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01 - L.J. Shen - Ruthless Rival

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Página 1

Argumento
Cuando era joven, Arya Roth se hizo muy amiga del hijo de su ama de llaves.
Pronto, la amistad se convirtió en amor juvenil, y cuando Arya lo retó a que la besara,
una reacción en cadena de acontecimientos desastrosos hizo que el chico se alejara y
saliera de la vida de Arya.
Ahora, dos décadas después, Arya es una publicista en ascenso con su querido
padre como uno de sus mayores clientes. Así que cuando su padre es demandado por
una antigua empleada, Arya se propone demostrar que su padre no es el monstruo del
que se le acusa. El único problema es el abogado que está decidido a destruir el buen
nombre de su padre. Christian Miller es encantador, ambicioso y diabólicamente guapo,
y Arya no tiene ni idea de que es el mismo chico que la besó hace tantos años.
El pasado y el presente chocan cuando Arya se enamora de Christian. Pero
cuando descubre quién es realmente y su obsesión por vengarse de su padre, ¿podrá
elegir el amor por encima de la familia?
De la autora de éxitos de ventas del Wall Street Journal, L.J. Shen, llega un
romance que va de enemigos a amantes y que trata sobre la delgada línea que
separa la búsqueda de venganza de la búsqueda del amor.

Cruel Castaways #1
2
Página
Para Ivy Wild, mi amiga abogada, que me enseñó que mantenerse en el lado correcto de
la ley no solo es lo más moral, sino también lo más barato.
3
Página
Contenido
Argumento ........................................ 2 15 ..................................................... 117
Contenido .......................................... 4 16 ..................................................... 127
Prólogo ............................................... 6 17 ..................................................... 133
1 ............................................................ 9 18 ..................................................... 139
2 .......................................................... 12 19 ..................................................... 148
3 .......................................................... 21 20 ..................................................... 152
4 .......................................................... 28 21 ..................................................... 163
5 .......................................................... 35 22 ..................................................... 173
6 .......................................................... 38 23 ..................................................... 191
7 .......................................................... 46 24 ..................................................... 204
8 .......................................................... 61 25 ..................................................... 210
9 .......................................................... 73 26 ..................................................... 217
10 ....................................................... 76 27 ..................................................... 224
11 ....................................................... 79 28 ..................................................... 237
12 ....................................................... 89 30 ..................................................... 253
13 .................................................... 104 Epílogo........................................... 258
14 .................................................... 112
4
Página
“Una persona es, entre todo lo demás, una cosa material, que se rompe
fácilmente y no se repara del mismo modo”.

-Ian McEwan, “Expiación”


5
Página
Prólogo
Christian
No. Toques. Nada.
Esa era la única regla que mi madre impuso, y era una que yo sabía que no debía
romper de niño, a menos que tuviera ganas de una paliza con el cinturón y avena con
gorgojos por un mes.
Fueron las vacaciones de verano después de cumplir los catorce años las que
encendieron la cerilla que más tarde lo incendiaría todo. La chispa naranja se prendió
y se extendió, devorando mi vida, dejando fosfato y cenizas a su paso.
Mamá me obligó a ir a su lugar de trabajo. Me dio algunos argumentos sólidos
por los que no podía quedarme en casa y perder el tiempo; el principal era que no quería
que acabara como otros niños de mi edad: fumando hierba, rompiendo candados y
entregando paquetes de aspecto sospechoso para los traficantes de drogas locales.
Hunts Point era el lugar donde los sueños morían, y aunque no se podía acusar
a mi madre de ser una soñadora, me consideraba un estorbo. Sacarme de apuros no
estaba en sus planes.
Además, quedarme en casa y que me recordaran mi realidad tampoco era algo
que me gustara.
Podía acompañarla todos los días en su viaje a Park Avenue, con una condición:
no debía poner mis sucias manos en nada del ático de la familia Roth. Ni los carísimos
muebles Henredon, ni los ventanales, ni las plantas importadas de Holanda, ni mucho
menos en la chica.
—Esta es especial. No debería ser manchada. El señor Roth la quiere más que a
su propia vista —me recordó mamá, una inmigrante bielorrusa, en su inglés de marcado
acento, durante el trayecto en autobús, en el que íbamos apretados como sardinas de
cuello azul con otros limpiadores, paisajistas y porteros.
6

Arya Roth era la pesadilla de mi existencia incluso antes de conocerla. La


Página

intocable joya fina, preciosa en comparación con mi despreciable existencia. En los años
anteriores a conocerla, era una idea desagradable. Un avatar con coletas brillantes,
mimada y llorona. No tenía ningún deseo de conocerla. De hecho, a menudo me acostaba
en mi catre por la noche preguntándome qué clase de aventuras emocionantes, costosas
y apropiadas para su edad estaría haciendo y deseándole todo tipo de cosas malas.
Accidentes de coche extraños, caídas por un acantilado, accidentes de avión, sarampión.
Todo valía, y en mi mente, la privilegiada Arya Roth fue sometida a una serie de terrores
mientras yo reposaba con palomitas y me reía.
Todo lo que sabía de Arya a través de los relatos deslumbrados de mi madre, me
desagradaba. Para colmo de males, tenía exactamente mi edad, lo que hacía inevitable
y exasperante la comparación de nuestras vidas.
Ella era la princesa de la torre de marfil del Upper East Side, que vivía en un ático
de cinco mil metros cuadrados, el tipo de espacio que yo no podía ni siquiera imaginar,
y mucho menos prever. Yo, en cambio, permanecía atrapado en un estudio de la
preguerra en Hunts Point, con las fuertes discusiones entre las trabajadoras sexuales y
sus clientes bajo mi ventana y la señora Van reprendiendo a su marido en el piso de
abajo como banda sonora de mi adolescencia.
La vida de Arya olía a flores, a boutiques y a velas afrutadas, el tenue aroma se
pegaba a la ropa de mi madre cuando volvía a casa, mientras que el hedor del mercado
de pescado cercano a mi apartamento era tan persistente que empapaba
permanentemente nuestras paredes.
Arya era guapa, mi madre no dejaba de insistir en sus ojos esmeralda; mientras
que yo era delgado y torpe. Todo rodillas y orejas sobresaliendo de una figura de palo
dibujada al azar. Mamá decía que con el tiempo desarrollaría mis rasgos, pero con mi
déficit nutricional, tenía mis dudas. Al parecer, mi padre también era así. Desgarbado al
crecer, pero guapo una vez maduro. Como nunca conocí al bastardo, no tenía forma de
confirmar esa afirmación. El padre del bebé de Ruslana Ivanova estaba casado con otra
mujer y vivía en Minsk con sus tres hijos y dos perros feos. El billete de avión de ida a
Nueva York fue su regalo de despedida a mi madre cuando le dijo que estaba
embarazada de mí, junto con la petición de que no volviera a contactarlo.
Como mi madre no tenía familia (su madre soltera había muerto años antes), a
todos los implicados les pareció una solución perfectamente sensata. A excepción de
mí, por supuesto.
Eso nos dejó solos en la Gran Manzana, abordando la vida como si estuviera
detrás de nuestras gargantas. O tal vez ya se había agarrado a nuestros cuellos, cortando
nuestro suministro de aire. Siempre parecía que nos faltaba algo: aire, comida,
electricidad o el derecho a existir.
Lo que me lleva al último y más condenable pecado cometido por Arya Roth y la
principal razón por la que nunca había querido conocerla: Arya tenía una familia.
Una madre. Un padre. Tíos y tías en abundancia. Tenía una abuela en Carolina
del Norte, a la que visitaba cada Semana Santa, y primos en Colorado con los que iba a
7

hacer snowboard cada Navidad. Su vida tenía un contexto, una dirección, una narrativa.
Página

Estaba enmarcada, completamente trazada, con todas las piezas individuales


coloreadas con esmero, mientras que la mía parecía desnuda e inconexa.
Tenía a mamá, pero ella y yo parecíamos haber sido lanzados juntos
accidentalmente. También estaban los vecinos a los que mamá nunca se molestó en
conocer, las trabajadoras sexuales que me hacían proposiciones para el almuerzo del
colegio y la policía de Nueva York, que venía dos veces a la semana a mi bloque,
deslizando cinta amarilla por las ventanas rotas. La felicidad era algo que pertenecía a
otras personas. Personas que no conocíamos, que vivían en otras calles y llevaban otras
vidas.
Siempre me había sentido como un invitado en el mundo, un mirón. Pero si iba
a observar la vida de otra gente, bien podría observar a los Roth, que llevaban una vida
perfecta y pintoresca.
Y así, para escapar del infierno en el que nací, todo lo que tenía que hacer era
seguir las reglas.
No. Toques. Nada.
Al final, no solo toqué algo.
Toqué lo más preciado de la casa Roth.
La chica.
8
Página
1
Arya
Presente

Vendría.
Lo sabía, incluso si llegaba tarde. Lo que nunca ocurría, hasta hoy.
Teníamos una cita cada primer sábado de cada mes.
Se presentaba armado con una sonrisa astuta, dos cuencos de biryani y el último
chisme escandaloso de la oficina, que era mejor que cualquier reality show que hubiera.
Me estiré bajo un claustro con vistas a un jardín gótico, moviendo los dedos de
los pies con mis zapatos Prada, con las suelas besando una columna medieval.
No importaba la edad que tuviera o lo bien que dominara el arte de ser una
despiadada mujer de negocios, durante nuestras visitas mensuales a los Cloisters1,
siempre me sentía como una quinceañera, llena de granos e impresionable y agradecida
por las migajas de intimidad y afecto que me lanzaban.
—Apártate, cariño. La comida para llevar está goteando.
¿Ves? Vino.
Metí las piernas bajo mi trasero, dejando espacio a papá para que se acomodara.
Sacó dos recipientes aceitosos de una bolsa de plástico y me entregó uno.
—Tienes un aspecto horrible —observé, abriendo mi recipiente. El aroma de la
nuez moscada y el azafrán me llegó a la nariz, haciéndome la boca agua. Mi padre estaba
9
Página

sonrojado y con los ojos ensombrecidos, con el rostro marcado por una mueca.
—Estás fantástica, como siempre. —Me besó la mejilla, acomodándose contra la
columna frente a mí para que estuviéramos cara a cara.

1 The Cloisters es un museo situado en el Fort Tryon Park, de Nueva York. especializado en arte

y arquitectura medieval europea, con un enfoque en los períodos románico y gótico.


Pinché la comida con mi tenedor de plástico. Los suaves trozos de pollo se
deshicieron sobre una almohada de arroz. Me llevé un bocado a la boca y cerré los ojos.
—Podría comer esto tres veces al día, todos los días.
—Lo creería, ya que pasaste el cuarto grado viviendo únicamente de bolas de
macarrones con queso. —Se rió—. ¿Cómo va la dominación del mundo?
—Lento pero seguro. —Abrí los ojos. Hurgaba en su comida. Primero, había
llegado tarde, y ahora, me di cuenta de que parecía apenas reconocible. No era su forma
o su atuendo ligeramente arrugado o la falta de un corte de pelo lo que lo delataba. Era
su expresión, que no había visto antes en los casi treinta y dos años que lo conocía.
—¿Cómo estás? —Chupé las puntas de mi tenedor.
Su teléfono, que estaba metido en el bolsillo delantero de sus pantalones, zumbó.
El flash verde brilló a través de la tela. Lo ignoró. —Bien. Ocupado. Nos están auditando,
así que la oficina está patas arriba. Todo el mundo está corriendo como un pollo sin
cabeza.
—Otra vez no. —Metí la mano en su cuenco, pescando una patata dorada que se
escondía bajo una montaña de arroz y deslizándola entre mis labios—. Pero eso explica
las cosas.
—¿Explica qué? —Parecía alerta.
—Me parece que estás un poco apagado.
—Es un dolor de cabeza, pero ya he bailado esta danza antes. ¿Cómo va el
negocio?
—A decir verdad, me gustaría que me dieras tu opinión sobre un cliente. —Me
proponía a hablar del tema cuando su teléfono volvió a vibrar en el bolsillo. Entorné los
ojos hacia la fuente en el centro del jardín, indicando sin palabras que estaba bien que
atendiera la llamada.
Papá sacó una servilleta de papel de la bolsa de comida para llevar y se la pasó
por la frente. El papel con forma de nube se le pegó al sudor. La temperatura estaba por
debajo de los dos grados centígrados. ¿Qué asunto tenía este hombre sudando a mares?
—¿Y cómo está Jillian? —Levantó la voz una octava. Una sensación de calamidad,
como una tenue y apenas visible grieta en una pared, se arrastró por mi piel—. Me
pareció que dijiste que su abuela fue operada de la cadera la semana pasada. Le pedí a
mi secretaria que le enviara flores.
Por supuesto que lo había hecho. Papá era una constante en la que podía confiar.
Mientras que mi madre era el tipo de progenitora que llega un día tarde y se queda corta
(siempre la última en darse cuenta de lo que estaba pasando, ajena a mis sentimientos,
10

desaparecida en los momentos cruciales de mi vida), papá se acordaba de los


Página

cumpleaños, de las fechas de graduación y de lo que me había puesto para los bat
mitzvahs de mis amigas. Estuvo presente durante las rupturas, el drama de las chicas y
la constitución de mi empresa, repasando las letras pequeñas conmigo. Era una madre,
un padre, un hermano y un amigo. Un ancla en el agitado mar de la vida.
—La abuela Joy está bien. —Le entregué mis servilletas de papel, mirándolo con
curiosidad—. Ya está de mandona con la madre de Jillian. Escucha, ¿estás...?
Su teléfono zumbó por tercera vez en un minuto.
—Deberías contestar.
—No, no. —Miró a nuestro alrededor, con la mirada blanca como una sábana.
—Quienquiera que esté tratando de llamarte no dejará de hacerlo.
—De verdad, Ari, prefiero escuchar sobre tu semana.
—Fue buena, llena de acontecimientos, y pasó. Ahora contesta. —Señalé lo que
supuse que era la causa de su extraño comportamiento.
Con un fuerte suspiro y una saludable dosis de resignación, papá finalmente sacó
el teléfono y se lo acercó a la oreja con tanta fuerza que la carcasa blanqueó hasta
convertirse en marfil.
—Habla Conrad Roth. Sí. Sí. —Hizo una pausa, con los ojos bailando
maníacamente. Su cuenco de biryani se le escapó de entre los dedos, cayendo sobre la
antigua piedra. Intenté cogerlo en vano—. Sí. Lo sé. Gracias. Tengo representación. No,
no haré ningún comentario.
¿Representación? ¿Un comentario? ¿Para una auditoría?
La gente flotaba a lo largo de las proas. Los turistas se agachaban para hacer
fotos del jardín. Un enjambre de niños giraba alrededor de las columnas, con sus risas
como campanas de iglesia. Me levanté y empecé a limpiar el desastre que papá había
hecho en el suelo.
Está bien, me dije. Ninguna empresa quiere ser auditada. Y mucho menos un fondo
de inversión.
Pero incluso mientras me alimentaba con esta excusa, no podía tragármela del
todo. No se trataba de un negocio. Papá no perdía el sueño, ni el ingenio, por el trabajo.
Colgó. Nuestros ojos se encontraron.
Antes de que hablara, lo supe. Sabía que en unos minutos, estaría cayendo,
cayendo, cayendo. Que nada podría detenerme. Que esto era más grande que yo. Que él,
incluso.
—Ari, hay algo que deberías saber…
Cerré los ojos y respiré con fuerza antes de saltar al agua.
Sabiendo que nada volvería a ser lo mismo.
11
Página
2
Christian
Presente

Principios. Yo tenía muy pocos.


Solo un puñado, en realidad, y no los llamaría principios, per se. Más bien
preferencias. ¿Parcialidades fuertes? Sí, eso suena bien.
Por ejemplo, prefería no ocuparme de los litigios sobre la propiedad y los
contratos como abogado. No porque tuviera un problema moral o ético para
representar a cualquiera de los dos bandos, sino simplemente porque el tema me
parecía morbosamente aburrido y totalmente indigno de mi precioso tiempo. Las
reclamaciones por daños y perjuicios eran lo que más me gustaba. Me gustaban los
asuntos turbios, emocionales y destructivos. Si se añade lo salaz a la mezcla, estaba en
el cielo de los litigios.
Prefería beber hasta caer en un mini coma con mis mejores amigos, Arsène y
Riggs, en el Brewtherhood de la calle, en lugar de sonreír, asentir con la cabeza y
escuchar otra historia aburrida sobre el partido de béisbol de los hijos de mi cliente.
También prefería (no por principio) no invitar a cenar al Sr. Shady McShadeson,
también conocido como Myles Emerson. Pero Myles Emerson estaba a punto de firmar
un fuerte contrato con mi bufete, Cromwell & Traurig. Así que aquí estaba yo, un viernes
por la noche, con una sonrisa de comemierda dibujada en mi cara, metiendo la tarjeta
de crédito de la empresa en el portacheques de cuero negro mientras invitaba al Sr.
Emerson a tartas de foie gras, tagliolini con trufas negras afeitadas y una botella de vino
con un precio que podría hacer que su hijo cursara cuatro años de educación en la Ivy
League.
12

—Tengo que decir que me siento muy bien con esto, amigos. —El Sr. Emerson
Página

dejó escapar un eructo, acariciando su vientre del tamaño de un tercer trimestre. Tenía
un extraño parecido físico con un Jeff Daniels hinchado. Me alegré de que se sintiera
bien, porque seguro que me apetecía cobrarle una cuota mensual a partir del mes que
viene. Emerson era dueño de una gran empresa de limpieza que atendía principalmente
a grandes corporaciones y recientemente había tenido cuatro juicios en su contra, todos
por incumplimiento de contrato y daños y perjuicios. No solo necesitaba ayuda legal,
sino también cinta adhesiva para tapar su boca. Había perdido tanto dinero en los
últimos meses que me ofrecí a contratarle. La ironía no se me escapó. Este hombre, que
ofrecía servicios de limpieza a la gente, me había contratado para que limpiara lo que él
hiciera. Sin embargo, a diferencia de sus empleados, yo cobraba una tarifa horaria
astronómica y no era propenso a que me jodieran el sueldo.
No se me ocurrió negarme a defenderlo en sus múltiples y deplorables casos. El
evidente paralelismo con las pobres limpiadoras que iban detrás de él, algunas de las
cuales ganaban por debajo del salario mínimo y trabajaban con documentación legal
falsificada, se me pasó por alto.
—Estamos aquí para facilitarle las cosas. —Me puse de pie, alcanzando a
estrechar la mano de Myles Emerson mientras me abotonaba la americana. Él saludó
con la cabeza a Ryan y Deacon, los socios de mi bufete, y se dirigió a la salida del
restaurante, contemplando los traseros de dos de las camareras.
Mi plato iba a estar lleno con esta bolsa de herramientas. Por suerte, tenía buen
apetito cuando se trataba de ascender en la escala corporativa.
Volví a sentarme, inclinándome en mi asiento.
—Y ahora la verdadera razón por la que nos hemos reunido aquí —miré entre
ellos—, mi inminente asociación en la empresa.
—¿Perdón? —El diácono Cromwell, un expatriado educado en Oxford que había
fundado el bufete hacía cuarenta años y era más antiguo que la Biblia, frunció sus
pobladas cejas.
—Christian cree que se ha ganado un despacho en la esquina y su apellido en la
puerta después de dedicar tiempo y esfuerzo —le explicó al anciano Ryan Traurig, jefe
del departamento de litigios y el socio que realmente asomaba la cara entre las paredes
del despacho de vez en cuando.
—¿No crees que esto era algo que deberíamos haber discutido? —Cromwell se
volvió hacia Traurig.
—Lo estamos discutiendo ahora. —Traurig sonrió de buena gana.
—En privado —espetó Cromwell.
—La privacidad está sobrevalorada. —Tomé un sorbo de mi vino, deseando que
fuera whisky—. Despierta y huele las rosas, Deacon. Llevo tres años como asociado
senior. Cobro tarifas de socio. Mis revisiones anuales son impecables y atraigo a los
peces gordos. Me has estado tomando el pelo durante demasiado tiempo. Me gustaría
13

saber a qué atenerme. La honestidad es la mejor política.


Página

—Eso es un poco exagerado viniendo de un abogado. —Cromwell me miró de


reojo—. Además, en el espíritu de la conversación abierta, ¿puedo recordarte que te
graduaste hace siete años, con un período de dos años en la oficina del fiscal de distrito
después de la graduación? No es exactamente que te estemos robando una oportunidad.
Nuestro bufete tiene establecida una trayectoria de nueve años para poder llegar a ser
socio. En cuanto al tiempo, no has pagado tus cuotas.
—En cuanto al tiempo, has estado ganando un trescientos por ciento más en esta
empresa desde que me uní —contesté—. A la mierda la trayectoria. Hazme socio de
capital y de nombre.
—A la mierda. —Intentó parecer indiferente, pero su frente se puso húmeda—.
¿Cómo duermes por la noche?
Agité el vino en mi copa como me enseñó un premiado sumiller una década
antes. También jugaba al golf, utilizaba el tiempo compartido de la empresa en Miami y
sufría hablando de política en clubes de caballeros.
—Normalmente con una rubia de piernas largas a mi lado. —Falso, pero sabía
que un cerdo como él lo apreciaría.
Se rió, como el previsible simplón que era. —Sabelotodo. Eres demasiado
ambicioso para tu propio bien.
La opinión de Cromwell sobre la ambición variaba, dependiendo de la persona
que la poseyera. En los asociados junior que registraban sesenta horas facturables a la
semana, era estupenda. En mí, era una molestia.
—No hay tal cosa, señor. Ahora me gustaría una respuesta.
—Christian. —Traurig me lanzó una sonrisa que me pedía que me callara—.
Danos cinco minutos. Nos vemos fuera.
No me gustaba que me echaran a la calle mientras discutían sobre mí. En el
fondo, seguía siendo Nicky de Hunts Point. Pero ese chico tenía que ser frenado en la
sociedad educada. Los hombres educados no gritaban ni volteaban las mesas. Tenía que
hablar su idioma. Palabras suaves, cuchillos afilados.
Después de empujar mi silla hacia atrás, me puse mi abrigo Givenchy. —Bien. Me
dará tiempo a probar ese nuevo cigarro Davidoff.
Los ojos de Traurig se iluminaron. —¿Winston Churchill?
—Edición limitada. —Le guiñé un ojo. El cabrón me despojaba en todo lo
relacionado con los puros y el licor como si no ganara seis veces mi sueldo.
—Vaya, vaya. ¿Tienes uno de sobra?
—Ya lo sabes.
—Te veo en un rato.
—No si yo te veo primero.
14

En la acera, di una calada a mi cigarro y observé cómo los semáforos amarillos


Página

se ponían en rojo y verde vanamente, mientras los transeúntes se deslizaban en gruesos


regueros, como bancos de peces. Los árboles de la calle estaban desnudos, salvo por las
pálidas cuerdas de luces que aún no habían sido despojadas después de la Navidad.
Mi teléfono sonó en mi bolsillo. Lo saqué.
Arsène: ¿Vienes? Riggs se va mañana por la mañana y se está poniendo
cariñoso con alguien que necesita que le cambien el pañal.
Eso podía significar que era demasiado joven o que tenía implantes de culo. Lo
más probable es que significara ambas cosas. Me metí el cigarro en la comisura de la
boca, con los dedos flotando sobre la pantalla táctil.
Yo: Dile que se lo guarde en los pantalones. Voy para allá.
Arsène: ¿Siendo alabado por Papi & Papá?
Yo: No todos hemos nacido con un fondo fiduciario de doscientos millones,
cariño.
Volví a meter el teléfono en el bolsillo.
Una palmadita amistosa se posó en mi hombro. Cuando me di la vuelta, Traurig
y Cromwell estaban allí. Cromwell parecía el dueño no tan orgulloso de todas las
hemorroides de Nueva York, agarrando su bastón con expresión de dolor. La delgada y
astuta sonrisa de Traurig no revelaba nada.
—Sheila me ha estado regañando para que haga más ejercicio. Creo que volveré
a casa andando. Caballeros. —Cromwell asintió secamente—. Christian, felicidades por
haber traído a Emerson. Te veré en nuestra reunión semanal el próximo viernes. —Y
luego se marchó, desapareciendo entre la multitud de gente envuelta y el vapor blanco
que salía de las alcantarillas.
Le pasé a Traurig un puro. Le dio unas cuantas caladas, palmeándose los
bolsillos, como si estuviera buscando algo. Tal vez su dignidad perdida hace tiempo.
—Deacon cree que aún no estás preparado.
—Eso es una mierda. —Mis dientes apretaron mi cigarro—. Mi historial es
impecable. Trabajo ochenta horas semanales. Superviso todos los casos grandes en
litigios, aunque técnicamente es tu trabajo, y hago equipo con un asociado junior para
todos mis casos, como un socio. Si me voy ahora mismo, me llevo una cartera que no
pueden permitirse perder, y ambos lo sabemos.
Llegar a ser socio de nombre y tener mi nombre en la puerta principal sería la
cúspide de mi existencia. Sabía que era un gran salto, pero me lo había ganado. Me lo
merecía. Otros socios no hacían las mismas horas, ni traían la misma clientela, ni daban
los mismos resultados. Además, como millonario recién acuñado, buscaba mi próxima
emoción. Había algo terriblemente adormecedor en el hecho de ver el abultado sueldo
que recibía cada mes y saber que todo lo que quería estaba a mi alcance. Ser socio no
solo era un reto, sino un dedo corazón a la ciudad que se purgó de mí a los catorce años.
—Ya, ya, no hace falta que te pongas pesado. —Traurig se rió—. Mira, chaval,
15

Cromwell está abierto a la idea.


Página

Chaval. A Traurig le gustaba fingir que yo todavía estaba en la cúspide de la


adolescencia, esperando que se me cayeran las pelotas.
—¿Abierto? —resoplé—. Debería rogarme que me quedara y ofrecerme la mitad
de su reino.
—Y aquí está el quid de la cuestión. —Traurig hizo un gesto con la mano,
haciendo gala de que yo era una exposición a la que se refería—. Cromwell cree que te
has acomodado demasiado, demasiado rápido. Solo tienes treinta y dos años, Christian,
y no has visto el interior de un juzgado desde hace un par de años. Sirves bien a tus
clientes, tu nombre te precede, pero ya no te importa. El 96% de tus casos se resuelven
fuera de los tribunales porque nadie quiere enfrentarse a ti. Cromwell quiere verte
hambriento. Quiere ver tu lucha. Extraña ese mismo fuego en tus ojos que le hizo
arrancarte de la fiscalía cuando te metiste en problemas con el gobernador.
En mi segundo año en la oficina del fiscal, un gran caso aterrizó en mi escritorio.
Fue el mismo año en que Theodore Montgomery, el entonces fiscal del distrito de
Manhattan, fue desacreditado por dejar que prescribieran algunos casos debido a la
abrumadora carga de trabajo. Montgomery me puso el caso sobre la mesa y me dijo que
diera lo mejor de mí. No quería tener otro escándalo en sus manos, pero tampoco tenía
personal para trabajar en él.
Ese caso resultó ser el caso del que todo Manhattan hablaba ese año. Mientras
mis superiores perseguían a delincuentes fiscales de cuello blanco y a defraudadores
bancarios, yo perseguí a un capo de la droga que había atropellado a un niño de tres
años, matándolo al instante, para llegar al brillante cumpleaños de su hija. Un clásico
atropello con fuga. El capo de la droga en cuestión, Denny Romano, iba armado con una
fila de abogados de primera categoría, mientras que yo llegué al tribunal con mi traje
del Ejército de Salvación y una bolsa de cuero que se estaba cayendo a pedazos. Todo el
mundo apuntalaba al chico de la oficina del fiscal para que pillara al gran macho malo.
Al final, conseguí que Romano fuera condenado por homicidio involuntario y a cuatro
años de prisión. Fue una pequeña victoria para la familia del pobre chico y una gran
victoria para mí.
El diácono Cromwell me acorraló en una barbería cuando acababa de salir de la
Facultad de Derecho de Harvard. Yo tenía un plan, que incluía hacerme un nombre en
la oficina del fiscal, pero él me había dicho que lo buscara si quería ver cómo vivía la
otra mitad. Después del caso de Romano, no tuve que hacer nada: vino a mí.
—¿Quiere verme de nuevo en el tribunal? —Prácticamente escupí las palabras.
Mi apetito por ganar casos era saludable, pero tenía la reputación de llegar muy fuerte
a la mesa de negociación y salir con más de lo que prometía a mis clientes. Cuando me
presentaba en el juzgado, convertía a la otra parte en un espectáculo. Nadie quería
tratar conmigo. Ni los mejores litigantes que cobraban dos mil dólares por hora solo
para perder un caso contra mí, ni mis ex colegas de la oficina del fiscal, que no tenían
los recursos para competir.
—Quiere verte sudar la gota gorda. —Traurig hizo rodar el cigarro encendido
entre sus dedos, pensativo—. Gáname un caso de alto perfil, uno que no puedas atar en
16

un trato de favor en una oficina con aire acondicionado. Preséntate en el juzgado y el


Página

viejo pondrá tu nombre en la puerta, sin hacer preguntas.


—Estoy haciendo un trabajo de dos personas —le recordé. Eso era cierto.
Trabajaba a horas intempestivas.
Traurig se encogió de hombros. —Lo tomas o lo dejas, chaval. Te tenemos donde
queremos.
Dejar el bufete a estas alturas, cuando estaba a un suspiro de convertirme en
socio, podría hacer retroceder mi carrera años, y el muy cabrón lo sabía. Iba a tener que
aguantarme o conseguir un puesto de socio en una empresa mucho más pequeña y
menos prestigiosa.
No era la forma en que quería que fuera esta noche, pero era mejor que nada.
Además, conocía mis capacidades. Dependiendo de los horarios de los tribunales y del
caso que eligiera, podría hacerme socio en unas pocas semanas.
—Considéralo hecho.
Traurig soltó una carcajada. —Me da pena el desafortunado abogado contra el
que te vas a enfrentar para demostrar tu postura.
Me di la vuelta y me dirigí al bar de enfrente, para reunirme con Arsène
(pronunciado aar-sn, como el personaje de Lupin) y Riggs.
No tenía principios.
Y cuando se trataba de lo que quería de la vida, tampoco tenía límites.
El Brewtherhood era nuestro lugar de referencia en el SoHo. El bar estaba a un
tiro de piedra del ático de Arsène, donde se podía encontrar a Riggs siempre que
estuviera en la ciudad y no se quedaba en mi casa. Nos gustaba el Brewtherhood por su
variedad de cervezas extranjeras, su falta de cócteles extravagantes y su capacidad para
repeler a los turistas con su encanto directo. Pero, sobre todo, el Brewtherhood tenía
un atractivo poco común: era pequeño, congestionado y estaba escondido en un sótano.
Nos recordaba a nuestra adolescencia como en Flores en el Ático.
Vi a Arsène de inmediato. Destacaba como una sombra oscura en una feria.
Estaba encaramado a un taburete, bebiendo una botella de Asahi. A Arsène le gustaba
que su cerveza hiciera juego con su personalidad (extra seca, con un aire extranjero) y
siempre iba vestido con las mejores sedas de Savile Row, aunque técnicamente no tenía
un trabajo de oficina. Ahora que lo pienso, técnicamente no tenía un trabajo, y punto.
Era un empresario al que le gustaba meter los dedos en muchos pasteles lucrativos. En
la actualidad estaba en la cama con unas cuantas empresas de fondos de cobertura que
renunciaban a sus comisiones de rendimiento de dos y veinte solo por el placer de
trabajar con Arsène Corbin. El arbitraje de fusiones y el arbitraje de convertibles eran
sus terrenos de juego.
Pasé por delante de un grupo de mujeres borrachas que bailaban y cantaban
“Cotton-Eyed Joe”, equivocándose en todas las palabras, y me apoyé en la barra.
17

—Llegas tarde —dijo Arsène, leyendo un libro de bolsillo en la pegajosa barra


del bar y sin molestarse en mirarme.
Página

—Eres un dolor en el culo.


—Gracias por la evaluación psicológica. Pero sigues llegando tarde, además de
maleducado. —Arrastró una pinta de Peroni hacia mí. La chasqueé contra su botella de
cerveza y tomé un sorbo.
—¿Dónde está Riggs? —le grité al oído por encima de la música. Arsène movió
la barbilla hacia su izquierda. Mis ojos siguieron la dirección. Riggs estaba allí, con una
mano apoyada en la pared de madera, decorada con taxidermia, probablemente con los
nudillos metidos entre los muslos de la rubia a través de su falda, sus labios
arrastrándose por su cuello.
Sí. Arsène se refería definitivamente a sus implantes de culo. Parecía que podía
flotar sobre esas cosas hasta Irlanda.
A diferencia de Arsène y de mí, que nos enorgullecíamos de tener el aspecto del
club del 1%, a Riggs le encantaba lucir como un culito multimillonario. Era un estafador,
un ladrón y un delincuente. Un hombre con tan poca sinceridad que me sorprendió que
no ejerciera la abogacía. Tenía el atractivo cliché del chico malo del lado equivocado de
las vías. El pelo dorado, el bronceado, la barbilla sin afeitar y suciedad bajo las uñas. Su
sonrisa era ladeada, sus ojos sin profundidad y sin fondo al mismo tiempo, y tenía la
molesta habilidad de hablar con su voz de dormitorio sobre todo, incluso sobre sus
movimientos intestinales.
Riggs era el más rico de los tres. Por fuera, sin embargo, parecía ir de crucero por
la vida, incapaz de comprometerse con nada, incluida una red de telefonía móvil.
—¿Tuviste una buena reunión? —Arsène cerró su libro de bolsillo a mi lado.
Miré la portada.
El fantasma en el átomo: Una discusión sobre los misterios de la física cuántica.
¿Alguien puede decir fiestero?
El problema de Arsène era que era un genio. Y los genios, como todos sabemos,
lo tienen muy difícil para tratar con los idiotas. Y los idiotas, como también sabemos,
constituyen el 99% de la sociedad civilizada.
Como Riggs, conocí a Arsène en la Academia Andrew Dexter para Varones.
Habíamos conectado al instante. Pero mientras Riggs y yo nos reinventamos para
sobrevivir, Arsène parecía ser siempre él mismo. Hastiado, cruel y desapasionado.
—Estuvo bien —mentí.
—¿Estoy viendo al nuevo socio de Cromwell & Traurig? —Arsène me miró con
escepticismo.
—Pronto. —Me dejé caer en un taburete a su lado y le hice una señal a Elise, la
camarera. Cuando se acercó a nosotros, le pasé un billete de cien dólares por la barra
18

de madera.
Página

Enarcó una ceja. —Es una gran propina, Miller.


Elise tenía un suave acento francés, y un suave todo para acompañarlo.
—Bueno, estás a punto de tener un infierno de tarea. Quiero que te acerques a
Riggs y le eches un trago en la cara al estilo de todas las películas cursis de los ochenta
que has visto, actuando como si fueras su cita y te acabara de dejar por la rubia de allí.
Hay otro Benjamin2 esperándote si puedes producir algunas lágrimas serias. ¿Crees que
puedes hacerlo?
Elise enrolló el billete y lo metió en el bolsillo trasero de sus ajustados vaqueros.
—Ser camarera en Nueva York es sinónimo de ser actriz. Tengo tres espectáculos fuera
de Broadway y dos anuncios de tampones en mi haber. Por supuesto que puedo hacerlo.
Un minuto después, la cara de Riggs olía a vodka y sandía, y Elise era doscientos
dólares más rica. Riggs fue debidamente reprendido por dejar a su cita esperando. La
rubia se marchó con un resoplido de enfado hacia sus amigos, y Riggs se dirigió a la
barra, medio divertido, medio cabreado.
—Idiota. —Riggs agarró el dobladillo de mi chaqueta y lo utilizó para limpiarse
la cara.
—Dime algo que no sepa.
—La penicilina se llamó primero jugo de moho. Apuesto a que no lo sabías. Yo
tampoco lo sabía hasta el mes pasado, cuando me senté en un vuelo a Zimbabue junto
a una bacterióloga muy simpática llamada Mary. —Riggs cogió mi cerveza, se la bebió
entera y luego chasqueó la lengua—. Alerta de spoiler: Mary no era virgen entre las
sábanas.
—Querrás decir en el baño. —Arsène puso cara de asco.
Riggs soltó una carcajada. —¿Necesitas algunas perlas para agarrar, Corbin?
Esa era la otra cosa de Riggs. Era un nómada, que se bebía las bebidas de los
demás, que se estrellaba en sus sofás, que volaba en la economía como un pagano. No
tenía raíces, ni hogar, ni responsabilidades fuera de su trabajo. A los veintidós años,
había sido tolerable. A los treinta y dos, rozaba el límite de lo lamentable.
—Lo que me recuerda: ¿A dónde vas mañana? —Le arrebaté la cerveza vacía
antes de que pudiera empezar a lamerla.
—Karakoram, Pakistán.
—¿Se te acabaron los lugares para visitar en América?
—Hace unos siete años. —Sonrió de buena gana.
Riggs era un fotógrafo que colaboraba con National Geographic y algunas otras
19

revistas de política y naturaleza. Había ganado un montón de premios y visitado la


mayoría de los países del mundo. Cualquier cosa con tal de huir de lo que le esperaba,
Página

o no, en casa.
—¿Cuánto tiempo nos vas a agraciar con tu falta de presencia? —preguntó
Arsène.

2 Se refiere al billete de cien dólares.


Riggs echó hacia atrás su taburete, equilibrándolo sobre dos patas. —¿Un mes?
¿Tal vez dos? Espero conseguir otra misión y volar directamente desde allí. A Nepal. Tal
vez Islandia. ¿Quién sabe?
Tú no, eso es seguro, bebé del tamaño de un refrigerador industrial.
—Christian pidió a Papo & Papá un ascenso hoy y se lo negaron. —Arsène puso
al corriente a Riggs, con voz monótona. Tomé su cerveza japonesa y me la bebí.
—¿Sí? —Riggs me dio una palmada en el hombro—. Quizá sea una señal.
—¿Que soy pésimo en mi trabajo? —pregunté encantadoramente.
—Que es hora de bajar el ritmo y darse cuenta de que hay algo más en la vida
que el trabajo. Lo conseguiste. No corres ningún peligro real de volver a ser pobre.
Déjalo ir.
Es más fácil decirlo que hacerlo. El pobre Nicky siempre iba a vivir dentro de mí,
comiendo kasha de dos días, recordándome que Hunts Point estaba a un puñado de
paradas de autobús y errores.
Le di un codazo a Riggs en las costillas. Su taburete volvió a su sitio. Se rió. —Y
no es que no lo haya entendido —dije, dejando las cosas claras—. Quieren que les dé un
caso de lucimiento. Una gran victoria.
Arsène me lanzó una sonrisa cruel. —Y yo que pensaba que cosas así solo
ocurrían en las películas con Jennifer López.
—Cromwell se lo sacó del recto para ganar tiempo. Pasar por un aro más no
cambiará nada. El ascenso es mío.
Cromwell & Traurig no era más que un montón de ladrillos y papeles de tamaño
legal en Madison Avenue sin mí. Pero seguía siendo el mejor bufete de abogados de
Manhattan, y dejarlo por una asociación, aunque fuera en el segundo bufete más grande
de la ciudad, levantaría preguntas, además de cejas.
—Me alegro de que el síndrome del lado equivocado de la vía no sea contagioso.
—Riggs volvió a llamar a Elise y pidió otra ronda—. Debe ser agotador ser tú. Estás
decidido a conquistar el mundo, aunque tengas que quemarlo en el proceso.
—Nadie se quemará si consigo lo que quiero —dije.
Ambos negaron con la cabeza al unísono. Riggs me miró con visible lástima.
—Esto es lo que estás diseñado para hacer, Christian. Dejar que tus demonios
corran libres y salvajes y ver a dónde te llevan. Por eso somos amigos. —Riggs me dio
una palmadita en la espalda—. Solo recuerda que para ser rey, primero debes destronar
a alguien.
20

Me senté de nuevo en mi taburete.


Página

Rodarían cabezas, sin duda. Pero ninguna iba a ser la mía.


3
Christian
Presente

Mi oportunidad de demostrar que era digno de ser socio se presentó el lunes


siguiente, envuelto en un lazo de satén rojo, esperando a que lo desenvolviera.
Era un regalo de Dios. Si fuera un hombre creyente, lo que no tenía ninguna
razón para ser, habría renunciado a algo durante la Cuaresma para mostrar mi
agradecimiento al gran hombre de arriba. No nada crítico, como el sexo o la carne, pero
tal vez mi suscripción al club de vinos. Yo era más bien un hombre de whisky, de todos
modos.
—Hay alguien que quiere verte —anunció Claire, una asociada junior. La vi en
mi periferia, golpeando la puerta de mi despacho, con una gruesa carpeta de manila
apretada contra su pecho.
—¿Parece que acepto visitas sin cita previa? —pregunté, sin levantar la mirada
de los papeles que estaba inspeccionando.
—No, por eso la envié de regreso, pero luego me contó lo que la hizo venir aquí,
y bueno, ahora siento que definitivamente deberías tragarte tu orgullo y escucharla.
Seguía garabateando en los márgenes del documento en el que trabajaba, sin
levantar la vista.
—Véndemelo —ladré.
Claire me dio el discurso rápido. Los fundamentos del caso, tal y como eran.
—¿Demanda por acoso sexual contra un antiguo empleador? —pregunté,
21

tirando un Sharpie rojo que se había quedado sin tinta a la papelera y destapando uno
nuevo con los dientes—. Suena estándar.
Página

—No es cualquier empleador.


—¿Es el presidente?
—No.
—¿El juez del Tribunal Supremo?
—Um... no.
—¿El Papa?
—Christian. —Movió su muñeca coquetamente, su risa ronca.
—Entonces no es un caso lo suficientemente importante para mí.
—Es un personaje poderoso. Conocido en todos los círculos correctos de Nueva
York. Se presentó como candidato a alcalde hace unos años. Colaborador de todos los
museos de Manhattan. Estamos hablando de un pez gordo. —Miré hacia arriba. Claire
se pasó el tacón de su zapato de aguja por su torneada pantorrilla, rascándola. Su voz
se envolvió en las palabras con un temblor. Intentaba contener su excitación. No podía
culparla. Nada me hacía más ilusión que saber que estaba a punto de conseguir un
jugoso caso con cientos de horas facturables y ganarlo. Solo había una cosa más
excitante para un asesino nato que el olor de la sangre: el olor de la sangre azul.
Apartando la mirada de mis notas, dejé caer el rotulador y me recosté en la silla.
—¿Dijiste que se presentó a alcalde?
Claire asintió.
—¿Hasta dónde llegó?
—Más o menos. Consiguió el apoyo del antiguo secretario de prensa de la Casa
Blanca, de algunos senadores y de funcionarios locales. Misteriosamente abandonó la
candidatura por problemas familiares cuatro meses antes de las elecciones. Tuvo una
directora de campaña muy guapa, muy joven y que no era su mujer, que ahora vive en
otro estado.
Y esto se calienta…
—¿Nos creemos la excusa de los problemas familiares? —Me acaricié la barbilla.
—¿Creemos que Papá Noel se desliza por las chimeneas y aun así se las arregla
para estar alegre toda la noche? —Claire ladeó la cabeza, haciendo un mohín.
Tomé mi rotulador de nuevo y lo golpeé contra mi escritorio, reflexionando
sobre ello. Mis instintos me decían que era quien yo creía que era, y mis instintos nunca
se equivocaban. Lo que técnicamente significaba que no debía tocar este caso ni con un
palo de tres metros. Conocía a los actores clave y guardaba rencor al acusado.
Pero el “debería” y el “podría” eran dos criaturas diferentes, y no siempre se
llevaban bien.
Claire se lanzó a dar todas las razones por las que debía aceptar este ingreso
22

como si fuera un perseguidor de ambulancias de grado C, hasta que levanté una mano
para detenerla.
Página

—Háblame del demandante.


Es curioso lo admirable que era mi control de los impulsos en todas las demás
áreas de la vida (mujeres, dieta, ejercicio, ego) hasta que se reducía a una familia. Riggs
estaba equivocado. No sobre la parte de los demonios. Tenía muchos. Pero sabía
exactamente a dónde me llevarían, a la puerta de este hombre.
El rubor de Claire se intensificó mientras disfrutaba de mis ojos sobre ella. Tomé
nota de que esta noche la follaría hasta dejarla sin sentido por esa mirada tan sensual.
—Fiable, digna de confianza y comunicativa. Tengo la sensación de que está
buscando un abogado. Va a ser un caso importante.
—Dame cinco minutos.
Claire se dirigió a la puerta y se detuvo. —Oye, hay un nuevo restaurante
birmano que abre en el SoHo esta noche...
Dejó la frase en suspenso. Sacudí la cabeza. —Recuerda, Claire. Nada de
devaneos externos. —Ese era nuestro acuerdo.
Se revolvió el pelo con un resoplido. —¿Qué puedo decir? Lo intenté.
Diez minutos después, estaba sentado frente a Amanda Gispen, contadora
pública.
Claire tenía razón. La Sra. Gispen era la víctima perfecta. Si este caso iba a juicio,
el jurado probablemente se pondría de su lado. Era educada sin parecer
condescendiente, de mediana edad, de voz suave, atractiva sin ser sexy, vestida de pies
a cabeza de St. John. Llevaba el pelo cuidadosamente recogido, y sus ojos marrones eran
inteligentes, pero no astutos.
Cuando entré en la sala de conferencias en la que Claire la había hecho esperar,
se levantó de su asiento como si yo fuera un juez, ofreciéndome una respetuosa
reverencia.
—Sr. Miller, gracias por dedicarme su tiempo. Siento haberme presentado sin
avisar.
No, no lo hacía. Podría haber tratado de reservar una cita. El hecho de que no lo
hiciera, de que creyera honestamente que la vería, me hizo sentir curiosidad.
Me senté enfrente de ella, despatarrado sobre una silla giratoria Wegner, mi
último derroche navideño. Los lujos obscenos eran una constante en mi vida. No tenía
familia para la que comprar. La silla giratoria debía permanecer en mi despacho, pero
Claire, que disfrutaba mucho tomándose libertades y atravesando líneas escarlatas
invisibles, a veces la llevaba a las salas de conferencias y la utilizaba como señal de
nuestra amistad e intimidad. Todos los demás sabían que nunca podrían salirse con la
suya.
—¿Por qué yo, Sra. Gispen? —Fui directamente al grano.
23

—Por favor, llámeme, Amanda. Ellos dicen que usted es el mejor en el negocio.
Página

—Defina ellos.
—Todos los abogados laboralistas que he visitado en las últimas semanas.
—Un consejo, Amanda, no crea a los abogados, incluido yo. ¿A quién acabó
contratando?
Cuando se trataba de una demanda por acoso sexual, siempre aconsejaba a mis
clientes que consiguieran un abogado laboralista antes de dar un paso. Me importaba
con quién iba a trabajar. Los abogados en Nueva York eran una docena, y la mayoría
eran tan fiables como la línea E del metro cuando nevaba.
—Tiffany D'Oralio. —Alisó las arrugas invisibles de su vestido.
No está mal. Tampoco era barata. Amanda Gispen claramente iba enserio.
—Sé que el hombre que me perjudicó va a estar armado con un convoy de los
mejores abogados de la ciudad, y usted es conocido como el litigante más despiadado
en su campo. Fue mi primera petición.
—Técnicamente, fui su primera visita. Ahora que nos conocemos oficialmente,
supongo que cree que no podré representar a su antiguo jefe.
Sonrió de forma vacilante. —Si lo sabía, ¿por qué aceptó reunirse conmigo?
Porque prefiero soportar una larga y meticulosa muerte siendo golpeado por un
millón de cucharas de plástico que representar al pedazo de mierda en llamas que
denuncias.
Recorriendo con la mirada los planos de su rostro, decidí que respetaba a
Amanda Gispen. La prepotencia era mi idioma del amor, la asertividad mi palabra
favorita. Además, si mi corazonada era acertada, teníamos un enemigo común al que
derrotar, lo que nos convertía a ambos en aliados y amigos rápidos.
—Deduzco que su antiguo jefe sabe que está buscando acciones legales. —Tomé
una bola de estrés que guardaba en la sala de conferencias, haciéndola rodar en mi
puño.
—Correcto.
Qué pena. El elemento sorpresa era la mitad de la diversión.
—Explíquese.
—El incidente que me trajo aquí ocurrió hace dos semanas, pero hubo señales
reveladoras antes de eso.
—¿Qué pasó?
—Le tiré la bebida a la cara después de que me invitara a jugar al strip poker en
su jet privado cuando volvíamos de una reunión en Fairbanks. Me agarró por los brazos
y me besó contra mi voluntad. Tropecé y me golpeé la espalda. Cuando vi que avanzaba
24

hacia mí levanté la mano para darle una bofetada, pero entonces la azafata irrumpió
con un refrigerio. Ella preguntó si necesitábamos algo en voz alta. Creo que supo. En
Página

cuanto aterrizamos, me despidió. Me dijo que no era capaz de trabajar en equipo. Me


acusó de darle señales confusas. Eso después de veinticinco años de empleo. Le dije que
lo demandaría. Me temo que eso sería una pista.
—Siento que haya tenido que pasar por eso. —Lo sentía de verdad—. Ahora
hábleme de las señales a las que se refería.
Respiró entrecortadamente. —Alguien me dijo que él le envió una foto de su...
su... cosa. —Se estremeció—. Y no creo que fuera la única. Entienda, había toda una onda
en esta compañía para la que trabajé. Los hombres se salían con la suya en casi todo, y
las mujeres tenían que sentarse y aceptarlo.
Mi mandíbula se flexionó. Su atacante probablemente ya tenía un abogado por
la nariz. De hecho, no me sorprendería que estuviera trabajando en una moción para
que el caso fuera desestimado por motivos técnicos o procesales. Sin embargo, según
mi experiencia, los príncipes de los fondos de inversión eran aficionados a llegar a
acuerdos fuera de los tribunales. A sus víctimas tampoco les gustaba mucho clamar sus
momentos más delicados y vergonzosos en una sala llena de desconocidos para luego
ser destrozadas por los abogados. El problema era que yo no quería llegar a un acuerdo
extrajudicial. Si él era quien yo creía que era, quería ponerlo en la guillotina y
convertirlo en albóndigas para que todo el mundo lo viera.
Y quería convertirlo en mi medio para lograr un fin. Mi preciada victoria, cuando
finalmente consiguiera la asociación.
—¿Ha pensado bien esto? —Hice rodar la bola de estrés por la palma de mi
mano.
Ella asintió. —Lo he visto salirse con la suya en demasiadas ocasiones. Ha hecho
daño a muchas mujeres en el camino. Mujeres que, a diferencia de mí, no estaban en
condiciones de quejarse. Pasaron por cosas mucho más duras que las que yo tuve que
afrontar. Estoy dispuesta a poner fin a esto.
—¿Qué busca sacar? ¿Dinero o justicia? —pregunté. Por lo general, le daba a mi
cliente la primera opción. No solo porque la justicia era un objetivo esquivo y subjetivo,
sino también porque, a diferencia del dinero, no estaba garantizado.
Se movió en su asiento. —¿Ambos, tal vez?
—Las dos cosas no son siempre mutuamente excluyentes. Si se conforma, él sale
indemne y sigue abusando de las mujeres.
Que conste que no era solo el monstruo de sangre que estaba sentado en la boca
de mi estómago el que hablaba, o Nicky de catorce años, sino también un hombre que
había conocido a suficientes víctimas de acoso sexual para reconocer el patrón de un
depredador cuando lo veía.
—¿Y si voy a juicio? —Parpadeó rápidamente, tratando de asimilarlo todo.
—Puede que consiga una indemnización, pero también... puede que no. Aunque
25

incluso si perdemos, lo cual, y no prometo nada, no creo que lo hagamos, es de esperar


que se vuelva más cauteloso y potencialmente le sea más difícil salirse con la suya con
Página

este tipo de comportamiento.


—¿Y si decido llegar a un acuerdo? —Se le clavaron los dientes en el labio
inferior.
—Entonces no puedo, en buena conciencia, tomar el caso.
Este era Nicky hablando. No podía verme a mí mismo sentado con este hombre
en una habitación con aire acondicionado, haciendo números y cláusulas sin sentido,
mientras sabía que se saldría con la suya con otra atrocidad contra la humanidad. Me
incliné hacia delante.
—Permítame preguntarle de nuevo, Sra. Gispen: ¿dinero o justicia?
Cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, había un trueno en ellos.
—Justicia.
Mis dedos apretaron la pelota con más fuerza, la adrenalina recorriendo mi
torrente sanguíneo.
—Va a ser duro. La obligará a salir de su zona de confort. Y me refiero a salir
completamente de su código postal. Suponiendo que podamos superar su inevitable
moción de desestimación, pasaremos a la fase de descubrimiento. Durante el
descubrimiento, sus abogados van a servir a los interrogatorios y las solicitudes de
producción con el único objetivo de desenterrar la suciedad y arrastrar su nombre por
el barro de cien maneras diferentes. Habrá declaraciones y audiencias de prueba, e
incluso después de todo eso, su antiguo jefe seguramente presentará una moción de
juicio sumario para intentar que se desestime el caso sin necesidad de un juicio. Será
doloroso, y quizás largo, y definitivamente agotador mentalmente. Y cuando salga de
esto, del otro lado, cambiará su forma de ver a la raza humana en su conjunto.
Me sentí como un ambicioso chico de fraternidad cubriendo todas las bases
antes de llevarse a alguien a la cama: ¿estaba lo suficientemente sobria?
¿Suficientemente dispuesta? ¿Tenía una hoja de salud limpia? Era importante alinear
nuestras expectativas antes de empezar.
—Soy consciente —dijo Amanda, sentándose un poco más recta e inclinando la
barbilla hacia arriba—. Créame, esto no es una reacción precipitada, ni un viaje de
poder para vengarme de un antiguo empleador. Quiero seguir adelante con esto, señor
Miller, y tengo muchas pruebas.
Tres horas y media facturables y dos reuniones canceladas más tarde, sabía lo
suficiente sobre el caso de acoso sexual de Amanda Gispen para entender que tenía una
buena oportunidad en esto. Tenía marcas de tiempo y registros de llamadas en
abundancia. Testigos como la azafata y la recepcionista que habían sido despedidas a
principios de año, y mensajes de texto condenatorios que harían sonrojar a una estrella
del porno.
—¿A dónde vamos desde aquí? —preguntó Amanda.
26

Directamente al infierno, después de la cantidad de reglas éticas que estoy a punto


de romper.
Página

—Le enviaré una carta de compromiso. Claire la ayudará a reunir toda la


información y a preparar la presentación de una queja ante la Comisión de Igualdad de
Oportunidades (EEOC).
Los dedos de Amanda apretaron el dobladillo de su vestido. —Estoy nerviosa.
Le entregué la bola de estrés como si fuera una manzana brillante. —Es natural,
pero completamente innecesario.
Amanda cogió la pelota. La apretó tímidamente. —Es que... No sé qué esperar
una vez que archivemos.
—Para eso me tiene a mí. Recuerde que puedes resolver un caso de acoso sexual
en cualquier momento. Antes y durante el litigio, o incluso durante el juicio.
—Llegar a un acuerdo no es algo que me plantee ahora mismo. No me importa
el dinero. Quiero verlo sufrir.
Usted y yo, ambos.
Sus dientes superiores atraparon su labio inferior, mordiéndolo. —Me cree,
¿verdad?
Qué peculiar, pensé, es la condición humana. Mis clientes me hacían esta pregunta
a menudo. Y aunque mi respuesta real era que no importaba; estaba de su lado, lloviera
o hiciera sol, esta vez podía apaciguarla y seguir diciendo mi verdad.
—Por supuesto.
No me extrañaría nada de Conrad Roth. El acoso sexual parecía estar a su
alcance.
Me devolvió la pelota, tomando aire. Sacudí la cabeza. —Quédesela.
—Gracias, señor Miller. No sé qué habría hecho sin usted.
Me puse de pie, abotonando mi chaqueta. —Discutiremos sus expectativas y le
transmitiré mis recomendaciones basadas en las pruebas.
Amanda Gispen se levantó, con una mano agarrando las perlas que llevaba al
cuello y la otra buscando otro apretón de manos.
—Quiero que este hombre se pudra en el infierno por lo que me hizo. Podría
haberme violado. Estoy segura de que lo habría hecho si no fuera por la azafata. Quiero
que sepa que nunca podrá hacerle eso a nadie más.
—Confíe en mí, Sra. Gispen. Haré todo lo que esté en mi mano para arruinar a
Conrad Roth.
27
Página
4
Christian
Pasado

Como todas las cosas que nacen para morir, nuestra relación comenzó en el
cementerio.
Era la primera vez que veía a Arya Roth. En la quinta o quizás sexta vez que
mamá me arrastró a Park Avenue durante las vacaciones de verano. El invierno
anterior, la Administración de Servicios para la Infancia había hecho una redada en los
apartamentos de Hunts Point, sacando a los niños abandonados de sus hogares,
después de que Keith Olsen, un niño de mi calle, muriera de hipotermia mientras
dormía. Todo el mundo sabía que el padre de Keith cambiaba los cupones de comida de
la familia por cigarrillos y mujeres, pero nadie sabía lo mal que les iba a los Olsen.
Mamá sabía que la asistencia social era una mierda. Quería quedarse conmigo,
pero no lo suficiente como para pedir a Conrad y Beatrice Roth que me dejaran
quedarme en su apartamento mientras ella trabajaba. Esto dio lugar a que mamá me
dejara fuera de su edificio seis días a la semana para valerme por mí mismo de ocho a
cinco mientras ella limpiaba, cocinaba, lavaba la ropa y paseaba al perro de la familia.
Mamá y yo desarrollamos una rutina. Cada mañana tomábamos el autobús
juntos. Yo contemplaba la ciudad a través de la ventanilla, medio dormido, mientras ella
tejía jerséis que luego vendería por unos céntimos en la tienda de segunda mano
Rescued Treasure. Luego caminaba con ella hasta la entrada arqueada de ladrillo blanco
del edificio, tan alta que tenía que estirar el cuello para verla en toda su altura. Mamá,
vestida con su uniforme de polo amarillo de manga corta con el logotipo de la empresa
para la que trabajaba, delantal azul y pantalones caqui, se inclinaba momentos antes de
28

que las fauces de la gran entrada se la tragaran para apretarme el hombro y entregarme
un billete de cinco dólares arrugado. Sujetaba el billete con fuerza mientras advertía:
Página

Esto es para el desayuno, la comida y la merienda. El dinero no crece en los árboles,


Nicholai. Gástalo sabiamente.
La verdad es que nunca lo gastaba. En lugar de eso, robaba cosas de la bodega
local. Al cabo de unas cuantas veces, el cajero me pilló y me dijo que podía usar el
almacén de productos caducados, siempre que no se lo dijera a nadie.
La carne y los productos lácteos no me gustaban, pero las patatas fritas rancias
estaban bien.
El resto de mi horario quedaba abierto. Al principio, holgazaneaba en los
parques, perdiendo el tiempo mirando a la gente. Luego me di cuenta de que me daba
mucha rabia ver a otros niños y a sus hermanos, a las niñeras y, a veces, incluso a los
padres, que pasaban el tiempo juntos en el frondoso césped de los parques,
columpiándose en las barras de los monos, comiendo sus almuerzos preenvasados con
sus sándwiches en forma de estrella, sonriendo sin dientes a las cámaras, coleccionando
recuerdos felices y metiéndolos en sus bolsillos. Mi ya profunda sensación de injusticia
se expandió en mi pecho como un globo. Mi pobreza era tangible y palpable en mi forma
de caminar, hablar y vestir. Sabía que parecía una mierda de pobre y no necesitaba que
me lo recordaran al ver la forma en que la gente me miraba. Con una preocupación que
normalmente se reserva para los perros callejeros. Yo era una monstruosidad en su
prístina existencia. Una mancha de ketchup en sus trajes de diseño. Un recordatorio de
que, a pocas manzanas de distancia, había otro mundo, lleno de niños que no sabían lo
que era la logopedia, las casas de vacaciones compartidas o los almuerzos sin gluten. Un
mundo en el que la nevera estaba casi siempre vacía y en el que recibir azotes de vez en
cuando te llenaba de orgullo, porque significaba que a tus padres les importaba medio
poco.
Los primeros días fueron un golpe en el alma. Contaba los segundos que faltaban
para que mamá saliera del trabajo, mirando mi reloj de pulsera barato como si fuera
lento a propósito, solo para verme sudar. Ni siquiera el perrito caliente de gominola que
me compraba mamá en un puesto de comida ambulante una vez que volvíamos a
nuestro barrio, por culpa y cansancio de un día de adulación a otra familia, suavizaba el
golpe.
Al tercer día de las vacaciones de verano, encontré un pequeño cementerio
privado, enclavado entre el borde del Central Park y una caseta de autobús. Estaba
oculto a la vista, vacío la mayoría de las horas del día y ofrecía un punto de vista de la
entrada del edificio de los Roth. Era, irónicamente, el cielo en la tierra. Apenas me
aventuré a salir del cementerio en los días siguientes. Solo brevemente, cuando
necesitaba encontrar un árbol para orinar, buscaba colillas para fumar o asaltaba el alijo
caducado de la bodega, llenando mis bolsillos con más de lo que podía comer para poder
vender la comida restante a mitad de precio en Hunts Point. Hurtaba la comida y me
apresuraba a volver al cementerio, donde me apoyaba en la lápida de un hombre
llamado Harry Frasier y me atiborraba.
29

No era un lugar morboso, el Mount Hebron Memorial. Para mí, se parecía a todo
Página

lo demás en el barrio. Pulcro e impecable, con rosas que siempre florecían, arbustos
cuidadosamente recortados y caminos pavimentados. Incluso las lápidas brillaban
como el cuero de unas Jordans nuevas. Los pocos coches que estaban aparcados junto
a la cabina de la oficina eran Lexus y Porsches.
El cementerio era como una capa de invisibilidad. A veces fingía que estaba
muerto y que nadie podía verme. Nadie me veía. Ese conocimiento me reconfortaba.
Solo los estúpidos querían ser vistos y escuchados. Para sobrevivir en mi mundo, había
que escabullirse de la red.
Todo iba bien hasta el cuarto día. Que conste que yo me ocupaba de mis asuntos,
echando una siesta usando la lápida de Harry Frasier como almohada. Hacía calor y
humedad, la temperatura me envolvía desde todas las direcciones. El calor subía desde
el suelo y el sol se colaba entre los árboles. Me desperté de un tirón, con una gruesa capa
de sudor cubriendo mi frente, mareado por la sed. Necesitaba encontrar una manguera
de jardín. Cuando abrí los ojos, vi a una chica de mi edad tal vez seis tumbas más abajo,
bajo un gigantesco sauce llorón. Llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta de
tirantes. Estaba sentada en una de las tumbas, mirándome con ojos del color de un
pantano mugriento. Su pelo castaño estaba fuera de control. Se enroscaba por todas
partes, como las serpientes de Medusa.
¿Sin hogar? Tal vez. Iba a golpearla si intentaba robarme.
—¿Qué demonios miras? —cacareé, metiendo la mano en el bolsillo delantero,
sacando una colilla y colocándola en la comisura de los labios. Mis vaqueros eran unos
cinco centímetros demasiado cortos, dejando al descubierto mis espinillas, pero
holgados en la cintura. Sabía que no parecía tener doce años. Diez, en un buen día.
—Estoy viendo a un niño durmiendo en un cementerio.
—Qué curioso, Sherlock. ¿Dónde está el Sr. Watson?
—No sé quién es el Sr. Watson. —Seguía mirando fijamente—. ¿Qué haces
durmiendo aquí?
Me encogí de hombros. —Cansado. ¿Por qué si no?
—Eres espeluznante.
—Y tú no te ocupas de tus asuntos. —Empecé a hablar en cursiva para asustarla.
Mamá siempre decía que la mejor defensa era un ataque—. ¿Qué haces aquí, de todos
modos?
—Me escabullo aquí para ver si mi madre se da cuenta de que no estoy en casa.
—¿Lo hace? —pregunté.
Ella negó con la cabeza. —Nunca.
—¿Por qué aquí? —Fruncí el ceño—. ¿Por qué no en otro sitio?
—También estoy visitando a mi hermano gemelo. —Señaló la tumba sobre la
que estaba.
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Su hermano gemelo había muerto. Incluso a los doce años tenía un concepto
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firme de lo que era la muerte. Los padres de mamá estaban muertos, y también Keith
Olsen, y Sergey, el de la tienda de delicatessen de la manzana, y Tammy, la trabajadora
sexual que había vivido en una tienda de campaña en Riverside Park. También había
asistido a un funeral. Pero que esta chica perdiera a su hermano... me extrañó. Los niños
de nuestra edad no se mueren así como así. Incluso la historia de Keith Olsen había
hecho olas en Hunts Point, y nosotros éramos un grupo bastante duro.
—¿Cómo se murió? —Reacomodé mis extremidades en la lápida de Harry
Frasier, entrecerrando los ojos hacia ella para que supiera que no se libraba solo por
estar triste o lo que fuera. Se golpeó la rodilla desnuda, que tenía una fea herida. Debió
de lanzarse por encima de la verja para entrar como yo. Era un cementerio privado y
no se podía forzar la cerradura delantera; había que llamar a la oficina para entrar. Mi
mala impresión de ella se convirtió en respeto a regañadientes. Ni siquiera las chicas de
mi barrio, que no eran nada femeninas, saltarían esa verja. Tenía pinchos de hierro
forjado y medía al menos dos metros de altura.
—Murió mientras dormía cuando éramos bebés.
—Eso sí que es una mierda.
—Sí. —Tocó el suelo con su Chuck, frunciendo el ceño—. ¿Alguna vez te has
preguntado por qué hacemos eso?
—¿Morir? No estoy seguro de que sea intencionado.
—No. ¿Enterrar a los muertos?
—No pienso en esas cosas, la verdad. —Mi voz se endureció.
—Al principio pensé que era como plantar semillas, para que tal vez floreciera
la esperanza.
—¿Y ahora? —Me limpié el sudor de la frente. Sonaba inteligente. La mayoría de
los niños de mi edad tenían la inteligencia de una planta de interior.
—Ahora creo que los enterramos porque no queremos compartir el mundo con
ellos. Duele demasiado.
Seguí frunciendo el ceño, contemplando qué decir.
Me estaba dando mucha sed, pero no quería moverme. Se sentía como una
prueba. O una competencia, tal vez. Este era mi territorio. Mi cementerio para el verano.
No quería que ella pensara que podía entrar aquí y robarme mi lugar, con o sin hermano
muerto. Pero también había algo más. No sabía qué. Tal vez no se sentía tan mal después
de todo, no estar solo.
—¿Y bien? ¿Vas a quedarte ahí parada mirándome? Haz lo que has venido a
hacer. —Chupé la colilla, tratando de volver a encenderla sin éxito con un mechero que
el señor Van había dejado caer en el pasillo común el otro día.
—Sí. Bien. Pero no interrumpas, tú… rarito. —Lanzó su brazo con impaciencia
hacia mí.
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Puse los ojos en blanco. Era rara. Su hermano era un bebé cuando lo perdió, ¿no?
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No es que estuvieran unidos o algo así. Pero... ¿qué sabía yo de hermanos? Una cosa, en
realidad: que no iba a tener ninguno. Porque, como señalaba mi madre cada vez que un
niño pequeño hacía un berrinche en el Dollar Tree o en Kmart: los niños son
desagradecidos y costosos. Una carga costosa.
Caramba. Gracias, mamá.
La niña me dio la espalda, hacia la tumba. Acarició la lápida, que ahora noté que
era más pequeña que el resto. En realidad, todas las tumbas de esa fila eran pequeñas.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Hola, Ar. Soy yo, la otra Ar. Solo quería saber cómo estabas. Te echamos de
menos todos los días. Mamá ha vuelto a tener unos días bastante malos. Nos está
ignorando a papá y a mí con fuerza. El otro día hablé con ella, y miró a través de mí,
como si fuera un fantasma. Lo hace a propósito. Me está castigando. Pensé que tal vez
podrías visitarla un poco menos en las próximas semanas. Sé que te ve todo el tiempo.
En tu habitación, en el sofá donde solíamos dormir la siesta, en la ventana…
Habló durante unos cinco minutos. Intenté no escuchar, pero era como intentar
clavar gelatina en una pared. Estaba enloqueciendo. Creí que iba a llorar, pero al final se
contuvo. Finalmente, la chica recogió una pequeña piedra del suelo y la presionó contra
la tumba de mármol antes de ponerse de pie.
Volvió a aproximarse a la puerta, alejándose.
—¿Por qué hiciste eso? —solté.
Se giró para mirarme sorprendida, como si hubiera olvidado que yo estaba allí.
—¿Hacer qué?
—Lo de la piedra.
—En la tradición judía, se coloca una pequeña piedra en la tumba para mostrar
a la persona que alguien vino a visitarla. Que no se les olvida.
—¿Eres judía?
—Mi au pair lo era.
—Así que eres una niña rica, entonces.
—¿Porque tuve una au pair? —Me miró como si fuera un idiota.
—Porque sabes lo que significa la palabra en primer lugar.
—Tú también. —Cruzó los brazos sobre el pecho, negándose a dejarme ganar
una discusión, por pequeña e insignificante que fuera—. A mí no me pareces rico, eso
sí.
—No soy un ejemplo de nada. —Recogí tierra, disfrutando de la textura de los
granos contra las yemas de mis dedos. Consumía el mundo en mayor cantidad que el
niño medio. Leía, escuchaba y veía cosas cada segundo del día. Trataba la vida con la
misma practicidad con la que trataba mi reloj de pulsera. Quería darle la vuelta,
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desenroscar las clavijas y ver cómo funcionaba, qué lo hacía funcionar. Ya me había
prometido que no iba a ser como mamá. No me iban a comer los ricos. Me los iba a
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comer, si era necesario.


—Supongo que soy rica, pues. —Recogió otra pequeña piedra, frotando su
pulgar sobre su suave superficie—. ¿No lo eres?
—¿Dormiría en el cementerio si fuera rico?
—No lo sé. —Se pasó una mano por el pelo despeinado. Estaba lleno de hojas
muertas, restos y nudos—. Supongo que no creo que todo sea cuestión de dinero.
—Eso es porque lo tienes. Pero no lo pareces. Rica, quiero decir.
—¿Cómo es eso? —preguntó ella.
—No eres bonita —dije con elegancia.
Esa era su señal para que se fuera. La había insultado con éxito, le di un dedo
medio verbal. Pero en lugar de eso, se giró en mi dirección. —Oye, ¿quieres limonada y
col rellena?
—¿No me escuchaste? Te dije fea.
—¿Y qué? —Se encogió de hombros—. La gente miente todo el tiempo. Sé que
soy bonita.
Cristo. Y siguió allí de pie, esperando.
—No, no quiero limonada y col rellena.
—¿Seguro? Está muy buena. Mi criada las hace con arroz y carne picada. Es una
cosa rusa.
Las campanas de alarma reverberaron en mi cabeza, todas las señales de salida
parpadeando en luces rojas de neón. Las hojas de col rellenas eran la especialidad de
mamá, cuando podíamos permitirnos carne picada, lo que no ocurría muy a menudo. Y
si esta chica se ofrecía a traer comida, eso significaba que vivía cerca.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, mi voz mortalmente calmada.
—Arya. —Hubo una pausa—. Pero mis amigos me dicen Ari.
Ella sabía quién era yo.
Lo sabía, y quería asegurarse de que yo recordara cuál era mi posición en la
cadena alimenticia. Mi criada, había dicho. Yo era solo una extensión de mi madre.
—¿Sabes quién soy? —Mi voz sonaba oxidada, espesa.
Se revolvió su interminable cabello. —Tengo una corazonada.
—¿Y no te importa?
—No.
—¿Me estabas buscando? —¿Solo quería burlarse del chico que esperaba abajo
a que su madre terminara de atenderla?
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Rodó los ojos. —Ya quisieras. Así que. ¿Limonada y col rellena?
Página

Decir no habría sido una tontería. Era un timador, ante todo. Las emociones no
eran parte del juego. Y ella me estaba ofreciendo comida y bebida. Lo que yo pensara
de ella no importaba. No era como si fuéramos a convertirnos en mejores amigos. Una
comida no iba a apagar una llama de odio de seis años.
—Claro, Ari.
Famosas últimas palabras.
Este fue el comienzo de todo.
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5
Christian
Presente

—Tienes que estar bromeando. —Arsène apuñaló un trozo de atún ahi con sus
palillos en el bar poke más tarde esa noche. Tenía demasiadas ganas de contarle el día
a alguien, así que Claire se había tenido que conformar con un polvo rápido en un hotel
cercano durante la comida y ni siquiera consiguió una buena comida para llevar—. No
puedes representar a esta mujer. Conoces a Conrad Roth. Tienes un fuerte vínculo con
Conrad Roth. Conrad Roth es el hombre que se comió tu almuerzo.
Empujé las algas de mi cuenco de una esquina a otra, dejando que sus razones
(todas ellas válidas y lógicas) se deslizaran por mi espalda. La venganza no tenía rima
ni ritmo. Era la hermana implacable y más sexy del karma.
Los días podían ser largos, pero los años eran cortos. Conrad Roth me había
formado y moldeado para ser el hombre que era hoy, y el hombre que era hoy no era
alguien con quien quisiera cruzarse. No había forma de rechazar la oportunidad de
volver a verlo. De demostrarle que estaba de vuelta en su campo natal del Upper East
Side, vistiendo sus marcas, cenando en sus restaurantes, follando con las mismas
mujeres suavemente criadas con las que su preciosa hija había ido al colegio y a las que
llamaba amigas. La escoria de la tierra había surgido de la inmundicia y ensuciado su
prístino mundo, y estaba a punto de ver de cerca al monstruo que él mismo creó.
Ya no era Nicholai Ivanov, el hijo bastardo de Ruslana Ivanova.
Era nuevo, brillante y renacido. Ataviado con trajes de Tom Ford, una sonrisa
astuta y unos modales de niño fiduciario bien practicados. Las personas como Ruslana
Ivanova nunca figurarían en el mundo de Christian Miller. Eran invisibles. Criadas. Ni
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siquiera un pequeño párrafo en mi historia. Ni siquiera una frase. Algo entre paréntesis,
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solo si rompían accidentalmente uno de los jarrones caros de mi salón.


—No me reconocerá —solté, al notar que las dos jóvenes que nos habían
atendido cuchicheaban entre ellas animadamente, anotando sus números de teléfono
en pedazos de papel.
La cara de Arsène se contorsionó en señal de aborrecimiento. —Eres tan discreto
como las pirámides, Christian. Un gigante de dos metros, con unos ojos turquesa bien
específicos y una nariz torcida.
Del gancho de mano abierta de Conrad hace casi dos décadas, nada menos.
—Exactamente. Lo que recuerda es a un chico escuálido que vio un par de veces
durante las vacaciones de verano antes de que necesitara un maldito afeitado. —Le
apunté con mis palillos.
Estaba mintiendo. No creía que Conrad Roth se acordara de mí en absoluto. Lo
que hizo que tomar el caso fuera aún más fácil.
—Estás jugando con fuego —advirtió Arsène.
—No importa a qué juegue, siempre que sea para ganar.
—Bien. Te seguiré la corriente por un segundo. Supongamos que realmente no
reconoce tu miserable cara y no tiene ni idea de quién eres: ¿para qué molestarse?
¿Dónde está la satisfacción?
—Ah. —Chasqueé la lengua—. Porque cualquier otra persona en mi posición
aceptaría un acuerdo y lo daría por terminado. Quiero arrastrarlo por el barro. Que
sufra. Puntos extra: Me ayudaría a convertirme en socio. Sellar el trato.
Arsène me miró como si estuviera loco. Lo cual, hay que reconocerlo, no era una
exageración. Tenía muy poco sentido. —Cincuenta mil dólares a que te reconoce.
Solté una carcajada. —Cien a que no. Recogeré mi cheque el lunes.
No había forma de que Conrad Roth supiera quién era yo. Desaparecí de su radar
poco después de graduarme en la Academia Andrew Dexter y cambiar mi nombre legal,
mi dirección y mi número de teléfono. Nicholai Ivanov se dio por perdido semanas
después de su graduación y fue dado por muerto por el puñado de personas a las que
les importaba una mierda. La ironía no se me escapó. Roth pagó mi educación hasta la
universidad (aunque no en un acto de caridad) y yo utilizaría los conocimientos que
adquirí como armas contra él después.
Después de todo, no tuvo reparos en hostigarme incluso cuando vivía a un estado
de distancia.
—Mira, Conrad Roth te reconocerá. No hay dudas al respecto. —Arsène mostró
sus dientes blancos de lobo. Odiaba las cosas ilógicas. La venganza era una de las cosas
menos racionales del mundo. El 99% de las veces, solo empeoraba las cosas.
—¿Y? —Enarqué una ceja—. ¿A quién le importa?
—A tu carrera —dijo Arsène con tono inexpresivo—. A tu carrera le importa.
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Veo que tu razonamiento deductivo se ha ido por la ventana. Podrías ser inhabilitado si
él presenta una denuncia. ¿Merece la pena perder tu carrera por esta pelea?
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—En primer lugar, no es tan fácil conseguir la inhabilitación de alguien. No


obtuve mi título de abogado en Costco. —Me metí un trozo de edamame en la boca—.
En segundo lugar, aunque me reconozca, que no lo hará, no se atrevería. Tengo
demasiada ventaja sobre él. Nadie sabe lo que me hizo.
—Incluso si todas esas cosas son ciertas —Arsène dibujó un círculo con sus
palillos en el aire—, seguirás sin ser capaz de manejar este caso con claridad,
concentración, o una onza de la cordura que obviamente estás perdiendo en cantidades
cada minuto que pasa. Te faltan las tres cosas en lo que respecta a los Roth.
—Ya es hora de que paguen por lo que hicieron —siseé.
Una de las mujeres que nos atendió se acercó a nosotros, con las caderas
colgando como un péndulo, y deslizó los dos números de teléfono por la barra, junto
con cervezas de cortesía. —Escojan, muchachos. —Nos guiñó un ojo.
—¿Hicieron? —Arsène levantó una ceja oscura y gruesa—. ¿Ahora hablamos en
plural?
Se metió uno de los números de teléfono en el bolsillo, aunque sabía que no
llamaría. Entre los tres, Riggs era el más propenso a caer en la cama con alguien fuera
de su categoría fiscal, seguido por mí, con Arsène quedando muy atrás. Era un
conocedor de las mujeres de la alta sociedad y del éxito, y era muy exigente con todo:
cómo sabían, cómo olían, cómo vestían. Si tuviera que apostar por quién era un
psicópata entre nosotros tres, apostaría por él.
—Ya ves monos con tranchete. —Me acerqué al cubo de la basura y me deshice
de mi plato a medio comer.
—Y tú lo niegas. —Arsène me siguió—. Le guardas rencor a una niña de catorce
años, Christian. No pareces cuerdo.
—Ya no tiene catorce años. —Golpeé las palmas de las manos contra la puerta
de cristal y me adentré en la mortecina noche de invierno, con elegantes láminas de
lluvia cayendo sobre mí desde el cielo. El rugido de la ciudad me recordó que estaba
bajo el mismo pedazo de cielo que ella y probablemente a solo unas calles de distancia.
Tan cerca y tan lejos.
Puede que me haya olvidado, pero estaba a punto de conocer una nueva versión
del chico con el que le gustaba jugar.
Arya Roth había crecido y estaba a punto de pagar por lo que había hecho.
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6
Christian
Pasado

Volvió una y otra, y jodidamente otra vez.


