Leyendas de amor en México
Leyendas de amor en México
Anónimo.
En el siglo XVI, vivía en México un español llamado Gonzalo Espinosa de Guevara, llegado a estas tierras con fortuna y
con una hija de cerca de 20 años de nombre Beatriz.
Enorme fortuna, belleza y virtud le agenciaron a la muchacha, innumerables suplicantes, que nunca lograron su amor.
Hasta que llegó don Martín de Seópolli, noble italiano que se enamoró locamente de ella al punto de no permitir el paso
de ningún caballero por la calle donde vivía Beatriz. Lo que evidentemente no les pareció justo a los demás
pretendientes. Muchas veces se discutió al ritmo de las espadas, saliendo vencedor siempre el italiano. Todas las
mañanas se encontraba el cuerpo herido o sin vida del osado que pretendió acercarse a la casa y ella, aunque amaba a
Martín, sufría porque se derramaba tanta sangre por su culpa y también por los celos de su amado.
Una noche en ausencia de su padre e inspirada por el martirio de Santa Lucía -que entregó lo más preciado de su rostro,
sus ojos, al pretendiente que con su insistencia trataba de alejarla de la virtud-, llevó a su recámara un brasero
encendido, y mientras lloraba y pedía fuerza a la Santa, hundió su rostro en el fuego, pensando que no podía permitir
que don Martín siguiera matando a más inocentes, hasta que cayó sin conocimiento.
Un fraile al escuchar su grito de dolor entró a la casa, la auxilió con remedios caseros mientras le preguntaba qué había
pasado. Beatriz le explicó y dijo que esperaba que cuando don Martín viera su rostro dejaría de celarla, amarla y de
matar a tantos caballeros. La reacción de don Martín al retirar el velo con el que se había cubierto la cara y mirar el
hermoso rostro desfigurado fue arrodillarse y declarar su amor. Pidió su mano a Don Gonzalo y días más tarde se casó.
Ella entró a la iglesia con la cara cubierta por un tupido velo blanco y después, las pocas veces que salía, siempre lo hizo
con el rostro tapado. Nadie volvió a ver el hermoso rostro de Beatriz, que Don Martín, calmado en su amor propio,
guardó en el pensamiento.
Anónimo.
En Naranjillos había una muchacha muy guapa que acababa de quedar huérfana. Un día, una amiga suya llegó a contarle
que habían visto a su madre en el camino del Barrial, cerca del pueblo. La muchacha no creyó lo que su amiga le dijo,
“está bien muerta y enterrada” –le contestó-. Sin embargo, su amiga no había sido la única en ver aquella aparición,
muchas señoras del pueblo se encontraron en el camino del Barrial a la señora vestida de negro; sucia, enlodada y con el
pelo enmarañado.
Le preguntaban quién era o a quién buscaba, pero la mujer de negro no contestaba, todos creían que era muda. Seguían
viendo a la mujer deambulando de arriba para abajo en el camino del Barrial y la gente empezó a comprender que era
un alma en pena. La amiga de la muchacha fue a hablar con ella: “Es tu mamá, estoy segura” –dijo la amiga-. “Pero si
está muerta” –aseguraba la muchacha-. “Es ella, seguro anda penando... ¿has cuidado bien a tus hermanos?” – inquirió
con algo de timidez-. A la muchacha no le agradó la pregunta, y poniéndose nerviosa se fue.
Al día siguiente una señora del pueblo se encontró con la muchacha que traía cara de desvelada y, en general, un
aspecto deplorable. “¡A ver si vas dejando a ese hombre casado!” –espetó de pronto la señora. “Ve a cuidar a tus
hermanos y deja descansar el alma de tu madre que anda en pena”. La muchacha se estremeció, ya que efectivamente
era la amante de un señor casado y se pasaba con él toda la noche, de modo que en las mañanas no se encontraba en
condiciones de atender a sushermanos ni de salir a trabajar. Acongojada, decidió ir al camino del Barrial a comprobar si
era cierto lo que le decían.
Al llegar, encontró a la mujer de negro, se acercó y la reconoció; era su madre. La mujer se puso a llorar; no le dijo nada,
pero la muchacha sentía que su madre lo sabía todo, siempre había sido así, adivinaba sus emociones y sus
pensamientos. La mujer de negro calmó su llanto y se perdió en el fondo del camino.
La muchacha sintió el vacío que dejó su madre y advirtió la súplica que su llanto llevaba. Con la intención de librarse de
la culpa, fue a buscar a su amante y le dijo que no volvería a verlo más, luego fue a su casa y prometió a sus hermanos
que nunca los dejaría solos. Ese fue el último día que la mujer de negro se apareció en el Barrial, camino de Naranjillos.
Carlos pasaba a menudo por la casa de Ana cuando salía de su trabajo y ella, con el afán de verlo, se situaba en el balcón
de su casa, luciendo un mantón de Manila que su padre le había obsequiado. De modo que cuando el joven pasaba, ella
le obsequiaba una dulce y cariñosa sonrisa. Así pasaron varias semanas hasta que él se atrevió a saludarla y la joven le
correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se inició una plática cordial y más tarde,
acompañada de dulces frases, se dieron promesas de amor.
Pasaron las semanas y los meses deseando realizar sus más dorados sueños ante el altar, al contar con la aprobación de
la madre de ella, doña Matilde, que veía con buenos ojos las relaciones de su hija con aquel joven de irreprochable
conducta, aunque de escasos recursos económicos. El padre, por otro lado, tenía planeado casarla con un amigo suyo,
potentado, residente en España y a quien Ana no conocía. De acuerdo con los jóvenes, doña Matilde juzgó pertinente
comunicarle al padre aquellas relaciones que no habían pasado de tiernos coloquios al pie de su ventana. En cierta
ocasión, el padre sorprendió a los jóvenes en amable plática y después de amonestar a Carlos le prohibió que volviera a
ver a su hija. En cuanto a ella, la amenazó que de continuar aquellas relaciones, la recluiría en un convento.
Ninguno de los amantes quedó contento con la actitud del padre y Carlos decidió seguir las relaciones a sus espaldas. El
joven ante todo esto decidió alquilar una habitación en una casa situada frente a la de su novia, donde había una
especie de postigo a la altura de la ventana, por donde él podía hablar libremente con su novia, sin ser descubierto, y
fraguar un plan que pudiera ablandar al padre. Así pasaron varias semanas, viéndose sólo por las noches desde la
ventana de la joven y el escondrijo de él cuando el padre dormía.
