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La Saga de Conan: Héroe Hiborio

Este documento presenta una carta escrita por Robert E. Howard en respuesta a una carta de P. Schuyler Miller sobre el personaje de Conan. Howard discute detalles sobre la vida y aventuras de Conan, como su origen cimmerio, sus viajes por diferentes reinos y su destino final como rey de Aquilonia. También habla sobre la libertad creativa al describir regiones menos conocidas y ofrece más contexto sobre lugares y pueblos mencionados en sus historias.

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La Saga de Conan: Héroe Hiborio

Este documento presenta una carta escrita por Robert E. Howard en respuesta a una carta de P. Schuyler Miller sobre el personaje de Conan. Howard discute detalles sobre la vida y aventuras de Conan, como su origen cimmerio, sus viajes por diferentes reinos y su destino final como rey de Aquilonia. También habla sobre la libertad creativa al describir regiones menos conocidas y ofrece más contexto sobre lugares y pueblos mencionados en sus historias.

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En

una época anterior a la historia conocida, antes de que los continentes


adoptaran su forma actual, recorrió el mundo un héroe indómito y legendario,
de quien se dice que llegó a él en un campo de batalla. Su nombre era
Conan.
Guerrero cimmerio de cabellos negros y mirada hosca, no se conoce cuándo
tuvo lugar su primer contacto con las naciones civilizadas, pero sí que
participó en el saqueo de la ciudad aquilonia de Venarium. Ya entonces,
antes de alcanzar la madurez, era de constitución corpulenta y mostraba
toda la ferocidad de los bárbaros de las montañas norteñas. Se sabe también
que estuvo prisionero en una celda de Hiperbórea, pero las crónicas
nemedias dan cuenta muy poco después de sus vagabundeos por diversos
reinos hiborios en busca de fortuna, ganándose el sustento como ladrón o
mercenario.
«Conan el bárbaro» es la creación más popular de Robert E. Howard y uno
de los hitos de la cultura popular moderna. El personaje se ha convertido en
el arquetipo fundamental de la fantasía heroica, a la que Howard dio su
forma definitiva con el ciclo de relatos que le dedicó originalmente en la
revista «Weird Tales».
La presente edición ofrece la saga completa del personaje que preparó y
popularizó L. Sprague de Camp a finales de los años sesenta. De Camp le
dio al ciclo una continuidad de la que carecía hasta ese momento, adaptando
otros relatos de Howard y añadiendo aportaciones propias y de diversos
colaboradores. El conjunto definió la cronología de Conan y ha servido de
base a multitud de adaptaciones y expansiones posteriores del ciclo.

[Link] - Página 2
Robert E. Howard & Lin Carter & L. Sprague de Camp

Conan
Conan: Serie Conan - 1

ePub r1.3
Titivillus 28.02.16

[Link] - Página 3
Título original: Conan
Robert E. Howard & Lin Carter & L. Sprague de Camp, 1967
Traducción: Beatriz Oberländer

Relatos
The Hyborian Age, Robert E. Howard, 1936
The Thing in the Crypt, L. Sprague de Camp & Lin Carter, 1967
The Tower of the Elephant, Robert E. Howard, 1933
The Hall of the Dead, Robert E. Howard & L. Sprague de Camp, 1967
The God in the Bowl, Robert E. Howard, 1952
Rogues in the House, Robert E. Howard, 1934
The Hand of Nergal, Robert E. Howard & Lin Carter, 1967
The City of Skulls, Lin Carter & L. Sprague de Camp, 1967

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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Carta de R. E. Howard a P. S. Miller
A comienzos del año 1936, dos aficionados a las historias de Conan —el
educador y escritor de ciencia-ficción P. Schuyler Miller y el químico doctor
John D. Clark— elaboraron un esquema cronológico de la vida y aventuras
de Conan y dibujaron un mapa del mundo de la Edad Hiboria a partir de los
relatos que habían aparecido hasta ese momento. Miller escribió una carta a
Howard en la que le hablaba de los resultados de su investigación. Howard le
contestó, exactamente tres meses antes de su muerte, con una carta que
arroja una nueva luz sobre lo que él pensaba acerca de Conan y del ambiente
en que se desarrollan dichos relatos.

Lock Box 313


Cross Plains, Texas
10 de marzo de 1936
Estimado señor Miller:
Me siento muy honrado de que usted y el doctor Clark se hayan interesado
hasta tal punto por Conan como para hacer un esquema cronológico de su
vida y aventuras y un mapa sobre los lugares en que vivió. Tanto uno como
otro son asombrosamente exactos, teniendo en cuenta la imprecisión de los
datos de que ustedes disponían. Tengo guardado en algún lugar el mapa
original —es decir, el que dibujé cuando comencé a escribir las aventuras de
Conan—, que trataré de encontrar para que puedan echarle un vistazo. En él
aparecen solamente los países situados al este de Vilayet y al norte de Kush.
Nunca intenté hacer el mapa de los reinos del sur y del este, si bien tengo una
idea clara de su geografía.
Sin embargo, cuando escribo acerca de estas regiones me siento bastante
libre, dado que los habitantes de las tierras hibóreas del oeste conocían tan
poco acerca de los pueblos del sur y del este como la gente de la Europa
medieval acerca de África y Asia. Cuando escribo sobre los pueblos hibóreos
me siento encerrado dentro de los límites de tierras conocidas y de fronteras
rígidas, pero al imaginar y novelar el resto del mundo, me siento capaz de
dejar jugar libremente la imaginación. Es decir, que al haber aceptado ciertas
ideas acerca de la geografía y de la etnología, me siento obligado a
mantenerlas a fin de ser coherente. Mis ideas respecto al este y al sur, en
cambio, no están tan definidas ni son tan arbitrarías.
En lo que se refiere a Kush, sin embargo, puedo decir que es uno de los
reinos negros del sur de Estigia, el que se encuentra más al norte y ha dado
nombre a toda la costa meridional. Por tanto, cuando un hiborio habla de

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Kush, generalmente no se refiere a ese reino —uno de los muchos que hay allí
— sino a los de la Costa Negra en general. Y seguramente llamará kushita a
cualquier negro, aunque sea keshanio, darfario o punti, o propiamente un
kushita. Esto es natural, puesto que los kushitas fueron los primeros hombres
negros con quienes entraron en contacto los hiborios; se trataba de piratas de
las Islas Barachas, que sojuzgaron a los kushitas y traficaron con ellos.
En cuanto al destino final de Conan, debo decirle francamente que no
puedo predecirlo. Al escribir estas historias, siempre he tenido la impresión de
que estaba haciendo una crónica de sus aventuras tal como él me las contó y
no de que las estaba creando. Por eso en ellas se salta de un tema a otro sin
seguir un orden normal. Los aventureros, al contar historias de su vida salvaje,
rara vez siguen un plan ordenado, sino que narran acontecimientos muy
alejados en el tiempo y el espacio, a medida que los van recordando.
El esquema hecho por ustedes se adapta casi perfectamente a su vida tal y
como yo la he imaginado, con pequeñas diferencias. Como ustedes deducen,
Conan tenía unos diecisiete años cuando se presentó al público por primera
vez en La Torre del Elefante. Aunque todavía no era un adulto, era más
maduro que la mayoría de los jóvenes civilizados de aquella época. Conan
nació en un campo de batalla, durante una contienda entre su tribu y una
horda de invasores de Vanir. La región que el clan de Conan consideraba suya
y por la que ellos merodeaban se encontraba al noroeste de Cimmeria, pues si
bien Conan descendía de distintos pueblos, era un cimmerio de pura raza. Su
abuelo pertenecía a una tribu del sur que había huido de su gente por una
contienda racial, y que después de mucho vagar se refugió finalmente entre
los pueblos del norte. Este abuelo había participado en su juventud, antes de
huir, en numerosas incursiones contra los pueblos hibóreos, y tal vez fue lo
que le contó a Conan acerca de aquellas tierras benignas lo que despertó en
este, siendo niño, el deseo de conocerlas. Hay muchos aspectos de la vida de
Conan que yo mismo no conozco bien. Por ejemplo, no sé cuándo vio por
primera vez seres civilizados. Puede haber sido en Venarium o quizá en una
visita pacífica que hizo a alguna ciudad fronteriza. En Venarium ya era un
gran adversario, aunque solo contaba con quince años. Medía más de un
metro ochenta de estatura y pesaba ochenta y dos kilos, aunque aún seguía
creciendo.
Pasó aproximadamente un año desde que estuvo en Venarium hasta que
llegó a Zamora, la ciudad de ladrones. Durante este tiempo regresó a las
tierras del norte en las que vivía su tribu e hizo su primer viaje fuera de las
fronteras de Cimmeria. Por extraño que parezca, se dirigió hacia el norte en
lugar de ir hacia el sur. No sé qué motivos tuvo para hacerlo, pero estuvo
algunos meses viviendo con una tribu aesir, luchando contra los vanires y los
hiperbóreos; allí surgió un odio por estos últimos que duró toda su vida y más

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tarde influyó en su actitud política como rey de Aquilonia. Fue capturado por
ellos, pero huyó hacia el sur y llegó a Zamora a tiempo para aparecer en letras
impresas.
No estoy seguro de que las aventuras que se narran en Villanos en la casa
transcurrieran en Zamora. La presencia de facciones políticas de oposición
parecería indicar lo contrario, dado que Zamora tenía un régimen de
despotismo absoluto en el que no se toleraban las opiniones políticas
divergentes. Yo tiendo a pensar que la acción se desarrolló en una de las
pequeñas ciudades-estado que se encontraban al oeste de Zamora, y a la que
Conan había llegado en su vagabundeo después de abandonar precisamente
Zamora. Después volvió por un breve período de tiempo a Cimmeria, e hizo
algunos viajes esporádicos a su tierra natal. El orden cronológico de sus
aventuras se ajusta más o menos al que ustedes han elaborado, solo que
abarca un espacio de tiempo más extenso. Conan tenía unos cuarenta años
cuando lo coronaron rey de Aquilonia, y cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco
en la época de La hora del dragón. Por aquel entonces no tenía ningún
heredero varón porque no se había preocupado por casarse formalmente con
una mujer a la que convertiría en su reina, y los hijos de las concubinas, que
eran muchos, no eran reconocidos como herederos al trono.
Creo que Conan fue rey de Aquilonia durante muchos años, y tuvo un
reinado turbulento y agitado, cuando la civilización hibórea había alcanzado
su máximo esplendor y todos los reyes tenían ambiciones imperiales. Al
principio luchó a la defensiva, pero creo que al final se vio obligado a iniciar
guerras de agresión en defensa propia y como medida de protección. No sé si
tuvo éxito y logró conquistar un gran imperio, o si por el contrario pereció en
el intento.
Conan viajó mucho, no solamente antes de su reinado, sino también
después de subir al trono. Estuvo en Khitai y en Hirkania e incluso viajó a
remotas regiones que se encontraban al norte de Khitai y al sur de Hirkania.
También visitó un continente desconocido del hemisferio occidental y vagó
por las islas adyacentes. No puedo predecir con exactitud cuáles de estos
viajes serán incluidos en mis cuentos. Me han parecido muy interesantes sus
observaciones acerca de los hallazgos en la península de Yamal; es la primera
vez que oigo hablar de ellos. Sin duda alguna Conan conocía muy de cerca a
esas gentes, o al menos a sus antepasados.
Espero que La Edad Hiboria les parezca interesante. Adjunto a esta carta
una copia del mapa original. Es cierto que Napoli ha hecho un buen trabajo
con Conan, aunque a veces tengo la impresión de que le da un aspecto latino a
su rostro que no concuerda con el tipo de personaje que yo imagino. Sin
embargo, esto no es motivo suficiente para preocuparse por el asunto.
Espero que los datos que les mando respondan satisfactoriamente a sus

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preguntas. Estaré encantado de intercambiar ideas acerca de cualquier otro
tema, o de entrar en detalles acerca de cualquier otro aspecto de la vida de
Conan, o bien de la historia o de la geografía de Hiboria que a ustedes les
interese. Gracias una vez más por el interés que han demostrado. Reciba mis
mejores saludos y hágale llegar mis mejores deseos al doctor Clark.
Cordialmente Robert E. Howard
P.S. No me han dicho si quieren que les devuelva el mapa y la cronología,
por lo que me tomo la libertad de conservarlos para enseñárselos a algunos
amigos. Si desean que se los envíe, les ruego me lo hagan saber.

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La Edad Hiboria - Parte I
Robert E. Howard, 1936

La Edad Hiboria, que Howard mencionaba en la carta anterior, es un


ensayo que había escrito algunos años antes, cuando comenzó a crear las
historias de Conan. En dicho ensayo, Howard esbozó la seudohistoria de la
era prehistórica que utilizó como marco de sus relatos. Cuando escribió la
carta a Miller, envió una copia del ensayo a H. P. Lovecraft, el escritor de
cuentos fantásticos, pidiéndole que la mandara a su vez a Dónald A.
Wollheim —un aficionado que más tarde se convirtió en escritor y editor de
ciencia ficción— a fin de que lo publicara en una revista del género llamada
The phantagraph. Esta revista publicó varios capítulos antes de su
desaparición, y el ensayo completo fue publicado en forma de fascículo en
1938 por otro grupo de aficionados a la literatura fantástica. He aquí la parte
de La Edad Hiboria que relata los hechos ocurridos hasta la época de Conan,
junto con una nota apologética de Howard explicando que no pretendía que
el ensayo fuera considerado como verdad histórica. El resto del ensayo se
publicará, Dios mediante, en otro volumen de esta serie.

(Nada de lo que se dice en este artículo debe considerarse como un


intento de establecer una teoría que se oponga a la historia por todos
aceptada. Cuando comencé a escribir las historias de Conan hace algunos
años, escribí esta «historia» de su época y de los pueblos que vivían entonces,
afín de darle a él y a sus aventuras legendarias mayor realismo. Y, mientras
escribía los relatos, me di cuenta de que si me atenía a los «hechos» y al
espíritu de esa historia, me resultaba más fácil imaginar y, por tanto,
describir a Conan como personaje real, de carne y hueso, que como una
creación ficticia. Al escribir sobre él y sobre sus aventuras en los distintos
reinos de la época, nunca he pasado por encima de los «hechos» ni del
espíritu de la «historia» que aquí se relatan, sino que he seguido la trama de
esa historia tan fielmente como lo hubiera hecho el escritor de novelas
históricas que hace referencia a la verdadera historia. He usado esta
«historia» como guía para los relatos que he escrito de esta serie).

Es poco lo que sabemos acerca de esa época conocida por los cronistas nemedios
como la Edad Precataclísmica, exceptuando la última parte, y aún esta está velada por
las brumas de la leyenda. La historia conocida comienza con el ocaso de la

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civilización precataclísmica, dominada por los reinos de Kamelia, Valusia, Verulia,
Grondar, Thule y Commoria. Estos pueblos hablaban una lengua semejante, lo que
parece demostrar su origen común. Había otros reinos, igualmente civilizados,
habitados por otras razas aparentemente más antiguas.
Los bárbaros de aquella época eran los pictos, que vivían en unas islas lejanas en
el océano occidental; los atlantes, que vivían en un pequeño continente situado entre
las Islas Pictas y el continente thurio o principal, y los lemurios, que vivían en una
cadena de grandes islas del hemisferio oriental.
Había varias regiones de tierras inexploradas. Los reinos civilizados, aunque de
enorme extensión, ocupaban una parte relativamente pequeña del planeta. Valusia era
el reino que se hallaba más al oeste del continente thurio, y Grondar el que se
encontraba más al este. Al este de Grondar, cuya gente era menos cultivada que la de
sus reinos hermanos, se extendía una salvaje e inhóspita zona desértica. En las zonas
menos áridas de desierto, en las selvas y montañas, vivían dispersos algunos clanes y
tribus de primitivos salvajes. Más lejos, hacia el sur, había una civilización
misteriosa, sin relación con la cultura thuria y al parecer de naturaleza prehumana.
Las costas lejanas del oeste estaban habitadas por otra raza humana, misteriosa y no
thuria, con la que los lemurios entraban a veces en contacto. Parece ser que venían de
un sombrío y quimérico continente sin nombre que se encontraba en algún lugar al
este de las islas Lemurias.
La civilización thuria se hallaba en su ocaso; sus ejércitos estaban compuestos
principalmente por mercenarios bárbaros. Los pictos, los atlantes y los lemurios eran
sus generales, sus estadistas y a menudo hasta sus reyes. Los conflictos y las luchas
entre los reinos y las guerras entre Valusia y Commoria, así como las conquistas
merced a las cuales los atlantes fundaron un reino en el continente, pertenecen más a
la leyenda que a la realidad histórica.
Entonces el Cataclismo convulsionó el mundo. Atlantis y Lemuria se hundieron y
las Islas Pictas fueron desplazadas, elevándose para formar los picos de las montañas
de un nuevo continente. Grandes zonas del continente thurio desaparecieron bajo las
olas o se hundieron formando enormes lagos y mares interiores. Los volcanes
entraron en erupción impetuosamente y terremotos aterradores sacudieron hasta los
cimientos las radiantes ciudades de los imperios. Pueblos enteros fueron borrados del
mapa.
Los bárbaros tuvieron mejor suerte que las razas civilizadas. Los habitantes de las
Islas Pictas fueron aniquilados, pero sobrevivió una gran colonia que se estableció en
las montañas de la frontera meridional, sirviendo de barrera contra invasiones
extranjeras. El reino continental de los atlantes también pudo escapar a la destrucción
y hasta él llegaron miles de sus hombres en barcos, procedentes de las tierras
sumergidas. Muchos lemurios huyeron hacia la costa oriental del continente thurio,
que quedó relativamente intacto. Allí se convirtieron en esclavos de la antigua raza
que habitaba en esas tierras y su historia fue, durante miles de años, la historia de una

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servidumbre brutal.
Al cambiar las condiciones de vida, se crearon formas extrañas de vida vegetal y
animal en la parte occidental del continente. Densas selvas cubrieron las llanuras, ríos
caudalosos se abrieron paso hasta el mar, surgieron montañas abruptas y los lagos
cubrieron las ruinas de las antiguas ciudades situadas en los fértiles valles. El reino
continental de los atlantes fue invadido por cantidades incalculables de bestias y de
salvajes, hombres-mono y monos, procedentes de las zonas sumergidas. Obligados a
luchar continuamente para sobrevivir, los atlantes lograron conservar, sin embargo,
algunos vestigios de su antiguo estado de bárbaros evolucionados. Desprovistos de
metales y de minerales, se convirtieron en artesanos de la piedra, al igual que sus
remotos antepasados, y habían alcanzado un verdadero nivel artístico cuando su
combativa cultura entró en contacto con el poderoso pueblo picto. Los pictos también
habían vuelto a la piedra Y al hacha de sílex, pero su población creció más
rápidamente y desarrollaron con mayor eficacia las artes de la guerra. No tenían en
absoluto el carácter artístico de los atlantes; eran más rudos, prácticos y prolíficos. No
dejaron pinturas ni tallas de marfil, como hicieran sus enemigos, pero legaron a la
posteridad numerosas y eficaces armas hechas de piedra.
Estos reinos de la Edad de Piedra entraron en conflicto, y después de una serie de
cruentas batallas los atlantes, superados en número, fueron devueltos al estado
salvaje, mientras se detenía la evolución de los pictos. Quinientos años después del
Cataclismo, los reinos bárbaros habían desaparecido. Solo se mantuvieron, en estado
salvaje, los pictos, que estaban en guerra continua con otras tribus también salvajes:
los atlantes. Los pictos los aventajaban numéricamente y en cuanto a unidad,
mientras que los atlantes habían quedado reducidos a algunos clanes desvinculados
entre sí. Así era Occidente en aquellos tiempos.
En el lejano Oriente, aislado del resto del mundo por la formación de gigantescas
montañas y de una serie de enormes lagos, los lemurios siguen siendo esclavos de sus
antiguos amos. Las tierras remotas del sur siguen rodeadas aún de misterio; al no
haber sido afectadas por el Cataclismo, están condenadas al estado prehumano. De
las razas civilizadas del continente thurio, solo un remanente de uno de los pueblos
no valusios tiene su morada en las bajas montañas del sudeste: los zhemri. Aquí y allá
hay clanes de humanoides salvajes dispersos por el mundo que ignoran por completo
el auge y la decadencia de las grandes civilizaciones. Pero en las tierras remotas del
norte, otro pueblo iba haciendo paulatinamente su aparición.
En la época del Cataclismo, una banda de salvajes cuyo desarrollo no era muy
superior al de los hombres de Neanderthal, huyó al norte para escapar de la
aniquilación. Hallaron tierras cubiertas de nieve habitadas tan solo por una especie de
feroces monos de tierras nevadas; se trataba de animales inmensos, peludos y
blancos, al parecer nativos de esas regiones. Los recién llegados lucharon con estos y
los arrojaron más allá del Círculo Polar Ártico, donde presumiblemente perecieron.
Luego, los nuevos pobladores se adaptaron a su duro medio ambiente y prosperaron.

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Cuando las guerras entre pictos y atlantes habían destruido lo que pudo haber sido
una nueva cultura, otro cataclismo, aunque de menor intensidad, formó un gran mar
interior donde antes había un conjunto de lagos, que separó aún más el este del oeste,
y los terremotos, inundaciones y volcanes que acompañaron la nueva conmoción
telúrica completaron la ruina de los bárbaros, que se había iniciado con sus guerras
tribales.
Unos mil años después del segundo cataclismo, el mundo occidental tiene el
aspecto de una tierra salvaje cubierta de selvas, lagos y ríos torrenciales. Por las
montañas boscosas del noroeste vagan bandas de hombres-mono que no hablan
ninguna lengua humana, desconocen el fuego e ignoran el uso de herramientas. Son
los descendientes de los atlantes, hundidos una vez más en el turbulento caos de la
bestialidad selvática de la que sus antepasados habían logrado salir tan lentamente y
con tantas dificultades. El sudoeste está habitado por clanes dispersos de seres
salvajes y primitivos que viven en cavernas y hablan una lengua muy rudimentaria,
que sin embargo conservan el nombre de pictos, palabra que para ellos ha llegado a
ser meramente sinónimo de hombre, y que los diferencia de las verdaderas bestias
contra las que luchan para defender sus vidas y para procurar alimento. Este es su
único vínculo con su existencia anterior. Ni los sórdidos pictos ni los humanoides
atlantes tienen ningún tipo de contacto con otras tribus o pueblos.
En las lejanas tierras del este, los lemurios, que viven en estado salvaje y
primitivo, casi a nivel de bestias, a causa de su dura esclavitud, se han sublevado y
han aniquilado a sus amos. Viven en estado salvaje entre las ruinas de una extraña
cultura. Los sobrevivientes de esa civilización que pudieron escapar de la furia de sus
antiguos esclavos se dirigieron hacia el oeste, donde atacan a ese misterioso reino
humanoide del sur y lo sojuzga, renovando y desarrollando su propia cultura, que se
modifica al contacto con la más antigua. Este nuevo reino se llama Estigia, donde
parece ser que habitan algunos sobrevivientes del antiguo pueblo, a quienes se ha
venerado como dioses después de la aniquilación de los demás miembros de su raza.
En distintos lugares del mundo comienzan a aparecer signos de una tendencia
evolutiva en pequeños grupos de salvajes, aunque estos se hallan dispersos y son
desconocidos. Sin embargo hacia el norte, hay tribus que inician un visible desarrollo.
A esta gente se la conoce con el nombre de hiborios o hibores, y su dios era Bori, un
gran jefe a quien la leyenda convierte en un ser muy antiguo identificado con el rey
que los condujo hacia el norte en la época del gran Cataclismo, que las tribus solo
recuerdan gracias a un folclore muy desvirtuado.
Los hiborios se han dispersado por el norte y se dirigen hacia el sur en
migraciones esporádicas. Hasta el momento no han entrado en contacto con otras
razas, y sus guerras son consecuencia de luchas internas. Mil quinientos años de
existencia en las tierras del norte han hecho de los hiborios una raza alta, de cabellos
leonados y ojos grises; son guerreros fuertes y corpulentos, aunque ya manifiestan un
carácter claramente artístico y poético. Todavía viven fundamentalmente de la caza,

[Link] - Página 14
si bien las tribus del sur han estado criando ganado durante varios siglos. Hay una
sola excepción a su hasta ahora completo aislamiento de otras razas: un miembro
errante de la tribu que llegó hasta los confines del norte volvió con la noticia de que
las heladas llanuras que creían desiertas estaban habitadas por una enorme tribu de
hombres simiescos, que él aseguraba que descendían de las bestias expulsadas de las
tierras habitables por los antepasados de los hiborios. El viajero insistió en que se
enviara un gran contingente guerrero más allá del Círculo Polar Ártico para
exterminar a aquellas bestias, que él aseguraba que iban evolucionando hasta
convertirse en auténticos seres humanos. Todos se burlaron de él, salvo un pequeño
grupo de jóvenes y osados guerreros que lo siguieron hacia el norte, pero ninguno de
ellos regresó jamás.
Las tribus de los hiborios iban avanzando hacia el sur, y a medida que creció la
población, fue aumentando el movimiento. La era siguiente fue una época de
nomadismo y de conquista. En el transcurso de la historia, las diferentes tribus y
grupos de tribus se desplazaron y trasladaron de un lugar a otro, dando una imagen de
perpetuo movimiento.
Veamos cómo era el mundo quinientos años después. Las tribus de hiborios de
leonadas cabelleras se dirigieron hacia el sur y hacia el oeste, conquistando y
destruyendo muchos de los clanes desconocidos. Al mezclarse con las razas
conquistadas, los descendientes de los grupos invasores comenzaron a presentar
nuevas características raciales, pero estas razas mestizas fueron violentamente
atacadas por los grupos de sangre nueva y más pura y fueron barridas por estos como
si se tratara de una escoba que arrastra los desechos indiscriminadamente, para
mezclarse aún más, formando un complejo mosaico de razas y subrazas.
Pero los nuevos conquistadores aún no han entrado en contacto con las razas más
antiguas. Al sudeste, los descendientes de los zhemri, revitalizados por la mezcla de
sangre con algunas tribus desconocidas, quieren restablecer, al menos en parte, su
antigua cultura. Hacia el oeste, los humanoides atlantes comienzan a evolucionar
lentamente. Han completado su ciclo vital; hace tiempo que han olvidado su
existencia humana y, sin tener consciencia de ningún otro estado anterior, comienzan
su evolución sin las ventajas ni los inconvenientes que supone recordar un pasado
humano. Al sur, los pictos siguen viviendo en estado salvaje, desafiando
aparentemente las leyes de la naturaleza al no progresar ni retroceder. Más al sur, el
antiguo y misterioso reino de Estigia parece dormitar. En sus confines orientales
vagan clanes de nómadas salvajes, ya conocidos como los Hijos de Shem.
A poca distancia de los pictos, en el amplio valle de Zingg y protegidos por
grandes montañas, una banda de primitivos de nombre desconocido, pero vinculados
racialmente a los shemitas, creó una cultura y un modo de vida relativamente
evolucionados.
Hay que añadir otro factor al ímpetu de las invasiones hibóreas. Una tribu de esa
misma raza descubrió el uso de la piedra en la construcción, y así nació el primer

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reino hibóreo, el primitivo y bárbaro reino de Hiperbórea, cuyo comienzo tuvo lugar
en una tosca fortaleza de piedras amontonadas con la finalidad de contener los
ataques de otras tribus. Los miembros de esta tribu pronto abandonaron sus tiendas de
piel de caballo y comenzaron a vivir en casas de piedra, construidas en forma
primitiva, pero sólidas, y protegidos de esta manera comenzaron un vertiginoso
desarrollo. Hay pocos acontecimientos históricos más impresionantes que el
desarrollo del violento y cruel reino de Hiperbórea, cuya gente abandonó casi
repentinamente su vida nómada y construyó casas de piedra desnuda, rodeadas de
murallas ciclópeas; de esta manera, una raza que acababa de salir de la era de la
piedra pulida aprendió, casi por casualidad, los principios de la arquitectura.
El auge de este reino desplazó a numerosas tribus que, derrotadas en la guerra o
negándose a ser sojuzgadas por sus hermanos de raza que habitaban en los castillos,
iniciaron un viaje largo y difícil que los llevó por medio mundo. Al mismo tiempo,
las tribus del norte comenzaron a ser hostigadas por gigantescos y rubios salvajes, no
mucho más evolucionados que los hombres-mono.

(La oleada migratoria de lemurios que fundó el reino de Estigia constaba


de dos ramas. Mientras que la del sur creó Estigia, la rama del norte fundó al
mismo tiempo el poderoso imperio de Aquerón, con Pitonia, la ciudad de las
torres violetas, como capital, situada en las tierras del norte y del oeste.
Quinientos años después de la fundación de Aquerón, llegaban a sus
fronteras los primeros nómadas hiborios, pero retrocedieron ante la eficaz
defensa de los sacerdotes y guerreros del sur. Aquerón luchó contra los
invasores hiborios durante casi dos mil años. Finalmente los bárbaros
invadieron Aquerón y lo sitiaron, pero fueron derrotados al final por los
disciplinados ejércitos del imperio hermano de Aquerón, que se encontraba al
sur, es decir, de Estigia. L. S. de C.)

La historia de los mil años siguientes es la leyenda del auge de los hiborios, cuyas
tribus guerreras dominan el mundo occidental. Se formaron reinos primitivos. Los
invasores de leonados cabellos se enfrentaron con los pictos y los desplazaron hacia
las tierras yermas del oeste. En el noroeste, los descendientes de los atlantes, que
pasan sin ayuda alguna del estado humanoide al salvajismo primitivo, aún no se han
enfrentado con los conquistadores. En las remotas tierras del este, los lemurios crean
una extraña semicultura propia. Al sur, los hiborios han fundado el reino de Koth, en
los confines de las zonas pastoriles conocidas como las Tierras de Shem, donde sus
salvajes habitantes están empezando a salir de la barbarie, en parte por el trato con los
hiborios y en parte por su contacto con los estigios, que han asolado sus tierras
durante siglos. Los rubios salvajes del lejano norte son ahora más numerosos y
poderosos, por lo que las tribus hibóreas del norte se dirigen hacia el sur, desplazando
a su paso a sus hermanos de sangre. El antiguo reino de Hiperbórea es derrotado por

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una de esas tribus del norte que, sin embargo, conserva el antiguo nombre. Al sudeste
de Hiperbórea ha surgido un reino de zhemris, llamado Zamora. En el sudoeste, una
tribu de pictos invadió el fértil valle de Zingg, conquistó el pueblo agrícola allí
asentado, estableciéndose en aquellas tierras, junto a los vencidos. La raza resultante
de esta mezcla fue a su vez conquistada más tarde por una tribu errante de hiborios y
todos estos elementos combinados dan origen al reino de Zíngara.
Quinientos años más tarde ya están claramente definidos los pueblos del mundo.
Los reinos hiborios de Aquilonia, Nemedia, Brithunio, Hiperbórea, Koth, Ofir, Argos,
Corinthia y el llamado Reino de la Frontera dominan el mundo occidental. Zamora se
encuentra al este y Zíngara al oeste de estos reinos, cuyos habitantes, aunque no
pertenecen a la misma raza, se parecen por el color oscuro de su piel y por sus
costumbres exóticas. Mucho más al sur, los estigios llevan una vida tranquila, ya que
no han sido afectados por las invasiones extranjeras, mientras que los pueblos de
Shem han cambiado el yugo estigio por el menos tiránico de los kothianos. Los
oscuros amos fueron desplazados hacia el sur del gran río Styx, Nilus o Nilo, que
fluye hacia el norte desde las sombrías tierras interiores del continente, se vuelve casi
en ángulo recto y sigue hacia el oeste a través de las praderas de Shem hasta
desembocar en el gran mar. Al norte de Aquilonia, el reino hibóreo más occidental, se
encuentran los violentos y salvajes cimmerios que no se han sometido a los invasores,
pero que progresan rápidamente por estar en contacto con ellos; se trata de los
descendientes de los atlantes, que ahora se encuentran en un proceso de evolución
más constante que el de los pictos, sus antiguos enemigos, que habitan en las zonas
desérticas del oeste de Aquilonia.
Cinco siglos después, los pueblos hibóreos cuentan con una cultura tan recia y
pujante que contribuye a la importante evolución de las salvajes tribus circundantes
que entran en contacto con ella. El reino más poderoso es el de Aquilonia, pero hay
otros que compiten con él en fuerza y esplendor. Los hiborios se han convertido en
una raza muy mezclada, y los que se encuentran más cerca de las raíces raciales son
los habitantes de Gunderland, una provincia que se halla al norte de Aquilonia. Pero
estas mezclas no han debilitado la raza. Es el pueblo dominante del mundo
occidental, si bien los bárbaros de las tierras desérticas siguen incrementando su
poderío.
En el norte, los bárbaros de cabello dorado y ojos azules, descendientes de los
rubios salvajes del Ártico, han expulsado a las tribus hibóreas que aún permanecían
en los países nevados, con excepción del antiguo reino de Hiperbórea, que resiste sus
violentos ataques. Su tierra se llama Nordheim, y sus habitantes se dividen entre los
pelirrojos vanires de Vanaheim y los rubios aesires de Asgard.
En ese momento los lemurios entran nuevamente en la historia, esta vez como
hirkanios. A lo largo de los siglos han presionado continuamente hacia el oeste, y
ahora una de sus tribus bordea el extremo sur del gran mar interior —Vilayet— y
funda el reino de Turan en la orilla sudoeste. Entre el mar interior y las fronteras

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orientales de los reinos nativos se extienden vastas estepas, mientras que en el
extremo norte y sur abundan los desiertos. Los habitantes de origen no-hirkanio de
estos territorios están dispersos y se dedican al pastoreo; se trata de tribus
desconocidas en el norte y de shemitas en el sur, aborígenes con algo de sangre
hibórea procedente de los conquistadores nómadas. Al terminar este período, otros
clanes hirkanios presionan hacia el oeste, en torno al extremo norte del mar interior, y
chocan con las tropas orientales de los hiperbóreos.
Veamos brevemente cómo eran los pueblos de aquella época. Los dominadores
hiborios ya no tienen en su mayoría el cabello leonado y los ojos grises, puesto que se
han mezclado con otras razas. Los pueblos de Koth presentan muchos rasgos de la
raza shemita, e incluso estigia, y en menor medida de los habitantes de Argos, que se
han mezclado más con los zingarios que con los shemitas. Los brithunios del este se
mezclaron con los zamorios de piel oscura, y los habitantes de la Aquilonia
meridional se mezclaron con los aceitunados zingarios hasta que el cabello negro y
los ojos castaños se convirtieron en los rasgos dominantes de Poitain, la provincia
situada más al sur. El antiguo reino de Hiperbórea está más alejado que los demás, a
pesar de lo cual corre abundante sangre extranjera por sus venas, debido a que
capturan mujeres extranjeras: hirkanias, aesires y zamorias. Solo en la provincia de
Gunderland, donde no hay esclavos, se puede encontrar una raza hibórea pura. Pero
los bárbaros, por su parte, no se han mezclado con otras razas. Los cimmerios son
altos y robustos, tienen cabello oscuro y ojos azules. La gente de Nordheim tiene una
constitución similar, pero son de piel blanca, ojos azules y cabello dorado o pelirrojo.
Los pictos conservan el mismo tipo racial de siempre: son bajos, de piel muy oscura y
cabellos y ojos negros. Los hirkanios tienen la piel oscura, generalmente son altos y
delgados, si bien es cada vez más común el tipo rollizo de ojos rasgados, resultado de
la mezcla con una curiosa raza de aborígenes inteligentes, aunque escasamente
desarrollados físicamente, a quienes conquistaron en las montañas que se encuentran
al este de Vilayet, en su marcha hacia el oeste. Los shemitas son generalmente de
estatura mediana, aunque a veces su cruce con los estigios da lugar a individuos
gigantescos, de complexión fornida, nariz aguileña, ojos oscuros y cabello de color
negro azulado. Los estigios —al menos las clases dominantes— son altos, bien
conformados, morenos y de rasgos regulares; las clases bajas son una horda de
mestizos oprimidos, una mezcla de negroides, estigios, shemitas e incluso hiborios.
Al sur de Estigia se encuentran los vastos reinos negros de los amazonas, los
kushitas, los atlaianos y el imperio híbrido de Zembabwei.
Entre Aquilonia y los desiertos pictos se encuentra el territorio fronterizo de
Bosonia, habitado por descendientes de una raza aborigen conquistada por una tribu
de hiborios en los comienzos de la primera era de la dispersión hibórea. Este pueblo
mestizo nunca alcanzó la cultura de los hiborios más puros, que los desplazaron hacia
la periferia del mundo civilizado. Los bosonios son de estatura y complexión media,
ojos castaños o grises y son mesocefálicos. Viven principalmente de la agricultura, en

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grandes aldeas amuralladas, y forman parte del reino aquilonio. Su territorio se
extiende desde el Reino de la Frontera en el norte hasta Zíngara en el sudoeste,
formando un bastión que defiende a Aquilonia tanto de los cimmerios como de los
pictos. Los bosonios son obstinados guerreros defensivos, y los siglos de guerras
contra los bárbaros del norte y del oeste los ha obligado a desarrollar un tipo de
defensa casi invulnerable contra los ataques directos.
Así era el mundo en los tiempos de Conan.

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La cosa de la cripta
L. Sprague de Camp & Lin Carter, 1967

El héroe más importante de la Edad Hiboria no fue un hiborio, sino un


bárbaro: Conan el cimmerio, cuyo nombre ha dado lugar a todo tipo de
leyendas. De las antiguas civilizaciones de la época de los hiborios y de los
atlantes, solo sobreviven algunas historias semilegendarias y fragmentarias.
Una de ellas —Las crónicas nemedias— nos permite conocer casi todos los
aspectos de la vida y aventuras de nuestro héroe. La parte que se refiere a
Conan comienza así:

Sabed, oh príncipe, que en los años que siguieron al hundimiento de Atlantis y de


las radiantes ciudades en las profundas aguas del océano, hasta el apogeo de los Hijos
de Aryas, hubo una era inconcebible en la que los rutilantes y poderosos reinos se
extendían por el mundo como mantos azules bajo las estrellas: Nemedia; Ofir;
Brithunio; Hiperbórea; Zamora con sus mujeres de oscuros cabellos y sus torres
llenas de hechizo y misterio; Zíngara y sus caballeros; Koth, que lindaba con las
tierras pastoriles de Shem; Estigia con sus tumbas protegidas por las sombras, e
Hirkania, cuyos jefes vestían seda y oro. Pero el reino más arrogante del mundo era
Aquilonia, que imperaba sobre los demás en el adormilado occidente. Aquí llegó
Conan el cimmerio, de cabellos negros y mirada hosca, con la espada en la mano —
ladrón, vagabundo, asesino implacable, con una melancolía abismal y una exultante
alegría— para pisotear los enjoyados tronos de la Tierra con sus toscas sandalias.
Por las venas de Conan corría sangre de los antiguos atlantes tragados por el mar
ocho mil años antes. Nació en el seno de un clan que reivindicaba una región del
noroeste de Cimmeria. Su abuelo pertenecía a una tribu del sur que había huido de su
propio pueblo debido a una contienda racial y, después de mucho peregrinar, se
refugió entre los pueblos del norte. Conan nació precisamente en un campo de
batalla, durante un combate entre su tribu y una horda de invasores vanires.
No se sabe cuándo el joven cimmerio vio por primera vez la civilización, pero ya
tenía fama de guerrero hacia la época de los fuegos del consejo, aunque aún no había
visto quince nevadas. Ese año, los cimmerios olvidaron sus querellas y unieron
fuerzas para rechazar el ataque de los hombres de Gunderland, que habían irrumpido
a través de la frontera de Aquilonia, construyeron el puesto de avanzada de Venarium
y comenzaron a colonizar las zonas limítrofes del sur de Cimmeria. Conan pertenecía
a la horda rugiente y sedienta de sangre que conquistó las montañas del norte,
irrumpió a través de las empalizadas con espadas y antorchas e hizo retroceder a los
aquilonios allende sus fronteras.

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Durante el saqueo de Venarium y no habiendo alcanzado aún su pleno desarrollo,
Conan ya medía más de un metro ochenta de estatura y pesaba ochenta y dos kilos,
tenía el carácter alerta y cauteloso del hombre nacido en el bosque, la férrea dureza
del hombre de montaña, el físico hercúleo de su padre, que era herrero, y una
inusitada destreza con el cuchillo, el hacha y la espada.
Después del saqueo de la avanzada aquilonia, Conan regresa por poco tiempo a su
tribu. Desasosegado por los impulsos contradictorios de la adolescencia, de su
tradición y de su época, pasa algunos meses con una banda de aesires en infructuosas
incursiones contra los vanires y los hiperbóreos. Al finalizar esta campaña, toman
prisionero y encadenan al joven cimmerio, que cuenta entonces con dieciséis años.
Sin embargo, no permanece encadenado por mucho tiempo…

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1. Los ojos rojos
Durante dos días los lobos habían perseguido a Conan a través de los bosques y
ahora se acercaban nuevamente. El muchacho miró hacia atrás y vislumbró unas
figuras grandes y pesadas, peludas, de color gris oscuro, que corrían velozmente entre
los negros troncos de los árboles y cuyos ojos resplandecían como carbones
incandescentes en la oscuridad. Esta vez —pensó— sería capaz de enfrentarse a ellos
como había hecho otras veces.
No podía ver a lo lejos porque a su alrededor se alzaban, como silenciosos
soldados de algún ejército embrujado, los troncos de millones de abetos negros. La
nieve estaba pegada a la ladera norte de las montañas formando borrosas manchas
blancas, pero el murmullo de miles de riachuelos que se formaban al derretirse la
nieve y el hielo presagiaba la llegada de la primavera. Era un mundo oscuro,
silencioso y sombrío aun en pleno verano, y ahora, a medida que se desvanecía la
tenue luz para dar paso al atardecer, parecía más tenebroso que nunca.
El joven siguió corriendo sin aliento ascendiendo por la abrupta y arbolada
pendiente, tal como había hecho desde que consiguiera abrirse camino luchando para
escapar de la mazmorra de esclavos de Hiperbórea dos días antes. Aunque era
cimmerio de pura raza, había formado parte de una banda de invasores aesires que
hostigaban las fronteras de los hiperbóreos. Los pálidos y rubios guerreros de aquella
tierra sombría habían detenido y aplastado a los incursores, y el joven Conan conoció
por primera vez en su vida el sabor amargo de las cadenas y de los latigazos, que eran
el sino normal de los esclavos.
Pero no permaneció mucho tiempo en esclavitud. Trabajando por la noche
mientras los demás dormían, consiguió desgastar un eslabón de su cadena
debilitándolo hasta partirlo. Entonces, un día de tormenta, rompió violentamente sus
ataduras. Esgrimiendo la rota y pesada cadena de más de un metro de longitud, mató
a su guardián y a un soldado que de un salto se había interpuesto en su camino, y
desapareció bajo el aguacero. La lluvia que le impedía ver también sirvió para
despistar a la jauría que llevaba el grupo de hombres que salió en su búsqueda.
Aunque libre por el momento, el joven se dio cuenta de que había un reino hostil
en su camino hacia su Cimmeria natal. Entonces huyó hacia las tierras salvajes y
montañosas del sur donde confluían la frontera meridional de Hiperbórea, las fértiles
llanuras de Brithunia y las estepas turanias. En algún lugar del sur, según había oído,
se hallaba el fabuloso reino de Zamora, con sus mujeres de negros cabellos y sus
torres llenas de embrujo y misterio. Allí se alzaban famosas ciudades: Shadizar, la
capital, llamada la Ciudad del Mal; Arenjun, la ciudad de los ladrones, y Yezud, la
ciudad del dios araña.
Unos años antes, había saboreado por primera vez las delicias y los lujos de la
civilización cuando, formando parte de la sanguinaria horda de cimmerios que

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atacaron en tropel las murallas de Venarium, participó en el saqueo de aquella
avanzada aquilonia. El sabor del triunfo estimuló su ambición. No tenía metas
definidas ni un plan de acción preciso, sino vagos sueños de aventuras en las ricas
tierras del sur. Visiones de brillantes piezas de oro y relucientes joyas, de manjares y
bebidas sin límite, y cálidos abrazos de hermosas mujeres de noble cuna que le serían
dados como premio a su valentía revoloteaban por su ingenua mente juvenil. En el
sur —pensó— su corpulencia y su fuerza podrían proporcionarle fácilmente fama y
fortuna en medio de los débiles habitantes de la ciudad. Así pues, se dirigió hacia el
sur en busca de su destino, sin más bienes que una túnica raída y harapienta y poco
más de un metro de cadena.
Entonces los lobos olfatearon su rastro. En circunstancias normales, un hombre de
acción tiene poco que temer de estos animales. Pero terminaba el invierno y los
lobos, hambrientos después de una época de escasez, estaban dispuestos a todo para
conseguir su presa.
La primera vez que alcanzaron a Conan, el muchacho había agitado la cadena con
tal violencia que hizo aullar de dolor a uno de esos grises animales, que quedó
retorciéndose en la nieve con el espinazo roto, y dejó a otro muerto con el cráneo
destrozado. La sangre coagulada manchaba la nieve derretida. La hambrienta manada
se alejó de aquel joven de cruel y violenta mirada y de la terrible cadena giratoria y se
dieron un festín con los animales muertos de su propia manada, lo que Conan
aprovechó para huir hacia el sur. Pero he aquí que poco tiempo después le seguían el
rastro de nuevo.
El día anterior, al atardecer, la manada lo alcanzó en un río helado en los confines
de Brithunia. Conan entabló una lucha con los animales sobre el hielo resbaladizo,
esgrimiendo la ensangrentada cadena a modo de mazo, hasta que el lobo más
intrépido cogió los eslabones de hierro entre sus terribles mandíbulas y arrancó la
cadena que sus manos sujetaban con dificultad. En ese momento, la violencia de la
lucha y el peso de la manada que se abalanzaba sobre el muchacho hicieron que se
rompiera el frágil hielo sobre el que se apoyaban. Conan empezó a jadear y a respirar
con dificultad pensando que se ahogaría en la helada corriente. Algunos lobos habían
caído con él, y tuvo la vaga impresión de que uno de los animales, medio sumergido
en el agua, arañaba frenéticamente con sus garras delanteras el borde del hielo, pero
no sabía cuántos habían logrado escapar ni cuántos habían sido arrastrados por la
helada corriente.
Con los dientes castañeteando, Conan logró salir del agua por el extremo más
alejado del agujero, lejos de la manada, mientras los lobos aullaban detrás de él.
Estuvo corriendo toda la noche y todo el día siguiente, huyendo hacia el sur a través
de las boscosas montañas, semidesnudo y aterido de frío. Pero durante el día los
animales volvieron a alcanzarlo.
El aire helado de la montaña quemaba sus agitados pulmones y su respiración
semejaba la ráfaga de un aparato infernal. Estaba casi entumecido y sus piernas, que

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parecían de madera, se movían automáticamente como si fueran pistones. A cada
paso sus sandalias se hundían en la tierra empapada y al levantarlas producían
gorgoteos.
Conan sabía que desprovisto de armas tenía escasas posibilidades de sobrevivir
contra una docena de peludos devoradores de hombres. A pesar de todo seguía
corriendo sin pausa. Su severa tradición cimmeria le impedía rendirse, aun cuando se
enfrentara a una muerte segura.
Comenzaba a nevar otra vez, caían grandes y húmedos copos que llegaban al
suelo con un sonido atenuado pero audible y cubrían la oscura tierra húmeda y los
enormes abetos negros con una miríada de manchas blancas. Aquí y allá se veían
grandes peñascos que asomaban por el alfombrado suelo; el terreno se hacía cada vez
más rocoso y montañoso. Allí —pensó Conan— podía estar su única posibilidad de
sobrevivir. Podría apoyar su espalda contra una roca y combatir a los lobos de frente
cuando se abalanzaran sobre él. Era una esperanza remota, pues conocía muy bien la
rapidez, como una trampa de acero, de aquellos delgados animales ligeros y enjutos
de apenas cincuenta kilos de peso; pero esto era mejor que nada.
El bosque se hacía menos denso a medida que aumentaba la pendiente. Conan
corrió con paso ligero hacia una enorme masa de rocas que sobresalían de la ladera de
la montaña como si se tratara de la entrada de un castillo enterrado. En el ínterin, los
lobos salieron del espeso bosque y corrieron tras él aullando como los demonios rojos
del infierno cuando persiguen a un alma condenada.

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2. La puerta en la roca
A través del blanco velo de nieve que caía en remolinos, el muchacho vio una
grieta oscura entre dos enormes bloques de roca y se lanzó de un salto hacia allí. Los
lobos le seguían de cerca —le pareció sentir su cálido y hediondo aliento en sus
desnudas piernas— cuando saltó hacia la negra hendidura que se abría delante de él,
en el preciso instante en que se abalanzaba sobre él el animal que tenía más cerca.
Las mandíbulas babeantes mordieron el aire. Conan estaba a salvo.
Pero ¿por cuánto tiempo?
Conan se agachó y anduvo a tientas en la oscuridad, palpando el duro suelo
rocoso en busca de algún objeto para ahuyentar a los animales que aullaban. Podía oír
sus pasos quedos en la nieve mientras sus garras arañaban la piedra. Al igual que él,
los animales respiraban agitadamente. Olfateaban y gruñían, sedientos de sangre.
Pero ninguno atravesó la entrada, el oscuro y tenebroso resquicio. Y eso parecía
extraño.
Conan se encontró en una estrecha cueva labrada en la roca, completamente a
oscuras a no ser por la tenue luz que entraba por la abertura. El suelo desparejo de la
pequeña habitación estaba cubierto de residuos arrastrados hasta allí por el viento o
traídos por los pájaros u otros animales; había hojas secas, agujas de abeto, pequeñas
ramas de árboles, algunos huesos desparramados, guijarros y pequeños fragmentos de
roca. No vio nada que pudiera emplear como arma.
Conan, que ya medía casi un metro noventa, se irguió y comenzó a explorar la
pared con las manos extendidas, hasta que encontró otra abertura. Mientras entraba a
tientas por esta puerta penetrando en la más absoluta oscuridad, sus sensibles dedos le
indicaron que en la piedra había unas marcas talladas en forma de jeroglíficos de
alguna lengua desconocida. O al menos desconocida para el ignorante muchacho de
las tierras bárbaras del norte, que no sabía leer ni escribir y se burlaba de tales
muestras de civilización, considerando que eran algo afeminado.
Tuvo que encorvarse mucho para pasar por la puerta interior, pero una vez dentro
pudo erguirse nuevamente. Se detuvo un momento, escuchando. Aunque reinaba un
absoluto silencio, algún sexto sentido parecía advertirle que no estaba solo en la
habitación interior. No era algo que pudiera ver, oír u oler, sino que se trataba de una
sensación de presencia, diferente de cualquier sensación conocida.
Su sensible oído, habituado a los ruidos del bosque, le indicó, por el eco, que este
recinto era mucho más amplio que el otro. El lugar tenía un olor a polvo antiguo y a
excremento de murciélago. Conan tropezó con algunos objetos esparcidos por el
suelo. Aunque no podía verlos, se dio cuenta de que no eran residuos como los que
cubrían el suelo de la antecámara. Daban más bien la impresión de haber sido hechos
por el hombre.
Al dar una zancada a lo largo de la pared, tropezó con un objeto en la oscuridad,

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que se cayó y se hizo pedazos con gran estrépito bajo el peso del muchacho. Una
astilla de madera rota le arañó la espinilla, añadiendo un nuevo rasguño al cuerpo
cubierto de marcas de las ramas de abeto y de las garras de los lobos. Conan lanzó
una maldición, se incorporó y tanteó en la oscuridad el objeto que había destrozado.
Se trataba de una silla, cuya madera estaba tan podrida que se hizo trizas bajo el peso
de su cuerpo.
Continuó explorando con más cautela. Sus inseguras manos hallaron otro objeto,
de mayor tamaño, que enseguida reconoció como el bastidor de un carro. Las ruedas
se habían caído porque su madera estaba podrida y la caja estaba tirada en el suelo
entre fragmentos de ruedas.
Las manos de Conan tocaron ahora un objeto frío y metálico. Su sentido del tacto
le indicó que probablemente se tratara de algún herraje oxidado del carro. Esto le
sugirió una idea. Se dio media vuelta y regresó a la puerta que comunicaba con
ambos recintos y que apenas podía ver en la absoluta oscuridad. Recogió un puñado
de yesca y varios trozos de piedra del suelo de la antecámara. Volvió a la habitación
interior, hizo un montoncito con la yesca y golpeó las piedras contra el hierro.
Después de varios intentos, encontró una piedra que emitía ráfagas de chispas al ser
golpeada contra el hierro.
Poco después Conan había conseguido hacer un pequeño y humeante fuego que
chisporroteaba alimentado con los fragmentos de la silla rota y de las ruedas del
carro. Entonces pudo relajarse y descansar al fin de su terrible carrera a través de los
bosques, y calentar sus entumecidos miembros. Las vivas llamas alejarían a los lobos,
que aún merodeaban frente a la entrada, reacios a perseguirlo hasta el interior de la
cueva, pero no dispuestos a abandonar definitivamente su presa.
El fuego arrojaba una cálida luz amarillenta que danzaba sobre las paredes de
piedra rústicamente tallada. Conan miró a su alrededor. La habitación era cuadrada y
más grande de lo que había creído al principio. El elevado techo se perdía entre las
espesas sombras cubierto de telarañas. Había más sillas apoyadas contra las paredes y
un par de cofres abiertos llenos de ropas y armas. La enorme cueva olía a muerte, a
cosas antiguas por mucho tiempo insepultas.
Entonces a Conan se le pusieron los pelos de punta, sintió un ligero temblor y un
escalofrío sobrenatural. Porque allí, sentado en una especie de trono de piedra en el
extremo más alejado de la habitación, había un enorme hombre desnudo, de rostro
cadavérico, que tenía una espada desenvainada sobre las rodillas y lo miraba a través
de las vacilantes llamas.
En cuanto divisó al gigante desnudo, Conan se dio cuenta de que estaba muerto
desde tiempos inmemoriales. Las extremidades del cadáver eran marrones y parecían
ramas secas. La carne reseca y encogida de su enorme tórax se había hecho jirones y
dejaba ver las costillas desnudas.
El hecho de saber que estaba muerto no alivió el súbito escalofrío de terror del
joven. Temerario en la guerra a pesar de su juventud, capaz de enfrentarse a cualquier

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hombre o bestia salvaje, Conan no sentía miedo ante el dolor, la muerte ni ante
ningún enemigo mortal. Pero era un bárbaro de las montañas del norte, de las
primitivas tierras de Cimmeria. Al igual que todos los bárbaros, sentía pavor frente a
los horrores sobrenaturales de las tumbas y de las tinieblas, ante los demonios y los
monstruos rastreros de la Antigua Noche y del Caos, con los que la gente primitiva
puebla las tinieblas que están más allá del círculo de sus hogueras. Conan hubiera
preferido enfrentarse hasta con los hambrientos lobos antes que quedarse allí con el
cadáver que lo miraba con ojos centelleantes desde su trono de piedra, mientras la
temblorosa luz parecía dar vida a la reseca calavera y movía las sombras de los
profundos agujeros que semejaban ojos oscuros y ardientes.

