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Ribeyro y su "Dirección equivocada"

Este documento presenta una biografía y análisis de la obra del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Pertenece a la llamada Generación del 50 y es conocido principalmente por sus cuentos. Algunas de sus obras más destacadas son Los gallinazos sin plumas, Cuentos de circunstancias y Las botellas y los hombres. Sus cuentos se caracterizan por retratar la vida de la burguesía limeña y personajes marginales, mostrando una visión escéptica y fatalista de la vida. Ribeyro
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Ribeyro y su "Dirección equivocada"

Este documento presenta una biografía y análisis de la obra del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Pertenece a la llamada Generación del 50 y es conocido principalmente por sus cuentos. Algunas de sus obras más destacadas son Los gallinazos sin plumas, Cuentos de circunstancias y Las botellas y los hombres. Sus cuentos se caracterizan por retratar la vida de la burguesía limeña y personajes marginales, mostrando una visión escéptica y fatalista de la vida. Ribeyro
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Dirección equivocada

Julio Ramón Ribeyro


Dirección Equivocada

Julio Ramón Ribeyro

Editorial Recaldina Cartonera

Diseño de portada: Belén Fernandez

Diagramación: Paulo Huerta

San Borja (2023)


Dirección equivocada

JULIO RAMÓN RIBEYRO


Julio Ramón Ribeyro

(Lima, 1929 - 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50
y uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Recibió su
primera enseñanza en el Colegio Champagnat de Lima, para posteriormente ingresar a la
Universidad Católica del Perú (1946), donde cursó letras y derecho. Abandonó los estudios
jurídicos en 1952, cuando se encontraba en el último año de la carrera, al recibir una beca para
estudiar periodismo en Madrid, adonde se trasladó en noviembre del mismo año.

En julio de 1953, y después de ganar un concurso de cuentos convocado por el Instituto


de Cultura Hispánica, viajó a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la
Universidad La Sorbona, pero de nuevo decidió abandonar los estudios y permanecer en Europa
realizando trabajos eventuales, y alternando su estancia en Francia con breves temporadas en
Alemania (1955-56, 1957-58) y Bélgica (1957).

En 1958 regresó al Perú, y en septiembre del año siguiente viajó a la ciudad de Ayacucho,
para ocupar el cargo de profesor y director de extensión cultural de la Universidad Nacional de
Huamanga. En octubre de 1960 regresó a Francia. En París trabajó como traductor y redactor de
la agencia France Presse (1962-72). En 1972 fue nombrado agregado cultural peruano en París
y delegado adjunto ante la UNESCO, y posteriormente ministro consejero, hasta llegar al cargo
de embajador peruano ante la UNESCO (1986-90).

Hacia 1993 se estableció definitivamente en Lima. En su país fue distinguido con el


Premio Nacional de Literatura (1983) y el Premio Nacional de Cultura (1993), habiendo sido
galardonado también en 1994 con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan
Rulfo, uno de los galardones literarios de mayor prestigio en el ámbito cultural
hispanoamericano.

La obra de Julio Ramón Ribeyro

Ribeyro es un narrador perteneciente a la Generación del 50, un grupo de escritores que


buscó una renovación en la narrativa peruana, y que tuvo como tema preferente la descripción
de los cambios producidos en la sociedad limeña, que comenzaba a sufrir por esos años un
acelerado proceso de modernización.

Considerado uno de los mejores cuentistas hispanoamericanos, entre los volúmenes de


cuentos que publicó destacan Los gallinazos sin plumas (1955), Cuentos de circunstancias
(1958), Las botellas y los hombres (1964), Tres historias sublevantes (1964), La juventud en la
otra ribera (1973) y Sólo para fumadores (1987), que fueron reunidos en las recopilaciones La
palabra del mudo (4 vols., 1973-92) y Cuentos completos (1994), ésta última prologada por
Alfredo Bryce Echenique.

