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Obsesion - Rendell - Ruth

El documento trata sobre Minty, quien cree ver el fantasma de su difunto prometido Jock sentado en una silla en su casa. Ella siente miedo y trata de alejarse del fantasma bañándose y limpiando su casa. Más tarde considera contarle a su amiga Sonovia sobre la aparición del fantasma.

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Obsesion - Rendell - Ruth

El documento trata sobre Minty, quien cree ver el fantasma de su difunto prometido Jock sentado en una silla en su casa. Ella siente miedo y trata de alejarse del fantasma bañándose y limpiando su casa. Más tarde considera contarle a su amiga Sonovia sobre la aparición del fantasma.

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Obsesión

Ruth Rendell
Capítulo 1

Minty sabía que la figura sentada en la silla era un fantasma porque estaba asustada. Si tan solo fuera fruto de
su imaginación, no sentiría miedo. Resultaba imposible sentir miedo cuando lo que se veía no existía en
realidad.

Era por la tarde, pero al ser invierno ya estaba bastante oscuro. Minty había llegado del trabajo, entrado por
la puerta principal y encendido la luz del recibidor. La puerta del salón estaba abierta y el fantasma
permanecía sentado en una silla de respaldo recto colocada en el centro de la estancia, de espaldas a ella.
Minty había situado la silla allí para encaramarse a ella y cambiar una bombilla antes de salir de casa aquella
mañana, olvidando devolverla a su lugar. Se cubrió la boca con ambas manos para ahogar el grito y avanzó
un paso hacia la silla. «¿Qué haré si se vuelve?», pensó. En los cuentos, los fantasmas son grises, como las
personas en los televisores en blanco y negro, o bien transparentes, pero aquel tenía una mata de cabello
corto castaño, cuello moreno y una cazadora de cuero negro. No le hacía falta ver su rostro para saber que se
trataba de Jock, su difunto prometido.

¿Y si se quedaba allí y ella no podía usar el salón? El fantasma no permanecía del todo inmóvil, sino que
movió la cabeza y a continuación la pierna izquierda. Al poco deslizó ambos pies hacia atrás como si se
dispusiera a levantarse. Minty cerró los ojos con fuerza. Reinaba el más absoluto silencio. De pronto, el grito
de uno de los niños que vivía en la acera de enfrente le hizo dar un respingo y abrir los ojos. El fantasma
había desaparecido. Encendió la luz y tocó el asiento de la silla; estaba caliente, lo cual la sorprendió, ya que
siempre había creído que los fantasmas estaban fríos. Colocó la silla en su lugar junto a la mesa. Si no estaba
en el centro del salón, tal vez el fantasma no volviera.

Subió la escalera, esperando a medias verlo arriba. Podría haber pasado junto a ella y subir mientras tenía
los ojos cerrados. A los fantasmas no les gustaba la luz, de modo que Minty encendió todas las lámparas con
sus potentes bombillas de cien vatios, pero no vio rastro de él. Lo había amado, se consideraba casada con él
pese a que no habían llegado a contraer matrimonio, pero no quería vérselas con su espectro. Era
espeluznante.

En cualquier caso, se había marchado, y era hora de asearse a fondo. Una de las cosas que a Jock le había
gustado de ella, de eso estaba segura Minty, era que siempre iba impecable. Por supuesto, aquella mañana,
antes de ir a Immacue, se había bañado y lavado el cabello. Jamás se le habría ocurrido salir de casa sin
hacerlo, pero de eso hacía ya ocho horas y sin duda se había acumulado en su cuerpo una cantidad
considerable de suciedad en Harrow Road a causa de la gente que entraba en las tiendas, por no hablar de la
ropa que llevaban a la tintorería.

Era una maravilla disponer de un cuarto de baño para ella sola. Cada vez que entraba en el baño, elevaba una
silenciosa oración de gracias a la tía, como si de una santa se tratara (aunque casi nunca había pensando en
ella en aquellos términos cuando estaba viva), por hacerlo posible. «Querida tía, gracias por morir y dejarme
un cuarto de baño. Te estoy muy agradecida, pues me ha cambiado la vida. Tu sobrina que siempre te querrá,
Araminta.» Se quitó toda la ropa y la arrojó a la cesta Aladdin con tapa. Resultaba caro bañarse más de una
vez al día; instalaría una ducha en cuanto pudiera permitírselo. Algún día, aunque no tan pronto como había
esperado. Entretanto, de pie sobre la alfombrilla en la bañera, se enjabonó con la gran esponja natural que
Sonovia le había regalado por Navidad.
Al igual que todo cuanto contenía el baño, el cepillo de uñas había pertenecido a la tía. Era de color azul
turquesa y tenía mango, lo que permitía asirlo con firmeza. Minty se cepilló las uñas, un hábito higiénico que
había convertido en un verdadero arte. No bastaba con cepillarse las yemas de los dedos, sino que era
necesario introducir las cerdas bajo las uñas e imprimir un rápido movimiento al cepillo. En último lugar se
lavó los pies, enjabonándose a conciencia entre los dedos antes de cepillarse las uñas. La tía siempre había
dicho que el jabón estaba desapareciendo de las tiendas. Según ella, se acercaba el día en que resultaría
imposible encontrar una pastilla de jabón decente. Ya solo vendían gel de baño y esencias embotelladas,
polvos y lociones limpiadoras, por no mencionar ese jabón que no era jabón, sino pastillas de algo relleno de
capullos de rosa, semillas y briznas de hierba. Minty desdeñaba todos aquellos inventos y utilizaba la pastilla
de jabón de toda la vida.

En el cuarto de baño se sentía a salvo. De algún modo, no podía imaginarse a un fantasma ahí dentro, no
encajaba. ¿Debía volver a lavarse el pelo? Parecía limpio, con sus finos mechones rubios que caían sueltos
como era habitual. Más valía lavárselo de nuevo para ir sobre seguro. Aquella noche salía con Sonovia y Laf,
y no quería ofenderlos en modo alguno. Nada más desagradable que una melena grasienta en las
inmediaciones. Se lo lavó a conciencia; era lo mejor.

Por fin se secó y echó la toalla mojada al cesto. Nunca usaba una toalla dos veces ni tampoco se ponía loción
corporal ni perfume. Desodorante sí, tanto en las axilas como en las plantas de los pies y de las manos. La
leche corporal no hacía más que ensuciar la piel limpia, al igual que el maquillaje. Además, no podía
permitirse semejantes trivialidades. De hecho, estaba orgullosa de que sus labios y sus pálidas pestañas no
hubieran conocido jamás barra de labios ni rímel algunos. En circunstancias normales, desde la muerte de la
tía, Minty habría recorrido desnuda el corto pasillo que conducía a su dormitorio, como a buen seguro habría
hecho si Jock estuviera vivo en su casa. Sin embargo, la cosa cambiaba con un fantasma, un hombre muerto
que no tenía por qué ver a una mujer desnuda desde la tumba. Así pues, sacó una toalla limpia del armario, se
arrebujó en ella y abrió la puerta con cautela. Allí no había nada ni nadie. Ningún fantasma habría
sobrevivido bajo una luz tan intensa.

Minty se puso ropa interior limpia, así como pantalones de algodón y un jersey también limpios. Nada de
complementos ni joyas; nunca se sabía qué gérmenes podían contener aquellas cosas. Debía acudir a casa de
sus vecinos a las siete y media. La película que iban a ver en el cine Odeón de Marble Arch empezaba a las
ocho y cuarto, de modo que antes comería algo y quizá tomaría una taza de té.

¿Por qué habría regresado? Se decía que los fantasmas volvían cuando tenían asuntos pendientes de resolver.
Bueno, tal era el caso de Jock. Un compromiso de matrimonio no terminaba hasta la boda. Minty ni siquiera
había visto su cadáver ni asistido a su funeral ni recibido una urna de cenizas como la que le dieron tras
incinerar a la tía. Lo único que tenía era aquella carta en que se le comunicaba que Jock había muerto en
aquel accidente ferroviario, reducido a cenizas. Minty había empezado a superarlo, a dejar de llorar y seguir
adelante con su vida, como decían que debía ser, y ahora la aparición de su fantasma reavivaba el recuerdo.
Tal vez solo había vuelto para despedirse definitivamente de ella. Eso esperaba.

La cocina estaba inmaculada y despedía un fuerte olor a lejía, fragancia que a Minty le encantaba. De hecho,
si alguna vez hubiera llevado perfume, habría olido a lejía. Pese a que acababa de tomar un baño, volvió a
lavarse las manos. Era muy cuidadosa con lo que comía, pues había alimentos que ensuciaban mucho, como la
sopa, por ejemplo, la pasta y cualquier plato con salsa. Minty comía mucho pollo frío, jamón, ensalada y pan
blanco, nunca integral, porque a saber qué le ponían para conferirle ese color, huevos y mantequilla fresca sin
sal. El gasto semanal en pañuelos desechables, servilletas de papel y papel de cocina era ingente, pero
inevitable, ya que cada día llenaba la lavadora a plena capacidad, y solo le hubiera faltado tener que lavar
servilletas de tela. Después de comer lavó y guardó todos los utensilios antes de lavarse las manos una vez
más.

¿Dejaría las luces encendidas al salir? La tía lo habría considerado un despilfarro imperdonable, pero no le
quedaría otro remedio que dejar encendidas las de la planta superior, pues no estaba dispuesta a subir, apagar
las luces y volver a bajar con toda esa oscuridad a su espalda. En el recibidor descolgó el abrigo del gancho
y se lo puso. Los abrigos constituían un problema, porque no había forma de mantenerlos limpios. Minty
había hecho cuanto estaba en su mano cosiendo un par de forros de algodón con la máquina de Immacue.
Podía lavarlos y colocar uno limpio en el interior del abrigo cada vez que se lo ponía. Lo mejor para
conservar la tranquilidad de espíritu era no pensar en la suciedad acumulada en la capa exterior del abrigo,
pero era una batalla que Minty no siempre ganaba.

La luz del salón estaba encendida. Minty se asomó a la habitación, salió al cabo de un instante y desde el
recibidor deslizó la mano por el marco de la puerta para apagar la luz, cerrando los ojos involuntariamente al
hacerlo. Ahora temía abrirlos por si el fantasma de Jock había aprovechado la ocasión de su ceguera
temporal para sentarse de nuevo en la silla, aunque tal vez no lo conseguiría estando la silla tan cerca de la
mesa. Por fin los abrió. Ni rastro del fantasma. ¿Debía mencionárselo a Sonovia? No estaba segura de ello.

Las puertas principales de las casas de Syringa Road daban a unos minúsculos jardines delanteros. El de
Minty estaba pavimentado, de eso se había encargado la tía, pero el contiguo estaba cubierto de tierra y
flores, montones de flores en verano. Sonovia vio a Minty desde la ventana y la saludó con la mano. Llevaba
el nuevo traje chaqueta rojo y una especie de bufanda larga de color azul celeste que denominaba pashmina.
El lápiz de labios hacía juego con el traje, y su cabello, recién arreglado, se parecía al reluciente sombrero
de la jarra de cerveza con forma de hombre sentado que la tía había comprado en cierta ocasión durante una
excursión al Southend.

–Hemos decidido ir en autobús -anunció Sonovia-. Laf dice que no tiene intención de arriesgarse a aparcar
allí y que le pongan el cepo. Al estar en el cuerpo tiene que andarse con ojo.

Sonovia siempre decía «estar en el cuerpo» en lugar de «ser policía». Minty quedó decepcionada al saber
que no irían en coche, pero no dijo nada. Echaba de menos salir en el coche de Jock a pesar de que era viejo,
una «cafetera» en palabras de su prometido. En aquel instante, Laf salió de la casa y la besó. Se llamaba
Lafcadio, un nombre demasiado altisonante para acostarse con él, como lo expresaba Sonovia, de modo que
todo el mundo lo llamaba Laf. Él y Sonovia aún no habían cumplido los cincuenta, pero llevaban casados
desde los dieciocho años y tenían cuatro hijos mayores que, o bien estaban instalados en sus propios hogares
o bien aún estudiaban en la universidad. La tía siempre decía que, oyendo hablar a Sonovia, cualquiera diría
que nadie más en el mundo tenía un hijo médico, una hija abogada, otra hija en la universidad y el pequeño en
la escuela de música Guildhall. A Minty le parecían motivos de orgullo, pero al mismo tiempo no alcanzaba a
imaginar la cantidad de trabajo, estudio y tiempo invertidos en llegar hasta allí.

–He visto un fantasma -dijo-. Al volver del trabajo, en el salón, sentado en una silla. Era Jock.

Sonovia y Laf no habían conocido a Jock, pero sabían a quién se refería.

–Vamos, Minty, no seas boba -exclamó Laf.

–Los fantasmas no existen, querida -añadió Sonovia.


Siempre decía «querida» cuando deseaba demostrar que era mayor y más sabia que su interlocutor.

–No existen -repitió con mayor énfasis.

Minty conocía a Laf y Sonovia desde que se habían instalado en la casa contigua, cuando ella tenía diez años.
Algunos años más tarde había trabajado de canguro para ellos.

–Era el fantasma de Jock -insistió-. Cuando desapareció toqué el asiento de la silla y estaba caliente. Era él,
sin duda.

–No me lo puedo creer -suspiró Sonovia.

Laf le dio una palmadita en el hombro.

–Ha sido una alucinación, ¿verdad? Por estar un poco baja de moral últimamente.

–Escucha las sabias palabras del sargento Lafcadio Wilson, querida -aconsejó Sonovia antes de mirarse en el
espejo y atusarse el cabello-. Vámonos ya; no quiero perderme el principio de la película.

Se dirigieron a la parada del autobús situada frente al alto muro del cementerio. Cuando algo la preocupaba,
Minty nunca pisaba las juntas de las losas del pavimento.

–Como una niña pequeña -observó Sonovia-. Mi Corinne también lo hacía.

Minty no contestó, sino que siguió evitando las juntas; nada podría haberla impulsado a pisarlas. Al otro lado
del muro había tumbas y lápidas, grandes árboles oscuros, el gasómetro, el canal. Había querido enterrar a la
tía allí, pero no se lo habían permitido, pues no quedaba sitio, y por fin fue incinerada. Los de la funeraria le
escribieron para comunicarle que podía recoger la urna con las cenizas. Nadie le preguntó qué pensaba hacer
con ellas, de modo que llevó la urna al cementerio, buscó la tumba que más le gustaba, una con un ángel que
sostenía una especie de violín roto en una mano y se cubría los ojos con la otra. Con ayuda de una vieja
cuchara sopera, cavó un hoyo en la tierra y sepultó las cenizas. Después se sintió más tranquila respecto a la
tía, pero no había podido hacer lo mismo por Jock, cuyas cenizas obrarían en poder de su ex mujer o su
anciana madre.

Sonovia le estaba hablando de Corinne, la abogada, sobre algo que el presidente del tribunal le había dicho.
Nada más que cumplidos y elogios, por supuesto. Nadie decía jamás cosas desagradables a los hijos de
Sonovia y nunca les sucedían cosas desagradables. Minty pensó en Jock, fallecido en el incendio de aquel
tren, víctima de una muerte violenta que podía provocar el regreso de la tumba.

–Estás muy callada -comentó Laf.

–Estoy pensando en el fantasma de Jock.

En aquel momento llegó el 18.

–Una película poco acertada dadas las circunstancias -observó Sonovia.


Minty estaba de acuerdo. La película que habían visto se titulaba El sexto sentido y trataba de un pobre niño
trastornado que veía fantasmas de personas asesinadas. Sonovia comentó que no había estado mal, pero se
mostró preocupada por el efecto que la trama podía haber surtido en el pequeño protagonista. No podía ser
bueno que un niño viera aquellas cosas, aunque solo fuera como actor. Después de la película fueron a un pub
de Harrow Road, donde Laf invitó a Minty a una copa de vino blanco. De haber sido el pub donde conoció a
Jock, no habría soportado quedarse, pero en aquel local no conocía a nadie.

–¿Podrás entrar en casa sola?

–Acompáñala, Sonny, y enciende todas las luces.

Minty les estaba agradecida, pues no le habría hecho demasiada gracia entrar sola. Por supuesto, tendría que
hacerlo al día siguiente, y al otro, y al otro. A fin de cuentas, vivía allí. En cuanto todas las luces estuvieron
encendidas, Sonovia le dio un beso, algo poco usual en ella, y la dejó sola en el iluminado vacío. El
problema residía en que tendría que apagar las luces antes de acostarse. Entró en la cocina y se lavó las
manos y la mejilla para eliminar los restos de lápiz de labios de Sonovia. Tras apagar la luz de la cocina,
recorrió el pasillo, esperando sentir de un momento a otro la mano de Jock en el cuello. En vida su prometido
tenía la costumbre de apoyarle la mano en el cuello antes de darle uno de sus profundos besos. Minty se
estremeció, pero allí no había nadie. Con ademán valeroso, apagó la luz del salón y se dirigió a la escalera,
dejando atrás un muro de absoluta oscuridad. Corrió escalera arriba a toda velocidad y entró en el baño sin
cerrar la puerta, sabedora de que si lo hacía, no se atrevería a abrirla de nuevo.

Se cepilló los dientes, se lavó la cara, el cuello, las manos, las axilas, los pies y la zona entre las piernas que
era sagrada para Jock. Ningún hombre volvería a tocarla ni a penetrarla, esa era la promesa que se había
hecho. Antes de salir del baño tocó todas las superficies de madera, eligiendo tres maderas de colores
distintos: el blanco de los paneles que revestían la bañera, el rosa de las molduras, el mango amarillo claro
del cepillo para la espalda. No sabía a ciencia cierta si un objeto portátil serviría o por el contrario tenía que
recurrir a instalaciones fijas. Sí sabía que debía tocar tres superficies o, mejor aún, siete, pero no disponía de
siete colores distintos en el baño. Al salir vio que en el pasillo no había ningún fantasma. Había olvidado el
vaso de agua, pero daba igual, tendría que pasar sin él. De todos modos, nunca bebía mucho por la noche.

Se sentó en la cama y rezó de nuevo a santa Tía. «Querida tía, te ruego que mantengas alejado al fantasma de
Jock. No permitas que me visite durante la noche; no he hecho nada para merecer que me atormente. Por los
siglos de los siglos, amén.» Acto seguido apagó la luz, pero de inmediato volvió a encenderla. En la
oscuridad vio ante ella el rostro de Jock, y si bien sabía que no era su fantasma, sino una especie de sueño o
visión, se llevó un susto. No dormiría muy bien con la luz encendida, pero a buen seguro no pegaría ojo si la
apagaba. Sepultó el rostro entre las sábanas para que la luz no la molestara. La tía oía voces, «sus voces»,
como las llamaba, y en ocasiones veía cosas, sobre todo tras ponerse en contacto con una de esas médiums.
Minty no comprendía, y nadie se lo había explicado, por qué aquellas personas recibían un nombre que
significaba «a medio camino» y no «lo mejor» o «lo peor». Edna, la hermana de la tía, era una de ellas, la
peor, en opinión de Minty, y cuando Edna estaba en su casa o ellas iban a la de ella, Minty pasaba aquel
tiempo muy asustada.

Perder a Jock había supuesto un duro golpe, sobre todo porque había sucedido menos de un año después de la
muerte de la tía. Desde entonces, Minty no era la misma, aunque no habría sabido explicar en qué consistía la
diferencia. Era como si algo en el interior de su cabeza hubiera perdido el equilibrio.
–Nunca has sido muy equilibrada, Polo -habría dicho Jock, pero con afecto.

Y tal vez llevara razón.

Nunca se casaría. Sin embargo, tenía su casa, el trabajo y vecinos agradables. Quizás algún día superaría su
pérdida como estaba superando la de la tía. Había dormido bien, el descanso profundo y sin sueños de quien
solo sueña de día. Estaba llenando el baño de agua lo más caliente que podía soportar. Nunca dejes que la
bañera se llene en tu ausencia, aconsejaba siempre la tía. Su hermana Edna, la que veía fantasmas, lo había
hecho un día. Bajó para abrir la puerta y al entrar de nuevo con la correspondencia y un paquete vio que el
agua empezaba a filtrarse por el techo. La tía tenía muchas historias que contar sobre su hermana Edna y su
hermana Kathleen, sobre todo de lo que hacían cuando eran jóvenes. A veces las voces de la tía eran sus
voces; en otras ocasiones eran Dios y el duque de Windsor.

El agua estaba caliente y cristalina, libre de la contaminación de las sales de baño. Se tendió de espaldas,
sumergió la cabeza, se lavó el cabello y luego se frotó el cuerpo con movimientos vigorosos. Jock siempre
decía que estaba demasiado delgada, que le convenía engordar un poco, pero era su constitución y nada podía
hacerse al respecto. En cualquier caso, ya no importaba. Se arrodilló bajo el grifo para aclararse el cabello.
Se lo secaría al aire; no le gustaban los secadores, pues despedían aire polvoriento sobre la cabeza, ni
siquiera el que le había comprado Jock y que afirmaba purificar el aire que soplaba. Tras cepillarse los
dientes a conciencia, se enjuagó el paladar, la lengua y las encías con elixir bucal. Desodorante, ropa interior
limpia, pantalones de algodón limpios y camiseta de manga larga. En el supermercado Asda del barrio
denominaban los desodorantes antitranspirantes, un nombre que Minty detestaba, ya que se estremecía con el
mero hecho de pensar en la transpiración.

Desayunó tostadas con pasta vegetal para untar, una comida limpia y seca, acompañada de una taza de té con
mucha leche y azúcar. Introdujo dos toallas de baño, dos de manos, dos mudas de ropa interior, dos
pantalones, dos camisetas y el forro del abrigo en la lavadora, que acto seguido programó y puso en marcha.
Volvería a la hora del almuerzo para poner la ropa en la secadora y quizás aprovecharía para visitar la tumba
de la tía.

Era una mañana gris, brumosa y sin viento. Había cola en la parada del 18, de modo que decidió recorrer a
pie la Quinta y la Sexta Avenidas hasta la tintorería, evitando las juntas de las losas. Minty había crecido
entre aquellos nombres de calles y se le antojaban de lo más normal, pero a Jock le hacían reír. Solo llevaba
unos meses en la zona y cada vez que veía uno de aquellos nombres, ponía los ojos en blanco y lanzaba una
de sus características carcajadas silenciosas.

–¡Quinta Avenida! Increíble… -exclamaba.

Tenía que reconocer que no era un barrio demasiado bueno, pero «mísero» y «marginal», los apelativos que
empleaba Jock para describirlo, le parecían exagerados. Pasados de rosca, en palabras del propio Jock. A
Minty le parecía un lugar gris y triste, pero conocido, el telón de fondo ante el que habían transcurrido sus
casi treinta y ocho años de vida, pues no era más que un bebé cuando Agnes la dejó al cuidado de la tía «una
hora como máximo» para no volver jamás. Una hilera de tiendas se alineaba en Harrow Road desde la
Primera hasta la Segunda Avenida. Dos de ellas habían cerrado y lo estaban con tablones de madera o bien
habían sido blanco de los vándalos. El restaurante paquistaní de comida para llevar seguía allí, al igual que
una tienda de accesorios de baño, otra de materiales de construcción, una peluquería unisex y, en la esquina,
Immacue. Por fortuna, Minty llevaba la llave, porque Josephine aún no había llegado.
Entró en el establecimiento, subió la persiana de la puerta y descorrió las rejas que protegían la ventana. De
noche, Harrow Road se poblaba de gentes muy extrañas y nada estaba a salvo. Minty se detuvo un instante
para aspirar el olor de Immacue, una mezcla de jabón, detergente, ropa limpia, líquidos para el lavado en
seco y quitamanchas. Le habría gustado que su casa de Syringa Road oliera de aquel modo, pero carecía de
los medios necesarios. Era una fragancia que surgía tras años de limpiar constantemente en un espacio
relativamente pequeño, e inhalarlo era lo contrario de lo que Minty experimentaba a veces cuando le tocaba
clasificar los montones de ropa que traían los clientes, pues al moverlos, levantarlos y darles la vuelta,
despedían desagradables olores de sudor viejo y manchas de comida.

Las nueve y media en punto. Dio la vuelta al rótulo de apertura colgado en la parte interior de la puerta y se
dirigió a la trastienda para empezar a planchar. Immacue ofrecía un servicio de planchado de camisas, y los
días laborables, sábados inclusive, le correspondía planchar cincuenta antes del almuerzo. Las traían y
recogían mujeres en su mayoría, y a veces Minty se preguntaba quién las llevaría. Casi todos los habitantes
del barrio eran pobres, madres solteras, pensionistas y jóvenes en paro que se metían en líos. Sin embargo,
muchos yuppies que trabajaban en la City se habían comprado en las inmediaciones casas que les habían
salido baratas, teniendo en cuenta cómo estaba el mercado, y que se encontraban cerca del West End, aunque
eran lugares que sus padres no se habrían dignado a considerar siquiera. Debían de ser ellos quienes se
ponían aquellas camisas blanco nieve, rosa y a rayas azules para ir a trabajar a los bancos y las oficinas,
aquellas doscientas camisas inmaculadas envueltas en papel de celofán, cada una de ellas provista de una
pajarita de cartón para evitar que se arrugara el cuello.

Para cuando llegó Josephine, Minty había planchado cinco. Cada mañana, al llegar, Josephine se acercaba a
Minty y la besaba en la mejilla. Minty se sometía al saludo e incluso presentaba la mejilla, pero a decir
verdad no le gustaba que Josephine la besara, pues llevaba una gruesa y grasienta capa de pintalabios rojo
oscuro, parte del cual manchaba ineludiblemente la piel pálida y limpia de Minty. En cuanto Josephine se
alejaba para colgar su abrigo, Minty iba al fregadero para lavarse la mejilla y las manos. Por suerte, en
Immacue había gran cantidad de productos de limpieza, paños, esponjas y cepillos.

Empezaron a llegar los clientes, pero era Josephine quien los atendía. Minty no salía de la trastienda a menos
que uno de ellos pidiera específicamente por ella o que Josephine la llamara. Algunos de ellos aún no sabían
lo que le había sucedido a Jock y le preguntaban cómo estaba su prometido o cuándo sería la boda, por lo que
Minty se veía obligada a contestar que Jock había muerto en el accidente ferroviario de Paddington. No le
gustaba la compasión; más bien la avergonzaba, sobre todo después de haber visto su fantasma. En cierto
modo, decir que había muerto y aceptar las condolencias de la gente se le antojaba una especie de engaño.

Tomaron un café a las once. Minty apuró su taza y se lavó las manos.

–¿Cómo estás, cariño? – se interesó Josephine-. ¿Empiezas a superarlo?

Minty contempló la posibilidad de hablarle del fantasma, pero decidió no hacerlo. En cierta ocasión, una
clienta afirmó que había visto a su madre en un sueño y que a la mañana siguiente recibió una llamada en que
se le comunicaba su muerte. Había muerto en el preciso instante del sueño.

–¿No lo dirá en serio? – espetó Josephine con bastante grosería y una carcajada desdeñosa.

Así pues, más valía callar.


–La vida sigue, ¿no? – observó en cambio.

Josephine se mostró de acuerdo.

–Tienes razón, de nada sirve obsesionarse con las cosas.

Era una mujer alta, de pecho voluminoso, piernas largas y melena rubia y larga como una muchacha de
dieciocho años, pero poseía un buen corazón, o al menos eso decía la gente. Minty vivía con el temor
perpetuo de que un poco del esmalte de uñas rojo oscuro que llevaba se le desprendiera y cayera en el café.
Josephine tenía un novio chino que no hablaba una sola palabra de inglés y era cocinero en un restaurante de
Harlesden llamado Lotus Dragón. Ambos conocían a Jock de cuando iba a buscar a Minty al trabajo.

–Era un muchacho encantador -observó Josephine-. La vida es dura, si te paras a pensarlo.

Minty habría preferido no hablar del asunto, sobre todo en aquellos momentos. Terminó de planchar la
camisa número cincuenta a la una menos diez y fue a casa durante una hora. Allí almorzó huevos de cría
orgánica revueltos y pan blanco tostado. Se lavó las manos antes y después de comer, al igual que la cara, y
puso la ropa en la secadora. El florista había instalado su tenderete delante del cementerio. Aún no había
llegado la primavera, solo estaban en febrero, pero el hombre tenía narcisos y tulipanes además de los
crisantemos y los claveles que había vendido durante todo el invierno. Minty llenó una botella de lejía vacía
con agua, salió y compró al florista seis tulipanes rosados y seis narcisos blancos de centro naranja.

–Son para su tía, ¿verdad, querida?

Minty asintió y añadió que era agradable ver las flores primaverales.

–Desde luego -corroboró el florista-, y debo decir que alegra el corazón ver que una jovencita como usted se
acuerda de sus mayores. Hay tanta indiferencia hoy en día…

A los treinta y siete años, Minty no se consideraba una jovencita, pero mucha gente creía que era mucho más
joven, pues no se fijaban lo suficiente para ver las arrugas que se formaban alrededor de sus ojos ni los
frunces de las comisuras de sus labios. El camarero del Queen's Head no le echaba más de diecisiete años.
Era por su piel blanca, reluciente alrededor de la nariz, por el cabello rubio y fino, por el hecho de ser
delgada como una modelo. Minty pagó al hombre, le dedicó una sonrisa por haberla llamado jovencita y entró
en el cementerio con las flores.

De no ser por las tumbas, habría tenido la impresión de hallarse en el campo, pues era un lugar lleno de
árboles, arbustos y hierba. En opinión de Jock, no era cierto, pues las tumbas eran la razón de que hubiera
árboles. Había muchas personas famosas enterradas allí, pero Minty no conocía sus nombres ni le
interesaban. En el otro extremo se encontraba el canal y, más allá, la fábrica de gas. El gasómetro se cernía
sobre el cementerio como un templo antiguo e inmenso que conmemorara a los muertos. La hiedra era la
planta que crecía en mayor abundancia, cubriendo lápidas y losas, trepando por las columnas, envolviendo
las estatuas e introduciendo sus brotes en las grietas y los intersticios de los sepulcros. Algunos árboles
poseían hojas negras brillantes y puntiagudas, como si fueran de cuero, pero la mayoría perdía su follaje en
invierno y sus ramas desnudas suspiraban y se estremecían cuando soplaba el viento, aunque ahora pendían
quietas. En el cementerio siempre reinaba el silencio, como si existiera una barrera invisible que mantuviera
alejados incluso los sonidos del tráfico.
La tumba de la tía se hallaba al final del siguiente sendero, en la esquina donde confluía con uno de los
pasillos principales. Por supuesto, no era su tumba en realidad, sino tan solo el lugar donde Minty había
enterrado sus cenizas. En aquel sepulcro descansaba Maisie Julia Chepstow, amada esposa de John
Chepstow, que abandonó este mundo el 15 de diciembre de 1897 a la edad de cincuenta y tres años, y ahora
dormía en brazos de Jesús. Cuando llevó a Jock a visitar la tumba, le contó que era la abuela de la tía y el
joven quedó impresionado. Incluso podía ser cierto; a fin de cuentas, la tía habría tenido dos abuelas como
todo el mundo, como ella misma. Haría grabar el nombre de la tía en la lápida, explicó a Jock. Él repuso que
era un sepulcro hermoso, conmovedor, y que el ángel de piedra debía de haber costado una fortuna, incluso en
aquella época.

Minty sacó los tallos muertos del jarrón de piedra y los envolvió en el papel donde había traído los tulipanes
y los narcisos. A continuación vertió el agua de la botella de lejía en el jarrón y cuando se volvió para coger
las flores frescas, vio el fantasma de Jock acercándose a ella por el pasillo principal. Llevaba vaqueros,
jersey azul marino y su cazadora de cuero, pero a diferencia de la noche anterior, ahora veía a través de él.

–¿Qué quieres, Jock? – preguntó con valentía a pesar de que apenas podía articular palabra-. ¿Para qué has
vuelto?

Jock no habló y cuando se encontraba a un par de metros de ella, se desvaneció, como una sombra cuando el
sol se pone. A Minty le habría gustado poder tocar algún objeto de madera o santiguarse, pero no sabía por
dónde empezar. Temblando como una hoja, se arrodilló sobre la tumba de la tía y rezó. «Querida tía,
mantenlo alejado de mí. Si lo ves allá donde estás, dile que no quiero que vuelva. Por siempre tu sobrina que
te quiere, Araminta.»

En aquel momento llegaron dos personas por el camino, una de ellas una mujer que llevaba un ramillete de
claveles. Al pasar la saludaron como nunca la habrían saludado de haberse cruzado con ella por la calle.
Minty se incorporó y les devolvió el saludo antes de coger los tallos muertos y la botella de lejía para
depositarlos en una papelera. Había empezado a llover. Jock siempre decía que no había por qué
preocuparse, que no era más que agua, pero ¿era cierto eso? Una nunca sabía cuánta suciedad acumulaban sus
gotas al caer del cielo.

Capitulo 2

El verdadero nombre de la tía era Winifred Knox. Tenía dos hermanas y un hermano, y todos ellos vivían en
el 39 de Syringa Road con sus padres. Arthur fue el primero en marcharse para contraer matrimonio, dejando
en la casa a sus hermanas. Las otras dos le llevaban muchos años a la tía, que había sido un bebé tardío.
Kathleen se casó, luego la siguió Edna y más tarde murió su padre, de modo que la tía se quedó sola con su
madre y se ganaba la vida limpiando oficinas. Pasó muchos años prometida a Bert, pero no podía casarse con
él mientras su madre, confinada en una silla de ruedas, dependiera por completo de ella.

Su madre murió el día en que la tía cumplió cuarenta años. Ella y Bert esperaron un tiempo prudencial y por
fin se casaron, pero la cosa no funcionó; de hecho, fue una pesadilla.

–No sabía qué esperar -explicó la tía-. Supongo que había llevado una vida muy protegida y no sabía nada de
los hombres. Fue una pesadilla.

–Pero ¿qué te hacía? – preguntó Minty.

–Jamás se lo contaría a una jovencita inocente como tú. En cualquier caso, puse fin al matrimonio en cuestión
de quince días. Por suerte, había conservado esta casa. Solo lamentaba no haber tenido hijos propios, pero
entonces apareciste tú.

La madre de Minty se llamaba Agnes y había sido la mejor amiga de la tía en la escuela, aunque desde
entonces no se habían visto mucho. A nadie le sorprendió ver aparecer a Agnes con un bebé; se lo había
buscado porque se iba con cualquiera. Nunca se hizo mención del padre, como si de una concepción
inmaculada se tratara. Corría la década de los sesenta y la gente no era tan estricta como cuando la tía era
joven, pero aun así miraban a Agnes con desdén y comentaban que el bebé era una carga. De vez en cuando,
Agnes visitaba a la tía en Syringa Road y ambas empujaban el cochecito por Queen's Park.

Aquella tarde de mayo, cuando Minty tenía seis meses, no hubo paseo por el parque. Agnes pidió a la tía que
cuidara de la pequeña durante una hora mientras ella visitaba a su madre en el hospital. Llevaba consigo
varios pañales, un biberón de leche y un frasco de papilla de ciruela para bebés. Curiosamente, cuando la tía
refería la historia a Minty, nunca omitía la papilla de ciruela.

Agnes llegó poco después de las dos y a las cuatro, la tía empezó a preguntarse qué le habría sucedido. Por
supuesto, sabía bien que cuando la gente decía que regresaría al cabo de una hora, en realidad tardaba dos o
tres. Te decían que tardarían una hora para hacerte sentir mejor, de modo que la tía no se preocupó. Sin
embargo, sí empezó a preocuparse a las seis y aún más a las siete. Por suerte, las pocas tiendas de la zona
eran de las que abrían las veinticuatro horas del día, de modo que pidió a la vecina (el episodio tuvo lugar
antes de la llegada de Sonovia y Laf) que estuviera atenta por si aparecía Agnes, puso a Minty en el cochecito
y salió a comprar potitos, más leche y un racimo de plátanos. La tía no tenía hijos propios, pero creía a pies
juntillas en las propiedades nutritivas del plátano, la fruta más fácil de comer y más popular entre la gente.

–Por lo que a mí respecta, cualquier persona que rechace un plátano resulta altamente sospechosa -afirmaba.

Agnes no apareció al día siguiente ni al otro. De hecho, no regresó. La tía intentó localizarla. Fue a casa de
sus padres y descubrió que su madre nunca había estado hospitalizada, sino que gozaba de una salud de
hierro. Los padres de Agnes no querían al bebé, no, gracias, ellos ya habían cumplido con los suyos cuando
eran pequeños y no tenían intención de volver a empezar. El padre de Agnes comentó que suponía que su hija
había conocido a alguien dispuesto a quedarse con ella, pero no con la pequeña, y que ese era su modo de
resolver el problema.

–¿Por qué no te la quedas tú, Winnie? Al fin y al cabo, no tienes hijos propios; te hará compañía.

La tía siguió su consejo. Le entregaron la partida de nacimiento de la niña en un sobre al que el padre de
Agnes añadió dos billetes de diez libras. A veces, cuando ya había cobrado un profundo afecto a Minty y la
consideraba como suya, la tía se inquietaba por la posibilidad de que Agnes regresara para reclamarla y ella
no pudiera hacer nada por evitarlo. Pero Agnes no volvió y cuando Minty tenía doce años, la madre que
nunca había estado hospitalizada la visitó un día para contarle que Agnes se había casado, divorciado y
casado de nuevo, y que estaba viviendo en Australia con sus tres hijos y los cuatro de su segundo esposo. Fue
un alivio para la tía.
La tía nunca adoptó a Minty ni se convirtió en su madre de acogida ni nada por el estilo.

–No tengo ningún derecho legal sobre ti -comentaba con frecuencia-. Sería difícil decir a quién perteneces,
pero en cualquier caso, nadie parece interesado en llevarte consigo, pobrecita hija de nadie.

Minty dejó la escuela a los dieciséis años y encontró empleo en la fábrica textil de Craven Park. La tía le
había enseñado a ser muy limpia y aunque la ascendieron a operaría, no le gustaba la pelusa que se colaba
por todas partes. En aquella época, todo el mundo fumaba y a Minty tampoco le gustaba el olor a tabaco ni la
ceniza. La tía conocía a los propietarios de la tintorería. A la sazón no se llamaba Immacue, sino Tintorería
Harrow Road, y la dirigía un anciano llamado señor Levy. Minty trabajó allí durante dieciocho años, primero
al mando del joven señor Levy cuando este tomó las riendas del negocio, luego cuando este se convirtió en
Tintorería Quicksilver y por fin a las órdenes de Josephine O'Sullivan. Llevaba una vida sencilla en extremo.
Por las mañanas iba caminando al trabajo, donde pasaba ocho horas, casi todas ellas planchando, y por las
tardes regresaba a casa a pie o con el 18. Pasaba las veladas con la tía, cenando y viendo la televisión en su
compañía. Una vez a la semana iban al cine.

La tía era bastante mayor cuando empezaron las voces. Sus dos hermanas habían muerto ya, pero eran sus
voces las que oía. Kathleen le decía que debía ir al pub después del cine y llevar con ella a Minty, pues ya
era hora de que la joven viviera un poco, y que la mejor elección era el Queen's Head, pues era el único
establecimiento limpio de la zona. Era el que frecuentaba ella con George cuando eran novios. La tía tenía sus
dudas, pero las hermanas insistieron, y después de ver Criaturas celestiales, ella y Minty entraron
tímidamente en el pub de College Park, el Queen's Head. Estaba limpio o, en cualquier caso, todo lo limpio
que cabía esperar. El camarero se pasaba el día limpiando las superficies con un paño limpio, no con un
trapo viejo.

Edna, en cambio, no hablaba de pubs ni de pasarlo bien, sino que instaba a la tía a concentrarse para así
llegar a ver a su esposo Wilfred, quien se moría por «entrar en contacto», significara eso lo que significara,
aunque la tía no sabía por qué debía esforzarse, puesto que nunca había soportado a Wilfred Cutts. Más tarde,
Dios empezó a hablar con la tía, y las hermanas quedaron relegadas a segundo término.

–Hablar con Dios es rezar, pero que Dios hable contigo es esquizofrenia -observó en cierta ocasión el joven
señor Levy.

Minty no se rió con el comentario. Le daba miedo tener a Dios en casa, siempre diciéndole a la tía que la
estaba formando para convertirla en el Ángel del Señor y advirtiéndole que no comiera carne roja. La tía
siempre había sido una apasionada de la familia real y recordaba la época en que Eduardo había renunciado
al trono por el amor de una mujer, de modo que no era de extrañar que la voz del que no llegó a rey se uniera
a la de Dios. Le contó que tenía un hijo nacido en secreto en París y que debía decirle a la reina que el trono
no le correspondía a ella, sino que era el rey Eduardo X quien debía llevar la corona. La tía fue detenida
cuando intentaba entrar en el palacio de Buckingham; quisieron internarla a raíz del incidente, pero Minty no
lo permitió. Mientras ella conservara la salud y la fuerza, la tía se quedaría con ella.

–Ha sido como una madre para mí -confesó al joven señor Levy, quien le respondió que era una buena chica y
que era una lástima que no hubiera más como ella.

Al final fue necesario internar a la tía, pero no sobrevivió mucho tiempo en la unidad geriátrica. Largo tiempo
atrás había hecho testamento, legando a Minty la casa de Syringa Road, el mobiliario y todos sus ahorros, que
ascendían a mil seiscientas cincuenta libras. Minty no reveló a nadie la cantidad, pero sí hizo saber a la gente
que la tía le había dejado dinero, lo cual demostraba que la quería. Sumado a sus propios ahorros, el legado
ascendía a dos mil quinientas libras. Toda cantidad superior a mil libras era mucho dinero, creía Minty,
orgullosa de la fortuna que había amasado. Al poco recogió las cenizas de la tía en la funeraria y las enterró
en la tumba de la señora Chepstow.

Pasó largo tiempo antes de que volviera al pub. A la semana siguiente, Laf y Sonovia no quisieron
acompañarla al cine, de modo que fue sola; a decir verdad, no le importaba, porque no le apetecía hablar en
el cine. Sabiamente, decidió ir a la sesión de las seis y diez, a la que apenas acudía nadie, y en efecto, solo
había otras ocho personas en la sala aparte de ella. Le gustaba estar sola, sin nadie que le hablara en susurros
ni le pasara chocolatinas. En el camino de vuelta entró en el Queen's Head y pidió un zumo de naranja. El pub
estaba medio vacío y menos lleno de humo, y Minty encontró mesa en un rincón.

Minty nunca había hablado con ningún hombre que no fuera el marido de alguien, su jefe, el cartero, el
conductor del autobús o personas por el estilo. Nunca se había planteado en serio tener novio y mucho menos
casarse. Cuando era más joven, Sonovia la chinchaba un poco y preguntaba cuándo se buscaría un hombre,
pero Minty siempre contestaba que no era de las que se casaban. El críptico pero horrendo relato del
matrimonio de la tía le había quitado las ganas. Además, no conocía a ningún hombre disponible y nadie
mostraba interés por conocerla.

Hasta que apareció Jock. No fue la primera, sino la segunda vez que fue al pub cuando notó que la observaba.
Estaba sentada a solas en aquella misma mesa esquinera, vestida como de costumbre con pantalones de
algodón limpios y camiseta de manga larga, el cabello recién lavado y las uñas bien cepilladas. El hombre al
que miraba con disimulo era alto, de constitución fuerte, piernas largas enfundadas en vaqueros y una
chaqueta acolchada de color azul marino. Poseía un rostro atractivo y bronceado, ofrecía un aspecto limpio y
llevaba el cabello bien cortado. Minty estaba a punto de terminarse el zumo de naranja y clavó la mirada en
los restos de pulpa para evitar mirar al hombre.

–¿Por qué estás tan triste? – le preguntó él tras acercarse a su mesa.

Minty estaba demasiado asustada para alzar la vista.

–No estoy triste.

–Cualquiera lo diría.

Dicho aquello, el hombre se sentó y luego le preguntó si le importaba. Minty denegó con la cabeza.

–Me gustaría invitarte a una copa de verdad -dijo él.

A veces, la tía tomaba gin-tonic, de modo que Minty pidió uno. Mientras el hombre iba a buscar su copa y
media pinta de lager para él, Minty se sintió presa de la desesperación. Se sintió tentada de levantarse y salir
corriendo, pero en ese caso tendría que haber pasado por su lado de camino a la puerta. ¿Qué dirían Sonovia
y Josephine? ¿Qué habría dicho la tía? No hables con él, no te fíes de él, inocente doncella, aunque su voz sea
suave y dulce. Al poco, el hombre regresó con las bebidas, se sentó, dijo que se llamaba Jock, Jock Lewis, y
le preguntó cómo se llamaba ella.

–Minty.
–Hum -masculló Jock-. Suena a guarnición de pierna de cordero -bromeó con una carcajada afable-. No
puedo llamarte así.

–Mi verdadero nombre es Araminta.

Jock enarcó las cejas.

–Minty, Minty, rintintinti, cola redonda, cola cortada, gracias, de nada, Minty -canturreó antes de echarse a
reír por la expresión asombrada de Minty-. Te llamaré Polo.

Minty reflexionó un instante y por fin comprendió sin necesidad de explicación alguna[1].

–En realidad me llamo John -aclaró él-, pero todo el mundo me llama Jock. ¿Vives por aquí?

–En Syringa Road.

–Soy nuevo en el barrio, pero por poco tiempo. Tengo un piso en Queen's Park; me mudé el sábado. – Le miró
las manos-. No estarás casada, ¿eh, Polo? Aunque seguro que tienes novio, maldita mi suerte.

Minty pensó en la tía, que había muerto, y en Agnes, que vivía en Australia.

–No tengo a nadie.

A Jock no le gustaron sus palabras. Minty no sabía por qué, pero estaba segura de ello. Las había
pronunciado con toda seriedad, por supuesto, porque era un tema que se tomaba muy en serio. Decidió sonreír
para quitarle hierro al asunto. La ginebra se le había subido a la cabeza a pesar de que solo había tomado
algunos tragos.

–Vamos a ver -dijo Jock-. Te voy a hacer reír. Escucha: Adán y Eva y Pellízcame bajaron al río a bañarse.
Adán y Eva se ahugaron. ¿Quién se salvó?

La respuesta era evidente.

–Pellízcame -contestó Minty.

Y Jock la pellizcó con suavidad en el brazo.

–Te pillé, Polo.

Minty no rió.

–Tengo que irme.

Creyó que tal vez intentaría retenerla, pero no fue así.

–Toma, una para el camino -le ofreció en cambio, pero no era una copa, sino una pastilla de menta Polo-. Te
acompaño a casa caminando; no he traído el coche.

En aquel momento no creyó en la existencia del coche. Además, aun cuando hubiera tenido coche y se hubiera
ofrecido a llevaría en él, habría rehusado. Sabía que no debía subir al coche de un hombre desconocido ni
aceptar dulces de él, ya que podía tratarse de drogas. ¿Sería igual de peligroso permitir que la acompañara a
casa a pie? No podía negarse, no sabía cómo hacerlo. Jock sostuvo abierta la puerta del pub para que pasara.
Por la noche, las calles del barrio estaban desiertas a excepción de grupos de hombres que deambulaban por
las aceras, ocupándolas por entero, sumidos en un silencio quebrado tan solo por algún que otro grito bestial.
O bien podías cruzarte con algún individuo que caminaba al son ensordecedor del radiocasete enorme que
llevaba. De haber ido sola, no habría corrido el riesgo, sino que habría tomado el autobús. Jock le preguntó
qué había al otro lado del alto muro.

–El cementerio -repuso Minty antes de añadir por alguna misteriosa razón-: Las cenizas de mi tía están allí.

–¿En serio? – exclamó él como si acabara de revelarle algo maravilloso, como que había ganado la lotería, y
a Minty empezó a caerle bien en aquel mismo instante-. Tu tía era muy importante para ti, ¿verdad?

–Oh, sí, era como una madre para mí. Me legó su casa.

–Te lo mereces. La cuidaste con devoción e hiciste cuanto estaba en tu mano por ella, ¿no es así?

Minty asintió sin pronunciar palabra.

–Es tu justa recompensa por los servicios prestados.

Syringa Road no partía directamente de Harrow Road, sino de una calle lateral. Jock leyó el nombre en voz
alta con el tono que uno emplearía para hablar del palacio de Buckingham o de la Cúpula del Milenio. Poseía
una voz hermosa, como algo marrón oscuro, dulce y suave, mousse de chocolate, por ejemplo. Sin embargo,
Minty temía que quisiera entrar en su casa y que ella no supiera cómo impedírselo. ¿Y si intentaba besarla?
Laf y Sonovia habían salido, a juzgar por la oscuridad reinante en su casa. Al otro lado vivía el anciano señor
Kroot, pero tenía ochenta y cinco años y no le serviría de gran ayuda.

Jock no tardó en disipar sus temores.

–Esperaré aquí a que entres.

Minty avanzó tres pasos de los cinco que la habrían llevado hasta la puerta principal y se volvió.

–Gracias -dijo.

–¿Por qué? Ha sido un placer. ¿Figura tu número en la guía, Polo?

–Figura el de mi tía, la señorita W. Knox.

Si no hubiera querido que la llamara, tendría que haberle dicho que no salía en la guía, lo cual era cierto,
porque no salía. Pero tal vez sí quería que la llamara. Jock se alejó silbando Walk On By, aquella canción
que habla de que somos desconocidos cuando nos conocemos.
Jock no perdió el tiempo; la llamó al día siguiente a última hora de la tarde, cuando Minty acababa de volver
de Immacue y se estaba aseando. No podía contestar al teléfono mojada y con el cabello chorreando, de modo
que lo dejó sonar. A buen seguro era Sonovia deseosa de contarle la última hazaña de Corinne, o el premio
que había ganado Julianna, o las notas que había sacado Florian en los exámenes. El teléfono volvió a sonar
mientras disponía lonchas de jamón, patatas cocidas frías y dados de pepino en un plato para la cena, que
acompañaría con una mousse de chocolate que ella misma había preparado. La voz que tanto se parecía a la
mousse dijo que era Jock y que si Minty quería ir con él al cine.

–Puede que sí -repuso Minty antes de tomar una decisión y añadir-: De acuerdo.

Así empezó todo.

Josephine le preguntó si sabía si estaba casado. Sonovia señaló que no sabía nada de él y le preguntó si
quería que Laf comprobara sus antecedentes, lo cual le resultaría fácil con ayuda del ordenador de la policía.
Pero cuando se lo comentó a su esposo, Laf replicó si estaba de guasa. ¿Cómo iba a averiguar nada con un
tipo que se llamaba John Lewis? Debía de haber miles, por no mencionar los grandes almacenes. A Minty no
le hacían gracia aquellos comentarios. A fin de cuentas, no era asunto suyo. ¿Acaso les gustaría a ellos que se
pusiera a hacer averiguaciones sobre sus amigos? Laf y Sonovia estaban demasiado pagados de sí mismos,
solo porque él era el primer policía negro del Reino Unido que llegaba a sargento. La intervención de sus
amigos no hizo más que acentuar la atracción que sentía por Jock.

Se encontraron en el pub y desde allí fueron al cine. En otra ocasión, fue a visitarla al 39 de Syringa Road en
lo que denominaba la «cafetera». El coche tenía unos veinte años, pero al menos estaba limpio, pues lo había
llevado al túnel de lavado de camino a su casa. Sonovia vigilaba su llegada desde detrás de sus cortinas de
encaje, pero tuvo que apartarse de la ventana dos minutos antes de que Jock apareciera porque Julianna llamó
por teléfono. Un día fue a buscarla a Immacue y más tarde Josephine no paró de comentar lo guapo que era,
como si le sorprendiera que Minty hubiera encontrado a alguien así. La siguiente vez que Jock se presentó en
la tintorería, Josephine estaba sentada sobre el mostrador, donde podía exhibir sus piernas enfundadas en
medias modelo superbrillante marca Wolford. Sin embargo, Jock no se mostró impresionado. Llevó a Minty a
las carreras de galgos en Walthamstow y a la bolera. Minty nunca había estado en lugares semejantes.

Tardó mucho tiempo en hacer acopio de valor suficiente para preguntarle si estaba casado. Se decidió
mientras él tarareaba aquella misma canción sobre pasar de largo y esperar en la esquina.

–Divorciado -repuso él-. No te importa, ¿verdad?

Minty meneó la cabeza.

–¿Por qué iba a importarme?

Jock se dedicaba a la construcción. Sus manos se habrían hallado en un estado lamentable si realizara un
trabajo duro, pero no era así, de modo que Minty dedujo que era fontanero o quizás electricista. Nunca la
llevó a su casa de Queen's Park. Minty no sabía si era una casa, un piso o una simple habitación, tan solo
sabía que se encontraba en Harvist Road, aunque no en qué número. No tenía hermanos ni hermanas, ningún
pariente aparte de su anciana madre, que vivía en el West Country, adonde Jock viajaba en tren cada dos
semanas para visitarla. Al divorciarse se vio obligado a ceder su casa a su ex. Era muy triste.
Llevaban saliendo seis semanas cuando la besó por primera vez. Le apoyó la mano en la nuca y la atrajo
hacia sí. A Minty le gustó, algo que no había esperado. Empezó a asearse aún con mayor asiduidad. Era
importante que estuviera siempre limpia para él, sobre todo ahora que había empezado a besarla. Jock
también era limpio, aunque no tanto como ella. Nadie era tan limpio como ella; era imposible, y Minty se
enorgullecía de ello. El sábado por la noche, tras tomar algo en el Queen's Head, compraron comida para
llevar en el restaurante paquistaní… Bueno, solo para Jock, porque Minty comió un bocadillo y un plátano.
Jock dijo que detestaba los plátanos, que le sabían a jabón dulce, y Minty no pudo evitar el comentario de la
tía respecto a sospechar de las personas a quienes no les gustaran los plátanos. Sin embargo, lo que sucedió a
continuación desterró aquel pensamiento de su mente. Jock dijo que le gustaría pasar la noche en su casa.
Minty sabía a qué se refería, no precisamente a dormir en el sofá del salón. Él la besó y ella le devolvió el
beso, pero cuando subieron a la planta superior, lo dejó en el dormitorio mientras ella iba a tomar un baño.
Le preocupaba no poder lavarse el pelo, pero no podía acostarse con la cabeza empapada. Asimismo, de
haber sabido lo que se avecinaba, habría cambiado las sábanas, que llevaban puestas en la cama desde el
miércoles.

Lo que sucedió con Jock no fue como la tía había insinuado. Le dolió, pero de algún modo sabía que no
siempre sería así. Jock quedó asombrado al saber que era la primera vez que lo hacía; apenas podía creerlo,
al igual que apenas podía creer que Minty tuviera treinta y siete años. Él era más joven, aunque nunca reveló
cuánto.

–Ahora soy tuya -sentenció Minty-. Nunca lo haré con otro.

–Genial -dijo él.

Al día siguiente, Minty se levantó temprano porque antes de dormirse había tenido una idea brillante.
Prepararía una taza de té y se la llevaría a la cama. Además, así tendría ocasión de asearse. Cuando Jock
despertó, Minty ya se había bañado y lavado el cabello, llevaba pantalones y camiseta limpios y esperaba
dócilmente junto a la cama con una taza de té y el azucarero.

–Es la primera vez -aseguró Jock-. Ninguna mujer había hecho algo así por mí.

Minty no quedó tan complacida como él había esperado. ¿Quiénes eran esas otras mujeres que no le habían
preparado el té? Tal vez solo su madre y su ex esposa. Jock se tomó el té, se levantó y salió en dirección al
trabajo sin asearse como era debido, lo cual escandalizó a Minty. Transcurrió una semana entera sin que
tuviera noticias de él. No lo entendía. Fue a Harvist Road en autobús y recorrió la calle, deteniéndose en
algunos de los portales para leer los nombres de los timbres. Ni rastro del nombre de Jock. Recorrió el lugar
con la mirada en busca de la cafetería, pero tampoco la vio. Aquella semana, el teléfono sonó dos veces.
Minty tocó tres colores distintos de madera y rogó a la tía que fuera él antes de contestar. Pero la primera vez
fue Corinne, quien le pidió que le diera un recado a Sonovia porque sus padres tenían el teléfono estropeado,
y la segunda un vendedor de ventanas que pretendía instalarle doble vidrio en toda la casa. Cuando por fin
llamó Jock, Minty ya había perdido la esperanza.

–No sabía dónde te habías metido -exclamó-. Creía que habías muerto -añadió entre lágrimas.

–No me he muerto -replicó él-. Solo fui al West Country para visitar a mi madre.

Estaría en su casa al cabo de media hora. Minty se bañó, se lavó la cabeza y se cambió de ropa, todo ello por
segunda vez en tres horas. Al transcurrir la media hora prometida sin que Jock apareciera, rezó de nuevo a la
tía y tocó siete colores distintos de madera: la puerta con acabado de roble del salón, la puerta principal
color crema, la mesa de pino, la silla pintada de verde de la cocina, el revestimiento blanco de la bañera, las
molduras de color rosa y el mango amarillo del cepillo para la espalda. Jock llegó al cabo de diez minutos.
Se fueron a la cama a pesar de estar en plena tarde del sábado. A Minty le gustó aún más que la primera vez y
se preguntó si algo fallaba en la tía o quizás en ella. Jock la llevó a ver Dos vidas en un instante y luego a
cenar en el Café Uno de Edgware Road. Al día siguiente, puesto que era domingo, Minty dijo que quería
mostrarle algo especial, de modo que fueron al cementerio para visitar la tumba de la tía.

–¿Quién es Maisie Chepstow? – quiso saber Jock-. Lleva mucho tiempo muerta.

–Era la abuela de mi tía.

La fantasía acudió a su mente con toda naturalidad. Tal vez incluso era cierto. ¿Qué sabía ella de los
antepasados de la tía?

–Voy a encargar una nueva lápida con su nombre en ella.

–Te costará un ojo de la cara.

–Puedo permitírmelo -replicó Minty con altivez-. La tía me dejó dinero… Una cantidad considerable, y
además la casa.

Jock tardó un mes en visitar a su madre y por aquel entonces ya estaban prometidos. No se casarían hasta que
él encontrara un empleo mejor y empezara a ganar dinero como Dios manda, según dijo. Entretanto, le pidió
prestadas doscientas cincuenta libras para comprarle un anillo de compromiso. En realidad, fue idea de
Minty. Jock se negó en un principio, alegando que jamás se le ocurriría aceptar el dinero, pero ella insistió
tanto que por fin accedió, le midió el dedo y al día siguiente le regaló el anillo, tres diamantes engarzados en
un aro de oro.

–Le concedo el beneficio de la duda -comentó Sonovia a su esposo-, pero hoy en día pueden fabricar
diamantes a precio de vidrio. Lo leí en el Mail on Sunday.

Jock pasó la noche del 30 de junio en casa de Minty; a la mañana siguiente se dio la vuelta en la cama, la
pellizcó en el hombro y le propinó un leve puñetazo en el brazo.

–Pellizco, puñetazo, los primeros del mes. No vale devolverlos.

Otra broma de pellizcos. Jock dijo que traía suerte, pero había que ser el primero en gastarla, por eso lo de
«no vale devolverlos». El 1 de abril solo sería el día de los inocentes hasta las doce del mediodía, y a partir
de entonces se convertiría en el Día de las Colas. Había que conseguir prender una cola en la ropa de alguien
sin que se diera cuenta.

–¿Qué clase de cola?

–De papel, de cordel, lo que sea.

–¿Y se pasean por ahí sin saber que llevan una cola prendida?
–Ahí está la gracia, Polo. Los pones en ridículo.

Resultó que Jock se dedicaba a la construcción en general, por lo que podía hacer cualquier cosa. Minty le
pidió que intentara acabar con el golpeteo de la ventana del baño y él se lo prometió, aunque nunca llegó a
hacerlo, como tampoco reparó la pata coja de la mesa de la cocina. Si dispusiera de capital, comentaba a
menudo, podría fundar una empresa propia con la que sin duda alcanzaría el éxito. Cinco mil libras marcarían
la diferencia.

–Solo tengo dos mil quinientas -señaló Minty-, no cinco mil.

–Está en juego nuestra felicidad, Polo. Podrías hipotecar la casa.

Minty no sabía cómo hacer algo así, pues no sabía nada de negocios. La tía siempre se había encargado de
todo, y tras su muerte, a Minty ya le había costado lo suyo averiguar cómo pagar la contribución urbana y la
factura del gas. Nunca se había visto obligada a hacerlo y nadie le había enseñado.

–Déjalo de mi cuenta -se ofreció Jock-. No tienes más que firmar los impresos.

Pero antes le transfirió casi todo su dinero. Tenía intención de entregarle un talón, extenderlo como extendía
los de la contribución, pero a nombre de «J. Lewis» en lugar de «Distrito de Brent, Londres», pero Jock dijo
que prefería efectivo porque se estaba cambiando de banco. Con el dinero se compraría una furgoneta de
segunda mano, una mejora considerable respecto a la cafetera, y reservaría una parte para publicidad. Minty
no se lo contó a nadie, porque nadie lo entendería. Cuando Jock sacó de nuevo a colación el asunto de la
hipoteca, estaba sentado en su cama del 39 de Syringa Road, tomándose el té que Minty le había llevado.
Quería que ella volviera a acostarse para hacerle arrumacos, pero Minty se negó, porque acababa de tomar un
baño. También había mantenido el anillo de compromiso sumergido en ginebra toda la noche para limpiarlo
bien. Jock calculaba que la casa valía unas ochenta mil. Lar le dijo lo mismo, de modo que no hizo falta
convencerla. Lo más lógico era sacar una hipoteca por diez mil libras, una octava parte de su valor.

Minty no era una persona demasiado práctica, pero la tía le había enseñado algunos principios de frugalidad,
inculcándole que no debía prestar ni tomar prestado. Minty ya había prestado y ahora le tocaba tomar
prestado, pero… ¿tanto?

–Tendré que pensarlo -dijo-. Aún no lo tengo claro.

Jock pasaba todas las veladas y casi todas las noches en su casa. En cierta ocasión transcurrieron tres días sin
que apareciera, de modo que Minty acabó llamando al número de Harvist Road que por fin le había dado,
pero no contestó nadie. Tal vez había ido a visitar a su madre. Si no regresaba jamás, sería porque ella había
vacilado respecto a la hipoteca. Minty se refugió en los rituales, rezando, llevando más flores a la tumba de la
tía, tocando madera constantemente mientras se movía por la casa, como una anciana que no pudiera caminar
sin apoyarse en mesas y sillas. Los rituales, las flores y las oraciones le devolvieron a Jock. Por entonces ya
había decidido prestarle las diez mil libras.

Jock no se alegró tanto como había esperado. Parecía un poco ausente, como si sus pensamientos se hallaran
muy lejos de allí. Minty percibía que había cambiado, aunque no habría sabido decir en qué sentido. Cuando
por fin se lo explicó, lo entendió todo. Su madre estaba enferma, dijo. Llevaba meses en lista de espera para
una operación. Le gustaría prescindir de la Seguridad Social y pagar la intervención en la sanidad privada.
Estaba muy preocupado por el asunto. Quizá tendría que ir a verla y quedarse un tiempo para cuidarla.
Entretanto se procuraría los impresos de solicitud del gremio de constructores.

Minty dijo que le quedaban unas doscientas cincuenta libras y que se las daría para contribuir al pago de la
operación de su madre. El banco de Jock aún no había acabado de transferir sus cuentas a la otra entidad, de
modo que Minty sacó efectivo de su banco, vaciando la cuenta. Jock se guardó los billetes en el bolsillo de la
cazadora de cuero negro y le aseguró que era un ángel. La chaqueta parecía nueva a juzgar por la rigidez de la
piel y su brillo, pero Jock afirmó que la tenía desde hacía muchos años, aunque nunca se la ponía. Al día
siguiente la llamó por el móvil, que Minty desconocía que tuviera, para decirle que estaba en el tren de
camino al West Country. Gracias a ella, a su madre le arreglarían la cadera al cabo de una semana.

Minty habló a Sonovia de la operación sin mencionar su intervención en el asunto. Estaban en el cine,
esperando a que empezara la película y a que Laf regresara del lavabo. Era la primera vez que Minty salía
con ellos desde que Jock había aparecido en escena.

–¿Que a su madre van a ponerle una prótesis de cadera por doscientas cincuenta libras? Estarás de guasa.

–Las operaciones salen muy caras en la sanidad privada -replicó Minty.

–No quería decir que fuera mucho, querida, sino una miseria.

A Minty no le hizo gracia el comentario. Siempre había sospechado que Sonovia estaba celosa porque su
Corinne no tenía novio. En aquel momento se apagaron las luces y Minty aceptó el recipiente de palomitas
que Laf le alargaba. Por lo general le gustaban las palomitas, porque eran un alimento seco, limpio y fácil de
comer, pero aquella noche le parecieron pasadas. Sería una lástima que Sonovia y Laf se volvieran en contra
de Jock cuando este no tardaría en instalarse de forma definitiva en su casa.

Al igual que el resto del país, se enteró del accidente ferroviario de Paddington por televisión. No lo
relacionó con ninguna persona conocida. Jock la había llamado el día antes desde casa de su madre, tal como
había prometido, sin indicar que tuviera intención de regresar de inmediato. Al cabo de tres días sin recibir
noticias suyas, Minty estaba tan pálida y demacrada que Josephine le preguntó qué le ocurría.

–Jock ha desaparecido -repuso-. No sé dónde puede haberse metido.

Josephine no le dijo gran cosa a ella, pero sí a Ken. Su novio no entendía una sola palabra, pero aun así habló
con él. A Ken le gustaba el sonido de su voz y la escuchó con la sonrisa plácida del budista que está en paz
consigo mismo y con el mundo.

–Puede que la madre de Jock viva en Gloucester, Ken, o cerca de allí. ¿Qué te apuestas a que iba en ese tren
que chocó con el de cercanías? Todavía no han dado los nombres de todas las víctimas, porque algunas
quedaron irreconocibles. Minty se hundirá.

Y así fue. Recibió la carta cuando Jock llevaba una semana sin aparecer.

Capítulo 3
El fantasma entró en Immacue. Minty estaba planchando camisas en la trastienda, pero sin dejar de vigilar la
parte delantera, porque Josephine había ido un momento a Whiteley. Oyó la campanilla de la puerta y salió.
El fantasma de Jock llevaba vaqueros y cazadora de cuero negro, y estaba leyendo la tarjeta colocada sobre
el mostrador donde se anunciaban las ofertas especiales para pensionistas. Lavado de tres prendas por el
precio de dos. Por fin hizo acopio de valor para hablar con él.

–Estás muerto -dijo-. Vuelve al lugar del que procedes.

El fantasma alzó la vista para mirarla. Sus ojos habían cambiado de color; ya no eran azules, sino de un matiz
gris desvaído y expresión amenazadora, cruel.

–No te tengo miedo -mintió Minty, resuelta a no manifestar su temor-. Si vuelves, encontraré el modo de
librarme de ti.

Volvió a sonar la campanilla; al instante entró Josephine con una bolsa de comida de Marks and Spencer y
otra de la tienda que vendía maquillajes y perfumes baratos.

–¿Con quién hablabas? – preguntó.

Minty veía a Josephine a través del fantasma, cuyo contorno empezaba a difuminarse.

–Con nadie.

–Dicen que hablar solo es el primer indicio de la locura.

Minty no respondió. El fantasma se estaba desvaneciendo como el genio que volvía a la botella en la
pantomima que la tía la había llevado a ver cuando era pequeña.

–Pero en mi opinión, si uno está loco no sabe que está hablando solo, sino con otra persona, porque ve cosas
que la gente normal no ve.

A Minty no le gustaba aquella conversación, de modo que volvió a la trastienda para seguir planchando.
Habían transcurrido cinco meses desde la muerte de Jock. Casi había enloquecido de preocupación, aunque
por extraño que parezca, no se le había ocurrido que Jock pudiera haber viajado en aquel tren. No se le había
ocurrido tampoco que el expreso procedía del West Country, y aun cuando se le hubiera ocurrido, no sabía
dónde estaba Gloucester ni que la madre de Jock vivía allí. Además, por teléfono le había dicho que no
regresaría hasta el día siguiente. Los periódicos publicaron listas de víctimas, pero Minty no solía leer el
periódico. Laf le llevó el Evening Standard cuando la lista quedó cerrada, pero por lo general, Minty miraba
la tele. La tía siempre decía que una podía forjarse una idea más clara de las cosas viendo imágenes, y
además siempre podía contar con el presentador para que explicara las cosas.

Tampoco recibía muchas cartas. Cuando llegaba correspondencia, era un acontecimiento, y eso que casi
siempre se trataba de facturas. La carta que llegó cuando llevaba una semana sin noticias de Jock tenía el
nombre Great Western impreso en la parte superior en grandes letras inclinadas y estaba escrita con
ordenador, o al menos eso afirmaba Laf. Se dirigía a ella como «Apreciada señora» y lamentaba comunicarle
que su prometido, el señor John Lewis, se encontraba entre las víctimas mortales que viajaban en el expreso
de Gloucester. Minty la leyó de pie en el recibidor del 39 de Syringa Road. Salió tal como iba, sin abrigo,
dejó que la puerta se cerrara de golpe tras ella y entró en la casa contigua. Daniel, el hijo médico de Sonovia,
que había salido hasta muy tarde la noche anterior, estaba desayunando sentado a la mesa de la cocina.

Minty casi arrojó la carta a Sonovia y prorrumpió en sollozos. No tenía por costumbre llorar, de modo que
cuando empezó fue como un torrente incontrolable de desdicha acumulada. No solo lloraba por Jock, sino
también por la tía, por su madre perdida, por el hecho de estar sola y no tener a nadie. Sonovia leyó la carta y
se la entregó a Daniel, que también la leyó; luego se levantó, sirvió una copa de brandy y se la hizo beber a
Minty.

–Tengo mis dudas -observó Sonovia-. Haré que tu padre haga algunas indagaciones.

–No la dejes ir al trabajo, mamá -ordenó Daniel-. Haz que se eche a descansar y tome algo caliente. Ahora
tengo que irme, de lo contrario llegaré tarde a la operación.

Minty permaneció echada hasta la tarde y Sonovia le llevó varias bebidas calientes, té dulce y su receta
personal de capuccino. Por suerte, su vecina tenía llave del 39, porque de lo contrario, Minty no habría
podido entrar en su casa. Nunca supo si Laf había hecho averiguaciones y llegó a pensar que tal vez había
soñado que Sonovia se lo pidiera. Sin lugar a dudas, Jock estaba muerto, porque sino, la compañía
ferroviaria no habría escrito. Josephine se mostró muy comprensiva a la hora de darle días libres; después de
tantos años acudiendo al trabajo como un reloj, era lo menos que podía hacer, según dijo. Minty recibió
muchas muestras de compasión. Sonovia se encargó personalmente de concertarle una cita con un psicólogo y
el anciano señor Kroot, su otro vecino, que llevaba años sin hablar, hizo que la persona que lo cuidaba
echara una tarjeta de ribete negro en el buzón de Minty. Josephine le envió flores y Ken le llevó un plato de
pollo al limón con arroz frito y Romance de Mariposa. No podía saber que Minty jamás probaba nada salido
de la cocina de un restaurante.

Lloró sin cesar durante cinco días. Tocar madera y rezar debería haber puesto freno a las lágrimas, pero no
fue así. Durante todo aquel tiempo solo se bañó una vez al día porque se sentía demasiado débil. Lo que por
fin la impulsó a dejar de llorar fue el recuerdo del dinero. No había pensado en él desde que recibiera la
carta, pero de repente le acudió a la memoria, no tanto porque todos sus ahorros se hubieran desvanecido,
sino porque era el dinero que la tía le había legado y que ella siempre había considerado como un fondo
sagrado, digno de ser cuidado. Era como si lo hubiera echado por el desagüe. En cuanto se sintió capaz de
volver a salir, se bañó, se lavó el cabello, se puso ropa limpia y llevó el anillo de compromiso a un joyero de
Queensway.

El hombre examinó la pieza a través de una lupa y se encogió de hombros. Podía valer unas veinticinco
libras, pero él no podía darle más de diez. Minty replicó que en tal caso se lo quedaría, muchas gracias. Su
amor por Jock tardó pocas semanas en trocarse en resentimiento.

Laf contó a Sonovia que no figuraba ningún Jock ni John Lewis entre las víctimas del accidente ferroviario, ni
nadie con ningún nombre remotamente similar. Acto seguido fue a la compañía ferroviaria y averiguó que no
tenían por costumbre enviar cartas de esa índole y que, en cualquier caso, la mujer que firmaba aquella no
existía. Laf sabía muy bien que la noticia de una muerte violenta la daba la policía. Un par de agentes se
habrían personado en casa de Minty, y con toda probabilidad, él habría sido uno de ellos. Eso, claro está, si
hubieran conocido la existencia de Minty. ¿Cómo podía estar nadie al corriente? Minty no estaba casada con
Jock, ni siquiera vivía con él. La mujer con la que se habrían puesto en contacto era la madre de Jock, si es
que tenía madre, si es que algo de lo que le había contado a Minty era cierto.

–Esto es la gota que colma el vaso -comentó Sonovia.

–¿A qué te refieres?

–Minty siempre ha sido un poco rara, ¿no? Vamos, Laf, reconoce que una persona normal no se baña dos
veces al día ni se lava las manos cada diez minutos. ¿Y esa costumbre de evitar las juntas de las losas como
una niña pequeña, o de tocar madera cuando tiene miedo?

Laf adoptó una expresión preocupada. Cuando algo lo inquietaba, su rostro, del mismo color castaño que sus
zapatos e igual de reluciente, se fruncía en una serie de pliegues y el labio inferior se le adelantaba.

–Se aprovechó de ella y cuando le salió un plan mejor se largó. O bien lo asustaba la idea de casarse. Una
cosa está clara: no murió en ningún accidente ferroviario, pero no se lo va a decir. Tendremos que sacarla de
casa más a menudo, para que no se retraiga tanto.

Así pues, Minty, a quien Jock había mostrado un mundo que le gustaba, que descubrió el sexo a una edad
tardía y que había estado a punto de casarse, vio su vida social reducida a una salida al cine cada quince días
con sus vecinos. No volvió a mencionar a Jock hasta que vio su fantasma sentado en aquella silla de su salón.
Al ver que le respondían que no fuera tonta y que sin duda eran alucinaciones suyas, decidió no volver a
comentar el asunto con aquellos dos. Le habría gustado tener a otra persona con quien hablar y que la creyera,
alguien que no le contestara que los fantasmas no existían. No un psicólogo, no se refería a eso. Había
acudido a la visita que le concertara Sonovia, pero el psicólogo se había limitado a aconsejarle que no se
tragara el dolor, que lo exteriorizara y hablara con otras personas que hubieran perdido a seres queridos en el
accidente. Pero ¿cómo iba a hacer eso? No los conocía. Tampoco se le había ocurrido tragarse el dolor;
había llorado durante una semana entera. ¿Qué consistencia tendría el dolor tragado? Sería un líquido gris y
turbio, sin espuma ni burbujas. En cualquier caso, las cosas no salieron tal como se le había prometido.
Seguía sintiéndose fatal por Jock, deseando no haberlo conocido jamás para que no le hubiera destrozado la
vida. Lo que más deseaba en el mundo era conocer a alguien que supiera cómo librarse de los fantasmas.
Debía de haber personas, vicarios o algo por el estilo, que pudieran indicarle qué hacer o hacerlo por ella. El
problema residía en que nadie creía en su fantasma y a veces tenía la sensación de que tendría que
desembarazarse de él ella sola.

Después del incidente en Immacue, pasó una semana sin verlo. Por entonces, anochecía más tarde, de modo
que llegaba a casa con luz diurna. Se aseguró de no volver a dejar jamás la silla en el centro del salón y dijo
a Josephine que no quería quedarse sola en la tintorería, porque se ponía nerviosa. La pérdida de Jock había
acabado con sus nervios. Producía una sensación extraña odiar a una persona y al mismo tiempo echarla de
menos. En cierta ocasión fue a Harvist Road para contemplar el edificio donde por fin le había revelado que
vivía. Pensó qué tal vez la mujer que le alquilaba la habitación habría colgado un crespón negro en una de las
ventanas o al menos habría mantenido las cortinas corridas, pero no era así. ¿Qué haría si el fantasma salía
por la puerta principal y bajaba la escalinata de la entrada? Minty se asustó tanto que corrió sin parar hasta la
parada del autobús.

–Más le vale creer que está muerto -confió Sonovia a su hija Corinne-. Tu padre dice que le gustaría echarle
el guante, y que si alguna vez vuelve a aparecer por aquí después de lo que ha hecho, no responde de sus
actos. Yo le digo que de nada sirve hablar así. Lo mejor es dejarle llevar el duelo para que luego pueda
seguir adelante con su vida.

–¿Qué vida, mamá? Pero si Minty no tiene vida. ¿Le estafó dinero?

–Minty nunca ha dicho nada al respecto, pero tengo mis sospechas. Winnie le dejó algo; no sé cuánto y nunca
se lo preguntaría. Tu padre dice que ya se imagina el percal, que Jock se puso a hablar con la gente en el pub
y que alguien, Brenda seguramente, que no puede mantener la boca cerrada, le señaló a Minty y mencionó que
Winnie Knox le había dejado la casa y un poco de dinero, multiplicando la cifra por diez, sin duda, y el tal
Jock vio la gallina de los huevos de oro.

Corinne se acercó a la ventana y contempló el jardín trasero, separado del contiguo tan solo por una valla
metálica. Al otro lado, de pie sobre una bolsa de basura negra que había extendido sobre la hierba, Minty
tendía la colada.

–Lo digo en serio, mamá. ¿Cómo sabes que Jock existía siquiera? ¿Lo visteis alguna vez?

Sonovia se la quedó mirando.

–No, nunca llegamos a verlo. Como sabes, no nos metemos en los asuntos de los demás.

Su hija la miró como si no lo supiera, como si aquella afirmación la sorprendiera, pero no dijo nada al
respecto.

–Ah, pero sí que vimos su coche, un trasto viejo. Y tu padre oyó su risa a través de la pared, una risa muy
profunda y cálida.

–Vale, pero es que a veces la gente se imagina cosas. ¿Y dices que ahora ve su fantasma? ¿Sabes si alguna
vez se ha sometido a tratamiento psiquiátrico?

–¿Quién, Minty?

–No, el gato del señor Kroot, si te parece.

–No tengo ni idea.

–Lo pregunto porque la gente normal no se comporta como ella. Eso de ver fantasmas, de no haber salido con
hombres antes de Jock, de llevar siempre el mismo tipo de ropa, exactamente el mismo tipo… de todas esas
cosas obsesivas que hace.

–Ahora que lo dices, eso mismo le comentaba yo a tu padre.

–Una vez tuve una clienta así. La acusaban de agresión física, pero infligida sobre todo a sí misma. Se
autolesionaba para aliviar la tensión, decía. Tenía tanta ansiedad que perdió el trabajo porque estaba
demasiado ocupada ordenado las cosas y comprobando diez o doce veces que las había ordenado, de modo
que no le quedaba tiempo para trabajar.

–Hay que estar loco para comportarse así.


–Pues eso -resopló Corinne.

La tía decía que Agnes había tenido intención de llamarla Arabella, pero entonces su mejor amiga aparte de
la tía, casada como Dios manda, tuvo una hija y la llamó Arabella, de modo que Agnes se conformó con
Araminta, el nombre más parecido que encontró. En cierta ocasión, ella y Jock habían hablado de nombres, y
él le había contado que, aunque se llamaba John, su madre lo llamaba Jock porque era escocesa. Era lo único
que Minty sabía de la señora Lewis, que era escocesa y que debía de vivir en Gloucester.

Jock no había tenido tiempo de comprar la furgoneta ni montar la empresa, de modo que aún debía de tener
todo su dinero al morir. ¿Adónde habría ido a parar? Minty le preguntó a Josephine, sin mencionar nombres,
por supuesto; qué sucedería con el dinero de alguien que moría sin dejar testamento, como era el caso de la
tía. Sabía que Jock no había hecho testamento porque se lo había dicho, añadiendo que los dos tendrían que
hacerlo después de la boda.

–Pues iría a parar a su pariente más cercano -repuso Josephine.

En tal caso, no lo tendría su ex esposa, porque para eso era su ex esposa, sino la anciana señora Lewis, quien
debía devolvérselo a Minty. No le pertenecía por derecho, ella tan solo se lo había prestado a Jock, no
regalado, y desde luego, no se lo había prestado a la señora Lewis. Por tanto, no sería descabellado afirmar
que lo había robado. A menudo, Minty pensaba en la señora Lewis disfrutando de su dinero, viviendo en su
bonita casa de Gloucester, gastándoselo en el bingo, en comprar artículos lujosos, chocolate belga y licor de
cereza. Ella tenía la intención de invertir el dinero en instalarse una ducha, que gastaba menos agua y
limpiaba mejor. Sería fácil ducharse dos veces al día y lavarse la cabeza al mismo tiempo. Y no quería
limitarse a instalar un tubo que saliera del grifo, sino un verdadero habitáculo de ducha con mampara de
cristal y azulejos en las paredes. Ya no podría hacerlo, o cuando menos tardaría años y años.

Cuando Jock volvió a aparecer sentado en la silla de la cocina, Minty no se asustó tanto como la primera vez,
quizá porque ahora era una figura vaga, brumosa, casi transparente. Veía los travesaños pintados de verde del
respaldo a través de su pecho. Se situó frente a él y le preguntó por qué había entregado el dinero a su madre.
El fantasma no contestó, nunca contestaba, y al poco se desvaneció como el consabido genio en la botella,
como nieve en el deshielo.

Pero por la noche le habló, o en cualquier caso habló, tal vez no a ella ni a nadie. Su voz la arrancó de un
sueño profundo, diciendo: «Está muerta, está muerta…». Aquella voz suave, dulce, grave. No sonaba triste,
pero Jock nunca había hablado con tristeza. ¿A quién se refería? No a su ex esposa, que sin duda era
demasiado joven. Minty permaneció tumbada en la cama, pensando. La oscuridad era absoluta cuando las
cortinas estaban corridas y las farolas, apagadas. Buscó en vano el fantasma, escudriñando todos los rincones
tenebrosos.

Debía de referirse a su madre, y no estaba triste porque la anciana señora Lewis se reuniría con él
dondequiera que estuviera. Minty volvió a cerrar los ojos, pero tardó mucho rato en conciliar de nuevo el
sueño.

Capítulo 4
Zillah sabía por experiencia que los hombres no se declaraban a las mujeres salvo en las novelas de época.
Sencillamente, hablaban de «algún día», de cuando vivieran juntos, de «comprometerse» o, lo que era más
probable, de un deber indeseable cuando te quedabas embarazada. Nunca decían «¿Te casarás conmigo?»
como acababa de decir Jims, frase que la hizo dudar de si debía tomarlo en serio. Además, existía otra razón
por la que no podía pedirle que se casara con él.

–¿Acabas de decir lo que creo que acabas de decir? – le preguntó.

–Sí, querida. Permíteme que te lo explique. Quiero casarme contigo. Quiero vivir contigo toda la vida. Me
gustas, y creo que nos llevaríamos bien.

Zillah, que una semana antes había decidido dejar de fumar acuciada por la pobreza, cogió un cigarrillo del
paquete que Jims acababa de dejar sobre la mesa, y él se lo encendió.

–Pero si eres homosexual -exclamó.

–Precisamente por eso. También soy el diputado conservador por South Wessex, y entre tú y yo, creo que me
desenmascararán en los próximos seis meses si no hago algo por evitarlo.

–Ya, vale, pero todo el mundo es desenmascarado o sale del armario hoy en día. Ya sé que tú aún no has
salido, pero creía que era cuestión de tiempo.

–No, señora, ¿por qué lo dices? Hago lo imposible por dejarme ver con mujeres. Llevo semanas saliendo con
esa modelo espantosa, Icon. Tienes que pensar en mi circunscripción; vives aquí, ya sabes de qué va. Los
votantes no solo nunca han reelegido a ningún representante que no fuera conservador, sino que hasta mi
llegada nunca habían elegido a ningún hombre soltero. Son el hatajo de personas más conservadoras del
Reino Unido. Detestan a los maricas. En el discurso que pronunció en la cena anual de la semana pasada, el
presidente de la Asociación Conservadora de West Sussex comparó lo que denominó los «invertidos» con
los necrófilos, los practicantes del bestialismo, los pedófilos y los satánicos. Las elecciones generales serán
dentro de menos de un año y no quiero perder mi escaño. Además… -murmuró, adoptando aquella expresión
misteriosa que se dibujaba a menudo en su atractivo rostro cuando hacía referencia a los pasillos del poder-,
además, un pajarito me ha dicho que tengo ciertas posibilidades de obtener un cargo en la próxima
remodelación del gabinete si mantengo las manitas limpias.

Zillah, que conocía a James Isambard Melcombe-Smith desde que sus padres se trasladaran a la casita
situada en la finca de los padres de él para trabajar como administrador y ama de llaves respectivamente, se
reclinó en su silla y lo miró con nuevos ojos. A buen seguro era el hombre más guapo que había conocido en
su vida: alto, moreno, con una apostura hollywoodiense clásica, delgado, elegante, demasiado guapo, pensaba
a veces, para ser heterosexual, y demasiado guapo, desde luego, para ocupar un escaño en la Cámara de los
Comunes. La asombraba que personas como aquel presidente y el jefe de asuntos disciplinarios del grupo
parlamentario no le hubieran calado largo tiempo atrás. Zillah se habría encaprichado de él de no haber
sabido desde los dieciséis años que no había esperanza.

–¿Y yo qué saco? – preguntó-. Sexo no, eso está claro.


–Bueno, no, más vale ser realista. Sería un marriage blanc, por así decirlo, pero también un matrimonio
abierto, aunque ese detalle sería nuestro pequeño secreto. En cuanto a lo que sacarías tú, no sería moco de
pavo, te lo garantizo. Como debes de saber, estoy forrado, y no me refiero al ridículo sueldo que me paga la
Madre de todos los Parlamentos. Luego está mi preciosa casa de Fredington Crucis y mi carísimo piso junto a
las Casas del Parlamento tasado, si me permites añadirlo, en un millón de libras la semana pasada. También
sacarías mi apellido, libertad de toda preocupación, mucha ropa bonita, el coche que desees, viajes al
extranjero, buenas escuelas para los niños…

–Eso, Jims, ¿qué hay de los niños?

–Me encantan los niños. ¿Acaso no me gustan tus hijos? Nunca tendré hijos propios a menos que entable una
relación homosexual estable y luche por adoptar uno, mientras que si me caso contigo tendré una preciosa
parejita de tirabuzones rubios y con acento de Dorset.

–No tienen acento de Dorset.

–Sí tienen acento de Dorset, querida, pero ya pondremos remedio a eso. Bueno, ¿qué me dices?

–Tengo que pensarlo, Jims -dijo Zillah.

–Vale, pero no tardes mucho. Te llamaré mañana.

–Mañana no, Jims, el jueves. Te daré una respuesta el jueves.

–Accederás, ¿verdad, cariño? Si hace falta te diré que te quiero, lo cual es casi cierto. Ah, y respecto a lo del
matrimonio abierto, comprenderás que eso excluya a tu ex, ¿eh? Estoy seguro de que sabes a qué me refiero.

En cuanto se fue en el Range Rover, no en el Ferrari, Zillah se puso el tres cuartos, una bufanda heredada de
su madre y unas botas de caza enormes que un hombre había olvidado en su casa después de pasar la noche
con ella. Echó a andar por la calle pensando en sí misma y en su situación, en Jerry y en el futuro, en Jims y
en su relación con sus padres, pero sobre todo en sí misma. La habían bautizado con el nombre de Sarah,
como a otras seis niñas de su clase en primaria, pero en la adolescencia, tras descubrir gracias a un análisis
de sangre que pertenecía al grupo sanguíneo B, bastante inusual salvo entre los gitanos, y que Zillah era un
nombre romaní muy popular, se rebautizó. Mientras caminaba probó a combinarlo con un nuevo apellido
compuesto. Zillah Melcombe-Smith… Sonaba mucho mejor que Zillah Leach, lo que, por otra parte, no era
difícil.

Qué curioso que Jims supiera lo de Jerry, es decir, que estuviera al corriente del acuerdo tácito que tenía con
él… O había tenido con él. Por supuesto, en ningún momento había dado crédito a la carta; era un insulto a la
inteligencia de cualquiera. Jerry ni siquiera tenía ordenador. Debía de haberla escrito su nuevo ligue. Jims
había empleado el término «ex». Por supuesto, como todo el mundo, aunque ella y Jerry no habían llegado a
divorciarse, porque no habían tenido ocasión. Y si Jerry no estaba muerto, al menos quería que ella creyera
que lo estaba, lo cual venía a ser lo mismo. En cualquier caso, significaba que no regresaría, que el
«acuerdo» había prescrito y que los niños habían perdido a su padre. A decir verdad, nunca había sido un
padre ejemplar precisamente, más bien una figura que entraba y salía de sus vidas a su antojo. Si aceptaba a
Jims (qué romántico y anticuado sonaba), ¿podría presentarse como viuda o sería más seguro presentarse
como soltera? Si lo aceptaba, sería un jarro de agua fría para su madre y tal vez la induciría a dejar de
mostrarse tan enloquecedoramente condescendiente con ella.
El pueblo de Long Fredington se llamaba así a causa de la longitud de su calle principal, una vía de
ochocientos metros desde Burton's Farm, al este, hasta Thomas Hardy Close, al oeste. Era el más grande de
los Fredingtons, grupo compuesto además por Fredington St. Michael, Fredington Episcopi, Fredington
Crucis y Little Fredington. Todos eran lugares pintorescos, propios de postal, con todas las casas, incluso las
más nuevas, los graneros, la iglesia, el molino, el pub (ahora una casa particular), la escuela y la tienda
(también convertidas en viviendas particulares) construidos con la misma piedra gris dorada. Para las
personas adineradas, sobre todo los jubilados con dinero, era un hogar encantador. Si tenías uno o dos
coches, un empleo en Casterbridge o Markton, marido y niñera, no estaba del todo mal. Pero para una persona
en la situación de Zillah, era un auténtico infierno. Eugenie iba a la escuela en autobús, lo cual estaba muy
bien, pero no había guardería ni parvulario para Jordan, por lo que el pequeño pasaba el día entero en casa
con ella. Zillah no tenía coche ni bicicleta siquiera. Una vez a la semana, si no tenían nada mejor que hacer,
Annie, que vivía en Old Mill House, o Lynn, de La Vieille Ecole, la llevaban en coche quince kilómetros
hasta el hipermercado más próximo para hacer la compra. Con mucha menos frecuencia, la invitaban a cenar,
pero eran ocasiones excepcionales, porque ellas tenían maridos y Zillah era una mujer soltera muy atractiva.
De todos modos, no podía permitirse contratar a una canguro.

A la altura de la iglesia de Todos los Santos, un hermoso edificio del siglo XIV de cuyo interior habían
robado las valiosísimas piezas de latón para fundirlas, y cuyos frescos medievales únicos estaban cubiertos
de pintadas, Zillah torció a la izquierda por Mill Lane. Después de pasar dos bonitas granjas reformadas, se
encontró en territorio despoblado. Reinaba el silencio más absoluto, quebrado tan solo por el trino de los
pájaros. El camino se estrechó y las ramas de las hayas se entrelazaban sobre su cabeza. Pese a que estaban a
finales de otoño, era un día soleado y casi cálido. Si eso era el calentamiento global, se dijo, bienvenido
fuera. Qué más daba si subía el nivel de los mares y desaparecían las costas; ella no vivía en la costa. Tal vez
tampoco viviera por mucho más tiempo allí si se casaba con Jims, su mejor amigo, su amigo desde la
infancia, el mejor hombre que conocía, sin lugar a dudas.

Al llegar al vado pisó con cautela las losas planas que formaban la pasarela que cruzaba el riachuelo. Los
patos la miraban indiferentes desde la orilla y un cisne se deslizaba corriente abajo. Tenía que reconocer que
era bonito y que lo habría sido mucho más de haber podido disfrutarlo desde Fredington Crucis House,
ataviada con vaqueros Armani, chaqueta de piel de oveja y botas Timberland después de dejar el Range
Rover aparcado delante de la iglesia. Pero Jims era homosexual, un obstáculo que no cabía subestimar. ¿Y
qué pasaba con Jerry? Sin duda no habría encargado a quien fuera que escribiera la carta si no quisiera
hacerle creer que estaba muerto, pero una de sus especialidades era cambiar de idea. Si había algo más allá
de su pasión por los caramelos de menta y su aversión por los plátanos que lo definiera de verdad, era su
facilidad para cambiar de idea. ¿Y si se lo pensaba mejor y decidía volver a la vida?

Un gran estanque de patos dominaba el jardín delantero, si es que podía llamarse así, de Old Mill House.
Aunque llevaba una semana sin llover en Long Fredington y el nivel del agua estaba excepcionalmente bajo,
las orillas del estanque eran un auténtico cenagal. Las aves acuáticas las habían pisoteado, animales con
cascos habían removido el fango y en esos momentos los tres hijos de Annie y los dos suyos estaban sentados
en él, mientras Rosalba, la hija de Annie, iniciaba a su hermana Fabia, a su hermano Titus y a los dos hijos de
Zillah en el arte de maquillar rostros con barro. Cuando Zillah enfiló el sendero de entrada, acababa de
terminar una versión monocroma de la bandera británica que llegaba desde la barbilla de Jordan hasta su
amplia frente, pasando por sus mejillas regordetas.

–Jordan se ha comido una babosa, mamá -exclamó Eugenie-. Titus dice que un hombre se comió un pez vivo y
que los de la protectora de animales le hicieron pagar mucho dinero.
–Y Jordan quería comerse uno -añadió Rosalba-, porque es un niño malo, pero en nuestro estanque no hay
peces de colores, así que se ha comido una babosa, pero eso también es cruel y tendrá que pagar cien libras.

–No soy un niño malo -bramó Jordan, enjugándose las lágrimas con los puños, lo cual emborronó la bandera-.
No quiero pagar cien libras; quiero a mi papá.

Aquellas palabras, pronunciadas a menudo, siempre surtían el efecto de trastornar a Zillah. Alzó al niño en
volandas. Estaba empapado y cubierto de barro. Con cierto retraso se preguntó indignada cómo se le ocurría
a Annie dejar a cinco niños, la mayor de los cuales contaba ocho años, solos junto a un estanque que en
algunos puntos debía de tener al menos dos metros de profundidad.

–Los he dejado solos dos minutos -exclamó en aquel momento Annie mientras salía a toda prisa por la puerta
principal-. Es que ha sonado el teléfono. ¡Madre mía, cómo os habéis puesto! Vosotros tres vais derechitos a
la bañera.

Si bien a ella no le hacía falta preocuparse por el consumo de agua caliente, como era el caso de Zillah, no
propuso bañar también a Eugenie y a Jordan. Tampoco invitó a Zillah a entrar en la casa. Jordan se colgó del
cuello de su madre, limpiándose las manos en su cabello y restregando la mejilla enfangada contra la de ella.
Con toda probabilidad se vería obligada a llevarlo en brazos hasta casa. Esperó a que Annie comentara la
posibilidad de ir a buscarla a la mañana siguiente para llevarla de compras, pero Annie se limitó a decir que
ya se verían y que, si no le importaba, tenía que bañar a sus hijos inmediatamente porque aquella noche ella y
Charles iban a cenar en Lyme y tenían que salir a las siete.

Zillah acomodó a Jordan sobre la cadera derecha y le rodeó el cuerpo con el brazo. Pesaba mucho para su
edad. Eugenie declaró que estaba a punto de anochecer, lo cual no era cierto, y que le daría miedo no ir
cogida de la mano de su madre.

–¿Por qué soy demasiado mayor para que me lleves en brazos, mamá?

–Porque sí -replicó Zillah-. El límite son los cuatro años. A nadie lo llevan en brazos después de cumplir
cuatro años.

Jordan estalló en sollozos desconsolados.

–¡No quiero tener cuatro años! ¡Quiero brazos!

–Anda, cállate, pero si ya te estoy llevando en brazos, tonto.

–¡No soy tonto, no soy tonto! Bájame. Jordan camina.

El pequeño echó a andar tras ella a paso de tortuga. Eugenie tomó la mano de Zillah y lanzó una miradita
satisfecha a su hermano. En aquel momento, el sol desapareció tras un denso muro de árboles y la temperatura
bajó en picado. Lloriqueando y sorbiéndose la nariz mientras se frotaba los ojos con los puños manchados de
barro, Jordan se sentó en la calle y al poco se tumbó de espaldas. En momentos como aquel, Zillah se
preguntaba por qué se había metido en aquel berenjenal. ¿Cómo se le había ocurrido liarse con un hombre
como Jerry a los diecinueve años, enamorarse de él y tener hijos con él?
Levantó a Jordan del suelo y, a falta de pañuelo de tela o de papel, le enjugó el rostro con un guante de lana
que encontró en el bolsillo. De repente empezó a soplar un viento gélido. ¿Cómo podía vacilar siquiera en
aceptar a Jims? De pronto la acometió el temor de que no la llamara el jueves para averiguar su respuesta, de
que encontrara a otra mujer que no lo hiciera esperar, como esa Icon o la hermana de Ivo Carew, Kate. Si no
fuera por Jerry… Después de acostar a los críos tendría que sentarse a pensar seriamente qué tramaba Jerry y
qué significaba aquella carta.

Tardó tres veces más en llegar a Willow Cottage con los niños de lo que había tardado en llegar sola a Old
Mill House. Anochecía. La puerta principal daba directamente al salón, cuya única bombilla se había
fundido. No le quedaba ninguna de repuesto. La casita carecía de calefacción central, por supuesto.
Pertenecía a un propietario del pueblo, que la había alquilado a varios inquilinos de ingresos bajos a lo largo
de los últimos cincuenta años. No se había introducido mejora alguna en todo aquel tiempo aparte de las
capas de pintura de rigor que los distintos moradores habían ido aplicando, casi siempre de forma
incompleta. Por ello, la cara interior de la puerta principal era de color rosa, la puerta de la alacena estaba
pintada de negro y a la puerta de la cocina solo le habían aplicado una primera capa de gris anodino. El
sistema eléctrico consistía casi exclusivamente en un amasijo de cables corroídos y enredados que partían de
enchufes de cinco y diez amperios, obsoletos en el resto de la Unión Europea e inusuales en el Reino Unido,
para empalmar con cables de alargo conectados a una lámpara, un calefactor de aire y un antiquísimo
tocadiscos de 45 rpm. El mobiliario constaba de piezas desechadas de la «casa grande», donde vivía sir
Ronald Grasmere, el propietario. Todos los muebles habían sido desechados cuarenta años antes, época en
que ya eran viejos, y procedían de la habitación del ama de llaves.

