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Esperanza: Un Largometraje Familiar

El documento narra la vida cotidiana de una familia en una casa rural llamada La Herradura. Se describe la llegada inesperada del hijo mayor de la familia, Javier, quien abandona sus estudios. También se presenta a los miembros de la familia como Esperanza, la nuera, y a los criados Rosa y Valentín.

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Esperanza: Un Largometraje Familiar

El documento narra la vida cotidiana de una familia en una casa rural llamada La Herradura. Se describe la llegada inesperada del hijo mayor de la familia, Javier, quien abandona sus estudios. También se presenta a los miembros de la familia como Esperanza, la nuera, y a los criados Rosa y Valentín.

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ESPERANZA

(Tratamiento de largometraje)

María del Mar del Valle


Junio 2002
Una alcoba en penumbra. Sobre la cama, la colcha de ganchillo cubre un cuerpo
dormido. Oscila arriba y abajo rítmico y pausado. El sonido de una respiración se
mezcla con el canto lejano de unos gallos.
Entre las sábanas bordadas de lienzo, asoma una larga cabellera negra. Esperanza (22
años) se rebulle, deja al descubierto su expresión de profunda felicidad. Emerge su
brazo desnudo, en el dedo anular ostenta una alianza. Palpa la zona vacía del lecho. La
ausencia la contraría.
Varias prendas aparecen desperdigadas, abandonadas con prisa por sus propietarios.
La luz de la mañana se cuela poderosa entre los cuarterones semicerrados, se refleja en
el agua limpia de la palangana.

Elegantes ropas masculinas atestan desordenadas el interior de una maleta. En el rincón


más vacío, alguien coloca unos pantalones de traje grises.
Se abre un falso fondo, se introduce en él un documento de cuidada caligrafía.
El equipaje se cierra con dificultad. Emprende viaje con su portador y deja impresa su
huella sobre el colchón de lana, hollado. El ruido de pasos sobre el piso de madera, se
aleja.

Los rayos del sol atraviesan los ventanales, acarician a Esperanza, sentada en la mesa
del salón. Angela (39 años) la criada, coloca delante de ella una bandeja con madalenas
recién hechas y un puchero de café. Esperanza olfatea su desayuno, alaba su maestría en
la cocina.
María (44 años), entra en la estancia y da los buenos días. Esperanza se levanta a
recibirla con un beso afectuoso. María reclama hambrienta su pan con aceite, Angela va
rauda a prepararlo.
Las dos mujeres se sientan juntas. María, cegada por el sol, cambia su asiento por otro
frente a Esperanza, su nuera. Ella le propone dar un paseo, hace una espléndida mañana.
María rehusa, quiere terminar su bordado.

Rosa (18 años) entra en la habitación de Esperanza con una escoba y unos trapos en la
mano. La ropa esparcida con descuido descansa ahora sobre una silla. Abre la ventana
para ventilar.
Rosa retira la colcha, las mantas. Bajo la almohada el pijama del señorito permanece
doblado. Con un gesto inconsciente, lo acaricia.
Mulle con brío el colchón. Una punzada en el vientre le obliga a retorcerse.

Suenan las doce en el reloj de pared del salón. Sobre el bastidor, las manos diestras de
María bordan una tela con motivos infantiles.
José (23 años) interrumpe a su madre. Le pregunta por su mujer, María le indica que
está en el río.
Llega Angela, saluda al señorito. Informa a María del malestar de Rosa. José se muestra
preocupado y le desea una pronta recuperación. Angela agradecida, se retira. El se
marcha. María se queja entre dientes de la mala salud de la chica.

2
El agua discurre plácida, roza apenas las hierbas de la orilla. Esperanza, envuelta en una
toquilla, se halla sentada bajo un chopo desnudo.
José se acerca sigiloso. Una rama se rompe y le delata. Esperanza se abalanza sobre su
marido, se sumerje entre sus brazos.
José le entrega un paquete: son dos libros que deseaba. Esperanza manifiesta su deseo
de hacerle a él un regalo: quiere darle un hijo.

Las ruedas de un tren detienen la marcha. Unos lustrosos zapatos descienden varias
escalerillas hasta el andén. La abultada maleta se apoya en el suelo.
Del bolsillo del gabán, el pasajero saca una pitillera de plata. Coge un cigarrillo, se lo
lleva a la boca. Lo enciende. El joven, expulsa la primera bocanada de humo hacia el
cartel con el nombre de la estación: Alcaudete.

María, en el porche lleno de geranios, observa las nubes que se ciernen y ocultan el sol.
Siente un estremecimiento, se ajusta la toquilla sobre el cuerpo enlutado.
José y Esperanza llegan a lomos del mismo caballo. Ella, delante, se acurruca entre los
brazos de él. Con su ayuda, Esperanza desmonta frente a la casa. Se dirige al encuentro
de María. José lleva el caballo a la cuadra.
Esperanza muestra a su suegra los libros que esperaba, una buena compañía en las
noches junto al hogar. María sonriente, desea oírselos recitar. Juntas, entran en la casa.

Sobre un plato de fina loza, se sirven un par de cazos de sopa. Esperanza da las gracias a
Angela. La criada coloca la sopera en el centro de la mesa, saluda, se retira.
José preside la mesa, a la derecha su mujer, a la izquierda su madre. Bendice los
alimentos. Esperanza degusta la sopa. María indica a José su admiración por Esperanza,
todo lo disfruta, siempre alegre. Esperanza considera la vida un don. José las observa
satisfecho.

Angela, con una cuchara de madera, revuelve la comida sobre el fogón. Valentín (27
años) entra en la cocina, se quita la gorra, la deja sobre el aparador. Saluda a la mujer,
de espaldas a él. Se sienta a la mesa, puesta para dos personas.
Angela coloca la cazuela sobre un salvamanteles, sirve a Valentín. Toma asiento.
Valentín pregunta por Rosa. Angela le comunica el malestar de la muchacha, ella
descansa. Con signos de preocupación, Valentín coge la cuchara, come en silencio.

El joven pasajero abre la puerta de la casa familiar. Escucha risas procedentes del salón.
Cierra sin hacer ruido. En el recibidor, deja la maleta junto al perchero, se quita el gabán
y lo cuelga. Camina hacia el salón. Desde la entrada ve a su madre reir despreocupada.
María ve a su hijo Javier (19 años) y la carcajada se le congela en la boca. José y su
mujer se percatan de la presencia del joven.
Esperanza se levanta, va a recibirle. Se besan. Javier, con su cuñada del brazo se acerca
a la mesa. Besa a su madre en la frente, abraza a José.

3
María pide explicaciones de su presencia en La Herradura. El se sirve un café en la taza
de José. Explica la añoranza de su casa y su familia. Notifica el abandono de sus
estudios.
José quiere hablar con él más tarde. Pide excusas, va a retirarse con Esperanza a
descansar. María se levanta, también ella necesita una siesta. Los tres se retiran.
Javier prende un cigarro. Bebe un sorbo de café. Angela entra a recoger la mesa, ve a
Javier y se sorprende. Ambos se saludan con cortesía.

José cierra tras de sí la puerta de su habitación. Observa los ágiles dedos de Esperanza
que, frente al espejo del palanganero se quita las horquillas y suelta largos mechones de
cabello. José se quita la chaqueta, la deja sobre una silla junto a la cómoda.
Esperanza se le acerca, emana deseo por todo su cuerpo. Desabotona el chaleco de su
marido. Llega el sonido apagado del llanto de María. Esperanza se detiene conmovida.
José ignora la razón de su madre para rechazar a Javier, pero en todo caso, nada ni nadie
puede afectar a su paraíso personal. José acerca su boca a la de Esperanza, la besa
apasionado.

Anexa a la casa, en ángulo frente al patio de tierra, se encuentra la vivienda del servicio.
La puerta se abre, Rosa sale al exterior. Se encamina hacia la casa principal con la
cabeza gacha, abstraida en sus pensamientos. En el soportal, se topa con Javier, se
sobresalta. El está contento de verla, ella le saluda con brevedad. Rosa entra.
En la cocina encuentra a su madre secando los cubiertos con un paño. Al ver la palidez
de Rosa, Angela pregunta por su estado. Rosa afirma encontrarse mejor. Angela encarga
a la chica preparar la habitación del señorito Javier.

El pasillo de la planta de arriba es oscuro, la ventana al fondo es pequeña. La tarde


nublada tampoco añade mucha luz. Las paredes, forradas de madera oscura hasta media
altura, igual que el suelo, le dan un toque serio y triste. Una puerta abierta a la derecha
añade cierta claridad. Llega un sonido de pasos subiendo la escalera, acercándose.
Javier se dirige hacia la puerta.
Dentro, Rosa extiende una manta sobre la cama. Javier entra con su maleta, la coloca
junto al armario. Rosa se da prisa, coloca otra manta. Javier se alegra de estar en casa,
viene para quedarse. Rosa incómoda, se mantiene en silencio. Le pregunta si tiene
novio. Rosa coloca la colcha, la ciñe a la almohada. Ante la insistencia de Javier
contesta que tiene novio. Sale apresurada.
Javier toma impulso, se lanza bocarriba sobre la cama. Entrelaza los dedos y coloca las
manos bajo la cabeza.

