Adaptación de "Mucho Ruido y Pocas Nueces"
Adaptación de "Mucho Ruido y Pocas Nueces"
Mucho Ruido y Pocas Nueces William Shakespeare Adaptacion libre Verona Petronacci
William Shakespeare’s
MUCHO RUIDO
Y POCAS NUECES
Personajes
DOGBERRY, alguacil
DONCELLA
FRAILE FRANCISCANO
VERGES, corchete
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Mucho Ruido y Pocas Nueces William Shakespeare Adaptacion libre Verona Petronacci
Acto Primero
LEONATO. —A fé mis damitas, florezcan su belleza que Benedicto vuelve de la guerra, con su
buen amigo Claudio.
HERO. Prima querida, las mujeres pretenden a Benedicto, tanto como tu pretendes una buena
riña.
ANTONIO. Hermano mio dicen que Claudio también es un gran hombre vuelto en batalla , como el
señor Benedicto
Padua?
LEONATO.—A fe, sobrina, que tratas con excesiva dureza al signior Benedicto; pero él se
desquitará contigo, no lo dudo.
ANTONIO—Es también un buen soldado. Todo acaso tiene que ser tan explosivo?
LEONATO.—No tomes en mal sentido las palabras de mi sobrina. Hay una especie de
guerra chistosa entre ella y el signior Benedicto, jamas se encuentran sin que se entable
entre ellos una guerra a duelo.
URSULA. sh...Ya estan llegando. Guardad silencio que no os escuchen. (Ursula arregla a
Beatriz).
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Escena 2 CLAUDIO, BENEDICTO, BATRIZ Y HERO
BENEDICTO.—Lo cierto es que todas las damas se prendan de mí, excepto tu; y la verdad, no
amo a ninguna.
BEATRIZ.— No lo dudo! Prefiero oír a mi perro ladrar que a un hombre jurar que me adora.
BENEDICTO.—Así se verá libre uno u otro caballero de los infalibles arañazos en la cara.
BEATRIZ.—Si fuese una cara como la tuya no podrían afearla los arañazos.
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BENEDICTO.—Pues, a fe, se me antoja demasiado bajita para un alto elogio y demasiado morena
para un claro elogio. Sólo puedo hacer de ella la siguiente recomendación: que si fuera otra de la
que es, sería fea, y que no siendo sino como es, no me gusta.
BENEDICTO.—¿Quieres comprarla?
CLAUDIO.—Piensas que estoy de broma? (cambia actitud) ¿Podría el mundo comprar semejante
joya?
BENEDICTO.—Yo veo todavía sin anteojos, y no advierto semejantes hechizos. He ahí a su prima,
que, a no hallarse poseída de la cólera, la superaría en hermosura. Espero que no quieras
convertirte en marido?
BENEDICTO.—¿Con que esas tenemos? ¿No lograré ver nunca un solterón de sesenta años? Estas
poniendo tu cuello al yugo (gesto)
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BENEDICTO.— Está enamorado. ¿De quién? Advierte cuán breve es la respuesta: de Hero.
BENEDICTO.—Pues yo ni sé cómo se la pueda amar, ni me consta que sea digna de que se la ame.
BENEDICTO.—Que me haya concebido una mujer, es cosa que le agradezco; que me haya criado,
también; y porque no quiero hacerles la injusticia de desconfiar de alguna de ellas, es que no me
fio de ninguna. Y por último, me propongo vivir soltero.
DON PEDRO.—Antes de morir, he de verte palidecer de amor...Ay como reiré (rie freneticamente)
vas a sucumbir en las brazas del amor
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DON PEDRO.—Bien, esperare por ello, contando las horas. Mientras tanto, este príncipe pagara
tu peso en oro, cuando te vea sucumbido ante el amor . El toro salvaje se entregue al yugo (rié y
sale)
CLAUDIO.—¡Señor! Al partir a esta última guerra, la contemplé con ojos de soldado y me agradó; (
En este momento, ingresa VERGES y al escuchar, se esconde) Ahora que he regresado y los
pensamientos guerreros ya no están, en su lugar acuden tiernos y delicados anhelos que me
recuerdan cuán bella y delicada es la joven Hero.
CLAUDIO.—(Alegre) Quise adornarlo con más largo discurso. Y porque soy novato en las tareas
del amor, me siento torpe para ejecutarlas.
DON PEDRO.—Estimado Claudio, voy a prestarte ayuda. Tengo entendido que esta noche habrá
baile de máscaras. Yo representaré tu papel bajo cualquier disfraz y cortejaré a la hermosa Hero.
(En este momento ,ingresa LEONATO y al escuchar, se esconde) Verteré mi corazón en su
pecho. Oh Hero! Oh! P rincesa de mi ensueño! Oh! Bella de níveas manos y tan dulce mirar! Oh. .
(Se recompone ante la mirada de CLAUDIO) Bien. Acto seguido, tendré una explicación con su
padre. Pongámoslo en práctica i nmediatamente. (Salen.)