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3. La cosa del trono
Aunque la sangre se le había helado en las venas y se le habían puesto los pelos
de punta, el muchacho se dominó a sí mismo con todas sus fuerzas. Se dijo que sus
temores eran infundados y avanzó con paso firme a través de la cripta para examinar
de cerca aquella cosa muerta desde hacía tanto tiempo.
El trono era una roca cuadrada, negra y lisa, rústicamente tallada en forma de
asiento sobre una especie de tarima de unos treinta centímetros de altura. El hombre
desnudo había muerto sentado en el trono o bien lo habían colocado en esa posición
después de muerto. La ropa que tuviera puesta entonces se había hecho jirones hacía
mucho tiempo. Las hebillas de bronce y los trozos de cuero de su arnés aún yacían a
sus pies. Un collar de irregulares pepitas de oro colgaba de su cuello; piedras
preciosas sin tallar brillaban en los anillos de oro que lucían sus manos, que parecían
garras y todavía se aferraban a los brazos del trono. Un casco de bronce, ahora
cubierto con una capa de moho verde y ceroso, coronaba la parte superior de aquella
cosa espantosa, reseca y marrón que había sido su rostro.
Con nervios de acero, Conan se obligó a sí mismo a mirar aquella cara carcomida
por el tiempo. Los ojos se habían hundido, dejando dos agujeros negros. La piel casi
había desaparecido de sus labios resecos, por donde asomaban unos dientes
amarillentos esbozando una sonrisa macabra.
¿Quién había sido? ¿Qué era esta cosa muerta? ¿Un guerrero de la antigüedad,
algún jefe temido en vida y aún entronizado después de muerto? Imposible saberlo.
Unas cien razas habían poblado y dominado aquellas montañas fronterizas desde que
Atlantis se hundió bajo las aguas de color esmeralda del océano Occidental, hacía
ocho mil años. Por su casco de cuernos se podía deducir que el cadáver tal vez
hubiera sido un jefe de los primeros vanires o aesires, o del primitivo rey de alguna
olvidada tribu hibórea perdida en las sombras de los años y enterrada bajo el polvo
del tiempo.
Entonces Conan bajó la mirada y vio la enorme espada colocada encima de las
huesudas piernas del cadáver. Era un arma aterradora, un sable con una hoja de más
de un metro de largo, hecha de hierro azulado y no de cobre ni de bronce, como era
de esperar por su antigüedad. Quizá fuera una de las primeras armas de hierro que
empuñó el hombre; las leyendas del pueblo de Conan hablaban de la época en la que
los hombres combatían con rudimentarias armas de bronce, cuando aún no se conocía
el hierro. Seguramente esta espada había visto muchas batallas en el remoto pasado,
ya que su ancha hoja, aunque aún afilada, tenía muescas en varios lugares en los que,
con fragor metálico, se había enfrentado a otras espadas y hachas en medio de la
confusión de la lucha. Manchada por el tiempo y llena de herrumbre, todavía era un
arma temible.
El joven sintió que su pulso se aceleraba. La sangre de Conan, que había nacido

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para ser guerrero, hirvió en sus venas. ¡Crom, qué espada! Con un arma como aquella
podría enfrentarse ventajosamente a los hambrientos lobos que estaban al acecho
dando vueltas y gruñendo en el exterior. Cuando tendió la mano ansiosamente para
coger la empuñadura, no alcanzó a ver el destello de advertencia que brilló en las
sombrías y hundidas cuencas vacías de la calavera del antiguo guerrero.
Conan levantó la espada. Era pesada como el plomo; se trataba de una espada
muy antigua. Tal vez algún fabuloso y heroico rey del pasado la había empuñado,
algún legendario semidiós como Kull de Atlantis, rey de Valusia antes del
hundimiento de Atlantis bajo la agitada superficie de los mares…
El muchacho blandió la espada, sintiendo que su espíritu se henchía de poder y su
corazón latía más deprisa por el orgullo de poseer aquella arma extraordinaria.
¡Dioses, qué espada! ¡Con semejante arma no había destino al que no pudiera aspirar
un guerrero! ¡Con una espada como aquella, hasta un joven bárbaro semidesnudo de
las rudas tierras de Cimmeria podría abrirse camino por todo el mundo y vadear los
ríos de sangre hasta ponerse a la altura de los más importantes reyes de la tierra!
De espaldas al trono de piedra, Conan movía de un lado a otro la hoja acerada y
cortaba el aire con la espada, experimentando la sensación que producía la antigua
empuñadura contra la palma de su mano. La afilada espada silbaba en el aire denso
de humareda y la hoja del sable reflejaba los haces de luz de las llamas sobre las
toscas paredes de piedra de la cueva como pequeños meteoros dorados. Con aquella
poderosa espada en la mano, no solo podría enfrentarse a los hambrientos lobos que
aullaban fuera, sino también a una nutrida tropa de guerreros. El muchacho respiró
hondo ensanchando su pecho, y lanzó el salvaje grito de guerra de su tribu. Los ecos
del grito resonaron estruendosamente en las paredes de la cueva, agitando las
antiguas sombras y sacudiendo el polvo del tiempo. Conan no se detuvo a pensar que
semejante desafío, en ese lugar, podría levantar algo más que sombras o polvo: cosas
que debían permanecer eternamente dormidas.
De repente se detuvo con un pie delante, al oír un ruido, un crujido seco e
indescriptible, que procedía del trono situado al lado de la cripta. Volviéndose
bruscamente vio… y sintió que se le ponían los pelos de punta y que la sangre se le
helaba en las venas. Todos sus terrores supersticiosos y sus primitivos miedos
nocturnos se le aparecieron de golpe, y lanzó un alarido que llenó su mente de
sombras de locura y horror. Porque la cosa del trono estaba viva.

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4. Cuando los muertos caminan
Lentamente, con movimientos espasmódicos, el cadáver se levantó de su enorme
asiento de piedra y miró a Conan con sus oscuras cuencas vacías, de donde ahora
parecían escrutarlo unos ojos vivos con una mirada fría y maligna. De alguna manera,
sin que Conan pudiera adivinar a qué mecanismo de necromancia primitiva obedecía,
la reseca momia del guerrero muerto hacía tanto tiempo seguía con vida. Las
mandíbulas que sonreían con una mueca grotesca se abrían y cerraban en una
espantosa pantomima dé lenguaje. Pero el único sonido audible era el crujido que
Conan había escuchado, como si los marchitos y arrugados despojos de músculos y
tendones rozaran unos contra otros. Para Conan, aquel silencioso remedo de lenguaje
era más terrible aún que el hecho de que el muerto se moviera y viviese.
La momia descendió crujiendo del estrado de su antiguo trono y movió su
calavera en dirección a Conan. Cuando fijó sus ojos huecos en la espada que el
muchacho aún empuñaba, un espeluznante fuego embrujado ardió en sus cuencas
vacías. Avanzando torpemente a través de la habitación, la momia se acercó a Conan
como una masa de un horror indescriptible sacada de la pesadilla de un cerebro
demencial, y extendió sus huesudas garras para coger la espada de las fuertes manos
del joven.
Paralizado por un terror supersticioso, Conan retrocedió lentamente. Las llamas
dibujaban la monstruosa sombra negra de la momia en la pared que había detrás,
formando ondas sobre la dura piedra. En la tumba reinaba el silencio, salvo el crepitar
de las llamas a medida que destruía los antiguos muebles con los que Conan había
alimentado el fuego, el crujir y el chirriar de los rígidos músculos coriáceos del
cadáver que lo impulsaban con pasos vacilantes a través de la cripta, y la respiración
acelerada y jadeante del joven, que estaba sofocado de terror.
La cosa muerta tenía a Conan de espaldas contra la pared. Una garra marrón se
alzó bruscamente. La reacción del muchacho fue automática, e instintivamente lanzó
un golpe. Se oyó el silbido de la hoja de la espada al abatirse sobre el brazo
extendido, que crujió como una rama quebrada. Aferrada todavía al vacío, la mano
cortada cayó dando un golpe seco en el suelo; del muñón del antebrazo no brotó ni
una sola gota de sangre.
La terrible herida, que habría detenido a cualquier guerrero vivo, ni siquiera hizo
titubear al cadáver animado. Simplemente retiró el muñón del brazo cercenado y
extendió el otro.
Con un impulso salvaje, Conan saltó de la pared empuñando agresivamente la
espada. Uno de los impactos golpeó a la momia en un costado. Las costillas saltaron
como astillas por el golpe, el cadáver se tambaleó y cayó al suelo estrepitosamente.
Conan se detuvo jadeando en el centro de la cueva, aferrando la gastada empuñadura
con mano sudorosa. Con los ojos muy abiertos vio cómo la momia se volvía a poner

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de pie lentamente y con gesto mecánico extendió la garra que le quedaba.

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5. El duelo con el muerto
Ambos se movieron lentamente en círculo. Conan esgrimía la espada con fuerza,
pero se iba retirando paso a paso ante el implacable avance de la cosa muerta.
El joven lanzó un fuerte golpe contra el otro brazo, pero falló porque la momia lo
retiró rápidamente; el impulso hizo dar a Conan media vuelta y, antes de que pudiera
volver en sí, la cosa estaba casi encima de él. Le lanzó un manotazo con su garra,
cogió un pliegue de su túnica y le arrancó de un tirón la gastada tela, dejando a Conan
desnudo, con excepción de las sandalias y el taparrabo.
Conan dio un paso atrás y blandió la espada sobre la cabeza del monstruo. La
momia esquivó el golpe y el joven tuvo que saltar para ponerse fuera de su alcance.
Finalmente consiguió asestarle un tremendo golpe en un costado de la cabeza y logró
partir uno de los cuernos del casco. De un segundo golpe lanzó, ruidosamente, el
casco a un rincón. El siguiente le dio en el oscuro y reseco cráneo. La espada quedó
presa por un instante, un instante que estuvo a punto de perder al muchacho, y su piel
recibió el arañazo de unas uñas negras que el tiempo había oscurecido, mientras
Conan tiraba desesperadamente de su arma para liberarla.
La espada golpeó una vez más a la momia en las costillas, se alojó por un
segundo casi fatal en la columna vertebral y volvió a quitarla de un tirón. Parecía que
nada podría detenerla. Puesto que estaba muerta, nada podía herirla. Se levantaba
tambaleante y se arrastraba una y otra vez hacia Conan, infatigable y decidida, aun
cuando en su cuerpo había heridas que habrían dejado a muchos poderosos guerreros
tendidos en el suelo revolcándose de dolor.
¿Cómo se puede matar a una cosa que ya está muerta? Conan se repetía
obsesivamente esta pregunta. Le daba vueltas en su cabeza pensando que se volvería
loco por la obsesión. Respiraba con dificultad; su corazón latía como si fuera a
estallar. Por más que la hiriera, nada podría detener a la cosa muerta que se arrastraba
tras él.
Entonces Conan atacó con mayor astucia. Pensando que si la momia no podía
caminar sería incapaz de perseguirlo, le asestó un violento estoque con la espada en la
rodilla. Crujió un hueso y la momia cayó al suelo, mordiendo el polvo de la caverna.
Pero aún alentaba una vida sobrenatural dentro del pecho reseco de la momia. Se
levantaba tambaleante una vez más dando bandazos tras el muchacho y arrastrando
su pierna destrozada.
Conan golpeó una vez más y le arrancó a la cosa muerta la parte inferior de la
cara; la mandíbula cayó produciendo un sonido tétrico. Pero el cadáver no se detenía.
Con la cara destrozada, en la que solo quedaban unos pocos huesos blancos y rotos, y
un extraño brillo en las cuencas vacías de los ojos, seguía persiguiendo a su enemigo
de manera infatigable y mecánica. Conan pensó que hubiera sido preferible haberse
quedado fuera luchando contra los lobos en lugar de haber buscado refugio en esa

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maldita cripta, donde las cosas que debían estar muertas desde hace mil años seguían
caminando y matando.
En ese momento algo aferró el tobillo del muchacho, que perdió el equilibrio y
cayó de bruces sobre la tosca superficie rocosa del suelo, dando violentos puntapiés
para liberar su pierna de la garra que le atenazaba. Miró hacia abajo y sintió que la
sangre se le congelaba cuando vio que la mano cortada del cadáver aferraba su pie.
Sus huesudas garras se le clavaron en la carne.
Una sombría pesadilla de horror y locura se cernió sobre el muchacho caído. El
destrozado y deformado rostro del cadáver le clavó la mirada y lanzó un zarpazo
hacia su garganta.
Conan reaccionó instintivamente. Apoyó con todas sus fuerzas los pies en el
hundido vientre de la cosa muerta y empujó violentamente. Esta saltó por los aires y
cayó por detrás con un ruido estrepitoso directamente en el fuego.
Entonces Conan cogió la mano cortada que todavía le aferraba el tobillo y tiró de
ella hasta que lo soltó, después se puso de pie y la arrojó al fuego en el que estaban
los restos de la momia. Se detuvo para coger su espada y se volvió para mirar las
llamas. La batalla había terminado.
Reseca por el paso de los siglos, la momia ardía con la furia de las hojas secas. La
vida sobrenatural que la animaba aún coleteó cuando intentó erguirse con dificultad,
mientras las llamas recorrían sus resecas formas saltando de un miembro a otro y
convirtiéndola en una antorcha viviente. Estuvo a punto de escapar del fuego, cuando
su pierna mutilada cedió y se desplomó convertida en una masa ardiente. Un brazo
envuelto en llamas cayó bruscamente como una rama que se arranca de un árbol. La
calavera rodó entre las brasas. La momia se consumió completamente en pocos
minutos, quedando solo unos pocos huesos calcinados y ennegrecidos.

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6. La espada de Conan
Conan lanzó un profundo suspiro y respiró hondamente. La tensión lo iba
abandonando y comenzó a sentir un cansancio terrible en todo el cuerpo. Se secó el
frío sudor de espanto del rostro y echó atrás, con los dedos, la maraña de sus negros
cabellos. La momia del guerrero muerto estaba, por fin, realmente muerta, y la espada
era suya. La alzó una vez más maravillado por su peso y por la sensación de poder
que le transmitía.
Por un instante pensó en pasar la noche en la cueva. Estaba agotado. Fuera, los
lobos y el frío seguían al acecho, y ni siquiera su sentido de orientación de hombre
del bosque podría guiarlo en esa noche sin estrellas en una tierra desconocida.
Pero en ese momento sintió náuseas. La cueva estaba llena de humo y apestaba,
no solo por el polvo de los siglos, sino por el olor de la carne humana muerta hace
tanto tiempo y ahora calcinada. El olfato aguzado de Conan nunca había percibido un
olor semejante y le resultaba absolutamente repugnante. El trono vacío parecía
mirarlo. Aquella sensación de presencia que se había apoderado de él cuando entró en
la habitación interior por primera vez todavía perduraba en su mente. Se le pusieron
los pelos de punta y su piel se erizó cuando pensó en la posibilidad de dormir en
aquella tétrica cueva.
Además, con su nueva espada, Conan se sentía plenamente confiado. Respiró
hondo ensanchando el pecho y empuñó la espada haciendo círculos en el aire.
Poco después, envuelto en un viejo manto de piel que encontró en uno de los
cofres y sosteniendo una antorcha en una mano y la espada en la otra, salió de la
cueva. Los lobos no habían dejado ni rastro. Miró hacia arriba y vio que el cielo se
despejaba. Conan observó las estrellas que brillaban trémulas entre manchas de nubes
y, una vez más, encaminó sus pasos hacia el sur.

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La Torre del Elefante
Robert E. Howard, 1933

Siguiendo hacia el sur y pasando por las abruptas montañas que separan
los pueblos hibóreos del este de las estepas turanias, Conan llega finalmente
a Arenjun, la conocida «Ciudad de los Ladrones» de Zamora. Ajeno a la
civilización y profundamente anárquico por naturaleza, no tarda en encontrar
—o mejor dicho, en ganarse— un lugar como ladrón profesional entre gentes
que consideran el robo como un arte y una ocupación respetable. Por ser muy
joven aún, y más osado que hábil, sus progresos en la nueva profesión son
bastante lentos al comienzo.

Las antorchas resplandecían lóbregamente en las fiestas del Maul, donde los
ladrones del este celebraban el carnaval por la noche. En el Maul podían estar de
juerga y hacer todo el ruido que quisieran, puesto que las personas decentes evitaban
esos barrios y los guardianes, bien pagados con monedas de todas clases, no
interferían en sus diversiones. A lo largo de las callejuelas tortuosas y sin empedrar,
llenas de basura y de charcos fangosos, los juerguistas borrachos caminaban
tambaleándose y gritando estrepitosamente. El acero relucía en las sombras de donde
provenían las risas estridentes de las mujeres y los ruidos de escaramuzas y peleas. La
pálida luz de las antorchas se reflejaba a través de las ventanas rotas y de las puertas
abiertas de par en par, y en el exterior, el olor a rancio del vino y de los cuerpos
sudorosos, el clamor de los bebedores que golpeaban las duras mesas con los puños y
cantaban canciones obscenas, sorprendían como una bofetada en pleno rostro.
Las risotadas resonaban estrepitosamente en el techo bajo y manchado por el
humo de uno de aquellos antros donde se reunían picaros de todo tipo luciendo toda
clase de andrajos y harapos; había rateros furtivos, raptores lascivos, ladrones de
dedos ágiles, bravucones jactanciosos con sus mozas, mujeres de voces estridentes
vestidas con ropas no menos chillonas. Los bribones del lugar eran mayoría:
zamorios de piel oscura y ojos negros, con dagas en sus cintos y astucia en los
corazones. Pero también había allí lobos de varios pueblos extranjeros. Llamaba la
atención un gigante hiperbóreo renegado, taciturno, peligroso, con un sable colgando
de su lúgubre y feroz corpachón, puesto que los hombres llevaban el acero sin
disimulo en el Maul. Había también un falsificador shemita, de nariz ganchuda y
rizada barba de color negro azulado. Un poco más allá, una moza brythunia de
mirada descarada sentada sobre las rodillas de un hombre de Gunderland de cabello
leonado; se trataba de un mercenario errante, un desertor de algún ejército derrotado.
Y el obeso y grosero bribón, cuyas bromas procaces eran motivo de regocijo general,

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era un secuestrador profesional que había venido de la lejana tierra de Koth para
enseñar a los zamorios a raptar mujeres, si bien estos conocían mucho mejor este arte
de lo que aquel hombre pudiera saber jamás. El kothiano hizo una pausa en la
descripción de los encantos de una de sus posibles víctimas y se llevó a la boca una
enorme jarra de espumeante cerveza. Luego se lamió los gruesos labios y dijo:
—Por Bel, dios de los ladrones, que voy a enseñarles cómo se roba una mujer;
estará del otro lado de la frontera de Zamora antes del amanecer, y allí habrá una
caravana esperándola. Un conde de Ofir me prometió trescientas piezas de plata por
una esbelta joven brythunia de buena familia. Estuve vagando varias semanas por las
ciudades fronterizas, donde me hacía pasar por mendigo, hasta que encontré una que
valiera la pena. ¡Ah, qué guapa es esta golfa!
Cuando terminó de decir esto echó al aire un beso lascivo.
—Conozco señores de Shem que darían por ella el secreto de la Torre del
Elefante —dijo volviendo a su cerveza.
Alguien tiró de la manga de su túnica y el hombre volvió la cabeza, frunciendo el
entrecejo por la interrupción. Vio entonces a un joven alto y corpulento que se
encontraba de pie a su lado. El desconocido estaba tan fuera de lugar en ese antro
como un lobo gris entre las ratas de las cloacas. Su pobre y raída túnica dejaba ver las
fornidas líneas de su fuerte cuerpo, sus anchos y recios hombros, el pecho macizo, la
fina cintura y los brazos fuertes y musculosos. Su piel estaba bronceada por soles
remotos, sus ojos eran azules y fogosos, y una desgreñada melena negra coronaba su
amplia frente. De su cinto colgaba una espada dentro de una vieja vaina de cuero.
El hombre de Koth retrocedió involuntariamente, porque el hombre no pertenecía
a ninguna de las razas civilizadas que conocía.
—Has mencionado la Torre del Elefante —dijo el forastero hablando en lengua
zamoria con acento extranjero—. He oído muchas cosas acerca de esa torre. ¿Cuál es
su secreto?
La actitud del muchacho no parecía amenazadora, y el valor del kothiano había
aumentado por efectos de la cerveza y la manifiesta aprobación del público. El
hombre lo miró henchido de vanidad y dijo:
—¿El secreto de la Torre del Elefante? —exclamó—. Bueno, cualquier imbécil
sabe que el sacerdote Yara vive allí con la enorme joya llamada Corazón de Elefante;
ese es el secreto de su magia.
El bárbaro estuvo callado un momento asimilando estas palabras.
—Yo he visto esa torre —dijo—. Está en un enorme jardín situado en lo alto de la
ciudad y rodeado de elevadas murallas. No he visto guardianes. Las murallas
parecían fáciles de escalar. ¿Por qué nadie ha robado esa misteriosa piedra preciosa?
El hombre de Koth se quedó boquiabierto ante la ingenuidad del muchacho y se
echó a reír con carcajadas burlonas, a las que se sumaron todos los presentes.
—¡Escuchad a este pagano salvaje! —vociferó—. ¡Pretende robar la joya de
Yara! ¡Escucha, muchacho! —dijo dirigiéndole una mirada siniestra al joven—.

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Vaya, supongo que eres una especie de bárbaro del norte.
—Soy cimmerio —respondió el forastero con tono poco amistoso.
La respuesta y el modo en que lo dijo no significaban casi nada para el hombre de
Koth; se trataba de un remoto reino del sur, en las fronteras de Shem, y él solo
conocía vagamente a las razas del norte.
—Entonces presta atención y aprende, muchacho —dijo apuntando con su jarra
de cerveza al desconcertado joven—. Debes saber que en Zamora, y especialmente en
esta ciudad, hay más intrépidos ladrones que en cualquier otro lugar del mundo,
incluido Koth. Si algún mortal hubiera sido capaz de robar la piedra preciosa, puedes
estar seguro de que habría desaparecido hace mucho tiempo. Tú hablas de escalar las
murallas, pero una vez que lo hubieras hecho, desearías irte inmediatamente. Por la
noche no hay guardianes, es decir, guardianes humanos, en los jardines por una buena
razón. Pero en el cuarto de guardia, en la parte inferior de la torre, hay hombres
armados, y aun si lograras escabullirte entre los que rondan por los jardines de noche,
tendrías que eludir a los soldados, porque la gema está guardada en algún lugar de la
parte superior de la torre.
—Pero si alguien consiguiera atravesar los jardines —arguyó el cimmerio—,
¿por qué no iba a poder llegar hasta la gema por la parte superior de la torre,
eludiendo de ese modo a los soldados?
El hombre de Koth lo miró atónito una vez más.
—¡Oíd lo que dice! —gritó en tono burlón—. ¡Este bárbaro debe de ser un águila
capaz de volar hasta el borde enjoyado de la torre, que se halla a tan solo cincuenta
metros de altura, y que tiene las paredes más lisas y resbaladizas que el cristal pulido!
El cimmerio miró furioso a su alrededor, molesto por las carcajadas burlonas con
que los presentes acogieron estas palabras. Él no veía nada gracioso en ello y era
demasiado ajeno a la civilización para comprender la falta de cortesía. Los hombres
civilizados son menos amables que los salvajes porque saben que pueden ser más
descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza. Estaba desconcertado y
contrariado y habría salido corriendo de allí, avergonzado, pero el kothiano decidió
seguir mortificándole.
—¡Anda, anda! —gritó—. ¡Cuéntales a estos pobres hombres, que han sido
ladrones desde antes que a ti te engendraran, diles cómo robarías tú la piedra!
—Siempre hay alguna manera de hacerlo, si el deseo está unido al valor —
contestó el cimmerio en tono tajante y lleno de rabia.
El hombre de Koth lo tomó como un insulto personal y se puso rojo de ira.
—¡Cómo! —bramó—. ¿Te atreves a enseñarnos nuestro oficio, y a insinuar que
somos unos cobardes? ¡Vete! ¡Fuera de mi vista! —gritó empujando al cimmerio con
violencia.
—¿Primero te burlas de mí y ahora me pones las manos encima? —dijo el
bárbaro con tono crispado, sintiendo que le invadía la cólera y devolviendo el
empujón con un manotazo que hizo caer al hombre que lo molestaba de espaldas

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sobre la tosca mesa.
La cerveza se derramó sobre la cara del kothiano y este desenvainó la espada
hecho una furia.
—¡Perro pagano! —vociferó—. ¡Te voy a arrancar el corazón por esto!
El acero centelleó y los presentes se apartaron rápida y desordenadamente. En su
desbandada tiraron la única vela que había allí, y el antro quedó a oscuras; se oyó el
ruido de bancos rotos, los pasos rápidos de la gente que huía, gritos y blasfemias de
individuos que tropezaban y caían encima de otros, y un estruendoso grito de agonía
que cortó el alboroto como un cuchillo. Cuando volvieron a encender la vela, la
mayor parte de los parroquianos habían huido por las puertas y ventanas rotas, y los
demás se apretujaban detrás de los barriles de vino y debajo de las mesas. El bárbaro
había desaparecido; el centro de la habitación estaba desierto, con excepción del
cuerpo apuñalado del hombre de Koth. El cimmerio lo había matado en medio de la
oscuridad y la confusión, con el infalible instinto de los bárbaros.
Las pálidas luces y el jolgorio de los borrachos se desvanecían detrás del
cimmerio. El joven se quitó la desgarrada túnica y caminó desnudo por las callejuelas
oscuras sin más atuendo que el taparrabo y las sandalias atadas con correas a sus
piernas. Se movía con la suave agilidad natural de un tigre, y sus músculos acerados
se marcaban como ondas bajo la piel bronceada.
Llegó al sector de la ciudad reservado a los templos. Por todas partes brillaban a
la luz de las estrellas las níveas columnas de mármol, las cúpulas doradas y los arcos
plateados, los altares de los innumerables y extraños dioses de Zamora. El muchacho
no pensó mucho en esos dioses; sabía que la religión de los zamorios, como todo lo
que se refería a un pueblo civilizado y asentado desde hace mucho tiempo en el lugar,
era intrincada y compleja y había perdido en gran medida su prístina esencia original
en medio de un laberinto de fórmulas y rituales. Había estado muchas horas en
cuclillas en los patios de los filósofos, escuchando los razonamientos y discusiones de
teólogos y maestros, y se había ido de allí confuso y perplejo y con una sola idea
clara: que estaban todos locos.
Sus dioses eran simples y comprensibles; Crom era su jefe y vivía en una gran
montaña, desde donde sentenciaba el destino y la muerte de los hombres. Era inútil
invocar a Crom, porque era un dios tenebroso y salvaje que odiaba a los débiles. Pero
insuflaba valor a los hombres en el momento de nacer, así como la voluntad y el
poder de matar a los enemigos, lo que, para la mentalidad del cimmerio, era lo único
que cabía esperar de un dios.
Las sandalias del joven no hacían ruido al caminar por el reluciente empedrado.
No había guardianes, porque hasta los ladrones del Maul evitaban los templos, pues
se sabía que habían caído extrañas maldiciones sobre los violadores. Delante de él,
recortada contra el cielo, Conan vio la Torre del Elefante. Se preguntó asombrado por
qué le habrían dado ese nombre. Nadie parecía saberlo. Nunca había visto un
elefante, pero tenía la vaga noción de que se trataba de un animal monstruoso, con

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una cola delante y otra detrás. Eso, al menos, es lo que le había dicho un shemita
errante, que le juró que había visto miles de animales como esos en la tierra de los
hirkanios; pero era bien sabido lo mentirosos que son los hombres de Shem. De todos
modos, no había elefantes en Zamora.
La torre resplandecía con un fulgor frío bajo el cielo nocturno. A la luz del sol, en
cambio, su brillo era tan deslumbrante que pocas personas podían soportarlo. Se
decía que estaba hecha de plata. Era redondeada y tenía la forma de un cilindro fino y
perfecto, de casi cincuenta metros de altura, y su borde brillaba a la luz de las
estrellas debido a las enormes joyas que lo adornaban. La torre se alzaba entre los
árboles exóticos y cimbreantes de un jardín situado a gran altura. Había una gran
muralla alrededor de este jardín y por fuera un terreno intermedio rodeado asimismo
por un muro. No se veía ninguna luz; parecía que la torre no tuviera ventanas, al
menos por encima del nivel de la muralla interior. Tan solo las gemas de la cúpula
brillaban con un resplandor helado bajo el firmamento.
Los matorrales cubrían parte de la muralla exterior, de menor altura. El cimmerio
se acercó al paredón y lo midió con la mirada. Era alto, pero él podría saltar y
alcanzar el borde con los dedos. Luego sería un juego de niños tomar impulso y pasar
al otro lado, y no tenía ninguna duda de que podría salvar la muralla interior de la
misma manera. Pero vaciló al pensar en los extraños peligros que, según se decía, le
esperaban a quien entrase allí. Esa gente le resultaba extraña y misteriosa; no eran de
raza y ni siquiera tenían la misma sangre que los brithunios más occidentales, los
nemedios, los kothios y los aquilonios, de cuyas culturas y misterios había oído
hablar. Los zamorios, en cambio, eran un pueblo muy antiguo y, por lo que pudo
apreciar, muy maligno.
Pensó en Yara, el sumo sacerdote que condenaba a los hombres y lanzaba
extrañas maldiciones desde su enjoyada torre, y se le pusieron los pelos de punta al
recordar la leyenda que le contó un paje ebrio de la corte, según la cual Yara se había
reído en la cara de un príncipe hostil y alzó delante de él una gema que brillaba con
un resplandor incandescente y maligno de la que emergieron unos rayos cegadores
que envolvieron al príncipe; este cayó al suelo dando un grito y quedó reducido a un
marchito bulto oscuro que se convirtió en una araña negra y, cuando esta trató de huir
frenéticamente, Yara la aplastó con el pie.
Yara no salía con frecuencia de su torre mágica, y cuando lo hacía era para lanzar
una maldición y hacer el mal a algún hombre o pueblo. El rey de Zamora le temía
más que a la muerte, y estaba siempre borracho porque era la única forma de soportar
el miedo. Yara era muy viejo; la gente decía que tenía cientos de años y agregaba que
viviría eternamente debido al poder mágico de su piedra preciosa, que los hombres
llamaban Corazón de Elefante. Esta era la única razón por la que llamaban Torre del
Elefante a su morada.
El cimmerio, enfrascado en estos pensamientos, corrió rápidamente hacia la
muralla. Oyó unos pasos quedos dentro del jardín y un sonido metálico de acero y se

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dijo que, a pesar de lo que afirmaban, un guardián rondaba por aquellos jardines.
Conan esperó para ver si lo oía pasar nuevamente, pero el silencio era total en
aquellos misteriosos jardines.
Finalmente la curiosidad pudo más que él. Dio un ligero salto, apoyó una mano
en la muralla y de un impulso saltó hacia arriba. Se tendió de bruces sobre el ancho
borde y miró hacia abajo para observar el amplio espacio que había entre las
murallas. No había ningún arbusto, pero vio unas matas cuidadosamente recortadas
cerca de la muralla interior. La luz de las estrellas alumbraba el cuidado césped y se
oía el rumor de una fuente.
El cimmerio se dejó caer sigilosamente hacia el interior y desenvainó la espada
mirando en todas direcciones. Se estremeció de miedo como todos los salvajes
cuando se ven sin protección bajo la desnuda luz de las estrellas, y avanzó con paso
ligero hacia la curva de la muralla, pegado a su sombra, hasta que se encontró frente
al matorral que había visto antes. Entonces corrió velozmente hacia allí y casi tropezó
contra un bulto que había en el suelo entre los arbustos.
Una rápida mirada en todas direcciones le aseguró que no había ningún enemigo a
la vista; entonces se agachó para investigar. Sus agudos ojos le permitieron descubrir,
aun en la semioscuridad, a un hombre corpulento que llevaba una armadura plateada
y el casco con penacho de la guardia real zamoria Junto a él había un escudo y una
lanza y se dio cuenta de inmediato de que el hombre había sido estrangulado. El
bárbaro miró preocupado a su alrededor. Supo enseguida que aquel hombre debía de
ser el guardia que había oído pasar desde su escondite. En ese breve intervalo de
tiempo unas manos anónimas habían emergido de la oscuridad para quitarle hasta el
último hálito de vida al soldado.
Aguzando la vista en la penumbra, vio que alguien se movía entre los arbustos
próximos a la muralla. Se dirigió hacia allí empuñando la espada. No hizo más ruido
que el que hubiera hecho una pantera acechando furtivamente en la noche, pero a
pesar de ello el hombre al que seguía lo oyó. El cimmerio alcanzó a ver un enorme
cuerpo cerca de la muralla y se sintió aliviado al comprobar que al menos era una
figura humana; entonces el individuo giró rápidamente sobre sus talones y lanzó un
grito de asombro que denotaba pánico, hizo ademán de dar un salto hacia adelante,
con las manos extendidas, pero retrocedió al ver el brillo de la espada de Conan.
Durante unos segundos llenos de tensión ninguno dijo una palabra, sino que
esperaron atentos a lo que pudiera ocurrir.
—Tú no eres soldado —dijo finalmente el extraño en voz muy baja—. Tú eres un
ladrón igual que yo.
—¿Y quién eres tú? —preguntó el cimmerio con un susurro receloso.
—Soy Taurus de Nemedia.
El joven bárbaro bajó su espada y dijo:
—He oído hablar de ti. Todos te llaman el príncipe de los ladrones.
El extraño le contestó con una risa contenida. Taurus era tan alto como el

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cimmerio, pero más corpulento; aunque tenía un voluminoso vientre y era gordo,
cada uno de sus movimientos denotaba un magnetismo dinámico y sutil, que se
reflejaba en sus penetrantes ojos que brillaban como centellas, llenos de vida, aun a la
luz de las estrellas. Iba descalzo y llevaba algo que parecía una cuerda fuerte y
delgada enrollada, con nudos distribuidos en forma regular.
—¿Quién eres? —susurró.
—Soy Conan el cimmerio —contestó el joven—. He venido a ver si podía robar
la gema de Yara, que todos llaman Corazón de Elefante.
Conan notó que el enorme vientre se sacudía por las risas contenidas del nemedio,
pero se dio cuenta de que no eran despectivas.
—¡Por Bel, dios de los ladrones! —dijo Taurus entre dientes—. Yo había pensado
que era el único con valor suficiente para intentar este robo. Estos zamorios se
consideran ladrones. ¡Bah! Conan, me gusta tu osadía. Nunca he compartido una
aventura con nadie, pero por Bel que vamos a intentar esto juntos, si estás de acuerdo.
—Entonces, ¿tú también estás en busca de la gema?
—¿Qué otra cosa podía buscar? He estado trazando mis planes durante meses,
pero me parece que tú, en cambio, has actuado en forma impulsiva, amigo.
—¿Eres tú quién ha matado al soldado?
—Por supuesto. Me arrastré por la muralla cuando él estaba en el otro extremo
del jardín. Cuando me escondí entre los matorrales me oyó, o creyó haber oído algo.
En el momento en que cometió el error de venir hacia mí, fue muy fácil ponerme
detrás de él y apretarle el cuello por sorpresa, asfixiándolo hasta que exhalara el
último suspiro de su necia vida. Era, como casi todos los hombres, medio ciego en la
oscuridad.
—Pero has cometido un error —dijo Conan.
Los ojos de Taurus se encendieron de cólera cuando dijo:
—¿Un error, yo? ¡Imposible!
—Deberías haber ocultado el cadáver entre los arbustos.
—El novato pretende enseñar su arte al maestro. Debes saber que no cambian la
guardia hasta pasada la medianoche. Si alguien viene a buscarlo ahora y encuentra su
cuerpo, irá a comunicarle inmediatamente la noticia a Yara, lo que nos daría tiempo
para escapar. Pero si no lo hallaran, rastrearán los arbustos y nos atraparán como a
ratas en una trampa.
—Tienes razón —admitió Conan.
—Así es. Ahora escucha. Estamos perdiendo tiempo con esta maldita discusión.
No hay guardianes en el jardín interior, quiero decir guardianes humanos, aunque hay
centinelas que son mucho más peligrosos aún. Es su presencia la que me ha detenido
durante tanto tiempo, pero finalmente he descubierto una forma de burlarlos.
—¿Y qué me dices de los soldados que vigilan en la parte inferior de la torre?
—El viejo Yara vive en las habitaciones superiores. Por ese camino entraremos…
y saldremos, espero. No me preguntes cómo. He planeado una forma de hacerlo. Nos

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introduciremos furtivamente por la parte superior de la torre y estrangularemos al
viejo Yara antes de que nos pueda hechizar con alguno de sus condenados maleficios.
Al menos lo intentaremos; corremos el riesgo de que nos convierta en arañas o en
sapos asquerosos, pero por otro lado tenemos la posibilidad de obtener toda la riqueza
y el poder del mundo. Un buen ladrón debe saber correr riesgos.
—Iré hasta donde sea —dijo Conan, quitándose las sandalias.
—Entonces, sígueme.
Taurus terminó de decir esto y se volvió, tomó impulso, se aferró a la muralla y
saltó. La agilidad de aquel hombre era asombrosa, teniendo en cuenta su tamaño;
parecía casi deslizarse hacia el borde del muro. Conan lo siguió y cuando estaban de
bruces sobre el ancho paredón, hablaron en voz baja.
—No veo ninguna luz —dijo Conan entre dientes.
La parte inferior de la torre se parecía mucho a la parte que se veía desde fuera
del jardín: un cilindro perfecto y brillante, que no parecía tener ninguna abertura.
—Hay puertas y ventanas hábilmente construidas —respondió Taurus—. Pero
están cerradas. Los soldados respiran el aire que viene de arriba.
El jardín era un vago conjunto de sombras cubiertas de pequeños árboles donde se
balanceaban sobriamente en la oscuridad ligeros arbustos. El cauto espíritu de Conan
sintió el aura amenazadora que se cernía sobre aquel lugar. Percibió la mirada
ardiente de unos ojos invisibles y sintió un aroma sutil que le erizó instintivamente el
pelo de la nuca como a los sabuesos cuando huelen la presencia de su antiguo
enemigo.
—Sígueme —susurró Taurus—. Ven detrás de mí, si aprecias en algo tu vida.
Extrayendo de su cinto lo que parecía ser un tubo de cobre, el nemedio se dejó
caer nuevamente encima del césped interior. Conan lo seguía de cerca con la espada
preparada, pero Taurus lo empujó hacia atrás, contra la pared, y se quedó inmóvil.
Estaba en una actitud de tensa expectación y su mirada, al igual que la de Conan,
estaba fija en las sombras de los arbustos que había cerca de allí. La mata se movía a
pesar de que la brisa había dejado de soplar. En ese momento vieron dos enormes
ojos resplandecientes entre las ondulantes sombras y detrás de estos pudieron ver
otros destellos de fuego que centelleaban en la oscuridad.
—¡Leones! —musitó Conan.
—Sí. De día los encierran en unas cavernas subterráneas que hay debajo de la
torre. Por eso no hay guardianes en este jardín. Conan contó rápidamente los ojos y
dijo:
—Yo veo cinco, pero quizá haya más en los matorrales. Nos atacarán de un
momento a otro.
—¡Silencio! —dijo Taurus en voz muy baja apartándose del muro con prudencia,
como si estuviera caminando sobre cuchillas, y alzando el delgado tubo.
Se oían ruidos sordos provenientes de las sombras y se veía avanzar los ojos
resplandecientes. Conan percibió las inmensas mandíbulas babeantes y las colas que

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azotaban el aire en todas direcciones. La tensión era insoportable. El cimmerio
empuñó la espada, a la espera del inevitable ataque de los gigantescos cuerpos.
Entonces Taurus se llevó el extremo del tubo a los labios y sopló con fuerza. Un gran
chorro de polvo dorado salió por el otro extremo y se extendió instantáneamente
formando una densa nube de color verde amarillento que cubrió los arbustos,
ocultando los resplandecientes ojos.
Taurus corrió apresuradamente hacia el muro. Conan lo miró sin comprender. La
densa nube ocultaba los matorrales y no se oía nada.
—¿Qué es ese polvo? —preguntó el joven, preocupado.
—¡Es la muerte! —dijo el nemedio con tono sibilante—. Si se levantara viento y
soplara en nuestra dirección, tendríamos que huir saltando la muralla. Pero no, no se
ha levantado viento y la nube se está disipando. Espera hasta que desaparezca del
todo. Respirar ese polvo supone la muerte.
Finalmente quedaron flotando solo unas tenues nubecillas amarillentas en el aire;
cuando desaparecieron, Taurus indicó a su compañero con la mano que avanzara. Se
dirigieron sigilosamente hacia los arbustos y Conan se quedó boquiabierto. Tendidos
en el suelo entre las sombras yacían cinco cuerpos de color pardo cuya mirada feroz
se había extinguido para siempre. Un olor dulzón y empalagoso persistía en el aire.
—¡Murieron sin lanzar un solo rugido! —murmuró el cimmerio—. Taurus, ¿qué
era ese polvo?
—Estaba hecho con flores de loto negro, que crecen en las selvas remotas de
Khitai, en la que solo habitan los monjes de cráneo amarillo de Yun. Esas flores
causan la muerte al que las huele.
Conan se arrodilló al lado de los enormes animales muertos, asegurándose de que
no podían hacerle daño. Movió la cabeza pensando que la magia de las tierras
exóticas era terrible y misteriosa a los ojos de los bárbaros del norte.
—¿Por qué no matamos a los soldados de la torre de la misma manera? —
preguntó el muchacho.
—Porque ese era todo el polvo que tenía. Su obtención fue una hazaña que por sí
sola hubiera bastado para hacerme famoso entre todos los ladrones del mundo. Lo
robé de una caravana que se dirigía a Estigia, y me apoderé de él, con su bolsa tejida
con hilos de oro, cogiéndola entre los anillos de la inmensa serpiente que lo cuidaba,
sin siquiera despertarla. ¡Pero, vamos ya, por Bel! ¿Vamos a pasarnos toda la noche
hablando?
Entonces se arrastraron entre los arbustos hasta llegar a la fulgurante base de la
torre, y allí, imponiendo silencio con un gesto, Taurus desenrolló la cuerda de nudos,
en uno de cuyos extremos había un fuerte gancho de acero. Conan intuyó cuál era su
plan y no hizo ninguna pregunta. Entre tanto, el nemedio cogió la soga a corta
distancia del gancho y comenzó a hacerlo girar sobre su cabeza. Conan apoyó su
oreja sobre la lisa superficie del muro para ver si escuchaba algo, pero no oyó nada.
Evidentemente, los soldados que estaban dentro no sospechaban la presencia de los

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intrusos, que habían hecho menos ruido que el viento de la noche soplando entre los
árboles. Sin embargo, el bárbaro sentía un extraño nerviosismo. Tal vez fuera por el
olor de los leones, que se percibía en todas partes.
Taurus lanzó la cuerda con un movimiento uniforme y ondulante de su fuerte
brazo. El gancho trazó una extraña curva, difícil de describir, y desapareció por
encima del enjoyado borde. Aparentemente quedó bien sujeto, pues los cuidadosos
tirones del hombre no consiguieron aflojarlo.
—Suerte al primer intento —murmuró Taurus—. Ahora…
El salvaje instinto de Conan hizo que se volviera súbitamente, porque la muerte
que estaba encima de ellos era silenciosa. Un vistazo bastó para que el cimmerio
viera la gigantesca sombra parda, erguida bajo el firmamento, preparándose para el
ataque mortal. Ningún hombre civilizado se habría movido con la rapidez del
bárbaro. Su espada centelleó helada bajo la luz de las estrellas, impulsada por la
fuerza y el valor desesperado del joven, y en ese momento el hombre y la bestia
rodaron juntos por el suelo.
Maldiciendo de modo incoherente para sus adentros, Taurus se agachó para
observar los cuerpos y vio que las extremidades de su compañero se movían tratando
de quitarse de encima el enorme peso fláccido que tenía sobre su cuerpo. El nemedio
miró y vio asombrado que el león estaba muerto, con el cráneo partido en dos. Taurus
sujetó el cuerpo del animal muerto y; con su ayuda, Conan lo empujó a un lado y se
levantó aferrando aún su espada manchada de sangre.
—¿Estás herido, amigo? —preguntó boquiabierto Taurus, todavía perplejo por la
pasmosa rapidez con la que había ocurrido todo.
—¡Por Crom, no! —respondió el bárbaro—. Pero me he librado por poco. ¿Por
qué esa maldita bestia no rugió en el momento de atacar?
—Todo es extraño en este jardín —dijo Taurus—. Los leones atacan en silencio,
al igual que las otras muertes. Pero sigamos; aunque hemos hecho poco ruido en la
pelea, los soldados pueden haber oído algo, a menos que estén dormidos o borrachos.
Esa fiera estaba en alguna otra parte del jardín y escapó a la muerte de las flores, pero
seguramente ya no hay más animales. Ahora debemos trepar por esta cuerda; imagino
que no es necesario preguntar a un cimmerio si puede hacerlo.
—Si resiste mi peso —dijo Conan con un gruñido, mientras limpiaba su espada
en la hierba.
—Puede aguantar tres veces mi propio peso —repuso Taurus—. Está hecha con
trenzas de mujeres muertas, que yo mismo cogí de sus tumbas a medianoche, y que
luego sumergí en la mortífera savia del árbol de upas, para hacerlas resistentes. Yo
subiré primero, y luego me seguirás tú de cerca.
El nemedio aferró la soga enganchando una rodilla en ella, y comenzó el ascenso;
subió como un gato, a pesar de la aparente torpeza de su pesado cuerpo. El cimmerio
fue tras él. La cuerda oscilaba y giraba sobre sí misma, pero los hombres siguieron
escalando. Ambos habían trepado por lugares más difíciles en otras ocasiones. Veían

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el resplandor del borde enjoyado de la torre por encima de ellos, que sobresalía un
poco de la pared perpendicular, de modo que la cuerda colgaba unos cincuenta
centímetros a los lados de la torre, lo que facilitaba el ascenso.
Continuaron trepando en silencio, viendo cómo las luces de la ciudad se hacían
más pequeñas a medida que subían, y el brillo de las estrellas se atenuaba por el
resplandor de las joyas que adornaban el borde del edificio. Por fin Taurus tendió una
mano y se aferró al borde y con un impulso saltó al otro lado. Conan se detuvo un
momento en el borde mismo, fascinado por las enormes y frías joyas cuyo fulgor lo
deslumbraba. Había diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, turquesas y piedras de la
luna incrustadas como rutilantes estrellas en un cielo de plata luciente. Desde lejos su
brillo se fundía en un solo resplandor blanco, pero ahora, de cerca, centelleaban con
un millón de matices que cubrían todo el arco iris, hipnotizando al muchacho con sus
reverberaciones.
—Aquí hay una fabulosa fortuna, Taurus —susurró el joven.
—¡Apresúrate! Si conseguimos el Corazón, esto y todo lo demás será nuestro —
le contestó el nemedio con un gesto de impaciencia.
Conan trepó por el fulgurante borde. El techo de la torre estaba unos metros por
debajo del saliente enjoyado. Era plano y estaba hecho de una sustancia de color azul
oscuro, amalgamado en oro, de modo que el conjunto parecía un enorme zafiro
salpicado de brillantes polvos de oro. Del otro lado parecía haber una especie de
habitación construida sobre el techo, del mismo material que las paredes de la torre,
adornada con figuras hechas con gemas más pequeñas; la única puerta que se veía era
de oro macizo con paneles labrados e incrustaciones de piedras preciosas que
resplandecían con un fulgor helado.
Conan lanzó una mirada hacia el rutilante océano de luces que se desplegaban a
lo lejos, y miró a Taurus. El nemedio estaba recogiendo y enrollando la soga. Enseñó
a Conan el lugar en el que se había enganchado el acero y pudieron ver que la punta
había quedado sujeta debajo de una resplandeciente joya en el lado interior del borde.
—Tuvimos suerte una vez más —musitó el hombre—. Era de imaginar que el
peso de ambos podría haber destrozado la piedra. Ahora sígueme, que los verdaderos
peligros de nuestra aventura acaban de empezar. Estamos en la guarida de la
serpiente, y no sabemos dónde está escondida.
Atravesaron a rastras la misteriosa y brillante terraza como tigres detrás de su
presa y se detuvieron delante de la puerta de oro. Con mano cautelosa y hábil, Taurus
la empujó un poco y esta se abrió sin ofrecer resistencia; ambos miraron hacia el
interior, en guardia contra lo que pudiera suceder. Por encima del hombro del
nemedio, Conan vio una resplandeciente habitación, cuyas paredes, cielo raso y suelo
estaban cubiertos de enormes joyas blanquecinas que la iluminaban con un brillo
deslumbrante. No había señales de vida.
—Antes de cortar nuestra retirada —dijo Taurus en voz baja—, vuelve al borde
de la torre y mira en todas direcciones. Si ves algún movimiento de soldados en los

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jardines o cualquier otra señal sospechosa, vuelve a decírmelo. Yo te espero aquí.
Conan no veía razones para ello, por lo que tuvo una leve sospecha en su cauto
ánimo respecto a su compañero, pero a pesar de ello hizo lo que Taurus le pedía. En
cuanto Conan se dio la vuelta, el nemedio se deslizó hacia el interior de la habitación
y la cerró por dentro. Conan se arrastró hacia el borde de la torre y después de
comprobar que no había ningún movimiento sospechoso en los ondulantes matorrales
de abajo, regresó a la puerta de la torre, y de repente oyó un grito ahogado desde el
interior.
El cimmerio, electrizado, dio un salto y la puerta se abrió de par en par, dejando
ver la silueta de Taurus recortada contra el frío fulgor del fondo. El hombre se
tambaleó y sus labios se entreabrieron, pero solo se oyó un estertor seco. Aferrándose
a la puerta dorada en busca de apoyo, dio unos pasos vacilantes por la terraza y luego
se desplomó de bruces, apretándose la garganta. La puerta se cerró a sus espaldas.
Conan, encogido como una pantera acorralada, no vio nada detrás del nemedio
herido en el breve instante en que la puerta estuvo abierta, salvo una engañosa
sombra que cruzó como una flecha por el reluciente suelo. Nadie vino detrás de
Taurus a la terraza, y Conan se inclinó sobre el hombre caído.
El nemedio miró hacia arriba con los ojos dilatados y vidriosos, con un
desconcierto aterrador. Sus manos se clavaron en la garganta, sus labios babearon y
emitieron un murmullo, y de pronto se puso rígido; el atónito cimmerio se dio cuenta
de que estaba muerto. Tuvo la sensación de que Taurus había lanzado su último
suspiro sin saber qué clase de muerte se había abatido sobre él. Conan miró perplejo
hacia la enigmática puerta de oro. En aquel recinto vacío, de paredes llenas de
deslumbrantes joyas, la muerte había sorprendido al príncipe de los ladrones tan
rápida y misteriosamente como la que él había ocasionado a los leones del jardín.
El bárbaro pasó su mano con cuidado por el cuerpo semidesnudo del hombre
tratando de ver si había una herida, pero las únicas señales de violencia que tenían
estaban entre los hombros, en la base de su cuello de toro; eran tres heridas pequeñas
como si tres uñas afiladas se hubieran hundido profundamente en su carne. Los
bordes de las heridas eran negros y emanaban un leve hedor putrefacto. ¿Serían
dardos envenenados? —se preguntó Conan—. Pero en ese caso, deberían estar
clavados todavía en las heridas.
El cimmerio se acercó cautelosamente a la puerta dorada, la empujó y vio ante sus
ojos una habitación vacía, bañada por el resplandor helado y rutilante de miríadas de
piedras preciosas.
En el mismo centro del cielo raso observó distraídamente un dibujo extraño; se
trataba de un diseño octogonal de color negro en cuyo centro brillaban cuatro piedras
preciosas con un fulgor rojo distinto al resplandor blanco de las demás joyas. En el
extremo opuesto de la habitación había otra puerta, igual a aquella en la que él se
hallaba, aunque no tenía paneles tallados. ¿La muerte habría venido de allí y, una vez
logrado su designio, se habría alejado por el mismo sitio?

