SACRAMENTOS
¿POR QUÉ Y PARA QUÉ?
"Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo
de Cristo, y en definitiva, a dar culto a Dios; pero en cuando signos, también tienen un fin
pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan
por medio de palabras y cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe. Confieren ciertamente la
gracia, pero también su celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir con fruto la
misma gracia, rendir culto a Dios y practicar la caridad" (Conc. Vaticano II. Sacrosanctum
Concilium, 59)
Sacramento
Si buscamos en la Biblia la palabra "sacramento" no la encontraremos, por lo menos en el
sentido que hoy le damos. Pero esto no quiere decir que no tengan fundamento bíblico. De hecho
todos ellos fueron instituidos por Nuestro Señor Jesucristo.
La palabra sacramento es de origen latino, los cristianos la usaron desde los primeros años para
significar lo que se refería a los signos litúrgicos, celebraciones eclesiales y a los hechos sacros.
Es decir, a los actos de culto. Pero con el correr del tiempo, esta palabra se dejó para referirse
exclusivamente a los signos sagrados instituidos por Jesucristo. San Agustín, que vivió en el
siglo IV, fue quien más contribuyó a la clarificación del concepto de "sacramento" y no fue hasta
el siglo XII, que se fijó el número de sacramentos como siete.
Los sacramentos, como hoy los presenta la Iglesia son: Actos salvadores de Cristo, que la Iglesia
comunica al hombre mediante signos sensibles.
¿Y qué quiere decir "signo sensible"?. Un signo sensible es un símbolo. Y un símbolo es una
expresión figurada y visible o representación sensible, de una realidad invisible. El valor de un
símbolo no está en lo que él es de por sí, sino en lo que indica, en lo que representa.
No son simples ceremonias. Ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación
del cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios, los sacramentos no solo suponen la fe, sino que
también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman
sacramentos de la fe. Los sacramentos nos dan o aumentan la Gracia Divina.
a) Decimos que son actos salvadores, porque son acciones que salvan al hombre de situaciones
concretas, llenándolo de la fuerza del amor, fruto de la muerte y resurrección de Cristo.
Abarcan toda la vida del hombre en sus puntos más significativos.
En su nacimiento: Bautismo
En su crecimiento: Confirmación
En las heridas del pecado: Reconciliación
En su alimentación: Eucaristía
En la formación de un hogar: Matrimonio
En la consagración al servicio de la comunidad: Orden Sacerdotal
En la enfermedad: Unción de los enfermos
b) Son actos salvadores de Cristo porque Él es el verdadero autor, he aquí el valor del
sacramento. Es Cristo quien bautiza, perdona los pecados o comunica el Espíritu Santo. Recibir
un sacramento es encontrarse personalmente con Cristo que salva.
c) Son actos que la Iglesia comunica porque fueron entregados a la Iglesia por Cristo para que
los administrara a los hombres. Por lo que el sacramento debe administrarse conforme a lo
establecido por la Iglesia y según sus intenciones.
d) Son signos sensibles, porque el hombre necesita algo material para convencerse,
darse cuenta, sentir la presencia de Dios. San Pablo nos lo recuerda "Si bien no se puede ver a
Dios, podemos, sin embargo desde que él hizo el mundo, contemplarlo a través de sus obras y
entender por ellas que él es eterno, poderoso y que es Dios" (Rm 1,20) Jesucristo al instituir los
sacramentos tuvo presente esta necesidad que tiene el hombre de llegar a lo invisible a través de
lo sensible.
Para realizar estos sacramentos se necesitan dos cosas:
La forma: oración o palabras que se pronuncian al administrar el sacramento
La materia: lo que se usa para el sacramento: el agua, el pan, el vino, el aceite, la
imposición de manos, la confesión de una culpa.
No es igual que aceptar una medalla o hacer algo bueno "que se acostumbra", sino que
cada sacramento es un encuentro libre y personal con Cristo resucitado. Por lo tanto es necesario
1. Tener fe
2. Conocer lo que se comunica
3. Quererlo recibir
Sacramentos de Iniciación Cristiana
Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación, y la Eucaristía
se ponen los fundamentos de toda vida cristiana:
"La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia
de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. Los
fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente,
son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y así, por medio de estos
sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la
vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI const. Apost. "Divinae
consortium naturae”).
