COMEDIAS ESCOGIDAS
I
SERAFÍN Y JOAQUÍN
ÁLVAREZ QUINTERO
LOS GALEOTES
:: EL P A T I O ::
LAS F L O R E S
MADRID
BIBLIOTECA RENACIMIENTO
V, PRIETO Y COM.a, EDITORES
Pontejos, 8.
1910.
ES PROPIEDAD
LOS GALEOTES
COMEDIA EN CUATRO ACTOS
PREMIADA POR LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 20 de Octubre de 1900
Á LA SAGRADA MEMORIA
DEL SEÑOR
DON JOAQUÍN ÁLVAREZ HAZAÑAS
SUS HIJOS,
SERAFÍN Y JOAQUÍN
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
CARITA a ROSARIO PINO,
GLORIA CONCHA CÁTALA.
CATALINA MATILDE RODRÍGUEZ.
LA SEÑA PEPA EMILIA DOMÍNGUEZ.
LA R I C I T O S . . . . CARMEN TEJADA.
LA SEÑORA GERVASIA.. PILAR HORNERO.
MANUELA E L I S A MENDIZÁBAL.
DON MIGUEL. JOSÉ VALLES.
DON MOISÉS. . . . . . . . . . . JOSÉ RUBIO.
MARIO FRANCISCO GARCÍA ORTEGA.
JEREMÍAS .......... ARTURO L A RIVA.
PEDRITO . . . . . . . . . . . . . JAVIER MENDIGUCHÍA.
VICTORIANO . . ,. SALVADOR MORA.
EL MEMBRILLO MANUEL MARTÍNEZ.
EL OJERAS AGUSTÍN DEL VALLE.
UN ESTUDIANTE GLORIA BITTINI.
OTRO N. N.
ACTO PRIMERO
Librería de viejo de don Miguel, en Madrid. Local de
poco fondo. A la derecha del actor un hueco de puer-
ta con cortina de lienzo, que conduce á la trastienda
y á las habitaciones interiores de la casa. En el foro,
á la izquierda, puerta vidriera que da á la calle, y
que sC abrirse y cerrarse hace sonar un timbre; á la
derecha, el escaparate de la librería. Las paredes, lle-
nas hasta el techo de anaquelerías con libros de todos
tamaños y clases. A la izquierda de la puerta de en-
trada, y paralelo á la pared del mismo lado del actor,
un mostrador que llega al primer término, y cuyo
extremo opuesto, cerrado por una barandilla de ma-
dera, sirve de escritorio. Colgado entre el escaparate
y la puerta de entrada un cartel que dice: «Compra
y venta de libros usados.» Delante una mesa y un
sillón viejo de gutapercha, que ocupa Jeremías. Ha-
cia la derecha de la escena, una tarima con brasero.
Junto á ella un sillón, grande y cómodo, y una silla
de enea. En el suelo, donde menos estorben y arri-
madas á las anaquelerías, pilas de libros, colecciones
de periódicos ilustrados, etc., etc. En un rincón, una
escalerilla de mano. Sobre la mesa de Jeremías está
Rodríguez en su jaula. Rodríguez es un loro.—Es de
día. A través del escaparate y de la puerta del foro
se ve la calle, solitaria y sombría.
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DON MIGUEL, sentado en el sillón inmediato al brasero, lee el Quijote,
Viste traje negro de americana, capa vieja y gorra, y usa quevedos,
que se pone en la punta de la nariz. Es hombre de unos cincuenta y
tantos años. JEREMÍAS, algo más viejo que él, aparece sentado á su
mesa de frente al público. En la mesa no hay libro, papel, tintero ni
pluma: nada que revele el menor quebradero de cabeza. Nuestro hom-
bre se entretiene en chocar por las yemas, voltear y enredar los dedos
de ambas manos en todas las formas y combinaciones imaginables. Usa
gafas de armazón gruesa y fuerte, gorro calado hasta las orejas, mangui-
tos (sin justificación) y traje oscuro y raído de chaqué del año de la nana.
DON MIGUEL. Leyendo en voz aita. Después que don
Quijote hubo bien satisfecho su estómago tomó
un puño de bellotas en la mano, y mirándolas
atentamente soltó la voz á semejantes razones...
A Jeremías, que está canturreando algo de «La canción de la Lola».
Hombre, atiende á e^to y no seas botarate, jeremías
no le hace caso. Don Miguel continúa leyendo. Dichosa edad y
siglos dichosos aquellos á quien los antiguos pu-
sieron nombre de dorados; y no porque en ellos el
oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se
estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fa-
tiga alguna, sino porque entonces los que en ella
vivían ignoraban estas dos palabras de «tuyo» y
«mío». Eran en aquella santa edad todas las co-
sas comunes, á nadie le era necesario para al-
canzar su ordinario sustento tomar otro trabajo
que alzar la mano, y alcanzarle de las robustas
encinas que liberalmente les estaban convidando
con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuen-
tes y corrientes ríos en magnifica abundancia
sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En
las quiebras de las peñas y en lo hueco de los ár-
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boles formaban sus repúblicas las solicitas y
discretas abejas, ofreciendo á cualquiera mano
sin interés alguno la fértil cosecha de su dulcí-
simo trabajo. Los valientes alcornoques... Sale CA-
RITA, que viene de la calle. Don Miguel se vuelve al oir el timbre de la
puerta. ¿Quién?
CARITA. Buenos días.
Habla con voz desmayada. Cubren pobre y malamente su cabeza bo-
nita y su cuerpo gracioso, toquilla celeste de pelo de cabra, abriguito
corto y falda lisa.
DON MIGUEL. B u e n o s d í a s , j o v e n . ¿Qué
traemos?
CARITA. Mire usted esto, a v e r . . • Le da un libro pe-
queño en deplorable estado.
JEREMÍAS. Atento á sus combinaciones de dedos, pero que-
riendo influir en el lance con sus pullas, que dice siempre en tono sen-
tencioso. S e c o m p r a m u c h o y n o s e v e n d e nada.
D O N MIGUEL. Examinando el libro. Método de Ahn...
JEREMÍAS. Ocho hay.
CARITA. de inglés éste.
ES
JEREMÍAS. De inglés hay nueve.
CARITA. Vaya por Dios.
DON MIGUEL. LO peor es el estado en que está.
JEREMÍAS. NO tomamos más que basura.
D O N MIGUEL. ¿Y la clave?
CARITA. ¿La clave?... No sé de ella... A mí no
me han dado más que esto...
D O N MIGUEL. Hija, pues bien quisiera; pero
sin la clave...
CARITA. ¿Sin la clave no le conviene?
DON MIGUEL. NO, hija, no puedo,
CARITA Va á irse y vuelve. Le advierto á usted que
14 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
lo dejo por cualquier cosa... por lo que usted
me dé...
DON MlGUEL. Ablandándose un punto, pero conteniendo su
El caso es que
arranque generoso ante un gruñido de Jeremías.
tenemos tantas... Y luego, sin la clave... Lo siento
mucho, pero me es imposible...
CARITA. Bueno; usted dispense. Queden con
Dios.
D O N MIGUEL. Adiós.
CARITA. Yéndose. No sé por dónde vamos á salir
l i O y . Deja la puerta abierta.
DON MIGUEL. ¡Pobre muchacha! volviendo á su lec-
tura. ... la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo.
Los valientes alcornoques...
JEREMÍAS. ¿Valiente alcornoque estás tú!
DON MIGUEL. Déjame en paz. Leyendo. Los va-
lientes alcornoques...
JEREMÍAS, Ahora va por la clave, y viene con
ella y se la tienes que comprar.
DON MIGUEL. Mejor.
JEREMÍAS. Ah, si es mejor, te felicito. Llegándose
á la puerta y cerrándola. Lo que lamento es que esa niña
no se haya educado con los frailes. Vuelve á su sillón.
DON MIGUEL. Leyendo. Los valientes alcorno-
ques despedían de sí, sin otro artificio que el de
su cortesía, sus anchas y livianas cortezas...
Viene CATALINA del interior de la casa. Es criada antigua de la de don
Miguel, andaluza tirando á gitana, muy vieja y en extremo cariñosa y
solícita. Sale en traje de faena: falda y blusa de percal oscuro, delantal
oscuro también y toquilla grande de lana negra, cruzada por el pecho y
sujeta á la cintura.
CATALINA. Escúcheme usté, don Migué: ¿va
COMEDIAS ESCOGIDAS 15
usté á vení aya dentro á toma er chocolate, ó quié
usté que ze lo traiga aquí?
DON MIGUEL. NO; voy allá dentro.
CATALINA. 7A quié usté que ze lo traiga, ze lo
traigo.
DON MIGUEL. NO, mujer, no.
CATALINA. Miste que no me cuesta trabajo
ninguno.
DON MIGUEL. ¡Dale!
CATALINA. ¿Y la niña, ha zalío?
DON MIGUEL. S Í ; creo que ha ido á misa con la
señora Gervasia.
CATALINA. Ay, por Dios, don Migué—er Pa-
triarca me perdone er mar penzamiento,— miste
que eza zeñá Gervazia no me paece güeña mujé pa
acompaña á la niña.
DON MIGUEL. Quita allá, tonta, si es una infeliz.
JEREMÍAS. ¡Fíate del agua mansa!...
CXVTALINA. Ya usté ve que yo no vi á echar-
me na en er borziyo... Zi ze lo digo á usté, ze lo
digo por lo que ze lo digo... ¿Usté va á dezayunar-
ze, don Jeremías? Teremías no contesta. Don Jeremías,
¿va usté á dezayunarze?
JEREMÍAS. ¡NO!
DON MIGUEL. Levantándose y riéndose. Todavía no
h a t o m a d o e l Vermut. ¡ J a , j a , j a ! Deja el «Quijote» en el
escritorio.
JEREMÍAS. Mira, si lo dices por el aguardiente,
te equivocas.
DON MIGUEL. Ah, ¿lo has tomado ya?
JEREMÍAS. ¡Ni lo tomo! Cabalmente hace un
siglo que no lo cato.
16 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. SI\ SÍ; no hay más que verte las
narices... Recuerdan las de Tomé Cecial.
CATALINA. Ay, don Jeremías, eza zí que es la
pura; ze le están poniendo á usté las narices que
paece que yevan una luz por dentro: como los fa-
roliyos á la veneciana.
DON MIGUEL. J a , ja, ja!
JEREMÍAS, i Ríele el chiste, hombre!
CATALINA. Por la Virgen der Carmen, no ze
me enfade usté; pero no beba usté aguardiente.
Miste que el aguardiente fué la perdición de mi
Diego. Murió de treinta años lo mismito que un
chicharrón, i Qué doló de hombre!
DON MIGUEL. Bueno, tú, deja la palabra y
vente á darme el chocolate.
CATALINA. ¿Y Pedrito?
D O N MIGUEL. LO he mandado á la calle de la
Ventosa.
CATALINA. A la caza, ¿eh?
DON MIGUEL. Sí; vamos á ver si cobra algunos
alquileres de los rezagados. Ocho ó diez ciudada-
nos no quieren pagar...
CATALINA. ¡Ay, qué doló de caza, entrega á
eza gente! ¡Zi viviera doña Lorenza!... Eya zí que
zabía ponerze er mantón y er velo—¿ze acuerda
usté?—y plantarze ayí, y cobra pezeta zobre peze-
ta á to er mundo. Pero el arma mía de Pedrito,
como es tan güeno, no zirve pa ezos pazos: yega,
ve muchas lástimas, mucha mizeria, mu poco
dinero, ze le encoge er corazón, ze apoca...
y ze güerve lo mismo que ze fué: con er borzo
vacío.
COMEDIAS ESCOGIDAS 17
DON MIGUEL. Sin embargo, hoy espero yo que
nos traiga...
JEREMÍAS. ¡Hoy vendrá sin un cuarto!
D O N MIGUEL. Pero, hombre, ¿por qué?
JEREMÍAS. ¡Vendrá sin un cuarto!
DON MIGUEL. Pero, ¿quieres darme una razón
siquiera?
JEREMÍAS. ¡Sin un cuarto!
DON MIGUEL. ¡Bueno va! Mira, cuando te po-
nes así, me me me... Vamonos, Catalina, vamonos,
porque me me me... (¡Y lo malo es que acierta
S i e m p r e ! ) Se va al interior.
CATALINA, siguiéndolo, ¡jozú, Jozú! ¡qué doló de
caza esta! Ayí no ze cobra, aquí no ze vende... y
er pan zube, y er vino zube, y la carne zube, y to
zube... ¡Jozú, JOZÚ, JOZÚ!...
JEREMÍAS. Dice... son pláticas de familia,
dice, de las que nunca hice caso... AI loro, en tono
jovial. Vamos á ver, Rodríguez: de ti para mí, y con
toda franqueza, ¿eh? Como nos tratamos nosotros.
Nada de cumplimientos, ni de pamemas, ni de...
Nada, nada: al pan, pan, y al vino, vino: ¿qué
opinas tú de que yo me tome ahí enfrente una co-
pita de Monóvar? ¿Eh? Te sonríes... No esperaba
yo menos Esa sonrisa me autoriza para dos lati-
gazos. Rodríguez, tú eres de mi cuerda: choca
ahí. Hace que le da la mano y se levanta. Gracias por tu be-
neplácito, y cuenta que te corresponderé con cho-
colate. Vaá irse y vuelve. Oye, y chitón; que parece
que no está bien visto... A GLORIA, ia SEÑORA GERVASIA y
MANUELA, que llegan á tiempo que él abre la puerta de la calle, para ir
ácomplacerailoro. ¡Hola! ¿ya por aquí? ¡El don de
2 •
18 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
la oportunidad anda caro! ¡Pero, hija, eso no ha-
brá sido un sermón; eso habrá sido un chasca-
rrillo!
GLORIA. Si hoy no ha habido sermón.
MANUELA. Usted no piensa más que en ser-
mones.
SRA. GERVASIA. ¿Qué sabes tú en lo que
piensa él? Vaya, ahí queda la chica. Nosotras s e -
guimos para casa. ¿Quiere usted algo?
JEREMÍAS. Nada, señora mía. (Que la parta á
usted un rayo cuanto antes.)
S R A . GERVASIA. Pues hasta luego. Se va con Ma-
nuela.
GLORIA. Adiós.
JEREMÍAS. Asomándose á la puerta y gritando. ¡ M U C h a S
expresiones á su señor esposo!
GLORIA. ¡TÍO Jeremías, por Dios; si su esposo
no vive!...
JEREMÍAS. ¡Ah, caray! Voy á rectificar. Estáte
aquí un momento. Se va.
Gloria viste traje negro muy sencillo, velito y capa.
GLORIA. Mientras se quita la capa y el velo. N o e S m a l a
rectificación la tuya... Y lo dejan solo, sabiendo
cómo las gasta. Si no llego á tiempo... ¿Dónde an-
dará mi padre? ¿Y Pedrito? ¡Válgame el Señor, en
qué abandono tenemos la tienda!... Sentándose junto ai
brasero. Y es que papá el pobre no sirve para este
teje maneje... Ni yo tampoco. Y el buenazo de Pe-
drito es un cero á la izquierda... Mi tío Jeremías
más vale que no esté: si algo hace, es ahuyentar á
los parroquianos... ¡Ay, Dios mío de alma! Cada
día notamos más la falta de mi madre.
COMEDIAS ESCOGIDAS 19
Llega CARITA de la calle con el método de Ahn y la clave de temas en
la mano.
CARITA. M u y b u e n o s d í a s . Observándola ausencia de
Jeremías. (Me alegro de que no esté aquí el paja-
rraco.)
GLORIA. Hola, muy buenos días.
CARITA. ¿Sigue usted bien? Ya he tenido el
gusto de ver tan bueno á su papá...
GLORIA. ¿Ha estado usted aquí antes?
CARITA. Sí, señora; vine con esta gramática
inglesa á ver si servía. Pero me dijo su papá de
usted que no podía tomarla sin la clave de temas.
He ido á casa, me he puesto á revolver papeles y
trastos, y en un montón de cosas inútiles, vea u s -
ted, la he encontrado. Donde menos se piensa...
Mírela usted.
La charla de Carita es ingenua, espontánea, algo infantil, sin el me-
nor asomo de afectación ni de pedantería.
GLORIA. Llamaré á papá.
CARITA. Sentiría molestarlo.
GLORIA. NO. Llamando desde la puerta que comunica con el
interior de la casa, ¡Papá! ¡Papá! Ya viene.
CARITA. Ay, muchísimas gracias.
GLORIA. Siéntese usted un momento. Y arrí-
mese al brasero, si quiere, que hace una mañana
muy fresca.
CARITA, sentándose. Con permiso de usted. La
verdad es que da gloria venir á esta casa.
GLORIA. Usted viene con bastante frecuencia.
CARITA. Por desgracia es así—aparte el gusto
que me proporciona el ver á ustedes. Lo digo de
verdad. Crea usted que en algunos sitios la reci-
20 S. Y j . ÁLVAREZ QUINTERO
ben á una con unas caras... ¿Usted no se sienta?
GLORIA. NO.
CARITA. Pero lo que es aquí, es una bendición
del cielo. Su papá de usted es tan amable, tan
considerado... Tiene cara de ser muy buen señor.
A mí me recuerda mucho al mío," cada vez que lo
veo. Hasta en la costumbre de usar capa en casa se
le parece... Coincidencias, que son las que engen-
dran la simpatía. Como digo una cosa digo otra, por-
que yo soy muy franca: á ninguno de mi familia me
recuerda ese otro señor de las gafas y el gorro que
se sienta ahí. ¿Es pariente de usted ese caballero?
GLORIA. Hermano de mi madre, que en gloria
esté. (Me encántala charla de esta chica.) Se sienta
en el sillón de don Miguel.
CARITA. ¿Hace mucho que perdió usted á su
madre?
GLORIA. Cerca de año y medio.
CARITA, suspirando. ¡Ay! A qué pruebas nos so-
mete la vida. Yo perdí á mi papá cuando tenía
ocho años... Cuando los tenía yo, como usted com-
prende... Y á la pobrecita de mi mamá no la he
conocido: esa sí que es tristeza. No tengo de ella
más que un perfil, recortado en un papel á la luz.
Algún día he de traerlo para que usted lo vea.
Nunca se quiso retratar. Le daban miedo los retra-
tos... creía que iba á morirse... Rarezas, debilida-
des que tenemos todos y que se deben respetar.
¿Quién está libre de ellas? Mire usted: sin ir más
lejos, una buena señora que vive en mi casa tiene
el capricho de lavarse la cara y las manos con agua
de Seltz...
COMEDIAS ESCOGIDAS 21
GLORIA. ¡Jesús, qué extravagancia!
CARITA. ESO digo yo: pero no lo critico. Cada
uno que se lave con lo que quiera. Mucho peor
sería que no se lavase, Porque para mí la limpieza
es lo primero. En teniendo salud, una pastilla de
jabón y agua clara á mano, vengan penas. ¿Querrá
usted creer que yo no tengo más que unas enaguas
blancas? Bueno; pues mírelas usted. Alzándosela falda
y mostrándolas. Como la nieve las llevo siempre. Y soy
más pobre que una escoba. Y esto no es alabarme:
porque una debe alabarse, en todo caso, de lo que
se deba á sí misma; pero la limpieza es cosa de la
educación; y á mí la educación me la dio muy bue-
na mi papá el pobre cito, en los ocho años que tuve
la suerte de que me viviera. Hay quien cree que la
educación no consiste más que en «¿Cómo está
usted?» «Bien, ¿y usted?» «¿La familia buena?» «A
los pies de usted» «Beso á usted la mano» y «Au
revovr». Y es algo más que eso. Yo, lo primero en
que me fijo cuando conozco á una persona es en la
educación y en la dentadura. Dígame usted, antes
que se me olvide: ¿usted es madrileña?
GLORIA. Por Jos cuatro costados.
CARITA. YO también; pero por un costado nada
más. Verá usted por lo que digo esto: yo nací en
Sevilla, y me bauticé—bueno, me bautizaron, por-
que yo no había de bautizarme — en San Isidoro,
patrón de la ciudad, como usted sabrá seguramen-
te. A los cuatro días de nacida me trasladaron á
Madrid, donde he vivido desde entonces y de don-
de me considero en realidad. Sería una ridiculez
que yo dijese que soy andaluza. Mamá sí lo era:
22 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
mamá era de Palos de Moguer, provincia de Huel-
va. De allí salió Cristóbal Colón para descubrir el
Nuevo Mundo. En cambio, papá era de Quel, pro-
vincia de Logroño; paisano de Bretón de los H e -
rreros. Mi abuelita paterna era de Alcolea: usted
habrá oído nombrar el Puente de Alcolea. Y mi
abuelito de Grajanejos,*provincia de Guadalajara.
De mis abuelos por parte de madre nunca he teni-
do noticias. Sí sé que él era republicano y ella
beata y armaban unas trifulcas muy grandes, pero
nada más. ¿Y usted, no dice nada?
GLORIA. Estoy entretenida oyéndola á usted.
CARTTA. La verdad es que no la dejo á usted
meter baza. ¿Me hace usted el favor de decirme su
nombre?
GLORIA. Gloria, para servir á usted.
CARITA. Gloria: ¡qué bonito! El mío es Caridad;
pero todos me dicen Carita. Carita para arriba,
Carita para abajo... ¿Su papá de usted se llama
Cirilo?
GLORIA. Miguel, Miguel. Por cierto que no sé
lo que hace.
CARITA. Andará ocupado. ¿Qué hora será ya,
sabe usted?
GLORIA. ¿Tiene usted prisa? Deben de ser las
nueve y media. Deje usted; voy á llamarle. Se
levanta.
CARITA. NO, no; si no lo he preguntado por
eso...
GLORIA. De todos modos... ¡Papá! Vase al interior*.
Llega JEREMÍAS de vuelta de su visita á la taberna, frotándose las ma-
nos de gusto.
COMEDIAS ESCOGIDAS 23
JEREMÍAS. jBah! Es tontera: no hay mejor r e -
medio contra el frío.
CARITA. Levantándose. (¡Dios mío de mi vida! Ya
está aquí el dichoso pajarraco.)
JEREMÍAS. Tomando á su siiión. (La niña de marras.
Apuesto cualquier cosa á que trae la clave de t e -
mas.) AI loro. Miserias de la vida, Rodríguez. No te
ocupes tú de eso. A ver qué te parece el que me
han dado hoy. Le echa ei aliento ai loro. ¡Creo que se pue-
de beber! Reanuda sus combinaciones de dedos.
Salen DOÍT MIGUEL y GLORIA.
DON MIGUEL. Hola, joven. ¿Otra vez aquí?
CARITA. Sí, señor. He tenido la fortuna de en-
contrar la clave...
DON MIGUEL. ¡Ah, caramba! ¿Encontró usted
la clave?j
JEREMÍAS. Subrayando con el canticio su acierto.
Con el capotin, Un, Un, Un,
que esta noche va á llover.,,
D O N MIGUEL. (Ya está aquél con la musiqui-
ta.) Bueno, pues hija... por esto no le puedo dar
más de una peseta.
CARITA. Corriente... ¿qué le vamos á hacer?
Buscaremos por otro lado... Ya ve usted, necesito
comprar una medicina que cuesta seis reales...
GLORIA. ¿Tiene usted enfermos en casa?
CARITA. Mi hermano Mario: y probablemente
será una pulmonía.
GLORIA. ¡Vaya por Dios!
JEREMÍAS. ¡NOS las tragamos como el puño, Ro-
dríguez!
24 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARITA. He dicho mi hermano y no es mi herma-
no; pero, al fin, como á hermano lo trato, ¿sabe usted?
DON MIGUEL. Ea, pues tome usted los seis rea-
les... Que no quede por mí.
CARITA. Ay, no sabe usted cuánto se lo agra-
dezco.
JEREMÍAS. ¡Vamos allá!
GLORIA. ¿Qué gruñe usted, tío?
JEREMÍAS. ¡Nada!
DON MIGUEL, A Gloria. Déjalo, mujer. El mejor
día se va á encontrar con un diccionario en la ca-
beza.—Bueno, joven; celebraré que no sea nada lo
del hermano.
CARITA. Mil gracias. Ya le digo á usted que no
v
es mi hermano.
DON MIGUEL. Bien, es igual.
CARITA. E S hijo de un señor, que es como si
fuera mi propio padre. Porque cuando mi padre
pasó á mejor vida, este señor de Galeote me reco-
gió en su casa, y con él y con sus hijos vivo desde
e n t o n c e s . Suspirando con pena. ¡ A y , DÍOS mÍ0 d e mi
alma!
DON MIGUEL. ¿Galeote ha dicho usted? Un
compañero Galeote tuve yo...
CARITA. ¿En dónde?
JEREMÍAS. En galeras, sería.
D O N MIGUEL. Hombre, no seas necio.—En la
Administración de Hacienda de Córdoba. Por su-
puesto, de esto hace ya... ¡friolera! Aún no había
usted venido al mundo.
CARITA. Pues, oiga usted, este señor también
ha sido empleado.
COMEDIAS ESCOGIDAS 25
D O N MIGUEL. Mi compañero se llamaba Moi-
sés Galeote.
CARITA. ¡Moisés Galeote! ¡El mismo! ¡Mire
usted que es casualidad! Mi padrino mismo. Don
Moisés Galeote y Chorro.
D O N MIGUEL. Justamente. Pues lo más salado
del lance es que anoche soñé yo con Moisés. Una
de tonterías... ¡qué sé yo!
CARITA. Es muy particular lo que sucede con
los sueños.
JEREMÍAS . ¡ Muy particular!
CARITA. Calderón decía que sueños son; pero
á pesar de Calderón, en muchas ocasiones se
acierta. Cuántas veces se dice: esta noche he so-
ñado con Fulano. ¿Se acuerdan ustedes de F u -
lano? Hombre, ¿qué habrá sido de Fulano, aquel
que se fué á América?... Y de pronto, ¡pun! Fula-
no. ¿No es verdad que ocurre? Yo como sueño tan-
tísimo... Rara es la noche que no sueño. La otra
noche soñé que me quedaba muda, y si vieran
ustedes con qué angustia tan grande me des-
perté...
JEREMÍAS. LO creo.
CARITA. ¿Qué dice usted?
JEREMÍAS, i Que ha tenido ya tiempo de morir-
se el hermano de la pulmonía!
GLORIA. S Í , sí, vaya usted pronto.
CARITA. Ay, es verdad. Me domina el vicio de
la conversación. Ustedes perdonen. Hasta otro ra-
tito... Y tantísimas gracias por sus bondades...
GLORIA. Que se alivie el enfermo, ¿eh?
CARITA. Gracias.
26 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. Y muchos recuerdos á Galeote.
CARITA. De su parte de usted, don Cirilo. Se
alegrará muy de veras de saber de usted. ¿Qué bo-
tica es mejor: esta de la esquina ó la de la vuelta
de la calle?
JEREMÍAS. ¡ Qué se va á morir ese hombre!
CARITA. ¡NO me lo diga usted!... ¡Pícara char-
la!... Ay, hasta ahora no me había yo fijado en el
loro... Lorito real, para España y no para Portu-
gal... Vaya, que ustedes sigan bien. Se va á la calle
apresuradamente.
DON MIGUEL. Riéndose. El enfermo lo que tendrá
será jaqueca... Digo yo. Voy á anotarla compra.
Va al escritorio y lo hace, mientras habla con Gloria y Jeremías.
GLORIA. ES muy simpática esa muchacha, ¿ver-
dad?
DON MIGUEL. SÍ , pero habla demasiado, hija
mía.
JEREMÍAS. ¡El que habla demasiado eres tú!
DON MIGUEL. ¿YO? ¿Por qué? *
JEREMÍAS. Porque antes de cinco minutos tie-
nes aquí á Galeote á darte un sablazo.
DON MIGUEL. ¡Vamos, hombre!
JEREMÍAS. Antes de cinco minutos...
GLORIA. ¡Siempre pensando mal!
JEREMÍAS. Tienes aquí á Galeote...
DON MIGUEL. ¡Ya lo hemos oído!
JEREMÍAS. A darte un sablazo.
DON MIGUEL. ¿Sí, eh? Pues te advierto que
como aciertes y me cantes el Capotín, Un, Un,
iiny vamos á venir á las manos. ¡Es mucha imper-
tinencia!
COMEDIAS ESCOGIDAS 2?
GLORIA. Tiene razón papá: sabiendo usted
que le mortifica...
JEREMÍAS. Levantándose y yéndose por la puerta que da al in-
terior. Dice, me hacéis «de» reir don Gonzalo,dice>
pues venirme áprovocar...
Aparecen en la calle y se detienen á mirar el escaparate de la librería
dos ESTUDIANTES. Tras breve disputa entra uno de ellos en el estableci-
miento, según se indica más abajo.
GLORIA. Hay que armarse de paciencia con el
tío.
DON MIGUEL. Cuéntamelo á mí, que estoy
aguantando sus pullas desde que me casé.
GLORIA. Y luego, si sirviera de algo...
El Estudiante es un mocito de unos quince abriles. Viene muy decidi-
dp, fumando un pitillo y tarareando un canto popular. Al reparar en Glo«
ría se corta un poco.
ESTUDIANTE. Muy buenos días.
DON MIGUEL. Muy buenos. ¿Qué desea us-
ted?
ESTUDIANTE . A don Miguel ai oído. ¿ Tiene usted
Las...?
DON MlGUEL. Mirándolo de arriba abajo No, Se-
nor; no.
ESTUDIANTE . ¿No?
DON MIGUEL. NO.
ESTUDIANTE, LO mismo que antes. ¿Y Los...?
DON MIGUEL. Tampoco.
ESTUDIANTE. ¿Tampoco?
DON MIGUEL. Tampoco.
ESTUDIANTE. ¿Y...?
DON MIGUEL, sin dejarlo acabar. Tampoco: no se
moleste usted.
28 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ESTUDIANTE. Usted dispense... (¡Vaya una li-
brería!) Se va.
DON MIGUEL. Adiós, caballero. ¡Está buena la
juventud dorada!
GLORIA. ¿Por qué ha venido ese chico, papá?
DON MIGUEL. ¿Ese? Por un libro de texto.
JEREMÍAS . Volviendo á salir. Gloria: Catalina te n e -
cesita.
GLORIA. ¿A mí?
JEREMÍAS. Está sobreel tapete un plato del al-
muerzo de hoy. Que si huevos fritos, que si tor-
tilla...
GLORIA, Voy allá, voy allá.
JEREMÍAS- Habrá huevos fritos, en la seguridad
de que á mí me molestan.
GLORIA. Pues pondremos tortilla.
DON MIGUEL. ¡NO! ¡Huevos fritos!
JEREMÍAS. ¡Ya, ya lo he dicho yo! Se sienta á su
mesa.
GLORIA. ¡ Qué demonio de hombre! Se va al inte-
rior, llevándose su velo y su capa.
JEREMÍAS, AI loro. Oído, Rodríguez. Vamos á
dar la lección.
LORO. Dame chocolate.
JEREMÍAS. ¿Chocolate, eh? No, señor. Hay que
alternar los placeres con el estudio.
LORO. Dame chocolate.
JEREMÍAS. Fíjate bien, que estás muy torpe:
«¡No te tires, Reverte!» ¿Lo has oído? «¡Note tires,
Reverte!» «No-te-tires Reverte.» A ver si te lo es-
tudias: «No-te-tires-Reverte.»
DON MIGUEL. Pero, hombre, jqué cosas le en-^
COMEDIAS ESCOGIDAS 2$
señas al loro! «¡La mare e Dios!» «¡Pa mí que nie-
va!» «¡No te tires, Reverte!»
JEREMÍAS. ¡El otro! ¿Pues qué le voy á enseñar,
majadero? ¿el discurso sobre las armas y las letras?
DON MIGUEL. ¡Anda y que te emplumen! APE-
DÍRITO, que llega en este momento de la calle, mustio como un liria
tronchado. Hola, Pedrito.
PEDRITO. Hola, don Miguel.
Pedrito viste como cualquier escribiente de poco sueldo.
DON MIGUEL. ¿Vienes de la casa?
PEDRITO. S Í , señor.
DON MIGUEL. ¿Y qué hay?
PEDRITO. Que no traigo un cuarto.
JEREMÍAS. Cantando.
Con el capotin, Un, Un, Un,
que esta noche va á llover.,.
DON MIGUEL. ¿Otra te pego? ¿Cómo voy á de-
cirte que me molesta...? Pero ven acá, Pedrito de
mis culpas: explícame... ¿No te parece á ti que ya
es un abuso...?
PEDRITO. Oígame usted, don Miguel de mi co-
razón.
DON MIGUEL. Habla.
PEDRITO. A mí puede usted redoblarme el tra-
bajo en la librería, ponerme horas extraordinarias,
mandarme con un baúl á la estación, si es preciso,
engancharme á un carro, si fuere menester, todo
lo que usted quiera; pero por la gloria de sus di-
funtos, no vuelva usted á encomendarme el cobro
de los alquileres.
DON MIGUEL. Chico, me gusta la salida. ¿Quie-
30 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
res que me encasquete yo el sombrero y coja los
recibos y vaya por ti? ¡Pues, hombre!
PEDRITO. Es que usted no sabe lo que yo su-
fro. Y luego, ya ve usted, siempre me vengo con
las manos en los bolsillos.
DON MIGUEL. Ahí tienes lo que yo no acabo
de comprender. Porque buena está la falta de ca-
rácter, la delicadeza... hasta la compasión, si se
quiere; pero... Vamos á ver: ¿qué te ha dicho el
sacristán del 5? Ocho meses debe.
PEDRITO. Pues me ha dicho que no cree en
Dios desde que lo echaron de ]a Parroquia.
DON MIGUEL. ¿Y eso qué significa? ¿Por qué
no paga?
PEDRITO. Porque confiesa que si antes pagaba
era sólo por temor de Dios, pero que ahora que no
cree, que le entren moscas.
DON MIGUEL. ¿Habrá descaro igual?
PEDRITO. Pues la del 15 también es de oro y
pedrería, no crea usted. Dice que no da un cénti-
mo mientras no se le ponga otra chimenea.
DON MIGUEL. ¡Caray con la mujer! El mes pa-
sado que ladrillos nuevos, el anterior que zócalo,
ahora que chimenea... Oye, ¿y el del 23, que debe
ya cerca de un año?
PEDRITO. ¿Cuál? ¿Ese á quien le llaman el
Tuétanos? Ese es un animal de bellotas. Imagine
usted que á tiempo de ir yo á empujar la puerta
del cuarto, oí como rumor de gritos y bofetadas,
y clara y distinta la voz del Tuétanos, que decía
poco más ó menos: «¡Grandísima...—bueno, aquí
«un adjetivo fuerte; bastante fuerte—al primer tío
COMEDIAS ESCOGIDAS 3f
ladrón que vea yo entrar por esa puerta, le doy
dos patas en las mandíbulas!»
JEREMÍAS. ¿Y entraste?
PEDRITO. jUn demonio!
DON MIGUEL. Pues, hijo, unos por fas y otros
por nefas... el resultado...
JEREMÍAS. Por fas es que no hay vergüenza en
la reunión... y por nefas lo mismo.
PEDRITO. Luego, esta es otra: Perico, el del
14, se hq. caído de un andamio... y tiene cuatro
criaturitas... la mayor así... y hay que ver aquel
cuadro... ¿y quién presenta allí el recibo?... Los
chicos herreros del 31 están sin trabajo desde hace
quince días. Esos son buena gente, ¿sabe usted?
Poco menos que se me hincaron de rodillas... usted
calcule... ¿Quién es capaz de presentarles el reci-
bo? Al ciego del 13 se le ha muerto la perra que lo
acompañaba... y es un dolor oir al pobre viejo...
¿Cómo se le presenta el recibo? El armero del 24
me recibió apuntándome con una escopeta de dos
cañones... ¿Usted cree que yo presento allí el reci-
bo?... Enfin,así todos.
DON MIGUEL. jPues estamos frescos! Vaya por
Dios, hombre, vaya por Dios...
JEREMÍAS. Con lamentos es como no se adelan-
ta nada.
DON MIGUEL. ¿Le parece á usted? Tú dirás,
hombre, tú dirás lo que hacemos. Habla: expon
tus planes redentores. Y si no, escríbeme tus con-
sejos en un papel, como Don Quijote á Sancho
cuando se fué á gobernar la ínsula.
JEREMÍAS. Si mi hermana levantara la cabeza..,
32 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. Cállate, Jeremías. Calla, por
Dios, que me traes á la memoria dos amarguras: la
de que ella falta, y la de que yo no sé sustituirla.
¿Me vas á enseñar á mí que á su inteligencia, á su
actividad, le debo yo el bienestar de que disfruto,
los ochavos que tengo, tú el pan que comes, éste
lo que cobra, mi hija lo que sabe?... ¿Me lo vas á
enseñar á mí? Pero ¿es mía la culpa de haber naci-
do tonto de capirote, vamos á ver? ¿Cómo he de
remediar yo al cabo de mis años el no entender lo
que son negocios, ni lo que es la gente, ni lo que
es la vida?
JEREMÍAS. Ese lenguaje es inverosímil en un
C a s e r o . Se levanta.
DON MIGUEL. Bueno, sí; bien está... Ya vere-
mos lo que se ha de hacer. Vosotros también sois
para el avío. Tú, Pedrito, ten la bondad de tomar
con más fuego las cosas de la casa y más en frío el
estudio de esos dramas y comedias que has dado en
representar de algún tiempo á estaparte. Mira que
está la librería manga por hombro... Es una com-
pasión.
PEDRITO. Descuide usted: en lo que de mí de-
penda yo he de procurar... Sentiría que usted cre-
yera que no me intereso...
DON MIGUEL. ¿Cómo he de creer, si te conozco
demasiado?
PEDRITO. Le juro á usted que para mí las cosas
de ustedes...
DON MIGUEL. SÍ, hombre, sí; no vayas á llorar»
¡Era lo único que nos faltaba!
DON MOISÉS, que momentos antes de salir aparece detrás del escapa»
COMEDIAS ESCOGIDAS 33
rate y desde allí mira al interior de la librería para cerciorarse de que
es la de don Miguel, se cuela de rondón y cae sin que Dios lo remedie
sobre Jeremías, que á la sazón se calienta al brasero, y al cual abraza
muy estrechamente con muestras de la más viva emoción. El pelaje de
don Moisés es de lo más sobrio: zapatos de lona, muy viejos; pantalón
de color indefinible; gabán de entretiempo abrochado y con el cuello
en pie, y sombrero de paja, muy tostado del sol y con las alas caídas
en orma de pantalla. El pantalón y el gabán en ese lastimoso estado en
que ya no los toman en las casas de préstamos.
DON MOISÉS. ¡Ah!
JEREMÍAS. ¡Eh! ¿hombre!
DON MIGUEL. ¿Quién es este loco?
JEREMÍAS. ¡Que me tritura usted, compadre!
DON MOISÉS. ¡Miguel! ¡Miguel!
JEREMÍAS. ¿Qué Miguel? ¡Si yo no soy Miguel!...
DON MIGUEL. Si Miguel soy yo...
DON MOISÉS. ¡Ah! ¡tú! ¡Miguel!
DON MlGUEL. Reconociéndolo. ¡ G a l e o t e ! Se abrazan
íuertemente.
JEREMÍAS. ¡Galeote! cantando.
Con el caftotin, Un, tin> tíny
que esta noche va á llover...
PEDRITO. (Debe de ser amistad muy antigua.)
DON MIGUEL. Chico, cuánto me alegro; la ver-
dad es que no te esperaba.
JEREMÍAS. YO, SÍ.
DON MOISÉS. ¡ Quita allá, por Dios! Me ha fal-
tado tiempo... A Pedrito, i Ven á mis brazos tú! Y
permíteme que te tutee... Lo abraza. ¡Tienes toda la
cara de tu padre! A don Miguel. Eres tú mismo, cuan-
do estábamos allá en Córdoba...
3
34 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. ¿Qué dices, hombre?
La mirada, la sonrisa... ¡Tú, tú!
D O N MOISÉS.
PEDRITO. Dispense usted, pero...
D O N MIGUEL. Te advierto que este no es mi
hijo.
D O N MOISÉS. ¿NO?
JEREMÍAS. ¡Ni le toca nada!
DON MOISÉS. Chico, ha sido una ofuscación...
Lo declaro. ¡Porque es que no he visto dos caras más
distintas! No sé por dónde... Nada, una ofusca-
ción, A Pedrito. Bien, y usted me dispensará el tuteo,,.
PEDRITO. Calle usted; no vale la pena...
DON MIGUEL. Siéntate, siéntate.
JEREMÍAS. (Estamos enfrente de un gran peli-
gro. Voy á prevenir á Gloria y á Catalina.) Vase al
interior.
Pedrito corre de aquí para allá y se sube á la escalerilla, arreglando
las anaquelerías y trasladando pilas de libros de un lado áotro. Don Moi-
sés y don Miguel se sientan al brasero.
D O N MOISÉS. Quitándose el sombrero y descubriendo una
calva ignominiosa. ¿Me encuentras muy viejo, no es
verdad?
DON MIGUEL. Avejentadillo te encuentro, sí...
Pero has de ver que ya no somos chicos de la es-
cuela.
DON MOISÉS. ¡Ah! Tú estás hecho un pollo.
¡Qué brillo en la mirada! ¡Qué colores!...
DON MIGUEL. Je, je...
D O N MOISÉS. Dime, ¿qué es de tu vida? ¿Al fin
te casaste?
DON MIGUEL, suspirando. ¡Ay! Sí, hombre, sí: me
casé... y he enviudado ya.
COMEDIAS ESCOGIDAS 35
DON MOISÉS. ¡Cómo vuelan los años!
DON MIGUEL. Por mi mujer llevo este luto.
DON MOISÉS. ¡Pobre Nicolasa!
DON MIGUEL. ¿A quién te refieres?
DON MOISÉS. A tu mujer: ¿no era Nicolasa?
DON MIGUEL. NO, hijo, no: Lorenza.
DON MOISÉS. Perdóname, Miguel; estoy em-
pecatado. Es que como mi pobre Elvira se llama-
ba Nicolasa...
DON MIGUEL. ¿Qué dices?
DON MOISÉS. ¡Jesús! Desvarío... Concluirás
por no hacerme caso. Padezco distracciones horri-
bles; equivoco las palabras, trueco los conceptos...
Las zarzas del camino, chico.
DON MIGUEL. ¡Pobre Moisés!
D O N MOISÉS. ¿Tienes algunos hijos?
DON MIGUEL. Una hembra: Gloria.
DON MOISÉS. Gloria será, en efecto.
DON MIGUEL. E S buena, es buena: no puedo
quejarme. ¿Y tú, Moisés? Cuéntame tu vida.
DON MOISÉS. No deseo otra cosa. Es un barco
de penas: estoy en alta mar... y no veo tierra por
ninguna parte. Cogiéndole una mano á don Miguel. ¿En ti
tengo un amigo, verdad? -
DON MIGUEL. No me lo preguntes.
DON MOISÉS. ¿Puedo abrirte mi pecho?
DON MIGUEL. SÍ.
DON MOISÉS. Pues m i r a . Se pone de pie de espaldas al
público, y desabrochándose el gabán, le muestra el pecho á D. Miguel.
En seguida vuelve á abrocharse y se sienta.
DON MIGUEL. ¡Ave María Purísima!
DON MOISÉS. Esto te dirá mejor que palabra
36 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ninguna, en qué terrible situación hame colocado
el infortunio.
PEDRITO. (SÍ, lo que es nadando en la abun-
dancia ya se ve que no está.)
DON MOISÉS. Después que nos separamos en
Córdoba, la desventura me hizo su hijo predilec-
to... y todas mis ilusiones, todas mis esperanzas,
fueron crisálidas de desengaños...
PEDRITO. (Hombre, eso está bien.)
DON MOISÉS. Dame un pitillo.
PEDRITO. (ESO no está tan bien.)
DON MOISÉS. Quiero ver si se me quita con el
tabaco este amargor de lágrimas que me viene á la
b o c a . Don Miguel le da un cigarrillo y ambos fuman. ¡ A y , M i g u e l ,
Miguel; cuánto he padecido, cuánto he sufrido! No
encontrarás un dolor en el mundo que no me sea
tan íarailiar como el abrir y cerrar los ojos. ¿Ves
cómo estoy de canas? Pues cada una es una herida,
cada una es un desengaño, cada una es un amigo
que he perdido.
PEDRITO. (¡Caramba! ¡pues ha debido de tener
muchas relaciones!)
Don Moisés quiere sollozar y no le sale.
DON MIGUEL. Vamos, tú, ¿qué se le ha de ha-
cer? No te apures.
DON MOISÉS. ¿TÚ conociste á mi segunda mujer?
DON MIGUEL. S Í , hombre, sí: María.
DON MOISÉS. Pues bien, llora conmigo: ¡ya no
vive!
DON MIGUEL. ¿NO?
DON MOISÉS. Rompiendo á llorar aifin. No. ¡Ni mi pri-
mera mujer tampoco!
COMEDIAS ESCOGIDAS 37
PEDRITO. (¡Naturalmente!)
DON MOISÉS. Enjugándose el llanto, ;Te acuerdas de
mi Baldomero?
DON MIGUEL. ¡Vaya!
DON MOISÉS. ¡El rey de la casa! ¡la alegría del
mundo!... Permíteme que vuelva á llorar al calor
d e SU q u e r i d o r e c u e r d o . Suelta el trapo otra vez.
PEDRITO. (Pues, señor, nos va á meter el cora-
zón en un puño.)
Pasa CATALINA con una alcuza desde la puerta del interior á la de la
calle, por donde se va santiguándose y sin quitarle ojo á don Moisés mien-
tras pasa.
DON MIGUEL. Moisés, querido Moisés, sosié-
gate. No te falte el valor á última hora.
DON MOISÉS. Serenándose. Dispensa: dices bien.
Con la muerte de mi chico, la noche tendió su
manto en mi casa: me dejaron cesante. Uno de
esos ministros sin conciencia que de una plumada
se comen el pan y se beben el agua de una fami-
lia. Hice los imposibles por lograr mi reposición:
inútil. Trabajé en otras cosas: inútil. Descendí de
clase: quise ser cobrador de tranvías: inútiL Me
fui á América, la tierra de los desesperados: pade-
cí y padecieron los míos hambre y sed. Volví á Es-
paña. Nuevamente procuré ser de todo; lo intenté
todo, lo palpé todo, y lejos de encontrar la ansiada
aurora no hallé sino nuevas penas, nuevos dolores,
nuevas amarguras, nuevos desengaños.,.
PEDRITO, (¡Se nos viene con latiguillos el
buen viejo!)
DON MIGUEL. ¿Cuántos hijos te quedan?
DON MOISÉS. Sollozando antes de contestar. D O S .
38 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. ¿Alguna hija?
DON MOISÉS, vuelta á ios pucheros. Ninguna. (No
se lo digo.)
DON MIGUEL. ¿Y esa chicuela por quien he sa-
bido de ti?
D O N MOISÉS. ¡Ah! ¡Carita! ¡Pobre ángel de
Dios! Huérfana y sola desde muy niña, yo la reco-
gí en mi hogar humilde.
DON MIGUEL. Parece muy buena muchacha.
DON MOISÉS. E S tan buena como bonita... y
tan bonita como desgraciada. La risa huyó de sus
labios cuando aún no contaba ocho primaveras.
Unida á nuestra suerte la suya, hoy también llora
con nosotros.
DON MIGUEL. Pero ¿tan triste es tu situación
actual?
DON MOISÉS. ¡Desesperada, chico! Es la de
aquel que está en la barandilla del Viaducto dis-
puesto á arrojarse de cabeza, y no espera otra cosa
que la mano de un guardia que lo sujete. Mira: mi
hijo Calixto, harto ya de sufrir penalidades, hace
tres meses que voló de mi hogar: fuese á correr
fortuna. No sé de él. Mi hijo Mario, en quien—¿á
qué voy á ocultártelo á ti?—tengo puestas todas
mis esperanzas y todas mis ternuras... postrado
está en la cama del dolor. Se me muere, Mi-
guel, se me muere en aquella fétida guardilla.
No tengo recursos, no tengo medios... ¿qué hago?
Parece imposible que haya desventura mayor. Pa-
rece imposible, ¿no es verdad? Pues oye: el case-
ro me ha dicho que nos va á plantar en la calle.
Ahí tienes una desventura mayor: ahí la tienes.
COMEDIAS ESCOGIDAS 39
PEDRITO. (¡Corcho! ¡eso es del Drama nuevo1
¡Si lo estoy ensayando yo!...)
DON MIGUEL. ¡Jesús, Jesús, Dios mío!
DON MOISÉS. Y lo hará, Miguel; créeme que lo
hará. Nos pondrá enmedio del arroyo sin conside-
ración al enfermo ni á nada. Los caseros son unos
animales.
DON MIGUEL. Hombre, hay de todo... Ya tú
ves, yo también soy casero... Je...
DON MOISÉS . Recogiendo veías. Chico... perdo-
na... he dicho animales... en el buen sentido de la
palabra.
PEDRITO. (¿Cuál será el buen sentido ese?)
DON MIGUEL. Pues nada, no te apures...
DON MOISÉS. ¿NO he de apurarme, si tendré
que llevar al hospital á mi pobre hijo?
DON MIGUEL. Para algo vivo yo en el mundo.
No hables de eso siquiera.
DON MOISÉS. ¿Eh? ¿qué dices?
DON MIGUEL. Que tu hijo no irá al hospital, ni
por pienso...
DON MOISÉS. Estrechándole las manos. ¡Miguel! ¡Mi-
guel!
DON MIGUEL. Que se remediará en lo posible
tu situación, porque todo tiene arreglo en el mun-
do, en no siendo la muerte...
DON MOISÉS. ¡Miguel!
DON MIGUEL. Y que adonde nos vamos ahora
mismo los dos es á tu casa. Levantándose. Anda, que
ya tardamos.
DON MOISÉS. ¡Miguel! se ie echa encima llorando á
moco y baba, y lo estrecha y lo moja que es una bendición.
40 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PEDRITO. (Este don Miguel es un bizcocho de
canela.)
DON MIGUEL. Vaya, no llores más... no seas
niño... que vas á contagiarme.
DON MOISÉS. Lloro, sí, lloro. Son tus palabras
benditas las únicas gotas de rocío que desde hace
muchos años han caído sobre mi corazón. ¡Dios
querrá que algún día pueda pagarte!
DON MIGUEL. Vamos, calla ó me enfado. No
se hable más del particular. Tranquilízate... Verás:
antes de irnos vas á conocer á mi hija.
DON MOISÉS. ¡Sít hombre, sí!
DON MIGUEL. ¡Gloria! ¡Gloria! vase ai interior de ia
casa llamando á Gloria.
Don Moisés se deja caer sollozando en la silla en que estaba. Pausa.
PEDRITO. (Diablo, parece que tiene hipo.)
Acercándose á don Moisés. ¿ Q u i e r e U S t e d U n pOCO d e a g u a ,
caballero ?
DON MOISÉS. Estrechándole una mano sin mirarlo, Grd-
cias, noble pollo.
Sale D. MIGUEL del interior de la casa con GLORIA. Se ha quitado la
gorra y trae el sombrero en la mano.
DON MIGUEL. Aquí la tienes.
DON MOISÉS. Levantándose de un salto. S e ñ o r i t a . . .
¡Dios Todopoderoso! Chico, si parece que estoy
viendo á [Nicolasa...
GLORIA. ¿A quién?
DON MIGUEL. A tu madre, dice.
DON MOISÉS. Ay, es verdad: he vuelto á con-
fundir el nombre.
Sale JEREMÍAS también del interior, receloso como un gato arisco, y
se sienta á su mesa.
COMEDIAS ESCOGIDAS 41
GLORIA. ¿Me encuentra usted parecido á mi
madre?
DON MOISÉS. ¡Una estampa! ¡una estampa!
Desde luego es usted tan bonita, y seguramente
será usted tan buena.
GLORIA. Mil gracias, señor.
DON MOISÉS. ¡Es ella, Miguel, ella misma!
¿Recuerdas cuando la conocimos?
DON MIGUEL. Figúrate si me acordaré.
DON MOISÉS. Las veces que paseamos juntos la
calle... lo colorado que tú te ponías á cualquier no-
vedad...
DON MIGUEL. El miedo que le teníamos los dos
al abuelo de esta...
DON MOISÉS. ¡Qué tiempos aquellos!... ¡Ay,
Miguel, me parece que respiro de otra manera!...
El recuerdo de nuestra juventud, esta casa, tu Lija,
el cariño con que me tratas, el noble amparo que
me ofreces...
JEREMÍAS. (¡Ya pareció aquello!) Como si le hubie-
ran puesto una banderilla, se levanta y empieza á pasearse por el foro.
DON MOISÉS. Anda, vamos á llevarles á los
míos estos rayos de sol.
DON MIGUEL. Vamos, sí; vamos en seguida.
H a s t a l u e g O . Echa á andar hacia la puerta, la abre y aguarda á
don Moisés, que se despide.
DON MOISÉS. Cogiéndole las dos manos á Gloria. N i f i a ,
aunque se le muera á usted su padre, no se apure
usted...
PEDRITO. (¡Atiza!)
GLORIA. Por Dios...
DON MOISÉS. Usted perdone... he querido d e -
42 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
cir... que no importa nada que él se muera...
DON MIGUEL, ¡Hombre! ¡hombre! Déjate aho-
ra de...
JEREMÍAS. (¡Qué estúpido!)
DON MOISÉS. Vamos, que en mí tiene usted un
segundo padre.
GLORIA. Ah; muchísimas gracias.
DON MOISÉS. Saludando á Jeremías. Caballero...
JEREMÍAS. ¡Abur!
DON MIGUEL, Acaba, hombre.
DON MOISÉS. Tropezando con Pedrito, á quien le echa al sue-
lo una pila de libros que lleva en la mano, Joven...
PEDRITO. ¡En! ¡cuidado!
DON MOISÉS. Usted me dispense.
GLORIA. (Va loco.)
Don Moisés, aturdido ya, tropieza también con CATALINA, que llega de
la calle cuando él se marcha.
CATALINA. ¿Ande yeva usté loz ojos, zeñó?
DON MOISÉS. ¡Fijos en el cielo de la dicha!
DON MIGUEL. Anda, anda. Deja pasar á don Moisés.
CATALINA. Llevándose las manos á la cabeza. (\ZiQ V&tl
los dos juntos!)
JEREMÍAS. ¡Lo engañan! ¡lo explotan!
Refunfuñando.
DON MIGUEL. Vuelvo en seguida, ¿eh? A Jeremías.
¿Qué te sucede á ti, que así bufas?
JEREMÍAS. ¿No lo ves? ¡ Que estoy muy contento!
DON MIGUEL. Pues mira, no lo estarás tanto
COmO y O . H a s t a l u e g O , A don Moisés, echándole una mano por
la espalda. ¿ V a m O S ?
Jeremías y Catalina hablan en voz baja escandalizados, y Gloria auxi-
lia á Pedrito en Jla tarea de recoger los libros del suelo. Cae el telón.
F I N D E L ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Trastienda de la librería de don Miguel. A la izquierda
del actor el hueco de puerta que comunica con el es-
tablecimiento. La pared de la derecha se une á 1 a del
foro formando chaflán. En medio de éste, una puer-
ta que conduce á las habitaciones interiores. Ambas
paredes laterales cubiertas por completo de anaque-
lerías llenas de libros. En la del foro, hacia la dere-
cha, una ventana grande con reja, que da al patio de
la casa y cuyas puertas aparecen cerradas en este
acto. Cerca de la ventana una máquina de coser.
Arrimados á la pared montones de libros y una esca-
lerilla de mano. En el centro de la escena una mesa-
camilla. En torno varias sillas finas dé enea y dos bu-
tacas de gutapercha. Estera de pleita. Es de noche.
Pendiente del techo una lámpara de luz eléctrica en-
cendida.
DON MIGUEL, sentado á la camilla en una butaca, lee un periódico. Tie-
ne puestas la capa y la gorra, como en el primer acto. Poco después
de levantarse el telón sale PEDRITO de la tienda con un libro en la
mano.
PEDRITO. Oiga usted, don Miguel.
DON MIGUEL. ¿Qué quieres?
PEDRITO. ¿Se puede dar esto por diez reales?
DON MIGUEL. Examinando el libro. ¿Esto? ¿Quién lo
pide?
44 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PEDRITO. Ese muchacho de la barba negra y
los lentes, que se llevó el otro día la Historia de
las ideas estéticas..,
DON MIGUEL. Ah, sí, hombre: es parroquiano
asiduo. Dáselo.
PEDRITO. Le diré que por ser para él... Echaá
andar y á la mitad del camino se detiene y suelta un suspiro que parte el
alma. ¡Ay!
DON MIGUEL. ¿Qué te pasa, Pedrito, que an-
das hoy así como tonto y das unos suspiros...?
¿Tienes amores imposibles?
PEDRITO. NO son flojos amores.
DON MIGUEL. ¿Algo, quizás, del teatro de
doña Guadalupe?
PEDRITO. Pues ¿qué ha de ser? Calcule usted
que ya no hacemos el Drama nuevo.
DON MIGUEL. ¡Diablo de contrariedad! Pero
anda, anda, que espera ese señor.
PEDRITO. Está muy entretenido viendo unas
l á m i n a s . . . Baja la voz como si temiese ser escuchado. M i r e US*
ted, don Miguel: cometió doña Guadalupe la tor-
peza—ya se lo advertí yo,— de repartirle el papel
de Alicia á la hija del sastre del portal, y ahora no
sabe cómo quitárselo*
DON MIGUEL. ¡Jesús qué desatino! Mira tú que
á la hija del sastre... ¿Estaría la pobrecita para
matarla?
PEDRITO. Para matarla, no; pero para herirla
gravemente, desde luego. Y quien paga los vi-
drios rotos soy yo.
DON MIGUEL. ¿Por qué?
PEDRITO. ¡Ahí es nada! Figúrese usted que
COMEDIAS ESCOGIDAS 45
para el martes quieren que me estudie La esposa
del vengador y El nudo gordiano.
DON MIGUEL. ¡Aprieta! Estos aficionados las
gastan así. ¡Buena va á andar la librería de aquí
al martes!
PEDRITO. ESO no, don Miguel: primero es la
obligación que la devoción.
DON MIGUEL. Bueno, pues vete á demostrarlo;
no te detengas más.
PEDRITO. Ya, ya me voy. se asomaá ialibrería. Ese
caballero sigue distraído con las láminas. — Lo
que iba á decirle á usted, don Miguel: en La
esposa del vengador, que ya he hecho otras ve-
ces, estaré... vamos... En fin, no es que yo me
alabe, pero.., las personas que me la han visto
hacer, se han quedado con la boca abierta. En
cambio, en El nudo gordiano, me van á dar dos
tiros.
DON MIGUEL. ¿Por qué, simple?
PEDRITO. Porque yo no siento los dramas de
levita; eso es.
DON MIGUEL. ¡Ja, ja, ja!
PEDRITO. NO se ría usted, no, señor, que no los
siento. Puede que sea porque no tengo levita, pero
no los siento.
DON MIGUEL. ¿De manera que todo tu equipa-
je es de capa y espada?
PEDRITO. ¡Quiá! ¡Si tampoco tengo equipaje!
Pero los trajes de capa y espada me los presta Ro-
quete, un cómico muy amigo mío.
DON MIGUEL. Tonto, pues que te preste la le-
vita Roquete.
46 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PEDRITO. E S que las levitas de Roquete... tam-
bién son de capa y espada.
DON MIGUEL. Vaya por Dios. Y basta de pali-
que, ¿eh? A cumplir tus obligaciones.
PEDRITO. NO me reprenda usted, don Miguel;
p ó n g a s e e n m i C a S O . . . Yéndose á la librería.
Aquí mi padre expiró,
aquí morirá Pacheco.
DON MIGUEL. Ese va á perder la cabeza con
los dramas.
Viene GLORIA del interior de la casa con una labor, que deja sobré la
camilla.
GLORIA. Ay, qué demonio de muchacha.
DON MIGUEL. ¿Quién?
GLORIA. Carita. No hay modo de hacer
carrera de. ella. Ha simpatizado con Catali-
na, que charla más que ella todavía, y allí
las tienes á las dos fregando platos y dorando pe-
roles.
DON MIGUEL. Déjalas. Esa Carita es una joya.
Mira que se mete por el corazón.
GLORIA. Carita y todos ellos.
DON MIGUEL. Ah, sí. Mario es la misma flor de
la simpatía.
GLORIA. ¿Verdad que sí, papá? ¡Pobre chico!
Aún está muy débil.
DON MIGUEL. Muy débil, sí.
GLORIA. La que ha pasado ha sido buena. Una
pulmonía doble no la cuentan todos. Se acerca á don
Miguel y baja un poco la voz. Por cierto, papá, que tengo
que pedirte una cosa. Haz el favor de decirle al
COMEDIAS ESCOGIDAS 47
tío Jeremías que no sea tan imprudente con ese
chico. Le suelta unas pullas y unas indirectas que
encienden lumbre.
DON M I G U E L . Disgustado me tiene eso, no
creas tú, El domingo tuve con él unas palabrillas á
cuenta de la ropa que les hemos sacado del Mon-
te. ¿Qué quería? ¿que anduvieran en cueros por la
casa? La ha tomado en una forma tan grosera con
toda la familia...
GLORIA. Pero principalmente con Mario. (¿Qué
hará que no viene?) Debía bastarle el considerar
que están amparados aquí, para tratarlos de otro
modo...
DON MIGUEL. Claro es.
Sale paseando (JEREMÍAS del interior de la casa y se va á la librería.
Trae en la mano una copita de aguardiente, en la que mete las narices
como si se las quisiera bañar.
JEREMÍAS. Dice, tiempo libre, bolsa llena,
dice, buenas mozas y buen vino; dice, ¡cuerpo de
tal, qué destino! dice, y todo ello á costa ajena.
