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Filosofía de Platón: Ideas y Conocimiento

Platón vivió entre el 428 y 347 a.C. y fundó la Academia en el 387 a.C. Sus obras se componen de diálogos que exploran temas como la esencia de las cosas, las ideas y las cosas sensibles, la antropología y el conocimiento. Los diálogos examinan conceptos como lo bello, lo bueno y lo justo.

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Filosofía de Platón: Ideas y Conocimiento

Platón vivió entre el 428 y 347 a.C. y fundó la Academia en el 387 a.C. Sus obras se componen de diálogos que exploran temas como la esencia de las cosas, las ideas y las cosas sensibles, la antropología y el conocimiento. Los diálogos examinan conceptos como lo bello, lo bueno y lo justo.

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PLATÓN

Platón vivió aproximadamente entre el 428 y el 347 A.C.; pertenecía a una familia noble
de Atenas. En el año 387 fundó la Academia. La obra de Platón está compuesta
fundamentalmente por diálogos.

La pregunta por la esencia

Sócrates: Ahora intenta decirme muy claramente lo que te pregunté antes. En efecto, no
te has explicado suficientemente al preguntarte qué es en realidad lo pío, sino que me
dijiste que es precisamente pío lo que tú haces ahora […]
Eutifrón: He dicho la verdad, Sócrates.
Sócrates: Tal vez sí; pero hay, además, muchas otras cosas que tú afirmas que son pías.
Eutifrón: Ciertamente, lo son.
Sócrates: ¿Te acuerdas de que yo no te incitaba a exponerme uno o dos de los muchos
actos píos, sino el carácter (eidos) propio por el que todas las cosas son pías? […]
Expónme, pues, cuál es realmente ese carácter, a fin de que, dirigiendo la vista a él y
sirviéndome de él como medida, pueda yo decir que es pío un acto de esta clase que
realices tú u otra persona, y si no es de esta clase, diga que no es pío. (Eutifrón, 6d-e)

Ideas y cosas sensibles

-La realidad misma, de cuyo ser damos razón tanto al interrogar como al responder, ¿se
comporta siempre idénticamente y del mismo modo, o de manera cambiante? Lo Igual-
en-sí, lo Bello-en-sí, lo que cada cosa es, o sea lo real, ¿aceptan alguna vez un cambio
cualquiera? ¿O siempre cada una de estas realidades, al ser en sí misma única en su
aspecto, se comporta del mismo modo e idénticamente, y jamás admite por ningún
motivo alteración alguna?
-Es forzoso, Sócrates, -dijo Cebes- que se comporte del mismo modo e idénticamente.
-¿Y qué pasa con la multitud de cosas bellas, tales como hombres, caballos, vestidos u
otras cosas bellas cualesquiera, o con las cosas iguales, o con todas las cosas que tienen el
mismo nombre que aquellas cosas-en-sí?¿Se comportan acaso idénticamente o, muy al
contrario de aquellas cosas-en-sí, prácticamente nunca se comportan idénticamente ni en
sí mismas ni en sus relaciones recíprocas?
-Así es, -dijo Cebes- jamás se comportan del mismo modo.
-Pues bien, a estas muchas cosas bellas, iguales, etc., las puedes tocar, ver o percibir por
los otros sentidos, mientras que a las que se comportan idénticamente no podrás
aprehenderlas por ningún otro medio que por el uso racional de la mente, dado que éstas
son invisibles y no perceptibles a la vista.
-Dices la verdad.
-¿Quieres entonces que admitamos dos clases de cosas; una perceptible a la vista, la otra
invisible?
-Admitámoslas.
-¿Y que la invisible siempre se comporta idénticamente, en tanto que la perceptible a la
vista jamás se comporta idénticamente?
-Admitamos también eso. (Fedón, 78d-79a)

