Niebla: Prólogo de Unamuno
Niebla: Prólogo de Unamuno
Prólogo
Se empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo
un prólogo a este su libro en que relata la tan lamentable
historia de mi buen amigo Augusto Pérez y su misteriosa
muerte, y yo no puedo menos sino escribirlo, porque los
deseos del señor Unamuno son para mí mandatos en la
más genuina acepción de este vocablo. Sin haber yo llega-
do al extremo de escepticismo hamletiano1 de mi pobre
amigo Pérez, que llegó hasta a dudar de su propia existen-
cia, estoy por lo menos firmemente persuadido de que ca-
rezco de eso que los psicólogos llaman libre albedrío2,
aunque para mi consuelo creo también que tampoco goza
don Miguel de él.
Parecerá acaso extraño a alguno de nuestros lectores que
sea yo, un perfecto desconocido en la república de las letras
españolas, quien prologue un libro de don Miguel, que es ya
ventajosamente conocido en ella, cuando la costumbre es
que sean los escritores más conocidos los que hagan en los
prólogos la presentación de aquellos otros que lo sean me-
nos. Pero es que nos hemos puesto de acuerdo don Miguel y
yo para alterar esta perniciosa costumbre, invirtiendo los tér-
minos, y que sea el desconocido el que al conocido presente.
1
Escepticismo profundo, estado neurótico de duda similar al de Ha-
mlet. Se refiere aquí al tema principal de la novela.
2
carezco... albedrío: es decir, mi voluntad no se realiza libremente (comen-
tario que indica con cierta ironía que el prologuista está dominado por
Unamuno, esto es, su autor).
73
Porque en rigor los libros más se compran por el cuerpo del
texto que no por el prólogo, y es natural, por lo tanto, que
cuando un joven principiante, como yo, desee darse a cono-
cer, en vez de pedir a un veterano de las letras que le escriba
un prólogo de presentación debe rogarle que le permita po-
nérselo a una de sus obras. Y esto es a la vez resolver uno de
los p
problemas de ese eterno pleito
p de los jóvenes
j y los viejos.
j
Únenme, además, no pocos lazos con don Miguel de
Unamuno. Aparte de que este señor saca a relucir en este li-
bro, sea novela o nivola —y conste que esto de la nivola es
invención mía3—, no pocos dichos y conversaciones que
con el malogrado Augusto Pérez tuve, y que narra también
en ella la historia del nacimiento de mi tardío hijo Victorci-
to, parece que tengo algún lejano parentesco con don Mi-
guel, ya que mi apellido es el de uno de sus antepasados, se-
gún doctísimas investigaciones genealógicas de mi amigo
Antolín S. Paparrigópulos4, tan conocido en el mundo de la
erudición.
Yo no puedo prever ni la acojida5 que esta nivola obten-
drá de parte del público que lee a don Miguel, ni cómo se la
tomarán a éste. Hace algún tiempo que vengo siguiendo
con alguna atención la lucha que don Miguel ha entablado
con la ingenuidad pública y estoy verdaderamente asombra-
do de lo profunda y cándida que es ésta. Con ocasión de sus
artículos en el Mundo Gráfico6 y alguna7 otra publicación
análoga, ha recibido don Miguel algunas cartas y recortes de
periódicos de provincias que ponen de manifiesto los teso-
ros de candidez ingenua y de simplicidad palomina8 que to-
3
Sobre el neologismo unamuniano nivola, véase la página 2002 del
texto.
4
Personaje bufo hecho del mismo molde que don Fulgencio de En-
trambosmares de Amor y pedagogía (1902). Es probable que Unamuno se
sirviera del apellido del historiador griego Konstantinos Paparrigopoulos
(1815-1891), cuya obra conocía, para darle nombre a su personaje. Tanto
Entrambosmares, como Paparrigópulos son burlas de Marcelino Menén-
dez Pelayo (1856-1912), cuya investigación desdeñaba Unamuno.
5
acojida: Ortografía personal de Unamuno.
6
Revista española de la época.
7
(Ms. 1907) y en alguna cambia a y alguna (ed. 1935).
8
(Ms. 1907) colombina cambia a palomina (ed. 1914).
74
davía se conservan en nuestro pueblo. Una vez comentan
aquella su frase de que el Sr. Cervantes9 (don Miguel) no
carecía de algún ingenio, y parece se escandalizan de la irre-
verencia; otra se enternecen por esas melancólicas reflexio-
nes sobre la caída de las hojas; ya se entusiasman por su gri-
to ¡guerra a la guerra! que le arrancó el dolor de ver que los
hombres se mueren aunque no los maten; ya reproducen
aquel puñado de verdades no paradójicas que publicó des-
pués de haberlas recojido por todos los cafés, círculos y co-
tarrillos, donde andaban podridas de puro manoseadas y
hediendo a ramplonería ambiente, por lo que las reconocie-
ron como suyas los que las reprodujeron, y hasta ha habido
palomilla sin hiel que se ha indignado de que este logómaco
de don Miguel escriba algunas veces Kultura con K mayús-
cula, y después de atribuirse habilidad para inventar ameni-
dades, reconozca ser incapaz de producir colmas y juegos de
palabras, pues sabido es que para este público ingenuo, el
ingenio y la amenidad se reducen a eso: a los colmos y a los
juegos de palabras10.
