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LOS ORÍGENES DEL IMPUESTO A
LA RENTA
Introducción
Suele decirse que, si una persona que vivió en el siglo XVII
reviviera, lo que más le llamaría la atención serian los medios de
transporte y las formas de comunicación que utilizamos en la actualidad.
Se dice también, que probablemente las cosas que le resultarían
familiares serían los hospitales y las escuelas.
En lo personal, pienso que lo que más sorprendería a una persona
que vivió en aquella época, es que hoy en día los Estados quiten
compulsivamente a los individuos parte de lo que han producido.
Es que, contrario a lo que muchos piensan, el Impuesto a la Renta o
Impuesto a las Ganancias es un “invento” reciente, que surgió – en la
mayor parte de los casos – como un impuesto de emergencia para
solventar gastos extraordinarios; pero que luego quedó como una
manera de financiar los crecientes déficits fiscales de Estados cada vez
peor manejados, corruptos y endeudados.
Aún cuando esto pudiera sorprender a más de uno, inicialmente la
negativa de los pagadores de impuestos de pagar un impuesto sobre sus
ingresos se debió a que pensaban que el Estado no tenía derecho a saber
cuánto dinero ganaban.
Pareciera ser que el individuo de mediados del siglo XIX tenía más
claros sus derechos y asignaba más valor a su privacidad que el de la
actualidad.
Repasaremos a continuación, dos ejemplos significativos.
1. Reino Unido
Luego de siglos cobrando impuestos puntuales y bastante llamativos
(i.e. impuesto a las chimeneas, impuesto a las ventanas, impuesto a la
malta, impuesto a las barbas, etc.), el impuesto a las ganancias fue
introducido en el Reino Unido por William Pitt en 1798, y se comenzó a
pagar a partir de 1799.
El objetivo no fue financiar gastos ordinarios del Estado sino las
guerras napoleónicas.
Por entonces, ningún otro país cobraba impuesto sobre las ganancias
generadas por sus ciudadanos.
Estados Unidos, por ejemplo, recién comenzaría a cobrarlo con
interrupciones más de 60 años después y en forma definitiva recién a
partir de 1913.
Prusia establecería el impuesto a las ganancias unos años más tarde,
en 1851.
En el caso de Austria, dicho país comenzó a aplicarlo en 1743, pero
lo hizo en forma intermitente hasta finales del siglo XIX.
En todos los casos, las tasas eran bajas y los mínimos no imponibles
dejaban suficiente espacio como para que los pagadores de impuestos
pudieran financiar sus gastos.
El mínimo no imponible en el Reino Unido de finales del siglo
XVIII, por ejemplo, equivaldría a unas £6.000 de hoy, y la tasa máxima
era de 10%. Sólo se pagaba por renta local, lo cual era bastante lógico.
Por entonces, el impuesto a la malta cubría prácticamente el 10% del
presupuesto del Gobierno.
Esta primera versión del impuesto a las ganancias estuvo vigente
solo tres años, ya que se derogó– lógicamente – tras la paz de Amiens,
en 1802.
Henry Addington, que había sucedido a Pitt en 1801 y había sido
quien lo había eliminado al firmarse la paz con Francia, volvió a
restablecerlo en 1803 cuando los problemas con Francia resurgieron. Se
mantuvo vigente hasta la batalla de Waterloo. Cuando el impuesto se
volvió a abolir, se decidió quemar todos los archivos que se referían al
mismo debido a la vergüenza que sentían los ingleses de haber
establecido y cobrado semejante impuesto.
Desde 1817 hasta 1842 no existió el impuesto a las ganancias en el
Reino Unido, así como tampoco en ningún otro país.
Pese a criticar este impuesto en la campaña de 1841, el primer
ministro Robert Peel lo volvió a introducir en 1841, ya no para financiar
guerras, sino para cubrir el déficit del Gobierno.
¿Les suena conocido?
Esta vez, el mínimo no imponible fue más del doble del anterior y la
tasa rondaba el 3%.
La Gran Guerra fue la excusa perfecta para aumentar las alícuotas.
Así, las mismas subieron al 17,5% en 1915, al 25% en 1916 y al 30% en
1918.
Para poner esto en contexto, por entonces el único otro país con
impuestos a las ganancias era Estados Unidos, que – como se dijo – lo
había restablecido en 1913, con una alícuota del 1% para ingresos
superiores a $20.000 (U.S.)
El sistema se fue modernizando con el correr de años, pero la
tendencia alcista no varió, alcanzándose el tristemente célebre récord de
99,25% (si, leyeron bien) durante la Segunda Guerra Mundial.