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Entra MARGARITA y detrás suyo DON JUAN quien la toma e intenta besarla
MARGARITA.— ( Soltándose nuevamente) Todo a su debido tiempo.. y lugar. Aquí... hay muchos
ojos!
DON JUAN.— Para ver se hicieron los ojos... que hagan su trabajo! ( Yendo hacia ella)
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VERGES.— Claudio!
VERGES.—No. Se casa con todo el cuerpo. (Mirada asesina de DON JUAN) Y con su hermano
no! Con Hero, la hija y heredera de Leonato.
DON JUAN.—Ese héroe improvisado de Claudio recoge toda la gloria de mi caída. Si puedo
interponerle algún obstáculo en su camino, cualquier camino me parecerá venturoso. Cuento
con ustedes?
MARGARITA.—(Sonriendo) Ahora debo continuar mis labores... mi señor! (Sonríe con malicia.
Cambia su actitud sumisa y sale)
DON JUAN.—Y nosotros iremos a esa gran cena, a tantear el terreno. (Sale)
VERGES.—( Siguiéndolo) Sí. A tantear!
BEATRIZ.—¡No lo he visto! ¡Qué cara fúnebre tiene ese caballero! Nunca he podido verle sin
experimentar por espacio de una hora acidez de estómago.
LEONATO.—A fe, sobrina, que no conseguirás nunca un esposo si tienes siempre la lengua tan
maliciosa. A fe que eres un demonio!
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BEATRIZ.—Te equivocas tío! Los demonios tienen cuernos, y si Dios no me da marido, cuya
merced le imploro de rodillas todas las mañanas y todas las noches... tampoco me dará cuernos
HERO.—S. .
BEATRIZ.—(No dejando hablar a HERO) Sí, a fe; el deber de mi prima es hacer una reverencia y
decir: «Como os guste, padre». Pero, sobre todo, prima, que sea buen mozo; o de lo contrario, haz
otra reverencia y di: «Padre, como a mí me guste».
Entran DON PEDRO, CLAUDIO, BENEDICTO, DON JUAN, MARGARITA, ÚRSULA y otros,
enmascarados.
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Escena 10
DON JUAN.—Indudablemente, mi hermano tomo el lugar de Claudio con Hero; No queda más
que una máscara.
DON JUAN.—Signior, eres el amigo íntimo de mi hermano. Como sabes, está enamorado de Hero.
Os ruego le hagas desistir de ese enlace. Ella no es de una cuna igual a la suya.
MARGARITA.—Yo le oí confesártelo…
DON JUAN.—También te ha contado su plan de hacerle creer a Claudio que esta noche la
cortejaría en su nombre.
MARGARITA.—Yo también; y juró que se casaría con ella esta misma noche.
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LEONATO: Exacto querido amigo!! tengo canas y ya estoy preparado para nietos, tengo una hija y una
sobrina que están en plena flor de casarse y así podre ser abuelo. ¿ Usted ama a alguien Don Pedro?
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DON PEDRO.—Bien. .
BENEDICTO.— Me ha dicho, sin sospechar que era yo, que soy el juglar del príncipe;
acumulando burla tras burla con tan increíble malicia. Pero no hablemos de ella.
DON PEDRO.—Vamos. .
DON PEDRO.—Entonces…
BENEDICTO.—Si fuera su aliento tan pestífero como sus términos, no habría modo de vivir a su
lado; Pero no hablemos de ella.
BENEDICTO.—Por Dios, que fuera bueno que algún sabio la sometiera a conjuro; porque
mientras que ella viva sobre la tierra, el hombre hallará más paz en el infierno que en un
santuario; y las gentes morirán adrede para ir allí cuanto antes; Pero no..
BENEDICTO.—No..
BENEDICTO.—¿No podría vuestra gracia darme algún encargo para el fin del mundo? Os
traería ahora mismo un mondadientes del más apartado extremo del Asia; os procuraría la
medida del pie del Yeti; Lo que sea antes que cambiar tres palabras con esa arpía.
DON PEDRO.—El único encargo que tengo es desear vuestra buena compañía.
BENEDICTO.—He aquí, señor, un plato que no es de mi gusto: no puedo tragar a esta señora
Lengua. (Sale. )
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CLAUDIO.—Tampoco, señor.
DON PEDRO.—A fe mia, . Claudio: ha hecho la corte a Hero en nombre tuyo, y me ha respondido.
Hablé ya con su padre, y obtuve su buena voluntad. ¡Fija el día de la boda, y que Dios te haga feliz!
LEONATO.—Conde, toma a mi hija, y con ella mi fortuna. ¡Su gracia ha concertado el matrimonio.
BEATRIZ.—Habla, prima; y, si no puedes, ciérrale la boca con un beso, y que él no hable tampoco.
