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II
DEL CONSENTIMIENTO, UN DISONANTE PERVERSO
A-SENTIR EN LA CULTURA ANDROCÉNTRICA.
LECTURAS SOBRE GENEVIÈVE FRAISSE
Quiero agradecer particularmente a la doctora Lucía Melgar
quien me propuso para acompañarlas en esta mesa. En homena-
je a la prologadora quiero af irmar aquí que extrañé su nombre
en la portada, en algunos momentos diré, en su honor, que el
solo prólogo vale por ser un libro entero y que la riqueza de su
lectura me aportó tanto o más que el texto de la autora france-
sa, y es por su prólogo, brillante y aterrizado, leído y analizado
desde una realidad contemporánea internacional como desde la
nuestra, que me enganché con el tema y que quiero comenzar mi
propia lectura.
Para nuestra suerte en el diccionario de María Moliner el
consentimiento se def ine como (dar; pedir, recibir, tener): Auto-
rización, licencia, permiso, acción de consentir. Palabras o es-
crito con que se expresa. Como af irma Lucía Melgar: el con-
sentimiento es palabra, gesto, movimiento que se dirige a otro
u otros, y como Fraisse af irma y prueba una y otra vez a menudo
está def inido por la relación desigual con otra persona y por las circunstan-
cias. Puede suponer autoridad (propia o ajena), una voluntad que no siem-
pre se ejerce (¿o no se puede ejercer ? —se pregunta Lucía entre
paréntesis—) y existe la posibilidad normalmente de escoger. Me centro
en un pie de página que la doctora Melgar inserta en la def ini-
ción porque, en el trabajo de traducción, en el signif icado de la
palabra en el contexto cultural y la acepción que da una lengua
a un concepto, pasa una parte central de este análisis. Ya que
entre el inglés consent, el francés consentire y el español consentir,
se atraviesan también las perspectivas interdisciplinarias entre el
55
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56 GÉNERO Y LITERATURA
derecho, la antropología, la sociología y la f ilosofía. El Oxford
English Dictionary, explica Melgar, subraya la cuestión de volun-
tad y armonía, que en las def iniciones presentadas por Fraisse del
francés, incluso en un Robert de 2005, considera, conf irmando
la queja de Fraisse, esta noción de sumisión y diferencia de jerar-
quías y posturas de dominación. Mi paréntesis a esta diversidad
de acepciones es que en derecho, cuando no se habla de dere-
chos humanos o de derecho civil, el consentimiento requiere de
la condición básica y central de la igualdad como una cualidad
para darle validez al contrato y mi réplica es que, para poder
aterrizar este análisis interdisciplinario al derecho hay que par-
tir de la diversidad de contratos y de ramas del derecho que
existen.
Una vez aclarado este punto que mi formación lejana de dere-
cho me exige, considero que en materia de derecho internacional,
de derechos humanos, en civil y en penal el análisis de Fraisse no
solo es pertinente sino que sería indispensable su integración a la
bibliografía de base de los estudiosos del derecho, con el f in de
abrir la perspectiva y la posibilidad de una justicia distinta.
Por otro lado, la manera en la que Geneviève Fraisse pasa del
análisis desde la literatura hacia el derecho y las ciencias sociales
que han analizado el concepto del consentimiento es cautivante,
no solo por su capacidad de moverse en varias pistas, sino por el
hecho de hacernos reparar, a través de lecturas de clásicos como
Rousseau quien también fue novelista o Choderlos de Laclos, en
el arqueotipo de la sexualidad, que posiblemente todavía nos rige
y cómo éste se posiciona es la base de una concepción cultural
primero del orden social, luego del contrato social y f inalmente
de una percepción del derecho que, en nuestro afán de lograr una
neutralidad en lo jurídico, solemos invisibilizar.
Fraisse1 escribe: “La sexualidad y la cohersión fabrican el ero-
tismo... La escena primitiva histórica en que se estableció el desti-
1
Fraisse, Geneviève, Del consentimiento, trad. de María Teresa Priego, Méxi-
co, El Colegio de México, 2012, p. 46.
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DEL CONSENTIMIENTO 57
no de la relación ente los sexos se duplica con la escena de teatro
del juego amoroso”.