Pasamos la mayor parte de esas vacaciones de verano en el cementerio del
Mount Hebron, saltando entre las lápidas como si fueran charcos.
Al día siguiente de nuestro primer encuentro, trajo un libro al piso de abajo
llamado El jardín secreto, y lo leímos, con las sienes sudorosas pegadas mientras cada
uno sostenía un lado del libro. Cada uno leía una página en su turno, y me di cuenta de
que intentábamos impresionarnos mutuamente.
Al día siguiente, traje Sherlock Holmes de la biblioteca local, y lo leímos a
intervalos, cuando no le estaba gritando que dejara lo de las orejas de perro porque me
daba paranoia pagar la cuota de la biblioteca.
Nos sentábamos en la tumba de Harry Frasier y leíamos. A veces hablábamos
con su hermano, Aaron, como si estuviera allí con nosotros. Incluso le dimos una
personalidad y todo. Era el aguafiestas que se quedaba atrás y nunca quería hacer nada.
El cementerio se convirtió en nuestro propio jardín secreto, con tesoros y misterios por
desentrañar. Explorábamos todos los rincones y nos sabíamos de memoria los nombres
de sus habitantes.
Una vez, el jardinero nos encontró jugando al escondite. Los dos corrimos como
si nos ardiera el culo. Nos dio una buena persecución, escupiendo palabrotas y agitando
el puño en el aire. Cuando llegamos a la puerta de hierro forjado, le di a Arya una pierna
para que pudiera escapar antes de saltar yo mismo. El jardinero casi me atrapó, pero
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Arya me agarró de la mano y huyó antes de que me arrancara la camisa a través de las
barandillas de la verja. Esa fue la última vez que fuimos allí.
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Nos pasamos lo que quedaba de las vacaciones de verano explorando rincones


ocultos del Central Park y escondiéndonos en los arbustos, asustando a los corredores.
Arya traía comida y bebidas y a veces incluso juegos de mesa. Cuando empezó a bajar
con el doble de cosas (leche con chocolate, barritas de cereales, agua embotellada) supe
que mamá nos había descubierto y se hizo de la vista gorda.
Una noche, cuando mamá y yo volvíamos a Hunts Point, me agarró la oreja y la
apretó hasta que un ruido blanco la llenó. —Recuerda que el Sr. Roth te matará si la
tocas.
¿Tocarla? Apenas quería mirarla. ¿Pero qué otras opciones tenía? Arya hacía que
el tiempo pasara más rápido, y me traía bocadillos y Gatorade.
Cuando terminó el verano, Arya y yo éramos inseparables. Una vez que comenzó
el año escolar, fue cuando la amistad terminó. Hablar por teléfono era patético, y
también algo forzado; lo intentamos y ninguna de nuestras familias iba a aceptar una
cita para jugar, un concepto que Arya intentó explicarme varias veces.
A veces le escribía, pero nunca enviaba las cartas.
Lo último que necesitaba era que Arya pensara que me gustaba.
Además, ni siquiera era cierto.

Otro periodo de vacaciones de verano llegó. Yo era diez centímetros más alto. Mi
madre, una vez más, me llevó con ella al trabajo. Esta vez, se me permitió entrar en el
ático. No porque mamá se preocupara por mí, sino porque estaba inquieta por mí. A
principios de ese año, había empezado a trabajar en la escuela, vendiendo Jordans
falsificados con un margen de beneficio del quinientos por ciento después de la
comisión que cobraba el pequeño Ritchie, que me las regalaba. El director le advirtió a
mamá que iría directamente al reformatorio si no lo dejaba.
La primera vez que puse un pie en el ático de los Roth, me sentí mareado. Todo
era robable. Derribaría las paredes y me las metería en los bolsillos si pudiera.
El mármol ónix brillaba como el pelaje de una pantera. Los muebles parecían
flotar, colgados de cables invisibles, y había grandes e imponentes cuadros por todas
partes. Solo la nevera de vinos era más grande que nuestro cuarto de baño. Había
candelabros chorreantes, estatuas de mármol y alfombras de felpa por todas partes. Si
así era como vivía la gente rica, era un milagro que salieran de la casa.
Pero la verdadera joya era la vista del Central Park. La silueta de los rascacielos
daba la impresión de una corona de espinas. Y la persona que llevaba esa corona era
Arya, que estaba sentada frente a un piano alado y blanco, con la espalda recta y la vista
como telón de fondo, con un vestido de domingo y una expresión solemne.
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Se me cortó la respiración. Fue entonces cuando me di cuenta de que era bonita.


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Es decir, sabía que no era fea. Tenía ojos, después de todo. Pero nunca consideré que
fuera lo contrario de fea. El verano pasado, Arya solo había sido. . . Arya. Mi compañera
del crimen. La chica que no tenía miedo de saltar puertas y emboscar a la gente en los
arbustos. La chica que me ayudaba a encontrar colillas que podía chupar.
La cabeza de Arya se levantó, sus ojos se abrieron de par en par al verme. Por
primera vez en mi vida, me sentí cohibido. Hasta entonces, no me preocupaba mi gran
nariz y mis orejas de Dumbo, ni el hecho de que tuviera que engordar unos dos o tres
kilos para completar mi figura.
Sus padres estaban de pie detrás de ella, viéndola tocar la pieza. Su padre tenía
una mano apretada contra su hombro, como si esperara que se evaporara en el aire en
cualquier momento. Sabía que no podía hablarme, así que la ignoré, esparciendo el
chicle que había pisado por el suelo. Mamá y yo nos quedamos de pie como bolsas de
supermercado desatendidas en la entrada, mamá amasando su delantal azul con
nerviosismo mientras esperaba que Arya terminara la pieza.
Cuando Arya terminó, mamá dio un paso adelante. Su sonrisa parecía penosa.
Quería quitársela de la cara con uno de sus paños de limpieza con lejía.
—Sr. Roth, Sra. Roth, este es mi hijo, Nicholai.
Beatrice y Conrad Roth se agitaron hacia mí como gemelos malvados en una
película de terror. Conrad tenía los ojos muertos y brillantes de un tiburón, pelo
plateado recortado y un traje que apestaba a dinero. Beatrice era un modelo de esposa
trofeo, con una melena rubia y exagerada, suficiente maquillaje como para esculpir una
tarta de bodas de tres pisos y la mirada vacía de una mujer que se ha casado con ella
misma. Veía la misma mirada en las esposas de los mafiosos en Hunts Point. Las que se
daban cuenta de que el dinero tenía un precio.
—Qué encantador eres —dijo Beatrice con crudeza, pero cuando le tendí un
apretón de manos, me dio una palmadita en la muñeca—. Tienes un niño encantador,
Ruslana. Alto y de ojos azules. Por qué, nunca lo haría.
Conrad me miró durante una fracción de segundo antes de girarse para mirar a
mamá. Parecía a punto de estallar de ira. Como si mi existencia fuera un inconveniente.
—Recuerda lo que comentamos, Ruslana. Mantenlo alejado de Ari.
Un peñasco del tamaño de Nueva Jersey se instaló en mi estómago. Me quedé
helado.
—Así será. —Mamá asintió obedientemente, y en ese momento la odié. Más de lo
que odiaba a Conrad, creo—. Nicholai no se perderá de vista, señor.
Detrás de ellos, Arya puso los ojos en blanco y simuló apuntar con una pistola a
su sien. Cuando se disparó en falso, su cabeza se sacudió violentamente. Cualquier
preocupación que tuviera de que se hubiera olvidado de nuestra amistad se evaporó de
inmediato.
Reprimí una sonrisa.
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La esperanza era una droga, me di cuenta.


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Y Arya acababa de darme mi primera muestra gratuita.


Mamá no aplicó la regla de “no te acerques a Arya”. Tenía demasiadas cosas en
su plato como para que le importara una mierda. En cambio, me advirtió que si alguna
vez tocaba a Arya, estaría muerto para ella.
—Si crees que voy a dejar que me arruines esto, te equivocas. Un strike y estás
fuera, Nicholai.
A pesar de eso, el verano en que Arya y yo teníamos trece años fue, con mucho,
el mejor de mi vida.
Conrad era un lobo de Wall Street que dirigía una empresa de fondos de
inversión. Arya intentó explicarme lo que era un fondo de inversión. Sonaba
peligrosamente parecido a las apuestas, así que, por supuesto, tomé nota mental de
comprobarlo cuando fuera mayor. Conrad trabajaba a horas locas. Rara vez lo veíamos.
Y entre sus salidas de fin de semana de compras en Europa y los almuerzos en clubes
de campo, Beatrice parecía más una hermana mayor huidiza que su madre.
Rápidamente, Arya y yo nos establecimos en una rutina. Todas las mañanas íbamos a la
piscina con techo del edificio y hacíamos carreras (yo ganaba), luego nos tumbábamos
en el balcón de Arya para secarnos, con las caras inclinadas hacia el cielo, el cloro y el
sol blanqueando las puntas de nuestros cabellos, compitiendo por ver quién tenía más
pecas (ella ganaba).
También leímos. Mucho.
Pasábamos horas todos los días metidos bajo el gran escritorio de roble de la
biblioteca de su familia, chupando granizados de calabaza, peleándonos los dedos de
los pies con las piernas estiradas sobre la alfombra persa.
Ese verano leímos El maravilloso mago de Oz, La isla del tesoro, Los intrusos y
todos los libros de Goosebumps. Devoramos gruesas novelas de espionaje, nos
adentramos en volúmenes de historia e incluso nos sonrojamos con un par de libros de
besos que nos hicieron declarar al unísono que tocar a otra persona de esa manera era
súper asqueroso.
Aunque, para ser sinceros, cuanto más tiempo pasaba, menos asquerosa era la
idea de tocar a Arya de esa manera. Tal vez incluso lo contrario de asqueroso. Pero, por
supuesto, no era tan tonto como para permitirme pensar en ello.
Nuestra amistad no pasó completamente desapercibida. Conrad se cruzó con
nosotros algunas veces mientras leíamos o veíamos una película. Pero creo que lo que
era obvio para mí desde el principio se coló en su conciencia también. Que Arya estaba
fuera de mi alcance. Que su belleza, su fuerza y su sofisticación me aterraban, y que
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apenas podía mirarla de frente. Ella no corría peligro de ser corrompida.


Página

—Él no sabría qué hacer con una oportunidad aunque tu hija se la ofreciera —oí
decir una vez a la madre de Arya, soltando un resoplido de impaciencia, cuando pensó
que mamá y yo ya nos habíamos ido por el día. Era una de las pocas veces que estaba
en casa. Me pareció interesante que Beatrice supiera lo que Arya me ofrecería y lo que
no, ya que no había intercambiado una sola palabra con su hija en todo el verano.
Estaba escondido en las sombras de su vestidor. Mi madre me pedía que robara
algo pequeño de allí cada semana para poder venderlo. Esta vez, los padres de Arya
habían entrado antes de que pudiera completar mi misión. Apreté el cinturón Gucci en
mi puño, sudando a mares mientras me retiraba detrás de las capas de batas colgadas
en un lado de la pared.
—La gente supera la inocencia. No es uno de nosotros, Bea.
Una risa metálica llenó el aire de su cuarto de baño. —Oh, Conrad. Es un poco
tarde para que te conviertas en mojigato, ¿no crees? Qué hipocresía. ¿Acaso me
sorprende que apenas pueda mirarte a la cara?
—Querida, tú eres la mojigata entre nosotros, y además eres demasiado ingenua.
Lo único que te importa es Aaron, las compras y tus amigas de plástico, a la mitad de las
cuales me tiro a tus espaldas.
—¿A quién? —preguntó, dirigiéndose a él bruscamente. Toda su cara cambió. Se
veía... rara. Más vieja. En un lapso de segundos.
A Conrad le tocó reírse. —Oh, no te gustaría saberlo.
—Deja de jugar conmigo, Conrad.
—Los juegos son lo único que me queda contigo, Bea.
Mis dedos se clavaron tanto en el cinturón que la hebilla me mordió la piel y la
abrió, llenando de sangre mi puño.
El Sr. Roth no tenía ni idea de que el tigre de papel de su esposa tenía razón. Que
la única vez que Arya y yo nos habíamos tocado de una manera que no fuera inocente
en todo el verano fue cuando la propia Arya lo inició.
Hace dos semanas, habíamos entrado en el estudio del Sr. Roth, donde guardaba
sus puros cubanos. Yo quería robar uno y compartirlo con mis amigos de Hunts Point,
y Arya siempre estaba dispuesta a hacer travesuras. Era una tarde perezosa y el ático
estaba vacío. Encontramos la caja de cuero grabada justo cuando mi madre volvió del
supermercado. El sorpresivo chasquido de la puerta hizo que Arya dejara caer la caja
de puros con un fuerte golpe. Los pasos reverberaron por el pasillo, el sonido rebotó en
mi estómago como una bala cuando mi madre se acercó a investigar.
Arya me agarró de la muñeca y nos arrastró a los dos hasta el espacio entre los
archivadores y el suelo, donde quedamos aplastados bajo el vientre de la consola, con
los miembros enredados, ocultos a la vista. Estábamos codo con codo, nuestras
respiraciones calientes se mezclaban, los chicles afrutados, los granizados y un beso que
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nunca podría darse impregnaban el aire, y de repente, todas las veces que me habían
Página

dicho que no tocara a Arya tenían sentido.


Porque la necesidad de tocarla se disparó desde mi columna vertebral hasta la
punta de los dedos, haciendo que mi estómago se sintiera vacío y dolorido.
Mamá entró al estudio. Vimos sus zapatillas gastadas desde nuestro lugar en el
suelo mientras giraba trescientos sesenta grados, inspeccionando la zona.
—¿Señorita Arya? ¿Nicholai? —Su voz era ruidosa.
No hubo respuesta. Maldijo suavemente en ruso, pisando con un pie el suelo de
mármol. La adrenalina hizo que mis venas se estremecieran.
—Tu padre se enfadará mucho si se entera de que estuvieron aquí. —Mamá
intentó, sin éxito, dotar a su tono de autoridad. Mis ojos sostuvieron la mirada de Arya.
Todo su cuerpo se estremeció con una risita. Apreté la palma de la mano contra su boca
para que dejara de reír. Sacó la lengua y la lamió entre mis dedos. La inyección de placer
que me recorrió la columna vertebral me mareó. La solté inmediatamente, jadeando un
poco.
Después de unos minutos, mamá finalmente se rindió y se alejó. Nos quedamos
completamente quietos. Arya me sujetó la mano y aplastó mi palma sobre su pecho, con
una sonrisa tan grande que amenazaba con partirle la cara en dos.
—Uy. ¿Sientes lo rápido que late mi corazón?
En realidad, todo lo que podía sentir era la necesidad de poner mis labios sobre
los suyos. La forma en que mi propio corazón se revolvía y retorcía en mi pecho,
tratando de liberarse de sus arterias y venas, y la forma en que ya no me sentía tan
valiente junto a ella.
—Sí. —Tragué con fuerza—. ¿Estás bien?
—Sí. ¿Tú?
Sacudí la cabeza para decir que sí. —Gracias por salvarme el culo.
—Sí, bueno, todavía te debo desde aquella vez que nos persiguieron. —Su
sonrisa era grande y genuina y me dijo que estaba definitivamente, sin duda, al borde
de la catástrofe.
—¿Arya?
—¿Hmm? —Su mano seguía en la mía.
Suéltame.
Pero no podía decirlo.
No podía negarle nada. Incluso lo que podría haber sido mi maldita destrucción.
En lugar de eso, mantuve mi mano en su pecho hasta que no hubo moros en la
costa y ella se escabulló por sí misma.
Ese fue mi primer error de muchos.
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Página
El día de la caja de puros lo cambió todo.
Estábamos patinando al borde del desastre, siempre peligrosamente cerca del
borde. No porque tuviera tantas ganas de besarla (podría estar toda la eternidad sin
tocarla, aunque no me gustara mucho esa idea), sino porque mi capacidad para
rechazarla era inexistente, lo que significaba que, tarde o temprano, me iba a meter en
problemas.
Es curioso que sus padres estuvieran tan preocupados de que la corrompiera,
cuando probablemente podría convencerme de que matara a un hombre con solo
sacudir su alocado pelo de Medusa.
Unos días antes de que las vacaciones de verano llegaran a su fin, volví a espiar
a los Roth. Esta vez, no fue un accidente. Me preocupaba que no me dejaran pasar el
próximo verano con Arya. Quería saber hacia dónde soplaba el viento. En ese momento,
Arya era lo más parecido a la felicidad que había conseguido, y estaba dispuesto a hacer
algunas cosas jodidas para mantener nuestro arreglo.
Me escondí en el armario de la señora Roth mientras ella se vestía para un
evento. A través de la franja de espacio junto a la puerta corrediza, observé al Sr. Roth
anudándose la corbata frente al espejo.
—¿Sabías que lo atrapé empacando las sobras que Ruslana suele tirar y
llevándolas a casa sin preguntar? —Le dio la vuelta a la cola de la corbata y tiró del nudo
hacia arriba. Seguí cada uno de sus movimientos, tomando notas. Había decidido a
principios de ese verano que iba a tener un trabajo que requiriera llevar algo más que
pantalones de chándal—. Desde luego, no comenté nada. ¿Te imaginas el titular si
alguna vez se supiera? ¿El magnate de los fondos de inversión niega las sobras al pobre
chico de la sirvienta? Pfft.
—Querido mío. —La Sra. Roth estaba al otro lado del espacio de entrada, así que
no podía verla. No parecía interesada. Nunca se interesaba por su marido. Conrad
continuó de todos modos.
—¿Sabes lo que me dijo Ruslana? Dijo que los fines de semana, él lustra zapatos
en la esquina fuera de Nordstrom. Los quita de circulación cobrando la mitad del precio.
Y el año pasado, bueno, se hizo con unas cuantas imitaciones de Nike y las vendió por
su colegio. Eso, no lo dijo voluntariamente. Lo descubrí yo mismo.
—¿Lo investigaste? —dijo la señora Roth, resoplando. Le gustaba demostrar que
odiaba a su marido—. Querido, tienes demasiado tiempo libre en tus manos. ¿Quizás
deberías encontrar otra amante para mantenerte ocupado? Ah, y tu obsesión con tu hija
es bastante desagradable. Yo también estoy aquí, sabes.
Esto no era bueno. No era bueno en absoluto. Mi próximo verano con Arya estaba
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en peligro. Iba a tener que ignorar a Arya en los próximos días, incluso si la perjudicaba.
Incluso si me dolía a mí.
Página

—Ese chico tiene el tipo de ambición que lo llevará a la lista de los más ricos de
Forbes o a la cárcel. —El ceño fruncido de Conrad Roth indicaba exactamente dónde
prefería que estuviera en el futuro, y no era rozando los hombros con Bill Gates y
Michael Dell.
La señora Roth apareció por la rendija de su vestidor. Le agarró la punta de la
corbata y tiró con fuerza, ahogándolo un poco. Sus labios se acercaron a los de ella, pero
ella lo esquivó en el último momento, riendo cruelmente. Él gimió de frustración.
—Dondequiera que acabe, no será con tu hija.
—Nuestra hija —corrigió él.
—¿Lo es? ¿Nuestra, quiero decir? —preguntó Beatrice en voz alta—. Parece que
tienes la impresión de que es toda tuya.
Lo besó violentamente en los labios. Con la boca cerrada. Él le acarició las nalgas.
Aparté la mirada.
Me gustaba mucho Arya, pero odiaba a sus padres.
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Arya
Presente

El satisfactorio tintineo de mis Louboutins al chocar con el exquisito suelo de


mármol reverberó a través de las paredes del edificio Van Der Hout en Madison Avenue.
Una fría sonrisa se dibujó en mis labios cuando llegué a la recepcionista.
—¿Cromwell & Traurig? —Mi uña, del mismo tono escarlata que la suela de mis
tacones, golpeó con impaciencia sobre su escritorio después de entregarle mi
identificación. No podía creer que estuviera perdiendo el tiempo en esto.
La recepcionista me tendió la tarjeta de visitante y el carné de identidad, y metí
ambos en el bolso.
—Esa sería la planta treinta y tres, señora, que requiere control de acceso. Por
favor, espere mientras llamo a alguien para que la acompañe.
—No hace falta que llames a alguien, Sand. Estoy subiendo. —Un barítono tan
grave y profundo que se deslizó por mis venas retumbó a mis espaldas.
—Hola, jefe —chilló la recepcionista, cuya conducta profesional se derretía como
el helado en el asfalto caliente—. ¿Traje nuevo? El gris es definitivamente su color.
Curiosa y un poco desanimada por el festival de coqueteo, me di la vuelta y me
encontré cara a cara con uno de los hombres más atractivos del planeta Tierra, pasado,
presente y futuro. Un dios griego tallado con un traje de Armani. Barbilla con hoyuelos
y ojos del color de un martín pescador. Un frasco andante y parlante de ADN de primera
calidad y, por si fuera poco, rezumaba suficiente testosterona como para ahogar un
campo de béisbol. Ni siquiera sabía si era clásicamente bello. Parecía que su nariz había
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sido colocada en su sitio de forma poco profesional después de haberse roto, y su


Página

mandíbula era demasiado cuadrada. Pero apestaba a confianza y dinero, dos formas de
criptonita en la sobresaturada bolsa de citas de Manhattan. A pesar de mí misma, sentí
que mis mejillas se sonrojaban. ¿Cuándo fue la última vez que me sonrojé?
Probablemente de preadolescente.
—¿Lista para ver el Van Der Hout por dentro? —Su tono era ligero, su rostro
impasible.
—Podría estar toda la vida sin ver el interior de este edificio, pero el destino me
trajo aquí.
—¿Te trajo a una planta concreta? —Su buen humor era inquebrantable.
—Cromwell & Traurig —le dije.
—Con mucho gusto. —Me enseñó una hilera de dientes blancos y perlados. Era
un buen chico rico. Los reconocía a kilómetros de distancia. Los cigarros. El golf. La
sonrisa de “papá me sacará de todo”.
Mientras esperábamos a que llegara el ascensor, me pasé una mano por el
vestido, reprendiéndome por haber comprobado si aquel desconocido tenía anillo (no
la tenía). Tenía cosas más importantes que hacer. Principalmente, el hecho de que iba a
entrar en la primera (y espero que última) reunión de mediación de papá en relación
con su caso de acoso sexual.
¡Acoso sexual! Qué absurdo. Papá tenía mucho temperamento, pero nunca
lastimaría a una mujer. Era despiadado en su trabajo, sin duda, pero no era un sórdido
tipo Harvey Weinstein. El tipo de hombre que desliza una mano bajo la falda de una
mujer o mira su escote. Había estado en el mundo empresarial y podía reconocer a los
depredadores antes de que abrieran la boca para morder. Papá no cumplía ninguno de
los requisitos de un jefe corrompido. No era excesivamente amable, nunca intentaba
entrar y salir de los círculos sociales con sus encantos, y se guardaba las manos para sí
mismo. Sus empleadas lo adoraban abiertamente y a menudo lo elogiaban por su
devoción hacia mí. Era el padrino del hijo de su secretaria, por el amor de Dios.
El desconocido caliente y yo observamos los números rojos de la pantalla situada
sobre el ascensor que descendía. Golpeteé con mi pie.
Veintidós... veintiuno... veinte...
¿Este hombre era realmente el jefe de la recepcionista? Eso lo convertiría en el
administrador del edificio, si no en el propietario. Parecía joven. De treinta y pocos años.
Pero también experimentado. Con el aire tranquilo y frívolo de alguien que sabe lo que
hace. El dinero viejo abría las puertas a nuevas oportunidades; era la primera persona
en admitirlo. Para asegurarme, decidí preguntarle si tenía algo que ver con Cromwell &
Traurig.
—¿Eres socio del bufete? —Era imposible que Amanda hubiera contratado a un
asociado.
Su sonrisa ligeramente torcida se amplió medio centímetro. —No.
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Dejé escapar un suspiro de alivio. —Bien.


Página

—¿Por qué?
—Odio a los abogados.
—Yo también. —Sus ojos parpadearon hacia su reloj Patek Philippe.
El silencio descendió sobre nosotros. No se sentía como un extraño. No
exactamente. De pie junto a él, podría jurar que mi cuerpo reconocía el suyo.
—Qué mal clima —comenté. La lluvia no había parado durante tres días
seguidos.
—Creo que fue Steinbeck quien dijo que el clima en Nueva York es un escándalo.
¿Eres nueva en la ciudad? —Su tono era aireado, pero no se distinguía. Mis instintos me
dijeron que tuviera cuidado. Mis ovarios les decían que se callaran.
—Difícilmente. —Me di una palmadita en el moño de la nuca en busca de pelos
sueltos—. Se podría pensar que me acostumbraría después de tantos años. Te
equivocas.
—¿Has pensado en mudarte?
Sacudí la cabeza. —Mis padres y mi negocio están aquí. —Y también Aaron.
Todavía lo visitaba más a menudo de lo que me gustaba admitir—. ¿Y tú?
—He vivido aquí de vez en cuando toda mi vida.
—¿El veredicto final?
—Nueva York es como un amante inconstante. Sabes que te mereces algo mejor.
Eso no impide que te quedes por aquí.
—Siempre puedes irte —señalé.
—Podría. —Se ajustó la corbata granate—. Pero no soy partidario de renunciar.
—Ni yo.
El ascensor se abrió. Se hizo a un lado, indicándome que entrara primero. Lo hice.
Pasó una llave electrónica por un teclado y pulsó el botón treinta y tres. Los dos nos
quedamos mirando las puertas cromadas y nuestro reflejo nos devolvió el brillo.
—¿Vienes a consultar algo? —preguntó. Tenía la sensación de estar recibiendo
toda su atención, pero también sabía que no coqueteaba conmigo.
—No exactamente. —Me examiné las uñas rojas y brillantes—. Estoy aquí en
calidad de asesora de relaciones públicas.
—¿Qué fuego estás apagando hoy?
—Un edificio en llamas. Un acuerdo de acoso sexual.
Se metió el teléfono en el bolsillo y se desabrochó el chaquetón. —Ya sabes lo
que dicen de los grandes incendios.
—¿Se necesitan grandes mangueras para controlarlos? —Arqueé una ceja.
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Su sonrisa se amplió. Mis muslos me informaron de que se habían vendido a este


Página

hombre y no tenían ningún reparo en huir con él a París. Por lo general, elegía a mis
amantes con el mismo pragmatismo con el que elegía mi ropa por la mañana y siempre
me inclinaba por los de aspecto medio y galante. Los que tienen poco dramatismo. ¿Pero
este tipo? Parecía una piñata llena de ex novias locas, fetiches de niño rico y problemas
con su madre.
—Lengua afilada. —Me echó un vistazo.
—Deberías ver mis garras. —Moví las pestañas—. Será rápido e indoloro.
El hombre se dio la vuelta y me miró. Sus ojos azules se volvieron glaciales, como
un lago helado. Había algo en ellos. Algo que también reconocí en mí. Una obstinación
nacida de una amarga decepción con el mundo.
—¿Es así?
Me puse un poco más recta. —No voy a dejar que esto se convierta en un circo
mediático. Hay demasiado en juego.
No había manera de que Amanda Gispen pensara de verdad que tenía un caso.
Obviamente estaba detrás del dinero de papá. Íbamos a enviarla lejos con un cheque
afanoso y un acuerdo de confidencialidad férreo y fingir que nunca sucedió. No era
culpa de papá, que hubiera contratado a alguien que eligiera este camino cuando la
despidió. Ahora se trataba de minimizar la publicidad que iba a tener este caso. Por
suerte, el abogado de Gispen, ese tal Christian Miller, no había llamado la atención sobre
la demanda. Todavía. Un movimiento calculado de su parte, sin duda.
—Lo siento. —Su sonrisa pasó de ser agradable a ser francamente escalofriante.
Fue entonces cuando me di cuenta de que sus dientes eran puntiagudos. Que los dos
delanteros inferiores estaban superpuestos. Una pequeña imperfección que resaltaba
sus rasgos, por lo demás, deslumbrantes—. No creo haber captado tu nombre.
—Arya Roth. —Volteé hacia él, la presión contra mi esternón se hizo más
prominente. Mi cuerpo sentía un cosquilleo de peligro—. ¿Y tú?
—Christian Miller. —Tomó mi mano entre las suyas y la apretujó con
confianza—. Encantado de conocerla, señorita Roth.
Me quedé sin aliento. Reconocía un desastre cuando lo veía, y al ver la astuta
sonrisa de Christian, supe con certeza que alguien me había tomado el pelo. Solo uno de
nosotros se sorprendió por la revelación de nuestras identidades, y ese alguien era yo.
Él ya tenía la ventaja cuando entró en la zona de recepción hacía diez minutos. Y yo
jugué tonta e increíblemente en sus manos. Le mostré mis cartas.
—La recepcionista te llamó su jefe. —Afortunadamente, mi voz seguía siendo
plana. Imperturbable.
—A Sandy le gustan los apodos. Adorable, ¿verdad?
—Dijiste que no eras socio —insistí.
Se encogió de hombros, como si dijera: ¿Qué puedes hacer?
—¿Mentiste? —insistí.
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—Eso no sería muy correcto. Soy un asociado senior.


Página

—Así que eres…


—El abogado de la Sra. Gispen, correcto —terminó Christian por mí, quitándose
el chaquetón, con su traje gris de cinco piezas a la vista.
Las puertas se abrieron, como si fuera una señal. Christian me indicó que saliera
primero, con unos modales impecables y una sonrisa insufrible. Resultaba tan extraño
como sorprendente que pasara de ser el padre potencial de mis hipotéticos hijos al lobo
feroz en menos de sesenta segundos.
—Tercera puerta a la derecha, Sra. Roth. Estaré allí en un minuto.
—No puedo esperar. —Sonreí dulcemente.
Dejé que mis piernas me llevaran a mi destino, sin atreverme a mirar atrás
mientras hacía acopio de ingenio. Sentí la mirada humeante de Christian todo el tiempo,
punzando mi nuca. Evaluando, calculando, maquinando.
Este hombre, lo sabía, iba a tomar cada debilidad que le mostrara y usarla en su
beneficio.
Uno a cero para el equipo local.

—Muchas gracias por tomarte el tiempo de estar aquí, cariño. Sé lo ocupado que
está tu día, y estoy, bueno... avergonzado. —Papá me apretó la mano mientras tomaba
asiento a su lado. Nos sentamos en el escritorio ovalado de la sala de conferencias de
Cromwell & Traurig. Los techos con faroles en el cielo, las escaleras ceremoniales, el
mármol italiano con vetas de oro rosa y los portaplumas de latón me indicaron que
Amanda Gispen no estaba jugando. Probablemente había vendido algunos órganos
internos por el placer de ser representada por el Sr. Miller.
—No seas ridículo, papá. —Froté mi pulgar por la palma de su mano—. Dentro
de un par de horas, todo esto será historia antigua y podremos volver a nuestro día.
Odio que tengas que lidiar con esto.
—Es parte del trabajo —suspiró.
Terrance y Louie, los abogados de papá, se sentaron a su derecha, ya tomando
notas en sus cuadernos legales. Hablaban animadamente entre ellos, sin prestarnos
atención. Cuando todo esto empezó, nos explicaron que se había presentado una queja
ante la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo contra mi padre. Al
parecer, esta mediación formaba parte del proceso de conciliación de la EEOC.
La mediadora, una mujer severa de pelo plateado, con un vestido negro y cuello
Peter Pan blanco, estaba tecleando en su ordenador portátil, esperando ya a la
demandante y a su equipo.
50

Una mujer menuda y atractiva, con un vestido beige de punto, entró en la sala
Página

con un iPad y un portapapeles, acompañada por un asistente que llevaba una bandeja
llena de bebidas. La rubia a la moda se presentó como Claire Lesavoy, una asociada
junior. Por la forma en que ignoró por completo mi existencia, deduje que Christian aún
no la había puesto al corriente de mi desliz. Me pregunté si la puso al corriente de algo
más y me odié a mí misma porque me importara. Era un idiota. Ella podía tenerlo.
—¿A qué se debe el retraso? —Terrance, que tenía la cara arrugada de un
armadillo, miró a Claire como si misma fuera la responsable del retraso—. Su cliente
lleva treinta y cinco minutos de retraso.
—Creo que el Sr. Miller está limando detalles con la Sra. Gispen antes de la
reunión. No debería tardar mucho. —Claire sonrió brillantemente, disfrutando de la
evidente impaciencia de Terrance. Tomó asiento frente a nosotros. Tras una inspección
más detenida, decidí que Christian ciertamente confraternizaba con esta personal. Era
una chica preciosa de revista.
Christian y Amanda Gispen entraron quince minutos después. Para entonces, la
reunión llevaba casi una hora de retraso. Miré la hora en mi teléfono. Jillian y yo
teníamos una cita con un posible cliente en Brooklyn en menos de dos horas. Entre la
lluvia y el tráfico, era imposible que llegara a tiempo.
—Disculpas por el retraso. La Sra. Gispen y yo tuvimos que repasar las
declaraciones previas a la mediación una vez más. —La sonrisa de Christian era tan
deslumbrante, tan bondadosa, que no había ninguna posibilidad de que el hombre no
necesitara un profundo y prolongado tratamiento psicológico. ¿Quién disfrutaba tanto
con un caso de acoso sexual? ¿Incluso uno falso? Un abogado. Ese era. Mi padre me había
advertido sobre ellos. Abogados, no psicópatas, aunque ambos deberían evitarse, si es
posible. Como alguien que ha tenido que tratar con muchos abogados a lo largo de su
vida, no tenía más que cosas malas que decir sobre ellos. Conrad Roth era de la escuela
que creía que la fina línea que separa a los abogados de los criminales era la
oportunidad y una beca. Detestaba a los abogados con pasión. Rápidamente estaba
entendiendo por qué.
—Está absolutamente bien, Christian, querido. —La mediadora le dio una cálida
palmadita en el brazo. Vaya mierda. Ya tenía la ventaja de ser muy querido y respetado.
Amanda Gispen y Claire Lesavoy también lo miraban con adoración.
Christian se sentó justo delante de mí. Mantuve la mirada en Amanda, a quien
había conocido toda mi vida. Parpadeando con incredulidad, intenté reconciliar a la
persona con la que crecí y a la mujer que tenía delante. Era difícil digerir que ella era la
señora que me daba galletas cuando me escondía detrás de su escritorio los días en que
papá me llevaba al trabajo. Era la que me regaló un libro sobre los pájaros y las abejas
cuando tenía doce años porque mi madre trataba mi sexualidad como un unicornio que
nunca llegaría. La misma persona que estaba sentada aquí, exigiendo a papá que pagara
por algo que no había hecho.
La mediadora comenzó con una breve presentación de lo que cabía esperar
51

durante el proceso. Eché una mirada a papá, que parecía pálido y un poco mareado. Mi
padre siempre había sido más grande que la vida. Verlo así era demoledor. Cuando
Página

recibimos la primera llamada acerca de que Amanda iba a emprender acciones legales,
la respuesta de mi madre fue, como mínimo, extraña. Esperaba un portazo, gritos y una
producción teatral. En cambio, recibió la noticia con tranquila resignación. Se negó a
volver a hablar del tema y, por supuesto, reservó un retiro de dos semanas en las
Bahamas para alejarse de todo. Nunca había sido realmente una compañera para él ni
una madre para mí.
Papá me necesitaba. Ahora más que nunca.
Deslicé mi mano entre las suyas bajo el escritorio y apreté.
—Te tengo —susurré.
Cuando volví a mirar al frente, me di cuenta de que Christian observaba nuestro
intercambio, con la mandíbula desencajada.
¿Qué demonios le pasaba ahora?
La mediadora terminó de explicar el procedimiento.
—Que quede constancia de que no nos impresiona en absoluto su método de
juegos mentales, es decir, presentarse con una hora de retraso. —Louie garabateó algo
en el margen del documento que tenía delante, refiriéndose a Christian.
—Que conste que me importa una mierda lo que piensen de mí —respondió
Christian, haciendo que todas las miradas de la sala se dirigieran a él.
La mandíbula de papá se aflojó. Amanda se volvió para mirar a Christian, con la
cara marcada por el horror. Incluso Claire estaba un poco pálida. Christian pareció
ignorar las señales sociales y se acomodó cómodamente en su asiento. —Ahora, si
podemos continuar.
Cada uno de los abogados procedió a dar sus declaraciones. La mediadora
explicó que ahora íbamos a ofrecer un acuerdo y a discutirlo en privado en diferentes
salas. Papá me dijo que no iba a rebatir la denuncia de Amanda, por consejo de sus
abogados. Louie y Terrance pensaron que eso podría hacer que Amanda golpeara aún
más fuerte. A mí no me gustaba, pero tampoco sabía nada de los casos de acoso sexual
y solo quería acabar con el asunto. Desde el punto de vista de las relaciones públicas,
sabía que lo correcto y lo adecuado no siempre eran lo mismo. Lo correcto sería hacer
que esto desapareciera tranquilamente, aunque tuviera que tragarse el orgullo y pagar
a una sinvergüenza como Amanda.
Una hora después, era obvio que no iba a llegar a la reunión con Jillian. Cualquier
cifra aproximada que Louie y Terrance idearan y entregaran a la mediadora fue
rechazada en el acto por un solemne Christian Miller antes incluso de que arrastrara a
su cliente a una sala privada para discutirla. La espalda de papá se curvó hacia adelante
como un camarón. Sacudió la cabeza y cerró los ojos con incredulidad. No estábamos
llegando a ninguna parte rápidamente.
—No entiendo nada de esto —me dijo papá, pálido como un fantasma—. ¿Qué
pretende conseguir? Si lo llevamos a los tribunales, todo el mundo saldrá perjudicado.
52

Ella debe saberlo.


Página

—No te preocupes, papá. Ella sabe lo que pasó en verdad. No irá a juicio. —Le di
unas palmaditas en el brazo, pero no parecía convencido.
Discretamente, deslicé mi teléfono bajo mi escritorio y le envié un mensaje de
texto a Jillian diciendo que no iba a llegar a nuestra reunión en Brooklyn. La respuesta
de mi mejor amiga fue rápida.
No te preocupes. Mucha suerte a Conrad. Mantenme informada. Besitos.
—¿La estamos aburriendo, señorita Roth? —dijo Christian. Casi me sobresalto y
me golpeo la rodilla contra el escritorio. Internamente, grité de dolor. Por fuera, sonreí.
—Es curioso que lo pregunte, señor Miller. La respuesta es sí, de hecho. Usted,
concretamente, me aburre.
Me estuvo acometiendo desde que entré en el edificio Van Der Hout. Comprendí
que se trataba de un negocio y que le estaba cobrando a Amanda Gispen una fortuna
que tenía que justificar de alguna manera, pero no a cuestas de mí.
Christian hizo sonar sus nudillos, sin apartar sus ojos de los míos. —Mis
disculpas. Señorita Lesavoy, ¿sería tan amable de traerle a la señorita Roth un ejemplar
de Us Weekly? Quizá le apetezca algo de buena literatura.
Crucé los brazos, encontrando su mirada de frente. —Que sea el Enquirer,
señorita Lesavoy. ¿Y podría conseguir la versión de audio? No soy súper buena con las
palabras. —Adopté el tono más tonto y aireado que pude producir.
—Tal vez ustedes dos podrían participar en los juegos preliminares verbales
después de que terminemos las negociaciones —me regañó Louie—. Abogado, yo…
—Ponga el teléfono en el escritorio, señorita Roth —me espetó Christian,
ignorando a Louie, con sus ojos clavados en los míos con abierto odio.
¿Qué demonios le pasa a este hombre?
A papá le tocó girar la cabeza y mirarme. Una sonrisa altanera se asomó a mis
labios. —Lo siento, señor Miller, ¿me he perdido el memorándum de que usted es mi
jefe?
—Arya —siseó papá, sorprendido—. Por favor.
Los ojos de Christian se entrecerraron. —Le sugiero que escuche a su padre y
deje el teléfono. Mi tiempo cuesta dinero.
—Cabrearte vale la factura —repliqué—. Incluso añadiré monedas extranjeras
y algo de Bitcoin si eso significa verlo sufrir.
Christian soltó una risa metálica. —No has cambiado.
—¿Perdón? —Solté un chasquido. Su sonrisa desapareció en un segundo.
—He dicho que tiene que cambiar.
53

—Eso no es lo que ha dicho. Tengo orejas.


Página

—También tiene boca. Y esa es la sección que parece que necesita controlar más.
—¿Quién lo educó? —Mis ojos estaban muy abiertos y desorbitados, se notaba.
Tiró a un lado los documentos que tenía delante. —Nadie, señorita Roth. ¿Le
interesa escuchar la historia de mi vida?
—Solo si tiene un final trágico y abrupto.
Bueno, bueno. Esto se descarriló muy rápido.
Papá puso su mano en mi muñeca, sus ojos suplicantes. —¿Qué te pasa, cariño?
Finalmente, dejé el teléfono sobre el escritorio, sintiéndome un poco mal. No
podía dejar de mirar a Christian. Sus iris azules me devolvieron el brillo. Había algo
aterrador en ellos.
La negociación continuó durante veinte minutos más, en los que permanecí
(amargamente) en silencio. Cada vez que creíamos que estábamos llegando a alguna
parte, nos encontrábamos con un obstáculo. Finalmente, Terrance se frotó la frente
sudorosa.
—Señor, no lo entiendo. Se ha ganado la reputación de ser un abogado que se
conforma fuera de los tribunales, y a la vez ha rechazado todas las propuestas que le
hemos hecho.
—Eso es porque creo que esto debe ir a los tribunales. —Christian se echó hacia
atrás, reajustando su corbata granate, que, trágicamente, quedaba muy bien con su traje
gris pálido. Así que era cierto, entonces. El diablo viste de Prada.
—Entonces, ¿para qué nos invitó aquí? —El labio inferior de Louie temblaba de
rabia.
—Quería leer el ambiente. —Christian examinó sus perfectas y cuadradas uñas,
con el aspecto de un príncipe hosco y malcriado que se aburre como una ostra.
—¿Leer el ambiente? —balbuceó Terrance, al mismo tiempo que mi padre
intervenía, por primera vez desde que se inició la reunión—: ¡No puedes querer llevar
esto a los tribunales en serio! Esto se convertirá en un circo...
—Me gustan bastante los circos. —Christian se puso de pie, abotonando su traje
(sí, definitivamente de Prada). Claire y Amanda siguieron su señal, levantándose a cada
lado de él, un leal harén—. Colorido. Lleno de entretenimiento. Dulces palomitas y
algodón de azúcar. ¿Qué no puede gustar de un circo?
—Ninguno de nosotros necesita la atención de los medios. —Papá se levantó.
Las puntas de sus orejas estaban rojas, una película de sudor cubría toda su cara. Me
contuve para no alcanzarlo, sabiendo que ahora debía ser fría y calculadora.
—Hable por usted, Sr. Roth. Me gusta mucho que me vean.
—Esto podría ser muy complicado y muy arriesgado para todas nuestras
54

carreras. —Fue el turno de Terrance de advertir.


Página

—Au contraire, Sr. Ripp. La mía florecerá como resultado. De hecho, creo que me
hará ganar un puesto de autoridad en este mismo bufete.
Y sin más, Christian y Amanda se fueron. Claire y la mediadora se quedaron para
hablar con papá y sus abogados. No pude evitarlo. Me levanté y salí corriendo al pasillo
tras Christian. Él acompañó a Amanda hacia su despacho. Cuando notó que me acercaba,
le indicó con la cabeza que lo esperara dentro y se quedó atrás, metiendo los puños en
los bolsillos de sus pantalones de vestir. Se apoyó en una pared. —¿Ya me extrañas?
—¿Por qué haces esto? —Me detuve frente a él. Mis emociones estaban
deshilachadas, enredadas. Todos los cables rojos. Odio, molestia, deseo y exasperación.
El hombre me hizo perder el equilibrio, algo que ni siquiera mis tacones de aguja de
cinco pulgadas podían hacer.
Christian se dio un golpecito en los labios, fingiendo que lo meditaba. —Veamos.
¿Porque estoy a punto de hacerme mucho más rico y más famoso en mi campo a costa
de la espalda de tu padre? —preguntó—. Sí. Debe ser por eso.
Mis puños se cerraron a los lados, todo mi cuerpo zumbaba de rabia. —Te odio
—susurré.
—Me aburres.
—Eres un hombre vil.
—Ah, pero al menos soy un hombre. Tu padre es un cobarde que se puso en
plancha con su personal y ahora tiene que sufrir las consecuencias. Apesta cuando tu
dinero no puede sacarte de los problemas, ¿eh?
Solté algo entre un ladrido y una risita. —Señor Miller, al menos tenga la
decencia de no fingir que no ha nacido con buena fortuna y dudosos escrúpulos.
Algo pasó por su cara. Fue breve, pero estaba ahí. Diría que toqué un nervio, pero
dudaba que este hombre tuviera alguno.
—¿Tiene usted piernas, Sra. Roth?
—Usted sabe que sí. Hizo un punto de mirarlas en el ascensor.
—Le sugiero que haga buen uso de ellas ahora y que se vaya de excursión antes
de que los de seguridad la escolten a la salida. Así, el único fuego que tendrá que apagar
será el que perezca su carrera.
—Esto no se termina —advertí, principalmente porque sonaba muy bien en las
películas.
—Estoy totalmente de acuerdo y te aconsejo que te alejes de él antes de que te
explote encima.
Entonces el cabrón me cerró la puerta de su despacho en las narices.
Atónita, volví a la sala de conferencias. Cuando llegué, papá y sus abogados ya se
habían ido.
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—Mis disculpas, Sra. Roth. Hay otra conferencia programada en veinte minutos
en esta sala. —Claire me ofreció una sonrisa venenosa mientras recogía sus
Página

documentos—. Les dije que podían esperarla en el vestíbulo de abajo. No le importa,


¿verdad?
Sonreí con la misma entereza. —Para nada.
Me dirigí directamente al ascensor, con la cabeza alta y la sonrisa intacta.
Christian Miller iba a caer, aunque lo último que hiciera fuera arrastrarlo a las
fosas del infierno.

—Van con todo, y nos quieren más que los Oscars a Sally Field. —Esa noche,
Jillian dejó el contrato firmado en la mesita de noche junto a mi cama y se puso a bailar.
Estaba enterrada bajo el edredón, todavía escondiéndome del mundo después de la
desastrosa tarde en Cromwell & Traurig. Una visión estomacal de mi padre de pie en un
juzgado, arrugado en pedazos de papel, pasó por mi mente.
Mi vida familiar siempre había sido compleja. Perdí a mi hermano gemelo antes
de poder conocerlo. Los recuerdos de mi madre durante toda mi infancia eran una
puerta giratoria de visitas de rehabilitación y cumpleaños perdidos, ceremonias de
graduación y otros acontecimientos importantes, así como un montón de crisis
públicas. Papá era la única constante en mi vida. La única persona con la que podía
contar que no se cortaba un buen sueldo por estar ahí para mí. Pensar que iba a pasar
por algo tan agotador mentalmente como un juicio público me daba ganas de gritar.
—Oyeeeee. ¿Arya? ¿Ari? —Mi amiga me acarició la espalda, acercándose a mi
silueta—. ¿Te contagiaste de algo?
Gemí, bajando el edredón hasta la cintura y girándome para mirarla. Jillian jadeó,
tapándose la boca con una mano.
—¿Lloraste?
Apoyé la espalda en el cabecero de la cama. Mis ojos eran del tamaño de pelotas
de tenis, pero creo que se me habían acabado las lágrimas, la energía y las presas un par
de horas antes.
—Alergias —murmuré.
Las delicadas cejas de Jillian se movieron. Tenía la enloquecedora tez de una
Kardashian después del procedimiento de Photoshop, el pelo negro rizado y los ojos
color caramelo. Su vestido, un modelo de tweed lila, era prestado de mi armario.
—¿Qué opinan los clientes? —resoplé.
Jillian y yo fundamos Brand Brigade, nuestra empresa de consultoría de
relaciones públicas, cuando ambas estábamos en una encrucijada. Jillian había estado
56

trabajando para una organización sin ánimo de lucro como especialista en relaciones
Página

públicas y se dejaba seducir por todos los imbéciles privilegiados que entraban y salían
de su oficina, lo que le hacía la vida imposible y los celos de su novio de entonces,
mientras que yo había sido becaria en dos campañas políticas que habían terminado en
un escándalo y en la aniquilación, respectivamente, con jornadas de cuarenta y cinco
horas semanales, y me pagaban principalmente con cumplidos.
Finalmente, decidimos que estábamos hasta la coronilla y que podíamos hacerlo
mejor por nuestra cuenta. Eso fue hace cuatro años, y nunca miramos atrás. El negocio
iba viento en popa y me sentía orgullosa de mi capacidad para mantenerme, aunque mi
madre lo considerara un acto de rebeldía.
Ahora hacía lo que mejor sabía hacer: sacar a la gente de los apuros en los que
se metían. Porque, como decía Jillian, había dos cosas con las que siempre podíamos
contar en este mundo: que Hacienda cobrara nuestros cheques cada 15 de abril y el
talento único de la gente para cometer errores.
—Dijeron que estamos contratadas y que les encantó la presentación de Cuerpos
Reales que hiciste para Jabones Swan. —Jillian se colocó a mi lado, agarrando una de
mis almohadas y abrazándola contra su pecho—. Quieren tres meses de prueba, pero
firmaron el contrato y pagaron el anticipo. Mañana revisarán la letra pequeña. Es una
gran oportunidad, Ari. Stuffed es la mayor empresa de pañales reutilizables del mundo.
Me alegré de que Jillian consiguiera este cliente, pero mi corazón no funcionaba.
Seguía sangrando por todo el suelo de la oficina de piedra caliza de Christian Miller.
Jillian chocó su hombro contra el mío. —¿Me vas a decir qué pasó? Porque ambas
sabemos que eso de la alergia fue solo una excusa para poder hablar del trato.
No tenía sentido guardarle secretos a Jillian. Ella tenía los instintos de un agente
del FBI y la capacidad de oler la mierda a continentes de distancia.
—El caso de papá va a la corte.
—Estás bromeando. —Echó la cabeza hacia atrás, con la boca en forma de O.
—Ojalá fuera así.
—Oh, corazón. —Jillian salió de mi cama y volvió unos minutos después con dos
vasos de vino tinto. Se quitó los tacones y los tiró en el pasillo—. Prométeme una cosa:
no pienses demasiado en esto. No tienen nada contra tu padre. Tú misma lo has dicho.
Giraremos el oro de las relaciones públicas en torno a este caso y haremos que parezca
el ángel que papá Conrad es en realidad. —Me entregó uno de los vasos, que noté que
podía servir de bote de basura, y estaba completamente lleno.
Tomé un sorbo, parpadeando ante una mancha invisible en mi pared.
—¿Debería ahondar más en esto? —refunfuñé, principalmente para mí—. Es
decir, si quitas el hecho de que este hombre es mi padre, las acusaciones contra él son
bastante asquerosas.
Jillian sacudió la cabeza con vehemencia. —Hola, crecí contigo, ¿recuerdas? He
ido a tu casa todos los días desde el instituto. Conozco a Conrad. Es el tipo que te lleva a
los Cloisters todos los meses, que le dio a su secretaria un año de vacaciones pagadas
57

cuando dio a luz. ¿Hola? ¿A quién le importa lo que diga Amanda Gispen?
Página

Quería tomar cada palabra que Jillian había dicho y grabarla en mi carne.
—Si Amanda mintió, ¿por qué iría hasta el tribunal? —Hice de abogada del
diablo.
—¿Porque la rechazó? ¿Porque tuvieron algo y él terminó las cosas? —ofreció
Jillian—. Podría haber cientos de razones diferentes. La gente perpetúa el drama todo
el tiempo. Amanda puede decir lo que quiera.
—¿Bajo juramento? —Tomé otro sorbo de mi vino—. Podría enfrentarse a la
cárcel si la descubren.
—Podría, pero es poco probable. No veo que esto tenga pies, Ari. —Jillian me
ofreció una sonrisa reconfortante—. Estará bien.
Me mordisqueé un lado del labio, mis pensamientos iban de los ojos llenos de
odio de Christian a la expresión de papá, llena de dolor, vergüenza e incredulidad.
—Nota al margen: no soporto al abogado que representa a Amanda Gispen.
—Los abogados no son precisamente conocidos como los labradores del mundo
profesional. —Jillian me dirigió una mirada de lástima, de “deberías saberlo mejor”.
—Sí, pero este se lleva el pastel de la mierda de siete niveles, Jilly.
—¿Quién es? —Jillian chocó los dedos de sus pies contra los míos por encima del
edredón, como solía hacer Nicky cuando éramos niños, leyendo libros bajo el escritorio
de mi biblioteca. Una sonrisa nostálgica tocó mis labios. Oh, Nicky.
Recordé el día en que llamé al detective personal de papá y le pedí que buscara
a Nicky. Para ver si estaba bien. Fue la primera llamada que hice después de cumplir los
dieciocho años. Le pagué al investigador privado con el dinero que ahorré durante el
verano vendiendo artículos para turistas.
Nicholai está muerto, Arya.
A la revelación le siguió la negación, la ira, las lágrimas y un mini colapso. Ya
sabes, para envolverlo todo en un bonito lazo. El investigador privado me explicó que
esa era la naturaleza de la bestia. Que los niños como Nicky a menudo caen a través de
las grietas del sistema. Que probablemente había muerto de una sobredosis o en una
pelea de cuchillos o como resultado de un arresto por conducir bajo los efectos del
alcohol. Pero yo conocía bien a Nicholai, y no era un delincuente que no se trajera nada
bueno entre manos. Me costaba creer que ya no compartiera el mismo trozo de cielo
azul celeste bajo el que yo vivía.
—Solo el hombre más exasperante del planeta Tierra —gemí en mi bebida.
—¿El hombre más exasperante del planeta Tierra tiene un nombre? —preguntó
Jillian.
—Uno genérico —resoplé—. Christian Miller. O como prefiero llamarlo: Lucifer
encarnado.
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Jillian roció el vino tinto por todo mi vestido de tweed y el edredón, ahogando
una carcajada.
Página

—¿Repite eso?
—Prefiero llamarlo Luc…
—Sí, ya entendí esa parte. ¿Cómo se llama?
—Christian Miller —repetí, molesta—. Gracias por manchar mis sábanas de
algodón egipcio, por cierto. Eres toda una amiguita.
Jillian se levantó y salió corriendo hacia la sala de estar y regresó agarrando una
revista brillante que no reconocí, porque, al contrario de lo que creía Christian, yo no
leía ninguna revista de cotilleos o de moda (no es que hubiera nada malo en hacerlo).
Hojeó las páginas hasta que encontró lo que buscaba, y luego procedió a agitarla
en mi cara en señal de triunfo. Con los ojos hinchados, reconocí a Christian, mirando a
la cámara con un elegante esmoquin, el pelo sexymente despeinado y una sonrisa que
prometía un buen rato y una mala ruptura.
—¿Qué estoy mirando? —pregunté, como si mi capacidad de visión se hubiera
evaporado en algún momento de los últimos cinco segundos.
—Lee el titular.
—“Treinta y cinco de menos de treinta y cinco: ¡Los solteros más codiciados de
Nueva York revelados!”.
Genial. No solo era rico, guapo y estaba decidido a arruinar a mi familia, sino que
también era muy famoso en la ciudad que compartíamos. Hojeé los detalles.

Nombre: Christian George Miller.


Edad: 32 años.
Ocupación: Litigante en Cromwell & Traurig.
Valor neto: 4 millones de dólares.
Altura: 1,90 m.
Mujer soñada: ¿Sería políticamente incorrecto si dijera que prefiero a las rubias?
Ojos marrones profundos. Alta y de piernas largas. Un título relacionado con la ciencia es
un bono. Alguien serio, imprescindible. Que le gusten las fiestas, el buen vino y tomar los
caminos menos transitados de la vida.

Apreté mi copa de cabernet contra mi pecho, sintiéndome atacada


personalmente. La mujer de sus sueños resultaba ser el polo opuesto a mí. Casi como si
la hubiera diseñado imaginando todo lo que yo no era.
Calma tus tetas, Ari. No trataba de hacer sombra. No sabía que existías hasta hace
seis horas.
59

—Sé que se supone que debemos odiarlo, pero ya que va a perder este caso y a
Página

recibir un trozo gigante de pastel de humildad, ¿puedes decirme si es tan guapo en la


vida real como en la foto? —Jillian se colocó de nuevo en mi cama.
Lamentablemente, se veía aún mejor de cerca. Por supuesto, no tuve la gracia de
admitirlo.
—Es horrible. Digno de vomitar. —Arrojé la estúpida revista a un cubo de basura
cercano, sin sorprenderme al encontrar la cara de Christian aun sonriéndome desde el
borde de dicho cubo. Ese hombre iba a perseguirme durante toda esta vida y, muy
probablemente, durante las cuatro siguientes, si es que la reencarnación existe—. Es
todo Photoshop. Parece un cruce entre un ogro y Richard Ramírez.
—Richard Ramírez lleva años muerto.
—Exactamente.
Jillian frunció los labios, obviamente sin creérselo. Finalmente, dijo: —Bueno,
que se joda, aunque parezca un semidiós. Si va detrás de tu familia, también lo considero
un enemigo.
—Gracias. —Volví a respirar profundamente, sintiéndome ligeramente mejor
por la declaración de alianza. Por lo menos, le quité a Christian Miller la posibilidad de
salir con una de las mejores mujeres de Manhattan. Jilly era un buen partido.
—Solo para estar seguras, ¿significa eso que puedo encontrar su número en
LinkedIn? —bromeó Jillian.
Golpeé el hombro de mi mejor amiga. —Traidora.
60
Página
8
Arya
Pasado

Estaba aquí.
Por fin.
Me di cuenta por los pasos. La forma en que rozaban la piedra caliza. Firmes,
medidos, precisos. Sus zapatillas de deporte de imitación besaban el suelo. Cerré los
ojos, balanceándome contra una estantería de la biblioteca, con la respiración
revoloteando en mi pecho como una mariposa.
Diez meses. Fueron diez largos meses. Ven a buscarme.
Una inyección de emoción me recorrió el vientre. Nunca había hecho esto. No
estar disponible para Nicholai. Por mucho que quisiera esperarlo junto a la puerta,
como un cachorro ansioso, lista con todos los libros e historias que quería compartir
con él, no lo hice. Quería reinventarme en estas vacaciones de verano. Ser misteriosa y
seductora y todas las demás cosas que había leído en los libros que hacían que
mereciera la pena luchar por las heroínas.
Estaba en la biblioteca, agarrando un libro en blanco y negro de Expiación, de Ian
McEwan, con un camisón de satén verde menta. Había leído el libro en febrero, después
de robarlo de la biblioteca del colegio solo para sentir lo que era tomar lo que no era
mío, y desde entonces cada mes esperaba para contárselo a Nicky. Aunque vivíamos en
la misma ciudad, era como si viviéramos en universos paralelos. Nuestros mundos no
se tocaban, nuestras vidas orbitaban alrededor de diferentes escuelas, personas y
eventos. Solo durante las vacaciones de verano chocábamos. Cuando el universo
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estallaba en colores.
Página

Varias veces a lo largo del año me encontré con ganas de enviarle una carta o un
correo electrónico, o incluso de descolgar el teléfono y llamarlo. Todas las veces, tuve
que convencerme de que no lo hiciera. Nunca me buscó entre los veranos, ¿por qué iba
a hacerlo yo? Tal vez para él no éramos más que una versión poco convincente de un
campamento de verano. Tal vez ni siquiera éramos amigos. Solo dos niños que pasaban
el verano en un espacio reducido, olvidados por los adultos que nos crearon.
Tal vez ahora tenía una novia.
Tal vez, tal vez, tal vez.
Así que esperé. Reflexioné sobre el libro. Me sumergí en los sentimientos que
evocaba dentro de mí. Siempre me traían de vuelta a él. Nicholai. Mi Nicky.
Los pasos se hicieron más fuertes, más cercanos.
Me acomodé una colita detrás de la oreja, deseando que mi corazón latiera más
despacio. Estaba enamorada de Nicholai Ivanov desde aquel primer día en el
cementerio, pero nunca le puse nombre a lo que sentía por él. No hasta este año, cuando
todo el mundo en la escuela parecía formar parejas. De alguna manera, tener novio pasó
de ser algo vergonzoso que solo hacían las chicas malas a ser el colmo de la existencia
de la noche a la mañana, y yo me había quedado atrás en la tendencia. Ninguna de estas
parejas hablaba realmente entre sí durante las horas de clase o salía, pero tenían el
título, y siempre que había una salida o un cumpleaños, las parejas se susurraban y se
besaban.
Besarse también se había convertido en un rito de paso. Algo que había que
tachar de una lista. No existía ningún chico en la escuela al que quisiera besar.
Los únicos labios que quería sentir contra los míos eran los de Nicholai.
Hojeé las páginas de Expiación, pero las palabras seguían deslizándose, como si
se cayeran de las páginas. Me sorprendió que no hubiera una pila de cartas a mis pies.
Era inútil. Intentar concentrarse en algo que no fuera él.
Y entonces... la felicidad. El cuerpo de Nicholai llenaba el marco de la puerta en
mi periferia. Zapatos viejos, vaqueros rotos en todos los lugares equivocados, y una
camisa descolorida, deshilachada en los bordes. Cada año se convertía en algo más
hermoso.
Fingí que no me fijaba en él.
—Qué tal. —Tenía una colilla sin encender en la comisura de la boca. Me
pregunté qué pensaría la gran Beatrice Roth sobre el hecho de que quisiera besar a un
chico que se metía en la boca cigarrillos usados de la calle. Probablemente no mucho,
para ser sincera. Mientras no trajera una enfermedad a la casa, a ella no le habría
importado que me cortara los miembros a modo de moda.
Levanté la vista. —Oh. Hola, Nicky.
Su belleza me golpeó como un rayo. No era tan guapo hace dos años. Cada
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verano, sus rasgos se afinaban en algo más masculino. Su mandíbula se volvió más
afilada, el corte entre sus cejas más profundo, sus labios más rojos. Sin embargo, sus
Página

ojos eran su mejor característica. El color exacto y asombroso del topacio azul. Era alto,
terso y ágil y, sobre todo, tenía esa cualidad que no se puede nombrar. La maldad de un
chico que sabía cómo valerse por sí mismo. Cómo luchar por su supervivencia. Me daba
náuseas pensar que algunas niñas lo tenían dos semestres al año. Para mirar, para
admirar, para disfrutar.
—¿Estás bien? —Se apartó del marco de la puerta y se acercó a mí. Me di cuenta
de que sus escuálidos brazos se habían llenado durante el último año. Las venas
recorrían los músculos. No se detuvo hasta que los dedos de nuestros pies se tocaron, y
arrancó el libro de entre mis dedos y lo hojeó despreocupadamente.
Se colocó el cigarrillo detrás de la oreja, con las cejas juntas.
—Hola —dije.
—Hola. —Levantó la vista y me dedicó una sonrisa, y luego volvió a concentrarse
en el libro. Me moría de ganas de verlo en traje de baño este verano.
—¿Lo has leído? —pregunté con un resoplido, con la cara ardiendo.
Negó con la cabeza. —Escuché que algunas partes son bastante obscenas, ¿no?
—Sí. Pero, como que, ese no es el punto del libro.
—Hacerlo es siempre el objetivo de todo. —Sus ojos se alzaron para encontrarse
con los míos, y dejó escapar una sonrisa pícara. Me devolvió el libro—. Quizá lo intente
algún día, si el Sr. Van deja de obsequiarme cosas de Penthouse3.
Esta fue mi oportunidad para decirle lo que había pensado durante todo el año.
Lo que soñaba por la noche.
—Felicidades, te has convertido oficialmente en un asqueroso.
Se rió. —Te extrañé.
—Sí. Yo también. —Retorcí un trozo de pelo sobre mi dedo índice, sintiéndome
tan extraña en mi cuerpo, como si no me perteneciera—. Estoy pensando en tomar
clases de teatro, ahora que voy al instituto.
Para nada, pero necesitaba una historia sólida de fondo.
—Genial. —Ya estaba recorriendo la habitación, abriendo cajones, buscando
cosas nuevas y brillantes para explorar. Mi casa era como un parque temático para
Nicholai. Le gustaba usar los mecheros de mi padre, cruzar los tobillos sobre los
escritorios de caoba, fingir que atendía llamadas importantes en el teléfono vintage de
la oficina de Toscano.
—Pensé que tal vez podríamos representar parte del libro. Ya sabes, como
práctica, para mi audición en septiembre.
63

—¿Representar qué?
Página

—Una de las escenas subidas de tono. En el libro. Necesito hacer algo atrevido
para mi audición.
—¿Atrevido? —murmuró, abriendo los cajones y metiendo las manos en ellos.

3 Penthouse es una revista pornográfica.


—Sí. No me van a dejar entrar si les doy algo suave.
¿De qué demonios estaba hablando? Ni siquiera yo tenía idea.
—¿A qué tan subido de tono te refieres? —Estaba demasiado distraído, a la caza
de algo que robar.
Agarré el libro y lo hojeé antes de detenerme en la página número ciento
veintiséis y entregárselo. Dejó de rebuscar en los cajones. Sus ojos se posaron en el
texto. Contuve la respiración mientras lo leía. Cuando terminó, me lo devolvió y lo metí
en la biblioteca detrás de mí.
—Estás jugando, ¿eh?
Sacudí la cabeza, con el pulso casi saltándome de la piel.
Nicholai se paralizó. Su mirada voló de uno de los cajones del escritorio a la mía,
la incredulidad tocaba sus ojos de color topacio. Había conocimiento en ellos. También
irreverencia y fastidio. Quería recrear esa escena en la biblioteca, en la que Robbie
aprieta a Cecilia contra las estanterías y la besa como si el mundo se acabara. Porque
para él, así es.
Se me erizaron todos los pelos de los brazos. No quería vomitar en mis propios
zapatos. Al mismo tiempo, parecía que estaba a punto de hacerlo.
—Solo nos besaremos —aclaré, fingiendo un bostezo—. Nada de esas cosas
raras, obviamente.
—¿Solo besarnos?
—Oye, tú fuiste el que me acaba de decir que todo empieza y termina con
besarse. —Levanté las manos en señal de rendición.
Sus labios se curvaron en una ligera sonrisa. Mi corazón cayó libremente al suelo.
—¿Has asaltado el gabinete de licores de tu viejo, Ari? —Nicky borró el poco
espacio que había entre nosotros. Pasó un dedo por la concha de mi oreja. Un escalofrío
me recorrió—. No podemos besarnos. A menos, claro, que quieras que nuestros padres
me maten.
—A los dos, querrás decir.
—No. —Se sacó el cigarrillo de detrás de la oreja y masticó la colilla,
manteniendo las manos y la boca ocupadas—. Te saldrás con la tuya en casi todo bajo
la mirada de papá Conrad. La culpa siempre recae en el pobre que tiene un nombre que
suena raro. ¿No has notado un tema en todos los clásicos que leímos el verano pasado?
—No voy a decírselo a nadie. —Sentí la garganta apretada. Llena de guijarros.
64

De repente, el rechazo tenía un sabor, un olor, un cuerpo. Era una cosa viva, que
respiraba, y el escozor de su puño me quemaba las mejillas. Ni siquiera podía
Página

enfadarme con Nicky. Fui una observadora reacia todas las veces que mi padre, mi
madre y Ruslana lanzaron amenazas como flechas al aire, dirigidas a Nicky.
No te atrevas a tocarla.
Da un paso atrás, muchacho.
Nicholai, ¿no tienes que ayudar a tu madre con los platos?
—Lo sé; no es que no confíe en ti —aceptó Nicky—. Es que no confío en mi suerte.
Si se enteran de alguna manera, si este lugar está cableado o lo que sea… Ari, sabes que
no puedo.
Fue suave, pero definitivo. Asunto cerrado. Y aunque le entendía, también me
enojé con él, porque seguía siendo sensato con nosotros, mientras que yo era tan lógica
como una rueda de camión en lo que a él se refería. La bilis en mi garganta rodó un
centímetro hacia mi boca. Pero yo no era ese tipo de chica. Me enorgullecía de ser
exactamente lo que Nicky quería que fuera. Veía películas de acción y jugaba a la pelota
y decía “amigo” al menos quince veces al día.
—Oye, ¿vamos a nadar o qué? —Nicky rodeó con sus dedos una pequeña bola de
cristal que había en la estantería detrás de mí y se la guardó en el bolsillo. Hacía eso a
menudo, y nunca me molestó. Tal vez porque sabía que nunca se llevaría algo que me
era muy querido—. He practicado en la piscina de la YMCA todo el año. Prepárate para
ser aplastada, muchacha de las cucharas de plata.
La mordida aguda detrás de mis ojos me dijo que tenía tres segundos, tal vez
cinco, antes de que las lágrimas comenzaran a caer.
—Amigo —resoplé—. ¿Quién está diciendo tonterías ahora? Voy a acabar
contigo. Deja que me ponga el bañador.
—Nos vemos en la puerta en cinco minutos.
Me di la vuelta y me alejé, cerrando la puerta de mi habitación tras de mí, y luego
busqué mi traje de baño en mi cajón, cortándome el pulgar en el proceso. Estaba
sangrando, pero no sentía nada.
Me chupé la sangre, me miré al espejo y ensayé mi mejor y más brillante sonrisa.
Esa fue mi primera lección de la adolescencia.
Los desamores se trataban con discreción. En los callejones de tu alma. Por fuera,
yo era fuerte. Pero por dentro, me quebraba.

Después de la competición de natación, en la que Nicky me aniquiló, estuve


evitándolo durante toda la primera semana de las vacaciones de verano.
65

Lo hice de forma casual. Hice planes para ir a Saks con algunos amigos un día, fui
Página

a la biblioteca otro. Incluso llegué a unirme a mi madre y a sus aburridas amigas para
almorzar.
Pero Nicky seguía viniendo todos los días y tenía la expresión decidida y estoica
de alguien que quería que nuestra amistad funcionara. Y cada día se me ocurría algo
más que hacer. Algo que no lo incluía en mis planes.
Era consciente de que lo estaba castigando por no besarme, aunque fuera de
forma indirecta. Ruslana lo obligó a ayudarla en la casa para mantenerlo ocupado. Le
permitía algunos descansos al día, que él perpetraba en el balcón del salón, contiguo a
la terraza de mi habitación. Saltar entre los balcones era posible pero arriesgado. La
barrera de cristal era demasiado alta, así que había que pasar por encima de las
barandillas y colgarse del borde del rascacielos durante un metro hasta llegar al otro
lado.
Una vez, durante esa primera semana, cuando Ruslana hubo sacado la basura y
yo acababa de volver de otra salida inútil para evitarlo, Nicky se apresuró a acercarse a
la ventana de cristal que nos separaba, apretando las manos contra ella. Yo hice lo
mismo, atraída al instante hacia él como un imán.
—¿Me estás castigando? —preguntó, sin ningún indicio de ira en su voz.
Me reí con incredulidad. —¿Por qué lo haría?
—Sabes exactamente por qué.
—Caray, Nicky. ¿Ego inflado?
Me estudió sin expresión. Me sentí como la mayor cretina del mundo. Intentó
otra táctica. —¿Seguimos siendo amigos?
Le dirigí una mirada de lástima que odiaba. El tipo de mirada que las chicas
populares me lanzaban en el colegio cuando decía algo friki o poco cool. —No pasa nada
si no quiero pasar todo el verano contigo, sabes.
—Supongo que sí. —Me estaba observando tan de cerca que sentí que me
despojaba de mis mentiras, un elemento a la vez—. Pero parece que no quieres pasar
ni un minuto conmigo.
—Sí quiero. Nadaré contigo mañana. Oh, espera. —Chasqueé los dedos—. Le
prometí a papá que iría a su oficina y ayudaría a sus secretarias a archivar.
—¿Estoy perdiendo por archivar? —Sus ojos flamearon.
—Lo que sea, Nicky. Es experiencia laboral. Los dos deberíamos pensar en
conseguir trabajos de verano el año que viene, de todos modos. Nos estamos haciendo
demasiado mayores para esto.
Entrecerró los ojos, mirando entre la barandilla y yo. Sacudí la cabeza. No quería
que se muriera. Quiero decir, de acuerdo, tal vez solo un poco, porque me rechazó y eso
66

me dolió, pero sabía que yo no sobreviviría si le ocurría algo.


—No cruces la barandilla —le advertí. Tenía la sensación de que estábamos
Página

hablando de mucho más que de las barandillas.


Pero hizo un movimiento. A punto de cruzar. Me quedé boquiabierta.
Su madre empezó a llamarlo para que volviera. Él sonrió.
—Por ti, Arya, puede que lo haga.

Y lo hizo.
Después de nueve días insoportables, puntuados por un fin de semana lleno de
gritos en mi almohada. Me estaba atando las zapatillas, preparándome para una tarde
de vagabundeo sin rumbo por Manhattan para evitarlo. Ruslana había salido a hacer la
compra y mis padres estaban en el trabajo y en una clase de tenis, respectivamente. La
casa estaba tranquila salvo por Fifi, un shih tzu, que ladraba como loco a una nueva
estatua que Beatrice había ganado en una subasta el fin de semana. Aquel perro tenía
cantidades infinitas de ternura y estupidez.
En mi periferia, noté movimiento en mi terraza, y cuando giré la cabeza para ver
mejor, vi a Nicky colgando entre la vida y la muerte.
Me levanté de la cama y corrí hacia el balcón.
—¡Idiota! —grité, con el corazón latiendo a cinco mil por hora.
Pero Nicky era ágil y atlético, y saltó a un lugar seguro y se estaba quitando el
polvo de las manos antes de que yo abriera la puerta del balcón.
—¡Podrías haber muerto! —Lo empujé hacia mi habitación, en la barandilla.
—No tuviste tanta suerte, princesa de las cucharas de plata.
Detestaba y disfrutaba este apodo a partes iguales. El adjetivo era molesto, pero
me llamaba princesa.
—¡Bueno, podría haber estado desnuda!
—Podría haber tenido suerte —respondió con suavidad, cerrando la puerta tras
nosotros e inclinándose contra un aparador, con los tobillos cruzados. Su rostro tenía
un aspecto suave pero intenso. Como una pintura al óleo. Me dieron ganas de llorar. No
era justo que no fuera mío. Y no era justo que, aunque pudiera serlo, tuviéramos que
mantenerlo siempre en secreto—. Tenemos que hablar, amiga.
La forma en que dijo la palabra amiga me dijo que ya no me consideraba como
tal.
—Que sea rápido. Voy a ver a unos amigos en media hora.
—No, no lo harás.
67

Cruzando los brazos sobre el pecho, ya estaba a la defensiva. Me sentí tonta.