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Después de cerrar la puerta, el cimmerio dio unos pasos por la habitación. Sus
pies desnudos no hacían ruido sobre el suelo cristalino. No había sillas ni mesas; se
veían tan solo tres o cuatro lechos cubiertos de seda, con extraños bordados en oro, y
varios cofres de caoba con refuerzos de plata. Algunos de estos estaban cerrados con
pesados candados dorados; otros, tenían las tapas talladas abiertas, y en ellos se veían
montañas de joyas en un exuberante y desordenado derroche de color para asombro
del cimmerio. Conan lanzó un juramento entre dientes. Aquella noche había visto
más riquezas que las que jamás hubiera imaginado que existieran en todo el mundo y
sintió vértigo de solo pensar en el valor de la joya que estaba buscando.
Se encontraba en el centro de la habitación y avanzó cautelosamente con la
cabeza alta y empuñando la espada, cuando la muerte lo atacó de nuevo
silenciosamente. Una sombra pasó volando por el resplandeciente suelo como única
advertencia, y lo que le salvó la vida fue el instintivo salto que dio hacia un lado.
Vislumbró por un instante una cosa negra y peluda que pasó por encima de él con un
chasquido de colmillos, y algo que le salpicó el hombro desnudo; eran como gotas de
fuego líquido. Al dar un salto hacia atrás, con la espada en alto, vio que esa cosa
horrible cayó al suelo, giró y corrió hacia él con asombrosa velocidad; se trataba de
una araña negra, imposible de imaginar, salvo en las pesadillas más horrendas.
Era grande como un cerdo, y sus ocho patas gruesas y peludas transportaban su
monstruoso cuerpo a gran velocidad; sus cuatro ojos de brillo maligno centellearon
con una expresión de una inteligencia terrible, y sus colmillos destilaban un veneno
que Conan ya conocía por las quemaduras que unas pocas gotas le habían producido
en el hombro; entonces comprendió que el veneno estaba cargado de muerte, de una
muerte rápida y segura. Este era el asesino que se había dejado caer desde el centro
del cielo raso y había atacado al nemedio en el cuello. ¡Qué necios habían sido, por
no sospechar que las habitaciones superiores estarían tan bien cuidadas como las
inferiores!
Estos pensamientos pasaron rápidamente por la cabeza de Conan mientras el
monstruo se abalanzaba sobre él. Dio un gran salto y la araña pasó por debajo, giró y
volvió al ataque. Esta vez el joven la eludió dando un salto hacia el costado y le
asestó un golpe con la espada. Su afilada hoja le cercenó una de las patas peludas y
volvió a salvarse cuando el monstruo se revolvió contra él, con los colmillos
chasqueando endiabladamente. Pero la araña abandonó la persecución; se volvió,
salió corriendo por el suelo cristalino y subió por la pared hasta el cielo raso, donde
se encogió por un instante, mirándolo fijamente con sus demoníacos ojos rojos.
Entonces, sin mediar señal alguna, se lanzó hacia el espacio, dejando tras de sí una
hebra de una sustancia gris y pegajosa.
Conan retrocedió para eludir el cuerpo que caía violentamente sobre él, y luego se
agachó frenéticamente justo a tiempo para no quedar atrapado en la gruesa hebra de
la tela de araña. El joven vio la intención del monstruo y saltó hacia la puerta, pero la
araña fue más rápida y lanzó una hebra pegajosa hacia allí, aprisionándolo. No se

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atrevió a cortarla, porque sabía que aquella sustancia se quedaría pegada a la hoja y,
antes de que pudiera limpiarla, el monstruo endemoniado le habría clavado sus
colmillos en la espalda.
Entonces comenzó un juego desesperado, en el que el ingenio y la agilidad del
hombre se enfrentaban a la astucia demoníaca y a la rapidez de la gigantesca araña.
Esta no volvió a correr por el suelo atacando directamente, ni lanzó su cuerpo por el
aire contra él, sino que corrió por el cielo raso y por las paredes, tratando de enredar
al muchacho con los lazos que formaba la sustancia gris y pegajosa, que arrojaba con
diabólico acierto. Aquellas hebras eran gruesas como sogas, y Conan se dio cuenta de
que si quedaba envuelto en ellas, ni siquiera su fuerza desesperada podría librarlo del
ataque del monstruo.
Aquella danza diabólica continuó por todo el recinto en medio de un silencio
absoluto, solo interrumpido por la respiración agitada del hombre y el ruido sordo de
sus pies desnudos arrastrándose por el brillante suelo, y por el terrible castañeteo de
los colmillos del monstruo. Las hebras grises yacían enrolladas sobre el suelo;
estaban adheridas a las paredes, cubrían los cofres llenos de joyas y los lechos de
seda y pendían como oscuros festones del cielo raso enjoyado. La increíble agilidad
de los ojos y de los músculos de Conan lograron mantenerlo a salvo, aunque las
pegajosas hebras le habían pasado tan de cerca que llegaron a lastimar su piel
desnuda. El muchacho sabía que no podía eludirlas por mucho tiempo; no solo tenía
que prestar atención a las hebras que colgaban oscilantes del techo, sino también a las
que estaban en el suelo. Tarde o temprano las hebras pegajosas lo envolverían como
una serpiente, y entonces, envuelto como un gusano en el capullo de seda, estaría a
merced del monstruo.
La araña atravesó la habitación corriendo, con la hebra gris ondulando detrás.
Conan dio un gran salto y se subió a uno de los lechos; con un rápido giro el
monstruo se subió por la pared y la hebra saltó del suelo como si estuviera viva,
apresando el tobillo del cimmerio. Este cayó al suelo tironeando frenéticamente para
librarse de la tela de araña que lo tenía cogido como un tornillo blando o el anillado
cuerpo de una serpiente. El peludo monstruo bajó corriendo por la pared para
consumar su captura. En el frenesí de la batalla, Conan cogió uno de los cofres de
joyas y lo arrojó con todas sus fuerzas. El imponente proyectil fue a dar en medio de
las negras patas y aplastó al monstruo contra la pared con un crujido sordo y
repugnante. La sangre y la baba verdosa salpicaron en todas direcciones y el
destrozado cuerpo cayó al suelo junto con el cofre. La araña negra quedó aplastada
entre una cantidad enorme de rutilantes joyas; las patas peludas se movieron
caóticamente, los ojos moribundos de la araña lanzaron una última mirada que brilló
como un rubí entre las centelleantes piedras preciosas.
Conan miró a su alrededor y al ver que no aparecía otro monstruo se aplicó a
quitarse la telaraña que lo apresaba. La sustancia gris se adhería tenazmente a su
tobillo y a sus manos, pero por fin consiguió liberarse. Cogió su espada y se abrió

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camino eludiendo los grises anillos y las hebras y se dirigió hacia la puerta interior.
No podía imaginar los horrores que le esperaban allí. El cimmerio estaba enardecido
y, puesto que había venido de tan lejos y superado tantos peligros, estaba resuelto a ir
hasta el final de la aventura, ocurriera lo que ocurriese. Tuvo la sensación de que la
joya que buscaba no se encontraba entre las que estaban desparramadas
desordenadamente por la resplandeciente habitación.
Cuando hubo pasado por entre las hebras que obstruían la puerta interior, advirtió
que esta no estaba cerrada. Se preguntó si los soldados habrían descubierto su
presencia. Lo cierto es que él se encontraba encima de ellos y, si era cierto lo que se
decía, estaban habituados a oír ruidos extraños en la torre, sonidos siniestros y gritos
de agonía y horror.
El cimmerio no dejaba de pensar en Yara, y no se sentía del todo confiado cuando
abrió la puerta. Pero solo alcanzó a ver un tramo de escalones plateados que
descendían, apenas iluminados por una luz que no podía adivinar de dónde venía.
Bajó silenciosamente, empuñando la espada. No oyó ningún ruido, y poco después
llegó hasta una puerta de marfil con hematites incrustados. Se detuvo a escuchar, pero
no oyó nada desde el interior; solo se veían salir lentas volutas de humo por debajo de
la puerta, que despedían un olor extraño y desconocido para el cimmerio. Más abajo,
la escalera plateada seguía descendiendo hasta perderse en las sombras, y del
tenebroso agujero no provenía sonido alguno. Tenía la extraña sensación de que
estaba solo en una torre habitada por espectros y fantasmas.
Conan empujó sigilosamente la puerta de marfil, que se abrió en silencio hacia
adentro, y permaneció en el reluciente umbral mirando fijamente a su alrededor como
un lobo en un lugar extraño, dispuesto a luchar o a huir en un santiamén. Se hallaba
ante una amplia habitación con una enorme cúpula dorada; las paredes eran de jade
verde y el suelo de marfil estaba parcialmente cubierto por gruesas alfombras. El
humo y el olor exótico del incienso provenían de un brasero apoyado sobre un trípode
dorado, detrás del cual había un ídolo sentado sobre una especie de altar de mármol.
Conan miró horrorizado; la imagen, desnuda, tenía cuerpo de hombre y era de color
verde, pero la cabeza semejaba una loca pesadilla. Era demasiado grande para el
cuerpo y no tenía atributos humanos. Conan contempló las enormes orejas
resplandecientes, la rizada trompa y los blancos colmillos de elefante que nacían a
ambos lados de la trompa y terminaban en unas esferas de oro. Tenía los ojos
cerrados, como si estuviera durmiendo.
He aquí, entonces, el motivo del nombre —la Torre del Elefante—, ya que la
cabeza de la cosa se parecía mucho a la de los animales descritos por el shemita
errante. Aquel era el dios de Yara. Pero ¿dónde podía estar la gema sino escondida en
el interior del ídolo, puesto que la piedra se llamaba Corazón de Elefante?
A medida que Conan avanzaba, con los ojos fijos en el inmóvil ídolo, ¡este abrió
súbitamente los ojos! El cimmerio se quedó paralizado por la sorpresa. ¡No era una
imagen, sino una cosa viva, y él estaba atrapado en su habitación!

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Un indicio del terror que lo paralizaba es el hecho de que no reaccionara al
instante en un arrebato de frenesí, dejando libres sus instintos homicidas. Un hombre
civilizado en su situación sin duda habría, buscado refugio creyendo que estaba loco,
pero a Conan no se le ocurrió dudar de sus sentidos. Sabía que se encontraba cara a
cara con un demonio del antiguo mundo, y esa seguridad lo privó de todas sus
facultades, salvo la de la vista. La trompa de esa cosa horrorosa se alzó como
buscando algo, y los ojos de topacio miraban sin ver. Entonces Conan se dio cuenta
de que el monstruo era ciego. Este pensamiento calmó sus tensos nervios, y comenzó
a retroceder en silencio en dirección a la puerta. Pero el engendro oía. La trompa
sensible se estiró hacia él y el muchacho quedó nuevamente helado de espanto
cuando el extraño ser habló con una voz extraña y entrecortada, siempre en el mismo
tono. El cimmerio comprendió que aquella boca no fue creada para hablar un
lenguaje humano.
—¿Quién está ahí? —preguntó—. ¿Has venido a torturarme de nuevo, Yara? ¿No
te vas a cansar nunca? ¡Oh, Yag-kosha!, ¿no tendrá fin esta agonía?
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Conan observó las extremidades
extendidas sobre el lecho de mármol. Sabía que el monstruo no podría levantarse para
atacarlo. Conocía las marcas del tormento y las quemaduras del fuego, y por más
duro que fuera, no podía evitar estar impresionado por las deformidades de lo que
parecía haber sido un cuerpo tan bien constituido como el suyo. Y súbitamente todo
el miedo y el asco se convirtieron en una profunda compasión. Conan no sabía quién
era ese monstruo, pero era tan evidente su terrible y patético sufrimiento que, sin
saber por qué, le embargó una abrumadora tristeza. Sintió que estaba presenciando
una tragedia cósmica y sintió vergüenza, como si la culpa de toda una raza hubiera
caído sobre él.
—No soy Yara —dijo—. Soy solamente un ladrón. No te haré daño.
—Acércate para que pueda tocarte —dijo la criatura con un titubeo, y Conan se
aproximó sin miedo, con la espada olvidada en su mano.
La trompa sensible se alzó y palpó su rostro y sus hombros, como hacen los
ciegos. El contacto era tan suave como el de la mano de una muchacha.
—Tú no perteneces a la raza maligna de Yara —suspiró la criatura—. Llevas la
marca de la fiereza pura y esbelta de las tierras desérticas. Conozco a tu gente desde
antiguo. Los conocí con otro nombre hace mucho, mucho tiempo, cuando un mundo
distinto alzaba sus brillantes torres hacia las estrellas. Pero… hay sangre en tus
manos.
—Es de la araña que había en la habitación de arriba y de uno de los leones del
jardín —musitó Conan.
—También has matado a un hombre esta noche —respondió el otro—. Y hay
muerte arriba en la torre. Lo siento; lo sé.
—Sí —admitió el cimmerio—. El príncipe de los ladrones yace allí sin vida,
víctima de la picadura de un bicho.

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—¡Así es! —dijo con una extraña voz inhumana en una especie de canto
monótono—. Un muerto en la taberna y un muerto en la terraza; lo sé; lo siento. Y el
tercero producirá un efecto mágico que ni el mismo Yara imagina. ¡Oh, hechizo de la
liberación, dioses verdes de Yag!
Las lágrimas rodaron nuevamente por sus mejillas mientras el torturado ser se
estremecía presa de las más variadas emociones. Conan seguía mirándolo perplejo.
Entonces cesaron las convulsiones, los suaves ojos ciegos se volvieron hacia el
cimmerio y le hizo una seña con la trompa.
—Escucha, hombre —dijo el extraño ser—. Te parezco repugnante y monstruoso,
¿no es cierto? No, no contestes; lo sé. Pero tú me parecerías igual de extraño si
pudiera verte. Existen muchos mundos además de esta tierra, y la vida adopta
diferentes formas. No soy ni un dios ni un demonio, sino que soy de carne y hueso
como tú, aunque la sustancia sea en parte distinta y la forma esté creada con modelos
diferentes. Soy muy viejo, hombre de la selva; he venido a este planeta hace mucho,
mucho tiempo, con otros seres de mi mundo, el planeta verde Yag, que da vueltas
eternamente en el límite de este universo.
»Viajamos por el espacio con poderosas alas que nos transportaron por el cosmos
a mayor velocidad que la luz, porque habíamos luchado contra los reyes de Yag y
fuimos derrotados y desterrados. Y jamás pudimos regresar, porque en la tierra
nuestras alas se marchitaron. Aquí vivimos alejados de la vida terrenal, luchamos
contra los extraños y terribles seres que en ese entonces poblaban la tierra, y por ello
fuimos temidos y nadie nos molestó en las sombrías selvas del este, donde teníamos
nuestra morada.
»Hemos visto cómo los monos se transformaban en hombres y los vimos
construir las rutilantes ciudades de Valusia, Kamelia, Commoria y otras. Los hemos
visto tambalearse ante los ataques de los paganos atlantes, pictos y lemurios. Hemos
visto cómo los océanos se levantaban y sumergían a Atlantis y Lemuria, las islas de
los pictos y las brillantes ciudades de la civilización. También vimos cómo los
sobrevivientes de los reinos pictos y los atlantes construían su imperio de la Edad de
Piedra y luego cayeron en la ruina, enzarzados en sangrientas batallas. Hemos visto
cómo los pictos se hundían en los abismos del salvajismo y cómo los atlantes volvían
a descender al nivel del mono. Hemos visto cómo los nuevos salvajes se dirigían
hacia el sur desde el Círculo Ártico, en oleadas conquistadoras, para construir una
nueva civilización con los nuevos reinos llamados Nemedia, Koth, Aquilonia y otros.
»Vimos cómo tu pueblo surgía con un nuevo nombre de las selvas de los monos
que habían sido los atlantes. Hemos visto a los descendientes de los lemurios que
habían sobrevivido al Cataclismo levantarse una vez más superando el salvajismo y
dirigirse hacia el oeste convertidos en hirkanios. Y hemos visto cómo esta raza de
seres malignos, sobrevivientes de la antigua civilización que existía antes del
hundimiento de Atlantis, volvía a tener cultura y poder: se trata de este maldito reino
de Zamora. Hemos visto todo esto, sin ayudar ni entorpecer las inmutables leyes del

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cosmos, y nos fuimos muriendo uno tras otro; porque nosotros, los hombres de Yag,
no somos inmortales, si bien nuestras vidas son como las vidas de los planetas y de
las constelaciones. Finalmente quedo yo solo, soñando con los tiempos pasados entre
los ruinosos templos perdidos en la selva de Khitai, venerado como un dios por una
antigua raza de piel amarilla. Después llegó Yara, versado en oscuros conocimientos
transmitidos a través de los años de barbarie, antes del hundimiento de Atlantis. Al
principio Yara se sentó a mis pies para que yo le transmitiera mi sabiduría. Pero no
estaba satisfecho con lo que yo le enseñaba, porque se trataba de magia blanca y él
deseaba conocer la ciencia del mal, a fin de esclavizar a los reyes y saciar su
ambición demoníaca. Yo no estaba dispuesto a enseñarle ninguno de los secretos de
la magia negra que había adquirido, a pesar mío, a través de los siglos. Pero su
inteligencia era mayor de lo que yo había creído; con argucias aprendidas entre las
polvorientas tumbas de Estigia, me engañó y me obligó a revelarle un secreto que yo
nunca quise contar a nadie, y volviendo mi propio poder en contra mío, me convirtió
en su esclavo. ¡Oh, dioses de Yag, qué amarga ha sido mi vida desde aquel día! Me
trajo desde las remotas selvas de Khitai, donde los monos bailan al compás de la
flautas de los sacerdotes amarillos y donde las ofrendas de frutos y vinos atestaban
mis rotos altares. Nunca volví a ser el dios de las buenas gentes de la selva, sino que
me convertí en el esclavo de un demonio con forma humana.
Sus ojos ciegos se volvieron a inundar de lágrimas.
—Me recluyó en esta torre, que construí para él por orden suya en una sola noche.
Me dominó por medio del fuego y de la tortura, así como por medio de extraños
tormentos sobrenaturales que tú no podrías comprender. Si pudiera, hace mucho
tiempo hubiera puesto fin a esta larga agonía, quitándome la vida. Pero él me
mantuvo vivo (deforme, ciego y destrozado), para que realizara sus asquerosos
deseos. Y durante trescientos años he hecho su voluntad, desde este lecho de mármol,
ensuciando mi alma con pecados cósmicos y mancillando mi sabiduría con crímenes,
porque no podía hacer otra cosa. Pero no he revelado todos mis antiguos secretos y
mi último don será el hechizo de la Sangre y la Joya porque presiento que se acerca el
fin. Tú eres la mano del Destino. Te ruego que cojas la piedra preciosa que hallarás
en aquel altar.
Conan se volvió hacia el altar de oro y marfil que le había señalado el extraño ser
y cogió una enorme joya redonda, clara como un cristal carmesí, y en ese momento
descubrió que era el Corazón del Elefante.
—Y ahora la gran magia, la poderosa magia, que nadie ha visto ni verá jamás en
millones de milenios. Por mi alma y mi sangre lanzo el conjuro; por la sangre del
pecho verde de Yag, que sueña a lo lejos en el inmenso y vasto Espacio Azul. Coge tu
espada, hombre, y corta mi corazón, luego estrújalo de modo que la sangre fluya
sobre la piedra roja. Después baja por esa escalera y entra en la habitación de ébano
en la que está sentado Yara envuelto en sueños malignos. Pronuncia su nombre y
despertará. En ese momento has de colocar esta gema delante de él y repetir estas

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palabras: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento». Después
márchate de la torre rápidamente. No temas, que no habrá obstáculos en tu camino.
La vida del hombre no es la vida de Yag, ni la muerte humana es la muerte de Yag.
Libérame de esta prisión de carne ciega y volveré a ser Yogah de Yag, coronado y
rutilante, con alas para volar, pies para danzar, ojos para ver y manos para tocar.
Conan se acercó con gesto vacilante y Yag-kosha, o Yogah, como si notara su
indecisión, le indicó dónde debía clavar la hoja afilada. El joven apretó los dientes y
hundió profundamente la espada. La sangre fluyó abundante empapando la hoja de la
espada y su mano, y la extraña criatura se agitó convulsivamente y luego quedó
completamente inmóvil. Cuando estuvo seguro de que ya no estaba vivo, al menos en
el sentido que él entendía la vida, Conan se aplicó a la espantosa tarea y enseguida
extrajo algo que él supuso que sería el corazón de aquel ser extraño, aunque
curiosamente era distinto de cualquier corazón que él había visto. Sosteniendo la
víscera, que aún latía, sobre la deslumbrante joya, la apretó con ambas manos y un río
de sangre cayó sobre la piedra. Para su sorpresa, la sangre no se derramó, sino que
fue absorbida por la gema, como si fuera una esponja.
Sosteniendo la joya con todo cuidado, el muchacho salió del fantástico recinto y
se dirigió hacia la escalera de plata. No miró hacia atrás, pero supo instintivamente
que el cuerpo que reposaba sobre el lecho de mármol estaba sufriendo algún tipo de
transmutación, y también tuvo la sensación de que era algo que no debía ser
presenciado por ningún ser humano.
Cerró tras de sí la puerta de marfil y bajó la escalera de plata sin vacilar. No se le
ocurrió desobedecer las instrucciones que había recibido. Se detuvo ante la puerta de
ébano, en cuyo centro había una sonriente calavera de plata, y la abrió. Su mirada
recorrió la habitación de ébano y azabache y vio, reclinada sobre un lecho de seda
negra, una figura alta y delgada. Delante de él estaba Yara, el sacerdote y brujo, con
los ojos abiertos y dilatados por los vapores del loto amarillo, mirando a lo lejos,
como sumido en abismos nocturnos que están más allá de la percepción humana.
—¡Yara! —exclamó Conan, como un juez que pronuncia una condena—.
¡Despierta!
Los ojos se abrieron al instante y se volvieron fríos y crueles como los de un
buitre. La negra figura vestida de seda se irguió lúgubre sobre el cimmerio.
—¡Perro! —dijo con voz sibilante como la de una cobra—. ¿Qué haces aquí?
Conan depositó la joya sobre la enorme mesa de ébano.
—El que envía esta gema me mandó decir: «Yag-kosha te ofrece su último don y
su último encantamiento».
Yara retrocedió; su rostro era oscuro y ceniciento. La joya ya no era cristalina y
pura; su turbio centro palpitaba y vibraba, y en su superficie flotaban curiosas volutas
de humo de colores cambiantes. Como atraído hipnóticamente, Yara se inclinó sobre
la mesa y cogió entre sus manos la gema, mirando fijamente su sombrío interior,
como si se tratara de un imán que le fuera a extraer su convulsiva alma del cuerpo.

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Cuando Conan miró, pensó que sus ojos lo engañaban porque cuando Yara se había
levantado del lecho, el sacerdote le había parecido gigantesco, y ahora vio que la
cabeza de Yara apenas le llegaba al hombro. El joven parpadeó desconcertado y por
primera vez en toda la noche dudó de sus sentidos. Luego, conmocionado, se dio
cuenta de que el sacerdote se hacía cada vez más pequeño delante de sus propios
ojos.
Conan observó con indiferencia, como quien ve una representación. Abrumado
por la sensación de irrealidad, el cimmerio ya no estaba seguro de su propia
identidad; solo sabía que estaba contemplando las manifestaciones externas de un
juego invisible de colosales fuerzas exteriores que estaban más allá de su
comprensión.
Ahora Yara tenía el tamaño de un niño, y luego se tumbó sobre la mesa como un
bebé, pero todavía aferraba la joya. De pronto el hechicero se dio cuenta de cuál era
su destino y dando un brinco soltó la gema. Pero se hizo más pequeño aún, y Conan
lo vio convertido en un cuerpo minúsculo que corría frenéticamente sobre la mesa de
ébano, agitando los diminutos brazos y chillando como una rata.
Ya era tan insignificante que la gran joya parecía una montaña a su lado; Conan
vio que se cubría los ojos con las manos como si quisiera protegerse del fulgor,
mientras se tambaleaba como un poseído. El muchacho sintió que una fuerza
magnética invisible atraía a Yara hacia la gema. Dio tres vueltas como un loco
alrededor de la piedra, e intentó volverse tres veces y escapar a través de la mesa.
Entonces el sacerdote lanzó un grito que sonó apagado, alzó los brazos y corrió
directamente hacia la resplandeciente bola.
Inclinándose más aún, Conan vio cómo Yara trepaba por la superficie lisa y
redondeada con grandes esfuerzos, como un hombre que asciende por una montaña
de hielo. Por fin el sacerdote llegó a la parte superior agitando los brazos, e invocó
los nombres de seres terribles que solo los dioses conocen. Y de repente se hundió en
el centro mismo de la joya, como un hombre que se hunde en el mar, y Conan vio
cómo las volutas de humo se cerraban sobre su cabeza. Luego la divisó en el centro
carmesí de la gema, que se volvió transparente y cristalino, como quien contempla
una imagen lejana en el tiempo y en el espacio. Entonces apareció en el mismo centro
otra figura de color verde, brillante y halada, con cuerpo de hombre y cabeza de
elefante, que ya no era ciego ni deforme. Yara extendió sus brazos y corrió como un
loco, pero el vengador fue tras él. En ese momento la enorme joya desapareció,
estallando como si fuera una pompa de jabón en medio de fulgores iridiscentes, y la
mesa de ébano quedó vacía al igual —intuyó Conan— que el lecho de mármol de la
habitación de arriba en el que había estado el cuerpo del extraño ser transcósmico
llamado Yag-kosha o Yogah.
El cimmerio se volvió y huyó de la habitación descendiendo por la escalera de
plata. Estaba tan perplejo que no se le ocurrió escapar de la torre por donde había
entrado. Bajó corriendo por el sinuoso y sombrío agujero plateado hasta llegar a una

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habitación más grande al pie de la resplandeciente escalera. Allí se detuvo un
instante; había llegado al cuarto de los soldados. Vio el brillo de sus plateadas corazas
y de las enjoyadas empuñaduras de sus espadas. Se habían desplomado sobre la mesa
de banquetes, con las plumas oscuras ondeando sobriamente sobre los cascos de las
cabezas caídas; yacían entre los dados y entre las copas caídas, cuyo vino manchaba
el suelo de color lapislázuli. Conan no sabía si se trataba de brujería o de magia o de
la oculta influencia de las enormes alas verdes, pero su camino estaba libre de
obstáculos. Había una puerta de plata abierta, recortada contra la claridad del alba.
El cimmerio salió a los verdes jardines y cuando la brisa del alba sopló
inundándolo de la fresca fragancia de exuberantes plantas, se estremeció como si se
despertara de un sueño. Se volvió con un gesto vacilante para mirar fijamente la
enigmática torre en la que había estado hace un momento. ¿Estaba embrujado y preso
de un encantamiento? ¿Había soñado todo lo que creía haber vivido? Mientras se
hacía estas preguntas, vio de repente que la rutilante torre, recortada contra el cielo
escarlata del alba, y la cúpula incrustada de relucientes joyas que brillaban cada vez
con más intensidad por los primeros rayos del sol, se tambaleó y cayó
estrepitosamente desintegrándose en minúsculas partículas resplandecientes.

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El Aposento de los Muertos
Robert E. Howard & L. Sprague de Camp, 1967

Harto ya de la Ciudad de los Ladrones (y viceversa), Conan se dirige


hacia el oeste, a Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de Zamora, donde
espera que sus beneficios sean mayores. Durante un tiempo, efectivamente,
logra más éxitos en su profesión de ladrón que los obtenidos en Arenjun, si
bien las mujeres de Shadizar pronto lo despojan de sus ganancias a cambio
de iniciarlo en las artes amorosas. Ciertos rumores acerca de la existencia de
un tesoro lo llevan a las ruinas cercanas de la antigua Larsha, donde llega
poco antes que el destacamento de soldados enviado para arrestarlo.

El desfiladero estaba sumido en la oscuridad, a pesar de que el sol del atardecer


había dejado una franja de color amarillo anaranjado con tintes verdosos en el
horizonte. Sin embargo, un ojo agudo podía divisar aún las oscuras siluetas de las
cúpulas y de las agujas de las torres de Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de
Zamora, la ciudad de las mujeres de negros cabellos y de torres llenas de embrujo y
misterio.
A medida que se desvanecía la luz, comenzaban a aparecer las primeras estrellas
en el firmamento. Las luces titilaban a lo lejos sobre las cúpulas y sobre las agujas de
las torres como contestando a una misteriosa señal. En tanto que el fulgor de las
estrellas era pálido y desvaído, las luces que brillaban en las ventanas de Shadizar
eran de color ámbar intenso, como si dejaran traslucir los actos abominables que allí
se cometían.
El desfiladero estaba en silencio, solo alterado por el chirriar de los insectos
nocturnos. Pero este silencio fue pronto interrumpido por el alboroto de hombres que
se acercaban. Por el desfiladero avanzaba un pelotón de soldados zamorios; eran
cinco hombres con sencillos cascos de acero y jubones de cuero reforzados con
clavos de bronce, conducidos por un oficial de bruñida coraza de bronce y casco
coronado por una enorme crin de caballo. Sus piernas cubiertas por la armadura
aplastaban la densa hierba que cubría el suelo del desfiladero. Sus arneses crujían y
sus armas sonaban y tintineaban con ruido metálico. Tres de ellos llevaban arcos y
otros dos traían picas; a un lado tenían colgadas pequeñas espadas y de sus espaldas
pendían escudos. El oficial iba armado con una enorme espada y una daga.
En determinado momento, uno de los soldados dijo en voz baja:
—Si cogemos a ese Conan vivo, ¿qué le harán?
—Lo enviarán a Yezud y se lo echarán como alimento al dios araña, estoy seguro
—replicó otro—. Lo que cuenta es si vamos a estar vivos para recoger la recompensa

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que nos han prometido.
—¿Le tienes miedo? —inquirió un tercero.
—¿Quién, yo? —dijo enojado el soldado que había hablado en segundo término
—. Yo no le tengo miedo a nada, ni siquiera a la misma muerte. La cuestión es, ¿la
muerte de quién? Ese ladrón no es un hombre civilizado, sino un bárbaro salvaje, que
tiene la fuerza de diez. De modo que he ido al magistrado para hacer mi testamento…
—Es alentador saber que tus herederos recibirán la recompensa —dijo otro—.
Lamento no haber pensado en ello.
—Bueno… —repuso el que había hablado en primer lugar—, ya encontrarán
alguna excusa para engañarnos y no darnos la recompensa, aun cuando atrapemos a
ese bribón.
—Pero lo prometió el prefecto en persona —aseguró otro—. Los ricos
mercaderes y los nobles a los que Conan ha estado robando hicieron un fondo común.
He visto el dinero; era una bolsa tan llena de oro que un hombre solo apenas podría
levantarla. Después de esa exhibición pública, no se atreverán a dejar de cumplir la
promesa.
—Pero supón que no lo cogemos —dijo el segundo—. Se ha dicho algo acerca de
que lo pagaríamos con nuestras cabezas. —Y añadió levantando la voz—: ¡Capitán
Néstor! ¿Qué dijeron acerca de nuestras cabezas…?
—¡Callad de una vez! —dijo bruscamente el oficial—. Se os puede oír hasta en
Arenjun. Si Conan se encuentra en un radio de una legua, se pondrá sobre aviso.
Dejad de parlotear, y procurad avanzar sin hacer tanto ruido.
El oficial era un hombre de estatura mediana, complexión fuerte y grandes
espaldas; a la luz del día era posible ver sus ojos grises y su cabello castaño con
algunas hebras canosas. Era un hombre de Gunderland, de la provincia más
septentrional de Aquilonia, situada a unos dos mil quinientos kilómetros al oeste. La
misión que le habían encomendado, de llevar a Conan vivo o muerto, lo tenía
sumamente preocupado. El prefecto le había advertido que, en caso de fracasar, le
esperaba un castigo severo, tal vez el hacha del verdugo. El mismo rey de Zamora fue
quien ordenó la captura del proscrito, y el monarca era drástico con los vasallos que
fracasaban en sus misiones. Una confidencia obtenida en los bajos fondos de la
ciudad indicaba que habían visto a Conan dirigiéndose hacia ese desfiladero poco
después del amanecer, y el comandante había enviado a Néstor rápidamente hacia
allí, con los soldados que se encontraban en los cuarteles.
Néstor no confiaba en los hombres que iban detrás de él. Los consideraba unos
bravucones capaces de salir corriendo en el momento de enfrentarse con el peligro,
dejándolo a solas con el bárbaro. Y aunque el hombre de Gunderland era valiente, no
se hacía demasiadas ilusiones acerca de las posibilidades que tenía frente a aquel
feroz y gigantesco salvaje. Su armadura le serviría de muy poco.
A medida que se desvanecían por el oeste las últimas luces del día, aumentaba la
oscuridad y las paredes del desfiladero se hacían cada vez más estrechas, escarpadas

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y rocosas. Los hombres de Néstor comenzaban a murmurar a sus espaldas una vez
más.
—Esto no me gusta nada. El camino conduce a las ruinas de Larsha la Maldita,
donde acechan los fantasmas de los antiguos para devorar a los que pasan por ella. Y
se dice que en esa ciudad se halla el Aposento de los Muertos…
—¡Calla! —gruñó Néstor volviendo la cabeza—. Si…
En ese preciso momento, el oficial tropezó con una soga de cuero tirada en el
suelo y cayó de bruces. Se oyó el chasquido de la cuerda que había cedido.
En ese instante una avalancha de rocas y escombros cayó en cascada por la ladera
izquierda con un ruido atronador. Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, una
piedra del tamaño de una cabeza golpeó su coraza y lo volvió a tirar al suelo. Otra le
derribó el casco, y las piedras más pequeñas lo hirieron en otras partes del cuerpo.
Detrás de él se escuchaban lamentos y gritos de dolor, así como el sonido metálico de
las piedras sobre los cascos y corazas. Y después reinó el silencio.
Néstor se puso de pie tambaleándose, tosió a causa del polvo que había tragado y
se volvió para ver lo que había ocurrido. Detrás de él, a pocos pasos, vio una enorme
roca desprendida que bloqueaba por completo el desfiladero. Se acercó y vio que de
los escombros sobresalía una mano y un pie. Llamó dando voces, pero no obtuvo
respuesta. Al tocar las extremidades que se asomaban, descubrió que estaban sin vida.
El alud de rocas provocado por él al pisar la cuerda había aniquilado a toda su tropa.
Néstor flexionó sus brazos y piernas para ver si se había hecho daño. Daba la
impresión de que no se le había roto ningún hueso, aunque su coraza estaba abollada
y tenía varias magulladuras. Levantó su casco lleno de ira y emprendió la marcha
solo. El hecho de no haber capturado al ladrón hubiera sido nefasto, pero si además
tenía que confesar que había perdido a todos sus hombres, podía dar por seguro que
le esperaba una muerte lenta y terrible. Su única posibilidad ahora era conseguir
atrapar a Conan, o al menos volver con la cabeza del cimmerio.
Con la espada en la mano, Néstor ascendió cojeando por los interminables
vericuetos del desfiladero. Una luz delante de él le indicó que la luna, casi llena, se
elevaba sobre el horizonte. El capitán aguzó la vista, temiendo que el bárbaro lo
atacara desde cualquier recodo del barranco.
La garganta del desfiladero se hizo menos profunda y las paredes menos
escarpadas. Había algunos orificios a derecha e izquierda, pero la base estaba llena de
piedras y era cada vez más dispareja, lo que obligaba a Néstor a trepar con dificultad
por rocas y malezas. Finalmente el desfiladero desapareció por completo. Trepando
por una leve cuesta, el hombre de Gunderland se encontró en el extremo de una
altiplanicie rodeada por lejanas montañas. A un tiro de flecha por delante y blancas
como la nieve, a la luz de la luna, se alzaban las murallas de Larsha. Justo enfrente de
él había una imponente puerta de entrada a la ciudad. El tiempo había desgastado las
murallas, por las que sobresalían techos y torres semiderruidas.
El capitán Néstor se detuvo. Aseguraban que Larsha era muy, muy antigua. Según

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cuentan las leyendas, se remontaba a la época del Cataclismo, cuando los antepasados
de los zamorios, o sea los zhemri, constituían una isla semicivilizada en un océano de
barbarie.
Las historias de muerte que se cernían sobre aquellas ruinas iban de boca en boca
por los mercados de Shadizar. Por lo que Néstor sabía, ninguno de los muchos
hombres que en el pasado invadieran las ruinas en busca del tesoro que se decía que
estaba oculto allí, había regresado jamás. Nadie conocía ninguna de las múltiples
formas que adoptaba el peligro, porque nadie sobrevivió para contarlo.
Diez años antes, el rey Tiridates había enviado a la ciudad una compañía formada
por sus soldados más valientes, a plena luz del día, mientras él esperaba fuera de las
murallas. Se oyeron gritos y ruidos de pelea, y luego… nada. Los hombres que
esperaban fuera emprendieron la retirada y Tiridates se vio obligado a huir con ellos.
Este fue el último intento realizado para desvelar el misterio de Larsha por la fuerza
de las armas.
Aunque Néstor tenía la habitual avidez de los mercenarios por el dinero fácil, no
era imprudente. Años de servicio como soldado en los reinos que se encuentran entre
Zamora y su tierra natal le habían enseñado a ser precavido. Mientras hacía una pausa
sopesando sus posibilidades y los peligros que estas entrañaban, vio algo
estremecedor que lo dejó paralizado. Cerca de la muralla divisó una figura humana
que entraba furtivamente por la enorme puerta. Aunque el hombre se hallaba
demasiado lejos para ser reconocido a la luz de la luna, era imposible confundir aquel
andar de pantera. ¡Era Conan!
Lleno de furia, Néstor se dirigió hacia allí. Avanzó rápidamente aferrando la vaina
de su espada para que no hiciera ruido. Pero por muy silencioso que fuera, el agudo
oído del bárbaro lo puso sobre aviso. Conan miró hacia atrás y en seguida se oyó un
silbido que cortó el aire. Había desenvainado su espada. Entonces, viendo que lo
perseguía un solo hombre, el cimmerio se quedó en su sitio.
A medida que Néstor se iba acercando, el capitán examinaba el aspecto del otro.
Conan medía casi un metro noventa de estatura y su raída túnica dejaba ver los
fuertes contornos de sus poderosos músculos. De su hombro colgaba un zurrón de
cuero. Su rostro era joven, pero duro, y estaba enmarcado por una melena recortada y
espesa de color negro.
Nadie dijo una palabra. Néstor se detuvo para recobrar el aliento y echó a un lado
su manto. En ese preciso momento Conan se abalanzó sobre él.
Las espadas brillaron como relámpagos a la luz de la luna, y el sonido metálico de
los sables cortó el silencio sepulcral que reinaba allí. Néstor tenía más experiencia en
la lucha, pero la fuerza y la impresionante rapidez del bárbaro anulaban esa ventaja.
El ataque de Conan era tan elemental e irresistible como un huracán. Rechazando los
golpes con astucia, Néstor se vio forzado a retroceder poco a poco. Observaba
detenidamente a su enemigo, esperando que su ataque amainara a causa del
cansancio. Pero el cimmerio parecía infatigable.

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De un rápido revés, Néstor hizo un corte en la túnica de Conan a la altura del
pecho, pero no llegó a herirlo. Con fulminante rapidez, Conan esgrimió la espada y
golpeó la coraza de Néstor, haciendo en ella una profunda abolladura.
Cuando el hombre de Gunderland daba unos pasos atrás ante otro violento ataque,
resbaló sobre una piedra, y Conan lanzó un terrible mandoble contra el cuello del
capitán. Si hubiera logrado su propósito, la cabeza de Néstor habría volado por los
aires, pero dado que este perdió el equilibrio, el golpe dio en el casco, que resonó
estrepitosamente e hizo caer a Néstor al suelo.
Respirando hondo, Conan avanzó empuñando la espada. Su perseguidor yacía
inmóvil, mientras la sangre manaba de su casco partido. La excesiva confianza del
bárbaro en la fuerza de sus golpes, sin duda producto de su excesiva juventud,
convenció a Conan de que había dado muerte a su enemigo. Envainando la espada, el
muchacho se volvió y encaminó sus pasos a la ciudad de los antiguos.
El cimmerio se acercó a la enorme puerta formada por un par de macizas hojas,
dos veces más altas que un hombre, hechas de madera de casi medio metro de
espesor y reforzadas con herrajes de bronce. El joven empujó las hojas refunfuñando,
pero estas no se abrieron. Sacó la espada y golpeó el bronce con la empuñadura. Por
la forma en que se hundió la puerta, Conan se dio cuenta de que la madera estaba
podrida, pero el bronce era demasiado grueso para horadarlo sin que se estropeara el
filo de su espada. Y había una solución más fácil.
A una distancia de treinta pasos en dirección norte, la muralla se había
derrumbado, de modo que su punto más bajo estaba a menos de seis metros sobre el
nivel del suelo. Además, había una pila de escombros al pie de la muralla, que
llegaba a una altura alrededor de dos metros del borde.
Conan se acercó a la parte derruida, retrocedió y echó a correr. Brincó sobre la
pequeña montaña de escombros, saltó tomando impulso y consiguió aferrarse al
borde de la muralla. Dando un gruñido y haciendo un enorme esfuerzo, sin hacer caso
de arañazos y magulladuras, se encontró del otro lado del muro, desde donde lanzó
una mirada a la ciudad.
Del otro lado de la muralla había un claro donde la vegetación había estado
luchando durante siglos contra el antiguo empedrado. Las losas de piedra estaban
resquebrajadas y desniveladas, y por ellas asomaba la hierba, unas malezas y algunos
pequeños arbustos.
Más allá se divisaban las ruinas de lo que parecía haber sido uno de los barrios
más pobres. Se veían casas miserables de adobe de un piso, que habían quedado
reducidas a montículos de barro y escombros. Detrás de estas, Conan divisó, a la luz
de la luna, los edificios de piedra mejor conservados, entre los que destacaban los
templos, los palacios y las mansiones de los nobles y de los ricos mercaderes. Como
suele ocurrir en muchas ruinas antiguas, un aura maligna se cernía sobre la ciudad
abandonada.
Aguzando el oído, Conan miró en todas direcciones. Nada se movía. El único

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sonido que se escuchaba era el chirriar de los grillos.
También el bárbaro había oído hablar de la maldición que pesaba sobre Larsha.
Aunque lo sobrenatural provocaba un pánico atávico y aterrador en el espíritu del
bárbaro, se sobrepuso y se dio ánimos pensando que cuando un ser sobrenatural
adopta forma humana, puede ser herido o muerto con armas corrientes, como
cualquier ser humano o monstruo. Se dijo que no había venido de tan lejos para que
alguien, fuese hombre, animal o demonio, lo detuviera en su tentativa de conseguir el
tesoro.
Según la leyenda, el fabuloso tesoro de Larsha se encontraba en el palacio real.
Aferrando su espada envainada con la mano izquierda, el joven ladrón se dejó caer
por el lado interior de la muralla en ruinas. Poco después, avanzaba por las sinuosas
calles hacia el centro de la ciudad, sin hacer más ruido que una sombra.
Las ruinas rodeaban al bárbaro por todos lados. Aquí y allá se había derrumbado
la fachada de una casa, lo que obligaba a Conan a desviarse o a saltar trepando por
los montones de ladrillos y mármoles rotos. La luna creciente estaba ahora en lo alto
del firmamento e inundaba las ruinas con una luz misteriosa y fantasmagórica. A la
derecha del cimmerio se alzaba un templo semiderruido, cuyo pórtico, sostenido por
cuatro macizas columnas de mármol, se mantenía intacto. Desde el borde superior del
techo, había una fila de gárgolas de mármol; eran estatuas que representaban seres
monstruosos del pasado, mitad demonios y mitad animales.
Conan trató de recordar algunas leyendas que había escuchado en las tabernas del
Maul, relativas al abandono de Larsha. Recordaba algo acerca de una maldición
lanzada hacía muchos siglos por un dios iracundo, como castigo por acciones tan
terribles que a su lado los crímenes y vicios de Shadizar parecían virtudes…
Siguió avanzando hacia el centro de la ciudad, pero volvió a notar algo raro. Sus
sandalias tendían a pegarse al destrozado empedrado, como si este estuviera cubierto
de brea caliente. Las suelas producían extraños sonidos y chapoteos cuando levantaba
los pies. Luego tropezó, se tambaleó y cayó al suelo. Este estaba cubierto por una fina
capa de una sustancia incolora y pegajosa, ahora casi seca.
Con la mano sobre la empuñadura, Conan miró en derredor bajo la pálida luz de
la luna. No oyó ningún ruido. Reanudó la marcha, y sus sandalias volvieron a
producir el extraño chapoteo en cuanto levantaba los pies. Se detuvo y volvió la
cabeza. Hubiera jurado que estaba oyendo un ruido similar a lo lejos. Por un
momento pensó que podía tratarse del eco de sus propios pasos, pero ya había pasado
por delante del templo semiderruido y no había muros a los lados que reflejaran el
sonido y produjeran eco.
Avanzó una vez más y luego se detuvo. Volvió a oír el chapoteo, que esta vez no
cesó cuando se quedó inmóvil, sino que por el contrario se hizo más audible. Sus
aguzados oídos percibieron que venía de enfrente. Puesto que no veía a nadie en la
calle que había delante de él, llegó a la conclusión de que el ruido provenía de alguna
calle lateral o de alguno de los edificios en ruinas.

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El ruido aumentó hasta convertirse en un indescriptible borboteo sibilante. Hasta
los nervios de acero de Conan se estremecieron por la tensión de descubrir el origen
desconocido de aquel sonido.
Finalmente, a la vuelta de la siguiente esquina apareció una enorme masa viscosa
de color gris sucio a la luz de la luna, que se deslizó hacia la calle que tenía delante
de él y avanzaba rápidamente y en silencio, con excepción del borboteo que producía
su extraña forma de moverse. A ambos lados de la frente tenía un par de
protuberancias a modo de cuernos, de más de tres metros de longitud, y un par más
corto debajo. Los largos cuernos se curvaban hacia un lado y otro, y Conan vio que
en cada uno de sus extremos tenía un ojo.
Ese ser vivo era, en realidad, una babosa parecida al inofensivo molusco de jardín
que deja un rastro de baba en sus paseos nocturnos. Pero esta babosa medía unos
quince metros de largo y era tan gruesa en su centro como lo que medía Conan de
altura. Además, se movía tan rápidamente como un hombre corriendo. Se sentía un
olor fétido en el aire a medida que se acercaba. Momentáneamente paralizado por el
asombro, Conan se quedó mirando la gran masa de carne blancuzca que se acercaba a
él. La babosa emitía un sonido similar al de un hombre escupiendo, pero mucho más
alto y ensordecedor.
Decidido por fin a actuar, el cimmerio saltó hacia un lado. En ese preciso instante,
un chorro de líquido atravesó el aire de la noche y fue a caer justamente en el lugar en
el que él había estado. Una pequeña gotita le cayó sobre el hombro y lo quemó como
una brasa ardiente.
Conan se volvió y echó a correr por donde había venido, cruzando como una
flecha en la oscuridad. Tuvo que volver a saltar por encima de las montañas de
escombros que había en las calles. Su oído le indicaba que la babosa lo seguía de
cerca. Tal vez esta le iba ganando terreno. No se atrevió a mirar hacia atrás, pues
temía tropezar con algún trozo de mármol y caer de bruces al suelo, porque entonces
el monstruo lo tendría a su merced antes de que él consiguiera levantarse.
Conan volvió a oír ese sonido similar a un escupitajo. El muchacho saltó
frenéticamente hacia un lado, y una vez más el chorro líquido pasó junto a él. Aun
cuando lograra mantenerse delante de la babosa hasta llegar a las murallas de la
ciudad, el próximo chorro probablemente daría en el blanco.
Entonces Conan se escondió detrás de una esquina a fin de interponer obstáculos
entre él y la babosa. Corrió por una calle estrecha y zigzagueante, y luego dobló por
otra esquina. Sabía que estaba perdido en el laberinto de callejuelas, pero lo más
importante era seguir dando vueltas a fin de evitar que su perseguidor pudiera tenerlo
frente a frente y lanzara su líquido mortífero contra él. El chapoteo y el hedor
indicaban que el repugnante animal le seguía el rastro. En una ocasión, cuando se
detuvo un instante para recobrar el aliento, miró hacia atrás y vio que la babosa se
asomaba por la última esquina por la que él había doblado.
Siguió corriendo, intentando no avanzar en línea recta por el laberinto de calles de

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la ciudad antigua. Aunque no lograra correr más rápido que la babosa, tal vez
consiguiera cansarla. Él sabía que un hombre a la larga podía ganar la carrera a
cualquier animal; pero la babosa parecía incansable.
Al joven le resultaron conocidos los edificios que veía al pasar. Entonces se dio
cuenta de que se hallaba cerca del templo semiderruido que había visto antes de
encontrar a la babosa. Le bastó una rápida mirada para ver que la parte superior del
edificio se hallaba al alcance de cualquier persona que trepara con agilidad.
Conan saltó por encima de un montón de escombros y escaló hasta lo alto del
muro semiderruido. Saltando de piedra en piedra, trepó por el destrozado perfil de la
pared hasta llegar a un sector que se hallaba intacto y daba a la calle. Se encontró
sobre una parte del techo que había detrás de la fila de gárgolas de mármol. Se acercó
con mucha precaución por miedo a que el techo semiderruido se desmoronara a causa
de su peso, esquivando los agujeros por los cuales se podía caer a las habitaciones de
abajo.
Podía oír el ruido y sentir el olor fétido de la babosa que se acercaba por la calle.
Conan comprendió que el monstruo se había detenido delante del templo sin saber
hacia dónde ir porque había perdido el rastro del joven. Con mucha cautela, pues
estaba seguro de que la babosa podía verlo en la semioscuridad, Conan miró hacia la
calle oculto entre dos estatuas.
Allí estaba la enorme masa grisácea, sobre la que se reflejaba la luna con un brillo
húmedo. Los enormes cuernos con ojos se volvían en todas direcciones, tratando de
encontrar a la presa. Debajo de estos, los cuernos inferiores, más pequeños, se
deslizaban hacia adelante y hacia atrás a poca distancia del suelo, como si estuviera
oliendo las huellas del cimmerio.
Conan estaba seguro de que la babosa no tardaría en encontrar su rastro. No tenía
la menor duda de que podría ascender deslizándose por los lados del edificio tan
rápidamente como él.
El joven apoyó su mano sobre una gárgola —una estatua que parecía una
pesadilla con un cuerpo humanoide, alas de murciélago y cabeza de reptil— y
empujó. La estatua se balanceó levemente con un débil crujido.
Al oír este ruido, los cuernos de la babosa giraron hacia arriba en dirección al
techo del templo. La cabeza del animal se asomó y el monstruo curvó su cuerpo
doblándose sobre sí mismo. La cabeza se acercó a la fachada del templo y comenzó a
deslizarse hacia arriba por una de las enormes columnas, justo debajo del lugar en el
que se encontraba oculto Conan, en cuclillas.
La espada le serviría de muy poco contra aquel monstruo, se dijo Conan. Al igual
que otros seres inferiores de la escala biológica, no resultaría afectada por las heridas
que destruirían instantáneamente a seres más evolucionados.
La cabeza de la babosa asomó por detrás de la columna, con los cuernos
oscilando en todas direcciones. Teniendo en cuenta la longitud del monstruo, su
cabeza llegaría al borde superior del edificio mientras la mayor parte de su cuerpo

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estaría todavía en la calle.
En ese momento Conan intuyó lo que tenía que hacer. Se apoyó sobre la gárgola
y, empujando con todas sus fuerzas, la dejó caer desde el borde superior. En lugar del
estruendo que semejante masa de mármol normalmente habría producido al
estrellarse contra el suelo empedrado, se oyó un sonido blando y húmedo, como
viscoso, seguido de otro más fuerte, cuando la parte anterior de la babosa cayó al
suelo.
Cuando Conan se atrevió a mirar por encima del parapeto, pudo comprobar que la
estatua se había hundido en el cuerpo de la babosa hasta quedar casi enterrada. La
enorme masa grisácea se retorcía y azotaba el aire como un gusano en el anzuelo del
pescador. Con un golpe de su cola hizo temblar la fachada del templo, y en algún
lugar del interior cayeron con estrépito unas piedras sueltas. Conan temió que toda la
estructura estuviera a punto de venirse abajo y lo sepultara entre los escombros.
—¡Esto es para ti! —dijo el cimmerio con un gruñido.
Anduvo entre la fila de gárgolas hasta que encontró otra que estaba suelta y la
arrojó directamente sobre el cuerpo de la babosa. La gárgola cayó produciendo un
sonido blando. Una tercera erró el blanco y se estrelló sobre el empedrado. El
muchacho levantó con sus brazos una cuarta estatua que, aunque era más pequeña,
hizo que sus músculos crujieran por el esfuerzo, la arrojó sobre el monstruo y cayó en
la cabeza, que se retorcía.
Cuando Conan vio que disminuían las convulsiones del animal, lanzó otras dos
gárgolas, para mayor seguridad. En cuanto observó que su cuerpo dejaba de
retorcerse, bajó a la calle. Se acercó con cautela a la enorme masa fétida empuñando
la espada. Finalmente, haciendo acopio de valor, hundió la hoja de la espada en la
carne fláccida. De esta fluyó un licor oscuro y la piel húmeda y gris se contrajo con
movimientos ondulantes. Pero aunque algunos miembros del animal mostraran aún
signos de vida, la babosa estaba muerta.
Conan estaba acuchillando aún con furia al animal, cuando oyó una voz que le
hizo volver la cabeza.
—¡Ahora te tengo en mis manos! —dijo alguien a sus espaldas.
Era Néstor, que se acercaba con la espada en la mano y un vendaje manchado de
sangre en la cabeza, en lugar del casco. Cuando vio a la babosa se detuvo lleno de
asombro y preguntó:
—¡Mitra! ¿Qué es esto?
—Es el fantasma de Larsha —dijo en lengua zamoria con acento extranjero—.
Me persiguió por media ciudad hasta que la maté.
Puesto que Néstor seguía mirando asombrado sin dar crédito a sus ojos, el
cimmerio continuó diciendo:
—¿Qué haces aquí? ¿Cuántas veces debo matarte para que te mueras realmente?
—Ya verás lo muerto que estoy —contestó Néstor con tono amenazador
desenvainando su espada.