Y menos mal que ese ingenuo público no parece haberse
dado cuenta de alguna otra de las diabluras de don Miguel,
a quien a menudo le pasa lo de pasarse de listo, como es
aquello de escribir un artículo y luego subrayar al azar unas
palabras cualesquiera de él, invirtiendo las cuartillas para no
poder fijarse en cuáles lo hacía. Cuando me lo contó, le pre-
gunté por qué había hecho eso, y me dijo: «¡Qué sé yo..., por
buen humor! ¡Por hacer una pirueta! ¡Ah, además porque11
me encocoran y ponen de mal humor los subrayados y las
palabras en bastardilla! ¡Eso es insultar al lector, es llamarle
torpe, es decirle: fíjate, hombre, fíjate, que aquí hay inten-
9
Miguel
g de Cervantes Saavedra (1547-1616). Téngase en cuenta que
Don Quijote de la Mancha figura
g como la obra mayor de toda la lectura de
Unamuno y que su Vida de Don Quijote y Sancho (1905) nos ofrece la base
teórica de Niebla. Carlos París ha estudiado a fondo el papel fundamental
de la interpretación unamuniana de la obra de Cervantes en relación con
g que desarrolla en Niebla. Véase Carlos París, Unamu-
su propia ontología
no, estructura de su mundo intelectual, Barcelona, Península, 1968.
10
(Ms. 1907) y los juegos de palabras cambia a y a los juegos (ed. 1935).
11
(Ms. 1907) y además porque cambia a ¡Ah, además porque (ed. 1935).
75
ción! ¡Y por eso le recomendaba yo a un señor que escribiese
sus artículos todo en bastardilla para que el público se diese
cuenta de que eran intencionadísimos desde la primera pala-
bra a la última! Eso no es más que la pantomima de los escri-
tos; querer sustituir en ellos con el gesto lo que no se expresa
con el acento y entonación. Y fíjate, amigo Víctor, en los pe-
riódicos de la extrema derecha, de eso que llamamos inte-
grismo12, y verás cómo abusan de la bastardilla, de la versali-
ta, de las mayúsculas, de las admiraciones y de todos los
recursos tipográficos. ¡Pantomima, pantomima, pantomima!
Tal es la simplicidad de sus medios de expresión, o, más
bien, tal es la conciencia que tienen de la ingenua simplici-
dad de sus lectores. Y hay que acabar con esta ingenuidad».
Otras veces le he oído sostener a don Miguel que eso que
se llama por ahí humorismo, el legítimo, ni ha prendido en
España apenas, ni es fácil que en ella prenda en mucho
tiempo. Los que aquí se llaman humoristas, dice, son satí-
ricos unas veces y otras irónicos, cuando no puramente fes-
tivos. Llamar humorista a Taboada13, verbigracia, es abusar
del término. Y no hay nada menos humorístico que la sáti-
ra áspera, pero clara y transparente, de Quevedo14, en la
que se ve el sermón en seguida. Como humorista no hemos
tenido más que a Cervantes15, y si éste levantara la cabeza,
¡cómo había de reírse —me decía don Miguel— de los que
se indignaron de que yo le reconociese algún imperio, y, so-
bre todo, cómo se reiría de los ingenuos que han tomado
en serio alguna de sus más sutiles tomaduras de pelo! Por-
que es indudable que entraba en la burla —burla muy en
serio— que de los libros de caballería16 hacía el remedar el
estilo de éstos, y aquello de «no bien el rubicundo Febo,
12
Partido político español fundado a fines del siglo XIXX y basado en el
mantenimiento de la integridad de la tradición española.
13
Luis Taboada (1848-1906), periodista español, autor de artículos hu-
morísticos y satíricos.
14
Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), poeta, novelista, teó-
logo,
g historiador, y político español.
15
(Ms. 1907) que Cervantes cambia a que a Cervantes (ed. 1935).
16
(Ms. 1907) caballería cambia a caballerías (ed. 1914).
76
etc.»17 que como modelo de estilo presentan algunos inge-
nuos cervantistas, no pasa de ser una graciosa caricatura del
barroquismo literario. Y no digamos nada de aquello de to-
mar por un modismo lo de «la del alba sería»18, con que
empieza un capítulo, cuando el anterior acaba con la pala-
bra hora.