María echada sobre la cama, enrosca su cuerpo. La habitación está a oscuras. Decenas
de alacranes se acercan amenazantes al cuerpo dormido. Uno se cuela bajo el vestido, le
pica en una pierna. La mujer grita de dolor, despierta, se incorpora. María, helada hasta
los huesos, revisa su miembro inferior. No hay señales de ningún tipo.
Baja las piernas al suelo, se calza unas zapatillas. Coge la toquilla, se la echa por los
hombros. Sale del dormitorio.

José subido sobre una silla, pone en hora el reloj de pared. Esperanza, a su lado, le
observa. Al fondo, Rosa termina de prender la chimenea.
María entra. Esperanza se acerca a ella, le coge las manos, se sorprende de hallarlas tan
frias. Le invita a acercarse al hogar.
José cierra la puertecita de cristal del reloj. Baja de la silla, la coloca junto a la mesa.

4
María riñe a Rosa por su retraso en encender. Rosa se disculpa. Esperanza le quita
importancia. Ofrece asiento a su suegra junto al fuego, se sienta a su lado.
Rosa se retira. José se cruza con ella y le da las gracias. Ella inclina la cabeza. Sale.

Esperanza es incapaz de soportar la tristeza, todos los problemas tienen solución. José
coloca sus manos tranquilizadoras sobre los hombros de su progenitora. María necesita
un nieto que alegre su vejez. Esperanza mira con complicidad a su marido, le asegura
que quieren hacerle pronto abuela. José ve llegar a Valentín y decide ir a su encuentro.

Atraviesa el recibidor, el porche y el gran patio terroso, en dirección a la cuadra.


Valentín desensilla su caballo. José se interesa por saber cómo va la corta. Los
jornaleros, según Valentín, van lentos para ganar más jornales. La mala cosecha afecta a
todos, pero para José, ellos son los peor parados. Pide a Valentín que no les presione en
exceso.
Valentín cepilla al caballo. A través de la puerta abierta ven a Rosa al fondo,
acercándose al pozo. José le interroga sobre su relación. Valentín sonríe, ella se muestra
más abierta, piensa pedirle pronto en matrimonio. José manifiesta su agrado.

El salón se alumbra con varios quinqués. Sobre la mesa, uno de ellos agita su llama por
efecto de alguna pequeña corriente. Javier termina su cena. María come en silencio,
parece más vieja.
Rosa agachada frente a la chimenea aviva el fuego con un fuelle. Javier observa sus
movimientos, atisba las enaguas bajo su falda.
Esperanza se levanta de la mesa, se dirige junto al hogar. Reclama a María a su lado
para empezar la lectura. Rosa da las buenas noches, se retira. María se sienta con su
nuera.
José consulta su reloj de bolsillo, coteja la hora con el de pared. Sentado junto a Javier,
le propone hablar. Esperanza al fondo, comienza a leer.
Javier manifiesta su deseo de vivir en La Herradura y dedicarse a la cría de caballos.
José opina que el estudio puede proporcionarle un futuro mejor, viajar y tener
experiencias.
María finge prestar atención al libro, su oido intenta captar la conversación de sus hijos.
La Herradura, continúa José, se mantiene a duras penas gracias a los despilfarros de su
padre y a la sequía. Considera que invertir en caballos está fuera de su alcance. Javier se
levanta a buscar un coñac. A través del ventanal ve a Rosa y Valentín atravesar el patio
conversando con complicidad.

Una estancia estrecha y alargada. Las paredes laterales están ocupadas por estanterías
atestadas de libros. Un escritorio de vetusta madera preside el despacho. En uno de sus
costados tiene varios cajones. Un sillón tapizado y un par de ellos al otro lado,
completan el mobiliario. Sobre la mesa descansan útiles de escritura y algunos
documentos.
La puerta al fondo, se abre, entra Javier. Se dirige hacia la mesa, echa un vistazo a los
papeles sobre ella. Se acomoda en el sillón. Abre uno de los cajones, husmea en su

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interior. Abre el siguiente, algo llama su atención: un testamento. Lee con interés. Su
expresión de sorpresa delata un descubrimiento importante.

María, en la habitación de Javier, inspecciona los bolsillos de una chaqueta colgada en


el ropero. Revuelve una de las mesitas de noche sin encontrar nada de interés. Otea la
habitación. Se fija en la maleta, colocada sobre el armario. Se sube a una silla para
alcanzarla. En el suelo, la abre. Inspecciona los bordes, encuentra el doble fondo y el
documento. María lee satisfecha. Lo dobla, lo guarda en un bolsillo.

José repasa un libro de cuentas en su despacho. Por la puerta al fondo asoma María, se
muestra contenta de encontrarle. Avanza hacia él. Saca el papel, lo desdobla, se lo da.
Observa expectante la reacción de José. El lo pliega y la mira.
Ella despotrica contra Javier, ése escrito de expulsión demuestra que es un mentiroso.
José debe convencerse de la maldad de su hermano. Para José las mentiras de Javier
carecen de malicia. Javier detesta estudiar, ambos lo saben. Tiene derecho a vivir allí y
tener la oportunidad de hacer algo que le gusta. Ya tiene apalabrado un semental.
María le conoce, le ve más resabiado, sabe que causará problemas. Aconseja a José
buscarle un trabajo lejos de ellos. José considera que no tiene derecho a hacer eso, La
Herradura es tanto su casa como la de él.

María aporrea la puerta de la habitación de Javier, le insta a levantarse. Desde el interior


su voz arguye una excusa. María entra enfadada, se planta frente a la cama y le
recrimina su holgazanería. Le informa de su marcha al pueblo con José y Esperanza, le
recomienda probar al nuevo semental y ser acreedor de la confianza de su hermano.

Una gota de rocío resbala por una hoja, cae al agua, la corriente del río la empuja contra
las manos rojas de Rosa que frotan una sábana sobre una tabla de lavar.
Valentín la observa desde borde de tierra del olivar. Desciende hasta la orilla, se acerca
a la muchacha y la saluda. Rosa sonríe, detiene su labor. Valentín se agacha junto a ella,
coge sus manos y trata de calentarlas entre las suyas. El le declara su amor, le pregunta
si quiere ser su esposa. Rosa calla. Valentín le ofrece tiempo para pensarlo, coge una
flor, se la coloca en el pelo.

Angela, con golpes certeros, trocea un gran pedazo de carne sobre el poyete de la
cocina. Javier aparece por detrás, ella se sobresalta, el cuchillo casi corta su mano.
Angela le reprende, es muy mayor para hacer esas tonterías.
Javier busca a Rosa, quiere enseñarle los avances en el adiestramiento de su caballo.
Coge un par de madalenas de uno de los estantes del armario, se mete una en la boca.
Angela le recuerda que Rosa no puede estar ociosa como él.
Javier sale al recibidor, asoma la cabeza en el salón, comprueba que Rosa no está. Coge
la chaqueta, se la pone, sale de la casa. De camino hacia la cuadra, tira el papel de la
segunda madalena, se la zampa de un bocado.

En una estancia humilde, pequeña y soleada, María observa con satisfacción el hermoso
vestido que luce Esperanza, subida en un taburete. De rodillas a su lado, la modista coge
el bajo con alfileres. Esperanza manifiesta su agrado, segura de gustar a José.

6
Flanqueado por dos largas hileras de olivos, Javier monta un soberbio caballo negro. El
jinete tira de las riendas, le ordena detenerse. Airado, el animal obedece.
Javier atisba a la izquierda una cuadrilla que tala un olivo. Ordena al semental continuar
la marcha. Una hermosa canción llega hasta él entremezclada con el rumor del agua, se
desvía hacia la derecha en dirección a la voz.

De rodillas frente al agua, las caderas de Rosa se bambolean atrás y adelante.


Ensimismada, desoye el sonido de unas botas de montar acercándose. Una sombra se
despliega sobre ella, se asusta y deja de cantar. Javier siente asustarla.
Incómoda, Rosa escurre la prenda. Javier se interesa por su duro trabajo, se ofrece a
ayudarla. Rosa echa la prenda al cesto, se levanta, se seca las manos en el mandil. Javier
se muestra intrigado por las razones de su rechazo. Ella calla. El se acerca, rodea su
cintura. Rosa intenta zafarse.

Valentín junto a los jornaleros, lia un cigarro. Cree oir un grito ahogado, presta
atención. Los hombres concentrados en su tarea, mantienen una conversación trivial.
Atribuye el sonido a su imaginación, lame la parte engomada del papelillo de fumar.

En el suelo, Rosa con una mano de Javier sobre la boca, intenta quitárselo de encima.
Javier quiere mostrarle el paraíso, pero le amenaza con el infierno si no colabora.
Levanta su falda y su enagua, Rosa forcejea y la flor cae de su pelo. Javier rompe la
ropa interior de la chica. La penetra con violencia. Rosa abandona la lucha, vuelve la
cabeza hacia la orilla. Los glúteos de Javier se tensan en su embite contra el cuerpo
desmadejado de ella.