La cocina era aún peor. Contenía un fregadero, una cocina a gas de los años cincuenta y un frigorífico que
parecía enorme porque tenía paredes de treinta centímetros de grosor, si bien el espacio útil era muy
pequeño. Debía de haber sido un electrodoméstico de calidad en su día, porque había durado más de sesenta
años. No tenía lavadora, de modo que desvistió a los niños y puso vaqueros, camisetas, jerséis y el anorak de
Jordan a remojar en agua fría en el fregadero. Acto seguido encendió el calefactor y aplicó una cerilla a los
troncos que había dispuesto en la chimenea antes de salir. Era extraño que Jims nunca pareciera reparar en el
estado de su casa, en la precariedad del mobiliario ni en el frío siquiera. En cualquier caso, nunca hablaba de
ello. ¿Auguraba su actitud que sería un buen compañero o no? Por supuesto, era amigo de sir Ronald. Si
Zillah se casaba con él, sin duda lo invitarían de vez en cuando a cenar. Tal vez en el comedor de los
diputados…

Mientras preparaba huevos revueltos para la cena de los niños, decidió que, si se casaba con Jims, nunca más
volvería a cocinar ni a limpiar. ¿Quién había dicho eso de «A Dios pongo por testigo de que nunca más
volveré a pasar hambre»? Ah, sí, Escarlata O'Hara. Si tuviera vídeo en aquella maldita casa, podría ponerse
Lo que el viento se llevó después de acostar a los niños. Si se casaba con Jims, podría ver películas de vídeo
cada noche. ¡Qué maravilla! Aunque también podría tirar ilimitadamente de canguros, ir al cine, al teatro, de
copas, de compras, hacerse limpiezas de cutis y peinados nuevos en Nicky Clarke, costearse estancias en
centros de belleza y convertirse en una señora de las que almorzaban en Harvey Nichols.

¿Se casaría con él entonces? ¿Había tomado ya la decisión?

Los niños podrían dedicarse a los videojuegos y tener ordenadores en lugar de mirar la basura que ponían por
la tele, como Los vigilantes de la playa y chorradas por el estilo que perdían mucho en blanco y negro. Sería
mejor que los bañara. Jordan tenía los pies y el pelo manchados de barro. Pero Jims era homosexual.
Además, existía otra razón de peso para no casarse, no solo con él, sino con nadie.
La carta había llegado en octubre del año anterior. Durante cinco minutos, si llegó, Zillah creyó lo que decía
y que procedía del lugar del que afirmaba proceder. Tal vez se debía a que quería creerlo. Pero ¿era eso
cierto? No del todo. En cualquier caso, poco importaba, porque enseguida se había dado cuenta de que no
tenía sentido. Jerry no estaba en ningún tren de Great Western procedente de Gloucester con destino a
Londres, porque los había dejado a ella y los niños en Willow Cottage diez minutos antes de que ese tren
chocara con el otro. Se había largado a alguna parte en su destartalado Ford Anglia, que tenía veinte años
como mínimo.

La carta afirmaba ser de Great Western. De hecho, puesto que ella era su mujer y aún lo era el día del
accidente, habría sido la primera en enterarse de su muerte, y no precisamente diez días más tarde ni por
medio de una carta inverosímil, sino por boca de la policía. Con toda probabilidad le habrían pedido (o bien
a alguien que ella designara) que fuera a identificar los restos mortales y se habría celebrado un funeral. Así
pues, después de cinco minutos concluyó que la carta era falsa. Sin embargo, se preguntó quién la habría
escrito y qué tramaría Jerry. Algunas cosas parecían claras, como que había dispuesto que le enviaran la
carta, lo que significaba que no necesariamente quería hacerle creer que había muerto, sino que se comportara
como si hubiera muerto. Lo que en realidad quería decir era: «Te escribo para dejarte claro que me largo,
que no volveré a molestarte. Actúa como si estuviera muerto, líate con otro, cásate si quieres. No me
interpondré ni te pondré trabas». ¿Era eso? No se le ocurría ninguna otra explicación.

Claro que siempre había sido muy bromista, y sus bromas no siempre eran inteligentes ni graciosas. Zillah,
Zillah, a ver si espabilas, cola redonda, cola cortada, gracias, de nada, Silla. Pellizco, puñetazo, los primeros
del mes. No vale devolverlos. Si se acostaba con ella la noche del último día del mes, lo que no sucedía con
frecuencia, a la mañana siguiente siempre la despertaba con esas palabras y los gestos correspondientes. «No
vale devolverlos» significaba que las reglas de juego impedían a Zillah devolverle el puñetazo y el pellizco.
Había otra bromita sobre salir al jardín y encontrarse de cara con una osa enorme que decía: «¿Cómo que no
hay jabón?». Zillah no recordaba el resto. Alguna vez debía de haber encontrado graciosos sus chistes…, y su
forma de cantar canciones country y su pasión por los caramelos de menta.

No habían vivido juntos desde el nacimiento de Jordan, y tampoco mucho antes de eso, y Zillah nunca se
había hecho ilusiones de ser la única. Sin embargo, había creído ser la favorita. «De todas las chicas y con
razón, eres la primera en mi corazón», le había recitado Jerry en cierta ocasión, y ella, tan joven, se lo había
tomado en serio. A buen seguro era un verso de Hank Williams o Boxear Willie. La decepción llegó al ver
que Jerry siempre estaba fuera y que era todo lo incapaz que se podía ser de mantener a su familia como era
debido. ¿De qué servía echarle a los perros de la Oficina de Pensiones Alimenticias si nunca ganaba un
céntimo?

Puesto que todo el mundo creía que estaban divorciados, la gente estaba convencida de que cuando Jerry
aparecía era para ver a los niños, ocasiones en que Jordan dormía en la habitación de Eugenie y él dormía en
la de Jordan o en el sofá del salón. Pero lo cierto era que Jerry compartía la cama de Zillah en tales
ocasiones. El sexo con Jerry era lo único que a Zillah aún le gustaba de él como el primer día, y había habido
mucho sexo durante su última visita a Willow Cottage. Por un instante, mientras llenaba la bañera para los
niños, pensó en el comentario de Jims. Había dicho algo respecto a que no le importaba dónde se procurara
el sexo, siempre y cuando no fuera con su ex. ¿Significaba eso que Jims no se encontraba entre los que creían
que Jerry se limitaba a visitar a los niños? Probablemente. En cualquier caso, daba igual; como bien sabía
Zillah, Jims no tenía un pelo de tonto.

El comentario también demostraba que Jims daba por sentado que ella y Jerry estaban divorciados. ¿Y sus
padres? Ya no vivían en la finca del padre de Jims, pues al jubilarse se habían instalado en una casita en
Bournemouth. Las relaciones entre Zillah y sus padres eran tensas desde que la joven se fuera a vivir con
Jerry, quedara embarazada y abandonara el curso de gestión artística al que asistía en una escuela del norte
de Londres. Eran tensas, sí, pero no se habían roto una vez cerrada la brecha original. Fueron sus padres
quienes convencieron a sir Ronald para que la dejara vivir en aquella casa. Sin embargo, cuando hablaba con
su madre por teléfono, tenía la impresión de que la consideraba una mujer divorciada que tenía lo que se
merecía.

Los niños tenían que bañarse juntos, porque resultaba demasiado caro tener encendido el calentador mucho
tiempo. Eugenie se quedó mirando fijamente a su hermano.

–Deja de mirarme, que me vas a hacer un agujero en la barriga -se quejó este por fin.

–Mamá, ¿sabías que el pito de Jordan se llama pene en realidad? – dijo Eugenie-. Algunas personas lo llaman
así, ¿lo sabías?

–Sí.

–Titus me lo ha dicho cuando Jordan se lo ha sacado para hacer pis. ¿Se llaman todos pene o solo el de
Jordan?

–Todos -repuso Zillah.

–Deberías habérmelo dicho. Annie dice que está mal tener a los niños en la oscuridad. Creía que se refería a
encerrarlos en un cuarto oscuro, pero ha dicho que no, que no se refería a eso, que se refería a que está mal
tenerlos en la oscuridad de la ignorancia.

–Es un pito -puntualizó Jordan.

–No.

–Sí.

–Que no.

–Que sí, que sí y que sí. Es mío y yo lo llamo pito.

Dicho aquello, Jordan empezó a llorar y a dar manotazos en el agua, salpicando todo el baño y a Zillah. Secó
el agua con una toalla. Todas las toallas tenían que lavarse a mano y secarse en el tendedero, un hecho que no
hacía falta recordarle.

–¿Por qué lo provocas, Eugenie? Si quiere llamarlo pito, ¿por qué no dejar que lo haga?

–Annie dice que está mal enseñar a los niños palabras infantiles para las partes de la anatomía.

Por fin, Zillah los acostó. Después de leerles Harry Potter en voz alta, pese a que Eugenie sabía leer
perfectamente desde hacía dos años, pensó mientras los besaba que tal vez nunca volvieran a ver a su padre,
una idea que de repente se le antojó insoportablemente triste. Si tenía intención de no volver a verla a ella,
tampoco los vería a ellos.

En el rostro sonrosado de Jordan, apoyado en la almohada, veía la nariz de Jerry y la curva de su labio
superior, mientras que en la cara de Eugenie apreciaba sus ojos azul oscuro y sus cejas bien definidas.
Ninguno de los dos se parecía demasiado a ella. La última vez que Jerry visitara Willow Cottage, mientras
desayunaba aquella última mañana, Jordan tomó las manos de sus padres y las apoyó una sobre otra en la
mesa.

–No te vayas, papá. Quédate con nosotros.

Eugenie no abrió la boca, sino que se limitó a mirar a su padre con una expresión de frío y penetrante
reproche. En aquel momento, Zillah odió a Jerry a pesar de no querer que se quedara, lo odió por no ser un
buen padre. En fin, en Jims encontrarían a un nuevo padre y todo lo que un buen padre debía proporcionar a
sus hijos.

Sin embargo, no podía eludir el hecho de que ya estaba casada. No obstante, Zillah sabía que de nada servía
plantearse en esos momentos el divorcio. Estaban de por medio los niños, así que no podía hacerlo por
correo. Tendría que comparecer en el tribunal para el asunto de la custodia. Jims no esperaría; era famoso
por su impaciencia. Tenía que casarse o al menos comprometerse antes de que alguien descubriera su secreto,
lo cual podía suceder cualquier día. Si Zillah titubeaba, recurriría a Kate Carew.

O sea que si se casaba con él, ¿lo haría en calidad de divorciada o de viuda? Si se casaba en calidad de
viuda, ¿no le parecería extraño a Jims que no le hubiera contado que Jerry había muerto en aquel accidente
ferroviario? No, tendría que hacerse pasar por divorciada o, mejor aún, por soltera. En ese caso no tendría
que presentar la sentencia o lo que fuera, que había que presentar al juez de paz. O al vicario, porque tal vez
Jims tuviera intención de casarse por la iglesia.

Zillah no pensaba en la religión desde los doce años, pero los viejos hábitos y creencias persistían tanto a lo
largo de la vida que la incomodaba la hipocresía de casarse en una ceremonia religiosa. Además, con Jerry
se había casado por la iglesia y sabía lo suficiente sobre bodas religiosas para tener claro que el vicario
preguntaría si alguien conocía algún impedimento para la celebración de la boda. Si el hecho de que Jerry
siguiera vivo no era un impedimento, no sabía qué podía serlo. La idea la incomodaba, pero no lo suficiente
para descartarla. Ahora que había tropezado con aquellos obstáculos se dio cuenta de que realmente quería
casarse con Jims, sin lugar a dudas. El jueves le daría el sí.

El hecho de tener que sacar toda aquella ropa empapada y todavía sucia del agua ya fría del fregadero fue una
de las cosas que afianzó su decisión. Tenía que acabar con eso, con la grieta de la tubería del desagüe del
lavabo por la que salía agua (o cosas peores), con el tendedero que se desplomaba en el barro cuando lo
sobrecargaba, y con el mortífero sistema eléctrico, con la pesadez de tener que caminar tres kilómetros
cuando Annie no se ofrecía a llevarla para hacer la compra en la pequeña y mal surtida tienda, y luego
recorrer de nuevo los tres kilómetros de regreso, esta vez cargada con comida basura envasada en recipientes
de plástico. Sin lugar a dudas, se casaría con Jims.

Pero de algún modo tendría que dilucidar qué poner en la casilla del impreso donde te preguntaban cuál era tu
estado civil. No solo por el juez de paz y por el vicario, sino también por Jims. Su amigo no tenía un pelo de
tonto. ¿Por qué no decir que ella y Jerry nunca habían llegado a casarse?
Capítulo 5

En la sección de frutas y verduras del Waitrose, en Swiss Cottage, Michelle Jarvey elegía productos para su
esposo. Matthew la acompañaba empujando el carro, porque habría resultado difícil comprar en su ausencia.
Además, lo hacían todo juntos, siempre lo habían hecho todo juntos. Ahora que ya no era época de manzanas
Cox, probaría los kiwis, decía Matthew en aquel instante. No soportaba ninguna otra variedad de manzana.

A los ojos de los demás compradores, el señor y la señora Jarvey ofrecían una imagen casi cómica. Mientras
que para ellos mismos formaban una pareja seria y hasta cierto punto incluso trágica, Michelle sabía que el
resto del mundo los veía como una mujer de mediana edad inmensamente gorda y un hombre tan flaco,
demacrado, apergaminado y cadavérico que parecía recién salido de un encierro de cinco años en un campo
de concentración. Matthew estaba demasiado débil para caminar mucho y cuando empujaba el carro de la
compra, cosa que siempre insistía en hacer, se veía obligado a inclinarse hacia delante como si fuera presa
del dolor. El monstruoso busto de Michelle descansaba sobre un vientre que, junto con las caderas, parecía la
mitad inferior de una peonza y ondulaba a cada paso. Aquel día llevaba un abrigo verde talla tienda de
campaña, rematado con un cuello de piel sintética que enmarcaba un rostro aún bonito que parecía asomarse
entre una montaña de ropa preparada para llevar a un centro de beneficencia. El enorme cuerpo se mantenía
en precario equilibrio sobre dos piernas sorprendentemente bien torneadas que acababan en tobillos tan finos
que parecían incapaces de sostener todo aquel peso.

–¿Te parece bien si compro dos kiwis? – propuso Michelle-. Mejor no comprar muchos por si no te gustan.

–No sé, cariño, los probaré.

Matthew se estremeció, pero no ante la idea de probar los kiwis, que parecían trocitos de árbol o tal vez
animalillos peludos, sino ante la visión de un plátano demasiado maduro, salpicado de manchas marrones y
con la punta reblandecida. Desvió la vista y procuró no volver a levantarla.

–Creo que hoy no quiero fresas, querida, ni peras ni melocotones tampoco.

Michelle no comentó que era porque se estropeaban con facilidad y no tardaban en pudrirse. Sabía que él
sabía que ella lo sabía. Pasaron por delante de la sección de productos lácteos, donde Michelle cogió
subrepticiamente varias cosas mientras Matthew apartaba la mirada. Michelle no se atrevía a comprar carne
ni pescado; decidió ir más tarde sola al supermercado de la esquina. En cierta ocasión, Matthew había
vomitado; fue la única vez que se acercaron juntos a la sección de productos cárnicos y Michelle no estaba
dispuesta a correr de nuevo el riesgo. Al llegar a la sección de pastelería cogió todas aquellas cosas que
sabía que no debía comer, pero que comía de todos modos. Para distraerse, para no pensar, para consolarse.

–Esas -indicó Matthew, señalando con el dedo.

No pronunció las palabras «galletas de mantequilla», porque «mantequilla» se encontraba entre las palabras,
junto con «queso», «mayonesa» y «nata», que llevaba años sin pronunciar porque le provocaban náuseas.
Michelle cogió dos paquetes de aquellas galletas secas. El rostro de Matthew estaba más pálido de lo
habitual. En un arranque de amor por él, se preguntó qué tormento significaba realmente para él entrar en un
supermercado. Siempre insistía en acompañarla; era una de las tareas valerosas que se imponía, uno de los
desafíos. Mirar revistas era otra, pasar las páginas y obligarse a no saltarse las que llevaban imágenes a todo
color de suflés, pasta o rosbif, o hablar con personas que no lo sabían, que los veían comer, que la veían
comer a ella. Llegaron ante los zumos de frutas. Michelle cogió un cartón de zumo de piña y miró a su marido
con las cejas enarcadas. Matthew asintió, logró esbozar una sonrisa de calavera, toda cráneo y dientes.
Michelle le apoyó una mano en el brazo.

–¿Qué haría yo sin ti? – suspiró él.

–No tienes que preocuparte por eso, porque siempre estaré contigo, ya lo sabes.

No había nadie lo bastante cerca de ellos para oír su conversación.

–Mi tesoro -musitó Matthew-. Mi amor.

Michelle se enamoró de él a primera vista. Puesto que no era la primera vez que sentía aquello, aunque hasta
entonces su amor nunca había sido correspondido, creyó con amargura anticipada que de nuevo le sucedería
lo mismo. Sin embargo, Matthew se enamoró de ella con idéntica pasión. Era profesor y tenía dos carreras,
mientras que ella no era más que una simple enfermera, pero Matthew la amaba, Michelle no sabía por qué,
no se lo explicaba. No eran demasiado jóvenes, pues estaban rozando los treinta. La pasión se apoderó de
ellos. Hicieron el amor en la segunda cita, se fueron a vivir juntos al cabo de una semana y se casaron a los
dos meses de conocerse.

Por aquel entonces, Michelle no era delgada precisamente, pero tampoco gorda, más bien normal y corriente.
«Figura perfecta», afirmaba Matthew. Si alguien les hubiera preguntado por el secreto de su amor y el éxito
de su matrimonio, Michelle habría respondido que se trataban con gran afecto, mientras que Matthew habría
dicho que el día que se conocieron, el resto del mundo empezó a importarles bien poco.

Ya a la sazón, Matthew era un tanto especial con la comida (en palabras de Michelle), pero ella siempre
había creído que los hombres eran distintos de las mujeres en cuanto a su actitud ante la comida. No era más
que eso, que al igual que la mayoría de los hombres, había muchas cosas que no le gustaban. La carne roja
figuraba en su lista de venenos, como toda clase de despojos, marisco y cualquier pescado que no fuera
blanco (en aquellos tiempos, cuando aún podía bromear sobre ello, Michelle lo tachaba de «racista del
pescado»), salsas, mayonesa, flanes y cualquier alimento «blandengue». Era un poco caprichoso, nada más.
Sin embargo, con el tiempo fue empeorando, aunque Michelle nunca lo expresaba en esos términos. Los
trastornos de la alimentación empezaban a reconocerse como verdaderas enfermedades, pero todo el mundo
creía que solo afectaban a las jovencitas obsesionadas por estar delgadas. Puesto que hablaban de todo, a
veces trataban abiertamente su problema, el hecho de que no podía comer alimentos que se parecieran a otras
cosas. El arroz, por ejemplo. Se le había metido entre ceja y ceja que los granos de arroz parecían gusanos.
Al poco empezó a ser incapaz de comer nada que hubiera estado vivo, aunque gracias a Dios, ello no incluía
la fruta y la verdura, al menos algunas frutas y verduras. La pasta también tenía aspecto de gusanos, las
salsas… Bueno, todas las cosas líquidas le daban tanto asco que ni siquiera podía articular las palabras
necesarias para describirlas.

Le preguntaba con delicadeza si conocía la raíz de su problema. Era un hombre tan inteligente, intelectual,
sensato, práctico…, un excelente profesor de ciencias. La asustaba verlo adelgazar cada vez más y envejecer
de forma prematura.
–No lo sé -respondía él-. Ojalá lo supiera. Mi madre siempre me animaba a probar las cosas que no quería
comer, pero nunca me obligaba. Nunca me hacía quedarme sentado a la mesa hasta acabarme el plato.

–¿Es que nunca tienes hambre, cariño?

Michelle sí tenía hambre, y muy a menudo, por cierto.

–Creo que nunca he sentido hambre, al menos que yo recuerde.

En aquella época, Michelle tuvo que obligarse a no envidiarlo. ¡No tener nunca hambre, qué maravilla!
Aunque en realidad sabía que no era cierto, que el problema de Matthew provocaba una lenta degradación
hacia la muerte. Sin embargo, no sería así si ella podía evitarlo, se prometió entonces, no si dedicaba su vida
a ayudarlo. Fue en esa época cuando lo convenció para que tomara vitaminas. Matthew accedió sin rechistar,
porque las cápsulas y los comprimidos no se parecían a ninguna otra cosa. Eran objetos duros y firmes que
podía tomar sin atragantarse. Dejó de beber leche y de comer quesos blandos. La mantequilla había
desaparecido del mapa largo tiempo atrás. Michelle lo acompañó al médico.

Corría el fin de la década de los ochenta, y el médico, un hombre de edad avanzada, no mostró comprensión
alguna. Más tarde, Matthew lo tildó de «chalado de la hambruna» porque le había dicho que hiciera el favor
de sobreponerse al problema y pensara en los millones de personas que morían de hambre en África. Le
recetó un tónico que, según dijo, abría el apetito, pero la primera y última vez que Matthew lo tomó, vomitó
hasta la primera papilla.

Michelle asumió la tarea de descubrir todos los alimentos que no le repugnaban. Uno de ellos eran las fresas,
siempre y cuando le quitara los rabitos, hasta el último atisbo de verde. Tampoco le molestaban las naranjas
y los pomelos. Tonta de ella, una vez le había dado a probar una granada, pero al ver su interior, Matthew se
desmayó, pues las carnosas semillas rojas le recordaban el interior de una herida. Comía pan, bizcocho seco
y casi toda clase de galletas, así como huevos duros, pero todo en cantidades infinitesimales. Mientras, ella
iba engordando. Matthew sabía que se daba atracones, aunque intentaba no comer demasiado en su presencia.
Durante las comidas, mientras él picoteaba resignado su media hoja de lechuga, la rodaja de huevo duro y la
patata cocida del tamaño de una canica, Michelle comía lo mismo quintuplicado, además de un ala de pollo y
un panecillo. Pero cuando Matthew se sentaba de nuevo ante el ordenador, ella volvía a la cocina y se
atiborraba de las comidas que la consolaban del sufrimiento que se veía obligada a presenciar: chapata con
brie, tarta de frutas, barritas de chocolate, natillas y piña cristalizada.

Su amor nunca flaqueaba. A Michelle le habría gustado tener hijos, pero no llegaron. A veces pensaba que
era porque Matthew estaba tan malnutrido que su cantidad de esperma era ínfima. De nada servía acudir al
médico, aunque el anciano médico de familia reaccionario había sido sustituido por una joven entusiasta que
siempre intentaba poner a Michelle a dieta. Nadie entendía a Matthew aparte de ella. Era ella quien veía su
cuerpo marchitarse y encorvarse, su rostro arrugarse como el de un anciano, sus articulaciones sobresalir a
través de una piel que no podía calificarse de carne, una piel que adquiría un matiz cada vez más grisáceo. A
los treinta, Michelle estaba entrada en carnes, a los treinta y cinco podía decirse que estaba obesa, y en esos
días, a punto de cumplir los cuarenta y cinco, Michelle estaba inmensa. Mientras que mencionaba con
frecuencia la aversión que Matthew sentía por la comida, y que siempre hablaban de las causas que podían
originarla y de que algún día se descubriría el remedio, su esposo nunca sacaba a colación la obesidad de
Michelle. Por lo que a él respectaba, era como si aún fuera la esbelta joven de veintisiete años de la que se
había enamorado.
Michelle tenía una hermana en Bedford y Matthew un hermano en Irlanda y otro en Hong Kong, pero carecían
de amigos. La sociedad otorga gran importancia a las actividades relacionadas con la comida y la bebida, y
comer era algo que se veían obligados a evitar en público, de modo que no podían conservar las amistades ni
trabar otras nuevas. De forma paulatina, las personas a las que conocían se fueron distanciando al ver que sus
invitaciones eran rechazadas y nunca correspondidas. El mayor temor de Michelle residía en que se vieran
obligados a aceptar alguna invitación para tomar el té o cenar, y al enfrentarse a la mantequilla, la jarrita de
la leche o el frasco de la miel, Matthew palideciera y empezara a sufrir aquellas horribles arcadas. Antes
declinar las invitaciones que correr semejante riesgo.

Michelle contaba con una sola confidente que con el tiempo se había convertido en una amiga. Un día, casi
sumida en la desesperación y temerosa de que Matthew no pudiera seguir de aquel modo por mucho tiempo,
Michelle se sentó en su cocina con Fiona mientras Matthew trabajaba lenta y penosamente en el ordenador, y
se lo contó todo. En lugar de burlarse del hombre de mediana edad que no podía comer y de la mujer de
mediana edad que no podía dejar de comer, Fiona se mostró comprensiva e incluso sugirió algunos remedios.
Se alimentaba a base de una dieta tan variada, de comidas tan novedosas y elaboradas, que se le ocurrían
muchas ideas para un anoréxico al que le gustaría comer si pudiera. Un año más tarde, es decir, el año
anterior, Michelle le confesó que había salvado la vida a Matthew y que le estarían eternamente agradecidos.

Cuando llegaron a su casa de Holmdale Road, en West Hampstead, Michelle se puso a preparar el almuerzo
de Matthew, que incluiría varios de los alimentos que Fiona había propuesto y que a su marido le parecían
aceptables.

–¡Cacahuetes! – había exclamado Fiona-. Son muy nutritivos.

–Grasientos… -logró mascullar Matthew.

–Qué va, los tostados sin aceite no son nada grasientos y están buenísimos. A mí me encantan.

Habría sido exagerado afirmar que a él también, porque no le encantaba ningún alimento, pero toleraba los
cacahuetes tostados, al igual que sus otras sugerencias, como el pan sueco, esas cosas que los niños llamaban
tartaletas hinchables, los huevos duros picados con perejil, el parmesano molido, las hojas de espinacas
baby, la rúcula, las galletas de arroz japonesas y el muesli. A lo largo de aquel año, su salud había mejorado
un poco y estaba algo menos demacrado. Por el camino, sin embargo, las tartaletas, el alimento más rico en
calorías de la lista, habían caído en desgracia. Matthew no podía evitarlo. Deseaba de todo corazón que le
siguieran gustando, pero no podía. Fiona propuso sustituirlas por melindres y galletas de mantequilla.

Michelle dispuso en un plato una hoja de lechuga, doce cacahuetes tostados, una rodaja de huevo duro
espolvoreada con parmesano y una galleta salada. También esperaba que se tomara el vasito de zumo de
piña, pero no ponía la mano en el fuego. Mientras decoraba el plato con aquellas minucias, comió montones
de cacahuetes, el resto del huevo y un trozo de pan de aceitunas con mantequilla. Matthew le dedicó una
sonrisa; era su modo de no mirar el plato, de desviar la mirada de la comida y sonreír a su mujer para darle
las gracias.

–Acabo de ver pasar a Jeff Leigh -comentó al tiempo que cogía un cacahuete-. ¿Es que nunca va a encontrar
trabajo?
A ninguno de los dos les caía demasiado bien el novio de Fiona.

–Me gustaría creer que no está con ella por su dinero -suspiró Michelle-. Me gustaría creer que es una
persona desinteresada, querido, pero no puedo. Espera que ella lo mantenga, eso está clarísimo.

–A Fiona le gusta tener el control. No lo digo como crítica, de hecho a algunos les parecería un cumplido. Tal
vez le gusta que Jeff dependa de ella.

–Espero que tengas razón. Quiero que Fiona sea feliz, y se casan en junio.

Matthew comió otro cacahuete y un fragmento de la galleta salada. Michelle dominaba desde hacía mucho el
arte de no observarlo. Matthew tomó un sorbo de zumo.

–Me temo que los amigos de Fiona no tendrán muy buen concepto de él si no hace nada y permite que ella lo
mantenga. Parece que tiene algunas habilidades. Ha hecho algunos arreglos útiles en casa de Fiona, como por
ejemplo instalar un enchufe, y te acordarás que demostró saber de ordenadores cuando vino aquí para escribir
esas cartas o lo que fueran.

–Solicitudes de empleo, dijo que eran. Eso fue en octubre, hace casi cinco meses… No puedo comerme la
lechuga, querida; ya me he comido la galleta salada.

–Lo has hecho muy bien -alabó Michelle antes de llevarse el plato y traerle un kiwi en rodajas y sin corazón,
acompañado de un melindre.

Matthew comió dos rodajas de kiwi y luego una tercera para complacer a su esposa, aunque a punto estuvo de
atragantarse.

–Yo lavaré los platos -se ofreció-. Tú siéntate y descansa.

Así pues, Michelle acomodó su enorme cuerpo en un extremo del sofá y descansó las esbeltas piernas y los
pies delicados, en los que se marcaba cada huesecillo, en el otro. Tenía el Daily Telegraph y el Spectator de
Matthew, pero prefería descansar y pensar. Seis meses antes, Matthew no tenía las fuerzas necesarias para
recoger platos y vasos, llevarlos al fregadero y lavarlos. Si insistía en hacerlo, se veía obligado a sentarse en
un taburete. La mejoría y el leve aumento de peso se debían a la intervención de Fiona. Michelle profesaba un
gran afecto a Fiona, que era una verdadera amiga, casi como una hija. Sin envidia y casi sin anhelo, pues a fin
de cuentas, ella tenía a su querido Matthew, Michelle podía contemplar la esbelta silueta de Fiona, su rubia
melena larga y lisa y su rostro dulce, aunque no convencionalmente hermoso, y no sentir más que admiración.
Sus casas se tocaban, pero la de ellos, aunque en esos días se consideraba una propiedad muy valiosa por su
emplazamiento, más que por su diseño o sus comodidades, era muy inferior a la de Fiona, con su anexo
trasero, el espacioso invernadero y la reforma tipo loft. Michelle tampoco la envidiaba por ello. Ella y
Matthew disponían de espacio suficiente para cubrir sus necesidades, y el valor de su casa se había
incrementado un vertiginoso quinientos por ciento desde que la compraran diecisiete años antes. No, lo único
que la inquietaba era la felicidad futura de Fiona.

Jeff Leigh había aparecido en Holmdale Road en agosto o septiembre. Fiona lo presentó como su novio, pero
no se trasladó a vivir allí hasta octubre. Michelle tenía que reconocer que era un hombre apuesto, de aspecto
saludable y facciones regulares, aunque un poco demasiado corpulento para su gusto. Aquella idea la hacía
reír. Qué mal gusto decir que a ella solo le gustaban los hombres delgados. Jeff poseía un rostro sincero, casi
solemne. Podría decirse que parecía importarle mucho la persona con quien hablaba, sus palabras, sus
intereses, lo cual hacía pensar a Michelle que en realidad todo se le daba un ardite. Cuando le ofrecía uno de
sus caramelos de menta Polo, cosa que siempre hacía, esbozaba una sonrisita cada vez que ella aceptaba,
como si se preguntara: «¿Acaso no estás ya lo bastante gorda?». Michelle también detestaba sus chistes.
Además, aunque pasaba muchas horas fuera de casa, no ganaba nada, mientras que Fiona, una ejecutiva
bancaria de éxito, ganaba mucho dinero y había heredado una suma considerable al morir su padre el año
anterior.

Michelle deseaba que ella y Jeff aplazaran la boda. A fin de cuentas, vivían juntos, de modo que no era que
les faltara sexo (recordó con ternura que ella y Matthew no habían podido esperar más de veinticuatro horas),
y por tanto no les correría tanta prisa casarse. ¿Conseguiría reunir el valor o la impertinencia suficiente para
sugerirle sutilmente a Fiona que tal vez fuera buena idea esperar un poco?

Justo antes de dormirse, Michelle pensó que resultaba tranquilizador que a veces las cosas más
desagradables sucedían para bien.

Por ejemplo, después de que Matthew se desmayara dos veces en plena clase, y puesto que tenía que
permanecer siempre sentado en el laboratorio de ciencias y apenas podía caminar hasta la sala de profesores,
supieron que tendría que dimitir. ¿De qué vivirían? Matthew apenas tenía treinta y ocho años, y aparte de
alguna que otra incursión en el periodismo, no sabía hacer nada más que enseñar. Michelle había dejado el
trabajo largo tiempo atrás para dedicarse por entero a la interminable y casi desesperada tarea de la
alimentación de su marido. ¿Podría encontrar trabajo después de nueve años de inactividad? En cualquier
caso, nunca había ganado mucho.

Matthew había escrito algún artículo para New Scientist y colaborado esporádicamente con The Times, así
que, puesto que era lo más importante para él después de ella, se dedicó a escribir desesperado acerca de lo
que significaba sufrir su variante particular de anorexia, odiar la comida, enfermar a causa de lo que
garantizaba la continuidad de la vida. Por aquel entonces, los trastornos de la alimentación se estaban
poniendo de moda y su artículo obtuvo tanto éxito que le propusieron colaborar en una prestigiosa
publicación semanal con una serie titulada «Diario de un anoréxico». Como buen purista que era, Matthew
objetó en un principio que el término exacto era «anoréctico», pero acabó por ceder porque el salario era
excelente. A menudo, Michelle pensaba en lo extraño que era que Matthew apenas pudiera hablar de ciertos
alimentos y en cambio no le creara problema alguno escribir sobre ellos, describir las náuseas y el horror que
le provocaban algunas clases de grasa y «sustancias blandengues», definir con extrema precisión los
productos que toleraba a duras penas y por qué.

«Diario de un anoréxico» los salvó de tener que vender la casa y vivir de la seguridad social. Alcanzó una
popularidad inmensa e inspiraba gran número de cartas de lectores. Matthew recibía montones de
correspondencia de mujeres de mediana edad que no lograban separarse de las dietas, de adolescentes que se
mataban de hambre y hombres obesos adictos a la cerveza y las patatas fritas. No se hizo famoso, algo que a
ambos les habría desagradado, pero su nombre salió una vez en un concurso televisivo y fue la respuesta a la
definición de un crucigrama. Todo ello los divertía, pero a Michelle no le había hecho ni pizca de gracia que
Jeff Leigh diera una palmadita en la espalda a Matthew y le dijera en tono insinuante:

–Vaya, ahora sí que no le conviene engordar, ¿eh? Más vale que le siga dando raciones pequeñas, Michelle.
Estoy seguro de que usted puede comer por dos.
Sus palabras la hirieron porque era lo que se decía a las mujeres embarazadas. Pensó en el hijo que nunca
había tenido, la niña o el niño que en la actualidad tendría dieciséis o diecisiete años, el hijo que a menudo
aparecía en sus sueños o al que veía con los ojos cerrados cuando se tumbaba en la cama. Cuando Matthew
regresó al salón, Michelle ya estaba dormida.

Capítulo 6

El cuchillo no serviría; era demasiado grande para llevarlo encima. La tía tenía muchos cuchillos,
trinchadores, sierras y tajaderas, detalle curioso porque raras veces cocinaba. Tal vez eran regalos de boda.
Minty los revisó con detenimiento y eligió uno de veinte centímetros de longitud, punta afilada y hoja de casi
cinco centímetros a la altura del mango.

Nunca se había desembarazado de las cosas de la tía, a excepción de algunas prendas de ropa que había
llevado a una tienda de segunda mano. No estaban tan limpias como deberían, por lo que llevarlas, aun
envueltas en los plásticos protectores, la había hecho sentir sucia. Había metido las demás pertenencias en un
armario que no había vuelto a abrir hasta entonces. Despedía un hedor insoportable. Qué mala suerte haberlo
abierto justo antes de ir a trabajar; tendría que tomar otro baño antes de salir. La riñonera de la tía estaba
colgada sobre una percha de la que pendía un abrigo que olía a bolas de naftalina. Minty resolvió hacer
limpieza aquella misma noche, llevar las cosas al centro de ropa usada del distrito de Brent y limpiar a fondo
el armario. Se llevó delicadamente la riñonera a la nariz; con husmearla una sola vez tuvo suficiente. La lavó
en el lavabo y la puso a secar en el borde de la bañera antes de bañarse otra vez. Cuando se secara, le
serviría para guardar en ella el cuchillo.

Como consecuencia de aquellas actividades, llegó un poco tarde al trabajo, algo muy inusual en ella.
Josephine, toda sonrisas, no comentó su tardanza, sino que le anunció que ella y Ken iban a casarse. Su novio
se lo había pedido la noche anterior mientras comían wonton y pan de gambas. Minty se preguntó cómo se
habría desarrollado la escena, puesto que Ken no hablaba una sola palabra de inglés.

–La semana que viene empiezo el curso de conversación en cantonés -dijo Josephine.

Minty aceptó la invitación a la boda. Mientras empezaba a planchar se preguntó si alguna vez conocería a
otro hombre que la quisiera como Jock la había querido. En todo caso, no sucedería mientras Jock siguiera
atormentándola. No podía ir con un hombre al pub o al cine y arriesgarse a que Jock apareciera entre ellos o
los observara. Además, le había prometido que nunca habría otro hombre en su vida. Era suya para siempre, y
siempre podía significar otros cincuenta años. ¿Qué querría de ella? ¿Por qué había vuelto? ¿Tal vez porque
temía que Minty pudiera conocer a otro?

Las camisas despedían un indefinible olor a limpio que le encantaba, la fragancia de la ropa blanca recién
lavada. Saboreaba cada prenda, acercándosela a la nariz al cogerla del montón. Minty no planchaba las
camisas en el orden en que las encontraba, sino que las clasificaba por colores. Siempre había más blancas
que de otro color, aproximadamente el doble, de modo que planchaba dos blancas, una rosa, luego otras dos
blancas, a continuación una de rayas azules… No le gustaba equivocarse en la secuencia y encontrarse con
que al final le quedaban cuatro o cinco blancas. Aquella mañana había menos blancas de lo habitual y
mientras avanzaba en su tarea, supo que tendría la suerte de poder planchar una rosa o una de rayas amarillas
en último lugar.

Llevaba más de una semana sin ver a Jock y cuando ya empezaba a creer que estaba satisfecho, que ya había
encontrado lo que buscaba o que simplemente se había cansado de buscar, apareció de nuevo. Minty había
salido al cine con Sonovia y Laf, a una de las salas del Whiteley, donde vieron Sleepy Hollow, una película
que a la gente le daba miedo y que trataba de un jinete sin cabeza, un fantasma, por supuesto, que aparecía
repetidamente en un pueblo estadounidense y decapitaba a varias personas.

–En mi vida había visto nada tan absurdo -resopló Sonovia con desprecio al tiempo que le pasaba las
palomitas.

Laf se había dormido y roncaba suavemente.

–Da miedo -murmuró Minty, pero más por cortesía que por convicción, pues a fin de cuentas, las películas no
eran reales.

Pero justo cuando el árbol volvía a abrirse y el jinete fantasma surgía de sus raíces montado sobre su caballo,
el espectro de Jock entró en el cine y se sentó en el otro extremo de su fila. Tal como estaban sentados, ella a
dos asientos del final, junto a ella Sonovia y al lado de esta Laf, Minty veía a Jock sin obstáculo alguno. Se
había sentado sin mirarla, pero al cabo, sin duda al darse cuenta de que ella tenía la vista clavada en él, se
volvió hacia ella con expresión vacua. Minty llevaba el crucifijo de la tía colgado del cuello con un lazo y se
llevó la mano a él, aferrándolo con fuerza. Aquella acción, en teoría destinada a proteger contra los visitantes
de ultratumba, o al menos eso afirmaba la tía, no surtió ningún efecto en Jock, quien se concentró en la
pantalla. Minty apoyó la mano en el brazo de Sonovia.

–¿Ves a ese hombre sentado al final de la fila?

–¿Qué hombre?

–Al otro lado, al final.

–Ahí no hay nadie, querida. Son imaginaciones tuyas.

No le sorprendía que Jock fuera invisible para los demás. Tampoco Josephine lo había visto aquel día en la
tienda. ¿De qué estaría hecho? ¿De carne y hueso o de sombras? Le había prometido que después de estar con
él nunca estaría con otro. ¿Tal vez quería asegurarse de que mantenía su promesa y había vuelto para
llevársela? Minty se echó a temblar.

–¿Tienes frío? – preguntó Sonovia en un susurro.

Minty denegó con la cabeza.

–Un gato ha caminado sobre tu tumba.

–¡No digas eso! – exclamó Minty en voz tan alta que una mujer sentada tras ella le tocó el hombro y le pidió
que callara.

Minty calló, pero sin dejar de temblar. En algún lugar de este mundo se encontraba el lugar donde serían
enterrados sus huesos, sus cenizas. Un gato ocupado en sus asuntos nocturnos había pisado ese lugar. Jock
quería llevarla a esa tumba, llevarla consigo adonde estuviera. No pudo seguir viendo la película. La
realidad asustaba más. Después de tan solo diez minutos, Jock se levantó para salir. Al pasar junto a ella, le
rozó el hombro y susurró «Polo».

Minty se encogió en su butaca. El roce no había sido como una sombra ni una brisa, sino muy real, el contacto
de una mano cálida con una presión natural, firme, posesiva.

–Vete y déjame en paz -pidió.

Sonovia se volvió hacia ella con expresión furiosa. Minty se volvió hacia la salida, pero Jock había
desaparecido.

Después de la película, Laf y Sonovia la llevaron a tomar una copa en el Redan.

–¿Qué mascullabas en el cine? – inquirió Laf con una sonrisa-. Estabas ahí sentada con los ojos cerrados,
parloteando sola y haciendo muecas.

–Imposible.

–Que sí, querida. ¿De qué sirve ir al cine si te pasas toda la película con los ojos cerrados?

–Estaba asustada; todo el mundo estaba asustado.

Ambos lo negaron. Pero Minty no podía hablar de la película ni mostrarse de acuerdo con Laf, que fingía
haber disfrutado de ella, ni con Sonovia, que no podía parar de burlarse de la frecuencia de las
decapitaciones del jinete, porque el fantasma de Jock la había distraído por completo. Le había parecido que
la amenazaba; todavía sentía la presión de su mano. No podía permitir que se la llevara, no quería morir e ir
a un lugar terrorífico poblado de fantasmas. Tomaría medidas para defenderse.

La primera vez que lo vio no creyó que las armas pudieran servir para protegerse de él, pero la sensación
dura y pesada de su mano la había convencido de que, a pesar de ser un fantasma, tenía un cuerpo sólido, de
modo que no le quedaba más remedio que llevar encima el cuchillo a todas horas. Al fin y al cabo, nunca se
sabía cuándo volvería a aparecer.

Terminó de planchar la última camisa, la guardó en la bolsa de celofán y le colocó la pajarita de cartón
jaspeada azul y blanca. Josephine había ido a la empresa de alquiler de coches a fin de organizar el
transporte para su boda, y cuando sonó la campanilla de la puerta, Minty creyó que era Jock. Sería muy
propio de él aparecer ese día, la última vez que Minty salía sin el cuchillo. Cogió unas tijeras del estante
donde guardaban el quitamanchas y el almidón, pero solo era Ken, quien fingió asustarse al ver el arma que lo
apuntaba y empezó a hacer el payaso.

En aquel momento volvió Josephine, y los dos empezaron a hacerse carantoñas, a besarse con la boca abierta
y cosas así. Curioso, porque Josephine le había dicho antes de conocer a Ken que los chinos nunca besaban,
porque no sabían. Tal vez ella le había enseñado. A Minty le caían bien, pero la escena le dio ganas de
clavarles las tijeras. Se sentía excluida, aislada, confinada en un mundo habitado solo por ella y el fantasma
de Jock. Como una sonámbula, volvió a la trastienda y se sentó en un taburete, clavando la mirada en la pared
mientras hacía girar las tijeras entre las manos.
Jock siempre llevaba un paquete de caramelos de menta Polo en el bolsillo. Por eso la llamaba Polo, pensó
Minty. Se los pasaba cuando estaban en el cine y a ella le gustaban, porque eran golosinas limpias, de esas
que no se te pegaban en los dedos. Pellizco, puñetazo, el primero del mes, recordó, no vale devolverlo. Pasa
de largo, espera en la esquina…

Minty se había traído el almuerzo de casa, bocadillos de queso rallado y lechuga, además de un yogur natural,
porque nunca se sabía lo que metían en los de frutas. Después de comer envolvió los restos en papel de
periódico, que embutió en un recipiente de plástico, y lo tiró todo al contenedor de basura que Josephine tenía
en el jardín trasero. El mero hecho de tocarlo hacía necesario lavarse más concienzudamente de lo habitual.
Minty se restregó las uñas con el cepillo y luego sumergió las manos en agua limpia y sin jabón durante cinco
minutos. Una vez secos, los dedos le quedaron pálidos y arrugados, dedos de lavandera, en palabras de la tía.
A Minty le gustaban así, porque significaba que estaban limpios de verdad.

La tarde transcurrió sin incidente alguno. Un hombre entró con sus siete camisas, como hacía siempre una vez
a la semana. En cierta ocasión, Josephine le había preguntado si no tenía mujer o novia que se las llevara a la
tintorería o que se las lavara y planchara en casa. Josephine no se había expresado en aquellos términos, pero
sí había mencionado el asunto, cosa que al cliente no le hizo ni pizca de gracia. De hecho, Minty creyó que no
volvería, que a partir de entonces llevaría sus camisas a la tintorería de Western Avenue. El hombre tardó
quince días en volver a aparecer, y ese día Josephine se mostró especialmente amable con él, consciente del
poco tacto que había tenido la vez anterior.

Después de él no se presentó nadie hasta que una adolescente llegó justo antes de que cerraran para saber si
podía pagar a plazos el lavado de su vestido. Era un vestido rojo muy corto, de tirantes finos y falda
escasísima, que Minty habría lavado en casa.

–Por supuesto que no -dijo Josephine.

La pobre muchacha se fue muy compungida.

Minty volvió a casa a pie. Tenía la inquietante sensación de que vería a Jock en el autobús, aunque hasta
entonces nunca había aparecido en el exterior. El viejo señor Kroot estaba barriendo el sendero de su jardín
delantero y fingió no verla. Tal vez no fue él quien envió la tarjeta de pésame, sino su asistente sin que el
anciano se enterara. Era evidente que la había visto, porque se puso rígido, y sus manos arrugadas y venosas
se cerraron con fuerza en torno al mango de la escoba. Cuando Minty era niña, el señor Kroot era bastante
amable, pero un día, cuando su hermana estaba pasando una temporada en su casa, ella y la tía se habían
enzarzado en una disputa. Discutieron por el tendedero, la valla que separaba los jardines o tal vez el hecho
de que el gato del señor Kroot orinara en los arbustos. Algo así, aunque Minty no lo recordaba. El señor
Kroot y su hermana jamás habían vuelto a dirigir la palabra a la tía y esta tampoco a ellos, actitud que se
había hecho extensiva a Minty.

En aquel momento, la hermana no estaba allí. Vivía en otra parte, muy lejos de Londres. El señor Kroot
estaba solo con su gato, que no tenía nombre y al que llamaba Gato. En aquel momento se volvió y miró a
través de ella como si fuera un fantasma, como Jock. Luego entró en casa con su escoba y cerró la puerta con
mucho más ímpetu del habitual. El gato llegó junto a la puerta justo en el momento en que se cerraba. Era tan
viejo que Minty no recordaba no haberlo visto allí; debía de tener al menos veinte años, y eso multiplicado
por siete, que era lo que había que hacer para calcular la verdadera edad de un gato, según la tía, daba ciento
cuarenta.
Mientras Minty abría la puerta principal y entraba en la casa, el gato entonó un maullido gutural y senil para
que lo dejaran entrar en casa. Minty casi esperaba ver a Jock en el recibidor, aguardándola, pero allí no había
nada ni nadie.

¿Serviría un cuchillo para defenderse de un fantasma? ¿De qué estaban hechos los fantasmas? Minty pensaba
mucho en esas cosas. Antes de ver a uno y de que este la tocara, había creído que estaban hechos de sombras
y humo, de vapor y de alguna otra sustancia nebulosa. En cambio, la mano de Jock era firme, con una presión
contundente, y el asiento de la silla había quedado caliente después de que se levantara de él. ¿Era la misma
persona que había sido en vida? ¿Un ser de carne y hueso, no como una fotografía en blanco y negro, una
imagen grisácea que se movía, sino una figura de cabello castaño, piel sonrosada y ojos azul oscuro? La
sangre… ¿Sangraría Jock?

Lo intentaría. Si no funcionaba, no habría perdido nada y tendría que probar otra cosa. Mientras se preparaba
el segundo baño del día, imaginó el cuchillo hundiéndose en el cuerpo del fantasma, que de inmediato se
desvanecía en una nube de humo o bien se derretía en un charco transparente que parecía agua. No se oiría
ningún sonido, ningún grito ni jadeo; tan solo se esfumaría, consciente de su derrota, de la victoria de ella.

Pensar en ello casi le dio ganas de verlo. Se bañó, enjabonándose con la gran esponja dorada que algún día
había llevado una vida propia, adherida a una roca en el mar. Al acabar la enjuagó con agua caliente y luego
fría. Un día, Jock le había preguntado si podían bañarse juntos, meterse los dos en el agua al mismo tiempo.
Minty se negó, escandalizada por la propuesta. Los adultos no hacían esas cosas, solo los niños. Además, si
compartía el agua del baño con él, ella tendría que volver a bañarse a continuación, algo que a Jock no
parecía habérsele ocurrido.

Por un instante, allí de pie, desnuda, casi deseó verlo. Abrió la puerta del baño, salió y entró en su
habitación. Ni rastro de Jock. Se puso la ropa limpia que llevaría durante la velada, durante la que ingeriría
una cena higiénica y vería la televisión por espacio de una hora antes de dedicar otras dos al aseo personal, y
bajó al recibidor oscuro. El fantasma aparecía hubiera luz o no, sin distinción alguna. Lo percibía con ella,
alrededor de ella, a pesar de no verlo. Mientras pelaba dos patatas y trinchaba el pollo asado en casa, oyó su
voz como si procediera de muy lejos. «Hoy he empezado a amarte de nuevo…»

Capítulo 7

Zillah había creído que, tras dar el sí, ella y los niños se mudarían a casa de Jims para empezar a hacer los
preparativos de la boda, que se celebraría unos seis meses más tarde. Sin embargo, Jims no opinaba lo
mismo, pues había que guardar las apariencias. La semana anterior, el presidente de la Asociación
Conservadora de South Wessex había dicho respecto a un cantante pop de la zona, su novia y el bebé de
ambos, que a las parejas que vivían juntas sin estar casadas deberían prohibirles tener propiedades y que
además habría que retirárseles el pasaporte y el carné de conducir. A Jims no se le ocurría forma más segura
de perder su escaño en las elecciones que permitir que Zillah se instalara en su casa. Además, había
contratado los servicios de una empresa de relaciones públicas y la experta que se encargaba de su caso se
esforzaba por sacar fotografías de él y de Zillah en la prensa nacional. El cuchitril de Long Fredington no
constituía un telón de fondo adecuado para las fotografías y su dúplex de Great College Street le parecía
impropio. Así pues, alquiló durante tres meses un piso en un sencillo bloque de Battersea, con vistas al río y
a las Casas del Parlamento. Jims, experto en esos temas, afirmaba que era el lugar idóneo, más serio que
Knightsbridge y menos disoluto que Chelsea, poco elegante pero sensato, además de poseer un acertado aire
político. En cuanto a sus pertenencias y a la casa de Willow Cottage, Jims recomendó a Zillah que prendiera
fuego a todo, aunque cambió de idea al recordar que el dueño de la casa era su viejo amigo sir Ronald
Grasmere.

Aunque le habría gustado decir a Jims que era viuda, Zillah no se atrevía. Lo primero que le preguntaría sería
cuándo se había enterado de la muerte de Jerry y por qué no se lo había contado antes. Así pues, reunió el
valor suficiente para contarle una mentira que no le haría mucha gracia pero que le molestaría menos que la
verdad.

–No llegué a casarme de verdad con Jerry.

–¿Qué quieres decir con «casarte de verdad», querida? ¿Celebrasteis una de esas bodas estrafalarias en una
playa de Bali como Mick Jagger?

–Quiero decir que no estábamos casados.

Jims lo aceptó; lo más probable era que el presidente de la Asociación Conservadora de South Wessex no
llegara a descubrirlo nunca. Zillah tuvo ciertos remordimientos al recordar su boda con Jerry en la iglesia de
San Agustín, en Kilburn Park, pero no muy intensos ni durante mucho tiempo. Contaron a la relaciones
públicas, Malina Daz, que Zillah era soltera, pero había vivido varios años en una «relación estable» con el
padre de sus hijos. Sabiamente, la mujer decidió no hablar a la prensa del estado civil de Zillah y no
mencionar a los niños, contando con el coeficiente de notoriedad relativamente bajo de Jims para minimizar
el riesgo de preguntas. Asimismo, contaba con la belleza de Zillah para resolverlo todo. Zillah estaba
despampanante cuando llegó el fotógrafo, ataviada con un traje chaqueta de seda color crema diseñado por
Amanda Wakeley y con un pañuelo de Georgina van Etzdorf anudado al cuello. El apuesto Jims posó
indolentemente inclinado sobre el respaldo de su silla, acariciándole el largo cabello negro con la mano de
manicura perfecta.

Pero cuando Malina cambió de parecer acerca de la fama de Jims y propuso que presentaran a Eugenie y
Jordan como sobrinos de Zillah, hijos de su hermana, muerta trágicamente en un accidente de coche, Zillah se
negó y también Jims, para su sorpresa. Malina debía recordar, dijo, que a fin de cuentas no era tan conocido,
no era una celebridad.

–De momento -replicó Malina con sequedad.

–Si obtengo un cargo -prosiguió Jims en voz más baja-, la situación cambiará, por supuesto.

Aquella conversación ponía nerviosa a Zillah.

–Mis hijos no irán a ninguna parte.

–Por supuesto que no, querida, no queremos que vayan a ninguna parte.
–Tal vez lo mejor sea no conceder entrevistas a la prensa escrita durante un año -sugirió Malina-. ¿Podríamos
decir que su primer esposo murió trágicamente en un accidente de coche?

Pero tuvo que reconocer a regañadientes que no era buena idea.

–Mejor que no…, aunque por entonces -añadió con cierta timidez-, puede que ya haya otro pequeñuelo en
camino.

Zillah consideraba que las probabilidades de que llegara otro pequeñuelo eran casi nulas. No sabía nada
acerca de conceder entrevistas ni de los periodistas, pero ya estaba asustada. Sin embargo, desde hacía
mucho dominaba el arte de desterrar de su mente cualquier pensamiento desagradable; era el único
mecanismo de defensa que conocía. Así pues, cada vez que imaginaba a Jims como viceministro del Interior o
subsecretario de Sanidad y visualizaba a un periodista llamando a su puerta, apartaba de sí la imagen. Cada
vez que una vocecilla le susurraba al oído: «Cuéntenos algo acerca de su matrimonio anterior, señora
Melcombe-Smith», la acallaba. Al fin y al cabo, sabía que Jerry no reaparecería. ¿Qué mejor forma de
transmitir tus intenciones que hacer pública por escrito tu muerte?

Jims le regaló un anillo de compromiso, tres grandes esmeraldas engarzadas sobre una almohadilla cuadrada
de diamantes. Ya le había dado una tarjeta Visa a nombre de Z. H. Leach y también le entregó una American
Express platino a nombre de la señora J. I. Melcombe-Smith, animándola a comprarse toda la ropa que
quisiera. Ataviada con su traje verde de Caroline Charles, con corpiño de lentejuelas, Zillah cenó con Jims
en el salón Churchill del palacio de Westminster, donde fue presentada al líder del Partido Conservador en la
Cámara de los Comunes. Siete años antes, Zillah se habría calificado de comunista y no sabía si era una
conservadora.

–Ahora sí, querida -afirmó Jims.

Después de cenar la llevó a Westminster Hall y a la capilla de St. Mary Undercroft. Incluso Zillah, que no se
fijaba mucho en esas cosas, tuvo que reconocer que la obra de sillería de sir Charles Barry era
impresionante, al igual que el suntuoso mobiliario. Contempló obediente las bóvedas que mostraban el
martirio de santa Catalina en la rueda y a san Juan Evangelista ardiendo en aceite hirviendo, aunque aquellas
cosas le producían náuseas y ver a san Lorenzo asándose a la parrilla la mareó. Procuraría no alzar la mirada
durante la ceremonia. Sobre aquel telón de fondo de colores intensos y brillantes, un vestido de novia color
marfil surtiría el efecto deseado. Puesto que se había decantado por la opción de la soltería, estaba decidida
a desterrar de su mente el recuerdo de su matrimonio, y ya casi se había reconciliado con la idea de casarse
por la iglesia.

Qué lástima que los niños no pudieran asistir. Le haría ilusión que Eugenie fuera su dama de honor y Jordan,
el paje. Habrían estado tan guapos vestidos de terciopelo negro con cuellos de encaje blanco… Aparte de tan
frívolas consideraciones, le preocupaban de verdad sus hijos. Su existencia era uno de esos hechos no
exactamente desagradables y más bien inquietantes que no podía desterrar pese a intentarlo. Es decir,
intentaba no pensar en ellos salvo como las dos personas a quienes estaba más unida, quizá las únicas a las
que amaba, pues el afecto que profesaba a Jims no encajaba en esa categoría. Sin embargo, las circunstancias
eran demasiado complejas para permitirle olvidar los aspectos más perturbadores del asunto. Para empezar,
no cesaban de preguntarle cuándo volverían a ver a Jerry. Jordan tenía el exasperante hábito de exclamar en
plena calle, o peor aún, cuando Jims traía de visita a uno de sus amigos diputados: «¡Ay, qué ganas tengo de
ver a mi papá!».
Eugenie se expresaba en términos menos emotivos, pero más precisos.

–Hace meses que mi padre no nos visita.

O bien, citando a la canguro cuyos servicios Zillah contrataba casi a diario:

–La señora Peacock dice que mi padre es un padre ausente.

La última dirección suya que conocía Zillah se encontraba en Harvist Road, NW 10. A veces sacaba el papel
donde se la había apuntado y se lo quedaba mirando pensativa. No había ningún número de teléfono. Por fin
decidió llamar a Información, pero sin el nombre no podían o no querían ayudarla. Una tarde, tras dejar a la
señora Peacock con los niños, fue a Harvist Road con la línea Bakerloo del metro, y se apeó en Queen's Park.
El lugar le recordaba sus tiempos de estudiante, cuando ella y Jerry compartían habitación en una casa cerca
de la estación. Durante un tiempo fueron muy felices. Luego ella quedó embarazada y se casaron, pero las
cosas cambiaron para siempre.

–Agujas y alfileres, agujas y alfileres -recitó Jerry, citando a su anciana abuelita, durante la luna de miel de
dos días que pasaron en Brighton-, todos los problemas empiezan con las mujeres. Me gusta estar casado;
creo que repetiré unas cuantas veces.

Zillah lo abofeteó por ello, pero Jerry se limitó a reír. Ahora lo buscaba para averiguar si estaba dispuesto a
seguir muerto. Su nombre no aparecía en los timbres del bloque que le había indicado. Por fin llamó con la
aldaba en forma de cabeza de león y al poco acudió a abrir una anciana.

–No quiero instalar doble vidrio en mis ventanas -dijo antes de que Zillah abriera la boca.

–No vengo por eso -aseguró Zillah-. Estoy buscando a Jerry Leach. Antes vivía aquí.

–Se hacía llamar Johnny, no Jerry, y no vive aquí desde el año pasado, hace meses y meses. La respuesta a su
pregunta es no, no sé adónde ha ido.

Dicho aquello le cerró la puerta en las narices. Zillah cruzó la calle, se sentó en un banco de Queen's Park y
contempló el verdor. Una niña negra y otra blanca que pasaban por allí se quedaron mirando con curiosidad
su traje chaqueta de hilo con falda corta y sus zapatos de tacón alto, juntaron las cabezas y lanzaron risitas
ahogadas. Zillah hizo caso omiso de ellas. A todas luces, Jerry no quería que se supiera su paradero. Debía
reconocer que se había marchado para siempre. ¿Qué pensaría cuando viera su fotografía en el periódico?
Tal vez no los leyera, pero de todos modos, lo más probable era que acabara por enterarse, y si tenía lugar lo
que Jims llamaba la remodelación del gabinete, antes de la boda. Puesto que cabía la posibilidad de que por
entonces Jims fuera ministro, o bien a causa de su juventud y su apostura, o a causa de la juventud y la belleza
de Zillah, que los convertiría en blancos predilectos de los medios de comunicación. Jerry era un desastre
con el dinero, incapaz de mantener a su familia, infiel e insensible, pero no del todo malo. Era el último
hombre que intentaría dar al traste con las esperanzas de Zillah. Si veía que se había casado bien, que se las
arreglaba estupendamente, lo más probable es que se echara a reír y dijera algo así como: «Buena suerte,
chica, no me interpondré en tu camino». Además, lo aliviaría saber que ya no lo molestaría más por el asunto
de la pensión alimenticia. Claro que nunca se la había pagado, ya que no ganaba un céntimo.

Aquel chiste suyo tan tonto no cesaba de rondarle por la cabeza. Hacía años que no pensaba en él, pero unos
días antes, Eugenie lo había sacado a colación. Adán y Eva y Pellízcame bajaron al río a bañarse. Adán y
Eva se ahogaron. ¿Quién se salvó? Quizás estuviera muerto a fin de cuentas… Pero no. Se recordó que,
fingiera lo que fingiera, contara lo que contara a Jims, Jerry seguía siendo su marido, de modo que en tal caso
habría sido la primera en saberlo oficialmente. Él era su marido y ella era su mujer. Con cierta inquietud,
recordó que, por alguna razón que no recordaba, Jerry había solicitado y conseguido que se casaran según la
antigua ceremonia nupcial del Libro de Oración Común. En ella se decía que lo que Dios había unido, no
debía separarlo el hombre, y que los contrayentes se aceptaban hasta que la muerte los separara. Además,
tendría que volver a pasar por todo eso en St. Mary Undercroft, donde con toda probabilidad se celebraría el
mismo oficio, aunque no lo sabía a ciencia cierta. Y el vicario…, o lo que fuera, ¿canónigo quizá?, diría
todas esas cosas espantosas sobre responder como responderían el día del Juicio Final de que no existía
ningún impedimento para que se celebrara aquella unión. Zillah no creía en el terrorífico día del Juicio Final,
pero el nombrecito le infundía un terror supersticioso. Jerry, dondequiera que estuviera, constituía un metro
ochenta y ochenta y dos kilos de causa justa e impedimento. ¿Por qué siempre tenía que casarse con hombres
que insistían en celebrar la boda en la iglesia?

Al cabo de un rato se levantó y volvió a la estación de metro. El problema de desterrar los pensamientos
desagradables de la mente residía en que dicho destierro nunca podía ser absoluto, y que cada vez que el
pensamiento regresaba, lo hacía con fuerza redoblada. También debía pensar en sus padres; aún no les había
dicho que Jerry había muerto ni les había comunicado que la versión oficial de su relación era que nunca
habían estado casados. De cara a la galería, ellos serían los anfitriones del banquete nupcial, aunque en
realidad pagaría Jims, por supuesto. Se preguntó cómo impediría que su madre contara al líder de la
oposición, por no mencionar a lord Strathclyde, que siempre llevaba a la pequeña Zillah consigo cuando
hacía las camas y fregaba los platos en la casa grande, y que a veces se permitía que la pequeña de cinco
años jugara con James, de siete.

El tren entró en la estación. El vagón al que subió estaba abarrotado de gamberros jamaicanos de Harlesden
tomando latas de cerveza, lo que le recordaba el mundo que pronto dejaría atrás para siempre. En Kilburn
Park cambió de vagón y continuó hasta Oxford Circus. El mejor remedio que conocía contra la angustia y la
depresión era ir de compras, una actividad que hasta entonces nunca se había podido permitir. Era
impresionante la rapidez con que le había cogido el tranquillo y el placer que le proporcionaba. Después de
tan solo unas semanas, conocía los nombres de todos los diseñadores, empezaba a tener claro qué aspecto
tenía la ropa de cada cual y en qué se diferenciaban los unos de los otros. Si los estudios fueran tan fáciles, a
aquellas alturas ya tendría un par de títulos universitarios, aunque al casarse con Jims no le harían ninguna
falta.

Una hora y media más tarde salió de Browns cargada de bolsas, sintiéndose inmensamente feliz y
despreocupada, y preguntándose cómo era posible que un rato antes hubiera estado tan desmoralizada. Volvió
a Battersea en taxi. Los niños estaban merendando ante una mesa presidida por la señora Peacock.

–La señora Peacock dice que vas a casarte con Jims -dijo Eugenie-, pero le he dicho que es imposible porque
estás casada con papá.

–Ha sido culpa mía, señora Leach, creía que lo sabían.

–Mamá se casa con papá -terció Jordan-. Mañana.

Acto seguido levantó el plato y lo dejó caer sobre la mesa, volcando un vaso de zumo de naranja, y rompió a
llorar.
–¡Jordan quiere a papá! ¡Ahora!

Zillah fue a buscar un paño y se puso a limpiar la porquería mientras la señora Peacock permanecía sentada,
paseando la mirada entre Zillah y las bolsas de Browns y Liberty.

–¿Queda té en la tetera, señora Peacock? – inquirió Zillah.

–Ya debe de estar frío.

Capítulo 8

Sería la primera boda a la que Minty asistiera en su vida. Nunca la inquietaban las preocupaciones típicas de
mujeres, de modo que no se planteó qué llevar ni si debía comprarse o no un sombrero. Si Jock no le hubiera
robado sus ahorros, habría comprado un regalo para Josephine y Ken, pero ya solo contaba con su sueldo y
no le sobraba dinero para lujos, incluyendo regalos. ¿Le habría devuelto él el dinero de seguir con vida?
¿Había regresado quizás en forma de fantasma no para llevarla consigo, sino para saldar su deuda?

No lo había vuelto a ver desde aquella noche en el cine, pero sí había meditado mucho sobre las palabras de
Laf y Sonovia. El gato que había caminado sobre su tumba. No podía evitar pensar en ello, en su sepulcro
situado tal vez en aquel inmenso y espantoso cementerio al norte de Londres, adonde la tía la había llevado
con ocasión del funeral de su hermana Edna. No se parecería en nada a la tumba de la tía, tan agradable y
acogedora bajo los grandes árboles oscuros, tan cerca de su casa, al otro lado del alto muro; no, sería una
lápida más en una desolada hilera de lápidas blancas idénticas, y el viento y la lluvia habrían borrado su
nombre grabado sobre ella. Pero ¿tendría su nombre grabado? ¿Quién se encargaría de ello? No le quedaba
nadie una vez que la tía y Jock ya no estaban.

Soñó con la tumba. Yacía bajo tierra, pero no en un ataúd, porque no podía permitirse el lujo de comprar uno.
Yacía bajo la tierra fría y mojada, el peor lugar del mundo; estaba cubierta de tierra, que se acumulaba sobre
su piel, sus cabellos, bajo sus uñas. El viejo gato del señor Kroot se acercó y empezó a arañar la tierra como
hacen los gatos. Minty lo veía sobre ella, mirando por el agujero que había escarbado, enseñando los dientes
mientras la miraba con expresión furibunda y bigotes temblorosos. Luego le echó de nuevo la tierra en la boca
y la nariz, y Minty despertó sin aliento. La pesadilla la impulsó a levantarse de la cama y darse un baño pese
a que era de noche.

Tampoco le había hecho ni pizca de gracia lo que Laf había dicho de que había mascullado entre dientes con
los ojos cerrados, ni que Josephine asegurara que hablar sola era el primer indicio de la locura. Ella no había
mascullado entre dientes, nunca mascullaba entre dientes, y había cerrado los ojos porque estaba asustada. En
el pub no dejaron de burlarse de ella por eso. Tomó la decisión de que la próxima vez que le apeteciera ver
una película iría sola. ¿Por qué no? Años antes lo hacía y podía volver a hacerlo. Se compraría un paquete de
caramelos Polo, o un plátano, porque a él no le gustaban…, pero no, un plátano no, porque tendría que
desembarazarse de la piel en alguna parte.

Durante el trayecto de vuelta en el autobús, un hombre se sentó junto a ella. Minty no lo miró porque estaba
convencida de que era el fantasma de Jock y porque oyó una voz que le susurraba «Polo, Polo». Pero cuando
por fin giró la cabeza muy despacio y con infinito cuidado hacia la derecha, centímetro a centímetro,
comprobó que no era él, sino un anciano de cabello blanco. Jock debía de haberse escabullido cuando ella no
miraba y cedido el asiento al anciano.

La gente no solía ir a la sesión de las tres y media, y el multicine estaba casi desierto a aquella hora. Immacue
cerraba a la una los sábados, de modo que por la tarde, Minty fue a ver El talento de Mr. Ripley. Compró una
entrada y le dijeron a qué sala debía dirigirse. Solo había otras dos personas en ella y Minty disponía de una
fila entera para ella sola. Jock no apareció. Llevaba una semana sin verlo, porque el encuentro en el autobús
no contaba. Resultaba agradable estar sola, porque no había que pasarse el rato dando las gracias cuando
alguien te pasaba las palomitas o una chocolatina, ni soportar que la persona sentada en la fila siguiente te
hiciera callar.

Los días se alargaban cada vez más. Minty pudo comprar flores para la tía al florista instalado junto a la
verja del cementerio y llevarlas a la tumba con luz natural. No se veía a nadie. Últimamente había llovido
tanto que el jarrón estaba lleno a rebosar, aunque las flores que contenía se habían marchitado. Minty las
arrojó bajo un arbusto de acebo y puso los narcisos en el agua. Luego sacó dos pañuelos de papel del bolso,
los extendió sobre la lápida y se arrodilló sobre ellos, sosteniendo el crucifijo de plata entre el dedo corazón
y el anular. Con los ojos cerrados, rogó a la tía que hiciera desaparecer a Jock para siempre.

Sonovia estaba junto a la verja despidiéndose de Daniel, que había ido a tomar el té. Minty llevaba meses sin
verlo, desde que recibiera la carta en que se le comunicaba la muerte de Jock.

–¿Cómo estás hoy, Minty? – preguntó en tono alegre de médico-. ¿Un poco mejor?

–Estoy bien.

–¿Has estado en algún lugar emocionante? – inquirió Sonovia en el tono de quien considera que su
interlocutor solo hace cosas aburridas, un tono que encerraba un matiz de burla.

Minty no respondió. Bajo la ropa percibía el roce de la riñonera en la que guardaba el cuchillo.

–¿Quieres que te preste el vestido con la chaqueta azul para la boda de Josephine?

¿Cómo podía negarse? No se le ocurría la forma de hacerlo, de modo que asintió con un gesto, sintiéndose
incómoda. Daniel se marchó en su coche, que podía aparcar en cualquier parte porque llevaba el distintivo de
médico en la ventanilla. Minty quería entrar en casa, asearse, comprobar que Jock no estaba y cerrar todas las
puertas, pero en cambio se vio obligada a entrar en casa de Sonovia, echar un vistazo al armario ropero y
elegir el traje azul quisiera o no quisiera, porque era el único de su talla.

–He engordado y ya no me cabe -explicó Sonovia.

Minty se lo probó; no le quedaba otro remedio. Detestaba que Sonovia viera su piel desnuda, tan pálida y con
olor a jabón, así como la riñonera que llevaba colgada de la delgada cintura. El vestido le iba un poco
grande, pero serviría. Temblaba tanto mientras se lo pasaba por la cabeza (a fin de cuentas, no sabía cuántas
veces lo habría llevado y si lo habría lavado alguna vez) que Sonovia acabó por hacerle la sempiterna
pregunta: ¿tenía frío?
–Estás muy guapa. Te queda muy bien; deberías vestir de azul más a menudo.

Minty se miró en el espejo e intentó olvidar la posibilidad de que el vestido estuviera sucio. Era un espejo
largo, que Sonovia llamaba luna de cuerpo entero. A su espalda, el fantasma de Jock abrió la puerta, entró en
la habitación, le apoyó una mano en la nuca, inclinó la cabeza y apretó el rostro contra su cabello.

–¡Vete! – espetó ella.

–¿Quién, yo? – se sorprendió Sonovia.

Minty meneó la cabeza sin decir nada.

–¿Dónde has estado esta tarde, Minty? – preguntó Sonovia.

–He ido al cine.

–¿Sola?

–¿Por qué no? A veces me gusta estar sola.

Minty se quitó el vestido. Jock había desaparecido. Alargó la prenda a Sonovia como si estuviera comprando
en una boutique.

–Te lo pondré en una bolsa -dijo Sonovia en un tono seco y tolerante, como si hablara con una niña revoltosa,
que a Minty no le gustó ni pizca.

De nuevo en la planta baja, Minty rehusó el ofrecimiento de una taza de té y también de la alternativa, un gin-
tonic.

–Tengo que volver a casa.

El señor Kroot estaba en el jardín con su hermana. La mujer llevaba una maleta, como si acabara de llegar.
No se apellidaba Kroot, sino de otro modo, porque se había casado con alguien hacía cien años. Minty no los
miró, sino que entró en la casa. El vestido y la chaqueta olían a algo, como a viejo, quizás. En el dobladillo
de la chaqueta vio una mancha, tal vez una salpicadura de grasa. Se estremeció, contenta de que Sonovia no
estuviera allí para preguntarle por enésima vez si tenía frío. Todo el placer que le había proporcionado la
película se había desvanecido a la luz de los acontecimientos posteriores. Se sentía vulnerable, en peligro.
Subió a la primera planta tocando madera durante todo el camino, los barrotes color crema de la barandilla,
el pasamanos marrón, el zócalo rosa claro del distribuidor. A la tía le gustaba decorar la casa con estilos
variados, algo que Minty le agradecía en grado sumo. ¿Qué habría sido de ella si toda la madera de la casa
fuera blanca como en casa de Sonovia?

Llenó la bañera y se sumergió en ella sin soltar el cuchillo, aunque no sabía por qué. Tal vez porque se sentía
más segura en el agua y con el cuchillo que en ningún otro lugar. El fantasma de Jock nunca había entrado en
el baño y tampoco apareció entonces. Se lavó el pelo y permaneció tendida en la bañera hasta que el agua se
enfrió. Luego se envolvió el cuerpo en una toalla y la cabeza en otra mientras secaba el cuchillo. Ya tenía tres
toallas que lavar en lugar de dos, pero lo aceptaba en aras de la limpieza inmaculada. Se puso pantalones de
algodón y una camiseta limpios. Antes de manejar el contenido de la bolsa de Sonovia, se puso unos guantes
de algodón negro que habían pertenecido a la tía, pero aun así cogió el vestido y la chaqueta de Sonovia con
gran precaución. El lunes llevaría ambas prendas a Immacue y les aplicaría personalmente el tratamiento de
superlujo. Dejó la ropa en el dormitorio desocupado, lo más lejos posible de cualquier lugar donde ella
pudiera estar, se quitó los guantes y se lavó las manos.

Fue pura casualidad que Sonovia entrara en Immacue. Por lo general, llevaba sus prendas delicadas y las de
Laf al establecimiento de Western Avenue, pero su marido no había quedado satisfecho con el lavado de la
chaqueta de su esmoquin, y a Sonovia no le había hecho ninguna gracia el chiste que el encargado había hecho
sobre el baile de la policía.

Ahora tenía que llevar sus pantalones de franela gris y su americana de pata de gallo.

–¿Por qué no los llevas a la tintorería de Minty? – propuso Laf.

En Immacue, las prendas listas para su recogida se colgaban de un largo perchero situado en el lado izquierdo
del establecimiento y que llegaba desde el mostrador hasta la pared posterior. Al entrar en la tintorería,
Sonovia no vio a nadie, de modo que esperó unos instantes, paseando la mirada por los distintos productos de
limpieza expuestos sobre el mostrador, las camisas apiladas en los estantes de la derecha y el perchero
instalado en el flanco izquierdo. Estaba a punto de lanzar una tosecita discreta cuando vio la prenda colgada
en primer término. Pendía de una percha, con un cuello de poliestireno y un protector de plástico transparente,
pero no le costó reconocer su traje azul. Enfadada, Sonovia hizo sonar el timbre colocado sobre el mostrador.

Al poco salió Josephine.

–Siento haberla hecho esperar -se disculpó-. ¿En qué puedo servirla?

–Pues en avisar a la señorita Knox; quiero tener unas palabritas con ella.

Josephine se encogió de hombros, se acercó a la puerta del fondo y llamó a Minty.

Sonovia se estaba enfureciendo por momentos y cuando Minty salió de la trastienda, estaba con los brazos
cruzados, enojadísima.

–Me gustaría saber quién te has creído que eres, señorita Araminta Knox, para mostrarte tan quisquillosa. ¿Te
crees con derecho a tomar prestada la ropa de alguien y luego decidir que no está lo bastante limpia para ti?
Imagino que tomaste uno de tus famosos baños después de probarte mis cosas. Me sorprende que guardaras el
traje en casa, ¿o acaso lo dejaste en el jardín todo el domingo?

Minty guardó silencio; no se le había ocurrido la idea de dejar la ropa de Sonovia en el jardín. Lástima. Se
dirigió hacia el perchero y examinó la ropa a través del protector de plástico.

–Me parece una vergüenza teniendo en cuenta el tiempo que hace que nos conocemos. Con las veces que te
hemos ofrecido nuestra hospitalidad… Lo que más me ofende es que creas que guardo ropa sucia en el
armario. Pero si Laf dice que gasto más en tintorería que en comida.

–Pues no se lo gasta aquí -intervino Josephine.


–Le agradecería que no se inmiscuyera, señorita O'Sullivan. En cuanto a ti, Minty, Laf y yo teníamos intención
de invitarte a ver American Beauty mañana por la noche y luego a tomar una copa, pero hemos cambiado de
idea; iremos solos. Puede que ni él ni yo seamos lo bastante limpios para sentarnos a tu lado.

Sonovia salió de la tintorería hecha una furia, olvidando llevarse el vestido y la chaqueta. Josephine miró a
Minty y se echó a reír. Minty no podía seguir su ejemplo, pero se alegraba de poder quedarse con el vestido.
Tal vez Sonovia no quisiera recuperarlo nunca, y eso significaba que tendría algo que ponerse si la invitaban
a otra boda. Fue a la trastienda para seguir planchando.

Alguien había regalado a la tía una caja de discos de algo llamado Porgy and Bess. Minty no recordaba en
qué ocasión la recibió, tal vez por un cumpleaños, pero en cualquier caso, la tía no tenía tocadiscos, de modo
que los LP estaban sin estrenar. De haber estado a buenas con Laf y Sonovia, Minty podría haberles pedido
consejo, pues poseían uno de esos trastos para poner CD, pero no era el caso, de modo que al final decidió
comprar papel de regalo con tartas nupciales y campanillas de plata en la papelería contigua a Immacue,
envolvió en él los discos y los llevó a la boda de Josephine.

Aquel sábado por la mañana, la tintorería no abrió y en la ventana colgaron un cartel que decía «Cerrado por
boda de la propietaria». A la ceremonia celebrada en la Iglesia Ecuménica de la Diosa Madre Universal,
situada en Harlesden High Street, siguió un banquete en el restaurante donde cocinaba Ken, el Lotus Dragon.
Fue muy divertido, con danzas y panderetas en la iglesia, y un grupo de rock compuesto por cuatro mujeres en
el restaurante, además de un sonriente dragón verde que entró durante el almuerzo cual caballo de pantomima
y pronunció un discurso en cantones. Minty se lo pasó bastante bien, al menos al principio. Habría querido
ocultar la riñonera con el cuchillo bajo el vestido azul de Sonovia, pero formaba un bulto que le confería un
aspecto extraño. Por alguna razón esperaba ver aparecer el fantasma de Jock y cuando vio que la silla
contigua a la suya estaba desocupada, no le cupo ninguna duda.

–¿Por qué no se sienta nadie aquí? – preguntó a la mejor amiga de Josephine, una mujer de Willesden.

La amiga respondió que la madre de Josephine tendría que haber acudido desde Connemara, pero que el día
anterior se había caído y torcido el tobillo.

–No deberían dejar la silla vacía aquí -comentó Minty, pero nadie le hizo caso.

Josephine dijo que la silla desocupada le recordaba a sus amigos ausentes. Estaba muy guapa, aunque un poco
llamativa, con su salwar kameez de gasa roja y un enorme sombrero negro adornado con plumas de avestruz.
Ken vestía chaqué gris y chistera. Una larga hilera de lirios rojos ornaba la mesa y las servilletas tenían
dragones verdes estampados.

Comieron pan de gambas y rollitos de primavera de primero, y de segundo pato estilo Pekín. Durante una
larga discusión sobre por qué no se llamaba pato estilo Beijing, en la que se enzarzaron la mejor amiga de
Willesden y el hermano de Ken, que hablaba bastante bien el inglés, el fantasma de Jock entró y se sentó junto
a Minty. Iba vestido como a ella le habría gustado verlo a veces, pero nunca lo había visto: con traje oscuro,
camisa blanca y corbata azul a topos blancos.

–Siento llegar tarde, Polo -se disculpó.


–Vete.

Jock no respondió, sino que se echó a reír como si estuviera vivo. Minty se negaba a mirarlo, pero lo oyó
susurrar: «Salí al jardín y me tropecé con una enorme osa…».

En el otro extremo de la larga mesa, alguien sacaba fotos. Mientras el flash cegaba a los comensales, Minty
cogió el cuchillo que había que usar si uno no se las arreglaba con los palillos y lo clavó en el muslo de Jock
a través de los pantalones. Esperaba ver sangre, sangre fantasmal que tal vez sería roja como la de un ser
vivo, o tal vez no, pero no vio nada. En lugar de desvanecerse de inmediato, Jock pareció difuminarse como
un reflejo en el agua tras arrojar una piedra y acabó por derretirse. La silla volvía a estar desocupada.

Así pues, funcionaba. Incluso un cuchillo romo conseguía desembarazarse de él, pero ¿por cuánto tiempo?
Dejó el cuchillo sobre la mesa. Tenía aspecto de no haber atravesado más que aire. La gente la miraba con
expresión extraña. Minty logró esbozar una sonrisa radiante para las cámaras, que habían aparecido por
docenas. ¿Saldría en ellas el fantasma? Si se le veía ocupando la silla vacía, sin duda lo publicarían en los
periódicos dominicales.

El hermano de Ken pronunció un discurso, al igual que la hermana de Josephine. Sacaron más y más bebidas.
Minty consideraba que era hora de marcharse, pero era la única. Había visto un rótulo que indicaba el lavabo
de señoras, de modo que siguió la flecha, pasó por una habitación donde se amontonaban todos los regalos
sobre una mesa, aunque no vio el suyo, y escapó por una puerta trasera a un jardín sucio. Tardó bastante en
encontrar el camino de vuelta a Harrow Road y por entonces estaba temblando, aterrada ante la idea de
toparse con el fantasma de Jock.

Durante años, Laf y Sonovia le habían metido el Mail en el buzón en cuanto terminaban de leerlo, al igual que
Laf le llevaba regularmente el Evening Standard, el Mail on Sunday y el Sunday Mirror. Sin embargo, hacía
dos domingos que no le traía la prensa y Minty no creía que la cosa cambiara esa semana.

En la casa vecina, los Wilson discutían acaloradamente sobre el asunto. Todavía en pijama y disfrutando de
un prolongado desayuno compuesto de panecillos, pastas y café, debatían sin llegar a entenderse si debían
volver a la carga con Minty o si, en palabras de Sonovia, debían «hacerle el vacío».

–No quiero que le lleves los periódicos, querido, y se acabó. Quiero dárselos a Corinne. Ha dejado de
comprarse las ediciones dominicales y estoy convencida de que tu hija tiene más derechos que esa mujer.

–Y encima -decía Laf por su parte- quieres seguir enfadada, Dios sabe por qué, con una pobre chica que es
una bobalicona y no sabe ni dónde tiene la cabeza.

–Así que «chica», ¿eh? Genial. Te recuerdo que Minty Knox solo tiene nueve años menos que yo. En cuanto a
lo de «tonta», te diré que bien sabe pedir prestada ropa a una y luego acusarla de tener la casa sucia. Y te diré
otra cosa… Es lo bastante lista para llevar una riñonera bajo la ropa. Se la vi cuando se probó mi traje.

–Pues bien hecho. Es una pena que no lo hagan más mujeres en un barrio como este. Seguro que habría menos
tirones y menos atracos. En cuanto me haya vestido, arrancaré la página que quieres guardar para Corinne y
llevaré el resto a Minty, para enterrar el hacha de guerra.

–Si haces eso, Lafcadio Wilson, búscate a otra que te prepare el asado de cerdo para el almuerzo. Yo me iré
a ver a Daniel, Laura y mi querida nietecita, así que estás avisado.

Cuanto más pensaba en ello, más deseaba Minty echar un vistazo al Mail y al Mirror. Nadie sacaría tantas
fotografías si no pretendía publicarlas en los periódicos y tal vez alguna de ellas mostraba a Jock; tenía que
ser así, aun cuando no se distinguiera más que una sombra semitransparente. De ese modo tendría una prueba
que mostrar a los demás, a esos Wilson y quizás a Josephine. Al clavar el cuchillo a Jock, Minty había visto a
Josephine mirarla por debajo del enorme sombrero negro como si estuviera loca, con los ojos muy abiertos y
un rictus escandalizado en la boca.

Al ver que ya era mediodía y que Laf no aparecía, Minty se lavó las manos, se puso el abrigo y fue al quiosco
situado frente a la verja del cementerio, donde compró tres periódicos. De vuelta a casa, pasó ante la verja de
la casa de Laf y Sonovia y percibió el sabroso aroma del cerdo asado, irresistible para otros, pero repugnante
para ella. Desterró de su mente la imagen de la grasa burbujeante, del chirrido del espetón y las patatas
doradas (resultaba imposible limpiar a fondo una bandeja de horno), entró en su propia casa y se lavó las
manos una vez más. Tal vez incluso tomara otro baño.

Sufrió una amarga decepción al comprobar que los periódicos no contenían fotografías de la boda de
Josephine ni, por supuesto, de Jock. Minty tuvo que conformarse con unas fotografías publicadas en primera
plana y otra en las páginas interiores de unas personas llamadas James Melcombe-Smith, diputado, y Zillah
Leach. Bajo las imágenes se leía el siguiente texto:

James Melcombe-Smith, de treinta años, diputado conservador por South Wessex, contrajo matrimonio con su
amor de la infancia, Zillah Leach, de veintisiete, en la capilla de St. Mary Undercroft, en el palacio de
Westminster. El señor Melcombe-Smith, sólido candidato al ascenso cuando el líder del partido remodele el
gabinete en la sombra, y su flamante esposa aplazarán su luna de miel en las Maldivas hasta que la Cámara de
los Comunes inicie las vacaciones de Pascua el próximo 20 de abril.

A Minty no le interesaba mucho el asunto, pero quedó impresionada ante el aspecto de la novia, que le
pareció mucho más guapa y elegante, con aquel vestido de satén color marfil adornado con orquídeas beige y
púrpura, que Josephine enfundada en su chillona túnica roja. Aún estaba dolida y resentida por la expresión
con que Josephine la había mirado durante la boda. Volvió la página, pero la siguiente fotografía solo
mostraba a ese tal Melcombe-Smith paseando por el campo con una escopeta y a la novia sonriendo como una
loca, enfundada en un jersey viejo y sucio, con el cabello totalmente alborotado y una leyenda incomprensible
que rezaba: ¿de excursión? ¿quién tiene la última palabra?

El problema de los periódicos era que la tinta se te pegaba a los dedos. Minty subió a darse un baño. El
fantasma de Jock volvería a aparecer, sin duda. Si no ese día, a buen seguro el siguiente, y si no, al cabo de
una semana. Porque Minty no había acabado con él. El cuchillo no había surtido efecto alguno; solo había
conseguido ahuyentar al espectro durante un tiempo, permitirle escapar como habría hecho cualquier persona
viva al verse amenazada con un arma. La próxima vez debía estar preparada con uno de esos cuchillos largos
y afilados si quería deshacerse de él para siempre.

Capítulo 9
Una productora había propuesto a Matthew salir en un programa que estaban preparando para la cadena
BBC2. Se titularía Vivir del aire o algo por el estilo, y Matthew sería…, en fin, la estrella. Hablaría con
personas aquejadas de problemas similares al suyo, las entrevistaría y señalaría las diferencias existentes
entre actitudes dispares ante la comida. Grabarían un programa piloto y, si tenía éxito, lo convertirían en una
serie. Michelle estaba encantada; Matthew estaba mucho más guapo desde que se atenía a la dieta de Fiona y
además poseía una voz preciosa.

–Siempre me recuerda a ese presentador de las noticias -comentó Fiona-. ¿Cómo se llama? Ah, sí, Peter
Sissons.

–Deben de haberlo elegido por la voz -supuso Michelle.

Fiona lo dudaba. A todas luces, lo habían elegido a causa de su columna y de que tenía aspecto de haber
pasado varios años en un campo de prisioneros japonés. Sin embargo, no dijo nada. Las dos mujeres estaban
en el invernadero de Fiona, tomando chardonnay frío, mientras Matthew, sentado a su ordenador, escribía el
artículo semanal para «Diario de un anoréxico». Era un invernadero muy hermoso, un palacio de cristal y
estructura de filigrana blanca, con muebles de bambú pintado de blanco, almohadones azules, mesita de
bambú y vidrio y multitud de pequeños bonsáis, espigados helechos y trepadoras plantados en macetas de
cerámica azul. Al otro lado de las cristaleras se veía el pequeño jardín amurallado de Fiona, donde las flores
primaverales brillaban en todo su esplendor y una fuente gorgoteaba alegremente.

–Jeff llegará en cualquier momento -anunció Fiona como si su novio trabajara como los demás vecinos-. No
te cae bien, ¿verdad? – preguntó a renglón seguido, avergonzando a Michelle.

–A decir verdad, no lo conozco mucho -repuso Michelle muy apurada, aunque no podía eludir la respuesta a
una pregunta tan directa-. Reconozco que me he preguntado más de una vez… y Matthew también, si no te
estarás precipitando un poco al casarte con un hombre al que conoces desde hace tan pocos meses.

Fiona no pareció ofenderse.

–Sé que es el hombre con quien quiero pasar el resto de mi vida. Intenta apreciarlo, por favor.

«Vive de lo tuyo, es grosero, falso y cruel -pensó Michelle-. Es un mentiroso.» Sin lugar a dudas, todos
aquellos sentimientos quedaron patentes en su rostro pese a que no expresó ninguno de ellos en voz alta,
porque de repente Fiona parecía trastornada.

–Cuando lo conozcas mejor cambiarás de opinión, ya lo verás -aseguró.

–Está bien, querida, reconozco que no me cae demasiado bien. Seguro que soy tan responsable de ello como
él. Pero puesto que va a convertirse en tu marido, intentaré llevarme mejor con él.

–Siempre eres tan razonable y justa… ¿Te apetece un poco más de vino?

Michelle permitió que Fiona le sirviera un poco más de chardonnay. Se suponía que engordaba, pero
Michelle había advertido que casi todas las personas que lo tenían como bebida predilecta estaban
desconcertantemente delgadas. En un alarde de fuerza de voluntad, Michelle se había abstenido de comer una
sola de las almendras saladas que Fiona había traído.

–¿Habéis fijado la fecha de la boda? – inquirió, resignada.

–Aunque parezca increíble, no encontramos restaurante para el banquete. Por lo visto, todo el mundo quiere
casarse en el año del milenio. Habíamos pensado en junio, pero hemos tenido que aplazarlo hasta agosto.
Ahora mismo, Jeff está buscando restaurante.

Sin duda podría haber resuelto el asunto por teléfono, se dijo Michelle. No obstante, estaba encantada de que
la boda se aplazara. En cuanto a lo de intentar llevarse mejor con él, lo más probable era que, con cada
semana que transcurriera, Fiona empezara a ver lo que ella y Matthew querían hacerle ver: la verdadera
naturaleza de Jeff.

–¿Será por la iglesia o en el juzgado?

–Bueno, hoy en día no tiene por qué ser ninguna de las dos cosas. Jeff ya estuvo casado, de modo que no
podemos casarnos por la iglesia, pero puede que la ceremonia se celebre en un hotel y hagamos el banquete
allí mismo. – Se detuvo al oír que la puerta principal se abría y cerraba-. Ahí llega Jeff.

Jeff cruzó el comedor y bajó el escalón que conducía al invernadero con una amplia sonrisa, como siempre.
Poseía un rostro franco y sincero, como esos políticos estadounidenses, pensó Michelle, con dientes
perfectos, arrugas en la frente que denotaban seriedad y ojos azul oscuro que te miraban fijamente. Se inclinó
sobre Fiona y la besó cual actor de cine que volviera a casa con su mujer. Michelle también recibió un leve
beso en la mejilla pese a no desearlo.

–¿Cómo está el Flaco?

–Muy bien, gracias -repuso Michelle, enojada, aunque en tono ecuánime, pues por nada del mundo quería
ofender a Fiona.

–Tengo entendido que va a salir por la tele.

Puesto que no tenía copa, Jeff cogió la de Fiona, casi vacía, la llenó y se tomó la mitad de un trago.

–Tú también deberías salir, Michelle, a ver si podéis convertiros en los nuevos el Gordo y el Flaco. Vamos,
Fiona, no pongas esa cara, ya sabes cómo soy. Debería tener más cuidado, ya lo sé. Mira, he encontrado un
lugar fantástico en Surrey donde nos casarán y luego nos servirán una cena magnífica. El veintiséis de agosto,
¿te parece bien?

–Genial -dijo Michelle, pues faltaba un siglo para esa fecha-. Tengo que irme, Fiona. Gracias por el vino.

–Te acompaño a la puerta -se ofreció Jeff antes de dedicar un misterioso guiño a Fiona.

Condujo a Michelle hasta la salida y le dio, como también era habitual en él, saludos para Matthew. Cerró la
puerta con cierta fuerza cuando Michelle se encontraba a medio sendero.

–Eso ha sido una grosería -lo reprendió Fiona, que no tenía por costumbre criticarlo-. Eres muy hiriente
cuando quieres, ¿sabes?

La preocupación cambiaba por completo la expresión del rostro de Jeff, que se transformaba en una máscara
de dolor, tristeza y compasión.

–Lo sé y lo siento, cariño. Supongo que no puedo evitar pensar que las personas que se permiten engordar de
esa manera deben de ser estúpidas.

–Michelle no es estúpida.

–¿No? Bueno, tú sabrás. ¿Abrimos otra botella de vino?

–No estará fría.

–Pues la metemos unos minutos en el congelador.

Así lo hizo. Mientras esperaban a que el vino se enfriara, Jeff decidió invitarla a cenar, gastando parte de la
considerable suma que había ganado en las apuestas aquella tarde. Cogió dos copas limpias, las puso sobre
una bandeja junto con la botella de vino y volvió al invernadero.

–¿Qué te parece si llamo al Rosmarino y salimos a cenar, cariño? Quiero decir que te invito -puntualizó a
toda prisa antes de añadir en un arranque de inspiración-: He hecho unas inversiones por Internet y me ha ido
bastante bien.

Fiona sabía mucho del tema, por supuesto.

–No sabía que tenías acciones. Qué inteligente eres. Pero ten cuidado, ¿eh, Jeff? Todavía no sabemos gran
cosa acerca de esas empresas… Puede que sus beneficios no sean más que papel mojado.

Jeff se apresuró a cambiar de tema, desviando la conversación hacia el asunto que tenía intención de
mencionar desde que lo viera con un sobresalto en el periódico dominical. Habría preferido evitarlo, pero no
se atrevía. Aun así, debía proceder con cautela.

–¿Te acuerdas de aquella boda que salió en el periódico del domingo? ¿En primera plana del Mail?

Fiona nunca leía las noticias, solo la sección de economía.

–Lo siento, solo me interesé por aquella fusión. ¿Por qué lo dices?

–Se me hace un poco raro contártelo, aunque no sé por qué; al fin y al cabo, no he hecho nada malo. – La miró
a los ojos-. Dame la mano, Fiona. Sabes que no te haría daño por nada del mundo… -musitó en tono solemne-
. Fiona, mi ex se ha casado. Salió en el periódico porque se ha casado con un diputado.

Fiona le asió ambas manos y lo atrajo hacia sí.

–Oh, Jeff, cariño, ¿por qué no me lo contaste enseguida?

–No lo sé… Debería habértelo dicho, pero por alguna razón no podía…
–La noticia te ha entristecido, ¿verdad? Lo entiendo perfectamente. Sé que me quieres, estoy segura de ello,
pero aun así, estas cosas duelen muchísimo. Es natural. Dame un beso.

Se besaron, primero con suavidad, luego con pasión creciente. Jeff fue el primero en apartarse.

–Llamaré al restaurante.

Fiona esbozó una sonrisa triste. Era lo más natural del mundo que Jeff estuviera afligido. Recordó a los
distintos hombres de su pasado, dos de los cuales habían acabado casándose con otras mujeres. Por
irracional que pareciera, aquellos matrimonios la habían apesadumbrado a pesar de que no quería a aquellos
hombres para sí y jamás habría seguido con ellos. Cuando Jeff regresó, le dedicó una sonrisa cálida, casi
maternal.

–¿Quieres hablar de ello? – preguntó, tomándole de nuevo la mano-. No tienes por qué si no quieres, pero si
te apetece…

–La verdad es que sí. Se llama Zillah. Z-I-L-L-A-H. Es gitana, o al menos eso es lo que le gusta hacer creer a
la gente, que es romaní. Nos conocimos en la universidad, cuando éramos muy jóvenes, cómo no. Fue la
historia de siempre, que nuestras vidas siguieron derroteros distintos. No es que hubiera otro hombre ni nada,
aunque ese tipo con el que se ha casado siempre pululaba por ahí…, pero creía que era homosexual.

–¿Y los niños, Jeff?

–Supongo que están con ella -repuso él mientras se preguntaba cuánto debía contarle-. Eso también me
preocupa. Por supuesto, ha hecho todo lo posible por mantenerlos alejados de mí.

–Me gustaría tener hijos -murmuró Fiona.

–Con eso cuento. Cariño, el año que viene por estas fechas puede que ya tengamos uno. Seré el amo de casa
perfecto y cuidaré de él.

–¿Cómo se apellida?

–¿Quién, Zillah? – replicó Jeff, pensando a toda velocidad-. Su apellido de soltera era Leach. El tío con el
que se ha casado, el ex marica, se llama Melcombe-Smith y es diputado por el distrito de donde es ella, en
Dorset.

Fiona asintió con un gesto y sin decir nada más subió a cambiarse. Jeff decidió acabarse la botella. Podían ir
y volver del restaurante en taxi. Lo había trastornado la fotografía de la boda y el artículo que la acompañaba,
hasta el punto de que una vez que se lo había contado, no pudo quedarse en casa con Fiona, sino que tuvo que
salir a dar un paseo hasta Fortune Green. A todas luces, Zillah se había tomado en serio la carta que Jeff
había escrito en el ordenador de Matthew Jarvey. Había esperado que Minty picara, porque era lo bastante
tonta, de eso se trataba, pero Zillah… Le había escrito con la intención de hacerle entender que pensaba
desaparecer, que no iba a molestarla más, pero no de darle carta blanca para que volviera a casarse, como si
estuvieran divorciados o como si él hubiera muerto en realidad. Tal vez al cabo de unos años, cuando
llevaran mucho tiempo sin verse, pero no después de seis meses. Sin embargo, pensó al regresar a casa de
Fiona, debía reconocer que Zillah tenía valor al casarse con un ricachón como ese Melcombe-Smith y contar
a los periódicos que era soltera y no tenía hijos. O al menos eso suponía. Habían sacado la historia de alguna
parte… ¿De quién sino de ella?

Mientras apuraba la botella, pensó un instante en sus hijos y experimentó un sentimiento que le era bastante
ajeno, un dolor sincero. Nunca los había visto mucho, sobre todo a Jordan, pero cuando estaba con ellos los
había querido de verdad. El problema residía en que no soportaba aquel rollo doméstico, papá y mamá
compartiendo las tareas domésticas, la compra semanal, preparar la comida, los niños siempre allí,
haciéndose daño, llorando y dejándolo todo hecho una porquería, ser pobres, no saber nunca cómo llegarían a
final de mes… Zillah era una buena madre, o al menos Jeff siempre lo había creído, porque nunca quería salir
de noche y dejarlos solos a pesar de que él siempre había intentado convencerla. Como si no estuvieran a
salvo en aquella aldea, rodeados de vecinos amables. Él, por su parte, no había tenido ningún reparo en
marcharse y dejarlos solos durante semanas porque sabía que Zillah cuidaría bien de ellos, pero… ¿qué
sucedería ahora?

