Encuentrame
Encuentrame
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«Cuando dos almas están sentenciadas a estar juntas, siempre lograran encontrarse.»
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Prólogo
Sus pasos resonaron en la gravilla, crujientes e indecisos. Había esperado por más de
veinte minutos que su acompañante regresara, a decir verdad: Estaba demasiado
preocupado porque aún no volvía.
Y al ver aquel rebullicio de sirenas policiacas y a todos correr en dirección a los
vagones, no hizo más que empezar a temer lo peor. Sabía que debió rehusarse a su
pedido y acompañarle, aunque ella refunfuñara como una niña de cinco años.
Ahora, caminaba en dirección hacia donde iban todos animado por una repentina
curiosidad. Al parecer, lo ocurrido allí era algo serio. Aunque era normal ver la
presencia de la policía allí; algo en el ambiente no era del todo común.
Los murmullos de los curiosos como él, no dejaban escuchar claramente lo ocurrido.
Habían rodeado el lugar en una especie de círculo. Un coche patrulla una chica
llorando, dos tipos… uno de ellos: Herido.
Entonces, ocurrió…
Era ella, llorando desconsolada con un chico en brazos, casi desvanecido por los
golpes.
Cuando dos almas están destinadas a estar juntas siempre lograran encontrarse,
cuando no es así, por más que se busquen no lo logran. Y, si por casualidad o suerte
sus caminos se cruzan una de ellas ya habrá cambiado, no es la misma. No se quedó
esperando y cuando se miren directo a los ojos, no se hallaran el uno al otro.
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Capítulo I
Emilia caminó hasta el mugroso catre en el fondo de la celda dónde podía mirar a
través de la ventana.
Se escuchaba la habladuría del comisario que la había traído desde la escuela. Miró
por la ventana los automóviles estacionándose en la acera contigua. Cerrando los
ojos, sintiendo un poco la angustia al imaginar el rostro encolerizado de su padre
cuando le llamasen a avisarle de que su hija nuevamente estaba en prisión.
Suspiró recostándose sobre la sucia banca recubierta con una percha sucia y
maloliente, vieja y desgastada.
« ¿Cuántos criminales habrán puestos su sus traseros aquí?» pensó riendo en silencio
al imaginarse aquella escena grotesca.
Era su segunda vez en prisión.
No era una delincuente juvenil. Pero, si continuaba así…
Estaba en camino de serlo.
—¿Eh? ¡Guapa! —El oficial golpeó los barrotes de la celda con su bolillo de
control para juergas en espacios públicos —te buscan, por cierto tienes el
beneficio de la llamada que no has usado.
Se levantó ya resignada en busca del rostro enfadado de su padre.
—¡Emilia! —gritó Brand caminando desde el umbral hasta los barrotes
donde se apoyaba para intentar alcanzarle.
—¡Brand! —exclamo sorprendida y aliviada por no encontrarse con el rostro
encolerizado de su papá.
Aunque fuera por unos momentos, tenía el tiempo suficiente para preparar sus oídos
a los gritos y refunfuños que sabía se vendrían.
—¿Estás bien? — Brand se acercó rápidamente entre las rejas dejando su
rostro cerca al de Emilia, tanto que casi podía sentir el latir desbocado de su
corazón.
Conocía a su amiga, conocía la templanza de su espíritu. Pero, nunca imaginó que
podía llegar tan lejos.
—Sí.
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Suavemente tomó su rostro contrariado, acariciándole entre las rejas que los
separaban.
—Fue algo muy loco, ¿En qué estabas pensando?
Ella rió bajito retirando las manos con suavidad. La temperatura en las mano de su
amigo la hizo estremecer ¡cuán frio estaba!
—Estaré bien —musitó. Quería creer que en verdad lo estaría.
Aunque siempre había sido una rebelde, sabía que esta vez había sobrepasado los
límites de la cordura. Aceptaba que no había tomado la mejor actitud, había cedido
ante la ira y no razonó en ningún momento.
Él esbozó una leve sonrisa haciendo notar el tierno hoyuelo en su mejilla izquierda.
Preocupado por ella, como siempre lo había hecho. Como los mejores amigos lo
hacen.
—Supongo que no haz llamado a tu padre.
Emilia se mordió el labio inferior tensionada. Brand adivinó de inmediato su
respuesta. Relajó la postura soltando su mano para caminar hasta el teléfono público
que tenían en la estación al servicio de los reos.
—Le llamaré.
Ella observó el caminar desenfadado y ágil, los jeans desgarbados y llenos de huecos
en la parte baja de la rodilla. Las converse sucia y poco aliñada.
Se dio vuelta recostándose sobre los barrotes para deslizarse hasta el suelo. No
estaba orgullosa de lo que había ocurrido. Pero, tampoco se arrepentía.
« —¡Admítelo! — Gritó Hannah lanzando el proyecto de ciencias en el que Emilia
había estado trabajando como propuesta para la beca universitaria que pretendía
alcanzar — solo eres una puta Esnob queriendo tirárselas de rebelde.
Emilia se agachó con paciencia al recoger el millar de hojas que habían salidos
disparadas en el aire tomando toda dirección.
—Hannah —dijo con suavidad y una calma intrépida. —cállate antes que se
me suba el Nolán a la cabeza y te reviente la nariz de un puñetazo.
Hannah soltó una carcajada sarcástica y grotesca mirando a todos para sentir el
apoyo que comenzaba a faltarle al igual que la valentía que empezaba a
desvanecerse. Un loco impulso la había llevado a enfrentarse con Emilia, alimentado
por los rumores de que ella y su perfecto novio Joseph habían estado engañándole a
sus espaldas.
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—Por favor —dijo tomando la compostura de niña fresa que siempre la había
caracterizado. —jamás te atreverías.
Ahora era Emilia quien esbozaba una sonrisa malévola e irónica.
—¿Cómo? —preguntó acercándose al tiempo que abandonaba la tarea de
recoger los papeles en el piso. —¿No me crees capaz?
Hannah tomó un respiro, sabía de las peleas callejeras en las que su contrincante se
había visto envuelta. Su fama de revoltosa y busca pleitos, sin duda le acabaría en el
primer round.
La castaña enarcó una ceja cruzándose de brazos ya a pocos centímetros de ella.
—Te pregunté que si no me creías capaz ¿No me escuchaste?
Todos los estudiantes de la North High School se habían reunido alrededor de las
dos jóvenes en esperas de que se iniciase la función.
—Porque puedo arrancarte las extensiones, antes de que siquiera me toques.
—¿No pensarás hacer un escándalo aquí? —la voz de la pelinegra temblaba
al igual que ella, cuya mascara de frivolidad había desaparecido.
—No —Emilia soltó los brazos llevándoselos hasta la cintura —pienso darte
una paliza. Eso es distinto.
Los abucheos de los estudiantes no se hicieron esperar, una pelea donde estuviera
envuelta Emilia Nolán era una pelea con diversión asegurada.
—¿Qué pasa con tu registro de disciplina? —Hannah ya había retrocedido
varios pasos.
—Has arruinado mi única oportunidad de ir a la universidad —Emilia
entonaba suavemente como preparándola para lo que se venía. Fría y
malévola. Soltó una risita al ver a la pelinegra que hace un momento la llamó
Zorra y Esnob temblar ante la inminente amenaza de una paliza —¿Tienes
miedo?
—Emilia…
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea! —instigaban los espectadores.
— Hay que darle al público lo que piden —musitó acercándose más a Hannah
quien al ver la peligrosa proximidad de Emilia soltó inconscientemente un
manotazo en el aire alcanzando a la castaña justo en la mejilla.
Los gritos de los estudiantes no se hicieron esperar. Había iniciado otra batalla épica
de la problemática y casi leyenda de la escuela: Emilia.
— lo-si-en-to—tartamudeó al ver como Emilia se acariciaba la mejilla con rostro
inexpresivo y mirada petrificante.
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Ni siquiera notó el momento en que Emilia se guindó de su cabello arrastrándola por
el pasillo, solo sentía la punzada ocasionada por el tirón de las extensiones
maltratando su cuero cabelludo, los gritos de los estudiantes que hasta apuestas
hacían en honor a la visible ganadora.
— ¡Suéltame! —gritó Hannah tomando con fuerza la mano de Emilia para así
poder soltarse.
Las uñas se enterraron en la piel de Emilia quien se detuvo en el instante ante la
mancha roja que comenzaba a emanar de su brazo. Hannah aprovechó su momento
de descuido para lanzarse a su cabellera castaña y lisa tomando la ventaja de
inmediato. Era un poco más alta que Emilia, lo que le daba un poco más de ventaja.
Aunque Emilia poseía una contextura gruesa y curvas fornidas se le hizo fácil
tumbarle al piso animándose por los gritos de los estudiantes azuzando la batalla.
Sabía que al ser pilladas por un maestro quedaría automáticamente vetada para la
beca de honor. No escuchaba los quejidos de Emilia, temió haberla hecho desmayar
o causarle una contusión en el cráneo, se detuvo a observar si esta aún seguía
consciente.
Emilia soltó una risita dando vuelta a Hannah y dejándola presa entre su cuerpo y el
piso. La mano no le tembló para propinarle una cachetada de inmediato observando
como la mejilla de piel mata y poros perfectos enrojecía.
— ¡Eres una zorra, roba novios! —chilló Hannah estallando en llantos.
— ¿Yo? —inquirió Emilia levantándola por los cabellos —pregúntale a tú
maldito noviecito quien le tira el lance a quien —la soltó bruscamente
dejándola desvanecerse dramáticamente sobre el piso —pregúntale —le retó
—verás que es un estúpido al igual que tú, creen que el mundo gira a su
alrededor —rió de forma despiadada —te tengo noticias princesita: ¡No es
así! —sentía sangre manar de su labio inferior la maldita de Hannah la había
hecho sangrar —son tal para cual, pero ¿sabes qué? Es muy poco hombre
para mí —volvió a reírse —tal vez lo suficiente para ti. Pero, para mí no es
nada —los alumnos guardaron silencio. Eso era un mal presagio — ¡Te lo
regalo!
Se dio vuelta enfurecida. Vio al maestro de gimnasia abrirse paso entre los alumnos.
Era hora de entregarse.
— Emilia —dijo el profesor monótonamente.
— Ya voy a la oficina del director —rechinó ella caminando hacia el sector
administrativo.
— Lo mismo para usted señorita Cohen. La fiesta se acabó. ¡todo el mundo a
clases!»
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No se arrepentía de ello, aunque le costase horas de servicio comunitario. Aunque le
costara una mancha en su expediente.
Escuchaba los susurros de Brand explicándole a su padre aristocráticamente su
situación actual.
No entendía como a pesar de todo lo ocurrido horas antes Brand seguía allí.
Paciente y noble como siempre.
Cerró los ojos angustiada, no le temía a la policía o al proceso legal que seguro se le
abriría, no le temía al consejo escolar que de seguro ya la había expulsado.
Le temía a rostro decepcionado y airada de Papá cuando la viese nuevamente tras
rejas. Brand colgó la llamada caminando nuevamente hasta os barrotes.
— Ya viene para acá —dijo sentándose al otro lado de la reja.
— Aprovecha este momento amigo, —dijo burlonamente —serán los últimos en
los que me veas con vida.
Él joven soltó una suave carcajada.
— No creo que te vaya a matar. Es muy fácil, tu papá quiere un castigo más
cruel.
— Ya lo creo. ¿Dónde anda Jess?
— Afuera. Está llamando a su primo.
— ¿El abogado? —inquirió enternecida por el acto de fraternidad de su amiga.
Muy común en ella.
Ambos guardaron silencio unos minutos. Allí estaba nuevamente metida en
problemas y recibiendo el apoyo de ambos.
Él, pasivo amable y tranquilo. Ella cómplice, hostigadora un tanto fresa pero fiel a
su amistad.
El hecho de que Brand estuviera allí, al otro lado de la reja le hacía sentir mejor. En
parte le había demostrado que en realidad le importaba. Aunque para eso haya
tenido que destrozar un auto a batazos.
Puso los ojos en blanco esquivando el sentimiento de culpa hacia Joseph y su mirada
aterrorizada cuando la vio brincar sobre el capó de su auto con el bate de beisbol
usado en la clase de educación física.
— ¿Crees que salgas de esta? —preguntó Brand después de un silencio
tranquilo.
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Ella sonrió mirando los rayos solares que se filtraban entre la ventana y la cortina
mugrienta.
— Viva sí. Lo que no sé es si pueda sobrevivir a mi padre.
— Lo harás. Es tu padre, están hechos para perdonar.
— Se acabó la visita joven. —el oficial hizo seña a Brand de que se levantase.
Emilia se incorporó de inmediato.
— ¿Se va? —preguntó mirando al muchacho llena de un extraño sentimiento de
desolación.
— Solo autoricé veinte minutos —el oficial la miró a través de sus enormes
lentes con montura gruesa y totalmente pasada de moda.
— Estaré afuera —la consoló —con Jess —culminó guiñándole un ojo.
La joven apartó la mirada hasta el fondo de la celda. No se permitía esos momentos
de debilidad, menos en frente de Brand. —lo que era extraño, se supone que eran
mejores amigos —.
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rímel y base, tomando al tiempo el minúsculo espejo que siempre llevaba a todo
lado. Revisando meticulosamente su mejilla, sería una pequeña hinchazón.
«Estúpida» rezongó para sí misma. «Peleando por él imbécil de Joseph, si supiera.
¡Dios mío! Si supiera lo gallardo que es…»
Sintió los pasos de Brand, cruzó derecho sin pronunciar palabra alguna, sin mirarle.
Lo cual era muy extraño. Debía ser la vergüenza de lo que había ocurrido tras las
bancas en la cancha de Básquet.
— ¡Hey! —gritó cerrando el casillero de un portazo que la hizo estremecer. El
muchacho no se detuvo.
Se encaminó tras su paso siguiéndole en silencio mientras él avanzaba casi a
zancadas. Ignoró a Frank cuando cruzaron por el pasillo de los laboratorios. Él la
sentía tras suyo, en silencio y llena de cautela.
¿Qué demonios tenía Brand? Francamente la asustaba la actitud de su amigo, temía
que el cambio de humor fuese por el incidente del día anterior en la cancha. Vamos,
no había sido nada. Bueno, dependía de la connotación que quisieras darle.
Finalmente se detuvieron en el estacionamiento. Cuando él no pudo más y se dio
vuelta dispuesto a hacerle el reclamo que le había estado envenenando la punta de la
lengua desde el momento en que escucho de boca de uno de los compinches de
Joseph. El rumor que este se había encargado de difundir.
—¿Brand, qué pasa? —preguntó ella deteniéndose a pocos centímetros de él.
—Te peleaste con Hannah. —no fue una pregunta.
—Sí —sonrió sintiendo como el rubor le quemaba las mejillas.
—Dicen que te golpeó porque andabas de fácil con Joseph.
—¡Eso no es cierto! —exclamó —yo fui quien la…
Guardó silencio tratando de comprender lo que él acaba de decir
“Por qué andabas de fácil con Joseph…”
Apretó los puños con furia. Su mirada se endureció, al igual que la de Brand que
más que furia tenia sentimiento. Por un momento había pensado que podían tener
una especie de chance, desde aquel beso bajo las gradas. Cuando ella sonrió
pícaramente y se abrazó a su pecho dándole una prueba fehaciente de que tal vez
sentía lo mismo con él. Luego, se enteró de que solo era un juego. Emilia Nolán
vacilaba y salía a escondidas con Joseph. ¿Por qué no creer? La atracción era
pública. A Joseph Spencer Connor le fascinaba rayar a Hannah con chicas mucho
más interesantes. Que esta última se hiciera la ciega, era un problema personal y de
dignidad.
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Pero, ¿Emilia? Ósea ¿Emilia? Ella que siempre se jalaba a puños con cualquiera solo
para defender una causa noble. Haciendo eso. ¿Engañando?
— Un momento —musitó la chica retrocediendo el casete. —¿qué yo, hice qué?
—parecía demasiado sorprendida.
Lo que enojó mucho más a Brand, que engañara a Hannah lo aceptaba. Que se
hiciera la victima delante de él: le daba asco.
La miró entreabrir los labios y hacer ese gesto con la ceja, con el rostro visiblemente
contrariado. Sus parpados cayendo y levantándose con una velocidad de vértigo y
morderse el labio inferior con tensión. —algo que hacia cuando estaba perdida o
demasiado sorprendida. —
— ¿Qué? —él levantó la barbilla desafiante. — ¿Negaras que ella te golpeó por
meterte con su novio?
Emilia soltó un bufido irónico y a la vez dolido. Escuchar y ver a Brand hablándole
de esa forma la hería. Incluso más, porque era al único hombre de la escuela al cual
no se atrevía a golpear.
— ¿De qué estás hablando? —inquirió retomando la postura desafiante que
había mantenido en la pelea con Hannah.
Él tomó unas cuantas respiraciones profundas.
—Hablo de que te dejaste… —se detuvo modulando la voz para usar un tono
más formal y no tratarle como a una cualquiera delante los pocos
espectadores. —a que te acostaste con Joseph —cuchicheó sin quitar de su
voz ese tono de fastidio y reclamo —y ahora el anda por allí pregonándolo,
como si tú virginidad fuera un premio. ¿Por qué eras virgen, no?
La mano de Emilia tembló frenéticamente y un segundo más tarde ya había
colisionado contra le mejilla de Brand. Lo miró decepcionada y enfurecida. ¿Cómo
podía siquiera creer eso de ella? ¡Él! Que la conocía mejor que nadie.
—Imbécil —resopló —eres igualito a ellos —sentía ese incontrolable deseo
de llorar manifestándose primeramente con un nudo en la garganta.
No pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla, una lágrima oscura que
embadurnaba de rímel el cachete. Brand la observó temblar de indignación y furia.
¿Emilia Nolán llorando?
— Em —musitó acariciándose la cara. —¿lloras?
— ¡No! —gritó ella — ¡eres un idiota! —se llevó los brazos al rostro para
cubrirse las lágrimas que ahora corrían incontenibles.
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— Em —volvió a musitar Brand.
— ¡No me llames Em! ¡solo mis amigos me llaman Em!
Ver a Emilia de esa forma le confundía. Jamás la vio soltar una risotada de alegría o
suspiro de tristeza y ahora estaba allí en frente suyo chillando como un bebé.
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— ¡Hey! ¡Em! ¡Em! —trató de seguirle el paso, ella corría hasta la sala de
implementos perdidos. La vio desaparecer entre la multitud de jóvenes que el
instante y para su mala suerte aparecieron de la nada. »
Ahora estaba detenida por agresión a la propiedad privada. Si, Emilia había
destrozado a batazos el auto de Joseph Connor.
Rió en silencio al recordar las suplicas de Joseph entre golpe y golpe a la defensa,
capó y ventanillas del auto. Podía decirse que se había vengado. Lo que le provocó
una carcajada involuntaria.
— Guarda ese buen humor para cuando estés en casa, preparando las maletas. —
aquella voz agria y autoritaria inundó de inmediato el espacio solitario y
silencioso de la celda. Su padre.
Observó su rostro apacible y calmado. Respirando con firmeza para recibir los
insultos y desmadres que a continuación llegarían como torpedos.
— El muchacho ha levantado cargos —dijo manteniendo la postura serena y
pasiva que se obligaba a tener en tal situación. —el amigo de Jessica ha
logrado sacarte bajo fianza, puesto que tienes una hoja de vida limpia, a
excepción de la vez pasada con lo de conducir ebria junto con Brand.
— No es un amigo de Jess —suspiró recostándose sobre los barrotes —es su
primo.
— Lo que sea —espetó su padre caminando hasta el escritorio del oficial.
Ambos guardaron silencio.
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Gregor Nolán siguió de largo su camino.
— ¿Una vez más, qué? —inquirió Emilia con la vista fija en la espalda de su
padre quien se detuvo momentáneamente para agradecerle a la rubia la
libertad de su hija.
— Gracias Jess, te debemos una.
— De nada señor Nolán.
Brand se acercó lentamente con una sonrisa mucho más amena.
— Una vez más que Emilia Nolán se sale con la suya —respondió a la pregunta
que hace un momento se había hecho la joven.
— No cantes victoria —musitó tranqueándose los dedos nerviosamente. Brand
sonrió nuevamente, y allí estaba ese tierno hoyuelo en la mejilla que tanto le
agradaba. —aún no ha pasado lo peor. —señaló a su padre que ya estaba en
frente del auto.
Los chicos soltaron una risotada socarrona, contagiándole un poco de su humor, ya
un poco más calmados.
— Muchachos yo…
— Tienes que ir a lidiar un tigre en casa —le interrumpió Jess —ya lo sabemos.
—sonrió guiñándole un pícaramente.
— Gracias por todo. —susurró apretando los dientes para mostrarles un mohín
de terror.
Ellos la siguieron en silencio hasta el aparcamiento.
— Nos vemos —se despidió cerrando la puerta del auto con mesura.
— ¡Si sobrevives! —gritó Brand colocando las manos alrededor de su boca para
ser escuchado a la distancia.
Sonrió colocando el cinturón de seguridad sin mirar a su padre. Colocó su atención
sobre los papeles que hacia un momento le habían entregado. Su padre encendía el
auto sacando el embrague y metiendo el primer cambio.
«Escándalo público, daño a la propiedad privada.»
¿Cuánto habría costado su fianza? Se preguntó releyendo los hechos que había
protagonizado y que allí escritos parecían completamente ajenos a lo que ella había
experimentado.
Gregor Nolán conducía en silencio observando la delgada línea amarilla y
manteniendo el embrague y volante del vehículo en completo equilibrio.
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Miró a través de la ventana las casas y jardines y como estos iban cambiando de
lujos hasta llegar al vecindario donde había vivido los años más felices con su
adorada Alisa. Ahora llevaba a su hija recién liberada por daños a la propiedad
ajena, sabía que no podía quejarse. Emilia era la viva imagen de Alisa. ¿A quién más
pudo heredarle la valentía de irse a puños con cualquiera que le faltase al respeto?
Estaba orgulloso de ello, pero no podía patrocinarle todas las barrabasadas y dejarla
por allí suelta al garete rompiéndose todos los huesos y guindándose a trompadas
hasta con hombres.
Ahora había rebasado el límite. Su hija estaba fuera de control, y solo había una
forma de hacerla dócil y obediente.
No poseían mucho, solo lo suficiente para sobrevivir. Con un empleo de visitador
médico. Lo que ganaba a duras penas le alcanzaba para los servicios y lo
estrictamente necesario.
Si Emilia quería algo tendría que conseguirlo por si sola. Y así era, la veía trabajar
en cafeterías después de la escuela, atender niños y hacer la tarea de compañeros
cuya capacidad intelectual podía decirse que era inferior a la de ella. No podía estar
más orgulloso de ello. Vivir con ella era fácil, otro padre estaría asustado por tener a
una hija promiscua e ignorante de los peligros a los que se enfrenta el género
femenino cuando les hace falta la dirección de una madre o algo así. Pero la
facilidad y felicidad terminaba cuando le llamaban informando de una pelea
callejera donde Emilia era la protagonista, otra vez.