Hasta ahora, Nicky y yo habíamos sido almas gemelas. Enredados por un vínculo
Página

invisible. Dos niños olvidados en una gran ciudad. A pesar de que veníamos de orígenes
diferentes, teníamos mucho en común. Ahora, todo se sentía mal. Él tenía la ventaja.
Sabía que me gustaba así. La balanza había cambiado.
—Mira. —Se frotó la parte posterior de su pelo de obsidiana—. Me asusté, ¿sí?
No es que no quisiera besarte. Es solo que me gustaría mucho que mis pelotas
estuvieran intactas para cuando vaya al instituto, y… bueno....
—No puedes garantizar que eso ocurra si mi padre nos sorprende —terminé por
él.
Sonrió, una sonrisa que me decía que le importaba un bledo lo que mi padre
pensara de él, solo las consecuencias que podría tener si lo delataba. —En pocas
palabras, sí.
Di un paso adelante, dejando caer los brazos a los lados. —Sé que mi padre me
sobreprotege. Es por Aaron…
—No —dijo Nicky con rotundidad—. Es una cosa de hombre rico y chico pobre.
—Papá no es así —protesté.
—Es exactamente así, y medio. ¿Sinceramente? Si fueras mi hija, tampoco te
querría cerca de mí.
Su convicción me decía que no tenía mucho sentido intentar convencerlo de lo
contrario.
—De todos modos, nunca me habría ofrecido si pensara que nos iban a atrapar.
Lo siento. Fui tonta. E imprudente. Y…
—¿Arya?
—¿Sí?
—Todavía no termino de hablar.
—Oh. —Una cinta invisible se apretó alrededor de mi cuello—. Lo siento. Um,
adelante.
—Como dije, si fueras mi hija, no te querría cerca de mí. —Hizo una pausa—.
Pero como no eres mi hija, he decidido que tu clase de teatro merece el riesgo. No
porque quiera besarte —levantó un dedo en señal de advertencia—, sino porque no
querría privar al mundo de la próxima Meryl Streep.
Todo mi cuerpo se estremeció. —Oye, yo tampoco quiero besarte. Pero quiero
ser actriz.
Debería haberme sentido mal por la mentira. Después de todo, mi deseo de
convertirme en actriz era similar a mi deseo de convertirme en payaso de circo. Como
en, no del todo. O en absoluto. Pero de alguna manera, me dije que el fin justificaba los
medios.
68

—Espero dos entradas para cualquier película que protagonices cuando seas
mayor. Y una limusina esperando fuera de mi casa para llevarme allí. —Nicky seguía
Página

moviendo el dedo.
—Las limusinas están un poco pasadas de moda.
—Mis pelotas, mis reglas.
—¿Qué más?
—Más vale que no sea una mala película. Si haces un papel de Demi Moore en
“Desviación: Valkenvania”, juro por Dios, Ari, que me lavo las manos para siempre.
Se me escapó una risa reprimida. —Bien. —Me aparté los mechones de pelo de
la cara—. Enviaré una limusina y te haré sentir orgulloso si prometes traer a una chica
no más bonita que yo como cita.
—En primer lugar, esto no es una negociación. Yo soy el que asume todo el riesgo
aquí. Segundo, fácil. —Se balanceó sobre los talones, un poco avergonzado—. No
conozco a nadie tan bonita como tú.
El silencio entre nosotros se sintió pesado de repente. Lleno de cosas que
teníamos demasiado miedo de decir. Se aclaró la garganta.
—Además, si no me haces compañía, mi madre me va a obligar a limpiar tu techo.
Así que será mejor que saques tu culo de este cuarto, o todo este trato se cancelará.
La histeria sin aliento se apoderó de mi cuerpo. Estaba sucediendo. Nicholai
Ivanov iba a besarme.
—Espérame en la biblioteca —le ordené.
—De acuerdo, rompepelotas. —Se dio la vuelta para irse.
—Oh, ¿y Nicky?
Se detuvo pero no se dio la vuelta.
—Si vuelves a saltarte las barandillas, no tienes que preocuparte por caer. Te
mataré yo misma.

Estaba de espaldas a mí cuando entré en la biblioteca.


Algo me obligó a detenerme en el umbral y empaparme de la vista de ese chico
al que amaba, observando cómo Nueva York se extendía frente a él, con las manos
entrelazadas en la espalda, la postura recta, viéndose no menos poderoso que la ciudad
que devoraba sueños y esperanzas a diario.
De repente me quedó aterradoramente claro que Nicholai iría a lugares, y
dondequiera que fuera, no iba a llevarme con él. No podía permitirse el lujo de llevar
69

equipaje. Su última parada no era Hunts Point.


Página

—¿Ya llegó tu papá? —preguntó Nicky, todavía de espaldas a mí.


Entré y cerré la puerta suavemente. —Tiene un evento de recaudación de fondos
esta noche. Dijo que no volvería hasta después de la cena. No hay moros en la costa.
Mis rodillas se sentían como gelatina. Había mirado la hora antes de venir. Eran
las cuatro de la tarde. Mi madre estaba en otro retiro de yoga, a un océano de distancia.
Ruslana podía volver de hacer la compra, pero siempre se hacía notar cuando sabía que
estábamos juntos. Golpeando sartenes, pasando la aspiradora por el pasillo, hablando
por teléfono en voz alta. No quería pillarnos por si hacíamos algo malo. El conocimiento
venía con la responsabilidad.
Nicky giró sobre sus talones, con un rostro grave y decidido a la vez, como si
estuviera a punto de recorrer el corredor de la muerte. Sabía que lo hacía por mí. Una
parte de él (la mayor parte de él, supuse) temía besarme. Podía cancelar todo el asunto.
Evitarle la incomodidad.
Pero no era lo suficientemente buena.
Lo suficientemente virtuosa.
Papá decía que los escrúpulos eran las joyas de un mendigo. Que no debía
preocuparme por la moral. “Pagamos demasiados impuestos para ser buenos”, había
dicho una vez entre risas.
Me deslicé hacia una de las estanterías del suelo al techo, apoyando la espalda
en ella y cerrando los ojos. Sentí que estaba actuando, así que al menos esa parte no era
una mentira. No en ese momento. El sonido de sus pasos resonó detrás de mi caja
torácica. El calor de su cuerpo me decía que estaba cerca. Cuando se detuvo frente a mí,
mis ojos se abrieron. Estaba tan cerca que no pude abarcar toda su cara. Solo esos ojos
turquesa que centelleaban como una parte excavada del océano. Me pregunté si me veía
tan perdida como él. Parecía tan asustado. Tan... no sexy.
—Es mi primer beso. —Mi voz sonó almibarada y apologética. Extraña para mis
oídos.
—El mío también. —Se mordió el labio inferior. El tono rosado de sus mejillas lo
hacía todo más precioso. Quería devorar este momento como si fuera un jugoso
melocotón. Sentir sus dulces y pegajosos jugos en mi barbilla.
—Oh, bien. Estoy bastante segura de que voy a apestar en esto. —Solté una risita.
—Imposible —dijo gravemente, y por alguna razón, le creí.
Se inclinó para besarme y falló. Nuestras frentes chocaron torpemente. Nos
apartamos y nos reímos. Lo intentó de nuevo, esta vez tocando los lados de mi cuello y
guiando su boca hacia la mía. Sus labios eran calientes y suaves y sabían a tabaco y a
cubitos de hielo y a chico. Ambos mantuvimos los ojos abiertos.
—¿Te parece bien? —murmuró en mi boca. Había una fina línea de pelo por
encima de su labio superior, mojada por la saliva. Todavía no se había afeitado por
70

primera vez. El corazón me retumbaba en el pecho. Esperaba que siempre recordara


esto. La chica que lo besó antes que nadie.
Página

Asentí, atrapando sus labios en los míos. —Mm-hmm.


—Bien —susurró—. Mierda, eres bonita.
—Dijiste que era fea. Hace años. —Nos estábamos besando. Hablando.
Abrazados.
—Mentiras. —Negó con la cabeza, sus labios seguían explorando los míos—.
Eres y siempre serás hermosa.
Mi corazón se disparó. Me besó de nuevo, entrelazando sus dedos con los míos
desde ambos lados. Seguía siendo incómodo, pero dejé de lado el sentimiento de
timidez. La euforia de ser besada casi me hizo sentir angustia. No era la sensación lo
que me gustaba, sino el hecho de experimentarla con él. El hecho de saber lo mucho que
estaba arriesgando por mí me encendió el alma. Había un dolor en mi pecho que se
desplegaba como un pequeño trozo de papel. Ampliándose y expandiéndose con cada
segundo que pasaba.
—¡Quita tus sucias manos de mi hija!
Lo que siguió sucedió rápidamente. En un segundo, el cuerpo de Nicky estaba
presionado contra el mío, y al siguiente, se encontraba en el suelo, acurrucado en un
nido de gruesos libros de tapa dura, con la figura de mi padre agazapada sobre él,
apretando el cuello de su camisa.
Hubo un golpe, el sonido de piel golpeando piel. Se me nubló la vista.
—Debería haberlo sabido… pequeña mier…
No dejé que papá terminara la frase. Me lancé sobre él, apartándolo de Nicky por
el brazo. —¡Papá! Por favor.
—Arruinará tu vida. —Papá lo arrastró desde el suelo ahora por el cuello de la
camisa, aplastando la espalda de Nicholai contra las estanterías. Llovieron más libros
sobre ambos, pero ninguno de los dos prestó atención. La cara de papá estaba roja, casi
morada, mientras que Nicky parecía desafiante, con una expresión pasiva. No intentó
negar ni explicar lo que había pasado. No se acobardó. Iba a afrontar esto, como hacía
con todo lo demás en su vida.
Otro pinchazo hizo volar la cara de Nicky, y esta vez, por el chasquido, supe que
mi padre le había roto la nariz.
Ruslana atravesó la puerta de la biblioteca con un palo de escoba. Intenté saltar
entre papá y Nicky, apartando los dedos de papá de su garganta. Estaba confundida,
molesta y con el estómago revuelto. Nunca había visto a mi padre ser violento. Siempre
fue amable y cariñoso conmigo, compensando todo lo que mi madre no hacía.
—¿Qué está pasando aquí? —gritó Ruslana. Cuando vio la cara morada de su hijo
mirando a mi padre, saltó entre ellos, apartando a papá con la escoba que tenía en las
manos.
71

—¡Suéltelo! ¡Quítese de encima! —rugió—. Lo matará, y entonces seré yo quien


Página

tenga que responder ante las autoridades.


¿Esto era lo que le importaba ahora? ¿De verdad?
—Tu asqueroso y estúpido hijo tocó a mi Arya. Volví a casa temprano para
buscar una nueva corbata antes de la recaudación de fondos y…
— ¡Por piedad! —gritó Ruslana, volviéndose hacia su hijo, que en ese momento
no era más que un montón de miembros revueltos, sangre y carne hinchada—. ¿Es esto
cierto? Te dije que no la tocaras.
Nicky levantó la barbilla con valentía.
—¡Di algo! —exigió.
Nicky enfrentó a mi padre, sonriendo. Le sangraban las encías. —Sabía bien,
señor.
Mi padre le dio una bofetada con el dorso de la mano, usando su anillo de la
fraternidad para sacar más sangre. La cara de Nicky voló hacia el otro lado. Su mejilla
se golpeó contra el estante. Todo esto era culpa mía. Mi culpa. Quería hacer tantas cosas.
Decirle que lo sentía.
Decirle que no sabía que papá vendría.
Ayudarlo a salir de esta.
Explicar todo a papá, a Ruslana. Necesitaba salvar esto. Para protegerlo.
Pero las palabras se atascaron en mi garganta. Como una bola de vómito,
bloqueando mis conductos de aire. Mi boca se abrió, pero no salió nada.
No era su culpa.
—Ve a tu habitación, Arya —gruñó mi padre, marchando hacia la puerta abierta
e inclinando la cabeza en dirección al pasillo. Al principio no me moví—. ¡Vete, maldita
sea!
Y entonces pensé en cómo cambiaría mi vida si papá decidiera ser como mamá.
Descuidarme, mirar para otro lado, tratarme como si fuera un mueble más.
Sorprendentemente y de forma vergonzosa, me moví, con las piernas pesadas
como el plomo.
Todavía podía sentir los ojos de Nicholai en mi espalda. El calor de la traición. El
ardor de saber que nunca sería perdonada.
Que las cosas nunca volverían a ser lo mismo.
Que había perdido a mi mejor amigo.
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Página
9
Christian
Presente

La reconocí al instante.
El cuello de cisne. La mirada etérea de Ava Gardner y los ojos verdes felinos. Arya
llevaba cada año que pasaba con gracia y elegancia. A los trece años, había sido bonita.
A los treinta y uno, un auténtico bombón. Incluso su halo de inocencia, la sensación de
algo sano e inalcanzable, estaba agrietado pero seguía intacto. Brillaba a kilómetros de
distancia y yo quería apagar su magnificencia. Atenuar su luz y arrastrarla a las sombras
conmigo.
Cuando la vi en la recepción del edificio, no podía creer mi suerte. Había decidido
acompañarme y asistir a la caída de su padre. No tenía ni idea de lo que hacía allí. Mi
respuesta inmediata fue hablar con ella. Para ver si también me reconocía. Si alguna vez
le importé. O si tan solo fui uno de sus sirvientes, que le robó su primer beso y lo pagó
con intereses.
Ella no tuvo ni idea de quién era yo. Sin sorpresas. Siempre fui un parpadeo en
su mundo. Una anécdota sin importancia. La necesidad de castigarla, de demostrarle
que esta nueva versión de mí no podía pasar desapercibida ni esconderse en un
establecimiento al que nadie pudiera ver o llegar, se abalanzó sobre mí. No pude
contenerme.
No de soltar improperios en medio de una reunión de mediación como un rapero
de grado D.
Ni de rechazar cualquier oferta de pago, incluida una suculenta oferta de ocho
73

cifras.
Página

Ni de beber en su cara con sed. Como si siguiera siendo el mismo niño de catorce
años con una erección, compitiendo por las migajas de su atención, consumiéndola de
cualquier forma que me lanzara.
Di un trago a mi whisky, observando el horizonte de Manhattan desde mi
apartamento de Park Avenue. Era de una sola habitación, pero era todo mío, totalmente
pagado. Siempre había preferido la calidad a la cantidad.
—¿Vienes a la cama? —preguntó Claire detrás de mí. Podía ver su reflejo en el
cristal de mi ventana del suelo al techo, apoyada en el marco de la puerta de mi
dormitorio, sin más ropa que mi camisa blanca de vestir, con las piernas desnudas a la
vista.
—En un minuto.
—Estoy aquí si necesitas hablar —sugirió. Pero no tenía sentido hablar con
Claire. No me entendería. Nunca lo hizo.
Te odio, me dijo Arya esta tarde en mi despacho, y por la forma en que su labio
inferior tembló como lo hacía hace años cuando hablaba de Aaron, supe que lo decía en
serio.
La buena noticia era que yo también la odiaba y estaba encantado de
demostrarle cuánto.
“Eres un hombre vil”.
Con eso, tuve que estar de acuerdo. Especialmente después de haber tomado
este caso.
Con un gruñido bajo, arrojé el vaso de whisky sobre la ventana de doble cristal,
observando cómo el líquido dorado se deslizaba por el cristal y se arrastraba hasta el
suelo, donde centelleantes fragmentos de vidrio esperaban a ser recogidos por quien
limpiara este lugar.
Esta era la persona en la que me había convertido.
Un hombre que ni siquiera sabía los nombres de las personas que trabajaban en
su apartamento.
Tan alejado de la realidad en la que crecí que a veces me preguntaba si mi
primera infancia había sido real después de todo.
Entonces recordaba que lo único que me separaba de Nicholai era el dinero.
Arya Roth iba a pagar en la moneda más querida para ella.
Su padre.
74
Página

Días después, estaba en todas partes. La presentación de la demanda de Amanda


Gispen en el Tribunal de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Sur de Nueva
York. Tan pronto como la EEOC nos notificó nuestro derecho a demandar, hice que la
demanda se entregara en mano en la oficina del secretario. Los periódicos nacionales
hicieron eco de la noticia. Los canales de noticias publicaron la historia, convirtiéndola
en el primer titular. Tuve que tomar un Uber para volver a casa y colarme en el garaje
para evitar a la prensa. Claire y yo habíamos sido emparejados para el caso. Los padres
de Claire enviaron un enorme ramo de flores a la oficina para celebrarlo, como si se
hubiera comprometido.
—Tienen muchas ganas de conocerte cuando papá nos visite desde DC. —Claire
soltó la bomba cuando la felicité por las flores—. Eso es la semana que viene. Sé que
tienes declaraciones el miércoles y el jueves…
—Lo siento, Claire. No va a suceder.
Amanda estaba bajo estricta advertencia de no hablar con nadie sobre esto. Ella
salió de la malla, mudándose a la casa de su hermana. No quería que Conrad Roth o su
tóxica hija movieran los hilos. Esa noche, por primera vez en casi veinte años, dormí
como un bebé.
75
Página
10
Christian
Pasado

Hubo un montón de ira intensa después.


Caliente, impotente, y-ahora-qué, ese tipo de ira.
Con Arya, que probablemente me tendió una trampa para que su padre nos
descubriera y que, como resultado, arruinó mi vida.
Y con Conrad Roth, el odioso y abusivo multimillonario de mierda que creía (no,
tacha eso, sabía) que podía salirse con la suya con lo que me hizo, al igual que se salía
con la suya con todo lo demás.
Y hasta cierto punto, incluso con mamá, de quien había dejado de esperar mucho,
pero que de alguna manera se las arreglaba para sorprenderme con cada traición, por
grande o pequeña que fuera.
Pero no había nada que hacer con esta ira. Era como una gran nube negra que se
cernía sobre mi cabeza. Inalcanzable, pero real. No podía vengarme de Arya: ella tenía
a Conrad. Y no podía vengarme de Conrad: él tenía a Manhattan.
Después de que Conrad diera su último golpe, logré mi apresurada y sangrienta
huida de casa de los Roth. Sangré por todo el suelo del autobús y atraje miradas
incómodas, incluso de los neoyorquinos, que estaban acostumbrados a casi todo. Volví
a tropezarme con mi edificio de apartamentos, solo para descubrir al llegar que no tenía
llave. Se había quedado con mamá en casa de los Roth, probablemente haciendo un
agujero en su bolso mientras limpiaba la sangre de su hijo de los brillantes suelos de
mármol.
76

Así que encontré una solución temporal para mi rabia.


Página

Golpeé la puerta de madera.


Una, dos, tres veces antes de que mis nudillos empezaran a sangrar.
Una y otra y otra vez, hasta que creé un agujero en la madera y fracturas en mis
huesos.
Y luego otras más, hasta que el agujero se hizo lo suficientemente grande como
para que pudiera deslizar mi mano empapada de sangre en él y desbloquear la puerta
desde dentro. Mis dedos tenían el doble de su tamaño original y estaban torcidos. Mal.
Esto es lo que pasa con las cosas rotas, pensé.
Estaban más expuestas, eran fáciles de manipular.
Me prometí arreglarme muy rápido y guardar mis sentimientos por Conrad y
Arya Roth en mis bolsillos.
Volvería a visitarlos, más tarde.

No podía quedarme en Nueva York después de eso. Eso fue lo que dijo mamá.
Por supuesto, no me lo dijo a mí. Al fin y al cabo, yo era un niño inútil. Más bien,
compartió esta información con su amiga Sveta a través de una fuerte y acalorada
llamada telefónica. Su voz chillona se extendió por el pequeño edificio, haciendo sonar
las tejas del tejado.
Solo oí fragmentos de la conversación desde el piso de abajo, donde estaba tirado
sobre el sofá cubierto de plástico de los Vans, apretando una bolsa de guisantes
congelados contra mi mandíbula.
—… lo matará… dijo que le hice una promesa, lo hice… pensando en, ¿cómo se
llama? ¿Instituto de menores?... le dije que no tocara a la chica… tal vez una escuela en
otro lugar… nunca tengas hijos, Sveta. Nunca tengas hijos.
Jacq, la hija de la señora Van, que tenía diecisiete años, me acarició el pelo. Tuve
suerte de que el Sr. Van hubiera estado allí, entregándome su Penthouse de segunda
mano, cuando mamá me echó, o no tendría dónde dormir esta noche.
—Tienes la nariz rota. —Las largas uñas de Jacq pasaron por mi cráneo,
haciendo que me recorrieran frisones en la espalda.
—Lo sé.
—Qué pena. Ahora ya no serás bonito.
Intenté sonreír pero no pude. Todo estaba demasiado hinchado. —Mierda,
77

contaba con esta máquina de hacer dinero.


Página

Se rió.
—¿Qué crees que me va a pasar ahora? —pregunté, no porque pensara que ella
lo sabría sino porque era la única persona en el mundo que me hablaba.
Jacq reflexionó: —No lo sé. Pero sinceramente, Ruslana parece una madre de
mierda. Es probable que se deshaga de ti.
—Sí. A lo mejor tienes razón.
—Deberías haber guardado tus labios para ti, enamorado. Oye, ¿alguien te ha
dicho que tienes unas pestañas bonitas?
—¿Estás coqueteando conmigo? —Arquearía una ceja, pero eso volvería a abrir
una herida.
—Tal vez.
Gemí en respuesta. Después de hoy había renunciado a las chicas de por vida.
—¿Tu madre te ha cortado alguna vez las pestañas para que crezcan más
gruesas?
Sacudí la cabeza. —Mi mamá nunca dio suficiente mierda para cambiar mi pañal,
es probable.
Esa fue mi última noche en Nueva York durante varios años.
Al día siguiente, mamá llamó a la puerta de los Vans y arrojó mis escasas
posesiones en la parte trasera de un taxi.
Ni siquiera se despidió. Solo me dijo que no me metiera en problemas.
Me enviaron a la Academia Andrew Dexter para Varones en las afueras de New
Haven, Connecticut.
Todo por un estúpido beso.
78
Página
11
Christian
Pasado

Ella iba a venir. Tenía que hacerlo.


Ya no me atrevía a soñar. No a menudo, por lo menos. Pero hoy lo hice.
Tal vez porque era Navidad, y había una parte de mí, por pequeña que fuera, que
todavía creía en las tonterías de los milagros navideños que nos proveían de pequeños.
No era un buen cristiano ni mucho menos; pero se decía que Dios tenía misericordia de
todos sus hijos, incluso de los que estaban mal.
Bueno, yo era un niño, y seguro que necesitaba un descanso. Este era el momento
de cumplir su promesa. Para demostrar que existía.
No había visto a mamá en seis meses. Los días iban y venían en una ráfaga de
deberes y equipo de natación. Para mi decimoquinto cumpleaños, me compré un
pastelito empaquetado en una gasolinera y pedí el deseo de llegar vivo a mi próximo
cumpleaños. No había recibido ni siquiera una llamada telefónica mediocre de “por
cierto, ¿estás vivo?” desde que me sacaron de Manhattan. Solo una carta arrugada hace
dos meses, manchada de lluvia y huellas dactilares y una salsa no identificada, en la que
me había escrito con su característica letra cursiva.

Nicholai,
Vamos a pasar la Navidad en mi apartamento. Alquilaré un coche y te recogeré.
Espérame en la entrada a las cuatro el 22 de diciembre. No llegues tarde o me iré sin ti.
79

—Ruslana
Página

Fue impersonal, fría; se podría encontrar más entusiasmo en un funeral, pero


aun así me alegró que se acordara de mi existencia.
Golpeando mi mocasín contra la escalera de hormigón de la entrada doble de
Andrew Dexter, miré mi reloj. Llevaba la mochila entre las piernas, con todas mis
posesiones dentro. Esperar a que el tiempo avanzara me recordaba a todas las veces
que había esperado a mamá en el cementerio fuera del edificio de Arya. Solo que ahora
no tenía una chica guapa con la que pasar el tiempo. Esa chica bonita en concreto había
resultado ser nada más que una bolsa de serpientes. Esperaba que dondequiera que
estuviera Arya Roth estos días, el karma se la follara larga y duramente, sin condón.
Una patada en la espalda me sacó de mi niebla mental. Richard Rodgers,
Imbecilito para todos los que lo conocían, me hizo el gesto de darme un golpe en la nuca
mientras bajaba las escaleras a toda velocidad hasta el Porsche negro que esperaba
frente a la entrada del internado.
—¡Mamá!
—¡Cariño! —Su madre de la alta sociedad bajó de la puerta del copiloto con los
brazos abiertos, llevando suficientes pieles reales como para cubrir a tres osos polares.
Mi compañero de clase se lanzó a su abrazo. Su padre esperaba tras el volante,
sonriendo cabizbajo, como un niño durante el servicio dominical. Era difícil creer que
Richard, cuyo reclamo a la fama era tirarse pedos del alfabeto con el sobaco, fuera digno
del amor de esta mujer tan atractiva. La madre de Imbecilito se apartó para mirarlo
mejor, sujetando su cara con sus manos cuidadas. Mi corazón se agitó y se sacudió como
un gusano atrapado. Me dolía respirar.
¿Dónde diablos estás, mamá?
—Tienes muy buen aspecto, mi amor. Te he hecho tu pastel de migas favorito —
arrulló la madre de Dickie.
Mi estómago gruñó. Tenían que largarse de aquí y dejar de bloquear la entrada.
Richard se subió al coche y se largó.
Ella vendría. Dijo que lo haría. Debía hacerlo.
Pasó otra hora. El viento arreció, el cielo pasó de gris a negro. Mamá seguía sin
estar a la vista y mi confianza, ya de por sí inestable, se desmoronaba como el pastel
rancio que el conserje introdujo en mi habitación el día después de Acción de Gracias
porque sabía que yo era el único chico que se quedaba en el recinto escolar.
Cuatro horas y dieciséis palmadas en la espalda y “hasta el próximo año” más
tarde, estaba todo negro y helado, la nieve que caía del cielo era espesa y esponjosa,
como bolas de algodón.
El frío no se notaba. Tampoco el hecho de que mis mocasines estuvieran
empapados, ni que las dos lágrimas que se me habían escapado del ojo derecho se
hubieran congelado a mitad de camino. Lo único que se percibió fue el hecho de que
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mamá me había dejado plantado en Navidad y que, como de costumbre, estaba solo.
Página

Algo suave y borroso se posó en mi cabeza. Antes de que pudiera darme la vuelta
para ver qué era, un chico que conocía del equipo de natación, Riggs, se dejó caer en la
escalera junto a mí, imitando mi patética joroba.
—¿Qué pasa, Ivanov?
—No es asunto tuyo —siseé, arrancando el sombrero de terciopelo rojo de mi
cabeza y tirándolo al suelo.
—Esa es una actitud muy altanera para alguien que pesa cincuenta kilos. —El
gallardo bastardo silbó y me miró de arriba abajo.
Me retorcí en su dirección, dándole un fuerte puñetazo en el brazo.
—Aw. Imbécil. ¿Por qué lo hiciste?
—Para que te calles la boca —gruñí—. ¿Por qué si no?
¿Qué hacía él aquí, de todos modos?
—Muere en el infierno —respondió Riggs Bates alegremente, encontrando la
situación infinitamente divertida.
—Ya lo estoy haciendo —respondí—. Estoy aquí, ¿no?
La Academia Andrew Dexter era una institución católica solo para chicos en
medio del Connecticut rural. Fue construida en 1891 por un financiero del ferrocarril.
Se suponía que iba a convertirse en el hotel de lujo número uno de la Costa Este, pero
debido a los fracasos financieros, la construcción estuvo tapiada durante unos años,
antes de que un grupo de ricos recién llegados de la Europa posterior a la Primera
Guerra Mundial invirtiera dinero en ella, metiendo en el lugar a unos cuantos
sacerdotes, profesores y su problemática descendencia. Uno de esos sacerdotes era
Andrew Dexter, y así fue como se creó el internado masculino número uno de Estados
Unidos.
No había forma de endulzarlo: la Academia Andrew Dexter era un agujero de
mierda. Para llegar al 7-Eleven más cercano, teníamos que caminar dieciséis kilómetros
en cada sentido. Estábamos aislados del mundo, y por una buena razón. En este lugar
se encontraban algunos de los adolescentes más notorios del país. El lado positivo: en
caso de apocalipsis zombi, tendríamos un poco de margen antes de que los comedores
de cerebros vinieran a por nosotros.
Era obvio que mi madre no vendría. Más aún que iba a pasar esta Navidad solo,
igual que la anterior. La última vez, la única persona que me hizo compañía fue el
jardinero, que se encargó de que no me suicidara. No lo hice. En lugar de eso, leí e
imprimí buenos ejemplos de solicitudes para la universidad. El objetivo era convertirse
en millonario. Si todos los idiotas que me rodeaban y sus padres lo eran, ¿por qué yo no
podía?
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, por cierto? —Envolví mis brazos
alrededor de mis rodillas, mirando a Riggs.
Él levantó un hombro. —No tengo familia, ¿recuerdas?
81

—En realidad, no lo recuerdo. —Arqueé una ceja—. Vigilar tu trasero no es mi


Página

pasatiempo favorito.
Apenas hablaba con Riggs, o con cualquier otra persona de la escuela. Hablar con
la gente me llevaba a encariñarme con ellos, y ninguna parte de mí quería encariñarse.
Los humanos eran escamosos.
—Sí. Mi abuelo, que me crio, dejó el hábito del oxígeno la pasada Navidad.
—Mierda. —Moví los dedos de los pies dentro de los mocasines para intentar
deshacerme del entumecimiento. Estaba empezando a sentir el frío—. Bueno, seguro
que puedes comprar un abuelo nuevo o algo así —ofrecí. Se decía que Riggs estaba
nadando en plata.
—No. —Riggs parecía tranquilo con mi indagación, aunque merecía que me
dieran una paliza por ello—. El original era insustituible.
—Eso apesta.
Riggs resopló sobre la condensación que salía de su boca por el frío, intentando
hacer anillos de humo. —La Navidad es la peor fiesta del mundo. Deberíamos
desfinanciarla. Si alguna vez abriera una organización benéfica, se llamaría Matar a
Santa Claus.
—No esperes donaciones gordas.
—Te sorprenderías, Ivanov. Puedo ser bastante persuasivo, y a la gente rica le
gusta tirar su dinero en cosas tontas. El abuelo tenía un inodoro hecho de oro macizo.
Solía tomar dados reales —dijo, con una mirada lejana. Nostálgico.
—¿Así que no vas a casa durante las vacaciones? —pregunté, soltando
lentamente la esperanza de que mamá viniera y digiriendo lo que Riggs había dicho—.
Espera un momento. No estuviste aquí durante las vacaciones de Acción de Gracias.
Riggs se rió. —Sí estuve. Arsène y yo fuimos a acampar al bosque cuando nadie
miraba. Hicimos una hoguera y s'mores y, bueno, provocamos un pequeño incendio,
casi accidental.
—¿Fueron ustedes? —Mis ojos se salieron de sus órbitas. Hubo todo un día de
prevención y seguridad después de eso, y todos fuimos castigados colectivamente por
un fin de semana.
Riggs sonrió con orgullo, hinchando el pecho. —Un caballero no se quema y lo
cuenta.
—Acabas de hacerlo.
—Sí. Nosotros iniciamos el fuego. Pero los bizcochos valieron la pena, amigo.
Esponjosos y dulces. —Le dio un beso a sus dedos.
—¿Y dónde está Arsène ahora? —Miré a mi alrededor, como si fuera a
materializarse desde detrás de los pinos. No conocía realmente a Arsène Corbin, pero
sabía que era muy inteligente y que su familia era dueña de un montón de barrios
lujosos en Manhattan.
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—Arriba, haciendo macarrones con queso con trozos de tocino y algo de ramen
en la cocina. Me mandó a buscar esto. —Riggs metió la mano en el hueco entre su
Página

chaqueta con cremallera y el cuello, sacando una petaca—. Del despacho del director
Plath. Luego vi tu lamentable trasero en la escalera y pensé en hacerte saber que
estamos aquí.
—¿Arsène tampoco tiene familia? —Un nudo de esperanza se instaló en mi
garganta. Se sentía bien, sabiendo que no era el único. Y mal, también, porque
aparentemente los adultos eran solo basura.
—Oh, tiene familia. Solo que los odia. Tiene algún problema importante con su
hermanastra o algo así.
—Genial.
—No para él.
—Siempre puede ignorarla y quedarse en su habitación.
—Eh, no creo que sea tan simple. —Riggs inclinó la petaca en mi dirección,
ofreciéndome un sorbo. Mis ojos viajaron del recipiente de plata a su cara.
—Plath nos va a matar —dije con ironía. Sabía que Conrad Roth había invertido
mucho dinero en este instituto para asegurarse de que nunca me echaran de la mansión
embrujada de ladrillos rojos. Aquí era donde se enviaba a todos los chicos que pegaban
a sus profesores, se jugaban los bienes de sus familias o se metían en las drogas. Ahora
todos éramos el problema del director Plath, no el de la gente que nos metió aquí.
—No si nos matamos primero. Lo cual, para que conste, creo que lo haremos,
entre la cocina de Arsène, la cantidad de alcohol que conseguí y los incendios que
provocamos. ¿Vienes o qué? —Riggs se levantó, con su pelo dorado cayendo sobre sus
ojos.
Era la primera vez que veía a Riggs Bates como el impresionante ser humano que
se veía a sí mismo y no como un idiota rico que se creía mejor que los demás.
Lancé otra mirada vacilante a la carretera vacía.
—No lo hagas, Ivanov. La gente está sobrevalorada. Los padres, especialmente.
—Ella dijo que vendría.
—Y yo dije que no había comido la lasaña casera de Imbecilito la semana pasada.
Sin embargo, ahí estaba yo, cagando láminas de pasta y berenjenas en el baño común
dos horas después.
Me palmeé las rodillas y me impulsé, siguiendo el ejemplo de Riggs.
—Vamos. —Me dio una palmada en la espalda—. Hay algo liberador en darse
cuenta de que no los necesitas. La gente que te hizo.
Tal vez la nieve había hecho que se quedara atascada en algún lugar sin
cobertura.
Tal vez el tráfico pre festivo la hizo llegar tarde.
83

Tal vez estuvo involucrada en un horrible accidente de coche.


Página

Sea lo que sea, una cosa es segura.


No vino.
Los macarrones con queso de Arsène eran atroces. Grumosos y cocinados de
forma desigual, con bolas de polvo de naranja por todas partes. Su ramen te hacía
desear que estuvieras bebiendo lejía en su lugar, y yo ni siquiera sabía que era posible
fastidiar el ramen. Sin embargo, aquí estábamos, comiendo ramen instantáneo rancio
nadando en lo que se parecía sospechosamente a la orina de los vasos de espuma de
poliestireno. Riggs mezcló lo que había en el frasco con Tropicana, lo que le dio el sabor
diluido pero agudo del jabón para platos. Esto tenía que ser el punto más bajo de mi
vida. Si Dios existía, iba a demandarlo.
Los tres estábamos sentados en la cama de Arsène. Era una litera. Nos sentamos
en la parte inferior, utilizando el colchón de arriba de su compañero Simon para apoyar
las piernas.
—Me encanta lo que has hecho con el lugar. —Riggs señaló con sus palillos de
madera la habitación. Arsène tenía toda una pared en la que hizo mil grafitis con una
caligrafía pulcra, negra y atrevida:
Odio a Gracelynn Langston. Odio a Gracelynn Langston. Odio a Gracelynn
Langston. Odio a Gracelynn Langston. Odio a Gracelynn Langston. Odio a Gracelynn
Langston.
—¿Quién es Gracelynn Langston? —Me tragué un trozo de macarrones con
queso sin probarlo.
—La hermanastra malvada de Arsène —proporcionó Riggs, sorbiendo un fideo
en su boca. Yo seguía intentando manejar los palillos. Los niños ricos sabían hacer un
montón de cosas y yo no. Usar los palillos era una de ellas.
Arsène me dirigió una mirada mortal, sus ojos marrones me recorrieron de pies
a cabeza. Me di cuenta de que no le caía bien. Riggs era un tipo que se dejaba llevar, pero
Arsène no parecía muy dispuesto a ampliar su círculo social, que por el momento solo
incluía a Riggs.
—¿Estás seguro de esto, amigo? —le preguntó Arsène a Riggs—. No sabemos
nada de él.
—Eso no es cierto. Sabemos que es pobre y que es un buen nadador. —Riggs se
rió, pero de alguna manera, no podía sentirme ofendido por nada de lo que este tipo
decía. No había malicia en él, algo que no podía decir de Arsène.
—¿Y si cuenta lo de la petaca? —Arsène se dirigió directamente a Riggs,
ignorando mi existencia.
84

—Míralo. ¿Parece que puede hacer daño a alguien? No confiaría en él ni para


Página

matar una cucaracha. No dirá nada de la petaca. —Riggs le hizo un gesto para que dejara
el tema—. Entonces, Arsène. ¿Qué opinas de Gracelynn Langston? Y, por favor, no te
reprimas. —Riggs se rió en su vaso de espuma de poliestireno con agua de alcantarilla.
—La mataría si valiera la pena gastar una bala en ella —dijo Arsène, con los ojos
fijos en su comida—. Ella es la razón por la que estoy pasando la Navidad con ustedes,
idiotas.
—Otra vez no. —Riggs bostezó—. O confiesas lo que pasó con la chica, o dejas de
lloriquear por ella.
—Tú fuiste el que preguntó. —Arsène pateó a Riggs en las espinillas—. Oye, ¿este
tipo puede hablar o qué?
—Puedo hablar —dije, revolviendo los fideos en mi taza. Pero no quería hacerlo.
No había mucho que decir, en realidad.
—Voy a rectificar: ¿puedes decir algo interesante? —Arsène me clavó una
mirada.
—No seas tan duro con él. Su madre lo dejó plantado —explicó Riggs.
—Qué pena. —Arsène se chupó los dientes—. Entonces, ¿cuál es tu historia,
gloria de la mañana?
—¿Qué quieres decir? —Fruncí el ceño.
—¿Cómo terminaste en esta prisión para adolescentes? Nadie viene aquí por
voluntad propia.
Me obligué a levantar la vista de mi comida y me encontré con su mirada. —Me
sorprendieron tocando a la hija de un multimillonario. Este es mi castigo. No he visto a
mi madre en más de un año. No sé si volveré a hacerlo.
Solo cuando dije estas palabras me di cuenta de que realmente no sabía si la
volvería a ver. Arsène se acarició la barbilla, considerando esto. Parecía que podía
asesinar a alguien de verdad. Mientras que Riggs tenía ese aspecto desaliñado y lindo
que les gustaba a las chicas.
—¿De quién fue la culpa? —preguntó Arsène—. La parte de ser atrapado. —Dejó
su vaso de poliestireno en el suelo, tomó el mío e hizo lo mismo. Abrió el cajón de su
mesita de noche y sacó unas patatas fritas en vinagre y unas palomitas. Abrió las dos
bolsas y yo solté un suspiro de alivio.
—¿Importa? —pregunté.
—¿Importa la vida? —Arsène se quedó pensativo—. Por supuesto que importa.
La venganza hace que una persona siga adelante. Si hay alguien a quien culpar, hay
venganza.
Lo pensé.
85

—Fue su culpa, entonces. —Me serví un puñado de patatas—. Cuanto más lo


pienso, más me parece un montaje. Su padre entró un segundo después de que yo
Página

pusiera mis labios en los suyos.


—Definitivamente una trampa. —Riggs asintió, masticando ruidosamente sus
patatas fritas, con las piernas cruzadas—. Por lo menos, ¿era sexy?
—Um. —Me froté la barbilla, deseando que Arya se materializara en mi
imaginación. No necesité más que pensar en su nombre para tener una visión clara de
ella. Sus ojos de pantano y su boca llena—. Sí, supongo.
—Tu suposición no es lo suficientemente buena. Muéstranos —exigió Riggs.
—¿Cómo?
—Ella debe tener redes sociales.
—Apuesto a que sí, pero no tengo un ordenador —dije. Era una verdad a medias.
Tenía un ordenador, pero medio viejo. Uno en el que apenas podía usar Word. Incluso
eso era porque la Academia Andrew Dexter exigía que tuviéramos ordenadores.
Arsène sacó un flamante portátil de su mochila de cuero y me lo entregó. —
Toma. Usa mi MyFriends. Solo tienes que teclear su nombre.
—¿Tienes un MyFriends? —Lo miré con escepticismo. Todo lo que sabía de
Arsène Corbin era que era un genio malvado que apenas asistía a clases y, de alguna
manera, terminaba aprobando cada año con honores. Mientras Riggs se dedicaba a
intentar matarse trepando a los árboles, saltando entre los tejados y metiéndose en
peleas, Arsène era más del tipo de construir bombas de bricolaje y venderlas por
internet. Ahora que lo pienso, eran un par extraño. Probablemente estaban tan unidos
solo porque la soledad les obligaba a estar juntos.
—Con fines de investigación.
—Quieres decir acoso.
Arsène me dio una patada en el costado con su pie calcetado. —Te toleraba
mejor cuando mantenías la boca cerrada.
Escribí el nombre de Arya en la barra de búsqueda, sintiendo que las yemas de
los dedos se me ponían húmedas. Ni siquiera sabía por qué. Pensaba a menudo en Arya,
sobre todo en cosas malas, pero no era que me gustara o algo así.
La cara sonriente de Arya apareció en el feed, y pulsé sobre ella.
—No puedo creer que su cuenta no sea privada. —La cabeza de Arsène casi
chocó con la mía cuando se asomó a la pantalla—. Sus padres deben ser tontos como
piedras.
—Su madre está un poco ausente. Siempre está de compras. Creo que odiaba a
Arya por no morir en lugar de su hermano gemelo. Y su padre no tiene ni idea de esta
mierda. —Empecé a ver sus fotos.
Como sospechaba, Arya se lo estaba pasando en grande mientras yo no estaba.
Solo en los últimos dos meses, había publicado fotos de ella asistiendo al baile de
86

invierno de su escuela, patinando sobre hielo en Rockefeller, teniendo una noche de


chicas con una amiga llamada Jillian, y lamiendo helado en las Bahamas. Pero la imagen
Página

en la que mis ojos se quedaron clavados fue la última, publicada hace sólo cuatro horas.
La ubicación era Aspen, Colorado. Arya estaba de pie en una montaña de nieve, con todo
el equipo de snowboard, sonriendo a la cámara, junto a su padre. La rabia que se me
revolvía en el estómago no se debía a la visión de esos dos imbéciles divirtiéndose como
nunca mientras yo estaba atrapado en un orfanato para niños con problemas. Ya estaba
acostumbrado a que me jodieran. Fue la persona detrás de ellos la que hizo que mi pulso
se disparara. La mujer que estaba detrás de ellos. Sujetaba sus bastones de esquí, con
aspecto de estar a punto de caerse, atendiendo a todas sus necesidades, como siempre.
Mamá.
—¿Nicholai? —Riggs agitó una mano frente a mi cara—. ¿Cómo va esa crisis
mental?
—Es ella. —Me refería a mamá, pero ambos parpadearon ante la foto de Arya,
con su atención puesta plenamente en la más joven.
—No me digas que es ella. Tenemos ojos. Está un poco buena, pero no tanto como
para que te metan en Andrew Dexter. —Riggs se restregó la barba incipiente con el
dorso de la mano.
—Más caliente que Gracelynn —escupió Arsène, como si su hermanastra
estuviera aquí mismo con nosotros y pudiera ofenderse. Entendí por qué estaba
enfadado. Todos esos cabrones vivían su mejor vida, mientras nosotros tres nos
quedábamos atrás, olvidados.
—No. Me refiero a mi madre. Se fue con los Roths a sus vacaciones en Aspen y ni
siquiera me dijo que cambió sus planes. Ahí está. —Le hice zoom.
Era una cosa estúpida por la que enfadarse, teniendo en cuenta todo, y aun así…
¿qué diablos? ¿No podía llamar? ¿Mandar un mensaje de texto? ¿Escribir otra estúpida
carta? No estaba atrapada en la nieve o en el tráfico o sufriendo un horrible accidente.
Estaba allí mismo, en carne y hueso, eligiendo a esa gente antes que a mí, una y otra vez.
Me volvía loco. Lo poco que le importaba a esta mujer.
Me preguntaba si alguna vez había tenido una oportunidad en primer lugar. Si
tal vez había renunciado a mí porque siempre le recordaba a mi padre ausente. O si yo
mismo lo estropeé todo.
Arsène me dio una palmada en la espalda. Era la primera vez que me tocaba. Que
alguien me había tocado, en realidad, desde que Conrad me golpeó hasta el cansancio.
—Parece que es una basura. No la necesitas. No necesitas a nadie.
—Todo el mundo necesita a alguien —señaló Riggs—. O eso leo en los libros de
autoayuda que robo de la biblioteca.
—¿Por qué los robas? —pregunté.
Riggs echó la cabeza hacia atrás y se rió. —¿Qué otra cosa voy a utilizar para
enrollar mis porros de bricolaje?
87

—Necesito gente —me oí decir—. No puedo pasar por esto solo.


Página

Esta escuela. Esta vida. Esta amargura que me cortaba la piel cada vez que
pensaba en Conrad y Arya.
—Bien. Entonces seremos el uno para el otro. —Arsène se animó, dejando caer
al colchón la bolsa de papas que sostenía—. Que se jodan. Que se jodan nuestras
familias. Nuestros padres. La gente que nos perjudicó. Que se jodan las cenas de
Navidad y los pinos decorados y las velas perfumadas y los regalos bien envueltos. A
partir de ahora seremos la familia del otro. Los tres. Cada Navidad. Cada Pascua. Cada
Acción de Gracias. Estaremos juntos y ganaremos, joder.
Riggs golpeó con el puño a Arsène. Arsène levantó su puño y me lo ofreció. Lo
miré fijamente, sintiendo que estaba en la cúspide de algo grande. Monumental. Tanto
Arsène como Riggs me miraban expectantes. Pensé en lo que Arya dijo hace años, en el
cementerio de Mount Hebron, sobre que el dinero no lo era todo en el mundo. Tal vez
tenía razón después de todo. Estos chicos eran ricos, y no parecían más felices que yo.
Levanté el brazo y mi puño tocó el de Arsène.
—Buen chico. —Riggs se rió—. Te dije que Nicholai era uno de los nuestros.
Y desde ese momento, lo fui.
88
Página
12
Christian
Presente

—Arya Roth debe ser buena en la cama, porque seguro que sabe cómo fastidiar
una narrativa. —Claire hizo rebotar un periódico en la mesa de mi despacho el lunes
por la mañana.
Estaba metido hasta el cuello en la revisión de los documentos que Amanda
Gispen me había enviado durante el fin de semana. La fase de descubrimiento era
crucial para un caso de peso. Sabía que los abogados de Conrad iban a presentar una
moción in limine para mantener la carta de determinación de la EEOC fuera del caso. El
fin de semana había estado tan metido en el material que Claire y yo revisamos las
pruebas en lugar de participar en una fiesta de juerga como teníamos planeado. Lo
único que me apetecía joder era a la familia Roth, y con fuerza.
Miré el titular del periódico, frunciendo el ceño, mientras Claire aparcaba una
cadera contra mi escritorio, rondando por encima de mí. En la foto que tenía delante, se
veía a Conrad Roth abrazando a unos niños en un hospital. Al parecer, les había regalado
a cada uno de ellos una flamante consola de juegos, de la variedad que la mayoría de los
mortales no podría conseguir.
[…] Roth ha donado 1.500 consolas GameDrop al Hospital Infantil Don
Hawkins, junto con una generosa donación de 2 millones de dólares…
—Esto es una mierda. —Enrollé el periódico y lo tiré de golpe a la basura que
tenía al lado. Claire sacó su teléfono y pasó el dedo por la pantalla.
—Hoy hay tres artículos más positivos sobre Conrad Roth en varios sitios de
89

noticias. El hashtag #NoRothDoing es tendencia en Twitter. Los excompañeros de


trabajo están hablando de lo agradable y profesional que es. Mujeres de poder. Arya
Página

Roth está trabajando extra en la imagen de papá.


Solo el nombre de Arya me hizo brotar una urticaria. La mujer no solo consiguió
meterse en mi piel; se abrió paso hasta mis entrañas y encendió una hoguera allí.
—#NoRothDoing es el hashtag más estúpido que he escuchado, y por desgracia,
he escuchado muchos.
—Resulta que estoy de acuerdo, pero está funcionando. —Claire suspiró—. ¿Qué
vamos a hacer?
—Nada. —Me encogí de hombros—. Hablaré en la sala del tribunal, frente a un
jurado que realmente haga la diferencia. Los trolls de Internet no son mi público
objetivo.
—¿Deberíamos ser más tácticos con esto? ¿Tal vez asustarla un poco? —Claire
apoyó su trasero en el borde de mi escritorio, cruzando los brazos. Hice retroceder mi
silla ejecutiva, poniendo algo de espacio entre nosotros. Claire era una joven de
veintisiete años guapa, ambiciosa y acomodada. Pero estaba empezando a convertirse
en un obstáculo, queriendo cosas como fines de semana fuera y que yo conociera a sus
padres. Cuando empezamos a acostarnos, le expuse las reglas, explicándole que estaba
tan metido en la zona de playboy que no podía encontrar la manera de salir de ella para
tener una relación sana ni con un mapa, ni con una linterna, ni con un GPS. Ella dijo que
lo entendía, y tal vez lo hizo alguna vez, pero las cosas se estaban complicando, lo que
significaba que yo estaba a días de romper las cosas.
—¿Quieres que empiece a hablar con periodistas de clase B? Porque prejuzgar
al acusado es una táctica de tercer grado.
—Estoy diciendo que Arya Roth está socavando nuestro caso.
—No. Está sudando, y huele. No estoy preocupada por ella.
Pero Claire no se equivocaba del todo. Mientras hojeaba uno de los artículos en
su teléfono, me di cuenta de que debería haber tenido en cuenta que Arya seguía siendo
astuta, ingeniosa y, lo más enloquecedor de todo, talentosa en lo que hacía. Cuando se
conoció la noticia del caso de acoso sexual de Conrad Roth, Arya ya había encontrado
cien formas diferentes de darle la vuelta. También utilizó todos los trucos sucios.
Amanda Gispen se acababa de divorciar. Se decía que su exmarido la engañaba. Arya
retrató a Amanda como una odiadora de hombres. Amargada por su divorcio, su
exmarido y el sexo opuesto en general. Recientemente, Amanda se retrasó en el pago
de su hipoteca, evidentemente debido al divorcio. Ahora los tabloides especulaban con
que iba a por su ex empleador para intentar ganar dinero rápido. Lo cual no podía estar
más lejos de la realidad, ya que Conrad le había ofrecido más que suficiente para cubrir
setecientas hipotecas para no llevar el caso a los tribunales.
Arya era minuciosa y persistente, y trabajaba las veinticuatro horas del día.
Por desgracia para ella, yo también lo hacía.
—Claire tiene razón. —El tenor grave de Traurig llegó desde la puerta. Claire se
90

levantó rápidamente, alisando su falda lápiz. Traurig se apartó del marco de mi puerta,
Página

fingiendo que no la veía canalizar su Sharon Stone interior de “Bajos Instintos”—. La


señorita Roth puede suponer un problema. Deberías vigilarla. La cobertura mediática
lo es todo. Deberías saber eso, chaval. Ganaste ese caso en la oficina del fiscal porque
fuiste el favorito de los tabloides.
Se me desencajó la mandíbula. No solo Arya socavaba mi caso, sino que Traurig
estaba minando mi prestigio al llamarme chaval. No sometería a Claire al mismo apodo,
no. Eso sería visto como sexista. Pero yo era otro macho alfa al que quería poner en su
lugar.
—Está bajo control.
—Todo lo que digo es que no puedes permitirte perder este caso. Hay mucho en
juego. —Traurig asumió el papel de Capitán Obvio. Se refería a mi oportunidad de
hacerme socio.
—La línea es mía para conquistar. Siéntate y disfruta de un cóctel.
—Eso es lo que me gusta oír, chaval.
—Y déjate ya eso de chaval.
Se rió, dando un codazo a Claire al salir. —Tocona. Encárgate de eso, ¿quieres?
Traurig salió de mi despacho. Claire se quedó atrás, jugando con los mechones
de su sedoso cabello.
Arqueé una ceja sardónica. —¿Algo más?
—Mira. —Claire se aclaró la garganta—. Esto puede estar fuera de lugar…
Por experiencia, las frases que empezaban así siempre precedían a algo fuera de
lugar. Mi paciencia ya era escasa, como la crème brûlée.
—Pero no pude evitar percibir una extraña sensación entre tú y Arya Roth.
Obviamente, conociéndote, soy consciente de que nunca pondrías en peligro un caso ni
lo aceptarías si hay alguna…
Se interrumpió, esperando que yo ofreciera alguna información. Le lancé una
mirada letal, retándola a terminar la frase. Se retorció. —Un asunto curioso. Me
preguntaba si querías que asumiera más responsabilidad en el caso de ella. Si te hace
sentir incómodo de alguna manera, tal vez yo podría contactarla directamente para que
no tengas que lidiar con ella en persona, o…
—Eso no será necesario.
—Oh. —Vaciló—. ¿Puedo preguntar por qué no?
Porque estoy rabioso de venganza y quiero estar en primera fila cuando Arya
reciba por fin su merecido.
—Porque puedo manejar a una jovencita graduada de la universidad
comunitaria que tiene algunos contactos en algunos periódicos locales muy bien.
La forma en que logré reducir a Arya a nada más que una muñeca Bratz
91

glorificada me sorprendió incluso a mí. Aunque dudaba de que tuviera razón en la


Página

mayoría de esas cosas. Su problema nunca había sido la falta de puntos de inteligencia,
sino la falta de alma.
—Entendido. —Claire asintió con dignidad—. Sabes, pareces diferente esta
mañana. Más... vivo.
Tragué saliva pero no respondí. ¿Qué podía decir? ¿Que volver a ver a Arya me
provocaba una erección infernal?
Claire se dirigió a la puerta, se detuvo en el umbral y golpeó el marco de esta. —
Avísame si necesitas algo, Christian.
¿Qué tal Arya, extendida como un águila sobre mi escritorio, jadeando mi nombre
-el viejo y el nuevo- y pidiéndome clemencia?
Bueno, ahora. Realmente necesitaba romper con Claire si había empezado a
responderle de esa manera. Aunque solo fuera en mi cabeza.
—Absolutamente.
En el momento en que Claire salió de mi despacho, volví a tomar el periódico de
la basura y empecé a resaltar los posibles agujeros en la narrativa cuidadosamente
construida de Arya.
Estaba a punto de descubrir que no tomé ningún prisionero cuando fui a la
guerra.

—Esto es lo peor que me ha pasado, y acabo de volver de una zona de guerra. —


Riggs tomó un trago de su cerveza, sus ojos encapuchados escudriñaron la habitación
como un halcón.
—Es una noche de trivia, no la peste. —Arsène devolvió su cerveza. Estábamos
en el Brewtherhood. Apoyé los codos en la barra, observando a los grupos de personas
que se apiñaban alrededor de las mesas, preparándose para el evento principal. Un
taburete estaba colocado en el pequeño podio normalmente reservado para las
universitarias que bailaban semidesnudas. El anfitrión de la noche de trivia era una
estrella de reality de Nueva Jersey que, al parecer, era semi famoso por haber tenido
sexo con una de sus compañeras del concurso en una piscina pública. Esta era la razón
por la que había renunciado a la televisión y a la gente que sale en ella. La línea que
separa la cultura de un saco de mierda humeante se difumina cuando se trata del
entretenimiento del siglo XXI.
—Los bares se inventaron para emborracharse y echar un polvo, no para
educarse. —Riggs inclinó su cerveza vacía en dirección a Elise, indicándole que nos
trajera otra ronda—. Necesito unas vacaciones.
92

—Vives de vacaciones —enmendé—. Cálmate un momento.


Página

—Nunca —apalabró Riggs. Le creí. El nómada se volvió hacia mí, frunciendo el


ceño—. Hablando de destinos vacacionales, ¿qué le parece a Alice su nuevo condominio
en Florida?
Alice era la mujer más importante de mi vida. De todas nuestras vidas, para ser
sinceros. Pero yo me consideraba el chico “bueno”. El que le importaba una mierda y
enviaba flores para los cumpleaños y tarjetas de Navidad cada vez que no podía ir.
—Está loca por eso. Entre todas las excursiones de mayores y las clases de tai
chi, está zen de cojones —confirmé—. Hablé con ella hace un par de días.
—Deberíamos visitarla —dijo Riggs.
—Si alguien es capaz de sacarme de Nueva York, es ella —coincidió Arsène.
—Hablaré de fechas con ella. —Asentí secamente, aunque sabía que de ninguna
manera me iba a ir antes de ganar el caso de Conrad Roth.
—Oye, deberíamos hacer esa cagada de la trivia. —Arsène le dio la espalda a una
mujer que se le acercaba cautelosamente sobre unos tacones. Dios no permita que tenga
una conversación con alguien que no esté en el Programa de Becas MacArthur—. Tengo
la cabeza llena de datos inútiles y me gusta ganar.
—¿Incluso si lo que ganas son unas vacaciones de dos noches en un hotel de tres
estrellas en Tacoma? —Tomé un trago de mi whisky—. Porque esa es la mierda que vas
a ganar aquí.
—Especialmente. —Arsène aceptó su cerveza fresca de Elise, deslizando una
propina sin hacer contacto visual. El hombre odiaba a las mujeres con tal pasión que
sospechaba que sería una de esas personas que mueren solas y dejan todos sus millones
al perro del vecino o a alguien al azar en el otro lado del mundo—. Me ayuda a ver cómo
vive la otra mitad.
—Te importa una mierda cómo vive la otra mitad.
Arsène chocó su botella de cerveza con la mía. —Esa otra mitad no necesita
saberlo.
—Retiro todo lo que dije sobre la noche de trivia. Aparentemente, tiene sus
virtudes. —La mirada de Riggs se dirigió a la entrada. Seguí su línea de visión,
mordiéndome la lengua hasta que el sabor metálico de la sangre se extendió en mi boca.
Tiene que ser una broma. ¿Cuáles son las malditas probabilidades?
Habían pasado tres semanas desde que me reuní con Arya en mi oficina. Tres
semanas enteras en las que me había reagrupado, me recompuse y logré olvidarme de
su molesta boca y su delicioso cuerpo. Ahora estaba aquí, bailando un vals en mi campo,
llevando un pequeño vestido negro con una gargantilla de perlas y tacones rojos de
Balenciaga. Había tres mujeres más con ella, todas con cintas tipo concurso de belleza
93

que decían The Sherlock Holmesgirls4. Por lo visto, no solo era fría y mala, sino también
patética.
Página

—Levanta la mandíbula del suelo, amigo, antes de que alguien la pise. —Riggs
me dio una palmada en el hombro en mi periferia, riéndose—. Muy bien, veo que estás

4 Las chicas de Sherlock Holmes.


mirando a la pequeña Audrey Hepburn por allí. Por suerte para ti, no soy exigente. Me
quedo con la rubia.
—¿Qué tal si te vas de paseo? —Aparté su toque—. Me largo de aquí.
—¿Un largo día en la oficina? —Riggs mostró una sonrisa llena de hoyuelos y
rastrojos. No era de extrañar que derritiera bragas y corazones con solo existir—.
Déjame adivinar, ¿avena y un libro de Dan Brown para cenar?
En cuanto a la madurez, mi mejor amigo no era mayor que el cartón de leche de
mi nevera, y no era ni la mitad de sofisticado.
—Esa mujer es la hija de un acusado en un caso en el que estoy trabajando, idiota.
—¿Y eso qué? —Arsène frunció las cejas—. Es una noche de trivia, no una orgía
pública.
—Como si Riggs no pudiera convertirla en una. —Me puse el chaquetón. Lo
último que necesitaba era mirar a Arya Roth. El control de los impulsos era mi forma de
arte favorita. Siempre controlaba mis necesidades. No la había buscado en Google ni la
había investigado desde que tenía quince años. Ignoraba completamente su existencia
desde el primer año. Para mí, era como si estuviera muerta. Verla bonita, feliz y viva no
estaba en mi agenda. No si podía evitarlo—. No te metas en líos, y asegúrate de que este
tipo se ponga una goma. —Le di una palmada en la espalda a Arsène, a punto de salir.
—Gracias, papá. Ah, y por cierto. —Riggs me bloqueó el paso con su cuerpo. Miró
algo a mis espaldas—. Audrey Hepburn viene hacia nosotros, y a diferencia de ti, parece
muy contenta de verte.
—Por supuesto. —Los ojos de Arsène parpadearon detrás de mí con curiosidad,
y una sonrisa se extendió por su rostro—. Arya Roth.
Me llené el bolsillo con la cartera y el teléfono, mi mandíbula se endureció.
—Es una bomba. —Riggs silbó.
—Seguro que detonó mi vida —dije—. Me voy de aquí.
Me di la vuelta, chocando con alguien pequeño. Ese alguien, por supuesto, era
Arya. Casi la hice caer de culo. Retrocedió unos pasos y una de sus amigas,
presumiblemente la que Riggs quería convertir en la última muesca de su cinturón, la
atrapó.
—Qué casualidad chocar contigo. Literalmente. —Arya se recuperó, con su
afilada sonrisa intacta. ¿Me estaba siguiendo? Porque eso era ilegal, además de poco
ético. La miré con abierto desdén.
Controla tus impulsos. Eres Christian, no el pequeño Nicky. No puede hacerte daño.
94

—Señorita Roth.
Página

—¿Ya te vas?
—Veo que no se te escapa nada —dije con rotundidad.
—Aparentemente, tú te me escapas. ¿No es la trivia su fuerte, Sr. Miller?
Sonriendo, incliné la cabeza para susurrarle al oído: —Todo es mi fuerte,
señorita Roth. Haría bien en recordarlo.
Al enderezarme, noté que había un destello de algo en su rostro.
¿Reconocimiento? ¿Confusión? ¿Se acordaba de mí? Fuera lo que fuera, se desvaneció y
fue reemplazado por una sonrisa helada.
—En realidad, tu gestión de los medios de comunicación podría necesitar
algunos ajustes. Resulta que estoy aquí con mi socia, Jillian, y nuestro equipo de
ensueño, Hailey y Whitley. Llámanos cuando termine nuestro caso. Te daremos algunos
consejos. —Arya sacó una tarjeta de presentación negra con letras cursivas en oro rosa
y me la puso en la mano. Capté las palabras Brand Brigade. Vaya, vaya. Tenía su propia
empresa. Pero también tenía un padre que le compraría una nave espacial si quería
jugar a los astronautas.
—Gracias, señorita Roth, pero prefiero que me aconseje la persona de la calle en
la esquina de Broadway y Canal, que grita por un megáfono que los extraterrestres lo
secuestraron y ahora es inmortal. —Lancé su tarjeta directamente a la papelera que
había detrás de la barra.
—Buena idea, Sr. Miller. Todavía él entiende más que usted de gestión de
medios.
Su sonrisa no vaciló, pero pude ver por el brillo de sus ojos que no estaba
acostumbrada a que los hombres la miraran como si fuera menos que oro macizo.
—Sigues aquí —suspiré, cuando no hizo ningún movimiento para dejar de
bloquear mi camino—. Por favor, aclárame por qué.
—¿Viste que asignaron al juez López a la demanda? —Las pestañas de Arya se
agitaron.
—No voy a discutir el caso contigo.
La esquivé. En el último momento, deslizó su mano para tocar mi bíceps. El toque
disparó una flecha de calor directamente a mi ingle. Mi cuerpo siempre tenía una forma
de traicionarme cuando se trataba de ella.
—Quédate —me exigió, justo cuando el desertor de reality shows anunció por el
micrófono que todos los grupos debían registrarse y tomar asiento antes de que
comenzara el juego—. Vamos a ver lo que vales.
Metí los puños en los bolsillos delanteros. —Valga lo que valga, no te lo puedes
permitir.
—Bien. Muéstrame lo que me falta.
95

—Dudo que seas elegante en la derrota.


—Soy una persona bastante honorable —argumentó.
Página

Resoplé. —Cariño, tú y la palabra honor ni siquiera deberían estar en el mismo


código postal, y mucho menos en la misma frase.
Arya se dio la vuelta y se alejó, con sus secuaces tambaleándose detrás sobre
tacones de aguja.
—Riggs, apúntanos, nos quedamos —ladré. Mis ojos seguían en Arya. Riggs se
dirigió hacia el escenario. Estaba seguro de que cualquier nombre que eligiera para
nuestro equipo era ofensivo y, al menos, un poco denigrante sexualmente para las
mujeres.
El idiota de los reality shows, que se identificó como Dr. Italian Stud
(credenciales no confirmadas), anunció que había ocho equipos, incluido el Equipo
ETS5, como Riggs nos había apodado.
Deja que Riggs me asocie con el herpes genital delante de alguien a quien se
suponía que iba a ver en el tribunal la semana que viene.
—Te llamaría idiota, pero entonces los idiotas de todo el mundo se ofenderían.
—Me dirigí a Riggs, resistiendo el impulso de golpear su cabeza contra la mesa colonial.
Intenté no mirar a Arya, pero era difícil. Estaba justo ahí. Hermosa, brillante y
destructiva. Como un botón rojo humano.
Cuando terminaron las primeras rondas, solo quedaban cuatro equipos. Estaba
el equipo Quizzitch, un grupo de hermanos técnicos con gafas de lectura redondas y
cortes de pelo a la moda; Girl Squad, un grupo de chicas universitarias; las Sherlock
Holmesgirls (ese era el equipo de Arya) y Arsène, Riggs y yo.
Las preguntas de calentamiento para la segunda ronda requerían el coeficiente
intelectual de un tifón de cerveza. Desde nombrar la capital de Estados Unidos hasta
cuántos puntos tenía tradicionalmente un copo de nieve. A pesar de que las preguntas
apenas requerían dos neuronas funcionales, echaron a Girl Squad por no saber en qué
país tenía lugar La novicia rebelde, confundiendo Austria con Australia.
—Me recuerda a aquella vez que le dijiste a una chica que eras licenciado en
astronomía y ella te dijo que era Tauro y te preguntó si era verdad que eran
perfeccionistas —le espetó Riggs a Arsène, riéndose.
A regañadientes, y solo para mí, tuve que admitir que las Sherlock Holmesgirls
eran buenas. Arya y Jillian especialmente. Por desgracia para ellas, entre Arsène y yo no
tenían ninguna posibilidad. Durante las vacaciones, cuando Arya estaba trabajando en
su bronceado en Maui o esquiando en Saint Moritz, Arsène nos arrastraba a Riggs y a
mí a la biblioteca de la academia, y leíamos enciclopedias enteras para quemar tiempo.
Cuarenta minutos después de que empezara la velada, el equipo Quizzitch se
deshizo por equivocarse en el mes en que los rusos celebraron la Revolución de Octubre
96

(la respuesta era noviembre), lo que nos dejó a nosotros y a las Sherlock Holmesgirls
enfrentados.
Página

—Las cosas se están calentando por aquí. —El Dr. Italian Stud se frotó las palmas
de las manos con entusiasmo, hablando demasiado cerca del micrófono en el escenario.
Tenía suficiente cera para esculpir una estatua de tamaño natural de LeBron James y
unos dientes tan grandes y blancos como las teclas de un piano. No ayudaba el hecho de

5 Enfermedad de transmisión sexual.


que tuviera un aspecto de vaqueros rotos y camiseta de marca pegajosa, con la parte
superior pegada a un cuerpo que había visto más esteroides que una unidad de
cuidados intensivos. Aun así, me sorprendió que estuviera lo suficientemente
alfabetizado como para leer las preguntas—. Holmesgirls, ¿quién creen que va a ganar?
—Se volvió hacia Arya, que estaba sentada al otro lado de la habitación.
Se acomodó los cabellos castaños detrás de las orejas y, de nuevo, me encontré
mirando. —Vamos a ganar, sin duda.
—¿Y ustedes? —El Dr. Stud se obligó a apartar su mirada de Arya. Arsène le lanzó
una ojeada de lástima.
—Ni siquiera voy a dar una respuesta a eso.
Por la mirada del Dr. Stud, podía decir que su corazón estaba firmemente con las
Holmesgirls, y también otras partes.
—Muy bien, alguien aquí es competitivo. Estamos entrando en la ronda final.
Recuerden: un solo fallo y están fuera. Esta es la hora del dinero. O para ser exactos, ¡la
hora del vale de Denny's! ¡Cien dólares, todos!
—Apenas puedo contener mi emoción. —Arsène dio un trago a su cerveza, con
la voz seca.
—¿Cuál es el segundo nombre de Joe Biden? Holmesgirls, esto va para ustedes y
pasará a ETS si no pueden responder a la pregunta.
Las mujeres se apiñaron con las cabezas tocándose, susurrando, antes de que
Arya enderezara la columna y dijera: —Robinette. Respuesta final.
—Tienes razón. Huh. No lo sabía. —El Dr. Italian Stud se rascó el pelo tieso.
Dudaba que supiera en qué continente estaba, así que no me sorprendió. Se dirigió a
nosotros. La sala seguía abarrotada de gente que quería ver qué grupo se llevaba el
premio gordo.
—La siguiente pregunta es para ETS: ¿a qué velocidad gira la tierra?
—Mil millas por hora. —Arsène bostezó.
—Holmesgirls: ¿Qué usaban los romanos como enjuague bucal?
—¡Orina! —gritó Jillian, prácticamente saltando de su asiento, con los cócteles
de su mesa chapoteando—. Usaban orina. Lo cual es súper pervertido, pero ¿quiénes
somos nosotros para juzgar?
—¡Correcto! ETS, ¿para qué se inventó el cono de helado?
—Para sostener flores —dije sin perder el ritmo.
97

El Dr. Stud silbó. —¡Diablos, estoy descubriendo todo tipo de cosas interesantes
esta noche! Casi me dan ganas de abrir un libro. —Se volvió a nuestro equipo rival—.
Página

Bien, Holmesgirls: ¿qué no puede hacer un guepardo que puedan hacer un tigre y un
puma?
Arya abrió la boca instintivamente para responder, pero las palabras no salieron.
Frunció el ceño, sorprendida por la idea de no saber algo.
—¿El gato te ha comido la lengua? —Arqueé una ceja, escudriñándola con
diversión.
Se volvió hacia Jillian. Susurraron de un lado a otro. Me senté, cruzando los
brazos sobre el pecho. Arya Roth fuera de sí era mi vista favorita en el mundo. Más que
el amanecer, probablemente.
—Supongo que querrás aprovechar esa cuando nos la pasen. —Arsène estaba
vendiendo acciones en una aplicación de su teléfono mientras hablaba.
—¡Oye! —chilló el Dr. Stud—. ¡Se supone que no debes usar tu teléfono! Estás
haciendo trampa.
—Se supone que no debes ser el anfitrión de un juego basado en el conocimiento.
Eres un idiota —replicó Arsène, sin apartar los ojos de su pantalla—. Y, en cambio, aquí
estamos.
Pero Riggs le arrebató el teléfono a nuestro amigo, inclinándolo hacia el Dr.
Italian Stud para que supiera que Arsène estaba vendiendo acciones, no buscando nada
en Google.
Arya se rascó la mejilla, y mi polla se crispó en mis pantalones. No volvería a
tocarla ni con un palo de tres metros (había aprendido de mi primer y último error con
ella), pero era tentador hacerla gritar mi nuevo nombre y negarle un orgasmo o dos.
—¿Holmesgirls? —El Dr. Italian Stud sondeó, comprobando la hora en su
teléfono—. El reloj está corriendo. Diez segundos más antes de que la pase a ETS.
—Un momento —espetó Arya, desviando la mirada hacia Jillian y las demás
mujeres. Por un segundo, vi a la antigua Arya. La chica con las rodillas raspadas que
gruñía en señal de protesta cuando dábamos vueltas en su piscina y yo empezaba un
nanosegundo antes que ella. Me salpicaba y luego me convencía para que participara
en una docena de competiciones más: quién aguantaba más la respiración bajo el agua,
quién se metía más en la piscina, hasta que ganaba algo. Los dos éramos muy
testarudos. Eso no había cambiado. Lo que había cambiado era mi voluntad de
apaciguarla. A renunciar a algo solo por el placer de verla sonreír.
Las orejas de Arya adquirieron un bonito tono escarlata. Nuestros ojos se
encontraron. Algo pasó entre nosotros. Un débil reconocimiento.
—Cuatro… tres… dos… —El Dr. Stud Italian contó los segundos.
—¡Nadar! —gritó Arya. La palabra me apuñaló en las tripas. Había estado
pensando en nuestro tiempo de piscina juntos—. ¿Tal vez un guepardo no puede nadar?
98

¿Y un tigre y un puma sí?


Página

—Tu respuesta es incorrecta. —El Dr. Stud puso una cara de tristeza exagerada,
moviéndose hacia nosotros en su asiento—. Voy a pasar esto a los ETS. Si aciertan esta
respuesta, ganan.
Me giré para mirar a Arya, mirándola fijamente a los ojos, su humillación
irradiando de su cuerpo en oleadas. —Retira las garras.
—¿Perdón? —Sus ojos se entrecerraron.
—Lo único que no pueden hacer los guepardos que sí pueden hacer los pumas y
los tigres es retraer sus garras. No todos los felinos nacieron iguales.
—¡Correcto! —gritó el Dr. Stud Italian—. ¡Equipo ETS, ustedes son los
ganadores!
—¡No! —Arya se puso de pie, pisando fuerte. Era ridícula, malcriada y, por
debajo de todo esto, estúpidamente adorable.
Porque demostraba que seguía siendo la misma princesita mimada que me
encantaba odiar.
Hubo una oleada de entusiasmo. El Dr. Stud incluso disparó una pistola de
confeti y nos llamó al escenario para recibir nuestro premio y un innecesario abrazo de
hermano. Arsène arrojó un fajo de billetes a Elise y se retiró sin siquiera despedirse,
terminando con la raza humana por una noche. Riggs se trasladó a un rincón del bar,
siendo manoseado por las chicas del Girl Squad, que lo arrullaban. Arya irrumpió en el
baño, con las mejillas sonrojadas, probablemente para llorar en el lavabo.
Un hombre más sabio no la seguiría. Sin embargo, aquí estaba, dirigiéndome al
baño unisex. Como entrar con ella era una locura, opté por holgazanear y contestar
correos electrónicos en mi teléfono hasta que saliera. Sigue siendo espeluznante, pero
no merece una orden de alejamiento. Cuando salió, tenía la cara mojada y los hombros
caídos. Se detuvo a mitad de camino cuando me vio.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó.
—Es curioso, estaba a punto de preguntarte lo mismo. Este es mi lugar de
encuentro. Hay más de veinticinco mil locales de ocio nocturno en toda la ciudad.
¿Cuáles son las probabilidades de que aparezcas aquí por primera vez en mi vida justo
después de que se conozca la noticia del juicio?
—Bastante, teniendo en cuenta que probablemente vivamos en el mismo barrio,
hayamos ido a los mismos colegios y nos movamos en los mismos círculos sociales.
—¿Ya me tienes descifrado? —Me acaricié la mandíbula y mis ojos recorrieron
su rostro.
Ella levantó la barbilla. —Más o menos. Aunque debo decir que es usted un
hombre difícil de seguir, Sr. Miller. No hay mucha información disponible sobre usted
en la red.
99

Mis labios se crisparon. Se había creído mi farsa de millonario de altos humos.


Probablemente pensó que formábamos parte del mismo club de yates.
Página

—¿Hasta dónde has llegado en tu investigación? —Pasé un brazo por encima de


su cabeza, atrapándola entre la pared del baño y yo. Olía como Arya. A champú de
melocotón mezclado con la dulzura de su piel. A veranos largos y perezosos, a baños
espontáneos en la piscina y a libros antiguos. Como mi inminente caída.
Sus ojos se encontraron con los míos. —Terminaste la carrera de Derecho en
Harvard. Eso te llevó directamente a la oficina del fiscal. Traurig & Cromwell te
reclutaron después de que resolvieras un gran caso aunque fueras el más joven. Te
atrajeron al lado oscuro del zapato blanco. Ahora eres conocido como el tiburón que
consigue grandes acuerdos para sus clientes.
—¿Dónde está el misterio, entonces? —Me incliné un centímetro hacia adelante,
respirando más de ella—. Parece que soy un libro abierto. ¿Necesitas mi número de
Seguridad Social y mi historial médico completo para ultimar el cuadro?
—¿Naciste con dieciocho años? —Ladeó la cabeza.
—Afortunadamente para mi madre, no.
—No hay información sobre ti antes de tu paso por Harvard.
Una risa amarga escapó de mi garganta. —Mis logros antes de los dieciocho años
incluyen ganar partidas de beer pong y tener suerte en la cabina de mi coche.
Me miró con escepticismo, frunciendo sus delicadas cejas. Hablé antes de que
pudiera hacer más preguntas.
—Te concedo una cosa: estás haciendo que ese saco de basura que te engendró
parezca un verdadero ángel en los medios de comunicación.
—Esa es una tarea fácil. Es inocente. —Sus labios estaban a centímetros de los
míos, pero yo tenía el control absoluto de la situación.
—Eso no lo decides tú. Si sigues manipulando la narración antes del juicio, me
inclinaré por solicitar una orden de mordaza sobre el caso. La tentación de callarte la
boca ya es excesiva.
—¿Las mujeres francas son un inconveniente para ti? —ronroneó, con los ojos
brillantes. Se parecía tanto a nuestras bromas de hace una década y media que casi me
reí.
—No, pero las niñas lloronas sí.
Eso hizo que se apartara. Torció la boca, molesta. —¿Viniste aquí para otra cosa
que no sea restregarme en la cara tu pequeña e insignificante victoria?
¿Preferirías que te restregara algo más en ella?
—Sí, en efecto. —Me aparté de la pared, dándole, y dándome, algo de espacio—.
Lo primero es lo primero: el Brewtherhood es mi dominio. Mi territorio. Encuentra un
bar de cócteles para chicas que organice noches de trivias. Mejor aún, lee un libro o dos
antes de intentarlo la próxima vez. Tus conocimientos generales podrían necesitar
100

algunos retoques. —Utilicé la palabra que ella había utilizado para referirse a mis
habilidades de gestión de los medios de comunicación.
Página

Abrió la boca, sin duda para decirme que me metiera mi prepotencia por el culo
en cinco idiomas diferentes, pero proseguí antes de que pudiera interrumpirme.
—En segundo lugar, creo que me merezco información a cambio de esto. —
Mostré el vale de Denny's que el Dr. Idiota me había entregado esta noche. Sus ojos
brillaron de alegría. Sabía que no le importaba el vale en sí. Solo lo que representaba.
Sobre ir a casa con el premio. Esto era clásico de Arya. Atrapaba mi pie cuando hacíamos
vueltas en la piscina, jugando sucio a veces. Cualquier cosa para ganar.
—¿Quieres un poco de información? —preguntó—. Eres insufrible. ¿Qué te
parece un dato divertido? Ahora entrega eso. Mis empleados se merecen comidas gratis
en Denny's.
Intentó agarrar el cupón. Levanté la mano más alto, riendo. —Lo siento, debería
haber especificado. La pregunta la hago yo.
Levantó los brazos en el aire, sin estar acostumbrada a ser desafiada. —Dispara.
—¿Cómo debo dirigirme a ti, señorita o señora?
Me había propuesto no comprobar el estado civil de Arya, pero eso no significaba
que no tuviera curiosidad. No tenía ningún anillo en el dedo. Por otra parte, no me
parecía el tipo de mujer que haría alarde de un anillo.
Su boca se curvó en una sonrisa. —Estás interesado. —Sus ojos ardieron.
—Estás alucinando. —Reprimí el impulso de apartar uno de sus pelos sueltos
con el pulgar—. Me gusta saber cosas. El conocimiento es poder.
Se lamió los labios, mirando el vale que sostenía entre mis dedos. El billete
dorado de Willy Wonka. Pude ver cómo se desmoronaba su determinación. Quería
mantener el misterio, pero quería ganar aún más.
—Estoy soltera.
—Me sorprende. —Le entregué el billete. Ella lo cogió, como si fuera a cambiar
de opinión en cualquier momento, y lo metió en su bolso.
—Adivino que tú estás saliendo con la asociada guapa.
—¿Por qué adivinaste eso? —Me sorprendió. Ignoraba por completo a Claire
durante las horas de trabajo, a menos que estuviera relacionada con un caso en el que
estuviéramos trabajando.
Arya se encogió de hombros. —Llámalo corazonada.
—También puedo llamarlo celos.
Sonrió con facilidad. —Ajusta la narrativa como quieras para ayudar a tu frágil
ego, cariño. Es un país libre. —Se dio la vuelta, dispuesta a marcharse.
—Tienes buenos instintos, princesa de las cucharas de plata.
Su cabeza giró tan rápido que pensé que iba a dislocarse de su hombro. — ¿Cómo
101

me acabas de decir?
Bueno, mierda. Se me había escapado de la boca. Como si no hubieran pasado
Página

casi dos décadas. Como si siguiéramos siendo los mismos niños.


