Problemática de la filosofía
La filosofía ni en el hombre ni en su realidad y tendencia es postiza al
hombre. Llevamos en la entraña el ansia de saber, de penetrar en los
misterios del ser que nos rodea, de nuestro propio ser, y del ser de Un Ser
que nos explique a nosotros mismo y al cosmos. No quiere el hombre
quedarse como el bruto en la costra que ve. Ni siquiera se contenta con una
respuestas científicas, sí; pero provisional e inmediata. Quiere ir al fondo, a
las últimas causas, a las fuentes del ser. Así nació el filosofar. Se vio
enfrentado el hombre con el mundo y trato de saberlo descifrar.
Ese mundo tiene una maravillosa unidad: es el “cosmos”: ordenado, el
unificado. Así es también el pensamiento. En el intelecto también se han
estructurado las realidades escudriñadas, a través de las edades. Forman el
caudal filosófico, herencia que ahora se vuelca sobre nosotros con un
volumen de veinticinco siglos. La síntesis de los problemas está engendrada
por la síntesis real y por un desenvolvimiento psicológico. El mundo tiene
una meta y cifra: el hombre. El hombre lleva una tendencia y una imagen:
Dios. Desentrañar ese mundo y reducirlo a síntesis noética ha sido una obra
paulatina, gradual, y ha constituido el rebelde objetivo del laboreo científico-
filosófico.
En la integración del mundo filosofado se conjugan sus problemas en el
siguiente orden: primero el problema lo que es; luego el problema de lo que
sé que él es. Y así es porque este segundo late en el fondo de esa misma
interrogante primera.
El problema de lo que es se fue montando así:
Lo que es el mundo que merodea, la naturaleza, la esencia de este
misterioso mundo, gigantesco y subatómico, múltiple y ordenado: es el
problema cosmológico.
Pero ahí, como por lo demás en todo, no se penetra por intuición. La
credencial de los seres es su actividad, su dinamismo. Esa misión es la que
lo pone en contacto con otros, estático, pero a la vez dinámico y por fin
sintético es el mundo.
Así es también el hombre. Porque el hombre tenía que pensar por fin en
sí mismo. Y al ver que subyugaba la materia y volaba con su pensamiento
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por encima de ella y lo barrenaba con agudeza inmaterial, pensó en sí
mismo, en su psique, en la vida: es el problema psicológico. Él era la
admirable síntesis, el mundo abreviado. De nuevo en su activismo fue
donde conoció su ser: vegeta, siente, entiende y es libre. Es lo más
maravilloso y lo más amable ofrecidos a sus estudios en este mundo: el
hombre.
Pero le intrigo más, su mismo pensar. Así entro del problema de lo que
es, al problema de lo que sabe que la cosa es. Escudriñó ahora ese potente
instrumento con que taladraba lo más recóndito del ser material y aun de su
mismo espíritu, y con que se remontaba por el encima del mundo y de su
mismo ser. Pensó en su pensamiento, y también lo desentraño. Del
prodigioso instrumento estudió las leyes, a fin de estar seguro del correcto
funcionamiento y así valerse de él con agilidad y garantía: era el problema
dialéctico.
Soló que le importaba más aún el saber si no lo aplicaba a barrenar el
viento. El problema que se hizo agudo después del otro será el primordial
en la conquista: ¿taladro un ser real, o me debato contra duendes, ficciones,
ilusión? Tal fue el problema epistemológico.
Seguro ya de su poder espiritualizador de las cosas en su νοuς, ya no
temió estar volatilizado los seres, sino ejerciendo su poder abstractivo,
cuando se internó hasta las fuentes del ser. Traspuso los linderos del
mundo físico, se asomó hasta los abismos de la Metafísica, sin perder la
cabeza: fue el problema metafísico del ser.
Pero encorralado y en busca del Ser pleno que explicara a todos los
seres raquíticos entre los que se angustiaba, por fin, con su mirada en alto,
avizoró la fuente imperecedera del ser: descubrió a Dios: problema
teológico.
