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Análisis de "Los Ríos Profundos"

El documento describe los viajes del autor por diversos pueblos de Perú junto a su padre abogado. Relata detalles de la música, aves y gente de los lugares que visitaron, incluyendo un pueblo hostil donde tuvieron que irse apresuradamente. También menciona a los morochucos, jinetes legendarios de la pampa.
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Análisis de "Los Ríos Profundos"

El documento describe los viajes del autor por diversos pueblos de Perú junto a su padre abogado. Relata detalles de la música, aves y gente de los lugares que visitaron, incluyendo un pueblo hostil donde tuvieron que irse apresuradamente. También menciona a los morochucos, jinetes legendarios de la pampa.
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LOS RÍOS PROFUNDOS

José maría Arguedas

Mi padre no pudo encontrar nunca dónde fijar su residencia; fue un abogado de


provincias, inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos. Temía a
los valles cálidos y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún
tiempo en los pueblos de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio,
Andahuaylas, Yauyos, Cangallo... Siempre junto a un río pequeño, sin bosques,
con grandes piedras lúcidas y peces menudos. El arrayán, los lambras, el sauce,
el eucalipto, el capulí, la tara, son árboles de madera limpia, cuyas ramas y hojas
se recortan libremente…Mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las
montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros,
cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria.

A mi padre le gustaba oír huaynos; no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a
qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos
días de haber llegado a un pueblo averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor
tocador de charango, de violín y de guitarra. Los llamaba, y pasaban en la casa
toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas
que alquilaba mi padre eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era
de tierra y las paredes de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de
querosene nos alumbraba. Las habitaciones eran grandes; los músicos tocaban
en una esquina. Los arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa
parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba
un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos.

En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya


conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en la orilla
de las aguadas. Y según el tiempo, su vuelo es distinto. La gente del lugar no
observa estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida.
Las tuyas prefieren los árboles altos, los jilgueros duermen o descansan en los
arbustos amarillos; el chihuaco canta en los árboles de hojas oscuras: el saúco, el
eucalipto, el lambras; no va a los sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas
y horadadas; las torcazas buscan las quebradas, los pequeños bosques de
apariencia lejana; prefieren que se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el
único que está en todos los pueblos y en todas partes. El viuda-pisk’o salta sobre
las grandes matas de espino, abre las alas negras, las sacude, y luego grita. Los
loros grandes son viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles
de espino. Cuando empieza a oscurecer se reparten todas esas aves en el cielo;
según los pueblos toman diferentes direcciones, y sus viajes los recuerda quien
las ha visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.

Cierta vez llegamos a un pueblo cuyos vecinos principales odian a los forasteros.
El pueblo es grande y con pocos indios…Yo abandoné ese pueblo cuando los
indios velaban su cruz en medio de la plaza. Se habían reunido con sus mujeres,
alumbrándose con lámparas y pequeñas fogatas. Era pasada la medianoche.
Clavé en las esquinas unos carteles en que me despedía de los vecinos del
pueblo, los maldecía. Salí a pie, hacia Huancayo.
En ese pueblo quisieron matarnos de hambre; apostaron un celador en cada
esquina de nuestra casa para amenazar a los litigantes que iban al estudio de mi
padre; odiaban a los forasteros como a las bandas de langostas. Mi padre viajaría
en un camión, al amanecer; yo salí a pie en la noche... Robaba maíz al comenzar
la noche, cocinaba choclos con mi padre en una olla de barro, la única de nuestra
casa.

Frente a Yauyos hay un pueblo que se llama Cusi. Yauyos está en una quebrada
pequeña, sobre un afluente del río Cañete. El riachuelo nace en unos de los
pocos montes nevados que hay en ese lado de la cordillera; el agua baja a saltos
hasta alcanzar el río grande que pasa por el fondo lejano del valle... Cerca del
puente viejo hay una huerta de grandes eucaliptos. De vez en cuando llegaban
bandadas de loros a posarse en esos árboles. Los loros se prendían de las
ramas; gritaban y caminaban a lo largo de cada brazo de árbol; parecían
conversar a gritos, celebrando su llegada. Se mecían en las copas altas del
bosque. Pero no bien empezaban a gozar de sosiego, cuando sus gritos
repercutían en las rocas de los precipicios, salían de sus casas los tiradores de
fusil; corrían con el arma en las manos hacia el bosque. El grito de los loros
grandes sólo lo he oído en las regiones donde el cielo es despejado y profundo.
Yo llegaba antes que los fusileros a ese bosque de Yauyos. Miraba a los loros y
escuchaba sus gritos. Luego entraban los tiradores. Decían que los fusileros de
Yauyos eran notables disparando en la posición de pie porque se entrenaban en
los loros. Apuntaban; y a cada disparo caía un loro; a veces, por casualidad,
derribaban dos. Yo hacía bulla, lanzaba piedras a los árboles, agitaba latas llenas
de piedras; los fusileros se burlaban; y seguían matando loros, muy formalmente.
Los niños de las escuelas venían por grupos a recoger los loros muertos; hacían
sartas con ellos. Concluido el entrenamiento, los muchachos paseaban las calles
llevando cuerdas que cruzaban todo el ancho de la calle; de cada cuerda
colgaban de las patas veinte o treinta loros ensangrentados.

De Cangallo seguimos viaje a Huamanga, por la pampa de los indios


morochucos. Jinetes de rostro europeo, cuatreros legendarios, los morochucos
son descendientes de los almagristas excomulgados que se refugiaron en esa
pampa fría, aparentemente inhospitalaria y estéril. Tocan charango y wad’rapucu,
raptan mujeres y vuelan en la estepa en caballos pequeños que corren como
vicuñas. El arriero que nos guiaba no cesó de rezar mientras trotábamos en la
pampa. Pero no vimos ninguna tropa de morochucos en el camino. Cerca de
Huamanga, cuando bajábamos lentamente la cuesta, pasaron como diez de ellos;
descendían cortando camino, al galope. Apenas pude verles el rostro. Iban
emponchados; una alta bufanda les abrigaba el cuello; los largos ponchos caían
sobre los costados del caballo. Varios llevaban wad’rapucus a la espalda, unas
trompetas de cuerno ajustadas con anillos de plata. Muy abajo, cerca de un
bosque reluciente de molles, tocaron sus cornetas anunciando su llegada a la
ciudad. El canto de los wak’rapucus subía a las cumbres como un coro de toros
encelados e iracundos.

Nosotros seguimos viaje con una lentitud inagotable.

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