—Princesa —dije.
—No. Dijiste princesa de las cucharas de plata. —Sus ojos se entrecerraron en
rendijas.
—No —mentí—. Pero no es un mal apodo.
—Tu estrategia de engaño es débil. Sé lo que escuché.
—Bueno, viendo que no tienes forma de probarlo, y que no voy a ceder, te
sugiero encarecidamente que lo dejes pasar. Te he llamado princesa. Nada más.
Se lo pensó durante un minuto antes de asentir secamente. —Nos vemos en la
audiencia previa al juicio la próxima semana. —Saludó, sin esperar a que confirmara o
negara mi relación con Claire.
Por supuesto. La semana que viene. Tenía que esperar siete días hasta volver a
verla.
Lo cual es estupendo. La odias, ¿recuerdas?
—No puedo esperar.
Se alejó, con sus tacones de aguja golpeando el pegajoso suelo de madera. Típico.
Siempre dejaba abolladuras dondequiera que fuera.
—Ah, ¿y, señorita Roth?
Se detuvo y se dio la vuelta, arqueando una ceja. Me pasé la lengua por los
dientes.
—Bonitas garras.

Esa noche, me permití un desliz.


Bueno, está bien, dos deslices.
Primero, busqué en Google a Arya. Era la directora y fundadora de Brand
Brigade, junto con Jillian Bazin. Fue a la Universidad de Columbia cum laude, participó
como asesora en varias campañas políticas y frecuentó eventos benéficos con papá
querido. Suponía que eran dos guisantes en una vaina desordenada, que atropellaban a
todo el mundo en su camino hacia su próximo objetivo. También había unas cuantas
fotos de ella. De la impresionante mujer que me había hecho rechazar a las morenas de
102

ojos verdes de por vida.


El segundo desliz ocurrió en la ducha, mientras presionaba mi frente contra los
Página

azulejos, cerrando los ojos y dejando que las agujas calientes del agua se llevaran el día.
Mirando hacia abajo, me encontré duro como una piedra. Mi polla estaba hinchada,
pidiendo que la liberara.
Controla tus impulsos. Recuerda que la odias.
Pero lo que mi cerebro sabía muy bien, mi cuerpo idiota se negaba a aceptarlo.
Cada vez que pensaba en Arya con ese vestido negro y esas perlas, mi polla golpeaba
contra mis abdominales para llamar la atención. Disculpe, señor, pero me gustaría ser
aliviado. Podría llamar a Claire y que se encargara del problema, pero Claire no sería
suficiente.
Fue entonces cuando empecé a poner excusas a mi polla, lo que nunca era un
buen lugar para estar.
Como en todo, me presenté con argumentos astutos.

1. ¿Qué es una paja, en el gran esquema de la vida?


Todavía detestaba a Arya Roth. Todavía iba a acabar con ella y con su padre, a
arruinar su universo perfectamente construido. El plan no había cambiado.

2. Mejor sacarlo de mi sistema ahora que con ella.


No podía tenerla. Estaba fuera de los límites. Ceder a la tentación en la ducha era
mucho mejor que ceder a ella en el Mandarin6, gastando una caja entera de condones
mientras me arruinaba toda la demanda en el proceso.

3. Ella nunca lo sabría.


Mi favorito de los tres.

Arya nunca adivinaría que el hombre que vio hoy era el chico que la besó con
labios temblorosos. Que solía contar los días de cada septiembre hasta las próximas
vacaciones de verano. Que se colaba en Duane Reade para oler el champú que usaba
cuando echarla de menos era demasiado.
Me agarré la polla, moviendo la palma de la mano arriba y abajo. Cerré los ojos,
apretándola con más fuerza, imaginando mis dedos subiendo por sus muslos,
levantando su vestido, presionándola contra la mesa de mi despacho, aplastando su
espalda sobre una pila de documentos y mi portátil…
Un gruñido bajo salió de mi boca. Ni siquiera llegué a la parte en la que estaba
dentro de ella antes de que mi mano se cubriera de una liberación cálida y pegajosa.
103

Me tambaleé hacia atrás, cerrando el grifo y empujando la puerta de cristal para


abrirla. Me envolví la cintura con una toalla y me acerqué al espejo, apoyándome en el
Página

tocador, frunciendo el ceño.


Eres estúpido. Sacudí la cabeza. Ya se ha metido en tus venas.

6 Hotel cinco estrellas en Nueva York.


13
Arya
Presente

Había un término médico para lo que estaba siendo ahora mismo.


Patética.
Quizá no era un término médico, pero seguro que era la situación que estaba
viviendo.
Aunque no lo parecía, sentada junto a papá en la vista previa al juicio. Tenía un
aspecto presentable con un vestido de lana gris y tacones altos, el pelo recogido en un
moño. Pero me sentía como una tonta, con el corazón dando vueltas en el pecho, porque
sabía que él estaría aquí.
Princesa de las cucharas de plata.
Ahora también empezaba a imaginar cosas.
Ya era bastante malo que Christian hubiera estado en el Brewtherhood el otro
día. ¿Qué posibilidades había de que el lugar que Jilly y yo habíamos querido probar
durante tanto tiempo fuera su guarida? Ahora tenía que ver cómo destruía la única
familia real que me quedaba.
Apreté la mano húmeda de papá. Había envejecido una década en un mes. Desde
que se conoció la noticia de la demanda, apenas dormía ni comía. La semana pasada lo
llevé al psiquiatra. Le prescribió Ambien y otra píldora que se suponía que aumentaría
sus niveles de serotonina. Hasta ahora, ninguna de las dos había servido de nada.
104

—Ey. No te preocupes. Terrance y Louie son los mejores en el oficio. —Le rocé
el dorso de la mano. Se giró para mirarme, con los ojos rojos.
Página

—Los segundos mejores del negocio. Que Amanda contrate a Miller no tiene
sentido. He oído que ni siquiera acepta nuevos clientes.
—Vio un caso enorme y lo aceptó. —Miré la habitación. Nunca había estado en
un juzgado, así que no tenía nada con lo que comparar éste, pero el juzgado Daniel
Patrick Moynihan me pareció elegante. Incluso, muy teatral. Cortinas de terciopelo rojo
con borlas doradas; interminables escaleras de mármol en espiral; atriles de caoba; y
bancos como los de una iglesia que se llenarían hasta los topes de periodistas,
fotógrafos y personal del tribunal en cuanto comenzara el juicio propiamente dicho. Por
ahora, solo estaban el juez, el acusado, el demandante y sus equipos legales.
Sentí a Christian Miller antes de verlo. Una sensación de calor me recorrió la nuca
y todo mi cuerpo cobró vida, con un cosquilleo en todas partes. Mi mano temblaba
dentro de la de papá. La culpa me invadió.
—No he hecho nada malo. Quizás una broma aquí y allá… nada sexual. —Papá
miró nuestras manos entrelazadas—. Con Amanda. Está mal que se me exhiba así.
Quiero que esto termine, Arya.
—Lo será, pronto.
—Gracias a Dios que te tengo a ti, cariño. Tu madre es…
—¿Inútil? —Corté sus palabras—. Lo sé.
Christian, Amanda y Claire aparecieron en mi periferia. No me atreví a mirarlo,
pero vi la forma en que se comportaba: como un tiburón, irónico e imperturbable.
Llevaba el pelo recién cortado, el traje oscuro planchado y la corbata un tono más
oscuro que sus ojos azules. Se llevó la atención de todo lo demás en la sala.
Los ojos del juez López se iluminaron al ver a Christian. Era evidente que se
conocían.
—Lo vi en el campo de golf este fin de semana, abogado. ¿Le dio Jack Nicklaus
clases particulares?
—Señoría, no es por ser humilde, pero jugué contra Traurig. Verá mejores
columpios en el patio de un colegio.
Me di cuenta de que a papá, Louie y Terrance no les gustaba que Christian fuera
amigable con el juez por la forma en que se movían en sus asientos, garabateaban notas
en sus cuadernos legales y sudaban a mares. Papá soltó mi mano de la suya y se masajeó
las sienes. Me giré para mirarlo. —¿Todo bien?
Asintió con la cabeza, pero no respondió.
Unos minutos más tarde, cuando Louie y Christian pasaron a hablar sobre el
examen preliminar y la selección del jurado, era evidente que Christian había venido
más preparado y listo. Claire le lanzaba miradas de adoración, y una punzada de celos
me atravesó. Era evidente que se acostaban y que ella estaba enamorada de él.
105

También era perfectamente obvio que tenía que dejar de babear por el abogado
que quería destruir a mi padre.
El resto de la audiencia fue un borrón. Las dos partes discutieron las fechas y la
Página

duración prevista del juicio: de cuatro a seis semanas. Pasé el tiempo estudiando
principalmente a Christian, preguntándome por qué demonios me resultaba familiar.
—¿Ves algo que te gusta? —La voz de papá me sacó de mi ensoñación.
Me enderecé en mi asiento y me aclaré la garganta. —Me gustaría tirarme por
un acantilado, más bien.
No se trataba de su aspecto. Nunca había conocido a un hombre tan hermoso.
Más bien, había algo en sus ojos. La forma en que crujía los nudillos cuando hablaba y
esa sonrisa infantil y tímida que dejaba escapar cuando creía que nadie lo miraba y
escribía notas para sí mismo.
Cuando todo terminó y se ocupó del día, Christian, Amanda y Claire salieron
primero. Papá, Louie y Terrance se quedaron atrás. Papá tenía la boca apretada en una
fina línea. Saqué una botella de agua y se la entregué. —Esto no significa nada. Así que
el juez López conoce a Miller. Era de esperarse. Es un abogado, después de todo.
—Ponle una tapa, Arya. Esto no habría pasado si no fuera por ti. —Papá me rozó
el hombro mientras avanzaba hacia la puerta, con Louie y Terrance pisándole los
talones. Lo seguí, frunciendo el ceño. Ahora, graba esto.
¿Qué demonios?
—¿Perdón?
Era la primera vez que mi padre se mostraba algo más que adorador conmigo, y
el escozor de sus palabras me tomó desprevenida.
—Toda esta farsa es un largo dedo medio para nosotros. Una forma de
demostrar un punto. Para hacernos caer a los Roth.
—Bueno, está bien, pero ¿qué tiene que ver conmigo? —Nos deslizamos por los
pasillos del juzgado, hacia la salida. Se detuvo, volviéndose hacia mí.
—Tú agrediste al Sr. Miller en todo momento durante la mediación. Estabas
rogando por una reacción. Y de hecho la obtuviste en forma de que yo tenga que ser
juzgado por esto.
—¿Me culpas a mí? —Me clavé el dedo en el pecho.
—Es obvio que estás fascinada con él.
—¿Porque le respondí? —Sentí que mis cejas golpeaban la línea de mi cabello en
señal de sorpresa.
—Porque siempre has tenido un gusto por los alborotadores, y yo siempre he
sido el que debía limpiar tus desastres.
Oh. Oh. Esto era más valioso que su cuenta bancaria. Eché la cabeza hacia atrás
para evitar las motas de saliva que salían de su boca. No había sido yo misma ese día en
la oficina de Christian, sin duda, pero Christian llegó preparado para ir a juicio, y eso no
106

tenía nada que ver con mi comportamiento.


—En primer lugar, me alegro de que hayas reescrito la historia en los años en
Página

que me esforcé por perdonarte por lo que pasó. En segundo lugar, voy a seguir adelante
y atribuir esta conversación al hecho de que no has dormido en tres semanas y vives
únicamente de café y pastillas recetadas. —Saqué una servilleta de mi bolso y se la
entregué. La aceptó y se secó la saliva que le cubría el labio inferior.
Salimos del juzgado y nos metimos directamente en el Escalade que nos
esperaba.
—¿Dónde te dejo, Ari? —El chófer de papá, Jose, preguntó desde el asiento del
conductor, mientras Louie y Terrance le referían a papá lo que había pasado hoy en voz
baja.
Le di a Jose la dirección de mi trabajo y volví a prestar atención a papá. —
Christian Miller tiene una espina clavada contigo. Nada podría hacerle cambiar de
opinión.
—¿Por qué? —Papá cortó tanto a Louie como a Terrance, sus ojos clavados en la
ventana—. ¿Por qué debo morir en su cuesta? Él ve casos mucho peores que el mío a
diario. Todo lo que hice fue darle a Amanda unas palmaditas y husmear en busca de una
aventura —escupió.
—¿Le diste unas palmaditas? —Me sentí mareada por la ira.
Añadió con una mirada de soslayo: —Presuntamente. Por Dios, Arya.
Presuntamente.
—Añadir la palabra presuntamente no te hace inocente —señalé—. ¿Eres
inocente?
—¡Claro que lo soy! —Lanzó los brazos al aire—. Aunque hubiera algunas líneas
grises, una aventura consensuada no se asemeja a un acoso sexual. No es que tu madre
me haya dado la hora.
—Sigues contradiciéndote. —Incluso cuando lo decía, sabía que no iba a
escarbar en el armario de los esqueletos de la familia por miedo a quedar enterrada en
los huesos—. ¿Tuviste o no una aventura con Amanda Gispen? ¿La tocaste o no
inapropiadamente?
—No he hecho nada malo —espetó papá.
—Estamos dando vueltas —murmuré, cerrando los ojos.
—Siéntete libre de bajarte en cualquier momento.
Intenté tomar sus palabras al pie de la letra. Pero papá tenía razón.
Christian Miller quería destrozar a mi familia, y empezaba a preocuparme que
tuviera una buena razón para querer hacerlo.
107

Después de que Jose me dejara en el trabajo, Jillian y yo nos reunimos con un


Página

nuevo cliente potencial. La cagué de seis maneras hasta el domingo. Jillian estuvo a
punto de echarme de allí (por la ventana) y ni siquiera podía culparla. El director
general de Bi's Kneads, una cadena de panaderías que se estaba convirtiendo en una
empresa que cotiza en bolsa, salió de nuestra oficina decepcionado después de que yo
tartamudease en la presentación. Era evidente que no íbamos a conseguir el contrato.
—Lo siento mucho —le dije a Jillian cuando salimos de la sala de conferencias,
de pie en nuestra oficina de planta abierta y ladrillo visto—. Debería haber venido más
preparada. Repasé nuestra presentación esta mañana, pero mi cerebro se volvió papilla
después de la audiencia.
Jillian agitó la mano, cansada y molesta. —No pasa nada. Has tenido un día muy
largo. ¿Cómo estuvo el Sr. Idiota?
—Sigue siendo un idiota.
—¿Intentaste asesinarlo hoy?
—Solo telepáticamente.
—Estoy orgullosa de ti. —Suspiró y me miró con simpatía—. ¿Y tu padre?
—Actuando como un adolescente y teniendo muy poco sentido.
—Está sometido a mucho estrés —señaló.
Me dirigí a mi escritorio y encendí el portátil. Junté los dedos y me estiré antes
de teclear el nombre de Christian en el buscador. Ya lo había hecho antes, cuando me di
cuenta de que representaría a Amanda. Pero esta vez no entré en su página de LinkedIn
ni en su perfil profesional en su bufete. Fui directamente a sus redes sociales. No había
mucho allí. Solo una página de Facebook olvidada que parecía no haber sido actualizada
desde la Edad de Piedra. Hice doble clic en una foto de una versión más joven de
Christian, sonriendo a la cámara con los dos hombres que estuvieron con él durante la
noche de trivia.
Me desplacé por su perfil, pero no había nada más que gente felicitándolo por
varios ascensos y etiquetándolo en fotos de la empresa. La única persona a la que
parecían gustarle la mayoría de sus fotos era una mujer llamada Alice, pero no tenía
foto de perfil. ¿Una ex? ¿Una admiradora? Seguro que Claire no era feliz con la existencia
de Alice.
Lo último en lo que le habían etiquetado era un post de hace siete meses de un
tipo llamado Julius Longoria. No había una foto, solo un registro en un glamuroso
gimnasio del centro. El post decía: ¡Aquí a sudar!
Tamborileando con los dedos sobre mi escritorio, contemplé mi próximo
movimiento. Ir a su gimnasio era una locura. Por otra parte, nunca había pretendido
estar dentro de los límites de la cordura. Él ya pensaba que era una acosadora, cuando
nos encontrábamos al azar en el Brewtherhood. Esto confirmaría todas sus teorías de
108

“Atracción Fatal” sobre mí, y algunas más.


Por otro lado, había algo en Christian Miller que no me gustaba. No podía
Página

precisarlo, pero había algo que… no encajaba. Merecía la pena investigarlo, ya que tenía
el futuro de papá en sus manos. Además, ¿qué pasaría si encontrara a Christian ligando
con una linda entrenadora o haciendo algo sucio?
Luego estaba Claire. Sospechaba que también se acostaba con ella. ¿No había una
política de no confraternización para las personas que trabajaban en la misma cadena
de mando? Valía la pena investigarlo.
Cualquier ventaja que pudiera conseguir sobre él me favorecería en esta punto,
y todo era justo en el amor y en la guerra.
—Conozco esa mirada en tu cara. —Jillian lo dijo al otro lado de la habitación,
tecleando algo en su portátil—. Sea lo que sea que estés tramando, Ari, déjalo. Tiene
escrito un desastre por todas partes.
Pero la semilla había sido plantada.
Christian Miller iba a recibir otra visita sorpresa.

Solstices era un gimnasio de tres plantas en la avenida Columbus, equipado con


un spa, una piscina techada, una peluquería y un salón de cera. Básicamente, podías
entrar allí con el aspecto de la portada del Enquirer y salir con el aspecto de la portada
de Sports Illustrated.
Me apunté a un mes de prueba y pagué una cantidad obscena de dinero por el
placer.
Contrariamente a la creencia popular, había contado muchos centavos a lo largo
de los años. Era la consecuencia de ser económicamente independiente a los dieciocho
años (sin contar la matrícula universitaria, que pagaron mis padres). Me gustaban las
marcas de lujo y las compraba en tiendas de segunda y tercera mano con descuentos,
pero no disfrutaba derrochando dinero innecesariamente.
Acudía a Solstices tanto por la mañana como por la tarde para tratar de
encontrar a Christian, acaparando las cintas de correr y manteniéndome atenta a él. Al
tercer día, pensé que podría hacer ejercicio de verdad mientras hacía mi trabajo de
detective y me traje el bikini y un gorro de natación.
Como la natación era el único ejercicio que podía tolerar, fui a la piscina techada.
Me trajo recuerdos de cuando era más joven, con Nicky.
Las dos primeras vueltas fueron insoportables. Me ardían los pulmones y tragué
agua. A la tercera vuelta, ya había cogido el ritmo. En mi décima vuelta, rompí el agua al
109

llegar al borde de la piscina, respirando con avidez, dejando que las gotas de agua se
deslizaran en mi boca. Estaba delirando de cansancio.
—Mira lo que trajo el gato.
Página

Levanté la cabeza y me encontré con Christian Miller en carne y hueso. Llevaba


puesto un bañador, con su paquete de seis de Adonis a la vista. La capa de pelo en su
pecho brillaba. Así supe que había estado nadando a mi lado todo este tiempo cuando
no prestaba atención.
—¿Tampoco puedo ir al gimnasio? —Apoyé un brazo sobre el borde de la
piscina, arrancando el gorro de natación de mi cabeza con un satisfactorio golpe—. ¿Por
qué no me envías por correo electrónico una lista de lugares a los que puedo y no puedo
ir en la ciudad?
Christian se reajustó la cintura del bañador. Su corte en V le daba a Joe
Manganiello una carrera por su dinero. —La verdad es que no es mala idea. Pondré a
mi secretaria a trabajar en ello.
—A ver cómo te sale eso. —Me apoyé en el borde, salí del agua y me dirigí al
banco donde dejé la toalla y las chanclas. Christian me siguió, echando un vistazo a mis
piernas mientras me envolvía con la toalla.
—¿Dices que no has venido aquí por mí? —Cruzó los brazos sobre el pecho.
Dejé escapar un bufido, como si la idea en sí fuera absurda. —Lo crea o no, señor
Miller, el mundo no gira en torno a usted.
Me observó mientras me secaba con palmaditas. —¿Nadas a menudo?
Huh. Nada de peleas verbales. Tal vez estuviera enfermo de algo.
—Acabo de empezar de nuevo. ¿Y tú?
—Todos los días desde los doce años.
Me di cuenta. Tenía el cuerpo nervudo, largo y delgado de un nadador. Sus
músculos estaban definidos pero no abultados.
—Es un deporte saludable —dije. Genial. Ahora sonaba como mi abuela. A
continuación, le daría una receta de galletas de granola.
—Sí —contestó rotundamente, sin dejarme escapar.
—He echado de menos la natación. —Más palabras sin sentido para todos
ustedes.
Christian empezó a rodearme como un tiburón, con una sonrisa de satisfacción
en los labios. —¿Por qué estás aquí, Roth? De verdad, ahora. ¿Cuál es tu juego?
—Algo en ti me resulta familiar. —Aseguré la toalla a mi alrededor, y me giré
para contemplarlo—. Y tengo la intención de averiguar qué es. Aparte de eso, estoy
disfrutando de mi nueva rutina diaria de ejercicios.
Sus ojos azules me aprisionaron. Por primera vez, pude ver algo que no era odio
110

o desprecio en ellos. Había curiosidad, con una pizca de esperanza. Sentí que me estaba
perdiendo algo. Como si estuviéramos teniendo dos conversaciones diferentes sobre
dos cosas diferentes. Sobre todo, pensé que lo que estábamos haciendo estaba mal.
Página

Prohibido.
—¿Está diciendo que nos conocemos, señorita Roth? —preguntó, muy
lentamente, casi como si me estuviera dando una pista sobre algo.
—Estoy diciendo que las piezas del rompecabezas no encajan, y no voy a
rendirme hasta que tenga la imagen completa.
—Dígame, señorita Roth. ¿Qué va a pasar si pierde este caso?
—No pierdo —dije con rapidez, demasiado rápidamente. Porque no querer
perder era un mejor incentivo que plantearme realmente la pregunta del millón: si papá
era culpable o no.
Hubo un compás. El silencio quedó suspendido en el aire húmedo y caliente
como una espada sobre el cuello.
—Nos vemos en la sauna húmeda en veinte minutos. —Las palabras salieron de
su boca, como si estuviera luchando contra ellas. Se dio la vuelta y se alejó. Observé su
triángulo trasero, sintiendo que lo había visto antes. Incluso tocado. Pero no podía ser.
Recordaría a un hombre así si me hubiera acostado con él. La única otra persona que
me había hecho sentir tan desesperada por algo que nunca podría definir se marchó
hace tiempo. Nicky había muerto, e incluso después de que me dijeran que murió, seguía
buscándolo en vano de vez en cuando.
Pero Christian estaba aquí, y Christian era diferente. Insensible y astuto, a
kilómetros de distancia del chico dulce y hosco que me robó el corazón.
Iba a hacer lo necesario para proteger al único hombre de mi vida que me
importaba.
Incluso si eso significaba morir en la espada de mis principios.
111
Página
14
Christian
Presente

Hay algo en ti que me resulta familiar.


La frase me deshizo, y aquí estaba, veinte minutos después, sentado en el banco
de madera de la sauna húmeda, esperando a Arya.
No ayudaba el hecho de que se viera lo suficientemente bien como para comer
en su bikini rojo. O que hubiera estado yendo al Brewtherhood casi todas las noches,
esperando que ella me desafiara apareciendo. Retomando lo que habíamos dejado la
última vez.
Apoyé la cabeza en la pared, con las gotas de sudor deslizándose por el torso
hasta la toalla blanca que me envolvía la cintura. La tenía dura. Siempre la tenía dura
cuando Arya Roth estaba cerca. Y, por alguna razón, ella siempre parecía estar cerca. No
podía deshacerme de ella, ahora que había vuelto a entrar en mi esfera.
Detestaba que hubiera venido a la audiencia previa al juicio. No solo porque me
había hecho lidiar con una constante semi mientras intercambiaba consejos de golf con
el juez López, sino también porque verla miserable no tenía el efecto deseado en mí. Por
mucho que la odiara (y de verdad que lo hacía) su padre era mi principal pescado para
freír.
Por no mencionar que Claire se empezaba a poner molesta. No la había invitado
a casa desde que comenzó la audiencia, y no ayudaba que se hubiera dado cuenta de
que no podía apartar los ojos de Arya cuando estábamos en la misma habitación. Tuve
112

que recordarme a mí mismo que Claire sabía que nunca había sido algo serio. Que se lo
recalqué una y otra vez.
Página

La puerta de la sauna se abrió y se cerró con un gemido. Mis ojos permanecieron


cerrados. Esperé a que ella dijera algo. Al fin y al cabo, era la que había pasado por el
aro para encontrarme.
—Christian. —Su voz era áspera, llena de calor.
—Siéntate —le ordené.
—No antes de que me mires.
—Sién. Tate —enuncié.
—Mírame primero.
—Haz que merezca la pena. —Una sonrisa se dibujó en mis labios. Fue entonces
cuando lo oí. El suave silbido de su toalla al golpear el suelo mojado. ¿Estaba esta loca
completamente desnuda? Solo había una forma de averiguarlo.
Abrí los ojos de golpe. Arya estaba frente a mí, como cada vez que la imaginaba
en mis fantasías. Sus pechos eran espectaculares. Sus pezones pequeños y rosados, sus
caderas sedosas y redondas. Su cuerpo era un reloj de arena, goteando sudor. Su piel
suave y aterciopelada, pidiendo ser tocada.
Ella no vale la pena la asociación, por no hablar de la claudicación de su padre.
Está haciendo esto para arruinarte. Este pony de un solo truco seduce para destruir.
Dio unos pasos hacia mí. Estábamos solos, pero alguien podría entrar en
cualquier momento. La sauna húmeda era unisex. Me di cuenta de que iba a montarse y
sentarse a horcajadas sobre mí si no le ponía freno. Por mucho que me doliera
(especialmente a una parte de mí) rechazarla, no podía ceder a sus avances.
Se inclinó hacia mí, apoyando uno de sus brazos detrás de mi hombro, y sus ojos
verdes se encontraron con los míos. Puso la otra mano en mis pectorales. Estos se
flexionaron instintivamente. Mi polla amenazó con jugar al escondite con la toalla. De
repente, volvimos a tener catorce años.
Rodeé su muñeca con mis dedos, apartando su mano. —Paso.
—¿Por qué?
—Nunca muestres tu cuello a alguien que quiere cortarte la cabeza.
—Pero es un cuello bonito. —Los ojos de Arya centellearon. Yo quería reírme.
Ella no se apartó—. ¿Es por Claire?
Claire. Su nombre en los labios de Arya se sentía extraño. Equivocado. En mis
treinta y dos años, nunca había habido otra mujer que se mantuviera a la altura del
tirón, la capacidad y la demolición de Arya.
—¿Celos? —Me pasé la lengua por el labio inferior.
—Tal vez. —Deslizó sus manos de nuevo sobre mis hombros.
Mi corazón se aceleró. No esperaba esa respuesta. —No los tengas.
113

—¿Estás diciendo que no te acuestas con tu socia? —preguntó, y yo no podía


mentir, aunque era tentador.
Página

Sacudí la cabeza. —Estoy diciendo que ella no importa.


Siempre existía la posibilidad de que Arya estuviera pescando para encontrar
alguna ventaja contra mí, y follar con mi socia definitivamente no era una buena imagen.
—¿Cuál es el problema, entonces? La química está ahí. —Su tono era serio, casi
conciso.
—Sí. —Mostré mis dientes, frío y tranquilo—. Pero la voluntad de joder mi caso
no lo está. Si te toco, pierdo, y tú y yo lo sabemos. Ahora envuélvete con una toalla y pon
tu culo al otro lado del banco. Tenemos que hablar.
Retrocedió, dando un paso atrás y recogiendo la toalla. La envolvió alrededor de
sí misma y caminó hacia el extremo más lejano del banco circundante, sentándose
frente a mí, tranquila y calmada, como si no hubiera sido rechazada hace minutos.
—Deberías lavarte las manos su asunto. —Me pasé una mano por el pelo, que
estaba resbaladizo por el sudor.
—No —dijo simplemente.
—Es culpable.
—Dirías eso; eres el abogado de Amanda Gispen.
—Lo digo porque tengo ojos y oídos. Revisé las declaraciones de su parte. Esto
causará mucha destrucción a tu padre. Solo porque la mierda está a punto de golpear el
ventilador no significa que tengas que ensuciarte.
—Christian —dijo Arya, casi con sorna. Otro recuerdo de nuestros trece años.
Siempre había sido mandona—. ¿Qué estás haciendo?
—Dándote consejos.
—¿Me vas a cobrar quinientos dólares al final de esta hora?
—Querrás decir dos mil. Y la respuesta es no. Este consejo te lo doy gratis,
aunque deberías considerarlo impagable. Los abogados de tu padre, ¿forman parte de
su equipo interno de litigios?
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo ni de por qué demonios lo hacía. Solo
sabía que tenía que lanzarle un hueso. Quería ganar, pero no por defecto. El caso de
Conrad Roth parecía débil ahora mismo. Un paseo por el parque.
—No. —Arya negó con la cabeza—. Son abogados externos. Ha trabajado con
ellos antes. Vienen muy recomendados por su equipo.
—Su equipo no vale un centavo, y su abogado general debería ser despedido.
Cualquier novato te diría que cuando se trata de cualquier demanda relacionada con el
género, los jurados responderían con más simpatía a una mujer litigante. Especialmente
alguien joven.
—Como Claire —señaló Arya.
114

—Como Claire. Pero eso no viene al caso.


Página

—¿Estás diciendo que tiene que contratar a una abogada? —Sus ojos verdes
chispearon de curiosidad, y ahí estaba, la Arya que conocía y con la que estaba
obsesionado. Al parecer, seguía ahí, bajo las gruesas capas de ropa de diseño y
movimientos rompepelotas y tonterías.
—Correcto.
—Eso es sexista.
Me encogí de hombros. —No lo hace menos cierto.
—¿Por qué me dices esto? —Tenía los ojos entornados—. Ninguna parte de ti
quiere que mi padre gane este caso.
Sonriéndole como si fuera una niña tonta, me quejé deliberadamente. —Me
abrocharé este cachorro si traes al mismísimo Jesucristo para que represente a tu
padre. Sería bueno sudar un poco mientras lo hago. Te estoy dando una ventaja.
Los ojos de Arya se deslizaron por mi pecho. Me alegré de no poder hacer lo
mismo con ella, ahora que había vuelto a envolverse. Mi coeficiente intelectual bajaba
sesenta y nueve puntos cuando ella estaba desnuda.
—Me parece que estás bastante sudado —comentó.
—En la corte.
Extendió sus piernas bronceadas, moviendo los dedos de los pies. No pude
evitarlo. Miré a hurtadillas. Primero a sus torneadas pantorrillas, luego a esos dedos
que solía entrelazar con los míos cuando éramos niños, leyendo bajo el escritorio de su
biblioteca.
—Dime, Christian, ¿de dónde te conozco?
Ahora nos tuteábamos. Eso no era bueno. Aun así, me resultaba extraño
referirme a Arya como Sra. Roth.
Flexioné mis músculos. —Pareces una chica inteligente. Averígualo.
Estás jugando con fuego, pude escuchar a Arsène advirtiendo en mi cabeza.
Puede ser, respondí. ¿Cómo no iba a hacerlo, si la llama es tan hermosa?

Al día siguiente, pedí a Claire que viniera a mi despacho.


—Señorita Lesavoy, por favor, tome asiento.
Claire siempre tenía buen aspecto, pero en los últimos días parecía esforzarse
más. Quizá para recordarme que tenía algo más que ofrecer que su aguda mente.
115

Se sentó frente a mí, sonriendo con desparpajo. —Hola, extraño. Intenté llamarte
anoche. Tu buzón de voz ha estado trabajando horas extras.
Página

Había estado ocupado masturbándose con imágenes mentales de Arya. Pero


supuse que podía prescindir de este dato.
—Lo siento. —Me alisé la corbata sobre la camisa de vestir—. Estaba ocupado.
Escucha, Claire, voy a ir al grano. Eres preciosa, inteligente, lista como un látigo y estás
completamente fuera de mi liga. Soy un imbécil hastiado que no puede decir que no
cuando algo bueno cae en su regazo, y al hacerlo te estoy perjudicando. Así que esto es
un favor que te hago y pongo fin a las cosas antes de que empieces a resentirte y trabajar
juntos se convierta en una carga.
Me pareció un bonito discurso. Especialmente teniendo en cuenta que ninguna
de estas cosas era mentira. Ella era demasiado buena conmigo. Estaba hastiado. Y las
cosas se estaban complicando, sobre todo ahora que llevábamos el caso Roth.
Claire frunció el ceño, sin molestarse en parecer indiferente. Sabía que debía
adorar eso de ella, pero no podía evitar echar de menos los juegos mentales de Arya. Su
orgullo arrogante. Su obstinación.
—¿No crees que soy yo quien debe decidir si eres lo suficientemente bueno o no?
—preguntó Claire.
—No —dije en voz baja—. Finjo bastante bien la calidad.
—Creo que te estás vendiendo barato. —Claire se inclinó sobre el escritorio y
tomó mi mano entre las suyas—. Me gustas mucho, Christian.
—No tienes ninguna razón para ello.
—Más aún, porque no entiendes lo increíble que eres.
Le dirigí una mirada de “no va a funcionar”.
—¿Es la Sra. Roth? —Dejó caer mi mano.
—No, Claire.
—Lo es, entonces. —Se levantó pero no se fue. Esperando una negación general.
A que cambiara de opinión.
Enmascaré mi molestia con preocupación. —Te mereces algo mejor.
—Obviamente lo merezco. —Sonrió sin humor pero no hizo ningún movimiento
hacia la puerta. Esperaba algo más. Algo que yo era incapaz de darle. Humanidad.
Remordimiento. Simpatía. Quería matar a Arya y a Conrad justo en ese momento. Por
robarme todo lo que podría haber dado a los demás.
—Confío en que este asunto esté resuelto y quede atrás —dije.
Y fue entonces cuando lo vi. La comprensión se hundió. La forma en que sus ojos
se apagaron me dijo todo lo que necesitaba saber. Lo entendió.
116

—Sí. Todo está perfectamente claro. ¿Eso es todo, Sr. Miller? —Claire levantó la
nariz en el aire.
Página

—Sí, señorita Lesavoy.


Fue la última vez que Claire me habló ese día.
15
Arya
Presente

—¿Piensas comerte ese pastelito? —Mamá, o simplemente Beatrice, ya que no


le gustaba que una mujer de treinta y pocos años se refiriera a ella públicamente como
mamá, miró desde detrás de su menú, torciendo la boca con desaprobación.
Mi padre estaba sentado a su lado, untando en silencio una tostada con
mantequilla. Manteniendo el contacto visual con Beatrice, di un gran mordisco al
pastelito de naranja y arándanos que tenía en la mano, y las migas cayeron sobre mi
vestido Gucci verde menta. —Eso parece, Bea.
Estábamos sentados en el Columbus Circle Inn, un encantador restaurante de
colores pastel con flores de cristal soplado, para el almuerzo del domingo. Beatrice Roth
no me veía muy a menudo. Tenía comités y organizaciones benéficas y almuerzos que
dirigir, pero lo hacía una vez al año, cuando íbamos a la tumba de Aaron para el
aniversario de su muerte. Era tradición almorzar después. Mientras que cada año de la
pérdida de mi hermano gemelo se puntuaba con un signo de exclamación, no podía
recordar la última vez que mi madre trató mi cumpleaños como algo más que una
simple coma.
—Tienes que asegurarte de mantener tu figura, Arya. Ya no tienes veinte años.
—Mamá reajustó sus nuevos pendientes de diamantes con el único propósito de llamar
la atención sobre ellos.
Rara vez veía a mi madre, aunque vivía a una cuadra de distancia. Y cuando la
veía, siempre tenía algo desagradable que decir. Le disgustaba mi falta de deseo de
117

convertirme en una mujer mantenida. En su opinión, trabajaba demasiado, hacía poco


ejercicio y hablaba de política con demasiada frecuencia. En definitiva, era un
Página

deslumbrante fracaso como socialité.


—Lo tendré en cuenta cuando busque un marido misógino que requiera una
esposa trofeo sin cerebro ni apetito.
—¿Tienes que ser tan vulgar todo el tiempo? —Tomó un sorbo de su gin n’ tonic
dietético.
—¿Debo? No. ¿Lo hago? Claro, cuando estoy de humor.
—Déjala en paz, Bea —advirtió mi padre con cansancio.
—No me digas lo que tengo que hacer. —Le lanzó una mirada antes de devolver
su atención a mí—. Esta actitud tuya no le hace ningún favor a esta familia. Tu padre me
contó que presionaste al abogado de Amanda Gispen hasta el límite. Prácticamente lo
provocaste para que fuera a juicio.
—¡Beatrice! —rugió mi padre. Se había disculpado por aquel día en la corte, y
así lo acepté, aunque algo se había roto entre nosotros desde entonces. Una frágil
confianza que habíamos restaurado cuando yo tenía quince años.
Me atraganté con mi pastelito mientras ella continuaba, con un aire de irritación.
—Francamente, me sorprende que no hayas dedicado más horas y recursos a tratar de
dar vueltas a esto en los medios de comunicación.
—En realidad, he estado trabajando sin descanso para conseguir una prensa
positiva. No es una tarea fácil, teniendo en cuenta las acusaciones a las que se enfrenta.
No puedo hacer mucho antes de que empiece el juicio. Además —me volví hacia mi
padre—, hablé con alguien cuya opinión valoro, y me sugirió que contrates a una mujer
litigante como parte de tu equipo. Al parecer, los jurados responderán favorablemente
a una mujer.
Papá tomó un sorbo de su sangría. —Gracias, Arya. Tu trabajo es hacerme
quedar bien, no darme consejos legales.
—Dijiste que tenía que ayudarte más —desafié.
—Sí, en tu área de experiencia.
—Bueno, ¿no crees que…?
Nuestra conversación fue interrumpida por la camarera, que puso sobre la mesa
nuestras quiches, Bloody Marys y huevos benedictinos. Hicimos una pausa hasta que
salió del alcance de sus oídos. Cuando se fue, él empezó a hablar antes de que yo pudiera
terminar mi frase.
—Mira, no me interesa contratar a ningún otro abogado, sea mujer o no. Va a
parecer que estamos desesperados. —Comenzó a cortar su quiche de espinacas
furiosamente.
—Estamos desesperados. —Mis ojos casi se salen de sus órbitas.
118

—Eso no es algo que me gustaría que Christian Miller viera.


—Oh, ¿ahora te importan las apariencias? —grité, sabiendo que todo esto podría
Página

haberse evitado si papá hubiera sido un poco menos descarado cuando despidió a
Amanda. Suponiendo que todo lo demás que decía no fuera cierto, lo cual era una
hipótesis que me parecía más improbable cada día que pasaba. Además, sinceramente,
no quería que me importara lo que pensara Christian. Si me permitía pensar en ello, me
arrastraría a un agujero y moriría de humillación por su rechazo en la sauna de
Solstices. Probablemente él y Claire se estaban riendo de ello. Eso estaba bien. No era
que la opinión de Miller me quitara el sueño.
—No hay pecado más grande que la soberbia, papá. El orgullo es un lujo que no
te puedes permitir por ahora —dije con mesura, intentando otro ángulo.
—Arya, no voy a hacer un cambio de última hora solo porque un amigo tuyo sin
nombre te haya dicho que lo haga. —Mi padre tiró su servilleta sobre la mesa,
poniéndose de pie—. En ese sentido, creo que ya es hora de que te pongas las pilas. Has
estado siguiéndome como un cachorro perdido y haciendo muy poco hasta ahora para
ayudarme a salir de esto.
¿Salir de esto? ¿Creía que yo tenía la agencia para ayudarle a salir de esto?
—Es mi culpa. Déjame ir a buscar mi varita mágica de Tu-Honor-Es-Inocente. —
No estaba segura de cómo papá y yo habíamos llegado a donde estábamos ahora. Mi
madre miró entre nosotros como si fuéramos dos extraños interrumpiendo su
almuerzo.
Negó con la cabeza. —Te veré en casa, Beatrice. Arya. —Bajó la cabeza, se levantó
y se fue. Me quedé sentada, sin palabras, mientras mi madre tomaba otro sorbo de su
G&T. Apenas le afectaba lo molesto que estaba papá. Por otra parte, no había visto a mis
padres actuar como una pareja normal ni una sola vez. Su relación se parecía más a la
de dos hermanos que no se querían mucho.
—¿Crees que lo haya hecho? —solté.
La conducta impecable de mi madre no se resquebrajó. De hecho, siguió
diseccionando sus huevos benedictinos con el tenedor y el cuchillo y dio un pequeño
mordisco a su comida. —Arya, por favor. Tu padre ha tenido una buena cantidad de
aventuras, pero todas fueron consentidas. Estas mujeres se lanzaron a por él
descaradamente. Estoy bien segura de que él y Amanda disfrutaron de la compañía del
otro en algún momento y ella esperaba más compensación después de que la desechara
por una modelo más nueva.
—¿Te engañó? —Pero yo ya sabía la respuesta a esa pregunta.
Mi madre se rió a carcajadas, arrancando un minúsculo trozo de pan de masa
madre y metiéndolo entre sus labios escarlata. —Engañó, engaña, engañará. Tú eliges
el tiempo. Pero yo no usaría ese término, exactamente. Engañar implica que me
interesa. Hace tiempo que no tengo interés en cumplir con mis obligaciones
matrimoniales. Siempre se entendió que, si quería afecto femenino, tendría que
buscarlo en otra parte.
119

—¿Por qué no te divorciaste? —escupí, con la ira zumbando bajo mi piel. No me


hacía ilusiones de que mis padres tuvieran un matrimonio feliz, pero había pensado que
Página

era semi funcional.


—Porque —zumbó—, ¿por qué habríamos de pasar por ese horrible y hortero
lío cuando tenemos un acuerdo?
—¿Dónde está tu orgullo?
—¿Dónde está el suyo? —preguntó ella, casi alegremente—. Las virtudes no
envejecen bien en la alta sociedad. ¿Cree que entrar y salir de las camas de mujeres
extrañas como un ladrón es más honorable que el hecho de que yo esté sentada en casa
y lo sepa?
Mi realidad tal y como la conocía se vino abajo. No diría que ponía a papá en un
pedestal, pero definitivamente lo veía con gafas de color de rosa. Ahora me preguntaba
qué más me ocultaban mis padres.
—¿Cuántas aventuras tuvo? —Me reacomodé en mi asiento, sintiendo que me
salía un sarpullido.
Mamá agitó una mano con desprecio. —¿Seis? ¿Siete? Amantes serias, quiero
decir. ¿Quién sabe? No me enteré de Amanda, pero hubo otras. Su infidelidad comenzó
antes. Antes de que tú y tu hermano nacieran, de hecho. Pero después de la muerte de
Aaron…
Mi corazón se rompió. No se rompió del todo, pero sí lo suficiente como para que
fuera humana y entrañable en ese momento, y no solo la mujer que había ignorado mi
existencia desde el día en que había perdido a mi hermano.
—Eso es terrible.
Mi madre sonrió con delicadeza. —¿Lo es? Ha sido un padre maravilloso para ti
todos estos años, cuando yo apenas podía mirarte. Me recuerdas demasiado a tu
hermano.
¿Era por eso que me odiaba? ¿Por eso ignoraba mi existencia?
—Nunca me exigió nada, incluso cuando era evidente que yo ya no era la mujer
de la que se enamoró. ¿Es terrible que busque el amor en otra parte o simplemente es
natural?
—Lo que se le acusa no tiene nada que ver con el amor.
Mamá lo meditó. —Tu padre es un hombre retorcido. Puede serlo, al menos.
—¿Crees que es capaz de todo lo que le acusan? —Intenté sostener su mirada,
pero estaba vacía. Inválida. No había nadie más allá de los ojos verde esmeralda de
Beatrice Roth—. ¿De acosar sexualmente a alguien?
Mi madre hizo una señal para pedir la cuenta, sin encontrar mi mirada. —Vaya,
se está enfriando. Continuemos con esto en otro momento, ¿quieres?
120
Página

—¿Ari? —Whitley, nuestra jefa de oficina, asomó la cabeza desde detrás de la


pantalla de su Mac al día siguiente en el trabajo—. Hay alguien abajo que quiere verte.
Hice doble clic en mi agenda digital, frunciendo el ceño. —No tengo ninguna
reunión hasta las tres. —Incluso eso era en el SoHo, a unas pocas manzanas de mi
oficina.
Jillian me lanzó una mirada inquisitiva desde el otro lado de la habitación, al igual
que Hailey, nuestra diseñadora gráfica interna. Whitley se mordisqueó la cutícula,
sujetando el teléfono del interfono entre el hombro y la oreja. —Él está abajo.
—¿Tiene él un nombre? —Arqueé una ceja.
—Seguro que lo tiene.
—Ahora es el momento de preguntar cuál es.
Whitley agachó la cabeza, preguntando a la persona que timbraba para subir
cómo se llamaba. Inclinó la cabeza para poder verme más allá de su pantalla. —
Christian Miller. Dice que te alegrarás de verlo.
Mi estómago dio un vuelco nervioso, y una lata de mariposas se abrió, llenándola
de alas aterciopeladas y aleteantes.
—Está mintiendo.
Ella le transmitió mi respuesta, luego escuchó lo que dijo y se rió.
—Dice que sabía que dirías eso pero que tiene información que te gustaría
conocer.
—Dile que bajaré en un minuto.
Me di unas palmaditas en el pelo para someterme, cogí mi teléfono y mis gafas
de sol y me dirigí a la escalera. Como no había ninguna posibilidad de disfrutar de esta
conversación, decidí acabar con ella. Sin duda, Christian estaba aquí para darme más
malas noticias. La pregunta era: ¿cómo sabía dónde trabajaba si había tirado mi tarjeta
de presentación el día que nos topamos en el Brewtherhood?
Tomé las escaleras de dos en dos. Christian esperaba en la acera, jugando con
una caja de cerillas, hablando por teléfono. Cuando me vio, levantó el dedo, sin prisa por
terminar su conversación. Solo después de explicar detalladamente a uno de sus socios
cómo quería que presentaran una moción para forzar algo en el juzgado, apagó el móvil
y se lo volvió a meter en el bolsillo del pecho, y se giró para mirarme como si yo fuera
una comida para llevar mohosa de tres días que acababa de encontrar mirándole desde
el fregadero de la cocina.
—Sra. Roth. ¿Cómo estás?
—Bien, hasta hace unos cinco minutos. —Me acomodé las gafas de sol por la
121

nariz—. Ahora me estoy preguntando qué demonios frescos has preparado


especialmente para mí.
Página

—Me hieres. —Sacó un cigarro, hablando en un tono que no parecía herido—.


Nunca prepararía un infierno fresco especialmente para ti. Aunque estás a punto de
recibir un generoso pedazo de él.
—Acaba con esto, Miller.
—Quería decírtelo en persona antes de que te enteraras por rumores. Esos
abogados que tu padre contrató parecen tan competentes como una roca de mascota y
ni siquiera pueden frenar la velocidad a la que se mueve la fecha del juicio. —Encendió
el cigarro. Trágicamente, incluso mientras daba una calada al hedor directamente a mi
cara, parecía más un modelo de portada de Esquire que el antihéroe de una película de
mafiosos.
—Cuatro mujeres más dieron un paso adelante y decidieron unirse a la demanda
de Amanda Gispen. Una de ellas tiene unas fotos muy coloridas e íntimas que tu padre
le envió. No es algo que te gustaría ver por ti misma, pero es algo que estoy obligado a
compartir con los demás para representar celosamente a mis clientes, lo que significa
incluir esto en las pruebas, por lo que las fotos se presentarán, ampliadas, en la sala
durante el juicio.
Apretando una mano contra el edificio de ladrillos rojos de mi despacho, inhalé
una bocanada de aire, tratando de no parecer tan devastada como lo estaba. Esto se
estaba saliendo de control. ¿Ahora había cinco mujeres testificando contra él? ¿Y
existían fotos?
¿Lo hizo? ¿Pudo hacerlo?
Ahora sabía por qué mi madre dijo que no quería saber. La respuesta era
aterradora. Una denuncia era algo que podía reorganizar en mi cabeza. Inventar
excusas, en ausencia del contexto y de otras víctimas. Cinco eran problemáticas.
Especialmente porque, siendo yo misma una mujer, sabía lo abrumadora que era la
perspectiva de sentarse en un estrado frente a abogados experimentados, siendo
interrogada sobre algo tan profundamente desencadenante. Sentí que me flaqueaban
las rodillas.
Christian me estudió atentamente, como si estuviera esperando a que me
desmayara. —Esto no va a desaparecer, Ari.
—¿Ari? —Me sobresalté, con los ojos abiertos de par en par.
—Arya —corrigió, sonrojándose ligeramente—. Tu vida está a punto de
implosionar si no te alejas de esto.
—Eso parece, y tú estás demasiado ansioso por la parte de los fuegos artificiales.
¿Esperas que deje a mi propio padre como cliente de relaciones públicas? —Me eché el
pelo a un hombro.
—No, espero que él abandone tu empresa y te ahorres la incómoda
conversación. Pídele a Jillian que lo deje si no te sientes cómoda haciéndolo. —¿Cómo
sabía lo de Jillian? ¿Pensaba de verdad que creía que estaba preocupado por mí y por
122

los míos?—. Deberías hacer lo correcto dando un paso atrás en esto. Aunque
pensándolo bien, no tengo ni idea de por qué no lo has hecho ya.
Página

—No finjas que me conoces —le dije—. Y no exhales humo sobre mí. —Agarré
el cigarro de entre sus dedos, lo partí en dos y lo tiré en una papelera cercana.
—Estás loca —dijo, pero su cara mostraba diversión, no enfado. Disfrutaba
haciéndome enojar. Se divertía con mi ira—. Lo cual, por cierto, encuentro
extrañamente encantador.
—No coquetees.
—¿Por qué no? —preguntó. Uf. Buena pregunta. La atracción era enloquecedora.
—¿Claire? —pregunté con cansancio.
Negó con la cabeza. —Firmemente en el pasado desde la semana pasada.
—Siento oírlo —dije, en tono monótono.
Él sonrió. —No, no es así.
—Tienes razón. Estoy bastante centrada en el espectáculo de mierda llamado mi
vida familiar ahora mismo.
—Comprensible. —No podía dejar de mirarme, y viceversa.
—Agradezco el aviso, Sr. Miller.
—El juicio será rápido. El juez López no quiere un espectáculo. Las pruebas son
abrumadoras. Debería ser una conclusión rápida.
—Ahora sería un buen momento para dejar de hablar. —Me giré hacia la puerta
de entrada, dispuesta a salir.
—¿Arya?
¿Era sordo?
Me giré hacia él, con una sonrisa de plástico en la cara. —¿Sí, Christian?
—No vayas al juzgado la semana que viene. Habrá cosas que no querrás ver. Por
no hablar de que es un suicidio para tu carrera. —Su voz era suave, sus ojos no eran tan
fríos como lo habían sido días antes, en la sauna.
—Hay cosas por las que vale la pena morir. Es mi padre.
—Sí. Tu padre. No tú. Tan pronto como se conceda la moción para la unión, los
medios de comunicación estarán en todo esto, y ninguna foto bonita de tu padre en un
hospital besando a los bebés va a hacer que esto desaparezca. Los inversores retirarán
su dinero de su fondo de inversión. La junta directiva probablemente le hará dimitir.
Los cargos han cambiado, y también el castigo, la estructura misma del caso. Conrad
Roth no va a volver a Wall Street. Si todavía quieres una carrera, ahora es el momento
de distanciarte de él.
123

—¿Le darías la espalda a tu padre así? —Agudicé los ojos, buscando los suyos.
Christian sonrió con tristeza, bajando la mirada. Su pulgar rodaba sobre su caja
Página

de cerillas. —Atropellaría a mis padres con un semirremolque por una tibia taza de té.
Y ni siquiera me gusta el té. Así que no estoy seguro de ser la persona adecuada para
que me hagan esta pregunta.
Algo de lo que dijo me hizo sentir cruda, desnuda. Culpable.
—¿Quieres hablar de ello? —le pregunté.
Negó con la cabeza, encontrando mi mirada. —No. Tienes tu propia familia de la
que preocuparte.
—Sí. Y elijo darle a mi padre el beneficio de la duda.
—No hay duda. Sus crímenes son una realidad objetiva, plenamente registrada
y presenciada. No soy el asesino de la buena reputación de tu padre. Soy simplemente
el forense. El cuerpo ya estaba frío cuando llegué. Además, también hay otro asunto que
considerar.
—¿Y cuál es?
—No puedo invitarte a salir mientras estés vinculada al caso.
Me quedé con la boca abierta. ¿Estaba más enfadada o sorprendida? No podría
decirlo, pero sabía que le daría un puñetazo si mi familia no estuviera ya nadando en la
mala prensa. Eso estaba más allá de lo normal. Su arrogancia era chocante.
—¿Quieres salir conmigo? —escupí.
—No iría tan lejos. Me gustaría acostarme contigo y estoy dispuesto a marcar
todas las casillas civilizadas para ir del punto A al B.
—¿Usaste esa frase en C…?
—No. No tuve que hacerlo.
Me bajé las gafas, medio sonriendo. —Es curioso, no parecías tan deseoso de
estar conmigo cuando estuvimos juntos en la sauna.
—La sauna fue un plan mal tramado. Por no mencionar que no quería estar en la
zona gris de la infidelidad. Ahora eso está fuera del camino…
—Ni siquiera te gusto. —Levanté los brazos, exasperada. Empecé a pasear por
la acera, ignorando las miradas curiosas de la gente que nos rodeaba. Christian parecía
más que cómodo, como si estuviera acostumbrado a arrinconar a la gente.
—No tienes que gustarme para querer meterte en la cama. Pensaría que estarías
familiarizada con el concepto de follar por odio a tu edad bastante avanzada.
—¿Y cómo sabes cuál puede ser mi edad bastante avanzada? —Me detuve,
volviéndome para mirarlo. Entonces lo vi. Solo un destello de una expresión de “oh,
mierda”, de alguien que había dicho algo que no debía, antes de que su rostro volviera
a la normalidad.
—Lo sé todo sobre todos los que tienen que ver con mis casos.
124

—Si crees que me voy a acostar con alguien que está tratando de hacer que mi
padre se vaya a la quiebra, necesitas una revisión de la realidad con un poco de terapia.
Página

—Así que es un sí, entonces.


—No vuelvas a venir aquí, Christian.
Con eso, me di la vuelta y empujé la puerta de entrada a mi edificio.
Volví a la oficina, tropezando con las escaleras al menos tres veces. Mi mente
estaba revuelta. Con Christian, con papá y con el cóctel molotov de mis padres. Cuando
empujé la puerta, me encontré con el rostro pétreo de Jillian. Llevaba su maletín en la
mano, con el lápiz de labios recién aplicado, indicándome que iba a salir.
—Te olvidaste de nuestra reunión con ShapeOn. Nos acaban de llamar diciendo
que llegas treinta minutos tarde. —Jillian trató de bajar la voz, pero no lo consiguió,
como solía hacer cuando estaba enfadada. Supuse que había olvidado ponerlo en mi
agenda. Mierda. Era el segundo cliente con el que metía la pata este mes.
—Yo… —Me quedé en blanco, pensando en algo que decir. Jillian sacudió la
cabeza y me empujó para salir por la puerta. Me quedé clavada en el umbral,
preguntándome qué demonios había pasado.

Intenté localizar a mi padre en su móvil durante el resto del día. No contestó. La


verdad se cerraba sobre mí como un sobre, sellado a mi alrededor un centímetro a la
vez.
Cuando salí del trabajo por el día, decidí que los tiempos desesperados requerían
medidas desesperadas y llamé a mi madre. Contestó al tercer timbre, sonando más fría
que de costumbre.
—Arya. Me llamas de la nada, así que voy a suponer que quieres preguntar por
tu padre.
Hola a ti también, madre.
—Yo tampoco recuerdo que me hayas llamado para saber cómo estaba —le
contesté, porque francamente, estaba harta de su actitud—. Y sí. De hecho, llamo para
preguntar por papá. No contesta.
La oí moverse por su gran salón, con sus zapatillas de diseño deslizándose sobre
el mármol. Su perro de bolsillo ladraba al fondo.
—Tu padre ha estado encerrado en su estudio con sus abogados todo el día,
dirigiendo una reunión con la que no quiero tener absolutamente nada que ver. Las
nuevas pruebas y las demandantes definitivamente harán las cosas más difíciles. ¿Te
125

imaginas lo que tendré que afrontar cuando vaya al almuerzo del club de campo la
semana que viene? Estoy pensando en cancelar todo. ¡Fotos de pollas, Arya! Qué
absolutamente vulgar.
Página

Fotos de pollas. Ese fue un término que nunca pensé que escucharía a mi madre
decir.
De nuevo, hizo esto sobre ella, no sobre él. Llegué a la puerta de mi edificio,
marqué el código y la abrí.
—¿Crees que lo hizo? —repetí mi pregunta de nuestro almuerzo. Solo que esta
vez, ya no me encontré con regodeo, sino con un silencio sombrío. Nunca pude leer a
mamá. No lo suficiente como para saber lo que estaba pensando. Si tenía una respuesta
obvia a mi pregunta, no lo sabía.
—No importa, ¿verdad? Somos su familia. Debemos estar a su lado.
¿Debemos? Pensé. ¿Incluso si hace daño a los demás? ¿Maliciosamente?
Empujé la puerta de mi apartamento, luego me quité los tacones y me quedé
mirando las estanterías antiguas de mis paredes. Estaban llenas de fotos mías y de papá
de vacaciones, bailes benéficos y fiestas. Ninguna con mi madre. Ella nunca me
acompañaba a nada. Papá me había criado solo.
—Las implicaciones financieras son otra cosa a tener en cuenta. —La voz de
mamá salió del teléfono que sostenía—. La empresa irá directamente a la quiebra si
Conrad no dimite, e incluso si lo hace, podría ser demasiado tarde. Por no hablar de que
van a demandarlo por la mayor parte de su patrimonio. No puedo creer que nos haya
hecho esto.
—Déjame consultarlo con la almohada, mamá.
—De acuerdo. Oh... ¿y Arya? —Mi madre olfateó en el otro extremo. Me quedé
quieta, esperando sus siguientes palabras—. No seas una extraña. También puedes
llamarme a mí, ya sabes. Sigo siendo tu madre.
Difícilmente, pensé.
Nunca fuiste mi nada en absoluto.
126
Página
16
Arya
Presente

Decidí tomarme un día libre para relajarme. Y por relajarme me refiero a


complicarme la vida. Quería obtener algunas respuestas e indagar en las denuncias
contra mi padre. Antes de ayer, había asumido cautelosamente que papá decía la verdad
cuando me daba una negación general. Ahora, no estaba segura. Anoche le envié un
mensaje a Louie, quien me confirmó que recibieron más solicitudes de presentación de
pruebas. Otras mujeres se sumaban a la demanda, y la suma que figuraba en la
declaración de daños y perjuicios presentada recientemente era astronómica; si perdía,
despojaría a mi padre de la mayor parte de sus bienes.
Pensé en Christian durante todo el trayecto en metro desde mi apartamento
hasta el ático de mis padres en Park Avenue. Detestaba absolutamente que tuviera
razón en lo de dar un paso atrás.
Cuando llegué al apartamento de mis padres, mi madre me esperaba en la
puerta.
—Gracias por venir. Quería que pidiéramos sushi para comer o algo así. —Una
sonrisa esperanzadora se dibujó en sus labios.
—Hmm, ¿qué? —Quería asegurarme de que no era una broma. Nunca se había
ofrecido a hacer nada conmigo. Y al ser rechazada unas cuantas veces durante mi
preadolescencia, dejé de intentarlo.
—Sushi. Tú. Yo. Puedo ayudarte a buscar entre las cosas de tu papá.
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No entraba en mis planes ir a lo Brady Bunch con mi madre, pero reconocí que
se esforzaba. Le di una palmadita en el brazo, pasando por delante de ella hacia el
Página

dormitorio principal. —Lo siento. Trabajo mejor cuando estoy sola.


Llegué a la puerta del dormitorio principal, usando el golpe secreto que solo
teníamos papá y yo. Un golpe, ritmo, cinco golpes, ritmo, dos golpes.
—¿Papá?
No hubo respuesta. Mamá apareció a mi lado, retorciendo el dobladillo de su
vestido. —Sabes, ha estado malhumorado todo el día. Ni siquiera atendió las llamadas
de sus abogados.
—¡Papá! —Volví a llamar, dejando de lado el toque secreto—. Abre la puerta. No
puedo ayudarte si no hablas conmigo. Necesito entender lo que pasó.
No pude pegar ojo durante la noche. Pensar que mi padre podía ser capaz de
tales cosas me hacía querer arrojarme al río Hudson.
Mamá se acurrucó cerca, sirviendo de público curioso.
—Vete —dijo papá a través de la puerta.
—Papá, quiero ayudar.
—¿Quieres? Porque hasta ahora no has sido muy útil.
—Tengo preguntas —dije. Mis crecientes sospechas y su actitud eran una mala
combinación.
—Si no me crees, tal vez no deberías ir a la corte.
—Nadie ha dicho que no te crea. —Aunque hay que admitir que mi confianza en
su inocencia era muy vacilante—. Solo quiero…
—No voy a responder a ninguna de tus preguntas. ¡Vete! —rugió.
Di un paso atrás instintivamente, sintiendo que mis mejillas se calentaban, como
si me hubiera abofeteado. Mi padre no me había gritado ni una sola vez. Eso no
significaba que no hubiera sido testigo de su agresividad con los demás. Si era sincera
conmigo misma (lo que no era, la mayor parte del tiempo, cuando se trataba de él),
había tenido problemas de control de la ira desde que tenía uso de razón. Pero, por
supuesto, la ira era un cáncer. Lo afectaba todo en su vida. La forma en que te
comportabas dentro de la oficina siempre se trasladaba a tu vida familiar. Tu vida
amorosa. Tu vida.
Recurrí a mi madre. —¿Tienes la llave de sus archivadores? Me gustaría revisar
sus contratos de trabajo.
Papá era un hombre de negocios de la vieja escuela. Creía que todo debía ser
impreso y guardado para su custodia. Toda la correspondencia que tenía con un
empleado se archivaba en su estudio. Era demasiado precavido para guardar estas
cosas en el trabajo.
Mi madre se retorcía las manos. —¿Crees que puede servir de algo?
—Vale la pena intentarlo. —Aunque no ayudara a su caso, me iba a ayudar a
128

entender si había virtud en alguna de las acusaciones.


Diez minutos más tarde, me senté en la exuberante alfombra del estudio de mi
Página

padre, con treinta años de documentación frente a mí. Todo estaba allí. Desde acuerdos
de servicio hasta correos electrónicos personales y cartas de despido. Me pregunté
cuántos de ellos había entregado a Louie y Terrance. Me pregunté si les entregaría algo
en absoluto. Parecía enjaulado en lo que respecta a este juicio. Una parte de mí quería
llamar a Christian e intentar averiguar qué tenían exactamente sobre él. Pero, como
Christian había mencionado, su principal objetivo era fastidiarme, no ayudarme.
—¿Arya? —Mi madre tocó a la puerta del estudio de papá a las tres horas de mi
investigación, sosteniendo una bandeja con limonada y galletas. ¿Qué pasó con el zar de
los pastelitos? Supongo que estaba bien comer carbohidratos ahora que era una
posibilidad real de que yo fuera su única familia que quedara. Dudaba que se quedara
con mi padre si no tenía dinero.
—Voy a dejar esto aquí —dijo con cautela, entrando de puntillas en la habitación
y colocando la bebida y el bocadillo a mi lado—. Avísame si necesitas algo.
Necesitaba que fueras exactamente así cuando era joven. Que reconocieras mi
presencia, en lugar de resentirla.
Puede que no conociera a Aaron, pero siempre sentí su pérdida. Estaba en el aire
de esta casa, cada mueble, cada cuadro, empapado de ello. El gran vacío que quedaba
donde debería haber estado otro miembro de la familia.
—Gracias. —No levanté la vista de las montañas de archivos que me rodeaban.
Se quedó junto a la puerta.
Arranqué otro correo electrónico cordial impreso entre Amanda y papá,
añadiéndolo a mi pila de “Amanda”. Intentaba averiguar dónde se produjo el
desencuentro entre ellos. —¿Mamá? Estoy tratando de trabajar aquí.
—Oh. Claro. De acuerdo.
Cerró la puerta con un suave clic.
—Vamos. Amantes con el corazón roto. Oportunistas avariciosas. Muéstrenme
sus verdaderas caras. Díganme que todo es una mentira... —me susurré, hojeando los
documentos.
El universo debió de oírme, porque dos minutos después, un sobre negro cayó
de una de las carpetas de manila. Estaba acolchado con papel y sellado.
¿Qué…?
Levanté la vista, escudriñando el cuarto vacío y escuchando los ruidos del
pasillo. No había moros en la costa. Tomé un abridor de sobres y lo rompí. Un montón
de papeles amarillentos llovieron sobre la alfombra. Recogí una carta, con el corazón
abriéndose paso en mi pecho. La letra me resultaba familiar y a la vez extraña. Cursiva,
apretada, como si la persona tratara de ahorrar papel.
129

Querido Conrad,
Hice lo que me dijiste que hiciera. No respondí a ninguna de las cartas y llamadas
Página

telefónicas de Nicholai. Me siento mal por esto. Después de todo, es mi hijo. Pero sabes que
mi lealtad está contigo. Lo extraño y me gustaría verlo pronto. ¿Crees que puedo pasar la
Navidad con él? Por supuesto, también me gustaría pasarla contigo. Pero solo si ella no
viene. No puedo soportar verla. No los merece ni a ti ni a Arya.
Con amor,
Ruslana

La carta cayó de entre mis dedos. Nicholai.


Ruslana estaba hablando de Nicholai. ¿Pero qué quiso decir con eso de hacer lo
que papá le pidió que hiciera? ¿Por qué papá le pediría que no contestara a Nicky
después de que éste se hubiera mudado? Esta no era la versión que papá me dio hace
tantos años de lo que había sucedido después de aquel vergonzoso día.
Una cosa que no necesitaba un detective para concluir de esto era su insinuado
romance. Supuse que “ella” era mi madre, que efectivamente optaba por no asistir a
nuestras celebraciones anuales de Navidad para trabajar en su bronceado en Sydney.
No era extraño que papá y Ruslana me llevaran a algún lugar durante las fiestas, para
distraerme de mi existencia sin mamá. Pero Ruslana siempre se quedaba en una
habitación separada y apenas hablaba con mi padre. Recogí otra carta.

Querido Conrad,
Sospecho que eres un mentiroso. Si no lo eres, ¿por qué sigues con Beatrice?
Dijiste que la dejarías por mí. Pero han pasado tres años y míranos. Nicholai es un
hombre ahora. Ni siquiera me habla. Perdí mi conexión con mi única familia, pensando
que me uniría a la tuya. Se suponía que Nicholai cuidaría de mí cuando envejeciera. Ahora
ni siquiera responde a mis llamadas. Hay un dicho que sin duda conoces. A los yanquis les
encanta. No compras la vaca si puedes conseguir la leche gratis.
Ahora me siento como ganado, Conrad, y no me gusta nada esta sensación.
Todavía tuya,
Ruslana

Mi estómago se revolvió violentamente. ¿Ruslana y Nicholai no habían estado en


contacto todos estos años? ¿Cómo estaba mi padre relacionado con todo esto? Parecía
rabioso aquel día en que nos encontró a Nicky y a mí en la biblioteca, representando
aquella escena de Expiación. Pero no pudo… no habría…
Pobre Nicky. ¿Era mi padre realmente capaz de tales atrocidades?
Si huele a cerdo y parece un cerdo…
130

Cogí otra carta. Y luego otra. Las palabras se desdibujaron, difuminándose tras
una hoja de lágrimas no derramadas.
Página

Querido Conrad... No puedo comer... No puedo dormir... mi amor por ti arde como
el combustible de medianoche...
Querido Conrad... Estoy considerando tomar el asunto en mis manos y hablar con
Beatrice... si no se lo dices tú, lo haré yo. Dijiste que la dejarías. ¿Mentiste?

Querido Conrad... Estoy desesperada. ¿Cuándo me llamarás?

Querido Conrad... por favor, no me despidas. Me portaré bien. Te lo prometo. No


sobrepasaré tus límites. Siento haberlo hecho. Estaba... confundida. No puedo permitirme
perder este trabajo. Ya he perdido demasiado.

La última carta fue la que hizo que el resto de mis esperanzas se derrumbaran
en el suelo.

Querido Conrad,
No me dejas otra opción. Se lo voy a decir a Beatrice yo misma.
Compra mi silencio, o paga por lo que hiciste.
—Ruslana

Ruslana no renunció; la despidieron.


Despedida. Escondida donde mi madre no podía verla. Desterrada del reino de
papá, igual que Nicholai.
Todavía recordaba lo que papá dijo el día en que Ruslana dejó de venir sin ni
siquiera una llamada o una nota. Yo, estudiante universitaria, me había pasado a
saludar.
—Supongo que quería mudarse a un lugar donde hubiera muchos rusos. Fox
River se ajustaba a lo que buscaba —dijo. Me parecía tan extraño entonces que nuestra
confiable ama de llaves, que se quejaba del invierno ya en septiembre, eligiera
voluntariamente mudarse a Alaska. También me pareció raro que no pudiera conseguir
su dirección. Enviarle unas flores o una cesta de regalo por todos los años que nos sirvió.
Desapareció de la faz de la tierra.
Ahora, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.
131

Nicholai.
Ruslana.
Página

Los amoríos.
Amanda.
Sobre todo, la forma en que mi padre me trataba ahora, cuando creía que estaba
contra él. Cómo me dejó fuera de su reino también.
Me levanté, dejando los papeles esparcidos por el suelo del estudio. Mi madre
intentó detenerme en la puerta, pero la empujé, salí corriendo del edificio, me apoyé en
un arbusto y vomité.
132
Página
17
Arya
Pasado

—¿Dónde está? —pregunté el día después de que Nicholai fuera enviado a casa,
de pie en el borde del estudio de mi padre. Me tomó un día entero mirarlo sin temer
atacarlo físicamente.
Ruslana había seguido cumpliendo con sus deberes como si no hubiera pasado
nada, pero cada vez que intentaba preguntarle por Nicky, hacía como que no me oía o
se dedicaba a lavar los platos y doblar la ropa, como si no pudiera hablar y realizar sus
tareas al mismo tiempo.
Papá levantó la vista de su papeleo, dejó caer el bolígrafo y se recostó en su
asiento. —Cariño. ¿Dónde está tu madre?
—Adivina. —Apoyé un hombro en el marco de la puerta, mi voz apenas un
siseo—. Es la semana de la moda en algún lugar del mundo. Probablemente esté
quemando tu dinero mientras se queja de ti. —En realidad, estaba en un retiro de yoga,
pero quería hablar mal de ella. Fue la primera vez que dije algo malo sobre ella para
sentirme mejor. Extrañamente, no funcionó. La amargura que obstruía mi garganta se
hacía más aguda cada día. Como una pelota de goma con más gomas—. Ahora responde
a mi pregunta: ¿dónde está Nicky?
Papá hizo rodar su silla ejecutiva hacia atrás, haciendo un gesto para que tomara
asiento frente a él. Me dirigí a la silla, manteniendo una expresión severa.
—Escucha, Arya, no es fácil decir esto. Pero supongo que la verdad es algo de lo
133

que ni siquiera yo puedo protegerte. —Se rascó la mejilla—. Permíteme empezar


diciendo que lamento la forma en que reaccioné cuando los encontré. No puedo
recalcarlo lo suficiente. Eres mi hija, y protegerte es mi principal preocupación. Cuando
Página

lo vi acorralándote contra las estanterías, pensé… bueno, en realidad, no pensé. Ese fue
el problema. Actué por puro instinto paternal. Te aseguro que después fui a ver a
Nicholai y le expresé mi arrepentimiento por mi comportamiento. No soy un hombre
primitivo. La violencia está por debajo de mí. Así que primero, vamos a sacar esto del
camino. Parecía estar bien y en buen estado. Algunos rasguños, pero nada más.
Miré hacia el cielo, al techo de estilo catedralicio, para evitar llorar. Sabía que no
podía dejar que se saliera con la suya en lo que hizo. Más que eso, no podía superar eso
aunque quisiera. Lo que vi fue un hombre violento y malvado. Un hombre que no quería
como padre.
—Estás mintiendo —dije fríamente.
—¿Crees que te mentiría? —Me miró con impotencia, un hombre diferente al
que había presenciado ayer golpeando a Nicky hasta dejarlo hecho polvo.
—Sí —dije con rotundidad—. Le has hecho cosas mucho peores a Nicholai.
—Sobre eso. —Papá consideró sus siguientes palabras—. Cariño, yo solo… No
estaba seguro de lo que vi. Sé que tú y Nicholai eran cercanos. Pero después de que fui
a disculparme con Nicholai en persona, me hizo una petición que no pude negar. Tienes
que entender que solo hice lo que él deseaba que hiciera porque me sentía muy
culpable. Y… bueno, no podía rechazarlo exactamente, en caso de que usara lo que había
hecho en mi contra. Tenía que pensar en nuestra familia. No puedes quedarte aquí con
tu madre por tu cuenta.
—¿Qué hiciste? —Mi voz era tan fría que los escalofríos me recorrían la espalda.
—Arya…
—Escúpelo, papá.
Cerró los ojos, dejando caer la cabeza entre las manos. Esta semana fue la
primera vez que me pregunté si papá no era del todo bueno. La idea era demasiado
difícil de digerir. Después de todo, él era mi única familia.
—Me preguntó si podía comprarle un billete de ida a casa de su padre, que vive
en Bielorrusia. Acepté.
El mundo a mi alrededor giró, aunque mis pies seguían arraigados al suelo.
Nicholai. Se había ido.
—Quería empezar de nuevo en otro lugar. Vivir en un lugar donde no tuviera
que estar encerrado todo el verano junto a la tentación. Lo estaba matando, cariño.
Estaba a punto de vomitar. La bilis me llegó al fondo de la garganta, el sabor agrio
explotó en mi boca. Me lo tragué todo. La ira, la vergüenza, la decepción. Sobre todo, la
humillación.
Así es como se siente un corazón roto. Ser apuñalada en el alma mil veces. Nunca
134

iba a tener una cita. Nunca.


—¿Dijo que ya no quiere pasar los veranos aquí? —Parpadeé rápidamente,
Página

evitando por poco romper a llorar. Papá se cubrió la cara con las manos y apoyó los
codos en el escritorio. No podía verme así.
—Estoy apenado, Arya. Estoy seguro de que se preocupa mucho por ti. Solo que
no quiere que las cosas sean… complicadas. Puedo respetar eso. Aunque traté de
persuadirlo para que se quedara. Principalmente por Ruslana. Es su único hijo, ya ves.
Mientras digería todo esto, sentí que mis manos temblaban en mi regazo. La
sensación de traición me robó el aliento. Aunque Nicky y yo solo teníamos los veranos,
esos veranos me mantenían a flote. Me llenaban de todo lo bueno. Hacían más fácil
enfrentar el mundo.
—Te olvidarás de él. Ahora mismo, parece el fin del mundo, pero la verdad es
que todos los saludos terminan en un adiós. Eres tan joven que ni siquiera te acordarás
de él.
—Voy a pedirle a Ruslana su número —me oí decir, ignorando sus palabras. Mi
orgullo estaba herido, pero no volver a hablar con Nicky era peor que un ego empañado.
Papá se pasó una mano por su melena cubierta de sal y pimienta, expulsando aire.
—No te lo va a dar —dijo bruscamente. Luego, para suavizar el golpe, dijo—:
Ruslana está intentando arreglar la relación con Nicholai, y ahora mismo no quiere
tener nada que ver con la familia Roth. Con razón.
—¿Por lo que hiciste? —Mis dientes castañetearon de rabia.
—No. Porque cree que lo hiciste a propósito. No quiere hablar contigo.
Esto se sintió como otro golpe, esta vez en el lugar donde mi alma estaba metida.
Entre el esternón y el estómago.
—¿Tienes la dirección de su padre? ¿Para poder escribirle al menos? —pregunté,
con voz firme, cuadrando los hombros. No iba a rendirme. Nicky tenía que saber la
verdad.
—Claro. Te anotaré la dirección. Tómatelo con calma cuando le escribas, ¿de
acuerdo? No te enfades ni nada por el estilo. Me siento muy mal por cómo se desarrolló
todo. Esperemos que sea capaz de encontrar su lugar allí.
No. Con suerte, regresará a casa arrastrándose. Por mí.
Quería que Nicky fracasara.
Que admitiera la derrota y volviera.
Esa fue la primera vez que descubrí que el amor tenía otro lado. Oscuro y con
alambres de púas. Oxidado y lleno de pus. Venenoso, como yo.
—¿Papá?
—¿Sí, cariño?
135

—No te molestes en hablarme. En lo que a mí respecta, estás muerto.