La plaza está bulliciosa. Sonidos de animales domésticos agitándose en sus pequeños


cercados, se mezclan con las voces de los hombres haciendo sus tratos. Ovejas, mulas,
caballos o cerdos, todos quieren vender su mercancía al mejor precio.
José, acompañado por Valentín, regatea el precio de una yegua marrón. El hombre se
niega a una rebaja. José rehusa comprar, se dispone a irse. El ganadero acepta a
regañadientes. José le paga el dinero acordado, Valentín sujeta las riendas del animal.

A través de los ventanales del salón, María observa a su nuera podar los rosales del
pequeño jardín delante de la casa. La considera una muchacha de grandes cualidades.
Esperanza maneja las tijeras con habilidad. Concentrada en su actividad, ignora a Javier
que se aproxima por detrás. El saludo de su cuñado le sorprende y se clava una espina.
Dolorida, se levanta de un brinco. Javier pide disculpas, quiere ver su dedo. Ella se lo
enseña. Javier le quita la espina, succiona la sangre mirándola a los ojos con
libidinosidad. Azarada, Esperanza retira la mano. Entra en la casa.

María borda sentada en su sillón junto al ventanal del fondo del salón. Mira de reojo a
Esperanza que, sentada a la mesa, redacta una carta. María le propone comunicar a José
lo sucedido con Javier. Para Esperanza, la situación carece de importancia, su marido
tiene suficientes problemas.
José entra en el salón muy contento, reclama a Esperanza a su lado. Ella sonríe, quiere
terminar la carta para su padre. José le agarra la mano y tira de ella. Esperanza se queja.

7
María interviene, su herida se debe a un contratiempo en el jardín. Esperanza mira
suplicante a su suegra. José le besa la herida. Esperanza decide acompañarle, le coge del
brazo, salen. En el porche, José le muestra la yegua, regalo por sus cinco maravillosos
meses de matrimonio.
Esperanza se acerca al animal, lo acaricia. José propone darle su primera clase.
Emocionada, se precipita hacia la casa para coger una chaqueta. En el recibidor, María
le anima a que se lo cuente.

Valentín apura su cigarro sentado a la mesa de la cocina. Angela, a su lado, arrebaña su


plato con un trozo de pan. Con su plato a medias, Rosa se lleva con desgana la cuchara a
la boca. Valentín la observa en silencio. Se levanta, coge la gorra del aparador, dice
adiós y sale.
Angela llama la atención de su hija, lleva días desganada, debe comer para no enfermar.
Angela se levanta, recoge su plato y el de Valentín, los deja sobre la encimera.
Una lágrima rueda por el rostro de Rosa, se precipita sobre el guiso de patatas.

A la puerta de la cuadra, Javier cepilla con brío al semental. Su camisa empapada de


sudor, resalta su torso atlético. De la casa de servicio al fondo, sale Rosa. Al ver a
Javier, acelera el paso hacia la casa principal.
El sonido de una cabalgadura se aproxima, Javier se gira y ve a Esperanza. Se acerca a
felicitarla, cada día monta mejor. Ella se muestra satisfecha por sus avances. Javier le
ofrece ayuda para desmontar. La sujeta por la cintura, la atrae hacia su cuerpo. Sus
bocas quedan a escasos centímetros. Javier intenta besarla. Esperanza le propina una
sonora bofetada.

Angela encera el aparador del salón. María borda sentada en su sillón. Al fondo,
Esperanza se separa de Javier, cruza el patio en dirección a la casa.
Para María, Rosa cae enferma porque come poco. Angela opina que no supera la muerte
de su padre. María se queja de lo ingrata que es la vida.
Esperanza llega muy nerviosa, se acerca a su suegra. María la interroga. Al no obtener
respuesta, ordena salir a Angela. María deja su bordado y se acerca a Esperanza que
observa a Javier a través del ventanal.

Angela intrigada sale y cierra la puerta del salón. Se dirige a la cocina, donde encuentra
a Rosa que mira a través de la ventana el olivar al fondo, en dirección al río.

Sentada en el sofá junto a su nuera, María dice improperios de Javier. Al fondo, la


puerta del salón se abre, ella calla. Al comprobar que es José, María le espeta una
recriminación: le advirtió que su hermano causaría problemas.
José preocupado, toma asiento al lado de Esperanza. Ella le declara que ha intentado
besarla. José se sorprende. María mete cizaña, ella es testigo de otra desverguenza.
Esperanza está asustada. María pide a su hijo que defienda su honor. Reclama la
expulsión de Javier de La Herradura.
José les pide tranquilidad. Tiene un amigo en Sevilla propietario de un periódico, piensa
enviarle un telegrama y pedirle trabajo para su hermano. José no puede echarle a la calle
sin más.

8
*

La luna menguante ilumina con suficiente fuerza a Valentín y Rosa, sentados junto al
pozo. Valentín cabizbajo, juguetea con una piedrecita entre las manos. Pregunta a Rosa
si puede darle alguna esperanza. Ella contesta negativamente, siente haberle
confundido. Rosa se levanta y se despide de él con un buenas noches frío y distante.
Valentín lanza con rabia la piedra al pozo.
Observa a Javier atravesar el patio a lomos de su caballo. En la puerta de la cuadra,
desmonta, cae al suelo. Valentín corre hacia él. Le ayuda a incorporarse, le acompaña
hacia la casa. Borracho, Javier se declara enamorado de Rosa.

La oficina de correos es pequeña y desordenada. El empleado rebusca un montón de


sobres y papeles apilados en el mostrador, se queja de su compañero. José, al otro lado,
le tranquiliza, puede volver más tarde. El hombre encuentra el telegrama, le ofrece una
libreta para estampar su firma.
José lee: “Tengo trabajo para Javier. Saludos. Antonio”. José se despide y sale.

En la taberna, las cinco mesas están llenas de grupos de hombres desocupados, juegan al
dominó sus pocos cuartos. Uno de ellos pronostica las quejas de su parienta, sin dinero
para comprar pan. Sin trabajo, opina otro, no hay cosa mejor que emborracharse, apura
su vaso de aguardiente.
Javier, en la barra con dos amigos, brinda por su cuñada. Se lleva el vaso a los labios,
José le detiene, viene a buscarle. Javier le invita a beber con ellos, hace una seña al
camarero. José le hace otra en sentido contrario. Javier repite el brindis, su hermano le
da un manotazo y el aguardiente se derrama. Herido en su orgullo, Javier le incita a salir
fuera a pegarse. Le considera incapaz y cobarde a pesar de todos los motivos que le da.
José le saca a la calle a empellones, está borracho y dice tonterías. Los del bar se
arremolinan en la puerta y la ventana, observan la escena entre cotilleos y risas. José
ayuda a su hermano a montar. Agarra las riendas de Javier, monta en su caballo. Con
una mirada de desprecio hacia los hombres se gira. Se dirige hacia una calle a la
derecha, por la que ambos desaparecen.

José sentado en su despacho, escribe en un papel. Por la puerta abierta, entra altanero
Javier, con su maleta de la mano. Sus lustrosos zapatos hacen crujir el suelo encerado.
Aclara a José que se va porque La Herradura es una tumba y él está vivo. José se
declara dolido por su comportamiento, su expulsión, su trato a Esperanza. Javier ríe, ese
papel era un regalo para su madre que siempre registra sus cosas. José se siente dolido
por traicionar su confianza. Javier juega a ser el malo porque José es el bueno. José
levanta la mano para abofetearle, se contiene.
José le entrega el papel con la dirección de su amigo y un sobre con dinero. Javier lo
coge, con una sonrisa de desprecio, sale sin decir adiós.
Javier atisba a su madre entrando rápida en el salón. Cruza el recibidor y se asoma. Ella
escondida tras la pared, se sobresalta. Javier la intimida, sabe lo de la herencia del
abuelo, le jura que será abuela pronto, La Herradura le pertenece. Asqueado, se aparta
de su madre, desaparece.
Conmocionada, María se acerca al ventanal. Observa a Javier en el coche que
conducido por Valentín, desaparece por la entrada al patio.

9
*

La luz del atardecer se cuela por la ventana de la cocina. Sentada en un taburete, Angela
despluma una gallina sobre un barreño con agua. Sentada a su lado, Rosa se asquea. La
madre nota su cambio de actitud hacia Valentín, sin querer influir en ella, le hace ver lo
buena persona que es.
Rosa sufre arcadas, se dirige a la ventana, la abre para tomar aire fresco. Preocupada por
su hija, Angela deja su tarea, va hacia ella. Imposible de contenerse, Rosa intenta relatar
lo sucedido con Javier. Angela lo entiende todo. Sus síntomas son de embarazo, pero
aún puede arreglarse.

La luz de los candiles ilumina el pequeño comedor de un hostal. Las paredes están
decoradas con motivos de caza y algún trofeo disecado. De las siete u ocho mesas, sólo
dos están ocupadas. El mesonero lleva un jarro de vino hasta la mesa del fondo, donde
ríe despreocupado José. Sentada frente a él, Esperanza luce radiante el vestido nuevo. El
mesonero sirve sus vasos, queda a su disposición, se retira.
José alaba la comicidad de su mujer. Ella arguye que se debe al oficio de actriz de su
madre. Su expresión cambia. Niega ese argumento, pues la abandonó cuando Esperanza
tenía seis años. José, sensible al cambio de humor de su mujer, le propone atacar el
asado que humea en sus platos.
En la otra mesa, uno de los hombres empieza a tocar la guitarra. Sus acompañantes
palmean y otro se arranca a cantar. Esperanza esboza una sonrisa, comenta a su marido
lo alegre que es el carácter andaluz.