Examina entonces lo siguiente, dijo Sócrates, para ver si eres de la misma opinión que yo.
Pues me parece que, si hay alguna otra cosa bella además de lo Bello-en-sí, no es bella
por ningún otro motivo que el de que participa en aquello Bello; y lo mismo digo de todo
lo demás. […] Con simpleza, poca habilidad y tal vez ingenuamente, tengo para mí, en
cambio, que lo que hace a algo bello no es otra cosa que aquello Bello; trátese de una
presencia, o bien de una comunión, o bien de cualquier otro modo en que sobrevenga;
pues en este punto aun no estoy seguro (Fedón, 100c-d)

La antropología

De todo esto, forzosamente, ha de originarse en la mente de los genuinos filósofos una


creencia que los lleve a decir entre sí cosas como éstas: Probablemente alguna senda nos
va llevando bien, con la razón, en nuestra búsqueda, a saber que, mientras tengamos el
cuerpo y nuestra alma se halle entremezclada con semejante mal, no poseeremos
suficientemente aquello que deseamos, es decir, lo verdadero. El cuerpo, en efecto, nos
acarrea incontables distracciones debido a la necesidad de sustento, y, por si fuera poco,
nos lo atacan enfermedades que nos impiden la caza de lo real. Nos llena de amoríos,
deseos, temores, toda clase de imágenes y tonterías; de tal modo que, como se dice,
verdaderamente en lo que de él depende jamás nos sería posible ser sabios. También las
guerras, discordias y batallas no las acarrea otra cosa que el cuerpo y sus deseos. Todos
los que van a la guerra, en efecto, lo hacen por causa de la posesión de riquezas, pero es
por el cuerpo que nos vemos forzados a poseer riquezas, y en su cuidado nos volvemos
esclavos. El resultado de esto es que no nos queda tiempo libre para la filosofía. Y el
colmo de todo es que, si nos resta algún tiempo libre y nos volvemos para examinar algo,
nuevamente, por todos lados se entromete en nuestras investigaciones el cuerpo,
produciendo confusión y desorden y perturbándonos, de modo que, por su causa, no
podemos divisar lo verdadero. Sin embargo, se nos ha puesto de manifiesto realmente
que, si alguna vez hemos de poder saber algo con pureza, es necesario apartarse de él y
contemplar por medio del alma en sí misma las cosas-en-sí mismas.
Y entonces, según parece, poseeremos aquello que deseamos y de lo cual decimos ser
amantes, la sabiduría: cuando hayamos muerto -como muestra el argumento-, no mientras
vivimos. Por lo tanto, si con el cuerpo no se puede conocer nada con pureza, una de dos:
o bien no nos es posible de ningún modo poseer el saber, o bien nos es posible poseerlo
una vez muertos, ya que entonces -no antes- el alma se hallará en sí misma y por sí
misma separada del cuerpo. Y mientras vivamos, según parece, estaremos más cerca del
saber cuanto menos comerciemos o nos asociemos con el cuerpo -en la medida que no
sea de toda necesidad- y cuanto menos nos contaminemos con su naturaleza, sino que nos
purifiquemos de ella, hasta que el dios mismo nos libere. Y así purificados, tras habernos
desembarazado de la locura del cuerpo, probablemente estaremos junto a cosas
semejantes, y por nosotros mismos conoceremos todo lo incontaminado. Y esto es,
supongo, lo verdadero: al que no está puro no le es lícito tocar lo puro. (Fedón, 66b-67b)

Bien, si el alma se encuentra en tal situación, parte hacia lo que le es semejante, lo


invisible, divino, inmortal y sabio; y al llegar allí le es permitido alcanzar la felicidad,
cesando de vagar sin sentido, liberándose de temores, amores salvajes y demás males
humanos y -como se dice respecto de los iniciados en los misterios- pasando
verdaderamente el resto del tiempo en compañía de dioses. (Fedón, 81a)

El conocimiento

El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente
todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido;
de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino
el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza
toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que
quien recuerde una sola cosa -eso que los hombres llaman aprender-, encuentre él mismo
todas las demás, si es valeroso e infatigable en su búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y
el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia. (Menón, 81c-d)