Sin embargo, una noche, al sospechar aquellas misteriosas entrevistas, el padre se levantó de su lecho, sacó de su mesa
de noche una filosa daga y ciego de ira se dirigió a la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de
disuadirlo, pero llegó con la joven, quien al ser sorprendida pretendió dar una explicación, sin que le diera tiempo, pues
el padre le había clavado ya en mitad del pecho aquella daga. Ana quedó moribunda, boca arriba, en el pretil de la
ventana e inclinada levemente a un costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento, la luna iluminó tan
dramático cuadro y se observó cómo el joven amante, movido por el más profundo dolor, tomó la blanda mano de su
novia, le imprimió un tierno beso y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Se cuenta que el
joven, ante su desdicha y para encontrarse definitivamente con su amada, se suicidó. Desde entonces, se le llamó a esta
callecita el Callejón del Beso.
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA. (2005). Para empezar. Antología Leyendas y relatos a media
voz. Material en línea, recuperado de:
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La Zacatecana.
Esta casa, ubicada en la calle de Independencia, fue el centro de una trágica historia: corría el siglo XVII y en Santiago de
Querétaro había un gran auge de la minería. Ahí llegó a instalarse una pareja proveniente de Zacatecas, sin
descendencia; después, compraron la única casa con balcón de la antigua calle de "La Flor Alta".
Ya que el señor era dueño de varias minas, pasaba largas temporadas alejado de su casa, dando pie a rumores acerca de
la fidelidad de su esposa. Repentinamente, el minero desapareció por un tiempo, y La Zacatecana refería que su marido
había ido a su tierra a ver sus negocios. Lo que pasó en realidad fue que La Zacatecana, que tenía amoríos con uno de los
criados, mandó matar a su marido, enterrándolo en unos subterráneos de su misma casa.
Al aumentar los rumores acerca de La Zacatecana y el criado, ella optó por matarlo, dándole sepultura en el mismo lugar
que a su marido. Ambos cuerpos fueron encontrados en el año de 1906.
Una mañana del mes de abril, amaneció en la banqueta que ve a la plazuela de "Las Tamboras" el cuerpo de La
Zacatecana, acribillado a puñaladas. Nunca se supo quién fue el autor de este crimen, pero el pueblo y sus gentes, al
saber la infidelidad que había cometido, colgaron su cuerpo en el balcón principal de su casa.
Durante muchos años, esta casa estuvo deshabitada, ya que los vecinos decían que por las noches se escuchaban ruidos
y apariciones extrañas.
Actualmente esta antigua casona se encuentra en remodelación y alberga el Museo de La Casa de La Zacatecana.
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA. (2005). Para empezar. Antología Leyendas y relatos a media
voz. Material en línea, recuperado de:
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La cruz de los ajusticiados.
En la calle del Arco de San Agustín, antiguamente conocida como Felipe Neri, hoy en día República del Salvador, justo en
la esquina donde se localiza el templo de Jesús de Nazareno, sucedió un crimen. Este atentado conmovió a los
habitantes de la ciudad por haber sido la víctima una bella dama y por haberse cometido el asesinato, justo al pie de la
Santa Cruz, la que se hallaba en la esquina de la plaza hoy conocida como jardín Francisco Primo Verdad, frente al
palacio de los Condes de Calimaya, hoy museo de la Ciudad de México.
Esta crónica citadina ocurrió en el año de 1766, en el cual se llevó a cabo el enojoso pleito entablado entre una hermosa
joven y su esposo (conocido por las crónicas simplemente por su apellido Zazorena). Este pleito, nacido de ciertos
disgustos íntimos, se siguió durante algún tiempo ante la Real Audiencia.
La controversia condujo a un irritado pleito, que a todas vistas parecía irreconciliable. Debido a las amenazas de muerte
hacia la dama, la esposa de Zazorena hijo, fue depositada en una casa de reconocida reputación, para preservar el buen
nombre de la dama. Y, sin duda, debido a las amenazas de muerte hacia la dama hechas de parte de los Zazorena, padre
e hijo, la Real Audiencia, por medio de un auto expedido por ella misma, decidió trasladar a la joven a otra casa.
Pero cuando era conducida en una silla de manos por dos forzudos indios, los señores Zazorena aguardaban el paso,
agazapados tras unas lápidas del cementerio con los estoques asesinos prestos. Así, cuando la joven se hallaba lejos de
imaginar su triste suerte, de pronto salieron al encuentro los dos Zazorena en la esquina donde estaba la Cruz del
cementerio de la iglesia de Jesús Nazareno, para abalanzarse contra la bella joven como fulleros ladrones y quitarle la
vida de varias estocadas crueles sin que nadie, ni los indios mismos, pudiesen impedir tan alevoso ataque.
En ese momento muchos fueron los testigos y buscando retraerse a la justicia de los hombres, los muy malvados
encontraron refugio en la iglesia de Jesús de Nazareno. Las autoridades de la ciudad pretendieron sacarlos del lugar para
prenderlos, pero no pudieron puesto que se hallaban en lugar sagrado. Una noche, aprovechando las sombras y el sueño
pacífico que cubrían a la ciudad, los dos Zazorena tomaron disfraces de monaguillo, según se coligió al constatar que
faltaban estos ropajes en el curato (además de los dineros de la alcancía del señor San José), y siguieron hacia la
jurisdicción de Chapa de Mota a donde fueron a refugiarse en una hacienda donde se ocultaron por un tiempo, según
relataron por voz propia, folgaban muy a su gusto, bebiendo un buen pulque con raíz, que se preparaba en tinacales y
que movía a la chanza, mucho más que el efecto de diez botellas de vino de Castilla juntas.
La justicia Real expidió bandos, edictos y envió pregoneros por todas las poblaciones para que diesen el santo y seña de
los desalmados criminales. Pero, pasado algún tiempo, según se cuenta, se supo que, por algún extraño misterio, los dos
Zazorena fueron asesinados en el mismo lugar donde habían cometido su crimen. Desde entonces, las sombras de esos
hombres, puesto que no pueden descansar en paz, deambulan por las calles del centro de la ciudad.