Contrariamente a lo que uno hubiera creído, en las siguientes dos
décadas hubo una pequeña baja, pero el impuesto se mantuvo siempre
por encima del 95%.
Durante los años 70 y 80 también hubo bajas, pero tampoco fueron
muy significativas.
Solo a partir de la elección de Margaret Thatcher, y – hay que
decirlo – del crecimiento y la sofisticación de las jurisdicciones offshore,
las tasas comenzaron a bajar en forma substancial.
En 1988, por ejemplo, tras tres rebajas consecutivas, la tasa básica
llegó al 25%.
En la actualidad, esa tasa (la básica) es aún más baja: 20%, y la tasa
máxima se ubica en el 40%.
En la subsección que sigue vamos a ver qué sucedió del otro lado del
Océano Atlántico con este tema, pero antes, algunas palabras sobre el
Impuesto a las Ventanas que a tantos fascina.
El Impuesto a las Ventanas, como su nombre lo indica, se calculaba
sobre el número de ventanas que tenia cada propiedad. En el Reino
Unido, que fue el precursor, pero no el único país que lo cobró fue
instituido en 1696 y no duro dos o tres años, ¡sino 155! De hecho, se lo
derogo diez años después de aprobado el Impuesto a la Renta que
acabamos de estudiar.
Una forma embrionaria de planificación impositiva consistió en
tapiar algunas de esas ventanas, de manera de reducir el impuesto o
eludir el hecho imponible. Recordemos que existía un “mínimo no
imponible” de diez ventanas.
No fue éste el único que ejemplo del impacto que los impuestos han
tenido sobre la arquitectura a lo largo de los años.
Otros ejemplos pueden encontrarse en las famosas buhardillas
francesas, en los angostos frentes de edificios en Vietnam, en las iglesias
sin terminar de construir en Brasil, en las fachadas inconclusas de
muchas casas en Bolivia, etc.
2. Estados Unidos
Pese a que Estados Unidos se independizó del Reino Unido en 1776,
tras una disputa que justamente comenzó por una cuestión impositiva,
recién en 1861 aprobó el primer Income Tax.
Y, tal cual sucedió en el Reino Unido, no se creó para financiar los
gastos corrientes del Estado sino para financiar la Guerra de Secesión.
En otras palabras, durante más de un siglo y 15 presidencias, el
Estado se financió sin ninguna necesidad de sacarle a los contribuyentes
parte de sus ingresos. Más aún, cuando decidieron hacerlo, esos fondos
no fueron a financiar gastos originarios, sino una guerra civil.
Y aún en esa situación de emergencia (1862) la tasa se fijó entre el
3% y el 5% dependiendo del nivel de ingresos. En otras palabras, había
solo dos tax brackets, como hay hoy – por ejemplo – en Paraguay.
En 1872, el impuesto a las ganancias fue derogado, básicamente por
la presión de los contribuyentes que – al igual que la mayoría del
Congreso – lo consideró expropiatorio.
En 1894, se vuelve a aprobar el Impuesto a las Ganancias, pero al
año siguiente, al decidir el caso 158 U.S. 601 (Pollock v. Farmers Loan
& Trust Company), la Corte Suprema lo declara inconstitucional.
La fecha exacta de la sentencia fue el 20 de mayo de 1895 y el
argumento principal esbozado por la mayoría de los jueces que
integraban el máximo tribunal fue que un impuesto directo no era
constitucional, si no se preveía un mecanismo para distribuirlo en forma
proporcional entre los Estados que formaban la Unión.
La decisión fue tomada por cinco votos a favor y cuatro en contra.
En 1909 se vuelve a proponer la creación de este impuesto y en la
elección presidencial de 1912, los tres candidatos principales – el por
entonces presidente William H. Taft, el expresidente Theodore
Roosevelt, y quien finalmente fue el ganador, Woodrow Wilson –
apoyaron la legalización del impuesto sobre la renta.
La Decimosexta Enmienda fue introducida precisamente para
alcanzar dicho objetivo. Paradójicamente, fue Wyoming – hoy uno de
los Estados donde no residentes americanos frecuentemente establecen
sus foreign trusts – el Estado número trigésimo sexto en aprobar la
enmienda necesaria para que comenzara a regir este impuesto.
En concreto, esta Enmienda establece que en lo sucesivo el
Congreso estadounidense tendrá facultades para establecer y recaudar
impuestos sobre los ingresos, de cualquier fuente que provengan, sin
prorrateo entre los diversos Estados y sin atender a ningún censo o
enumeración.
Como se consignó más arriba, el tax bracket para la mayor parte de
la población era del 1%.