Nuestro público, como todo público poco culto, es natural-
mente receloso, lo mismo que lo es nuestro pueblo. Aquí nadie
quiere que le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se queden
con él, y así, en cuanto alguien le habla, quiere saber desde lue-
go a qué atenerse o si lo hace en broma o en serio19. Dudo que
en otro pueblo alguno moleste tanto el que se mezclen las bur-
las con las veras, y en cuanto a eso de que no se sepa bien si una
cosa va o no en serio, ¿quién de nosotros lo soporta? Y es mu-
cho más difícil que un receloso español de término medio se dé
cuenta de que una cosa está dicha en serio y en broma a la vez,
de veras y de burlas, y bajo el mismo respecto.
Don Miguel tiene la preocupación del bufo trágico, y me
ha dicho más de una vez que no quisiera morirse sin haber
escrito una bufonada trágica o una tragedia bufa, pero no en
que lo bufo o grotesco y lo trágico estén mezclados o yuxta-
puestos, sino fundidos y confundidos en uno. Y como yo le
hiciese observar que eso no es sino el más desenfrenado ro-
manticismo, me contestó: «No lo niego, pero con poner mo-
tes a las cosas no se resuelve nada. A pesar de mis más de
veinte años de profesar la enseñanza de los clásicos, el clasi-
cismo que se opone al romanticismo no me ha entrado. Di-
cen que lo helénico es distinguir, definir, separar; pues lo
mío es indefinir, confundir».
Y el fondo de esto no es más que una concepción, o mejor
aún que concepción, un sentimiento de la vida que no me
17
no bien el rubicundo Febo, etc.: Aquí parece ser que el prologuista está
tratando de reproducir las palabras iniciales del capítulo XX, parte II, de
Don Quijote de la Mancha. La cita no es completamente fiel al original, que
dice así: «Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente
Febo...»
18
Palabras con que comienza el capítulo IV, parte I, de Don Quijote de
la Mancha.
19
(Ms. 1907) broma y en serio cambia a broma o en serio (ed. 1914).
77
atrevo a llamar pesimista porque sé que esta palabra no le
gusta a don Miguel. Es su idea fija, monomaniaca, de que si
su alma no es inmortal y no lo son las almas de los demás
hombres y aun de todas las cosas, e inmortales en el sentido
mismo en que las creían ser los ingenuos católicos de la Edad
Media, entonces, si no es así, nada vale nada ni hay esfuerzo
que merezca la pena. Y de aquí la doctrina del tedio de Leo-
pardi20 después que pereció su engaño extremo,
20
Giacomo Leopardi (1798-1837), poeta italiano cuya obra presenta
una visión pesimista de la vida.
21
Verso tercero del poema A se stesso (A sí mismo): «que yo eterno me
creí».
22
Etienne de Sénancour (1770-1846), escritor francés, autor de la no-
vela autobiográfica Obermann.
23
Antero de Quental (1842-1891), poeta portugués.
24
Neologismo de Unamuno, acritud que confunde y desconcierta.
78
Todo lo cual le lleva a una tarea muy desagradable y poco
agradecida, de la que dice que no es sino un masaje de la in-
genuidad pública, a ver si el ingenio colectivo de nuestro
pueblo se va agilizando y sutilizando poco a poco. Porque le
saca de sus casillas el que digan que nuestro pueblo, sobre
todo el meridional, es ingenioso. «Pueblo que se recrea en
las corridas de toros y halla variedad y amenidad en ese es-
pectáculo sencillísimo está juzgado en cuanto a mentali-
dad», dice. Y agrega que no puede haber mentalidad más
simple y más córnea que la de un aficionado. ¡Vaya usted
con paradojas más o menos humorísticas al que acaba de
entusiasmarse con una estocada de Vicente Pastor!25 Y abo-
mina del género festivo de los revisteros de toros, sacerdotes
del juego
g de vocablos y de toda la bazofia del ingenio de pu-
chero26.
Si a esto se añade los juegos de conceptos metafísicos en
que se complace, se comprenderá que haya muchas gen-
tes que se aparten con disgusto de su lectura, los unos por-
que tales cosas les levantan dolor de cabeza, y los otros
porque, atentos a lo de que sancta sancte tractanda sunt, lo
santo ha de tratarse santamente, estiman que esos conceptos
no deben dar materia para burlas y jugueteos. Mas él dice a
esto que no sabe por qué han de pretender que se trate en se-
rio ciertas cosas los hijos espirituales de quienes se burlaron
de las más santas, es decir, de las más consoladoras creencias
y esperanzas de sus hermanos. Si ha habido quien se ha bur-
lado de Dios, ¿por qué no hemos de burlarnos de la Razón,
de la Ciencia y hasta de la Verdad? Y si nos han arrebatado
nuestra más cara y más íntima esperanza vital, ¿por qué no
hemos de confundirlo todo para matar el tiempo y la eterni-
dad y para vengarnos?