El espacio acotado por el autor es el de una burguesía limeña empobrecida, aunque


incursiona a veces en ambientes marginales, manteniendo el esquema básico de la expectativa
frustrada de los personajes, burócratas, seres grises y olvidados, sin voz, víctimas de la trama
cruel de la expansión urbana y de una incipiente modernización. El trasfondo de estos relatos, a
juzgar por la intención del narrador, es mostrar el fin del orden aristocrático en manos de una
burguesía pragmática y vulgar.
En sus cuentos se percibe una constante argumental cíclica: el examen del entorno social
y humano, que ratifica la certidumbre del fracaso de cualquier empeño; sus personajes, al final
de cada historia, se encuentran siempre enfrentados a la frustración. Construyó así un mundo
de poderosa coherencia interna, un universo dominado por un profundo escepticismo y un
fatalismo derivados de la observación de la realidad. Este supuesto sustenta la sólida lógica
interna de su cuentística, aun cuando es posible encontrar en ella matices de intensidad y tono.
Cabe agregar que cultivó también relatos de corte fantástico, de excelente factura, pero que
componen un conjunto menor.

Las fuentes literarias de Ribeyro se encuentran en los cauces del realismo del siglo XIX,
especialmente en la escritura de Guy de Maupassant, y también en narradores como Stendhal
y Antón Chéjov. A eso se debe, probablemente, que nunca se haya esforzado en ocultar una
abierta preferencia por la concepción tradicional de la estructura y el lenguaje narrativos. Dueño
de un estilo austero, calificado como tradicional por su afinidad con los modelos clásicos, evitó
las técnicas experimentales de la novela moderna. Sin embargo, pese a este aparente
conservadurismo formal, sus cuentos fueron una contribución decisiva para consolidar el paso
de la narrativa indigenista a la narrativa urbana en el Perú.

Aunque es más conocido por sus cuentos, publicó también tres novelas. La primera de
ellas, Crónica de San Gabriel (1960), es la más lograda y se encuentra ambientada en una
hacienda serrana, cuyos personajes reproducen el sistema de explotación, injusticia y violencia
de la sociedad peruana de mediados del siglo XX. Su siguiente novela, Los geniecillos dominicales
(1965), desarrolla el tema del desencanto juvenil a través de las vivencias de Ludo Totem,
personaje en el cual descubrimos rasgos autobiográficos del autor. Cambio de guardia (1976) se
aparta de las técnicas narrativas tradicionales usadas por el autor en sus obras anteriores para
relatar la historia de un golpe de Estado militar que cuenta con el apoyo de la oligarquía peruana.
En todas estas novelas el autor retoma los temas de sus cuentos, mostrándonos su visión
escéptica de la vida y reafirmando su preferencia por los personajes marginales.

Ribeyro es también autor de Prosas apátridas (1975), conjunto de breves apuntes,


digresiones y reflexiones sobre la actividad literaria, y de la serie de aforismos Dichos de Luder
(1989). El ensayo y la crítica literaria están representados dentro de su obra por los artículos
reunidos en La caza sutil (1976). Es autor además de ocho piezas de teatro (algunas muy breves),
entre las que destacan Santiago, el pajarero, inspirada en una tradición del escritor Ricardo
Palma e incluida en una recopilación de su Teatro (1975), y Atusparia (1981), que desarrolla en
forma libre el tema del levantamiento armado encabezado en 1885 por el alcalde indígena Pedro
Pablo Atusparia en la sierra peruana.

Según el mismo autor, sus obras de teatro son retóricas y discursivas, construidas más
sobre la palabra que sobre la acción, lo que ha restado posibilidades a su puesta en escena.
Durante sus últimos años de vida comenzó la publicación de su diario personal con el expresivo
título de La tentación del fracaso, del que se han publicado los tomos correspondientes a los
años 1950-1960 (1992), 1960-1974 (1993) y 1975-1978 (1995). Póstumamente se dio a conocer
la correspondencia que mantuvo con su hermano, de la que se ha publicado un volumen bajo el
título Cartas a Juan Antonio. Tomo I: 1953-1958 (1996).
¿Por qué “dirección equivocada”?

Porque el título es bastante llamativo y gracioso, por más que no sepas de que vaya la historia,
el título “dirección equivocada” genera bastante curiosidad ya que alguna vez nos ha pasado
que lamentablemente al tratar de llegar a un lugar terminamos en la dirección equivocada y esa
experiencia se recuerda usualmente de forma cómica.

"Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la
palabra, los marginales, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo
les he restituido ese hálito negado y les he permitido modular sus anhelos y sus arrebatos y sus
angustias".