V a S C Se ^va en efecto.
GLORIA. ¿Ves tú?
DON MIGUEL. Ya, ya veo. Te digo que me ha
faltado poco...
GLORIA. S Í , tú ^también gastas una calma...
Siempre te falta poco.
DON MIGUEL. Ente ruin, incapaz de querer á la
camisa que lleva puesta... Lo que tiene entre cue-
ro y carne es el escozor de lo que yo he hecho con
esa pobre gente; cosa que á él le parece invero-
símil.
GLORIA. Si todos fuésemos á pensar como él...
48 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Pero tú, papá, no has hecho más que lo que has de-
bido, y allá cada uno con su conciencia.
DON MIGUEL. Levantándose, Ahí está el toque. Yo
tengo mi alma en mi cuerpo y mi libre albedrío
como el más pintado, y estoy en mi casa, donde
soy señor de ella, como el rey de sus alcabalas,
y sé...
GLORIA. Bueno, déjate ahora de Don Quijote.
DON MIGUEL. Es que me indigna ese Jeremías.
Quisiera yo que hubiese venido él conmigo á casa
de esa buena gente y hubiese visto el cuadro que
yo vi. ¡Qué alcoba, hija, qué alcoba! Un tugurio
de lo más miserable. El pobre Mario tendido en un
jergón, medio muerto de frío, porque allí entraba
el viento por donde le daba la gana; el padre casi
en cueros; Carita llorando en un rincón; la cocina
sin lumbre; la despensa sin pan... ¡qué sé yo! No
pude, ni quise contenerme... Fué aquello un im-
pulso invencible de todo mi ser. «¡A mi casa!—les
dije—. Allí, hasta que pase la nube». Y hubieras
tú visto, Gloria, hubieras visto entonces qué llanto
de gratitud, qué besarme las manos, qué extre-
mos... Me avergonzaron y tuve que escaparme, no
te digo más... Para que se nos venga ahora ese
brujo de Jeremías con pullas y más pullas, endere-
zadas á amargarme esta satisfacción que yo tengo,
sin duda porque él no la puede sentir igual en los
d í a s d e SU v i d a . Vuelve á sentarse.
GLORIA. Ni más ni menos. Y sobre todo,
papá, que es lo que yo digo: en los veinte que
llevan aquí, ¿han hecho algo que justifique esa
ojeriza?
COMEDIAS ESCOGIDAS 49
DON MIGUEL. Al contrario. Si se pasan las
horas queriendo agradar...
GLORIA. La pobre Carita se desvive... á todo
atiende...
DON MIGUEL. Y Moisés lo mismo.
GLORIA. Ah ese buen señor no sosiega.
Sale JEREMÍAS del establecimiento con la copita de antes apurada, y se
detiene un punto oyendo la conversación de don Miguel y Gloria.
DON MIGUEL, Allá veremos si en eso de los
retratos al carbón le sopla la fortuna.
GLORIA. En su cuarto está ahora dándole los
últimos toques á ese que le encargaron el do-
mingo.
DON MIGUEL. Como que es su obsesión: apor-
tar algunos cuartos al gasto de la casa. Yo ya le
he dicho que no piense que voy á aceptar... Pero
me ha contestado que por fuerza tomaré lo que él
gane mientras viva aquí con nosotros.
JEREMÍAS, sentenciosamente. Cobrará el retrato y
no veréis un perro chico.
GLORIA. ¿Usted qué sabe?
JEREMÍAS. Cobrará el retrato...
DON MIGUEL, I Calla, majadero!
JEREMÍAS. ¡Y no veréis un perro¿chico!
GLORIA. ¡Dale!
JEREMÍAS, viendo venir á DON MOISÉS por la puerta que da al
interior de la casa y yéndose por ella después de saludarlo. N u e s t r o
hombre se acerca. A sus órdenes, querido Van
Dick.
DON MOISÉS. Más decentito que en el primer acto. Trae un
rollo grande en la mano y el sombrero puesto. ¡ J e , j e ! [ V a n D l C K
me dice... Tu cuñado me hace mucha gracia.
4
50 S. Y I. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. ¿SÍ?
DON MOISÉS. ¡Mucha! (La misma que si me
afeitaran en seco.) Conque, yo voy á entregar este
mamarracho.
DON MIGUEL. Déjalo para mañana, bobo. ¿Qué
prisa te corre?
DON MOISÉS. Ninguna. Pero me conviene en-
tregarlo de noche, porque la luz artificial le va
mejor que la febea. Volveré antes que cerréis.
Mirad cómo ha quedado. Desenvuelve el rollo y enseña su
obra, que es un retrato de busto de tamaño natural, menos que mediana-
mente dibujado al carbón.
GLORIA. A ver, á ver..,
DON MIGUEL. ¡Bravo, chico! ¿Sabes que me
gusta?
GLORIA. Está admirablemente.
DON MOISÉS. ¿SÍ, eh?
DON MIGUEL. Nuestra opinión no vale, pero...
DON MOISÉS. ¿Cómo que no vale? Un hombre
de tu gusto, y de tu cultura, y de tu...
DON MIGUEL. Me estoy fijando... y no sé qué
le encuentro á la boca.
DON MOISÉS. NO me toques á la boca, por Dios.
La boca es la misma. Mírala a s í . Guiña un ojo y se pone
delante del otro una mano á guisa de anteojo.
DON MIGUEL. Imitándolo. ¿Así? Chico, cierta-
mente.
GLORIA. YO á lo que le noto algo raro es á las
narices...
DON MOISÉS. NO me toques á las narices. Mí-
ralas así. Como á don Miguel.
GLORIA. Ay, es verdad; así se salen del papel.
COMEDIAS ESCOGIDAS 51
DON MTGUEL. Oye, pues no dejes de decirle al
dueño que lo mire así.
DON MOISÉS. Enrollando ei retrato. ¡Ja, ja, ja! No es-
taría de más, no te creas. Vaya, vuelvo al instante.
Fijándose en una solapa de don Miguel. ¿Qué tienes tú aquí?
DON MIGUEL. NO sé...
DON MOISÉS. Una mancha d e . . . d e . . . ¿de
qué es esto? Grasa, grasa parece. Mañana te
daré con tierra de vino. ¿Tú no querías botones,
Gloria ?
GLORIA. Me los ha traído ya Carita, don
Moisés. Se sienta á hacer labor.
DON MOISÉS. Corriente.
DON MIGUEL. Oye, por si tardas un poco y he-
mos cerrado cuando vengas, ¿tú conoces la en-
trada del portal?
DON MOISÉS. Sí. Lo que no sé es la gracia del
sereno.
GLORIA. La gracia del sereno es no venir
cuando se le llama.
DON MOISÉS. ¡Ja, ja, ja! ¡Los mismos golpes de
su madre!
DON MIGUEL. Bartolo es la gracia.
DON MOISÉS. Bartolo: no se me olvida. Como
Murillo. Conque, soy de ustedes. Se marcha á la calle.
DON MIGUEL. Adiós.
GLORIA. Adiós.
Sale MARIO de las habitaciones interiores. Viste traje de americana en
no mal uso.
MARIO. ¿Qué hacen tan calladitos el padre y
la hija?
GLORIA. (Ya está aquí.)
52 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. ¿Y usted, qué hacía por allá den-
tro, perdido?
GLORIA. ¿Ayudarle á Carita á fregar peroles?
MARIO. NO, por cierto. He estado embromando
un rato á don Jeremías.
DON MIGUEL. ¡Duro, duro en él!
MARIO. Es delicioso. Acabo de decirle que hace
Vida de pisapapeles. Sueltan la risa Gloria y don Miguel.
Y se me ha puesto por las nubes.
DON MIGUEL. ESO prueba lo atinado de la com-
paración.
MARIO. A mí me divierte muchísimo. Le cuen-
to unas patrañas sólo por oirle... Tuvo que ver
anoche cuando le juré que hace seis años fui ven-
dedor de babuchas en Egipto.
GLORIA. ¡Ja, ja, ja!
[Link], eso sí: no me paro en barras.
En mis conversaciones con él ya le he dado tres
ó cuatro vueltas al mundo.
GLORIA. LO va usted á matar á berrenchines.
DON MIGUEL. NO, hija, no: descuida, que á ese
no lo mata nadie.
MARIO. (Se hará lo que se pueda. Y veremos
q u i é n p u e d e m á s . ) Se sienta junto á Gloria.
DON MIGUEL. Bien pronto ha recobrado usted
el buen humor, amigo Mario.
MARIO. En cuanto he visto asegurado el pe-
llejo, que fué lo que me preocupó algunos días,
GLORIA. ¿Le tiene usted cariño á la vida?
MARIO. Más que nadie. Y mire usted que la
mía no ha sido hasta el presente ningún caminito
de flores; pero Jeso mismo ayuda á quererla...
COMEDIAS ESCOGIDAS 53
Cuanto más desgraciada es una persona, más se la
quiere, ¿no es verdad? Pues lo propio me ocurre
conmigo: cuanto peor lo paso en más me estimo y
me creo más digno de pasarlo bien. Y como tras
unos días vienen otros, y hay más días que longa-
niza, según dicen, y longaniza me consta ¡que hay
mucha, ¡adelante* ¡á vivir!
DON MIGUEL. Filosofía de hombre sano que
recobra la fuerza perdida.
MARIO. E S cierto. Estoy mucho mejor. Hace
tres días, apenas podía tenerme en pie. Pero desde
ayer noto que la salud entra en mi cuerpo sin pe-
dir permiso, despreciando papelillos y pildoras,
de rondón, libre, franca, lo mismo que entra en¡mi
alcoba la luz del día cuando abro las ventanas al
levantarme.
GLORIA. Gracias á Dios.
MARIO. Justo; gracias á Dios, que los [puso á
ustedes en la tierra. Tengo un presentimiento que
me hace feliz..,—bueno, yo soy más supersticioso
que una gitana.—Digo que tengo el presentimiento
de que, merced á la casualidad que aquí me ha
traído, desde esta fecha va á tomar mi vida rumbo
más próspero.
GLORIA, candorosamente. Oiga usted; y yo que, sin
saber por qué, he pensado lo mismo...
DON MIGUEL. Hombre, es muy natural que su-
ceda. No es cosa de que estén ustedes toda la
vida tragando rejalgar. Dios aprieta, pero no
ahoga.
GLORIA- Mirando al interior de la casa, E l tío J e r e m í a s
viene ahí. Cambiemos de conversación.
54 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. SÍ, sí: doblemos la hoja.
Vuelve JEREMÍAS del interior chocando y enredando los dedos coma
de costumbre, y pasa hacia la tienda. Al oir á Mario se detiene á escu-
charlo con muy mala intención.
MARIO. Van ustedes á oirlo. Precisamente en
aquella época, querido don Miguel, era yo cerve-
cero en Alemania...
GLORIA. (¡Virgen!)
DON MIGUEL. Sí, sí; si hablamos de eso el
otro día...
JEREMÍAS. ¿En qué época era eso, puede sa-
berse?
DON MIGUEL.(Ya, ya...)
MARIO.
SÍ, señor; eso era... en Agosto del 95.
JEREMÍAS. ¡Alto el carro! ¡No aguanto más
bolas!
MARIO. ¡Don Jeremías!
Gloria y don Miguel contienen la risa.
JEREMÍAS. ¡Tengo apuntadas en un papel todas
las cosas que ha sido usted en Agosto del 95! Se ríen
los tres. No hay que reirse... Aquí está. Saca de un bolsillo
un papel y lee con fruición. Este caballero ha sido en Agos-
to del 95: «Pastelero, en Yalladolid; sereno, en
Badajoz; Don Miguel, Gloria, y el propio Mario, ríen de muy buena
gana, jefe de claque, en Bélgica; equilibrista, en
Rusia; peluquero, en el Cairo; litógrafo, en el Ca-
nadá; Judas, en una procesión, en Estepa; recau-
dador de contribuciones, en la Patagonia; vende-
dor de arropías, en Sevilla; cajero, en el Banco de
Londres, y capitán de un globo, en mitad de la
atmósfera.» Decidme si hay manera de creer...
MARIO. Levantándose. ¡Ah! Todo es rigurosísima-
COMEDIAS ESCOGIDAS 55
mente histórico. Como que en Agosto del 95 era
yo...
JEREMÍAS. ¿Otra cosa además?
MARIO. SÍ, señor; primer actor de una compa-
ñía dramática, donde cada noche representaba un
tipo distinto.
DON MIGUEL. Te ha reventado, Jeremías.
GLORIA. LO ha reventado á usted.
JEREMÍAS. ¡Un cuerno!
MARIO. NO tiene usted más que fijarse: paste-
lero, en Valladolid: Traidor, inconfeso y már-
tir. ¿Ha visto usted Traidor, inconfeso y mártir?
¡Pero si usted no ha visto más que el Tenorio y
La canción de la Lola!
JEREMÍAS. NO he visto tanto como usted... Sin
embargo, le reconozco sin reservas muy felices
disposiciones de comediante.
MARIO. (NO me inmuto, no.) ¡Oh! ¡Usted no
sabe la de laureles que he conquistado! Fué aque-
lla una época de gran ventura para mí. Todavía
m e e n t u s i a s m o á V e c e s . Declama con énfasis.
Grajos viles que espanta mi bandera
son los reyes de Córdoba y Sevilla:
y yo haré con sus reinos una hoguera...
¿A que no acierta usted de dónde es eso?
Sale PEDRITO oportunamente de la tienda.
PEDRITO. De Sancho Garda. Don Miguel,
aquí lo busca á usted un caballero. Se va.
GLORIA. Vamos, que ese también...
DON MIGUEL. Yéndose tras Pedrito. Si le digo á us-
ted que en esta casa el que no se ríe...
56 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
JEREMÍAS, siguiendo á Don Miguel. ¡ Ah , sí! ¡ Todo
esto tiene muchísima g r a c i a ! Se va diciendo «ja, ¿ía, 'ja»,
sin reírse. Ja, ja, ja... No te pongas malo de reir, J e -
remías. Ja, ja, ja...
GLORIA. (Solos otra vez.)
MARIO. Soltando ia carcajada. ¡ va que ecña bombas!
GLORIA . A mí lo que me admira es que no
comprenda que son bromas de usted. ¡Porque
mire usted que la lista que ha hecho!
MARIO. E S que la ha tomado conmigo sin saber
p o r q u é C a u s a . Vuelve á sentarse junto á Gloria.
GLORIA. YO SÍ lo sé, Mario.
MARIO. Y yo.
GLORIA. Porque con todos hace igual*
MARIO. NO es por eso.
GLORIA. Le aseguro á usted que es insufrible:
á todas horas pensando mal, de un humor endia-
blado... Para él no hay persona buena en el mun-
do... Jesús!
MARIO. ¿Y ha vivido siempre con usted?
GLORIA. Siempre.
MARIO. Pues ha tenido tiempo de cambiar de
opinión.
Pausa.
GLORIA. (Cuando me quejo sola con este hom-
bre, no sé adonde mirar.)
MARIO. (Creo que no le parezco saco de paja.)
Nueva pausa. Mario contempla á Gloria'fíj amenté.
GLORIA.¡ |(Debe de estar mirándome: siento sus
ojos en mi cara.)
MARIO. (Vamos á ver si es verdad eso deUnue-
vo rumbo de mi vida.) ¡Qué callados estamos!
COMEDIAS ESCOGIDAS 57
GLORÍA. Se conoce que no tenemos nada que
decirnos.
MARIO. O que tenemos mucho... y no sabemos
por dónde empezar, pausa. (Como una amapola se
ha puesto. Es una sensitiva.)
GLORIA. (¡Qué simple soy! ¿Pues no me he
puesto colorada?) Dicen que cuando hay estos si-
lencios es que pasa un ángel.
MARIO. Pues como pase por aquí va á morirse
de envidia.
GLORIA. Riendo. ;De mí?
MARIO. N O : de mí. Creo que por bien que le
vaya al angelito allá arriba, mejor que al lado de
usted es muy difícil que le vaya.
GLORIA. Bueno, ¿quiere usted que hablemos
de otra cosa?
MARIO. ¿NO le gusta á usted la conversación?
GLORIA. Sí me gusta...
MARIO. ¿Entonces á qué variarla?
GLORIA. He dicho una simpleza. Me gusta
como gustan las galanterías, pero por lo mismo no
está bien que yo quiera oirías...
MARIO. ¿Pues no confiesa usted que le gustan?
GLORIA. ¡ Ay, qué hombre de Dios! Es que hay
cosas que aunque le gusten á una, una no debe de-
cir que le gustan... Y yo ya lo he dicho, que es lo
malo...
MARIO. Y le ha costado á usted ponerse otra
vez como una cereza. ¡Ja, ja, ja!
GLORIA. (Me vio antes.) Por Dios, Mario, no se
ría usted de mí.
MARIO. Esta risa no es burla: es alegría.
58 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
GLORIA. Menos mal si está usted alegre.
MARIO. Ya sabe usted que sí. Y á su lado de
usted.. e más alegre que nunca. (Ahora se ha pues-
to pálida.)
Pausa breve,
GLORIA. (¡Jesús! no veo la labor...)
MARIO. Gloria, ¿quiere usted mirarme un mo-
mento?
GLORIA. Muy turbada. Si lo estoy viendo á usted
todo el día...
MARIO. Viéndome, sí; pero mirándome, no.
Por lo menos, mirándome como yo quisiera que
me miraran esos ojos... esos ojos tan...
Sale PEDRITO de la tienda buscando come loco un libro por las ana-
quelerías de uno y otro lado, y recitando, casi maqumalmente y muy
aprisa, mientras lo busca, los versos que siguen.
PEDRITO.
... Y el puño de mi tizona
libre de pliegues molestos
buscó la luz, dando al aire
mil acerados reflejos..,
MARIO. (¡Qué oportuno es este pájaro frito!)
Se separa de Gloria y finge distraerse.
GLORIA. (¡Ay, ya puedo respirar!...)
| PEDRITO. ¿Dónde estás, hombre, dónde estás
tú?... Balmes... «Criterio»...
A una esquina di la vuelta...
di la vuelta... di la vuelta...
¿Cómo es, Perico? Saca del bolsillo interior de su americana la
obra, y busca rápidamente lo que no recuerda.
COMEDIAS ESCOGIDAS 59
MARIO, A Gloria. (¿Pero ese va á ensayar aquí
todo el drama?
GLORIA. Capaz es.)
PEDRO. ¡Y á mi pesar!... Ya decía yo.
A una esquina di la vuelta,
y á mi pesar y en el velo
de una dama que venia
marchando en sentido inverso...
DON MIGUEL. Dentro, gritando. ¡Pedrito!
PEDRITO. ¡Voy! Pero, ¿para qué tendría crite-
rio Balmes? Este e s . Coge un libro, lee el lomo y se encamina
á la librería, sin dejar La esposa del vengador.
... seguida de airoso paje
y dueña de adusto ceño,
enganché los retorcidos
gavilanes de mi acero,
¡q%ie siempre están gavilanes
de palomas en acecho!
Hojeando el libro, se detiene antes de meterse en la tienda.
Dio un grito y yo la miré:
alzó sus ojos de cielo...
Me parece que le falta una hoja.
Rasgó el tul y huyó ligera;
no la vi más... ¡y aún la veo!
No, no le falta.
¡Malhayan los gavilanes
que presa en ella no hicieron!
60 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Le pido dos pesetas. Que no diga don Miguel que
no me intereso por la casa. se va.
MARIO. ¡Gracias á Dios que nos deja solos!
Se sienta otra vez al lado de Gloria. Llegó á interrumpir
nuestro palique en un momento en que yo creía
que no habitábamos este mundo más que u s -
ted y yo.
GLORIA. Y resultó que también lo habitaba
Pedrito.
MARIO. En un momento en que yo le pedía á
Dios que hubiese á nuestro alrededor un silencio
muy grande...
GLORIA. ¿Y para qué tanto silencio?
MARIO* Para que pudiese usted oir cómo salta-
ba mi corazón dentro de mi pecho, alborozado con
la idea de que usted, á ruego mío, me mirara... de
que usted me mirara con esos ojos tan negros...
tan dulces... tan hermosos... ¿No me mira usted,
Gloria?
Vuélvela salir PEDRITO á escape por otro libro. Mario le echa una
mirada fulminante y se separa de Gloria de nuevo.
PEDRITO.
Cerca un coche; en él su amante;
ella hacia él; la vi; cegué,..
MARIO. (iMaldita sea tu estampa!)
GLORIA. (Este tontaina de Pedrito...)
PEDRITO.
Tiré, cayó, la besé,
y, en mis brazos expirante,
la satisfacción primera
de mis celos vi pagada...
COMEDIAS ESCOGIDAS 61
Cogiendo el libro que buscaba, que es voluminoso.
Aquí está. «La cebolla.—Su historia y su cultivo.»
Unos, «El criterio» de Balmés, y otros, «La cebo-
lla.» Entienda usted á la humanidad.
¡Que asi su última mirada
fué para mi toda entera!
i Bravo! vase.
MARIO. Parece que se ha propuesto impedir-
nos hablar. Se sienta junto á ella otra vez.
GLORIA. (¡ES mucha desgracia!)
MARIO. Y si al menos pudiéramos entendernos,,
como aseguran que se entienden los enamorados...
GLORIA. Con viva emoción, ;Los enamorados?
MARIO. Sí; son los únicos seres que se entien-
den por medio de los ojos.
GLORIA. ¿Dice usted que los únicos?
MARIO. Los únicos. Por eso usted y yo esta-*
mos... á media inteligencia.
GLORIA. NO comprendo...
MARIO. ¿NO? Peor para mí. Pausa breve. Gloria, an-
tes que vuelva á salir ese titiritero de Pedrito, quie-
ro preguntarle á usted una cosa. Me ha dicho usted
que coincide conmigo en imaginar que, de aquí en
adelante, se ha de trocar en próspera mi adversa
fortuna. ¿En qué se funda usted para imaginarlo?
GLORIA. En nada...
MARIO. En nada, no es posible.
GLORIA. Pues y usted, que piensa lo mismo,
¿en qué se funda?
MARIO. ¿Yo? En un sentimiento... En el de que
al lado de usted, que es la bondad misma, nada
62 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
malo puede pasarme. Creo más: creo que esta sana
alegría que usted derrama sobre todo lo que la ro-
dea, ha impregnado mi alma para siempre. Y aun
cuando yo me aleje de usted...
GLORIA. NO hable usted de eso ahora...
MARIO. ¿NO he de hablar, Gloria, si es mi pesa-
dilla?... Yo sé que la bondad de usted y de su pa-
dre para con nosotros no ha de tener más límite
que aquel que le ponga nuestro decoro, nuestra de-
licadeza...
GLORIA. (¿Pues no se me han saltado las lá-
grimas?)
MARIO. Ese límite ha llegado ya. Recobrada
mi salud merced á ustedes, no debemos permane-
cer más tiempo en esta casa.
GLORIA. ¡Vaya una tontería!
MARIO. Tontería, no, Gloria. La verdad, que
tiene bromas muy pesadas. Debo marcharme, y
me iré, ¡quién lo duda! ¿Adonde? ¡quién lo sabe!
Con pasión y en voz baja, acercándose mucho á ella, Pero quiero
que sepa usted que adonde quiera que la fortuna
guíe mis pasos, su recuerdo de usted iluminará mi
pensamiento, alentará mi corazón y alegrará mi
alma. Le coge una mano, que ella, conmovida, le abandona.
Llega CARITA del interior de la casa á tiempo de oír las últimas frases, y
no puede reprimir un grito de sorpresa. Gloria, sobrecogida y llena de
turbación, se separa violentamente de Mario y se pone de pie. Mario
permanece sentado.
CARITA. ¿Qué?
MARIO. ¿Quién?
GLORIA. (¡Jesús! ¡Carita!)
MARIO, (¡Carita ahora!)
COMEDIAS ESCOGIDAS 63
CARITA. ¿Qué os ocurre?
MARIO. ¡Nada!
GLORIA. Nada... sino que... como has entrado
tan de pronto... y no te esperábamos... y... Yo te
confieso que me he asustado... Voy á beber un
POCO d e agua. Yéndose al interior con los ojos bajos. ( ¡ Q u é
vergüenza, Dios mío!)
Carita y Mario se contemplan. Pausa.
MARIO. ¿Qué miras?
CARITA. ¿Qué miras tú?
MARIO. Tranquilo. Te miro á ti, que tienes mu-
cho que mirar.
CARITA. Y yo á ti... que no tienes menos.
¿Quieres decirme por qué se ha turbado Gloria?
MARIO. ¡Ay qué gracia! ¡Pregúntaselo á ella!
CARITA. Se lo preguntaré.
MARIO. Bueno; que te aproveche.
CARITA. Mario.,, ¡qué mal haces en lo que
haces!
MARIO. ¿Y qué sabes tú lo que yo hago, infe-
liz? ¡Es una desgracia haber nacido tonta de capi-
rote!
CARITA. Pues no la cambio por la de haber na-
cido...
MARIO. ¿Qué?
CARITA. Nada.
MARIO. Pues nada: bien está.
CARITA. Bien está, sí.
MARIO. Encaminándose hacia la tienda. L e v o y á r e v o l -
v e r l a b i l i s á d o n J e r e m í a s . . . Carita no deja de mirarlo.
(Alégrate, Mario; el triunfo es tuyo. Tiene razón
Pedrito:
64 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
...siempre están gavilanes
de palomas en acecho!)
Desde la puerta de la librería. Carita, adiós. Ya sabes que
te estimo en cuanto vales y que vales mucho. No
te enfades conmigo, tonta. Se va.
CARITA. ¿Le parece á usted por dónde sale aho-
ra ese bribón? Ya me estaba yo temiendo alguna
miseria. Llevan hijo y padre muchos días de per-
sonas decentes. Pero, vamos, esto de Mario clama
al cielo. ¿Mire usted que atreverse á enamorar á
Gloria? No puedo, no puedo acostumbrarme á las
acciones de esta gente... ¿Por qué Dios me habrá
puesto entre ellos á mí, que en mi pobreza soy tan
- d i s t i n t a ? A DON ^MOISÉS, [que sale de la tienda como perseguido.
¡Ay padrino; cuánto me alegro de que llegue us-
ted!
D O N MOISÉS. ¿Sí? Pues ¿qué sucede? A fe que
vengo yo...
CARITA. Mario...
DON MOISÉS. NO me toques á Mario, que es el
talento de la casa.
CARITA. A pesar de eso, Mario...
DON MOISÉS. ¿Mario, qué?
CARITA. En voz baja, con pena. Mario está haciendo
una cosa muy fea.
DON MOISÉS. ¿También Mario? ¡Pero estos hi-
jos míos van á sacarme el sol de la cabeza!
CARITA. Estoy más disgustada... Porque, créa-
me usted, la cosa es de las que no tienen nombre...
A mí que no me digan... Hay circunstancias en la
vida, en que no vale la disculpa del amor... Y eso
COMEDIAS ESCOGIDAS 65
de que el amor entra así, de repente, como ún do-
lor de muelas, y que no se puede contener, no
pasa más que en las novelas y en los dramas, donde
sabe una que todo es mentira... Pero voy al grano.
Apartándose un poco de él con cierta repugnancia. Usted también
trae un pestazo á aguardiente...
DON MOISÉS. ¡Al grano, por Dios! ¡No mezcles
el aguardiente con nada!
CARITA. De esta casa van á echarnos á punta-
piés. ¿Qué cree usted que se le ha ocurrido á Ma-
rito?
DON MOISÉS. Alguna tontería. A veces el ta-
lento que tiene se nubla como el sol. Un poco alarmado.
O y e , ¿ h u e l o m u c h o ? Le echa el aliento.
CARITA. No: á distancia, no. Pues verá usted:
se va usted á quedar con la boca abierta. En voz muy
baja. ¡Le está haciendo el amor á Gloria!
DON MOISÉS. Lo mismo. ¡Ya lo sé! Se lo he pro-
puesto yo.
CARITA. ¿Usted?
DON MOISÉS. Sí. Me explico tu extrañeza,
porque no conoces ciertos detalles. Con gran misterio y
regocijo. Aquí hay guita larga.
CARITA. ¡Padrino! (¡Qué asco de gente!)
DON MOISÉS. Así, así... No son cuentos de las
mil y una noches... He oído hablar de papel del
Estado, de una casita en la calle de la Ventosa...
¿Tú sabes dónde está la calle de la Ventosa? Pa-
sada la Fuentecilla, conforme vamos al Matadero...
CARITA. ¡Déjeme usted á mí de ir al Matade-
ro! ¿Usted no comprende que eso es ruin?
DON MOISÉS. ¡Muchacha! Te advierto que él
5
66 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
va por todo lo fino. Nada de pringarla á última
hora, como otras veces... Petición de mano, ben-
dición del cura, etc., etc. Todos los requisitos.
CARITA. Pero ¿quién es él para poner los ojos
en Gloria? ¿Usted no ve eso? ¿usted no ve que aquí
estamos recogidos por caridad? ¿usted no ve que
en esta casa debiéramos andar todos de rodillas?
¿usted no ve que el amor de Mario es una ofensa?
¿usted no ve que ofender á quien nos salva es una
villanía muy grande?...
DON MOISÉS. Mira, mira, mira, Carita: odio al
par que desprecio el género trágico, ¿te enteras?
¡Vade «ratro»! Además, pamplinosa, el amor es
libre, no respeta leyes ni conveniencias, une prín-
cipes y pastoras, tumba monarquías, funde religio-
nes contrarias...
CARITA. Y averigua si hay papel del Estado.
DON MOISÉS. Eso lo primero. La época de
la cebolla fuese. Hay que vivir, hay que vivir...
{Pues digo! El día que mi pobre Mario adquiera
bienes de fortuna, ¿qué vuelos no tomarán sus alas
de águila imperial? ¡Ah! ¡si el otro fuera lo mismo!
CARITA. NO nombre usted al otro, que bastan-
te tenemos con éste.
DON MOISÉS. Bien á pesar mío lo nombro, no
te creas. Está otra vez aquí.
CARITA. ¿Calixto? ¿Ha parecido?
DON MOISÉS. No levantes la voz. He tenido
con él un mal encuentro.
CARITA. ¡Virgen María! ¿Sabe que estamos en
esta casa?
DON MOISÉS. LO sabe.
COMEDIAS ESCOGIDAS 67
CARITA. ¡El Señor nos valga!
DON MOISÉS. Creo que se ha ido á vivir con...
CARITA. ¿Con quién?
DON MOISÉS. Con... con la otra.
CARITA. ¿Con su hermana?
DON MOISÉS. ¡Cállate, por Dios! Eso dice él:
que vive con Adela. Capaz es de todo... Me ha
dicho también que es apoderado del Microbio
Chico,
CARITA. ¿Y quién es el Microbio Chico?
DON MOISÉS. ¡El colmo de la insignificancia,
tú calcula! Un torerillo de mala muerte. Y será
verdad que es su apoderado... Cuando yo lo vi iba
con dos tipos... que si me los encuentro de noche
en una calle sola, me encomiendo á Dios. -Bue-
no, pues el señor ha tenido la avilantez de ame-
nazarme: ¡á mí! ¡al padre que lo ha echado al
mundo!
CARITA. Padrino, vamonos de esta casa antes
que él venga... Que siquiera esta vez no dejemos
triste recuerdo de nosotros.
DON MOISÉS. ¿Estás loca, criatura? Si nos va-
mos de aquí, ¿de dónde vo}r yo á sacar los veinte
duros que me pide?
CARITA. ¡Madre mía! La historia eterna...
Llorando. Si parece que estamos malditos...
DON MOISÉS. ¡NO llores, mujer!... ¡Pues está
la Magdalena para tafetanes!
PEDRITO se asoma á la puerta de la librería con capa y hongo.
PEDRITO. Muy buenas noches.
CARITA. Hasta mañana si Dios quiere, Pedrito.
Vase Pedrito.
68 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MOISÉS. ¿Van á cerrar la tienda?
CARITA. SÍ.
DON MOISÉS. Pues, oye: antes que vengan
esos. Yo he dicho que no he cobrado el retrato...
pero lo he cobrado...
CARITA. ¿Eso más? ¿Y la promesa que le ha
hecho usted á esta familia?...
DON MOISÉS. Descuida, que la cumpliré sin
falta; pero más adelante. Ahora necesito algunas
perras para taparle la boca á ese temerario de
Calixto...
CARITA. Bueno, sí: calle usted, calle usted...
(Yo soy la que se va de aquí.)
Don MIGUEL sale de la librería charlando con MARIO. Trae en la
mano wn tomo del «Quijote». Carita, abstraída y triste, se sienta junto á la
camilla, á la izquierda. A poco vuelve GLORIA del interior de la casa y se
pone á la derecha á seguir su labor. Carita y ella se miran. Gloria baja
los ojos turbada.
MARIO. Y esta noche, ¿en qué vamos á pasar la
velada, señor don Miguel?
D O N MIGUEL. Mire usted: aquí traigo el libro
dispuesto.
MARIO. ¿El Quijote?
DON MIGUEL. Mi libro.
DON MOISÉS. ¡El de todos! Ya sabes tú que yo
me pego por Cervantes.
Se sientan, mientras hablan, en torno de la camilla don Miguel, don
Moisés y Mario. Don Miguel en medio.
DON MIGUEL. A no ser que ustedes prefieran
jugar á la lotería ó las cartas.
DON MOISÉS, J Ca!
MARIO. ¡De ninguna manera!
COMEDIAS ESCOGIDAS 69
DON MIGUEL. ¿Dónde quedamos? Hojeando eilibro.
¿En la aventura de los ejércitos?
MARIO. NO, señor: en la de los batanes.
DON MOISÉS. Avanzamos más: si se leyó la
del yelmo de Mambrino...
Sale JEREMÍAS de la librería con las de Caín.
JEREMÍAS. Llegamos hasta el final de la aven-
tura de los galeotes.
DON MIGUEL. Hombre, tienes razón: alguna
vez habías de tenerla.
DON MOISÉS. Justo. Recuerdo que Mario jugó
del vocablo con nuestro apellido.
MARIO. Es verdad.
JEREMÍAS . Precisamente. A don Miguel, poniéndole
una mano en ia espalda. Dejaste la lectura, ¿sabes? cuan-
doel Caballero de la Triste Figura les da la libertad
á los galeotes... y ellos le pagan á pedrada limpia.
DON MOISÉS. ¡Qué humano es eso! ¿eh?
MARIO. ¡El pan nuestro de cada día!
DON MIGUEL. Pues empezamos capítulo. Oigan
ustedes.
CARITA. (Me iré, me iré.)
GLORIA. {¿Qué tendrá Carita?)
DON MIGUEL. Leyendo. Viéndose tan mal fiara-
do Don Quijote, dijo á su escudero: siemprey
Sancho, lo he oido decir, que el hacer bien á vi-
llanos es echar agua en la mar...
JEREMÍAS. ¡Esa es una verdad como el puño!
DON MOISÉS. (¡Este tío!...)
MARIO. (¡Este zorro viejo!...)
DON MIGUEL. Hombre, ¿quieres no interrum-*
pir? Ya sabes lo que me incomoda...
70 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARITA. Levantándose. Yo aprovecho la interrup-
ción para irme á la cama. Estoy rendida. Hasta
mañana, si Dios quiere.
DON MIGUEL. Adiós, hija.
DON MOISÉS. Adiós.
MARIO. Adiós.
CARITA. Besando á Gloria. Hasta mañana, Gloria.
GLORIA. Hasta mañana, Carita. A dormir.
CARITA. Yéndose. (A llorar.)
DON MlGUEL. Continuando la lectura mientras baja lenta-
mente el telón. ... que el hacer bien á villanos es
echar¡agua en la manstyo hubiera creído lo que
me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre;
pero ya está hecho, paciencia y escarmentar
para desde aquí adelante. Asi escarmentará
vuestra merced, respondió Sancho, como yo soy
turCO».. Sigue leyendo hasta que el telón acaba de caer.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
La misma decoración del acto segundo. Es de día. En
la camilla una servilleta extendida y sobre ella un
cubierto. Al lado una botella de vino y una copa. A
través de la ventana del foro, que aparece abierta, se
ve el patio de la casa.
DON MIGUEL pasea preocupado. Sale PEDRITO de la tienda, preocu-
pado también, y en extremo afónico á consecuencia de la represen-
tación de dos dramas en que ha tomado parte activa.
PEDRITO. Sin gota de sangre vengo, don Mi-
guel de mis culpas.
DON MIGUEL. ¿Qué ocurre?
PEDRITO. La edición de lujo de las obras de
Larra, ¿la ha vendido usted?
DON MIGUEL. NO.
PEDRITO. Pues ayúdeme usted á sentir: no la
encuentro por ninguna parte.
DON MIGUEL. Busca, busca bien; porque ven-
derse no se ha vendido. Y dime, muchacho, ¿tú
de qué tienes esa voz?
PEDRITO. ¡Toma! De la función de anoche, que
fué función monstruo. Hicimos Consuelo y El
Trovador; y suspendimos Los amantes de Teruel
y La campanilla de los apuros, para no quedar-
72 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
nos todos sin campanilla. Lo último es perder las
facultades, don Miguel.
DON MIGUEL. Bueno, sí; vete á buscar eso...
PEDRITO. Metiéndose en la librería. Y a , y a . . .
Al campo, don Ñuño, voy,
donde probaros espero...
DON MIGUEL. Cierto que es extraño eso de las
obras de Larra. No es el primer libro que se pier-
de... A buen seguro que si se entera Jeremías les
echa la culpa á los Galeotes... Pero yo no—Dios
me libre;—no me atrevo á tanto. Y eso que han
hecho cosas tan feíllas, tan poco decorosas... ¡Todo
sea por Dios! Luego, ese Calixto que se ha pre-
sentado á última hora me da muy mala es-
pina...
Por la puerta que da á la tienda llega JEREMÍAS. Habla en tono zumbón
JEREMÍAS. Querido Miguel: vengo absorto.
DON MIGUEL. ¡Hombre!
JEREMÍAS. Acaban de entrar en la librería una
dama y dos caballeros, que sin duda son gente
gorda.
DON MIGUEL. ¿Gente gorda aquí?
JEREMÍAS. Como lo oyes. El propio Rodríguez,
á quien yo le estaba enseñando el «¡No te tires,
Reverte!» s,e quedó al verlos mudo de sorpresa.
DON MIGUEL. ¿Y qué es lo que quieren?
JEREMÍAS. NO lo
sé. Vienen preguntando por
don Moisés Galeote, y, en su defecto, por don Mi-
guel de Cañas.
DON MIGUEL. ¿Por mí? Vaya, pues que entre
quien sea y no me canses más.
COMEDIAS ESCOGIDAS 73
JEREMÍAS. Desde la puerta que da á la librería les dirige la pa-
labra á los que están dentro. Adelante, señores.
Recoge á un lado la cortina y salen el MEMBRILLO, el OJEUAS y la RICI-
NOS. Don Miguel se queda estupefacto. El Ojeras y el Membrillo son
toreros de invierno y la Ricitos grande amiga suya.
DON MIGUEL. (¡Le parece á usted!)
MEMBRILLO. Güeñas tardes.
DON MIGUEL. Dios guarde á ustedes. ¿En qué
puedo servirles?
OJERAS. ¿ES ust...?
MEMBRILLO. Adelantándose ai Ojeras. ¿Es usté el padre
de don Calixto por casualidaz?
DON MIGUEL. NO, señor.
OJERAS. Por muchos años.
MEMBRILLO* Bajo al Ojeras, de cuya boca no espera que sal-
gan flores. C á v a t e , O j e r a s , A don Miguel. ¿ E n t o n c e s e s
usté Leyendo en un sobre, don Miguel de Cañas?
DON MIGUEL. El mismo.
RICITOS. Por muchos años.
MEMBRILLO» Al Ojeras, por la Ricitos, de cuya boca tampoco
Que se caye esa, hombre.
espera milagros.
OJERAS, (iGachó con este!)
MEMBRILLO- Güeno, pos mire usté: nosotros
sernos...
JEREMÍAS. Somos, hubiera dicho yo.
MEMBRILLO. ¿ S í , e h ? Lo mira y se rasca.
OJERAS. Pero, Membriyo, ¿tiés más que entre-
garle la carta de don Calixto al señor y así con-
cluyes antes?
MEMBRILLO. ¿Te quiés cayar, Ojeras? A don Miguel.
Tome usté la carta. Refunfuñando. (¡Tié narices la
cosa!)
74 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. Vamos á ver la carta... La abre y
lee. «Mi querido padre: no extrañes que te escriba
desde la prevención, porque estoy preso.» ¡Ca-
ramba! «Los dadores de la presente sabrán expli-
carte el cómo y cuándo de mi desgracia y el m e -
dio mejor de librarme de ella, tú mismo ó tu gene-
roso protector. Te idolatra, Calixto.» ¡Demonio!
¡demonio!
JEREMÍAS. LO que te dije: ¡gente gorda!
DON MIGUEL. Calla. Pero ¿qué diablura ha co-
metido ese chico para verse así?
MEMBRILLO. Verá usté, señor; la cosa fué
anoche en el Brivante. Por cierto que tomemos
tos el primer disgusto.
JEREMÍAS. Corrigiéndole. Tomamos, se dice.
MEMBRILLO, volviendo á mirarlo y á rascarse. (¿No ten-
drá ese tío na que hacer por aya dentro?) A do»
Miguel. Resultó que estando aquí la señora..,
JEREMÍAS. La señora no ha estado nunca aquí.
Los tres de la comisión se lo quieren comer con los ojos.
OJERAS. Si aquí es azjetivo, cabayero.
JEREMÍAS. ¡Ah!
MEMBRILLO. Dispuesto á que no lo corrijan más. Estando,
coma, aquí la señora, coma, con aquí el amigo y
un servidor, dos comas — porque paece que esta-
mos en el Ataneo, — en el café del Briyante
con don Calixto, se presentó de golpe la Adela
del brazo del Galápago. Ver don Calixto á su her-
mana...
DON MIGUEL. ¿A qué hermana?
OjERAS. Al Membrillo, tirándole de la chaqueta. ( Q u e t©
vas á colar, Membriyo; tanto como presumes...)
COMEDIAS ESCOGIDAS 75
MEMBRILLO. (¡Que me he colao ya! ¡Maldita
sea!... Lo primero que me encargaron...)
DON MIGUEL. ¿Quién es esa hermana, diga
usted? ¿Quién es esa Adela?...
MEMBRILLO. Pos esa Adela es una hermana...
RICITOS. ¡Si no es hermana, hombre!
OJERAS. ¡Si no es hermana!
MEMBRILLO. ¡NO me atorruyéis! Cualquiera se
equivoca, señor. Es una amiga de don Calixto,
¿usté me comprende?... que tiene simpatías per-
sonales por el Galápago.
DON MIGUEL. (¡Qué extraño es todo esto!)
MEMBRILLO. Y como el Galápago está así con
d o n C a l i x t o , Juntando los índices por las puntas, l o m i s m O f u é
verle que le estreyó un sifón en la cabeza. Lo de-
más no hay pa qué repetirlo: son hechos consu-
maos. Y á mí se me ocurre que la mejor manera
de arreglar eso—salvo el parecer de tos ustedes—
es untarle la mano á quien yo me sé... y en paz y
jugando.
JEREMÍAS. Dando una vuelta en torno de don Miguel, de modo
que le dice una frase por cada oído. ( E s t o es Un timo : nO
vayas á escurrirte.)
DON MIGUEL, A Jeremías. ( D e s c u i d a . ) ¿Usted
opina eso, verdad?
OJERAS, A ia Ricitos, (Pa mí que Salmerón va al
hule, tú.)
RICITOS. AI ojeras. (Es que la comisión se las trai
un poco.)
DON MIGUEL. Bueno, pues... contra la respe-
table opinión de usted está la mía: yo no gusto de
comprar á nadie, y á la justicia menos.
76 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
MEMBRILLO, Profundamente convencido. (¡Vaya! ¡he-
mos acabao!) ¿De modo que usté... nequáquan?
DON MIGUEL. Según lo que usted entienda por
nequáquan.
OJERAS. Nequáquan es que usté no afloja ni
pa Dios.
JEREMÍAS. Traducción literal.
MEMBRILLO. ¡Te veo sin mantón, Ricitos!
RICITOS. ¡Pa chasco! Lo que es éste no lo suel-
to yo tan fácil...
MEMBRILLO. ¡ESO será ú no será! Miá esta
ahora...
DON MIGUEL. Bien; la calle es el mejor sitio
para ventilar esas cuestiones... Yo, por mi parte,
ya he dicho cuanto tenía que decir.
MEMBRILLO. Usté dispense, cabayero...
RICITOS. Queden ustés con Dios...
MEMBRILLO. En la cuadriya del Microbio Chi-
co me tiene usté de banderiyero de confianza, pa
lo que se ofrezga.
OJERAS. En la misma cuadriya, de puntiyero,
pa servir á usté.
DON MIGUEL. ¡Canario! Muchas gracias. Adiós.
JEREMÍAS. Ofréceles la casa, si te parece.
MEMBRILLO. Yéndose á la calle tras la Ricitos y el Ojeras.
(¡De güen humor van á ponerse el padre y el
hijo!)
JEREMÍAS. Asomándose á la misma puerta y gritando. ¡ P e -
drito! ¡ojos hasta en las uñas!
DON MIGUEL. Chico, estoy perplejo: no sé qué
pensar.
JEREMÍAS. YO, SÍ. ¿Qué te dije ayer? Les has
COMEDIAS ESCOGIDAS 77
negado dinero dos veces, ¿verdad? ¡Pues aguarda
el timo!
DON MIGUEL. NO, no, no... yo no creo... Digo,
se me figura á mí que no es posible... ¿O es que yo
estoy viviendo en las estrellas?
Llega CATALINA de la cali© con varios paquetes de una tienda de ul-
tramarinos.
CATALINA. Ave María, don Migué, ¿qué gen-
tuza ez eza que ahora zalía? Desde que eza tropa
está aquí, vienen á esta caza unos tipos que yo no
he visto nunca.
DON MIGUEL. Mira, vete á la cocina y no ha-
bles más,
CATALINA. Al istante me voy. Pero ¿pa qué,
zi no adelanto na hasta que no armuerce er demo-
nio'er viejo? Y mientras la candela encendía, y ze
gasta carbón y ze gasta leña y ze conzume una...
Jozú, Jozú! ¡zi doña Lorenza viera este dezarre-.
glo!...
DON MIGUEL. Cierto que eso de presentarse á
almorzar cuando les da la gana...
JEREMÍAS. ¡Ah, eso es muy cómodo!
CATALINA. Como que aquí loz amos paecen
eyos ahora... Don Migué, don Migué, eche usté á
eza gente á la caye.
DON MIGUEL. Pero, mujer, por los clavos de
Cristo, ¿cómo los voy á echar?... Si les hubiéramos
descubierto una maca gorda...
CATALINA. Pero ¿quié usté más que tos los ne-
gocios que inventa er padre—¡mala perdigoná le
den donde yo diga!—pa zacarle á usté cuartos?
¿No ha visto usté que ha hecho zeis retratos, y loz
78 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ha cobrao tos er grandízimo tuno, y aquí no ha
traío una pezeta?
DON MIGUEL. El dice que no los ha cobrado.
JEREMÍAS. ¡Pues los ha cobrado!
CATALINA. Y venga dinero pa papé, y dinero
pa cisco, y dinero pa barniz, y dinero pa to, y pan
pa borra, que ze yevaba toa la miga, como zi hu-
biera patos en la caza...
JEREMÍAS. ¿Y los libros que se han perdido?
¿Y la cría de gallinas y palomos, dónde me la de-
jas?
CATALINA. ¡Aplique usté er cuento! La cría
de los palomos... Puzo la caza como si fuea un co-
rra: plumas por tos laos... Hacía usté azín, respi-
raba fuerte... y ze le yenaba la boca e plumas.
DON MIGUEL. NO, si yo reconozco que son mo-
lestos... y que me he equivocado al juzgarlos—Ca-
rita aparte, ¿eh?...—pero se me arde la cara sólo
de pensar que tengo que decirles, sin aguardar á
que resuelvan su situación, que están demás aquí.
Yo no hago eso: no sé, no sirvo... no quiero, tam-
poco.
JEREMÍAS. Pues mal que te pese lo vas á hacer
en cuanto sepas lo que voy á decirte.
DON MIGUEL. Habla.
JEREMÍAS. Mario Galeote está enamorando á
tu hija.
CATALINA. Horrorizada. jJOZÚ!
DON MIGUEL. Vamos, Jeremías, no inventes,
en tu deseo de que los ponga en el arroyo.
JEREMÍAS. NO invento, Miguel. Ni es eso lo
peor. Tu hija está enamorada de Mario Galeote.
COMEDIAS ESCOGIDAS 79
DON MIGUEL. ¿Quieres callar? ¡Tonto de mí,
que te hago caso sabiendo quién eres!
JEREMÍAS. ¿Pero no crees lo que te he di-
cho?
DON MIGUEL. ¿Cómo he de creerlo, majadero?
¿No lo conozco á él? ¿no la conozco á ella?
CATALINA. Ay, ezo no, don Migué de mis cur-
pas; miste que en las cuestiones der queré ze ven
cozas mu raras... Cuántas veces no dice una: pero
á eza arrastra mujé, ¿qué le habrá gustao de eze
hombre? Y una no ze lo explica; pero argo tendrá
el hombre cuando á la mujé le ha gustao. ¡Ay don
Migué, don Migué, no juegue usté con ezo! ¡ Ay qué
doló de hija, en podé de eze piyo! ¡Ay, miste que
ezo ya no es azunto de ochavos, miste que ezo es
mu zerio!...
DON MIGUEL. Pero ¿quieres dejarme? ¿O es que
os habéis propuesto volverme loco?
CATALINA . ¡ No ze ciegue usté, don Mi-
gué!...
DON MIGUEL. ¡Que me dejes, te digo!
JEREMÍAS. ¿ES que no atiendes á razones?
DON MIGUEL. ¡Y tú también, agorero del dia-
blo!
JEREMÍAS. Basta. Cierro mi pico. Yo ya he
C u m p l i d o COn m i d e b e r . Al ir á entrar en la librería llega DON
MOISÉS, con quien se cruza y á quien hace una reverencia, sin perjuicio
Dice, señor Capitán Cen-
de la inevitable cita del Tenorio.
tellas, ¿vos por aquí? Beso á usted la mano.
Se va.
DON MOISÉS. Hola.
De mal talante.
DON MIGUEL. Hola. ¿Eres tú?
80 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MOISÉS, YO mismo: ¿no me ves?
CATALINA, i Vaya unaz horas de vení á ar-
morzá!
DON MOISÉS. Hame sido imposible venir más
temprano. Si molesto, con no almorzar estamos al
cabo de la calle.
DON MIGUEL. Hombre, eso es una pata de
galio... porque otros días...
DON MOISÉS. E S que llueve sobre mojado, ¿te
e n t e r a s ? Y q u e d e e s t O a q u í . Se sienta con mal humor delan-
te del cubierto.
DON M I G U E L . Sí; será lo mejor. Sírvele el al-
muerzo á don Moisés, Catalina.
CATALINA. (Carita ze lo traerá; lo que es yo...
Contemplándolo coudesdén. Míalo: don Rodrigo en la jor-
ca. Ya no ze acuerda de que entró aquí con un
trapo atrás y otro alante... y la barriga pega al es-
pinazo.) Se va al interior.
DON MOISÉS. Soltando un resoplido de rabia. Está bue-
na la cosa.
DON M I G U E L . (Contento viene éste.) Dándole la
carta de Calixto. Toma: esta carta han traído para ti.
DON MOISÉS. S Í . La coge, la hace dos pedazos y la tira.
Ya he visto á esos señores. Lo sé todo. Sé que
mi hijo se queda en la cárcel.
DON MIGUEL. ¿ES culpa mía que haya entra-
do en ella?
DON MOISÉS. Bien, bien, bien... También pre-
fiero que quede esto aquí.
DON M I G U E L . Y yo. Peor es meneallo, amigo
Sancho. Don Moisés empieza á tararear una musiquita juguetona.
Sale CARITA del interior y le sirve un trozo de tortilla.
COMEDIAS ESCOGIDAS 81
CARITA. Padrino, buenas tardes. ¿Por qué no
ha venido usted á almorzar á tiempo?
DON MOISÉS. ¿Por qué te metes tú en lo que
no te importa?
CARITA. ¡Qué manera de contestar!
D O N MIGUEL. Mala yerba has pisado, Moisés.
D O N MOISÉS. Reflexionando sobre la tortilla. (Cualquie-
ra le hinca el diente á esta tortilla después de haber
almorzado con Calixto. ¡Vengo hasta la nuez!)
Come algunos bocados con gran esfuerzo, y los echa para abajo á fuerza
Tortilla de patatas... sin patatas... ¡Y fría!
de vino.
CARITA. Con haber estado á su hora se evita-
ba usted eso. Tampoco me muerdo yo la lengua
cuando hace falta.
Vuelve JEREMÍAS á salir de la librería, y se dirige á D. ¡Miguel con la
misma zumba que antes.
JEREMÍAS. Chico, ¿tenemos hoy besamanos?
¿Tú sabes?
DON MIGUEL. ¿Otra te pego?
JEREMÍAS. Después de los diplomáticos que
acaban de irse, se presenta ahora un matrimonio
de alto copete.
DON MIGUEL. ¡Vamos, hombre!
JEREMÍAS. ¿LO dudas? A los de dentron Pasen, pa-
sen... (Yo los meto aquí.)
En efecto, salen VICTORIANO y la SEÑA PEPA, gente bien acomodada
del pueblo de Madrid. El viene de hongo y chaqueta de terciopelo. Ella
de mantón de espuma lujoso. Trae en la mano un rollo grande, quedes
un retrato de su suegra, debido al cisco de don Moisés. Victoriano no
trae ningún rollo, pero en cambio trae un bastón que lo parece,"!
VICTORIANO. Güeñas tardes, señores y la com-
pañía.
6
82 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
SEÑA PEPA. Güeñas tardes.
DON MIGUEL y CARITA. Muy buenas...
DON MOISÉS. (¡Adiós! ¡La carnicera del r e -
trato!)
SEÑA P E P A . Señalando á don Moisés. Ese cabayero
es el retratista.
VICTORIANO. ¿SÍ, eh? Pos me alegro de verle
á usté regular.
DON MIGUEL. (Aquí vamos á tener otra esce-
na desagradable.)
DON MOISÉS. Ustedes dirán lo que desean.
SEÑA P E P A . Tres días con hoy ye vamos bus-
cándole á usté, y usté invisible: como si fuea un
pantasma.
VICTORIANO. Reconviniéndola, Expresiones, no.—
Güeno, pos yo soy el marido de la señora, que
tuvo la debilidá de encargarle á usté un retrato
de mi señora mamá, que esté en gloria, pa darme
á mí una sorpresa el día e mi santo. ¡Mechachis
en la sorpresa! Deslía, tú.
La señora obedece.
CARITA. (Dios mío de mi alma, qué malas pul-
gas debe de tener este tío... ¡ Qué ojos me echa!)
VICTORIANP. Señalando el retrato. ¿Le paece á usté?
Si me dice usté que ese muñeco es mi señora ma-
má, se ha acabao el almuerzo.
DON MOISÉS. Ante todo, á mí pocas bravatas.
Yo he copiado eso de una fotografía y respondo del
parecido exacto. ; Y hemos concluido!
VICTORIANO. Llegándose á él con mucha sorna, ¿Que he-
mos concluido?
CARITA. (¡Ay, Jesús! Se lo come.)
COMEDIAS ESCOGIDAS 83
SEÑA P E P A . Pero si entoavía no hemos empe-
zao; ¿será usté pampli?
VICTORIANO. ¡Te he dicho que expresiones,
no!—¿Usté ha reparao bien en lo que ha hecho?
¡Si paece un Rey Mago! Mi señora mamá, como te-
ner algo de periya, sí la tenía; pero, compadre, ahí
se le fué á usté el carbonciyo una miaja.
DON MOISÉS. Bueno, bueno, basta de histo-
rias: ¿qué hay? Se levanta. (Si no la echo de guapo,
estoy perdido.)
VICTORIANO. ¿Que qué hay? Pos yo no veo más
q u e U n a d e d o s : Dando un bastonazo en la camilla. Ó m e d e -
vuelve usté el dinero...
DON MIGUEL. (¡Hola!)
Don Moisés empieza á sonarse con gran estrépito en vista de que la
tierra no se lo traga.
JEREMÍAS . cantando.
Con el caftotín. Un, Un, Un,
que esta noche va á llover..,
DON MIGUEL. Pero, ¿qué dice usted de dinero,
si este señor no ha cobrado el retrato?
Don Moisés continúa suena que suena, cada vez más fuerte.
CARITA. (¡Virgen María!)
SEÑA PEPA. ¿Cómo que no ha cobrao, si le
pagué yo macho sobre macho los seis cabales?
¡Miá San Roque!... ¡Que no ha cobrao!... ¡que no
ha cobrao!...
DON MIGUEL. Moisés, ¿has cobrado en efecto?
DON MOISÉS. Te diré, hombre: verás lo que
pasó. Cobrar he cobrado, pero escúchame...
SEÑA P E P A . ¿Ve usté, cabayero?...
84 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
JEREMÍAS. Cantando otra vez.
Con el capotín, tin, Un, Un,
que esta noche va á llover.*.
VICTORIANO. ¿NO tiene más que esa pieza ese
aristón?
SEÑA P E P A . Por to paso yo menos por que me
yamen á mí tramposa. Y si ese tío ha dicho que no
lehepagao...
VICTORIANO. Dando otro bastonazo en la camilla. ¡ E x p r e -
siones,no!
DON MIGUEL. Ni expresiones ni bastonazos,
amigo.
VICTORIANO. Porque vas á perder la fuerza
moral... Aquí no hay más que lo que yo digo: ó se
nos devuelven los machos, ó le pongo yo al artis-
ta un carriyo como un queso e bola.
DON MOISÉS. Echando mano á la botella del vino, i A mí?
CARITA. ¡Padrino, por Dios!
VICTORIANO. ¡A usté!
DON M I G U E L . Basta. Vengan ustedes con-
migo.
JEREMÍAS. ¿Qué vas á hacer?
DON MIGUEL. LO que á ti no te importa. Ven-
gan ustedes y se les pagará lo que sea.
DON MOISÉS. ¡NO seas tonto, Miguel!
DON MIGUEL. NO soy tonto, no. Pero no quiero
presenciar en mi casa escenas que nunca he pre-
senciado.
CARITA. (¡Qué bochorno tan grande!)
DON MIGUEL* A ios dei dibujo. ¿Vamos?
VICTORIANO. Vamos, sí. Usté se pone en la
COMEDIAS ESCOGIDAS 85
razón, cabayero. AiaseñáPepa. Tú, deja ahí eso, pa
que se quite el hipo la familia.
DON MOISÉS. ¡El hipo!... ¡Lo que entenderá
usted de dibujo!...
VICTORIANO. ¡Nos ha fastidiao éste! ¡Pos ni
que fuea usté el Graco!
oEÑÁ rEPA. Dejando el retrato sobre la camilla y yéndose con
don Miguel y Victoriano por la puerta del establecimiento. Güeñas
tardes.
JEREMÍAS, siguiéndolos. Dice, y el plazo de tu sen-
tencia fatal, ha llegado ya...
DON MOISÉS. Arrojando á un rincón el retrato, lleno de ira.
¡Maldita sea la hora en que nací!
CARITA ( Padrino, hay para morirse de ver-
güenza.
DON MOISÉS. ¡Hay para darte á ti un bofetón
si no te quitas de mi lado!
CARITA. Muy pronto me quitaré, no se apure.
Y puede que no me vuelva usted á ver en su vida.
DON MOISÉS. ¡NO caerá esa breva!
CARITA. Sí .caerá.
DON MOISÉS. ¡Pues cuanto antes, mejor! ¿A mí
q u é ? Se sienta agitadísimo. Pausa.
CARITA. ¿Va usted á seguir almorzando?
DON MOISÉS. Levantándose de pronto. ¡ Que almuerce
el Nuncio!
CARITA. ¿Quiere usted unas sardinitas en
aceite?
DON MOISÉS. ¡LO que yo quiero son pepinillos
e n v i n a g r e ! Vase de estampía al interior de la casa.
CARITA. Cada momento que pasa me aseguro
más en mi idea. Me voy, me voy de aquí, no se
86 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
figure ese señor, no se figure Gloria que soy de la
calaña de esa gente. Ni siquiera sé cómo he vi-
vido tanto tiempo con ellos... Pero ya se acabó;
hoy mismo... ahora mismo hablo con don Miguel.
Sale DON MIGUEL de la librería.
DON MIGUEL. LO he visto y no lo creo. Por su-
puesto, que ese me va á escuchar cuatro verdades.
Va hacia el interior de la casa. ¡ E n g a ñ a r m e a s í ! . . .
CARITA. Deteniéndolo. Don Miguel.
DON MIGUEL. ¿Qué quieres, Carita?
CARITA. Si va usted á hacer algo, nada.
DON MIGUEL. LO que iba á hacer no me corre
prisa: de todos modos he de hacerlo. Dime lo qué
deseas.
CARITA. Hablar con usted dos minutos.
DON MIGUEL. Como si quieres que hablemos
dos horas. Ya sabes que me encanta oírte.
CARITA. Muchísimas gracias... Es usted muy
bueno conmigo... es decir, conmigo y con todos...
demasiado bueno para vivir en este mundo tan
ruin.
DON MIGUEL. Demasiado bueno no se es nun-
ca; demasiado simple en todo caso es lo que yo
soy.
CARITA. Principiando á gimotear» ¡Ay, Dios mío!...