Fácil es también que salga diciendo alguno que hay en
este libro pasajes escabrosos, o, si se quiere, pornográficos;
pero ya don Miguel ha tenido buen cuidado de hacerme de-
cir a mí algo al respecto en el curso de esta nivola. Y está dis-
puesto a protestar de esa imputación y a sostener que las
25
Torero español contemporáneo de Unamuno.
26
ingenio de puchero: ‘ingenio crudo, fragmentario, primitivo, vulgar’.
79
crudezas que aquí pueden hallarse, ni llevan intención de
halagar apetitos27 de la carne pecadora, ni tienen otro obje-
to que ser punto de arranque imaginativo para otras consi-
deraciones.
Su repulsión a toda forma de pornografía es bien conocida
por cuantos28 le conocen. Y no sólo por las corrientes razo-
nes morales, sino porque estima que la preocupación libidi-
nosa es lo que más estraga la inteligencia. Los escritores por-
nográficos, o simplemente eróticos, le parecen los menos
inteligentes, los más pobres de ingenio, los más tontos, en
fin. Se ha oído decir que de los tres vicios de la clásica terna
de ellos: las mujeres, el juego y el vino, los dos primeros es-
tropean más la mente que el tercero. Y conste que don Mi-
guel no bebe más que agua. «A un borracho se le puede ha-
blar —me decía una vez— y hasta dice cosas; pero ¿quién
resiste la conversación de un jugador o un mujeriego? No
hay por debajo de ella sino la de un aficionado a toros, col-
mo y copete de la estupidez.»
No me extraña a mí, por otra parte, este consorcio de lo
erótico con lo metafísico, pues creo saber que nuestros pue-
blos empezaron siendo, como sus literaturas nos lo mues-
tran, guerreros y religiosos, para pasar más tarde a eróticos y
metafísicos. El culto a la mujer coincidió con el culto a las
sutilezas conceptistas. En el albor espiritual de nuestros pue-
blos, en efecto, en la Edad Media, la sociedad bárbara sentía
la exaltación religiosa y aun mística y la guerrera —la espada
lleva cruz en el puño—; pero la mujer ocupaba muy poco y
muy secundario lugar en su imaginación, y las ideas estricta-
mente filosóficas dormitaban, envueltas en teología, en los
claustros conventuales. Lo erótico y lo metafísico se desarro-
llan a la par. La religión es guerrera; la metafísica es erótica o
voluptuosa.
Es la religiosidad lo que le hace al hombre ser belicoso o
combativo, o bien es la combatividad la que le hace religioso,
y por otro lado es el instinto metafísico, la curiosidad de sa-
27
(Ms. 1907) de halagar apetitos cambia a de halagar a apetitos (ed. 1928)
y regresa
g a de halagar apetitos (ed. 1935).
28
(Ms. 1907) conocida de cuantos cambia a conocida por cuantos (ed. 1928).
80
ber lo que no nos importa, el pecado original, en fin, lo que
le hace sensual al hombre, o bien es la sensualidad la que,
como a Eva, le despierta el instinto metafísico, el ansia de co-
nocer la ciencia del bien y del mal. Y luego hay la mística,
una metafísica de la religión que nace de la sensualidad de la
combatividad.
Bien sabía esto aquella cortesana ateniense, Teodota, de
que Jenofonte29 nos cuenta en sus Recuerdos30 la conversa-
ción que con Sócrates31 tuvo, y que proponía al filósofo, en-
cantada de su modo de investigar, o más de partear la verdad,
que se convirtiera en celestino de ella y le ayudase a cazar
amigos. (Synthérates32, con-cazador, dice el texto, según don
Miguel, profesor de griego, que es a quien debo esta intere-
santísima y tan reveladora noticia.) Y en toda aquella
interesantísima conversación entre Teodota, la cortesana, y
Sócrates, el filósofo partero, se ve bien claro el íntimo paren-
tesco que hay entre ambos oficios, y cómo la filosofía es en
grande y buena parte lenocinio, y el lenocinio es también fi-
losofía.
Y si todo esto no es así como digo, no se me negará al me-
nos que es ingenioso, y basta.
No se me oculta, por otra parte, que no estará conforme
con esa mi distinción entre religión y belicosidad de un lado
y filosofía y erótica de otro, mi querido maestro don Fulgen-
cio Entrambosmares del Aquilón33, de quien don Miguel ha
dado tan circunstanciada noticia en su novela o nivola Amor
y pedagogía.
g Presumo que el ilustre autor del Ars magna com-
binatoria34 establecerá: una religión guerrera y una religión eró-
tica, una metafísica guerrera y otra erótica, un erotismo reli-
29
Jenofonte (c. 430-355 antes de J. C.): historiador y militar ateniense.
