Barba Azul
Charles Perrault
Exportado de Wikisource el 30 de julio de 2023
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En otro tiempo vivía un hombre que tenía hermosas casas
en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles
muy adornados y carrozas doradas; pero, por desgracia, su
barba era azul, color que le daba un aspecto tan feo y
terrible que no había mujer ni joven que no huyera a su
vista.
Una de sus vecinas, señora de rango, tenía dos hijas muy
hermosas. Pidiole una en matrimonio, dejando a la madre la
elección de la que había de ser su esposa. Ninguna de las
jóvenes quería casar con él y cada cual lo endosaba a la
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otra, sin que la otra ni la una se resolvieran a ser la mujer de
un hombre que tenía la barba azul. Además, aumentaba su
disgusto el hecho de que había casado con varias mujeres y
nadie sabía lo que de ellas había sido.
Barba Azul, para trabar con ellas relaciones, llevolas con su
madre, tres o cuatro amigos íntimos y algunas jóvenes de la
vecindad a una de sus casas de campo en la que
permanecieron ocho días completos, que emplearon en
paseos, partidos de caza y pesca, bailes y tertulias, sin
dormir apenas y pasando las noches en decir chistes. Tan
agradablemente se deslizó el tiempo, que a la menor
pareciole que el dueño de casa no tenía la barba azul y que
era un hombre muy bueno; y al regresar a la ciudad
celebraron la boda.
Al cabo de un mes Barba Azul dijo a su esposa que se veía
obligado a hacer un viaje a provincias, que a lo menos
duraría seis semanas, siendo importante el asunto que a
viajar le obligaba. Rogole que durante su ausencia se
divirtiese cuanto pudiera, invitara a sus amigas a
acompañarla, fuera con ellas al campo, si de ello gustaba, y
procurara no estar triste.
-Aquí tienes, añadió, las llaves de los dos grandes
guardamuebles. Estas son las de la vajilla de oro y plata que
no se usa diariamente; las que te entrego pertenecen a las
cajas donde guardo los metales preciosos; estas las de los
cofres en los que están mis piedras y joyas, y aquí te doy el
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llavín que abre las puertas de todos los cuartos. Esta
llavecita es la del gabinete que hay al extremo de la gran
galería de abajo. Ábrelo todo, entra en todas partes, pero te
prohíbo penetrar en el gabinete; y de tal manera te lo
prohíbo, que si lo abres puedes esperarlo todo de mi cólera.
Prometiole atenerse exactamente a lo que acababa de
ordenarle; y él, después de haberla abrazado, metiose en el
carruaje y emprendió su viaje.
Las vecinas y los amigos no esperaron a que les llamasen
para ir a casa de la recién casada, pues grandes eran sus
deseos de verlo todo, que no se atrevieron a realizar estando
el marido, porque su barba azul les espantaba. Acto
continuo pusiéronse a recorrer los cuartos, los gabinetes, los
guardarropas, siendo sorprendente la riqueza de cada
habitación. Subieron enseguida a los guardamuebles, donde
no se cansaron de admirar el número y belleza de los
tapices, camas, sofás, papeleras, veladores, mesas y espejos
que reproducían las imágenes de la cabeza a los pies y en
los que los adornos, los unos de cristal, de plata dorados los
otros, eran tan bellos y magníficos que iguales no se habían
visto. No cesaban de ponderar y envidiar la dicha de su
amiga, que no se divertía viendo tales riquezas, pues la
dominaba la impaciencia por ir a abrir el gabinete de abajo.
Empujola la curiosidad, sin fijarse en que faltaba a la
educación abandonando a sus amigas, bajó por una
escalerilla reservada, con tanta precipitación que dos o tres
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veces corrió peligro de desnucarse. Al llegar a la puerta del
gabinete detúvose algún tiempo, pensando en la prohibición
de su marido y reflexionando que la desobediencia podía
atraerle alguna desgracia; pero la tentación era tan fuerte
que no pudo vencerla, y tomando la llavecita abrió
temblando la puerta del gabinete.
Al principio nada vio, debido a que las ventanas estaban
cerradas. Al cabo de algunos instantes comenzaron a
destacarse los objetos y notó que el suelo estaba
completamente cubierto de sangre cuajada y que en ella se
reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y sujetas a
las paredes. Estas mujeres eran todas aquellas con quienes
Barba Azul había casado, a las que había degollado una tras
otra. Creyó morir de miedo ante tal espectáculo y se le cayó
la llave del gabinete que acababa de sacar de la cerradura.
Después de haberse repuesto algo, cogió la llave, cerró la
puerta y subió a su cuarto para dominar su agitación, sin
que lo lograse, pues era extraordinaria.
Habiendo notado que la llave del gabinete estaba manchada
de sangre, la enjugó dos o tres veces, pero la sangre no
desaparecía. En vano la lavó y hasta la frotó con arenilla y
asperón, pues continuaron las manchas sin que hubiera
medio de hacerlas desaparecer, porque cuando lograba
quitarlas de un lado, aparecían en el otro.
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Barba Azul regresó de su viaje la noche de aquel mismo día
y dijo que en el camino había recibido cartas noticiándole
que había terminado favorablemente para él el asunto que le
había obligado a ausentarse. La esposa hizo cuanto pudo
para que creyese que su inesperada vuelta la había llenado
de alegría.