Puestos al comienzo de la vida cristiana los sacramentos de iniciación son la condición necesaria
para el pleno desarrollo de esa vida futura y marcan todo el itinerario cristiano:
El Bautismo consagra en la Santísima Trinidad al nuevo cristiano, incorporándolo a
la comunidad de la Iglesia.
La Confirmación le capacita para obrar el bien, como criatura nueva, aumentando su
relación con Dios, que se reflejan en la comunión de la Iglesia y en su servicio a los hombres.
La Eucaristía actualiza la Salvación que Cristo alcanzó al hombre y le permite vivir
mejor su ser cristiano hasta alcanzar la plenitud en la vida eterna.
EL BAUTISMO
El hecho más importante para interpretar el Bautismo cristiano es el Bautismo de Jesús, en el que
culminan las prefiguraciones del Antiguo Testamento sobre este sacramento.
Los cuatro evangelios cuentan el Bautismo que recibió Jesús (Mc 1, 9-11; Mt 3, 13-17; Lc 3, 21-
22; Jn 1, 32-34) y los cuatro conceden excepcional importancia a este hecho porque representa el
punto de partida y el comienzo del ministerio público de Jesús (Hch 1,22; 10,37; 1 Jn 5.6). Todos
los evangelistas coinciden en narrar dos cosas:
- El descenso del Espíritu
- La proclamación divina asociada a la venida del Espíritu Santo
Según el judaísmo antiguo, la comunicación del Espíritu significa la inspiración profética. La
persona que recibe el Espíritu es llamada por Dios para ser su mensajero (Eclo 48,24; Dn 13,45).
Por lo tanto, en el momento del bautismo, Jesús recibió del Padre la vocación y el destino que
marcó y orientó su vida.
"Al bautizado le son perdonados los pecados y recibe una vida nueva, se une a la muerte y
resurrección de Jesucristo, participa de su misión sacerdotal, profética y real y es incorporado a
la Iglesia".
La Confirmación
El Nuevo Testamento no habla del sacramento de la Confirmación como tal. Está claro que
Jesucristo lo instituyó pero no lo administró por sí mismo, puesto que era algo pensado para
cuando Él se fuera. Cristo anunció la venida del Paráclito -El Espíritu Santo- una vez que Él se
marchara de este mundo.
La Confirmación en la economía de la Salvación
En el Antiguo Testamento los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el
Mesías esperado para realizar su misión salvífica (Cfr. Is 11,2; 61,1). El descenso del
Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir,
el Mesías, el Hijo de Dios.
Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan
en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da sin medida (CIC,
1286). Esta plenitud del Espíritu no debió permanecer únicamente en el Mesías, sino
que debía ser comunicada a todo el pueblo de Dios.
Muchas veces Jesús prometió el envío del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua
y luego de manera más manifestada en Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo los Apóstoles
comienzan a proclamar "las maravillas de Dios" (Hch 2,11), los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar recibieron a su vez el don del Espíritu Santo. (Hch 2,38).
El Hecho de la Confirmación
El nombre de este sacramento proviene del latín confirmatio = fortalecimiento. Sin embargo, a lo
largo de la historia ha sido denominado de diversas maneras: crismación (unción de aceite
perfumado y consagrado), imposición de manos, crisma.
Lo primero que conviene reafirmar es que el sacramento por el cual recibimos el Espíritu
Santo, el Sacramento del Espíritu, es el Bautismo. Con él nacemos espiritualmente y nos
hacemos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad y comenzamos a vivir una vida
sobrenatural. La Confirmación es el robustecimiento de la Gracia Bautismal. Es un crecimiento
espiritual, en este sacramento se van a renovar las promesas del Bautismo que otros hicieron por
nosotros si es que se recibió al poco tiempo de nacer. Su fin es perfeccionar lo que el Bautismo
comenzó en nosotros. Podríamos decir en cierto modo que nos bautizamos para ser confirmados.
Lo que caracteriza el símbolo de la Confirmación es la imposición de manos y la unción con el
crisma. Esta unción ilustra el nombre de cristiano que significa "ungido" y que tiene origen en el
nombre de Cristo, al que Dios ungió con el Espíritu Santo.