30
Recuerdos: colección de memorias, la mayor parte de ellas sobre Só-
crates.
31
Sócrates (c. 469-399 antes de J. C.): filósofo griego. Conocemos sus
ideas por los escritos de Platón y Jenofonte.
32
Compañero de caza.
33
Don Fulgencio Entrambosmares del Aquilón: personaje de la novela de
Unamuno Amor y pedagogía (1902).
34
Obra de don Fulgencio Entrambosmares del Aquilón. Véase la nota
anterior.
81
gioso y un erotismo metafísico, un belicosismo metafísico y
otro religioso, y, por otra parte, una religión metafísica y una
metafísica religiosa, un erotismo guerrero y un belicosismo
erótico; todo esto aparte de la religión religiosa, la metafísica
metafísica, el erotismo erótico y el belicosismo belicoso. Lo
que hace dieciséis combinaciones binarias. ¡Y no digo nada
de las ternarias del género; verbigracia, de una religión meta-
físico-erótica o de una metafísica guerrero-religiosa! Pero yo
no tengo ni el inagotable ingenio combinatorio de don Ful-
gencio ni menos el ímpetu confusionista e indefinicionista
de don Miguel.
Mucho se me ocurre atañedero al inesperado final de este
relato y a la versión que en él da don Miguel de la muerte de
mi desgraciado amigo Augusto, versión que estimo errónea;
pero no es cosa de que me ponga yo ahora aquí a discutir
en este prólogo con mi prologado. Pero debo hacer cons-
tar en descargo de mi conciencia que estoy profundamente
convencido de que Augusto Pérez, cumpliendo el propósito
de suicidarse, que me comunicó en la última entrevista que
con él tuve, se suicidó realmente y de hecho, y no sólo ideal-
mente y de deseo. Creo tener pruebas fehacientes en apoyo
de mi opinión; tantas y tales pruebas, que deja de ser opi-
nión para llegar a conocimiento.
Y con esto acabo.
Víctor Goti.
82
Post-Prólogo
De buena gana discutiría aquí alguna de las afirmaciones
de mi prologuista, Víctor Goti; pero como estoy en el secre-
to de su existencia —la de Goti—, prefiero dejarle la entera
responsabilidad de lo que en ese su prólogo dice. Además,
como fui yo quien le rogué que me lo escribiese1, compro-
metiéndome de antemano —o sea a priori— a aceptarlo tal
y como me lo diera, no es cosa ni de que lo rechace, ni si-
quiera de que me ponga a corregirlo y rectificarlo ahora a
trasmano —o sea a posteriori—. Pero otra cosa es que deje
pasar ciertas apreciaciones suyas sin alguna mía.
No sé hasta qué punto sea lícito hacer uso de confiden-
cias vertidas en el seno de la más íntima amistad y llevar al
público opiniones o apreciaciones que no las destinaba a él
quien las profiriera. Y Goti ha cometido en su prólogo la in-
discreción de publicar juicios míos que nunca tuve la inten-
ción de que se hiciesen públicos. O, por lo menos, nunca
quise que se publicaran con la crudeza con que en privado
los exponía.
Y respecto a su afirmación de que el desgraciado... Aun-
que desgraciado, ¿por qué? Bien; supongamos que lo hu-
biese sido. Su afirmación, digo, de que el desgraciado, o lo
que fuese, Augusto Pérez se suicidó y no murió como yo
cuento su muerte, es decir, por mi libérrimo albedrío y deci-
sión, es cosa que me hace sonreír. Opiniones hay, en efecto,
1
(Ms. 1907) que me lo escribiese cambia a que lo escribiese (ed. 1928) y
regresa a que me lo escribiese (ed. 1935).
83
que no merecen sino una sonrisa. Y debe2 andarse mi amigo
y prologuista Goti con mucho tiento en discutir así mis de-
cisiones, porque si me fastidia mucho acabaré por hacer con
él lo que con su amigo Pérez hice, y es que lo dejaré3 morir o
le mataré a guisa de médico, los cuales ya saben mis lectores
que se mueven en este dilema: o dejan morir al enfermo por
miedo a matarle, o le matan por miedo de que se les muera.
Y así, yo soy capaz de matar a Goti si veo que se me va a mo-
rir, o de dejarle morir si temo haber de matarle.
Y no quiero prolongar más este post-prólogo, que es lo
bastante para darle la alternativa a mi amigo Víctor Goti, a
quien agradezco su trabajo.
M. de U.
2
(Ms. 1907) Y debe de cambia a Y debe (ed. 1935).