Al día siguiente le dio las llaves y se las entregó tan
temblorosa, que en el acto adivinó todo lo ocurrido.
-¿Por qué no está con las otras la llavecita del gabinete? -Le
preguntó.
-Probablemente la habré dejado sobre mi mesa, contestó.
-Dámela enseguida, añadió Barba Azul.
Después de varias dilaciones, forzoso fue entregar la llave.
Mirola Barba Azul y dijo a su mujer:
-¿A qué se debe que haya sangre en esta llave?
-Lo ignoro, contestó más pálida que la muerte.
-¿No lo sabes? -replicó Barba Azul-; yo lo sé. Has querido
penetrar en el gabinete. Pues bien, entrarás en él e irás a
ocupar tu puesto entre las mujeres que allí has visto.
Al oír estas palabras arrojose llorando a los pies de su
esposo y pidiole perdón con todas las demostraciones de un
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verdadero arrepentimiento por haberle desobedecido.
Hubiera conmovido a una roca, tanta era su aflicción y
belleza, pero Barba Azul tenía el corazón más duro que el
granito.
-Es necesario que mueras, le dijo, y morirás en el acto.
-Puesto que es forzoso, murmuró mirándole con los ojos
anegados en llanto, concédeme algún tiempo para rezar.
-Te concedo diez minutos, replicó Barba Azul, pero ni un
segundo más.
En cuanto estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
-Anita de mi corazón; sube a lo alto de la torre y mira si
vienen mis hermanos. Me han prometido que hoy vendrían
a verme, y si les ves hazles seña de que apresuren el paso.
Subió Anita a lo alto de la torre y la mísera le preguntaba a
cada instante.
-Anita, hermana mía, ¿ves algo?
Y Anita contestaba:
-Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.
Barba Azul tenía una enorme cuchilla en la mano y gritaba
con toda la fuerza de sus pulmones a su mujer:
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-Baja enseguida o subo yo.
-¡Un instante, por piedad! -le contestaba su esposa; y luego
decía en voz baja-: Anita, hermana mía, ¿ves algo?
Su hermana respondía:
-Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.
-Baja pronto, bramaba Barba Azul, o subo yo.
-Bajo -contestó la infeliz; y luego preguntó-, Anita,
hermana mía, ¿viene alguien?
-Sí, veo una gran polvareda que hacia aquí avanza...
-¿Son mis hermanos?
-¡Ay!, no, hermana mía; es un rebaño de carneros.
-¿Bajas o no bajas? -vociferaba Barba Azul.
-¡Un momento, otro instante no más! -exclamó su mujer; y
luego añadió-: Anita, hermana mía, ¿viene alguien?
-Veo -contestó-, dos caballeros que hacia aquí se
encaminan, pero aún están muy lejos. ¡Alabado sea Dios!,
exclamó, poco después; ¡son mis hermanos! Les hago señas
para que apresuren el paso.
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Barba Azul se puso a gritar con tanta fuerza que se
estremeció la casa entera. Bajó la infeliz mujer y fue a
arrojarse a sus pies llorosa y desgreñada.
-De nada han de servirte las lágrimas, le dijo; has de morir.
Luego agarrola de los cabellos con una mano y levantó con
la otra la cuchilla para cortarle la cabeza. La infeliz hacia él
volvió la moribunda mirada y rogole le concediese unos
segundos.
-No, no, rugió aquel hombre; encomiéndate a Dios.
Y al mismo tiempo levantó el armado brazo...
En aquel momento golpearon con tanta fuerza la puerta, que
Barba Azul se detuvo. Abrieron y entraron dos caballeros,
quienes desnudando las espadas corrieron hacia donde
estaba aquel hombre, que reconoció a los dos hermanos de
su mujer, el uno perteneciente a un regimiento de dragones
y el otro mosquetero; y al verles escapó. Persiguiéronle tan
de cerca ambos hermanos, que le alcanzaron antes que
hubiese podido llegar a la plataforma le atravesaron el
cuerpo con sus espadas y le dejaron muerto. La pobre mujer
casi tan falta de vida estaba como su marido y ni fuerzas
tuvo para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Resultó que Barba Azul no tenía herederos, con lo cual
todos sus bienes pasaron a su esposa, quien empleó una
parte en casar a su hermanita con un joven gentilhombre
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que hacía tiempo la amaba, otra parte en comprar los grados
de capitán para sus hermanos y el resto se lo reservó,
casando con un hombre muy digno y honrado que la hizo
olvidar los tristes instantes que había pasado con Barba
Azul.
Moraleja
De lo dicho se deduce,
si el cuento sabes leer,
que al curioso los disgustos
suelen venirle a granel.
La curiosidad empieza,
nos domina, y una vez
satisfecha, ya no queda
de ella siquiera el placer,
pero quedan sus peligros
que has de evitar por tu bien.
Otra moraleja
A tiempos ya muy lejanos
se refiere aqueste cuento.
Mas ahora, aunque el marido
devorado esté por celos
y tenga la barba azul,
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o bien negro tenga el pelo,
le domina la mujer
con la dulzura y talento.
Para que haya paz en casa,
ya sabéis cuál es el medio.
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