Efectos de la Confirmación
El mayor efecto del sacramento de la Confirmación es la efusión plena del Espíritu Santo, y sus
siete dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios,
como fue concedida a los apóstoles el día de Pentecostés.
LA RECONCILIACIÓN
"Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo: A quienes les perdonéis los
pecados, les quedarán perdonados, a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos" (Jn 20, 22-
23)
Sacramento de Penitencia y Reconciliación
El nombre de este sacramento.
Sacramento de conversión: Porque realiza sacramentalmente el llamado de Jesús a la conversión,
y el volver hacia el Padre del que el hombre se había alejado por el pecado.
Sacramento de la penitencia: porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de
arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
Sacramento de la confesión: porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados
ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento.
Sacramento del perdón: porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia "Dejaos
reconciliar con Dios" (2 Co 5,20). El que vive del amor misericordioso de Dios, está pronto a
responder a la llamada del Señor "Ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5,24).
El sacramento de la Penitencia tiene un lugar relevante en la vida de la Iglesia. Esta es
consciente de que Jesucristo le ha confiado, en los Apóstoles y en sus sucesores, el poder de
perdonar los pecados. Por consiguiente, ha visto siempre en este sacramento el signo del perdón
de Dios confiado a la propia Iglesia. "Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la
tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mt
16,19).
El Bautismo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo nos han hecho "santos e
inmaculados ante Él" (Ef 1,4), pero no eliminan la fragilidad y la debilidad de la naturaleza
humana - la inclinación al pecado - . La lucha diaria del cristiano contra el pecado y la tentación
es la conversión con miras a la santidad a la cual nos llama Dios.
El Pecado
La realidad del mal es algo evidente para todo aquel que no quiera estar ciego ante lo que ocurre
cotidianamente. Este mal es visto por el creyente como la expresión ante lo que ocurre
cotidianamente. Este mal es visto por el creyente como la expresión de la ruptura que existe entre
Dios y el ser humano, esa grieta que nace del corazón de cada persona y que separa a los
hombres, oprime a los débiles, olvida a los pequeños e ineficaces. Esa ruptura es a lo que
llamamos pecado.
El pecado conlleva tres dimensiones que están en relación continua, pero que al tiempo pueden
diferenciarse:
El pecado como rechazo de sí mismo. Como fractura entre lo que realmente soy y lo que estoy
llamado a ser, entre lo que realizo y aquello que, en virtud de mi capacidad, podría realizar.
El pecado como rechazo a los demás. Notablemente unida a la anterior, pues mis
opciones por acaparar, conservar o utilizar mis cualidades y dones para mi propio beneficio y
disfrute, privan a otros de posibilidades y esperanzas.
El pecado como rechazo a Dios. Detrás de las dos dimensiones anteriores, más profundo
que ellas mismas, está el rechazo de un Hacedor, de un Señor, del que recibo el don y la cualidad.
Al afirmarme a mí mismo, niego al otro como humano, pero niego al Otro como Dios.
Gradualidad del pecado
El pecado tiene una gradualidad. No todo es igual ni toda opción compromete de igual manera a
la persona. Por ello, podemos establecer tres situaciones diferentes:
Pecado mortal. Es una opción libre, premeditada, consciente, que implica una ruptura
radical con Dios y con los demás.
Podemos encontrar, también, situaciones en las que, pese a que la acción es grave en sí
misma, las circunstancias que la rodean se orientan a dibujar una realidad en la que no hay pleno
consentimiento ni libertado total. Se manifiesta todo ello en la inmediata reacción de la persona
para repararlo, para evitar las circunstancias que lo facilitaron, etc.
Pecado venial. Que hace referencia a las faltas cotidianas, son signos de nuestra debilidad
y limitación, de nuestra falta de amor a los demás y a Dios.
La Conversión
Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino "Hablaba
de esta forma: "El plazo está vencido, el Reino de Dios se ha acercado. Tomen otro camino y
crean en la Buena Nueva" (Mc 1, 15)
En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía
a Cristo y su Evangelio. Así el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y
fundamental.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos.
Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio
seno a los pecadores".
De ello da testimonio la conversión de San Pedro tras la triple negación de su Maestro. La
mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento y , tras la
resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él. La segunda conversión tiene
también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia:
"¡Arrepiéntete!". (Ap 2,5.16).