María, sentada frente a la chimenea, observa el fuego absorta. Sin otra luz en el salón,
las llamas proyectan su sombra gigante sobre el techo. Angela se acerca, pide permiso
para ir al pueblo con Rosa a la mañana siguiente. María quiere saber el motivo. Ellas
necesitan consultar a su tía Lucía. María pide que Lucía le prepare la mezcla de hierbas
digestivas que le va tan bien. Angela da las buenas noches, se retira.

Unas cortinas gruesas dejan filtrar un hilo de luz. Abajo, en la calle, se oye un carro
haciendo ruido sobre el piso empedrado y la voz de un cacharrero pregonando su
mercancía. En la cama del hostal, Esperanza se despierta. Observa a su marido dormido,
susurra su nombre. Ella le acaricia bajo la ropa, se acerca más y le sugiere que es un
buen día para concebir a su hijo. Adormilado, José responde con agrado a su demanda.

La calle del pueblo está vacía. Valentín conduce el carro en silencio, Angela y Rosa van
detrás. A su paso por una puerta, sale una vecina para arrojar un cubo de agua, se frena.
Angela y Rosa la saludan, ella responde, un poco más y las moja. Arroja el agua sucia.
Un par de casas más adelante, Valentín se detiene. Las mujeres se apean y le dan las
gracias. El se ofrece a recogerlas, arrea el caballo. Angela abre la puerta, entra seguida
de su hija.

Esperanza pasea del brazo de José por el castillo de la Mora. Ella admira esos
monumentos de piedra, le remiten a pensar en sus constructores. Otea en lontananza
hasta donde la vista se pierde. El viento hace ondear su larga cabellera. José la admira.
Ella añora sus tierras de Castilla. Reflexiona. Se arroja en los brazos de su marido, le
declara que ahora su hogar está con él.

10
En una cocina humilde, hay desplegados sobre la mesa diversos recipientes, tijeras,
restos de plantas frescas y secas... Lucía (53 años) saca de un puchero de barro un
puñado de hojas, las echa en un gran mortero. Angela se alegra de la ausencia de su
hermana Juana, es mejor que no sepa nada. Lucía asiente, con el almirez empieza a
majar el contenido. Advierte a Rosa y Angela que el resultado depende de si el niño está
bien prendido en el vientre.

Oscuridad. Un sonido de arcadas. La voz de Angela inquiere a Rosa sobre su estado.


Rosa apenas puede articular palabra. Angela enciende una vela, se ilumina la pequeña
alcoba de dos camas. Rosa, incorporada sobre la suya, es incapaz de contener una nueva
arcada, se voltea hacia el borde y vomita sobre las losas del piso. Rosa considera inútil
sus intentos. Angela intenta tranquilizarla, le aconseja tener fe e insistir con el preparado
de su tía.

A través de las cortinas descorridas de la habitación del hostal, entra la luz de un farol
cercano. Esperanza duerme, José la observa. Desde la calle llegan sonidos de pasos en
el empedrado. Bajo el balcón, un grupo de rondadores empieza a cantar. Esperanza
despierta, ve a José sonriéndole. Ella se levanta de la cama, se echa por encima un chal,
abre el balcón. La tuna de Salamanca es famosa, opina José, pero en Andalucía también
es costumbre rondar a las mujeres hermosas.

Angela entra en el salón, porta una bandeja con tostadas y café. Avanza hacia la mesa.
El reloj de pared marca las diez. Angela deposita el desayuno frente a María. Se
aproxima la Pascua, María quiere que Rosa empiece la limpieza general en las
habitaciónes. Angela le informa que su hija sigue mala. María se queja de la salud de la
chica, trae a todos de cabeza y desatiende sus obligaciones. Angela contiene su enfado.
María le aconseja que la case cuanto antes, en cuanto tenga un hijo todos esos
problemas desaparecerán.
Llaman a la puerta. Valentín, al otro lado, pide permiso para entrar. María le manda
pasar. El entra y se quita la gorra, avanza hacia María, le tiende varias cartas. Ella las
echa un vistazo, una la remite Javier Romero. Ordena salir a Angela y Valentín.
María abre el sobre, despliega el escrito de apenas tres párrafos. Lee ansiosa. Su
expresión se agria. A su término, arruga el papel con saña.

La caida de la tarde arranca al cielo tonos rojizos. El sol se oculta sobre la línea de
olivos al fondo. En el tejado del cortijo, dos palomas se arrullan. Un coche franquea la
entrada del patio: son José y Esperanza.
En la habitación en penumbra, Rosa en camisón está sentada sobre el borde de la cama.
Escucha ruido en el exterior, su tez pálida se gira hacia la ventana. La voz de José llama
a Valentín. Rosa se levanta, observa entre las cortinas a Esperanza bajar del coche con
ayuda de José. Ellos se besan apasionados. Rosa se aparta, se deja caer sobre la cama.
Afuera, José saluda a Valentín, le ordena encargarse del coche y los caballos.

En su despacho, José revisa un libro de cuentas. Alguien llama a la puerta, sin levantar
la cabeza, José da permiso para entrar. Entra Rosa, saluda y cierra la puerta. José se
interesa por su salud. Ella está mal, necesita su ayuda. José le invita a sentarse, ella
obedece. Insegura, se remonta al trato de Javier siendo niños y su acoso antes de irse a
estudiar a Jaén. José escucha con atención. Rosa relata su dolorosa experiencia en el río.

11
El resultado de su desgracia es: su honor mancillado, su ruptura con Valentín y un niño
que se empeña en crecer en su interior. Indignado con su hermano, José le promete
ayuda.

El cielo nublado y el calor bochornoso anuncian una tormenta. En un claro entre olivos,
Valentín con un cigarro entre los labios, apila ramón. Hace un alto, se quita la gorra, se
limpia el sudor de la frente con la manga de la camisa, se la pone de nuevo. Ve
aproximarse a José montado a caballo. Da una última calada, tira el cigarro, lo pisa.
Ordena continuar al grupo de jornaleros a su izquierda. Se limpia las manos al pantalón
y se dirige al encuentro de José.

Valentín le informa de la buena marcha de la poda, quedan un par de días. José


desmonta, quiere hablar de Rosa. Ata las riendas a un árbol. Valentín se muestra
desalentado por el rechazo de la muchacha. José le ofrece un cigarro y le pregunta si la
quiere. Valentín asiente, ofrece fuego a José, enciende su pitillo.

José le conmina a alejarse del grupo. La razón del rechazo de Rosa se debe a la
violación sufrida, ella espera un hijo de Javier. Valentín se derrumba. La propuesta de
José pone a prueba su amor: si se casa con Rosa y acepta ese hijo como suyo, José
promete su ayuda económica. Valentín calla. Afectado, se declara dispuesto si Rosa le
acepta. José le pone una mano en el hombro en prueba de aprecio.

María remata el bordado junto al ventanal. A través de él el cielo aparece nublado.


Cansada, se levanta, se quita el dedal, lo deja junto al bastidor sobre el sillón. Estira su
espalda en dirección al patio. Ve a Rosa y a José junto al pozo. El tira de la cuerda hasta
sacar el cubo lleno de agua. Hablan. La chica niega con la cabeza. José se aproxima a
ella, le coge de la barbilla. María les observa con curiosidad. Rosa se separa de José,
agarra el cubo. José se lo quita con delicadeza, se dirigen hacia la casa.

Incrédula, María se gira hacia Esperanza que lee junto a la chimenea. Se acerca a ella,
se sienta enfrente sin dejar de mirarla. Oye la puerta de la calle que se abre, pasos que se
dirigen al despacho.

María pregunta a Esperanza sobre su estancia en Alcalá. Ella marca la página, cierra el
libro. Relata algunos detalles de su viaje, en especial la serenata encargada por José. Se
declara una mujer feliz. María la quiere como a una hija, tiene un regalo para ella en el
aparador. Esperanza va a buscarlo. Lo encuentra en un cajón.

Sonriente, vuelve con el paquete, se sienta junto a su suegra. Lo desenvuelve: son


sabanitas de cuna bordadas. Esperanza admira la finura de su trabajo. Para María la
maternidad es la culminación del matrimonio. Esperanza está de acuerdo, espera darle
pronto un nieto.

La luz del quinqué sobre la mesita de noche ilumina la habitación de Esperanza. José se
desnuda junto al lecho. Dentro de él, Esperanza comenta a su marido los deseos de su
madre de ser abuela.

12
En el pasillo reina la oscuridad. La puerta de María se abre con sigilo y sale un haz de
luz. Sale María en camisón, se acerca de puntillas a la alcoba de su hijo. Pega la oreja en
la puerta. Oye a Esperanza comentar a José su opinión sobre la culminación del
matrimonio con la llegada de los hijos, quiere conocer la suya. María se muestra
interesada. Para José las mujeres de antes piensan así, él la quiere con hijos o sin ellos.
Silencio.

Contrariada, María intenta verlos a través de la cerradura. Atisba sus cuerpos agitándose
bajo las mantas.