Página
Esa noche le escribí a Nicky mi primera carta. Tenía cuatro páginas y consistía
en una disculpa y una explicación de lo que había pasado ese día. También añadí algunas
fotos de nosotros. Tomadas en la piscina y en el parque. Por alguna razón, me aterraba
que se olvidara de mi cara. Entregué a Ruslana la carta, ya sellada, observando
atentamente su reacción. La expresión de mi ama de llaves permaneció estoica mientras
me aseguraba que la enviaría por correo.
Dos semanas después, envié a Nicky otra carta. Esta vez, le acusé de cosas. De
ignorarme, de traicionarme, de dar la espalda a nuestra amistad.
Todo el tiempo, papá trató de volver a ganarse mi simpatía. Me colmó de regalos
(una cámara nueva, entradas para Wicked, un bolso que la mayoría de las mujeres
adultas considerarían demasiado lujoso), pero no cedí.
A la semana siguiente, le envié a Nicky una tercera carta, disculpándome por la
segunda.
Cuanto más tiempo pasaba sin respuesta, más aumentaba mi desesperación.
Sentía nostalgia, pánico, hinchazón de culpa e indignación. Si había decidido
descartarme tan fácilmente, tal vez se merecía que lo molestara. Mi orgullo, ya tan frágil
como una corona de espinas, se rompió en pedazos. Todo lo que quería era hablar con
Nicky. Oír su voz. Ver su sonrisa ladeada una vez más mientras bromeaba con otro
comentario sarcástico.
Pasé los primeros cuatro meses de mi primer año escribiéndole. Su respuesta
llegó en forma de un regalo inoportuno el día antes de Navidad: todas mis cartas,
selladas con mi dirección de retorno, todavía estampadas y sin abrir.
Y así, finalmente, me quebré.
No quería hablar conmigo. Saber de mí. Recordar mi existencia.
Mientras tanto, papá estaba al acecho en las sombras, esperando para
abalanzarse sobre una oportunidad de reconciliación.
—Lo siento mucho —decía—. Haría cualquier cosa para mejorar esto.
Los meses habían pasado, pero mi ira no. Apenas vi a mi padre ese año, haciendo
planes cada noche y cada fin de semana y no incluyéndolo en ellos.
Un día, cuando el agujero con forma de Nicky en mi pecho se sentía
especialmente hueco, papá pasó por delante de mi habitación de camino al dormitorio
136

principal. Estaba tirada sobre la cama, mirando a la nada.


—¿Qué tiene de interesante? —preguntó—. El techo.
Página

—No hay mejor vista en esta casa podrida. —Soné como una mocosa, y lo sabía.
—Levántate. Te mostraré una buena vista.
—Ya me has mostrado muchas. —Ambos sabíamos que me refería a Nicky. El
tipo seguía apoderándose de cada uno de mis pensamientos.
—Haré que valga la pena —insistió papá, con su voz suplicante.
—Lo dudo. —Resoplé. Aunque mi ira hacia él no había disminuido, también me
había dado cuenta de que no tenía a nadie más que a Jillian en quien apoyarme. Mis
amigos del instituto eran ocasionales, y mis parientes vivían lejos.
—Dame una oportunidad. —Apoyó un hombro en la jamba de la puerta—. Me la
vas a dar hoy, o el mes que viene, o el año que viene. Pero haré que me perdones. No te
equivoques.
—Bien —me sorprendió oírme decir—. Pero no creas que después vamos a estar
bien el uno con el otro o algo así.
Me llevó a los Cloisters del Met, para ver el arte y la arquitectura medieval.
Paseamos hombro con hombro, en silencio todo el tiempo.
—Sabes —dijo papá cuando llegamos a las efigies de las tumbas—, hay más de
esas en la Abadía de Westminster. Mi favorita es la de la reina Isabel I. Puedo llevarte a
verla, si quieres.
—¿Cuándo? —pregunté con altanería. En algún momento de ese año, ser
horrible con él se había convertido en algo parecido a comer. Una cosa más en mi
agenda.
—¿Mañana? —Levantó las cejas, ofreciéndome su astuta sonrisa de Conrad
Roth—. Mañana estoy libre.
—Mañana tengo colegio —le contesté, con la voz considerablemente
descongelada.
—Aprenderás mucho en Londres. Mucha historia.
Y así, al cabo de un año, tomé un atajo y volví a incorporar a papá a mi vida.
Hicimos de los Cloisters algo mensual.
137

Londres no me cambió.
Tampoco los viajes a París, Atenas y Tokio.
Página

Seguía obsesionada con todo lo relacionado con Nicky, hambrienta de migajas


de información sobre él.
Cambié de táctica y pasé de una preocupación constante por él a rachas de
preguntas y de hostigamiento. Podía pasar semanas sin hablar de él, y luego pasar unos
días preguntando por él sin parar.
Ruslana me explicó que Nicky era feliz en Minsk. Que si no respondía, era por su
apretada agenda. Papá me apoyaba, pero cada vez que intentaba pedirle que
comprobara cómo estaba Nicky a través de su investigador privado, se negaba, diciendo
que lo hacía por mí. Que tenía que seguir adelante. Que odiaba verme envuelta en mi
fijación.
Tal vez había algo malo en mí. ¿Puede el amor enfermarte? Supongo que sí. Había
visto a mi madre llorar a mi hermano toda mi vida y no quería suspirar por alguien que
nunca volvería.
Aun así, cuando cumplí dieciséis años y recibí mi segundo primer beso de
Andrew Brawn, lo único que podía pensar era que él no era Nicky.
Pero sabía que presionar a papá para que hiciera algo era imposible. Además,
tenía que elegir mis batallas. Mamá apenas estaba ya con nosotros. Mi única familia
estable era mi padre, y no quería arruinarla peleando por un chico que ni siquiera se
molestaba en responderme.
Los años fluyeron como un río, ahogándome en todo tipo de primeras veces con
chicos que no eran Nicholai Ivanov. Los primeros siete minutos en el cielo (Rob Smith).
La primera sesión de besos bajo las gradas (Bruce Le). Primer novio (Piers Rockwysz)
y primer desamor (Carrie y Aidan de Sexo en Nueva York, porque admitámoslo, Piers
era genial, pero Aidan no). Nicky siempre estaba al margen de mi conciencia, haciendo
que cada chico con el que salía se quedara corto. Me preguntaba a cuántas chicas había
besado a lo largo de los años. Si todavía pensaba en mí cuando tocaba a otras chicas, sus
manos deslizándose bajo sus camisas. Me parecía una locura no poder preguntárselo.
Pero quizás también era una suerte, porque una gran parte de mí no quería saberlo.
Y así, cuando cumplí dieciocho años, lo primero que hice fue llamar al
investigador privado de papá. David Kessler era el mejor de Manhattan.
David volvió a llamarme cuatro semanas después de que le pidiera que buscara
a Nicky, informándome de su muerte.
No me levanté de la cama durante tres días, después de los cuales el miedo a
convertirme en mi madre superó la miseria de saber que no estaba vivo.
A partir de ese momento, juré olvidar que Nicholai Ivanov había existido.
Ojalá hubiera sido tan fácil…
138
Página
18
Christian
Presente

Arya llegó a la sala del tribunal el primer día del juicio.


Claramente, había decidido dar a mi consejo amistoso un buen y largo dedo
corazón con una parte de preocúpate de tus propios asuntos.
Al menos optó por sentarse en la zona de asientos del público y no en el banco
de la familia, donde sería visible. Conrad Roth tampoco había contratado a una mujer
litigante como la que le propuse a su hija. No se sabe si fue por orgullo o porque sabía
que no podría salir de este lío.
Cinco víctimas, acusando a Roth de seis cargos de acoso cada una, buscando 200
millones de dólares combinados en compensación, 40 millones de dólares cada una.
A diferencia de otros depredadores sexuales de su posición y riqueza, había
hecho un trabajo pésimo para cubrir sus huellas. Calculé que pasarían cuatro semanas
antes de que el juez López nos pidiera nuestras declaraciones finales.
Me puse delante del banco del juez López para mi declaración inicial, con mi traje
Brunello Cucinelli y una expresión seria. Tuve que hacer todo lo posible para apartar
mis ojos de la mujer de la última fila de la sala. Arya estaba sentada con la espalda recta
y la nariz inclinada hacia arriba. La imagen de la elegancia equilibrada. Había dejado de
ir a la piscina, así que tuve una semana para reflexionar sobre nuestro último encuentro,
en el que me dijo que me fuera a la mierda cuando le ofrecí llevarla a cenar.
Naturalmente, eso me hizo desearla aún más.
139

No estaba seguro de cuándo, exactamente, la línea entre querer joderla y follarla,


y ya, había empezado a difuminarse. Pero sabía que estaba a horcajadas como una
Página

ansiosa stripper que actúa en una despedida de soltero por las propinas.
No importaba lo irracional, lo ilógico, lo peligroso (y no se podía negar que
tocarla podía complicar mi caso, mi perspectiva de pareja y mi vida en general) que
fuera, quería a Arya.
También la merecía. Después de todo lo que me había hecho pasar, tenerla en mi
cama era el premio de consolación perfecto.
Podría seguir su camino después de que yo terminara con ella, probablemente
para casarse con alguien por debajo de su pedigrí, ahora que papá querido sería
desterrado de la empresa de fondos de inversión que dirigía y exiliado de la alta
sociedad.
Por desgracia para Arya, y tal vez para mí mismo, mi declaración inicial incluía
una presentación en la que se mostraba una foto de la polla de su padre, que él mismo
envió a una becaria de veintitrés años, y que estaba ampliada en una pantalla en el
centro de la sala, con el pubis y la erección a media asta indemnes.
Me esforcé por no mirar a Arya mientras explicaba a los miembros del jurado
que su padre había enviado una imagen de su pene a alguien más joven que su propia
hija, sintiéndome mal del estómago. Y también la ignoré después de eso, cuando mi
cliente explicó con lágrimas en los ojos en el estrado lo marcada que estaba por la
revelación (bastante literal) de que su jefe era un idiota.
El primer día del juicio transcurrió sin problemas. Las demandantes fueron
convincentes. Los miembros del jurado se mostraron muy receptivos. Yo hice una
actuación digna de un Oscar, haciendo gala de escuchar y juntando las cejas en señal de
preocupación en todos los lugares adecuados.
Cuando el juez López dio un golpe de martillo y dijo que el tribunal entraba en
receso, me volví hacia el asiento de Arya y lo encontré vacío.
Salí con las demandantes y Claire por las puertas dobles de la sala, hacia el
vestíbulo, desglosando el día en puntos digeribles para mis clientes. Bajé la escalera del
tribunal, deslizándome entre las grandes columnas. La lluvia se pegaba a mi traje. Al
otro lado de la calle, un destello de pelo castaño alborotado que reconocería en
cualquier parte desapareció tras la puerta de una cafetería.
Arya.
—Nos vemos en la oficina. —Toqué el brazo de Claire, justo cuando se giró hacia
mí, diciendo—: ¿Quieres tomar un café de camino para que podamos hablar?
Se detuvo, tragó saliva y asintió. —Sí. Sí. Nos vemos.
Con los ojos todavía pegados a la puerta de la cafetería, crucé la calle y entré.
Arya ya estaba sentada, acunando una taza de café en una mesa alta que daba a la
ventana, con la mirada fija allí. Me coloqué en el taburete frente a ella, sabiendo
perfectamente que estaba jugando con cerillas junto a un barril de seis galones de
explosivos.
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—¿Cómo nos sentimos hoy? —Reconocí al instante que era una pregunta
equivocada. ¿Cómo diablos creía que se sentía? Yo acababa de pasar las últimas siete
Página

horas clavando el ataúd metafórico de su padre antes de tirarlo al mar.


Arya levantó la vista de su taza de café, un poco desorientada. La lluvia golpeaba
la ventana de enfrente.
—¿No se supone que los abogados son buenos con las señales sociales? Toma
nota —gimió, frotándose los ojos.
—Soy más del tipo de persona que va de frente. —Puse mi maletín entre
nosotros.
Se llevó el borde de la taza a los labios, mordisqueándolo. —¿Es así? Pues aquí
tienes una bomba de verdad: no quiero hablar contigo, Christian. Nunca.
—¿Por qué viniste hoy aquí? —pregunté, ignorando sus palabras. No tenía por
costumbre acosar a las mujeres, ni siquiera darles la hora del día a menos que me lo
pidieran. Pero sabía que el mecanismo de defensa de Arya consistía en alejar a la gente
(estábamos cortados por el mismo patrón) y no estaba del todo seguro de que quisiera
estar sola en ese momento—. Ni siquiera te reconoció.
—Había una foto de su pene del tamaño de una pantalla de cine en medio de la
sala. Es un poco difícil mirar a tu hija a los ojos después de eso, creo.
—Exactamente. No puedes creer que es inocente después de eso.
—No estoy segura de que sea inocente en absoluto. —Dejó la taza en la mesa y
la hizo girar con los dedos distraídamente—. Estoy en la zona de la duda razonable.
Pero tienes razón. Me ha estado ignorando. Ni siquiera contestaba a mis llamadas.
—Esa es una forma de admisión de culpa. —Agarré la taza de entre sus dedos y
tomé un sorbo. Tomaba su café sin azúcar y sin leche. Igual que yo—. Lo que me lleva a
mi punto original: ¿por qué estás aquí?
—Es difícil dejar ir a tu única familia. Incluso si dicha familia es horrible. Es peor
que si hubiera muerto. Porque si muriera, al menos podría seguir amándolo.
Siendo hijo de dos padres gilipollas, me sentía identificado.
—¿Y tu madre? —pregunté.
—No es una gran madre, la verdad. Por eso creo que logré pasar por alto las
señales evidentes de papá. Dijiste que no eras muy amigo de tus padres, ¿no?
Sonreí escuetamente. —No especialmente.
—¿Hijo único?
Asentí con la cabeza.
—¿Alguna vez deseaste tener hermanos? —Apoyó la barbilla en el puño.
—No. Cuanta menos gente haya en mi vida, mejor. ¿Y tú?
—Tuve un hermano —reflexionó, mirando la lluvia, que caía con más fuerza—.
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Pero murió hace mucho tiempo.


—Lo siento.
Página

—A veces pienso que siempre seré una mitad de algo. Nunca una persona
completa.
—No digas eso.
Nunca conocí a nadie tan completa como tú, con imperfecciones y todo.
De repente, Arya frunció el ceño, ladeando la cabeza mientras me estudiaba. —
Espera, ¿se supone que debes hablar conmigo?
—Ya no formas parte del caso. Ya no prestas servicios profesionales a tu padre
y tu nombre no está en la lista de testigos.
Aunque éticamente, que hablara con la hija del acusado era poco ortodoxo en el
mejor de los casos, y un incendio en el peor.
Arqueó una ceja. —¿No?
Sacudí la cabeza. —Quitó todas las menciones a tu empresa de sus páginas web
un par de días después de que visitara tu oficina. A petición tuya, supuse.
Los ojos de Arya, de gruesos flecos, se encendieron. Obviamente, mi suposición
había sido errónea. Se levantó de golpe y dejó caer su café. El líquido marrón se derramó
por la mesa y el suelo. Enderezó la taza con manos temblorosas. —Que tenga una buena
noche, Sr. Miller.
Abrió la puerta de golpe y salió corriendo a la calle. Tomé mi maletín y la seguí,
reconociendo lo malditamente desconsiderado que era. A estas alturas, estaba rogando
meterme en problemas. El juez López tendría todo el derecho a expulsarme del caso si
descubría lo que estaba haciendo.
La historia se repite.
—Arya, para. —Pasé a hombros entre la multitud de la tarde de Manhattan. La
lluvia caía a raudales sobre los dos, haciendo pesar su alocado pelo. Ella aceleró el paso.
Estaba huyendo. De mí. Y yo la perseguía.
Mis piernas se movían más rápido.
—¡Arya! —ladré. Ni siquiera sabía lo que quería decirle. Solo sabía que quería
decir la última palabra. La lluvia me golpeaba la cara. Se detuvo en una intersección, en
un semáforo en rojo. Atrapada, se dio la vuelta, con una postura de guardia, como si
estuviera preparada para saltar. Sus ojos verdes bailaban en sus cuencas.
—¿Qué? ¿Qué quieres de mí, Christian?
Todo, y nada en absoluto.
Tus lágrimas, tus disculpas, tu arrepentimiento y tu cuerpo.
Sobre todo, quiero que recuerdes. Lo que solíamos ser. Y lo que ya nunca podremos
ser.
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Me pasé una mano por el pelo empapado. —¿Por qué dejaste de ir a la piscina?
Echó la cabeza hacia atrás y se rió. Era tan hermosa que quise estrangularme por
Página

aceptar el caso. Por no dejar que Conrad Roth se dejara clavar por otro mientras yo
llevaba un sórdido romance con su hija. Lleno de fines de semana desnudos en lugares
exóticos, champán y sexo pervertido.
Refunfuñó. —Quería sacarte algo sucio. Entonces yo… —Se interrumpió,
deteniéndose en el último momento, sin querer completar la frase—. Entonces me di
cuenta de que no eres el verdadero villano de la historia —terminó en voz baja.
—No lo soy. —Pero las palabras se sintieron raras en mi boca, porque en cierto
modo, lo era. A ninguno de los dos nos importaba la lluvia que nos golpeaba la cara
mientras estábamos en medio de la calle. Su olor, a melocotón y azúcar y a Arya, se
amplificaba a través de la lluvia. El semáforo se puso en verde a sus espaldas. Me
acerqué más, y mis dedos se movieron para acariciar su mejilla—. Corta tus pérdidas.
Dale la espalda a tu padre como él te la dio a ti. Cena conmigo.
Negó con la cabeza, cerrando los ojos. Las gotas de lluvia volaron de su cabello.
De repente, volvíamos a tener catorce años. Pegué mi frente a la suya, respirándola.
Sorprendentemente, no me apartó. Nuestros cabellos estaban pegados, nuestras
narices se tocaban. Su corazón palpitaba contra el mío. Quería hacer cosas que ni
siquiera tenía que pensar.
—Dios. —Apretó sus puños, presionándolos contra mi pecho—. Quiero que esto
termine.
—Lo siento. Lo siento tanto, tanto.
Lo sentía, al menos en ese momento. Fue un momento de puro y simple viejo
Nicky, con su estúpida debilidad por esta chica.
—Me siento tan perdida —exhaló.
—Te encontrarás a ti misma, muy pronto. Cuando el juicio termine. Cuando el
polvo se asiente.
—¿Joder a un Roth es un sueño tuyo desde hace mucho tiempo? —Sus labios se
acercaron tanto a los míos que pude saborearlos.
—En general, no. Pero una en particular, sí. Está en mi lista de deseos.
—¿Y siempre logras lo que está en tu lista de deseos? —Labios contra labios. Piel
contra piel.
—La mayoría de las veces —admití.
—Bueno, no me estás consiguiendo.
—Ya eres medio mía.
Nuestros cuerpos estaban al ras, nuestras ropas empapadas, pero ella no se
acobardó. No dio un paso atrás. Recordé a la niña de doce años que no me dejaba ganar
una estúpida discusión mientras pasábamos el rato en el cementerio. Esa niña seguía
143

ahí.
—¿Quieres apostar? —Gotas de agua colgaban de sus pestañas, y nunca se había
Página

visto más hermosa, más destructiva, más real.


—Claro —hablé en su boca—. Vamos a hacerlo interesante. Si tenemos sexo, me
pagas todas las cenas a las que te voy a llevar con carácter retroactivo.
Alguien nos empujó, casi tirando a Arya a la calle en su búsqueda de un lugar
seco. La atraje por la cintura hacia mí, de vuelta a la seguridad. Nuestras miradas no se
rompieron.
—Qué caballeroso eres. Y si gano y no nos acostamos, vas a responder a todas
mis preguntas sobre el caso de mi padre.
—No puedo hacer eso.
—Después de que termine —aclaró—. Que es también el plazo de esta apuesta.
Le acomodé los mechones de pelo mojados detrás de las orejas. —Dentro de lo
razonable, y teniendo en cuenta mi acuerdo de confidencialidad entre abogado y cliente,
tienes un trato.
—¿Cuánto durará el juicio? —preguntó. Me quedé hipnotizado por sus labios. Lo
húmedos que estaban. La forma en que hacían un mohín alrededor de las diferentes
vocales mientras hablaba.
—Cuatro semanas. Cinco, si el equipo legal de tu padre saca la cabeza del culo y
se manifiesta, lo que francamente parece poco probable.
—Será mejor que te prepares para el juego. —Me hizo un guiño de zorra.
La vi irse, sintiéndome despojado de alguna manera.
Ari y Nicky.
Nicky y Ari.
En ese entonces, yo no había sido suficiente.
Iba a demostrarle que hoy en día, era más de lo que ella podía manejar.

Esa misma noche, Arsène y yo estábamos en un bar de moda del SoHo cuando
conocimos a Jason Hatter, un tipo bastante agradable que estudió conmigo en la
Facultad de Derecho de Harvard. Nos vio desde el otro lado de la barra, besó la mejilla
de su acompañante y se dirigió hacia nosotros. Nos dijo que acababa de convertirse en
socio de su propio bufete, pero parecía tan alegre como un hombre que se gana la vida
lamiendo axilas.
144

—¿Todavía no eres socio? —preguntó Jason, más sorprendido que presumido.


Era un buen tipo, pero seguro que tenía tan poco tacto como una servilleta usada.
Página

—Christian sigue trabajando sus encantos con Papi & Papá. —Arsène me dio una
palmadita en la espalda, como si yo fuera su cita o algo así. Le aparté la mano con una
mirada.
—Este año me harán socio —le dije a Jason.
—Bueno, no lo dudo. Te has hecho un buen nombre. Mi novia me pregunta si
sales con alguien.
Pensé en Arya, no en Claire, antes de negar con la cabeza. —Pero no te ofendas,
amigo, no me va el rollo de los tríos.
Jason se rió. —Me refería a que quiere emparejarte con una amiga.
—Oh. —Fruncí el ceño—. Tampoco me gusta eso.
Cuando Jason se fue, Arsène se volvió para mirarme, con una sonrisa de triunfo
en los labios. —Volviendo a tu historia. Para que estemos en la misma onda, ¿dices que
la perseguiste por la calle?
Acuné mi brandy, frotando mis nudillos sobre mi mandíbula. —Correcto.
—Y luego —continuó Arsène, hablando muy despacio, mirándome como si
debiera llevar un casco, porque era un peligro para mí y para todos los que me
rodeaban—, le apostaste que podías hacer que se acostara contigo, aunque ni siquiera
tienes su número de teléfono.
—Sí tengo su número de teléfono —señalé—. Solo que técnicamente no me lo
dio por voluntad propia.
—Define técnicamente.
—Le pedí a mi secretaria que lo buscara.
Arsène asintió en silencio, dejándome digerir lo descabellado que sonaba para
un extraño.
—Entonces casi la besaste.
—Pero no lo hice.
—¿Porque…?
—Eso complicaría las cosas.
Esto era una mentira. La verdad era que sabía que me rechazaría, y estaba
esperando mi momento.
—Siento decírtelo, amigo, pero el tren de lo complicado ya partió. Estás en el
territorio de los basureros. En resumidas cuentas, estás frito —dijo Arsène con
naturalidad—. Nunca cruzas la línea de la profesionalidad. Con Arya, atropellaste a esa
perra con un coche de Fórmula 1, y luego hiciste donuts sobre ella.
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—No me hagas el santo que no soy. —Hice girar mi bebida en el vaso. Y entonces,
porque aparentemente ahora quería demostrar mi falta de profesionalidad—: tuve
sexo con Claire.
Página

—Endeble sexo fue. La mujer era más vainilla que un helado de tarta de
chocolate. La mantuviste cerca por pura conveniencia e hiciste todo lo posible para
mantener tu aventura en secreto. Además, no duró ni tres meses.
—Claire tenía mala prensa, incluso después de que informara a RRHH sobre lo
nuestro. —Le hice un gesto para que no se molestara—. Trabaja bajo mi mando.
—No de la manera que a ella le gustaría. —Arsène inclinó su vaso hacia arriba,
bajando su bebida, y lo golpeó contra la barra de madera—. Además, nunca se trató de
la prensa. Arya Roth es tu criptonita. Nunca debiste aceptar el caso, y ahora no puedes
echarte atrás. A menos, por supuesto, que quieras ver tu carrera arder en llamas.
Una pelirroja pechugona se deslizó entre nosotros en ese momento, envuelta en
una falda de cuero negro y lo que parecía un sujetador rojo al que le faltaban algunas
partes. Me dirigió una sonrisa felina, moviendo la cabeza hacia un lado. —Mis amigas
de allí me apostaron cincuenta dólares a que no podía conseguir que me invitaras a una
copa. ¿Qué piensas?
—Pienso —sonreí cordialmente, inclinándome hacia ella, susurrándole al
oído—, que acabas de hacerte cincuenta dólares más pobre.
La sonrisa de la mujer se transformó en un ceño fruncido y retrocedió, volviendo
a sus clones. Era exactamente mi tipo, pero necesitaba algo más que un calco de mi
última aventura de una noche. Quería a alguien que me desafiara, que luchara contra
mí, que me volviera loco. Y ese alguien me estaba despreciaba por ir tras su padre.
Regresé a Arsène, encontrándolo más que divertido mientras negaba con la
cabeza. —Así que brindemos.
—¿Y ahora por qué? —siseé.
—El viejo Christian no diría que no a una noche de sexo sin ataduras con Jessica
Rabbit.
—El viejo Christian no tiene que levantarse mañana a las seis para preparar el
juicio.
—Claro. —Arsène me dio una palmadita en el hombro, riéndose—. El nuevo
Christian puede venderse a sí mismo este montón de tonterías si le hace sentir mejor.

Esa noche, cuando tomé un Uber para volver a casa, le pedí al conductor que
hiciera una parada en la dirección del trabajo de Arya. No me importaba lo que pensara
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Arsène. Todo lo que necesitaba era una probada antes de desechar a Arya junto con su
padre de vuelta a mi pasado.
Página

Sabía que Arya y yo no teníamos futuro. No solo porque ella había fingido ser
una persona de confianza solo para apuñalarme por la espalda, sino también porque
literalmente pensaba que yo era otra persona. Una relación no estaba sobre la mesa.
Arya huiría a las colinas en cuanto descubriera quién era yo en realidad.
Además, Arya, a los catorce años, me destrozó por un simple deporte de sangre.
¿Qué haría la Arya de treinta y un años cuando descubriera el juego que yo estaba
jugando?
Las húmedas calles de Manhattan se desdibujaron a través de la ventanilla antes
de que el conductor se detuviera junto al edificio de ladrillos rojos donde se encontraba
Brand Brigade. Eran las diez y media de la noche. La luz de la oficina de Arya permanecía
encendida a través de su ventana.
La observé mientras flotaba por su despacho, sacando papel de la impresora,
mientras hablaba por teléfono.
Se había convertido en una adicta al trabajo. Como yo.
—¿Señor?
—¿Hmm? —pregunté distraídamente, sin dejar de mirarla por la ventana.
—Han pasado quince minutos.
¿Sí?
—Sí —dijo, aclarándose la garganta. Ni siquiera me di cuenta de que lo había
dicho en voz alta—. ¿Podemos irnos?
—Sí. —Jugué con mi caja de cerillas—. A casa pues.
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Página
19
Christian
Pasado

—Más rápido. —El director Plath me golpeó la nuca. Se deslizó por las baldosas
de la cocina, enlazando los dedos a la espalda. La mitad de mi cuerpo estaba dentro de
una olla industrial mientras la fregaba. Mis nudillos estaban tan secos que sangraban
cada vez que me lavaba las manos. Lo cual era bastante frecuente, ya que me tocaba
lavar los platos al menos cuatro veces a la semana.
Inspiré, frotando el limpiador de hierro fundido contra la costra de alquitrán que
se había asentado en los bordes, negándome a someterme.
—El Sr. Roth tenía razón. Eres tan feo que podrías parar un rayo. —El director
Plath cacareó, deteniéndose junto a una ventana que daba al verde césped. Había
estudiantes esparcidos en una colina junto a la fuente, tomando los rayos del sol,
sorbiendo granizados, contándose sus planes de verano. Los míos incluían intentar
conseguir algún trabajo en el pueblo más cercano y caminar diez millas para ir y volver
del internado cada día, porque no podía pagar los billetes de autobús. Imaginé que
Ruslana (no tenía sentido llamarla mamá en ese momento) estaría tocando el segundo
violín de los Roth. Preparando a Arya sus elegantes cuencos de acai, trenzando su pelo,
llevando una bolsa de playa para ella a través de dunas doradas en lugares exóticos
cerca del océano.
—Te está haciendo un gran favor, ¿sabes? —continuó el director Plath, mirando
ociosamente a sus alumnos a través de la ventana. Sus ojos se volvieron grandes y
codiciosos. Siempre tuve la idea de que le gustaba demasiado lo que veía cuando miraba
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a algunos de los chicos—. Nada habría sido de ti si te hubieras quedado en Nueva York.
—Habría estado bien poder elegir —murmuré, cambiando el ángulo de mi brazo
Página

mientras fregaba la olla. Mis músculos ardían de cansancio. No era raro que mis brazos
estuvieran entumecidos toda la noche después de horas de trabajo en la cocina.
—¿Qué has dicho? —Su cabeza giró tan rápido que por un segundo pensé que su
cuello podría romperse.
—Nada —siseé. Se suponía que los estudiantes no debían hacer tareas de cocina
o lavandería a menos que se hubieran portado mal. Se suponía que era una especie de
detención, pero yo parecía ser parte del personal aquí. Arsène y Riggs siempre me
decían que era una mierda, y yo estaba de acuerdo, pero poco podía hacer al respecto.
—No. —Plath se abalanzó hacia mí, con ganas de buscar pelea—. Dilo otra vez.
Me giré para enfrentarlo. Tenía la cara roja y caliente. Estaba furioso con él por
hacer este tipo de mierdas, y conmigo mismo por soportarlo. Y con Conrad, que seguía
burlándose de mí años después, aunque desde una distancia segura, solo porque me
había atrevido a tocar a su preciosa, estúpida y mimada niña.
—¡Dije que habría estado bien que me dieran a elegir! —Me di la vuelta,
levantando la barbilla.
Se acercó un paso, su nariz casi rozando la mía. —¿Tienes idea de cuánto paga
por mantenerte aquí cada año?
—Apuesto a que pago la mayor parte de la cuota, ya que trabajo aquí todo el año.
Plath apretó su nariz contra la mía, sobresaliendo por encima de mí, empujando
mi cara hacia atrás, con sus ojos clavados en los míos. —Trabajas aquí todo el año
porque eres un pedazo de basura que no puede mantenerse alejado de los problemas
—se burló—. Porque eres un pequeño e inútil capullo cuya única contribución a la
sociedad es limpiar y planchar la ropa de los chicos buenos.
Algo dentro de mí se rompió en ese momento. Estaba cansado. Cansado de
levantarme a las cinco de la mañana para lavar la ropa de otros. Cansado de hacer las
tareas a las dos de la mañana porque tenía que limpiar y fregar ollas y sartenes. Cansado
de cortar el césped en los calurosos días de verano sin tener descansos para tomar agua.
Cansado de ser castigado por algo que ni siquiera había querido hacer. Al mismo tiempo,
sabía que Plath me estaba desafiando. Esperaba que le contestara. Que tomara
represalias. Quería una excusa para golpearme. No me extrañaría que me pusiera las
manos encima. Había sido cuidadoso hasta ahora, pero su vena mezquina superaba
todos sus otros rasgos.
Así que, aunque sabía que iba a lamentarlo, me obligué a sonreír. Estirar la boca
por las mejillas hacía que me doliera la cara, pero aun así lo hice, y luego pronuncié las
palabras que debería haberle dicho a Conrad aquella vez que me golpeó: —Vete. A. La.
Mierda.
Le escupí a la cara, pero no antes de recoger una respetable cantidad de flema.
Sabía que iba a pagar por ello, pero me sentí bien. El escupitajo aterrizó en la mejilla
derecha de Plath y se deslizó hasta su cuello. No hizo ningún movimiento para limpiarla.
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Se limitó a mirarme con una expresión que yo estaba muy ansioso por descifrar.
Los siguientes segundos fueron un borrón. El director Plath hizo crujir los
Página

nudillos con fuerza. La puerta de la cocina se abrió de golpe y entraron tres fornidos
estudiantes de último año que formaban parte del equipo de remo.
—Caballeros. —Plath dio un paso atrás, con mi saliva aún en su mejilla. Una
mierda en una galleta. Habían estado esperando todo ese tiempo. Todo esto era un plan
para agravarme—. Tengo que alejarme para limpiar este desastre. Por favor,
acompañen al Sr. Ivanov mientras estoy fuera. ¿Quieren hacerlo por mí?
—No hay problema, señor.
Uno de los chicos (el más grande y tonto, naturalmente) agitó la mano como un
gato de la fortuna hacia el director mientras se acercaba a mí. La puerta de la cocina se
cerró con un clic. Miré entre los tres. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Aun así, no
me arrepentí.
El cabeza de chorlito número uno hizo crujir sus nudillos, mientras que el cabeza
de chorlito número dos me golpeó contra la pared. El cabeza de chorlito número tres se
quedó junto a la puerta, asegurándose de que no viniera nadie. Sabía que era mi fin. Que
probablemente moriría.
—Vaya, hola, Oliver Twist. Encontraste tu camino en la corteza superior y
pensaste que te dejaríamos entrar como si fueras el dueño del lugar, ¿eh? —preguntó
la cabeza de chorlito uno. No respondí.
Me dio un puñetazo en la mandíbula, haciendo que mi cabeza saliera volando
hacia el otro lado, mientras Cabeza de chorlito dos me sujetaba firmemente en su sitio.
Cabeza de chorlito uno se rió. Estaba sangrando por la boca. Tenía la mandíbula
entumecida, pero notaba que algo caliente se deslizaba por mi barbilla.
—Y contestarle así a tu director... ¿dónde te criaste? ¿En la selva?
Me dio una patada en la tripa, y cuando me doblé en dos, me pateó la cara
repetidamente, sujetándome los hombros para evitar que me cayera. Después de eso,
hubo muchas sacudidas, pero en ese momento solo estaba medio consciente. Los
párpados me pesaban demasiado para mantenerlos abiertos, y los ruidos a mi
alrededor se apagaban. Como si estuviera en el fondo del océano. No sabía cuánto
tiempo había pasado. Tal vez fueron unos minutos. Tal vez una hora. Pero en algún
momento hubo gritos y puñetazos a mi alrededor (la gente se golpeaba entre sí, no solo
a mí) y luego hubo dos pares de manos que me arrastraron fuera de la cocina, y sus
dueños se ladraban unos a otros. Primero reconocí la voz de Arsène. Permaneció en
calma durante todo el tiempo. Escalofriantemente. Riggs, sin embargo, quería volver allí
y darles por culo.
—Ya le rompiste la nariz a ese tipo —dijo Arsène, gimiendo de esfuerzo mientras
me arrastraban por la escalera hacia mi habitación. Mantuve los ojos cerrados,
demasiado avergonzado para abrirlos. No quería responder a ninguna pregunta.
—Para empezar, ese imbécil parecía una zarigüeya pisoteada. Quiero infligirle
un daño permanente —se quejó Riggs, tirando de mí mientras llegaban a mi piso y
150

rodeaban el pasillo alfombrado hasta mi dormitorio.


—El daño más permanente que sufrirá ese chico es tener la inteligencia de un
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maldito Froyo, y eso no tiene nada que ver contigo. Déjalo. Son amigos de Plath.
—Deberíamos golpear a Plath también —dijo Riggs, dándole a mi puerta una
patada redonda. Me dejaron en la cama. Abrí un ojo y vi a Riggs quitándose la camisa
por el cuello, tirándola en mi fregadero y dejándola en remojo en agua fría.
Arsène se dejó caer a mi lado, forzando un poco de agua entre mis labios
agrietados. —No. El tal Conrad lo tiene en el bolsillo. Tendremos que vigilar mejor a
Nicky.
Riggs se apretó la camisa, me desabrochó el uniforme y empezó a presionar su
camisa mojada como una compresa contra mi piel caliente y magullada. Gemí de dolor,
pero me sentí bien.
—Ah, mira. La princesa se ha levantado —dijo Riggs—. ¿Estás bien, cariño?
—Come mierda, Riggs.
Riggs se rió. —Está bien. Oye, ¿qué tal si nos traigo unas hamburguesas? Puedo
conducir al centro.
Sacudí la cabeza frenéticamente. —Podrían atraparte.
Riggs había pasado de explotar cosas al azar y provocar pequeños incendios a
robar los coches del personal y colarse en la ciudad. No tenía carnet de conducir. Eso no
puso un freno a sus grandes planes.
—Bien. —Riggs me dio una palmadita en la rodilla, mientras Arsène escribía una
lista de todas las cosas que tenía que traer. Entre ellas, sin duda, patatas fritas con extra
de ajo—. Así me tocará a mí la cocina y a ti no. O mejor aún, lo haremos juntos. La gran,
gorda y disfuncional familia feliz que somos.
—No puedes hacer eso —murmuré, demasiado cansado para discutir.
—Podemos y lo haremos. —Arsène me empujó de nuevo a la cama—. Y más vale
que nos devuelvas el favor cuando nos toque meter la pata.
Al día siguiente, Arsène fue pillado comprando hierba que no tenía intención de
fumar a uno de los mayores, mientras que Riggs trajo un león de montaña real al que de
alguna manera había conseguido ponerle una correa y lo declaró su nueva mascota. Mis
dos mejores amigos tuvieron tres semanas de trabajo en la cocina y en la lavandería.
Después de ese día, Riggs y Arsène se aseguraron de que no volviera a hacer un
turno a solas en la cocina.
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20
Arya
Presente

Decidí asistir al juicio durante los días y ponerme al día con mi trabajo durante
las noches. No era lo ideal. Pero nada en mi situación lo era.
Christian Miller no se equivocaba. Las pruebas no dejaban lugar a muchas dudas.
Cada línea de defensa que intentaban Louie y Terrance era respondida con más pruebas
de Christian y sus clientes. Louie y Terrance ni siquiera pudieron negar el acoso. Cuando
llegó el momento de presentar su caso, se limitaron a sugerir que todas las
insinuaciones eran totalmente consentidas. Una de los acusadoras tenía veintitrés años,
por el amor de Dios. Más joven que yo, y una católica devota. La idea de que se lanzara
sobre mi padre era delirante. Y todas habían sido despedidas por él después de rechazar
sus avances sexuales.
Aun así, venía a la corte todos los días. Tal vez para castigarme a mí misma, pero
más bien para castigar a papá. Sabía lo mucho que le mataba que yo fuera testigo de
todo esto.
No dormí mucho estos días. La mayoría de las veces lloraba hasta la extenuación,
con mi mente repasando todos los recuerdos de las interacciones de papá con sus
empleadas, como un disco rayado.
Luego me despertaba y me arrastraba al tribunal una y otra vez.
Después de cada día en el juzgado, Christian me entregaba una reserva impresa
que había hecho para uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad. Ya sea
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Benjamin Steakhouse, Luthun, Pylos o Barnea Bistro.


—Esta noche esperaré allí una hora. Tendremos una sala privada, o al menos un
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reservado donde nadie pueda vernos.


—Oh, no dudo de que será un placer para ti que nos descubran —respondería.
—En absoluto. Si nos descubren, perdemos los dos.
Nunca presionó, nunca suplicó, y nunca expresó ninguna decepción o enfado por
mi ausencia al día siguiente, aunque yo sabía que se sentaba solo en los restaurantes
todos los días.
Cada día que ignoraba su invitación, mi determinación se resquebrajaba un poco
más. Un poco más profunda. Lo observaba en acción en el tribunal, con las tripas llenas
de ira y anhelo, y también de exasperación, porque por primera vez en mi vida no podía
saber si alguien era un aliado o un enemigo.
Sobre todo, observé a Christian con miedo, porque sospechaba que se había dado
cuenta de que ya no venía al juzgado por papá.
Venía a la corte por él.

Una noche, estaba profundamente dormida en mi habitación, vestida con una


simple sudadera que le había robado a Jillian hace algunos años en la universidad. Me
encontraba agotada por un día de asistencia a los tribunales y de trabajo (había
conseguido volver a estar al día con el trabajo, pero me mataba estar presente en dos
cosas que se apoderaban de mi vida). Me quedé sumida en un dulce sueño cuando sentí
que una sombra se cernía sobre mi cuerpo, y cuando levanté la vista, Christian estaba
allí, de pie a los pies de mi cama, todavía con su elegante traje.
Olía a lluvia y a virutas de lápiz, y yo ya estaba cansada de apartarlo. Tan cansada,
de hecho, que ni siquiera le pregunté cómo era que entró.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en su lugar. Mi voz carecía de esa furiosa lucha
que utilizaba cada vez que discutíamos.
Pero Christian no respondió. Tomó asiento en el borde de mi cama, me agarró el
tobillo y posó mi pie en su regazo para darme un masaje de pies.
Gemí, echando la cabeza hacia atrás y dejando que hiciera su magia. Me
horrorizó mi incapacidad para apartarlo.
Sus manos subieron hasta la parte posterior de mis rodillas, trabajando sin
descanso, amasando y apretando los puntos blandos y doloridos de mi cuerpo.
—Esto no significará nada —murmuré, cerrando los ojos. Porque sabía hacia
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dónde se dirigía, y él también.


Una risa baja surgió de su garganta. —Cancelaré las invitaciones de nuestra
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boda.
—Pero no el pastel. Envía el pastel a mi oficina. Llevo toda la semana con antojo
de azúcar.
Sus manos subieron hasta el interior de mis muslos y me empujó hacia abajo
para poder tocar más de mí, hasta que sus dedos estuvieron justo ahí, entre mis muslos,
en el triángulo sagrado que ningún hombre tocaba desde hacía mucho tiempo. Dejé
escapar un suspiro tembloroso cuando su mano empujó el lado de mis bragas. Metió
dos dedos y me encontró empapada.
—Esa es mi chica. Ahora, solo voy a usar mis dedos esta noche para que mañana
te despiertes dolorida por todas partes y me pidas lo mejor. ¿Entiendes?
Abrí los ojos y le miré con el ceño fruncido. Tenía el valor de sonar tan seguro de
sí mismo y arrogante. No tenía intención de buscarlo mañana, pero si podía conseguir
un orgasmo esta noche, soportaría sus grandiosas ideas.
—Lo que sea, Napoleón. Solo haz que sea bueno para mí. —Tomé su mano y la
introduje más profundamente en mi ropa interior, y él soltó su profunda risa masculina
que bailó en la boca de mi estómago.
Y entonces me metió los dedos. Se deslizaban dentro y fuera de mí, se
enroscaban cuando estaban dentro de mí y me golpeaban en algún lugar profundo y
impresionable. Masajeó mi sensible capullo mientras me trabajaba, y a regañadientes
tuve que admitir que no se equivocaba: era bueno en todo. Especialmente con sus
manos.
Mis caderas se movieron hacia adelante, rodando para recibir más de su toque.
Mis jadeos se volvieron rápidos y superficiales al mismo tiempo, mientras perseguía esa
escurridiza sensación de ser complacida por otra persona.
—Christian. Yo… yo… yo…
—¿No puedes formar una frase coherente? —siseó en la concha de mi oreja,
riéndose suavemente.
—Que te den.
—Ya me he adelantado a ti, cariño.
Jugó conmigo más rápida y profundamente. Sus manos estaban en todas partes:
en mis pechos, en la nuca, en las piernas. Pero no me besó y no me tuvo, como había
prometido.
El clímax me inundó en oleadas. Todo se estremeció, y cerré los ojos con fuerza,
incapaz de mirarlo cuando me proporcionaba un placer y una alegría tan puros.
Cuando por fin volví a abrir los ojos, Christian no estaba allí.
Lo único que me quedaba era la humedad entre mis muslos, la ropa interior
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estropeada y mis dedos, que seguían enredados en el elástico de mis bragas.


Era una fantasía.
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Un sueño.
Christian nunca estuvo aquí.
—Tu padre pide verte.
Mi madre me dio la noticia con un abatimiento morboso. Suponía que era
merecido, ya que llevaba unos días sin verla. No la culpaba por no acudir al juzgado. Era
una masoquista de primer grado por hacerme esto a mí misma. Sin embargo, sí la
culpaba por casi todo lo demás, incluyendo (pero no limitándose a) descuidar mi
existencia hasta las últimas semanas, cuando todo con papá había estallado. Ahora
quería mi compañía. Para reparar el daño. Este era un caso clásico de demasiado poco,
demasiado tarde.
—¿No puede pedírmelo él mismo? —respondí, esperando en la cola para mi taza
de café frente al juzgado, sujetando mi teléfono entre la oreja y el hombro. Mi pierna
rebotó con impaciencia y miré mi reloj de pulsera. El juicio había terminado por hoy y
yo todavía no comía nada.
—Con todo lo que está pasando, no está seguro de que quieras verlo —me
explicó mi madre. Sabía que ella no tenía la culpa de nada y, no obstante, no podía evitar
dirigirle parte de mi ira. Al fin y al cabo, era partícipe de la ruptura de este matrimonio.
—¿Así que te envió como su portavoz?
—Arya, nadie lo acusó de ser demasiado agraciado. ¿Vienes o no? —preguntó.
La fila se movía a paso de tortuga. Necesitaba desesperadamente un café.
—Estaré allí en treinta minutos. Veinte, si hay poco tráfico. —Apagué el teléfono
y lo metí en el bolso. Por fin llegó mi turno—. Americano grande, sin crema y sin azúcar.
Gracias.
Busqué mi bolso antes de sentir una mano que rozaba mi hombro, entregándole
al barista una American Express negra.
—También se llevará el envoltorio vegetal del suroeste y los granos de café
expreso cubiertos de chocolate.
Giré la cabeza, preparada con el ceño fruncido. —¿Qué crees que haces?
—Rellenando esa cuenta abierta de todas esas cenas que me vas a pagar. —La
sonrisa de Christian parecía más bien un roce de sus nudillos sobre mi columna
vertebral—. Ahora mismo tienes unos mil cien en números rojos. Todos esos
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restaurantes que he estado disfrutando yo solito esta semana no son baratos, y siempre
insisto en una buena botella de vino.
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—Beber solo todas las noches tiene un nombre. —Sonreí con dulzura—.
Alcoholismo.
Sus ojos se arrugaron con una sonrisa. —No se preocupe, señorita Roth, dono el
vino a las personas que se sientan a mi lado. Muy generoso por su parte, si se me permite
añadir.
Tenía que reconocerlo: nadie era inmune a sus encantos. Ni los miembros del
jurado, hombres y mujeres por igual, ni el reportero del tribunal, ni su socia junior. Lo
que, de nuevo, me hizo preguntarme por qué me perseguía. Claro que yo era guapa y
tenía éxito en mi campo, pero Christian Miller podía elegir a su gusto. ¿Por qué perder
el tiempo con alguien que dedicaba cada gramo de su energía a intentar odiarlo?
—No olvides que no te debo un centavo si no me acuesto contigo. Lo que me
recuerda. —Me giré hacia el camarero que estaba frente a nosotros con una sonrisa—.
También tendré patatas fritas de boniato, todas tus galletas de mantequilla y quinientos
dólares en tarjetas de regalo.
—Tu optimismo es elogiable. —Christian se pasó la punta de la lengua por el
labio superior.
—Tus delirios son preocupantes —le respondí, asintiendo en señal de
agradecimiento al barista que estaba frente a nosotros, que tomó el pedido de Christian
a continuación. Un café. Me quedé junto a él hasta que mi americano estuvo listo—.
¿Dónde no vamos a cenar juntos esta noche? —inquirí con aire de cambio de tema.
—Me alegro de que lo preguntes. Esta noche te espero en Sant Ambroeus. Está
en el West Village. Es italiano. Dicen que el cacio e pepe está para morirse.
—¿Ah, sí? Una chica puede soñar.
Me sonrió, haciéndome sentir como una niña pequeña a la que le sigue la
corriente un adulto.
—Deja de sonreír —le ordené—. Me pone de mal humor.
—No puedo evitarlo. Tu aversión a perder es dulce.
—No soy dulce —dije escuetamente. No lo era. Era una perra jefa malvada con
una carrera de alto nivel. Y algo más.
—Lo eres —dijo, casi con pesar—. Y eso no estaba en mis planes.
Otro camarero me llamó por mi nombre, y me acerqué para aceptar mi pedido.
—Todo lo que te pido es una hora —me recordó Christian—. Y esta vez, voy a
pedir el Château Lafite Rothschild 1995. Son ochocientos dólares la botella. No te
importa, ¿verdad?
Me di la vuelta y pisé mis Jimmy Choos mientras simultáneamente pedía un Uber
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en mi teléfono.
Qué cretino.
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—Brand Brigade va a tener que aceptarme como cliente. Individualmente, no
como parte de una corporación.
Papá se sentó en su sillón de cuero marrón frente al fuego crepitante. Su estudio
estaba desordenado. Había archivos por todas partes. Incluyendo los montones que
había revisado el otro día, que debían haber revelado el hecho de que yo sabía de su
aventura con Ruslana. No es que importe. Dudaba que estuviera en el oficio de dar
explicaciones a nadie en este momento.
—¿Por qué íbamos a hacer eso? —pregunté fríamente.
Conrad, que había perdido por lo menos cinco kilos en las últimas semanas,
parpadeó como si yo fuera una idiota. —Porque soy tu padre, Arya.
—Un padre que no ha respondido a ninguna de mis llamadas y se ha negado a
verme durante semanas —señalé. Mamá entró corriendo en el estudio con una bandeja
de galletas de azúcar y té. La había visto más en las últimas semanas que en años. Ignoró
por completo a su marido y puso el té y las galletas delante de mí. Ni siquiera le pregunté
cómo se estaba tomando ella todo esto. La culpa se desplegó en mi interior.
—Lo siento, no quería interrumpir. Solo pensé que apreciarías un regalo. Las
galletas de azúcar son tus favoritas, ¿verdad?
A decir verdad, era más del tipo de galletas de chocolate, pero eso no venía al
caso y era súper trivial. Sonreí mucho. —Gracias, madre.
Después de que cerrara la puerta tras ella, me giré para mirar a mi padre de
nuevo. —¿Qué decías?
Conrad se frotó la mejilla, haciendo ademán de soltar un suspiro. —Mira, ¿qué
se supone que tenía que hacer? Eres mi precioso bebé. Nadie quiere que lo atrapen con
los pantalones abajo frente a sus seres queridos.
—Así que mentiste —dije rotundamente.
—Sí y no. He tenido aventuras. Muchas aventuras. No estoy orgulloso de mi
infidelidad. Pero no he acosado a nadie.
—Tu foto de polla cuenta una historia diferente. —Aunque no sea con tantas
palabras.
Se movió incómodo. —Esto fue recíproco, y un momento oscuro en mi vida. No
soy un monstruo.
—Esto lo debe determinar el tribunal, no yo. —Crucé una pierna sobre la otra,
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ahuecando la rodilla con las manos—. Y hasta que no sepa la respuesta a eso, no puedo,
con la conciencia tranquila, vincular mi empresa a tu nombre. Sobre todo porque nos
dejaste sin avisar poco antes de que empezara el juicio.
Página

—¡Lo hice para protegerte! —Conrad golpeó con la palma de la mano el


escritorio que había entre nosotros, haciendo que todo traqueteara.
Sacudí la cabeza. —Lo hiciste porque querías contratar a alguien más grande,
con más credibilidad en los medios. Pero nadie quiso aceptarte, ¿verdad? Nadie quería
ensuciarse las manos.
Se inclinó sobre el escritorio que nos separaba, acercándose a mí, con una vena
palpitando en la sien. —¿Crees que esto es un juego? Podría perder cada centavo que
tengo, Arya, robándote tu herencia. Podrías ser pobre.
La última palabra fue pronunciada con total desprecio.
—Nunca seré pobre, porque me mantengo a mí misma. Pero si pierdo mi
herencia, ¿de quién sería la culpa?
—¡De ellas! —Mi padre se levantó de un salto de su asiento, lanzando los brazos
al aire con frustración—. Claro que es culpa de ellas. ¿Por qué crees que han tardado
tanto en presentarse? Se aprovecharon de la denuncia de Amanda Gispen.
—Tenían miedo de que les arruinaras la vida. —También me levanté de la silla,
enseñando los dientes—. Como hiciste con Ruslana y Nicky. ¿Qué les pasó? Dímelo.
Mi padre me miró con desprecio. Nunca pensé que vería esa mirada en su rostro.
De puro odio. Me pregunté dónde se metió el hombre que me besaba y me leía cuentos
de buenas noches. Cómo podría traerlo de vuelta. Y lo más importante, si alguna vez
había existido realmente.
—¿Crees que un acuerdo está todavía sobre la mesa? —Cambió de tema.
—¿Cómo voy a saberlo?
—Ese tal Christian parece estar interesado en ti.
—¿Lo está? —pregunté, ganando tiempo. El corazón me dio un vuelco en el
pecho al oír su nombre.
—Veo la forma en que te persigue como un cachorro. Hace un mal trabajo
ocultándolo. Busca por ahí.
Me hizo falta todo lo que había en mí para no lanzar algo contra la pared. —No
se dejará persuadir. Quiere tu culo en bandeja de plata.
—Desea más estar en tu cama.
Me miró entonces, sus ojos preguntando algo que su boca no se atrevía a
pronunciar en voz alta. Internamente, me desplomé y vomité. Todo el amor que me
quedaba por él. Los buenos recuerdos, y los malos también. Y la pizca de lealtad que
había entre nosotros. Porque un hombre que podía pedirle algo así a su hija era capaz
de hacer cosas mucho peores. Se acababa de entregar a sí mismo.
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—Vaya. Muy bien. Esta es mi señal para irme.


—Si no me ayudas —siseó, extendiendo una mano para detenerme, pero
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retirándola antes de que pudiera apartarla de un manotazo—, estás muerta para mí,
Arya. Esta es tu oportunidad, tu única oportunidad, de devolverme el favor por haberme
importado cuando tu madre no lo hizo. Necesito saber, ¿estás dentro o fuera?
Los dos estábamos de pie ahora. No sabía cuándo había sucedido eso. Cerré los
ojos. Respiré profundamente. Abrí la boca.
—Sé sincero conmigo primero. ¿Les hiciste daño? —pregunté. Él sabía a qué me
refería—. ¿Lo hiciste?
Hubo una pausa. La verdad pendía en el aire entre nosotros, colgando sobre
nuestras cabezas. Tenía un sabor, un olor y un pulso. Lo sabía antes de escucharlo. Por
eso sabía que mentir no tendría sentido.
—Sí.
La palabra retumbó en mis oídos. Abrí la boca, negándome a dejar caer las
lágrimas. Me di la vuelta y huí. Salí corriendo del ático. Mi madre me siguió. Había estado
esperando fuera, en el pasillo, escuchando a escondidas, sospechaba.
—¡Arya! ¡Arya, espera!
Pero no lo hice. Bajé dos tramos de escaleras antes de pulsar el botón del
ascensor, solo para asegurarme de que no me seguían. En el ascensor, me di cuenta de
que había dejado de referirme a él como papá, incluso en mi cabeza. Ahora era Conrad
Roth, el hombre que había caído en desgracia, arrastrando a su familia con él.
Cuando el ascensor se abrió, mi instinto fue cruzar la calle e ir al cementerio. A
visitar a Aaron. Necesitaba hablar con alguien. Desahogarme.
Pero no quería hablar con Aaron.
Por primera vez en mucho tiempo, quería hablar con alguien que pudiera
responder.
—Lo siento, amigo. —Pasé corriendo por el cementerio y cogí un taxi amarillo.
Comprobé mi reloj.
Tal vez podría llegar después de todo.

Vi a Christian a través de la ventana del restaurante, sentado en una de las


cabinas rojas tapizadas. Tenía una comida entera delante, sin tocar. Estaba trabajando
en su portátil. Sentado, con el rostro estoico, ignorando las miradas curiosas de la gente
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a su alrededor. Mi corazón latió un poco más rápido. Me limpié de la cara las lágrimas
que había derramado en el camino y le entregué a la conductora mi tarjeta de crédito.
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—¿Cómo me veo? —le pregunté a la mujer de mediana edad que estaba detrás
del volante.
Me miró por el espejo retrovisor. —¿Quieres honestidad?
Generalmente sí, aunque ahora no estaría tan segura.
—Pareces un desastre. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo.
—Pero tienes unos buenos huesos y un bonito pecho, así que ve a matarlo,
cariño.
Con esas poderosas palabras de ánimo, salí disparada por la puerta trasera del
taxi.
Faltaban cinco minutos para las nueve, pero llegué. Entré en el local y le expliqué
al maître que mi acompañante me estaba esperando, luego me apresuré a atravesar el
laberinto de cabinas, y una inexplicable oleada de afecto se apoderó de mí cuando
Christian levantó la vista de su pantalla, con sorpresa infantil en el rostro.
Cerró el portátil y se acomodó, disfrutando de la vista. Me puse delante de él, sin
sentarme todavía. Jadeaba, tenía el pelo revuelto y necesitaba desesperadamente
lavarme el día.
—¿Deberíamos ser vistos así, al aire libre? —Quería quitarme de encima lo
importante.
—Nadie nos conoce aquí. En todo caso, si nos vemos una o dos veces en público,
sin tocarnos ni coquetear, esto podría resumirse en que estás trabajando en el caso,
tratando de convencerme de que convenza a mis clientes para que lleguen a un acuerdo.
Siempre y cuando no nos pongamos… toquetones.
—No vamos a ponernos toquetones —dije enérgicamente.
—¿Estás bien? —preguntó, sin rastro de sarcasmo en su voz.
—¿Por qué no iba a estarlo? —ladré, todavía a la defensiva. No podía contarle
con exactitud la conversación con mi padre, aunque, técnicamente, había venido aquí
para hacer justo eso.
—Porque estás aquí —dijo con sutileza, poniéndose de pie y apartando mi silla
por mí. Tomé asiento. Puso sus manos sobre mis hombros. Todo mi cuerpo cobró vida.
Su piel era cálida a través de mi ropa. Ya no me sentía como una traidora, como una
ramera, por querer estar con él. Mi padre era un monstruo que merecía ser castigado.
Christian tenía razón. Él no tenía la culpa de la caída de Conrad Roth.
Se sentó frente a mí, con sus ojos azules glaciales centelleando con lo que podría
jurar que era pura felicidad. Parecía sorprendido, incluso un poco atolondrado. —¿Qué
te hizo cambiar de opinión?
—¿Es importante? —resoplé, sintiendo que mis ojos se llenaban de lágrimas otra
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vez.
—Sí. —Me tendió la mano para llenar mi copa de vino. Parecía algo caro. Será
mejor que no me acueste con este hombre—. Para mí, lo es.
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—¿Por qué?
—Porque no te vas a acostar conmigo mientras creas que le hago daño a tu
padre. Así que quiero saber si ya se te cayó la venda.
Sus palabras me hicieron volver a la tierra. Por supuesto, Christian solo se
interesaba en mí como una conquista. Un premio brillante. Una bonificación por ganar
esta prueba, algo que podría quitarle a mi padre. Abrí la servilleta de un manotazo y la
aplané sobre mi regazo, luego cogí un tenedor y lo hice girar sobre la pasta. Era tan
consciente de sus ojos sobre mí, tan embargada por las emociones, que ni siquiera había
tocado la comida en la mesa.
—Estoy aquí porque necesitaba un respiro y una buena comida. Nada más. —Mi
voz era firme, pero no podía verlo a los ojos.
—Y yo estoy aquí por la comida —contestó con tono inexpresivo.
—Es una buena comida —punteé, fingiendo hojear el menú. Sentí su mirada fija
en mí. Cerré el menú, lo dejé en el suelo y negué con la cabeza—. ¿Por qué te hiciste
abogado? —le pregunté.
—¿Perdón? —Levantó las cejas.
—De todas las profesiones del mundo, ¿por qué elegiste esta? Eres brillante. Eres
inteligente. Podrías haber hecho cualquier cosa.
Esperaba una broma, un cambio de tema, o tal vez una respuesta genérica. Pero
en lugar de eso, Christian se lo pensó seriamente antes de responder. —Al crecer, fui
víctima de un trato injusto. Supongo que una parte de mí siempre quiso asegurarse de
que no volviera a ocurrir. Si conoces tus derechos, sabes cómo protegerte. No siempre
conocí mis derechos.
Tragué saliva. —Es justo.
—¿Y tú? —preguntó, antes de que pudiera indagar en lo que le pasó—. ¿Por qué
relaciones públicas?
—Me gusta ayudar a la gente, y la sangre me da náuseas. Era relaciones públicas
o medicina.
Christian se rió. —Gran elección. Ya te imagino gritando a tus pacientes que
estaban siendo reinas del drama.
También me reí. Parecía que me entendía. Pero... ¿cómo podría hacerlo?
El resto de la conversación fluyó muy bien. Aunque había muchas cosas que
ambos queríamos saber sobre el otro, nos ceñimos a un tema que no podía suscitar
discusiones ni debates: la comida.
Comenzó a explicarme cada uno de los platos que pidió. Cuando terminó, apreté
los labios, estudiándolo. Decidí que ya conocía a este hombre. Quizá brevemente, en un
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bar, en una de las fiestas a las que había ido en la universidad o en un acto benéfico,
pero estaba segura de que nos conocíamos.
—¿Seducida? —La sonrisa chulesca de Christian volvió a aparecer.
Página

Me encogí de hombros, tomando un sorbo de mi vino. —Solo creo que es lindo.


—¿Qué es lindo?
—Las ganas que tienes de ganar nuestra apuesta.
Christian chocó su copa de vino con la mía. —Una cosa que deberías saber de mí,
Arya… nunca pierdo una apuesta.
162
Página
21
Christian
Presente

Ella estaba aquí.


En mis dominios, en mi territorio, en mis garras.
Ya sea por su padre que la empujó a mis brazos o por el misterio que me rodea,
Arya finalmente había mordido el anzuelo. Parecía agotada. El contorno de sus costillas
se asomaba a través de su blusa. Había algo inquietante en su rostro. Pero la tomaría de
cualquier manera que pudiera tenerla. Eso, al menos, no había cambiado.
Tuvimos una comida agradable, aunque me di cuenta de que su mente estaba en
otra parte. Mi apuesta era que el querido papá había reconocido por fin sus malas
acciones y ella no solo tenía que enfrentarse a la verdad, sino tragársela entera. Después
de pagar (me pregunté si verla extender un cheque por todas las comidas que pagué iba
a ser tan dulce como ahogarme dentro de ella), sugerí que diéramos un paseo.
—Me vendría bien un paseo. —Arya me sorprendió al no ser la desafiante de
siempre. Paseamos por la avenida Greenwich. La calle estaba llena de gente, perros y
vida. A pesar de lo surrealista que era volver a estar con ella en Nueva York, no pude
evitar disfrutarlo. En innumerables ocasiones me imaginé a mí mismo de adolescente
llevándola a sus lugares. Fantaseaba con ser otra persona. El hijo de un cirujano y una
psicóloga infantil, tal vez. Llevar a la preciosa hija de Conrad Roth a tomar un helado. Él
me habría dejado también.
—Mi padre se preguntaba si tus clientes estarían interesadas en un acuerdo. —
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Arya se abrazó a sí misma, con las mejillas sonrojadas por el vino y la comida.
Ah. Así que de esto se trataba la cena. Una sonrisa sombría apareció en mis
Página

labios. —No estábamos abiertos a un acuerdo antes del juicio, así que eso es una maldita
concesión si alguna vez vi una. Además, le agradecería que la próxima vez utilizara a
sus abogados como canal de comunicación.
Frunció los labios.
Le di un codazo en el hombro mientras caminábamos. —Oye, no hablemos de
eso.
Hubo una pausa, pero luego Arya se obligó a sonreír. —Háblame de tu infancia.
Todavía estoy tratando de averiguar dónde te he visto antes.
Esta era mi oportunidad de sincerarme, si es que alguna vez la tuve. Como no era
un completo idiota, dejé pasar la oportunidad. Pero fue un recordatorio de que no podía
enamorar a esta mujer. La estaba engañando en grado sumo al no revelar mi verdadera
identidad.
—Crecí aquí en Nueva York. Fui a una escuela privada cuando tenía catorce años.
Mis padres y yo no nos llevábamos bien.
—¿A qué se dedican tus padres?
—Mi padre es dueño de una charcutería, y mi madre administraba una finca.
Hasta ahora, ni una sola mentira. Aunque la tienda de mi donante de esperma
estaba a un continente de distancia, y mi madre había administrado la finca de los Roths
barriendo los pisos.
—¿Conozco esta escuela privada?
— Sí, la conoces.
—¿Tiene nombre?
—Lo tiene —confirmé.
—Vaya, realmente no me lo vas a decir. —Pero sus ojos se aferraron a mi cara,
el lejano brillo de la esperanza deseando que la contradijera—. Eres imposible.
—Y te encanta.
—Entonces, ¿cómo te encontraste en la Facultad de Derecho de Harvard, viendo
que tus padres y tú no se hablan? No me digas que conseguiste una beca completa. Eso
es casi imposible. Especialmente en tu categoría de impuestos.
Seguía creyendo era adinerado de nacimiento. No corregí su suposición. Este fue
el punto en el que consideré cuánto contarle. Solo Riggs y Arsène conocían mi historia.
Al final, me di cuenta de que no importaba.
—¿Prometes no juzgar?
—No puedo prometer eso, abogado. Pero no suelo ser de las que juzgan.
Me metí las manos en los bolsillos delanteros. —Tenía una especie de
patrocinador.
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—Uf, me preocupaba que fueras a confesar la zoofilia. —Fingió limpiarse la


frente—. ¿Qué es un patrocinador, exactamente? ¿Es un código para “sugar mama”? ¿O
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el término correcto es puma hoy en día?


—No estoy seguro de cuál es la terminología para ello, pero es quien me puso en
la escuela de derecho cuando ni siquiera podía pagar el billete de tren a Boston.
—Espera, ¿desembolsó seis cifras por tu educación? —Arya se puso seria—.
¿Tan bueno eres en la cama?
Dejé escapar una carcajada que me caló hasta los huesos. Era la primera vez que
me reía de verdad en décadas. Mi cuerpo ya no estaba acostumbrado a eso.
—En primer lugar, la respuesta es sí, soy, de hecho, así de bueno en la cama. En
segundo lugar, no seas malpensada. La Sra. Gudinski tenía más de cincuenta años
cuando yo estaba en el instituto. Ella se encontraba muy sola. Yo era un chico de la
cuadra.
—Suena como una película porno bien producida hasta ahora.
Volví a chocar mi hombro con el suyo y ambos nos reímos.
—Tenía caballos. Unos muy caros. Pero solo iba a visitarlos, nunca a montar. Su
difunto marido era un aficionado a la equitación. Por lo que conservaba los caballos en
honor a él, pero no tenía ningún interés en ellos. Tenía demasiado dinero y nadie en
quien gastarlo. Necesitaba a alguien que le hiciera compañía durante las vacaciones.
Alguien que la visitara los fines de semana. Ya sabes. Alguien que viera por ella.
—¿Y ese alguien eras tú? —Arya levantó una ceja escéptica.
Le mostré un ceño herido. —Yo y mis amigos más cercanos, a los que involucré.
Juntos, nos convertimos en una gran y jodida familia.
—Ah.
—No me digas ah. Dime lo que piensas.
—No me parece que seas una persona considerada.
—¿Por qué? —pregunté.
—Para empezar, porque todo lo que quieres es acostarte conmigo. ¿Tienes fobia
a las relaciones?
Sus celos despertaron algo peligroso en la boca de mi estómago. El tipo de
sensación que tienes cuando te das cuenta de que acabas de sobrevivir a un accidente
de coche casi mortal.
—Eso es diferente. No quiero nada serio contigo porque no puedo permitirme
estar contigo. Salir con la hija de la persona a la que estoy demandando, sobre todo en
un caso como éste, no es un movimiento profesional sensato.
—¿Huelo a trampa? —Sus ojos se iluminaron mientras acelerábamos el paso
para entrar en calor.
165

—No, hueles a decisión empresarial pragmática. Para ti también. Imagínate lo


que parecería si se corriera la voz. Nuestra relación está condenada. Eso no significa que
esté en contra de sentar cabeza cuando llegue la mujer adecuada.
Página

—Qué manera de hacer que una mujer se sienta especial.


Me reí.
—¿Sigues en contacto con ella? ¿Con tu sugar mama? —Arya se abrazó el vientre,
protegiéndose del frío.
—Sí. ¿Y tú? —pregunté.
—No la conozco, pero quiero decir… ¿Podría llamarla? —Se hizo la tonta. Me reí
un poco más. Mierda. Esto era un montón de risas.
—¿Cómo eras de adolescente? —Modifiqué mi pregunta.
—Rebelde. Angustiada. Ratón de biblioteca.
Una sonrisa cómplice se dibujó en mis labios. Todavía la recordaba engullendo
libros, al menos uno al día durante las vacaciones de verano, como si las palabras se
desvanecieran si no las leía lo suficientemente rápido.
—Ratón de biblioteca —repetí, fingiendo sorpresa—. ¿Cuál es tu libro favorito?
Expiación.
—Expiación, sin duda. Lo robé de mi biblioteca local cuando tenía catorce años,
porque era arriesgado y sabía que mis padres nunca me dejarían comprarlo. Es
trágicamente subestimado. ¿Lo has leído?
—No puedo decir que lo haya hecho —dije, con una sonrisa. No podía, por
principio, leer el libro que había causado mi perdición. Porque si no hubiera besado a
Arya… si no hubiera cedido a su petición…
¿Entonces qué? Te habrías quedado en los barrios bajos, con una madre que no te
amaba y una chica a la que deseabas pero que nunca podría ser tuya, solo para crecer
como un criminal.
Las cosas podrían haber ido mucho peor, lo sabía. Si me hubiera quedado en casa
y hubiera ido a un colegio de mierda. Porque aunque ese primer beso pasara
desapercibido, el segundo o el tercero o el cuarto no lo habrían hecho. E incluso si todos
nuestros hipotéticos besos hubieran pasado desapercibidos, seguiría sin poder tenerla.
Habría tenido que sentarme al margen y ver cómo Arya se enamoraba de alguien con
quien realmente podía estar. Un Will o Richard o Theodore. Que tuviera un chófer y una
criada y un consejero universitario desde los diez años.
—Deberías —dijo Arya.
—Préstamelo.
Arrugó la nariz. —No doy mis libros favoritos en préstamo. Es una regla.
—Las reglas están para romperse.
166

—Interesante opinión, de un abogado.


Nos detuvimos frente a la Biblioteca Jefferson Market. El reloj de la torre
Página

marcaba cinco minutos antes de la medianoche. No podía creer que hubiéramos pasado
tantas horas juntos simplemente caminando y hablando. Era como si los últimos veinte
años no hubieran pasado.
Solo que sí pasaron.
Estaban ahí, en los centímetros que nos separaban, fríos y solitarios y llenos de
oportunidades perdidas y de injusticia sin paliativos.
—¿Por qué estás realmente aquí, Arya? —Me giré hacia ella, con un tono áspero
y tosco, como las escamas de una criatura marina—. Y, por favor, ahórrate las tonterías
de la buena comida.
Se humedeció los labios, dejando caer su mirada al suelo.
—Vine a decirte que no volveré a la corte. Que hoy ha sido mi último día. Ya me
cansé de castigarme por las cosas que hizo. No soporto escuchar lo que han pasado estas
mujeres.
—¿Crees que él lo hizo? —Necesitaba oírla decir eso. Repudiar al hombre que
una vez eligió por encima de mí. Nuestros cuerpos estaban pegados el uno al otro.
Apenas podía caber una aguja entre nosotros ahora.
—Sí —dijo en voz baja.
Con el pulgar y el índice le levanté la barbilla. Sus pestañas se agitaron. Brillaban
como diamantes, llenas de lágrimas. Ojos de pantano, le decía cuando éramos niños.
Pero eso no era cierto. Eran de color musgo. El tipo de verde aterciopelado que podrías
mirar durante horas. Me sostuvo la mirada con valentía.
La princesa de las cucharas de plata.
El reloj marcó la medianoche detrás de su hombro, dando una campanada.
—La hora de las brujas. —Cerró los ojos, dejando que dos lágrimas rodaran por
sus mejillas—. En los libros, ocurren cosas extrañas durante esa hora.
Apreté los lados de su cuello, acercándola y respirando. —En la realidad
también.
Y así, dos décadas después, cometí el mismo error que Nicholai Ivanov y aplasté
mis labios contra los de Arya Roth, sabiendo que el mundo podría explotar y que mi
muerte valdría la pena.
Mis manos estaban en su pelo, tirando ligeramente, como había soñado hacer
todos esos años. Mi sangre se inundó de deseo. Quería arrasar con esta mujer y no dejar
nada para el hombre que viniera después de mí. Abrió la boca para mí con avidez,
nuestras lenguas jugaron juntas, un pequeño gemido salió de algún lugar profundo de
su garganta. Le clavé los dientes en el labio inferior, tirando de ella, lamiéndole el labio
antes de embaucarla en un beso profundo y salvaje. Enrosqué los dedos en torno a su
cintura, apretando su cuerpo contra el mío. No había suficiente de ella y, de repente,
sentí un poco de pánico. De que solo hubiera una Arya en el mundo. Una sola
167

oportunidad de tenerla. Retiré mi boca de la suya, apartando los rizos de su cara. Sus
ojos parecían hambrientos. Llenos de cosas. Cosas malas. Cosas buenas. Cosas de Arya.
Página

—Ven a casa conmigo.


Joder. Sonó más como una orden que como una petición. Se puso rígida en mis
brazos, descendiendo de nuevo a la tierra, la niebla de dopamina disipándose de su
cuerpo.
Puso una mano en mi pecho. —No voy a acostarme contigo, Christian.
—¿Es por la apuesta? Porque que se joda la apuesta. —Casi hice polvo mis
dientes, indignado por mi propia desesperación. Me había acostado con docenas de
mujeres a lo largo de los años y siempre tenía el mando. De la narrativa, la retórica, la
letra pequeña, la situación.
—No se trata de la apuesta. Tienes razón. No podemos estar juntos, y no estoy
segura de que sea una buena idea sumergirme en esto contigo cuando me siento tan…
—¿Vulnerable? —le ofrecí.
—Confundida —dijo con firmeza—. Estoy pasando por muchas cosas. Así que si
buscas algo más que una amistad, no me contactes. No me gusta lo prohibido.
Lo nuestro era prohibido cuando no podía pagar la ropa que llevaba puesta y me
pedías que te inmovilizara contra las estanterías de tu biblioteca. Te gustaba, entonces,
cuando querías destruirme.
—Cambiarás de opinión —dije, con más confianza de la que sentía.
—¿Qué te hace decir eso?
—Estamos bien juntos. Tenemos química. Tenemos sentido. Las cosas
condenadas son siempre más dulces, ¿no lo sabes? Esta cosa… —señalé entre
nosotros—, no se irá a ninguna parte hasta que actuemos. ¿Quieres un amigo? Te daré
un amigo. Pero querrás más. Te lo garantizo.
—Uf. —Dejó caer su cabeza sobre mi hombro, riéndose suavemente—. Soy
demasiado vieja para esto.
—¿Para qué? —Apoyé mi mano en la parte baja de su espalda, inhalando con
avidez, oliendo su inminente partida.
—Para esto. Era más fácil odiarte cuando no te conocía en absoluto.
—Siempre me conociste —murmuré en su pelo.
—¿Sabes? Creo que tienes razón. Mi alma… se siente tranquila cuando está junto
a la tuya.
Sonreí de forma macabra.
Si supiera.
168
Página

Al día siguiente, llegué al juzgado con una mezcla de irritación y alivio. Arya no
estaba allí, lo que significaba que, por una vez, podía hacer mi trabajo sin una constante
erección y la pregunta rodante de lo que pasaba por su cabeza, pero también que no
tenía el lujo de bañarme en su presencia. De saber que estaba a pocos pasos.
Por eso, en cuanto me puse al día con el papeleo en la oficina, la llamé.
—¿Cómo tienes mi número? —Tecleó en su ordenador al otro lado.
—Me diste tu tarjeta de presentación, ¿te acuerdas?
—Sí. También recuerdo que la tiraste.
—Es irrelevante. Soy un hombre con capacidades ilimitadas.
Esa era una forma indirecta de decir que había hecho que mi secretaria la
buscara en las páginas amarillas.
—Quieres decir mierda ilimitada.
—¿Qué tal unos perritos calientes junto a la Biblioteca Pública de Nueva York?
Tengo un libro que necesito tomar prestado. ¿A las siete y media está bien?
—En primer lugar, la biblioteca cierra a las cinco. Segundo, no, eso. —Dejó de
teclear un instante antes de reanudar su trabajo. ¿Era yo el único obsesionado con ese
beso? Parece que sí. Arya sonaba como si tuviera otras cosas en la cabeza—. No puedo.
Tengo que ir a un sitio.
—¿Quieres compañía?
Ofrécele ya tus pelotas, joder. Y también tu apartamento, Christian.
Si así era como reaccionaba a un beso, definitivamente no tenía por qué
acostarme con esta mujer.
—No creo que quieras ofrecerme compañía.
—¿A dónde vas?
—Al cementerio.
Dejé caer el bolígrafo que tenía en la mano, rodando hacia atrás y girando para
mirar el calendario que colgaba de mi pared. Mierda. 19 de marzo. El cumpleaños de
Arya y Aaron. Empujé la silla hacia mi escritorio, donde mi teléfono estaba en el altavoz.
—El cementerio suena bien. ¿Cuál? —Fingí no saberlo.
Hubo una pausa en el otro extremo.
—¿Por qué querrías ir conmigo al cementerio?
—¿No es eso lo que hacen los amigos? ¿Estar ahí para el otro?
—¿Es eso lo que somos ahora? ¿Amigos?
—Sí —dije, aunque darle amistad a cambio de lo que me había hecho era una
169

locura, incluso para mis estándares—. Somos amigos.


