ángel Gabriel que le anuncia a María que dará a luz un niño, el Salvador.
Gabriel aparece primero en Lc 1,19 en el templo de Jerusalén, donde le anuncia a Zaca-
rías el nacimiento de san Juan Bautista, por medio de Isabel su esposa. Al cabo de seis meses
(180 días), a María (Lc 1,26), nueve meses después (270 días) nace Cristo, y 40 días más tarde
hace su entrada en el templo. Pues bien, estas cifras hacen un total de 490 días, es decir: ¡Se-
tenta Semanas! (cf, Dn 9,2.24-27). Cada una de esas etapas es señalada, además, con la expre-
sión “Cuando se cumplieron los días...” (Lc 1,23; 2,6.22).
Del Evangelio se desprende que María era humilde y pura; que era decidida y valiente
para enfrentar la vida; era capaz de callar cuando no entendía y de reflexionar y meditar; que
se preocupaba de los demás, servicial y caritativa; tenía fortaleza moral; era franca y sincera,
leal y fiel. María no es escogida porque se ha ganado el favor, sino que es favorecida porque
ha sido escogida.
La escena tiene lugar en la región de Galilea, al norte de Jerusalén en el poblado de
Nazaret. Los judíos de Judea, donde se encuentra Jerusalén, al sur de Israel, los despreciaban
como a judíos no puros, por su mezcla de razas y de costumbres, por lo tanto, eran desprecia-
dos un poco menos que los de Samaria, región entre Judea y Galilea.
14
Sin embargo, debemos estar conscientes que el favor de Dios es una espada de doble
filo. Dios ofrece misericordia, pero no una vida fácil. Para María, el favor de Dios no le trajo
consigo ninguno de los ideales o metas que en ese tiempo esperaban las jovencitas que sa-
bían que algún día llegaría el Mesías, anhelando que alguna de ellas fuera la agraciada, por lo
tanto, eran pocas quienes deseaban permanecer vírgenes. María, la favorecida de Dios, fue
bendecida con tener al Hijo de Dios que años después sería ejecutado como criminal.
El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra
María está dispuesta a decir ese “Sí” libremente, con esa libertad de quien está consciente de
su decisión, alegrando en ese instante al cielo entero y asegurando la redención en la tierra.
María supo interpretar los signos milagrosos de Dios y la prueba que no pidió está en su que-
rida prima Isabel. Conocía su historia de esterilidad, una anciana con seis meses de gestación
en su vientre.
Cuántas veces hemos presenciado en nuestras vidas esos signos milagrosos y no supi-
mos o no quisimos darnos cuenta, con eso de que somos libres. Ciertamente somos libres y
Dios respeta nuestra libertad que Él nos regaló, pero si creemos que haciéndonos los desen-
tendidos o los ignorantes podemos hacer lo que más nos satisfaga, ¡cuidado! porque hasta el
universo tiene un motivo y una misión por el cual fue creado.
15
Por último, si sabiéndose María como la más amada entre todas las mujeres vivió lo que
vivió, me queda claro que Sólo con el ejemplo de su incuestionable confianza y amor con el
que se entregó a su Amado lo superó, recibiendo así la bendición de la recompensa de ver por
toda la eternidad a su Hijo resucitado y glorioso.
Ahora es el momento de dialogar con DIOS y con MARIA, a nuestro modo, sin buscar
oraciones hechas, las que salgan desde nuestro sincero corazón. ¡ESAS SON LAS ORACIO-
NES QUE MAS LES AGRADAN! Pidamos perdón por los momentos que nos sentimos que no
necesitamos al Dueño de nuestras vidas y por las veces que no hemos sabido agradecerle a
nuestra Madre María ese Sí tan esperado. Si por una mala decisión Adán y Eva nos llevaron al
pecado, María con su Sí, tan esperado desde el Antiguo Testamento, nos dio la posibilidad de
reunirnos con su Amadísimo Dios Trino. Así sea.
ero espera, sabemos que no podemos conformarnos con solo orar, como creyentes
tenemos la obligación de actuar en consecuencia y de acuerdo a nuestra Fe que no es otra
cosa que CONFIAR. Por eso te invito que, de ahora en adelante, si es que no lo has hecho ya,
sigamos el ejemplo de nuestra madre María y vivamos entregados, confiados y sobre todo sin
temor haciendo de este compromiso una forma de vida y lo más importante: ¡QUE SE NOS
NOTE!
16
38