Alegoría del sol


-Con frecuencia me has escuchado decir que la Idea del Bien es el objeto del estudio
supremo, a partir del cual las cosas justas y todas las demás se vuelven útiles y valiosas.
Y bien sabes que estoy por hablar de ello y, además, que no lo conocemos
suficientemente. Pero también sabes que, si no lo conocemos, por más que conociéramos
todas las demás cosas, sin aquello nada nos sería de valor, así como si poseemos algo sin
el Bien. ¿O crees que da ventaja poseer cualquier cosa si no es buena, y comprender todas
las demás cosas sin el Bien y sin comprender nada bello y bueno?
-¡Por Zeus que me parece que no!
-En todo caso sabes que a la mayoría le parece que el Bien es el placer, mientras a los
más exquisitos la inteligencia. […]
-Pero tú, Sócrates, ¿qué dices que es el Bien? ¿Ciencia, placer o alguna otra cosa? […]
-Dejemos por ahora, dichosos amigos, lo que es en sí mismo el Bien; pues me parece
demasiado como para que el presente impulso permita en este momento alcanzar lo que
juzgo de él. En cuanto a lo que parece un vástago del Bien y lo que más se le asemeja, en
cambio, estoy dispuesto a hablar, si os place a vosotros; si no, dejamos la cuestión.
-Habla, entonces, y nos debes para otra oportunidad el relato acerca del padre. […]
-Para eso debo estar de acuerdo con vosotros y recordaros lo que he dicho antes y a
menudo hemos hablado en otras oportunidades.
-¿Sobre qué?
-Que hay muchas cosas bellas, muchas buenas y así, con cada multiplicidad, decimos que
existe y la distinguimos con el lenguaje.
-Lo decimos, en efecto.
-También afirmamos que hay algo Bello en sí y Bueno en sí y, análogamente, respecto de
todas aquellas cosas que postulábamos como múltiples; a la inversa, a su vez postulamos
cada multiplicidad como siendo una unidad, de acuerdo con una Idea única, y
denominamos a cada una ‘lo que es’.
-Así es.
-Y de aquellas cosas decimos que son vistas pero no pensadas, mientras que, por su parte,
las Ideas son pensadas, mas no vistas.
-Indudablemente.
-Ahora bien, ¿por medio de qué vemos las cosas visibles?
-Por medio de la vista
-En efecto, y por medio del oído las audibles, y por medio de las demás percepciones
todas las cosas perceptibles. ¿No es así?
-Sí.
-Pues bien, ¿has advertido que el artesano de las percepciones modeló mucho más
perfectamente la facultad de ver y de ser visto?
-En realidad, no.
-Examina lo siguiente: ¿hay algo de otro género que el oído necesita para oír y la voz
para ser oída, de modo que, si este tercer género no se hace presente, uno no oirá y la otra
no se oirá?
-No, nada.
-Tampoco necesitan de algo de esa índole muchos otros poderes, pienso, por no decir
ninguno. ¿O puedes decir alguno?
-No, por cierto
-Pero, al poder de ver y de ser visto, ¿no piensas que le falta algo?
-¿Qué cosa?
-Si la vista está presente en los ojos y lista para que se use de ella, y el color está presente
en los objetos, pero no se añade un tercer género que hay por naturaleza específicamente
para ello, bien sabes que la vista no verá nada y los colores serán invisibles.
-¿A qué te refieres?
-A lo que tú llamas ‘luz’
-Dices la verdad.
-Por consiguiente el sentido de la vista y el poder de ser visto se hallan ligados por un
vínculo de una especie nada pequeña, de mayor estima que las demás ligazones de los
sentidos, salvo que la luz no sea estimable.
-Está muy lejos de no ser estimable.