Como ese día. Estaba dispuesto castigarle, a darle la lección que jamás olvidaría.
La crio como a su única niña, no como la consentida y ese día ella respetaría y haría
cumplir las promesas que le hacía después de cada riña.
Ella le observaba conducir meditabundo sin pronunciar palabra alguna. Cuando su
madre falleció él se había convertido en padre y madre. Siempre tuvieron una buena
relación hasta que la pubertad cambió sus días de niña y ahora le veía como un
viudo gruñón que sufría una trasformación al más grandioso estilo de Hulk. Cada
que la veía golpeada y con una citación ante el director de grupo. Si, ella se daba el
lujo de verlo enrojecer, con gritos, caras desencajadas y amenazas de extradición a
los aposentos de la tía Clara en New York. Esa era la amenaza más fuerte que su
padre podía gritar. Y nunca la cumplía.
Gregor estacionó el auto dándose cuenta nuevamente de lo asqueroso y descuidado
que estaba su jardín. Era el más feo del sector. Era obvio que ni él ni su hija tenían
las dotes hogareñas de su fallecida esposa.
Emilia odiaba las flores.
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Las odiaba, porque le hacían recordar a la Alisa saludable y llena de vida que
siempre andaba con los overoles recortando y plantando camelias. Abonándolas con
paciencia y esmero y cargando a una Emilia chiquita y tierna.
Ahora las flores no eran su cosa preferida. Y él, no era un amo de casa ejemplar.
La joven desabrocho rápidamente el cinturón de seguridad bajando del auto de
inmediato para entrar a la casa primero que su padre. ¡su mochila! Había quedado en
el casillero, ni siquiera tuvo tiempo de ir por ella. Si la habían expulsado tendría que
pedirle a Jess que se la trajera a casa. Mientras tanto tendría que esperar a que su
padre abriese, lo observó bajar del auto con calma, esa tranquilidad habitual que
solía tener antes de la gran explosión. La misma que se siente antes de una gran
tormenta.
Corrió rápidamente hasta el interior de la sala, rogando en su interior que el show
iniciase. Y así poder lavar los trastos de hace tres días que reposaban en el fregadero
y limpiar a fondo cada habitación de la casa para amortiguar un poco las culpas.
Gregor se sentó en el sofá de la sala evitando magistralmente los resortes que
comenzaban a sobresalir de este. Notó cuando su hija se deslizó suavemente hasta la
cocina para lavar los trastes. La sentía dudosa e incómoda, sabía que ella sabía que
ambos sabían lo que se vendría.
Emilia organizaba los platos sacando los restos hasta el bote de basura. Al menos
tendría donde colocar la vista cuando su padre iniciara con los gritos. Rió
pícaramente abriendo el grifo para lavar el bol de cereal que había dejado en la
mañana antes de partir para la escuela.
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Él inspiró profundamente. Emilia tomó una de las panolas de limpieza para secarse
antes de subir y empezar la labor ordenada.
— He llamado a tu tía, estará aquí en menos de una hora —comentó Gregor con
tono indiferente cuando la sintió subir por las escaleras. —date prisa.
Ella solo respiró profundamente guardándose para sí misma los gritos y alegaciones
que en el interior explotaba como torpedos.
No es que tuviese mucha ropa que empacar por lo que en menos de quince minutos
ya tenía listo casi todo el equipaje. Teniendo en cuenta que solo la acuñaba sin
detenerse a doblar o hacer escuadras en las blusas. Lo hacía para obedecer, porque
en el fondo sabía que su padre no tenía el valor de enviarla lejos. Siempre hacia la
misma amenaza. Pero, de allí a que fuese capaz de cumplirla, había mucho tramo
que recorrer. No podía desprenderla de toda su vida allí. Sus amigos, la escuela,
todo…
Seguía acuñando los zapatos en la esquina de la maleta. Buscó entre su armario la
caja con los libros, CD, y figurines de origami. Sintió cuando su padre colocó
suavemente sobre la cama la calceta donde guardaba los ahorros acumulados de las
labores extracurriculares. Siguió organizando los enseres de aseo personal
observando de reojo las arrugas en la frente de Gregor que ahora se hacían más
notorias, al menos mantenía el rostro inexpresivo y gélido.
Podía recurrir a la súplica. —Con el dolor de su alma— y conseguir compasión,
pero luego pensaba en que si tenía que irse lo haría. No transcurriría mucho tiempo
antes de que él se diera cuenta la falta que la hija le hacía. Sería cuestión de espera y
dignidad.
— Llévate esto —musitó.
— Gracias.
Ni siquiera le miró a la cara.
— Cielo, sabes que es lo mejor para ti. —dijo él, con voz insegura.
— Sí, claro —consintió irónicamente, con la voz agudizada por la rabia.
— Le he contado todo a tu tía y ha acordado colocar al mejor abogado en tu
defensa, recuerda que es un proceso que recién empieza.
Se detuvo tomando un respiro antes de girar sobre sus talones y gritar todo lo que
tenía atravesado en la garganta. Pero no fue así.
— Si claro, eso me hace sentir menos enojada porque me quieres alejar de casa,
de mis amigos, de todo lo que tengo aquí. Sé que cometí un error…
— ¿Un error? Has acumulado desastres tras desastre—le miró frívolamente —a
ver ¿Qué tienes aquí? Un proceso por daño a la propiedad privada y la
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expulsión de la escuela. ¿eso? —rió sarcásticamente. —pues, ¡lo siento!
Siento alejarte de todos los malditos problemas que te has ganado. Siento
intentar arreglarte la vida.
— ¡Gracias! —le interrumpió casi gritando —¡Gracias por sacarme de aquí! —
su tono satírico era casi insultante.
— Estoy tratando de enderezarte —alegó Gregor, bajando un poco la voz. Lo
último que necesitaban era otro escándalo.
— ¡No lo hagas! —le pidió Emilia arrojando al piso todas las figuras de origami
que un momento atrás había intentado empacar. —No lo hagas volvió a
exigirle suavemente.
Las facciones de Gregor se contrajeron tomando un matiz de resentimiento y dolor
que nunca había demostrado ante su hija. Ella solo le miraba perpleja por su
repentino y atónito silencio. Él sonrió amargamente asintiendo.
— Bien —sacudía la cabeza como queriendo reorganizar el despliegue de
emociones que habían surgido en medio de la disputa. — ¡Ódiame! Vamos
¡Ódiame, por querer lo mejor para ti!
Emilia resopló colocando las manos alrededor de su cintura.
— No te hagas la víctima —siseó con voz más calmada —. No es tu papel.
— Siempre me has visto como el padre déspota. Lo que no has querido entender
es que solo quiero lo mejor para ti. Se lo prometí a tu madre, y yo no puedo
darte el futuro que ella soñó y el que te mereces.
Se cruzó de brazos exasperada.
— No metas a mamá en esto.
— Bueno —contestó él resignado. —espero tus llamadas.
Se alejó callado y descompuesto, le dolía saber el concepto de villano en que lo
tenía su única y adorada hija. Mientras ella lo veía salir del cuarto a pasos
titubeantes y débiles. ¿Era en serio? ¿No había marcha atrás?
Corrió tras él logrando alcanzarle mientras bajaban las escaleras.
— ¡¿En serio harás esto?! —gritó dejándose invadir por la angustia.
Él detuvo su andar dándose vuelta con rostro contrariado, la luz de los ventanales
hacían brillar con más ímpetu sus canas y entrever los parpados caídos y marchitos
por la madurez.
— ¿Creías que era solo una amenaza? —torció el gesto plantándose en mitad de
la sala.
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Ella bajó las escaleras velozmente.
— Si —admitió sin vergüenza —eres mi padre, no puedes sacarme de aquí así,
estas hecho para perdonarme.
— Es la única forma de evitar que arruines tu vida —dio un respingo
súbitamente entristecido.
Emilia caminó hasta él, respirando acompasadamente para mantener todo bajo
control.
— Me juzgas por que no ando esperando a que otros vengan a defenderme —
espetó agriamente —crees que soy una criminal porque no me dejo pisotear,
como tú lo haces.
Observó cómo los ojos de su padre ardieron igual que los brasas ardientes en un
incendio.
— ¿Qué? —inquirió él con voz metálica.
— Es eso —continuó. Tomando la valentía que un momento atrás le había
faltado. — ¡Porque no seré una perdedora como tú, relegado a lo que los
demás dicen! —Gregor entreabrió los labios y una expresión de ira surcó sus
facciones. — ¡Que eres un fracasado que aun supera la ausencia de mamá!
Su labio inferior tembló dramáticamente.
— No te preocupes papá —abrió los brazos de forma dramática — ¡No seré
como tú!
Todo ocurrió tan rápido. Segundos después solo sentía su mejilla ardiendo y todo
dar vueltas haciéndola caer desmadejada sobre el suelo de la estancia. Su padre la
había golpeado. Apretó los labios indignada, más que eso… ¡decepcionada! Jamás
le creyó capaz de algo así.
— ¡Fantástico papá! —exclamó levantándose como si nada hubiese ocurrido —
querías que me fuera de casa, ¡Felicitaciones! Me has dado motivos para
hacerlo.
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Capítulo II
Terminó de empacar a puerta cerrada e ignorando las insistentes disculpas de su
padre al otro lado de la puerta. Contaba al menos con quince minutos antes de que
Clara St Cloud llegara y así poder largarse de allí. Lo último que guardó en sus
maletas fue la única fotografía que conservaba de su madre. Observando el cabello
castaño y palidez tersa de su piel. Las prominentes curvas dibujadas en el ceñido
vestido de talle alto. Luego estaba la foto con Brand y Jess en la secundaria. Él: alto,
flacucho y patoso posando entre una esbelta Jessica y Emilia desgarbada. Cerró la
maleta nostálgica y enfurecida.
Sabía que no era perfecta y que tal vez había dejado que su ira tomará el control de
sus acciones, le dolían las palabras que sin querer gritó. Le dolían detrás de los la
latidos de cada cardenal la sangre latiendo fuerte y afanosa. Pero nada de eso le daba
méritos a su padre para haberle golpeado.
— Te encantará Manhattan —dijo la tía Clara acomodándole el flequillo
enmarañado. Su piel limpia y tersa igual a la de su madre con aquel olor a
rosas tiernas le llenó de nostalgia. Haciéndole recordar a su madre por unos
segundos. —he remodelado uno de los apartamentos de York ville donde tu
madre y yo crecimos, sé que amarás vivir allí. La sociedad de Manhattan te
va a adorar.
Miró a través de la ventana las pequeñas edificaciones de la ciudad que dejaba atrás
y con ella la vida de precarias condiciones y necesidades. No era el hecho de dejar la
casa y otras cosas lo que la hería. Era el hecho de saber que en cuanto colocara un
pie lejos, ya nada volvería a ser lo mismo.
Recordó la primera vez que vio a Brand, la forma en que se conocieron. Era
largurucho, pálido y de ademanes lerdos. Su cabello castaño y de puntas
alborotados, fueron amigos desde el primer momento. Su familia vivió una época al
lado de casa. Su padre había perdido todo lo que tenían y fueron a aterrizar en aquel
barrio mugriento y deprimente. Todos los cambios incluyeron el de la escuela a una
de régimen público. —La más decente del sector—.
« Fue como hacer clic instantáneo cuando por accidente casi desbarata la bicicleta
de la castaña cuyo engranaje y dirección estaban por deshacerse. Sus dedos
larguchos y huesudos intentaron ayudarla torpemente. Tenía trece años y era su
época de adolescente más frágil. Sus ojos cafés y saltones se disculparon de
inmediato. Era tan frágil y lánguido que en vez de furia lo que provocó en la chica
fue un sentimiento de piedad. Era su primer día, así que le ayudó a acoplarse entre la
sociedad inescrupulosa de la North High School. Donde todos se conocían, todos
sabían tu vida doméstica y esa información podía hacerte un chico popular o todo lo
contrario…
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Al verse tan frágil y simpático cayó directamente en el ojo de los abusadores. Era
demasiado bueno para responder a los insultos muy diferente a Emilia que era capaz
de guindarse a puños contra ellos. Se convirtió en su “protectora” por llamarle así.
Su personalidad amena e ingenua ayudó mucho a que empezara a llamarle amigo al
igual que Jessica. Cuando cumplió quince años su padre logró encontrar un mejor
trabajo por lo tanto su vida volvió a ser la de antes. Cambiaron de barrio, cambió de
escuela y no supo más de él durante cuatro años.
Una primavera apareció después de las vacaciones. Había crecido ya no era alto y
flacucho. Sus espaldas se ensancharon, la voz le cambió y nada del niño dulce y
noble quedaba ya. Ambos habían cambiado. Emilia se había convertido en toda una
mujer. De moda se colocó el rímel negro y labial rojo comentado como un chisme y
desacierto entre las chicas de cabellos perfectos y vestidos floridos. Nunca se
doblegó ante nadie más —que no fuera su padre, por supuesto. —.
Se acostumbró a estar sola. Porque según su propia filosofía: los grupos numerosos,
de muchas personas generaba el choque de personalidades que dilataban los egos e
iniciaban los chismes. La más guapa, la más inteligente…
Y a ella todo eso le valía madre ¿Qué ganabas siendo la más guapa? Si por serlo
todos te perseguían, y a todos les seguías el juego. ¿Qué ganabas siendo la más
popular? Si te han pillado cogiendo con un fulano en la parte trasera de su auto.
Emilia Nolán solo tenía un objetivo: graduarse y largarse de ese pueblo donde a
mala hora había llegado su madre a morir, quería largarse hasta el momento en que
llegó Brand y cambió todo. Con él todo era distinto, era fácil conversar con él
mientras escuchaba cualquier canción de Coldplay en el estéreo. Riéndose de
estupideces y manteniendo locas conversaciones existencialistas.
Después de esos cuatro años supieron desde el primer momento en que se vieron que
todo había cambiado. No solo ellos, había algo en el fondo de todo que no era lo
mismo. Desde la llegada de él a la escuela no se habían encontrado frente a frente.
La chica ni siquiera se había enterado de que él había regresado.
Hasta la tarde Agosto en que a un alumno de tercer año le habían encontrado
fumando y haciendo novillos con otro chica en las canchas de básquet ocultos de la
supervisión escolar. No era una escuela pequeña, aun así todo se sabía. Pero gracias
a la anti-socialidad de la chica no supo de su regreso hasta que escuchó al director
llamar a Brand James por el megáfono de la dirección. Le sorprendió, incluso llegó a
pensar que debía ser una clase de error y quiso seguir creyéndolo hasta el momento
en que lo vio salir del edificio y caminar hasta el auto donde ella esperaba de
espaldas planeando las palabras de rencuentro. Antes de verlo llegar diviso
rápidamente el cabello imponente y chaqueta oscura muy particular. A primera vista
dudó de que en realidad ese fuera su viejo amigo. ¡Era guapo! Ósea el pelagato débil
había desaparecido dejando en su lugar a un chico atlético y de rostro limpio.
21
Brand James era todo un hombre. Mejor aún: era un hombre guapo.
— Así que… ¿Fumando? —musitó al sentir sus pasos detenerse al otro extremo
del auto.
Él la miró extrañado. Ya tenía suficiente con toda la perorata de la directora y de su
madre que se había marchado enojada. Aquella extraña le hablaba con tanta
familiaridad que por un momento tuvo el temor de que fuera una de las chicas con
las que sin conocer siquiera se besaba en los pasillos, alguna que se creía con el
derecho de entrometerse en sus asuntos aun cuando él solo las utilizaba por el
momento y luego hasta sus nombres olvidaba. Su voz imponente y con cierto
sarcasmo en el tono le hizo dudar sobre las suposiciones inmediatas.
— ¿Qué? —soltó una risita acercándose. — ¿Quieres uno? Porque tengo una
caja aquí.
La extraña aun de espaldas soltó una ligera carcajada, su cabello castaño atado a una
coleta enmarañada y poco delicada no le dio ninguna pista.
— No es broma —le advirtió seriamente.
Se acercó un poco más al baúl del auto, la chica se hallaba recostada en la defensa.
Su blusa veis y ancha los jeans negros adornados con taches de forma dramática le
causó más curiosidad.
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caso omiso al destello de emociones que surgieron ante el inesperado y efusivo
abrazo.
— Has estado yendo al Gym ¿Eh? —le golpeó suavemente en el hombro.
— Wow, Em…
— Ya te he dicho que me llames Emilia. —volvió advertirle seriamente.
— Oh, por favor somos amigos —se quejó el joven un tanto indignado.
— Éramos —corrigió ella implacable —Te importó poco ¿No? Regresaste y ni
siquiera una llamada.
Él percibió una emoción de reclamo en su voz altanera.
— Pero… ósea, Em —se detuvo —Emilia, acabo de llegar.
— Han pasado dos semanas.
La chica se mantuvo firme ante Brand desafiante.
«Que estúpida» pensó «¿Qué carajos hago aquí si ya no somos amigos?» él la
observó por un instante, sus curvas de mujer completamente formada. El rímel negro
le daba un toque seductor y atrevido a sus ojos verdes, les hacía ver mucho más
claros e imponentes. Al igual que el labial rojo llenaba de pasión a sus labios
delineados.
«Em, Em, Em» suspiró mentalmente.
— Si no somos amigos… ¿para qué viniste hasta acá? —se quejó sacudiendo la
cabeza.
La chica lo miró empequeñeciendo los ojos algo que hacia cuando la pillaban en una
inesperada expresión de afecto.
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— Claro —espetó tragando saliva con disimulo, aferrándose al volante para
contener las verdades que la frívola y cabezota de Emilia se merecía —ya me
has visto, ya viste la cara que puse —miró por el retrovisor intentando ignorar
la perturbación que las curvas de la cintura simétrica y caderas ensanchadas
de su amiga le causaba.
— Brand —musitó ella sintiendo cada palabra —¿Qué haces? Bájate de allí y
hablemos —se mordió la lengua.
Riendo en silencio, era eso lo que precisamente le gustaba de él. La capacidad que
tenía para hacer que ella bajase la guardia.
— Bájate —le insistió.
El soltó el volante rindiéndose ante sus suplicas. Aún eran horas escolares,
comprendió que estaba haciendo novillos por él, aun le seguía considerando su
amigo. Sus palabras y acciones no tenían congruencia alguna.
— No has madurado —le dijo abriendo la portezuela. Ella retrocedió cediéndole
espacio para que bajase.
— Cállate Brand —contestó con una enorme sonrisa.
Él se recostó jovialmente sobre la puerta del auto estirando las piernas con
desenfado.
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— Voy de salida —dijo sonriendo. — ¿Quieres venir?
Ella torció el gesto esbozando otra hermosa y esplendida sonrisa.
— No.
— Bien —se dispuso a entrar al auto nuevamente, era obvio que se negaría.
Podía ser una buscapleitos y todo pero era responsable con todas las
actividades escolares. —ni eso ha cambiado —musitó. —¿Todavía das
golpes en la cara?
Emilia guardó silencio mirándole impasible.
— Tendré cuidado —dijo cerrando la puerta del auto suavemente. —debo cuidar
mi cutis, ¿De acuerdo?
— Estúpido Gay —le acusó la chica con aquel tono grosero de burla muy
peculiar. —nos vemos más tarde. »
Era su sobrina, la chica que ahora miraba deslumbrada por la ventanilla del auto era
su sobrina. Lo único que quedaba de su fallecida hermana, aunque fuese la rebelde
y sublevada de los alrededores de New York.
Llevaba el mismo espíritu vivaz y libre de Alisa. Si, esa que huyó a los veinte años
con un don Nadie y que ni siquiera le importó morir en la miseria presa de una
extraña epilepsia, su orgullo fue más fuerte y tenía la dignidad necesaria para no
pedir ayuda a la familia que fue la primera en oponerse de su matrimonio con
Gregor.
Ahora corría el riesgo de traer al retoño de su adorada hermana y darle la educación,
la cultura y el protocolo que una St Cloud debía tener. —Y evitar que se levantara a
golpes con la gente que sería su nuevo círculo social—.
Una tarea ardua, pero no imposible.
— Estamos en casa —musitó al bajarse del auto. Retiró con delicadeza los lentes
de sol exclusivos—sé que estarás muy a gusto.
Emilia observó por unos instantes el derroche de glamour y estilo que su nuevo
hogar tenía.
La arquitectura vanguardista. Toda la fachada blanca e impecable, las ventanas de
cuerpo entero con vidrios reforzados. —pura fibra de carbono —.
El chofer que las había traído desde Alphaville se encargó de llevar su equipaje —
formado por una única maleta y bolso de mano—. Había olvidado su mochila
escolar. Suspiró entrecerrando los ojos y espirando suavemente mientras se dejaba
conducir por su tía hasta la enorme sala donde identificó de inmediato las cortinas
persas, los muebles onerosos, las pinturas muy al estilo arte pop que estaba muy de
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moda en aquellos días. La decoración con cierta inspiración en los años cuarenta o
algo por el estilo.
Bohemio. Era la mejor descripción.
Todo era hermoso, todo era perfecto. Pero, no era su lugar.
¿Dónde estaba el TV? ¿Dónde el fregadero de platos? ¡Por Dios! En un sitio como
ese no podía arrojarse en el piso a dormir o hacer los quehaceres escolares. El piso
de roble y guarda escobas de porcelana que no podía ensuciar con su converse
embadurnadas de barro.
Todos esos adornos lujos y opulentos le hacían sentir extranjera.
— Jane —llamó su tía con una poca más de volumen que el habitual. Aun así
manteniendo su exquisita compostura.
Emilia notó un pequeño cuadro, una foto más vieja y distinta a las demás. Se inclinó
suavemente a observarla más de cerca.
Su madre, joven y bella. No pudo evitar sentir una especie de Dejavu ante aquella
imagen que a la vez la llenaba de nostalgia.
— Jane —exclamó Clara entusiasmada. —¡Mira! —sonrió tomando a la chica
del brazo con emoción. —la hija de Alisa.
Jane miró a Emilia deteniéndose en los detalles de su desteñido, destejido y muy
usado Jeans. Aquella niña crecida era completamente distinta a su fallecida Alisa,
cuando miró su rostro ovalado, pálido y con ojeras demasiado marcadas gracias al
uso excesivo de rímel oscuro. Allí estaba Alisa, en los ojos de esa aparecida que de
primera impresión daba la sensación de ser una chica problema.
— Mucho gusto —musitó Emilia sonrojada ante la persistente mirada de la
robusta y marchita mujer.
— Eres igualita a tu madre —Dijo Jane al fin aceptando que era la viva imagen
de Alisa. —solo tomas un baño, te cambias de ropa y listo.
— Cierto. —intervino Clara abrazándole por la espalda con sincero afecto. —
explícale donde queda cada cosa y su habitación. —miró a Emilia, con la
ternura de una madre primeriza en sus pupilas claras. —cámbiate y saldremos
a comprarte algo de ropa. —dudó en continuar, tenía la advertencia de Gregor
sobre el carácter susceptible de la sobrina.
Las castañas y delgadas cejas de Emilia se fruncieron dejando una mirada de
desconcierto. El primer día en York Ville y ya intentaban cambiarle su esencia, lo
que era y por lo que lucharía para no dejar de ser.