¿Cuándo se complicó todo para los contribuyentes?
Con la aprobación del “Revenue Act” de 1918 (Gran Guerra), que
llevó este impuesto al 77%, una tasa que era más del doble que la que
cobraba el Reino Unido.
Si uno mira cómo ha evolucionado la forma en que se ha financiado
el sector público en los Estados Unidos, a grandes rasgos observa lo
siguiente:
• entre 1890 y 1920 la totalidad de sus ingresos provenían de tarifas
y aranceles vinculados al comercio exterior (custom duties);
• entre 1920 y 1940 la mayor parte del ingreso provenía del impuesto
a las ganancias corporativo y luego venían el impuesto a las ganancias
individual y los aranceles; y
• entre 1940 y el año 2000 las tarifas y aranceles aduaneros tendieron
a desaparecer y el impuesto a las ganancias individual sobrepaso al
impuesto a las ganancias corporativo.
Paraísos fiscales e infiernos tributarios
Como comentábamos al comienzo, con el tiempo, los países con
gobiernos ineficientes decidieron cobrar este impuesto más allá de la
inexistencia de circunstancias extraordinarios que lo justificaran.
Adicionalmente, cada vez más países comenzaron a adoptarlo.
A modo de ejemplo, Suiza lo introdujo en 1840, Francia en 1872,
España en 1900, Noruega en 1911, Rusia en 1916, Canadá en 1918,
Brasil en 1924 y Argentina en 1932.
Como resultado de ello, los habitantes comenzaron a buscar la
manera de evitar esos impuestos, en muchos casos utilizando estructuras
en jurisdicciones que seguían considerando este tipo de impuesto como
expropiatorio.
En ese contexto, los países que pretendían (y pretenden) cobrar este
impuesto (que no hace mucho tiempo atrás consideraron éticamente
reprochable) se volvieron hacia el resto y los acusaron de “competencia
fiscal desleal”. En otras palabras, cambiaron las reglas y atacaron a
quienes simplemente optaron por respetar el derecho de propiedad y la
privacidad de las personas.
Luego, se reunieron en pequeños carteles (i.e. OCDE, G20, etc.)
para darle legitimidad a estos reclamos. Surgieron así, allá por 1998, los
primeros “listados negros” de “paraísos fiscales” y la presión contra
ellos fue en aumento.
Cuando advirtieron que tampoco estos organismos estaban logrando
sus objetivos, comenzaron a esbozar otros argumentos, más simpáticos
para el público en general (i.e. lavado de dinero, financiamiento del
terrorismo, etc.).
Las jurisdicciones offshore no se crearon para captar inversiones de
residentes fiscales de otros países; sino que fueron esos otros países
quienes ahuyentaron a sus propios residentes fiscales cuando crearon
impuestos sobre sus ganancias (primero) y sobre sus activos (luego),
llevando la presión fiscal a límites insostenibles.
La realidad indica que el concepto mismo de “paraíso fiscal” fue
creado por los países de alta tributación que, al no poder competir,
intentaron – deslealmente – sacar a los países más eficientes de la
competencia.
Como siempre, quien no quiere competir, es – vaya casualidad – el
menos competitivo.
¿Qué enseñanzas nos dejan la experiencia inglesa y norteamericana
en la materia?
Varias:
• En primer lugar, existe la posibilidad de que los Estados se
financien sin percibir impuestos sobre los ingresos o las rentas de sus
habitantes (o percibiendo impuestos bajos por estos conceptos).
• En segundo, hasta no hace mucho tiempo todos los Gobiernos
coincidían en que cobrar impuestos sobre dichos ingresos o rentas era
expropiatorio y, por ende, solo podía recurrirse a ello en situaciones
extraordinarias. Estaba claramente mal visto cobrar este tipo de
impuesto y quienes se veían forzados a hacerlo se avergonzaban de
dicha circunstancia.
• Finalmente, de no ser por los “Infiernos Tributarios” no existirían
los “Paraísos Fiscales”. Si los países de alta tributación realmente
quisieran “vencer” a los paraísos fiscales, deberían preocuparse por
proveer seguridad jurídica y reducir impuestos, en lugar de hacer lobby
a través de desprestigiados y decadentes organismos multilaterales; algo
que vienen haciendo hace décadas sin mayores resultados.
Listados blancos, grises y negros
Algunas reflexiones sobre este tema antes de pasar al siguiente
capítulo.
Más allá de lo fascista que de por sí es confeccionar este tipo de
listado, lo más grave aquí es el hecho de que los mismos han surgido del
resentimiento de los países de alta tributación y su objetivo de erradicar
a los paraísos fiscales simplemente porque atraían recursos de los
pagadores de impuestos que ellos querían seguir esquilando.
