ELEGIA
¿Qué es la elegía?
La elegía es un tipo de poesía lírica cuyas piezas consisten en una lamentación, es decir, en una
expresión de dolor o desesperanza ante la pérdida de un ser amado, un sentimiento, una
patria, etcétera. Aquello que es propio de la elegía o que se le asemeja se conoce como
«elegíaco», y similarmente, en música se consideran elegías ciertas composiciones
particularmente tristes o sombrías.
El término “elegía” proviene de la voz griega élegos, nombre que en la antigüedad daban a un
canto fúnebre acompañado de flauta o de lira, y que se caracterizaba por un tipo de métrica
particular: el “dístico elegíaco”, compuesto por un hexámetro y un pentámetro. Este tipo de
verso fue muy común en la poesía grecolatina, no sólo para expresar el luto o el duelo, aunque
ése quizá fuera su cometido original.
De hecho, durante la época arcaica de la antigüedad griega (siglos VII-VI a. C.), este tipo de
estrofa se empleaba para cantar temas solemnes, como la muerte, la guerra o la patria, en
obras extensas escritas por Solón (c. 638-558 a. C.), Arquíloco (712-664 a. C.), Calino, Tirteo y
Mimnermo (entre los siglos VII y VI a. C.). Originalmente la elegía se cantó en dialecto jónico,
pero no tardó en convertirse en el género lírico más popular en toda la Grecia antigua.
Por su parte, los romanos heredaron la elegía griega y uno de sus principales cultores fue el
poeta y dramaturgo Quinto Ennio (239-169 a. C.). Sin embargo, los romanos conservaron el
verso elegíaco y lo destinaron a temáticas amorosas, como en las obras eminentemente
eróticas de Albio Tibulo (54-19 a. C.) y Sexto Propercio (c. 53-c.16 a. C.).
Por esta razón, durante el Renacimiento los autores hispanos e italianos cultivaron la elegía
como un género de poesía amatoria, alejándose del sentido griego original.
Sin embargo, a partir del desarrollo del género en el siglo XVI, los poetas Juan Boscán (1487-
1542) y Garcilaso de la Vega (1498-1536) lo reinventaron sustituyendo la métrica tradicional
por el terceto encadenado (también tercero dantesco, por Dante Alighieri), y esa fue a partir
de entonces la métrica acostumbrada de los poemas elegíacos.
Ejemplos de elegías
Algunos ejemplos de poemas elegíacos son los siguientes:
Elegía a las musas de Solón de Atenas (c. 638-558 a. C.).
Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo de Jorge Manrique (c. 1440-1479).
Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca (1898-1936).
Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández (1910-1942).
Elegía del recuerdo imposible de Jorge Luis Borges (1899-1986).
Elegía interrumpida de Octavio Paz (1914-1998).
ODA
¿Qué es una oda?
Se denomina oda a una composición poética en verso y al subgénero lírico en el que se
enmarca, caracterizados por un tono elevado, casi de canto, y por abordar una temática
religiosa, heroica, amorosa o filosófica, que contiene una reflexión del poeta. Su extensión es
variable, tanto como su métrica y estructura, que han cambiado junto con la poesía a lo largo
de los siglos.
En general se llama oda a cualquier texto poético destinado a ser cantado, ya que inicialmente
este género (proveniente de la antigüedad griega) era acompañado con música, y se componía
de dos vertientes: coral y monodia, cantada por varias voces o por una sola, respectivamente.
Es común que las odas consistan en una exaltación de ciertos valores, por lo que se suelen
dedicar a los “grandes temas” de la humanidad: el amor, la guerra, la muerte, los imperios, los
placeres, etc. Un perfecto ejemplo moderno es la Oda a la alegría compuesta por Ludwig van
Beethoven a partir de un texto poético original de Friedrich Schiller.
Otros célebres cultores de este género poético fueron los poetas Píndaro (518-438 a.C.),
Anacreonte (574-485 a.C.), Horacio (65-8 a.C.), Garcilaso de la Vega (1498-1536 d.C.), Fray Luis
de León (1528-1591), Víctor Hugo (1802-1885) y Pablo Neruda (1904-1973), por citar sólo
algunos ejemplos.
Tipos de oda
Existen muchas consideraciones respecto a las odas, ya que han perdurado desde tiempos
antiguos. En líneas generales se las puede clasificar según su tema y estructura, de la siguiente
manera:
Pindáricas. La forma clásica de la oda, de rima regular y temas exaltados, cuyo nombre
proviene del poeta Píndaro de la antigüedad clásica griega.
Horacianas. Llamadas así por la obra de Horacio, el poeta latino más importante, suelen tener
tono íntimo y ritmo regular.
Anacreónticas. Bautizadas en honor a Anacreonte, poeta griego que cantó al amor y al
erotismo, suelen ser clásicas y estar centradas en dichos temas.
Románticas. Su nombre no tiene que ver con el amor y el romance, sino con el Romanticismo,
movimiento estético surgido en el siglo XVIII y opuesto al Racionalismo y la Ilustración. Se
caracteriza por nuevas ideas en la oda y un tono más emocional y subjetivo.
Sagradas. Aquellas que versan sobre temas religiosos o místicos, como alabanzas a Dios y a la
experiencia de lo divino.
Heroicas. Aquellas que cantan las hazañas de los héroes, tanto antiguos como modernos.
Ejemplos de oda
Algunas odas reconocidas son:
“Oda II” de Anacreonte (fragmento)
El ser Supremo en todo
(que Dios debe nombrarse)
con sabia providencia
la perfección reparte;
dióle a los elementos
fecundidad notable,
instinto dio a las bestias,
a los peces y aves,
entendimiento al hombre,
haciéndole a su imagen,
y una voluntad libre,
con que pueda inclinarse
a él recto bien honesto,
útil, y delectable.
¿Y qué dio al Alma Justa?
Gracia, con que elevarse
sobre las perfecciones
y dotes naturales:
lo que amando a Dios logra,
y pierde por no amarle.
“Oda a la alegría” de Friedrich Schiller (fragmento)
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.
“Oda al Niágara” de José María Heredia (fragmento)
Templad mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida y agitada
arder la inspiración. ¡Oh!! ¡cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz!… ¡Niágara undoso;
tu sublime terror sólo podría
tornarme el don divino, que, ensañada,
me robó del dolor la mano impía!
Torrente prodigioso, calma, calla
tu trueno aterrador; disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan;
déjame contemplar tu faz serena
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
“Oda a los calcetines” de Pablo Neruda (fragmento)
Violentos calcetines,
mis pies fueron dos pescados de lana,
dos largos tiburones
de azul ultramarino
atravesados por una trenza de oro,
dos gigantescos mirlos,
dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estos celestiales calcetines.
Eran tan hermosos que por primera vez
mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellos luminosos calcetines.