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Capítulo III
— ¿Cómo? ¿A dónde fue?
Brand frunció el ceño crispando los puntos los puños de enojo.
Enojo con Emilia, con Gregor Nolán, con el mal nacido de Joseph que por supuesto
era el directo responsable de la detención de Emilia y de su ausencia que empezaba
desde ese día. Gregor Nolán lo miró con cierta preocupación, sabía que Brand y su
hija habían sido muy buenos amigos. Pero la reacción que el joven estaba tomando
ante la noticia de que Emilia se había ido de casa no era la más agradable ni mucho
menos normal. —En términos de amistad—.
— Como escuchaste Brand —le miró amablemente y con un tanto de
compasión.
Ambos serian una especie de compañeros. La extrañarían, con todo y mal genio para
Gregor Nolán no había nada más valioso que la hija que ahora decía odiarlo. Por
haber cometido la más grande estupidez.
— ¿Dónde puedo encontrarla? —preguntó Brand aferrándose al marco de la
puerta.
— No sé. Su tía Clara se la ha llevado a Manhattan —suspiró suavemente. —; o
algo así.
— ¿Manhattan? —repitió frustrado y enojado. Jamás creyó que su partida le
dolería de esa forma.
— Si, niño se me disculpas tengo que hacer algunas visitas. —Gregor cerró la
puerta dándole un último vistazo a Brand y a su rostro contrariado.
«Manhattan» pensó Brand. « ¿Cómo la encontraré? Demonios ¡Manhattan!»
«Ni siquiera se despidió, quizás y no le dieron tiempo de hacerlo. O quizás ella y su
mala costumbre de no mostrar lo que en verdad siente… Em, Em» se repetía
mientras conducía frustrado hasta la casa de Jess.
Eran amigas, seguro había hablado con ella. Por ser mujeres tenían un trato más
cercano, se contaban todo. A decir verdad, los últimos acontecimientos habían hecho
una especie de distancia invisible. Algo lejano y silencioso, algo que les hacía
sonreír sin motivo y suspirar a escondidas mientras se magnificaban el uno al otro
como cuando uno está…
¡Espera!
Fue allí cuando se dio cuenta que no era el hecho de que ella se marchase lejos,
Emilia le dolía en otro lugar. Allí donde se supone solo se bombea sangre y regula
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funciones vitales, y era otra clase de dolor. Algo más tortuoso e inexplicable, que se
intensificaba en los silencios ineluctables; que desde ese momento serían más
usuales.
« ¡Demonios! » se gritó a sí mismo en el silencio de su auto « ¡Estúpido! ¡Mil veces
estúpido! ¿Qué haces martirizándote ahora? Pendejo, ahora que no está es que te das
cuenta de todo. Idiota, siempre estuvo claro y lo ignoraste. Tuviste el chance en tus
manos. Desperdiciaste un año detrás de miedos estúpidos. ¡Despierta imbécil! En
primer lugar es tu amiga ¿qué te hace creer que podía ocurrir algo? Entonces, ¿por
qué te correspondió en aquel beso? ¿Por qué más va a ser? No le dejaste más
opciones. No es tan malo del todo, al menos ya no tienes oportunidad de arruinarlo.
De arruinar su amistad…»
Tocó la bocina en cuanto notó que Jess iba de salida en su hermoso Corbette
amarillo.
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— No. Su padre dijo que una tía se la llevó a Manhattan.
— No puede ser —se quejó Jess susurrando para sí misma.
Sabia de la existencia de la tía Clara, Emilia siempre se refería a ella como la Esnob
adinerada que pretendía hacerle la caridad llevándosela de allí y haciendo un molde
de su vida en ella.
«Está loca sí que cree que sucumbiré, no voy a negar que me llama la atención el
hecho de no tener que preocuparme por la colegiatura de una buena universidad.
Pero, todos esos asuntos de protocolo… ¡Puaj! Son estúpidos.»
— ¿De qué estás hablando? —Brand estrelló el gel sobre el panel del auto para
atraer la atención de su amiga que meditaba en silencio sin presarle cuidado.
— Eh.
— ¿Estas fumando marihuana o qué? —inquirió fastidiado por la somnolencia y
misterio de la rubia.
Ella soltó una enorme risotada.
— Ya quisieras —se aferró al volante —, hablo de que: Emilia tiene una tía, una
hermana de su madre. ¿nunca te contó?
— Algo.
— Bueno, una mujer rica o algo así. —suspiró comprendiendo que si Emilia se
había ido con ella muy pronto estaría de vuelta. No soportaría mucho, podía
asegurarlo. No tenía motivos para irse, y estaba el hecho de que lo último que
pretendía su amiga era alejarse de Brand. —lo sabía aunque ni la misma
Emilia lo hubiese dicho con sus propias palabras —.
— ¿Quiere decir que no volverá? —susurró Brand con voz apagada y expresión
dura. —se ha ido.
— Vamos —se quejó la chica —. No seas tonto, en un par de días la tendremos
devuelta. Seguro se fue obligada por su padre.
— ¿Tú crees?
Jess emitió un bufido.
— Es Emilia —dijo como si el hecho de llamarse así le concediera una especie
de súper poder. —va a regresar.
Brand suspiró recostándose más cómodamente en el auto.
Jess tenía razón. Era «Emilia» la indomable, la rebelde.
— Creo que deberías tomar tu auto. —le sugirió —; ya tenemos suficiente con la
demanda en contra de Em. —le guiñó un ojo en gesto de chanza.
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Brand sonrió desganado, bajándose del convertible de un brinco tal y como había
entrado.
— ¡Nos vemos el lunes! —le gritó Jess cuando lo vio entrar en su camaro.
Habían sido amigos desde el primer día, claro que él tenía su grupo de amigos
«Masculinos»
En el momento que no estaba con Emilia y Jess probando los artes de fumar a
escondidas ahogándose de risas por no tener la más remota idea de cómo expulsar el
humo por la nariz. Estaba con Frank y Josh sus amigos varoniles que le reclamaban
el hecho de pasar mucho tiempo con mujeres.
«Un día de estos te veremos haciéndonos mascarillas de avena» le decía Josh
cuando le rescataba de las juntillas vespertinas con Emilia en el campo trasero de la
escuela.
«En serio hermano, estarás todo maricón »
A lo que Brand respondía con una enorme risotada y mirada picara a Emilia, que
aunque no soltaba las mismas risotadas le sonreía y asentía como un acuerdo
silencioso entre ambos. Un gesto que solo ellos dos eran capaces de decodificar.
Apagó el rumiante motor de su auto. Esperaba y anhelaba en su fuero interno que
Josh estuviese en casa, para así charlar un rato y sacar la ausencia de Emilia de su
cabeza por un instante. Necesitaba un escape, un momento que le hiciera creer que
aun ella estaba en su casa, en su habitación doblando y haciendo magia con los
figurines de papel, mientras él jugaba una partida de Halo en el ático de los Bell.
— Hey —saludó a Josh cuando lo vio entrar a su sala de juegos. –su sótano-.
— Hey —musitó Brand lanzándose sobre el mueblo donde reposaba después de
una extenuante partida de Halo.
— Casi llego al final —chilló el joven reanudando la partida. —pero estas armas
me sacan de quicio.
— Ya te dije que bajes los códigos de internet. —le recordó Brand sin aliento.
— ¡No! —gritó Josh retorciéndose en el mueble. Había perdido nuevamente.
Brand miró inexpresivo la pantalla del Tv con la partida en “Game Over”.
Hablar y pasar tiempo con Josh era divertido. Siempre y cuando te cuidara de los
vicios y amistades que mantenía sin consentimiento de sus padres. Le gustaba venir
y gastar tardes de videojuegos y futbol. Mientras fumaban y bebían un exquisito
vino de la reserva del señor Bell quien los coleccionaba con esmero. No era una
amista fraternal. Porque podía gastar tardes con él y también podía importarle un
pito si el consumía yerba o alguna otra clase de alucinógeno o los famosos hongos.
Le gustaba fumar e incluso beber pero, ¿drogarse? Había que estar demasiado loco
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para andar metiéndose esas porquerías. Y aparte de eso tendría a su padre —
medico— que lo mataría desde el primer momento. También estaba Emilia que no
dudaría ni un instante en partirle la nariz como lo viera haciendo eso. Si, ella sería
capaz de partirle la nariz para que no le quedaran más ganas. Después lo llevaría al
hospital. Porque así era ella: la más loca, extraña y dramática de todas las mujeres.
«¡Demonios!» pensó «¿Qué hago? ¿Otra vez Emilia? ¡No!» chilló en silencio
observando a Josh hacer muecas y bruscos movimientos como si con eso ayudara a
pasar de nivel con más facilidad.
— ¿Qué has sabido de tu amiga? —preguntó Josh dando Pause a la partida.
— ¿Emilia? —inquirió Brand meditabundo.
— Sí. ¿aún está detenida?
— No. —suspiró nuevamente —pero se ha ido del pueblo.
Josh guardó silencio quedándose quieto por un instante.
— ¿Está huyendo? —sus ojos brillaron rebosantes de curiosidad. Para nadie era
un secreto que Joseph Connor tomaría represalias, haría que la destructora de
su auto pagara.
— No. Se fue con un familiar.
— Pero, ¿Está huyendo? —insistió Josh.
— ¡Qué No! ¿eres sordo o qué? Solo está castigada, ella jamás huiría. No es de
esas personas. Emilia tiene pantalones.
— Y bien puestos —respondió Josh soltando una risita —, lo que hizo… ¡Moler
un auto a batazos!
Brand soltó una ligera carcajada. La expresión de Josh le causaba gracia.
— Es toda una… —este suspiró profundamente, retomando el control del juego.
—es como una Lara Croft de diecisiete sexy…
— Cállate Josh.
El joven soltó otra risita.
— No puedes evitarlo… ¿Cierto? las amigas hay un punto en que se vuelven
como tus hermanas. Te enoja escuchar una expresión de morbo hacia ellas.
— ¿Qué es lo que estás diciendo? —inquirió Brand tomando el control de
videojuegos que estaba libre.
— Eso, a que te enfurece escuchar que hablen con intenciones de morbo hacia
alguna de tus amigas.
«Amiga» era el concepto en que Emilia se encontraba en ese momento. Pero, hacía
tiempo que ambos sabían que no era lo mismo. Él no se enojaba porque hablaran
morbosamente de su amiga, era algo más allá de un inocente coqueteo. El simple
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hecho de pensar que alguien más podía siquiera pensar o tener la más remota
intención de colocarle las manos encima le hacía sentir una ira que…
¡Allí estaba! La fuente de todos sus problemas.
«Amiga…» todo su problema era que para otros hombres Emilia era una mujer libre
en toda la extensión de y otras la mirarían como él quería mirarla. Pero, siempre en
desventaja porque otros no tenían que llamarle: Amiga…
— Si —sonrió sombríamente —, así que tienes prohibido hablar así de ella. Los
amigos no le echan ojo a las hermanas de sus amigos. ¿entiendes?
Josh se carcajeó cambiando la partida.
Irónico era que Brand hubiese ido allí a tratar de olvidar el rumbo que las cosas
habían tomado y ahora estaban allí teniendo una charla sobre Emilia Nolán.
Había algo dedicado a recodársela.
— Hablemos de otra cosa —pidió desanimado. Pero, con una enorme sonrisa
que ocultaba toda su frustración.
Josh era poco persuasivo, más bien era una de las personas más distraídas que
conocía. Que ni siquiera notó que el chico con el que pasaba la mayoría del tiempo
estaba triste.
— ¿Cómo que te golpeó? —gritó Jess Stewart a la bocina del teléfono. —
¡Cómo se atrevió hacerte semejante cosa! —rezongó indignada. —es un
animal. ¿Por eso? ¿Por eso te fuiste? ¡Lo sabía! ¡Sabía que había algo más
detrás de esto!
Su madre dio un resoplido pidiéndole que bajara los decibeles. Jess torció el gesto
dándole la espalda para complacer a su petición.
— Pero, ¿Vas a volver? ¿Cierto? un silencio extraño se hizo presente al otro lado
de la línea.
Lo supo en seguida. Si el padre de Emilia la había golpeado era casi imposible que
ella regresase. Pero… ¿Qué pasaría con la escuela? ¿El problema con Joseph? Y
¿Brand? Algo andaba medio raro entre ellos.
— No regresaras —musitó impávida ante el silencio condescendiente de su
amiga.
— No. —remató esta última —no, por ahora.
— Pero… —sus ánimos excitados de hace unos instantes desaparecieron. —¿La
escuela? ¿Yo? ¿Qué pasa con nosotros?
— No los voy a olvidar. —respondió con voz monocorde y vacía.
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— No puedes… ¡Diablos! ¡Emilia deja de estar tomándome el pelo! —rió
sarcásticamente.
— ¿Crees que bromeo? —inquirió Emilia ligeramente fastidiada. —no puedo
volver, en primera porque la mujer con la que estoy viviendo está más loca de
lo que pensé y primero me manda a Austria antes de permitir que vuelva a
vivir con mi padre. Segundo, mi papá es un idiota que tiene toda la razón. No
seré nadie si continuó por la vida soltando madrazos a trescientos kilómetros
por hora.
Jess guardó silencio. La escuchaba demasiado tranquila ¡Resignada! No podía ser la
misma Emilia. Esta con la que hablaba ya se había dado por vencida, no sería algo
pasajero como había creído. Teniendo en cuenta su tono tan tranquilo.
— No puedo creerlo —dijo para sí misma. —creí que...
— ¿Qué era un berrinche? —le interrumpió sonando más lejana y mortificada.
—llegué a mis limites Jess, y tengo que aceptar las consecuencias.
— Así que… ¿Cómo quedan las cosas con Brand?
— ¿Cómo qué cómo quedan las cosas? Pues, ¡Como están!
— No seas mentirosa, ambas sabemos que como están son muy confusas ¿me
equivoco? —le retó.
— No —admitió Emilia—, no te equivocas. Pero, es mejor así. Aquí mueren y
punto.
— Cobarde.
— ¿Cómo? —inquirió la castaña indignada. Si algo le molestaba era que la
llamasen de esa forma.
— Si Emilia, eres una cobarde.
— Jessica Stewart —le llamó aprensivo. —, te sugiero que…
— ¿Qué guarde silencio? Vamos, sé que nunca me golpearías. Además, estás
lejos no puedes atravesar la bocina. Me daré el lujo de llamarte: ¡Cobarde!
¡Cobarde! ¡Cobarde!
Emilia guardó silencio empezaba a exasperarse por la actitud que su amiga estaba
tomando.
— Bravo Jessica eso es tan Maduro.
— ¡Mira quién habla! —se quejó —la chica que aprovecha la primera
oportunidad para evadir lo que la confunde. No tienes criterio, ni voz para
llamarse inmadura.
— Esto va más allá de tu comprensión —se defendió Emilia.
— ¿Qué es lo que no puedo entender? Solo estas tú, él y miles de cosas que se
han estado gritando desde el primer día y a la vez callando como los
estúpidos cobardes que son.
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Tiró la bocina del teléfono bruscamente cortando así la llamada. Había algo que
siempre le molestaba y era la terquedad y orgullo en las personas que en verdad le
importaban. Y la incapacidad que tenía Emilia de mostrar lo que siente.
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Capítulo IV
«Cobarde» se repitió en silencio. Sintiéndose asfixiada por el impecable ambiente de
su nuevo hogar.
Le hería el orgullo darse cuenta que la bocona de Jess tenía razón.
Era una cobarde por aprovecharse de las circunstancias para evadir y hacerse la de la
vista gorda ante sus sentimientos. —y ante los de Brand—.
— Vaya —exclamó Clara sorprendida y orgullosa por ser la diseñadora del
vestido veraniego que llevaba su sobrina en esos momentos. —sabía que los
floridos te sentarían bien. —dijo, dándole vuelta en mitad de la sala para
admirar la costura del traje en todo su esplendor. —vestida así y sin tanto
rímel, te pareces más a tu madre.
Emilia sonrió tenuemente queriendo parecer satisfecha ante el estilo rosa y delicado
que llevaba. ¡Se había peinado!
— ¿Con quién hablabas? —caminaron hasta la sala principal. Cuya luz solar se
filtraba por los paneles especiales dejando una sensación de estar al aire libre.
Aun no se acostumbraba a levantar los pies correctamente por lo que no
evitaba tropezar con las alfombras persas instaladas en casi todas las
habitaciones de la casa.
— Con Jessica, una amiga de casa —se detuvo —de mi antigua casa. —corrigió
repentinamente consciente de que todo había cambiado.
— ¿Qué tal todo por allá? —la tía Clara se acomodó en el sofá principal
revisando su móvil.
— Bien. —mintió. Se mintió a sí misma, porque su amiga bocona tenía razón,
ella era una cobarde.
— Me alegra. ¿Estás lista? Vamos a casa de los Hampton.
— ¿De los que?
Clara rio dulcemente.
— Unos viejos amigos que al enterarse de que la hija de Alisa está aquí, quieren
conocerla, en especial Steffi.
Emilia asintió mordiéndose el labio un tanto nerviosa.
Seria todo: respira, enderézate, la frente en alto, hombros erguidos, mirada serena y
dulce, sonrisa aristocrática.
« Respira, enderézate, la frente en alto, hombros erguidos, mirada serena y dulce,
sonrisa aristocrática » se repetía con firmeza en su fuero interno. Observando la
inmensidad y elegancia de los edificios más viejos y valorizados en la zona norte de
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Manhattan. Todo a través de las ventanas del Mercedes Benz de su tía quien
canturreaba una vieja balada en la radio y al tiempo entendía las indicaciones de la
voz masculina del GPS.
Le asfixiaba la costura del talle y el escote era demasiado pronunciado. Las flores…
«Arg» no le gustaban para nada.
El cabello limpio y alzado en una cuidadosa coleta en la parte alta de la cabeza, un
truco de su tía para poder alardear de los diamantes que la sobrina llevaba en cada
lóbulo de la oreja.
— Hablé con tu padre —dijo Clara observando el semáforo en rojo. —hemos
decidido que para tu nueva escuela presentaremos un diploma de educación
en casa.
Emilia frunció el ceño.
— ¿Eso no es ilegal?
— También lo es desbaratar un auto con un bate —bromeó acelerando cuando el
semáforo cambió.
La chica guardó silencio. En efecto Clara tenía razón.
— Además si mostramos tus papeles reales, ¡Jamás te aceptarían!
Asintió.
— Pero, ¿Si nos descubren?
— Yo fui a esa escuela. Algún problema y nada perderían con aceptar una
inversión voluntaria de mi parte. —rió pícaramente.
— Entonces… ¿Cuándo empiezo?
— En cuanto esté listo el uniforme. A más tardar el martes.
Suspiró observando nuevamente por la ventana. Este era en definitiva un adiós para
siempre para sus amigos.
— Bueno, es hora de las condiciones. —empezó su tía con voz amable y seria,
más seria de lo habitual. —vivirás conmigo y mis condiciones, ¿Está claro?
—Emilia asintió más sumisa que nunca, como jamás lo había hecho. —
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»Pero escúchame bien —volvió a mirarle. Esta vez con frialdad. —cuando
hago una amenaza la cumplo. —estiró la mano hasta la guantera sacando un
sobre blanco y estrecho. Muy parecido a los boletos de avión. — ¿Sabes qué
es? —se lo entregó —al primer error, escucha bien. Al primer error no dudaré
en enviarte lejos de aquí. Eso es un boleto a Bruselas, a un convento o
internado. —rio en silencio—Emilia Nolán conmigo no te las darás de
rebelde sin causa, porque a la primera te embarco en ese avión más lejos de
los que más quieres. No tendré misericordia. ¿Está claro?
La chica le miró asombrada y atemorizada. El tono, su expresión, todo indicaba
seriedad y resolución. Allí empezaba el castigo.
— Te comportaras como la dama que eres —continuó Clara —es lo único que te
pido. ¿De acuerdo?
— Sí.
— Lo sabía —sonrió amenamente—porque supongo que no hablas francés. —se
carcajeó. —por cierto, me he tomado la libertad de inscribirte en un curso
pintura y francés. Tu papá me comentó que te gusta el arte.
— El origami —corrigió la muchacha.
— Bueno, buscaré algún tutor de eso. —musitó Clara para sí misma —necesito
mantenerte ocupada para que no cometas locuras, porque aunque no me creas
seria duro sacarte del país. Ya empiezo acostumbrarme a educarte y hacer de
ti lo que era tu madre.
— De acuerdo, es un trato. Pero, ¿Podré visitar a mi papá?
— No. Así lo ha dispuesto él mismo.
— ¿Por qué? —rezongó Emilia visiblemente afectada.
— No lo sé.
— Yo hablo francés —dijo conteniendo el llanto que la última imposición de su
padre le causaba. Estaba enojada por aquella bofetada, pero de allí a no verle
durante mucho tiempo había una gran diferencia. Aunque quería engañarse a
sí misma no lo lograba. Nada sería fácil, nada. —mamá me enseñó lo esencial
—continuó con voz quebrada —luego lo perfeccioné por mi cuenta.
Clara sonrió ampliamente.
— Perfecto, Entonces será latín. Es una academia exigente cielo, no quiero que
te sientas inferior.
— Gracias. —dijo la chica respirando acompasadamente.
¡Demonios! Ya empezaba a extrañar al gruñón de su padre.
Se sobresaltó momentáneamente cuando su tía tocó el claxon y anunciaba su llegada
al diminuto radio incrustado en el portón de hierro con inscripciones doradas.
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«Hampton Mill»
Habían llegado.
— Vengo con Emilia —gritó su tía retocándose el labial carmín en el espejo
retrovisor. —avísale a tu hija.
La voz en el megáfono soltó una risita.
— Entra Clara. —le ordenó cariñosamente.
No podía hallarse más maravillada ante la mansión Hampton.
¡era un castillo! Si, lo era. Con un jardín de una extensión de dos kilómetros
aproximadamente.
La casa de Tía Clara era hermosa, moderna, pero esta…
Parecía salida de un relato de alguno de los hermanos Grimm.
La parte delantera era como una especie de fortaleza.
Una fuente con la imitación de la venus de Milo en mitad del jardín, bustos de
esculturas griegas enredados entre la maleza exótica y sofisticada del lugar.
Era una mansión construida a finales del siglo XIX cuando el primer Hampton:
Henry, llegó desde la lejana España a probar fortuna en América. Encontrándose con
un ambiente propicio para iniciar el negocio que lo consolidaría como el rey de las
finanzas en el condado más exclusivo de Manhattan.
Soltero y joven con ganas de comerse el mundo. Inicio como mensajero en la
pequeña compañía corredora de bolsa que nacía entre el bullicio de la revolución
industrial e independencia de las colonias Americanas. Fue un trabajo duro y
premeditado. Con esfuerzo logró conseguir el capital necesario para formar parte de
la sociedad y hacerse el banquero más exitoso y próspero de la época. Le tomó
menos de ochenta años para que los Hampton dominaran el mercado de acciones,
posicionándose así su sociedad en comandita por acciones como la más estable y
duradera de todos los tiempos.
Para las muestras: aun eran los líderes.