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—¿Qué ha sido de tus soldados?
—Murieron en el alud, como morirás tú enseguida.
—Escucha, necio —dijo Conan—, ¿por qué desperdicias tus energías con la
espada, habiendo aquí más riquezas, según cuentan las leyendas, de lo que los dos
juntos podemos llevarnos? Eres un hombre emprendedor: ¿por qué no nos unimos
para robar el tesoro de Larsha?
—¡Debo cumplir con mi deber y vengar a mis hombres! ¡Defiéndete, perro
bárbaro!
—¡Por Crom que pelearé si tú quieres! —gruñó Conan, desenvainando la espada
—. ¡Pero recuerda esto, hombre! Si vuelves a Shadizar, te crucificarán por haber
perdido a tus hombres, aun cuando lleves mi cabeza, lo que dudo que consigas. Si
solo fuera verdad una décima parte de lo que dicen, obtendrás más con tu parte del
botín de lo que puedas ganar en cien años como mercenario.
Néstor bajó la espada y retrocedió. Luego permaneció en silencio, profundamente
pensativo.
—Además —agregó Conan—, nunca conseguirás que estos cobardes zamorios se
conviertan en verdaderos guerreros.
El hombre de Gunderland suspiró y luego envainó lentamente su espada.
—Tienes razón, maldito seas —dijo—. Mientras dure esta aventura, lucharemos
codo con codo y nos repartiremos el tesoro a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?
Y diciendo esto, tendió la mano a Conan.
—¡Trato hecho! —repuso el muchacho envainando la espada a su vez y
estrechando la mano del capitán—. Si tenemos que escapar y nos separamos en la
huida, podemos encontrarnos en la fuente de Ninus.
El palacio real de Larsha se alzaba en el centro de la ciudad, en medio de una
gran plaza. Era el único edificio que no había sufrido los embates del tiempo, y ello
se debía a una simple razón: había sido tallado en una enorme montaña rocosa que
antes sobresalía de la uniforme meseta sobre la que se asentaba Larsha.
Sin embargo, la construcción de este edificio había sido tan cuidadosa que era
necesario examinarlo muy de cerca para descubrir que no se trataba de una compleja
estructura arquitectónica. Había incluso unas líneas marcadas en la negra superficie
basáltica imitando las uniones que existen habitualmente entre las piedras de los
edificios.
Avanzando sin hacer ruido, Conan y Néstor miraron el oscuro interior del
edificio.
—Necesitamos luz —dijo Néstor—. No me gustaría encontrarme con otra babosa
como aquella en la oscuridad.
—No siento su extraño hedor; no creo que haya otra babosa —respondió Conan
—, aunque bien pudiera haber otro guardián cuidando el tesoro.
Se volvió y cortó un retoño de pino que crecía entre el derruido empedrado.
Luego cortó sus ramas, las convirtió en astillas con la espada y encendió un pequeño

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fuego frotando pedernal y acero. Después recortó los extremos de dos leños y les
prendió fuego. La madera resinosa ardió intensamente. Conan le entregó una antorcha
a Néstor, y ambos se colocaron algunas astillas en el cinto. Luego, con las espadas en
alto, se acercaron al palacio.
Dentro del arco de acceso, las vacilantes llamas doradas de las antorchas se
reflejaron en los pulidos muros de piedra negra, pero el polvo acumulado en el suelo
tenía varios centímetros de espesor. Algunos murciélagos que colgaban de unos
salientes de piedra chillaron con furia y se alejaron en la oscuridad.
Los hombres pasaron entre estatuas de aspecto aterrador, colocadas en nichos que
flanqueaban su paso. A ambos lados se abrían oscuros pasadizos. Finalmente llegaron
hasta la sala del trono. Este estaba tallado en la misma piedra negra, al igual que el
resto del edificio, y todavía se mantenía en pie. Otras sillas y divanes hechos de
madera, en cambio, estaban convertidos en polvo, y solo quedaban restos de clavos,
ornamentos metálicos y piedras semipreciosas desparramados por el suelo.
—Esto debe de haber estado vacío durante miles de años —susurró Néstor.
Atravesaron varios recintos, que quizá hubieran sido las habitaciones privadas del
rey, pero era difícil saberlo debido a la ausencia de muebles. De repente se
encontraron frente a una puerta. Conan acercó su antorcha.
Se trataba de una puerta maciza, encajada en un arco de piedra y hecha de gruesas
maderas unidas entre sí con herrajes de cobre ahora cubiertos por una capa de moho
verdoso. Conan hundió su espada en la madera. La hoja entró con facilidad, y cayó
un polvillo de madera muy fino, que parecía casi blanco a la luz de las antorchas.
—Está podrida —gruñó Néstor dándole una patada, y su bota penetró en la
madera casi con la misma facilidad que la espada de Conan, pero en ese momento
cayó al suelo un herraje de cobre con un sordo ruido metálico.
En pocos minutos los hombres habían echado abajo las maderas podridas en
medio de una gran nube de polvo. Luego inclinaron las antorchas y las pasaron a
través del orificio. La luz, reflejada en la plata, el oro y las alhajas produjo infinitos
destellos.
Néstor pasó por la abertura, y volvió a salir a tal velocidad que chocó contra
Conan.
—¡Hay hombres allí! —dijo en voz baja.
—Veamos —dijo Conan asomándose por el orificio y mirando en todas
direcciones—. Están muertos. ¡Entremos!
Una vez dentro, miraron detenidamente a su alrededor hasta que las antorchas
casi les quemaron las manos y tuvieron que encender otras. Esparcidos por la
habitación había siete guerreros gigantescos, de más de dos metros de altura, caídos
sobre sillones de piedra. Sus cabezas se apoyaban contra los respaldos de los sillones
y tenían la boca abierta. Estaban ataviados con ropas antiguas; sus cascos de cobre
con plumas, así como las escamas de cobre de sus corazas, estaban cubiertos de
cardenillo por el paso del tiempo. Su piel era de color marrón y aspecto ceroso, como

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la de las momias, y las barbas entrecanas les llegaban hasta la cintura. Junto a ellos
había alabardas y picas con hojas de cobre apoyadas sobre las paredes o tiradas en el
suelo.
En el centro de la habitación se alzaba un altar de basalto negro, como el resto del
palacio. Cerca del altar, en el suelo, había varios cofres que parecían haber
almacenado tesoros. La madera estaba podrida, los cofres estaban destrozados y su
reluciente contenido se encontraba desparramado por el suelo.
Conan se detuvo cerca de uno de aquellos guerreros inmóviles y le tocó la pierna
con la punta de la espada. El cuerpo yacía inmóvil.
—Los antiguos deben de haberlos momificado —murmuró Conan—, como me
han dicho que hacen los sacerdotes de Estigia con los muertos.
Néstor miró con desasosiego los siete cuerpos inmóviles. Las débiles llamas de
las antorchas no alcanzaban a iluminar las oscuras paredes ni el techo de la
habitación.
El bloque de piedra negra que había en el centro de la sala le llegaba a la cintura.
En su parte superior lisa y pulida había finas incrustaciones de marfil, que formaban
un diagrama de círculos y triángulos entrelazados, creando una estrella de siete
puntas, y en los espacios que había entre las líneas se apreciaban signos de una
escritura que Conan no reconocía. Sabía leer y escribir en lengua zamoria a su
manera, y tenía conocimientos rudimentarios de hirkanio y de corinthio, pero
aquellos enigmáticos jeroglíficos le resultaban irreconocibles.
De todos modos, le interesaban más los objetos que se encontraban encima del
altar. En cada una de las puntas de la estrella, centelleando bajo la luz rojiza e incierta
de las antorchas, había una enorme gema verde del tamaño de un huevo de gallina.
En el centro del diagrama había una estatuilla verde de una serpiente con la cabeza
levantada, que parecía de jade.
Conan acercó la antorcha a las siete enormes y resplandecientes gemas y gruñó:
—Yo quiero esas piedras preciosas. Tú te puedes quedar con todo lo demás.
—¡De ninguna manera! —dijo Néstor tajante—. Estas piedras preciosas valen
más que todos los tesoros que hay en esta habitación. ¡Me las llevaré yo!
Hubo un momento de gran tensión entre los dos hombres, y sus manos aferraron
las empuñaduras de sus espadas. Se quedaron un instante en silencio, mirándose
fijamente. Finalmente, dijo Néstor:
—Entonces las repartiremos, tal como habíamos convenido.
—No se pueden dividir siete gemas entre dos —dijo Conan—. Echémoslo a
suertes con una de estas monedas. El que gane se llevará las siete piedras preciosas, y
el otro se llevará el resto. ¿De acuerdo?
Conan cogió una moneda de uno de los montones que indicaban el lugar en el que
habían estado los cofres. Aunque había visto muchas monedas en su vida de ladrón,
aquella le resultaba completamente desconocida. De un lado había una cara, pero no
se sabía si era de hombre, demonio o búho. El otro lado estaba lleno de símbolos

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semejantes a los que había en el altar.
Conan enseñó la moneda a Néstor. Los dos buscadores de tesoros emitieron un
gruñido de aprobación. El cimmerio echó la moneda al aire, la atrapó y la puso de un
manotazo sobre la muñeca izquierda. Extendió la mano, con la moneda cubierta
encima, y miró a Néstor.
—Cara —dijo el hombre de Gunderland.
Conan levantó la mano de la moneda. Néstor miró y gruñó:
—¡Ishtar la maldiga! Tú ganas. Sostén mi antorcha un momento.
Conan, atento a cualquier movimiento traicionero del otro, cogió la antorcha.
Pero Néstor simplemente se desató el manto, lo extendió sobre el suelo polvoriento y
comenzó a arrojar sobre él puñados de oro y de piedras preciosas que cogía de los
montones que había en el suelo.
—No cargues demasiado; de lo contrario no podrás correr —dijo Conan—. Aún
no hemos salido de aquí, y nos espera un largo viaje hasta llegar a Shadizar.
—Yo podré con ello —respondió Néstor.
Ató las esquinas del manto, se echó el bulto a la espalda y tendió la mano para
coger la antorcha.
Conan se la dio, se acercó al altar y recogió una de las enormes gemas verdes, que
echó en el zurrón de cuero que colgaba de su hombro.
Cuando cogió las siete piedras preciosas del altar, se detuvo frente a la serpiente
de jade y dijo mirándola:
—Por esto también me pagarán bien.
La cogió rápidamente y la metió en la bolsa en la que llevaba el botín.
—¿Por qué no te llevas parte del oro y las joyas que quedan? —le preguntó
Néstor—. Yo me llevaré todo lo que sea capaz de cargar.
—Has elegido las mejores piezas —contestó Conan—. Por otra parte, no necesito
más. ¡Hombre, con estas joyas me puedo comprar un reino! O bien un ducado, y todo
el vino que sea capaz de beber y mujeres y…
Los ladrones oyeron un ruido que los hizo volver. Se quedaron estupefactos. Los
siete guerreros momificados estaban cobrando vida. Levantaron la cabeza, cerraron la
boca y el aire silbó en sus antiguos y resecos pulmones. Sus articulaciones crujieron
como bisagras oxidadas cuando los gigantes recogieron sus picas y sus alabardas y se
pusieron de pie.
—¡Corre! —gritó Néstor arrojando su antorcha sobre el gigante que estaba más
cerca de él y desenvainando la espada.
La antorcha golpeó al gigante en el pecho, cayó al suelo y se apagó. Conan siguió
sosteniendo la suya mientras sacaba la espada. La llama vacilante de la antorcha
iluminó débilmente los arneses verdosos de cobre a medida que los gigantes se
acercaban a los hombres.
Conan esquivó el golpe de una alabarda y desvió de un manotazo una pica
dirigida contra él. De pie entre el muchacho y la puerta, Néstor se enfrentaba a un

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gigante que trataba de bloquearle la salida. El hombre de Gunderland eludió un golpe
y le dio un violento revés que alcanzó a su enemigo en un muslo. La hoja del sable se
hundió en su cuerpo, pero casi no le hizo efecto; era como cortar madera. El gigante
se tambaleó y Néstor golpeó a otro. La punta de una pica relució frente a su abollada
coraza.
Los gigantes se movían lentamente, pues de lo contrario los buscadores de tesoros
habrían caído al primer golpe. Saltando, esquivando y girando, Conan eludió varios
golpes que lo habrían dejado sin sentido sobre el suelo polvoriento. La espada se
hundió una y otra vez en la carne seca y leñosa de sus atacantes. Golpes capaces de
decapitar a cualquier ser vivo solo hacían tambalear a estos seres de otra era. El
cimmerio hundió la espada en el cuerpo de uno de sus contrincantes y le cortó una
mano, lo que hizo caer la pica al suelo.
A continuación esquivó otro golpe de pica e hizo un corte en el tobillo del
enemigo presionando con todas sus fuerzas.
La hoja de la espada se hundió hasta la mitad y el gigante cayó derrumbado al
suelo.
—¡Salgamos de aquí! —bramó el joven, saltando sobre el cuerpo caído.
Conan y Néstor salieron corriendo de la habitación y atravesaron varias salas y
habitaciones. Por un instante, el cimmerio temió que estuvieran perdidos, pero en ese
momento divisó una luz enfrente. Los dos hombres salieron precipitadamente por la
puerta principal del palacio. Podía oír detrás de ellos los pesados pasos y el sonido
estrepitoso de los guardianes. Al salir vieron que el cielo clareaba y las estrellas se
extinguían con la llegada del alba.
—Vamos hacia la muralla —dijo Néstor jadeando—. Creo que lograremos
sacarles ventaja.
Cuando llegaron al extremo opuesto de la plaza, Conan miró hacia atrás.
—¡Mira! —exclamó el cimmerio.
Los gigantes iban saliendo uno a uno del palacio, y uno tras otro, a medida que se
exponían a la luz del alba, caían al suelo convertidos en polvo. Al final solo quedó
una pila de cascos de cobre con plumas, corazas y armas amontonados sobre las losas
de la plaza.
—Bueno, asunto terminado —dijo Néstor—. Pero ¿cómo lograremos volver a
Shadizar sin que nos arresten? Será de día cuando lleguemos allí.
Conan esbozó una sonrisa burlona y afirmó:
—Hay una forma de llegar que solo nosotros, los ladrones, conocemos. Cerca del
ángulo que está al nordeste de la muralla hay un conjunto de árboles. Si apartas los
matorrales que cubren el muro, verás una especie de alcantarilla, que supongo que
sirve para desaguar la ciudad cuando las lluvias torrenciales inundan sus calles. Solía
estar cerrada por una reja de hierro, pero está desgastada por la herrumbre. No siendo
demasiado gordos, podríamos deslizamos por ella. La salida se halla en un solar en el
que se arrojan los escombros y desechos de las casas destruidas.

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—Bien —repuso Néstor—. Yo…
Un terrible estruendo interrumpió sus palabras. La tierra se estremeció, se sacudió
y tembló arrojando a Néstor al suelo y haciendo tambalear al cimmerio.
—¡Cuidado! —gritó Conan.
Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, Conan lo cogió por un brazo y lo
arrastró hacia el centro de la plaza. En ese momento, la pared de un edificio cercano
se vino abajo estrepitosamente, desmoronándose en el preciso lugar en el que habían
estado unos segundos antes. El ruido que hizo al caer quedó apagado por el estruendo
del terremoto.
—¡Vámonos de aquí! —gritó Néstor.
Guiándose por la luna, que se veía a lo lejos en el horizonte, corrieron en zigzag
por las calles. A ambos lados, los muros y las columnas se inclinaban y se
desplomaban con estrépito, produciendo un ruido ensordecedor. Las nubes de polvo
que levantaban hacían toser a los fugitivos.
Conan se deslizó, se paró y dio un salto atrás para evitar que lo aplastara la
fachada del templo que se desmoronaba. Se tambaleó mientras nuevos temblores
sacudían la tierra bajo sus pies. Saltó sobre las montañas de escombros, viejos y
nuevos. Dio un salto desesperado cuando vio que se le venía encima una enorme
columna. Recibió una avalancha de fragmentos de piedras y ladrillos, y uno de ellos
le produjo un corte en la mandíbula. Otro le dio de lleno en la espinilla, lo que le hizo
maldecir a los dioses de todas las tierras que había conocido.
Por fin, llegó a lo que quedaba de la muralla de la ciudad, que había sido reducida
a un montón de escombros.
Cojeando, tosiendo y jadeando, Conan trepó sobre el montículo de piedras y se
volvió a mirar. Néstor no estaba a su lado. Probablemente —pensó— el hombre de
Gunderland había sido aplastado por una pared. El joven aguzó el oído, pero no oyó
ningún grito de auxilio.
Ya no se oía el estruendo del terremoto ni de los edificios desmoronándose. La
luz de la luna, muy baja ya, hacía brillar la enorme nube de polvo que cubría la
ciudad. Poco después empezó a soplar la brisa del amanecer, que arrastró poco a poco
el tupido velo de polvo.
Sentado sobre la pila de escombros que indicaba el antiguo emplazamiento de la
muralla, Conan miró hacia Larsha. La ciudad tenía ahora un aspecto totalmente
distinto del que ofrecía cuando llegó a ella. No quedaba un solo edificio en pie.
Incluso el monolítico palacio de basalto negro en el que él y Néstor habían
encontrado el tesoro quedó convertido en un montón de escombros y de piedras rotas.
Conan abandonó la idea de volver al palacio en otra ocasión para recoger el resto del
tesoro. Sería necesario un ejército de trabajadores para quitar los escombros antes de
encontrar algo de valor.
Toda la ciudad de Larsha era un montón de ruinas y de cascotes. Por lo que podía
ver, ahora que había más luz, no había señales de vida. Lo único que se oía era el

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sonido de una piedra que caía de cuando en cuando.
Conan palpó el zurrón, en el que guardaba el tesoro, para asegurarse de que
conservaba el botín, y encaminó sus pasos hacia el oeste, en dirección a Shadizar. El
sol, cada vez más alto en el horizonte, arrojó un haz de luz sobre las anchas espaldas
del cimmerio.
A la noche siguiente, Conan entró con gesto jactancioso en su taberna preferida,
la de Abuletes, en el Maul. El antro de techos bajos y paredes manchadas de humo
apestaba a sudor y a vino rancio. En las mesas abarrotadas había ladrones y asesinos
bebiendo vino y cerveza, jugando a los dados, discutiendo, cantando, peleándose y
dando gritos. Se consideraba que había sido una noche aburrida si al menos uno de
los clientes no resultaba apuñalado en una reyerta.
Conan vio en el otro extremo de la taberna a su chica actual, Semiramis, una
mujer grande, de cabellos negros y varios años mayor que el cimmerio.
—¡Hola, Semiramis! —exclamó Conan abriéndose camino entre los parroquianos
—. ¡Quiero enseñarte algo! ¡Eh, Abuletes, trae una jarra de tu mejor vino de Kiria!
¡Estoy de suerte esta noche!
Si no hubiera sido tan joven, Conan hubiera tenido la precaución de no hacer
alarde de su botín, y mucho menos de mostrarlo en público. Sin embargo, el
cimmerio se acercó a la mesa de Semiramis y abrió el zurrón de cuero en el que
llevaba las siete enormes piedras preciosas.
Las gemas cayeron en cascada sobre la mesa, golpearon la madera húmeda de
vino y se convirtieron al instante en montoncitos de fino polvo verde que centellearon
a la luz de la vela.
Conan dejó caer el zurrón y se quedó boquiabierto, mientras los borrachos de las
mesas de al lado estallaban en sonoras carcajadas.
—¡Por Crom y Mannanan! —dijo el cimmerio al fin cuando recobró el aliento—.
Me parece que esta vez me pasé de listo.
Luego, recordando la serpiente de jade que tenía en el zurrón, agregó:
—Bueno, esto servirá para pagar una buena juerga.
Llevada por la curiosidad, Semiramis cogió el zurrón que estaba encima de la
mesa, pero enseguida lo dejó caer lanzando un grito:
—¡Está… está viva! —exclamó.
—¿Cómo? —dijo Conan, pero una voz que se escuchó desde la puerta lo
interrumpió.
—¡Ahí está, soldados! ¡Apresadlo! —ordenó el hombre.
Se trataba de un magistrado gordo que había entrado en la taberna seguido de un
pelotón de soldados de la guardia nocturna, armados con alabardas. Los presentes se
callaron, mirando en forma inexpresiva hacia el techo como si no conocieran a Conan
ni a ninguno de los otros bribones que formaban la clientela habitual de Abuletes.
El magistrado se abrió camino hasta la mesa de Conan. Desenvainando su espada,
el cimmerio se colocó de espaldas a la pared. Sus ojos azules brillaban amenazadores

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y se podían ver sus dientes a la luz de las velas.
—¡Apresadme si podéis, perros! —exclamó—. ¡No he violado ninguna de
vuestras estúpidas leyes!
Y agregó en voz baja, dirigiéndose a Semiramis:
—Coge el zurrón y sal de aquí. Si me detienen, lo que hay dentro es tuyo.
—Es que… ¡le tengo mucho miedo! —dijo la mujer lloriqueando.
—¡Ah, vaya! —dijo el magistrado riéndose—. ¿Conque no has hecho nada, eh?
¡Nada más que despojar a nuestros ciudadanos más eminentes! ¡Hay pruebas
suficientes para cortarte la cabeza cien veces! ¿Acaso no mataste a los soldados de
Néstor y lo convenciste para que se uniera a ti en la búsqueda del tesoro en las ruinas
de Larsha? Lo encontramos al caer la noche, borracho y haciendo alarde de su
hazaña. ¡El villano logró escapar, pero tú no lo conseguirás!
Mientras los guardias formaban un semicírculo en torno a Conan, con sus
alabardas apuntando al pecho del muchacho, el magistrado vio el zurrón que había
sobre la mesa.
—¿Qué es esto? ¿El producto de tu último robo? Veamos…
El obeso individuo metió la mano en el interior del zurrón y hurgó unos instantes.
De repente sus ojos se abrieron desorbitados y lanzó un grito aterrador. Sacó
rápidamente la mano del zurrón, y todos pudieron ver una serpiente viva de jade
verde, enroscada alrededor de su muñeca, hundiéndole los colmillos en la carne.
Los presentes lanzaron gritos de horror y de asombro. Uno de los guardias saltó
hacia atrás y cayó sobre una mesa, haciendo pedazos las jarras y volcando vino y
cerveza por todas partes. Otro avanzó para sostener al magistrado, que se tambaleó y
cayó al suelo. Un tercero dejó caer su alabarda y, gritando histéricamente, huyó hacia
la puerta.
El pánico se apoderó de los presentes, que se apretujaron cerca de la puerta
intentando salir. Dos hombres sacaron sus cuchillos y se pusieron a luchar, mientras
que otro ladrón, enzarzado en una pelea con un guardia, caía al suelo muerto. Alguien
tiró una de las velas, y luego otra, dejando la habitación tenuemente iluminada por la
pequeña lámpara de barro que había sobre el mostrador.
En la semioscuridad, Conan tomó a Semiramis de la mano y la levantó. Apartó a
la espantada turba golpeándola con la hoja del sable y se abrió paso entre el gentío
hasta la puerta. Una vez fuera, corrieron dando muchas vueltas para despistar a sus
perseguidores. Luego se detuvieron para recobrar el aliento.
—Esta ciudad va a ser condenadamente peligrosa para mí después de esto —dijo
Conan—. Me marcho. Adiós, Semiramis.
—¿No te gustaría pasar aquí la última noche conmigo? —preguntó la mujer.
—Hoy no. Tengo que encontrar al bribón de Néstor. Si ese necio no hubiera
hablado demasiado, los guardianes no me hubieran encontrado tan rápidamente. Él
tiene la parte del tesoro que pudo cargar, mientras que yo me he quedado sin nada.
Tal vez pueda convencerlo de que me dé la mitad. De lo contrario…

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El cimmerio aferró significativamente la empuñadura de su espada.
Semiramis suspiró y dijo:
—Siempre encontrarás refugio en Shadizar, mientras yo viva. Dame el último
beso.
Se abrazaron y Conan desapareció como una sombra en la noche.
En el Camino Corinthio que conduce al oeste desde Shadizar, y a tres tiros de
flecha de las murallas de la ciudad, se encuentra la fuente de Ninus. Según la leyenda,
Ninus era un rico mercader que sufría una enfermedad que lo consumía. Un día un
dios lo visitó en sueños y prometió curarlo si construía una fuente en el camino que
lleva a Shadizar desde el oeste, a fin de que los viajeros pudieran lavarse y saciar su
sed antes de entrar en la ciudad. Ninus construyó la fuente, pero la leyenda no cuenta
si se curó o no de su dolencia.
Media hora después de haberse escapado de la taberna de Abuletes, Conan
encontró a Néstor sentado en el brocal de la fuente de Ninus.
—¿Qué has hecho con tus siete maravillosas piedras preciosas? —preguntó
Néstor.
Conan le contó lo que había ocurrido con su parte del botín.
—Y ahora —agregó—, dado que gracias a tu lengua larga debo abandonar
Shadizar, y puesto que no me queda nada del tesoro, sería justo que compartieras
conmigo lo que te llevaste.
Néstor lanzó una carcajada estruendosa y triste y replicó:
—¿Mi parte? Ten, muchacho, aquí tienes la mitad de lo que me queda. —
Mientras decía esto, extrajo de su cinto dos piezas de oro y arrojó una de ellas a
Conan, que la cogió—. Te la debo por haberme salvado de morir debajo de aquella
pared que casi me cae encima.
—¿Qué te ocurrió? —quiso saber el cimmerio.
—Cuando los guardias me acorralaron en la taberna, conseguí tirar una mesa y
hacer rodar varias más. Luego recogí el oro en mi manto, lo colgué de mi hombro y
me dirigí a la puerta. Le di una estocada a uno que trató de detenerme, pero otro
consiguió hacer un tajo en mi manto. Inmediatamente todo el oro y las joyas que
llevaba se desparramaron por el suelo y todo el mundo, desde los guardias hasta los
magistrados, pasando por los clientes, se enzarzaron en una tremenda gresca para
conseguir una parte del tesoro. —El capitán extendió el manto enseñándole un corte
de unos sesenta centímetros. Luego agregó—: Pensando que el tesoro no me serviría
de nada si mi cabeza iba a adornar el barrote de la Puerta Occidental, me escapé a
tiempo. Una vez fuera de la ciudad, miré mi manto, pero todo lo que encontré fueron
estas dos monedas que quedaron cogidas en un pliegue. Una de ellas es tuya.
Conan permaneció un momento en silencio con el ceño fruncido. Luego su boca
se distendió en una amplia sonrisa, y lanzó una estruendosa carcajada. Siguió
riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Y cuando pudo hablar, dijo:
—¡Vaya par de buscadores de tesoros! ¡Crom, cómo se han divertido los dioses

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con nosotros! ¡Vaya broma!
Néstor esbozó una sonrisa forzada y dijo:
—Me alegro de que veas el lado divertido del asunto. Pero después de esto, creo
que Shadizar no es un lugar seguro para ninguno de los dos.
—¿Hacia dónde vas? —inquirió Conan.
—Me marcho al este, en busca de un puesto de mercenario en Turan. Dicen que
el rey Yildiz está contratando soldados para convertir esa horda de desarrapados en
un verdadero ejército. ¿Por qué no vienes conmigo, muchacho? Tú tienes condiciones
de soldado.
—Eso no es lo mío —contestó Conan negando con la cabeza—. No me gusta
marchar todo el día de acá para allá en el campo de entrenamiento mientras algún
oficial da órdenes chillando: «¡Adelante, march! ¡Presenten armas!». He oído que hay
buenas oportunidades en el oeste. Lo intentaré por un tiempo.
—Bueno, que tus dioses bárbaros te acompañen —dijo Néstor—. Si cambias de
opinión, pregunta por mí en los cuarteles de Aghrapur. ¡Adiós y buena suerte!
—¡Buena suerte! —contestó Conan.
Y sin decir más, emprendió la marcha por el Camino Corinthio y enseguida se
perdió de vista en las sombras de la noche.

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El dios del cuenco
Robert E. Howard, 1952

Las siniestras aventuras de Conan en la Torre del Elefante y en las ruinas


de Larsha le dejan un sabor amargo y una profunda aversión hacia las
prácticas de brujería orientales. Por ello, se dirige hacia el noroeste y
atraviesa Corinthia hasta llegar a Nemedia, el reino hibóreo más poderoso
después de Aquilonia. En la ciudad de Numalia reanuda sus actividades
profesionales como ladrón.

Arus, el guardia nocturno, aferró su ballesta con manos temblorosas y sintió unas
gotitas de sudor pegajoso sobre su piel mientras contemplaba el horrible cadáver que
yacía sobre el suelo resplandeciente. Es profundamente desagradable encontrarse con
la Muerte a medianoche en un lugar solitario.
El guardián se hallaba en un amplio corredor iluminado por enormes velas
colocadas en los nichos que había en las paredes. Entre un nicho y otro, los muros
aparecían cubiertos de tapices de terciopelo negro, y entre estos colgaban escudos y
armas cruzadas con formas fantásticas. También había, aquí y allá, imágenes de
extraños dioses; se trataba de figuras talladas en piedra o en maderas raras, o bien
fundidas en bronce, hierro o plata, que se reflejaban tenuemente en el reluciente suelo
negro.
Arus sintió un escalofrío. Todavía no se había habituado al lugar, aunque llevaba
varios meses trabajando allí como guardián. Era un lugar fantástico, un gran museo y
galería de antigüedades que la gente llamaba el Templo de Kallian Publico, un
edificio lleno de objetos raros traídos de todos los rincones del mundo. Ahora, en la
soledad de la medianoche, Arus estaba de pie en el inmenso y silencioso salón y
observaba el cadáver tirado de quien había sido el rico y poderoso propietario del
Templo.
A pesar de sus pocas luces, el guardián se dio cuenta de que el hombre muerto
presentaba un aspecto extrañamente diferente del que tenía cuando lo viera pasar por
la Vía Palia en su dorado carruaje, arrogante y dominador, con un rostro en el que
destacaban sus ojos oscuros que centelleaban con un magnetismo y una vitalidad
sorprendentes. Los enemigos de Kallian Publico apenas lo reconocerían ahora,
tendido como un cúmulo de grasa desintegrada, con el rico manto roto y su túnica de
color púrpura deshecha. Tenía el rostro ennegrecido, los ojos salidos de las órbitas y
la lengua colgando de la boca abierta. Tenía las manos rollizas extendidas en un gesto
de rara impotencia, y las piedras preciosas lanzaban destellos desde sus gruesos
dedos.

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—¿Por qué no se habrán llevado los anillos? —musitó el guardián con un extraño
desasosiego.
En ese momento miró sobresaltado y se le pusieron los pelos de punta. A través
de los oscuros tapices de terciopelo y seda que ocultaban una de las tantas puertas que
daban al salón, apareció un hombre.
Arus vio a un joven alto y fornido, que no llevaba más ropa que un taparrabo y
unas sandalias atadas a sus piernas. Su piel estaba bronceada por soles remotos. Arus
observó con cierto nerviosismo sus anchas espaldas, su pecho enorme y sus gruesos
brazos. Le había bastado una simple mirada para darse cuenta de que el joven no era
nemedio. Debajo de un mechón de rebeldes cabellos negros había un par de ojos
azules ardientes y amenazadores. De su cinto colgaba una enorme espada dentro de
una vaina de cuero.
Arus sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Apretó con fuerza su ballesta
pensando en la posibilidad de disparar contra el extraño sin decir una palabra, aunque
temía lo que pudiera ocurrir si no le daba muerte al primer intento.
El desconocido miró el cuerpo que yacía en el suelo con un gesto más de
curiosidad que de sorpresa.
—Yo no lo he matado —respondió el joven en lengua nemedia con acento
extranjero, negando con un gesto de su desgreñada cabeza—. ¿Quién es?
—Kallian Publico —contestó Arus, retrocediendo.
Un destello de interés brilló en los taciturnos ojos azules del muchacho.
—¿El dueño del edificio? —volvió a preguntar el bárbaro.
—Sí.
Arus había retrocedido hasta la pared. Cogió un grueso cordón de terciopelo que
había allí colgado y tiró de él con fuerza. En ese momento llegó de la calle el
estridente repicar de las campanas que había delante de todos los comercios de la
ciudad para llamar a los guardias.
El joven extranjero le preguntó asombrado:
—¿Por qué lo has hecho? Voy a buscar al guardián.
—¡Yo soy el guardián, bellaco! —dijo Arus, armado de valor—. Quédate donde
estás. ¡No te muevas o te mato!
Tenía el dedo apoyado en el gatillo de su ballesta, y la terrible cabeza de cuatro
aristas de la flecha apuntaba directamente al enorme pecho del joven. El extranjero
frunció el ceño y bajó su oscura cabeza. No parecía tener miedo, pero daba la
impresión de dudar entre obedecer la orden e intentar un ataque por sorpresa. Arus se
pasó la lengua por los labios y se le heló la sangre en las venas, manifiestamente
inquieto al ver la lucha interior y las intenciones homicidas que se reflejaban en los
turbios ojos del extranjero.
En ese momento se oyó el ruido de una puerta que se abría con violencia y una
confusión de voces. El guardián respiró aliviado con una mezcla de gratitud y
asombro. El extranjero se puso tenso y miró preocupado con la expresión de una

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presa acorralada cuando vio que entraban seis hombres. Todos menos uno vestían la
túnica escarlata de la policía de Numalia. Iban armados con cortas espadas punzantes
y llevaban alabardas, unas armas de mango largo, mezcla de pica y hacha.
—¿Qué diablos es esto? —exclamó el hombre que parecía destacar del grupo,
cuyos fríos ojos grises y rostro delgado de rasgos afilados, así como su atuendo civil,
lo diferenciaban de sus fornidos acompañantes.
—¡Por Mitra, es Demetrio! —exclamó Arus—. La suerte está conmigo esta
noche. ¡No tenía esperanzas de que los guardias respondieran tan rápidamente a la
llamada, y menos aún de que tú estuvieras entre ellos!
—Estaba haciendo la ronda con Dionus —repuso Demetrio—. Pasábamos delante
del Templo cuando sonó la campana. Pero ¿quién es este? ¡Ishtar! ¡Es el mismísimo
propietario del Templo!
—Sí, es él —respondió Arus—, y ha sido asesinado salvajemente. Es mi
obligación recorrer el edificio constantemente durante toda la noche porque, como
sabes, aquí hay objetos valiosísimos. Kallian Publico contaba con ricos mecenas:
sabios, príncipes y ricos coleccionistas de objetos raros. Pues bien, hace tan solo unos
minutos intenté abrir la puerta que da al pórtico y la encontré cerrada, aunque sin
llave. La puerta tiene un cerrojo que se acciona desde ambos lados, y un enorme
candado, que solo puede abrirse desde fuera. Kallian Publico era el único que tenía la
llave del candado; es esa que tiene colgada del cinto.
»Me di cuenta de que ocurría algo extraño, porque Kallian solía cerrar la puerta
con candado cuando se iba del Templo, y yo no lo había visto desde que se marchó al
atardecer a su casa de las afueras. Yo tengo una llave que abre el cerrojo; cuando
entré, hallé el cuerpo tendido, como está ahora. No lo he tocado.
—Entonces —preguntó Demetrio examinando al sombrío extranjero—, ¿quién es
este?
—¡El asesino, seguramente! —exclamó Arus—. Entró por aquella puerta. Es un
bárbaro del norte o algo parecido; tal vez sea un hiperbóreo o quizá un bosonio.
—¿Quién eres? —preguntó Demetrio.
—Soy Conan, el cimmerio —respondió el bárbaro.
—¿Has matado a este hombre?
El cimmerio lo negó con la cabeza.
—¡Responde! —ordenó con brusquedad el que interrogaba. Un destello de cólera
brilló en los taciturnos ojos azules cuando dijo:
—¡No soy un perro para que me hables de esa manera!
—¡Vaya un tipo insolente! —dijo con desprecio el compañero de Demetrio, un
hombre corpulento que llevaba una insignia de prefecto de policía—. ¡Un perro libre
e independiente! Ya le quitaré los humos. ¡Eh, tú! ¡Habla de una vez! ¿Por qué has
matado…?
—Un momento, Dionus —ordenó Demetrio—. Escucha, forastero, yo soy el jefe
del Consejo Inquisitorial de la ciudad de Numalia. Será mejor que me digas por qué

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estás aquí y, si no eres el asesino, será mejor que lo demuestres.
El cimmerio vaciló. No tenía miedo, sino que se sentía perplejo, que es lo que les
ocurre a los bárbaros cuando se enfrentan a las complejidades de las sociedades
civilizadas, cuyo funcionamiento les resulta tan desconcertante y misterioso.
—Mientras lo piensa —espetó Demetrio, volviéndose hacia Arus—, dime: ¿has
visto a Kallian Publico cuando se marchaba del Templo al atardecer?
—No, mi señor, pero él generalmente ya se ha marchado cuando yo comienzo mi
guardia. La puerta grande estaba cerrada con llave.
—¿Pudo haber vuelto al edificio sin que tú lo vieras?
—Es posible, pero poco probable. De haber regresado de su casa, hubiera venido
en su carruaje, porque está lejos; ¿quién ha oído que Kallian Publico viaje de otra
forma? Aunque yo hubiera estado en el otro extremo del Templo, habría oído las
ruedas del carruaje sobre el empedrado. Y estoy seguro de no haber oído nada.
—¿Y la puerta estaba cerrada a primeras horas de la noche?
—Podría jurarlo. Yo siempre compruebo todas las puertas durante mi guardia
nocturna. La puerta estuvo cerrada por fuera hasta hace media hora más o menos; esa
fue la última vez que lo comprobé, y la hallé cerrada.
—¿No oíste gritos ni ruidos de pelea?
—No, señor. Pero no es raro, porque las paredes del Templo son tan gruesas que
no se oye nada a través de ellas.
—¿A qué vienen tantas preguntas y especulaciones? —terció el fornido prefecto
—. Este es el culpable, sin duda alguna. Llevémosle a los Tribunales; allí lo haré
confesar, aunque tenga que romperle los huesos.
Demetrio miró al bárbaro y le preguntó:
—¿Has entendido lo que ha dicho? ¿Tienes algo que añadir?
—Que el hombre que me toque estará muy pronto saludando a sus ancestros en el
infierno —contestó el cimmerio con los dientes apretados y los ojos centelleantes
llenos de ira.
—¿Para qué has venido aquí, si no fue para matar a este hombre? —prosiguió
Demetrio.
—He venido a robar —respondió el joven con gesto hosco.
—¿A robar qué?
—Vine a robar comida —dijo Conan, después de vacilar un momento.
—¡Mentira! —exclamó Demetrio—. Sabes muy bien que aquí no hay comida.
Dime la verdad o…
El cimmerio apoyó la mano en la empuñadura de su espada, en un gesto tan
amenazador como el de un tigre cuando enseña los colmillos.
—¡Ahorra tus provocaciones y fanfarronadas para los cobardes que te tengan
miedo! —gruñó Conan—. No soy un nativo de Nemedia y no voy a inclinarme ante
tus esbirros. He matado a hombres más buenos que tú por menos que esto.
Dionus, que había abierto la boca congestionado por la ira, la volvió a cerrar, los

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guardias movieron sus alabardas con gesto inseguro y miraron a Demetrio esperando
órdenes. Se habían quedado mudos al oír el desafío lanzado contra el todopoderoso
policía, y esperaban que este diera la orden de detener al bárbaro. Pero Demetrio no
dio ninguna orden. Arus miraba a uno y a otro, preguntándose qué estaría pasando
por la aguda mente de Demetrio, detrás de su rostro de halcón. Tal vez el magistrado
temiera suscitar un arrebato de cólera al bárbaro, o quizá dudara realmente de su
culpabilidad.
—No te he acusado de matar a Kallian —dijo bruscamente—. Pero debes admitir
que las circunstancias no te favorecen. ¿Cómo entraste en el Templo?
—Me escondí en el oscuro almacén que hay detrás de este edificio —contestó
Conan de mala gana—. Cuando este perro —agregó señalando con el dedo a Arus—
pasó doblando la esquina, corrí hacia el muro y trepé por él…
—¡Mentira! —interrumpió Arus—. ¡Ningún hombre puede subir por esa pared
tan recta!
—¿Nunca has visto a un cimmerio escalar una montaña escarpada cortada a pico?
—preguntó Demetrio—. Soy yo quien dirige el interrogatorio. Continúa, Conan.
—La esquina del edificio está decorada con esculturas —continuó el cimmerio—,
por lo que me resultó fácil trepar. Llegué al techo antes de que este perro hubiera
dado la vuelta al edificio. Encontré una portezuela cerrada con un pasador de hierro
por dentro. Rompí el cerrojo en dos y…
Arus, recordando el grosor del cerrojo, se quedó boquiabierto y se apartó del
cimmerio, que le miró ensimismado y siguió hablando:
—Pasé por la portezuela y entré en la habitación de arriba. Allí no me detuve,
sino que fui directamente hacia la escalera…
—¿Cómo sabías dónde estaba la escalera? Solo a los criados de Kallian y a
algunos de sus ricos mecenas les está permitido entrar en esas habitaciones de la parte
superior del edificio.
Conan permaneció en un obstinado silencio.
—¿Qué hiciste cuando llegaste a la escalera? —siguió preguntando Demetrio.
—Bajé directamente y llegué a una habitación que se encuentra detrás de aquella
puerta cubierta por la cortina —murmuró el cimmerio—. Cuando bajaba por la
escalera, oí que se abría otra puerta. Al levantar la cortina, vi a este perro de pie al
lado del hombre muerto.
—¿Por qué saliste de tu escondite?
—Porque al principio creí que era otro ladrón que venía a robar lo mismo que…
El cimmerio se interrumpió súbitamente.
_¡Lo mismo que tú habías venido a robar! —concluyó Demetrio—. No te
quedaste en las habitaciones de arriba, donde están guardados los mayores tesoros.
¡Has venido aquí enviado por alguien que conoce muy bien el Templo, para robar
alguna cosa muy especial!
—¡Y para matar a Kallian Publico! —exclamó Dionus—. ¡Por Mitra, está muy

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claro! ¡Detenedlo, guardias; confesará antes del alba!
Lanzando una maldición en lengua extranjera, Conan dio un salto hacia atrás y
desenvainó su espada con una furia tal que el afilado sable cortó el aire con un
silbido.
—¡Atrás, si apreciáis en algo vuestras malditas vidas! —gruñó—. ¡No creáis que
por el hecho de dedicaros a torturar tenderos y a desnudar y azotar rameras para
hacerlos hablar, vais a poner vuestras asquerosas garras encima de un hombre de la
montaña! ¡Si tocas tu arco, guardián, te reviento las tripas de una patada!
—¡Espera! —dijo Demetrio—. Detén a tus hombres, Dionus. Aún no estoy
convencido de que sea el asesino.
Demetrio se inclinó hacia Dionus y susurró algo que Arus no pudo oír, pero tuvo
la impresión de que era un plan para engañar a Conan y arrebatarle la espada.
—Está bien —gruñó Dionus—. Retroceded, vosotros, pero no le quitéis los ojos
de encima.
—Dame tu espada —dijo Demetrio a Conan.
—¡Ven a quitármela, si puedes! —replicó Conan. El investigador se encogió de
hombros y dijo:
—De acuerdo. Pero no intentes escapar. Hay hombres con ballestas fuera,
vigilando el edificio.
El bárbaro bajó la espada, si bien mantuvo su tensa actitud alerta. Demetrio se
volvió nuevamente hacia el cadáver.
—Lo han estrangulado —murmuró—. ¿Por qué lo habrán estrangulado cuando
una estocada es tanto más rápida y segura? Estos cimmerios nacen con la espada en la
mano; nunca oí que matasen a alguien de otra forma.
—Quizá lo hizo para no despertar sospechas —repuso Dionus.
—Es posible —dijo Demetrio, palpando el cadáver con mano experta—. Lleva
muerto por lo menos media hora. Si Conan dice la verdad acerca del momento en que
entró en el Templo, difícilmente podría haberlo asesinado antes que entrara Arus.
Aunque es cierto que puede estar mintiendo; quizá haya entrado en el edificio más
temprano.
—Escalé el muro después de que Arus hiciera la última ronda —dijo Conan
refunfuñando.
—Eso es lo que tú dices —repuso Demetrio examinando la garganta del hombre
muerto, que había sido reducida a un amasijo de carne morada.
La cabeza del cadáver caía inerte hacia atrás, como si tuviera rotas las vértebras.
Demetrio movió la cabeza dubitativamente y preguntó:
—¿Por qué habrá usado el asesino una cuerda tan gruesa? ¿Y qué forma terrible
de estrangulamiento pudo haber destrozado de esta manera el cuello de la víctima?
Se levantó y se dirigió hacia el corredor pasando por la puerta más cercana.
—Aquí hay un busto caído de su pedestal —manifestó—, y el suelo está lleno de
arañazos, y las cortinas de la puerta han sido arrancadas… Kallian Publico debió de

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ser atacado en aquella habitación. Tal vez logró deshacerse de su agresor, o quizá
arrastró al individuo a medida que huía. De todos modos, llegó tambaleándose al
corredor, donde el asesino seguramente lo siguió y acabó con él.
—Entonces, si este pagano no es el asesino, ¿quién es? —inquirió el prefecto.
—Aún no he eximido de culpas al cimmerio —dijo Demetrio—. Pero vamos a
investigar en esa habitación…
El funcionario se detuvo, se dio media vuelta y se paró a escuchar. Se oía el
traqueteo de un carruaje que se acercaba por la calle y se detuvo bruscamente.
—¡Dionus! —vociferó el investigador—. Envía dos hombres en busca de ese
vehículo, y que traigan aquí al cochero.
—Por el ruido —dijo Arus, que conocía muy bien todos los sonidos de la calle—,
yo diría que se detuvo delante de la casa de Promero, justo enfrente de la tienda del
mercader de sedas.
—¿Quién es Promero? —inquirió Demetrio.
—Es el empleado principal de Kallian Publico.
—Traedlo aquí junto con el cochero —ordenó Demetrio.
Los dos guardias salieron del cuarto. Demetrio siguió examinando el cadáver, en
tanto que Dionus, Arus y los restantes policías vigilaban a Conan, que seguía inmóvil
con la espada en la mano como una amenazadora estatua de bronce. Poco después se
oyó el eco de unos pasos, y los dos guardias entraron con un hombre corpulento, de
piel oscura, que llevaba un casco de cuero y la larga túnica que usan los cocheros;
traía un látigo en la mano. Los acompañaba un individuo pequeño, de aspecto tímido,
con la actitud característica de los que, habiendo nacido en el seno de la clase
artesanal, se convierten en ayudantes insustituibles de los ricos mercaderes y
comerciantes. El hombrecillo retrocedió lanzando un grito al ver al hombre tendido
en el suelo.
—¡Ah, ya sabía que esto nos iba a traer la desgracia! —gimió.
—Eres Promero, el empleado principal, ¿no es así? ¿Y tú quién eres? —preguntó
Demetrio.
—Soy Enaro, el cochero de Kallian Publico.
—No parece conmoverte demasiado el hecho de ver su cadáver —observó
Demetrio.
Los ojos oscuros de Enaro centellearon.
—¿Por qué habría de estar conmovido? —dijo el hombre—. Alguien ha llevado a
cabo lo que yo deseaba ardientemente pero no me atrevía a hacer.
—¡Vaya! —musitó el investigador—. ¿Eres un hombre libre?
Los ojos del cochero reflejaban una profunda amargura cuando se abrió la túnica
para enseñar la marca característica de los esclavos que tenía en el hombro.
—¿Sabías que tu amo venía aquí esta noche?
—No. Yo traje el carruaje al Templo al atardecer, como todos los días. Él subió y
yo le llevé a su casa de las afueras. Sin embargo, cuando llegamos a la Vía Palia me

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ordenó dar la vuelta y regresar. Parecía muy agitado.
—¿Y lo trajiste de vuelta al Templo?
—No. Me ordenó detenerme en la casa de Promero. Allí me despidió, dándome
instrucciones de que volviera a buscarlo poco después de medianoche.
—¿A qué hora fue eso?
—Poco después del atardecer. Las calles estaban casi desiertas.
—¿Qué hiciste entonces?
—Volví a la casa de los esclavos, donde me quedé hasta que se hizo la hora de
regresar a la casa de Promero. Fui directamente hacia allí, y tus hombres me
detuvieron cuando hablaba con Promero en la puerta de su casa.
—¿Tienes alguna idea del motivo que llevó a Kallian a la casa de Promero?
—Él nunca hablaba de sus asuntos con los esclavos.
Demetrio se volvió entonces hacia Promero y le preguntó:
—¿Qué sabes tú acerca de esto?
—Nada —respondió el empleado con los dientes castañeteando.
—¿Estuvo Kallian Publico en tu casa, tal como afirma el cochero?
—Sí, señor.
—¿Cuánto tiempo estuvo contigo?
—Solo un momento. Se marchó enseguida.
—¿De tu casa se fue al Templo?
—¡No lo sé! —gritó el empleado con voz chillona.
—¿Para qué fue Publico a verte?
—Para…, para hablar de negocios.
—Mientes —dijo Demetrio tajante—. ¿Para qué fue a tu casa?
—¡No sé! ¡No sé nada! —chillaba Promero histérico—. Yo no tengo nada que ver
con esto.
—Hazle hablar, Dionus —ordenó Demetrio en tono cortante.
Dionus gruñó y le hizo una seña con la cabeza a uno de sus hombres, que se
dirigió hacia los dos prisioneros con una sonrisa cruel.
—¿Sabes quién soy? —preguntó mirando fijamente a su encogida víctima.
—Eres Posthumo —respondió el empleado con aire taciturno—. Le arrancaste un
ojo a una muchacha en los Tribunales porque no estaba dispuesta a acusar a su
amante.
—¡Siempre consigo lo que me propongo! —exclamó el guardia vociferando.
Las venas de su grueso cuello se hincharon y su cara enrojeció cuando cogió al
desdichado por el pescuezo, retorciéndole la túnica hasta casi estrangularlo.
—¡Habla de una vez, rata! —gritó—. ¡Contesta al investigador!
—¡Oh, Mitra, piedad! —chilló el infeliz—. Juro…
Posthumo lo abofeteó violentamente, primero en una mejilla y después en la otra,
luego lo tiró al suelo y lo pateó con feroz ensañamiento.
—¡Piedad! —gimió suplicante la víctima—. Hablaré…, diré todo lo que…

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—¡Entonces, ponte de pie, canalla! —rugió Posthumo—. ¡No te quedes ahí
lloriqueando!
Dionus lanzó una rápida mirada a Conan para ver si estaba debidamente
impresionado.
—¿Ves lo que les ocurre a los que irritan a la Policía? —le dijo.
Conan escupió con desprecio y gruñó:
—Es un débil y un necio. Si alguno de vosotros me llega a tocar, le desparramo
las tripas por el suelo.
—¿Estás dispuesto a hablar? —preguntó Demetrio con aire hastiado.
—Todo lo que sé —dijo el empleado sollozando mientras se ponía de pie,
gimiendo como un perro apaleado— es que Kallian llegó a casa poco después que yo,
puesto que salimos del Templo juntos, y le dijo al cochero que se marchara. Me
amenazó con despedirme si yo le contaba algo a alguien. Yo soy un hombre pobre,
mis señores, sin amigos ni favores. Si no trabajara para él, me moriría de hambre.
—Eso no me incumbe —dijo Demetrio—. ¿Cuánto tiempo estuvo en tu casa?
—Se quedó hasta alrededor de las once y media. Luego se marchó diciendo que
se iba al Templo y que volvería cuando terminara lo que tenía que hacer.
—¿Qué pensaba hacer aquí?
Promero vaciló, pero una mirada escalofriante al sonriente Posthumo, que alzaba
su enorme puño, lo hizo proseguir inmediatamente.
—Quería ver algo en el Templo.
—Pero ¿por qué vino solo, y en forma tan secreta y misteriosa?
—Porque ese objeto no era suyo; llegó al amanecer, en una caravana procedente
del sur. Los hombres de la expedición no sabían nada acerca de ello, salvo que lo
habían cargado en su caravana unos hombres que venían en otra procedente de
Estigia, y que estaba destinado a Caranthes de Hanumar, sacerdote de Ibis. El jefe de
la primera caravana había recibido dinero de los otros para que entregasen el objeto
en mano a Caranthes, pero el bribón quería seguir camino a Aquilonia directamente
por la carretera que no pasa por Hanumar. Entonces preguntó si podría dejarlo en el
Templo hasta que Caranthes mandara a alguien a recogerlo.
»Kallian accedió a ello y le dijo que él mismo enviaría un criado para avisar a
Caranthes. Pero cuando los hombres de la caravana se hubieron marchado y yo le
hablé de enviar al mensajero, Kallian me prohibió que lo mandara. Se quedó
pensando qué sería aquel objeto que los hombres habían dejado.
—¿Y qué era?
—Una especie de sarcófago como los que se encuentran en las antiguas tumbas
estigias. Pero este era redondo, como un cuenco. Estaba hecho de un metal semejante
al cobre, pero más duro, y tenía grabados unos jeroglíficos similares a los de los
antiguos menhires del sur de Estigia. La tapa se ajustaba perfectamente al cuenco por
medio de unas tiras del mismo metal, y también estaban grabadas.
»Los hombres de la caravana no lo sabían. Solo dijeron que quienes se lo habían

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dado mencionaron que se trataba de una reliquia de un valor incalculable hallada en
las tumbas situadas debajo de las pirámides y que se la enviaban a Caranthes “por la
veneración que sentía por el sacerdote de Ibis la persona que lo enviaba”. Kallian
Publico creía que contenía la diadema de los reyes gigantes que dominaron al pueblo
que habitaba en aquella tierra sombría antes de que llegaran allí los antepasados de
los estigios. Me enseñó un dibujo grabado en la tapa, que él afirmaba que tenía la
forma de la diadema que, según la leyenda usaban los monstruosos reyes.
»Entonces decidió abrir el cuenco para ver lo que contenía. Se ponía como loco
cuando pensaba en la fabulosa diadema incrustada con extrañas piedras preciosas que
solo conocía la antigua raza. Una sola de esas gemas —decía— valía más que todos
los tesoros del mundo moderno.
»Yo le advertí que no lo hiciera, pero poco después de medianoche se fue solo al
Templo, ocultándose en las sombras hasta que el guardián estuviera del otro lado del
edificio y entrando luego con la llave que tenía colgada de la cintura. Yo lo seguí con
la vista hasta que entró, y luego regresé a mi casa. Si en el cuenco aparecía la
diadema u otro objeto de mucho valor, él tenía la intención de esconderlo en algún
lugar secreto del Templo y después saldría sin dejarse ver. A la mañana siguiente
pensaba armar un gran alboroto, diciendo que habían entrado ladrones a su casa y
habían robado el objeto de Caranthes. Nadie conocería su maniobra, salvo el cochero
y yo, y ninguno de los dos lo traicionaría.
—¿Y el guardián? —objetó Demetrio.
—Kallian no iba a dejar que este lo descubriera; planeaba que lo crucificaran por
complicidad con los ladrones —respondió Promero.
Arus tragó saliva y palideció al enterarse de la falsedad de su patrón.
—¿Dónde está el sarcófago? —preguntó Demetrio, y cuando Promero indicó con
el dedo, agregó con un gruñido—: ¡Vaya! La misma habitación en la que deben de
haber atacado a Kallian.
Promero se retorció las delgadas manos y comentó:
—¿Por qué un hombre de Estigia había de enviar un regalo a Caranthes?
Antiguos dioses y extrañas momias se han cruzado en el camino de las caravanas
anteriormente, pero ¿quién adora tanto al sacerdote de Ibis en Estigia, cuando allí
todavía veneran al superdemonio de Set, que se oculta en la oscuridad de las tumbas?
El dios Ibis ha luchado contra Set desde que se creó el mundo, y Caranthes ha
combatido contra los sacerdote Set toda su vida. Hay algo oscuro y misterioso en
todo esto.
—Enséñanos el sarcófago —ordenó Demetrio.
Promero avanzó con gesto vacilante. Todos fueron tras él, incluso Conan, que
aparentaba indiferencia aunque sentía curiosidad, ante la mirada precavida de los
guardias. Pasaron a través de los desgarrados tapices y entraron en el salón, que
estaba menos iluminado que el corredor. Las puertas que había a ambos lados daban a
otras habitaciones, y en las paredes había fantásticas efigies, dioses de tierras extrañas

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y de pueblos remotos. En ese momento Promero lanzó un grito aterrador.
—¡Mira! ¡El sarcófago! ¡El cuenco está abierto y… vacío!
En el centro de la habitación había un extraño cilindro negro, de más de un metro
de altura y unos noventa centímetros de diámetro en la parte más ancha, equidistante
de la tapa y de la base. La pesada tapa grabada estaba en el suelo, y a su lado había un
martillo y un cincel. Demetrio miró en su interior, observó extrañado durante unos
segundos los borrosos jeroglíficos, y se volvió hacia Conan.
—¿Es esto lo que venías a robar?
El bárbaro negó con un movimiento de la cabeza y dijo:
—¿Cómo podría llevarse esto un hombre solo?
—Cortaron las bandas con este cincel —musitó Demetrio—, y lo hicieron
deprisa. Hay marcas de los golpes fallidos del martillo que abollaron el metal.
Podemos deducir que Kallian abrió el cuenco. Había alguien escondido cerca de él,
quizá oculto detrás de las cortinas de la puerta. Cuando Kallian quitó la tapa del
cuenco, el asesino se abalanzó sobre él, o tal vez primero mató a Kallian y después
abrió el cuenco.
—Este objeto es escalofriante —dijo el empleado con un estremecimiento—. Es
demasiado antiguo para ser sagrado. ¿Quién ha visto jamás un metal parecido? Parece
más duro que el acero de Aquilonia; observad que está corroído y carcomido en
algunos lugares. ¡Y mirad aquí en la tapa! —dijo Promero señalando con dedo
tembloroso—. ¿Qué creéis que es esto?
Demetrio se inclinó para observar el dibujo grabado y dijo:
—Yo diría que representa una corona o algo parecido.
—¡No! —exclamó Promero—. ¡Ya se lo advertí a Kallian, pero él no quiso
creerme! ¡Es una serpiente enroscada que se muerde la cola! ¡Es el símbolo de Set, la
Antigua Serpiente, el dios de los estigios! Este cuenco es demasiado viejo para
pertenecer al mundo de los humanos; es una reliquia de la época en que Set habitaba
la tierra con forma humana. ¡Tal vez la raza que nació de él enterraba los huesos de
sus reyes en cajas como estas!
—¿Quieres decir que uno de estos esqueletos se levantó, estranguló a Kallian
Publico y luego se marchó?
—No era un hombre lo que había en este cuenco —susurró el empleado, mirando
asombrado con ojos desorbitados—. ¿Qué hombre podría estar enterrado ahí dentro?
Demetrio lanzó un juramento y dijo:
—Si Conan no es culpable, el asesino se encuentra todavía en algún lugar del
edificio. Dionus y Arus, quedaos conmigo, y vosotros tres, los prisioneros,
permaneced aquí también. ¡Los demás que busquen por toda la casa! El asesino, en
caso de haber conseguido huir antes de que Arus encontrara el cadáver, solo pudo
haber escapado por el mismo lugar por el que entró Conan, y entonces el bárbaro lo
habría visto, en caso de que no mienta.
—No vi a nadie más que a este perro —gruñó Conan, señalando a Arus.