3
(Ms. 1907) que le dejaré cambia a que lo dejaré (ed. 1935).
84
I
85
«Y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquier-
da?». Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante
de la vida. «Esperaré a que pase un perro —se dijo— y tomaré
la dirección inicial que él tome.»
En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida
moza, y tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse de
ello cuenta, Augusto.
Y así una calle y otra y otra.
«Pero aquel chiquillo —iba diciéndose Augusto, que más
bien que pensaba hablaba consigo mismo—, ¿qué hará allí,
tirado de bruces en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga,
de seguro! ¡La hormiga, ¡bah!, uno de los animales más hi-
pócritas! Apenas hace sino pasearse y hacernos creer que tra-
baja. Es como ese gandul que va ahí, a paso de carga, co-
deando a todos aquellos con quienes se cruza, y no me cabe
duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que
hacer, hombre, qué ha de tener que hacer! Es un vago, un
vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no
descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y
no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento. Porque,
vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone
ahí, detrás de esa vidriera, a darle al rollo majadero, para
que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino
un vago? Y a nosotros, ¿qué nos importa que trabaje o no?
¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo el de ese
pobre paralítico que va ahí medio arrastrándose... Pero ¿y
qué sé yo? ¡Perdone, hermano! —esto se lo dijo en voz
alta—. ¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis! Dicen
que todos somos hijos de Adán. Y este, Joaquinito, ¿es tam-
bién hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el in-
evitable automóvil, ruido y polvo! ¿Y qué se adelanta con
suprimir
p así distancias? La manía de viajar viene de topofo-
bia4 y no de filotopía5, el que viaja mucho va huyendo de
cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega.
Viajar... Viajar... Qué chisme molesto es el paraguas... Ca-
lla, ¿qué es esto?»
4
Neologismo de Unamuno, odio al lugar donde uno se encuentra.
5
Neologismo de Unamuno, afición a visitar nuevos lugares.
86
Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entra-
do la garrida moza que le llevara imantado tras de sus ojos.
Y entonces se dio cuenta Augusto de que la había venido si-
guiendo. La portera de la casa le miraba con ojillos malicio-
sos, y aquella mirada le sugirió
g a Augusto lo que entonces
debía hacer. «Esta Cerbera6 aguarda —se dijo— que le pre-
gunte por el nombre y circunstancias de esta señorita a que
he venido siguiendo, y, ciertamente, esto es lo que procede
ahora. Otra cosa sería dejar mi seguimiento sin coronación,
y eso no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!»
Metió la mano al bolsillo y no encontró en él sino un duro.
No era cosa de ir entonces a cambiarlo; se perdería tiempo
y ocasión en ello.
—Dígame, buena mujer —interpeló a la portera sin sacar
el índice y el pulgar del bolsillo—, ¿podría decirme aquí, en
confianza y para inter nos, el nombre de esta señorita que
acaba de entrar?
—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.
—Por lo mismo.
—Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.
—¿Domingo? Será Dominga...
—No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.
—Pues cuando se trata de mujeres, ese apellido debía cam-
biarse en Dominga. Y si no, ¿dónde está la concordancia?
—No la conozco, señor.
—Y dígame..., dígame... —sin sacar los dedos del bolsi-
llo—, ¿cómo es que sale así sola? ¿Es soltera o casada? ¿Tiene
padres?
—Es soltera y huérfana. Vive con unos tíos...
—¿Paternos o maternos?
—Sólo sé que son tíos.
—Basta y aun sobra.
—Se dedica a dar lecciones de piano.
—¿Y lo toca7 bien?
—Ya tanto no sé.
6
Referencia a Cerberus, el monstruo que, según la mitología clásica, guar-
daba la entrada de las regiones
g infernales.
7
(Ms. 1907) ¿Y le toca cambia a ¿Y lo toca (ed. 1935).
87
—Bueno, bien, basta; y tome por la molestia.
—Gracias, señor, gracias. ¿Se le ofrece algo más8? ¿Puedo
servirle en algo? ¿Desea le lleve algún mandado?
—Tal vez..., tal vez... No por ahora... ¡Adiós!
—Disponga de mí, caballero, y cuente con una absoluta
discreción.
«Pues, señor —iba diciéndose Augusto al separarse de la
portera—, ve aquí cómo he quedado comprometido con esta
buena mujer. Porque ahora no puedo dignamente dejarlo así.
Qué dirá, si no de mí este dechado de porteras. ¿Conque...
Eugenia Dominga, digo Domingo del Arco? Muy bien, voy a
apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte mnemo-
técnica que llevar un libro de memorias en el bolsillo. Ya lo
decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo
que os quepa en el bolsillo! A lo que habría que añadir por
complemento: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la
cabeza! Y la portera, ¿cómo se llama la portera?»