-Pues bien, ¿a cuál de los dioses que hay en el cielo atribuyes la autoría de aquello por lo
cual la luz hace que la vista vea y que las más hermosas cosas visibles sean vistas?
-Al mismo que tú y que cualquiera de los demás, ya que es evidente que preguntas por el
sol.
-Y la vista, ¿no es por naturaleza en relación a este dios lo siguiente?
-¿Cómo?
-Ni la vista misma, ni aquello en lo cual se produce -lo que llamamos ‘ojo’- son el sol.
-Claro que no.
-Pero es el más afín al sol, pienso, de los órganos que conciernen a los sentidos.
-Con mucho.
-Y la facultad que posee, ¿no es algo así como un fluido que le es dispensado por el sol?
-Ciertamente.
-En tal caso, el sol no es la vista pero al ser su causa, es visto por ella misma.
-Así es.
-Entonces ya podéis decir qué entendía yo por el vástago del Bien, al que el Bien ha
engendrado análogo a sí mismo. De este modo, lo que en el ámbito inteligible es el Bien
respecto de la inteligencia y de lo que se intelige, esto es el sol en el ámbito visible
respecto de la vista y de lo que se ve.
-¿Cómo? Explícate.
-Bien sabes que los ojos, cuando se los vuelve sobre objetos cuyos colores no están ya
iluminados por la luz del día sino por el resplandor de la luna, ven débilmente, como si
no tuvieran claridad en la vista.
-Efectivamente.
-Pero cuando el sol brilla sobre ellos, ven nítidamente, y parece como si estos mismos
ojos tuvieran claridad.
-Sin duda.
-Del mismo modo piensa así en lo que corresponde al alma: cuando fija su mirada en
objetos sobre los cuales brillan la verdad y el ser, intelige, conoce y parece tener
inteligencia; pero cuando se vuelve hacia lo sumergido en la oscuridad, que nace y
perece, entonces opina y percibe débilmente con opiniones que la hacen ir de aquí para
allá, y da la impresión de no tener inteligencia.
-Eso parece, en efecto.
-Entonces, lo que aporta la verdad a las cosas cognoscibles y otorga al que conoce el
poder de conocer, puedes decir que es la Idea del Bien. Y por ser causa de la ciencia y de
la verdad, concíbela como cognoscible; y aun siendo bellos tanto el conocimiento como
la verdad, si estimamos correctamente al asunto, tendremos a la Idea del Bien por algo
distinto y más bello que ellas. Y así como dijimos que era correcto tomar a la luz y a la
vista por afines al sol pero que sería erróneo creer que son el sol, análogamente ahora es
correcto pensar que ambas cosas, la verdad y la ciencia, son afines al Bien, pero sería
equivocado creer que una u otra fueran el Bien, ya que la condición del Bien es mucho
más digna de estima.
-Hablas de una belleza extraordinaria, puesto que produce la ciencia y la verdad, y
además está por encima de ellas en cuanto a hermosura. Sin duda, no te refieres al placer.
-¡Dios nos libre! Más bien prosigue examinando nuestra comparación.
-Pienso que puedes decir que el sol no sólo aporta a lo que se ve la propiedad de ser visto,
sino también la génesis, el crecimiento y la nutrición, sin ser él mismo génesis.
-Claro que no.
-Y así dirás que a las cosas cognoscibles les viene del Bien no sólo el ser conocidas, sino
también de él les llega el ser y la esencia, aunque el Bien no sea esencia, sino algo que se
eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y a potencia. Y Glaucón se echó a reír:
-¡Por Apolo!, exclamó. ¡Qué elevación demoníaca!
-Tú eres culpable -repliqué-, pues me has forzado a decir lo que pensaba sobre ello.
(República, 505a-509b)