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA. (2005). Para empezar. Antología Leyendas y relatos a media
voz. Material en línea, recuperado de:
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La carroza del cura
Esta leyenda trata sobre un mal cura que vivió en las postrimerías de la época colonial, un poco antes de la
independencia de la Nueva España, ahora México.
Empecemos por el principio: una noche tenebrosa y oscura, con amenazas de tormenta, unos hombres llegaron al
curato de San Juan Bautista de Analco. El Padre de uno de ellos, enfermo, estaba a las puertas de la muerte y había que
ayudarlo a bien morir.
El sacerdote se negó a acompañarlos pretextando el mal tiempo. La verdad era que sentía pereza y muchas ganas de
continuar bajo las cobijas. Uno de aquellos indígenas, indignado por la conducta del mal religioso, habló y dijo: “El
padrecito, cuando acabe sus días, morirá como mi padre: sin confesión”.
Y dicho y hecho: cuando al religioso le tocó partir de este mundo, no hubo quien lo escuchara en confesión antes de
morir.
Desde aquella noche, juran los habitantes de la entonces Analco, que el alma del sacerdote viaja en una carroza que
parece endemoniada, causando miedo y temor entre sus habitantes.
Y no es para menos: los lugareños, noche con noche, generación tras generación, contemplan la misma terrible escena:
dos corceles negros tiran de una carroza, también negra, haciendo un ruido infernal entre las piedras, rumbo al Tunal.
Dentro de aquella carroza viaja el mal cura, enjuto, descarnado, casi un cadáver, incapaz de descansar —por los siglos de
los siglos— por no haber cumplido con su deber: ayudar a un cristiano a bien morir.
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA. (2005). Para empezar. Antología Leyendas y relatos a media
voz. Material en línea, recuperado de:
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La Bufa y el Pastor.
Al otro lado de la sierra había una ciudad encantada y oculta. Un poco más abajo, también hechizada, vivía una joven de
singular belleza en una cueva. Nunca salía y aunque no se sabe de alguien que la haya visto, de que existió, existió.
Cuanto caminante pasaba por las laderas, y peor si era de noche, escuchaba los lastimeros gritos de la mujer que
suplicaba que alguien le ayudara.
Un día, un pastor decidió rescatar a la bella dama. Era un muchacho arrogante, fuerte y animoso. Al atardecer, un grupo
de amigos lo acompañó hasta la planada y al llegar la noche lo dejaron solo. Con paso firme avanzó y llegó a la cueva
donde vio a la joven: ¡Qué bella era! Entonces, ella dijo: “Sé que tú eres el que me ha de liberar de mis sufrimientos. Allá
está la ciudad encantada, que será tuya si lo consigues. Solo debes llevarme en brazos hasta la parroquia, ahí
desaparecerá el hechizo. El mago que me embrujó tiene un séquito de espíritus que tratarán de ponerte obstáculos, así
que no hagas caso a lo que oigas. No te detengas. No voltees la cabeza, porque…”. El pastor interrumpió: “Hermosa
dama, cualesquiera que sean las tentaciones yo las venceré”. Y tomándola en brazos, inició el descenso.
Desde ese momento, ruidos extraños aparecieron y poco a poco se transformaron en gritos de dolor, mientras aparecían
escenas de ahorcados y suplicios. El joven cerraba los ojos, se hacía el sordo, pero luego tropezaba con moribundos que
pedían misericordia. Cayéndose y levantándose, seguía. Los espíritus le rozaban la cara con sus largas túnicas y el vaho
de sus asquerosas bocas. No, no se detenía. Sus dedos hacían cruces para ahuyentar la horda, pero era en vano. Antes
bien, en tropel se agigantaba la persecución. Atrás se oyó un estruendo y el cielo pareció consumirse en una llama. El
pastor no pudo contener su curiosidad y volteó. Eso fue su perdición. Se derrumbó la montaña y se acalló el infernal
griterío. La bella mujer se convirtió en una serpiente que arrastrándose fue a postrar su cuerpo en la hosquedad abierta.
Y creció y creció hasta transformarse en montaña.
En cuanto al pastor, voló por los aires y cuando quiso bajar quedó petrificado. No lejos, chisporroteaba la ciudad
encantada y sus cenizas se esparcían por el espacio.
Así nacieron las montañas que ahora se llaman La Bufa y la pequeña que la acompaña El Pastor.
ASÍ ES GUANAJUATO Y SU GENTE (2021). Imperdibles de Guanajuato. Mitos, leyendas y cuentos urbanos. México.
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y-su-gente/07_mitos_digital-MITOS_LEYENDAS_Y_CUENTOS_URBANOS.pdf
Las dos comadres
En una de las primeras vecindades que existió en esta Real Ciudad de Guanajuato, habitaron dos amigas que iban y
venían por el pueblo contándose las novedades: que si fulanita se casó, que si zutanito se fue para tal lugar, que si
mengano hizo esto o aquello. Eran la voz de la capital.
Tan amigas como cómplices, un buen día se hicieron comadres y se juraron que nadie ni nada las iba a separar: su
amistad sería eterna. Pero como reza el dicho: “uno propone, Dios dispone y llega el Diablo y todo descompone”, las
amigas dejaron de serlo por un amor mal correspondido.
Resulta que se enamoraron de don Juan de Barriada, un buen mozo que cortejó a ambas y les juró amor sin
comprometerse con ninguna. Y ¡ay!, de los celos y corazones rotos de las mujeres: riñeron y se culparon de su fallido
amor, una a la otra y viceversa.
Las riñas y los chismes crecieron entre ellas, serias acusaciones —casi todas infundadas— corrían entre los paisanos
alterando el orden y el honor, hasta que un día dieron con el mismísimo demonio para exigirle, a cambio de sus almas,
que inclinara los favores del corazón de don Juan de Barriada hacia la que más lo mereciera.
Divertido al principio con las peleas y las habladurías de las mujeres, el Diablo las tuvo un rato consigo para su
entretenimiento, hasta que aturdido les pidió callarse. Ninguna le hizo caso, entonces comprendió que ni él mismo
podría soportar ese infierno de barullos y decidió transformar a las comadres en ranas, para después petrificarlas poco a
poco y recobrar el silencio.
