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Resumen de "El ciclista solitario"

El relato resume el Capítulo 6 de la novela "Las aventuras de Sherlock Holmes" sobre el doctor Watson ayudando a la esposa de un adicto al opio, Isa Whitney. Watson acompaña a la esposa hasta un fumadero de opio en el este de Londres para encontrar a Whitney, ya que llevaba dos días desaparecido. Al llegar, Watson encuentra el fumadero lleno de adictos al opio en estado de trance, y se dispone a buscar entre ellos a Whitney.
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Resumen de "El ciclista solitario"

El relato resume el Capítulo 6 de la novela "Las aventuras de Sherlock Holmes" sobre el doctor Watson ayudando a la esposa de un adicto al opio, Isa Whitney. Watson acompaña a la esposa hasta un fumadero de opio en el este de Londres para encontrar a Whitney, ya que llevaba dos días desaparecido. Al llegar, Watson encuentra el fumadero lleno de adictos al opio en estado de trance, y se dispone a buscar entre ellos a Whitney.
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1

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 3 pág.

BIOGRAFÍA 4 pág.

RESUMEN DEL CAPÍTULO 6 5 pág.

PERSONAJES PRINCIPALES 26 pág.

PERSONAJES SECUNDARIOS 27 pág.

IDEAS PRINCIPALES 28 pág.

PALABRAS DESCONOCIDAS 28 - 29 pág.

ANÁLISIS 30 pág.

RECOMENDACIONES 31 pág.

CONCLUSIONES 32 pág.

CUADRO DE SEPARACIÓN DE SÍLABAS 33 pág

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 40 pág.

2
INTRODUCCIÓN

Sherlock Holmes es un personaje ficticio de finales del siglo XIX y principios del siglo
XX, que apareció por primera vez en la publicación de 1887. Él es la creación del autor y
médico, escocés, Sir Arthur Conan Doyle. Una con sede en Londres "detective consultor",
brillante, Holmes es conocido por su capacidad intelectual y es famoso por su hábil uso de la
observación sagaz, el razonamiento deductivo y técnicas forenses para resolver casos
difíciles.
Está también su compañero el doctor Watson, un hombre casado y que un día desea ser igual
que Holmes.
Sherlock Holmes es el arquetipo de investigador cerebral por excelencia e influyó en gran
medida en la ficción detectivesca posterior a su aparición. Aunque podemos considerar a
Auguste Dupin, creado por Edgar Allan Poe, como un personaje predecesor muy similar, la
genialidad excéntrica de éste no alcanzó la enorme popularidad que Holmes y su autor
alcanzaron en vida.

3
BIOGRAFÍA

Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo y estudió en las universidades de


Stonyhurst y de Edimburgo, en esta última estudió medicina desde 1876 hasta 1881. En junio
de 1882, se mudó a Portsmouth. Estando ahí, instaló una clínica. Al principio no le fue muy
bien con ella, por lo que en su tiempo libre comenzó a escribir historias nuevamente.

Fue médico, novelista y escritor de novelas policíacas, creador del inolvidable maestro de
detectives Sherlock Holmes.

Tuvo tanto éxito al inicio de su carrera literaria que en cinco años abandonó la práctica de la
medicina y se dedicó por entero a la escritura.

Su primer trabajo destacado fue "Estudio en escarlata", donde el escritor crea al más
famoso detective de ficción, Sherlock Holmes, que se publicó en 1887. El autor se basó en un
profesor que conoció en la universidad para crear al personaje de Holmes con su ingeniosa
habilidad para el razonamiento deductivo. Igualmente excepcionales son las creaciones de los
personajes que le acompañan: su amigo bondadoso y torpe, el doctor Watson, que es el
narrador de los cuentos, y el archicriminal profesor Moriarty.

Los mejores relatos de Holmes son El signo de los cuatro (1890), Las aventuras de
Sherlock Holmes (1892), El sabueso de Baskerville (1902) y su último saludo en el
escenario (1917), gracias a los cuales se hizo mundialmente famoso y popularizó el género de
la novela policíaca. Surgió, y todavía pervive, el culto al detective Holmes.

Murió el 7 de julio de 1930 con 71 años de un ataque al corazón, en Crowborough


(Inglaterra). Una estatua suya se encuentra en esa localidad donde residió durante 23 años.

4
LAS AVENTURAS DE SHERLOCK HOLMES

RESUMEN:
EL HOMBRE DEL LABIO RETORCIDO

Enseguida empezaremos con el resumen; para ello es imprescindible mencionar que Jhon
H. Watson es el personaje quién hace la siguiente narración.

Isa Whitney, hermano del difunto Elías Whitney, D. D., director del Colegio de
Teología de San Jorge, era adicto perdido al opio. Según tengo entendido, adquirió el
hábito a causa de una típica extravagancia de estudiante: habiendo leído en la universidad
la descripción que hacía De Quincey de sus ensueños y sensaciones, había empapado su
tabaco en láudano con la intención de experimentar los mismos efectos. Descubrió, como
han hecho tantos otros, que resulta más fácil adquirir el hábito que librarse de él, y durante
muchos años vivió esclavo de la droga, inspirando una mezcla de horror y compasión a sus
amigos y familiares. Todavía me parece que lo estoy viendo, con la cara amarillenta y fofa,
los párpados caídos y las pupilas reducidas a un puntito, encogido en una butaca y
convertido en la ruina y los despojos de un buen hombre.
Una noche de junio de 1889 sonó el timbre de mi puerta, aproximadamente a la hora
en que uno da el primer bostezo y echa una mirada al reloj. Me incorporé en mi asiento, y
mi esposa dejó su labor sobre el regazo y puso una ligera expresión de desencanto.
—¡Un paciente! —dijo—. Vas a tener que salir.

Solté un gemido, porque acababa de regresar a casa después de un día muy


fatigoso.

Oímos la puerta que se abría, unas pocas frases presurosas, y después unos pasos
rápidos sobre el linóleo. Se abrió de par en par la puerta de nuestro cuarto, y una dama
vestida de oscuro y con un velo negro entró en la habitación.

—Perdonen ustedes que venga tan tarde —empezó a decir; y en ese mismo
momento, perdiendo de repente el dominio de sí misma, se abalanzó corriendo sobre mi
esposa, le echó los brazos al cuello y rompió a llorar sobre su hombro—. ¡Ay, tengo un
problema tan grande! —sollozó—. ¡Necesito tanto que alguien me ayude!
—¡Pero si es Kate Whitney! —dijo mi esposa, alzándole el velo—. ¡Qué susto
me has dado, Kate!
Cuando entraste no tenía ni idea de quién eras.

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—No sabía qué hacer, así que me vine derecho a verte.

Siempre pasaba lo mismo. La gente que tenía dificultades acudía a mi mujer como
los pájaros a la luz de un faro.
—Has sido muy amable viniendo. Ahora, tómate un poco de vino con agua, siéntate
cómodamente y cuéntanoslo todo. ¿0 prefieres que mande a James a la cama?
—Oh, no, no. Necesito también el consejo y la ayuda del doctor. Se trata de Isa. No
ha venido a casa en dos días. ¡Estoy tan preocupada por él!
No era la primera vez que nos hablaba del problema de su marido, a mí como
doctor, a mi esposa como vieja amiga y compañera del colegio. La consolamos y
reconfortamos lo mejor que pudimos. ¿Sabía dónde podía estar su marido? ¿Era posible
que pudiéramos hacerle volver con ella?
Por lo visto, sí que era posible. Sabía de muy buena fuente que últimamente, cuando
le daba el ataque, solía acudir a un fumadero de opio situado en el extremo oriental de la
City. Hasta entonces, sus orgías no habían pasado de un día, y siempre había vuelto a casa,
quebrantado y tembloroso, al caer la noche. Pero esta vez el maleficio llevaba durándole
cuarenta y ocho horas, y sin duda allí seguía tumbado, entre la escoria de los muelles,
aspirando el veneno o durmiendo bajo sus efectos. Su mujer estaba segura de que se le
podía encontrar en «El Lingote de Oro», en Upper Swandam Lane. Pero
¿qué podía hacer ella? ¿Cómo iba ella, una mujer joven y tímida, a meterse en semejante
sitio y sacar a su marido de entre los rufianes que le rodeaban?
Así estaban las cosas y, desde luego, no había más que un modo de resolverlas.
¿No podía yo acompañarla hasta allí? Sin embargo, pensándolo bien, ¿para qué había de
venir ella? Yo era el consejero médico de Isa Whitney y, como tal, tenía cierta influencia
sobre él. Podía apañármelas mejor si iba solo. Le di mi palabra de que antes de dos horas se
lo enviaría a casa en un coche si de verdad se encontraba en la dirección que me había
dado.