Y más adelante af irma:
El consentimiento parece siempre falseado a partir de esta escena
primitiva en la que fue necesario ceder. La imagen de la conquista,
o sea la de la guerra, permanece como algo esencial; la subyugación
de las mujeres aparece al mismo tiempo que la servidumbre, lo que
no impide la continuación de la historia. En efecto, el juego amoro-
so no es la simple repetición de una libertad constreñida dentro de
las fronteras de la seducción. Sabiendo encender y dirigir los deseos
de los hombres, las mujeres sacaron partido de la situación, pero no
para liberarse, tarea imposible, sino para acondicionar la guerra per-
petua entre los sexos; así se estableció un contrato entre ellos.2
Como expone la autora, se trata entonces de un contrato velado,
no entre iguales sino entre dominante y dominado. Un perverso
con-sentimiento que no lo es, no es un sentir con o un sentir juntos,
sino un disonante, disfuncional y perverso a-sentir.
La autora logra trazar una línea muy atractiva y sutil entre la
construcción de la sexualidad y el erotismo y la manera en que
se construye la relación entre el hombre y la mujer a partir del
concepto de consentimiento, como ya lo mencioné, a través de la
comparación de dos escritores contemporáneos: Rousseau y Cho-
derlos de Laclos, ambos desde el terreno de la novela y, a partir
del reflejo de la época en sus relatos, la f ilósofa construye una teo-
ría sumamente coherente de la evolución de las relaciones entre
hombres y mujeres a lo largo de la historia. Del primero analiza
La carta a d’Alembert de la que Fraisse af irma: [Rousseau] precisa
las leyes del amor. Querer contentar insolentemente sus deseos
sin la confesión de aquella que los hace nacer ¡es la audacia de
un sátiro!
En el mismo tenor la autora recurre a quien, pienso, entraría
en la def inición de Rousseau de sátiro: Choderlos de Laclos, au-
2 Ibidem, p. 47.
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58 GÉNERO Y LITERATURA
tor de la conocida novela Relaciones peligrosas, de la que la autora
af irma: “Aún hoy son una referencia sensible y concreta, más que
un fragmento de historia literaria, El enfrentamiento y el interés
por esquivar como herramientas eróticas, la transparencia y la
astucia subrayadas en la relación entre los sexos revisten para
nosotros más encanto que La nueva Eloisa...”,3 af irma Fraisse.
En la obra de ambos autores con las inmensas diferencias que
los separan; Rousseau, fue un moralista en los términos de la épo-
ca, un observador del comportamiento de los seres humanos y
sus costumbres, Choderlos de Laclos un sátiro... pero en la escena
literaria, expone Fraisse: Ambos parten de la misma estructura de
la escena amorosa:
Ellas practicaron el penoso arte de negarse en el momento mismo en que deseaban
consentir, escribe de Laclos. No aparentan negarse para darse mejor y así lle-
varse la victoría, analiza Fraisse; desconfían y adoptan una actitud de
rechazo. Sin duda tienen razones para hacerlo, porque este juego
femenino surge después del contrato social; éste juego es el de la ci-
vilización y el de la historia humana, ese en el cual el consentimiento
ya no es un movimiento simple de adhesión y de acuerdo, sino un
movimiento disfrazado eventualmente de su contrario: la negativa.
¿Por qué tanto disimulo de las mujeres? Se pregunta la autora. Por-
que esa situación de seducción amorosa es consecuencia de lo que
un siglo más tarde Engels llamó: la gran derrota histórica del sexo femenino.
El juego no es igual entre hombres y mujeres, explica Choderlos
de Laclos mismo.
No hay consentimiento primitivo replica Fraisse, mejor dicho, un con-
sentimiento forzado. Frente a la violencia de la imposibilidad de ne-
garse, después de un discurso que en la realidad solo toma en
cuenta la escritura masculina y su perspectiva, la sola opción de la
mujer es la de la estrategia, la seducción. La sexualidad y la cohersión fa-
brican el erotismo, adelanta la f ilósofa con una profunda lucidez. La
escena primitiva histórica en que se estableció el destino de la relación entre
3 Idem.
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DEL CONSENTIMIENTO 59
los sexos se duplica con la escena de teatro; la del juego amoroso.4 El consen-
timiento parece siempre falseado a partir de esta escena primitiva en la que
fue necesario ceder. La imagen de la conquista o sea de la guerra, permanece
como algo esencial; la subyugación de las mujeres aparece al mismo tiempo
que la servidumbre, lo que no impide la continuación de la historia. En efecto,
el juego amoroso no es la simple repetición de una libertad constreñida dentro
de las fronteras de la seducción. Sabiendo encender y dirigir los deseos de los
hombres, las mujeres sacaron partido de la situación, pero no para liberarse,
tarea imposible, sino para acondicionar la guerra perpetua entre los sexos; así
se estableció un contrato entre ellos.