Y así se quedaron este par de amigas, convertidas en piedras anfibias, en el barrio de Pastita, allá en la Sierra de
Guanajuato, en esa misma sucesión de cerros donde yacen la Bufa y el cerro de la Sirena. Y donde, cuentan los
paseantes, cuando el viento sopla y se pone atención, que aún se escucha el murmullo de las comadres: unas veces
calmado y otras irascible.
ASÍ ES GUANAJUATO Y SU GENTE (2021). Imperdibles de Guanajuato. Mitos, leyendas y cuentos urbanos. México.
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El engaño del fantasma de la vieja casona.
Allá en tiempos de la Revolución Mexicana, cuando Manuel Leal era un mozuelo y corrían malos días y otros peores, su
familia, que por entonces vivía en un caserón, sufrió los estragos de las revueltas en Guanajuato.
Con las hordas guerreras de algunos caudillos seduciendo obreros, paisanos y servidumbre para unirse a la causa, poco a
poco la ayuda en casa disminuía hasta que no quedó nadie más que la fiel y bravía Quirina. Por desgracia, Quirina había
vivido más de un siglo y murió, dejando sola a la madre de Manuel. Fue un hueco difícil de llenar, por más esfuerzos que
hacía por sustituirla. Y, por si fuera poco, la miopía que la tenía al borde de la ceguera, hacía imposible que cumpliera
con el cuidado de la casa y de sus hijos. Desesperada, una noche, contrató a la primera mujer que tocó a su puerta. Ni
siquiera cuestionó su sueldo ni las condiciones que pedía. Le asignó un cuarto y, como en muchas noches no hacía, por
fin descansó. Sin embargo, apenas abrió los ojos y vio, con luz de día, a su asistenta, quedó muda de espanto. La mujer
tenía un gesto demoniaco, una voz ronca y cerril y maneras ásperas y rudas. Intentando no dejarse vencer por los
prejuicios, la madre de Manuel quiso que la relación funcionara, sin embargo, siempre grosera y desafiante, la mujer
terminó por quebrarle los nervios a la dueña de la casa. Fue así como se tuvo que recurrir a un espíritu para ahuyentar a
la fiera. Traerlo a la vida fue sencillo, solo hubo que llamar a Enrique, el hermano menor de Manuel, para pintarle el
rostro con blanco de zinc y dos rayas negruzcas en las mejillas; además de cubrirlo con una sábana, darle un librote y un
cirio encendido.
Manuel llevó a su hermano hasta el rincón menos iluminado del patio, subió a Enrique a sus hombros y esperaron a que
la fiera saliera de sus aposentos. Y así lo hizo. La mujeruca se encontró con un fantasma flotando hacia ella, aterrada
voló, más que corrió, a renunciar. —Niña, yo me voy ahora mismo. Ni por toda la plata pasaría aquí la noche. He visto un
difunto pasear en el patio. Iba diciendo no sé qué jerigonzas. No son figuraciones mías. ¡Lo vi clarito!
No pasó mucho tiempor para que la madre de Manuel estallara en risas cuando le contó que él y Enrique eran el
fantasma, lo curioso es que al marcharse, aquella mujer dejó tras de sí un olor a azufre, como los diablos de comedia
ASÍ ES GUANAJUATO Y SU GENTE (2021). Imperdibles de Guanajuato. Mitos, leyendas y cuentos urbanos. México.
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La momia que sigue con un ojo abierto.
Este es un caso verdaderamente extraño e interesante. Cuentan que hubo un humilde y austero fraile que llevaba una
vida de tal sacrificio, que usaba una faja con púas de hierro alrededor de la cintura, bajo sus ropas.
Por su humildad y sus virtudes, fue un sacerdote muy querido. Dicen que, una vez, al cruzar por la Plaza del Baratillo, un
sujeto alcoholizado le dio un empellón sin disculparse. A lo que el fraile dijo: “que Dios te perdone”.
Y siguió su camino. El sujeto aquel, a pesar de su embriaguez, pudo ver con profundo asombro, que el sacerdote no
tocaba el suelo, más bien se deslizaba a cierta altura del pavimento. De momento lo atribuyó a la confusión de la bebida,
pero viéndolo con atención, supo que más que una persona, el sacerdote era una sombra. Sintió miedo.
Pasaron algunos días y el hombre sufrió un accidente en la mina donde trabajaba, junto a otros compañeros.
Sintiéndose morir, imploró que le llevaran un padre. Y así lo hicieron sus compañeros. —Padre —le dijo con voz
entrecortada y débil—, acúsome de haber faltado una vez a un sacerdote y de haberme burlado de él. —Sí —contestó el
fraile—, ese soy yo.
El moribundo se estremeció de terror y con los ojos desorbitados, viendo fijamente al religioso, exhaló el último suspiro.
Cuentan que entre las momias del panteón, está una que pertenece a aquel minero y conserva la expresión de horror en
su cara, con los ojos desmesuradamente abiertos, pues aseguran que nadie pudo cerrárselos luego de su muerte.
ASÍ ES GUANAJUATO Y SU GENTE (2021). Imperdibles de Guanajuato. Mitos, leyendas y cuentos urbanos.
México. Material en línea, recuperado de: [Link]
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EL HOMBRE QUE NO RESPETÓ EL DÍA DE DIFUNTOS.
En cierta ocasión, un hombre no respetó el día de difuntos. Se trataba de un hombre que no quería perder un solo día
de trabajo en su parcela. Así que cuando llegó la fecha de celebrar el día de difuntos se dijo: “No voy a perder mi tiempo
en este día, debo ir a trabajar a mi parcela, cada día debo buscar algo para comer y no voy a gastar mi dinero para esta
fiesta, que además me quita mucho tiempo.”
Así que se fue a trabajar al campo, pero cuando estaba más ocupado escuchó una voz que salió del monte y le decía:
“Hijo, hijo, quiero comer unos tamales (kuatzam).”
El hombre se quedó muy sorprendido y pensó que era su imaginación la que le hacía oír cosas, pero poco después
escuchó claramente otras voces, como de personas que conversaban entre sí y lo llamaban por su nombre; reflexionó
sobre lo que estaba sucediendo y comprendió que eran voces de su padre y familiares difuntos que clamaban por las
ofrendas que les había negado. Inmediatamente dejó su trabajo y regresó corriendo a su casa; ahí le dijo a su mujer que
matara unos guajolotes e hiciera unos tamales para ofrendarlos a sus difuntos en el altar familiar.