No pensaban parar. Inconscientemente habían creado una especie de monarquía
entre ellos mismos. Donde el primogénito de cada generación al terminar la escuela
se encargaría de los negocios familiares.
Un príncipe o princesa en el siglo XXI
— Maravilloso. ¿Cierto?
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Emilia asintió boquiabierta mientras acomodaba los pliegues del vestido.
— Fred —saludó Clara cordialmente al mayordomo que abría la puerta de par en
par para recibirles.
— Señora St Cloud. —respondió cediéndole paso hasta el interior de la casa.
Si el exterior era impresionante, el exterior la dejaba atónita.
Una enorme escalera en forma de caracol se divisaba a primera vista. Las cortinas
de terciopelo haciendo juego con los muebles y pinturas… ¡Arte! Por todo lado. El
piso de mármol brillante y pulcro. La imagen de alguien limpiándolo con cera hasta
dejarlo así de reluciente atravesó su mente. Haciendo que le dolieran los nudillos.
«Pobrecitos» pensó
Se detuvieron en mitad de una enorme sala bajo un candelabro exquisito cuyas
lámparas parecían ser lágrimas pendiendo delicadamente de él.
En casa de tía Clara todo era vanguardista y a la moda, en esa casa parecían haberse
quedado atascados en mitad del siglo XIX. Teniendo en cuenta toda la decoración
clásica y el formalismo con que les atendió el mayordomo.
— ¡Clara! —gritó una mujer apareciendo por los pasillos de la derecha.
— Maureen —saludó la tía guardando el móvil en la cartera.
— Que alegría tenerte aquí —afirmó la chica con cabello oscuro que caía en su
espalda como una negra cascada.
Su piel tersa y limpia completamente descubierta al solo llevar puesto una blusa que
dejaba ver parte de su espalda y un diminuto short, cuyas orillas estaban
deshilachada y envejecida.
En realidad esperaba a alguien con un opulento vestido de Valentino o Mc Queen.
Aquella clase de vestidos que las personas que Vivían en casas como aquellas solían
usar ¿no?
Maureen Jane Hampton era la segunda hija de los Hampton estudiaba danzas
contemporáneas al tiempo que cursaba sus últimos años en la escuela y aprendía
mandarín en las tardes de ocio. Planeaba viajar por el mundo antes de empezar sus
estudios de antropología. Era una suerte ser la segunda hija, podía hacer lo que
quisiera y nada la obligaría a quedarse plantada en una oficina.
Quería ir a conocer las tribus del África, vivir a la intemperie en los campos
arroceros de la china, lanzarse en todas las cascadas que encontrase en Australia y
escalar los montes Urales para llegar a Rusia a pie. Claro que esos solo eran sueños.
Tocaba el violín, hablaba francés, portugués y podía traducir un libro del latín al
español sin dificultad alguna. Producto de rigurosas tardes de estudio impuestas por
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ella misma, por el mero placer de aprender y canalizar toda esa energía que tenía de
sobra. De niña le habían diagnosticado un trastorno hiperactivo que la hacía ser más
inquieta que los demás niños de su edad y le aconsejaron practicar algún deporte o
realizar actividades extracurriculares. Al final del día, con todo lo que se imponía
diariamente estaba exhausta.
— Mi madre me ha encargado que te reciba. —rio de forma encantadora— ¿es
ella Emilia? —preguntó observando a la chica de pies a cabeza, llamándole la
atención el porte altivo y esbelto de aquella muchacha que sin tanto rímel o
labial parecía solo una quinceañero de un metro setenta.—mamá está en el
jardín del patio.
«¿Mas jardines?» se preguntó Emilia en absoluto silencio. Anonadada por la
exquisita decoración de los pasillos más comunes.
«Respira, enderézate, la frente en alto…» se repetía con tenacidad.
El jardín trasero era más pequeño que el principal. —no menos hermoso—.
Divisó a lo lejos dos damas riendo discretamente y compartiendo entre si una
revista. Eran el tipo de mujer que esperó encontrar en la mansión desde un principio.
Elegantes, sofisticadas y glamurosas.
Maureen las guiaba por el enrevesado jardín cuya vegetación enredada y tupida no
dejaba ver el camino correcto.
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Los mismos ojos saltones de la efervescente chica brillaban en el rostro blanco y
maduro de la mujer que sin ningún intento de disimulo buscaban un parecido de su
vieja y fallecida amiga Alisa.
— Hermosa —dijo al fin —, como su madre.
Emilia sonrió pudo percibir en los ojos de aquella dama el genuino afecto hacia su
fallecida madre.
— ¿Es la hija de Alisa? —preguntó Libia con cierta petulancia y actitud
desdeñosa.
— ¿De quién más? —Clara sonrió suavizando su tono altanero y petulante.
— Bueno—intervino Steffy —, ¿Maureen?
La chica levantó los ojos guardando el móvil, su madre desaprobaba el envío de
mensajes cuando tenían visitas.
— ¿Qué te he dicho? Nada de móviles.
— Lo siento mamá —Maureen sonrió guardando el móvil entre su diminuto
short y pelvis.
— Siéntense —les pidió a Clara y Emilia.
La conversación se centró primeramente en el curso que empezaría la siguiente
semana, los planes de su tía en hacerle aprender otro idioma —aparte de francés—.
Y la amistad que se suponía debía empezar entre Maureen y Emilia por ser de la
misma edad.
Luego se centró en la familia Bergson, La chica escuchaba distraída los cotorreos de
las damas, Maureen revisando su móvil y las risotadas ante un sarcástico y
degradante comentario acerca de alguien caído en desgracia.
Se entretenía admirando la magnificencia del jardín, lidiando con su subconsciente
para no seguir recordando la discusión con Jess, ni mucho menos pensar en Brand y
en que estaría haciendo.
Su padre solo en algún consultorio médico, le daba nostalgia. Luego recordaba lo de
la bofetada y la sensibilidad desaparecía.
« —¡Brand! —le llamó con rudeza rodando la llave de expansión al igual que la caja
de herramientas. —se un hombre y ven a ayudarme este trasto no se arreglará solo.
— Eh —se quejó el muchacho lanzando la colilla de cigarrillo con que
jugueteaba por los aires. —respeto con mi auto, tienes más años que tú.
Ella esbozó una ligera sonrisa.
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— Venga —se recostó sobre la defensa del auto —, no seguiré revisando esta
chatarra si solo estas allí fumando como un idiota y no me ayudas.
— Porque quieres—disintió el chico bajándose del auto para acompañarle cerca
la defensa del auto. —, yo puedo decirle a uno de los chicos en las carreras
que me ayude.
— Genie ¿Aún sigues compitiendo allí? Eres un bruto, sabes que eso es
peligroso.
Brand rezongó acomodándose suavemente a su lado.
— Eres… —rio maliciosamente como si disfrutara de un chiste personal —una
enojona con E de Emilia ¿Entiendes? Con E de… —soltó una carcajada
observando su perfil marfileño y mejillas prominentes.
— ¿Qué? —inquirió la joven extrañada por las tonterías que su amigo decía y
soltaba a reír como un desquiciado. —tú eres un…—se detuvo buscando un
sobrenombre para seguirle el juego. Sonrió pícaramente. —eres un bruto con
B de Brand.
— Ese no cuenta. —espetó el joven enarcando una ceja—ya lo has dicho.
Siguió buscando más nombres en silencio.
— ¡Ya! Eres un Bestia con B de… ¡Con B tuya! —soltó a reía desparpajada. Él
se contagió riendo animosamente.
— Eres una estúpida con E de… ¡Con E tuya!
— Bobo.
— Extraña.
— Burro.
— E… —calló —¿Estresante?
— Barrabas.
— Es un nombre. No cuenta. —calló emitiendo una sonrisa torcida y picara —
eres una extraterrestre con E de Emilia.»
— ¿Em? —llamó Clara colocando su mano sobre el borde del vestido de la
chica.
— ¿ah? —ella entrecerró los ojos sacudiendo la cabeza para desvanecer los
recuerdos latentes y demasiado vividos.
— Sttefy pregunta que si quieres ir con su hija a dar una vuelta, ya que vemos
que estás muy callada. Comprendo que nuestras conversas deben aburrirte. —
miró a Steffy pícaramente.
— Eh… claro. —sonrió mirando a Maureen que revisaba su teléfono
disimuladamente.
— Bueno —dijo la pelinegra levantándose rápidamente—, daremos una vuelta
al jardín y luego al campo de golf ¿Qué te parece?
Emilia asintió sonriendo tímidamente
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— Diviértanse —dijo Libia al verla caminar hasta los caminos verdosos del
majestuoso jardín.
Caminaron en silencio durante varios minutos, en los cuales Maureen no dejó de
chequear el móvil y rara vez pronunciar alguna palabra.
Los pasos desvariados y sin horizonte las llevaron hasta un enorme campo abierto
cuyo verde espeso daba la sensación de estar en medio de la nada. Emilia sonrió al
recordar las tardes de campamento con su padre, cuando su madre aún vivía. Eran
gratos recuerdos. Los más hermosos de toda su niñez, la figura de su madre ante la
libertad de los inmensos bosques y llanuras. La voz melodiosa que cantaba
suavemente y tarareaba en los coros que no se sabía, recitando en voz alta la familia
y nombre científico de cualquier flor que encontrase. Se alegraba cuando la veía
llegar llena de tierra con un espécimen que para sus ojos nadie más que su madre
había descubierto.
— ¿Te aburres? —preguntó Maureen guardando el celular.
— Sinceramente —La castaña sonrió amenamente. —, sí.
Maureen se carcajeó muy enérgica.
— Directa. Me gusta.
Rieron de nuevo.
— Iré por un carro de golf para salir a la parte delantera del lugar, es muy
grande. Lo sé, mis padres quieren mantenerla lo que creo es un desperdicio
de espacio. Estaríamos más cómodos en un sitio un poco más pequeño, las
jodidas distancias son muy grandes. En fin. —se carcajeó. —ten cuidado, mi
hermano y sus amigos juegan a cazar animales por aquí.
— ¿Cómo? ¿Los matan?
— ¡No! —exclamó la chica abriendo los ojos como platos. —tenemos varios
caninos, los sueltan para después atraparlos. Antes los marcan con balas de
pintura. Es un juego estúpido lo sé.
Se volvió a reír dejando notar una ligera arruga en una de sus mejillas.
Esa chica le agradaba.
— Ya vuelvo.
No pasó mucho tiempo después de su ausencia cuando caminó en círculos que la
llevaban siempre al mismo sitio donde ella le había dejado. El sol brillaba con
ímpetu por lo que decidió ir en busca de una sombra acogedora cerca varios arbustos
que se levantaban como una especie de barrera.
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Un enorme danés de pelaje cobrizo corrió hacia ella, logró esquivarle carcajeándose.
Vaya que era hermoso, la forma en que su cabello brillaba al igual que sus orejas
blandientes con el viento.
Un estampido resonó a lo lejos, la sensación de dolor recorriendo su espalda al igual
que la humedad. Un disparo, era eso lo que había escuchado y ahora se desvanecía
sobre el césped presa de un intenso dolor en la parte baja de su espalda. Haciéndole
caer desmadejada sobre la hierba.
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Capítulo V
— Te lo dije —musitó Anthony caminando hasta los arbustos donde vio al
canino esconderse.
— Déjate de bobadas. —Steve bajó el arma acomodando sus exclusivos lentes
de sol y siguiéndole el paso a su amigo. —deja la envidia, aprende a perder.
—sonrió pícaramente separando los arbustos. —puedes ir desembolsando
esos mil dólares.
— Oh—por—Dios—musitó Anthony atónito ante la imagen que se amigo había
destapado.
— ¿Qué? —inquirió este divertido mirando en la dirección en que lo hacia su
amigo. — ¿Qué demo…?
Emilia se dio vuelta acomodando el diminuto vestido, quejándose ante el intenso
dolor de su espalda y la pintura corriendo en ella. Anthony dejó caer el arma
corriendo hasta ella para ayudarle a levantarse.
— ¿Qué demonios haces allí paradote? —gritó tomando a la chica de la cintura
que en silencio y sin una mueca de dolor se dejó ayudar. —¡ven!
Steve sacudió la cabeza despejando las imágenes de aquel hermoso trasero.
— Eh—se inclinó hasta ellos. —ven—musitó tomando a la chica en brazos. —
¿Qué hacemos? —preguntó cuándo la llevaba en brazos.
— ¿Qué vamos a hacer? —replicó Anthony. — ¡llevarla a casa!
— ¡estás loco! ¡Mi madre se pondrá histérica!
Emilia levantó el rostro lívido y bañado en sudor.
— Quedarnos aquí no soluciona nada par de imbéciles —musitó adolorida y la
sangre subiéndosele a la cabeza.
Alguno de ellos le había disparado. Alguno de ellos se las pagaría después.
Ambos le observaron en silencio sorprendidos. ¿Quién era esa chica? Tenía que ser
alguna de las amigas de Maureen. No, ya las conocían a todas.
— ¡hola! —hipó la joven—¡Hay un herido aquí! ¿podemos avanzar?
Anthony empujó suavemente a Steve quien inició paso hasta la casa. Llevando en
hombros a una completa extraña que ante semejante golpe no lloraba, ni quejaba.
Aun así había tenido la lucidez para llamarle imbéciles.
— ¿Cómo te sientes? —le preguntó al divisar la cercanía del jardín donde muy
seguramente estaría su madre disfrutando de un refresco.
— Que importa—chilló—llévame a la casa.
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— ¡perdón! —se quejó el chico abriendo los ojos. —estaba siendo amable.
— Ya cállate Steve—gritó Anthony que le seguía el paso en absoluto silencio.
— Si—concordó Emilia—, cállate.
— ¿tu quién eres? No puedes entrar a un lugar sin permiso. Está prohibido.
— Está prohibido el maltrato animal. —se quejó ella aferrándose a su brazo.
— Yo no te estoy maltratando.
Anthony dejo caer una carcajada bajita.
— Si lo hiciste. Me hirieron.
— Vaya, no sabía que eras un animal.
— Me refería a tus perros, estúpido.
— Ya déjala en paz —aconsejó Anthony.
— Siento mi comportamiento—musitó al verse cercanos a la casa.
Ella guardó silencio entrecerrando los ojos. Aguantando el dolor en su espalda.
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Su ego y soberbia pesaban más que el Empire StateBuilding.
Ese día sin saber se había encontrado con la única persona en el mundo sobre la cual
jamás podría imponer su poder. Si, esa chica había llegado para hacerle sentir lo que
él le hacía sentir a los demás.
Tenía diecinueve años. Empezaba su último año, preparándose para la ascensión al
trono o imperio que por años había manejado su familia.
Era el mayor. —En ese momento—. Sabia Karate, tocaba el chelo y al igual que su
hermana hablaba varias lenguas. El niño consentido de la ciudad.
No había nada que Steve Hampton no lograra obtener.
Su fama de súper galán, engreído y mujeriego traspasaba los límites de la ciudad. Al
igual que su intelecto y capacidad de memorizar ecuaciones en un instante. El mejor
promedio y congraciado con los profesores. Steve era el niño perfecto hasta que
abría la boca y dejaba saber que era el mejor, el príncipe sin piedad o sentimiento de
modestia para los que están a su alrededor.
— ¡Queda prohibido! —gritó Steffy conteniendo la furia para con su hijo. —
¿Oyes? ¡Prohibido volver a jugar en mi jardín con esas armas! Por Dios, pudo
haber sido peor.
— Mamá —rezongó Steve—, no es para tanto.
Steffy abrió los ojos crispada de la furia.
— ¿Qué no es para tanto? Por favor ¿Hasta dónde? ¿Hasta dónde llegará tu
descaro?
— ¡Ya! —se quejó el chico—es una aparecida, por favor.
— ¡Stevenson! —interrumpió Steffy acalorando los ánimos de la disputa.
Anthony observaba en silencio apoltronándose en silencio un tanto temeroso por los
gritos de la señora Hampton.
— No es una aparecida. Es la sobrina de Clara.
Él guardó silencio. Bueno, esa extraña gritona no tenía nada de parecido a la vieja
amiga y compinche de su madre.
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— Es en serio. —continuó Steffy—la billetera.
— Má…
— Nada. —espetó Miss Hampton.
Él caminó hasta el pupitre dejando caer la billetera sobre este.
— Esto es absurdo—refunfuñó mirando a su amigo que era testigo de cómo su
poder era arrebatado—soy mayor de edad.
— Aun vives en mi casa, y son mis órdenes.
— Si, si —gimió—tus reglas bla bla…
Retrocedió hasta la salida del estudio.
— Anthony—musitó meneando la cabeza en señal de que era hora de marcharse.
— Hasta luego señora Hampton—dijo el chico colocándose de pie—siento todo
este incidente.
— Hasta luego joven.
Ambos caminaron lo más lejos del estudio en completo silencio.
— ¿Qué te dije? Se volvió loca.
— Bien, nos vemos cuando te levanten el castigo.
— Espera, espera—le retuvo tomándole del hombro. Una sonrisa maliciosa
curvó las facciones del joven Hampton. —me debes mil dólares. Mi madre
me ha quitado todo así que…
— Por favor —gruñó Anthony—ni siquiera golpeaste al perro.
— Di en un blanco. —refutó Steve.
— Es una chica. Por Dios Steve, a veces creo que no tienes escrúpulos.
Este soltó una risita burlona.
— Di en un blanco. ¿No? Mi instinto de cazador ganó.
— Tu madre tiene razón. Eres un inconsciente.
— Vamos Antho—rió malicioso—. Sé un justo perdedor.
El chico buscó entre sus bolsillos algo de cambio tendiéndole sin ganas. Típico en
Steve: salirse siempre con la suya.
— No es un triunfo genuino—musitó burlonamente—. Tómalo como un
préstamo, al fin y al cabo te han quitado todo.
Él joven Hampton emitió un bufido tomando a su amigo bruscamente del brazo para
colocarle los billetes de vuelta.
— No quiero prestamos. Keep Calm Down my friend. Te ganaré en otra
ocasión.
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Anthony se encogió de hombros retirándose con una sonrisa de victoria entre sus
labios.
— La próxima… —dijo antes de doblar el pasillo—ah, cierto que no habrá una
próxima ocasión—rió una última vez antes de marcharse.
Steve caminó hasta el pasillo que conectaba a la habitación de Maureen después de
la gritería y espaviento sabía que la aparecida gritona estaba allí recibiendo los
chequeos del médico. Era increíble que aquella extraña en menos de dos horas le
hubiera gritado y ocasionado que su madre le castigase.
Allí estaba Clara en medio del pasillo recibiendo las indicaciones del doctor. Se
detuvo retomando la compostura.
«Firme, sonríe, mantén la calma y finge sentir lo del incidente. Olvida los insultos
de esa loca, olvida todo lo que te gritó…»
Clara le observó acercarse.
— Hola —dijo él muy ameno y cordial. —Doctor —miró a la mujer que
sostenía entre sus manos la receta médica. —Clara.
— Steve—saludó ella un tanto trémula por la actitud jovial del chico. —supongo
que vienes a disculparte con mi sobrina.
— Exacto. —sonrió grandemente —fue un accidente —se encogió de hombros.
—, no sabía que ella estaba por esos lados.
— No me tienes que decir nada de eso. —dijo Clara, mirando al joven y apuesto
médico que escuchaba en silencio todo el discurso de Steve.
— La joven está despierta. Por si quiere rendir sus disculpas. —dijo el Galeno.
— Me parece una buena idea. —intervino Clara.
— A mí no. Ella tiene muy mal carácter.
Clara se ruborizó ante el comentario atolondrado del muchacho. Se atemorizó ante
el hecho de que su sobrina hubiese cometido una imprudencia con el joven
Hampton.
— Sé que si te disculpas se le pasará la rabia.
— Está bien. —aceptó Steve caminando entre los dos adultos. —espero salir
vivo —guiñó un ojo antes de entrar a la habitación.
Divisó a Maureen al pie de la cama donde estaba Emilia tendida con la espalda
descubierta hasta las caderas. Su tez nívea de piel alisa y firme.
— Hola —saludó, exaltándolas. Había entrado en completo silencio.
— ¡Steve! —se quejó Maureen arrojando un edredón sobre la espalda de Emilia
quien solo suspiró al enterarse de la llegada de aquel estúpido.
— ¿Qué escondes? Yo ya conozco todo eso.
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— ¡Pervertido! —chilló su hermana. — ¿Qué haces aquí?
— Maureen —llamó Emilia aún convaleciente—, dile que se vaya. Por favor.
— Ya oíste. Nuestra invitada ha hablado.
— No. No me voy ¿oíste? —se carcajeó— ni crean que estoy aquí por… —
calló—vine a disculparme con tu “invitada” —tomó un respiro—. Lo siento,
no creí que hubiese alguien cerca cuando mi amigo y yo cazábamos.
Emilia rió bajito. Eso era completamente patético.
— ¿Ya? Bueno, puede irse. Sepa señorito Hampton que no es de caballeros
llamar a una chica “animal”
— ¿Qué tu hiciste qué? —inquirió Maureen fulminándolo con la mirada.
— Mi “lo siento” incluye esa parte. —se excusó.
— Como sea—masculló la chica. —, no puedo decir que sea un placer
conocerlo.
Él entreabrió los labios anonadados.
Esa no era la misma gritona que le llamó imbécil sin conocerle. Oh, esperen actuaba
así en frente de Maureen, era una treta.
Una estrategia para hacerle quedar como un canalla, como un patán.
***
— El médico recomendó estas compresas de calmantes. Dijo que cuatro o seis
días y estarás como nueva.
Emilia asintió haciendo una mueca de dolor mientras Jane cambiaba el vendaje.
— Veamos… —musitó Clara, revisando el móvil —hoy es jueves. Ósea que el
lunes estarás en pie para tu nueva escuela.
— ¿Cómo? —preguntó la chica levantando la cabeza—¿ya hiciste todo lo de
mis papeles?
La mujer rio pícaramente.
— Cariño yo siempre cumplo mis promesas antes de lo planeado.
— Yo puedo dar fe de eso. —intervino Jane recogiendo los enseres de curación.
«Siempre cumplo mis tratos» recordó esa frase en boca de alguien más y todo lo que
había olvidado salió a flote. Volvió a doler nuevamente.
Brand.
«No olvides querida amiga que yo siempre cumplo mis promesas»
50
Era verdad. Como la vez que le prometió llevarla a un concierto de Coldplay, días
después iban con Jess rumbo a Chicago donde se llevaría a cabo el majestuoso
evento. Su querido Brand era un hombre de acciones.
— Quiero descansar —musitó entristecida.
Clara y Jane se miraron extrañadas por el repentino cambio de actitud en la chica.
— Claro—asintió su tía haciéndole señas a Jane de que la siguiera.
Había dejado de pensar en ese enredo en los momentos que maldecía a él joven
Hampton.
Conocía a los tipos como él, siempre queriendo imponer ante los demás. Era un
espécimen de Joseph Connor, con los que tenía que usar distancias enormes. Más,
ahora que tenía que cuidar cada movimiento si no quería terminar en una campiña
europea, presa en verdad. Deseó en su fuero interno no volver a verle en su vida, lo
cual podía ser poco probable.
