Nacho
(Observando el mundo)
“Nacho salvó mi vida y seguramente, antes de conocerlo,
ya había salvado decenas de vidas con su personalidad”
Matilde Ibáñez, madre de Nacho.
Prólogo
Conocí a Ignacio Ibáñez en marzo de 2004 en la facultad de filosofía y letras de Buenos Aires.
Hicimos algunos trabajos prácticos juntos en su casa. Conocí a Matilde, su madre y a su padre,
Mike, dos personas que parecían salidas de un cuento por su generosidad, su humor sin dobleces,
las caricias que se daban como si fueran adolescentes. Hoy Matilde y Mike viven en Brooklyn,
New York, muy cerca de la estatua de la libertad, ambos están jubilados. Mike da charlas para
ayudar a la gente con problemas de alcoholismo y Matilde se dedica a pintar cuadros enormes en
su atelier. La historia que sigue fue contada, de a pedacitos, en diferentes ocasiones por ellos
mismos.
A mi querido amigo Nacho, un alma libre.
El atardecer de los inviernos en Buenos Aires tiene ese olor que
atraviesa las paredes, pero solo puede olerse cuando uno se aleja y
vuelve. Nacho juega en el vagón 137 de la estación Retiro pero no puede
dormir ahí, intentó dos veces pero lo molieron a palos. Va a jugar, pero
con la intención de convertirlo en su hogar, nunca abandona la idea de
dormir en ese vagón. A veces lleva objetos que encuentra en la calle y
los deja debajo del segundo asiento. Lo prepara, se prepara. Nacho es
hijo de María, una tucumana hermosa que murió a los pocos días que
Nacho nació. Víctor, su padre al enterarse del embarazo de María, buscó
alejarse completamente y se fue a vivir Perú, trabajó para unos japoneses
y finalmente se mudó a Tokio en donde tiene un restaurant de
empanadas y ceviche y le va muy bien, pero sufre de algunas
compulsiones como tocar dos veces en el mismo lugar o contar los
pasos. Él sabe que la negación la está pagando con su cuerpo y cuando
alguna hendija de luz quiere hacer brotar la verdad él la tapa con nuevas
compulsiones. Nacho sonríe, sabe que es su mejor herramienta para
generar un efecto inmediato con los desconocidos y así poder obtener
algo, a veces unas monedas, comida o algún abrigo. Nacho duerme en la
torre de los ingleses, se hizo amigo de Pepe, el cuidador de la plaza y lo
deja que pase la noche para que esté protegido del frío, de otros
muchachitos violentos y de la policía que cada tanto le dan un par de
cachetazos. Aprende rápido, conoce todas las mañas para sobrevivir en
la calle y en la parte superior de la torre tiene una pequeña heladera que
le dieron como pago por ayudar en una obra en construcción a llevar
baldes de arena caminando por un tablón a cuatro pisos de altura. El
albañil le dio la heladera que no funcionaba y se la llevó en un carro con
rulemanes hasta lo de Tito, un mecánico que le ayuda con ropa y le da
consejos. Un hombre que repara de todo. Sus padres creían que iba a ser
un inútil porque nunca aprendió a hablar francés de forma fluida como
su padre ni tocaba el violín como su madre. Tito sabe como funcionan
los motores, todos los motores y los vuelve a la vida, también heredó de
su madre la precisión con los dedos, el puede colocar una diminuta
tuerca en los recovecos de una caja de cambios y sedujo a Margarita
cantándole “La vie en rose” y regalándole esculturas en miniatura que el
mismo realiza con arandelas, clavos, limadura de acero y bronce y otros
pequeños objetos. Ella lo admira y cuando canta en francés se derrite.
Tito arreglo rápido la heladera y con el mismo carrito la llevo hasta la
torre. Ahí tiene un mueble desvencijado que encontró tirado, y lo
convirtió en una despensa y guarda galletitas de todas las marcas, pan
lactal, leche en polvo, salamines. El taxista que se hurga la nariz en
sentido horario, el chofer de colectivos que piropea a las travestis, el
policía que sufre de pánico a las palomas, el que se hace el rengo y usa
muletas que encontró en la basura para hacerse de alguna limosna,
ninguno se da cuenta que Nacho, mientras come un sándwich de salame
y queso, los observa y se ríe a carcajadas desde lo alto de la torre de los
ingleses. Matilde es cirujana plástica, nació en Rosario y le gusta usar
aros grandes. Ella siente que es un comportamiento frívolo que aún no
puede controlar. En sus tiempos libres, se sienta frente a la torre de los
ingleses a tomar el té. Se relaja mirando todo. Nacho observa desde lo
alto y Matilde desde abajo. Varias veces coincidieron mirando el horror
del policía por las palomas y ambos rieron al unísono y en el medio de la
risa, mientras se secaban una lagrima, se vieron. Nacho la saludó.
Matilde también. La vida tiene esos enroques inesperados. Matilde lo
invitó a bajar con un gesto y Nacho es una persona muy sociable.
Aprendió de Pedro, el taxista que se toma un descanso todas las mañanas
frente a la torre, que uno nunca debe ir a una invitación con las manos
vacías, por lo tanto hizo un sándwich igual que él que estaba comiendo,
exprimió seis naranjas en cuestión de segundos y bajó volando por las
escaleras, llevando todo en una tablita que usa para comer. Dos jugos
exprimidos y dos sándwiches.
- Hola, soy Nacho. El sándwich que esta mordido es el mío. Sírvase
por favor.
