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La búsqueda de la felicidad en Aristóteles

Aristóteles consideraba que la felicidad es el fin último y propósito central de la vida humana. Definió la felicidad como una actividad del alma conforme a la virtud, alcanzada a través del ejercicio de la razón y el desarrollo de las virtudes. Sostuvo que la felicidad depende de factores tanto internos como externos y es el resultado de vivir de acuerdo a la naturaleza humana a través de la contemplación y la participación en la sociedad y la política.

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La búsqueda de la felicidad en Aristóteles

Aristóteles consideraba que la felicidad es el fin último y propósito central de la vida humana. Definió la felicidad como una actividad del alma conforme a la virtud, alcanzada a través del ejercicio de la razón y el desarrollo de las virtudes. Sostuvo que la felicidad depende de factores tanto internos como externos y es el resultado de vivir de acuerdo a la naturaleza humana a través de la contemplación y la participación en la sociedad y la política.

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Disertación

De
Felicidad
INTRODUCCION

Aristóteles fue el primer filósofo que elaboró tratados sistemáticos de Ética. El


más influyente de estos tratados, Ética a Nicómaco, sigue siendo reconocido como
una de las obras cumbre de la filosofía moral. Allí plantea la cuestión que, desde
su punto de vista, constituye la clave de toda investigación ética: ¿Cuál es el fin
último de todas las actividades humanas? Suponiendo que “todo arte y toda
investigación, toda acción y elección parecen tender a algún bien”. (Et. Nic., I, 1,
1094 a), inmediatamente nos damos cuenta de que tales bienes se subordinan
unos a otros, de modo tal que cabe pensar en la posible existencia de algún fin
que todos deseamos por sí mismo, quedando los demás como medios para
alcanzarlo. Ese fin -a su juicio- no puede ser otro que la eudaimonía, la vida
buena, la vida feliz.

Ahora bien, el concepto de felicidad ha sido siempre extremadamente vago: para


unos consiste en acumular dinero, para otros se trata de ganar fama y honores,
etc. Aristóteles no cree que todas esas maneras posibles de concebir la vida
buena puedan ser simultáneamente correctas, de modo que se dispone a
investigar en qué consiste la verdadera felicidad. Para empezar, la vida feliz tendrá
que ser un tipo de bien “perfecto”, esto es, un bien que persigamos por sí mismo, y
no como medio para otra cosa; por tanto, el afán de riquezas y de honores no
puede ser la verdadera felicidad, puesto que tales cosas se desean siempre como
medios para alcanzar la felicidad, y no constituyen la felicidad misma.

En segundo lugar, el auténtico fin último de la vida humana tendría que ser
“autosuficiente”, es decir, lo bastante deseable por sí mismo como para que, quien
lo posea, ya no desee nada más, aunque, por supuesto, eso no excluye el disfrute
de otros bienes.

Por último, el bien supremo del hombre deberá consistir en algún tipo de actividad
que le sea peculiar, siempre que dicha actividad pueda realizarse de un modo
excelente. El bien para cada clase de seres consiste en cumplir adecuadamente
su función propia, y en ésto, como en tantas otras cosas, Aristóteles considera que
el hombre no es una excepción entre los seres naturales. Ahora bien, la actividad
que vamos buscando como clave del bien último del hombre ha de ser una
actividad que permita ser desempeñada continuamente, pues de lo contrario
difícilmente podría tratarse de la más representativa de una clase de seres.

En su indagación sobre cuál podría ser la función más propia del ser humano
Aristóteles nos recuerda que todos tenemos una misión que cumplir en la propia
comunidad, y que nuestro deber moral no es otro que desempeñar bien nuestro
papel en ella, para lo cual es preciso que cada uno adquiera las virtudes
correspondientes a sus funciones sociales. Pero a continuación se pregunta si
además de las funciones propias del trabajador, del amigo, de la madre o del
artista, no habrá, también, una función propia del ser humano como tal, porque en
ese caso estaríamos en camino para descubrir cuál es la actividad que puede
colmar nuestras ansias de felicidad. La respuesta que ofrece Aristóteles es bien
conocida: la felicidad más perfecta para el ser humano reside en el ejercicio de la
inteligencia teórica, esto es, en la contemplación o comprensión de los
conocimientos. En efecto, se trata de una actividad gozosa que no se desea más
que por sí misma, cuya satisfacción se encuentra en la propia realización de la
actividad, y que además puede llevarse a cabo continuamente.

[A primera vista puede parecernos extraño que alguien diga que la felicidad
consiste en la actividad teórica. Pero tengamos en cuenta que, en griego el verbo
theorein, del que procede nuestro término «teoría», significaba «ver,observar»,
«contemplar»; por eso, quien elabora una teoría, o simplemente la comprende,
consigue una «visión» de las cosas que supera y resulta preferible al estado de
ignorancia en que vivía anteriormente. La actividad teórica consiste, en última
instancia, en saber, en entender; cualquiera que haya estado intrigado por algo y
que por fin un día descubre una explicación satisfactoria de lo que ocurría,
experimenta esa satisfacción maravillosa que a veces representamos
gráficamente como una lucecita que se enciende en nuestro interior: ¡por fin lo
entiendo!, ¡todo encaja! Aristóteles era consciente de que la complejidad de la
realidad es tan enorme, y nuestra limitación a la hora de conocer es tan profunda,
que la actividad teórica nunca tendrá fin para los seres humanos. Por otra parte, la
experiencia del asombro, de maravillarse ante los fenómenos circundantes y ante
nuestro propio ser, supone uno de los mayores alicientes de nuestra vida, al
tiempo que nos proporciona un gozo continuo. Para Aristóteles, éste es el fin
último de nuestra vida, el más capaz de satisfacer nuestras expectativas de
felicidad.]