«Nota mental n° 1:
No moverse de lado de tía Clara en casa de los Hampton.
En caso de verlo nuevamente.
Ignorarlo. Mantener la calma y cantar algo de Owl City, pero ignorarlo.»
Ya, Steve Hampton no se merecía que ella ideara planes para evitarlo. Ni siquiera la
rabia, porque eso llevaba al odio y el odio es un sentimiento. Para Steve Hampton:
Indiferencia.
Suspiró irritada. Habían transcurrido dos días llenos de espasmos y calambres. Aun
sentía aquel extraño sentimiento ante el recuerdo etéreo de las palabras de su amiga.
Un zumbido molesto.
“cobarde”
Estiró la mano hasta la cómoda donde reposaba un teléfono fijo. —Uno de los tantos
privilegios que faltaban en casa de su padre —.
Marcó los números recitándoles de memoria producto de tantas llamadas de
comadreos y locuras. Fueron dos pitidos hasta que la voz risueña de Jess contestó al
otro lado.
— Jess —soltó de una vez modulando la voz para no dejar notar el dolor que en
su espalda magullada.
— ¿Emilia? —preguntó Jess sorprendida. La última llamada no había sido la
más amena.
51
— Hola.
— Hola.
— ¿No vas a tirar el teléfono o sí?
Jess soltó una ligera carcajada.
— No, o… bueno eso depende la tónica en que estés llamando. Si empiezas de
nuevo con…
— Jess—le interrumpió Emilia muy tranquila. —sabes que no soporto estar de
pelea contigo. Lo sabes…
— Lo sé —asintió la rubia guiñándole un ojo a Brand que terminaba los
quehaceres de algebra en el comedor de los Stewart—tu llamada no puede ser
más oportuna.
— ¿Cómo?
— Nada. Que aquí hay alguien que quiere hablarte. —llamó a Brand haciendo
señas de que la persona al otro lado de la línea era nada más y nada menos
que Em.
El chico se levantó a trompicones atravesando la sala velozmente.
— ¿Brand? —inquirió Emilia nerviosa.
— Si—confirmó Jess—. Brand.
Estiró la mano entregándole la bocina a Brand que ya reposaba a su lado.
— No. Jess, espera… no. —chilló la castaña sintiendo los latidos en su pecho
desbocados y feroces.
— ¿Bueno?
Era su voz. Y era tan real, estaba allí. Al pie de su oído más cerca de lo que había
estado soñando. Cerca y lejano al mismo tiempo. Era su voz ronca y suave allí.
— Hola.
— ¿Em? —musitó él, emocionado al sentir sus suspiros al otro lado de la línea,
fue como si la ausencia de los últimos días se hubiese desvanecido. Era como
si aquel fatídico viernes hubiese sido un mal sueño.
— ¿Cómo estás? —preguntaron al tiempo. Guardaron silencio y soltaron una
leve carcajada ante la coincidencia.
— Bien ¿Y tú? —volvieron a soltar las palabras sincronizadas.
Él rio emocionado.
— Yo bien—dijo Brand, después de un corto silencio.
— Me alegra. —dijo ella, callando de inmediato.
— Te fuiste. —susurró el muchacho con voz casi inaudible.
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— ¿Jess está escuchando?
— Está terminando los ejercicios.
— Brand —musitó adolorida. —escucha—la voz dolida y pesarosa aferrándose
más a la bocina. —mi padre ha decidido que yo no volveré a su lado.
— Lo sé.
— Creo—contuvo un suspiro—tengo la certeza de que me quedaré mucho
tiempo por acá.
Brand guardó silencio ante esas palabras que sonaban distorsionadas a través de la
bocina.
— ¿Es eso posible? —inquirió el muchacho un tanto incrédulo.
— Aunque no lo creas, lo es.
Guardaron silencio.
— Emilia, yo…
— Estamos confundidos Brand, ese beso…
— No fue un error. —interrumpió él exasperándose. —no lo fue.
— No sé qué está ocurriendo.
— Yo no tengo respuestas.
— Eres mi amigo, no sé porque me siento así. No es normal, tu sabes que...
— Me gustas—dijo Brand olvidándose de todo por un instante.
Ella tragó saliva ruidosamente.
— Y no precisamente como amiga, sé que es inoportuno, estúpido y… —calló
buscando valentía en su interior—pero es absurdo seguir ignorando lo
evidente. No me arrepiento, no me arrepiento de haberte besado y si pudiera
lo haría nuevamente. Te levantaría, te besaría y cantaría fireflies aunque
después de ello me llamaran marica.
— Genie—musitó ella con voz quebrada.
— Em—suspiró él—, mi único miedo era que eres mi mejor amiga y que antes
de que pasara todo esto temían decirte algo que dentro de tres meses acabaría,
ya que termino la escuela y mi padre no permitirá que tome un año sabático.
Sintió como el peso de los miedos por fin se desvanecía, ahora que ella lo sabía todo
podía odiarle, gritarle y quizás no hablarle nunca más.
Que más daba, si al parecer la ruptura que el temía ya era evidente. La distancia le
ganó. La distancia le ganó en la carrera de arruinar algo que ni siquiera había
empezado.
— Me gustas—dijo finalmente como conclusión y respuestas a todo lo que había
estado confuso entre ellos.
53
Ella guardó silencio dejando caer un par de lágrimas por sus mejillas. El dolor en su
espalda no era nada comparado con la impotencia y tristeza de saberse enamorada
de su mejor amigo, tenerlo allí al pie de su oído y a la vez jodidamente lejos.
— Di algo por favor —le pidió Brand.
— ¿Te graduaras dentro de poco? —preguntó secándose las lágrimas con el
dorso de la mano.
— Sí.
— Ven a Manhattan—le pidió deliberadamente. —busca una universidad acá y
ven.
— ¿Qué?
— Si esto tiene que ocurrir, va a ocurrir, ven a Manhattan—suspiró mientras las
ideas locas de un plan descabellado inundaban su cabeza. —no forzaremos
nada, ven acá. No te daré dirección, ni números. Solo ven, y si estamos
destinados a estar juntos…
— ¿Estás loca? —cuestionó el joven irritado ante la ligereza de la proposición.
— Brand—musitó sin aliento—tu puedes lograr lo que quieras—suspiró
conteniendo las lágrimas y escuchando su respiración acompasada al otro
lado de la línea. —piénsalo de esta forma, si tenemos que estar juntos las
cosas se darán.
— Pero—chilló él al borde del colapso—me pides que te busque sin número ni
direcciones. Hay cuatro millones de habitantes allá. —exclamó indignado.
— Lo sé—susurró Emilia dejando escapar un sollozo—es una prueba ¿Lo
entiendes? Haz de cuentas como si no supieras quien soy, pero sabiendo que
estoy esperando a ser encontrada por ti.
— ¿Cuánto tiempo?
— El que sea necesario.
— ¿Esperaras?
— Encuéntrame —musitó desesperada y a la vez esperanzada ante el hecho de
que Brand James siempre cumplía sus promesas. —, encuéntrame y todo será
como antes, incluso mejor. Lo prometo.
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Capítulo VI
— No tengo hambre —musitó levantándose de la mesa taciturno. —iré a dormir,
hasta mañana.
Sus padres y hermana le miraron caminar cabizbajo hasta las escaleras.
«Encuéntrame» como si fuera tan sencillo en un lugar como New York.
¿En que estaba pensando? ¿Quién puede ser tan ingenuo para creer que puede ser
localizado en la capital del mundo? Esa pregunta tenía una respuesta con nombre y
apellido.
Emilia Nolán.
Se lanzó sobre su cama observando el poste de Coldplay adherido al cielo raso de
dreibol.
«Lights Will guide you home» siseó suavemente recordándola alegre pero sin soltar
una risotada. Tenía razón cuando le llamaba Extraña con E de Emilia. Parecía llevar
una tristeza que le impedía mostrarse, mostrar el alma.
Era eso lo que le atraía. El misterio, su forma enigmática e impredecible. Estaba esa
mañana cuando le reclamó sobre el chisme de Joseph, la bofetada la había esperado
desde el principio. Las lagrimas, no tanto.
«I had to find you
Tell you I need you
Tell you I set you apart
Tell me yoursecrets »
Vaya que la extrañaba. Vaya que quería volver al inicio de todo. Pero ya no podía y
si se podía nada sería igual. Tenían la certeza de que no se querían como meros
amigos. Ahora que lo había confesado y ella aceptado colocando entre ambos un
reto absurdo, loco y a la vez coherente. Pediría una solicitud en cualquier
universidad de Manhattan, la buscaría entre los rostros de extraños caminantes, en
las calles, en las paradas de autobuses. En las colegialas sonrientes en los centros
comerciales. Y si tenían que estar juntos iba a encontrarla.
Porque ella le había contagiado esa mala costumbre de creer en las cosas destinadas,
en la suerte y los deseos. Ella le había enseñado a soñar.
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«Voy a encontrarte» musitó para sí mismo sonriendo en la soledad sombría y
melancólica de su habitación. «Como Charming encontró a Blanca Nieves» pensó
divertido ante el recuerdo de los comic de su niñez. Los cuentos de hadas y
princesas.
Se esforzaría. Daría todo de sí mismo para poder ir a encontrarla en Manhattan. Ya
se habían reunido antes, cuando regresó a la escuela en contra de las pretensiones de
su padre y madres. Quienes alegaban que la calidad de ese establecimiento
educativo no le daría el futuro que se merecía. Para él en ese entonces solo había
algo que quería tener en su vida nuevamente, y era a su amiga extraña y enojona.
Le había hecho una promesa, como lo había dicho ella: él siempre lograba lo que se
proponía.
— ¡Hey! —gritó Josh al verlo llegar soñoliento y con signos de no haber pegado
el ojo en toda la noche. —a juzgar por tus ojeras deduzco que te quedaste
estudiando para el examen de física. ¿Eh?
En parte sí. El otro motivo de su insomnio no podía contárselo al menos que lo
quisiera tener tras suyo todo el días fastidiando.
— Eh, sí. —musitó distraído revisando sus apuntes.
— ¿Has escuchado lo que dijo Joseph ayer cuando regresó a clases?
— No, tampoco me interesa.
Fred rio en silencio. Era una vil mentira.
— Dijo que Emilia se había ido del pueblo por temor a las represalias. Aunque
tú y yo sabemos que no es así, el anda muy campante pregonándolo por allí.
— No me interesa Josh, es un idiota. —Brand bostezó sentándose cómodamente
en los pupitres de la última fila.
— Según él su padre no desistirá de la demanda.
— No me importa —repitió nuevamente. —Emilia no está sola. ¿Puedes
dejarme solo? Necesito aprobar este examen, y si estás parloteando por allí
como una comadrona difícilmente puedo concentrarme.
— ¡Perdón flor! —exclamó Josh abriendo los ojos como platos. —¡No quería
herir las susceptibilidad del príncipe! —dijo con voz queda sentándose a su
lado.
Brand soltó una risita divertido ante las exclamaciones locas y joviales de su mejor
amigo.
— A propósito ¿vas a ayudarme?
— ¿No estudiaste? —inquirió con la vista fija en los apuntes.
— Sí, pero sabes que algunos tenemos mente de pollo.
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— Josh…
— Amigo por favor, no me dejes morir —no podía negarse ante el tono
suplicante que estaba usando.
— Vale. Pero solo en esta, no voy a patrocinar más locha.
— Hecho —aceptó Josh chocando el puño de Brand que ni siquiera se inmutó a
levantar la mano.
— Pero si quiera inténtalo —se quejó el morocho en tono burlón.
— Ya cállate.
Y esos eran los únicos momentos en los que relativamente tenía paz. Contando un
día menos para la graduación y por ende para localizar a Emilia.
***
— Pensé que nos quedaríamos a dormir en la avenida. —dijo cerrando la puerta
bruscamente.
— ¡Hey! —gritó la chica tomando la bolsa escolar y siguiéndole el paso a su
hermano. — ¡Ten cuidado! Es delito dañar la propiedad privada.
— Es de nuestro padre —espetó Steve sacudiendo la cabeza fastidiado.
— De quien sea. —se quejó Maureen.
El chico dio un resoplido entrando al recinto escolar saludando a varios compañeros
y el portero que recogía una partida de póquer vigente sobre su mesa. Anhelaba el
pronto regreso de su padre. Así no tendría que repetir la odisea matutina de esperar a
que cada semáforo se posicionase en rojo y así poder avanzar.
Maureen lo hacía aun cuando iban tarde.
Le fastidiaba. Esos días más que nunca, al verse relegado a un toque de queda
impuesto por su madrea causa de las quejas de aquella extraña bocona y gritona en
el jardín. Su ego estaba herido y acongojado aun cuando habían transcurrido seis
días. Le era difícil aceptar que aparte de haber sido llamado “imbécil” tuvo que
disculparse obligatoriamente. Era un hecho sin precedentes.
— A la salida no te demores con tus amigos —le dijo Maureen anotando algo en
su móvil. —tengo prisa.
Él se mofó torciendo el gesto irónicamente. Su hermana algunas veces parecía un
general en algún cuartel de la marina.
Demasiado mandona.
— Puedo decirle a Anthony que me lleve —soltó sintiendo el fresco de la
contradicción.
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— Mamá ha ordenado que sea yo quien te lleve y traiga. ¿lo olvidaste?
No tuvo más que morderse la lengua envenenándose con su mala hiel y suerte. Esa
castaña altanera y respondona algún día tendría que aparecerse por su casa. Entonces
se deleitaría en las mieles de la revancha.
— ¿Qué harás mañana? —preguntó Courtney aferrándose a su brazo sin siquiera
dar los buenos días.
A veces le fastidiaba su constante Melo seria y abrazos insinuantes. Era guapa y
probablemente la única chica en la escuela que se merecía salir con él. —En sus
parámetros de calificación—. Todos admiraban su figura esbelta y la intensidad
rojiza de sus cabellos bien combinados con un par de ojazos verdes. Todos caían
ante un parpadeo de la seductora pelirroja. Todos, menos él.
— No haré nada —contestó acomodando los cuadernos en su casillero y
perfeccionando el nudo de su corbatín. —pero no saldré con nadie. —espetó
dejándola sin planes de un zarpazo.
— ¿Qué te hace pensar que quería invitarte a algo? —inquirió la chica
avergonzada.
— ¿Por qué me preguntarías? —rió malévolamente cerrando la portezuela de su
casilla. —admítelo Courtney, querías compartir los planes conmigo —
comentó caminando hacia el salón de literatura.
— Idiota —masculló la pelirroja dando vuelta hacia su aula de clases.
Ese, era el método más efectivo y cruel para sacársela de encima. Le causaba gracia
el hecho de que ella ni siquiera disimulara lo loca que estaba por él, después de
haber terminado con un mísero mensaje en el Whatapps sin justificación alguna.
Solo un: “se acabó”
Era cruel, egocéntrico y qué. Era el rey del mundo. Saludó a varios compañeros de
clases mezclándose en las conversaciones para llegar con la locha y desorden al aula
de literatura. El señor Green no le tenía en el mejor concepto gracias a su altanería y
algo de pedantería con respecto a los títulos y años de publicación de algunas obras
de carácter universal. Y le agradaba llegar con aquel grupo charlatán a fastidiar un
poco las clases.
Anthony le esperó en la entrada el aula sonriente. Algo debía tramar o tenía alguna
que otra conquista entre manos.
— ¿Cómo va todo? —preguntó golpeándole suavemente en el hombro.
— Excelente —musitó el morocho entrando al aula. —demasiado excelente.
Le extrañó la actitud demasiado jovial de su amigo. Otras veces solo respondía
monótonamente porque ambos sabían que estaban bien. Supo de inmediato las
razones de su comportamiento al divisar su pupitre. El único del salón que no tenía
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que compartirlo era él. Y ahora alguien más y sin su permiso se había instalado allí,
como si no conociera las reglas y leyes invisibles. La sorpresa fue mayor cuando ese
alguien levantó el rostro inexpresivo atendiendo a todas las indicaciones del maestro
tomando nota juiciosamente.
— Buenas —dijo en voz alta sin temor alguno de ser amonestado por llegar
tarde.
Caminando con la vista fija en el ser extraño que ocupara el asiento vacío en su
pupitre. Sus compañeros observaban en silencio la trayectoria hasta este, su rostro
fresco con una pizca de malicia.
— Hola —musitó con voz queda y antipática.
La nueva estudiante levantó el rostro frío y sin expresión alguna.
— Señor Hampton —musitó el maestro de espaldas borrando el tablero. —
podría sentarse y así darnos el honor de iniciar la clase. —la ironía y desdén
en la voz del educador era evidente.
— Lo haría —sonrió de forma irónica. —pero alguien está ocupando mi lugar.
— Allí había un asiento vacío señor, al tener un nuevo estudiante es preciso que
lo ocupe ¿Qué hay de malo con eso?
Steve dirigió la mirada al menudo hombre de lentes bifocales con montura fina y a
la moda.
— Pasa Sr Green que yo no comparto mi lugar en esta aula.
— Pues fijes que tendrá que hacerlo. —contradijo el maestro con dureza. —no
hay más asientos libres. —continuó sonriendo suavemente mientras revisaba
el registro de asistencia. —No se busque más líos joven Hampton, porque
tendré que reportar su llegada a las 06:12 dónde todos sabemos que esta clase
inicia a las en punto. ¿Está claro?
Steve asintió de mala gana tomando la silla en vacía en aquel pupitre con desdén.
— Hola Gritona —musitó al sentarse.
— Que te pasa estúpido —farfulló Emilia con la vista fija en la pizarra.
El soltó una risita burlona anotando los títulos escritos en el tablero.
De todos los colegios en el mundo, en la ciudad, en el sector precisamente tenía que
haberla matriculado en el mismo de aquel engreído y grosero patán. Suspiró rogando
fervientemente por tener fuerza de voluntad, más de la necesaria para no caerle a
madrazos cuando soltara un comentario parecido a los de aquel día cuando sin
ningún escrúpulo o vestigio de educación le llamó «animal»
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Si era así, entonces la labor de mantenerse alejada de los problemas sería mucho
más difícil. Steve Hampton era un dolor en el culo de cualquiera. Era una verdad
comprobada a primera vista.
La clase de playboy que cree tener todo lo que quiere cuando en realidad solo son un
pelagato de cara bonita y suficientes billetes en la cartera.
Asco total.
— Muy callada hoy —masculló el chico sin siquiera mirarle. —lástima que hoy
no tengo mis balas de pintura.
Ella enderezó la postura fingiendo no escucharle. Recordando su nota mental:
«Ignorarle» lo que no era fácil, la clase continuó entre un ambiente tenso y de
fastidio ese aparte de ser petulante y engreído, era inteligente. Y lo peor de todo es
que sabía que era inteligente, sabía lo que tenía y era el primer paso para convertirse
en un pedante. Más aun cuando interrumpía al profesor corrigiendo algún dato o
haciendo un comentario de cultura general que suscitaba una risita de complacencia
en los demás compañeros.
Idiota.
Cuando por fin los sesenta minutos de clases pasaron y el maestro los despidió a
todos puede decirse que casi corrió a la salida sin detenerse a saludar a aquellas
chicas y chicos de miradas inquisitivas y expectantes. Organizó los libros en aquel
casillero que mucho trabajo le había costado localizar. Hacía tiempo que no
empezaba de cero en una escuela, todo era tan diferente y extraño en la academia St
Judas. Que a veces se sentía en un universo paralelo. En alphaville era normal ver
los grupos grandes. Esa era la costumbre, acá solo eran tríos o cuartetos. Y no se
escuchaban las bromas y gritería en los pasillos. Demasiado tranquilo para parecer
una escuela. Corrección: demasiado tranquilo que hacía notar la diferencia entre una
escuela estatal y otra privada. Se guio por varias caras que alcanzaba a identificar
del salón de literatura para poder llegar a la clase de química. Un par de morochas y
unos gemelos que parecían ser extranjeros, por la dicción de su acento francés o
ruso.
Se dispuso a doblar un último pasillo cuando unos brazos medio gruesos y de
blancura opalina le bloquearon el paso. Supo de inmediato que era el estúpido
Hampton.
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— ¿Quién lo diría? —se preguntó a sí mismo. —la gritona de falda arriba en mi
misma escuela. ¡que grata sorpresa!
— Siento no poder compartir el sentimiento —masculló ella intentando seguir el
paso, él la retuvo tomándole de la mano atrevidamente.
A lo que ella respondió con un ligero empujón, lo que hizo que el soltara una
carcajada burlona.
— Sacamos las garras —dijo riendo pícaramente.
— ¿Por qué no me dejas tranquila? Tengo una clase ahora.
— Tranquila, solo quiero hablar contigo. —sus ojos se tornaron inocente de una
forma muy malévola. —Eres nueva, supongo que necesitas alguien que te
ayude a ubicarte.
— No.
Nuevamente quiso seguir su camino. Nuevamente él se lo impidió. La paciencia de
Emilia empezaba a gotear, dando señales de verse derramada en cualquier momento.
— Por favor, déjame pasar. Voy tarde.
— Vas conmigo no te pasará nada. —dijo Steve, riendo astuto.
— Si claro, dominas a todos los profesores como dominas al de literatura. Me
siento tan protegida.
— Tú qué sabes de eso. —le retó inclinándose un poco para verle la rabia
ardiendo en sus pupilas.
— Nada. Y tampoco me interesa.
— Pues debería.
— ¡Maldita sea! —hipó ella duramente manteniendo la voz en los decibeles
normales. —¡¿Puedes dejarme pasar?! —gruñó entre dientes.
— No quiero.
Había hartado su paciencia. Solo dio un paso al frente asegurándose de que su pie
quedara encima del suyo. Apretando contra la superficie con toda la fuerza que
disponía. Él lanzo un alarido ahogado recostándose a la pared y liberando el espacio
para poder transitar libremente.
— Idiota —musitó alejándose velozmente.
— ¡Esto no se quedará así! ¿Oíste? ¡Estás en mi territorio!
Esas patadas de ahogado lo único que le causaban era risa. Pobre imbécil que creía
poder dominar algo que ni siquiera conocía, ni los alcances que podría tener. Sin tan
solo supiera lo del auto, el bate, los llantos, Joseph, la expulsión. Todos esos
recuerdos etéreos le causaron gracia y a la vez nostalgia.
Sus viejos amigos. ¿Qué estarían haciendo ahora? Mejor dicho: ¿Qué estaría
haciendo él?
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Capítulo VII
— ¡Hola! —gritó Maureen al verla llegar con sus libros y uniforme al pasillo de
ciencias.
— Hola —musitó disimulando lo acalorada y disgustada que se encontraba por
el reciente incidente.
— ¡Que sorpresa! —exclamó la pelinegra dejando al pequeño grupo de chicas
atrás.
Emilia no pudo ocultar la sorpresa que le causó al sentir ese efusivo abrazo de su
parte.
— Mamá me había dicho que posiblemente entraras a esta escuela, pero que no
era muy seguro.