LEONATO.— ¿Qué modales son esos sobrina? A qué viene tanta insolencia? Largo de aquí!
Endemoniada!
LEONATO.—La cordialidad es elemento que entra poco en la constitución de su ser, señor. Nunca
para ser más preciso.
LEONATO.—¡Oh! Si estuvieran casados sólo una semana, se volverían locos de tanto hablar.
CLAUDIO.—Mañana, señor. El tiempo marcha sobre muletas hasta que el amor cumpla todos sus
ritos.
LEONATO.—No antes del lunes, querido hijo, que será justamente dentro de una semana.
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DON PEDRO.—Y Benedicto lo es. Si logramos esto, la gloria de Cupido nos pertenecerá,
pues nos quedaremos por únicos dioses del amor. Venid conmigo y os explicaré mi plan.
(Salen.)
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DON JUAN.—Toda barrera, todo obstáculo, todo impedimento será bálsamo a mi herida. ¿Cómo
puedes frustrar ese matrimonio?
MARGARITA.—Creo haber dicho a vuestra señoría, hace ya un año, que gozo mucho del favor de
Vergés.DON JUAN.—(Sonriendo) Lo recuerdo.
MARGARITA.—Puedo citarlo a cualquier hora de la noche para que se asome a la ventana del
aposento de mi señora.
DON JUAN.—(Molesto) ¿Qué vida hay en eso para causar la muerte de ese enlace?
MARGARITA.— Procura llamar aparte a don Pedro y al conde Claudio; cuéntales que sabes que
Hero ama a alguien
MARGARITA.— Dispondré la coartada de manera que Hero esté ausente; y seamos Vergés y yo
los vistos en la oscuridad.
DON JUAN.—Cualquiera que sea el resultado adverso que de aquí surja, quiero ponerlo en
práctica. Sé astuta en el proyecto, y tendrás mil ducados de recompensa.
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Entra BENEDICTO.
BENEDICTO.—Mucho me asombra que un hombre que se ha reído de otro cuando consagra sus
actos al amor pretenda convertirse en tema de sus propias burlas, enamorándose. ¿Será posible
que yo también me transforme? (Viendo a DON PEDRO y CLAUDIO) El príncipe y Monsieur
Amor. ( Se oculta. )
DON PEDRO.—(A Leonato, muy alto para que escuche Benedicto) ¿Qué me decías hace un
momento, que vuestra sobrina Beatriz está enamorada del signior Benedicto? ( Benedicto que
estaba encontrando lugar, se cae)
LEONATO.—Bajo mi palabra, señor, que no sé qué pensar de ello, sino que lo adora con pasión
frenética.
LEONATO.—¡Oh Dios! ¿Fingir? Jamás una pasión fingida anduvo tan cerca de una pasión real
como la que ella descubre sin proponérselo.
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LEONATO.—¿Qué síntomas, señor? Bueno.. (No sabe que decir... A CLAUDIO. ) Ya os habrá
dicho mi hija cómo.
LEONATO.—Me. . dijo.. que. . (Se da cuenta, los reúne a los dos y hace como que dice algo en
secreto)
BENEDICTO.—(Aparte. ) Pensaría que todo esto es una burla, a no ser ese anciano de barba
blanca quien lo cuenta;
LEONATO.—No, y jura que nunca lo hará; ése es su tormento. Se levanta veinte veces durante la
noche y se queda sentada en camisa hasta que ha escrito un pliego de papel. Luego rompe la
carta en mil pedacitos, reprochándose el haber cometido la ligereza de escribir a un hombre que
sabe habría de burlarse de ella. “Le mido —exclamaba— por mi propio carácter, pues yo me
burlaría de él si me escribiese”
DON PEDRO.—(Hace gesto que es demasiado) Sería conveniente que Benedicto lo supiera
por otro conducto, si ella no quiere confesárselo.CLAUDIO.—¿A qué fin? No haría sino
tomarlo a diversión y atormentar más a la pobre dama.
DON PEDRO.—Si así obrara, fuera un acto caritativo ahorcarle. Se trata de una dama encantadora
y gentil; de virtud inmaculada, al abrigo de toda sospecha.
CLAUDIO.—Beatriz dice que si él no la ama, morirá. Que antes de declararle su amor, morirá. Y
que si él la corteja, morirá, antes que ceder un ápice de su acostumbrado espíritu de
contradicción.
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DON PEDRO.—A la verdad, muestra ciertos destellos que se parecen al ingenio… a veces.
DON PEDRO.—(Gesto de no tanto) . . Sí. . ; y en dirimir contiendas podéis decir que es prudente,
pues las evita con gran discreción.
BENEDICTO.—( Ofendido) Ah! ( Al darse cuenta, imita el sonido de algún pájaro para
disimular. Los tres tratan de ocultar la risa)
CLAUDIO.—( Aparte. Divertidos los tres) Si con esto no está perdidamente enamorado, nunca
confiaré en mis esperanzas.