Sólo le faltaba estudiar su camino hacia ese Absoluto. Camino intrincado,
porque no era el del ser aislado, hacia Él. En la complejidad de su vida
sujeta por mil lazos hubo de examinar su ser individual, su ser social, su
múltiple actividad libre. Tan acuciante problema ha llegado, junto con el de
su propio saber, a conquistar la primacía de interés entre los problemas
humanos: es el problema ético.
En la solución de ese conjunto de problemas se ejercita el entendimiento
humano y encuentra suficientemente descifrado lo que descubre su vista, si
bien lo deja envuelto en brumas de misterios. Pero al fin y al cabo, ha
llegado a suficiente satisfacción sujetando a su saber el mundo en que vive.
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Más allá sólo quedan los linderos de lo sobre natural, que no le es dado al
hombre hollar sin despojarse de sus sandalias de carne. Tenía, empero,
bastante: se había apoderado de toda la creación, la había escudriñado en
sus fuentes supremas. Así fue como se enfrentó con el mundo todo.
* * *
Pero “Dios entregó al mundo a las disputas de los hombres” (Eccles.
3,11).
Al volver la vista sobre su propia obra, el hombre se encuentra con que le
ha acontecido lo que al niño: rompe el juguete pretendiendo desarmarlo. Por
deficiencia de saber ha destrozado el hombre las piezas del saber humano.
Primero quiso saber qué era el mundo que le rodeaba. Y hubo quienes
acabaron por negar ese mismo mundo: lo habían destrozado. El idealismo
acosmístico (Berkeley) y el idealismo trascendental de (Kant) realizaron
las tarea. Otros hubo, por el contrario, que negaron su dinamismo: no hay
movimiento, nada de actividad (los Eleatenses, como Zenón,
Parménides…). Cortando el puente, la actividad, ¿qué conocerán del
mundo? Queda reducido a átomos pasivos (Mecanicismo, Leucipo…). El
problema del mundo se le volvió rompe cabeza inarmonizable.
Analizó la vida que hierve en sus entrañas, en los brutos, en las selvas.
Aquí también acabo a las veces mutilando al viviente, o por la cabeza, o por
la base. Unos negaron todo espiritualismo: el hombre es materia y sus
vibraciones o Epifenómenos (Materialismo antiguo de Leucipo, Demócrito,
Epicuro…, o el redivivo de Haeckel, Lamarck, Lamettrie, Vogt, Moleschott,
Marx, los Evolucionistas como Darwin). Mientras, otros negaban la vida a
las plantas (Mecanicismo, Bioquimismo, como la de Dantec…), o un a los
mismos animales (Descartes y Pereyra). El hombre mismo quedo
desfigurado: dos piezas mal avenidas, o coordinadas: cuerpo y alma
(Platón, Psicoparalelistas, Armonía previa…). O bien, somos un manojo de
actos sin substrato (Asociacionistas, Actualistas ingleses), o a una “fórmula”
para podernos pensar a nosotros mismos (Kant). Por el contrario, pensaron
otros, somos una emanación, real o ideal, del Absoluto (panteístas,
idealistas, como Hegel o Fichte).
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Y llegó en épocas, a través de los siglos, a exasperarse por sus mismas
dudas. Cogió la misma máquina de dudar para examinarla. En tres etapas
principales parece haber hecho crisis esa psicosis: con el escepticismo
antiguo (Pirrón, los Académicos…). Más tarde con Descartes, y luego con
Kant (rematando la era de Hume), en que viene a resumirse toda una gama
de sistemas y dudas, y que sigue viviendo en los sistemas epistemológicos
modernos, no exceptuado el agnóstico existencialismo.
Mas especialmente le molestó al hombre la realidad abstracta, la entraña
misma de la realidad. Negó lo que no palpan los sentidos, la substancia
(Actualismo) o al menos la persistencia en un ser (Existencialismo,
Historicismo), y negó la deducción de las causas (positivismo, Empirismo),
por donde podía rastrear las naturalezas de los seres.