San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, "en la Iglesia, existen el agua y las
lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia".
Significado de este Sacramento
El sacramento de la penitencia es un encuentro gozoso de reconciliación. En él intervienen
siempre tres sujetos que lo configuran como sacramento: Dios, que busca, salva y renueva a la
persona; la Iglesia, que hace visible en su seno el encuentro de reconciliación y la persona, que
acoge en su propia vida el don de la reconciliación.
La misericordia entrañable de Dios
La reconciliación es, fundamentalmente una obra de Dios. Una obra en la que interviene
tal como es: Un Padre que busca a sus hijos perdidos, que sale a su encuentro constantemente.
Este es el significado profundo de toda la Historia de la Salvación. Un Padre que busca a sus
hijos de formas diversas para otorgarles su propio hogar, su propia alegría, su propia vida.
Hijo que, en su Muerte y Resurrección, manifiesta lo que es la
reconciliación: un proceso de lucha contra el mal, una entrega al servicio de los demás, un
camino de dolor (vía crucis) hacia una situación nueva de amor.
Espíritu que es la misma vida de Dios derramada sobre los creyentes, que nos mueve a la
conversión, nos transforma y nos renueva en la fe.
Por eso los actos del penitente son de la máxima importancia y pueden reducirse a tres:
CONVERSIÓN: llamada también contrición. Puede ser perfecta, cuando brota del amor
de Dios amado sobre todas las cosas y obtiene el perdón de los pecados veniales y también de los
mortales, siempre que haya firme resolución de confesar tan pronto sea posible. Es imperfecta,
cuando, movidos por la gracia de Dios y bajo el impulso del Espíritu Santo, brota de la
consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás
penas con que es amenazado el pecador. (CIC 1451-1453)
CONFESIÓN DE LOS PECADOS: La Iglesia reconoce que hay diferentes maneras de
expresar externamente esta confesión. Todas ellas son válidas y suficientes siempre que no se
trate de pecados que supongan una ruptura con Dios y la Iglesia. Cuando se trata de un pecado
mortal, donde queda comprometida esta relación la Iglesia estima la confesión oral de ese
pecado.
La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de
la Penitencia. "En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que
tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos
y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo, pues a
veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los qua han sido
cometidos a la vista de todos". ·
"Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan,
no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los
pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos
pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por
mediación del sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la
medicina no cura lo que ignora" (Concilio de Trento "doctrina sobre el Sacramento de la
Penitencia)
LA SATISFACCIÓN: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible
para repararlo (por ejemplo restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido
calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado
hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La
absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.
La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del
penitente y buscar su bien espiritual. Puede constituir en la oración, en ofrendas, en obras de
misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios y sobre todo, la aceptación
paciente de la cruz que debemos llevar.
"En el sacramento de la Penitencia, Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al
mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo, para el perdón de los
pecados, por el ministerio de la Iglesia, perdona al cristiano los pecados cometidos después del
Bautismo"
Efectos de este Sacramento
1. Nos restituye la Gracia de Dios para estar en condiciones de enfrentar la tentación
y el pecado.
2. Nos reconcilia con Dios, uniéndonos nuevamente en profunda amistad con Él y dando
como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia
3. Nos reconcilia con la Iglesia, pues el pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna.
Como la Iglesia es un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, el pecado cometido por uno de
sus miembros daña a todo el cuerpo. La reconciliación tiene un efecto vivificante,
fortaleciendo al Cuerpo de Cristo por el intercambio de los bienes espirituales entre sus
miembros.
Se anticipa en cierta manera el juicio al que seremos sometidos al fin de la vida terrena, pues
sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino de Dios.
Celebración
Como Todos los sacramentos, la reconciliación es una acción litúrgica. Básicamente este
sacramento está constituido por tres actos realizados por el penitente y por la absolución del
sacerdote.
Arrepentimiento o contrición, dolor del alma y un rechazo al pecado cometido con la resolución
de no volver a pecar.
- Confesión de los pecados. Satisfacción o penitencia
- La Absolución que el sacerdote da en nombre de Dios.
EL MATRIMONIO
"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una
sola carne". "Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5, 31-32)
El hecho y el significado del matrimonio
En la vida del varón y de la mujer se da un momento en que, normalmente, brota el amor.