Otro momento de silencio. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Página

—Mount Hebron Memorial.


—¿A quién visitamos?
—A mi hermano.
—¿Crees que le gustaré? —Era una cosa que hacíamos antes. Fingir que Aarón
todavía estaba por aquí. Discutir, burlarnos y reírnos con él.
Arya dejó de teclear y suspiró. —Creo que te amará.

El cementerio Mount Hebron no había cambiado. El gigantesco sauce llorón


seguía allí, flotando sobre la tumba de Aaron. Vi la silueta de Arya enroscada sobre la
lápida de su hermano como un signo de interrogación y tuve que detenerme para
contemplarla. Con su falda lápiz de diseño y sus zapatos de tacón rojos, era una mujer
de piernas largas y elegante. Más grandiosa que la vida y, sin embargo, no mucho más
grande que la Arya que conocí hace casi veinte años. Una luciérnaga, pequeña pero
brillante. Empujé la puerta de hierro forjado para abrirla, un lujo que no había tenido
cuando era un niño intruso. Arya sintió mi presencia y se dio la vuelta, lanzándome una
sonrisa cansada.
—Es raro —suspiró—. Que hayas venido.
—¿Estás acostumbrada a que la gente no venga cuando debe? —pregunté.
—Más o menos. Además, no soy tu problema.
—Nunca te he visto como un problema. Tu ropa, tal vez. Pero nunca a ti.
—¿Qué hay en la bolsa? —Cambió de tema.
Se la entregué sin palabras. Me detuve en la bodega de la calle para ver si el tipo
que me había dado de comer todos esos años seguía allí. No estaba, pero sí su hijo. Le
pedí al hijo que me vendiera todas sus cosas caducadas. Después de parecer un poco
sospechoso, cedió.
—Cena para dos. Espero que no seas exigente.
—Para nada. —Cogió la bolsa de plástico y miró dentro—. Aww. Takis. Elegante.
—Hay bolas de queso y Almond Joys, ya sabes, para ofrecerte una comida
completa y nutritiva.
Me acerqué para acomodarme en la misma tumba en la que solía sentarme
cuando éramos niños, la de Harry Frasier. Me detuve al ver que ahora había otra tumba
170

a su lado. De una Rita Frasier. Esposa, madre, abuela y doctora.


—Ya no estás solo, amigo. —Pasé una mano por la lápida de Harry antes de
Página

apoyarme en ella. Cuando me giré hacia Arya, la sorprendí viéndome con extrañeza. De
nuevo, me encontré con ganas de que me atrapara. Que Ari me llamara la atención por
mis tonterías. Que me reconociera. Sus ojos brillaron con algo. Me pregunté qué haría a
continuación. Qué saldría de esa bonita boca suya.
Nicky, cómo te he echado de menos.
Nicky, puedo explicarlo.
Nicky, Nicky, Nicky.
Pero solo parpadeó y sacudió la cabeza, girándose de nuevo hacia la tumba que
tenía delante.
—Hola, Ar. Soy la otra Ar. Yo… ¿por dónde empiezo? Las cosas, como sabes, son
un desastre. No solo con Conrad. Mamá se está interesando de repente por mí, sin duda
porque tiene miedo de quedarse sin casa en medio minuto… —Sacudió la cabeza—. Es
estúpido, quejarse contigo, cuando lo tienes mucho peor. A veces envidio tu falta de
conciencia. Otras veces, me aterra. Todavía tengo conversaciones enteras contigo en mi
cabeza. Todavía te veo en todas partes. En mi mente, creciste conmigo. Tienes una vida
alternativa. Ahora estás casado. Con un hijo en camino. Aaron —suelta una carcajada,
riendo y llorando al mismo tiempo—, detesto absolutamente a tu mujer, Eliza. La llamo
Lizzy solo para irritarla. Es tan engreída.
Me mordí el labio. Arya había sido y seguía siendo una chica maravillosamente
extraña. Pero por primera vez, también reconocí que no éramos tan diferentes. Que
nuestros padres habían pecado mucho, aunque de diferentes maneras.
—En este universo alternativo, estoy deseando que me des un sobrino. Sabes
que me encantan los niños. Incluso estoy considerando tener uno yo misma. ¿Qué es?
¿He conocido a alguien? —Frunció el ceño, lanzándome una rápida mirada. Enderecé la
espalda, como un alumno.
—No. No hay nadie que merezca la pena mencionar. Quiero decir, hay un tipo,
pero está fuera de los límites. Dice que la química es más fuerte que nosotros. Pero como
sabes, suspendí esa asignatura en el instituto.
Habló con Aaron unos minutos más antes de venir a sentarse a mi lado. Abrí una
bolsa de patatas fritas y la pasé entre nosotros. Masticó, extendiendo las piernas y
enlazándolas en los tobillos.
—¿Cómo murió? —pregunté, porque lo necesitaba. Se suponía que no debía
saberlo.
—Muerte súbita.
—Lo siento.
—Al menos no llegué a conocerlo. Me habría dolido un millón de veces más,
supongo.
171

Dependía de la persona. Todavía no extrañaba a mi madre.


—¿Lo visitas con frecuencia? —pregunté. Los dos estábamos mirando la tumba
de Aaron. Mirarnos el uno al otro parecía demasiado… crudo.
Página

—Más a menudo de lo que debería. O eso me dice la gente. Una parte de mí está
enfadada con él por haber abandonado el programa de mierda. Necesito que alguien
esté aquí, ¿sabes?
—Tienes a alguien que esté aquí —dije, con una honestidad y una franqueza que
deberían haberme asustado pero que, de alguna manera, no lo hicieron.
De repente, recordé algo. Le pasé a Arya la bolsa de patatas fritas, me levanté,
encontré dos pequeñas piedras junto a una maceta y las puse sobre la tumba de Aaron.
—Así sabrá que vinimos a visitarlo. —Oí la sonrisa de Arya detrás de mí y me
giré para mirarla—. Solía hacer eso todo el tiempo. ¿Cómo lo sabes? —Sus ojos
brillaron.
—¿Quién dice que no soy judío? —Levanté las cejas.
—Tu nombre. Christian —se rió.
Mi nombre falso, más bien.
Ten cuidado ahora, me advirtió una voz en mi interior. Pero estaba demasiado
lejos para escuchar.
—Alguien me habló una vez de esta tradición.
Volví a caminar y me senté junto a ella, rozando nuestros hombros.
—Oye, ¿Christian?
—¿Sí?
—Hoy es mi cumpleaños.
Lo sé.
—Feliz cumpleaños, Arya. —Besé la coronilla de su cabeza mientras ella apoyaba
su mejilla en mi hombro, mirando al frente, a la cinta transportadora de gente de
negocios que se deslizaba por Park Avenue—. Y feliz cumpleaños, Aaron, para ti
también.
172
Página
22
Arya
Presente

No nos besamos de nuevo.


Eso, no podía dejar que pasara. No si quería sobrevivir a Christian Miller. Y ya
sabía que mis días serían más grises, más sombríos, una vez que él se hubiera ido.
Me acompañó a casa en un digno silencio. Los dos soplamos una condensación
contra el aire fresco, como si fuéramos niños.
Sabía que debería estar aterrorizada de abrirme, de darle un vistazo exclusivo a
mi tipo de locura. Al fin y al cabo, se suponía que las jóvenes de treinta y dos años no
debían celebrar su cumpleaños en un cementerio con hombres que apenas conocían. Y
menos aún con hombres como Christian, que estaba empeñado en destruir lo que
quedaba de mi disfuncional familia.
Cuando llegamos a mi puerta, Christian me pasó la mano por la mejilla. Era cálida
y áspera. Hacía más de un año que no estaba con un hombre. No desde una cita de
Tinder que había empezado con sexo incómodo y terminado con el tipo llorando en mi
hombro por su ex, que no quería volver con él. Piel de gallina se extendió en mi nuca.
Inspiré a Christian. Exhalé mis inhibiciones.
—Gracias por dejarme estar ahí para ti hoy —dijo Christian.
—Gracias por no salir corriendo hacia las colinas, gritando. —Choqué mi
hombro contra el suyo, como lo hicimos después de nuestra cita para cenar.
Sinceramente, había olvidado la última vez que alguien que no fuera Jillian hiciera algo
173

tan dulce por mí.


—No estás tan rota como quieres que piense, Arya. —Christian sonrió, y vaya
Página

que podría acostumbrarme a esa sonrisa.


—Lo estoy.
—Bueno, yo estoy peor —ofreció.
—Demuéstralo —lo reté—. Dime cuál es tu tipo de desorden.
—Tal vez. Luego. —Pero sonaba tanto a nunca que no quise presionarlo más.
—¿Ya cambiaste de opinión sobre nosotros? —Su voz tenía una forma de
moverse sobre mi piel, como las yemas de sus dedos.
—Para nada.
—Lo harás.
—No aguantes la respiración.
—¿Por qué no? Soy un gran nadador.
Y así, Christian me besó la punta de la nariz y se adentró en la noche, llevándose
un trocito de mi corazón.

Al día siguiente, en el trabajo, el trozo de corazón que me faltaba me hacía sentir


el pecho vacío. Quería volver a ver a Christian, para pedirle que me lo devolviera. Tal
vez fuera porque fue al cementerio conmigo. O tal vez fuera por nuestro beso de la
noche anterior. Tal vez Christian era solo una distracción del verdadero desastre que
invadía mi vida. El caso de mi padre se escapaba de control. Había renunciado a las
redes sociales, a los periódicos y a los sitios web de noticias y rechazado todas las
invitaciones sociales. Incluso llegué a comunicarme con mi madre solo por mensajes de
texto. Lo cual, como resultó, no era un plan a prueba de balas.
—Hola. —Whitley se dejó caer en el borde de mi escritorio, agitando su
magnífico pelo rubio ceniza con una sonrisa—. Tienes una visita abajo.
—¿Ah, sí? —Me levanté al instante, avergonzada por lo emocionada que estaba,
y luego me aclaré la garganta, reacomodándome en mi asiento.
La sonrisa de Whitley se ensanchó, cubierta con suficiente brillo de labios como
para llenar un cuenco de baba. —Oh, cariño, creo que es maravilloso que vuelvas a
conectar con ella. Aunque el motivo de su recién unión sea lo que pasó con tu padre.
¿Debo hacerla pasar por el intercomunicador?
Parpadeé rápidamente antes de caer en la cuenta. Me costó todo lo que pude
174

para no gemir.
—No, bajaré a verla, gracias.
Página

—¡Arya! Me alegro de haber acertado con la dirección. Me pareció que tu padre


mencionó algo de que trabajabas en esta calle. —Mi madre tiró de su guante de cuero
blanco de cada uno de sus dedos antes de quitárselo por completo. Llevaba uno de sus
vestidos más emblemáticos de mi infancia.
—Sí, madre. Llevo trabajando aquí cuatro años, más o menos. Hacemos fiestas
bianuales para nuestros clientes en la azotea. Conrad solía venir.
También solía ayudarme a limpiar después. Mi madre, sin embargo, tiraba mis
invitaciones a la basura indefectiblemente.
Tuvo el buen tino de parecer avergonzada, sonriendo, disculpándose. —Arya,
¿podemos hablar?
Con un movimiento de cabeza hacia la cafetería más cercana, le indiqué el
camino. Dejé que mi madre pagara nuestros cafés, sabiendo que iba a armar un
escándalo si no lo hacía. Cuando se sentó, sacó algo de su bolso Chanel.
—Te tengo un regalo por tu cumpleaños.
—Es la primera vez —no pude evitar murmurar, pero lo abrí de todos modos. La
caja era preciosa. De terciopelo azul. Pensé que sería una pulsera o una gargantilla de
diamantes. Mi madre tenía debilidad por las joyas finas. Pero cuando quité el fino papel
de seda, encontré algo completamente inesperado. Era una foto enmarcada de Aaron y
yo cuando éramos bebés. Los dos estábamos boca abajo, mirando a la cámara con los
ojos muy abiertos.
Tosí para cubrir mis emociones. —Nos veíamos tan diferentes el uno del otro.
Mis ojos eran verdes, los suyos marrones oscuros. Mi pelo era castaño, el suyo
rubio.
—Sí. —Mi madre envolvió sus delicados dedos sobre su taza de café—. Me
sometí a tratamientos de fecundación in vitro. Cuando me quedé embarazada, fue de
trillizos. Pero tu padre solo quería dos hijos y era un embarazo de alto riesgo, así que
los médicos se pusieron de su parte. Se suponía que ibas a tener otro hermano.
Mi cabeza se levantó de mi presente, abrí los ojos de par en par. —Nunca me lo
dijiste.
Se encogió de hombros. —Nunca lo preguntaste.
—¿Qué esperabas? Hola, mamá, ¿qué hay para desayunar hoy? Ah, y por cierto,
¿te hiciste una reducción selectiva cuando estabas embarazada de nosotros? Sí, las
tortitas están bien. —Pero antes de que pudiera responder, fruncí el ceño—. Espera,
¿Conrad no quería más hijos?
Siempre me pareció raro que mi madre no hubiera vuelto a quedarse
embarazada en los años posteriores a la pérdida de Aaron.
—No. A duras penas conseguí que accediera a tenerlos a los dos. Por supuesto,
175

funcionó bien, ya que ahora eres su orgullo y alegría.


Era, estuve tentada de corregir. Sorprendentemente, no me costó creerle a mi
madre sobre que Conrad controló el número de hijos que tuvieron. Era solo otra
Página

horrible revelación que añadir a la cadena de pruebas que se acumulaban contra él.
Así que supuse que estábamos teniendo esta conversación ahora.
—Perdona mi brusquedad, madre, pero no actuaste precisamente como si
estuvieras ansiosa por criar a la única hija que te quedaba. —Tomé un sorbo de mi café.
Noté que me temblaba la mano.
Mi madre dejó su taza y me cogió las manos por sobre la mesa. —Mírame, Arya.
—Lo hice. No porque quisiera, sino porque tenía que darle la oportunidad de explicarse
después de todos estos años—. Era un mecanismo de defensa, ¿de acuerdo? Tu padre
amenazaba a menudo con llevarte lejos. De hecho, cada vez que él y yo nos peleábamos,
cada vez que yo quería alejarme, usaba esa carta contra mí. Decía que tendría la
custodia total sobre ti, porque yo era una mala madre, incluso antes de tener la
oportunidad de ser una mala madre. Entonces me di cuenta de que no iba a importar.
Habría hecho lo que quisiera con o sin mis esfuerzos. Era un círculo vicioso. Estaba
condicionada a no acercarme demasiado a ti, porque nunca sabía si me dejaría
conservarte. Y es un hombre muy persuasivo y manipulador, como estoy segura de que
estás empezando a ver. No quería encariñarme contigo. No quería que mi corazón se
rompiera aún más después de lo de Aaron.
Me dolía tanto el pecho que me sorprendía poder seguir respirando. Sentía que
mis paredes se derrumbaban ladrillo a ladrillo, y no tenía forma de detenerlo. Siempre
había construido cuidadosamente mi realidad en una imagen digerible. Papá era el
santo, mamá la pecadora. Era la villana de mi historia, no la víctima, y en mi realidad, lo
único que creía tener estable y verdadero, ya no tenía sentido.
—Creía que no me querías —dije, con las manos flojas entre sus dedos.
Negó con la cabeza, sus ojos se llenaron de lágrimas. —Quería abrazarte todos
los días. A veces me impedía físicamente acercarme a ti y abrazarte, porque sabía que
eso lo haría enfadar. Diría que trataba de manipularte. Que intentaba demostrar algo.
Que quería que huyéramos juntas. Pero siempre había una amenaza sobre mi cabeza.
No quería perderte del todo.
—De todos modos, lo hiciste.
—Lo hice —estuvo de acuerdo—. Pero al menos pude verte todos los días. Y
cuando te fuiste a la universidad, y después de eso, traté de convencerme de que no me
importaba.
—¿Por qué me dices esto ahora? —Me quité de su agarre—. De repente. ¿Qué
cambió?
Se movió en su asiento, alisando su vestido sobre las rodillas con recato.
—Ayer —comenzó, tanteando su collar de perlas—, intenté localizarte todo el
día para desearte un feliz cumpleaños. No contestaste. Quise ir a tu apartamento para
176

sorprenderte y me di cuenta de que ni siquiera sé dónde vives. Descubrí la dirección de


tu oficina porque tu padre tenía una de tus tarjetas de presentación en su estudio. Llamé
a tu oficina y pregunté por tu dirección, pero Jillian dijo que no estabas allí. Que tenías…
Página

una cita. Entonces me di cuenta de lo poco que sé de tu vida. Sobre tus pasatiempos,
gustos y disgustos. Las cosas que hacen que tu corazón cante y tu alma llore. Volví a
casa, enferma de vergüenza. Tu padre estaba en una de sus interminables reuniones
con Louie y Terrance. Me preparé una taza de té, contemplando cómo ya no tenía una
Ruslana que lo hiciera por mí, porque desde que se fue, tenía demasiado miedo de traer
a alguien más a nuestra casa por temor a que se acostara también con ella. Saqué mi té
al balcón, con vistas al Mount Hebron, y te vi visitando a Aaron. No estabas sola.
Una sonrisa pensativa se dibujó en su rostro. —Había un hombre contigo.
Parecían… cercanos. Vi cómo apoyabas la cabeza en su hombro. Cómo hablaban. Y
pensé… cómo quería ser esa persona para ti. Esa roca. Alguien con quien pudieras
contar, hablar. Alguien con quien pasar tu cumpleaños. Entonces pensé en todos tus
cumpleaños a lo largo de los años. A los cinco años, con la niñera número ocho. O tu
decimocuarto, en el que nos olvidamos hasta tres días después, porque papá estaba en
Ginebra. Me perdí muchas cosas. Lo sé. Una simple disculpa no serviría… —Inhaló—.
Pero creo que, tal vez, viendo que nuestro mundo se está haciendo añicos y que todo lo
que nos rodea se está derrumbando, deberíamos al menos intentarlo… ¿Qué dices,
Arya? ¿Por favor?
Había tantas cosas que quería decir. Preguntar. Pero empecé con la más obvia, y
no tenía nada que ver conmigo.
—¿Por qué dejas que se quede contigo, todavía? —Fruncí el ceño—. Conrad. ¿Por
qué no te divorcias de él? Es una mala imagen. Que te quedes con él después de todo lo
que hizo.
—Ni siquiera voy a la corte con él. Me lo ha pedido muchas veces.
Aparentemente, sus abogados piensan que es una buena óptica.
Cuando vio que yo estaba esperando que se explayara, movió la mano de su
collar para jugar con su pendiente. —Bueno, supongo que tengo miedo de lo que viene.
Tienes que entender que he pasado los últimos treinta y tantos años en una forma de
aislamiento. Una prisión. Se las arregló para estropear todo en mi vida, incluso mi
medicación. Hace unos años, descubrí que estaba en estrecho contacto con mi
psiquiatra y le decía lo que tenía que recetarme. Corté con el psiquiatra de inmediato,
pero el daño ya estaba hecho, y hoy en día ni siquiera puedo tomar un Xanax sin
preguntarme si las personas que me lo recetan tienen motivos ocultos. Siempre que
íbamos a eventos sociales, se ponía deliberadamente cariñoso con mis amigas,
normalmente las que más disfrutaba de su compañía, y desaparecía con ellas durante
largos periodos de tiempo. Me hacía preguntarme si se acostaba con ellas. Llevaba a
cabo aventuras muy cortas, muy eficientes y muy estratégicas con cualquiera que
pensara que podía ayudarme a liberarme de la jaula de oro que me preparó. No tengo
verdaderos amigos, socios, abogados o familia. Conrad es mi única familia, aunque una
muy mala.
—Me tienes a mí —dije, sin saber exactamente por qué esas palabras salían de
177

mi boca.
Los ojos de mi madre se iluminaron. —¿Sí?
Página

—Sí. No somos cercanas, pero seguiré estando a tu lado cuando me necesites. —


Aunque podía ver por qué no lo sabría, viendo que la había estado evitando durante un
par de semanas. Desde que se supo lo de Conrad y empezó a llamarme.
—La vida es tan corta. —Sacudió la cabeza—. Pienso en todos los besos que no
te di. Todos los abrazos que no compartimos. Todas las noches de cine y las salidas de
compras y las peleas que nos hicieran querer estrangularnos una a la otra y, sin
embargo, amarnos más. Pienso en todos los “y si”. Los “casi”. Cómo se amontonan en la
habitación vacía de mi banco de memoria. Y eso me mata, Arya. Duele mucho más que
lo que está pasando con tu padre.
Mi pulso palpitaba contra el interior de mis muñecas. Pensé en todos los
momentos que compartí con papá. Preciosos y pequeños, como bombones envueltos
individualmente. No los cambiaría por nada del mundo, incluso después de todo lo que
había pasado. Y quizás especialmente por ello.
Y Christian. También pensé en Christian.
En lo mucho que lo deseaba. Lo anhelaba. Cada fibra de mi cuerpo sabía que
rompería mi corazón. Nada fácil, considerando que ningún hombre había logrado eso
desde Nicholai Ivanov.
—Podemos crear nuevos recuerdos, tal vez. —Una suave sonrisa tocó mis labios.
—Oh. —Su voz tembló—. Eso me gustaría mucho.

Salí a trompicones de la cafetería, buscando a tientas mi teléfono. Tardé un


segundo en encontrar su número y otros dos en recomponerme y llamarle. Contestó al
primer timbre, con la voz entrecortada. —¿Sí?
El ruido de fondo era revelador. Documentos que se movían, voces que
conversaban en voz baja sobre el EEOC, la caracterización errónea y la carga de la
prueba. Era evidente que estaba en una reunión. ¿Por qué contestó al teléfono?
—¿Christian? —pregunté.
—Evidentemente.
—Es Arya.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte, Arya? —No sonaba tan entusiasta como
pensé que estaría.
178

¿Acaso esperaba que se arrodillara y rogara por verme? Tal vez no, pero no creí
que sonara tan… sin sorpresa.
Página

—Pareces ocupado.
Hubo una pausa. Tal vez finalmente se dio cuenta de que había llamado.
—¿De qué se trata, Ari?
Ari. El apodo hizo que mi corazón tartamudeara.
—No importa.
—Sí me importa.
—Obviamente estás haciendo algo importante.
—Prefiero hacerlo con alguien importante —recalcó, justo cuando oí el suave
clic de una puerta al cerrarse. Al menos no lo había dicho en público. Resollé. No existía
suficiente aire fresco en Manhattan para hacerme respirar correctamente. Pero mamá
lo dijo a la perfección: la vida es demasiado corta. Si el mañana no llegaba, quería pasar
el día de hoy con él.
—Arya. —La voz de Christian era mucho más cálida ahora. Me di cuenta de que
antes sonó cortante porque estaba entre la muchedumbre y tenía un cierto aire que
mantener—. ¿Estás contemplando lo que creo que estás contemplando?
Ese era el problema de los buenos abogados. Te olfateaban la verdad a
kilómetros de distancia.
—Tal vez.
—¿Qué cambió?
—Mi perspectiva. —Cerré los ojos, balanceándome de talón a talón en medio de
la calle, sintiéndome completamente ridícula—. Toda mi vida he evitado el desorden.
Pero el desorden me encontró. Empiezo a ver que tal vez es hora de tomar lo que quiero,
ya que algunas consecuencias son inevitables.
—Voy a ir.
—¿Quieres decir ahora mismo? —Esto me hizo reflexionar. Las cosas se estaban
moviendo demasiado rápido—. Es mediodía. Mi agenda está repleta. Seguro que la tuya
también.
—Cambiaré las cosas. —La línea se cortó—…. Voy de camino. —Otro corte—…
para allá. ¿Hola? ¿Me escuchas?
—Estás perdiendo el servicio —murmuré, caminando hacia el metro con
estupor. ¿Realmente iba a faltar al trabajo? Era la primera vez. Ni siquiera me había
saltado una clase en el instituto. La última vez que me tomé un día por enfermedad fue
hace seis años. No hice nada espontáneo.
La bulliciosa vida de Manhattan se filtraba a través de la línea. Ambulancias
ululando, coches tocando el claxon, gente gritando. —Lo siento. Estaba en el ascensor.
Acabo de pedir un taxi. Estoy en camino.
179

—Estás loco. Esto puede esperar.


—No, no puede. Oh, ¿y Ari?
Página

—¿Sí?
—Más vale que tu chequera esté abierta, porque todas esas comidas en las que
me dejaste plantado no fueron baratas.
Cuando llegué a la puerta de mi casa, Christian ya estaba allí, caminando de un
lado a otro junto a la escalera. El aire que lo rodeaba crepitaba con energía oscura.
Se volvió hacia mí y me sorprendió cogiéndome la mano y apretándola contra su
corazón. —Siéntelo, Ari.
La mirada de su rostro decía más de lo que las palabras podrían decir. Había
expectación, mezclada con esperanza, anhelo y algo más. Una extraña fragilidad que no
existía antes. Me recordó aquella vez, décadas atrás, cuando Nicky y yo casi nos dejamos
atrapar por Ruslana.
Hundí mis uñas rojas como la sangre en la tela de su camisa. —¿Contento de
verme?
—Estaré más contento cuando te vea toda.
Subimos los tres tramos de escaleras de dos en dos. Mi adrenalina estaba por las
nubes. Cuando abrí la puerta, le dije que iba a por un vaso de agua y le pregunté si quería
uno.
—¿Claro? —Me miró de forma divertida, como si estuviéramos jugando a esto.
Señalé hacia mi habitación y le dije que se pusiera cómodo. Cuando me aseguré de que
se marchaba, bebí dos litros de agua y metí la cabeza en el congelador para intentar
bajar la temperatura.
Cuando fui a mi habitación, lo sorprendí estudiando mi estantería, de espaldas a
mí. Hacía años que contraté a un carpintero para que convirtiera una de las paredes de
mi habitación en una biblioteca. Era algo extravagante y totalmente injustificado, ya que
este apartamento era de alquiler, pero me hacía sentir más a gusto que cualquier otro
mueble que tuviera. Christian recorrió con un dedo los lomos de los libros de una
manera que me pareció extrañamente erótica.
—La preciada Expiación —dijo, sabiendo que yo estaba allí aunque no había
hecho ningún ruido—. Primera edición, tapa dura.
—Ni se te ocurra. —Me aparté del marco de la puerta y me acerqué a él. Le quité
el libro de las manos, acariciándolo con cariño.
Se giró para mirarme, con una sonrisa en la cara. —¿Qué cosa?
—Tomarlo prestado.
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—¿Por qué no? —susurró—. Son solo palabras en papel.


Página

—Qué cosa más absurda. Y la muerte es solo una larga siesta en un cajón. —
Apreté más el libro entre los dos libros que lo envolvían—. Si estás tan desesperado por
leerlo, consigue una tarjeta de la biblioteca.
Apoyó su hombro en mis estantes, escudriñándome en busca de una reacción. —
¿Por qué este libro en concreto?
—Porque sí.
—Lo diré de otra manera. ¿Qué acontecimiento asocias con este libro en
concreto que hace que sea imposible dejarlo atrás? Me cuesta creer que un ejemplar
diferente de Expiación, que podría pedir en Amazon ahora mismo, tendría el mismo
impacto emocional.
Pensé en la mirada azul de Nicky, parpadeando cuando me dijo que lo haría por
mí. Desafiar a nuestros padres. Reproducir esa escena.
De Nicky apretándome contra mis estantes, besándome.
Acostada bajo el sol palpitante, él contando la constelación de pecas en mi nariz
y mis hombros.
Nicky. Nicky. Nicky.
Un dulce dolor se extendió dentro de mi vientre.
Christian sacudió la cabeza. —No importa. Es demasiado personal. Lo entiendo.
—No es…
Tomó el vaso de agua que había olvidado que tenía en la mano y lo colocó con
cuidado en uno de los estantes detrás de mi cabeza. Entrelazó sus dedos con los míos y
me inmovilizó los brazos a ambos lados, por encima de la cabeza, como en Expiación.
Sus dedos apretaron su agarre, su boca bajó hasta la base de mi garganta, sus labios
rozaron suavemente la sensible piel.
Por un segundo, realmente me pregunté si Christian era Nicky. ¿Por qué otra
cosa elegiría hacer eso? Pero no. No podía ser. Nicky estaba muerto. Además, tal vez
Christian había visto la película y pensó que sería sexy recrearla.
Gemí, dejando caer la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
—Arya, adorable y mentirosa criatura, tú. Cuánto tiempo he esperado para
hacerte esto.
Su boca subió por mi cuello, sus blancos dientes rozaron mi barbilla, antes de
sumergir su lengua en mi boca, haciendo palanca en mis labios. Mi boca se abrió en
forma de O y me retorcí, arqueando la espalda y apretando mi cuerpo contra él,
mientras disfrutaba del dolor sordo del deseo.
—Hermosa… dulce… encantadora Arya. —Cada palabra era un beso. Sus dedos
soltaron los míos y me tomó por la parte posterior de los muslos, rodeando su cintura
181

con mis piernas, con nuestros besos profundos y sofocantes, llenando el fondo de mi
vientre de un calor satinado. La mayor parte de mi peso lo soportaban las estanterías.
Página

—Qué insoportablemente perfecta eres —murmuró en mi boca. Los mechones


de mi pelo, salvaje como la maleza, caían sobre nuestros ojos. Los cumplidos no se
decían con sarcasmo o desprecio. Eran susurros suaves, que se enroscaban en mi cuello,
en mis muñecas, como finas joyas.
Había una urgencia en sus movimientos mientras devoraba mi boca, pegándome
a las estanterías cargadas de libros. Una sensación de asunto inacabado. Una
continuación de algo que ya habíamos empezado. Pero, por supuesto, eso no podía ser.
La erección de Christian presionó contra mi centro y algo en mi interior se
encendió. Moví el culo, con las piernas anudadas a los tobillos en torno a su cintura, y
me encontré con su erección con empujones decididos. El estado de mis bragas me
decía que una larga sesión de juegos preliminares no estaba en mis planes.
—Christian. —Pasé las uñas por su afilada mandíbula y mi lengua bailó con la
suya. Se congeló, apartándose, como si lo hubiera abofeteado.
—¿Qué? —pregunté, jadeando, mientras él daba un paso atrás, dejándome
nivelar sobre mis tacones de aguja—. ¿Qué ocurrió?
No podía ser nada de lo que había dicho. Todo lo que hice fue decir su nombre.
A los hombres les gustaba eso, especialmente a puerta cerrada. Sin embargo, me miró
como si hubiera cometido un gran pecado. Como un amante traicionado.
La confusión me inundó.
Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, su aspecto era completamente
diferente. Se comió el espacio que nos separaba con un rápido movimiento, me cogió
por el culo y me lanzó sobre la cama. Mis piernas saltaron por los aires, y un fuerte
desgarro perforó el silencio. Mi falda lápiz estaba rota, la mitad de mi culo pendía para
que él lo viera.
—¿Qué…? —Sentí una mezcla de excitación, cabreo y sorpresa—. ¡Era una
Balmain nueva!
—Envíame la factura. —Apoyó una rodilla entre mis piernas en la cama, agarró
el dobladillo de mi falda y la rasgó hasta que cayó debajo de mí en un cuadrado
perfecto—. Mejor aún, vamos a igualar todas esas cenas. Tengo la sensación de que tu
familia no podrá permitirse gastos inesperados después de la factura legal que recibirá.
Eso era bajo, y Christian no solía apuntar bajo. De hecho, había sido bastante
bueno en no restregarme nuestra situación en la cara hasta ahora. Lo que me confundió
aún más en cuanto a cómo el hecho de que dijera su nombre había cambiado las cosas
entre nosotros.
—¿Qué te pasa? —pregunté, pero me olvidé rápidamente de presionarlo para
que respondiera cuando se inclinó entre mis piernas, pegando su fuerte cuerpo al mío.
Me besó con fuerza, frotando deliberadamente su rastrojo de barba contra mi piel,
haciéndola florecer de color rosa.
182

Usó sus dientes para desabrochar mi camisa blanca de vestir. No con pericia y
delicadeza. Más bien, tiró de los botones y los escupió, uno a uno, a medida que se
revelaba más de mi piel frente a él. Cuando vio mi sujetador de encaje color crema,
Página

cubrió uno de mis pechos con su boca por completo y chupó con fuerza. El calor húmedo
de su boca me provocó violentos escalofríos. Mis dedos se enroscaron en su pelo,
jalándolo hacia el sur descaradamente.
—Alguien está impaciente —rió contra mi ombligo, hundiendo su lengua en él
antes de respirar aire frío en su interior. Se me puso la piel de gallina.
—Eres todo un experto, ¿verdad…? —Iba a decir su nombre de nuevo, pero me
detuve. Algo me decía que no quería oírlo, aunque no tenía ni idea de por qué. Christian
no se dio cuenta de que mi frase estaba incompleta.
—Esta no es una conversación que me gustaría mantener ahora.
Y entonces estaba allí. Sus dientes rozaron el dobladillo de mis bragas (por
desgracia, un par de calzoncillos negros sin costuras y de corte boyfriend) y las retiró
con urgencia, mientras sus manos se ocupaban de separar mis muslos. No sabía qué era
más sexy: ver sus manos fuertes y bronceadas y sus musculosos antebrazos contra mi
pálida piel, o mirar su corona de pelo negro azabache, sabiendo lo que estaba por venir.
O, más bien, quién iba a venirse: yo, concretamente.
Se echó mi ropa interior detrás de su hombro, todavía completamente vestido.
Se detuvo para hacer un inventario de mi cuerpo desnudo por primera vez. Como
si estuviera estudiando un mapa, calculando por dónde empezar, por dónde atacar
primero.
—Dios, Arya.
Pasó su pulgar desde mi clítoris hasta la base de mi centro, antes de sumergir un
largo dedo dentro de mí. Cerré los ojos y gemí.
—Empapada. —Oí el chasquido de su boca y abrí los ojos justo a tiempo para ver
que estaba saboreando el dedo que me metió—. Dime lo que quieres, Arya.
Sin darle el placer de oírme suplicar, le hundí las uñas en los hombros y lo volví
a bajar, con su cara a la altura de mi sexo. Pasó su lengua por mi abertura y me
estremecí, cerrando los ojos. Estaba claro que quería controlar la situación. Y
claramente, no lo conseguía.
—Joder —gruñó, y su lengua volvió a lamerme, más profundamente ahora.
Estaba sediento de mí—. Aquí voy de nuevo.
¿Aquí voy de nuevo? ¿Qué significaba eso?
Sus manos rodearon los huesos de mi cadera, presionándome contra el colchón
mientras me devoraba, acariciándome con su lengua, deteniéndose de vez en cuando
para succionar mi clítoris en su boca, mordisqueándolo suave. Sabía lo que hacía.
Normalmente, lo encontraría loable. La experiencia no siempre equivale a una buena
actuación. Sin embargo, esta vez se me estrujó el corazón. Como si el Christian del
pasado supiera que el Christian del presente se encontraría conmigo, de alguna manera,
183

y tuviera que esperar. Lo cual era una absoluta y atroz estupidez.


Había una vocecita en el fondo de mi mente que me decía que lo estaba haciendo
Página

mal. Esto era Nueva York, y estábamos en la treintena. Normalmente, seguía una rutina.
Necesitaba ver una factura médica limpia. Tener la charla. Para asegurarme de que
venía con un paquete de condones. Con Christian, pasé por alto los tecnicismos como si
no existieran.
—Condones —jadeé, sintiendo cómo mi primer orgasmo se deslizaba por mi
piel. Desde los dedos de los pies, hasta las piernas, subiendo más alto—. Dime que tienes
condones.
Sacudió la cabeza, que seguía enterrada entre mis muslos, justo cuando mis ojos
se cerraron y mi cuerpo empezó a temblar con mi clímax. Me estremecí por completo,
y cuando abrí los ojos de nuevo, lo vi apoyado en sus codos, mirándome absorto y
pensando.
—Estoy limpio.
No quiero quedarme embarazada.
Por un segundo, imaginé cómo sería eso. Si accidentalmente me quedaba
embarazada del hijo de Christian. Qué pensaría Conrad. Beatrice también. Una risita de
pánico me subió a la garganta, pero conseguí tragarla.
—No tomo la píldora —dije. Comenzó a besar mi abdomen, con su boca caliente
y húmeda, y su aliento con el aroma terroso y femenino de mi carne.
—La sacaré.
—¿Ahora estamos en el instituto?
—Lo que estamos es en completa lujuria el uno con el otro. No puedo esperar.
Me saldré, y luego bajaré a comprar condones para la siguiente ronda. Y habrá una
próxima ronda.
Ascendió por mi cuerpo hasta que nuestras caras se alinearon. Sus ojos eran
hipnotizantes. Azules claros y helados. Agua tranquila sobre icebergs de punta brillante.
Mi determinación se derrumbó, como siempre lo hacía cuando se trataba de este
hombre. Cerré los ojos y asentí una vez.
Christian estuvo dentro de mí.
Todavía llevaba puesto el traje cuando me embistió. Era grande (más grande que
la media) y cerró los ojos, sin moverse, disfrutando del momento. Lo miré con asombro.
Todo lo que estábamos haciendo me parecía monumental.
Comenzó a moverse en mi interior, echando una de mis piernas por encima de
su hombro mientras me miraba fijamente a los ojos. Me sorprendió. Su intensidad.
Después de todo, no nos conocíamos desde hacía tanto tiempo. Le rodeé el cuello con
los brazos mientras me llenaba hasta el tope. Giré mis caderas hacia delante cada vez
que él empujaba dentro de mí, encontrándome con él en el centro. Otro clímax
cosquilleó en mi interior.
184

—Arya. —La frente de Christian se desplomó sobre mi pecho cuando aceleró el


ritmo—. Por favor, dime que estás cerca, porque yo lo estoy.
—Sí. —Asentí, tragando con fuerza—. Estoy muy cerca.
Página

Christian gimió, saliendo de mí y apretándose con fuerza, evitando su clímax.


Apartó la mirada y miró al suelo, concentrándose en un punto antes de volver a empujar
dentro de mí. Ya excitada y sensible por la fricción, eso fue todo lo que necesité para
derrumbarme en sus brazos y correrme de nuevo. En cuanto sintió que me apretaba,
murmuró un gracias, salió de mí y se corrió. Cintas de su liberación cubrieron mi
vientre. Tardé unos instantes en bajar a la tierra y darme cuenta de lo que habíamos
hecho. Christian rodó junto a mí en la cama. Los dos miramos al techo. Teníamos la clara
sensación de ser como adolescentes que acababan de hacer algo malo.
—Ni siquiera te quitaste la ropa. —Me quedé mirando el techo, aturdida,
preguntándome si llamaría mañana.
—No —dijo asombrado, girando su cara para mirarme—. Vamos a rectificar eso.
¿Ducha?
—La primera puerta a la izquierda.
Me agarró la mano. La apretó. —Ven conmigo.
—Acabo de hacerlo. —Sonreí.
Se rió, sacándome delicadamente de la cama. —Aquí estamos. Un paso. Luego
otro. No está tan mal, ¿verdad?
Nuestra ducha mutua fue abrasadora. Una sesión de besos a fuego lento. Nos
abrazamos, besándonos bajo el agua caliente. Allí pude apreciar todo su cuerpo, en su
totalidad. Su definido paquete de seis, el áspero vello oscuro de su pecho, sus anchos
hombros. Nuestros besos eran calientes y prolongados, con la boca abierta, y traté de
recordar la última vez que me sentí tan feliz y contenta. No en esta década, sospechaba.
Cuando salimos, Christian se vistió. —Voy a bajar a por unos condones. ¿Traigo
comida para llevar? ¿Qué tal comida china? —Se abotonó la camisa, encaramado a un
lado de mi cama, sin molestarse en la corbata.
—¿Qué hora es? —Consulté mi reloj, frunciendo el ceño. Eran las ocho. Se
suponía que Jilly ya debía estar de vuelta. El hecho de que no estuviera significaba que
nos estaba dando tiempo a solas. Le había mandado un mensaje de texto de camino a
casa, pero no pensé que fuera a desaparecer tanto. Volví a mirarlo, encendiendo el
portátil mientras me acomodaba sobre las almohadas de mi cama. No tenía sentido
sentarme aquí y suspirar por él mientras estaba fuera. Podía escribir unos cuantos
correos electrónicos y quizás incluso una propuesta de contrato, si tenía suerte.
—En ese caso, ¿podrías traer algo del restaurante filipino? Está al final de la calle.
Yo quiero los calamares fritos y la pata crujiente. Ah, y su boba de coco, por favor. Bolas
de tapioca extra. Aquí está mi tarjeta. —Abrí la cremallera de mi bolso y le lancé mi
tarjeta al otro lado de la cama.
Dejó de abrocharse los zapatos y se quedó mirándome unos instantes.
185

Sonreí con fuerza. —Lo siento, puedo ser mandona. Podemos simplemente pedir
a domicilio. Por supuesto que no tienes que ir allí.
Página

—No, está bien. —Se levantó, sacudiendo la cabeza—. Me vendría bien el tiempo
para responder a los correos electrónicos. —Sus ojos recorrieron mi portátil. Uy.
Debería haber esperado a que se fuera—. Realmente eres algo, ¿lo sabías, Arya Roth?
—¿Cómo es eso?
—Eres la más autosuficiente, independiente, impulsada…
—Será mejor que te detengas antes de que te enamores. —Le guiñé un ojo,
cortando sus palabras, porque me cortaban la piel, y era demasiado. Cerró la boca,
sacudiendo la cabeza y alejándose, dejándome a mí, a mi tarjeta de crédito y a mis
peligrosísimos pensamientos.

Cuarenta minutos más tarde, estábamos sentados con las piernas cruzadas en
mi cama, atiborrándonos de calamares asados, patatas fritas, carne asada y verduras
variadas. Compartimos anécdotas sobre nuestra época universitaria y nos sorprendió
descubrir que nuestros caminos casi se cruzaron varias veces durante esos años en
fiestas y festivales. Christian me dijo que no le gustaban las fiestas, que Arsène y Riggs
eran los más sustanciales de su trío y que él se centró en ser el mejor de su clase, porque
sabía que la competencia iba a ser dura cuando se graduara. Le dije que a mí me pasaba
lo mismo, de hecho. Que decepcioné a mucha gente por ser tan estricta y no canalizar la
Paris Hilton interior que todos habían predicho que verían en mí.
—¿Y Jillian siempre ha sido tu mejor amiga? —Christian mordió un trozo de
calamares y se chupó los dedos. Tuve el presentimiento de que la comida frita no era
parte de su dieta habitual, con un cuerpo así.
—Algo así. —Me metí un trozo de pepino en la boca—. Siempre he sido un poco
desafiante, sin duda para alguien de mi campo, y la gente suele confundir mi asertividad
con mala leche. No me dedico a arrullar y a hacerme la simpática. Algunas personas lo
aprecian. Pocas, pero algunas. Ella es una de ellas, así que nos mantenemos cerca.
—Los hombres deben sentirse intimidados. —Christian levantó una ceja
diabólica.
—No con los que vale la pena salir.
—Y eso que no me pareces el tipo de mujer que tiene muchas citas.
Me encogí de hombros. —No todos merecen mi tiempo. —Pero incluso cuando
dije eso, supe que era mi autoestima temblorosa la que hablaba.
—¿Quién es el que se escapó? —Christian se apoyó en mi cabecera, usando sus
186

palillos para arrancar un trozo de zanahoria de su plato de papel. Llevaba la camisa


desabrochada y tenía un aire perezoso y depredador que me mantenía alerta y, al
mismo tiempo, me hacía desear disfrutar de su atención—. Siempre hay una persona
Página

que se escapó.
—Hmm. —Arrugué la nariz. Pero no tuve que pensar demasiado en ello. La
respuesta era clara. Nada más que sonaba mal. Afortunadamente, no debía importarme
lo que él pensara de mí. Esto era temporal en el mejor de los casos y ya había terminado
en el peor—. No te rías, pero esto se remonta a mucho tiempo atrás.
—Amor de instituto. —Puso una cara adorable, aunque burlona—. ¿Dónde te
besó por primera vez? ¿Bajo las gradas o contra tu casillero?
—A decir verdad, antes del instituto. —Sentí que mis mejillas se sonrosaban,
dejando caer mi mirada hacia mi comida, moviéndola con los palillos—. Los dos
teníamos catorce años. Él era… bueno, era un chico muy rudo y mi mejor amigo. Estaba
obsesionada con él. Tuvimos una pequeña cosa durante el verano. Su madre trabajaba
para mi familia. Él es quien se me escapó.
Cuando volví a levantar la vista, la expresión de Christian hizo que me temblara
el pulso. Parecía que un semirremolque lleno de sentimientos lo hubiera estrellado de
golpe. Dejó caer su comida sobre mi cama por accidente y ni siquiera se dio cuenta.
—Mierda, no te preocupes por eso. Odiaba esas sábanas de todos modos. —Hice
un medio intento de raspar las aceitosas patatas fritas de mis sábanas. Mentiras. Eran
de lino belga nuevas de West Elm.
Seguía mirándome de forma extraña.
Me senté un poco más recta, sintiendo que mis mejillas se calentaban a pesar de
mí.
—Te dije que era raro. —Me acomodé el pelo detrás de las orejas—. Quiero decir,
no es que todavía esté suspirando por este adolescente o algo así. De todos modos…
—No, esto es interesante. ¿Era tu novio? —Christian volvió a mirarme, muy
serio.
Lo miré con atención. —¿Seguro que no te ha dado un ataque? Parecías…
descolocado.
—Lo siento. Pensaba en un correo electrónico que tengo que escribir a alguien
mañana. Ahora estoy completamente despierto. —Sonrió.
Qué bien. Así que pensó en el trabajo cuando me desahogué. Tomo nota.
Volví al tema en cuestión, sintiéndome cohibida. —No. Compartimos un beso.
Eso fue todo. Pero éramos muy unidos.
—¿Y por qué terminó? —Los ojos de Christian se clavaron en los míos con una
intensidad que podría iluminar una feria.
—Se mudó.
—¿Lo hizo?
187

—Sí.
Página

—¿A dónde?
Me lamí los labios, sintiendo que la nariz me ardía de repente por las lágrimas.
¿Qué demonios me pasaba? Habían pasado años. —Se fue a vivir con su padre a
Bielorrusia.
—Ya veo. —Asintió escuetamente con la cabeza, dando un mordisco a otro
calamar—. ¿Te lo dijo él?
—Um. No. —Me froté la cara, luchando por entender por qué me sentía tan
afectada y, aún más importante, por qué Christian me miraba como si acabara de decirle
que maté a su perro—. Mi padre me lo contó. Fue todo muy… —Abusivo y loco—.
Repentino.
—¿Intentaste contactarlo alguna vez?
Su interés en esta historia parecía peculiar. Habían pasado tantos años. Además,
como dijo, no estábamos en esto a largo plazo. ¿Por qué le importaba mi pasado?
—De hecho, lo hice. —Empecé a recoger los calamares y las patatas fritas de mi
lino y a ponerlos de nuevo en el cuenco de Christian—. Pero cuando no me contestó,
pensé que había esquivado una bala. Un tipo que se va de tu vida sin dejarte siquiera
una nota no es digno de tu tiempo, tus pensamientos y tus esfuerzos.
Eso era una mentira desvergonzada. Sabía exactamente por qué Nicky no se
puso en contacto conmigo: porque no me merecía nada de él después de lo que mi
propio padre le hizo.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Alguien especial a lo largo de los años?
Christian sonrió, un poco recuperado del tema, acercándose a mí para sostener
la botella de agua que compartíamos y tomando un sorbo. —Nadie en absoluto, de
hecho.
—Qué suerte tienes.
—Sí, qué suerte la mía.

Tres veces más, caímos uno encima del otro, con las sábanas enredadas,
luchando por el dominio, por la piel, por el contacto. Aprendimos las formas, los gustos
y las aversiones del otro. Cómo movernos como una corriente. Usamos preservativos, y
tomé nota mentalmente de pasar por la farmacia al día siguiente para conseguir un Plan
B. Christian era un amante generoso. Parecía saber exactamente lo que yo quería,
cuándo lo quería, a qué profundidad y con qué rapidez.
188

Finalmente, cuando nos desplomamos alrededor de la una de la madrugada,


sudorosos y agotados, se entendió (quizá incluso se esperaba) que se quedara a pasar
Página

la noche. Ambos queríamos aplazar lo inevitable.


—¿Pero no llegarás tarde al juzgado? ¿Entre volver a tu apartamento, ducharte
y vestirte? —pregunté.
Christian señaló que cualquier abogado novato sabía que debía tener un traje de
repuesto fresco y planchado en su despacho, y eso era todo.

Por eso no esperaba despertar al día siguiente en una cama vacía.


El lado donde había dormido Christian estaba frío, la ropa de cama planchada
como si nunca hubiera estado allí. La única prueba de que estuvo aquí la noche anterior
era su persistente olor a loción cara y a sexo decadente. Ah, y el pulso entre mis muslos,
un ligero y persistente latido, y las marcas de mordiscos que me cubrían.
Miré la hora en el reloj de mi mesita de noche. Las ocho y media. Gimiendo, cerré
los ojos y apreté la cara contra la almohada. Cuando volví a abrir los párpados, me puse
boca abajo y busqué el teléfono. Tenía cuatro mensajes y siete correos electrónicos.
Todos ellos de clientes. También había una llamada perdida de mi madre.
Te dijo que no era nada serio. ¿Esperabas un desayuno romántico con una
guarnición de abrazos?
Por un segundo, me maravilló la ironía. Mi padre me insinuó que debía
acostarme con Christian para ayudarlo, y yo había terminado acostándome con él, de
hecho, pero no tenía planes de ayudar al viejo.
Parpadeé, adaptándome a la luz que entraba por la ventana. Agachando la
cabeza, noté algo peculiar en mis estanterías. Un espacio vacío que no estaba allí antes.
Salí de la cama arrastrando los pies, aún desnuda, y me dirigí descalza a mi estantería.
Mi mano recorrió los lomos, ordenados alfabéticamente. Mis dedos se detuvieron en el
espacio vacío. Sabía lo que faltaba. Era un libro impreso en mi ADN. Mi posesión más
preciada.
Expiación.
Por eso no había dejado una nota o un mensaje. Por eso no se quedó. Sabía que
yo sería la que daría el primer paso. Después de todo, tenía algo mío como rehén.
El bastardo se había robado mi libro favorito.
189
Página

Me contuve.
No lo llamé ni le envié mensajes de texto.
En la oficina, Jillian me examinó desde detrás de su taza de café, arqueando una
ceja cómplice y apoyándose en la impresora mientras yo esperaba que escupiera un
contrato para un nuevo cliente.
—¿Una noche larga? —dijo con un hmm.
Sentí que me ponía roja, al darme cuenta de que ni siquiera estaba segura de si
volvió a casa o no. Al menos sabía que estaba al tanto del trabajo estos días, así que esto
no era una indirecta.
—Este espacio es una zona sin juicios. —Recogí las hojas calientes, señalando el
espacio entre nosotras mientras las sostenía.
Jilly levantó una mano en señal de rendición, tomando otro sorbo. —No estoy
juzgando; tengo curiosidad. Y estoy un poco celosa, obviamente. ¿Es serio?
—No. La relación está condenada desde el principio. —Grapé las páginas y me
dirigí a mi asiento. Ella me siguió como una piraña, oliendo la sangre.
El hecho de que Christian y yo no hubiéramos abordado el elefante (o más bien,
la demanda) en la habitación no significaba que yo no fuera consciente de eso. Lo único
que había cambiado era que ya no ansiaba colgar sus indiscreciones sobre su cabeza.
—¿Por qué molestarse, entonces?
—La vida es demasiado corta. —Me encogí de hombros, tomando asiento frente
a mi portátil, destapando mi Sharpie para repasar el contrato una vez más.
—Qué poco de Arya por tu parte —se rió—. Bien. Volveré a sacar el tema en casa.
¿Pero, Ari?
—¿Sí?
—Ten cuidado si sales con Christian. Por muy encantador que sea, no sabes nada
de uno de los solteros más codiciados de Nueva York.
190
Página
23
Christian
Presente

Metí la copia impresa de Expiación bajo la tabla suelta del suelo debajo de mi
cama. Uno pensaría que un edificio nuevo en Manhattan, con parqué de verdad, no
tendría baldosas sueltas, y estaría en lo correcto. La razón por la que estaba suelta era
porque la arranqué con mis propias manos para tener un lugar donde esconder todos
los documentos legales que no quería que nadie encontrara. Una caja fuerte era muy
predecible. Prácticamente pedía a gritos que la abrieran. Pero nadie iba a despegar las
piezas del suelo bajo mi cama.
Me pregunté por qué Arya no llamaba todavía. O mejor aún, irrumpido en mi
despacho con un machete y toda la intención de usarlo en mi cuello.
Me iría al infierno, pero no antes de aprovechar al máximo mi tiempo aquí en el
planeta Tierra. Lo que le estaba haciendo a Arya era, a falta de terminología legal, una
burrada de proporciones gigantescas.
La mentira crecía día a día, alimentada por el tiempo, la intención y las
emociones que no debían mezclarse. Había pasado toda mi vida eligiendo a mis parejas.
Tenía la apariencia, el aura, el trabajo y el saldo bancario para atraer a cualquiera a mi
red. Pero con Arya, incluso cuando la tenía, no se sentía realmente mía, y eso era un
problema.
Alguien llamó a la puerta de mi habitación. La cabeza de Riggs, recién (y
totalmente) afeitada después de otro exitoso viaje a Dios sabía dónde, apareció en el
espacio entre la puerta y el marco. —La comida está aquí.
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Atravesé mi dormitorio hacia la cocina, donde Arsène estaba descargando cajas


de comida para llevar llenas de sashimi. Riggs se sentó junto a Arsène en un taburete.
Página

—Volviendo al tema que nos ocupa, antes de que Christian tuviera que volver a
su habitación a escuchar su disco de Sinéad O'Connor mientras lloraba porque Arya no
le ha llamado. —Arsène pulsó ignorar en su teléfono cuando el nombre Penny apareció
en él, acompañado de una foto de lo que parecía ser una maldita supermodelo. Si tuviera
un centavo por cada vez que rechazó a una Penny perfectamente buena, podría comprar
todo este edificio, no solo un apartamento para una cama—. Tienes dos opciones aquí:
o la dejas libre, ya que te has divertido, y ese era el plan original, o le dices la verdad y
te enfrentas a las consecuencias. Arrastrar esto es volátil.
—¿Estás loco? —escupí, rebuscando en los contenedores—. Es demasiado tarde
para decírselo. Me retirarán del caso, me inhabilitarán, posiblemente me enfrente a
acciones legales… no, definitivamente, considerando que este juicio es una maldita
victoria para mí, sin mencionar que la perderé de todos modos.
Arsène me sonrió como si fuera un adorable cachorrito que acaba de aprender a
orinar en su alfombrilla. —Pensé que habías dicho que esto no funcionaba así. Que, y
esto es una cita directa: no obtuviste tu título de abogado en Costco.
Ahí me tenía. Pero eso fue antes de que Arya y yo tuviéramos sexo. Pensaba que
podía guardar mi mierda (y mi polla) para mí. Verla sufrir y seguir con mi vida.
—Gracias por el “te lo dije”. Estás siendo muy útil en este momento. —Separé los
palillos de madera.
—¿Puedes decírselo cuando termine el juicio? —preguntó Riggs, acercándose a
mi nevera para tomar una cerveza. Se veía muy bien en estos días, pero sabía que, a
diferencia de Arsène y de mí, no le gustaba ir al gimnasio. En cambio, escalaba
montañas. Profesionalmente. Tenía un montón de empresas que lo respaldaban. Nunca
entendí su fascinación por las experiencias cercanas a la muerte. La vida tenía una tasa
de mortalidad del 100%. ¿Cuál era su prisa por caer de un maldito acantilado a una
altura de 14 kilómetros?
Negué con la cabeza. —El juicio terminará en unas semanas. Además, aunque se
lo cuente después, puede descubrir mi identidad posteriormente, lo que significaría que
todo mi trabajo habría sido en vano.
Había repasado el Reglamento de Conducta Profesional. No había nada que me
impidiera específicamente meterle la polla a Arya. Pero no se veía bien. Y, por supuesto,
estaban esas molestas reglas de captura para situaciones como estas. Un abogado
competente podría presentar una demanda alegando que mi conducta pretendía
perturbar el tribunal. Y, joder, con mi patrón de hechos, podrían ganar. Amanda Gispen
tendría mi culo en una bandeja por arruinar su caso, y Conrad Roth también. De
cualquier manera que lo viera, estar con Arya era simplemente irremediable. Tenían
razón. Tenía que cortar con ella. ¿Pero cómo podía hacerlo, después de que me dijera
que intentó escribirme? ¿Que pensaba que me mudé al otro lado del mundo? ¿Que yo
era el que se le escapó?
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Hasta entonces, había estado tan seguro de que estuvo involucrada en lo que
Conrad Roth me hizo, que nunca se me ocurrió que él le dijera unas cuantas mentiras
para suavizar el golpe. Eso me retorció por dentro. La revelación de que pudo no
Página

haberlo sabido. Me hizo perder el sueño, los casos, y mi maldita mente. Todo este
tiempo, toda esta rabia, y ni siquiera era su culpa.
El relato cuidadosamente construido de mi vida y mis circunstancias era un
montón de cenizas a mis pies. Y no tenía que culpar a nadie más que a mí mismo, por
sacar conclusiones precipitadas.
En cuanto a Arya, la mujer había sido engañada por todos los hombres que le
importaban remotamente. Me hizo sentir una mierda, pero no lo suficiente como para
arruinar toda mi vida para hacer lo correcto por ella.
—Genial. En ese caso, deja a Arya y sigue con tu vida —dijo Arsène, en el mismo
tono sensato que podría utilizar para sugerirme que diversificara mi cartera de
inversiones.
Me metí un trozo de atún crudo en la boca. —Bueno. Ni siquiera tengo que hacer
eso. Lo único que tengo que hacer es no volver a llamarla, ya que seguro que nunca me
llama.
Riggs sonrió detrás del borde de su botella de cerveza. —Y eso obviamente no te
molesta en absoluto.
Idiota.

Arya no llamó al día siguiente.


O al siguiente.
Diseccioné nuestra última interacción.
La forma en que me confió lo de Nicky. El dolor en su voz. Las marcas en sus ojos.
Parecía que se preocupaba de verdad. Por otra parte, como se ha establecido,
Arya era una muy buena actriz cuando quería serlo.
Mi sospecha de que no se había dado cuenta del libro robado ya se había
evaporado. Era imposible que algo así se le escapara a una mujer como Arya. Mientras
tanto, Expiación hacía un agujero en la madera del suelo de mi habitación. Me negué a
leerlo. Hacerlo era admitir la derrota, de una manera extraña.
Me decía que era bueno que Arya no hubiera llamado. Siempre podía enviarle el
libro por correo y acabar con esta mierda. No podía volver a verla. Cualquier tiempo
que pasara con ella la acercaría a la verdad. Y aunque no lo hiciera, ¿qué sentido tenía?
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Quería sacarla de mi sistema. Lo conseguí. Caso cerrado.


El juicio iba bien.
Página

Mi carrera profesional era plena.


Entonces, ¿por qué seguía ardiendo de hambre?
Había pasado una semana.
Fui al gimnasio y al Brewtherhood. Ella no estaba nunca allí. Tampoco se
presentó en el juzgado. Empezaba a arrepentirme de la misericordia temporal que le
tuve al advertirle del caso.
La mujer no cedía. ¿Era por orgullo o por autoconservación? De cualquier
manera, se ganó más de mi admiración.
Era perfectamente posible que hubiera seguido así durante un mes más o menos.
Yo era un cabrón competitivo, como ella. Siempre hacíamos de todo un juego que había
que ganar. Incluso cuando éramos niños. Pero un día, mientras hacía pesas en el
gimnasio, la vi en una de las pantallas planas de televisión. Como invitada en un
programa matutino.
Parecía un sueño. Tanto, que los primeros segundos ni siquiera descifré lo que
decía. Solo me bañé en el hecho de que la tuve debajo de mí, no hace mucho tiempo,
retorciéndose y pidiendo más.
Llevaba un vestido sin hombros con un corpiño ajustado y mariposas. Dejé caer
las pesas que sostenía y me acerqué al televisor para poder escucharla mejor. La
presentadora, una mujer cuya edad podía oscilar entre los treinta y ocho y los cincuenta
y nueve años, con una melena rubia y mucho bronceado falso, le preguntó sobre la crisis
de relaciones públicas a la que se enfrentaba cierta pareja real británica. Arya respondió
a todas las preguntas de forma exhaustiva y profesional. Me pregunté qué la inspiraría
a ir a la televisión, pero cuando terminó la entrevista, la presentadora presentó a Brand
Brigade y no paró de hablar de ella, proclamando que era una de sus clientes más felices.
Publicidad gratuita. Misterio resuelto.
Ese mismo día, fui a Barnes & Noble y compré un ejemplar de Expiación. Solo
tenían el que llevaba el póster de la película en la portada, de papel blanco en lugar de
crema. Pero era suficiente para lo que necesitaba. Arranqué una página del libro, la mojé
con té y la dejé secar en la ventana de mi oficina durante unas horas antes de meterla
en un sobre junto con una pequeña nota.

Tengo algo tuyo. Si quieres ver este libro con vida, sigue mis pasos y no intentes ir
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a la policía.
Paso 1: Reúnete conmigo en el Planetario Hayden esta noche a las seis y media.
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No llegues tarde.
-C
Descolgué el teléfono de mi escritorio y pulsé el botón para llamar a mi
secretaria.
—Necesito que envíes algo al otro lado de la ciudad. Ahora.

A las seis y veinte, vi a Arya fuera del planetario. Dejó de pasearse, bañada en un
charco de luces azules heladas que se reflejaban en el edificio detrás de ella.
En las películas, y tal vez incluso en los libros a los que Arya era tan aficionada,
la heroína siempre parecía insegura y recatada, esperando la llegada de su
pretendiente. No era el caso de Arya Roth. La pequeña diablilla estaba hablando por
teléfono, paseándose de un lado a otro, diciéndole a quienquiera que estuviera al otro
lado que haría un bolso Birkin con su piel si no le encontraba al periodista que había
filtrado ese jugoso artículo sobre uno de sus clientes. Me quedé al margen,
absorbiéndola, y finalmente me di cuenta de por qué no podía mantenerme alejado:
porque éramos terriblemente parecidos.
Luchadores. Sedientos de sangre. Nacimos en circunstancias diferentes, pero
nuestra esencia era la misma. Los dos estábamos en el negocio de bajarnos y
ensuciarnos por las cosas que nos importaban. Sacar las garras, en un segundo.
La pregunta era: ¿cuánto le importaba a Arya su padre? No tenía forma de
averiguarlo y no era tan ingenuo como para preguntárselo directamente.
Reanudé mi camino a paso ligero hacia ella. Giró sobre sus talones y se detuvo al
verme, con las pupilas dilatadas al echarme un vistazo.
—Tengo que irme, Neil. Mantenme al tanto.
Volvió a meter su teléfono en el bolso y se lanzó hacia mí.
—¿Dónde está mi libro, Miller? —ladró, en pleno modo rompepelotas.
Me detuve a unos cuantos metros delante de ella, disfrutando de su mirada. —
¿Eso es todo? ¿No: hola, ¿cómo has estado?
—No me importa cómo has estado. Lo único que me importa es que me robaste
el libro.
—Y te lo devolveré —respondí con ecuanimidad—. Si juegas bien tus cartas.
—Con una página menos. —Sacó de su bolso la página que le envié hoy mismo y
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la agitó en mi cara. Intentando no reírme, saqué algo de mi propio maletín. El nuevo


ejemplar de Expiación que compré, al que le faltaba la página.
Página

—El original está sano y salvo.


Arya se llevó una mano al pecho, visiblemente aliviada. —Bien. Creía que tenía
que asesinarte. La vida en prisión parecía muy poco atractiva y, a la vez, completamente
necesaria durante las últimas horas. Aunque me gustaría recalcar que sigues siendo una
persona horrenda por romper cualquier libro, por cualquier razón.
—¿Incluso si esa razón era para obtener una reacción de tu parte?
—Sobre todo.
—La he echado de menos, Sra. Roth.
—Oh, cierra el pico, Miller.
Entramos en el planetario. No me preguntó por qué la había citado aquí. No era
necesario. Estaba claro desde el momento en que entramos en la exposición La
naturaleza del color.
—Los animales utilizan el color para camuflarse —le dije. Pasamos por delante
de una pared blanca y dura, y nuestras sombras se reflejaban en ella con todos los
colores del arco iris. A nuestro alrededor, los niños bailaban al ritmo de sus propias
sombras, mientras sus padres miraban una pantalla plana que explicaba la exposición.
—También lo utilizan para atraer a sus parejas. —Arya apretó la chaqueta que
sostenía contra su pecho—. ¿Tu argumento?
Nos detuvimos frente a un vídeo de una flor blanca y brillante que se abría por
la noche, la miramos fijamente. —Las cosas no son siempre como parecen.
—¿Por qué tengo la sensación de que hay algo que quieres decirme, pero nunca
lo dices realmente? —Se giró para ladear la cabeza.
Porque lo hay.
Porque soy yo.
Porque si soy yo el que se te escapó, ¿cómo es que no puedes ni siquiera
reconocerme cuando estoy a menos de un metro de ti?
Pero me limité a sonreír, entregándole la segunda nota. Las había escrito con
antelación, lo cual, debía decirlo, no era habitual en mí. Mi principal forma de seducción
hasta el momento, en las escasas ocasiones en que me esforzaba mínimamente por
perseguir a alguien, era invitarle la cena. La alisó en la palma de la mano, frunciendo el
ceño.

Paso 2: Preséntame tu comida callejera favorita.

Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una repentina benevolencia de la
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que dudaba que fuera capaz. La princesa con el bolso Chanel y el corte de pelo de
quinientos dólares, que nunca había conocido el hambre y la desesperación en su vida.
Página

—¿Qué pasó con que tú y yo no pudiéramos salir juntos? Esto se parece a unos
cuantos besos en cucharita y la co-adopción de un bulldog francés llamado Argus.
—En primer lugar, nunca adoptaría un perro. Cítame en eso. Si quisiera que
alguien arruinara mi apartamento, buscaría a tu diseñador de interiores. No te ofendas.
—No me ofendo. Me importa una mierda y media lo que pienses de mi
apartamento.
En realidad, era más bien media mierda, pero obviamente, no quería ofender.
—Segundo, soy, por encima de todo, un caballero. Tercero, lo único
remotamente romántico de esta noche es el hecho de que ambos vamos a echar un
polvo al final.
Arya negó con la cabeza, pero al menos tuvo la integridad de no contradecirme.
Los dos sabíamos hacia dónde se dirigía esto. Lo enredados que estábamos en esta red
de deseo.

Y luego estábamos en las escaleras de la Biblioteca Pública de Nueva York,


comiendo gofres rellenos de dulce de chocolate, Nutella y galletas para untar.
Probablemente parecíamos perfectos. La imagen de una cita urbana de cuento.
Dos apuestos treintañeros compartiendo el postre a los pies de uno de los mejores
establecimientos de América. Una mentira recubierta de azúcar.
—¿Cómo no te has muerto de un ataque al corazón a estas alturas? —pregunté
después de tres bocados. No había consumido nada que obstruyera las arterias desde
que cumplí los treinta años y me di cuenta de que, para mantener mi forma actual, tenía
que empezar a vigilar lo que comía.
Arya golpeó su tenedor de plástico sobre el labio inferior, fingiendo que lo
consideraba. —¿Es un deseo, Sr. Miller?
—Podemos dejar de fingir que nos odiamos. Todas las pruebas apuntan a lo
contrario.
—Nunca me he creído lo de las modas de las dietas. Cuando quiero comer algo,
lo hago. —Se encogió de hombros—. Tal vez soy imprudente.
Resoplé con una risita. —Una mujer imprudente me habría llamado un minuto
después de descubrir que su libro no estaba. Por cierto, ¿cuándo te diste cuenta?
—Como medio segundo después de abrir los ojos. —Se relamió los labios—. Más
o menos.
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—¿Por qué Expiación? —volví a preguntar—. De todos los libros del mundo,
elegiste este. ¿Por qué no Austen? ¿O Hemingway? ¿Woolf, o Fitzgerald, o incluso
Steinbeck?
Página

—La culpa. —Apretó los labios, entrecerrando los ojos en la oscuridad frente a
ella—. Expiación es todo sobre culpa. Un pequeño acto de desconsideración cometido
por una niña, y cómo hizo descarrilar tantas vidas. Supongo que… quiero decir,
supongo… —Volvió a fruncir el ceño y se le formaron dos afiladas líneas entre las
cejas—. No lo sé. Supongo que cuanto más crecía, más podía atañer al libro. Cada vez
que lo leía, encontraba otra capa con la que podía relacionarme.
—¿Tiene esto algo que ver con el que se escapó? —pregunté tímidamente.
Estaba pisando demasiado cerca de la verdad. Ya no me reconocía cerca de ella.
Arya enderezó la columna vertebral, sacudida por un pensamiento que la
estremeció. —¿Por qué estoy aquí, Christian? —Dejó caer el tenedor en su gofre a medio
comer y se volvió hacia mí—. Querías acostarte conmigo, y lo hiciste. Te fuiste sin una
nota, sin un mensaje de texto, sin una llamada, pero con la única cosa que esperabas que
me hiciera volver a ti. ¿A qué clase de juego estás jugando? Eres caliente en un momento,
frío en otro. Tierno, luego malhumorado. No sé si eres mi enemigo o mi amigo. Sigues
patinando dentro y fuera de los territorios. No puedo descifrarte, y si te soy
completamente sincera, estoy llegando al punto en el que el misterio supera el encanto.
Tomé su gofre y llevé nuestros dos platos de comida para llevar a un cubo de
basura cercano, donde me deshice de ellos para ganar tiempo. Cuando volví, me senté
a su lado. Sus dedos estaban envueltos en un té para llevar.
—No he terminado contigo —confesé—. Ojalá lo hiciera, pero no es así.
—Haces las cosas como si tuvieras catorce años.
Porque esa es la edad que tenía cuando renunciaste a mí.
—En ese caso, ¿qué tal si empezamos de nuevo esta noche? El juicio terminará
en unas pocas semanas. Si mantenemos las cosas en secreto, podría funcionar. Podemos
disfrutar el uno del otro mientras tanto, y luego seguir nuestros caminos por separado.
Arya lo consideró. Mantuve mi sonrisa casual. Ella tenía todo el poder. Podía
decir que no, darme la espalda y seguir su camino. Pero yo nunca dejaría de desearla.
Había dado el primer, el segundo y el tercer paso. Seguí buscándola.
—Bien —dijo finalmente. Esa fue mi señal para sacar mi última nota. Se la pasé.
—¿Otra? —Sus cejas saltaron hasta la línea del cabello, pero aun así la tomó.
—La última —dije, observando su cara mientras la desdoblaba.

Paso 3: tener sexo conmigo en una biblioteca.

Esta vez, cuando volvió a mirarme, no había diversión en sus ojos. —¿Estás loco?
—Es una posibilidad —admití.
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—Empecemos por lo obvio: la biblioteca está cerrada en este momento.


Metiendo la mano en el bolsillo de mi chaquetón, saqué la llave de una de las
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puertas laterales. —Problema resuelto. ¿Qué más?


Los ojos de Arya se desorbitaron. —¿Cómo?
—Conozco a alguien que conoce a alguien que puede o no trabajar aquí.
Y le pagué mucho dinero para que esto sucediera, me abstuve de añadir.
—Bueno, la siguiente razón por la que es una locura es porque es ilegal.
—Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para oírlo, ¿hace ruido?
—Sí. Va a sonar como un escándalo de doble difusión en un tabloide. —Me
dirigió una mirada de no te hagas el gracioso—. Nos pueden descubrir.
—No nos atraparán. —Me puse de pie—. Confía en mí. Tengo un caso de
doscientos millones de dólares y una sociedad en juego. No voy a tirarlo todo por la
borda por un polvo, por muy divertido y sucio que sea.
Pero ahora que lo había dicho en voz alta, el peso de la estupidez de este acto me
presionaba el esternón. Eso hizo que Arya se animara al instante. También se puso de
pie. Tal vez la posibilidad de que yo arruinara mi carrera la animó.
—Me parece un desafío.
Sí. No hay tal vez al respecto. Definitivamente.
Caminamos por el edificio hasta que encontré la puerta que buscaba, giré la llave
en su agujero y la empujé para abrirla. El interior estaba muy oscuro. El calor de la
biblioteca, junto con el aroma de las páginas antiguas, el cuero desgastado y el roble,
nos invadió a los dos. La mano de Arya encontró la mía. La apreté con fuerza y la conduje
a la sala de estudio.
—Sabes, he vivido en esta ciudad toda mi vida y nunca he visitado la sección de
libros raros —oí decir a Arya a mis espaldas. No podía enseñársela hoy, ya que también
necesitábamos una llave para ello, pero tenía en la punta de la lengua decirle que lo
haría. Que la llevaría allí. Solo que no podía llevarla allí. Ser visto con ella en público a
plena luz del día sería desastroso. El beso de la muerte para nuestras carreras, sin
mencionar su casi inexistente relación con su familia. Solo podíamos existir en la
oscuridad, dos ladrones del placer.
La sala de estudio no tenía fin. Todas las lámparas de mesa estaban apagadas. En
la oscuridad, parecía casi una fábrica desierta. De ideas, sueños y potencial. Tiré de la
mano de Arya para que entrara, sintiéndome otra vez de catorce años.
—Por favor, no me digas que escondiste mi libro en algún lugar de aquí. —Echó
un vistazo a la habitación, que estaba enmarcada con estanterías cargadas de libros.
Dejé escapar una risa fría. —No soy tan sádico.
—Discutible. —Se acercó a una de las estanterías, revisando los libros. La
observé. Siempre la observaba. Su pelo, la única cosa ingobernable de su aspecto, se
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enroscaba alrededor de su cara como el de un ángel. Me preguntaba si tendría un sabor


tan dulce, tan pecaminoso, tan encantador, si la tuviera abiertamente. Si pudiera hacerla
desfilar. Llevarla a eventos de la empresa. Si su vientre se hinchara con mi descendencia
Página

dentro de él. Me preguntaba si mi obsesión por ella era por pura venganza o por algo
más. Un sentido de derecho, de propiedad, después de todo lo que me había hecho
pasar.
—¿Christian? —preguntó, y me di cuenta de que, en mi estupor, no me había
dado cuenta de que me hablaba a mí. Sacudí ligeramente la cabeza. Siempre me
desorientaba que me llamara así.
—¿Sí?
—¿Escuchaste algo de lo que dije? —Sonrió, abrazando un libro contra su pecho
mientras avanzaba hacia mí, con un brillo travieso en sus ojos.
—Ni una palabra —admití—. Estaba ensimismado.
—¿Con qué?
—Imaginando mis manos en tu culo mientras te tomo por detrás en esta mesa.
Se acercó a mí, acariciando con una mano la larga mesa de madera que tenía a su
lado. Cuando llegó a mí, me entregó un libro.
—Ábrelo al azar y léeme un párrafo.
—¿Por qué?
—Porque te lo acabo de pedir.
—¿Ese es tu argumento decisivo? ¿Porque me lo pediste?
Me miró fijamente.
Me reí. —Bueno, pues.
Por primera vez tuve la sensación de que me había descubierto. Que sabía quién
era yo. Porque Arya, de catorce años, sabía muy bien que Nicholai, de catorce años, haría
cualquier cosa a su alcance si ella se lo ordenaba. Tomé el libro, hojeando las páginas,
mis ojos aun sosteniendo los suyos. Muy bien. Íbamos a jugar así. Me detuve en una
página al azar, mis ojos se deslizaron sobre el texto que me llamó la atención. Lo leí en
voz alta. Se trataba de que las mujeres eran venenosas.
Le di la vuelta al libro. Primer amor, de Ivan Turgenev.
—¿Por qué elegiste este libro? —pregunté.
—¿Por qué elegiste este párrafo? —imitó, sin perder el ritmo.
—Yo no lo hice.
—Yo tampoco. —Sonrió—. Solo quería ver si tú también jugarías a mis juegos.
Dejé el libro a un lado, acercándome a ella. Dio un paso atrás.
—Parece que siempre estoy malditamente dispuesto a aceptar cualquier cosa
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que me ofrezcas.
Dio otro paso atrás. A pocos metros de una de las mesas. —¿Por qué, Christian?
No me pareces un gran romántico.
Página

Di un paso adelante. —No lo soy.