Ahora bien, Aristóteles reconoce que el ideal de una vida contemplativa continua
sólo es posible para los dioses: “el hombre contemplativo, por ser hombre, tendrá
necesidad del bienestar externo, ya que nuestra naturaleza no se basta a sí
misma para la contemplación, sino que necesita de la salud del cuerpo, del
alimento y de los demás cuidados”. (Ét. Nic., X, 8, 1178 b).

A renglón seguido nuestro autor admite que no es ése el único camino para
alcanzar la felicidad, sino que también se puede acceder a ella mediante el
ejercicio del entendimiento práctico, que consiste en dominar las pasiones y
conseguir una relación amable y satisfactoria con el mundo natural y social en el
que estamos integrados. En esta tarea nos ayudarán las virtudes, que Aristóteles
clasifica del siguiente modo (este listado no es exhaustivo):

La principal virtud dianoética es la prudencia, que constituye la verdadera


“sabiduría práctica”: ella nos permite deliberar correctamente, mostrándonos lo
más conveniente en cada momento para nuestra vida (no lo más conveniente a
corto plazo, sino lo más conveniente para una vida buena en su totalidad). La
prudencia nos facilita el discernimiento en la toma de decisiones, guiándonos
hacia el logro de un equilibrio entre el exceso y el defecto, y es la guía de las
restantes virtudes: la fortaleza o coraje será, por ejemplo, el término medio entre la
cobardía y la temeridad; ser generoso será un término medio entre el derroche y la
mezquindad, etc. Pero el término medio no es una opción por la mediocridad, sino
por la perfección: por ejemplo, una escultura perfecta sería aquélla a la que no le
sobra ni le falte nada; de modo similar, la posesión de una virtud cualquiera
significa que en ese aspecto de nuestro comportamiento no hay mejora posible,
sino que hemos alcanzado el hábito más elevado.

Una persona virtuosa será, casi con seguridad, una persona feliz, pero necesita
para ello vivir en una sociedad regida por buenas leyes. Porque el logos, esa
capacidad que nos hace posible la vida contemplativa y la toma de decisiones
prudentes, también nos capacita para la vida social. Por eso la ética no puede
desvincularse de la política: el más alto bien individual, la felicidad, sólo es posible
en una polis dotada de leyes justas.

Si estoy de acuerdo con Aristóteles, considera que la felicidad es una operación, la


más propia del hombre y no una posesión de un bien externo o una operación de
las facultades superiores. En esto se está descartando el que la felicidad sea la
riqueza, el placer, etcétera.
DESARROLLO
“Aristóteles decía que la felicidad es el propósito central de la vida humana y una
meta.”

Aristóteles tuvo esa gran mentalidad porque vio que el mundo estaba perdido y
decidió buscar la felicidad y el entendimiento humano

“Aristóteles cree que el bien supremo del hombre es la felicidad. Esta es la


máxima virtud.”

La felicidad es una actitud que nos promueve hacer mejor cada día en todos los
aspectos como son en lo espiritual, física y mental y que nos ayuda a convivir
sanamente con nuestro prójimo como puede ser con nuestra familia; amigos y
conocidos

“La felicidad depende de nosotros mismos.”

Se entiende que solo nosotros podemos ser felices hasta con las cosas más
insignificantes posibles

“La felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud.”

Por lo tanto, seamos activos, demos al alma lo que el alma necesita, seamos
virtuosos

“La filosofía de Aristóteles considera la felicidad como el supremo bien y el fin


último del hombre. Es la máxima aspiración humana y resulta del todo posible
lograrla conjugando los bienes externos, del cuerpo y del alma.”

Que la felicidad debe de ser el comienzo y el final de un hombre y resulta ser lo


que todos los humanos queremos en nuestra vida y hacemos todo lo posible por
cumplir nuestra felicidad, poniendo empeño para conseguirla.
CONCLUCION
La felicidad es el punto focal de la ética aristotélica: las virtudes, las decisiones, los
actos voluntarios; todo se dirige a ella como a un fin. En este artículo analizamos
los aspectos que definen ese fin: por qué y cómo la felicidad se convierte en fin
último de la existencia humana.

Por otro lado, la felicidad pertenece a la vida intelectiva, no a la sensitiva ni


nutritiva. Esta naturaleza intelectiva de la felicidad abre el interrogante sobre la
dimensión apetitiva o desiderativa en la acción humana y su valoración ética.
Todo ello determina un modo de educación moral que es una educación para la
felicidad. Estas son las cuestiones que se estudian en este artículo y a las que se
responde, principalmente, desde la Ética Nicomáqueo.

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