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—Claro que no viste a nadie —dijo Dionus—, porque tú eres el asesino. Estamos
perdiendo el tiempo, pero buscaremos por pura formalidad. Y si no encontramos a
nadie, ¡te prometo que te quemaremos vivo! ¡Recuerda la ley, mi salvaje de negra
melena: por matar a un artesano, te envían a las minas; por asesinar a un mercader, te
cuelgan, y por dar muerte a un señor, te queman en la hoguera!
Conan enseñó sus dientes por toda respuesta. Los hombres comenzaron a
registrar. Los que se quedaron en la habitación oyeron sus pasos arriba y abajo,
moviendo objetos, abriendo puertas y gritando de una habitación a otra.
—Conan —dijo Demetrio—, ¿sabes lo que supone para ti que no encuentren a
nadie?
—Yo no lo maté —gruñó el cimmerio—. Si él hubiera intentado hacerme algo, le
hubiera roto el cráneo, pero no lo vi hasta que tuve delante de mí su cadáver.
—De todas formas, alguien te habrá enviado aquí a robar —manifestó Demetrio
—, y con tu silencio te haces cómplice del asesinato. El mero hecho de estar aquí es
suficiente para enviarte a las minas, admitas o no tu culpabilidad. Pero si nos cuentas
todo, podrás salvarte de la muerte en la hoguera.
—Está bien —respondió el bárbaro de mala gana—, vine aquí a robar la copa
zamoria de diamantes. Un hombre me entregó el plano del Templo y me dijo dónde la
encontraría. Está en ese cuarto —dijo Conan señalando la habitación de al lado—, en
un nicho que hay en el suelo bajo la efigie de un dios shemita hecha de cobre.
—Dice la verdad —afirmó Promero—. No creo que haya seis hombres en todo el
mundo que sepan dónde está escondida esa copa.
—Y de haberlo conseguido —preguntó Dionus con desprecio—, ¿se la habrías
entregado realmente al hombre que te contrató?
De nuevo los ardientes ojos del cimmerio lanzaron destellos de cólera y rencor.
—No soy un perro —dijo el bárbaro entre dientes—. Yo cumplo con mi palabra.
—¿Quién te envió aquí? —inquirió Demetrio, pero Conan permaneció en un
hosco y empecinado silencio.
En ese momento llegaron los guardias después de haber registrado toda la casa.
—No hay ningún hombre escondido en esta casa —dijeron—. Hemos registrado
todo el edificio. Encontramos la portezuela del techo por la que entró el bárbaro, y el
cerrojo que partió en dos. Si un hombre se hubiera escapado por allí, lo habrían visto
los guardias, a menos que hubiera huido antes de haber llegado nosotros. Además,
habría tenido que apilar algunos muebles para llegar a la trampilla, y no hay señales
de que alguien lo haya hecho. Pero ¿no habrá escapado por la puerta principal antes
de que Arus diera la vuelta al edificio?
—No, porque la puerta estaba cerrada con llave por dentro —repuso Demetrio—
y las únicas dos llaves que abren la cerradura son las que tiene Arus y la que todavía
cuelga del cinto de Kallian Publico.
—Yo creo haber visto la soga que utilizó el asesino —dijo un guardia.
—¿Y dónde está, imbécil? —exclamó Dionus.

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—En la habitación de al lado —respondió el otro—. Es una gruesa soga negra
enrollada alrededor de una columna de mármol. No pude llegar a ella.
El guardia los condujo hasta un cuarto lleno de estatuas de mármol y señaló una
columna muy alta. Luego se detuvo estupefacto.
—¡Ha desaparecido! —exclamó con un grito.
—Nunca estuvo allí —dijo Dionus con un bufido.
—¡Por Mitra que estaba allí hace un momento! La vi enrollada alrededor de la
columna, justo encima de aquellas hojas grabadas. Está tan oscuro allí arriba que no
pude ver mucho más; pero estaba allí.
—Estás borracho —dijo Demetrio dándole la espalda—. Ese lugar está
demasiado alto como para que un hombre pueda llegar hasta allí, y no hay nadie
capaz de trepar por esa columna tan lisa.
—Un cimmerio podría hacerlo —dijo en voz baja uno de los hombres.
—Es posible. Digamos que Conan estranguló a Kallian, ató la cuerda alrededor
de la columna, atravesó el corredor y se escondió en el cuarto en el que está la
escalera. Pero ¿cómo pudo haber quitado la soga después de que vosotros la vierais?
No, yo os aseguro que Conan no cometió el asesinato. Creo que el verdadero criminal
mató a Kallian para conseguir lo que había en el cuenco y ahora está oculto en algún
rincón del Templo. Si no conseguimos hallarlo, tendremos que culpar al bárbaro, para
cumplir con la justicia. Pero… ¿dónde está Promero?
Los guardias habían regresado a la habitación en la que se encontraba el cuerpo
inmóvil, en el corredor. Dionus lanzó un grito llamando a Promero, para que viniera
del cuarto en el que estaba el cuenco vacío. El hombre temblaba y su rostro había
palidecido.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó Demetrio irritado.
—¡Encontré un símbolo en la base del cuenco! —dijo temblando Promero—. No
es un jeroglífico antiguo, ¡es un signo recién grabado!, ¡es la marca de Thoth-Amon,
el hechicero estigio, el enemigo mortal de Caranthes! ¡Debe de haber encontrado el
cuenco en alguna terrorífica caverna debajo de las pirámides encantadas! ¡Los dioses
antiguos no morían como los hombres, sino que caían en prolongados letargos y sus
adoradores los encerraban en sarcófagos para que ningún extraño pudiera interrumpir
su sueño! Thoth-Amon envió a Caranthes a la muerte. La codicia de Kallian dejó en
libertad a ese demonio, que ahora se halla oculto cerca de nosotros. Incluso puede
estar acercándose sigilosamente a nosotros.
—¡Grandísimo tonto! —rugió Dionus, dándole un fuerte golpe en la boca a
Promero—. Bueno, Demetrio —dijo volviéndose hacia el investigador—, no veo
razón alguna para no arrestar a este bárbaro…
El cimmerio lanzó un grito, mirando hacia la puerta de una habitación adyacente
al cuarto de las estatuas.
—¡Mirad! —exclamó—. He visto algo que se movía en esa habitación; lo he
visto a través de los tapices. Cruzó por el suelo como una sombra.

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—¡Bah! —dijo Posthumo bufando—. Ya hemos registrado esa habitación…
—¡Has visto bien! —chilló Promero histéricamente—. ¡Este lugar está maldito!
¡Alguien salió del sarcófago y mató a Kallian Publico! ¡Se escondió donde ningún
hombre podría hacerlo, y ahora ronda por esa habitación! ¡Oh, Mitra, defiéndenos de
los poderes de las tinieblas! ¡Qué busquen de nuevo en ese cuarto, señor! —concluyó
aferrándose a la túnica de Dionus con dedos que parecían garras.
Mientras el prefecto se libraba del desesperado apretón del empleado, Posthumo
dijo:
—¡Tendrás que buscar tú mismo, mequetrefe!
Luego, cogiendo a Promero con una mano en el cuello y otra en el cinto, empujó
al infeliz delante de él en dirección a la puerta, donde se detuvo y lo lanzó con tal
violencia que Promero cayó y quedó medio inconsciente.
—¡Basta! —gruñó Dionus, mirando al silencioso cimmerio.
Luego el prefecto alzó una mano —la tensión era enorme— y se produjo una
nueva interrupción.
Entró un guardia, arrastrando a un joven delgado y ataviado con ropas elegantes y
caras.
—Lo vi escabullirse por la parte trasera del Templo —exclamó el guardia,
buscando aprobación, pero en lugar de ello fue insultado hasta ponérsele los pelos de
punta.
—¡Suelta a ese caballero, grandísimo imbécil; torpe! —gritó el prefecto—. ¿No
conoces a Aztrias Petanius, el sobrino del gobernador?
El guardia se apartó avergonzado, mientras el fatuo joven aristócrata se limpiaba
con gesto remilgado una manga de su túnica bordada.
—Ahórrate las disculpas, mi buen Dionus —dijo suavemente—. Todo ha sido en
nombre del deber, lo sé. Regresaba a casa de una juerga nocturna y venía andando
para refrescar mi cabeza de los vapores etílicos. Pero ¿qué pasa aquí? ¡Por Mitra!,
¿hubo un asesinato?
—Sí, mi señor —respondió el prefecto—. Tenemos un sospechoso que, aunque
Demetrio no esté seguro, irá sin duda a la hoguera por ello.
—Un bruto de aspecto atroz —murmuró el joven aristócrata—. ¿Cómo se puede
dudar de su culpabilidad? Jamás he visto a nadie de aspecto tan infame.
—¡Claro que la has visto, maldito perro perfumado! —gruñó el cimmerio—. Me
has visto cuando me contrataste para que robase la copa zamoria. ¿Una juerga? ¡Bah!
Estabas esperando en la oscuridad a que te entregase el botín. No habría revelado tu
nombre si hubieras jugado limpio. Ahora diles a estos perros que me viste trepar por
la pared después de que el guardia hiciera su última ronda, para que sepan que no
tuve tiempo de matar a este puerco cebado antes de que Arus entrara y hallase el
cadáver. Demetrio lanzó una rápida mirada a Aztrias. El joven no se inmutó.
—Si lo que el bárbaro dice es cierto, mi señor —dijo el investigador—, esto lo
deja libre de sospechas de asesinato, y podremos echar tierra sobre este asunto del

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intento de robo.
»Al cimmerio le corresponden diez años de trabajos forzados por allanamiento de
morada, pero basta con que tú lo pidas para que lo dejemos libre y nadie, salvo
nosotros, sabrá nada de esto. Lo comprendo, no serías el primer joven aristócrata que
tiene que recurrir a esto para pagar deudas de juego o algo parecido, pero puedes
confiar en nuestra discreción.
Conan miró expectante al joven, pero Aztrias se encogió de hombros y bostezó
cubriéndose la boca con su blanca y delicada mano.
—No lo conozco —respondió—. Está loco cuando dice que yo lo he contratado.
Que reciba su merecido. Es fuerte, y el trabajo de las minas le hará bien.
Conan miró asombrado con ojos centelleantes y dio un respingo como si lo
hubieran pinchado. Los guardias se pusieron alerta y empuñaron sus alabardas, pero
enseguida se tranquilizaron al ver que bajaba la cabeza, con gesto de hosca
resignación. Arus no sabía si el joven los estaba mirando a través de sus espesas cejas
negras.
El cimmerio atacó sin más previo aviso que el que da una cobra cuando se lanza
sobre su presa. Su espada brilló a la luz de las velas. Aztrias comenzó a chillar, pero
sus gritos se extinguieron cuando su cabeza voló de sus hombros entre un chorro de
sangre, con las facciones convertidas en una blanca máscara de horror.
Demetrio extrajo su daga y dio un paso adelante para apuñalarlo. Como un felino,
Conan se dio media vuelta e intentó clavar un puñal asesino en la ingle del
investigador. El instintivo salto hacia atrás de Demetrio apenas consiguió desviar el
sable, que se hundió en su muslo, resbaló sobre el hueso y la punta del arma salió por
el otro lado de la pierna. Demetrio cayó sobre una rodilla lanzando un gemido de
agonía.
Conan no se detuvo. La alabarda que esgrimía Dionus salvó al prefecto de recibir
un mandoble que le hubiera hundido el cráneo, pero la hoja resbaló hacia abajo y
cortó limpiamente su oreja derecha. La fulminante rapidez del bárbaro paralizó a los
demás policías. La mitad de ellos habrían quedado fuera de combate antes de que
tuvieran tiempo de enfrentarse a él, pero el fornido Posthumo, más por suerte que por
destreza, logró rodear con sus brazos el cuerpo del cimmerio, intentando aprisionar su
brazo armado. El bárbaro lanzó un puñetazo a la cabeza del guardia con la mano
izquierda, y Posthumo se desplomó gritando y cubriéndose la órbita vacía y sangrante
en la que había habido un ojo.
Conan saltó hacia atrás eludiendo los golpes de las alabardas. El impulso lo llevó
fuera del círculo de sus adversarios y ahora se encontraba cerca de Arus, que se había
agachado para recoger su ballesta. Un puntapié violento en el estómago lo hizo caer
al suelo con la cara lívida y dando arcadas, mientras Conan le dio un golpe en la boca
al guardia con la sandalia. El infeliz lanzó un chillido con los dientes rotos mientras
de sus labios destrozados manaba una espuma sanguinolenta.
En ese momento todos se quedaron paralizados al oír un impresionante grito de

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horror que llegó desde la habitación en la que Posthumo había arrojado a Promero. El
empleado apareció tambaleante entre las cortinas de terciopelo y se detuvo
temblando, con enormes sollozos silenciosos, mientras las lágrimas rodaban por sus
pálidas y pastosas mejillas y humedecían sus labios abiertos, babeantes y blancuzcos;
parecía un niño idiota llorando.
Todos lo miraron espantados: Conan, con la espada goteando sangre; los guardias,
con sus alabardas levantadas; Demetrio, arrodillado y encogido en el suelo
procurando contener la sangre que manaba de la enorme herida que tenía en el muslo;
Dionus, apretando el sangrante muñón de la oreja cortada; Arus, llorando y
escupiendo fragmentos de dientes rotos, y hasta Posthumo, que dejó de aullar y
parpadear con el único ojo que le quedaba.
Promero entró tambaleándose en el corredor y cayó tieso ante ellos, estallando en
carcajadas demenciales.
—¡La mano del dios llega muy lejos, ja, ja, ja! ¡Oh, nadie se salva de su
maldición!
Luego, tras una espantosa convulsión, se quedó rígido mirando hacia las sombras
del techo con ojos que ya no veían y sonriendo con un gesto espeluznante.
—¡Está muerto! —exclamó Dionus con voz sobrecogida y llena de temor,
olvidándose de su propia herida y hasta del bárbaro que estaba a su lado con la
espada manchada de sangre.
Se acercó al cuerpo y lo examinó, irguiéndose enseguida con los ojos
desorbitados.
—No está herido —dijo—. En nombre de Mitra, ¿qué hay en esa habitación?
El pánico hizo presa de ellos y huyeron gritando hacia la puerta de salida. Los
guardias dejaron caer sus alabardas, se amontonaron en la salida dando manotazos
arañándose y gritando, y salieron corriendo como locos. Arus salió tras ellos, y
también el tuerto Posthumo, que chillaba quejándose como un cerdo herido y
suplicaba que no lo dejaran solo en ese lugar. Se cayó entre los que iban detrás, que lo
tiraron al suelo y lo pisotearon, gritando de miedo. Se arrastró tras ellos, y detrás
venía Demetrio, cojeando y apretándose el muslo herido del que aún manaba
abundante sangre. La policía, el cochero, los guardias, los oficiales y funcionarios,
tanto los que estaban heridos como los que no lo estaban, salieron a la calle dando
voces de espanto; los transeúntes horrorizados salían huyendo sin detenerse a
preguntar por qué.
Conan quedó solo en el amplio corredor, exceptuando los tres cadáveres que
yacían en el suelo. El bárbaro empuñó con más fuerza su espada y entró en la
habitación. Estaba llena de tapices de seda, había lechos con almohadones de seda
por todas partes en un descuidado derroche. Entonces, el cimmerio vio un Rostro que
lo contemplaba por encima de un pesado biombo dorado.
Conan miró asombrado la fría y clásica belleza de aquel semblante; jamás había
visto un ser humano igual. Aquel rostro no expresaba debilidad, ni compasión, ni

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crueldad, ni bondad, ni ningún otro sentimiento humano. Podía tratarse de la máscara
de mármol de un dios, tallado por una mano maestra, a no ser por el inconfundible
hálito de vida que había en esa criatura, una vida fría y extraña, que el cimmerio
nunca había visto y que no comprendía. Pensó fugazmente en la marmórea y
maravillosa hermosura del cuerpo que debía de estar ocultando el biombo; ha de ser
perfecto —se dijo—, a juzgar por aquel rostro de belleza sobrehumana.
Pero solo alcanzaba a ver la cabeza finamente modelada, que se movía de un lado
a otro. Los labios carnosos se abrieron y pronunciaron una sola palabra, con una voz
cálida y vibrante, como el tañer de las campanas doradas de los templos perdidos en
las selvas de Khitai. Hablaba en una lengua desconocida, olvidada antes de que se
erigieran los reinos de los hombres; pero Conan comprendió perfectamente su
significado.
—¡Acércate! —le decía.
El cimmerio se acercó con un salto felino y el silbido de su espada cortando el
aire. La hermosa cabeza cayó separada del cuerpo, dio contra el suelo a un lado del
biombo y rodó un trecho hasta quedar inmóvil.
Entonces Conan se estremeció y un escalofrío indescriptible le recorrió el cuerpo
al ver que el biombo se sacudía por las convulsiones de algo que había detrás. El
bárbaro había visto y oído morir a decenas de hombres, pero jamás había escuchado
semejantes estertores de un ser humano. Era un forcejeo aterrador. El biombo se
agitó, se balanceó, se tambaleó, se inclinó hacia adelante y cayó con un estruendo a
los pies de Conan. Este se asomó y observó lo que había detrás.
Entonces un horror inenarrable se apoderó del cimmerio, que corrió sin cesar
hasta que las torres de Numalia se desvanecieron con la luz del alba a sus espaldas. El
recuerdo de Set era como una pesadilla, al igual que el de los hijos de Set que una vez
reinaron sobre la tierra y que ahora estaban sumidos en un profundo sueño en sus
tenebrosas cavernas debajo de las sombrías pirámides. Porque detrás del biombo
dorado no había un cuerpo humano, sino los anillos trémulos y brillantes de una
gigantesca serpiente decapitada.

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Villanos en la casa
Robert E. Howard, 1934

Un tanto desilusionado acerca de la posibilidad de evitar los obstáculos


sobrenaturales que le impiden ejercer tranquilamente su profesión y
comprendiendo que Nemedia no es un lugar adecuado para él, Conan
encamina nuevamente sus pasos hacia el sur, en dirección a Corinthia, donde
sigue dedicándose a la apropiación ilegal de bienes ajenos en una de las
pequeñas ciudades-estado que forman parte de ese reino. Cuenta ahora con
diecinueve años, se ha vuelto más duro, tiene más experiencia y es más
cauteloso que cuando apareció por primera vez en los reinos del sur.

«Uno huyó, otro murió y un tercero duerme en un lecho dorado».


(Antiguo poema anónimo)

Durante una fiesta en la Corte, Nabonidus, el Sacerdote Rojo, que era el


verdadero gobernante de la ciudad, tocó cortésmente en el brazo a Murilo, el joven
aristócrata. Este se volvió y se encontró con la enigmática mirada del sacerdote,
preguntándose cuál sería el significado oculto de ese gesto. Nadie dijo una palabra,
pero Nabonidus inclinó la cabeza y le entregó a Murilo un pequeño cofre de oro. El
joven noble, sabiendo que Nabonidus no hacía nada sin una razón especial, se excusó
a la primera ocasión y regresó apresuradamente a su habitación. Una vez en ella abrió
el estuche y vio que contenía la oreja de un hombre, que reconoció por una cicatriz
característica. Se sintió bañado en sudor y no tuvo ninguna duda acerca del
significado de la mirada del Sacerdote Rojo.
Pero Murilo, a pesar de sus perfumados rizos negros y de su fatua indumentaria,
no era un pusilánime dispuesto a rendirse ante las amenazas ni a agachar la cabeza
delante del cuchillo sin antes luchar con todas sus fuerzas. No sabía si Nabonidus
estaba jugando con él o si le estaba dando la oportunidad del exilio voluntario, pero el
hecho de que él todavía estuviera vivo y en libertad demostraba que se le concedían
al menos unas horas, probablemente para que meditase. Sin embargo, él no
necesitaba reflexionar para tomar una decisión; lo que precisaba era una herramienta.
Y el Destino se la suministró en las tabernas y burdeles de los barrios más sórdidos y
miserables de la ciudad, a pesar de que el joven noble se encontrara meditando y
temblando de miedo en aquella parte de la ciudad en la que se alzaban los palacios de
mármol y marfil con torres de color púrpura de los aristócratas.
Había un sacerdote de Anu cuyo templo, que se encontraba en el límite con los

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barrios bajos, era el escenario de algo más que de sentimientos de devoción. Este
sacerdote obeso y bien alimentado era a un tiempo encubridor y comprador de
objetos robados y confidente de la Policía. Prosperaba comerciando con ambas
partes, puesto que vivía en el barrio lindante con el distrito llamado el Laberinto, una
maraña de callejuelas tortuosas llenas de lodo con sórdidos tugurios frecuentados por
los ladrones más osados del reino. Los más audaces eran un hombre de Gunderland
que había desertado de las tropas mercenarias y un bárbaro de Cimmeria. Gracias a la
intervención del sacerdote de Anu, el hombre de Gunderland fue apresado y ahorcado
en la plaza pública. Pero el cimmerio consiguió huir y, enterado de la traición del
sacerdote, entró una noche en el templo de Anu y le cortó la cabeza al clérigo. Se
produjo un gran alboroto en la ciudad, pero la búsqueda del asesino resultó
infructuosa. Hasta que cierto día una mujer lo traicionó y lo entregó a las autoridades
conduciendo al capitán de la guardia con sus soldados a la habitación en la que se
ocultaba el cimmerio, a quien encontraron borracho.
El bárbaro se despertó estupefacto y reaccionó en forma instantánea y violenta;
destripó de un tajo al capitán, se abrió paso entre sus contrincantes y habría logrado
huir de no ser por que sus sentidos aún estaban velados por el alcohol. Desconcertado
y medio ciego por el alcohol, el cimmerio erró a la puerta en su precipitado intento de
huida y se golpeó la cabeza contra la pared de piedra con tal violencia que quedó sin
sentido. Cuando volvió en sí, se encontraba en la mazmorra más segura de la ciudad,
encadenado a la pared con unos grilletes tan poderosos que ni siquiera con su fuerza
salvaje podía romper.
Murilo llegó a su celda enmascarado y envuelto en un manto negro. El cimmerio
lo observó atentamente, pensando que se trataba del verdugo enviado para ejecutarlo.
Murilo lo sacó de su error y lo miró con el mismo interés. Aun en la semioscuridad
del calabozo y encadenado a la pared, resultaba evidente la fuerza primitiva del
bárbaro. Su enorme cuerpo y sus piernas y brazos musculosos combinaban la fuerza
del oso con la agilidad de la pantera. Debajo de su desordenada cabellera negra, sus
ojos azules centelleaban con inusitada ferocidad.
—¿Te gustaría seguir viviendo? —preguntó Murilo.
El bárbaro gruñó, con el rostro iluminado por el interés.
—Si logro hacerte escapar, ¿me harías un favor? —inquirió el joven aristócrata.
El cimmerio no contestó, pero la intensidad de su mirada hablaba por él.
—Quiero que mates a un hombre.
—¿A quién?
—A Nabonidus, el sacerdote del rey —dijo Murilo en un susurro.
El cimmerio no dio muestras de sorpresa ni de turbación. Carecía del temor y de
la reverencia hacia la autoridad que la civilización inculca a los hombres. Para él era
igual un rey que un mendigo. Tampoco preguntó por qué Murilo había recurrido a él
cuando la ciudad estaba llena de asesinos, especialmente en los bajos fondos.
—¿Cuándo podré escapar? —preguntó el cimmerio.

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—Dentro de una hora. Por la noche no hay más que un guardia en esta parte del
calabozo. Es posible sobornarlo, es decir, ya ha sido sobornado. Verás, aquí están las
llaves para liberarte de tus cadenas. Yo te las quitaré y una hora después de que yo me
haya marchado, Athicus, el centinela, abrirá la puerta de tu celda. Debes atarlo con
tiras hechas de tu propia túnica, de modo que cuando lo encuentren, las autoridades
piensen que fuiste rescatado desde el exterior y no sospechen de él. Dirígete
enseguida a la casa del Sacerdote Rojo y mátalo. Luego ve a la Madriguera del Ratón,
donde te esperará un hombre que te entregará una bolsa de oro y un caballo. Con eso
podrás escapar de la ciudad y del reino.
—Entonces quítame estos malditos grilletes —pidió el cimmerio— y dile al
guardia que me traiga comida. Por Crom que he estado comiendo pan con moho y
agua durante un día entero y estoy a punto de morirme de hambre.
—Así se hará, pero recuerda que no debes escapar hasta que yo haya tenido
tiempo de llegar a mi casa.
Libre de sus cadenas, el bárbaro se puso en pie y estiró sus poderosos brazos, que
se veían enormes en la penumbra de la celda. Murilo pensó una vez más que si había
alguien en el mundo capaz de llevar a cabo la tarea impuesta, este era sin duda el
cimmerio. Después de darle algunas instrucciones más, el noble abandonó la prisión,
no sin antes ordenarle a Athicus que le llevara un buen plato de carne y cerveza al
prisionero. Sabía que podía confiar en el guardia, no solo por el dinero que acababa
de darle, sino también por ciertos datos que poseía acerca de aquel hombre.
Cuando volvió a su habitación, Murilo había dominado sus temores. No cabía la
menor duda de que Nabonidus lo atacaría por intermedio del rey. Y puesto que la
guardia real no estaba llamando a su puerta, era seguro que el sacerdote todavía no le
había dicho nada al rey. Sin duda le hablaría mañana… si es que vivía para ver el
nuevo día.
Murilo confiaba en que el cimmerio cumpliera con su palabra, aunque quedaba
por ver si conseguía llevar a cabo su propósito. Otros hombres habían intentado
asesinar al Sacerdote Rojo anteriormente, y todos ellos habían muerto de manera
terrible y anónima. Pero se trataba de hombres de la ciudad que carecían del instinto
animal que poseen los bárbaros. En el momento en que Murilo, dando vueltas en sus
manos al pequeño cofre de oro que contenía la oreja cortada, se enteró por conductos
secretos de que el cimmerio había sido capturado, supo que esa era la solución a su
problema.
El joven aristócrata tomó una copa en su habitación y brindó por aquel bárbaro
llamado Conan y por el éxito de esa noche. En el momento en que acercó la copa a
sus labios, uno de sus espías le trajo la noticia de que Athicus había sido arrestado y
encerrado en un calabozo. El cimmerio no había podido escapar.
Murilo sintió que la sangre se le helaba en las venas. Veía la mano de Nabonidus
en este giro imprevisto del destino y comenzó a sentirse terriblemente obsesionado
por la idea de que el Sacerdote Rojo era sobrehumano, un hechicero que leía en la

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mente de sus víctimas y las manejaba con hilos como si fueran títeres. El joven se
sintió desesperado. Se ciñó una espada bajo el manto negro y salió de su casa por un
pasadizo secreto, caminando deprisa por las calles desiertas. Era medianoche cuando
llegó a la mansión de Nabonidus, que se perfilaba en la oscuridad en los jardines
rodeados de vallas que la separaban de las casas adyacentes.
El muro era alto, aunque no imposible de escalar. Nabonidus no confiaba solo en
simples barreras de piedra. Lo temible era lo que se hallaba dentro de esos muros.
Murilo no sabía exactamente qué era. Sabía que había al menos un perro enorme y
salvaje que rondaba por los jardines y en una ocasión había destrozado a algún
intruso, como si se tratara de un sabueso con un conejo. No podía imaginar qué más
podía haber allí. Quienes habían entrado en aquella casa por breves y legítimos
asuntos de negocios, contaban que la casa de Nabonidus estaba llena de criados. En
realidad, mencionaban haber visto solo a uno; se trataba de un hombre alto y
silencioso llamado Joka. Habían oído a alguien más, posiblemente un esclavo, dando
vueltas por otras dependencias de la casa, pero nadie lo había visto jamás. El mayor
enigma de aquella casa misteriosa era Nabonidus mismo, cuyo poder de intriga y
dominio de la política internacional lo habían convertido en el hombre más poderoso
del reino. El pueblo, el canciller y hasta el rey se movían como marionetas entre sus
manos.
Murilo escaló el muro y se dejó caer en el jardín, que era una gran extensión de
sombras, oscurecidas aún más por los arbustos y el ondulante follaje. No había luces
en las ventanas de la casa, que asomaba con aspecto siniestro entre los árboles. El
noble se ocultó sigilosa y rápidamente entre los arbustos. Esperaba oír el ladrido del
enorme sabueso de un momento a otro, y ver aparecer su gigantesco cuerpo desde las
sombras. Pensó que la espada le serviría de poco frente a un ataque semejante, pero
no vaciló. Daba igual morir entre los colmillos de ese animal que bajo el hacha del
verdugo.
Tropezó con algo voluminoso y blando. Se inclinó y bajo la tenue luz de las
estrellas pudo ver un cuerpo fláccido tendido en el suelo. Era el perro que vigilaba los
jardines, y estaba muerto. Tenía el cuello destrozado y presentaba lo que parecían ser
las marcas de unos enormes colmillos. Murilo tuvo la sensación de que ningún ser
humano podía haber hecho esto. El animal se había encontrado con un monstruo más
salvaje que él. Murilo miró inquieto hacia la extraña vegetación que había a su
alrededor y, encogiéndose de hombros, avanzó hacia la silenciosa mansión.
La primera puerta que comprobó estaba abierta. Entró sigilosamente, con la
espada en la mano, y se encontró con un largo corredor sombrío apenas iluminado
por una luz que brillaba a través de unas cortinas que había en el extremo opuesto. Un
silencio absoluto se cernía sobre aquella casa. Murilo cruzó el salón y se detuvo a
observar a través de las cortinas. Vio un cuarto iluminado cuyas ventanas estaban
totalmente cubiertas por cortinas de terciopelo con la finalidad de que no pasara ni un
solo rayo de sol. En la habitación no había ningún ser humano, aunque se hallaba en

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ella un siniestro ocupante. En medio de restos de muebles y de cortinas rotas se podía
ver el cadáver de un hombre. Yacía boca abajo, pero la cabeza había sido retorcida de
tal modo que su barbilla se apoyaba en el hombro. El rostro contorsionado en una
sonrisa macabra parecía mirar de soslayo al horrorizado aristócrata.
Por primera vez en la noche, Murilo pareció flaquear. Lanzó una mirada incierta
hacia el lugar por el que había venido. La imagen del cepo del verdugo y del hacha le
empujaron a seguir y cruzó la habitación esquivando esa cosa horrorosa que yacía en
el centro de la estancia. Aunque nunca había visto a aquel hombre antes comprendió,
por las descripciones que le habían hecho, que se trataba de Joka, el criado de
Nabonidus.
Se acercó a otra puerta y miró a través de las cortinas hacia el interior de una
amplia habitación circular, rodeada por una galería equidistante del brillante suelo y
del elevado cielo raso. Este cuarto tenía muebles tan extraordinarios que parecía la
habitación de un rey. En el centro se podía ver una recargada mesa de caoba con
vasijas de vino y ricos manjares. Murilo se quedó paralizado por la sorpresa. En un
enorme sillón, cuyo amplio respaldo estaba vuelto, vio una figura cuyo atuendo le
resultaba conocido. Vio un brazo con una manga roja que se apoyaba en el brazo del
sillón; la cabeza, cubierta con la conocida capucha escarlata, estaba inclinada hacia
adelante como si estuviera meditando. Murilo había visto cientos de veces a
Nabonidus sentado de ese modo en la corte del rey.
Maldiciendo la intensidad de los latidos de su corazón, el noble avanzó por la
habitación con la espada empuñada y todo su cuerpo dispuesto para el ataque. Su
presa no se movía ni parecía oír su sigiloso acercamiento. ¿Estaría dormido el
Sacerdote Rojo, o aquella cosa desplomada sobre el enorme sillón era un cadáver?
Murilo estaba a un paso de su enemigo. En ese momento, el hombre que estaba en la
silla se levantó y se volvió hacia él.
Murilo palideció súbitamente. Su espada cayó al suelo pulido con un sonido
metálico. De sus labios lívidos surgió un grito estremecedor, seguido por el ruido
sordo de un cuerpo que se desplomaba. Luego volvió a reinar el silencio en la casa
del Sacerdote Rojo.

Poco después de que Murilo abandonara la mazmorra en la que Conan el


cimmerio se hallaba recluido, Athicus le llevó al prisionero una bandeja con comida
en la que había, entre otras cosas, un plato con una enorme chuleta y una jarra de
cerveza. Conan comió con voracidad mientras Athicus hacía la última ronda por las
celdas para ver si todo estaba en orden y si no había nadie que pudiera ser testigo del
simulacro de evasión. En ese momento entró un pelotón de guardias en la prisión y lo
arrestaron. Pero Murilo se equivocó al pensar que este arresto significaba que habían
descubierto la planeada fuga de Conan. Se trataba de otra cosa: Athicus había sido
poco cuidadoso en sus transacciones con la gente de los bajos fondos y ahora lo

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castigaban por una de sus faltas.
Otro carcelero ocupó su lugar. Era un individuo imperturbable y digno de
confianza, al que ninguna clase de soborno podía apartar de su deber. Carecía de
imaginación, pero tenía una idea muy elevada de la importancia de su puesto.
Después de que Athicus desapareciera para ser acusado formalmente ante el
magistrado, este carcelero hacía las rondas por las celdas de manera rutinaria. Al
pasar delante de la de Conan, se sintió indignado y ultrajado al ver que el prisionero
estaba libre de sus cadenas royendo los últimos trozos de carne de un enorme hueso.
El carcelero estaba tan disgustado que cometió el error de entrar solo en la celda, sin
llamar a los demás guardias. Fue su primera equivocación en el cumplimiento del
deber… y la última. Conan le partió la cabeza, con el hueso, le quitó el puñal, cogió
las llaves y salió de allí con toda tranquilidad. Tal como Murilo había dicho, había un
solo guardia de servicio allí por la noche. El cimmerio atravesó los muros de la
prisión valiéndose de las llaves que acababa de robar y luego salió a la calle tan libre
como si el plan de Murilo hubiera sido un éxito.
Estando todavía dentro de la sombría prisión, Conan se detuvo un momento para
decidir sus próximos pasos. Pensó que, puesto que en realidad había escapado por sus
propios medios, no le debía nada a Murilo. Sin embargo, recordó que el joven
aristócrata fue quien lo había liberado de sus cadenas y había ordenado que le
enviaran la comida, sin lo cual su evasión no hubiera sido posible. Conan llegó a la
conclusión de que estaba en deuda con Murilo y, dado que era un hombre que
finalmente cumplía con sus obligaciones, se dispuso a llevar a cabo lo prometido al
noble. Pero antes tenía que atender un asunto personal.
Se quitó la túnica harapienta y avanzó en la noche sin más ropa que el taparrabo.
Mientras caminaba palpó el puñal que le había quitado al carcelero; era un arma
asesina con una hoja ancha de doble filo y casi medio metro de largo. Anduvo
furtivamente por las callejuelas y por las plazas en sombras hasta llegar al Laberinto.
Recorrió sus calles sinuosas con la seguridad que da la familiaridad. Era realmente un
laberinto de oscuros callejones, patios cerrados y pasadizos secretos, de ruidos
extraños y malos olores. Las calles no estaban empedradas, y el barro y la suciedad se
mezclaban en una amalgama repugnante. No existían cloacas, y las basuras y
desperdicios se echaban directamente en los callejones, donde formaban montañas
apestosas y charcos nauseabundos. Había que caminar con cuidado para no resbalar y
caer en uno de aquellos asquerosos charcos que a veces llegaban hasta la cintura.
Tampoco era raro tropezar con un cadáver que yacía en el barro con la garganta
cortada y con la cabeza aplastada a golpes. La gente respetable evitaba el Laberinto, y
con razón.
Conan llegó a destino sin ser visto, en el preciso momento en que se marchaba
alguien a quien deseaba ver fervientemente. En el momento en que el cimmerio
entraba furtivamente en el patio de abajo, el nuevo amante de la muchacha que lo
había denunciado a la Policía salía de la alcoba de ella, situada en el primer piso. El

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bribón, una vez que la puerta se cerró tras él, bajó a tientas por la crujiente escalera,
embebido en sus propios pensamientos que, como los de la mayoría de los habitantes
del Laberinto, tenían que ver con la apropiación indebida de lo ajeno. Cuando estaba
bajando la escalera, se detuvo repentinamente sintiendo que se le ponían los pelos de
punta. Vio una figura agazapada que subía en la oscuridad y un par de ojos brillantes
como los de un perro de caza. Lo último que oyó en su vida fue una especie de
gruñido animal cuando el hombre se le echó encima y de un corte penetrante le abrió
el vientre. Lanzó un grito ahogado y bajó dando tumbos por la escalera.
El bárbaro se inclinó sobre el cuerpo por un instante, con aire macabro y los ojos
ardiendo en la oscuridad. Sabía que el grito había sido oído, pero la gente del
Laberinto tenía mucho cuidado de ocuparse solo de sus propios asuntos. Un grito de
agonía en una escalera oscura no era nada insólito. Más tarde, alguien se aventuraría
a averiguar, pero solo después de haber dejado pasar un espacio de tiempo
prudencial.
Conan subió por la escalera y se detuvo ante una puerta que conocía muy bien.
Estaba cerrada por dentro, pero la hoja de su sable pasó por la rendija de la puerta y
levantó el pestillo. Irrumpió en la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas, y se
dirigió hacia la muchacha que lo había traicionado denunciándole a la Policía.
La moza estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama deshecha.
Palideció súbitamente y lo miró como si fuera una aparición. Había oído el grito de la
escalera y vio las manchas de sangre que había en la daga de Conan. Pero estaba
demasiado aterrada por su suerte para perder el tiempo lamentando el destino cruel
que obviamente había tenido su amante. Comenzó a suplicarle que no la matara,
pronunciando palabras incoherentes por el terror que la embargaba. Conan no
respondió; se limitó a permanecer en su sitio mirándola con ojos ardientes mientras
acariciaba la hoja de su puñal con el pulgar.
Después cruzó la habitación mientras ella retrocedía hacia la pared, llorando con
desesperación y pidiendo piedad. Cogiéndola rudamente por la rubia cabellera, la
sacó de la cama. Volvió a enfundar el arma y, después de colocar a su desquiciada
prisionera bajo la axila izquierda, se dirigió hacia la ventana. Como ocurría en la
mayoría de las casas de ese tipo, había una cornisa en cada piso. Conan abrió la
ventana de un puntapié y salió al estrecho saliente del edificio. Si hubiera habido
alguien allí, habría presenciado el extraño espectáculo de un hombre que se movía
con cuidado por la cornisa del edificio llevando bajo el brazo a una moza
semidesnuda que se agitaba y pataleaba. Se hubieran extrañado tanto como la
muchacha.
Cuando llegó al sitio que consideró adecuado, Conan se detuvo y se apoyó en la
pared con la mano libre. En ese momento se oyó un clamor proveniente de la casa, lo
que indicaba que habían descubierto el cadáver. La prisionera lloriqueaba y se
retorcía, renovando sus ruegos inútiles. Conan miró hacia abajo y alcanzó a ver el
estiércol y el fango, mientras oía los gritos de dentro y los gemidos de la moza.

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Entonces la dejó caer con gran precisión en el interior de un pozo negro. El joven
disfrutó durante unos instantes viéndola agitarse y patalear entre las inmundicias y
oyéndola maldecir con todas sus fuerzas, e incluso se permitió lanzar una carcajada
contenida. Por último levantó la cabeza y escuchó el tumulto creciente que había en
el edificio, y se dijo que había llegado el momento de matar a Nabonidus.

El retumbar de un sonido metálico despertó a Murilo. Lanzó un gemido y


consiguió incorporarse con gran esfuerzo. A su alrededor no había más que silencio y
oscuridad, y por un instante le angustió el temor de haberse quedado ciego. Luego
recordó lo que había ocurrido antes y se le erizó la piel. Tocó con su mano el suelo
sobre el que estaba acostado y notó que estaba formado por bloques uniformes de
piedra. Siguió palpando y descubrió una pared del mismo material. Se puso en pie y
se apoyó contra el muro, tratando en vano de orientarse. Estaba claro que se hallaba
en una prisión, pero no tenía idea de dónde se encontraba esta y del tiempo que
llevaba recluido. Recordó vagamente un estruendo metálico y se preguntó si se
trataría de la puerta de hierro de su calabozo al cerrarse tras él, o si anunciaba la
llegada del verdugo.
Esta idea le produjo un tremendo escalofrío. Luego anduvo a tientas junto a la
pared. De momento procuraba encontrar los límites de su celda, pero en seguida llegó
a la conclusión de que estaba avanzando por un corredor. Se mantuvo pegado a la
pared temiendo caer en un pozo o en una trampa de otro tipo, y finalmente se dio
cuenta de que había algo junto a él en la oscuridad. No veía nada, pero o bien su oído
había percibido un sonido apagado o un sexto sentido le puso sobre aviso. Se paró en
seco y se le pusieron los pelos de punta. Estaba convencido de que sentía la presencia
de algún ser vivo agazapado en las sombras frente a él.
Creyó que su corazón dejaría de latir cuando oyó una voz con acento bárbaro que
le preguntó en tono muy bajo:
—¡Murilo! ¿Eres tú?
—¡Conan! —exclamó el joven noble casi desmayado por la impresión.
Tanteó en la oscuridad y sus manos se encontraron con un par de enormes
hombros desnudos.
—Menos mal que te he reconocido —dijo el bárbaro con un gruñido—. Estaba a
punto de estrangularte como a un cerdo cebado.
—¡Por Mitra!, ¿dónde estamos?
—En los pozos que hay debajo de la casa del Sacerdote Rojo, pero ¿por qué…?
—¿Qué hora es?
—Poco después de medianoche.
Murilo movió la cabeza, tratando de coordinar sus desordenados pensamientos.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó el cimmerio.
—He venido a matar a Nabonidus. Me enteré de que habían cambiado al

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centinela de la prisión…
—Es cierto —dijo Conan refunfuñando—. Pero le rompí la cabeza al nuevo
carcelero y me escapé. Podría haber estado aquí hace varias horas, pero tenía un
asunto personal que atender. Bueno, ¿vamos en busca de Nabonidus?
A Murilo le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
—¡Conan, estamos en la casa de un ser demoníaco! ¡He venido en busca de un
enemigo humano, pero encontré a un diablo peludo salido del mismísimo infierno!
Conan lanzó un gruñido de incertidumbre. Aunque era temerario como un tigre
herido cuando se trataba de enemigos humanos, se sentía invadido por terrores
supersticiosos como todos los primitivos.
—Conseguí entrar en la casa —dijo Murilo en voz muy baja, como si hubiera
oídos en las paredes oscuras—. En los jardines exteriores encontré al perro de
Nabonidus muerto. Dentro de la casa hallé a Joka, el criado; le habían roto el cuello.
Luego vi a Nabonidus en persona sentado en su sillón y vestido con su atuendo
habitual. Al principio pensé que también él estaba muerto. Me adelanté para
apuñalarlo. Pero se puso de pie y se volvió hacia mí. ¡Dioses!
El recuerdo del horror que había sentido dejó sin habla por un momento al joven
aristócrata.
—Conan —susurró—, ¡no era un hombre lo que tenía frente a mí! Su cuerpo y su
postura eran humanos, ¡pero bajo la capucha escarlata del sacerdote había un rostro
con una sonrisa macabra que parecía de locura y de pesadilla! Estaba cubierto de pelo
negro, a través del cual brillaban unos ojillos rojizos como los de un cerdo; su nariz
era aplanada con enormes ventanillas en forma de campana; sus labios fofos se
retorcían hacia atrás y por ellos asomaban unos inmensos colmillos amarillos,
parecidos a los dientes de un perro. Las manos que asomaban por las mangas
escarlata eran deformes y también estaban cubiertas de pelo negro. Esto es lo que vi
en un instante y entonces, abrumado por el horror, mis sentidos me abandonaron y caí
desvanecido.
—¿Y qué sucedió después? —musitó el cimmerio preocupado.
—Recobré el sentido hace unos momentos. El monstruo debe de haberme
arrojado a este pozo. ¡Conan, siempre he sospechado que Nabonidus no era del todo
humano! ¡Es un monstruo que se transforma en hombre! Durante el día actúa entre
los humanos disfrazado de hombre, y por la noche adopta su verdadero aspecto.
—Eso es evidente —respondió Conan—. Todo el mundo sabe que hay hombres
que se convierten en lobos según su voluntad. Pero ¿por qué mató a sus criados?
—¿Quién puede saber lo que pasa por la mente de un diablo? —repuso Murilo—.
Lo que importa ahora es salir de aquí. Las armas humanas nada pueden contra esa
clase de monstruos. ¿Y tú, cómo entraste aquí?
—Por la alcantarilla. Pensé que los jardines estarían vigilados, y aquellas se
comunican con un túnel que a su vez conduce hasta aquí. Creí que encontraría alguna
puerta abierta que me permitiría entrar en la casa.

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—¡Entonces huyamos por donde tú entraste! —exclamó Murilo—. ¡Al demonio
con todo lo demás! Una vez fuera de este cubil de serpientes intentaremos eludir a la
guardia real y escapar de la ciudad. ¡Ve tú delante!
—Es inútil —dijo el cimmerio con un gruñido—. El camino hacia las alcantarillas
está bloqueado. Cuando entré en el túnel vi que cayó una reja de hierro del techo, con
gran estrépito. Si no me hubiera movido con la rapidez del rayo, las puntas de las
barras me habrían clavado contra el suelo como un gusano. Cuando intenté levantar
la reja, vi que no se movía. Ni un elefante habría podido moverla. Y entre sus
barrotes apenas podría pasar un conejo.
Murilo lanzó una maldición y sintió como si una mano helada le recorriera la
espina dorsal. Debería haber imaginado que Nabonidus no dejaría ninguna entrada de
la casa sin vigilar. Si Conan no tuviera la prodigiosa agilidad de un salvaje, aquella
reja lo hubiera atravesado de lado a lado. Seguramente su paso por el túnel actuó
sobre algún mecanismo secreto que puso en funcionamiento la reja desde el techo. Lo
cierto es que ahora ambos estaban cogidos en una terrible trampa.
—Solo podemos hacer una cosa —dijo Murilo sudando abundantemente—.
Tenemos que buscar otra salida. Seguramente están todas llenas de trampas, pero no
hay otra solución.
El bárbaro lanzó un gruñido aprobador, y ambos anduvieron a tientas por el
corredor. A pesar de la tensión del momento, a Murilo se le ocurrió una pregunta.
—¿Cómo me reconociste? —le dijo a Conan.
—Recordé el olor del perfume que llevabas en el pelo cuando viniste a verme en
la celda —respondió Conan—. Lo volví a sentir hace un rato, cuando estaba
agazapado en la oscuridad dispuesto a cortarte en dos.
Murilo se acercó un mechón de cabellos negros a la nariz; aun así el perfume era
casi imperceptible para su olfato civilizado, y entonces comprendió cuan agudos eran
los sentidos del bárbaro.
Su mano tocó instintivamente la vaina de su espada cuando comenzaron a
avanzar a tientas y lanzó una maldición al comprobar que estaba vacía. En ese
momento divisaron un tenue fulgor delante de ellos y poco después llegaron a un
recodo del pasillo por el que se filtraba una luz grisácea. Ambos miraron del otro lado
del recodo y Murilo, que estaba apoyado en su compañero, sintió que el enorme
cuerpo del bárbaro se ponía rígido. El joven noble también lo había visto; se trataba
del cuerpo de un hombre semidesnudo que yacía fláccido sobre el suelo apenas
iluminado por un resplandor que parecía emanar de un gran disco de plata que había
en la pared más alejada. Le resultaba conocida la figura tendida de bruces, lo que hizo
que Murilo se abandonara a las conjeturas más increíbles y monstruosas. Indicándole
al cimmerio que lo siguiera, se adelantó y se inclinó sobre el cuerpo inerme.
Procurando dominar la repugnancia que le producía, se acercó y volvió el cuerpo
boca arriba. Se le escapó una maldición de incredulidad, mientras el cimmerio gruñía
en forma explosiva.

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—¡Nabonidus! ¡El Sacerdote Rojo! —exclamó Murilo mareado y aturdido por el
asombro—. Entonces, ¿quién…?
El sacerdote lanzó unos gemidos e hizo algunos movimientos. Con rapidez felina,
Conan se inclinó y apoyó su puñal sobre el corazón del moribundo. Murilo lo cogió
por la muñeca y dijo:
—¡Espera! No lo mates todavía…
—¿Por qué? —inquirió el cimmerio—. Ha abandonado su disfraz de monstruo y
ahora duerme. ¿Quieres que despierte y nos haga pedazos?
—¡No! ¡Espera! —pidió Murilo, procurando poner orden en sus confusos
pensamientos—. ¡Mira! No está durmiendo. ¿Ves ese enorme cardenal que tiene en la
sien afeitada? Lo han golpeado y lo han dejado sin sentido. Es probable que lleve
aquí varias horas.
—Creí haberte oído decir que lo viste en la casa con apariencia de bestia —dijo
Conan.
—¡Claro que lo he visto! Si no…, ¡está volviendo en sí! Aparta tu daga, Conan;
aquí hay un misterio mucho más recóndito de lo que yo pensaba. Tengo que hablar
con este sacerdote antes de matarlo.
Nabonidus se llevó una mano temblorosa a la sien herida, masculló algo
incomprensible y abrió los ojos. Su mirada no tenía expresión alguna y no parecía
entender nada ni reconocer a nadie; luego, con un espasmo, la vida volvió a sus
pupilas y se sentó, mirando asombrado a los dos hombres. Cualquiera que fuese el
terrible choque que temporalmente obnubiló la agudísima inteligencia del sacerdote,
su cerebro volvía a funcionar con la habitual rapidez y vigor. Sus ojos examinaron en
un instante todo lo que le rodeaba y se detuvieron en el rostro de Murilo.
—Es un placer para mí que honres mi pobre casa, joven señor —dijo con una risa
fría, y luego, observando el enorme cuerpo que se asomaba detrás del hombro del
noble, agregó—: Veo que has traído a un valiente. ¿Acaso no te bastaba la espada
para segar la vida de mi humilde persona?
—Ya basta —repuso Murilo impaciente—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Es una pregunta muy peculiar para hacerla a un hombre que acaba de recobrar
el conocimiento —respondió el sacerdote—. No sé qué hora es. Pero faltaba
aproximadamente una hora para medianoche cuando fui atacado.
—Entonces ¿quién es el que está en tu casa disfrazado con tu ropa? —inquirió
Murilo.
—Ese debe de ser Thak —contestó Nabonidus, tocándose con tristeza las heridas
—. Sí, debe de ser Thak. ¿Y con mi ropa? ¡El muy perro!
Conan, que no entendía nada, se agitó inquieto y murmuró algo en su lengua.
Nabonidus lo miró con extrañeza.
—Tu valentón armado está impaciente por abrirme el corazón, Murilo —dijo el
sacerdote—. Creí que eras lo suficientemente sensato como para escuchar mis
advertencias y abandonar la ciudad.