DON MIGUEL. ¿Qué es eso, chiquilla? ¿Qué sig-
nifican esos pucheros? Vaya, no seas tonta; siéntate
aquí y cuéntame tus penas.
Se sientan los dos.
CARITA. Ay, señor don Miguel de mi alma;
esto no es para mí. Mire usted que á mí me liaron
al nacer en unos pañalitos muy decentes, porque
COMEDIAS ESCOGIDAS 87
la pobreza y la decencia no están reñidas, y que
mi papá, que en paz descanse, era como usted: ni
una mala acción, ni una mala cara para nadie, ni
una palabra fea. Hasta de los mosquitos y las pul-
gas se dejaba picar por no causarles daño. ¡Así
acabó sus días!... Los pocos cuartitos que me dejó
al morir se los llevó el viento,.. Digo, el viento; á
cualquier cosa le llama una el viento... Ya com-
prenderá usted que el viento es mi padrino. ¡Vaya
un viento fresco!...
DON MIGUEL. Pero ¿adonde vas á parar, mu-
chacha? Déjate de preámbulos, que te conozco lo
suficiente para que no los necesites conmigo.
CARITA. Bueno, don Miguel; oiga usted lo que
tengo que decirle. Pero en Dios y en mi alma que
si digo alguna mentira me condene.
DON MIGUEL. NO te condenas, no; pierde cui-
dado.
CARITA. Usted, por su buen natural, nos reco-
gió en su casa á mi padrino, á su hijo Mario y á
mí, y nos sentó á su mesa, y nos dio cama donde
dormir, y nos trató como á los suyos...
DON MIGUEL. S Í es cierto, mujer: pero en va-
liente cosa reparas...
CARITA. Sin duda pensaría usted de todos
nosotros que éramos personas regulares, capaces
de comprender y de estimar y de agradecer como
es debido su generoso comportamiento, ¿verdad
que sí? Pues desgraciadamente, ya está usted
viendo el desengaño—echándome yo fuera, ¿eh?
limpia de toda culpa como entré en esta casa.—
Ya no caben disimulos ni componendas, señor don
88 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Miguel; ya no hay sino ver las cosas á su luz, por
triste que esto sea. Mario y mi padrino se están
conduciendo aquí como unos cocheros, según se
dice vulgarmente, sin que yo sepa por qué^ razón,
pues entre los cocheros los habrá con vergüenza y
sin ella, como pasa en todas las clases de la s o -
ciedad... Y bastante tienen con ser cocheros para
que... Pero, en fin, esto no es del caso. A lo que
iba. Yo no quiero partir con mugente—de [alguna
manera he de llamarlos—la carga de sus malas
acciones. ¡Bastantes vergüenzas he pasado por
ellos! ¡Bastantes lágrimas me han costado ya! Yo
soy otra cosa: yo soy aparte... Y si usted me lo
permite, señor don Miguel, esta misma tarde me
iré de su casa, bendiciendo á usted y á su hija;
pero yo sola, sola, sin ellos, con mucha tranquili-
dad en mi conciencia.
DON MIGUEL. Vamos, muchacha, no digas dis-
parates. ¡Jesús qué locura! ¿A dónde vas tú áir?...
CARITA. Dios me abrirá camino: estoy segura
de ello, porque no soy mala. Luego, á mí no me
asusta ni me pesa el trabajo: yo sé coser, yo sé
guisar, yo sé lavar la ropa, que mire usted cómo
l a l l e V O s i e m p r e ; Ensenándole las enaguas blancas, y o SÓ t o d o
lo necesario para no morirme de hambre. Y sin
llegar al último extremo, de doncella en una casa
rica creo que encontraría colocación. Porque mala
fachita no tengo—puede que yo me haga ilusiones.
El amor propio á veces engaña tanto... Para acom-
pañar á las señoritas aquí y allá, á misa y á com-
pras, me parece que bien serviría... Pero ¿se ríe
usted?
COMEDIAS ESCOGIDAS 89
DON MIGUEL. ¿NO quieres que me ría, mu-
chacha?
CARITA. Pero ¿es de risa lo que estoy diciendo?
DON MIGUEL. ¡Y tanto! Yo, por lo menos, te
aseguro que ya salto de gozo ante la idea de echar
por tierra todos tus planes.
CARITA. ¿SÍ?
DON MIGUEL. S Í .
CARITA. ¿Pues cómo?
DON MIGUEL. Porque tú no te vas de mi casa:
los que se van son ellos.
CARITA. Con infantil espontaneidad. ¡ Q u i á ! N o IOS CO-
noce usted.
DON MIGUEL. E S que si no se van yo sabré
arrojarlos. Aunque tarde, me he convencido ya del
error en que estaba... No sabes el sentimiento que
me cuesta esta convicción. Hubiera dado yo lo que
no tengo por que esa gente fuera gente honrada,
Carita. Conque dime: ¿te quedarás de buena gana
aquí con nosotros?
CARITA. Don Miguel, no es posible... Y no
porque yo no esté segura de portarme bien. El
pan que ustedes me dieran procuraría recompen-
sarlo con mi trabajito, y el cariño, que con nada se
paga, sabría pagarlo en la misma moneda; pero
marcharse ellos y quedarme yo, ¿no ve usted que
es cosa imposible? Lo atribuirían todo á mis ma-
quinaciones y artimañas, porque, como son malos,
de noche y de día no tienen más que malos pensa-
mientos; le armarían á usted la escandalosa; darían
un espectáculo reclamándome violentamente...
DON MIGUEL. Nada de todo eso me importa un
90 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ardite. Derecho sobre ti no pueden alegar ninguno:
aquí no hay más leyes que tu voluntad y la mía.
Sin contar con que en último resultado yo sabría
taparles la boca. A los tunantes se les convence
pronto... Y ahora vas tú á hacerme un favor á mí.
CARITA. Todo lo que usted guste.
DON MIGUEL. Contestar á una pregunta nada
más. Ya ves qué poco. Pero no has de engañar-
me... ¿eh? Cuidado.
CARITA. ¿Engañar yo á usted? No cabe en mí
semejante cosa.
DON MIGUEL. Pues entonces, dime, si es que
lo sabes: ¿quién es la Adela? Carita baja ios ojos sin con-
testar. ¿No s a b e s t ú q u i é n e s l a A d e l a ?
CARITA. S Í , señor.
DON MIGUEL. Pues dímelo.
CARITA. La Adela... es una hermana de Mario
y de Calixto...
D O N MIGUEL. Ya, ya...
CARITA. Más bonita que un sol, y no tan mala
como pudiera usted imaginarse... Lo que tiene que
es así algo ligerilla de cascos... Eso por una par-
te... Luego... ¿sabe usted?... vinieron días de mu-
cha necesidad... El padre... el padre...
DON MIGUEL. Basta. No sigas. A ti te cuesta
mucha violencia decirlo, y á mí me duele más es-
cucharlo. Ya sé bastante. Déjame, Se levanta.
CARITA. Por Dios, que no se enteren... Seievan-
ta también.
DON MIGUEL. Descuida.
CARITA. A no ser porque me lo ha pedido us-
ted, yo nunca hubiera dicho...
COMEDIAS ESCOGIDAS 91
DON MIGUEL. Tranquilízate: no estés pesarosa.
Descubrir las bellaquerías siempre está bien h e -
cho. Anda, déjame.
C A R I T A . Bueno, señor... Me llevaré estas c o -
s a s . ., Mientras recoge parte del cubierto de don Moisés. A m í m e
parece que lo mejor es que yo me vaya, y así se
ahorrará usted nuevos disgustos... Pero al fin y al
cabo no haré más que lo que usted me mande.
Yéndose ai interior de ia casa. (¡Qué malitas entrañas hay
que tener para pagarle mal á este caballero!)
DON MIGUEL. E S una desgracia pensar que
todo el mundo es como yo. i Qué desengaño este!
Pausa. Hoy mismo, hoy mismo se concluye todo. Yo
veré la manera de...
De la librería sale GLORIA.
GLORIA. (¡Ya viene!)
DON MIGUEL, sin repararen Gloria. Son unos cana-
llas, unos canallas.
GLORIA. ¿Quiénes, papá?
DON MIGUEL. ESOS... los Galeotes... Vase al inte»
ríor de la casa.
GLORIA. Atónita. ¿Los Galeotes? Pero ¿también
mi padre piensa de ellos?... Es la primera vez que
le oigo calificarlos de esa manera... Todas estas
son artes del tío Jeremías, egoistón del demonio,
que desde que llegaron está procurando que se
vayan. ¿Le habrá metido en la cabeza á mi padre
sus malas ideas?... ¡Ay, no quiero pensarlo! ¡Qué
días llevo!... Dios me los tome en cuenta.
Viene MARIO de la calle. Al ver á Gloria se acerca á ella con pasión,
MARIO. ¡Gloria!
GLORIA. ¡Mario! ¡Cuánto has tardado!
/
92 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
MARIO. ¿Estamos solos?
GLORIA. Solos... como siempre, pero inquie-
tos, como siempre también. Esto es menester que
concluya; nuestro cariño no es un crimen.
MARIO. A nuestros ojos, no; pero á los de tu
padre, á los de tu familia, mi conducta pudiera
parecerlo.
GLORIA. ¿Por qué?
MARIO. Cien veces te lo he dicho, tonta. Por-
que en el alma de un enamorado nadie penetra;
porque mi situación en tu casa no me autoriza...
¿Cómo entré yo aquí, Gloria de mi alma? Por
caridad. ¿Cómo continúo? Por caridad también.
Hasta que no me vaya y vuelva á entrar de otra
manera, no debo dignamente... Compréndelo. Mi
cariño, hoy por hoy, no tiene más disculpa que el
tuyo.
GLORIA. E S que mi padre se parece mucho á
mí y sabría comprenderte.
MARIO. NO lo creas. Un viejo y una niña, aun-
que se parezcan cómo dos gotas, no pueden pen-
sar lo mismo de un enamorado.
GLORIA. Mi padre de todo piensa como yo.
MARIO. De mí no pensaría...
GLORIA. (ESO que le he oído, ¿á qué obede-
cerá?) Se estremece súbitamente como si algo temiera.
MARIO. Alarmado. ¡Qué! ¿viene alguien?
GLORIA. Lo mismo. ¿Viene alguien?
MARIO. Cerciorándose de ello. N o .
GLORIA. Lo mismo. No. ¿Ves qué suplicio? ¿No es
un tormento no poder decirles á todos: Mario me
quiere, yo quiero á Mario?
COMEDIAS ESCOGIDAS 93
MARIO. Para mí, no. Ni para ti debe serlo
tampoco. Con que nos lo digamos nosotros, basta.
¿Qué nos importa que los demás lo sepan? En este
mismo misterio con que nos queremos, en esta
misma soledad de nuestra alegría estriba su mayor
encanto. Tu alma y mi alma se ven, se quieren, se
hablan, se besan en silencio; no nos ve nadie, no
lo sabe nadie; toda la dicha se queda entre los
dos.
GLORIA. Mario, ¿no me engañas?
MARIO. ¡Qué pregunta! ¿Has dudado de mí al«
guna vez? ¿Dudas ahora?
GLORIA. NO dudo, no: ya lo sabes. Te pido lo
que siempre: lealtad.
MARIO. Lealtad y nobleza y cariño hasta que
se me acabe la vida. Créeme. Deja correr el tiem-
po: quizás muy pronto podamos pregonar nuestro
cariño á la faz del mundo.
GLORIA. ¿Sí?
MARIO. Sí.
GLORIA. E S mi único deseo: acabe esta zozobra
constante, esta inquietud de la conciencia... ¿Por
qué temo yo?,¿por qué temes tú?
MARIO. Porque ocultamos algo. Pero como lo
que ocultamos es noble y el hecho de ocultarlo es
más noble aún, nuestro temor es injustificado,
pueril... de niños. Alégrate, vida: ten confianza
en Mario, que te quiere con toda su alma. Ríete:
que yo te vea reir y reiré también. Mi risa es el
eco de la tuya. Tú no sabes las ilusiones que yo
barajo en esta cabeza de chorlito. ¡Hasta de presi-
dente del Consejo me he visto ya! Al fin te ríes...
94 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
GLORIA. Me TÍO, S Í . Sugestionada por Mario, obedece cie-
gamente á sus palabras.
MARIO. Mírame ahora. Dime que esos ojos no
han de mirar á nadie como á mí me miran.
GLORIA. Te lo digo.
MARIO. Júrame también que esos labios no le
dirán á otro lo que á mí me han dicho.
GLORIA. Te lo juro.
MARIO. Cogiéndole las manos. Gloria... (Esta presa no
se me va.)
GLORIA. Abandonándoselas, Mario...
MARIO. Separándose de ella violentamente. S Ü e n C Í O .
GLORIA. Sobresaltada. ¿Quién?
MARIO. TU padre.
Sale DON MIGUEL del interior de la casa distraído, y al reparar en
GLORIA y MARIO, los mira con sorpresa y recelo.
D O N MIGUEL. (¿Eh?- ¿qué es esto? ¡Juntos!...
Como desechando un mal pensamiento. ¡ B a l l ! ¡ q u é COSaS p a s a n
por la cabeza! Son el agua y el fuego...) Buenas tar-
des, Mario.
MARIO* Don Miguel, buenas tardes.
D O N MIGUEL. NO sabía que estaba usted aquí.
Precisamente le esperaba... En tono cariñoso. Gloria,
hija mía, vé y dile á don Moisés que tenga la bon-
dad de venir acá.
MARIO. Escamado. (¡Hola, hola!)
GLORIA. Voy. (¿Qué será ello, Dios mío?) Entrase
«n las habitaciones interiores.
MARIO. ¿Ocurre algo, don Miguel?
DON MIGUEL» t o n amargura. Extraordinario, nada:
la cosa más natural del mundo.
MARIO. (Respiro.) ¿Y es ello?...
COMEDIAS ESCOGIDAS 95
DON MIGUEL. Ahora, cuando salga su padre...
MARIO. (Malo. ¿Sabrá...? Por más que me lo
diría á mí solamente.)
Pausa.
DON MIGUEL. ¿Se ha paseado mucho?
MARIO. Pasear, ni mucho ni poco; andar, al-
guna cosa.
DON MIGUEL. El día está bueno, ¿eh?
MARIO. Sí, señor, sí; muy bueno.
DON MIGUEL. Calor más bien que frío, ¿ver-
dad?
MARIO. Justo.
DON MIGUEL. YO he tenido que soltar la capa.
MARIO. Aquí está ya mi padre.
Sale, en efecto, DON MOISÉS.
DON MOISÉS. ¿Qué hay, Miguel; qué sucede?
Me ha alarmado tu hija: la he visto descompuesta,
pálida...
DON MIGUEL. NO, hombre, no...
MARIO. Papá, tú ves visiones.
DON MOISÉS. H a b r á n sido mis ojos. Más
vale así
DON MIGUEL. SÍ, más vale. ¿Quieren ustedes
que nos sentemos?
MARIO. Sí, señor.
DON ¡ T Ú mandas! A Mario. (Esto me
MOISÉS.
huele á chamusquina, hijo.)
MARIO, A don Moisés. (Y á mí, papá.)
Se sientan los tres: don Miguel á un lado de la camilla; Mario y don
Moisés al otro.
DON MIGUEL. (¿Por dónde empiezo yo, Virgen
santa?)
96 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MOISÉS. Sacando unas tijeras del bolsillo y cogiéndole
Perdona: en este puño tienes una
un puno á don Miguel.
hilachilla: dame acá...
DON MIGUEL. Déjate ahora...
DON MOISÉS. Cortándole la hilacha, quieras que no. P e r o
¿qué trabajo me cuesta, tonto? Chico, ¿sabes que
estás temblando?
D O N MIGUEL. Un poquillo nervioso estoy hace
d í a s . . . N O e s COSa m a y o r . . . Pausa. Mario y don Moisés se
miran alarmados. Don Miguel hace esfuerzos para tomarle la emboca-
dura al asunto. Bueno, pues... los he reunido á uste-
des... porque... A mí me cuesta una violencia inde-
cible... un trabajo tremendo...
MARIO. (¡Hum!...)
DON MOISÉS. (¡Ciertos SOn los tOrOSj) Con resolu-
ción y frescura. Chico, sea lo que sea lo que á decirnos
fueres, agrio, dulce ó agridulce, á nosotros, vi-
niendo de ti, parecer'anos miel sabrosa. ¡Ah! ¡cuán-
tas veces me habló de esa tu timidez infantil aque-
lla santa que desde el cielo nos está mirando!
DON MIGUEL. Moisés: un favor antes de s e -
guir adelante: no te acuerdes de mi mujer para
nada.
MARIO. Que no la nombre querrá usted decir:
que no se acuerde de ella es muy difícil.
DON MIGUEL. Eso: que no la nombre es lo que
le pido.
DON MOISÉS. (Me falló el resorte de ultra-
tumba.)
DON MIGUEL. Tenemos no poco de qué hablar.
Cuando hace (los meses... ¿No hace dos meses que
vinieron ustedes á mi casa?
COMEDIAS ESCOGIDAS 97
MARIO. ¡Qué sé yo, don Miguel! ¿Quién cuen-
ta las horas de la dicha?
DON MOISÉS. A mí me han parecido dos días...
Pregúntale al pájaro que vuela...
DON MIGUEL. N O , al pájaro no le pregunto
nada. Te lo pregunto á ti, que es igual.
DON MOISÉS. (Me ha llamado pájaro.)
DON MIGUEL. Pero, bien; haga el tiempo que
hiciere... El resultado es que yo, con harto dolor
de mi alma, Dios lo sabe, me veo en el duro caso
de decirles á ustedes que esta situación no puede
prolongarse más tiempo.
Pausa. Los Galeotes se quedan cuajados.
DON MOISÉS. (NO es lo mismo decir «Moros
vienen», que verlos venir.)
MARIO. Levantándose de repente. P a p á , V á m O n O S .
DON MIGUEL. NO, Mario, no... si no es eso...
MARIO. ¡Sí es eso, don Miguel!
DON MOISÉS. Este chiquillo tiene una idea tan
exagerada del honor...
DON MIGUEL. (A mí no me parece tan exa-
gerada.)
DON MOISÉS. Siéntate, Mario, siéntate. Vamos
á explicarnos; vamos á medir el pro y el contra...
MARIO. Permaneciendo de pie. Se conoce, señor don
Miguel, que lee usted con frecuencia el Quijote.
DON MIGUEL. Y eso, ¿á qué viene?
DON MOISÉS. Adulando. Lo mismo se me ocurre á
mí: ¿á qué viene eso?
MARIO. A que no ha podido decirnos en un
castellano más claro que nos vayamos á la calle.
DON MIGUEL. Ni lo he dicho así, ni soy capaz
7
98 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
de decirlo, ni es usted quién para darme lecciones
de cortesía.
MARIO. Bien está. No he pretendido molestar
á usted. Sé cuánto le debo y á lo que me obliga la
gratitud. Mi padre y Carita podrán hacer lo que
mejor estimen: yo, esta misma tarde me voy. Hasta
d e s p u é s . Tomando su sombrero y marchándose por la puerta de la
librería. (Me voy... pero me quedo en lo mejor de la
casa, que es lo que no sabe este tonto.)
Don Miguel y don Moisés se levantan.
DON MOISÉS. ¡SU abuelo! ¡Idéntico á su abuelo!
DON MIGUEL. Pero, oiga usted, Mario...
DON MOISÉS- E S inútil; no volverá la cara.
DON MIGUEL. ¡Mario!
DON MOISÉS. ¡Te digo que es su abuelo!
DON MIGUEL. ¿Era sordo su abuelo?
DON MOISÉS. ¡Un verdadero caso de estrabis-
mo! Míralo: se fué. ¡Galeote de pies ácabeza! Ga-
leotti, mejor dicho, porque nuestro apellido es ita-
liano. Galeotti, con dos tt. A principios del siglo
pasado perdimos una t...
DON MIGUEL. (Y á fines de este la vergüenza.)
DON MOISÉS. Y ya con una t nada más, yo, es-
pañol sobre todo, ni más ni menos que tú mismo,
porque yo por Cervantes me dejo cortar las orejas,
españolicé el apellido y convertí la i final en e. Y
eso que un tío mío, repostero en Milán...
DON MIGUEL. Pero ¿crees tú que es esta oca-
sión oportuna para hablar del linaje?
DON MOISÉS. Dispensa, chico: ha sido una
digresión... Vamos á ver si nos ponemos de
acuerdo,
COMEDIAS ESCOGIDAS 99
DON MIGUEL. No, no; si aquí no hay más
acuerdo que el mío. Ciertas determinaciones las
piensb mucho; tanto como dejo de pensar otras,
¿sabes? Y cuando tomo alguna de esas meditadas,
es porque estoy seguro de que no puedo ó no debo
proceder más que así.
DON MOISÉS. Con cara de vinagre. ¿Eso quiere decir
que tiene razón Mario?
DON MIGUEL. ¿Cómo?
DON MOISÉS. ¿Que nos echas de tu casa á es-
cobazo limpio?
DON MIGUEL. ¡ Moisés!
DON MOISÉS. ¡Faraón, qué caray! viéndose perdido
la echa por la tremenda. ¡Hora es ya de que dé salida al?
surtidor de la fuente de mi indignación!. No me
coge de nuevas lo que me has dicho: ¡lo espera-
ba! ¡Es mucha presión la que noto hace días!
Por todas partes caras tiesas; en todas las conver-
saciones palabras duras; se me espían los pasos;
se me mide el pan; se me tasa el vino; se me cuen-
tan las croquetas porque me gustan!...
DON MIGUEL. ¡Moisés, no seas bajo!
DON MOISÉS. ¡Bien! ¡muy bien! ¡Los grandes
hombres! ¡Los hombres de ancho espíritu! ¡Por
tres indecentes días más que íbamos á estar en tu
casa, la has querido pringar á última hora! Agarrán-
dose á la retórica á la desesperada. Y mi comportamiento
aquí, y el interés que por tu hogar heme tomado,
y mis afanes por ganar dinero, y el cariño derra-
mado como blando rocío sobre todos vosotros, nada
significan, nada valen, nada pesan... ¡Viento que
pasa por las cumbres sin dejar rastro! He dicho
100 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
antes que lo esperaba, y he dicho mal: te confieso
que no esperaba esta ingratitud.
D O N MIGUEL. Moisés, me estás haciendo tem-
blar de ira. Agradece á Dios que tengo en cuenta
quién eres y quién soy y lo que me debo á mí
mismo, que si no... Pero bien está todo, con tal
que acabemos.
D O N MOISÉS» Abandonando definitivamente el estilo florido
¡Sí, hombre, sí, acabemos! ¡Me das
como cosa jnútil.
una patada en la barriga y me echas á la calle!
¡Qué bonito! ¡Qué caballeroso!
DON MIGUEL. ¡Moisés!
D O N MOISÉS. ¡Sí, hijo, sí; me echas á la calle!
¡La cosa no tiene otro nombre! ¡Me echas á la calle!
DON MIGUEL. ¡Bueno, sí; basta ya: te echo á
la calle! ¡ea! ,
DON MOISÉS. ¡ASÍ, así, sin eufemismos! ¡Con
todas sus letras asquerosas! ¡A la cochina calle, á
que me den morcilla!
D O N MIGUEL. ¡A que no estés más tiempo en
mi casa!
DON MOISÉS. ¡Descuida, hombre: no me lo r e -
pitas otra vez! ¡Ya me voy! ¡No te queda más que
escupirme á la cara! ¡Escúpeme, si se te antoja!
¡Anda, hombre! ¡Y si quieres me tiraré en el
suelo, para que me pises también! ¡Y que tu niña
me registre el baúl, como á las cocineras!
DON MIGUEL. ¿Quieres irte?
DON MOISÉS. ¡Sí, hijo, sí! ¡Ya lo creo que me
voy! ¡Vaya si me voy! ¡Y cuenta que sacudiré las
botas al salir, como Santa Teresa en la Coruña!
Entrase hecho una fiera por la puerta que conduce al interior.
COMEDIAS ESCOGIDAS 101
DON MIGUEL. Jesús, Jesús, Dios mío! Me ha
obligado á igualarme con él ese canalla...
De la tienda sale JEREMÍAS, y CARITA y GLORIA del interior.
JEREMÍAS. ¿Te han pegado ya?
GLORIA. Papá, por Dios, qué escándalo... Don
Moisés va ciego... me ha dado un empellón...
CARITA. Y á mí un par de guantadas...
GLORIA. ¿Qué sucede?
DON MIGUEL. NO sucede más sino que acabo
de plantar en la calle al padre y al hijo.
GLORIA. Sin poder reprimirse. ¿A Mario también?
DON MIGUEL. ¡A los dos! ¡Miserables!; villanos!
¡Y mientras el cuerpo me haga sombra no volve-
rán á pisar él suelo de esta casa, donde no ha ha-
bido para ellos más que cariño y compasión!...
Acercándose á Gloria, que ae ha dejado caer llorando en ana silla.
Gloiia, hija mía, ¿qué te pasa?
CARITA. ¿Qué te pasa, Gloria?
DON MIGUEL. ¿Qué es eso, hija?
CARITA. ¿Qué tienes?
DON MIGUEL. ¿Por qué lloras?
JEREMÍAS . cantando.
Con el capotin, Un, Un, Un...
DON MIGUEL. Con profunda pena y energía. J C a l l a ! n O
aciertes esta vez!
FIN DEL ACTO TERCERO
ACTO CUARTO
La misma decoración del acto primero, con loro y todo*
Es de noche. Luces en el escaparate y en la tienda.
PBDRITO se pasea lleno de impaciencia recitando maquinalmente versos
de Don Alvaro. GLORIA, nerviosa é inquieta, manifiesta impaciencia
asimismo, y de vez en cuando mira por el escaparate y por la puerta
hacia la calle.
PEDRITO. Para Curra el overo,
para mi él alazán gallardo y fiero...
GLORIA. Pero no seas tonto, Pedrito, ¿por qué
no te vas?
PEDRITO. ¿Yo qué he de irme antes que vuel-
va don Miguel?
GLORIA. Te advierto que mi padre ha de tardar
mucho.
PEDRITO. Pues me va á reventar, vive Cristo.
Para Curra el overo,
para mi el alazán gallardo y fiero..*
Luego, como á don Jeremías le ha dado también
la ventolera por largarse...
GLORIA. (Esa es mi fortuna.)
PEDRITO. Para Curra el overo...
104 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
La culpa de todo me la tengo yo por no haberle
advertido á tu padre que esta noche hacíamos el
Don Alvaro en casa de doña Guadalupe.
GLORIA. Pues por eso te digo que te vayas,
inocente.
PEDRITO. NO, no, no, no...
GLORIA. Si yo me quedo al cuidado de la
tienda...
PEDRITO. NO, no, no...
GLORIA. (¡Qué suplicio!)
Aparece MARIO ea la calle por detrás del escaparate, y Gloria, sin
que Pedrito la vea, le hace señas de que se vaya y aguarde un poco. Ma-
rio obedece.
PEDRITO. Para Curra el overo,
para mí el alazán gallardo y fiero...
1Y que no tengo nada que hacer; es broma! Tengo
que ir á mi casa por alguna ropa; tengo que ir á
casa de Roquete; tengo...
GLORIA. ¿Tienes más que tomar la puerta?
PEDRITO. Todavía puedo esperar un ratillo.
GLORIA. (¡NO se irá!)
PEDRITO. Por supuesto, esta noche me juego
yo la reputación.
GLORIA. Pero ¿tú tienes reputación?
PEDRITO. La tenga ó no la tenga me la juego
esta noche. Imagínate que el mes pasado presen-
taron allí á uno de Cabra con muchas pretensio-
nes, que me está minando el terreno y quiere qui-
tarme los primeros papeles... Pero se la lía al dedo.
¿Tú no me has visto á mí el Don Alvaro?
GLORIA. SÍ; lo haces muy bien. Vete aprisa á
aplastar al de Cabra.
COMEDIAS ESCOGIDAS 105
PEDRITO. ¡Qué versos tan hermosos tiene!
... La jaca torda,
la que cual dices tú los campos borda,
la que tanto te agrada
por su obediencia y brío,
para ti está, mi dueño, enjaezada;
para Curra él overo*
Para mí el alazán gallardo y fiero.
¡Oh, loco estoy...!
GLORIA. SÍ, sí que estás loco de remate.
PEDRITO. Ya verá, ya verá el de Cabra lo que
es canela fina.
GLORIA. (Nada, no me deja: no hablaré con
él... Va á ser inútil cuanto he hecho.)
PEDRITO. LOS aficionados, unos imitan á Calvo
y otros á Vico. Yo, no. Mejor ó peor, yo tengo es-
cuela propia. Mira, Vico, las noches de buena en-
trada decía esto así:
¡Sevilla! ¡Guadalquivir!
¡Cuál atormentáis mi mente!...
Calvo era otra cosa: Calvo lo decía de esta ma-
nera:
¡Sevilla! ¡Guadalquivir!
¡Cuál atormentáis mi mente!...
Pues mira cómo lo digo yo: verás qué diferen-
cia:
Sevilla,.. Guadalquivir...
Cuál atormentáis mi mente...
106 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Así, con naturalidad absoluta: sin darle importan-
cia ni al Guadalquivir ni á Sevilla, ¿compren-
des tú?
GLORIA. (¡Jesús, qué desesperación!)
PEDRITO. Mirando su reloj desasosegado, Y tu padre sin
venir todavía... Como este otro detalle, que siem-
pre me vale una ovación. Llega don Alfonso á la
celda en que está don Alvaro, decidido á comérse-
lo, y le pregunta con mucha fiereza: «¿Me cono-
céis?» Y don Alvaro le responde: «No, señor.»
Bueno, pues este «No, señor» lo digo yo divina-
mente. «¿Me conocéis?» «No, señor.» Así, enco-
giéndome de hombros. Es como si le dijera: ¿sabe
usted que no caigo en este momento? Naturalidad,
hombre. La escuela moderna.
GLORIA. Te estás entusiasmando mucho y vas
á llegar tarde. Y luego me echarás á mí la culpa.
PEDRITO. Volviendo á mirar el reloj. A la media me
voy.
GLORIA. (Me consumo de impaciencia, Dios
mío.)
PEDRITO. Pero mi escena, mi clou, está en la
jaca torda. Cuando don Alvaro se quiere llevar á
doña Leonor.
GLORIA. Muy turbada. ¿Qué dices?
PEDRITO. Sí, mujer; ¿no te acuerdas? En el
primer acto. Ella duda, vacila, está temerosa, so-
bresaltada... Y él entra resuelto, con el ímpetu
del amor...
Ángel consolador del alma mia,.*
¿Qué tienes?
COMEDIAS ESCOGIDAS 107
GLORIA. Nada... no tengo nada... (Se me
figura que todo el mundo lee en mi frente.)
PEDRITO. ¿ Van ya los santos cielos
á dar corona eterna á mis desvelos?
Y le dice la mar de finezas para infundirle ánimos.
Doña Leonor, la pobre, aunque está enamorada
de él, no se decide, se acuerda de su padre...
GLORIA. Se acuerda de su padre, es verdad...
PEDRITO. i Qué escena más hermosa! Hasta
que al fin y al postre llega el Marqués con Ja es-
pada desnuda...
/ Vil seductor! ¡hija infame!
GLORIA. ¿Quieres dejarme en paz, Pedrito?
PEDRITO. Y hay que oirme entonces á mí; bue-
no, á don Alvaro: Como quien se bebe un vaso de agua. Vues-
tra hija es inocente... más pura que el aliento
de los ángeles que rodean el trono del Altísimo.
La sospecha á que puede dar origen mi presencia
aquí á tales horas, concluya con mi muerte...
GLORIA. Pedrito, por Dios, que no tengo los
nervios para dramas...
PEDRITO. Sí que te veo alteradilla esta noche.
(A esta chica le pasa algo. Ese picaro de Mario la
ha vuelto del revés.)
GLORIA. T Ú me has puesto así con tus versos
y tus impaciencias. Echa á correr ya, y el diablo
que te lleve.
PEDRITO. NO voy á tener más remedio para
no caer en falta.
GLORIA. Vete, vete; sí.
108 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PEDRITO. Dile á don Miguel lo que hay.
GLORIA. Sí, hombre, sí; por mi padre no temas.
PEDRITO. Pues adiós: hasta mañana, si Dios
quiere.
GLORIA. Adiós.
PEDRITO» Poniéndose sombrero y capa y yéndose escapado.
Al primer grande español
no le cedo en jerarquía:
es más alta mi hidalguía
que el trono del mismo sol.
GLORIA. ¡Ya quiso Dios! Al fin me dejan sola
y podré hablarle... Le haré señas para que entre.
Por fortuna, Carita, que es la única persona que
queda en la casa, se ha echado un ratillo. Va hacia la
puerta: se detiene de improviso azorada mirando aquí y allá: procura
tranquilizarse, y al ir de nuevo á avisarle á Mario sale CARITA de la tras-,
tienda. ¿Eh? creí que venían... ¡Dios mío, qué traba-
jo me cuesta!
CARITA. Gloria, ¿qué haces?
GLORIA. ¡Carita!
CARITA. ¿Te has asustado, mujer?
GLORIA. Como pensé que estabas en tu cuar-
to... y me he quedado sola...
CARITA. ¿Se fué Pedrito?
GLORIA. Se fué... Lo vi tan impaciente que me
dio lástima íetenerlo... ¿Y tú, te has aliviado del
dolor de cabeza?
CARITA. S Í ; ya estoy bien. Sentándose. Te haré
compañía.
GLORIA. Como quieras. (¿Será Dios quien me
pone tantos obstáculos?)
COMEDIAS ESCOGIDAS 109
CARITA, ¿No te sientas?
GLORIA. No. Los nervios no me lo permiten
esta noche,..
CARITA. ¿A ti tampoco? Pues júntate conmigo
y vaya un par. Llevo unos días crueles. Ahora
mismo me quedé traspuesta un instante y soñé que
mi padrino era uno de esos tíos de las alcantarillas.
Se acercó á mí con un farol y unas botas muy
grandes que armaban ruido de cadenas, como en
los cuentos, y me dijo, dice: «Mira á lo que me veo
reducido por habernos abandonado tú.» Y lo bueno
es que yo me eché á reir como una tonta y le con-
testé: «Padrino, usted y sus hijitos en la alcantari-
lla tenían que parar.»
GLORIA. Los disparates de los sueños. (Estoy
volada.)
MARIO se asoma á los cristales del escaparate, mira hacia dentro, y al
ver allí á Carita se retira contrariado.
CARITA. Como que no se me cae de la imagi-
nación esa gente.
GLORIA. Hoy hace quince días que se fueron.
CARITA. Parece que sin ellos me falta algo.
GLORIA. (Y á mí también.)
CARITA. Y cuenta que no será por los buenos
ratos que he pasado á la verita suya. Yo nunca te
he hablado de estas cosas, porque ni siquiera de
ellos me gusta hablar mal; pero, hija, me trataban
lo mismo que á un perro. Bueno, lo mismo que á
una perra. «Carita aquí» «Carita allá» «¡Carita, em-
peña esto!» «¡Carita, sácalo otro!» «¡Carita, busca
dinero!» «¡Carita, á ver cómo almorzamos!» «Carita
¡pun! ahí te va ese confite»: una bofetada. Porque
110 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
bofetada que se perdía y palo que no encontraba
colocación, ya lo sabían mi cara y mis costillas: ¡á
ellas iban derechos! Y yo, nada; resignarme y ca-
llar... Más tonta he sido...
GLORIA. Exageras mucho, Carita. Si eso fuera
así, ¿cómo ibas á echarlos de menos?
CARITA. Muy sencillo, mujer... ¿Tú te has sa-
cado alguna muela?
GLORIA. Sí...
CARITA. Pues así los echo yo de menos. Igual,
igual. Noto vacío el sitio donde estaba una cosa
que me ha hecho rabiar los imposibles. No puedes
tener idea de dos raigones como el padre y el
hijo. Hablo de Mario y don Moisés, que los otros
son peores todavía. Don Moisés es un bellaco de
lo más gordo que Dios se ha entretenido en criar,
si es que Dios se entretiene en criar bellacos, que
me parece muy bajo entretenimiento para Dios, y
él me perdone si digo alguna herejía, aunque estoy
en que no; pero, en fin, yo se lo consultaré al cura
el domingo... Bueno, pues don Moisés, como t e
digo, es un bellaco, y Mario media docena de b e -
llacos metidos en un solo cuerpo.
GLORIA. Con espontáneo arranque. ¡ Mientes, Carita !
CARITA. Levantándose asombrada. ¿ Q u é ?
GLORIA. ¡Mientes! ¡No conoces á Mario!
CARITA. ¿Que no conozco á Mario, infeliz? ¿Y
tú sí le conoces?... Gloria, ahora veo claro lo que
tanto temía. Te ha trastornado el seso ese bribón...
GLORIA. Con honda pena. ¡Cállate, Carita!
CARITA. ¡NO quiero! Para algo estoy aquí.
GLORIA. Angustiada. Cállate, por Dios... Pero no,
COMEDIAS ESCOGIDAS 111
no te calles... Habla, di lo que sepas... ¡Yo no
puedo más con este secreto que me pesa como
una montaña sobre el corazón! Tú eres buena, tú
eres honrada, tú no me engañarás... Dime, dime
cosas de Mario. No me dejes sola, no me abando-
nes... Te confieso que estoy enamorada de él... no
me dejes sola... que iré adonde él quiera llevar-
me... no te vayas tú... que no tengo más voluntad
que la suya... no te apartes de mí.
CARITA. Descuida: aquí me tienes. Serénate
un poco. ¡Qué desgracia, Señor, qué desgracia!
GLORIA. Estoy aterrada, estoy loca...
CARITA. Tranquilízate y ven acá. Se sientan. ¿Tú
has vuelto á hablar con Mario?
GLORIA. A hablarle... no.... á verlo... sí.
CARITA. ¿Te escribe?
GLORIA. Casi todos los días...
CARITA. Atando cabos. Ya decía yo... Espérate: ¿á
que te trae las cartas el verdulero?
GLORIA. El mismo.
CARITA. La que á mí se me vaya por alto... Si
lo vi yo un día... ¿Habrá tío sinvergüenza? Maña-
na se va á comer toda la verdura. Pedrito fué
quien me puso sobre la pista... Observó que Mario
pasaba con frecuencia por la calle, y el pobre se
alarmó temiendo alguna fechoría. Como también
ha sido víctima de ellos... Creo que le han sacado
diez duros, un par de botas y una petaca de piel
de Rusia.
GLORIA. Bueno, di...
CARITAÍ Di tú primero. ¿Qué intenta él? ¿Cuá-
les son sus propósitos? Tú, ¿qué le dices?
112 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
GLORIA. El... todo se vuelve querer sacarme
de mi casa.
CARITA. ¡Bandido!
GLORIA. NO; si yo no quiero...
CARITA. Pero él te lo propone.
GLORIA. SUS cartas me parten el alma...
CARITA. NO lo creas.
GLORIA. Son tan sinceras, tan nobles, tan llenas
de amor...
CARITA. lo creas.
NO
GLORIA. lo creo, sí. El será muy malo con-
SÍ
tigo, con todos; pero conmigo es bueno... me
quiere mucho.,, mucho...
CARITA. LO primero que hace falta para querer
es el corazón, y Mario no lo tiene. Gloria, abre
los ojos: Mario es un miserable, un egoísta sin
entrañas,..
GLORIA. Con dolor profundo: resistiéndose á creer á Carita: le-
vantándose. ¡No!
CARITA. ¡Sí! Perdona que te desgarre el alma.
No eres tú la primera mujer á quien pretende em-
baucar y hacer suya.
GLORIA. ¿Qué?
CARITA. LO que oyes. Con la mayor frescura
se echa novias y novias en cuanto huele una bue-
na presa.
GLORIA. ¡Ah! Déjase caer sollozando en la silla.
CARITA. un desalmado. Recuerdo que una
ES
vez que tenía ropa negra le hizo el amor á una
marquesita muy linda; la marquesita se prendó de
él—porque, eso sí, Dios le ha dado figura y labia y
muchísima suerte, ¡parece mentira!—y otra vez
COMEDIAS ESCOGIDAS 113
vuelvo á meterme con Dios, y esto va á acabar
mal si Dios no tiene en cuenta mis intenciones...
Ya he perdido el hilo: ¿en qué estaba yo? Ah, sí.
Te contaba que la marquesita se prendó de él, que
el señor marqués se enteró de quién era Mario, y
que cuando menos lo esperaba se encontró con un
pie de paliza de lacayos y cocineros, que me río
yo. Es decir, no me río, porque á mí el mal de na-
die me hace reír. Pero merecido, ¡vaya si lo tenía!
Pues él, como si no: en cuanto se le quitó el dolor
de los cardenales, tan fresco.
GLORIA. Me aterra el oirte, Carita.
CARITA. ¿Te aterra? No sabes... Si esa aven-
tura no vale nada... Como que es de las pocas en
que él ha salido con las manos en la cabeza. Yo
quisiera ahora, para desengañarte de una vez, po-
der contarte en un momento todo lo que sé, todo
lo que he visto, la historia negra de ese hombre.
A mí no se me olvida un día en que llamó á la
puerta de casa preguntando por él una muchacha
con un niño en los brazos, y Mario salió y la tiró á
empujones por las escaleras.
GrLORIA . ¡O h ! Horrorizada, se cubre el rostro con las
manos.
CARITA. De eso es capaz el hombre que dice
que te quiere. No tiene conciencia. Si la tuviera,
rio podría con el peso de los remordimientos, yo te
lo fío. Pero como la conciencia anda por las n u -
bes, y él no se levanta un palmo del fango de la
calle, ahí lo ves, intentando una nueva hazaña. Y
mira á quién eligió como señora de sus ruines pen-
samientos: á la hija de quien le dio salud, sosiego,
8
114 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
cariño y un pedazo de pan para que no se muriera
de hambre.
GLORIA. ¡Jesús! Me hablas de una manera que,
á medida que te oigo, siento que se me llena el
alma de una sombra muy triste... y aunque parez-
ca absurdo, de una luz que si no es alegre es muy
clara... Voy viendo dentro de mí cosas que nunca
he visto; y es que el espanto me abre los ojos y
veo... veo... ¡Qué horror!... ¡Júrame que no me
mientes, Carita!
CARITA. Gloria, ¿me supones capaz...?
GLORIA. NO. Pero júramelo.
CARITA. Después de besar ía cruz. Ya está jurado.
GLORIA. ¿Por quién?
CARITA. Por mi madre, á quien no conocí.
GLORIA. Verás entonces... Corre hacia la puerta.
CARITA. Corriendo tras ella. ; Adonde vas?
GLORIA. A llamarlo.
CARITA. Pero ¿está ahí?
GLORIA. Ahí está.
CARITA. ¿Mario?
GLORIA. Mario. Me espera para hablar conmi-
go, para convencerme... Con invencible pena. ¡Ay!...
Por eso he procurado quedarme sola...
CARITA. Felizmente estoy yo al lado tuyo.
Llámalo.
GLORIA. Sí. Se asoma violentamente á la puerta y hace senas
á Mario.
CARITA . Y ahora, vete.
GLORIA. NO.
CARITA. Vete: no lo has de ver.
GLORIA. ¿Cómo?
COMEDIAS ESCOGIDAS 115
CARITA. NO quiero: no lo merece. Por mi ma-
dre te he jurado que no te engaño. Por la tuya te
pido que me dejes con él.
GLORIA. ¡Carita!
CARITA. ¡Por tu madre, Gloria!
GLORIA. Quiero verlo de cerca, hablarle, leer
en sus ojos
CARITA. Leerás lo que tú quieras, no lo que
digan.
GLORIA. Ya no.
CARITA. ¡ L O m i s m o ! E n t r a a h í . Empujándola hacia la
puerta de la trastienda, junto á la cual están. V e t e l e j O S .
GLORIA. ¡Carita, por la Virgen!
CARITA. Conseguirás que entere de todo á tu
padre.
GLORIA. ¡Eso no!
CARITA. Pues vete.
GLORIA. Ya me voy. Llorando. ¡Parece que me
he quedado sin alma!
CARITA. La tiene él; pero yo la arrancaré de
sus manos. Ahí viene: huye.
Vase Gloria corriendo, como horrorizada, per-j mirando hacia la
puerta de la calle, por donde llega MARIO.
MARIO. Con vehemencia. ¡Gloria!
CARITA. Volviéndose hacia él. No es Gloria: es Ca-
rita.
MARIO. ¿Qué? Pues ¿no fué Gloria quien me
llamó?
CARITA. Justamente; pero la que va á hablarte
es Carita.
MARIO. ¡Siempre tú! Yo no tengo nada que
ver contigo. Adiós. Me voy.
116 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARITA. NO te vas.
MARIO. ¿Cómo?
CARITA. Que no te vas.
MARIO. ¿Quién eres tú para impedírmelo?
CARITA. Escucha: Gloríate quería.
MARIO. ¡Y me quiere!
CARITA. Te equivocas: ya no.
MARIO. ¿Que no? Avanzando hacia eiia. Pues ¿qué le
has dicho?
CARITA. ¿Ves como no te vas?
MARIO. ¿Qué le has dicho, Carita?
CARITA. Poca cosa: nada: una pequeña parte
de lo que eres.
MARIO . Lleno de ira. Si no me pareciera una co-
bardía, te cruzaba la cara.
CARITA. Hazlo, tonto; no será la primera vez»
MARIO. Merecías que lo hiciera. ¡Así pagas la
hospitalidad que te hemos dado en mi casa tantos
años!
CARITA. Mucho mejor que pagas tú la que te
han dado aquí.
MARIO. (Me conviene más ir por las buenas.)
Pero, vamos á ver: ¿es acaso un crimen enamorar-
se? ¿Qué mal hay en ello? ¿Quién ve á Gloria y no
la quiere con locura? ¡Pues mi delito no es otro que
haberla visto! Porque la vi la quiero.
CARITA. ESO del querer es muy complicado.
Quererla... ¡ya lo creo que la querrás!... Pero no
la quieres.
MARIO. ¿Qué sabes tú? A todos nos llega nues-
tra hora. Créeme, Carita: los hombres vamos dan-
do tumbos por el mundo adelante, desorientados,
COMEDIAS ESCOGIDAS 117
ciegos, caminando entre sombras, hasta que la luz
de unos ojos nos detiene, nos encanta y nos sirve
de guía... Siguiendo el rastro divino de los de
Gloria he de ir yo donde ellos quieran llevarme...
¡Ay de aquel que me estorbe el paso!
CARITA. YO: tan indefensa y todo: yo. Y no
me asusto de arranques de guardarropía.
MARIO. Criatura... no hagas eso. No lo hagas,
por lo que más quieras en el mundo. No es amena-
za, es súplica. Mira que el amor de Gloria me ha
vuelto otro. Yo no sé qué resplandor celeste ha
metido dentro de mí, ni cómo explicar este cambio
mío... Ello es que si tengo una mala idea, una
mano suave y delicada viene y me la quita de la
frente; y si en mi pecho arde una pasión indig-
na, la misma mano con sus caricias acude á apa-
garla...
CARITA. Pues trabajo le mando á la mano.
MARIO. ;Carita, no te burles de lo que te digo!
CARITA. Cállate y a , hipócrita, declamador,
farsante...
MARIO. ¡Carita!...
CARITA. Carita es una hormiga, pero* no se
asusta de ti por más que te las eches de león. Con
Carita no te valen ni recursos de drama ni párra-
fos floridos; Carita se ha quedado en esta casa
porque temía algo de esto; Carita quiere, ya que
no borrar la huella de vuestra conducta, servir de
barrera para que no paséis adelante... Así vuestro
recuerdo no será tan amargo. Eso me tenéis que
agradecer todavía.
MARIO. ¿Sí, eh? c<m mucho énfasis. ¡Lo que por la
118 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
visto quiere Carita es que yo pierda la cabeza y
haga aquí un escarmiento terrible!
E L LORO. NO te tires, Reverte.
MARIO. Sin darse cuenta de lo que ha oído. ¿ Q u é ?
CARITA. Conteniendo la risa. Es el loro.
MARIO. ¡Pues á ver si empiezo por el loro!
E L LORO. No te tires, Reverte.
MARIO. (¡Se me ha venido el ridículo encima
de golpe y porrazo!) ¡Carita, llama á Gloria!
CARITA. No quiero.
MARIO. ¿Que n 0 quieres? La llamaré yo. Gri-
tando. ¡Gloria!
CARITA. E S en balde, Mario: no vendrá.
MARIO. L O VeremOS. Va hacia la trastienda llamando,
¡Gloria! ¡Gloria!
CARITA. Ahí tienes á su padre.
MARIO. Azorado. ;Eh?
CARITA. El Señor nos valga.
Llega DON MIGUEL de la calle.
DON MIGUEL. ¿Qué es esto, Mario? ¿qué hace
usted aquí?
MARIO. Don Miguel...
DON MIGUEL. ¿Qué hace usted en mi casa, le
pregunto? Cuando salió de ella, le rogué á usted
que no volviese. ¿Por qué ha vuelto?
CARITA. Don Miguel...
DON MIGUEL. Calla tú.
CARITA. Permítame usted que tome la pala-
bra. Pía venido por mí.
MARIO. (Me ha salvado.) Justo... por ella...
DON MIGUEL. ¿Por ti, Carita? (Yo sabré la
verdad.)
COMEDIAS ESCOGIDAS 119
CARITA. Lo manda su padre... Dicen que no
se acostumbran á mi falta...
DON MIGUEL. ¿Y tú que has respondido?
CARITA. Que no me voy: que también hago
falta aquí.
DON MIGUEL. Ya lo oye usted. Yo no la vio-
lento: hace su voluntad.
CARITA 1 . Ni más ni menos. Y será inútil que
te empeñes, Mario. Cuantas veces vuelvas *á lo
mismo, te marcharás solo. ¿Te enteras bien?
¡Solo!
DON MIGUEL. Por eso lo mejor será que no
vuelva. Carita se ha acostumbrado á nosotros, y
nosotros á ella. Vivimos felices; nos estorba la
gente, ¿entiende usted? Déjala capa y el sombrero que trae
puestos y se pone la gorra.
MARIO. Entiendo, sí, señor, entiendo. No es la
primera vez que le digo á usted que tiene unas
despachaderas que dan gozo.
DON MIGUEL. Pues á ver si es la última. s e sienta
al brasero.
MARIO. LO será. (;Lo he perdido todo! Procu-
raré caer gallardamente.) Carita... hermana mía...
adiós. Juntos hemos crecido... juntos hemos reído...
juntos... juntos... (No, no me sale el párrafo: es
inútil.) ¿Para qué decirte lo que no has de enten-
der? Adiós. Señor don Miguel, beso á usted la
mano.
DON MIGUEL. Abur, amigo.
MARIO. Yéndose. (¡Con lo menos que se contenta
m i p a d r e e S C O n V O l a r l a C a s a ! ) En la puerta tropieza con
JEREMÍAS que llega, y le pisa un pie.
120 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
JEREMÍAS. ¡ A h ! . . . Viendo que Mario no se disculpa. S e
dice «Usted dispense».
MARIO. Parándose un momento. E S O eS Cuando Se
pisa á una persona.
JEREMÍAS. Ese pajarraco no ha venido aquí á
nada bueno.
DON MIGUEL. Te diré.
JEREMÍAS. Ese pajarraco...
DON MIGUEL. Aguarda, hombre.
JEREMÍAS. NO ha venido aquí á nada bueno.
DON MIGUEL. Como que ha venido por Carita.
JEREMÍAS. ¿Por Carita?
CARITA. S Í , señor; por mí... por mí...
JEREMÍAS. Miguel, mucho me escamo. ¡Ojo al
Cristo, que ¡asan carne! Soy contigo en seguida.
Vase al interior de la casa.
CARITA. ¡Qué mal pensado es!
DON MIGUEL. Por eso acierta casi¡ siempre.
¡Ojalá fuera yo lo mismo! ¿Y Gloria?
CARITA. Allá dentro está: ¿quiere usted verla?
DON MIGUEL. Levantándose. Espera un poco. Antes
vas á darme una prueba de tu lealtad. ¿A qué ha
venido Mario?
CARITA. Ya se lo he dicho á usted, don Miguel.
DON MIGUEL. ¿Te obstinas en eso?
CARITA. ¿Y qué quiere usted que le haga?
DON MIGUEL. Por Dios, Carita de mi vida, no
me engañes tú; mira que si tú me engañas tam-
bién voy á morirme de tristeza. ¿Ha venido Mario
á ver á mi hija?
CARITA. Con timidez. Sí, señor... ha venido á
verla...
COMEDIAS ESCOGIDAS 121
DON MIGUEL, ¡Ah!
CARITA. Pero no la ha visto... Lo he impedi-
do yo...
DON MIGUEL. Con ansiedad, ¿ Y ella estaba de
acuerdo?... ¿Tú sabes?...
CARITA. Todo. Todo me lo ha confesado la po-
brecilla... hecha un mar de lágrimas.
DON MIGUEL. A ver... habla, cuéntame...
CARITA, E S más buena que el pan. Da lástima
oiría. Ese bribón de Mario la ha traído engañada...
la ha vuelto loca... Pero yo le he quitado ya la ven-
da de los ojos. No tema usted. Si no se lo declaré
así al principio, fué porque quise evitarle este nue-
vo dolor; pero como usted me lo ha rogado... No
tema usted, no tema usted, vuelvo á decirle. Glo-
ria sabe ya lo que es Mario, y basta. A Mario se le
podrá querer viéndolo por fuera; pero cuando se
conoce lo que lleva por dentro, ni el mismo amor
halla disculpa á tanta ruindad... Ahora sólo nos
queda un trabajo: consolar á Gloria y procurar que
olvide pronto... ¡Pobrecita!
DON MIGUEL. ¡Pobrecita, sí! ¿Qué bien hice,
criatura, al dejarte aquí con nosotros! Algún alivio
había de hallar á mi desengaño. ¿Plasta dónde iba
á llegar la maldad de esa gente, Dios mío? ¿Qué sé
yo! ¿Sólo el imaginarlo me asusta!... No bastaba el
burlarse de mí, el insultarme, el enlodar mi casa,
el no agradecer el bien recibido... ¿Faltaban las
pedradas!
CARITA. ¡Maldita sea la hora en que entramos
todos aquí!
DON MIGUEL. Eso no: bien hecho está lo h e -
122 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
cho. Se sienta en su sillón. Si al resultado vamos, dime
tú á mí quién lleva la peor parte: nosotros los per-
demos á ellos y ellos á nosotros. Ya ves qué di-
ferencia . Pero esto no quita que duela, que las-
time...
Sale JEREMÍAS por donde se fué.
JEREMÍAS. ¿Qué te ocurre, Miguel? Estás mus-
tio, abatido... Déjate de sensiblerías y abre el ojo,
DON MIGUEL. ¡Ay, Jeremías de mis culpas!...
Dichoso tú, que vives independiente y feliz, y no
tienes más amigo que tu loro, y oyes llorar y te
haces la ilusión de que llueve, y ves á quien pa-
dece hambre y te quitas las gafas... Préstame tu
corazón y tus ideas para andar por el mundo, que
yo cogeré las mías y el mío, y los colgaré en la pa-
red de mi alcoba, junto á aquella espada vieja que
tengo allí y que maldito de Dios para lo que me
sirve...
CARITA. (¡Pobre señor!)
DON MIGUEL. Levantándose. Voy á ver á mi hija.
CARITA. ¿Para qué, don Miguel? ¿No vale más
que lo deje usted para mañana?
JEREMÍAS. ¿Dónde está Gloria?
CARITA. En su cuarto; pero está llorando la po-
brecilla...
JEREMÍAS. ¿Llorando?
DON MIGUEL. Por lo mismo quiero verla yo.
CARITA. Déjela usted que se serene, quépase
el mal rato, y entonces...
Viene CATALINA de la calle, descompuesta, jadeante, escandalizada.
Apenas puede hablar. Se sienta en una silla, 'llamando la atención de
todos con sus aspavientos.
COMEDIAS ESCOGIDAS 123
CATALINA. ¡Ay, Dios mío de mi vida! ¡ay, Dios
mío de mi arma! ¡ay, Virgen del Amparo!
DON MIGUEL. ¿Qué es eso, mujer?
CARITA. ¿Qué sucede?
CATALINA. ¡Ay, qué zofocación! ¡ay, qué di-
justo! ¡ay, qué bochorno!
DON MIGUEL. ¡ Que nos tienes con el alma en
un hilo!
CATALINA. ¡Ay, qué gente más mala! ¡ay, qué
gente más picara! ¡ay, qué gente más zinver-»
güenza!
JEREMÍAS. ¡Hola!
CATALINA. ¡Ay, qué arrastraos! ¡ay, qué pa-
joleros! ¡ay, qué retunantes!
DON MIGUEL. Pero ¿quiénes, por Dios...?
CARITA. Hable usted.
CATALINA. Eza gentuza... ezos tíos... ezos
Galeotes...
DON M I G U E L . ¡Acabáramos! ¿Has visto al
hijo?...
CATALINA, N O , señó... He visto ar padre...
¡mala puñalá le den!... ¡mar tiro le peguen!... ¡ze
vea más mardecío que la lista grande!
DON MIGUEL. Basta de maldiciones ya: ¿qué
ha pasado?
CATALINA. Déjeme usté que me dezahogue,
zeñó... ¿Habrá tío charrán? ¡Armanaque lo jagan,
pa que tos los días le arranquen argo! ¡Jozú, Jozú,
Jozú!,.. Se levanta. Me lo encontré en la esquina e la
cayejuela, á la verita e un coche, cazi enfrente á
la caza e Pedrito... y me fui pa é como una loba á
zacarle los ojos...—¿ustés no zaben que me dejó á
124 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
debe cuatro pezetas?—Lo mismo fué verme vení
que me zaluó mu reverenciozo... Y zarto yo y le
digo: «Más valía que en vé de toma coche pagara
usté las trampas.» Y zarta é y me dice: «¿Y usté
pa qué quié ya er dinero, con loz años que tiene
encima?» Y zarto yo y le digo: «Ezo no es cuenta
de usté, zo pendón.» Y zarta é y me dice que zoy
una bruja. Y zarto yo y le digo que ze yevó de
aquí una cuchara. Y zarta é y me dice que ezo no
«s verdá. Y zarto yo y le araño en la jeta. Y zarta
é y me da un bofetón—mardita zea zu casta.—Y
zarto yo y le pongo un ojo como er faro de la bo-
tica. Y zarta er cochero der pescante, y ze mete
por medio. Y principia á zalí gentuza e la taberna,
y zale don Calixto con una lagarta, y ze ponen á
reirze de mí-, y me arranco á la lagarta y le trinco
er moño, y eya me trinca er mío, y por poquito nos
queamos carvas las dos; y ze para la gente á mi-
rarnos, y á mí me da la razón to er mundo, menos
los guindiyas, porque no había ninguno; y gra-
cias á que estaba ayí zeñó Romuardo er de la tien-
da, que me trajo pa acá y me dejó en la esquina,
no zalimos tos mañana en los papeles... ¡Jozú,
Jozú, qué escándalo! ;Ay, Virgen de los Reyes!
jay, Virgen der Pila! ¡ay, Virgen de Utrera!...
CARITA. Sosiégúese, Catalina, sosiégúese.
D O N MIGUEL. Vaya por Dios, mujer. Pero
¿hasta cuándo va á durar el rastro de esa gente en
mi casa?
JEREMÍAS. A ver, á ver... Mario aquí... y su
padre en la callejuela... y un coche... y... ¿Dónde
está Gloria?
COMEDIAS ESCOGIDAS 125
CARITA. Allá dentro, señor.
¿Qué temes tú? Voy por ella
DON M I G U E L .
ahora mismo...
CATALINA. ¡Ay, no azustá!.
Llega PBDRITO despavorido con un palmo de lengua fuera. Trae u»
lío de ropas en la mano.
PEDRITO. ¡Gloria! ¡Gloría!
DON MIGUEL. ¿Qué pasa?
CARITA. ¿Qué es ello?
PEDRITO. ¿Y Gloria? ¿Y Gloria? ¿No está aquí
Gloria?
CATALINA. ¿Ande ze ha metió Gloria?
PEDRITO. ¡Va en un coche con los Galeotes!
Grito de espanto; consternación: cada uno tira por un lado.
Las frases comprendidas en la llave son simultáneas. También lo son
los ayes de Catalina y la descripción del Suceso que hace Pedrito.
DON MIGUEL., ¡Mentira! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Hija
m í a ! Entrase en la casa corriendo.
JEREMÍAS. \ i S e fué por el portal! ¡Son unos
) b a n d i d o s ! Corre á la calle.
CATALINA, i ¡Jozú qué infamia!
CARITA. f ¡No es cierto! Si no puede ser..,
\ ¡ G l o r i a ! Sigue corriendo á don Miguel.
CATALINA. Muy acongojada. ¡Ay, Jozú! ¡ay, qué
doló! ¡ay, qué pena de hija! ¡ay, qué desgraciaíta
va á zé! ¡ay, que ya ze acabó la alegría en esta
caza! ¡ay, eze padre ze va á gorvé loco! ¡ay, vaya
por Dios! ¡ay, yo que la he criao en mis brazos!
¡que la he visto crece! ¡que la quería como á la
zangre de mis venas!... ¡ay, pobrecita mía, que la
han engañao! ¡ay, qué picardía! ¡ay, qué doló!;
¡qué doló! ¡qué doló!
126 S. Y j . ÁLVAREZ QUINTERO
PEDRITO. A Catalina, que maldito si le hace caso, La he
visto,... la he visto... no me cabe duda... Era ella...
eran ellos... El coche pasó por delante de mí como
un relámpago, cuando yo salía de mi casa... pero
pude verlos... Grité... llamé al cochero... Inútil.
Corrí... resbalé y di de bruces en las piedras...
Perdí de vista el coche... ¿Qué hacer, Dios mío?...