Fraisse expone el punto de encuentro entre ambos autores en
el tema de la seducción, y muestra cómo aunque en Rousseau
hay un argumento naturalista, el fondo de su trama es totalmente
político ya que busca asegurarse de que la seducción diferenciada de los
sexos será la manera de pensar de una modernidad que resulta la relación des-
igual entre los sexos. De Laclos deduce que la belleza y el ornamento nacieron
de esta situación primitiva de los orígenes de la organización social,
y propone, muy a su manera: una secuencia en donde la educación a las
mujeres le parece más necesaria que a Rousseau.
Rousseau por su parte asume que las cosas son simplemente como
son para las mujeres y se encarga de que así siga siendo en esa nue-
va cultura que def ine su Contrato social. Pero, explica Geneviève
Fraisse:
En los dos casos la estrategia sexual se representa como la búsqueda de
un equilibrio entre hombres y mujeres gracias a la imagen clásica de la
equivalencia. La discusión en estos dos autores, trata de algo que sub-
yace a la ley social: la ley del amor natural o escena primitiva de la
historia humana. La noción de consentimiento pareciera más bien
pertenecer a un segundo tiempo en el orden de la naturaleza.
Es aquí donde Fraisse expone cómo f inalmente existieron los es-
tadios históricos en lo que concierne a la percepción del consen-
timiento, def ine la primera en la Antigüedad, en donde el matri-
4 Ibidem, p. 46.
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60 GÉNERO Y LITERATURA
monio se basaba en la idea de una mutualidad aparente, y nadie
se tomaba la molestia de describir el consentimiento femenino
como un ejercicio de voluntad.
Posteriormente habla de la evolución del concepto en el siglo
XVIII, en donde el pensamiento renovado del amor sexual cam-
bia la perspectiva: se trata entonces de interpretar el consenti-
miento de una mujer, analizarlo, def inirlo. Al menos aparece un
interés cientif ico de interpretación, aunque en realidad el lenguaje
y la mirada siguen siendo la masculina y la interpretación es una
f icción para adecuar las mismas prácticas a su nueva racionali-
dad. Lo mismo pasa en el siglo de las Luces, que elogia la liber-
tad; los dos sexos escuchan bien el mensaje, pero, concluye la
f ilósofa, la escritura masculina, tanto en el sentido propio como
f igurado gana.
Fraisse expone en el apartado inicial sobre lo jurídico, cómo
es el divorcio y no el matrimonio, lo que def ine por primera vez
la diferencia entre el consentimiento, como asentimiento de la
voluntad paterna en desposar al elegido del padre, y la capacidad
de ejercer la voluntad con libertad, que def ine por primera vez
en la vida de la mujer. Y cita al poeta inglés John Milton quien
separa la noción de divorcio de la cristiana manera de ver la se-
paración como acto adultero y explica de manera hermosa que
el matrimonio es una conversación y el divorcio es una conversa-
ción interrumpida, lleva, como buen protestante el problema a su
realidad de vidas compartidas y torturadas y piensa en la pesadi-
lla de dos personas obligadas a mantenerse juntas odiándose y la
libertad que el divorcio les otorga.
La manera en que Fraisse pasa del análisis sociológico y antro-
pológico de las ideas expresadas en la literatura, a la explicación
política y jurídica de la justif icación de un consentimiento atri-
buido, en general, a un hecho característicamente femenino por
su carácter jerárquico en situación de sometimiento, es loable,
por real, por lógica y por científ ica. Como siempre, es la litera-
tura el espacio de los posibles, en donde, con una mirada aguda
como la de Fraisse podemos encontrar, no solo el reflejo del pen-
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DEL CONSENTIMIENTO 61
samiento de una época, sino todos los niveles psicológicos, pato-
lógicos, sociológicos, antropológicos y humanos, no solo de las
escenas o las historias dentro de un relato, sino el origen primitivo
y original y los arquetipos que def inen incluso la sexualidad y los
elementos culturales y originarios del deseo hasta nuestros días,
así como del origen de la sexualidad y de los juegos de roles que
def inen los espacios en donde el consentimiento se conforma des-
de sus áreas oscuras hasta las que Fraisse intenta esclarecer a la
luz de otras miradas a pensar.