La claridad de la luna se cuela entre las cortinas de la habitación de Rosa. Despierta, la


muchacha mira al techo. La voz de Valentín susurra su nombre desde el patio. Rosa
hace caso omiso, mira a su madre dormida en la otra cama. Valentín insiste. Ella duda
en contestar. El declara que la quiere, le pide que se case con él. Rosa se levanta, retira
un poco la cortina, ve irse al hombre. Sobre el poyete de la ventana descansa una rosa.

Sobre la mesa del salón hay tres tazas de café y una fuente con dulces. Esperanza recita
una poesía, José y María escuchan atentos. María muerde un mantecado. Al fondo,
Valentín atraviesa el patio. José frente al ventanal, le ve.

José interrumpe a Esperanza, vuelve enseguida. Ella le recuerda su deseo de salir con él
a montar. En dirección a la puerta, José pasa junto al reloj de pared que marca las tres y
media. Consulta el suyo, hace un gesto de aprobación.

Sale al recibidor. La puerta de la cocina está entreabierta, se asoma, entra y saluda.


Sobre la encimera, Angela vacía unos platos con restos de comida. Rosa, sentada a la
mesa, juguetea con un vaso. Extrañada de ver a José, Angela pregunta si necesitan algo.

José quiere hablar con Rosa. Se sienta al lado de la chica, le pregunta cuál es su
decisión. Ella manifiesta sus dudas, Valentín la quiere pero no le parece justo para él,
teme que pueda arrepentirse. José pide a Angela que les deje solos. Ella obedece, deja la
puerta entreabierta.

Al ser madre soltera, José pronostica para ella y su hijo una vida nefasta. La boda con
Valentín es una buena solución para todos. Inquieta, Rosa se levanta, declara tener
miedo. José va junto a ella, la abraza con ternura.

Al fondo, la puerta entreabierta deja ver a María. José promete a Rosa su ayuda, ese
niño es de su sangre. Ella acepta la boda por el bien de todos.
Escondida en la entrada de la cocina, María no puede contener su sorpresa.

José se separa de Rosa, le indica que se encargará de hablar con Valentín y preparar
todo. Todo irá bien. Sale, atraviesa el recibidor vacío. Contento, entra en el salón y
encuentra sola a Esperanza. Ella, con el libro cerrado, termina su café.

13
A los pies del magestuoso retablo, el cura bendice a Rosa y Valentín, arrodillados
delante de él. La expresión feliz del hombre contrasta con la reservada de la muchacha.
Tras ellos, un pequeño grupo de personas ocupa los bancos a derecha e izquierda. En
primer término, Angela se muestra emocionada.

Sentada en la mesa del salón, Esperanza termina la redacción de una carta. La dobla, la
introduce en un sobre. Observa a través del ventanal que una nube cubre el sol.
María entra en la estancia, se acerca a Esperanza, toma asiento. Le comunica el
embarazo de Rosa. Sorprendida, Esperanza se muestra alegre por ella. Confidencial,
María le aconseja que en sus relaciones íntimas con José ella se coloque debajo, cuando
él termine debe quedarse quieta. Avergonzada, Esperanza intenta escapar con la excusa
de llevar al pueblo la carta para su padre. María reclama sensatez, montar a caballo
puede malograr un posible embarazo. Esperanza cree que exagera, se dispone a salir.

María le arrebata la carta, en su casa todo el mundo le obedece, ella también. Esperanza
perpleja, se dirige hacia la puerta en silencio. A sus espaldas la voz de su suegra indica
que se hace responsable de que su carta salga en el correo.

Conteniendo su enfado, Esperanza cruza el vestíbulo en dirección al despacho de José.


Entra sin llamar. José le dedica una sonrisa. Ella pasea delante del escritorio, se queja de
la actitud de María. Se siente presionada.

María lee la carta de Esperanza. La voz se Angela la sobresalta: pregunta si debe matar
un conejo para la cena. María dobla con torpeza el papel y contesta afirmativamente.
Extrañada de la reacción de María, Angela se dispone a salir. María la retiene, cierra el
sobre, debe dar esa carta a Valentín para llevarla al pueblo.

José permite a Esperanza desahogarse. La noticia del embarazo de Rosa trastorna a


María, quiere prohibirle montar a caballo como medida antiabortiva. Ella pide opinión
de su marido. Sin recapacitar, José recomienda seguir las indicaciones de su madre, el
carece de experiencia en esos temas. Pasmada, Esperanza le da la espalda, se va sin
decir palabra.

En el vestíbulo, Esperanza percibe que desde el fondo del salón, su suegra vigila sus
movimientos. Decide salir fuera de la casa.
José sale al recibidor tras su mujer. María le llama. Dubitativo, José va hacia su madre.
María le alecciona, debe impedir a Esperanza montar a caballo. José ruega a su madre
tener más tacto, sus deseos personales afectan a su mujer. Ellos se quieren y su
impaciencia puede causar conflictos. María quiere lo mejor para el matrimonio. José lo
sabe, ve a Esperanza al fondo del patio de tierra, decide ir a su encuentro.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, Esperanza juguetea con la puntera del zapato,
rueda una piedra. Se siente sola bajo esa gran nube que oculta el sol sobre su cabeza.
Se acerca José. Intenta abrazarla, ella se resiste. José le recuerda su amor por ella,
Esperanza se abraza a él. Está segura de quedarse proto encinta. Para evitar
enfrentamientos con su madre, va a seguir su consejo de no montar a caballo.

14
El sol de principios de septiembre está en su cénit, cae de plano sobre el patio. Los
cantos de las chicharras amenizan el momento. Una salamanquesa se se protege del
calor en la pequeña zona en sombra de la pared del pozo. Sudorosa, Rosa se afana por
sacar un cubo de agua. Al fondo, sentados en una mesa en el porche, Esperanza y José
conversan.
Rosa siente una punzada en el vientre voluminoso y se detiene. Sin soltar la cuerda, se
sienta en el borde del pozo, llama con un hilo de voz a Valentín que, de espaldas a ella,
cepilla un caballo a la puerta de la cuadra.
José se percata del apuro de Rosa, con grandes zancadas se aproxima a ella. Esperanza
le sigue. José se interesa por saber qué le ocurre, llama a voces a Valentín. Rosa está
apurada por el cubo, José ata la cuerda en el poste. Valentín acude junto a ellos.
Esperanza pone la mano en el vientre de Rosa, siente moverse al bebé. Rosa observa su
expresión. Se encuentra mejor. Valentín la besa amoroso. Esperanza le aconseja más
descanso, propone hablar con María para reducir sus tareas. Quiere acompañarla a su
habitación para que descanse un rato.
José y Valentín observan irse a las mujeres, se sientan en el borde del pozo a echar un
cigarro. José se interesa por saber cómo va el matrimonio. Contento, Valentín expone
que está conquistando el corazón de Rosa.

Sobre la mesa del porche descansan tres tazas de café vacías. Sentada en una mecedora,
María dormita. Llega Angela con una bandeja, sin hacer ruido, empieza a recoger.
María abre los ojos, se queja del calor, sus hijos le han dejado sola. Decide retirarse a su
alcoba a echarse la siesta.
Angela, quiere proponerle algo. Rosa necesita más descanso, quiere enviarla con su tía
Lucía, su hermana Juana puede sustituirla hasta pasada la cuarentena. María le interroga
sobre Juana, Angela considera que no tendrá quejas de ella.

Rosa abraza a su madre junto al carro, Angela le promete visitarla a menudo. Valentín
le ayuda a subir, ella se acomoda en el asiento. Valentín sube a su vez. Desde el porche
José se acerca, estrecha la mano de Rosa y le desea que vaya todo bien. Ella le da las
gracias.
Desde la ventana de su habitación, Esperanza observa la escena.
Valentín azuza a la mula. El acarro se dirige a través del patio hacia la salida. Rosa se
voltea y saluda con la mano.

De una tetera unas manos torpes sirven café en una taza. La voz imperativa de María
indica que es suficiente. María coge la cucharilla, la introduce en el azucarero, donde
choca con la de Esperanza que realiza la misma acción. Esperanza cede el turno a su
suegra. Reflexiva, Esperanza echa azúcar en su café, revuelve.
En la puerta del salón aperece Angela, se aproxima a ellas muy contenta y da los buenos
días. María pregunta sin emoción por el parto. Tras una noche muy dura, Rosa y su hijo
varón se hallan en perfecto estado. Emocionada, Esperanza pregunta por el nombre del
bebé. Angela indica que el mismo de su padre. María mira de reojo a Esperanza.

15
María manifiesta su interés porque Rosa vuelva pronto al cortijo. Las tres mujeres se
quedan cortadas ante su egoísmo. Angela añade que Dios dirá. Saca del bolsillo dos
cartas y las entrega a María y Esperanza. Angela indica a Juana que tienen muchas
tareas para ese día.

Rosa descansa en la cama, parece agotada. A su izquierda hay una cunita sobre la que se
inclina José. Este, levanta un poco el embozo, observa al recién nacido. Una sonrisa
ilumina su cara, lo tapa. En voz baja da su enhorabuena a Rosa y a Valentín que está al
otro lado de la cama. Le recomienda descanso y buena alimentación. Se dirige hacia la
puerta de la minúscula alcoba, Valentín va con él. Fuera de la habitación le pide que la
cuide.