Volar... volar á su casa... Y en menos tiempo que
lo digo me he plantado aquí. ¡Ay, Catalina! ¡Esto
es horrible! ¡esto es cruel! ¡esto mana sangre!...
Sale DON MIGUEL con. GLORIA y CARITA, y se encara con Pedrito, el
cual al ver á Gloria enmudece de asombro.
DON M I G U E L .¿De dónde sacas tú, majadero...?
CATALINA. ¡Pero zi está aquí la gloria e miz
t)jos! ¡Ven acá tú, arma mía! ¡ven acá tú! La abraza y
la besa fuertemente, como si quisiera dejarle los besos señalados.
CARITA. Este Pedrito, con sus dramas...
PEDRITO. Perdón... perdón... mis intencio-
nes... Yo juraría...
DON MIGUEL. Más vale que no jures.
CATALINA. Separándose de Gloria y abalanzándose sobre
Pedrito, á quien pellizca. Ahora verás tú, mal ange, eza-
borío, lombriz con capa... ¿Te paece bien er zusto
que noz has metió en er cuerpo? ¡Toma! ¡toma!
PEDRITO. ¡Ay! Perdón otra vez... Pero cuenta
que yo no estoy chiflado... que no he visto visio-
nes... Con Mario y con Calixto iba una mujer...
CATALINA. ¡La lagarta con quien yo he p e -
leao!
PEDRITO. S Í , pero... así de pronto... cualquiera
se ofusca,., y como yo estaba ya con la mosca en
la oreja, por lo que yo me sé, y además me he pa-
COMEDIAS ESCOGIDAS 127
sado todo el día recordando el rapto de doña
Leonor...
DON MIGUEL. ¡El d e m o n i o del comiquillo
este!... Vete, vete, que me has dado el susto más
espantoso de mi vida.
Vuelve JEREMÍAS de la calle, y desde la puerta dice á grandes gritos y
sin ver á Gloria, á quien tapa Catalina!
JEREMÍAS. ¡Miguel! ¡Miguel! ¡Ni sombra! ¡No
p a r e c e ! Avanzando hacia don Miguel con los brazos abiertos. ¡ Q u é
tremendo golpe, hijo mío! ¡Te compadezco!...
Lo abraza, quedando cara á cara con Gloria, la cual, adelantándose
hasta él sonríe tristemente. A h , ¿ p e r o e s t á a q u í é s t a ? Pedrito
¿Quién se ríe?
suelta la carcajada, lo cual irrita á Jeremías.
¡Yo te daré risa, tarambana!
PEDRITO. Perdón, perdón, don Jeremías.
JEREMÍAS. ¿Qué perdón?
DON MIGUEL. S Í , perdonémoslo todos, ya que
lo perdonamos mi hija y yo.
PEDRITO. Y O . . . la verdad... con la más sana
intención del mundo...
DON M I G U E L . S Í , hombre, sí... Anda con Dios.
PEDRITO. Nunca me arrepentiré bastante, don
Miguel, viendo su reloj. Pues encima me voy á ganar
un rapapolvo en casa de doña Guadalupe. Llego
con una hora de retraso. Vaya, hasta mañana, si
D i o s q u i e r e . Corre hacia la puerta y se va.
Para Curra el overo,
para mí el alazán gallardo y fiero.
CATALINA. Más loco está que un chivo.
JEREMÍAS. ¿Ves, Miguel? ¿ves qué drama si
llegan á arrebatarte á tu hija?
128 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON MIGUEL. ¡NO hables de eso, por Dios, que
no es más que una locura tuya y de Pedrito!
GLORIA. Con profunda tristeza. NOl eSO nO.
DON MIGUEL. ¿Qué dices, Gloria?
GLORIA. Digo que hay algo de verdad en todo
esto. Yo quiero á Mario... Mario venía á llevarme.
DON MIGUEL. ¡Gloria!
GLORIA. He dicho mal: lo he querido... La
mejor prueba de que he de olvidarlo es que confie-
so ahora.
JEREMÍAS. ¿LO ves?
DON MIGUEL. ¡Jesús mil veces!
GLORIA. No ha sido culpa mía..* Perdóname.
Y nada temas. A Carita debo el haberme sal-
vado.
DON MIGUEL. Que Dios te lo pague, Carita.
GLORIA. De los Galeotes no queda nada aquí:
si algo quedara en mi corazón, yo sabría arran-
carlo y echarlo en medio de la calle.
JEREMÍAS. ¡Y si hace falta romperle las mue-
las á ese mozo, aquí está Jeremías!
E L LORO. NO te tires, Reverte.
JEREMÍAS, con explosión de júbilo. ¡Ah, Rodríguez!
¡Lo has aprendido ya! ¡Me haces el más] feliz de
los hombres! ¡Mañana, chocolate con leche!
DON MIGUEL. ¡Pero qué infamia, qué infamia
la de esos Galeotes!...
CATALINA. Escarmiente usté, zeñorito, escar-
miente usté.
JEREMÍAS. Sí, sí; escarmentar... Ese verbo no
está en su Diccionario... Si mañana vienen otros
Galeotes...
COMEDIAS ESCOGIDAS 129
DON MIGUEL. Oh, no; yo os aseguro...
CATALINA. NO azegure usté na; zi vienen ma-
ñana, pué zé que no ze cuelen, pero como vengan
pazao mañana...
JEREMÍAS. Y después de todo, ¿quieres decir-
me lo que has sacado en limpio con meter en tu
casa á esa gente?
CARITA, saltando con mucho salero. ; Caramba! ¡ co-
nocerme á mí! ¿No valgo yo la pena?
DON MIGUEL. ES verdad: conocer á Carita, que
no es poco.
GLORIA. NO es poco, no.
CARITA. Y yo conocerlos á ustedes, que eso sí
que es mucho.
Madrid, Setiembre, 1900.
FIN DE LA COMEDIA
9
EL PATIO
COMEDIA EN DOS ACTOS
Estrenada en el TEATRO LARA el 10 de Enero de 1900
A NUESTROS QUERIDOS AMIGOS
EDUARDO NARBONA
Y
FRANCISCO BRAVO
Ustedes (no empleamos el vosotros por temor de que
esta carta no les parezca nuestra), ustedes mejor que
nadie saben que E L PATIO es un pedazo de nuestra
vida: ustedes que nos conocen desde la niñez, podrán
advertir cómo nuestra alma se haya infiltrada en sus
lineas, y palpita en todas sus escenas, en todos sus tipos,
en todos sus detalles, ya que pudiera parecer hiperbóli-
co decir en cada una de sus palabras.
Hasta ahora sólo habíamos llevado al^eatro cuadros
populares de Sevilla, alentados en tan grata labor, á
la par que por el aplauso del público, por muy queri-
dos y respetados maestros. A lo que no habíamos tocado
aún era á nuestra Sevilla, á la de nuestra clase, á la
que conocemos y sentimos como ninguna, porque de
ella venimos, en ella nos hemos criado y llena de ella
tenemos el alma.
E L PATIO ha sido la primera obra que nos ha inspi*
rado esa Sevilla: ¿á quién, sino á ustedes, nos corres-
pondía dedicársela? Por mala que sea, á ustedes les
parecerá excelente: y bien sabe Dios que si no vale más
es porque nosotros valemos muy poca cosa. En ella están
nuestros más queridos recuerdos, nuestro entusiasmo
de jóvenes, nuestro amor á Sevilla y á las semidivinas
sevillanas, avivado y enardecido por la nostalgia de
la tierra.
¡El patio/ Delicioso y alegre recinto que parece
ideado por el amor y para el amor, por amor á Sevi-
lla y á él nos hemos atrevido á llevarlo á la escena,
cuidando mucho de no desposeerlo en la copia del más
poético de sus encantos, del que constituye su natura-
leza y su espíritu, de ese suave ambiente amoroso que
lo envuelve y que lo perfuma.
Si algún acierto hay á nuestro entender en esta eo-
media, estriba en haber imaginado para ella una a o
ción sencilla y esencialmente amorosa. No hubiéramos
tenido perdón de Dios ni de las sevillanas, si echamos
por los cerros de Ubeda en lo que á la índole de la
acción se refiere, y nos apartamos al idearla de los
sabrosos y picantes temas del amor, favoritos de las
tertulias de los patios.
Y aparte la alegría de ver que el público y la prensa
nos manifiestan cada vez más cariño, y que un insigne
maestro de la critica nos estimula á seguir adelante,
tenemos como sevillanos la satisfacción más intima y
pura que pudiera soñar nuestro deseo: la que nadie
puede quitarnos: la de llevar y mostrar por todos los
rincones de España, como quien lleva y muestra su
mejor tesoro, siquiera sea un pálido remedo de nuestra
calumniada Sevilla: un puñadito de su sal, un trozo
de sus calles, un rincón de sus casas, una flor de sus
flores, un soplo de su ambiente, un girón de su cielo,
un rayo de su luz y un manojo de sus mujeres y de sus
hombres.
Perdonen ustedes, queridos amigos, este desahogo que
con nadie más que con ustedes podíamos permitirnos.
Y viva Sevilla para gloria de España y viva E L PATIO
en testimonio de nuestra antigua y estrecha amistad.
Serafín y Joaquín.
Madrid, Enero 1900.
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
CARMEN .. NIEVES SUÁREZ.
DOÑA ROSA BALBINA VALVERDE.
DOLORES CLOTILDE DOMUS.
PETRILLA. , L u z GARCÍA SENRA.
REPOSO. , RAFAELA LASHERAS.
PEPITA JOSEFINA MAURI.
NIEVECITAS CLOTILDE F E R O S .
MATILDITA , ANTONIA PLANA.
CONCHITA. CONCEPCIÓN AGUIRRE.
DOÑA V I C E N T A . VICTORIA GRAJERA.
LOLA ANTONIA GARCÍA SENRA.
P E P E ROMERO.. s »,.. FRANCISCO MORANO.
DON TOMÁS. JUAN BALAGUER.
DON CRISTINO MARIANO DE LARRA.
CURRITO J O S É SANTIAGO.
VERJELES. RAFAEL RAMÍREZ.
DON APOLINAR AGUSTÍN DEL VALLE.
ALONSO,.,.., MANUEL VIGO.
D I E G O . . <. e , ,......,* MANUEL BALAGUER.
PLÁCIDO MANUEL VIGO.
JÜANITO , BALBINA GONZÁLEZ.
ROBERTO.. ALFREDO BARBERO.
ANTONIO MANUEL BALAGUER.
UN POBRE.. , AGUSTÍN DEL VALLE.
VENDEDOR DE GAFAS ANICETO ALEMÁN.
VENDEDOR DE D U L C E EMILIO D. GAMBARDELA.
E L TÍO DE LOS PEJE-REYES, AGUSTÍN DEL VALLE.
Todos los personajes, á excepción de Pepe Romero, Verjeles y el
Vendedor de gafas, hablan con acento andaluz; pero llanamente, sin
incurrir en la menor exageración, sobre todo por lo que respecta á los
tipos que no son del pueblo.
ACTO PRIMERO
Patio de la casa de don Tomás, en Sevilla. Coi redores
al foro y laterales, con columnas. A la izquierda del
actor, en primer término, cancela pintada de oscuro,
que da al zaguán. A la derecha, también en primer
término, el nacimiento de la escalera principal, que
es de mármol blanco: en segundo término, una puer-
ta vidriera, con medio punto de cristales de colores.
Otra puerta igual á esta á la izquierda del foro. A la
derecha una ventana sin reja. Entre una y otra un
piano abierto, sobre el cual hay un jarrón con flo-
res, libros y papeles de música y dos ó tres abanicos.
Delante, un asiento giratorio de rejilla. Varias sillas y
dos mecedoras. En el centro del patio un macetón con
una planta grande, al cual rodean varias macetas con
plantas más chicas. A los lados del piano y en otros
huecos, maceteros de azulejos, también con plantas.
A la izquierda de la cancela, el tirador para abrirla.
Junto, un perchero. Delante de ella, á poca distan-
cia, un biombo elegante de caña y tela fina de color
claro. Suspendida del techo del corredor, y también
delante de la cancela, una lámpara de cristal. Otro
aparato de luz sujeto á la pared, entre la escalera y
la puerta de la derecha. Las paredes blancas, deco-
radas con fotografías de cuadros modernos. Zócalo
de azulejos árabes. Suelo de mármol blanco. Es de
día. Luz muy igual: se supone que hay un toldo c o -
rrido.
138 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DOLORES arrodillada á la izquierda del actor, sobre una almohadilla
de cuero y con los brazos al aire, aljofifa.
DOLORES, cantando.
Si er querer es güeno ó malo
á un sabio le pregunté;
er sabio no había querío,
no me supo responde.
¿Qué quieres de mi,
si hasta el agüita que bebo
te la tengo que pedí?
Canta PETRILLA también, desde dentro, hacia la puerta de la derecha»
Empecé por capricho,
zegui por tema,
continué por desvelo
y acabé en pena.
Y de esta zueríe,
les temo á los caprichos
más que á la muerte.
DOLORES. Esa arrastra Petriya no para en to er
d í a . Entra un POBRB en el zaguán y llama. ¿ Q u i é n e s ?
POBRE. ¡Alabado sea Dios!
DOLORES. ¡Por siempre!... Un pobre.
POBRE. Hermanita, ¿no hay una limosnita pa
este probesito bardaíto que está esmayaíto?
DOLORES. Dios lo socorra á usté,hermanito.
POBRE. San José bendito se lo pagará, herma-
nita... Ande usté, aunque sea un cachito e pan
duro, pa una sardinita que me han dao aquí ar lao.
DOLORES. E s p é r e s e usté. Llamando. ¡Petriya!
¡Tráete un piasito e pan... pa la sardina de este
h o m b r e ! Volviendo á cantar.
COMEDIAS ESCOGIDAS 13£
Ven aqui, serrano,
siéntate á mi vera,
que te tengo que contá
la má de cositas güeñas.
Sale PETRILLA por la puerta de la derecha, con unos pedazos de pan
en el delantal.
PETRILLA. JOZÚ con los pobres! No me dejan
hace una faena zeguía. A Dolores. Oye, á este ziem-
pre le dan una zar dina ahí junto.
DOLORES. Se conose que han comprao una
lata e conservas na más e pa é.
PETRILLA. Dándole ei pan ai Pobre. Tome usté, her-
manito.
POBRE. Dios se lo pague á usté y se lo aumente»
^esa ei pan. Con Dios, hermanita. Vase.
PETRILLA. Cierre usté la puerta ar zalí, que
entra mucha caló.
DOLORES. Ahora va ar 34, y la sardina se la
hemos dao acá.
P E T R I L L A . Escucha, Dolores: ¿á qué hora va
á vení tu Esteban?
DOLORES. Ya está ar cae.
PETRILLA. ¿Zabe de zeguro zi ze va er zeñito
Pepe?
DOLORES. Ayé no lo sabía.
PETRILLA. ¿Y zi ze va er zeñito, ze va con é?
DOLORES. Figúrate tú: como es moso suyo
hase tanto tiempo...
PETRILLA. POS miá que te hará una gracia que
ze yeve á tu novio...
DOLORES. Esa es mi pena; porque como tome
er tren... si te vide ya no me acuerdo.
140 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PETRILLA. Mujé, ¿tan poca ley va á tenerte?
DOLORES. No, si la que no se acuerda soy yo.
Me pasa eso, ¿sabes tú? Como no tenga á los no-
vios elante no los pueo queré.
PETRILLA. Bajando ia voz. Azina debía zé la zeñi-
ta Carmen; y no que está pazando las moras des-
de que la plantó er zeñito Pepe.
DOLORES. Bajando también la voz y levantándose. Y que
no le vale disimularlo: le sale á la cara á la pobre-
sita. Por supuesto que er señorito Pepe, guisao con
arró no pagaba.
PETRILLA. ¿TÚ zabes por lo que han reñío?
DOLORES. Porque ér se cansó de novíajo á los
tres meses e relasiones. Y prinsipió á fartá á la
ventana; y hoy no venía, y mañana le echaba un
embuste, y pasao le escribía disiéndole que se iba
acorné con unos amigos... que luego resurtaban
amigas, y al otro gorvía mu enfadao pa que eya no
le dijera na... y en fin, la de tos los hombres cuan-
do se les pone rompe con una.
PETRILLA. POS las relaziones laz empezó mu
encandilao.
DOLORES. Y tanto. Como que no sabía apar-
tarse un minuto de la casiya e la feria.
PETRILLA. Ayí ze conocieron, ¿no?
DOLORES. Cabalito. Er señorito es de Valen -
sia. Vino aquí á Seviya á pasa la Semana Santa, y
vio á la señorita Carmen y le gustó más que toas
las cofradías. Se queó á la feria, se procuró cono-
simientos, lo trajo á la casación Cristino.*. y en-
tonses prinsipió á pasa fatigas.
PETRILLA. ¿Por qué, tú?
COMEDIAS ESCOGIDAS 141
DOLORES. Porque la señorita Carmen, que
paese que to lo echa á guasa, tocante ar queré es
más forma que un número. Un mes anduvo er se-
ñorito detrás de eya. Quisiea yo que hubieras tú
visto entonses á ese charrán: asina se queó de der-
g a o : Mostrándole el dedo chico de la mano derecha. n O podía
come más que fideos finos.
P E T R I L L A . Razón tenía la zeñita Carmen pa
no hacerle cazo.
DOLORES. ¿Sabes tú quién hiso que se arre-
glaran? Su tía.
PETRILLA. ¿La zeñita Roza?
DOLORES. NO pué viví más que componiendo
noviajos: el aqué de toas las sorteronas.
PETRILLA. POS mira, pué zé que lo arregle
otra vé.
DOLORES. Esas sí que están verdes. ¿No ves
tú que la señorita Carmen está pica en su orguyo
y que er señorito don Tomás tampoco quié ese
noviajo ni á tres tirones?
PETRILLA. ¡Claro! Después de la mala partía
der zeñito Pepe...
DOLORES. A mí me da más pena, porque la se-
ñorita Carmen yegó á cobrarle cariño... Y aun-
que dise que no, yo sé que pasa mu malitos ratos
por é.
PETRILLA. ¡ Probé zeñita Carmen! No quiziea
yo más que zé hombre, y zé zeñorito, y no zé de
la Argaba, pa zacarla e penas.
DOLORES. Cáyate, que ahí viene.
PETRILLA. Míala, qué bonita.
DOLORES. Se le pué resá un Padrenuestro,
142 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Por la escalera llega CARMEN. *
CARMEN. ¿Quién era antes, tú?
DOLORES. Er pobre de la sardina, señorita
Carmen.
PETRILLA. Con demostraciones de admiración. ¡ A y , z e ñ í t a
Carmen!
CARMEN. ¿Qué te pasa?
PETRILLA- ¡Ay, qué reprecioza está usté hoy!
CARMEN. ¿SÍ, eh? ¡Pues ya verás mañana!
PETRILLA. Con' formalidá. ¡Ay, qué rebién le
zienta á uzté eze vestío!
DOLORES. Es verdá que le sienta mu rebién.
CARMEN. Cuando se casen ustedes, le regalo
uno igual á cada una.
PETRILLA. ¡Déjeme usté que le dé un bezo, ze-
ñita Carmen!
CARMEN. ¡En eso estoy pensando! Con lo co-
chambrosa que estás.
DOLORES. Como que se ha peleao con er jabón.
PETRILLA. ¡Miá qué gracioza! ¡En la cocina qui-
ziea yo verte!
CARMEN. Y yo á ti: conque anda ligera.
PETRILLA. Güeno. A Dolores. ¿Tú haz acabao ya
con este cubo?
DOLORES. SÍ; pues yevártelo to.
Petrilla recoge la almohadilla, la aljofifa y el cubo.
CARMEN. Pero ¿todavía estabas aljofifando?
DOLORES. NO, señora; sino que han venío unos
parientes de esta calamidá y me han puesto er pa-
tio perdió con las botas.
CARMEN. Temprano han empezado las visitas...
PETRILLA. cuando va á irse, en un nuevo arranque de admira-
COMEDIAS ESCOGIDAS 143
don. ¿Zabe usté lo que le digo, zeñita Carmen? Que
zi la viera á usté azín, no ze iba de Zeviya.
CARMEN. Vamos, esta chiquilla es tonta.
PETRILLA. Z Í , ZÍ; me chupo er deo. vase por la
puerta de la derecha.
DOLORES. Pos sí que tiene rasón Petriya, seño-
rita Carmen: si la viera á usté asín...
CARMEN. Bueno, pero como no me verá... Y
sobre todo, ¿te importa á ti algo?
DOLORES. ¿NO quié usté que me importe, seño-
rita? Lo uno, porque es una picardía lo que ha
hecho er señorito Pepe...
CARMEN. Deja eso.
DOLORES. Y lo otro, porque con ér se me va
mi Esteban.
CARMEN. Mejor. Así puede que te salga un no-
vio con más cuerpo.
DOLORES. Ave María, señorita; no es tan chico
mi Esteban...
CARMEN. N O : media vara. Con el sombrero
ancho parece un velador.
DOLORESI Miste que tiene usté unas cosas...
CARMEN. Oye, ¿y es verdad que duerme en
.un cajón de la cómoda, junto á las tirillas del
amo?
DOLORES. Vaya, señorita Carmen... No se bur-
le usté del [infelí... Ya se ve, como er señorito
Pepe tiene tan güen cuerpo...]
CARMEN. Algo bueno había de tener.
DOLORES. Cuando yo digo...
CARMEN. NO digas nada: vete a arreglar tus
cosas.
144 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DOLORES. Si estoy aquí aguardando á mi Este-
ban, que va á vení á desirme si se larga ó no...
CARMEN. Pues eso es importante.
DOLORES. Como que ye vamos tres días con el
arma en un hilo, señorita: tan pronto nos vamos
como nos queamos.
CARMEN. ¿Sí, eh?
DOLORES . Dise mi Esteban que er señorito Pepe
está guiyao. Saca la ropa der ropero y la mete en
er baú como si fuera á irse; luego se pasea por er
cuarto, la saca der baú y la güerve á mete en er
ropero. Y asín to er santo día.
CARMEN. Le habrán mandado que haga gim-
nasia.
DOLORES. S Í ; échelo usté á broma.
CARMEN. ESO debías hacer tú, inocente... Al
fin y al cabo ¿qué vas á perder? ¡Media libra de
novio!
DOLORES. Vamos, le ha caío á usté en grasia
la estatura.
Suena dentro, hacia la izquierda, un silbido intenso y prolongado.
CARMEN. En nombrando al ruin de Roma...
DOLORES. A h í e s t á y a . Va hacia la cancela.
CARMEN. Y que trae pulmones de persona
mayor.
Sale DOÑA ROSA por la puerta del foro, vestida de hábito del Carmen y
con gafas de oro. Trae en la mano una canastilla de costura.
DOÑA ROSA. Oye, Dolores.
DOLORES. Deteniéndose. ¿Qué quié usté, señorita?
DOÑA ROSA. Dile á tu novio que para llamarte
se ponga cejuela, como las guitarras.
DOLORES. Güeno, se lo diré.
COMEDIAS ESCOGIDAS 145
DOÑA ROSA. ¡Me ha asustado el demonio del
hombre!
Suena otro silbido.
CARMEN. Y trae prisa.
DOÑA ROSA. Corre, corre á verlo... no vaya á
silbar otra vez.
Vase Dolores corriendo por la cancela, que deja entornada.
DOÑA ROSA. Sentándose á coser en una silla baja, H i j a , n O
sabe una dónde ponerse. ¡Qué calor hace hoy!
CARMEN. Sentándose al piano y jugueteando con las teclas,
mientras habla con doña Rosa. C a l o r d e A g O S t O , t í a R o s a .
DOÑA ROSA. E S verdad: de mañana en ocho,
San Lorenzo. Pausa. ¿Tú sabes quién está arriba con
tu padre?
CARMEN. S Í ; Verjeles. Ya creo que se va.
¡Qué fastidio de pretendientes!
DOÑA ROSA. NO lo deja ni á sol ni á sombra»
¿Qué dices tú á eso?
CARMEN. Que hoy al sol sí lo dejaría. ¡Ja, ja, jal
Breve pausa.
Un VENDEDOR DE DULCE se asoma á la cancela.
VENDEDOR. Gritando. ¿Se quiere güen durse de
sidra?
DOÑA ROSA. NO se quiere.
VENDEDOR. ¡NO se puede! Se va.
DOÑA ROSA. ¿Digo, eh? ¡Pero qué descarado
es ese tío!
Nueva pausa.
DOÑA ROSA. Pues para mí que tu padre...
CARMEN. ¿Qué?
DOÑA ROSA. Digo que para mí que tu padre no
hace bien en alentar á Verjeles... sabiendo que á
10
146 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ti no te gusta... y que puede que todavía el otro...
¿no?
CARMEN. NO, tía, no.
DOÑA ROSA. (Sería el primer noviazgo que yo
no arreglara.) ¿Y por qué no, vamos á ver? Desde
que tengo uso de razón he visto que todos los
novios riñen para hacer las paces... Luego se pe-
lean otra vez, si á mano viene, pero las primeras
paces no faltan nunca.
CARMEN. Dejando el piano y sentándose junto á su tía. P U 6 S
ahora faltarán, tía Rosa. Con firmeza. Ni él quiere ha-
cerlas, ni yo tampoco.
DOÑA ROSA. El sí quiere.
CARMEN. iQué ha de querer, por Dios! Parece
mentira que usted, que dice que conoce el mun-
do... Pepe llegó á Sevilla á divertirse, á pasar una
temporada alegre y de fiestas... Y lo que él se
diría: para que no me falte nada, necesito una
novia... ¿Cuál? La primera que pase.
DOÑA ROSA. Y pasaste tú. Estaba escrito.
CARMEN. Pero tachado luego. Se acabó la tem-
porada de fiestas... y ahí te quedas, niña. Ahora
ríe, llora ó haz lo que más coraje te dé. Yo no ten-
go corazón y me voy tan fresco; si tú lo tienes,
que lo dudo, porque ¿cómo has de tener tú lo que
á mí me falta? sufre un poco, echa unas lagrimitas,
que eso es muy sano, y ya se te pasará la rabieta...
No estoy por que me amanezca más charlando en
la ventana contigo... Aquellas cosas que yo te
decía como si me salieran del alma, son mentira;
mentira también las excusas para disculpar mi tar-
danza en ir á verte; mentira los pretextos para de-
COMEDIAS ESCOGIDAS 147
jarte pronto... Todo mi cariño es mentira: ¿lo será
el tuyo? ¡Me tiene sin cuidado! Adiós: ahí te que-
das. Se levanta.
DOÑA ROSA. ESO debía yo decirte: adiós, ahí
te quedas... ¡Qué torbellino! ¡qué manera de des-
barrar!
CARMEN. Pero, ¿no es esa la historia, tía?
DOÑA ROSA. Según y conforme, mujer.
CARMEN. La prueba es que dicen que se va á
su tierra... Buen viaje.
DOÑA ROSA. ¿Qué se ha de ir, muchacha? Si
creo que lleva un mes haciendo y deshaciendo
mundos... Le ha ganado á Dios, que no hizo más
que uno y tuvo que descansar el domingo...
CARMEN. Se habrá impuesto esa penitencia.
DOÑA ROSA. ¿Y si yo te dijera que Pepe está
arrepentido de lo que ha hecho?
CARMEN. NO lo creería.
DOÑA ROSA. ¿Con que no? Se conoce que no
lo has visto como yo,pasar de noche, ya muy tarde,
por delante de casa; llegar á la reja donde habla-
ban ustedes; ponerse á escuchar; seguir andando;
desandar lo andado...
CARMEN. ¿Y hasta ahora no se le ha ocurrido á
usted decírmelo?
DOÑA ROSA. ¿Para qué atormentarte? Es más:
la última noche que lo vi tuvo la paciencia de b e -
sar uno por uno todos los hierros de la ventana.*,
¡que son veintitantos!
CARMEN. Si lo llego á saber á tiempo les doy
pintura á prima noche.
DOÑA ROSA. ¡Qué mala idea!
148 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARMEN* Riéndose. ¿Y no cortó una ramita de
yerbabuena para la sopa del día siguiente?
DOÑA ROSA. Lo mismo. ¡Anda! Y una de perejil r
y se la puso en la solapa. No sé cómo lo echas á
broma.
CARMEN. LO que yo no sé cómo usted quiere
que vuelva á tomarlo en serio. Se aparta de su tía y se
sienta á la izquierda en una mecedora.
DOÑA ROSA. Calla, que bajan ahí Verjeles y tu
padre.
En efecto, así es. Por la escalera llegan DON TOMÁS y VERJELES.
DON TOMÁS. ; A ver si aquí en el patio se respi-
ra Un pOCO! Pasea agitado con demostraciones de mucho calor,
abanicándose y secándose con el pañuelo constantemente el sudor del
cuello y de la cabeza,
V E R J E L E S , j Y tanto como se respira! ¡Este pa-
tio es un paraíso!
CARMEN. SÍ, señor; encantado.
V E R J E L E S . (jCada vez más bella... y más su-
gestiva!)
DON TOMÁS. ¡Uf!... ¡arriba es morirse!
DOÑA ROSA. Siéntese usted, Verjeles.
VERJELES. puedo, señora. Con harto dolor
NO
me veo obligado á trocar este deleitoso paraje por
la calurosa vivienda del señor Morrillo, mi amigo
y dueño.
CARMEN. ¿Quién? ¿ese tan gordo? ¡Ja, ja, jai
¡Mire usted que al diablo se le ocurre irse á estas
horas á ver á un señor gordo!...
DOÑA ROSA, ¡ Niña!
DON TOMÁS. ¡Dice muy bien! ¿Tú sabes el c a -
lor que despiden ahora los gordos? ¡Uf! ¡qué fati-
COMEDIAS ESCOGIDAS 149
ga!... Tres amigos muy gordos tengo yo, y he reñi-
do con ellos hasta el invierno. Y son personas ex-
celentes, bien educadas, instruidas, de amenísima
conversación... ¡pero que me resultan tres estufas!
V E R J E L E S . Siempre tan propenso álahipérbole.
DON TOMÁS. E S claro, usted, como no suda...
Pero yo... Tóqueme usted aquí, verá usted cómo
e s t o y . . . Presentándole un costado á Verjeles y haciendo que lo palpe,
lo mismo ahora que en lo sucesivo.
VERJELES. NO, si ya...
DON TOMÁS. Tóqueme usted, hombre...
VERJELES. S Í , en efecto...
DON TOMÁS. Pues esto no es nada: mire usted
por la espalda... Tóqueme usted, tóqueme usted...
DOÑA ROSA. Tomás, no seas pesado.
DON TOMÁS. ¿Pesado? Tócame tú...
CARMEN. Ay, papá...
DOÑA ROSA. Vamos, quita.
DON TOMÁS. ¡Uf! ¡Qué barbaridad! Y con una
pulga desde el lunes... Rascándose. Nada, que ha to-
mado la tierra y no hay quien la eche. Ya se ve:
tiene casa, comida, horas de recreo... ¡Pica, hija,
pica! Verá usted, Verjeles, verá usted cómo me ha
puesto el pecho de ronchas.
CARMEN. Papá, por Dios...
DON TOMÁS. ¡Míralo tú!... Parece la fachada
vieja del Ayuntamiento. ¡Oh, qué hermosura de
verano! ¿No es verdad, Verjeles? Las noches... la
luna... el aire el huerto orea... ¡Mucho, mucho!
¿Vamos, hombre! ¡hasta la vergüenza se pierde
en este tiempo; para que usted se entere!
V E R J E L E S . Y en invierno también.
150 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DOÑA ROSA. ¡Toma! y hay quien no la tiene en
las cuatro estaciones.
DON TOMÁS. Señor, no es eso; es que aca-
bamos de ver á la gorda de ahí enfrente en
camisa.
Dona Rosa y Carmen sueltan la carcajada.
DOÑA ROSA. ¡Qué cosas dices, hombre!
DON TOMÁS. Ah, ¿no lo creen ustedes? Verje-
les, ¿no es verdad?... Pero, señor, no se ponga us-
ted colorado... ¡Ni que fuera usted el que andaba
en paños menores!
V E R J E L E S . (¡También es gana de que se lo
figuren á uno en calzoncillos!) Hoy está usted dia-
bólico, don Tomás. Me retiro.
CARMEN. Está tremendo. Y usted toma tan en
serio todo lo que dice...
V E R J E L E S . ¿En serio? ¡Qué disparate! Yo na
tomo en serio más que una cosa en este mundo.
CARMEN. S Í ; las citas del señor gordo.
V E R J E L E S . Carmencita...
CARMEN. La prueba es que nos deja usted y s e
va á verlo.
DOÑA ROSA. Eso está más claro que el agua.
V E R J E L E S . " ¿Usted también? Vaya, hoy no ten-
go aquí más que enemigos.
DON TOMÁS. Bueno, pues del enemigo el con-
sejo. Deje usted á Morrillo, vayase usted á su casa,
póngase usted en calzones blancos...
V E R J E L E S . (¡Y dale!)
DON TOMÁS. Tiéndase á la larga, eche una
buena siesta...
V E R J E L E S . S Í , SÍ, y á la vida ideal que la par~
COMEDIAS ESCOGIDAS 151
ta Un r a y o . . . Despidiéndose. D o ñ a Rosa... A Carm«iu
Rosa... á secas...
CARMEN. ¡Huy, á secas!
VERJELES, i Qué mala es usted! Don Tomás..»
Le coge una mano entre las suyas.
DON TOMÁS. Adiós, amigo, adiós.
VERJELES. me olvide usted.
NO
DON TOMÁS. Pierda usted cuidado. Pero no me
pase usted la mano por agua.
VERJELES. ¿Cómo? (¡Qué grosería!) A los pie»
de ustedes... (¡Parece mentira que de un esca-
rabajo haya salido una mariposa!) Vase por ia cancela.
DON TOMÁS. ¡ Caray, qué cataplasma de hom-
bre! Se pega más que un parche poroso. Ya le
temo tanto como á Currito. ¡Y mira que Currito!...
CARMEN. Pues tú tienes la culpa, papá. Se levan-
ta de la mecedora en que estaba y se sienta en otra junto á dona Rosa*
DOÑA ROSA. Sino le dieras alas...
DON TOMÁS. ¡Che, che, chenche! Me opongo á
toda discusión. Verjeles me ha quitado media-
hora de siesta y no estoy por perder más tiempo.
Déjase caer en la mecedora que ocupaba Carmen, j A h , q u é ga~*
nitas tenía de cogerla hoy!
DOÑA ROSA. ¿Vas á dormir ya?
DON TOMÁS. ¿Cómo ya, si hace tres noches que
no pego los ojos? Entre el calor y los mosquitos...
¡Otra delicia del verano! Todas las noches se me
cuela uno dentro del mosquitero. No marra. Y es
el mismo: lo conozco en la voz. Para mí que tiene
una puerta secreta.
CARMEN. YO también llevo dos ó tres noches
desvelada.
152 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS. Poca conversación, ¿eh? que quie-
ro dormirme.
Se balancea en la mecedora y Carmen también. Pausa. Aparecen tras
la cancela ALONSO y DIEGO.
ALONSO, A voz en grito. ¡Petraaa!
Todos se estremecen.
DON TOMÁS. ¡Maldito sea el demonio! ¿Una vi-
sita de la Algaba?
CARMEN. Con seguridad.
DOÑA ROSA. Y es la cuarta de hoy.
DON TOMÁS. Hombre, pues que señale Petra
un día de recepción,
ALONSO. Como antes. ¡ Petraaaa!
DON TOMÁS, imitándolo. ¡Ya vaaaa!
CARMEN. ¡Qué voz más agradable tiene!
Sale PETRIDLA por la puerta de la derecha muy corrida y va á abrir la
cancela.
PETRILLA. ES mi hermaniyo Alonzo, zeñito
Tomás.
CARMEN. Hija, pues llévalo á casa del afina-
dor.
DOÑA ROSA. NO quedarse ahí á la puerta, ¿eh?
Entrar en la cocina.
Entran en el patio Alonso y Diego. Alonso sigue á Petrilla, que va ha-
cia la cocina, y se detiene á saludar á los señoritos: Diego, que viste
uniforme de soldado de infantería, se queda detrás del biombo,
ALONSO. Tengan ustés mu güeñas tardes.
CARMEN. Buenas tardes.
ALONSO. Me alegro d e verlos á ustés t a n
güenos.
DON TOMÁS. Gracias.
ALONSO. ¿Están ustés güenos?
COMEDIAS ESCOGIDAS 153
DON TOMÁS. Pues, hombre, ¿no acaba usted de
decir que se alegra?...
ALONSO. ¿Cómo está usté, don Tomás?
DON TOMÁS. ¿Yo? Deseando dormirme, hijo de
mi alma.
PETRILLA. Impaciente, Vente, Alonziyo.
ALONSO. Ya á la zeñita Carmen y á la zeñita
Roza las veo tan güeñas...
DOÑA ROSA. S Í ; vamos tirando.
ALONSO. ¿Zigue usté güeña, doña Roza?
DON TOMÁS. (¿Otra vez?)
ALONSO. Ya á don Tomás y á la zeñita Car-
men los veo tan güenos...
CARMEN. S Í , hombre; todos bien.
ALONSO. ¿Y usté está güeña, zeñita Carmen?
DON TOMÁS. (¿Querrá un certificado del mé-
dico?)
ALONSO. Ya á la zeñita Roza y á don Tomás...
CARMEN. S Í , los ve usted tan buenos,..
DOÑA ROSA. Andar, andar á la cocina.
ALONSO. APetra. Oye, tú, que entre eze.
DON TOMÁS. ¿Cómo ese? Pero ¿viene otro?
ALONSO. ¡Dieguiyo!
DIEGO. ¡Eh!
ALONSO. ¡Entra!
PETRILLA. E Z un paizano... que es melitá...
DIEGO. ¿Dan ustés zu permizo?
DON TOMÁS. ¡Adelante, hombre! ¡Y dejadme
dormir con cien mil de á caballo!
DIEGO, Presentándose. Tengan ustés mu güeñas
tardes. Me alegro de verlos á ustés tan güenos...
DON TOMÁS. (¡Adiós! ¡Trae el mismo estilo!)
154 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DIEGO. ¿La familia güeña?
DOÑA ROSA. S Í , señor, sí.
DIEGO. ¿Y por caza?
CARMEN. ¿Por qué casa?
DON TOMÁS. ¡Anda! Pues si le objetas f no aca-
ba en un mes.
PETRILLA. ¿Queréis venirze?
ALONSO. Mujer, déjalo que zalude.
DIEGO. ¿Tienen ustés argo que manda á zu,
zervidó?
DOÑA ROSA. Nada, nada; que se vayan ustedes.
DIEGO. Pos que no haiga ninguna novedá.
ALONSO. Me alegro de verlos á ustés tan
güenos.
DIEGO . Expr ezion es.
Entran en la cocina con Petra.
CARMEN. Y luego dirán que no son finos en la
Algaba.
DON TOMÁS. Jesús, qué desesperación! Basta
que uno quiera dormir...
Un VENDEDOR DE GAFAS grita desde la cancela, con voz gangosa y gra»
ve, y acento catalán.
VENDEDOR. Gafas de cristal de roca.
D O N TOMÁS. Fuera de sí. i Vaya usted á paseo!
VENDEDOR. Imperturbable. Quevedos baratos.
DON TOMÁS. ¡NO se quiere nada!
VENDEDOR. Anteojos, lentes...
DON TOMÁS. ¡Pero, hombre!
VENDEDOR. Gemelos de teatro...
DON TOMÁS. Levantándose desesperado y yendo á la can-
cela. ¿Cómo se le va á decir á usted que vemos todos
bien?
COMEDIAS ESCOGIDAS 155
VENDEDOR. Usted perdone. Vase.
DON TOMÁS. ¡Qué tostón de tío! ¡Voy á poner
un guardia civil detrás de la puerta!
CARMEN. Papá, no es para tanto...
DOÑA ROSA. El pobre señor tiene que ganarse
la vida.
DON TOMÁS. ¡Que se muera! Soplando fuerte. ¡Yo
ya estoy loco de calor! Llamando y sentándose. ¡Petra!
¡Uí! ¡cómo sudo!... ¡Petra!
DOÑA ROSA. ¿A qué la llamas, hombre?
Sale PETRA.
DON TOMÁS. ¡Tráeme una talla de agua hasta
arriba!
Vase Petra.
CARMEN. ¿Más agua, papá?
DOÑA ROSA. Tomás, por Dios, que luego sudas
doble...
DON TOMÁS. ¡Pero si estoy seco, señor! ¡Si e s -
toy abrasado! Vuelve PETRILLA con una talla de agua que le da á don
Tomás. T r a e a c á , P e t r i l l a . . . Después de beber un poco. ¡Qué
r i c a e s t a ! Continúa bebiendo largo rato.
DOÑA ROSA. Vas á criar ranas en el estó-
mago.
DON TOMÁS. Mientras bebe. Mejor.
CARMEN. Papá, me da fatiga verte.
DON TOMÁS. Con satisfacción ¡Ay!... Ten ahí...
Le de vuelve'la^ talla á Petrilla y ésta' se va.
CARMEN. ¿Te la has bebido toda?
DON TOMÁS, ¡Toda! Y ahora es peor, lo verán
ustedes.
DOÑA ROSA. Ya te lo dije.
DON TOMÁS. ¡Míralo! ¡Ya estoy sudando á cho-
156 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
rros! En fin, con tal de quedarme dormido... ¡Uf!
No puedo aguantar ni la americana, se la quita y la tira
lejos.
CARMEN. La verdad es que hoy hace un día de
calor...
DOÑA ROSA. Estamos aclimatándonos para el
Purgatorio.
DON TOMÁS. Callarse ya.
DOÑA ROSA. Ya nos callamos, á ver si ca-
llas tú.
Don Tomás y Carmen tratan de dormirse. Pausa.
DON TOMÁS. ¡ Qué siestecita más hermosa
voy á echar hoy!
CARMEN. ¡Jesús!
DOÑA ROSA. Cabeceando. Me parece que yo tam-
bién la entrego.
Pausa, Los tres se van quedando dormidos. Hablan entre dientes, á
media voz y sin abrir los ojos.
CARMEN. Tosiendo levemente. Ejem, ejem...
DON TOMÁS. NO tosas, hija.
DOÑA ROSA, i Qué fastidioso te pones, Tomás!
Nueva pausa.
DON TOMÁS. Rosa, Rosa...
DOÑA ROSA. Qué.
DON TOMÁS. ¿Estás ya dormida?
DOÑA ROSA. SÍ.
DON TOMÁS. Mujer, me extraña mucho la res-
puesta...
DOÑA ROSA. Hijo, pues más me extraña á mí la
pregunta...
Pausa.
DON TOMÁS. Carmen.
COMEDIAS ESCOGIDAS 157
CARMEN. ¿Qué, papá?
DON TOMÁS. Si te duermes antes que yo, me la
avisas, para que no haya luego discusiones.
CARMEN. Bueno.
Pausa.
DON TOMÁS. Dándose una bofetada de repente, i Ladrón t
C o n d e n a d o s m o s q u i t o s . . . Se le sale del pie una zapatilla.
Pausa.
DOÑA ROSA. A Carmen, despabilándose un poco. O y e , n O
vayas á soñar en alta voz con Pepe Romero, como
ayer. Advirtiendo que no la oye y tornando á dormir. A la Otra
puerta.
Pausa larga. Se oye en la calle, un poco lejos, el pregón lento y caden-
cioso del TÍO DE LOS PEJE-REYES.
Tío. ¡Y... qué... vivos... los... peje... reyes/
DOÑA ROSA. Las cuatro.
Tío. Algo más lejos. ¡Pe... je...re... yes...y...qué...
vi... vos!...
Don Tomás empieza á roncar. Poco después llega CURRITO á la can-
cela y llama. Al sentir el timbre se despiertan los tres sobresaltados y se
miran con estupor. PETRILLA sale á abrir.
DON TOMÁS, i Por vida del diablo!
CARMEN. ¿Será visita?
DON TOMÁS. Mujer, por Dios, ¿á estas horas?
CURRITO • A Petrilla, que le abre la cancela. ¿ E s t a n 10 S
zeñores?
, CARMEN, DOÑA ROSA y D O N TOMÁS. Llevándose las>
manos á la cabeza. ¡ C u m t o !
PETRILLA. Z Í , señó; paze usté.
Pasa Currito, y mientras deja en el perchero el sombrero y el bastón^
Carmen, Dona Rosa y Don Tomás se arreglan precipitadamente maldi-
ciendo de él. Petrilla se va.
158 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS* Buscando y poniéndose su americana y la babu-
cha que se le salió, ¡Mal r a y o l o p a r t a !
CARMEN. ¡Ay, qué sinapismo de niño!
DOÑA ROSA. ¡Mire usted que es mucha jaqueca!
DON TOMÁS. ¡Lástima de tabardillo pintado!
CARMEN. ¡Antipático!
DOÑA ROSA. ¡Burro!
Al presentarse Currito, cambia la decoración bruscamente y ío reciben
con cara de Pascuas.
DON TOMAS. ¡Currito!
DOÑA ROSA. ¡Tanto bueno por aquí!...
CARMEN. ¡Dichosos los ojos!...
CURRITO. Un poco cortado. Buenas noch... digo
días, ¡tardes! ¿Cómo zigue usted, doña Roza?
DOÑA ROSA. Bien, ¿y tú, hijo?
CURRITO. YO bien, gracias. ¿Y usted, don
Tomás?
DON TOMÁS. ¡Tan famoso! (Y dormido por den-
tro y por fuera.)
CURRITO. ¿Y usted, Carmencita?
CARMEN. Perfectamente, Curro.
DOÑA ROSA. ¿NO te sientas?
DON TOMÁS. ¡Ya lo creo que se sienta, mujer!
(¡Lo que no hará será levantarse en mucho tiem-
po!)
CURRITO. sentándose junto á Carmen. Con permizo de
ustedes. (Está la niña hoy que tira de espardas«
Como pueda, me arranco.)
CARMEN. Vaya, vaya, con Currito.
DOÑA ROSA. ¿Qué hay, Currito?
DON TOMÁS. ¿Qué lo trae á usted por aquí,
Currito?
COMEDIAS ESCOGIDAS 159
CARMEN. Ya lo echábamos á usted muy de
menos, Currito.
DON TOMÁS. ¡Mucho! Sobre todo hoy. No hace
dosjminutos que estábamos diciendo: pero, hombre,
¿qué hará Currito que no viene? ¿Verdad, tú?
CURRITO. Por lo visto ustedes no zaben que he
estado fuera.
CARMEN. Ni una palabra.
DOÑA ROSA. Y ¿para qué has vuelto, hijo mío?
CURRITO. ¿Eh?
DOÑA ROSA. Con el calor que hace en esta
Sevilla...
DON TOMÁS. Llevamos un verano horrible... Si
sigue así yo no llego á la caída d e la hoja, invitándo-
lo á que le toque la espalda. Mire usted, mire usted cómo
estoy.
CURRITO . Pues no me lo exp] ico... en este patio
tan'hermozo... ¡En la calle quiziera yo verlo á usted!
DON TOMÁS. (¡Toma! y yo á ti, ¡asesino!) Se sien-
ta en la mecedora en que estaba.
CARMEN. (¡Ay, me p e s a cada párpado una
arroba!)
CURRITO. ¿Usted ziempre ha zentido mucho el
calor, verdad, don Tomás?
DON TOMÁS. ¡Muchísimo! El calor... y SUS na-
turales consecuencias...
CURRITO. ¿Y á usted, doña Roza, qué le gusta
más, el verano ó el invierno?
DOÑA ROSA. El invierno. Se sale poco de ca-
sa... no hay que hacer visitas...
CURRITO. A Carmencita le agradará más el ve-
rano...
160 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS. (Pero ¿para esto ha salido un hom-
bre de la fonda á todo sol y ha venido á despertar
al prójimo?)
CURRITO. ¿Qué dice usted á ezo, Carmencita?
CARMEN. Que el verano me parecería adora-
ble si no hubiese moscas...
CURRITO. Pues yo á las moscas no les temo.
DON lOMÁS. Como dándole mucha importancia al caso. ¡ C a -
ramba, hombre!
CURRITO. A las pulgas zí.
DON TOMÁS. (Si pudiera yo soltarte la que ten-
go abonada...)
DOÑA ROSA, A Carmen. (Que te duermes, niña:
úntate saliva en las orejas.)
CARMEN. Obedeciéndola con disimulo y despabilándose. ¿ I
qué tal le ha ido á usted por el pueblo, Currito?
DOÑA ROSA. NO le habrá ido muy bien cuando
ha vuelto tan pronto...
CURRITO. E S que hay cozas aquí que tiran de
uno.
DON TOMÁS. ¡Hola, hola!
CARMEN. ¿Esas tenemos?
CURRITO. (Zi no estuvieran delante los viejos,
me arrancaba.)
DOÑA ROSA. Pues á nosotros nos habían dicho
que te había enganchado una de allí.
CURRITO. ]En zeguida! No me enrucho yo tan
fácilmente.
CARMEN. ¿Que no se enrucha usted? ¿Y qué
es enrucharse, Currito?
CURRITO. iComo que no lo zabe usted mejor
que yo!
COMEDIAS ESCOGIDAS 16!
CARMEN. ¡YO qué he de saber eso!
CURRITO . ¡ Guazona!
DOÑA ROSA. (¡Se anima el hombre! A Carmen.
¡Niña, no le des cuerda!)
D O N TOMÁS. Desperezándose un poco y como quien no pre-
gunta nada. ¿ Q u é h o r a s e r á y a ?
DOÑA ROSA. LO menos son las cinco.
CURRITO. ¡Ca! A las cinco tengo yo que irme.
Mirando su reloj. No zon más que las cuatro y cuarto»
DOÑA ROSA. ¡Jesús!
DON TOMÁS. (¡Ea! ¡Pues ya sabemos del mal
que hemos de morir!)
CARMEN. (YO voy á poner una escoba detrás
de la puerta.)
Pausa. Don Tomás, Carmen y dona Rosa, hacen esfuerzos para no
dormirse.
CURRITO. Queriendo reanimar la conversación. BuenO y
bueno, bueno...
DON TOMÁS. ¡Je!
CURRITO. Anoche estuve en el teatro.
D O N TOMÁS. ¡Je!
DOÑA ROSA, A carmen. (Ya no sale tu padre del
¡je! hasta que se vaya.)
CARMEN, A doña Rosa. (Y hace bien: hay que ape-
lar á los monosílabos.)
CURRITO. Pues zí; es buena compañía...
DON TOMÁS. ¡Je!
CURRITO. Y me gustó mucho la obra...
DOÑA ROSA. ¿SÍ?
CURRITO. Z Í . Y ezo que tuve que pagar reven-
dedores... ¡Je, je!... Tiene, tiene gracia... Verán
ustedes... Primero zale uno... y luego zale otro..*
11
162 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
y cree que el otro ez otro... ¡Je, je! Ze arma un
lío muy graciozo, y al final ze cazan y ze descu-
bre ¿o... ¿Ustedes no han ido?
DON TOMÁS. NO.
CURRITO. ¿Todavía no?
DON TOMÁS. No.
CURRITO . Pero ¿irán ustedes?
DON TOMÁS. ¡Je!
Pausa.
CURRITO. Carmencita ze ha quedado dormida.
DOÑA ROSA. S Í .
CURRITO. NO ez extraño...
DON TOMÁS. ¡Qué ha de ser extraño!
CURRITO. Con el calor que hace y la...
DON TOMÁS. S Í . . ,
CURRITO. Porque está pezadillo el día...
DON TOMÁS. S Í . . .
Doña Rosa hinca el pico, don Tomás lucha en vano contra el sueno,
y Currito, contagiado también, arrastra lánguidamente la conversación,
hasta que se queda cuajado.
CURRITO. Doña Roza sigue el ejemplo de Car-
men...
DON TOMÁS. ¡Je!
CURRITO. Y usted también tiene ojillos de
zueño...
DON TOMÁS. ¡NO!
CURRITO. Como es la hora de la ziesta...
DON TOMAS. Je!
CURRITO. ¿Ustedes duermen ziesta?
DON TOMÁS. Si nos dejan, sí...
CURRITO. Je!
DON TOMÁS. Lo que tiene que no nos dejan...
COMEDIAS ESCOGIDAS 163
CURRITO. ¡Je!
DON TOMÁS. ¡ J e ! Pausa. Los cuatro duermen. De pronto
don Tomás abre un ojo, ve á Ourrito dormido, se indigna y se levanta y
llama á dona Rosa en voz baja. Rosa... Rosa...
DOÑA ROSA, despertando. ¿Qué quieres?
DON TOMÁS. Señalando á Currito. Mujer, ¿tú no ves
esto?
DOÑA ROSA. ¡Se ha dormido! ¡Qué poca ver-
güenza, señor!
D O N TOMÁS» Llamando á Carmen lo mismo. Carmen...
Carmen...
CARMEN. Despertando. ¿Qué ocurre?
DON TOMÁS. ¡Mira!
CARMEN. ¡Digo! ¿Le parece á usted?
DON TOMÁS. Amenazándolo con los puños cerrados. ¡ Mal-
dito sea!...
CARMEN. Ahora verás tú. Á dormir que se
V a y a a SU C a s a . Se levanta, se sienta al piano y toca fuerte unas
«scalas.
CURRITO. Despertándose sobresaltado. ¡ E h ! ¿Quién
toca?
• DOÑA ROSA. Esta. Pero no te preocupes.
D O N TOMÁS. Siga, siga usted.
CURRITO. Levantándose corrido. No... no... me voy
ya... porque... porque ze están ustedes durmien-
do... y yo también.
DON TOMÁS. (¡Gracias á Dios!)
CARMEN. Hay aquí tan pocas distracciones...
CURRITO. (¡Me la zortó/J Despidiéndose. Pues...
doña Roza...
DOÑA ROSA. Adiós, hijo mío; que descanses.
CURRITO. Don Tomás...
164 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS. Adiós, pimpollo. (¡Me parece men-
tira que te largas!)
CURRITO. Carmencita... Hasta luego: vendré á
la noche...
CARMEN. Ya más despabilado, ¿no?
CURRITO. ¡Je, je! Bajo á carmen. Tengo que hablar
con usted á zolas.
CARMEN. (¡Pues era lo único que me faltaba!)
DOÑA ROSA. Acompáñalo á la cancela, Tomás.
DON TOMÁS. Obedeciendo. Descuida, mujer. Eso
es cuenta mía.
CURRITO. NO ze moleste, no. Coge su bastón y un
sombrero que no es el suyo.
DON TOMÁS. Me parece que se lleva usted mi
sombrero...
CURRITO. Hombre, es verdad. Cambiándolo. El mío
ez este. Usted perdone el calambur.
DON TOMÁS. Adiós, buen mozo.
CURRITO. Con Dios, se va por la cancela.
Viene de la calle DOLORES, que habla primero desde dentro.
DOLORES. NO sierre usté, señorito don Tomás.
Sale por la cancela, y la deja entornada.
DON TOMÁS. ¿Qué hacías tú en la calle? Volviendo
al lado de Carmen y dona Rosa, seguido de Dolores. ¿ H a n VÍstO
ustedes en su vida un paso por el estilo?
DOLORES. Muy afligida. Er señorito Pepe Romero
viene ahí.
CARMEN. ¿Qué?
DON TOMÁS. ¿Otro? Pero, hombre, ¿es que la
humanidad tiene empeño en que yo no duerma?
DOLORES. Viene á despedirse: creo que se va
mañana.
COMEDIAS ESCOGIDAS 165
DOÑA ROSA. Levantándose. ¿Que se va?
DOLORES. (¡Me deja sin novio!)
DON TOMÁS. ¡Pues que se despida de su abue-
la! ¡Se acabó! ¡Yo no quiero verlo! vase refunfuñando
por la escalera.
CARMEN. ¡Ni yo tampoco!
DOÑA ROSA. ¡ Muchacha!
CARMEN. Déjeme usted, tía. vase por la puerta de i
forot
DOÑA ROSA. Se van los dos... ¿Qué dirá el otro
al verme sola?... Después de todo, puede que no
lo sienta.
PEPE ROMERO llega á la cancela y llama.
DOLORES. Er señorito es.
En voz baja.
DOÑA ROSA. Abre y vete, Dolores.
DOLORES. Acercándose á la cancela primero, y yéndose después
por la puerta de la derecha. E m p u j e U S t é , SetíoritO; nO e s t á
serrao. (Escuchando me queo detrás e la puerta.)
DOÑA ROSA. Impulsando violentamente una de las mecedoras
y sentándose al lado en una silla. Q u e COnOZCa q u e S e a c a b a
de ir.
PEPE. ¡Mi amiga doña Rosa!
DOÑA ROSA. ¡Pepe! ¿Cómo tú por aquí, per-
dido?
PEPE. ¿Y Carmen? Reparando en el movimiento de la
mecedora. ¿Estaba en esta mecedora?
DOÑA ROSA. ¿Te importa á ti algo Carmen?
P E P E . Cuando le pregunto á usted por ella...
cuando vengo...
DOÑA ROSA. S Í , sí... Pero siéntate, hombre.
Pepe se sienta en la mecedora. Y d i m e , ¿ á q u é d e b e m O S e l
honor...? Yo estaba por mandar que repicaran gor-
166 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
do. Por lo menos que Petrilla arme ruido con el
almirez.
PEPE. ¡Ja, ja! Veo que gana usted en buen
humor con los años.
DOÑA ROSA. Vaya, hombre, te ha faltado tiem-
po para llamarme vieja. Bueno, bueno; yo me ven-
garé.
P E P E . Tiene que ser muy pronto.
DOÑA ROSA. ¿Pronto? 9
PEPE. S Í , señora; porque vengo de despe-
dida.
DOÑA ROSA. ¿Adonde te vas?
P E P E . A Valencia.
DOÑA ROSA. ¿Cuándo?
P E P E . Mañana.
DOÑA ROSA. Pues si te vas mañana á Valencia t
¿á qué vienes aquí? ¿No has podido despedirte de
otra manera?
P E P E . Despedirme, sí; pero como yo vengo á
algo más...
DOÑA ROSA. ¿TÚ?
PEPE. Sí, señora; vengo á saber si vuelvo muy
pronto ó si me marcho para siempre.
DOÑA ROSA, Y qué serio lo dices, hombre.
Cualquiera que no te conociese... te creería.
PEPE. ¿Usted no?
DOÑA ROSA. YO no. Pero explícate: ¿cuál es tu
plan? ¿de quién depende en esta casa...? ü
PEPE. ¿Quiere usted que le regale el oído?
DOÑA ROSA. ¿De mí, quizás?
PEPE. De usted... y de Carmen.
DOÑA ROSA. ¿Ahora estamos en eso?
COMEDIAS ESCOGIDAS 167
P E P E . Por Dios, doña Rosa, sáqueme usted de
dudas... ¿Se acuerda alguna vez de mí?
DOÑA ROSA. Muchas. Pero es para ponerte
como un trapo. Por supuesto, yo creo que está
benévola.
P E P E . Cierto; mi conducta... Pero, enfin,con
tal que se acuerde...
DOÑA ROSA. SÍ, aunque te llame perro judío...
Lo que dice Verjeles:
Ya que así me miráis, miradme al menos.,.
La verdad es que te has portado como un gitano.
Y ahora lo menos pretenderás...
P E P E . Hablar con ella... que me escuche...
DOÑA ROSA. ¡Hipocritón!
PEPE. NO, doña Rosa: crea usted que soy sin-
cero. Es que no puedo más; es que me abruma esta
carga de remordimientos, de alfilerazos... ¡Cuida-
do que hace falta ser bruto para reñir con Carmen!
DOÑA ROSA. Muy bruto: en eso estaba yo.
PEPE. ¡Mucho más de lo que usted se figura!
DOÑA ROSA. E S que yo me figuro mucho.
PEPE. Mire usted, señora: yo he sido toda mi
vida un botarate: palabra de honor.
DOÑA ROSA. Veo que hoy te has levantado
conociéndote.
P E P E . He tenido novias por capricho, por pasar
las horas... á veces por fastidiar á un pretendiente
que me era antipático... por molestar á una mamá
que no podía tragarme, y las he dejado como la
cosa más natural del mundo... como se deja el pa-
raguas para coger el bastón cuando ya no llueve.
168 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Eso hice con Carmen... ¿Quiere usted más lealtad
en mí? Pero ahora me encuentro con que ella es
otra cosa...
DOÑA ROSA. S Í , lo que es un paraguas no ha
sido nunca.
P E P E . Con que la dejé sin deber dejarla; con
que la quiero olvidar y me acuerdo de ella á todas
horas; con que estoy loco; con que no duermo; con
que no vivo... Y á todo esto mi padre me manda
llamar desde Valencia por un telegrama que arde
en un candil... Y yo no me voy sin pedirle á Car-
men que me perdone. Exaltándose. ¡Y si no me per-
dona me doy un tiro, y á ella dos, y tres al papá,
y á usted seis!
DOÑA ROSA. ¡ Jesús, hijo! Como vienes de des-
pedida, vienes de tiros... largos.
P E P E . Bueno: déjese usted de bromas.
DOÑA ROSA. Ah, pero ¿eso de los tiros va en
serio?
P E P E . Casi, casi. Yo necesito hablar con Car-
men esta noche.
DOÑA ROSA. Pues ven y habla,
P E P E . No se haga usted la sorda... Ayúdeme
usted...
DOÑA ROSA. NO debía, porque no me gusta
meterme en ciertos asuntos... Sin embargo, basta
que se trate de mi sobrina, para que yo...
P E P E . Dios se lo pague á usted.
DOÑA ROSA. Acude esta noche á la reja á eso
de la una.
PEPE, ¿Saldrá Carmen?
DOÑA ROSA. Si no sale ella, saldré yo.