Había conservado las páginas del periódico donde salían sus fotografías, pero había leído el artículo tantas
veces que se lo sabía de memoria. No había mencionado al periodista que fuera gitana, detalle que Jeff, de
todos modos, no creía, ni que hubiera estado casada con anterioridad, ni que su apellido de soltera fuera
Watling, no Leach. Lo más perturbador era que a todas luces no había mencionado la existencia de los niños.
Jeff sabía lo suficiente de los periodistas, pues en cierta ocasión había estado liado con una periodista
bastante conocida, para entender que de nada servía implorar a un reportero que guardara un secreto una vez
revelado. Todo lo que uno decía salía impreso. Otra cosa era omitir partes de lo dicho, sacar frases de
contexto para tergiversar su significado. Habida cuenta del estilo del artículo, era imposible que Zillah
hubiera contado al Mail que tenía dos hijos, ya fueran legítimos o no, y que el periodista hubiera accedido a
no divulgarlo. Así pues, no se lo había contado. ¿Qué había hecho entonces con sus hijos?

En aquel momento bajó Fiona. Estaba preciosa con un traje blanco de falda cortísima y ceñida, y zapatos
altos de charol negro. Jeff sintió una punzada de deseo. Una velada en la cama habría contribuido en gran
medida a disipar su inquietud por Eugenie y Jordan, pero no caería esa breva. Culpa suya; era él quien había
propuesto salir a cenar.

Un taxi llegó por Fortune Green Road. Menos mal, porque Fiona no podría haber caminado un solo metro más
con aquellos tacones. Tendría que reunirse con Zillah, hablar con ella y ver a sus hijos; tenía derecho a ver a
sus hijos, eran suyos, un hecho que nunca había puesto en tela de juicio, porque ambos eran vivos retratos de
él, circunstancia tan válida como una prueba de ADN, según había creído siempre Jeff.

–Intenta no obsesionarte, Jeff.

Por un instante, Jeff temió que Fiona le hubiera leído el pensamiento, pero enseguida comprendió que se
refería a la boda de su «ex».

–Ahora me tienes a mí y toda una vida juntos por delante.

Tal vez no fuera mala idea hacer creer a Fiona que estaba triste por la pérdida definitiva de Zillah. En lo
sucesivo, cada vez que pareciera preocupado, distraído o excesivamente silencioso, lo atribuiría a eso.

–Lo sé -suspiró-. Y no creas que no me hace completamente feliz. Es que estaba pensando en mis dos
pequeños, y…, bueno, Zillah fue mi primer amor. – Asió la mano de Fiona-. Y tú, el último. Primera en mi
corazón y última en mi vida.
El taxi dobló por Blenheim Terrace y Jeff rebuscó en sus bolsillos.

–¿Tienes cambio, cariño? Solo llevo un billete de veinte.

Fiona pagó al taxista. Una vez sentados a la mesa, le hizo más preguntas sobre Zillah.

–Si quieres quedar con ella para hablar, lo comprenderé.

En cierto modo, era su oportunidad, pero sería más prudente no aprovecharla. Tal vez Fiona quisiera
acompañarlo o conocer a Zillah en otra ocasión. Sintió un estremecimiento. Fiona, con su casa, su dinero, su
herencia y su trabajo era, se decía a sí mismo, el mejor partido que se había cruzado en su camino.

–No, cariño, quiero cerrar definitivamente ese capítulo de mi vida.

Examinó la carta de vinos. A pesar de lo que había dicho a Fiona, no pagaría la cena con el dinero que había
ganado gracias a un caballo llamado Website, sino con la American Express que se había encontrado en otro
restaurante, en el suelo bajo una mesa de Langan's, adonde había ido invitado por una mujer a la que había
conocido en la escalinata del teatro Duke of York. La tarjeta pertenecía a un tal J. H. Leigh y por su causa
decidió presentarse con ese apellido al conocer a Fiona. Por aquel entonces aún se llamaba Lewis para la
rarucha de Minty Knox y ya se planteaba cambiarse el nombre por Long o Lane, pero acabó optando por
Leigh. Al principio utilizó la tarjeta con prudencia y para efectuar compras pequeñas, siempre esperando que
le dijeran que estaba cancelada, pero no sucedió. Ahora la usaba para pagar comidas y comprarle ropa a
Fiona, aunque no se atrevía a adquirir joyas.

Más de una vez se había preguntado quién sería ese Leigh, un tipo tan rico y manirroto que no solo no se
molestaba en denunciar la desaparición de su American Express, sino que además seguía pagando las facturas
que sin duda seguían llegando cada mes a su casa. Y un buen día se le encendió la bombilla. No se trataba de
un hombre, sino de una mujer mantenida por un hombre, una esposa o una novia cuyo marido o amante pagaba
las facturas de Amex sin hacer preguntas. ¿Habría callado ella el extravío de la tarjeta por miedo? ¿Tal vez
en el momento de perderla se encontraba en un lugar o situación en que no debería haber estado? ¿O tenía
tantas tarjetas que no había reparado en la desaparición de una de ellas?

Pensaba en esos términos porque las conductas subrepticias, el engaño, las trampas y la estafa eran sus
prácticas predilectas. Algún día, la tarjeta dejaría de funcionar, pero podía faltar mucho para ese día, y hasta
entonces se beneficiaría de ella.

–Digo que si vas a tomar las verduras a la plancha o el salmón ahumado. Cariño, no me estás escuchando.

–Lo siento -se disculpó Jeff-. Estaba pensando…, bueno, ya sabes lo que estaba pensando.

Por suerte, no era así. ¿Cómo se pondría en contacto con Zillah? ¿Llamándola por teléfono? No le costaría
encontrar su número. ¿Preguntar por ahí? Una vez, años antes, mientras Zillah estaba embarazada de Eugenie
y vivían en aquel cuchitril cerca de la estación de Queen's Park, ese tal Melcombe-Smith los había invitado a
tomar unas copas en su casa de Pimlico. La velada fue espantosa y a punto estuvo de convertirlo en un
socialista convencido. Cabía la posibilidad de que Jims, como lo apodaban, aún viviera allí, pues solo
habían pasado seis o siete años. Comprendió horrorizado que no sabía a ciencia cierta cuántos años tenía su
hija. Sin embargo, la quería, eso sí lo sabía; era suya y quería verla.
–Escucha esto -dijo de pronto-. Adán y Eva y Pellízcame bajaron al río a bañarse. Adán y Eva se ahugaron.
¿Quién se salvó?

–Corta el rollo -espetó Fiona, agotada su paciencia-. Guárdate esas tonterías para el bebé que se supone
tendremos el año que viene, que yo ya soy mayorcita.
Capítulo 10

La atención de que era objeto resultaba atractiva y halagadora en muchos aspectos. Zillah no había esperado
toda aquella publicidad en el Mail on Sunday, y cuando vio las fotografías y leyó el respetuoso artículo sobre
ella y Jims, quedó encantada. Otras personas también lo habían leído y llamaron para felicitarla. Solo una de
ellas preguntó por qué el artículo no mencionaba a Eugenie y Jordan, aunque ella misma dio respuesta a su
pregunta.

–Claro, supongo que quieres protegerlos de los medios de comunicación.

Exacto, respondió Zillah. Había dispuesto de algunos días para relajarse y disfrutar de la casa de Abbey
Gardens Mansions, para apreciar sus comodidades, tan superiores incluso a las del piso de Battersea, y para
decidir que había llegado el momento de ir a buscar a los niños. Estaban en casa de sus padres, en
Bournemouth, desde dos días antes de la boda, pero empezaba a echarlos de menos y quería tenerlos junto a
ella. El auge de la publicidad empezaba a remitir. Zillah ya estaba convencida de lo que había supuesto desde
el principio, que Jims no era famoso, sino tan solo un diputado de segunda y además de la oposición, y que lo
único que había atraído la atención de la prensa eran ella y la apostura de Jims. Y tal vez el hecho de que
todo el mundo creyera que era homosexual y estaba a punto de ser «desenmascarado».

Los niños podían regresar, salir a pasear con ella, dar vueltas en su precioso Mercedes plateado nuevo, ir a
la escuela en Westminster sin que nadie prestara la más mínima atención…, o eso creía Zillah hasta que
recibió la llamada de la primera periodista.

–Espero no molestarla en plena luna de miel -empezó la mujer.

–No salimos de luna de miel hasta Pascua -le recordó Zillah.

A decir verdad, no se moría precisamente de ganas de hacer aquel viaje sin sexo a una isla del océano Índico
donde no podría hacer más que tomar copas y pasarse el día charlando con Jims.

–¿Ni siquiera unos días de asueto? – quiso saber la mujer, que trabajaba para un rotativo de ámbito nacional-.
Llamo para suplicarle que me conceda una entrevista para nuestro espacio del jueves, supongo que ya sabe a
qué me refiero.

Zillah olvidó por completo la orden de Jims de delegar todos aquellos asuntos en Malina Daz. Olvidó
también el temor que le infundían los periodistas, pues los del Mail habían sido amabilísimos con ella. ¿Por
qué no? Los niños aún no estaban de vuelta y la entrevista le daría ocasión de confirmar todo lo que había
aparecido en la prensa y tal vez obtener más fotografías halagüeñas.

–¿Sacará fotos? – inquirió.

Debía de haberlo preguntado en tono aprensivo, pues la periodista la malinterpretó.

–Bueno…, sí, claro. Un artículo sobre una persona tan atractiva como usted no sería gran cosa sin fotos, ¿no
le parece?

Zillah accedió. Al cabo de dos horas la llamó el jefe de reportajes de una revista ilustrada. La habían dejado
en paz durante algunos días, pero había llegado el momento de publicar algo más exhaustivo que un par de
líneas sobre su boda. Zillah mencionó a la otra periodista.

–Ah, no se preocupe por eso. Nuestro artículo será muy distinto, se lo aseguro. Le va a encantar. Se
convertirá usted en el centro de atención, ya lo verá, sobre todo teniendo en cuenta el rumor de que estaba a
punto de hacerse pública la homosexualidad de su marido.

–Ese rumor es totalmente infundado -replicó Zillah con nerviosismo.

–Usted lo curó, ¿eh? Lo siento, eso no ha sido políticamente correcto. Quizá debería decir que usted lo hizo
cambiar, ¿qué le parece? ¿Quedamos el viernes a las tres? El fotógrafo irá una hora antes para montar.

Para cuando Zillah tuvo ocasión de contárselo a Jims y, a través de él, a Malina Daz, otros dos periódicos y
una revista más se habían sumado al grupo. Malina estaba convencida de que toda publicidad era buena,
mientras que Jims, más cauteloso, instó a Zillah a negar su supuesta orientación sexual con toda la
vehemencia posible. La noche antes de la primera entrevista, ambos inventaron una novia pasada para Jims,
con nombre, físico, edad y celos de Zillah incluidos. Durante la entrevista, Zillah explicó que la mujer se
había casado y vivía en Hong Kong y que su identidad actual no podía desvelarse por razones obvias. Al
hablar con la revista, olvidó la edad de la ex novia imaginaria y dijo que vivía en Singapur, pero Jims
aseguró que no importaba, porque los de la prensa siempre se equivocaban con esas cosas.

Los niños seguían en Bournemouth. Sus abuelos habían accedido, si bien a regañadientes, a quedárselos una
semana más. La señora Watling comentó por teléfono que le parecía irónico el hecho de que Eugenie y Jordan
se quedaran en Bournemouth «indefinidamente» cuando por primera vez en su vida tenían un hogar decente,
mientras que ella y su marido los veían de uvas a peras cuando vivían en aquel cuchitril de Dorset. Zillah les
pidió que tuvieran paciencia con ella un tiempo más, frase que había copiado de Malina Daz, y que ella y
Jims los recogerían al cabo de dos fines de semana.

La primera entrevista apareció publicada el viernes por la mañana. Las fotografías salieron estupendas y el
artículo era un parloteo superficial que en ningún momento mencionaba el «desenmascaramiento» de Jims,
sino que se concentraba sobre todo en la belleza de Zillah y su impecable estilo en el vestir. En palabras de
Malina, la publicación «trataba el asunto con sensibilidad». Había una frase sobre la novia imaginaria de
Jims y su «larga relación» con él. En suma, un texto de lo más satisfactorio. Malina anunció que «se estaban
cociendo» otros dos artículos y que en breve habría más entrevistas.

Jims estaba contento con el artículo, pero sabía más de los medios de comunicación que Zillah, ya que de lo
contrario no habría aguantado siete años en la Cámara de los Comunes.

–La prensa amarilla está muy bien hasta que de repente te clava el puñal -comentó a Zillah-. Con las revistas
no hay problema, porque las llevan un puñado de gallinas. Son los diarios de ámbito nacional como el
Guardian los que más me preocupan.

–Tal vez convenga que esté presente cuando Zillah hable con la prensa escrita, sobre todo con los diarios más
serios -propuso Malina.
–Buena idea -convino Jims.

A Zillah no le gustaba Malina. No habían revelado a la relaciones públicas la verdad sobre la boda, pero lo
sospechaba. En ocasiones, a Zillah le parecía verla esbozar una sonrisita maliciosa. Entraba y salía a su
antojo del piso de Abbey Gardens Mansions, pasando de un dormitorio a otro, según sospechaba Zillah,
abriendo cajones y deslizando sus largos y esbeltos dedos en los compartimentos de las mesas. Su novio era
un prestigioso cardiólogo de Harley Street y Malina estaba más delgada que Zillah, unas dos tallas más
delgada.

No quería que Malina estuviera presente cuando se entrevistara con The Times y el Telegraph. Bastante tenía
con tolerar que el fotógrafo anduviera por allí, sacándole fotos cuando estaba distraída o ladeaba la cabeza
en un ángulo poco atractivo. La sonrisita de Malina y su modo de contemplarse con admiración las uñas
pintadas de plateado resultarían, citándola a ella misma, «inapropiados». Así pues, Zillah no mencionó la
entrevista que al cabo de poco concedería a una colaboradora autónoma del Telegraph Magazine. Tampoco
Jims participaría en ella, pues ese día estaría en la Cámara de los Comunes para debatir la ley de municipios.

Estaba de pie junto a la ventana que daba a Dean's Yard, esperando al fotógrafo, cuando vio un coche
detenerse y aparcar junto al bordillo sobre una doble línea amarilla. Un reportero gráfico debía saber que eso
no se hacía. Si dejaba el coche allí, se lo llevaría la grúa o le pondrían un cepo. Abrió la ventana para
advertírselo, pero en lugar de apearse, el conductor permaneció sentado al volante. Zillah no veía con
claridad, pero a pesar de que era un BMW y, por tanto, nada tenía que ver con el viejo Ford Anglia que
conducía cuando se vieran por última vez, estaba casi segura de que el hombre sentado en el automóvil era su
marido, Jerry.

Se asomó a la ventana y aguzó la vista. El hombre estaba estudiando algo, probablemente un mapa o un plano.
Se parecía mucho a Jerry, aunque a aquella distancia resultaba difícil saberlo a ciencia cierta. De no estar
esperando al fotógrafo y a la periodista, habría salido para cerciorarse y, en caso de tratarse de Jerry, para
encararse con él. De no estar esperando al fotógrafo y a la periodista, no se habría puesto pantalones ceñidos
de color violeta, zapatos con tacones de ocho centímetros y corpiño blanco y negro. Cerró la ventana. Estaba
demasiado lejos. En ese momento, el hombre levantó la mirada. Era Jerry, sin lugar a dudas. ¿De quién era el
BMW? Suyo no, eso estaba claro. Sonó el timbre.

El fotógrafo había llegado por el lado de Abbey, razón por la que no lo había visto aproximarse. Lo
acompañaba un ayudante, el típico adolescente o tipo con aspecto de adolescente. Ambos pusieron manos a la
obra, extendiendo sábanas blancas sobre los muebles y abriendo y cerrando un parasol plateado. Zillah se
acercó de nuevo a la ventana. Un policía hablaba con el hombre del BMW. Esperaba que se apeara del
vehículo para poder verlo bien, pero no fue así, y al poco arrancó y se alejó en dirección a Millbank.

Zillah no disfrutó de la entrevista. La periodista era una mujer de aspecto serio y austero traje chaqueta negro
que se presentó como Natalie Reckman. Poseía unas facciones clásicas y severas, y llevaba el cabello
peinado hacia atrás y oculto bajo una boina. La única joya que lucía era un anillo grueso, pesado y labrado de
forma peculiar. Al llegar sacó de su maletín negro un cuaderno tan austero como ella y una grabadora. Zillah,
que hasta ese momento se había sentido muy elegante, pensó con cierto embarazo en el ornamentado collar
oriental que llevaba, amatistas engarzadas en plata, la docena de modernos brazaletes de cuentas que
adornaban sus muñecas y los pendientes que le rozaban los hombros. Además, las preguntas que le formuló la
periodista eran más difíciles y penetrantes de lo habitual.
Era la primera periodista que no comentaba nada acerca de su aspecto, y de hecho, en un principio pareció
más interesada en Jims que en su flamante esposa. Zillah se esforzó al máximo por hablar de él en los
términos que una esposa joven y enamorada emplearía para referirse a su marido. Comentó lo inteligente que
era, lo considerado que se mostraba con ella y lo sabio que era casarse con el mejor amigo de una. En cuanto
a su carrera política, estaba tan consagrado a ella que habían aplazado la luna de miel hasta Pascua. Viajarían
a las Maldivas. Su querido Jims habría preferido ir a Marruecos, ansiaba conocer ese país, pero había cedido
ante el deseo de Zillah de viajar a las Maldivas. Ya irían a Marruecos en invierno.

Natalie Reckman bostezó, se irguió en la silla y dio un giro a la entrevista. Tras intentar averiguar cómo se
había ganado Zillah la vida antes de casarse y mostrarse reacia a creer su vaga respuesta de que era «artista»,
le preguntó con cierta incredulidad si esperaba que se tragara que la flamante esposa del diputado había
vivido sola en un pueblo de Dorset durante siete años sin empleo, compañero ni amigos. Zillah, que
empezaba a enojarse, replicó que podía creer lo que le viniera en gana. Mientras, se preguntó si sería
demasiado tarde para mencionar a los niños, introducirlos de algún modo en la conversación. Pero ¿cómo
explicaría el hecho de no haber confesado hasta entonces su existencia?

La periodista esbozó una sonrisa y empezó a hacer más preguntas sobre Jims. ¿Cuánto hacía que se conocían?
¿Veintidós años? Pese a ello, nunca los habían visto juntos antes de la boda ni, por lo visto, habían vivido
bajo el mismo techo.

–No todo el mundo está a favor del sexo prematrimonial -señaló Zillah.

La periodista la miró de arriba abajo, desde los pendientes y el voluminoso peinado hasta los zapatos de
tacón de aguja.

–¿Y es usted de las que no lo está? – quiso saber.

–Prefiero no hablar de ello.

–De acuerdo, no importa. Sabrá que su marido formaba parte de un grupo de diputados a los que una persona
bastante intolerante amenazaba con «desenmascarar». ¿Qué opina al respecto?

Zillah empezaba a lamentar la ausencia de Malina.

–Preferiría no hablar de ello.

–Sin duda, querrá asegurar que el rumor es falso.

–Si publica que mi marido es homosexual, la demandaré por difamación -amenazó Zillah.

–Vaya, señora Melcombe-Smith, o Zillah, si me lo permite, acaba de decir algo interesantísimo. Por lo visto,
considera un insulto sugerir que una persona es gay. ¿Es cierto eso? ¿Lo considera capaz de generar odio,
burla, desprecio? ¿Cree que ser homosexual equivale a ser inferior? ¿O que está mal? ¿Existe una diferencia
moral entre ser heterosexual y ser homosexual?

–¡No lo sé! – gritó Zillah-. No quiero seguir hablando con usted.

Jims y Malina habrían sabido que, a aquellas alturas, la periodista contaba con un artículo magnífico que
ardía en deseos de escribir… o de grabar en su disco duro. Por su parte, Zillah solo quería que se marchara y
la dejara en paz. Y por fin se marchó, aunque nada amedrentada por el enfado de Zillah y su negativa a seguir
hablando con ella. Zillah estaba trastornada. Cuan distinta había sido aquella entrevista de las dos anteriores.
Se arrepentía de haber ocultado la existencia de los niños. ¿Podría dejarlos en casa de sus padres un tiempo
más? Les gustaba estar allí, por lo visto más que estar en casa con su madre, pero sus padres, en palabras de
su madre, ya no eran tan jóvenes y empezaban a estar cansados, sobre todo a causa del llanto nocturno de
Jordan. ¿Y por qué le había hecho esa desagradable mujer tantas preguntas sobre lo que hacía antes de
casarse? Zillah reconocía que no se había preparado como debía.

Le quedaba el consuelo de que el Telegraph Magazine no era como los periódicos diarios y que el artículo
no aparecería hasta al cabo de muchas semanas, tal vez incluso después de que ella y Jims se fueran a las
Maldivas. Además, quizá no era demasiado tarde para detener el proceso…, si se atrevía a pedir a Malina
que interviniera en su nombre. Tendría que pensar en ello. No dijo una palabra a Jims cuando este llegó a
casa. De todos modos, no se presentó hasta la una de la madrugada; había estado en la Cámara de los
Comunes, pero tras la votación de las siete se había escabullido y recorrido cien metros por Millbank, donde
tomó un taxi para visitar a su nuevo amigo en Chelsea.

Zillah empezaba a darse cuenta de que salir en los periódicos no era tan divertido y emocionante a fin de
cuentas. Aquellos periodistas eran más astutos de lo que había esperado. Podía ocultar el asunto a Jims de
momento, pero tenía que hablar con alguien, así que llamó a Malina, que acudió a su casa.

–He pensado que podría llamar al Telegraph Magazine y decirles que no decía en serio lo de la difamación y
que siento haber gritado a la periodista.

Malina estaba horrorizada, pero no lo manifestó.

–Eso sería inapropiado, ¿no le parece? Habría estado presente en la entrevista si me hubiera avisado. Pero
concedió la entrevista por voluntad propia, Zillah; nadie la presionó.

–Podría usted hacer algo al respecto, proponerle otra entrevista. La próxima vez tendré más cuidado.

–Sería más conveniente que no hubiera próxima vez, Zillah -señaló Malina, que por lo visto ya no era de la
opinión de que toda publicidad era buena-, pero me parece que ya es un poco tarde.

–Podría llamar a los demás periódicos y decirles que no quiero conceder más entrevistas.

–Querrán saber la razón.

–Dígales que estoy enferma, que tengo… gastroenteritis.

–Creerán que está embarazada… ¿Lo está?

–Por supuesto que no -espetó Zillah.

–Lástima. Sería la respuesta a todas nuestras plegarias.

Pese a lo que había dicho, Malina anuló tres de las entrevistas pendientes y habría cancelado también la
cuarta, concertada para el día siguiente, pero el periodista en cuestión no cogía el móvil, hizo caso omiso de
sus mensajes de fax y correo electrónico y no dio señales de vida. A pesar de que Malina no le caía bien,
Zillah confiaba tanto en ella que no se molestó en arreglarse para la visita del reportero, porque contaba con
que la relaciones públicas la hubiera cancelado. Así pues, cuando llamaron a la puerta, pensó que tal vez era
Jerry. Corrió a abrir sin por una vez molestarse en mirarse al espejo siquiera.

Charles Challis era la clase de hombre al que Zillah habría considerado un bombón en circunstancias
normales. Sin embargo, las circunstancias no eran nada normales, porque no esperaba la visita de nadie, y
menos de un hombre, y estaba hecha un asco.

–Pero si no tenía que venir. Cancelamos la entrevista -exclamó, trastornada.

–A mí nadie me ha avisado -aseguró el hombre-. ¿Ha llegado el fotógrafo?

Zillah fue a mirarse al espejo. Iba sin maquillar, no se había lavado el pelo y el jersey que llevaba lo había
comprado seis años antes en una tienducha de Long Fredington. Condujo a Charles Challis al salón con aire
compungido. El hombre no le preguntó nada acerca de la supuesta homosexualidad de Jims ni de cómo se
ganaba la vida y tampoco comentó nada sobre su aspecto. De hecho, era un tipo amable, y Zillah decidió que
no tenía nada en contra de los periodistas en general, sino tan solo de las periodistas. Preguntó al fotógrafo si
podía maquillarse para la sesión y cuando regresó, Charles, como le había pedido que lo llamara, desvió la
entrevista hacia el terreno de la política.

Zillah reconocía que entendía poco de política. Sabía quién era el primer ministro, al que calificó de
«bombón», pero no recordaba el nombre del líder de la oposición. Por fin, el periodista le formuló la
pregunta más candente del momento: ¿qué opinión le merecía la sección 28?

Zillah lo miró con expresión perpleja, de modo que Charles se explicó. La sección 28 prohibía a las
autoridades municipales fomentar la homosexualidad; la Ley de Municipios pretendía revocarla con el
argumento de que, a causa de la sección, los niños inseguros acerca de su orientación sexual crecían confusos
y eran víctima de abusos por parte de sus compañeros. ¿Qué opinaba Zillah al respecto?

Zillah no quería meterse en más problemas. Recordando lo que la Reckman había insinuado acerca de la
igualdad moral entre homosexuales y heterosexuales, respondió con vehemencia que la sección 28 era a todas
luces un error que debía subsanarse de inmediato. Charles lo anotó todo y comprobó la grabadora para
cerciorarse de que la voz de Zillah sonaba con toda claridad. ¿Y qué le parecían los juicios con jurado?
¿Estaba Zillah a favor de abreviar los procedimientos jurídicos y de ese modo ahorrar dinero al
contribuyente? La noche anterior, Jims se había quejado durante largo rato del impuesto sobre la renta que
pagaba, de modo que Zillah contestó que estaba a favor de la economía y que, además, los miembros de los
jurados no eran abogados, por tanto, ¿qué sabrían ellos?

Estaba muy satisfecha de sí misma. Las fotografías no saldrían tan mal; de hecho, a menudo creía que le
sentaba mejor el estilo informal que la ropa elegante. Malina la llamó en cuanto los dos hombres se fueron
para avisarle de que había conseguido anular todas las entrevistas excepto la de Charles Challis. ¿Qué tal
había ido?

–Genial. Ha sido tan amable…

–Estupendo, bien hecho.


Malina no mencionó que en círculos periodísticos, Charles Challis recibía el sobrenombre de Cáliz
Envenenado[2].

Zillah colgó el teléfono y miró por la ventana. Jerry estaba ante la entrada del aparcamiento subterráneo.
Salió corriendo del piso y bajó en ascensor, pero cuando llegó a Great College Road, Jerry ya no estaba.
Debía de haber estacionado en el aparcamiento. Zillah bajó la rampa hacia las profundidades del garaje. No
había rastro de él ni del BMW azul marino. Tal vez había venido a pie a causa de los problemas para aparcar
que había en la zona. Podía haber subido a un autobús o caminado hasta la estación de metro mientras ella
bajaba a la calle. ¿Qué querría? Cabía la posibilidad de que pretendiera chantajearla. Quinientas libras al
mes o canto. Pero que ella supiera, Jerry nunca se había rebajado al chantaje y no iba a empezar con ella.
Cruzó de nuevo la calle y pidió a los porteros que le abrieran la puerta porque había olvidado la llave dentro
del piso.

Una vez solventado el tema de las entrevistas, había llegado el momento de ir a buscar a los niños. Jims y
Zillah fueron a Bournemouth el sábado. Fue un viaje agradable, porque las carreteras no estaban
congestionadas para variar y además no llovía. Pararon a comer en un elegante restaurante nuevo en
Casterbridge, a orillas del río, junto al caz, porque Jims no quería quedarse el tiempo suficiente en casa de
sus padres para probar la cocina de su madre. Ni Eugenie ni Jordan parecían contentos de verlos.

–Quiero quedarme con Nanna -dijo Jordan.

Su hermana le dio una palmadita en la cabeza.

–Nos gusta el mar. Los niños necesitan aire fresco, no ilusiones tóxicas.

Quería decir emisiones, pero nadie la corrigió.

–Supongo que no hay razón para que no os quedéis un poco más -comentó Jims con aire esperanzado.

–Sí la hay, James -replicó Nora Watling, dispuesta como siempre a decir lo que pensaba-. Estoy cansada y
necesito un poco de paz. Ya crié a mis hijos en su momento y no me apetece volver a empezar a mi edad.

–Nadie nos quiere -exclamó Eugenie, risueña-. No es muy agradable ser un hijo no deseado, ¿verdad, Jordan?

Jordan no comprendió las palabras de su hermana, pero aun así empezó a berrear. A las tres y media, cuando
Jims miró el reloj y comentó que era hora de marcharse, Nora se ofendió sobremanera. Los niños ya habían
almorzado, pero insistió en atiborrarlos de patatas fritas, helado y tarta Selva Negra antes de que se fueran.
Durante el trayecto de regreso a Londres, Jordan vomitó sobre la tapicería de cuero gris del coche de Jims.

Pero en cuanto estuvieron de vuelta en casa, Eugenie empezó a asistir a su nueva escuela y encontraron una
guardería «progresista» de moda para Jordan, así que la paz quedó restablecida. Zillah podía salir de Abbey
Gardens Mansions muy discretamente si bajaba en ascensor hasta el aparcamiento subterráneo y salía del
mismo doblando por Great Peter Street. Los periodistas tendrían que haber estado muy atentos y levantarse
muy temprano para sorprender a Zillah llevando a los niños a la escuela a las nueve de la mañana en el
Mercedes plateado. Pero de todos modos, no apareció ningún periodista; los medios de comunicación
parecían haber perdido todo interés en ella. Durante un par de semanas, los periódicos no hicieron mención
alguna del joven matrimonio Melcombe-Smith. Zillah había esperado alegrarse por ello, pero de hecho
empezó a preguntarse qué habría sido del artículo de Charles Challis. Ella y Jims iniciarían su luna de miel el
sábado de Pascua. Qué mala suerte si salía publicado mientras estaban de viaje.

–¿Cómo que qué mala suerte? – espetó Jims, que en los últimos tiempos se mostraba absurdamente irritable-.
Yo más bien diría que hasta ahora has tenido mucha suerte.

–Era una forma de hablar -intentó apaciguarlo Zillah.

–Muy desafortunada, la verdad. ¿Has quedado ya con la señora Peacock?

–Ahora mismo la llamo.

Pero la señora Peacock no podía instalarse en Abbey Gardens Mansions durante los diez días que Jims y
Zillah pasarían en las Maldivas, ni siquiera una parte del tiempo. Zillah había esperado demasiado para
avisarle. El día anterior había reservado plaza en un viaje en autocar por Brujas, Utrecht y Amsterdam.

–Espero que se muera congelada -masculló Zillah-. Espero que se envenene con bulbos de tulipán.

–Los bulbos de tulipán no son venenosos -señaló Jims con frialdad-. De hecho, a las ardillas les gustan más
que las nueces, ¿no te habías dado cuenta?

No le quedó más remedio que pedírselo a su madre. Nora Watling estalló. Los niños llevaban menos de tres
semanas en Londres y Zillah esperaba que volviera a acogerlos en su casa. ¿Acaso no había entendido su hija
lo que había dicho acerca de que no quería criar una segunda familia?

–Tú y papá podríais venir a Londres. Los niños se pasan el día en el colegio, así que podríais hacer un poco
de turismo, subir a la Noria del Milenio…

–Nosotros no hemos subido a la noria -terció Eugenie-. Ni siquiera hemos estado en la Cúpula.

–Nanna os llevará -prometió Zillah tras cubrir el micrófono del teléfono con la mano-. Nanna os llevará a
cualquier sitio que os apetezca.

Por supuesto, Nora Watling accedió porque no le quedaba otro remedio. Después de hacer un comentario
ácido sobre la gente que metería a sus hijos en la perrera si pudiera, anunció que ella y el padre de Zillah
llegarían el Viernes Santo.

–Preferiría que no enseñaras a los niños a llamar Nanna a su abuela -se quejó Jims-. No es propio de los
hijastros de un diputado conservador.

–Hijastro no, hijastro no -chilló Jordan-. Quiero ser un hijo de verdad.

El lunes por la mañana, una semana más tarde de lo previsto, apareció el artículo de Charles Challis sobre
Zillah. O algo. No iba acompañado de fotografía alguna, el pasaje dedicado a Zillah ocupaba unas líneas y
formaba parte de un reportaje de dos páginas sobre esposas de diputados, sus opiniones y ocupaciones,
redactado en un estilo ligero y satírico. El periodista dejaba a Zillah como una combinación de ignorante y
cabeza de chorlito.

Zillah, la flamante esposa de James Melcombe-Smith [había escrito Charles Challis], comparte el interés de
su marido por la política, aunque no su persuasión. En su opinión, nada de conservar la sección 28 ni ese
ancestral bastión de la ley, el juicio con jurado. Al diablo con ellos, dice. ¿Dónde habíamos oído eso antes?
Ah, sí, ni más ni menos que en boca del Partido Laborista. «Los miembros de los jurados no son abogados -
me dijo al tiempo que se apartaba del rostro un mechón de cabello azabache (la señora Melcombe-Smith se
parece mucho a Catherine Zeta-Jones.)-. A mi esposo le gustaría poner fin a este derroche del dinero de los
contribuyentes.» Su marido, por supuesto, es el diputado conservador por South Wessex, a quien sus electores
y demás amigos conocen por el apodo de «Jims». Sin duda quedarán fascinados al conocer las opiniones de
su esposa.

Jims se enfadó menos de lo que cabía esperar. Refunfuñó un poco y vaticinó que al poco sostendría una
conversación desagradable con el jefe, pero aquellos no eran los deslices y revelaciones que temía, y dudaba
de que más de un puñado de terratenientes y (textualmente) campesinos leyeran aquel «periodicucho». Zillah
se disculpó y alegó que no entendía de política. ¿Podía recomendarle algún libro para ponerse al día?

Aquel mismo día volvió a ver a Jerry. Zillah estaba en el coche, camino de recoger a los niños en la escuela,
y acababa de salir de Millbank cuando lo vio delante del Atrium. Su primer pensamiento fue para los niños y
el escándalo que se armaría si lo veían. Pero ambos estaban de espaldas, admirando a dos perros de color
naranja y rabos rizados como cerdos.

–¿Me comprarás un perro, mamá? – pidió Eugenie.

–Solo si te ocupas de cuidarlo tú -repuso su madre.

Era lo que su madre le había dicho a ella cuando le pidió lo mismo veintidós años atrás. Le regalaron el
perro y ella se encargó de cuidarlo durante tres días.

–No, claro que no -se corrigió al recordarlo-. ¿Cómo vamos a tener perro en un piso?

–Antes vivíamos en una casa. Lo pasábamos bien y teníamos amigos. Teníamos a Rosalba, Titus y Fabia.

–Quiero a Titus -intervino Jordan, pero en lugar de ponerse a berrear, empezó a sollozar en silencio.

Mientras Zillah esperaba en medio de la calle para doblar a la derecha y entrar en el aparcamiento de Abbey
Gardens Mansions, vio que Jerry corría hacia ella. Sin mirar a la izquierda, empezó a girar. Una furgoneta
que llegaba por esa dirección se vio obligada a frenar con brusquedad y el conductor, ya exasperado por el
tráfico, asomó la cabeza por la ventanilla y le lanzó una sarta de improperios. Sin inmutarse, Zillah descendió
por la rampa del garaje.

–Mamá, ¿has oído la palabra que ha dicho ese hombre? Nanna dice que si la digo acabaré mal. ¿Ese hombre
acabará mal?

–Eso espero -masculló Zillah con rabia-. Deja de llorar, Jordan. ¿Creéis que podríais llamar a Nanna
abuelita?
Eugenie sacudió la cabeza.

–Eso la convertiría en otra persona, ¿no? – observó.

Zillah no respondió, pero estaba más convencida que nunca de que, a ese paso, su hija se sacaría el título de
Derecho a una edad escandalosamente temprana.

No volvió a ver rastro de Jerry. Jims llegó a casa muy tarde y a la mañana siguiente le anunció que su nuevo
amigo, Leonardo Norton, viajaría a las Maldivas al mismo tiempo que ellos, y que de hecho se alojaría en el
mismo hotel.

Capítulo 11

–Podrías venir conmigo al estudio -propuso Matthew-. Me haría mucha ilusión.

Pero Michelle dijo que no iría.

–Solo falta que tengas que ocuparte de mí, cariño.

Lo cierto era que no se veía con ánimos de soportar las miradas y las risitas ahogadas de todas aquellas
muchachas de piernas largas y jóvenes en vaqueros. La bromita de Jeff Leigh sobre el Gordo y el Flaco aún
dolía.

Resultaba alentador ver a Matthew ponerse en marcha hacia la estación de metro, caminando casi como una
persona normal, los hombros erguidos y la cabeza alta. En cuanto se fue, Michelle quitó el polvo en el salón y
aspiró la moqueta. Mientras trabajaba pesadamente, casi sin aliento y con el corazón acelerado, intentó
recordar qué se sentía al ser una persona normal con un cuerpo normal. No una silueta de modelo, ni siquiera
el tipo de Fiona, sino el de una mujer rolliza corriente, talla cuarenta y cuatro. Por lo general, cuando
Matthew estaba en casa, que era casi siempre, contenía aquellos pensamientos, los desterraba de su mente y
fingía que no habían acudido a ella. Era la primera vez en… (¿cinco, siete años, tal vez?) que estaba sola en
casa. Nada como estar sola para poder pensar a tus anchas.

Michelle se detuvo en medio del salón y sintió su cuerpo, sintió de verdad cómo era, desde la enorme papada
hasta los inmensos muslos. Primero lo recorrió con el cerebro y luego con las manos, consciente de una vez
por todas de la montaña de carne que albergaba su delicada y refinada mente, su corazón bondadoso.

Cerró los ojos y en la oscuridad le pareció ver a Matthew tal como podría ser si recobrara la salud y a ella
tal como era, o casi tal como era cuando se casaron. En aquella ensoñación se coló un cosquilleo, una especie
de insecto alado y frágil que revoloteaba tras sus párpados cerrados, una punzada del deseo que habían
sentido el uno por el otro, la pasión que brotaba de la energía y la belleza física. ¿Podrían recuperar aquella
sensación? El amor seguía allí, inalterado, y sin duda, contando con ese amor, podrían hallar algún modo de
volver a hacer el amor…
Hacía mucho tiempo que Michelle no podía agacharse. Habían tenido que deshacerse de la aspiradora que
tenían, de esas con tubo largo que se arrastra como si fuera un perrito, porque no podía agacharse lo
suficiente para sacarla del armario y volverla a guardar. La vertical que habían comprado en su lugar le iba
mejor, pero solo un poco, porque para acoplar los accesorios tenía que realizar el ingente esfuerzo de
levantar la aspiradora por el mango hasta una silla y realizar el ajuste a la altura de los muslos. Al terminar
tuvo que detenerse un momento con la mano apretada contra el voluminoso pecho, pero en cuanto recobró el
aliento, logró enroscar la boquilla del cepillo y acabar de limpiar la estancia. Luego salió a comprar.

Esta vez no fue al Waitrose, sino al más cercano supermercado Atlanta, situado en West End Green. Puso en
el carrito unos kiwis, una caja de galletas saladas y un paquete grande de cacahuetes tostados, pero cuando,
casi de forma automática, fue a coger una bolsa grande de donuts del estante, su mano quedó suspendida en el
aire y muy despacio dejó la bolsa en su lugar. Lo mismo hizo con el grueso pedazo de queso cheddar y los
cereales azucarados. Estaba respirando hondo para no sucumbir a la tentación de coger una tarta de queso en
la sección de refrigerados cuando oyó una voz a su espalda.

–¿Qué, poniéndote las botas?

Era Jeff Leigh. A Michelle le estaban sucediendo cosas extrañas en ausencia de Matthew. Su mente era un
torbellino de pensamientos que no había albergado desde hacía muchos años y la impulsaba a mirar a la gente
con otros ojos. Por ejemplo, se fijó por primera vez en que Jeff era muy apuesto, razón por la que, a todas
luces, las mujeres lo encontraban atractivo. E igual de evidente era que su encanto era falso y su aspecto,
reflejo de su infinita superficialidad. Cualquier persona razonable y no cegada por un amor que debía de ser
en gran parte deseo físico desconfiaría de él al instante. En lugar de contestar a su pregunta, le preguntó dónde
estaba Fiona.

–En el trabajo, ¿dónde sino?

–Para garantizarte los lujos a los que estás acostumbrado, supongo -replicó Michelle, asombrada ante su
reacción, pues no recordaba haber dicho semejante cosa ni empleado ese tono en toda su vida.

–No deja de asombrarme -comentó Jeff con una sonrisa afable- que las mujeres se pasen la vida exigiendo la
igualdad respecto a los hombres y aun así esperen que los hombres las mantengan, pero nunca al revés. ¿Por
qué será? En una sociedad realmente igualitaria, algunos hombres mantendrían a sus mujeres y algunas
mujeres mantendrían a sus hombres. Como Matthew te mantiene a ti y Fiona me mantiene a mí.

–Todo el mundo debería trabajar.

–Perdona, Michelle, pero ¿cuánto tiempo hace que no pones los pies en un hospital para ganarte el pan?

Cuando Michelle se alejó sin añadir una sola palabra, Jeff lamentó haber dicho eso; qué poca elegancia.
Además, habría sido más gracioso hacer algún otro comentario sobre su obesidad, como que si necesitaba un
empleo podía solicitarlo a Obesos Anónimos. Jeff compró el cartón pequeño de leche que necesitaba para el
café matutino y los bocadillos de salmón ahumado que constituirían su almuerzo, y regresó a casa para pensar
en las horas que le quedaban antes de que Fiona llegara.

Jeffrey Leach llevaba años planificando con toda meticulosidad cada día. Producía en los demás la impresión
de ser una persona despreocupada, pero en realidad era concienzudo, bien organizado y diligente. El
problema residía en que no podía contarle a la gente con cuánto ahínco trabajaba en realidad, pues casi todas
sus actividades eran turbias o directamente ilegales. El día anterior, por ejemplo, había conducido hasta el
supermercado Asda y al llegar a la caja para pagar la compra semanal con la tarjeta de crédito de J. H. Leigh,
pidió a la cajera que le cargara además algo de efectivo. La cansada muchacha, que llevaba tres horas en el
trabajo, le preguntó cuánto quería y Jeff, que había tenido intención de pedir cincuenta, pidió en cambio cien.
Cuando se las dio, Jeff deseó haber pedido doscientas, pero la cajera examinó con gran detenimiento la
tarjeta antes de entregarle el dinero, lo que activó una campanilla de alarma en su mente.

Así pues, al llegar a casa, sacó la tarjeta de la cartera con ademán firme, aunque no sin lamentarlo, y con
ayuda de las tijeras de Fiona la cortó en seis pedazos que tiró a la basura y cubrió con un paquete vacío de
cereales y unas medias rotas de Fiona. Más valía prevenir, aunque la prevención le costara dinero. La tarjeta
le había prestado un excelente servicio, pero había llegado el momento de desprenderse de ella. Conseguiría
otra de algún modo; tal vez incluso Fiona le regalara una. American Express no dejaba de escribir cartas a
sus clientes para informarles de las ventajas que reportaba solicitar tarjetas para sus familiares. Un amante
que vive en tu casa es un familiar, ¿no? Porque Jeff no veía el modo de casarse con Fiona a menos que tuviera
tanta cara como Zillah y cometiera delito de bigamia. Pensaría más en ello cuando se acercara el mes de
agosto.

Jeff utilizaba el móvil lo menos posible y efectuaba casi todas las llamadas desde el teléfono de Fiona.
Levantó el auricular y llamó a su corredor de apuestas para apostar por un caballo llamado Festín y
Hambruna, que corría en Cheltenham. El éxito casi sobrecogedor que tenía en las carreras de caballos se
debía más al instinto y a la casualidad que al conocimiento del deporte ecuestre, y le garantizaba unos bonitos
ingresos semanales. Sin embargo, necesitaba una cantidad mayor de inmediato. Fiona aún no tenía anillo de
compromiso y la clase de chuchería que solía comprar por veinte libras en el mercado de Covent Garden o en
los tenderetes de St. James en Picadilly no serviría para una mujer con tanta clase. Durante un tiempo se había
dedicado a una lucrativa estafa mediante la que ofrecía, a través de un anuncio y previo pago de cinco libras,
un folleto que explicaba cómo hacerse millonario en dos años. Había amasado una pequeña fortuna antes de
que los solicitantes empezaran a escribir cartas furiosas reclamando su folleto. Pero no podía repetir la
experiencia. Solo imaginar la correspondencia que recibiría y la cara de Fiona cuando lo calara…

Zillah tenía razón al deducir que su esposo no la chantajearía. En su descargo cabía decir que nunca se le
había ocurrido la idea de conseguir dinero con amenazas. No, el anillo tendría que proceder de otra fuente.
Por un breve instante pensó en Minty. Qué criatura tan extraña. Era la mujer más limpia con la que se había
acostado en su vida. Aun cuando no hubiera conocido a Fiona y comprendido enseguida que era un filón,
habría tenido que dejar a Minty. ¿Qué hombre podía soportar que toda la cama oliera a jabón de pastilla
después de cada revolcón? Aun así, quizás habría logrado convencerla para que hipotecara la casa antes de
abandonarla. ¿Por qué no había insistido? Porque en el fondo era un tipo decente, se dijo, y hacer que una
prometida pagara el anillo de otra era un gesto demasiado vil incluso para él.

Jeff registró la casa en busca de dinero. A aquellas alturas sabía que nunca había, pero no perdía del todo la
esperanza. Por lo visto, Fiona jamás tenía efectivo. Consecuencia de dedicarse a la banca, suponía Jeff. Todo
el dinero quedaba reducido a papeles, tarjetas y ordenadores. En cierta ocasión, Fiona le había confesado que
soñaba con el día en que el dinero desapareciera y diera paso al pago y cobro mediante sensores de iris y
huellas digitales. Echó un vistazo a una lata de té que había en la cocina y que parecía hecha para contener
dinero, aunque nunca era así, y rebuscó en los bolsillos de los numerosos abrigos de Fiona. Ni siquiera
encontró una moneda de veinte peniques. Sin embargo, de momento le quedaba suficiente para ir tirando, y
cuando Festín y Hambruna ganara la carrera, que sin duda la ganaría, se embolsaría quinientas libras.
Después de tomarse el café y comerse los bocadillos, Jeff volvió a salir. Aun en un día tan soleado sería
demasiado ir a pie hasta Westminster, pero caminó hasta Baker Street antes de tomar el autobús. No le cabía
duda de que la mujer a la que había visto el día anterior, conduciendo el Mercedes y casi estrellándolo contra
la furgoneta, era Zillah. Era la primera vez que estaba seguro de ello. Hasta entonces, solo había entrevisto a
una mujer morena junto a una ventana de Abbey Gardens Mansions que podía o no ser su mujer. La última vez
que la viera en Long Fredington para despedirse de ella (aunque Zillah no lo sabía), llevaba el cabello
peinado en una cola de caballo sujeta con una cinta elástica, vaqueros y sudadera. En cambio, la mujer de
Abbey Gardens parecía una princesa oriental con su peinado voluminoso, las joyas y el escotado corpiño de
satén. El día anterior la había visto por casualidad. No había ido en el BMW de Fiona porque costaba
demasiado aparcar, sino que, al igual que aquel día, había ido a pie y en autobús, y tras esperar durante largo
rato, acabó delante de aquel restaurante pijo y se apoyó contra la pared para intentar decidir qué hacer a
continuación. En ese momento, Zillah había llegado por Millbank en el Mercedes. Por supuesto, había corrido
hacia ella para tratar de averiguar si los niños sentados en el asiento trasero eran sus hijos. Había dos, un
niño pequeño y una niña algo mayor, de eso estaba seguro. Sin embargo, no miraban en dirección a él y
parecían demasiado mayores para ser los suyos. Con una punzada de remordimiento recordó que llevaba seis
meses sin verlos, y que los niños pequeños crecían y cambiaban mucho en seis meses. No podía ser que ese
Jims tuviera un par de niños y fueran ellos los que iban en el Mercedes…, ¿verdad? A veces, los
homosexuales tenían hijos antes de decidir que no les gustaban las mujeres. Tenía que cerciorarse y de aquel
día no pasaba.

Tras apearse del autobús en Charing Cross, se acercó a un quiosco y hojeó un periódico de los que
informaban de las sesiones del Parlamento.

El quiosquero lo vio volver y doblar las páginas.

–Si no se lo lleva no lo toque -refunfuñó.

Pero Jeff ya había encontrado lo que buscaba. Era Jueves Santo y la Cámara de los Comunes se reunía a las
once. Dejó caer el periódico en el suelo y cual personaje salido de un drama Victoriano, declamó:

–Haga el favor de contener esa lengua, joven.

El río centelleaba al sol. Los radios del Ojo de Londres relucían plateados contra el cielo azul. Jeff pasó por
delante de las Casas del Parlamento, cruzó la calle y torció por Great College Road. Por la ventana del
autobús vio que en el Odeón de Marble Arch daban El talento de Mr. Ripley. Tal vez entrara a verla más
tarde; Fiona no era muy aficionada al cine. Jeff empujó el portal modernista de roble y vidrio de Abbey
Gardens Mansions y quedó un poco desconcertado al ver a un portero sentado a una mesa en el vestíbulo de
moqueta roja con estampado de flores.

–Soy el señor Leigh y vengo a ver al señor Melcombe-Smith.

Zillah no reconocería el nombre, pero Jeff esperaba que dejara entrar a un desconocido que iba a ver a Jims.
Sin embargo, el portero no la llamó para avisarle, sino que le señaló el ascensor con un gesto huraño. Jeff
subió y llamó a la puerta del siete. Le abrió la Zillah de siempre, la versión de cabello recogido, rostro sin
maquillar y ropa informal, aunque los vaqueros eran de Calvin Klein y el jersey, de Donna Karan. Al verlo
profirió un grito y se cubrió la boca con la mano.
Las escuelas de los niños habían cerrado para las vacaciones de Pascua, y Eugenie y Jordan habían salido de
paseo con la señora Peacock mientras su madre preparaba el equipaje para el viaje a las Maldivas. El hecho
de que ni ellos ni Jims estuvieran en casa le infundió valor.

–Será mejor que entres -dijo-. Creía que estabas muerto.

–No es verdad, querida. Creías que te estaba diciendo que había muerto, que no es lo mismo. Eres una
bígama.

–Tú también.

Jeff se sentó en el sofá. Él también vivía en un hogar cómodo y elegante, de modo que no sentía necesidad
alguna de comentar el lujo de la casa de Zillah.

–Te equivocas -corrigió-. Nunca me he casado con nadie aparte de ti. Reconozco que me he comprometido en
tres o cuatro ocasiones, pero sin llegar al altar. Recordarás lo que le dijeron a ese anciano de Lyme que
estuvo casado con tres mujeres a la vez. Cuando le preguntaron por qué la tercera, contestó que una es
absurdo y la bigamia es delito.

–Eres despreciable.

–Yo de tí no insultaría a nadie. ¿Cómo os las arregláis Jims y tú con…? Bueno, ya sabes… ¿O es un
matrimonio de conveniencia?

Miró a su alrededor como si esperara que los niños ausentes salieran de repente de un armario o de debajo de
la mesa.

–¿Dónde están mis hijos?

Zillah se ruborizó.

–Me parece que no tienes derecho a preguntarlo. Si dependieran de ti, a estas alturas estarían a cargo del
Estado.

Jeff no podía negarlo y no lo intentó siquiera.

–¿Dónde está el lavabo? – inquirió en cambio.

–Arriba -repuso Zillah, y sin poder resistir la tentación de decir que había dos, añadió-: Uno está en la
habitación que te queda enfrente al subir y el otro está en mi cuarto de baño.

–Jims, Jims, parrampám pims, cola redonda, cola cortada, gracias, de nada, Jims.

Jeff no abrió la puerta indicada, sino la que quedaba a su derecha. Daba a una habitación muy pulcra que
contenía dos camas individuales, dos lamparillas con pantalla de mariposas de colores y poco más. Jeff
asintió con la cabeza. Junto a ella había otra habitación de las mismas dimensiones, pero mucho más austera,
casi como una celda de monje. Sospechaba que la puerta situada al final del pasillo daba a lo que los de las
inmobiliarias llamaban el dormitorio principal. Sobre la cama de matrimonio yacían dos maletas abiertas, sin
lugar a dudas de Louis Vuitton. El bolso de piel de cocodrilo que había junto a ellas también estaba abierto.

Jeff deslizó la mano en su interior, rebuscó a tientas en un bolsillito y sacó una Visa a nombre de Z. H. Leach.
Luego volvió al salón y ofreció a Zillah un caramelo Polo.

–No, gracias, como siempre.

–Veo que estás haciendo las maletas. ¿Te vas a algún sitio bonito?

Zillah se lo dijo y añadió mohína que era su luna de miel. Jeff se echó a reír a mandíbula batiente como si
fuera lo más gracioso que había oído en su vida y al poco calló con igual brusquedad.

–No has contestado a mi pregunta. ¿Dónde están mis hijos?

–De paseo…, con su niñera -inventó.

–Ah, una niñera. A Jims le sobra la pasta, ¿eh? ¿No os los lleváis a las Maldivas?

A Zillah le habría gustado responder que sí, pero la señora Peacock y los niños podían aparecer en cualquier
momento, y ya tenía bastante con las quejas de Eugenie por no poder acompañarlos al viaje.

–Ya te he dicho que es nuestra luna de miel -repitió-. Mi madre vendrá a cuidarlos.

Jeff no se había sentado, sino que paseaba de un lado a otro.

–No me quedaré para verlos; podría ser difícil tanto para ellos como para mí. Pero no me gusta tu actitud, Zil.
Tengo la sensación de que ni tú ni Jims queréis a mis hijos. No los mencionaste a los periodistas, en aquella
revista no salió ni una sola palabra sobre ellos… Oh, sí, claro que leí el artículo, no te quepa ninguna duda…
A Fiona le encantan los niños -añadió después de una pausa.

Aquel comentario casual surtió el efecto deseado.

–¿Quién narices es Fiona?

–Mi prometida -explicó Jeff con una sonrisa maliciosa-. Es ejecutiva de un banco mercantil y tiene una casa
preciosa en Hampstead -prosiguió sin comentar que se encontraba en la zona oeste del barrio.

–Imagino que el BMW es suyo.

–Exacto. Su casa sería un hogar ideal para unos niños. Cuatro dormitorios, jardín, de todo, vaya. Además, yo
me quedaría en casa para cuidarlos mientras Fiona se dedica a ganar el dinero necesario para garantizarles
todos los lujos.

–¿Qué insinúas?

–Francamente, querida, aún no lo sé. No me lo he pensado bien. Pero me lo pensaré, y lo más probable es que
se me ocurra algún plan, como solicitar la custodia, por ejemplo.
–¡No te la concederían por nada del mundo! – gritó Zillah.

–¿Ah, no? ¿Y si el tribunal supiera que eres culpable de bigamia?

Zillah rompió a llorar. Sobre la mesa había un cuaderno de notas en un estuche plateado. Jeff anotó la
dirección de Fiona y se la dio a Zillah, bastante seguro de poder interceptar cualquier carta que llegara a
nombre de Jerry Leach. Acto seguido se fue, silbando Pasa de largo. Al cerrar la puerta la oyó sollozar en el
interior. Por supuesto, no tenía intención de quitarle a los niños, pero la amenaza constituía un arma útil.
Además, no le importaría vengarse de Jims, que a todas luces utilizaba a Eugenie y Jordan como peones en
una partida que jugaba para presentarse como exponente de los valores familiares. ¿Debía comentar el asunto
con Fiona? Tal vez, o al menos una versión revisada.

Pero a todo eso, ¿dónde estaban sus hijos? Quizá la historia de la niñera fuera un cuento. Si Zillah los había
abandonado, ¿dónde los había abandonado? ¿Con su madre? Esa idea no le hacía ni pizca de gracia. Podía
volver a la semana siguiente, cuando Nora Watling estuviera allí, para averiguar la verdad. Si es que la
historia de que iría a cuidar de los niños no era otra mentira.

Iría a almorzar en el Atrium. ¿Lo cargaría a la tarjeta de Zillah? Un poco peligroso, porque cabía la
posibilidad de que Jims y ella fueran clientes asiduos. Jims tenía la impresión de que las tarjetas llevaban
algún tipo de código que revelaba el sexo de la persona que las utilizaba. Decidió probar suerte en un
restaurante italiano de Victoria Street y no tuvo problema alguno. Todo iba bien. Tampoco le costó imitar la
firma de Zillah, porque lo había hecho a menudo en su día. La sesión de las tres y cuarto de El talento de Mr.
Ripley acababa de empezar cuando Jeff entró en el cine. La pequeña sala estaba casi desierta, ocupada tan
solo por él, tres hombres solos y una mujer de mediana edad también sola. Siempre le divertía observar cómo
se sentaba la gente, lo más lejos posible de los demás. Uno de los hombres estaba sentado en el extremo
derecho de una de las primeras filas, mientras que el otro, que parecía muy anciano, se encontraba en el lado
izquierdo de una fila central, y el tercero, en la última. Por su parte, la mujer estaba sentada junto al pasillo,
pero lo más lejos posible del anciano. Por lo visto, los seres humanos no apreciaban mucho a los de su
propia especie. De ser ovejas, por ejemplo, todos ellos se habrían agrupado en el centro. Decidió sentarse
justo detrás de la mujer…, para ser diferente.

Matthew regresó a casa a media tarde. Por supuesto, no había almorzado. De no tener a Michelle para cuidar
de él y engatusarlo, no comería nunca. Sin embargo, tenía buen aspecto, el aspecto de un hombre casi
normalmente delgado. Lo había pasado en grande durante la grabación.

–Me ha encantado -exclamó con el entusiasmo del Matthew con el que se había casado-. La verdad, no me lo
esperaba; tenía unos presentimientos espantosos.

–Deberías habérmelo dicho, cariño.

–Ya lo sé, pero no puedo cargar todos los problemas sobre tus hombros.

–Pues podrías, porque tengo los hombros lo bastante anchos -replicó ella con inusual amargura.

Matthew la miró con expresión preocupada, se sentó junto a ella y le tomó las manos.

–¿Qué te ocurre, amor mío? Sé que te alegras por mí. Este programa puede ser el primero de muchos.
Seríamos más ricos, aunque sé que eso no te importa… ¿Qué te pasa?

Y Michelle se lo contó, incapaz de callar por más tiempo.

–¿Por qué nunca me dices que estoy gorda? ¿Por qué no me dices que soy una bola de grasa, un monstruo?
Mírame. No soy una mujer, soy una montaña de carne. Te he dicho que mis hombros son lo bastante anchos…
Bueno, pues espero que los tuyos también lo sean para escuchar lo que estoy diciendo. Esa es mi carga,
Matthew, mi tamaño, mi enorme, espantoso y repugnante tamaño.

Matthew la miraba, pero no con expresión atónita ni horrorizada. Su pobre rostro flaco y marchito quedó
transformado por la ternura.

–Cariño, amor mío -musitó-. ¿Me creerás si te digo que nunca me he dado cuenta?

–Eso es imposible. Eres un hombre inteligente y perceptivo. Tienes que haberte dado cuenta y además… ¡Oh,
es horrible!

–¿Qué ha pasado para que estés así, Michelle? – quiso saber Matthew.

–No lo sé, soy una tonta. Bueno…, sí que lo sé. Es Jeff, Jeff Leigh. Cada vez que lo veo me suelta alguna
bromita sobre mi obesidad. Esta mañana en el supermercado me ha dicho «¿Qué, poniéndote las botas?». Y el
otro día…, no, cariño, no puedo repetirte lo que dijo.

–¿Quieres que hable con él? ¿Que le diga que ha herido tus sentimientos? No me importa. Ya sabes lo
agresivo que me pongo cuando me enfado.

Michelle denegó con la cabeza.

–No soy una niña, no necesito que papá le diga al hijo del vecino que me deje en paz. – Una leve sonrisa
iluminó su rostro-. Nunca creí que llegaría a decir algo así sobre nadie, pero… le odio, de verdad que le
odio. Sé que no lo merece, pero no puedo evitarlo… Y ahora, cuéntame cómo te ha ido en la televisión.

Matthew se lo contó y Michelle fingió escuchar, emitiendo sonidos alentadores de vez en cuando, pero en
realidad pensaba en lo mucho que detestaba a Jeff Leigh, en lo segura que estaba de que era un estafador de
poca monta, preguntándose si reuniría el valor suficiente para advertírselo a Fiona. Como si fuera su madre.
¿Alguna vez la gente escuchaba esa clase de consejos? No lo sabía, pero en cualquier caso, ella no era la
madre de Fiona, ahí residía la diferencia.

Después de preparar la comida para Matthew, consistente en una taza de té sin leche, una galleta salada, dos
rodajas de kiwi y doce cacahuetes tostados, subió la escalera, asiéndose a la barandilla con ambas manos y
deteniéndose al llegar arriba para recobrar el aliento, y entró en el baño. La báscula era para Matthew; ella
nunca se había pesado. Qué contentos se habían puesto los dos la semana anterior cuando Matthew se pesó y
comprobó que la aguja avanzaba hasta los cuarenta y cinco kilos en lugar de no llegar a los cuarenta como era
habitual en él. Michelle se quitó los zapatos y se miró las piernas y los pies. Tenía las piernas muy bonitas,
tan bien torneadas como las de las modelos, aunque no tan largas. Respiró hondo y se subió a la báscula.

En el primer momento no miró. Pero tenía que mirar, de eso se trataba. Muy despacio bajó los ojos cerrados
y se obligó a abrirlos. Exhaló el aire en un largo suspiro y desvió la mirada del resultado expresado tanto en
kilos como en libras. Pesaba tres veces más que Matthew.

¿Qué la había impulsado a hacer lo que acababa de hacer? Jeff Leigh. La idea le arrancó una sonrisa. Era
absurdo pensar que una persona a la que odias pueda hacerte algún bien. Porque, en efecto, le había hecho
mucho bien. Volvió a calzarse, bajó a la cocina, cogió la merienda que se había preparado, consistente en un
panecillo grande (a falta de rosquillas) con mermelada de fresa, dos galletas y una porción de tarta de frutas,
y la tiró a la basura.

Capítulo 12

Lo horrible era que empezaba a desear a Jims. A desearlo de verdad, un sentimiento muy distinto del que
experimentaba hacia él cuando eran adolescentes. Por aquel entonces no era más que una especie de prurito
combinado por el resentimiento de que Jims fuera el único chico al que conocía que no se sentía atraído por
ella, razón más que suficiente para intentar seducirlo. Pero las cosas habían cambiado.

Paradójicamente, cuantas más ganas tenía de acostarse con él, peor le caía como persona. Cuando tan solo se
veían una vez cada varias semanas para tomar una copa y hablar de los viejos tiempos, Zillah habría afirmado
que Jims era su mejor amigo. Sin embargo, compartir casa con él era harina de otro costal. En la vida
cotidiana saltaba a la vista su displicencia, su egoísmo y, cuando no había nadie más presente, su absoluta
indiferencia hacia Zillah. Cuando tenían visitas, de uno de sus colegas parlamentarios, por ejemplo, era todo
atenciones, la tomaba de la mano, la miraba a los ojos, la llamaba cariño y se detenía al pasar junto a su silla
para besarla en la nuca. Por el contrario, cuando estaban a solas apenas le dirigía la palabra. Pero su
frialdad, junto con su físico, su gracia felina, su apostura morena y aquellos grandes ojos oscuros de pestañas
negras y largas como las de una muchacha no hacían más que acentuar su atractivo. Cada día le parecía
desearlo más.

En las Maldivas, la situación empeoró. Compartían una suite con dos dormitorios y dos baños, pero Jims casi
nunca estaba, pues pasaba las noches en la suite 2004 con Leonardo. Como precaución, a veces volvía a las
ocho de la mañana para así estar sentado frente a ella a la mesa de vidrio instalada en el balcón, ambos aún
en albornoz, cuando el camarero les llevaba el desayuno a las nueve.

–No sé por qué te molestas -comentó una vez Zillah.

–Porque nunca se sabe quién puede estar alojado en el hotel. ¿Cómo puedes estar segura de que la pelirroja a
la que vimos ayer en la playa no es periodista? ¿O de que esa pareja de aspecto tan juvenil, la chica en
topless y su novio, no son de la tele? Imposible saberlo a ciencia cierta, así que hay que andar con cuidado.

Casi todas las mujeres no cabrían en sí de gozo al oír hablar a sus maridos de una joven en topless sin
siquiera un destello de lujuria en la mirada ni el más ligero cambio en el tono de voz, se dijo Zillah. Por las
mañanas, Jims se tendía en una tumbona sobre la arena plateada y Leonardo en otra junto a él. Pero Zillah los
acompañaba tendida en la tercera. Cuando protestó y dijo que preferiría ir a la piscina o visitar el pueblo,
Jims le recordó la razón por la que se había casado con ella…, y por la que había puesto a su disposición dos
casas, una cuenta de gastos casi ilimitada, un coche nuevo, ropa y seguridad. Asimismo, añadió, se había
convertido en un padre para sus hijos. Zillah empezaba a comprender que en lugar de marido, más bien tenía
un empleo, y que a cambio de todos aquellos bienes materiales había perdido la libertad.

Leonardo, un prometedor ejecutivo de veintisiete años, trabajaba en una agencia bursátil de la City.
Procedente de una familia cuya rama paterna era conservadora activista e incondicional desde hacía ciento
cincuenta años, la política lo apasionaba tanto como a Jims, y ambos se pasaban el día hablando de la historia
del Partido Conservador, de procedimientos de la Cámara de los Comunes y de personalidades varias,
además de intercambiar anécdotas sobre Margaret Thatcher y Alan Clark. Leonardo estaba entusiasmado con
la autobiografía de John Major y no paraba de leerle a Jims pasajes del libro en voz alta. Zillah pensó con
amargura que sus conversaciones bien poco se parecían a la idea que los líderes del partido a los que había
conocido albergaban acerca de los diálogos típicos entre homosexuales.

Zillah estaba preocupada también por otro asunto. En cuanto a su tan cacareado papel de padre de Eugenie y
Jordan, su afirmación de que le encantaban los niños era un bulo. De hecho, apenas les había dirigido la
palabra desde que regresaran de Bournemouth. Cuando se lo mencionó, su marido contestó que suponía que
Eugenie ingresaría en algún internado al cabo de unos meses, momento en el que contrataría a una niñera fija
para Jordan y haría transformar el cuarto dormitorio en habitación infantil. Zillah no le había hablado de
Jerry. ¿Cómo iba a mencionarlo? Se suponía que nunca habían estado casados y que no tenía derecho alguno
sobre los niños. ¿Y si Jerry intentaba arrebatárselos? ¿Y si volvía a amenazarla con denunciarla por haberse
casado con un hombre sin haberse divorciado del anterior? ¡Qué injusticia! La había engañado por completo
al enviarle la carta de la compañía ferroviaria.

Para colmo de todos los males, ahora había sucumbido a los encantos de Jims. La noche anterior, en el
restaurante, Jims le había rodeado la cintura con el brazo para guardar las apariencias ante los demás
comensales mientras esperaban a que los acompañaran a su mesa, y una vez allí, tras retirar la silla para que
ella se sentara, la besó con delicadeza en los labios. Zillah oyó a una anciana sentada a una mesa cercana
susurrar a su acompañante que daba gusto ver a una pareja tan enamorada. El beso estuvo a punto de acabar
con Zillah. Deseó poder correr a su habitación y darse una ducha fría, pero en cambio tuvo que permanecer
sentada mientras Jims la miraba a los ojos con su mano entre las suyas. Leonardo siempre cenaba en su suite
mientras veía películas pornográficas, sospechaba Zillah…, o quizá solo vídeos de elecciones internas del
Partido Conservador.

Aún no había salido publicado el número del Daily Telegraph Magazine que contenía su entrevista, a menos
que hubiera aparecido el Domingo de Pascua. La madre de Zillah tenía instrucciones expresas de estar alerta
por si salía y guardarlo hasta su regreso. El día anterior a su partida, Zillah había escrito a Jerry a la
dirección de Hampstead que le había dado, aunque en realidad no era Hampstead propiamente dicho, sino la
zona occidental del barrio, detalle que le proporcionó cierta satisfacción malévola.

No estaba acostumbrada a escribir cartas; no recordaba cuándo había escrito la última, probablemente a los
doce años, para agradecer a su madrina que le hubiera enviado un billete de cinco libras. La primera tentativa
le pareció muy amenazadora al releerla, de modo que volvió a empezar. En la segunda carta se ponía por
completo en manos de Jerry, suplicándole que no la denunciara, recordándole todo por lo que había pasado,
que él la había abandonado a su suerte. Sin embargo, tampoco podía enviarle semejante perorata. Rompió la
carta en pedazos y por fin se limitó a escribir que Jerry la había asustado, que ella nunca había tenido
intención de mantener a los niños alejados de su padre, que le concedería derechos de visita y lo que quisiera
con tal de que no le contara a nadie lo que Zillah había hecho. Sin llegar a escribir el término «bígama» por si
la carta caía en manos equivocadas, le pidió que no volviera a emplear «aquella palabra», pues era cruel e
injusta. Por fin echó la carta al buzón.
El problema de las Maldivas residía en que, pese a ser un lugar paradisíaco, solo era apropiado para la gente
que pretendía vivir una apasionante aventura romántica y sexual, dedicándose a hacer el amor a todas horas,
como era el caso de Jims y Leonardo, pero para el resto de los mortales era una pesadez. Zillah se dedicó a
leer las novelas de bolsillo que había comprado en el aeropuerto, se hizo un masaje y fue a la peluquería tres
veces, y puesto que Jims, en su papel de marido amantísimo, le sacó algunas fotos, también ella le sacó
fotografías a él, y en algunas de ellas también salía Leonardo. Con todo, fue un alivio volver a casa el
domingo.

Los periódicos que les ofrecieron en pleno vuelo eran del día anterior, voluminosas ediciones del sábado con
varios suplementos. Zillah cogió el Mail, mientras que Jims se decantó por el Telegraph. Zillah estaba
leyendo un interesante artículo sobre uñas postizas cuando una exclamación ahogada de Jims la hizo volverse
hacia él. Se había puesto pálido, un color que lo hacía mucho menos atractivo.

–¿Qué pasa?

–Lee tú misma.

Arrugó el periódico, le arrojó la revista, se levantó y recorrió el pasillo hasta la última fila, donde estaba
sentado Leonardo.

El artículo sobre Zillah llenaba casi tres páginas enteras de texto salpicado de numerosas fotografías. En el
primer momento se concentró en las imágenes; eran preciosas. Desde luego, el Telegraph le había hecho
justicia. ¿Por qué se ponía Jims como un energúmeno? En la foto grande se parecía a Catherine Zeta-Jones,
sin duda. Zillah había contemplado la posibilidad de hacerse implantes de silicona en los pechos, pues
consideraba que andaba un poco escasa de delantera, pero aquella fotografía se las arreglaba para mostrar
una turgencia considerable.

El titular no la presentaba de un modo halagüeño precisamente: LA GITANA ATOLONDRADA, decía, y


debajo: «Una nueva raza de esposa conservadora». Procedió a leer el artículo, y cada vez más consternada,
empezó a sudar copiosamente en el rostro y el cuello.

Gitana, atolondrada, agitadora y reencarnación de Carmen, Zillah Melcombe-Smith pertenece a la nueva clase
de esposas trofeo a las que los políticos son cada vez más aficionados. A sus veintiocho años, posee un físico
de modelo, habla como una adolescente y padece, por lo visto, distintas neurosis. Su belleza morena y sus
ojos fieros avalan su aseveración de que por sus venas corre sangre gitana, y lo mismo puede decirse de sus
incendiarias declaraciones. Llevábamos menos de diez minutos en su piso de Westminster (situado
apropiadamente cerca de las Casas del Parlamento) cuando nos amenazó con demandarnos por difamación.
¿Y por qué? Pues porque habíamos osado cuestionar sus asombrosas tendencias izquierdistas, por no
mencionar su doble moral. Zillah discrepa por completo de la opinión tory sobre la homosexualidad, según la
cual esta no es igual a la heterosexualidad y sí cuestión de elección, pero por otro lado calificar a alguien de
homosexual le parece un insulto por el que está dispuesta a batirse en duelo.

Resulta extraño si recordamos [proseguía Natalie Reckman] que el esposo de Zillah, «Jims» Melcombe-
Smith, fue hace poco objeto de múltiples especulaciones acerca de su orientación sexual, especulaciones que,
por supuesto, han demostrado ser falsas gracias a su boda con la hermosa Zillah. Pero si bien el pasado de
Jims ya no constituye misterio alguno, no puede decirse lo mismo del de su esposa. Por lo visto, la flamante
señora Melcombe-Smith vivió los primeros veintisiete años de su vida en total reclusión y aislamiento en un
pueblecito de Dorset, una existencia que, a juzgar por sus palabras, era como vivir entre los muros de un
convento. ¿Sin empleo? ¿Sin formación alguna? ¿Sin antiguos novios? Al parecer, sí. Sin embargo, por
curioso que parezca, Zillah olvidó mencionar algunas interrupciones en su vida monástica, como su ex marido
Jeffrey y los dos hijos de ambos, Eugenie, de siete años, y Jordan, de tres. Cierto es que no había ningún niño
en la casa cuando la visitamos un soleado día de primavera. ¿Dónde los tiene escondidos? ¿O acaso su padre
tiene la custodia? De ser así, se trataría de una decisión judicial de lo más excepcional, porque la custodia
solo se concede al padre cuando la madre demuestra ser totalmente incapaz de cuidar de sus retoños, lo cual
no es, a todas luces, el caso de la guapa y briosa Zillah.

Zillah leyó el artículo hasta el final, presa de las náuseas. Natalie Reckman dedicaba dos largos párrafos a la
descripción de su atuendo y sus joyas, insinuando que Jims sin duda debería poder permitirse regalarle
piedras preciosas auténticas ya que tenía que enjoyarse durante el día, y no la clase de bisutería que podía
comprarse en el zoco de Aqaba. Todo el mundo llevaba pantalones con zapatos de tacón, pero no tacones de
aguja con mallas. Reckman se las arreglaba a las mil maravillas para insultar a la entrevistada con palabras
hirientes en grado sumo seguidas de los cumplidos más dulces. Por ejemplo, comentaba que el atuendo de
Zillah era más adecuado para las noches salvajes de los alrededores de la estación de King's Cross, pero
añadía que ni siquiera sus ropas de prostituta conseguían estropear su hermoso rostro, su figura envidiable y
su espesa melena negro azabache.

Zillah arrojó la revista al suelo y prorrumpió en sollozos dignos de su hijo Jordan. La azafata se le acercó y
le preguntó si podía ayudarla en algo. ¿Quería un vaso de agua? ¿Una aspirina? Zillah le pidió una copa de
brandy.

Mientras esperaba a que se lo sirviera, Jims volvió con expresión furiosa.

–Menudo lío has armado.

–No era mi intención; lo hice lo mejor que supe.

–Pues en ese caso, no quiero ni pensar qué pasará el día que no te esfuerces tanto.

El brandy la hizo sentir algo mejor. Jims permaneció sentado junto a ella, tomando agua con gas.

–Te ha hecho quedar como una idiota -prosiguió-, y por extensión, puesto que eres mi mujer, también a mí.
¿Cómo narices se te ocurrió amenazar con demandarla por difamación? ¿Quién te crees que eres? ¿Mohamed
Fayed o Jeffrey Archer? ¿Cómo se enteró de tu…, del nombre de Jerry?

–No lo sé, Jims, yo no se lo dije.

–Seguro que sí. ¿Y cómo sabía los nombres de los niños?

–Te juro que yo no le dije nada.

–¿Qué le voy a decir al jefe de asuntos disciplinarios?

Jeff Leigh, alias Jock Lewis, en tiempos Jeffrey Leach, leyó el artículo del Telegraph Magazine por
casualidad, porque alguien se dejó la revista en el autobús que tomó tras su visita de reconocimiento a
Westminster. De hecho, solo abrió la publicación porque una línea escrita en letras blancas en la portada
decía que el interior contenía un artículo escrito por su ex prometida. «Natalie Reckman entrevista a una
Carmen moderna.» Aún sentía cierta debilidad por Natalie. Lo había mantenido sin quejas ni resentimientos
durante casi un año, se prometió a él sin esperar un anillo siquiera y se separó de él sin amargura.

Natalie se había ensañado con Zillah y bien que esta se lo tenía merecido. ¿Por qué mantenía en secreto la
existencia de los niños? La semana anterior había vuelto dos veces a Abbey Gardens Mansions, pero no había
nadie. La segunda vez, el portero le dijo que el señor y la señora Melcombe-Smith habían salido de viaje,
pero que no sabía dónde estaban los niños. Jeff intentó sonsacarle más información, pero el hombre debió de
sospechar algo, porque ni siquiera reveló si en el número siete vivían o no dos niños. ¿Tendría razón Natalie
al decir que Zillah se había librado de ellos? Pero en la carta histérica que le había enviado y que Jeff había
logrado interceptar a duras penas antes de que llegara Fiona, le decía que podía ver a los niños cuando
quisiera. Por supuesto, la solución definitiva pasaba por escribir a Jims y contarle que el marido de Zillah
estaba vivito, coleando y aún casado con ella. O incluso escribir al viejo cuervo de Nora Watling. Sin
embargo, era reacio a hacerlo; sabía que Jims lo detestaba, un sentimiento mutuo, por cierto, y la madre de
Zillah compartía aquella antipatía. Cabía la posibilidad de que hicieran caso omiso de sus cartas, y en
cualquier caso, si les prestaban atención y todo salía a la luz, lo más probable era que Fiona se enterara.

A pesar de todos sus planes de boda, de estar organizando la ceremonia y el banquete, sin dejar de parlotear
encantado sobre el gran acontecimiento, Jeff esperaba no tener que casarse con Fiona mientras siguiera
casado con Zillah. Se propuso vagamente aplazar las nupcias, hallar una razón para posponerlas hasta el año
siguiente. Si bien quería cerciorarse de que sus hijos estaban a salvo y, ya puestos, eran felices, no le hacía
demasiada gracia la idea de que fueran a vivir con él; eso sería una exageración. Si denunciaba a Zillah por
bígama y Jims la abandonaba, lo que sin duda haría, las fuerzas vivas, es decir, la policía, los servicios
sociales, los tribunales o quien fuera, podían quitarle a los niños. En tal caso, lo más lógico era que fueran a
parar a casa de su padre, sobre todo con una madrastra clueca muriéndose de ganas de acogerlos en su seno.

Jeff recordó la ridícula promesa que había hecho a Fiona impulsado por el chardonnay, que sería el amo de
casa perfecto y se quedaría en casa para ocuparse del bebé. Eso podía significar ocuparse también de
Eugenie y Jordan. Cerró los ojos un instante e imaginó su vida, yendo de compras a West End Lane, con un
bebé en el cochecito y Jordan cogido de la mano, corriendo para llegar a tiempo a la escuela de Eugenie. El
llanto constante de Jordan. Los discursos aleccionadores de Eugenie y su actitud desaprobadora ante casi
todo. Preparar la merienda. No salir nunca por la noche. Cambiar pañales… No, ni hablar de hacerse cargo
de los niños. Tendría que idear una excusa para seguir viviendo con Fiona sin casarse con ella. ¿Era
demasiado tarde para alegar que era católico y por tanto no podía divorciarse? Pero Fiona creía que ya
estaba divorciado…

Bajó del autobús y caminó despacio por Holmdale Road. En los seis años que llevaba buscando a una mujer
joven, rica, propietaria de una casa, que trabajara fuera de casa todo el día, guapa, sexy y cariñosa, y
estuviera dispuesta a mantenerlo sin rechistar, Jeff nunca se había topado con nadie que reuniera todos los
requisitos de forma tan satisfactoria como Fiona. A veces, sobre todo después de un par de copas, incluso
albergaba sentimientos amorosos hacia ella. ¿Cómo se las arreglaría para conseguir que siguiera enamorada
de él al tiempo que obtenía el permiso para visitar a los niños y evitaba casarse con ella?

Entró en la casa y encontró a Fiona mirando el programa de Matthew Jarvey por televisión. La besó con
afecto y le preguntó por sus padres, a los que Fiona había visitado mientras él estaba fuera. En la pantalla,
Matthew, con aspecto de víctima de la hambruna, entrevistaba con delicadeza a una mujer de Weight
Watchers que había perdido ocho kilos en dos meses.
–Ese tipo debe de estar loco -espetó Jeff-. ¿Por qué no se deja de historias y come?

–Cariño, espero que no te trastorne, pero ¿sabías que el Telegraph Magazine trae un artículo sobre tu ex
mujer?

–¿Ah, sí?

Eso resolvería el dilema de si debía o no contárselo.

–Mamá me lo guardó. Le pareció de lo más desagradable. ¿Qué clase de gente escribe semejante basura?
¿Cómo se puede ser tan zorra?

Por alguna extraña razón, aquel inocente ataque contra Natalie Reckman enojó a Jeff, aunque no lo manifestó.

–¿Lo has traído, cariño?

–No dejes que te trastorne.

Fiona le alargó la revista y volvió a concentrarse en la pantalla, donde Matthew charlaba con un hombre que
no conseguía engordar por mucho que comiera. Al releer el artículo, los detalles sobre la ropa y la bisutería
barata de Zillah le devolvieron el buen humor y le dieron ganas de reír, pero adoptó una expresión sombría.

–Reconozco que estoy preocupado por mis hijos -señaló con sinceridad cuando el programa terminó y Fiona
apagó el televisor.

–Tal vez te convenga consultar a un abogado. La mía es muy buena…, y joven, además. Está muy bien situada
y se gana muy bien la vida.

Por un breve instante, Jeff contempló la posibilidad de ponerse en contacto con ella, pero no porque tuviera
intención de recurrir a la ley, ya que nada resultaría más peligroso que eso, sino porque le gustaba el cuadro
que Fiona había pintado de su amiga, una joven rica y poderosa. ¿Sería guapa? ¿Más rica que Fiona? No
podía preguntárselo, claro.

–Será mejor que lo dejemos correr -repuso a regañadientes-, al menos de momento. Primero concertaré un
encuentro con Zillah. ¿Qué te apetece hacer esta noche?

–Pues había pensado pasar una velada tranquila en casa -murmuró Fiona al tiempo que se deslizaba por el
sofá hacia él.

Zillah también pasó una velada tranquila en casa, porque después de dejar las maletas en su dormitorio, Jims
salió para pasar la noche en casa de Leonardo. Una nota junto al teléfono la informaba de que su madre se
había llevado a los niños a Bournemouth, porque el padre de Zillah había sufrido un ataque al corazón y
estaba ingresado en un hospital local. Zillah marcó el número de sus padres y, nada más contestar, Nora
Watling le lanzó una sarta de improperios. ¿Cómo se atrevía a marcharse sin dejar siquiera el número de
teléfono del hotel donde ella y Jims se alojaban? ¿Y cómo se atrevía a no llamar una sola vez desde las
Maldivas? ¿Acaso le importaban un rábano sus hijos?
–¿Cómo está papá? – preguntó por fin Zillah con un hilo de voz.

–Mejor. Ya está en casa, pero si de ti dependiera, bien podría haberse muerto. Por cierto, ya que estamos, te
diré que en mi vida había leído algo tan repugnante como ese artículo del Telegraph. No lo he guardado, que
lo sepas, lo he quemado. ¡Esa mujer te llama prostituta! ¡Gitana, bah! Pero si sabes muy bien que tu padre y
yo procedemos de sólidas y antiguas familias del West Country. ¡Y esa foto! Tanto habría dado que fueras en
topless. ¡Y mira que llamar pervertido al pobre James!

Zillah mantuvo el auricular a una distancia prudente de su oído hasta que cesó la perorata.

–Supongo que no te apetece traer a los niños.

–Debería darte vergüenza preguntarlo siquiera. Cuidar de tu padre me tiene agotada y, además, no sé qué
hacer con el llanto de Jordan. No es normal que un niño de tres años llore por cualquier minucia. Tendrás que
venirlos a buscar tú mañana mismo. ¿Para qué tienes coche sino? Te diré una cosa, Sarah… No sabía la
suerte que tenía todo el tiempo en que apenas diste señales de vida. Desde que te mudaste a Londres no he
tenido un solo momento de paz.

En la diminuta pero elegantísima casa que Leonardo poseía en Glebe Terrace, él y Jims estaban sentados en
la enorme cama que ocupaba casi todo el dormitorio, escuchando The Westminster Hour por la radio. Habían
saboreado en la cama una cena a base de salmón marinado, codornices con huevos de codorniz, biscotti y una
botella de Pinot Grigio, luego habían hecho el amor con gran despliegue de inventiva y en esos momentos se
estaban relajando con su pasatiempo predilecto, después de que Leonardo tranquilizara a Jims respecto al
artículo del Telegraph. A fin de cuentas, no decía nada ofensivo sobre él, sino que era Zillah la que se
llevaba la peor parte.

Fiona y Jeff habían pasado la velada de un modo muy similar. Habían hecho el amor de forma igualmente
imaginativa y satisfactoria, aunque su cena había consistido en papaya, pollo frío y helado, todo ello regado
con una botella de chardonnay chileno. Fiona estaba dormida y Jeff releía una vez más el artículo de Natalie
Reckman. Al cabo de un rato se levantó y bajó con sigilo para coger la agenda que guardaba en un bolsillo
interior de la cazadora de cuero negro. Fiona, como no había vacilado en decirle, era demasiado honrada
para andar husmeando en bolsillos ajenos.

Ahí estaba: Reckman, Natalie, 128 Lynette Road, Islington, Ni. Cabía la posibilidad de que se hubiera
mudado, pero merecía la pena intentarlo. ¿Por qué no llamarla para recordar viejos tiempos?

Capítulo 13

Transcurrió casi un mes hasta que Minty tuvo ocasión de ver las fotografías de la boda de Josephine, y tenía
que pagar si quería un juego propio. No podía malgastar el dinero en cosas así, pero las examinó con
detenimiento en busca de algún rastro de la presencia de Jock antes de devolverlas. La tía tenía un libro con
increíbles fotos de espíritus sacadas en sesiones de espiritismo. En ocasiones, los espectros ofrecían un
aspecto tan sólido como Jock y otras veces eran tan transparentes que se veían los muebles a través de ellos.
Sin embargo, las fotografías de Josephine no mostraban nada parecido, tan solo a un montón de borrachos
sonriendo, gritando y abrazándose.

Durante una semana, mientras Ken y Josephine pasaban la luna de miel en Ibiza con cierto retraso, Minty
estuvo al frente de Immacue. No le hizo ninguna gracia el encargo, pero no le quedaba otro remedio. Una vez,
cuando estaba planchando en la trastienda, oyó una voz de hombre, o mejor dicho, una tos de hombre
procedente de la parte delantera y creyó que se trataba de Jock, pero era Laf, que exhibía una expresión
compungida en el rostro.

Ataviado con su uniforme, era una figura imponente de metro ochenta y cinco de estatura y, en la exagerada
opinión de Minty, otro metro ochenta y cinco de cintura.

–Hola, Minty, cariño. ¿Cómo estás?

Minty repuso que estaba bastante bien, gracias, y que Josephine volvería al día siguiente.

–No he venido a hablar con Josephine, sino contigo. Para serte sincero, no puedo ir a verte a casa estando
Sonovia como está. Cuando se lo propone tiene la lengua viperina, ya lo sabes. Pero he pensado que…,
bueno, Sonny y yo vamos a ver Las normas de la casa de la sidra esta noche, y bueno…, he pensado que a lo
mejor te apetece acompañarnos. No, no digas nada todavía. He pensado que podríamos encontrarnos en el
cine como por casualidad y saludarnos y entonces Sonn, bueno…, no se atrevería a armar un escándalo en un
lugar público…

Minty denegó con la cabeza.

–No me haría ni caso.

–No es verdad, cariño. Créeme, la conozco, y sé que sería la forma de arreglar las cosas entre vosotras.
Quiero decir que es una situación insostenible esto de no poder ni pasar por tu casa a dejarte los periódicos
ni nada. Creo que si vinieras, ella se disculparía y entonces tú también podrías disculparte y todo se
arreglaría.

–No tengo nada por lo que disculparme. Sonovia debería alegrarse de que le lavara el traje. Todavía lo
tengo, ¿sabes? Y lo he vuelto a limpiar después de llevarlo. Si lo quiere, puede venir a buscarlo.

Laf intentó convencerla de que fuera al cine, pero Minty declinó el ofrecimiento. Últimamente iba al cine sola
y le gustaba porque estaba más tranquila y nadie le susurraba cosas al oído. Puesto que no tenía nada contra
Laf, no mencionó el tema de las palomitas. Finalmente, el hombre se fue sacudiendo la cabeza y asegurando
que seguiría intentándolo, que cerraría la brecha que se había abierto entre ellos aunque fuera lo último que
hiciera.

De todos modos, Minty no quería ver la película, porque no le gustaba el título. Una vez, Jock la había
invitado a media pinta de sidra y estaba tan agria que no se la pudo tomar. Jock… Lo había visto varias veces
desde la boda, por lo que sabía que de nada servía clavarle cuchillos. Volvió a aparecer en el cementerio
mientras Minty colocaba tulipanes sobre la tumba de la tía, la llamó Polo y le dijo que prefería los narcisos
porque despedían una fragancia exquisita. Durante todo aquel día, aunque Minty no volvió a verlo, le estuvo
susurrando «Polo, Polo» al oído. La siguiente vez lo vio en su casa, de nuevo en aquella silla. Al entrar ella,
se levantó, se subió la camisa y le mostró el cardenal que el cuchillo le había dejado en el muslo, una mancha
violácea. Minty salió de la estancia y le cerró la puerta en las narices, aunque sabía que las puertas cerradas
no lo contendrían. Sin embargo, cuando entró de nuevo en el salón, Jock se había esfumado. Pasó largo rato
recorriendo todas las habitaciones de la casa, tocando con manos temblorosas las maderas de distintos
colores, pero no había suficientes colores para tranquilizarla.

Ocasionarle un simple cardenal no bastaba. El cuchillo que había elegido era demasiado pequeño y romo.
Necesitaba uno de los grandes cuchillos de trinchar de la tía. Como sargento de policía, Lafcadio Wilson
tenía que ser observador, y al entrar en Immacue para razonar con Minty, se fijó en que llevaba algo parecido
a una barra o un garrote de madera a la cintura. El objeto quedaba casi del todo oculto por la holgada prenda
que llevaba, y no fue hasta que se alejó de él y giró el cuerpo para darle la espalda cuando vio el extremo
asomar bajo el dobladillo de su sudadera. No le dio más importancia; Minty era una persona excéntrica, todo
el mundo lo sabía. En ningún momento sospechó la verdad, que lo que había entrevisto era un cuchillo de
treinta y cinco centímetros de longitud, punta afilada y mango de hueso.

Minty lo había afilado sobre la anticuada piedra de afilar de la tía, sorprendida ante los excelentes resultados
obtenidos. Con solo apoyar la punta contra la piel de su antebrazo, la sangre brotó en varios regueros.
Envolvió el cuchillo en una de las servilletas de hilo de la tía, sujetó el paquete con cintas elásticas y lo fijó
con más cintas a la riñonera. Si se ponía camisetas y jerséis muy holgados, no se notaría nada.

A menudo escuchaba su voz, pero nunca decía más que «Polo, Polo», a diferencia de la de la tía, que se había
unido a la del fantasma. Durante todo el tiempo que había pasado rezando junto a la tumba de la tía, nunca
había obtenido respuesta, y tampoco la obtuvo entonces. Tenía la sensación de que la tía le hablaba cuando
llevaba varios días sin acudir al cementerio, como si se quejara de su negligencia. La primera vez que oyó su
voz se asustó, pues la escuchó con total claridad. Pero nunca había tenido miedo de ella en vida y acabó por
acostumbrarse a aquella nueva visitante invisible de ultratumba. De hecho, le habría gustado verla como veía
a Jock. Sin embargo, nunca aparecía, solo hablaba. Hablaba de lo mismo que en vida, de sus hermanas Edna y
Kathleen, de su amiga Agnes, que le había llevado a la pequeña Minty para que cuidara de ella durante una
hora y nunca había vuelto, de la papilla de ciruela, del duque de Windsor y de que Sonovia no era la única
persona del mundo que tenía un hijo médico y una hija abogada.

Un día, mientras Minty tomaba un baño y se lavaba la cabeza, la voz de la tía le llegó a los oídos con especial
claridad y un contenido distinto.

–Ese Jock es malvado, querida Minty, realmente malvado. Está muerto, pero no puede venir a donde estoy yo
porque es un secuaz de Satanás. Si yo estuviera en la Tierra, acabaría con él, pero no puedo hacer nada desde
este lugar sagrado. Te digo que tu misión es aniquilarlo. Has sido llamada a acabar con él para que regrese al
infierno, adonde pertenece.

Minty nunca contestaba a la tía porque de algún modo sabía que podía hablar, pero no oír. Había estado sorda
como una tapia durante un par de años antes de morir. La voz siguió insistiendo en su mensaje durante toda la
velada. Desde el salón, Minty vio a Laf y Sonovia salir en dirección al cine. En aquella época del año aún
hacía sol a esa hora de la tarde. Pero en su casa siempre reinaba la penumbra, tal vez porque tanto la tía como
ella tenían la costumbre de descorrer las cortinas solo a medias. Para encontrarse en pleno Londres y en un
barrio bastante conflictivo en algunas zonas, la calle era muy tranquila. El señor Kroot vivía en completo
silencio y los Wilson no eran demasiado aficionados a la televisión ni a las carcajadas estruendosas. En
aquella calma, Minty oía la voz de la tía, ordenándole una vez más que acabara con Jock y librara al mundo
de su espíritu maligno.

Al día siguiente se puso una camiseta más ceñida y corta, de modo que el cuchillo sobresalía muy visible.
Ensayó otras formas de llevarlo y por fin descubrió que la mejor manera era ponérselo bajo los pantalones, a
lo largo del muslo derecho, sujeto con un cinturón.

A la mañana siguiente, Jims soltó un auténtico sermón a Zillah. Iba vestido como Zillah no lo había visto
desde hacía diez días, o tal vez nunca lo había visto tan elegante y sofisticado. Llevaba un traje color carbón
de corte impecable por el que había pagado dos mil libras en Savile Row, una camisa de color blanco
nuclear y una corbata de seda color pizarra a rayas verticales color azafrán. Zillah pertenecía a la escuela de
pensamiento convencida de que los hombres nunca están más atractivos que vestidos con traje oscuro, y se
deprimió. No había dormido bien y necesitaba lavarse el pelo con urgencia.

–Tengo algo que decirte. Siéntate y escucha, por favor. Soy consciente de que las recriminaciones no sirven
de nada. Lo hecho, hecho está. Lo que me preocupa es el futuro -observó con su deje de escuela de pago-. No
quiero que hables con ningún periodista más, Zillah. ¿Me has entendido bien? Con ninguno, sin excepción.
Francamente, no tenía idea cuando iniciaste tu campaña con la prensa de que te mostrarías tan impetuosa y
temeraria. Esperaba que te comportaras con más discreción, pero en fin, he dicho que no te recriminaré nada,
de modo que corramos un tupido velo. Lo que te pido que recuerdes es que no debes establecer contacto
alguno con los medios de comunicación, ¿de acuerdo?

Zillah asintió con un gesto. Estaba pensando en el muchacho encantador de su adolescencia, aquel compañero
dulce y divertido, y en el hombre bondadoso que la visitaba en la soledad de Long Fredington, siempre unido
a ella en una suerte de conspiración alegre e íntima, Zillah y Jims contra el mundo entero. ¿Qué había sido de
él? El corazón le dio un vuelco al recordar que ese hombre era su marido.

–Me gustaría oírtelo decir, Zillah.

–No hablaré con la prensa, Jims. Por favor, deja de estar tan enfadado conmigo.

–Encargaré a Malina Daz que se cerciore de que cumples tu palabra. Tengo entendido que hoy vas a buscar a
los niños; sería buena idea que te quedaras a pasar unos días en casa de tus padres.

–¿En Bournemouth?

–¿Por qué no? Es una población costera muy agradable, y a los niños les gusta. Así tendrás ocasión de
interesarte por la salud de tu padre. ¿Qué crees que pasaría si los periódicos publicaran que, en primer lugar,
no regresaste de las Maldivas al enterarte de que tu padre había sufrido un ataque al corazón y, en segundo,
no corriste a su lado en cuanto volviste?

–¡Pero si no me enteré de que había tenido un ataque al corazón hasta ayer!

–No, porque no te tomaste la molestia de llamar a tu madre ni una sola vez mientras estabas fuera, a pesar de
que tus hijos estaban con ella.

Era una verdad incuestionable; incluso Zillah lo comprendía.


–¿Cuánto tiempo quieres que me quede allí?

–Hasta el viernes.

Era toda una vida.

Había mucho tráfico, de modo que eran casi las seis cuando Zillah llegó a casa de sus padres. Su padre
estaba tendido en el sofá, junto a la mesita atestada de cajitas y frascos de medicamentos. Ofrecía un aspecto
de lo más saludable, tenía los ojos brillantes y la tez sonrosada.

–El pobre abuelo se cayó al suelo -explicó Eugenie, dándose importancia-. Estaba solo y Nanna tuvo que
traernos a Jordan y a mí para salvarle la vida. Yo le dije que si el pobre abuelo se moría, tendríamos que
llamar a alguien para que lo enterrara, pero no se ha muerto.

–Como puedes comprobar -añadió Charles Watling con una sonrisa.

–Fuimos al hospital y Nanna dijo: «Tu hija se ha ido a la otra punta del mundo y no tengo su teléfono».

Nora Watling había hecho el equipaje de los niños y preparado bocadillos para que los comieran en el
trayecto de regreso. Cuando Zillah anunció que se quedarían hasta el viernes, su madre se dejó caer
pesadamente en un sillón y replicó en tono contundente que eso era imposible. No podía soportar un solo día
más el llanto de Jordan y la pedantería de Eugenie, por no mencionar la presencia de la propia Zillah.

–Nadie nos quiere -observó Eugenie con toda calma-. No somos más que un estorbo, y ahora nuestra pobre
mamá también lo es.

Nora se ablandó un poco y rodeó los hombros de la pequeña.

–Tu hermano y tú no sois un estorbo, cariño.

–Si no nos podemos quedar aquí, ¿adónde iremos? – se quejó Zillah.

De haber conocido el pasaje en cuestión, tal vez habría dicho que los zorros tienen sus madrigueras y los
pájaros sus nidos, pero ella no tenía adonde ir.

–¿A un hotel?

–Tu marido se ha hartado de ti, ¿eh? Buen comienzo, desde luego. Supongo que os tendréis que quedar si es
eso lo que quieres. Pero tendrás que ayudarme. Hacer la compra y sacar a los niños por las tardes. Imagino
que la escuela de Eugenie te trae sin cuidado… Pero ten presente una cosa: una nunca se libra de los hijos.
Por muchas veces que creas que esta vez se han ido para siempre, siempre vuelven. Mira lo que me ha pasado
contigo.