Y así, al cabo de diez minutos, había abandonado mi butaca y mi acogedor cuarto de


estar y viajaba a toda velocidad en un coche de alquiler rumbo al este, con lo que entonces
me parecía una extraña misión, aunque sólo el futuro me iba a demostrar lo extraña que era
en realidad.
Sin embargo, no encontré grandes dificultades en la primera etapa de mi aventura.
Upper Swandam Lane es una callejuela miserable, oculta detrás de los altos muelles que se
extienden en la orilla norte del río, al este del puente de Londres. Entre una tienda de ropa
usada y un establecimiento de ginebra encontré el antro que iba buscando, al que se
llegaba por una empinada escalera que descendía hasta un agujero negro como la boca de
una caverna. Ordené al cochero que aguardara y bajé los escalones, desgastados en el
centro por el paso incesante de pies de borrachos. A la luz vacilante de una lámpara de
aceite colocada encima de la puerta, encontré el picaporte y penetré en una habitación larga
y de techo bajo, con la atmósfera espesa y cargada del humo pardo del opio, y
equipada con una serie de literas de madera, como el castillo de proa de un barco de
emigrantes.

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A través de la penumbra se podían distinguir a duras penas numerosos cuerpos,
tumbados en posturas extrañas y fantásticas, con los hombros encorvados, las rodillas
dobladas, las cabezas echadas hacia atrás y el mentón apuntando hacia arriba; de vez en
cuando, un ojo oscuro y sin brillo se fijaba en el recién llegado. Entre las sombras negras
brillaban circulitos de luz, encendiéndose y apagándose, según que el veneno ardiera o se
apagara en las cazoletas de las pipas metálicas. La mayoría permanecía tendida en silencio,
pero algunos murmuraban para sí mismos, y otros conversaban con voz extraña, apagada y
monótona; su conversación surgía en ráfagas y luego se desvanecía de pronto en el
silencio, mientras cada uno seguía mascullando sus propios pensamientos, sin prestar
atención a las palabras de su vecino. En el extremo más apartado había un pequeño
brasero de carbón, y a su lado un taburete de madera de tres patas, en el que se sentaba un
anciano alto y delgado, con la barbilla apoyada en los puños y los codos en las rodillas,
mirando fijamente el fuego.
Al verme entrar, un malayo de piel cetrina se me acercó rápidamente con una pipa y
una porción de droga, indicándome una litera libre.
—Gracias, no he venido a quedarme —dije—. Hay aquí un amigo mío, el señor Isa
Whitney, y quiero hablar con él. Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha y,
atisbando entre las tinieblas, distinguí a Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, con la
mirada fija en mí.
—¡Dios mío! ¡Es Watson! —exclamó. Se encontraba en un estado lamentable, con
todos sus nervios presa de temblores—. Oiga, Watson, ¿qué hora es?
—Casi las once.

—¿De qué día?

—Del viernes, diecinueve de junio.

—¡Cielo santo! ¡Creía que era miércoles! ¡Y es miércoles! ¿Qué se propone usted
asustando a un amigo? —sepultó la cara entre los brazos y comenzó a sollozar en tono muy
agudo.

—Le digo que es viernes, hombre. Su esposa lleva dos días esperándole.
¡Debería estar avergonzado de sí mismo!
—Y lo estoy. Pero usted se equivoca, Watson, sólo llevo aquí unas horas... tres
pipas, cuatro pipas... ya no sé cuántas. Pero iré a casa con usted. ¿Ha traído usted un
coche?
—Sí, tengo uno esperando.

—Entonces iré en él. Pero seguramente debo algo. Averigüe cuánto debo, Watson.
Me encuentro incapaz. No puedo hacer nada por mí mismo.
Recorrí el estrecho pasadizo entre la doble hilera de durmientes, conteniendo la
respiración para no inhalar el humo infecto y estupefaciente de la droga, y busqué al
encargado. Al pasar al lado del hombre alto que se sentaba junto al brasero, sentí un
súbito tirón en los faldones de mi chaqueta y una voz

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muy baja susurró: «Siga adelante y luego vuélvase a mirarme». Las palabras sonaron con
absoluta

claridad en mis oídos. Miré hacia abajo. Sólo podía haberlas pronunciado el anciano que
tenía a mi lado, y sin embargo continuaba sentado tan absorto como antes, muy flaco, muy
arrugado, encorvado por la edad, con una pipa de opio caída entre sus rodillas, como si sus
dedos la hubieran dejado caer de puro relajamiento. Avancé dos pasos y me volvía mirar.
Necesité todo el dominio de mí mismo para no soltar un grito de asombro. El anciano se
había vuelto de modo que nadie pudiera verlo más que yo. Su figura se había agrandado,
sus arrugas habían desaparecido, los ojos apagados habían recuperado su fuego, y allí,
sentado junto al brasero y sonriendo ante mi sorpresa, estaba ni más ni menos que Sherlock
Holmes. Me indicó con un ligero gesto que me aproximara y, al instante, en cuanto volvió
de nuevo su rostro hacia la concurrencia, se hundió una vez más en una senilidad decrépita
y babeante.
—¡Holmes! —susurré—. ¿Qué demonios está usted haciendo en este antro?

—Hable lo más bajo que pueda —respondió—. Tengo un oído excelente. Si tuviera
usted la inmensa amabilidad de librarse de ese degenerado amigo suyo, me alegraría
muchísimo tener una pequeña conversación con usted.
—Tengo un coche fuera.

—Entonces, por favor, mándelo a casa en él. Puede fiarse de él, porque parece
demasiado hecho polvo como para meterse en ningún lío. Le recomiendo también que, por
medio del cochero, le envíe una nota a su esposa diciéndole que ha unido su suerte a la
mía. Si me espera fuera, estaré con usted en cinco minutos.
Resultaba difícil negarse a las peticiones de Sherlock Holmes, porque siempre eran
extraordinariamente concretas y las exponía con un tono de lo más señorial. De todas
maneras, me parecía que una vez metido Whitney en el coche, mi misión había quedado
prácticamente cumplida; y, por otra parte, no podía desear nada mejor que acompañar a mi
amigo en una de aquellas insólitas aventuras que constituían su modo normal de vida. Me
bastaron unos minutos para escribir la nota, pagar la cuenta de Whitney, llevarlo hasta el
coche y verle partir a través de la noche. Muy poco después, una decrépita figura salía del
fumadero de opio y yo caminaba calle abajo en compañía de Sherlock Holmes. Avanzó por
un par de calles arrastrando los pies, con la espalda encorvada y el paso inseguro; y de
pronto, tras echar una rápida mirada a su alrededor, enderezó el cuerpo y estalló en una
alegre carcajada.
—Supongo, Watson —dijo—, que está usted pensando que he añadido el fumar
opio a las inyecciones de cocaína y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha
tenido la bondad de emitir su opinión facultativa.
—Desde luego, me sorprendió encontrarlo allí.

—No más de lo que me sorprendió a mí verle a usted.

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—Yo vine en busca de un amigo.

—Y yo, en busca de un enemigo.

—¿Un enemigo?

—Sí, uno de mis enemigos naturales o, si se me permite decirlo, de mis presas


naturales. En pocas palabras, Watson, estoy metido en una interesantísima investigación, y
tenía la esperanza de descubrir alguna pista entre las divagaciones incoherentes de estos
adictos, como me ha sucedido otras veces. Si me hubieran reconocido en aquel antro, mi
vida no habría valido ni la tarifa de una hora, porque ya lo he utilizado antes para mis
propios fines, y el bandido del dueño, un antiguo marinero de las Indias Orientales, ha
jurado vengarse de mí. Hay una trampilla en la parte trasera del edificio, cerca de la
esquina del muelle de San Pablo, que podría contar historias muy extrañas sobre lo que
pasa a través de ella las noches sin luna.
—¡Cómo! ¡No querrá usted decir cadáveres!