COMEDIAS ESCOGIDAS 169
PEPE. Ya comprenderá usted que no me da lo
mismo.
DOÑA ROSA. ¿Y qué vamos á hacerle? Suponte
que no la convenzo...
PEPE. ¡Por Dios, doña Rosa!...
DOÑA ROSA. NO; y si no habéis de hacer las
paces, más vale que no salga á la reja.
PEPE. LO que es como salga, las hacemos. Me
verá humilde, noble, franco, serio, leal, decidido
á todo... ¡Yo soy hombre que se lleva un cura de-
bajo del brazo... y nos casa allí!
DOÑA ROSA. ¡Qué loco!
PEPE, Levantándose y abrazándola. ¡ A y , t í a ! porque
usted ya es mi tía—¡me devuelve usted la tranqui-
lidad! ¿A la una, eh? ¡Esto ya es vivir!...
DOÑA ROSA. Levantándose también. Baja la voz; que
no se entere nadie. No quiero q u e se entere
nadie.
P E P E . Ni yo tampoco. Nadie.
Sale DOLORES por la puerta de la derecha y se encamina á la escalera,
por donde luego se va, mirando de reojo á Pepe. Trae en la mano una
copula con alhucema, humeando.
DOÑA ROSA. ¡Pero qué manía tienes tú de sa-
humerios á todas horas! ¿Adonde vas con eso?
DOLORES. Arriba, señorita; que ha hecho Na-
poleón una de las suyas...
DOÑA ROSA. Sí, para quien te crea... (Lo que
tú quieres es ver si pescas algo.) Aguarda un mo-
mento. A Pepe en voz baja. Oye.
PEPE. Qué.
DOÑA ROSA. TÚ, pase lo que pase, ¿te irás ma-
ñana?
170 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
PEPE. Creo que sí.
DOÑA ROSA. ¿Quieres despedirte de mi herma-
no Tomás?
P E P E . ¡Desde luego! Todo lo que sea suavizar
asperezas...
DOÑA ROSA. Me parece muy bien, A Dolores. Dile
á mi hermano que baje, que el señorito Pepe quie-
re despedirse de él.
DOLORES. (¡Na, que se las guiya; que me deja
er mu perro sin mi Esteban!) Sube.
DOÑA ROSA. Y tú espera un poco, que ahora
salgo.
PEPE. ¿Adonde va usted?
DOÑA ROSA. También es mucha curiosidad...
PEPE. Usted perdone.
DOÑA ROSA. (A ver qué hace esa pobre mu-
chacha...) Vase por la puerta del foro.
Sale PBTRTLIÍA por la puerta de la derecha con una botella en la mano,
y se va por la cancela, dejándola entornada. Hasta que se va no le quita
ojo á Pepe.
P E P E ; Las criadas me miran como una cosa
rara... Se conoce que les sorprende mi presencia
aquí... Y la verdad es que hubiera sido una estu-
pidez—¡la mayor de todas!—marcharme sin decir
una palabra... sin intentar siquiera... ¡Qué conten-
to estoy!... En este patio... que es el suyo... donde
he entrado tantas veces como un animal... Sí,
porque yo hasta ahora no he visto bien lo bonito
que es este patio... ¡Cuidado que es bonito de v e -
ras!... ¡Y qué alegre!... ¡y qué limpio!... ¡y qué
fresco!... Suspirando. ¡Ay!... Hombre, el piano abier-
to... El mismo de la casilla de la feria... Si este ha-
COMEDIAS ESCOGIDAS 171
blara... Distraído pone una mano sobre las teclas y suenan, jCaS—
caras! ¡que me pareció que iba hablar! se acerca á ver
los papeles que hay en el atril. ¡ Q u é g r a d a t i e n e ! E l V a l s
que tocaba para darme á entender que iba á las
Delicias sin su padre.. . Coge un abanico que hay sobre el piano.
Este abanico es suyo... no hay más que verlo...
Se hace aire con éi. ¡Qué aire tanrico!... La verdad es
que me estoy volviendo un poco poeta... De pronto
deja de hacerse aire y principia a pasar una por una las varillas del abani-
co, hasta que lo cierra del todo. ¡ B a h ! ¡qué tontería! ¿Pues
no dice el abanico que no me quiere? Lo deja.
Vuelve DOÑA ROSA.
DOÑA ROSA. Mira, Pepe, ahora mismo tomas
el tren y te vas á Valencia.
P E P E . Alarmado. ¡Señora!
DOÑA ROSA. ES inútil cuanto se haga. He visto
á Carmen... No quiere oírte, ni verte, ni enten-
derte.
PEPE. Pero ¿usted le ha dicho que yo...?
DOÑA ROSA. Inútil, inútil todo. Ah, y lo que es
con la salidita á la reja no sueñes.
PEPE. Entonces, ¿qué vamos á hacer?
DOÑA ROSA. Ven luego á la tertulia... y ya ve-
remos.
PEPE. ¿Cómo he de venir, doña Rosa, con la
gente que aquí se reúne? El moscón de Verjeles,
el animal de Currito...
DOÑA ROSA. Pues, hijo, no vengas... Yo no
puedo hacer más.
PEPE. Dice usted bien; vendré... ¿qué reme-
dio? Y si no consigo hablar con ella esta noche, le
escribiré á mi padre que me he roto el bautismo y
172 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
que me es imposible ponerme en marcha... Se aca-
bó. Conque hasta la noche.
DOÑA ROSA. ¿Te vas sin ver á mi hermano? Ahí
baja ya...
P E P E . ¿Y para qué, si he de volver luego? Lo
saludaré, sin embargo.
Por la escalera llega DON TOMÁS, despeinado y con un lado de la cara
muy rojo. Se conoce que dormía como un bendito y que lo acaban de
despertar.
DON TOMÁS. (¡La despedidita de Dios!... Me
ha cogido en lo mejor del sueño...)
PEPE. ¡Mi señor don Tomás! ¿cómo vamos?
DON TOMÁS. Así... medianamente... ¿Y usted?
Va á darle la mano y se la lleva á una pierna antes de que Pepe la estreche.
¡Ay! Usted perdone: se me ha dormido esta picara
pierna...
PEPE. (¡Como que vienes tú dormido de arri-
ba abajo!)
DOÑA ROSA. Hazte una cruz con saliva en la
babucha.
DON TOMÁS. ¡Qué cruz ni qué...! A Pepe. ¿Con-
que á Manila?
DOÑA ROSA. ¡A Valencia, hombre!
DON TOMÁS. Digo, á Valencia... Estornudando.
,|Ah... chis!... Ya lo he pillado... ¡Ah... chis!...
PEPE. ¡Jesús!
DON TOMÁS. Otra hermosura de esta época...
¿Ah... chis!... Cojo los catarros al vuelo... ¡Ah...
chis!...
DOÑA ROSA. ¡Vaya por Dios!
DON TOMÁS. ¡Ah... chis!... Así hasta nueve.
Es una fatalidad... ¡Ah... chis!... Seis.
COMEDIAS ESCOGIDAS 17$
PEPE. ¡Pero, hombre!...
DON TOMAS. ¡Ah... chis!... Siete. Hasta nueve,
ya digo. ¡Ah... chis!...
DOÑA ROSA. Ocho.
PEPE. (¡Me está poniendo más nervioso que
estaba!)
DON TOMÁS. ¡Ah... chis! ¡Y nueve! ¡El último
es atroz!
DOÑA ROSA. ¡Qué fastidio!
DON TOMÁS. Dándole ia mano á Pepe. Bueno, pues..*
ya sabe usted donde nos deja.
P E P E . NO, si á despedirme volveré luego.
DON TOMÁS. Estupefacto. ¿Cómo luego?
P E P E . A la noche... á la tertulia...
DON TOMÁS. Furioso. (Entonces ¿á qué porra me
han despertado á mí?)
PEPE. Despidiéndose. A d í Ó S , d o ñ a R o s a . . . Con sonrisa
muy acentuada. Don Tomás...
DON TOMÁS. Fingiendo «na sonrisa semejante. A d i Ó S . .
(¿Qué hago, lo ahogo?)
P E P E . Hasta la vista. Vase.
Momentos antes de irse Pepe, sale PETRILLA por la cancela y baja
DOLORES.
PETRILLA. (¡Ze va er mu mala zangre!)
DOLORES. (¡Se fué er mardito!)
DON TOMÁS. A Dolores, hecho un energúmeno. ¡ T Ú ! ¿pOf
qué me has llamado?
DOLORES. La señorita Rosa me lo mandó.
DON TOMÁS. Dando una vuelta y encarándose con su her-
mana. ¿Tú?
DOÑA ROSA. D é j a m e a h o r a . . . E s t á t u hija l l o -
r a n d o á l á g r i m a V i v a . . . Vase muy aprisa por la puerta del oro.
174 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS. ¿Mi hija?
DOLORES. ¿La señorita Carmen?
PETRILLA. jProbé zeñita Carmen!
D O N TOMÁS. ¿Y por ese pirata? ¡Bribón! ¡mala
persona!
DOLORES. ¡Ande usté y que se vaya con viento
fresco!
D O N TOMÁS. ¿Qué viento fresco? ¡Con más calor
que nunca!
PETRILLA. ¡Ajolá ze le pierda er baú!
DOLORES. ¡Ajolá escarrile!
D O N TOMÁS. ¡YO no le deseo más sino que se
C a s e COn U n a g o r d a ! Corriendo hacia la puerta del foro. ¡ P o -
brecita mía!
Petrilla y Dolores se miran consternadas.
F I N D E L ACTO P R I M E R O
ACTO SEGUNDO
La misma decoración del acto primero. Es de noche.
Las luces del patio, encendidas. Luz también en el
zaguán y en la escalera. La cancela está abierta du-
rante todo el acto.
DON TOMÁS y VERJELES juegan al ajedrez en primer término de la
derecha del actor. Junto á ellos, en segundo término, cuchichean DOÑA
VICENTA y CONCHITA. Más allá PLÁCIDO y REPOSO bostezan y se aburren,
el uno viendo un periódico ilustrado y la otra haciendo una labor de
aguja. A derecha é izquierda del piano dos parejas formadas por ANTO-
NIO y LOLA y PEPITA y JUANITO, charlan por los codos. En particular,
ANTONIO y LOLA están como hipnotizados mutuamente, DON APOLINAR
lee un periódico taurino de pie junto á la cancela. DON CRISTINO, CURRI-
TO y ROBERTO van de aquí para allá. DOÑA ROSA no aparece en escena.
Hombres y mujeres visten bien. Ningún detalle cursi. A telón corrido se
canta y se baila con acompañamiento de piano y castañuelas, la siguien-
te seguidilla:
Me dijiste veleta
por lo mudable:
si yo soy la veleta
tú eres el aire.
Que la veleta,
si el aire no la mueve
siempre está quieta.
Se oyen algunos «¡oles!> y muchas palmas á la terminación de la co-
pla, y entonces se levanta el telón. CARMEN y NIEVEOITAS aparecen en
medio del patio, como si acabasenfde bailar. MATILDITA sentada al piano»
CARMEN. Quitándose las castañuelas de los dedos. S e a c a -
bó: y a no bailo más.
NlEVECITAS. Lo mismo. Ni yo t a m p o c o . ;
176 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON CRISTINO. ¿Digo, eh? Ahora que se iba
animando esto.
CARMEN. ¿Quién es el ama de estos palillos?
MATILDITA. Y O . Déjalos aquí sobre el piano.
Carmen lo hace.
NIEVECITAS. Toma tú los tuyos, Conchita. Se
los da y se sienta á su lado.
CONCHITA, A doña Vicenta. Guárdatelos, mamá.
DON CRISTINO. Pues nos dejan ustedes con la
miel en los labios.
ROBERTO, A Carmen. ¿Quiere usted que bailemos
los dos?
CARMEN. Sentándose á la izquierda, en primer término. Ay,
no, Roberto; si estoy cansadísima... Baile usted
con Matilde.
MATILDITA. Entonces ¿quién va á tocar el piano?
ROBERTO. Dice usted muy bien. Bailaré con
Concha.
CONCHITA. En tono de burla. Tendrás que quitarte
el chaqué.
ROBERTO. Espantárame á mí que no se habla-
ra del chaqué.
NIEVECITAS. La verdad q u e es un poquillo
largo.
CARMEN. ¡Parece una casulla!
Todos serien.
MATILDITA. Pasando al lado de Conchita y sentándose. ¿ L e
ha costado á usted mucho, Roberto?
ROBERTO. Ya, ya está armada.
DON CRISTINO. ¡LO trae como ventilador!
Nuevas risas.
CURRITO. ¡Valiente pitorreo!
COMEDIAS ESCOGIDAS 177
CARMEN. Y hay que agradecérselo. Yo, cuanda
pasa por mi lado, siento un fresquito...
DON TOMÁS. S Í , SÍ; fresco esta noche... No se
mueve una paja... ¡Maldito sea el calor!
Currito se dedica á rondar á Carmen, sin atreverse á sentarse junto á
ella, y como pensando el modo de entrar en conversación. Verjeles lo
mira con recelo de cuando en cuando.
V E R J E L E S , A don Tomás. Usted
juega.
DON TOMÁS, A Verjeles. Jaque al rey. Rey y rei-
na, amigo mío. Lo he reventado á usted.
V E R J E L E S . ¡Diablo! es verdad... ¿Y qué hago
yo ahora?
ROBERTO. Por meterse en todo. Llevar el rey á la
negra; no hay otra salida. A esta blanca no puede
ir; y jugando lo que yo le digo á usted pierde don
Tomás un caballo, porque...
DON TOMÁS. ¿Quiere usted callar? Si voy á ju-
gar contra toda la tertulia...
DON APOLINAR, con voz campanuda y tono solemne. ¡Ca-
ramba, caramba! Leyendo. «El cuarto saltó la barrera
frente al uno...» ¡Demonio, demonio! Continúa leyendo
entre dientes.
CURRITO. (Pues, zeñor, eze Verjeles no me qui-
ta ojo.)
NIEVECITAS. Oiga usted, don Cristino,
MATILDITA. ¡Don Cristino!
CONCHITA. ¡Don Cristino!
DON CRISTINO. Acercándose á eiias. Manden
al viejo
las rositas de Jericó. ¡Ay, qué veinte añitos me
están haciendo falta!
NIEVECITAS. ¿Veinte más, don Cristino?
DON CRISTINO. N O , hija de mi alma; cuarenta
12
178 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
menos. (¡Vaya un saracatepeque el de esta chis-
pa!) Por el pecho.
NIEVECITAS. ¿Cómo ha dicho usted que es el
tango de moda?
DON CRISTINO. ¿Cuál? ¿el de la «capucha y
vente»?
CONCHITA. S Í .
DON CRISTINO. Hacedme un huequecito. se coloca
entre ellas.
MATILDITA. Vamos á ver, vamos á ver.
CONCHITA. Mamá, no te duermas; ya verás qué
bonito es ese tango.
DON CRISTINO. Y que lo canto yo como los án-
geles.
NIEVECITAS. Vamos allá.
Sale DOÑA ROSA por la puerta del ioro y se detiene á oir á don Cristino.
DON CRISTINO. Cantando á media voz,
Si alguna vez tú riñeras
por causa mía
con toa tu gente...
¡Gracioso!
Por los ojos de tu cara
coge la capucha y vente...
¡Gracioso!
Tú eres la tonta inocente,
tú eres la tonta perdía,
que por estar con tu gente
no estás á la vera mia.
i Los hombres!
DOÑA ROSA. ¡Qué mal lo hace usted, don Cris-
tino!
COMEDIAS ESCOGIDAS 179
DON CRISTINO. ¡Señora!
NIEVECITAS. Lo que lo canta es al pelo.
MATILDITA. Muy r e q u e t e b i é n ; diga usted
que sí.
DON CRISTINO. Tomándole iacara. ¡Gracias, pim-
pollo!
DOÑA VICENTA. Pues yo le encuentro mucha
guasa al tango ese. Tangos los de Cádiz.
ROBERTO. Para tango bonito aquel que dice:
Cantando.
Jerez de la Frontera,
tuya es la fama...
DON CRISTINO. Huyendo. ¡Hombre, por Dios, si
eso es más viejo que el cocido de papas y gar-
banzos!
ROBERTO. Bueno, pero...
DON CRISTINO. Nada, no le dé usted vueltas.
ROBERTO. ¡Qué famoso es este don Cristino!
Don Cristino se pone á hablar con dona Rosa, refiriéndose á Carmen.
Roberto se queda en el grupo formado por las muchachas y doña Vicen-
ta, donde se habla por los codos y se ríe sin cesar.
DON APOLINAR. ¡ Caramba, caramba! Leyendo.
«Lo alcanzó al rematar un quite...» ¡Demonio, de-
monio! «La herida es de pronóstico reservado...»
¡Mala cosa, Lechuguita¡ mala cosa!... sigue leyendo.
DOÑA VICENTA. En voz baja. ¿Se han fijado uste-
des en Carmen?
NIEVECITAS. Algo le ocurre.
MATILDITA. Está muy triste y muy parada.
CONCHITA. Parece otra.
ROBERTO. YO les contaré á ustedes...
180 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
VERJELES . Que no cesa de volver la cabeza para mirar á
Carmen. (¿Habla con ella ese animal de Curro?)
DON TOMÁS. Conste que me he comido este
alfil con mi caballo, ;eh? (¡Un salto de medio ta-
blero! Para que te embobes.)
CURRITO. (Yo me arranco ahora mismo.)
A Carmen. La encuentro á usted ojeroza...
CARMEN. ¿SÍ? ¿Y qué?
CURRITO. Nada; que la encuentro á usted oje-
roza...
CARMEN. Bueno.
CURRITO. O . . . OJerOZa... Sin saber qué decir. Y . . . y . . .
la... (Pues, zeñor, que me atarugo en habiendo
gente. Me arrancaré cuando esté zola.)
DON CRISTINO. A dona Rosa. Descuide usted y dé-
jelo á mi cargo.
DOÑA ROSA. En usted confío. Yo lo que quiero
es que se arreglen.
DON CRISTINO. ESO queremos todos.
PEPITA. Riiíendo con Juanito. ¡No, no y no!
JUANITO. ¿Vuelta á lo mismo?
PEPITA. Y me echaron á mí la culpa en tu casa
de que te dieran calabazas en Francés.
JUANITO. ¿Quién te ha dicho eso?
PEPITA. Un pajarito que me lo cuenta todo. Y
tu padre se ponía: «Tiene la culpa aquella muñe-
ca.» ¡Y á mí no me llama tu padre muñeca!
JUANITO. Con mi padre no te tienes tú que
meter. .
PEPITA. Que no se meta tu padre conmigo.
JUANITO. Te estás volviendo muy tonta.
PEPITA. Más tonto eres tú.
COMEDIAS ESCOGIDAS 181
JUANITO. Por eso me quieres.
PEPITA. ¿YO á ti? Quítate de mi vista.
JUANITO. ¡Pues hemos concluido!
PEPITA. ¡Pero para siempre!
JUANITO. ¡Para S i e m p r e ! Se vuelven bruscamente la
espalda.
DOÑA ROSA. ¿Qué es eso? ¿Empezamos ya?
Acercándose á Juanito y á Pepita.
JUANITO. Déjenos usted, doña Rosa.
DOÑA ROSA. Agarrando por una oreja á Juanito. V e n a c á
tú... A hacer las paces ahora mismo, pipiólos.
JUANITO. E S que ésta...
PEPITA. E S que éste...
DOÑA ROSA. ¡Chis! ¡á callar! ¡Vaya con losni-
n O S ! . . . Juanito y Pepita al principio no se miran siquiera,' luego co-
mienzan á mirarse de reojo y acaban por hablarse y por entenderse. Cu-
rrito y don Cristino se reúnen y hacen comentarios. Doña Rosa se va al
lado de Carmen. ¿Qué te pasa, mujer?
CARMEN. Nada, tía; que no tengo ganas de ha-
blar...
DOÑA ROSA. Pues á ver si pones otra cara,
que parece que te has tragado el molinillo. Vete
allí con las niñas. Carmen se levanta. Y siento que no
tengas ganas de hablar...
CARMEN. ¿Por qué?
DOÑA ROSA. Porque á nadie le gusta hablar sin
ganas... y como luego tienes que hablar con-
migo...
CARMEN. ¿Otra vez?
DOÑA ROSA. Otra vez. No te muevas de aquí
aunque se vayan todos.
CARMEN. ¡Qué tontería!
182 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DOÑA ROSA. Bueno; pero tú no te muevas.
Va de un grupo á otro, y en todos se detiene y charla un momento.
CARMEN. Dirigiéndose al grupo de muchachas. ¿ D e q u é S e
ríen astedes tanto?
NIEVECITAS. De tonterías... Oye...
Siguen cuchicheando y riéndose. $
D O N APOLINAR. ¡ Caramba , caramba! Leyendo.
«Tres estocadas, tres orejas...» Ese es el camino.
¡Bien, muy bien, me parece muy bien! Continúa le-
yendo.
D O N TOMÁS, A grandes gritos, i Mate! ¡mate!
DOÑA ROSA. ¡Ay, Tomás, que me has asustado!
VERJELES. ¿En dónde está el mate, señor?
Con poner aquí el rey...
D O N TOMÁS. E S verdad; no había yo visto esta
casilla... ¡Demonio, qué mal me ha sentado el gaz-
pacho! No, y es que cargué la mano en el pepino^..
VERJELES. Mirando á Carmen. (¡ Ay! ¡ Gracias á Dios
que no estoy de espaldas al bien que adoro!...)
DON CRISTINO. A Currito. Fíjese usted, fíjese us-
ted en aquellos dos. Por Antonio y Lola. No tienen
nada que ver con nadie. Hace seis días que están
en relaciones..* Ya pueden tocar á su lado un or-
ganillo, que no lo notan.
CURRITO. ¡Je, je! ¡Qué don Cristino!
D O N CRISTINO. Señalando á Plácido y á Reposo. Mire us-
ted, en cambio, aquellos otros. Diez y seis años
de novios llevan...
CURRITO. Ya, ya lo zé.
D O N CRISTINO. Vamos á acércanos; verá usted
qué conversación más animada.
Lo hacen.
COMEDIAS ESCOGIDAS 183
PLÁCIDO. Conteniendo un bostezó mientras habla y bostezando
[Link] compré un collar para el perro...
REPOSO. Lo mismo. ¿ S í ?
PLÁCIDO. Sí.
REPOSO. ¿Te ha costado mucho?
PLÁCIDO. Siete reales.
REPOSO. E S barato.
PLÁCIDO. SÍ.
REPOSO. ¿Tiene cascabel?
PLÁCIDO. SÍ.
REPOSO. Me alegro.
PLÁCIDO. ¿Por qué?
REPOSO. Porque sí.
PLÁCIDO. Ya, vamos.
REPOSO y PLÁCIDO. jAaaaaaah!
CURRITO. Bajo á don Cristino. ¡ Ay, qué collera!
DON CRISTINO. Bueno; pues así toda la noche.
Espérese usted un momento; verá usted...
REPOSO. Como antes. ¿Te he dicho que están ado-
quinando mi calle?
PLÁCIDO. No.
REPOSO. Pues sí. El trozo de casa.
PLÁCIDO. Falta le hacía.
REPOSO. ¡Ya lo creo!
PLÁCIDO. Como ahora vive allí un concejal.,..
REPOSO. Me alegro.
PLÁCIDO. Y yo.
REPOSO y PLÁCIDO . i Aaaaaaah!
urrito y don Cristino se apartan riéndose,
DON CRISTINO. Bostezando también como si se hubiese con-
tagiado. P a r e c e q u e s e v a n a c o m e r , ¿ v e r d a d ?
CURRITO. Y puede que ze coman.
184 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON CRISTINO. ¡Calcule usted! ¡Diez y se
años abriendo el apetito!...
CURRITO. ¡Je!
Sale DOLORES por la cancela y se va por la puerta de la derecha, d<
pues de hablar un instante con don Cristino.
DON CRISTINO. Oye, Dolores.
DOLORES. ¿Qué quiere usté?
DON CRISTINO. Me han dicho que se te va 1
novio.
DOLORES. Vaya con Dios.
D O N CRISTINO. Bueno; ya sabes que yo se
siempre el mismo.
DOLORES. Pues peo pa usté; debía usté varia
sardría ganando.
D O N CRISTINO. Con tal que tú me quieras..,
DOLORES. ¡Ay, qué grasioso!
D O N CRISTINO. Graciosa tú, terrón de sal...
DOLORES. Yéndose. (¡Er pendón der viejo, y (
más feo que un sombrero de jipijapa!)
CURRITO. Ziempre está usted ocurrente, do
Cristino. Yo me atarugo á escape.
D O N CRISTINO. Es de nacimiento. Mi madre m
contaba que yo le decía flores al ama de cría.,
Bajando la voz. Esta noche la que me trae vuelto loe
es Nieves.
CURRITO. Como que hay que mirarla despacic
DON CRISTINO . ¡ Cuidado que anda bien de bull
bulle!
CURRITO. ¡Je, je! ¡Pues para mí que las cadera
zon postizas!
DON CRISTINO. ¡Vamos, hombre, quite usted d
ahí!
COMEDIAS ESCOGIDAS 185
CURRITO. Que zí, don Cristino: fíjeze usted
bien.
DON CRISTINO. ¡Quiá! Yo se lo diré á usted
luego...
Carmen, después de detenerse unos momentos con Plácido y Reposo
y con Juanito y Pepita, vuelve á sentarse donde estaba.
D O N TOMÁS. ¡Canario, me vuelve usted tarum-
ba con tanto mirar á todas partes!
V E R J E L E S . (¡Qué suplicio el de adorar al san-
to por la peana!)
DON TOMÁS. Y á propósito, hombre. Estoy t o -
cando el violón.
V E R J E L E S . ¿Hay novedad alguna?
D O N TOMÁS. Con cierto misterio. ¡Gran noticia! Pepe
Romero se va mañana á su tierra.
VERJELES. Poniendo las manos, loco de alegría, sobie el ta-
blero y deshaciendo el juego. ¿ Q u é m e d i c e u s t e d , d o n
Tomás?
DON TOMÁS. ¡Hombre, hombre! ¡No sea usted
fullero! ¡El juego era mío!
V E R J E L E S . Como á usted se le antoje... Des-
pués de nueva tan agradable... Suspirando con íntimo
gozo. ¡Ay! ¡En el tranvía de mi felicidad acaba de
entrar un viajero!
D O N TOMÁS. (¡Qué cursi es este hombre!) Levan-
tándose. Vaya, se acabó; no puedo estar más tiempo
sentado.
ROBERTO. ¿Ganó usted?
DON TOMÁS. ¡Como siempre! ¿Quién se viene
conmigo al jardinillo?
D O N APOLINAR. Este cura, mi señor don To-
más. Vamonos.
186 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON CRISTINO. A doña Rosa. (Creo que ha llega<
el momento.)
DOÑA ROSA, A don costino. (Sí.)
DON CRISTINO. Señoras, señoritas y señoritc
yo propongo que demos una vuelta por la pías
como anteanoche.
N I E VECITAS . i Aprobado»
ROBERTO. ¡Magnífico!
MATILDITA. ¡Admirable!
CURRITO. Me parece muy bien.
VERJELES. Y á mí de perlas.
ROBERTO. Echando sus cuentas consternado. ( S e m e V
las cuatro pesetas en higos chumbos.)
DON CRISTINO. Pues no hay que perder tiemj:
Se levantan todos menos Carmen, Antonio y Lola.
CONCHITA. Vamos, mamá.
DON CRISTINO. A Carmen, ; Vienes tú tambié
pimentilla?
CARMEN. NO; yo me quedo.
CURRITO. (¡Mejor para mí!)
V E R J E L E S . (SU tristeza mal disimulada me ha
temer que no le importo un rábano.)
DON CRISTINO. Dándole un pellizco. ¡Alegra esa caí
tontuela!
CARMEN. ¡Ay, don Cristino!...
DON TOMÁS. Pero, hombre, que siempre has
andar pellizcando...
DON CRISTINO. Mira el otro por dónde sale
¡Si la he conocido así! Indicando media vara de estatura.
DON TOMÁS. ¡Bueno; pero ahora está así! indk
do ia estatura de Carmen. Vamos, don Apolinar; vámon
nosotros.
COMEDIAS ESCOGIDAS 187
D O N APOLINAR. Vamos.
Se van por la puerta de la derecha.
Don Cristino se entromete en el grupo de las muchachas, las pellizca*
bromeando y riéndose, y las empuja hacia la cancela. Doña Rosa invita á
irse á las parejas enamoradas.
DOÑA ROSA. Ustedes, tortolitos, á seguir arru-
llándose en la calle.
PLÁCIDO. Sin dejar los bostezos. Anda...
REPOSO. Lo mismo. Anda...
PEPITA. Mira que vamos á reñir otra vez.
DOÑA ROSA. Dejad eso ahora.
DON CRISTINO. ¡A la calle, á la calle!
VERJELES. (YO voy á meditar á solas mi línea
d e C O n d u C t a . ) Vase disimuladamente por la puerta del íoro.
ROBERTO. ¿Vamos, niñas?
NIEVECITAS. Carmen, ¿no vienes?
CARMEN. NO; no estoy buena...
MATILDITA. Vaya por Dios, mujer.
CARMEN. Divertirse.
NIEVECITAS. (Aquí hay gato encerrado.)
Se van todos por la cancela, charlando animadamente.
D O N CRISTINO, Señalando á Antonio y á Lola, que continúan
iEhi ¿Y aquellos dos?
sentados como si nada fuera con ellos.
¡Jóvenes, que nos vamos á dar una vuelta!
DOÑA ROSA. Andar, andar...
Se levantan y se encaminan hacia la escalera primero, y después hacia
la cancela, sin quitarse ojo y sin dejar de hablarse.
D O N CRISTINO. ¡Eh! ¡Que no es por ahí! A dona
Rosa. ¿Usted no ve eso? Nada, y se va sin sombrero
el hombre...
ClJRRITO. Cogiendo del perchero un sombrero de paja. E s t e
ez el zuyo. Yo ze lo daré.
188 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON CRISTINO. Aguarde usted un momento, Cu-
r r i t O . Hablando bajo con dona Rosa, muy rápidamente. ¿ D ó n d e
está Pepe?
DOÑA ROSA. En la callejuela, arrancándose los
pelos del bigote.
DON CRISTINO. Voy á buscarlo. Usted queda
en avisarnos por la ventana cuándo debe entrar.
DOÑA ROSA. Cabalito.
DON CRISTINO. Pues que sea pronto.
DOÑA ROSA. LO más pronto posible.
D O N CRISTINO. Uniéndose á Currito en la cancela. ¿ V á -
monos, Curro?
CURRITO. Vamonos.
DON CRISTINO. ¿Qué iba yo á decirle á usted?...
Deteniéndose un instante. ¡ A h ! Y a C a i g O . . . Q u e t e n í a VO
razón.
CURRITO. ¿Cómo?
DON CRISTINO. Bajando ia voz. ¡Que no son pos-
tizas!
CURRITO. ¡Ja, ja, ja!
Se van riéndose.
DOÑA ROSA, A Carmen. Espérame tú aquí. Voy á
ver qué hacen los del jardinillo. (Hay que atar
b i e n t o d o s lOS C a b o s . ) Vase muy aprisa por la puerta de la de-
recha.
CARMEN. Pero qué conspiraciones y qué en-
redos trama mi tía, y qué empeño tiene en hablar-
me de lo que yo no quiero hablar... Es capaz de
revolver Roma con Santiago, con tal que nos
veamos Pepe y yo. Si ella supiese lo que me
atormenta, de seguro no lo intentaba. Pero ni
presume siquiera el sacrificio que me costaría ver-
COMEDIAS ESCOGIDAS 18<>
lo y oirlo después de lo pasado... Hablar con él...
¿Para qué, si no lo perdono? Me dolió tanto el pri-
, mer desengaño, que me da mucho miedo del se-
gundo... La misma resistencia que halló el prime-
ro en mi cariño hallarían ahora sus palabras... Si
él cree otra cosa, ¡buen chasco va á llevarse! No
cedo, no: no cedo.
Vuelve por la cancela CURBITO.
CURRITO. (Ni de encargo encuentro una oca-
zión como esta.)
CARMEN. Estremeciéndose al oir pasos. (¿Quién es?)
CURRITO. Acercándose á Carmen y poniéndosele inmediata-
mente detrás.(Zeguramente no me aguarda.)
CARMEN. (¿Pues no estoy temblando?... Si pa-
rece mentira...)
CURRITO. (¡Mira que zi me dijera que zí!...)
CARMEN. (Pero ¿quién será?)
CURRITO. (Nada, que me arranco.) ¿Da usted
zu permizo?
CARMEN. Levantándose muy sorprendida. ¡Jesús, hijoy
que me ha asustado usted!
CURRITO. ¿ES de veras?
CARMEN. ¿Qué hacía usted ahí detrás?
CURRITO. Riéndose. Verle á usted los pelitos del
cogote...
CARMEN, soitanddiarisa. ¡Ave María, qué entrete-
nimiento!
CURRITO. ¡Como que zon preciozos!
CARMEN. Muchas gracias, en nombre de los pe-
litos... Siéntese usted... (Así habrá quien estorbe.)
Se sientan los dos á la derecha.
CURRITO. (iQué fina!)
Í90 Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARMEN. (Primera vez que es oportuno este
animal.)
Pausa. Carmen se sonríe. Currito no sabe cómo tomar la embocadura.
CURRITO. La encuentro á usted ojeroza...
CARMEN. Sí; eso ya meló dijo usted antes...
CURRITO. ¿Antes? No me acuerdo...
CARMEN. Yo, sí; me hizo mucha impresión la
frase.
CURRITO. ¡Guazona!
CARMEN. (¡Vaya! ¡Este viene decidido á todo!)
Pausa. ¿Cuándo llegó usted de su pueblo, Currito.''
CURRITO. Ayer.
CARMEN. ¿Ayer?
CURRITO. Ayer de mañana, zí, zeñora.
CARMEN. Y qué, ¿se ha divertido usted mu-
cho?
CURRITO. Azi, azi...
CARMEN. ¿Lo menos ha estado usted un mes?..#
CURRITO. Un mes y un día.
CARMEN. Vamos, como las condenas de los
presos.
CURRITO. ¡Guazona!
CARMEN. (¡Y dale!) ¿Piensa usted volver este
verano?
CURRITO. Es pozible que vaya á una boda.
CARMEN. ¿Quién se casa allí?
CURRITO. Manolita Crespo.
CARMEN. Ah, sí; la conozco. ¿Es muy amiga de
usted?
CURRITO. Psch... regular de amiga.
CARMEN, Lo pregunto, porque iba á decir que
me parece un poquito espesa.
COMEDIAS ESCOGIDAS 191
CURRITO. Algo, algo.
CARMEN. ¿Y quién es el novio?
CURRITO. ZU primo Arturo.
CARMEN. ¿Uno que es tuerto?
CURRITO. Ya no: ze ha puesto un ojo de cristal.
CARMEN. ESO es otra cosa. Ella tuvo antes
otro novio, ¿verdad?
CURRITO. Muy turbado. Zí, zeñora... (¡Verá usted
zi lo zabe!) ¿Usted lo conoció?
CARMEN. De oídas.
CURRITO. (¡Respiro!)
CARMEN. NO sé de él más que lo que me escri-
bió una amiga.
CURRITO. Alarmado. ¿Y qué le escribió á usted,
puede zaberze?
CARMEN. (A ver qué cara pone.) Nada; que
Manolita había entrado en relaciones con el niño
más bruto de su pueblo.
CURRITO. Muy enojado. ¿Zí? ¡Pues que me dispen-
z e i u amiga de usted, pero ezo es gana de hablar!
CARMEN. ¿Por qué?
CURRITO. Porque... ¡porque cualquiera zabe
cuál ez el más bruto de mi pueblo!
Sale DOÑA ROSA por la puerta de la derecha.
DOÑA ROSA. (Aquellos dos están muy apenados
porque no pueden jugar al tresillo.*. Avisaré al
galán... Al ir hacia la puerta del foro ve á Currito. ¿ E h ? ¿Qué
es esto? Deteniéndose. ¿Le parece á usted el muy po-
llino?... Voy á plantarle la boleta inmediatamente.)
Acércase de pronto á Currito fingiendo alteración, ¡ C u r r o !
Currito y Carmen se asustan y se levantan.
CARMEN. ¡Ay!
192 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CURRITO. ¡Zeñora!
DOÑA ROSA. ¿Has visto á Verjeles?
CURRITO. ¿Cuándo?
DOÑA ROSA. Después que se marcharon todos,
CURRITO. NO.
DOÑA ROSA. ¿Ni has hablado con él?
CURRITO. ¡Zi no lo he visto!
DOÑA ROSA. Pues te anda buscando... En el
jardinillo me parece que está... (A ver si me lo
pescan.) Entró aquí lívido, descompuesto... Algo
le pasa indudablemente.
CURRITO. ¿ZÍ?
DOÑA ROSA. S Í ; corre, corre á buscarlo. Con
nosotras no guardes cumplidos... Ello ha de ser
para algo muy gordo.
CURRITO. (¡Cuerno! ¿Zi andará la niña esta en
el ajo?) Voy, voy... Dice usted que cree que en el
jardinillo, ¿eh? .. Con permizo de estedes... (A eze
tío voy yo á tener q u e darle dos mascas.) Vase á es-
cape por la puerta de la derecha.
CARMEN. Pero, tía...
DOÑA ROSA. Déjame tú á mí, que yo me en-
tiendo. Vase tras Currito.
Sale VERJELES por la puerta del foro.
V E R J E L E S . (Meditando mi línea de conducta
me ha parecido escuchar mi nombre... Sefijaen Carmen.
¡Ah! ¡ella sola! ¿Habrá salido de sus labios?... No es
posible encontrar ocasión más calva.) Acercándosele.
Carmencita.
CARMEN. ¿Usted aquí, Verjeles?
V E R J E L E S . ¿Dónde mejor?
CARMEN. Siéntese usted, si gusta.
COMEDIAS ESCOGIDAS 193
VERJELES. Y a lO C r e O . . . Se sientan los dos á la izquierda.
¡Qué alegre sonrisa!... Es un amanecer de pri-
mavera...
CARMEN. (Pues no sabes tú que va á anochecer
muy prontito.)
Vuelve DOÑA ROSA por donde se fué.
DOÑA ROSA, (i Ajajá! Me lo cogen para el tresi-
llo, como yo esperaba. Ya no lo sueltan en dos
horas. Le avisaremos al apuesto doncel.) AI ir hacía
el foro repara en Verjeles que habla entusiasmado con Carmen y se que-
da clavada. De pronto, como obedeciendo á una idea repentina, se acer-
ca á ellos dando muestras de agitación, y grita: ( V e r j e l e s !
VERJELES. Levantándose alarmado. ¡Señora mía!
CARMEN. Levantándose también. ( ¿ O t r a V e z ? )
DOÑA ROSA. ¿Ha visto usted á Currito?
VERJELES. Antes lo vi.
DOÑA ROSA. Digo ahora.
VERJELES. Ahora veía cosa bien distinta...
DOÑA ROSA. Déjese usted de flores.
VERJELES. ¿Pues qué ocurre?
DOÑA ROSA. Que lo anda buscando á usted.
VERJELES. ¿A mí? ¡Pues á mí el que me busca
me encuentra!
DOÑA ROSA. N O , pues él no lo ha encontrado á
usted todavía... Aquí estuvo hace poco. Venía lí-
vido, descompuesto... A la calle se fué echando
chispas. Algo le pasa; no le quepa á usted duda.
V E R J E L E S . ¿Y dice usted que preguntaba por mí?
DOÑA ROSA. ¡Como que á eso vino!
VERJELES. Pues ustedes sabrán perdonarme...
porque presumo que se trata de algo muy serio.
DOÑA ROSA. Muy serio. Vaya usted, vaya usted...
13
194 S- Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
VERJELES. ¿Dice usted que se fué á la calle?
DOÑA ROSA. A la calle, justo.
VERJELES. LO encontraré en seguida.
DOÑA ROSA. ¡En seguida!
CARMEN. (¡Camino llevas!)
V E R J E L E S . Hasta luego, señoras mías... (¿Si an-
daremos á Cintarazos por eSOS OJOS?) Vase por la cancela
como alma que lleva el diablo.
CARMEN. Pero, por los clavos de Cristo, tía, ¿á
qué conduce todo esto?
DOÑA ROSA. T Ú te callas. Oye, y si viene aho-
ra otro por el estilo, le dices que lo esperan estos
dos en las Delicias Viejas... Y aguárdame aquí.
Vase precipitadamente por la puerta del foro.
CARMEN. NO me cabe duda; entre don Cristino
y mi tía tratan de favorecer la entrevista de Pepe
conmigo. Bien claro está el juego... ¡Qué obstina-
ción... y qué tontería! Pausa. Pero, ¿será capaz de
venir á hablarme? Y yo, ¿debo oirlo?... No, no; de
ningún modo... Y por si acaso...
Va hacia la escalera á tiempo que llega PEPE por la cancela, la ve y
la llama.
PEPE. Carmen...
CARMEN. Deteniéndose. ( ¡ J e s ú s ! )
PEPE. Carmen... no se vaya usted. Yo se lo su-
plico.
CARMEN. Muy sorprendida. (¡Se ha quitado la barba!)
PEPE. ¿Quiere usted que hablemos un momento?
CARMEN. ¿Que hablemos?... Yo no tengo nada
que hablar con usted.
PEPE. YO, en cambio, tengo mucho. Hablaré
yo solo. ¿Me oirá usted?
COMEDIAS ESCOGIDAS 195
CARMEN. NO respondo de mi paciencia.
P E P E . Procuraré molestar á usted muy poco
tiempo.
CARMEN. Entonces... ya que esto parece ine-
vitable... Se sienta. Después de todo, ¿qué más da?
Me haré la ilusión de que llega hasta mí el ruido
de la fuente del jardinillo.
P E P E . Sentándose también. ¡Ojálale parezcan á us-
ted tan gratas mis palabras!
CARMEN. Si lo digo por el caso que voy á ha-
cerles... tonto...
P E P E . (¡Empieza por llamarme tonto!...) Pausa
targa. Carmen... Carmen...
CARMEN. NO me he dormido, no...
P E P E . (¡Sigue tan burlona la fierecilla esta!)
¿Sabes á lo que vengo?
CARMEN. S Í ; lo he leído en los periódicos de
hoy.
P E P E , LOS periódicos no han dicho nada, pero
tú lo sabes.
CARMEN. Entonces, ¿á qué me lo preguntas?
P E P E . Necesito explicarte... Me llama mi fami-
lia á Valencia, y no quiero ni puedo irme sin ex-
plicarte...
CARMEN. ¿Explicarme qué?
P E P E . Mi conducta contigo.
CARMEN. Puedes ahorrarte la explicación: la
sé de memoria.
P E P E . ¿Ves tú? Me juzgas por hechos que... así
á primera vista... Pero no es eso, no; yo te diré...
yo te diré... Mira: desde la última noche que acu-
dí á tu ventana...
196 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARMEN. ¿Por qué no tomas la historia desde
la primera?
PEPE. ¿Quieres tú?
CARMEN. Desde que celebraste con tus amigos
tu triunfo; desde que le dijiste á alguno de ellos:
«¡Buen hallazgo de feria! ¡Ya tengo novia para
toda la temporada!...»
P E P E . ¿Yo? ¿Pero tú me supones capaz...?
CARMEN. ¿De decir eso?
PEPE. SÍ.
CARMEN. Te supongo capaz de pensarlo y de
hacerlo...
P E P E . Por Dios, no me ofendas, que no soy tan
malo como presumes ni tan necio como te han di-
cho. Ese chisme ruin habrá salido del caletre de al-
gún envidioso de mi fortuna... de alguno que llamó
á tu reja un día y otro día... y se fué con dolor en
los nudillos, sin lograr que se asomara á los crista-
les tu carita salada. ¿No es esto verosímil? ¿Quién
te asegura que he sido yo el autor de la frase?
CARMEN. TU proceder me lo asegura.
P E P E . ¡Qué cruel eres conmigo!
CARMEN. Para corresponderte en todo hasta
última hora.
PEPE. Levantándose con vehemencia. ¿ Q u é d i c e s ?
CARMEN. Nada.
PEPE. S Í , sí; no lo niegues, ya que no has p o -
dido refrenar esa acusación llena de amargura que
se te ha subido á los labios... Tienes razón, tienes
razón: ¿á qué voy á disimularlo más tiempo? Con-
fieso que te he hecho objeto de la crueldad más
grande... Y el que tú me acuses así, el que así lo
COMEDIAS ESCOGIDAS 197
comprendas, me causa un íntimo consuelo, porque
me prueba que aún vive en tu corazón el recuerdo
querido de aquellas noches en que supimos ence-
rrar toda la dicha de la tierra en el marco de flo-
res de tu ventana.
CARMEN. En tono de burla. Suena bien, suena bien
el surtidor de la fuente del jardinillo...
P E P E . Carmen, no te burles... Óyeme, que te
estoy abriendo mi alma... Yo no he venido aquí á
discutir contigo si soy ó no culpable, como haría
quien quisiese menos, ni si merezco ó no merezco
tu perdón. He venido á decirte que, á pesar de lo
pasado, te quiero más que nunca. Hecha esta de-
claración sincera y noble, yo te suplico que me
creas. No dejes que me vaya de aquí sin una som-
bra de esperanza... Piensa que acaso, y sin acaso,
si me voy así... me iré para siempre. ¿Y no es ver-
dad que es muy triste que tú y yo nos separemos
para siempre?
CARMEN. Levantándose. Basta ya. He sido muy
débil al concederte esta entrevista. No tengo yo
la culpa... Palabras ya sabía yo que no habían de
faltarte, porque tu cariño de siempre no ha sido
más que palabras y palabras, que por fortuna se
llevó el viento. Es todo inútil, como ves. No te
creo; no puedo creerte.
P E P E . ¿Pero es posible que dudes de la since-
ridad con que te hablo?
CARMEN. ¿Pero es posible que no dude?
P E P E . NO te ofrezco pruebas de mi cariño, por:
que yo imagino que ninguna hay mejor que esta
confesión que te he hecho.
198 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARMEN. Pues ya ves que no basta.
P E P E . ¿NO será eso obstinación caprichosa?
CARMEN. Sea lo que sea; no basta.
PEPE. ¿ES decir que el mal no tiene remedio?
CARMEN. NO lo tiene.
P E P E . ¿Que dejas que me vaya?
CARMEN. S Í .
P E P E . ¿Que ya no me quieres? Carmen niega con la
cabeza. DÜO COn l o s labios.
CARMEN. N O .
P E P E . Calla: no lo repitas. Tú crees que m e -
rezco este castigo; yo te juro que no. En fin, sea...
Acabó el idilio de Sevilla... Pausa. No olvides que
te he suplicado...
CARMEN. Descuida; no lo olvidaré.
P E P E . Que he hecho cuanto he podido porque
se realizaran nuestros sueños de un día...
CARMEN. Ya, ya.
P E P E . Que eres tú la que...
CARMEN. S Í , hombre, sí. No me olvido de
nada. ¡Si vieras qué memoria tengo!
P E P E . Pues adiós.
CARMEN. Adiós.
P E P E . Resistiéndose á irse. Si alguna vez vas á Va*»
lencia...
CARMEN. E S difícil.
P E P E . Bien está. Despídeme de tu padre...
CARMEN. Bueno.
PEPE. Y de tu tía...
CARMEN. Bueno.
PEPE. Diles que no he podido detenerme...
CARMEN. Bueno: se lo diré.
COMEDIAS ESCOGIDAS
m
PEPE. ¿NO me das la mano?
CARMEN. Tendiéndosela sin mirarlo. Sí.
PEPE. Estrechándole la mano con emoción. A l m e n O S Se—
guiremos siendo amigos...
CARMEN. ¿Amigos?... Bien.
PEPE. ¿Nada más?
CARMEN. Nada más.
PEPE. ¡Qué tristeza!
CARMEN. Conmoviéndose. ¿Tristeza? ¿Por qué?
PEPE. ¿Qué tienes?
CARMEN. Reponiéndose y alejando su mano. Nada. Suelta.
P E P E . Adiós, entonces. Vase.
CARMEN. A d i Ó S . Pausa. Corre á la cancela para cerciorarse
de que Pepe se ha ido, y exclama con pena: J Se fué! Con despeche.
¡Se fué!
Por la puerta de la derecha llega DOLORES y se acerca á Carmen con
solicitud.
DOLORES. ¿Qué es eso, señorita? ¿Ha reñío usté
der to con er señorito?
CARMEN. ¡Déjame en paz!
DOLORES. Le arvierto á usté que debe usté
alegrarse: tan retepiyo es el amo como er moso. A
mi Esteban lo he puesto como un reverendo gui-
ñapo, en cuanto he sabio que han comprao ya los
biyetes pa irse mañana. ¿Le párese á usté?
CARMEN. ¿Cómo te voy á decir que me dejes?
DOLORES. Asín son tos los hombres. Er mejó
debía serví de ferpúo pa limpiarnos nosotras los
pies. Por supuesto que pa que mi Esteban no se
figure que se me importa un grano de arpiste, ya
me he arreglao con ese de la tienda de montañés
de la esquina, que me había pedio la conversasión*
200 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
y que está conmigo desde hase un mes más fino
que un dentista. Usté lo conoserá: uno rubio, güen
moso, de Cadi é, con er pelo enrisao, que le disen
Arrope...
CARMEN. ¿Pero tú te figuras que estoy yo para
que me hables de Arrope? ¡Vete ya!
DOLORES. POS mire usté, señorita, es mu güen
muchacho: mantiene á su madre, á su agüelo, que
«stá impedío, á un tío carná, hermano de su padre,
y ha juntao pa libra de quintas á su hermaniyo er
chico.
CARMEN. ¿Quieres irte, mujer?
DOLORES. E S que si usté no fuera tonta.,,
CARMEN. ¡Que te vayas, te digo!
DOLORES. Güeno, no se enfade usté, señorita
Carmen. Yéadose por ia escalera. (¿ Será infelí la pobre?
Con su cara y mi genio... ¡traía yo á tos los sevi-
yanos de coroniya!)
Sale por la puerta del foro DOHA ROSA,.
DOÑA ROSA. Niña, ¿estás sola?
CARMEN. Nerviosa y descompuesta. ;Sola? No.
DOÑA ROSA. ¿Cómo que no? Mirando á todas partes.
Pues ¿con quién estás?
CARMEN. Con usted, tía.
DOÑA ROSA. Mira qué gracia. Se conoce que
hay buen humor, ¿eh?
CARMEN. Sí. Muy bueno.
DOÑA ROSA. ¿Y Pepe?
CARMEN. Se fué.
DOÑA ROSA. Muy sorprendida. ¿Que se fué?
CARMEN. Sí, señora; que se fué, que se fué,
que se fué.
COMEDIAS ESCOGIDAS 201
DOÑA ROSA. Bueno, hija, bueno. Remedándola.
Vaya con Dios, vaya con Dios, vaya con Dios.
CARMEN. ESO falta ahora; que se divierta usted
conmigo.
DOÑA ROSA. E S que te pones de una manera...
CARMEN. Mejor, mejor y mejor. Y le suplicó á
usted que no me venga con paños calientes. Esto
se ha concluido, se ha concluido y se ha concluido.
DOÑA ROSA. ¡Ea, pues se ha concluido! Hace que
se va y vuelve.
CARMEN. ¡Tía!
DOÑA ROSA. (¡Pues no se ha concluido!) ¿Qué
quieres?
CARMEN. Que la conozco á usted, que la conoz-
co á usted, que la conozco á usted.
DOÑA ROSA. Pero, hija, ¿qué manía te ha dado
de hacer tres ediciones de todas las frases?
CARMEN. NO se 'me vaya usted por la tangen-
te. Ya usted sabe lo que quiero decirle. Cuidadito
como vuelve usted á insistir...
DOÑA ROSA. ¿Yo? Dios me libre. Puedes estar
tranquila.
CARMEN. Sí; porque sería usted muy capaz de
llamar á Pepe de nuevo. .
DOÑA ROSA. Vamos, mujer t no digas dispa-
rates...
CARMEN. Es que aunque lo llamase usted sería
inútil.
DOÑA ROSA. E S que no lo llamo.
CARMEN. me da á mí la gana de que se vaya
NO
á figurar que es cosa mía.
DOÑA ROSA. Pero ¿no te estoy diciendo que no
202 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
lo llamo?... ¿Quieres que te lo jure? Bastantes que-
braderos de cabeza me ha costado ya. Y mira, h a -
blando en plata: después de todo, me alegro de esta
solución. Así se hace tu gusto. Más motivos tienes
tú que yo para conocerlo, y cuando tú aseguras
que es un tarambana...
CARMEN. A buena hora me da usted la razón.
DOÑA ROSA. Más vale tarde que nunca, hija...
Voy á ver si tu padre quiere algo, y en seguidita
la cama será conmigo.
CARMEN. ¿Va usted á acostarse?
DOÑA ROSA. ¡Ya lo creo!
CARMEN. ¿Será usted capaz?
DOÑA ROSA. ¡Pues no que no!
CARMEN. Me parece muy bien.
DOÑA ROSA. LO celebro mucho: así dormiré
más tranquila.
CARMEN. ¡Tía, tía, tía!
DOÑA ROSA. ¿Vuelta á lo mismo?
CARMEN. ¡Parece mentira que me trate usted
tan mal, con el dolor de cabeza que tengo!
DOÑA ROSA. En cuanto te quedes sola se te
quita.
CARMEN. Tiene usted razón; porque más vale
estar sola...
DOÑA ROSA. ESO: que mal acompañada.
CARMEN. ¡Tía, tía, tía!
DOÑA R O S A . \ ¡Sobrina, sobrina, sobrina! ¡Quete
alivies, que te alivies, que te alivies! ¡Me tienes
hasta el moño, hasta el moño, hasta el moño!
Vase rápidamente por la puerta de la derecha.
Llega DON CRISTINO por la cancela, dado á los diablos.
COMEDIAS ESCOGIDAS 203
D O N CRISTINO. Pero, vamos á ver, ¿qué es
esto?
CARMEN. ¿Usted ahora?
D O N CRISTINO. Pues ¿qué creías? ¿Que yo me
iba á quedar con los brazos cruzados ante una pi-
cardía semejante? ¿Tú te figuras que se juega así
con los hombres?
CARMEN. Ah, ¿pero viene usted á defenderlo?
DON CRISTINO. ¡Naturalmente! ¡Y á llamarte á
ti tonta de capirote! ¡El demonio de la pelusa esta!...
¡Lo que tú tienes son muchos muñecos en el piso
alto! ¡Yo no sé las ilusiones que has llegado á ha-
certe con ese cuerpo de alfiler de cabeza negra, y
esa cara de ochavo, y esa nariz que parece un pes-
tiño!
CARMEN. ¡YO SÍ .que no sé lo que usted se ha
imaginado que soy yo para tratarme de esa mane-
ra! ¿Quién le da á usted vela en este entierro? Si
soy fea ó bonita y si le parezco á usted esto ó lo
otro, se lo ha debido usted callar. ¿Le he dicho yo
á usted alguna vez que me parece un palillero?
DON CRISTINO. ¿Cómo un palillero? ¡Niña, ni-
ña, más respeto á mis canas!
CARMEN. ¡Y si usted y mi tía y el otrc y el de
más allá se han propuesto volverme loca, se equi-
vocan de medio á medio! ¡Pues no faltaba más!
¡Tengo ya la cabeza como un bombo! ¡No me diga
usted una palabra siquiera, porque no lo escucho!
Don Cristino trata de hablar. ¡ Q u e Se Calle USted, d o n C r í s -
tino, que estoy muy nerviosa! ¿No está usted vien-
do que estoy muy nerviosa? Afligiéndose. Mire usted
que es mucha pensión... que ha de hacer una lo
204 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
q u e quieran todos... Y la q u e lo h a echado á p e r -
d e r e s m i t í a , m i t í a , m i t í a , m i t í a . . . Encarándose otra
voy á decir á usted que se
vez con don Cristino. ¿ C o m . 0 l e
calle? Don cdstino huye de eiia. ¡No quiero oir á nadie, ni
ver á nadie, ni entender á nadie!... ¿Quiere usted
dejarme en paz, hombre de Dios? ¡Déjeme usted
en paz, déjeme usted en paz, déjeme usted en paz!
¡ Ay qué sinapismo de viejo, que charla más que un
sacamuelas! Vase de estampía, lloriqueando, por la puerta del foro*
Por la de la derecha vuelve DOÑA ROSA.
DOÑA ROSA. ¡Don Cristino!
DON CRISTINO. ¡Doña Rosa!
DOÑA ROSA. ¿ Y Carmencita?
DON CRISTINO. ¿Carmencita? ¡Buena la ha hel-
eno usted.
DOÑA ROSA. ¿YO?
DON CRISTINO. Usted.
DOÑA ROSA. ¡Ay, qué gracia!
DON CRISTINO. ¿Gracia? ¡Yo no me río!
DOÑA ROSA. Ah, pues no deje usted de mirarse
al espejo.
DON CRISTINO. ¡Señora! ¿Tengo yo monos en la
cara?
DOÑA ROSA. ¿Qué más mono que usted?
DON CRISTINO. ¿Sí? ¡Pues no le parecí á usted
tan feo cuando le hice el amor en Chipiona; que si
no está allí aquel teniente de lanceros, me parece
que hay changa, señora mía! Y bastante le habrá
pesado á usted luego que la deslumbrara el brillo
del uniforme.
DOÑAROSA. ¡Vamos, quítese usted de mi vista,
espantapájaros!
COMEDIAS ESCOGIDAS 205
DON CRISTINO. NO será sin decirle á usted
que su sobrina se ha portado muy mal con mi
amigo.
DOÑA ROSA. Como su amigo de usted se ha por-
tado tan bien con ella...
DON CRISTINO. Vaya, no desbarre usted, mi
respetable señora.
DOÑA ROSA. POCO á poco. El que desbarra, mi
respetable señor...
P O N CRISTINO. La que desbarra...
DOÑA ROSA. El que desbarra...
DON CRISTINO. ¿Pero usted cree que tiene más
talento que nadie?
DOÑA ROSA. ¡Aviada estaba yo si no tuviese un
poco más que usted!
DON CRJSTINO. Le suplico á usted que no olvide
que estoy hablando con una dama.
DOÑA ROSA. YO creo que eso quien no debe
olvidarlo es usted.
DON CRISTINO. ¿YO?
DOÑA ROSA. ¡Usted!... ¡cara de pipa!
DON CRISTINO. ¿Cómo cara de pipa?
Sale DOÍT TOMÁS por la puerta de la derecha, llevándose las manos al
estómago y con muy mal humor.
DON TOMÁS. ¿Sepuede saber qué le han echado
hoy al gazpacho?
DON CRISTINO. ¡El otro!
DON TOMÁS. ¿ Qué es eso del otro? ¿Pasa algo
aquí?
DON CRISTINO. ¡Nada! Tu hermana...
DON TOMÁS. Mi hermana, ¿qué?
DOÑA ROSA. Don Cristino...
206 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS, Don Cristino, ¿qué?
DON CRISTINO . Tu hija...
DON TOMÁS. Mi hija, ¿qué?
DOÑA ROSA. LO de siempre: Pepe Romero.
DON TOMÁS. Furioso. Pero, ¡porra! ¿queréis ha-
blarme claro?
DOÑA ROSA. te digo que lo de siempre?
¿NO
D O N TOMÁS. ¡Ah! ¿Se trata de nuevos enjua-
gues? ¡Por vida de!... ¿Cuándo vas áhacerme caso,
hermana de mis culpas? ¿Aun no estás persuadida
de que ese pollo es un matutero?
DON CRISTINO. ¡Tomás, mira lo que hablasj ¡Le
has dado una bofetada moral á la persona de mi
amigo!
DON TOMÁS. Pues como té descuides te doy á
ti otra. Y la tuya no va á ser moral.
DON CRISTINO. ¡Mira lo que dices!
DON TOMÁS. Digo... digo... digo que desde que
nos trajiste aquí á ese príncipe ruso no tenemos un
momento de tranquilidad, ni se habla más que de
él á todas horas. Y Pepe para arriba, y Pepe para
abaio, y Pepe en la sopa, y Pepe en la berza, y
Pepe... ¡Y ya me hace á mí daño tanto Pepe! ¡Ay!
Llevándose las manos al estómago. ¡ Y t a n t o p e p i n o ! P o r q u e
para mí que el pepino es el que tiene la culpa de
esto...
DON CRISTINO. LO que yo te aseguro...
DON TOMÁS. ¡NO quiero oir nada!
DON CRISTINO. ¡Looirás,mal que te pese! Quie-
ro que conste que si yo presenté aquí á ese mu-
chacho fué por instigaciones de tu hermana...
DOÑA ROSA. ¡POCO á poco!
COMEDIAS ESCOGIDAS 207
DON CRISTINO. ¡Déjeme usted acabar! Y si
ahora toma el tren y se larga á Valencia...
DON TOMÁS. Si ahora toma el tren y se larga á
Valencia—hablemos claro—tú tendrás un verda-
dero disgusto...
DON CRISTINO. ¡SÍ, señor!
DON TOMÁS. Porque se te acaba el filón de las
cenitas en Eritaña, que todo se sabe.
DON CRISTINO. ¡Tomás! ¿por quién me tomas?
DON TOMÁS. ¡Por un viejo chulo! mira este...
DOÑA ROSA. ¡Muy bien dicho!
DON CRISTINO. ¡Señora!
DON TOMÁS. Si no lo fueras no te irías una no-
che sí y otra no á beber manzanilla con cuatro fla-
mencos tristes y cuatro pindongas.
DON CRISTINO. ¡Tomás!
DON TOMÁS. ¡ Cristino!