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—¿Cómo podía saber lo que me esperaba? —repuso Murilo—. De todos modos,
mis intereses están aquí.
—Este asesino es buena compañía —murmuró Nabonidus—. Hace tiempo que
sospechaba de ti. Por eso hice desaparecer a aquel pálido secretario de la corte. Antes
de morir me dijo muchas cosas; entre otras, el nombre del joven aristócrata que lo
sobornó para obtener secretos de estado, que el noble vendió a potencias rivales. ¿No
te avergüenzas de ti mismo, Murilo, ladrón de guante blanco?
—No tengo mayor motivo de vergüenza que tú, ratero empedernido con alma de
buitre —respondió Murilo de inmediato—. Tú explotas a todo un reino con codicia y
avidez en tu propio beneficio. Y aparentando un gobierno desinteresado, engañas al
rey, arruinas a los ricos y sacrificas todo el futuro de la nación en nombre de tu
ambición despiadada. No eres más que un cerdo cebado con el hocico en el trasero.
Eres más ladrón que yo. Este cimmerio es el más honesto de los tres, porque roba y
asesina abiertamente.
—Bien, veo entonces que estamos entre villanos —dijo Nabonidus con
ecuanimidad—. ¿Y ahora qué? ¿Me vas a matar?
—Cuando vi la oreja del secretario desaparecido, sabía que estaba condenado —
dijo Murilo bruscamente—, y creí que invocarías la autoridad del rey. ¿Tenía razón?
—Sí —repuso el sacerdote—. Es fácil eliminar a un secretario de la corte, pero tú
eres algo más importante. Tenía intenciones de contarle al rey alguna broma acerca
de ti mañana por la mañana.
—Una broma que me hubiera costado la cabeza —dijo Murilo entre dientes—.
Entonces ¿el rey aún no está enterado de mis negocios en el extranjero?
—Así es —dijo Nabonidus suspirando—. Y ahora, puesto que veo que tu
compañero tiene un puñal, me temo que nunca lo sabrá.
—Tú debes de saber cómo se sale de esta madriguera de ratas —dijo Murilo—.
Supón que decidiera perdonarte la vida. ¿Nos ayudarías a escapar, jurando mantener
en secreto mis robos?
—¿Has oído de algún sacerdote que cumpliera una promesa? —manifestó Conan
con una queja, advirtiendo el giro que tomaba la conversación—. Déjame que le corte
el gaznate; quiero ver de qué color es su sangre. En el Laberinto aseguran que tiene el
corazón negro, de modo que su sangre debe de ser negra también…
—Ten calma —susurró Murilo—. Si no nos enseña el camino de salida, nos
pudriremos aquí. Bien, Nabonidus, ¿qué dices a eso?
—¿Qué puede decir un lobo con una pata en la trampa? —dijo riendo el sacerdote
—. Estoy en vuestras manos y, si hemos de escapar, debemos ayudarnos unos a otros.
Juro que si sobrevivimos a esta aventura olvidaré todos tus negocios turbios. ¡Lo juro
por el alma de Mitra!
—Eso me basta —musitó Murilo—. Ni siquiera el Sacerdote Rojo osaría romper
ese juramento. Ahora salgamos de aquí. Mi amigo entró por el túnel, pero una reja
cayó detrás de él y bloqueó el camino. ¿Puedes hacer que la levanten?

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—Desde aquí no es posible —replicó el sacerdote—. La palanca de control está
en el cuarto situado encima del túnel. Hay otra forma de salir de este pozo, que os
enseñaré. Pero dime, ¿cómo llegaste hasta aquí?
Murilo se lo contó en pocas palabras y Nabonidus hizo un movimiento de
asentimiento con la cabeza, tras lo cual se levantó con dificultad. Avanzó cojeando
por el corredor, que se ensanchaba formando una enorme habitación, y se acercó al
disco de plata. A medida que avanzaban, el resplandor aumentó, aunque sin dejar de
ser tenue y velado. Cerca del disco vieron una estrecha escalera que conducía hacia
arriba.
—Esta es la otra salida —dijo Nabonidus—, y dudo mucho de que la puerta que
se halla al final esté cerrada con llave. Pero tengo la sensación de que el que atraviese
esa puerta será degollado. Mirad ese disco.
Lo que parecía ser un disco de plata era en realidad un enorme espejo colocado en
la pared. Un complejo sistema de tubos de cobre sobresalían de la pared que estaba
encima del disco y se inclinaba hacia abajo en ángulo recto. Al mirar esos tubos,
Murilo vio un increíble conjunto de espejos más pequeños. Observó con atención el
de mayor tamaño y lanzó una exclamación de asombro. Conan, que miraba por
encima de su hombro, emitió un gruñido.
Parecían estar mirando a través de una ventana hacia el interior de una habitación
bien iluminada. En las paredes había grandes espejos y entre uno y otro se veían
tapices de terciopelo; también había lechos de seda, sillas de ébano y marfil y puertas
cubiertas de cortinas que daban a las otras habitaciones. Delante de una puerta
desprovista de cortinas había una enorme figura negra sentada que contrastaba
grotescamente con la opulencia de la habitación.
Murilo sintió nuevamente que la sangre se le helaba en las venas al ver a aquella
figura espantosa que parecía estar mirándolo directamente a los ojos. Retrocedió
involuntariamente del espejo, mientras Conan adelantaba agresivamente la cabeza
hasta que sus mandíbulas casi tocaron la superficie. Entonces lanzó algo que pareció
ser una amenaza o un reto en lengua bárbara.
—Por Mitra, Nabonidus —dijo Murilo boquiabierto y temblando—, ¿qué es eso?
—Es Thak —contestó el sacerdote, acariciando su sien—. Algunos dirían que es
un mono, pero es tan diferente de un mono como de un hombre. Sus gentes habitan
en el lejano Oriente, en las montañas que lindan con la frontera este de Zamora. No
son muchos, pero si no se les extermina, creo que se convertirán en seres humanos
dentro de unos cien mil años. Se encuentran en un estadio evolutivo; no son ni
monos, como lo fueron sus remotos antepasados, ni hombres, como pueden llegar a
ser sus lejanos descendientes. Habitan en los elevados riscos de montañas
inaccesibles y no conocen el fuego, ni saben construir casas, ni hacer vestidos, e
ignoran incluso el uso de las armas. Sin embargo, tienen una especie de lenguaje
compuesto principalmente por gruñidos y chasquidos.
»Yo traje a Thak cuando era casi un recién nacido y aprendió lo que le enseñé

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mucho más rápidamente y mejor que cualquier otro animal de verdad. Era al mismo
tiempo mi guardaespaldas y mi criado. Pero olvidé que al ser en parte humano no
podía quedar reducido a una mera sombra de sí mismo, como si fuera un animal de
verdad. Al parecer, su especie de cerebro conservaba sensaciones de odio, de
resentimiento y tenía una especie de ambición animal.
»De todos modos, atacó cuando menos lo esperaba. Anoche pareció volverse
repentinamente loco. Sus actos parecían ser consecuencia de una especie de locura
animal y sin embargo sé que deben de haber sido el resultado de una larga y
cuidadosa planificación. Oí ruido de pelea en los jardines, y cuando fui a investigar
—pues creí que eras tú y que mi perro guardián te estaba atacando—, vi a Thak que
salía de los matorrales manchado de sangre. Antes de que pudiera darme cuenta, se
abalanzó sobre mí con un aullido espantoso y me golpeó hasta dejarme sin sentido.
No recuerdo nada más, pero es de suponer que por un capricho de su mente
semihumana, me despojó de la ropa y me arrojó vivo a estas cuevas, por alguna razón
que solo los dioses conocen. Debe de haber matado al perro cuando volvió al jardín, y
después de golpearme a mí evidentemente mató a Joka, a quien habéis visto muerto
dentro de la casa. Joka hubiera venido en mi ayuda, aun en contra de Thak, a quien
siempre ha odiado.
Murilo miró a través del espejo a la extraña criatura que estaba sentada con
monstruosa paciencia ante la puerta cerrada. Se estremeció al ver aquellas enormes
manos negras cubiertas de espesos vellos que parecían una piel. Su cuerpo era
pesado, ancho y encorvado. Los hombros demasiado amplios habían rasgado la
túnica escarlata y a través de esta Murilo vio la misma pelambre negra. El rostro que
miraba desde la capucha roja era absolutamente bestial, y sin embargo el joven
aristócrata se dio cuenta de que Nabonidus decía la verdad cuando afirmaba que Thak
no era completamente animal. Había algo en aquellos siniestros ojos rojos, en la torpe
postura de aquel ser, en la apariencia general de aquella cosa, que lo diferenciaba de
un verdadero animal. Ese cuerpo monstruoso albergaba un cerebro y un alma que
evolucionaban atrozmente hacia algo vagamente humano. Murilo se quedó
estupefacto cuando reconoció que había un leve y odioso parentesco entre su raza y
aquel ser monstruoso, y se sintió sobrecogido al tomar consciencia fugazmente de los
abismos de bestialidad por los que la humanidad ha ido ascendiendo penosamente.
—Seguramente nos está viendo —musitó Conan—. ¿Por qué no nos ataca?
Podría romper el ventanal con facilidad.
Murilo se dio cuenta de que Conan pensaba que el espejo era una ventana a través
de la cual ellos estaban viendo la otra habitación.
—Él no nos ve —respondió el sacerdote—. Nosotros estamos viendo una
habitación que se halla encima de nosotros. Esa puerta que Thak está vigilando es la
que se encuentra al final de la escalera. Se trata simplemente de un dispositivo de
espejos. ¿Ves aquellos espejos en las paredes? Transmiten las imágenes de la
habitación a estos tubos que a su vez otros espejos reflejan ampliados en este enorme

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espejo.
Murilo entendió que el sacerdote debía de estar siglos por delante de su
generación para haber perfeccionado semejante invento, pero Conan lo atribuyó
simplemente a brujerías y no se preocupó más por el asunto.
—He construido estas cuevas como albergue y también como calabozo —siguió
diciendo el sacerdote—. En ocasiones me he refugiado aquí y he visto a través de
esos espejos el destino funesto de aquellos que buscaban mi ruina.
—Pero ¿por qué vigila Thak esa puerta? —preguntó Murilo.
—Debe de haber oído la caída de la reja en el túnel, porque está conectada con
unas campanas que hay en las habitaciones superiores. Sabe que hay alguien en las
cuevas y está esperando que suba por la escalera. Oh, sí, ha aprendido muy bien lo
que le he enseñado. Él ha visto lo que le ha ocurrido a quienes cruzaban esa puerta
cuando yo tiraba de la cuerda que cuelga de aquella pared, y se dispone a imitarme.
—Y mientras espera, ¿qué vamos a hacer nosotros? —inquirió Murilo.
—No podemos hacer nada salvo observarlo. Mientras siga en esa habitación, no
debemos ni pensar en subir la escalera. Tiene la fuerza de un verdadero gorila, y
podría destrozarnos con toda facilidad. Pero no necesita poner en juego sus músculos;
si abrimos la puerta, le bastará con tirar de la cuerda para que salgamos disparados
hacia la eternidad.
—¿Cómo?
—Hemos acordado que os ayudaría a escapar —repuso el sacerdote—, pero no
me he comprometido a divulgar mis secretos.
Murilo se dispuso a contestar cuando vio algo que le dejó paralizado. Una mano
furtiva había abierto la cortina de una de las puertas. En ella apareció un rostro oscuro
cuyos ojos brillantes se clavaron amenazadores en la figura encorvada cubierta con la
túnica escarlata.
—¡Petreus! —exclamó Nabonidus—. ¡Por Mitra, qué colección de buitres hay
aquí esta noche!
El rostro seguía enmarcado entre las cortinas abiertas. Por encima del hombro del
intruso asomaban otras caras, morenas y delgadas, iluminadas por una siniestra
ansiedad.
—¿Qué hacen aquí? —murmuró Murilo bajando inconscientemente la voz,
aunque sabía que no podían oírlo.
—¿Qué pueden estar haciendo Petreus y sus ardientes jóvenes nacionalistas en la
casa del Sacerdote Rojo? —dijo Nabonidus riendo—. Mira con qué avidez
contemplan la figura del que consideran su mayor enemigo. Han caído en el mismo
error que tú. Va a resultar divertido ver la expresión de sus caras cuando adviertan su
equivocación.
Murilo no respondió. Todo tenía un aire completamente irreal. Tenía la sensación
de estar viendo una función de títeres u observando con cierto desapego los actos de
los vivos sin ser visto ni oído, como si él fuera un fantasma incorpóreo.

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Vio que Petreus acercó un dedo a sus labios imponiendo silencio a modo de
advertencia y luego hizo una seña a los demás conspiradores. El joven aristócrata no
sabía si Thak era consciente de la presencia de los intrusos. La posición del hombre-
mono no había cambiado; seguía sentado de espaldas hacia la puerta por la que
entraban sigilosamente los hombres.
—Tuvieron la misma idea que tú —le dijo Nabonidus al oído—. Solo que por
razones patrióticas y no egoístas. Ahora es fácil entrar en mi casa, dado que el perro
está muerto. ¡Oh, qué ocasión para librarme de su amenaza de una vez por todas! Si
yo estuviera sentado donde está Thak…, un salto hacia la pared…, un tirón de la
cuerda…
Petreus había colocado suavemente un pie en el umbral de la habitación; sus
compañeros lo seguían de cerca con las relucientes dagas en la mano. Thak se
incorporó y se volvió hacia él. El inesperado horror que le produjo su aspecto, cuando
esperaban encontrar el odioso pero conocido semblante de Nabonidus, los llenó de
espanto, tal como le había sucedido a Murilo. Petreus retrocedió dando un chillido y
empujando a sus compañeros hacia atrás. Estos tropezaron y cayeron unos encima de
otros, y en ese instante Thak, salvando la distancia con un salto prodigioso y
grotesco, tiró con todas sus fuerzas del grueso cordón de terciopelo que colgaba cerca
de la puerta.
Inmediatamente se abrieron las cortinas, dejando la puerta libre, y de esta cayó
algo con un singular fulgor plateado.
—¡Lo ha recordado! —exclamó Nabonidus lleno de júbilo—. ¡La bestia es
semihumana! ¡Me ha visto hacerlo y lo ha recordado! ¡Mirad ahora! ¡Mirad!
Murilo vio que se trataba de una gruesa lámina de vidrio que había caído sobre la
puerta. A través del panel se veían los rostros pálidos de los conspiradores. Petreus
tendió las manos hacia adelante como protegiéndose del ataque de Thak, y se
encontró con la barrera transparente; por sus gestos, parecía estar diciendo algo a sus
compañeros. Ahora que las cortinas estaban abiertas, los hombres que se hallaban en
la cueva podían ver todo lo que ocurría en la habitación en la que se encontraban los
nacionalistas. Habiendo perdido completamente el control de sus nervios, estos
corrían por el recinto hacia la puerta por la que creían haber entrado, pero se
detuvieron de pronto, como si hubiera una pared invisible.
—El tirón de la cuerda cerró herméticamente la habitación —dijo Nabonidus
riéndose—. Es muy simple: los paneles de vidrio resbalan por unos raíles que hay en
las puertas. Al tirar de la cuerda se suelta el hilo que los sujeta; luego se deslizan
hacia abajo y quedan trabados, pudiendo ser accionados solo desde el exterior. El
cristal es irrompible. Ni siquiera un hombre con un mazo sería capaz de destrozarlo.
¡Ah!
Los hombres atrapados en la habitación estaban histéricos de miedo; corrían
desesperadamente de una puerta a otra, golpeando en vano las paredes de cristal,
agitando violentamente los puños ante la implacable figura negra que los observaba

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desde fuera. Entonces uno de ellos alzó la cabeza, miró hacia arriba y comenzó a
gritar horrorizado, a juzgar por el movimiento de sus labios, al tiempo que señalaba
hacia el cielo raso.
—La caída de los paneles ha liberado las nubes mortíferas —dijo el Sacerdote
Rojo riendo con carcajadas salvajes—. Es el polvillo del loto gris obtenido de los
Pantanos de la Muerte, más allá de Khitai.
Del centro del cielo raso colgaba un racimo de capullos de oro, que se abrieron
como los pétalos de una inmensa rosa tallada, y de estos descendió un vapor grisáceo
que llenó rápidamente la habitación. En un instante la escena de histeria se convirtió
en un espectáculo de locura y de horror. Los hombres atrapados comenzaron a
tambalearse y a correr en círculos como si estuvieran borrachos. De su boca salía
espuma y sus labios se retorcían en una risa espantosa. En la huida, caían unos
encima de otros acuchillándose con las dagas y destrozándose con los dientes en un
holocausto demencial. Murilo se descompuso al contemplar aquel espectáculo y se
sintió aliviado de no escuchar los gritos y aullidos que debían de resonar en aquella
condenada habitación. Pero aquello se parecía a una película muda proyectada sobre
una pantalla, puesto que no se oía nada.
Fuera del recinto maldito, Thak daba saltos con una alegría animal, mientras
agitaba y levantaba sus largos y peludos brazos. Nabonidus se reía como un demonio
por encima del hombro de Murilo.
—¡Ah, buen golpe, Petreus! —exclamaba—. ¡Le ha abierto las entrañas! ¡Y ahora
otro para ti, mi patriótico amigo! ¡Así! Ya han caído todos, y los vivos desgarran la
carne de los muertos con sus dientes babeantes.
Murilo sintió un escalofrío. Detrás de él, el cimmerio maldecía con voz apagada
en su tosca lengua. Solo se veía la muerte por todos lados en la habitación de la nube
gris; los conspiradores yacían apuñalados, destrozados y mutilados, apilados en una
montaña roja, con las bocas abiertas y los rostros ensangrentados mirando sin
expresión hacia el techo entre las tenues volutas grisáceas que daban vueltas
lentamente.
Thak, como un gnomo gigantesco, se aproximó a la pared de la que colgaba la
cuerda y tiró de ella hacia un lado con un gesto peculiar.
—Está abriendo la puerta más alejada —dijo Nabonidus—. ¡Por Mitra; es más
humano de lo que yo suponía! Mirad, el humo gris sale en volutas de la habitación y
luego se disipa. Thak está esperando para no correr riesgos. Ahora levanta el otro
panel. Es cauteloso; conoce el peligro mortal que entraña el loto gris, que provoca la
locura y la muerte. ¡Por Mitra!
—Murilo sintió un sobresalto espantoso ante esta exclamación de Nabonidus, que
lo electrizó.
—Esta es nuestra única oportunidad —dijo el sacerdote—. Si abandona la
habitación de arriba por unos minutos, podremos intentar subir rápidamente por la
escalera.

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Atenazados por la tensión, vieron cómo el monstruo salía torpemente por la
puerta y desaparecía. Al alzar el panel de cristal, las cortinas habían vuelto a caer,
ocultando la cámara de la muerte.
—¡Debemos arriesgarnos! —dijo el sacerdote, y Murilo vio que su rostro estaba
cubierto de sudor—. ¡Quizá esté deshaciéndose de los cadáveres, como me ha visto
hacer a mí! ¡Rápido! ¡Seguidme! ¡Subamos la escalera!
Nabonidus corrió hacia la escalera y subió por ella con una agilidad que asombró
a Murilo. El noble y el bárbaro le seguían de cerca, y oyeron el profundo suspiro de
alivio que lanzó el sacerdote cuando consiguió abrir la puerta que se encontraba al
final de la escalera. Irrumpieron en la amplia habitación que habían visto reflejada en
el espejo. Thak no estaba allí.
—¡Está en aquella habitación, con los cadáveres! —exclamó Murilo—. ¿Por qué
no le encerramos allí, como hizo con los conspiradores?
—¡No! ¡No! —dijo Nabonidus con un grito ahogado y con el rostro extrañamente
pálido—. No sabemos si está realmente allí. Y de todos modos, puede entrar antes de
que podamos alcanzar la cuerda. Seguidme por el corredor; debo llegar a mi
habitación para disponer de armas que lo van a destruir. Este pasillo es la única salida
que no tiene trampa.
Siguieron apresuradamente al sacerdote y pasaron por una puerta con cortinas que
estaba enfrente de la puerta del recinto de la muerte y llegaron al corredor, que daba a
una serie de habitaciones. Nabonidus intentó abrirlas con una pasmosa y torpe
rapidez. Estaban cerradas con llave, al igual que la puerta que se hallaba al final del
corredor.
—¡Dioses! —exclamó el Sacerdote Rojo apoyándose contra la pared, con el
rostro ceniciento—. Las puertas están cerradas y Thak me quitó las llaves. Estamos
atrapados.
Murilo se quedó horrorizado al ver a aquel hombre en semejante estado de
nervios, pero Nabonidus se serenó haciendo un gran esfuerzo.
—Esta bestia me produce pánico —dijo—. Si vosotros lo hubierais visto
destrozar a hombres como yo le he visto…, bueno, que Mitra nos ayude, pero ahora
debemos luchar contra él con las armas que los dioses nos han dado. ¡Vamos!
Los condujo de vuelta hacia la puerta con cortinas y miró hacia el enorme recinto
en el preciso instante en que entraba Thak por la puerta de enfrente. Era evidente que
el hombre-bestia sospechaba algo. Sus pequeñas orejas se movieron; miró irritado a
su alrededor y, acercándose a la puerta más cercana, corrió las cortinas para ver si
había alguien escondido detrás de ellas.
Nabonidus retrocedió temblando como una hoja. Cogió a Conan por un hombro y
le dijo:
—Muchacho, ¿te atreverías a enfrentar tu puñal contra sus colmillos?
Los ojos del cimmerio centellearon por toda respuesta.
—¡Rápido! —susurró el Sacerdote Rojo escondiendo a Conan detrás de las

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cortinas—. En cuanto nos encuentre, lo que no tardará en ocurrir, lo atraeremos hacia
nosotros. Cuando pase delante de ti corriendo, húndele la daga en la espalda, si
puedes. Tú, Murilo, muéstrate ante él y luego huye corriendo por el pasillo. Bien sabe
Mitra que tenemos muy pocas posibilidades frente a Thak en una lucha cuerpo a
cuerpo, pero de todas formas estamos condenados si nos encuentra.
Murilo sintió que la sangre se le congelaba en las venas, pero juntó fuerzas y se
asomó por la puerta. Instantáneamente, Thak, que se encontraba del otro lado de la
habitación, giró en redondo, miró fijamente y atacó con un rugido espantoso. Su
capucha escarlata le cayó sobre la espalda, enseñando su deforme cabeza oscura.
Tenía las negras manos y la túnica roja manchadas de sangre. Parecía una oscura
pesadilla de color carmesí cuando atravesó la habitación enseñando los colmillos y
con las patas torcidas sosteniendo su inmenso cuerpo que avanzaba con paso
aterrador.
Murilo se volvió rápidamente hacia el corredor y, pese a lo ágil que era, el
horroroso monstruo peludo casi lo alcanza. Entonces, cuando el hombre-mono pasó
corriendo delante de las cortinas, de ellas surgió repentinamente una figura enorme
que le dio un golpe en el hombro al extraño engendro, al tiempo que hundía su puñal
en la espalda de la bestia. Thak lanzó un grito espeluznante cuando el impacto le hizo
caer, y ambos rodaron por el suelo. Entonces hubo un remolino de brazos y piernas y
comenzó la batalla demoníaca.
Murilo vio que el bárbaro atenazó con sus piernas el torso del hombre-mono y
que se esforzaba por mantenerse encima del monstruo mientras lo acuchillaba con el
puñal. Thak, por su lado, luchaba por liberarse de las tenazas de su enemigo para
hacerlo girar y ponerlo al alcance de los colmillos gigantescos que buscaban la carne
del muchacho. En medio de un torbellino de golpes, entre jirones ensangrentados,
fueron rodando por el corredor con tal rapidez que Murilo no se atrevió a emplear la
silla que había cogido, por temor a golpear al cimmerio. Y vio que, a pesar de la
ventaja que suponía para Conan el hecho de haber golpeado primero y que el
monstruo llevara una túnica que le envolvía el cuerpo y las extremidades dificultando
sus movimientos, la fuerza ciclópea de Thak se iba imponiendo rápidamente.
Empujaba inexorablemente al cimmerio para tenerlo frente a él. El monstruo había
recibido heridas que hubieran matado a una decena de hombres. El puñal de Conan se
hundió una y otra vez en el torso, en los hombros y en el cuello de toro de la bestia.
Chorreaba sangre por todas las heridas, pero, a menos que la afilada hoja diera
rápidamente en un órgano vital, la sobrehumana vitalidad de Thak terminaría para
siempre con el cimmerio y después con sus compañeros.
Conan también luchaba como una fiera salvaje, en un silencio solo interrumpido
por sus jadeos. Las negras garras del monstruo y aquellas manos a modo de zarpas lo
arañaban y desgarraban, y sus mandíbulas sonrientes se abrieron para morderle la
garganta. Entonces Murilo, viendo una oportunidad, saltó y lanzó la silla con todas
sus fuerzas, que eran suficientes para abrirle la cabeza a un ser humano. La silla

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resbaló por el negro cráneo, pero el aturdido monstruo aflojó por un instante su
abrazo mortal y en ese momento Conan, jadeando y chorreando sangre, saltó hacia
adelante y hundió su puñal hasta la empuñadura en el corazón del hombre-mono.
Con un temblor convulsivo, la bestia cayó al suelo, miró fijamente y en seguida
quedó inmóvil. Sus fieros ojos se quedaron fijos y brillaron bajo la tenue luz de la
habitación; sus pesados miembros temblaron y luego se quedaron rígidos.
Conan se levantó tambaleante, enjugándose el sudor y la sangre que le cubrían el
rostro. La sangre goteaba de su puñal y de sus dedos, y chorreaba hasta sus brazos y
muslos, manchando su pecho. Murilo lo cogió por un brazo para sostenerlo, pero el
bárbaro lo empujó con gesto impaciente.
—El día que no pueda sostenerme solo, sé que habrá llegado la hora de morir —
musitó a través de los labios deshechos—. Pero me gustaría beberme una jarra de
vino.
Nabonidus contemplaba la figura inmóvil como si no diera crédito a sus ojos. El
monstruo negro, peludo y abominable yacía en una grotesca postura sobre los jirones
de su túnica escarlata; sin embargo aun así parecía más humano que animal, y
transmitía un vago patetismo.
—Esta noche he matado a un hombre y no a una bestia. Lo incluiré entre los jefes
cuyas almas envié a las tinieblas, y mis mujeres cantarán sus hazañas.
Nabonidus se inclinó y cogió un manojo de llaves que colgaban de una cadena
dorada. Se habían caído del cinto del hombre-mono durante la lucha. Haciendo una
seña a sus compañeros para que lo siguieran, los condujo a una habitación, abrió la
puerta y avanzó hacia el interior del recinto, que estaba iluminado como los demás.
El Sacerdote Rojo cogió una vasija de vino de una mesa y llenó las copas de cristal
que había allí. Mientras sus compañeros bebían ávidamente, murmuró:
—¡Qué noche! Falta poco para que amanezca. ¿Qué vais a hacer, amigos?
—Voy a curar las heridas de Conan, si me traes algunas vendas y bálsamos —dijo
Murilo.
Nabonidus hizo un movimiento con la cabeza y se dirigió hacia la puerta que
daba al corredor. Algo en la inclinación de su cabeza hizo que Murilo lo observara
con recelo. Cuando llegó a la puerta, el Sacerdote Rojo se volvió de improviso. Su
rostro se había transmutado, los ojos llamearon con el antiguo fuego y su boca reía
quedamente.
—¡Somos todos villanos! —dijo con su sarcasmo habitual—. Pero no todos
somos necios. El único tonto eres tú, Murilo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el joven aristócrata dando unos pasos.
—¡Atrás! —gritó Nabonidus con una voz que parecía un látigo—. ¡Si das un paso
más, te mato!
Murilo se quedó helado cuando vio que el Sacerdote Rojo aferraba una gruesa
cuerda de terciopelo que colgaba entre las cortinas justo al lado de la puerta.
—¿Qué clase de traición es esta? —gritó Murilo—. Juraste que…

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—¡Juré que no le contaría al rey nada acerca de ti! Pero no prometí que no iba a
resolver este asunto por mis propios medios, si podía. ¿Crees que voy a dejar pasar
semejante oportunidad? En circunstancias normales no me atrevería a matarte con
mis propias manos, sin contar con la aprobación del rey, pero ahora nadie lo sabrá
jamás. Irás a parar a las cubas de ácido junto a Thak y los estúpidos nacionalistas, y
nadie sabrá nada. ¡Qué noche! Si bien he perdido algunos valiosos sirvientes, también
me he librado de varios enemigos peligrosos. ¡No te muevas! Estoy en el umbral y tú
no tienes posibilidades de alcanzarme antes de que tire de la cuerda y te envíe al
Infierno. Esta vez no se trata del loto gris, aunque es igualmente eficaz. Casi todas las
habitaciones de mi casa son una trampa. De modo que, Murilo, eres un imbécil…
Con la rapidez del rayo, Conan cogió una silla y la arrojó. Nabonidus alzó
instintivamente el brazo y lanzó un grito, pero era demasiado tarde. El proyectil se
estrelló contra su cabeza y el Sacerdote Rojo se tambaleó y cayó de bruces en un
charco de sangre oscura que se agrandaba rápidamente.
—Su sangre era roja, después de todo —dijo Conan con un gruñido.
Murilo se echó atrás los cabellos empapados de sudor con mano temblorosa al
tiempo que se apoyaba sobre la mesa, debilitado por la tensión pasada y la sensación
de alivio que lo embargaba ahora.
—Está amaneciendo —dijo el aristócrata—. Salgamos de aquí antes de que
caigamos en otra trampa mortal. Si conseguimos escalar el muro exterior sin que nos
vean, no nos asociarán con lo ocurrido aquí esta noche. Dejemos que la Policía
encuentre su propia explicación de los hechos.
Miró el cuerpo del Sacerdote Rojo que yacía en un charco de sangre y se encogió
de hombros.
—Después de todo, el necio era él. Si no hubiera perdido el tiempo burlándose de
nosotros, habría podido eliminarnos con facilidad.
—Bueno —dijo el cimmerio con tranquilidad—, ha tomado el camino que todos
los villanos deben recorrer finalmente. Me gustaría saquear la casa, pero supongo que
será mejor que nos vayamos.
Cuando salieron de la oscuridad al jardín casi blanco por el rocío del amanecer,
Murilo dijo:
—El Sacerdote Rojo ha entrado en el mundo de las tinieblas, de modo que mi
camino en la ciudad está libre y no tengo nada que temer. Pero ¿y tú? Queda aún el
asunto del Laberinto y…
—De todas maneras, estoy cansado de esta ciudad —dijo el cimmerio con una
sonrisa—. Has hablado de un caballo que me esperaba en la Madriguera del Ratón.
Tengo curiosidad por saber a qué velocidad me llevará ese caballo a otro reino. Hay
muchos caminos que deseo conocer antes de recorrer el que Nabonidus tomó esta
noche.

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La Mano de Nergal
Robert E. Howard & Lin Carter, 1967

Conan ya ha conocido el sabor de la intriga hibórea. Al bárbaro le resulta


evidente que no hay una diferencia esencial entre las razones de palacio y los
móviles que impulsan a los individuos que frecuentan la Madriguera del
Ratón, aunque los beneficios sean superiores en los lugares más importantes.
Con un caballo y una cantidad de monedas de oro como recompensa del
agradecido —y considerado— Murilo, el cimmerio emprende viaje para
echar un vistazo al mundo civilizado, con el propósito de sacar de él el mayor
provecho posible.

El Camino de los Reyes, que pasa serpenteando por los reinos hibóreos,
lo conduce finalmente hacia el oeste y llega a Turan, donde entra a servir en
los ejércitos del rey Yildiz. Al principio no se adapta a la vida militar, dado
que es demasiado independiente y de genio violento y apasionado para
someterse de buen grado a la disciplina. Además, puesto que por aquel
entonces era solamente un jinete y arquero mediocre, en un contingente en el
que destacan los arqueros montados, se ve relegado a una unidad de soldados
irregulares y mal pagados. Sin embargo, pronto surge una ocasión que le
permite demostrar su verdadero temple.

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1. Sombras negras
—¡Por Crom!
El juramento surgió de los labios contraídos del guerrero en un gesto feroz. Echó
hacia atrás su cabeza y su abundante y desgreñada melena negra y alzó sus fogosos
ojos azules hacia el cielo, que se agrandaron por el asombro. Un extraño escalofrío de
terror supersticioso le recorrió todo el cuerpo alto y fornido, bronceado por los
ardientes soles de las tierras desérticas. Tenía hombros anchos, un torso amplio,
cintura estrecha y piernas largas; iba desnudo, con excepción de un trozo de tela
harapiento que llevaba encima y un par de sandalias atadas a sus piernas.
Había entrado en la batalla como jinete de una unidad de caballería de soldados
irregulares. Pero su caballo, que había recibido como regalo del noble Murilo en
Corinthia, había caído bajo las flechas del enemigo al primer embate, lo que le obligó
a luchar a pie. Su escudo había sido destrozado por los golpes del enemigo, por lo
que lo desechó y combatió tan solo con la espada.
Desde lo alto del cielo ardiente del atardecer de esta desolada estepa turania
barrida por el viento, en la que dos ejércitos estaban enzarzados en una batalla
violenta y desesperada, llegó el horror.
El campo de batalla estaba bañado por lenguas de fuego que creaban los
resplandores rojizos del sol del atardecer e inundado de sangre humana. Allí llevaban
combatiendo cinco interminables horas las pujantes huestes de Yildiz, rey de Turan
—en cuyo ejército estaba sirviendo el joven como mercenario— contra las
todopoderosas legiones de Munthassem Khan, el sátrapa rebelde de los territorios
fronterizos de Zamora que se encontraba al norte de Turan. De repente, volando
lentamente en círculos, comenzaron a descender del cielo color carmesí unos seres
indescriptibles que el bárbaro jamás había visto en ninguno de sus viajes y de los que
ni siquiera había oído hablar. Eran unos monstruos negros y sombríos que
revoloteaban sostenidos por enormes alas arqueadas, que parecían murciélagos.
Los dos ejércitos seguían luchando, sin ver la amenaza que se cernía sobre ellos.
Solo Conan, situado sobre una pequeña colina y rodeado de los cadáveres de los
enemigos a los que había dado muerte con su espada, los vio descender del cielo
iluminado con un fulgor rojo por el sol poniente.
Apoyándose en su espada manchada de sangre, dando así un breve descanso a sus
musculosos brazos, el bárbaro miró fijamente las extrañas e inquietantes sombras.
Porque estos seres parecían más una sombra que una realidad material, puesto que
eran translúcidos, como volutas de un repulsivo vapor negro o como sombríos
espectros de gigantescos vampiros. Tenían unos ojos rasgados y malignos que
centelleaban con una llama verde y destacaban poderosamente en aquellos seres
etéreos. De solo verlos se le erizaron los pelos de la nuca, sobrecogido por el terror
sobrenatural de los bárbaros. Los vio caer sobre el campo de batalla como buitres

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atraídos por la sangre. Descendían y mataban.
Se oyeron gritos de miedo y de dolor de los hombres del rey Yildiz a medida que
las sombras siniestras se abalanzaban sobre sus filas. Allí donde se abatía una de esas
sombras demoníacas, dejaba un cadáver ensangrentado. Del cielo bajaron cientos de
monstruos, y las amedrentadas huestes del ejército turanio retrocedieron
trastabillando y arrojando sus armas, presas de pánico.
—¡Luchad, perros! ¡Deteneos y pelead! —ordenaba con voz atronadora una
figura alta y dominante montada en una yegua negra, irritado y severo, tratando de
mantener la línea de soldados que se deshacía.
Conan vislumbró los destellos de una cota de malla plateada bajo un rico manto
azul y un rostro de nariz aguileña y barba negra, duro y altivo bajo un casco brillante
de acero que reflejaba el sol de color carmesí como si fuera un espejo pulido.
Reconoció que aquel hombre era Bakra de Akif, el general del rey Yildiz.
Lanzando una sonora maldición, el orgulloso comandante sacó su espada y
comenzó a repartir golpes a diestra y siniestra. Quizá hubiera conseguido reunir sus
filas, pero una de las demoníacas sombras se abatió sobre él por detrás, plegó sus alas
vaporosas y transparentes a su alrededor en un abrazo mortal y el cuerpo del general
se puso rígido. Su cara palideció súbitamente y sus ojos se quedaron inmóviles de
miedo. Conan veía su rostro, que a través de las alas que lo envolvían parecía una
máscara blanca detrás de un velo de fino encaje negro. El caballo del general
enloqueció y se desbocó aterrorizado. Pero la cosa fantasmagórica arrancó al general
de su montura; lo mantuvo un momento en el aire sobre las alas que se agitaban
lentamente, y luego lo dejó caer convertido en una masa desgarrada y sangrante. El
rostro del hombre, que había mirado a Conan con ojos aterrados a través de aquellas
sombrías alas, era un desecho humano. Así terminó la carrera de Bakra de Akif.
Y de esta manera terminó también la batalla. Desaparecido su comandante, el
ejército pareció enloquecer. Conan vio a aguerridos y veteranos soldados, con más de
diez campañas en su haber, que huían chillando del campo de batalla como jóvenes
reclutas. Vio a orgullosos nobles escapar gritando como siervos cobardes. Y detrás de
ellos, indemnes del ataque de los fantasmas voladores, sonriendo al comprobar su
victoria, las huestes del sátrapa rebelde se disponían a aprovechar la ventaja obtenida
de manera tan misteriosa y sobrenatural. La batalla estaba perdida, a menos que un
hombre fuerte lograra mantenerse firme y reunir a las huestes destrozadas con su
ejemplo.
De pronto se alzó delante del primero de los soldados que huían una figura tan
feroz y salvaje que logró contener a los soldados que huían despavoridos.
—¡Deteneos, perros bastardos, canallas, o por Crom que voy a llenar vuestras
cobardes entrañas de acero!
Era el mercenario cimmerio con el rostro oscuro como una feroz máscara de
piedra, fría como la muerte. Sus fieros ojos lanzaban destellos de cólera volcánica
bajo las negras cejas arqueadas. Desnudo, salpicado de sangre de la cabeza a los pies,

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sostenía su poderosa espada con el puño enorme y lleno de cicatrices. Su voz retumbó
como un trueno profundo.
—¡Atrás, si apreciáis en algo vuestras miserables vidas! ¡Atrás, perros
desvergonzados, o desparramo vuestras cobardes entrañas por el suelo! ¡Si levantas
esa cimitarra contra mí, cerdo hirkanio, te arrancaré el corazón con las manos y te lo
haré comer antes de que te mueras! ¿Acaso sois mujeres, para huir de unas sombras?
¡Hace un momento erais hombres, sí, soldados de Turan! Os enfrentasteis al enemigo
armado y luchasteis cara a cara. ¡Y ahora volvéis la espalda y os escapáis corriendo
como niños de unas sombras nocturnas! ¡Bah! ¡Me siento orgulloso de ser bárbaro al
ver cómo vosotros, débiles hombres de la ciudad, os acobardáis ante una bandada de
murciélagos!
Por un momento el bárbaro logró contenerlos, pero solo por un momento. Un ser
de pesadilla de alas negras se abatió sobre él, y hasta él, el bárbaro cimmerio, tuvo
que retroceder ante las tétricas y sombrías alas y el hedor fétido del monstruo.
Los soldados huyeron dejando a Conan solo frente a esa cosa. Y el cimmerio
luchó. Apoyando los pies con firmeza en el suelo, blandió la enorme espada con
todas sus fuerzas y giró sobre su esbelta cadera.
El sable brilló en el aire formando un arco de acero y partió al fantasma en dos.
Pero se trataba, como había adivinado, de un ser inmaterial, ya que su espada no
encontró más resistencia que la que ofrece el aire. La fuerza del golpe le hizo perder
el equilibrio y cayó de bruces sobre el suelo pedregoso.
La cosa sombría sobrevoló por encima de él. Su espada le había hecho una
enorme raja, pero era como si una mano hubiera roto una voluta de humo. Y ante los
ojos asombrados de Conan, el cuerpo vaporoso se reconstituyó. Los ojos que
semejaban chispas verdes de un fuego infernal lo miraron con una alegría espantosa y
un hambre inhumana.
—¡Por Crom! —dijo Conan casi sin respiración.
Puede que fuera un juramento, pero sonó casi como una plegaria.
Intentó levantar nuevamente la espada, pero esta cayó de sus manos inertes. En
cuanto el sable atravesó la oscura sombra, se volvió helada, con un frío doloroso,
pétreo, que le llegaba hasta la medula de los huesos, como los abismos siderales que
se abren formando agujeros negros más allá de las estrellas más remotas.
La sombra con forma de murciélago batió lentamente sus alas como si se recreara
sobre su víctima caída o gozara al percibir el temor supersticioso que lo embargaba.
Con manos ateridas, Conan buscó a tientas en su cintura, donde tenía una tira de
cuero verde que le sostenía el taparrabo. De la cintura colgaba una pequeña daga y
una bolsa. Sus dedos encontraron la bolsa, pero no la empuñadura de la daga, y
tocaron algo suave y cálido que había dentro del saco de cuero.
Súbitamente Conan retiró la mano como si hubiera recibido una dolorosa
sacudida eléctrica. Sus dedos habían rozado el curioso amuleto que había encontrado
el día anterior, cuando estaban acampados en Bahari. Y, al tocar la pulida piedra, se

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liberó una fuerza extraña.
El etéreo murciélago se apartó repentinamente de él. Un momento antes había
revoloteado tan cerca del cimmerio que su carne se estremeció ante el frío
sobrenatural que parecía emanar de aquel engendro fantasmagórico. Y ahora este
huyó enloquecido agitando frenéticamente sus alas.
Conan se puso de rodillas tratando de sobreponerse a la debilidad que invadía sus
extremidades, primero por el frío espantoso causado por el contacto con la sombra, y
después por el calor que hizo estremecer su desnudo cuerpo. Presa de estas dos
sensaciones opuestas, el joven sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Se le nubló la
vista, su mente flaqueó y estuvo a punto de perder el conocimiento. Entonces sacudió
violentamente la cabeza para despejar su mente y miró a su alrededor.
—¡Por Mitra! ¡Por Crom y por Mitra! ¿Acaso todo el mundo se ha vuelto loco?
La sórdida hueste de horrores voladores había expulsado del campo de batalla al
ejército del general Bakra, o había matado a aquellos que no fueron suficientemente
rápidos. Pero no habían tocado siquiera a las sonrientes huestes de Munthassem
Khan; los habían ignorado como si los soldados de Yaralet y los sombríos engendros
de pesadilla hubieran sido aliados de algún demoníaco pacto o de magia negra.
Pero ahora los guerreros de Yaralet huían despavoridos y gritando de los sombríos
vampiros. Al ver a ambos ejércitos derrotados y en fuga, Conan miró hacia el cielo
del atardecer y se preguntó desconcertado si el mundo en verdad se habría vuelto
loco.
En ese momento el cimmerio se quedó repentinamente sin fuerzas y cayó
inconsciente en el negro olvido.

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2. El campo sangriento
El sol llameaba como una brasa de color escarlata en el horizonte. Resplandecía
sobre el silencioso campo de batalla como el ojo rojo que centelleaba en la deforme
frente de un cíclope. Silencioso como la muerte, cubierto de los restos de la guerra, el
lugar tenía un aspecto siniestro y todo estaba inmóvil bajo los rayos del sol. Aquí y
allá, entre los cadáveres, había charcos de sangre coagulada que parecían serenos
lagos que reflejaban los fulgores rojizos del cielo.
Unas figuras oscuras y furtivas se movían entre la alta hierba, olfateando y
lanzando gemidos sobre los montones de cadáveres desparramados. Sus jorobadas
espaldas y sus hocicos de perro indicaban que se trataba de hienas de las estepas. Para
ellas, el campo de batalla debía ser como la mesa servida de un opíparo banquete.
Del cielo flameante bajaron aleteando torpemente buitres de alas negras para
alimentarse de los muertos. Las siniestras aves de presa cayeron sobre los cuerpos
mutilados con un sordo rumor alado. Aparte de los devoradores de carroña, nada se
movía en el silencioso y sangriento lugar. Todo estaba inmóvil como la muerte
misma. Ni el rumor de los carros de combate ni el toque de las trompetas bronceadas
interrumpía el silencio sobrenatural. La quietud de los muertos sobrevino
inmediatamente después del estrépito de la batalla.
Como misteriosos heraldos del Destino, una ondulante fila de garzas bajó
aleteando lentamente del cielo hacia las orillas cubiertas de juncos del río Nezvaya,
cuyo henchido caudal reflejaba con pálidos reflejos rojizos las últimas luces del día.
Del otro lado del río, se alzaba como una montaña de ébano al atardecer la
amurallada ciudad de Yaralet.
Pero se veía una figura moviéndose por el campo desolado, que parecía un
pigmeo recortado contra las brasas ardientes del atardecer. Se trataba del joven
gigante cimmerio, el de la rebelde cabellera negra y los fogosos ojos azules. Las
negras alas del frío sideral tan solo le habían rozado ligeramente; luego la vida se
agitó en él y volvió en sí. Vagaba de un lado a otro por el oscuro campo de batalla,
cojeando ligeramente, porque tenía una espantosa herida en el muslo que había
recibido en el fragor de la violenta batalla y que solo notó y vendó rústicamente al
recuperar la consciencia y cuando se disponía a levantarse.
Se paseó con cautela pero también con impaciencia entre los muertos
ensangrentados. Él también estaba completamente cubierto de sangre de la cabeza a
los pies, y la enorme espada que llevaba en su mano derecha tenía manchas de color
carmesí hasta la empuñadura. Conan tenía un enorme cansancio de huesos y la
garganta reseca. Le dolían todas las heridas —simples cortes y rasguños, salvo la
enorme herida que tenía en el muslo—, y lo que más deseaba en ese momento era un
pellejo de vino y un buen plato de carne.
Cuando pasaba cojeando entre los cadáveres, lanzó un gruñido de lobo

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hambriento, maldiciendo iracundo. Había venido a esta guerra turania como
mercenario, sin otras posesiones salvo un caballo —ahora muerto— y la enorme
espada que tenía en la mano. Ahora que la batalla estaba perdida y la guerra
terminada, y que él andaba errando solo en territorio enemigo, le quedaba al menos la
esperanza de saquear a los soldados caídos, quitándoles algún objeto de valor que
ellos sin duda ya no necesitarían. Una daga incrustada de piedras preciosas, un
brazalete de oro, una coraza de plata. Con algunas de estas baratijas podría sobornar a
sus perseguidores para quedar fuera del alcance de Munthassem Khan y volver a
Zamora con algún beneficio.
Pero aparentemente otras personas habían tenido la misma idea antes que él —ya
fueran ladrones furtivos de la ciudad en sombras o soldados que regresaron al campo
de batalla del que habían salido corriendo—, puesto que el lugar estaba arrasado; no
quedaban allí más que espadas rotas, lanzas quebradas, cascos abollados y escudos
maltrechos. Conan miró a su alrededor recorriendo con sus ojos la llanura cubierta de
restos y lanzó una maldición. Había estado inconsciente demasiado tiempo, y hasta
los saqueadores habían tenido tiempo de marcharse. Era como el lobo que da
demasiadas vueltas alrededor de su posible víctima hasta que comprueba que los
chacales lo han despojado de su presa; en este caso se trataba de chacales humanos.
Abandonó su infructuosa búsqueda con el fatalismo de un auténtico bárbaro. Se
dijo que había llegado el momento de elaborar un plan. Con el ceño fruncido,
enfrascado en sus pensamientos, miró con incertidumbre hacia la llanura que
oscurecía por momentos. Las torres cuadradas y planas de Yaralet se alzaban oscuras
y sólidas recortándose contra el fulgor mortecino del atardecer. ¡No había esperanzas
de hallar refugio allí para quien había luchado bajo el estandarte del rey Yildiz! Sin
embargo, no habría otra ciudad, amiga o enemiga, más cercana. Y Aghrapur, la
capital de Yildiz, estaba a cientos de leguas al sur…
Embebido en sus pensamientos, no advirtió que se acercaba una enorme figura
negra, hasta que llegó a sus oídos un relincho débil y estremecedor. El bárbaro se
volvió rápidamente, apoyándose en la pierna herida y alzando la espada con gesto
amenazador…, pero luego se tranquilizó y sonrió.
—¡Por Crom! Me has asustado. De modo que no soy el único sobreviviente, ¿eh?
—dijo Conan riendo entre dientes.
La esbelta yegua miraba temblorosa al desnudo gigante con grandes ojos
asustados. Era el caballo del general Bakra, quien ahora yacía en algún lugar del
campo de batalla en medio de un charco de sangre.
La yegua relinchó agradecida al escuchar una voz humana amiga. Aunque no era
un jinete, Conan se daba cuenta de que el animal estaba en malas condiciones.
Levantaba las patas con dificultad, estaba cubierta de sudor a causa del miedo y
temblaba exhausta. Los demoníacos murciélagos la habían aterrorizado también a
ella, pensó Conan con tristeza. Le habló con suavidad procurando calmarla, se acercó
a ella y acarició al jadeante animal hasta que consiguió tranquilizarle.

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En las remotas tierras del norte de las que él provenía era raro encontrar caballos.
Entre los pobres bárbaros de las tribus cimmerias de las que él era originario, solo los
jefes más ricos poseían una buena montura, además de los guerreros que habían
conseguido una en el campo de batalla. Pero a pesar de su ignorancia acerca de todo
lo relacionado con los caballos, Conan consiguió tranquilizar a la enorme yegua y
luego se montó en ella. Se sentó a horcajadas, agitó las riendas y se alejó lentamente
del campo de batalla, convertido en un pantano negro en la oscuridad de la noche.
Ahora se sentía mejor. En las bolsas de la montura había provisiones, y montando en
una robusta yegua tenía muchas posibilidades de cruzar sin problemas las desoladas
tundras hasta llegar a las fronteras de Zamora.

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3. Hildico
Un profundo y torturado lamento llegó a sus oídos.
Conan tiró de las riendas para que la yegua se detuviera y miró a su alrededor con
recelo en la profunda oscuridad. Se le pusieron los pelos de punta por el terror
supersticioso que le producía el misterioso sonido. Luego se encogió de hombros y
lanzó un juramento. No se trataba de un fantasma nocturno ni de un espíritu macabro,
sino que era un grito de dolor. Eso quería decir que había un tercer sobreviviente de la
maldita batalla. Y si ese hombre estaba vivo, era de suponer que no había sido
despojado de sus pertenencias.
El bárbaro saltó del caballo y ató las riendas a los rayos de la rueda de un carro
destrozado. El grito provenía de la izquierda. Allí, en los límites del campo de batalla,
debía de haber un soldado herido que logró escapar del ojo avizor de los saqueadores.
Conan se dijo que quizá podría regresar a Zamora con una bolsa de piedras preciosas.
El cimmerio se acercó cojeando al lugar de donde provenía el trémulo lamento.
Apartó los espesos juncos que crecían en las orillas del lento río y descubrió una
pálida figura que se retorcía débilmente a sus pies. Era una muchacha.
Estaba tendida allí semidesnuda, con sus blancos brazos y piernas llenos de
heridas. La sangre coagulada que tenía en el pelo parecía cubrir su negra y rizada
cabellera de rubíes. La chica gemía en una especie de delirio y se percibía una
invisible angustia en sus brillantes ojos negros.
El cimmerio se quedó mirándola, apreciando casi distraídamente la grácil belleza
de su cuerpo y los redondeados, exuberantes y jóvenes pechos. Estaba perplejo. ¿Qué
hacía una chica como esta, casi una niña, en un campo de batalla? No tenía el aspecto
lúgubre, descarado y sucio de una ramera de la soldadesca. Su esbelta figura denotaba
buena cuna, e incluso nobleza. El bárbaro movió la cabeza desconcertado, agitando
su oscura melena. La joven se movió temblorosa a sus pies.
—El Corazón… el Corazón…, de Tammuz… ¡Oh, Señor! —exclamó suavemente
mientras movía inquieta su oscura cabeza de un lado a otro, balbuceando como bajo
los efectos de la fiebre.
Conan se encogió de hombros y sus ojos se velaron momentáneamente con lo
que, en el caso de otro hombre, habría sido una expresión de piedad. Está herida de
muerte —pensó con tristeza—, y alzó la espada para terminar con la agonía de la
desconocida.
Cuando la hoja se cernía sobre su blanco pecho, ella se quejó nuevamente
llorando como un niño en pena. La enorme espada se detuvo en el aire y el cimmerio
se quedó inmóvil por un instante, como una estatua de bronce.
Entonces, tomando una decisión súbita, volvió a envainar el sable y se inclinó
para levantar a la muchacha, que alzó sin esfuerzo con sus poderosos brazos. Ella
luchó ciegamente, sin fuerzas, gimiendo y protestando semiinconsciente.