Y ¡claro!: destrozando la causalidad se vio encerrado en sí mismo y en el
mundo de lo insuficiente. Quedó reducido a una extraña incógnita vuelta
hacia arriba. Había que negar, en consecuencia, a Dios (Ateísmo
renacentista o marxista), o hacer, por el contrario, de todo un dios
(Panteísmo). Llegó aun a negar la posibilidad de conocerlo (Agnosticismo
religioso). Con ello quedaría independiente.
Todos sus problemas los tiene que ver el hombre desembocar en el
problema de sí mismo, en el definitivo. Si así es todo ¿qué conducta debo
seguir? ¿qué conducta debo seguir ante el mundo, ante los demás, yo en
mí mismo, ante Dios? También aquí vino el destrozo de la maquina
humana. –Somos materia, dijeron algunos, nada de libertad, ni, por tanto,
posibilidad de moralidad (Determinismo y Materialismo). La ley moral es
fruto de meros convencionalismos humanos (Positivismo ético-jurídico), o
de una época (Marx, Lenin). Al menos no hay moral fija, sino del momento y
sujeto presente (Moral de situación). ¿Y frente a la sociedad? No hay tal ser
social (Rousseau, Hobbes). Tanto lo hay, replicaban otros, que el hombre
es el Estado (Totalitarismo, comunismo). Lo que no debe haber es
estructuración de varias clases, ni propiedad privada, ni matrimonio
indisoluble (Marxismo). No hay religión, ni más allá, ni sanción. Sí, hay todo
eso, pero como postulado cuyo valor real siempre quedará en la incógnita
(Kant); pues se necesita que no se desmorone la sociedad. Pero en realidad
quedó cortado su fin: es fin de sí mismo es autónomo (Kant) o su fin es el
placer o la utilidad… (Pragmatismo, Hedonismo…).
Tales fue la ruina de que fue sembrando su camino el hombre en su
filosofar. Pero, si bien se advierte, el acontecimiento es fácil de señalar en
su fondo no tanto histórico cuanto filosófico: ha fluctuado entre la materia y
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el espíritu; se ha reflejado la alternativa de su ser compuesto. El péndulo
marca un día el más subido idealismo, la eterización de todo, para
desplazarse luego hasta el más burdo materialismo. Y las mismas
reacciones provocadas por un sistema, muestra que no puede menos de
ser erróneo: no le soportaba mucho tiempo la mente humana. Sólo que
luego se daba el bandazo hasta el polo opuesto. Si hubieran de marcarse
los extremos contrarios, entre los cuales ha oscilado el pensamiento
filosófico a través de las edades, pudieran alinearse así. De una parte el
Materialismo, Sensismo, Positivismo, Empirismo, Determinismo. De otra:
Idealismo, Racionalismo, Intuicionismo, y tal vez, por fin, Panteismo. Al
margen, como queriendo mantenerse en actitud neutra e interrogante:
Escepticismo, Agnosticismo, Conceptualismo, Nominalismo, Relativismo,
Historicismos, y el mismo Existencialismo con el sello de nuestro tiempo:
violencia, angustia, incertidumbre.
Es aleccionadora la trayectoria seguida por el pensamiento filosófico de la
humanidad. Tenemos bien por qué ser modesto y no echar demasiado
hacia atrás la cabeza arrogante. Pero también es aleccionadora porque en
medio de sus deviaciones, la misma mente humana ha forcejeado por
imponerse correctivos.
Si en vez de fijar la atención en zonas del saber seguimos con la mirada
una personalidad filosófica, veremos cómo avanza el sistema recto, el que
realiza la síntesis sana. En medio de vicisitudes, nunca queda extinguido.
Es que la mente está hecha para la verdad.
Platón y Aristóteles depuran la filosofía de los presocráticos. Se sublima
el pensamiento en la Idea de Platón; pero demasiado realista queda
reducido al justo término por el más grande genio de era precristiana. El
Estagirita corregirá a sus predecesores y llega a la cumbre de la filosofía.