Matilde no sabía que hacer. Ella solo quería ser gentil con un
muchachito de la calle. Estaba sorprendida, tenía hambre y recordó un
consejo que le daba su padre: “Mi’jita, al cuerpo hay que darle lo que
pida”
- Que honor, muchas gracias. Ahora estoy en deuda con vos.
Nacho sonreía. Le gustaba ese juego de amabilidad que le daba cierta
ventaja con los desconocidos.
Ambos comenzaron a mirar silenciosamente todo el paisaje y a los
personajes que aparecían y desaparecían. Matilde fue la primera vez que
conoció la felicidad, pero no podía expresarlo en palabras. La sonrisa
contagiosa que tenía era el síntoma de todo lo que le estaba pasando en
el cuerpo. Ella había viajado por todo el mundo por diferentes motivos, a
veces por trabajo dando conferencias, otras veces por placer y otras en
busca de la felicidad. Siempre tuvo una sensación de que algo le faltaba
y en ese momento volvió a recordar a su padre. Un hombre de campo, de
silencios largos y gestos austeros, de piel terrosa. Parecía un hombre
hostil, lejano y de una generosidad sin límites. Murió una tardecita de
otoño, todos creyeron que fue una muerte natural, un paro cardiaco por
su longevidad. Nadie supo, ni Matilde, que su corazón estaba levemente
hipertrofiado y latía desacompasado, la diástole estaba fuera de ritmo, a
causa de haber amado con desmesura desde que comenzó a salir con
muchachas.
Matilde recordó el día que se recibió con honores y fue llorando a
abrazar a su padre.
- Le felicto mi’ijita
Ella se puso a llorar y murmuró:
- No se si quiero esto…
- Mi’jita, siempre le faltan cinco pa’l peso. Disfrute.
Nacho, se dio cuenta que Matilde estaba feliz y la felicidad es
contagiosa. Nacho observaba la felicidad y era feliz también.
- ¿Te gustaría venir conmigo a New York?
- ¿Es lejos?
- Son como catorce horas de viaje.
- ¿En micro o en tren?
Matilde se dio cuenta de la propuesta que estaba haciendo y pensó en
decir que era una broma, pero decidió seguir adelante.
- ¿y tus padres?
- No tengo, mi mama murió y mi papa no sé.
Matilde en una semana, debido a una relación apasionada con un
senador, consiguió la tutela de Nacho y viajaron a New York. Ella iba a
dar una conferencia y Nacho quiso quedarse en el central park. La
conferencia era larga y Nacho muy inquieto. Aprendió rápido algunas
palabras en inglés, ayudo a algunas viejitas con las bolsas y se hizo de
unas monedas. Tomo el subte y después se coló en el ferry que va hasta
la estatua de la libertad. Mike, el guardia de seguridad, es el que controla
que todos los que van a subir a la estatua hayan pagado. Nacho se quedó
observando desde lejos y, en un descuido, Mike lo vió. Lo fue a buscar y
Nacho sabe que resistirse puede ser un problema mayor. Mike le
pregunto en inglés como se llamaba y Nacho intuyo que estaba
preguntando su nombre:
- Nacho
Mike es hijo de Salvadoreños, su apellido es Hernández y habla muy
bien español.
- ¿De dónde eres?
- De Argentina. Es un país que está lejos, muy lejos. Hay que volar
en avión para llegar. Porque el tren y el micro no llegan.
Mike tuvo problemas con el alcohol. Ya no, pero convive con el miedo a
recaer y eso lo hace vivir a medias. Como si estuviera siempre al borde
de un precipicio. Cuando Nacho le respondió sintió la frescura de un
niño con una sonrisa encantadora.
- ¿Dónde están tus padres?
- Mi mamá se murió y mi papá andá a saber
- ¿Con quién estas?
- Con Matilde, mi nueva mamá que es médica y está dando una
charla.
- ¿Tienes su teléfono?
Nacho metió la mano en el bolsillo y le dio un papel con el número de
teléfono de Matilde. Mike habló con Matilde y le dijo que lo tendría ahí,
con él, hasta que lo vaya a buscar.
- ¿Puedo subir a la estatua?
Mike estaba por decir que no, pero sentía una voz dentro que le gritaba
que sí.
- Si
Cuando terminó el horario de visita turística, Mike le dijo que suba por
una escalera hasta llegar arriba. Nacho así lo hizo.
Matilde fue a buscar a Nacho y conoció a Mike. Se enamoraron y al otro
día, con Nacho en el medio de los dos, se casaron. Matilde, por trabajo,
tenía que ir a Buenos Aires cada dos o tres meses y Nacho viajaba con
ella y se quedaba un rato en el departamento de Matilde, pero cuando
podía, se iba a su verdadera casa en la torre de los ingleses. En su
primera vuelta a la torre, descubrió el olor de los atardeceres invernales.
Era necesario alejarse para poder olerlo. Matilde lo dejaba porque se
hizo amiga de Pepe, el cuidador de la torre y le daba un dinero para que
cuide a Nacho. Cuando volaban a New York, Nacho se armó, con la
complicidad de Mike, su pequeña casa, en una baulera de gran espacio,
en la corona de la estatua de la libertad que nadie utiliza y tiene una
pequeña ventana desde donde mira, con un telescopio que le regaló
Matilde. observa al conductor del ferry que se hurga la nariz, al policía
que no para de limpiar su arma, al taxista hindú que esta siempre de mal
humor, También, a veces, los espía a Mike comiendo su sándwich
favorito de pavo, queso suizo derretido y salsa muy picante.
Mike se hace el distraído para no perder su trabajo y, cuando puede, le
guiña un ojo. El año próximo viajaran los tres a Italia para conocer la
torre de Pisa.