Sonrió ampliamente observando el planchado perfecto de su falda y limpieza de su
cutis rozagante. Esos ojos oscuros y llenos de vida irradiaban un sentimiento de
amistad y socialidad donde quiera que se metiese. ¿Por qué no podía tener Steve los
mismos genes de su hermana? Ser amable y agradable, como esta chica lo era.
— ¿Cómo te ha ido? —preguntó tomándole del brazo con desparpajo. —¿Qué
clase tienes ahora?
— Química II.
Mau meditó por unos segundos arrugando el entrecejo.
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— Que me llames Em.
— Ah, claro —consintió Mau sonriendo.
— Es un placer Romina.
— Igual —la chica sonrió —Em.
Se carcajeó suavemente.
— Te presentaría a las demás chicas pero ya nos tenemos que ir. —se excusó
Maureen tomando a Romina del brazo para marcharse. —nos vemos en el
almuerzo. ¿Tienes móvil? Para localizarte.
— No.
— Bueno, espéranos en cafetería.
— chao.
— chao.
Emilia continuó su camino hasta el aula de química donde esperaban al maestro que
no debía tardar en aparecer. Todas las mesas estaban ocupadas, buscó a alguien que
no tuviese compañero a la vista y así evitar otro desafortunado encuentro con
“estúpido” divisó en el fondo a uno de los muchachos extranjeros que al parecer no
tenía compañeros. Aferrándose a sus libretas y con la postura firme y dispuesta se
acercó hasta su mesa.
— ¿Está ocupado?
Él sonrió amenamente rodándose hasta el extremo izquierdo de la mesa.
— No. puedes sentarte, si quieres.
— Gracias —rio aliviada de saber que al menos no tendría que compartir otra
eterna hora al lado de Steve. Al menos no en la misma mesa.
— ¿Eres Emilia, Cierto?
— Sí.
— Mucho gusto —le tendió la mano para saludarle. —Soy Román Safarti.
Era Francés. Allí la razón de su acento enrevesado y curioso.
— Igual. —se acomodó mirando al frente.
Steve entraba al aula acompañado de Anthony que deseaba saber el porqué de su
cojera. Él ignoraba su preguntas buscando entre los rostro presentes el cabello
encendido y ojos azules de aquella extraña y peligrosa altanera y gritona y todos lo
remoquetes que se le venían a la cabeza enceguecido por la ira de saber que esa
chica hacía lo que le venía en gana.
— ¿Siquiera me estas escuchando? —inquirió Anthony fastidiado por el desdén
de su amigo.
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— Eh, sí. —musitó este hallando a su objetivo en el fondo del salón.
Sentada al lado de uno de los chicos que había sido transferido desde Francia, aquel
al cual todas las chicas adoraban por su trato amable y cordial. Ella sonreía
amenamente mientras este seguramente se le ofrecía a mostrarle la escuela.
Estúpido, todo eso era estúpido. Ella era estúpida, y algo bonita. No algo, muy
bonita. Más cuando no tenía el ceño fruncido y los labios apretados haciéndose la
dura e implacable ¿Qué sabía él de eso? Solo la había visto dos veces. Pero, no
podía negar que era muy guapa. Ahora que la veía en otro contexto que no era a la
defensiva, en contra suya.
— ¿Qué te pasó en la pierna? —volvió a preguntar Anthony.
— Me tropecé.
— ¿En serio? —cuestionó incrédulo.
— Sí. ¿Acaso no es eso posible?
Anthony soltó una carcajada apoyándose sobre el pupitre. Su amigo era todas las
cosas, menos torpe. De eso estaba completamente seguro.
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— Me llamo Emilia Nolán St Cloud. ¿Qué más quiere saber? —inquirió
parándose firme al lado del escritorio.
— ¿Solo eso? Nada sobre tu edad, de dónde vienes, cosas así— opinó Steve con
una postura demasiado relajada y perniciosa.
— Vengo de un pueblo que está cerca de aquí. —ella recordó la historia que su
tía le había pedido que contara acerca de su educación. —fui educada en casa
hasta ahora —musitó tomando un poco de color en las mejillas. Tengo
diecisiete años. ¿Qué más quieres saber? —su mirada desafiante y fría se
posó en el rostro socarrón de Steve.
«The planet earth turn slowly…» Cantó en silencio distrayendo el fuerte deseo de
golpearle, peor aún: patearle.
— Solo eso —aceptó Steve, apoyando los codos sobre su pupitre— no es un
interrogatorio.
— Muy bien. —el maestro le tomó del hombro mirándola fraternalmente. —
bienvenida.
— Sí. —Steve rio maléfico —Bienvenida.
Emilia casi que corrió hasta su asiento ignorando todas las miradas. «Respira,
Respira. No quieras matarlo, piensa con calma. Piensa en… ¿Brand? Si, y en lo lejos
que estarás si intentas golpear al estúpido de cara bonita» Román sonrió al verla
incorporarse a su lado nuevamente. Ese chico era muy amable, tanto que por un
instante se olvidaba que Steve estaba a tres mesas de distancia.
— Tú no lo soportas ¿Cierto?
— ¿Eh? —inquirió ella, perdiendo el hilo de la clase momentáneamente.
— A Steve —confirmó el rubio escribiendo el ejercicio que el profesor recién
colocaba en el pizarrón.
— ¿Por qué lo dices?
— Tengo dos razones. —rio tiernamente haciendo que un hoyuelo se formara en
su mejilla.
Llevándola a los recuerdos de su “Genie” él también tenía ese hermoso hoyuelo.
Contrastando con su piel morena y parda y unos ojos verdes que nada tenían que ver
con su cabello negro y ondulado. Hermoso.
Perfecto.
— Primero, te está mirando desde hace varios minutos y te niegas a levantar la
vista. Segundo dejaste notar que no lo soportas, así que lo tendrás encima de
ti todo el tiempo necesario hasta que explotes. —Román rio divertido.
Maldito Hoyuelo que se hacía notar en esos momentos haciéndole perder la
concentración.
65
— ¿Cómo así? —inquirió llevando su mirada tres pupitres más adelante.
— Es algo así como cuando alguien huele tu miedo ¿entiendes? Él sabe que no
lo soportas y así te fastidiara hasta que se canse. Es un imbécil, solo que un
imbécil con buenas notas.
Ella dejó escapar una risita burlona.
«Imbécil con buenas notas»
— Y si le agregas a eso la opulencia de su apellido y la bendición de su físico.
Tenemos como resultado un auténtico ególatra y engreído.
— Vaya —dijo Emilia un tanto complacida. —no soy la única que no lo soporta.
Al menos no estaba sola en ese sentido.
— Yo lo soporto. —contradijo el francés —no me cae bien. Es otro asunto.
Guardaron silencio. Steve dio vuelta momentáneamente sin saber porque necesitaba
saber lo que ese par conversaban tan animados. Emilia se dio cuenta de su mirada
fija en ella y la sonrisa pícara que le curvaba los labios cuando este supo que ella lo
notaba. Rio una vez más, lleno de malicia y burla.
La chica dio un resoplido sonriendo de igual forma y enseñándole discretamente el
dedo medio de su hermano izquierda lo que provocó que él desistiese de su
insistente mirada.
Si Steve Hampton quería guerra.
La daría. Solo que, cuidadosamente para no ser descubierta.
— Lo único bueno que tiene Steve, es su hermana. —musitó Román, riendo
suavemente.
Vaya que tenía razón.
***
— Estás loca—musitó Brand cerrando de un portazo el baúl de su auto.
— Por favor —suplicó la chica juntando lo manos en señal de plegaria.
— No.
— Por fa, solo esta vez. Necesito que el vea que no me está doliendo.
— ¿tú sientes? —inquirió Brand caminando hasta la cabina del auto.
— Muy chistoso —espetó Jessica seriamente. —en serio, es el único favor que
necesito. Además tú me debes uno a mí. ¿lo olvidas?
Allí estaba. Sabía que en algún momento sacaría a colación ese tema.
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— Si no hubiese sido por mí…
— Está bien.
Aceptaba más motivado por no recordar la conversación de aquella tarde que por el
deseo de ayudarle en su loco plan de dar celos a alguien más. Ella era siempre así,
presumida, vengativa y manipuladora. Pero siempre fiel a sus amigos. Dio un
resoplido observando como su cabello se alborotaba ante los vientos alisios muy
comunes en esa época del año. Era guapa, y lo sabía a la perfección. Un defecto que
la hacía repugnante para otras personas.
Condujo suave y tranquilo por las mismas calles, esas que nunca cambiaban.
Olfateando en el ambiente los mismos olores, las mismas sensaciones. Todo era lo
mismo. Pero, el no. No podía serlo, menos ahora que tenía una promesa entre ceja y
ceja, una promesa que lleva al compromiso un compromiso que automáticamente le
deja inmune a cualquier otra sensación. De una forma muy extraña y poco usual
ambos estaban:
«Prometidos»
Si, prometidos. Ella a él en signo de espera eterna sin anillo ni abalorios y él a ella
en una promesa de búsqueda intensiva y de hacerlo funcionar.
Detiene el auto esperando a ver el de Jess aparcarse tras suyo. Se preguntaba qué
clase de lío traería la quisquillosa rubia entre manos. Que conquista le estaría
haciendo la vida imposible al punto de pedirle ayuda para darle los celos que le
harían perder la cabeza al pobre y hacerlo regresar a ella.
Manipuladora.
— Debe llegar en menos de diez minutos. —dijo ella asomándose a la ventanilla
del auto.
— Que obsesión —musitó Brand burlonamente.
— Ya cállate, Genie
Ella lo dice en una forma ordinaria y corriente. Nunca como su Em lo decía. Suave,
tierno y con una musicalidad propia de su voz melodiosa. A veces ni recuerda
porque le decía “Genie” a veces solo lo toma como algo natural, como si ese fuera
su nombre. Ella se encargaba de llamarle así acomodando la voz a diferentes
contextos. Jess caminó hasta el local de Mc Donald asegurándose que él le seguía.
Buscando de inmediato algún rostro conocido entre los clientes. Nadie.
Mientras que Brand se sentaba silencioso y meditabundo en una de las mesas que
daban a la ventana. Escudriñando entre sus memorias el origen de su apodo, dándose
el lujo de torturarse con recuerdos demasiado bonitos que dolían de alguna u otra
forma. Ella triste, ella callada, ella feliz, ella enojada. Todas las formas en le
recordaba le proporcionaba cierta alegría impregnada de miserable nostalgia. Luego
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allí estaba, la tarde de abril cuando tenían catorce años y manejaban bicicletas por
los lares del pueblo que colindaban con las instalaciones del puerto donde algunas
veces corrían ilegalmente los bandoleros de otras ciudades.
Jess corrió a sentarse en frente suyo revisando los mensajes, tendiendo la
emboscada. El río en silencio. Prefiere recordar aquella tarde sin dolor, la inocencia
de la juventud sin malicia ni prevenciones al futuro. Riendo como tontos mientras
apostaban entre si quien pagaría los helados al estar devuelta al centro del pueblo,
excitador por haber llegado a los límites del lugar, solo unos pedalazos más y
estarían en la gran manzana.
«—¡Para! —gritó Emilia frenando ipso facto frente al abismo que dejaba ver los
caños rocosos del rio.
Habían llegado al puerto.
— ¿Qué viste? —preguntó él bajándose suavemente de su bicicleta.
— Hemos llegado al límite del pueblo. —dijo ella, maravillada ante la vista
hermosa de un puente extraordinario.
— Vaya —suspiró Brand compartiendo su alegría. —¿Sabes? Mamá dice que
eso allá parece ser otro mundo.
— Debe serlo, mi mamá vivía allá.
Guardaron silencio unos segundos dándose vuelta caminando mientras sujetaban la
bici con una mano.
— Algún día haré un invento millonario —dijo él, arrojándose sobre el millar de
hojas secas y marchitas.
— ¿Cómo qué?
— No sé, algo para ser famoso y cruzar ese puente. ¡Sería maravilloso! ¿no lo
crees?
— Tienes que ser un genio para eso. Genio.
— ¿sabes que es incómodo que digas la misma palabra dos veces en una
oración? —sopesó el chico lanzando una piedrecilla a Emilia, golpeándole
justo en la cabeza.
— ¡arg! —se quejó ella buscando algo con que contra atacar.
Él se carcajeó divertido observando las nubes y aves emigrar hacia el sur.
— Yo soy un genio —se dijo así mismo.
— Si claro, “Genie” —dijo ella sarcásticamente en un fluido y perfecto francés.
Producto de tardes enteras dedicadas a estudiarlo solo para no regresar a casa y
encontrar la mirada triste y vacía de su padre ante la ausencia de su madre, que para
esa época se remontaba a los cuatro años.
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— ¿Qué?
— Genie —volvió a repetir ella con una encantadora sonrisa. —es G-E-N-I-O
—deletreó burlonamente.
Brand volvió a tomar varias piedrecillas para arrojarle, no pudo hacerlo. Ya ella se
había adelantado a emboscarle, sintiendo los golpes frágiles de rocas echas de barros
estrellarse con su frente, pecho, espalda.
Ella reía divertida gritándole su nuevo remoquete.
Genie.»
— ¿Estás aquí? —preguntó Jess chasqueando los dedos irónica.
— Eh, si…
— Acaba de llegar —musitó la rubia mirando de reojo al grupo de chico que se
acomodaban en la mesa cerca la barra.
— Ajá. —asintió Brand revisando su galería de multimedia en su móvil.
— Oh no. —cuchicheó Jess para sí misma. —esos son…
Brand levantó la vista dándose vuelta para observar hacia donde su amiga miraba
petrificada.
Joseph Connor y Hannah.
Juntos.
— Haz lo que tengas que hacer —gruñó entre dientes un tanto fastidiado.
— Lo estamos haciendo.
Él frunció el ceño fulminando con la mirada al imbécil de Joseph que fanfarroneaba
con los demás chicos. No entendía porque Jess siempre buscaba fijarse en chicos
como ese, si el chico por el que estaban allí fingiendo una cita era igual de estúpido
que Connor, era una locura y desperdicio de tiempo. Lo mismo con Hannah, era
hermosa e inteligente. ¿Por qué soportar todo los engaños y desplantes de un patán
como ese?
Jess revisó una vez más su móvil cerciorándose de que Travis los observaba. El
chico en verdad los observaba; lo que hizo que Brand soltará una risa bajita llena de
burla e ironía. Esa rubia loca y petulante hacia lo que se le venía en gana, era una
manipuladora. Y la prueba de eso la tenía a casi cinco metros de distancia, en
aquellos ojos cafés que los reparaba con desasosiego. Ella siguió provocándolo
fingiendo hablar entretenidamente con él, cuando en verdad lo único que hacía era
hablar sobre el plan, y como este empezaba a dar resultados. Lo hacía tan coqueta y
provocadora que en unos segundos la situación se tornó incomoda. Si Emilia los
viera…
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«¿Puedes contenerte y dejar de mostrar hambre y desespero?» casi que podía oír las
palabras satíricas en el lugar. Era lo que ella gritaría fastidiada ante la actitud
pegajosa de la rubia, que ahora le acariciaba la curva de las mejillas y la sien,
acomodando sus risos negros y desgarbados.
Incomodidad en modo: encendido.
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— Si la ves—musitó el chico entre dientes—, dile que no voy a parar hasta verla
tras las rejas.
Brand soltó un bufido apretando los dientes. Cuando cayó en cuenta de que la ira
empezaba a nublarle el sentido.
— Tú… ¿o tu padre? —rio socarrón —como quieras.
Fue lo único que dijo antes de darse vuelta y huir de un escándalo. Que era lo que
precisamente pretendía Joseph.
— Ella me las pagará. —advirtió Joseph severo y confiado.
— Suerte con eso. —musitó Brand alejándose de una buena vez.
Jess recibió la bebida comprendiendo de inmediato el rostro huraño de su amigo,
todos en el lugar se habían tensado ante el encuentro inesperado de ese par.
— Haz lo que tengas que hacer—dijo él, tomando la carta aun sobre la mesa—,
si no quieres que uno más de nosotros vaya a prisión.
— Creo que ya nos podemos ir. —farfulló ella, temiendo lo peor ante una última
mirada de Travis.
Abandonaron el lugar de inmediato.
Ella con la certeza de que esa noche la llamarían pidiendo explicaciones y
ofreciendo excusas.
Él, con más ganas de partirle la cara a Joseph. Pero, no podía hacerlo.
Porque…
Había un «Encuéntrame» de por medio, y una riña lo empeoraría todo. Había sueños
que empezaban a materializarse a medida que los segundos, minutos y horas
avanzaban.
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Capítulo VIII
«Jess estaría muy orgullosa» fue lo primero que pensó, cuando vio su imagen dentro
de aquel vestido delicado y femenino.
— ¿Maureen vendrá por ti?
Ella asintió tímidamente observando la delicadeza de su escote holter.
— Quiere que haga amigas —se dio vuelta fingiendo una enorme sonrisa. —cree
que es muy raro que solo hable con ella y con Román Zafarte.
— Ese chico —su tía acomodó sus enseres de maquillaje—,es francés. —rio
pícaramente—Sexi…
— Tía…
Clara se carcajeó suavemente.
— Oh vamos, lo he visto cuando pasé por ti en tu primer día de clases.
— Te refieres a antes de ayer.
— Como sea, ya parece mucho tiempo.
Emilia esbozó una sumisa sonrisa.
— Tu padre ha llamado. —dijo Clara, cambiando de tema repentinamente.
— ¿Qué dijo? —preguntó Emilia más interesada de lo esperado.
— Te extraña.
La respuesta ante lo que guardó silencio.
— Pero, sabe que es lo mejor para ti —la mujer se levantó avivadamente para
acomodar un último bucle en su frente. —ahora, necesito darte una sorpresa.
Haz dado menos problemas de lo que esperaba. Así que… —le guiñó un ojo
llena de complicidad.
Caminaron juntas hasta la sala de estar donde Jane limpiaba los muebles principales
y adornos.
— ¿Qué es? —quiso saber Em, recibiendo en sus manos una caja rectangular y
ligera.
— Ábrelo.
Obedeció de inmediato. Encontrándose con un móvil muy parecido al de Maureen.
— Estos teléfonos inteligentes traen GPS y muchas cosas más —se adelantó su
tía cuando ella ni siquiera había asimilado bien de que se trataba. —por si
tengo que localizarte en algún lugar de New York. —rio encantadoramente.
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— No das puntada sin dedal ¿eh? —bromeó Jane en esperas de una reacción por
parte de Emilia.
— Nunca, mi querida Jane, nunca.
Emilia rio en silencio excitada ante aquel magnifico regalo.
— Gracias —fue todo lo que pudo decir.
— De nada cielo. ¿Maureen va a pasar por ti?
— Si, hemos quedado en ir juntas a casa de Romina, una amiga de ella.
Clara se acomodó en el mueble tomando una postura relajada.
— ¿Te has vuelto a encontrar con Steve?
La chica soltó un resoplido. Lo que respondió de inmediato la pregunta de su tía.
— Es un idiota—soltó sin pudor alguno—, el primer día y me la hizo imposible.
En serio, no entiendo porque se ha ensañado conmigo, o porque no puede ser
un poco más como Maureen.
— Lo que ninguno de nosotros entiende, es el porqué de su cambio. —intervino
Jane, su escobilla levantó algo de polvo en el recinto, lo esparció de
inmediato. —antes era más amable y encantador.
— ¿en serio? —inquirió Emilia extrañada. Eso era casi que imposible.
— Si, así era. La pubertad lo convirtió en un misántropo repugnante y engreído.
—Clara rio suavemente.
— No solo la pubertad—comentó Jane dejando su labor momentáneamente.
Emilia le observó interesada.
— ¿No recuerda usted, señorita Clara la tragedia de hace cuatro años?
Clara meditó por unos segundos, haciendo memoria de los hechos a los cuales se
refería Jane. Eran confusos, etéreos y dolorosos. Atendiendo al hecho de que ella y
Steffy siempre habían sido grandes amigas.
— ¿Qué le ocurrió? —quiso saber Em, dejándose invadir por la curiosidad.
— Steve tenía un hermano—dijo Clara con voz dura y rostro inexpresivo—, que
estuvo en el lugar y momento equivocado. Murió en un tiroteo entre
pandillas, o algo así…—calló reviviendo las imágenes de su mejor amiga por
aquellos años. Destrozada y herida ante semejante perdida. —acababa de
cumplir dieciocho, y Steve tenía catorce.
Eso la dejaba anonadada.
— Antes era un chico encantador. —comentó Jane torciendo el gesto llena de
pesar.
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Nunca, nunca se le había cruzado por la cabeza que a los Hampton les hubiese
ocurrido una tragedia de aquella magnitud. Ellos, parecían demasiado…
¿Felices?
Que sabía ella de eso, la intimidad de una familia es impredecible, distinta y
engañosa a lo que le se puede ver en el exterior. Nadie puede saber los líos dentro de
un núcleo sólido y cerrado como lo eran ellos.
— ¿Por eso es él así? —inquirió aun incrédula. —Eso no justifica su actitud.
— Eso crees sobrina, pero uno no es quien para sentir o saber cómo sobrellevan
los demás sus dolores.
— Pero…
— Somos distintos—le interrumpió su tía suavemente—, y tal vez su forma de
enfrentar su perdida es siendo un idiota y miserable.
— Tal vez tengas razón. —cedió Emilia un tanto dudosa.
— Tú puedes dar fe de eso —contratacó Clara, sabía por dónde llegar a los
secretos que sabía su sobrina guardaba, al tiempo que hacia saber a los demás
que no tenía. —¿Cómo tomaste lo de tu madre? ¿ha definido eso algún rasgo
de tu personalidad?
«Si»
— No. —dijo con firmeza—por favor, ya no importa, no me importa. Han
pasado ocho años.
— No significa que hayas superado algo tan grande como eso. Ni siquiera yo lo
he hecho, te soy sincera Emilia, me gustaría que lo fueras también.
— Estoy siendo sincera.
Clara soltó una carcajada irónica.
— Hay mentiras que con el tiempo se vuelven tan fáciles de decir. Tanto, que
aprendes a decirla con tanta convicción y así llegan a parecer verdad. Pero,
siguen siendo mentiras—se levantó suavemente del sillón, acariciando la sien
de su joven y mentirosa sobrina. —y tú, has dicho esa muchas veces.
Emilia guardó silencio observando detenidamente el andar desenfadado y ágil de su
tía. Si, había dicho una mentira tantas veces que, al parecer ya la creía. Creía que su
madre nunca le hizo falta, creía que la felicidad solo viene en novelas viejas, clichés
sobre valorados. La felicidad de su niñez escuchando aquellos cd de Sinatra que su
padre mantenía en discos de vinilo. Eso ahora eran solo recuerdos. La concepción de
felicidad había cambiado drásticamente, y ahora ni siquiera sabía que podía darle
felicidad. No quería, no se desesperaba, ni inmutaba por buscar eso que el resto del
mundo anhelaba con fervor. Lo cual le asustó en un momento, entonces…
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¿Cuál era su propósito en el mundo? Estaba allí cumpliendo sumisamente un
castigo, alejada de todo lo que quería. Y fingía que no le afectaba, entonces si le
afectaba. Porque sin tenía que forzar una sonrisa para mostrar que estaba bien,
quería decir que si le dolía algo. Que si habían emociones en su corazón y mente.