—Sí, Watson, cadáveres. Seríamos ricos si nos dieran mil libras por cada pobre
diablo que ha encontrado la muerte en ese antro. Es la trampa mortal más perversa de toda
la ribera del río, y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ella para no volver a salir.
Pero nuestro coche debería estar aquí —se metió los dos dedos índices en la boca y lanzó
un penetrante silbido, una señal que fue respondida por

un silbido similar a lo lejos, seguido inmediatamente por el traqueteo de unas ruedas


y las pisadas de cascos de caballo.
—Y ahora, Watson —dijo Holmes, mientras un coche alto, de un caballo, salía de la
oscuridad arrojando dos chorros dorados de luz amarilla por sus faroles laterales—, ¿viene
usted conmigo o no?
—Si puedo ser de alguna utilidad...

—Oh, un camarada de confianza siempre resulta útil. Y un cronista, más aún.


Mi habitación de Los Cedros tiene dos camas.

—¿Los Cedros?

—Sí, así se llama la casa del señor St. Clair. Me estoy alojando allí mientras llevo a
cabo la investigación.
—¿Y dónde está?

—En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante un trayecto de siete millas.

—Pero estoy completamente a oscuras.

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—Naturalmente. Pero en seguida va a enterarse de todo. ¡Suba aquí! Muy bien, John,
ya no le necesitaremos. Aquí tiene media corona. Venga a buscarme mañana a eso de las
once. Suelte las riendas y hasta mañana.

Tocó al caballo con el látigo y salimos disparados a través de la interminable


sucesión de calles sombrías y desiertas, que poco a poco se fueron ensanchando hasta que
cruzamos a toda velocidad un amplio puente con balaustrada, mientras las turbias aguas del
río se deslizaban perezosamente por debajo. Al otro lado nos encontramos otra extensa
desolación de ladrillo y cemento envuelta en un completo silencio, roto tan sólo por las
pisadas fuertes y acompasadas de un policía o por los gritos y canciones de algún grupillo
rezagado de juerguistas. Una oscura cortina se deslizaba lentamente a través del cielo, y
una o dos estrellas brillaban débilmente entre las rendijas de las nubes. Holmes conducía
en silencio, con la cabeza caída sobre el pecho y toda la apariencia de encontrarse sumido
en sus pensamientos, mientras yo, sentado a su lado, me consumía de curiosidad por saber
en qué consistía esta nueva investigación que parecía estar poniendo a prueba sus poderes,
a pesar de lo cual no me atrevía a entrometerme en el curso de sus reflexiones. Llevábamos
recorridas varias millas, y empezábamos a entrar en el cinturón de residencias suburbanas,
cuando Holmes se desperezó, se encogió de hombros y encendió su pipa con el aire de un
hombre satisfecho por estar haciéndolo lo mejor posible.
—Watson, posee usted el don inapreciable de saber guardar silencio
—dijo—. Eso le convierte en un compañero de valor incalculable. Le aseguro que me viene
muy bien tener alguien con quien hablar, pues mis pensamientos no son demasiado
agradables. Me estaba preguntando qué le voy a decir a esta pobre mujer cuando salga esta
noche a recibirme a la puerta.
—Olvida usted que no sé nada del asunto.

—Tengo el tiempo justo de contarle los hechos antes de llegar a Lee. Parece un caso
ridículamente sencillo y, sin embargo, no sé por qué, no consigo avanzar nada. Hay mucha
madeja, ya lo creo, pero no doy con el extremo del hilo. Bien, Watson, voy a exponerle el
caso clara y concisamente, y tal vez usted pueda ver una chispa de luz donde para mí todo
son tinieblas.

—Adelante, pues.

—Hace unos años... concretamente, en mayo de mil ochocientos ochenta y cuatro,


llegó a Lee un caballero llamado Neville St. Clair, que parecía tener dinero en abundancia.
Adquirió una gran residencia, arregló los terrenos con muy buen gusto y, en general, vivía a
lo grande. Poco a poco, fue haciendo amistades entre el vecindario, y en mil ochocientos
ochenta y siete se casó con la hija de un cervecero de la zona, con la que tiene ya dos hijos.
No trabajaba en nada concreto, pero tenía intereses en varias empresas y venía todos los días
a Londres por la mañana, regresando por la tarde en el tren de las cinco catorce desde
Cannon Street. El señor St. Clair tiene ahora treinta y siete años de edad, es hombre de
costumbres moderadas, buen esposo, padre cariñoso, y apreciado por todos los que le
conocen.

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Podríamos añadir que sus deudas actuales, hasta donde hemos podido averiguar, suman un
total de ochenta y ocho libras y diez chelines, y que su cuenta en el banco, el Capital &
Counties Bank, arroja un saldo favorable de doscientas veinte libras. Por tanto, no hay
razón para suponer que sean problemas de dinero los que le atormentan.
»El lunes pasado, el señor Neville St. Clair vino a Londres bastante más temprano
que de costumbre, comentando antes de salir que tenía que realizar dos importantes
gestiones, y que al volver le traería al niño pequeño un juego de construcciones. Ahora
bien, por pura casualidad, su esposa recibió un telegrama ese mismo lunes, muy poco
después de marcharse él, comunicándole que había llegado un paquetito muy valioso que
ella estaba esperando, y que podía recogerlo en las oficinas de la Compañía Naviera
Aberdeen. Pues bien, si conoce usted Londres, sabrá que las oficinas de esta compañía
están en Fresno Street, que hace esquina con Upper Swandam Lane, donde me ha
encontrado usted esta noche. La señora St. Clair almorzó, se fue a Londres, hizo algunas
compras, pasó por la oficina de la compañía, recogió su paquete, y exactamente a las cuatro
treinta y cinco iba caminando por Swandam Lane camino de la estación. ¿Me sigue hasta
ahora?
—Está muy claro.

—Quizá recuerde usted que el lunes hizo muchísimo calor, y la señora St. Clair iba
andando despacio, mirando por todas partes con la esperanza de ver un coche de alquiler,
porque no le gustaba el barrio en el que se encontraba. Mientras bajaba de esta manera por
Swandam Lane, oyó de repente un grito o una exclamación y se quedó helada de espanto al
ver a su marido mirándola desde la ventana de un segundo piso y, según le pareció a ella,
llamándola con gestos. La ventana estaba abierta y pudo verle perfectamente la cara, que
según ella parecía terriblemente agitada. Le hizo gestos frenéticos con las manos y después
desapareció de la ventana tan repentinamente que a la mujer le pareció que alguna fuerza
irresistible había tirado de él por detrás. Un detalle curioso que llamó su femenina atención
fue que, aunque llevaba puesta una especie de chaqueta oscura, como la que vestía al salir
de casa, no tenía cuello ni corbata.

»Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones


—pues la casa no era otra que el fumadero de opio en el que usted me ha encontrado— y
tras atravesar a toda velocidad la sala delantera, intentó subir por las escaleras que llevan al
primer piso. Pero al pie de las escaleras le salió al paso ese granuja de marinero del que le
he hablado, que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le sirve de asistente,
la echó a la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores, corrió
calle abajo y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios
policías y un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos
hombres la acompañaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resistencia del
propietario, se abrieron paso hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última
vez. No había ni rastro de él. De hecho, no encontraron a nadie en todo el piso, con
excepción de un inválido decrépito de aspecto repugnante. Tanto él como el propietario
juraron insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en aquella habitación.
Su negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado a
creer que la señora St.

11
Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre una cajita de
madera que había en la mesa y levantó la tapa violentamente, dejando caer una cascada de
ladrillos de juguete. Era el regalo que él había prometido llevarle a su hijo.
»Este descubrimiento, y la evidente confusión que demostró el inválido,
convencieron al inspector de que se trataba de un asunto grave. Se registraron
minuciosamente las habitaciones, y todos los resultados parecían indicar un crimen
abominable. La habitación delantera estaba amueblada con sencillez como sala de estar, y
comunicaba con un pequeño dormitorio que da a la parte posterior de uno de los muelles.
Entre el muelle y el dormitorio hay una estrecha franja que queda en seco durante la marea
baja, pero que durante la marea alta queda cubierta por metro y medio de agua, por lo
menos. La ventana del dormitorio es bastante ancha y se abre desde abajo. Al
inspeccionarla, se encontraron manchas de sangre en el alféizar, y también en el suelo de
madera se veían varias gotas dispersas. Tiradas detrás de una cortina en la habitación
delantera, se encontraron todas las ropas del señor Neville St. Clair, a excepción de su
chaqueta: sus zapatos, sus calcetines, su sombrero y su reloj... todo estaba allí. No se veían
señales de violencia en ninguna de las prendas, ni se encontró ningún otro rastro del señor
St. Clair. Al parecer, tenían que haberlo sacado por la ventana, ya que no se pudo encontrar
otra

salida, y las ominosas manchas de sangre en la ventana daban pocas esperanzas de que
hubiera podido salvarse a nado, porque la marea estaba en su punto más alto en el
momento de la tragedia.