La Idea de Belleza

Estos son los misterios del amor, Sócrates, en los que incluso tú pudieras iniciarte.
Pero en aquellos que implican una iniciación perfecta, y el grado de la contemplación a
los que éstos están subordinados si se procede con buen método, en ésos no sé si sería
capaz de iniciarte. Te los diré en todo caso y pondré toda mi buena voluntad en el
empeño. Intenta seguirme si eres capaz. Es menester -comenzó-, si se quiere ir por el
recto camino hacia esta meta, comenzar desde la juventud a dirigirse hacia los cuerpos
bellos y, si conduce bien el iniciador, enamorarse primero de un solo cuerpo y engendrar
en él bellos discursos; comprender luego que la belleza que reside en cualquier cuerpo es
hermana de la que reside en el otro y que, si lo que se debe perseguir es la belleza de la
forma, es gran insensatez no considerar que es una sola e idéntica cosa la belleza que hay
en todos los cuerpos. Adquirido este concepto, es menester haberse enamorado de todos
los cuerpos bellos y sosegar ese vehemente apego a uno sólo, despreciándolo y
considerándolo de poca importancia. Después de esto, tener por más valiosa la belleza de
las almas que la de los cuerpos, de tal modo que si alguien es discreto de alma, aunque
tenga poca lozanía, baste ello para amarle, mostrarse solícito, engendrar y buscar palabras
tales que puedan hacer mejores a los jóvenes, a fin de ser obligado nuevamente a
contemplar la belleza que hay en las normas de conducta y en las leyes y a percibir que
todo ello está unido por parentesco a sí mismo, para considerar así que la belleza del
cuerpo es algo de escasa importancia. Después de la normas de conducta, es menester que
el iniciador conduzca a las ciencias para que el iniciado vea a su vez la belleza de éstas,
dirija su mirada a toda esa belleza, que ya es mucha, y no sea en lo sucesivo hombre vil y
de mezquino espíritu por servir a la belleza que reside en un solo ser, contentándose,
como un criado, con la belleza de un mancebo, de un hombre o de una norma de
conducta, sino que vuelva su mirada a ese inmenso mar de la belleza y su contemplación
le haga engendrar mucho, bellos y magníficos discursos y pensamientos en inagotable
filosofía, hasta que, robustecido y elevado por ella, vislumbre un ciencia única, que es tal
como la voy a explicar y que versa sobre una belleza que es así. Procura -agregó-,
prestarme toda la atención que te sea posible. En efecto, el que hasta aquí ha sido
educado en las cuestiones amorosas y ha contemplado en este orden y en debida forma
las cosas bellas, acercándose ya al grado supremo de iniciación en el amor, adquirirá de
repente la visión de algo que por naturaleza es admirablemente bello, aquello
precisamente, Sócrates, por cuya causa tuvieron lugar todas las fatigas anteriores, que en
primer lugar existe siempre, no nace ni muere, no crece ni decrece, que en segundo lugar
no es bello por un lado y feo por el otro, ni tampoco unas veces bello y otras no, ni bello
en un respecto y feo en el otro, ni aquí bello y allí feo, de tal modo que sea para unos
bello y para otros feo. Tampoco se mostrará a él la belleza, pongo por caso, como un
rostro, unas manos, ni ninguna otra cosa de las que participa el cuerpo, ni como un
razonamiento, ni como un conocimiento, ni como algo que exista en otro ser, por
ejemplo, en un viviente, en la tierra, en el cielo o en otro cualquiera, sino la propia
belleza en sí que siempre es consigo misma específicamente única, en tanto que todas las
cosas bellas participan de ella en modo tal, que aunque nazcan y mueran las demás, no
aumenta ella en nada ni disminuye, ni padece nada en absoluto. Así, pues, cuando a partir
de las realidades visibles se eleva uno a merced del recto amor de los mancebos y se
comienza a contemplar esa belleza de antes, se está, puede decirse, a punto de alcanzar la
meta. He aquí, pues, el recto método de abordar las cuestiones amorosas o de ser
conducido por otro: empezar por las cosas bellas de este mundo teniendo como fin esa
belleza en cuestión y, valiéndose de ellas como de escalas, ir ascendiendo
constantemente, yendo de un solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de
los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a las
bellas ciencias, hasta terminar, partiendo de éstas, en esa ciencia de antes, que no es
ciencia de otra cosa sino de la belleza absoluta, y llegar a conocer por último lo que es la
belleza en sí. Ese es el momento de la vida, ¡oh querido Sócrates! -dijo la extranjera de
Mantinea- en que más que en ningún otro adquiere valor el vivir del hombre: cuando éste
contempla la belleza en sí. Si alguna vez la vislumbras, no te parecerá que es comparable
ni con el oro, ni con los vestidos ni con los niños y jóvenes bellos, a cuya vista ahora te
turbas y estás dispuesto -y no sólo tú sino también otros muchos-, con tal de ver a los
amados y estar constantemente con ellos, a no comer ni beber, si ello fuera posible, sino
tan sólo a contemplarlos y a estar en su compañía. ¿Qué es, pues, lo que creemos que
ocurriría -agregó- si le fuera dado a alguno el ver la belleza en sí, en su pureza, limpia,
sin mezcla, sin estar contaminada por las carnes humanas, los colores y las demás
vanidades mortales y si pudiera contemplar esa divina belleza en sí, que es única
específicamente? ¿Crees acaso que es vil la vida de un hombre que ponga su mirada en
ese objeto, lo contemple con el órgano que debe y esté en unión con él? ¿Es que no te das
cuenta de que es únicamente en ese momento, cuando ve la belleza con el órgano con que
ésta es visible, cuando le será posible engendrar, no apariencias de virtud, ya que no está
en contacto con una apariencia, sino virtudes verdaderas, puesto que está en contacto con
la verdad; y de que al que ha procreado y alimenta una virtud verdadera le es posible
hacerse amigos de los dioses y también inmortal, si es que esto le fue posible a algún otro
hombre? (Banquete, 209 e-212 a)