Mientras la mujer trabajaba sin cesar en la cocina preparando las ofrendas, el hombre se acostó a descansar por un rato.
Cuando todo quedó listo fue la mujer a despertar a su esposo. No logró despertarlo, pues el hombre estaba muerto;
aunque había cumplido con lo que pedían sus familiares difuntos, estos de todos modos se lo llevaron.
Es por eso que en la Huasteca se cree que es una obligación preparar ofrenda para los difuntos; de esta forma se les
complace y se comparte junto con ellos la alegría que se vive en familia.
Por eso nunca se debe dejar de ofrendar a los muertos el 2 de noviembre; se prenden cohetes y bombas para que su
ruido espante al demonio; también se encienden velas para que iluminen el camino al difunto. Si a éste le gustaba
mucho el aguardiente, por ejemplo, se le debe comprar y poner en el altar para que lo tome.
Estos ritos son obligatorios, porque si no se celebran es muy posible que los muertos se lleven al dueño de la casa.
Sevilla, Amparo (s/a). Patrimonio cultural y turismo. Leyendas en torno al día de muertos. Material en línea, recuperado
de: [Link]
La Leyenda de Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
La vista que engalana a la ciudad más grande del mundo: la Ciudad de México, está realzada por la majestuosidad de dos
de los volcanes más altos del hemisferio, se trata del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl.
La presencia milenaria de estos enormes volcanes ha sido de gran importancia en las diferentes sociedades que los han
admirado y venerado, siendo fuente de inspiración de múltiples leyendas sobre su origen y creación. Entre ellas las más
conocidas son dos que a continuación relataremos.
Hace ya miles de años, cuando el Imperio Azteca estaba en su esplendor y dominaba el Valle de México, como práctica
común sometían a los pueblos vecinos, requiriéndoles un tributo obligatorio. Fue entonces cuando el cacique de los
Tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los Aztecas, cansado de esta terrible opresión, decidió luchar por la libertad de su
pueblo.
El cacique tenía una hija, llamada Iztaccíhuatl, era la princesa más bella y depositó su amor en el joven Popocatépetl, no
de los más apuestos guerreros de su pueblo.
Ambos se profesaban un inmenso amor, por lo que antes de partir a la guerra, Popocatépetl pidió al cacique la mano de
la princesa Iztaccíhuatl. El padre accedió gustoso y prometió recibirlo con una gran celebración para darle la mano de su
hija si regresaba victorioso de la batalla.
El valiente guerrero aceptó, se preparó para partir y guardó en su corazón la promesa de que la princesa lo esperaría
para consumar su amor.
Al poco tiempo, un rival de amores de Popocatépetl, celoso del amor de ambos se profesaban, le dijo a la princesa
Iztaccíhuatl que su amado había muerto durante el combate.
Abatida por la tristeza y sin saber que todo era mentira, la princesa murió.
Tiempo después, Popocatépetl regresó victorioso a su pueblo, con la esperanza de ver a su amada. A su llegada, recibió
la terrible noticia sobre el fallecimiento de la princesa Iztaccíhuatl.
Entristecido con la noticia, vagó por las calles durante varios días y noches, hasta que decidió hacer algo para honrar su
amor y que el recuerdo de la princesa permaneciera en la memoria de los pueblos.
Mandó construir una gran tumba ante el Sol, amontonando 10 cerros para formar una enorme montaña.
Tomó entre sus brazos el cuerpo de su princesa, lo llevó a la cima y lo recostó inerte sobre la gran montaña. El joven
guerrero le dio un beso póstumo, tomó una antorcha humeante y se arrodilló frente a su amada, para velar así, su sueño
eterno.
Desde aquel entonces permanecen juntos, uno frente a otro. Con el tiempo la nieve cubrió sus cuerpos, convirtiéndose
en dos enormes volcanes que seguirán así hasta el final del mundo.
La leyenda añade, que cuando el guerrero Popocatépetl se acuerda de su amada, su corazón que guarda el fuego de la
pasión eterna, tiembla y su antorcha echa humo. Por ello hasta hoy en día, el volcán Popocatépetl continúa arrojando
fumarolas.
Anónimo. La leyenda del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Material en línea, recuperado de: [Link]
[Link]/IMG/pdf/la_leyenda_de_popocatepetl_e_iztaccihuatl.pdf
La llorona.
Versión corta.
Hace muchos años en la Ciudad de México, cerca de Xochimilco, se escuchaban los tristes lamentos de una mujer.
- ¡Ay mis hijos! Qué será de ellos - decía una voz perturbadora.
Mientras se escuchaba a la mujer misteriosa, los temerosos habitantes de la ciudad se encerraban en sus casas a base de
lodo y piedra. Tampoco los antiguos conquistadores se atrevían a salir a la calle, pues los gritos de aquella mujer eran
realmente espeluznantes.
Los rumores decían que se trataba de la llorona, una mujer vestida de blanco con cabellos largos y aspecto
fantasmagórico, que flotaba en el aire con un velo para cubrir su horripilante rostro. Lentamente vagaba por la ciudad
entre calles y plazas, y quien llegó a ser testigo de su presencia dice que al gritar, ¡ay mis hijos!, agitaba sus largos brazos
de manera angustiosa, para después desaparecer en el aire y seguir aterrorizando en otras partes de la ciudad con sus
quejidos y gritos.
Mientras la llorona recorría las plazas, lloraba desesperada, después de un tiempo se dirigía al río hasta perderse poco a
poco en la oscuridad de la noche, y así terminar disolviéndose entre las aguas. Esto pasaba todas las noches en la ciudad
de México y tenía verdaderamente inquietos a sus habitantes, pues nadie sabía la causa de aquellos lamentos.
Algunas personas decían que la mujer tenía un enamorado, con el cual nunca había podido casarse gracias a que la
muerte la había sorprendido inesperadamente. Al morir el hombre se quedó solo y triste, y descuidó a tal punto a sus 3
hijos, que los pobrecitos se quedaron huérfanos sin que nadie les ayudara. A causa de esto la mujer regresaba del más
allá para cuidar de sus hijos, y los buscaba desesperadamente a través de gritos y lamentos.