–¿Lo ves, mamá? Nunca te librarás de nosotros -exclamó Eugenie, risueña.

Zillah tuvo que compartir habitación con los niños. Jordan se dormía llorando y se despertaba en plena noche
llorando. El asunto empezaba a preocupar a Zillah y se preguntó vagamente si debería llevarlo a un psiquiatra
infantil. Por las mañanas, los tres salían a comprar provisiones y medicamentos, y por las tardes, como hacía
buen tiempo, iban a la playa. Era tan espantoso como estar de vuelta en Long Fredington. El jueves por la
mañana, Charles Watling volvió a encontrarse mal, sin aliento y con un fuerte dolor en el costado izquierdo.
El médico de familia que acudió a examinarlo ordenó su ingreso inmediato en el hospital.

–Tendrás que irte, Sarah. No puedo con tanto jaleo estando tu padre como está. No me extrañaría que fuera el
llanto constante de Jordan lo que ha agravado su estado. Esta noche puedes alojarte en un hotel. Sabe Dios
que no andas escasa de dinero precisamente.

A las cinco de la tarde, Zillah se registró en un hotel situado a las afueras de Reading. Eugenie y Jordan
estaban cansados, y tras cenar pizza y patatas fritas, se acostaron y durmieron al instante. Por una vez, Jordan
no lloró, pero Zillah durmió mal de todos modos. A la mañana siguiente, bostezando y frotándose los ojos,
recordó llamar a su madre para interesarse por el estado de su padre. Nora le dijo que su padre estaba
«bastante bien» y que con toda probabilidad le pondrían un bypass a finales de la semana siguiente. Poco
después de las ocho, Zillah emprendió el trayecto de regreso en el tráfico más denso que había visto en su
vida, por lo que no llegó al aparcamiento de Abbey Gardens Mansions hasta pasadas las once.

Una vez en el piso llamó a la señora Peacock. ¿Podía ocuparse de los niños? ¿Llevarlos a comer a alguna
parte y luego tal vez al zoo o a Hampton Court o algo así? Por favor, le pagaría el doble de la tarifa habitual.
La señora Peacock, que había gastado mucho más de lo que había pretendido en su viaje a Holanda, accedió
sin hacerse de rogar. Zillah llamó a los porteros, les ordenó que no la molestaran bajo ningún concepto,
desconectó los teléfonos y cayó rendida en la cama.

Jeff habría aplazado un tiempo la búsqueda de los niños de no ser por la insistencia de Fiona. Debía de
haberla afectado ver sus cuitas publicadas en la prensa, porque se pasó casi toda la velada del lunes
alentándolo a que concertara una entrevista con Zillah y le exigiera ver a los niños, y si dichos intentos
resultaban fallidos, a que acudiera a su abogada. Jeff sabía que el asunto no era tan sencillo como ella lo
pintaba. No podía prometerle que se desembarazaría de Zillah, porque no podía divorciarse de una mujer que
estaba casada con otro. ¿Y cómo iba a alegar que era católico si no lo había mencionado hasta entonces?

El martes tomó la línea de metro Jubileee desde West Hampstead hasta Westminster y caminó hasta Abbey
Gardens Mansions. En el piso número siete no había nadie, y en esa ocasión, el jefe de portería le dijo que no
tenía idea de dónde estaba la señora Melcombe-Smith. Alguien debía de haberle ordenado ser discreto,
porque incluso negó saber que hubiera niños viviendo en el piso. A fin de cuentas, tal como comentó más
tarde a su ayudante, aquel tipo podía ser un secuestrador o un pedófilo.

Hacía un día precioso, de modo que Jeff se sentó en los jardines de Victoria Tower y llamó a Natalie
Reckman por el móvil. La primera vez le salió el buzón de voz, pero cuando volvió a intentarlo diez minutos
más tarde, la periodista contestó.

–¡Vaya, Jeff! – lo saludó en tono cordial-. Supongo que has leído el artículo…

–No necesitaba el artículo para recordarte -replicó él-. Pienso mucho en ti. Te echo de menos.

–Qué bien. Estás solo, ¿no?

–Algo así -repuso Jeff con cautela-. ¿Quedamos para comer mañana?
–No puedo quedar hasta el viernes.

Jeff tenía las quinientas libras que había ganado con Website, de modo que le prometió que la invitaría y le
dijo que eligiera restaurante.

Natalie eligió el Christopher's. Bueno, podía recurrir a la tarjeta de Zillah con la esperanza de no haber
rebasado el límite con la compra del bolso que había regalado a Fiona por su cumpleaños y las rosas que le
había llevado para celebrar que llevaban seis meses viviendo juntos. Esas tarjetas deberían llevar el límite
impreso para personas como él. Cruzó la calle y volvió a preguntar al portero por los Melcombe-Smith, pero
Zillah no estaba en casa.

El jueves, en un alarde de temeridad, apostó por un caballo llamado Spin Doctor, que ganó. Las
probabilidades eran escasas, por lo que ganó mucho dinero. Al día siguiente regresó a Westminster y llegó a
Abbey Gardens Mansions en el momento en que Zillah y los niños tomaban la salida de Chiswick de la
autopista M4. Llamó al timbre y al no obtener respuesta volvió a preguntar al portero. El hombre le dijo que
no sabía nada, que no podía estar al corriente de las idas y venidas de todos los residentes, que nadie
esperaba eso de él. Resultó que la tarde anterior, Jims había ido a su circunscripción y por casualidad se
cruzó con Zillah a las afueras de Shaston. No se vieron.

Jeff se preguntó cómo podía consultar a un abogado sin que saliera a colación que seguía casado con Zillah.
¿Se atrevería a confesárselo a Natalie? Probablemente no. Era una mujer estupenda, inteligente y guapa, pero
por encima de todo era periodista y no podía confiar en ella. La única persona a la que podía confesárselo
era Fiona. Mientras paseaba por la orilla del río bajo el sol, contempló la posibilidad de hablar con ella. El
peligro residía en que Fiona no le perdonara, en que no dijera algo así como «Querido, ¿por qué no me lo
habías dicho?» o «No importa, pero más vale que lo soluciones cuanto antes», y en cambio lo echara de la
casa. Era muy respetuosa con la ley; de hecho, Jeff nunca había visto semejante rectitud en ninguna mujer, ni
tampoco en ningún hombre. Le aconsejara lo que le aconsejara, querría que contara la verdad a los
Melcombe-Smith y también conocer sus intenciones. A Jeff no le importaba gran cosa Zillah, y Jims le caía
francamente mal, pero no estaba dispuesto a dejarla a ella en la calle y a arruinar la carrera de él. No, no
podía confesar la verdad a nadie…, excepto tal vez a un abogado, ya que lo que dijera a un abogado sería
confidencial. Quizás existiera el modo de pedir el divorcio a Zillah sin que Jims ni nadie se enteraran. Pero
¿y los niños? ¿Sería posible obtener el divorcio sin revelar su existencia? A fin de cuentas, no necesitaban
que nadie los mantuviese, tenían a Jims. Uno de esos divorcios por correo…

Mientras daba vueltas al asunto, se compró un café en el Strand, tomó media pinta de cerveza amarga en un
pub de Covent Garden y llegó a Christopher's a la una menos cinco. Natalie llegó a la una y cinco. Como
siempre, iba vestida con seriedad, en esta ocasión con un traje chaqueta de mil rayas, pero gracias al cabello
rubio recogido (tenía esa clase de cabello rubio con mechas naturales doradas, castañas y casi blancas que
resultaba imposible reproducir con tinte alguno y que Jeff admiraba) y a las discretas joyas de plata que lucía,
ofrecía un aspecto muy atractivo.

Tras unos minutos de charla informal y, en el caso de él, de múltiples mentiras acerca de su pasado reciente,
Jeff se puso un poco sentimental por lo que podría haber sido.

–No sé qué decirte -espetó Natalie-. Tú me dejaste.

–Fue lo que llaman un abandono constructivo.


–¿Ah, sí? Supongo que eso significa preguntarme por qué siempre pagaba yo el alquiler y compraba la
comida.

–Ya te expliqué que estaba a caballo entre dos empleos.

–No, Jeff, estabas a caballo entre dos mujeres. Por simple curiosidad, ¿quién me sustituyó?

Minty. En retrospectiva, Jeff consideraba que nunca había caído tan bajo. Pero por aquel entonces estaba sin
blanca y desesperado, viviendo en aquel cuchitril de Harvist Road. La camarera del Queen's Head, Brenda,
le había contado que Minty tenía casa propia y mucho dinero, porque la tía le había dejado un montón al
morir. Por experiencia sabía que sería una cuarta parte de lo que afirmaban los rumores, pero tal como se
dijo a sí mismo, menos daba una piedra.

–Una chica bastante rara que vivía cerca del cementerio de Kensal Green. La llamaba Polo a causa de su
nombre…, que no te voy a decir -añadió tras una vacilación-. De hecho, le debo algún dinero, solo mil libras.
No pongas esa cara; se lo devolveré en cuanto tenga ocasión.

–A mí nunca me has devuelto lo que me debes.

–Lo tuyo es diferente. Sabía que podías permitírtelo.

–Eres increíble, de verdad. Bueno, esa chica fue después de mí. ¿Y antes?

La gerente de una fundación benéfica y una restauradora de arte, pero podía pasarlas por alto. Ya había
revelado demasiadas verdades por un día.

–Mi ex.

–Ah, la vulgar señora Melcombe-Smith. Deberías haberle enseñado a no emperifollarse como un árbol de
Navidad… Aunque supongo que nunca tuvo ocasión de hacerlo cuando vivía contigo. Qué curioso que
recordara los nombres de los niños, ¿verdad? Debía de tenerte mucho cariño.

–Espero que aún me lo tengas.

Natalie sonrió tras apurar su café doble.

–Hasta cierto punto, Jeff. Pero estoy con alguien y soy muy feliz con él. No se te ha ocurrido preguntármelo a
pesar de que yo sí me he interesado por tu vida. Eso dice mucho de nuestra relación, ¿no te parece?

–Debo de ser un cabrón egoísta -observó Jeff alegremente.

Pese al tono ligero que empleó, deseó que Natalie se lo hubiera contado antes de invitarla a comer en un
restaurante de cuarenta libras el cubierto. Una verdad sobre Jeff, dirían más tarde de él las mujeres, era que
carecía de falso orgullo. No intentó ponerse a su nivel hablándole de Fiona.

–¿Adónde vas ahora? – le preguntó Natalie cuando salieron a Wellington Street.

–Al cine -repuso él-. Supongo que no te apetece acompañarme.


–Supones bien -corroboró ella antes de besarlo en la mejilla-. Tengo trabajo.

Había dicho a Natalie que iba al cine porque fue lo primero que se le ocurrió. En realidad, tenía intención de
volver a Abbey Gardens Mansions, pero no sería fácil llegar hasta Westminster desde Kingsway. Ya había
caminado suficiente por aquel día, y no había autobús ni metro que fuera en esa dirección. En aquel momento
vio un taxi libre que se acercaba por la calle y a punto estuvo de bajar a la calzada para pararlo. El conductor
aminoró la velocidad, pero entonces Jeff pensó en el dinero que había gastado en el almuerzo y la tarjeta de
crédito cuyo límite ya debía de haber rebasado, y denegó con la cabeza, gesto con el que selló su destino.

O casi. El sello estaba ya suspendido sobre la cera caliente, pero le fue dada otra oportunidad. En Holborn
subió a un metro de la línea Central en dirección oeste. Cuando el tren estaba a punto de entrar en la estación
de Bond Street, se dijo que más le valía apearse, hacer transbordo a la línea Jubilee y volver a casa. Sin
embargo, estar en casa solo era algo que nunca le había gustado. Necesitaba la compañía de una mujer, algo
de comida, bebida y diversión. El tren se detuvo en la estación y las puertas se abrieron. Alrededor de una
docena de personas se apearon y más o menos la misma cantidad subieron al vagón. Las puertas volvieron a
cerrarse, pero en lugar de ponerse en marcha, el tren permaneció inmóvil. Como de costumbre, no dieron
ninguna explicación por el retraso por megafonía. Las puertas se abrieron una vez más. Jeff se levantó, titubeó
un instante y volvió a sentarse. Por fin, las puertas se cerraron definitivamente y el tren arrancó. Jeff se apeó
en la siguiente estación, Marble Arch.

Subió la escalera hasta la calle, giró a la derecha y se dirigió al Odeón. Una de las películas que daban era
The House on Haunted Hill. Jeff la eligió porque empezaba a las tres y treinta y cinco, y en aquel momento
eran las tres y cuarto. Por alguna razón, al comprar la entrada recordó lo que siempre decía su madre, que era
una lástima ir al cine cuando fuera brillaba el sol.

Capítulo 14

A veces, Minty pensaba que habría resultado más interesante que las camisas tuvieran colores y diseños más
variados, que no predominaran las blancas, por ejemplo, o que hubiera más con botones en el cuello o
bolsillos en la pechera. Se decía que cada vez había más blancas, que debían de estar de moda. Aquel viernes
por la mañana, esa preponderancia la obligó a planchar tres camisas blancas antes de ponerse con la azul a
rayas añil con botones en el cuello. Antes de empezar las había clasificado como Dios manda, pues dejar el
asunto en manos de la casualidad resultaría fatal. La última vez que lo hiciera, había acabado con seis
blancas, y era muy cansado planchar seis prendas idénticas seguidas, además de que, sin lugar a dudas, traía
mala suerte. La mañana en que le habían quedado seis camisas blancas para el final, fue la última vez que vio
a Jock, y eso sin duda tenía que ver con el hecho de no haber clasificado bien las camisas.

La noche anterior había visto su fantasma en el recibidor al llegar a casa, ahí de pie, esperando su llegada,
esperando el sonido de su llave en la cerradura. Minty se levantó la sudadera, se desabrochó los pantalones y
liberó el cuchillo del cinturón que se lo ataba al muslo, pero el fantasma se escabulló escalera arriba. A pesar
de estar temblando como una hoja, Minty lo siguió hasta el dormitorio de la tía. Justo cuando creía tenerlo
acorralado, el fantasma atravesó la pared como siempre había oído que hacían los espectros, aunque nunca lo
había presenciado. «Te ha faltado poco, chica», oyó decir a la voz de la tía, que siguió hablando mientras
Minty tomaba un baño. Le repitió una y otra vez que Jock era malvado, una amenaza para el mundo, la causa
de inundaciones y hambrunas, el heraldo del Anticristo, pero no era la primera vez que le decía aquellas
cosas y Minty ya las sabía. De hecho, empezaba a impacientarse tanto con los discursos de la tía como con
las apariciones de Jock.

–¡Vete, estoy harta de ti! ¡Ya sé lo que tengo que hacer! – gritó mientras se secaba el cabello, se ceñía de
nuevo el cuchillo y se ponía pantalones y camiseta limpios.

Siguió repitiendo aquellas frases mientras bajaba la escalera y en aquel momento sonó el timbre. Era
Julianna, la hija menor de Sonovia, la que estudiaba en la universidad.

–¿Hablabas conmigo, Minty?

–No hablaba con nadie.

Hacía alrededor de un año que no veía a Julianna y apenas la reconoció. Llevaba un pendiente de oro en la
nariz y el cabello peinado en mil trenzas. Minty se estremeció al preguntarse con cuánta frecuencia podría
lavárselo y cómo se las arreglaría para quitarse y ponerse el pendiente.

–¿Querías algo?

–Lo siento, Minty. Sé que tú y mamá no os habláis, pero es que quiere su traje azul, porque ha adelgazado
mucho y quiere llevarlo a un bautizo el domingo.

–Será mejor que entres.

Se lo tendría bien merecido si Jock se le aparecía y le hablaba, pensó Minty mientras subía de nuevo. Tal vez
fuera una de esas personas capaces de verlo. Qué alivio desembarazarse del vestido y la chaqueta azules.
Pese a haberlos lavado dos veces, no podía desterrar la sensación de que seguían estando sucios y
contaminaban la casa.

–Polo, Polo -susurró la voz de Jock cuando entró en el dormitorio de la tía.

Así pues, seguía allí, aunque ya no lo veía.

Guardó el traje en una bolsa de tintorería, lo llevó abajo y se lo dio a Julianna.

–Está muy oscuro aquí dentro -comentó Julianna-. ¿Por qué no descorres las cortinas?

–Me gusta así.

–Oye, Minty…

–¿Qué?

–¿Qué te parece si me acompañas y saludas a mamá para hacer las paces? A mi padre le encantaría. Dice que
le fastidia no llevarse bien con los vecinos.
–Dile a tu madre -replicó Minty-, que la culpa es suya, que empezó ella. Cuando me pida disculpas volveré a
dirigirle la palabra.

Siguió a la muchacha con la mirada desde la ventana.

Estaba pensando en aquella escena mientras planchaba cuando Josephine sacó a colación el asunto.

–¿Has hecho las paces con la como se llame, tu vecina? ¿La que armó tanto barullo por lo del vestido?

–Se llama Sonovia -explicó Minty al tiempo que deslizaba la última camisa blanca en su envoltorio de
plástico, le colocaba el cuello de cartón y cogía la última camisa rayada de la pila-. Su marido vino aquí para
suplicarme que me disculpara, pero le dije que no tenía por qué disculparme, que era culpa de ella. Fue culpa
de ella, ¿verdad? Tú estabas aquí.

–Claro que sí, y lo juraría ante un tribunal en caso necesario -aseguró Josephine antes de mirar el reloj de oro
y estrás que Ken le había regalado con motivo de la boda-. ¿Sabes qué, Minty? Cuando acabes de planchar,
tómate la tarde libre y también mañana por la mañana. Es lo menos que puedo hacer después de que te
encargaras de la tienda durante nuestra luna de miel.

Minty le dio las gracias y logró esbozar una débil sonrisa. A decir verdad, habría preferido un aumento de
sueldo, pero no servía de nada pedirlo. Las tres últimas camisas siempre resultaban muy pesadas de planchar,
pero terminó a la una menos cinco.

De regreso en casa, tomó el segundo baño del día, experimentando una nueva punzada de resentimiento contra
Jeff por haberle robado el dinero que podría haber invertido en la instalación de una ducha. A veces, cuando
estaba en la bañera, imaginaba que la suciedad que salía de su cuerpo flotaba en el agua para luego volver a
adherírsele. Quizás esa era la razón por la que nunca se sentía lo bastante limpia. ¿Podría algún día
permitirse el lujo de instalar una ducha?

Consumió otra de sus higiénicas comidas, consistente en hojas de achicoria lavadas concienzudamente, un ala
de pollo sin piel, seis patatas pequeñas hervidas y dos rebanadas de pan blanco untadas con mantequilla sin
sal. Al terminar se lavó las manos. Pasaría su tarde libre en el cine.

Hacía un día estupendo, caluroso y soleado. Incluso el cementerio de Kensal Green olía a flores frescas
cuando pasó junto a él de camino a casa desde Immacue. Al otro lado del alto muro, los árboles conferían al
cementerio aspecto de parque frondoso. La tía siempre decía que era una lástima ir al cine cuando hacía buen
tiempo, que había que disfrutar al aire libre. Pero en aquella ocasión no dijo nada, pese a que Minty aguzó el
oído para oír su voz. ¿Debía ir al Whiteley o al Odeón? El multicine de Whiteley estaba más cerca, pero para
llegar allí tendría que cruzar uno de esos pasos inferiores bajo la ronda del oeste. Un paso inferior sería el
lugar ideal para que Jock la esperara, y no quería verlo, no quería que le estropeara la tarde libre. Así pues,
cogería el 36 hasta Marble Arch. Daban The House on Haunted Hill y a Minty le gustó el título. Los
fantasmas de las películas no daban miedo cuando una tenía fantasmas propios y muy reales.

El autobús tardó siglos en llegar, o al menos eso le pareció, aunque en realidad solo fueron diez minutos.
Como si pretendiera compensar el retraso, el vehículo avanzó a toda velocidad por Harrow Road y Edgware
Road, de modo que Minty llegó a su destino a las tres en punto. A esas alturas ya era una experta en
comprarse la entrada, mostrarla al portero y elegir sola una butaca. Se acomodó al final de una hilera para
que nadie pudiera sentarse a su derecha, y a menos que la sala se llenara, lo cual no sucedería, nadie elegiría
sentarse a su izquierda. Todos los demás espectadores parecían mayores que ella e iban solos, a excepción
de una pareja de jubilados, hombre y mujer, sentados en primera fila. Se alegró al comprobar que estaba casi
sola en la zona derecha de la platea. Era mucho más agradable ir al cine por la tarde que con Laf y Sonovia
por la noche.

Las luces se apagaron y en la pantalla empezaron a pasar anuncios. Con frecuencia, Minty miraba los
anuncios perpleja, porque no entendía ni las palabras ni las imágenes. Eran cacofonías de ruido ensordecedor
y gritos ininteligibles sobre un fondo de música machacona, colores brillantes y luces cegadoras que surcaban
la pantalla, todo ello seguido de algo romántico y dulce, acompañado de una suave sonata: el primer tráiler
de las películas que echarían próximamente.

Para su disgusto, un hombre entró y se sentó en la fila anterior a la suya. Probablemente no veía nada, pues la
sala estaba a oscuras salvo por los colores pastel que emanaba la pantalla. Cuando se volvió hacia ella sin
verla, Minty comprobó que era el fantasma de Jock. Al parecer, no podía ir a ningún lugar sin que él la
siguiera para atormentarla. Ese día no llevaba la cazadora de cuero negro, porque hacía demasiado calor,
sino una camisa a rayas como las que había planchado aquella mañana y una americana de hilo que parecía
nueva. ¿De dónde sacaban ropa nueva los fantasmas? Nunca se lo había planteado.

El fantasma se sentó, aunque no delante de ella, sino un asiento más lejos, y sacó un paquete de caramelos de
menta Polo del bolsillo. ¿Cuánto tiempo se quedaría? ¿Volvería a levantarse y atravesaría la pared como
había hecho la noche anterior en el dormitorio de la tía? Minty estaba enfadada como pocas veces, tal vez
más que nunca. Ya casi no le tenía miedo, sensación que había dado paso a la furia. El fantasma giró la
cabeza hacia un lado antes de concentrarse de nuevo en la pantalla. El tráiler de película romántica dio paso a
otro de película violenta, de esos que muestran coches potentes y de brillantes colores chocando contra otros
coches en un estallido de luz y acercándose peligrosamente al borde de un precipicio mientras hombres
enloquecidos se asoman a las ventanillas disparando armas de fuego. El fantasma sacó un caramelo del
paquete y se lo llevó a la boca. Con mucho cuidado y sigilo, Minty se levantó la camiseta, se bajó la
cremallera de los pantalones y sacó el cuchillo del envoltorio de plástico ceñido a su muslo. Lo dejó en el
asiento contiguo, se subió la cremallera y se bajó la camiseta. Creía haber actuado en completo silencio, pero
debía de haber hecho un poco de ruido.

El fantasma de Jock se volvió hacia ella. Cuando le miró el rostro en la penumbra de la sala y el estruendo
del tráiler, abrió los ojos como platos y empezó a levantarse como si él le tuviera miedo a ella en lugar de lo
contrario. Con mayor rapidez de la que se habría creído capaz, Minty cogió el cuchillo y se lo clavó donde
suponía que debía de tener el corazón. Si es que los fantasmas tenían corazón y podían morir…

El fantasma no gritó, y si lo hizo, Minty no oyó nada por encima de las colisiones de coches, los disparos y la
música. Nadie podía haber oído nada con semejante escándalo. Pero tal vez no emitió sonido alguno, tal vez
los fantasmas no emitían sonidos. Se vio obligada a tirar con ambas manos para sacar el cuchillo. La hoja
estaba manchada de algo entre rojizo y marronoso que parecía sangre, aunque era imposible, porque los
fantasmas no tenían sangre. Debía de tratarse de alguna sustancia que corría por sus venas y les permitía
andar y hablar. Tal vez ectoplasma. La tía hablaba mucho del ectoplasma durante los últimos años de su vida.
Minty limpió el cuchillo manchado en la tapicería de la butaca contigua. Seguía sin estar limpio, por
supuesto. Tendría que sumergirlo en agua y hervirlo para que quedara bien. Pero en ese momento no tenía
agua, fogón ni gas. Con un estremecimiento se bajó de nuevo la cremallera del pantalón y se ciñó el cuchillo a
la pierna, dando gracias por el envoltorio de plástico que lo separaba de su piel.
El fantasma de Jock había caído al suelo y desaparecido, o en cualquier caso, no veía lo que quedaba de él, y
no quería. Tampoco tenía ningunas ganas de quedarse allí sentada junto a la suciedad del asiento contiguo,
pero sí quería ver la película. Con mucho cuidado para no rozar la butaca en cuestión, se dirigió al extremo
opuesto de la fila, caminó unos metros por el pasillo y eligió un asiento en el bloque central, sin nadie en las
filas anteriores ni posteriores a la suya.

Sleepy Hollow no la había asustado, como tampoco la asustó The House on Haunted Hill. En realidad, quedó
decepcionada. Si esa gente del cine tuviera la experiencia que ella tenía con los fantasmas, se les daría mejor
hacer películas de miedo. Deseó haber ido a ver La milla verde, pero ya era demasiado tarde. Además, si
hubiera estado en otra sala, quizás el fantasma de Jock no hubiera aparecido y habría desaprovechado la
ocasión de acabar con él de una vez por todas. Transcurridas tres cuartas partes de la película, Minty se
levantó y se fue. El hombre sentado en la última fila también se había marchado, así que no era la única a
quien la película no había gustado.

Fuera seguía brillando el sol y haciendo calor. Se miró las manos para comprobar si las tenía manchadas,
pero se las había limpiado en la tapicería de la butaca al secar el cuchillo. Aun así, se estremeció porque al
llevarse los dedos a la nariz olió algo que se parecía a la sangre pero despedía un hedor más penetrante, más
amargo e impuro. Tenía la ropa llena de manchas y salpicaduras, pero nadie se dio cuenta, porque llevaba
pantalones color granate y una camiseta con un estampado rojo, azul y amarillo. Claro que a Minty le daba
igual si alguien se daba cuenta, porque nunca le había preocupado lo que pensaran de ella los demás. Más les
valía a todos preocuparse de lo que ella pensara de ellos.

Pese a todo, no quería subir al autobús, porque sentarse allí con la ropa llena de jugo de fantasma sería peor
que caminar al aire libre, ya que en el autobús se sentiría rodeada, oprimida por la suciedad, y además la
olería con más claridad. El hedor empezaba a ponerla nerviosa, a darle ganas de arrancarse la ropa y
zambullirse en el agua, en cualquier agua. Era imposible, de modo que echó a andar. Caminó por Edgware
Road en el calor del día, rodeada por el olor de los restaurantes árabes de comida para llevar, por el
principio de Harrow Road y por el paso inferior hasta Warwick Avenue. Ya no tenía miedo de toparse con
Jock allí.

Se hallaba en territorio conocido. La gente con que te cruzas por la calle nunca se fija en ti ni te husmea para
saber cómo hueles. Todo el mundo suda, es inevitable, pero Minty detestaba que le ocurriera a ella, detestaba
la sensación de las gotas de sudor sobre el labio superior y la frente, el goteo pecho abajo como si de
lágrimas se tratara. No olería, era imposible con la cantidad de desodorante que se ponía. Pero ¿cómo estar
segura de que no se había dejado algún pedacito de piel? Imaginaba el sudor brotando de ese rincón en la
axila, el espantoso olor a cebolla impregnando el aire. A punto de llorar a causa de la suciedad que la cubría,
el sudor y las manchas de jugo de fantasma, Minty entró en su casa, subió la escalera corriendo y se dejó caer
en la bañera. Media hora más tarde hirvió el cuchillo. Imposible salvar la ropa que llevaba, porque ni
lavándola conseguiría eliminar todas las impurezas. Envolvió las prendas en papel de periódico, luego este
en plástico, y metió todo el paquete en una bolsa de basura negra. La idea de que seguirían junto a su casa
durante otros cuatro días, hasta que recogieran la basura, la impulsó a salir de nuevo. El calor la azotó como
si acabara de abrir la puerta de un horno. Echó a andar despacio, encogiendo el cuerpo para contener el
sudor, y arrojó la bolsa al contenedor situado a unos metros acera arriba.

Capítulo 15
Michelle dispuso copas de vino sobre la mesita baja, así como un plato en forma de corazón con bocaditos
vegetales que ni engordaban ni adelgazaban, y otro plato ovalado bastante más grande lleno de cacahuetes
tostados. Fiona había dicho que le gustaban, y además esperaba convencer a Matthew para que comiera unos
cuantos. Ella, por supuesto, no comería nada, ni siquiera los bocaditos vegetales color rosa y naranja, y
moderaría el consumo de vino. Aquella mañana, después de ducharse, se había subido de nuevo a la báscula,
reacia a mirar, pero enseguida descubrió que había perdido un kilo y medio, que se sumaba a los dos kilos
que había perdido la semana anterior. Qué mejor incentivo para una mujer obesa que ver que había perdido
casi cuatro kilos en quince días. Mientras se vestía se puso a cantar y Matthew le dedicó una sonrisa
afectuosa.

Por la tarde, ambos habían salido a comprar varias cosas, entre ellas el vino. Michelle no entendía de vinos,
pero Matthew sí (en opinión de Michelle, era experto en todo) y eligió un Meursault. Fiona les haría una
visita por la tarde y Michelle sabía que el vino blanco era su bebida alcohólica predilecta. No había gran
cosa que comprar, tan solo las cuatro menudencias que comería Matthew, que ese día había accedido a
probar un poco de pollo a instancias de Fiona, la clase de pollo que se compra en la charcutería, muy blanco
y liso, y que el dependiente corta en lonchas transparentes. Ella también comería un poco, acompañado con un
poco de ensalada. Las bolsas de la compra pesaron ese día diez kilos menos de lo habitual.

Hacía un día tan hermoso que Michelle propuso subir en coche hasta el parque de Heath, donde podían
sentarse al sol y disfrutar de la vista. Su marido accedió y permanecieron allí largo rato, hablando del éxito
televisivo de Matthew. Este había quedado para comer con un productor que planeaba realizar una serie corta
en la línea del programa piloto.

–Cuando me dijo que quedáramos para comer, me eché a reír sin poder evitarlo, cariño -explicó Matthew-.
Me imaginé a mí mismo comiendo con alguien en un restaurante. El hombre creyó que me reía de alegría por
lo de la serie.

–¿Puedes hacerlo? – preguntó Michelle, preocupada-. Quiero decir comer con alguien en un restaurante. La
serie ya sé que puedes hacerla.

–Lo intentaré. Antes de empezar le recordaré lo que soy y por qué me dieron el trabajo, y luego comeré un
poco de ensalada y de pan. Cuando digo «comer» me refiero a picotear un poco y dejarme tres cuartas partes
de todo.

Michelle miró el reloj y vio que eran más de las cuatro; tenían que regresar. No habían quedado con Fiona a
ninguna hora en concreto, tan solo en que pasaría a tomar una copa cuando llegara de trabajar. En ningún
momento se había mencionado a Jeff, pero Michelle sabía que en el caso de las parejas había que aceptar al
que no te caía bien junto con el que te caía bien.

–Aun así, espero que haya salido y no vuelva hasta las siete -comentó a Matthew mientras metía dos botellas
de vino en el frigorífico.

–No creo que se muestre grosero contigo en mi presencia, querida -señaló Matthew, levantando la vista del
ordenador-. Y si lo hace, le diré que no se pase.
–Oh, Matthew, no quiero disgustar a Fiona.

–Y yo no quiero que él te disguste a ti -dijo su marido.

Con todo, de no ser por Jeff, se recordó Michelle, no estaría perdiendo peso. Cada vez que sentía la tentación
de comerse un cruasán o un pedazo de quiche, rememoraba sus palabras hirientes y se alejaba de los
alimentos peligrosos. Qué extraño aborrecer a alguien y al mismo tiempo sentirse en deuda con él.

Fiona llamó al timbre poco después de las cinco.

–Deberías haber entrado por la puerta trasera -exclamó Michelle-. Hay confianza.

–La próxima vez lo haré. Jeff ha ido a una entrevista de trabajo. Bueno, a dos, una a la hora del almuerzo y la
otra a las cuatro.

Michelle no respondió. No se creía el cuento de esos posibles empleos, pero consideraba a Jeff Leigh
totalmente capaz de inventar que había encontrado un empleo lucrativo para así poder salir de casa unas
horas determinadas al día y dedicarse a cualesquiera que fueran las turbias actividades que le
proporcionaban ingresos.

–Le he dejado una nota para que pase por aquí cuando llegue. Espero que no te moleste.

–Por supuesto que no.

Fiona advirtió cierta frialdad en el tono de Michelle, pero esbozó una sonrisa, le dijo que tenía un aspecto
estupendo y le preguntó si había adelgazado.

–Un par de kilitos -repuso Michelle como quien no quiere la cosa.

Matthew apagó el ordenador y sirvió el vino. Alargó a Fiona el plato de cacahuetes y se comió dos. Michelle,
que bebía agua con gas, observó asombrada cómo Matthew se servía media copa de vino y se la tomaba
como si no sufriera trastorno alguno, llegando incluso a alzarla para brindar por Fiona.

–¡Por tu futura felicidad!

La conversación giró en torno a la boda de Fiona, a los invitados, al vestido que llevaría y al lugar donde
pasarían la luna de miel. Michelle se fijó en que aún no llevaba anillo de compromiso, pero enseguida se
regañó a sí misma por ser tan malpensada. Tal vez los anillos de compromiso ya no estaban de moda, o
quizás a Fiona no le gustaban. La joven empezó a hablar de una vegetariana a la que conocía y que estaba
criando a sus hijos con la misma dieta, cosa con la que ella no estaba nada de acuerdo. ¿Cómo sabía si
ingerían suficientes proteínas? Preguntó a Matthew si le parecía que la mujer podía encajar como invitada en
su programa.

Matthew se echó a reír y repuso que era demasiado pronto para pensar en ello.

–No tendré programa hasta que haya hablado con el productor, aún no hay nada seguro.

–Bah, todo el mundo sabe que lo tendrás. El primero fue magnífico… En fin, no sé dónde se habrá metido
Jeff. ¿Habéis oído sonar mi teléfono hace un momento? Puede que fuera él.

A veces, Michelle oía sonar el teléfono de Fiona a través de la pared, pero no en esta ocasión. Acompañó a
Fiona a la puerta y se despidió de ella con un beso.

–¿Lo ves, cariño? – dijo Matthew-. Jeff no tiene más ganas de estar con nosotros que nosotros de estar con él.

Puesto que eran las siete pasadas cuando entró en su casa, Fiona comprobó el contestador del fijo y el del
móvil. Nada. Claro que Jeff podía haber llamado sin dejar mensaje. Eso significaría que no tardaría en llegar.
Había muy poca comida en la casa y no le apetecía salir a comprar, así que llamó a un restaurante de Swiss
Cottage que gustaba mucho a ambos y reservó una mesa para las ocho y media.

–Despierta -ordenó Eugenie mientras zarandeaba a Zillah-. Si duermes durante el día no dormirás de noche.

Zillah abrió los ojos a medias y se incorporó con un gruñido. Eran las cinco y media y había dormido desde
las once. Por un instante no supo dónde estaba ni por qué estaba allí, pero al poco oyó llorar a Jordan.

–¿Dónde está la señora Peacock?

–Le diste la llave, así que nos abrió ella. Si no se la hubieras dado, nos habríamos tenido que quedar fuera
toda la noche, pasando frío. ¿Por qué no me das una llave, mamá?

–Porque a las niñas de siete años no se les dan las llaves. Y no hace frío; debe de ser el día más caluroso del
año. ¿Dónde está la señora Peacock?

–Ahí fuera -repuso Eugenie, señalando la puerta-. No la he dejado entrar porque no sabía si llevabas ropa o
no.

Zillah se levantó y al darse cuenta de que solo llevaba sujetador y bragas, se puso la bata. Jordan estaba
sentado en el suelo delante de la puerta del dormitorio, llorando. Cuando Zillah lo levantó en brazos, el
pequeño sepultó el rostro empapado en su cuello.

La señora Peacock estaba sentada en el salón, junto a la ventana que ofrecía magníficas vistas del palacio de
Westminster bañado por el sol, tomando una enorme copa de lo que a todas luces era jerez dulce.

–Me he servido una copa -comentó sin empacho alguno-. Me hacía falta.

–La señora Peacock nos ha llevado al McDonald's y después al cine -explicó Eugenie-. Hemos visto Toy
Story 2. Y por favor, no digas que es una lástima ir al cine cuando hace sol, porque hemos ido y nos ha
encantado, ¿verdad, Jordan?

–Jordan ha llorado -gimoteó el pequeño y apretó el cuello de su madre con tal fuerza que Zillah hizo una
mueca.

–Supongo que le debo mucho dinero.

–Pues sí. Me tomaré otra copita de jerez y luego hacemos cuentas, ¿le parece?
Zillah pagó a la señora Peacock el doble de su tarifa habitual, además de devolverle el importe del cine y el
almuerzo. La mujer se dirigió con paso vacilante al ascensor y Zillah cerró la puerta tras ella. ¿Dónde estaba
Jims? Con Leonardo, seguro. ¿O quizás había ido a su circunscripción? Lo más probable era que estuviera en
Fredington Crucis con Leonardo. Se preguntó cómo narices iba a soportar el fin de semana. Aquello era igual
de espantoso que estar en Long Fredington. No…, en realidad era peor, porque en Londres no estaban Annie,
Lynn, Titus ni Rosalba.

El cadáver de Jeffrey John Leach permaneció tendido en el suelo del cine, bajando a la derecha entre las filas
M y N, durante casi dos horas antes de ser descubierto. Las personas que salen de la sala al término de la
película no se fijan en las filas vacías aunque las luces estén encendidas. La siguiente sesión de The House on
Haunted Hill empezaba a las seis y diez, y la última y más concurrida daría comienzo a las nueve menos
cuarto. No obstante, la sesión de las seis y diez tuvo bastante público o, mejor dicho, lo habría tenido de no
ser por las dos jóvenes de dieciocho años que fueron a sentarse en la fila M a menos cuarto. No dijeron a
nadie lo que habían encontrado; se limitaron a gritar como posesas.

La sala fue desalojada de inmediato y los responsables reembolsaron a los clientes el dinero de las entradas.
Avisaron a una ambulancia, pero era demasiado tarde. Llegó la policía. Más tarde, durante la investigación,
se descubrió que Jeffrey Leach había tardado un rato en morir mientras su sangre empapaba la moqueta. La
policía encontró un asiento muy manchado de sangre, como si el asesino hubiera limpiado el arma en la
tapicería. Fue entonces cuando ordenaron cerrar al público no solo aquella sala, sino todo el complejo.

Al cabo de una hora ya sabían que Jeffrey había muerto entre las tres y las cuatro y media. Ninguno de los
empleados recordaba quién se había sentado en aquella fila ni si algún cliente había abandonado la sala antes
de hora. Uno de ellos declaró que le parecía haber visto a un hombre salir alrededor de las cinco, mientras
que otro recordaba vagamente a una mujer saliendo a las cinco y diez. Sin embargo, ninguno de los dos fue
capaz de dar una descripción de aquellas personas ni tan siquiera aventurar sus edades. La policía registró el
cine en busca del arma, un cuchillo de trinchar largo y afilado. Al no encontrar rastro de él, ampliaron el
perímetro de búsqueda y cerraron Edgware Road desde Marble Arch hasta Sussex Gardens, provocando el
peor atasco de los últimos diez años en el centro de Londres.

Levantaron el cadáver y también se llevaron la butaca manchada de sangre y las contiguas a fin de realizar
pruebas de ADN, por si el asesino había dejado algún cabello, fragmento de piel o gota de sangre. Sin
embargo, podrían haberse ahorrado la molestia; todos los cabellos que se desprendían de la cabeza de Minty
se le caían cuando se lavaba la cabeza, cosa que hacía una o dos veces al día, y desaparecían desagüe abajo.
La piel muerta quedaba eliminada por el cepillo de uñas, la esponja natural y el agua caliente con jabón. Así
pues, no había dejado más ADN que una muñeca de plástico recién salida de la fábrica. Minty acababa de
invalidar el principio de que todo asesino deja algo de sí en el escenario del crimen y se lleva consigo algo
del mismo.

Al ver que daban las nueve y Jeff seguía sin aparecer, Fiona se inquietó tanto que volvió a casa de sus
vecinos; no porque Michelle o Matthew supieran más que ella ni pudieran darle ningún consejo que ella
misma no pudiera darse, sino sencillamente para refugiarse en su compañía y consuelo, para tener a alguien
con quien compartir su angustia. Había anulado la reserva del restaurante hacía rato, se había preparado una
taza de té e intentado comerse un bocadillo sin conseguirlo.
Más tarde, ya acostados, Matthew y Michelle se confesaron que ambos habían pensado lo mismo, que Jeff
había abandonado a Fiona. Por supuesto, no habían dicho nada al respecto en presencia de Fiona. Cuando una
mujer está fuera de sí de preocupación no se le puede insinuar que tal vez el hombre al que conoció hace ocho
meses y de cuyo pasado no sabe nada la haya dejado tirada. No se le puede decir que a todas luces es un
canalla, un timador alarmado ante la perspectiva del matrimonio. Te limitas a servirle un brandy y le
aconsejas que espere un poco antes de empezar a llamar a los hospitales.

Fiona fue a su casa en dos ocasiones para ver si Jeff había llegado durante su ausencia. Por dos veces volvió
a casa de los Jarvey temblando como una hoja. Eran más de las diez. «Si ese hombre está en alguna parte con
otra -pensó Michelle-, encontraré el modo de castigarlo. Por mucho que me haya impulsado a adelgazar, el
mérito es mío, no suyo. No tenía por qué hacer caso de sus comentarios, pero le haré la vida imposible si la
ha traicionado. Lo encontraré y le diré lo que pienso de él. Contrataré a un detective privado para que lo
busque, sí, señor.» Ese desusado espíritu vengativo la alarmó y se obligó a dedicar una sonrisa alentadora a
Fiona. ¿Le apetecía una taza de té? ¿Otra copa? Fiona se levantó y se arrojó a sus brazos. Michelle la abrazó
y le dio unas palmaditas en el hombro mientras la apretaba contra su generoso y suave busto.

Entretanto, Matthew llamó al Royal Free, al Whittington y a media docena de hospitales más. Por fin llamó a
la policía.

No sabían nada de un tal Jeff Leigh. Matthew les deletreó el apellido.

–¿Ha dicho Leigh, no Leach?

–No, Leigh.

–Ninguna persona con ese apellido ha sufrido un accidente.

Por entonces ya conocían la identidad del cadáver del cine. En el bolsillo de la pechera de la americana de
hilo habían encontrado un carné de conducir manchado de sangre a nombre de Jeffrey John Leach, con
domicilio en el 45 de Great Road, Queen's Park, Londres NW10. Había sido expedido nueve años atrás,
mucho antes de que salieran los nuevos carnés de conducir que incluían una foto del titular. El bolsillo
contenía asimismo una funda de plástico con una fotografía que mostraba a un joven de pelo largo con un bebé
en brazos, una carta ensangrentada de una mujer llamada Zillah, una llave de manufactura corriente y sin
número, trescientas veinte libras en billetes de veinte y de diez, una tarjeta Visa a nombre de Z. H. Leach y
medio paquete de caramelos de menta Polo.

Llevó pocas horas determinar que Jeffrey John Leach estaba casado con Sarah Hellen Leach, de soltera
Watling, que también tenía carné de conducir y vivía en Long Fredington, Dorset.

Capítulo 16

A última hora de la tarde del viernes, al poco de llegar a su circunscripción parlamentaria, Jims se reunió en
primer lugar con su representante, el coronel Nigel Travers-Jenkins, y más tarde asistió con él en calidad de
invitado de honor y orador principal a la cena de gala anual de los Jóvenes Conservadores de South Wessex,
celebrada en el Lord Quantock Arms, en Markton. En contra de lo que creía Zillah, Leonardo no estaba con
él. Mientras Jims aseguraba a los comensales que la esperanza futura del partido estaba en manos de los
jóvenes, cuyo idealismo y fervor ya se había puesto de manifiesto esa noche, Zillah estaba sentada en el piso
de Abbey Gardens, mirando un vídeo de Rugrats con los niños, Jordan lloriqueando en su regazo.

Jims, que le había profesado una suerte de afecto vago a lo largo de los años, en realidad la había utilizado
más como tapadera para sus actividades naturales que como amiga. Zillah era la clase de mujer cuyo aspecto
inducía a los conservadores de South Wessex a considerarla casquivana. Todos los fredingtonianos que lo
veían visitar Willow Cottage, sobre todo de noche, asumían, según sus propias palabras, lo peor. Pero eran la
clase de personas que albergaban una doble moral, pues condenaban a la mujer sin culpar al hombre. Muy al
contrario, como bien sabía Jims, porque alguien le había contado que el coronel Travers-Jenkins había
comentado en cierta ocasión que al diputado «le gustaban mucho las faldas». Por esta razón, pese a que la
utilizaba, Jims siempre había estado agradecido a Zillah, sentimiento que había tomado por afecto.

Sin embargo, estar casado con ella era harina de otro costal. Zillah era un estorbo y si no la vigilaba
estrechamente, podía llegar a perjudicar su carrera. Jims pensó en el asunto mientras se dirigía en coche a su
casa de Fredington Crucis. Qué lástima que después de la boda uno tuviera que vivir bajo el mismo techo que
la novia. Qué pena no poder pagarle una cantidad sustanciosa de dinero, comprarle una casita en alguna parte
y no volver a verla jamás. Pero Jims sabía que eso era imposible. Debía estar casado de forma clara y
visible. El lunes, cuando llegara a casa, acometería la tarea de enseñar a Zillah los deberes que debía cumplir
la abnegada esposa del diputado por South Wessex. Le hablaría de las juntas y los comités que debía
presidir, las meriendas a las que debía asistir, los jurados de concursos infantiles en los que debía participar,
las reuniones de mujeres conservadoras en las que debía hablar, las campañas para conseguir votos que debía
hacer y la ropa que debía llevar. Nada de faldas por encima de la rodilla, escotes pronunciados, zapatos
sexys ni pantalones ceñidos, si es que le permitía llevar pantalones, sino vestidos de tarde y sombreros
voluminosos. Una presunta amante podía tener aspecto de mujer de moral disoluta, pero no la esposa de un
diputado.

Jims llamó a Leonardo y se acostó. A las nueve en punto de la mañana siguiente pronunció su discurso en
Casterbridge Shire Hall, donde prometió con gran seriedad a sus electores que se encargaría personalmente
de mejorar la educación de sus hijos, la sanidad pública, el transporte y el medio ambiente, a la vez que
garantizaba a toda costa la caza con perros. Sin embargo, no empleó la palabra «perros», aunque figuraba en
el título de la nueva ley propuesta sobre el tema, sino que para complacer a los asistentes, se refirió en todo
momento a los «sabuesos». Hablar de la caza, sempiterno tema de conversación y debate en South Wessex, le
recordó que el sábado por la noche pronunciaría un discurso en la oficina local de la Alianza Rural en el
ayuntamiento de Fredington Episcopi. Se esperaba una asistencia tan nutrida que los organizadores habían
elegido la sala más espaciosa.

Llevaba el discurso consigo en el maletín, que ni siquiera había abierto durante su estancia en Fredington
Crucis House. Al tildarlo de discurso se subestimaba en realidad, ya que por supuesto no tenía intención de
leerlo textualmente; sin embargo, había anotado toda suerte de detalles de una moción presentada por un
diputado anterior, junto con estadísticas, informes sobre investigaciones relativas a la crueldad contra los
ciervos y niveles de estrés en zorros y, lo más importante, evaluaciones acerca de la penuria que sufrirían los
lugareños si la caza se prohibía en lo que Jims siempre procuraba llamar «Inglaterra» o «esta tierra bendita»,
pero nunca «Reino Unido». También llevaba el Informe Burns, encuadernado en azul marino, que recopilaba
los resultados del estudio de lord Burns sobre la caza. Al término de la sesión de consulta, de vuelta en el
coche, abrió el maletín para cerciorarse de que tanto el informe como sus notas estaban en él.
Jims tenía planeado almorzar en el Golden Hind de Casterbridge con un amigo íntimo, el predecesor de
Leonardo, de hecho. La decisión de poner fin a su relación había sido tomada de forma consensuada y sin
resentimientos. Además, Ivo Carew presidía una organización benéfica llamada Conservadores contra el
Cáncer, de modo que ser visto en su compañía no podía más que beneficiarlo. Volcó el contenido del maletín
sobre el asiento del acompañante. Antes de empezar a buscar ya sabía que los papeles no estaban allí y
también sabía dónde estaban. Los había guardado en una carpeta de plástico azul transparente a juego con la
encuademación del Informe Burns, que habría visto de inmediato. Sabía que no estaban allí y sabía dónde
estaban, en la casa de Leonardo.

Pero ¿dónde exactamente? No lo recordaba. Sí recordaba, en cambio, que Leonardo le había dicho la noche
anterior por teléfono que se tomaría el viernes libre e iría a ver a su madre, que vivía en Cheltenham.
Aquellas visitas eran frecuentes y muy agradables, pues Giulietta Norton, nacida en Roma al término de la
Segunda Guerra Mundial, hippy y groupie en los sesenta, era una mujer fascinante y la madre más original que
cabía imaginar. Tal vez Leonardo incluso se quedara a pasar la noche en su casa. Claro que Jims tenía llave
de su casa, de modo que eso no constituía ningún problema. Aun cuando lograra recordar dónde había dejado
la carpeta azul y convencer a alguno de los vecinos de Leonardo de que abriera la puerta a un mensajero, ¿en
quién podía confiar? ¿Podía encomendar a alguien que fuera a Glebe Terrace, localizara las notas y se las
enviara por fax sin considerarlo un poco extraño, sin que le pareciera sospechoso que James Melcombe-
Smith, diputado, hubiera dejado unos papeles importantes en casa de un corredor de Bolsa joven y muy
apuesto? ¿Y probablemente en el dormitorio del susodicho joven, para más señas? Tal vez Zillah. Llamó a su
casa por el móvil, pero no obtuvo respuesta. De hecho, Zillah, que dormía a pierna suelta, oyó el timbre del
teléfono mientras soñaba que Jims cambiaba de orientación sexual y se enamoraba de ella. Creyó que era su
madre quien llamaba e hizo caso omiso.

¡Era una inútil! Un estorbo constante, ni siquiera una compañera con quien poder contar. Jims llamó a Ivo
Carew y canceló la cita.

–Vaya, hombre, muchas gracias -se quejó Ivo-. ¿Se puede saber por qué has esperado hasta la una menos
cinco para avisarme?

–Lo siento. ¿Acaso crees que no preferiría verte a tener que volver a Londres?

Por el camino paró en un restaurante de comida rápida y, temblando, intentó comer un poco de pollo y patatas
fritas. En realidad, habría tenido tiempo de sobra para comer con Ivo y salir un par de horas más tarde, pero
empezaba a ponerse nervioso por el paradero de la carpeta y quería recobrar la tranquilidad lo antes posible,
aunque no antes de protestar por la pésima calidad de las patatas fritas y el pollo, que estaba pasado, sin
lugar a dudas. El encargado era un hombre de mal genio, y ambos se enzarzaron en una breve pero acalorada
discusión.

El tráfico se hizo más denso a medida que se aproximaba a Londres. Un choque múltiple cerca de una
autopista y un cruce de carreteras provocó una retención de varios kilómetros, mientras que unas obras cerca
de Heathrow reducían la calzada a un solo carril. Eran casi las ocho cuando por fin aparcó el coche en Glebe
Terrace. Al llegar se dijo que debía de estar perdiendo la cabeza; además de extraviar las notas, ahora no
encontraba la llave de casa de Leonardo. Miró en el llavero de Abbey Gardens Mansions y en el del coche, y
por fin rebuscó en todos los bolsillos, pero no apareció por ninguna parte. La vecina de Leonardo, una tal
Amber Nosequé, tenía una de repuesto. Rezó por que estuviera en casa, y así era. La mujer le lanzó una
mirada entre suspicaz y maliciosa, pero le dio la llave tras pedirle que no olvidara devolvérsela a la mañana
siguiente. Jims entró en casa de Leonardo.

Mientras subía la escalera que conducía al dormitorio, pensó en lo espantoso que habría sido abrir la puerta y
sorprender a Leonardo en la cama con otro, tal vez ese tipo del Departamento de Educación y Trabajo que le
parecía tan atractivo. A muchos hombres no les habría importado, pero a él sí. Sin embargo, la habitación
estaba vacía.

Jims buscó la carpeta, pero no aparecía por ninguna parte. Muy preocupado, bajó de nuevo la escalera y tras
una auténtica cacería (¡cacería, ni más ni menos!) de diez minutos, la localizó en el fondo de un elegante
archivador de palo de rosa. Sin duda la había puesto allí la entrometida y obsesivamente ordenada mujer de
la limpieza.

Saldría a cenar y pasaría la noche en casa de Leonardo. Cabía la posibilidad de que Giulietta tuviera una cita,
en cuyo caso quizás el joven volviera a casa. De cualquier forma, no soportaba la idea de ir a su propia casa
estando allí Zillah y esos niños.

Mientras Jims buscaba sus notas y Zillah miraba la televisión en Abbey Mansions Gardens con Jordan sobre
el regazo, dos policías, un sargento y un agente, llegaban a Willow Cottage.

Al marcharse Zillah, el propietario, que durante su estancia había temido que la joven nunca se marchara y
acabara por reclamar derechos de usufructo para sus hijos, decidió vender la casa, de modo que procedió a
redecorarla y a reformar el baño y la cocina. Las obras habían empezado poco después de Navidad, pero aún
no estaban terminadas. Un andamio ocultaba la fachada de la casa, las ventanas estaban aseguradas con
tablones, y el rótulo clavado en el jardín proclamaba que los obreros eran en realidad Diseñadores de
Construcción. Los policías comprendieron que allí no vivía nadie. Al preguntar a los vecinos averiguaron que
la señora Leach se había marchado en diciembre para volver a casarse. La mujer que vivía en la casa
contigua incluso sabía con quién se había casado: el diputado local, el señor Melcombe-Smith.

Por descontado, urgía comunicar a la esposa del difunto Jeffrey Leach la noticia de su muerte violenta, pero
ahora parecía que ya no era su esposa. Se había vuelto a casar y pertenecía a una clase social mucho más alta
que la que los investigadores atribuían a Jeffrey Leach.

El sábado por la mañana, Zillah acababa de levantarse cuando el policía llamó a la puerta del piso de Abbey
Gardens Mansions. Eran solo las ocho y media, una hora muy temprana para ella, pero no había podido
dormir más, pues tal como vaticinara Eugenie, al haberse pasado gran parte del día anterior durmiendo,
apenas pegó ojo por la noche. Los niños ya se habían levantado y miraban dibujos animados. Zillah salió del
dormitorio en bata y procedió a preparar tostadas y cuencos de cereales. En un momento dado se vio en un
espejo y retrocedió espantada ante su aspecto. Tenía el cabello alborotado y profundas ojeras. En medio de la
barbilla le estaba saliendo uno de esos granos que creía desterrados de su vida desde hacía quince años.

–¿Quién será? – se preguntó en voz alta al oír el timbre de la puerta.

–Lo sabrás si abres la puerta -replicó Eugenie-. Qué pregunta tan tonta.

–¡Cómo te atreves a ser tan maleducada!


Jordan, a quien los gritos siempre trastornaban, empezó a lloriquear. El timbre volvió a sonar, y Zillah acudió
a abrir.

–¿La señora Melcombe-Smith?

–Soy yo.

–¿Puedo entrar? Tengo malas noticias para usted.

No había fuera de aquel piso nadie a quien Zillah quisiera lo suficiente para que le importara si estaba vivo o
muerto, pero no pudo ocultar su estupefacción cuando el hombre le comunicó que Jeffrey Leach había muerto.

–¡No puedo creerlo!

–Me temo que es cierto.

–¿De qué ha muerto? ¿Un accidente?

Tal vez fueran sus palabras las que indujeron al policía a revelar la verdad.

–Fue asesinado ayer por la tarde. Lo siento.

–¿Asesinado? ¿Quién lo ha asesinado?

El policía no contestó a eso, sino que le preguntó dónde había estado el día anterior entre las tres y las cuatro
de la tarde. Zillah, aún atónita por la noticia, repuso que había estado en casa.

–¿Sola?

–Pues sí. Mis hijos habían salido con la… niñera.

–¿Y el señor Melcombe-Smith?

Zillah no podía decirle que no lo sabía, porque parecería muy raro en una recién casada.

–En su circunscripción, South Wessex. Lleva allí desde el jueves por la tarde. No puedo creer que Jerry haya
sido asesinado. ¿Está seguro de que es él?

–El señor Jeffrey Leach, sin duda. ¿Lo reconoce?

Zillah miró por primera vez en casi siete años la fotografía que ella misma había sacado en aquellos tiempos
más felices (aunque a la sazón no se lo habían parecido), una instantánea que mostraba a Jerry sosteniendo en
brazos a Eugenie, de tres semanas.

–Dios mío, sí. ¿Dónde la han encontrado?

–Eso no importa. ¿Es Jeffrey Leach?


Zillah asintió.

–Me sorprende que la conservara.

Y entonces llegó la madre de todas las preguntas, que la hizo ruborizar y palidecer en cuestión de segundos.

–¿Cuándo se divorciaron exactamente, señora Melcombe-Smith?

Zillah sabía que sería un error mentir, pero no le quedaba otro remedio. Aun así, titubeó un instante.

–Esto…, pues la pasada primavera, hace más o menos un año.

–Ya… ¿Y cuándo vio al señor Leach por última vez?

Dos días antes, en ese mismo piso. Zillah recordó que Jeff la había llamado bígama. La vez anterior había
sido en octubre, en Long Fredington, donde Jeff pasó el fin de semana y se fue en la cafetera diez minutos
antes de que el tren expreso y el de cercanías colisionaran.

–En octubre -repuso-, cuando vivía en Dorset con mis hijos.

Decidió añadir algunos detalles circunstanciales en aras de la verosimilitud.

–Llegó el viernes por la noche y se quedó todo el fin de semana, el primer fin de semana de octubre. Se
marchó el martes por la mañana.

El policía le alargó algo; era una tarjeta Visa.

–¿Es suya?

–Sí, no, no sé.

–El nombre del titular es Z. H. Leach, y esas iníciales no son muy corrientes.

–Sí, debe de ser mía.

Era la tarjeta que Jims le había dado en diciembre, después de que accediera a casarse con él. Comprobó que
entraba en vigor en diciembre y caducaba en noviembre de 2003. Después de la boda, Jims le había
entregado otras dos tarjetas a nombre de la señora Z. H. Melcombe-Smith, y Zillah se había olvidado por
completo de la primera. ¿Cómo la había conseguido Jerry? El día que fue a verla al piso se había paseado
por ahí tras anunciar que iba al baño; Zillah había oído sus pasos sigilosos y le pareció que entraba en el
dormitorio, pero no le dio ninguna importancia al asunto. A fin de cuentas, estaba acostumbrada a que la gente
husmeara en sus cosas. Malina Daz, la señora Peacock…

–¿Se la dio usted al señor Leach?

–No, sí, no sé. Debió de robarla.

–Una conclusión interesante, sobre todo teniendo en cuenta que la tarjeta fue expedida en diciembre y que la
última vez que vio usted al señor Leach fue en octubre. ¿Está segura de no haberlo visto desde entonces?

Y entonces Zillah pronunció la habitual frase que sale por boca de los criminales reincidentes que
comparecen una vez más ante el juez.

–Puede que sí.

El policía asintió con un gesto, indicó que de momento eso era todo y que seguirían en contacto. ¿Cuándo
regresaría el señor Melcombe-Smith? Zillah no lo sabía, pero repuso que el domingo por la noche. En aquel
momento llegó Eugenie, llevando a Jordan de la mano, ambos vestidos, limpios y aseados.

–Hola, ¿cómo estáis? – preguntó el policía en el tono entre brusco, inquisitivo y avergonzado que los hombres
sin hijos emplean cuando hablan con niños a los que no conocen.

–Estupendamente, gracias. ¿Qué le ha dicho a mi mamá?

–Solo le he hecho unas preguntas de rutina -explicó el policía, comprendiendo que el difunto Jeffrey Leach
debía de ser el padre de aquellas criaturas-. No hace falta que me acompañe a la puerta -aseguró a Zillah.

Un famoso novelista y profesor italiano acababa de publicar una novela merecedora de excelentes críticas, y
Natalie Reckman viajó a Roma para entrevistarlo. Su vuelo salía de Heathrow a última hora de la mañana.
Compró el primer libro del novelista en edición de bolsillo, así como tres periódicos en un quiosco del
aeropuerto, pero en ellos solo decía que un hombre había sido asesinado en un cine de Londres, asunto que no
le interesó demasiado.

Durante el vuelo se dedicó a leer el libro. Las azafatas distribuyeron el Evening Standard, pero Natalie no lo
cogió; ya había visto suficientes periódicos por aquel día. Contempló la posibilidad de quedarse en Roma
hasta el lunes, echar un vistazo al nuevo teatro que estaban construyendo y tal vez incluso comprobar qué era
toda esa historia de las tumbas profanadas en el Cementerio Inglés. Con un poco de suerte sacaría tres buenos
artículos por el precio de uno.

El sábado a mediodía, Fiona empezó a temer que Jeff la hubiera abandonado. Registró toda la casa en busca
de una nota, mirando bajo las mesas y detrás de los armarios por si se había caído del lugar donde la hubiera
dejado, pero no encontró nada. Marcharse sin decir una sola palabra era el colmo, pero desde luego, se había
marchado.

Michelle la ayudó a buscar. Señaló que si Jeff se había ido, no se había llevado nada. Toda la ropa a
excepción de la que llevaba al salir seguía en el armario, incluyendo la cazadora de cuero negro que tanto le
gustaba. Los cuatro pares de zapatos que tenía aparte de los que llevaba seguían en el zapatero de Fiona, y sus
calzoncillos y calcetines, en el cajón correspondiente. ¿Se habría marchado sin su maquinilla de afeitar? ¿Sin
el cepillo de dientes?

–Me temo que debe de haber sufrido algún accidente -musitó Michelle al tiempo que le rodeaba los hombros-
. ¿Llevaba algo que permitiera identificarlo, Fiona?

Fiona intentó recordar.


–No lo sé. Tú no registrarías los bolsillos de Matthew, ¿verdad?

–Nunca lo he hecho.

–Yo tampoco. Confío en Jeff. ¿Crees que debo hacerlo? Me refiero a registrar los bolsillos de la cazadora.

–Sí.

No encontró nada útil, tan solo una moneda de una libra, la cuenta de un supermercado y un bolígrafo. Fiona
miró en los bolsillos de su chubasquero. Un billete de metro, un botón, una moneda de veinte peniques.

–¿Dónde está su carné de conducir?

–¿Dónde solía guardarlo?

–Supongo que podría estar en el coche.

Ambas mujeres fueron al BMW azul marino, que Fiona no tenía más remedio que aparcar en la calle.
Michelle, a la que últimamente no costaba tanto subir a los coches, registró los bolsillos del asiento trasero,
mientras Fiona se sentaba al volante y revolvía la guantera. Encontró un mapa de carreteras, unas gafas de sol
y un peine, todo ello de su propiedad. Ningún par de guantes; nunca había guantes en las guanteras. Por su
parte, Michelle encontró otro mapa, un paquete medio vacío de pañuelos de papel, el envoltorio de una
chocolatina y un solitario caramelo de menta Polo que habría constituido una valiosa pista para la policía de
haber tenido conocimiento de su existencia y sabido cómo interpretarlo. Fiona lo arrojó a una alcantarilla.

Michelle se quedó con ella y preparó un almuerzo consistente en ensalada, queso y pan crujiente, aunque
ninguna de las dos tenía apetito. Matthew se reunió con ellas a media tarde. Michelle le había dejado la
comida en una bandeja, y para complacerla a ella y distraer a Fiona, les contó que se lo había comido todo:
tres rodajas de kiwi, una docena de almendras saladas, medio panecillo y un puñado de berros. Por entonces,
el estado de ánimo de Fiona había cambiado. No habían encontrado el carné de conducir de Jeff, así que
debía de llevarlo encima, y si hubiera sufrido un accidente, lo habrían identificado gracias a él. El enfado que
se había esfumado al comprobar que su ropa seguía en la casa, dando paso a la angustia de la noche anterior,
reapareció con renovada fuerza. Jeff la había dejado. Sin duda tenía intención de volver algún día para
recoger sus cosas, o quizá tendría la cara dura de pedirle que se las enviara.

El repartidor trajo el Evening Standard a media tarde. Matthew lo oyó caer sobre el felpudo y salió a
recogerlo. Fiona estaba tumbada en el sofá y Michelle preparaba el té en la cocina. Un gran titular dominaba
la primera página: asesinato en el cine y debajo: «Hombre apuñalado en un cine». Una gran fotografía
mostraba el interior de la sala en que había sido encontrado el cadáver, aunque no el cadáver en sí ni ninguna
imagen del hombre asesinado. El artículo tampoco desvelaba la identidad del difunto. Matthew llevó el
periódico a la sala, pero Fiona se había dormido, de modo que se lo mostró a Michelle.

–No hay razón para creer que se trata de Jeff, cariño.

–Yo no estoy tan seguro -objetó Matthew-. A él le gusta el cine y a Fiona no. No sería la primera vez que va a
una sesión de tarde solo.
–¿Qué hacemos?

–Creo que voy a llamar a la policía, cariño, a ver qué puedo averiguar.

–Oh, Matthew, ¿qué haremos si es Jeff? Pobre Fiona. ¿Y por qué iba nadie a querer asesinarlo?

–Seguro que se te ocurren unas cuantas razones, y a mí también.

Leonardo había regresado de casa de su madre cuando Jims estaba a punto de salir a cenar. Juntos fueron a un
nuevo restaurante tunecino que estaba de moda, volvieron a casa a las diez y media y Jims pasó la noche en
Glebe Terrace. Los dos eran demasiado discretos para proponer que Leonardo acompañara a Jims a Dorset,
de modo que emprendió el camino solo hacia las diez de la mañana. Antes, cuando uno iba en coche al West
Country, era posible parar en algún pueblo de gran solera y belleza para comer en el White Hart, el Black
Lion o cualquiera que fuera la hostería con que contara la población. Pero desde la aparición de las
carreteras de circunvalación que rodeaban todos los núcleos urbanos, aquella costumbre tan agradable había
desaparecido, a menos que uno estuviera dispuesto a desviarse treinta kilómetros, y las únicas alternativas
para que el viajero recuperara fuerzas eran las áreas de servicio, con sus enormes complejos de restaurante,
tiendas y lavabos. Jims se vio obligado a entrar en una de ellas y tras aparcar el coche entre cientos de
vehículos más, comer una ensalada mustia, dos sarnosas y un plátano. Al menos había podido evitar el
restaurante del trayecto de ida.

A las tres llegó a Fredington Crucis, donde tomó un baño y se puso el uniforme de las reuniones en el campo,
un traje bien cortado de tweed con chaleco, camisa marrón y corbata de punto. Ante el ayuntamiento de
Fredington Episcopi se había congregado una muchedumbre de manifestantes contra la cacería, todos ellos
esgrimiendo pancartas en las que se leían palabras como «bárbaros» y «torturadores de animales». A lo largo
del sendero se veían espeluznantes fotografías de zorros agonizantes y ciervos que huían de los cazadores
zambulléndose en el canal de Bristol. Los manifestantes emitieron un sobrecogedor aullido, bastante parecido
al de los sabuesos, cuando Jims entró en el edificio, pero dentro fue recibido con entusiastas aplausos. El
lugar estaba abarrotado, con sillas colocadas en los pasillos y muchas personas de pie al fondo de la sala.

El presidente de la oficina local lo presentó y lo felicitó por su reciente boda. La multitud vitoreó al invitado.
Jims se dirigió a ellos como «Señoras y señores, amigos, inglesas e ingleses, vosotros que defendéis a
ultranza el modo de vida de Dorset, columna vertebral de nuestra tierra, esta tierra de almas benditas, esta
tierra, este reino, nuestra Inglaterra».

Todo el mundo aplaudió y lanzó vítores. Jims les habló largo y tendido de lo que ya sabían, de que la caza
con sabuesos era un deporte glorioso, de que formaba parte de la vida rural inglesa desde tiempos
inmemoriales, de que era una tradición sagrada que contribuía a conservar las zonas rurales y proporcionaba
miles de empleos. Si bien no le gustaba montar a caballo, aseguró que para él era un inmenso placer, después
de pasar la semana entera trabajando en el ajetreo y la contaminación de Londres, salir a cabalgar por South
Wessex en las hermosas mañanas de los sábados. El aire fresco, la preciosa campiña, el paisaje, los sonidos,
la más magnífica de todas las experiencias rurales, los sabuesos al acecho de las presas. Los zorros apenas
sufrían en el proceso, aseveró. La caza furtiva nocturna y los disparos efectuados por inexpertos eran mucho
más crueles. De hecho, puntualizó, la caza no era cruel en absoluto, ya que solo el seis por ciento de los
animales cazados moría. Los que sí sufrirían si aquella perniciosa ley se aprobaba eran las personas
empleadas de forma directa e indirecta en la caza, señaló antes de citar las alarmantes estadísticas incluidas
en las notas que había ido a buscar a Londres, hombres y mujeres que se quedarían sin su medio de
subsistencia.

Continuó hablando en aquella línea, aunque en cierto modo estaba gastando saliva en vano, ya que no había en
la sala un solo escéptico al que convencer. Justo antes de terminar se dio cuenta de que no había respondido a
la felicitación del presidente por su boda, así que le dio las gracias y acabó diciendo que estaba impaciente
por ver a sus dos hijastros montados a caballo para así poder familiarizarlos con los encantos de la caza.

La ovación se prolongó durante casi dos minutos, acompañada de pataleos y exclamaciones de aprobación.
Acto seguido, la gente hizo cola para estrecharle la mano. Una mujer le dijo que había estado a punto de no
votar por él en las elecciones generales, pero que ahora daba gracias a Dios cada noche en sus oraciones por
haber cambiado de idea. Los responsables de la oficina local de la Alianza llevaron a Jims a cenar a un
espantoso restaurante llamado Warming Pan, pero logró escabullirse a las diez. Durante todo el trayecto de
regreso a Fredington Crucis House, temió haber rebasado el límite de alcohol permitido a causa del
repugnante tinto armenio que habían tomado durante la cena.

Zillah había pasado la clase de tarde que no le gustaba ni pizca. Primero llevó a los niños a un parque infantil
en la cara sur de Westminster Bridge y más tarde dieron un paseo a lo largo de South Bank, pasando por
delante del London Eye, el National Theatre y los tenderetes de libros hasta llegar a la Tate y a Shakespeare's
Globe. Era un día soleado y caluroso, y Zillah tuvo la sensación de que todo Londres se había congregado en
la orilla peatonal. Por tanto, era extraño que aquel paseo le recordara tanto la vida en Long Fredington. Tal
vez se debía a la soledad, al hecho de no tener a nadie con quien hablar aparte de dos personas menores de
ocho años, a no tener ningún hombre en su vida, ni siquiera a Jerry. Puesto que no había llevado el cochecito,
al cabo de un rato se vio obligada a llevar a Jordan en brazos. Compró helados para los niños y Jordan le
manchó la chaqueta de Anne Demeulenmeister.

–A veces tengo la sensación de que te llevaré en brazos hasta que tengas dieciocho años -suspiró.

Su tono de reproche hizo llorar al pequeño. Ninguno de los dos niños hizo comentario alguno sobre la visita
del policía y Zillah suponía que debía dar gracias por ello. Esperaba no volver a saber nada de él ni de Jerry.
Tal vez en la siguiente visita con que la había amenazado solo quisiera hablar con Jims. Bigamia, pensó de
regreso en el piso mientras preparaba la merienda de los niños, bigamia. ¿Por qué le había preguntado el
policía por la fecha del divorcio? Pero aunque Jerry estaba vivo cuando ella se casó con Jims, se recordó,
ahora estaba muerto. Había muerto apenas dos meses después de la boda. «Aférrate a eso -se dijo-, aférrate a
eso. Ya no tienes dos maridos, solo has tenido dos maridos durante unas pocas semanas. No puedes ser
bígama si solo tienes un marido.»

La policía llamó aquella noche a las nueve y media; querían que fuera a identificar al difunto y enviarían un
coche a buscarla. ¿Le iba bien a las nueve de la mañana? Demasiado asustada para protestar, Zillah llamó a
la señora Peacock para preguntarle si podía cuidar de los niños a la mañana siguiente.

–¿En domingo? – espetó la señora Peacock en tono gélido.

–Se trata de un asunto de vital importancia -aseguró Zillah, sin querer decirle que se iba al depósito a
identificar un cadáver-. Le pagaré el doble de la tarifa normal.

–Eso por descontado.


Eugenie, que había salido de su dormitorio en camisón y oído la conversación, dijo en tono casi tan gélido
como el de la señora Peacock:

–¿Es que no piensas quedarte nunca en casa con nosotros?

La mujer policía iba de paisano. Aparentaba la misma edad que Zillah y se parecía a esas mujeres detective
que salían en las series televisivas: alta, delgada, de larga melena rubia y perfil clásico, aunque su voz poseía
un desagradable deje cockney y un timbre estridente y brusco. Se sentó en el asiento trasero del coche con
Zillah, que para la solemne ocasión había elegido un sobrio conjunto de traje chaqueta negro y blusa blanca.
No cruzaron palabra durante todo el trayecto al depósito.

Era la primera vez que Zillah veía un cadáver. Algo mareada, se fijó en que Jerry parecía más una figura de
cera que una persona sin vida.

–¿Es su ex marido, Jeffrey Leach?

–Sí, es Jerry.

Cuando salieron del depósito y cruzaban el patio en dirección a la comisaría, la mujer, que era inspectora,
preguntó a Zillah con aquella voz estridente y dura por qué lo llamaba así.

–Se hacía llamar Jerry, aunque algunos lo llamaban Jeff y su madre, Jock, porque su segundo nombre era
John, ¿sabe usted?

La inspectora no parecía saberlo. Condujo a Zillah a un despacho de mobiliario funcional y le pidió que se
sentara ante su escritorio. Era evidente que Zillah no le caía bien.

–¿Escribió usted esto, señora Melcombe-Smith?

Le alargó por encima de la mesa una hoja de papel. De no haber estado sentada, Zillah se habría desmayado
con toda probabilidad. Era la carta que había escrito a Jerry para suplicarle que no reapareciera en su vida y,
sobre todo, que no la acusara de bígama. La cabeza le daba demasiadas vueltas para leerla. ¿Había empleado
la palabra «bígama»? No lo recordaba. Cerró los ojos, volvió a abrirlos e hizo la clase de esfuerzo de
voluntad que casi nunca se requería de ella. Por fin respiró hondo y logró leer la misiva. «Querido Jerry»,
había escrito:

Te escribo para suplicarte que no vuelvas, que te vayas para siempre, que desaparezcas de mi vida. Me
enviaste aquella carta para decirme que habías muerto, y aunque no me lo creí, pensé que pretendías actuar
como si hubieras muerto. Hazlo, por favor. Por favor. Pensaba que no tenías cariño a los niños porque no
quisiste verlos durante meses y meses. Si quieres verlos alguna vez, podemos arreglarlo. Los llevaré a verte a
donde tú digas. Haré cualquier cosa con tal de que no intentes verme ni vengas aquí, y por favor, por favor,
no vuelvas a decir esa palabra sobre mí. Me asusta mucho, de verdad. Te aseguro que no te deseo ningún mal,
al contrario. Solo quiero seguir adelante con mi vida, así que por favor, si sientes alguna compasión por mí,
mantente alejado.

Sinceramente tuya, Z.

–¿Escribió usted esta carta? – repitió la inspectora.


–Es posible.

–Bueno, señora Melcombe-Smith, no hay muchas mujeres cuyo nombre empiece por Z. Hay algunas que se
llaman Zoe y no conozco personalmente a ninguna Zuleika, pero me parece que también hay algunas.

En la carta no aparecía la palabra «bígama» ni tampoco «bigamia». De hecho, era un texto bastante discreto
que no revelaba nada.

–Sí, la escribí yo -admitió por fin.

–¿A qué dirección la envió? No hemos encontrado el sobre.

–No lo recuerdo… Ah, sí, puede que…, era algún lugar en NW6. – Más le valía confesar el resto-. Estaba
viviendo con una mujer llamada Fiona. Trabaja en un banco.

–Al parecer no tenía ningún deseo de volver a ver al señor Leach. ¿A qué se refería con lo de «actuar como si
hubieras muerto»?

–No lo sé -repuso Zillah en un murmullo-. No me acuerdo.

–En la carta dice que estaba asustada. ¿La había maltratado alguna vez?

Zillah denegó con la cabeza. Suponía que en ese momento también parecía asustada.

–Si se refiere a si me pegaba, la respuesta es no.

–¿Cuál era la palabra que no quería volver a oírle decir? ¿Algún insulto, como «zorra», «vaca» o algo por el
estilo?

–Sí, sí, eso.

–¿Cuál?

–Me llamó vaca.

–Ah, vaca, una palabra estremecedora, sin duda. Eso es todo por el momento, señora Melcombe-Smith.
Mañana por la mañana iremos a hablar con su esposo.

Pese a que Jerry Leach le había caído mal las pocas veces que había hablado con él, lo cierto es que a Jims le
parecía atractivo y había creído detectar cierto destello receptivo en su mirada, pues Jims era uno de esos
homosexuales convencidos de que todos los hombres eran homosexuales en su fuero interno. Por tanto, la
noticia de su muerte le causó cierta impresión. Sin embargo, no veía en qué medida podía afectarlos a él y a
Zillah, ya que Jerry era agua pasada en las vidas de ambos. En aquel instante no se le pasó siquiera por la
cabeza que el difunto era asimismo el padre de Eugenie y Jordan; las relaciones familiares carecían de
importancia para él. Pero ese día, al entrar en el piso de Abbey Gardens Mansions poco después de la una,
quedó atónito al ver que Zillah estaba muy pálida y temblorosa.
–La policía volverá mañana por la mañana. Quieren hablar contigo.

–¿Conmigo? ¿Por qué?

–Querían saber dónde estuve el viernes por la tarde, cuando asesinaron a Jerry, y supongo que querrán
preguntarte lo mismo a ti.

Michelle reconoció a Jeff Leigh en la fotografía publicada en el periódico dominical. El odio o los
sentimientos cercanos al odio confieren la misma capacidad de observación que el amor. Cuando vio aquel
rostro, más joven en la fotografía y de rasgos borrosos, supo a quién pertenecía y de nuevo oyó aquella voz:
«El Gordo y el Flaco, Michelle, el Gordo y el Flaco. ¿Qué, poniéndote las botas, Michelle?». Sostenía un
bebé en brazos, lo que por alguna razón la hizo estremecer. ¿Debían decírselo a Fiona? Matthew llamó
primero a la policía. Les dijo que creía que el tal Jeffrey John Leach era en realidad Jeffrey Leigh, el
compañero sentimental de su vecina. Su mujer lo había identificado por la fotografía publicada en el
periódico. ¿Dónde vivía?, le preguntaron. Cuando Matthew respondió que en West Hampstead, se mostraron
muy interesados. Irían a hablar con él. ¿Le parecía bien a las cuatro de la tarde?

Cuando colgó el teléfono, Michelle se dirigió a la casa contigua para contar a Fiona lo que temían o, mejor
dicho, lo que sabían con seguridad, y avisarle de la visita de la policía.

Capítulo 17

Jock había desaparecido. Minty tardó un par de días en creérselo. Sobre todo cuando había salido y volvía a
entrar en la casa, tenía miedo de verlo sentado en una silla o de que la estuviera esperando entre las sombras
bajo la escalera. Soñaba con él, pero eso no era lo mismo que ver un fantasma, sino tan solo una persona que
se te aparecía en sueños. También Sonovia y Laf los poblaban, y a veces Josephine, la hermana del señor
Kroot y la tía, siempre la tía. El Jock de los sueños, no el fantasma, entraba en la habitación donde se
encontraba ella y le ofrecía un caramelo de menta Polo o decía «Genial», y una vez incluso pronunció
aquellas palabras a caballo entre el chiste y la tomadura de pelo, aquello de pellizco, puñetazo, el primero
del mes. En los sueños siempre llevaba la cazadora de cuero negro.

Oía la voz de la tía con mucha más frecuencia que antes, pero nunca la veía. El día anterior la había oído
cuando estaba en la bañera, un lugar donde el fantasma de Jock nunca se le había aparecido.

–Hace dos semanas que no llevas flores a mi tumba, Minty -señaló la voz de la tía.

Permaneció junto a la puerta, sin volverse hacia Minty, lo cual no habría estado nada bien. No era más que
una voz incorpórea, sin ojos.

–No es muy agradable estar muerta, pero mucho peor es que te olviden. ¿Cómo crees que me siento aquí, en
mi lugar de eterno descanso, sin más adorno que un ramo de tulipanes marchitos?
De nada servía contestar, porque los muertos no oían. El fantasma de Jock nunca había hecho ni caso de lo
que le decía Minty. Pero aquella misma tarde fue al cementerio, donde las hojas de los árboles de hoja
perenne parecían más frescas y los nuevos brotes eran de un verde deslumbrante, donde la hierba relucía tras
la reciente lluvia; recogió las flores marchitas y las sustituyó por claveles rosados y gypsophila. Los claveles
no olían, pero como decía Josephine, no podía esperarse que las flores de invernadero despidieran olor
alguno. Por lo general, cuando visitaba la tumba de la tía, Minty se arrodillaba sobre un papel o plástico
limpio y le rezaba, pero ese día no. La tía se estaba poniendo tan pesada que no lo merecía; tendría que
conformarse con las flores.

Los domingos, Minty hacía la colada, es decir, la colada principal, ya que había prendas que lavaba cada día.
Los domingos lavaba las sábanas y las toallas de toda la semana, y teniendo en cuenta que nunca utilizaba una
toalla más de una vez y que cambiaba las sábanas como máximo cada tres días, la ropa blanca se le
acumulaba. Mientras la primera carga daba vueltas en la lavadora, alegrándole el corazón con sus burbujas
de jabón y su olor a limpio (los momentos que pasaba contemplando la lavadora en marcha eran los únicos en
que Minty se sentía totalmente en paz con el mundo), salió al jardín para fijar el tendedero.

Algunos de los vecinos dejaban el tendedero siempre puesto, hiciera el tiempo que hiciese. Minty se
estremecía cada vez que pensaba en los residuos negros de las emisiones de gasolina que debían de
acumularse sobre las cuerdas. Ella frotaba, enjuagaba y secaba su tendedero plastificado después de cada
uso. Verificó que los postes estaban bien fijados y prendió la cuerda al enganche situado en el extremo del
que estaba al fondo del jardín antes de desenrollarla con cuidado mientras caminaba por el suelo
pavimentado en dirección a la casa.

En la casa contigua, la hermana del señor Kroot arrancaba malas hierbas. El jardín del anciano pasaba meses
enteros cubierto de maleza, porque nunca hacía nada al respecto, y era su hermana quien se encargaba de
eliminar los dientes de león, las ortigas y los cardos durante sus visitas. No llevaba guantes, de modo que
tenía las manos manchadas de tierra y las uñas negras. Minty se estremeció una vez más, entró en casa y se
lavó las manos como si hubiera absorbido parte de la suciedad de las manos de la mujer. ¿Cómo se llamaba?
La tía lo sabía, pues siempre se dirigió a ella por su nombre hasta el día en que dejaron de hablarse por algo
relacionado con la valla. Minty no recordaba el nombre de la mujer, pero sí la pelea, y de repente le vino a la
memoria, pese a que había sucedido quince años atrás.

Fue cuando la tía hizo colocar una valla nueva entre ambos jardines. El señor Kroot nunca se quejó, pero su
hermana, que en tiempos debía de haber sido la señorita Kroot, acusó a la tía de invadir quince centímetros
de su terreno. Si no desplazaba la valla, advirtió, ella misma la destrozaría con unos alicates, y la tía replicó
que no la amenazara y que si cortaba un solo centímetro de valla, llamaría a la policía. Nadie cortó nada ni
avisó a la policía, pero la tía y la hermana del señor Kroot no volvieron a dirigirse la palabra, y la tía
prohibió a Minty hablar con la mujer. Sonovia también cortó toda relación con ella por lealtad a Minty.

Ojalá recordara el nombre de la hermana. Tal vez la tía se lo revelara la próxima vez que le hablara. En
realidad, no ansiaba tanto saberlo, no lo suficiente para acoger de buen grado las voces fantasmales. Sacó la
primera carga de la lavadora, metió la segunda y llevó las toallas mojadas afuera en una gran cesta forrada
con una sábana blanquísima. La hermana del señor Kroot se había incorporado y la miraba con fijeza. Era una
anciana achaparrada y robusta de cabello teñido de color miel y gafas de montura violeta. Cuando se llevó un
dedo manchado de tierra y con la uña negra al rostro para rascarse la mejilla, Minty le dio la espalda con un
nuevo estremecimiento.

Era una mañana soleada y clara, aunque soplaba un viento fresco. Buen día para secar la colada. Tendió las
toallas con pinzas de plástico que había lavado y secado junto con la cuerda. La hermana del señor Kroot
había entrado en la casa, dejando el sendero salpicado de malas hierbas. Minty sacudió la cabeza ante
semejante negligencia. Ella también entró en casa y empezó a pensar en el almuerzo. Había comprado una
hermosa pieza de jamón en Sainsbury's y tenía intención de cocinarla ella misma. En su opinión, comprar
carne cocinada entrañaba un gran riesgo, porque una nunca sabía de dónde salía ni en qué estado se
encontraba la cacerola en que la habían hervido. En cuanto hubiera puesto la carne al fuego, tal vez fuera al
quiosco a comprar el periódico dominical ahora que Laf ya nunca se lo llevaba.

Antes de salir fue al salón para asomarse a la ventana y ver quién había en las inmediaciones. Fue una suerte,
pues al apartar la cortina medio descorrida vio que Laf y Sonovia salían de su casa con la expresión solemne
que siempre adoptaban cuando iban a la iglesia. Sonovia llevaba el traje azul y un sombrero blanco, mientras
que Laf iba enfundado en un traje a rayas. Minty esperó a que se alejaran y por fin salió en dirección opuesta
para comprar el periódico.

Qué coincidencia, pensó al echar un vistazo a la primera página de News of the World, habían asesinado a un
hombre en el mismo cine donde se desembarazó del fantasma de Jock. El artículo no decía cuándo había
sucedido, solo que el muerto se llamaba Jefrey Leach.

–Cada vez se cometen más asesinatos -comentó de repente la voz de la tía-. No sé adónde vamos a ir a parar.
Por todas partes hay bandas que se matan unas a otras. Vas a Harlesden High Street y todo son bandas o
gamberros jamaicanos.

Minty intentó hacer caso omiso de ella y se sentó en el salón a leer el periódico. Cuando oyó que la lavadora
se paraba, fue a la cocina y sacó de ella las sábanas y las fundas de almohada. Ya solo quedaba una sábana y
una funda nórdica. Metió ambas cosas en la lavadora y llevó la colada mojada al tendedero.

El señor Kroot estaba echando un colador lleno de pieles de patata en su cubo de basura con ruedas. Así, sin
envolver, tal como salían de las patatas. A Minty le producía náuseas pensar en que tenía que empujar el cubo
por toda la casa para que los basureros del distrito de Brent lo vaciaran al otro lado. Ella tenía su cubo de la
basura en la parte delantera, asegurado con un candado a la pared, porque aquel barrio era tan conflictivo que
la gente era capaz de robarte incluso la basura, y después de restregarlo con vigor, espolvoreaba
desinfectante color verde esmeralda por todo el interior.

–Al hijo del duque de Windsor lo mataron -prosiguió la tía-. Tenía que convertirse en el rey Eduardo IX.
Claro que cuando matan a alguien famoso no hablan de «asesinato», sino de «magnicidio». Fue en Francia. Si
hubiera estado donde debía, no habría pasado lo que pasó.

–¿Y qué más da? – dijo Minty en voz alta, aunque sabía que no servía de nada-. ¿Por qué no te vas?

Tenía que añadir más agua a la olla donde se cocía el jamón. Lo comería acompañado de patatas hervidas y
guisantes congelados. Una vez, cuando Jock aún vivía, la había convencido para que comprara brécol
orgánico y al lavarlo había caído de él una oruga del mismo matiz verde claro que los tallos. Nunca más.
Abrió el cajón de los cuchillos y el primero que vio fue el que había utilizado para librarse del fantasma de
Jock. Lo había hervido, lo cual había desvaído el color del mango, y debía de estar todo lo limpio que podía
estar un cuchillo, pero por alguna razón no le apetecía trinchar la carne con él. Nunca le apetecería, por
mucho tiempo que lo conservara. Tendría que librarse de él. Era una lástima, en realidad, porque le parecía
que formaba parte del juego que le habían regalado a la tía con motivo de su boda en 1961.
–Mil novecientos sesenta y dos -la corrigió la tía.

John Lewis, era el nombre de Jock, como la tienda de Oxford Street. Qué curioso, nunca lo había pensado de
ese modo. De seguir Jock con vida, ella se habría convertido en la señora Lewis y así habría figurado en los
sobres, señora de J. Lewis. Pero no debía pensarlo, porque Jock ya no estaba. Se puso los guantes de goma,
volvió a lavar el cuchillo, lo secó, lo envolvió en la sección deportiva del periódico, esa que nunca leía, y lo
metió en una bolsa de plástico. Más valía no tirarlo al cubo de la basura, porque aunque nadie podía robar el
cubo en sí, podía llevarse su contenido, y esas bandas siempre andaban buscando cuchillos.

–Es lo que usan -aseguró la tía-. Las pistolas son difíciles de conseguir y muy caras, pero los cuchillos son
otra cosa. Todos esos tipos llevan cuchillos, por eso hay tantos asesinatos. Bandas contra bandas. Pues peor
para ellos, qué quieres que te diga. A Eduardo IX lo mató una bomba, pero él era distinto.

–Vete -pidió Minty, pero la tía siguió mascullando.

Quizá le conviniera tirar el cuchillo al contenedor callejero donde había tirado la ropa manchada. Cuando
estaba sacando la tercera carga de la lavadora sonó el timbre. ¿Quién sería? Laf ya nunca le llevaba los
periódicos y nadie la visitaba a excepción de los testigos de Jehová. A la tía le gustaban los testigos de
Jehová, siempre les compraba la Atalaya y se mostraba de acuerdo con todo lo que decían, aunque no estaba
dispuesta a acompañarlos de puerta en puerta. Minty se lavó las manos y se las estaba secando cuando volvió
a sonar el timbre.

–Ya voy, ya voy -dijo, aunque nadie podía oírla desde el otro lado de la puerta.

Eran Laf y Sonovia. Minty se los quedó mirando sin decir nada.

–No nos des con la puerta en las narices, Minty, cariño -suplicó Laf-. Venimos en son de paz y de amor al
prójimo, ¿verdad, Sonny?

–¿Podemos entrar?

Minty abrió la puerta un poco más. Sonovia dio un traspié sobre el felpudo a causa de los altos tacones que
llevaba. El vestido azul que a Minty le iba holgado se le ceñía a las caderas. Ella y Laf la siguieron hasta el
salón, como siempre sumido en la penumbra a pesar del sol que brillaba en el exterior.

–Se trata de lo siguiente -empezó Laf en el tono que empleaba con los delincuentes juveniles reincidentes,
más afligido que enojado-. Los vecinos no deben estar peleados, no está bien y no es cristiano. Sonn y yo
acabamos de escuchar un sermón sobre el amor a los enemigos, sobre todo los vecinos, y hemos decidido
pasar por aquí en ademán de humildad, ¿verdad, Sonn?

–Yo no soy enemiga de nadie -sentenció Minty.

–Ni nosotros. Sonny tiene algo que decirte y no le resulta fácil, albergando como alberga el orgullo que el
pastor atribuye a algunas personas, pero se humillará para decirlo, ¿verdad, Sonn?

Sonovia masculló en voz baja y a regañadientes que esperaba que todo se arreglara.

–Lo pasado, pasado está.


–Dilo, Sonn.

Sonovia hizo una mueca de disgusto ante la perspectiva de tener que dar una disculpa y por fin pronunció las
palabras muy despacio y titubeando.

–Lo siento…, quiero decir lo del vestido. No pretendía ofender a nadie. – Se volvió hacia su marido-. Lo…
siento.

Minty no sabía qué decir; nunca se había encontrado en una situación semejante. La tía se había peleado con
mucha gente, pero nunca hacía las paces. Una vez dejabas de hablarte con alguien, era para siempre. Hizo un
gesto de asentimiento a Sonovia, y como si las palabras fueran nuevas para ella, como si hablara en una
lengua extranjera que hubiera aprendido de pequeña pero nunca llegado a utilizar, dijo:

–Perdón. Pienso lo mismo…, quiero decir, sobre lo de lo pasado y tal.

Las dos mujeres se miraron. Impulsada por un solícito empujoncito de Laf, Sonovia avanzó un paso, abrazó a
Minty con cierta torpeza y la besó en la mejilla. Minty permaneció inmóvil y se dejó hacer.

Laf profirió una exclamación de alegría y alzó las dos manos.

–¿Amigos otra vez? Genial.

–Cariño -suspiró Sonovia con su vitalidad habitual-, para serte sincera, me alegré de que limpiaras el traje.
Debería haberlo llevado yo misma a la tintorería. Después de dejártelo recordé que tenía una espantosa
mancha de ketchup en el dobladillo.

–No pasa nada, salió enseguida -aseguró Minty.

–Bueno, lo que queremos es que esta tarde nos acompañes al cine -anunció Laf con una amplia sonrisa-. No a
Marble Arch ahora que han matado allí a ese pobre hombre, sino al Whiteley, a ver El jardín de la alegría.
¿Qué te parece?

–Bien. ¿A qué hora?

–Habíamos pensado en ir a la sesión de las cinco y media y después ir a comer una pizza. Y ahora, ¿por qué
no me das un beso a mí también?

Minty metió el cuchillo que había envuelto en otra bolsa de plástico, de esas azules lisas tan anodinas que te
daban en las tiendas del barrio, y recorrió los cien metros que separaban su casa del contenedor de Harrow
Road, donde había tirado la ropa manchada. Pero el contenedor estaba lleno a rebosar, como sucedía a
menudo los domingos, rodeado de bolsas que no habían cabido y que se habían abierto, desparramando su
contenido sobre la acera. Minty no tenía intención de contribuir a aquella inmundicia, era repugnante. Así
pues, volvió a casa, se lavó las manos, almorzó y volvió a lavárselas.

Le parecía recordar que había un grupo de contenedores en Kilburn Road y acabó por encontrarlos después
de largo rato. De hecho, tuvo que recorrer una distancia considerable por Landbroke Road, más allá incluso
de la estación de metro, antes de encontrar lo que andaba buscando, contenedores limpios y bastante vacíos.
Levantó la tapa de uno de los contenedores. Despedía un hedor muy desagradable gracias a personas como el
señor Kroot, que no envolvían sus residuos como Dios manda. Lo primero que vio fue una bolsa verde
chillón de Marks Spencer que no contenía nada más sucio que algo envuelto en papel de cocina, un par de
paquetes de cereales y una barra de pan entera y aún envuelta en papel de celofán. No le importaba
demasiado verse asociada con ninguno de aquellos objetos, de modo que deslizó el cuchillo entre el pan y los
cereales y volvió a cerrar la tapa.

En el camino de regreso se detuvo un rato en el puente para contemplar las vías del tren. No eran las vías del
metro, sino la línea principal del tren regional que atravesaba casi todo Londres bajo tierra, aunque no en ese
tramo, y se dirigía al oeste del país. Justo allí habían chocado el tren de cercanías y el expreso de Gloucester.
En aquel accidente habían muerto muchas personas, entre ellas su Jock. Uno de los trenes se incendió y Minty
suponía que era en ese donde viajaba su prometido.

Había ido a visitar a su madre. Minty la imaginaba como una anciana encorvada de cabello ralo y gris que
caminaba apoyada en un bastón, o tal vez se parecía más a la hermana del señor Kroot. Debería haberse
puesto en contacto con la prometida de Jock, debería haber ido a visitarla. Minty imaginó una amable carta de
la señora Lewis en la que le decía que estaba muy triste y la invitaba a vivir con ella. Por supuesto, no habría
aceptado la invitación. Con toda probabilidad vivía en una casa sucia y con poca agua caliente. Pero debería
habérselo propuesto. Aunque estaba clarísimo por qué no lo había hecho. Una vez Minty hubiera aparecido en
su casa o siquiera contestado a su carta, la señora Lewis tendría que haberle devuelto el dinero.

Empezó a llover. Minty meneó la cabeza para ahuyentarla, pero sabía que la lluvia haría caso omiso de ella.
Al llegar a casa llenó la bañera y se cepilló las uñas de las manos y los pies.

–La lluvia está sucia -observó inesperadamente la voz de la tía-. Llega a la tierra después de recorrer
kilómetros y kilómetros de aire sucio.

–La bañera es mi santuario -replicó Minty-. Déjame en paz.

Pero la tía también hizo caso omiso de ella.

–Has hecho bien en deshacerte del cuchillo -prosiguió-. Tenía millones de gérmenes invisibles.

¿Se dirigía por fin a ella? Eso parecía.

–Acabo de ver a la madre de Jock. No sabías que estaba aquí conmigo, ¿verdad?

–Vete -ordenó Minty, convencida de que caería muerta si la señora Lewis se manifestaba.

Cuando bajó, caía un aguacero. La casa se le antojaba vacía, fría, gris como el crepúsculo. Laf llegó a las
cuatro con un enorme paraguas con dibujos de palmeras y le dijo que irían en coche a causa de la lluvia. Le
costaría muchísimo aparcar, pero haría cuanto estuviera en su mano. Las palabras de la tía habían trastornado
a Minty. Tal vez ella y la señora Lewis se le aparecieran en el cine. Empezó a ponerse nerviosa. En el cine
no había madera que tocar, porque todo era de plástico, tela y metal.

Mostrándose amable y gentil, orgullosa de su recién descubierta humildad, Sonovia fue la primera en entrar
en la fila y se volvió hacia ella con una sonrisa.
–Vamos, querida, siéntate en medio. ¿Tienes las palomitas, Laf?

Las tenía, y estaban limpias y secas, ideales para Minty. El cine se estaba llenando y todas las butacas de las
filas anteriores a la suya quedaron ocupadas, de modo que la tía y la madre de Jock no tendrían sitio. Las
luces se apagaron y de repente la pantalla se llenó de los colores brillantes y el ruido ensordecedor que
asociaba con la desaparición de Jock. Minty empezó a coger las palomitas más pequeñas y se relajó.

Cuando viera a la señora Lewis, le preguntaría qué había sido de su dinero y la obligaría a contestar. Tal vez
debería ponerlo por escrito. Los fantasmas nunca respondían cuando se les hablaba, pero quizá lo hicieran si
veían la pregunta por escrito. Cuando empezó la película, Minty estaba pensando en lo que escribiría, en el
momento en que pondría el papel delante de las narices de la señora Lewis, y tardó largo rato en concentrarse
en la pantalla.