»Y ahora, hablemos de los maleantes que parecen directamente implicados en el


asunto. Sabemos que el marinero es un tipo de pésimos antecedentes, pero, según el relato
de la señora St. Clair, se encontraba al pie de la escalera a los pocos segundos de la
desaparición de su marido, por lo que difícilmente puede haber desempeñado más que un
papel secundario en el crimen. Se defendió alegando absoluta ignorancia, insistiendo en
que él no sabía nada de las actividades de Hugh Boone, su inquilino, y que no podía
explicar de ningún modo la presencia de las ropas del caballero desaparecido.
»Esto es lo que hay respecto al marinero. Pasemos ahora al siniestro inválido que
vive en la segunda planta del fumadero de opio y que, sin duda, fue el último ser humano
que puso sus ojos en el señor St. Clair. Se llama Hugh Boone, y todo el que va mucho por
la City conoce su repugnante cara. Es mendigo profesional, aunque para burlar los
reglamentos policiales finge vender cerillas. Puede que se haya fijado usted en que,
bajando un poco por Threadneedle Street, en la acera izquierda, hay un pequeño recodo en
la pared. Allí es donde se instala cada día ese engendro, con las piernas cruzadas y su
pequeño surtido de cerillas en el regazo. Ofrece un espectáculo tan lamentable que provoca
una pequeña lluvia de caridad sobre la grasienta gorra de cuero que coloca en la acera
delante de él. Más de una vez lo he estado observando, sin tener ni idea de que llegaría a
relacionarme profesionalmente con él, y me ha sorprendido lo mucho que recoge en poco
tiempo. Tenga en cuenta que su aspecto es tan llamativo que nadie puede pasar a su lado
sin fijarse en él. Una mata de cabello anaranjado, un rostro pálido y desfigurado por una
horrible

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cicatriz que, al contraerse, ha retorcido el borde de su labio superior, una barbilla de
bulldog y un par de ojos oscuros y muy penetrantes, que contrastan extraordinariamente
con el color de su pelo, todo ello le hace destacar de entre la masa vulgar de pedigüeños:
También destaca por su ingenio, pues siempre tiene a mano una respuesta para cualquier
pulla que puedan dirigirle los transeúntes. Éste es el hombre que, según acabamos de saber,
vive en lo alto del fumadero de opio y fue la última persona que vio al caballero que
andamos buscando.
—¡Pero es un inválido! —dije—. ¿Qué podría haber hecho él solo contra un hombre
en la flor de
la vida?

—Es inválido en el sentido de que cojea al andar; pero en otros aspectos, parece
tratarse de un

hombre fuerte y bien alimentado. Sin duda, Watson, su experiencia médica le habrá enseñado
que la debilidad en un miembro se compensa a menudo con una fortaleza excepcional en los
demás.

—Por favor, continúe con su relato.

—La señora St. Clair se había desmayado al ver la sangre en la ventana, y la policía
la llevó en coche a su casa, ya que su presencia no podía ayudarles en las investigaciones.
El inspector Barton, que estaba a cargo del caso, examinó muy detenidamente el local, sin
encontrar nada que arrojara alguna luz sobre el misterio. Se cometió un error al no detener
inmediatamente a Boone, ya que así dispuso de unos minutos para comunicarse con su
compinche el marinero, pero pronto se puso remedio a esta equivocación y Boone fue
detenido y registrado, sin que se encontrara nada que pudiera incriminarle. Es cierto que
había manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero enseñó su dedo índice,
que tenía un corte cerca de la uña, y explicó que la sangre procedía de allí, añadiendo que
poco antes había estado asomado a la ventana y que las manchas observadas allí procedían,
sin duda, de la misma fuente. Negó hasta la saciedad haber visto en su vida al señor Neville
St. Clair, y juró que la presencia de las ropas en su habitación resultaba tan misteriosa para
él como para la policía. En cuanto a la declaración de la señora St. Clair, que afirmaba
haber visto a su marido en la ventana, alegó que estaría loca o lo habría soñado. Se lo
llevaron a comisaría entre ruidosas protestas, mientras el inspector se quedaba en la casa,
con la esperanza de que la bajamar aportara alguna nueva pista.
Y así fue, aunque lo que encontraron en el fango no era lo que temían encontrar. Lo
que apareció al retirarse la marea fue la chaqueta de Neville St. Clair, y no el propio
Neville St. Clair. ¿Y qué cree que encontraron en los bolsillos?
—No tengo ni idea.

—No creo que pueda adivinarlo. Todos los bolsillos estaban repletos de peniques y
medios peniques: en total, cuatrocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios
peniques. No es de
extrañar que la marea no se la llevara. Pero un cuerpo humano es algo muy diferente. Hay
un fuerte remolino entre el muelle y la casa. Parece bastante

13
probable que la chaqueta se quedara allí debido al peso, mientras el cuerpo desnudo era
arrastrado hacia el río.
—Pero, según tengo entendido, todas sus demás ropas se encontraron en la
habitación. ¿Es que el cadáver iba vestido sólo con la chaqueta?
—No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Suponga que este tipo, Boone,
ha tirado a Neville St. Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie.
¿Qué hace a continuación? Por supuesto, pensará inmediatamente en librarse de las ropas
delatoras. Coge la chaqueta, y está a punto de tirarla cuando se le ocurre que flotará en vez
de hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escalera, cuando la
esposa intenta subir, y puede que su compinche el marinero le haya avisado ya de que la
policía viene corriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún
escondrijo secreto, donde ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los
bolsillos de la chaqueta todas las monedas que puede, para asegurarse de que se hunda. La
tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de no haber oído pasos apresurados en
la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la ventana antes de que la
policía aparezca.
—Desde luego, parece factible.

—Bien, lo tomaremos como hipótesis de trabajo, a falta de otra mejor. Como ya le he


dicho, detuvieron a Boone y lo llevaron a comisaría, pero no se le pudo encontrar ningún
antecedente delictivo. Se sabía desde hacía muchos años que era mendigo profesional, pero
parece que llevaba una vida bastante tranquila e inocente. Así están las cosas por el
momento, y nos hallamos tan lejos como al principio de la solución de las cuestiones
pendientes: qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le sucedió allí, dónde
está ahora y qué tiene que ver Hugh Boone con su desaparición. Confieso que no recuerdo
en toda mi experiencia un caso que pareciera tan sencillo a primera vista y que, sin
embargo, presentara tantas dificultades.

Mientras Sherlock Holmes iba exponiendo los detalles de esta singular serie de
acontecimientos, rodábamos a toda velocidad por las afueras de la gran ciudad, hasta que
dejamos atrás las últimas casas desperdigadas y seguimos avanzando con un seto rural a
cada lado del camino. Pero cuando terminó, pasábamos entre dos pueblecitos de casas
dispersas, en cuyas ventanas aún brillaban unas cuantas luces.

—Estamos a las afueras de Lee —dijo mi compañero—. En esta breve carrera hemos
pisado tres condados ingleses, partiendo de Middlesex, pasando de refilón por Surrey y
terminando en Kent. ¿Ve aquella luz entre los árboles? Es Los Cedros, y detrás de la
lámpara está sentada una mujer cuyos ansiosos oídos han captado ya, sin duda alguna, el
ruido de los cascos de nuestro caballo.

—Pero ¿por qué no lleva usted el caso desde Baker Street?

—Porque hay mucho que investigar aquí. La señora St. Clair ha tenido la
amabilidad de poner dos habitaciones a mi disposición, y puede usted tener la seguridad de
que dará la bienvenida a mi amigo y compañero. Me espanta tener que verla, Watson, sin
traer noticias de su marido. En fin, aquí estamos.
¡So, caballo, soo!