DON CRISTINO. (¡O te callas ó digo lo de la
calle del Espejo!
DON TOMÁS. ¡Dilo y te salto un ojo!)
Quedan mirándose en actitud amenazadora.
Sale CARMEN por la puerta del foro, tranquila y risueña.
CARMEN. ¿Qué pasa aquí? Desde la ventana del
gabinete se oyen las voces... ¿Qué es ello, tía?
DOÑA ROSA. ¡Vaya usted enhoramala!
CARMEN. ¿Qué es ello, don Cristino?
DON CRISTINO. ¡Vaya usted mucho con Dios!
CARMEN. Acercándose á don Tomás con zalamería. ¿Me lo
dices tú, papaíto?
Don Cristino y ídoña [Rosa se sientan y no cesan de mirarlos y de
mirarse llenos de asombro, á medida que oyen lo que se dicen padre
é hija.]
208 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DON TOMÁS. Ven ámis brazos, hija de mi alma...
No hagas caso de ese par dé estantiguas...
CARMEN. Ya sé yo que tú eres el único que á
mí me quiere...
DOÑA ROSA. ¿Le parece á usted?
DON CRISTINO. ¡Bueno va!
D O N TOMÁS. Sigue tú siempre mis consejos,
hija mía, y déjate de historias...
CARMEN. Pues ¿qué consejos he de seguir más
que los tuyos?...
DON TOMÁS. ¡Bendita seas! Vales un imperio.
Tú no sabes la pelotera que he tenido con esas dos
visiones.
CARMEN. NO te enfades con ellos, papá... Ya
ves tú como yo no les digo nada...
DON TOMÁS. Ni yo tampoco: desde ahora los
desprecio. En teniéndote á ti, lucerito, ¿qué más
quiero yo en este mundo? Digo, ¿eh? ¡Lo que se
quería llevar ese bellaco!
CARMEN. ¿Qué bellaco, papá?
DON TOMÁS. ¡Ese... de la tierra del arroz!
CARMEN. ¿Cuál?
DON TOMÁS. ¡Pepe Romero!
CARMEN. Papá, papaíto, por Dios... no te pon-
gas así... ¿Te parece Pepe Romero un bellaco? Yo
creo que tú lo miras con pasión...
DON TOMÁS. ¿Eh?
CARMEN. E S lo malo que tiene fiarse de habli-
llas... juzgar á las personas con ligereza... Pepe
es más bueno de lo que parece, papá... Yo te lo
aseguro... Lo que tiene, que tú no lo comprendes...
porque como apenas has hablado con él... y él ha
COMEDIAS ESCOGIDAS 20$
hecho cosas.,, así... un poquillo raras... es claro
que no lo comprendes... Pero es muy bueno... no
te quepa duda...
DON CRISTINO y DOÑA ROSA. Riéndose á más y mejor,,
¡Ja, ja, ja!
D O N TOMÁS. ¿Cómo, cómo, cómo?... Déjate de
zalamerías y habla claro, A doña Rosa y á don Cristino. ;Me
hacen ustedes el favor de no reírse? A Carmen, Tú,
cabeza de chorlito, explica eso.
CARMEN. Si te vas á enfadar también...
DON TOMÁS. ¡Ahora me toca á mí! otra vez Á ios
viejos. ¡Porra! ¡Me están ustedes poniendo nervioso
con su risa!
CARMEN. LO que ha pasado es bien sencillo.
L a escuchan todos con interés y curiosidad. Doña Rosa y don Cristino
m anifiestan al mismo tiempo viva alegría. Don Tomás la mayor sorpresa
Me fui al gabinete con la cabeza
y alguna inquietud.
loca... sofocadísima... Me asomé á la ventana para
que me diese un poco el fresco de la noche... Y,
las cosas que dispone Dios, pegadito á la ventana
estaba él... ¡Si vieras qué pena me entró al verlo
allí... tan solo... tan mustio! Inmediatamente sentí
unas ganas muy grandes de perdonarlo... Él... no
pudo... ni quiso contenerse... y principió á hablar
y á hablar y á hablar... Y yo, figúrate, ¿qué había
de hacer más que escucharlo?... Me fué imposible
apartarme de la ventana... Luego se cambiaron
los papeles y era yo la que hablaba y él quien oía...
Y ahora, por último, hablábamos los dos á un mis-
mo tiempo. Y nada más.
DON TOMÁS. ¡Ah! ¿nada más? ¡Pues, hija mía»
si te parece poco!...
14
210 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
DOÑA ROSA y DON CRISTINO. volviendo á ia risa.
j Ja, ja, ja!
DON TOMÁS. En resumidas cuentas: ¡que has
becho las paces con ese bribón!
CARMEN. NO te sofoques, papaíto.
DON TOMÁS. ¡Basta de papaícos y de carantoñas!
DOÑA ROSA. Levantándose. ¿Lo estás viendo, To-
más de mis culpas?
DON TOMÁS. ¡NO quiero ver nada! ¡Ni á ti, ni á
éste, ni á nadie!
DOÑA ROSA. Descuida; ya me voy.
DON CRISTINO. Y yo también. Se levanta.
DOÑA ROSA. Yéndose por la puerta del foro. ( A d e c i r l e
al otro que venga.)
DON CRISTINO. Yéndose por la cancela sin dejar de reirse.
(A correr la voz por la tertulia.)
CARMEN. T Ú te quedas, ¿verdad, papá?
DON TOMÁS. ¡YO, no! ¡Yo me subo á la azotea
con los palomos, únicos seres que no me dan dis-
gustos!
Esteban, el novio de Dolores, silba en la calle con los bríos de siempre.
CARMEN. Pero ¿te vas enfadado conmigo?
DON TOMÁS. ¡Contigo, con tu tía, con el viejo
ese, conmigo mismo, con media humanidad! ¡Uf,
qué sofocación! ¡En el verano no pueden pasar
más que desastres! Tropezando al subir la escalera. T r o p i e -
z a , hijo, á v e r si t e r e v i e n t a s d e u n a v e z . . . vasere-
ía nfuñando. ¡Maldita sea mi estampa!
CARMEN. Tratando de detenerlo. Papá... pero papá...
Escucha un momento... Nada, es inútil. Cuando
se pone así...
Baja DOLORES muy aprisa.
COMEDIAS ESCOGIDAS 211
DOLORES. ¡Ay, señorita Carmen! ¡Cómo va er
señorito don Tomás escaleras arriba! ¿Es porque se
ha arreglao usté con er señorito Pepe? Sí, ¿verdá?
No sabe usté lo que yo me alegro... Y ahí está mi
E s t e b a n . . . Y d e seguro viene al oló... Y nos arre-
glaremos también nOSOtrOS... Corriendo hacia la cancela.
jjosú, Josú! ¡Va á tené que vé la cara de Arrope!
A PEPE ROMERO, con quien se cruza en la cancela al marcharse,
¡Ande usté pa dentro, que tiene usté más suerte
que un durse!
P E P E . Riéndose. ¡Ja, ja, ja!
CARMEN. ¡Demonio de muchacha!
P E P E . Pero, oye, ¿qué me ha dicho tu tía? ¿que
tu padre se ha puesto furioso?
CARMEN. NO te preocupes. Se le pasará en
cuanto entre el invierno.
P E P E . Suspirando. ¡Ay! Me parece mentira que
vuelvo á verme aquí, en tu casa, en tu patio, al
lado tuyo, en paz y contentos los dos.
Hablan muy entusiasmados en voz baja. Simultáneamente aparecen
CURRITO por la puerta de la derecha y por la cancela VERJELES,
CURRITO. A ver zi conzigo arrancarme.
VERJELES. A ver si llego en mejor coyuntura.
Ambos se quedan perplejos al ver el grupo que forman Carmen y Pepe,
y avanzan poco á poco con gran sigilo en dirección contraria, sin qui-
tarle ojo á la amante pareja.
CARMEN. Cariñosamente. ¡ T r a p a l ó n !
P E P E . ¿Trapalón? Pero ¿no me crees?
CARMEN. Si no te creyera, ¿estaríamos
así?
P E P E . E S que me vuelve loco la idea
de que
pueda quedar en tu pensamiento una sombra de
duda.
212 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CARMEN. Mírame bien y te convencerás de que
no queda.
Pepe la mira fijamente á los ojos durante el breve diálogo de Curri-
to y Verjeles.
CüRRITO. Tropezando con Verjeles y en voz baja. ¡Hom-í
bre! ¿va usted ciego?
VERJELES; También en voz baja. ¿Y usted, cómo va?
CURRITO. A propózito: ¿qué quería usted con-
migo?
VERJELES. ¿Y usted conmigo?
CURRITO. ¿Yo? ¡nada!
V E R J E L E S . Pues yo, ¡menos! (Se ha acobardado.)
CURRITO. (Ze ha echaofia atrás.)
Siguen su sigilosa marcha sin dé?jar de mirar á los enamorados y sin
ser vistos por éstos.
PEPE. Tienes razón: no queda.
CARMEN. Te creo: te oigo hablar, y te creo; te
miro, y te creo... Pero si me equivoco al verte y al
oirte y ahora también me estás engañando, no me
lo digas nunca... y sigúeme engañando así toda la
vida.
PEPE. Estrechándole las manos con pasión. ¡ Toda la vida
así!
Vuelven á charlar en vo* baja.
CURRITO. Yéndose por la cancela. (¡Por algo la e n -
contraba yo ojeroza!)
VERJELES. Yéndose por la puerta de la derecha. ( ¡ E n e l
tranvía de mis desdichas acabo de poner el «com-
pleto»!)
CARMEN. Al público.
Ya veis que nada hay mejor
que un patio de Andalucía
COMEDIAS ESCOGIDAS 213
para borrar en un día
desavenencias de amor.
Si alguna sufriendo está
celos, agravio ó desvío,
yo le ofrezco el patio mió
con permiso de papá.
FIN DE LA COMEDIA
Madrid, Agosto, 1899.
EL PATIO
(CARTA ABIERTA, QUE DEBÍA SER CERRADA)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, 18, que es donde está la redacción de Le-
tras de molde.
Mi querido Director: Los hermanos Alvarez
Quintero, de quien ya sabe usted que soy uña y
carne, han recibido una carta de usted en la que
les pide cuatro ó seis palabras respecto de la c o -
media cuyo título encabeza estas líneas. Usted, se-
ñor director, se ha olvidado, sin duda, de que los
autores de esa comedia son ellos. De no ser así,
no se explica su petición de usted, por ser cosa na-
tural y corriente en esta tierra que todo el mundo
hable de las obras de todo el mundo menos el pro-
pio interesado.
Pero, en fin, sea de ello lo que quiera, es el caso
que leer mis amigos su carta de usted y ponerse
á temblar como en noche de estreno, todo fué uno.
«¿Quién no le contesta á este hombre?»—se pre~
(i) En el segundo número del semanario titulado Letras dentoide, se
publicó esta carta de El Diablo Coj'uelo, que no consideramos inoüortuna
transcribir aquí.—-iV. de los AA
216 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
guntaron perplejos y confusos.— «¿Y quién le con-
testa?»—volvieron á preguntarse más confusos y
más perplejos todavía. Y como conmigo tienen
entera confianza, y yo, aunque me esté mal el de-
cirlo, soy su paño de lágrimas en muchas ocasio-
nes y más bueno que una bizcotela, á mí vinie-
ron á contarme su apuro. Yo los oí como quien oye
silbar (que es todo lo contrario de como quien oye
llover), y luego de serias discusiones, en que estu-
vo á punto de romperse el hilo de nuestra buena
amistad, determinaron que yo cargase con el muer-
to de la contestación, aunque pidiéndome por la sa-
lud de toda mi familia que no lo echase á broma,
como acostumbro echarlo todo.
Y aquí me tiene usted con el muerto al hombro,
completamente decidido á soltar la carga cuanto
antes. A ver qué tal me explico.
Yo sé de buena tinta que ellos este verano, an-
tes de lo de la peste bubónica, se propusieron, en-
tre otras cosas, lo siguiente:
1.° Escribir una comedia de costumbres sevi-
llanas.
2.° Que la tal comedia se titulase El patio.
3.° Que tuviera dos actos.
4.° Que estuviese en prosa, aparte la redondi-
lla final.
5.° y último. Que, á ser posible, no saliese un
buñuelo en vez de una comedia. (Que saliese un
saínete no les pasó por la imaginación.)
Es claro que, al titularse El patio la comedia,
al llevar por título el lugar de la acción, no podía
ni debía ser otra cosa que fiel reflejo de la vida de
COMEDIAS ESCOGIDAS 217
la gente sevillana en el patio, ya durante las horas
en que burla la vela los rayos del sol, ya cuando
se repliega respetuosa para dejar que pasen los de
la luna. Y dicho y hecho: para no desairar ni al sol,
ni á la luna, ni á las estrellas (no les gusta moles-
tar á nadie), y como tan pintoresco y digno de es-
tudio es un patio de noche como de día, decidieron
que el primer acto pasase de día y el segundo de
noche. En lo cual me parece á mí que, como se
dice ahora, no estuvieron pesados. Puede que me
ciegue la pasión.
Una acción complicada, laberíntica (me da el
corazón que lo estoy tomando muy en serio), ó sin
ser laberíntica ni complicada, y apelando á un
término taurino, de muchas libras, hubiese ex-
cluido por completo los elementos pintorescos de
la comedia. Y claro es que, excluidos estos ele-
mentos ó absorbidos por la importancia de la ac-
ción, la comedia se llamaría Los nervios de Car-
men ó El novio al paño ó Las paces inesperadas
ú otra cualquier cosa; pero lo que es El patio, no.
Y como la comedia que ellos han querido hacer es
El patio, y les gusta mucho que les salga lo que
quieren hacer (esto me consta de un modo indu-
dable), de ahí que imaginaran una acción muy
sencilla, inspirada en la índole de los sucesos más
propios y corrientes en los simpáticos patios de su
tierra.
Si todo lo que ocurre en El patio pudiera igual-
mente pasar en una sala, en un pasillo, en un pa-
jar ó en una azotea, tendríamos que convenir en
que mis amigos habían estado á la altura del es-
218 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
cultor que se puso á tallar un San Cristóbal y aca-
bó por hacer la mano de un mortero.
Por otra parte, cuanto más naturales sean las
cosas que pasen en las comedias, tanto más se par
recerán las comedias á la vida, que es de lo que
se trata. El interés subsistirá por sencilla que sea
la acción que se forje, siempre que haya un poco
de arte en la composición. ¿O es que se cree que
sin sorpresas, líos, maquinaciones, cartas olvida-
das en un manguito ó telegramas puestos en una
bota de montar (valga el ejemplo), no es posible
interesar á nadie? ¡Aviados estábamos! Imagínese
una acción humana; píntense los amores de una
mujer, los celos de un hombre, las alegrías ó las
penas de todos, algo de lo que sucede en este
mundo, en fin, y siempre se conseguirá interesar
al público. Digo yo. No estribe el interés en lo que
pasará, sino en lo que pasa. El ideal para mis
amigos sería que el público, durante la represen-
tación de una de sus obras, llegara á olvidarse de
que se hallaba en el teatro. Bien es verdad que
para conseguirlo tendrían que empezar por matar
á todos los apuntadores, y eso sería un crimen es-
pantoso.
En una postdata de su carta de usted, y como
quien no quiere la cosa, les pide por favor que le
digan por qué le han llamado á El patio comedia
y no saínete.
A pesar de que esta pregunta está de sobra con-
testada con lo dicho, voy á satisfacer su curiosidad»
COMEDIAS ESCOGIDAS 219
El saínete, en mi concepto, ha de constar de
un solo acto y ha de ser genuínamente popular,
respondiendo así á su tradición y á su historia
completa. Bien claro lo prueban, entre los mode-
los del género, los más famosos y queridos del
autor de La casa de tócame Roque, y los más pre-
ciados de nuestros saineteros del día. Ya sé que
ahora, por circunstancias que no son del caso,
tiende tan castizo género á ensanchar su campo
de acción, pero siempre conservando como requi-
sitos peculiares la pintura de costumbres del pue-
blo y las dimensiones de un acto solo.
Si se escriben saínetes en dos actos, es claro que
también pueden escribirse en tres, en cuatro ó en
cinco. Y un saínete en tres ó en cuatro actos es lo
mismo que un entremés en dos. Y un entremés en
dos equivale á poner en una mesa melones en lu-
gar de aceitunas.
Pues bien: si el saínete debe estar y está ence-
rrado en esos límites, ¿cómo ha de llamarse una
obra cómica en dos actos, donde se pintan costum-
bres de una clase que no es el pueblo, y la cual
está sujeta desde el principio á una acción, por
vulgar, insignificante y baladí que ésta sea? Yo
creo que no tiene más nombre que el de comedia.
A lo sumo, podría llamársele comedia de costum-
bres, por más que esta particular distinción obli-
garía á calificar á otras, que hoy se llaman simple-
mente comedias, de comedias de enredo, come-
dias de caracteres ó comedias de disparates, que
también hay algunas.
Finalmente, si el nombre de comedia no lo de-
220 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
termina la pintura de tipos y costumbres, sino lo
abundante y complicado de la acción, el maestro
Bretón de los Herreros, el autor de Marcela, El
pelo de la dehesa, Un dia de campo, Un tercero
en discordia y tantas y tantas obras más, el padre
de nuestro moderno teatro cómico... escribió po-
quísimas comedias, A buen seguro que pueden
contarse.
Y adiós, mi querido amigo. Perdóneme si he sido
más prolijo de lo que usíca quisiera. Ahora me voy
á ayudar á los dos hermanos en una tarea que los
tiene entretenidísimos. Acaban de recibir siete
gruesas de chistes y chascarrillos andaluces para
las obras que preparan, y los están examinando y
clasificando por orden alfabético. Creo que van
por la J... Tienen eso muy bien montado. Chistes
de primera escena, de segunda, de quinta, de final
de acto, etc. Le digo á usted que es una mara-
villa.
Ya me olvidaba de enviarle las gracias en nom-
bre de ellos por los desaforados piropos que les
echa usted en pago del favor que les pide. Afor-
tunadamente, no se hinchan con los elogios, y ha-
cen muy bien, ya que no hay nada más fácil que
hinchar un autor, aquí donde es cosa tan difícil
hinchar un perro.
Mande lo que guste (el periódico entre otras
cosas), á su devotísimo amigo y servidor q. 1. b. 1. m.,
E L DIABLO COJUELO.
Madrid i$ Enero igoo (siglo XIX),
LAS FLORES
COMEDIA EN TRES ACTOS
Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 4 de
Diciembre de 19:1.
La poesía no tiene dentro ni fuera, fondo ni super ~
ficie; toda es transparencia, luz increada y que penetra
al través de todo,..
CLARÍN.
15
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
MARÍA JESÚS MATILDE RODRÍGUEZ.
CONSUELO ROSARIO PINO.
ROSA MARÍA , CONCHA CÁTALA.
ÁNGELES LOLA BREMÓN.
CHARITO. MERCEDES SAMPEDRO.
JULIANá .,... ANTONIA GARCÍA.
SALUD (niña) . . . . . , MARIQUITA SANTIAGO.
UNA CHIQUILLA TERESITA SANTIAGO.
VICENTA.. INÉS MUÑOZ.
BERNARDO FRANCISCO MORANO.
GABRIEL JOSÉ TALLAVÍ.
EL ABUELO JOSÉ VALLES.
JUAN ANTONIO JAVIER MENDIGUCHÍA.
BARRENA JOSÉ RUBIO.
ROMÁN , SALVADOR MORA.
RAMONCILLO RAMIRO DE LA MATA.
MANUEL (niño) PAQUITO MORA.
UN MOZO DEL HUERTO RAMIRO DE LA MATA.
Á LA SEÑORA
DOÑA CANDELARIA QUINTERO
DE ÁLVAREZ HAZAÑAS
SUS HIJOS,
SERAFÍN Y JOAQUÍN
ACTO PRIMERO
Huerto sevillano. A la derecha del actor la pueita de
entrada, abierta en una tapia rematada por capricho-
sas almenillas. En ángulo recto con ella, la vivienda
de la gente del huerto, que es de un solo piso, y á la
cual cubre un tejadillo en declive hacia el centro de
la escena. De esta vivienda se ven dos fachadas: una
lateral, de frente al público, y otra principal, de fren-
te á la izquierda del escenario, y que se prolonga
hasta el tercer término. En la fachada de frente al
público hay una puerta y una ventana con reja, y
entre ambas un poyete. Orlando la puerta, una enre-
dadera de campanillas blancas y azules. Sobre el po-
yete un grupo de macetas de geranios en flor. Las
paredes todas, blancas como las campanillas, y todas
con zócalo, azul como las campanillas también. En la
fachada principal hay una puerta y dos ó tres venta-
nas sin reja, desiguales; y en los huecos, cubriendo
materialmente la pared, las ramas de varios jazmines
que se crían adheridos al muro. Delante de la puerta
que da frente al público, un par de sillas bastas y
muy viejas, y una mesa chica de pino.
Por la izquierda del actor y por el fondo extiende
el huerto su lozana verdura, que cruzan y dividen
caprichosas veredas. Algunos melocotoneros y pera-
les se yerguen sobre todo; forma la parte más com T
pacta y brillante del fondo un buen golpe de naran-
jos cuajados de azahar, y aquí y allí destácanse, cada
cual con sus galas mejores, la magnolia, la celinda,
228 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
el granado, la adelfa, los rosales y las malvalocas. Las
lindes de algunas veredas las señalan y forman apre-
tadas filas de macetas de reseda, geranios, verbenas,
rosas y claveles.
Cubriendo el huerto todo, el cielo alegre y limpio
de la primavera.
Es por la mañana.
El ABUELO está sentado á la puerta del huerto, con sombrero ancho y en
mangas de camisa. Es un viejo de ochenta anos, muy colorado y coa
el pelo blanco como la nieve.
Un Mozo DEL HUERTO canta allá dentro, hacia la izquierda.
Mozo. A la fió de la violeta
yegüería con er jazmín,
á eso me güele tu cuerpo
cuando te asercas á mi»
Aparece y cruza hacia la derecha del foro, por donde se va, con una
regadera llena de agua.
Tiene mi serrana
la cara como una rosa
cuando dispiertapor la mañana."
Sale una CHIQUILLA por la puerta principal de la casa y se encamina á
la del huerto. Lleva la trenza suelta, y viste trajecillo de percal rosa
y mantón claro de espuma, puesto en forma de chai.
CHIQUILLA. Hasta er domingo, y que no farte.
ABUELO. Deteniéndola, al tiempo de irse, ¿Ande vas>
Chiquiya?
CHIQUILLA. A mi casa.
ABUELO. ¿Y de ande vienes?
COMEDIAS ESCOGIDAS 229
CHIQUILLA. De encargarle á su hija de usté dos
ramos pa un bautiso.
ABUELO. ¿Cómo le van á pone á la criatura?
CHIQUILLA. Anita Troncoso y Oliva.
ABUELO. ¿Te toca á ti argo?
CHIQUILLA. S Í , señó; si no peleo con mi novio
será mi cuña.
ABUELO. ¿Y tú cómo te yamas?
CHIQUILLA. ¿YO? Isabé.
ABUELO. ¿Cuántos años tienes?
CHIQUILLA. Do se.
ABUELO. ¿Dose? Te fartan tres.
CHIQUILLA. Por más que ya se pué desí que
tengo trese. Los cumplo en Junio y estamos en
Mayo...
ABUELO. ¿Trese? Entonses no te fartan más
que dos.
CHIQUILLA. Pero dos ¿pa qué?
ABUELO. Pa fené quinse, tonta.
CHIQUILLA. Marchándose. ¡Ay, er viejo!
ABUELO. Oye.
CHIQUILLA. Estoy sorda, Pregunta usté más
que la dortrina.
ABUELO, viéndola ir.
CapuyitOy capuyito,
ya te vas gorviendo rosa;
ya te va yegando er tiempo
de desirte arguna cosa.
Flores... toas son flores... La que no es jazmín es
clavé; la que no es clavé es asusena; la que no es
asusena es rosa; la que no es rosa es campaniya...
Toas son flores... de ahí no hay quien me saque.
230 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Sale MAKÍA JESÚS de la casa, por la puerta de frente al público, con
una cazuela de berza que partir y arreglar, y se sienta á ello. Es mujey
de unos cincuenta y tantos años. Viste un traje de faena remendado y
pobre, pero limpio.
MARÍA JESÚS. Diga usté, padre: ¿usté ha t o -
mao un encargo que ha venío hase poco?
ABUELO. YO no: lo tomó Consuelo.
M A R Í A JESÚS. ¿Pa dónde era?
ABUELO. Me paese que era pa er convento de
la Encarnasión... ó pa er convento der Socorro*^
ó pa er convento de... Güeno, pa un convento.
M A R Í A JESÚS. Pa este de aquí abajo sería.
ABUELO. ESO es, sí; pa este de aquí abajo.
M A R Í A JESÚS. ¿Y no ha venío nadie más?
ABUELO. Juaniyo er de la Plasa, por jaz-
mines,
M A R Í A JESÚS. Ya podía paga lo que debe Jua-
niyo er de la Plasa. En comiendo eyos, que coma
una ó no coma les tiene sin cuidao.
ABUELO. NO te quejes, mujé; que nunca se ha
vendió en este güerto más que ahora.
M A R Í A JESÚS. Seña de que lo hay.
ABUELO. Como que cresen flores hasta en la
arberca.
MARÍA JESÚS. SU trabajo les ha costao á mis
hijas.
ABUELO. Y á ti también, no ersageremos. Y
no digo que á mí, porque no me gusta echarme pi-
ropos.
Llega de la calle JULIANA, comadre de María Jesús y mujer de sus
años, en lo cual es en lo único que se parecen. Viste á lo popular, pera
con cierto lujo y con mal gusto.
COMEDIAS ESCOGIDAS 231
MARÍA JESÚS. Contrariada ai vería. (¡Vaya! Ahora
vamos á tené visita diaria.)
JULIANA. Dios guarde á ustedes.
ABUELO. Venga usté con Dios.
Pausa. Juliana se abanica.
JULIANA. Media Seviya he correteao...
MARÍA JESÚS. (POS no le digo que se siente.)
Nueva pausa.
JULIANA. ¿Qué hay por aquí?
MARÍA JESÚS. LO de tos los días: mucha tran-
quilidá, mucho trabajo... y mu pocas ganas de con-
versasión. (Y menos con lagartonas como tú.)
JULIANA. YO voy á habla mu poco.
MARÍA JESÚS. YO no lo he dicho por usté.
JULIANA. ¿Y las niñas?
MARÍA JESÚS. Por aya dentro andan.
JULIANA. Les quería enseña un corte e blusa
que le ha regalao su novio á mi Dolores...
ABUELO. Riéndose. (¡Su novio! ¡Pf...!) ¿Es de
raso?
JULIANA. Es de sea.
MARÍA JESÚS. POS no lo deslíe usté, comadre.
No nos vayamos á enamora de la sea. Ya sabe usté
que acá sernos pobres, y no podemos vestirnos
más que de perca.
JULIANA. Comadre, no se eche usté por tierra,,
que yo no vengo á pedirle á usté dinero.
MARÍA JESÚS. Ya me hago cargo. Usté tiene
to lo que nesesita.
JULIANA. Grasias á Dios, hija de mi arma. Nos
cayó la veta, comadre. En güeña hora lo diga*
pero ni á mis hijas ni á mí nos íarta na.
232 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ABUELO. Eso cree usté, señora.
JULIANA. Miste qué peina. Tómela usté én
peso.
MARÍA JESÚS. ¿YO, pa qué?
JULIANA; ¿NO le gustaría á usté vérsela puesta
á su Consueliyo?
MARÍA JESÚS. Se engaña usté en más e la mita,
comadre.
JULIANA. ¿ES orguyo eso?
MARÍA JESÚS. ESO es comodidá. Como pesa
tanto, la que se la clava en er moño tiene que bajá
la cabesa pa er suelo, y á mi Consueliyo y á toas
mis niñas siempre las verá usté con la frente mu
arta.
ABUELO. (i Arsa con esa, repulía!)
JULIANA. Abanicándose, hecha una pólvora. ¿Sabe usté
io que le digo, comadre?
MARÍA JESÚS. Comadre, usté dirá.
JULIANA. Que habla usté mucho de la frente e
las niñas, y que de tanto mira pa er sielo se van á
queá siegas, y que tiene usté toavía cuatro mosi-
tas, y que en este mundo cae luego ensima to lo
que se mormura, y que no es menesté íartarle á
nadie pa sé ca una como Dios la haya hecho... y
que en esta pajolera casa estoy yo cogiendo un
mar de estómago.
MARÍA TE S U S . Dejando la cazuela y levantándose, pero sin
Escuche usté, comadre: de
perder su tranquilidad y aplomo.
nueve hijos que he tenío, ocho han sío mujeres.
Una se me murió de seis años—;pobresita mía!—
angelitos ar sielo; dos se me han casao y no saben
sus maríos donde ponerlas, porque como son po-
COMEDIAS ESCOGIDAS 233
bres no tienen en la casa oratorio; otra está en el
Hospitá cuidando enfermos—le dio por ahí, Dios
la bendiga; no es por farta e cara, que la tiene pre-
siosa;—y tocante á las cuatro que me quean á la
vera toa vía, ni las malas lenguas der barrio—y no
lo digo por usté—han podio desí de eyas ni esto.
Miste que es poco,.. Pos ni esto. Paque se me ven-
ga usté á mí con peinas de való y con cortesitos e
blusa.
JULIANA. Conosía la historia.
MARÍA JESÚS. Y me la sé ar dediyo, ¿no es
verdá?
JULIANA. Sólo que siempre se caya usté, no sé
si por orvío ó por convenensia, á la viuda de su
hijo Migué, que me paese que también está en la
familia.
MARÍA JESÚS. Con sentimiento. En la familia está...
no pueo negarlo...
JULIANA, I Je!
MARÍA JESÚS. Pero no es de mi rama, no es de
acá... no es der «Güerto e las Campaniyas». Mi
pobre hijo—que por no desmentí la casta era mu
güeno y mu honrao, pa que usté lo sepa—la cogió
e la caye compadesío de su desgrasia... y como
había de salirle güeña... le salió na más que regu-
la... Por eso se murió er pobresito... Y por eso mi
Consueliyo, que es leche con asuca, quitó der lao
e la mala madre á las tres criaturitas que nasieron.
¿Quié usté que le diga argo más? Porque acá t e -
nemos contestasión pa to lo que usté nos pregunte.
Acá no sernos como otras que hay que tienen que
tapa muchas picauras.
234 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
JULIANA. La encuentro á usté mu fantesiosa
esta mañana.
MARÍA JESÚS. POS estoy lo mismo que siempre.
ANGELES y CHARITO salen por la puerta principal de la casa, en traje
de calle. Angeles viste hábito del Señor y mantón negro. Charito traje
claro de percal y mantón blanco. Ambas lo llevan puesto á modo de
chai.
M A R Í A JESÚS. ¿Ande vais?
ANGELES. Güenos días, Juliana.
CHARITO. Güenos días.
JULIANA. Vengan ustés con Dios.
M A R Í A JESÚS. ¿Ande vais, niñas?
CHARITO. YO á compra un carrete y una jaula.
ANGELES. Y yo por una vela pa las tormentas.
MARÍA JESÚS. NO tardarse, ¿eh?
ANGELES. Descuide usté, que venimos pronto.
JULIANA. ¿Vais pa abajo?
MARÍA JESÚS. N O ; van pa arriba.
JULIANA. Le arvierto á usté que no me las voy
á come.
CHARITO. NO nos dejaríamos nosotras.
ANGELES. Cay a tú... Hasta luego, madre.
CHARITO. Hasta luego.
Al ir á salir, llegan JUAN ANTONIO y VICENTA y se detienen saludándo-
los. A Juan Antonio se le advierte que es sacristán á tiro de cañón. Vi-
centa es una criada de la iglesia en que Juan Antonio presta sus servi-
cios. Trae una gran bandeja de mimbres para llevar flores.
JUAN ANTONIO. La paz de Dios sea en esta
santa casa.
ANGELES. J u a n Antonio!
JUAN ANTONIO. Hola, niñas... María Jesús...
Abuelo... Juliana...
COMEDIAS ESCOGIDAS 235
ABUELO. Güenos días, amigo.
MARÍA JESÚS. Pensando en usté estaba ya
hase poco.
JUAN ANTONIO. Yo estoy pensando en ustedes
á todas horas.
CHARITO. Usté es mu fino.
JUAN ANTONIO. Ya saltó la chica. ¿Adonde va
por ahí esta parejita de lirios tempranos? ¡Ahí
Dirigiéndose á Angeles, que lo turba visiblemente con sus ojos.
El padre Santiago está muy enfadado con usted...
está muy enfadado con usted... Y también está
muy enfadado con usted el padre Santiago... ¡Oh,
qué cabeza! He querido decir... el padre Santiago.
María Jesús recoge la cazuela que antes sacó y se entra en la casa. Á-
poco vuelve sin ella.
CHARITO. Pos no sale usté der padre Santiago
en toa la mañana.
JUAN ANTONIO. ¡Je! Qué mala es esta chica....
(La mala es la otra, que me roba la voluntad.)
ANGELES. Dígale usté ar padre que ya iré yo
por ayí... que ya verá como no me orvido... ¡Ahí
Y muchísimas grasias por el agua bendita.
JUAN ANTONIO. Calle usted, por Dios... el agua
bendita... ¡eso no vale nada!
ANGELES. ¿Qué está usté disiendo?
JUAN ANTONIO. ¡Jesús! ¡qué animal! El Señor
me perdone... Quise decir que es [Link] bendita
la que debe estar agradecida... ya que usted va á
mojar en ella sus... sus... ¡Atiza! ¡qué profanación!
No sé por dónde ando...
CHARITO. Mira, vamonos ya, si no quieres que
se condene Juan Antonio.
235 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ANGELES. ES verdá; que está desatinao esta
mañana.
JUAN ANTONIO. Desatinasdo... Vaya, el Señor
las ascopañes... (¡Adiós! ¡ya empezaron á bailar-
me las eses!...)
ANGELES. Hasta luego.
JUAN ANTONIO. Hatasluesgo... (¡Jesús!)
CHARITO. (Ar sacristán le gusta mi hermana
más de la cuenta.)
JUAN ANTONIO. (Si esa mujer se encierra en un
claustro... yo me voy á un desierto.)
MARÍA JESÚS, viendo ir á sus hijas. Místelas, coma-
dre; da gloria verlas alas dos.
JULIANA. A toas las madres nos párese lo
mismo.
JUAN ANTONIO. ¿Están mis flores, María Jesús?
MARÍA JESÚS. ¿Se le ha fartao á usté acá ar-
guna vez?
JUAN ANTONIO. ¡Nunca! Si no es eso... sino
que tengo alguna prisilla...
MARÍA JESÚS. Pos vamos pa aya. Encamínase con
Juan Antonio y Vicenta hacia el segundo término de la izquierda, por
donde se van.
JUAN ANTONIO. Ya sabe usted lo que sucede...
Anda, Vicenta. Juan Antonio, la sacristía, Juan
Antonio, el altar, Juan Antonio, las ^elas, Juan
Antonio, los ramos, Juan Antonio, á tocar á misa.
Y Juan Antonio no tiene más que un cuerpo. Pero
los curas no se ponen en nada... Al fin curas...
¿Qué estoy diciendo, santo Dios? El Señor me per-
done.
JULIANA. Estallando. Si es muda revienta. ¡POS nO e s t á
COMEDIAS ESCOGIDAS 237
mi comadre mu fastidiosa con sus niñas! Jesús!
¡No paese sino que no hay más niñas güeñas que
las suyas! ¡Ave María!... ¡Este año, er premio á la
virtú en los Juegos florales!...
ABUELO, Y usté la reina de la fiesta.
JULIANA. Otras habrá peores.
ABUELO. NO digo que no; eso es cuestión de
gusto... Usté toa vía está en güeña edá... y reto-
cándose un poquiyo pué da er gorpe. ¿Por qué no
se tapa usté la meya con un grano de arró?
JULIANA. Porque así le hago más grasia á mi
marío.
ABUELO.' Ah, pero ¿usté está en la equivoca-
sión de que le hase grasia á su marío?
JULIANA. Tanta grasia como mi marío me hase
á mí.
ABUELO. ES que Barrena es mu grasioso.
JULIANA. ¿Sí, verdá? No sabe é la que le espera
por la úrtima grasia.
ABUELO. Se lo figurará. Tiene fantesía.
JULIANA. DOS días hase ya que no va por casa..«.
¡Er demonio er viejo!... Por supuesto, que no va á
sé ferpa. Lo vi á pone hecho un higo. Aparece BA-
KRBNA, que viene de la calle con la pesadumbre pintada en el rostro. At
principio no ve á Juliana; pero no bien ha avanzado dos pasos huerto
adentro, repara en ella, se le ponen los pelos de punta, y al oír sus ca-
Ér se cree
riñosas palabras echa á correr y no lo alcanza un galgo.
que adelanta argo con retarda el encuentro... y lo
que hase es dá luga á que á mí me crezcan las
U f í a S . . . Viendo á su marido. ¡Granuja, ven acá! ¡A tiem~
po yegas!
ABUELO. ¡En seguía!
238 S. Y J, ÁLVAREZ QUINTERO
JULIANA. ¡Sidoro! ¿Ve usté como juye? Er que
juye, delito tiene... Pero no le vale... Echandoácorrer
y yéndose detrás de Barrena. ¡Sidoro! ¡Grandísimo perro!...
¡Sidoro!...
ABUELO. Sí, sí... Ni con artomovi cogen á
Sidoro.
El Mozo vuelve á cantar allá dentro, muy lejos.
Mozo. ¡Qué grandes fatigas!
¡qué grande doló!
¡qué punsaítas más lentas
le dan á mi corasen!
Viene BERNARDO de la calle. Viste traje negro de americana y som-
brero flexible.
BERNARDO. Buenos días, abuelo.
ABUELO. Levantándose. ¡Don Bernardo!
BERNARDO. NO se mueva usted.
ABUELO. Si yevo sentao toa la mañana... ¿Cómo
van esas murrias?
BERNARDO. Como siempre. ¿Y por aquí, qué
tal?
ABUELO. TOS güenos; muchas grasias.
BERNARDO. A usted da gloria verlo. Me da us-
ted envidia. Representa usted menos edad que yo.
ABUELO. POS véngase usté á viví ar güerto con
nosotros, y yo me encargo de ponerlo á usté como
nuevo. Esto es una bendisión, señorito. Miste, yo
me levanto con er só; me asomo á la ventana e mi
cuarto, hago asín... Respirando fuerte, y ya no me hase
farta er desayuno. Los olores der güerto metién-
dose tos juntos pecho alante, alimentan más que er
pan de Árcala.
COMEDIAS ESCOGIDAS 239
BERNARDO. Riéndose. Sí lo creo, sí... ¿Y María
Jesús, por dónde anda?
ABUELO. En el escritorio la tiene usté.
BERNARDO. ¿Cómo en el escritorio?
ABUELO. Ahí en er cuartucho ese ande hasen
los ramos. Le yamamos asín, porque un día Chan-
to les dijo á unos ingleses que era el escritorio..»
i Je! Y el escritorio se le ha queao.
BERNARDO. P u e s voy al escritorio. Encamínase ha-
cia la izquierda, á tiempo que salen por la puerta principal de la casa
CONSUELO, SALUD y MANUEL, ante los cuales se detiene. Manuel y Salud
son dos sobrinitos de Consuelo, de cinco y seis anos respectivamente.
Consuelo viste un trajecillo claro de percal, tan traído y llevado como
limpio. Los niños salen dispuestos para ir á la academia. ¡ C o n s u e l o !
CONSUELO. ¡Don Bernardo! ¡Dichosos los ojos!
BERNARDO. Calcula tú lo que dirán los míos.
CONSUELO. Los de usté, ¿qué van á desí?
BERNARDO. ¿NO te digo á ti que lo calcules?
Mira qué buenos colores tienes.
CONSUELO. De trajina con estos diabliyos.
BERNARDO. Tomándoles la cara á los niños. ;Son malos?
CONSUELO. Regulariyos son... Los besa.
BERNARDO. ¿Y la más pequeña?
CONSUELO. ¿Luisita? En la cuna la tiene usté;
¿quié usté verla? No hase más que come y dormí.
Paese un gusano e sea.
BERNARDO. Vamos á ver: ¿cuál de los dos es
el que se va á venir conmigo á mi casa? A ia niña.
¿Vas á ser tú?
SALUD. NO.
BERNARDO. Al niño. ¿ Y tú?
SALUD. Tampoco.
240 S. Y J, ALVAREZ QUINTERO
BERNARDO. Mujer, déjalo á él que conteste.
CONSUELO. En seguía. Esta paese el eco: con-
testa siempre aunque no le pregunten.
BERNARDO. ¿Cómo te llamas?
SALUD. Salú.
BERNARDO. ¿Salud qué?
SALUD. Salú Campo y Romero.
CONSUELO. ¿Qué más se dise?Paraserví áDios...
SALUD. Para serví á Dios y á usté.
CONSUELO. Besándola. ¡Qué monísima eres, chi-
quiya!
BERNARDO, AI niño. ¿Y tú, cómo te llamas?
SALUD. Manué.
BERNARDO. Ya está el eco.
CONSUELO. Déjalo tú que él lo diga, Salú.
BERNARDO. ¿Qué edad tiene ésta?
SALUD. Seis años.
BERNARDO. Al niño. ¿ Y tú?
SALUD. Sinco.
BERNARDO. ¡Nada! ¡No hay manera! ¿Quieres
un perro grande?
MANUEL. Dámelo usté.
BERNARDO. Riéndose. ¡Toma, hombre, toma!
CONSUELO. Ya habló, don Bernardo.
BERNARDO. El amigo no quiere gastar saliva
en balde. Tú serás un gran hora ore.
SALUD. Dame usté á mí otro.
BERNARDO. S Í , mujer; ya lo creo.
CONSUELO. Niños, ¿qué se dise?
SALUD y MANUEL. Muchas grasias.
CONSUELO. ¿NO es verdá que paresen otras las
criaturitas?
COMEDIAS ESCOGIDAS 241
BERNARDO. Como que es otra la madre que
tienen. Las besa. ¿Se sabe de la suya?
CONSUELO. Más vale que no se sepa, don Ber-
nardo. No hay quien la sujete: es una cabra.
ABUELO. Conque, ¿nos vamos á la escuela 6
no nos vamos?
CONSUELO. Anda con agüelito. Dame un beso,
Salú. Dame tú otro, Manué. Que seáis güenos.
ABUELO. Vamos aya.
CONSUELO, volviendo ábesados. Cuidaíto con echar-
se manchas. Hasta luego, gloria.
ABUELO. ¡Déjalos ya, chiquiya!
CONSUELO. A vé si no me compráis chucherías
con ese dinero. Salusita, no le dejes á Manué que
compre chochos; que luego le hasen daño. Y tú no
le respondas á doña Ana. Ea, darme otro beso.
ABUELO. ¡Mujé, que no se van á Filipinas! ¡A
la escuela ahora m i s m o ! Se va con Salud de una mano y Ma-
nuel de la otra. Consuelo se asoma á la puerta á verlos ir. En seguida
vuelve á entrarse en el huerto, é interroga á Bernardo que está pensa-
tivo.
CONSUELO. ¿En qué piensa usté, don Bernardo?
BERNARDO. ¡Si vieras cuántas veces me contó
m i m a d r e e s t a e S C e n a ! . . . Consuelo hace un gesto de tristeza
resignada. V o y á V e r á l a t u y a . Entrase por el segundo término
de la izquierda.
CONSUELO. ¡ P o b r e d o n B e r n a r d o ! Después de echar-
les un vistazo y cortarles unas ramitas á varias macetas que hay en pri-
mer término. ;Dónde estará mi hermana? Llamándola. ¡Rosa
María!... ¡Rosa María!...
ROSA MARÍA. Dentro, muy hacia ei fondo. ¿Qué quie-
res?
16
242 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. ¿Pues vení?
ROSA M A R Í A . ¡Ahora voy!
CONSUELO. ¿Qué hases?
ROSA MARÍA. ¡Corta las rosas pa Fransisco!
CONSUELO. ¡Ah!
Llegan de la calle ROMÁN y ROMANCILLO, padre é hijo, floreros de
profesión. Usan sombrero ancho muy viejo y visten pobremente. |E1 hijo
trae dos macetas grandes de latanias, descansando sobre el hombro iz-
quierdo la una y sujeta con el brazo derecho la otra. El padre trae al
brazo ún canasto lleno de plantas pequeñas. Hablan los dos con calma
desesperante, hija de una pereza enervadora. Apenas llegan sueltan la
carga y cada uno se deja caer en una silla.
ROMÁN. Güenos días.
ROMANCILLO. Güenos días.
CONSUELO. Hola, güenos días. ¿Qué traemos?
ROMÁN. Na, zino que pazábamos por aquí...
ROMANCILLO. ¿Tiene usté una poquiya e agua?
CONSUELO. Sí. Sentarse. Vase al interior.
ROMANCILLO. ¡Lo q u e p e z a n e s t a s pajo-
leras!. ..
ROMÁN. POZ ¿y estas? Er brazo tengo yo molió.
Pausa. Sale CONSUELO con una talla llena de agua, que se beben en-
tre los dos.
CONSUELO. ¿Quién era er del agua?
ROMANCILLO. YO: traiga usté.
ROMÁN. NO te la bebas toa.
CONSUELO. Iré por otra taya, si acaso.
ROMANCILLO. No es m e n e s t é . Tome usté,
padre.
CONSUELO. ¿Está fresca?
ROMANCILLO. Está fresca.
ROMÁN. Está fresca. Gracias.
COMEDIAS ESCOGIDAS 243
CONSUELO. NO las m e r e . S e . Entra un momento en la
casa á dejar la talla.
ROMÁN. Romanciyo.
ROMANCILLO. Qué.
ROMÁN. ¿Quiés hace er favo de arras carme en
esta aleta?
ROMANCILLO. ¿En cuá?
ROMÁN. En esta de este lao.
ROMANCILLO. Contra la ziya ze arrasca usté
mejó.
ROMÁN. ¡Quéflojo eres!...
Romancillo está medio dormido y cabecea. El padre poco menos.
CONSUELO. ¿Paese que hay sueño?
ROMÁN. Este haragán... Sacudiéndolo perezosamente.
Romancillo, aspabílate...
ROMANCILLO. Estoy aspabilao...
CONSUELO. ¿Sehamadrugaomucho, Romansiyo?
ROMANCILLO. Desde las cuatro e la mañana
estoy en pie. He tenío que di ar río á corta unos
juncos...
El padre aprovecha la ocasión para descabezar un sueno.
CONSUELO. ¿Argún encargo e ramos?
ROMANCILLO. Z Í . Tres ocenas. Aluego pué que
mande á mi hermaniya por zarapico.
CONSUELO. Güeno. Ya lo piyó er padre.
ROMANCILLO. Er pobre viejo... Llamándolo. Pa-
dre... padre... aspabíleze usté, que nos vamos.
ROMÁN. 7A no estoy dormío...
CONSUELO. ¡JOSÚ! ¿pero es que les han pegao á
ustés una palisa?
ROMÁN. Levantándose con trabajo. ¿ Q u é p a l i z a , m u j é ?
Que en caza zemos éste y yo zolos pa to.
244 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. ¿Pos no tiene usté diez hijos?
ROMÁN. Diez ó doce tengo, pero ninguno da
un gorpe en na. Este ez el único que ze mueve
argo... Y tampoco ez un tranvía elértrico, no crea
usté. Místelo ya dormío.
CONSUELO. ¿Vendió usté las begonias aqueyas,
Román?
ROMÁN. Las vendí. A eza zeñora de la caye la
Laguna... Y á don Julio le cambié las petunias por
unos claveles de arco iris.
Salen por la izquierda y cruzan hacia la calle JUAN ANTONIO y V I -
CENTA. MARÍA JESÚS los sigue. Vicenta lleva llena de flores la bandeja
que traía.
MARÍA JESÚS. Le da usté muchas memorias ar
padre Justo.
JUAN ANTONIO. Muchas gracias. Buenos días,
Consuelito.
CONSUELO. Güenos días, Juan Antonio.
ROMÁN. Hola, María Jezús.
MARÍA JESÚS. Hola, Román.
JUAN ANTONIO. Vamos, Vicenta, que se nos ha
hecho tarde.
MARÍA JESÚS. Acompañándolos á la puerta. Y dígale
usté ar padre Santiago que ya irá Angeles porayí...
JUAN ANTONIO. SÍ, que vaya, que vaya,.. (Es
mi alimento espiritual...) Hasta otro día. Vase coa
Vicenta.
MARÍA JESÚS. Con Dios, Juan Antonio. Vuelve
hacia la izquierda, por donde se va,
ROMÁN. ¿Mucho trajín, María Jezús?
MARÍA JESÚS. Grasias á Dios no farta. ¿Y us-
tedes?
COMEDIAS ESCOGIDAS 245
ROMÁN. NOS vamos defendiendo.
MARÍA JESÚS. Más vale así. vase.
ROMÁN. Sacudiendo á su hijo otra vez. R o m a n c i y O . . .
ROMANCILLO. ¿Qué quié usté, padre?
ROMÁN. Entra por ahí y coge una poquiya e
biznaga.
Consuelo oye el diálogo cruzada de brazos y muerta de risa.
ROMANCILLO. Levantándose. ¿Que coja una poquiya
e biznaga? ¿Y pa qué quié usté la biznaga?
ROMÁN. ¿Que pa qué quieo yo la biznaga? ¿Vas
á hace los ramos zin biznaga, guazón?
ROMANCILLO. Pero, ¿no hay en caza biznaga?
ROMÁN. ¿Que hay en caza biznaga?
ROMANCILLO. A mí me dijo madre que había
biznaga.
ROMÁN. Miá no zean cozas e tu madre, que
tiene una azaura que... Yo creo que no hay biz-
naga.
ROMANCILLO. Yo creo que zí. Amónos.
CONSUELO. (Ay, grasias á Dios. ¡Qué apuro de
hombres!)
ROMANCILLO. Volviendo á cargar con las macetas. De jie-
rro paecen las condenas.
ROMÁN. Cogiendo su canasto. Q u é e U S t e con Dios,
ConzuelOe
CONSUELO. Vayan ustés con Dios; y que des-
cansen.
ROMÁN. Descanzo píe er cuerpo, no ze figure
usté. A Romancillo, deteniéndolo un momento en la puerta. ¿ E s t a S
tú zeguro de que en caza hay biznaga?...
ROMANCILLO. ¿Otra vé, padre? Un pone que
no haya biznaga...
246 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. Viene Romansiyo por eya en un
soplo, ¿no es verdá?
ROMANCILLO. ¡POS claro!
ROMÁN. en un zoplo? ¿No estás viendo
¿TÚ
que ezo es pitorreo? \ Ajolá haya biznaga!
ROMANCILLO. ¡Hay biznaga, padre, hay biz-
naga!
ROMÁN. Pa mí que no hay biznaga, Romanciyo.
ROMANCILLO. Pa mí que zí hay biznaga, padre.
Esto último lo dicen ya fuera del huerto, y se supone que llegan á su
casa hablando de lo mismo y con la misma variedad de razones.
CONSUELO. Vaya un pá. Y eso que son los dos
más vivos e la casa. Los otros disen que pa come
tienen que agarra la cuchara con las dos manos...
Aparece ROSA MARÍA en el fondo y baja hasta unirse á Consuelo, con
el delantal lleno de rosas. Su vestido es análogo al de su hermana. Sobre
la cabeza trae puesto un pañolillo suelto, muy echado á la frente,
R O S A MARÍA. Sofocadísima. Jesús!...
CONSUELO. Chiquiya, cómo vienes... ¿Pica er
só?
ROSA MARÍA. Achicharra. Paese que estamos
en Agosto. Miá lo que me he hecho en esta mano.
CONSUELO. Eso no es na. ¿Qué rosas has cogió?
ROSA M A R Í A . Pimpinelas y de te.
CONSUELO. ¿Quiere muchas ese?
ROSA M A R Í A . Tres dosenas de ca una. ¿Ande
está er canasto?
CONSUELO. Ahí dentro.
ROSA M A R Í A . Tráetelo.
CONSUELO . Voy por é. Éntrase en la casa por la puerta
de frente al público. Rosa María vuelca en la mesilla las rosas que trae*
y se pone sobre los hombros el pañuelo de la cabeza.
COMEDIAS ESCOGIDAS 247
En la puerta asoma GABRIEL.
Es un mocito del pueblo, que se roza con el señorío. Viste pantalón
claro, «guayabera* de seda cruda y sombrero de ala ancha gris. Usa es-
puelas y lleva siempre en la mano una varita. Sus primeras palabras las
dice dirigiéndose á Rosa María desde la puerta del huerto.
GABRIEL. (Más vale yegá á tiempo que ronda
un año.) ¿Hay permiso?,-
ROSA MARÍA. Pase usté.
GABRIEL. ¿Y perro, hay?
ROSA MARÍA. Está atao. (Este es er de ayer
tarde.) ¿Qué se le oí resé á usté?
GABRIEL. A este güerto le disen er «Güerto e
las Campaniyas», ¿no es verdá?
ROSA MARÍA. Sí, señó; pero eso ya me lo pre-
guntó usté ayer tarde.
GABRIEL. NO me acordaba. ¿Ha visto usté qué
mala memoria?
ROSA MARÍA. ¿Ha visto usté? ¿Se pué sabe lo
que usté quiere?
GABRIEL. Ya lo creo. ¿Cómo les disen ustés á
estas rositas blancas?
ROSA MARÍA. Pimpinelas.
GABRIEL. ¿Pimpi... qué?
ROSA MARÍA. Aqueyo.
GABRIEL. NO se enfade usté conmigo, hija.
ROSA MARÍA. ¿Quié usté acaba?
GABRIEL. ¿Tengo yo la curpa de sé tan torpe?
ROSA MARÍA. ¿ES usté mu torpe? ¡Qué lás-
tima!
GABRIEL. Como que hasta ahora no me he dao
cuenta de lo bonita que es usté. Miste si hase far-
ta sé arrimao á la cola.
248 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA MARÍA. ¡Vaya!... Trata de irse.
GABRIEL. Deteniéndola. Oiga usté, ¿es que
no quié
usté despacharme?
ROSA MARÍA. Ar contrario; lo que quiero es
despacharlo á usté en seguía.
GABRIEL. POS vi á darle á usté gusto.
ROSA MARÍA. Usté dirá.
GABRIEL. YO nesesito un ramo e flores.
ROSA MARÍA. ¿De qué flores?
GABRIEL. De toas. Ar capricho de usté lo dejo.
ROSA MARÍA. ¿Grande ó chico?
GABRIEL. Ar capricho de usté. Es pa un arta
que tengo en mi casa.
ROSA MARÍA. ¿Pa un arta?
GABRIEL. S Í ; me da por la Iglesia. Como no
me quié nadie en este mundo...
ROSA MARÍA. ¡Vaya por Dios! ¿Y pa cuando
nesesita usté er ramo ese?
GABRIEL. YO me lo ye varía ahora mismo,
ROSA MARÍA. Ahora mismo va á sé difisi.
GABRIEL. ¿Por qué?
ROSA MARÍA. Porque no tenemos flores cortas.
G A B R I E L . ¿Y esas?
ROSA MARÍA. Esas están vendías*
GABRIEL. POS mande usté que corten más.., y
mientras las cortan charlamos usté y yo de lo que
se tersie.
Sale CONSUELO con un canasto por donde se fué, á tiempo de oír esta
^última frase.
CONSUELO. ¿Qué? ¿qué es eso?
ROSA MARÍA. Er señó...
GABRIEL. Güenos días
COMEDIAS ESCOGIDAS 249
CONSUELO . Güenos días.
ROSA MARÍA. Er señó, que quié un ramito e flo-
res á la carrera.
GABRIEL. NO ersagere usté tanto: á la carrera
no hase farta... Con que esté dentro e poco...Digo,
si pué sé.
CONSUELO. Sí, señó; ya lo creo que pué sé...
Si de eso vivimos... de las flores...
Llega el ABUELO de la calle.
GABRIEL. ¿Está usté segura? ¿No serán las flo-
res las que vivan de verlas á ustés?
CONSUELO. ¿Pa qué nos vamos á mete en ave-
riguarlo? Agüelo, vaya usté con er señó y córtele
usté las flores que quiera pa hasé un ramito.
ABUELO. Vamos aya.
GABRIEL. YO tenía gusto en que las hubiera
escogió aquí esta joven.
CONSUELO. Esta joven no sabe de eso.
GABRIEL. Porque lo dise usté lo creo, pero
paese mentira.
CONSUELO. Ahí tiene usté las cosas de este
mundo.
ABUELO. ¿Viene usté ó no viene?
GABRIEL. Sí, señó; ahora mismo.
CONSUELO. Usté sabrá que en este güerto las
flores son caras...
GABRIEL. Ar revés.
CONSUELO. ¿Cómo?
GABRIEL. Que las caras son flores.
CONSUELO. Grasias; es favo.
GABRIEL. E S l a p u r a . A BERNARDO, con quien se cruza
ir huerto adentro, Güenos días, amigo.
250 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
BERNARDO. Hola.
GABRIEL. ¿Cómo estamos?
BERNARDO. Bien ¿y usted?
GABRIEL. Pa servirle.
BERNARDO. ¿Por flores?
GABRIEL. Por flores.
BERNARDO. Hay donde escoger. Que usted
siga bueno.
GABRIEL. Vaya usté con Dios. Internándose en el
¡Josú, qué güerto más bonito! i Si
huerto con el Abuelo.
esto es la gloria!...
CONSUELO y ROSA MARÍA se sientan junto á la mesilla y principian á
cortar flores y á separar unas de otras. BERNARDO se les acerca.
CONSUELO. ¿Quién es ese tipo, don Bernardo?
BERNARDO. Ni él mismo sabe á punto fijo
quién es.
ROSA MARÍA. ¡Ay, qué grasia!
CONSUELO. ¿Y cómo pué sé eso? Porque yo sé
quién soy.
BERNARDO. Ahí verás tú. Es hombre que se
mete hasta en los charcos.
CONSUELO. ESO me ha querío párese á mí.
ROSA M A R Í A . S Í ; no es corto e genio, no. Pero
tiene ange.
BERNARDO. S Í que lo tiene: es un tipo de gra-
cia. Y suele caer bien en todos lados. Yo lo he vis-
to siempre donde quiera que ha habido una diver-
sión. En la feria de Córdoba, en la de Mairena, en
el Rocío, en el encerradero del Empalme... Unas
veces vende caballos, otras veces los compra...
bulle en dos ó tres cofradías... tiene un puesto de
pájaros, cría gallos ingleses, cambia alhajas, jue-
COMEDIAS ESCOGIDAS 251
ga... ¡qué sé yo! En fin, un día que estaba conmi-
go en los toros, se tiró al redondel y pidió permiso
para dar el salto de la garrocha.
CONSUELO. ¡Ay, qué mareo de hombre! Ahora
me explico que ni ér mismo sepa lo que es. No
tendrá cabesa pa acordarse.
ROSA MARÍA. POS hija, asín me gusta á mí la
gente. Esos hombres que no sirven más que pa una
cosa son mu esaboríos.
BERNARDO. Tienes razón, chiquilla. Yo te bus-
caré en Madrid un novio á tu gusto.
CONSUELO. Pero ¿por fin se va usté á Madrí?
BERNARDO. Esta misma tarde.
CONSUELO. ¿Tan pronto?
BERNARDO. ¡Qué más da!
ROSA MARÍA. ¿Y por mucho tiempo?
BERNARDO. NO lo sé...
ROSA MARÍA. ¡Ay,Madrí!... ¡Quién se fuera!...
¿Se atreve usté á yevarme en er baú?
BERNARDO. Y en el coche.
ROSA MARÍA. ¡Ajolá!
CONSUELO. Las ganas que tiene esta chiquiya
de vé á Madrí. Yo no sé qué se le ha figurao.
BERNARDO. ¿Y tú, no tienes ganas?
CONSUELO. ¿Yo? ¿Pa qué? ¿Qué farta me hase
á mí Madrí?
ROSA MARÍA. Esta no tiene curiosidá por na,
CONSUELO. Y tú por to: sernos diferentes.
Bernardo las oye encantado.
ROSA MARÍA. A mí lo que me pasa es que me
gustaría salí arguna vé de estas cuatro paredes.
Oye una habla de muchos sitios y de muchas cosas
252 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
de por ahí fuera, y como to lo ha hecho Dios... le
pica la curiosidá de verlo. Porque mi hermana ha
yegao á creerse que en viendo er güerto ya no hay
en er mundo más que vé.
CONSUELO. Como que me sobra to lo demás.
¿Tú te crees que en Ingalaterra iba yo á está más á
gusto que apartando estas flores?
ROSA MARÍA. Mujé, también te has dio á acor-
dá de una provinsia...
CONSUELO. Con la que una tiene más rose, mujé.
ROSA MARÍA. POS ya ves tú; si los ingleses
fueran tan metíos en sí como tú eres, ¿cuándo íba-
mos acá á vendé claveles á catorse reales?
CONSUELO. Güeno, pos que vengan eyos, pero
yo me estoy quieta. Y eyos vienen porque esto es
mejó que lo suyo; que te coste á ti. Yo he oído desí
que ayí no sale er só más que una vez al año, y
que se va en seguía porque la gente se asusta dé.
ROSA MARÍA. Escuche usté, don Bernardo:
¿usté ha estao en China?
BERNARDO. YO no, hija de mi alma. ¿Por qué
me lo preguntas?
CONSUELO. Vamos, tú, cáyate y no seas tonta.
ROSA MARÍA. Porque Consuelo dise que es
verdá que hay Fransia, y que hay Ingalaterra... y
que hay París... pero que se resiste á creé que
liaya China.