Capítulo 18
Jims apenas si volvió a pensar en lo que Zillah le había dicho acerca de la visita de la policía el lunes por la
mañana. Estaría en casa y por supuesto los recibiría, tal como era su deber de ciudadano. Respondería a sus
preguntas y más tarde iría a la Cámara de los Comunes dando un paseo. Poco acostumbrado a pasar mucho
tiempo en casa, la velada del domingo le resultó casi insoportablemente tediosa. Leonardo lo había invitado
al Camping Ground, un club gay en Earls Court Square, y a Jims le habría encantado acompañarlo, pero sabía
dónde estaba el límite. Así pues, con Eugenie sentada junto a él y soltando sin cesar comentarios críticos, se
tragó durante tanto tiempo como pudo el drama costumbrista de Jane Austen que daban por televisión y se
acostó temprano.

Algo lo despertó a las cuatro de la madrugada. Se incorporó en la cama de su solitario y más bien austero
dormitorio y recordó que no había pasado todo el fin de semana en Casterbridge y Fredington Crucis, como
había dado por sentado la noche anterior antes de desterrarlo de su pensamiento. Sin embargo, la cuestión
acudió de nuevo a su mente y de un modo distinto. El viernes por la tarde había regresado a Londres para
recuperar las notas perdidas de su discurso sobre la caza. No podía contárselo a la policía, porque las notas
no estaban en su piso de Abbey Gardens Mansions, sino en casa de Leonardo, en Chelsea. El rostro, el cuello
y el dorado y liso pecho de Jims se perlaron de sudor. Por fin encendió la luz.

Le preguntarían qué hacían aquellos papeles en Glebe Terrace, y aunque lograra darles una respuesta
satisfactoria, querrían saber por qué después de recuperarlos no había ido a su casa para pasar la noche con
su flamante esposa en Westminster. Sabían que Zillah no estaba fuera porque la habían llamado, según ella
misma le había contado la noche anterior. Querrían saber por qué había pasado la noche en casa de Leonardo
Norton, ejecutivo de la correduría de Bolsa londinense Frame da Souza Constantine, famosa en Londres y en
Wall Street. Tenía varias opciones. Podía omitir contarles que había regresado a Londres o bien decirles que
había vuelto por la tarde, encontrado a Zillah dormida y, puesto que no quería molestarla, cogido las notas y
vuelto a Dorset. O bien podía decir que había llegado a casa a última hora de la noche, encontrado los
papeles, pasado la noche con Zillah y partido a primera hora de la mañana, antes de la llegada de la policía.
Eso requeriría que Zillah mintiera por él. Con toda probabilidad accedería, y los niños no contaban, porque
estaban dormidos.

Jims no era un dechado de moralidad precisamente, sino más bien una persona poco escrupulosa y capaz de
contar una mentira inocua a la policía. Pero la idea de pedir a su mujer que mintiera por él, de decir a un
detective de Homicidios, o como se llamara la unidad en cuestión, que había estado en un lugar donde no
había estado le helaba la sangre en las venas. Era diputado, por el amor de Dios. La semana anterior, el líder
de la oposición le había dedicado una sonrisa, una palmadita en la espalda y un elogio. Otros diputados se
referían a él como el honorable representante de South Wessex. ¡El honorable representante! Jims no pensaba
a menudo en la palabra «honor», pero sí pensó en ella en aquel momento. Dada su posición y el cargo que
ocupaba, el honor se le presuponía en la misma medida que a un caballero medieval o cualquier otro servidor
distinguido del reino. Sentado en la cama, se enjugó el sudor con una esquina de la sábana y se dijo que no
podía pedir a nadie que mintiera por él.

Lo que haría sería olvidar que había ido a Londres en busca de las notas. Entre ese momento y las nueve de la
mañana, hora a la que llegaría la policía, ese dato quedaría borrado de su memoria. Al fin y al cabo, no había
necesitado en realidad aquellas notas y podría haber pronunciado un discurso estupendo sin ellas. Era solo
que no le gustaba presentarse sin preparación alguna en un lugar donde tuviera que dar una charla. Intentó
volver a conciliar el sueño, pero era como intentar retroceder dos días en el tiempo, algo que también le
habría gustado hacer. A las seis se levantó y descubrió que la paz de su salón había quedado rota por Eugenie
y Jordan, que estaban viendo una vieja y ruidosa película del Oeste por televisión. Cuando llegó la policía,
Jims estaba de muy mal humor, pero se sobrepuso lo suficiente para sentarse junto a Zillah en el sofá y
tomarle la mano.

La inspectora era la misma mujer que había acompañado a Zillah al depósito de cadáveres. La acompañaba
otro policía de paisano, un sargento. Zillah le preguntó si le importaba que estuviera presente en el
interrogatorio y la inspectora repuso que en absoluto. Zillah oprimió la mano de Jims y le dirigió una mirada
afectuosa. Jims tuvo que reconocer que a veces Zillah podía resultarle muy útil.

Le preguntaron sobre el fin de semana y contestó que lo había pasado en Dorset.

–Fui a mi circunscripción el jueves por la tarde y celebré una sesión de consulta en Casterbridge el viernes
por la mañana, en el Shire Hall. Después volví a mi casa de Fredington Crucis y preparé un discurso que
debía pronunciar el sábado por la noche en la Alianza Rural. Pasé allí la noche y gran parte del día siguiente,
luego fui a dar el discurso y más tarde cené con los responsables de la Alianza. Volví aquí el domingo por la
mañana.

El sargento tomaba notas.

–¿Alguien puede confirmar su presencia en la casa de Dorset el viernes, señor Melcombe-Smith?

Jims adoptó una expresión de incredulidad, la que ponía a menudo en la Cámara de los Comunes cuando
algún miembro del gobierno hacía algún comentario al que consideraba que debía reaccionar con desprecio.

–¿Cuál es el objetivo de estas preguntas?

Pero ya sabía cuál sería la respuesta.

–Mera rutina, señor. ¿Alguien puede confirmar su presencia? ¿Tal vez algún empleado suyo?

–En estos tiempos degenerados que corren -espetó Jims con desprecio-, no tengo empleados. Una mujer del
pueblo viene a limpiar y a vigilar la casa de vez en cuando, una tal señora Vincey. Se ocupa de llenar el
frigorífico cuando voy a pasar el fin de semana, pero ese día no fue.

–¿No recibió visitas?

–Me temo que no. Mi madre pasa parte del verano allí, pero por lo general vive en Montecarlo. Por supuesto,
vino para la boda -señaló oprimiendo la mano de Zillah-, pero se marchó hace un mes.

Los policías escucharon aquella explicación innecesaria con perplejidad, como era natural.

–Señor Melcombe-Smith, no es que pretenda poner en tela de juicio sus palabras, pero ¿no le parece un poco
extraño que un hombre joven y activo como usted, un hombre tan ocupado y recién casado además, pase lo
que debieron de ser unas treinta horas solo dentro de casa sin otra ocupación que preparar un discurso que sin
duda ya está acostumbrado a pronunciar? Hacía un día excepcionalmente hermoso y tengo entendido que la
zona de Fredington Crucis es de una belleza extraordinaria… ¿No salió ni siquiera a dar un paseo?

–Me parece que sí pone en tela de juicio mis palabras… Por supuesto que salí a dar un paseo.
–Entonces, cabe la posibilidad de que lo viera alguien.

–Me temo que no conozco la respuesta a esa pregunta.

Más tarde, Jims cruzó a pie la extensión de New Palace Yard en dirección a la entrada reservada a los
diputados. Estaba bastante satisfecho con el resultado del interrogatorio y seguro de que no volvería a tener
noticias de la policía. Al fin y al cabo, no podían sospechar que él hubiera matado a Jeffrey Leach. No tenía
móvil, llevaba al menos tres años sin verlo. En el peor de los casos, si averiguaban que había vuelto a
Londres, lo cual era imposible, se saldría por la tangente y diría que lo había olvidado. O bien les contaría la
versión número cuatro, que no se le había ocurrido la madrugada pasada: que había vuelto a última hora,
cuando Zillah ya dormía, pasado la noche en el dormitorio de invitados para no molestarla y salido antes de
que despertara. Eso lo arreglaría todo.

Cuando Michelle le conto que el hombre asesinado en el cine era Jeff, Fiona sufrió la pérdida momentánea de
conocimiento al parecer tan frecuente en otros tiempos, pero tan desusada en la actualidad. Se desmayó.
Michelle, que pocas semanas atrás no podría haberse agachado siquiera, se sentó junto a ella en el suelo sin
dificultad alguna y le acarició la frente.

–Pobrecita, pobrecita -murmuró.

Al volver en sí, Fiona dijo que no era posible, que no podía ser. Jeff no podía haber muerto. Había leído en
el periódico que el muerto era un hombre llamado Jeffrey Leach. Michelle le dijo que la policía estaba a
punto de llegar. ¿Se sentía con ánimos para hablar con ellos? Fiona asintió, aunque había sufrido tal golpe
que no podía asimilar gran cosa más. Michelle la ayudó a llegar al sofá, la instaló cómodamente y fue a la
cocina a preparar café con leche y mucho azúcar. Un remedio mucho mejor que el brandy, aseguró.

–¿De verdad se llamaba Leach? – preguntó Fiona al cabo de unos instantes.

–Eso parece.

–¿Por qué me dijo entonces que se llamaba Leigh? ¿Por qué me dio un nombre falso? Llevábamos seis meses
viviendo juntos.

–No lo sé, cariño. Ojalá lo supiera.

Durante su conversación con la misma inspectora que había acompañado a Zillah al depósito y que al día
siguiente interrogaría a Jims, Fiona percibió que el desengaño empezaba a filtrarse en el dolor de la pérdida.
Quedó confirmado que el nombre verdadero de Jeff era Jeffrey John Leach, que estaba en contacto con su
mujer y que por lo visto llevaba años desempleado, tal vez desde la universidad. La policía le preguntó
dónde había estado el viernes por la tarde y, sin titubear, Fiona les dio los nombres de al menos media
docena de personas que la habían visto y hablado con ella en el banco entre las tres y las cinco.

–Nunca le habría hecho daño -gimió mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas-. Yo lo quería.

Examinaron la ropa de Jeff y lo que denominaron sus «efectos personales». Impelida por lo que había visto en
la televisión, Fiona preguntó vacilante si tendría que identificar a Jeff, pero le dijeron que no sería necesario,
ya que la ex esposa del señor Leach ya lo había hecho. Aquello trastornó a Fiona mucho más que cualquier
otra cosa y rompió a llorar. Entre lágrimas indicó que le gustaría ver a Jeff y los policías aseguraron que
podían arreglarlo.

En cuanto se fueron, se arrojó en brazos de Michelle.

–Nunca había sentido por nadie lo que sentía por él. Era el hombre que llevaba esperando toda la vida. No
puedo vivir sin él.

Casi todo el mundo habría contestado que ocho meses no bastaban para toda una vida, que Fiona lo superaría,
pero Michelle se había casado con Matthew apenas dos meses después de conocerlo, ¿y cómo se habría
sentido si hubiera muerto?

–Lo sé, cariño, lo sé.

Fiona recordó lo brusca que había sido con Jeff aquella noche en el Rosmarino, al decirle que se guardara sus
chiquilladas para su bebé, porque ella ya era mayorcita. Recordaba también cómo lo había regañado por
mostrarse desagradable con Michelle. Ay, ¿por qué no lo había amado como merecía?

La responsabilidad de los contenedores de reciclaje y basura en la zona de la estación de Landbroke Groove


no recaía en los distritos de Westminster ni Brent, sino en los de Kensington y Chelsea. Los hombres que
acudían a vaciarlos los lunes consideraban cualquier objeto de valor que contuvieran como incentivo
personal y rebuscaron entre los objetos desechados muy atentos a cualquier hallazgo.

La bolsa verde Marks and Spencer seguía bastante cerca de la tapa del contenedor y el más joven de los
basureros advirtió que en su interior había algo envuelto en papel de cocina. Daba la sensación de que la
persona que la había utilizado como bolsa de basura (sin duda se trataba de una mujer, como comentó el
joven desdeñosamente a su compañero) hubiera olvidado que se había dejado dentro un artículo recién
comprado. Así era. El examen de la bolsa reveló la presencia de un jersey de cachemira azul cielo que
constituiría un regalo de cumpleaños ideal para la novia del basurero.

La bolsa contenía otra cosa. Los hombres la desenvolvieron. A esas alturas, todo aquel que leyera el
periódico o viera la televisión sabía que la policía buscaba el arma empleada por el Asesino del Cine. Tal
vez acababan de encontrarla.

La profanación del cementerio resultó ser una noticia aún más jugosa de lo que Natalie Reckman había
esperado. Por lo visto, la brujería había tenido algo que ver en el asunto, y una entrevista con un inglés que
vivía en Roma desveló la posibilidad de que se hubieran celebrado ritos satánicos en las inmediaciones del
sepulcro que contenía el corazón de Shelley. La construcción de un nuevo teatro era una noticia que podría
convertir en un buen artículo si describía lo que estaba sucediendo en la Colina del Palatino y recomendaba
la edificación de algo similar en Londres a modo de secuela de la celebración del milenio. Podría llamarse
Teatro del Milenio o incluso, se dijo dando rienda suelta a su imaginación, Teatro Natalie Reckman. El lunes
por la mañana, antes de subir al avión para regresar a casa, Natalie compró un periódico inglés. Por supuesto,
era un número del día anterior, el Sunday Telegraph, y allí leyó que el muerto, víctima de un asesino
conocido ahora como el Asesino del Cine, era Jeffrey Leach.

Casi todas las personas, por muy experimentadas y curtidas que sean, sienten una punzada de tristeza, un
escalofrío o un estremecimiento de nostalgia al enterarse de la muerte de un antiguo amante. Natalie nunca
había amado a Jeffrey, pero sí lo había apreciado, disfrutado de su compañía y admirado su físico, pese a ser
consciente de que la utilizaba. Y ahora, en la flor de la vida, había encontrado la muerte a manos de un loco.
«Pobre Jeff -pensó-, qué final tan horrible, pobre Jeff.»

El espantoso suceso debía de haber ocurrido menos de una hora después de que se separaran en Wellington
Street. Sentada en el avión, con el periódico de la mañana sobre el regazo, Natalie recordó que al salir del
restaurante Jeff le había propuesto que fuera al cine con él. ¿Habrían cambiado las cosas si lo hubiera
acompañado? Tal vez ella hubiera elegido otra película. Pero también cabía la posibilidad de que hubiera
muerto con él.

La persona con quien, según había explicado a Jeff, era muy feliz la estaba esperando en Heathrow. Mientras
almorzaban juntos, Natalie le contó la historia. Su compañero, también periodista, aunque de otra índole,
reconoció de inmediato que el asunto podía encerrar un buen artículo.

–El pobre Jeff puso una cara un poco rara cuando le hablé de Zillah, como si se sintiera culpable. Bueno…,
no sé si culpable es la palabra, más bien como si tuviera algo que ocultar. Aquí pasa algo extraño. Empiezo a
pensar que quizá no llegaron a divorciarse. Eso sería muy propio de Jeff.

–Es fácil de comprobar.

–Lo haré, puedes estar seguro. De hecho, mi investigadora ya ha puesto manos a la obra; la llamé desde el
avión.

–Eres rápida como el rayo, amor mío.

–Entretanto, creo que seré una buena chica y llamaré a la policía para contarles que el viernes comí con Jeff.

Natalie no era la única que creía que ahí pasaba algo extraño. Los agentes no se habían tragado la explicación
de Zillah acerca de la carta que había escrito a Jeffrey Leach. La palabra que él le había dicho durante la
visita no especificada a Abbey Gardens Mansions, ocasión en que le había robado la tarjeta de crédito, no
era «vaca», dijera lo que dijese. Zillah Melcombe-Smith no se habría inmutado por semejante nadería. Y lo
cierto era que estaba alterada, asustada incluso. Las mujeres como ella rara vez escribían cartas; no era su
estilo. Sin embargo, Zillah había escrito a Leach presionada por… ¿la culpa? ¿Un miedo extremo? ¿El temor
a alguna clase de descubrimiento? Quizá se trataba de una combinación de todo ello.

Al interrogar a Natalie se alegraron de que su declaración los ayudara a encajar algunas piezas más acerca
del modo en que Leach había pasado el día antes de ir al cine. Asimismo, la periodista les proporcionó datos
sobre el pasado de Jeff. Por ejemplo, supieron que la primera vez que vivió en Queen's Park acababa de
casarse, que además de su esposa había habido muchas otras mujeres antes que ella, todas propietarias de
casas y capaces de mantenerlo. Natalie les contó cosas que ya sabían sobre Fiona Harrington y Zillah
Melcombe-Smith, así como algo que desconocían, que al separarse de Leach, hacía ya más de un año, el
hombre se mudó de nuevo a Queen's Park, esta vez a Harvist Road, donde sin duda había encontrado a otra
mujer. Los detectives volvieron a concentrarse en el estudio de la carta.

La señora Melcombe-Smith se había vuelto a casar en marzo. Se había divorciado la primavera anterior…, o
al menos eso afirmaba. Había niños de por medio, cuestiones relacionadas con la custodia y la manutención
de los hijos, así que a buen seguro no habría sido un divorcio rápido y sencillo. Si la palabra que Leach le
había dicho la había aterrado de aquel modo, cabía la posibilidad de que guardara relación con aquel
divorcio, algún factor resultante del procedimiento o de la sentencia. No sería difícil verificarlo, empezando
por el mes de enero anterior y avanzando desde allí.

La esposa del sargento aún conservaba el número del Daily Telegraph Magazine donde salía publicada la
entrevista de Natalie Reckman; era una de aquellas personas que casi nunca tiraban nada. El sargento no
había leído el artículo en su momento, pero ahora sí. Leyó con especial interés el pasaje donde Natalie
escribía que la señora Melcombe-Smith parecía haber vivido los primeros veintisiete años de su vida en total
aislamiento en Long Fredington, sin trabajo y sin hombres. En ningún momento había mencionado la
existencia de un ex marido ni de ningún hijo.

Los dos Melcombe-Smith se comportaban de un modo extraño, por expresarlo de un modo delicado. No
encontraban a nadie que hubiera visto al diputado en Fredington Crucis el viernes ni el sábado, pero dos
personas habían asegurado a la policía local que su llamativo coche, que siempre dejaba aparcado delante de
la puerta principal de Fredington Crucis House, no estaba allí a las nueve de la mañana del viernes. El
cartero, que llevó un paquete el sábado a las nueve menos cuarto de la mañana, volvió a llevárselo porque
nadie le abrió la puerta. Irene Vincey llegó media hora más tarde y encontró la casa vacía y la cama sin
deshacer, como si Jims no hubiera dormido en ella.

Ninguno de los porteros de Abbey Gardens Mansions lo había visto entre el mediodía del jueves y la tarde
del domingo. Lo más incriminatorio fue que el encargado del restaurante Golden Hind, de Casterbridge, llamó
para contar que el señor Melcombe-Smith había llamado para cancelar su reserva y que alguien le había
dicho que ese dato interesaría a la policía. Ivo Carew, presidente de una asociación contra el cáncer,
confirmó el dato a regañadientes al tiempo que dedicaba varios epítetos poco halagüeños al encargado del
restaurante.

Sin saber lo que podía depararle el futuro, Jims afirmó en un discurso en la Cámara de los Comunes que el
Partido Conservador era el partido de los valores anticuados y la benevolencia, consideración y libertad más
modernas. Quentin Letts citó la frase en el Daily Mail (en un estilo ingenioso y no exento de varios
comentarios sarcásticos) y al poco empezó a circular por el Palacio de Westminster el rumor de que el
diputado por South Wessex iba camino de obtener una subsecretaría. En el gabinete en la sombra, por
supuesto, lo cual mermaba un tanto la gloria.

Jims consideraba que la policía era demasiado estúpida y probablemente le profesaba demasiado respeto
para volver a molestarlo. Era tan joven, tan guapo y tan rico… Aquella noche soñó una nueva versión de un
sueño que ya había tenido algunas veces, solo que esta vez, cuando descendía la escalinata del 10 de
Downing Street a fin de posar ante las cámaras, iba del brazo de Zillah, la primera dama más joven y bella
que se recordaba. Dios estaba en el cielo, pensó Jims con un suspiro, y todo iba más o menos bien.

Capítulo 19

A Zillah le sorprendió descubrir lo poco que le importaba la muerte de Jerry. ¿Era posible que lo hubiera
amado alguna vez? Su reacción provocó que los años que había pasado más o menos con él se le antojaran
una pérdida de tiempo. Por supuesto, tenía a los niños. Inmersa de nuevo en la rutina de llevarlos a la escuela
e irlos a buscar, experimentaba la más absoluta indiferencia hacia todo el mundo excepto ella y los pequeños.
Con toda la mañana por delante para hacer lo que le viniera en gana, desterró a la policía de su mente, se
olvidó incluso de Jims y de los problemas que parecía crearle de forma deliberada, y se recreó en la idea de
pasar tres horas a solas. Celebró el acontecimiento comprándose un vestido de Caroline Charles y un
sombrero de Philip Treacy para una fiesta real a la que debía asistir.

Cuando se compraba ropa, Zillah se forjaba una imagen de sí misma luciendo la prenda en un entorno por lo
general fastuoso. A veces iba acompañada de un hombre (a menudo Jims, antes de casarse con él), y a veces,
aunque más raramente, de los niños, vestidos con igual elegancia. Eran fantasías inocentes que le
proporcionaban enorme placer. Al apearse del taxi en Great College Street, la bolsa con el vestido de rosas
bordadas en una mano y la caja con el sombrero de paja rosa en la otra, se estaba viendo a sí misma en un
jardín soleado, sosteniendo en la mano una copa de champán. Acababa de saludar con una impecable
reverencia a la reina y escuchaba las palabras admirativas de un joven y apuesto lord heredero que a todas
luces se sentía profundamente atraído por ella. Los acontecimientos de los últimos días habían quedado
relegados al olvido.

Eran las once y veinte. Tenía el tiempo justo para subir a casa, colgar el vestido, guardar el sombrero y
tomarse un café rápido antes de salir a buscar a Jordan. Subió corriendo la escalinata, abrió el portal
modernista del edificio y entró en el vestíbulo dando un traspié. Sentada en una de las sillas doradas y
tapizadas de terciopelo rojo estaba la periodista que se había mostrado tan grosera con ella y escrito aquel
espantoso artículo para la revista del Telegraph.

A Zillah le resultaba incomprensible que una mujer llevara el mismo traje negro en dos visitas consecutivas a
la misma persona, sin cambiar ni siquiera de zapatos ni de joyas. En la mano derecha lucía el mismo anillo de
plata de forma tan peculiar.

–¿Me esperaba a mí? – preguntó sin apenas detenerse de camino al ascensor-. Tengo que volver a salir
enseguida para ir a recoger a mi hijo.

–No importa, señora Melcombe-Smith. Esperaré.

Zillah subió en el ascensor. Mientras colgaba el vestido se dijo que tal vez debería haber invitado a la mujer
(se llamaba Natalie Reckman, ¿cómo podía haberlo olvidado?) a esperarla en el piso. Pero no convenía dejar
a un periodista solo en casa de una. Eran capaces de hacer cualquier cosa, como registrar los cajones y leer
la correspondencia. Eran peores que Malina Daz e incluso que el pobre Jerry. Ya no le apetecía el café. De
hecho, le habría sentado mejor un brandy, pero no tenía intención de ponerse a beber. En lugar de volver al
vestíbulo, bajó en el ascensor hasta el garaje y al cabo de un cuarto de hora había recogido a Jordan y estaba
de vuelta en casa.

Hacía ya media hora que había visto a Natalie Reckman y se sintió tentada de olvidarse de ella. Metió dos
buñuelos de pollo en el microondas para Jordan, le sirvió un vaso de zumo de naranja y lo sentó a la mesa. El
teléfono interior sonó mientras se preparaba un bocadillo.

–¿Hago subir a la señorita Reckman, señora? – preguntó el portero.

–No…, sí…, supongo.


La periodista no había cambiado de traje, pero su actitud sí había sufrido una transformación. La seriedad fría
e intelectual había dado paso a una cálida afabilidad.

–Zillah, me gustaría charlar un poco más con usted. Gracias por recibirme.

Zillah se dijo que no le había quedado otro remedio.

–Estaba a punto de almorzar.

–No me prepare nada, gracias -dijo Natalie como si Zillah se lo hubiera propuesto-. Pero no declinaría un
vaso de ese delicioso zumo de naranja. ¿Este es su hijo?

–Sí, es Jordan.

–Es el vivo retrato de su padre.

Zillah intentó recordar si los periódicos habían publicado alguna otra fotografía de Jerry aparte de la que ella
le había sacado con Eugenie en brazos, pero estaba segura de que no era así. Nunca permitía que nadie le
hiciera fotos.

–¿Conocía usted a mi…, a Jerry…, quiero decir, a Jeff?

–En cierta época nos conocimos muy bien.

Natalie se había sentado y tomaba el zumo de naranja a sorbitos. Su tono y su actitud habían experimentado un
cambio sutil y la miraba con la expresión escrutadora que no había abandonado durante su primera visita.

–¿Cómo sino iba a saber que estaba usted casada con él y tenía dos hijos? ¿Leyó el artículo que escribí sobre
usted, Zillah?

–Por supuesto -repuso Zillah antes de añadir, haciendo acopio de valor-: Y debo decir que me pareció muy
desagradable.

Natalie se echó a reír y dejó el vaso sobre la mesa. Por lo visto lo puso demasiado cerca de Jordan para su
gusto y el pequeño lo empujó a un lado con un ademán furioso. El vaso se estrelló contra el suelo y se hizo
añicos. Jordan profirió un aullido trastornado y cuando su madre lo cogió en brazos, empezó a golpearle el
pecho con los puños al tiempo que expresaba una exigencia que Zillah llevaba semanas sin oír:

–¡Quiero a mi papá!

Con cara de asistente social o bien de agente de la oficina de menores, Natalie sacudió la cabeza, se arrodilló
y empezó a recoger los fragmentos de vidrio.

–¡Déjelo!

–Como quiera -dijo Natalie con un encogimiento de hombros-. No me enteré de la muerte de su marido hasta
ayer. He estado en Roma, trabajando.
¿Qué le importaba a ella? Zillah dejó a Jordan en el suelo con una caja de bloques de madera y dos coches en
miniatura, pero el pequeño se levantó al instante y se abrazó a sus rodillas con manos pegajosas. Fue entonces
cuando Zillah asimiló las palabras de Natalie.

–No era mi marido.

–¿Está segura?

Zillah olvidó la sensación pegajosa en sus piernas, el charco de zumo de naranja en el suelo, la porquería
sobre la mesa, la hora que era, a Jims, su nuevo vestido, el sombrero…, todo. Un estremecimiento helado le
recorrió el cuerpo como si se hubiera tragado un cubito de hielo.

–No la entiendo.

–Bueno, Zillah, es curioso, pero ayer pasé el día entero revisando un montón de papeles con mi asistente en
un intento de localizar algún indicio de su divorcio, y no encontramos nada.

–¿Con qué derecho se entromete en mi vida?

–Vaya, le castañetean los dientes. ¿Tiene frío? A mí me parece que aquí dentro hace calor.

–No tengo frío. ¡Por el amor de Dios, Jordan, ve a jugar! Deja en paz a mamá -se exasperó Zillah, alzando un
rostro pálido y asustado a la altura del suyo-. Le he preguntado que con qué derecho se entromete en mis
asuntos privados.

–¿Realmente cree que sus asuntos, como usted los denomina, son tan privados? No ha parado de salir en los
periódicos últimamente. ¿Acaso no cree que los lectores no tienen derecho a estar al corriente de sus
actividades?

–Ustedes los periodistas son todos iguales, capaces de decir y hacer cualquier cosa. Quiero que se vaya.

–No me quedaré mucho más, Zillah. Solo quería que me ayudara; a ser posible, que me indicara la fecha
exacta del divorcio. Tanto yo como… la policía teníamos entendido que había sido en algún momento de la
primavera pasada, pero parece que no es el caso.

De hecho, Natalie no sabía si la policía estaba siguiendo la misma línea de investigación que ella y había
acertado por pura casualidad.

–Pero estoy segura de que usted puede sacarnos de dudas. ¿Fue el año anterior, tal vez?

Jordan se sentó en el suelo y empezó a aullar como un cachorro.

–No recuerdo la fecha exacta -porfió Zillah más allá de la exasperación.

Tenía ganas de gritar y más tarde no supo cómo se las había arreglado para mantener el control.

–Tendrá que conformarse con eso. Además, ¿qué le importa?


–Al público le interesa, ¿no se lo había planteado? A fin de cuentas, está usted…, esto… casada con un
diputado.

–¿Qué quiere decir con eso de «esto… casada»? Estoy casada. Mi primer marido ha muerto.

–Sí -gritó Natalie para hacerse oír por encima de los berridos de Jordan-, ya me he dado cuenta. En fin, ya la
dejo en paz. Parece que a su hijo le pasa algo. ¿No se encuentra bien? No hace falta que me acompañe a la
puerta.

Mientras bajaba en el ascensor, Natalie recordó la ocasión en que había entrevistado al jefe de policía de una
ciudad del Medio Oeste americano. Estaban hablando de estadísticas de delincuencia, de distintos tipos de
crímenes, y Natalie le preguntó por una mujer que, según tenía entendido, se había casado en segundas
nupcias sin haberse divorciado de su primer marido.

–Señora, en esta ciudad se cometen nueve asesinatos a la semana, ¿y usted me pregunta por un caso de
bigamia?

Pero ¿reaccionaría la policía británica del mismo modo? Seguro que no. Jeff había sido asesinado, y su
esposa o lo que fuera se había casado con un diputado. Natalie decidió no escribir nada por el momento,
porque era muy consciente de los riesgos que entrañaba publicar que Zillah no estaba legalmente casada, ya
que podía resultar que sí lo estaba. Algún día escribiría un artículo sobre todas las mujeres de Jeff; sería una
sensación. Pero primero tenía que ponerse en contacto con la Unidad de Delitos Violentos y al mismo tiempo
cerciorarse de que nadie le birlaba la noticia. Pensativa, paró un taxi y volvió a casa.

Zillah siempre había condenado y despreciado a aquellas personas que comparecían ante los tribunales por
malos tratos a menores, y estaba convencida de que pertenecían a otra especie. Pero en esos momentos,
mientras deambulaba por el piso con su pesado, lloroso y empapado hijo, como si en lugar de tres años
tuviera tres meses, empezó a comprenderlo. Tenía ganas de tirarlo por la ventana, lo que fuera para acallar el
estruendo y frenar aquellas lágrimas siempre dispuestas a aflorar.

Mientras caminaba se repitió una y otra vez que todo saldría bien, que no había ningún problema, porque
Jerry había muerto. Una no podía ser bígama si su primer marido estaba muerto y ella se había casado otra
vez. De hecho, solo se trataba de que había afirmado ser soltera cuando en realidad era viuda… o no tardaría
en serlo. En realidad, no había afirmado estar divorciada hasta ese día; sencillamente, no había mencionado a
Jerry…, ¿verdad? No tenía por qué estar divorciada si su marido había muerto. En cualquier caso, nada de
todo aquello era culpa suya. Todo era culpa de esos periodistas que se empeñaban en meter las narices donde
no los llamaban. Lo principal era que sí era ya viuda o lo habría sido de no haberse casado con Jims.

Para su sorpresa, Zillah comprobó que Jordan se había quedado dormido. Estaba precioso cuando dormía,
con su piel rosada y suavísima, las largas pestañas oscuras, los rizos húmedos sobre la frente. Lo depositó
sobre el sofá y le quitó los zapatos. Jordan se volvió de costado y se metió el pulgar en la boca. Paz.
Silencio.

¿Por qué había accedido a casarse en aquella elegante cripta? ¿Por qué había querido que fuera así? No lo
recordaba. No habría estado tan mal casarse en un hotel o un juzgado de paz. En un lugar así no se habría
visto obligada a escuchar aquellas horribles… o quizá debería decir aterradoras palabras. Pero en su día no
le habían resultado aterradoras ni merecedoras de respeto, de hecho ni siquiera las había asimilado, porque
estaba demasiado ocupada pensando en el vestido y en las fotos que saldrían publicadas en los periódicos…
«Y puesto que todos responderemos de nuestros actos el sobrecogedor día del Juicio Final, cuando sean
revelados todos los secretos del corazón, si alguno de vosotros dos conoce algún impedimento para uniros en
santo matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.» Luego venía aquello de que quienes se casan sin
declararlo no están casados de verdad y su matrimonio no es legal. «Pero sin duda mi matrimonio con Jims es
legal», pensó Zillah sin poder apearse de aquel alarmante tiovivo de pensamientos, porque su marido había
muerto y, si bien no había muerto a mediados de marzo, murió pocas semanas después.

Tuvo que despertar a Jordan para llevarlo consigo a la escuela de Eugenie. El pequeño se quejó y lloriqueó,
y además se había hecho pis. Zillah le quitó los vaqueros y los calzoncillos. Una mancha grande y maloliente
ensuciaba el sofá de seda color crema de Jims. Era terrible ponerle un pañal a un niño de tres años, pero no
se atrevía a sacarlo de casa sin él. En el camino de vuelta pararía en una farmacia y haría algo que se había
jurado no hacer jamás: le compraría un chupete. Y más tarde tenía que llamar a su madre sin falta.

Por una vez llegó a la escuela antes de hora. Era un espacioso edificio estilo rey Jorge en una callecita
situada junto a Victoria Street. Tras aparcar el coche sobre la línea amarilla (pero no era una doble línea y
además no se quedaría mucho rato), se apeó, sacó a Jordan y estaba apoyada contra el coche, disfrutando del
sol, cuando un hombre bajó del BMW aparcado detrás del suyo y se acercó a ella.

–Zillah Watling -exclamó.

Era muy atractivo, alto, delgado y rubio, de nariz aguileña, boca generosa y el atuendo que a Zillah le parecía
el uniforme más apropiado para un hombre: vaqueros y camisa blanca. Llevaba los botones superiores
desabrochados y las mangas subidas. Zillah lo había visto en alguna parte, hacía mucho tiempo, pero no
recordaba nada más.

–Estoy segura de que lo conozco, pero no…

–Mark Fryer -se presentó el hombre para refrescarle la memoria.

Le recordó que habían estudiado juntos. Él se fue y al poco apareció Jerry…

–¿Es hijo tuyo? Yo vengo a buscar a mi hija.

–Y yo a la mía.

Intercambiaron noticias. Por lo visto, Mark Fryer no leía con asiduidad los periódicos ni las noticias, porque
no sabía nada de su matrimonio con Jims. Y no mencionó esposa, compañera, novia ni a ninguna otra mujer
que pudiera ser la madre de la niña que, por afortunada casualidad, bajó la escalinata de la escuela rodeando
con el brazo los hombros de Eugenie.

–Mira, tenemos mucho que contarnos. ¿Por qué no volvemos a vernos? ¿Qué tal si comemos juntos mañana?

Zillah denegó con la cabeza y señaló a Jordan sin decir nada.

–Entonces el viernes por la mañana. Podemos tomar un café en alguna parte.

Zillah repuso que le encantaría. Mark señaló un local situado en la acera de enfrente, pero a ella le pareció
que estaba demasiado cerca de la escuela y propuso otro en Horseferry Road.

–Me alegro de que nos hayamos tropezado aquí -exclamó antes de alejarse en su coche.

Sentada en el asiento del acompañante, Eugenie la observaba con expresión de censura.

–¿Qué ha querido decir con eso de «tropezamos»? ¿Ha chocado contra nuestro coche?

–Es una expresión. Quiere decir encontrarse por casualidad.

–Es el padre de mi amiga Matilda, ¿lo sabías? Matilda dice que es un mujeriego, y cuando le pregunté qué
significa, dijo que va detrás de las mujeres. ¿Va detrás de ti?

–Claro que no. No me gusta que hables así, Eugenie, ¿me has oído?

Pero a decir verdad, ya se sentía mejor. Era milagroso lo que un poco de admiración masculina podía hacer
por una. En cuanto al otro pensamiento que no cesaba de atormentarla, se repitió una y otra vez que nadie
podía hacerle nada, porque era viuda.

La policía volvió para hablar con Fiona. Si bien no lo dijeron en ningún momento, estaba convencida de que
creían que no podía estar demasiado afectada por la muerte de Jeff porque no hacía mucho que se conocían.
Sin embargo, esa circunstancia no les impedía esperar que lo supiera todo de su pasado, su familia, sus
amigos y todos los lugares donde había vivido después de abandonar la escuela de arte nueve años antes.

Les había contado todo lo que se le había ocurrido, pero ignoraba tantas cosas… Les aseguró que no sabía
nada de su matrimonio. No sabía dónde había vivido con su mujer, si ella había estado o no en Harvist Road
ni las edades de sus hijos. Le parecía muy duro que no la dejaran en paz para que pudiera llorar a Jeff a
solas… o quizás en compañía de Michelle. En cuanto a la ex mujer, afirmó no saber siquiera dónde vivía.

–No se preocupe, señorita Harrington, nosotros sí.

¿Acababa de ver un destello extraño en los ojos del hombre al oír la expresión «ex mujer» o eran
imaginaciones suyas? No lo sabía. Fiona no podía desterrar de su mente el hecho de que Jeff no hubiera
reservado el salón de banquetes del hotel para el día de la boda ni para ningún otro día. ¿Por qué le había
mentido? ¿Acaso nunca había tenido intención de casarse con ella? Había intentado comentar el asunto con
Michelle, pero su vecina, por lo general tan amable y afectuosa, adoptaba una actitud distante e impenetrable
cuando Fiona esperaba que minimizara los defectos de Jeff. La joven quería que Michelle lo disculpara, no
que le aconsejara, aunque fuera con la máxima delicadeza, que intentara mirar hacia el futuro en lugar de
seguir anclada en el recuerdo de un hombre que… Bueno, nunca lo había expresado en voz alta, pero Fiona
sabía que Michelle quería añadir que solo estaba con ella por su dinero.

–Nos ha contado todo lo que sabe de sus amigos y familiares. ¿Qué hay de los enemigos? ¿Tenía Jeff
enemigos?

A Fiona no le gustaba que los detectives se dirigieran a ella como señorita Harrington y hablaran de él solo
como Jeff, como si el pobre hubiera sido tan malvado que no mereciera siquiera un apellido. A menudo se
preguntaba qué dirían de ella cuando salían de su casa.
–No me consta que tuviera enemigos -repuso por fin con voz cansina-. ¿Tienen enemigos las personas
corrientes?

–Al menos personas a las que no caen bien.

–Ya, pero eso es distinto. Por ejemplo, a mis vecinos, los Jarvey, no les caía bien Jeff. De hecho, la señora
Jarvey me lo confesó. A ambos les caía mal.

–¿Por qué, señorita Harrington?

–Jeff era… Tienen que entender que era una persona con una vitalidad impresionante. Estaba tan lleno de
vida y energía…

Fiona no pudo contener un sollozo al decir aquello.

–No se altere, señorita Harrington.

¿Cómo no iba a alterarse si la obligaban a hablar de cosas que habría preferido callar para siempre? Se
enjugó los ojos con cuidado.

–Lo que iba a decir es que a veces Jeff soltaba cosas que…, bueno, que sonaban poco amables, pero no lo
hacía adrede, se le escapaban.

–¿Qué clase de cosas?

–Bueno, indirectas a Michelle…, la señora Jarvey, en plan de broma. Sobre su peso. A su marido y a ella los
llamaba el Gordo y el Flaco, cosas así. A Michelle no le gustaba y su marido lo aborrecía. Si de ella hubiera
dependido, creo que habría cortado toda relación con Jeff… No quiero decir que hicieran algo al respecto -se
apresuró a añadir al comprender lo que estaba diciendo y en un intento de causar mejor impresión-. Ni
siquiera lo criticaban. Michelle se ha portado de maravilla conmigo. Es solo que no comprendían a Jeff.

Intentó ponerse en el lugar de Michelle, algo que no se había obligado a hacer hasta entonces. Recordó de
nuevo la mentira que Jeff había contado sobre la reserva del hotel.

–Supongo que Michelle no quería que me casara con Jeff, que consideraba que no me convenía. Bueno…,
Michelle me quiere como a una hija, ella misma me lo ha dicho. Mi felicidad es muy importante para ella.

–Muchas gracias, señorita Harrington -dijo el inspector-. Creo que no tendremos que molestarla más, pero no
dude en llamarnos si se le ocurre cualquier cosa que no nos haya dicho.

–Menudo chasco se ha llevado la pobre -comentó en el coche al sargento.

–¿Quiere que siga buscando la sentencia de divorcio?

–Hay cosas que por mucho que las busques no las encuentras, Malcolm, porque no existen.

–¿La trincamos por bigamia entonces?


–Dejaremos que lo decida la fiscalía general. Nosotros ya estamos bastante ocupados.

–Esta tarde iré a mi circunscripción -anunció Jims-, pero esperaré hasta después de las cuatro para que tengas
tiempo de ir a buscar a Eugenie a la escuela.

–No te molestes -espetó Zillah con expresión agraviada-, no pienso acompañarte. – ¿Cómo iba a
acompañarlo? Había quedado con Mark Fryer en el Starbuck's el viernes a las once-. ¿Qué te ha hecho pensar
que te acompañaría?

Jims había olvidado el sueño en que se había visto a sí mismo como primer ministro y a ella como primera
dama.

–Te diré qué me ha hecho pensarlo, cariño. Hicimos un trato, ¿recuerdas? Un trato que de momento a ti te ha
beneficiado y a mí solo me ha jodido. Eres mi mujer, o al menos el adorno que he elegido para impresionar a
mis electores, y si te ordeno que me acompañes a Dorset, me acompañas. Por si no lees los periódicos ni
miras nada en la televisión que no sean los culebrones, lo cual es muy probable, te diré que la semana que
viene hay elecciones al parlamento en North Wessex y tengo intención de ir allí el sábado para respaldar a
nuestro candidato. Contigo. Con tus mejores galas, tu mejor comportamiento y absoluta devoción… Y con los
críos, esperando que ese pequeño demonio no eche la casa abajo con sus berridos.

–Cabrón.

–Los niños son tuyos, no míos, pero te aconsejo que no emplees semejante lenguaje con ellos.

–¿Quién es el que ha dicho «jodido»?

Jordan se había quitado el recién adquirido chupete de la boca para arrojarlo a la otra punta de la estancia.

–Jodido -dijo en tono pensativo, como si la palabra le calmara más que el chupete-. Cabrón.

–En cualquier caso, no pienso acompañarte. No quiero volver a poner los pies en Dorset. Ya vi todo lo que
quería ver cuando vivía allí. Llévate a Leonardo. Apuesto algo a que esa era tu intención de todos modos.

–Yo soy discreto, Zillah, cosa que no puede decirse de ti. Por cierto, ¿te has acordado de interesarte por tu
padre?

A la mañana siguiente, ninguno de los dos vio el artículo de Natalie Reckman, en el caso de Jims porque se
levantó tarde y tuvo que salir a toda prisa para llegar a tiempo a su sesión de consulta en Toneborough, y en
el caso de Zillah porque después de dejar a los niños en la escuela fue derecha a hacerse una limpieza de
cutis y una sesión de maquillaje en el centro de belleza de Army and Navy Stores. Poco después de las once,
con un aspecto absolutamente encantador en palabras de Mark Fryer, que no parecía tener intención de
mostrarse sarcástico, se estaba tomando un capuccino con él en Horseferry Road, donde el joven le habló de
su matrimonio roto y del reciente divorcio (una palabra nada grata a los oídos de Zillah), quedando muy
desilusionado cuando Zillah le dijo que tenía que ir a buscar a Jordan.

–Deja que te acompañe.


Más tarde, Zillah no habría sabido explicar por qué, tras salir del coche con Jordan y Mark Fryer, en lugar de
subir al piso en el ascensor rodeó con ellos el edificio hasta la fachada principal. ¿Tal vez porque la parte
delantera del edificio era tan hermosa y el sótano, en cambio, una inmunda pesadilla de hormigón? ¿Había
querido impresionarlo? Tal vez. En cualquier caso, eso fue lo que hicieron, caminar por Millbank hasta
doblar la esquina de Great College Street.

Ante Abbey Gardens Mansions se había congregado una multitud compuesta en su mayoría de reporteros
gráficos y mujeres jóvenes armadas con cuadernos. Al ver acercarse a Zillah se volvieron hacia ella como un
solo hombre y se acercaron sin dejar de acribillarla a preguntas y fotografías. Zillah intentó cubrirse el rostro
con las manos y luego con la chaqueta de Mark, que este había llevado doblada sobre el hombro, pero Mark
se la arrebató a toda prisa.

–Este lugar no me conviene -masculló atropelladamente-. Hasta luego.

Dicho aquello, desapareció. Jordan empezó a chillar.

Capítulo 20

Era el día libre de Laf. A las once de la mañana, los Wilson estaban sentados fuera, ante la puerta cristalera,
tomando café y leyendo el Mail y el Express. Sonovia tenía el jardín como a menudo afirmaba que debía ser,
en una «explosión de color» que contrastaba radicalmente con el contiguo, tan pulcro, estéril y desprovisto de
flores. Las macetas contenían azaleas fucsia, geranios color escarlata y rosa pastel que empezaban a florecer,
y distintas plantas colgantes en la combinación de colores de los equipos de remo de Oxford y Cambridge
pendían de cestas y jardineras de piedra. Una trepadora de un llamativo amarillo, cuyo nombre nadie conocía,
refulgía contra el extremo más alejado de la valla.

Laf dejó el periódico y comentó cariñosamente a su mujer que el jardín era un regalo para la vista.

–Esas cosas azules son preciosas. No recuerdo haberlas visto antes aquí.

–Son lobelias -repuso Sonovia-. Quedan muy bien con el rojo. Las compré por catálogo, pero para serte
sincera, no creía que salieran tan bien como en la foto. ¿Has leído lo de esa mujer que estaba casada con el
tipo al que mataron en el Odeón y se casó con otro sin haberse divorciado antes de él? Aquí dice que creía
estar divorciada, pero eso parece imposible, ¿no?

–No lo sé. La gente hace las cosas más estrambóticas, como he tenido ocasión de comprobar muchas veces.
Puede que él le mostrara unos papeles falsos.

No tenía intención de revelar a Sonovia que ese último dato sobre el caso del Asesino del Cine todavía no
había llegado a oídos de la comisaría de Notting Hill. El cuchillo era otra cosa. Lo sabía todo acerca del
cuchillo, que lo habían encontrado en un contenedor de reciclaje, que alguien había comentado que parecía
haber sido hervido y que el laboratorio no sabía a ciencia cierta si era o no el arma del crimen. ¿Quién
herviría un cuchillo? Eso era lo que se había preguntado el detective encargado de la investigación, y Laf
había pensado que Minty lo habría hecho. Se echó a reír ante la idea de que la pequeña Minty pudiera hacer
daño a alguien.

–¿Te parece que esa Zillah Melcombe-Smith obró mal al casarse de nuevo sin haberse divorciado antes? –
preguntó a su mujer-. Quiero decir que a lo mejor creía estar divorciada y se casó con ese diputado de buena
fe.

–No sé, Laf. En mi opinión, tendría que haberse asegurado antes de ir al altar.

–Bueno, pero ¿crees que alguien obra mal si no sabe que lo que hace está mal?

Aquella clase de preguntas a veces preocupaba a Laf en su calidad de policía responsable.

–Por ejemplo, si atacaras a alguien y lo mataras convencido de que era un demonio, o Hitler o alguien por el
estilo, ¿estarías obrando mal? Si creyeras que con ello librarías al mundo de un… ser maligno… ¿Estarías
obrando mal?

–Habría que estar chalado para hacer algo así.

–Vale, pero en el mundo hay más chalados de los que piensas.

–Todo esto es demasiado profundo para mí, Laf. Será mejor que se lo preguntes al pastor. ¿Te apetece más
café?

Pero a Laf no le apetecía. Permaneció sentado al sol, pensando que lo que acababa de describir a Sonovia
estaría mal para la persona asesinada, sus amigos y familiares, y también estaría mal si el asesino hubiera
cometido el delito adrede. Pero no estaría mal para la persona que lo cometía sin conciencia moral, ya que no
habría asesinado en el sentido del quinto mandamiento, sino que sería inocente como un corderillo, tendría la
conciencia tranquila y tal vez incluso estaría orgulloso de haberse convertido en el asesino de Hitler o del
diablo.

Laf, un hombre profundamente religioso, de confesión evangélica, se preguntó si esa persona iría al cielo. Se
lo preguntaría al pastor. Y estaba bastante seguro de que le respondería que, puesto que era Dios quien había
creado su locura, debería franquearle la entrada al Paraíso. Contempló de nuevo el jardín. Aquellos geranios
rosa pálido eran preciosos. Qué maravilla ser un hombre feliz, sentarse bajo la parra y la higuera, como decía
la Biblia, bueno, en realidad bajo el espino y el lilo, en compañía de una buena esposa y rodeado de un
puñado de hijos.

Sonovia había entrado en casa para llamar a Corinne. Por la tarde irían a la Cúpula con su nieta. Esperaría
hasta la una y cuarto, pues por entonces ya habrían almorzado, y luego llevaría los periódicos a Minty. Tal
vez quisiera acompañarlos. Conseguir que Minty y Sonovia hicieran las paces era lo mejor que había hecho
en mucho tiempo, se dijo Laf. Su esposa era una buena mujer, si bien algo impulsiva. Se reclinó en la silla y
cerró los ojos.

A Minty no le extrañó que la anciana señora Lewis la visitara, pues lo había esperado. No podía verla y
esperaba no poder verla nunca, pero oía su voz con tanta frecuencia como las demás. En cualquier caso,
aquellas visitas demostraban que estaba muerta y que las palabras que Jock le había susurrado de noche eran
ciertas. Los vivos no regresaban, porque ya estaban allí.

Sabía que la nueva voz pertenecía a la señora Lewis porque se lo dijo la tía. No se molestó en presentársela,
lo cual a Minty le pareció bastante grosero, sino que se limitó a llamarla señora Lewis. Minty se llevó un
buen susto. Estaba planchando, no en Inmacue, sino en la cocina de su casa, cuando la tía empezó a hablarle.
No mencionó las flores que Minty había dejado en su tumba el día antes, y eso que le habían costado un ojo
de la cara, más de diez libras, sino que se puso a criticarla por su forma de planchar, diciendo que la tela
estaba demasiado seca y que por tanto nunca desaparecerían las arrugas. Y acto seguido pidió su opinión a la
señora Lewis.

–¿A usted qué le parece, señora Lewis?

La nueva voz era brusca y más grave que la de la tía, y hablaba con un deje peculiar, sin duda del West
Country.

–Necesita uno de esos aerosoles -dijo-. Tienen muchos en la tintorería donde trabaja. Podría tomar uno
prestado.

Los muertos lo sabían todo. Lo veían todo, por lo que aún resultaba más extraño que no oyeran lo que se les
decía. La señora Lewis había vivido en Gloucester, a cientos de kilómetros de distancia, y no podría haber
sabido de la existencia de Immacue ni que Minty trabajaba allí de no ser porque estaba muerta y tales
secretos le habían sido revelados. Las dos voces siguieron conversando mientras ella planchaba, comentando
las virtudes de los detergentes en polvo y los quitamanchas. Minty intentó hacer caso omiso de ellas. No
comprendía por qué la señora Lewis había vuelto para atormentarla. Quizá la anciana había muerto a causa
del golpe que le produjera el fallecimiento de su hijo Jock. Pues que no creyera que Minty cuidaría de su
tumba. Ya tenía bastante con la de la tía, por no hablar del gasto que representaba.

Terminó de planchar, dobló todas las prendas y las colocó en una cesta sobre una sábana limpia.

–No te hace falta la cesta -observó la tía-. Es poca ropa; sería más fácil llevarla en la mano.

–Vete -ordenó Minty-. No es asunto tuyo, y además, no pienso llevar más flores a tu tumba. No me lo puedo
permitir.

–Es comprensible -terció la señora Lewis-. Ese hijo mío la desplumó. Claro que le habría devuelto todo el
dinero de no haber muerto en ese accidente de tren. Hasta el último penique.

–Si quiere decirme algo -gritó Minty-, dígamelo a mí, no a ella. Y por cierto, la que tiene que devolverme el
dinero es usted.

Pero la señora Lewis nunca se dirigía a ella, sino que solo hablaba con la tía. Milagrosamente, la tía había
recobrado el oído y la señora Lewis charlaba con ella mientras Minty planchaba las prendas de los clientes
de Immacue. Esos fantasmas podían ir a donde les viniera en gana. La tía señaló que estaba pálida, que sin
duda no comía bien, pero la señora Lewis intervino diciendo que su Jock siempre había hecho comer a Minty,
que tenía un apetito de lo más saludable y le gustaban las chicas que no hacían ascos a la comida.

–Marchaos, marchaos -pidió Minty en un susurro, pero pese a ello Josephine la oyó y fue a preguntarle si le
había dicho algo a ella.
–No he dicho nada.

–Ah, me había parecido oír que decías algo. ¿Has leído el periódico esta mañana? La mujer que estaba
casada con ese tipo al que asesinaron está casada con otro.

–Nunca leo el periódico hasta que vuelvo a casa. ¿Por qué no iba a casarse si el otro estaba muerto?

–Es que no estaba muerto cuando se casó con el segundo -puntualizó Josephine-. Fíjate, se casaron el mismo
día que Ken y yo. Mira, tengo el Mirror aquí. ¿Te gusta cómo va vestida? Los vaqueros son demasiado
ceñidos, digan lo que digan. Y va muy despeinada. Este es un tipo con el que estaba, no dicen quién es, pero
su marido no, y este es su hijito, llorando a moco tendido, pobrecito.

–No está bien matar -sentenció Minty-. No hay más que ver cuántos problemas crea.

Después de planchar la última camisa se fue a casa.

Llevaba solo cinco minutos allí cuando Laf pasó a dejarle los periódicos y a proponerle que fuera a la
Cúpula con él, Sonovia y la hijita de Daniel. Minty declinó la invitación, no, gracias, otra vez sería, tenía
demasiadas cosas que hacer. Tendría que tomar un baño, porque no podía volver a salir sucia, y sus vecinos
se marchaban al cabo de diez minutos. Además, tenía que leer los periódicos, quitar el polvo y pasar la
aspiradora.

–Por la tarde no se hacen esas cosas -la reprendió la tía en cuanto Laf se fue-. Una buena ama de casa hace
las tareas domésticas a primera hora de la mañana y por la tarde se sienta a coser.

–Dará la excusa del trabajo. Y no querrá que se ponga a limpiar en domingo… El domingo es para descansar,
o debería serlo. En mis tiempos había algunas que se levantaban al alba para quitar el polvo y pasar la
aspiradora antes de ir a trabajar, pero de esas ya no quedan.

–Váyase, la odio -espetó Minty.

Por alguna razón creía que no la seguirían si salía, y era cierto. Tal vez había demasiada luz o hacía
demasiado calor o algo por el estilo. Recordaba haber oído en alguna parte que los fantasmas se disolvían al
sol. Sacó el cortacésped y segó la minúscula extensión de hierba, repasando los bordes con la tijera de podar.
La hermana del señor Kroot salió al jardín contiguo y arrojó migas de pan mohoso para los pájaros. Minty se
sintió tentada de decirle que no acudirían pájaros a comerse el pan, sino ratas, pero se contuvo porque ella y
la tía habían prometido no volver a dirigir jamás la palabra al señor Kroot, su hermana ni cualquiera que
tuviera que ver con ellos.

La tía le habló en cuanto entró de nuevo en la cocina.

–Me enfadaría mucho contigo si hablaras con Gertrude Pierce.

Así se llamaba. Los muertos lo sabían todo. Minty recordaba el nombre pese a no haberlo oído en diez años
como mínimo. No contestó a la tía y las dos ancianas siguieron conversando en voz baja. Tendría que
soportarlo hasta que se cansaran y volvieran al lugar del que procedían. Sin duda nos les gustaría que se
pusiera a aspirar la moqueta, y el sonido ahogaría sus voces. Que mascullaran cuanto quisieran; al menos no
las veía.

Siempre quitaba el polvo en primer lugar, algo que en vida de la tía le había costado muchas discusiones. La
tía siempre pasaba la aspiradora primero, pero Minty argumentaba que si dejabas el polvo para el final, todo
el polvo caía sobre la moqueta ya limpia, y si eras una persona concienzuda tenías que volver a pasar la
aspiradora.

Y cómo no, la tía empezó a protestar en cuanto Minty sacó el paño amarillo limpio del cajón de la cocina.

–No irás a quitar el polvo antes de pasar la aspiradora. No sé cuántas veces se lo he repetido, señora Lewis,
pero le entra por un oído y le sale por el otro.

–Es como hablar con una pared -corroboró la señora Lewis al cabo de un instante, pues Minty ya había
empezado a retirar todas las chucherías de la mesita para rociar la superficie con cera líquida-. Ese producto
que está usando se limita a tragarse el polvo y dejar una película de suciedad sobre la mesa.

–Eso mismo le digo yo. Ojalá me dieran un billete de cinco libras por cada vez que se lo he repetido.

–No es verdad -gritó Minty antes de pasar al aparador-. Eso no pasa si tienes la casa tan limpia como yo. Y
los billetes de cinco libras me los tendrías que dar tú a mí.

–Qué carácter tiene, Winifred. Se te echa a la yugular a la mínima.

–¡Eso me gustaría hacer! O echarle a un perro bien grande para que se la arrancara de cuajo.

–No hables así a la señora Lewis -la amonestó la tía.

De modo que podían oírla, o quizá solo cuando se enfadaba. Lo recordaría. Limpió la casa entera y mientras
estaba en el baño se taponó los oídos con algodón para no oírlas, pero no sirvió de nada. Solo reinó el
silencio mientras se bañaba y se lavaba el pelo. Tendida en el agua, intentó imaginar el aspecto de la señora
Lewis. Sin duda era muy anciana. Por alguna razón, Minty se había metido entre ceja y ceja que la señora
Lewis tenía casi cincuenta años cuando nació Jock. Tendría el cabello blanco y fino, tan ralo que entre los
mechones asomaría el cuero cabelludo rosado, la nariz ganchuda y la barbilla tan prominente y curva que casi
tocaría la nariz, la boca una suerte de grieta insertada en un pedazo de tosca madera marrón. Parecería una
bruja, encorvada y muy menuda, encogida más bien, y caminaría con paso vacilante.

–No quiero verla -dijo en voz alta-. No quiero verla y tampoco quiero ver a la tía. No me necesitan, se tienen
la una a la otra.

Nadie le respondió.

Aseada y con un atuendo limpio, compuesto de pantalones Dockers gris claro procedentes de la tienda de
segunda mano y una camiseta blanca bajo la que llevaba el crucifijo de plata de la tía, Minty se sentó junto a
la ventana para leer los periódicos. De vez en cuando alzaba la vista para echar un vistazo a la calle. Eran
más de las cinco y los Wilson aún no habían regresado. Gertrude Pierce salió de casa del señor Kroot con
una carta en la mano. Las raíces de su cabello anaranjado eran blancas. Llevaba un abrigo violeta con cuello
de piel sintética, un abrigo de invierno en una calurosa tarde de verano. Minty la siguió con la mirada
mientras cruzaba la calle y se dirigía hacia el buzón situado en la esquina con Laburnam. Cuando volvió,
Minty comprobó que tenía el rostro cubierto de maquillaje, una capa muy gruesa, y pintalabios rojo sangre y
las cejas repasadas de negro. Se estremeció al pensar en toda aquella porquería sobre la piel, y eso que la
mujer debía de tener al menos setenta y cinco años.

Las voces fantasmales no hicieron comentario alguno. Llevaban un par de horas sin hablar. Minty se sirvió un
poco de té en una pulcra taza blanca y lo acompañó con una magdalena que había comprado tras asegurarse
de que el dependiente usaba guantes y la cogía con unas pinzas de acero inoxidable de un plato blanco
protegido con blonda de papel y cubierto con una campana. Después de lavar y secar la taza y el plato, se
puso una chaqueta de punto blanca inmaculada y cruzó Harrow Road en dirección al cementerio. Por el
camino se cruzó con Laf, Sonovia, la niña y la esposa de Daniel, Lauren, que llevaba el largo cabello negro
peinado en mil trencitas y las uñas pintadas con motivos florales, algo muy inapropiado para la mujer de un
médico.

El cementerio ofrecía un aspecto verde y exuberante, con ranúnculos y margaritas creciendo entre la hierba, y
el musgo fresco y reluciente cubriendo las viejas piedras. El gasómetro lleno se alzaba en el extremo más
alejado del canal. A veces, cuando estaba casi vacío, no era más que un esqueleto, como los que yacían en las
cajas mohosas bajo tierra. Recorrió el sendero entre las encinas y las coníferas, entre la hiedra que se
encaramaba a los ángeles caídos cubiertos de musgo y los mausoleos resbaladizos de liquen. Algunas de las
lápidas tenían hiedra labrada en la piedra, que se complementaba con la hiedra viva que trepaba por ellas.
No se veía a nadie. Fue allí, en el cruce de los dos senderos, donde había visto a Jock acercarse a ella con su
cazadora de cuero negro. Estaba segura de que no volvería a verlo. Nunca más rezaría a la tía después del
modo en que la había tratado, ni tampoco le llevaría flores.

Le resultaba duro, pues la tía era la única persona que había tenido hasta que apareciera Jock. En cierta
ocasión, Sonovia había comentado que la tía era como Dios para Minty, y Laf, que la había oído, se
escandalizó y le pidió que no hablara así, que Minty no adoraba a la tía ni le rezaba. En realidad, sí lo hacía,
pero no podía decírselo a sus vecinos, aunque cuando volvió a casa se arrodilló y rezó. Estaba confusa y no
sabía qué hacer, si dar las gracias a la tía por morirse y dejarle la casa y el baño, o bien desear que volviera
a la vida. Bueno, en cierto modo, eso se había hecho realidad.

Los claveles y la gypsophila que había dejado sobre la tumba de la tía hacía un par de semanas estaban
marchitos, marrones. El agua del jarrón también se había teñido de marrón y solo quedaban un par de
centímetros en el fondo del recipiente. Quitó las flores muertas, tiró el agua y volvió a dejar el jarrón en su
lugar, sobre la losa de la tumba de un viejo. El sol calentaba bastante y Minty alzó el rostro hacia su suave luz
vespertina. Había esperado que la tía y quizá también la señora Lewis dijeran algo. A esas alturas, la tía ya
debía de saber que decía en serio lo de no llevarle más flores. Sin duda lo habría deducido al verla quitar el
jarrón. Los muertos lo sabían todo, lo veían todo. Pero no oyó ninguna voz; se habían marchado a alguna
parte, al lugar del que procedían.

Una vez cumplida su misión, iría al cine. Sola. Iría al Whiteley a pie, no estaba tan lejos. Si las tenía que ver
en algún sitio, sería en el paso inferior junto a la estación de Royal Oak, si bien no tenía motivo especial
alguno para asociarlas con túneles. No estaban allí, ni siquiera oyó sus voces amortiguadas. En el cine daban
una película titulada El dilema y otra llamada La playa. Se decantó por la segunda y tuvo que aguantar la
historia de unos adolescentes en un lugar exótico.

En un momento dado, un hombre se sentó junto a ella y le ofreció un caramelo de menta Polo. Sacudió la
cabeza y dijo que no, pero por supuesto, el hombre le recordaba a Jock y cuando le puso la mano en la
rodilla, Minty recordó el día en que había prometido a Jock que sería suya para siempre, que nunca habría
nadie más. No importaba que Jock le hubiera robado todo el dinero. Agarró la mano del hombre y le clavó
las uñas en el dorso con tal fuerza que el hombre profirió un grito. Minty se sentó tres asientos más lejos y al
cabo de un instante, el hombre se fue.

Cuando salió del cine era de noche y ya no hacía tanto calor. Caminó hacia Edgware Road y esperó el 36.
Mientras aguardaba allí sola, en aquel lugar solitario y lóbrego cerca de Paddington Basin, vio a la tía
sentada en el banco bajo la marquesina de la parada. No la veía con tanta claridad como a Jock, pues era una
figura semitransparente, aunque a todas luces era la tía, desde el cabello gris acero recogido en un moño a la
altura de la nuca hasta las gafas sin montura y los cómodos zapatos de cordones.

Minty no pensaba hablar con ella, no le daría esa satisfacción, pero se preguntó si el hecho de haber retirado
el jarrón y tirado las flores marchitas le habría conferido forma visible. No había rastro de la señora Lewis.
Minty se quedó mirando a la tía, que mantenía la vista obstinadamente fija en el canal. El autobús llegó al
cabo de pocos minutos. «No subiré si sube ella», se dijo. Pero cuando el autobús se detuvo, la tía se levantó y
echó a andar en dirección al paso inferior.

–Adiós y hasta nunca -masculló Minty mientras pagaba al conductor.

–¿Cómo dice?

Varias personas la miraban con fijeza.

–No hablaba con usted -espetó Minty al conductor antes de volverse hacia los pasajeros-. Ni tampoco con
ustedes.

Subió al piso de arriba para escapar de ellos.

Capítulo 21

Jims no recordaba haber estado tan furioso en toda su vida, y en su furia se mezclaba una parte de rabia con
otra de miedo. Era un hombre imaginativo hasta cierto punto; ante sí veía su carrera hecha añicos y la figura
amenazadora del jefe de asuntos disciplinarios de su grupo.

Yacía en su cama de Fredington Crucis House después de escuchar escrupulosamente durante una hora el
programa Today en la radio colocada junto al lecho. A las ocho y media, la señora Vincey le subió una taza
de té, algo que nunca había hecho con anterioridad, y dos periódicos sensacionalistas. Debían de ser suyos,
porque Jims no estaba suscrito a ningún periódico en su casa de campo, y de estarlo, no habría escogido
aquella clase de prensa. A menudo había pensado que la mujer lo odiaba y en aquel momento se convenció de
ello.

Era el día en que debía ir a Shaston para respaldar al candidato conservador. Imaginó a los reporteros con
sus cámaras y grabadoras esperándolo, y estaba a punto de decidir que no iría, pues su presencia perjudicaría
al partido en lugar de beneficiarlo, cuando sonó el teléfono.
Era Ivo Carew.

–Oye, querido, tengo algo que confesarte. Conté a la policía que habías cancelado nuestro almuerzo. Me lo
preguntaron y no me quedó más remedio que hablar.

¿Y cómo habían dado con él si Jims ni siquiera había mencionado la existencia de Ivo Carew?

–¿Has leído los periódicos?

–¿Y quién no?

–¿Qué voy a hacer?

–Bueno, mi querido ex amante, yo de ti fingiría que no lo sabía. Me refiero a lo de que el marido seguía
siendo el marido.

–Es que no lo sabía.

A todas luces, Ivo no lo creía.

–Me limitaría a insistir en mi inocencia… de la forma más vehemente posible. No se puede esperar que un
novio… -escupió la palabra con un desagrable bufido- se dedique a registrar los papeles del divorcio de la
novia. Te contó que estaba divorciada y tú la creíste.

Jims guardó silencio.

–¿Por qué te casaste con ella?

–No lo sé -reconoció Jims-. En su momento me pareció buena idea.

–¿Quieres que vaya a verte, amor?

Para acostarse con él, sin duda, y complicar aún más las cosas, por no hablar de la vieja Vincey, que pese a
estar en la planta baja sin duda aguzaría el oído cuanto pudiera.

–Será mejor que no. Me vuelvo a casa.

Una vez se hubo duchado y vestido, Jims se sintió un poco mejor, aunque incapaz de comer el grasiento plato
de huevos fritos, pan, beicon y patatas que, inexplicablemente, la señora Vincey le había preparado. Se limitó
a tomar una taza de Nescafé con leche en polvo. ¿Era la situación tan compleja como había creído en un
principio? Como político, Jims estaba convencido de que había muy pocas situaciones en la vida pública que
no pudieran resolverse con la estrategia adecuada, pocos errores que no pudieran subsanarse con (aparente)
franqueza, una disculpa sincera y una actitud inocente y seria. Jims era inocente. Era totalmente verosímil que
dos personas como Zillah y Jerry Leach, irresponsables y negligentes, se fueran a vivir juntos y tuvieran dos
hijos sin casarse. Por supuesto que la había creído. También podía alegar ante los medios de comunicación
que el primer matrimonio fue tan doloroso para Zillah que no quiso dejar constancia de él en ningún
documento, ni siquiera en una sentencia de divorcio. Eso serviría. Bueno…, no serviría, pero ayudaría.
Con toda probabilidad, la mejor táctica consistía en afirmar que no sabía nada. Zillah creía estar divorciada y
puesto que Jeffrey Leach había muerto, él, Jims, lo arreglaría todo casándose de inmediato con la viuda.
¿Quería hacerlo? Por supuesto que no; preferiría no verla nunca más. Pero no le quedaba otro remedio. A la
fuerza ahorcan. Siempre estaban a tiempo de divorciarse cuando la tormenta amainara. Podía enviar un
comunicado. Llamaría a Malina Daz para que lo ayudara a redactarlo. Pero era demasiado tarde para que
saliera publicado en el Evening Standard. Sería mejor volver a casa, pensar en el texto del comunicado por
el camino y al llegar hablar con esa zorra repulsiva de Zillah, a la que desearía no haber conocido jamás.
Llamaría a Malina por el móvil y luego a Leonardo.

Pero quizá sí tenía otra alternativa. Descolgó el teléfono y llamó a Ivo al móvil. A fin de cuentas, Zillah no
era demasiado lista.

A Michelle no le importaba demasiado que ella y Matthew fueran sospechosos de asesinar a Jeffrey Leach,
como en realidad se llamaba. En realidad, era una afirmación exagerada, porque sí le habría importado que
sospecharan seriamente de ellos, que las preguntas que les formulaban no fueran mera rutina. Por supuesto,
tenían que interrogarlos, era su trabajo. Ella y Matthew aún se tomaban el asunto a broma, e incluso habían
puesto motes a los detectives encargados del caso; a la mujer la llamaban doña Delitos y Faldas, y al hombre,
Crímenes Violentos. Pero aun cuando incluyeran al señor y la señora Jarvey, de Holmdale Road, West
Hampstead, en su lista de verdaderos sospechosos, eso no sería nada comparado con la traición de Fiona.

El día anterior por la mañana, cuando los policías fueron a verlos y les preguntaron dónde habían estado ella
y Matthew el día del asesinato, cuando comentaron que tenían entendido que Jeffrey no les caía bien,
circunstancia que no ocultaban, Michelle les preguntó cómo lo sabían. Por supuesto, los policías alegaron que
no podían divulgar esa información. Sin embargo, Michelle lo sabía, y eso la torturaba. Solo Fiona podía
habérselo dicho, pues nadie más estaba al corriente de la antipatía que les inspiraba Jeffrey. Ella y Matthew
apenas conocían a nadie aparte de la hermana de Michelle y el hermano de Matthew, a quienes casi nunca
veían y a quienes nunca habrían confiado semejante cosa. Fiona sabía que a los Jarvey no les caía bien su
prometido. Ella y Michelle habían hablado de ello y cuando a Fiona le preguntaron si Jeff tenía enemigos,
mencionó a los vecinos. Sus amigos. La mujer que la quería como una madre y estaba convencida de que
Fiona la quería como una hija. Era monstruoso. ¿No estaba de acuerdo Matthew?, le preguntó entre lágrimas.

–No puedes estar segura, cariño. Puede que dedujeran que nos caía mal porque por lo visto le caía mal a todo
el mundo excepto a las pobres mujeres a las que utilizaba.

–No, se lo contó Fiona. ¿Cómo podían saber que no caía bien a nadie? No conocen a ninguna de sus
amistades. Su pasado es una hoja en blanco, según Fiona. Me ha traicionado, y odio tener que decirlo, pero
nuestra relación nunca volverá a ser la misma.

–No llores, cariño, no soporto verte llorar.

Doña Delitos y Faldas y su gemela, otra mujer policía, querían algo que Michelle siempre había considerado
exclusivo de las historias detectivescas y los seriales televisivos: una coartada para ella y Matthew. En un
principio se escandalizó. Al vivir en un universo protegido donde la sinceridad se daba por supuesta, creyó
que la detective de más rango aceptaría su palabra.

–Mi marido y yo fuimos a hacer la compra. Primero fuimos al Waitrose, de Swiss Cottage, y más tarde,
puesto que hacía tan buen tiempo, decidimos subir al Heath.

–¿A Hampstead Heath? – preguntó doña Delitos y Faldas como si Londres estuviera atestada de zonas verdes
que la gente conociera con el sobrenombre de «el Heath»-. ¿Aparcaron y se quedaron sentados en el coche? –
inquirió después de que Michelle asintiera con la cabeza-. ¿Dónde exactamente?

Sin duda, todo el mundo sabía que resultaba casi imposible aparcar en las inmediaciones. Uno ya no podía ir
a donde le viniera en gana, como cuando ella y Matthew se trasladaron a Holmdale Road, sino que tenía que
conformarse con cualquier hueco que encontrara.

–Junto al estanque de Vale of Heath.

–¿Qué hora era, señora Jarvey?

Michelle no lo recordaba, de modo que solo pudo responder que regresaron a casa poco después de las
cuatro y media, porque la señorita Harrington estaba invitada a tomar una copa con ellos a las cinco y media.

–Salimos a comprar a las dos y media y llegamos a Vale of Heath a las cuatro menos cuarto -puntualizó
Matthew-. Estuvimos allí tres cuartos de hora.

A buen seguro habrían quedado impresionadas con la hermosa voz de Matthew. ¿Era acaso la voz de un
delincuente que va por ahí asesinando a gente con un cuchillo? Michelle no esperaba la siguiente pregunta.

–¿Los vio alguien? ¿Recordaría alguien haberlos visto en el Waitrose?

–No lo creo -repuso Matthew con aire divertido, los labios fruncidos para contener una sonrisa-. El lugar
estaba atestado de gente.

«Y ya no ofrecemos un aspecto tan estrambótico como antes -añadió Michelle mentalmente-. Yo aún estoy
gorda y Matthew aún está flaco, pero el contraste ya no es tan brutal. Hay muchas parejas como nosotros.»

–No recuerdo haber visto a nadie en Vale of Heath. La gente no sale a pasear en estos tiempos que corren.

Nadie respondió a su comentario. Fue entonces cuando Michelle preguntó a las mujeres policía cómo sabían
que les caía mal Jeff y ellas contestaron que no podían divulgar esa información. Matthew señaló que no
comprendía por qué insistían en exigirles que aportaran una coartada; a fin de cuentas, se la proporcionaban
el uno al otro, porque habían estado juntos en todo momento. La compañera de doña Delitos y Faldas les
dedicó una sonrisa compasiva. Ya, claro, pero estaban casados. El comentario infería que por ese motivo
estarían dispuestos a mentir para salvar al otro. Una inferencia por lo demás absurda si se tenía en cuenta
cuántos maridos y mujeres andaban a la greña.

A la mañana siguiente, Michelle volvió a sacar a colación el asunto. Le había costado mucho conciliar el
sueño y cuando por fin se durmió, soñó con sus hijos nonatos, esos hijos que nunca nacerían. Eran tres niñas,
todas ellas réplicas exactas de Fiona, que le daban la espalda y se alejaban al tiempo que le decían que nunca
la habían querido porque su corazón rebosaba odio.

Por la mañana mencionó el tema a Matthew de forma indirecta.


–No puedo creer que nos consideren capaces de asesinar a alguien -empezó.

–Bueno, pues si no puedes creerlo, cariño, no tienes por qué preocuparte, así que alegra esa cara. Ven a
darme un beso -Michelle se acercó y lo besó-. Hoy estás preciosa, querida, aparentas muchos años menos.

Ni siquiera aquel cumplido logró animarla. Le parecía oír a Fiona contándoselo todo a la policía. Sí, los
vecinos, trabamos bastante amistad con ellos, habría dicho, pero dejaron muy claro que Jeff no les caía bien.
Llegué a sentirme muy incómoda en su compañía. A veces, la señora Jarvey adoptaba una expresión
espantosamente vengativa. Lo único que daba a entender Jeff era que Michelle estaba gorda. Bueno, pues es
que está gorda y lo sabe perfectamente.

–No sabes si ha dicho esas cosas, Michelle. No sirve de nada ponerse en lo peor. Es muy peligroso
imaginarse esas cosas. Con el tiempo se te hace imposible distinguir entre la realidad y la fantasía.

Michelle sabía que solo podía existir una realidad, es decir, que Fiona había inducido a la policía a creer que
ella y Mathew, el más bondadoso y civilizado de los hombres, odiaban al novio de su vecina hasta el punto
de ser capaces de asesinarlo.

–Será mejor que empiece a hacer la comida -dijo con voz neutra.

Aunque ella no lograría probar bocado. Desde la muerte de Jeff había perdido el apetito y con frecuencia
tenía la sensación de que si comía se atragantaría. Tanto en vida como después de muerto, Jeff le había
prestado una ayuda de incalculable valor. ¿Qué pensaría la policía si les contara eso? ¿Que estaba loca o que
había asesinado a Jeff para cerciorarse de que en verdad había perdido el apetito? Matthew, por otro lado,
había descubierto los placeres de un nuevo alimento, la chapata, lo mejor que había probado en muchos años.
O mejor dicho, Fiona lo había descubierto para él la semana anterior. Antes de que Jeff muriera. «Antes de
traicionarme», pensó Michelle mientras cortaba dos rebanadas del pan italiano y las disponía en un plato con
un poco de queso fresco y doce almendras saladas.

Para Zillah había sido un día espantoso, una noche insoportable y una mañana aún peor. Primero los medios
de comunicación, por supuesto; los flashes estallándole en el rostro, el bombardeo de preguntas formuladas a
gritos.

–¿Qué se siente al estar casada con dos hombres a la vez, Zillah?

Ya nadie la llamaba señora Melcombe-Smith.

–¿Por qué no se divorció, Zillah? ¿Se casó por la iglesia ambas veces? ¿Volverán a casarse usted y Jims?
¿Como Dios manda? ¿Es este su hijito, Zillah? ¿Cómo te llamas, cariño?

Fue entonces cuando aquella rata asquerosa de Mark Fryer puso pies en polvorosa, perseguido por varias
jóvenes armadas con cuadernos. Zillah se llevó las manos al rostro, dejando un hueco a la altura de la boca
para poder gritar:

–¡Márchense, márchense, déjenme en paz!

Alzó en volandas a Jordan, que estaba llorando como de costumbre, aunque en realidad sollozaba, berreaba y
chillaba de miedo. Uno de los porteros bajó la escalinata, pero no con expresión comprensiva, sino con una
terrible mirada de desaprobación, como si quisiera dar a entender que en Abbey Gardens Mansions, a la
sombra de las Casas del Parlamento, no esperaban esa clase de cosas. Pese a todo, le proporcionó un abrigo
para que se cubriera y la condujo al interior del edificio mientras el otro portero hacía cuanto estaba en su
mano para frenar a la horda de periodistas. El hombre la empujó sin ceremonias hasta el ascensor, cuyas
puertas se cerraron al instante.

El teléfono empezó a sonar en cuanto entró en el piso. Al cabo de diez minutos ya sabía que no le convenía
contestar, pero la primera vez levantó el auricular.

–Hola, Zillah -la saludó una voz masculina-. Soy del Sun. ¿Podemos charlar un momento? A ver, cuando
usted…

Zillah colgó de golpe. El teléfono volvió a sonar de inmediato. Descolgó con cautela, pensando que tal vez
sería su madre o (Dios no lo quisiera) Jims. Pero en cualquier caso tendría que hablar con él. Jordan estaba
sentado en el suelo, balanceando el cuerpo y llorando a moco tendido. Esta vez llamaban del Daily Star. El
periodista debía de telefonear desde el móvil, porque se oía el tráfico de Parlament Square y las campanas
del Big Ben.

–¿Qué tal, Zillah? ¿Le gusta ser el centro de atención? Por fin ha alcanzado la fama, ¿eh?

Zillah desconectó el teléfono del salón, el del dormitorio de Jims y el del suyo, se metió en la cama con
Jordan en brazos, lo apretó contra sí y se cubrió con las sábanas. Más tarde volvió a conectar el teléfono
colocado sobre su mesilla de noche para llamar a la señora Peacock y preguntarle si haría el favor de ir a
buscar a Eugenie a la escuela.

–Por esta vez, señora Melcombe-Smith, pero no podré seguir así mucho tiempo. Si le parece bien, me
gustaría pasar por su casa mañana por la mañana a las diez para hablar con franqueza de este asunto.

A Zillah no le parecía bien nada de nada, pero estaba demasiado consternada para expresarlo.

Eugenie llegó al cabo de media hora y le comunicó que la señora Peacock la había acompañado hasta la
puerta del piso, pulsando el timbre y bajando de nuevo en el ascensor sin esperar a que Zillah le abriera.

–¿Por qué has desenchufado los teléfonos? Mi amiga Matilda me llamará a las seis.

–Las niñas de tu edad no pueden recibir llamadas, Eugenie.

–¿Por qué no? Tengo siete años y la señorita McMurty dice que los siete años son la edad de la razón.

«Yo aún no he alcanzado la edad de la razón -pensó Zillah en un desusado arranque de humildad-, y eso que
el mes que viene cumpliré los veintiocho.» Sin embargo, se negó a volver a conectar los teléfonos y Eugenie
estuvo toda la tarde de morros. Aquella noche, los gritos frenéticos de Jordan despertaron a Zillah. Tanto él
como su cama estaban empapados de orina. Le cambió el pañal y el pijama y se lo llevó a su propia cama.
¿Qué le ocurría? Tenía que hacer algo, llevarlo al psiquiatra infantil de una vez. A su edad, su hermana había
dejado de ser un bebé, no se hacía pis encima, se vestía sola, hablaba por los codos y solo lloraba cuando se
caía.
Tal como había prometido, la señora Peacock se presentó a las diez en punto.

–No pretenderás dejarnos otra vez con ella.

–No, Eugenie -repuso la señora Peacock por Zillah-. A decir verdad, nunca más. ¿Ha mirado por la ventana,
señora Melcombe-Smith? Ahí fuera hay una jauría de perros. Creo que es así como se dice.

Zillah se acercó a la ventana. El grupo de periodistas parecía el mismo del día anterior. Esperaban
pacientemente, casi todos ellos fumando y algunos bebiendo el contenido de petacas. Parecían estar
pasándolo de maravilla, sin roce alguno entre ellos. Jordan rompió a llorar en señal de protesta.

–Le he traído algunos periódicos, por si no los ha visto. Sale usted en todas las primeras páginas.

–Gracias, pero prefiero no verlos.

–La verdad es que no me extraña. ¿Puedo sentarme? Es bastante temprano, pero todo este asunto me ha
trastornado mucho, así que si no le importa, me gustaría tomar una copita de jerez dulce.

Zillah le sirvió una copa enorme. Desde la calle le llegaban con toda claridad las risas y el parloteo de los
reporteros. En aquel momento sonó el teléfono. Zillah lo desconectó bajo la mirada escrutadora de la señora
Peacock.

–En fin, señora Melcombe-Smith…, aunque para serle sincera, dudo de que tenga derecho a usar ese
apellido, ayer, cuando la llamé, estaba en la inopia, como suele decirse, pero las cosas han cambiado. He
leído los periódicos y, como puede imaginarse, apenas daba crédito a mis ojos. Abbey Mansions Gardens no
es el lugar adecuado para ti, Maureen Peacock, me dije.

–Toda historia tiene dos versiones -intentó defenderse Zillah-. Puedo explicárselo todo.

Los inocentes nunca pronuncian esas palabras y tal vez la señora Peacock lo sabía.

–No es necesario que entremos en eso. «Aquel que toque brea se manchará.» Muy a mi pesar, me veo
obligada a rescindir nuestro acuerdo. Me debe usted cincuenta y siete libras y veinticinco peniques, y lo
prefiero en efectivo. Con los talones de según qué gente nunca se sabe.

–¿Cómo se atreve a hablarme de semejante forma? – espetó Zillah con un vestigio de su espíritu combativo.

La señora Peacock no le hizo ni caso. Se levantó despacio, apuró la copa de jerez y se enjugó los labios con
un pañuelito de encaje.

–Una cosa más antes de irme -dijo en cambio al tiempo que señalaba a Jordan, que a esas alturas ya estaba
tendido de espaldas en el suelo, retorciéndose y berreando-. A este niño le pasa algo grave; necesita ayuda
inmediata. Hace veinticinco años conocí a un niño como él, que no dejaba de llorar y gritar. ¿Y sabe qué? No
hicieron nada por ayudarle y acabó por convertirse en un psicópata. Ahora está en la cárcel, metido en una
camisa de fuerza en uno de esos lugares donde encierran a los criminales violentos que constituyen una
amenaza para la sociedad.

Pero Zillah había ido a su dormitorio en busca del dinero. No tenía tanto efectivo en la casa, de modo que
tuvo que sacar cinco libras de la hucha de Eugenie. Su hija, que en verdad era una niña muy extraña, tal vez
un genio, se echó a reír en cuanto la señora Peacock se marchó. Zillah apenas podía creer que hubiera
entendido lo que había dicho la mujer, pero en cualquier caso, algo la había hecho reír, y al poco, Zillah
coreó sus risas. Rodeó con sus brazos a Eugenie para abrazarla, algo que llevaba mucho tiempo sin hacer. La
niña se puso rígida y se apartó.

Tal vez Jims estuviera intentando localizarla, pero daba igual. Sabía que volvería a la hora de comer. Sin
duda, habría cancelado su compromiso en Casterbridge y regresaría derecho a casa. Apenas había comida en
la casa y por supuesto no podía salir a comprar. Si la señora Peacock no se hubiera mostrado tan
desagradable, grosera y desafiante, le habría pedido que comprara algunas cosas. Los niños podían comer
huevos revueltos, aunque últimamente había abusado un poco de ese recurso y Eugenie ya le había señalado
que los huevos tenían mucho colesterol, por si no lo sabía.

Jims llegó poco después de las doce. A diferencia de ella, no había sido tan idiota de enfrentarse a los
periodistas apostados en Great College Street tras ver el panorama al pasar en coche por delante, pero aun
así no había logrado escapar de ellos, porque también había varios en la parte posterior del edificio.
Temblando por el nerviosismo, Zillah oyó subir el ascensor y las puertas al abrirse. Jims llegó acompañado
por Malina Daz, que llevaba un salivar kameez color verde mar y el cabello peinado como una geisha.

Jims abrió la puerta del salón, cruzó el umbral y contempló a su pequeña familia con la mirada que los menos
compasivos dedican a los indigentes. Hizo caso omiso de los niños y se volvió hacia ella.

–Malina y yo vamos a preparar un comunicado para la prensa -anunció con voz gélida-. Cuando lo
terminemos te lo enseñaremos.

Al cabo de un rato, Malina le llevó el comunicado. Era breve y estaba escrito con ordenador.

Mi esposa Zillah y yo comprendemos a la perfección la sensación que los recientes acontecimientos, la


trágica muerte del señor Jeffrey Leach en asociación con nuestro matrimonio, ha ocasionado en los medios de
comunicación. Si bien convenimos por completo con los editores de los periódicos nacionales en que este
asunto es de interés público, por lo que no debe ocultarse, sino sacarse a la luz, deseamos asegurar a quienes
son tan amables de interesarse por nosotros que somos inocentes.

Mi esposa estaba convencida de que su matrimonio con el señor Leach quedó disuelto hace un año. Al igual
que yo, confiaba implícitamente en el señor Leach. En ningún momento creímos ser culpables de falta alguna,
ya que en tal caso, pese al amor que nos profesamos, habríamos aplazado la boda hasta haber formalizado el
divorcio, para así poder empezar de nuevo.

Por descontado, volveremos a casarnos en cuanto sea posible. Ambos querríamos hacer llegar nuestros
mejores deseos a quienes se preocupan por nosotros y pedirles comprensión, indulgencia y también perdón.

–Es un poco formal -admitió Malina-, pero nos ha parecido que se adecuaba a la gravedad del asunto. Jims
considera que es mejor no mencionar que el fallecimiento de su esposo la deja a usted en libertad, porque
quedaría mal. También se nos ha advertido que no empleáramos la palabra «bigamia», porque suena muy del
siglo XX, ¿no le parece?

–¿Qué me van a hacer? – preguntó Zillah a Malina porque no se atrevía a preguntárselo a Jims.
–¿Por estar casada con dos hombres al mismo tiempo? No mucho, me parece. A fin de cuentas, su esposo ha
muerto. Sería distinto si siguiera vivo. Sin duda se centrarán en el asesinato.

Malina se fue para encargarse de difundir el comunicado. Jordan lloró hasta quedarse dormido. Eugenie dijo
que si alguien la llevaba, le gustaría ir a pasar la tarde en casa de Matilda, pero que antes quería comer,
porque estaba muerta de hambre.

–No hay nada de comida en la casa -comentó Jims.

–Ya lo sé, pero es que no podía salir a comprar con toda esa gente ahí fuera -se defendió Zillah antes de
añadir, en un intento de aplacar su ira-: Podría salir por el sótano. En la parte trasera no hay periodistas.

–Sí que hay. Han estado a punto de aplastar mi coche cuando he entrado en el garaje con Malina.

–La señora McMurty dice que si no comes lo suficiente sufres un déficit vitamínico. Te quedas ciego y se te
caen los dientes -aleccionó Eugenie.

–Enviaré a uno de los porteros a comprar algo -dijo Jims.

Zillah se preguntó cuándo llegaría el gran momento en que Jims le preguntara por qué lo había engañado
respecto al divorcio. Se dedicó a preparar la comida. El portero había comprado alimentos de escasa calidad
en alguna tienducha del barrio y exclusivamente cosas que no les gustaban a los niños. La lechuga estaba
marchita y los tomates, reblandecidos. Jordan se puso a chillar ante la perspectiva de comer ternera en
conserva.

–¿Puedo llamar a Matilda para invitarla a que venga aquí? – pidió Eugenie.

–Me sorprende que te dignes a preguntármelo.

–¿Puedo?

–Bueno, pero tendréis que jugar en tu habitación. Tengo un dolor de cabeza de mil demonios.

Zillah comprendió demasiado tarde que a buen seguro la niña llegaría acompañada de su padre. Pero al cabo
de media hora, Matilda se presentó con una au pair muy joven y guapa. Zillah suponía que debía estar
agradecida por que a la amiga de Eugenie le permitieran relacionarse con los Melcombe-Smith después de
todo lo que había salido en los periódicos.

–Vendré a buscarte a las seis, Matilda.

¿Pasaría allí tres horas enteras? Eso significaba que Zillah tendría que prepararles algo de comer. Las siguió
con la mirada mientras se dirigían al dormitorio, parloteando contentas, su hija riendo como una niña normal.
El teléfono sonó de nuevo. Atemorizada, Zillah descolgó. Era su madre, quien en lugar de comentar los
titulares de los periódicos, le preguntó si tan poco le importaba su padre que había olvidado que aquella
misma mañana le habían hecho un bypass. Tras hacer promesas absurdas que sabía que nunca cumpliría y
escuchar cómo Nora Watling le colgaba el teléfono, Zillah se quedó a solas con Jims.
Su marido fue a la librería, sacó una biografía de Clemenceau que aún no había leído, volvió al sillón y en
completo silencio la abrió por el prólogo. Zillah cogió una revista e intentó concentrarse en un artículo sobre
implantes labiales de colágeno. ¿Y si Jims no volvía a dirigirle la palabra? ¿Qué haría ella entonces?
Recordaba que en diciembre había imaginado aquel matrimonio como la convivencia casta y encantadora de
dos buenos amigos, dos personas que lo pasarían bien, disfrutarían de la vida y por fin se profesarían un
afecto mutuo mayor que el que profesarían a cualquiera de sus amantes.

–¿Qué quieres que diga? – acabó preguntando a Jims, incapaz de seguir soportando el silencio.

Jims alzó la mirada con expresión irritable.

–¿Cómo dices?

–Te he preguntado qué quieres que diga.

–Nada -repuso él-. No hay nada que decir. Los periódicos ya lo han dicho todo.

–Podemos superar esto juntos, ¿verdad, Jims? Las aguas volverán a su cauce. No has hecho nada malo, Jims.
El comunicado lo arreglará todo, ¿verdad? Oh, Jims, lo siento tanto… Preferiría haber muerto a permitir que
pasara algo así. Lo siento muchísimo.

–No seas ridícula; no te va nada esa actitud abyecta.

Zillah estaba dispuesta a arrodillarse ante él, pero en aquel momento sonó el teléfono.

–No contestes.

Pero Jims se levantó, cruzó la estancia y descolgó. Al cabo de unos instantes, su expresión cambió de un
modo sutil.

–Sí -dijo-. Sí. ¿Puedo preguntar por qué? – Zillah no recordaba haberlo visto nunca tan trastornado-. Antes
me gustaría llamar a mi abogado… Sí, dentro de media hora.

–¿Qué pasa, Jims?

–Quieren que vaya a comisaría. No quieren hablar aquí. Vendrán a buscarme.

–Dios mío, Jims, pero ¿por qué?

En lugar de contestar, Jims descolgó de nuevo el auricular y marcó el número particular de su abogado.

En aquel instante, Eugenie entró en el salón seguida de Matilda.

–Me debes cinco libras, mamá. Más vale que te lo apuntes, porque sino te olvidarás.

Capítulo 22
A solas en casa, Fiona no había puesto los pies en el jardín ni en el invernadero desde que recibiera la
noticia de la muerte de Jeff. Tampoco había vuelto al trabajo. De hecho, apenas había salido. Cuando no la
visitaban Crímenes Violentos y Delitos y Faldas, que cada vez permanecían menos tiempo en su casa, hasta
que por fin dejaron de ir, Fiona se sentaba en el salón sin leer, ni ver la televisión ni escuchar la radio. Por lo
general, permanecía sentada con las manos entrelazadas en el regazo y las rodillas muy juntas. Hacía días que
no lloraba. No había llamado a nadie y cuando el teléfono sonaba, lo dejaba sonar.

Michelle, que la había visitado todos los días hasta el jueves, había dejado de ir. Le habría gustado verla,
porque la única compañía que quería era la de su vecina. Pero suponía que Michelle se había cansado de
consolar a una mujer destrozada por el dolor, y sin duda ya no se le ocurría qué más decirle.

Fiona estaba asombrada por la intensidad de su dolor. Estaba tan afligida como una viuda tras veinte años de
matrimonio. Tenía el corazón roto. Antes siempre se había burlado de esa expresión y otras parecidas. «Me
vas a romper el corazón», le había dicho en cierta ocasión su madre después de que cometiera alguna
infracción sin importancia en la universidad. Qué tontería, había pensado entonces. Pero ahora lo
comprendía. Tenía el corazón roto, hecho añicos, y desde la muerte de Jeff no lo sentía latir. Cuando apoyaba
la mano bajo el pecho izquierdo no lo oía palpitar, tan solo experimentaba un dolor sordo.

A veces, ahí sentada sola, se inquietaba por el asunto e incluso se tomaba el pulso, sin saber si sentirse
aliviada o no al percibirlo.

Cada día, los periódicos publicaban una nueva historia sobre Jeff. Su matrimonio, su vida ociosa… Fiona
siempre se juraba no leerlos, pero no podía evitarlo. Ya habían escrito cuanto podían sobre el asesinato y
ahora se centraban en el carácter mujeriego de Jeff, el hecho de que nunca hubiera trabajado para ganarse la
vida y de que se aprovechara de las mujeres que lo mantenían para luego dejarlas tiradas. Leer aquellos
artículos le producía un intenso dolor físico que le arrancaba sollozos y gemidos. Una mujer con la que se
había juntado hacía cinco años había perdido unos ahorros totales de dos mil libras, había perdido su empleo
y ahora vivía de un subsidio. Fiona, que aún se consideraba el gran amor de Jeff, la mujer destinada a
cambiarlo, se sentía en la obligación de compensar a aquella mujer por su pérdida.

Todo ello no hacía más que acrecentar su pesar. La semana siguiente tendría que volver al trabajo; ya no le
quedaban motivos de peso para seguir de baja. No había perdido a un pariente cercano, a un marido, a su
compañero de toda la vida, ni siquiera a su prometido. Aquella palabra se había convertido en un vocablo
soez para Fiona, que nunca más podría oírlo ni verlo escrito sin recordar que Jeff no le había regalado ningún
anillo y le había mentido respecto a la fecha de la boda. Ese conocimiento no mermaba en absoluto la fuerza
de su amor, pero sí lo manchaba de pérdida, dolor y amargura.

Por supuesto, todos en el trabajo dirían cuánto sentían lo de su novio, qué suceso tan horrible, y con ello
quedaría zanjado el asunto. Hasta que la policía echara el guante al asesino, momento en que las muestras de
condolencia se reavivarían y su jefe le daría el día libre. Fiona se convertiría en una curiosidad, en la mujer
cuyo novio había sido asesinado. Probablemente para siempre. Fiona se veía a sí misma a los cincuenta años,
aún soltera, por supuesto, aún sola, la solitaria de mediana edad a quien todo el mundo conocería,
dondequiera que viviese, como la novia del hombre asesinado en el cine.

Se olvidaba de comer. Después de haber pasado tanto tiempo compartiendo una botella de vino con Jeff casi
cada noche, ya no soportaba el dolor que le causaba probarlo. Puesto que perdía peso con rapidez y
facilidad, sentía las caderas prominentes y los codos afilados. A ese paso, se dijo con un leve toque de
humor, Matthew acabaría reclutándola para su programa. ¡Ay, ojalá Matthew fuera a verla! ¡Ojalá Michelle
fuera a verla! El teléfono había dejado de sonar y algo le impedía descolgarlo y marcar el número; no se veía
capaz físicamente. En cuanto a ir a visitarlos, se veía a sí misma saliendo de su casa, llamar a la puerta de los
vecinos y, cuando se abría la puerta, veía a dos personas mirándola como si no la hubieran visto nunca, como
si fuera una vendedora ambulante o algo parecido.

Por las noches tomaba somníferos, Temazepam. La ayudaban a descansar, pero era un dormir inquieto,
poblado de sueños. Siempre soñaba con Jeff. En uno de ellos, volvía de un viaje al extranjero. Fiona había
creído que estaba muerto y experimentó un gozo inmenso cuando se reunían y Jeff le prometía que nunca
volvería a marcharse. Despertar para enfrentarse con la realidad era una de las peores experiencias de su
vida.

Los periódicos seguían llegando a su casa y ella seguía arrojándolos al cubo de reciclaje. Algún día tendría
que sacarlo a la calle antes de que pesara demasiado para poder levantarlo, pero de todos modos, el lunes
tendría que salir, llegar de algún modo al metro y recorrer el trayecto hasta la City y London Wall. El sábado
por la mañana, al recoger los periódicos del felpudo, pese a estar más resuelta que nunca a no mirar, vio sin
poder evitarlo en primera página la fotografía de una mujer a la que reconoció. Era, sin lugar a dudas, la ex
mujer de Jeff.

Solo que no era su ex mujer, porque no habían llegado a divorciarse. Fiona sintió una intensa punzada de
dolor, como si también a ella le hubieran clavado un cuchillo largo y afilado. Se le daba un ardite si Zillah
Melcombe-Smith había cometido bigamia a sabiendas o no. Jeff le había mentido una vez más y aquella
mentira era infinitamente peor que el hecho de contarle que había fijado la fecha de la boda cuando no era
cierto. No podía fijar una fecha para la boda porque ya estaba casado.

Fiona dejó caer el periódico y se tendió de bruces en el suelo del recibidor, presa del dolor y, por curioso
que parezca, de la vergüenza.