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HERO.—Ahora, Úrsula; cuando llegue Beatriz, nuestra charla recaerá tan sólo en Benedicto.
Cuantas veces pronuncie su nombre, cuida de elogiarle a un extremo que jamás hombre alguno
haya merecido.
HERO.—Acerquémonos; (Avanzan. Alto, casi gritando. ) No, por cierto, Úrsula; ella es
demasiado desdeñosa. Conozco su carácter, tan fiero y esquivo como los halcones montanos que
habitan en las rocas.
ÚRSULA.—Pero, ¿estas segura de que Benedicto ama tan ardorosamente a Beatriz? ( Al
escuchar esto puede que Beatriz se caiga, o golpee con algo en donde está escondida)
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HERO.—Me han rogado que se lo participe; pero yo les he contestado que, si estiman a
Benedicto, le insten a que luche contra ese afecto y no se lo haga saber nunca a Beatriz
ÚRSULA.—¿Por qué? ¿No es ese caballero merecedor de compartir un tálamo tan digno
como aquel en que Beatriz pueda nunca reposar?
HERO.—Bien sé que merece cuanto pueda otorgarse a un hombre; pero jamás formó la
naturaleza un corazón femenino de materia más dura que el de Beatriz. En sus ojos cabalga
chispeante el desdén y la mofa. No puede amar ni concebir forma ni proyecto alguno
afectuoso; tan engreída está.
HERO.—En efecto. Jamás he visto hombre, por sabio, por joven, noble o de raras facciones que
fuere, a quien no haya dispensado mala acogida. Si es alto, es una lanza con la punta torcida. Si
es bajo, un ágata mal tallada. Si habla es entonces una veleta que gira a todos los vientos. Si
calla, un tronco que nadie mueve. Así ve la parte mala de cada uno.
HERO.—No; antes iré a avisar a Benedicto y aconsejarle que combata contra su pasión. Y,
por cierto, inventaré, si es necesario, cualquier honesta calumnia que moleste a mi prima.
ÚRSULA.—¡Oh! No inflijas semejante agravio a vuestra prima. No puede hallarse tan falta de buen
criterio para rechazar a un caballero tan extraordinario como el signior Benedicto.
HERO.—En efecto, goza de una excelente reputación. Pero vamos adentro. Mientras continuamos
discutiendo el asunto, te enseñaré algunas galas y me aconsejarás cuál es la mejor para ataviarme
mañana.
HERO.—( Aparte) Si es así, se ama entonces por azar. Cupido da muerte a unos con flechas y a
otros con redes.
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BEATRIZ.—(Avanzando. ) ¿Cómo me zumban los oídos? ¿Será posible? Benedicto… ¿Me ama?
Ay!!! (Con berrinche) ¡Que descaro! Pero ya se las verá conmigo! Bufón insípido! (Sale. )
DON PEDRO.—Permanezco sólo hasta que se realice vuestra boda y después parto hacia Aragón.
DON PEDRO.—No; no quiero empañar el nuevo brillo de vuestro matrimonio. Me atreveré sólo a
solicitar la compañía de Benedicto, que desde la coronilla hasta la punta de sus pies es todo
alegría.
DON PEDRO.—¡A la horca, renegado! No hay en él una sola gota de sangre capaz de sentir
lealmente los efectos del amor. Si está triste es que carece de dinero.
LEONATO—Sácatela.
CLAUDIO.—No obstante, digo que está enamorado. Se cepilla el sombrero por la mañana. ¿Qué
indica eso?
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DON PEDRO.—Es lo que yo también quisiera saber. Os aseguro que se trata de alguna persona
que no le conoce.
CLAUDIO.—No. Lo conoce, y todas sus malas cualidades; y, a pesar de todo, se muere por él.
CLAUDIO.—Exactamente, Hero, Margarita y Úrsula habrán representado sus papeles con Beatriz,
y ya no se morderán una a otra las dos fieras cuando se encuentren.
Escena 19
DON JUAN.—Si os place; sin embargo, el conde Claudio puede escuchar, pues le
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CLAUDIO.—¿Quién? ¿Hero?
DON JUAN.—La misma. Hero, la hija de Leonato; vuestra Hero, la Hero de todo el
mundo. CLAUDIO.—¿Desleal?
DON JUAN.—La palabra es demasiado suave para pintar su maldad. Venid esta noche conmigo, y
veras a un mancebo escalar la ventana de su aposento en la noche víspera del día de su boda. Si la
puedes amar luego, casaos mañana con ella.
CLAUDIO.—¡Si viese esta noche cosa alguna por la cual no deba casarme con ella mañana, la
avergonzaré en la congregación donde hubiera de desposarme!
DON PEDRO.—Y así como la cortejé en tu nombre para obtenerla, me uniré contigo para
repudiarla.
Escena 20
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MARGARITA.—Está bien! Has de saber, pues, que he obtenido mil ducados de Don Juan.