14
Nos habíamos detenido frente a una gran mansión con terreno propio. Un mozo de
cuadras había corrido a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguí a
Holmes por un estrecho y ondulante sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya
estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer menuda y rubia apareció en el marco,
vestida con una especie de mousseline-de-soie, con apliques de gasa rosa y esponjosa en el
cuello y los puños. Permaneció inmóvil, con su silueta recortada contra la luz, una mano
apoyada en la puerta, la otra a medio alzar en un gesto de ansiedad, el cuerpo ligeramente
inclinado, adelantando la cabeza y la cara, con ojos impacientes y labios entreabiertos. Era
la estampa viviente misma de la incertidumbre.

—¿Y bien? —gimió—. ¿Qué hay?

Y entonces, viendo que éramos dos, soltó un grito de esperanza que se transformó en
un gemido al ver que mi compañero meneaba la cabeza y se encogía de hombros.

—¿No hay buenas noticias?

—No hay ninguna noticia.

—¿Tampoco malas?

—Tampoco.

—Demos gracias a Dios por eso. Pero entren. Estará usted cansado después de tan
larga jornada.
—Le presento a mi amigo el doctor Watson. Su ayuda ha resultado fundamental en
varios de mis casos y, por una afortunada casualidad, he podido traérmelo e incorporarlo a
esta investigación.
—Encantada de conocerlo —dijo ella, estrechándome calurosamente la mano—.
Estoy segura que sabrá disculpar las deficiencias que encuentre, teniendo en cuenta la
desgracia tan repentina que nos ha ocurrido.
—Querida señora —dije—. Soy un viejo soldado y, aunque no lo fuera, me doy
perfecta cuenta de que huelgan las disculpas. Me sentiré muy satisfecho si puedo resultar
de alguna ayuda para usted o para mi compañero aquí presente.
—Y ahora, señor Sherlock Holmes —dijo la señora mientras entrábamos en un
comedor bien iluminado, en cuya mesa estaba servida una comida fría—, me gustaría
hacerle un par de preguntas francas, y le ruego que las respuestas sean igualmente francas.
—Desde luego, señora.

—No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los


desmayos.
Simplemente, quiero conocer su
auténtica opinión.

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—¿Sobre qué punto?

—En el fondo de su corazón, ¿cree usted que Neville está


vivo? Sherlock Holmes pareció incómodo ante la pregunta.
—¡Francamente! —repitió ella, de pie sobre la alfombra y mirándolo fijamente
desde lo alto, mientras Holmes se retrepaba en un sillón de mimbre.
—Pues, francamente, señora: no.

—¿Cree usted que ha muerto?

—Sí.

—¿Asesinado?

—No puedo asegurarlo. Es posible.

—¿Y qué día murió?

—El lunes.

—Entonces, señor Holmes, ¿tendría usted la bondad de explicar cómo es posible que
haya recibido hoy esta carta suya?
Sherlock Holmes se levantó de un salto, como si hubiera recibido una descarga
eléctrica.

—¿Qué? —rugió.

—Sí, hoy mismo —dijo ella, sonriendo y sosteniendo en alto una hojita de papel.

—¿Puedo verla?

—Desde luego.

Se la arrebató impulsivamente y, extendiendo la carta sobre la mesa, acercó una


lámpara y la examinó con detenimiento. Yo me había levantado de mi silla y miraba por
encima de su hombro. El sobre era muy ordinario, y traía matasellos de Gravesend y fecha
de aquel mismo día, o más bien del día anterior, pues ya era mucho más de medianoche.

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—¡Qué mal escrito! —murmuró Holmes—. No creo que esta sea la letra de su
marido, señora.

—No, pero la de la carta sí que lo es.

—Observo, además, que la persona que escribió el sobre tuvo que ir a preguntar
la dirección.

—¿Cómo puede saber eso?

—El nombre, como ve, está en tinta perfectamente negra, que se ha secado sola. El
resto es de un color grisáceo, que demuestra que se ha utilizado papel secante. Si lo hubieran
escrito todo seguido y lo hubieran secado con secante, no habría ninguna letra tan negra.
Esta persona ha escrito el nombre y luego ha hecho una pausa antes de escribir la dirección,
lo cual sólo puede significar que no le resultaba familiar. Por supuesto, se trata tan sólo de
un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los detalles triviales. Veamos ahora
la carta. ¡Ajá! ¡Aquí dentro había algo más!

—Sí, había un anillo. El anillo con su sello.

—¿Y está usted segura de que ésta es la letra de su marido?

—Una de sus letras.

—¿Una?

—Su letra de cuando escribe con prisas. Es muy diferente de su letra habitual, a
pesar de lo cual la conozco bien.
—«Querida, no te asustes. Todo saldrá bien. Se ha cometido un terrible error, que
quizá tarde algún tiempo en rectificar. Ten paciencia, Neville.» Escrito a lápiz en la guarda
de un libro, formato octavo, sin marca de agua. Echado al correo hoy en Gravesend, por un
hombre con el pulgar sucio. ¡Ajá! Y la solapa la ha pegado, si no me equivoco, una persona
que ha estado mascando tabaco. ¿Y usted no tiene ninguna duda de que se trata de la letra
de su esposo, señora?

—Ninguna. Esto lo escribió Neville.

—Y lo han echado al correo hoy en Gravesend. Bien, señora St. Clair, las nubes se
despejan, aunque no me atrevería a decir que ha pasado el peligro.

—Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.

—A menos que se trate de una hábil falsificación para ponernos sobre una pista
falsa. Al fin y al cabo, el anillo no demuestra nada. Se lo pueden haber quitado.
—¡No, no, es su letra, lo es, lo es, lo es!

17
—Muy bien. Sin embargo, puede haberse escrito el lunes y no haberse echado al
correo hasta hoy.

—Eso es posible.

—De ser así, han podido ocurrir muchas cosas entre tanto.

—Ay, no me desanime usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien.

Existe entre nosotros una comunicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo
sabría. El mismo día en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba
en el comedor, subí corriendo al instante, con la plena seguridad de que algo había ocurrido.
¿Cree usted que puedo responder a semejante trivialidad y, sin embargo, no darme cuenta de
que ha muerto?

—He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede
resultar más útil que las conclusiones de un razonador analítico. Y, desde luego, en esta
carta tiene usted una prueba bien palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su
marido está vivo y puede escribirle cartas, ¿por qué no se pone en contacto con usted?
—No tengo ni idea. Es incomprensible.

—¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?

—No.

—Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.

—Mucho.

—¿Estaba abierta la ventana?

—Sí.

—Entonces, él podía haberla llamado.

—Podía, sí.

—Pero, según tengo entendido, sólo lanzó un grito inarticulado.

—En efecto.

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—Que a usted le pareció una llamada de auxilio.

—Sí, porque agitaba las manos.

—Pero podría haberse tratado de un grito de sorpresa. El asombro, al verla de


pronto a usted, podría haberle hecho levantar las manos.
—Es posible.

—Y a usted le pareció que tiraban de él desde atrás.

—Como desapareció tan bruscamente...

—Pudo haber saltado hacia atrás. Usted no vio a nadie más en la habitación.

—No, pero aquel hombre confesó que había estado allí, y el marinero se encontraba
al pie de la escalera.
—En efecto. Su esposo, por lo que usted pudo ver, ¿llevaba puestas sus ropas
habituales?

—Pero sin cuello. Vi perfectamente su cuello desnudo.

—¿Había mencionado alguna vez Swandam Lane?

—Nunca.

—¿Alguna vez dio señales de haber tomado opio?

—Nunca.

—Gracias, señora St. Clair. Estos son los principales detalles que quería tener
absolutamente claros. Ahora comeremos un poco y después nos retiraremos, pues mañana
es posible que tengamos una jornada muy atareada.
Teníamos a nuestra disposición una habitación amplia y confortable, con dos camas,
y no tardé en meterme entre las sábanas, pues me encontraba fatigado por la noche de
aventuras. Sin embargo, Sherlock Holmes era un hombre que cuando tenía en la cabeza un
problema sin resolver, podía pasar días, y hasta una semana, sin dormir, dándole vueltas,
reordenando los datos, considerándolos desde todos los puntos de vista, hasta que lograba
resolverlo o se convencía de que los datos eran insuficientes. Pronto me resultó evidente
que se estaba preparando para pasar la noche en vela. Se quitó la chaqueta y el chaleco, se
puso una amplia bata azul y empezó a vagar por la habitación, recogiendo almohadas de la
cama y cojines del sofá y las butacas. Con ellos construyó una especie de diván oriental, en
el que se instaló con las piernas cruzadas, colocando delante de él una onza de tabaco
fuerte y una caja de cerillas. Pude verlo allí sentado a la luz mortecina de la lámpara, con
una vieja pipa de brezo

19
entre los labios, los ojos ausentes, fijos en un ángulo del techo, desprendiendo volutas de
humo azulado, callado, inmóvil, con la luz cayendo sobre sus marcadas y aguileñas
facciones. Así se encontraba cuando me fui a dormir, y así continuaba cuando una súbita
exclamación suya me despertó, y vi que la luz del sol ya entraba en el cuarto. La pipa
seguía entre sus labios, el humo seguía elevándose en volutas, y una espesa niebla de
tabaco llenaba la habitación, pero no quedaba nada del paquete de tabaco que yo había
visto la noche anterior.
—¿Está despierto, Watson? —preguntó.