–Voy a demandar a esos periodicuchos por difamación -espetó Jims cuando Crímenes Violentos lo dejó cinco
minutos a solas con su abogado, olvidando por completo que se había mofado de Zillah por pronunciar la
misma amenaza.

–¿Te sobra un millón de libras? – preguntó Damien Pritchard, su abogado.

Pritchard era un poco mayor que su cliente, pero de aspecto muy parecido, alto, moreno, de facciones
aristocráticas y homosexual.

–¿Un millón que no te importaría tirar al retrete o regalar a un mendigo?

–Por supuesto que no, ni falta que me hace. Voy a ganar.

–Venga ya. Mira, te diré una cosa. Cuando era pequeño, en la casa contigua a la de mis padres se instaló un
abogado. Siempre recordaré a mi padre diciéndole a mi madre: «Es abogado, así que no le busques las
cosquillas». A decir verdad, creo que esa frase contribuyó en gran medida a que deseara convertirme en
abogado. Bueno, pues lo mismo se aplica a los editores de periódicos. No les busques las cosquillas -bufó
Damien, exasperado-. Y ahora a lo que íbamos. ¿De verdad no tienes una coartada mejor que la que esperas
hacer creer a la pasma? Oh, vaya, ahí vienen.

Por supuesto que podía encontrar una coartada mejor. Podría haber contado la verdad, pero eso le parecía
casi la peor alternativa, de consecuencias más nefastas que cualquier otra cosa que pudiera sucederle. Una
vez más se encontró sentado ante aquella mesa desnuda, con Damien a su lado y Crímenes Violentos y Delitos
y Faldas frente a él. Todos ellos estaban acomodados en la clase de sillas que Jims no se habría dignado a
guardar siquiera en el cobertizo de las herramientas. Al menos aún lo trataban de usted y con cierto respeto,
si bien se preguntaba hasta cuándo.

–El problema es que nadie confirma su presencia en Fredington Crucis House durante el viernes por la tarde
y noche, señor Melcombe-Smith. De hecho, dos personas se fijaron en que su coche no estaba.

–¿De quién se trata?

–Sabe que no puedo revelárselo. ¿Aún sostiene que pasó allí la velada del viernes? ¿Y también la noche?

–Mi cliente se lo ha repetido varias veces -terció Damien.

Jims empezaba a ponerse de mal humor.

–De todos modos, ¿por qué iba a matar a ese tipo? ¿Qué motivo podría tener para apuñalarlo?

–Bueno, señor Melcombe-Smith -repuso doña Delitos y Faldas-, el señor Leach estaba casado con la mujer
con la que usted había contraído una especie de matrimonio. – Esbozó una leve sonrisa al observar el gesto
de Jims-. Sin duda le convenía que desapareciera del mapa, sobre todo si el señor Leach lo había amenazado
con revelar la verdad a un periódico, por ejemplo.

–¿Qué más da? De todas formas ha salido a la luz pública. En cualquier caso, no me estaba chantajeando. De
hecho, yo creía que Zillah y él nunca habían estado casados. Llevaba años sin ver a Jerry.

Como tantos hombres en su situación, Jims estaba ansioso por contar escrupulosamente la verdad en todos los
ámbitos excepto uno.

–Dos años, concretamente.

En la expresión de la detective se pintaban con claridad meridiana las palabras «eso lo dirá usted».

–Volvió a Londres el viernes por la tarde, ¿verdad, señor Melcombe-Smith?

Jims guardó silencio. Percibió que Damien emanaba cierta duda, una pérdida de confianza en su amigo y
cliente. Crímenes Violentos lo miraba con fijeza. A su espalda, una grieta en el yeso recorría la pared color
ocre desde el techo hasta el zócalo en forma de erección masculina, pensó Jims. Apartó la mirada.

–Si no tienen intención de presentar cargos contra el señor Melcombe-Smith -dijo en voz baja Damien, que
era un buen tipo, un amigo de verdad pese a su confianza tambaleante-, y no creo que sea el caso, están
obligados a dejarlo marchar ahora mismo.
Pero Crímenes Violentos se las sabía todas.

–Volvió a Londres a buscar algo. Algo que había olvidado allí. ¿No serían las notas para el discurso en la
Alianza Rural? Por pura casualidad, el jefe de policía de Wessex asistió a su charla.

Jims intentó recordar si se había referido a las notas extraviadas y a su regreso a Londres durante el discurso.
No lo recordaba. En cualquier caso, no importaba si se había referido a ellas o no. Bastaba con que el policía
tuviera el sentido común o la habilidad suficiente, si se quiere, para insinuarlo. Ni siquiera importaba si el
jefe de policía había asistido o no a la charla. Se volvió hacia Damien con expresión desesperada, pero el
abogado no abrió la boca.

–¿Señor Melcombe-Smith?

Con el tono de voz se las arreglaban para que su nombre sonara ridículo. Jims contempló la posibilidad de
apelar a su discreción y suplicarles que guardaran un secreto. ¿Accederían? ¿O debía confiar en la suerte?
Pensó en lo que había leído en los periódicos sobre los procedimientos previos a los juicios por asesinato o
por cualquier otro delito. La policía nunca revelaba a los medios de comunicación cómo habían llegado a
detener a alguien, a presentar cargos contra alguien, a aceptar su coartada o rechazarla. Alguna norma debía
prohibírselo. Deseó, y no por primera vez, haber estudiado Derecho en lugar de Historia, y haber ejercido de
penalista durante un tiempo.

–¿Señor Melcombe-Smith?

–De acuerdo, sí, volví a Londres -confesó sin atreverse a mirar a Damien-. Como ha dicho usted, olvidé mis
notas. Me puse en marcha poco después de la una y almorcé en…, bueno, en una especie de cafetería en la
A30.

De la garganta de Damien brotó un sonido a caballo entre bufido y gruñido. O tal vez no, tal vez eran
imaginaciones suyas.

–No sé a ciencia cierta dónde, pero puede que me recuerden. Había mucho tráfico y no llegué a… casa hasta
las siete.

Resultaba interesante, casi desconcertante, que aceptaran con tanta naturalidad que les hubiera mentido hasta
entonces. No hicieron comentario alguno, ninguno de los dos señaló que no les había dicho la verdad ni
preguntó por qué no había confesado antes. Era como si estuvieran del todo acostumbrados a la mentira como
fenómeno endémico, como si fuera lo único que cabía esperar. Jims empezaba a sentir náuseas.

–¿De modo que fue a casa, señor Melcombe-Smith?

No le quedaba otro remedio que contar la verdad.

–Había dejado las notas en casa de un amigo.

–Ah -exclamó doña Delitos y Faldas-. ¿Y dónde vive ese amigo?

Jims le dio la dirección de Leonardo. A su lado, el cuerpo de Damien dio la sensación de hincharse y
palpitar, pero cuando Jims se volvió para mirar a su abogado, lo vio sentado en actitud serena. Sintió deseos
de caer de rodillas y suplicarles que no dijeran nada, que no se lo contaran a nadie, que aceptaran su palabra,
al igual que Zillah había querido arrodillarse ante él para pedirle perdón, pero se limitó a permanecer
sentado con expresión pétrea.

–¿Y el señor Norton corroborará su historia?

La verdad siempre provoca una concatenación de verdades.

–No lo vi hasta las ocho y media. Llegó justo cuando me disponía a salir a cenar.

–Así que salió de Casterbridge a la… ¿una y media?

–Más o menos.

–¿Y llegó a Glebe Terrace a las siete? ¿Cinco horas y media para recorrer doscientos veinte kilómetros,
James?

Algo que había dicho o bien el hecho de que hubiera confesado su mentira había mermado el respeto que le
profesaban los detectives. Había perdido la dignidad y con ella el derecho a recibir un trato cortés.

–Sé que tardé mucho -reconoció-; nunca había tardado tanto. Me encontré con muchos kilómetros de carretera
en obras. Solo atravesar ese tramo me llevó casi una hora y luego hubo un accidente cerca del aeropuerto de
Heathrow.

Lo comprobarían, por supuesto, y descubrirían que era cierto, aunque eso no le servía de gran cosa.

–The Merry Cookhouse -barbotó con dificultad-, el sitio donde almorcé, estaba justo antes del tramo en
obras, por si les sirve de ayuda.

–Puede. La hora relevante es entre las tres y media y las cuatro y media. ¿Lo vio alguien entrar en la casa de
Glebe Terrace?

¿Cómo podía haberlo olvidado? Jims experimentó un alivio descomunal, como si hubiera tomado algo dulce
y caliente tras sufrir un shock.

–La vecina, la del 56a, creo, me dejó su llave para entrar.

–¿Y ahora tendrán la bondad de dejar en paz al señor Melcombe-Smith?

Cada vez que sonaba el teléfono o alguien llamaba a la puerta, Michelle estaba convencida de que era la
policía. Ya no le veía ninguna gracia a que la trataran con suspicacia. Se le había metido entre ceja y ceja que
sería imposible encontrar a ningún testigo que diera fe de su paradero y el de Matthew el viernes por la tarde
y, aunque no era una mujer nerviosa, imaginaba los nombres de ambos en los primeros puestos de la lista de
sospechosos. La justicia cometía errores, a veces juzgaba y encarcelaba a las personas equivocadas. La única
vez que había tenido tratos con la policía en su vida fue cuando les forzaron el coche para robarles la radio.

–Cariño, debes convencerte de que cuando dicen que son preguntas de rutina, es que lo son -le repetía a
menudo Matthew para tranquilizarla.

–Odio que me interroguen de esta forma. Es lo peor que me ha pasado en mi vida.

Sus palabras hicieron reír a Matthew, pero no en son de burla.

–No es verdad. Lo peor que te ha pasado en tu vida fue creer que iba a morir por mis estúpidos problemas
con la comida.

–De estúpidos nada -replicó Michelle con vehemencia-. Querrás decir tu enfermedad.

–Bueno, lo que te trastorna no es en realidad el temor a que te detengan ¿verdad? No es el hecho de que te
consideren sospechosa de un delito ni que te interroguen, sino la indignación que te produce el
comportamiento de Fiona.

–Es más que eso, Matthew -puntualizó Michelle.

Se acercó al respaldo de la silla donde él estaba leyendo el Spectator y le rodeó el cuello con los brazos.
Matthew alzó la mirada hacia ella.

–Lo que ha hecho me ha dolido muchísimo. Nunca más podré pensar en ella ni mucho menos hablar con ella
sin recordar lo que ha hecho.

–Tienes que superarlo -advirtió Matthew, muy serio.

–Sí, pero ¿cómo? Ojalá no fuera de esas personas que recuerdan para siempre todas las cosas hirientes que la
gente hace o dice, pero lo soy. Sé que debería perdonar y olvidar, pero no sé cómo. Recuerdo las cosas
desagradables que la gente me decía cuando iba a la escuela, hace treinta años, cariño. Tengo las palabras
que pronunciaron grabadas en la memoria como si fuera ayer.

Aunque ya lo sabía, pues Michelle ya se lo había comentado con anterioridad, Matthew dijo en tono ligero:

–Vaya, pues más vale que tenga cuidado con lo que te digo.

–Tú nunca dices cosas hirientes -aseguró Michelle con intensa vehemencia-. Nunca lo has hecho. Esa es una
de las razones por las que te quiero y siempre te querré, porque nunca hieres mis sentimientos.

Una vez más, Matthew alzó hacia ella su rostro marchito y escuálido.

–¿No porque soy sexy y encantador?

–Eso también, por supuesto -afirmó Michelle con absoluta sinceridad y sin sonreír-. El problema con Fiona
es que tenía razón en lo que dijo a la policía; Jeff me caía mal, lo odiaba, para ser exactos. Lo odiaba porque
decía cosas crueles. Ahora está muerto, ha sufrido una muerte horrible, pero me da igual. De hecho, me
alegro. Por mucho que lo intente, nunca olvidaré las cosas que dijo.

Matthew cubrió la mano de Michelle con la suya.


–¿Ni siquiera si tú adelgazas y yo engordo? – preguntó. Sabía que Michelle estaba intentando adelgazar y la
respaldaba, aunque sin culparla por el pasado ni felicitarla por el presente-. ¿Ni siquiera si yo me convierto
en el Gordo y tú en la Flaca?

Cuando Michelle estaba a punto de responder sonó el timbre de la puerta. Se cubrió el rostro con las manos,
los ojos brillantes y la mirada fija.

–Han vuelto. Y es domingo. Vienen cuando les da la gana y ni siquiera se molestan en avisar.

–Iré a abrir -dijo Matthew.

En los últimos tiempos caminaba a buen paso y casi erguido, pero el timbre volvió a sonar antes de que
llegara a la puerta. Al abrir vio a Fiona, una nueva y poco atractiva Fiona, con el cabello sucio y
enmarañado, el rostro hinchado de tanto llorar, los ojos enrojecidos. Los pantalones le pendían holgados e
informes y parecían de hombre. Una camisa que debería haber sido blanca y que llevaba metida en la
cinturilla del pantalón ponía de manifiesto cuánto había adelgazado en la última semana.

–Entra.

Fiona acercó el rostro al de Matthew y lo besó en ambas mejillas, uno de esos besos que quien los recibe no
se ve obligado a corresponder.

–Tenía que veros. No puedo seguir sola por más tiempo. Mañana empiezo a trabajar y no creo que pueda
soportarlo.

Michelle se ruborizó intensamente cuando entraron en el salón. Se levantó y avanzó tres pasos vacilantes
hacia la visitante. Matthew se preguntó qué diría, si mencionaría siquiera el agravio.

Destrozada, Fiona se acercó a ella, le rodeó el cuello con los brazos y estalló en sollozos.

–¿Por qué no has venido a verme? ¿Por qué me has abandonado? ¿Qué he hecho?

Siguió un silencio profundo y pesado.

–Sabes muy bien lo que has hecho -musitó por fin Michelle en un tono que Matthew no le había oído jamás.

–No, no lo sé. Te necesitaba, pero me has abandonado. Sois las únicas personas que me importan. ¿Qué he
hecho? Dímelo, tienes que decírmelo, te juro que no lo sé.

–¿Ah, no? ¿No sabes que le contaste a la policía que a Matthew y a mí nos caía mal Jeff? ¿Que les contaste
eso y ahora sospechan de nosotros? ¿No lo sabes?

–No, cariño, no sospechan de nosotros -intervino Matthew con firmeza.

Los sollozos de Fiona se habían redoblado y agitaba los brazos enloquecida.

–Vamos, siéntate, Fiona. Venga, cálmate. Iré a preparar un poco de té.


–No pienso sentarme hasta que Michelle diga que me perdona. No sabía lo que hacía o decía. Dije lo primero
que se me pasó por la cabeza. Daría lo que fuera por retirarlo.

Michelle la miraba con expresión triste.

–El problema es que las palabras no pueden retirarse.

–Pues dime que me perdonas. Dime que todo irá bien, como si no hubiera pasado nada.

–Ya te he perdonado -espetó Michelle con sequedad antes de ir a la cocina para poner en marcha el hervidor.

«Pero no he olvidado -pensó-. ¿Por qué es mucho más fácil perdonar que olvidar?»

Crímenes Violentos interrogó a Leonardo Norton el domingo por la noche. El joven quedó escandalizado al
saber que Jims, a quien consideraba el más discreto y relajado de los hombres, había dado su nombre a la
policía.

–No lo vi hasta las ocho y media o más bien las nueve -aseguró con resentimiento-. Pasé el día con mi madre
en Cheltenham -añadió, pensando que era la forma más inocente posible de pasar un día-. No tengo idea de lo
que pudo hacer el señor Melcombe-Smith durante la tarde.

No le preguntaron dónde había pasado Jims la noche. Con toda probabilidad, no les interesaba gran cosa de
lo sucedido después de las cuatro y media.

La siguiente pregunta fue más peliaguda.

–¿Tenía el señor Melcombe-Smith llave de su casa?

–¿De mi casa? Por supuesto que no -replicó Leonardo, convencido de que Jims jamás habría reconocido
semejante cosa.

–Pero su vecina sí…

–¿Amber Conway? Sí, al igual que yo tengo llave de la suya. Nos parece lo más sensato. Tengo entendido que
el señor Melcombe-Smith le pidió prestada su llave.

Según su hermana, a quien habían conseguido localizar, Amber Conway había viajado a Irlanda el sábado.
Estaba en casa el viernes por la noche, pero la hermana no sabía nada de la llave. Crímenes Violentos
anunció a Leonardo que volverían.

En cuanto se fue, Leonardo llamó a Jims. Cuando su amigo descolgó el teléfono, oyó a un niño gritando, a otro
riendo y lo que parecía el canturreo gimiente de un vídeo de Disney.

–Menudo eres -exclamó Leonardo al oír la voz taciturna de Jims-. Un auténtico diablillo cuando quieres. ¿De
verdad le clavaste un cuchillo al marido de tu mujer?

–Claro que no, joder.


–En cuanto te descuides empezarás a aceptar sobornos en sobres de papel marrón.

–Ese comentario no te lo consiento ni a ti.

Leonardo se echó a reír.

–¿Quieres venir a casa?

Jims replicó con frialdad que no. Lo habían sometido a un interrogatorio durante casi todo el día y estaba
cansado. Además, a la mañana siguiente tenía que enfrentarse a más de lo mismo.

–No te preocupes -lo tranquilizó Leonardo-. Los periódicos se limitarán a decir que un hombre de
Westminster los ha ayudado en la investigación o quizás incluso «un conocido diputado conservador».

–Cállate ya, ¿quieres?


Capítulo 23

En Glebe Terrace, en la acera de enfrente de las casas de Leonardo Norton y Amber Conway, vivía una mujer
a la que Natalie Reckman acababa de conocer. Era la hermana de la novia del compañero de piso de su
novio, una conexión bastante remota, pero cuya distancia se acortó de inmediato cuando casi todas las partes
se dieron cita en una cena organizada y preparada por el compañero de piso en cuestión. Su futura cuñada
contó a los comensales que la paz de su calle había quedado perturbada durante todo el día por las idas y
venidas de la policía, agentes de uniforme y otros, estaba segura de ello, de paisano. Por lo visto, su objetivo
era la mujer que vivía enfrente o tal vez su vecino, un joven banquero o corredor de Bolsa o algo parecido al
que siempre había considerado un hombre respetuoso con la ley. Alguien le había dicho que el diputado cuya
esposa era bígama visitaba con frecuencia su casa, y ella misma lo había visto en más de una ocasión. Lo
había reconocido por las fotografías publicadas en los periódicos.

Natalie se emocionó tanto que apenas pudo probar bocado. Por desgracia, no le quedaba más remedio que
comer y pasar la noche allí, ya que de lo contrario pondría en peligro la relación con su novio. Siempre se
quejaba de que a Natalie le importaba más conseguir una noticia que él. De todos modos, poca cosa podía
hacer por aquella noche, pero a las nueve de la mañana siguiente ya estaba en Glebe Terrace, tras dejar el
coche en el aparcamiento subterráneo a fin de evitar que se lo llevara la grúa o le pusieran el cepo. Llamó a
la puerta de una hermosa casita que formaba la parte derecha de una pareja adosada. No se veía rastro de la
policía. Después de llamar tres veces al timbre, justo cuando empezaba a creer que Amber Conway estaba
ausente, acudió a abrir una mujer medio dormida, con el cabello alborotado, ojos somnolientos y una bata
corta sobre un pijama de pantalón corto.

–¿Amber Conway?

–Soy yo. ¿Quién es usted? Llegué a casa a las tres de la madrugada. ¿Es de la policía?

–Por supuesto que no, ¡qué ocurrencia! – exclamó Natalie.

–Me llamaron, pero les dije que no se presentaran hasta las diez.

–Por eso he venido a las nueve -señaló Natalie, poniendo un pie en el umbral-. ¿Puedo pasar?

Jims había pasado la velada sermoneando a Zillah por lo que denominaba su «conducta repugnante y
criminal». Si pretendía seguir compartiendo su vida con él, debería hacerlo bajo la condición de hacer lo que
se le ordenase, empezando por una ceremonia nupcial discreta, celebrada en un hotel o lugar semejante,
cualquier lugar autorizado para celebrar bodas. A continuación, lo más sensato sería que Zillah se trasladara
a vivir de forma permanente en Fredington Crucis House y solo fuera a Londres cuando se requiriera su
presencia en algún acto del Partido Conservador, por ejemplo las fiestas organizadas por el líder de la
oposición. Eugenie debía asistir a un internado, al que Jordan la seguiría al cabo de tres años. Entretanto, el
pequeño iría a la guardería que Jims eligiera para él.

–Ni hablar -se rebeló Zillah-. Acabo de marcharme de aquel agujero y no pienso volver.
–Me temo que no te queda otra alternativa, querida. Si no lo haces, no tendré más remedio que dejarte o, más
bien, echarte, porque si no estamos casados y no hemos vivido juntos más de dos meses, no tengo ninguna
obligación legal de mantenerte. Jerry tampoco puede, si es que te mantuvo alguna vez, porque está muerto.
Así que o tragas o vives de la beneficencia. No sé dónde pretenderás instalarte, pero dudo que Westminster te
procure alojamiento.

–Qué cabrón eres.

–No te servirá de nada insultarme. Gracias a mis diestras maniobras, he dispuesto que nos casemos el
miércoles. ¿Te va bien?

Eso fue el lunes. Ninguno de los dos durmió mucho aquella noche. Si bien no había revelado su estado de
ánimo a Zillah, Jims estaba muy preocupado por la investigación policial. Nunca se sabía cuándo volverían a
atacar, pues sin duda volverían a la carga. El jefe de asuntos disciplinarios todavía no le había dicho nada, ni
tampoco el líder de la oposición, pero ambos le habían dedicado miradas más bien frías, de modo que no
podía evitar pensar que estaban esperando el momento apropiado para abalanzarse sobre él.

Tampoco Zillah logró pegar ojo, pero por extraño que parezca, su estado de ánimo era mucho más alegre y
optimista que el de Jims. Aquella tarde, antes de que su marido llegara a casa, había recibido la llamada de
una cadena de televisión llamada Luna y Estrellas. Le preguntaron si estaría dispuesta a aparecer en su
programa El desayuno para hablar de su experiencia. Zillah respondió que se lo pensaría y que les daría una
respuesta el martes. Si jugaba bien sus cartas, tal vez pudiera hacer carrera en la televisión. Pero lo más
sensato sería casarse primero, para andar sobre seguro. A la mañana siguiente llamaría a Luna y Estrellas
para pedirles que aguardaran otro día, momento en que podría darles una respuesta definitiva.

Jims también estaba preocupado por la prensa. El comentario de Leonardo sobre que el hombre que «había
ayudado a la policía en su investigación» era un conocido diputado conservador todavía lo carcomía. Estaba
bastante seguro de que no podían publicar algo así, de que no se atreverían, de que sería sub judice o
comoquiera que se dijese, y de nuevo deseó tener formación jurídica. Con toda probabilidad no podrían
relacionar nada con él, pero ¿lo interrogarían de nuevo entonces? ¿Lograría hacer acopio de valor suficiente
para concertar una entrevista con el jefe de asuntos disciplinarios antes de que ese pesado lo mandara llamar?
En tiempos habría afirmado ser un hombre que nunca perdía los nervios, pero ya no estaba tan seguro. No
entendía por qué no había recibido invitaciones para aparecer en el programa Today o en Start the Week, con
Jeremy Paxman. Bien que lo acosaban cuando no tenía nada que decir.

El repartidor dejó los periódicos sobre el felpudo a las seis y media de la mañana. Jims solo había dormido
una hora y estaba tomando un café. Recogió los periódicos con indecorosa precipitación, pero nadie lo vio.
Al poco lanzó un suspiro de alivio, pues no aparecía nada sobre él aparte del típico comentario sobre un
«hombre que ayudaba a la policía». Ningún problema, de momento. Una lástima que fuera demasiado tarde
para volver a acostarse, la verdad. Por fin habría logrado conciliar el sueño.

El encargado (aunque él se autodenominaba consejero delegado) del Merry Cookhouse, el restaurante situado
en la A30, recordaba a Jims e identificó su fotografía a la primera. De hecho, ya sabía quién era cuando lo
vio entrar en el restaurante: el marido diputado de la mujer que se había casado con él sin divorciarse de su
primer marido. Había salido en todos los periódicos. Además, en cuanto entró en el Merry Cookhouse,
cualquier duda que pudiera haber albergado se disipó al instante, porque Jims era el cliente más difícil y
grosero que el hombre había visto en mucho tiempo. Después de meterse con la decoración y el servicio,
había espetado que la comida no era apta ni para cerdos, que era una lacra purulenta en la hermosa Inglaterra
y que los empleados eran unos imbéciles incapaces de distinguir una pechuga de pollo de un cojón de cerdo.

Eso fue a las tres de la tarde del viernes. Con cierta desilusión, Crímenes Violentos concluyó que, tal como
estaba el tráfico, era imposible que Jims hubiera recorrido el trayecto entre Hampshire y Marble Arch en
menos de dos horas, más bien tres. No se molestaron en comentárselo. Que sudara un poco. A todas luces era
culpable de algo, si no de asesinato. Ya en posesión de las pruebas aportadas por el tipo del Merry
Cookhouse, tampoco se molestaron en visitar a Amber Conway, aunque tal vez lo habrían hecho de saber que
Natalie Reckman les había tomado la delantera.

–Ese diputado era amigo de Leonardo Norton, ¿verdad? – estaba preguntando Natalie en el instante en que
debía de haber llegado Crímenes Violentos-. ¿Amigo íntimo?

–Más que eso -puntualizó Amber-. No mencionará mi nombre, ¿verdad?

–Por supuesto que no.

–Supongo que soy un poco ingenua, pero durante mucho tiempo creí que era una cuestión política. Aquí en
Westminster, todos nos interesamos mucho por la política, ¿sabe?

Natalie apagó la grabadora que había puesto en marcha sin que Amber se diera cuenta.

–¿Le pedía prestada la llave a menudo?

–Nunca. Él también tenía una.

De regreso en casa, Natalie escuchó un mensaje en el contestador. Era de Zillah Melcombe-Smith y empezaba
cantando con voz agradable y afinada:

–«Me caso mañana por la mañana.» Siento haber sido tan desagradable con usted la última vez que nos vimos
-añadía con voz normal-, pero es que estaba bajo mucha presión. Una vez esté legalmente casada con ese
cabrón, tendré un artículo genial para usted. ¿Le parece bien ir a mi casa el miércoles por la tarde, a las tres,
por ejemplo?

Natalie dejó a un lado todos sus demás asuntos. Una vez finalizadas las pesquisas del juzgado de instrucción,
la incineración de Jeff tendría lugar aquella tarde en Golders Green. Bien podía asistir; a fin de cuentas, había
estado con él más tiempo que la mayoría de sus otras mujeres y si bien había acabado echándolo, su
separación había sido muy amistosa dadas las circunstancias, y le había tenido cariño hasta su muerte. Con
toda probabilidad, eso se debía a que nunca se había dejado engañar por él.

A las dos se puso una falda y una chaqueta negras. Un vestigio de la educación recibida cuando vivía con su
madre le hacía considerar indecente llevar pantalones en un funeral. A Natalie no le gustaban los sombreros y
solo poseía uno, un sombrero de paja sin blanquear y ala ancha que se había comprado para unas vacaciones
en Egipto. No podía llevarlo a un entierro, de modo que fue con la cabeza descubierta. Al igual que Zillah
Melcombe-Smith, por cierto, a quien no había esperado ver allí. Le sonrió desde el otro lado de la capilla y
la saludó con un ademán discreto y fúnebre, muy apropiado para la ocasión. Zillah iba acompañada de un
niño, el pequeño que lloraba sin parar, el hijo de Jeff Leach. Sin duda no tenía con quién dejarlo. El solo de
órgano lo trastornó y para cuando entraron el féretro estaba berreando a pleno pulmón.

La mujer vestida de negro riguroso que no cesaba de llorar debía de ser la novia actual, o mejor dicho, la
última. Fiona Nosequé. Rubia, como todas a excepción de su mujer legal. Lloró durante todo el soso oficio.
La mujer obesa que la acompañaba le rodeó los hombros con el brazo y por fin la apretó contra el busto (no
podía llamarse pecho) más inmenso que Natalie había visto en su vida. El hombre que había alcanzado tanto
éxito con su programa televisivo sobre la anorexia estaba junto a ellas, cantando los himnos con una buena
voz de barítono. Natalie no había enviado flores. Se sentía culpable, sobre todo después de ver tantas
coronas. Yacían en un patio ante el crematorio, gerberas, lirios y ranúnculos en su mayoría, y Natalie
reflexionó sobre cuánto habían cambiado en los últimos diez años las flores que se vendían en Gran Bretaña.
En el pasado solo habría visto rosas y claveles. La tarjeta de la corona más voluminosa rezaba: «En memoria
de mi adorado Jeff. Fiona». Junto a ella había una corona de claveles silvestres blancos muy apretados en
forma de caramelo de menta Polo gigante. La tarjeta recordatoria decía: «De papá y Beryl». Nada de la viuda
ni de otras novias.

Natalie, que se había separado de Jeff justo antes de la penúltima Navidad, se preguntó quién habría llenado
el hueco entre ella y esa tal Fiona. Sin duda había habido alguna mujer…, ¿o tal vez se había conformado con
la propia? No se imaginaba a Jeff conformándose en el terreno sexual y doméstico, por no hablar del
económico, con una mujer que vivía en las profundidades de Dorset. Si quería escribir la historia íntima de
todos aquellos personajes, tendría que averiguar el nombre de esa mujer, así como el de la que la había
precedido a ella y tal vez el de la que había precedido a esta última.

Por aquel entonces, los deudos habían salido de la capilla y contemplaban las flores, algunos de ellos entre
lágrimas. Ninguna de las presentes tenía ni mucho menos aspecto de haber sido su sucesora y la predecesora
de Fiona. La mujer rolliza de la cara bonita no, imposible, demasiado mayor y gruesa. Había otra rubia que se
parecía bastante a Fiona, pero era la inspectora. Natalie se presentó a una mujer alta y delgada de unos
sesenta años que afirmó ser la casera de Jeff en Harvist Road, Queen's Park.

–Era un hombre encantador, querida, nunca creaba problemas.

–Seguro que se retrasaba en el pago del alquiler.

–Bueno, eso sí. Imagínese lo de la mujer casándose con otro sin haberse divorciado de él. ¿Es ella? Me
parece haberla visto antes en alguna parte.

–¿Pasaba muchas noches fuera cuando vivía en su casa?

–Muchos días y también fines de semana enteros, querida. Pero no era nada turbio; iba a ver a su madre a
Gloucester. Incluso llegué a pensar que podía haber estado en el tren que chocó en Paddington.

No era muy probable, se dijo Natalie, habida cuenta de que en ese momento estaba saliendo de Long
Fredington en su vieja cafetera. Natalie sabía más allá de toda duda que la madre de Jeff había muerto en
1985 y que su padre vivía en Cardiff con una mujer por la que Jeff no sentía simpatía alguna, la Beryl de la
corona en forma de caramelo de menta. Llevaban años sin hablarse.

–Eso era los fines de semana, pero ¿se ausentaba también entre semana?

–En verano sí, y también en septiembre. «Me parece que le ha salido novia», le decía yo, y él no lo negaba.
Natalie fue a hablar con Zillah.

–Felicidades por su inminente boda.

–¿Eh? Ah, sí, gracias.

–Hasta mañana.

¿Quién podía ser la otra? Sin duda una mujer acomodada, bien con dinero o con un empleo de categoría.
Propietaria de una casa en alguna parte de Londres. El norte de Londres, pensó Natalie. Jeff era una de esas
personas que consideraban el sur de Londres como un país extranjero para el que hacía falta pasaporte. En
cierta ocasión se había jactado de no haber cruzado nunca ninguno de los puentes del río. Aquel recuerdo le
hizo preguntarse qué habría sido de su coche, aquel Ford Angliade veinte años que no había limpiado ni una
sola vez mientras estaba con ella. Imaginaba que estaría en algún depósito municipal, adonde habría ido a
parar después de que la grúa se lo llevara de dondequiera que lo hubiera abandonado, en alguna de las
numerosísimas calles situadas entre la carretera de circunvalación del norte y la línea ferroviaria del oeste.

De regreso en casa, hizo unas cuantas llamadas para verificar si Zillah (alias Sarah) Leach y James
Melcombe-Smith iban a casarse de verdad al día siguiente en el ayuntamiento de Westminster, pero no
encontró nada. Jims debía de haber organizado la ceremonia en South Wessex. Se preguntó qué posibilidades
tenía de concertar una entrevista con Leonardo Norton, pero decidió esperar hasta después de haber hablado
con Zillah, que tal vez le proporcionaría revelaciones mucho más jugosas de lo que imaginaba.

En comparación con su última boda e incluso con la primera, la tercera ceremonia fue de lo más insulso. Al
entrar en vigor la nueva ley, a Zillah le había parecido una idea brillante no tener que casarse en la iglesia o
en el juzgado de paz, y poder optar por un hotel, una casa de campo o cualquier otro lugar que contara con la
licencia correspondiente. Sin embargo, cambió de opinión cuando vio el lugar que Jims había elegido para la
ocasión, un restaurante de carretera de los años treinta junto a la autopista A10, cerca de Enfield. Zillah,
ataviada con un traje blanco y tocada con un casquete adornado con rizadas plumas blancas y negras, se dijo
que tanto habría dado presentarse en vaqueros y camiseta.

El techo estaba surcado de vigas de madera de imitación y las paredes, revestidas de papel de hilo también
de imitación. El mobiliario se componía de sillas y mesas rústicas, así como sofás tapizados con chintz
estampado con rosas rojas y rosadas a medio abrir. Zillah nunca había visto tantos arneses, sillas de montar,
bridas, espuelas y medallones de latón, ni siquiera en las profundidades de Dorset. Le presentaron al dueño
del establecimiento, un gay algo caduco con acento cockney que en tiempos había sido amante de Ivo Carew.
Tras asegurar que estaba encantado de conocerla, dedicó un grosero guiño a Jims por encima del hombro de
Zillah.

La juez de paz era una mujer joven y atractiva. Por una vez antifeminista, Zillah se preguntó si se sentiría
realmente casada si una mujer oficiaba la ceremonia, aunque sabía que en la actualidad casi todos los jueces
de paz eran mujeres. Ivo y el marica actuaron de testigos y el asunto quedó zanjado en un santiamén. Zillah
había esperado un almuerzo, aunque fuera en aquel tugurio, alguna clase de celebración, pero Jims, que no le
había dirigido la palabra más que para pronunciar el reglamentario «sí, quiero», se despidió apresuradamente
de todo el mundo y la llevó de regreso a Westminster.
–Y ahora -se dignó a decirle por fin- lo dispondremos todo para que tú y los niños os trasladéis a Fredington
Crucis.

Capítulo 24

Aquella semana, aunque Josephine no lo recordaría, haría veinte años que Minty trabajaba en Immacue. Fue a
finales de mayo y ella tenía dieciocho años. Mientras empezaba a planchar intentó calcular cuántas camisas
habría planchado a lo largo de todos esos años. Pongamos trescientas camisas por semana multiplicadas por
cincuenta semanas al año, multiplicadas a su vez por veinte años daban un total de cien mil camisas.
Suficientes para vestir a un ejército entero, había comentado la tía diez años antes. Blancas, de rayas azules y
blancas, rosas y blancas, amarillas y blancas, grises y azules…, un sinfín de camisas. Cogió la primera del
montón. Era de rayas verde claro y verde oscuro, una combinación inusual.

Como sucedía a menudo cuando se permitía pensar en la tía, la voz fantasmal se dirigió a ella.

–No son cien mil, te equivocas. Los sábados nunca planchabas, al menos los dos primeros años. Y algunos
días no planchabas cincuenta porque no había cincuenta. Así que más bien son noventa mil.

Minty no respondió. Contestar a la tía era un desahogo, pero también creaba problemas. El día anterior,
cuando le respondió con un grito, Josephine salió corriendo para preguntarle si se había quemado. Como si
una persona que había planchado cien mil camisas pudiera quemarse.

–Aun así, debería organizarte una fiesta. Es una egoísta redomada, nunca piensa en nadie más que en sí misma
y ese marido suyo. Si tiene un hijo, te lo endosará para que lo cuides. Lo traerá a la tienda y te pedirá que lo
vigiles mientras ella va de compras al restaurante chino. Por muy contento que se ponga ese Ken, no hará de
canguro; los hombres nunca se ocupan de esas cosas.

–Vete -musitó Minty.

–Claro que la señora Lewis sabe más de estas cosas que yo; al fin y al cabo, lo ha vivido, me refiero a lo de
parir. Yo tuve que asumir el esfuerzo y los gastos de criarte, pero nunca sufrí los dolores del parto. Si Jock no
hubiera muerto en ese accidente ferroviario, puede que algún día hubieras tenido un hijo. Le habría gustado
ser abuela, ¿verdad, señora Lewis?

–¿Quieres callarte? – exclamó Minty sin poder contenerse-. Ojalá siguieras siendo sorda. Josephine no va a
tener ningún hijo ni yo tampoco. Haz el favor de llevarte a esa vieja. No la quiero tener cerca.

Como era de esperar, Josephine salió.

–¿Con quién estabas hablando, Minty?

–Contigo -repuso Minty, temeraria-. Creía que me habías llamado.

–Nunca te llamo cuando estás planchando. Oye, voy a salir un momento y te dejo al mando. Quiero ir a comer
con Ken. ¿Te traigo algo?

Minty contuvo un estremecimiento. ¿Ingerir comida que había pasado por otras manos que no fueran las
suyas? ¿Alimentos cuya compra no había presenciado? Josephine nunca aprendería.

–No, gracias, me he traído unos bocadillos.

Minty no comió hasta después de acabar con la plancha. Eran bocadillos de pollo, preparados con pan blanco
que ella misma había cortado (nunca sabías quién lo cortaba y con qué máquina si lo comprabas ya en
rebanadas), mantequilla irlandesa fresca y pollo que ella misma había cocinado y trinchado. Había utilizado
el otro cuchillo grande que le quedaba, gemelo del que se había visto obligada a tirar porque nunca se sabía
hasta qué punto quedaban limpias las cosas después de hervirlas. Si alguna vez veía a la señora Lewis, quizá
se viera obligada a hacer uso del cuchillo grande como había hecho uso del que había servido para
desembarazarse del fantasma de Jock.

Pero nunca veía a la señora Lewis. La tía se manifestaba con mucha frecuencia, aunque no con tanta claridad
y definición como Jock. Siempre veía los muebles y las puertas a través de la tía. En ocasiones no era más
que un contorno, una suerte de figura acuosa que ondulaba como el espejismo que Minty había visto días atrás
en la calzada desde el autobús. A lo mejor desaparecería por completo si volvía a poner flores en su tumba,
si volvía a rezarle. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Nunca había desafiado a la tía en vida, pero consideraba que
ya había llegado el momento de reafirmarse. ¿Por qué permanecer atada a aquella costumbre el resto de su
vida, por qué gastar tanto dinero y arreglar todas esas flores para complacer a un fantasma?

Lo cierto era que la tía no le daba demasiado miedo. Debía de ser porque la conocía muy bien y además sabía
que la tía sería incapaz de hacerle daño. Jock sí le había hecho daño al apoderarse sin más de su dinero. Y
cuando su fantasma empezó a aparecérsele, a veces le lanzaba miradas furiosas, con los ojos muy abiertos,
enseñando los dientes. Pero lo que más temía era la posibilidad de ver a la señora Lewis y no sabía por qué.
Si la vieja le hablara directamente en lugar de dirigirse siempre a la tía, tal vez la perspectiva de verla no la
asustaría tanto. Sin embargo, la señora Lewis nunca lo hacía, sino que se pegaba a la tía como una sombra y,
al igual que una sombra, solo se manifestaba a ciertas horas y ciertos días. Por ejemplo, aquella mañana no
había dicho ni media palabra, y cuando la tía le hizo una pregunta, no contestó. Eso podía significar que no
estaba allí y que la tía, por razones que solo ella conocía, estaba hablando sola. Por otro lado, y eso era lo
que asustaba a Minty de un modo inexplicable, cabía la posibilidad de que la hubiera acompañado desde
dondequiera que morasen, fuera el cielo, el infierno o bien un lugar desconocido, y guardara silencio. La idea
le resultaba odiosa, pues la imaginaba acechando invisible detrás de la tía, alejando a la tía de ella,
observando todos los movimientos de Minty, juzgando su aspecto y su casa. Esperando el momento adecuado
para…, no sabía para qué.

En cuanto Josephine entró en la sala de plancha, la tía desapareció para no volver a presentarse. Minty se
terminó el bocadillo y fue a lavarse las manos. También se lavó la cara, pues no sabía a ciencia cierta si tenía
alguna mancha invisible de mantequilla en la barbilla. Mientras estaba en el lavabo, sonó la campanilla de la
puerta. Minty abrió los ojos con expresión incrédula al ver que la hermana del señor Kroot estaba en el
centro de la tienda, sosteniendo unas cuantas prendas que había sacado de una vieja y gastada bolsa de
plástico.

Gertrude Pierce (¿se llamaba así?) quedó tan sorprendida de ver a Minty como esta de ver a la anciana.

–No tenía idea de que trabajaba aquí -exclamó la mujer en un tono que indicaba que de haberlo sabido jamás
se le habría ocurrido entrar.

Su voz era grave, como una especie de gruñido, y poseía un acento que Minty no logró identificar. Hacía muy
poco, tal vez de camino a la tintorería, que se había dado un baño de color, por lo que su cabello relucía tan
rojo como la chaqueta de satén escarlata que depositó sobre el mostrador junto con un mono de lana gris y
unos pantalones color violeta. Minty percibió el penetrante olor de las prendas desde donde se hallaba y
arrugó la nariz de un modo que no se le escapó a Gertrude Pierce.

–Si no quiere hacerse cargo, llevaré la ropa a otro sitio.

–Nos haremos cargo -aseguró Minty, sabedora de que a Josephine no le haría gracia que rechazara un
encargo.

Sin embargo, la idea de que la tía descubriera que había hablado con la hermana del señor Kroot la hizo
estremecer y la mano le temblaba mientras calculaba el coste del pedido, apuntaba la cantidad en una tarjeta
en la que también anotó el nombre «señora Pierce» y se la alargaba.

–Para el sábado.

Gertrude Pierce examinó la tarjeta con aire suspicaz y algo sorprendido, como si se preguntara qué clase de
poderes sobrehumanos de adivinación debía de tener Minty para conocer su nombre.

–Devuélvame la bolsa, si no le importa.

La bolsa yacía sobre el mostrador, un engendro negro, abollado y arañado por las cien veces que había sido
utilizado después de la primera vez en que el dependiente de Dickins and Jones pusiera en ella artículos
recién comprados. Minty la empujó unos centímetros en dirección a Gertrude Pierce. La hermana del señor
Kroot esperó, tal vez a que Minty se la entregara en mano con una reverencia, pensó Minty. En lugar de eso,
entró en la sala de plancha y cerró la puerta tras de sí. Al instante oyó unos pasos decididos y el tintineo de la
campanilla de la puerta.

–Te advertí que no hablaras con ella -dijo la tía-. Casi no doy crédito a mis oídos. Deberías haber fingido
que no estaba allí, no darle esa satisfacción.

–Pues a mí me gustaría fingir que tú no estás aquí -replicó Minty con entera libertad, aprovechando la
ausencia de Josephine-. Quiero que te vayas y que te lleves contigo a la madre de Jock.

–Si vuelves a llevar flores bonitas a mi tumba me lo pensaré. Los tulipanes están mustios, diga lo que diga el
florista. Supongo que las rosas son demasiado caras.

–Nada es demasiado caro si consigo librarme de ti -masculló Minty con brusquedad.

Cuando salió de trabajar a las cinco y media, compró rosas, una docena de rosas blancas bastante caras, pero
menos que si las hubiera comprado delante del cementerio. Era una tarde sombría y junto a la verja del
camposanto, el edificio en el que nunca había reparado antes, con sus pilares y pórticos de gastada piedra
gris, tenía aspecto de llevar allí cientos, tal vez miles de años. Minty, que poco antes había visto en la
televisión un documental sobre la antigua Roma, se preguntó si dataría de aquella época. Era una versión
reducida del enorme y lúgubre crematorio, y al igual que este, tenía las puertas cerradas. En el interior, el
aire sería oscuro, maloliente y siempre frío. Cerró los ojos y le dio la espalda. No sabía por qué había
entrado por allí, pues quedaba lejos de la tumba de la tía.

Por primera vez, había entrado por la verja del este en lugar de la del oeste. Por una vez, había comprado
flores en una floristería y no en el quiosco situado junto a la verja. De repente se le antojaba de vital
importancia «darle» las flores a la tía, pues esta se las había pedido, le había pedido específicamente rosas.
¿Por dónde se iba a su tumba, por ese pasillo o por el otro? El cementerio era tan grande y tenía tantos
senderos, algunos de ellos sinuosos, con innumerables tumbas idénticas… Algunos árboles eran de hoja
perenne, siempre oscuros y opacos. De otros pendían flácidas hojas verdes. Solo la hierba y las florecillas
blancas y amarillas que la salpicaban brillaban y cambiaban de estación en estación.

Aún sería de día durante algunas horas más, aunque la luz quedaba amortiguada por las nubes. Debía dirigirse
hacia el crematorio y la entrada del oeste, pero no sabía cómo. Recorrió un sendero y después otro, giró a la
derecha y luego a la izquierda. Reconocería la lápida en cuanto la viera, por el nombre, claro, pero primero
por el ángel que se cubría los ojos con una mano y en la otra sostenía un violín roto. El problema residía en
que el cementerio estaba atestado de ángeles de piedra; la mitad de las tumbas tenían ángeles, algunos
sosteniendo rollos de pergamino, otros, instrumentos de cuerda, en su mayoría arpas, eso sí, y algunos que
lloraban con la cabeza inclinada. Minty también sentía ganas de llorar. Sabía que debería salir por la verja
que había cruzado y volver a entrar por la otra, pero eso significaría pasar por delante del quiosco de flores.
El florista podía pensar que Minty le había robado las rosas cuando estaba distraído o bien que las había
cogido de otra tumba, un comportamiento bastante frecuente, según tenía entendido.

«Maisie Julia Chepstow, amada esposa de John Chepstow, que abandonó este mundo el 15 de diciembre de
1897 a la edad de cincuenta y tres años. Duerme en brazos de Jesús.» Se sabía la inscripción de memoria y
recordaba haber contado a Jock que el cadáver, los huesos o el polvo que contenía el ataúd pertenecía a la
abuela de la tía. Daba igual. Lo único que importaba era que había enterrado las cenizas de la tía en aquella
tumba. Por entonces había llegado al canal con su pequeña edificación romana y giró una vez más. Había
tantas tumbas y tan pocas personas para cuidarlas que la hierba, el musgo y la hiedra lo invadían todo,
cubriendo la piedra y ocultando los nombres grabados. Nunca había visto ningún gato en el cementerio,
aunque lo había imaginado atestado de ellos por la noche, pero en aquel momento apareció uno, un animal
largo, flaco y gris que se abría delicadamente paso entre tumbas anónimas y que al verla se coló en un hueco
cubierto de hiedra entre las raíces de un árbol.

Ante ella se alzaba un ángel sosteniendo algo en el punto donde el pasillo se cruzaba con otro sendero a un
ángulo adecuado. Debía de ser allí donde, arrodillada sobre la tierra, había visto acercarse al fantasma de
Jock. Aun antes de llegar junto al ángel vio que era el mismo, con sus ojos tapados y el violín roto. Pero al
apartar la hiedra y leer el nombre grabado comprobó que aquella no era la tumba de la tía. Aquella no era
Maisie Julia Chepstow, amada esposa de John Chepstow, sino «Eve Margaret Pinchbeck, única hija de
Samuel Pinchbeck, unida al Salvador el 23 de octubre de 1899». Adán y Eva y Pellízcame, pensó Minty.
Toma un Polo, Polo. ¿Cómo podían dos tumbas parecerse tanto y no pertenecer a la misma persona? Quizá la
persona encargada de esculpir estatuas hacía mucho, muchísimo tiempo, tal vez en época de los romanos,
esculpió muchas estatuas iguales.

Podía servir. Quizá no tenía tanta importancia que las cenizas de la tía no estuvieran allí. La diferencia de
aquel sepulcro respecto al de la tía era que el jarrón de piedra formaba parte de la moldura que rodeaba la
base de la plataforma sobre la que se erigía el ángel. Estaba reseco y cubierto de musgo hasta el borde. Como
hiciera en muchas ocasiones, Minty buscó flores en una tumba cercana, flores ya marchitas, las arrojó entre
los arbustos y utilizó el agua de su jarrón para llenar el cuenco de piedra. Dispuso las rosas, partiendo los
tallos para acortarlas, y al hacerlo se arañó las manos con las espinas. La sangre le produjo un extraño alivio
que jamás había experimentado, si bien le inquietaba la suciedad que sin duda contenían los tallos. En alguna
parte debía de haber alguna fuente, pero no sabía dónde.

Se incorporó, dio media vuelta y echó a andar en dirección opuesta al gasómetro. Por ahí debía de irse a la
entrada oeste. Pero no era así. Empezó a asustarse. ¿Y si no encontraba la salida y se veía obligada a
deambular durante horas, buscando y buscando, durante años, quizá para siempre, entre las tumbas cubiertas
de maleza, invadidas por gatos cuyo paso provocaba escalofríos a los vivos? Aquella era a buen seguro una
morada de fantasmas con tantos muertos juntos, pero los suyos no estaban allí. Solo había penumbra y una
suerte de paz pesada, salpicada por el lejano zumbido del tráfico en Harrow Road. No había ni rastro de
personas vivas ni muertas, ni se oía el canto de ningún pájaro. De repente llegó a un claro en el que se alzaba
el inmenso templo con columnas que albergaba el crematorio. Siempre resultaba aterrador, pero desde ese
ángulo todavía asustaba más a causa de la enorme pared lisa y los nubarrones que se acumulaban tras él, así
como la maleza que llegaba casi a sus pies. Minty imaginó que la gran puerta se abría, que los vitrales se
estremecían y los fantasmas salían del edificio en tropel, las manos alzadas y las túnicas revoloteando a su
alrededor. Echó a correr.

Por todas partes había rótulos indicadores, pero ninguno de ellos parecía indicar nunca el lugar que ella
buscaba, la tumba de la tía. Leyó el que tenía delante, no sabía por qué, mientras seguía corriendo, incapaz de
mirar atrás por temor a que la persiguieran. El rótulo decía: «SALIDA». Minty experimentó un alivio
descomunal. Ahora ya sabía dónde estaba, cerca de la entrada oeste, frente a su calle, donde estaba el
quiosco. Para cuando llegó junto a la verja estaba caminando a paso normal e incluso logró esbozar una
sonrisa de saludo al florista. Nada ni nadie la perseguía.

Minty casi nunca se sentía feliz. El miedo ahuyenta la felicidad con tanta eficacia como el dolor, y ella casi
siempre estaba atenazada por el miedo. Vivía inmersa en un mundo de temores innombrables, terrores que
solo lograba mantener a raya gracias a los rituales más estrictos. Algo había conseguido aplacarlos una vez,
extinguirlos incluso en una o dos ocasiones, y fue lo que nunca había experimentado en los primeros treinta y
siete años de su vida: sus sentimientos hacia Jock. Cuando después de hacer el amor le dijo que nunca
volvería a estar así con ningún otro hombre, que sería suya para siempre, expresó quizá por primera vez en su
vida sus sentimientos más hondos y sinceros, libres de todo prejuicio relacionado con la limpieza, la
pulcritud y la comida. Lo que él le dio, o al menos eso había creído ella, fue una sensación nueva y extraña
que no sabía cómo definir. Felicidad. Eso fue lo que sintió en cierta medida cuando salió del cementerio y se
dirigió hacia Syringa Road.

La felicidad que había experimentado con Jock duró bastante tiempo. Si no hubiera muerto, pensaba a veces
vagamente, sin saber a qué se refería ni en qué consistían sus deseos, si hubiera seguido con vida y junto a
ella, tal vez aquellos sentimientos que ella había albergado y él había inspirado la hubieran convertido en una
mujer distinta. La punzada de felicidad que sentía en aquel momento estaba condenada a ser efímera, lo sabía
con seguridad, y daría paso al más descarnado de los terrores, que ya empezaba a manifestarse a medida que
se acercaba a la puerta de su casa. Tenía miedo de lo que pudiera esperarla dentro e incluso contempló la
posibilidad de llamar a la puerta de los Wilson, pasar media hora con ellos, tomar una taza de té y charlar un
poco, tal vez contarles su búsqueda vana de la tumba de la tía, a la que a posteriori veía incluso el lado
gracioso. ¡Una mujer que había vivido a tiro de piedra del cementerio durante toda su vida, incapaz de
encontrar la tumba de la tía! Pero si iba a casa de Sonovia, luego tendría que irse de allí y entrar en la suya de
todos modos. No podía quedarse toda la noche en casa de los vecinos.

Introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. Aunque faltaban horas para que cayera la noche, encendió la
luz del recibidor. Nada. Vacío. Subió la escalera, temerosa de toparse con la tía por el camino, pero no había
nadie, nada. Del otro lado de la pared le llegaba el murmullo de una música, la clase de música que gusta a
los más jóvenes. A buen seguro no era la radio del señor Kroot; debía de ser la de Gertrude Pierce. Qué
mujer más extraña, mira que escuchar música de adolescentes… Minty se preparó un baño, se lavó la cabeza
con champú espumoso y se limpió la sangre de las manos con el cepillo de uñas. Las espinas de las rosas le
habían ocasionado numerosas heridas diminutas. La música cesó y se hizo el silencio. Minty se secó, se puso
como siempre una camiseta, pantalones y calcetines limpios. Nunca llevaba sandalias, por mucho calor que
hiciera, porque las calles estaban sucias y la mugre podía colarse en los pies y provocar una enfermedad
llamada billarnosequé, lo había leído en uno de los periódicos de Laf. Eso era en África, pero no veía por
qué no podía pasar en Londres.

No tenía hambre; los bocadillos la habían llenado mucho. Tal vez más tarde se preparara un huevo revuelto
con tostadas. Una nunca sabía de dónde venían los huevos, pero en cualquier caso, salían de las gallinas y de
todas formas, lo haría bien pasado en una sartén limpia. Por la ventana vio ropa tendida en el tendedero del
señor Kroot. Parecía muy seca y probablemente llevaba allí colgada desde antes de que Gertrude Pierce fuera
a Immacue. Minty salió al jardín. No había hecho calor en todo el día, el cielo estaba demasiado encapotado,
pero sí una temperatura agradable que persistía. Observó de nuevo la ropa tendida en el jardín contiguo. La
cuerda estaba muy combada porque uno de los postes estaba inclinado en un ángulo de cuarenta y cinco
grados; los bordes de las sábanas y las toallas rozaban el suelo, tocando la hierba seca y polvorienta. Minty
estaba escandalizada, pero no tenía intención de hacer nada al respecto.

–¡Minty! – exclamó Sonovia desde el otro lado de la valla-. ¡Cuánto tiempo sin verte!

En realidad, solo hacía dos o tres días que no se veían. Sabiendo que a su vecina le haría gracia, Minty le
contó, mirando a menudo por encima del hombro, la visita de Gertrude Pierce a la tintorería y su sorpresa al
ver que ella trabajaba allí. Sonovia se rió, sobre todo al oír su asombro cuando Minty demostró saber su
nombre. Por lo visto, veinte años atrás el señor Kroot había hecho algún comentario racista, aunque nadie
parecía saber dónde ni a quién, pero bastó para que Laf no volviera a dirigirle la palabra. A menudo, Sonovia
observaba que le habría gustado que hiciera el mismo comentario ahora para así poder demandarlo.

–Alguien me ha dicho que se marcha el sábado. Todos nos alegraremos de perderla de vista.

Luego escuchó con una sonrisa el relato de Minty sobre la odisea del cementerio. En ningún momento cambió
de expresión, pero cuando entró de nuevo en casa, comentó a su marido que era la primera noticia que tenía
de que Winnie Knox estuviera enterrada en el cementerio de Kensal Green.

–No está enterrada allí ni en ninguna parte. Fue incinerada. Deberías recordarlo, los dos asistimos a la
ceremonia.

–Claro que lo recuerdo, por eso digo que me extraña. Minty tuvo las cenizas guardadas en un estante durante
meses, pero un buen día me di cuenta de que ya no estaban. Me acaba de contar que se ha perdido en el
cementerio mientras buscaba la tumba de Winnie, que le ha comprado rosas blancas porque su tía le ha dicho
que está harta de los tulipanes. ¿Qué te parece?

–Siempre hemos dicho que Minty es un poco peculiar, Sonovia. No olvides todo ese asunto de los fantasmas.

Por unos instantes, Minty había olvidado todo lo relativo a los fantasmas. Cruzó la cocina en dirección al
salón pensando en Gertrude Pierce, su colada y las malolientes prendas que había llevado a la tintorería. Al
llegar al umbral se detuvo en seco. Entre la chimenea y el sofá había dos mujeres, la tía y una anciana
encorvada con cara de bruja. Minty se quedó sin habla. Permaneció inmóvil como las estatuas del cementerio
y cerró los ojos. Al abrirlos, las dos mujeres seguían allí.

–Sabes muy bien que aquella no era mi tumba, ¿verdad que no, señora Lewis? Has dejado esas rosas en la
tumba de una desconocida. ¿Cómo crees que me ha sentado eso? La señora Lewis está escandalizada.

La tía nunca le había hablado en ese tono cuando vivía, aunque Minty había pensado a menudo que le habría
gustado, pero que por algún motivo se reprimía. A veces, mientras le decía cosas agradables, había visto
enojo en su mirada, el mismo enojo que en esos momentos sí expresaba. La señora Lewis estaba quieta, sin
mirar a la tía ni a Minty, sino con la vista clavada en el suelo y las manos entrelazadas.

–Ni siquiera se disculpa. Nunca ha sido capaz de pedir perdón, ni cuando era pequeña, señora Lewis. De sus
labios no ha brotado jamás una palabra de remordimiento.

–Lo siento -consiguió articular por fin Minty-. No volverá a suceder. Bueno, ¿satisfecha? Y ahora fuera -
masculló con voz más firme, aunque no menos asustada-. Las dos. No quiero volver a verlas. Están muertas y
yo estoy viva. Vuelvan a donde pertenecen.

La tía desapareció, pero la señora Lewis se quedó, Minty distinguía el rostro de Jock en sus facciones, muy
parecidas, aunque arrugadas como si contara mil años. Minty había visto en los ojos de Jock aquella misma
mirada derrotada y cansada cada vez que volvían de una carrera y el perro por el que había apostado había
cruzado la meta en último lugar. Quizás algún día habría llegado a tener el mismo aspecto que su madre de no
perecer en el accidente. La anciana alzó la cabeza. Era más transparente que hacía unos instantes y de nuevo
percibió aquella ondulación acuosa de espejismo que hacía temblar el holgado jersey de punto y la falda
ancha que llevaba. Ambas mujeres se miraron fijamente, y Minty comprobó que los ojos no eran azules, como
había creído en el primer momento, sino de un verde frío y opaco entre las arrugas, como huevos de pájaro en
un nido.

Si daba media vuelta y se alejaba, la anciana la seguiría. Por primera vez deseó que un fantasma hablara,
sumida en el miedo deseó averiguar cómo era su voz.

–Diga algo -pidió.

Entonces el fantasma se desvaneció, pero no de inmediato, sino como el humo que se esfuma en el cuello de
una botella. Por fin, la habitación quedó desierta de nuevo.

Capítulo 25

Cuando Jims llegó a Glebe Terrace, Natalie lo estaba observando desde un dormitorio de un piso situado en
la acera de enfrente. La vivienda pertenecía a Orla Collins, a quien había conocido en la cena. En un
principio, Orla se había mostrado algo reacia, pero sus reservas se esfumaron cuando Natalie le contó que
estaba espiando a un diputado que se había casado con su mujer bígama al tiempo que tenía una aventura
amorosa con un hombre que vivía en la casa de enfrente. La tarde del jueves era la tercera que pasaba allí,
pero no le había extrañado que Jims no apareciera la noche anterior. Incluso Jims habría tenido reparos en
quedar con su amante el día de su boda.

En palabras de la propia interesada, Zillah había cantado como un ruiseñor. Cuando Natalie llegó a su casa el
miércoles por la tarde, aún llevaba el traje blanco que había lucido durante la boda.

–He pensado que quizá no pudiera hacerme fotos -comentó la joven- por causa del sindicato o lo que sea, así
que me he sacado una polaroid. – Y mientras Natalie examinaba la instantánea, añadió-: Y ahora voy a
contárselo todo.

Así lo hizo. Era la noticia más jugosa con la que Natalie se había tropezado durante sus quince años como
periodista. No obstante, no se atrevía a creer de forma incondicional la afirmación de Zillah sobre el idilio
de Jims con Leonardo Norton. Tendría que confirmarlo por sí misma. Sentada en un sillón de mimbre junto a
la ventana del dormitorio de Orla Collins, contempló, y no por primera vez, las fotos que Zillah y Jims habían
hecho durante su luna de miel. Las de él le servían de bien poco, pues solo mostraban paisajes de la isla, a
excepción de una en la que se veía a Zillah bañándose en el océano Indico. En cambio, las de Zillah eran un
pozo de sorpresas. Reconoció haberlas sacado porque ya entonces estaba enfadada por aquel matrimonio de
conveniencia. Jims y un joven cuyo rostro no se distinguía tendidos en tumbonas contiguas, sentados sobre
toallas extendidas en la playa, y la mejor de todas, la más incriminatoria, sentados alrededor de una mesa al
aire libre, la mano de Jims apoyada sobre el muslo del joven. Resultaba interesante observar que Jims
siempre sonreía al joven y en una ocasión a la cámara, mientras que Leonardo procuraba ocultar el rostro.
Aquellas fotografías le permitirían reconocer fácilmente al diputado cuando llegara a Glebe Terrace o se
apeara de un coche. ¿Cómo iría? Mientras pasaba el tiempo, las siete y media, las ocho, las ocho y cuarto,
Natalie consideró las distintas posibilidades. Sloan Square estaba a tan solo tres estaciones de Westminster
en la línea Circle. Podía ir en metro y luego coger un taxi. O ir en taxi todo el trayecto. Se rumoreaba que
poseía una cuantiosa fortuna personal. También podía ir en coche y, puesto que eran más de las seis y media,
aparcar junto a cualquier bordillo pintado de amarillo. Descartó la alternativa del autobús por considerarla
demasiado plebeya para un tipo de la categoría de Jims. En cuanto a la bicicleta…

A las nueve menos veinte, Jims llegó de la única forma que Natalie no había considerado, a pie. Era aún más
guapo en persona que en las fotos de las Maldivas. Natalie, que como muchas otras mujeres albergaba una
opinión que los hombres homosexuales nunca compartían, pensó que era un auténtico desperdicio. Quedó
encantada al ver que Jims se sacaba una llave del bolsillo y abría la puerta principal de la casa de Leonardo
Norton. La persiana de lo que suponía que era el salón estaba bajada, pero en la planta superior se veía una
ventana despejada a excepción de los bordes de unas cortinas descorridas. Natalie no confiaba en absoluto en
poder utilizar las fotografías que sacara allí, pero de todos modos tenía la cámara preparada. Al cabo de unos
minutos casi deseó no haberla llevado consigo, pues ningún editor publicaría la imagen que acababa de
captar. Junto a la ventana del piso superior, Jims y Leonardo se fundieron en un apasionado abrazo.

Casi de inmediato, Leonardo, ataviado tan solo con unos calzoncillos a rayas rojas y blancas, corrió las
cortinas. Natalie se quedó donde estaba, dispuesta a pasar la noche entera en aquel sillón si hacía falta,
tomándose los bocadillos y la media botella de Valpolicella que había traído.

Pero a las once y media, Orla quiso acostarse.

–No tiene sentido que te quedes ahí -aseguró-. Siempre se queda a pasar la noche.
Si la policía nunca hubiera vuelto a Holmdale Road, tal vez Michelle habría ampliado el perdón al olvido.
Quizás habría seguido el consejo de Matthew y disculpado a su vecina en atención al dolor, el golpe sufrido y
la presión casi insoportable a la que Fiona se había visto sometida. A fin de cuentas, ella y Matthew le habían
demostrado su apoyo acompañándola al funeral de un hombre del que ambos desconfiaban y por el que
sentían una profunda antipatía. Pero la policía volvió el viernes por la mañana para anunciar que no habían
podido confirmar la presencia de los Jarvey en el Heath la tarde crucial. Por otro lado, un testigo había visto
un coche de la misma marca y color que el suyo aparcado en una zona de estacionamiento restringido de
Seymour Place, Wi, a la hora en cuestión, y Seymour Place, como sin duda sabían, se hallaba a un tiro de
piedra del Odeón, en Marble Arch.

–No era nuestro coche -aseguró Matthew en tono frío, casi indiferente.

–El testigo no pudo tomar la matrícula.

–De haberla tomado, habrían visto que no era la matrícula de nuestro coche.

Mirando a su esposo y después sus propias manos rollizas, apoyadas sobre el voluminoso regazo, Michelle
se maravilló de que cualquiera que los viera pudiera sospechar siquiera por un instante que hubieran
cometido un delito. Una mujer gorda, aunque ya no obesa, de cuarenta y cinco años incapaz de subir media
docena de escalones sin jadear y (por mucho que lo quisiera, no le quedaba otro remedio que expresarlo de
ese modo) un pobre esqueleto lisiado por su grotesca fobia. Ese fue el último pensamiento realista y sereno
que cruzó por la mente de Michelle durante días.

–¿Pueden proporcionarnos algo más sólido para determinar que estaban ustedes en su coche en el Heath a
aquella hora? – inquirió la detective, sobresaltándola.

–¿Cómo qué? – se oyó replicar con voz tenue y ronca.

–¿O en el Waitrose? Los empleados no los recuerdan. Bueno…, sí que los recuerdan -puntualizó con un matiz
en el que Michelle percibió el asomo de una sonrisa-, pero no recuerdan haberlos visto aquel día en concreto.
Por lo visto, van a menudo.

Estaba insinuando a las claras que Matthew y ella habían realizado frecuentes visitas al supermercado a fin
de desconcertar a los testigos acerca del único día que no fueron.

–¿Qué me dice del Heath, señora Jarvey?

–Ya le he dicho que había otros coches aparcados con gente dentro, pero no conocía a ninguno de ellos y
ninguno de ellos nos conocía a nosotros.

En cuanto los policías se fueron, se aferró a Matthew y lo miró con expresión aterrada.

–Estoy tan asustada que no sé qué hacer. Se me ha ocurrido que…, se me ha ocurrido que, ya que Fiona nos
ha metido en esto, debería sacarnos.

–¿A qué te refieres, cariño?


–Pues que podríamos pedirle que dijera que nos vio en el Heath, que fue allí nada más llegar a casa, que nos
vio y habló con nosotros. O bien…, aún sería mejor…, podría hacer que algún amigo suyo dijera que nos vio,
alguien de la calle, conoce a la del ciento dos, las he visto juntas, y podría…

–No, Michelle -la atajó Matthew, amable como siempre pero también firme, como en los viejos tiempos-. La
incitarías a cometer perjurio y eso no estaría bien. Y aparte del aspecto moral, la policía lo descubriría.

–Si no es capaz de hacer algo tan insignificante por nosotros, se me quitarán las ganas de volver a dirigirle la
palabra.

–No sabes si sería capaz o no. Puede que accediera; no se lo has preguntado… ni se lo vas a preguntar,
Michelle.

–Entonces, ¿qué será de nosotros?

–No pasará nada. A la gente inocente no la juzgan por asesinato -aseguró, aunque no estaba en absoluto
convencido de ello-. Estás sacando las cosas de quicio. Todo es fruto de la histeria.

–¡No es verdad! – chilló ella, llorando y riendo al mismo tiempo-. ¡No es verdad, no es verdad!

–Basta, Michelle. Estoy harto.

Michelle lo miró con las mejillas surcadas de lágrimas.

–Encima ha conseguido que nos peleemos, nosotros que nunca nos peleamos.

Fiona había vuelto al trabajo el lunes anterior. Sus compañeros le dijeron que sentían lo de Jeff, pero los que
no recordaban su nombre se refirieron a él como «tu amigo», lo que le produjo la sensación de que el asunto
quedaba reducido a la pérdida de un conocido de la universidad. Sin embargo, recibía más miradas curiosas
y silencios inexplicables que si Jeff hubiera muerto de cáncer o de un infarto. El asesinato marca a los seres
queridos para siempre. Fiona sabía que sus amistades nunca volverían a mencionar su nombre sin definirla
como la mujer «que vivía con aquel tipo al que mataron en el cine». A ello se añadía el profundo
arrepentimiento por haber mencionado el nombre de los Jarvey a Crímenes Violentos. Ya no recordaba por
qué lo había hecho y llegó a la conclusión de que, como sucede a menudo en tales circunstancias, lo había
soltado porque no tenía nada que decir, porque no se le ocurría nada que pudiera resultar útil.

Michelle había asegurado que la perdonaba sin demasiada convicción. Aquella criatura callada y triste no era
la mujer maternal y afectuosa que conocía, sino un ser silencioso y retraído. Fiona había estado en casa de los
Jarvey tres veces desde el incidente del domingo y creía que había ido tan a menudo con la esperanza siempre
renovada de encontrar a la Michelle de siempre. Sin embargo, aunque su vecina se comportaba en todo
momento con exquisita cortesía y hospitalidad, la transformación no se había producido. El viernes por la
tarde volvió a probarlo, entrando por la puerta trasera en un intento de restablecer la confianza que tan
desesperadamente anhelaba. Por un instante tuvo la impresión de que lo había conseguido, porque Michelle
salió a su encuentro y la besó en la mejilla.

El comportamiento de Matthew también parecía más entusiasta de lo habitual. Por lo general era Michelle, no
él, quien le ofrecía una copa de vino, pero fue él quien se dirigió a la cocina en busca de una botella que
había puesto a enfriar y quien sirvió sendas copas a Fiona y a su mujer. Para su horror, Fiona vio que los ojos
de Michelle se llenaban de lágrimas.

–¿Qué ocurre? Dímelo, por favor. Si lloras, yo también me echaré a llorar.

–Esta mañana ha venido la policía -explicó Michelle con un esfuerzo-. No se creen que estuviéramos donde
les dijimos que estuvimos… ese día. Alguien vio un coche como el nuestro aparcado cerca del cine. Quieren
que demostremos que estuvimos en el Heath y… no podemos, no podemos. Nunca podremos.

–Sí que podréis; yo os ayudaré. Es lo menos que puedo hacer. No puedo contar a la policía que os vi porque
los de la oficina ya les han dicho que estuve allí hasta las cinco, pero puedo encontrar a alguien que lo haga
por mí. Conozco a alguien…, y la conozco bien, que vive en Vale of Heath y que dirá que os vio, estoy
segura. Es la clase de persona dispuesta a ir a la policía y decirles que quiere aportar una prueba para
corroborar vuestra versión. Dejadme hacerlo, por favor. Sé que funcionará.

Michelle meneaba la cabeza, pero Matthew se echó a reír como el más despreocupado de los hombres.

Puesto que celebraría su sesión de consulta en Toneborough el sábado por la mañana en lugar del viernes,
Jims aplazó veinticuatro horas el viaje a su circunscripción. A pesar de que los periódicos del jueves habían
anunciado su boda y de que la policía había perdido interés en él como sospechoso de asesinato, muchos de
sus compañeros conservadores del Parlamento aún le hacían el vacío. Pero el jefe de asuntos disciplinarios
no había vuelto a abrir la boca. Aquella mañana, el líder lo había saludado con una inclinación de cabeza e
incluso había esbozado una leve sonrisa. Jims empezaba a convencerse de que las personas que importaban
creían que él no sabía nada del estado civil de su esposa cuando se casó con ella.

El viaje a Dorset transcurrió sin incidentes. Todas las obras estaban terminadas y tanto los conos como las
señales de límites de velocidad habían desaparecido. Llegó a Casterbridge a tiempo para disfrutar de un
almuerzo de reconciliación con Ivo Carew. La hermana de Ivo, Kate, fue a tomar una copa con ellos y se rió a
carcajadas cuando hablaron de la ayudita que ambos, con la colaboración de Kevin Jebb, habían prestado a
Jims el día anterior. Jims pasó la tarde visitando una residencia de jubilados, situada en una mansión
neogótica, donde venerables ancianos de sus mismas convicciones políticas terminaban sus días en
apartamentos de lujo. Habló en privado con cada uno de los residentes, echó un vistazo a la biblioteca y a la
sala de cine y pronunció un breve discurso, no para alentarlos a que votaran por el Partido Conservador,
exhortación innecesaria, sino para que votaran, asegurándoles que dispondrían de un medio de transporte
cómodo para acudir a las urnas. Antes de que los ancianos se sentaran a dar cuenta de su cena de cuatro
platos, Jims fue en coche a la estación de Casterbridge, en la línea Great Western, para recoger a Leonardo,
que llegaba de Londres.

Su visita era una indiscreción. Era la primera vez que Jims hacía algo así, pero se decía que era imposible
que alguien lo descubriese. Por supuesto, no saldrían a cenar juntos. Jims había llevado consigo un pollo frío,
un pastel de carne de caza, algunos espárragos y un queso Livarot. Fredington Crucis House siempre tenía la
bodega bien provista. Para cuando llegaron a la casa, el coche apestaba a queso, pues había sido un día
caluroso, pero eso no les molestó. Para la tarde del día siguiente, una vez concluida la sesión de consulta de
Jims, tenían planeado ir a Lyme, donde Leonardo, incondicional de Jane Austen, deseaba volver a
familiarizarse con el lugar donde Louisa Musgrove saltó del malecón de Cobb.

No tenían que estar en Toneborough hasta las diez y media, de modo que se quedaron en la cama hasta las
nueve, y habrían remoloneado un poco más de no ser por unos ruidos procedentes del exterior que alarmaron
a Jims. Leonardo siguió durmiendo, acostumbrado como estaba al estruendo de tráfico que entraba por su
ventana: gritos, motores de taxis y frenazos chirriantes de camiones. Jims también estaba habituado al ruido
en Londres, pero no allí, en Fredington Crucis House, donde si algo lo despertaba, era el trino de los pájaros.
Se incorporó en la cama y aguzó el oído. ¿Sería la radio de la señora Vincey? No, le había dado instrucciones
de que no fuera. Además, el ruido procedía del exterior, una mezcla de voces y el crujido de la grava del
sendero. Una portezuela de coche se cerró de golpe. Jims se levantó, se puso un batín y se acercó a la
ventana. Las largas cortinas estaban corridas, pero entre ellas quedaba una rendija de unos centímetros, a la
que Jims aplicó el ojo.

–¡Oh, Dios mío! – exclamó al tiempo que retrocedía de un salto.

Leonardo se movió y giró sobre sí mismo.

–¿Qué pasa? – masculló, somnoliento.

Sin responder, Jims se quitó la bata para ponerse los vaqueros que llevaba la noche anterior y un jersey
oscuro. Acto seguido subió al segundo piso, cuyas ventanas más pequeñas siempre tenían las cortinas
corridas. Jims sabía que, a menos que uno se fijara expresamente, resultaba casi imposible ver algo a través
de una ventana no iluminada, pero aun así avanzó a gatas y asomó solo los ojos y la nariz.

Fuera había unos cincuenta hombres y mujeres, algunos esgrimiendo cámaras, otros con cuadernos y
grabadoras. Estaban apoyados contra sus coches y sentados en su interior con las portezuelas abiertas. Una
mujer, acompañada por otras dos y por un joven, servía el contenido de una petaca en vasos de plástico.
Todos charlaban y reían. Incluso desde aquella distancia, Jims distinguió que el sendero estaba sembrado de
colillas.

Era una mañana nublada, pero no oscura. Aquellas pequeñas habitaciones habían sido en tiempos los
dormitorios de los criados y siempre estaban sumidos en la semipenumbra, pero eso no excusaba el
comportamiento de Leonardo. Entró en la habitación donde se encontraba Jims, ataviado tan solo con unos
calzoncillos, le preguntó qué narices estaba haciendo y encendió la lámpara de techo.

Un auténtico rugido se alzó entre los periodistas, los flashes centellearon y la turba se abalanzó hacia la
escalinata principal como un solo hombre.

El periódico que había comprado el artículo de Natalie no era de los que solían llegar al 7 de Abbey
Mansions Gardens, por lo que Zillah lo había encargado especialmente para la ocasión. El sábado se
despertó muy temprano, unas dos horas antes de lo habitual, impaciente por que llegara la prensa. La tarde
anterior, tras haber verificado que Jims había ingresado en su cuenta la generosa asignación mensual que le
pagaba, había llamado a Luna y Estrellas. Le enviarían un coche a primera hora del lunes, a tiempo para que
apareciera en «El desayuno». Puesto que la señora Peacock se había despedido, Zillah había pedido a la
muchacha iraní que limpiaba en el número nueve que pasara la noche del domingo en su casa y así pudiera
cuidar de Eugenie y Jordan el lunes. Al mismo tiempo, y para hacer las cosas bien, había concertado una
visita con un psiquiatra infantil.

La perspectiva de ver a Jims abocado a la catástrofe le proporcionaba un inmenso placer. Sabía a ciencia
cierta que no le entregaban periódicos en Fredington Crucis House, y en cualquier caso, no habría visto ese
en particular, al que solía tildar de «periodicucho marginal». Con toda probabilidad, estaría en plena sesión
de consulta cuando se enterara. Sin duda algún ciudadano poco afortunado de Toneborough, preocupado por
sus impuestos municipales, el adiestramento de su sabueso o su subsidio de invalidez, llevaría consigo un
ejemplar del periodicucho en cuestión. Zillah no había estado tan contenta desde que recorriera el pasillo de
St. Mary Undercroft para casarse con él.

La primera página casi la asustó. Un enorme titular decía: diputado homosexual, dos bodas y un funeral. No
conocía la fotografía que mostraban de ella. Debían de habérsela sacado durante aquellos días de vorágine
cuando la fotografiaban a todas horas y tal vez la habían descartado porque no era muy halagüeña. Por una
vez, a Zillah no le importó. En la imagen ofrecía un aspecto trastornado, como si no supiera qué hacer. Tenía
el rostro semioculto por una mano y algunos mechones rebeldes de cabello grasiento asomaban entre los
dedos separados. De pronto recordó que era del día en que no esperaba la presencia del fotógrafo. A la
izquierda, en una especie de composición del «antes» y el «después», se veía la primera fotografía tomada
antes de la boda, en la que ella y Jims sonreían relajados y felices.

Apenas había texto y Zillah tuvo que pasar a la página tres para encontrar algo. También allí salía una de las
fotografías que ella había tomado en las Maldivas. En ella se veía a Jims, inconfundible, con la mano
apoyada sobre el muslo desnudo de un joven irreconocible, cuyo rostro estaba apartado y sumido en la
sombra. De nuevo experimentó una punzada de temor. ¿Qué haría Jims cuando leyera el artículo? ¿Qué le
haría a ella? ¿Lo estaría leyendo en aquel momento o seguía durmiendo a pierna suelta en Fredington Crucis
House, ajeno a lo que le esperaba?

«Creía sinceramente que era libre para volver a casarme. El pobre Jeff (al que nunca había llamado así) me
aseguró que estábamos divorciados legalmente. Cuando murió y descubrí mi error, me di cuenta de que,
trágicamente, su muerte me había liberado. Nuestro matrimonio fue infeliz a causa de sus frecuentes amoríos
con otras mujeres, pero aun así, su asesinato fue un golpe devastador, al igual que descubrir la otra cara de la
naturaleza de James. Sucedió cuando llevó a su amante a nuestra luna de miel…»

La señora Melcombe-Smith llora a menudo últimamente. No pudo contener las lágrimas cuando le pregunté
qué creía que les deparaba el futuro a ella y al diputado por South Wessex. «No me importa lo que haya
hecho. Lo amo y creo en el fondo de mi corazón que él también me ama.»

El artículo continuaba, pero Zillah leyó aquella declaración de lealtad a Jims, palabras que había dicho a
Natalie Reckman, con nuevos ojos. Al pronunciarlas no les había dado demasiada importancia; le parecía que
era lo que las esposas decían en su situación, y había leído frases parecidas en los periódicos muchas veces a
lo largo de los años. Pero en aquel momento pensó en la realidad. Le gustaba bastante la idea de verse en el
papel de esposa devota y leal, una mujer a la que han utilizado desvergonzadamente pero que perdona y
refuerza su amor. Claro que ese nuevo papel no le impediría aparecer en «El desayuno». No tenía intención
de perdonar tan pronto…

En los pocos meses transcurridos desde su primera boda con Jims, había aprendido mucho respecto al
funcionamiento de los medios de comunicación, pero aún no sabía que el periódico que ella no había recibido
hasta las siete de la mañana podían haberlo leído otros periodistas la noche anterior, por lo que creía tener
varias horas para prepararse antes de que la jauría de reporteros y fotógrafos se presentara en Abbey
Mansions Gardens. Jordan estaba llorando de nuevo. Le dio cereales y un tazón de leche. El pequeño metió
los dedos en la leche como si fuera un cuenco de agua para lavarse las manos después de comer marisco y
empezó a entonar una especie de mantra a medio camino entre gemido y canción.
Eugenie salió del dormitorio y exigió saber por qué todo el mundo se había levantado tan temprano y qué
hacía toda aquella gente en la calle. Zillah se acercó a la ventana. Ya habían llegado.

Esta vez no intentaría ahuyentarlos, no se escondería ni escaparía por el garaje, sino que los acogería con los
brazos abiertos. Pensó en todas las mujeres de las que había oído hablar últimamente y que se habían abierto
camino en la televisión, en el mundo de la moda o en las revistas del corazón como celebridades sin talento
conocido por el simple hecho de desnudarse en público, manifestarse contra algo o ser víctimas de algo.
¿Qué éxitos no podría cosechar una hermosa bígama, viuda de un hombre asesinado y esposa de un diputado
homosexual recién desenmascarado?

Pero los periodistas no debían verla aún. Una hora bastaría para transformarse. Zillah llenó la bañera y se
metió en ella con Jordan para calmarlo.

Capítulo 26

Sonovia pasó toda la mañana del sábado vigilando la calle y la casa del señor Kroot en particular, pero
Gertrude Pierce no se fue a su casa. No cesaba de ir y venir entre el salón y el resto de la casa para que no se
le escapara.

–¿Por qué estás sentada al lado de la ventana? – preguntó Laf, acercándose a ella con una taza de café.

–Nunca pasa nada en Syringa Road.

–Deberías alegrarte de ello. ¿Qué quieres que pase?

Sonovia hizo caso omiso de él, porque en aquel momento se abrió la puerta del señor Kroot. Por ella salió el
viejo gato negro y la puerta volvió a cerrarse de inmediato.

–¿Quieres salir esta noche?

–Como quieras, pero no me molestes en estos momentos, que no me dejas concentrarme.

A menudo, Sonovia se reprochaba no haber prestado más atención en tiempos de Jock Lewis. ¡Cuánto
lamentaba ahora no haberle visto la cara!

Laf consultó la cartelera en el periódico, pero no daban nada que pudiera ser de su agrado o el de Sonovia.
Además, si bien había ido al cine algunas veces desde la muerte de Jeffrey Leach, nunca disfrutaba como
antes del asesinato. Una sensación curiosa tratándose de un agente de la Policía Metropolitana; debería ser un
hombre curtido e indiferente a tales cosas, pero a decir verdad, siempre esperaba ver el destello de un
cuchillo cuando la persona sentada delante o detrás de él se levantaba, o bien tropezar con un cadáver en la
oscuridad. ¿Por qué no ir al teatro para variar? Laf solo había ido dos veces en su vida, a ver La ratonera
cuando era pequeño y más adelante, con motivo de su cuadragésimo aniversario, a ver Miss Saigon. ¿Qué tal
An Inspector Calls? Tal vez versara sobre la policía y, en tal caso, se enfadaría si reproducían mal los
procedimientos policiales, aunque, por otro lado, eso le daría motivo para comentar luego a Sonovia en qué
se habían equivocado. El periódico reseñaba una breve sinopsis de cada obra y Laf leyó que aquella era una
«aclamada intriga psicológica». No sonaba mal. Descolgó el teléfono y reservó tres entradas para las ocho y
cuarto. Sonovia estaría impresionada y en cuanto a Minty… Laf estaba impaciente por ver la cara que pondría
cuando se lo contara.

Al igual que Sonovia esperaba la aparición de Gertrude Pierce, Minty esperaba la de la señora Lewis. Estaba
planchando. La primera camisa del montón era la de rayas verde claro y verde oscuro que ya planchara como
máximo diez días antes. Su dueño debía de tenerle mucho cariño, tal vez fuera su camisa predilecta. La
extendió sobre la tabla de planchar, sintiendo el algodón entre los dedos. Estaba un poquito húmeda, pero no
lo suficiente para que echara vapor cuando aplicó la plancha.

Había planchado camisas para Jock, no muchas ni muy a menudo, pero cuando pasó la noche en su casa, al
día siguiente no le dejó ponerse la misma camisa. La siguiente vez que fue, le entregó la camisa limpia y Jock
afirmó que nunca había visto una camisa tan bien planchada. Fue el día que la llevó a la bolera, la noche más
increíble de su vida. Minty colocó el cuello de cartón a la camisa verde y al deslizarla en su bolsa de celofán,
una lágrima le rodó por la mejilla y fue a caer sobre el plástico reluciente. Minty se enjugó la cara, se lavó
las manos y, tras pensárselo un instante, también el rostro. El habitáculo olía a detergente y calor, un olor que
no acertaba a definir porque no era olor a quemado, sino a algo propio de un caluroso día de verano. Estaba
sola, sin nadie que la observara ni hablara de ella. Los fantasmas llevaban toda la mañana ausentes. Empezó a
planchar la antepenúltima camisa, blanca con cuadritos de un rosa muy claro.

Sonovia se cansó de esperar. En la calle no sucedía nada que mereciera la pena observar, aparte de aquellos
dos gamberros que daban ensordecedores acelerones a sus motocicletas sin moverse de sitio y aquella mujer
iraní cubierta de pies a cabeza con un criador negro que solo dejaba al descubierto sus ojos cansados. Sus
tres hijos tenían el mismo aspecto que los de cualquiera, con sus vaqueros, camisetas y sandalias. Sonovia no
lo entendía.

–Allí donde fueres, haz lo que vieres -recitó cuando Laf entró en el salón.

–¿Cómo dices?

–Nuestras madres nunca se vistieron así después de llegar a este país. Se adaptaron.

–Tu madre nunca se vistió como una monja, que yo recuerde -replicó Laf con sarcasmo-. Por si te interesa, la
señora Pierce está sentada en el jardín trasero del viejo, así que ya puedes abandonar la vigilancia. ¿Te
apetece una cerveza? Yo voy a tomarme una.

Sonovia aceptó el ofrecimiento, pero permaneció en el salón otros diez minutos para demostrar que se estaba
relajando, no esperando a Gertrude Pierce. En el momento en que se levantaba con la intención de preparar el
almuerzo para ella y Laf, Minty llegó a casa. Lo último que quería en el mundo era que Minty se enterara por
sí misma de que Gertrude Pierce seguía allí, lo cual sucedería en cuanto mirara por la ventana de la cocina,
así que la llamó por señas y le anunció que la mujer no se había ido, sino que estaba sentada en el jardín
trasero.

Minty asintió y adoptó una expresión comprensiva en la que se adivinaba repugnancia y conmiseración a un
tiempo. Al insertar la llave en la cerradura experimentó la aprensión habitual y se preparó. Pero allí no había
nada ni nadie. Curiosamente, empezaba a desarrollar la capacidad de saber si la casa estaba vacía en cuanto
pisaba el recibidor. En cualquier caso, los fantasmas no eran su preocupación más inmediata. Por alguna
razón, Josephine la había besado al despedirse de ella y aún percibía su olor en la piel, mezclado con el de
sus propias lágrimas. Pero antes que nada fue a la cocina y miró por la ventana a los dos vecinos, Gertrude
Pierce y el señor Kroot, sentados en sendas sillas de jardín de anticuado plástico a rayas. Habían colocado
entre ellos una destartalada mesa con un mantel de paño verde y estaban jugando a cartas. El gato negro de
hocico carioso por la edad yacía sobre la hierba y parecía muerto. Sin embargo, a menudo ofrecía ese
aspecto y nunca estaba muerto. Minty no recordaba ninguna época en que el gato no estuviera allí, con su cara
tan parecida a una persona vieja y su paso cada vez más rígido. Un abejorro se acercó volando a sus orejas.
El gato las agitó y movió la cola. Gertrude Pierce reunió las cartas y las barajó.

¿Habría vuelto el gato del señor Kroot al cementerio para caminar sobre su futura tumba o para arrastrarse
con andar artrítico hasta los dos sepulcros de la tía? Minty subió para prepararse el baño. Últimamente no
podía bañarse sin pensar en su dinero y en que podría haberse instalado una ducha con él. Dejó la ropa
amontonada en el suelo. Por la mañana estaba limpia, por supuesto, pero en esos momentos olía a Josephine,
a la calle llena de basura, a los gases tóxicos procedentes de camiones y taxis, a los cigarrillos que la gente
fumaba por la calle y cuyas colillas arrojaba a la acera. Se restregó con el cepillo de uñas, no solo las manos,
sino también las piernas y los pies. Su piel relucía rosada bajo el agua. Para el resto del cuerpo usó el cepillo
de mango largo. Sumergió la cabeza y se enjabonó el cabello, masajeándose el cuero cabelludo con las yemas
de los dedos. Luego se arrodilló y se lo aclaró bajo el grifo. ¡Si tuviera ducha…!

Mientras se secaba, la cabeza envuelta en otra toalla a guisa de turbante, algo le dijo que habían vuelto. No
estaban en el baño. Debía reconocer en justicia que la tía no entraría con una desconocida, pues era muy
pudorosa y Minty no la había visto desnuda desde los nueve años. Estaban al otro lado de la puerta. Que
esperaran. Minty se aplicó desodorante no solo en las axilas, sino también en las plantas de los pies y las
palmas de las manos, pues era verano. Se puso pantalones de algodón blancos y una camiseta blanca a rayas
azul celeste. Ambos eran «herencias» de Immacue, prendas que los propietarios no recogían por alguna razón
y que Josephine vendía al cabo de seis meses a dos libras. Minty obtuvo un descuento y se llevó ambas por el
precio de una. No se le habría ocurrido comprarlas y ponérselas después de haber pasado solo por la
tintorería, pero las dos prendas eran lavables; las había lavado muchísimas veces e incluso hervido los
pantalones, procedimiento que los hizo encoger, por lo que ahora le sentaban mejor. Se peinó, envolvió la
ropa sucia en las toallas, aspiró hondo y abrió la puerta de par en par.

Estaban allí, a un par de metros de distancia, en el umbral de la habitación de la tía. Minty tocó toda la
madera que tenía a su alcance, madera rosa, madera marrón y madera blanca, pero no desaparecieron. La
señora Lewis estaba mucho más definida que la tía. Parecía una persona real, la clase de anciana que una se
cruza por la calle con las bolsas de la compra. Pese al calor, llevaba un abrigo de invierno de lana granate,
un color que Minty detestaba especialmente, y un sombrero de fieltro también granate calado sobre las orejas.
Así pues, podían cambiarse de ropa allí donde moraban, pensó Minty, maravillada.

Detrás de la madre de Jock y mucho más alta que ella, la tía ofrecía un aspecto difuso, como algo casi
imaginado, algo que tienes que mirar dos veces para estar segura. Sin embargo, su figura se definió cuando
Minty clavó su mirada en ella. Minty recordó un día cuando era pequeña, a un hombre, pariente o amigo, tal
vez el marido de Kathleen o Edna, que hacía fotos y las revelaba. Era el marido de Edna, se dijo de repente, y
lo recordaba por otras razones misteriosas que nunca había acabado de entender. Le había visto revelar
fotografías, el papel blanco sumergido en el líquido, convirtiéndose paulatinamente en una imagen. Lo mismo
sucedió en aquel momento con la tía, que pasó de ser una insinuación vaga a una figura clara y sólida.
Con las manos llenas de toallas y ropa, Minty y los fantasmas se miraron fijamente. Esta vez fue ella quien
habló en primer lugar.

–No querrías saber nada de ella si supieras cuánto dinero me debe. Su hijo me pidió prestado todo mi dinero
y el tuyo también, lo que me dejaste, y podría habérmelo devuelto, tuvo tiempo para hacerlo, pero no lo hizo.

La tía guardó silencio y la señora Lewis no apartó la vista de ella. Con un encogimiento de hombros, Minty
dio media vuelta y bajó la escalera. Metió la ropa y las toallas en la lavadora, la puso en marcha y se lavó las
manos mientras pensaba que habría mantenido la ropa bien alejada de su cuerpo si no se hubiera encontrado a
aquellas dos en el pasillo. La señora Lewis había bajado tras ella, pero sola. La tía había desaparecido. ¿Se
habría tomado en serio las palabras de Minty?

No tenía intención de comer observada por aquella vieja; antes morir de hambre. La señora Lewis deambuló
por la cocina, mirando las alacenas y los estantes. Si había esperado que Minty no fuera buena ama de casa,
que no habría sido una esposa apropiada para su hijo, ya podía ir desengañándose, porque lo tenía todo como
los chorros del oro.

La señora Lewis levantó la tapa de la tetera y escudriñó el interior de la panera.

–Lo tiene todo muy limpio, hay que reconocerlo -comentó.

–Diga lo que quiera -espetó Minty-. Me da igual. ¿Por qué no me ha devuelto mi dinero?

No obtuvo respuesta, por supuesto. La vieja estaba junto a ella. De pronto, a Minty se le ocurrió una idea
brillante. Abrió el cajón de los cubiertos y sacó el cuchillo, el gemelo del que había usado en el cine. Lo
blandió y se abalanzó sobre la señora Lewis, pero esta había desaparecido a través de la pared o engullida
por el suelo.

Por lo visto, la mera amenaza bastaba para desembarazarse de ellos. Sin embargo, Minty no volvió a guardar
el cuchillo enseguida. Lavó la hoja porque tenía la sensación de que estaba contaminada pese a que no había
tocado nada con ella. Acto seguido cortó unas lonchas de jamón, así como un poco de lechuga y tomate. El
cuchillo necesitaba otro lavado, de modo que lo sumergió en el fregadero con mucha agua caliente y jabón.
Tal vez fuera necesario, pensó mientras lo secaba, llevar el cuchillo consigo como había hecho con el otro y
buscar un modo más eficaz de guardarlo, aunque envolverlo y colocárselo a lo largo de la pierna bajo los
pantalones serviría. Se sirvió un vaso de leche fría.

Cuando había acabado de comer y sumergido los platos en agua caliente, sonó el timbre. Debía de ser Laf con
los periódicos.

–¿Te apetece una taza de té? – propuso tras franquearle el paso.

–Gracias, cariño, pero no puedo quedarme. Adivina adónde vamos esta noche Sonovia, tú y yo… Vamos al
West End.

–¿Al cine?

Minty no tenía intención de volver al de Marble Arch, dijera lo que dijera Laf. Allí era donde más
probabilidades tenía de encontrarse con la señora Lewis y la tía, rondando el último lugar en el que se le
había aparecido Jock.

–No sé, Laf…

–No, al teatro -corrigió él-. Es una obra de intriga sobre la policía.

–Bueno, no puedo negarme, ¿verdad?

–Claro que no. Te encantará.

Era evidente que no podía seguir llevando aquella ropa después de haber transportado con ella las toallas, la
camiseta y los pantalones que llevaba antes de bañarse. Una lástima, porque aquellos pantalones blancos le
gustaban mucho. De todos modos, tenía que desnudarse para fijarse el cuchillo a la pierna, y ya puestos,
podía darse otro baño. Lavó los platos, llevó los periódicos afuera y se sentó en una silla de bambú que había
limpiado a conciencia, protegida por un cojín cuya funda había lavado y planchado. Eso la hizo sentirse muy
superior al señor Kroot y Gertrude Pierce, que habían dejado de jugar a cartas y comido en la mesa verde
bocadillos y Fanta, a juzgar por el aspecto de los platos sucios que habían apilado sobre la bandeja y dejado
en la hierba, junto al hocico del gato, un auténtico imán para las moscas. Minty echó un único vistazo
asqueado al panorama.

Habría sido agradable ir en coche, pero Laf alegó que no podrían aparcar; era una pesadilla buscar
aparcamiento en el centro. Ir en metro hasta Charing Cross no planteaba ningún problema, pero el metro de la
línea Bakerloo estaba abarrotado, al igual que las calles.

Como muchos habitantes de los suburbios, aunque su suburbio no quedaba demasiado apartado, Sonovia y Laf
apenas conocían el centro de Londres. A veces, Laf cruzaba el parque hasta Kensington o incluso pasaba
junto al Palacio de Buckingham. Sabía más o menos adonde conducían las arterias principales, mientras que
Sonovia iba en ocasiones de compras al West End, y ambos, cinéfilos inveterados, iban a menudo al Odeón y
al Mezzanine. Sin embargo, Sonovia no sabía cuál era la ubicación de unos lugares respecto a otros, y era
incapaz de explicar cómo llegar de Marble Arch a Knightsbridge o de Oxford Street a Leicester Square. En
cuanto a Minty, hacía años que no iba al centro, nunca tenía ocasión, y los enormes edificios de Trafalgar
Square la intimidaban con sus hileras de altas columnas y sus escalinatas. Era como si no los hubiera visto
nunca o como si la hubieran transportado a una ciudad desconocida. Además, le recordaban a los templos
romanos del cementerio.

–¿Por qué está allí arriba? – preguntó a Laf mientras señalaba a Nelson en lo alto de su columna-. Está tan
arriba que no se ve qué aspecto tiene.

–No lo sé, cariño. Puede que fuera un hombre insignificante y que más valga no verlo de cerca. Me gustan los
leones.

A Minty no. Agazapados al pie del monumento, le recordaban al gato del señor Kroot. Tal vez se levantaran
en plena noche y salieran a pisar edificios altos y árboles. Lanzó un suspiro de alivio cuando consiguieron
abrirse paso entre el gentío y se acomodaron en el teatro Garrick. Laf compró sendos programas para ella y
Sonovia, así como una caja de chocolatinas Dairy Milk. A Minty no le apetecían, porque era imposible que
tuvieran aquella forma sin que alguien las manipulara, pero cogió una para no ofender y durante la siguiente
media hora se sintió indispuesta mientras los gérmenes daban vueltas por su estómago.
An Inspector Calls no se parecía en nada a lo que habían imaginado. En la obra salía un policía, eso sí,
aunque tal vez no era real, sino un fantasma o un ángel. Minty esperaba que no fuera un fantasma, porque ya
tenía bastantes fantasmas en su vida, y a ratos se veía obligada a cerrar los ojos. Lo mejor era la
escenografía, en eso coincidieron los tres, porque no era un decorado colocado como trasfondo de una obra
teatral, sino una casa de verdad en una calle de verdad que habían transportado al escenario. Al terminar la
obra, cuando Minty se levantó, la punta del cuchillo tensó la tela de sus pantalones a la altura de la rodilla,
pero logró desplazarlo a tiempo para que Laf y Sonovia no lo vieran.