Otra versión cuenta que hace mucho, vivía una madre junto con sus tres hijos. El padre de los niños los había
abandonado hace mucho tiempo, hasta que un día, aquel hombre regresó. El hombre volvió cuando los pequeños se
encontraban solos en casa y cuando la madre regresó a su hogar buscó a sus niños pero no los encontró, ni a ellos ni al
hombre.
Salió y buscó por el pueblo llorando y gritando los nombres de sus niños sin poder encontrarlos. Con el pasar de los
años, su búsqueda continuó, pero sin éxito alguno y tras tanto esfuerzo, la mujer falleció de la tristeza. Desde entonces
su espíritu errante vaga todas las noches buscando a sus hijos, llorando y lamentando por los alrededores de los
pueblos.
Cuenta la leyenda que una doncella llamada Xóchitl le hizo un bonito regalo a Tecpancaltzin: una jícara de miel de
maguey. Al recibir este obsequio el monarca se enamoró perdidamente de aquella mujer, tanto así que se quedó con
ella en su palacio. Tiempo después la pareja tuvo un hijo llamado Meconetzin, es decir “hijo del maguey”.
Al crecer el niño, se rumoraba por el pueblo sobre su peculiar aspecto, ya que tenía el pelo rizado en forma de tiara. Por
ese entonces había una profecía que decía: “El pueblo tolteca tendrá su fin cuando suba al trono un rey de pelo crespo
en forma de tiara y cuando la naturaleza engendre conejos con cuernos de venado”. Tras recordar dicha profecía el
pueblo se encontraba muy preocupado y ¡con justa razón!
Pasados algunos años, Meconetzin se convirtió en rey y se cambió el nombre a Topiltzin. Al principio fue un rey pacífico,
muy querido y admirado por su pueblo, pero repentinamente se volvió un rey malvado y tirano.
Un día los monteros de Topiltzin cazaron un extraño animal: un conejo con cuernos de venado. La noticia se esparció por
la ciudad y todos se asustaron al recordar la profecía. Al poco tiempo empezaron a suceder desastres naturales,
huracanes, plagas, sequías e inundaciones.
La población moría poco a poco y por desgracia vivían una guerra con los reyes de Xalisco, quienes habían aprovechado
la situación e invadían sin piedad el territorio tolteca. En la batalla por defender al pueblo murieron Tecpancaltzin y
Xóchitl, quienes combatían en primera fila; Topiltzin, huyó aterrado a esconderse en una cueva de donde no volvió
jamás. Así la profecía se cumplió y el imperio tolteca se extinguió.
Hace mucho tiempo, una tarde de verano, el dios Quetzalcóatl decidió salir a dar un paseo. Sin embargo, no podía bajar
a Tierra con su aspecto (era una serpiente emplumada), así que decidió transformarse en un simple humano.
Se pasó toda la tarde paseando, disfrutando del sol, de los paisajes… y cuando ya atardecía, Quetzalcóatl empezó a tener
mucha hambre, además de notar un gran cansancio. Sin embargo, siguió caminando.
Cuando la Luna hizo su aparición, anaranjada y brillante, el cielo se tiñó de oscuridad con motitas brillantes, las estrellas.
En ese momento, Quetzalcóatl decidió que ya era hora de detenerse y descansar. Así que se sentó en la primera piedra
gruesa que encontró en su camino. Allí, se le acercó un conejo que comenzó a mirarlo muy atentamente mientras
comía. Quetzalcóatl quiso saber qué alimento era el que tenía el conejo y cuando este le contestó que era una
zanahoria, y que podía compartirla con él, el dios declinó el ofrecimiento porque no quería quitarle su sustento.
Pensaba que su destino era pasar hambre y morir por el cansancio, la sed y la falta de comida. Pero el conejo de nuevo
se ofreció a ayudarle para que no tuviera un sino tan horrible. Sin embargo, Quetzalcóatl se negó a ello, a pesar de que
el propio conejo se ofrecía a él como alimento para que pudiera alimentarse.
Estaba convencido en que todos tenían una función en la vida y que si podía ayudarle a que siguiera adelante, lo haría
sin dudar. Tan conmovido quedó el dios ante ese conejo, que comenzó a acariciarlo con mucho cariño. Lo cogió entre
sus manos, lo levantó al cielo hacia las estrellas y, tan alto lo subió, que su imagen quedó grabada en la propia Luna al
chocar este contra ella.
Cuando lo bajó, Quetzalcóatl se despidió el conejo y siguió su camino, más animado y descansado que cuando se había
detenido en aquella roca. El animalillo se quedó allí viendo cómo se marchaba ese humano, y sabiendo a ciencia cierta
que, aunque tenía ese aspecto de humano, en realidad era alguien mucho más poderoso y especial por lo que había
hecho.
Esta leyenda mexicana cuenta la historia de un ser fantasmal que recibe ese nombre por la vestimenta que carga, y es
que según testimonios, suele aparecer vestido con un elegante charro color negro, montado en un caballo bastante
particular, puesto que sus ojos parecen dos bolas de fuego.
Se dice que este ente maligno es como el tesorero del Diablo, ya que se le aparece a las personas que tienen deudas
pendientes con él, aunque por lo general lo hace solo si éstas personas están caminando solas por la noche; ya que
según apunta la leyenda, así son presas fáciles. Pero detrás del charro negro hay una historia, pues se dice que este ser
antiguamente fue un hombre de carne y huesos, que provenía de una familia bastante humilde.
El charro era un hombre bastante ambicioso, le gustaba darse sus lujos y vestirse bien, sin embargo sus padres no
podían cumplirle sus caprichos porque no tenían los medios suficientes para hacerlo. Pero eso no era impedimento para
que este luciera como quisiera, ya que a veces dejaba de comer para poder ahorrarse unos pesos y comprarse alguna
vestimenta deseada. No obstante, se encontraba cansado de su pobreza, ya que por más que trabajara, nunca lograba
rendir el dinero. Tiempo después sus padres fallecieron, y al quedar solo, su situación empeoró, al tal punto que hizo
que tomara una decisión que sin duda cambiaría su vida.