María sale de su habitación, camina por el pasillo hacia la planta baja, desde donde llega
la voz de Valentín que pide permiso para entrar. María baja las escaleras y observa a
Valentín entrar en el despacho de José. Con sigilo, se acerca hasta la puerta cerrada,
pega su oreja.

Dentro, José pide a valentín que tome asiento. Quiere cumplir su promesa, el dinero de
la venta del semental es para ellos y el bebé. Sorprendido, Valentín le recuerda los
problemas económicos que atraviesa. José lo considera justo, le pide que lo acepte.

En el vestíbulo, la puerta se abre, entra Esperanza con unas flores y sorprende a María.
Esta se aparta azarada de la puerta. Esperanza se dirige hacia, sin dirigirle la palabra,
entra en el despacho. Al ver a Valentín se excusa y acierta a ver unos billetes que el
hombre guarda en un bolsillo. Esperanza pide a su marido que le lleve al pueblo. El se
excusa. Ella quiere ir a la iglesia, amenaza con montar la yegua. José pide a Valentín
que prepare el coche para llevarla. El hombre obedece.

Esperanza se queja, le nota distante. José tiene trabajo, sólo eso. Esperanza necesita un
viaje, su padre les invita a pasar con él las navidades. José indica que es época de
recogida y tienen problemas económicos. Alterada, propone la venta de su yegua al
igual que vendió el semental. José intenta tranquilizarla. Ella le pide que abra los ojos,
la actitud de su madre hace daño a su relación, necesitan tomarse unos días juntos. José
promete considerar su propuesta.

En el fogón humea un puchero. Con una cuchara en la mano, revuelve el contenido.


Recomienda a Juana que limpia el aparador, que vigile la comida. Angela va a
aprovechar el viaje al pueblo de la señorita Esperanza para visitar a Rosa y al niño.
Juana asiente con desgana. Angela insiste en su petición.

A través del ventanal del salón, María observa la marcha de Esperanza, respira aliviada.
Se ajusta la toquilla y se encamina hacia el despacho de José. Sin pedir permiso, entra.
Al fondo, José revisa unos papeles. María se acerca, necesita hablarle. José intenta
excusarse sin éxito. Ella le informa de la próxima boda de su hermano con una sevillana
de buena familia. Le tiende una carta. José muestra desinterés por la vida de Javier.

16
Enfurecida, María le recuerda la claúsula de la herencia de su abuelo: se otorga la
propiedad de La Herradura al primer biznieto. María le ordena sacar el testamento.
José obedece, abre uno de los cajones, pone sobre la mesa el papel amarillento
descubierto por Javier. María recomienda consultar con el notario la anulación de esa
particularidad y darse prisa en tener un descendiente. José considera que sus tácticas son
impropias y sus presiones vacuas, todo llega a su tiempo. María sugiere que su mujer no
puede darle hijos. José le recuerda que él quiere a Esperanza, le pide que deje de
sembrar cizaña entre ellos.

Esperanza, con el ramo de flores en la mano, entra en la iglesia. La luz otoñal de afuera
da paso a la penumbra fría y húmeda del interior. Seis o siete parroquianas se reparten
de forma salteada entre los bancos.
Esperanza se encamina hacia el altar por el pasillo lateral, sus pasos resuenan en las
bóvedas. A los pies de la Virgen hace una genuflexión y se santigua. Se acerca a un
florero con las flores algo marchitas. Las sustituye.
Se santigua, busca acomodo en el primer banco frente a la imagen. Se arrodilla,
entrelaza sus manos, ora. Ruega ayuda, necesita tener el hijo que esperan de ella. Está
convencida de su capacidad para ser madre. Reza un Ave María.

Varios bancos más atrás, un par de viejas enlutadas la observan. Una de ellas comenta
extrañada que la señorita Esperanza está sola. La segunda, vecina de Lucía, especula
sobre una posible visita del marido a Rosa, va con frecuencia. Maliciosa, la primera
incide en la coincidencia del nacimiento del niño a los siete meses de la boda. La
segunda añade que el niño parece cumplido.

Más adelante, ven a Esperanza ponerse en pie, callan. Esperanza camina hacia la salida,
una lágrima se precipita por su rostro.

Valentín y Angela esperan sentados en el coche frente a una casa. Tranquilo, el hombre
fuma un cigarro, escucha las alabanzas de Angela sobre el pequeñín.
Cerca de ellos pasan cogidas del brazo las dos viejas de la iglesia, cuchichean y les
miran con descaro. Angela se pone tiesa en el asiento y las mira con desprecio.
De la casa sale Esperanza, la modista se despide con brevedad, cierra.
Esperanza sube al coche. Valentín azuza al caballo, se alejan.
Esperanza observa apesadumbrada las miradas de algunos lugareños que caminan por la
calle, risitas veladas, visillos que se mueven tras las ventanas a su paso. Observa a
Angela mantener la compostura. Esperanza tiembla, observa el cielo cubierto de
amenazantes nubes.
En las afueras, Angela se relaja. Observa la extrema palidez de Esperanza, pregunta si
se encuentra mal y agarra su mano. El contacto desarma a Esperanza, se echa en los
brazos de la criada. Manifiesta tener dudas sobre su fertilidad. Angela le tranquiliza, ella
tardó más de año y medio, esas cosas son del dominio de Dios. Esperanza declara la
fortuna de Rosa al tener una madre como ella, un marido como Valentín y un hijo que la
colma. Angela le hace ver que su situación es envidiable, su marido la ama. Valentín
sensible a la conversación de las mujeres, azuza el caballo.

A través de la puerta cerrada del cortijo se oyen los gritos de María pronunciando:
inútil, desastre.

17
El coche se detiene frente a la casa. Angela frunce el ceño. Baja del coche, cruza el
porche, entra. En el vestíbulo se topa con María que sale de la cocina, donde está Juana
con la cabeza gacha. María se queja, su hermana es una nulidad. Angela se disculpa,
Rosa puede volver en dos o tres semanas. Altanera, María declara desearlo mucho. Se
ajusta la toquilla, entra en el salón.

Las paredes ocres del despacho del notario y la escasa luz que atraviesa la ventana dan
una sensación de estancamiento, de tiempo detenido.
El anciano notario se ajusta sus lentes redondas, estudia el testamento. José, sentado
frente a él, le observa mesarse su barba blanca.
El hombre levanta la vista del papel, se quita las gafas. Necesita asegurarse de lo que le
pide: buscar una forma de violar la última voluntad de su amigo, el honorable Don
Manuel Montillana.
Violento, José aclara que es su madre la que lo encarga, no él. El notario le pide que
vuelva la semana siguiente, lo estudiará.

Sobre el cortijo se cierne un cielo gris y amenazante.


En el salón, Esperanza sentada a la mesa, intenta escribir a su padre. Un breve saludo y
el comunicado sobre la imposibilidad de visitarle en Navidad dan paso a garabatos,
dibujos sin sentido que Esperanza realiza abstraida.
La lluvia empieza a golpear los cristales del ventanal. Ella mira al patio sin salir de su
ensimismamiento. María hace un comentario tonto sobre el tiempo, intenta sonsacar la
razón de su introspección. Esperanza se excusa, se encuentra mal. Coge el papel, se
retira.
Cruza el vestíbulo, sube con parsimonia las escaleras. Llega hasta su cuarto. La débil
luz que entra por la ventana da a la alcoba un aire sombrío. Esperanza se tumba
bocarriba sobre la cama, observa el techo.

El repiqueteo de la lluvia cesa. La puerta se abre, entra José con la ropa mojada. Ve a
Esperanza, se acerca, le besa. Sin responder, Esperanza le pregunta de dónde viene. José
se quita la chaqueta, viene del notario. Esperanza manifiesta su desconfianza, la gente
del pueblo cuenta chismes sobre él y Rosa. Para José sus dudas son infundadas, le une a
Rosa un afecto fraternal desde la infancia.
Esperanza está dolida, las murmuraciones le señalan como padre del niño y parece que
le tienen lástima. Sus actos, indica José son intachables, la quiere. Está convencido que
ellos tendrán una numerosa familia. Ella quiere creerle.

En el pasillo, María separa la oreja de la puerta del matrimonio.. Murmura que va a dar
a José la prueba de la esterilidad de Esperanza.

Valentín fuma despreocupado con la espalda apoyada sobre la pared de una casa. Un
pequeño cartel junto a la puerta pone: notario. Su caballo y el de José están atados a una
argolla del otro lado de la puerta.

18
Sale José con signos de preocupación. Valentín le pregunta si hay problemas, desata las
bridas. José opina que las familias condicionan mucho, especula que por esa razón
Valentín vive tan lejos de la suya. Valentín afirma que su única familia son Rosa y el
niño.
José le invita a tomar un aguardiente. Cruzan la plaza hasta la taberna. José declara que
a pesar del amor que sientes por alguien eres incapaz de evitarle el sufrimiento. Valentín
asiente. Atan los caballos a la reja.
Entran, pasan delante de una mesa donde juegan tres hombres al dominó.
Uno de ellos comenta algo al oido de su compañero, sentado a su izquierda. Este les
mira conteniendo la risa. Una nueva indicación del primero hace que ambos estallen en
una carcajada. Valentín les observa desde la barra, sabe que se ríen de él.