Era bastante tarde, pero todos los cafés y restaurantes estaban abiertos. Minty nunca había visto tantos juntos
y se preguntó cómo lograrían sacar beneficios suficientes para subsistir. Entraron en un establecimiento
situado en una calle lateral y pidieron pizzas. Minty nunca tomaba ensalada, carne cocinada, ni nada que no
hubiera visto preparar, pero podía pedir pizza sin reparos, porque veía al hombre sacarlas del horno con
pinzas y colocarlas sobre platos limpios. Y llevaba guantes. Tomaron un par de copas de vino cada uno, lo
que le recordó a Jock.

–Adán y Eva y Pellízcame -recitó.

–¿Qué?

Ni Laf ni Sonovia conocían el chiste.

–Adán y Eva y Pellízcame bajaron al río a bañarse. Adán y Eva se ahugaron. ¿Quién se salvó?

–Pellízcame, claro -repuso Sonovia, y Minty la pellizcó.

Laf soltó una gran risotada.

–Vaya, Minty, la has pillado. No sabía que tuvieras tanto sentido del humor.

–Sí, me ha pillado -convino Sonovia antes de añadir en tono condescendiente-, pero no se dice «ahugaron»,
querida, se dice «ahogaron».

–Jock decía «ahugaron» y fue él quien me lo contó -se defendió Minty al terminar la pizza.

De repente se estremeció. Pensar en Jock a menudo le producía ese efecto.

–No tendrás frío, ¿verdad? Aquí dentro hace mucho calor. Llevo rato deseando haberme puesto una chaqueta
más fresca.

Pero fuera empezaba a hacer frío, dijera lo que dijera Sonovia. Pasaron delante de un par de pubs y Laf
propuso tomar la última, pero Sonovia repuso que no, que ya era suficiente y que ya sin entretenerse se
acostarían como mínimo a la una. El primer metro que llegó a la estación iba tan lleno que Laf propuso
esperar al siguiente, que entraría al cabo de un minuto. En efecto, el siguiente llegó enseguida e iba casi
vacío. En Picadilly se apeó mucha gente, al igual que en Baker Street, estación en la que subió una anciana.
Era la señora Lewis.

El asiento situado frente a Minty estaba reservado a personas mayores o discapacitadas. Por lo general, la
gente no prestaba mucha atención a la señal, pero en aquel momento estaba desocupado y la señora Lewis se
sentó. Aún llevaba el abrigo y el sombrero granates. No había rastro de la tía; a todas luces, se había tomado
en serio el consejo de Minty de no relacionarse con ella porque era la madre de Jock y no había saldado la
deuda de su hijo. Minty la miró con fijeza, pero la señora Lewis desvió la vista. Minty se había acomodado
con cuidado para no sentarse sobre el cuchillo, pese a que lo llevaba envuelto en plástico y en un trapo
blanco limpio, pero en aquel momento sentía claramente su presión.

–¿Qué miras, querida? Me estás poniendo la piel de gallina.

–No es real -explicó Minty-. No os preocupéis, solo es un fantasma, pero ha tenido la desfachatez de
seguirme hasta aquí.

Sonovia miró a su marido meneando la cabeza.

–Debe de ser el vino -señaló Laf con las cejas enarcadas-. No está acostumbrada a beber. Servían copas muy
llenas en la pizzería.

La señora Lewis se levantó para apearse en Paddington. Minty reparó entonces en que llevaba una bolsa de
viaje. Sin duda pensaba coger el tren a Gloucester para volver a la casa en la que había vivido.

–¿Hay trenes a Gloucester a estas horas de la noche? – preguntó a Laf.

–No lo creo, son más de las doce y media. ¿Por qué lo preguntas?

Minty no respondió, pues estaba observando a la señora Lewis, que había bajado del metro y recorría el
andén. Caminaba mal, arrastrando los pies. De repente recordó que parte del dinero que le había prestado a
Jock tenía que destinarse a pagarle una operación de cadera.

–No se operó -dijo en voz alta-. Supongo que no vivió el tiempo suficiente.

Los Wilson cambiaron otra mirada. Como Laf comentó más tarde a su mujer, todos los viajeros del tren
lanzaron miradas inquietas a Minty. La gente estaba acostumbrada a ver cosas raras en el metro (él mismo
había visto una vez a un tipo persiguiendo gusanos por el suelo), pero Minty tenía aspecto de loca de atar, con
el rostro palidísimo y el fino cabello de punta. Además, era evidente que hablaba sola. Se apearon en Kensal
Green y siguieron a pie. No estaba lejos. Los únicos habitantes de las calles eran grupos de jóvenes negros,
blancos y asiáticos, todos ellos más o menos de unos veinte años, y de aspecto algo amenazador.

Sonovia asió el brazo de Laf.

–No me sentiría nada tranquila si no estuvieras aquí, cariño.

–Pero estoy -repuso Laf, complacido-. No se atreverán a meterse conmigo.

En la esquina de su calle había un banco con una especie de parterre detrás del respaldo. Las flores se veían
obligadas a competir con latas de cerveza vacías, envoltorios de pescado con patatas fritas y colillas, y lo
cierto era que la basura iba ganando. La señora Lewis no había ido a Gloucester a fin de cuentas; estaba
sentada en el banco, con la bolsa de viaje abierta junto a ella. Probablemente, Laf y Sonovia creían que era la
anciana indigente que a veces se sentaba allí de noche, pero Minty sabía que no era cierto. En los diez
minutos transcurridos desde que la señora Lewis se apeara del metro en Paddington, la anciana había vuelto a
cambiarse de ropa, pues en esos momentos llevaba un abrigo negro y la cabeza envuelta en un pañuelo, y
llegado hasta allí por algún medio. Pero los fantasmas eran capaces de hacer cualquier cosa, de atravesar
paredes y suelos, o de recorrer largas distancias a la velocidad de la luz. En ese momento estaba allí, pero
antes de que Minty llegara a su casa, la vieja la estaría esperando dentro.

No se veía a nadie más en los alrededores. Las bandas de adolescentes se quedaban en Harrow Road.
Sonovia y Laf le dieron las buenas noches. Minty estaba tan distraída por lo de la señora Lewis que olvidó
los buenos modales y todas las cosas que la tía le había enseñado. No les dio las gracias por haberla invitado
al teatro ni les deseó siquiera buenas noches.

–Está más rara que nunca -observó Sonovia a Laf en cuanto entraron en su casa-. Habla sola, ve cosas que no
existen… ¿Crees que deberíamos hacer algo?

–¿Como qué, llamar a los hombres de blanco?

–No seas tonto, Laf. Hablo en serio.

–Ha bebido demasiado vino, Sonn. La gente puede tener alucinaciones cuando toma una copa de más, y si no
me crees, pregúntaselo a Dan.

La señora Lewis no la estaba esperando dentro. Minty registró la casa de arriba abajo, pero no halló rastro ni
de ella ni de la tía. Debía de seguir en el banco, revolviendo el contenido de su bolsa, tramando algo, tal vez
muerta de risa porque había conseguido irse al otro barrio antes de tener que pagar la deuda.

Minty sabía lo que debía hacer. Se llevó la mano al cuchillo, abrió la puerta principal y la cerró
silenciosamente tras de sí. La calle estaba desierta y en silencio. Solo se veía luz en un piso de la acera de
enfrente, un fulgor en una de las ventanas que más bien parecía la llama de una vela. Por lo visto, los Wilson
se habían acostado enseguida, pues la luz de su dormitorio se apagó cuando Minty alzó la vista hacia ella.
Caminó hasta la esquina, convencida de repente de que la señora Lewis se habría marchado y el banco estaría
vacío.

Pero seguía allí. Había decidido quedarse a pasar la noche, aunque Minty no entendía por qué. Se había
puesto la raída bolsa de viaje bajo la cabeza a guisa de almohada. ¿Para qué necesitaba un fantasma una bolsa
de viaje? Las flores del parterre se habían cerrado hasta la mañana siguiente y sus hojas relucían tenuemente
entre los envoltorios, los envases de polietileno y los paquetes de tabaco arrugados. La señora Lewis nunca
le devolvería el dinero; lo había perdido para siempre. Al liberar el cuchillo de su envoltorio, Minty se sintió
de repente consumida por una furia justiciera. Eso demostraría a la tía que iba en serio y le enseñaría a tener
más cuidado en lo sucesivo.

En la calle reinaba el silencio. La señora Lewis no emitió sonido alguno. Si hubiera sido real, Minty habría
creído que se le detenía el corazón en cuanto la punta del cuchillo la tocó.

Capítulo 27
Solo en el coche, Jims huyó de Fredington Crucis House, perseguido varios centenares de metros por los
periodistas y fotógrafos. Había dejado a Leonardo abandonado a su suerte después de una terrible disputa.

Había transcurrido media hora antes de que comprendiera qué hacían allí los periodistas y las cámaras.
Durante ese lapso, tras increpar a Leonardo por haber sido lo bastante idiota para encender la luz, se duchó,
afeitó, vistió y preparó para salir a su encuentro. Sin embargo, el enfrentamiento quedó aplazado, porque al
mirar por la ventana vio que las cámaras y los reporteros estaban vueltos hacia la puerta principal, por lo que
podía observarlos unos instantes sin ser visto.

–Depredadores -masculló para sus adentros-. Buitres…, arpías -añadió como legado de su refinada
educación.

De repente, la jauría se volvió hacia la verja de la finca, que la señora Vincey había cerrado tras ella antes de
enfilar el sendero en dirección a la casa. Los reporteros se abalanzaron sobre ella, pero no antes de que Jims
viera que la mujer llevaba un periódico, la única parte del cual logró distinguir a aquella distancia fue un
enorme titular que decía «diputado» y algo más. Puesto que le había dado instrucciones de que no acudiera
aquella mañana, no pudo por menos que pensar que había ido impulsada por el periódico y la curiosidad.
Comprobó que estaba más que dispuesta a hablar con la prensa y si no estaban más ansiosos por sacarle fotos
no fue precisamente por su falta de voluntad de posar. ¿Qué les estaría diciendo? ¿Y de qué iba todo aquello?
Pronto lo descubrió.

La señora Vincey entró sola por la puerta principal. Jims salió a su encuentro en el vestíbulo y se vio en una
situación parecida a la que Zillah había vivido con Maureen Peacock. La señora Vincey sostuvo el periódico
en alto con ambas manos y aseguró que no había sentido tanta repugnancia en toda su vida. Por primera vez no
lo llamó «señor» ni «señor Melcombe-Smith». En palabras de Cleopatra cuando su poder se desvanece, Jims
podría haber exclamado: «¿Cómo, se acabaron las ceremonias?». Pero en lugar de eso guardó silencio y se
limitó a leer una y otra vez el titular: diputado homosexual, dos bodas y un funeral.

–¿No le da vergüenza? ¡Un diputado! ¿Qué pensará la reina de usted?

–Métase en sus putos asuntos -espetó Jims-. Salga de esta casa y no vuelva nunca más.

Jims subió la escalera. En aquellos momentos no soportaba la idea de seguir leyendo. Pero había visto las
fotografías de la página tres, sobre todo la de él y Leonardo en las Maldivas, y culpaba a Leonardo de todo.
Leonardo había hablado, como mínimo se lo había contado a alguien y entregado la fotografía a un
periodicucho de mala muerte. Lo encontró en el dormitorio, vestido y sentado en la cama con expresión
compungida y, en opinión de Jims, culpable. Jims empezó a gritar y a blandir el periódico mientras lo
acusaba de perfidia y traición con nocturnidad y alevosía, vocablos que en su día habían contribuido a su
éxito profesional, sin hacer caso de su indignada defensa.

–No he hablado con nadie -aseguró Leonardo, levantándose-. ¿Acaso estás loco? Yo también tengo una
carrera que proteger, por si lo has olvidado. Déjame ver el periódico.

Forcejearon un poco, tirando del periódico en ambas direcciones, hasta que por fin la primera página quedó
rasgada. Leonardo acabó por hacerse con él.

–Si lo leyeras en lugar de comportarte como un energúmeno comprobarías que es tu querida esposa quien ha
hablado, no yo. ¡Y vaya si ha hablado!

Jims se sentía tentado de creerle, pero se negaba a leer el artículo en su presencia, de modo que le arrebató el
periódico y se volvió hacia él.

–Arréglatelas como puedas para volver a Londres. Por mí como si quieres ir a Casterbridge andando. Solo
está a nueve kilómetros -espetó antes de correr escalera abajo.

La señora Vincey había desaparecido y la jauría seguía ante la casa. Jims guardó el periódico en el maletín y
la cartera y las llaves del coche en el bolsillo, y como el general Gordon a punto de enfrentarse a las fuerzas
del Mahdi en Jartum, abrió la puerta y salió de la casa. Las hordas de la prensa profirieron un rugido
complacido y los flashes empezaron a centellear.

–¡Mire hacia aquí, Jims!

–¡Una sonrisa, Jims!

–Concédame unos minutos, señor Melcombe-Smith.

–¿Es cierto, Jims?

–¿Podría hacer una declaración…?

–Por supuesto que no es cierto -aseguró Jims en su habitual tono patricio-. No es más que una sarta de
mentiras. Mi mujer ha sufrido un ataque de nervios -añadió, recordando las palabras de Leonardo.

–¿Sabía usted que era bígamo, Jims? ¿Lo apoyará su mujer? ¿Dónde está Leonardo? ¿Cree que va a perder su
escaño?

La última pregunta, que por lo visto todos consideraban alguna suerte de broma macabra, suscitó un
estruendoso coro de carcajadas. En lo que casi fue un acto reflejo, pues había notado que se ruborizaba
intensamente y el rostro le ardía, Jims alzó el maletín para tapárselo. Las cámaras seguían disparando sus
flashes; uno de ellos le estalló delante de las narices. Intentó aferrar el aparato, pero falló y decidió correr
hacia su coche. Estaba rodeado de periodistas, como monos en un safari, pensó. Dio un empellón a una joven,
que cayó al suelo y gritó que lo demandaría por asalto. Consiguió abrir la portezuela, subió al coche y la
cerró con la esperanza de aplastar los dedos del reportero que tenía más cerca, pero el hombre se apartó en el
último momento. Mientras conducía por el sendero vio que la verja estaba cerrada. La zorra de la Vincey la
había cerrado adrede, pensó, porque casi siempre la dejaba abierta a pesar de sus advertencias.

–¡Abran la puta verja! – chilló con la cabeza asomada por la ventanilla, pero nadie le hizo caso, o mejor
dicho, uno de los reporteros le hizo caso colando una cámara por la ventanilla abierta.

Se apeó y los perros de la prensa se agolparon a su alrededor, tirándole de la ropa, agobiándolo con las
cámaras. Vio a un tipo sentado en lo alto de la hoja izquierda de la verja.

–¿Vuelve a Londres, Jims?

–¿Qué le dirá a Zillah cuando llegue a casa?


–¿Fue un asesino a sueldo quien mató a Jeff Leach?

–¿Lo apoyará Zillah, Jims?

Jims abrió la verja. El reportero sentado en lo alto cayó al suelo y permaneció allí tendido, gritando que se
había roto la pierna. Agitó el puño y amenazó a Jims con demandarlo por ello aunque fuera lo último que
hiciera. Mientras intentaban bloquearle el paso, Jims, resignado a sacrificar su carísima verja de madera de
roble si no había más remedio, condujo derecho hacia las hordas, obligándolas a apartarse de un salto de su
camino. Casi todos ellos lo persiguieron hasta el pueblo, sin desistir hasta que vieron que el Crux Arms
estaba abierto. Jims atravesó Long Fredington, echando un amargo vistazo a Willow Cottage, y de repente
comprobó con un destello de interés que la casita estaba en venta. Recordó lo que Leonardo había dicho
acerca de que su «querida esposa» había hablado. No le quedaba más remedio que dejar de comportarse
como un cobarde y leer el artículo. Se apartó de la carretera a la altura de Mill Lane, donde Zillah, de camino
a casa de Annie, soñara una vez con la vida que le esperaba a su lado, la riqueza y el glamour, y leyó el
artículo.

Era aún peor de lo que había imaginado, pero en esos momentos, tras haber logrado zafarse de los periodistas
y, gracias a ellos, habituarse a los ataques contra su intimidad, sus inclinaciones y su reputación, le resultó
más fácil afrontarlo. En resumidas cuentas, Zillah era la única responsable. La había subestimado, la había
tratado de un modo que había creído que soportaría, pero se había equivocado, y esa era su venganza. No
obstante, el artículo contenía imponderables que no podían achacársele. Retrocedió de nuevo a la primera
página y vio la firma de Natalie Reckman. Era la periodista que había escrito aquel artículo tan malicioso
sobre Zillah justo después de la boda. A Jims no le costaba imaginársela vigilando la casa de Leonardo a la
espera de su llegada, llegando incluso al extremo de sobornar a los vecinos. Ay, el mundo era un lugar
malvado y quienes quedan atrapados en la traicionera telaraña de la popularidad están siempre expuestos a
toda suerte de peligros y amenazas.

Todo había terminado entre él y Leonardo. Tal vez hubiera creído estar enamorado durante unas semanas,
pero el sentimiento se había desvanecido como por ensalmo. No quería volver a ver a Leonardo en toda su
vida. Jims, un esnob de tomo y lomo, se dijo que había que ser idiota para pasearse por la residencia de un
caballero con aquellos estúpidos calzoncillos a rayas y encima no tener sentido común suficiente para saber
que al encender la luz en una habitación sin cortinas, sus ocupantes quedaban expuestos a las miradas de
todos. No le sorprendería en absoluto enterarse de que la madre de Leonardo vivía en una casa de protección
oficial. Que estuviera en Cheltenham, o con mucha más probabilidad, en las afueras de Cheltenham, no
significaba nada. Felicitándose por haber escapado tanto de Fredington Crucis como de Leonardo, Jims
condujo hacia el este y se desvió de la carretera principal para tomar la escarpada cuesta que ascendía desde
el valle de Blackmoor y en cuya cima se hallaba Shaston. La panorámica de que se disfruta desde Castle
Green sobre los «tres condados de verdes pastos» apenas ha cambiado desde los tiempos de Hardy y sigue
sorprendiendo al viajero desprevenido, pero Jims no se entretuvo en contemplar el paisaje. Estacionó el
coche en el aparcamiento de Shaston y recorrió Palladour Street hasta una inmobiliaria. La mujer sentada al
escritorio debía de ser la única persona del Reino Unido que no había leído el periódico y no reconoció su
nombre cuando se lo indicó. Mejor que mejor.

Tras cerrar la transacción, Jims volvió al coche y puso rumbo a la carretera de Londres.

Durante el trayecto repasó los hechos y llegó a la conclusión de que, sucediera lo que sucediese, su carrera se
había ido al garete. No quedaba nada que salvar del naufragio. Lo habían acusado de bigamia, delito que tal
vez pudiera negar, aunque de forma poco convincente, y era un homosexual declarado y promiscuo, hecho que
ya no podía ni quería negar. Para acabarlo de rematar, le habían interrogado como sospechoso de asesinato.
Tantos años de campañas, de aceptar la oferta de una candidatura sin futuro en la región industrial de los
Midlands antes de conseguir por fin un escaño seguro, tantos viernes y sábados dedicados a las sesiones de
consulta, tantos viajes electorales en caravana por todo el condado, tantos discursos, inauguraciones y
carantoñas a bebés (¡con lo que le reventaban los niños!), tantas mentiras contadas a jubilados, cazadores,
viviseccionistas, enfermos y maestros de escuela…, y todo para nada. A buen seguro, el partido le abriría
expediente disciplinario, lo expulsaría, le haría el vacío. No tenía la más remota posibilidad de deshacer el
entuerto. Estaba acabado. Podía dar gracias al cielo por su coartada a prueba de bomba para el día del
asesinato del facineroso de Jeff Leach. Ah, y por la putada que acababa de hacerle a Zillah, pensara lo que
pensara ella.

Volvió a desviarse de la carretera en una salida que conducía a un par de pueblos. Era la una menos cuarto.
Se dirigió a un hotel que conocía y en el que en tiempos más despreocupados había pasado un agradable fin
de semana con Ivo Carew, y pidió el almuerzo. Pero no tenía apetito alguno y no logró probar bocado.

Antes de bajar a hablar con la prensa, Zillah se vistió y vistió a los niños con gran esmero. La noche anterior
había dedicado un buen rato a planificar el atuendo de los tres. Eugenie y Jordan llevaban el uniforme estival
de los niños de clase media alta a las puertas del tercer milenio, es decir, zapatillas deportivas blancas,
bermudas blancas y camisetas blancas, a rayas en el caso de Jordan y a topos en el caso de Eugenie. Por su
parte, Zillah lucía pantalón blanco y camisa azul de escote generoso. Recordando lo que algún periodista
desagradable había comentado acerca de sus zapatos, se puso sandalias planas.

Al principio, Eugenie se negó a ponerse bermudas.

–No me va -sentenció rotunda-. Deberías saberlo; siempre llevo pantalones largos o vestidos. Deberías
saberlo.

–Te compensaré -prometió Zillah con temeridad-. Cinco libras.

–Diez.

–Acabarás mal -vaticinó Zillah, empleando las mismas palabras que su madre le había dicho a ella veinte
años antes.

Jordan lloriqueaba. Zillah había contemplado la posibilidad de calmarlo por algún medio drástico, como por
ejemplo un lingotazo de whisky, pero al final no se había atrevido y en su lugar había recurrido a la aspirina
infantil, que no había surtido efecto alguno.

Una vez abajo esgrimió su sonrisa más encantadora y posó para las cámaras con un niño cogido de cada
mano. Fascinado por el perro más grande que Zillah había visto en su vida y que acompañaba a uno de los
cámaras, Jordan dejó de llorar durante cinco minutos. Zillah anunció que tenía algo para todos y distribuyó
las copias de un comunicado que había escrito la noche anterior en el ordenador de Jims. El texto afirmaba
que cuanto decía el periódico era cierto y que Zillah solo quería agregar que permanecería junto a su esposo
y lo apoyaría en las duras y en las maduras. Habían hablado varias veces por teléfono a lo largo de la mañana
y Zillah le había asegurado que lo amaba y que estaba resuelta a ser una roca a la que él podría aferrarse.
Respondió a una sola pregunta antes de volver a entrar en el edificio con dignidad.
Una joven con acento de Yorkshire le preguntó si Jims era bisexual.

–Estoy segura de que no le importará si les digo que sí, en efecto, es bisexual. Ya es hora de que todo salga a
la luz.

Emulando una de las frases predilectas de Malina Daz, añadió que la confianza y el cariño «deben
convertirse en las piedras angulares de nuestra nueva relación».

Jordan prorrumpió de nuevo en sollozos. Satisfecha, Zillah lo levantó en brazos y subió al piso en el
ascensor. Se sentía como desinflada tras las entrevistas y las fotografías. No tenía absolutamente nada que
hacer. ¿Cuándo regresaría Jims? Había mentido al decir que había hablado con él varias veces a lo largo de
la mañana. Sabía que no la llamaría y no tenía intención de llamarlo. Pero tarde o temprano volvería a casa, y
ella no quería estar allí cuando llegara si podía evitarlo. Tras descartar las posibilidades del cine, la piscina
y las distintas ofertas de ocio del Trocadero, llevó a los niños a comer a McDonald's y luego a un paseo en
barca por el Támesis. El agua estaba en calma y la barca avanzaba despacio, pero aun así, Jordan se mareó,
vomitó y lloró durante todo el trayecto de vuelta.

Regresaron al piso a las seis, pero Jims aún no estaba, a menos que hubiera llegado y vuelto a salir. Aunque
sospechaba que no era así y sus sospechas se confirmaron al cabo de diez minutos. Para entonces se había
puesto un pijama de verano que se había comprado en una lencería finolis, recordado que su padre estaba
enfermo, decidido no llamarlo y metido a los niños en la bañera. La puerta principal se abrió y volvió a
cerrarse. Al volverse, Zillah vio a Jims de pie en el umbral. Estaba pálido y hecho un manojo de nervios.

–Estaba a punto de llamar a mi madre -barbotó Zillah para ganar tiempo.

–Ahora no. ¿Te apetece una copa? – propuso en el tono meloso que solo empleaba cuando estaba muy
complacido o muy enfadado.

Zillah no sabía si aceptar o no el ofrecimiento. Se enjuagó las manos bajo el grifo y se las secó.

–Un gin-tonic, por favor -accedió por fin con timidez antes de seguirlo hasta el salón.

Jims le llevó la copa y se quedó ante ella unos instantes. Su postura no denotaba amenaza alguna, pero Jims
era una amenaza para ella y Zillah se estremeció. De pronto, Jims lanzó una carcajada amarga.

–He leído el periódico -dijo al tiempo que se sentaba-. Bueno, digo periódico porque no sé qué otro nombre
darle. Y he hablado con la prensa. Un poco pasado de rosca, ¿no?

–¿A qué te refieres?

–A lo que le dijiste a la Reckman. Y la foto que le diste. ¿Realmente me merecía todo esto?

–Por supuesto, después de lo mal que me has tratado…

Del baño les llegó un berrido, y al poco, Eugenie entró en el salón ataviada con camisón y bata. Miró a Jims
como un propietario mira un cagarro de perro ante la puerta de su casa, pero no le dirigió la palabra.
–No pienso sacarlo de la bañera -anunció a su madre-. Es responsabilidad tuya, como no dejo de repetirte.
Dice que le duele la barriga.

Zillah fue al baño y Eugenie la siguió al cabo de unos segundos para regresar con un libro. El mundo de Jims
se había desmoronado, pero tenía intención de morir con las botas puestas y cumpliendo triunfante su
venganza. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno. Era el primero que fumaba en seis
meses y se mareó un poco, pero lo saboreó intensamente y se dijo que quizá volviera a fumar en serio. Nadie
lo reprendería por ello, nadie hablaría en la Cámara de los Comunes de hábitos repugnantes, nadie le
insinuaría que debía dar ejemplo. Inhaló el humo y la vista se le nubló un tanto. De no haber estado sentado,
se habría caído. Los alaridos de Jordan anunciaron su entrada en el salón.

–¿Por qué estás fumando? – inquirió Zillah, llegando detrás del pequeño.

–Porque me gusta -replicó Jims-. Haz el favor de acostar a este niño.

–No hace falta que hables en ese tono. Jordan no te ha hecho nada.

–No, pero su madre sí.

Jims se levantó y encendió el televisor. Daban dibujos animados y Jordan permaneció callado durante cinco
minutos.

–Dame un cigarrillo, por favor -pidió Zillah.

–Cómprate un paquete. Sabe Dios que te doy dinero suficiente.

Dio una calada extravagante al cigarrillo y le echó el humo en la cara.

–Bueno, no hace falta que te vayas hasta el viernes -prosiguió-, o sea, que te aviso con una semana de
antelación.

–Espera un momento, no puedes hacer eso. Si alguien se va, serás tú. Estás casado conmigo, no lo olvides.
Soy tu mujer. Tengo hijos y por lo tanto derecho a vivir en tu casa.

–No habrás creído que la boda fue auténtica, ¿verdad, querida? Vaya, no pensaba que fueras tan fácil de
engañar. ¿Te tragaste el cuento de que Kate Carew era juez de paz y que Kevin Jebb era un testigo de verdad?
Ni siquiera hemos cohabitado, no hemos consumado ninguno de los dos supuestos matrimonios. No eres más
que una amiga a la que acogí en mi casa por solidaridad porque no tenías adonde ir.

Zillah se lo quedó mirando sin poder articular palabra.

–Pero reconozco que tienes motivos para esperar que contribuya de algún modo a tu manutención, así que he
pasado la mañana negociando una compra en una agencia inmobiliaria. También he sostenido una agradable
charla con el propietario, por eso he tardado tanto en llegar. Me complace anunciarte que hemos llegado a un
acuerdo. Te he comprado Willow Cottage, querida. ¿No estás contenta?

Cuando Zillah empezó a gritar, Eugenie, sentada en el suelo, alzó la mirada hacia ella.
–¿Te importaría bajar la voz, mamá? No oigo la tele.
Capítulo 28

El repartidor de periódicos descubrió el cadáver de Eileen Dring a las siete menos cuarto del domingo. Solo
tenía dieciséis años y el hallazgo le produjo un fuerte impacto. El cadáver seguía en el banco donde Eileen
Dring se había acomodado para pasar la noche. De no ser por la sangre que empapaba la ropa y la manta con
que se había tapado, habría parecido dormida. Quizá la habían apuñalado mientras dormía y no se había
enterado de nada.

La policía la conocía, de modo que no hubo problemas de identificación. Durante varios años había dispuesto
de una habitación en Jakarta Road a la altura de Mill Lane, en West Hampstead, alojamiento sufragado por el
distrito de Camden, pero apenas paraba allí, pues prefería vagar por las calles y dormir al aire libre, al
menos en verano. Kilburn, Maida Vale y el parque de Paddington figuraban entre sus lugares predilectos y la
policía no tenía constancia de que acostumbrara a ir tan al oeste. Pero era bien sabido que a Eileen le
gustaban las flores y en cierta ocasión había sido vista durmiendo en el portal de un edificio deshabitado que
antaño había sido un banco, situado en la esquina de Maida Vale con Clifton Road. Estaba muy cerca del
lugar donde el florista montaba su quiosco por las mañanas y quizás Eileen había elegido aquel punto con la
perspectiva de que la despertara la fragancia de los claveles y las rosas. El lugar de su muerte, el banco
sobre el que yacía, se encontraba delante de un parterre de flores en forma de luna creciente, en aquel
momento lleno de geranios rojos, blancos y rosados, y salpicado de envoltorios, envases de comida y bebida
consumidas en la calle.

La policía tardó poco en determinar que el cuchillo utilizado para apuñalarla era muy parecido al que había
matado a Jeffrey Leach. Parecido, pero no idéntico. Quizá formaba parte de una pareja comprada al mismo
tiempo. La investigación forense es tan avanzada en la actualidad que los expertos pueden averiguar con gran
precisión el tamaño y la forma del arma empleada, las muescas de la hoja, si es que las hay, así como la
rugosidad más insignificante, pues el cuchillo en sí es único. Por ello sabían que no se trataba del mismo
cuchillo, sino de su gemelo.

Desconocían el móvil del asesinato de Jeffrey Leach, pero en el caso de Eileen Dring era evidente. Por regla
general, la bolsa de viaje que la mujer llevaba consigo y sobre la que descansaba su cabeza contenía una
manta, una chaqueta de punto, una bufanda, una lata de refresco con gas (era totalmente abstemia), uno o dos
bocadillos y la cartilla de la pensión. Ahora estaba vacía. También debería haber contenido dinero, pues
Eileen había retirado la suma correspondiente a dos semanas de pensión el día anterior y gastado solo una
parte ínfima en comida y bebida. ¿Asesina alguien por ciento cuarenta libras? En Homicidios se sabe que hay
gente que asesina por la mitad de eso, por una cuarta parte, por el precio de diez gramos de marihuana.

Por otro lado, estaban convencidos de que Eileen había sido víctima del asesino de Jeffrey Leach y que las
consideraciones económicas no desempeñaban ningún papel importante. Así pues, ¿existía alguna relación
entre las dos víctimas aparte de la similitud entre las armas utilizadas? ¿Y West Hampstead?

Leach había vivido allí los seis meses anteriores a su muerte. Jakarta Road se hallaba a dos manzanas de
Holmdale Road; discurría paralela a ella y una calle transversal, Athena Road, las unía. Si bien aún
ignoraban si Eileen frecuentaba Holmdale, la policía de West Hampstead, cuya comisaría se hallaba en
Fortune Green Road, sabía que Athena Road era uno de sus lugares habituales. En dos ocasiones la habían
echado de allí tras encontrarla durmiendo en el jardín delantero de alguna casa, entre los parterres de flores.
¿Habría intentado experimentar la misma sensación acampando en los jardines de Holmdale Road?

El domingo transcurrió sin que Jims le dirigiera la palabra. Se quedó en casa, pero sin abrir la boca, como si
se hubiera quedado mudo. De no haber sido testigo de ello, Zillah nunca habría creído que alguien pudiera
comportarse de aquel modo, no solo sin hablar, sino como si a su lado no hubiera nadie más. Por lo que a él
respectaba, Zillah y los niños podrían haber sido objetos inanimados o muebles. Era como si fueran
inaudibles e invisibles, y no le habría sorprendido que, al buscar una silla donde sentarse, Jims acabara
sentado encima de uno de ellos.

Aquella absoluta falta de atención provocó que Zillah, muy a su pesar, adoptara una actitud conciliadora
hacia él. Preparó un sabroso almuerzo a base de huevos revueltos y salmón ahumado con ensalada, le puso el
plato delante y le sirvió una copa de vino. Jims hizo caso omiso de la comida, fue a la cocina y regresó al
poco con un bocadillo que él mismo se había preparado y una lata de cerveza. Zillah lo observó pesarosa y
por fin se obligó a apartar la vista. Jims pasó la tarde sentado a su mesa, por lo visto escribiendo cartas.
Zillah no pudo evitar pensar que si su orientación sexual fuera distinta, podría haberlo encandilado y
seducido, pero también sabía que, en tal caso, ni siquiera estaría con él.

Alrededor de las cinco, la cadena Luna y Estrellas llamó por teléfono. Eugenie descolgó y dio la respuesta
que siempre daba cuando llegaba al aparato antes que su madre.

–No puede ponerse.

Zillah le arrebató el auricular. La mujer que llamaba le comunicó que, sintiéndolo mucho, no podrían enviar
un coche a buscarla al día siguiente, pero que si quería ir a los estudios por sus propios medios…
Percibiendo que había dejado de ser el centro de atención, Zillah creía que sí quería, aunque ya no estaba del
todo segura. En cualquier caso, convino en que iría. Significaba levantarse a las cinco y media de la mañana,
pero merecería la pena.

Podía cautivarlos, embelesar a la audiencia. El teléfono volvió a sonar casi enseguida. Era la chica de la
limpieza del número nueve, que llamaba para decir que no podría cuidar de los niños al día siguiente.

Zillah se volvió hacia Jims, que parecía estar firmando las cartas. No se atrevía a pedírselo. En fin, se
limitaría a dejar a los niños en casa. A fin de cuentas, él estaría allí, y con un poco de suerte ninguno de ellos
se despertaría antes de que ella volviera. Eugenie cuidaría de su hermano si se ponía a berrear, ¿no?

A las seis menos veinticinco, Jims puso las noticias y absorbió con expresión inescrutable las imágenes de
unas inundaciones en Gujarat, la continuación de las luchas en Zimbabue y el asesinato de una anciana en
Kensal Green, antes de verse a sí mismo tapándose el pálido rostro con el maletín tras salir por la puerta
principal de Fredington Crucis House. Los niños contemplaron la escena, al igual que Zillah, quien de vez en
cuando lanzaba temerosas miradas a Jims. En esos momentos no tenía el rostro pálido, sino blanco como la
cera. Las imágenes no eran nuevas, pues ya las habían mostrado la noche anterior, pero esta vez fueron
seguidas de toda suerte de comentarios de los altos cargos del partido, inclusive el presidente de los
conservadores de South Wessex, quien aseguró con firmeza que confiaba plenamente en el señor Melcombe-
Smith y en su capacidad de despejar a la mayor brevedad posible cualquier incógnita.

–¿Por qué sale mi padrastro por la tele? – quiso saber Eugenie.


Nadie le respondió. Sonó el teléfono. Jims descolgó el auricular, volvió a colgarlo sin decir nada y
desconectó la línea. Muy alterada, Zillah fue a su habitación con los niños. Jordan había empezado a
gimotear.

Se vistió con todo esmero. Si de aquella entrevista salía alguna oportunidad profesional, si le procuraba
celebridad e incluso un programa de televisión propio, no tendría que abandonar Londres y volver a Willow
Cottage. El sábado por la noche, Jims le había dicho en tono sarcástico en extremo, cuando aún no se le había
comido la lengua el gato, que le gustaría mucho la casita, que las reformas la habían transformado de arriba
abajo.

–Sobre todo la preciosa y moderna cocina -añadió como si aquella clase de lenguaje fuera el que solía
emplear con ella.

Pero Zillah sabía que no le gustaría ni pizca y que la tendrían que llevar allí a rastras.

Se puso su traje chaqueta blanco predilecto con una blusa rojo coral, pues había oído decir que los colores
llamativos son los que mejor quedan en televisión. ¿La maquillarían o esperarían que se presentara
maquillada? De todos modos, jamás contemplaría la posibilidad de salir sin maquillar en Londres. Long
Fredington era harina de otro costal y la sola idea la hizo estremecer. En cuanto volviera del Canal Cuatro y
hubiera llevado a Jordan al psiquiatra infantil, se buscaría un abogado para ver cómo podía echar a Jims del
piso. Algo tenía que poder hacerse.

Llovía a cántaros. Había salido del piso de puntillas, insertando la llave en la cerradura para poder cerrar
con el mayor sigilo posible, de modo que no podía volver a buscar el paraguas ni el chubasquero. Temiendo
por su peinado y sus delicados zapatos, intentó cobijarse bajo un pórtico y parar un taxi desde allí, pero solo
consiguió que otros se le adelantaran. No le quedó más remedio que abandonar la protección del pórtico y
quedar empapada. El taxista que por fin la recogió sonrió al ver su pelo de rata mojada.

Pero pronto averiguó que no tendría por qué haberse preocupado. Otra mujer que iba a salir en el programa
llevaba chándal y parecía recién salida de la cama. El departamento de maquillaje se ocupó de Zillah: le secó
el cabello, le lustró los zapatos y le retocó el maquillaje. La otra invitada le contó en tono confidencial que
llevaba años saliendo en programas como aquel. Siempre llevaba medias con carrera porque sabía que allí le
darían un par nuevo. Zillah quedó algo escandalizada, pero también encantada de aprender los truquitos del
oficio. Empezaba a sentirse mucho mejor.

Pero cuando empezó el programa y lo vio junto con los demás entrevistados en la salita de espera, se dio
cuenta de algo que sin duda le habían dicho pero que no había asimilado conscientemente. Era en directo. No
habría ensayo, ni posibilidad de prepararse ni de alegar que eso no lo había dicho en serio, que por favor
cortaran aquello o volvieran atrás. Las preguntas eran muy escrutadoras y hasta el más inexperto podía ver
que no eran amables precisamente. Un joven de aspecto muy juvenil asomó la cabeza por la puerta y llamó
por señas a la mujer de las medias. Era la siguiente… víctima, se sorprendió pensando Zillah.

Resultaba extraño verla salir al plató. De repente, Zillah se sentía ingenua e impotente. La mujer, a la que no
había reconocido, resultó ser una cantante pop famosa en los setenta que intentaba volver a entrar en liza. El
presentador, un tipo feo con barba y la voz de cazalla que lo había hecho famoso, le preguntó si no se
consideraba un poco «pasadita» para lo que tenía intención de hacer. A fin de cuentas, no era precisamente la
Spice Pija, ¿no? ¿Y si les cantaba algo? Tenían a alguien a mano para acompañarla. La cantante contestó a las
preguntas con valentía y cantó, no demasiado bien, por cierto. Mientras cantaba, el joven volvió y llamó al
adolescente invitado porque había ingresado en Oxford a los quince años.

–Siempre reservan lo mejor para el final -aseguró una chica que entró a preguntarle si le apetecía más café o
zumo de naranja.

Después de la cantante salió una mujer dando las noticias, luego el parte meteorológico y por fin el avance de
la programación del día. Zillah pensó que volvería a ver a la cantante, pero no fue así. A continuación
apareció en pantalla el adolescente, entrevistado por una amable presentadora que lo trataba como si acabara
de ganar el premio Nobel. A Zillah le habían dicho que sería el hombre de la voz ronca quien la entrevistaría,
pero en aquel momento esperó que hubiera un cambio de planes y que fuera esa mujer, quien estaba diciendo
al muchacho que sus padres debían de estar muy orgullosos de él. Y eso que el pobre no era ninguna
maravilla mediática precisamente, porque se mostraba tímido y apocado.

A continuación llamaron a Zillah. La joven que le había ofrecido café y zumo de naranja la condujo por un
pasillo y luego por otro hasta llegar al borde de lo que parecía un teatro circular, una plataforma parcialmente
protegida por pantallas y cortinas, abarrotada de cámaras, técnicos de sonido y electricistas. La zona
iluminada que se veía en la pantalla del televisor se encontraba en el centro.

–Cuando vea que levanto el dedo así -susurró la chica-, entra en el plató desde aquí y se sienta en la silla
frente a Sebastian, ¿de acuerdo?

–De acuerdo -repuso Zillah en voz alta.

Todos los que se hallaban en las inmediaciones se volvieron hacia ella y se llevaron el dedo a los labios en
demanda de silencio. La poca seguridad en sí misma que le quedaba empezó a desvanecerse. Ahora veía que
llevaba tacones demasiado altos. ¿Y si daba un traspié? El genio salió del plató seguido de la presentadora
amable. El hombre llamado Sebastian anunció a los espectadores que se disponía a entrevistar a la invitada
del día, Zillah Melcombe-Smith, bígama, esposa (¿o no?) del diputado James Melcombe-Smith, caído en
desgracia, y viuda (¿o no?) de la víctima del Asesino del Cine. De repente, Zillah tenía mucho frío. Aquella
presentación no era lo que había esperado, pero la muchacha que la había conducido hasta allí levantó el
dedo, de modo que no le quedó más remedio que recorrer lo que se le antojó la distancia más larga de su vida
hasta la silla situada frente a Sebastian.

El presentador la observaba como si fuera un animal exótico del zoo, un okapi o un equidno.

–Bienvenida a «El desayuno», Zillah -empezó-. Cuéntenos qué se siente al ser a la vez viuda, esposa y
bígama. No es algo que pueda suceder a muchas mujeres, ¿verdad?

–Es verdad -acertó a decir Zillah y no se le ocurrió nada más.

–Bueno, empecemos por la bigamia, si le parece. Puede que sea usted una de esas personas que no aprueban
el divorcio. ¿Es usted católica?

–No -farfulló Zillah con voz ronca.

¿Y si la estaba viendo su madre?, se le ocurrió de repente.


–Mi marido…, mi primer marido, quiero decir, dijo que estábamos divorciados. Y mi marido…, mi actual
marido, quiero decir, también lo dijo. – Pasara lo que pasara, debía aferrarse a eso-. Yo creía que estaba
divorciada.

–Pero cuando se casó con James en la capilla de la Cámara de los Comunes -señaló el presentador como si
hablara de la catedral de San Pedro de Roma-, le dijo al vicario que era soltera. Soltera y sin compromiso,
¿no es así?

¿Cómo era que nadie había reparado hasta entonces en ese detalle?

–James… -balbució con voz temblorosa-, James creyó que era lo mejor. James dijo… No sabía que estuviera
haciendo algo malo. Creía que…, que…, que…

–No importa. La cuestión es que todo se arregló durante un tiempo cuando su primer marido murió
trágicamente en el cine. Fue terrible, por supuesto, pero en cierto sentido sucedió en el momento oportuno.
¿Cuál fue su reacción?

Su reacción en aquel instante fue prorrumpir en sollozos. No pudo evitarlo. Se sentía metida en un brete cuya
única salida era la cárcel. Se inclinó hacia delante para no tener que seguir viendo aquel espantoso rostro
barbudo, apoyó la cabeza sobre las rodillas y lloró. No se enteró de lo que Sebastian decía ni de lo que
hacían todos aquellos cámaras y técnicos de sonido. De pronto sintió una mano en el hombro, se incorporó
con ademán brusco, echó la cabeza hacia atrás y siguió berreando. La presentadora amable la asió del brazo y
la ayudó a levantarse. Resultaba difícil afirmarlo a causa de la barba, pero le pareció que Sebastian sonreía.
A su espalda le oyó decir a los espectadores que la pobre estaba abrumada por el dolor. Aún delante de las
cámaras, Zillah hizo lo que tanto temía: tropezó y estuvo a punto de caer. Cuando salía del plató, sollozante y
cojeando, uno de los cámaras murmuró:

–Menudo bombazo. El sueño de cualquier presentador, desde luego.

Aquel programa puso punto final a la lucha de Zillah. Volvió a Abbey Mansions Gardens en taxi. Solo eran
las nueve. Los niños estaban viendo la tele, el programa en el que acababa de salir ella.

–¿Lo has hecho a propósito? – preguntó Eugenie-. Quiero decir lo de llorar y tropezar.

–Claro que no; estaba trastornada.

–¿Qué quería decir con lo de que tu primer marido murió trágicamente?

A Zillah no se le había ocurrido la posibilidad de que los niños vieran el programa y se enteraran de aquel
modo, de aquel modo terrible, de que su padre había muerto. Al observar aquel rostro hermoso, preocupado y
lleno de reproche, supo que la niña lo sabía, pero aun así no fue capaz de decírselo. No en esos momentos, no
con todo lo que estaba pasando ella.

–Por eso no lo vemos nunca -prosiguió Eugenie.

–Te lo contaré más adelante, te lo prometo.


–Se te ha corrido el rímel.

Zillah contestó que iba a asearse.

–¿Dónde está Jims? – preguntó.

–En la cama. No ha salido y nos ha dejado aquí solos, si es lo que te preocupa.

Sintió deseos de decirle a su hija que no le hablara en ese tono, pero no se atrevió. Resultaba muy duro
reconocer que temía a su hija de siete años, pero era cierto. ¿Qué pasaría cuando llegara a la adolescencia?
Haría lo que le viniera en gana con su madre, sería la dueña del cotarro, de Willow Cottage, Long Fredington,
Dorset. Zillah comprendió que se había resignado a volver allí. Ya no tenía posibilidad de contratar los
servicios de un abogado. Jordan estaba llorando de nuevo. A buen seguro estaba llorando cuando ella volvió
a casa y mientras hablaba con Eugenie, pero estaba tan habituada a su llanto que ni siquiera se había dado
cuenta. Al cabo de una hora tenían cita en la consulta del psiquiatra.

–No la hemos visto en la vida -exclamó Michelle con indignación-. No sabemos a quién se refiere. Nunca
hemos tenido a una anciana indigente durmiendo en nuestro jardín.

–No era una indigente, Michelle -puntualizó Crímenes Violentos-. Tenía una habitación en Jakarta Road. ¿Y
usted, Matthew? ¿La recuerda?

Matthew estaba escribiendo su columna cuando llegaron. No se habían molestado en anunciar su visita por
teléfono y el matrimonio no pudo evitar pensar que esperaban pillarlos desprevenidos, en plena preparación
de su siguiente crimen o quizá deshaciéndose del arma.

–Quizá me considere algo anticuado -dijo Matthew-, pero preferiría que no nos llamara a mi esposa ni a mí
por nuestros nombres de pila. Al principio no lo hacía, de modo que no me queda más remedio que concluir
que, por alguna razón, ya no merecemos deferencia alguna.

Crímenes Violentos se lo quedó mirando con expresión perpleja.

–Bueno…, vaya, como quiera, pero lo cierto es que casi todos los clientes afirman que así se crea un clima
más cordial.

–Pero nosotros no somos clientes, sino sospechosos. En respuesta a su pregunta, no, no recuerdo a la señora
Dring. No la he visto en mi vida, que yo sepa. ¿Satisfecho?

–Nos gustaría registrar la casa.

–¡No! – exclamó Michelle sin poder contenerse.

–Podemos obtener una orden de registro, señora Jarvey. Su negativa no hará más que aplazar el asunto.

–Si mi esposa accede -intervino Matthew con voz cansina-, yo no me opondré.

Michelle se encogió de hombros y por fin asintió. De creer, una semana antes, que nadie podría considerar a
una pareja como ellos culpable de ningún delito violento, había pasado a comprender más allá de toda duda
con qué ojos los miraba Crímenes Violentos. Ya imaginaba sus fotos, retratos de reos en el corredor de la
muerte, en alguna obra recopilatoria sobre asesinos publicada en el futuro. Una pareja siniestra: él un ser
cadavérico de rostro escuálido que recordaba a Eichmann o a Christie, un hombre que se mataba de hambre y
se ganaba la vida escribiendo sobre la anorexia; ella una bola de grasa de rostro engañosamente bonito y
oculto entre pliegues de carne. En esa imagen mental que Michelle tenía de sí misma y del marido al que
adoraba, nada significaba el hecho de que, desde que se embarcara en el programa de televisión, Matthew
comía un poco más cada día, ni que ella misma no hacía más que mordisquear un poco de fruta y alguna que
otra loncha de pollo desde que comenzara la investigación. Seguía viéndose como una pareja grotesca.

Dio comienzo el registro a cargo de cuatro agentes. No explicaron qué buscaban y ellos no se rebajaron a
preguntar. Después de la lluvia caída a primera hora, el día era cálido y soleado. Salieron al jardín, que tanto
en la parte delantera como en la trasera no era más que una extensión de césped rodeada de arbustos sin
flores, y se sentaron en el columpio, callados pero cogidos de la mano. Ambos pensaban en Fiona.

Su vecina había salido a trabajar a las ocho y media como era su costumbre. Despreocupada, en opinión de
Michelle, porque aunque ella y Matthew se habían enamorado a primera vista, le costaba creer en la pasión
que Fiona afirmaba sentir por un hombre al que hacía tan poco que conocía. ¡Y qué hombre! Se había ido a
trabajar, sin duda a ganar dinero a espuertas para ella y sus clientes, sin detenerse a pensar en las personas de
las que aseguraba ser amiga, pero a las que había convertido en sospechosas de asesinato. Debía de tener
montones de dinero para ofrecerse a compensar a dos de las mujeres de Jeffrey Leach por lo que habían
perdido a causa de su relación con él, tal como les había explicado la última vez que se vieran. Michelle ya
no creía que lamentara lo que había hecho. En realidad, la consideraba capaz de haber visto la noticia del
asesinato de Eileen Dring por televisión y llamado a la policía para contarles que los Jarvey conocían a la
difunta. ¿No era demasiada casualidad que conocieran a ambas víctimas?

Volvieron a entrar en casa una vez terminado el registro. Por supuesto, no habían encontrado nada
incriminatorio, pero Crímenes Violentos les advirtió que seguirían en contacto, pues querrían volver a hablar
con ellos.

Michelle se sentía como se sienten algunas personas cuando roban en su casa. No era solo una intrusión, sino
una especie de violación, de profanación. Imaginaba a los agentes revolviendo los cajones de ropa interior,
burlándose de la talla de sus sujetadores y bragas, encontrando las placas de rayos X de la columna y la
pelvis de Matthew, realizadas cuando un especialista sospechó que sus huesos se estaban tornando
quebradizos, cambiando miradas asombradas al ver las fotos del álbum de boda. Nunca volvería a sentirse a
gusto en su casa. Ella y Matthew habían empezado su vida matrimonial en ella sumidos en un éxtasis de
felicidad y esperanza. Fue a la cocina para preparar el almuerzo de su marido, porque ella tenía menos
apetito que nunca.

–Te quiero -dijo Matthew, acercándose a ella.

–Yo también te quiero, cariño -repuso ella-. Nada podrá cambiar eso.

–Gracias, eres muy amable -agradeció Jims.

Se había sorprendido mucho cuando Eugenie le llevó una taza de café a la cama. No era muy bueno, poco más
que un brebaje a base de agua hirviendo, café instantáneo y leche en polvo, pero aun así se conmovió e
incluso albergó vagos pensamientos acerca de la amistad que habría podido trabar con su hijastra en otras
circunstancias. Al menos tenía cerebro, a diferencia de su madre.

–Se ha ido a una entrevista -anunció Eugenie.

–Qué novedad.

Eugenie se echó a reír y al poco, para su propia sorpresa, Jims se unió a ella. El que había creído que jamás
volvería a sonreír… Así que Zillah había salido, sin duda para seguir arrastrando su reputación por el fango,
dejando a los niños a su cargo sin ni siquiera habérselo consultado. Y no le quedaba otro remedio que
hacerlo, pero sería la última vez.

La oyó volver. La conocía desde hacía tanto tiempo que por el modo en que cerró la puerta y cruzó el
vestíbulo supo de qué humor estaba. Parecía desesperada. Siguió acostado otra media hora, se levantó y se
dio un largo baño caliente. No sabía adónde iría Zillah con los niños ni le importaba, pero en cualquier caso
esperó hasta oír la puerta principal y el ascensor antes de ir al salón. Se había vestido con esmero, como
siempre. ¿A qué extremo había llegado que esa mujer tenía poder para ahuyentarlo de su propia casa?

Caminó durante un rato. Hacía un día precioso, pues el viento había barrido las nubes de lluvia antes de
amainar y dejar el cielo despejado. En un momento dado se encontró delante de un restaurante en Launceston
Place, South Kensington, donde le dieron mesa de buen grado pese a que no había reservado. Jims dejó que
sus pensamientos vagaran de Zillah a sir Ronald Grasmere y los términos del acuerdo al que habían llegado
respecto a Willow Cottage, y luego a Leonardo. Jims esperaba que no hubiera encontrado taxi y se hubiera
visto obligado a ir a pie hasta Casterbridge, que el tren no hubiera pasado o que unas obras de fin de semana
en la línea lo hubieran forzado a efectuar parte del trayecto en autobús.

Cogió un taxi de vuelta y el Big Ben mostraba las dos y veinte cuando entró en el Parlamento por Westminster
Hall.

Tenía dos mensajes. El primero, del líder de la oposición, era gélido y perentorio. Sin florituras, pensó Jims.
Quería verlo a las tres en punto. Era una orden. El mensaje del jefe de asuntos disciplinarios estaba
acolchado en términos más melancólicos. ¿Tendría Jims la amabilidad de «reunirse con él» (¿por qué incluso
los miembros de su partido empleaban aquel lenguaje tan espantoso?) en su despacho para tomar una copa
antes de la cena y dar un repaso a la situación? Jims arrojó ambos recados a la papelera, respiró hondo,
recordó su enfrentamiento del sábado con la prensa y entró en la Cámara de los Comunes.

Todas las miradas se clavaron en él. Estaba preparado para ello, de modo que procuró no mirar a nadie.
Había dos diputados sentados cerca de su lugar habitual, en el penúltimo banco de la sala.

Con marcada indolencia, pese a que el corazón le latía desbocado, se acomodó entre ellos. Uno de los
diputados hizo caso omiso de él. El otro, a quien Jims nunca había considerado en términos de amistad, se
inclinó hacia él y le dio una paternal palmadita en la rodilla. Fue un gesto tan inesperado y tan amable que
Jims sonrió, le dio las gracias y sintió algo que no sentía desde hacía veinte años, los ojos inundados de
lágrimas.

Pero las lágrimas no llegaron a rodar por sus mejillas, pues no les dio ocasión. Permaneció en la Cámara
veinte minutos, fingiendo escuchar, pero sin oír nada, se levantó, miró uno por uno a todos los diputados
presentes, luego al presidente («Los que van a morir te saludan») y se dirigió hacia la salida. Una vez junto a
la puerta se volvió una vez más. Nunca más vería aquello. De hecho, esa realidad ya empezaba a formar parte
del pasado, como el recuerdo evanescente de un sueño.

El vestíbulo central estaba casi desierto. El día anterior había enviado su dimisión al presidente del grupo
parlamentario conservador, así como su renuncia al jefe de asuntos disciplinarios. Solo le restaba hacer una
breve visita. Un diputado que llevaba cuarenta años en activo y que lo sabía todo acerca del procedimiento lo
esperaba en su despacho con algunas indicaciones útiles sobre el cese de un diputado. El asunto no se
limitaba a abandonar el partido sin más.

–The Chiltern Hundreds -dijo Jims.

–Lo siento, amigo mío, pero está ocupado. Recordarás aquel pequeño contratiempo con el ex diputado que…

–Ah, sí -asintió Jims-. Fue por pederastia, ¿no?

–Es posible; intento mantenerme al margen de esta clase de asuntos.

–Deben de existir otros cargos interesantes en el reino. ¿Qué me dices de lord Guardián de los Cinque Ports?

–Lo lamento, pero ese cargo lo ocupa Su Alteza el príncipe de Gales.

–Por supuesto.

El diputado consultó un libro.

–Está el cargo de administrador de las marismas de Tolpuddle. Conlleva un estipendio anual nominal de
cincuenta y dos peniques y, por supuesto, aceptarlo equivaldría a quedar inhabilitado como miembro de la
Cámara de los Comunes.

–Parece perfecto -aseguró Jims-. Siempre he querido intervenir en los designios de las marismas de
Tolpuddle. ¿Dónde están exactamente? En Gales, ¿no?

–No, en Dorset.

Más tarde, el anciano diputado comentaría a uno de sus compadres que ese Melcombe-Smith se había echado
a reír con tantas ganas que llegó a inquietarse, a creer que el pobre desgraciado se estaba desmoronando a
causa de los recientes acontecimientos.

Jims no tenía intención de quedarse a aguantar reprimendas, reproches ni preguntas impertinentes. Salió al
patio del New Palace cuando el Big Ben daba las tres y media, un tañido impresionante al que, por primera
vez en muchos años, prestó toda su atención. Era una tarde hermosa, soleada y calurosa. ¿En qué podía
emplearla?

El psiquiatra infantil explicó a Zillah que también era doctor en medicina. Zillah no sabía por qué se
molestaba en contarle eso, pues no había llevado a Jordan hasta Wimpole Street porque le doliese la
garganta. Jordan no había dejado de llorar desde que subieran al taxi. Justo antes de salir de casa había
vomitado. Zillah consideraba, y así se lo dijo al psiquiatra, que un niño que lloraba tanto por fuerza tenía que
ser propenso al vómito. Eugenie, que los acompañaba porque Zillah no tenía con quién dejarla, estaba
sentada en la consulta con la expresión sardónica y cínica de una mujer seis veces mayor que ella.

Después de hablar con Jordan, o al menos de intentarlo, el psiquiatra anunció que quería efectuarle una
exploración física de rutina. Zillah, digna hija de su época y nerviosa de por sí, pensó de inmediato en abusos
sexuales, pero accedió a regañadientes. Una vez desvestido, el médico lo examinó.

Al cabo de dos minutos, lo incorporó, le dio una palmadita en el hombro y lo cubrió con una manta.

–Este niño tiene una hernia. Por supuesto, le aconsejo que busque una segunda opinión, pero me extrañaría
mucho que no fuera eso lo que le pasa. Y es posible que se le esté formando otra en el otro lado. – Lanzó a
Zillah una mirada que a esta le pareció muy desagradable-. Si llora tanto y vomita es porque la sufre desde
hace mucho tiempo, ya que el dolor no aparece hasta que la hernia llega a un estado crítico. Cabe la
posibilidad de que incluso esté estrangulada.

En el mundo periodístico, los grandes bombazos siempre van seguidos de un período de anticlímax, ya que
resulta imposible mantener la tensión. Una revelación cataclísmica ha sacudido al mundo y puede suscitar un
seguimiento, pero en ocasiones este es inutilizable porque el protagonista ha muerto, está a punto de
comparecer ante un tribunal o ha desaparecido sin dejar rastro. Pero en cualquier caso, hay que encontrar
algo para llenar el vacío creado entre el escándalo, el triunfo y el siguiente gran golpe periodístico. Natalie
había «desenmascarado» a Jims y dado al traste con su discreción, pero era reacia a escribir más sobre él
mientras aún pareciera ser sospechoso del asesinato de Jeff Leach. Había llegado el momento de plasmar la
vida de Jeff, una relación de sus mujeres. Por el momento solo se habían dado a conocer públicamente los
nombres de su esposa y de la mujer con quien vivía al morir. Podría ser un golpe de efecto reconocer que ella
misma había sido una de sus amantes. No tenía reparo alguno en hacerlo y su novio era tan cabezota como
ella en temas profesionales. Pero ¿quién más debía figurar en su artículo?

Con frecuencia había pensado en aquella «chica bastante rara» a la que Jeff había mencionado la última vez
que se vieran, una mujer de nombre peculiar Jeff la llamaba Polo y vivía cerca del cementerio de Kensal
Green. Tal vez fuera buena idea intentar localizarla. Necesitaba una entrevista con Fiona Harrington y tal vez
otra con la predecesora de Natalie. Sabía bien que no era la ex mujer de Jeff, sino una mujer llamada…
Intentó recordar su nombre sin conseguirlo. Ya le volvería a la memoria. Jeff había hablado de ella a menudo,
y casi siempre con amargura, cuando estaba con Natalie.

¿Era restauradora? ¿Médico? ¿Gerente de un organismo o una fundación benéfica? Había relegado el
recuerdo de las referencias de Jeff a aquella mujer y las pocas frases que había dedicado a «Polo» a los
confines de su mente. En fin, no había prisa. Un día de estos se zambulliría en la maraña de su memoria y tal
vez salieran a relucir cosas interesantes.

Capítulo 29

La policía fue de puerta en puerta para interrogar a todos los vecinos de la zona en que había muerto Eileen
Dring. Unos agentes llamaron a la puerta de los Wilson, pero se fueron en cuanto supieron quién era Laf. Ya
les había hablado de su visita al teatro el sábado por la noche con su esposa y su vecina, y había enviado su
informe el domingo por la noche, nada más enterarse por la radio de la noticia de la muerte de Eileen Dring.
En el informe explicaba que él, Sonovia y Minty habían visto a la anciana viva y coleando a la una menos
cinco de la madrugada del domingo. Habló detalladamente con el superintendente encargado del caso, pero
no mencionó el extraño comportamiento de Minty en el metro, sus alucinaciones y sus conversaciones consigo
misma. A fin de cuentas, como señaló más tarde a Sonovia, era amiga suya, y uno no hablaba de una amiga a
espaldas de esta, diciendo, por ejemplo, que había bebido demasiado.

Minty estaba en el trabajo la primera vez que la policía fue a su casa. Sonovia se lo había repetido una y otra
vez a la policía, pero aun así llamaron a su puerta. Al no obtener respuesta, fueron a la casa contigua y
Gertrude Pierce les abrió la puerta. En cuanto se presentaron y le dijeron lo que querían, la mujer llamó a su
hermano.

–Dickie, han asesinado a una mujer al final de la calle.

El señor Kroot apareció cojeando con ayuda de dos bastones. Su rostro, ya pálido de por sí, estaba
blanquísimo, y tuvo que sentarse. Gertrude Pierce le administró un medicamento inhalado y un comprimido
para la angina y los agentes se preguntaron si el anciano caería fulminado delante de sus narices.

–Ya pueden ir interrogando a la mujer de al lado -refunfuñó sin embargo al cabo de un momento con voz
temblorosa-. Es rarísima. Ella y su tía hace veinte años que no me dirigen la palabra.

–Cierto, Dickie -corroboró su hermana-. No me extrañaría nada que cualquier día de estos me matara a mí.

Jims había ido en taxi a Park Lane. Una vez allí entró en una prestigiosa agencia inmobiliaria, les entregó las
llaves del piso de Abbey Gardens Mansions y las de Fredington Crucis House, y les encomendó la venta de
ambas propiedades. Su representante se encargaría de todo, pues él se marchaba al extranjero por tiempo
indefinido.

De hecho, la idea se le había ocurrido de repente, porque no tenía planes y le costaba concentrarse en otra
cosa que no fuera el presente. Paseó hasta Hyde Park Corner y decidió regresar a Westminster caminando por
la hierba, como, según había leído, hacían en otros tiempos los diputados que vivían en el norte de Londres.
Antaño se podía llegar a Westminster desde Bayswater sin apenas pisar piedra ni asfalto, cruzando Hyde
Park, Green Park y St. James's Park. En la actualidad ya no era posible, pero aun así logró llegar hasta el
Palacio pisando tierra y bajo los árboles, y después de atravesar un par de calles, se halló de nuevo en un
paraíso fresco y frondoso. Nadie lo reconoció ni se fijó en él. Pensó en la perspectiva de no tener que volver
a ver jamás a Zillah. Pensó en la elevada cantidad de dinero que le reportaría la venta de sus casas, alrededor
de tres millones. Jims no andaba escaso de fondos, pero aun así resultaba agradable saber que tenía dinero y
que tendría más en breve.

Al cabo de un rato tomó el puente tendido sobre el lago, se detuvo en el centro y paseó la mirada entre el
Palacio de Buckingham, a su derecha, Whitehall, Horse Guards y el Ministerio de Exteriores, a su izquierda.
El panorama no había cambiado gran cosa en los últimos ciento cincuenta años a excepción del Ojo de
Londres, la inmensa noria que surcaba el cielo tras Downing Street, plateada y reluciente, toda radios y
cápsulas que semejaban grandes cuentas de cristal. El sol centelleaba sobre el agua, los sauces llorones
proyectaban densas sombras, los cisnes se deslizaban bajo el puente y los pelícanos se congregaban en su
islote. Pero la idea de marcharse empezaba a cobrar forma en su mente. Sí, viajaría al extranjero y tal vez
tardaría años en volver. ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que contemplara de nuevo aquel paisaje?

Al reanudar el paseo recordó un relato que había oído sobre el chambelán de una corte oriental que, tras
expulsar sin querer una ventosidad en presencia del potentado, se sintió tan abrumado por la vergüenza que
huyó y recorrió el mundo durante siete años. Sin embargo, Jims no sentía la menor vergüenza, tan solo
deseaba eludir las discusiones, las recriminaciones, los interrogatorios, la especulación y la necesidad de
defenderse. «"Obligación" no es una palabra que puede emplearse con los príncipes», había declarado la
primera reina Isabel. Pues bien, con él no valían palabras como «por qué», «explicación» o «justificación».
Partiría esa misma noche. Por supuesto, tendría que poner el coche en manos de su representante para que lo
aparcara en alguna parte o lo vendiera. No quería cargar con él. Lo mismo se aplicaba a su ropa. Se le
ocurrió que si alguna vez volvía a llevar traje, sería por el placer de admirar su estampa en el espejo. Pero a
decir verdad, prefería que fueran otros quienes admiraran su estampa.

Marruecos, pensó, siempre había deseado ir a Marruecos y, por alguna razón, nunca lo había hecho. Nueva
Orleans, Santiago, Oslo, Apia… Lugares que nunca había visitado. La política lo había esclavizado, lo había
tenido bajo su yugo, le había robado todo su tiempo. Pues se acabó. Cuando entró en Great College Street por
el extremo norte, el Big Ben daba las cinco. Nunca se había fijado en la sonoridad y el imponente timbre de
sus campanas. El portero que días antes saliera a comprarles víveres estaba sentado a su mesa.

–¿Ha vuelto ya la señora Melcombe-Smith? – preguntó, diciéndose que era una forma ingeniosa de
expresarlo.

El portero repuso que acababa de volver a salir, para llevar al «señorito Jordan» al médico en Harley Street,
creía. Jims le dio las gracias muy aliviado. ¿Existía algún otro lugar en el mundo donde se hiciera referencia
a los niños en esos términos, aparte de aquel rinconcito de Inglaterra, Londres, Westminster, los alrededores
del Parlamento? Qué lástima. A Jims le gustaba el estilo de vida feudal y estaba a punto de dejar atrás todo
vestigio de él.

No del todo convencido, entró en el piso con cautela y tras comprobar que, en efecto, estaba vacío, guardó
algunos artículos básicos en una bolsa de viaje junto con su pasaporte. El agente de la inmobiliaria le había
prometido que acudirían a tasar el piso antes del día siguiente por la tarde. Su taller, que tenía las llaves del
coche, recogería este más o menos al mismo tiempo. Podían proceder sin él, porque ya no estaría. Bajó la
escalera con sigilo y salió a la calle por el aparcamiento. Paró un taxi e indicó al encantado conductor que lo
llevara a Heathrow. Tomaría el primer vuelo a un lugar donde nunca hubiera estado.

En cuanto se reclinó en el asiento del taxi, todas sus preocupaciones, la angustia por las esperanzas truncadas
y las ambiciones destruidas se esfumaron como por ensalmo. Al principio no alcanzó a definir el origen de su
repentina sensación de felicidad, pero de repente lo consiguió. Era algo llamado libertad.

Minty acababa de salir del baño cuando la policía regresó a las seis y cuarto. Los agentes de policía tienen
tantas probabilidades como el que más de quedar impresionados por la limpieza, la pulcritud y la
respetabilidad, ya que casi todo el mundo asocia el delito con la suciedad y la miseria, con personas que se
levantan tarde y se acuestan tarde, con una existencia carente de rutina, con los piojos, con drogas de toda
clase, olores indefinibles y también atuendos estrafalarios, peinados llamativos, piercings, un exceso de
cuero, botas y uñas pintadas de cualquier color que no sea rojo o rosa. Minty olía a jabón y a champú de
lavanda. Su cabello fino y suave, color diente de león y recién lavado, parecía alborotado por el viento. El
baño no le había retirado el maquillaje del rostro porque nunca usaba maquillaje. Llevaba pantalones de
algodón azul celeste y una camiseta a rayas blancas y azul celeste. La casa estaba tan limpia como su
propietaria y las puertas vidrieras se abrían a un jardín impecable, aunque algo aséptico.

Los policías, la misma pareja que había llamado a la casa vecina, no se dejaron influir por la palabrería de
un anciano paranoico. Comprobaron que Minty era una persona transparente que respondía a las preguntas
formuladas con gran facilidad. Parecía inocente y lo era, puesto que las únicas ancianas del barrio que
ocupaban su mente eran la tía y la señora Lewis; una de ellas había desaparecido, por lo visto, y de la otra se
había desembarazado. El nombre de Eileen Dring no le decía nada, pero cuando le preguntaron si recordaba
haberla visto sentada en el banco junto al parterre poco antes de la una del domingo, asintió, porque el día
anterior, Laf le había dicho que él y Sonovia iban a declarar que la habían visto y que ella, Minty, los
acompañaba en ese momento. A decir verdad, no recordaba qué había visto, pues estaba demasiado enojada y
resuelta a tomar medidas contra la señora Lewis. Pero si Laf decía que esa tal Eileen estaba allí, sin duda era
cierto.

–¿Y entonces dio las buenas noches a sus amigos, entró en su casa y se acostó enseguida?

–Exacto. Cerré con llave y me acosté.

No tenía intención de contarles que había salido de nuevo para encontrar a la señora Lewis y encargarse de
ella de una vez por todas.

–¿Miró por la ventana de su habitación?

–Creo que sí; siempre lo hago.

–¿Y vio a alguien en la calle?

–En la calle no. En la casa de esa iraní allí enfrente, la que lleva esa cosa negra en la cabeza, todavía había
luz. Esa gente no se acuesta nunca.

–Gracias, señorita Knox, creo que eso es todo, a menos que se le ocurra alguna otra cosa que pueda
resultarnos útil.

A Minty no se le ocurría nada, pero aun así expresó su opinión de que el asesinato era una barbaridad y de
que los asesinos deberían ser castigados con la muerte. Estaba totalmente a favor de reinstaurar la horca.
Nada más. No tenía sentido hablarles de la señora Lewis, porque no la creerían, como Laf y Sonovia. Por lo
visto se daban por satisfechos, porque no tardaron en marcharse.

Al volver de su encuentro con la señora Lewis, lo primero que había hecho fue lavar el cuchillo al tiempo
que se lavaba las manos. Por supuesto, a continuación se había dado un baño, lo cual habría hecho de todas
formas fuera la hora que fuese. El cuchillo aún la preocupaba. Lo había guardado de nuevo en el cajón de los
cuchillos, pero no podía desterrarlo de su mente y pensaba en él a todas horas mientras planchaba las
camisas. Lo imaginaba contaminando los demás cuchillos. El hecho de que lo hubiera restregado con
detergente y tanto desinfectante que la casa entera olía a lejía no cambiaba las cosas. Tenía que sacarlo de la
casa. Los contenedores de Harrow Road volvían a estar llenos a rebosar, según había comprobado al volver
a casa, y la idea de llevarlo hasta Western Avenue o incluso hasta Landbroke Grove le daba náuseas.
Recordó la última vez, la sensación de llevar aquel cuchillo mugriento tan cerca de la piel. De hecho,
pensando en el asunto, no solo no quería llevarlo cerca de la piel, sino que ni siquiera lo quería tener cerca
de la casa y mucho menos en el impecable cajón de los cuchillos. Lo quería bien lejos, pero ¿soportaría
llevarlo encima varios kilómetros?

No le quedaba otro remedio. Como siempre decía la tía, el mundo era un lugar difícil, pero no había otro. En
ciertos aspectos lamentaba que la tía se hubiera marchado; sin la señora Lewis, la tía no estaba mal, le hacía
compañía. Minty abrió el cajón y sacó el cuchillo fatídico. Había pensado mucho en él, hasta conferirle un
tamaño y una importancia tales en su cabeza que, como a Macbeth, le parecía ver «gotas de sangre» en su
hoja y sangre reseca en los intersticios donde se unía al mango. Pero era jugo de fantasma, no sangre de
verdad. Era imposible, porque lo había frotado con toda meticulosidad, pero era como si sus ojos no
asimilaran lo que habían hecho sus manos. Lo dejó caer en el suelo con una exclamación de asco. Pero eso no
hizo más que empeorar las cosas, porque se vio obligada a recogerlo y fregar el suelo que el utensilio había
tocado durante unos segundos. Tendría que lavar todo el contenido del cajón y el interior del mismo, por
supuesto. La cosa parecía no tener fin y ya estaba agotada.

Envolvió el cuchillo en papel de periódico, metió el paquete en una bolsa de plástico y se la fijó a la pierna.
Sin saber adónde se dirigía, salió de casa y caminó hasta Harrow Road. Era una tarde hermosa y soleada y
las calles estaban muy concurridas, aunque no en las inmediaciones del banco y el parterre, acordonados con
cinta policial blanca y azul. Minty, que nunca había visto nada semejante, supuso que el ayuntamiento había
acordonado la zona para limpiar el parterre y deshacerse de todos aquellos papeles grasientos, los
cucuruchos de pescado frito y los envoltorios de chocolatinas. Ya era hora. La gente vivía como cerdos.

Llegó el 18 y Minty se subió a él. Bajó en el cruce de Edgware Road para cambiar al 6, que la llevó hasta
Marble Arch, donde tomó el 12. Al llegar a Westminster, aunque no tenía idea de dónde estaba, vio los
destellos del sol reflejados en el río. Caminó hacia la orilla. Había mucho tráfico y las calles estaban
abarrotadas. Casi todos los transeúntes eran jóvenes, mucho más jóvenes que ella. Deambulaban lánguidos
por las aceras, fotografiando los altos edificios, parando para asomarse al parapeto del puente. Al ver el
brillo del agua, Minty había pensado que podría arrojar el cuchillo al río, pero se daba cuenta de que sería
muy difícil y quizás incluso ilegal. Minty siempre imaginaba dos catástrofes cuando se planteaba la
posibilidad de quebrantar la ley. Una era la pérdida del trabajo y la otra, el coste económico que pudiera
acarrearle. Asimismo, en los últimos tiempos era muy consciente de que la gente la consideraba rara y la
miraba como si no fuera normal. Laf y Sonovia la habían mirado de ese modo cuando les habló de la señora
Lewis en el metro. Por supuesto, ellos no la veían, de eso estaba segura. Tampoco habían visto a Jock. Era un
hecho de sobra conocido que algunas personas no podían ver fantasmas, pero eso no les daba derecho a
tratarla a una como si estuviera loca. Si se acercaba al parapeto y arrojaba un paquete alargado y de forma
peculiar al agua, eso era lo que pensarían los que la vieran, que era rara, que estaba loca.

Caminó hacia el oeste hasta que la multitud se redujo a un par de personas que entraban en el Atrium y un par
que esperaban en la escalinata de la Millbank Tower. No le convenía perderse; debía permanecer cerca del
trayecto de algún autobús. Al llegar a Lambeth Bridge giró por Horseferry Road. El tráfico era denso, pero
las aceras estaban desiertas. Llegó junto a un contenedor y, tras comprobar que estaba sola y que nadie la
observaba, dejó caer el cuchillo en su interior y se dirigió a buen paso hacia la parada del autobús.

Aquella tarde, mientras Minty recorría Westminster, la policía de Kensal Green sorprendió a dos niños
cuando entraban por una ventana en una tienda abandonada. El establecimiento vendía cristales, remedios
florales y sustancias para masajes ayurvédicos, pero la clientela siempre había sido escasa y la tienda había
cerrado de forma definitiva hacía más de un año. Las ventanas de la parte delantera estaban protegidas con
tablones, al igual que la puerta posterior, que daba a un pequeño patio limitado por un muro alto, la fachada
posterior de una casa situada en la calle de detrás y una estructura provisional de aglomerado, uralita y dos
puertas procedentes de una casa derribada. Si bien el único acceso a aquel patio era un estrecho callejón
bloqueado por una verja cerrada, estaba sembrado de basura, latas, botellas rotas, papeles de periódico y
bolsas de patatas fritas. La puerta trasera estaba asegurada con dos tablones en cruz, pero junto a ella había
un ventanuco sin proteger y con el cristal roto desde hacía mucho tiempo. El único inquilino respetuoso de la
ley de los doce que vivían en la casa detrás del patio había visto a los niños colarse por la ventana y llamado
a la policía.

Ninguno de los dos llegaba a los diez años. Los dos agentes los encontraron en el piso de arriba, en un
cubículo oscuro, donde habían encendido una vela y extendido un chal de ganchillo multicolor, que les servía
para sentarse protegidos del suelo de madera áspero y lleno de astillas, al tiempo que de mantel. Sobre él, a
modo de picnic, había una lata de Fanta, dos de Coca-Cola, dos hamburguesas con queso, dos paquetes de
cigarrillos, dos manzanas y una caja de bombones belgas. Aunque fuera aún hacía calor, allí hacía frío y el
más pequeño de los dos se había anudado una bufanda de lana al cuello. Ninguno de los dos agentes la
reconoció, pero uno de ellos recordó que de la bolsa de viaje hallada junto a la anciana muerta había
desaparecido una bufanda larga. Formaba parte del atuendo invernal de Eileen Dring hasta el punto de que
mucha gente la identificaba gracias a ella. Los agentes sacaron a los niños de la casa para llevarlos de vuelta
a las suyas.

Al principio se negaron a revelar sus señas. El problema residía en que la policía no puede interrogar a
menores de dieciséis años si no es en presencia de un progenitor o tutor. Al final, tras varios empellones y
patadas recibidas de su amigo, uno de ellos les dio su nombre y dirección, y al poco, el nombre y la dirección
del otro en tono desafiante. Kieran Goodall vivía en una casa de una cooperativa de viviendas en College
Park, mientras que Dillon Bennett residía en un piso de protección oficial a orillas del canal Grand Union. No
había nadie en casa cuando llegaron al cruce de Scrubs Lane con Harrow Road, pero Kieran, a punto de
cumplir nueve años, tenía llave. La vivienda estaba sucia, desordenada y amueblada a base de cajas de
víveres, dos butacas de cuero viejísimas y una mesa de cartas. Olía a marihuana y sobre un platillo se veían
dos colillas de porro aún ensartadas por alfileres. La agente se quedó con Kieran mientras el agente llamaba
en petición de refuerzos y luego llevaba a Dillon a su casa.

Otros dos agentes de Homicidios lo esperaban cuando llegó a Kensal Road. La madre de Dillon estaba en
casa acompañada de su novio adolescente, su hija de catorce años, otros dos hombres de veintitantos y un
bebé de unos dieciocho meses. Todos salvo el bebé tomaban chupitos de gin regados con cerveza y los
hombres jugaban a cartas. La señora Bennett estaba bastante borracha, pero accedió a acompañar a Dillon y
los agentes al dormitorio que compartía, cuando dormía en él, con su hermana, el bebé y otro hermano de
trece años, que había salido.

Dillon, que no había abierto la boca en el coche, dejando que hablara Kieran, respondió a las dos primeras
preguntas que le formularon con «No sé» y «No me acuerdo» respectivamente, pero cuando le preguntaron
qué habían hecho Kieran y él con el cuchillo, replicó a voz en grito que lo habían arrojado por un desagüe.

Los refuerzos habían llegado a College Park, donde esperaron en compañía de la agente y de Kieran. No
podían hablar con el niño y él no les dijo nada. En silencio se preguntaron si era posible que aquellos dos
niños hubieran matado a Eileen Dring por un chal, una bufanda, una lata de refresco y ciento cuarenta libras.

Era el cumpleaños de Laf y la familia entera se reunió en Syringa Road. Estaba Julianna, que acababa de
terminar el trimestre en la universidad, y Corinne, que llegó acompañada de su nuevo novio. Daniel y Lauren
habían traído a su hija Sorrel y también la agradable noticia de que Lauren estaba embarazada. El hijo menor
de los Wilson, Florian, el músico, pasaría después de cenar.

Una cuestión importante era si debían o no invitar a Minty. A fin de adaptarse a los horarios de todos, la
fiesta debía celebrarse por la noche y Minty estaría en casa.

–Creía que sería una reunión familiar -alegó Sonovia.

–Para mí, Minty es de la familia.

–Si no te conociera como te conozco, Lafcadio Wilson, creería que te gusta Minty.

Laf estaba escandalizado. Era un hombre de moral estricta y le horrorizaba la más leve alusión al adulterio.
Su peor pesadilla, aparte de morir prematuramente, era que uno de sus hijos se divorciara. Una preocupación
algo precipitada, señalaba a menudo Sonovia, pues solo uno de ellos estaba casado.

–No digas eso ni en broma -la regañó con severidad-. Sabes que detesto esa clase de comentario.

Sonovia siempre sabía cuándo se pasaba.

–Bueno, es tu cumpleaños -refunfuñó en tono altivo-. Haz lo que quieras. Por mí como si invitas también a
Gertrude Pierce.

Sin dignarse siquiera responder, Laf fue a la casa contigua con el periódico e invitó a Minty a su fiesta.

–De acuerdo -repuso ella con su actitud habitual, sin dar las gracias ni mostrar entusiasmo alguno.

–Será una reunión familiar, pero a ti te consideramos de la familia, Minty.

Minty asintió. Era como si creyera tener derecho a cuanto le daban. Le ofreció una taza de té y la clase de
galletas que Laf siempre asociaba con la palabra «limpio» de tan pálidas, finas y secas que eran. Como la
propia Minty, se dijo. A menudo le preocupaba que viera cosas que no existían y hablara con personas
invisibles, pero en esos momentos estaba serena, como una persona normal. Y seguía así cuando acudió a la
fiesta. Saludó a todos en tono alegre, se sirvió (con precaución) del opíparo bufet que había preparado
Sonovia y cuando Florian se presentó una hora antes de lo previsto, le dijo:

–Hola, desconocido, cuánto tiempo sin verte.

La conversación se centró en el asesinato de Eileen Dring. Laf sabía que sucedería y había esperado que no
fuera así. Se negó a participar en la conversación y le parecía que sus hijos no tenían derecho a especular
sobre los rumores de que los sospechosos principales eran un matrimonio de West Hampstead, o bien dos
niños. Consiguió distraer a Daniel del tema refiriéndose de nuevo al problema que había planteado a Sonovia
varias semanas antes y en el que había pensado a menudo sin llegar a conclusión alguna.

–Imagínate que matas a alguien sin saber que haces mal. Quiero decir, imagina que se te mete en la cabeza
que la persona a la que matas no es quien es, sino… Hitler o Pol Pot, por ejemplo, y vas y la matas. ¿Estaría
mal o no?
–¿A santo de qué viene esto, papá?

¿Porqué los hijos de uno, más cultos que uno mismo, siempre preguntan eso cuando uno osa decir algo fuera
de lo corriente? ¿Por qué siempre esperan que sus padres sean unos descerebrados?

–No lo sé -repuso-. Llevo tiempo pensando en ello.

–¿Sabía lo que hacía? – terció Corinne-. Y si lo sabía, ¿sabía que hacía mal?

–¿Eh? – dijo Laf.

–Es una prueba que se efectúa a los acusados.

–Pero ¿cuál es la respuesta?

–Hoy en día, en estos casos se pide la intervención de un psiquiatra. Si resulta que el acusado no sabía lo que
hacía, lo recluyen en un penal psiquiátrico. Creía que lo sabías, papá; al fin y al cabo, eres policía.

–Claro que lo sé -replicó Laf, exasperado-. No me refiero a si ha cometido un delito o no. Me refiero a si ha
obrado mal, si ha cometido lo que antes se denominaba un pecado, un acto inmoral.

Su hija menor, atraída por algo más interesante que la conversación que su madre y Minty sostenían sobre
almidones en aerosol, había estado escuchando. Laf se volvió hacia ella.

–Julianna, tú que estudias filosofía deberías saberlo. ¿Sería inmoral?

–Eso no compete a la filosofía, papá, sino a la ética.

–Vale, pero ¿sería inmoral? ¿Sería pecado?

Julianna parecía incómoda por aquella palabra.

–No entiendo de pecados. Para que algo fuera inmoral tendrías que saber que habías hecho algo que
contraviniera tu código moral. Quiero decir que un azteca que hubiera sacrificado a un niño para complacer a
su dios creería haber hecho lo correcto porque eso era lo que dictaba su código moral, pero el conquistador
católico sabría que estaba mal porque el acto contravenía el suyo.

–Así pues, ¿no existe el mal absoluto? ¿Solo depende de dónde y en qué época vives?

–Bueno, y de si eres o no esquizofrénico, digo yo -terció Daniel.

–El asesinato está mal -sentenció Minty para sorpresa de todos-. Siempre está mal. Es quitarle la vida a una
persona, no hay vuelta de hoja.

–No se me ocurre tema más lúgubre para tratar en una fiesta de cumpleaños -señaló Sonovia-. Por el amor de
Dios, abre otra botella de vino, Laf.
Estaba junto a la ventana, adonde se había retirado cuando los demás se concentraron en el dilema ético de
Laf.

–Mira, Minty -exclamó de pronto-. Hay una ambulancia en la casa de al lado. Debe de ser para el señor
Kroot.

A pesar de que era pleno verano, fuera estaba bastante oscuro y llovía. No obstante, todos se agolparon junto
a la ventana para ver salir a los enfermeros, pero no con una camilla, sino con una silla de ruedas en la que se
sentaba el anciano, con una manta sobre las rodillas y otra cubriéndole la cabeza.

–Infarto o embolia, una de dos -especuló Sonovia.

Julianna acababa de volver de la cocina con copas de vino llenas cuando llamaron a la puerta. Era uno de los
enfermeros, que alargó una llave a Sonovia.

–Dice que si puede darle de comer al gato. Hay latas en la alacena.

–¿Qué le pasa?

–No lo sé; tendrán que hacerle algunas pruebas.

La madre de Kieran Goodall, Lianne, se presentó a medianoche. Pese a que nadie le reprochó su ausencia, sin
duda estaba convencida de que la mejor defensa era el ataque. En primer lugar comunicó a los agentes que no
era la madre de Kieran, sino su madrastra, de modo que no podían hacerla responsable de su comportamiento.
Su madre se había esfumado años antes, y después de casarse con Lianne, el padre también había puesto pies
en polvorosa. Así pues, los dos vivían juntos desde hacía cinco años pese a que no los unía lazo alguno. Tal
vez fuera su tutora, aunque nadie le había asignado oficialmente ese papel. Preguntó qué había hecho el niño,
pero a renglón seguido, sin esperar respuesta, lanzó una arenga contra los servicios sociales, que no se habían
cortado un pelo, según explicó, en endosarle al crío sin intentar siquiera localizar a sus padres biológicos.
Cuando le hablaron del dinero que había desaparecido de la bolsa de Eileen Dring y del dinero encontrado en
poder de Kieran y Dillon, repuso que a los viejos locos deberían prohibirles llevar encima cantidades
importantes de dinero, porque eso era una tentación para los niños. Preguntaron a Kieran por el cuchillo. Lo
había tirado a un contenedor, contestó antes de echarse a reír como un poseso.

–Si has cogido uno de mis cuchillos, Kieran, te muelo a palos -amenazó la madrastra.

A escasos centenares de metros, en Kensal Road, Dillon Bennett había retirado la afirmación de haber
arrojado el cuchillo a un desagüe. De hecho, no sabía nada de ningún cuchillo. En aquel momento, sentado en
uno de los gastados sillones de cuero junto a su hermana, que le rodeaba los hombros con el brazo, contaba a
los agentes que Eileen Dring ya estaba muerta cuando la encontraron.

–¿Cómo sabías que estaba muerta, Dillon?

–Había sangre por todas partes, montones de sangre. Tenía que estar muerta.

Dicho aquello dejó caer la cabeza y se durmió.


Capítulo 30

A Michelle se le antojó que de nada servía haber asegurado a Crímenes Violentos que apenas si conocían el
lugar en que se había producido el asesinato. Aquella parte de Londres era tierra ignota para ellos. Al igual
que todos los londinenses, habían oído hablar del cementerio, pero nada más.

–«De camino al paraíso, pasando por Kensal Green» -citó Matthew.

Los policías les dedicaron una sonrisa incómoda, pero Michelle estaba convencida de que no los creían.
¿Una coartada? No tenían una coartada más sólida que para el asesinato del cine. Como de costumbre, cada
uno era la coartada del otro, y estaba visto que eso no servía de nada. A la hora del asesinato estaban en la
cama, durmiendo.

Cuando llegaron a la casa, Matthew acababa de volver de los estudios de televisión, donde habían grabado el
primer programa de la serie, y Michelle estaba en la cocina picando menta fresca para la salsa. Matthew
había hecho tales progresos que, si bien no se avenía a comer cordero, el acompañamiento natural de la salsa
de menta, empezaba a gustarle tomar esta con patatas, y la semana anterior se había comido incluso un
diminuto budín de Yorkshire. Crímenes Violentos observó con fijeza el cuchillo que llevaba en la mano, una
especie de cuchilla de carnicero con el que solo podías matar a alguien si lo decapitabas. Pese a ello,
Michelle lo dejó sobre el mostrador y lo cubrió con papel de cocina junto con la menta, como si fuera
culpable del delito del que la consideraban sospechosa.

Como sucedía desde hacía algún tiempo, apenas había podido probar la comida que había preparado, pero
Matthew había dado buena cuenta de las patatas con salsa de menta, varias lonchas de pollo y un flan de
postre. Seis meses antes habría vomitado con solo ver el flan. Habló del programa, de que el primero se
centraba en el hecho de que hallar nuevos intereses, ganar dinero y conocer gente nueva podía surtir un efecto
beneficioso sobre el anoréxico, y se citó a sí mismo como ejemplo. Michelle siempre lo veía con los ojos con
que había mirado al joven delgado del que se había enamorado, pero incluso ella, esforzándose en verlo a
través de los ojos de un desconocido, reconocía que ofrecía un aspecto muy diferente que un año antes. La
cuestión de las imágenes que una mujer se forja de los demás y de sí misma le interesaba. Ya sabía que
siempre se había visto gorda, cuando era niña, en la adolescencia, durante todos los años en que era una
mujer de dimensiones normales e incluso en la actualidad, pese a la cantidad de kilos que había perdido. ¿Se
veía Matthew a sí mismo como un ser escuálido?

Subió la escalera y se pesó. La báscula indicaba una pérdida de peso tan drástica que habría asustado a
cualquiera que desconociera el motivo. Michelle se miró al espejo e intentó realizar la prueba de la «mirada
objetiva». Hasta cierto punto lo consiguió, y por un instante vio a la mujer que había sido veinte años antes:
una mujer sin papada, con cintura y un vientre que, aunque no plano, tampoco le confería aspecto de estar
embarazada de siete meses. Pero cuando se apartó del espejo, la mujer obesa regresó. En cualquier caso,
¿qué importaba? ¿Qué importaba nada a la vista de su situación como sospechosos de dos asesinatos?

Matthew estaba fregando los platos, o mejor dicho, ya los había fregado y los estaba secando. La mujer del
espejo, en quien Michelle había dejado de creer al apartarse de él, había infundido en ella un grado de
autoestima que llevaba años sin experimentar. Se echó a temblar al comprender de qué se trataba: era
seguridad sexual en sí misma. Rodeó el cuerpo de Matthew desde atrás y apoyó la mejilla en su espalda. Su
marido se volvió con una sonrisa. Hacía años que Michelle no veía aquella expresión en su rostro. Matthew
la abrazó y la besó como la había besado en su segunda cita, y con un estremecimiento de gozo y dolor,
Michelle supo que, después de tantos años de terror, la estaba cortejando de nuevo.

Jims lo había dispuesto todo, desde una carta de su abogado en la que se exigía a Zillah que abandonara
Abbey Mansions Gardens antes de finales de semana, hasta el camión de mudanzas, que llegó a las ocho en
punto del viernes. Otra carta, esta vez del propio Jims y redactada con extrema frialdad, le comunicaba que
podía quedarse el coche. Costearía la operación de Jordan, que se llevaría a cabo en un centro médico
privado de Shaston, y sir Ronald Grasmere, en atención a la amistad que los unía, le permitiría instalarse en
Willow Cottage antes de que se formalizara la compraventa.

Un hombre que se dio a conocer como representante de Jims (daba la sensación de que tenía muchos) acudió
a Abbey Mansions Gardens y etiquetó todos los muebles del piso con las palabras «guardamuebles» o «Long
Fredington». Incluso Zillah debía reconocer que Jims la había tratado con generosidad. A esas alturas ya
había renunciado al sueño de convertirse en estrella de televisión, vivir a todo tren, asistir a fiestas en el
Palacio de Buckingham o el recinto real, ir a las carreras en Ascot o salir de crucero en el yate de algún
colega de Jims. Todo había terminado, ya había llegado la hora de la verdad. Pero esta vez todo sería
diferente. Su optimismo ingenuo había vuelto a imponerse. Tenía el coche. Tenía gran cantidad de ropa nueva.
Y Willow Cottage ya no era una casa alquilada al malvado explotador. Era suya.

Al entrar en la casa con los niños, comprobó que estaba aún mejor de lo que le habían dado a entender. Toda
la vivienda estaba enmoquetada, tenía cortinas nuevas, el baño y la cocina reformados, con grifería dorada y
encimeras de mármol, armarios empotrados en todas las habitaciones, un televisor enorme y vídeo. Dispuso
los muebles y preparó las camas casi con entusiasmo. Luego cogió el teléfono y llamó a su madre.

Eugenie inspeccionó la casa con desapego.

–Me gustaba más antes.

–Pues a mí no -replicó Zillah.

–Quiero ver a Titus -pidió Jordan.

Los analgésicos lo tenían aturdido, pero al menos había dejado de llorar.

–Quiero ver a Titus, a Rosalba y a papá.

Zillah y Eugenie cambiaron una mirada como si tuvieran la misma edad.

–Quizás Annie traiga a Titus y Rosalba más tarde.

Annie no fue, pero sí otra persona, que llamó a la puerta trasera a las ocho, justo después de que Zillah
acostara a Jordan. No tenía idea de quién era aquel hombre altísimo y bastante apuesto de cincuenta y tantos
años, y se lo quedó mirando con una sonrisa insegura.

–Ronald Grasmere. Vivo en la casa grande y soy amigo de Jims.


Zillah solo le dio su nombre de pila, pues no tenía del todo claro cuál era su apellido.

–Por favor, pase, sir Ronald.

–Llámeme Ronnie, como todo el mundo. Le he traído algunas fresas del huerto y los últimos espárragos. No
son lo que eran hace un mes, pero creo que aún merecen la pena.

Así pues, aquel era el ogro, el explotador, el negrero, la bestia fascista, como Jerry llamaba a esa clase de
personas en sus tiempos de estudiante. Las fresas que había traído eran muy rojas, relucientes y duras, muy
distintas a las que vendían en las tiendas de Westminster. Eugenie apareció en camisón.

–No tengo nada de beber -se disculpó Zillah-. Puedo ofrecerle una taza de té.

Sir Ronald se echó a reír.

–Me parece que se equivoca, querida. Eche un vistazo en esa alacena.

Ginebra, whisky, vodka, jerez y varias botellas de vino. Zillah profirió una exclamación ahogada.

–A mí no me mire, yo no he sido. Un amigo del viejo Jims se encargó de todo el otro día. Bueno, ¿qué le
parece la casita? Ha quedado bien, aunque me esté mal decirlo.

La carta, que aterrizó en el buzón de Fiona junto con la publicidad de un restaurante de West End Lane y el
extracto mensual de su American Express, era de una mujer de la que no había oído hablar en su vida, una tal
Linda Davies. En cuanto comprendió de qué se trataba la soltó como si quemara, la arrugó y estuvo a punto de
tirarla. Sin embargo, recordó la decisión que había tomado al leer en el periódico la historia sobre el pasado
de Jeff. Despacio y con cierta repulsión, la alisó y la leyó de principio a fin.

Linda era una de las mujeres con las que Jeff había vivido y a las que había utilizado. «Explotado», según la
expresión que empleaba en la carta. Escribía que había pedido una segunda hipoteca sobre su piso de
Muswell Hill para poder crear una empresa conjunta, pero poco después de que le entregara el dinero, Jeff se
esfumó. Seguía una retahíla de desgracia tras desgracia. Linda Davies había perdido el trabajo, con los
consiguientes problemas para pagar la cuantiosa hipoteca, y sucumbido al síndrome de fatiga crónica. Por el
periódico sabía de Fiona, la mujer que vivía con Jeff en el momento de su muerte, una mujer de éxito,
acomodada. Solo le pedía mil libras para pagar sus deudas y poder empezar de nuevo.

Fiona se sentía físicamente enferma. La perfidia de Jeff parecía no tener fin. ¿A cuántas mujeres más habría
estafado? ¿Estaba la policía al corriente? Una de ellas podía ser su asesina. A lo largo de toda la
investigación, no se había detenido a pensar en quién podía haberlo matado. Había facilitado a la policía los
nombres de algunos posibles enemigos, pero sin demasiada convicción. El asunto la traía sin cuidado. Los
pocos pensamientos que había dedicado al respecto se referían vagamente a algún personaje oscuro de una
especie de submundo clandestino. Sin embargo, en esos momentos creía que podía haber sido alguna de
aquellas mujeres.

Pero al producirse una segunda muerte, una anciana asesinada del mismo modo, se vio obligada a revisar su
teoría. El culpable debía de ser alguien que conociera a ambas víctimas. ¿Y quién encajaba mejor en aquella
descripción que una mujer de su pasado? ¿Que ella? Llamó a Crímenes Violentos en cuanto pensó en ello y
antes de que a él se le ocurriera lo mismo, pero no mencionó a Linda Davies.

Por entonces, la policía ya había descartado la idea de que Kieran Goodall y Dillon Bennett fueran los
asesinos de Eileen Dring, pero eran testigos útiles. Mientras que la fantasía sobre el modo en que se habían
deshecho del arma variaba de hora en hora, las versiones de ambos acerca de la hora a la que habían llegado
al escenario del crimen y lo que allí vieran coincidían hasta el último detalle. Habían llegado al lugar a la una
y media de la madrugada del domingo, hecho que ambos sabían porque Dillon llevaba un reloj nuevo. El reloj
era otro objeto de especulación, aunque descartado de momento porque había asuntos más urgentes que
atender. Era robado, por descontado, aunque la madrastra de Dillon juró que se lo había regalado el mes
anterior por su cumpleaños. Cualquiera que fuese su procedencia, marcaba exactamente la una y media;
ambos niños lo habían mirado, porque tras ver muchas películas conocían la importancia de consignar la hora
exacta en el escenario de un crimen, y ambos sabían que era un crimen, aunque no estaban asustados. Otro
pormenor interesante y realmente espantoso era que ninguno de los dos consideraba extraño deambular por
las calles en plena noche. Era lo que siempre hacían. Dormían buena parte del día y casi siempre hacían
novillos.