—Sí.

—¿Listo para una excursión matutina?

—Desde luego.

—Entonces, vístase. Aún no se ha levantado nadie, pero sé dónde duerme el mozo


de cuadras, y pronto tendremos preparado el coche.
Al hablar, se reía para sus adentros, le centelleaban los ojos y parecía un hombre
diferente del sombrío pensador de la noche anterior.
Mientras me vestía, eché un vistazo al reloj. No era de extrañar que nadie se
hubiera levantado aún. Eran las cuatro y veinticinco. Apenas había terminado cuando
Holmes regresó para anunciar que el mozo estaba enganchando el caballo.
—Quiero poner a prueba una pequeña hipótesis mía —dijo, mientras se ponía las
botas—. Creo, Watson, que tiene usted delante a uno de los más completos idiotas de toda
Europa. Merezco que me lleven a patadas desde aquí a Charing Cross. Pero me parece que
ya tengo la clave del asunto.
—¿Y dónde está? —pregunté, sonriendo.

—En el cuarto de baño —respondió—. No, no estoy bromeando —continuó, al ver


mi gesto de incredulidad—. Acabo de estar allí, la he cogido y la tengo dentro de esta
maleta Gladstone1. Venga, compañero, y veremos si encaja o no en la cerradura.
Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol de la mañana. El coche y el
caballo ya estaban en la carretera, con el mozo de cuadras a medio vestir aguardando
delante. Subimos al vehículo y salimos disparados por la carretera de Londres. Rodaban
por ella algunos carros que llevaban verduras a la capital, pero las hileras de casas de los
lados estaban tan silenciosas e inertes como una ciudad de ensueño.

—En ciertos aspectos, ha sido un caso muy curioso —dijo Holmes, azuzando al
caballo para ponerlo al galope—. Confieso que he estado más ciego que un topo, pero más
vale aprender tarde que no aprender nunca.

En la ciudad, los más madrugadores apenas empezaban a asomarse medio dormidos


a la ventana cuando nosotros penetramos por las calles del lado de Surrey. Bajamos por
Waterloo Bridge Road, cruzamos el río y subimos a toda

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velocidad por Wellington Street, para allí torcer bruscamente a la derecha y llegar a Bow
Street. Sherlock Holmes era bien conocido por el cuerpo de policía, y los dos agentes de la
puerta le saludaron. Uno de ellos sujetó las riendas del caballo, mientras el otro nos hacía
entrar.
—¿Quién está de guardia? —preguntó Holmes.

—El inspector Bradstreet, señor.

—Ah, Bradstreet, ¿cómo está usted? —un hombre alto y corpulento había surgido
por el corredor embaldosado, con una gorra de visera y chaqueta con alamares—. Me
gustaría hablar unas palabras con usted, Bradstreet.

—Desde luego, señor Holmes. Pase a mi despacho.

Era un despachito pequeño, con un libro enorme encima de la mesa y un teléfono de


pared. El inspector se sentó ante el escritorio.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?

—Se trata de ese mendigo, el que está acusado de participar en la desaparición del
señor Neville St. Clair, de Lee.

—Sí. Está detenido mientras prosiguen las investigaciones.

—Eso he oído. ¿Lo tienen aquí?

1 Maleta de dos compartimientos bautizada con el nombre de un político inglés.

—En los calabozos.

—¿Está tranquilo?

—No causa problemas. Pero cuidado que es granuja cochino.

—¿Cochino?

—Sí, lo más que hemos conseguido es que se lave las manos, pero la cara la tiene
tan negra como un fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá

21
que bañarse periódicamente en la cárcel, y si usted lo viera, creo que estaría de acuerdo
conmigo en que lo necesita.

—Me gustaría muchísimo verlo.

—¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquí. Puede dejar la maleta.

—No, prefiero llevarla.

—Como quiera. Vengan por aquí, por favor —nos guió por un pasillo, abrió una
puerta con barrotes, bajó una escalera de caracol, y nos introdujo en una galería encalada
con una hilera de puertas a cada lado.

—La tercera de la derecha es la suya —dijo el inspector—. ¡Aquí está!


—abrió sin hacer ruido un ventanuco en la parte superior de la puerta y miró al interior—.
Está dormido —dijo—. Podrán verle perfectamente.
Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El detenido estaba tumbado con el
rostro vuelto hacia nosotros, sumido en un profundo sueño, respirando lenta y
ruidosamente. Era un hombre de estatura mediana, vestido toscamente, como correspondía
a su oficio, con una camisa de colores que asomaba por los rotos de su andrajosa chaqueta.
Tal como el inspector había dicho, estaba sucísimo, pero la porquería que cubría su rostro
no lograba ocultar su repulsiva fealdad. El ancho costurón de una vieja cicatriz le recorría
la cara desde el ojo a la barbilla, y al contraerse había tirado del labio superior dejando al
descubierto tres dientes en una perpetua mueca. Unas greñas de cabello rojo muy vivo le
caían sobre los ojos y la frente.
—Una preciosidad, ¿no les parece? —dijo el inspector.

—Desde luego, necesita un lavado —contestó Holmes—. Se me ocurrió que


podría necesitarlo y me tomé la libertad de traer el instrumental necesario
—mientras hablaba, abrió la maleta Gladstone y, ante mi asombro, sacó de ella una
enorme esponja de baño.
—¡Ja, ja! Es usted un tipo divertido —rió el inspector.

—Ahora, si tiene usted la inmensa bondad de abrir con mucho cuidado esta puerta, no
tardaremos en hacerle adoptar un aspecto mucho más respetable.

—Caramba, ¿por qué no? —dijo el inspector—. Es un descrédito para los calabozos
de Bow Street, ¿no les parece?
Introdujo la llave en la cerradura y todos entramos sin hacer ruido en la celda. El
durmiente se dio media vuelta y volvió a hundirse en un profundo sueño. Holmes se
inclinó hacia el jarro de agua, mojó su esponja y la frotó con fuerza dos veces sobre el
rostro del preso.
—Permítame que les presente —exclamó— al señor Neville St. Clair, de Lee,
condado de Kent.

Jamás en mi vida he presenciado un espectáculo semejante. El rostro del hombre se


desprendió bajo la esponja como la corteza de un árbol. Desapareció

22
su repugnante color parduzco. Desapareció también la horrible cicatriz que lo cruzaba, y lo
mismo el labio retorcido que formaba aquella mueca repulsiva. Los desgreñados pelos
rojos se desprendieron de un tirón, y ante nosotros quedó, sentado en el camastro, un
hombre pálido, de expresión triste y aspecto refinado, pelo negro y piel suave, frotándose
los ojos y mirando a su alrededor con asombro soñoliento. De pronto, dándose cuenta de
que le habían descubierto, lanzó un alarido y se dejó caer, hundiendo el rostro en la
almohada.

—¡Por todos los santos! —exclamó el inspector—. ¡Pero si es el desaparecido! ¡Lo


reconozco por las fotografías!

El preso se volvió con el aire indiferente de quien se abandona en manos del destino.

—De acuerdo —dijo—. Y ahora, por favor, ¿de qué se me acusa?

—De la desaparición del señor Neville St... ¡Oh, vamos, no se le puede acusar de
eso, a menos que lo presente como un intento de suicidio! —dijo el inspector, sonriendo—.
Caramba, llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva la palma.
—Si yo soy Neville St. Clair, resulta evidente que no se ha cometido ningún delito
y, por lo tanto, mi detención aquí es ilegal.
—No se ha cometido delito alguno, pero sí un tremendo error —dijo Holmes—.
Más le habría valido confiar en su mujer.
—No era por ella, era por los niños —gimió el detenido—. ¡Dios mío, no quería que
se avergonzaran de su padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué voy a hacer ahora?
Sherlock Holmes se sentó junto a él en la litera y le dio unas palmaditas en el
hombro.