Al rozar con la polea, la cuerda chirría. Angela tira de ella. A su lado pasa la partera a
lomos de un borrico. Ambas se intercambian un saludo. Con extrañeza, Angela termina
de subir el cubo, desata el nudo. Se gira hacia la casa portando el agua mientras en la
puerta, María recibe a la partera, la invita a pasar al interior.

Esperanza lee junto a la ventana. El sol de la mañana incide directamente e inunda la


habitación limpia y ordenada. Unos golpes en la puerta interrumpen su lectura, al otro
lado, María pide permiso para entrar. Esperanza se excusa, no se encuentra bien. María
abre, indica la presencia de una visita. Entra seguida de la partera. Esperanza interroga a
su suegra sobre la presencia de la mujer. María indica que viene a reconocerla.
Esperanza cierra el libro de poesía, lo deja sobre el palanganero.
Esperanza enfrenta a las mujeres. Según María, José necesita una prueba de su
fertilidad. Esperanza se amilana. La partera asegura que no le dolerá. María se retira
para que estén más tranquilas. Desde el pasillo, antes de cerrar la puerta ve a la partera
ayudar a Esperanza a tumbarse sobre la cama. Cierra, se dirige hacia la planta baja.

En la cocina Angela trocea patatas sobre un puchero. Al fondo, la partera cruza el


recibidor hacia el salón. Con una patata y el cuchillo en la mano, Angela se acerca a la
entrada para enterarse de lo que pasa.
En el salón, la partera informa que su nuera es estrecha de caderas, esto puede influir en
el embarazo y el parto, pero no indica problemas de esterilidad. María le agradece su
opinión de experta. La paga.
Angela regresa a su tarea. Al fondo, María despide a la partera.

Senteda en la cama con unas almohadas en la espalda, Rosa sonríe amorosa al bebé que
mama con ansiedad de su pecho. Se pregunta cómo es posible que la peor experiencia
de su vida dé un fruto tan hermoso. Valentín, sentado junto a la cama, opina que no
existe mal sin bien. Rosa le llama a su lado, reconoce la sabiduría de su madre: él es un
buen hombre. Le agradece su cariño y cuidados. Valentí está emocionado.
Rosa necesita vendas de la botica para fajar al niño, el cordón sigue sin desprenderse.

19
Esperanza está hecha un ovillo sobre la cama. Sus ojos están enrojecidos por las
lágrimas. Suenan unos golpes suaves en la puerta, ella se tapa el oído.
En el pasillo, Angela insiste, pregunta a la señorita cómo se encuentra. Esperanza
responde: necesita estar sola. Angela se ofrece en lo que necesite.

Valentín camina por una calle empedrada.


De la taberna salen los dos hombres borrachos. El hombre#1 se queja de la futura
bronca de su mujer, el segundo quiere empezar pronto la recolección.
Valentín pasa por delante de ellos. El primero exclama que no es de hombres recoger
como propios los hijos de otros. Valentín se encara con él. El hombre indica que el niño
es de José, todo el pueblo lo sabe. Valentín se acalora, exige una disculpa. El hombre le
recomienda volver a su tierra, en vez de quitarles el trabajo. Valentín se contiene, evita
pegar a un borracho. El hombre le golpea, Valentín responde. Se enzarzan.

José entra en el salón, en dirección a su madre, pasa junto al reloj de pared, marca las
doce y media. María borda junto al ventanal. Ella levanta la cabeza del bastidor. José
toma asiento a su lado.
María sospecha la respuesta del notario, José confirma la negativa de supresión de la
claúsula. María quiere hablarle seriamente: su mujer es estéril, el reconocimiento de la
partera confirma su sospecha. Enfadado, José le recrimina el daño que origina a
Esperanza.

Esperanza se mira el rostro en el espejo del palanganero. Coge agua entre las manos, se
lava, quiere borrar su humillación. Las gotas al caer salpican el libro de poesía.
Esperanza se seca con la toalla si dejar de observarse.

En la puerta de la cocina, Angela escucha al señorito acusar a su madre de intentar


hundir su matrimonio. Angela ve bajar la escalera a Esperanza, muy pálida.

En el salón, María acusa a su hijo que sus intentos de guardar las apariencias funcionan
sólo con Esperanza, ella sabe que el hijo de Rosa es suyo.
María está informada de las visitas a Rosa, de las cantidades de dinero. Tiene suerte de
que un tonto como Valentín le cubra las espaldas.

Desde el recibidor, Esperanza escucha apostillar a María que ya que el hijo es de José y
Esperanza estéril, debe disolver el matrimonio y casarse con quien pueda darle un
heredero legítimo. Esperanza sale de la casa.

José le acusa de desconocer lo que es el amor. El niño es de Javier y lo encubre por


afecto a Rosa. No destruirá su matrimonio.
María no consentirá que La Herradura sea para Javier, le odia por ser fruto de una
violación de su padre. José está espantado. Su madre añade que Javier tiene el mismo
carácter que su padre,.
José le reprocha manipularles a todos para vengarse. Aunque le desagrade, Javier tiene
tanto derecho a heredar como él.

20
A través del ventanal, Angela intenta detener a Esperanza montada en su yegua.
Esperanza la esquiva, escapa por la salida .
José quiere a su mujer, tenga o no hijos con ella. No permitirá que vuelva a humillarla o
hacerla daño. Sale del salón, sube a grandes zancadas las escaleras. Abre y entra en la
habitación vacía.
Angela le llama desde la planta baja. El se asoma. La criada le informa de la partida de
Esperanza a caballo. Angela teme por ella.

En la cocina de Lucía, Rosa en camisón, limpia a Valentín. El hombre tiene un labio


partido, le mana un hilo de sangre de la nariz, uno de los pómulos está rozado con restos
de tierra. Ella moja un paño en una palangana y le limpia con cuidado. En silencio,
Valentín aguanta el dolor.

Montado a caballo, José inspecciona los alrededores del río. Con fastidio, tira de las
bridas, cambia de dirección. Galopa entre una larga hilera de olivos en dirección al
cortijo, al fondo.

Esperanza llama a la puerta de la casa de Lucía. Le abre Valentín, con sus heridas
limpias y aún sangrantes. Esperanza viene a conocer al niño. El hombre le invita a
pasar. Cierra.

Sobre la cama de Esperanza, descansan dos maletas abiertas. Una de ellas está llena de
ropa doblada. María, saca del armario un vestido de su nuera, quita la percha, lo dobla y
lo coloca en la más vacía.
Desde la puerta, Angela la observa. Esta, sin prestarle atención, continúa su actividad.
Angela confirma que el niño es hijo de Javier. María lo sabe. Sorprendida, Angela le
hace ver que su odio por lo ocurrido veinte años atrás puede destruir a muchas personas.
María le ordena volver a sus asuntos si no quiere buscar otros suelos para fregar.

Sentada en una silla junto a la cama de Rosa, Esperanza en voz baja, pide excusas por
no traer un presente para el pequeño. Rosa le quita importancia, observa el nerviosismo
de Esperanza Esta sin tema de conversación, mira con ansiedad hacia la cuna. Rosa le
da permiso para despertar al niño, le toca mamar.
Esperanza se acerca vacilante, se inclina sobre el bebé, aparta la ropita, le observa: el
parecido con José es extraordinario. Temblorosa, le coge con suavidad, le envuelve en
una mantita, se lo entrega a su madre.
Rosa se descubre un pecho, se lo ofrece a su hijo. Esperanza, incapaz de contener su
cúmulo de sentimientos, se disculpa, sale de la habitación.

El caballo de José está atado frente a la puerta de la iglesia. Unos niños


La yegua de Esperanza lleva al paso a su dueña, lánguida y desorientada. Se acercan a
su parroquia. Esperanza ve la montura de su marido, cambia de dirección, desaparece al
trote por una calle.
José sale del templo desanimado. Baja la escalinata. Monta. Duda la dirección a tomar,
se decide por la opuesta a su mujer.

21
La modista prende con unos alfileres la manga de un vestido sobre un maniquí. En el
exterior, José pegado al cristal de la ventana con la mano sobre la frente, intenta ver el
interior. Ella se sobresalta. Se dirige hacia él, abre. José busca a su mujer. La modista le
informa que la espera al día siguiente, está preparando su vestido para la prueba. José le
da las gracias. Ella se asoma curiosa, le observa irse.

Esperanza galopa por el camino hacia la entrada de La Herradura. Su pelo ondea al


viento. Restos de lágrimas secas surcan su cara. Aminora la marcha al entrar en el patio
y va hacia la cuadra.
Desmonta. Se abraza al cuello de la yegua, la acaricia.
Entra María, quiere hablarle. Esperanza se niega a escuchar, huye hacia la salida del
cortijo. María la sigue explicándole la claúsula del testamento. Esperanza se dirige al
río, acelera el paso. María intenta chantajearla con su amor por José, si le quiere tiene
que abandonarle para que se declare nulo el matrimonio y él pueda casarse con una
mujer que le dé hijos legítimos.
Esperanza le promete marchar al día siguiente. María deja de perseguirla, sonríe
satisfecha.