El paradigma de la línea

-Está bien; de ningún modo te detengas, sino prosigue explicando la similitud respecto
del sol, si es que te queda algo por decir. […]
-Piensa entonces, como decíamos, cuáles son los dos que reinan: uno, el del género y
ámbito inteligibles; otro, el del visible…¿Captas estas dos especies, la visible y la
inteligible?
-Las capto.
-Toma ahora una línea dividida en dos partes desiguales; divide nuevamente cada sección
según la misma proporción, la del género de lo que se ve y otra la del que se intelige, y
tendrás distinta oscuridad y claridad relativas; así tenemos primeramente, en el género de
lo que se ve, una sección de imágenes. Llamo ‘imágenes’ en primer lugar a las sombras,
luego a los reflejos en el agua y en todas las cosas que, por su constitución, son densas,
lisas y brillantes, y a todo lo de esa índole. ¿Te das cuenta?
-Me doy cuenta.
-Pon ahora la otra sección de la que ésta ofrece imágenes, a la que corresponden los
animales que viven en nuestro derredor, así como todo lo que crece, y también el género
íntegro de cosas fabricadas por el hombre.
-Pongámoslo.
-¿Estás dispuesto a declarar que la línea ha quedado dividida, en cuanto a su verdad y no
verdad, de modo tal que lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo
que es copiado?
-Estoy muy dispuesto.
-Ahora examina si no hay que dividir también la otra sección de lo inteligible.
-¿De qué modo?
-De éste. Por un lado, en la primera parte de ella, el alma, sirviéndose de las cosas antes
imitadas como si fueran imágenes, se ve forzada a indagar a partir de supuestos,
marchando no hasta un principio sino hacia una conclusión. Por otro lado, en la segunda
parte, avanza hasta un principio no supuesto, partiendo de un supuesto y sin recurrir a
imágenes -a diferencia del otro caso-, efectuando el camino con Ideas mismas y por
medio de Ideas.
-No he aprehendido suficientemente esto que dices.
-Pues veamos nuevamente; será más fácil que entiendas si te digo esto antes. Creo que
sabes que los que se ocupan de geometría y de cálculo suponen lo impar y lo par, las
figuras y tres clases de ángulos y cosas afines, según lo que investigan en cada caso.
Como si las conocieran, las adoptan como supuestos, y de ahí en adelante no estiman que
deban dar cuenta de ellas ni a sí mismos ni a otros, como si fueran evidentes a cualquiera,
antes bien, partiendo de ellas atraviesan el resto de modo consecuente, para concluir en
aquello que proponían al examen.
-Sí, esto lo sé.
-Sabes, por consiguiente, que se sirven de figuras visibles y hacen discursos acerca de
ellas, aunque no pensando en éstas sino en aquellas cosas a las cuales éstas se parecen,
discurriendo en vista al Cuadrado en sí y a la Diagonal en sí, y no en vista de la que
dibujan, y así con lo demás. De las cosas mismas que configuran y dibujan hay sombras e
imágenes en el agua, y de estas cosas que dibujan se sirven como imágenes, buscando
divisar aquellas cosas en sí que no podrían divisar de otro modo que con el pensamiento.
-Dices verdad.
-A esto me refería como la especie inteligible. Pero en esta su primera sección, el alma se
ve forzada a servirse de supuestos en su búsqueda, sin avanzar hacia un principio, por no
poder remontarse más allá de los supuestos. Y para eso usa como imágenes a los objetos
que abajo eran imitados, y que habían sido conjeturados y estimados como claros
respecto de los que eran sus imitaciones.
-Comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines.
-Comprende entonces la otra sección de lo inteligible, cuando afirmo que en ella la razón
misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica, y hace de los supuestos no
principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el
principio del todo, que es no supuesto, y, tras aferrarse él, ateniéndose a las cosas que de
él dependen, desciende hasta una conclusión, sin servirse para nada de lo sensible, sino
de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas.
-Comprendo, aunque no suficientemente, ya que creo que tienes en mente una tarea
enorme: quieres distinguir lo que de lo real e inteligible es estudiado por la ciencia
dialéctica, estableciendo que es más claro que lo estudiado por las llamadas ‘artes’, para
las cuales los supuestos son principios. Y los que los estudian se ven forzados a
estudiarlos por medio del pensamiento discursivo, aunque no por los sentidos. Pero a raíz
de no hacer el examen avanzando hacia un principio sino a partir de supuestos, te parece
que no poseen inteligencia acerca de ellos, aunque sean inteligibles junto a un principio.
Y creo que llamas ‘pensamiento discursivo’ al estado mental de los geómetras y
similares, pero no ‘inteligencia’ como si el pensamiento discursivo fuera algo intermedio
entre la opinión y la inteligencia.
-Entendiste perfectamente. Y ahora aplica a las cuatro secciones estas cuatro afecciones
que se generan en el alma; inteligencia, a la suprema; pensamiento discursivo, a la
segunda; a la tercera asigna la creencia y a la cuarta la conjetura; y ordénalas
proporcionadamente, considerando que cuanto más participen de la verdad, tanto más
participan de la claridad.
-Entiendo, y estoy de acuerdo en ordenarlas como dices. (República, 509c-511e)