Bernardo suelta la carcajada.
CONSUELO. ¿Ves tú? Ya se está riendo. Pos me
resisto á creerlo, don Bernardo; no lo pueo reme-
dia. Se me ha metió en la idea que es una tierra
inventa na más que pa los abanicos.
COMEDIAS ESCOGIDAS 25$
BERNARDO. Te advierto que yo también tengo*
mis dudas.
CONSUELO. Ya eso es chufleque usté.
BERNARDO. Benditas sean ustedes, que son ca-
paces de distraerme y de alegrarme un rato.
CONSUELO. Desimos tantas tonterías...
BERNARDO. Claro; y yo, como soy tonto, me ría
con ellas.
CONSUELO. ¿Tonto usté?
BERNARDO. Tonto y medio. ¿No te parece á ti?
CONSUELO. ¿A mí qué va á pareserme, don
Bernardo?
BERNARDO. Esto me interesa. Vamos á ven
¿qué opinas tú de mí, Consuelito?
CONSUELO. ¿Yo?...
BERNARDO. Sí, tú; dímelo.
CONSUELO. ¿Y á usté qué farta le hase?...
BERNARDO. Ahora me hace falta.
CONSUELO. Pos no se lo digo á usté porque se
va á pone mu ancho.
BERNARDO. Í Vaya! Veo que tienes de mí mejor
idea que yo.
ROSA MARÍA. Pero ¿usté no tiene güeña idea
de su persona?
BERNARDO. Al contrario: muy mala.
CONSUELO. ¿Por qué, don Bernardo?
BERNARDO. ¿Por qué ha de ser? Porque no sirvo
para nada, porque no hago cosa á derechas, porque
no tengo arranque...
CONSUELO. Usté lo que tiene es la manía de
no vé malamente más que to lo suyo.
BERNARDO. NO es manía; es desgracia: es que
254 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
me conozco. Créeme, Consuelito: me falta volun-
tad, me falta el entusiasmo que á mi edad se sien-
te por las cosas... Nada me atrae, nada despierta
mi interés... Pico aquí, pico allá, de todo me canso
álos dos días... Me vuela el espíritu dentro del cuer-
po como una mariposa, y este constante aletear
créete que me cansa... que me rinde...
ROSA MARÍA. ¡Vaya por Dios!
CONSUELO. A mí me párese que no se conose
usté tan bien como piensa. ¿Quié usté que yo le
diga lo que tiene? Pos una pena que no lo deja res-
pira. Y yevándola ensima siempre y siempre á tos
laos, ¿cómo quié usté que le yame la atensión na
de este mundo?
BERNARDO. Veo que discurres infinitamente
mejor que mi médico.
CONSUELO. ¿Por qué lo dise usté?
BERNARDO. Porque mi médico, el muy simple,
me aconseja que cambie de postura... que me dis-
traiga... que viaje... Tanto machaca que me voy
por no oirlo... Pero tú dices bien: llevando en el
alma lo que llevo... ¿qué más da que recorra el
mundo? Sobre que ahora mi único consuelo está
cabalmente en recrearme á todas horas en mi do-
lor... en vivir del recuerdo de mi madre... en vi-
sitar los sitios que más frecuentaba... en darlos
pasos que ella hubiera dado... en venir á este huer-
to, donde no dejó de venir ni un solo día...
CONSUELO. Ni uno solo, es verdad.
ROSA MARÍA. ¡Pobre doña Rosario! Nos quería
mucho.
BERNARDO. Las quería mucho á ustedes... y á
COMEDIAS ESCOGIDAS 255
las flores. Ya le he dicho á María Jesús que du-
rante mi ausencia quiero que vaya una de ustedes
todas las tardes á cuidar las que me ha dejado.
CONSUELO. YO iré.
ROSA MARÍA. Y yo.
CONSUELO. Iremos un día una y otro día otra.
¿Usté gorverá pronto?
BERNARDO. Creo que sí, que volveré en segui-
da, mal que pese á mi médico.
CONSUELO. N O , pos eso tampoco lo encuentro
yo bien... Cuando don Juan lo manda...
BERNARDO. ¿Y qué sabe don Juan?... Con que,
niñas, hasta la vuelta.
CONSUELO. ¿Se va usté ya?
Las dos se levantan,
BERNARDO. Para no pasarme aquí todo el día.
CONSUELO. le doy á usté la mano porque la
NO
tengo moja de las flores.
BERNARDO. Pues te la secas.
CONSUELO. Güeno... Ya está. Tome usté.
BERNARDO. ASÍ me gusta. Adiós, Rosa María.
ROSA MARÍA. Don Bernardo, vaya usté con
Dios.
CONSUELO. Que yeve usté felí viaje... y que se
acuerde arguna vez de nosotras...
BERNARDO. ESO no me lo tienes que encargar.
CONSUELO. Por si acaso.
BERNARDO. NO olvidar las flores de mi madre,
¿eh?
CONSUELO. Usté sí que no tiene que encarga
eso.
BERNARDO. Que haya salud.
256 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA M A R Í A . Con Dios, señorito.
CONSUELO. Con Dios, don Bernardo.
BERNARDO. Volviéndose un momento hacia ellas antes dé
irse. Aquí empiezan... y aquí acaban mis despedi-
das... jQué solo estoy!... ¡qué solo!
CONSUELO. ¡Pobresiyo don Bernardo!... ¡Me
da una pena dé! Miá que se ha quedao solo en er
mundo...
ROSA MARÍA. Verdá que sí.
Se sientan. Pausa, durante la cual terminan su faena,
CONSUELO. Estas son tres dosenas cabales. So-
bran estas pocas.
ROSA M A R Í A . POS aquí tengo yo otras tres.
CONSUELO. Ar canasto las seis.
ROSA MARÍA. Ajajá.
Quedan sobre la mesa varias ñores.
CONSUELO. ¿Cuándo va á vení ese por eyas?
ROSA M A R Í A . Dijo que ar medio día.
CONSUELO. E n t o n s e s m e las ye v a r é a y a d e n -
tro ar fresquitO. Encamínase hacia la puerta de frente al público
y se detiene á la frase de Rosa María,
ROSA M A R Í A . ¿A que no sabes tú lo que le está
hasiendo farta á don Bernardo?
CONSUELO . ¿Er qué ?
ROSA MARÍA. Casarse.
CONSUELO. Hija, ave María; to lo arreglas tú
con er casorio.
ROSA M A R Í A . A mí me han dicho que le gusta
la der que fué sosio de su padre.
CONSUELO. ¿Milagritos?... Pos mira tú, no ha-
rían mala pareja. Entrase enla casa.
ROSA MARÍA* Ya se ve que no.
COMEDIAS ESCOGIDAS 257
Vuelve GABRIEL con el ABUELO, por la izquierda. Trae en la mano
un buen ramo de rosas y claveles.
GABRIEL. Usté ya es amigo mío, y eso de la
media caña va á sé al istante.
ABUELO. Güeno, sí; aquí ar lao... Pero que no
se enteren mis nietas.
GABRIEL. NO hay pa qué... Pasemos de largo...
Güenos días, joven.
ROSA MARÍA. Güenos días.
ABUELO. Güervo ahora mismo, ¿eh?
Mientras llegan á la puerta, Gabriel mira atentamente á Rosa María,
la cual se hace la distraída fingiendo estar ocupada en algo.
GABRIEL. (Más bonita es que la Virgen der
Vaye.)
Se va con el Abuelo.
ROSA MARÍA. ¡Qué descarao es! Por poquito
suerto la risa.
GABRIEL. Volviendo á entrar en el huerto, con sorpresa de
Rosa María, que instintivamente hace un movimiento como para mar-
charse. N o h u y a u s t é d e m í , q u e n o h a g o d a ñ o . M i s -
t e : t e n g o c a p i y a , t e n g o a r t a , t e n g o flores; h a s t a
velas tengo; no me farta más que la imagen.
ROSA MARÍA. Pos eso, un escurtó.
GABRIEL. Si viviera er de la Virgen de la E s -
peransa y la copiara á usté...
ROSA MARÍA. NO querría...
GABRIEL. ¿Que no? ¿Pero usté se ha figurao
que era siego?
ROSA MARÍA, interrumpiéndolo. ¿Sequié usté cayá
y no echarme más flores?
GABRIEL. Como me y evo unas poquitas de
usté...
17
258 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA MARÍA. POS conténtese usté con otras
poquitas; no sea usté tan rumboso.
GABRIEL. NO lo pueo remedia: tengo er rumbo
en la sangre.
ROSA MARÍA. ¿SÍ?
GABRIEL. S Í . Pa que usté se convensa: por ca
beso que usté me dé le doy yo seis ó siete.
ROSA MARÍA. ¡Ay qué grasioso!
GABRIEL. Tirándole de improviso á los pies el ramo de fiores,
que se deshace por completo. ¡ G r a S Í O S a U S t é !
ROSA MARÍA. Sobrecogida. ¡Ay!
GABRIEL. Pisa usté y nasen flores. ¡Lo que
vale er «Güerto e las Campaniyas»!
ROSA MARÍA. ¡LO que charla usté, hijo de mi
arma!
GABRIEL. ¡LO que me gusta usté, reina e
Mayo!
ROSA MARÍA. ¡LO que pondera usté, rey de
Abrí!
GABRIEL. Ponderasión de lo bonito, usté,
Rosa... María.
ROSA M A R Í A . ¿Y quién le ha dicho á usté mi
nombre?
GABRIEL. YO, que lo he asertao. Tenía que sé
ese: Rosa, usté, y María, que es er nombre e la
Virgen.
ROSA MARÍA. ¿Y qué más?
GABRIEL. Que á mí me pusieron Gabrié.
ROSA MARÍA. ¿Y á mí qué me importa?
GABRIEL. Me importa á mí que usté lo sepa.
ROSA MARÍA. ¿Y qué más?
GABRIEL. Aqueyo, como usté me dijo.
COMEDIAS ESCOGIDAS 259
ROSA MARÍA. POS aqueyo quié desí que se
acabó er palique.
GABRIEL. POS se acabó, ¿Más obediente? Dios
la bendiga á usté, morena.
ROSA MARÍA. Grasias.
GABRIEL. NO hay de qué. Güenos días.
ROSA MARÍA. Güenos días. (Tiene mucho
ange.)
GABRIEL. (Pan comió.) se va.
Rosa María se interna en el huerto volviendo la cara.
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
La misma decoración del acto primero.
Es día de fiesta. Los trajes de la familia del huerto dan de ello claro
indicio. MADRE é HIJAS, y el propio ABUELO, tienen puestos los trapitos
de cristianar.—Aparecen sentados ante la puerta de frente al público, en
compañía de BERNARDO, el cual se ocupa en retratar á CHARITO en un
pequeño álbum de dibujo. ROSA MARÍA, desviada un poco del grupo ge-
neral, callada y cejijunta, manifiesta en su actitud que si algo le interesa
en aquel momento no es precisamente la conversación de su familia.
Charito está de pie.
BERNARDO. Charito, no te muevas. Estáte
quieta.
CHARITO. ¿Más toa vía?
ANGELES. Paese que tiene asogue este de-
monio.
CHARITO. Ya sartó la beata.
MARÍA JESÚS. Reprendiéndola. ¡Schss! ¡Charito!
ANGELES. Si no le rieran tanto las grasias,..
CHARITO. Gáyate ya.
CONSUELO. L?. que tiene que cayarse eres tú,
que te vas gorviendo mu respondona.
ROSA MARÍA. (Si ér supiera er daño que me
fiase, no tardaría.)
262 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CHARITO. Don Bernardo, ¿estoy bien?
BERNARDO. Hablando estás, muchacha.
ABUELO . Como que si estuviea cayá, no era eya.
CHARITO. Miá er viejo también: no pué con los
carsones y tiene gana e chirigotas...
MARÍA JESÚS. ¡Niña!
ANGELES. A esta mona va á habé que yevarla
á confesa.
CHARITO. ¿Con quién? ¿con er padre Justo? No?
hija mía, que es mu preguntón...
Sueltan la risa todos.
BERNARDO. A ver qué te parece. Le da el álbum,
que va corriendo de mano en mano.
CHARITO. ¿Esta soy yo? Vamos, quítese usté
de ahí.
CONSUELO. Trae acá. ¡Ay, don Bernardo, no
diga usté que esta es mi hermana!
ANGELES. ¿Sabes tú á quién se da un aire? A
la demandera der Socorro.
MARÍA JESÚS. Por Dios, don Bernardo, mi
Charito es mucho mejó...
CHARITO- ¿Tengo yo esa narí tan larga?
CONSUELO. Ni esa narí ni na. Usté dispense,
don Bernardo.
BERNARDO. Que lo vea el abuelo, que es el
que entiende aquí.
CHARITO. Místelo, agüelo. Diga usté la verdá.
ABUELO. La verdá es que te ha favoresío...
MARÍA JESÚS. ¡Al istante!
ABUELO. ¡Que te ha favoresío mu poco!...
J e , je!
BERNARDO. ¡Vaya! El fracaso ha sido comple-
COMEDIAS ESCOGIDAS 263
to. Yo que tenía mis ilusiones... Dame el álbum,
Charito.
CHARITO. Escuche usté: ¿y aqué libro de co-
plas que iba usté á traerme?
BERNARDO. ¿Cuál?
CHARITO. Digo, ya no se acuerda. Uno que me
ofresió usté er mes pasao, antes de irse á Madrí...
BERNARDO. ¡Ah, sí, es verdad! Perdóname.
Sobre mi mesa está hace un siglo.
CHARITO* ¡Pos ayí pué quearse!
BERNARDO. Descuida, que mañana te lo traeré.
Por cierto que me han dicho esta tarde una copla
que no conoces tú.
MARÍA JESÚS. Difisiliyo es eso, don Bernardo.
CONSUELO. YO no comprendo cómo le caben
tantas en esa cabesa tan chica.
ANGELES. Más valía que aprendiera otras cosas.
CHARITO. Sí; orasiones pa no condenarme,
¿verdá? Dígame usté esa copla, don Bernardo.
BERNARDO. A ver si la acabas.
Dices que no la quieres
ni vas á verla...
CHARTTO. Pero la vereita
no cria yerba.
¡Vaya una vejé!
ABUELO. ¡Pero, señó, si eso lo cantaba mi
agüelo... y le desíanya que era antiguo!
BERNARDO, ¿Sí? Pues á ver esta otra;
No quiero querer á nadie
ni que me quieran á mi...
264 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CHARITO. Quiero andar entre las flores,
hoy aquíy mañana ayi...
CONSUELO. ¡También es nueva! Está usté mu
atrasao de notisias, don Bernardo. ¿A que no r e -
matas esta, Charito?
Tengo enfrente la fuente
de mi deseoy
tengo séy veo el agua
y no la bebo...
CHARITO. Mira qué pena}
tener sé, ver el agua
y no bebería.
MARÍA JESÚS. ¿LO ve usté, don Bernardo?
ROSA MARÍA. ¿Y esta, Charito?
CHARITO. ¿Resoyaste ya?
ROSA MARÍA. Escucha.
¡Quién fuera y yegara ahora
donde tengo er pensamiento!
CHARITO. Er sitio no lo diré
porque no lo sé de sierto.
BERNARDO, i Qué bonita!
CHARITO. Más bonita es esta. Escuche usté:
Esta serrana está loca y
loca que la van á ata...
ABUELO. Que lo que sueña de noche
quiere que sarga verdá.
COMEDIAS ESCOGIDAS 265
ANGELES. ¡Miá el agüelo también! ¿A que digo
yo una que ninguno sabe?
CHARITO. ¿A que no?
ANGELES. Si fueres á confesa
desanímate primero...
CHARITO. Que confesión sin desamen
es leña para el infierno.
ABUELO. ¡Ea! Apuesto cuarquier cosa á que ni
Charito ni nadie me remata á mí esta:
Un cuerno en una caye...
CHARITO. Se hayo un usía...
CONSUELO. Y se quedó pensando
de quién sería...
BERNARDO. Y hecho una pieza..
CHARITO. NO quitaba las manos
de su cabesa.
ABUELO, Cayao pa toa la tarde. Veo que la sa-
ben tos.
BERNARDO. NO hay quien pueda con Charito.
MARÍA JESÚS. Como que si á mano viene las
saca eya.
CHARITO. Tengo tantas en er sentío...
ABUELO. En voz baja. Oye, sácale una á Rosa Ma-
ría, que está mu cayá.
CHARITO. Después de pensar un momento.
Esperando á mi novio
las horas paso...
266 S. Y J, ÁLVAREZ QUINTERO
De tenerme la cara
me duele er braso.
Todos se ríen.
ROSA MARÍA. Verás tú, Charito, v e r á s t ú . se le-
vanta y se va al interior.
CHARITO. A la ventana va á esperarlo. Le ha
entrao fuerte.
CONSUELO. Don Bernardo, ¿usté no ha visto á
Charito remeda á Juan Antonio?
BERNARDO. ¿Al sacristán?
CONSUELO. Verá usté qué bien lo remeda.
ANGELES. N O , no, mujé, que pué enterarse el
hombre.
MARÍA JESÚS. ¿Qué ha de enterarse, tonta?
BERNARDO. Anda, Charito.
CHARITO. Yéndose áia puerta. Su entrada es así:
«Buesna tarde... Todos se ríen, celebrando la fidelidad y la
gracia de la copia, María Jesús... Abuelo.., Consueli-
to... don Bernardo.., Ángeles... ¿Tosdo buenopor
aquí?... Yoreventasdo... Aquel cura es un animal...
¡Huy! ¿qué he dicho? ¡El Señor me perdone!»
MARÍA JESÚS. E S que lo ha cogió to er demo-
nio e la muchacha.
CONSUELO. E S lo mejó que imita.
ABUELO. Esta chiquiya va á sé cómica.
BERNARDO. Tiene mucho salero.
ANGELES* NO, pos no me gusta á mí que se
burle de nadie.
ABUELO. En nombrando ar ruin de Roma,.
Ahí viene é.
ANGELES. Cavarse, por Dios.
Llega, en efecto, JUAN ANTONIO.
COMEDIAS ESCOGIDAS 26?
JUAN ANTONIO. Buesna tarde...
La entrada, con la misma frase de Charito, es una explosión de risa que
á duras penas logran contener. Durante todo el saludo sigue la misma
disimulada diversión.
ABUELO. Hola, Juan Antonio.
JUAN ANTONIO. María Jesús... Abuelo... Con-
suelito... Angeles... Chanto... don Bernardo...
Cada cual se escurre por donde puede, aguantando la risa. ¿Poraquí
iosdo bien?
ABUELO. Nos vamos defendiendo. Se va ai interior
de la casa. María Jesús se va á la calle con su silla.
ANGELES. ¿Y usté, Juan Antonio?
JUAN ANTONIO. Reventas do, hija. Me ha salido
un cura que es un melón... ¡Huy! ¿qué he dicho? El
Señor me perdone. Consuelito coge también su silla y se larga
á la calle sin poder pronunciar palabra. Charito se va al interior de la vi~-
vienda, y Bernardo se mete huerto adentro. Juan Antonio los mira irse
un tanto sorprendido. ¿Qué pasa? ¿Qué dispersión es esta?
ANGELES. NO sé... no sé... (Luego disen que
yo me enfado...)
JUAN ANTONIO. Vamos, que han comprendido
que tenemos que hablar de nuestra capillita.
ANGELES. Será eso.
JUAN ANTONIO. ¡Si viera usted qué monísimo
está el Niño Jesús con el trajecito de majo!
ANGELES. ¿LO ha visto doña Carmen?
JUAN ANTONIO. ¡La primera! Y está encanta-
da. Le llama el pastor cito. Al verlo se hizo len-
guas de usted.
ANGELES. Una, en su pobresa... ¿Usté se cree
que si yo fuera rica no iba á pone la capiya como
un ascua e oro?
268 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
JUAN ANTONIO. Ya lo está, ya lo está...
ANGELES. Grasias ádoña Carmen, que es tan
güeña.
JUAN ANTONIO. Y á sus manos de usted, que
hacen primores.
ANGELES. ¿Le he dicho á usted que doña
Carmen corre con mi dote?
JUAN ANTONIO, conpena. S Í .
ANGELES. Y con mi hábito.
JUAN ANTONIO, suspirando. ¡Ay! Pausa. El ABUELO
y CHARITO, pasan de la casa á la calle riéndose de Angeles y Juan An-
tonio. E s c u c h e u s t e d , A n g e l i t o s : ¿ h a m e d i t a d o u s -
ted b a s t a n t e el paso q u e v a á dar?
ANGELES. LO estoy pensando desde que nasí,
con que ya usté ve...
JUAN ANTONIO. ¡Ay!
ANGELES. Mire usté: mientras mis otras her-
maniyas jugaban cuando chicas á los novios, Car-
lota y yo jugábamos como unas tontas á los con-
ventos.
JUAN ANTONIO. ¿Cuál es Carlota?
ANGELES. La que está en el Hospitá e la
Sangre.
JUAN ANTONIO. Ah, sí.
ANGELES. A mí una vé — tendría yo hasta
sinco años ó seis—se me aparesió la Virgen de la
Esperansa... y no fué en sueños, no, que estaba
yo despierta como ahora.
JUAN ANTONIO. E S particular.
ANGELES. POS güeno, verá usté. Con la Vir-
gen de la Macarena, iba er San Juan de San L o -
renso, que fué lo que rae yamó la atensión... Y la
COMEDIAS ESCOGIDAS 269
Virgen me dijo, dise: «Tú has nasío pa monja; pa
resá por la gente mala...» Y San Juan hiso que sí
con la cabesa. Yo estaba como er marmo: aqueya
noche no pegué los ojos de mieo... Me tuvo que
yevá mi madre á su cama, se lo referí to, y desde
entonse vengo reinando en lo der monjío...
JUAN ANTONIO, ¡Ay! (Pone una carita de ton-
ta, que me pierde.)
ANGELES. Luego, ya usté sabe lo que á mí
me gusta resá, y aprende orasiones, y di á las igle-
sias, y vé las cofradías... ¡Ay, las cofradías!... Las,
de madruga, sobre to, me dan un respeto y una
cosa... Vamos, yo creo que á nadie le pasa lo que
á mí, cuando una mujé ó un chiquiyo se pone elan-
te der Señó der Gran Podé á canta una saeta... Es
un frío tan espesiá er que me entra... y un silensio
tan grande por dentro de mí... Yo no sé explicar-
lo... digo la má de paparruchas...
JUAN ANTONIO, ¡Ay, Angeles! Tiene usted un
alma sencilla y pura como el aroma de una flor...
y tiene usted un cuerpo...
ANGELES. ¡Juan Antonio!
JUAN ANTONIO. ¡Huy, qué diparaste! Perdón,.
asmiga mía... (¡Malo! ¡Ya empezaron las eses!) De
lo que yo quiero convencer á usted es de que Dios
está en tocio... y lo mismo se le sirve entre la
cuastro ftarede fría de un convento, que fregan-
do plasto ó que cortando flosres... ¿Por qué ha
de exigirle á una juventud de rosa fresca, que se
marchite, que se aje, que se consuma... sin sol y
sin luz?... (¡Estoy hecho un papelucho republi--
cano!)
270 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ANGELES. ¡Juan Antonio! ¿qué dise usté? Un
hombre consagrao á Dios y á la Iglesia...
JUAN ANTONIO. Es cierto, sí; consagrado á
Dios... Con poco sueldo, pero, enfin,consagrado á.
Dios...
ANGELES. ¡Pues lo va usté enmendando!
JUANANTONIO. Noséloquemedigo, Angeles...
ANGELES. Acercándosele mucho con solicitud y cariño.
Pero, ¿qué le susede á usté?
JUANANTONIO. Nada... nada... el calor... los
nervios... el calor sobre todo...
ANGELES. ¿Quiere usté refrescarse? Vamos
ayí junto á la noria.
JUAN ANTONIO. Vamos donde usted quiera.
ANGELES. Y de paso cogeremos unas flores
pa doña Carmen...
JUAN ANTONIO. Bueno, sí... (Me siento pecador
aliado suyo.) Se encaminan los dos hacia el fondo y por allí
^e pierden.
ANGELES. Otra cosa que á mí me encanta,
Juan Antonio, es er sosiego que hay en los con-
ventos... la tranquilidá. ¡Qué me gusta cuando yo
entro en argunos y veo á las madres por entre las
rejas apárese delante del arta como sombras blan-
cas... sin sentí sus pasos!... ¿No es verdá que es
bonito?
JUAN ANTONIO. Suspirando desesperado, ¡Ay! (¡Po-
bre Juan Antonio! ¡No es para ti esta mariposa!...)
Sale de la casa ROSA. MARÍA por la puerta principal, antes que de • ~
aparezcan del todo Juan Antonio y Angeles.
ROSA MARÍA. Ya viene ahí. No me verá esta
tarde la g r a s i a . Se sienta hacia la izquierda.
COMEDIAS ESCOGIDAS 271
Llega de la calle GABRIEL canturreando distraído. CHARITO lo sí ue.
GABRIEL. TUS ojos y mis ojos
se han enredao...
CHARITO. Gabrié...
GABRIEL. Deteniéndose un instante. Hola. ¿Qué quie-
res? '
CHARITO. ¿Le pido permiso á madre y nos va-
mos los tres á dá un paseo como el otro domingo?
GABRIEL. Por mí, desde luego.
CHARITO. POS \ oy aya. vuélvese á ia caiie.
GABRIEL, A cercándose á Rosa María. Dios te guarde,
paloma.
ROSA MARÍA. Dios te guarde á ti, gavilán.
GABRIEL. ¿Corajito tenemos?¿A ti te paese me-
dio regula resibí á un hombre en día de fiesta con
esa cara?
R O S A MARÍA. Pos no tengo otra.
GABRIEL. Ni farta que te hase: esa es otra
cuestión. De más sabe la dueña de esa cara que pa
Gabrié Moreno no hay ninguna más bonita en er
mundo,
ROSA MARÍA. POS la dueña de esta cara es la
que yeva dos horas esperándote.
GABRIEL. ¿Dos horas? Sacando su reloj y mirándolo.
jMardita sea mi suerte! ¿Parao otra vé? Lo tira contra
«na silla con rabia.
RosAMARÍA. ¿Qué hases, hombre?
GABRIEL. ¡Na; que mañana me compro uno de
arena! Lo recoge y io mira de nuevo. ¡Ole! Ya está andan-
do.
Se lo guarda.
272 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA MARÍA. Riéndose, á pesar suyo. ¡Eres una fie-
ra, Gabrié!
GABRIEL. Acercándosele mucho. Ten cuidao no te
coma.
ROSA MARÍA. Deteniéndolo. Estáte quieto.
G A B R I E L . POS déjame que me siente á la vera
t u y a . Lo hace.
ROSA MARÍA. ¡NO te debía ni habla!
GABRIEL. Cántame, si quieres.
ROSA MARÍA. ¿Andehas estao?¿De ande vienes
ahora? ¿No ves lo que sufro esperándote, malas
entrañas? ¡Ya lo creo que lo ves!... Lo que tiene
que sabes cómo te quiero, y te gosas en hacerme
rabia. Estás tan seguro de mi cariño...
GABRIEL. Tan seguro como tú der mío.
ROSA MARÍA. Una mijiya más, ¿no te párese?
GABRIEL. Fijándose en ella. ¿Has yorao?
ROSA MARÍA. Er caso no era pa reí.
GABRIEL. ¡Benditos sean tus ojos, chiquiya!
ROSA MARÍA. Te gusta que yore, ¿no es eso?
GABRIEL. ESO es: ¿á qué vi á negarlo? Soy así:
las flores, con rosío, y las mujeres, con lágrimas.
ROSA MARÍA. ¡Gabrié!
GABRIEL. ¿Y á ti, cómo te gustan los hombres?
ROSA MARÍA. Más cabales que tú.
GABRIEL. ¿POS qué me farta á mí, morena?
ROSA MARÍA. Ese coraje que á mí me hase
yorá cuando no te veo.
GABRIEL. Estás hablando de memoria. ¿Qué
sabes tú de las perreras que yo me tomo en casa?
ROSA MARÍA. ¿ T Ú ? Miente menos y quiere
más.
COMEDIAS ESCOGIDAS 273
GABRIEL Las dos cosas son imposibles.
ROSA MARÍA. Toa la noche me la he yevao so-
ñando contigo.
GABRIEL. Y yo contigo. Es verdá que á mí no
me hase farta que yegue la noche pa eso. ¿Qué ha»
soñao tú?
ROSA MARÍA. Que quenas á otra.
GABRIEL. Las cosas e los sueños.
ROSA MARÍA. Y me entró una rabia, Gabrié,
me entró un coraje y una pena, que rompí á yorá...
y er fuego de las lágrimas en la cara me dispertó.
Dice esto clavándole inconscientemente á Gabriel las uñas en ti»
brazo.
GABRIEL. Güeno, mujé, pero no aprietes tan-
to, que es mentira.
ROSA MARÍA. ¿Y tú, ¿qué has sofíao? ¿Pué sa-
berse?
G A B R I E L . Que tú no querías á nadie más que
á mí.
ROSA MARÍA. Esa es la verdá: yo lo que te
pregunto es lo que has soñao.
GABRIEL. POS eso: la verdá. Y luego, entre
otras cosas, soñé también que perdí el espejo, y
no podía afeitarme sin é; y tú me dijiste: «Pero,
ven acá, pamplinoso: ¿tienes más que mirarte
aquí?» Y me afeité mirándome en tus ojos.
ROSA MARÍA, i Qué payaso eres!
GABRIEL. ¿Crees tú que no pué sé? Aproximando
mucho su cara á la de ella. Fíjate.
ROSA MARÍA. Gabrié, no te aserques.
GABRIEL. Cogiéndola por las manos. Si es pa proba:
mírate tú en los míos.
18
274 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA MARÍA. ¡Suerta!
GABRIEL. ¡NO quiero!
ROSA MARÍA. ¡Que hasta las flores ven!
GABRIEL. ¡Que vean! ¡Si no pueo remediarlo!
]si me arrimo á ti porque tú tiras de mí sin darte
cuenta!... Miá que hay aquí olores; miá que se es-
maya uno respirándolos... Pos no son na pa mí: el
olorsito de tu cuerpo es er que me emborracha, es
e r q u e manda en mis sentios.
ROSA MARÍA. ¡Grasias á Dios que hoy me sue-
na á verdá una cosa tuya! En pensá muchas veses
que no eres mío, mío der to, como estas carnes
que tan bien te güelen, me abraso de doló y. de
rabia, Gabrieliyo... Y cuando yegas tú y me dises
lo que me has dicho ahora, y yo me lo creo, hago
asín... Aspirando con delicia, y me ensancho toa con
un gusto... no sé cómo explicarte... hago asín...
amos, lo mismo que la tierra cuando ar medio día
se suerta el agua e los canaliyos.
GABRIEL. Y qué mala es la sé, ¿verdá, Rosa
María?
ROSA MARÍA. MU mala, Gabrié, mu mala. ¿Por
qué me lo preguntas?
GABRIEL. Abrazándola por la cintura. P o r q u e . . • Sintien-
do á CHARITO que en este momento llega de la calle y volviéndose á ella
con naturalidad. ¿Qué es eso, nos vamos por fin á dá
un paseo?
CHARITO. NOS vamos. Madre me ha dicho que
con tá que vengamos pronto...
ROSA MARÍA. POS arsa, yégate por los man-
tones.
CHARITO. Ya estoy aquí. Entrase corriendo en la casa.
COMEDIAS ESCOGIDAS 275
ROSA MARÍA. ¿Ves tú? Por poquito nos coge...
GABRIEL. Por poquito; pero no tengo yo la
curpa.
Vuelve MARÍA JESÚS de la calle, seguida de BARRENA.
MARÍA JESÚS. Entre usté, Sidoro.
BARRENA. Güeñas tardes.
GABRIEL. Güeñas tardes, amigo.
MARÍA JESÚS. Cuidaíto con apartarse der ba-
rrio, ¿eh? Y gorvé antes de que anochezca; no pase
lo del otro día.
ROSA MARÍA. Descuide usté, madre.
Sale CHARITO con los mantones.
CHARITO. Toma, Rosa María.
ROSA MARÍA. Trae acá.
GABRIEL. Hasta luego.
MARÍA JESÚS. Vayan con Dios.
GABRIEL, A Rosa María. Anda pa alante, clavé de
tres bey o tas.,.
Se van los tres.
MARÍA JESÚS. Siéntese usté, Sidoro.
BARRENA. Yame usté al agüelo también, que
quieo que esté presente.
MARÍA JESÚS. ¿También el agüelo? ¡Josús y
cuánta seremonia!
BARRENA. E S queer caso lo ersige, Maríajesús.
MARÍA JESÚS. Desde iapuerta de ía caiie. ¡Padre! ven-
ga usté, que Barrena quié hablarnos.
Se sientan los dos.
ABUELO. Saliendo. ¿Qué has dicho, hija?
MARÍA JESÚS. Que Barrena quié hablamos.
BARRENA. Señó Fernando, siéntese usté á i a .
vera mía.
276 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ABUELO. Con mucho gusto, amigo. Lo hace.
BARRENA. Vamos á lia un sigarro primero, que
ar fin y ar cabo jumo es usté, y jumo soy yo... y
j u m o e s tO e S t O . Le da su petaca al Abuelo.
MARÍA JESÚS. ¿Y yo, no soy jumo? ¡Lo que
cavila usté, compadre!
BARRENA. Comadre, cavilasiones e la des-
grasia.
Callan los tres, mientras él y el Abuelo lían y encienden un cigarri-
llo. Entre tanto, pasan por detrás de ellos hacia la calle ANGELES y JUAN
ANTONIO. Angeles va corrida y ruborosa, con los ojos bajos. Juan Anto-
nio, más corrido y apesadumbrado que ella, la sigue maquinalmente á
alguna distancia.
ANGELES. (Nunca lo esperé de Juan Antonio...
¡Vaya!... ¡Sabiendo la vocasión que yo tengo!,..)
JUAN ANTONIO. (¡Por bruto!... ¡Por bruto!...
Sí, porque si el pellizco es en un brazo, no se en-
fada.)
MARÍA JESÚS. Güeno, compadre, usté dirá;
que se viene la noche ensima.
BARRENA. Comadre, es que tengo la boca seca...
M i s t e : d e r dijUStO nO p u e O eSCUpí. Intenta escupir inútil-
mente, N a ; q u e n o p u e o e s c u p í .
ABUELO. POS fume usté na más, amigo Ba-
rrena.
BARRENA. Se me hanvenío ensima toas las des
grasias juntas, comadre. Hase farta er pecho de un
Barrena pa no pegarse un tiro en la sien. Mi ape-
yío deshonrao; mis hijas... que ya no hay déos pa
señalarlas; mi mujé más mala ca día y más fea ca
minuto... ¿Quié usté más?
MARÍA JESÚS. A mí me sobra to.
COMEDIAS ESCOGIDAS 277
ABUELO. Y á mí lo mismo. Corte usté p'onde
quiera.
BARRENA. Eya estuvo aquí anoche, ¿verdá?
ABUELO. Aquí estuvo.
,•MARÍA JESÚS. Pero me da er corasón que no
güerve.
BARRENA. ¿PUSO mi apeyío en reículo?
MARÍA JESÚS. Y er suyo también.
ABUELO. LO que no es verdá es que Juliana esté
cada día más fea, amigo Sidoro.
BARRENA. Agüelo, no se pitorree usté, que
harta desgrasia tiene er que la ve á toas horas elan-
te suya. ¡Mardita sea la hora en que nasí! Pa tirar-
me ar río he eslao esta tarde en er Puente e Jierro
con una piedra en ca borsiyo. Mi mujé y mis hijas
van á presipitarme.
MARÍA JESÚS. ¡Cuarquiea lo presipita á usté!
BARRENA. El apeyío Barrena siempre ha podio
mirarse ar só, ustés lo saben. Güeno: pos yo soy
Barrena. Mi mujé es Corra... Corra de los peores...
Y mis niñas son Barrena y Corra: pero desgrasiá-
mente, de Barrena tienen mu poco.
ABUELO. En eso estamos tos.
MARÍA JESÚS. Alante.
BARRENA. Miste, comadre; miste, agüelo; la
vergüensa no está en casa e Barrena cuando Ba-
rrena está en la caye. Y viseversa. Er dinero es
mardito: un día yegó una perra mujé á la oreja e la
mía, le sopló er sonío de sien duros... y no fué
mesté más. Ayí empesó á per dé terreno la ver-
güensa en mi casa. A medía que se iba el honó,
que es cosa mora, entraban por las puertas como-
278 $• Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
didaes físicas.., Ar prinsipio—voy á desirlo to,—
jasta er propio Barrena se hayaba á gusto, porque
no se daba cabá cuenta de su desgrasia... Pero
aluego vino la reflersión... y ahora, comadre e mi
VÍa, ahora, agüelo e mi a r m a . . . Enterneciéndose y llori-
queando, er pan que como lo como mojao en l á g r i -
mas, como los gorriones.
MARÍA JESÚS. Levantándose decidida. ¿Pos sabe usté
lo que le digo?
BARRENA. Déjeme usté acaba. Mi casa está que
no la conozco: ca día me jayo ar dispertarme un
chisme nuevo... Mi mujé me trata á trompicones-
es verdá que en eso no ha cambiao;— mis niñas
me despresian y me pegan toas... jasta la más
chica se atrevió ayé á levantarme la mano; la sea
de que se visten me quema á mí las carnes na más
e de verla; los alimentos que eyas toman se me ja-
sen á mí un núo como una piedra en la garganta;
er lujo e mi mesa me pone colorao... me ofende..•
¡yo no he visto en mi vía tanto queso junto!..»
Siento una sé, comadre, que me ajoga...
ABUELO. E S natura; er queso píe mucha agua»
BARRENA. ¿Quié usté haserme er favo de no
chuflarse ahora con las penas der prójimo? La sé
que yo siento es de justisia, agüelo, de justisia...
de pundonó... de limpiesa e sangre... ¡de to eso
junto! ¿Me quién ustés desí qué es lo que jago yo
pa apagarla?
MARÍA JESÚS. NO pué sé más sensiyo, y á esa
iba yo antes. Yo vivía en la creensia de que usté
tenía tan poca lacha como toa su gente.
BARRENA. ¡Comadre!
COMEDIAS ESCOGIDAS 1g79
ABUELO. Le arvierto á usté que en esa creen-
sia vive er barrio entero.
BARRENA. ¡ Agüelo!
M A R Í A JESÚS. Pero si es verdá que usté es un
hombre honrao, dos caminos tiene usté pa elegí: 6
echa á la caye á la arrastra de su mujé y á las re-
tunantas de sus niñas, ó dirse usté solo á comerse
un cacho e pan duro aunque sea debajo de un
paraguas. ¿Lo quié usté más claro? Pos agua e mi
noria, que es la más limpia que conozco. Y quéese
usté con Dios.
Vase á la calle. Barrena se queda unos momentos apabullado por el
chaparrón. Aparece BERNARDO por el fondo, copiando en su álbum de
dibujo plantas y ñores y variando con frecuencia de punto de vista.
BARRENA. ¿Ha visto usté qué rosiá?... Cuando
uno viene buscando consuelo... ¡Na; que ya á sé
cosa de tira piedras por la caye!
ABUELO. NO se esanime usté, que en este
mundo to se arregla, Sidoro. ¿Quié usté tomarse
conmigo dos medias cañas e vino duro... y usté
verá como sale una solución?
BARRENA. LO que usté diga, agüelo, lo que
usté diga...
ABUELO. Llegándose á la puerta del huerto, y llamando.
¡Consueliyo! ¡Escucha un momento!
Viene CONSUELO.
CONSUELO. ¿Qué hay?
ABUELO. ¿Ande está er vino duro?
CONSUELO. ¿Er vino duro? Vengan ustés c o n -
migo. Entrase en la casa por la puerta de frente al público.
ABUELO. Amos, S i d o r o , lo tomaremos aya
dentro.
280 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
BARRENA. ¡Qué bien manda!... ¡qué agrao er
suyo!... ¡Bendito sea Dios!... ¡Se le quién párese
las mías!...
ABUELO. Miste, amigo Barrena: esta, y la otra,
y la de más aya, y las de usté, y las der vesino,
¡toas son flores!
BARRENA. ¡Agüelo!
ABUELO. ¡Flores, flores toas! La que no es ja-
sinto es alelí, la que no es alelí es geranio, la que
no es geranio es mosqueta...
BARRENA. ¡Agüelo, por la Virgen der Carmen!
ABUELO. Er toque está en er jardinero... en
cuida ér güerto mucho... en pone cristales en las
tapias pa que no sartén los ladrones... en que hai-
ga perro...
BARRENA. Perro hay en casa; por ahí no va
usté malamente; pero ni con la Biblia en la mano
me prueba usté á mí que mi señora es una fió.
ABUELO. Arto er carro; yo, al habla de mujeres,
les yamo asín á las que están entre los quinse y los
treinta años... Las demás, ya son otra cosa; á sabe:
sorteronas, beatas, suegras, brujas...
BARRENA. ¿Y á qué edá prinsipian á sé brujas,
señó Fernando?
ABUELO. A la de su mujé de usté, ni año más
ni año menos.
BARRENA. ¡Me caso con la Torre el Oro!... Me
ha jecho usté reí. ¡Y miste que tengo yo unas tri-
pitas ahora!...
ABUELO. ¿Amos á remojarlas?
BARRENA. Amos.
Entran en la casa riéndose.
COMEDIAS ESCOGIDAS 281
Bernardo se sienta de espaldas á la casa, y dibuja. Sale CONSUELO por
la puerta principal, y al ir hacia la calle, repara en él y se le acerca cau-
telosamente para ver lo que hace. Al cabo de un rato suelta una carcaja-
da que saca de su abstracción á Bernardo.
BERNARDO. ¡Hola!¿Me estabas viendo? ¿De qué
te ríes?
CONSUELO. De lo en serio que ha tomao usté
esto de la pintura.
BERNARDO. ¿Te llama la atención?.
CONSUELO. POS ya se ve. Como que paese que
va usté á seguí en eyo... y luego lo dejará usté á
los ocho días. No va á sé la pintura más afortuna
que otras cosas... Usté no se debe casa.
BERNARDO. ¿Por qué?
CONSUELO. Porque va usté á renegá de su se-
ñora á Jos tres meses de matrimonio.
BERNARDO. ESO le pasa á medio mundo.
CONSUELO. ¡Don Bernardo, por Dios!...
BERNARDO. Pero, en fin, no pienso guiarme de
tu consejo, Consuelito... Me casaré... en cuanto
tenga novia... y dinero.
CONSUELO. En lo de la novia no entro ni sargo;
pero en lo der dinero no yeva usté rasón ninguna.
BERNARDO. NO es que necesite pedir limosna,
mujer; ¿pero adonde voy yo con una tienda medio
arruinada y cuatro cuartos escasos que me dejó
mi padre?
CONSUELO. Si usté arrimase el hombro á la
tienda...
BERNARDO. Para arrimar el hombro tendría
que arrimarme yo; y por no ver el mostrador ni
los libros de caja la regalo con dinero encima.
282 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. A vé, don Bernardo, á vé esa
hoja...
BERNARDO. ¿Cuál?
CONSUELO. Esa que ha pasao.
BERNARDO. Pasando varias. ¿Esta de las violetas?
CONSUELO. N O , no; la de antes. Esa.
BERNARDO. ¿Te gusta?
CONSUELO. Mucho. Es er rosa de filo que hay
junto á la tapia, ¿verdá usté?
BERNARDO. El mismo.
CONSUELO. Está mu bien sacao.
BERNARDO. ¿LO quieres?
CONSUELO. ¿YO? ¿Y pa qué, si tengo ayí er rosa?
BERNARDO. Me has convencido... y le has dado
una puñalada á mi arte.
CONSUELO. ¡Ay, Jesús!
BERNARDO. Siéntate; verás lo que he hecho hoy.
CONSUELO, obedeciéndolo. Vamos á vé. sene. La
verdá es que yo entiendo mucho de estas cosas.
BERNARDO. ¿Que si entiendes?... ¿Conoces esto?
CONSUELO. Esto es un pedaso der jazmín rea.
También está mu propio.
BERNARDO. ¿Y esto, qué es?
CONSUELO. La selinda. Y esto que está á la
vera, er granao.
BERNARDO. Oye: ¿cómo se llama un rosal blan-
co que hay junto á la celinda?
CONSUELO. Rosa de virgen.
BERNARDO. Ah, de virgen. ¿Y este?
CONSUELO. Ese me quié párese er de cobre.
BERNARDO. Me asombra que los reconozcas
aquí.
COMEDIAS ESCOGIDAS 283
CONSUELO. Tengo tanta costumbre de 'mirar-
los...
BERNARDO. ¿Cuál de los dos te gusta más, este
ó el de virgen?
CONSUELO. LOSdos lo mismo.
BERNARDO. ¿Y de todas las flores, vamos á ver?
CONSUELO. Ca una por su cosa me gustan
toas iguales. Desde que nasí estoy entre eyas...
usté carcule... A toas las quiero. Serrando los ojos,
por el oló las conozco á toas. Yo creo que si me
sacaran de aquí arguna vé, me moría.
BERNARDO. ¿El huerto ya es propiedad de us-
tedes, no?
CONSUELO. S Í , señó; ar morí er señorito, va ya
pa sinco años, se lo dejó á mi padre en agradesi-
miento. Como mi padre fué moso e su casa toa la
vía...
BERNARDO. ¿Y les da á ustedes mucho que
hacer?
CONSUELO. Sabe usté que como se hase á gus-
to, una no lo nota. Er trajín mayó lo tenemos por
la mañana.
BERNARDO. ¿Sí?
CONSUELO. S Í . ¿NO ve usté que casi tos los flo-
reros vienen mu temprano? Los de la Encarnasión r
sobre to, vienen ar sé de día; y ya nosotras les t e -
nemos preparas las flores. Mi madre y yo nos le-
vantamos toavía con estreyas... y comensamos á
corta las blancas, que son las que mejó se ven á
esas horas... Y luego, poco apoco, cuando va ye-
gando la luz der día, se van distinguiendo los colo-
res de las otras, y asín que las vemos las cortamos
284 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
también. Es una faena mu bonita. Ar prinsipio mira
una pa er sielo y no ve más que estreyas... y mira
pa er güerto y casi no ve flores; pero apenas va vi-
niendo la aurora, pasa ar revés: no quea ni una es-
treya aya arriba y apárese cuajaode flores toesto...
BERNARDO. S I que será digno de verse.
CONSUELO. A mí me pasó una mañana una
cosa que me tuvo preocupa to er día... Figúrese
usté que ca vez que cortaba yo una fló, se iba una
estreya... ¿No hay pa preocuparse, don Bernardo?
BERNARDO. Me encanta oirte, Consuelito. Si-
gue, sigue diciendo cosas.
CONSUELO. ESO es; pa luego divertirse usté
conmigo.
BERNARDO. Sea paralo que sea... Escucha: ¿á
lo que le temerán ustedes más que á un dolor es á
las tormentas?
CONSUELO. Ay, no me hable usté de eso... Soa
una ruina pa nosotros... Yo me pongo más triste...
En er mes de Mayo pasao, pocos días después de
irse usté de viaje, hubo aquí una espantosa... Yo
no sé por qué me acordé de usté mucho... Mi ma-
dre se y evo yorando toa la tarde; Angeles prinsi-
pio á resá y á ensendé velas, y Charito metió la
cabesa debajo de un corchón porque se asusta de
los truenos. Rosa María no estaba en casa. Sólo
nos queamos viéndola el agüelo y yo, que somos
más valientes. No sabe usté la pena y la angustia
que á mí me daba vé á toas mis flores, que no ha-
sen daño á nadie, acobardas con er viento que las
sacudía y con el agua que caía mu inclina y mu
fuerte... Paresía que les pegaban y las castigaban
COMEDIAS ESCOGIDAS 285
por argo malo que habían hecho. Los capuyitos se
tronchaban enteros; las rosas grandes caían esba-
ratas; los claveles daban tos contra er suelo sin
espegarse de las ramas; los jazmines se queabao
sin una fió... ¡Jesús, no quieo acordarme!... Cuan-
do pasó la yuvia y nos asomamos aquí fuera á vé
er daño hecho, nos daba lástima pisa... Y luego,
cuando salió er só, con er gotea de toas las hojasT
me acuerdo yo que me paresió á mí como que er
güerto entero estaba yorando.
BERNARDO. Algo hubiera dado yo por haberlo
visto.
CONSUELO. NO diga usté eso, que usté no tiene
mala idea.
BERNARDO. Y lo que es lo otro no me quedo
sin verlo.
CONSUELO. ¿Qué es lo otro?
BERNARDO. La faena del amanecer. Levantándose,
¿Me dejas tú que venga mañana?
CONSUELO. Don Bernardo, usté no está en sus
cabales. Se levanta también.
BERNARDO. ¿Me dejas tú?
CONSUELO. ¿Yáusté qué farta le hase mi permi-
so? ¿No sabe usté que aquí pué vení cuando quiera?
BERNARDO. Mira si lo sé que estoy notando
que no salgo del huerto en todo el día.
CONSUELO . Ya se le pasará á usté el arrechucho.
BERNARDO. ¿A que no se me pasa?
CONSUELO. ¿A que sí?
BERNARDO. Oye, Consuelito, un favor que
quiero pedirte.
CONSUELO . Diga usté, que si está en mi mano.. v
286 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
BERNARDO. En tu mano está. ¿Por qué no me
tuteas?
CONSUELO, soltando ia risa. Cuando digo yo que
usté está barrenao...
BERNARDO. Pues á los locos seguirles la co-
rriente. Tutéame.
CONSUELO. Pero ¿qué más tiene el usté que er
tú pa el apresio? Y que á mí me iba á dá mucha
vergüensa...
BERNARDO. Bueno, pues te hablo yo de usted
desde ahora.
CONSUELO. Eso sí que iba á está grasioso.
BERNARDO. ¿Me tuteas ó no me tuteas?
CONSUELO. Se va á enfada mi novio.
BERNARDO. • ¿Lo tienes ya?
CONSUELO. Ya tengo hecha mi elersión.
BERNARDO. Por los clavos de Cristo, no vayas
á cargar con un zopenco.
CONSUELO. Duerma usté tranquilo, que no
cargo.
BERNARDO. Es verdad que tú eres persona de
buen gusto.
CONSUELO. ¡Digo!
BERNARDO. Conque hasta mañana, que vendré
á coger flores.
CONSUELO. ¿De verdá?
BERNARDO. De verdad. Y que vendré en ca-
rácter: pantalón y blusa de dril.,.
CONSUELO. Ay, ay, ay...
BERNARDO. Sombrero ancho...
CONSUELO. ¡JOSÚ! ¡JOSÚ! Va usté á párese uno
de nosotros.
COMEDIAS ESCOGIDAS 287
BERNARDO. ¿Y qué cosa mejor? ;Ah! Te ad-
vierto que llamaré con una piedra. ¡Pun! ¡pun!
CONSUELO. NO será menesté; yo estaré espe^
rando.
BERNARDO. Pues hasta mañana, con estre-
llas,
CONSUELO. ¿Y si está nublao por casualidá?
BERNARDO. Te miraré á la cara y será lo mis-
mo. Adiós.
Consuelo suelta la carcajada. Bernardo se va,
CONSUELO. E S mu güeno este don Bernardo...
mu simpático... La trata á una como si una fuera
su iguá... Es mu güeno... Lástima que tenga un
venate. A mí, to lo que me dise, no es que me
haga grasia, es que me da mucha alegría... Yéndose
huerto adentro y suspirando. ¡Ay!.». A esta media luz de la
tarde sí que está esto bonito...
Queda la escena sola. Pausa.
JULIANA llega de la calle hecha una¡ furia. Viene agitadísima y abani*
candóse á más y mejor. Tan pronto se sienta como se levanta, dirigiendo
cuantas frases dice hacia la calle para meter en curiosidad á los que
desde allí la escuchan.
JULIANA. Aquí me cuelo... No quiero escánda-
los en la puerta... No quiero que luego digan que
si fué, que si vino, que si una ye va y trae... ¡An-
da! Ya estás avia, fantesiosa... Me alegro, me ale-
gro, me alegro, me alegro y me alegro... ¡Como
me yamo Juliana que me alegro!... En los artares
había que pone á las niñas... ¡Toma artares!... No;
si era agua bendita la de la arberca... Soltando una
carcajada escandalosa. ¡Ja, ja, ja!... ¡Qué risa me ha en-
trao!... Este es er mundo, hija, este es er mundo...
288 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Suspirando con las de Caín. ¡Ay! ¡to cae ensima, to cae en-
sima!...
Sale de pronto MARÍA JESÚS y se encara con ella.
MARÍA JESÚS. Pero, oiga usté, comadre: ¿con
permiso de quién entra usté en mi güerto? ¿Cuántas
veses vaáhabé que echarla á usté pa que no güerva;
más? ¿Quié usté desírmelo? ¿Quié usté también d e -
sirme qué baba es esa que está usté sortando? ¿Quié
usté reventa de una vez, comadre e mis curpas?
JULIANA. SÍ, hija, sí; ¡pos no que no! Si vengo
á tiro hecho... ¡Vaya!... ¿Conque las niñas en los
artares?...
MARÍA JESÚS. Oiga usté...
JULIANA. ¿Conque con la frente pa er sielo?...
¡Ja, ja, ja!...
MARÍA JESÚS. Miste, comadre, vayase usté de
aquí...
JULIANA. Me iré, me iré... cuando desem-
buche.
MARÍA JESÚS. POS desembuche usté pronto—
pa no verla más—y suerte usté to er veneno que
traiga; pero mírese usté mucho antes e desí tanto
asín de mis hijas. Mis hijas son sagras pa usté y pa
to er mundo.
JULIANA. ¡Ja, ja, ja! Me da usté lástima... ¡Aho-
ra soy yo la que está ensima!...
MARÍA JESÚS. ¿Acaba usté?
JULIANA. Comadre de mi corasón y de mis en-
trañas: ¿sabe usté por casualidá en dónde está á
estas horas Rosa María?
MARÍA JESÚS. POS dando un paseo conCharito.
JULIANA. ¿Con Charito?
COMEDIAS ESCOGIDAS 289
MARÍA JESÚS. Y con su novio. ¿Qué tiene usté
que desí de eso?
JULIANA. De eso, na; pero se conose que ha
habió una buya y han perdió de vista á Charito,..
MARÍA JESÚS. ¿A Charito?
JULIANA. SÍ;porque yo me los he encontrao mu
juntos á los dos... solitos con sus pensamientos...
y por una caye... ¡ay, qué caye!...
MARÍA JESÚS. ¡Mentira!
JULIANA. Con fruición. ¡Yo! ¡yo! ¡yo! ¡Yo los he vis-
to! ¡yo! ¡Con estos ojos! ¡con estos ojos! ¡Yo! ¡yo! ¡yo!
MARÍA JESÚS. ¡Mardita sea tu arma! ¡Vete ya
e mi güerto, si no quiés que te ajogue ahora mis-
mo! ¡Quítate de mi vista pronto, mala mujé, mala
fiera! ¡Qué más quisieas tú, sino que fuera verdá
lo que estás inventando!
JULIANA. ¡ Inventando... s í ! . . . ¡ Ya estamos
iguales, ya estamos iguales!...
MARÍA JESÚS. ¡Iguales! ¡Esa es tu pesaíya,
condena! ¡esa es tu pesaíya!... Pero, ¿sabes lo que
te digo? ¡Que los peores pensamientos e mis hijas
los quisiean las tuyas pa di con eyos á la Iglesia!
¡Vete ya, bicho malo! ¡Fuera de aquí, que man-
chas! ¡Vete, que me paese que veo ar demonio
cuando te veo! ¡A la caye, al arroyo, ande debes
está, mardesía!..,
Al escándalo acuden ANGELES de la calle, el ABUELO y BAUEJSNA de la
casa, y CONSUELO del interior del huerto.
ANGELES. ¡Madre! ¿Qué es esto?
CONSUELO. ¿Qué susede? ¡Juliana! ¡Madre!
MARÍA JESÚS. ¡Fuera, fuera de aquí!
ABUELO. ¿Qué pasa, hija?
290 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
BARRENA. ¡Adiós! ¡Nos caímos!
CONSUELO. ¿Qué pasa, madre?
MARÍA JESÚS. ¡A la caye esa mujé! ¡A la caye
esta gente mala!
ABUELO. Pero ¿qué ha sío?
MARÍA JESÚS. ¡A la caye!
CONSUELO, Madre, déjela usté, que bastante
tiene...
JULIANA . ¡ Bastante tengo, sí, bastante tengo!...
¡ J a , j a , j a ! . . . T o a s t e n e m o s l o m i s m o , h i j a . . . A Ba-
rrena, dándole pellizcos y empellones. ¡ A r s a tÚ p a Casa, CObar-
don! Estás viendo que me insurtan, y no me defien-
des... ¡Asín te parta un rayo!...
BARRENA. Agüelo, ¡una camelia!
JULIANA. ¡Arsa pa alante!
BARRENA. Ya voy, mujé, ya voy... no arrem-
pujes...
JULIANA. ¡Quearse con Dios, familia e santas!...
¡Ja, j a , j a ! Vase babeando y riéndose con Barrena, á quien no deja
de empujar.
MARÍA JESÚS. ¡Víbora!
CONSUELO. Pero ¿qué fué, madre?
ANGELES. Madre, ¿qué ha susedío?
MARÍA JESÚS. Sin atenderlas, y mirando hacia la puerta del
huerto, desahoga su ira contra Juliana. ¡ M á s q u e V Í b o r a ! . . . T e
escuese la honra ajena, ¿verdá?
ABUELO. Mujé, ¿quiés contarnos?...
MARÍA JESÚS. ¡ Si no te dejo ni limpia con la
lengua er suelo que eya pisa!...
ABUELO. Pero ¿te ha fartao?
MARÍA JESÚS. ¡Iguales! ¡iguales!... ¡Eso qui-
sieas tú, saco e veneno!...
COMEDIAS ESCOGIDAS 291
CONSUELO. Madre, tranquilísese usté.
ANGELES. ¡Por la Virgen, madre!
MARÍA JESÚS. ¡Si el infierno lo han inventao pa
tirarte á ti de cabesa!...
ABUELO. María Jesús, por Dios...
MARÍA JESÚS. ¡Malos lobos te coman! ¡Te farte
la salú mientras vivas! ¡En sagrao no te entierren,
por m a l a ! Volviéndose á los suyos y llorando. ¿ H a b é i s VÍstO
lo que dise esa infame mujé?
CONSUELO. ¿Qué dise?
M A R Í A JESÚS. ¡Lamayóviyanía,hijasemi sangre!
ANGELES. ¿Cuál?
Llega en este momento CHARITO demudada y trémula. Su presencia es
-una terrible revelación para María Jesús , la cual da un grito de dolor y
de espanto al verla sola.
ABUELO. ¡Charito!
MARÍA JESÚS. ¡Charito! ¿Y tu hermana? ¿Y tu
hermana, Charito?
CHARITO. Madre, me he perdió de eya...
M A R Í A JESÚS. Con angustia y profundo dolor. ¡ A V ! . . .
¿ay!...
CHARITO. NO he podio encontrarla...
M A R Í A JESÚS. Con arranque enérgico, yendo hacia la puerta.
4 Yo la encontraré!... ¡Rosa María! ¡Rosa María!
ABUELO. Conteniéndola. ¿Ande vas, loca?
CONSUELO. Lo mismo. Madre, no es pa tanto...
MARÍA JESÚS. ¿Que no es pa tanto? ¿Qué sa-
ben ustedes? ¡Dejarme que la busque! ¡Dejarme,
digo!... ¡Rosa María! ¡Rosa María! Logra desasirse y se
precipita hacia la calle llamando á su hija. Cae rápidamente el telón.
F I N D E L ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
La acción se desarrolla en el mismo lugar que los
actos primero y segundo. Aunque desde entonces acá
ha transcurido más de un año, sólo se observan en el
huerto variaciones leves. Es una noche de verano, cla-
ra y serena.
El ABUELO está sentado cerca de la puerta del huerto. BERNARDO llega
de la calle.
B E R N A R D O . Abuelo, buenas n o c h e s ,
A B U E L O . Dios t e guarde, muchacho. ¿De a n d e
vienes?
BERNARDO. D e dar una v u e l t a por ahí, buscan-
do aire fresco.
ABUELO. ¿Y lo has encontrao?
BERNARDO. Ni en la misma orilla del río. Como
aquí no lo haya...
ABUELO. Siéntate.
BERNARDO ¿Y Consuelo?
A B U E L O . Contándole cuentos á la g e n t e m e -
núa.
BERNARDO. ¿Está la otra con ella?
ABUELO. Sí.
294 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
BERNARDO- ¿Más tranquila ya?
ABUELO. Argo, pero no mucho.
Bernardo saca un cigarrillo, le da al Abuelo otro y ambos fuman, M A -
RÍA JESÚS pasa en silencio de la puerta de su casa que está frente ai
público á la calle.
BERNARDO. ¡Pobre María Jesús! Es otra mu-
jer. Mentira parece que en un año...
ABUELO. En poco más de un año; cabá... Ca-
torse meses hiso antié que levantó er güelo la pa-
loma.
BERNARDO. Y menos mal que ha vuelto al
nido.
ABUELO. Porque tú la trajiste...
BERNARDO. NO, no lo crea usted. Ella estaba
dispuesta á venir. Si algo la detenía era el peso de
la culpa, los remordimientos... Cuando yo la en-
contré la otra noche en la calle, la vi llena de ver-
güenza, temerosa,., asustada... Quería entrar en
el huerto y no se atrevía. Al llamarla ,yo por su
nombre y conocer mi voz, se quedó blanca, yerta..-
¡Pobre criatura!