MARGARITA.—Dos de ellos lo creyeron; pero el diablo de Don Juan sabía que era yo.
MARGARITA.—Verges?
ÚRSULA.—Avisad al señor alguacil mayor. Hemos descubierto aquí la más peligrosa obra de
libertinaje que se ha cometido jamás en el Estado.
ÚRSULA.—Ni una palabra. Os intimido a que os dejes obedecer y nos sigas. (Comienza a salir)
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ÚRSULA.—Vamos!!!!
Escena 21
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URSULA—Por mi fe que no es tan bonito, y estoy segura de que vuestra prima será del mismo
parecer.
URSULA—Hallaría precioso este nuevo añadido, si el cabello fuera un poco más oscuro. En
cuanto al vestido, a fe que está confeccionado a la última moda.
URSULA—¿De qué? ¿De hablar de cosas honradas? ¿El casamiento no es honrado? A no ser que
un mal pensamiento interprete torcidamente mis palabras, a nadie he ofendido.
Entra BEATRIZ.
URSULA—Desde que tú has dejado de serlo. Fue un encanto la doncella que canto en el baile de
mascaras, piensas invitarla para tu casamiento? Por que yo también quiero cantar ! Y vi como lo
miraba al señor Benedicto...se sacaban fuego por los ojos
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Entra DOGBERRY.
DOGBERRY—Daos prisa, señora. El príncipe, el conde, el signior Benedicto, don Juan y todos los
galanes de la ciudad vienen por ti para llevaros a la iglesia.
HERO.—Si querido amigo! ( Sale DOGBERRY) Ayudadme a vestir (a Úrsula). Prima?
BEATRIZ.— No (Sale.)
Acto Segundo
Escena 22
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LEONATO, FRAILE, CLAUDIO, HERO, BEATRIZ, DON PEDRO , DON JUAN y ANTONIO
Entran DON PEDRO, DON JUAN, LEONATO, DOGBERRY, CLAUDIO, BENEDICTO, HERO, BEATRIZ,
etc.
CLAUDIO.—No.
LEONATO.—A ser casado con ella; tú eres quien viene a casarle con ella.
HERO.—Vengo.
FRAILE—Si alguno de vosotros dos sabe de algún impedimento os invito, por la salvación de
vuestras almas, a que lo declaren.
CLAUDIO.—¡A cuánto se atreven los hombres! ¡Cuánto hacen diariamente, sin saber lo que hacen!
CLAUDIO.—Acércate, fraile. Padre, con vuestro permiso: ¿me das a esta doncella, vuestra hija,
libremente y sin violencia alguna?
CLAUDIO.—Y yo, ¿qué podría daros en pago de tan rico y valioso presente?
HERO.—Claudio!
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CLAUDIO.—¡Mirad! ¡Se sonroja como una virgen! Todos cuantos la ven, ¿no jurarían que es una
virgen? ¡Pues no lo es! ¡Conoce el calor de un lecho lujurioso; y si enrojece, no es de pudor, sino
de vergüenza!
HERO.—No!
DON PEDRO.—¿Qué voy a decir? Estoy avergonzado por haber querido unir a mi caro amigo
con una vulgar ramera.
CLAUDIO.—¿Quién era el hombre que hablaba contigo anoche, en tu ventana, entre doce y una?
DON PEDRO.— Leonato, por mi honor que junto a mi hermano y a este pobre conde la hemos
visto y oído a esa hora con un rufián en la ventana de su aposento…
HERO.—No es cierto!
CLAUDIO.—¡Adiós Hero! Por ti cerraré todas las puertas del amor, y la sospecha penderá de mis
párpados para trocar toda hermosura en pensamientos de maldad y nunca hallarle otros
atractivos.
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acusan…? por qué soportar tales agravios? Hemos sido concebidos por un mujer y a
ellas más atacamos, sobrina mía, hazme feliz y respira (se abraza a ella)
Escena 23
FRAILE—Reconfortaos, señora.
LEONATO.—¿Por qué? ¿Todo lo que hay sobre la tierra no grita su deshonra? ¿Puede negar aquí
el relato que lleva impreso en su sangre? No vivas, Hero; no abras los ojos.
LEONATO.— ¿Me apenaba el tener una hija tan sólo? ¿Acusé a la naturaleza por haberse
mostrado avara? ¡Ah! ¡Fue demasiado pródiga en darme a ti!
FRAILE—Sobrina ¿has compartido su lecho la noche última? No tengaís miedo, somos familia.
LEONATO.—Fraile, te equivocas. Ya ves que todo el pudor que le queda consiste en no querer
añadir a su condenación el pecado de perjurio. No lo niega.
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HERO.—Lo sabrán quienes me acusan. Si conociera a hombre alguno más de lo que puede
convenir a la castidad de una doncella, ¡que mis pecados no hallen redención! ¡Probad que un
hombre ha conversado conmigo a horas desusadas y repudiadme, odiadme, torturadme hasta
la muerte!