Cegados por ese odio y su manifiesta incapacidad para competir en
forma limpia, muchos de estos “Infiernos Tributarios” decidieron
entrometerse en la soberanía de otros países o jurisdicciones
estableciendo caprichosos “estándares internacionales” a los cuales
dotaron de cierta credibilidad a través de la participación de organismos
internacionales como el GAFI, la OCDE y la UE.
Así, y no de otra forma, nacieron las listas negras que establecían
qué países calificaban como “Paraísos Fiscales” en cada momento según
criterios históricamente arbitrarios y variantes para acomodarse mejor a
los intereses de los países de alta tributación.
¿Quién establece qué es un paraíso fiscal y sobre la base de qué
criterio?
Desde unos años, antes del 2000, la OCDE elabora una lista negra en
la que se mencionan los paraísos fiscales, lista que – como veremos más
adelante – se ha ido vaciando conforme estas jurisdicciones han ido
“aceptando” las imposiciones de dicho organismo.
En 2017, luego de que Estados Unidos bajara impuestos
drásticamente desdibujando la lucha de la OCDE por una tasa global de
Impuesto a las Ganancias, la Unión Europea crea su propia lista negra,
además de una gris y otra blanca.
Lista negra: incluye a países que no han “cooperado” con la UE y
podrían ser objeto de “sanciones”. La lista original contenía 17 países,
todos no europeos, acusados de no hacer lo suficiente para combatir la
evasión fiscal, teniendo regímenes tributarios nocivos para la UE y
funcionales al lavado de dinero.
Lista gris: abarca países que se han comprometido a obedecer todas
las exigencias del organismo pero que todavía no lo han hecho y son
objeto de observación de la UE, o que han hecho ciertas modificaciones
a su sistema tributario y/o transparencia, pero no cumplen todos los
estándares de la OCDE. Si en el plazo que establece la UE no modifican
su legislación, se pasa a la lista negra y se puede ser objeto de sanciones.
Lista blanca: integrada por los países que han aceptado e
implementado todas las exigencias de la OCDE y la UE.
A todas estas listas – en muchos casos contradictorias entre sí y cuya
integración se basa más en motivaciones políticas que en cuestiones
técnico-tributarias – se le suman las que elabora cada país y distintas
ONGs.
Las listas de la OCDE y la UE son criticadas incluso por organismos
como OXFAM, que es una confederación internacional de ONGs que
luchan contra la desigualdad y la pobreza, por no incluir países de la UE
que claramente son paraísos fiscales (como son, por ejemplo,
Luxemburgo e Irlanda).
En muchos casos, las sanciones por integrar este tipo de listados son
casi inexistentes, por lo que todo se reduce a un tema reputacional.
Las listas negras han ido cambiando en el tiempo, tanto en sus
criterios como en su composición, dando lugar a salidas y entradas de
países tales como se dio en el caso de Panamá, que salió de la lista de la
OCDE para luego volver a ingresar y finalmente salir nuevamente.
Con relación a los criterios, en un primer momento los “enemigos”
que había que aniquilar eran los Estados que tuvieran dos regímenes
tributarios paralelos (uno para residentes y otro para extranjeros) y
permitieran la emisión de acciones al portador; pero luego pasaron a ser
lo que no obligan a las sociedades allí constituidas a tener un mínimo de
substancia económica o han decidido fomentar la inmigración a través
de regímenes impositivos competitivos.
Lo concreto, es que estas listas nunca han cumplido con su objetivo
inicial de erradicar los paraísos fiscales y, con el tiempo, o
desaparecerán (como sucedió con la promovida por la OCDE) o
quedarán como testigos de la impotencia y la rabia de los países de alta
tributación en su lucha contra las jurisdicciones offshore.
Con la excusa de prevenir el lavado de dinero y demás delitos,
históricamente se ha demonizado a las jurisdicciones offshore y a los
paraísos fiscales, ocultando así el verdadero objetivo de estas iniciativas:
que los países de alta tributación no vean afectadas sus finanzas públicas
por causa de la movilización de capitales a otras jurisdicciones por parte
de individuos que, ejerciendo sus libertades y derechos individuales,
buscan proteger su patrimonio.
Como hemos visto, la creación de estas listas nunca ha dado
resultados prácticos y nunca los darán.
Lo que sí han hecho fue dejar en evidencia que, por dinero, los
países centrales están dispuestos a avasallar la soberanía de otros
Estados y las libertades individuales de las personas.
Es bueno saberlo.