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Cogiéndola con cuidado y ternura, el bárbaro avanzó cojeando hacia la orilla del
río cubierta de matorrales y la depositó suavemente sobre el seco lecho de juncos.
Luego llenó el hueco de sus manos con agua de río y mojó su blanco rostro para
limpiar sus heridas con la suavidad de una madre que lava a su hija.
Sus heridas parecían superficiales, meros rasguños, con excepción de un corte en
la ceja. E incluso este, aunque había sangrado abundantemente, no revestía gravedad.
Conan lanzó un gruñido de alivio mientras lavaba el rostro y la ceja de la muchacha
con agua fría y clara. Luego, alzando torpemente la cabeza de la moza y apoyándola
contra su pecho, le dio de beber vertiendo un poco de agua entre sus labios
entreabiertos. La desconocida jadeó, tosió un poco y volvió en sí, mirando a Conan
con ojos que parecían estrellas oscuras, velados por el desconcierto y con una sombra
de temor.
—¿Quién? ¡Ah… los murciélago!
—Ya se han ido, muchacha —dijo Conan con brusquedad—. No tienes nada que
temer. ¿Vienes de Yaralet?
—Sí…, sí… Pero ¿quién eres?
—Soy Conan el cimmerio. Pero ¿qué hace una chica como tú en un campo de
batalla? —preguntó el bárbaro.
Ella pareció no oír. Frunció un poco el ceño, como reflexionando, y repitió su
nombre a media voz.
—Conan… Conan… ¡Sí, ese era el nombre! Entonces alzó la vista y miró
asombrada el rostro moreno y lleno de cicatrices del cimmerio.
—Me han enviado para que te buscara. ¡Qué extraño que tú me encontraras a mí!
—¿Y quién te ha enviado, muchacha? —inquirió él con recelo.
—Soy Hildico, una brithunia esclava de la casa de Atalis el Vidente, que vive allí
en Yaralet. Mi amo me envió en secreto para que buscara entre los guerreros a Conan,
un mercenario de Cimmeria, y para que lo condujese hasta su casa de la ciudad por
un camino secreto. ¡Tú eres el hombre que busco!
—¿Sí? ¿Y qué quiere tu amo de mí?
La muchacha movió su oscura cabeza y dijo:
—¡No lo sé! Pero me pidió que te dijera que no te hará daño y que podrías
obtener mucho oro si vinieras.
—¿Oro, eh? —musitó pensativo el bárbaro mientras ayudaba a levantarse a la
moza sosteniéndola con su musculoso brazo al ver que ella se tambaleaba a causa de
la debilidad.
—Sí. Pero no llegué al campo de batalla a tiempo para verte antes de que
comenzara el combate. De modo que me escondí entre los juncos de la orilla para
evitar que me vieran los soldados. Y entonces… ¡los murciélagos! De repente estaban
en todas partes, abalanzándose sobre los caídos, matando… y en un momento un
jinete salió huyendo hacia los juncos y me arrolló sin darse cuenta…
—¿Qué ha sido del jinete?

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—Está muerto —respondió ella con un ligero temblor—. Un murciélago lo
levantó violentamente de la montura, lo desgarró y dejó caer su cuerpo muerto al río.
Yo me desmayé porque el caballo, presa de pánico, me golpeó…
La muchacha levantó una de sus pequeñas manos y la llevó a su ceja herida.
—Has tenido suerte de que no te matara —dijo Conan con un gruñido—. Bueno,
muchacha, iremos a ver a tu amo para ver lo que quiere de Conan… ¡y enterarme de
cómo sabe mi nombre!
—¿Vendrás conmigo, entonces? —preguntó ella casi sin aliento.
El bárbaro rio y, después de montar sobre la yegua negra, levantó a la muchacha
con sus poderosos brazos y la sentó delante de él.
—¡Sí! Estoy solo entre enemigos en una tierra extraña. Mi trabajo terminó al
quedar destruido el ejército de Bakra. ¿Por qué habría de tener escrúpulos en conocer
a un hombre que me ha escogido entre miles de guerreros y que además me ofrece
oro?
Cruzaron el río, que allí tenía poca profundidad, y atravesaron la llanura sombría
en dirección a Yaralet, el baluarte de Munthassem Khan. Y el corazón de Conan, que
nunca latía más contento que cuando se excitaba ante la promesa de la acción y la
aventura, cantó lleno de gozo.

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4. La casa de Atalis
Estaba teniendo lugar una extraña reunión en la pequeña habitación cubierta de
tapices de terciopelo e iluminada con velas de Atalis, a quienes algunos consideraban
un filósofo, otros un vidente y otros un bribón.
Este misterioso personaje era un hombre delgado de mediana estatura, con una
hermosa cabeza de facciones estéticas como las de los sabios y eruditos, si bien su
suave rostro de ojos agudos tenía algo de astuto mercader. Vestía un sencillo manto
de una tela de buena calidad y tenía la cabeza afeitada como muestra de su devoción
por el estudio y las artes. Hablaba en voz baja con su compañero, y si alguien lo
hubiera estado observando habría notado algo misterioso y extraño en él, pues Atalis,
al hablar, solo movía la mano izquierda. Tenía su diestra sobre el regazo en una
postura poco natural y, de vez en cuando, sus rasgos serenos e inteligentes se
contraían con un súbito y horroroso pasmo de dolor. Entonces su pie derecho, oculto
bajo su traje largo, se torcía hacia atrás en una contorsión atroz.
Su compañero era un personaje de Yaralet a quien la gente conocía y veneraba
como príncipe Than, descendiente de una antigua y noble familia turania. El príncipe
era un hombre alto, grácil, joven y muy atractivo. La firme y tersa línea de sus recios
miembros y la acerada frialdad de sus ojos grises contrastaban con la fatuidad de sus
ondulados y perfumados rizos y de su manto cubierto de piedras preciosas.
Al lado de Atalis, que estaba sentado en un sillón de respaldo alto de oscura
madera tallada en forma barroca, con gárgolas en relieve y rostros sonrientes, había
una pequeña mesa de ébano con incrustaciones de marfil. Encima de esta mesa había
un enorme trozo de cristal verde, del tamaño de una cabeza humana, que brillaba con
un extraño fulgor interior y de vez en cuando el filósofo interrumpía la conversación
para mirar con intensidad en el interior de la reluciente piedra.
—¿Lo encontrará la muchacha? ¿Y estará dispuesto a venir? —dijo el príncipe
Than con gesto desesperado.
—Vendrá —respondió Atalis.
—Pero a cada momento que pasa aumenta nuestro peligro. Incluso ahora
Munthassem Khan puede estar vigilándonos, y sería peligroso que nos viera juntos…
—Munthassem Khan está drogado con el loto del sueño, pues las Sombras de
Nergal estaban fuera a la hora del atardecer —dijo el filósofo—. ¡Y debemos correr
algún riesgo, si queremos liberar a la ciudad de este sanguinario y funesto individuo!
Su rostro se retorció en una mueca repugnante e involuntaria de intenso dolor, y
luego se volvió a serenar.
—Tú sabes, oh príncipe, que nos queda muy poco tiempo —dijo en tono lúgubre
—. ¡Los hombres desesperados toman medidas desesperadas!
El hermoso semblante del príncipe se contrajo súbitamente presa de pánico y se
volvió hacia Atalis con ojos sin vida y fríos como el mármol. Luego su rostro se

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volvió a animar y sus ojos se iluminaron. Se hundió en el sillón, pálido y sudoroso.
—¡Muy poco tiempo! —dijo casi sin aliento.
En ese instante sonó una suave campana en algún lugar de la oscura y silenciosa
casa de Atalis el Vidente. El filósofo levantó su mano izquierda para calmar el
involuntario estremecimiento del príncipe.
Poco después, una de las cortinas de terciopelo se descorrió y dejó ver una puerta
oculta. Y en el umbral, como una aparición sangrienta, se veía el cuerpo gigantesco
de Conan con la muchacha medio desmayada apoyada en su hombro.
El filósofo se levantó de un salto con un grito contenido y se dirigió hacia el
hosco cimmerio.
—¡Bienvenido… tres veces bienvenido, Conan! Ven, pasa. Aquí tienes vino… y
comida…
Señaló un taburete que había al lado de la pared de enfrente y cogió a la
extenuada muchacha de los brazos de Conan. Las ventanillas de la nariz del cimmerio
se ensancharon como las de un lobo hambriento al sentir el aroma de la comida; pero
al igual que un lobo estaba receloso y en guardia contra una posible trampa; sus
ardientes ojos azules examinaron al sonriente filósofo y al pálido príncipe, y luego
recorrieron atentamente cada uno de los rincones de la pequeña habitación.
—Cuida de la chica. Un caballo la arrolló, pero alcanzó a transmitirme tu mensaje
—dijo con un gruñido.
Luego, sin más ceremonias, cruzó la habitación, se sirvió una copa de vino de
intenso color rojo y lo bebió de un trago. Después arrancó una gruesa pata de ave
asada y la devoró con apetito. Atalis tiró de un cordón y entregó la muchacha a un
silencioso esclavo que apareció detrás de otra cortina como por arte de magia.
—Bueno, ¿de qué se trata? —inquirió el cimmerio tomando asiento en un banco y
haciendo una mueca por el dolor que le producía el muslo herido—. ¿Quién eres?
¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y qué quieres de mí?
—Ya tendremos tiempo de hablar más tarde —replicó Atalis—. Come, bebe y
descansa. Estás herido…
—¡Por Crom! ¡Nada de rodeos! Hablemos ahora.
—Está bien. ¡Pero permíteme limpiar y vendar tus heridas mientras hablamos!
El cimmerio se encogió de hombros con gesto impaciente y cedió de mala gana a
la solicitud del filósofo. Mientras Atalis pasaba una esponja por su muslo lastimado,
untaba la herida con un bálsamo perfumado y lo vendaba con una tira de tela limpia,
Conan aplacaba su hambre engullendo la sazonada carne fría y bebiendo grandes
tragos de vino.
—Yo te conozco aunque nunca nos hayamos visto —comenzó diciendo Atalis
con voz suave— gracias a mi cristal…, el que está allí, al lado del sillón. En su
interior puedo ver y oír a cien leguas de distancia.
—¿Magia? —espetó Conan agriamente, con el desprecio de los guerreros por
tales farsas mágicas.

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—Si quieres llamarlo así —dijo Atalis sonriendo zalamero—. Pero yo no soy un
brujo, sino un hombre en busca del conocimiento. Un filósofo, como me llaman
algunas personas.
Su sonrisa se convirtió en una terrible mueca de dolor. Conan observó
impresionado cómo el filósofo se tambaleaba mientras su pie se retorcía
violentamente.
—¡Por Crom! ¿Estás enfermo? —preguntó.
Casi sin aliento por el dolor, Atalis se hundió en el sillón de respaldo alto y dijo:
—No estoy enfermo…, sino maldito por ese demonio que nos gobierna con un
cetro infernal y mágico…
—¿Munthassem Khan?
Atalis asintió con un movimiento de la cabeza y agregó:
—El hecho de no ser brujo me ha salvado la vida… hasta ahora. Pues el sátrapa
mató a todos los magos y hechiceros de Yaralet, y a mí me dejó con vida por ser un
humilde filósofo. Sin embargo, sospecha que yo sé algo acerca de las Artes Negras y
me ha condenado a este castigo mortal que debilita mi cuerpo y me tortura los
nervios, y ha de terminar en una convulsión mortal dentro de muy poco tiempo.
Atalis señaló el brazo retorcido que estaba cruzado en una postura anormal sobre
su regazo.
—Yo también he recibido la maldición de ese ser infernal, pues soy el que sigue a
Munthassem Khan en el linaje y él cree que deseo destronarle —dijo el príncipe Than
mirando a Conan con ojos extraviados—. ¡A mí me tortura de otra manera: con una
enfermedad del cerebro… que me provoca unos espasmos que me ciegan por
momentos… y que terminarán por devorar mi cerebro y me impedirán pensar,
dejándome ciego y convirtiéndome en una piltrafa sollozante!
—¡Por Crom! —maldijo el cimmerio en voz baja.
—¡Tú eres nuestra única esperanza! ¡Solo tú puedes salvar a nuestra ciudad de
ese demonio maligno que nos atormenta! —exclamó el filósofo gesticulando
expresivamente.
Conan lo miró con ojos inexpresivos y preguntó:
—¿Yo? ¡Pero si no soy mago! Todo lo que puede hacer un guerrero con el frío
acero, yo soy capaz de hacerlo, pero ¿cómo podría combatir estos demoníacos
hechizos?
—Escucha, Conan de Cimmeria. Voy a contarte una extraña y espantosa
historia…

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5. La Mano de Nergal
—En la ciudad de Yaralet —dijo Atalis—, cuando cae la noche, la gente cierra las
ventanas, corre los cerrojos de las puertas y se sienta detrás de estas barreras
temblando y rezando aterrorizada; encienden velas a los dioses de los lares hasta que
la clara y nítida luz del alba ilumina las torres de la ciudad con un fuego vivo que se
recorta contra el pálido cielo.
»No hay arqueros que cuiden las puertas de las murallas. Ni guardias que recorran
las calles solitarias. Ningún ladrón se atreve a entrar en los tortuosos pasadizos, ni las
mujerzuelas pintarrajeadas sonríen ni hacen señas provocativas desde las sombras.
Porque en Yaralet, tanto los bribones como las personas decentes huyen de las
sombras de la noche: los ladrones, mendigos, asesinos y las mozas engalanadas
buscan refugio en los malolientes tugurios y en las tabernas semiiluminadas. Desde el
crepúsculo hasta el alba, Yaralet es una ciudad silenciosa de oscuras calles vacías y
desoladas.
»No siempre ha sido así. En una época, esta era una ciudad brillante y próspera de
intenso comercio, con tiendas y mercados llenos de gente feliz que vivía bajo la
férrea mano de un sátrapa sabio y bondadoso: Munthassem Khan. Él les cobraba
impuestos moderados y gobernaba con justicia y piedad, ocupándose de su colección
privada de antigüedades y del estudio de esos objetos antiguos que atraían su mente
aguda e inquisitiva. Las lentas caravanas de camellos que llegaban por la Puerta del
Desierto siempre llevaban, entre los mercaderes, algunos agentes del sátrapa que iban
en busca de objetos raros y curiosos que adquirían para el museo privado de su amo.
»Luego cambió y una terrible sombra se abatió sobre Yaralet. El sátrapa parecía
estar bajo el poderoso influjo de un hechizo maligno. Dejó de ser afable y bondadoso
y se convirtió en un ser cruel; de ser generoso pasó a ser avaro y codicioso; ya no era
justo y compasivo, sino que se volvió reservado, tiránico y violento.
»De pronto los guardias de la ciudad comenzaron a detener a ciudadanos —
aristócratas, ricos mercaderes, sacerdotes y magos— que desaparecían en los pozos
que se encuentran debajo del palacio del sátrapa y nadie los volvía a ver jamás.
»Algunas personas comentaban que una caravana del lejano sur le había traído
algo procedente de las demoníacas tierras de Estigia. Pocos pudieron verlo y uno de
ellos dijo temblando que ese objeto tenía tallados unos jeroglíficos extraños e
indescifrables similares a los que hay en las polvorientas tumbas de Estigia. Parece
ser que ese objeto hechizó con un influjo maligno al sátrapa y le otorgó asombrosos
poderes de magia negra. Fuerzas ignotas le protegían de los desesperados patriotas
que intentaban asesinarlo. En las ventanas de una elevada torre de su palacio
brillaban extrañas luces de color púrpura y allí —murmuraba la gente— había
convertido una habitación vacía en un siniestro templo dedicado a un dios oscuro y
sangriento.

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»Por la noche, el terror invadía las calles de Yaralet como invocado desde el reino
de la muerte por alguna fuerza impresionante e infernal.
»Nadie sabía exactamente qué es lo que temían por la noche. Pero no era una
fantasía vana aquello de lo que se protegían atrancando puertas y cerrando ventanas.
Algunos aludían a ciertas figuras furtivas, semejantes a murciélagos que veían a
través de las ventanas cerradas… Hablaban de sombríos engendros de un horror
desconocido que revoloteaba trayendo la locura. Se contaban historias de puertas
destrozadas por la noche, de gritos y alaridos repentinos y sobrenaturales lanzados
por gargantas humanas… seguidos de un silencio significativo y total. Y osaban
contar que al salir el sol esas casas de puertas rotas aparecían repentina e
inexplicablemente vacías.
El objeto procedente de Estigia era la Mano de Nergal.
—Esa Mano —dijo Atalis con suavidad— tiene el aspecto de una garra tallada en
marfil antiguo lleno de extraños jeroglíficos grabados en una lengua olvidada. Las
garras sostienen una esfera de cristal opaco y oscuro. Yo sé que el sátrapa tiene ese
objeto, pues lo he visto allí —agregó señalando el cristal—. Porque aunque yo no sea
un mago, he aprendido algunas Artes Oscuras.
—¿Y qué sabes de esa Mano? —preguntó Conan moviéndose inquieto en su
asiento.
—¿Qué sé de ella? ¡Oh, sí! Hay libros antiguos que la mencionan —dijo Atalis
con una sonrisa forzada—, y hablan de la oscura leyenda de su historia sangrienta. El
adivino ciego que escribió el Libro de Suelos la conocía muy bien… La llamaban
estremecidos la Mano de Nergal. Dicen que cayó de las estrellas en las islas del
poniente en el extremo occidental muchos milenios antes de que el rey Kull reuniera
los Siete Imperios bajo su estandarte. ¡Pasaron muchísimos siglos desde que los
primeros pescadores pictos extrajeron la Mano de las profundidades del océano y
contemplaron maravillados sus sombríos reflejos! Ellos la vendieron a unos
codiciosos mercaderes de Atlantis, y desde allí llegó a oriente después de cruzar todo
el mundo. Los ancianos y barbudos magos de la antigua Thule y del oscuro Grondar
sondearon sus misterios en las torres de color púrpura y plata. Los hombres-serpiente
de la sombría Valusia escrutaron su reluciente interior. Con esa Mano Kom-Massot
subyugó a los Treinta Reyes hasta que esta se volvió contra él y le dio muerte. Porque
el Libro de Suelos dice que la Mano otorga dos dones a quien la posee: primero, un
poder sin límites, y luego la muerte inexorable.
Se oía la voz serena del filósofo en la silenciosa habitación, pero el guerrero de
negra cabellera creyó oír, como en sueños, el apagado eco de carros de combate, el
sonido metálico del acero, el grito de reyes atormentados ahogados por el estrépito de
imperios que se desmoronaban…
—Cuando todo el mundo antiguo fue destruido por el Cataclismo y el verde mar
inundó con sus agitadas aguas las destrozadas torres de la perdida Atlantis y cuando
las naciones se hundieron convirtiéndose en una ruina ensangrentada, los hombres

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ignoraban la existencia de la Mano. Durante tres mil años estuvo abandonada y no
ejerció su poder, pero cuando despertaron y emergieron lentamente del marasmo de la
barbarie los jóvenes reinos de Moth y de Ofir, el talismán volvió a ser encontrado.
Los oscuros reyes-brujos de Aquerón sondearon sus misterios y secretos y cuando los
codiciosos hiborios pusieron a ese reino cruel bajo su yugo, la Mano pasó al sur, a la
polvorienta Estigia, donde los sangrientos y perversos sacerdotes de esa oscura tierra
la utilizaron para sus terribles propósitos en ritos de los que no me atrevo a hablar.
Cuando uno de los hechiceros de tez morena fue asesinado, la Mano fue enterrada
con él y su poder volvió a apagarse durante siglos…, pero hace poco unos ladrones
de tumbas volvieron a desenterrar la Mano de Nergal, que cayó en poder de
Munthassem Khan. La tentación del poder absoluto y total inherente a todos los
hombres le ha corrompido como a muchos otros que habían caído antes que él bajo el
nefasto influjo de su hechizo. Y ahora temo, cimmerio, porque todas estas tierras
están bajo el poder de la Mano del Demonio y las fuerzas de las tinieblas rondan por
la tierra una vez más…
La voz de Atalis se desvaneció hasta convertirse en un susurro, y Conan dijo
irritado y molesto:
—Bueno…, pero, por Crom, ¿qué tengo yo que ver con todo eso?
—¡Tú eres el único que puede destruir la influencia maligna que ejerce el
talismán sobre la mente del sátrapa!
—¿Cómo? —preguntó Conan con los ardientes ojos azules muy abiertos.
—Tú eres el único que posee el amuleto capaz de neutralizar la influencia de ese
talismán.
—¿Yo? ¡Estás loco…; yo no me ocupo de amuletos ni de basuras mágicas
semejantes!
Atalis le hizo callar con un movimiento de la mano.
—¿Acaso no has encontrado un extraño objeto de oro antes de la batalla? —le
preguntó con suavidad. Conan le miró sorprendido.
—Sí, lo encontré en Bahari anoche, cuando estábamos en el campamento… —
repuso metiendo la mano en su bolsa y extrayendo la pulida y reluciente piedra.
El filósofo y el príncipe se miraron conteniendo la respiración.
—¡El Corazón de Tammuz! ¡Sí, el mismísimo antitalismán!
Tenía forma de corazón y el tamaño de un puño de niño; estaba hecha de ámbar
dorado o tal vez de un jade amarillo poco corriente. Allí estaba, en la mano del
cimmerio, brillando con un tenue fulgor, y este recordó con un escalofrío de espanto
cómo el intenso calor curativo y estremecedor de la piedra había expulsado de su
cuerpo el frío sobrenatural que le había provocado la extraña figura sombría con alas
de murciélago.
—¡Ven, Conan! Te acompañaremos. Hay un pasadizo secreto que va directamente
de esta habitación al salón del sátrapa; se trata de un túnel subterráneo semejante a
aquel por el que mi esclava Hildico te condujo bajo las calles de la ciudad hasta llegar

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a mi casa. Tú, protegido por el Corazón, debes dar muerte a Munthassem Khan, o
destruir la Mano de Nergal. No hay ningún peligro, porque él se encuentra en un
letargo mágico en el que cae cada vez que necesita invocar a las Sombras de Nergal,
como ha hecho esta noche para aniquilar al ejército turanio del rey Yildiz. ¡Vamos!
Conan se acercó a la mesa y bebió hasta la última gota de vino. Luego,
encogiéndose de hombros, lanzó un juramento en voz baja invocando a Crom, y fue
tras el filósofo cojo y el príncipe esbelto hacia una oscura puerta que había detrás de
un tapiz.
Cuando se hubieron marchado, la habitación quedó vacía y silenciosa como una
tumba, y esta quietud solo era interrumpida por las vacilantes luces del interior del
cristal verde que estaba junto al sillón. En su interior podía ver la pequeña figura de
Munthassem Khan durmiendo drogado en su imponente salón.

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6. El Corazón de Tammuz
Avanzaron por un oscuro pasadizo interminable. Del cielo raso del túnel
excavado en la roca goteaba agua y de vez en cuando los ojos rojos de las ratas los
miraban centelleantes desde el suelo, y luego los pequeños animales se alejaban
corriendo de los extraños seres que invadían sus dominios subterráneos con chillidos
irritados.
Atalis iba primero tanteando con su mano sana las húmedas y desparejas paredes
de la caverna.
—Yo nunca te habría asignado esta tarea, mi joven amigo —susurró—. Pero el
Corazón de Tammuz ha caído en tus manos y veo en ello una señal del destino, un
presagio. Existe una armonía de los contrarios, como la fuerza del Poder de las
Tinieblas simbolizadas por «Nergal» y el Poder de la Luz que llamamos «Tammuz».
El Corazón ha despertado y alguna fuerza desconocida por nosotros hizo que fuera
encontrado, porque la Mano también estaba despierta y ejercía su temible poder. Por
ello te encomiendo esta tarea, porque los Poderes parecen haberte elegido para esto…
¡Silencio! Ya estamos debajo del palacio. Casi hemos llegado…
Avanzó unos pasos y palpó con gesto delicado la tosca superficie de la roca que
estaba al final del pasadizo. La enorme piedra giró silenciosamente a un lado sobre
goznes ocultos y la luz iluminó a los tres hombres.
Se encontraban en el extremo de un enorme salón lleno de sombras cuyo elevado
techo abovedado se perdía en la oscuridad. En el centro de la sala, que estaba vacía
con excepción de varias filas de enormes columnas, había un estrado cuadrado y
encima de él había un imponente trono de mármol negro, y sobre el trono se
hallaba… Munthassem Khan.
Era un hombre de mediana edad, pero estaba deteriorado y demacrado, y era muy
delgado. Era blanco como el papel, su piel tenía aspecto enfermizo y estaba arrugada
sobre un cráneo que parecía una calavera, en el que se veían unos ojos hundidos
oscurecidos por unos círculos negros. Estaba tumbado sobre el trono y sostenía una
vara de marfil que parecía un cetro apretado contra el pecho. Su extremo tenía la
forma de la garra de un demonio que sostenía un cristal opaco que latía como un
corazón vivo y emitía pequeños destellos. Junto al trono, un brasero de cobre
despedía un incienso con efectos narcóticos; se trataba del loto del sueño cuyos
vapores otorgaban al brujo el poder de liberar los sombríos demonios de Nergal.
Atalis tiró del brazo de Conan y le dijo:
—¡Mira, todavía duerme! El Corazón te protegerá. ¡Quítale la Mano de marfil y
todo su poder habrá desaparecido!
Conan asintió con un gruñido reticente y comenzó a avanzar con la espada en la
mano. Había algo en todo esto que no le gustaba nada. Parecía demasiado fácil…
—¡Ah, señores, os estaba esperando!

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Munthassem Khan les sonrió desde su trono y ellos se quedaron paralizados de
asombro. Su rostro era afable, pero en sus ojos mórbidos llameaba una furia
demencial. Levantó el cetro de marfil que le otorgaba poderes, hizo un ademán…
Las luces titilaron misteriosamente. Y de pronto, el vidente lanzó un grito
aterrador. Sus músculos se contrajeron en un espasmo de dolor insoportable y cayó
hacia adelante sobre las losas de mármol, retorciéndose de dolor.
—¡Por Crom!
El príncipe Than desenvainó su espadín, pero un nuevo ademán de la Mano
mágica lo detuvo. Sus ojos se volvieron inexpresivos y parecían muertos. Un sudor
frío le cubrió el pálido rostro. Lanzó un alarido y cayó de rodillas, arañándose
frenéticamente la cara mientras le atravesaban punzadas de un dolor enceguecedor
por el cerebro.
—¡Y ahora tú, mi joven bárbaro!
Conan dio un salto con la rapidez de una pantera y antes de que Munthassem
Khan atinara a moverse se encontraba en el primer peldaño del estrado. Su espada
brilló en el aire, se tambaleó y cayó de sus manos inertes. Una ola helada que
provenía de la turbia gema que había dentro de la garra de marfil entumecía sus
brazos y piernas. Conan se quedó sin aliento.
La mirada ardiente se clavó en los ojos del bárbaro. El rostro cadavérico lanzó un
espantoso remedo de risa.
—¡El Corazón protege, es verdad…! ¡Pero solo a quien sabe cómo invocar su
poder! —dijo el sátrapa riendo mientras Conan luchaba por infundir nuevas fuerzas a
sus yertos miembros.
Conan apretó los dientes y luchó denodadamente contra la onda gélida y la fétida
oscuridad que surgía en forma de rayos negros del cristal demoníaco y que
obnubilaba poco a poco su mente. Sus fuerzas lo abandonaban de la misma manera
que el vino se derrama por la raja de un pellejo. Cayó de rodillas y se desplomó a los
pies del estrado. Sintió que su consciencia quedaba reducida a un diminuto y solitario
punto luminoso perdido en un vasto abismo de oscuridad. La última chispa de
voluntad vaciló como la llama de una vela en un vendaval. Desesperanzado, pero
manteniendo la fiera e indomable decisión de su raza salvaje, Conan siguió
luchando…

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7. El Corazón y la Mano
Se oyó un grito de mujer. Munthassem Khan saltó de su asiento al oír aquel
sonido inesperado. Su atención se desvió de Conan y, en ese breve instante, la figura
blanca y esbelta de una muchacha desnuda con brillantes ojos oscuros y un torrente
de rizos negros cruzó rápidamente el salón desde las sombras de una columna situada
a un lado del desvalido cimmerio.
En medio de la confusión de su mente, Conan alcanzó a verla. ¿Era Hildico?
Rápida como el pensamiento, la muchacha se arrodilló a su lado. Su mano hurgó
en la bolsa y extrajo el Corazón de Tammuz. Se puso de pie de un salto ágil y arrojó
el antitalismán contra Munthassem Khan.
La piedra le dio justamente entre los ojos con un ruido sordo, pero audible. La
mirada del sátrapa se veló y el hechicero se desplomó como si no tuviera huesos en el
mullido abrazo de su trono negro. La Mano de Nergal resbaló de sus dedos exangües
y sonó contra el suelo de mármol con ruido metálico.
En el preciso instante en que el talismán cayó de la mano del sátrapa, desapareció
el hechizo que mantenía a Atalis y al príncipe Than en una telaraña de dolor. Aunque
estaban pálidos, temblorosos y exhaustos, seguían vivos. Y la poderosa fuerza de
Conan retornó a su cuerpo tendido. Se puso en pie de un salto y lanzó un juramento.
Con una mano cogió a Hildico por un hombro y la apartó del posible peligro,
mientras con la otra recogía su espada del suelo de mármol. Estaba preparado para el
ataque.
Pero se detuvo, parpadeando lleno de asombro. A ambos lados del cuerpo del
sátrapa se hallaban los dos talismanes, y de ellos surgían ondas de fuerzas
misteriosas.
La Mano de Nergal emitía un oscuro fulgor maligno, como el brillo del ébano
pulido. Apestaba como el infierno y era frío como el gélido abismo sideral. Ante su
avance sutil, el resplandor naranja de las antorchas se debilitó. El fulgor oscuro
aumentó, bordeado de ondulantes tentáculos de radiante oscuridad.
Pero una aureola de gloria dorada daba mayor intensidad al brillo del Corazón de
Tammuz, que se elevó formando una nube de un deslumbrante fuego ambarino.
Emanaba de él el calor de miles de fuentes cálidas, contrarrestando el frío glacial, y
unos rayos de intensa luz dorada cortaban el halo oscuro de Nergal. Las dos fuerzas
cósmicas se enfrentaron y lucharon. Conan se alejó reticente de esta batalla de dioses
para reunirse con sus temblorosos compañeros. Permaneció junto a ellos observando
aterrado el inenarrable conflicto. El cuerpo desnudo de Hildico se acurrucó
temblando en el hueco de su brazo.
—¿Cómo llegaste hasta aquí, muchacha? —le preguntó el bárbaro.
—Me desperté, recobré mi consciencia y me dirigí a la habitación de mi señor
hallándola vacía —dijo ella con una sonrisa triste y ojos asustados—. En el cristal del

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vientre de mi amo pude ver vuestra entrada en el salón del sátrapa y vi que este se
despertó y se enfrentó a vosotros. Yo…, yo seguí mirando… y vi que estabais en su
poder, y entonces lo arriesgué todo por el Corazón.
—Es una suerte que lo hicieras —reconoció Conan con gesto adusto.
En ese momento Atalis le oprimió el brazo.
—¡Mira!
La nube dorada de Tammuz era ahora una figura gigantesca y deslumbrante que
irradiaba un brillo enceguecedor, con forma apenas humana pero de un tamaño
imponente, semejante a los colosos tallados en piedra por manos desconocidas en las
tierras de Shem.
La oscura figura de Nergal también adquiría dimensiones gigantescas. Ahora se
había convertido en una cosa enorme, oscura, brutal, pesada y deforme que se parecía
más a un prodigioso simio que a un hombre. En su cabeza bestial centelleaban con un
fuego maligno dos ojos rasgados de color verde como estrellas de esmeralda.
Las dos fuerzas se acercaron con un estruendo estremecedor, como el de dos
mundos en colisión. Hasta las paredes temblaron ante la violencia del choque. Algún
sentido semiolvidado dentro de su cuerpo les dijo a los cuatro presentes que allí se
enfrentaban dos fuerzas titánicas y cósmicas. El aire estaba saturado con el amargo
hedor del ozono. Grandes chispas de un fuego eléctrico crepitaban y estallaban con
furia, mientras el dios dorado y el sombrío demonio medían sus fuerzas.
Rayos de un resplandor insoportable atravesaron la sombría figura que luchaba.
Centellas de glorioso brillo la rasgaron convirtiéndola en jirones de vacilante
oscuridad. Por un instante, la oscura telaraña envolvió y empañó a la figura dorada y
brillante, pero solo por un momento. Luego se oyó otro trueno como si la tierra
estuviera temblando, y la figura negra se disolvió en el abrazo mortal de la figura de
brillo enceguecedor, y desapareció sin dejar rastro. Por un momento la figura
luminosa se cernió sobre el estrado y lo consumió como si fuera una pira funeraria, y
enseguida desapareció también.
Luego reinó el silencio en la impresionante sala de Munthassem Khan. Los dos
talismanes habían desaparecido del estrado; nadie supo si quedaron reducidos a
minúsculos átomos por la violencia de las fuerzas cósmicas allí liberadas, o si fueron
transportados a algún lugar remoto en espera de que volvieran a ser despertados los
seres que simbolizaban y contenían.
¿Y el cuerpo que se encontraba sobre el estrado? Nada quedaba de él, salvo un
puñado de cenizas.
—El corazón siempre es más fuerte que la mano —dijo Atalis con suavidad, en
medio de un silencio total.

Conan puso las riendas al negro corcel con mano dura pero maestra. El animal
tembló, impaciente por partir, y sus cascos resonaron en el empedrado. El muchacho

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sonrió y el entusiasmo del bárbaro pareció contagiar a la soberbia yegua. Un amplio
manto de seda color escarlata caía de sus anchos hombros, y su cota de malla
plateada brilló a la luz del día.
—Entonces, ¿estás decidido a dejarnos, Conan? —preguntó el príncipe Than,
resplandeciente con su nuevo atuendo de sátrapa de Yaralet.
—¡Sí! El puesto del sátrapa es demasiado tranquilo, y yo deseo tomar parte en
esta nueva ofensiva que el rey Yildiz está lanzando contra las tribus de las montañas.
¡Con una semana de inacción me he hartado de paz! De modo que… ¡adiós, Than;
adiós, Atalis!
El bárbaro agitó con fuerza las riendas y la yegua negra salió al galope del patio
de la casa del vidente, mientras Atalis y el príncipe le despedían con gesto benigno.
—Es extraño que un mercenario como Conan acepte menos recompensa de la que
puede obtener —comentó el nuevo sátrapa—. Le he ofrecido un cofre lleno de oro,
que le hubiera bastado para vivir cómodamente el resto de su vida, pero él solo cogió
una pequeña bolsa, el caballo que encontró en el campo de batalla, unas armas y
algunos trajes. Dijo que llevar demasiado oro entorpecería su marcha.
Atalis se encogió de hombros y sonrió, señalando el extremo del patio. Una
esbelta muchacha brithunia de larga y rizada cabellera apareció en el umbral de la
puerta. Se acercó a Conan, que hizo detener a la yegua y se inclinó para hablar con
ella. Después de intercambiar algunas palabras, cogió a la moza por la cintura, la
levantó y la sentó delante de él en la montura. Ella se sentó de lado, rodeó con sus
brazos el fornido torso del cimmerio y apoyó la cabeza en su pecho.
Conan dio media vuelta, agitó sonriendo uno de sus musculosos brazos a modo de
despedida y partió con la grácil muchacha aferrada a él.
Atalis se rio en voz baja y dijo:
—Algunos hombres luchan por algo más que por un simple cofre de oro.

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La ciudad de las calaveras
Lin Carter & L. Sprague de Camp, 1967

Conan permanece al servicio del rey de Turan durante unos dos años, y se
conviene en un experto jinete y arquero. Viaja por los inmensos desiertos,
montañas y selvas de Hirkania y llega hasta las fronteras de Khitai. Uno de
estos viajes lo lleva al fabuloso reino de Meru, una tierra relativamente
desconocida que se encuentra entre Vendhia, por el sur, Hirkania al norte al
este, y Khitai en el este.

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1. Nieve roja
Aullando como lobos, una horda de guerreros achaparrados y de piel oscura atacó
a las tropas turanias desde las laderas de los montes Talakmas, donde las colinas se
convertían en las vastas y áridas estepas de Hirkania. El ataque se produjo al
atardecer. El horizonte occidental aparecía cubierto de banderas de color escarlata,
mientras que hacia el sur, el sol ya oculto teñía de rojo la nieve de los picos más altos.
Durante quince días, el destacamento de turanios que hacía de escolta había
avanzado por la llanura y, tras vadear las heladas aguas del río Zaporosko, se
aventuró cada vez más en las ilimitadas planicies de oriente. Luego, sin la menor
señal, llegó el ataque.
Conan sostuvo el cuerpo del teniente Hormaz cuando este se desplomó del
caballo con una flecha de pluma negra clavada en la garganta. Depositó el cadáver en
el suelo y lanzando una maldición desenvainó la espada y se unió a sus camaradas
para enfrentarse al ataque de la horda vociferante. Durante casi un mes había
cabalgado por las polvorientas llanuras hirkanias formando parte del destacamento.
Hacía tiempo que se sentía hastiado de la monotonía, y ahora su espíritu bárbaro
anhelaba alguna acción violenta para disipar el tedio.
La hoja de su sable chocó con la dorada cimitarra del jinete enemigo más
próximo con una fuerza tan aterradora que la espada del otro se quebró cerca de la
empuñadura. Enseñando los dientes como un tigre, Conan blandió su espada y de un
violento revés atravesó el vientre del pequeño guerrero patizambo. Aullando como un
alma en pena en el ardiente suelo del Infierno, su contrincante cayó al suelo tiñendo
la nieve de sangre.
Conan, montado a caballo, giró sobre su cintura para detener otra espada con su
escudo. Al tiempo que apartaba de un golpe el sable del enemigo, dirigió la punta de
su arma directamente al rostro amarillento de ojos rasgados que tenía enfrente, y vio
cómo este se convertía en una mancha roja de carne destrozada.
Ahora los atacantes les llevaban ventaja. Decenas de hombrecillos de tez morena
con fantásticas corazas de cuero pintado con laca, con bordes dorados y brillantes
piedras preciosas, los asaltaron con demoníaco frenesí. Los arcos vibraban, las lanzas
chasqueaban y las espadas trazaban remolinos y sonaban con ruido metálico.
Más allá del cerco de los atacantes, Conan vio a su camarada Juma, un negro
gigantesco de Kush, que luchaba a pie porque su caballo había caído bajo una flecha
al primer embate. El kushita había perdido su gorro de piel, por lo que quedaba al
descubierto el pendiente dorado que colgaba de una de sus orejas y brillaba bajo la
pálida luz. Pero le quedaba la lanza, con la que ensartó a tres de sus corpulentos
atacantes, a quienes hizo caer de sus monturas, uno tras otro.
Más allá de donde se encontraba Juma, y a la cabeza de la columna de la tropa del
rey Yildiz, constituida por sus mejores hombres, el príncipe Ardashir, comandante del

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destacamento, daba órdenes con voz tronante, sentado encima de su brioso corcel.
Hacía avanzar y retroceder a su caballo para mantenerse entre el enemigo y la litera
tirada por caballos en la que iba Zosara, la hija de Yildiz. La tropa escoltaba a la
princesa, que se dirigía al lugar de la boda con Kujula, el Gran Khan de los nómadas
kuigar.
En el momento en que Conan lo estaba mirando, vio que el príncipe Ardashir se
llevó una mano al pecho cubierto de un manto de pieles. Como por arte de magia, una
flecha negra parecía haber brotado súbitamente de la colla de su armadura enjoyada.
El príncipe hizo un gesto para arrancar la flecha y luego, rígido como una estatua, se
desplomó del caballo y su casco incrustado de joyas cayó sobre la nieve manchada de
sangre.
A continuación Conan estuvo demasiado ocupado para ver lo que sucedía a su
alrededor, exceptuando a sus vociferantes enemigos que atacaban dando alaridos.
Aunque aún era joven, el cimmerio ya medía casi dos metros de altura, por lo que los
morenos atacantes parecían enanos a su lado. Mientras daban vueltas estrechando el
círculo a su alrededor, parecían una manada de sabuesos tratando de abatir a un
majestuoso tigre.
La batalla continuaba en la ladera de la colina, y los soldados parecían hojas
muertas que se arremolinaban por el impulso de una ráfaga otoñal. Los caballos
golpeaban el suelo con sus patas, se encabritaban y relinchaban; los hombres
acuchillaban, maldecían y gritaban. Aquí y allá se veía a dos hombres que se habían
bajado de los caballos y continuaban la batalla a pie. Los cadáveres de hombres y
caballos yacían en el barro removido y sobre la nieve pisoteada.
Conan sintió que un rojo velo de furia le nublaba la vista y blandió su espada
curva con energía incontenible. Habría preferido una de esas espadas rectas de
occidente, a las que estaba más habituado. Pero a pesar de ello, desde los primeros
momentos de la batalla, hizo estragos con aquella espada. En su mano rápida como la
luz, la brillante hoja de acero dibujaba una reluciente telaraña de muerte a su
alrededor. Al menos nueve hombrecillos vestidos de cuero se habían aventurado en
ese círculo y habían caído de sus caballos decapitados o con las entrañas al aire.
Mientras luchaba, el fornido cimmerio entonaba el salvaje cántico de guerra de su
primitiva tribu, pero pronto se dio cuenta de que necesitaba hasta el último aliento,
pues la batalla aumentaba en intensidad.
Tan solo siete meses antes, Conan había sido el único sobreviviente de la
malograda expedición de castigo que el rey Yildiz enviara contra Munthassem Khan,
un sátrapa rebelde del norte de Turan. Con la ayuda de la magia negra, el sátrapa
había aniquilado a las fuerzas enviadas para luchar contra él. Él creía haber matado a
todo el ejército hostil, desde el noble general Bakra de Akif, hasta el último de los
soldados mercenarios de a pie. Únicamente había sobrevivido el joven bárbaro, que
consiguió entrar en la ciudad de Yaralet, sojuzgada bajo el yugo del hechicero loco, y
volvió la maldición contra Munthassem Khan.

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Al regresar triunfante de Aghrapur, la resplandeciente capital turania, Conan
recibió como recompensa un puesto en la guardia de honor. Al principio tuvo que
soportar las burlas de sus compañeros de armas por su torpeza como jinete y su
mediocre manejo del arco. Pero las bromas pronto cesaron cuando los demás guardias
se dieron cuenta de que era preferible no provocar las iras de Conan ni sus poderosos
puños como martillos, y a medida que su destreza como jinete y como arquero
aumentó con la práctica.
Ahora Conan comenzaba a preguntarse si esta expedición podría considerarse
realmente como una recompensa. El ligero escudo de cuero que sostenía en su brazo
izquierdo estaba hecho una ruina, por lo que tuvo que desecharlo. En ese momento
una flecha se hundió en el anca del caballo. El animal lanzó un fuerte relincho, bajó
la cabeza y se levantó en dos patas; Conan salió despedido hacia adelante, y el
caballo se desbocó y desapareció.
Golpeado y maltrecho, el cimmerio se levantó a duras penas y continuó luchando
a pie. Las cimitarras de sus enemigos desgarraron su manto y abrieron algunas
brechas en su cota de malla y en el jubón de cuero que llevaba debajo, y Conan
comenzó a sangrar por una decena de heridas superficiales.
Pero el bárbaro continuó luchando, enseñando los dientes en una sonrisa
implacable, con los ojos lanzando destellos volcánicos de color azul, la cara
congestionada y su negra melena al viento. Uno a uno fueron cayendo sus
compañeros hasta que quedaron solamente él y el gigante negro Juma. El kushita
daba alaridos salvajes mientras blandía el extremo roto de su lanza como si fuera una
maza.
Entonces algo que le pareció un martillo se alzó en medio de la roja bruma de
furia enloquecida que nublaba la mente de Conan, y un pesado mandoble lo golpeó
en la cabeza, abollando su casco puntiagudo y aplastando el metal contra su sien. Sus
rodillas se doblaron y cedieron. Lo último que oyó fue el grito agudo y desesperado
de la princesa cuando los achaparrados y sonrientes guerreros la tiraron de su
palanquín y la arrojaron a la nieve teñida de rojo que cubría la ladera de la montaña.
En seguida Conan cayó de bruces y perdió el conocimiento.

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2. La Copa de los Dioses
Un millar de demonios rojos golpeaban la cabeza de Conan con martillos y su
cráneo resonaba como si fuera un yunque al rojo vivo. Cuando fue saliendo de su
inconsciencia, el cimmerio se encontró apoyado en el poderoso hombro de su
camarada Juma, que sonrió al ver que recobraba el sentido y lo ayudó a ponerse en
pie. Aunque le dolía terriblemente la cabeza, Conan notó que tenía fuerzas suficientes
para mantenerse erguido. Luego miró desconcertado a su alrededor.
Solamente él, Juma y la princesa habían sobrevivido. Todos los demás —
incluyendo a la doncella de Zosara, muerta por una flecha— se habían convertido en
alimento de los feroces lobos grises de la etapa hirkania. Se encontraban en la ladera
norte de los montes Talakmas, varias leguas al sur del campo de batalla. Los
rodeaban unos robustos guerreros de tez morena vestidos de cuero, muchos de ellos
cubiertos con vendajes. Conan notó que tenía las muñecas sujetas con grilletes de los
que colgaban macizas cadenas de hierro. La princesa, que llevaba pantalones y un
abrigo de seda, también estaba esposada, pero sus cadenas y grilletes eran mucho más
ligeros y parecían estar hechos de plata maciza.
Juma también estaba encadenado, y en él se centraba mayormente la atención de
sus captores. Estos se amontonaban alrededor del kushita, le tocaban la piel y luego
se miraban los dedos para ver si se despintaba. Uno incluso humedeció un trozo de
tela en la nieve y luego lo frotó en el dorso de la mano de Juma. El kushita los miraba
y sonreía.
—Jamás deben de haber visto a un negro —le dijo a Conan.
El comandante de las tropas vencedoras dio una orden y sus hombres montaron
en sus caballos. La princesa fue devuelta a su litera. El comandante dijo a Conan y a
Juma, en lengua hirkania mal hablada:
—¡Vosotros dos! ¡Caminad!
Así lo hicieron, con las lanzas de los azweri —que era como se llamaban sus
captores— hostigándoles con frecuentes pinchazos en la espalda. La litera de la
princesa se balanceaba entre dos caballos en el centro de la columna. Conan observó
que el comandante de los azweri trataba a Zosara con respeto, y ella no parecía estar
herida. El jefe no se mostraba rencoroso contra Conan y Juma por los estragos que
habían causado en sus filas.
—¡Sois unos magníficos guerreros! —exclamó con una sonrisa.
Pero por otro lado, no dio a los prisioneros la menor posibilidad de escapar ni les
permitió que quedaran rezagados para que no entorpecieran el avance de su
compañía. Los obligaba a caminar a paso vivo desde poco antes del amanecer hasta
después de la puesta del sol, y ante cualquier pausa respondían con un pinchazo de
lanza. Conan apretó las mandíbulas y decidió obedecer, de momento.
Siguieron avanzando durante dos días por un tortuoso camino que cruzaba el

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centro de la cordillera. Atravesaron pasos donde los pies se hundían profundamente
en la nieve que todavía no se había fundido. Allí se hacía más difícil respirar a causa
de la altitud. Algunas tormentas repentinas azotaban sus andrajosas vestimentas y
lanzaban grandes copos de nieve y granizo contra sus rostros. Los dientes de Juma
castañeteaban. Al negro le resultaba mucho más difícil soportar el frío que a Conan,
que había sido criado en un clima nórdico.
Finalmente llegaron a la ladera sur de los montes Talakmas y ante ellos se
desplegaba un paisaje fantástico: un extenso valle verde que desaparecía ondulando
delante de sus ojos. Era como si estuviera en el borde de un enorme plato. Debajo de
ellos, unas pequeñas nubes cubrían grandes extensiones de una selva densa y verde.
En medio de esta selva se veía un enorme lago o mar interior que reflejaba el azul del
cielo claro y brillante.
Más allá, todo era verde hasta que la extensión se perdía en una bruma distante de
color violeta. Encima se alzaba el poderoso macizo de los montes Himelias, cuyas
cimas se recortaban contra el cielo azul, a cientos de leguas hacia el sur.
—¿Qué valle es este? —preguntó Conan al oficial.
—Meru —respondió el jefe—. Los hombres también le llaman la Copa de los
Dioses.
—¿Nos dirigimos hacia allí?
—Sí. Vais a la gran ciudad de Shamballah.
—¿Para qué?
—Eso lo ha de decidir rimpoche, el dios-rey.
—¿Quién es?
—Jalung Thongpa, el Terror de los Hombres y la Sombra del Cielo. Tú avanza,
perro de piel blanca. No es momento de hablar.
Conan lanzó un profundo gruñido cuando la punta de la lanza le hizo apurar el
paso, y juró en su interior que algún día le enseñaría a ese dios-rey lo que era el
terror. Se preguntó cómo le sentaría a aquella divinidad medio metro de acero en sus
entrañas… Pero ese momento feliz solo existía en el futuro.
Continuaron descendiendo hacia el prodigioso valle. El aire se hacía más cálido y
la vegetación más densa. Al finalizar el día, se encontraban caminando por una tierra
de selvas lujuriosas y bosques pantanosos que bordeaban el camino con densas masas
de color verde oscuro salpicadas de árboles en flor de colores brillantes. Los monos
parloteaban en los árboles. Los insectos zumbaban y picaban. Las serpientes y los
lagartos se arrastraban a medida que el grupo se acercaba por el camino.
Era la primera vez que Conan veía una selva tropical, y no le gustó. Los insectos
le molestaban y el sudor cubría todo su cuerpo. Juma, sin embargo, sonreía mientras
respiraba hondo y llenaba sus enormes pulmones de aire cálido.
—Es como mi tierra —declaró.
Conan miraba en silencio impresionado por el fantástico paisaje de la verde selva
y de los húmedos pantanos. Comenzaba a creer que este imponente valle de Meru era

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realmente la morada de los dioses, donde habían vivido desde la creación del mundo.
Jamás había visto árboles parecidos a aquellas colosales cicadáceas y secoyas, que
parecían llegar hasta el cielo. Se preguntó cómo era posible que semejante selva
tropical estuviera rodeada de montañas eternamente cubiertas de nieve.
En determinado momento un tigre cruzó en silencio por delante de ellos; era un
animal monstruoso de casi tres metros de largo con colmillos que parecían dagas. La
princesa Zosara, que lo vio desde su litera, lanzó un grito. Hubo una pequeña
conmoción entre los azweri mientras preparaban sus armas. El tigre, que
aparentemente consideró que el grupo era demasiado grande para él, se escabulló
hacia el interior de la selva tan sigilosamente como había aparecido.
Más tarde, la tierra tembló con un extraño galope. Una enorme bestia irrumpió
desde los matorrales lanzando un fuerte bufido y se detuvo en el camino. Era gris y
de formas redondeadas, semejante a un enorme peñasco; parecía un inmenso cerdo
con la piel cayéndole en pliegues por los costados. De su hocico sobresalía un cuerno
grueso y curvado de casi medio metro de largo. La bestia se detuvo para observar la
cabalgata con ojillos de cerdo y aire estúpido y luego, después de lanzar otro bufido,
se internó entre la maleza.
—Es el nariz-cuerno —dijo Juma—. También los hay en Kush.
La selva se transformaba en una amplia extensión de costas que bordeaban el lago
azul o mar interior que Conan había visto desde las alturas. Durante algún tiempo
siguieron por las márgenes de aquella masa de agua desconocida, que los azweri
llamaban Sumeru Tso. Finalmente, del otro lado de la bahía, divisaron las murallas,
cúpulas y agujas de las torres de una ciudad construida en piedra rosácea, que se
alzaba en medio de campos y caminos, entre la selva y el mar.
—¡Shamballah! —exclamó el comandante de los azweri.
Como un solo hombre, los captores bajaron de los caballos, se arrodillaron y
tocaron la húmeda tierra con la frente, mientras Conan y Juma se miraron extrañados.
—¡Aquí viven los dioses! —dijo el jefe—. Caminad deprisa ahora. Si hacéis que
nos retrasemos, ellos os desollarán vivos. ¡Rápido! ¡Daos prisa!