El charro invocó al Diablo para pedirle riqueza, y este le dijo que le concedería su deseo pero a cambio debía darle su
alma, y el hombre aceptó sin pensarlo dos veces, ya que era sumamente orgulloso y valiente Con el paso del tiempo,
comenzó a cansarse de sus riquezas, ya que no le daba gracia gastarse el dinero en mujeres, bebidas, y apuestas, porque
eso hizo que llevará una vida alocada pero sola. Ante todo esto, el charro se había olvidado de la deuda, pero un día el
Diablo se le apareció para recordársela, lo cual hizo que se asustará mucho y decidiera esconderse. Pero el miedo era
tanto que en un arranque agarró su caballo, una bolsa con algunas monedas de oro, y emprendió su escape durante la
noche para que nadie lo viera. Pero el Diablo se dio cuenta de que el charro intentaba escapar y que no iba a cumplir
con su palabra, por lo que se le apareció y le dijo que iba a esperar a que el muriera para poder cobrarse su deuda, pero
en vista de que se escondía de él, lo llevaría en ese momento.
Luego de esas palabras los brazos de aquel hombre comenzaron a secarse y la carne desapareció, quedando únicamente
el charro encima de sus huesos blanquecinos y, por supuesto, su caballo lo acompañaría en su condena. Pero eso no fue
todo, el Diablo le dijo que había algo que podía hacer para librarse de ese mal, y era cobrarles a sus deudores, si alguno
de ellos aceptaba la bolsa con monedas de oro, tomaría el lugar del charro.
Desde entonces, el charro negro sufre innumerables tormentos en el infierno, y solo puede salir de allí para cobrar las
deudas que las personas tienen con el Diablo. Guardando siempre la esperanza de que alguien sea tan ambicioso como
lo fue él, para que tome su lugar y pueda finalmente descansar en paz junto a su caballo.
En una noche muy oscura, silenciosa y quieta, un grupo de cazadores, merodeaba por los bosques del actual municipio
de Chiautempan en busca de alguna presa. Los arboles parecían inertes, apenas se oía algún ruido, salvo el temible
movimiento de algo que se esconde entre los arbustos.
Cansados de no encontrar ningún animal, los cazadores avanzaban lentamente. De repente, algo despertó sus sentidos.
Allá, a lo lejos avistaron la figura sombría de un enorme perro negro que los miraba fijamente.
El perro no hacia nada; permaneciendo estático, como una estatua. Uno de los hombres pensó que podría serles útil.
Así que decidieron acercarse y capturarlo. Pero en cuanto estuvieron a menos de dos metros el perro comenzó a ladrar y
a mostrar los dientes, y en sus ojos había una violencia inusitada. Los cazadores asustados le dispararon en una pata,
hecho que hizo al perro huir apresuradamente. Los hombres lo siguieron hasta llegar a una extraña cabaña en medio del
bosque, iluminada tenuemente.
Llamaron a la puerta para alertar a la gente del interior de la existencia de un perro salvaje en las cercanías, y al abrirse
vieron únicamente a un campesino que los invito a entrar a la cabaña. Allí, los cazadores se sorprendieron al ver una
enorme cantidad de oro, joyas y otras riquezas.
Mientras los hombres le preguntaban al campesino si había visto al perro, el aldeano se curaba una herida en la pierna.
Poco después abandonaron la cabaña y salieron del bosque.
Al llegar a la aldea más cercana decidieron descansar en una taberna contándole al tabernero lo que les había pasado
aquella noche.
El tabernero les explico que en realidad ese perro no era otra cosa que el campesino, que había vendido su alma al
diablo. El demonio le había concedido el poder de transformarse en animales para robar numerosas riquezas.
El tabernero también los alerto de que su ambición podría resultar muy peligrosa, por lo que les aconsejo ir provistos de
crucifijos y un cinturón de piel de víbora, prenda usada para que el nahual se transformase de nuevo en hombre.
Cuenta la leyenda que, Don Julián, quien era vigilante de la Isla de las Muñecas descubrió el cuerpo de una niña a la
orilla del lago, por lo que desesperado hizo todo lo posible para salvarle la vida, sin embargo, la pequeña murió por
causas extrañas y desconocidas.
Tras lo sucedido el señor vigilante se sentía atormentado y aseguraba que el espíritu de la niña había poseído a una de
las muñecas, así Don Julián, para protegerse comenzó a colgar muñecas de todo tipo y tamaño alrededor de la laguna
situada en Xochimilco.
Al paso del tiempo el hombre aseguraba que todas las muñecas estaban poseídas por espíritus infantiles, poco a poco el
señor se fue convirtiendo en un ermitaño y comenzó a habitar en su isla, solo con las decenas de muñecas rotas y
antiguas que recolectaba de la basura.
Mucha gente aseguró que tal vez, él era el poseído debido a que cambió radicalmente su forma de ser tras lo sucedido.
Tiempo después Don Julián fue hallado sin vida justo en el mismo lugar donde él había encontrado a la niña que trató de
salvar, algunos dicen que se sentía culpable por no haberla salvado y que por eso se había vuelto loco.
Después de la muerte de Don Julián, la isla se convirtió en uno de los atractivos principales de Xochimilco, la gente la
visita para observar todas las muñecas que según la leyenda fueron colgadas por el señor vigilante.
Hasta hoy la gente cuenta que las muñecas cobran vida por la noche, siendo esta la leyenda la que mantiene con vida
turística a Xochimilco.
En esta ocasión para no perder la costumbre te vamos a presentar la Leyenda de las Momias de Guanajuato, que es de
las cosas que visitamos al ir a este estado.
Es importante resaltar que aparentemente la momificación se debe a la ventilación especial, al suelo arcilloso, la altura;
estos tres factores ayudan a la deshidratación natural de los cuerpos, se supone que lo mismo ocurre en las gavetas que
en el suelo.
Con toda seguridad que el fenómeno tiene lugar desde que fueron exhumados del Panteón Municipal, al termino del
tiempo reglamentario, los primeros cadáveres. Ese término es de cinco años, pero la momificación debe consumarse
antes. El dato de mayor importancia para la población es la circunstancia de la gran mortandad que hubo y porque
varios de los cuerpos, por temor a que se propagara más la peste del cólera morbos que fue por 1833, eran inhumados
casi en seguida de que se declaraban muertos.
Así sucedía que en algunos casos se les sepultaba cuando en realidad todavía no expiraban, de modo que al volver de
aquel estado cataléptico, ya en la tumba, morían finalmente por desesperación, por angustia o por asfixia.