LEONATO.—¡Si han dicho de ella sólo la verdad, me sentiré desdichado! ¡Pero si mancharon su
honor con la calumnia, tendrán que sentir la fuerza de un brazo y plantel de amigos para tomar
venganza cumplidamente.
ANTONIO—Los príncipes han dejado aquí a vuestra hija por muerta. Ocultadla algún tiempo
secretamente y hacer correr la voz de que, en efecto, ha sucumbido; suspended del viejo
panteón de vuestra familia un epitafio fúnebre y cumplid todos los ritos correspondientes a un
entierro.
BENEDICTO.—Signior Leonato, atended el consejo del monje. Y aunque sabes la gran intimidad
y afecto que me unen al príncipe y a Claudio, juro por mi honor, que he de obrar en todo con
sigilo y lealtad.
Vamos, señora, morid para vivir, que mi alma luego se confiesa por tal terrible omisión.
HERO.—Gracias Padre!
FRAILE—Tal vez este día nupcial no ha sido sino aplazado. (Salen FRAILE, HERO y LEONATO.)
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Escena 24
BENEDICTO Y BEATRIZ
BEATRIZ.—(Secándose las lágrimas) No. Jamás lloro… y menos por esa arpía de mi prima
BENEDICTO.—Nada quiero más en este mundo que a ti! (Se da cuenta) Que…
ayudarte a ti.
BENEDICTO.—¿Qué hago aquí? ¿Sabes que hago aquí? No se… ¿Qué hago aquí?
BEATRIZ.—(Enojadísima) Enfadarme!!! Eso haces!!! Desde que te conozco! Ay! (Desde el enojo,
como si dijera odio en vez de amo) Cuanto te amo! (BENEDICTO no escuchó bien y se
sorprende) Odio. Cuanto te odio!
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BENEDICTO.—Sin embargo…
BEATRIZ.—(Enojadísima) Sabes más tu que yo? Eh? Ay! Cuanto te odio! Te odio… (Cara a
cara, y esta vez dicho como si dijera amo en vez de odio) tanto!
BENEDICTO.—Estoy… confundido…
BEATRIZ.— Te odio tanto! Odio tus bromas… tu caminar… tus ojos… tu boca… (Boca a
boca)
BEATRIZ.—¡Mata a Claudio!
BENEDICTO.—¡Beatriz!. .
BEATRIZ.—¿No está probado que es el más vil de los miserables por haber calumniado,
despreciado y deshonrado a mi prima? ¡Si yo fuera hombre! Engañarla hasta el punto de darse las
manos ante el altar ¡Si yo fuera hombre! ¡Me comería su corazón en medio de la plaza!
BENEDICTO.—¡Óyeme, Beatriz!. .
BENEDICTO.—Pero ¡Beatriz!. .
BENEDICTO.—¡Beat!. .
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BEATRIZ.—¡Si yo fuera hombre para defenderla, o tuviera sólo un amigo que fuera hombre… de
verdad!
BENEDICTO.—¡Basta! ¡Me comprometo a desafiarle! ¡Por esta mano, que Claudio me dará
satisfacción cumplida!
Escena 25
MARGARITA, URSULA Y VERGES
Margarita empieza a caminar despacio intentando escapar, posee opa de hombre y mucha
barba para encubrirse, cuando casi llega la atrapa Ursula y Verges
URSULA: Detente ahi!!
MARGARITA: Si señora?
VERGES: Quién?
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Escena 26
Una cárcel.
VERGES.—Asamblea.
DOGBERRY.—Asamblea.
URSULA.—¡Así es señor!
VERGES.—Instrucción.
DOGBERRY.—Cuál es el rufián?
MARGARITA.—(Mirando hacia todos lados, ya que no queda nadie más que ella) . .Yo..
MARGARITA.—Margarita.
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DOGBERRY.—( A URSULA) Escribid ahí: es una dama... que parece un caballero. Señorita, está
probado que eres poco menos que una hipócrita traidora, y cerca le anda de que lo creamos.
¿Qué contestas en ataque propio?
VERGES.—Defensa propia.
DOGBERRY.—(Aparte a VERGES y URSULA) Es una moza lista esta truhán; pero yo me las
entenderé con ella. Venid acá, bellaca; una palabra al oído. Os digo, señora, que se sospecha que
eres una granuja.
VERGES.—Confesión!
VERGES.—Acusa. .
URSULA.—Dijo que había recibido mil ducados de don Juan para acusar falsamente a la
señora Hero. Y que el conde Claudio tenía el propósito, creyendo en sus palabras, de
deshonrar a Hero ante toda la asamblea y de no casarse con ella.
VERGES.—Detención.
DOGBERRY.—¿Qué más?
URSULA.—El príncipe Juan ha huido secretamente esta mañana. Hero ha sido acusada y ha
muerto de pena repentinamente.