—¿Por qué, entonces? —Retrocedió una última vez, con el dorso de las piernas
golpeando la mesa, y se detuvo. Sonreí, comiendo el espacio entre nosotros con un
último paso.
—Porque, desgraciadamente, señorita Roth, nadie más lo hará.
La sujeté a la mesa presionando mis manos a ambos lados de sus muslos, bajé
mi cabeza hacia la suya y mi boca presionó contra sus cálidos labios. Se abrió para mí,
con sabor a azúcar glas, Nutella y té de menta. A veneno, destrucción e inevitabilidad.
Apoyó una mano en mi pecho, la otra rodeó mi hombro y sus uñas rasparon mi pelo.
Gemí dentro de nuestro beso, pensando que podría apartarme, cuando su mano
descendió por mis abdominales, hasta el botón de mis pantalones de vestir. Mi erección
era imposible de controlar, mi polla estaba atenta entre nosotros, esperando ser
reconocida.
Su mano se deslizó hacia abajo para acariciarla a través de mis pantalones. Ya no
podía besarla y concentrarme al mismo tiempo, así que dejé caer mi cabeza al lado de
su cuello, cubriendo cada centímetro de éste con besos perezosos. Mi cuerpo se agitó y
tuvo espasmos para ver lo que ella haría a continuación.
Arya me agarró por la polla (y los huevos) y me empujó hacia delante, hasta que
no hubo más espacio entre nosotros. Casi me corrí en el acto. Y entonces desapareció,
el espacio donde había estado su cuello hacía un momento estaba frío. Miré a la derecha
y a la izquierda, confundido. La encontré de rodillas frente a mí, desabrochándome el
botón y la cremallera.
Está bien. Bien.
Le aparté el pelo salvaje de la cara. No por cariño, me dije, sino para poder ver
mejor sus labios alrededor de mi polla. Dicha polla se liberó justo cuando conseguí
inclinarme hacia delante, encendiendo una de las lámparas de la mesa a su espalda.
Arya no me miró con timidez, ni siquiera con seducción, como hacen las mujeres
un segundo antes de llevarse la polla a la boca. Me agarró y me lamió el pene a fondo,
desde la base hasta la punta, pasando la lengua por la corona. Dejé escapar un siseo,
apartando la mirada. Era demasiado. Verla dándome placer.
Como si me hubiera leído la mente, Arya eligió ese momento para intentar
abarcar la mayor parte de mí. Agarró con la mano la parte a la que no podía llegar, más
cerca de la raíz, y empezó a bombear. Estaba dispuesto a cederle el resto de mi vida y
todo lo que valoraba, incluidos Arsène y Riggs, si eso significaba hacer que no parara
nunca.
—Arya. —Metí mi mano en su pelo, acariciándola, sin poder evitar mirarla—.
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Esto se siente tan bien.


No respondió, ni siquiera con un pequeño gemido, y ahora ansiaba sus palabras
Página

incluso más que mi polla dentro de su boca. Además, sabía que me iba a correr como un
niño de catorce años si continuaba durante veinte segundos más, y quería evitarme esa
forma particular de humillación. Con eso en mente, utilicé el cuello de su vestido para
ponerla de nuevo en pie, llenando su boca con mi lengua en un beso sucio y caliente.
—Somos un choque de trenes. —Su aliento me hacía cosquillas en la barbilla, en
la lengua, mientras recorría mi cuerpo con sus manos. Agarrando mi culo. Pasando sus
dedos por mi espalda, mis hombros, mi clavícula—. Esto va a terminar mal.
La agarré por la cintura, le di la vuelta y le subí el vestido. De nuevo, mientras
que Arya era todo Sexo en Nueva York, su ropa interior era definitivamente Jane the
Virgin.
—¿Otra vez ropa interior de maternidad? —Los aparté, ni siquiera me molesté
en deslizarlos hacia abajo. La vida era demasiado corta y demás.
—Te diré que es cien por cien algodón y muy bueno para mi pH.
La risa que esto provocó en mí hizo que mis huesos temblaran. —Arya, eres
fantástica.
—Y tú no llevas condón. Hazlo.
Me puse uno obedientemente mientras ella me esperaba en una perfecta
posición erótica, tamborileando con las uñas sobre la mesa.
Con eso, me empujé, el lado de los elásticos de su ropa interior presionando
contra mi polla.
Así es como quiero morir.
Ver la espalda de Arya mientras me tomaba por detrás era suficiente para
matarme. Sin embargo, la saqué y volví a meterla, empujando dentro de ella. Fue bueno
y profundo, pero me las arreglé para durar más que la última vez. Porque no tenía la
cara de Arya delante de mí, recordándome con quién estaba haciendo esto. Rodeé su
cintura con mi brazo y jugué con su clítoris, lamiendo la concha de su oreja. Soltó unos
pequeños gemidos de placer que me hicieron olvidar mis nombres. Los anteriores y los
actuales.
—Me voy a correr. —Aspiró un suspiro. No tuve tiempo de darle palabras de
aliento. Se estremeció y se apretó a mi alrededor mientras dejaba escapar un siseo, con
todos los músculos de su cuerpo apretados contra mí. Bombeé más rápido, más fuerte,
buscando mi propia liberación. La encontré unos segundos después y me quedé dentro
de ella, disfrutando cada momento antes de que desapareciera.
—Bueno, eso fue ciertamente lo que recetó el médico. —Arya se enderezó, se
acomodó las bragas y se bajó el vestido—. Ahora, Christian, es hora de darme mi libro.
—Se dio la vuelta a pintarse los labios frente a un pequeño espejo, de nuevo muy serena.
Tiré el condón y volví a meterme la polla en los pantalones, todavía con una semi. Tal
vez siempre sería así entre Arya y yo, hasta que terminara el juicio.
202

—Por supuesto. ¿Qué tal si vienes a recogerlo mañana por la noche? No puedo
prometerte gofres, ya todavía tengo que ponerme mis trajes, pero puedo preparar mi
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famosa pechuga de pollo y quinoa. Tal vez incluso un vaso de vino, si eres amable.
Esperaba violencia de su parte, nada menos. Después de todo, todavía tenía su
libro como rehén. Pero en lugar de llamarme todo lo que merecía (estafador, mentiroso
y cabrón) se limitó a sonreír.
—¿Sabes qué? Puedes quedártelo mientras nos entretengamos el uno con el
otro. ¿Qué son unas pocas semanas más en el gran esquema de las cosas? Mientras
tengamos ciertas reglas.
—Exponlas para mí. —Me alisé la chaqueta, apoyándome en el escritorio
opuesto al suyo. Dejó caer el espejito y el lápiz de labios en su bolso.
—Número uno: no ir a ningún sitio en público juntos. Es demasiado arriesgado.
Número dos: nada de conocer a las familias, los amigos y los colegas del otro, mantener
todo completamente separado.
—De acuerdo. Número tres: nada de palabras con “A”. Ninguna de las dos —
añadí.
—¿Hay dos?
—Agradar es una palabra también.
Asintió con la cabeza, con una expresión de naturalidad. —Y número cuatro: si
uno de nosotros conoce a otra persona, el otro se hará a un lado sin ningún tipo de
excusa o intento de convencer al otro de que cambie de opinión. Después de todo, se
supone que esto es temporal.
Me dieron ganas de golpear algo, preferiblemente al imbécil sin rostro que iba a
robarme mis preciosos momentos con ella. Pese a eso, cedí. —Es justo. ¿Algo más?
—Sí, de hecho. —Arya se aclaró la garganta—. El día que el juicio termine,
también lo hará nuestra relación. No tendremos una conversación oficial de ruptura.
Eso es un fastidio y es totalmente innecesario. Esperaré simplemente ver mi preciada
copia impresa de Expiación de vuelta en mi buzón, cuidadosamente envuelta, entera y
segura.
Me ofreció su mano. La estrechamos. Eso me daba al menos dos semanas más de
Arya.
Y eso era todo lo que necesitaba.
203
Página
24
Arya
Presente

Me encontré con mi madre tres días después, en una librería, mientras compraba
un nuevo ejemplar de Expiación. Entró sin prisa, con el aroma de la costosa laca para el
cabello del retoque que acababa de hacerse.
Beatrice Roth me dio dos besos al aire en cada mejilla, como si fuéramos
conocidas del club de golf, y olfateó la pequeña librería como si alguien hubiera olvidado
una bolsa de basura sin atender.
—Qué pintoresco. Ni siquiera sabía que existiera un lugar así en esta parte de la
ciudad. El alquiler debe ser astronómico.
—Sabes, puedes donar para su alquiler en línea. Te enviaré el enlace. Tengo un
depósito directo para eso.
—Oh, cariño. Tu incorrección de fondo fiduciario es adorable. —Se atrevió a
revolverme el pelo, como si fuéramos cercanas o algo así.
Reconectar con mi madre después de años de silencio emitido no era
definitivamente todo lo que las películas de Hallmark me prometían que sería.
Caminé por los estrechos senderos entrelazados con estanterías, balanceando
mi cesta de la compra. Puede que añadiera tres o cuatro libros más a la mezcla. En mi
defensa, me costaba ganarme mi dinero. Además, también me estaba poniendo un poco
inquieta. Había estado en el apartamento de Christian dos días antes. Era todo lo que
esperaba que fuera (moderno, precioso y clínicamente frío) e intenté buscar mi copia
204

de Expiación, pero no la encontré por ninguna parte. Y no es que hubiera muchos


escondites para elegir. El lugar estaba prácticamente vacío. Vi una caja fuerte en su
Página

vestidor, pero Christian, que seguía en la cama, cubierto desordenadamente con sus
sábanas, soltó una risita cuando me vio acariciar la cerradura de la caja fuerte, mirando
los números.
—No está ahí, Ari. Nunca sería tan predecible.
—¿Cómo está Conrad? —le pregunté a mi madre, que iba detrás de mí, tratando
de convencerme de que no me importaba especialmente la respuesta. Sin embargo, sí
me importaba. Me importaba mucho. Me avergonzaba y me molestaba no poder odiarlo
del todo. Que fuera a perder la mayor parte de su fortuna en honorarios legales e
indemnizaciones.
—No lo sé. Se mantiene al margen, y yo me quedo en mi rincón del ático.
Francamente, estoy empezando a preocuparme un poco por lo que va a pasar el día
final. —Mamá sacó un libro de la estantería, se dio cuenta de que tenía un poco de polvo
y lo volvió a meter, con la cara llena de horror y asco.
—¿Por qué? ¿Te parece mentalmente inestable? —Incliné la cabeza,
estudiándola.
Se limpió las manos, mirándome incrédula. —¿Qué? No. Me refiero al estado
financiero en el que me va a dejar. —Se estremeció al pensar en ello—. Puede que tenga
que vender el ático.
—Bien. —Metí otro libro en mi cesta. Uno nuevo, de un autor debutante. Me
gustó la portada. También parecía el tipo de romance que destrozaría mi corazón y
pondría el resto de mí en una licuadora—. El ático era demasiado grande para tres
personas. Y mucho menos para una sola.
—¿Pero qué pasa con Aaron? —preguntó mi madre, escandalizada—. Vivo tan
cerca del cementerio.
—Se quedará en su casa, naturalmente. —Me dirigí a la caja registradora. Sabía
que estaba siendo sarcástica, pero no podía evitarlo. La pura auto obsesión que sufría
esta mujer me enloquecía. La última vez que nos vimos, me dijo que la vida era
demasiado corta. Ahora, se quejaba de la posibilidad de bajar de categoría en uno de los
lugares más caros del continente.
—Mira, ¿puedo hacer algo para ayudarte? —suspiré, eligiendo no convertir esto
en una discusión mientras le entregaba a la dueña de la librería, una simpática señora
de melena gris, mi cesta.
—Sí, en realidad. Estaba pensando que tal vez podrías hablar con tu padre…
—No —dije rotundamente—. Lo siento, pero no lo haré.
—¿Por qué no?
—Porque es un hombre horrible y abusivo que no merece mi ayuda ni mi
atención, y porque me ha mentido toda la vida. —Por nombrar algunas razones. El caso
judicial también estaba haciendo resurgir viejos y amargos sentimientos. De cómo lo
205

perdoné por lo que le hizo a Nicky, aunque no debería haberlo hecho.


Pagué con una tarjeta de crédito y luego eché un billete de cinco dólares en el
Página

tarro de las propinas mientras la mujer me devolvía los libros en una bolsa de paja.
Mamá y yo salimos de la tienda.
—Ya sabes cómo es tu padre. Horriblemente inestable.
—También te maltrató emocionalmente durante bastante tiempo. ¿Por qué
querrías pedirle algún favor? —Me dirigí a la cafetería que había junto a mi casa. Mamá
me siguió.
—¿Por qué? Porque no puedo permitirme precisamente una casa propia, ¿no?
Incluso si me divorcio de él, lo que no creo que tenga sentido hacer a estas alturas,
tendremos que dividir todo al cincuenta por ciento. Su contable me ha dicho que es
probable que me quede con —hizo una aspiración dramática—… menos de dos
millones de dólares. ¿Puedes creerlo?
—La verdad es que sí puedo. —Empujé la puerta de la cafetería para abrirla—.
Se pasó las últimas décadas atacando a mujeres inocentes pensando que era a prueba
de balas. Sangrar dinero parece un castigo adecuado para lo que hizo.
—¡Yo no fui quien las agredió! —Mi madre se golpeó el pecho con el puño—. ¿Por
qué debería yo vivir por debajo de mis posibilidades anteriores?
—Es cierto —acepté—. Pero te casaste con un hombre al que no se le podía
confiar su dinero, ni su cámara de teléfono. Ahora, puedes alquilar un lugar agradable
cuando todo esto termine, o mejor aún, comprar algún lugar dentro de tu rango de
precios, que todavía no es un número para reírse, y encontrarte un trabajo.
—¿Un trabajo? —Los ojos de mi madre se abrieron ampliamente. Parecía que le
acababa de sugerir que se convirtiera en acompañante. Hice un pedido para las dos. Té
de menta para ella, americano helado para mí. Esta vez, yo pagué.
—Sí, madre. No sabía que el mero hecho de trabajar fuera tan escandaloso.
—Claro que no lo es —resopló, sin convencer a nadie en la habitación con su
falsa sinceridad—. Pero nadie va a contratarme. No tengo experiencia alguna. Me casé
con tu padre a los veintidós años, recién salida de la universidad. Lo único que figura en
mi currículum es el verano anterior a la universidad. Trabajé en un bar Hooters. ¿Crees
que me aceptarán de nuevo treinta y seis años después? —Arqueó una ceja.
Le entregué el té, tomé mi café y volví a dar un paseo al sol. La primavera se abría
paso en la ciudad, trayendo consigo cerezos en flor, rayos de sol y alergias estacionales.
El juicio se acercaba a su fin con cada día que pasaba, y con él mi adiós a Christian.
—Eras la jefa del comité del almuerzo en tu club de campo local, ¿no es así?
pregunté, saltando sobre la correa de un bulldog francés.
—Sí, pero…
—¿Y eras la directora de la junta de beneficencia de mi escuela?
—¡Y qué! Eso no significa…
206

Me detuve frente a mi puerta. No iba a invitarla a subir. Principalmente porque


tenía que prepararme y quedar con Christian dentro de unas horas en la piscina. El
Página

placer de este asunto pecaminoso se estaba apoderando rápidamente de grandes partes


de mi vida.
—Ven a trabajar para mí —pronuncié, sin darme cuenta de lo que decía—.
Tienes buenas dotes de organización, pareces presentable y sabes convencer a la gente
de que ponga dinero en las cosas. Eso es lo que has estado haciendo toda tu vida. Ven a
trabajar como asistente de marketing para mí.
—Arya. —Mi madre puso una mano sobre su corazón—. No puedes hablar en
serio. No puedo trabajar de nueve a cinco a mi edad.
—¿No puedes? —pregunté—. Eso es un buen uso de las palabras. Porque tenía
la impresión de que sí puedes y deberías, teniendo en cuenta la situación económica en
la que te vas a meter.
—No soy como los demás.
—¿No es eso lo que todos pensamos? —me pregunté en voz alta—. ¿Que somos
diferentes? ¿Especiales? ¿Que hemos nacido para cosas más grandes y brillantes? Tal
vez, madre, eres como yo. Solo un poco menos planificada. Y mucho más propensa a las
sorpresas.
Entré en mi edificio y le cerré la puerta en la cara.

Christian me esperaba en la pista de natación cubierta del gimnasio, con el


cuerpo extendido sobre el borde de la piscina. Estaba perezosamente despierto, como
el cuadro de la Creación de Adán. Cada una de las crestas de su six-pack era prominente,
y sus bíceps abultaban. Me di cuenta de que la parte superior de su cuerpo seguía seca.
Me esperó.
Tiré mi toalla sobre uno de los bancos y me acerqué a él. La piscina solía estar
vacía cuando nos encontrábamos. Eso nos daba privacidad. La seguridad de saber que
nadie nos iba a pillar. Incluso si lo hicieran, ¿qué podrían decir? Solo éramos dos
extraños, nadando en diferentes carriles, direcciones y corrientes de vida.
—Hermosa. —Levantó la vista. Por un segundo, me permití fantasear que
éramos una pareja real. Todo era normal, familiar, empapado de potencial. Pero
entonces recordé. Recordé lo que él hizo hoy antes de venir aquí. Recordé que esto era
solo una farsa. Una distracción. Un medio para satisfacer una necesidad muy salvaje. Me
puse el gorro de natación.
—Miller. —Me zambullí de cabeza en el carril contiguo al suyo. Salí a la superficie
207

momentos después, nadando hasta el borde de la piscina, hacia él—. ¿Cómo va la


deliberación?
Página

—Rápidamente. —Se deslizó en la piscina sin esfuerzo. El agua estaba tibia,


perfecta, el olor a cloro y lejía pesaba a nuestro alrededor—. Haremos nuestras
declaraciones finales en algún momento de la próxima semana. No piensas venir,
¿verdad?
Sacudí la cabeza. Una parte de mí fingía que mi padre había muerto. En cierto
modo, lo hizo. Porque la versión de él que tanto amaba se había ido, o tal vez nunca
estuvo allí.
Christian sumergió la cabeza en el agua y salió con gotas de agua pegadas a sus
gruesas pestañas. —Bien.
—¿Vamos a competir o qué? —pregunté. Hicimos un avance frontal. Cincuenta
metros. Él siempre ganaba. Pero yo siempre lo intentaba.
Por lo general, eso era cuando Christian me miraba divertido. Pero hoy no. Hoy
me miraba con algo que se parecía a la culpa. Pero como el cabrón había dejado
perfectamente claro que no tenía remordimientos por haber clavado el ataúd de mi
padre en el suelo, tal vez solo estuviera en mi cabeza.
—¿Quieres volver a competir? —preguntó—. ¿Cuándo vas a parar?
—Cuando gane.
—Puede que nunca ganes.
—Entonces puede que nunca deje de hacerlo.
—Me da pena el hombre que se case contigo.
—Aplaudo a las muchas mujeres que después de mí te dejarán.
Nos pusimos en marcha. Lo di todo, luchando más fuerte, nadando más rápido,
que nunca antes. Cuando completé la vuelta y llegué al borde de la piscina, miré hacia
atrás y vi que Christian seguía a unos metros detrás de mí.
Por primera vez, me había dejado ganar. A propósito. Eso no me gustó.
No dejes que te compadezca.
¿Pero cómo no iba a hacerlo, si sabía lo que me esperaba? ¿Por mi familia?
De repente, me sentí muy tonta. Tonta por acostarme con ese hombre, que había
ido a por mi padre, aunque se lo mereciera. Tonta por ceder después de haber apostado
a que Christian no me llevaría a su cama.
Tonta porque seguía siendo un misterio, cuidadosamente envuelto en una
sonrisa astuta y un traje elegante.
Cuando llegó a la pared, se sacudió el agua del pelo. Su sonrisa cayó en cuanto
vio lo que debía ser un ceño fruncido en mi cara.
—¿Qué? —preguntó.
208

—Me dejaste ganar.


—No, no lo hice.
Página

—Sí, lo hiciste. —Parecíamos niños.


—¿Y qué si lo hice? —se burló.
—Entonces deja de hacerlo. Recuerda que soy tu igual.
—¿Eso significa que no puedo ser bueno contigo?
—Bueno sí —Salí de la piscina, dejándolo atrás—. ¿Engañoso? Nunca.
209
Página
25
Christian
Presente

Los días parecían más cortos después de aquella tarde en la piscina. Mucho más
cortos que sus veinticuatro horas. La mañana después de que dejara ganar a Arya, el
juez López nos citó a mí y a los abogados de Conrad para discutir el cierre de las
pruebas. En mi opinión, eso nos situaba en una semana hasta que todo este asunto
terminara. El jurado, estaba seguro, no iba a tardar más de un par de días en dar el
veredicto.
Esa noche, Arya no pudo verme. Tenía planes para cenar con un cliente, y en todo
caso, explicó, Jillian no conocía el alcance total de nuestra relación. O la falta de ella. No
debería haberme molestado. Que Arya le ocultara esto a Jillian. Quiero decir, ¿no era ese
el maldito objetivo?
Pero sí me molestó. El final se acercaba. Y clavar a Conrad no parecía tan
importante como poder disfrutar de su hija.
La noche siguiente, Arya no pudo verme. De nuevo. Esta vez debido a que Jillian
se sentía mal.
—Creo que voy a prepararle sopa de fideos de pollo y a ver repeticiones de Friends
con ella —suspiró Arya por teléfono. Sonreí y lo acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer? No
tenía derecho a exigir su tiempo, sus recursos, su atención. Habíamos acordado que
sería algo casual, y lo casual significaba expectativas bajas o inexistentes.
Al tercer día (cuatro días antes de que terminara el juicio), Arya envió un
210

mensaje de texto en el que decía que sus padres querían verla y que no sabía por cuánto
tiempo se reunirían, así que era mejor no hacer planes juntos. En ese momento, estaba
seguro de que me estaba evitando. Salí del juzgado durante un breve descanso, pedí un
Página

taxi para ir a mi apartamento, abrí el suelo suelto de debajo de la cama y saqué su libro.
Le hice una foto en la mano y se la envié.
Christian: Ya estuvo bueno, Arya. Nos vemos esta noche y nadie saldrá
herido.
Arya: Así que no estás por encima de la extorsión.
No estoy por encima de nada cuando se trata de ti.
Christian: Teníamos un trato.
Arya: No recuerdo haber firmado ningún papel.
Volví a la puerta de mi casa; tenía que estar en el juzgado en veinte minutos. De
hecho, era el momento de interrogar personalmente a uno de los testigos de Conrad. No
era el momento de perseguir faldas.
Christian: ¿Qué pasó?
Arya: Es que no veo el sentido de pasar todas las tardes de la semana contigo
cuando, de todos modos, esto terminará en unos días.
Christian: Hablemos.
Aproveché el tiempo que tardó en contestar para llamar a un Uber. Por si acaso,
le envié un mensaje a Claire para que se inventara una buena excusa por si se me hacía
tarde. El juez López era un tocapelotas, aunque le gustaban mis movimientos de golf.
Arya: ¿Sobre qué?
El clima. ¿Qué pensaba ella?
Christian: Esta noche iré a tu casa a las seis.
Arya: No. Jillian no puede verte.
Otra vez con esta putada. No me atreví a decirle que Riggs y Arsène estaban al
tanto de todos los orgasmos que habíamos compartido entre las sábanas (o en mi
cocina, mi ducha, mi jacuzzi o su rincón de lectura) desde que habíamos empezado a
salir. Estaba cansado de ser un secreto, aunque fuera el mismo imbécil que lo sugiriera
en primer lugar.
Y además por una buena razón.
Christian: Supongo que no quieres recuperar tu libro.
Arya: Te demandaré.
Christian: Conozco a un buen abogado.
Arya: Hay un lugar especial en el infierno reservado para gente como tú.
Christian: He oído que los abogados tienen apartamentos con vistas a la
lava. Sé amable y puede que te deje alojarte conmigo en la otra vida. ¿Cuánto
tiempo tardarás en llegar?
211

Arya: A las siete.


Christian: No llegues tarde.
Página
Pero por supuesto que sí.
Llegaba tarde, eso era.
Arya llegó a las 7:23, sin un rastro de arrepentimiento o vergüenza en su pétreo
rostro. Mientras la hacía subir, tuve que recordarme a mí mismo que tenía todas las
razones para querer cortar los lazos conmigo. Yo era el doloroso recordatorio de todo
lo que había perdido.
Entró, tirando su bolso en el sofá de cuero negro, ignorando la cena para dos que
había preparado, que estaba en el rincón del desayunador, enfriándose.
—¿Querías hablar? —No se molestó en quitarse los Jimmy Choos, lo cual era
sospechoso, ya que eso era lo primero que hacía cuando entraba en mi apartamento
después de un largo día.
—Cociné la cena. —Me dirigí a la cocina y tomé dos vasos de merlot. Le entregué
uno. Dudó antes de tomarlo. Quedarse mucho tiempo no estaba en sus planes.
—Lo hiciste. —Sus ojos pasaron por encima de mi hombro—. Siento haber
llegado tarde. Tuve una llamada con un cliente en California. No tenían prisa por colgar.
—No hay problema. El filete frío siempre ha sido mi favorito. ¿Te importa traerlo
a la cocina?
Supongo que esta era mi versión de comer el pastel de la humildad. No me gustó
nada el sabor. Nunca había perseguido a una mujer en mi vida y no pensaba hacer una
excepción con Arya, pero no podía aceptar la idea de que esto iba a terminar en cuatro
días. Necesitaba más tiempo. Unos meses más de una aventura ilícita no iban a matar a
nadie. Aparte de, quizás, las células cerebrales que me quedaban. No estaba en el
negocio de pensar claramente cuando me encontraba con esta mujer.
—¿Sabes qué? Prefiero quedarme aquí, si no te importa. —Se acomodó en el
reposabrazos de mi sofá de cuero negro, con las piernas cruzadas, sosteniendo su vaso
desde el tallo. Quería estrangularme por haberme metido en esta situación. Todo esto
podría haberse evitado si hubiera resistido el impulso de conocer a Amanda Gispen.
O si simplemente hubiera pasado el caso a alguien que no tuviera una fijación
con los Roth.
O si no hubiera apostado a Arya, llevando a una mujer ya desafiante al límite.
O si no la hubiera seducido.
O si ella no me hubiera seducido.
212

O si simplemente le hubiera dicho la verdad. Que yo, Nicholai Ivanov, estaba vivo,
(casi) bien, y (exasperantemente) obsesionado con entrar en su falda lápiz.
Página

Pero no creía que Nicholai mereciera una chica como Arya, y mucho menos la
mujer en la que se había convertido.
—Nos vamos —dije, poniéndome de pie bruscamente. Arya me siguió con la
mirada, un poco confundida. Ahora recordaba todo. La Arya adolescente. Pequeña y
descarada y ferozmente independiente. Todo lo que había querido era ser vista. Y yo la
había hecho pasar por un infierno. Primero el juicio de su padre, que aún no terminaba,
luego todos estos juegos. Las apuestas. Las reglas. Ella quería salir de esto con el resto
de su orgullo. Mi única oportunidad de detenerla era renunciar a mi propia vanidad.
—¿A dónde? —Se inclinó para poner su copa de vino en mi mesa de café.
—Es una sorpresa. —Agarré mi chaqueta. Tenía claro a dónde la llevaría. Solo
había un lugar que valía la pena. Envié un mensaje a Traurig mientras bajábamos en el
ascensor. Traurig tenía una limusina y un chófer personal de guardia las veinticuatro
horas del día. En estos días, su hija adolescente y sus amigas Beliebers eran las
principales usuarias de este lujo impopular, pero me debía un favor o seis.
Entonces recordé que Traurig estaba de vacaciones en Hawai. Envié un mensaje
de texto a Claire, que se esforzaba mucho por convertirse en su socia favorita
pluriempleándose como su asistente personal cuando él no estaba, y le pedí la limusina.
Claire me respondió rápidamente que ya mismo la enviaba.
¿Una noche divertida? añadió, justo antes de que me metiera el teléfono en el
bolsillo. ¿Puedo unirme?
Gracias, señorita Lesavoy.
Eso no responde a mi pregunta, respondió ella. Aunque debería haberlo hecho.
Lo siento. Ocasión privada.
—¿Tardará mucho? —Arya se enfundó en su propia chaqueta, todavía con
aspecto de rehén a punta de pistola.
Sacudí la cabeza. —Quiero enseñarte algo.
Cuando llegó la limusina negra, le abrí la puerta.
—Un poco pasada de moda, pero suele funcionar a las mil maravillas —dije,
recordando la promesa que me hizo Arya hace dos décadas, de que me enviaría una
limusina para el estreno de su película cuando se convirtiera en una gran estrella de
cine.
Se deslizó dentro, se dio la vuelta y me dirigió una mirada salvaje que decía
descubierto. ¿Había atado por fin los cabos?
—¿Qué dijiste? —preguntó mansamente.
—He dicho que las limusinas están pasadas de moda. ¿Por qué? —La miré de
213

forma reveladora.
Dime. Dime que sabes quién soy. Rompe las cosas. Estoy preparado.
Página

Pero Arya solo se mordió el labio inferior, pareciendo perdida en sus


pensamientos. —No importa.
Darrin, el conductor de Traurig, captó mi mirada a través del espejo retrovisor.
—Sr. Miller. —Sacudió la cabeza en señal de saludo—. Me alegro de volver a
verlo. ¿A dónde?
—A lo de siempre —le indiqué, pulsando un botón, haciendo que la pantalla de
privacidad se levantara entre nosotros para que Arya y yo pudiéramos hablar.
Arya no preguntó dónde podría estar mi lugar habitual. Se limitó a mirar por la
ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. El aire estaba cargado y denso dentro
de la limusina. Podía saborear el desastre inminente, la pérdida, el cataclismo.
—Esto no tiene por qué acabar dentro de cuatro días —dije por fin,
sintiéndome… ¿cuál era la palabra para la atroz tormenta que se estaba gestando en mi
pecho? Indefenso, tal vez. Era una sensación de mierda. Lo había evitado desde que me
gradué en la Academia Andrew Dexter.
—¿Y qué sentido tendría eso? —La cabeza de Arya se inclinó al contemplarme
por primera vez esta noche—. No podremos salir en público…
—No necesariamente —grité, deteniéndola a mitad de la frase—. Puede que sí.
En algún momento. Dentro de un año, tal vez dos. Tendremos que dejar que la tormenta
mediática del juicio se calme primero. Pero hay maneras. No hay ninguna ley que nos
impida tener una relación.
Arya dejó escapar una risa irónica. —¿Y luego qué? ¿Te llevaré a cenar con mis
padres?
—No eres muy amiga de tus padres —señalé.
—Mi padre, especialmente…
—Él está fuera de la imagen. —Volví a seccionar sus palabras, con una sonrisa
que empezaba a asomar en mis labios—. No podría importarte menos lo que él piense.
A mí tampoco.
Me sentí como si estuviera en un tribunal, solo que sin un juez dirigiendo el
espectáculo. Casi había olvidado lo persuasivo que podía ser. —Por favor, continúa;
¿qué otros obstáculos imaginarios tenemos que superar?
—Bueno. —Arya resopló, y en ese momento me recordó a Beatrice. Fría y
despectiva—. No sé nada de ti. La verdad es que no. Te has cuidado de mantenerme en
la oscuridad.
—Voy a cambiar eso ahora mismo. Vamos a ir a mi lugar secreto. —Me atreví a
entrelazar mis dedos con los suyos entre nosotros. Ella me dejó.
Su ceño se derritió. —Suena como el lugar donde escondes todos los cuerpos.
214

—En absoluto. —Mi pulgar rozó el interior de su palma—. Ese sería mi segundo
lugar secreto, y nunca te llevaría allí antes de cortarte en pedazos.
Página

Sonrió tímidamente. —¿Cuántas víctimas has tenido hasta ahora?


—Cero —admití, dándome cuenta de que ya no estábamos hablando de cuerpos
cortados—. Nadie se ha sentido digno de… —Salvar—. Matar.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Y ahora —dije, mirándola profundamente a los ojos—, ahora no estoy tan
seguro de lo que siento.
Me senté, complacido. Unos minutos después, llegamos a nuestro destino, y le
dije a Darrin que esperara.
—Cierra los ojos —le pedí a Arya.
Se rió, sacudiendo la cabeza. —Por favor, no te molestes. Si es Nueva York, ya lo
he visto. No habrá ningún elemento de sorpresa.
—Sígueme la corriente, entonces. —Sonreí, echando un vistazo rápido y
demasiado optimista a lo que podría suponer vivir con esta mujer. El descaro, la
testarudez, la resistencia. Iba a ser mi muerte.
Arya torció la boca de lado. —Está bien.
Cerró los ojos. Cuando me aseguré de que no estaba mirando, salí de la limusina
y la tomé de la mano. Se movió un poco mientras la guiaba por los breves pasos hasta
nuestro destino final. Probablemente, por el ruido de fondo, se dio cuenta de que aún
estábamos en el centro de la ciudad.
—Ábrelos —dije.
Arya parpadeó, mirando a su alrededor. Me puse a su lado.
—Este es mi lugar favorito de Nueva York —confesé—. Este túnel de cristal de
la cascada. Te hace sentir como si estuvieras dentro de una cascada. Es tranquilo. Es
pacífico. Y está justo en medio de la Gran Manzana.
El agua caía en cascada a nuestro alrededor a través del cristal. La cara de Arya
no delataba nada. Se volvió hacia mí. —¿Cuándo empezaste a venir aquí?
—En cuanto me mudé de Boston a Nueva York.
Solo tenía a Arsène y a Riggs en mi vida. Arsène había alquilado un apartamento
de tres habitaciones reconvertido en Midtown y me dejó vivir sin pagar el alquiler
mientras me hacía un nombre en la oficina del fiscal. No tenía dinero y viví de las sobras
de mis amigos durante unos meses. Pero incluso en mis peores momentos, cuando ni
siquiera podía permitirme una suscripción al gimnasio, venía aquí.
—Te encanta el agua. —Arya me miró con curiosidad, como si desenterrara algo
precioso, como un arqueólogo quitando el polvo de una momia. Me pregunté si
finalmente me reconocería—. ¿Christian?
—¿Sí?
215

—¿Me estás ocultando algo?


Página

—Te estoy ocultando tu libro —dije, sin perder el ritmo. No es técnicamente una
mentira, pero tampoco toda la verdad.
—Siento que hay más que eso. Me lo dirías si fueras…
No completó la frase. Ninguno de los dos habló por un momento. Arya fue la
primera en dar un paso adelante. Apoyó su mano en mi pecho.
—Me he quemado en el pasado. No sé si entiendes lo que me estás ofreciendo,
pero mi confianza en otras personas, especialmente en los hombres, está destrozada
ahora mismo. Mi hermano, mi gemelo, mi sangre, murió antes de que pudiera conocerlo.
El primer chico que amé se fue y luego murió. El hombre que debía protegerme, mi
padre, me ha mentido toda la vida. Entre ellos hubo otros. Hombres, niños, chicos.
Siempre terminó con una mala nota. Si te dejo entrar, tienes que prometerme que no te
aprovecharás. Ser completamente honesto y verdadero, como pretendo ser contigo.
Esta es la única manera en que esto podría funcionar. Porque dentro de cuatro días, mi
mundo estará al revés, y necesitaré estabilidad. Aplomo.
¿Morí? Eso era una maldita noticia para mí. Solo que en realidad no, porque no
me extrañaría que Conrad dijera algo que hiciera que su hija dejara de hablar de mí.
Ah. Pero eso significa que sí habló de ti.
Puse mi mano sobre la suya y usé la que tenía libre para sacar algo del bolsillo.
—Lo juro por mi corazón y espero morir —mentí, sabiendo muy bien que no
estaba cumpliendo mi parte del trato. Que no era verdad. Le diría quién era. Pero no
ahora. Todavía no. No así. Cuando estaba tan cerca de perderla. Y no podía perderla.
Porque en el fondo, lo sabía, Nicky seguía ahí, asustado de ser rechazado por la
chica dorada sentada al piano, con la espalda recta, sonriéndole a hurtadillas cuando
nadie miraba.
Separé su mano de mi pecho y presioné algo en ella. La llave de mi apartamento.
Era lo más cerca que iba a estar de mi corazón.
—Te sostendré cuando te caigas.
Sonrió, y mi corazón se rompió un poco, porque supe en ese momento que estaba
destinado a perderla.
—Te creo.
216
Página
26
Arya
Presente

—Cariño. —Jillian puso su mano sobre la mía aquella mañana en el trabajo,


cuando le conté que Christian me había dado una llave de su apartamento y mencioné
que, por cierto, también me estaba acostando con él durante el juicio de mi padre. Ya
sabes, esa vieja cosa—. No sé cómo decir esto sin que suene ofensivo y descarado, así
que déjame ser ambas cosas por un segundo: en una escala del uno al diez de locura,
cuando el uno es completamente normal y el diez es Christopher Walken en una película
premiada, tú estás sentada actualmente en el doce. ¿En qué estabas pensando? El
hombre está a punto de detonar la cuenta bancaria de tu padre y llevarse por delante
toda una empresa de fondos de inversión. —Se inclinó hacia adelante en mi escritorio,
tratando de comprobar mi temperatura. Agradecí que Whitley y Hailey no estuvieran
aún en la oficina. Jillian y yo éramos madrugadoras.
—Mi padre se lo buscó. —Hice clic con el bolígrafo en mi mano rápidamente,
alejándome de ella—. Envió fotos de pollas a una becaria y preguntó a su antigua
secretaria si se la chuparía por cien mil dólares. Y despidió a Amanda por el gran pecado
de no querer acostarse con él. Su cuenta bancaria es la menor de mis preocupaciones
ahora.
—Jesús, papá Conrad. No lo vi venir.
—Sí. Yo tampoco.
Jillian se deslizó fuera de mi escritorio con un suspiro, dirigiéndose a su asiento.
—Todo lo que digo es que tuviste una corazonada rara cuando conociste a este tipo, y
217

tus instintos aún no te han fallado. No estoy defendiendo las acciones de tu padre. He
visto de primera mano cómo querías arrancarte la piel de tu propia carne cuando te
Página

enteraste de sus fechorías. Solo que no estoy segura de que empezar una relación con
el hombre que está haciendo rendir cuentas a Conrad sea recomendable. O aconsejable.
O, ya sabes, cuerdo.
La verdad era que yo tampoco estaba segura. Pero Christian me había hecho
sentir lo que ningún otro hombre había logrado en años, así que valía la pena intentarlo.
Había pasado años negándome a acercarme a los hombres.
Tal vez era hora de poner un poco de confianza en alguien.

Estaba tumbada sobre la tumba de Aarón cuando llegó el veredicto final.


Acurrucada en mí misma como un camarón contra la fría roca, mi pelo se extendía como
las raíces del sauce llorón sobre la lápida. Minutos antes de que llegara el texto, me
preguntaba, distraídamente, cómo sería Aaron si aún estuviera vivo.
Sabía que yo había heredado la personalidad de mi madre (taciturna,
indiferente, con un aire mojigato), pero también el hambre voraz de vida de mi padre.
La necesidad de hincarle el diente al universo como si fuera un jugoso trozo de granada,
los granos carmesí resbalando por mi barbilla.
¿Habría sido Aaron más soñador o realista? ¿Habría heredado el fino pelo rubio
de mamá o la melena oscura de mi padre? ¿Habríamos tenido una doble cita?
¿Habríamos compartido apretones de manos secretos? ¿O recuerdos agridulces de
rodillas raspadas y helados derretidos y volteretas bajo el sofocante sol del verano?
¿Habría sido mi madre diferente? ¿Más feliz? ¿Más presente en mi vida? ¿Habría
sido capaz de enfrentarse a mi padre?
Y Nicky, ¿seguiría aquí? Después de todo, Aaron habría sido el tipo de hermano
protector que nunca me habría dejado engatusar por Nicky para que me besara.
¿Estaría Ruslana aquí también?
Un ping en mi bolsillo me sacó de mis cavilaciones.
Papá: Perdimos. Perdí doscientos millones de dólares. Tu novio parece feliz.
Supongo que ahora que todo ha terminado, podrá comprarte todas las cosas
bonitas que tu corazón desee. Siempre fuiste una decepción, Arya. Pero nunca pensé
que también fueras una traidora.
Un grito se alojó en mi garganta. Me lo tragué, marcando el número de mi padre.
Me envió directamente al buzón de voz. Le llamé de nuevo. Se merecía un pedazo de mi
mente. Una tercera vez. Luego una cuarta. Todavía nada. Me retiré el teléfono de la
oreja, frunciendo el ceño.
Una decepción. Una traidora.
218

¿Cómo sabía mi padre lo mío con Christian? Con los dedos temblorosos, escribí
mi nombre y el de Christian en la barra de búsqueda de mi teléfono. Supuse que
Página

Christian no había declarado públicamente nuestra relación en el juzgado, lo que


significaba que todo lo que se hubiera publicado sobre nosotros era de dominio público.
Efectivamente, el primer resultado de la barra de búsqueda me llevó a un sitio web de
noticias locales que cubría la vida nocturna de Manhattan, donde aparecía una foto de
Christian y yo de pie bajo el túnel de la cascada, con mi mano apretada contra su pecho.

Traición sin piedad: Cómo Arya Roth se volvió contra su padre... y se


enamoró de su enemigo.
Por: Cindi Harris-Stone
Parece que la mimada socialité y consultora de relaciones públicas Arya
Roth, de 32 años, hija del deshonrado magnate de los fondos de inversión
Conrad Roth, de 66 años, que actualmente está siendo juzgado por acoso
sexual, está durmiendo bien por la noche ante el inminente fin de su padre.
La belleza fue vista toqueteándose nada menos que con el codiciado
soltero y abogado litigante Christian Miller, de 32 años, que también
representa a los acusadores de su padre. La pareja fue vista el martes
abrazada en Manhattan.

Toqueteándose.
La palabra era un gran signo rojo.
La que Christian había utilizado para describir lo que no se debe hacer. No había
escuchado esta palabra en eones antes de que él la dijera, y ahora estaba aquí, en la
página. Esto, en sí mismo, no era una evidencia principal. Pero unido al hecho de que
definitivamente tenía un motivo e interés en filtrar este artículo, me heló la sangre.
Él les dio el chivatazo. Debe haberlo hecho. La noche que puse mi confianza a sus
pies, se adelantó y la pisoteó.
El nombre de Jillian apareció en mi pantalla. La envié al buzón de voz y llamé a
Christian. No sabía en qué momento, exactamente, me había levantado y empezado a
moverme, pero lo hice. Salí del cementerio en medio de una nebulosa. Llamé al buzón
de voz de Christian. Volví a llamar. Y luego otra vez. Después de la sexta vez (estaba
vagando por las calles de Park Avenue, sin rumbo ni plan) llamé al teléfono fijo de su
oficina, con el cuello y las mejillas ardiendo de rabia y humillación. Nadie me había
agraviado tan profundamente. Con tanta malicia.
—¿Hola? —Una voz alegre invadió mi oído. Reconocí que pertenecía a Claire, la
asociada que trabajaba con Christian en el caso de mi padre. Aunque era la última
persona con la que quería hablar, no estaba en condiciones de ser exigente.
—Hola, Claire. Estoy buscando a Christian. Me preguntaba si podrías
219

comunicarme con él.


De fondo, oí vítores, charlas y el sonido de una botella de champán descorchada.
Página

La oficina estaba celebrando, sin duda el gran éxito del caso de Christian y Claire. Me
invadió un sentimiento de autodesprecio. ¿Cómo pude ser tan estúpida?
—¿Puedo preguntar quién llama? —ronroneó Claire. Prácticamente podía
imaginar su sonrisa felina. Dejé de caminar y me clavé los dedos en las cuencas de los
ojos.
—Arya. Arya Roth.
Hubo una pausa. Pude oír a Christian en la distancia, riendo. La gente le felicitaba
por turnos. El grito alojado en mi garganta rodó un centímetro hacia arriba, hacia mi
boca.
—Lo siento, señorita Roth. —La voz de Claire se volvió fría—. No está disponible
en este momento. ¿Puedo sugerirle que concierte una cita para hablar con él? Puede
llamar a su secretaria. El mismo número, pero su extensión es 7-0-3.
—Mira, yo…
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono. Por primera vez, me sentí realmente desquiciada.
No podía anticipar mi próximo movimiento ni confiar en que no haría algo de lo que me
arrepentiría. Desbordada por la rabia, saqué la llave que Christian me había dado para
su apartamento (poco antes de volver a ponerme los pantalones) y llamé a un Uber.
¿Por qué me dio la llave? La respuesta estaba clara: para burlarse de mí. Para
hacerme buscar mi libro. Para verme sudar por él. Siempre se trató un juego para él.
Bueno, adivina qué, iba a conseguir el libro que me robó. Aunque tuviera que
destrozar todo su apartamento de pijos. No me iría sin él. Y su única oportunidad de
quitarme el libro de las manos sería si tuviera que golpearlo con él al salir.
Durante todo el trayecto hasta la casa de Christian, leí los titulares en mi teléfono.
Movimiento de pollas: Cómo Conrad Roth lo perdió todo por culpa de esa
foto.
¡El tribunal ordena que el magnate de Wall Street pague 200 millones!
¡Roth en el infierno, Conrad!
Los medios de comunicación estaban teniendo un día de campo. Al principio,
hojeé cada artículo para ver si mi nombre se mencionaba en alguno de ellos. Una vez
que me di cuenta de que se me mencionaba en prácticamente todos, dejé de
comprobarlo. Experta en relaciones públicas. ¡Ja! Christian acababa de darme por el
culo en ese departamento, y había hecho un trabajo brillante al exhibirme como una
idiota. Jillian siguió llamando y enviando mensajes de texto, al igual que mi madre, cuyo
peor temor se había hecho realidad: ahora estaba arruinada y sin dinero. Después de
220

semejante humillación pública, debería esperar estar también recién soltera.


El Uber se detuvo frente a la casa de Christian. Salí corriendo, pasé por delante
de la recepcionista y el portero con brío (pareciendo que aquel era mi hábitat natural)
Página

y me dirigí al apartamento. Abrí la puerta y entré. Su aroma se impregnó


inmediatamente en mi organismo, echando raíces. A madera cortada, a cuero fino y a
macho. Solo que ya no me producía placer. Ahora, quería purgarlo de mi sistema.
Si yo fuera un sociópata guapo y muy inteligente, ¿dónde escondería un libro?
Primero probé con los cajones de la cocina, abriéndolos de un tirón y tirando su
contenido al suelo. Los utensilios salieron volando, derramándose sobre el caro suelo
de parqué. Luego pasé a los armarios, vaciándolos también, y después arranqué los
cojines del sofá de su base, abriendo las fundas para ver si el libro estaba dentro de uno
de ellos.
Pasando a la elegante y meticulosamente organizada despensa, arrastré los
brazos por los estantes. Los condimentos, las proteínas en polvo y las especias rodaron
hasta el suelo. Puse las muebles patas arriba, vacié los armarios de todos los archivos
de trabajo que guardaba en casa y, bien, esto era un extra… rompí una delicada vajilla
que no tenía por qué romperse. Cuando estuve completamente segura de que el libro
no podía encontrarse en el salón, me dirigí a su dormitorio. Empecé rompiendo algunos
de sus trajes de diseño, no porque pensara que encontraría Expiación dentro de ellos,
sino porque consideraba el acto muy terapéutico. Después, despojé su cama de las
sábanas, que aún olían a nosotros, y busqué en los cajones de su mesita de noche e
incluso debajo de la cama.
Volví a levantar mi cuerpo, a punto de dirigirme a su baño, cuando algo me obligó
a volver a mirar hacia abajo. Fruncí el ceño al notar el golpe en su piso. Una baldosa
ligeramente dentada, extrañamente fuera de lugar. Esto parecía completamente fuera
de lugar para Christian, que vivía y respiraba la perfección.
Bingo.
Estiré el brazo bajo su cama y usé las uñas para abrir la baldosa. El esmalte de
uñas se astilló, pero cuanto más separaba la baldosa de sus contiguas, más sabía que
había dado con algo.
Con un chasquido y un golpe seco, seguido de un suspiro desgarrado que salió
de mi boca, el lugar secreto de Christian quedó al descubierto. Palpé el espacio que
había debajo de la baldosa, incapaz de mirar dentro desde mi ángulo. Mi corazón se
desplomó de decepción cuando sentí un sobre de manila. No obstante, lo retiré, por si
había algo más escondido bajo él. Efectivamente, lo había. Pude sentirlo. El delicioso y
firme grosor de una tapa dura. Lo saqué, sintiéndome infantilmente aliviada, incluso
después de todo lo que había pasado hoy, porque finalmente lo tenía.
Lo agarré, me aparté de la cama y lo abracé contra mi pecho antes de abrir el
libro por la mitad y olerlo con fuerza.
Briony. Robbie. Cecilia. Paul. Mis viejos amigos.
Me llevó unos minutos bajar mi ritmo cardíaco. Después de lo cual volví a mirar
221

el sobre de manila fijo a no pocos metros de mí, que me devolvía la mirada con
curiosidad. Había conseguido lo que vine a buscar. Eso era cierto. Pero seguía habiendo
una necesidad en mí, una semilla de desesperación, que se convirtió en venganza,
Página

exigiendo obtener su libra de carne. Recuperar lo que era legalmente mío no era
suficiente. Christian había tenido ventaja sobre mí desde el momento en que nos
conocimos. Siempre tenía algo sobre mi cabeza. El juicio de mi padre. El libro. El
misterio que él representaba. Normalmente, nunca traicionaría a una persona de esa
manera. Normalmente. Pero nada en mi relación con Christian era normal.
Con cuidado, alcancé el sobre de manila y lo arrastré por el suelo impoluto hacia
mí. Me senté, apoyando la espalda en su mesita de noche, y saqué la gruesa pila de
papeles que contenía.

En el Tribunal Superior del Condado de Middlesex


Estado de Massachusetts
Acción civil
En relación con el cambio de nombre de: Nicholai Ruslan Ivanov
Número de caso: 190482873983
PETICIÓN PARA CAMBIAR EL NOMBRE DE UN ADULTO
El peticionario solicita respetuosamente a este Tribunal que cambie su nombre de
Nicholai Ruslan Ivanov a Christian George Miller.

Un grito escapó de mi boca. Nada podía prepararme para el dolor que sentí en
ese momento. Como si alguien me hubiera metido la mano en el pecho, rompiendo la
caja torácica en el proceso, y me hubiera arrancado el corazón, retorciéndolo sin piedad
en su puño.
Christian era Nicholai.
Nicholai era Christian.
Nicky no estaba muerto. Había estado aquí todo el tiempo. Acechando en las
sombras, planeando su gran venganza por lo que mi familia le había hecho, sin duda. El
juicio. La sentencia. La conquista. La chica vuelta mujer, que se convirtió en una
herramienta.
Yo.
Uní las piezas anómalas. La forma en que hablaba de mi padre… el hambre con
que luchó por el caso…
La primera vez que me encontré con él en el ascensor y tuve esa peculiar
sensación. El aire había estado cargado de muchos más sentimientos que los que dos
desconocidos podrían evocar el uno en el otro.
222

Esa extraña noción en mi estómago de que siempre lo había conocido, de que de


alguna manera estaba grabado en mi piel… no era una falsa alarma. Sabía quién era yo
y me ocultó su identidad.
Página

El hombre en el que puse mi confianza me había roto el corazón. Dos veces.


Y en el proceso, también se las arregló para despojar a mi familia de todo lo que
poseía, mentir al mundo sobre quién era, y sacarnos como un objeto.
Middlesex, Massachusetts. Christian cambió su nombre mientras estudiaba en la
Universidad de Harvard, o justo antes. ¿Planeó esto todo el tiempo? ¿Convertirse en
abogado para poder hundir a mi padre y a mí con él? ¿Buscó a Amanda él mismo?
Tenía demasiada curiosidad como para derrumbarme. Ya tendría tiempo para
eso más tarde, cuando saliera del apartamento de este hombre. En cambio, seguí
rebuscando en las carpetas del sobre de manila. Todo el papeleo para el cambio de
nombre de Nicholai a Christian, sus pasaportes antiguos y actuales, y el certificado de
defunción de Ruslana Ivanova.
Ruslana había muerto.
Eso era nuevo para mí. Pero, de nuevo, todo lo relacionado con esta situación lo
era. Ahora todo tenía sentido. Por qué Christian filtró nuestra relación a la prensa, y
además en el momento perfecto. Justo después del juicio de mi padre. Mató dos pájaros,
o Roths, de un tiro. Solo que no tomó en cuenta una cosa: que descubriría su secreto.
Tomé fotos de los documentos condenatorios del cambio de nombre con mi
teléfono, asegurándome de que fueran claras y estuvieran enfocadas. Luego tomé mi
libro y salí corriendo de su apartamento.
Mi reacción instintiva fue llevárselo a mi padre. Mostrarle las pruebas contra
Christian y empezar a trabajar en una apelación, ahora que era obvio que Christian
nunca debería haber trabajado en el caso. Conocía demasiado bien a mi familia y tenía
una venganza contra nosotros. Me metí en un taxi y estaba a punto de decir la dirección
de mis padres cuando me di cuenta de que tampoco quería hacerlo.
Es cierto que Christian era un imbécil de proporciones gigantescas, pero también
lo era mi padre. En definitiva, eran tan malos el uno como el otro. Quería utilizar la
información que tenía contra Christian para arruinarlo, pero no necesariamente de la
manera más directa, en la que mi padre también se librara.
Definitivamente, Conrad Roth merecía ser despojado de su reputación, dinero y
posición social. Hizo cosas horribles a la gente y utilizó su puesto de poder contra
mujeres indefensas.
Necesitaba pensar en ello, largo y tendido. Idear un plan.
—¿Señorita? ¿Disculpe? ¿Hooo-laaa? —El taxista agitó los dedos en dirección al
espejo retrovisor—. No es que no sea placentero sentarse aquí y verla hablar sola, pero
¿a dónde?
Le di la dirección de mi apartamento.
Iba a arruinar a Nicky. Pero a mi manera Ari.
223
Página
27
Christian
Presente

—Piénselo de nuevo, Sr. Galán —dijo Claire entre risas, arrebatándome el


teléfono de la mano. Acabábamos de salir del juzgado. Me había despedido de Amanda
Gispen y de las otras demandantes, ignorando a los periodistas y fotógrafos que pedían
un comentario, y estaba a punto de llamar a un taxi para ir a la oficina de Arya. Lo
primero es lo primero, tenía que asegurarme de que estuviera bien con todo lo que
había pasado. Todo lo bien que se podía estar teniendo en cuenta las circunstancias. En
segundo lugar, tenía que confesar.
Ella tenía que saber quién era yo.
Esto no podía ser pospuesto por más tiempo.
Claire, aparentemente, tenía otras ideas.
—Devuélveme mi teléfono. —Le enseñé los dientes y estiré el brazo con la palma
abierta en su dirección. Claire se mordió el labio, brillando de orgullo. Hoy se había
puesto un traje nuevo en el juzgado. Un Alexander McQueen de doble botonadura que
debía de costarle un brazo, una pierna y su alquiler mensual.
—No puedo hacerlo, Sr. Miller. —Me guiñó un ojo, guardando mi teléfono—. Esto
es una orden de arriba. Traurig dijo que nada de distracciones. Tiene una sorpresa para
ti.
—Dame mi teléfono, Claire —dije con insistencia—. Tengo que llamar a alguien.
224

—Ese alguien puede esperar diez minutos. Trabajamos a dos manzanas de aquí.
—Claire rodeó su brazo alrededor del mío, tirando de mí hacia adelante—. Dios, no seas
aguafiestas. Haz un brindis con todos, da las gracias a Traurig y a Cromwell y sigue tu
Página

camino. Has llegado hasta aquí; ¿en serio no vas a llegar a tu propia fiesta de socios? —
Claire levantó una ceja cuidadosamente depilada. No era un hombre fácil de convencer.
Venía con el territorio de saber el precio que podía costar la tentación. Estaba a punto
de responderle que sí, que de hecho iba a abandonar mi propia fiesta, porque la fiesta
no era tan importante como asegurarse de que la mujer con la que salía seguía saliendo
conmigo. En ese momento, sentí dos manos firmes que me daban palmadas a ambos
lados de la espalda.
Mierda.
—El hombre del momento —dijo Cromwell, tocando su bigote como un villano
de grado D.
—La belleza del baile. —Traurig apartó a Claire con un codazo—. Tengo un puro
cubano con tu nombre y unas letras doradas que tenemos que añadir al nombre de la
empresa. El chico de mantenimiento ya está allí, esperándonos. Date prisa.
El chico de mantenimiento estaba allí, esperando para poner mis letras. Todo
perfecto. Claire me lanzó una mirada que decía: No te atrevas. Tenía razón. Si me
escapaba ahora, iba a quedar como un idiota trastornado, lo que no era lo mejor.
Además, el resultado no era nada que Arya no hubiera esperado. Habíamos discutido
esto durante semanas.
Sin embargo, diez minutos se convirtieron en una eternidad. El chico de
mantenimiento tardó casi una hora en añadir las letras doradas a la entrada del bufete,
posiblemente porque Cromwell y Traurig no paraban de gritarle que mi apellido no
estaba simétrico. Después me arrastraron a una de las salas de conferencias, donde todo
el bufete me esperaba con pastel, puros, bebida y un enorme regalo envuelto en un lazo
de raso rojo.
—Estoy muy orgullosa de ti. No puedo ni decirte cuánto —dijo mi asistente
personal llorando. Luego, todos los presentes sintieron el impulso de felicitarme y
estrechar mi mano, uno por uno.
Me decía que, si Arya estaba tan desesperada por hablar conmigo, siempre podía
llamar a mi oficina.
Cuando la ceremonia, digna de un Oscar, terminó (dos malditas horas después)
Traurig me pidió que abriera mi gigantesco regalo. Resultaron ser nuevas tarjetas de
visita con el nuevo nombre completo del bufete: Cromwell, Traurig & Miller. Letras
doradas en negrita sobre elegantes tarjetas negras. Esperé que la euforia se apoderara
de mis sentidos. Pero todo lo que pude sentir al mirar mis nuevas tarjetas de visita fue:
Realmente quiero ver a Arya. No esta tarde. No en una hora. Ahora.
—Gracias —dije, con voz firme, rodeando con mis dedos el brazo de Claire y
llevándola fuera de la sala de conferencias. Volví a mirar el reloj de camino a mi
despacho. Parecía que habían pasado siglos desde que salimos de la sala. El hecho de
que no hubiera llamado a Arya hasta ese momento era, en el mejor de los casos,
225

maleducado y, en el peor de los casos, un poco cobarde.


Cuando llegamos a mi despacho, cerré la puerta tras nosotros. Mi sentido
Página

arácnido me decía que iba a haber muchos gritos en mi futuro próximo.


—Dame mi teléfono, Claire.
Hizo una mueca de disgusto. —¿Tan pronto? Ni siquiera hemos comido. Estaba
pensando en invitarte a un trago. Tenemos mucho que hablar, y yo…
—¡Teléfono! —Di una palmada en la pared detrás de ella, y chilló, saltando. No
era una persona violenta, pero estaba empezando a perder la paciencia y no quería que
mi primer movimiento como socio fuera despedir a una asociada que acababa de
ayudarme a ganar un gran caso—. O te vas de aquí con la seguridad pisándote los
talones, Lesavoy.
Con un mohín, Claire sacó mi teléfono del bolsillo. Le eché un vistazo y sentí que
mi pulso se aceleraba contra el cuello de mi camisa. Tenía más de cincuenta llamadas
perdidas de Arya. Y también algunos mensajes de texto. En cuanto se activó el
reconocimiento facial, los textos empezaron a deslizarse cronológicamente por la
pantalla uno a uno.
Arya: ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Arya: Destrozaste mi carrera. No puedo volver a dar la cara nunca más. Y mi
inexistente relación con mi madre se acabó. Por no hablar de mi padre (que está
muerto para mí, pero habría sido bonito tomar esa decisión yo misma).
¿Arruinar su carrera? ¿Sus relaciones? ¿De qué demonios hablaba?
Arya: Lo que no entiendo es cómo pudiste ser tan despiadado. Cómo lo hiciste
la misma noche que prometiste que no romperías mi confianza.
Arya: Lo reconozco, fue una jugada genial. Seguro que te lo pasaste en
grande riéndote de ello en el juzgado. Ahora puedes volver con Claire. Sé que fueron
casuales, pero hombre, se merecen el uno al otro.
Claire debió ver la confusión que nublaba mi rostro, porque noté que se relamía
en mi periferia, cambiando de un pie a otro. —¿Todo bien?
—Yo… —Hice una pausa, tratando de entender lo que pasaba aquí, hasta que
hizo clic. La limusina. Claire hablando con Darrin. Saber mi paradero con Arya. La forma
en que me persiguió implacablemente.
La prensa. Eso era lo único que Arya y yo habíamos acordado no involucrar. No
queríamos que nos vieran o nos pillaran.
Mis ojos se desviaron de mi teléfono. Podía sentir que mi mirada se volvía dura,
insensible, mientras observaba el rostro de Claire. —¿Qué hiciste?
—Yo… yo… —Intentó dar un paso atrás, pero estaba presionada contra la pared,
sin poder ir a ningún sitio. Nunca me había considerado alguien capaz de herir a una
mujer, pero en ese momento supe que podía herir a Claire. No físicamente, no. Pero
podía despedirla. Desterrarla. Hacerla una persona non grata en el círculo legal de
Manhattan.
226

—Habla.
Claire bajó la cabeza, sacudiéndola mientras se cubría la cara con las manos. —
Página

Lo siento. Solo se lo dije a un amigo mío que trabaja en el Manhattan Times. Eso es todo.
Se me escapó. —Se encogió. Pero no engañaba a nadie, y lo sabía. Di un paso atrás,
sabiendo perfectamente que no tenía el control de mí mismo. Arya debe estar pensando
lo peor de mí en este momento.
—Vete. —Respiré por la nariz, clavando el pulgar y el índice en las cuencas de
los ojos.
—¿A… mi oficina?
—Al… al puto infierno de donde vienes. —Imité su tono socarrón, abriendo los
ojos de nuevo—. Y no vuelvas. Nunca.
—Acabamos de ganar un caso.
—Perdiste toda la credibilidad conmigo en el momento en que filtraste una
historia sobre mí a un periodista.
—¡No puedes hacer eso! —Claire levantó los brazos en el aire—. No puedes
tomar una decisión así sin consultar a Traurig y Cromwell. Has sido socio durante cinco
minutos.
—De acuerdo. —Sonreí cordialmente—. Vamos al despacho de Cromwell ahora
mismo y le contamos lo que hiciste. A ver cómo te va la cosa.
Su cara se blanqueó. ¿Qué demonios se había creído? ¿Que no iba a descubrirlo?
Claire se rodeó de brazos, mirando al suelo.
—¿Qué pensabas? —escupí, con curiosidad por la razón de ser de esta atrocidad.
—Pensé que después de que el juicio terminara ibas a dejarla. Pero no estaba
segura y no quería arriesgarme. Y ciertamente no creí que te importara tanto. Por no
mencionar… —Sopló aire, sus ojos brillando con lágrimas no derramadas—.
Simplemente no pensé. Eso es lo que pasa. Eso es lo que pasa cuando una está
enamorada. ¿Has estado alguna vez enamorado, Christian?
Estaba a punto de decir que no, que no lo había estado, y que ese hecho no tenía
nada que ver, cuando me di cuenta… No podía decir eso con seguridad.
—Buena suerte en su salida, señorita Lesavoy.
Pasé rozando el hombro de Claire, dirigiéndome a la salida del despacho. No se
lo dije a nadie. Mi asistente personal se levantó, preguntando a dónde me dirigía. No
obtuvo respuesta. Mi primera parada fue el despacho de Arya. Llamé al
intercomunicador del edificio para comunicarme con Whitney, Whitley o como se
llame. La recepcionista no me respondió verbalmente. Lo que sí hizo fue empujar la
parte superior de su cuerpo a través de la ventana de su despacho y verter su café tibio
sobre mi cabeza antes de rematar el gesto cerrando de golpe la ventana de cristal.
Aunque era consciente de que me había convertido en el enemigo público
número uno en el bando de Arya, seguía pensando que podía solucionarlo. Si me daba
227

tiempo para explicarme y le contaba todo sobre Claire, lo entendería. Arya era una
persona muy pragmática con un excelente medidor de mentiras. Sabría que decía la
verdad.
Página

Mi siguiente parada fue su apartamento. Esta vez, llegué un poco más lejos que
el timbre. Hasta la puerta de su apartamento, de hecho. Toqué frenéticamente. Jillian
abrió la puerta de golpe, apoyando una cadera en el marco, con la cara embadurnada
en una especie de máscara verde. —¿Sí?
—Estoy aquí para ver a Arya.
—Qué ambicioso. —Hizo una demostración de revisar sus uñas—. Ya sabes,
considerando las circunstancias.
—¿No está aquí? —Entrecerré los ojos. No podía imaginarla en otro lugar que no
fuera su casa en un día como este. Tal vez en el apartamento de su madre. Pero era poco
probable.
—Oh, sí está aquí. Pero no puede verte.
—¿Por qué?
—Porque estás muerto para ella.
Mis dientes rechinaron. —Puedo explicarlo.
—Estoy convencida de que puedes, Nicholai. Siéntete libre de ir hasta la puerta
mientras llamo a la policía. Que es exactamente lo que voy a hacer si no evacúas el lugar
en los próximos tres segundos.
Con eso, me cerró la puerta en la cara.

Nicholai.
Nicholai.
Nicholai.
Jillian me llamó Nicholai. Mientras me dirigía a casa en un taxi, traté de calibrar
a qué me enfrentaba exactamente. Parecía que lo que Arya sabía era mucho peor que el
hecho de que algunos de nuestros besos descuidados habían sido publicados en algunos
sitios web de noticias.
Parecía que sabía la verdad.
Y la verdad era inaguantable, para ambos.
Cuando llegué a mi apartamento, no hubo lugar a dudas. Arya asaltó el lugar
mientras yo no estaba, probablemente en algún momento después de que no hubiera
respondido a sus llamadas y se diera cuenta de que los medios de comunicación nos
pusieron al descubierto. El lugar era un basurero, sin la bonita flama. La parte trágica
era que sabía que ella no vino buscando la verdad. Buscaba su libro. Buscó en todas
228

partes. Incluido el cubo de la basura. O tal vez el hecho de que lo volteara era el toque
final. Como una flor exótica sobre un bonito postre en un restaurante.
Página

En cualquier caso, lo que quería estaba claro: quitarme el trozo de ella que me
había pertenecido temporalmente y asegurarse de que no volviera a tener acceso a él.
Me dirigí hacia mi dormitorio, con el alma en la garganta. Incluso antes de entrar,
sabía lo que iba a encontrar. El sobre de manila que mantuve en secreto durante todos
esos años estaba abierto, con los documentos esparcidos por todas partes. No tuve que
agacharme y buscar el libro para saber que no estaba. Expiación ya no era mío.
Seguro que sí, Nicholai.
Arya lo sabía.
Se lo contó a Jillian.
No existía ninguna razón para pensar que Arya no se lo había dicho a sus padres
también. Los abogados de su padre. Pero, de alguna manera, no me atreví a darle mucha
importancia a esa parte. Mi segunda y poco agraciada caída.
Lo único que me importaba era que se hubiera enterado y no de la manera que
yo quería.
No tenía sentido llamarla. No iba a contestar. Lo que pudiera salvar de nuestra
relación, de mi vida, tenía que esperar hasta mañana.
Ella necesitaba tiempo y yo debía respetarlo, aunque me matara.
Levanté el teléfono y llamé a una de las pocas personas del universo que lo sabía.
—¿Qué? —ladró Arsène, aturdido.
—Se enteró —dije, todavía congelado en mi sitio a la entrada de mi habitación.
Este era el momento en que iba a decirme que me lo advirtió, que me dijo.
—Mierda —me sorprendió diciendo.
—Efectivamente.
—Tomo mis llaves y voy. ¿Cerveza?
Me froté las cuencas de los ojos. —Ve al norte. Muy al norte.
—¿Brandy?
—Más bien una bala.
—Una botella de A. de Fussigny y una camisa de fuerza en camino.
229

Esa noche, no dormí. Ni siquiera fui tan tonto como para intentarlo. Acabé
Página

consumiendo el coñac que Arsène trajo, y luego fui al gimnasio cubierto de mi edificio.
Me metí en la ducha, me vestí para ir a trabajar, hice los mismos movimientos
predecibles…
Solo que no fui a trabajar.
La empresa (la compañía de la que había querido hacerme socio más que nada
en mi vida) se había convertido en algo trivial, ridículamente intrascendente. Un
juguete brillante que me mantenía ocupado mientras la vida sucedía en mi periferia.
Cada vez que intentaba reunir la motivación para ir al lugar que depositaba siete cifras
en mi cuenta bancaria anualmente, no podía evitar sentirme como un hámster que se
prepara para subirse a una rueda. El giro constante no me llevaba a ninguna parte. Más
dinero. Más victorias. Más cenas que no me gustaban con clientes que detestaba.
Se me ocurrió que no solo estaba hastiado, sino también mareado de resolver los
problemas de los demás todo el tiempo. Pues bien, ahora tenía un problema propio que
resolver. Arya sabía que era Nicky y que se lo oculté.
Y lo que es más horrible, sabía que yo era Nicky y que, por lo tanto, no valía nada.
Fui directamente a la oficina de Arya esa mañana, llegando a las ocho en punto.
Una hora antes de la apertura. Había pasado suficientes mañanas con Arya para saber
que era madrugadora y que le gustaba estar en la oficina antes de que los pájaros se
levantaran.
Resultó que esta era la única mañana en la que Arya decidió quedarse dormida.
Vi a Whitley y a su compinche entrar por la puerta a las nueve en punto, lanzándome
miradas asesinas, y luego a Jillian unirse a ellas a las nueve y media. Arya no apareció
hasta las diez y diez, cuando la vi doblar enérgicamente una esquina por la calle lateral
y dirigirse a su edificio de oficinas, con el aspecto de una tormenta de verano. Una reina
del hielo inmóvil dispuesta a conquistar el mundo.
Me levanté del escalón que conducía a la puerta de su edificio. No se detuvo
cuando me vio a través de sus gafas de sol. Se detuvo en el momento en que nuestros
cuerpos estaban a ras de suelo, echó el brazo hacia atrás y me abofeteó con tanta fuerza
que estaba seguro de que partes de mi cerebro quedaron salpicadas en la acera.
—Me lo merezco.
—Te mereces mucho más que eso después del plan de venganza que planeaste
para mí y mi familia, Nicky.
Nicky. No había escuchado ese nombre en años. Solo Arya me llamaba así.
Ruslana lo probó un par de veces en su lengua y lo encontró desagradable. Lo echaba
de menos.
—No hay complot de venganza. —Me froté la mejilla. Estaba hipnotizado por
ella. Como si no la hubiera visto docenas de veces antes, en posiciones
comprometedoras, completamente desnuda y chupando diferentes partes de mi
cuerpo. ¿Era así como se sentía el amor? ¿Querer besar y proteger a la mujer que querías
230

embestir por detrás? Qué peculiar. Y nauseabundo. Y tan terriblemente predecible de


mi parte. Enamorarme de la única mujer que nunca podría tener. Que había arruinado
todo, y yo, a cambio, hice lo mismo con ella.
Página

Y esta vez, ni siquiera quería vengarme.


—Lo creas o no, Amanda Gispen entró en mi oficina un día por casualidad. No
puedo decir que no viviera cada día deseando vengarme de tu padre por los años que
me hizo pasar, pero no era lo primero en mi agenda.
Era lo segundo en mi agenda, sin embargo, antes de que ella pusiera mi vida
patas arriba, al más puro estilo Arya.
—No hay excusa para lo que hizo ese día. —Arya dio un paso atrás, su rostro se
contorneó en agonía—. Créeme, pasé un año entero negándome a mirarlo. Luego toda
una vida cuestionando cada decisión que tomé. Dejar que se librara siempre me hizo
sentir que estaba en el lado equivocado de la historia. Pero se disculpó por eso y terminó
enviándote a vivir con tu padre, como tú querías.
—¿Eso es lo que te dijo? —Sonreí con cansancio—. ¿Antes o después de que
supuestamente muriera?
Sus labios rosados se transformaron en un ceño fruncido, pero no respondió.
—Créeme, darme una paliza delante de la chica que adoraba fue el menor de sus
pecados. Hizo que mi madre me echara de casa la noche que te besé. Tuve que dormir
en el sofá de los vecinos. Luego me metió en la Academia Andrew Dexter y te dijo que
estaba muerto.
Arya se quitó las gafas de sol. Sus ojos se veían brillantes, llenos de lágrimas. —
Te lloré durante años. Todos los días.
—Yo también te lloré, y ni siquiera pensé que habías muerto —dije con
brusquedad.
—¿No querías irte? —Su voz era suave, dócil ahora.
Sacudí la cabeza. Habría elegido la vida en la pobreza si eso significaba estar
cerca de ella.
—No fue Conrad quien me dijo que habías fallecido. Contraté a un investigador
privado para encontrarte cuando cumplí los dieciocho años. —Sonaba derrotada—. Fue
él quien me dio la noticia.
Sonreí. —Ahora, déjame adivinar. —Di un paso hacia delante, queriendo olerla,
enterrar mis manos en su pelo, besar tanto nuestro pasado como nuestro presente,
ahora que ella sabía quién era—. Ese investigador privado trabajaba para tu padre, ¿no
es así? —Por la expresión de su cara, pude ver que tenía razón—. Sí. Eso es lo que pensé.
Pero no he terminado de contarte el infierno que me hizo pasar Conrad.
—Date prisa, porque te daré mi propia marca de infierno Roth cuando hayas
terminado.
231

—Mientras estuve en Andrew Dexter, tu padre mandó al director a corregirme,


por así decirlo. De vez en cuando, recibía una paliza simplemente por existir. El propio
Página

director no me ponía un dedo encima, pero hacía que otros alumnos me pegaran.
Conrad también se aseguró de que mi madre cortara todo contacto conmigo. Solo la vi
una vez después del día en que me echó. Ni en las vacaciones de verano y primavera ni
en las festividades. Siempre me quedaba en los dormitorios. Ahí es donde conocí a Riggs
y Arsène. Cómo creé mi propia familia.
Arya tragó saliva visiblemente. Estaba luchando con emociones encontradas. Su
deseo de matarme por lo que le había hecho, y su deseo de mutilar a su padre por lo que
me hizo a mí. —Ruslana… ¿murió?
Asentí con la cabeza. —Tengo una teoría sobre eso también.
—¿Sí?
—Cuando estaba en el primer año de Andrew Dexter, conseguí un trabajo como
mozo de cuadra y conocí a Alice, mi llamada puma, como te gusta decirle. De repente,
me encontré muy cerca del dinero y viví la vida de los ricos, aunque fuera por
representación. En unas vacaciones de verano, cuando estaba en Nueva York, me
encontré con Ruslana. Iba en el Bentley de Arsène y llevaba su atuendo de ricachón, de
pies a cabeza. Ruslana se lanzó sobre mí y me besó. Hizo una escena. Me la quité de
encima y le dije que intentaría meterla en mis planes de Nueva York, pero por supuesto
eso nunca ocurrió. Después empezó a escribirme. Nunca le contesté. Debió tomarse mi
silencio como una prueba de su determinación, porque cuanto más tiempo pasaba, más
se sentía obligada a contarme todo lo que le ocurría. Todavía tengo las cartas. Estaban
en el archivo manila. No sé si las leíste. Decía que mantuvo un largo romance con
Conrad. Que él le prometió dejar a Beatrice por ella. Dijo que cuando empezó a dudar
de sus intenciones, de sus garantías, le dijo a Conrad que iba a decírselo a Beatrice ella
misma. Él se puso duro con ella, empujándola. Aparentemente, no era la primera vez
que le ponía la mano encima.
—Así fue como supiste que todo lo de él era cierto. —Arya apretó una mano
contra su pecho—. Que Amanda y las otras denunciantes decían la verdad.
Asentí con la cabeza. —Ruslana y Conrad estuvieron yendo y viniendo durante
unos meses. Finalmente, él la despidió y le dio dinero para que se callara. Un mísero
cheque de diez mil dólares para que no dijera nada. Se lo gastó en una semana y me
escribió que había ido a verlo de nuevo para pedirle más. Esa fue su última carta antes
de que recibiera la llamada de la policía diciendo que estaba muerta.
—¿Cómo murió? —preguntó Arya.
—La causa médica oficial cita una fractura de cuello. En la práctica, se tiró por el
acantilado de las Palisades. El policía que me habló de su muerte dijo que no
sospechaban de algún crimen. Que era un caso clásico de suicidio. Mi madre no tenía
fama de ser del tipo alegre, y perdió su trabajo ese mismo mes. Pero eran un montón de
tonterías. Ruslana odiaba las alturas. Había volado una vez en su vida, y aunque fuera
232

una suicida, que no lo era, habría preferido cualquier tipo de muerte antes que aquella.
Ahogarse, cortarse las venas, un tiro en la sien. Tú eliges.
—¿Crees que mi padre está detrás de esto? —Los ojos de Arya se alarmaron.
Página

—¿Respuesta corta? Sí. ¿Respuesta larga? Hasta cierto punto, pero no estoy
seguro de quiénes fueron los protagonistas de lo ocurrido.
—Entonces debería ser juzgado por eso también.
No se equivocaba. Pero en el caso de Conrad, sabía que perder todo lo que le
rodeaba, su dinero, su estatus, su hija, era suficiente castigo. Vagar por el mundo como
un desecho sin dinero sería más castigo para un hombre como él que sentarse con
criminales humillados como él en la cárcel.
—No hay forma de demostrarlo, no sin revelar mi verdadera identidad, en todo
caso —respondí.
—Independientemente de lo que pase, siento que la hayas perdido.
—Yo no lo siento. Era una madre de mierda.
—¿Y quieres decirme que después de todo lo que te hizo Conrad, esta jugada con
Amanda Gispen no estaba calculada? —Se cruzó de brazos.
—Correcto. —Me hice a un lado para dejar pasar a una mujer con una carriola,
mi mente inmediatamente pensó en Arya con un bebé. Maldita sea. La compuerta estaba
abierta ahora, y hasta un sándwich me recordaba a ella—. Creo que Conrad le hizo algo
a mi madre, o al menos envió a alguien a hacerlo, pero tal como yo lo veo, nunca fue mi
inconveniente. El día que ella se desentendió de mí, yo me desentendí de ella. Seguí
adelante y encontré nuevos amigos, una nueva familia, una mujer que me dio lo que mi
madre no me dio, y no estoy hablando de dinero. Estoy hablando de coraje, confianza, y
ventaja mental. Alguien que me dijo que lo que quería de la vida estaba al alcance.
Cuando volví a mi lugar en la acera, me aseguré de estar un poco más cerca de
Arya que antes. Solo un poco. —Ninguna parte de mí quería volver a Nueva York. Quería
quedarme en Boston. Tal vez ir a DC y ensuciarme las manos en la política. Nueva York
siempre me recordó a los Roth, a mi madre dándome la espalda, a ese desastroso primer
beso. Pero el destino quiso que Arsène fuera de Nueva York y que le guste este infierno.
Riggs es de San Francisco, pero parecía ansioso por no volver a pisar ese lugar. Estaba
muy contento de mudarse al monstruoso condominio de Arsène, sin pagar alquiler. No
quería quedarse atrás. Eran la única familia real que había conocido, así que los
acompañé. Lo creas o no, me esforcé mucho por mantener las distancias contigo y los
tuyos. Mi peor pesadilla era que tú o Conrad entraran en mi vida una vez más y la
arruinaran. Pero cuando el caso cayó sobre mi mesa, no pude contenerme. —Me lamí
los labios—. Ambos sabemos que cedo a la tentación de vez en cuando.
—Así que no buscaste venganza; simplemente te cayó en el regazo.
—Sí.
Hasta que quedó claro que siempre había sido Arya la que quería en mi regazo.
—Todos estos años pensé que habías muerto… —murmuró Arya, aun tratando
de repasar todo. Sacudió la cabeza—. Por eso no te reconocí. Solo por eso no creía que
233

fueras tú. Porque me convencí de no creer. De no tener esperanza.