ABUELO. Pagando está de sobra su mala partía,,
no te pienses. Er día y la noche se los pasa lloran-
do como una Mardalena: tiene las mejiyas escar-
das... Las miras más inosentes de nosotros le ha-
sen bajá la vista pa er suelo; los consuelos de sus
hermanas le punsan como espinas á la pobre; una
carisia que le haga su madre la deja hela, sin vía,.
sin respiro...
BERNARDO. E S claro; en estos primeros mo-
mentos,,. Pero deje usted que el tiempo ande, que
ella se convenza de que aquí no se le guarda ren-
COMEDIAS ESCOGIDAS 295
cor, de que hasta su madre la perdona, y enton-
ces... Como yo creo que está sinceramente arrepen-
tida... El Abuelo hace un gesto. ¿Usted no lo cree?
ABUELO. Que esté arrepentía sí lo creo; pero
eso vale poco, mientras viva ese piyo que la en-
gañó. Ahí está er peligro.
BERNARDO. Pues á mí me ha jurado que antes
se sacará los ojos que volver á mirar á ese hombre.
ABUELO. Eso es como si un girasó te jurara no
mira más que pa la tierra. Si está en su natura se-
guí ar só por donde quiea que vaya, ¿qué vale er
íuramento?
BERNARDO. Sin embargo...
ABUELO. NO seas inosente, chiquiyo. Mira: tú
has visto acá día por día, durante un año entero,
er doló contino de esa madre; tú la has visto yorá
y más yorá yamando á su hija, con una voz de pena
honda que hasta á las flores les daban repelucos... tú
lo has visto to y to lo sabes, porque tú con tu labia
y con tu sentío eres el único que ha podio consolar-
la argunas veses... Pos güeno: Rosa María ha güer-
to y ha comprendió los sufrimientos e su madre;
Rosa María la ha visto envejesía y esplomándose
por curpa de eya; á Rosa María la han perdonao tos
en esta casa, hasta Lusero, er perro, que la resi-
bió con sartos de alegría y le lamió las manos... y
sin embargo, yo te apuesto á ti lo que quieras á
que esa golondrina da mu pronto otro voletío.
BERNARDO. Más sabe usted que yo, pero esta-
ba por apostarle lo contrario. ¿No es ella la prime-
ra que al t encontrarse sola, rodando por ahí, ha
visto como único refugio su huerto? Este ambiente
296 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
de paz y de sosiego, esta atmósfera de honradez,
¿cree usted, abuelo, que no han de poder nada
sobre su corazón?
ABUELO. Sobre su corasón... y sobre su con-
siensia, que es lo malo. Créeme tú ámí, chiquiyo;
lo que hay que pedirle á la Virgen es que er cha-
rrán que la perdió no se le presente.
BERNARDO. ¿Sabe usted si anda por Sevilla?
ABUELO. Por Seviya anda: la otra tarde lo vi
en er Duque.
BERNARDO. En ese caso... Hombre, ¿y si lo
quitáramos de en medio de alguna manera?
ABUELO» Viendo á CHARITO, que sale por la izquierda de
huerto. Cáyate, que viene Charito.
BERNARDO. Charito, buenas noches.
CHARITO. Con tristeza. Güeñas noches, Bernardo.
BERNARDO. ¿Qué te pasa, que traes esa carilla
tan mustia?
CHARITO. Que vengo de enterra er jirguero.
BERNARDO. ¿Cuál? ¿Periquito?
CHARITO. Er pobre Periquito. Se me ha muer-
to esta tarde.
BERNARDO. ¡Vaya por Dios! ¿Y de qué se te
ha muerto?
CHARITO. De está en la jaula, digo yo que ha-
brá sí o. Como era tan rabioso...
ABUELO. Pos en dos días yevas tres entierros,
mujé, A Bernardo. Er canario de la raya ar lao tam-
bién espichó,
BERNARDO. ¿También?
CHARITO. Güeno, pero ese fué de anginas.
Llegan de la calle ANGELES y JUAN ANTONIO, ella rozagante y alegre
COMEDIAS ESCOGIDAS 297
él mustio y abatido. Cada uno trae en brazos una criaturita de pecho,
exactamente iguales las dos. Huelgan en absoluto los comentarios.
JUAN ANTONIO. Santas y buenas noches...
Abuelo.,. Bernardo... Charito...
BERNARDO. Buenas noches.
ABUELO. Levantándose. ¿Ustedes por aquí á estas
horas?
CHARITO. ¿Habéis visto á madre?
ANGELES. Ahí en la puerta la hemos visto, sí.
CHARITO. Sentarse un poco.
ANGELES. NOS vamos á di de seguía, sino que
pasábamos por aquí y no quisimos pasa de largo.
ABUELO» A Juan Antonio, cogiéndole el chiquillo y besándolo.
Dame tú acá este moso güeno.
CHARITO . A Angeles, io mismo. Dame tú á mí este
rey der mundo.
ANGELES. Cuidao con é.
BERNARDO. ¿Qué hay, Juan Antonio? ¿Cómo
va esa salud?
JUAN ANTONIO. Medianamente. Diga mi mu-
jer lo que quiera no estoy bueno. Se me va la ca-
beza... tengo el estómago perdido... las piernas me
bailan... pero así, que me bailan...
BERNARDO. ¿Qué haces tti que no lo cuidas,
mujer? Porque él te tiene á ti de buen año. Mira
qué colores: da gloria verte.
JUAN ANTONIO . Es que ésta por poquito yerra
la vocación: le ha sentado el matrimonio bastante
mejor que le hubieran sentado las tocas.
ANGELES. En tono de cariñosa reconvención, j j u a n A n —
nio!
BERNARDO. Riéndose, y pasándole una mano por la espalda
298 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
con familiaridad. ¡Ja, ja, ja! ¡No le gusta que le diga
usted eso!
JUAN ANTONIO. Dando un respingo. ¡Por los clavos
de Cristo, no me pase usted la mano por la e s -
palda!...—Y que ya ha empezado otra vez con los-
an tojitos... ¿Se entera usted, abuelo?
ABUELO. ¡Muchacha!
ANGELES. NO le haga usté caso á este char-
latán.
JUAN ANTONIO . A mí se me han puesto los pe-
los de punta. Sí; porque si da en la flor de traér-
melos por colleras, como los palomos... ¡apaga y
vamonos!
Todos se ríen de la ocurrencia.
ANGELES. Ruborosa. Verás tú cuando yeguemos
á casa, sinvergosón. A chanto. Oye, ¿y Rosa María?
CHARITO. Más sosegá está la pobresiya; ¿ver-
il á, agüelo?
ABUELO . Así así anda...
JUAN ANTONIO. ¡Lástima de criatura! No se me
cae de la imaginación un momento.
BERNARDO. ¿La llamo aquí, Angeles?
ANGELES. NO; déjela usté. Yo vendré mañana
de día más despasio. Tengo que echa con eya un
párrafo mu serio.
JUAN ANTONIO. Mira, mira, no vayas tú á t o -
mar ese tono de abadesa que empleas conmigo...
Bastante tiene la pobrecita con lo que tiene.
ANGELES. ¿TÚ que sabes? Si eya es capaz de-
recogimiento y güeña condurta, er Señó le perdo-
nará su mala arsión. Dios es mu güeno, pero una
debe pone de su parte to lo que puea.
COMEDIAS ESCOGIDAS 299*
JUAN ANTONIO . Amén.
Se ríen todos.
ANGELES. Vaya, esta noche te ha dao la ven-
tolera por abochornarme. Vamonos ya pa casa.
Trae acá mi niño, Charito. Besándolo con efusión. ¡Santi-
to e mi sangre!
JUAN ANTONIO. Abuelo, déme usted á mí el
mío. ¡Curita de mi corazón!
ANGELES. Escucha, Charito: ¿cuándo vas á di
por ayí?
CHARITO. A vé si voy mañana.
ANGELES. Ya verás cómo he puesto la capiya.
JUAN ANTONIO. Está preciosa.
ANGELES, i Y qué manto er que ha regalao
doña Carmen!... Por supuesto, lo que yo he tenío
que trajina ayí, Dios me lo tome en cuenta. Los
candelabros e plata de tos los artares, hasía más
de un año que no veían la tisa; los doraos tos esta-
ban cuajaítos de manchas e sera; á toas las imáge-
nes las he tenío que lava con claras e güevo... E n
fin, aqueyo ha sío no sosegá. Pos en la sacristía,
tres cuartos e lo propio. Lo menos cuatro manos e
cá he tenío que darles á las paredes. Había ayí
unas pinturas medio borras der tiempo, y no he pa-
rao hasta dejarlo to blanquito, blanquito, blanquito.
BERNARDO. ¡Ave María Purísima! ¡Buena la
has hecho!
ANGELES. ¿Que si la he hecho? ¡Superió! Vaya,
usté por ayí y se queará con la boca abierta. Y va-
monos nosotros.
ABUELO. LOS acompaño á ustés hasta la es^
quina.
300 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CHARITO. Mañana iré yo á verte, ¿eh? Besa á su
hermana y á los chiquillos.
ANGELES. POS yévate unas flores pa aya; no se
t e orvíe.
CHARITO. Descuida.
JUAN ANTONIO. Con Dios, Bernardo.
BERNARDO. Vayan ustedes con Dios.
JUAN ANTONIO. Estremeciéndose. ¡Cuidadito
con to-
carme en la espalda!
BERNARDO. NO tenga usted cuidado, hombre.
Se van el Abuelo, Angeles y Juan Antonio.
CHARITO. Esta hermana mía, metía entre san-
tos y entre curas no se cambia por nadie.
BERNARDO. Y al otro ya no le bailan las eses.
Ahora son las piernas las que le bailan.
CHARITO. Vente tú conmigo pa aya arriba, que
tenemos que habla los dos.
BERNARDO. ¿Sí? ¿Cosa grave?
CHARITO. No deja de tené gravedá, no te creas.
Se va con Bernardo por el fondo del huerto.
BERNARDO. Pues di.
CHARITO. Aguárdate á que nos sentemos junto
á la arberca, que es un sitio mu propio.
Queda la escena sola. Pasa MARÍA JESÚS de la calle á la izquierda del
huerto, sin decir palabra.
Salen CONSUELO y ROSA MARÍA, abrazadas por la cintura, por la puer-
ta de la casa que da frente al público.
CONSUELO. Anda, sarte aquí, que ahí dentro
ahoga la caló.
ROSA MARÍA. Me da lo mismo: estoy que ni
siento ni paezco.
CONSUELO. POS eso no vale. Es menesté que
COMEDIAS ESCOGIDAS 301
te sosiegues y que te animes. Güerve á sé la que
eras.
ROSA MARÍA. ¡La que era!..,
CONSUELO . Siéntate.
ROSA MARÍA. Obedeciéndola maquinalmente. No te va-
yas tú.
CONSUELO . Tengo que acostá á aqueyos demo--
ñios.
ROSA MARÍA. Déjalos un ratiyo más y quéate
aquí COnmigO. Consuelo se sienta á su lado. N o s é por q u é ,
me hayo á tu vera más á gusto que ar lao de nadie.
Junto al agüelo, junto á Chanto, junto á madre, es-,
toy acorrala, temiendo argo que no sé lo que es...
Junto á ti estoy tranquila.
CONSUELO. POS ya tú ves que acá tos sernos lo
mismo y tos te queremos iguá, Rosa María.
ROSA MARÍA. ¡Qué sé }'o!... Me mira madre de
una manera... Yo no sé cuándo me iiask más daño:,
si cuando se aserca á mí y me da un beso, o" cuaa^
do la veo pasa por er güerto cayá como una.
sombra.
CONSUELO. Pa la pobre ha sío un gorpe mortá;
eso tú lo sabes... Pa tos nosotros ha sío una pena
como ninguna; yo no te sé engaña.., Pero eya y
tos te hemos perdonao, y ahora lo que queremos,
es que sea verdá que estás arrepentía.
ROSA MARÍA. ¡ Qué güeña eres! ¡Si vieras cuán-
to me he acordao de ti!... Ca vez que ese mal hom-
bre hasía conmigo una felonía, no sé por qué eras:
tú la única de acá que se me representaba en er
pensamiento. Un día yegó á pegarme; me amena-
só con abandonarme pa siempre; huyó de la casa;^
302 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
me dejó sola.,. Y yo yoré y yoré, y mientras yora-
ba se me vino á la idea er despego con que tú lo
resibiste la primera vez que entró en er güerto, y
me acordé también de aqueya tarde e toros en
que me dijiste al oído: «Rosa María, cuidao con
«se hombre.» Paese que te estoy oyendo toavía;
fueron tus palabras... Pero yo estaba siega, sie-
ga... no vía na.
CONSUELO. Si no fuera por eso, no tendrías
perdón de Dios ni de nosotros.
ROSA MARÍA. Créeme que estaba siega... La
tarde e mi desgrasiaíué lo mismo: hasta er pensa-
miento se me segó. Perdí er sentío y la memoria:
ni me acordaba de ti, ni de madre, ni de ninguno...
No vía más que á Gabrié; pa mí no había familia,
ni mundo, ni na: Gabrié por dentro e mí; Gabrié
por fuera; mi arma de Gabrié; de Gabrié mi cuer-
po... Nur»í;a he sabio lo que es no tené volunta has-
^a: aqueya tarde. Tú, como no has querío á ningún
hombre, no pues comprendé esto.
CONSUELO. S Í lo comprendo, sí; ¿no ves tú que
yo estoy acostumbra á quererlo to de esa manera?
¿En dónde hay na como fartarle á una misma tiem-
po pa quererse, por tené repartió er corasón ar reo
suya?
ROSA MARÍA. LO malo es cuando se echa er ca-
riño en tierra farsa, como á mí me ha pasao. ¡Miá
que darle yo á ese lobo ladrón toda mi persona y
tené való de abandonarme!... ¡Quién me lo había
e desí!... De aquí de Seviya nos fuimos á Málaga
y ayí vivimos una témpora tranquilos y conten-
tos... Lo único que á mí me punsaba como una sae-
COMEDIAS ESCOGIDAS 303
ta de cuando en cuando, era la idea de acá..»
«¿Qué pensaría mi madre? ¿cómo estaría?» Esto
cuando yo me queaba sola. En cuanto lo tenía de-
lante se me borraba to: ni madre, ni güerto, ni flo-
res, ni hermanas... Gabrié: su mira, sus carisias,
sus dichos grasiosos... ¡Mardito sea sien veces er
nombre que yeva!
CONSUELO. Vamosj mujé, no te atormentes más
recordando cosas que ya no tienen remedio... Pasó,
Dios sabrá por qué, y na vas á conseguí con repe-
tírtelo.
ROSA MARÍA. NO me quites este consuelo, que
en él está mi vía. Pensá en eyo, pensá, darle
güertas en la cabesa, recordarlo siempre... Er via-
je á Málaga; er sarto á Madrí; los primeros dijus-
tos; la vez que me pegó—¡paese que es ahora, se-
gún me duele! —su abandono infame; mi vía de
luego... ¡Qué vergüensa, Dios mío, qué vergüen-
sa! Vete, Consuelo, vete; déjame, que mi rose
mancha, y yo no quieo mancharte á ti. , Tú eres
pa mí como aqué rosa de virgen que yo cuidaba
antes e mi caía.
CONSUELO ¿Te vas á gorvé loca, mujé?... ¡Er
rosa de virgen!... Güerve á cuidarlo, rósate con é,
que á é no se le ha de pega na malo tuyo, y lo que
á ti se te pegue de é tiene que sé güeno. Levantán-
dose. Y basta e yantina, que vas á ponerte mala y
te vas á morí, y no vas á tené tiempo pa gosá de
haberte arrepentío.
ROSA MARÍA. Mejó, si me muriera. Se acabó
pa siempre la yerba mala: un año e luto... y er
güerto como antes.
304 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. Mira, á vé si te cayas. Éntrate por
ahí, que esa vista y esos olores te liarán mucho
bien... Anda, vete. Rosa María se levanta. Yo vendré á
buscarte otra vez en cuanto acueste á los chique-
tiyos; que estarán las pobres criaturitas cayéndose
de sueño. No lo pienses más. Anda...
ROSA M A R Í A . LO que tú quieras.
CONSUELO. Dame un beso. Y te arvierto que
esta conversasión se ha acabao. ¿Lo oyes?
ROSA MARÍA. SÍ.
CONSUELO. Se ha acabao. Entrase en la casa.
ROSA MARÍA . Después de llorar un rato en silencio. No
pué sé; no pué sé... No pueo viví á la vera e mi
gente. Seis días que yevo aquí me han paresío seis
siglos... Este cariño con que me pagan er má que
he hecho, viene como á agranda mi curpa... No
pué sé... no pué sé... ¡Me voy der «Güerto e las
Campaniyas» pa siempre! Hasta los mismos árboles
pienso que me señalan... y cuando er viento los
sacude se me figura que hablan de mi caía... ¡Me
voy, me voy! Mi puesto ya no está aquí: aquí es-
torbo, aquí daño, aquí soy una planta mardita...
Roaré, si es que roa es mi suerte... Llora.
GABRIEL, que viene de la calle, se acerca cauteloso á Rosa María y le
habla con voz sorda. Rosa María, vencidos el espanto, la sorpresa y el
arranque de odio que le produce la llegada de Gabriel, no escucha al fin
sino la voz de su pasión primera, que surge viva al contemplarlo,
GABRIEL. Negra, ¿por qué yoras?
ROSA MARÍA. ¡Gabrié!
GABRIEL. ¡Negra mía!
ROSA MARÍA. ¡Vete! ¿No te habías muerto?
¿No te habían matao, asesino, ladrón? ¡Vete!
COMEDIAS ESCOGIDAS 305
GABRIEL. ¡ Contigo!
ROSA MARÍA. ¡Conmigo! ¿Tienes való de ha-
blarme?
GABRIEL. Porque no tengo való pa morirme
solo.
ROSA MARÍA. Yegas tarde pa que te crea: me
has engañao mucho, gitano. ¡Vete, vete! ¡Tú eres
miperdisión! ¡Vete!
GABRIEL. Cuando tú me mires como antes.
ROSA MARÍA. ¡Entonses, nunca!
GABRIEL. ¿Nunca? ¿Vas á sé tan crué?
ROSA MARÍA. Esa palabra en tus labios es un
insurto.
GABRIEL. Pon tú la que quieras.
ROSA MARÍA. ¡Traisionero! ¿Te gusta?
GABRIEL. Me gusta, porque viene de ti; por-
que sale de esa boca ensendía.
ROSA MARÍA. ¡Mentiroso, farso! ¡Quítate de mi
vista! ¡Déjame!
GABRIEL. ¿Y quién te va á mira como yo te
miro?
ROSA MARÍA. Pa engañarme, na más que tú.
GABRIEL. ¿Siempre ha de sé lo mismo? Prueba
á verlo.
ROSA MARÍA. Probé cuando hiso farta.
GABRIEL. ¿Es que no sabes perdona? Porque
yo he aprendió á arrepentirme. Cogiéndole una mano.
Ven acá, gitana...
ROSA MARÍA. ¡Suértame!
GABRIEL. NO te empeñes: si ar fin ha de sé...
¡si hemos nasío pa achicharrarnos los dos juntos!
ROSA MARÍA. ¡Suértame!
20
306 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
GABRIEL. ¿Te lastima mi mano?
ROSAMARÍA. Melastimastú... ¡Suértame,tedigo!
GABRIEL. Obedeciéndola. Suértametú á mí el arma,
que me la tienes presa.
ROSA MARÍA. ¿Hasta ahora no lo ha estao?
GABRIEL. ¡Hasta ahora no lo he visto! Negra
de mi vía, mora de mi arma, ¡mírame como antes!
ROSA MARÍA. Resistiéndose sin resistirse. ¡No quie-
ro... no quiero!...
GABRIEL . ¡ Mírame!
ROSA M A R Í A . ¿Pa qué? ¿Pa que dentro e un
año vengas á desirme lo mismo?
GABRIEL. NO; ahora no. He nesesitao separar-
me de ti pa vé lo que te quiero.
ROSA MARÍA. YO también he nesesitao que te
separes, pa convenserme de que es mu poco.
GABRIEL. E S más de lo que piensas; por eso
vengo.
ROSA M A R Í A . Con dolor y esperanza: espontáneamente.
¡Ay, si fuera verdá!...
GABRIEL. LO es: no lo dudes.
ROSA MARÍA. ¿Cómo no vi á dudarlo?
GABRIEL. YO te juro que es tan verdá como
tu cariño.
ROSA MARÍA. ¿Qué sabes tú de eso?
GABRIEL. Porque lo sé lo juro: tu cariño es lo
más sierto que conozco. ¿Te atreves tú á jurarme
que no me quieres? Responde, morena, viéndola con-
vencida. Pero no, ¿pa qué? no respondas.
ROSA M A R Í A . Rindiéndose al cabo. I G a b r i é ! . . .
GABRIEL. ¡Rosa María!... ¡arma de mi arma!...
¿Lo estás viendo?
COMEDIAS ESCOGIDAS 307
ROSA MARÍA. ¿Pa qué has venío?
GABRIEL. Pa yevarte conmigo otra vez y no
dejarte nunca.
ROSA MARÍA. ¿Nunca, Gabrié?
GABRIEL. ¡Nunca!
ROSA MARÍA. Si es pa eso, ahora es cuando
quiero que lo jures en cruz por mi cariño.
GABRIEL. ¡Jurao está!
ROSA MARÍA ¡Gabrié mío! ¡No me engañes,
por Dios!
GABRIEL. ¡ Por Dios que no te engaño!
ROSA MARÍA. ¡Si vas á dejarme otra vez, má-
tame primero!
GABRIEL. ¡Como mis besos no te maten!...
ROSA MARÍA. ¡Tus besos!... ¡Pensé que nunca
más gorverían!
GABRIEL. Vamonos.
ROSA MARÍA. Vete tú.
GABRIEL. Sin ti, no.
ROSA MARÍA. Aguárdame serca; no sargamos
juntos de aquí.
GABRIEL. ¿Pero vendrás?
ROSA MARÍA. Detrás e ti siempre: ¡si es mi
sino!
GABRIEL. ¿Y tu gusto?
ROSA MARÍA. ¡También!
GABRIEL. En la puerta e la iglesia estoy.
ROSA MARÍA. Aya iré yo.
GABRIEL. ¿Pronto?
ROSA MARÍA. ¿Me esperas tú y me lo pregun-
tas, ingrato?
GABRIEL. NO tardes, paloma.
308 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ROSA MARÍA. Descuida, gavilán. Vase Gabriel rápi-
damente. ¡Con é... con é!... ¡A sufrí, á pena, á lo
que sea... pero á la vera suya, á la vera suya!
¡Madre, perdóname! «¡Güerto e las Campaniyas»,
adiós pa siempre!... Mi mantón, mi mantón, y fuera
de a q u í . Entrase corriendo en la casa.
Aparece MARÍA JESÚS por la izquierda del fondo y viene hacia la
casa. Cuando va á entrar por la puerta de frente al público, sale ROSA
MARÍA presurosa, acomodándose un mantoncillo negro sobre los hom-
bros. La presencia de su madre la desconcierta y la detiene.
MARÍA JESÚS. ¿Ande vas, hija?
ROSA MARÍA. (¡Jesús!)
MARÍA JESÚS. ¿Ande vas ahora?
ROSA MARÍA. A la caye.
MARÍA JESÚS. ¿A la caye, á qué?
ROSA MARÍA. A busca una cosa pa Consuelo.
¿Va usté á acostarse ya?
MARÍA JESÚS. S Í . Estoy rendía: no pueo con
mi cuerpo.
ROSA MARÍA Pos hasta mañana.
M A R Í A JESÚS. S i D i o s q u i e r e . Se besan con calor in-
tenso de pena y de cariño. Rosa María se va; María Jesús se queda pa-
rada viéndola irse. ¡ Q u é p e n a d e h i j a , D i o s m í o ! . . . R o s a
caía y mancha de barro, ya nadie pué quererla pa
su casa. ¡Qué pena de hija!... ¡Adentro, María Je-
sús, á y Ora p o r e y a ! . . . Entrase en la casa.
Queda la escena sola unos instantes.
Salen por la derecha del fondo BERNARDO y CHARITO, y vienen hacia
la casa, ante cuya puerta principal se detienen.
BERNARDO. Ten mucho cuidado, Charito, que
estas cosas que empiezan por un capricho son
luego las más graves.
COMEDIAS ESCOGIDAS 309
CHARITO. NO me dará tan fuerte: descuida.
BERNARDO. Por si acaso, bueno es que recuer-
des aquella copla que me enseñaste el otro día.
CHARITO. Te he enseñao tantas...
BERNARDO. De cera son las pttertas
de los amores;
cuenta que á la salida
ya son de bronce.
Y que á la entrada
suelen estar abiertas;
después, cerradas.
CHARITO. NO se me orvidará la lersión. Vaáirse
y~ÍÍernardo la detiene.
BERNARDO. Oye otra cosa.
CHARITO. Déjame ya, que son las onse y me
estará esperando. ¿Que te párese? ¿le doy calaba-
sas ó no?
BERNARDO. ESO, tú allá; no quiero responsabi-
lidades.
CHARITO. Güeno, lo pensaré de aquí á la ven-
tana.
BERNARDO. Anda con Dios. Y á ver si creces,
ahora que tienes novio.
CHARITO. NO, que le gusto así. Miá lo que me
cantó la otra noche en una fiesta:
/ Várgame Dios, qué dicha
si yo la logro:
una mu jé que apenas
me yega al hombro!
310 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Bernardo suelta la risa y ella se mete corriendo en la casa.
BERNARDO. También ésta se va: ya está en
camino... Se van todas... cada una á su lugar, á su
sitio... como estas de aquí, las que da la tierra,
pero todas á alegrar la vida... Pau?a. Se sienta. ¡Qué
hermosa noche, llena de misterio y de paz!... Cal-
ma profunda, hermana de la que voy sintiendo en
mi espíritu; por eso la comprendo tan bien,.. Todo
reposa... todo duerme... El temblor de las estre-
llas es el único movimiento visible... En voz baja.
Da miedo alzar la voz. De cuando en cuando,
se levanta un airecillo tan leve que ni siquiera sa-
cude una hoja, pero que trae á mis sentidos olores
frescos de jazmines y nardos. Seguramente que
Consuelito, en su pintoresco lenguaje, dirá de esos
soplos que son suspiros de la tierra. Y puede que
tenga razón, porque esa mujer habla siempre con
la razón del sentimiento, que al fin y al cabo vale
más que la otra. ¡Bendita sea mi madre, que fre-
cuentaba este huerto en vida; que me dejó esta
herencia de cariño! Acaso sabía el bien que había
de hacerme. Los aromas de este huerto se han
metido en mi corazón poco á poco... y me han
dado la vida...
Pausa. Oyese dentro de la vivienda, no muy lejos, la voz de CoNSUK-
LO que canta dulcemente la nana. Bernardo la escucha con deleite.
CONSUELO. Esta niña chiquita
no tiene madre;
la parió una gitana,
la echó á la caye.
La echó á la caye;
COMEDIAS ESCOGIDAS 311
esta niña chiquita
no tiene madre.
BERNARDO. E S ella durmiendo á Luisilla ¡Qué
encanto de muchacha! Tiene llena toda su alma
del sentimiento del hop; a r . . , Nueva pausa. Vuelve
otra vez á suspirar la tierrra... y ahora más fuerte,
i Qué hermosura de brisa!...
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido,
que del oro y del cetro pone olvido..
Sale CONSUELO.
BERNARDO. Consuelito, ¿quieres dormirme á
mí?
CONSUELO. ¡Bernardo! ¿Pero estás ahítoavía?
BERNARDO. Y no me voy.
CONSUELO. ¿Qué hases tan solo?
BERNARDO, Esperar á que tú me acompañes.
CONSUELO. Pues ahora no pueo. Voy á busca
á mi hermana.
BERNARDO. ¿A Rosa María? Déjala estar sola,
mujer; lo mejor es eso. A ella le conviene la sole-
dad, y á mí que tú te quedes. Siéntate.
CONSUELO. Vaya que sea.
BERNARDO. Pero aquí, á mi lado.
CONSUELO. Ya eso es mucho ersigí. Pides más
que un loro.
BERNARDO. ¿Me das esa flor?
312 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. ¿NO digo? ¿Pa qué la quieres?
BERNARDO. Para tenerla.
CONSUELO. Si no es más que pa eso, tómala. Yo
la había reservao pa mi novio, pero en fin...
BERNARDO. ¿Te ha salido ya novio?
CONSUELO. Ni me sale. No tengo yo grasia.
BERNARDO. ¿Qué flor es esta, tú?
CONSUELO. Una diamela.
BERNARDO. ¿Una diamela?
CONSUELO. ¿Extrañas er coló? Es que se ha
criao junto á un clavé granate, se ha enamorao de
é... y por eso ha tomao ese tinte.
BERNARDO. ¿También las flores se enamoran, ó
son cosas tuyas?
CONSUELO. Forma te lo digo. Sólo que yo no
quiero amores más que de personas, y me yevé er
clavé al otro lao der güerto.
BERNARDO. ESO es envidia porque á ti no te ha
salido novio.
CONSUELO. Mejó. Hablemos de otro asunto. ¿En
qué estabas pensando cuando yo salí?
BERNARDO. En tu persona.
CONSUELO . j En mi persona tú!...
BERNARDO. En ti pensaba, Consuelito. ¿Acaso
tú no piensas nunca en mí si no estoy presente?
CONSUELO. Ar contrario: más pienso en ti
cuando no te veo. Porque cuando te veo, como te
tengo elante, no tengo que pensá.
BERNARDO. Y cuando no me ves, ¿qué piensas?
CONSUELO. ¿Cómo voy yo á acordarme? De se-
guro que no es na malo.
BERNARDO. ¿Tan bien me quieres?
COMEDIAS ESCOGIDAS 313
CONSUELO. Más malamente quiero á otras per-
sonas, mira tú. ¿Te pasa á ti lo mismo?
BERNARDO. A mí, lo que me pasa es que te
quiero á ti como á ninguna.
CONSUELO. ¿De verdá, Bernardo?
BERNARDO. De verdad, Consuelo.
CONSUELO. ¿Tantos méritos tengo yo?
BERNARDO. Para mí, muchos. Pausa. Y ahora,
¿en qué piensas?
CONSUELO. En lo que acabas e desirme.
BERNARDO. ¿Te sorprende, quizás?
CONSUELO. Me ha sobrecogió, no te le niego.
Y eso que hay tantas maneras de queré...
BERNARDO. De querer un hombre á una mujer
no hay más que una sola.
CONSUELO. Míralo bien, que hay muchas.
BERNARDO. Según...
CONSUELO. POS según digo yo.
BERNARDO. Si el cariño es de amor, no debe
haber más que una sola. ¿Y ahora, me entiendes?
CONSUELO. No me atrevo á entenderte, Ber-
nardo.. *
BERNARDO. YO haré que te atrevas, Consue-
lo... Yo he venido á tu huerto día por día, hora
por hora á veces, atraído no sólo por el recuerdo
de mi madre y por el encanto de estas flores
y de estos frutos, sino también por el cariño que
he hallado en ustedes, especialmente en ti, y que
ha sido un alivio de mi soledad y de mis tristezas...
¿Estás temblando? ¿Qué te pasa?
CONSUELO. Na: sigue tú.
BERNARDO. Poquito á poco, á medida que este
314 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
ambiente se me ha ido pegando al espíritu, hasta
transformarlo, todos estos afectos los he fundido
yo sin darme cuenta en uno solo: en el tuyo... Tú
eres para mí la encarnación de todos ellos; tú eres
el huerto mismo... -
CONSUELO. ¿Er güerto yo?
BERNARDO. Sí: sus plores están en tu cuerpo,
en tus ropas; sus ñores en tu cara; su cielo y su luz
en tus ojos; su poesía en tu alma, Consuelillo. Es-
toy enamorado de ti como el clavel' de la diame-
la... Mi alma ha tomado ya el tinte de la tuya.,.
¿Me mandarás como al clavel á un ^rincón del
huerto?
CONSUELO. En eso estoy pensando.
BERNARDO. Pero ¿me quieres?
CONSUELO. ¿Nesesitas preguntármelo, torpe?
BERNARDO . ¡ Consuelo!
CONSUELO. YO SÍ que yegué á creerme que
me habías arrinconao tú á mí como si fuea un ca-
pricho de tantos tuyos.
BERNARDO. ¿Por qué?
CONSUELO. Por lo que has tardao en desirme
una cosa que yevo dentro e mí como un farolito
desde er segundo día que nos hablamos.
BERNARDO. ¡Y yo sin ver ese farolito! ¡Ciego!
CONSUELO. Mi sueño has sío tú, Bernardo^
pero estábamos tan lejos el uno del otro, que ocur-
taba mi queré como un pecao pa que nadie me lo
afeara. Ni mi madre", rii mis hermanas, ni mi agüe-
lo han sabio adivinarlo en mis conversasiones: es
la única cosa que ha vivió en mi corasón pa mí
sólita. «Si esto pudiera sé... si ér se fijara en mi
COMEDIAS ESCOGIDAS 315
persona...» pensaba yo casi toas las noches. Pero
luego desía: «¡Como que va á está pa ti, so tonta!».
BERNARDO. Pues ya ves: para la tonta estaba.
CONSUELO, i Qué felisidá!
BERNARDO. ¡Felicidad la mía! ¡Ya no estoy
solo:ya tengo compañera! ¿En dónde pondrás tú la
mano, Consuelillo, que no sea para causar un
bien?... Mi casa te está esperando sola y triste: ven
allá, alégrala y llénala de vida.
CONSUELO. Tráemela aquí, como tú has ve-
nío... Más fasi es que tu casa quepa en er güerto,
que no er güerto en tu casa.
BERNARDO. ¿Qué dices?
CONSUELO. Ingrato, ¿ya quiés deja to esto? ¿Es-
tás tú seguro de que me querrías lo mismo si no me
vieras á toas horas entre mis flores? Aquí he nasío
y aquí he de viví: si me sacas de aquí, me muero.
Ar lao de mi madre, envejesía y quebranta; ar lao
de mis hermanas, que nesesitan de mi sombra; ar
lao de esas tres criaturitas que tengo á mi ampa-
ro... ¡Ajolá ar morirme me enterraran también
aquí, en un rincón, junto á los pájaros de Charito!
BERNARDO. ¡Bendita seas! No seré yo tan cruel
que te arranque de lo que tanto quieres... y de lo
que tanto quiero yo también. Pausa. ¿Me das un
beso?
CONSUELO. ¿Te corre mucha prisa?
BERNARDO. ¡Si supieras los que te he dado sin
tocarte!
CONSUELO. Pos vamos á seguí así otro poquiyo
e tiempo.
BERNARDO. ¿Mucho?
316 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
CONSUELO. Hasta que yo quiera: ¿te párese?
BERNARDO. Tú mandas.
Llega de la calle el ABUELO, á tiempo de sorpreuder el íntimo co-
loquio.
BERNARDO. ¡Abuelo, déme usted un abrazo!
ABUELO. Obedeciéndolo, Ya está. ¿Se te ofrese
otro?
BERNARDO. El otro déselo usted á Consuelillo.
ABUELO. Mejópa mí. ¿Queréisdesirme ahora...?
CONSUELO. POS blanco y migao...
ABUELO. ¡An, granuja! ¿Te quiés yevá la fló
más fina de la casa?
BERNARDO. Abuelo, la flor aquí se queda; pero
es mía.
ABUELO. Y yo me alegro.
BERNARDO. Y yo me voy, que son las tantas y
es preciso dormir.
CONSUELO. ¿Dormí esta noche?
BERNARDO . Para soñar contigo...
CONSUELO. Si es pa eso...
ABUELO. ¿POS pa que ha e sé, so tonta? Vi á di
serrando aquí.
BERNARDO. Aguarde usted, no me coja dentro.
CONSUELO. ¿Te vas?
BERNARDO. Me voy, pero te llevo conmigo.
CONSUELO. Y tú aquí te queas.
BERNARDO. ¿Me querrás siempre, di?
CONSUELO. ^Cuando este güerto deje de dá flo-
res, dejaré de quererte. ¿Y tú?
BERNARDO. LO que para ti son las flores de este
huerto, serás tú para mí. Hasta mañana, Consuelo.
CONSUELO. Bernardo, hasta mañana.
COMEDIAS ESCOGIDAS 317
BERNARDO. Abuelo, descansar.
ABUELO. Anda con Dios, mosquita muerta...
BERNARDO. Cierre usted en cuanto salga, por-
que si no me cuelo otra vez.
Los tres se ríen. Bernardo se va.
CONSUELO. Agüelo, déme usté á mí otro abra-
so; yo no sé si echarme á reí ó si echarme á yorá..,
;Ay, qué contenta estoy!
ABUELO. Er mosito vale er dinero, ¡pero güe-
ña alhaja se yeva! No es por alabarte.
CONSUELO. ¿Oye usté?
ABUELO . ¿ Qué pasa?
CONSUELO . Luisiya yorando...
ABUELO. Pos corre á consolarla, no nos dé mú-
sica.
CONSUELO. Aya voy. ¡Pobresitos míos, que ya
tienen padre también! Entrase en la casa corriendo.
ABUELO. Después de cerrar la puerta. T o a s nO h a b í a n
de sé esgrasias y esaborisiones... Dios ha querío
que lo mejó der güerto no se lo yeve una mala
mano... Y ahora ásortá er Lusero... y güeñas no-
ches. Desaparece por la derecha del fondo. Queda la escena sola*
Oyese á Consuelo, como antes, cantar la nana, mientras baja muy lenta-
mente el telón.
CONSUELO. A dormí va la rosa
de los rosales;
á dormí va mi niña
porque ya es tarde.
Porque ya es tarde,
á dormí va la rosa
de los rosales.
318 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Nanita, nana,
duérmete, luserito
de la mañana*
FIN DE LA COMEDIA
Madrid, Agosto, 1901.
Nana.
GL£AAX&>
Be, too zc-
— Ó&/—Z&& — — CV d0V-l/IAA> VO> \AVU 1M/-SA&S — " 1"1
t^v^u^-r-i^ -— u*v-i^tv ¿>M^¡>-M4^-fc^ U l .—0& —
E^UU-J^SSEJ
> <*«; t^ • <?£• íW M-t-eV-
DOS OPINIONES AUTORIZADAS
SOBRE ESTA COMEDIA
21
i PROPÓSITO DE "LAS FLORES,,
Como no soy de los que al envejecer se aferran
á la idea de que «cualquiera tiempo pasado fué
mejor», lo cual si puede ser verdad para el indivi-
duo es mentira para la humanidad, me complazco
viendo que tenemos hoy en España una brillante
juventud literaria. Acaso falte homogeneidad á sus
gustos, unidad de miras á sus tendencias; quizá no
esté todo lo compacta que es preciso para luchar
contra lo que debe ser reformado ó destruido; pero
son muchos los jóvenes* de gran cultura, de criterio
independiente, de espíritu moderno y que escriben
muy bien: por ejemplo, Martínez Ruiz, Maeztu,
Baroja, Marquina, Bueno, Menéndez Pidal, Martí-
nez Sierra, Palomero, Acebal, Carretero, Danvila,
Bello y otros de que mi flaca memoria no se acuer-
da y para quienes el olvido no es ofensa; sin con-
tar los de provincias, que son muchos. Este elemen-
to joven está representado en el teatro principal-
mente por Benavente y los Quinteros, los cuales,
aunque no alardeen de innovadores y revoluciona-
rios , demuestran inspirarse en un sentido artístico
(i) Publicado en Los Lunes de El Iinfrarcial del día 9 de Diciembre
d e 1901,
324 S. Y J, ÁLVAREZ QUINTERO
que difiere notablemente del que hasta ahora ha
dominado entre nosotros.
Casi toda nuestra tradición dramática está fun-
dada en la acción, en el interés de lo que pasa en
la escena, no en cómo y por qué suceden las cosas,
ni en la índole de quién es actor de ellas, sino en
los hechos mismos. De aquí nacen errores literarios
de orientación y procedimiento que como por h e -
rencia se transmiten; de aquí el desordenado amor
de autores y público á lo violento, anormal y ex-
traordinario; de aquí que todavía se toleren y
aplaudan esperpentos como La muerte civil y La
Tosca. Benavente y los Quinteros en la comedia,
terreno para esto más favorable que el drama,,
procuran y consiguen deleitar; no despertando
aquel interés impaciente y nervioso, incapaz de
razonar lo que ve, sino con la verdad misma refle-
jada por cada cuál según su temperamento artísti-
co: Benavente con la ironía, el sarcasmo y la sáti-
ra; los Quinteros con la poesía, el ingenio y la gra-
cia; los tres supeditando, esclavizando la fantasía
y la inventiva á la expresión sintética de los carac.
teres, al retrato de los tipos, á la pintura de las-
costumbres y del medio; haciendo, en una palabra,
que la loca de la casa no malgaste en delirios 3 a
potencia que ha menester para descubrir los ele-
mentos artísticos de que está llena la vida y que
sólo mediante la observación se aprovechan. Por
dejar á la imaginación este papel secundario, se
dice que lo que sucede en las obras de estos auto-
res es poco ó casi nada; que allí no hay comediar
pero recordemos que también se llama comedia á
COMEDIAS ESCOGIDAS 325
Ío que no es sincero, á lo que mañosamente se
urde, á lo que fingidamente se maquina. Huyendo
el exceso de artificio, lo que buscan Benavente y los
Quinteros es la estructura sencilla, los hechos ex-
plicados por los sentimientos, la educación, el me-
dio y las costumbres; ni más ni menos encanto poé-
tico del que ofrece y brinda la existencia; porque
mermarlo es pesimismo malsano y pretender au-
mentarlo empeño inútil, Esquivan cuidadosamente
eso que se llama el conflicto dramático, el enredo,
la intriga, la situación culminante, el efecto escé-
nico, los caracteres sostenidos (¡cuando en la rea-
lidad son tan complejos!); en suma, los elementos
de sorpresa ó engaño y estímulos de la curiosidad
que, á despecho de la verosimilitud, alcanzan su
mayor grado de funesta perfección en Sardou.
Combatir aquella tendencia á lo sencillo y natural
que se muestra en La comida de las fieras, Lo
cursi, Los Galeotes y Las flores, es favorecer el
predominio de la dramática vieja, que nada tiene
que ver con lo genuinamente clásico ni con lo ro-
mántico, dignos de respeto, y en la cual está con-
denada á insufrible martirio la verdad. Rechazar
comedias porque en ellas lo que sucede sabe á poco,
aunque esté bien, es contribuir á resucitar géneros
que habrán producido ríos de oro, y volverán á
producirlos, porque la credulidad humana es insa-
ciable, pero que andan tan lejos del arte verdade-
ro como las simplezas de Jorge Ohnet y las aven-
turas terroríficas de Ponson du Terrail lo están de
las novelas de Balzac ó de Flaubert. No quiero, al
citar censurando, traer á plaza nombres de autores
326 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
españoles contemporáneos muertos ni vivos, para
que no se me tache de irrespetuoso con los prime-
ros ni de parcial contra los segundos; mas no huel-
ga recordar que de cinco ó seis años á esta parte
hemos asistido á las tentativas de resurrección de
dramas y comedias pertenecientes al género alu-
dido, que alborotaron en tiempo de nuestros pa-
dres y con los cuales ahora se duermen nuestros
hijos. Al escucharlos sentimos pasar por la imagi-
nación y la memoria una oleada de juventud y de
recuerdos, pero nos persuadimos de que aquellos
dramas y comedias han envejecido más que nos-
otros mismos: y en arte, lo que envejece no es
bueno.
Confundiendo, en mi humilde juicio, el arte con
el artificio, se dice que en Las flores no hay come-
dia, y que si la hay, es mala. Guardando respeta
al parecer de los que así opinan, algunos amigos,
á quienes considero y estimo, procuraré demostrar
que hay comedia, y que es buena. Creo que para
ello basta recordar á grandes rasgos el asunto, su
desarrollo y sus formas de expresión. Ambiente»
un huerto cuyos dueños, gente del pueblo, viven
de la venta de ramos y plantas en Sevilla. (No
creo que sea pecado literario colocar la acción en
Andalucía, cuando hemos visto y aplaudido con
justicia La Dolores, en Aragón; La charra, en
Castilla, y Tierra baja, en Cataluña.) Personas^
una madre viuda con cuatro hijas: Charito, nina
dicharachera y bulliciosa, hábilmente creada ó es-
cogida para que con su alegría formen contraste
los afectos más serios que embargan el ánimo de
COMEDIAS ESCOGIDAS 327
sus hermanas. Angeles, tipo dibujado en pocas es-
cenas, pero más concluido, de muchacha que sin-
ceramente ha creído tener vocación de monja:
basta, sin embargo, oir el entusiasmo con que ha-
bla de vestir al niño Jesús, para comprender que
el amor ha de hacerla pronto madre. Rosa María, la
mujer apasionada y sensual, confiada y ligera, á
quien la hermosura es funesta, y que por ley fatal
ha de perderse. Consuelo, reflexiva, bien equilibra-
da y tranquila; la que cuida como á hijos niños que
no son suyos, porque instintivamente desea como
centro y trono de su existencia el hogar; la que va
rindiendo el albedrío lentamente, casi sin adver-
tirlo, pero segura de que quien la solicita la mere-
ce. A estas tres mujeres, descartada la niña, co-
rresponden otros tantos hombres; triple y varia
representación del impulso, que es arbitro incon-
trastable de la vida: en ellos está personificado el
amor, que como un efluvio misterioso, trayendo
dulcedumbre á unos y á otros amargura, pasa so-
bre el huerto sevillano. Juan Antonio, el sacris-
tán, que aunque tonto, sabe cautivar á la devota.
Gabriel, el Tenorio de bajo vuelo, á quien en su
desvarío se entrega Rosa María, porque la pasión,
como Dios, ciega á los que quiere perder. Bernar-
do, bueno por naturaleza, entristecido pasajera-
mente por un dolor intenso, soñador entre senti-
mental y alegre, espíritu gemelo, media naranja de
Consuelo, que se enamora sin darse cuenta.
¿Qué acción enlaza estos personajes? Primero, la
conveniente y necesaria para expresar su índole y
su vida; escenas de trabajo, apartando flores ó r e -
328 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
cibiendo encargos, en las cuales surgen y se mues-
tran los temperamentos y los caracteres; luego, la
estrictamente precisa para que anide la pasión en
las almas y se enseñoree de ellas; diálogos de
amor, unos breves, sobrios, entre candidos y pica-
rescos, como los de Juan Antonio con Angeles;
otros, vehementes y ardorosos, como los de Rosa
María y Gabriel; otros, reposados y castos, como
ios de Bernardo y Consuelo. La madre, admirable-
mente trazada, es enérgica y vigorosa, larga de
lengua y casi de manos, mientras defiende el r e -
cato de sus hijas puesto en duda; después, cuándo
Rosa María se ha deshonrado, se la ve cruzar ca-
llada y abatida por los senderos del huerto, porque
la que era su orgullo ha necesitado su perdón,
Son figuras episódicas, Barrena, el marido sufrido
que en una sola escena se pinta de cuerpo entero,
y su mujer, Juliana, la comadre de malas hijas y
peor sangre, que goza llevando al huerto la noti-
cia de que Rosa María se ha escapado. Secunda-
rios, y creados sólo para dar idea del medio, son
también los dos vendedores ambulantes, padre é
hijo, gandules y dormilones, que entran en el pri-
mer acto á buscar biznaga, Refiriéndose á cómo
están trazados, en sólo un diálogo, decía la noche
del estreno mi respetable amigo y maestro don
Federico Balart: «Estos Quinteros escriben como
pintaba Velázquez, á pincelada grande: los dos
tíos que tienen tan cerca la biznaga y por no ir á
cogerla se exponen á volver de lejos á buscarla,
son toda una raza: esa es Andalucía.» Finalmente,
el pensamiento de la obra está puesto en labios del
COMEDIAS ESCOGIDAS 329
abuelo, qué por sus años asiste plácido y tranquilo,
sin esperanza ni temor, sin gozo ni pena, á cuanto
sucede en torno suyo: «las mujeres-—dice—son
flores: el porvenir de cada una depende del jardi-
nero, del hombre que le toca en suerte.»
Con toda sinceridad declaro que una obra dra-
mática donde tres parejas de enamorados, por dis-
tintos caminos, y según la diferente índole de
atracción que los ha unido, llegan unas á la dicha,
otras á la desgracia, no me parece comedia exenta
de acción. Lo que no hay en Las flores es intriga
ni enredo: allí no surge calumnia, sustitución de
persona, cambio de nombre, quid pro quo, ni
aventura; nada de eso que exagera ó falsea la re-
presentación de la vida ó la imita en lo violento,
anormal y extraordinario. Y si lo que en Las flo-
res sucede y el modo de suceder me parece más
que bastante para que pueda ser calificada de
preciosa comedia, aun es mayor a mis ojos su
mérito en lo que se refiere á la forma, Las con-
versaciones son tan naturales, la gracia y la ter-
nura desplegadas tan propias de las bocas donde
brotan, las interrupciones tan espontáneas y jus-
tificadas, que hay no momentos, sino largos es-
pacios en que la ficción y el escenario desapare-
cen y se borran, ofuscados y vencidos por el so-
berano resplandor de la verdad. En los diálogos
de amor, ya tiroteos de piropos y respuestas pecu-
liares de aquella gente, ya rumor apagado de pa-
labras que tienen miedo á enfriarse desde el labio
al oído, cuando la pasión quiere abrir brecha en el
alma, los personajes hablan ese lenguaje á la vez
330 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
poético y bajo, natural y afectado, lleno de delica-
dezas instintivas, sembrado de hipérboles risibles *
pero no ridiculas, en que palpita y estalla el genio
de aquella región, donde hombres, mujeres, frutos
y flores, todo, parece producto del ardor fecundo
con que besa el sol á la tierra. No es, pues, ex-
traño que allí un modesto tendero como Bernardo,
sienta la poesía de una noche estrellada, y como
reflejo de su estado de ánimo y de lo que le rodea,
sienta venir á sus labios cuatro versos de Fray
Luis de León. Menos poética es aquí la Naturale-
za, y aquí han salido Hartzenbusch de un taller de
ebanista y García Gutiérrez de un cuartel.
Me he permitido hablar de esta obra porque está
inspirada en el criterio dramático, en la escuela de
naturalidad y sencillez de que soy partidario y que
veo en peligro; era para mí deber de conciencia;
pero tiene defensor que hará por ella lo que yo no
sé ni puedo hacer: el tiempo.
JACINTO OCTAVIO PICÓN.
COMEDIAS ESCOGIDAS 331
De una carta de D. Rafael Altamira.
«He leído de un tirón Las flores. Mi impre-
sión lisa y llana es ésta: no conozco en nuestra
literatura dramática de estos últimos años (y pro-
bablemente de muchos más que no son últimos)
una obra de más honda, sana y natural poesía. El
efecto que me ha producido puedo compararlo al
que me produjo La campana sumergida, de
Hauptmann, en que por encima del símbolo ideal
y de la trama trágica, flota siempre, embellecién-
dolo todo, el sentimiento profundo de la naturale-
za, la poesía de los bosques y de las montañas. En
la comedia de ustedes hay una cosa igual, verda-
deramente extraña para los exteriorisias de la li-
teratura: la belleza brota del conjunto y de cada
pormenor del ambiente en que se mueven los per-
sonajes, más que de estos mismos y de lo que di-
cen. El huerto, las flores que no hablan, adquie-
ren la categoría de un protagonista de tal modo,
que hasta diré que para un espíritu delicado les
perjudica lo que de su belleza dice (admirable-
mente parlado) tal ó cual personaje. El huerto, la
dulce paz que comunica á los que en él viven, y el
cuadro de vida doméstica, sencilla, honrada, sere-
na, de aquellas gentes (en el cual la pasión, tan
sobria y enérgicamente pintada por ustedes, hace
el efecto de uno de esos avivadores que los artis -
332 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
tas ponen en las molduras para que resalte mejor
el claro oscuro ó la línea que les conviene hacer
resaltar), son las dos notas fundamentales de la
obra. Teniendo toda esa poesía, que penetra hasta
lo más hondo del alma, ¿qué falta hace que pasen
cosas (como dice la gente), más de las que pasan?
Yo me explico, sin embargo, la lucha entablada
entre el público con motivo de esa obra. En gene-
ral, éste es vulgarote y exteriorista. Cuando más,
comprende y se emociona por los problemas inte-
lectuales, de ideas (v. gr. en el teatro de Galdós);
pero en la poesía de puro sentimiento, cuando es
tan delicada como la que ustedes han sabido evo-
car, en esa, no entra casi nunca»
He visto que la comedia trae un epílogo de Pi-
cón. No he querido leerlo, para que mis palabras
fuesen eco directo de mi impresión, sin interposi-
ción de ningún otro juicio.»
Oviedo 31 de Enero de 1902.
OBRAS DE LOS MISMOS ATORES
E s g r i m a y amor, juguete cómico (2. a edición).
Belén, 12, p r i n c i p a l , juguete cómico (2. a edición).
Güito, juguete cómico-lírico. Música del maestro Osuna (2. a edición).
La media naranja, juguete cómico (3.a edición).
El tío de la flauta, juguete cómico (3.a edición).
El Ojito derecho, entremés (3. a edición).
L a reja, comedia en un acto (4. a edición).
La buena s o m b r a , sainete en tres cuadros, con música del maestro
Brull (6.a edición).
E l p e r e g r i n o , zarzuela cómica en un acto. Música del maestro Gómez
Zarzuela (2.a edición).
La v i d a íntima, comedia en dos actos (3. a edición).
LOS b o r r a c h o s , saínete en cuatro cuadros, con música del maestra
Giménez (3.» edición).
El c h i p ú i l o , entremés (6. a edición).
La casas de cartón, juguete cómico (2.a edición).
E l t r a j e de luces, sainetea en tres cuadros, con música de los maestros
Caballero y Hermoso (2. edición).
El patio, comedia en dos actos (4. a edición).
El motete, pasillo con música del maestro José Serrano (2. a edición).
E l estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. Música del maestro Chapí.
Los Galeotes, comedia en cuatro actos (3. a edición). Traducida al ita-
liano con el título de / Galeoti por Giuseppe Paolo Pacchierotti.
La pena, drama en dos cuadros (2.a edición). Traducido al italiano con
el mismo título por Giuseppe Paolo Pacchierotti.
L a azotea, comedia en un acto (2.a edición).
El género ínfimo, pasillo con música de los maestros Valverde (hijo)
y Barrera.
El nido, comedia en dos actos (3. a edición). Traducida al catalán con
el título de Un niu por Joaquín María de Nadal.
L a s flores, comedia en tres actos (2.a 'edición). Traducida al italiano4
con el título de 1 fiori por Giuseppe Paolo Pacchierotti.
LOS piropos, entremés.
El flechazo, entremés (2. a edición).
E l amor en el t e a t r o , capricho literario en cinco cuadros, prólogo y
epílogo (2. a edición).
334 S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
Abanicos y panderetas ó ¡A Sevilla en el botijo! humorada'satírica
en tres cuadros, con música del maestro Chapí.
L a dicha ajena, comedia en tres actos y un prólogo (2. a edición).
Traducida al alemán con el título de Das fremde Gliick por J. Gusta-
vo Rohde.
P e p i t a Reyes, comedia en dos actos (2. a edición).
Los meritorios, pasillo.
La z a h o r i , entremés.
La r e i n a mora, saínete en tres cuadros, con música del maestro José
Serrano (2 & edición).
Z a r a g a t a s , saínete en dos cuadros.
La z a g a l a , comedia en cuatro actos.
La casa de García, comedía en tres actos.
La contrata, apropósito.
E l amor que pasa, comedia en dos actos (2. a edición). Traducida al
italiano con el título de Uamore che passa por Giuseppe Paolo Pacchie-
rotti.
E l m a l de amores, saínete con música del maestro José Serrano,
El nuevo servidor, humorada.
Mañana de Sol, paso de comedia. Traducido al alemán con el título de
Ein sonniger Morgen, por Mary v. Haken.
F e a y con g r a c i a , pasillo con música del maestro Turina.
L a a v e n t u r a de los galeotes, adaptación escénica de un capítulo del
Quijote,
L a musa loca, comedia en tres actos.
L a p i t a n z a , entremés.
E l a m o r en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un prólogo,
con música de los maestros Chapí y Serrano.
LOS Chorros del oro, entremés.
Morritos, entremés.
Amor á oscuras, paso de comedia. Traducido al italiano con el título
de Amoreal buio, por Luigi Motta.
lia mala sombra, saínete con música del maestro José Serrano (2. a edi-
ción).
El genio a l e g r e , comedia en tres actos (2. a edición). Traducida al ita-
liano con el título de Anima allegra, por Juan Fabré y Oliver y Luigi
Motta.
El niño p r o d i g i o , comedia en dos actos.
Nanita, nana... entremés con música del maestro José Serrano.
La zancadilla, entremés.
L a bella Lucerito, entremés con música del maestro Saco del Valle.
L a p a t r i a Chica, zarzuela en un acto. Música del maestro Chapí,
La vida que vuelve, comedia en dos actos.
A l a luz de la luna, paso de comedia. Traducido al italiano con el tí-
tulo de Chiaro di luna, por Luigi Motta.
La escondida senda, comedia en dos actos.
El agua milagrosa, paso de comedia.
COMEDIAS ESCOGIDAS 335
Las buñoleras, entremés.
Las de Caín, comedia en tres actos.
L a s mil m a r a v i l l a s , zarzuela cómica en cuatro actos y un prólogo.
Música del maestro Chapí.
Sangre gorda, entremés.
Amores y amoríos, comedia en cuatro actos.
El patinillo, sainete con música del maestro Gerónimo Giménez.
Doña Clarines, comedia en dos actos. Traducida al italiano con el
título de Siora Chiareta por Giulio de Frenzi.
E l centenario, comedia en tres actos.
La muela del R e y Farfán, zarzuela infantil, cómico-fantástica. Mú-
sica del maestro Amadeo Vives.
Herida de muerte, paso de comedia.
El Último capítulo, paso de comedia.
La rima eterna, comedia en dos actos inspirada en una rima de
Bécquer.
La fior de la vida, poema dramático en tres actos.
Palomilla, monólogo.
Solico en el mundo, entremés.
Rosa y Rosita, entremés.
Pompas y honores, capricho literario en verso por El diablo cojudo.
La madrecita, novela publicada en El cuento semanal
pJllIP m
SEM^FÍM T JOAQUÍN
ALWsillEZ QUWTEHp
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COMEDIAS ESCOGIDAS
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La rima eterna 3>9° Las águilas (De la vida del tor«ro),
novela 3,50
L a flor de la vida 3> o e
J. LÓPEZ S I L V A y F . S H A W
Comedias escogidas.
Saínetes madrileños: La revoltosa,
I. Los galeotes.—-K1 patio.—Las Las Bravias, La Chávala, Los
flores 3>5° dueños mozos. 3,50
II. L a zagala. — Pepita R e y e s . —
El genio alegre 3>5° J. LÓPEZ S I L V A
III. La musa loca. — El amor que La musa del arroyo, versos..... 3,50
pasa.—Las de C a í n . . . . . . . . 3>5°
MANUEL LINARES RIVAS
PÍO B A R O J A
Teatro,—T. Aires de fuera, El abó'
César ó nada, novela •• 4»°° Ungo, María Victoria 3,S»
Las inquietudes de Shanti Andía,
novela 3>5° MANUEL MACHADO
A p o l o , poesías 3,50
JOAQUÍN B E L D A
EDUARDO MARQUINA
La farándula, novela 3>S°
Doña María la Brava 3,50
La piara, novela 3>5°
En Flandes se ha puesto el sol 3,50
A D O L F O B O N I L L A Y J. P U Y O L La alcaidesa de Pastrana 3,50
La hostería de Cantillana, novela» . . 3,50 G. M A R T Í N E Z S I E R R A
Sol de la tarde ,.. 3,5»
JOSÉ CANALEJAS Canción de cuna , , 3,50
Primavera en otoño 3,5»
La democracia en España 3,50
CONDESA DE P A R D O BAZÁN
R I C A R D O J. C A T A R I N E U Dulce dueño, novela : . J,£»
El libro de la p r e n s a , antología R \ M Ó N PÉREZ D E A Y A L A
Prólogo de Miguel Moya 3,£»
A. M. D . G. (La vida en l o i colegios
ANATOLE FRANCE de jesuítas), novela , 3,59
La azucena roja, novela , 3,50 JACINTO OCTAVIO PICÓN
A N D R É S GONZÁLEZ BLANCO Juanita Tenorio, novela .- 4 ,o«
Matilde R e y , novela ,...,,.. 3,50 Mujeres 3,50
SANTIAGO RUSIÑOL
E D M U N D O GONZÁLEZ B L A N C O
El pueblo gris ,, 3,5»
Los grandes filósofos.—Straus.. •... 3,00
Un viaj» al Plata ,. 3,50
ALBERTO INSUA
J O S É MARÍA S A L A V E R R Í A
La mujer desconocida, novela 3,50
El demonio de la voluptuosidad, no* Las sombras de Loyola ,. ' a,o«
vela 3,50 R. S Á N C H E Z DÍAZ
J U A N R. JIMÉNEZ Jesús en la fábrica, novela 3,5®
Pastorales, poesías 3,50 FELIPE TRIGO
Las posadas del amor 3,50
RICARDO LEÓN
MIGUEL D E U N A M U N O
El amor de los amores, novela 3,50
Por tierras de Portugal y E s p a ñ a . . . 3,5©
R A F A E L LÓPEZ D E H A R O
A. VIVERO Y A . VILLA
Entre todas las mujeres, novela..... 3,50
P o í o k l n , novela 3,50 \ Cómo e a e un trono (La rerolución
«a Portugal) 3,50