Sentados en la mesa de la cocina, Lucía, Rosa y Valentín comen. El quiere proteger a


Rosa y al niño de la hostilidad de la gente. Ha tomado la decisión de irse, tal vez a su
tierra. A Lucía le parece buena idea. Se oyen golpes en la puerta. Valentín se levanta, va
a abrir.
En la entrada está José, nervioso. Este le pide ayuda para buscar a su mujer. Valentín le
informa de su extraña visita. José se percata de las heridas de Valentín, le interroga. Es
un momento inadecuado para ese tema, debe comunicarle una decisión. Es necesario
buscar a la señorita.

En el olivar, Esperanza camina desorientada. Una rama le roza en la cara, sin acusarlo,
continúa sin rumbo.

En el salón del cortijo, Angela recoge de la mesa el único plato sucio y deja los otros
dos. Manifiesta a Juana tener un mal presentimiento. Su hermana tiene hambre, le
sugiere no esperar más.

Esperanza avanza vacilante, siente un dolor en el vientre y se retuerce. Encogida, da


algunos pasos, se apoya en el tronco de un olivo, se endereza con ayuda de las ramas.
Una nueva punzada le obliga a descolgarse, se desprenden decenas de aceitunas que
caen sobre ella, desvanecida en el suelo.

José y Valentín entran a galope en el patio. José desmonta de un salto delante de la casa,
entra veloz y llama a Esperanza. En la cocina, Angela deja su comida, sale al vestíbulo
y le informa que ella no está. José le pregunta por su madre. María está en la siesta.
Desde el porche Valentín les llama, acuden. La yegua de la señorita está en la cuadra.
José decide buscarla de nuevo en el olivar. Angela va a avisar a Juana para ayudarles.
José monta a caballo. Junto a Valentín desaparecen al fondo.

Angela suda en abundancia, camina entre los olivos y grita con firmeza el nombre de
Esperanza. De su derecha llega la voz de Juana y más lejos, como un eco, las de
Valentín y José.
De tanto en tanto se agacha, otea en derredor.

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Al fondo a la izquierda, atisba un bulto extraño en el suelo. Se acerca rauda: es la
Señorita. Reclama la presencia de los demás.
Angela se agacha junto al cuerpo desmadejado de Esperanza. Toca su cuello, está
caliente y tiene pulso. Juana llega a su lado. Valentín al trote lo hace desde la izquierda.
Sin dejarle detenerse, Angela ordena a su yerno que vaya en busca del médico y lo lleve
a la casa. Valentín obedece.
José se apea antes de que su caballo se detenga. Descompuesto se acerca a su mujer.
Angela le tranquiliza, puede ser un desmayo sin importancia.
José pide ayuda a las mujeres para transportarla hasta la casa, la iza en brazos. Juana se
asusta al ver el charco de sangre bajo el vestido. José echa a correr con ella. Angela le
convence de llevarla a caballo para tardar menos.
Angela y Juana sujetan a Esperanza. José monta, entre los tres la izan delante, entre sus
brazos. La laxitud del cuerpo femenino, le obliga a ir al paso.

La habitación de María está en penumbra, ella duerme plácida.


Desde la planta de abajo llegan sonidos de un gran alboroto acercándose por la escalera.
María se despereza. Oye la voz de Angela indicar a Juana que traiga unas toallas.

Angela abre la puerta de la alcoba de Esperanza, entra. José la sigue con su mujer en
brazos. Angela retira las mantas, él la deposita sobre las sábanas. Angela le quita los
zapatos y josé le desabotona el vestido. Juana llega con las toallas, Angela le ordena que
ponga agua a hervir, puede hacer falta. Juana sale.
Entre los dos intentan sacarle el vestido sin éxito. José indica a Angela la presencia de
unas tijeras en una cajón de la cómoda. José busca el pulso a Esperanza sin encontrarlo.
Le ruega al oido que sea fuerte, él ha permitido su sufrimiento a acausa de otras
personas, le promete que no ocurrirá nunca más.

Valentín encuentra la puerta de la casa abierta y entra seguido del doctor. Al fondo en la
cocina, Juana les ve y les apremia. Ambos suben la escalera. Con su maletín de la mano
el médico entra en la alcoba. Encuentra a Esperanza en combinación recostada de lado,
Angela coloca unas toallas sobre las sábanas que sirvan de empapador.

María sale al pasillo, interroga a Valentín por la causa del alboroto. El hombre empieza
a relatarle la extraña visita de Esperanza para conocer al niño.

En la habitación, Angela termina de tapar a Esperanza, tumbada bocarriba. El doctor


con la camisa remangada, coloca su maletín sobre la mesita de noche, lo abre. Pide a
todos que salgan. Angela recoge los restos del vestido y sale. José la sigue.

En el pasillo, José ignora a su madre, decide sentarse en la escalera. Valentín termina de


relatar cómo encontraron a la Señorita. Se dirige hacia José, que tiene la cabeza oculta
entre las manos, se sienta a su lado, le tiende un cigarro. José lo acepta. Fuman.

Las manos ensangrentadas del médico se sumerjen en el agua de la palangana, salpican


pequeñas gotas rojizas sobre el libro de poesía. El doctor coge la toalla del lateral del
palanganero, deja restos de sangre al secarse en su tejido blanco.
Se baja las mangas y va hacia la puerta.

Sentado en el escalón, José apaga un cigarro en un cenicero con varias colillas. Oye al
médico llamarle y se levanta de un brinco. Todos se arremolinan en la puerta.

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El doctor le pregunta si tenía noticias del embarazo de su esposa. Sorprendido, José
niega. El médico informa del fallecimiento de la Señorita desangrada a causa de un
aborto.
Sin decir palabra, José entra en la habitación. Observa la ropa de la cama cubrir por
completo a su mujer. Descubre su cara, la besa y la pide perdón.

En el pasillo, Valentín observa derrumbarse a Angela, se acerca a ella para infundirle


ánimos.
María interroga al médico sobre la veracidad del diagnóstico. El se reafirma, entra a
buscar su maletín. Palmetea a José en el hombro y le da el pésame. José observa
destrozado el rostro del cadáver.
El médico se pone la chaqueta.
Angela se acerca por el otro lado de la cama, con voz temblorosa informa a José que
Valentín va a buscar al cura, le pide permiso para amortajar a Esperanza antes de que
llegue. El médico sale en silencio. José quiere que le ponga el vestido del viaje a Alcalá.
Angela asiente, se dirige a las maletas, José le interroga sobre ellas.

El doctor empieza a descender, María le retiene de la manga. Le manifiesta su


incredulidad, esa mañana la exploración de la partera no reveló un posible embarazo. El
doctor explica la posibilidad de que la propia fallecida desconociera su embarazo, es
probable que las maniobras durante la exploración provocasen el aborto( si el embarazo
es reciente, cualquier brusquedad puede estropearlo). María le suelta espantada.

Al fondo, desde la puerta de la habitación, José la observa. Dolido, recrimina a su madre


la preparación de las maletas de Esperanza. Se acerca a ella y le felicita por conseguir su
objetivo: destrozar su matrimonio. Le acusa de ser la culpable de la muerte de
Esperanza, le desea larga vida para saborear sus remordimientos, en compañía de Javier.
José empieza a bajar la escalera, ella intenta retenerle. Ahora no, después del sepelio él
se irá. Sacude el hombro con violencia y se zafa de su madre.

Un quinqué sobre cada mesita de noche alumbran la alcoba. Desde la puerta, Angela
contempla a Esperanza que parece dormida.
Coge las dos maletas a su lado, sale con ellas al pasillo. Se topa con María, de pie frente
a la puerta. María se interesa por saber el destino de las cosas de la difunta. Angela le
informa que el Señorito regala los vestidos de su mujer a Rosa. Angela se dirige a las
escaleras.
María sin atreverse a entrar, observa el cadáver borroso a través de sus lágrimas.

En el salón frente al ventanal, José lee emocionado el final de un poema. Cierra el libro,
la portada tiene gotas rojizas. Lo guarda en un bolsillo interior de su chaqueta. Se dirige
hacia la puerta, se detiene frente al reloj de pared que marca las cinco y cuarto. Consulta
el suyo, éste marca las diez y cinco. Indiferente, guarda el reloj de bolsillo, va hacia el
vestíbulo.

Delante de la entrada de la casa, Valentín sujeta el caballo de José. De uno de sus


costados(flancos) cuelga una maleta.

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El cielo encapotado amenaza lluvia. José se le acerca, se abrazan. José le tiende un
sobre, indica que con ése dinero pueden empezar una nueva vida, le desea suerte.
José monta, azuza al caballo hacia la salida de La Herradura.

Los cuarterones de la habitación de María están cerrados, aunque un hilo de lus indica
que fuera es de día. Sobre la blancura de la colcha se atisba su cuerpo enlutado. Su
rostro presenta una extrema palidez. Un casi imperceptible brillo en los ojos indica que
María no duerme, mira el techo, inmóvil como un cadáver. )sin pestañear)

En otra oscuridad cerrada, yace Esperanza. Con sus párpados cerrados, parece descansar
relajada, en toda su expléndida belleza.

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