Kieran y Dillon levantaron la cabeza de Eileen Dring, notando que aún estaba tibia y nada rígida, retiraron la
bolsa, vaciaron su contenido sobre la acera y se llevaron lo que les convenía. El dinero fue un hallazgo
inesperado. Se lo llevaron todo a excepción de la chaqueta de Eileen, que no les servía de nada, y
transportaron el botín a la tienda abandonada, donde tenían un santuario que calificaban como su
«campamento». Si vieron a alguien por la calle a aquella hora de la madrugada no se dieron cuenta o no
querían revelarlo. La policía había acabado con ellos; ya eran asunto de los servicios sociales.

Los dos agentes estaban sentados en el salón de Fiona Harrington, escuchando la historia de sus encuentros
con Eileen Dring a lo largo de los años. Fiona comprendió demasiado tarde el efecto que surtiría revelar
información que debería haber permanecido oculta. Los policías empezaban a darse cuenta de que tenían una
sospechosa como la copa de un pino, una mujer que vivía con una víctima y ayudaba a la otra.

–¿Quiere decir que a veces dormía en su jardín?

–No, pero le propuse utilizar el cobertizo. En realidad me sentía fatal, porque creía que mi obligación era
invitarla a dormir dentro de casa, y así se lo dije. Pero me contestó que ya tenía una habitación, que lo que le
gustaba era dormir al raso y que tampoco quería dormir en el cobertizo.

–¿Por qué la ayudaba, señorita Harrington?

–Supongo que porque me daba pena.

–¿Le dio dinero alguna vez?

–No era una mendiga.

–Puede que no, pero ¿alguna vez intentó sacarle dinero?

¿Insinuaban que Eileen la chantajeaba? Fiona se sentía atrapada en una trampa de su propia confección.
Recordaba varias ocasiones de generosidad, unas moneditas por aquí, un billete de cinco libras por allá, y la
indignación de Jeff.

–Jeff siempre me decía que no le diera nada, pero a veces lo hacía. Intentaba dárselo lejos, cuando me
cruzaba con ella en alguna parte…, cerca de alguna floristería, quiero decir. Me habló mucho de sí misma.
Sus hijos habían muerto en un incendio. A ella la sacaron a tiempo, pero no pudieron salvar a los niños. Creo
que eso la hizo perder el juicio y desde entonces no fue la misma.

Por sus rostros supo que no les estaba contando nada nuevo. Le preguntaron dónde había estado el sábado por
la noche, pero solo pudo responder que estaba en la cama, durmiendo. Con la muerte de Jeff se había acabado
lo de acostarse tarde y salir por las noches, explicó. Le ordenaron que llamara al banco y dijera que no iría a
trabajar, porque tenía que acompañarlos a comisaría. Fiona estaba demasiado horrorizada para discutir,
demasiado espantada para pedir explicaciones siquiera. Permaneció varias horas sentada en una silla dura de
la sala de interrogatorios, respondiendo a todas sus preguntas mientras se devanaba los sesos para hallar el
modo de demostrar que estaba en casa el sábado por la noche.

De repente se le ocurrió la solución…, o una solución, en cualquier caso. No había dormido bien, como venía
sucediéndole desde la muerte de Jeff, y su dependencia de los somníferos la preocupaba. Noche tras noche
intentaba conciliar el sueño sin recurrir a ellos, pero casi siempre sucumbía. Lo mismo pasó el sábado.
Alrededor de una hora después de medianoche, creía, se levantó, fue a la ventana y oyó que en la casa
contigua se cerraba una puerta. Eso era lo único que se oía, una puerta al cerrarse, una luz al encenderse o
apagarse. Al apartar la cortina vio cómo se apagaba la luz del dormitorio de Michelle y Matthew. La luz
había proyectado un brillante rectángulo de luz sobre el césped de su jardín delantero, y al apagarla
desapareció de repente, contó a Crímenes Violentos.

Enseguida comprendió que dudaban de ella.

–Bueno, intentaremos encontrar a otro vecino que lo corrobore.

«Eso os eximiría a ti y a los Jarvey», supo que pensaban. Entrelazó las manos como si rezara. Si podía
reparar el daño que había infligido a Michelle y Matthew, se alegraría tanto como si se hubiera exonerado a
sí misma.

Por fin la dejaron marchar y cuando llamó al timbre de sus vecinos experimentó una punzada de culpabilidad
injustificada. Tenía la sensación de que la estaban observando. Por ejemplo, ¿quién era aquel muchacho en la
acera de enfrente? No aparentaba más de dieciocho años, pero a buen seguro tenía veinticinco. Estaba
sentado sobre el murito del jardín, en apariencia leyendo el Standard. Fiona creía que podía tratarse de un
policía al que habían encomendado la tarea de seguirla para comprobar qué hacía. Estaba mirándolo por
encima del hombro cuando Michelle acudió a abrir. Sin duda pensaría que ella y los Jarvey estaban
confabulados.

Al escuchar los avatares de Fiona, Michelle no pudo evitar sentir cierta satisfacción por el hecho de que su
vecina, que les había causado tantos problemas, se viera en el mismo brete que ellos. En el mismo instante se
regañó por ser tan mezquina. Qué distintos sus sentimientos hacia Fiona respecto al mes anterior… Michelle
le asió la mano y la besó en la mejilla para hacerla sentir mejor, pero no lo consiguió. Matthew abrió una
botella de vino y Fiona apuró su copa con ansia.

–Estoy segura de que ese joven es un policía que me vigila.


Michelle se acercó a la ventana, consciente de lo fácil que le resultaba levantarse del mullido sofá y el paso
liviano con que andaba.

–No es un policía -aclaró-. Es el sobrino de la mujer que vive en esa casa. No tiene llave y la está esperando.

–No creéis que hubiera podido hacer daño a Jeff o Eileen, ¿verdad?

Michelle no contestó.

–Tú lo creíste de nosotros -repuso en cambio Matthew, siempre valiente y dispuesto a decir lo que pensaba.

Fiona guardó silencio, se acercó a la ventana y contempló la calle junto a Michelle. De repente giró sobre sus
talones.

–He recibido una carta de una mujer a la que Jeff… le sacó dinero. – Michelle le apoyó una mano en el
hombro-. Sé muy bien lo que era. He descubierto muchas cosas desde su muerte. Me pide mil libras.

–No pensarás dárselas -terció Matthew-. No eres responsable de ella.

–Sí voy a dárselas. Acabo de decidirlo. Puedo permitírmelo de sobra.

Capítulo 31

Mill Lane era un lugar muy diferente en julio que en diciembre, o tal vez se debía a que Zillah había
cambiado, ya que hacía frío para aquella época del año y era la clase de día en que un anticiclón puede
provocar cielos despejados o una niebla densa y fría. Volvía de Old Mill House, donde había dejado a
Eugenie y Jordan jugando en la nueva estructura de barras de Titus mientras ella iba al supermercado. Jordan
sería operado al cabo de cuatro días, pero en los últimos tiempos solo lloraba cuando se caía. Zillah llevaba
el nuevo traje de pantalón color crudo que se había comprado en Toneborough y, aunque tenía un poco de
frío, sabía que para ser bella había que sufrir.

Caminaba con cuidado y la mirada clavada en el suelo para no resbalar sobre las piedras planas y mojarse
las sandalias de tiras finas en el vado, y al alzar la vista vio que Ronnie Grasmere se aproximaba por el
sendero acompañado de un enorme perro que más parecía una alfombra animada. Por un instante creyó que el
perro se abalanzaría sobre ella o, para ser exactos, sobre su traje. Ronnie, que llevaba un arma al hombro, le
ordenó en voz baja pero firme que se sentara, a lo que el perrazo obedeció de inmediato, con las patas
delanteras estiradas y la cabeza erguida. Zillah quedó impresionada y así lo dijo.

–De nada sirve tener un perro si el amo es él.

Zillah asintió. Jamás había oído una voz tan pija de colegio bien.

–¿Adonde os dirigís, hermosa doncella?


Tras contener el impulso de responder que iba a ordeñar las vacas, Zillah se lo dijo.

–Vaya, ¿se hace usted misma la compra? Qué lástima.

–Casi todo el mundo lo hace, ¿no?

Ronnie respondió con una estruendosa carcajada.

–¿Sabe disparar?-preguntó.

Zillah se fijó con más detenimiento en el arma doblada (¿se decía abierta?) que llevaba al hombro.

–No he disparado en mi vida -aseguró, e intuyendo que a un hombre como él le gustaría escucharlo, añadió-:
Me daría miedo.

–Yo le enseñaré.

–¿En serio?

–Mire, ahora tengo que llevar de paseo a esta bestia, por lo que, muy a mi pesar, debo abandonarla, pero ¿por
qué no cena conmigo una noche? ¿Qué tal esta misma noche?

–Esta noche no puedo.

Mentira, pero hacerse la difícil siempre funcionaba.

–¿Mañana, entonces?

–Me encantaría.

Al día siguiente cumplía veintiocho años.

Ronnie anunció que pasaría a recogerla a las siete. Irían a un sencillo y agradable restaurante situado en las
afueras de Southerton, llamado Peverel Grange. Zillah sabía que tenía fama de ser el mejor restaurante de
South Wessex. Regresó a Willow Cottage sintiéndose mejor de lo que se había sentido en varios meses.
Annie se quedaría con los niños o conocería a alguien dispuesto a hacerlo.

Ninguno de los vecinos de Holmdale Road confirmó la historia de Fiona. Eran londinenses y, por tanto,
apenas se fijaban en las actividades de los vecinos. Lo único que les exigían era que no pusieran la música a
todo volumen por las noches, que mantuvieran a sus hijos a raya y no dejaran sueltos a los perros. Solo una
pareja conocía el nombre de los Jarvey. Todos ellos sabían más de Fiona, célebre por ser la compañera
sentimental del hombre asesinado, pero nadie sabía si el sábado por la noche había estado en casa o fuera.
No obstante, todos ellos tenían mucho que decir sobre el asunto de los coches. Crímenes Violentos y Delitos
y Faldas no se ocupaban de temas relacionados con vehículos, a excepción de los propios, y les interesaba
bien poco la conducta de los usuarios de las dos paradas de metro cercanas, que atestaban las calles de West
Hampstead con sus coches aparcados. ¿Cuándo impondría el ayuntamiento de Camden la norma de
estacionamiento para residentes?, inquirieron cuatro de los cinco propietarios interrogados. Crímenes
Violentos no lo sabía ni le importaba. No habían logrado averiguar nada acerca del paradero de los Jarvey y
Fiona Harrington la noche de autos.

La prensa empezaba a preguntarse cuándo volvería a atacar el Asesino del Cine. Les habría facilitado las
cosas que las dos víctimas no fueran personajes tan dispares; si ambas fueran, por ejemplo, mujeres jóvenes.
En ese caso, los artículos habrían incluido comentarios sobre el peligro que corrían todas las muchachas en
las calles de Londres. Pero ¿qué tenían en común un hombre joven, apuesto y bien situado con una anciana
indigente, salvo el hecho de que ninguno de los dos tenía dinero ni propiedad alguna? Lo único que sabían era
que el asesino no tenía nada de racional, ni plan de acción ni tipología de víctima predilecta. No se centraba
en los políticos, los viviseccionistas, las prostitutas, las viejas ricas, los capitalistas ni los anarquistas. ¿Qué
sacaba de aquellos asesinatos? Ningún provecho económico, ni satisfacción sexual, ni seguridad ni exención
de amenazas. Los periódicos dieron en llamarlo el asesino «ciego» o «sin rumbo».

Los vecinos de Holmdale Road solo conocían a Michelle y Matthew de vista, y a Fiona como la mujer que
había perdido a su prometido de un modo espeluznante. Las preguntas sobre sus movimientos de la noche del
asesinato de Eileen Dring modificaron su actitud hacia aquel matrimonio ya no tan inofensivo y aquella joven
ya no tan inocente.

No lanzaron una campaña consensuada de ostracismo y aislamiento, pero la mujer cuyo sobrino Fiona había
tomado por policía empezó a desviar la mirada cuando se cruzaba con ella, y su vecino, un hombre que
siempre interrumpía su trabajo en el jardín para hablar con ella del tiempo ya no levantaba la cabeza al verla.
Tal vez la pintada roja que apareció en los postes de la verja de Fiona no tuviera nada que ver con los
asesinatos, quizá no fuera más que una coincidencia, pero aun así era imposible pasar por alto el acierto del
artista, que había escrito las palabras «Mata, mata» sobre el estucado.

Un sábado por la mañana, hacia las diez, llamaron al timbre, y Fiona creyó que era otra vez la policía. Se
sentía tentada de pedirles que la detuvieran para acabar de una vez por todas. Había llegado al punto de
entender a los inocentes que confesaban haber cometido un asesinato con tal de que los dejaran en paz. Pero
al abrir la puerta vio a una mujer de su edad. No era Delitos y Faldas, sino una joven de constitución, edad y
atuendo similares. ¿Otra policía?

–Buenos días -saludó la mujer-. Me llamo Natalie Reckman y soy periodista independiente.

–¿Qué quiere? – espetó Fiona con una rudeza impropia de ella.

–Le han dejado los postes de la verja hechos una porquería, ¿eh?

–Algún idiota descerebrado. No creo que sea nada personal.

–¿No? ¿Puedo pasar un momento? No he venido a hablar del asesinato de Jeff ni de quién le hizo qué a quién.
Yo también fui novia suya.

–¿Cuándo? – farfulló Fiona con la boca seca por el terror.

–Mucho antes que usted, no se preocupe. Entre yo y usted hubo una mujer de Kensal Green.

–Entre -invitó Fiona, incapaz de contener la curiosidad.


Si bien el artículo sobre las mujeres de la vida de Jeff Leach había quedado relegado, Natalie no lograba
desterrarlo de su mente. Una mañana, al despertar de un sueño en el que buscaba al desaparecido Jims
Melcombe-Smith en Guatemala, recordó de repente el nombre de su predecesora. Ahí estaba, como si nunca
se le hubiera borrado de la memoria: Nell Johnson-Fleet, gerente de una fundación benéfica llamada Víctimas
de Crímenes Internacional, VOCL. Por supuesto, el nombre de Johnson-Fleet no abunda y Natalie no tardó en
localizar su dirección y teléfono en la guía.

Tal vez algo le estaba diciendo que había llegado el momento de concentrarse en ese artículo. Se obligó a
recordar la última conversación que había sostenido con Jeff. Fue en Christopher's, en Covent Garden, y
cuando le preguntó quién la había sucedido, Jeff contestó que «una chica bastante rara que vivía cerca del
cementerio de Kensal Green. La llamaba Polo a causa de su nombre…, que no te voy a decir…». Conociendo
a Jeff como lo conocía y con tan poca información, ¿tenía alguna oportunidad de localizar a aquella mujer?
Para empezar, sin duda no había querido decir que vivía exactamente enfrente del cementerio, sino al otro
lado de Harrow Road, en una de las calles que morían en la avenida. Natalie sacó el callejero de Londres y
lo abrió por la página 56. En aquella zona había una auténtica telaraña de callecitas. En lugar de confeccionar
una lista de todas ellas, fotocopió la página del callejero. Por doscientas libras se podía comprar un CD cuyo
contenido se colgaba en Internet para averiguar los nombres, direcciones y un pequeño expediente de todos
los ciudadanos del Reino Unido. O eso había leído en alguna revista de informática. ¿Serviría de algo? A
decir verdad, le gustaba más el viejo sistema del censo electoral.

¿Por qué la llamaría Polo? Jeff era adicto a los caramelos de menta Polo, se tragaba un paquete entero cada
dos días, así que aquella mujer debía guardar alguna relación con ellos. De repente recordó el funeral de Jeff
y la corona de rosas blancas que su padre y aquella persona llamada Beryl habían enviado. Tenía aspecto de
caramelo de menta gigantesco y agujereado. Menta, pensó, menta, aférrate a eso, se dijo mientras consultaba
la lista de electores del distrito londinense de Brent.

Había una mujer apellidada Minton. ¿Podían ponerle a una el apodo de «Peppermint»? Siguió volviendo las
páginas. Las personas con derecho a voto figuran en el censo electoral por calle, no por nombre. Si era muy
joven, estaba loca o era noble, no aparecería. Pero no podía tener menos de dieciocho años, ¿verdad? A Jeff
nunca le habían ido las chiquillas. Tampoco aparecería si no era ciudadana británica. Natalie pensó que era
una posibilidad mientras deslizaba el dedo por el margen de las páginas. En aquella zona se habían
establecido numerosos inmigrantes, muchos de los cuales esperaban a que les concedieran la nacionalidad.
Pero sin duda, al mencionar a «Polo», dónde vivía y el hecho de que le debía dinero, Jeff habría comentado
que era de Asia, África o Europa del Este si fuera el caso.

Había empezado por el extremo más alejado del distrito, North Circular Road, y ya había llegado a Harrow
Road y el cementerio. Después de Syringa Road solo quedaba Lilac Road, y entonces tendría que reconocer
que esa línea de investigación había fracasado. De repente detuvo el dedo junto a un nombre. Allí, en el 39,
había algo. Knox, Araminta K. Por lo visto, no vivía nadie más en aquella casa, solo esa mujer.

Probablemente se hacía llamar Minta. A buen seguro, a Jeff le había recordado sus Polo. Se lo imaginaba
perfectamente. «Te llamaré Polo.» Polo, Polo, no me dejes solo, cola redonda, cola cortada, gracias, de nada,
Polo. Vivía sola, así que con toda probabilidad era propietaria de la casa. Natalie recordó que Jeff había
intentado convencerla para que hipotecara su piso para así poder poner en marcha un negocio del que hablaba
con pasión. Por entonces lo conocía lo suficiente para estar segura de que no emprendería ningún negocio,
sino que se gastaría el dinero en las carreras de caballos y otras mujeres. ¿Era así como había llegado a
deber mil libras a aquella tal Polo? ¿La habría persuadido para que pidiera una segunda hipoteca sobre su
casa?

Tal vez fuera un poco descabellado. Una mujer que vivía en ese barrio, en Syringa Road, no andaría
demasiado bien de dinero; no podría permitirse prestar semejante cantidad.

–No quiero saber nada -advirtió Fiona, deseando no haber dejado pasar a esa Reckman y resuelta a no
mencionar a Linda Davies.

–Bueno, a mí tampoco me resulta agradable. Le tenía mucho cariño a Jeff, pero sabía lo que era.

Como una niña a la que estuvieran contando algo aterrador, Fiona se cubrió las orejas con las manos. Pese a
que no era una persona tímida ni apocada, aquella mujer la intimidaba. El problema era que aún con las
orejas tapadas la oía.

–Le debía mil libras, me lo contó él mismo. Como sabrá, comimos juntos el día que lo mataron. Estoy segura
de que esa Araminta Knox no podía permitirse perder tanto dinero viviendo como vivía en una callejuela tan
cerca de Harlesden. ¿A usted también le sacó dinero?

–¡Íbamos a casarnos!

–Permítame que lo dude, querida. Estaba casado con Zillah Melcombe-Smith, alias Watling, alias Leach. Le
seré sincera. Cuando estábamos juntos, yo pagaba todas las facturas y le dejaba usar mi coche. Y encima le
daba dinero. Él siempre decía que eran préstamos, pero nunca me hice ilusiones. Supongo que a usted le pasó
lo mismo. ¿Cuándo creía que iban a casarse, si me permite preguntárselo?

–En agosto -repuso Fiona-, y no, no se lo permito. Váyase, por favor.

Natalie no tenía inconveniente en complacerla. Había averiguado muchas cosas. La ropa de Fiona, su aspecto,
así como los sentimientos que había confesado albergar hacia Jeff.

–Debería sentirse orgullosa -comentó como golpe de gracia antes de marcharse-. Sin duda, dejó a esa
Araminta por usted.

–Por mi dinero -puntualizó Fiona con amargura, lamentando de inmediato sus palabras.

En cuanto Natalie se fue, rompió a llorar. Desde la muerte de Jeff, sus ilusiones, como las denominaba la
periodista, se habían ido desvaneciendo. Pronto no le quedaría más que el amor desnudo… Magullado y
herido, por añadidura. Al cabo de un rato se enjugó las lágrimas, se lavó la cara y buscó el nombre de
Araminta Knox en la guía. Allí estaba, en el 39 de Syringa Road, NW10. ¿Por qué somos tan inquisitivos que,
aun sumidos en el dolor y la desesperación, la curiosidad nos impulsa a buscar respuestas que hurgan en
viejas heridas?

Se dirigió a la casa contigua, pasando, por supuesto, junto a los postes profanados. La informalidad de la
puerta trasera había pasado a la historia, de eso estaba segura, y ahora volvía a llamar al timbre. Michelle y
ella aún se saludaban con un levísimo beso en la mejilla.
–He venido a pediros a los dos que vengáis a mi casa a tomar una copa. Tengo algo que deciros. Por favor.

Hacía mucho tiempo que no iban a casa de Fiona, desde que, como una imbécil, había comentado a la policía
que les caía mal Jeff. Michelle vaciló, pero en el rostro de Fiona vio algo, una expresión de súplica, de
lágrimas apenas secas, que la impulsó a aceptar.

–De acuerdo, pero solo media horita.

Lo primero que notó Michelle cuando entró en el salón de Fiona era que en la repisa de la chimenea había
algo distinto. Al reloj y los candelabros se había unido una urna de alabastro y plata que parecía muy costosa.
Michelle no hizo comentario alguno al respecto. Fiona había enfriado una botella de champán.

–¿Celebramos algo? – preguntó Michelle.

–No, pero cuando uno está bajo de moral, lo mejor es intentar distraerse, ¿no?

Matthew la abrió con destreza, sin derramar una sola gota.

–Quería pediros consejo -empezó Fiona, alzando su copa.

Acto seguido les contó lo que sabía de Araminta Knox.

–¿Has hablado de ella con la policía? ¿Les has hablado de la mujer que te envió aquella carta?

Fiona miró a Matthew con expresión sorprendida.

–¿Por qué iba a hacerlo?

–Bueno, pues porque es otra posible sospechosa. Alguien a quien perseguir en lugar de nosotros.

–Hice lo que os dije que haría respecto a Linda Davies. Le envié el dinero, y eso me hizo sentir mejor, un
poco mejor.

–¿Le enviaste mil libras? ¿Le mandaste un talón? – quiso saber Michelle, procurando mantener un tono
ecuánime mientras seguía con la mirada las burbujas del champán en su copa.

–Pensé que a lo mejor no tenía cuenta bancaria, así que le envié billetes de cincuenta en un sobre acolchado.
Tuve la sensación de que…, bueno, de que estaba deshaciendo los entuertos de Jeff, de que empezaba a
deshacerlos, en todo caso. Ahora ya sé lo que era, sé que explotaba a las mujeres -dijo, empleando la
expresión de Linda Davies- sin el menor reparo. Mujeres ricas, mujeres pobres… Cualquiera con tal de que
lo mantuviera y le proporcionara un techo. Su muerte me libró de una buena, ¿eh?

–Oh, Fiona, lo siento tanto…

–Puede que por eso lo matara, ¿a vosotros qué os parece? Como vía de escape porque no tuve el valor de
buscarme otra. El problema es que todavía lo quiero, tanto como cuando estaba convencida de que era
decente y honrado.
Cuando se fueron, Fiona se quedó mirando largo rato la urna colocada sobre la repisa. Había tenido intención
de esparcir las cenizas de Jeff en algún lugar cercano, tal vez en Fortune Green, pero las últimas revelaciones
sobre su vida la habían hecho cambiar de opinión. La urna le había costado una fortuna, lo cual no dejaba de
ser gracioso, si uno estaba de humor para chistes. Por fin la quitó de la repisa y, poniéndose a gatas, la guardó
en el fondo del armario empotrado bajo la escalera.

Capítulo 32

Libre ya de Jock y de su madre, Minty empezó a sentirse más segura de sí misma. Poco a poco, llegar a casa
dejó de ser una dura prueba. Cuando subía para acostarse o darse un baño, ya no temía ver a la tía o a la
señora Lewis en la puerta del lavabo. La tía llevaba mucho tiempo ausente. No la veía desde junio… o tal
vez mayo.

Como una integrante de alguna tribu que pretendiera aplacar al dios, llevaba diligentemente flores a la tumba
de la tía, aunque desde que confundiera la original con otra, le era más indiferente dónde las dejaba.
Cualquier sepulcro con un ángel que tocara un instrumento musical servía. Los muertos estaban por todas
partes, podían ir a cualquier lado y, una vez que la tía había abandonado la casa, a Minty no le cabía duda de
que recorría el cementerio de tumba en tumba. Sin embargo, siempre elegía el sepulcro de una mujer. La tía
que tanto aborrecía el matrimonio, nunca yacería en las inmediaciones de unos huesos masculinos.

Mientras mantuviera la costumbre de llevarle flores cada semana, ranúnculos y zinnias, claveles y en aquella
época también crisantemos, sabía que la tía no sé enfadaría. Con un ligero estremecimiento, Minty recordaba
a veces cuánto se había indignado por sus descuidos pasados. Nunca más. Una vida libre de fantasmas sería
una vida llena de paz.

Hacía calor y bochorno. En ocasiones, una bruma densa de emisiones tóxicas envolvía Harrow Road. Todo
parecía más sucio y olía peor que en invierno y Minty tomaba dos baños al día. Habían transcurrido catorce
meses desde que conociera a Jock y nueve desde su muerte. Llevaba mucho tiempo sin pensar apenas en él,
pero de pronto se dio cuenta de que su recuerdo la asaltaba de nuevo. Se preguntó qué habría pasado si no
hubiera muerto. ¿Habría sido feliz con él? ¿Se habría quedado embarazada? Con cierto asombro se dio cuenta
de que también ella se habría convertido en la señora Lewis. Todos los baños que tomaba le recordaban los
ahorros que Jock le había robado, permitiendo que su madre heredara el dinero. ¿Qué habría sido de él? Ya
estaba muy lejos de poder permitirse la instalación de una ducha, y empezó a desear haber invertido el dinero
en eso para que así no hubiera tenido nada que darle a Jock.

Entonces, una cálida mañana que prometía ser el inicio de otro día abrasador, oyó su voz. Lo oyó cantarle
algo desde la pared del dormitorio. No era Pasa de largo, sino Té para dos…

–Té para dos y dos para el té…

Estaba demasiado asustada para emitir un solo sonido. Al poco, tras la repetición del estribillo y el inicio de
la siguiente estrofa, Jock se echó a reír.

–Vete, vete… -alcanzó a farfullar Minty.


Jock pareció oírla, porque de inmediato dejó de dirigirse a ella y empezó a conversar con unas personas tan
invisibles como él, un grupo de amigos sin nombre, con voces que Minty no había oído nunca y que se
mezclaban en un guirigay ininteligible. De vez en cuando, Jock intervenía para ofrecerles un caramelo de
menta o soltar una de sus extrañas bromas, que Minty no había oído nunca de nadie más. Si volvía a verlo, sin
duda caería muerta, pero no lo vio. No vio a ninguno de ellos y lo que más la aterrorizó fue oír una voz que
no le costó identificar. Era la voz de su madre.

Al igual que su hijo, solo había desaparecido por un tiempo. Minty se estremeció, tocó madera, o mejor
dicho, se aferró al canto de madera de la mesa y al marco de la puerta. Debería haber sabido que una no se
libra tan fácilmente de los fantasmas, que no se les puede apuñalar y matar como las bandas que matan a
personas de carne y hueso. No funcionaba así. ¿Se quedarían con ella para siempre aquellos hombres y
mujeres a los que no conocía? ¿La familia de Jock? ¿Su ex mujer, sus parientes?

La llegada del correo, con el chasquido de la ranura del buzón y el golpe de algo aterrizando sobre la
alfombra, la distrajo. Una afortunada interrupción que la indujo a bajar aún peinándose el cabello mojado.
Nunca recibía mucha correspondencia, por lo general solo facturas y anuncios de inmobiliarias que
pretendían venderle casas en St. John's Wood. Como la tía, cada vez que llegaba un sobre inesperado pasaba
largo rato examinándolo, estudiando el sello, intentando descifrar la caligrafía u observando la letra impresa
con el ceño fruncido antes de insertar el dedo pulgar bajo la pestaña para abrirlo. Ese día llegó el habitual
correo comercial y un paquete misterioso. Era un grueso sobre acolchado, de un tipo que jamás había
recibido, y su nombre y dirección estaban escritos sobre una etiqueta blanca. El franqueo había costado más
que el correo ordinario. Rasgó el sobre con cuidado y lo abrió.

Contenía dinero, veinte billetes de cincuenta libras sujetos con una cinta elástica. Sin carta, tarjeta ni nada por
el estilo. Pero Minty sabía quién lo enviaba: la señora Lewis. Estaba muerta, pero sin duda tenía algún
contacto vivo capaz de hacerle ese favor, una persona a la que perseguía y hablaba. Tal vez Jock tuviera
algún hermano o hermana; nunca había afirmado lo contrario.

Minty concluyó que se trataba de eso, de un hermano que había heredado el dinero de la señora Lewis. Había
hecho caso de lo que Minty le había dicho acerca de la devolución del dinero. Se le había aparecido a su hijo
y le había dado instrucciones al respecto.

Quizás era de eso de lo que hablaban aquellas voces anónimas que parloteaban en el dormitorio. Devuélvele
el dinero, madre, habían dicho, y pese a que la anciana habría protestado y quizá también Jock, el hermano y
su mujer le habían asegurado que lo correcto era devolverlo. No encontraba otra explicación posible. Aunque
el dinero no saldaba la deuda entera, solo mil libras. Minty podía oír (en su mente, no de boca de los
fantasmas) a la mezquina señora Lewis insistiendo en pagar una cantidad menor y persuadiendo a su hijo.

El viejo gato del señor Kroot dormía en uno de los sillones de Sonovia. Como de costumbre, puesto que
nunca se sentaba en postura de esfinge, como hacen casi todos los gatos, sino que yacía cuan largo era,
parecía muerto. Había que examinarlo de cerca para discernir el levísimo movimiento de su flaco costado.

–Se ha instalado aquí, querida -explicó Sonovia mientras observaba al animal con desapego-. Un buen día
apareció en la puerta y ya está. Debo reconocer que es más cómodo darle de comer aquí que ir a esa casa tan
sucia. Dios mío, es increíble cómo apesta esa cocina. No sé a qué se ha dedicado Gertrude Pierce durante
todo el tiempo que ha pasado aquí. Laf fue a ver al viejo, ¿sabes? Quiero decir que fue al hospital. Le pedí
que no fuera, que ellos nunca han hecho nada por nosotros, pero insistió.

–Lo pasado, pasado está -comentó Laf, el pacificador-. A decir verdad, no sé si fue él quien dijo lo de volver
a la selva; me lo contó alguien de tercera mano. Puede que me llegara una versión distorsionada del
comentario. Está muy mal, Minty. Le llevé media botella de escocés, que tiene prohibido, pero tendrías que
haber visto cómo se le iluminó la cara cuando la vio. Es terrible ser viejo y estar solo.

–Yo también estoy sola.

Pero al pronunciar aquellas palabras, Minty empezó a oír de nuevo las voces, primero como el murmullo de
una muchedumbre lejana, pero luego cada vez más cerca, animándose unas a otras, interrumpiéndose y riendo
en tal algarabía que no distinguía una sola palabra.

–Bueno, la verdad es que siempre estoy rodeada de gente -se corrigió como si Laf y Sonovia no estuvieran
allí, o como si no le importara-. Ojalá no fuera así. Llega a cansar mucho.

Los Wilson cambiaron una mirada y Laf fue en busca de unas bebidas. Entretanto, Sonovia y Minty salieron al
jardín y se sentaron en sendas sillas. Minty admiró las plantas colgantes de su vecina. El jardín era una
explosión de dalias, malvarrosas y césped algo amarillento por la sequía. El cielo estaba incoloro, con una
capa de nubes lechosas e informes a través de las cuales el sol brillaba pálido. Laf salió con una bandeja
sobre la que se veían unos vasos altos llenos de un líquido ámbar coronado por cerezas al marrasquino y
gajos de manzana y pepino. Era su bebida predilecta en verano. Les entregó las bebidas con orgullo y les
ofreció un platito con nueces de macadamia.

–No tendrás frío… -comentó Sonovia a Minty, que se había estremecido tras oír la voz de Jock diciendo «Se
nota que eres una chica anticuada, Polo. No hay muchas como tú».

–Algo ha caminado sobre mi tumba -explicó Minty pese a que le daba miedo decirlo, como si con aquellas
palabras pudiera ahuyentar la voz fantasmal-, o tal vez sobre la de la tía en el cementerio.

Vio que Sonovia y Laf cambiaban otra mirada, pero fingió no darse cuenta. No podía tratarse de la voz de
Jock; se había librado de él de una vez por todas. Eran imaginaciones suyas o bien consecuencia del alcohol.
Se estremeció de nuevo y recordó el motivo de su visita.

–El año pasado os hicieron unas obras en la cocina, ¿verdad? – preguntó.

–Sí, Minty -repuso Laf, como siempre aliviado al oírla decir cosas normales y corrientes-. Fue cuando nos
cambiaron los muebles de cocina -prosiguió con una sonrisa alentadora.

–¿Podríais hacerme un favor?

–Depende -dijo Sonovia.

–Por supuesto -se apresuró a acceder Laf-. No faltaría más.

–Bueno, pues, ¿podéis decirle al hombre que pase a echar un vistazo a mi cuarto de baño y me diga lo que
puede costar instalar una ducha?
–Pan comido. Y cuando venga, Sonovia le dejará entrar y no lo perderá de vista mientras esté en tu casa.

La primera vez que lo vio, es decir, su fantasma, no habló. Guardó un silencio algo amenazador que la asustó
como nunca la había asustado en vida. Recordaba claramente el día en que volvió del trabajo y lo vio sentado
en la silla, de espaldas a ella, el cabello castaño oscuro, el cuello moreno, la cazadora de cuero negro.
Deslizó los pies hacia atrás como si fuera a levantarse y fue entonces cuando Minty cerró los ojos por temor a
verle la cara. Cuando volvió a abrirlos, el fantasma había desaparecido, pero ella supo que había estado allí
porque el asiento de la silla seguía caliente. Creyó que la seguiría a la planta superior, pero no fue así, en esa
ocasión no subió. Más tarde volvió a verlo en aquella estancia, en el recibidor y en el dormitorio. También lo
vio en la tintorería, pero siempre callado.

Casi todo el mundo afirmaría que era peor ver un fantasma que oírlo, pero Minty no estaba tan segura. La tía y
la señora Lewis no paraban de parlotear y siempre las veía. Cuando Jock se dirigía a ella, lo oía sobre el
trasfondo de unas voces que mascullaban y murmuraban, pero solo las palabras de él eran inteligibles. El
resto no era más que una cacofonía en alguna lengua desconocida, como esos iraníes de la casa de enfrente
cuando salían en tropel. Se había librado del fantasma de Jock y del de su madre apuñalándolos con el
cuchillo, pero así resultaba imposible librarse del sonido. Para eso habría que taparse los oídos de alguna
forma.

Al igual que los fantasmas que veía, los fantasmas que oía no estaban siempre con ella. Por las noches
reinaba la paz y entonces podía meditar en silencio. Apuñalando a los fantasmas había conseguido perderlos
de vista, pero a esas alturas sabía que no de forma permanente. Funcionaba durante un tiempo, pero los
fantasmas reaparecían, anunciando con su voz que volvería a verlos. Colocar flores en la tumba de la tía
había sido más efectivo que el cuchillo, pues nunca más había visto ni oído a su pariente. Jock debía de tener
una tumba en alguna parte, al igual que su madre. Si lograba descubrir dónde se encontraban, podría llevarles
flores.

Después de una semana de escuchar las voces y de oír a Jock decirle las cosas de siempre (Adán y Eva y
Pellízcame, eres una chica anticuada, Polo, solo es el día de los inocentes hasta mediodía y después es el día
de las colas, solo dos mil, Minty, está en juego nuestro futuro), entró en el cementerio por la puerta habitual,
deteniéndose por el camino para comprarle unas flores al quiosquero de la entrada. Era sábado, pero apenas
había nadie. Esta vez llevaba consigo una botella de agua del grifo para llenar el jarrón. Compró crisantemos
amarillo claro, de los que tienen pétalos cortos en el centro y largos en los extremos, así como gypsophila
blanca como la nieve y unas flores cuyo nombre no alcanzaba a pronunciar.

«Maisie Julia Chepstow, amada esposa de John Chepstow, que abandonó este mundo el 15 de diciembre de
1897 a la edad de cincuenta y tres años.» La abuela de la tía. Minty se lo había repetido tantas veces que ya
se lo creía. Sacó las flores secas, tiró la maloliente agua verdosa en la que flotaban pétalos marchitos y un
caracol muerto. Tenía suficiente agua fresca para enjuagar el jarrón antes de volver a llenarlo. Una vez hubo
dispuesto las flores color blanco, melocotón y amarillo, se arrodilló sobre la tumba de la señora Chepstow e
hizo algo que llevaba largo tiempo sin hacer. Rezó a la tía para que la librara de la voz de Jock y de las voces
de las personas que lo acompañaban dondequiera que estuviese.

Al llegar a casa tomó un baño. Laf no le llevó los periódicos hasta bien entrada la tarde. No oía las voces
desde que rezara a la tía, pero aun así se lanzó.

–¿Cómo se puede localizar la tumba de alguien?


–Tendrías que saber dónde murió u obtener el certificado de defunción. Hoy en día entierran a poca gente,
Minty. Casi todo el mundo se hace incinerar, de modo que solo habría cenizas. ¿Por qué lo preguntas?

El asunto del certificado de defunción la desconcertaba. Sabía que jamás sería capaz de hacerlo, de ir al
lugar apropiado ni hablar con las personas adecuadas. Tal vez Laf accediera a hacerlo por ella.

–Quiero encontrar la tumba de Jock -explicó, resuelta a no mencionar a su madre, al menos no de momento.

–Ah… -barbotó Laf, incómodo.

–¿Podrías ayudarme?

–Lo intentaré -dijo Laf-, pero no sé si será posible -advirtió, conmovido por la pena-. Minty, ¿no crees que
sería buena idea…, bueno…, dejar atrás el pasado, intentar olvidarlo? Eres joven, tienes toda la vida por
delante. ¿No podrías olvidar el pasado?

–No -denegó ella, y en un arranque de sinceridad, añadió-: No paro de oír su voz.

Tras prometer que lo intentaría, Laf volvió a su casa. Daniel había ido a tomar el té tras visitar a un paciente
en First Avenue.

–Creo que ha llegado el momento de decirle la verdad -opinó Sonovia.

–No estoy de acuerdo, mamá.

–Eso acabaría con ella -señaló Laf mientras se cortaba una porción de pegajosa tarta de plátano y moca-.
¿Qué es mejor? ¿Creer que tu novio te quería y murió en un accidente de tren? ¿O bien saber que te estafó y
que sigue vivo y coleando en alguna parte, a expensas de otra mujer?

–Lo comprobaste, ¿no, papá?

–Siempre lo tuve bastante claro. La carta que recibió era falsa, sin lugar a dudas. En mayo me informé sobre
la investigación. Murieron treinta y una personas. Al principio creyeron que había centenares de víctimas,
pero solo fueron treinta y una. Digo «solo», pero ya me parece una barbaridad.

–¿Y no había ningún Jock Lewis entre las víctimas?

–Deberías pensar en tu corazón antes de comer eso, Lafcadio Wilson.

–¿Y quién lo ha puesto sobre la mesa, si puede saberse?

–Era para mí, papá. Bueno, ¿ningún Jock Lewis?

–Ningún Jock ni John Lewis. Y lo que es más, no había ningún hombre sin identificar. Todos los que
figuraban en la lista de víctimas mortales tenían nombre, dirección, edad, allegados o lo que fuera, y ninguno
de ellos encajaba con la descripción. Ahora quiere que encuentre su tumba.

–Dile que no puedes, Laf, y déjalo correr. No tardará en olvidarlo.


–¿Para qué querrá encontrar su tumba?

–¿A ti qué te parece, Dan? Pues para llevarle flores como hace religiosamente con su tía cada semana.

La señora Lewis solo le había enviado la mitad de lo que le debía. O mejor dicho, el hermano de Jock. De
tener su dirección, podría haberle escrito para pedirle el resto. Aun así, disponía de lo suficiente para lo que
necesitaba, lo único que deseaba, ahora que lo pensaba. El hombre aún no se había presentado, pero Laf
aseguraba que le costaría menos de mil libras e incluso había cogido unos folletos de una tienda de materiales
de construcción de Ladbroke Grove. Mientras miraba las fotografías comprendió que no podría permitirse
una de esas cabinas de ducha modernas. Laf estaba equivocado. Pero con una ducha sobre la bañera y una
mampara con bisagras para que el agua no mojara el suelo se conformaba. De hecho, sería mejor, porque una
cabina de ducha representaba una cosa más que limpiar cada día. Mientras no tuviera una de esas cortinas que
siempre se llenaban de salpicaduras de jabón…

Las voces la agobiaron mientras estudiaba la ducha que se haría instalar. Pertenecían a Jock, la señora Lewis
y otro hombre, que debía de ser su padre. No podía ser su hermano, porque su hermano seguía vivo. Tenía
que estar vivo si le había enviado el dinero. A lo mejor la ex mujer también estaba muerta, así como la mujer
del hermano. ¿Estaban todos allí porque Minty nunca había visitado la tumba de Jock?

–¿Dónde está enterrado? – les preguntó pese a que nunca le contestaban-. ¿Dónde han puesto a Jock?

Silencio. De repente, algo surcó su mente, no una respuesta, sino un conocimiento. Nadie se lo dijo, pues las
voces se habían desvanecido. El pensamiento, el hecho, acudió a su mente, y Minty supo con certeza absoluta
que era cierto. Estaba en el cementerio junto al campo de fútbol de Chelsea. Como si no lo hubiera entendido,
el pensamiento se repitió. El cementerio junto al campo de fútbol de Chelsea.

Edna había vivido allí. Cuando Minty era pequeña y a Edna aún le quedaban unos diez años de vida, la tía la
llevaba a casa de su hermana a tomar el té. Vivía en una casita gris, insertada en una larga hilera de casas
adosadas de fachada lisa y puerta principal que daba directamente a la acera. Minty fue allí por la tarde al
salir del trabajo, llevando consigo un cuchillo, uno de los más pequeños del cajón. Fue en autobús, o mejor
dicho, en varios autobuses, el último de los cuales era el 11, que la llevó hasta Fulham Broadway.

Hacía muchos años que no iba por allí, unos veinticinco. Ya entonces, los hinchas violentos destrozaban la
zona si el Chelsea derrotaba a su equipo. La tía siempre le señalaba los escaparates hechos añicos y
convertía el paseo en un sermón sobre la maldad de destruir la propiedad ajena. Ya no se veían escaparates
rotos ni ninguna de las tiendas de antaño. El barrio había mejorado un tanto. Fue a echar un vistazo a la casa
de Edna. Se veía limpia y reluciente como la de los Wilson, con la puerta principal pintada de rojo y
flanqueada de farolillos, con cortinas de volantes en las ventanas y jardineras llenas de flores en los
alféizares. Todas las casas ofrecían el mismo aspecto, solo que las flores eran distintas y las puertas estaban
pintadas de amarillo o azul. Edna siempre llevaba una bata cruzada y zapatillas, así como un turbante como el
que usaba en la cadena de producción durante la guerra. El tío Wilfred revelaba fotos en el cuarto oscuro.
Quería que Minty le hiciera compañía, pero la tía no la dejaba a menos que la puerta quedara abierta, lo cual
era imposible en una cámara oscura. Minty no sabía entonces ni en el presente por qué se lo prohibían,
aunque aún recordaba las miradas significativas que la tía y Edna cambiaban cuando el tío Wilfred se encogía
y daba media vuelta para marcharse.
Entró en el cementerio por el extremo de Old Brompton Road. Aunque a menudo lo había contemplado desde
las ventanas de casa de tía Edna, ya que no había mucho más que hacer, nunca había entrado. Lo cierto era
que lo encontró mucho más aterrador que Kensal Green. Sin duda tenía que ver con la capilla octogonal y las
columnatas abovedadas que había que atravesar, tal vez con la penumbra del atardecer, un típico atardecer
estival londinense de nubarrones oscuros, sin sol y de aire enrarecido, aunque faltaba mucho para que cayera
la noche. Había una tumba coronada con un león que se parecía a los de Trafalgar Square y otra cubierta de
balas de cañón. Mientras caminaba se convenció de que tropezaría con sus fantasmas, al menos con alguno de
ellos o con uno en concreto. Jock la atemorizaba más que los otros. Podía enfrentarse a las ancianas o con sus
sombras, pero en Jock percibía una violencia que nunca le había notado en vida. Era como si la muerte
hubiera desplegado todo su potencial de salvajismo y malicia.

A medida que miraba a derecha e izquierda en busca de su tumba, tal vez una tumba reciente o quizá solo un
montículo de tierra sin lápida, intentó consolarse con la perspectiva de la ducha nueva, que el hermano o la
cuñada de Jock habían tenido a bien posibilitarle. Pero aquel pensamiento apenas logró distraerla. A esas
alturas sabía que no había tumbas recientes en aquel cementerio oscuro y remoto, en el que reinaba un
ambiente de olvido y abandono. Por primera vez se dio cuenta de que allí no había nadie más que ella. Tanta
soledad daba la sensación de que el lugar no estaba allí, sino que pertenecía a otro mundo, un mundo vacío de
hombres, mujeres, animales, incluso fantasmas. De algún modo, esa idea resultaba más aterradora que los
propios fantasmas, porque corría el peligro de quedar atrapada en ese mundo, presa para siempre en un
desierto intemporal. Escudriñó el suelo, las briznas de hierba, el aire gris y quieto, y no vio un solo pájaro, ni
siquiera un insecto. Entonces echó a correr para alejarse de las columnatas, aquellos pilares eternos e
inamovibles de piedra gris, más lejos, más lejos, hasta la verja, la calle, las casas, la gente…

Capítulo 33

En el desempeño de su profesión, Natalie había reflexionado a menudo sobre el modo en que se enfrentaría a
la prensa si algún periodista pretendiera entrevistarla. El consejo que se daba a sí misma era el mismo que
los abogados dan a sus clientes cuando los interroga la policía, o sea, no decir nada o a lo sumo contestar con
monosílabos. Al igual que la mayoría de los periodistas y policías, rara vez se topaba con ciudadanos de a
pie que siguieran dicho consejo, pero Nell Johnson-Fleet era la excepción.

Al abrir la puerta de su piso en Kentish Town, la mujer miró a Natalie fijamente pero no dijo nada. Natalie,
que también la miraba fijamente, se presentó y le preguntó si podía concederle unos minutos.

–No -denegó Nell Johnson-Fleet.

Como todas las mujeres de Jeff, entre las que Zillah constituía una excepción, era una rubia más bien alta,
delgada y ataviada con el atuendo que más gustaba a Jeff, pantalones y jersey. Natalie recordaba bien sus
preferencias.

–Yo también fui una de sus novias… o víctimas, si se quiere. Podría serle de ayuda hablar de ello, ¿no le
parece?

–No.
–Tal vez prefiera enterrar el pasado, intentar hacer lo imposible y olvidar lo ocurrido.

Nell Johnson-Fleet cerró la puerta con suavidad. Natalie no era de las que se rinden tan fácilmente. Volvió a
llamar al timbre y al no obtener respuesta, dobló la esquina, se sentó sobre un muro bajo y marcó el número
de la mujer en el móvil.

–¿Sí? – fue la seca respuesta.

Bueno, al menos había cambiado de palabra.

–Soy Natalie Reckman, Nell. Quisiera insistir en que me concediera unos minutos.

–No.

Y colgó.

Había que reconocer que era admirable, pensó Natalie, volviendo a su coche justo cuando se acercaba el
guardia. Una técnica impecable. Por suerte, la inmensa mayoría de la gente no era así. Por otra parte, las
personas experimentaban cambios de humor, tenían días buenos y días malos, y tal vez Nell tuviera uno malo.
Quizá se había peleado con su novio o lo había visto con otra. Su comportamiento no tenía por qué ser la
medida de su personalidad habitual. Volvería a intentarlo al día siguiente; le daría tiempo para que lamentara
haber desperdiciado una oportunidad. Entretanto, iría a Kensal Green.

La policía los había dejado en paz durante casi dos semanas. De hecho, habían amenazado con volver, pero
no tenían noticias de ellos. Michelle había empezado a comer de nuevo, eso sí, con mesura y solo alimentos
saludables, pero ya no tenía la sensación de que cada bocado la asfixiaba. Pesaba lo mismo que diez años
antes, y mientras que le bastaba con una ensalada y una única rebanada de pan a la hora del almuerzo,
Matthew ya comía tortillas de dos huevos. Había comenzado de nuevo a conducir, al principio de un modo
titubeante, como si acabara de sacarse el carné, pero cada vez con mayor seguridad. Al ver que la policía no
reaparecía, empezaron a recobrar la tranquilidad y decidieron hacer algo que no hacían desde tiempos
inmemoriales: pasar el fin de semana fuera.

Por primera vez desde que la conocía, a Michelle le pareció percibir envidia en la mirada de Fiona. No le
hacía ni pizca de gracia, era el último sentimiento que ansiaba despertar en los demás, pero se fijó porque era
algo desusado.

Fiona la envidiaba por tener un marido que la quería y deseaba pasar a solas con ella el fin de semana en un
hotel en el campo.

–Espero que lo paséis muy bien -dijo-. Os lo merecéis.

Lo pasaron en grande, pero de un modo muy distinto al que imaginaba Fiona y cualquier otra persona que los
viera y reflexionara sobre el asunto, quienes sin duda visualizarían paseos tranquilos, alguna copa en
pequeñas tabernas, visitas a lugares pintorescos y tal vez alguna cena a la luz de las velas. En realidad, el fin
de semana se asemejó mucho más a una luna de miel. Entre los brazos de Matthew, tendida en la cama hasta
bien entrada la mañana, Michelle rememoró sus primeros tiempos juntos y se sintió igual de joven que
diecisiete años antes, en las cimas más altas de su pasión reciente.

El bloque de pisos de Kentish Town le había parecido lóbrego a Natalie, pero no era nada en comparación
con Syringa Road, en Kensal Green. Mientras aparcaba el coche sin dificultad en una zona no restringida, se
dijo que ese debía de ser el banco donde habían asesinado a Eileen Dring. O bien un banco que reemplazaba
al del escenario del crimen, porque parecía nuevo. El parterre había sido vaciado y en esos momentos
mostraba una saludable maraña de malas hierbas. Qué coincidencia que una de las víctimas hubiera muerto a
un tiro de piedra de la casa de la novia (o una de las novias) de la otra víctima.

Dos hileras de casas victorianas achaparradas, con jardines delanteros diminutos y en su mayoría
descuidados, algunos de ellos atestados de bicicletas, cochecitos, alguna que otra moto, rollos de tela
metálica y muebles rotos. Ventanas en saliente desproporcionadamente grandes en la planta baja, polvorientas
placas bajo los aleros del tejado sobre las que se leían nombres como Theobald Villa o Salisbury Terrace.
Solo una casa estaba reformada y en un estilo que ofendía el gusto de Natalie. Era el número 37, cuya fachada
estaba revestida con bloques de granito gris, probablemente de imitación, las paredes, pintadas de blanco y la
puerta principal, de rosa oscuro. Dalias multicolor y margaritas azul marino llenaban el jardín. La casa
contigua, objetivo de su visita, era pulcra, pero sosa, con el jardín pavimentado y la pintura algo gastada,
pero limpia. Jeff debía de estar sin blanca para recurrir a un lugar como aquel, pensó. Pero entonces recordó
la fuerte subida del precio de la vivienda en Londres y se fijó en que ese lugar no estaba tan lejos del
codiciado barrio de Notting Hill y a escasa distancia de una estación de metro de la línea Bakerloo. Si Jeff
hubiera podido hacerse con una casa en la zona…

Llamó al timbre. La mujer que acudió a abrir se la quedó mirando, pero no con la expresión de Nell.
Tampoco se parecía en nada a Nell Johnson-Fleet, no era su tipo salvo por el cabello rubio y la esbeltez. Era
una mujer menuda, de tez muy pálida, ojos desvaídos, labios finos y cabello como el de un bebé. Pero lo que
sobresaltó a Natalie, lo que casi la asustó, fue que tenía aspecto de estar loca. Natalie jamás habría empleado
un término tan políticamente incorrecto como ese salvo para sus adentros, pero ninguna otra palabra podía
describir los ojos muy abiertos de Araminta Knox, sus pupilas dilatadas, la leve sonrisa que aparecía y
desaparecía.

–¿La señorita Knox?

Un gesto de asentimiento y de nuevo aquella sonrisa.

–Me llamo Natalie Reckman y soy periodista independiente. Me gustaría hablar con usted de Jeffrey Leach.

–¿De quién?

A todas luces no sabía a quién se refería Natalie, pues en aquellos ojos vidriosos no apareció ni el más leve
destello de alarma, recuerdo o dolor. Y habría aparecido, sin duda, porque Araminta Knox era una de esas
mujeres incapaces de disimular, que exteriorizaban sin querer hasta el último matiz de emoción. O bien se
había equivocado de lugar o de persona, o bien había utilizado uno de sus alias no demasiado sutiles.

–¿Jerry, tal vez? ¿Jed? ¿Jake?

–No sé de qué me habla.


–¿No tenía usted un novio que fue asesinado en un cine?

A Natalie siempre le daba igual qué decía a la gente; en su profesión no podía permitirse el lujo de tener
escrúpulos.

–¿Jeff Leach o Leigh?

–Mi prometido murió en el accidente ferroviario de Paddington -espetó Minty antes de cerrar la puerta con
mucha menos suavidad que Nell Johnson-Fleet.

Cabía la posibilidad de que hubiera seguido una pista errónea. Natalie recordaba haber supuesto que aquella
mujer era la acertada solo porque Jeff le había contado que vivía cerca del cementerio de Kensal Green y que
él la llamaba Polo. Polo era una marca de caramelos de menta, y la única persona de la zona con un nombre
apropiado era Araminta Knox. Pero quizá llamaba a su chica Polo por cualquier otra razón. Porque a ella le
gustaban los caramelos que comía, por ejemplo, o incluso porque jugaba al polo… A pesar de todo, Natalie
llamó al timbre de la llamativa casa de la puerta rosa.

Le abrió una atractiva mujer de constitución robusta, ataviada con una ceñida blusa negra y falda escarlata,
técnicamente de raza negra, aunque en realidad su rostro era de color almendra y poseía una nariz recta y
labios carnosos. Natalie se presentó y expuso el motivo de su visita.

–¿Le importaría decirme cómo se llama?

–Sonovia Wilson; puede llamarme señora Wilson.

–¿Ha oído hablar alguna vez de un tal Jeffrey o Jeff o Jerry Leach o Leigh?

–No. ¿Quién es?

–Bueno, creía que había sido novio de su vecina.

–Minty solo ha tenido un novio, y se llamaba Jock Lewis, o al menos eso afirmaba. Dijo… o alguien dijo que
había muerto en ese accidente de tren, pero no es cierto, lo sé con seguridad. ¿Qué quiere de él?

–Nada, señora Wilson, y aunque quisiera algo, no me serviría de gran cosa, porque con toda probabilidad era
Jeffrey Leach, el hombre que murió asesinado en el Odeón de Marble Arch. J. L., siempre se buscaba alias
con esas siglas. ¿Puedo pasar?

–Será mejor que hable con mi esposo. Está en el cuerpo.

Ante aquel dilema, Laf no sabía qué paso dar a continuación. De hecho, no sabía qué hacer en general. Él y
Sonovia siguieron a Natalie Reckman con la mirada mientras cruzaba la calle y subía a su coche.

–No puede estar segura -declaró Laf por fin-. Nosotros sabemos desde el principio que Jock Lewis no murió
en aquel accidente ferroviario. La única prueba que esa mujer tiene para creer que el novio de Minty era ese
Jeffrey Leach es que las iníciales coinciden.
–Eso no es del todo cierto, Laf. Parece saber que Leach tenía una novia que vivía por aquí y a la que llamaba
Polo.

–Que yo sepa, Jock Lewis nunca llamaba Polo a Minty.

–Podríamos preguntárselo -propuso Sonovia-. O mejor dicho, yo podría preguntárselo. Podría decir algo
como por casualidad, por ejemplo «¿No me dijiste que a Jock le gustaban los caramelos Polo?». O desviar la
conversación hacia los nombres de mascotas y preguntarle si Jock le puso algún mote. Entonces, si me dijera
que sí, se lo contaría todo. Tendría que saberlo, Laf, hay que reconocerlo.

Laf se alejó de la ventana, se sentó en un sillón e indicó a Sonovia que se sentara en otro, con el gesto
autoritario y el ceño severo que reservaba para las raras ocasiones en que consideraba que su mujer había
llevado los pantalones durante demasiado tiempo.

–No, no hay que reconocerlo, Sonovia -replicó, empleando el nombre entero de su mujer, cosa que también
reservaba para los momentos severos-. No debes decirle ni una palabra a Minty, ¿lo entiendes? Es una de
esas ocasiones en que debemos hacer caso a Daniel. ¿Recuerdas lo que dijo la última vez que preguntaste si
debíamos contarle a Minty lo de Jock? «Yo no lo haría-dijo-. Yo no lo haría.» Tú misma me lo dijiste.
Cuando nuestro hijo se hizo médico, decidí creer en su criterio sobre temas médicos tan a pies juntillas como
en las Sagradas Escrituras. Y tú debes hacer lo mismo, ¿de acuerdo?

–De acuerdo, Laf -murmuró Sonovia con docilidad.

Cuando sonó el timbre, Zillah, que se estaba vistiendo para su quinta cita con Ronnie Grasmere, creyó que era
la canguro. Se subió la cremallera del nuevo vestido negro, ceñido, pero no demasiado, escotado y
favorecedor, se calzó los zapatos Jimmy Choo y corrió escalera abajo. En la puerta había dos hombres. Aun
cuando uno de los dos no hubiera llevado uniforme, Zillah habría sabido que eran policías, porque a esas
alturas los olía a la legua. De inmediato, el estómago le dio un vuelco en su jaula de lycra y supuso que
acudían para detenerla por bigamia.

–¿La señora Melcombe-Smith?

Desde luego, su supuesto matrimonio había conseguido que todo el mundo creyera que había sido genuino.

–¿Qué ocurre?

–Somos de la policía de South Wessex. ¿Podemos pasar?

Habían encontrado el coche de Jerry. La cafetera, el Ford Anglia de veinte años. De eso se trataba, de aquel
viejo trasto. Lo habían encontrado en Harold Hill.

–¿Dónde? – preguntó Zillah.

–Es un lugar en Essex, cerca de Romford. El coche estaba aparcado en una calle de un barrio residencial sin
zonas restringidas de aparcamiento. Nos llamó un residente para quejarse porque quedaba feo.

–¿Y qué quieren que haga yo? – quiso saber Zillah con una carcajada.
–Bueno, señora Melcombe-Smith, hemos pensado que tal vez pueda decirnos cómo llegó hasta allí.

–No lo sé, pero si le interesa mi opinión, Jerry…, quiero decir, Jeffrey lo abandonó allí porque por fin había
encontrado a una mujer con un buen coche y dispuesta a prestárselo en todo momento, seguramente por
primera vez en su vida.

Los policías cambiaron una mirada.

–¿No tenía nada que ver con Harold Hill?

–¿Quién es Harold Hill, mamá? – terció Eugenie, que acababa de entrar en la habitación.

–Es un sitio, no una persona -aclaró Zillah antes de volverse hacia el agente-. Nunca me mencionó nada. Yo
creo que lo utilizó de vertedero; él era así.

–¿Quién era así? – insistió Eugenie cuando los policías se fueron y la canguro había llegado-. ¿Quién utilizó
un sitio de vertedero?

–Un hombre.

Ninguno de los dos niños había vuelto a mencionar a su padre desde que Eugenie preguntara por él sin
obtener respuesta. Maestra en el arte de posponer las cosas hasta el día o la semana siguiente, Zillah a veces
se preguntaba si llegaría a verse en la necesidad de contárselo. ¿O quizás Eugenie ya lo sabía por los
periódicos, las habladurías, alguna conversación oída por casualidad? En tal caso, ¿se lo habría contado a
Jordan? Por descontado, Zillah no pensaba decir nada en presencia de la canguro, una mujer a la que todavía
no se le habían subido los humos como a la señora Peacock. Volvió a sonar el timbre y esta vez era Ronnie
Grasmere.

–No me cae demasiado bien -comentó Eugenie cuando Zillah se levantó para abrirle-. No irás a casarte con él
también, ¿verdad?

Cuando la mujer se fue, Minty no pensó mucho en ella. Tal vez fuera de la policía y supiera que Minty iba
mucho al cine. No reparó en que la mujer se había dirigido a la casa contigua y fue a casa de sus vecinos para
preguntar a Sonovia y Laf por el fontanero. Aunque estaban en el jardín, tomando una copa de vino y un
tentempié, oyeron el timbre. Laf la agasajó con chardonnay chileno y galletas de jengibre después de
acomodarla en una de las sillas blancas de jardín (la cuarta la ocupaba el viejo gato del señor Kroot), pero a
Minty le pareció detectar que la miraban con expresión rara. Preguntó a Sonovia por el fontanero y ella
respondió que el hombre había prometido ir a principios de la semana siguiente.

–En el ramo de la construcción, principios de semana es el jueves por la mañana, y finales de semana, el
lunes siguiente -recitó Laf.

Sonovia se echó a reír, pero a Minty no le hizo ni pizca de gracia. Jock se dedicaba a la construcción y Laf
debería haberlo recordado. Pese a su enfado, les habló de la búsqueda de su tumba. Tal vez tuvieran algún
consejo que darle.
–¿Qué te hace pensar que está en Brompton? – preguntó Sonovia en el tono y con la sonrisa que empleaba
cuando se dirigía a su nieta de cuatro años.

–Tuve una intuición. No me lo dijo ninguna voz; sencillamente, lo supe.

–Bueno, no lo supiste, querida, lo creíste. Yo no creo en esas intuiciones. Pasa lo mismo que con las
premoniciones; nueve de cada diez veces carecen de fundamento.

Laf emitió una tosecita de advertencia, pero Sonovia no se dio por aludida.

–Esas cosas hay que averiguarlas a ciencia cierta, con certificados y… demás.

Minty se volvió hacia Laf con expresión de impotencia.

–¿Me ayudarás?

Laf lanzó un suspiro, pero enseguida repuso que sí, que Minty podía dejar el asunto en sus manos.

–¿Qué significa eso de «no me lo dijo ninguna voz»? – preguntó Sonovia después de que Laf acompañara a
Minty a la puerta-. Cada día está más loca.

Laf meneó la cabeza con aire compungido y por fin asintió.

–No llevará más de cinco minutos averiguar dónde está enterrado Jeffrey Leach, pero ¿qué debo hacer, Sonn?
¿Qué voy a decirle? «Sí, está en Highgate o donde sea, pero en realidad no era Jock, sino el tipo al que
asesinaron en el cine, y se llamaba Leach.» Ya te he dicho que no estoy dispuesto a eso.

–Pues tendrás que hacerte el sueco.

–Siempre dices lo mismo, pero no es tan fácil. Volverá a pedírmelo.

A renglón seguido, aunque no lo expresó en voz alta, pensó: «¿Debo contarle algo al inspector? Al fin y al
cabo, ese hombre fue apuñalado, asesinado, y ella fue novia suya, estuvo o creyó estar prometida a él. Pero
también es mi vecina, mi amiga, no puedo hacerle eso. No está bien de la cabeza, pero no es más capaz de
cometer un asesinato que yo mismo». Se estremeció.

–¿No tendrás frío?

–Empiezo a tener un poco, y además están saliendo los mosquitos.

Sonovia cogió en brazos el gato dormido.

–Dios mío, se me había olvidado decirte que el señor Kroot ha muerto. Falleció esta mañana. Se me había
ido de la cabeza, y al coger al gato me he acordado.

–Pobre hombre -suspiró el caritativo Laf con expresión afligida-. Me atrevería a decir que estará mejor
dondequiera que se encuentre. Nos quedaremos a Blackie, ¿no?
–No pienso dejarlo al amoroso cuidado de Gertrude Pierce.

Cuando Minty entró en casa, se le antojó que tenía un aire fantasmal. Quizá todas las casas vacías son así al
atardecer, justo antes de encender las luces, de correr las cortinas o de reír con la familia. No hay risas, sino
silencio, una quietud impresionante, como si estuviera a punto de suceder algo. La casa contiene el aliento,
preparándose para el acontecimiento.

En lugar de encender la luz del recibidor ni ninguna otra, Minty deambuló despacio por las habitaciones,
desafiando a la casa a mostrar sus espectros. Le daba un poco de miedo darse la vuelta, pero aun así lo hacía
y volvía sobre sus pasos para iniciar el paseo una vez más. Al pie de la escalera miró hacia arriba, hacia una
negrura propia de las profundidades de un pozo, pues no había ninguna luz encendida en la planta superior.
De entre las sombras surgió Jock. Era el mismo fantasma que había visto aquella primera vez, como si no se
hubiera librado de él. El método solo funcionaba durante un tiempo, tres o cuatro meses, pensó mientras sus
ojos se encontraban con aquellos otros ojos claros, pétreos.

Minty cerró los ojos y se volvió despacio hasta darle la espalda. Si la tocaba, si sentía su mano en el cuello o
su aliento frío contra la mejilla, sin duda caería muerta. Pero no sucedió nada y por fin se dio la vuelta y se
obligó con todas sus fuerzas a abrir los ojos. Allí no había nadie, el fantasma había desaparecido. Del
exterior le llegó el motor de un coche avanzando por la calle con las ventanillas bajadas y música rock a todo
trapo. «Ha vuelto porque no he logrado encontrar su tumba -pensó-, porque no puedo llevarle flores como a
la tía.»

–Escúchame, Minty -dijo Laf cuando le llevó los periódicos-. He hecho las averiguaciones que me pediste. A
Jock no lo enterraron, sino que lo incineraron y esparcieron sus cenizas.

Era verdad hasta cierto punto. Laf siempre procuraba no decir mentiras, a lo sumo apartarse lo justo de la
verdad cuando esta era demasiado cruel. Por ejemplo, era cierto que Jeffrey Leach había sido incinerado,
pero Fiona Harrington se había hecho cargo de las cenizas tras contar a un policía conocido de Laf lo que
pretendía hacer con ellas.

–En algún lugar de West Hampstead -prosiguió, y quedó decepcionado al ver ensombrecerse el rostro de
Minty.

–¿Y adonde puedo llevarle flores?

Laf imaginó un ramo de crisantemos envuelto en celofán solitario y olvidado sobre una acera de West End
Lane, como si allí hubiera muerto alguien. Pese a que no solía ser cínico en lo que a la naturaleza humana
respectaba, se preguntó cuánto tiempo tardarían en aparecer otros ramos parecidos junto al primero, sin que
los «deudos» supieran a quién rendían tributo.

–Bueno, dijo algo de Fortune Green.

Una especie de triángulo verde con árboles, recordaba Laf vagamente. Esperaba más peticiones o incluso
exigencias de Minty, pero sus siguientes palabras fueron muy distintas a lo que había anticipado.

–¿Le pedirás a Sonovia que vuelva a llamar al fontanero? – dijo.


–Bueno…, dale tiempo, Minty -contestó Laf, desconcertado.

Minty clavó la mirada en un rincón con cara de estar escuchando algo y al poco se estremeció como si saliera
de un letargo.

–Dijiste que principios de semana era el jueves y finales de semana el lunes siguiente, pero el lunes ya ha
pasado y aquí no ha venido nadie. A este paso, nunca tendré la ducha.

Capítulo 34

Uno de los últimos lugares donde Jims fue visto fue en Le Tobsil, un restaurante de Marrakesh. Lo vio por un
ventanal un diputado demócrata liberal que visitaba la ciudad en compañía de su esposa y no podría haberse
permitido comer en aquel establecimiento. Al diputado no le habría sorprendido verlo acompañado de un
hombre joven y apuesto, pero Jims estaba solo. Mencionó el asunto a un amigo en un correo electrónico, y el
amigo a su vez se lo contó a un periódico. Fue el principio de la larga y siempre fascinante historia de la
«Desaparición del diputado homosexual».

A finales de agosto, un periodista afirmó haberlo visto en Seúl, donde Jims le concedió una entrevista. Pero
todos los que conocían a Jims reaccionaron con escepticismo, pues ninguno de ellos se lo imaginaba en
Corea, y el texto de la entrevista, con sus confesiones de vergüenza, remordimientos y contrición no era nada
propio de él. Ni su representante ni, por supuesto, su banco estaban dispuestos a divulgar su paradero, aunque
a buen seguro estaban al corriente. La prensa intentó obtener la verdad de Zillah, aunque les llevó un tiempo
localizarla, ya que para entonces había alquilado Willow Cottage por un año a un novelista estadounidense a
fin de instalarse en Long Fredington Manor con sir Ronald Grasmere.

–Siempre había querido volver aquí, y ahora nos vamos otra vez -se quejó Eugenie, pero nadie le hizo caso,
como de costumbre.

Zillah no tenía idea de dónde estaba Jims ni le importaba. A partir de entonces, dedicaría toda su energía a
hacer feliz a Ronnie y convencerlo de que se equivocaba al decir que, tras su reciente divorcio, jamás
volvería a casarse.

De vez en cuando, Crímenes Violentos y Delitos y Faldas salían por televisión, escasos dos minutos al final
del noticiario Newsroom Southeast, para asegurar a la apática audiencia que nunca cejarían en su empeño de
echar el guante al Asesino del Cine y responsable de la muerte de Eileen Dring. Su detención se produciría en
un futuro no muy lejano. Tenían muchas pistas que su equipo seguía día y noche. En ocasiones, Fiona,
Matthew y Michelle veían aquellos programas, pero sin demasiada angustia ni interés. La ordalía había
tocado a su fin. La policía llevaba semanas sin dar señales de vida. Los vecinos volvían a dirigirles la
palabra, nadie se pasaba a la otra acera cuando los veía, y Fiona había hecho limpiar la pintada y pintar de
nuevo los postes de la verja.

Empezaba a superar la muerte de Jeff. Ya no esperaba verlo cada vez que llamaban al timbre ni encontrarlo
esperándola cuando llegaba a casa. Atrás quedó el tiempo en que se despertaba del sueño inducido por los
somníferos para preguntarse por qué no estaba tendido junto a ella. En los últimos tiempos incluso convenía
con amigos a los que antes había considerado insensibles en que, a fin de cuentas, solo lo conocía desde
hacía ocho meses, tiempo insuficiente para tener claros los sentimientos. Sabiendo lo que ya sabía de él,
nunca habría podido confiar en él, la había engañado y mentido demasiadas veces.

A veces preguntaba a Michelle si la había perdonado por tildarlos a ella y a Matthew de enemigos de Jeff, y
aunque Michelle siempre decía que sí, que por supuesto, que lo olvidara de una vez, Fiona seguía insistiendo
como si dudara de la sinceridad de sus respuestas.

En los últimos tiempos, Michelle se mostraba callada y pensativa, por lo que Matthew le preguntaba a
menudo si sucedía algo malo.

–En absoluto -respondía ella con una sonrisa-. Al contrario.

Su marido tenía que conformarse con eso. Matthew quería repetir lo del fin de semana, tal vez realizar un
viajecito al extranjero, y Michelle respondió que estaría encantada, pero le pidió aplazarlo una semana.
Matthew había conocido a bastante gente nueva a través del programa y habían hecho algo impensable:
organizar una cena para ocho, entre ellos Fiona y un agradable hombre de treinta y tantos años que Michelle
consideraba como posible sustituto de Jeff. Matthew le advirtió que no hiciera de alcahueta, porque nunca
funcionaba, y Michelle prometió no hacerlo más.

Una noche en que ambos se reunieron con su vecina para tomar una copa, Michelle pronunció algo parecido a
un pequeño discurso de agradecimiento a Fiona.

–Fueron tus ideas sobre la comida lo que indujo a Matthew a comer bien. Lo conseguiste tú con tu
imaginación. Y fue el pobre Jeff -ya podía llamarlo así- quien me enseñó a adelgazar. Él no lo sabía, pero es
cierto. Sus burlas no me impulsaron a hacer lo que esos estúpidos policías parecían creer, sino que me
transformaron de una mujer inmensamente gorda en una…, bueno, en una razonable talla cuarenta y seis.

–Para mí siempre has sido hermosa -aseguró Matthew.

Michelle le dedicó una sonrisa y le oprimió la mano.

–Durante un tiempo llegué a odiarlo un poco. Ahora que a nadie le importa, puedo reconocerlo.

Pero aunque veía a Fiona tanto como antes, aunque la besaba con afecto y la tranquilizaba a todas horas,
recordaba lo que había dicho a Matthew en el momento de su traición: «Nuestra relación nunca volverá a ser
la misma». Aún pensaba igual, pero lo ocultaba y siempre lo ocultaría, incluso ante Matthew.

Estaba más sana que nunca o al menos ofrecía un aspecto mucho más saludable, por lo que Matthew se
inquietó cuando Michelle le anunció a las ocho de la mañana que tenía hora en el médico. No tardaría mucho.

–¿Qué te pasa, cariño? – quiso saber Matthew con una oleada de terror.

–No lo sabré hasta que no vaya al médico, ¿no te parece?

A Matthew se le antojó advertir desconcierto y cierta aprensión en la mirada de su mujer. Michelle decidió
no hablarle de los síntomas que tenía y se limitó a decirle que no tardaría mucho y que no se preocupara.

El artículo que Natalie confeccionó sobre la base de su infructuoso encuentro con Nell Johnson-Fleet, seguido
de un segundo intento vano, la penosa conversación con Linda Davies, la triste entrevista con Fiona
Harrington y el incomprensible enfrentamiento con Araminta Knox, era un fracaso, incluso ella debía
reconocerlo. Ninguno de los editores a los que se lo ofreció se mostró interesado. Otras noticias habían
desbancado al Asesino del Cine y la Anciana Indigente en la mente del público. Tal vez otro gallo cantaría si
la palabrería de la policía sobre las pistas que seguían desembocara en alguna detención, pero de lo
contrario…

Natalie había hecho cuanto estaba en su mano. Incluso lo había intentado de nuevo con la lista del censo,
ampliando el radio de búsqueda por si aparecía alguna otra mujer con algo que pudiera asociarse a «mint» en
su nombre. También volvió a visitar a Laf y Sonovia en un intento de escarbar en su memoria, pero lo único
que le dijeron era que no podían describir a un hombre al que jamás habían visto. Después de aquello,
Natalie guardó el artículo en un disquete por si algún día aparecía el asesino, cosa que consideraba altamente
improbable.

Su segunda visita había trastornado a los Wilson. Laf la vio como un intento de implicar a Minty en algo con
lo que no podía guardar relación alguna. En ningún momento se le pasó por la cabeza que pudiera ser la
asesina; Minty no, tan pausada, con aquella moralidad tan estricta, con el pavor que le infundía cualquier
manifestación de violencia. ¿Cuántas veces, por ejemplo, la habían oído defender la reinstauración de la pena
capital? Pero lo de Jock Lewis era extraño, desde luego. Laf no encontró ninguna prueba que lo relacionara
con Jeff Leach hasta que la policía localizó la «cafetera» en Harold Hill. Los periódicos no habían
mencionado siquiera el asunto, no era noticia, pero Laf estaba al corriente, por supuesto. Sin decir nada a
Sonovia ni a los chicos, sin dar explicaciones tampoco a sus compañeros, consiguió echar un vistazo al
coche. El problema era que no se acordaba. Había visto la «cafetera» aparcada frente a la casa de Minty en
varias ocasiones, pero nunca se había fijado mucho, tan solo recordaba haberle comentado a Sonovia que
desde que habían impuesto la ITV se veían muchos menos coches viejos por las calles. Ni siquiera recordaba
si era azul oscuro, verde oscuro o negro. El coche de Harold Hill era azul marino, pero tan sucio, tan cubierto
de hojas secas pegadas, humo incrustado e insectos aplastados, que resultaba difícil discernir si era o no el
coche en cuestión, aun cuando lograra recordar más detalles.

–Ojalá lo hubiera visto por la ventana -gimió Sonovia-. No entiendo por qué no persistí. No es propio de mí.

Era casualidad que tanto Jeffrey Leach como Jock Lewis poseyeran coches de veinte años de antigüedad y
que ambos hubieran vivido en Queen's Park, pura casualidad. Jock había desaparecido de la vida de Minty un
año antes, mientras que Jeffrey Leach no fue asesinado hasta abril. No comentaría nada al inspector, quien
solo creería que se metía donde no lo llamaban. Además, Minty era una amiga.

Pero lo cierto era que cada día que pasaba se comportaba de un modo más peculiar. Pocos días antes,
Sonovia había observado que si no supiera que estaba sola, habría creído que vivía rodeada de mucha gente.
Gente invisible. No se oía gran cosa a través de la pared, porque aquellas casas antiguas estaban construidas
con solidez, dijeran lo que dijesen del barrio, pero había oído a Minty gritar que la dejaran en paz, y un día,
cuando estaba sentada en el jardín, la había visto salir a tender la colada y hablar por los codos con una
anciana, un hombre al que llamaba Wilfred y Winnie Knox, que llevaba muerta tres años. La sangre se le heló
en las venas al oírla.
La policía no logró dilucidar si Leach había abandonado el coche cuando Fiona le permitió usar el suyo o si
había sido su asesino. En el coche solo encontraron sus huellas y las de una mujer desconocida.

Habían transcurrido seis semanas desde que Sonovia pidiera al fontanero un presupuesto para la ducha de
Minty. Como no se presentó, lo llamó para quejarse, y el hombre alegó que había sufrido una «gripe
intestinal». Sonovia no sabía si era buena idea que acudiera, si era buena idea que cualquier desconocido
entrara en el número 39 con lo rara que estaba Minty, hablando con personas imaginarias, siempre mirando
por encima del hombro y estremeciéndose.

–Es inofensiva -aseguró Laf, a punto de llevar el periódico dominical a su vecina.

–Ya lo sé, querido. No es él quien me preocupa, sino ella. Quiero decir que me preocupa que la gente se
lleve una impresión equivocada. Una cosa así bastaría para dar mala fama a toda la calle.

–Consigue que le instalen la ducha, Sonn. Eso la ayudará a salir de la depresión.

Laf fue a la casa contigua. Minty aún llevaba los guantes de látex que se había puesto para fregar el suelo de
la cocina. Movido por un impulso, Laf la invitó a ir al cine con él y Sonovia el día siguiente. Como era
habitual en ella, Minty respondió que le parecía bien y le preguntó si le apetecía una taza de té. En ningún
momento dio la impresión de oír voces ni habló con personas invisibles ni miró por encima del hombro.

Se habían ido. Ella los había ahuyentado. Aquella mañana había ido a Fortune Green con un ramo de flores,
una fuente limpia que la tía empleaba para preparar los budines navideños y una botella de zumo llena de
agua y con tapón de plástico. Tras beberse el zumo lavó la botella y la sumergió en agua caliente con
detergente para cerciorarse de que quedaba bien limpia. Era fácil llegar en metro desde Kensal Rise hasta
West Hampstead. Compró las flores delante del cementerio, en Fortune Green Road.

¿Por qué no había dejado allí las cenizas el hermano de Jock? Y ya puestos, ¿por qué West Hampstead? Que
ella supiera, Jock nunca había vivido allí, ni siquiera había estado en la zona. Sin duda, el hermano sí. El
ramo se componía de áster y solidago, porque en aquella época del año no había mucho donde escoger. Las
hojas no tardarían en caer de los árboles; el aire empezaba a refrescar. Minty se detuvo bajo un árbol y miró
en derredor, preguntándose dónde habrían aterrizado las cenizas. Se puso en cuclillas y escudriñó la tierra,
sin tocarla, porque se habría manchado las manos, pero examinándola con atención. Una mujer que paseaba al
perro se paró para preguntarle si había perdido algo. Minty sacudió la cabeza con vigor, aunque en realidad
era cierto, había perdido algo, o mejor dicho, a alguien, y buscaba lo que quedaba de él.

Su búsqueda se vio recompensada por fin cuando vio algo pálido espolvoreado sobre un trozo de tierra
desnuda donde, por alguna razón, no crecía la hierba. En las inmediaciones vio una colilla aplastada. Le
propinó un puntapié para apartarla, colocó la fuente sobre el lugar donde se acumulaba más polvo grisáceo,
la llenó de agua y dispuso las flores. Quedaban muy bonitas. Casi le pareció oír su voz diciendo: «Gracias,
Polo, eres una buena chica». Eran solo imaginaciones suyas, lo que ella creía que Jock habría podido decir,
no la voz del fantasma. Tiró la botella y el envoltorio de las flores en una papelera y bajó la pendiente en
dirección a la estación de West Hampstead.

Matthew estaba abriendo las cartas. Su correspondencia aumentaba día a día. Aquella mañana habían llegado
quince sobres, algunos enviados por la BBC, otros del agente al que se había visto obligado a contratar.
Muchas de ellas eran cartas de fans, algunas incluían consultas sobre hábitos alimentarios y de salud para las
que pedían respuesta y otras, muy pocas, eran insultantes, misivas de personas que le preguntaban a quién
narices creía que le importaba un hombre demasiado imbécil para comer como Dios manda cuando la mitad
del mundo se moría de hambre, o exigiendo saber de dónde sacaba a los «mamarrachos estrafalarios» que
aparecían en su programa. Había una invitación de la Asociación de Trastornos de la Alimentación para
convertirse en uno de sus patrocinadores. Matthew contestaba a todas las cartas, salvo a las ofensivas, que
tiraba enseguida a la basura para que su contenido no se le grabara en la mente.

Aquel día no llegaron cartas desagradables. Casi deseó que así fuera, pues unos cuantos insultos tal vez lo
distrajeran por un rato del tema de la salud o la falta de salud de Michelle. En dos ocasiones escribió su
nombre en lugar del nombre del destinatario, y una vez, en lugar de escribir «cancelar» a un hombre que le
preguntaba si deseaba mantener su suscripción a una revista de dietética, escribió «cáncer». Antes de borrar
la palabra, se quedó mirando la palabra con un estremecimiento. Empleando el eufemismo que tanto detestaba
oír en boca de otros, se preguntó qué haría si «algo le pasaba» a Michelle. Se veía incapaz de usar el término
preciso, de pensarlo siquiera. Mientras suprimía la letra fatídica para sustituirla por el sufijo inocuo,
pronunció su nombre, primero en un murmullo casi inaudible y luego en voz más alta.

–Michelle… ¡Michelle!

Su mujer acababa de entrar en casa.

–Estoy aquí, cariño.

Llegaba con el rostro enrojecido y emocionado.

–Tengo algo que decirte, buenas noticias… ¿No notas nada? Bueno, al menos creo que te alegrarás. Me hice
la prueba en casa hace un mes, pero no podía dar crédito. Creí que tenía las hormonas revolucionadas o que
esas pruebas quizá no funcionaban con mujeres de mi edad, pero el médico dice que sí y que estoy bien. Todo
debería ir bien, no hay razón para que…

Matthew se había puesto tan pálido como en los tiempos más nefastos de su anorexia.

–¿Qué intentas decirme?

Michelle se plantó ante Matthew, que se levantó y le tendió los brazos. Michelle se refugió entre ellos.

–Matthew, nacerá en marzo. Estás contento, ¿verdad? ¿Estás contento?

Matthew la abrazó y la besó.

–Cuando me lo crea, será el día más feliz de mi vida.

Capítulo 35
La muchedumbre era invisible, pero pisaba fuerte. Surcaban su mente sin descanso, sus voces audibles en
cuanto se quedaba a solas y a veces incluso cuando estaba acompañada. Jock no estaba entre ellos. Minty no
lo oía desde que pusiera las flores sobre sus cenizas. La última vez fue cuando lo vio bajar la escalera, pero
oía su voz más alta y clara que las demás. Eran personas a las que conocía y personas a las que no conocía o
de las que ni siquiera había oído hablar. La tía no aparecía nunca, ni tampoco la señora Lewis, pero sí Bert,
el hombre con quien se había casado la tía, y la cuñada de Jock, las hermanas de la tía, Edna y Kathleen, junto
con sus esposos respectivos, y otros cuyos nombres ignoraba. De momento.

No supo el nombre de la cuñada de Jock hasta que Bert se la presentó a Kathleen.

–Esta es la cuñada de Jock, Mary.

La hermana de la tía dijo que estaba encantada de conocerla.

A continuación se la presentó a Edna. Al menos la voz de la tía no estaba entre ellas y Minty sabía que se
debía a las oraciones y las flores sobre su tumba. Lo mismo sucedía con Jock. No podía hacer lo mismo por
los demás, no podía pasarse la vida a la caza de tumbas que podían hallarse en cualquier confín del país, del
mundo incluso. Su invisibilidad fue transitoria. Con el tiempo empezaron a cobrar forma, primero Bert, flaco
e insustancial. Poco más que una mancha que no debería estar allí. ¿Cómo sabía que se trataba de Bert?
Nunca lo había visto, no había oído su voz siquiera, no había nacido cuando apareció en la vida de la tía y
volvió a desaparecer de ella, pero lo sabía.

Kathleen y Edna eran vagas y transparentes, y a veces solo las veía como sombras. Al igual que Mary, otra
habitante de su vida a la que nunca había visto y de la que ni siquiera había oído hablar, la nuera a la que la
señora Lewis quería y acogió con los brazos abiertos. La luz del sol penetraba por la rendija de las cortinas
entreabiertas y en ella danzaban las tres sombras sin cuerpos que las proyectaran.

La noche que fue al cine con Laf y Sonovia, la primera vez en mucho tiempo, todas las voces fantasmales se
quedaron en casa o bien regresaron al lugar donde moraban cuando no la molestaban, y todas las siluetas
espectrales quedaron engullidas por la noche y las brillantes luces. Tal vez se debía a que estaba acompañada
de personas de carne y hueso. Por otro lado, había visto a Kathleen en varias ocasiones mientras estaba con
los Wilson, y no debía olvidar el día en que Jock la siguió hasta el dormitorio de Sonovia, donde se estaba
probando el traje azul. No lo sabía a ciencia cierta. Por lo general, Minty se sentía confusa, perpleja.

Tenía otras preocupaciones. Josephine había planteado la posibilidad de dejar la tienda para convertirse en
esposa y madre en dedicación exclusiva, aunque por el momento no había indicios de maternidad. A Ken le
habían ofrecido hacerse socio del restaurante Lotus Dragon y había aceptado, por lo que Josephine no tendría
necesidad de trabajar. Minty no debía preocuparse, porque quien se hiciera cargo de la tintorería sin duda
contaría con ella.

–Nadie plancha las camisas como tú, Minty -la alabó Josephine-. Tendrían que estar locos para prescindir de
ti.

La palabra «locos» siempre inquietaba a Minty. Alguien la había empleado refiriéndose a ella en el autobús
un día en que ordenó a la voz que la atosigaba que la dejara en paz.

–No sé -dudó al tiempo que intentaba hacer caso omiso de la voz de Mary, que con los labios pegados a su
oreja le decía que tendría que poseer conocimientos de informática y contabilidad para que se la quedaran,
porque saber planchar camisas no bastaba-. No sé -repitió-. ¿Y si suprimen el servicio de plancha y se
dedican solo a la tintorería?

–Tendrían que estar locos -insistió Josephine, por lo visto encariñada con la palabra-. No te preocupes.
Puede que decida seguir unos años, hasta que me dé por tener un hijo, en cualquier caso.

Minty deslizó la mano a lo largo del cuchillo que aún llevaba atado a la pierna derecha. Sin él se habría
sentido medio desnuda, aunque a veces se preguntaba para qué le serviría. Mary era una buena candidata,
pero Minty solo había visto su sombra, una mujer flaca de cabello largo y piernas también largas. Pero en
cualquier caso, no era una figura más humana que sus tías o tíos. Todos ellos charlaban sin cesar, como viejos
amigos, cuando no hablaban con ella. A excepción de Mary, que se pasaba la vida riñendo con Kathleen.

No sabía qué era mejor, verlos y oírlos o tan solo oírlos. Intentaba hacer cosas que detestaran, como caminar
por las calles, subir al metro abarrotado, apearse en Oxford Street, donde las aceras iban tan cargadas de
gente vagando sin rumbo que una podía perderse entre la muchedumbre. Las voces callaban durante un rato,
pero siempre volvían para atormentarla. La noche que fue al cine con Laf y Sonovia, la sala estaba atestada;
por suerte, Laf había comprado las entradas con antelación, porque a Minty le pareció que no quedaba una
sola butaca libre. Las voces fantasmales que le hablaban cuando iba al cine sola por la tarde se habían
desvanecido. Cada vez que se esfumaban, no podía por menos que esperar que fuera para siempre.
Permaneció sentada, aguzando el oído, saboreando el silencio, ajena a lo que se desarrollaba en la pantalla,
hasta que Sonovia le preguntó en un susurro si estaba en trance.

Cuando Josephine estaba en la tintorería, cuando Ken pasaba a verla, cuando entraba cliente tras cliente, en
su cabeza solía reinar el silencio. Fue por esa razón que dejó de ir a casa a almorzar. Sabía que la estarían
esperando allí y que sería como caminar entre una muchedumbre parlanchina compuesta de personas
expectantes, como el público del teatro justo antes de que subiera el telón en An Inspector Calls. Minty no
quería ser su obra teatral, su espectáculo, pero era algo que quedaba fuera de su control.

La comida fue el motivo por el que fue a casa aquel jueves a la hora de comer. Había olvidado los bocadillos
de pollo, lechuga y tomate que había preparado y guardado en el frigorífico envueltos en papel parafinado y
bolsas de plástico. No solía sucederle, pero aquella mañana había salido de estampida para huir de las voces
de Mary y del tío Wilfred. Decidió volver a casa a pie, pese a que había tomado el 18 para ir a Immacue. Era
un día agradable y soleado, aunque otoñal y algo fresco. Un año antes habría esperado con ansia la velada en
compañía de Jock, sin imaginar que el tren que había tomado desde Gloucester chocaría y le segaría la vida.
Un año antes le habría estado diciendo cosas graciosas. «Salí al jardín en busca de una hoja de col para
preparar una tarta de manzana y me encontré con una osa enorme que me dijo: "¿Cómo que no hay jabón?". Y
se casó con el barbero.» Por fin lo había recordado palabra por palabra.

Era un largo paseo y el hecho de estar acostumbrada a él no lo acortaba. Pasó por delante del pub Flora, de la
Iglesia del Redentor de Dios, de la entrada este del cementerio, de la estación de metro de Kensal Green, el
taller de coches, las tiendas cerradas a cal y canto, el banco y el parterre donde se había deshecho de la
señora Lewis. Dejó Harrow Road antes de llegar a la entrada oeste del cementerio para enfilar Syringa Road.
Introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar, sabedora de lo que la esperaba dentro: las voces y los
sonidos de una muchedumbre dándose empellones sin dejar de parlotear.

En el recibidor reinaba el silencio y por un instante creyó que toda la casa estaba en calma. Cerró los ojos,
disfrutando de la quietud. Pero enseguida empezó el murmullo, Mary y Edna discutiendo, como siempre,
Kathleen mascullando que las cenizas de Jock estaban en el cementerio de Brompton. Que Laf le hubiera
dicho que estaban en Fortune Green no significaba que no estuvieran en Brompton. Se encontraban en el
rincón nororiental y Kathleen afirmó que veía la lápida, su nombre grabado sobre ella junto a las fechas de
nacimiento y muerte. Edna intervino para señalar que era morboso vivir junto a un cementerio, que sabía muy
bien el efecto que había surtido en ella. Si le dieran otra oportunidad, se trasladaría a otro lado.

Minty avanzó unos pasos hacia la cocina y de repente se detuvo, aguzando el oído. Había ocurrido algo
terrible, algo que estaba convencida de que no podía ocurrir. Desde la planta superior le llegó la voz de Jock
cantando.

Pasa de largo…

Espera en la esquina…

Su voz era más liviana y aguda; quizás era lo que les pasaba a los fantasmas cuando cantaban, que sus voces
se tornaban más débiles y difusas, como sus cuerpos. Estaba segura de que esta vez lo vería. Quizá bajaría la
escalera como el otro día. De nada había servido llevarle flores, no le habían gustado o bien las había dejado
en el lugar equivocado. Había elegido el lugar erróneo, tendría que haber esparcido montones de flores por
todo el césped, sobre la tierra, en los senderos, no era como las tumbas corrientes. Empezó a tocar madera:
las barandillas, las puertas, los marcos, madera blanca, madera rosa, madera marrón. Las manos le temblaban
con violencia y estaba sollozando.

La canción cesó.

–¿Hay alguien ahí? – llamó la voz.

Su voz había cambiado, sin duda. Se había vuelto más aguda y rápida, ya no era mousse de chocolate, pero
era su voz. Por fin le hablaba. Cuando vivía, creía que nunca llegaría a desear que callara, nunca se cansaba
de su voz, pero en esos momentos sí. Por nada del mundo le contestaría. ¿Cómo podía una amar a alguien con
tanta intensidad y luego llegar a odiarlo si era la misma persona? Si le contestaba moriría, o la casa se
desplomaría, o el mundo acabaría. Quizás era el principio de su regreso, empezaba a hablar con ella para
cobrar forma cuando quisiera o ser una sombra en la pared cuando brillara el sol.

Se aferró a la madera marrón con ambas manos. Las flores no habían servido de nada, solo una cosa había
funcionado, al menos durante un tiempo. Muy despacio soltó la madera, las manos heladas contra la piel
desnuda de la cintura. Se levantó la camiseta, se desabrochó la cinturilla de los pantalones, retiró el cuchillo
y lo sostuvo a guisa de daga. Le temblaba el cuerpo entero.

Quizá porque no le había respondido, Jock habló de nuevo, empleando las mismas palabras.

–¿Hay alguien ahí?

Minty se volvió y se situó al pie de la escalera, ocultando el cuchillo tras la espalda. Esta vez sería
concienzuda, aun cuando tuviera que repetir el trabajo cada pocos meses… Cuando lo vio aparecer al final de
la escalera, el golpe, aunque esperado, fue casi demasiado fuerte para ella. Con la visión nublada, lo vio
bajar la escalera entre una bruma oscura. Entonces, con mano temblorosa, lo apuñaló una y otra vez con
movimientos salvajes y oblicuos. A su primer grito sonó el timbre, una llamada larga, imperiosa, estridente.
Minty dejó caer el cuchillo y emitió un gemido. De inmediato comprendió lo que había hecho. Aquel hombre
era de carne y hueso. Llevaba vaqueros y una cazadora de cuero negro, pero no era Jock. De su cuerpo
brotaba sangre de verdad que empapaba la camisa azul. Yacía a caballo entre los dos primeros escalones y el
suelo, gruñendo mientras se sostenía el vientre con la mano herida y dejando al descubierto otro corte en el
brazo. Había intentado matar a un hombre de carne y hueso. Ninguna voz le había ordenado que lo hiciera, lo
había hecho por iniciativa propia.

El timbre seguía sonando y alguien aporreaba la puerta. Minty esperó un momento antes de abrir porque no
podía moverse, no podía caminar. Pero por fin echó a andar, dio un traspié, se desplomó contra la puerta,
buscó a tientas el pomo y abrió.

–¿Qué está pasando aquí? ¿Qué sucede?

Entonces Sonovia vio al hombre herido y el cuchillo caído entre sus muslos. Profirió una serie de gritos
cortos y penetrantes al tiempo que levantaba las manos como si quisiera protegerse de un ataque. Laf llegó
corriendo de la casa contigua. Minty estaba demasiada asustada para pensar en otra cosa que no fuera la
huida. Recobró las fuerzas, que sintió fluir por su cuerpo como una bebida tonificante, salvó de un salto la
valla baja que separaba su jardín del de los Wilson y echó a correr calle abajo en el instante en que Laf
cruzaba la verja.

Laf llamó al número de urgencias y a su inspector. Fue una suerte para el hombre herido que Laf estuviera en
casa porque era su día libre, ya que Sonovia, por lo general tan serena y práctica, era presa de un ataque de
histeria antológico. Lo que más necesitaban era una ambulancia. Llegó en cuestión de cuatro minutos y los
enfermeros tendieron al hombre que había ido a casa de Minty para hacerle el presupuesto de la ducha sobre
una camilla, procedimiento de rutina, aunque no imprescindible en aquel caso. Era el shock y no las heridas
lo que lo tenían aturdido.

Pero a esas alturas la policía sabía, y Laf también lo sabía, quién era la responsable de las muertes del
hombre del cine y de Eileen Dring.

–No pueden calificarse de asesinatos -señaló Laf a Sonovia aquel mismo día, cuando su mujer se hubo
calmado y estaban tomando una copa vigorizante-. No en sentido estricto. Minty no pretendía hacer daño a
personas reales. No sabía lo que se hacía.

–Espero que los médicos lleguen a la misma conclusión. Gracias a Dios, el pobre Pete se pondrá bien.

–¿Qué te hizo llamar al timbre, Sonny? ¿Un sexto sentido?

–En absoluto, querido, no poseo nada semejante. Estaba junto a la ventana y la vi llegar a casa, lo que me
pareció muy inesperado, así que decidí ir a decirle que Pete estaba en su casa para que no se diera un susto.

–¿Por qué volvió a casa?

–Me parte el corazón, de verdad. En cuanto la ambulancia se fue, me entró mucha sed, pero el agua del
grifo…, bueno, nunca sabes por dónde ha pasado, así que miré en la nevera y vi sus bocadillos, bien
envueltos y esperando a que ella los recogiera. Me dieron ganas de llorar, Laf.
Y Sonovia rompió a llorar con la cabeza apoyada sobre el hombro de Laf.

–Todo irá bien -intentó tranquilizarla Laf-. Será mejor para ella.

Sin embargo, no estaba nada seguro de ello, como no lo había estado tres horas antes, cuando encontraron a
Minty.

Fue Sonovia quien indicó a la policía dónde podía estar.

–La tumba de su tía está allí -explicó.

Eso era imposible, pero ¿qué sentido tenía hacer quedar a la pobre como una embustera?

Daniel, su mujer y su hija habían acudido para estar con Sonovia y consolarla, de modo que Laf salió en
busca de Minty con el inspector, un sargento y dos mujeres policía. Era una tarde calurosa, bochornosa y
ambarina, de aire enrarecido y con motas doradas, como sucede a veces en septiembre. Entraron en el
cementerio por la cara oeste media hora antes del cierre. El florista les había dicho que había visto a Minty
hacía algunas horas. Había llegado corriendo, sin resuello y temblando, pero compró más flores que nunca y
era una clienta asidua. Se había llevado crisantemos, áster rosa y lila, y lirios de color blanco y rosa, las
flores más caras que vendía. Nunca habría creído que pudiera permitirse semejante lujo…

Tardaron apenas diez minutos en localizarla. La encontraron profundamente dormida, hecha un ovillo como
una niña entre ramos y más ramos de flores que empezaban a marchitarse sobre la tumba de una mujer
llamada Maisie Julia Chepstow, fallecida cien años antes. Nadie sabía por qué había elegido aquel sepulcro.
El único hombre que lo sabía y podría habérselo contado estaba muerto, sus cenizas en una urna de alabastro
olvidada en el fondo de una alacena oscura.

[1] Todo el pasaje hace referencia al nombre Minty, parecido a mint, (menta); Polo es una marca de
caramelos de menta. (N. de la T.)

[2] Juego de palabras entre Challis, el apellido del personaje, y chalice, que significa cáliz. (N. de la T.)

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03/10/2009

LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; [Link]/ebook/

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