En el siglo XX el consentimiento se convierte en un terreno
de discrepancia y de ambigüedad, no solo en su acepción, sino en
los distintos espacios del quehacer humano en los que tiene una
incidencia.
... a estas alturas, la ejemplariedad del consentimiento en los pri-
meros debates del divorcio, de Milton a la Revolucíón francesa, ha
perdido su importancia. Hay que pensar en la totalidad social y en
las instituciones que la conforman. La importancia del individuo está
enmarcada en un pensamiento del orden social.
De hecho si el consentimiento no tiene sino un valor relativo es
porque el pensamiento del contrato no podría ser tan central como
han querido hacérnoslo creer... el contrato entre personas debe es-
tar referido al contrato social para testimoniar su consistencia. Éste
segundo punto abre la puerta a una reflexión nueva, la que va a
mezclar el consentimiento individual y el consentimiento colectivo.
La paradoja mayor es que los dos contratos, el civil individual
y el social colectivo, subsisten en la época misma en que quisieran
hacernos creer que la esfera privada y la esfera pública han sido cla-
ramente divididas. Justamente la noción del consentimiento permite
ese paso de una esfera a la otra.5
Y así, diluido y separado por una vuelta de página, Fraisse es-
tablece uno de los puntos medulares del concepto del consenti-
miento, no solo al interior del derecho y de las teorías jurídicas y
5 Ibidem, pp. 63 y 64.
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62 GÉNERO Y LITERATURA
sociológicas, sino que subraya su carácter de puente; de puentes
que se trazan, según podemos ir viendo a estas alturas de nues-
tra lectura, las futuras cuestiones que Fraisse va buscando como
nuevas reflexiones.
El consentimiento como traductor y nexo entre ambas esferas (en
una sociedad en donde se demuestra cada día que tales separa-
ciones son f icciones poco sostenibles, Fraisse da otra vuelta de
tuerca y aclara que): “Éste análisis de disociación de las esferas,
propio de la fundación democrática moderna, le interesa menos
que el movimiento inverso, contemporáneo, el de la reconstruc-
ción de la comparación entre la familia y la ciudad”.6
También se expone como passage o territorio abierto para la
interdisciplina, esta parece a veces un conjunto de archipiélagos
entre los que un concepto se departe como puente entre ellos y
de pronto se transforma, en cada territorio específ ico en concep-
tos muy distintos y dispares. Sin embargo, el juego que juegan las
ciencias, particularmente las sociales al incursionar en territorios
hermanos, descubrir palabras originarias de una disciplina ma-
dre, la reapropiación y la renovación de un tal concepto hacia
otras posibilidades y consecuencias es un proceso pausado que
permite, no solo la evolución del concepto mismo, sino de las dis-
ciplinas que lo toman para la reflexión y la comprensión de sus
propios postulados, también para la proliferación de su propia
propuesta, lo que provoca un intercambio inf inito y riquísimo ha-
cia las ciencias vecinas e incluso, cuando el concepto regresa mo-
dif icado o evolucionado a la disciplina de origen, como es el caso
del consentimiento de regreso al derecho, puede y debe provocar
evoluciones positivas... pero también puede causar desconcierto
y suscitar desacuerdo.
Algunos juristas no estarían de acuerdo con la autora en su
opinión sobre el consentimiento ya que los actos de derecho, los
actos de voluntad, en todas las ramas de dicho derecho siguen
necesitando del consentimiento; de la mutua aceptación de las
6 Ibidem, p. 64.
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DEL CONSENTIMIENTO 63
partes para darle validez, de igual forma la defensa de la legitimi-
dad de un acuerdo al interior de un contrato, se da precisamente
desde la perspectiva de que esté desprovisto de vicios del consenti-
miento, en ello radica la posibilidad de la justicia; desde el campo
de lo mercantil, lo civil, lo laboral, lo social, lo corporativo, pueda
pronunciarse en favor o en contra de una de las partes, frente a
un conflicto de intereses.