Y yo, tontamente, se lo reproché. Cada vez que nos observábamos el uno al otro.
Página

Evaluado. Acariciado. Besado. Siempre me dije que se merecía el infierno que le daba,
porque ni siquiera podía reconocer al chico que había estado locamente enamorado de
ella. Que había estado dispuesto a dejar el mundo por ella y, en cierto modo, lo hizo.
—Me pasé todo el día de ayer tratando de desenredar un sentimiento del otro, y
todavía no puedo. —Arya se frotó la frente.
—Deja que te ayude —le ofrecí. No tenía derecho a pedirle nada, especialmente
su confianza.
—Esa es la cuestión. —Frunció el ceño, tan concreta como siempre. Nada de
lágrimas ni amenazas vacías por parte de esta mujer—. Ya no te confío ni una tostada,
y mucho menos mi vida, mis decisiones, mis sentimientos. Te detesto decididamente,
Nicky, con cada pedazo de mi alma. Todo este tiempo, todo este anhelo... he sufrido por
ti durante más de una década. Éramos Cecilia y Robbie.
No tenía ni idea de quiénes hablaba, ya que nunca conocí a una Cecilia y solo a
un Robbie, que resultó ser un abogado fiscalista de Staten Island. Pero quería
estrangular a esas dos personas por entrometerse en mi relación.
Arya se frotó la mejilla, superando su propia bofetada mental. —Todo lo que te
hacía deslumbrante e intocable desapareció ayer cuando vi la foto de nosotros
toqueteándonos en esa página web.
—No fui yo. —Avancé de nuevo, atreviéndome a alisar uno de sus cabellos detrás
de su oreja. Me apartó la mano con un manotazo. Eso dolió más que la bofetada. Más
que el día en que el director Plath envió a esos chicos a medio matarme—. Fue Claire.
Claire fue la que nos envió la limusina aquel día en que te hice la promesa. Ella avisó a
la prensa.
—Toquetear —subrayó Arya, abriendo los ojos—. Usaron esa palabra.
Sacudí la cabeza. —Coincidencia. Nunca te haría eso, Ari. Jamás.
—Te equivocas. —Arya dio un paso atrás, con los ojos llenos de lágrimas de
nuevo. Quería que cayeran. Que se rompiera. Que dejara de ser tan malditamente terca
y mejor que yo todo el tiempo. Porque en el fondo, así era como me sentía siempre.
Indigno de su tiempo, de sus sonrisas y de su existencia—. Ya lo hiciste. Dijiste que no
me traicionarías. —Una sonrisa triste se dibujó en sus labios—. Mentiste.
—Pensaba decírtelo —dije.
—¿Cuándo?
—No lo sé. —Me pasé los dedos por el pelo, jalándomelo—. ¿Después del juicio?
¿Una vez que estuviera seguro de que te habías enamorado de mí? ¿Quién sabe? Me
preocupaba que me dejaras porque Nicky no era lo suficientemente bueno.
Por supuesto, si le decía que la amaba ahora, nunca me creería. Mi trasero
profesional estaba en juego. Ella estaba a una llamada de arruinar mi carrera, y ambos
234

lo sabíamos. Declarar mis sentimientos por ella sería calculado, astuto y, sobre todo,
humillante para ella. Por no mencionar que no quería empezar nuestra relación con
Página

Arya pensando que estaba encadenado a ella porque tenía algo que perder. No es que
no lo tuviera. Pero ella era ese algo. No mi trabajo.
Arya negó con la cabeza. —Nicky siempre fue lo suficientemente bueno. Es en
Christian en quien no confío.
—Entonces déjame cambiar eso. —Elevé una ceja—. Hay más que puedo darte.
Mucho más. Y todo lo que tienes que darme a cambio es una cosa.
—¿Qué es eso?
—Una oportunidad.
—¿Por qué Christian? —La mirada en sus ojos era escalofriante mientras
cambiaba de tema—. ¿Por qué Miller?
—Cambié mi nombre legalmente antes de asistir a mi primer semestre en
Harvard. No quería que tu padre me encontrara. Sabía que me iba a vigilar. Nicholai
Ivanov no se presentó a ninguna universidad. Compró un billete de ida a Canadá y huyó.
Después de todo, en cuanto cumplimos los dieciocho años, se acabaron las retas, y él
sabía que tú podías buscarme y que yo podía buscarte.
Sus dientes se hundieron en el labio. Lo entendía. Después de todo, me buscó a
través del investigador privado de su padre. Y lo único que me impedía buscarla había
sido saber que no tenía nada que ofrecerle.
—Necesitaba desaparecer. Así que elegí uno de los apellidos más comunes en
Estados Unidos, Miller, y Christian, que es ampliamente uno de los nombres más
populares en el idioma inglés y que también traía a la mente el renacimiento, el bautizo
de otra identidad. Básicamente, hice todo lo posible para que tu padre nunca me
encontrara. El día en que Nicholai desapareció al otro lado de la frontera, nació un
desconocido.
Sacudió la cabeza y se dirigió a la puerta de entrada. Estaba a punto de irse. No
podía dejarla. No porque pudiera hacer que me inhabilitaran, ni porque mi asociación
estuviera en juego. Sino porque no estaba preparado para decirle adiós. No a ella. No a
los catorce años, y no a los treinta y dos.
—Arya, espera.
Se dio la vuelta de nuevo para mirarme. —Sabes, Nicky, lo primero que hice
cuando descubrí quién eras fue decírselo a Jillian. Fue más fuerte que yo. La venganza
se apoderó de mí. Necesitaba sentirme… imprudente. —Respiró con fuerza—. Pero no
podía, por mi vida, decirles a mis padres sobre ti. Apuntar a donde más te dolería. No
podía decirles la verdad. ¿No es eso triste? ¿Que odio a mi padre casi tanto como a ti? Y
también los quiero a los dos. Supongo que mi amor siempre estará bañado en odio,
haciendo que cada relación importante en mi vida sea agridulce. Pero quiero que sepas
que soy muy consciente del control que tengo sobre ti, y no creas ni por un segundo que
no lo usaré. Si te acercas a mí, por la razón que sea, me voy a asegurar de que el juez
López y los socios de tu bufete sepan de tu conexión con la familia Roth. Así como el
235

Colegio de Abogados del Estado de Nueva York. Así que asegúrate de mantenerte
alejado de mí, porque todo lo que se necesita es una llamada, un texto, una visita
injustificada, para que yo arruine tu vida. Y créeme, Christian, arruinaré tu vida sin
Página

siquiera pestañear.
Ella no diría nada.
No estaba seguro de si quería reír o gritar.
No creía que las posibilidades de que Arya mantuviera esto en secreto fueran
altas. Supongo que delatarme parecía lo más natural. Por eso me preocupaba más que
me perdonara a que revelara mi secreto. Cualquier otro hombre habría tomado lo que
ella ofrecía y se habría ido. Y tal vez yo fuera ese hombre hace dos meses. Pero hoy no
lo era, ni lo sería ningún día después.
—¿Así que dices que la próxima vez que me ponga en contacto contigo, harás
que me inhabiliten? —Lo reflexioné.
—Como mínimo.
—Muy bien. Gracias, Ari.
—Arde en el infierno, Nicky.
236
Página
28
Christian
Presente

No quería volar a Florida a mitad de semana. No tenía nada que ver con el
montón de trabajo que me esperaba en la oficina ni con los dos socios desconcertados
que no podían entender por qué mi primera medida había sido despedir a una de sus
asociadas más prometedoras. Sabía que Claire no intentaría sacar la carta del acoso
sexual contra mí, principalmente porque ambos éramos personas ultracautas y
calculadoras, y ella sabía que había guardado todos los mensajes que me envió en el
pasado en los que me rogaba que me acostara con ella. Llevarme a mí o a la empresa a
los tribunales detonaría la única cosa que Claire valoraba por encima de todo: su
orgullo.
Además, se lo había notificado a Recursos Humanos cuando empezamos.
No me gustaba la idea de irme de Nueva York sin las cosas resueltas entre Arya
y yo. Pero, como señalaron Arsène y Riggs cuando les conté mi conversación con Arya,
este tipo de cosas estaban fuera de su alcance, y yo necesitaba la opinión de una mujer
para saber hacia dónde me dirigía.
Alice Gudinski vivía en un extenso condominio en Palm Beach. Arsène, Riggs y
yo la visitábamos de vez en cuando, sobre todo durante las vacaciones, pero los últimos
dos años habían sido muy ajetreados en cuanto al trabajo, así que lo descuidé.
Hice una reserva para un restaurante de mariscos con vista al mar.
Por supuesto, también llegué diez minutos tarde, viniendo directamente del
237

aeropuerto.
Alice me esperaba en la terraza, que daba a la puesta de sol. Llevaba un kimono
Página

y acunaba un Bloody Mary del tamaño de un cubo de champán.


—Ah, mi juguete favorito sin beneficios. —Me besó las dos mejillas, luego la nariz
y la oreja. Alice parecía radiante y no pasaría como alguien mayor a los cuarenta años.
Para un extraño, no era descabellado que fuéramos pareja. Un elegante juguete cuya
novia millonaria le había comprado una pequeña oficina inmobiliaria en la playa. Solo
yo sabía que ella nunca tomaría un amante después de perder a Henry—. Te ves
decaído.
—Estás encantadora, como siempre. —Le di un beso en la coronilla antes de
ayudarla a sentarse y sentarme frente a ella. Una camarera se abalanzó hacia nosotros
con una copa de jerez, sin duda con instrucciones previas de la mandona Alice.
—Lástima que Arsène y Riggs no hayan podido venir. —Bebió un sorbo de su
Bloody Mary, con la puesta de sol anaranjada y rosada quemando el cielo como telón de
fondo.
—Riggs está ahora en Inglaterra, haciendo fotos para un artículo sobre ballenas
varadas, y Arsène dejó la civilización en algún momento después de su graduación
universitaria. Me temo que te conformarás conmigo.
—Tú eres mi favorito, de todos modos. Los otros dos son solo las piezas
secundarias. —Alice tomó otro sorbo, guiñando un ojo—. Pero tampoco sufres de
demasiado tiempo libre, lo que me lleva a creer que esto no es solo una llamada social.
¿En qué puedo ayudarte?
Vio a través de mis tonterías a cincuenta metros de distancia. Me pilló no ver a
Alice más a menudo. Y también me enfadó. Porque durante mis años en Andrew Dexter
y luego en Harvard, solía pasar todo el tiempo posible con ella. Fue mi salvavidas,
proporcionándome dirección y consejo, explicándome los entresijos de la alta sociedad.
Ayudándome a mezclarme con el resto.
—Tengo la intención de cambiar eso y asegurarme de que habrá muchas
llamadas sociales en el futuro para nosotros —le informé, haciendo un gesto para que
la camarera viniera a tomar nuestro pedido.
Alice sacudió la cabeza, riendo. —Oh, chico tonto. Ya he hecho el pedido por
nosotros. ¿De verdad crees que voy a dejar que un gamberro de Manhattan me diga cuál
es la pesca del día?
—Llevas menos de dos años en Palm Beach —señalé.
—Lo que sea. —Se acarició el pelo peinado—. En cualquier caso, ¿dónde
estábamos? Ah, sí. Estás en problemas. ¿Es Traurig o Cromwell? Apuesto a que es
Cromwell, ese viejo cabrón. Está sufriendo una seria envidia de la juventud.
El difunto esposo de Alice era un abogado corporativo, así que sabía un par de
cosas sobre la política de las empresas.
La comida llegó. Más concretamente, la mitad de las malditas criaturas del
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océano. Alice tenía un apetito saludable para una mujer de su físico.


—No se trata de trabajo. —Pinché una vieira nadando en aceite de oliva,
Página

mantequilla y orégano con el tenedor y me la llevé a la boca.


—¿Tu cartera de inversiones?
—No.
—¿Por fin vendes y te mudas a DUMBO7? Podrías sacar más partido a tu dinero
allí.
Sacudí la cabeza.
—Bueno, ¿qué es, entonces?
—Arya —dije—. Arya Roth.

Cuarenta minutos y cinco entradas después, Alice estaba al tanto de mi situación


con Arya. Sabía de Arya desde que yo tenía diecisiete años, pero no del reciente
desarrollo de nuestra historia.
Alice se sentó, tomando un cóctel afrutado, asintiendo con seriedad.
—En primer lugar, permíteme decir que no puedo creer que hayas tardado tanto
en encontrarla. —Sus ojos brillaron con alegría.
Fruncí el ceño. ¿No escuchó nada de lo que había dicho? —No la encontré. Fue
una casualidad.
—No existe la casualidad. Solo la intervención divina. Y estaba claro desde que
tenías diecisiete años que tu corazón pertenecía a esa chica, junto con el resto de tu
cuerpo. Vagaste sin rumbo durante mucho tiempo, pero, por desgracia, la gente,
especialmente los jóvenes, necesitan experimentar las cosas en carne y hueso para que
la idea acabe por calar.
Ignorando el hecho de que ella había sabido todo el tiempo algo que yo acababa
de descubrir este mes, mi amor por Arya, fui al grano. —¿Qué hago?
—Bueno —se rió Alice—, la cagaste.
—Lo sé —dije, perdiendo la paciencia.
—Espectacularmente.
—Si quisiera escuchar lo increíblemente inepto que soy como novio, podría
acudir a Arsène, a Riggs, o aún mejor… a la propia Arya. Vine porque necesito consejo.
¿Cómo le hago ver que nada más importa? Solo ella.
239

Alice esbozó una sonrisa cerrada que me indicó que la respuesta estaba dentro
de la pregunta. Parecía estar divirtiéndose viendo cómo me retorcía.
Página

—¿Qué? ¿Qué? —ladré.


—Repite tus palabras otra vez, por favor, Christian.
Fruncí el ceño. —¿Cómo le hago ver que nada más importa?

7 Acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass, es un barrio del distrito de Brooklyn

en Nueva York.
—Sí. —Aplaudió con entusiasmo—. Exactamente.
—Eso no es una respuesta —gemí—. ¿Qué tan borracha estás, mujer?
Chupó la cereza de su palito de buches. —La respuesta es sí otra vez.
Estaba a punto de llevarla de vuelta a casa y cuidarla para que volviera a estar
sobria hasta que obtuviera mi respuesta, cuando me di cuenta. El significado de su
sugerencia. Mis cejas se dispararon. Alice movió los hombros, emocionada porque por
fin lo entendía.
—¿Después de todo este tiempo? —gemí.
—Después de todo este tiempo.
—¿Segura que no hay otra manera?
—Acabas de tomar todo lo que esta chica tenía. El padre que adoraba y
consideraba como sus dos padres.
Abrí la boca para decir algo, pero me interrumpió. —Por favor, no me digas que
se lo merecía. Ya lo sé. Pero ella no, hasta que tú sacaste la verdad a la luz. Ahora se ve
obligada a mirar la imagen borrosa de su vida. A causa tuya. No suficiente con eso, le
mentiste. Le mentiste incluso después de acostarte con ella. Incluso cuando se armó de
valor para pedirte que no le mintieras. Así que sí, habrá que hacer sacrificios, y tendrán
que significar algo para ti. Si no pierdes nada, no puedes ganar nada, cariño.
Bajé la cabeza, levantando la mano con mi tarjeta de crédito para la camarera
cuando nos trajo la cuenta.
—Discúlpame, Alice, debo tomar un vuelo de vuelta a Manhattan para
autodespedirme.

—Si esto es algún tipo de broma, no lo entiendo; por favor, explícamelo. —


Traurig me miró como si hubiera irrumpido en su despacho con las dudosas prendas
de prostituta de Julia Roberts en Mujer Bonita. Cromwell se sentó a su lado, con cara de
piedra—. Primero despides a Claire sin nuestro consentimiento, sin siquiera
consultarnos, y ahora nos presentas tu renuncia.
—Ah, no te vendas tan mal, chaval. —Sonreí, sentándome al otro lado del
escritorio, sintiéndome perfectamente bien con el hecho de que fueran a raspar las
240

letras doradas de mi puerta después de poco menos de tres días—. Parece que lo has
entendido todo bien. Sí, has entendido bien. Renuncio. Con efecto inmediato.
Página

—Pero… ¿por qué? —balbuceó Traurig, lanzando los brazos al aire con abierta
exasperación.
—La lista es larga, pero te daré los puntos clave: Debería haber sido nombrado
socio hace tres años; estoy sobrecargado de trabajo e infravalorado; Cromwell es un
estúpido, sin ánimo de ofender, colega —le guiñé un ojo a un Cromwell que se estaba
poniendo blanco antes de volver a mirar a Traurig—, y tú no eres mucho mejor. Me
hiciste pasar por el aro y disfrutaste viéndome sudar por eso. Y durante un tiempo,
seguí tus reglas. Hasta que dejó de valer la pena. Lo que ocurrió aproximadamente —
miré mi reloj de pulsera—, hace tres días.
—Estás tirando toda tu carrera a la basura —advirtió Traurig.
—Te dije que el chico era problemático desde el principio —escupió Cromwell,
desviando los ojos en dirección a Traurig, moviendo la mano como si estuviera
conjurando a un espíritu—. Está abandonando el barco y se va a otro lugar. ¿Adónde,
chico? Dínoslo ahora. —Cromwell puso el dedo índice sobre la mesa entre nosotros,
como si le debiera algo.
Bostecé. ¿Cuándo fue la última vez que dejé de lado mis modales y me comporté
como el granuja de Hunts Point que era? Apuesto a que hace casi dos décadas. Sin
embargo, me sentí bien.
—Aunque tuviera otro trabajo esperando, serías la última persona a la que
respondería, Cromwell. Me has estado tomando el pelo desde el primer día, y apenas
vienes a la oficina. Me alegraría verte ensuciarte un poco las manos con algún trabajo
de verdad, ahora que me voy.
Me levanté y me dirigí a la puerta.
—Volveremos a contratar a Claire. Para que lo sepas —dijo Traurig a mis
espaldas. Me detuve. Me di la vuelta. Vi la sonrisa de comemierda en su cara—. ¿Es eso?
—preguntó—. ¿Tuviste una aventura con la pequeña y linda cosa, y se salió de control?
¿Ahora estás cortando tus pérdidas en caso de que venga a por ti? ¿Abofeteándote con
una demanda de acoso sexual de su parte?
Estaba tan fuera de lugar que me costó todo lo que tenía para no reírme.
—La señorita Lesavoy fue despedida porque traicionó mi confianza profesional
y personal. Si quiere una rata en su empresa, que supongo que sí, ya que ambos son
roedores, le recomiendo encarecidamente que le vuelva a ofrecer el puesto.
Con eso, les cerré la puerta en las narices.
Y maldita sea, se sintió bien.
241

Aquella tarde esperé a Arya fuera de su edificio de oficinas. Al no estar


Página

acostumbrado a actuar como un cachorro ni a sentirme como tal, mi ego recibió su


primer moratón en años.
Bien, fue más un corte que un moretón.
Está bien. Mi ego fue completamente decapitado. El imbécil se lo merecía. Me
había metido en muchos problemas a lo largo de los años.
—¿Debo recordarte que voy a hacer que te inhabiliten si no me dejas en paz? —
se quejó Arya nada más salir por la puerta, saltándose las galanterías. Llevaba una falda
lápiz de cuero rojo combinada con una elegante blusa blanca y parecía el cielo en la
tierra. Era una maravilla cómo la había dejado salir de mi cama en primer lugar.
La alcancé fácilmente mientras se dirigía al metro. —Inhabilítame —dije con
rotundidad, rozando mi hombro con el suyo.
Hizo un sonido de exasperación, sacudiendo la cabeza. —Déjame en paz.
—¿Han hablado tus padres contigo desde el juicio? —pregunté.
Otro gesto de enfado. —Como si te importara.
Le puse una mano en el hombro. Se detuvo y se giró bruscamente para mirarme,
apartando mi mano, con fuego en los ojos.
—Sí. —Me golpeé el pecho con el dedo—. Me importa. Todos los días intento
hablar contigo. Así que no me digas que no me importa, Arya, cuando es muy posible
que sea el único imbécil que lo hace en tu vida.
—No quiero que te importe. —Su voz se quebró—. Esa es la cuestión. Te he dicho
que haré que te inhabiliten si no me dejas en paz porque ninguna parte de mí te quiere
en mi vida.
—¿Ninguna parte? —repetí.
Negó con la cabeza. —Ninguna en absoluto.
—Mentirosa. —Di un paso adelante, ahuecando sus mejillas en mis manos—.
Renuncié.
Sus ojos verdes se abrieron de par en par y se apoderaron de su rostro. —
¿Renunciaste? —repitió.
—Sí. —Apoyé mi frente contra la suya, aspirándola por un segundo—. Renuncié
a la asociación. Les dije que se fueran a la mierda. Pero no antes de despedir a Claire
por lo que nos hizo. Puede que sea un huérfano bastardo, pero cariño, tú también lo
eres. Ojalá no lo fueras. Desearía que tus padres hubieran estado ahí para ti de la
manera que te mereces. Pero aquí estoy yo, y voy a hacer lo posible por ser suficiente.
Y entonces simplemente salió. Salió de mí.
—Te amo, Arya Roth. Te he amado todo el tiempo. Desde aquel primer día en el
cementerio, cuando éramos niños. Cuando todo lo que nos rodeaba estaba muerto, y tú
242

estabas tan viva que quería tragarte entera. Cuando pusiste esa pequeña piedra en la
tumba de Aaron para que supiera que ibas a visitarlo. Te amé ese día, por tu corazón, y
Página

cada día después. Nunca dejé de amarte. Incluso cuando te odiaba. Especialmente
cuando te odiaba, es más. Era agonizante, pensar que te habías olvidado de mí. ¿Porque
Arya? No ha habido un minuto en mi vida en el que no haya pensado en ti.
Hubo un momento, una fracción de él, al menos, en el que pensé que iba a ceder.
Que finalmente cedería a esta cosa entre nosotros. Pero entonces dio un paso atrás,
reajustando la correa de su bandolera, con la cabeza levantada desafiantemente. —Lo
siento.
—¿Por qué?
—Por ser en parte responsable de tu decisión de renunciar. Porque eso no
cambia nada.
No era parcialmente responsable. Era totalmente responsable. Pero no tenía
sentido señalarlo, porque ahora que lo había dejado, sabía que debería haberlo hecho
hace años. Independientemente de ella. Cuando haces algo bien, lo sientes en tus
huesos.
—Sí, así es. —Sonreí—. Cambia una cosa fundamental, Arya.
—¿Y eso es?
—Ahora puedo perseguirte todo lo que quiera. Porque el caso de tu padre
significa una mierda para mí, y sabes muy bien que no me importa mucho que me
inhabiliten, ya que acabo de renunciar. Está en marcha, Ari. Te ganaré.
—No soy un premio.
Me di la vuelta y me alejé. —No, no lo eres. Lo eres todo.
243
Página
29
Arya
Presente

Mientras la ciudad se deslizaba hacia una colorida primavera, en el ático de mis


padres se formaba un enorme agujero negro.
No entró ni salió ninguna palabra. Los Roth se habían desvanecido, desaparecido
de la faz de la tierra.
A mi madre la frecuenté repetidamente. Me sentí obligada a cuidarla, ahora que
sabía que mi padre había abusado emocionalmente de ella. Era imposible localizarla
por teléfono, correo electrónico o mensajes de texto. En cuanto a mi padre, no volví a
intentar contactarlo después de la retahíla de mensajes de texto mordaces que me dejó
el día que lo condenaron. Su capacidad para cancelar sus emociones hacia mí como si
se tratara de una suscripción a un servicio de streaming demostró que dichos
sentimientos nunca existieron realmente.
Así, tras siete días de silencio absoluto, me dirigí al ático de Park Avenue.
Mientras subía en el ascensor hasta el último piso, un tirón de preocupación me demolió
del estómago. Me di cuenta de que tal vez ya no estuvieran allí. ¿Y si se mudaron? Mis
padres eran los dueños de la propiedad, pero no podía ser que la conservaran con la
cantidad de dinero que tenían que pagar tras perder el caso. No tenía ni idea de cuáles
eran las estipulaciones. Cuánto tiempo tenían para conseguir el dinero. Supongo que
Christian podría haberme dado respuestas a todas estas preguntas, pero no pude
preguntarle. No podía establecer ningún contacto con él. Mis defensas ya estaban
gastadas, mi núcleo mental en carne viva.
244

Tras salir del ascensor, llamé a la puerta que conducía a la casa de mi infancia.
No sabía por qué, pero por alguna razón, hice el golpe secreto que papá y yo usábamos
Página

cuando era niña.


Un golpe, ritmo, cinco golpes, ritmo, dos golpes.
Hubo silencio del otro lado. Tal vez no estaban. Podría llamar a una de las amigas
del club de campo de mi madre y preguntar si les habían dado una nueva dirección.
Estaba a punto de darme la vuelta y marcharme cuando lo oí, procedente del otro lado
de la barrera de madera que nos separaba.
Un golpe, ritmo, cinco golpes, ritmo, dos golpes.
Conrad.
Me quedé helada, deseando que mis pies se movieran. Los traidores habían
echado raíces en el suelo de mármol, negándose a cooperar. El suave chasquido del
cerrojo al abrirse sonó a mis espaldas. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
La puerta se abrió.
—Ari. Mi cielo.
Su voz era tan almibarada, tan plácida. Me transportó a mi infancia. A jugar al
tres en raya frente a una piscina en Saint-Tropez. A él haciendo un mal trabajo de
trenzado, haciendo que mi pelo pareciera que me había electrocutado. A nosotros
riéndonos de ello. Los recuerdos fluían como un río dentro de mí, y no podía detenerlos,
por mucho que lo intentara.
Papá rodeándome con un brazo, besándome la cabeza, diciéndome que todo iría
bien. Que no necesitábamos a mamá. Que formábamos un gran equipo por nuestra cuenta.
Papá bailando conmigo “Girls Just Want to Have Fun”.
Papá asegurándome que podría entrar en cualquier universidad que quisiera.
Papá comprando un bate de béisbol cuando cumplí dieciséis años y me puse guapa
de la noche a la mañana, porque “nunca se sabe”.
Migajas de felicidad, esparcidas en una vida de dolor y anhelo.
—Arya, por favor, mírame.
Giré sobre mis talones, mirándolo fijamente. Había tantas cosas que quería decir,
pero las palabras se marchitaban en mi garganta. Finalmente, logré decir la única cosa
que había ardido en mí desde que esta pesadilla dio inicio.
—Nunca te perdonaré.
No más estar en el lado equivocado de la historia.
Le hice eso a Nicky. No lo volvería a hacer.
Mi padre bajó la cabeza. Toda la rabia y la ira que habían ardido en su interior
habían desaparecido ahora. Parecía derrotado. Encogido. Una sombra de su antiguo ser.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté—. ¿Por qué?
245

Como mujer que se movía en círculos corporativos, siempre me había


preguntado qué hacía que los hombres se sintieran invencibles. No era que hombres
más grandes y poderosos que ellos no hubieran sido atrapados. Parecía una tontería
Página

pensar que no te pasaría a ti. La verdad tenía una forma de pillarte con los pantalones
bajados. En el caso de mi padre, también literalmente.
—¿Entras? —Su cara se torció, suplicante. Negué con la cabeza.
Dejó escapar un suspiro, dejando caer la cabeza sobre el pecho.
—Me sentía solo. Muy solo. No sé cuánto te ha confiado tu madre. Me he dado
cuenta de que las dos se han acercado en las últimas semanas…
—No. No te atrevas a intentar manipularme. Responde a mi pregunta.
—No estoy rehuyendo la responsabilidad sobre lo que pasó en nuestro
matrimonio. Ambos hicimos cosas terribles el uno al otro después de la muerte de
Aaron. Pero la verdad es que no tenía una esposa en todos los aspectos que importaban.
Así que empecé a buscar cosas en otra parte.
—Al principio, era solo sexo. Siempre consentido. Siempre con mujeres que
conocía del trabajo. Era joven, guapo y estaba ascendiendo en mi carrera. Llevar a cabo
aventuras cortas no era difícil. Pero luego mis necesidades se ampliaron. También
quería apoyo emocional. Y una vez que buscas apoyo emocional, se espera que lo des
también. Eso es lo que pasó con Ruslana. Ella quería el cuento de hadas, y yo quería
tener la falsa sensación de volver a casa con alguien cada día. Alguien que me frotara
los pies, calentara mi cama y me escuchara. Tú me tenías a mí, y yo tenía a Ruslana.
—Le dijiste que dejarías a mamá por ella.
Me miró, sonriendo con tristeza. —Le dije todo lo que tenía que decir para
retenerla. Y cuando me di cuenta de que iba a ir a decírselo a tu madre, perdí la cabeza.
Todavía quiero a tu madre. Siempre la he querido.
Solo que tienes una extraña manera de demostrarlo.
—Ruslana murió muy inesperadamente.
Debía tener cuidado con lo que le decía. Él no sabía que Christian era Nicky o que
yo vi el certificado de defunción. No importaba lo que sintiera por la traición de Nicky,
nunca iba a entregárselo en bandeja de plata a Conrad. No sería capaz de vivir conmigo
misma.
—Sí, lo hizo.
—Algunos dirían que parece un accidente planeado —pinché.
Los ojos de mi padre se agrandaron y sus pobladas cejas se fruncieron. —No, no.
Ruslana se lo hizo ella misma. Tenía muchos problemas económicos. No tuve nada que
ver con su muerte. Lo juro.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que decidió dejar el trabajo al azar y mudarse a
Alaska? ¿Qué fue todo eso? —No lo dejé pasar.
Mi padre se erizó. —Sí, de acuerdo. Es cierto. Sabía que se había suicidado en
246

algún momento, pero no quería que tú lo supieras. No quería hacerte daño. Ya me sentía
bastante mal por lo que le pasó a ella sin la carga de saber que tu corazón también
estaría roto.
Página

—¿Y Amanda Gispen? ¿Las fotos de la polla? ¿Todo eso?


Expulsó aire, cerrando los ojos, como si se preparara para lo peor.
—En algún momento de mi aventura con Ruslana, empezamos a tener…
problemas. Problemas relacionados con Beatrice. Quería dejar claras las cosas. Que ella
no era la única. Que había otras. Que no tenía derecho a pedir todas esas cosas que me
pedía. Empecé a buscar otras mujeres. A tener aventuras. Pero no fue tan fácil. No era
el mismo joven que cuando eras una niña. Había otros ejecutivos de fondos de inversión,
más atractivos, y más dispuestos a derrochar, poniendo a sus amantes en bonitos
apartamentos, entregándoles sus tarjetas Amex cuando las enviaban a la Riviera
francesa. Yo no era uno de esos hombres. Amanda fue mi último error. Pero estas otras
mujeres… todas me dieron señales contradictorias, Arya, lo juro. Se reían un día y
actuaban con frialdad el otro. No sabía qué hacer con ellas. Me volví arrogante. Pensé
que si seguía insistiendo, cederían.
—Los acosaste —dije en voz baja, con las lágrimas corriendo por mis mejillas.
Me había prometido no llorar. Pero esto tenía la anatomía del adiós. Era definitivo y
doloroso y limpiador e insoportable. Me calaba hasta los huesos el simple hecho de
mirarlo.
—Sí —dijo Conrad, pareciéndose mucho a aquel hombre de expresión pálida y
sudorosa que vi en los Cloisters poco antes de que todo se desencadenara—. Había
mucha presión para estar ahí por ti. Para mantener a tu madre a raya. Necesitaba una
salida. —Esta fue la forma en que lo construyó en su mente enferma. Que tenía que
mantener a mi madre a raya y ser mis dos padres, por lo que tenía derecho a abusar de
los demás. Continuó—: Y cuando lo descubriste… bueno, fue demasiado. Eras la única
persona que siempre me admiraba y la única mujer que realmente me importaba. No
quería que fueras testigo de todo lo que hacía. Te alejé. El abogado de Amanda fue una
gran excusa.
—Él no tuvo nada que ver con esto —dije acaloradamente. Me pregunté si habría
un momento en el que no defendería a Nicky como si mi propia vida dependiera de ello.
Mi padre sonrió. —Cariño, lo sé.
—¿Saber qué? —Mi pulso se aceleró, mi corazón subió hasta mi garganta.
—Quién es Christian.
—No sé de qué estás hablando. —Endurecí mi columna vertebral.
—Mi investigador privado, Dave, lo descubrió poco después de que empezara el
juicio. Había algo en él. Un hambre que reconocí. Esos malditos ojos azules.
—Eso no tiene sentido —dije—. No dejabas de preguntar qué le hacía actuar
como lo hacía.
Conrad se encogió de hombros. —Dejé de hacerlo en cuanto Dave volvió con la
247

información.
—Pero… pero… si lo sabías, podrías haber…
Página

Miró hacia otro lado, al suelo. —¿Y luego qué, Arya? Nicholai sería descalificado,
inhabilitado, y su historia saldría a la luz. La historia en la que arruiné su vida, detallada
y con fecha. Se habría visto aún peor para mí. Él era solo otra víctima mía. Amanda y el
resto habrían conseguido otro abogado, y yo seguiría siendo declarado culpable. Todos
los caminos llevaban al mismo destino. Y hay que decir —sonrió sardónicamente—, que
aprecié que cerrara el círculo. Hizo bien, ese chico. Si yo caía, quería hacerlo con estilo,
y él lo hizo. Por eso les dije a Terrance y a Louie que no presentaran una apelación.
—Querías arruinarle la vida —repetí, estupefacta. Incluso en nuestro peor
momento, el año siguiente a lo que le hizo a Nicky, pensé que mi padre tenía problemas
de control de la ira, no que fuera malicioso—. ¿Por qué?
—Porque tocó la única cosa pura que tenía en mi vida —dijo simplemente—. Tú.
—No puedes decírselo a nadie —advertí, sintiendo arder cada nervio de mi
cuerpo mientras daba un paso hacia él—. ¿Me oyes? A nadie. Prométemelo. Promételo.
Me miró fijamente. —Nunca dejaste de amarlo, ¿verdad?
No. Ni siquiera por un momento.
Di un paso atrás, recomponiéndome. Pero él lo sabía. En ese momento, lo supo.
Apoyó su frente en el marco de la puerta. Detrás de él, pude ver que el apartamento
estaba solo a medio amueblar. Alguien debía haber sacado la mayoría de las cosas.
Esperé a sentir el pellizco en mi corazón, pero la verdad era que la casa nunca había
sido un lugar para mí. Era una impresión. Un sentimiento que solo había sentido con mi
padre antes de lo que había pasado, y con Nicky.
—¿Me perdonarás alguna vez? —Tenía los ojos cerrados mientras hablaba
contra el marco de la puerta.
—No —dije simplemente—. Te llevaste a la única persona que amaba más que a
nadie en el mundo, y lo arruinaste para mí. Tienes que dejar la ciudad. Es lo mejor.
—Así será. —Me hizo un pequeño gesto con la cabeza—. La próxima semana.
No pregunté a dónde. No quería saberlo. No confiaba en mí misma para no volver
a contactarlo.
—Adiós, papá.
—Adiós, cariño. Cuídate y cuida de tu madre.

—Nunca me va a contestar, ¿verdad? —Golpeé mi teléfono contra el escritorio,


248

conteniendo a duras penas mi rabia—. Es absolutamente propio de ella desaparecer


después de que el barco se haya hundido. Un clásico de Beatrice Roth para ti. Me
pregunto qué hará, ahora que no tiene el ático y los fondos. Es demasiado vieja para
Página

conseguir un sugar daddy.


Jillian me miró por encima del borde de su taza de té, y su mirada mordaz me
dijo que había olvidado arropar a mi loca esta mañana. Me habían dicho que lo que los
demás pensaran de ti dejaba de importarte una mierda cuando cumplías los cuarenta.
Tal vez me adelanté, porque simplemente no me importaba.
—¿Has considerado que quizás no quiera que arregles sus problemas esta vez?
—sugirió—. Sabe que si te respondiera, entrarías en modo de control de daños y lo
arreglarías todo. Quiero decir, siempre fuiste la adulta en esa relación.
—Ni siquiera tuve una relación con ella hasta hace un mes y medio. —Me levanté
y empecé a meter cosas en mi bolso. Eran las siete y media, y ya había hecho esperar a
Christian bastante tiempo fuera de mi edificio. Ahora venía a verme todos los días.
—Sí, es cierto, pero mi opinión es que nunca han tenido una relación porque la
intimidabas y ella te daba asco —explicó Jilly, dirigiéndose a la cocina para servirse más
té—. Así que mi sentir es que resurgirá cuando esté preparada, y cuando tenga un plan.
—Nunca va a tener un plan. —Me eché el bolso al hombro—. Ha ido de crucero
por la vida, contando con mi padre para arreglar todos sus problemas.
Jillian sonrió, añadiendo una cucharadita de azúcar a la taza de té antigua que le
regalé por Pascua en una tienda de segunda mano. El aroma de la menta llenaba el aire.
—Ya lo veremos, ¿no?
—Parece que sabes algo que yo. —Entrecerré los ojos.
Jillian se rió. —Sé muchas cosas que tú no sabes. Permíteme empezar señalando
la más importante: no es solo tu madre la que te preocupa. Estás petrificada por
Christian, o Nicky, o como quieras llamarlo hoy. Te has atrincherado en la oficina todos
los días hasta las ocho desde que descubriste que te esperaba cada noche.
—Es un comportamiento de acosador. —Me acerqué a la puerta para dejar
constancia de ello—. Estoy tratando de disuadirlo.
—Estás tan profundamente enamorada del tipo que me avergüenzo por tu alma.
¿Por qué no le das una oportunidad?
¿Cómo pudimos pasar del tema de mi madre a esto? Puse los ojos en blanco,
sacando el brillo de labios del bolso y aplicándolo distraídamente. —Porque nunca
volveré a confiar en ese hombre, así que realmente no tiene sentido.
—Sigue diciéndote eso, cariño. —Se acercó a darme una palmadita en el brazo
de vuelta a su escritorio.
Fruncí el ceño. —¿Qué estás haciendo aquí, de todos modos? Al menos yo he
tenido una razón para quedarme hasta tarde estos últimos días, pero tú no. —Hice una
pausa—. ¿O sí? —Sonreí.
249

Jillian volvió a su asiento, cogió una pinza de pelo y la lanzó en mi dirección. —


¡Vete ya!
Esquivé la pinza, riendo. —¿Cómo se llama?
Página

—¡Fuera!
Me volví a enderezar. —Hmm. Fuera. Suena bonito y excéntrico. ¿Sus padres son
ecologistas? No sé, me gustan más Woods o Leaf.
—Te juro por Dios, Arya… —Me hizo un gesto con el dedo—. Por cierto,
recuerdas nuestra reunión de mañana, ¿verdad? ¿Con la mujer de Miami? ¿A las nueve
y media?
—Sí. —Hice una mueca—. Todavía no estoy segura de cómo podemos ayudarla.
Su idea de negocio parece sólida, pero aún no ha constituido la empresa.
Luego salí por la puerta, riendo de camino a otro encuentro con Nicky.

Solo que él no estaba allí.


Por primera vez en una semana, Nicky no asediaba mi oficina.
La decepción me inundó. Odiaba los efectos secundarios de no verlo allí. Las
rodillas débiles, la forma en que mi corazón caía y mis hombros se hundían. Me obligué
a ponerme en pie y me dirigí al metro, dibujando una sonrisa desquiciada en mi rostro.
Esto demostraba que Nicky no era de fiar. Había renunciado a mí en menos de una
semana.
Pero bueno, lo reprendiste y le pediste que no volviera a buscarte, razonó una voz
en mi interior. Numerosas veces, de hecho. Además, te pusiste como una perra cuando te
señaló que renunció su trabajo por ti.
Lógicamente, sabía que no tenía derecho a enfadarme con él por no esperar en
la puerta de mi despacho durante tres horas. Y también lógicamente, era cierto que no
tenía que dejar su trabajo. Podía seguir con su vida, con la seguridad de que yo no lo
entregaría a las autoridades. Eligió arrepentirse de su engaño. Pero tal vez mi problema
no era confiar en Nicky. Tal vez mi problema era confiar en mí misma. Después de todo,
él era el colmo de todo. El amor deseable, definitivo, no correspondido. Lo había sido
durante muchos años.
Tal vez simplemente no quería entregar lo que quedaba de mi corazón al hombre
que lo robó hace casi dos décadas y nunca lo devolvió.
Pasé el viaje en tren dándole vueltas a la situación de Nicky. El niño que había
sido. El hombre que era hoy. Cuando llegué a mi edificio, vi una figura merodeando en
la escalera. Se me aceleró el pulso.
Él está aquí.
Mis pies se movieron más rápido. Pero al acercarme, me di cuenta de que no
250

podía ser él. La persona que esperaba fuera era demasiado bajita, demasiado delgada.
Mi paso disminuyó hasta que me detuve por completo.
Página

—¿Mamá?
La figura giró la cabeza y me miró.
Parecía agotada, tres kilos más delgada, pero todavía muy arreglada. Se dio una
palmadita para limpiarse de la suciedad invisible, como si su mera presencia en un
código postal que no fuera Park Avenue la ensuciara.
—Hola, cariño —dijo alegremente, con su sonrisa de plástico inamovible—.
Siento no haberte llamado. Tenía algunas cosas que atender. ¿Es un mal momento?
Puedo volver mañana si quieres.
Sacudí la cabeza lentamente. —No. Ahora mismo está bien. Sube.
Me quité los tacones y tiré las llaves en el feo cuenco que tenía junto a la puerta
al llegar, dándome cuenta de que era la primera vez que mi madre venía a mi
apartamento. Encendí la cafetera y saqué dos tazas.
—Toma asiento. ¿Cómo has estado? —pregunté, tratando de mantener la ira
fuera de mi voz. Lo había vuelto a hacer. Abandonarme. Después de unas semanas en
las que realmente se parecía a una madre, aunque de lejos y solo si entrecerrabas los
ojos para enfocarlo bien, se había largado. Otra vez. Debería haberlo sabido. Debería
haberlo esperado. Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Beatrice se sentó en el borde de mi sofá de terciopelo verde de Anthropologie,
ocupando el menor espacio posible. —Bien. Todo considerado, por supuesto.
—¿Café está bien?
—Oh, simplemente encantador, gracias.
—¿Crema? ¿Azúcar? —pregunté. Era una locura que no supiera una cosa tan
trivial de mi madre.
—No lo sé —dijo pensativa—. No suelo tomar café. Solo pon lo que normalmente
haces en tu café. Seguro que me gustará.
Puse dos cucharadas de azúcar y más crema en su taza. Tenía la sensación de que
necesitaba las calorías extra. Llevé los dos cafés al salón y me senté en un sillón
reclinable frente a ella. Tomó un sorbo con cuidado. Me encontré observándola
atentamente. Su rostro se relajó tras el primer sorbo. Quizá pensó que la había
envenenado.
Y si esto fuera hace diez años, tal vez lo hubiera hecho.
—Está realmente bueno.
—El café es el néctar de los noventeros. —Me senté—. Entonces, ¿por qué estás
aquí?
Mi madre dejó su taza sobre la mesa de café, volviéndose hacia mí
251

completamente. —Hay una razón por la que no he atendido ninguna de tus llamadas,
Arya. Hablé con tu amiga, Jillian, sobre ello, pero le pedí que no te lo dijera.
Página

Casi se me cae el café de golpe. No era normal que mi madre se involucrara con
ninguno de mis amigos. De hecho, no tenía ni idea de que estuviera al tanto de la
existencia de Jillian. Mamá se lamió los labios rápidamente, sus palabras eran medidas
y bien ensayadas. —He estado pensando mucho últimamente. Sé que no he sido la
mejor madre. O cualquier tipo de madre. Asumo toda la responsabilidad por ello. Pero
cuando las cosas con Conrad empezaron a desbaratarse, lo último que quería era
convertirme en una carga para ti, además de perder todo lo que tenía. Así que... bueno,
me conseguí un trabajo.
Mis ojos casi se salen de sus órbitas. —¿Vas a empezar a trabajar para nosotras?
Mi madre negó con la cabeza, riendo. —¿Ves? Por eso mismo quería un tiempo
para recomponerme. No. No voy a aceptar un puesto en Brand Brigade. He encontrado
un trabajo independiente. Bueno, más o menos. —Arrugó la nariz—. ¡Estás viendo a la
nueva asistente administrativa y de marketing de mi club de campo! Por supuesto, un
club de campo que ya no puedo pagar, pero la oferta es estupenda y el seguro médico
es bastante bueno, o eso me han dicho.
Una extraña sensación me invadió. Como si estuviera bajo el agua caliente.
Euforia. Orgullo. Y esperanza. Mucha esperanza.
—Mamá. —Alcancé a tomar su mano, apretándola—. Es increíble. Me alegro
mucho por ti.
Sus ojos brillaron y asintió con la cabeza, tomando otro sorbo de su café. —Sí, y
eso no es todo. Ayer solicité el divorcio. Se acabó, Arya. Dejo a tu padre, y él se muda a
New Hampshire a vivir con su hermana y su marido.
—¡Oh, mamá! —Me arrojé sobre ella, enterrando mi cara en su hombro. Tardé
unos segundos en darme cuenta de que estaba sentada en su regazo. Yo pesaba unos
dos kilos más que ella en ese momento.
Pero cuando intenté levantarme, me tiró al suelo y me cogió la cara con las dos
manos. Las lágrimas cayeron por mis mejillas. No pude evitarlo. Seguían saliendo. Pero
se sentían bien. Limpio.
—Lo siento mucho, Arya. Todo este tiempo te he ignorado. Te he pasado por alto.
Me he dado excusas. Que tú y él se tenían el uno al otro. Que solo me interponía en tu
camino. Todo eso se acabó, ahora. Tengo un nuevo apartamento, un nuevo trabajo, una
nueva vida. Sé que es tarde, pero espero que no sea demasiado tarde para ser tu madre.
Sacudí la cabeza bruscamente. —No. No. —Resoplé, empujando mi cabeza
contra su hombro de nuevo—. No vuelvas a hacer eso. Eso de desaparecer durante días
y semanas. Aunque me digas cosas que no quiero oír. Aunque sea para decirme que me
aleje y no me meta en tus asuntos. Críame, madre.
—Lo haré, cariño. Lo haré.
252
Página
30
Arya
Presente

A la mañana siguiente, me sacudí la muñeca y miré el reloj, reacomodando la


falda sobre mis muslos por millonésima vez. Eran las diez y media, y estaba a punto de
levantarme y salir del restaurante donde había quedado con la posible cliente y con
Jillian.
El hecho de que la clienta no hubiera venido ya era bastante malo. Era una falta
de profesionalidad. Pero lo que me irritaba era que Jillian no apareciera. Ni siquiera
respondió a ninguna de mis llamadas. Solo me envió un mensaje rápido diciendo que
había surgido algo y que le encantaría escuchar todo sobre la reunión cuando fuera a la
oficina después.
Tenemos que embolsar a esta, Ari. Tiene mucho dinero.
Bueno, bolsillos pesados o no, esta mujer no aparecía.
Estaba haciendo señas al camarero para que me trajera la cuenta cuando la Sra.
Goodie finalmente hizo su gran entrada. Más bien irrumpió en el pequeño restaurante
en una explosión de colores y risas. Hablaba por teléfono y le hizo señas a la camarera
para que se fuera cuando intentó preguntarle si se iba a unir a una fiesta o si necesitaba
una mesa.
Era, a falta de una mejor descripción, Technicolor humana.
—… tengo que irme, cariño. Deberíamos ponernos al día mientras estoy en la
ciudad. Totalmente. Ups, aquí está mi cita para la mañana. —La Sra. Goodie me saludó
253

con las puntas de las uñas, sonriendo alegremente—. Tengo que correr. Sí. Mañana
suena bien. Haré que mi asistente social hable con el tuyo. No puedo esperar a verte.
Página

¡Muah!
Se dejó caer en el asiento frente a mí, suspirando mientras cogía mi vaso de agua
y se lo bebía todo de un trago. —Como si fuera a volver a ver a esa zorra de dos caras.
¿Te lo puedes creer? He dejado de intentar comprender por qué la gente que me odia
busca mi compañía. La línea entre el amor y el odio es muy fina, pero no hay necesidad
de cruzarla.
La miré sin comprender.
—¡Oh! —Se rió, sacudiendo la cabeza mientras le hacía señas al camarero. Estaba
bastante segura de que le había lanzado un beso a un completo azar—. Llegué tarde,
¿no? Mis disculpas. Olvidé lo malo que es el tráfico en la ciudad.
—No hay problema —dije con suavidad, recordando que había metido la pata en
varios tratos estos últimos meses y que le debía esta cuenta a Jillian.
El camarero llegó con la cuenta, y la señora Goodie lo regañó. —¡Por qué, ni
siquiera he tomado su platillo de pastelería! Tráigalo inmediatamente. Es lo mejor que
ofrece esta ciudad. Y café. Mucho café. ¡Café irlandés! Son las cinco en algún lugar.
—En San Petersburgo —le proporcioné amablemente, suponiendo que ella haría
lo que quisiera de todos modos, incluyendo emborracharse a primera hora de la
mañana. Me puse la servilleta sobre el regazo, poniéndome cómoda.
La señora Goodie ladeó la cabeza y sonrió. —Eres una cerebrito —observó.
—No sé nada de eso, pero me gusta pensar que soy muy culta.
—No me extraña que esté tan loco por ti —murmuró, tirando de su colorido
vestido de playa para refrescarse del viaje hasta aquí.
Fruncí el ceño. —¿Lo siento, señora Goodie?
—Por favor, llámame Alice. —Se rió, dándome una palmadita en la mano al otro
lado de la mesa—. Y no es Goodie. Es Gudinski.
El último nombre me sonaba, pero no podía precisarlo. —¿Qué quiere decir con
“está loco por ti”? ¿Quién lo está?
La tierra se inclinó debajo de mí en ese momento. Aspiré una bocanada de aire.
Una extraña combinación de celos, furia y gratitud me llenó. Esta última, sospeché, era
simplemente porque estaba sentada frente a una persona cercana a Nicky. Alice debió
ver la guerra que se libraba en mi interior por la expresión de mi cara, porque soltó una
carcajada fuerte y poco femenina, y de repente, supe exactamente lo que Nicky vio en
esta mujer.
—Oh, bendito sea tu corazoncito, Arya, no te asustes. No muerdo. Christian me
dijo que quizá no aceptarías verme si sabías quién era, así que Jillian y yo tuvimos que
darte un pequeño empujón. —Me guiñó un ojo, regando el gesto con un movimiento de
hombros.
254

—¿Y aún así pensó que sería una buena idea? —Podría matar a Jillian por la
forma en que había maquinado a mis espaldas dos veces seguidas esta semana.
Página

Alice me dedicó una sonrisa amable. —Absolutamente. Yo misma era una mujer
bastante testaruda cuando tenía tu edad, pero mi difunto marido me hizo caer. Me
alegro mucho de que lo hiciera, porque si no, no estaría aquí, cenando en un restaurante
elegante de Nueva York a media mañana.
—Siento que lo haya perdido. —Bajé la voz.
Ella se sacudió su (fantástico) pelo. Hace unos años, habría mirado a esta mujer
y habría pensado: quiero que sea mi madre. Ahora, después de todo lo que Beatrice y yo
habíamos pasado, solo quería a alguien como Alice como amiga.
—Sabes, solo después de perderlo me di cuenta de lo agradecida que estoy por
todo lo que tuve. Puso todo en perspectiva. La vida es incierta, Arya. El amor no lo es. El
amor es el hormigón bajo tus pies. Es el ancla cuando estás en el ojo de la tormenta.
Desechar el amor por unas cuantas complicaciones es inaudito. Esto es lo que he venido
a decirte, en realidad.
Cogió mi mano y la estrechó con firmeza. —Cuando me enteré de lo tuyo con
Nicky, no podía quedarme de brazos cruzados y dejar que perdieran la oportunidad de
volver a amar. Quiero que sepas que él te ama. Siempre te ha amado. Odiaba amarte,
pero lo hacía de todos modos, porque era más fuerte que él. A lo largo de los años, he
visto cómo luchaba contra ello. Mientras batallaba por entender por qué no podía
enamorarse de nadie más. Tu nombre siempre salía a relucir. Cada vez. Pensaba que lo
habías marcado. Pero la verdad es que nunca saliste de su mente. Su corazón. Lo
conoces, Arya. —Habló suavemente, bajando la voz—. Tú sabes mejor que yo qué clase
de persona es. Ha cometido algunos errores, claro, el mayor de ellos no haberte dicho
quién era. Pero también daría el mundo por una segunda oportunidad contigo. Por
favor, reconsidéralo.
Abrí la boca para decirle que ya lo había pensado. Que quería a Nicky tanto como
él a mí. Y a Christian también. Quería a quien había sido y en quien se había convertido.
Cada día que pasaba sin él me parecía un terrible desperdicio. Pero Alice se me adelantó,
poniéndose de pie y dando un paso atrás.
—No. —Levantó la mano para detenerme—. No me lo digas a mí. Díselo a él.
De repente, estaba allí. Vivo y hermoso y desgarradoramente no mío. Llevaba
pantalones vaqueros y una camisa blanca. Cada nervio de mi cuerpo residía en alerta,
empujándome a saltar sobre él entre lágrimas.
El camarero se acercó con la bandeja de pastelería. Alice lo espantó. —¿En serio?
¿No ves que están teniendo un momento? Pon eso en la barra; me ocuparé de estos
retoños en un segundo.
Hice una nota mental para nunca, nunca volver a este lugar. Mi comida iba a ser
escupida.
Alice le dio un codazo a Nicky en mi dirección antes de darse la vuelta y
pavonearse hacia la barra. Tomó el asiento frente a mí. Me temblaron las manos. No
255

podía creer que me hubiera enfadado con él por algo. Este hombre que había pasado
por tanto por mi culpa. Por mí. Que había hecho tantos sacrificios en su vida mientras
yo vivía en mi torre de marfil, acurrucada en el diseño de todo y en mi propio privilegio.
Página

—Ahora lo entiendo —dijo, sonando sombrío y un poco contemplativo. Christian


sacó algo del maletín de cuero que llevaba y lo dejó caer sobre la mesa entre nosotros.
Un ejemplar de Expiación. El lomo estaba arrugado hasta la muerte, y los bordes rotos
por el uso.
—El libro —explicó—. Lo leí. Dos veces, para ser justos. Una tras otra, ayer.
Cuando terminé, Jillian me dijo que ya habías salido del trabajo.
—Veo que Jillian ha estado haciendo mucho trabajo de campo entre bastidores
—murmuré.
—Bueno… —Christian esbozó una sonrisa ladeada—… sabía que o ella hacía el
trabajo de campo o tú me echabas a la calle.
—¿Te gustó? —Tragué saliva—. El libro, quiero decir.
Por supuesto que te refieres al libro. ¿A qué otra cosa podría pensar que te referías?
¿Las piernas de Jillian?
Sacudió la cabeza con gravedad. —No.
Mi alma se sentía pesada y empapada y llena de cosas oscuras.
—Jodidamente lo amé. Ya había visto la película… la escena de la biblioteca hizo
que Keira Knightley y James McAvoy parecieran aficionados, por cierto… pero no había
leído el libro hasta ahora. Hizo que lo entendiera. El libro aborda la clase, la culpa y la
pérdida de la inocencia. Todas las cosas que experimentamos juntos. Que nos unieron.
Pero hay una cosa que no entiendo. —Sus ojos azules se clavaron en los míos y se me
erizó el vello de la nuca. Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia delante—. ¿Cómo
puedes no perdonarme cuando sabes que Cecilia y Robbie tenían que acabar juntos?
Estás manipulando tu propio final feliz, Arya. Y no lo permitiré. Esto es inaceptable. No
solo para mí, también para ti.
Las lágrimas cubrieron mis ojos. Por primera vez en mi vida, lloré públicamente,
y ni siquiera me importó. Yo, la gran Arya Roth, símbolo de independencia y feminismo.
—Tonto —gemí, desconsolada—. Eres un absoluto y completo idiota. Siempre te he
amado. Siempre he estado obsesionada contigo. Te engatusé para que me besaras, por
el amor de Dios. —Ahora estaba riendo y llorando simultáneamente, lo que siempre
queda bien—. En todo momento, fui yo quien inició las cosas entre nosotros. La única
razón por la que no corrí tras de ti a Bielorrusia cuando teníamos catorce años fue
porque me daba demasiada vergüenza. Pensé que te estaría molestando. Estaba
mortificada después de lo que hizo Conrad. Incluso entonces, no pude alejarme. No
hasta el final. Seguí escribiendo y esperando y rezando.
Todavía teníamos esa estúpida mesa entre nosotros. Quería levantarla y lanzarla
por la habitación como Hulk. Cada momento que no pasaba entre sus brazos era un
desperdicio.
256

El restaurante retumbó. Ambos miramos a Alice, que estaba hablando con el


camarero en la barra, lamiendo la cuchara de la tarta que estaba devorando.
Página

—Así que conocí a tu sugar mama. —Sonreí.


—Arya. —Christian puso una cara llena de arrepentimiento—. Lo último de lo
que quiero hablar ahora es de mi sugar mama. Ven aquí. Quiero enseñarte algo.
Me llevó fuera del restaurante. Nos tomamos de las manos. Nunca me había dado
cuenta de lo bien que se sentía. Mi palma en la suya. Lo bien que encajamos. La calle
estaba llena de la habitual mezcla de tráfico, turistas y gente de negocios. Christian me
arrastró a un callejón, metido en una esquina entre dos edificios.
—Bueno, esto es romántico. —Miré el contenedor de basura industrial junto a
nosotros—. Y privado.
Se rió. —Me gusta lo privado. La última vez que intenté besarte fuera de mi zona
de confort, tu padre me pateó el culo.
—No hay posibilidad de que eso vuelva a ocurrir. —Sonreí.
Me cogió la cara entre las manos como si fuera preciosa. Como si fuera suya. —
No. —Sacudió la cabeza, su nariz rozando la mía con cada movimiento—. Porque no
dejaré que nada nos separe de nuevo. Jamás.
—Te amo, Nicky.
—Te amo, Cecilia. —Se lanzó a por un beso. Golpeé su pecho y sentí su risa
retumbando bajo sus duros pectorales.
—No vuelvas a llamarme por el nombre de otra persona cuando nos besemos.
—Lo mismo te digo a ti. Ahora es Christian.
—Creía que no te gustaba que te llamara Christian.
Las piezas del rompecabezas encajaron. La forma en que me miró cuando nos
acostamos esa primera vez. Cuando lo llamé por su nuevo nombre y se encogió en
respuesta.
Christian negó con la cabeza. —Eso era antes de que lo supieras.
—¿Saber qué?
—Que había renacido.
Fue entonces cuando Christian Miller volvió a besarme.
Y esta vez, lo supe, nadie me lo iba a quitar.
257
Página
Epilogo
Christian
6 meses después

—No está mal para una oficina. —Riggs se pellizcó el labio inferior, asintiendo
para sí mismo mientras se pasea por la recepción de Miller, Hatter & Co., mi flamante
bufete de abogados—. No merece la pena el dinero que has gastado en el diseñador de
interiores, pero no es tan demoledor para el alma como otros despachos en los que he
estado.
—Gracias por el respaldo. Tu opinión significa mucho. Ahora lárgate. —Meto mi
mocasín entre las puertas del ascensor para asegurarme de que no salga sin él y sin
Arsène. Vuelvo a comprobar mi Patek Philippe. Las tres y cinco. Debería llegar en
cualquier momento.
—¿Cuál es la prisa, Miller? ¿Va a venir la señorita Tiene-tus-pelotas-en-un-puño?
Arsène pasa la mano por el elegante mármol negro del mostrador de recepción.
Está a punto de ser la Señora Tiene-mis-pelotas-en-un-puño si me salgo con la mía.
Semanas después de renunciar de Cromwell & Traurig, me encontré con Jason
Hatter y descubrí que él también estaba buscando una salida de su propio bufete.
Rápidamente nos dimos cuenta de que podíamos establecer una asociación exitosa,
combinando nuestras dos carteras. Así se fundó Miller, Hatter & Co.
—Fuera —ordeno—. Los dos. Antes de que limpie el piso con sus traseros.
—Gran cosa. Tu suelo está más limpio que los antecedentes penales de
Hermione Granger. Primero. —Riggs se detiene frente a la pared de crema, revisando
258

cada cuadro colgado en la sala de espera individualmente, como si su vínculo con el arte
incluyera algo más que hacer rodar a algunas curadoras entre sus sábanas de vez en
Página

cuando—. Dinos por qué está sudando como una puta en una cabina de confesión.
—No estoy sudando. —Frunzo el ceño.
—En realidad, sí lo estás —afirma Arsène antes de emitir un sonido de
náuseas—. Te vas a declarar, ¿verdad?
Incapaz de seguir soportando la mentalidad de octavo grado de mis amigos, me
dirijo hacia ellos, los agarro de las orejas y los arrastro hasta el ascensor.
—Pervertido —sisea Riggs, plantando los talones de sus Blundstones en el suelo
solo para dificultar las cosas—. Ahora habla sucio a la oreja que estás a punto de
arrancar de mi cabeza. Me gusta lo duro.
Arsène aparta mi mano pero se rinde de buena gana, alegando que no quiere
estar aquí cuando decore mis nuevas alfombras con semen una vez que llegue mi novia.
Me deshago de ellos en el ascensor y me limpio las palmas de las manos cuando el
timbre sobre mi cabeza indica que están bajando.
Tres minutos después, Arya sale del segundo ascensor. Lleva un elegante traje
de negocios. Y el pelo alborotado en un moño desordenado. Se detiene frente a mí,
asimilándolo todo, con sus ojos grandes y verdes y fenomenales.
—Hola, amigo. —Su sonrisa es lenta, traviesa y exclusivamente suya. Me
recuerda a la niña de doce años a la que no podía dejar de mirar.
—Sra. Roth. —Le pongo un pelo suelto detrás de la oreja y le doy un suave beso
en la nariz. Me alejo—. ¿Qué te parece mi nueva cuna?
—Es preciosa. —Se ilumina, dándose un pequeño paseo. Ya hemos empezado a
operar, pero la semana que viene abriremos la oficina. Tendremos dos recepcionistas,
cinco asistentes jurídicos y varios asociados nuevos. Va a ser mucho trabajo, pero
merecerá la pena—. Como portavoz de Brand Brigade, estamos encantados de que
hayas elegido trabajar con nosotros.
Como portavoz de mi corazón, espero que no vayas a pisotearlo en un segundo.
Arya se apoya en el mostrador de recepción, extendiendo las manos sobre él. —
¿Se han calmado ya Cromwell y Traurig?
—Ni de chiste. —Me dirijo hacia ella, metiendo las manos en los bolsillos
delanteros—. Siguen arrastrando mi nombre por el barro por toda la ciudad.
—Bien. —Arya sonríe alegremente—. Me gustas un poco sucio.
Me río, señalando mi oficina de la esquina. —Vamos. Quiero enseñarte la mejor
parte de la oficina.
Tomo su mano entre las mías y la conduzco a la habitación que más tiempo ha
costado diseñar. En decoro a la diseñadora de interiores, todo lo que tenía para trabajar
eran unos pocos fotogramas de una película. Nada más. Empujo la puerta de madera y
Arya jadea.
259

—No es contemporáneo. —Bajo la cabeza hasta su cuello desde atrás y le doy un


beso mientras mis manos buscan su cintura. Se estremece contra mí, inspeccionando la
amplia habitación, una réplica de la biblioteca del libro y la película que tanto le gustan.
Página

Las estanterías de caoba. La escalera. Los libros. La alfombra persa. Los libros.
La lámpara de época. Los libros.
Los libros.
Los libros.
—Christian... —Christian. Así es como me llama ahora. Abrazando la identidad
que he elegido para mí. Nicky no está muerto. Pero ya no soy el chico indefenso que
conoció. Ahora, puedo protegerla. Y a mí mismo. Tengo la intención de hacer ambas
cosas—. Esto es... impresionante.
—Es tuyo.
Se da la vuelta y me mira con curiosidad. —¿Qué quieres decir?
Y esta vez se lo muestro.
La aprieto contra la estantería más cercana y, dos décadas después, a los treinta
y tres años, hago lo que la Nicky de catorce años no podía. La beso larga y duramente,
empezando por la base de su garganta y subiendo, entrelazando mis dedos con los
suyos. Se retuerce contra mí, murmurando mi nombre. Puedo sentir cómo se deshace
contra mí, un hilo tras otro. Los dos sabemos que nadie puede entrar. Nadie puede
detenernos.
—¿Estamos… estamos…? —jadea mientras mi lengua llena su boca
posesivamente—. ¿Estamos recreando…?
—No. —Me retiro, presionando un dedo sobre sus labios—. Estamos creando
algo nuevo, cariño. Algo que es nuestro.
Le quito la falda y luego las bragas, dejándola con la blusa y los tacones. Me
arrodillo y empiezo a besar el interior de sus tobillos, para luego subir con los labios y
los dientes. Me detengo para pasar la lengua por el lado de su rodilla, un punto sensible
para ella, y arrastro mis dientes por la parte interior de su muslo. Cuando llego al
interior de sus muslos, los beso lentamente, con reverencia, tomándome mi tiempo,
ignorando el evento principal. Sus dedos me tiran del pelo con fuerza. Se está
desesperando. Así es como la quiero.
—Christian. —Su suave gemido llega a mis oídos de forma diferente ahora—.
Nicky.
Hago una pausa, levantando la vista. Nunca me había dicho así en un minuto de
calentura. Pero entiendo que la situación la confunda. La última vez que estuvimos así…
—¿Sí? —Arqueo una ceja y la miro.
—Por favor —chilla—. Hazlo.
—¿Hacer qué?
Mira a nuestro alrededor, para asegurarse de que estamos solos. Sonrío
260

interiormente.
—Bésame ahí.
Página

Le doy un beso suave y casto en el centro, sonriendo.


Gime, empujando mi cabeza con más fuerza hacia su sexo. —Eres imposible.
Pero entonces mi lengua la invade, la abre, y ella se aprieta a su alrededor. La
sujeto por la cintura con fuerza, dándole placer, y está cerca, tan cerca que cuando se
corre, puedo sentir cada músculo de su cuerpo cediendo a la sensación.
Me levanto, me desabrocho el cinturón y empujo.
Arya me abraza con fuerza, gimiendo. —Christian. —Susurra mi nombre sin
aliento, con besos en las mejillas, la garganta y los labios—. Christian. Te amo tanto.
Lo siguiente que hago es con mucho cuidado. Vuelvo a entrelazar mis dedos con
los suyos, como en la película. Pero a diferencia de la película, añado mi propio toque.
Un anillo de compromiso de halo con un diamante de dos quilates. Se lo pongo en el
dedo mientras empiezo a moverme dentro de ella, y en su aturdimiento de pasión, Arya
no se da cuenta. Le hago el amor, y ella se derrumba de nuevo. Esta vez, yo también. Me
corro dentro de ella. Cuando ambos levantamos la cabeza y recuperamos el aliento,
finalmente se da cuenta.
Su rostro cambia, su expresión pasa de estar ebria de placer a estar alerta.
—Oh… —Endereza los dedos, estira el brazo y mueve la mano aquí y allá,
dejando que el diamante capte la luz que entra por la ventana del suelo al techo—. ¿Esto
es…?
—Lo es —confirmo.
—Solo llevamos seis meses juntos. —Se gira para sonreírme, y tengo que decir
que, para una mujer que está desnuda de cintura para abajo, sabe muy bien cómo ser
una listilla.
—Correcto —digo rotundamente, arropándome—, y eso es como cinco meses
de retraso. Culpa mía. En mi defensa, tenía que abrir un negocio.
Sacude la cabeza, riéndose. Luego se lanza a abrazarme, salpicándome la cara de
besos. La agarro por la cintura, sonriendo.
—¿Eso es un sí?
—No lo sé —murmura en el ligero rastrojo que hay en mi mandíbula—. ¿Qué
diría Cecilia?
—Joder, sí.
261
Página
Arya
—Todavía no entiendo para qué es esto —suspiro, sentada con los ojos
completamente vendados en el asiento del copiloto del sedán de mi madre. No es
exactamente el Bentley con el que paseaba por Manhattan, con chófer personal, antes
de su divorcio, pero parece extrañamente contenta con la baja. Se ha deshecho de los
caros retoques y de la ropa de diseño y ha optado por maxivestidos floreados sin
hombros y zapatillas deportivas de moda.
Incluso tiene un nuevo novio, Max, que no solo es súper elegante, sino también
un profesor de geografía del instituto que la trata como a una diosa y se ha
comprometido a llevarla a probar todos los currys de Nueva York. La última vez que lo
comprobé, iban por el vigésimo restaurante de curry.
—Nadie te ha pedido que entiendas, cariño. Solo que no mires. —Mamá me da
una palmadita en el muslo, riéndose como hacen las madres.
—Llevamos una eternidad conduciendo. ¿Aún estamos en Manhattan? —Intento
hacer una estimación aproximada de lo que tengo entre manos. Hace unos treinta
minutos, me recogió del trabajo y me dijo que tenía una sorpresa que mostrarme. No se
inmutó lo más mínimo cuando le dije que quería ir a comprar el vestido de dama de
honor con Jilly. Me arrastró a su coche e ignoró mis planes.
Beatrice saluda. —Lo siento. Tengo instrucciones estrictas de no darte ninguna
pista.
—¿Instrucciones de quién? —exijo.
Se ríe.
—¿Christian? —lo intento. La tela de la venda me pica la nariz y la muevo de un
lado a otro.
—Cariño, no todo debe girar en torno a tu apuesto prometido.
Respondo débilmente y me siento, cruzando los brazos. Mamá me habla de
solicitar un montón de trabajos en la zona de Brooklyn, ahora que se ha mudado con
Max. Sabe que es una tontería, pero quiere volver a estudiar y quizá ser profesora. Le
digo que no es ninguna tontería. Que mejorar nuestra vida, nuestras circunstancias,
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ampliar nuestros conocimientos, nunca debería ser motivo de vergüenza. Antes de


darme cuenta, siento que mi cuerpo se balancea mientras ella se detiene en la acera.
Debemos haber llegado a su destino secreto.
Página

—Mantén la venda mientras hago una llamada. —Utiliza su flamante tono de


mamá. El que me advierte que no me meta con ella. Secretamente me encanta este tono.
Compensa todos los años que no tuve madre. Su voz es dulce, pero de negocios,
mientras habla con la persona que está al otro lado.
—Sí. —Pausa—. Está aquí. —Otra pausa—. No, nada. La mantuve en la
oscuridad. Literalmente. Pero estoy en doble fila, así que será mejor que salgas aquí.
Un minuto después, la puerta del pasajero se abre, y siento un par de manos que
me sacan suavemente. No necesito preguntar quién es. Lo sé. Los callos de sus dedos.
La aspereza de sus grandes palmas. Es mi futuro marido.
—Gracias, Bea, la cuidaré bien —dice Christian.
—Adiós —dice mamá, acelerando el motor mientras se aleja.
—Más vale que esto sea bueno, señor Miller —le advierto mientras me lleva a
algún sitio, tomándome de las manos. Confío plenamente en él, pero no me gusta no
estar al tanto.
Christian se ríe pero no responde. Nos dirigimos al interior para salir del calor
del día de verano a través de una puerta giratoria. Una avalancha de aire fresco y
climatizado me barre los pies y el pelo. Me produce una sensación dulce y dolorosa.
Como si lo hubiera sentido alguna vez. Mis tacones chasquean sobre el mármol. Mi
entorno huele a nuevo. A flores. Caro. Estamos en un edificio. Christian llama al ascensor
y yo espero a su lado.
—¿Qué tal el día en el trabajo? —me pregunta. Está haciendo conversación
mientras yo sigo con los ojos vendados. Increíble.
—Bien —respondo—. ¿Y el tuyo?
—Bien.
—Dime, ¿cuántas personas me están viendo ahora mismo con los ojos vendados,
siendo dirigida por un hombre alto y guapo con un traje elegante?
—Más o menos… —Cuenta en voz baja—. Diecisiete. Y te diré que no llevo un
traje, sino un vestido de tutú.
—Elegante.
—Más o menos. Creo que hace que mis rodillas parezcan un poco hinchadas.
El ascensor suena, y creo reconocer el sonido pero no puedo decir de dónde.
Entramos. Christian me lleva de la mano todo el tiempo. Cuento los pisos por el sonido
del ascensor cada vez que pasamos de nivel. Nos detenemos en la séptima planta.
Christian sale y me lleva con él, apretando mi mano con las suyas. Luego se detiene y
suelta mi mano para introducir un número de seguridad que abre una puerta. Apoya
una mano en la parte baja de mi espalda y entramos los dos. Luego está detrás de mí,
quitándome la venda de los ojos.
263

—Ta-da.
Abro los ojos, adaptándome a la luz del sol después de haber tenido los ojos
Página

vendados durante tanto tiempo, e inmediatamente aspiro. No me extraña que los ruidos
y los olores me resultaran familiares cuando entré.
Me giro para mirarlo. —No.
—Síp —dice, haciendo énfasis en la p.
—¿Nos lo podemos permitir? —Hago una mueca.
Se inclina hacia delante, frotando su nariz contra la mía. —Por supuesto. No es
tu antiguo ático. Eso no nos lo habríamos podido permitir ni en un millón de años. Pero
quería que vivieras en el edificio de tu infancia. En algún lugar cerca de Aaron. Donde
puedas verlo desde tu ventana cuando quieras. Le pedí al administrador del edificio que
me llamara en cuanto hubiera una vacante. Y bueno… hace tres semanas, la hubo.
Avanzo a zancadas por el espacio vacío, con el sonido de mis tacones rebotando
contra las paredes. Todo está desnudo y limpio y huele a oportunidad y potencial. A
recuerdos que podemos crear aquí. Un apartamento en mi edificio de Park Avenue. Un
lugar al que podamos llamar nuestro. Estoy tan abrumada por las emociones, por la
felicidad, que tardo unos instantes en darme cuenta. Una bolsa de plástico en la
encimera de la cocina. La única cosa dentro de este lugar.
—Oye. —Me acerco a ella—. ¿Qué es eso?
—Son nuestros trajes de baño —dice Christian a mis espaldas, y lo oigo venir
hacia mí—. ¿Te juego una carrera a la piscina para dar unas vueltas?
Su barbilla toca la parte superior de mi cabeza, y todo está bien en el mundo.
—Voy a ganar —le advierto, sacando mi bañador de la bolsa.
Él me rodea con sus manos. —Me gustaría ver cómo lo intentas.
264
Página
Agradecimientos
Esta serie lleva tiempo gestándose. Llevo queriendo escribir las historias de
Christian, Riggs y Arsène desde que tengo uso de razón, pero ha hecho falta el apoyo de
mucha gente para poder ofreceros este libro.
En primer lugar, un enorme agradecimiento a mi agente, Kimberly Brower, de
Brower Literary, por su ayuda, apoyo y dirección.
Otro agradecimiento al increíble equipo de Montlake Publishing por ayudar a
que este libro alcance todo su potencial, incluyendo a Anh Schluep, Lindsey Faber, Riam
Griswold y Susan Stokes.
Y a la increíble Caroline Teagle Johnson, por la magnífica portada.
A mi asistente personal, Tijuana Turner, por su apoyo constante y sus
inestimables consejos, y a Vanessa Villegas, Ratula Roy, Amy Halter, Marta Bor y Yamina
Kirky. Un millón de gracias por leer el libro antes que nadie y ofrecerme orientación y
consejos útiles.
A Social Butterflies PR, y especialmente a Jenn y Catherine: sois increíbles y os
quiero.
A mi grupo de lectura en Facebook, las Sassy Sparrows, gracias por estar ahí para
el viaje. Estoy increíblemente agradecida.
A los blogueros, Instagramers y TikTokers que recomiendan mis libros: no
podría haber hecho esto sin vosotros. Ni un solo día.
Y a mi familia, que es mi caballo de batalla, su apoyo significa el mundo para mí.
Gracias, gracias, gracias.
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TRADUCCIÓN NO OFICIAL. HECHA DE FANS PARA
FANS, SIN ÁNIMO DE LUCRO ALGUNO. SI LOS LIBROS
DE ESTA AUTORA LLEGAN A TU PAÍS, COMPRÁLOS
COMO MUESTRA DE AGRADECIMIENTO.
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