Volvió unos pasos atrás.
—Dígame una cosa más, buena mujer...
—Usted mande...
—Y usted, ¿cómo se llama?
—¿Yo? Margarita.
—¡Muy bien, muy bien..., gracias!
—No hay de qué.
Y volvió a marcharse Augusto, encontrándose al poco rato
en el paseo de la Alameda.
Había cesado la llovizna. Cerró y plegó su paraguas y lo
enfundó. Acercose a un banco, y al palparlo se encontró con
que estaba húmedo. Sacó un periódico, lo colocó sobre el
banco y sentose. Luego, su cartera, y blandió su pluma esti-
lográfica. «He aquí un chisme utilísimo —se dijo—; de otro
modo tendría que apuntar con lápiz el nombre de esa seño-
rita y podría borrarse. ¿Se borrará su imagen de mi memoria?
Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo
de unos ojos... Tengo la sensación del toque de unos ojos...
Mientras yo divagaba líricamente, unos ojos tiraban dulce-
mente de mi corazón. ¡Veamos! Eugenia Domingo, sí, Do-
8
(Ms. 1907) ¿Se le ofrece más? cambia a ¿Se le ofrece algo más? (ed. 1928).
88
mingo, del Arco. ¿Domingo? No me acostumbro a eso de
que se llame Domingo... No; he de hacerle cambiar el ape-
llido y que se llame Dominga. Pero, y nuestros hijos varo-
nes, ¿habrán de llevar por segundo apellido el de Dominga?
Y como han de suprimir el mío, este impertinente Pérez,
dejándolo en una P., ¿se ha de llamar nuestro primogénito
Augusto P. Dominga? Pero... ¿dónde me llevas, loca fanta-
sía?» Y apuntó en su cartera: Eugenia Domingo del Arco.
Avenida de la Alameda, 58. Encima de esta apuntación ha-
bía estos dos endecasílabos:
De la cuna nos viene la tristeza
Y también de la cuna la alegría...
89
II
1
no hacía sino seis meses: dato que olvida Unamuno ya que en el capítu-
lo IV dice que hacía dos años que había muerto la madre de Augusto.
90
quedó dormido porque había pasado mala noche, de in-
somnio.
—¡Señorito!
—¿Eh? —exclamó despertándose.
—Está ya servido el almuerzo.
¿Fue la voz del criado, o fue el apetito, de que aquella voz
no era sino un eco, lo que le despertó? ¡Misterios psicológi-
cos! Así pensó Augusto, que se fue al comedor diciéndose:
«¡Oh, la psicología!».
Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días: un
par de huevos fritos, un bisteque con patatas y un trozo de
queso Gruyére. Tomó luego su café y se tendió en la mece-
dora. Encendió un habano, se lo llevó a la boca, y diciéndo-
se: «¡Ay, mi Eugenia!», se dispuso a pensar en ella.
«¡Mi Eugenia, sí, la mía —iba diciéndose—, ésta que me
estoy forjando a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no
la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita,
no la de la portera! ¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no
lo es? ¿Cuál es la lógica de las apariciones? La de la sucesión
de estas figuras que forman las nubes del humo del cigarro.
¡El azar! El azar es el íntimo ritmo del mundo, el azar es el
alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia! Esta mi vida man-
sa, rutinaria, humilde, es una oda pindárica2 tejida con las
mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan nues-
tro de cada día dánosle hoy! Dame, Señor, las mil menuden-
cias de cada día. Los hombres no sucumbimos a las grandes
penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas
alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de peque-
ños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una ne-
bulosa. Ahora surge de ella Eugenia. ¿Y quién es Eugenia?
¡Ah!, caigo en la cuenta de que hace tiempo la andaba buscan-
do. Y mientras yo la buscaba, ella me ha salido al paso. ¿No es
esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una apari-
ción que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su
busca, se le viene al encuentro? ¿No salió la América a buscar
2
De Píndaro (c. 518-438 a. C.), poeta lírico griego que desarrolló la oda
triunfal, casi siempre evocando un mito para celebrar victorias atléticas.
91
a Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia!
¡Eugenia! ¡Eugenia!»
Y Augusto se encontró pronunciando en voz alta el nom-
bre de Eugenia. Al oírle llamar, el criado, que acertaba a pa-
sar junto al comedor, entró diciendo:
—¿Llamaba, señorito?
—¡No; a ti, no! Pero, calla, ¿no te llamas tú Domingo?
—Sí, señorito —respondió Domingo sin extrañeza algu-
na por la pregunta que se le hacía.
—¿Y por qué te llamas Domingo?
—Porque así me llaman.