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DOGBERRY.—¡Por vida de Dios! ¿Dónde está el escribano? ¡Que escriba que el representante del
príncipe es un mastuerzo! ¡Vamos, hay que amarrarle! (Comienza a atarla)
DOGBERRY.—¿No te infunde «sospecha» mi cargo? ¡Que no esté aquí el escribano para escribir lo
de asno! Pero tú, Verges, recuerda que soy un asno. Aunque no conste por escrito, no olvides que
soy un asno. (Salen. )
Escena 27
BEATRIZ—Si continuas así, os causaras la muerte, y no es razonable secundar de tal modo la pena
contra uno mismo.
LEONATO.— Encuéntrame un padre que haya amado a su hija tanto como yo; cuya felicidad,
puesta en ella, haya sido aniquilada como la mía, y pídele que hable de paciencia. Los hombres
pueden aconsejar y proferir palabras de consuelo ante aquellos pesares que no sienten. Por lo
tanto, no me des consejos. Mis penas gritan más alto que tus reflexiones.
BEATRIZ—Sin embargo, no eches sobre vos todo el peso de la desventura; que aquellos
que os han ofendido sufran también.
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LEONATO.—En eso hablas con razón. Mi alma me dice que Hero ha sido calumniada, y lo sabrá
Claudio, así como el príncipe y todos aquellos que de tal modo la han deshonrado.
LEONATO.—Oíd, señores. .
BEATRIZ—Si pudiera obtener satisfacción por una querella, alguno de nosotros mordería
el polvo.
CLAUDIO.—¿Quién le ha ofendido?
LEONATO.—¡Tú, me has ofendido! ¡Tú, impostor! ¡Tú! ¡No, no eches mano a la espada! ¡No
te temo!
LEONATO.—No te mofes ni te burles de mí. No hablo como un viejo caduco. Has calumniado a mi
inocente hija. Tu injuria traspasó su corazón de parte a parte, y reposa enterrada con sus mayores.
¡En una tumba donde jamás durmió el oprobio, salvo este tuyo, urdido por tu infamia!
CLAUDIO.—¿Mi infamia?
LEONATO.— (A Claudio) Tú mataste a mi hija; si me matas a mí, habrás matado a un hombre.
BEATRIZ—Y tendrá que matarme a mí también. Vamos, sígueme, muchacho; vamos, señor rapaz;
vamos.
LEONATO.—Hermana. .
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LEONATO.—¡Hermana Antonia!. .
DON PEDRO.—No queremos excitar vuestro enojo. Mi corazón está desolado por la muerte de
vuestra hija y sobrina; pero, por mi honor, que de nada fue culpada que no estuviera cierta y
verdaderamente probado.
LEONATO.—Señor, señor. .
Escena 28
Entra BENEDICTO.
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BENEDICTO.—(A CLAUDIO) Eres un villano. No lo digo de broma. Os lo haré bueno donde, cómo
y cuándo gustes. Dadme una satisfacción, o publicaré vuestra cobardía.
ENTRA DON JUAN
DON JUAN: Señores...vengo a ofrecer mi cabeza, pues hermano mio te detesto con toda mi sangre,
desde niños toda la gloria era para ti, tu eres príncipe y yo un tirado, quería mostrarle al mundo lo
que yo valía y verte destruido, ahora a causa mía murio una inocente, pido el castigo cruel para mi
crueldad, el desprecio para mi desprecio, lamento la muerte de HERO…
DON PEDRO.—Hermano mio, me duele que seas infeliz, pues la gente dichosa no lastima, las
personas que poseen jubilo ayudan al prójimo, cuando tengas paz, encontrarás piedad en tu
corazón, intento tener amor, altruismo a la vida, por lo tanto tendrémos misericordia de tí a fe
que has vuelto y eso amerita noble causa, dijeron que huiste, pues estás aquí hermano mio.
SE ABRAZAN
Escena 29
DOGBERRY.—Vamos! Vamos!
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DON PEDRO.—¿Qué es esto? ¡La criada de Hero presa! Oficiales, ¿qué delito ha cometido esta
mujer?
DON PEDRO.—Primero, te pregunto qué ha hecho; tercero, te interrogo cuál es su delito; sexto
y último, por qué está presa; y, para concluir, ¿qué cargos le imputas?
DOGBERRY.—(Piensa) No he entendido mucho señor. Pero me gustaría que se sepa... que soy un
asno.
DON PEDRO.—Bien. .
DON PEDRO.—Bien!!!! ( A MARGARITA) ¿A quién has ofendido Margarita, para venir así atada
antes de tu interrogatorio? Este sabio alguacil es demasiado alambicado para hacerse entender.
¿Cuál es tu delito?
VERGES.—(Pensando) Lucidez?
APAGON
LEONATO.—(A Margarita) Por lo tanto ¿Eres tú quien cuyo aliento mató a mi inocente hija?