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3. La ciudad de las calaveras
Las puertas de la ciudad eran de bronce antiguo cubierto con una capa verdosa
que había formado el tiempo; tenían el aspecto de una gigantesca calavera humana
con cuernos. Unas ventanas cuadradas y protegidas por barrotes que había encima del
portal constituían las cuencas de los ojos, y un poco más abajo había rejas en forma
de rastrillo que semejaban los dientes sonrientes de unas mandíbulas resecas. El jefe
de los pequeños guerreros hizo sonar su trompeta de bronce, el rastrillo se alzó y la
caravana entró en la ciudad desconocida.
Allí todo estaba construido y tallado en piedra rosácea. La arquitectura era
barroca, llena de esculturas y frisos en los que destacaban en relieve demonios,
monstruos y dioses de muchos brazos. Había rostros gigantescos de piedra rojiza que
miraban hacia abajo desde los lados de las torres, que terminaban en afiladas agujas.
A dondequiera que mirara, Conan veía tallas en forma de calaveras humanas por
todas partes. Estaban esculpidas en los dinteles de las puertas; colgaban de las
cadenas de oro sujetas en torno al cuello amarillo-cobrizo de los meruvios, cuyo
único atuendo, tanto para hombres como para mujeres, era una corta faldilla.
Aparecían en los escudos de los guardias que se encontraban en las puertas y en la
parte delantera de sus cascos de bronce.
El grupo siguió avanzando por las amplias avenidas perfectamente planificadas
de aquella fantástica ciudad. Los semidesnudos meruvios les abrían paso lanzando
breves miradas curiosas a los dos fornidos prisioneros y a la litera de caballos en la
que viajaba la princesa. Entre la multitud de ciudadanos de pecho desnudo se veía,
como sombras de color carmesí, a unos sacerdotes de cabeza rapada y cubiertos de la
cabeza a los pies con amplias túnicas de una diáfana tela roja.
Delante de ellos, entre las plantaciones de árboles cubiertos de flores de color
escarlata, azul y dorado, se alzaba el palacio del dios-rey. Tenía la forma de un cono
gigantesco o de una aguja que surgía de una base plana y circular. Construida
enteramente en piedra roja, la redondeada pared de la torre ascendía en espiral como
un extraño caracol cónico. En cada una de las piedras del parapeto de forma
espiralada había una calavera humana esculpida. El palacio daba la impresión de ser
una gigantesca torre construida con cabezas de muertos. Zosara apenas pudo reprimir
un estremecimiento al contemplar estos siniestros ornamentos, y hasta Conan apretó
los dientes con gesto hosco.
Entraron por otra puerta en forma de calavera, y de allí fueron pasando por
macizas paredes de piedra y por enormes habitaciones hasta llegar al salón del trono
del dios-rey. Los azweri, manchados y sucios del polvo del camino, iban detrás, en
tanto que una pareja de guardias dorados, armados con alabardas ornadas, cogieron a
cada uno de los prisioneros del brazo y los condujeron hasta el trono.
El trono se hallaba sobre un estrado de mármol negro y estaba hecho de una

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enorme pieza de jade pálido, esculpido con tallas formando sartas y cadenas de
calaveras entrelazadas creando diseños fantásticos. Sobre este sillón macabro de color
verde pálido estaba sentado el monarca semidivino que había hecho llevar a los
prisioneros a aquel mundo desconocido.
A pesar de la seriedad de la situación, Conan no pudo reprimir una sonrisa.
Porque el rimpoche Jalung Thongpa era un hombre bajo y gordito, patizambo, que
sentado apenas llegaba al suelo. Su enorme vientre estaba cubierto por un fajín de tela
dorada, lleno de piedras preciosas. En sus brazos desnudos, gruesos y fofos había una
docena de brazaletes de oro y sus dedos rechonchos estaban cubiertos por numerosos
anillos relucientes.
La cabeza calva que coronaba su cuerpo deforme era terriblemente fea, con
papadas fofas y labios que colgaban dejando entrever unos dientes torcidos y
amarillentos. Ceñía su frente una especie de casco puntiagudo, una especie de corona
de oro macizo e incrustada de rubíes. La cabeza del hombrecillo parecía doblarse a
causa de su peso.
Conan miró de cerca al dios-rey y pudo apreciar que Jalung Thongpa era deforme
de una manera muy singular. Un lado de su rostro era muy distinto del otro. La piel
floja colgaba del hueso y tenía un ojo inexpresivo y velado, mientras que el otro
brillaba con una expresión de inteligencia maligna.
El ojo bueno del rimpoche se clavó en Zosara, ignorando a los dos gigantescos
guerreros que la acompañaban. Junto al trono había un hombre alto y demacrado que
vestía la túnica escarlata de los sacerdotes meruvios. Debajo de su cráneo afeitado
unos ojos fríos y verdes observaban la escena con fría indiferencia. El dios-rey se
volvió hacia él y le dijo algo en voz aguda y chillona. Por las pocas palabras en
lengua meruvia que Conan había logrado aprender de los azweri, el bárbaro dedujo
que el sacerdote alto era el hechicero mayor del rey, o sea, Tanzong Tengri, el gran
chamán.
Conan también adivinó, por lo que pudo captar de la conversación, que, mediante
su magia, el chamán había previsto la llegada de la caravana que escoltaba a la
princesa Zosara hasta el país de su futuro esposo Kuigar, y había transmitido su
visión al dios-rey. Dominado por una vulgar y humana lujuria al ver a la esbelta
muchacha turania, Jalung Thongpa había enviado a la tropa de jinetes azweri para
que la trajeran a su harén.
Eso era todo lo que Conan deseaba saber. Durante siete días, desde el momento
de la captura, lo habían empujado, molestado y hostigado. Había caminado sin parar
y, después de mucho aguantar, estaba a punto de estallar.
Los dos guardias que lo flanqueaban miraban hacia el trono con profundo respeto,
con los ojos bajos, y prestaban toda su atención al rimpoche, que en cualquier
momento podía dar una orden. Conan movió un poco las cadenas que rodeaban sus
muñecas. Eran demasiado gruesas para romperlas por la fuerza; ya lo había intentado
en los primeros días de su cautiverio y había fracasado.

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Entonces acercó ambas muñecas sin hacer ruido, de modo que las cadenas
colgasen hacia abajo formando una especie de lazo de medio metro. Luego giró y
movió súbitamente los brazos hacia arriba por encima de la cabeza del guardia que
tenía a su izquierda. Los eslabones de la cadena, actuando a modo de látigo, dieron al
guardia en pleno rostro y lo enviaron trastabillando hacia atrás, sangrando por la nariz
rota.
Ante el primer movimiento violento de Conan, el otro guardia se volvió hacia él y
bajó la punta de su alabarda en posición de alerta. Pero Conan la inmovilizó con la
cadena y de un tirón lo dejó desarmado.
Con otro golpe de la cadena hizo retroceder a un tercer guardia, que se apretaba la
boca por la que escupía sangre y dientes rotos. Los pies de Conan estaban
encadenados demasiado juntos para permitirle dar un paso normal, pero saltó desde el
suelo hacia el estrado con los pies juntos, como un sapo. En dos de estos grotescos
brincos, Conan se encontró encima del estrado y apretó con sus manos el grueso
cuello del pequeño dios-rey sentado encima del montón de cráneos. El rimpoche lo
miró con el ojo bueno desorbitado por el terror y su cara se puso azul debido a la
presión de los dedos de Conan sobre su tráquea.
Algunos guardias y cortesanos corrieron de un lado a otro gritando de pánico, y
otros se quedaron paralizados de espanto al ver que aquel gigantesco extranjero osaba
poner sus violentas manos encima de la divinidad.
—¡Un solo movimiento hacia mí y liquido a este sapo gordo! —dijo Conan con
un gruñido.
El gran chamán era el único que no había dado muestras de pánico ni de sorpresa
cuando el harapiento muchacho atacó como un remolino de furia. Hablando en
perfecto hirkanio, preguntó:
—¿Qué deseas, bárbaro?
—¡Libertad a la muchacha y al negro! Entregadnos caballos y abandonaremos
vuestro maldito valle para siempre. ¡Si os negáis o tratáis de engañarnos, dejaré a
vuestro pequeño rey reducido a una pulpa!
El chamán asintió con la cabeza que parecía una calavera. Sus ojos verdes eran
fríos como el hielo y su cara parecía una máscara de piel estirada de color azafrán.
Con gesto imperioso, alzó su tallada vara de ébano.
—Liberad a la princesa Zosara y al cautivo de piel negra —ordenó con absoluta
serenidad.
Los siervos pálidos y temerosos se apresuraron a cumplir la orden. Juma lanzó un
gruñido de satisfacción frotándose las muñecas. A su lado, la princesa temblaba.
Conan empujó el fláccido cuerpo del rey delante de él y se dispuso a bajar del
estrado.
—¡Conan! —gritó Juma—. ¡Cuidado!
El cimmerio giró en redondo, pero era demasiado tarde. El gran chamán actuó
con la rapidez de una cobra que se dispone a atacar. Cuando Conan estaba en el borde

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del estrado, el sacerdote le dio un golpecito con su vara de ébano y rozó su hombro,
donde asomaba la piel a través de los jirones de su túnica harapienta. Conan no pudo
hacer nada. Un profundo sopor le inundó el cuerpo, como el veneno de una víbora. Se
le nubló la mente, su cabeza cayó apoyada sobre el pecho y se desplomó. El pequeño
dios-rey, medio asfixiado, se liberó de su férrea mano.
Lo último que oyó Conan fue el rugido del negro cuando era dominado por una
multitud de hombres de cuerpos cobrizos que se abalanzaron al unísono sobre él.

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4. El barco de sangre
La atmósfera viciada y quieta de la mazmorra era demasiado cálida y apestaba. El
hedor procedía principalmente de los cuerpos apretujados y sudorosos. Unos veinte
hombres desnudos se hacinaban en el asqueroso agujero rodeados de enormes
bloques de piedra de varias toneladas de peso. La mayoría de los prisioneros eran
meruvios bajos y de tez morena, que yacían tendidos en el suelo con gesto apático.
También había algunos rollizos guerreros azweri de ojos rasgados que cuidaban el
valle sagrado, un par de hirkanios de nariz aguileña, Conan el cimmerio y su
gigantesco camarada negro, Juma. Cuando la varita del gran chamán lo dejó
inconsciente y los demás guardias hubieron dominado al poderoso Juma, el furioso
dios-rey ordenó que pagaran su delito con la pena mayor.
Pero en Shamballah la pena mayor no era la muerte, que según la creencia
meruvia solo liberaba el alma para su próxima reencarnación. La esclavitud era
considerada como algo mucho peor, ya que despojaba al hombre de la característica
humana esencial: su individualidad. Por ello fueron condenados sumariamente a la
esclavitud.
Al pensar en ello, Conan lanzó un gruñido y sus ojos brillaron amenazadores.
Notando su irritación, Juma, que estaba encadenado junto a él, rio entre dientes.
Conan fulminó con la mirada a su compañero, pues a veces el humor del gigante lo
exasperaba. Para un cimmerio nacido libre, no había peor castigo que la esclavitud.
Por el contrario, para los kushitas, la esclavitud no era nada nuevo. Los negreros
habían arrebatado a Juma de los brazos de su madre cuando era un niño, y lo llevaron
arrastrándose desde la densas selvas de Kush hasta los mercados de Shem. Durante
algún tiempo Juma trabajó en el campo, en una granja shemita. Y luego, al iniciarse
su impresionante desarrollo físico, fue vendido como aprendiz de gladiador en el
coliseo de Argos.
Por su victoria durante los juegos que celebraban el triunfo del rey Milo de Argos
sobre el rey Ferdruga de Zíngara, le concedieron la libertad. Vivió algún tiempo en
diversos países hibóreos dedicado al robo y a otras actividades semejantes. Más tarde
se dirigió al este y llegó a Turan, donde su gran estatura y su destreza en el combate
le sirvieron para conseguir un puesto entre los mercenarios del rey Yildiz.
Allí conoció al joven Conan y se hicieron amigos por ser los hombres más altos
de la tropa y por provenir de tierras muy lejanas, además de ser los únicos miembros
de sus respectivas razas en aquel país. Su amistad los había llevado ahora a las
mazmorras de Shamballah, y no tardaría en conducirlos a la indignidad más absoluta:
la del mercado de esclavos. Allí serían expuestos desnudos bajo el sol, y los posibles
compradores los palparían y examinarían mientras el mercader elogiaba su fuerza.
Los días transcurrían lentamente, como serpientes heridas que arrastran
penosamente su cola por el polvo. Conan, Juma y los demás presos dormían, y solo

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despertaban para recibir los platos de nauseabundo arroz que les entregaban sus
guardianes. Se pasaban el tiempo dormitando y peleando lánguidamente.
Conan tenía curiosidad por saber algo más acerca de aquellos meruvios, ya que en
sus viajes jamás había encontrado individuos de esa raza. Estos habitaban en el valle
oculto como hicieran sus antepasados desde la noche de los tiempos. Nunca tuvieron
contacto con el exterior, ni lo deseaban.
El cimmerio se hizo amigo de un meruvio llamado Tashudang, de quien aprendió
algunas palabras de su musical lenguaje. Cuando le preguntó por qué llamaban dios a
su rey, Tashudang respondió que el monarca tenía diez mil años de edad y que su
espíritu se había encarnado en diferentes cuerpos en cada una de sus vidas. Conan se
mostró escéptico al respecto, pues conocía las mentiras que contaban los reyes de
otros países acerca de sí mismos, pero se reservó prudentemente su opinión. Cuando
Tashudang se quejó con resignación de la opresión que ejercían el rey y sus
chamanes, Conan le preguntó:
—¿Por qué no os unís tú y tus compatriotas y arrojáis a esa pandilla al lago
Sumeru Tso, y luego os gobernáis vosotros mismos? Eso es lo que habríamos hecho
en mi tierra, si alguno de los nuestros hubiera intentado tiranizarnos.
Tashudang le miró asombrado.
—¡No sabes lo que dices, extranjero! —repuso—. Hace muchos siglos, según
cuentan los sacerdotes, esta tierra era mucho más alta de lo que es ahora. Se extendía
desde la cima de los montes Himelias hasta la de los montes Talakmas como una
altiplanicie ilimitada cubierta de nieve y azotada por vientos gélidos. Lo llamaban el
Techo del Mundo.
»Entonces Yama, el rey de los demonios, decidió crear este valle para que
nosotros, su pueblo elegido, habitásemos en él. Mediante un poderoso hechizo hizo
que se hundiera la tierra. El suelo se estremeció bajo el fragor de miles de truenos, la
roca fundida surgió de las entrañas de la tierra, se hundieron las montañas y se
incendiaron los bosques. Cuando todo hubo concluido, el valle se encontraba entre
las colinas, como ahora. Puesto que ya eran tierras bajas, el clima se volvió cálido y
crecieron plantas y se criaron animales de tierras templadas. Luego Yama creó a los
primeros meruvios y los colocó en el valle para que vivieran siempre en él. Y
convirtió a los chamanes en jefes y guías espirituales de nuestro pueblo.
»En ocasiones, los chamanes olvidan sus deberes y nos tiranizan, como vulgares
hombres codiciosos. Pero seguimos obedeciendo la orden de Yama de respetar a los
sacerdotes. Si no lo hiciéramos, el hechizo de Yama desaparecería y esta tierra
volvería a las alturas, a las cumbres de las montañas, y se convertiría en una estepa
helada. Así pues, aunque nos opriman, nunca osaremos rebelarnos contra los
chamanes.
—Bueno —dijo Conan—, si ese pequeño y asqueroso sapo es la idea que
vosotros tenéis de lo que es un dios…
—¡Oh, no! —exclamó Tashudang con los ojos desorbitados por el miedo—. ¡Eso

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no! ¡Él es solo el hijo del gran dios Yama, y cuando conjura a su padre, el dios viene!
Tashudang escondió su rostro entre las manos y Conan no pudo sacarle más
palabras ese día.
Los meruvios eran una raza extraña. Tenían una lasitud de espíritu, un fatalismo
apático que les hacía agachar la cabeza ante todo lo que ocurría como si estuviera
predestinado por sus crueles y misteriosos dioses. Creían que cualquier resistencia
ante el destino sería castigada, si no enseguida, en la próxima reencarnación.
No era fácil obtener información de ellos, pero el cimmerio siguió preguntándoles
incansablemente. En primer lugar, eso le ayudaba a pasar los días interminables, y
por otro lado, no pensaba permanecer esclavo durante mucho tiempo, por lo que toda
información que pudiera obtener acerca del oculto reino y de sus habitantes sería de
gran valor cuando él y Juma intentaran volver a la vida libre. Por último, Conan sabía
lo importante que era dominar un poco la lengua local. Aunque no era estudioso por
naturaleza, el bárbaro aprendía a hablar con los extranjeros con facilidad. Ya se
expresaba con cierta soltura en algunas de las principales lenguas, y sabía leer y
escribir en varias de ellas.
Finalmente llegó el día fatídico en que los capataces vestidos de cuero negro se
acercaron a los esclavos a grandes zancadas y los hicieron salir de la mazmorra a
latigazos.
—¡Ahora veremos el precio que van a pagar los príncipes de la Tierra Sagrada
por vuestro torpe esqueleto, cerdos extranjeros! —dijo uno de ellos, que dejó una
enorme marca en la espalda de Conan con su látigo.
Los rayos del sol quemaban la piel del bárbaro como si fueran flechas de fuego.
Después de haber estado tanto tiempo en la oscuridad, la luz del día era una tortura
insoportable. Después de la subasta los condujeron hasta la cubierta de una gran
galera que estaba amarrada junto al gran embarcadero de Shamballah. Conan apartó
la cabeza del sol y lanzó una maldición entre dientes. Esa era, pues, la suerte que le
esperaba: remar hasta morir.
—¡Bajad a la bodega, perros! —ordenó el capataz del barco, golpeando a Conan
—. ¡Solo los hijos de Yama pueden estar en cubierta!
Sin pensarlo dos veces, el bárbaro se puso en acción. Lanzó un fuerte puñetazo
contra el enorme vientre del capataz y cuando el aire comenzó a silbar en sus
pulmones, el cimmerio le dio otro golpe en la mandíbula, que lo dejó tendido en la
cubierta. Juma gritaba lleno de gozo detrás de Conan, luchando por unirse a este.
El comandante de la nave dio una orden y en un momento las puntas de una
decena de alabardas, empuñadas por pequeños y fornidos marinos meruvios, se
alzaron contra el cimmerio. Conan se quedó inmóvil en medio de aquel círculo de
acero, mientras sus labios lanzaban un gruñido amenazador. Finalmente logró
dominar su ira, pues se dio cuenta de que cualquier movimiento podría costarle la
vida.
Hizo falta un cubo de agua fría para reanimar al capataz. Este se puso en pie con

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dificultad, resoplando como una morsa, mientras el agua corría por su rostro
empapando su rala barba negra. Observó a Conan con una furia demencial, luego sus
ojos se enfriaron y le miró con expresión venenosa.
El oficial comenzó a dar una orden a los marinos:
—¡Matad a ese…!
Pero el capataz lo interrumpió diciendo:
—No, no lo matéis. La muerte sería un castigo demasiado benigno para este
maldito. Yo haré que me suplique que lo liberemos de sus sufrimientos.
—¿Y bien, Gorthangpo? —dijo el oficial.
El capataz echó una mirada hacia el sótano de los remeros, en el que se hacinaban
unos cien hombres desnudos, de piel renegrida. Estaban delgadísimos y exangües, y
en sus espaldas dobladas se veían las marcas de miles de latigazos. El barco tenía un
largo banco de remeros a cada lado. Algunos iban encadenados de dos en dos a los
remos, y otros de a tres, según su corpulencia y sus fuerzas. Gorthangpo señaló un
banco del centro, sobre el que se hallaban inclinados tres viejos canosos y
esqueléticos.
—¡Encadenadlo a ese remo! —dijo Gorthangpo—. ¡Estos cadáveres vivientes
están acabados y ya no nos sirven! El extranjero necesita ejercitar un poco los brazos,
y doy fe de que podrá hacerlo. ¡Y como no siga el ritmo, le abriré la espalda hasta la
medula!
Mientras Conan observaba impasible, los marinos soltaron las cadenas que unían
a los ancianos al remo. Los tres gritaron aterrados cuando fueron arrojados por la
borda. Cayeron al agua ruidosamente y se hundieron sin dejar ni rastro, salvo las
burbujas que ascendían a la superficie.
Conan fue encadenado a ese remo, y tendría que remar por los tres. Mientras lo
sujetaban al sucio banco, el capataz le miró con gesto hosco y dijo:
—Vamos a ver cómo manejas el remo, muchacho. Tendrás que remar y remar
hasta que se te rompa la espalda… y después un poco más. Y cada vez que aflojes, te
recordaré cuál es tu tarea de este modo.
El capataz alzó el brazo, desenrolló el látigo y después golpeó al cimmerio
cortando el aire con un silbido. El dolor era semejante al de un hierro al rojo vivo
sobre la carne, pero Conan no movió ni un músculo, como si no sintiera nada; tal era
su férrea voluntad.
Gorthangpo lanzó un gruñido y el látigo volvió a chasquear. Esta vez una de las
comisuras de la boca del bárbaro se estremeció, pero él siguió mirando fijamente
hacia el vacío. Luego hubo un tercer latigazo, y un cuarto. La frente de Conan estaba
cubierta de sudor, que resbalaba hasta sus ojos, y su espalda sangraba. Pero no emitió
ni un solo quejido.
—¡Ánimo! —le susurró Juma por detrás.
Entonces se oyó una orden desde el puente. El capitán quería zarpar. El capataz
abandonó a regañadientes su propósito de destrozar a latigazos la espalda del bárbaro.

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Los marinos desamarraron las cuerdas que sujetaban el barco al muelle. A popa
de los bancos de remeros, pero a la misma altura y a la sombra de la pasarela que se
hallaba encima de los esclavos, se encontraba un meruvio desnudo sentado detrás de
un gran timbal. Cuando la nave se hubo alejado del muelle, el meruvio alzó un mazo
de madera y comenzó a golpear en el timbal. A cada golpe, los condenados se
inclinaban sobre el remo, luego se ponían de pie, enderezaban la espalda y se dejaban
caer hacia atrás de modo que su propio peso los echara nuevamente sobre los bancos.
Después se volvían a agachar y repetían la operación. Conan se adaptó enseguida al
ritmo, al igual que Juma, que estaba encadenado al remo que había detrás.
El bárbaro jamás había estado en un barco. Mientras impulsaba el remo, miró
fijamente a su alrededor y vio a los indiferentes galeotes con las espaldas llenas de
cicatrices que hacían grandes esfuerzos sobre los hediondos bancos, cubiertos con sus
propios excrementos. La galera era baja en el centro, donde se encontraban los
esclavos; allí la borda estaba muy cerca del agua. Era más alta en la proa, donde se
hallaban los marinos, y también en la popa, en la que se encontraban las habitaciones
de los oficiales. Había un solo mástil en la parte central. La verga de la única vela
triangular, así como la vela misma, estaba sobre la pasarela, por encima de los
remeros.
Cuando el barco se hubo alejado del puerto, los marinos desataron la vela y la
izaron tirando de las drizas mientras entonaban una canción de mar. La vela roja y
dorada se abrió ascendiendo poco a poco. Puesto que el viento era suficiente para
impulsar la nave, se dio un respiro a los galeotes.
Conan notó que toda la galera estaba construida con una madera de color rojo
oscuro. Al mirar con los ojos entrecerrados, tuvo la impresión de que la nave había
sido sumergida en sangre. Entonces oyó el chasquido de un látigo encima de él,
mientras el capataz gritaba:
—¡Más rápido, perro holgazán!
Otro latigazo cruzó los hombros de Conan.
Es un barco de sangre —pensó para sus adentros—, de sangre de esclavos.

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5. La luna de los villanos
Durante siete días Conan y Juma sudaron sobre los enormes remos de la galera
roja, que hacían avanzar la nave por las costas del mar interior de Sumeru Tso,
fondeando por la noche en cada una de las siete ciudades sagradas de Meru:
Shondakor, Thogara, Auzakia, Issedon, Paliana, Throana y finalmente, después de
haber dado una vuelta completa al mar, nuevamente a Shamballah. Aunque ambos
hombres eran fuertes, no pasó mucho tiempo hasta que la incesante actividad les
llevó al borde del agotamiento. Les dolían los músculos y se sentían incapaces de
hacer más esfuerzos. Sin embargo, el incansable timbal y el sibilante látigo los hacían
seguir.
Una vez al día los marinos subían cubos de agua fría y salada por la borda y con
ella mojaban a los exhaustos esclavos. Y una vez al día, cuando el sol se hallaba en el
cenit, les daban un plato de arroz y una jarra de agua. Por la noche dormían sobre los
remos. Aquella rutina invariable y bestial socavaba la voluntad de los remeros y
obnubilaba su mente, convirtiéndolos en autómatas sin alma.
Aquello hubiera acabado con la voluntad de cualquier hombre, menos con la del
cimmerio. El joven no cedió ante el golpe abrumador del destino, como ocurría con
los apáticos meruvios. El agotador esfuerzo con los remos, el tratamiento brutal, la
indignidad de los bancos hediondos, en lugar de disminuir la fortaleza de Conan,
contribuían a alentar el fuego que ardía en su interior.
Cuando la nave hubo llegado nuevamente a Shamballah y echó el ancla en el gran
puerto, Conan había alcanzado el límite de su paciencia. La noche era oscura y
apacible. La luna nueva, como una fina cimitarra plateada, estaba muy baja en el
horizonte y emitía un tenue fulgor. Estaba a punto de ocultarse. En los países
occidentales la llamaban «luna de villanos», porque los asaltantes de caminos elegían
esas noches para sus actividades, así como los asesinos y los ladrones. Inclinados
sobre sus bancos, y aparentemente dormidos, Conan y Juma hablaban con los
esclavos meruvios acerca de una posible evasión.
En la galera, los pies de los esclavos no estaban encadenados, pero tenían las
muñecas sujetas por grilletes unidos por una cadena, y esta estaba fijada al remo por
un anillo. Aunque el anillo resbalaba libremente a lo largo del remo, se detenía en el
extremo exterior por un tope, y en el otro por una abrazadera de plomo. Conan había
comprobado la resistencia de la cadena y de los grilletes, pero no pudo hacer nada a
pesar de su tremenda fuerza, que había aumentado en aquellos siete días de remar sin
descanso. De todos modos, hacía planes de rebelión con los demás.
—Si conseguimos atraer a Gorthangpo a nuestro nivel —dijo con un susurro
tenso—, podremos destrozarlo con uñas y dientes. Él tiene en su poder las llaves de
nuestros grilletes; mientras los abrimos, los marinos nos matarán a algunos de
nosotros, pero una vez libres, puesto que los superamos en número en la proporción

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de cinco o seis contra uno…
—¡No hables de eso! —murmuró el meruvio que estaba más cerca de él—. ¡Ni
siquiera pienses en ello!
—¿Acaso no estás interesado? —inquirió Conan asombrado.
—¡No! El mero hecho de hablar de tal violencia me estremece hasta los huesos.
—A mí me ocurre lo mismo —dijo otro—. Los sufrimientos que padecemos nos
han sido enviados por los dioses como justo castigo por algún daño que hicimos en
una vida anterior. Luchar contra ello no solo sería inútil, sino una terrible blasfemia.
Te ruego, bárbaro, que ceses tu sacrílega conversación y te sometas humildemente a
tu destino.
Tal actitud iba muy en contra del temperamento del cimmerio, y tampoco Juma
era un hombre que se inclinara dócilmente ante los embates del destino. Pero los
meruvios no querían escuchar sus argumentos. Hasta el mismo Tashudang, locuaz y
afable en comparación con los demás, le rogó al bárbaro que no hiciera nada que
pudiera encolerizar a Gorthangpo, el capataz, para que no atrajese sobre ellos un
castigo de los dioses peor que el que habían recibido.
Los argumentos del cimmerio se vieron interrumpidos por el chasquido de un
látigo. Al oír el murmullo de la conversación, Gorthangpo se acercó por la pasarela
en la oscuridad. De las breves palabras que escuchó, dedujo que se estaba fraguando
un motín. Su látigo golpeó con un silbido la espalda de Conan.
El cimmerio había llegado al límite de lo que podía soportar. Dio un salto felino y
cogió el extremo del látigo del capataz quitándoselo de las manos. Gorthangpo lanzó
un grito para prevenir a los marinos.
Conan todavía no sabía cómo podría liberar el anillo de hierro de su remo. En
medio de su desesperación, tuvo una idea. La construcción del remo limitaba el
movimiento vertical del guión a una altura de menos de tres metros por encima de la
cubierta sobre la que se encontraba. Empujó el remo cuanto pudo hacia arriba, se
subió al banco e, inclinándose, tiró con todas sus fuerzas del guión. Se oyó un fuerte
crujido y el remo se partió en dos. El bárbaro extrajo rápidamente el anillo del remo,
que le podría servir de arma, pues era del tamaño de un hombre, con una cabeza de
plomo muy pesada en su extremo.
El primer golpe le dio al asustado capataz en un lado de la cabeza. Su cráneo
estalló como un melón, esparciendo una lluvia de sangre y de sesos desmenuzados
por el suelo. Luego Conan saltó a la pasarela para enfrentarse con los marinos. Más
abajo, en sus bancos, los cobrizos meruvios se acurrucaban rezando en voz baja
quejumbrosas plegarias a sus dioses malignos. Solo Juma imitó al cimmerio, rompió
el remo y liberó el anillo.
Los marinos también eran meruvios, lánguidos y fatalistas como los demás.
Jamás se habían tenido que enfrentar a un motín de los galeotes; no creían que eso
fuera posible. Y contaban mucho menos aún con tener que hacer frente a un joven y
fornido gigante armado con una enorme maza. A pesar de ello acudieron con bastante

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valentía, si bien el tamaño de la pasarela no les permitía acercarse a Conan más que
de dos en dos.
Conan alzó nuevamente su arma aterradora, y del primer golpe salió despedido un
marino contra los bancos con el brazo roto. El segundo lanzó a otro a un rincón con el
cráneo deshecho. Alguien acercó una alabarda amenazadora al pecho del bárbaro, y
este hizo saltar el arma de las manos de quien la sostenía y con el siguiente mazazo
lanzó a dos soldados a la vez fuera de la pasarela. El de la alabarda tenía las costillas
rotas y el otro cayó empujado por su propio compañero.
En ese momento subió Juma. El torso negro y desnudo del kushita relucía como
ébano brillante bajo la tenue luz. Agitaba el remo contra los meruvios como si fuera
un alfanje. Los marinos, incapaces de contener a aquel par de gigantes, echaron a
correr para ponerse a salvo en el puente de popa, donde los oficiales, que se habían
despertado con el alboroto, daban órdenes en medio del desconcierto general.
El cimmerio se inclinó sobre el cadáver de Gorthangpo y buscó las llaves. Extrajo
rápidamente la que servía para todos los grilletes y abrió el suyo, haciendo enseguida
lo mismo con el de Juma.
Entonces se oyó el silbido de una flecha, que fue a clavarse en un mástil por
encima de la cabeza de Conan. Los dos gigantes decidieron no proseguir aquella
lucha. Bajaron de la pasarela, cruzaron entre las filas de galeotes y, saltando sobre la
borda, desaparecieron en las oscuras aguas del puerto de Shamballah. Los marinos
lanzaron algunas flechas más sobre ellos, pero a la tenue luz de la luna los arqueros
no podían hacer otra cosa que disparar al azar.

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6. El túnel de la muerte
Los dos hombres desnudos salieron empapados del agua y miraron
cautelosamente a su alrededor en la semioscuridad. Tenían la sensación de haber
nadado durante horas, y esperaban encontrar la forma de entrar en la ciudad de
Shamballah sin ser vistos. Finalmente hallaron la salida de una de las alcantarillas de
la antigua ciudad de piedra. Juma aún llevaba consigo un trozo de remo que había
usado para luchar contra los marinos del barco. Conan, sin embargo, había dejado el
suyo allí. De cuando en cuando entraban a la cloaca unos rayos de luz de la calle a
través de una rejilla que había encima de ellos. Pero la luz era tan tenue que después
de dar unos pasos penetraron en una zona de oscuridad total. Así pues, los dos
amigos avanzaron por las asquerosas aguas buscando una salida.
A su paso, las enormes ratas chillaban y salían huyendo a toda velocidad. Podían
ver sus ojos relucientes en la oscuridad. Uno de estos inmensos roedores mordió a
Conan en el tobillo, pero este cogió al animal, lo aplastó con sus manos y lanzó su
cuerpo destrozado encima de las ratas más precavidas. Estas lanzaron un chillido e
inmediatamente comenzaron a pelearse por la presa, mientras Conan y Juma seguían
avanzando rápidamente por los sinuosos túneles.
Fue Juma quien encontró el pasadizo secreto. Deslizando una mano por la pared,
abrió accidentalmente una aldaba y lanzó un bufido de sorpresa cuando una de las
piedras cedió bajo la presión de su mano. Aunque ninguno de los dos sabía hacia
dónde conducía el pasadizo, se adentraron en él, porque daba la impresión de que
desembocaba en una de las calles que se hallaban encima de ellos.
Finalmente, después de subir durante un breve lapso, llegaron a otra puerta.
Anduvieron a tientas en la más absoluta oscuridad hasta que Conan encontró un
cerrojo, que abrió. La puerta cedió con un chirrido de goznes herrumbrosos y los dos
fugitivos salieron a la calle y se quedaron estupefactos.
Se encontraban en un balcón adornado con estatuas de dioses o demonios de un
enorme templo octogonal. Las paredes de la habitación principal se curvaban por
encima del balcón formando una cúpula de ocho lados. Conan recordó haber visto
una cúpula semejante en alguno de los edificios más pequeños de la ciudad, pero
nunca averiguó lo que había en ella.
Abajo, en uno de los lados del suelo octogonal, había una estatua impresionante
apoyada sobre una peana de mármol negro, frente a un altar que se encontraba en el
centro exacto de la habitación. La estatua dominaba toda la estancia. Tenía unos diez
metros de alto, y sus lados estaban a nivel del balcón en el que se encontraban Conan
y Juma. Era un ídolo gigante de una piedra verde que parecía jade, aunque nadie
había visto jamás un bloque tan enorme de jade. Tenía seis brazos, y sus ojos eran
rubíes inmensos.
Frente a la estatua había un trono de calaveras, como el que Conan había visto en

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el salón del palacio a su llegada a Shamballah, pero más bajo. En el trono estaba
sentado el pequeño dios-rey de Meru. Al mirar sucesivamente la cara del ídolo y la
del gobernante, Conan creyó ver cierta horrorosa similitud. Un escalofrío le recorrió
el cuerpo y se le erizaron los pelos de la nuca ante la posibilidad de que detrás de esta
semejanza hubiera secretos cósmicos inimaginables.
El rimpoche estaba realizando un ritual. Los chamanes vestidos con túnicas de
color escarlata estaban arrodillados en fila alrededor del trono y del altar, cantando
plegarias antiguas y formulando hechizos. Detrás de ellos, contra las paredes de la
habitación, había varias filas de meruvios sentados con las piernas cruzadas sobre el
suelo de mármol. Por las joyas que llevaban y por su indumentaria lujosa aunque
escasa, daba la impresión de que eran los oficiales y nobles del reino. Encima de sus
cabezas y alrededor del balcón había unas cien antorchas encendidas colocadas sobre
soportes que había en las paredes. En el altar había cuatro candeleros de pie con
lámparas de aceite de vacilantes llamas doradas.
Sobre el altar, entre el trono y la imponente estatua se veía el cuerpo blanco,
desnudo y esbelto de una joven sujeta al altar por finas cadenas de oro. Era Zosara.
Conan lanzó un gruñido en voz baja. Sus ardientes ojos llamearon con un fuego
azul cuando vio las odiosas figuras del rey Jalung Thongpa y de su gran chamán, el
sacerdote-hechicero Tanzong Tengri.
—¿Los atacamos? —preguntó Juma con un susurro, enseñando sus blancos
dientes en la semioscuridad.
El cimmerio lanzó un gruñido.
Era el festival de la luna nueva, y el dios-rey se estaba casando con la hija del rey
de Turan en el altar, ante la estatua de múltiples brazos del Gran Perro de la Muerte y
el Horror, Yama el Rey Demonio. La ceremonia se realizaba según los antiguos ritos
establecidos en los textos sagrados del Libro del Dios de la Muerte. El divino
monarca de Meru estaba recostado en su trono de calaveras esperando plácidamente
la consumación pública de sus esponsales con la esbelta muchacha turania de largas
piernas, mientras los chamanes vestidos con túnicas de color escarlata recitaban en
voz baja las antiguas plegarias.
En ese momento hubo una interrupción. Dos gigantes desnudos cayeron al suelo
del templo desde algún lugar misterioso. Uno parecía una figura heroica de bronce
que había cobrado vida, y el otro era una enorme amenaza negra cuyo cuerpo
poderoso parecía esculpido en ébano. Los chamanes se quedaron paralizados en
mitad de su cántico cuando vieron aparecer a estos dos diablos dando alaridos.
Conan cogió uno de los candeleros y lo arrojó sobre los chamanes. Estos lanzaron
gritos de pánico y de dolor cuando vieron que las lámparas se rompían y el llameante
aceite incendiaba sus diáfanas túnicas, convirtiendo a los sacerdotes en antorchas
vivientes. Hicieron lo mismo con los otros tres candeleros, creando la confusión y
quemando todo lo que encontraban.
Juma saltó hacia el estrado en el que se encontraba el rey, que miraba la escena

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con una mezcla de temor y asombro. El lúgubre y demacrado gran chamán se
enfrentó a Juma sobre los escalones de mármol dispuesto a golpearlo con su varita
mágica. Pero el gigante negro todavía tenía el fragmento de remo, que lanzó con
todas sus fuerzas. La vara de ébano saltó en cientos de pedazos. Un segundo golpe le
dio al sacerdote-hechicero en el cuerpo y lo lanzó destrozado y moribundo hacia el
caos de chamanes que corrían, gritaban y se quemaban vivos.
Entonces le llegó el turno al rey Jalung Thongpa. Juma se abalanzó con una
sonrisa implacable por la escalera y se dirigió hacia el dios-rey que estaba encogido
de miedo. Pero Jalung Thongpa ya no se hallaba en el trono, sino que estaba
arrodillado frente a la estatua, cantando una plegaria con los brazos levantados.
Conan llegó al altar al mismo tiempo y se inclinó sobre el cuerpo desnudo y
tembloroso de la aterrorizada muchacha. Las ligeras cadenas de oro eran
suficientemente fuertes para sujetarla, pero no bastante resistentes para la fuerza de
Conan. Lanzando un gruñido, apoyó sus pies sobre una de las cadenas y tiró con
fuerza, y entonces uno de los eslabones del blando metal se estiró, se abrió y cedió, y
lo mismo ocurrió con las otras tres cadenas. Conan cogió a la sollozante princesa en
sus brazos y se volvió. En ese momento una sombra cayó sobre él.
El bárbaro miró sobresaltado y recordó lo que le había dicho Tashudang:
«Cuando llama a su padre, ¡el dios viene!».
En ese preciso instante comprendió el alcance aterrador que tenían esas palabras.
Porque los brazos del gigantesco ídolo de piedra verde se estaban moviendo y se
alzaban sobre él bajo la luz vacilante de las antorchas. Los ojos rubíes le miraron con
un brillo inteligente.

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7. Cuando el dios verde despierta
A Conan se le pusieron los pelos de punta y sintió que se le helaba la sangre en
las venas. Zosara, llorando, apoyó con fuerza su cara en el hombro del cimmerio y se
aferró a su cuello. Juma también se quedó helado y puso los ojos en blanco cuando se
sintió invadido por un terror supersticioso y ancestral. ¡La estatua estaba viva!
Mientras miraban, incapaces de moverse, la imagen de piedra verde levantó
lentamente uno de sus pies con un crujido.
Los ojos de su enorme rostro les miraban desde diez metros de altura. Los seis
brazos se movieron bruscamente, articulándose como patas de una gigantesca araña.
La cosa se inclinó y siguió avanzando pesadamente; después bajó del altar sobre el
que había estado acostada Zosara. Este crujió y se desmoronó bajo el peso de
toneladas de jade viviente.
—¡Por Crom! —dijo Conan casi sin aliento—. ¡Hasta las piedras están vivas y
caminan en este lugar de locos! Ven, muchacha —dijo cogiendo a Zosara y bajando
de un salto del estrado.
Detrás de él se oía el sonido inquietante del roce de piedra sobre piedra. La
estatua se movía.
—¡Juma! —gritó Conan, buscando frenéticamente al kushita.
El negro todavía estaba inmóvil a un lado del trono. Encima de este, el pequeño
dios-rey apuntaba con un arma enorme incrustada de piedras preciosas contra Conan
y la muchacha.
—¡Mata, Yama! ¡Mata…, mata…, mata! —gritó.
La cosa de múltiples brazos se detuvo y miró a su alrededor con sus ojos rubíes
hasta que vio a Conan. El cimmerio estaba casi enloquecido por los primitivos y
oscuros terrores que había heredado de su pueblo bárbaro. Pero, como sucede con
muchos bárbaros, el miedo le dio el valor de luchar contra aquello que temía.
Depositó a la muchacha y levantó un banco de mármol. Sus músculos crujieron por el
esfuerzo. Luego se adelantó torpemente hacia la enorme estatua viva.
—¡No, Conan! ¡Aléjate! ¡Te está viendo! —gritó Juma.
Conan estaba al lado del pie del monstruo que se acercaba. Las piernas de piedra
se alzaban encima de él como columnas de un templo imponente. Con la cara
congestionada por el esfuerzo, Conan levantó el pesado banco y lo lanzó sobre la
pierna del dios, que se estrelló contra el tobillo de la estatua con un impacto
impresionante. El mármol se cubrió de infinitas grietas. Se acercó aún más, volvió a
coger el banco y lo arrojó nuevamente contra el tobillo. Esta vez el banco se hizo
pedazos, pero la pierna, aunque algo astillada, no se había dañado. Conan retrocedió
cuando vio que la estatua había dado otro paso en dirección a él.
—¡Conan! ¡Cuidado!
El grito de Juma hizo que mirara hacia arriba. El gigante verde se tambaleó. Los

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ojos de rubíes se clavaron en los suyos. ¡Era extraño mirar a los ojos a un dios vivo!
Estos eran profundos como un abismo; profundidades sombrías en las que se hundía
su mirada a través de infinitos eones rojos de un tiempo inimaginable. Y en lo más
hondo de esas profundidades cristalinas había una maldad fría e inhumana. La mirada
del dios se clavó en sus ojos, y el joven cimmerio se quedó completamente helado.
No podía moverse ni pensar…
Juma, aullando con furia y un temor primitivos, giró sobre sí mismo. Vio que las
múltiples y poderosas manos de piedra se abalanzaban sobre su amigo, que se quedó
mirando al vacío como si estuviera en trance. Si Yama daba un paso atrás, estaría
encima de Conan, que se había quedado paralizado.
El negro estaba demasiado lejos para intervenir, pero su frustrada cólera
necesitaba un desahogo. Sin pensarlo, levantó al dios-rey, que gritó y pataleó en
vano, y lo lanzó hacia su padre infernal.
Jalung Thongpa dio una vuelta en el aire y cayó con un ruido sordo sobre el suelo
decorado con mosaicos delante de los pies del ídolo que avanzaba pesadamente.
Aturdido por la caída, el pequeño monarca miró a su alrededor con una mirada
salvaje, y se puso a gritar en forma aterradora porque vio un gigantesco pie casi
encima suyo.
El crujir de huesos rotos resonó en medio del silencio total. El pie del dios se
arrastró sobre el mármol dejando una enorme mancha de color carmesí sobre los
mosaicos. Con un crujido de cintura, la figura ciclópea se inclinó hacia Conan y en
ese momento se detuvo.
Las manos de piedra verde se detuvieron en el aire con los dedos extendidos. La
ardiente luz carmesí de sus ojos se apagó. El enorme cuerpo de múltiples brazos y
cabeza demoníaca, que hacía un momento era flexible y estaba lleno de vida, se
quedó inmóvil.
Quizá la muerte del rey, que había invocado a este espíritu infernal desde las
oscuras profundidades de dimensiones innombrables, deshizo el hechizo que unía a
Yama con el ídolo. O tal vez la muerte del rey había liberado la voluntad del dios-
demonio del dominio de su pariente terrenal. Cualquiera que fuese la causa, lo cierto
es que en el momento en que Jalung Thongpa fue destruido y solo quedó de él un
charco de sangre sobre el mármol, la estatua volvió a convertirse en un bloque de
piedra inmóvil y sin vida.
El hechizo que había paralizado la mente de Conan también se deshizo. El
muchacho inerme sacudió la cabeza, para despejar la mente y miró a su alrededor. Lo
primero que vio fue a la princesa Zosara, que cayó en sus brazos llorando
histéricamente. Cuando sus brazos bronceados rodearon el cuerpo delicado de la
joven y sintió la suavidad de su cabello negro y sedoso contra su cuello, se encendió
un fuego nuevo en sus ojos, y rio lleno de gozo.
Juma vino corriendo desde el otro extremo del templo.
—¡Conan! ¡Nuestros enemigos han muerto y los demás han huido! Debe de haber

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algunos caballos en las cuadras que hay detrás del templo. ¡Es nuestra oportunidad de
abandonar este maldito lugar!
—¡Sí! Por Crom que estaré contento de sacudir el polvo de esta maldita tierra de
mis zapatos —dijo el cimmerio con un gruñido, arrancando la túnica del gran chamán
y envolviendo a la princesa desnuda con ella.
Luego la tomó en sus brazos y la llevó fuera, sintiendo el calor y la suavidad de
su cuerpo joven y grácil contra el suyo.
Una hora más tarde, cuando ya nadie los podía alcanzar, detuvieron sus caballos
y examinaron la bifurcación de caminos. Conan miró hacia las estrellas, meditó y
dijo:
—¡En esta dirección!
—¿Hacia el norte? —preguntó Juma con el ceño fruncido.
—Sí, a Hirkania —dijo Conan sonriendo—. ¿Has olvidado que todavía tenemos
que entregar a esta muchacha a su futuro esposo?
Juma volvió a fruncir el ceño más desconcertado que antes, al ver los blancos y
delgados brazos de Zosara alrededor del cuello de su camarada y su pequeña cabeza
apoyada contra su recio hombro con una expresión de felicidad en el rostro. ¿A su
futuro esposo? El negro movió la cabeza. Jamás entendería a los cimmerios. Pero
siguió a Conan haciendo dar vuelta a su caballo en dirección a las imponentes
montañas Talakmas que se elevaban como una pared que separaba la extraña tierra de
Meru de las estepas de Hirkania barridas por el viento.
Un mes después llegaban al campamento de Kujula, el Gran Khan de los
nómadas kuigar. Su aspecto era completamente diferente del que tenían cuando
huyeron de Shamballah. En las aldeas de la ladera sur de las montañas Talakmas
habían vendido algunos eslabones de las cadenas que todavía colgaban de las
muñecas y tobillos de Zosara, y se compraron ropas adecuadas para soportar el clima
de las montañas nevadas y las planicies borrascosas. Vestían gorros de piel, abrigos
de cordero, pantalones holgados de lana basta y enormes botas.
Cuando entregaron a Zosara a su novio de barba negra, el Khan los agasajó
agradecido y les dio una recompensa. Después de las celebraciones, que duraron
varios días, les envió a Turan cargados de regalos de oro.
Cuando ya estaban lejos del campamento del Khan Kujula, Juma le dijo a su
amigo:
—Era una muchacha magnífica. Me pregunto por qué no te quedaste con ella. Tú
también le gustabas. Conan sonrió y dijo:
—Sí, yo le gustaba. Pero todavía no estoy preparado para sentar la cabeza y
casarme. Y Zosara será más feliz con las joyas de Kujula y rodeada de suaves
almohadones que conmigo, galopando a través de las estepas, pasando calor y frío y
perseguido por los lobos o por hostiles guerreros. Además —dijo riendo—, aunque el
Gran Khan no lo sabe, su heredero está en camino.
—¿Cómo lo sabes?

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—Me lo dijo ella antes de despedirnos.
Juma esbozó una amplia sonrisa y dijo en su lengua natal:
—¡Nunca jamás volveré a menospreciar a un cimmerio!

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ROBERT E. HOWARD (Peaster, Estados Unidos, 1906 - Cross Plains, 1936).
Escritor estadounidense de aventuras históricas y fantásticas, publicadas
principalmente en la revista Weird Tales en los años 1930. Se le considera como uno
de los padres del subgénero conocido como «espada y brujería» y es mundialmente
conocido por ser el creador de afamados personajes populares como Conan el
Bárbaro, Kull de Atlantis y Solomon Kane. Es, junto con J. R. R. Tolkien, uno de los
escritores más influyentes de la fantasía heroica moderna.
Hijo de Isaac Mordecai Howard y Hester Jane Ervin Howard. Su familia vivió en
varios lugares del sur, este y oeste de Texas, además del oeste de Oklahoma, antes de
asentarse en pleno centro del estado, en Cross Plains (1919). Muy enfermizo, se
transformó en adicto al gimnasio y llegó a ser un joven fornido y apuesto, pero
solitario, introvertido y huraño, de forma que apenas tuvo amigos, salvo los
epistolares que hizo entre los escritores del círculo de Howard P. Lovecraft, autor con
quien empezó a cartearse en 1924. Los temas que le interesaban eran, sobre todo, los
conflictos entre civilización y barbarie (con una preferencia nietzscheana por esta
última), las teorías geológicas e históricas, la decadencia de las razas y la eugenesia.
Desde 1923 empezó a sentir fuertes depresiones y tuvo varios intentos de suicidio. Su
madre, que se llevaba muy mal con su padre, fue con él sobreprotectora y la relación
entre ellos se hizo tan estrecha que, cuando su madre quedó en coma irreversible, el
escritor, a sus treinta años, prefirió suicidarse de un tiro.
Consagraba su tiempo a la lectura de libros de historia y llegó a acumular una
erudición notable; empezó a escribir con quince años y a los dieciocho vendió su

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primer relato, La lanza y la espada (diciembre de 1932), a la revista de ficción
popular y papel barato (pulp) Weird Tales, lugar donde se publicó la mayor parte de
su obra. En 1934 ya era el principal autor de la revista, en diez de cuyos doce
números publicó, llevándose la portada en cuatro ocasiones; con este éxito se echó
una novia, Novalyne Price, una maestra de Cross Plains, a pesar de la oposición de
sus padres y empezó a hacer más realistas sus historias; pero en 1935 su novia le dejó
por uno de sus escasos amigos y el editor de Weird Tales, que le debía 800 dólares,
rechazó uno de sus relatos; su madre enfermó de tuberculosis y empezaron los
problemas económicos no solo para él, sino para todo el país, postrado en medio de la
Gran Depresión; entonces escribió el que consideraba su mejor relato, Clavos rojos,
donde la barbarie desaparece y la civilización se destruye a sí misma en un relato
protagonizado por Conan, a quien se disputan la pirata Valeria y la bruja Tascela en
medio de una guerra civil que enfrenta a dos hermanos, presunta alegoría de la
relación entre Howard, Novalyne Price, el amigo traidor y los padres del escritor. La
crítica coincide en considerar este relato y Más allá del río Negro como las mejores
historias de Conan.
En estas revistas pulp, de precio asequible, Howard creó una pléyade de héroes de la
narrativa de ficción, casi siempre bárbaros que llegaban a ser reyes como Kull de
Atlantis o Conan el Cimmerio; Solomon Kane, un puritano inglés armado con un
talismán vudú; aventureros pictos y celtas en la Britania romana; el boxeador Steve
Costigan; novelas del oeste estadounidense y un sinfín de géneros, incluido el erótico,
que lo avergonzaba. El espacio en que se mueven estos personajes en realidad es un
trasunto de las tierras fronterizas de Texas.
Su personaje más importante fue Conan, que el público descubrió en el relato El fénix
en la espada, publicado por primera vez en diciembre de 1932. Fue probablemente
para este personaje para quien Howard escribió sus mejores páginas.
Howard coincidió con otros autores de la época como Lovecraft (quien le otorgaría el
apelativo amistoso de Two-Gun Bob, «Bob Dos Pistolas», en alusión a su origen
texano) y Clark Ashton Smith, que influyeron de alguna manera en su obra en lo que
vino en llamarse el «Círculo de Lovecraft». Así, los protagonistas de algunos relatos
de Howard llegan a encontrarse con las criaturas ideadas por Lovecraft y viceversa.
El 11 de junio de 1936, hacia las ocho de la mañana, después de que su madre entrara
en coma debido a la tuberculosis, Howard se sentó en la parte delantera de su coche y
se disparó en la cabeza con un Colt del calibre 38. Murió a las cuatro de ese mismo
día y su madre falleció al día siguiente. Compartieron funeral el 14 de junio y ambos
fueron enterrados en el cementerio de Greenleaf en Brownwood.

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LYON SPRAGUE DE CAMP (Nueva York, 1907 - Plano, 2000). Sus primeras
décadas las aprovechó siendo un buen estudiante e interesado por la Ciencia. Se
diplomó en el Instituto Tecnológico de California (1930) y en el Stevens de Nueva
Yersey (1933). Sus primeras labores las desarrolló como ingeniero, instructor y
director de la Escuela de Invención y Patentes. El siguiente trabajo como editor y
periodista (1937-38) le hace irse aproximando al campo de las letras. El primer relato
que vende profesionalmente es The Isolin-guals, en septiembre de 1937, para
«Astounding Stories». Su vida se encamina a ser escritor «free-lance» para las
revistas de la época, hasta que la Guerra Mundial trunca sus planes, donde desempeña
una labor de experto para la Marina de los Estados Unidos. Licenciado con el grado
de comandante, vuelve por sus fueros como escritor, realizando, también, una labor
de periodista y colaborador de una agencia publicitaria en Filadelphia (1956).
L. Sprague de Camp es fundamentalmente conocido en España por sus
colaboraciones con R. E. Howard y Lin Carter en la saga de Conan, al igual que
como especialista americano en la Heroic Fantasy. Pero su faceta fundamental versa
en torno a una space opera picaresca y a una fantasía de clara tendencia humorística.
La serie de Krishna o serie de Viagens Interplanetarias es una mezcla de aventura a
lo Edgar Rice Burroughs y de intrigas maquiavélicas, destacando unos personajes
«simpáticos» para el lector, antihéroes que les mueve el interés práctico. Dentro de
este ciclo sobresalen las siguientes novelas: La torre de Zanid (1958), The Search for
Zei (1962) y The Hand of Zei (1963).
El Rey Reluctante es una trilogía donde persisten los grandes temas del autor: una

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imaginería de tipo humorístico, con referencias medievales y haciendo hincapié en la
aventura; un carácter «urbano» y sociológico, cuestionando el lugar que uno ocupa en
una sociedad cuando algo lo perturba, y la utilización del esfuerzo del héroe para
construir un nuevo estado de cosas. También el uso de la tecnología mágica, aplicada
a los fines de una razón práctica. La obra está compuesta por las siguientes novelas:
La torre encantada (1968), Los relojes de haz (1971) y El rey que salvó su cabeza
(1983). En base al éxito de estas narraciones, De Camp escribió una nueva secuela:
The Honorable Barbarían (1989).

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LINWOOD VROOMAN CARTER(San petersburgo, Florida, 1930 - Montclair,
Nueva Jersey, 1988) fue un prolífico autor estadounidense de ciencia ficción y
fantasía , así como un editor, poeta y crítico. Por lo general escribió como Lin Carter;
seudónimos conocidos incluyen HP Lowcraft (parodia de HP Lovecraft) y Grial
Undwin. Él es conocido por la edición de la serie Fantasy Adulto Ballantine, en la
década de 1970, que introdujo a los lectores a muchos clásicos olvidados del género
fantástico.

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