(De una carta de J.R. Ribeyro al editor, el 15 de febrero de 1973)


Decálogo para cuentistas

[Decálogo personal para escribir un cuento]

El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que
el lector pueda a su vez contarlo.

La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es
inventada, real.

El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello
junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento.

El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para
la poesía o la novela.

El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage
de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su
expresión oral.

El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los
obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente
imprescindible.

El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que
sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.
Julio Ramón Ribeyro
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994)

DIRECCIÓN EQUIVOCADA
Las botellas y los hombres

(originalmente publicado, por error, como Los hombres y las botellas)

(Lima: Populibros Peruanos, 1964, 135 págs.)

RAMÓN ABANDONÓ LA oficina con el expediente bajo el brazo y se dirigió a la avenida


Abancay. Mientras esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince, se entretuvo
contemplando la demolición de las viejas casas de Lima. No pasaba un día sin que cayera
un solar de la colonia, un balcón de madera tallada o simplemente una de esas apacibles
quintas republicanas, donde antaño se fraguó más de una revolución. Por todo sitio se
levantaban altivos edificios impersonales, iguales a los que había en cien ciudades del
mundo. Lima, la adorable Lima de adobe y de madera, se iba convirtiendo en una especie
de cuartel de concreto armado. La poca poesía que quedaba se había refugiado en las
plazoletas abandonadas, en una que otra iglesia y en la veintena de casonas principescas,
donde viejas familias languidecían entre pergaminos y amarillentos daguerrotipos.
Estas reflexiones no tenían nada que ver evidentemente con el oficio de Ramón:
detector de deudores contumaces. Su jefe, esa misma mañana, le había ordenado hacer
una pesquisa minuciosa por Lince para encontrar a Fausto López, cliente nefasto que
debía a la firma cuatro mil soles en tinta y papel de imprenta.
Cuando el ómnibus lo desembarcó en Lince, Ramón se sintió deprimido, como
cada vez que recorría esos barrios populares sin historia, nacidos hace veinte años por el
arte de alguna especulación, muertos luego de haber llenado algunos bolsillos
ministeriales, pobremente enterrados entre la gran urbe y los lujosos balnearios del Sur.
Se veían chatas casitas de un piso, calzadas de tierra, pistas polvorientas, rectas calles
brumosas donde no crecía un árbol, una yerba. La vida en esos barrios palpitaba un poco
en las esquinas, en el interior de las pulperías, traficadas por caseros y borrachines.
Consultando su expediente, Ramón se dirigió a una casa de vecindad y recorrió
su largo corredor perforado de puertas y ventanas, hasta una de las últimas viviendas.
Varios minutos estuvo aporreando la puerta. Por fin se abrió y un hombre somnoliento,
con una camiseta agujereada, asomó el torso.
—¿Aquí vive el señor Fausto López?
—No. Aquí vivo yo, Juan Limayta, gasfitero.
—En estas facturas figura esta dirección —alegó Ramón, alargando su expediente.
—¿Y a mí qué? Aquí vivo yo. Pregunte por otro lado. —Y tiró la puerta.
Ramón salió a la calle. Recorrió aún otras casas, preguntando al azar. Nadie
parecía conocer a Fausto López. Tanta ignorancia hacía pensar a Ramón en una vasta
conspiración distrital destinada a ocultar a uno de sus vecinos. Tan sólo un hombre
pareció recurrir a su memoria.
—¿Fausto López? Vivía por aquí pero hace tiempo que no lo veo. Me parece que
se ha muerto.
Desalentado, Ramón penetró en una pulpería para beber un refresco. Acodado
en el mostrador, cerca del pestilente urinario, tomó despaciosamente una coca-cola.
Cuando se disponía a regresar derrotado a la oficina, vio entrar en la pulpería a un
chiquillo que tenía en la mano unos programas de cine. La asociación fue instantánea.