Llevados de ese amor deciden entrar en una comunión estable de vida y formar una familia. A
esta decisión y compromiso se llama matrimonio.
El matrimonio y la familia se cuentan entre los bienes más valiosos de la humanidad. Son la
célula fundamental de la comunidad humana: "El bienestar de la persona y de la sociedad
humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y
familiar" (GS 47)
Este compromiso público que se llama matrimonio, tiene una serie de características que le
distinguen de otras formas de relación interpersonales:
El matrimonio es una relación interpersonal que se sitúa en una profundidad diferente a toda
otra relación. Esto hace que toda otra comunicación interpersonal anterior quede
planificada por el amor matrimonial y que toda posterior quede necesariamente coloreada por
ella.
El amor matrimonial abarca a toda la persona, no siendo sólo sentimiento, ley,
obligación, radicando en esa tierra la fidelidad. Una fidelidad creativa, abierta, enriquecedora,
que es ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de la persona.
La concepción cristiana del matrimonio
La concepción cristiana del matrimonio se nos ha revelado a lo largo del Antiguo y del Nuevo
Testamento, perfilándose más detalladamente en las cartas de San Pablo (Cfr. Gen 1-2; Os 1-3;
Jn 2-3: Mc 10,2-9; Mt 19, 3-9; Ef 5, 31-33; 1 Cor 7,39).
La Iglesia de nuestro tiempo se ha pronunciado frecuentemente sobre el matrimonio y la familia:
la encíclica Casti Connubi (1930) de Pío XI: la constitución Gaudium et Spes del Concilio
Vaticano II (Cfr. GS 47-52); la encíclica Humanae Vitae (1968) de Pablo VI y la exhortación
apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II (1981)
Una de las páginas más bellas del Génesis es aquella en que el hombre se encuentra solo en
medio de la creación. A pesar de poner nombre a todos los animales y cosas, se siente mudo,
incapaz de pronunciar una palabra porque nadie le da respuesta. En esos momentos de soledad
existencial y de pobreza vital, Dios le presenta a la mujer. A partir de esos momentos se inicia el
diálogo y el encuentro de amor en la historia y el matrimonio se perfila poco a poco, hasta
quedar plenamente clarificado en la persona de Cristo.
A lo largo del Antiguo Testamento la Alianza de amor entre Dios y su pueblo ha sido simbolizada
en diferentes ocasiones por el amor matrimonial (Os 1-3; Jer 3; Ez 16 y 23; Is 54). Los libros
sapienciales, a su vez, trataron de explicar en diferentes ocasiones el último sentido del
matrimonio en la Alianza (Prov 15, Cantar, Ecl 25, 13-26, 18).
Jesús estuvo presente en una boda en Caná de Galilea, reconociendo con su presencia el valor
humano del matrimonio. Además recogiendo la imagen matrimonial de la alianza que sugieren
los profetas, compara el Reino de Dios con un banquete de bodas en el que se identifica con el
esposo. Durante este banquete los amigos del novio no ayunan (Mt
9, 14-15), son invitados los que están en los caminos mientras que algunos rechazan la llamada
(Mt 22, 1-14; Lc 14, 16-24), y es preciso estar alerta para participar en la fiesta (Mt 25, 1-13).
En Mt 19, 3-9 Jesús reafirma el ideal originario de la creación (Gen 2,24) al defender la
indisolubilidad de la alianza matrimonial. Jesús en este momento, supera la Ley, manifestando la
profunda relación que existe entre el orden de lo creado y la Alianza. Aquí está el origen del
sacramento del matrimonio: Jesús le reconoce como instituido desde la creación, cobrando para
él una dimensión especial. Esta significación particular será claramente expresada por San Pablo
en la carta a los Efesios:
"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser.
Este símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo y a la Iglesia, pero también vosotros,
cada uno en particular, debe amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer debe respetar al
marido" (Ef 5, 31-33)
Para los cristianos, la mutua entrega de un hombre y una mujer bautizados es sacramento, es
decir, un signo que expresa y realiza la alianza de amor y fidelidad de Cristo con su pueblo, la
Iglesia.
El Matrimonio cristiano es alianza por la que un varón y una mujer bautizados se comprometen a
unir sus vidas para siempre, en indisoluble comunión de amor fecundo.