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MARGARITA.—Si. Solo yo
LEONATO.—No, solo tu no. Hay aquí un par de hombres más, que han mediado en ello. el
tercero huyó. (VERGES comienza a irse despacio) Príncipes, os agradezco la muerte de mi
hija. (VERGES se frena) ¡Inscribid la hazaña en vuestros altos y preciados hechos! Ha sido
realizada valerosamente.
DON PEDRO.—¡Ni yo tampoco, por mi alma! Y, no obstante, para darte satisfacción, me presto a
soportar el castigo más pesado que te plazca infligirme.
ANTONIO: Calma por favor, acudid a la razón y no dejarnos llevar por la ira
LEONATO.—No puedo haceros que hagas vivir a mi hija; pero os ruego a ambos declares al
pueblo de Mesina que murió inocente. Mañana por la mañana venid a mi casa, y puesto que no
has podido ser mi yerno, serás mi sobrino. Mi hermano ya difunto tiene una hija, efigie casi de
mi adorada Hero, y única heredera de los dos. Dadle el título que hubieras dado a su prima, y
así fenecerá mi venganza.
LEONATO.—Mañana, pues, espero vuestra llegada. Me despido por esta noche. (Sale)
URSULA.—Un momento! (LEONATO se frena) Falta saber quién es el villano que estaba con
Margarita.
(Reacciones de todos mientras VERGES comienza a irse nuevamente, y esta vez todos lo ven)
VERGES.—Infame.
ANTONIO.— Sospecho fue cómplice en la infamia, comprado también por vuestro hermano.
MARGARITA.—No, no supo lo que hacía; antes ha sido siempre honesto en todo lo que de él
conozco. Solo a mí me cortejó, sabiendo que era yo, aunque llamándome Hero a pedido mío.
VERGES.—Es cierto.
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VERGES.—No es necesario.
MARGARITA: Señores, mi traición fue mentir pero nunca matar a nadie, mi vida esta en vuestras
maños, perdonadme la vida y prometo ser lean a vosotros hasta la muerte.
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Escena 31
LEONATO.—(Le besa la frente a su hija) Lo son también el príncipe y Claudio, que la acusaron
víctimas de un error.
LEONATO.—Hija mía, retiraos a un aposento con tu prima, y cuando envíe a buscaros, venid con
antifaces.
BENEDICTO.—Para salvarme o para perderme, una de las dos cosas. Signior Leonato, la verdad es
ésta:
LEONATO.—Ojos que, según colijo, debes a mí, a Claudio y al príncipe. Más, ¿qué deseas?
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LEONATO.—Buenos días! Os esperábamos. ¿Estás por fin dispuesto a casaros hoy con la hija
de mi hermano?
CLAUDIO: Tu te casas con la que menos creías y yo me quedo solo perdido sin mi Hero...
LEONATO.—No, no lo verás hasta que hayas aceptado su mano ante este fraile y jurado casaros
con ella.
CLAUDIO —No se quien es, no me casaré por contrato. Aunque si es el castigo por matar a la que
ame, llevare la pena de casarme por culpa. Dadme vuestra mano. Ante este santo fraile soy vuestro
esposo, si me quieres.
HERO.—Y cuando vivía era vuestra otra mujer. (Quitándose el antifaz. ) Y cuando me amabas
eras mi otro marido. Pero el amor es respeto y respetemos juntos el amor que viene.
HERO.—Nada más cierto. Una Hero murió ultrajada; pero yo vivo, y tan seguro como vivo es
que soy doncella.
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DOGBERRY—Yo desvaneceré este asombro luego que haya dado fin la sagrada ceremonia.
Vamos sin demora a la capilla.
BENEDICTO.—Vaya, entonces vuestro tío, el príncipe y Claudio se han engañado, pues juraron
que sí.
BEATRIZ.—¿Y tú me amas?
BEATRIZ.—Vaya, entonces mi prima, Margarita y Úrsula se han engañado de medio a medio, pues
juraron que sí.
BEATRIZ.—Y ellas juraron que estabas casi muerto de amor por mí.
BEATRIZ.—No!
CLAUDIO.—Y yo estoy seguro de que él la ama, pues he aquí un papel escrito de su mano, un
soneto cojo, de su propia y singular invención, dedicado a Beatriz.
HERO.—Y he aquí otro, escrito de mano de mi prima, caído de su bolsillo, que contiene su
afección por Benedicto.
BENEDICTO.—¡He aquí nuestras propias manos contra nuestros corazones! Vamos, estemos
juntos; pero, por esta luz, que te tomo por lástima.
BEATRIZ.—No he de rechazaros; pero, por este día radiante, que es por ceder a la gran
influencia persuasiva y en parte por salvaros la existencia, pues me han dicho que os
estabas consumiendo.
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DON PEDRO: Ay..ay ...ayy cumbio ante el amor!! el toro salvaje quedo en la tranquera (rie fuerte)
APAGÓN FINAL