«Bien, muy bien —se dijo Augusto—; nos llamamos co-
mo nos llaman. En los tiempos homéricos tenían las perso-
nas y las cosas dos nombres, el que les daban los hombres y
el que les daban los dioses. ¿Cómo me llamará Dios? ¿Y por
qué no he de llamarme yo de otro modo que como los demás
me llaman? ¿Por qué no he de dar a Eugenia otro nombre
distinto del que le dan los demás, del que le da Margarita, la
portera? ¿Cómo la llamaré?»
—Puedes irte —le dijo al criado.
Se levantó de la mecedora, fue al gabinete, tomó la pluma
y se puso a escribir:
«Señorita: Esta misma mañana, bajo la dulce llovizna del
cielo, cruzó usted, aparición fortuita, por delante de la puer-
ta de la casa donde aún vivo y ya no tengo hogar. Cuando
desperté, fui a la puerta de la suya, donde ignoro si tiene us-
ted hogar o no lo tiene3. Me habían llevado allí sus ojos, sus
ojos, que son refulgentes estrellas mellizas en la nebulosa de
mi mundo. Perdóneme, Eugenia, y deje que le dé familiar-
mente este dulce nombre; perdóneme la lírica. Yo vivo en
perpetua lírica infinitesimal.
»No sé qué más decirle. Sí, sí sé. Pero es tanto, tanto lo
que tengo que decirle, que estimo mejor aplazarlo para cuan-
do nos veamos y hablemos. Pues es lo que ahora deseo, que
nos veamos, que nos hablemos, que nos escribamos, que nos
conozcamos. Después... Después, ¡Dios y nuestros corazo-
nes dirán!
3
(Ms. 1907) no le tiene cambia a no lo tiene (ed. 1935).
92
»¿Me dará usted, pues, Eugenia, dulce aparición de mi vida
cotidiana, me dará usted oídos?
»Sumido en la niebla de su vida espera su respuesta
Augusto Pérez.»
4
(Ms. 1907) darse clara cuenta cambia a darse cuenta (ed. 1935).
93
—No a todos los nombres les cae el don —observó él—.
Así como de Juan a don Juan hay un abismo, así le hay de
Augusto a don Augusto. ¡Pero... sea! ¿Salió la señorita Eu-
genia?
—Sí, hace un momento.
—¿En qué dirección?
—Por ahí.
Y por ahí se dirigió Augusto. Pero al rato volvió5. Se le ha-
bía olvidado la carta.
—¿Hará el favor, señora Margarita, de hacer llegar esta
carta a las propias blancas manos de la señorita Eugenia?
—Con mucho gusto.
—Pero a sus propias blancas manos, ¿eh? A sus manos tan
marfileñas como las teclas del piano a que acarician.
—Sí, ya, lo sé de otras veces.
—¿De otras veces? ¿Qué es eso de otras veces?
—Pero ¿es que cree el caballero que es ésta la primera car-
ta de este género?
—¿De este género? Pero ¿usted sabe el género de mi carta?
—Desde luego. Como las otras.
—¿Como las otras? ¿Como qué otras?
—¡Pues pocos pretendientes que ha tenido la señorita!...
—Ah!, ¿pero ahora está vacante?
—¿Ahora? No, no, señor; tiene algo así como un novio...,
aunque creo que no es sino aspirante a novio... Acaso le ten-
ga en prueba..., puede ser que sea interino...
—¿Y cómo no me lo dijo?
—Como usted no me lo preguntó...
—Es cierto. Sin embargo, entréguele esta carta y en pro-
pias manos, ¿entiende? ¡Lucharemos! ¡Y vaya otro duro!
—Gracias, señor, gracias.
Con trabajo se separó de allí Augusto, pues la conversa-
ción nebulosa, cotidiana, de Margarita la portera empezaba
a agradarle. ¿No era acaso un modo de matar el tiempo?
«¡Lucharemos! —iba diciéndose Augusto calle abajo—.
¡Sí, lucharemos! ¿Conque tiene otro novio, otro aspirante a
5
(Ms. 1907) volviose cambia a volvió (ed. 1935).
94
novio?... ¡Lucharemos! Militia est vita hominis super teram6.
Ya tiene mi vida una finalidad; ya tengo una conquista que
llevar a cabo. ¡Oh Eugenia, mi Eugenia, has de ser mía! ¡Por
lo menos, mi Eugenia, esta que me he forjado sobre la vi-
sión fugitiva de aquellos ojos, de aquella yunta de estrellas
en mi nebulosa, esta Eugenia sí que ha de ser mía; sea la
otra, la de la portera, de quien fuere! ¡Lucharemos! Lucha-
remos y venceré. Tengo el secreto de la victoria. ¡Ah, Euge-
nia, mi Eugenia!»
Y se encontró a la puerta del Casino, donde ya Víctor le
esperaba para echar la cotidiana partida de ajedrez.
6
La vida del hombre sobre la tierra es una lucha.
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