—Si deja usted que los tribunales esclarezcan el caso —dijo—, es evidente que no
podrá evitar la publicidad. Por otra parte, si puede convencer a las autoridades policiales de
que no hay motivos para proceder contra usted, no veo razón para que los detalles de lo
ocurrido lleguen a los periódicos. Estoy seguro de que el inspector Bradstreet tomará nota
de todo lo que quiera usted declarar para ponerlo en conocimiento de las autoridades
competentes. En tal caso, el asunto no tiene por qué llegar a los tribunales.

—¡Que Dios le bendiga! —exclamó el preso con fervor—. Habría soportado la


cárcel, e incluso la ejecución, antes que permitir que mi miserable secreto cayera como un
baldón sobre mis hijos.
»Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de
escuela en Chesterfield, donde recibí una excelente educación. De joven viajé por el
mundo, trabajé en el teatro y por último me hice reportero en un periódico

23
vespertino de Londres. Un día, el director quería que se hiciera una serie de artículos sobre
la mendicidad en la capital, y yo me ofrecí voluntario para hacerlo. Éste fue el punto de
partida de mis aventuras. La única manera de obtener datos para mis artículos era
practicando como mendigo aficionado. Naturalmente, cuando trabajé como actor había
aprendido todos los trucos del maquillaje, y tenía fama en los camerinos por mi habilidad
en la materia. Así que decidí sacar partido de mis conocimientos. Me pinté la cara y, para
ofrecer un aspecto lo más penoso posible, me hice una buena cicatriz y me retorcí un lado
del labio con ayuda de una tira de esparadrapo color carne. Y después, con una peluca roja
y vestido adecuadamente, ocupé mi puesto en la zona más concurrida de la City,
aparentando vender cerillas, pero en realidad pidiendo. Desempeñé mi papel durante siete
horas y cuando volví a casa por la noche descubrí, con gran sorpresa, que había recogido
nada menos que veintiséis chelines y cuatro peniques.
»Escribí mis artículos y no volví a pensar en el asunto hasta que, algún tiempo
después, avalé una letra de un amigo y de pronto me encontré con una orden de pago por
valor de veinticinco libras. Me volví loco intentando reunir el dinero y de repente se me
ocurrió una idea. Solicité al acreedor una prórroga de quince días, pedí vacaciones a mis
jefes y me dediqué a pedir limosna en la City, disfrazado. En diez días había reunido el
dinero y pagado la deuda.
»Pues bien, se imaginarán lo difícil que me resultó someterme de nuevo a un trabajo
fatigoso por dos libras a la semana, sabiendo que podía ganar esa cantidad en un día con
sólo pintarme la cara, dejar la gorra en el suelo y esperar sentado. Hubo una larga lucha
entre mi orgullo y el dinero, pero al final ganó el dinero, dejé el periodismo y me fui a
sentar, un día tras otro, en el mismo rincón del principio, inspirando lástima con mi
espantosa cara y llenándome los bolsillos de monedas. Sólo un hombre conocía mi secreto:
el propietario de un tugurio de Swandam Lane donde tenía alquilada una habitación. De
allí salía cada mañana como un mendigo mugriento, y por la tarde me transformaba en un
caballero elegante, vestido a la última. Este individuo, un antiguo marinero, recibía una
magnífica paga por sus habitaciones, y yo sabía que mi secreto estaba seguro en sus manos.
»Muy pronto me encontré con que estaba ahorrando sumas considerables de dinero.
No pretendo decir que cualquier mendigo que ande por las calles de Londres pueda ganar
setecientas libras al año —que es menos de lo que yo ganaba por término medio—, pero yo
contaba con importantes

ventajas en mi habilidad para la caracterización y también en mi facilidad para las réplicas


ingeniosas, que fui perfeccionando con la práctica hasta convertirme en un personaje
bastante conocido en la City. Todos los días caía sobre mí una lluvia de peniques, con
alguna que otra moneda de plata intercalada, y muy mal se me tenía que dar para no sacar
por lo menos dos libras.
»A medida que me iba haciendo rico, me fui volviendo más ambicioso: adquirí una
casa en el campo y me casé, sin que nadie llegara a sospechar a qué me dedicaba en
realidad. Mi querida esposa sabía que tenía algún negocio en la City. Poco se imaginaba en
qué consistía.

24
»El lunes pasado, había terminado mi jornada y me estaba vistiendo en mi
habitación, encima del fumadero de opio, cuando me asomé a la ventana y vi, con gran
sorpresa y consternación, a mi esposa parada en mitad de la calle, con los ojos clavados en
mí. Solté un grito de sorpresa, levanté los brazos para taparme la cara y corrí en busca de
mi confidente, el marinero, instándole a que no permitiese a nadie subir a donde yo estaba.
Oí la voz de mi mujer en la planta baja, pero sabía que no la dejarían subir. Rápidamente
me quité mis ropas, me puse las de mendigo y me apliqué el maquillaje y la peluca. Ni
siquiera los ojos de una esposa podrían penetrar un disfraz tan perfecto. Pero entonces se
me ocurrió que podrían registrar la habitación y las ropas me delatarían. Abrí la ventana
con tal violencia que se me volvió a abrir un corte que me había hecho por la mañana en mi
casa. Cogí la chaqueta con todas las monedas que acababa de transferir de la bolsa de cuero
en la que guardaba mis ganancias. La tiré por la ventana y desapareció en las aguas del
Támesis. Habría hecho lo mismo con las demás prendas, pero en aquel momento llegaron
los policías corriendo por la escalera y a los pocos minutos descubrí, debo confesar que con
gran alivio por mi parte, que en lugar de identificarme como el señor Neville St. Clair, se
me detenía por su asesinato.
»Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo
el tiempo que me fuera posible, y de ahí mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que
mi esposa estaría terriblemente preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en
un momento en que ningún policía me miraba, junto con una notita apresurada, diciéndole
que no debía temer nada.
—La nota no llegó a sus manos hasta ayer —dijo Holmes.

—¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!

—La policía ha estado vigilando a ese marinero —dijo el inspector Bradstreet—, y


no me extraña que le haya resultado difícil echar la carta sin que le vieran. Probablemente,
se la entregaría a algún marinero cliente de su casa, que no se acordó del encargo en varios
días.
—Así debió de ser, no me cabe duda —dijo Holmes, asintiendo—. Pero
¿nunca le han detenido por pedir limosna?
—Muchas veces; pero ¿qué significaba para mí una multa?

—Sin embargo, esto tiene que terminar aquí —dijo Bradstreet—. Si quiere que la
policía eche tierra al asunto, Hugh Boone debe dejar de existir.
—Lo he jurado con el más solemne de los juramentos que puede hacer un hombre.

—En tal caso, creo que es probable que el asunto no siga adelante. Pero si volvemos
a toparnos con usted, todo saldrá a relucir. Verdaderamente, señor Holmes, estamos en
deuda con usted por haber esclarecido el caso. Me gustaría saber cómo obtiene esos
resultados.
—Éste lo obtuve —dijo mi amigo— sentándome sobre cinco almohadas y
consumiendo una onza de tabaco. Creo, Watson, que, si nos ponemos en marcha hacia
Baker Street, llegaremos a tiempo para el desayuno.

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PERSONAJES PRINCIPALES

SHERLOCK HOLMES:
Es un detective privado de ficción creado en 1887 por el escritor británico Arthur Conan
Doyle. Es un personaje inglés de finales del siglo XIX que destaca por su inteligencia, su
hábil uso de la observación y el razonamiento deductivo para resolver casos difíciles.

DOCTOR WATSON:
Es el amigo y confidente de Sherlock Holmes. Algunas fuentes no canónicas indican que
nació el 7 de agosto de 1852; siendo su nombre completo John Hamish Watson. Según el
revisionista Nicholas Meyer, murió en 1939.

IRENE ADLER:
También conocida como "La Mujer", es una dominatrix que al parecer tiene una atracción
romántica hacia Sherlock Holmes. Está basada en el personaje canónico homónimo.

JAMES MORIARTY:
Matemático y genio del crimen inglés, el Profesor James Moriarty fue creado por el escritor
Arthur Conan Doyle como némesis del detective Sherlock Holmes.