Alegoría de la caverna

-Después de eso -proseguí- compara nuestra naturaleza respecto de su educación y su


falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada
subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión a la
luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que
deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar
en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás
de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual
imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros
levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.
-Me lo imagino.
-Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de
utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de
diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
-Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
-Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos
de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna
que tienen frente a sí?
-Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.
-¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del
tabique?
-Indudablemente
-Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a
los objetos que pasan y que ellos ven?
-Necesariamente.
-Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y algunos de los
que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen
proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
-¡Por Zeus que sí!
-¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos
artificiales transportados?
-Es de toda necesidad.
-Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su
ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado
y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y, al hacer
todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas
cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que
había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real,
vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de
los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre
lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que
antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?
-Mucho más verdaderas.
-Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de
eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son
realmente más claras que las que se le muestran?
-Así es.
-Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes
de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras
llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los
objetos que ahora decimos que son los verdaderos?
-Por cierto, al menos inmediatamente.
-Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar
miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los
otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A
continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la
luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
-Sin duda.
-Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros
lugares que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio
ámbito.
-Necesariamente.
-Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y
los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las
cosas que ellos habían visto.
-Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
-Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus
entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los
compadecería?
-Por cierto.
-Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas
para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás
del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente
antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuera capaz de adivinar lo que iba a
pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y
poderosos entre aquellos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero y
<preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre> o soportar cualquier
otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
-Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
-Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría
ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
-Sin duda.
-Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con
aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta
que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve,
¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se
había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba?
Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo
en sus manos y matarlo?
-Seguramente (República, 514a-517a)

Bibliografía:

Eutifrón, Menón, República, Gredos.


Fedón, Eudeba
Banquete, Sarpe
Alberto Merlo, Selección de textos.

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