La felicidad era estar con su padre, amiga y Brand. Y todo se reducía a una sola
mentira.
«No me importa»
Jane avisó que Maureen se hallaba esperándole en el jardín delantero. Salió a su
encuentro, algo confundida por la revelación de aquellas verdades que estaban
ocultas bajo tres simples palabras.
— ¿Cómo estás? —preguntó Mau, abriendo la puerta de su ostentoso auto.
— Bien. —sonrió amenamente.
Mau le imitó colocando el pie en el acelerador.
— ¿A dónde vamos?
— A casa de Romina, le he dicho que te llevaré. Para que empieces a conocer—
la pelinegra rio encantadoramente. —¿a qué horas vino tu tía ayer?
— Después de que te marchaste.
— No quería dejarte sola. Pero ya sabes cómo es de intenso Steve.
Em rio suavemente. Que si lo sabía.
— No te preocupes, Román me acompañó.
Una sonrisa traviesa y pícara curvó los labios de la princesa Hampton.
Ruborizándose ante la mención de aquel francés rubio de mejillas sonrosadas y
pecas diminutas alrededor de la nariz. Emilia detectó la atracción de este por
Maureen, desde el momento en que ella muy sonriente y divertida les invitó a pasar
a su mesa en el almuerzo. La atracción era mutua. Lo acababa de confirmar.
— Es un chico muy agradable—musitó con clara intención de sacar a relucir las
expectativas de la pelinegra para con este.
— Más.
Rio conmovida por el brillo impulsivo que tomaron los ojos de Maureen.
Luego de varios minutos de carretera y de charlas sobre su lugar de origen, gustos
sobre música y libros se detuvieron en un apartamento igual de opulento y llamativo
que el de la tía Clara.
Romina vivía con su hermana mayor desde que sus padres se habían instalado en
Canadá. Era extrovertida y jovial. Muy parecida a Maureen, solo que más audaz y
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rejugada en situaciones que implicaban al sexo masculino. Le gustaba vestirse a la
moda más cotizada y pin-up, leía tópicos rusos sobre el desamor y tragedias, era una
diestra concertista de piano y capitana del equipo de teatro en la St Judas.
Perfecta, al igual que Maureen.
— ¡Hola! —gritó conduciéndolas hasta el living principal. —son las primeras en
llegar, Naty y Shanna también quedaron en reunirse esta tarde.
— Hola Romina—saludó Emilia un poco tímida.
— ¿Qué más Ema?
— Em —corrigió Mau, sentándose des complicadamente en uno de los sofás
principales. —ella es Em.
Romina soltó una suave carcajada, dejando entrever una dentadura perfecta y
blanqueada.
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— ¿Cómo? —inquirió Naty un tanto consternada. — ¿No vivías con tu madre?
Emilia las miró arrugando el ceño. ¿Por qué podía ser eso tan raro? A sus viejos
compañeros jamás les extrañó.
—No.
Romina, Naty y Shanna se miraron entre sí efectivamente sorprendidas.
— ¿Por qué se les hace tan raro? —cuestionó Em, sonriendo con encogimiento de
hombros.
— ¿Nunca has vivido con tu madre? —preguntó Shanna abriendo los ojos como
platos.
Ella suspiró soltando una risita.
—Nunca.
—Bueno—musitó Romina para sí misma—, esto es extraño.
— ¿Por qué? ¿Nunca han sabido de una chica que sobreviva sin mamá?
Maureen soltó una ligera carcajada, entendiendo el chiste escondido tras aquella
pregunta perniciosa.
—No—contestó Naty alzando la barbilla algo altiva. —, somos niñas de mamá. —
rio suavemente.
—¿Qué le pasó a tu madre? ¿Se fue con otro? —inquirió Shanna.
—Mi madre murió cuando yo tenía ocho años.
Las cuatro chicas guardaron silencio. Dejando en el aire un halito de incomodidad y
vergüenza.
—Debe ser raro vivir sin tu madre ¿No? —Comentó Shanna mirando el rubor fresco
e infantil en el rostro de Emilia.
—Lo es, también es muy incómodo. —la castaña rio más sonrojada. —más cuando
tienes que contarle a tu padre sobre los cambios en tu cuerpo.
El silencio atónito se hizo presente. Las chicas se volvieron a mirar entre sí, lo que
relataba esa extraña sentada en frente de ella parecía ser un testimonio de cualquier
caso en algún reality de Tv donde pretenden solucionar los problemas frente a una
juez conciliadora en plena transmisión.
Pena total.
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—Sobre chicos, cuando ellos quieren… y entonces tu padre quiere cerciorarse que si
siques siendo su pequeña niña. Ya saben a lo que me refiero
Romina hizo un ruido con su garganta indicando lo incomoda que se sentía con el
rumbo que había tomado la conversación. Al igual que Naty y Shanna que aparte de
toser y sonrojarse, reían maliciosamente. Emilia supo de inmediato que había
logrado su propósito: Desviar cualquier conversación acerca de su vida.
—Tú no eres… —Maureen la miraba con cautela.
—¿Qué?
—Eso…
Em frunció el ceño mirando los rostros expectantes de cada una de las chicas que
nuevamente fijaban su atención en ella.
—Mau preguntó sobre eso…—Naty hizo un mohín pícaro.
—Sinceramente, no entiendo.
Romina soltó una carcajada fuerte y extrovertida.
—¡Que si eres virgen! —Soltó entre risas.
La muchacha guardó silencio ipso facto. Ruborizándose una vez más. Las demás
jóvenes notaron de inmediato el pudor dibujándose en las mejillas de aquella
pueblerina. Tenía diecisiete, era normal ¿No? Bueno, ella lo era. Solo había tenido
un novio en tercero de secundaria. Luego, estaba Brand. Con él todo estaba confuso
y solo se habían besado una vez. Con respecto a lo demás, consideraba que conocían
muchas cosas el uno delo otro. Podían llamarse de otra forma…
¿Novios?
—¿Entonces? —quiso saber Maureen.
—Si—confesó con valentía—. Lo soy, soy virgen.
Romina, Naty y Shanna rieron al tiempo. ¿Se burlaban de su estado de castidad
—Ves Mau—dijo Romina, riendo a borbotones—, Ya no estás sola.
Emilia miró a Maureen, quien sonrió tímidamente.
—Bienvenida al club—dijo, luego rio ruborizada.
—¿Por qué se ríen? —inquirió fastidiada, haciendo que Romina y Shanna guardaran
silencio.
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—Es normal, ¿Cuántos años tienen ustedes?
—Dieciocho—contestó Naty.
Torció el gesto relajando la postura.
—¿Por qué te burlaste de Maureen? —le preguntó a Romina, está aún tenía un
resabio de sonrisa burlona en su rostro. —¿Por qué es Virgen? Eso es estúpido.
—Relájate—le pidió Shanna enarcando una ceja.
—Somos vírgenes, ¿Y qué? No nos hace estúpidas y a ustedes no serlo no las hace
mejores. —miró a Mau, la observaba en silencio sonriendo cálidamente. —Está
bien si quiere esperar por alguien.
—Eso está devaluado.
—¿Mantenerse fiel a las costumbres? No lo creo.
—Nunca dijimos que eso la hiciera menos. —comentó Shanna, cruzándose de
piernas provocativamente.
—Lo hicieron—masculló, mirando a Romina.
—Déjalo así—le pidió Maureen rompiendo su escrupuloso silencio.
—Que seas diferente en un mundo mezquino y superficial, no da pie para que se rían
de ti. —musitó Emilia, recostándose sobre el sofá.
—Muy interesante tu clase de ética. —comentó Shanna, colocándose de pie al
tiempo que revisaba su móvil. —pero Naty y yo tenemos que irnos. —le guiñó un
ojo a esta última.
—Nos vemos en la escuela—dijo, saliendo del lugar—Un placer conocerte Emilia.
—Igualmente.
Ambas chicas abandonaron el recinto dejando a Romina, Emilia y Maureen
observándose los rostros entre ellas.
—Gracias por eso—musitó Mau suavemente.
Emilia sonrió en silencio.
—Siento mucho si te sentiste avergonzada ante mi comentario.
—Olvidemos eso—Mau sacudió la cabeza, recuperando su expresión vivaz y alegre.
Después de charlar sobre las personalidades más destacadas en la escuela, Maureen
se ofreció a actualizar el nuevo móvil de Emilia.
79
El usuario ¨OwlGirl09¨ha entrado en funcionamiento.
JustMauKiss Dice: ¡Vamos a buscar chicos guapos!
RomiLoveTay dice: ¡y a tener alertas de chicos guapos!
Emilia rio al ver los inbox en su móvil.
—¿Alertas de chicos guapos? —inquirió, mirando a Mau extrañada.
—Si—respondió Romina, riendo pícaramente junto con Maureen.
—Cuando Romí y yo vemos a un niño lindo—sonrió—, nos miramos mutuamente y
tenemos una especie de alarma.
—¿Cómo así?
—Hacemos una especie de sonido de alarma—Romina estalló en risas
nuevamente—, es raro, lo sabemos. Algo así como cuando algo vibra.
—Es: “Wrong Wrong”—confesó Mau riendo dulcemente.
—¿Un qué?
—No te preocupes—Romina cruzó un brazo por encima de los hombros de
Emilia—, Una salida con nosotras hoy y te darás cuenta de lo que es un “Wrong
wrong”
—Es un chico demasiado guapo ¿entiendes? —aclaró Mau. —tanto que su belleza
duele.
Ambas soltaron a reír cómplices.
El usuario OwlGirl09 dice: Raro…
Dejando que un recuerdo grato y feliz se adueñara de su mente.
Brand, ¿Lo consideraría Mau y Romina como un “Wrong Wrong”?
¡Claro, que sí! Brand era perfecto.
Entonces, aquel día solo tenía que guardarse dos notas mentales: «1ra. Shanna y
Naty, no son de fiar. Mantenerlas alejadas.
2da. Maureen y Romina podían hacer más llevadera la angustia que le causaba el
estar lejos de casa. »
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Capítulo VIIII
—¿Qué pretendes que haga? —Anthony se dejó caer vencido por el cansancio sobre
el asiento de copiloto.
—Iremos a las carreras. —aseguró Steve, aferrándose al volante de su Minicooper.
—Por favor Steve, este auto ya no está para esos trotes—reprochó Anthony sin aire.
Era imposible tratar de razonar con aquel testarudo, a pesar de todo era su amigo.
Terminarían hiendo juntos a las carreras clandestinas del puerto que colindaba con
una vieja vía de acceso a una localidad cercana.
— ¿Qué harás cuando tu madre se entere? —Refunfuñó—Ya te has metido en
suficientes problemas los últimos días.
—No lo hará, la única persona que sabe de esto eres tú. Y sé que jamás me
traicionarías, eres demasiado noble.
—Ten confías mucho Steve, los seres humanos somos muy volubles. Si quiero
puedo hacer una llamada y contarle todo a tu madre.
—No lo harás—volvió a asegurar el muchacho. —Eres mi amigo—confesó en tono
lastimero. —No te atreverías.
Anthony torció el gesto, dejando que una expresión de tristeza curvara las facciones
de su sonrojado rostro.
—Steve, eres mi amigo… —tomó aire—Pero no voy a dejar que sigas exponiendo
tu vida de esa forma, ¿entiendes?
—No pasa nada. —El joven Hampton detuvo el auto cuando la carretera oscura y
llena de resaltos se apareció en frente—Puedo manejar esto, es solo por diversión.
Condujo en silencio por aquellos caminos solitarios y tenebrosos. Luego de unos
minutos se hallaron frente el grupo de pillos que cada fin de semana se reunían
clandestinamente. No era un ambiente agradable, ambos lo sabían. Sin embargo allí
estaban, Steve buscado diversión de viernes por la noche, Anthony siguiéndole a
cualquier lugar que fuera. Incondicionalmente, como siempre.
Varios de los competidores habían llegado. Había concertado un encuentro con
algunos desde el fin de semana anterior. Pero no pudo presentarse por el incidente
con la gritona de Emilia. Eran tipos de Detroit, Brooklyn y otras localidades
cercanas, y entendía porque Anthony se asustaba cuando mencionaba una carrera
por aquellos lares.
Todos y cada uno de ellos daban miedo.
81
Aunque habían varios chicos de sus edad. —Podía jurar que asistían a la
secundaría—. Solo que no eran de Manhattan, en charlas amenas con varios de ellos
se enteró que eran de Alphaville, el pueblo más cercano a aquel puerto abandonado.
Dos chicos, uno alto moreno y de cabello rizado concursaba en compañía de otro
que, era todo lo contrario a este. Pálido, delgaducho y algo charlatán. Siempre les
veía juntos, —discutiendo y refunfuñando— pero, juntos.
Parecían hermanos.
Y siempre ganaban las carreras, lo cual era de admirar, teniendo en cuenta aquel
camaro digno de colección. Aunque si tenían en cuenta la potencia de su motor y
las modificaciones que tal vez habían hecho por ellos mismos. El ruido de arranque
era maravilloso, eran talentosos.
Algún día correría contra ellos. Algún tendría el placer de ganarles.
—¿Contra quién correrás esta noche? —preguntó Anthony, respirando
entrecortadamente.
Steve le siguió hasta el grupo de gente que bailaba alrededor de dos chicos haciendo
competencia de Break Dance, mientras la música sonaba en un Estéreo portátil.
—No sé, si los tipos con los que acordé antes de que mamá me castigase están
aquí… —rio—correré contra ellos.
—Creo, que esperaré desde las gradas.
—Aquí no hay gradas—espetó Steve seriamente—, además no necesito un copiloto
llorón.
Anthony se carcajeó.
—Vamos, me has traído para que te acompañe.
El joven Hampton sonrío perdiéndose entre la multitud de jóvenes, su jersey blanco
y exclusivo desapareció entre las cazadoras oscuras con taches metálicos, los
pantalones ajustados y humo de cigarros. Él chico resopló. A veces le cansaba tener
que corretearlo por ese lar desconocido y peligroso. Sabía que aun buscaba algo en
esas carreras, había crecido con la firme convicción de que en ese lugar había una
persona que tenía una deuda con él. Desde que cumplió los dieciséis no podía evitar
que se fugase clandestinamente a buscar entre aquellos rostros huraños y
protagonistas de peleas callejeras a la persona que había arrebatado la vida a Daniel.
Su fallecido hermano mayor.
82
Después de varios minutos compartiendo con los “FlyBoys” del puerto, caminó
hasta donde estaba Anthony enfurruñado recostado sobre el capó de su auto,
revisando el móvil.
—Venga, ¿con quién chateas?
—Es Courtney—contestó Anthony, mostrando la conversación en la pantalla de su
iPhone.
—Tipas intensas y Courtney Hudson—Musitó Steve para sí mismo.
—Pregunta que si cuando podemos salir con ella, Naty y Shanna. Supongo que para
sacártela de encima debes traerla hasta acá. Huiría despavorida. —Guiñó un ojo
pícaramente.
—Tal vez.
Anthony tecleó una vez más despidiendo la conversa.
— ¿Correrás? —quiso sabes, guardando el móvil en su bolsillo trasero.
—Sí, no lo haré contra los chicos con los que había acordado. Pero, lo haré con los
chicos del camaro.
—Bueno, no es que sea experto ni nada; pero esos nunca han perdido.
—Esta noche lo harán—aseguró Steve pagado de sí mismo. —Esta noche,
contra mí.
—Una vez más mi querido amigo, te digo que te confías mucho de las cosas.
—No me estoy confiando de las cosas—Refutó Steve, una malévola sonrisa
curvó sus labios—, Tengo confianza en mí. Voy a ganar esta noche. Como
siempre.
Anthony dio un bufido.
—Como digas.
Los contrincantes de esa noche se acercaron hasta donde se hallaban los jóvenes en
esperas de la señal que le indicara el inicio de la carrera. Steve se puso en pie,
sonriendo lleno de confianza en sí mismo, tal y como lo había dicho segundos antes.
—Así que… —el muchacho pálido y menudo se acercó vacilante. —¿Eres
nuestro rival de hoy?
—Sí. —Steve les miró tratando de transmitir sobre estima. Torciendo el gesto
petulante.
—¿Cuánto apostaremos? —quiso saber el paliducho.
—¿Cuánto tienen?
83
El joven miró a su acompañante que jugueteaba con la corredera de su cazadora, a
diferencia de los demás, su cazadora no era de cuero o tenia taches. Viéndolo más de
cerca, parecía un poco más infantil. Como unos diecisiete años o algo así.
— Quinientos.
— Está bien—aceptó Steve, miró a Anthony haciéndole señas de que se
levantase del auto.
Su amigo obedeció de inmediato.
— Seria ida y vuelta por esta vía—indicó el moreno alto y silencioso.
Su voz dejó entrever que apenas era un niño entrando a la adultez. Si, ahora
confirmaba que su rival de esa noche era menor de edad.
—Como quieras —el joven Hampton levantó la barbilla desafiante, sonriendo
malicioso antes de iniciar marcha hasta su mini cooper.
Anthony caminó hasta el grupo de personas que aun escuchaban música estridente
en aquel estéreo diminuto. Esperando por los resultados de esa noche, tal vez Steve
nunca perdía en nada. Pero, quien podía asegurar que esos chicos no podían darle
una paliza en ese territorio.
—Hasta hoy quedan invictos—musitó Steve, acelerando pagado de sí mismo
el motor de su auto.
Los jóvenes rivales rieron al escuchar el sórdido ronroneo del motor de aquel niño
fresa y presumido.
—Escucha esto modelito de revista—murmuró el chico delgado y pálido que
ocupaba el asiento de copiloto—: Nadie la ha ganado a este auto. Nadie le
ganará a Brand James esta noche.
Si, Brand James y Steve Hampton correrían el uno contra el otro en aquellos pasajes
desconocidos. Sin saber cuántas cosas en común tenían, muchas más que la apuesta
por quinientos dólares de hacía unos segundos. Sin saber que más tarde sus vidas
cruzarían la una con la otra y no solo por las carreras.
84
***
— No creo que sea una buena idea—Musitó Brand, Josh dejó caer la mano sobre
su hombro riendo muy confiado.
— Dime querido amigo, ¿Cuándo hemos perdido?
Josh tenía razón. Siempre había salido invicto.
— Además, debes tener en cuenta que lo que ganemos aquí te servirá para tu
ahorro universitario ¿Me equivoco?
— No.
— ¿Ves? —Josh rio pícaro y socarrón —Y después dices que no pienso.
— Ya.
El muchacho que se encargaba de dar aviso para tomar sus lugares posó delante los
dos autos. Con una bandera en cada mano. La competencia estaba a punto de iniciar.
Steve no tenía copiloto. Anthony era demasiado cobarde para correr. Observó
momentáneamente aquel dúo que se daban fuerzas el uno al otro. Luego desechó ese
momento sentimental, ver a amigos como esos le recordaba Daniel, entonces sentía
como una comprensión en el pecho. Y luego sentía que las cosas en el mundo le
importaban.
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— ¡Te lo dije! —exclamaba Josh, excitado por su éxito reciente. —¡Ganamos!
Ambos bajaron del auto. Aunque había dudado por unos minutos sabía que nunca
perdían, pero su humildad le había enseñado que las cosas pueden cambiar
fácilmente. Gracias al cielo esa noche no cambiaron. Josh reía a carcajadas,
esperando que el niño fresa se bajara de su mini cooper y así terminar el negocio de
la apuesta. El dinero y el apretón de manos.
Los espectadores corrieron de inmediato al otro lado de la pista para celebrar con los
recientes ganadores. Entre ellos Anthony. Quien no podía contener una sonrisa
burlona ante el ego herido de su mejor amigo mientras pagaba la cifra acordada
antes de la carrera.
Un encuentro de casualidad.
Dos personas que habían hecho que Steve Hampton se tragase sus palabras,
conectados por la distancia y la ruleta del destino.
Así Brand James empezaba a guardar el dinero necesario para su inminente partida a
New York dentro de tres meses, a la universidad de arte y diseño en Tribeca. Ese
mismo día en la mañana había aceptado su carta de admisión.
Un paso más cerca de Em.
— Buena carrera—Musitó Steve cuando estrechó su manos como despedida.
— Igualmente.
Anthony no cambiaba su expresión socarrona, caminaba tras su amigo cuando se
dirigían al mini cooper apartado de todos los corredores.
— Vaya—musitó el chico en tono socarrón—, debo decir que he quedado
esperando tu victoria. —rio—¿Quién lo diría, eh? Esos chicos.
Steve caminaba en silencio escuchando las cavilaciones de su amigo, fingiendo que
no lo hacía.
— Aunque debo decir que tienen un carro muy bien equipado, nada más con oír
el rugir de aquel motor. Te das cuenta la fuerza de esa máquina…
El joven Hampton se detuvo frente la portezuela del auto. Mirando inexpresivo y
rígido a su compañero que calló de inmediato, intimidado por la rudeza de su
expresión.
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— No.
— Bueno —Subió al auto—, no creo que estés en forma para una caminata de
esa magnitud a estas horas.
El muchacho subió al auto en completo silencio, al tiempo que Steve lo encendía
disponiéndose a marchar fuera del lugar.
— Eres un mal perdedor—musitó en tono ligeramente acusador.
— Corrección —musitó Steve, metiendo el primer cambio con la vista fija en el
retrovisor. —Yo no soy un perdedor.
Llevaba la herida en su ego viva, adolorido por haber tenido varias derrotas en
menos de dos semanas. A eso sumarle la perdida de una apuesta en piques
callejeros.
Era la tapa.
— ¿A dónde vamos? —quiso saber Anthony.
— A quitarle la insistencia a Courtney y sus amigas.
— Creo que eso no será posible.
Steve frunció el ceño.
— Tu hermana ha mandado un mensaje. —buscó el archivo en su móvil. —Hay
una fiesta en casa de Romina, que tienes que ir.
— No hay problema, allá vamos.
Para Steve Hampton apenas empezaba la noche, mientras que para otros finalizaba
llena de satisfacción.
Brand guardó los billetes en la cajita de metal donde destinaba el ahorro, producto
de apuestas, trabajos en jardines vecinos y fuentes de ingresos diferentes a la mesada
escolar.
Luego de revisar los últimos apuntes de su primera clase al día siguiente se arrojó
sobre la cama recordando la adrenalina de la carrera, la locura del momento. Tendría
que competir a menudo, si ganaba como lo había hecho esa noche, muy pronto
tendría el dinero necesario para ayudar a su padre con los gastos de su nueva vida
lejos de casa.
El apartamento estaba atestado.
La música estridente, vestidos diminutos y espectaculares. Anthony rio malicioso al
ver a Courtney y compañía bailar insinuantes en el centro del lugar, protagonistas
del momento. Se adentraron en el ambiente altivo y acalorado. Steve buscaba entre
las cabelleras oscuras la presencia de su hermana y como sabía que se había ofrecido
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a mostrar todas las diversiones y presentar amistades cercanas a Emilia. También la
buscaba a ella.