MYCROFT HOLMES:

Es el hermano mayor de Sherlock Holmes. Sus poderes de observación y deducción son


mayores que los de su hermano, pero carece de la energía e inclinación a usarlos que tiene
Sherlock.

26
INSPECTOR LESTRADE:
Es un detective de Scotland Yard que aparece en varias de las historias de Sherlock Holmes.
En "La caja de cartón", se revela su inicial G.

SEBASTIAN MORAN:
Uno de los mejores tiradores en el ejército británico, pero después de una retirada deshonrosa
de cargo se convirtió en mercenario al servicio del profesor Moriarty, y bajo sus órdenes
realizó varios asesinatos. Moran aún permanece en libertad.

PERSONAJES SECUNDARIOS

PHILIP ANDERSON:
Fue médico forense de New Scotland Yard formando equipo con el inspector
Lestrade. Está interpretado por Jonathan Aris.

SALLY DONOVAN:
Odia abiertamente a Sherlock, y el sentimiento es mutuo. Se refiere a él
constantemente como un "fenómeno", y le define como un psicópata.

ELLA THOMPSON:
Es la terapeuta de John Watson en Sherlock, a la que va a ver después de ser disparado en
la guerra de Afganistán. Ella creía, con acierto, que la cojera de John era psicosomática.

BILL WIGGINS:
Es un químico que ayudó a Sherlock Holmes con el caso de Charles Augustus
Magnussen. También es drogadicto.

27
IDEAS PRINCIPALES

Sherlock Holmes trata de observar y poner atención a los detalles más ínfimos. Su estrategia
es simple: observa, deduce y elimina todo lo imposible. Lo que resulta, sin importar que tan
loco parezca, es la verdad.

Fue un excelente escritor inglés que produjo obras literarias que abarcaron los ámbitos de la
poesía, la literatura fantástica o de ciencia ficción, novela, y compuso obras de teatro, además
tenia estudios en medicina que le inspiraron a aplicar el rigor científico a muchas de sus
creaciones, aunque era una practicante del espiritualismo.

PALABRAS DESCONOCIDAS

● SOCIÓPATA: Se describe a sí mismo como un "sociópata de alto


funcionamiento" en respuesta a ser caracterizado por otros como un
"psicópata". La distinción entre sociópata y psicópata es sutil; el diccionario los
considera virtualmente sinónimos.

● RAZÓN: Holmes fue el último razonador lógico en la cultura pop hasta que
apareció el Sr. Spock. Cuando se estrenó la primera de las películas de
Sherlock Holmes protagonizada por Robert Downey.

● DEDUCCIÓN: Se refiere a su método de razonamiento como deducción


, y la palabra aparece muchas veces en las historias originales al igual que el
verbo deducir .Una palabra relacionada es inducción , que significa
"inferencia de una conclusión generalizada a partir de instancias particulares".

28
● GROSELLA ESPINOSA: Holmes de que Sir Henry nunca abandone la vista de
Watson debido a la maldición del "perro demonio". Sir Henry insiste en que
debe ir solo, y le d0ice a Watson, en diálogo que fue inventado para la versión
de TV con Jeremy Brett como Holmes y Edward Hardwicke como Watson:
"Harías una grosella muy civilizada, pero no, me temo que tengo que ir solo".

● GOYAL: Comienza con un documento de 1742 que explica el motivo de la


maldición sobre la familia Baskerville: un antepasado había secuestrado a una
mujer joven, y cuando ella escapó, envió a sus perros de caza tras ella.

● VALETUDINARIAN: Significa "adornado con un cierre frontal de trenza en un


diseño de bucle ornamental" y cercanía significa "condiciones calurosas y
congestionadas".

● CALLE QUEER: Se usa dos veces en las historias de Holmes. Aquí, por el
inspector Lestrade, reprendiendo a un alguacil desatento.

● MOOR, MERE, MIRE: Significa "lago". El mismo Holmes usa simple y


lago indistintamente en "El problema de Thor Bridge".

● BAGATELA: Holmes usa la palabra pista como era de esperar, pero a menudo
usa bagatela para describir el tipo de pequeño detalle, generalmente pasado
por alto por otros, que lo lleva a la solución de un caso.

29
ANÁLISIS

Nivele [Link] era periodista. Un día hizo un informe sobre los mendigos, se disfrazó como
uno de ellos y al final del día vio que le habían dado más dinero que lo que él ganaba. Un
día que su mujer lo vio en una habitación y dando un grito se pensó que lo habían
secuestrado.
Cuando llegó la policía solo habían encontrado su pantalón y al mendigo. Se creyó que
habían asesinado a Nivele. Rápidamente ven al mendigo como asesino y lo llevan a la cárcel.
Holmes se pone a inspeccionar y descubre el secreto. Nivele es el mendigo.
De ahí que no se quisiese lavar la cara nunca, ya que era un experto en maquillaje. Holmes lo
delata. Nivele pide que no se lo dijesen a su familia y así fue.

30
RECOMENDACIONES
En estos mundillos frikis en que nos movemos, hay que vigilar para controlar el dinero que
nos gastamos en las cosas que nos hacen felices (literalmente hablando). De vez en cuándo
surge alguna ganga y eso es de los que os vengo a hablar hoy; toda la recopilación de las
obras de Sherlock Holmes por un módico precio.

Seguramente alguien ya haya visto una de las muchísimas adaptaciones que hay del
personaje (algunas por aquí, de las que destacó Sherlock Holmes la serie animada de 1984,
que recrea fielmente las aventuras del personaje tal y como aparecen en el libro, y Sherlock
(2010), una vuelta de tuerca al personaje para tiempos más modernos, en una adaptación que
no deja de ser espectacularmente divertida. Protagonizada por Benedict Cumberbatch, que
más queréis.

31
CONCLUSIONES

Hemos arribado al final de este trabajo de investigación, trabajo que fue un deleite, ya que ser
guiado de la mano por el doctor John H. Watson, es tener como cicerone, a la persona que
mejor conoció al mundialmente famoso detective Sherlock Holmes. De los casos del señor
Holmes, fuimos pergeñando el pensamiento lógico, y los mismos retazos, estucamos las
paredes de razonamiento, para presentar en la mente un esbozo de taracea, que nos permita
tener, como en los mosaicos bizantinos, una idea policromada de la Ciencia de Deducción.

Cuando Aristóteles inventó la Lógica, de lo cual nos dejó constancia en sus Analiticos, nunca
iba a imaginar, y si que fue fecunda su imaginación, que un ser imaginario iba a embellecer el
Organon, que tan qué tan árido y pesado se tomó a la sombra de muros de los conventos y
monasterio en la Edad Media. Y es que, en el silogismo aristotélico, donde después de dos
afirmaciones, las cuales pueden ser negativas, se extrae de esas premisas una conclusión, es
sacando conclusiones, haciendo deducciones, que nuestro amigo Holmes, es un verdadero
maestro. Como hemos visto, por la efectividad de sus deducciones, sus conclusiones se
asentaban sobre bases sólidas, ya que sus premisas se encontraban ligada a los hechos
estudiados. A manera de ejemplo, finalizamos con dos consejos dejados por el maestro de los
detectives, para que de ahora en adelante, ante cualquier situación que se nos presente en la
vida, no solamente sepamos cómo debemos pensat que es el trabajo de la Logica, sino que
también hemos de ver que

debemos pensar, como nos enseña la Psicologia. He aquí los que nos dice Holmes A partir de
una gota de agua decia el autor, cabria al logico establecer posible existencia de un océano
Atlántico o unas cataratas del Niagara aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás
la más minima noticia.

32
1.1. PALABRAS AGUDAS

33
34
1.2. PALABRAS GRAVES

35
36
37
38
1.3. PALABRAS ESDRÚJULAS

39
1.4. PALABRAS SOBREESDRÚJULAS

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FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

Reparto de Sherlock | Sherlock Holmes Wiki | Fandom

Mycroft Holmes - Wikipedia, la enciclopedia libre

Las aventuras de Sherlock Holmes: resumen, personajes, y más


([Link])

Recomendación: Todo Sherlock Holmes - Las cosas que nos hacen felices

LAS Aventuras DE Sherlock Holmes - ANÁLISIS POR CAPITULOS DE LAS -


Studocu

resumen, personajes, y más ([Link])

Encuentra aquí información de Las aventuras de Sherlock Holmes; Arthur Conan Doyle
para tu escuela ¡Entra ya! | Rincón del Vago ([Link])

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