De ahí esa mueca de dolor que hay en algunas momias. Tal era la cantidad de muertos, que fue necesario abrir
panteones complementarios en las de la Compañía San Francisco, San Diego, Santa Belén, San Roque y San Sebastián.
A partir de 1861, fecha en que se inauguró el Panteón Municipal siendo Gobernador del Estado del General Francisco
Pacheco, datan las primeras momificaciones.
El primer cadáver momificado que se exhibió correspondió al doctor francés Remigio Leroy, en 1965, que aún existe.
Desde hace muchos años las momias se exhiben al público en una cripta que se halla justamente debajo del lugar donde
se registra este hecho curioso. En una galería que hay al fondo se ofrece el macabro espectáculo, formando las momias
una doble fila como 15 metros de fondo y acertadamente detrás de una vidriera.
Todos juntos. Mitos y leyendas de México. Las momias de Guanajuato. Material en línea, recuperado de:
[Link]
leyenda_momias_guanajuato.pdf
Leyenda de la Mulata.
Estado de Guerrero.
Nos cuenta esta leyenda que hace mucho tiempo, hubo en el bello pueblo de Taxco una familia muy rica, orgullosa, de
religión muy severa y costumbres puritanas de aquel entonces, por lo cual, para ellos este pueblo era un lugar que no
estaba de acuerdo con sus necesidades, principalmente por la servidumbre que existía.
Y bien, un buen día se presentó una muchacha la cual era mulata muy bonita, de ojos lánguido y sus cabellos de color
negro, llamada Felisa, la cual no era más que una simple y humilde sirvienta que debería prestar sus servicios a esta
noble familia.
Felisa hacia sus quehaceres muy contenta y llena de ánimos, alegraba la casa con sus dulces cantos, en unión de sus
únicos amigos que eran unos canarios a quienes ella daba de comer con mucho afán, y un día, el hijo bueno de la
familia, al oír cantar a Felisa y conversar con los canarios, y se enamoró de ella. Poco tiempo después le confesó su amor
y le pidió que fuera su esposa.
Pero Felisa bien sabía que era una muchacha humilde y no podía aceptar la proposición de aquel muchacho noble y
bueno, porque entendía que los padres de Álvaro, así se llamaba, se opondrían.
A pesar de aquello, Álvaro les dijo a sus padres, les conto del amor que sentía hacia la hermosa mujer, al oír su madre de
quien era la joven que había puesto los ojos su hijo, y que n no era dama de acuerdo a su rango, se opuso en su
matrimonio.
Pero el amor de Álvaro era más grande que el respeto a sus padres, y pensó que sin el amor de su vida no podría vivir. Se
dice que la hermana de Álvaro la golpeó y la corrió de la casa. La mulata partió rumbo hacia las montañas y en medio del
cauce del rio donde se forma una poza blanca y cristalina, se fue hundiendo poco a poco, porque ella sabía que jamás
tendría el amor de Álvaro.
El pobre de Álvaro, esa noche, aun sin saber nada de la infortunada mulata, tuvo un sueño en el que su amada lo
llamaba desde la poza aquella. Y vio que aquel sueño era una triste realidad, porque en la orilla lo estaba esperando
Felisa, la cual explico lo ocurrido y Álvaro al saberlo todo, siguió el mismo camino de su amada. Cuenta esta leyenda que
desde entonces en las noches de luna llena, se ven dos sobras que vagan a la orilla de la poza, y que no es más que el
amor inmenso de Felisa y Álvaro, que han quedado unidos para siempre en prueba de ese inmenso amor.
En el pueblo de El Liberal, municipio de Teloloapan, vivía un señor llamado Otoniel. Éste era un campesino que se
dedicaba a la siembra de maíz, calabaza y frijol, y a cuidar unas pocas cabezas de ganado vacuno y caprino que tenía. En
una ocasión, cuando estaba arando su tierra para sembrar, vio que algo brillaba con el sol. Se acercó para ver qué era lo
que había visto relucir y vio entonces que era un gusano de oro puro, de unos treinta centímetros de largo
[Link] este gusano estaba vivo, y caminaba arrastrándose por el suelo.
El campesino lo tomó entre sus manos y en ese instante oyó en su mente una voz que le decía: "vamos a hacer un trato,
si tú me llevas a tu casa y me tratas bien, dándome de comer lo que yo te pida, entonces yo, en agradecimiento, voy a
hacer del baño, pero todo lo que haga no será excremento, sino que serán monedas de oro puro". El campesino aceptó
el trato y se llevó al gusano a su casa. Lo encerró en un cuarto y ahí le llevaba de comer todo lo que el gusano le pedía, y
éste, en retribución, hacía del baño todos los días, dejando regadas varias monedas de oro.
Así pasaron los años, el señor se volvió rico, compró muchas tierras y ganado y ahora tenía peones que trabajaban para
él. Tanta riqueza despertó la envidia y ambición de uno de sus hermanos, el cual se llamaba Alejandro. Éste, de forma
astuta, hizo tomar de más a su hermano Otoniel hasta el punto de emborracharlo, y entonces le preguntó: "oye
hermano, ¿de dónde sacas tanto dinero?".
Otoniel, como estaba tomado, le confesó la verdad, le contó del gusano de oro que había encontrado y luego se quedó
dormido. Alejandro aprovechó el momento para entrar al cuarto donde estaba el gusano de oro, lo agarró y se lo llevó
para su casa. Ahí lo encerró en un cuarto y le puso comida. Lo dejó solo y al otro día fue a asomarse para ver cuántas
monedas de oro había dejado. Pero grande fue su sorpresa al ver que no había nada de gusano, lo único que encontró
fue un bejuco en forma de gusano y en vez de monedas de oro, un montón de piedras.
Cuenta la gente que este gusano de oro sólo se le aparece a las personas de buen corazón, o a aquellas que le caen bien,
para ayudarlas y ofrecerles sus servicios; pero si alguien de mal corazón o envidioso llega a encontrarlo o agarrarlo,
entonces deja de ser de oro y se convierte en un pedazo de palo o bejuco, para castigar, de esta manera, a los
ambiciosos.
Anónimo. Leyenda del el gusano de oro. Material en línea, recuperado de: [Link]
leyendas-de-mexico/leyendas-breves/[Link]