Ya los errores de Heráclito y los de Eleata no dañaran con su sofisma, y el
sistema fragua en moldes que penetraran todos los siglos. Las deficiencias
en su sistema se vendrán corrigiendo; pero las líneas fundamentales no
desaparecerán. Su ética tiene lagunas, y también su Cosmología y su
Teología natural. Sin embargo, no habrá quien quiera filosofar en el mundo
posterior que no recurra al que por antonomasia es “el Filósofo”.
Luego se interna la línea platónica en el mundo entero y también para
siglos, gracias a un genio que quizás nunca quedó superado: Agustín de
Tagaste, quien marco rutas al Occidente en una roturación que todavía nos
pasma. El Neoplatonismo suyo hará que occidente viva de idealidades y
elevación por siglos y siglos. Su sistema también puede de adolecer de tal o
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cual lunar; pero él recogió la herencia de la Hélade, y la llevó a la perfección
que le venía de luces no humanas; pero sí para el hombre. La Filosofía que
se llama Patrística es algo más que un prurito de adjudicar a la Iglesia el
saber: es que ella salvó de la ruina la civilización occidental, y en sus aulas
se bebió el saber. Fue la maestra de Europa, y con Europa del mundo
entero.
Viene más tarde la forjación de un sistema de la más fuerte estructuración,
por su método, por su caudal heredado de más allá de la era que vivimos, y
la suma que hizo de los valores posteriores a la venida de Cristo, fue el
sistema que fraguó en las universidades educadoras de la humanidad por
siglos y por siglos. De Anselmo en adelante, en Francia, en Inglaterra, en la
futura Alemania, en España y en Italia el Escolasticismo dio vigor a la mente
del hombre que filosofa.
Se eclipsa por sutilezas y devaneos en que se pierden muchos que caerán
más tarde en el Nominalismo y el conceptualismo. Pero luego avanza
hacia una síntesis cual no habían visto los siglos precedentes. Tras los
errores de la filosofía Árabe, en que se desfigura a Aristóteles, viene la
síntesis que reúne los caminos, y lanza sobre el mundo un torrente de luz y
de verdad que nadie puede desconocer. El genio de Alberto Magno, de
saber universal, y la prodigiosa obra del mayo escolástico de todos los
siglos, su discípulo, Tomás de Aquino, van a ser definitivos para el saber
humano. La profundidad, claridad, fuerza y amplitud del genio de Aquino
dejan marcada la ruta filosófica para todos los tiempos venideros.
Si los siglos XIV y XV sufren decadencia, y luego la fiebre de las ciencias
positivista junto con la incuria de los escolásticos ponen en crisis la Filosofía
sana, y se sucede luego el descredito exacerbado por el Humanismo del
Renacimiento, vuelve el esfuerzo a recobrar posiciones de saber, frente a la
pugna por profesar la duda. Hubo un cimbrarse peligroso, que azoró a
Descartes. Renovó éste la duda universal, si bien como método, y será un
jalón en la trayectoria de la Filosofía. Pero su escepticismo tuvo eficaz
correctivo en el resurgir de la Filosofía tomista. La vindicaron nombres
como los de Soto, Vitoria y Cano, Suárez y Molina, cuya sola obra es digna
de marcar época en toda Europa.
Cierto, iluminismo vendría más tarde y en época de confusión a llenar de
fatuos humos las cabezas de los hombres. También se internó en nuevos
mares la Filosofía, y pugnó el hombre, como si fuera una gloria, por gritar
con el entendimiento que él era solo materia o que dudaba de todo. Se hizo
crisis en el mundo intelecto. Se perfilaba una nueva época y llegó.
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Kant refunde los sistemas precedentes; pero acomete de base la revisión.
Deja zapados los cimientos de la construcción filosófica, que conserva la
apariencia de quedar intacta. La Filosofía se encontró sin su sentido propio:
era la que fingía o “pensaba”, pero no podía “conocer” al mundo, su primer
problema, su misión esencial. Ahora sólo sueña con Fichte, Schelling y
Hegel.