En el acto lo abordó.
—¿De dónde has sacado esos programas?
—De mi casa, ¿de dónde va a ser?
—¿Tu papá tiene una imprenta?
—Sí.
—¿Cómo se llama tu papá?
—Fausto López.
Ramón suspiró aliviado.
—Vamos allí. Necesito hablar con él.
En el camino conversaron. Ramón se enteró que Fausto López tenía una imprenta
de mano, que se había mudado hacía unos meses a pocas calles de distancia y que vivía
de imprimir programas para los cines del barrio.
—¿Te pagan algo por repartir los programas?
—¿Mi papá? ¡Ni un taco! Los dueños de los cines me dejan entrar gratis a las
seriales.
En los barrios pobres también hay categorías. Ramón tuvo la evidencia de estar
hollando el suburbio de un suburbio. Ya los pequeños ranchos habían desaparecido. Sólo
se veían callejones, altos muros de corralón con su gran puerta de madera. Menguaron
los postes del alumbrado y surgieron las primeras acequias, plagadas de inmundicias.
Cerca de los rieles el muchacho se detuvo.
—Aquí es —dijo, señalando un pasaje sombrío—. La tercera puerta. Yo me voy
porque tengo que repartir todo esto por la avenida Arenales.
Ramón dejó partir al muchacho y quedó un momento indeciso. Algunos chicos se
divertían tirando piedras en la acequia. Un hombre salió, silbando, del pasaje y echó en
sus aguas el contenido dudoso de una bacinica.
Ramón penetró hasta la tercera puerta y la golpeó varias veces con los puños.
Mientras esperaba, recordó las recomendaciones de su jefe: nada de amenazas, cortesía
señorial, espíritu de conciliación, confianza contagiosa. Todo esto para no intimidar al
deudor, regresar con la dirección exacta y poder iniciar el juicio y el embargo.
La puerta no se abrió pero, en cambio, una ventana de madera, pequeña como el
marco de un retrato, dejó al descubierto un rostro de mujer. Ramón, desprevenido, se
vio tan súbitamente frente a esta aparición, que apenas tuvo tiempo de ocultar el
expediente a sus espaldas.
—¿Qué cosa quiere? ¿Qué hay? —preguntaba insistentemente la mujer.
Ramón no desprendió los ojos de aquel rostro. Algo lo fascinaba en él. Quizá el
hecho de estar enmarcado en la ventanilla, como si se tratara de la cabeza de una
guillotina.
—¿Qué quiere usted? —proseguía la mujer—. ¿A quién busca?
Ramón titubeó. Los ojos de la mujer no lo abandonaban. Estaba tan cerca de los
suyos que Ramón, por primera vez, se vio introducido en el mundo secreto de una
persona extraña, contra su voluntad, como si por negligencia hubiera abierto una carta
dirigida a otra persona.
—¡Mi marido no está! —insistía la mujer—. Se ha ido de viaje, regrese otro día, se
lo ruego…
Los ojos seguían clavados en los ojos. Ramón seguía explorando ese mundo
inespacial, presa de una súbita curiosidad pero no como quien contempla los objetos que
están detrás de una vidriera sino como quien trata de reconstruir la leyenda que se oculta
detrás de una fecha. Solamente cuando la mujer continuó sus protestas, con voz cada vez
más desfalleciente, Ramón se dio cuenta que ese mundo estaba desierto, que no
guardaba otra cosa que una duración dolorosa, una historia marcada por el terror.
—Soy vendedor de radios —dijo rápidamente—. ¿No quiere comprar uno? Los
dejamos muy baratos, a plazos.
—¡No, no, radios no, ya tenemos, nada de radios! —suspiró la mujer y, casi
asfixiada, tiró violentamente el postigo.
Ramón quedó un momento delante de la puerta. Sentía un insoportable dolor de
cabeza. Colocando su expediente bajo el brazo, abandonó el pasaje y se echó a caminar
por Lince, buscando un taxi. Cuando llegó a una esquina, cogió el cartapacio, lo
contempló un momento y debajo del nombre de Fausto López escribió: “Dirección
equivocada”. Al hacerlo, sin embargo, tuvo la sospecha de que no procedía así por
justicia, ni siquiera por esa virtud sospechosa que se llama caridad, sino simplemente
porque aquella mujer era un poco bonita.
Bibliografía:
Dirección equivocada, Julio Ramón Ribeyro (1929-1994). (n.d.).

[Link]

Spartakku. (2023, May 2). Julio Ramón Ribeyro: Todos sus cuentos en línea |

Lecturia. LECTURIA : Biblioteca De Relatos.

[Link]

relatos/?authuser=3&hl=es

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