Coincido con la autora cuando af irma que, en el curso del si-
glo XX la noción de consentimiento va a convertirse nuevamente
en un asunto político. Y siguiendo la misma lógica de la diáspora
y transformación de un concepto en algo nuevo, un poco como
nos pasa a los seres humanos, frente a la escucha y el descubri-
miento de otras diferencias, de otras culturas, de otros países, el
concepto del consentimiento, en su viaje entre las diferentes cien-
cias sociales, f ilosóf icas, literarias y médicas, se convierte en un
vehículo, en un passage de la evolución política y de las ideas; coin-
cido también con la autora7 entonces cuando af irma:
El consentimiento va a convertirse nuevamente en un asunto polí-
tico. Lo fue para construir la individualidad democrática; lo vuelve
a ser para entender las relaciones de dominación. El contrato cuan-
do se trata de situaciones asimétricas, o en donde hay disimetría,
como es el caso que nos concierne la relación de dominación entre
los hombres y las mujeres, entonces el Derecho incluso, termina por
reconocer que el matrimonio en tanto contrato, subraya dicha disi-
metría en el intercambio; y la dominación termina por mostrar a la
luz la relación histórica de fuerza.
Me gusta mencionar otra mirada de dicha institución, el hecho
de que hoy por hoy, un contrato tan cargado de nociones de do-
minio y sumisión como lo es el matrimonio, se convierte en pleno
siglo XXI en una bandera de la diversidad y de la defensa de la
diferencia sexual como libertad, como espacio de igualdad, como
7 Op. cit.
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64 GÉNERO Y LITERATURA
defensa de sus derechos sociales, privados, mercantiles, civiles y
democráticos.
Me encantaría extenderme hacia otros puntos de este análisis
tan rico, creo que el libro de Fraisse debe ser enviado a todas las
bibliotecas jurídicas del país, creo que, como todos sabemos, el
derecho es el más reacio a los cambios, es parte de su ser posi-
tivista, pero estoy segura que las reflexiones de Fraisse, aunque
muchas de ellas lejanas, desgraciadamente, se adecuan a la reali-
dad mexicana (por ejemplo su noción de la sumisión como término
anticuado). Mientras lo digo pienso en la comparación que hace
Fraisse a partir de Rousseau y de Laclos, cuando explica cómo no
se da una resolución al problema de dominación entre el hombre
y la mujer, sino un juego del asentimiento perverso y disonante
del asentir sumiso, por sobrevivencia: aceptar perder, no morir,
inventar el juego de seducir como defensa, y añado, el desarrollo
de un poder de la seducción tanto desde la sexualidad, como del
control del otro a través de la moral, que nuestras mujeres mexi-
canas juegan, en benef icio propio, sin darse cuenta del perjuicio
que se generan. Una mirada como la de la autora es aire fresco
para nosotras y un balde de agua fría para las matriarcas del pa-
triarcado mexicano.
Y para concluir creo que el término contaminación como lo uti-
liza la f ilósofa, es prometedor; no solo entre los conceptos, sino
en la posibilidad de la reconstrucción de la democracia —invierto la es-
tructura para plantear mi idea—, se hace gracias al movimiento
ineluctable de dicha contaminación entre el espacio de lo familiar y
de lo público. Que la contaminación, como el divorcio en Milton, fun-
cionan como términos transubstanciados, como ese f in de aquella
conversación y el inicio, para su época, del primer momento de
autonomía, de libertad, de ejercicio del consentimiento libre para
la mujer, y f inalmente, esta contaminación que guía el trabajo de
estudio del Genevieve Fraisse sobre el consentimiento: término
contaminado y contaminador de terrenos, de posturas, de institu-
ciones, de disciplinas, de contratos y de ciencias, que nos muestra
que la apertura y flujo que constituyen la vida y el pensamiento
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DEL CONSENTIMIENTO 65
no deben ser coartados por estructuras cerradas ni monolíticas,
trabajo arduo y por hacer al interior del derecho, ya que incluso
para éste La noción de consentimiento como tal, como argumento de libertad,
como reivindicación del sujeto singular, como expresión dinámica de la rela-
ción del individuo con el mundo, relación dual o relación colectiva, es en efecto
una f igura para el individuo democrático, privado y público. Y todo queda,
como af irma Fraisse, por hacer.
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