Una vez más, el hombre no podía quedar satisfecho de ser un iluso
perpetuo. Viene la reacción: de la ignorancia del ignotum X, a la intuición, a
la penetración del ser con el brillante Bergson y sus secuaces: Le Roy,
Blondel… Había sacudido el mundo el escepticismo y el idealismo alemán
el pragmatismo y positivismo inglés y francés. También el materialismo
alemán quedó superado, si bien no muerto. Feuerbach y Marx lo inyectan al
siglo XX, en el que se mezclará con la violencia potente de nuestra hora.
Llegamos así al dinámico hombre del siglo XX. Los sistemas filosóficos van
sellados con ese carácter: la fuerza del soberbio superhombre (Nietzsche),
el momento en que nos agitamos (Dilthey, Max Scheler), y el debatirse por
libertades, el momento exterior, sin penetración de esencias, el existencial
ser del dinamismo no conocido en su entraña (Heidegger, Jaspers, Sartre),
y el tedio de vivir. Y la tortura de la miseria que le hace buscar el consuelo
en la materia (Marx) o perderse en teosofismos y espiritismos vagos.
La Filosofía marxista pretende una síntesis nominal, deja la real destruida
con su materialismo dialectico. La negación de Dios y de valores
espirituales es lógica y es necesaria en tal sistema. Arranca de cuajo la
posibilidad de una verdadera ciencia, si ha de ser lógico, y en el reino moral-
social condena al hombre a la perdida teórica y práctica de su libertad. Una
vez más nos encontramos con el destrozo del juguete: han hecho del mismo
ser social un juguete en manos de un ser etéreo: Estado o Partido.
Pero también una vez más se ha venido abriendo paso el esfuerzo mental
sano. Ha condenado el materialismo: los sistemas epistemológicos
agnósticos han quedado superados, se ha corregido la misma exageración
intuicionista y la pugna que desencadena el materialismo dialéctico tiene
indicios felices de una nueva integración del ser humano y filosófico en
sistemas de posturas intermedias: somos materia, pero animada de espíritu,
y se vuelve a la concepción aristotélico-tomista. Aun en el empeño por
disimular su materialismo, nos dice que el marxismo advierte que de otro
modo no tendrá aceptación entre el mundo delos que piensan. El XIII
Congreso Internacional de Filosofía que se celebró (sep. 1963) en México,
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acusó esa ansia de encontrar la verdad y la síntesis higiénica entre materia
y espíritu. El hombre ha buscado siempre su centro de gravedad.
Entre los mismos escombros de sistemas filosóficos que se han venido
destruyendo mutuamente suele encontrarse un miembro arquitectónico que
resalta con el mensaje de un sello de verdad. Así, por no citar sino el último
ejemplo: el existencialismo ha venido a subrayar el dinamismo de los seres;
el materialismo dialéctico con su “praxis” nos amonesta a que veamos el
valor real de la filosofía. La esencia de los seres es la naturaleza, y por su
actividad se nos da a conocer. Tiene su dinamismo porque tiene su
finalidad. En esa actividad de la materia es donde por vez primera
descubrimos las esencias de las cosas. Pero sí las conocemos, las
arrancamos a los seres con nuestro instrumento de pensar y penetrar en
sus entrañas verdaderamente. Es laborioso nuestro saber; pero es saber.
La intuición se nos reserva para el más allá. Ni lo sabemos todo ni, menos
aún, todo lo ignoramos. Hemos logrado conquistas y nada despreciables;
poseemos lo fundamental. Hay misterios; pero no todo es una incógnita.
Tenemos lo suficientes para ser agradecidos; nos falta lo bastante para ser
humildes. Caminamos en penumbra: ni tinieblas espesas, ni total claridad.
Mañana será la plena luz.
Al filósofo le toca descifrar el misterio del mundo y de sí mismo. Debe tener
honradez intelectual y luchar por guiar, en la medida de sus fuerzas, a las
almas sinceras que busquen la verdad.
Salomón Rahaim Manriquez