No sabía por qué. Tal vez solo quería descargar toda la frustración fastidiando a
alguien, y nadie más le causaba gracia que ella y su expresión recia y firme. Aparte
de que aún le tenía pendiente los del pisotón en la escuela.
— ¿Has visto a Mau? —le preguntó a Romina que se servía algo de tomar en
una mesa en la esquina del apartamento.
— ¿Cómo? —la chica no alcanzaba a escuchar, gracias a los altos decibeles de
la música.
— ¿Dónde está Maureen? —gritó Steve acercándose un poco más a ella.
— Ah—la chica tomó algo de cerveza—está al fondo con Román.
Bueno, aceptaba que Román era un tipo encantador. Y podía caerle bien, hasta que
supiera de intenciones para con su hermana. Los divisó hablando a una distancia
considerable, lo que no sugería nada más que una amistad. Cerca de ellos, sola y
mirando lejos por los ventanales estaba Emilia.
Observando los faros diminutos y luces que a la altura del edificio parecían pender
de un hilo invisible. Añorando las noches en su pueblo, donde estas fiestas se
reducían a estar al aire libre, escuchando música de los estéreos de cualquier auto. El
humo de los cigarros y las risas de las muchachas. Acá era algo más tenebroso, las
risas eran malévolas, el humo no era de cigarros mentolados, había algo más…
Mucho más peligroso y terrorífico. Tomó un poco de gaseosa suspirando
suavemente.
Los pasos de Steve se acercaron mesurados y sigilosos.
— ¿Qué le pasa esta noche a la “nueva”, eh?
Emilia dio un resoplido al darse cuenta que era Steve quien le hablaba.
— Nada que te importe.
— No me digas que ya pisaste a alguien por allí y te han relegado a la esquina
como castigo.
Ella soltó una risita burlona. Observaba su perfil marmoleo y la firmeza con que
se mantenía distante, la diferencia con las demás chicas en el lugar radicaba en la
forma que ella tenía de mirar todo, sin pizca de malicia, allí envuelta en ese
vestido suavemente escotado en el busto y con el cabello suelto cayendo a media
espalda. Las demás chicas tenían ese aire de malicia y rejuego, ella solo estaba
allí observando las estrellas a través del cristal, indiferente todo lo que ocurría en
la fiesta.
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— Por favor, no me digas que quieres perder el dedo meñique de tu pie. —
amenazó con expresión serena.
Ahora Steve quien reía.
— Eso —rio tomando el lazo que ajustaba la cintura de la chica—, ha sido
suerte de principiante.
— Claro, Hampton. Solo suerte.
Callaron por unos momentos.
— Eres algo masoquista. —musitó Emilia, tomando un sorbo de su refresco—
¿Acaso no alcanzas a notar cuando alguien te tiene fastidio?
— Sí. Pero me encanta hacer uso de eso.
— Idiota—espetó la chica sin siquiera mirarle. —Hay casi treintas chicas aquí,
por favor ve y fastidia a otra.
— Pasa, que yo quiero estar aquí observando por la ventana.
— No puedes.
— Si puedo, este lugar no es tuyo.
— Tienes razón, no es mío. No puedo privarte de estar aquí, pero puedo privarte
de mi compañía.
Retrocedió dos pasos dispuesta a alejarse. Él la tomó del brazo con dureza.
— Suéltame—gruñó ella entre dientes.
— Solo un momento—Steve guiñó un ojo encantador.
— ¿Qué quieres de mí? —Emilia empezaba a perder los estribos—¿Por qué no
simplemente me ignoras y ya? Estoy a dispuesta a olvidar lo ocurrido en el
jardín y tu despotismo en clase. Pero, ¿Por qué acosarme de este modo? Por
favor madura. En serio, no me conoces, no te conozco ¿Por qué siempre
tienes que estar fastidiándome?
— ¿Quién dijo que “siempre”? nos hemos visto en tres ocasiones, cuatro
contando esta.
— ¿Y qué estás haciendo en estos momentos? —ella le miró llena de sarcasmo.
—¿Lo ves? —rio acomodando un mechón tras su oreja—¿Por qué no eres un
poquito como Román? Solo lo he visto tres veces y ya sé que es todo un
caballero.
— Yo soy un caballero.
Ella soltó una risotada.
— Claro, eres todo un caballero.
— Lo soy, solo que contigo no me place serlo.
— Eso es tan caballaresco. ¿Podrías soltarme?
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— No.
Emilia sacudió la mano con fuerza, empujándole suavemente.
— Estúpido.
— Que no me llames “estúpido”
La muchacha rio encantada de haber encontrado el punto donde le hacía perder los
estribos.
— ¿Nunca te dijeron que a una chica se le trata como a una rosa?
— Eso no es así.
— ¿Ah, no?
— Es: a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa. ¿Entendido? Tonta.
— Tampoco se le insulta. Ni mucho menos llamas animal.
— ¿Todavía con eso? Vamos, hace ya mucho tiempo que lo dije. Además debes
aprender que a un extraño no se le llama imbécil porque sí.
— Es que yo no te llamé: imbécil. Tú eres un imbécil. Y no fue hace tiempo, aun
ni me recupero de las balas de pintura.
Steve se carcajeó.
— Y yo aún no olvido lo hermoso que se veía tu trasero.
Ella fingió sonreír levantando suavemente el vaso con su bebida, dejándolo caer
sobre la cara y camisa del joven Hampton.
— Y tampoco olvidaras esto—masculló enojada por el morbo di luciente de
aquel patán.
Él se quedó inmóvil sintiendo el líquido filtrarse por su exclusivo Jersey y
humedecer toda la parte frontal de este.
— ¿No te han dicho que los refrescos no se andan lanzando en los rostros de las
personas? —Exclamó entre dientes— Es obvio que son refrescantes. Pero…
vamos, no son tan agradables después de un rato. Menos, si humedecen la
camisa de alguien.
— ¿Quieres otro? Con sabor a “déjame en paz”.
— No gracias, eres una pésima mesera.
— Imbécil.
El castañeó los dientes alejándose entre la multitud que danzaba en la mitad del
salón.
— De nada —le gritó ella llena de diversión. Le había arreglado la noche.
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Capítulo X
Tres meses después…
— ¡Felicidades! —gritó Florence arrojándose sobre el pecho de su hijo que
apenas se quitaba el birrete.
— Mamá —chilló él, un poco adolorido—me haces daño.
— Déjame —sollozó la mujer limpiando el labial del beso en la mejilla de su
bebé grande—, Un hijo no se gradúa de la secundaria todos los días.
Brand rio suavemente acariciando el rostro de su madre, las mejillas humedecidas
por la nostalgia.
— Pensar que hace un par de años te tenia jugueteando por allí con los
carritos—Florence rio en medio de las lágrimas.
— Papá… —Brand se carcajeó entregando el diploma junto con el birrete a su
padre—creo que tendrás que sacar a mamá de aquí, me avergüenza frente mis
compañeras.
Franklin se carcajeó fuerte recibiendo los papeles de mano de su hijo.
— Compréndela campeón. Este día, hasta yo tengo ganas de llorar.
— Oh, no. —Brand se llevó las manos al rostro ocultándolo divertido.
— Pero, tranquilo—su padre sonrío abrazándole suavemente—Sé que se siente
que te avergüence, créeme tu abuelo lo hizo la mayoría del tiempo.
La familia James soltó a reírse en medio de todos los graduados que posaban con sus
respectivas familias para las fotos que capturarían ese momento de sus vidas, para
siempre. Después de varias fotos con los muchachos y el grupo entero, marcharon a
la cena familiar donde acompañaría a sus padres hasta que la hora de ir al prom se
llegara, había quedado en ir con Jess, más que todo por sacársela de encima con sus
insistencia, en sí mismo no tenía ni la más remota intención de ir a la esperada fiesta.
Sus pensamientos se hallaban en otro lugar, como por ejemplo el viaje hasta
Manhattan. Que se llevaría a cabo dentro de tres días, ya tenía todo listo. En los
últimos meses había corrido todas las veces que pudo, las veces que el horario de
exámenes no se le cruzaba y podía darse chance de presentarse en las noches a
correr y ganar.
En medio del aburrimiento de la absurda fiesta y el parloteo incesante de esa rubia.
No lograba coordinar muy bien todo el enredo dentro de su cabeza, habían
momentos en que mezclaba el pasado con el futuro, el futuro con el presente. La
veía juvenil, llena de barro y altiva. La veía convertida en una princesa mucho más
encantadora que todas las concurrentes al baile, la veía curiosa y distante en una
calle de New York, la veía ignorando su saludo. Y de repente se estremecía, sentía
91
que el paso del tiempo era especialista en deshacer las memorias y los recuerdos, y
no en vano habían transcurrido ciento veinte días sin noticia de ella, y ella sin noticia
de él. Bailaba monótonamente asfixiándose en su esmoquin, sonriendo a las fotos
tomadas por Josh y Terry su pareja.
Al final de la noche solo tenía una cosa que decirse a sí mismo, en el silencio de su
habitación. Como siempre lo hacía en aquellos últimos meses. Con ese baile de final
de curso, se daba inicio a la promesa que había llevado a convertirlo en el buen
chico y estudiante de esa generación.
«Ya es tiempo, ahora voy a encontrarte»
Emilia por su lado había cedido irremediablemente a los formalismos y protocolos
propios de su nuevo círculo social, siempre riendo a los demás. Dando gritos por
dentro. Maureen, Romina y Román eran buenos amigos. Pero, no podían tener ese
vínculo como el de Jess.
Jamás.
Estaba también su padre, extrañaba sus caras de enojo, sus gritos.
Todo.
Él se sentiría muy contento de verle así, convertida en toda una señorita modosita y
educada. Cumpliendo a cabalidad las ordenes dictaminadas por su tía, sonriendo a
todos. Aguantándose las ganas de patearle el culo a Steve, mordiéndose la lengua
ante los insultos y comentarios de ciertas chicas con las que en esos tres meses no
había congeniado —ni lo haría—, siendo una niña dócil y obediente, riendo hasta la
cena. Luego, en su habitación cuando cerraba la puerta podía lanzarse sobre su lecho
y gritar todo lo que podía acuñando la almohada, sintiendo como el corazón se le
arrugaba, sollozando en el silencio remoto de su cuarto. Donde nadie podía verla, así
transcurrieron esos tres meses para Emilia, llorando hasta quedarse dormida,
sonriendo hasta hacerle creer al mundo entero que estaba feliz con su nueva vida.
Y sonreír de esa forma resultaba más difícil que aguantarse a Steve Hampton, cuyo
comportamiento patán y petulante no había cambiado en lo más mínimo, al menos
había conseguido la suficiente fuerza de voluntad para hacer de cuentas que nada de
lo él hiciera o dijese le afectaba.
— ¿Vendrás con Román y yo esta tarde a la librería? —preguntó Maureen
cuando sacaban las bolsas escolares de sus casilleros. —Hemos quedado en ir
juntos y después ayudar a Shanna con lo de su fiesta.
— No creo, he quedado con mi tía que empezaría clases de chelo esta tarde.
— ¿En serio? —inquirió la pelinegra, frunciendo el ceño maravillada. —Eso es
fantástico.
— Como tú digas.
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— Steve toca eso.
— Que es lo que no hace tu hermano.
Mau se carcajeó, era obvio que las asperezas entre su hermano y Emilia jamás se
limarían, jamás se llevarían bien. Era demasiado parecidos, dos cabezotas tercos y
pertinaces.
— Quiero poder vivir para verlos hacer los miramientos de paz—rio divertida,
guiñándole un ojo.
— Me disculparas Maureen, y sé que ya lo he dicho anteriormente… —torció el
gesto indignada por la reciente broma de aquel quisquilloso. —pero en serio
se pasa. Arruinó nuestro debate, nos hizo perder la ponencia. ¿Qué le pasa?
— Eres igual que él —musitó Mau con rostro inexpresivo, una sonrisa burlona
amenazaba con escapar de sus labios. —No sabes perder.
— Por favor—rezongó la castaña.
— Es un idiota. Lo sé, no he vivido diecisiete años con él en vano. Sé lo que
lidio. Pero te pareces a él, en el sentido en que no aceptas la derrota.
Emilia dejó escapar un bufido.
— A tu hermano le hace falta que alguien, en especial una mujer le reviente la
cara.
— Bueno, esa cara está asegurada. Así que… creo que no sería una buena idea.
— Si lo es. Y creo que tomaré todos los ahorros de mi vida para darme ese
gusto.
Ambas rieron divertidas.
— Me avisas si puedes venir esta tarde con nosotros.
— Está bien —tomó la edición ajada y casi destruida de Orlando que llevaba a
biblioteca en ese instante—, ¿Puedes entregarlo por mí?
— Claro.
Maureen caminó hasta su descapotable, Emilia buscó un lugar en las bancas del
aparcamiento esperando que el chofer que su tía siempre encargaba de recogerle
llegase casi veinte minutos después, cuando ya todos se habían marchado y ella
quedaba allí. Sola, escuchando música y echando una hojeada a los apuntes. Los
pasos suaves golpeando suave contra la gravilla, se acercaban hasta donde ella se
encontraba. Luego, el chillido molesto desactivando la alarma de un auto.
— Pero miren a quien tenemos aquí—Joder, era Steve Hampton. — ¿Se han
olvidado de venir por ti? Corrección golpeaste al chofer y se fue.
Hizo un mohín de lastima.
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— Siento pena por ti—continuó, sentándose sin permiso alguno a su lado. —
Caminar hasta el apartamento de tu tía debe ser una Odisea.
— Das tanta risa—espetó Emilia con desdén. —Tanto que no puedo soportarlo.
— Yo tengo un humor muy bueno.
— Creo que algo está sonando —meditó ella guardando los audífonos en el
bolsillo de su falda. —Un bicho raro habla…
Steve soltó una carcajada despectiva.
— Chiste malo—querelló golpeando con la punta de su dedo índice la sien de la
muchacha.
— Déjame en paz—masculló ella.
— ¿Qué te abrace? —inquirió él, lleno socarronería y chanza.
— ¿Qué?
— Si, ustedes siempre dicen lo contrario a lo que sienten así que…
— ¿Estás drogado o qué? Por favor, no me digas que te fumaste un cigarro de
marihuana en mal estado.
El chico volvió a reírse.
— No están en mal estado, están verdes. —guiñó un ojo socarrón.
— ¿Por qué? —gruñó Emilia por lo bajo—Hay miles de galaxias en el universo
y precisamente tenemos que existir en la misma.
— He estado pensando mucho en ti. —Emilia entreabrió los labios anonadados.
—No me mires así, ¡Por Dios! Ustedes las mujeres jamás cambiaran esa
costumbre, hacen volar esa imaginación muy rápido. —Observó las largas y
encantadoras pestañas de la chica. —He estado pensando mucho en los
orígenes de tu procedencia, mi madre y tu tía siempre han sido buenas amigas
y yo nunca oí hablar de ti…
— ¿Y eso a ti que te importa?
— Nada. Simple curiosidad.
— Pregúntale a tu madre.
— Quiero que tú seas quien responda.
— Pierdes tu tiempo, y haces que yo pierda la paciencia.
— Soy un experto en eso, en perder el tiempo con estilo. Es mi talento innato.
— Tu único don es ser un engreído y presuntuoso.
— Y el tuyo una amargada.
Emilia hizo ademan de levantarse. Él volvió a tomarle del brazo.
— ¿Será necesario reventarte la cara a golpes para que me dejes en paz?
— Te tengo una propuesta.
Ella soltó un bufido.
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— Como eres de creído—suspiró indignada—, ¿Cómo si quiera puedes pensar
que me interesan algunas de tus propuestas?
— Si te interesa.
— No.
— Si—apretó más su mano, haciendo que ella soltase un ligero grito. —si ganas,
te garantizo que te dejaré en paz. Vamos, solo escúchame te conviene en
todos los sentidos.
Pareció interesarle.
— ¿De qué hablas?
— Sé que desde que me conoces quieres golpearme…
— ¿Quién no? eres un dolor en el culo de cualquiera.
— Un poco de respeto—Steve guiñó un ojo, torciendo el gesto amenamente. —,
Te daré el único chance de tu vida para que, si puedes —abrió los ojos de
forma sugestiva—Te vengues de mí. —rio malicioso—¿Te interesa?
Claro que le interesaba. Pero, no podía confiarse de él. Sabía que jamás daba
puntada sin dedal.
— ¿Qué planeas?
— Nada—confesó él con los ojos de inocencia. —Digamos que quiero hacer:
“Borrón y cuenta nueva”
— No confío en ti.
— ¿Quién te hace pensar que yo confío en ti?
— ¿Qué tengo que hacer? —accedió decidida.
— Pelea conmigo.
— ¿Cuerpo a cuerpo? —Inquirió extrañada.
— Cuerpo a cuerpo.
— Estás loco.
— ¿Te le mides o no?
Emilia dejó escapar un suspiro osado. Claro que lo haría.
— Me le mido, ¿Cuándo y dónde?
— Mañana y aquí.
— Si pierdo, ¿Qué tengo que hacer?
— Salir conmigo.
95
***
Solo había dos cosas que alimentaba su curiosidad y ahogaba sus pensamientos.
La primera: ¿Qué se sentiría la vida después de librarse de Steve para siempre?
Segunda: ¿Cómo lo celebraría?
No tenía las respuestas.
Pero, las imaginaba, las soñaba. La vida sería más dulce, los descansos más
agradables y las visitas a casa de Maureen un relax por completo. Y solo la
separaban veinte minutos para llegar a ese fabuloso mundo. El día anterior había
sido eterno. Más aun en la clase de chelo, donde quedó como una completa estúpida
frente al profesor. Cada que la miraba para preguntarle por las notas que acababa de
enseñarle.
Había sido un fracaso épico.
Se sintió más inútil que nunca. Ahora allí contando cada segundo muerto en el reloj
se preparaba para su gloriosa venganza. Uno menos, uno más cerca. Si Steve
Hampton creía que ella siempre había sido la niña delicada que veía en los pasillos
de la academia, estaba demasiado equivocado y ya podía verlo con el tabique de la
nariz roto.
— ¿Señorita Nolán? —llamó el maestro de sociales, al observar su impaciencia
y fastidio. —¿Capital de Eslovenia?
— Lbjuiania.
— Pensé que estaba usted en otro país. —musitó el anciano borrando las letras
en la pizarra.
— Aun no me he ido profesor. —los chicos se carcajearon bajito.
Era obvio que todos estaban en la misma tónica de desespero. Última hora, hambre,
y nombres de países en la Europa occidental no eran una combinación placentera.
Después de unas vueltas más del minutero en aquel ovalo pegado a la pared todos se
alegraron de oír el timbre más preciado del día.
El de salida.
Tendría que despejar a que todo el aparcamiento quedara totalmente despejado.
Incluso había mentido a su tía para que no enviase al chofer por ella. Haría que
Steve como parte de su castigo a llevar a casa. Nunca había esperado con tanta
ansias la hora de salida. Ahora allí plantada en medio del estacionamiento hasta que
percibió un último vehículo dejar el lugar. Respira, exhala, inspira.
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Dejó la mochila en una esquina del lugar, cerca una de las vigas de fortalezas.
Acomodando las mangas de su camisa, doblándolas hacia atrás, recordaría ese día
como el día en que por fin le daría su merecido.
— ¿Lista? —Steve sonreía malicioso, no traía nada consigo. Ni siquiera el
corbatín.
La camisa desbotonada hasta la mitad del pecho, el pelo enmarañado y la mirada
resuelta y fría.
— Vamos a terminar con esto—masculló dejando atrás su diminuta corbata y
acomodando su coleta.
— ¿A dónde quieres que te lleve? —preguntó él sacando su reloj de mano,
guardándolo en el bolsillo trasero de su pantalón.
Emilia se carcajeó terminando de acomodar los puños de su camisa.
— Después de esto, a casa. Por favor.
— Y después de eso…
— No me hagas reír.
Steve caminó alrededor del lugar con pasos felinos y amenazantes. Ella solo le
observaba en esperas de un primer ataque. Él aprovechó su descuido y lanzó sobre
ella un primer ataque efectuado tras una llave de Taekwondo. Tomando su mano
con dureza y llevándola fuerte hasta su espalda, donde la coyuntura traqueara
dramáticamente. Emilia soltó un alarido sacudiéndose con fuerza. Él rio a ver sus
frustrado intento y gemido de dolor. No presintió el golpe que ella propinaría contra
su rostro, más bien a su boca. Dejándole un ligero sabor metálico, luego sangre
corriendo cuesta abajo. Dio dos gigantescos pasos hasta tomarle de las manos de
nuevo, inmovilizándole parcialmente. Ella haló de él atrayéndolo a su cuerpo de
forma involuntaria.
— Por favor—musitó él, divertido—Puedes reservarte esto para nuestra cita.
— Y esto ¿Qué? —inquirió la chica golpeándole salvajemente en el abdomen.
El chilló cayendo sobre el cemente ovillado ante el dolor. Aun así le tomó del pie
haciendo que ella también cayese al piso, a lo que ella respondió lanzando patadas
hacia su rostro, las cuales el esquivaba dejando escapar risas burlonas.
— Tus panty tienen flores—dijo burlonamente—vaya me esperaba a una Hello
Kitty eso sí que es una sorpresa.
— Maldito depravado—gruñó Em, ruborizándose—¿Dónde está lo caballero en
ti?
Steve se carcajeó agarrando sus piernas con fuerza, arrastrándole hasta él.
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— Vamos, soy un caballero. Pero, esto es una apuesta y se me hace irresistible la
tentación de ganar. Aunque yo siempre gano, claro está.
Emilia intentó patearle a la cara. Él la levantó en vilo, colocándose en pie.
— ¡Suéltame! —gritó la chica.
— Si te suelto, pierdes.
Sintió de repente como sus puños se estrellaban furiosos contra su espalda. La
sostuvo con firmeza, apretándola contra la defensa del auto, su auto solitario en
medio del aparcamiento, mientras que Em se disponía a clavarle los dientes en la
curva de su cuello. Presionando con fuerza hasta que el sabor extraño y la ligera
sensación metálica se apoderó de su boca.
98
Capítulo XI
Ella debía estar yendo a casa en estos precisos instantes.
Fue lo primero que pensó cuando vio a todas esas colegialas, riendo, distraídas con
lo suyo. Mientras él, como buen pueblerino esperaba que el semáforo cambiase.
Observando los transeúntes ir y venir a toda prisa, colocando en riesgo sus vidas.
Había estado soñando con este día desde hace tres meses, ahora allí parado en medio
de aquel grupo de gentes esperando por cruzar la calle y almorzar en aquel
restaurante que su madre había recomendado por ser propiedad de una de sus tías.
“Venecia in Love”
Leía en el enorme aviso del local.
Por fin lograba cruzar en forma segura, aquella avenida concurrida le hacía sentir en
un universo completamente distinto.
No pasaron más de cuatro segundos cuando subió a la acera, sintió como alguien le
empujaba desde la derecha casi haciéndole perder el equilibrio. La extraña le
sostuvo fuerte de la camisa para no dejarle caer.
—¿Estás ciego o qué? —la muchacha le ultrajo fuerte hasta dejarlo bien parado.
—Lo siento—musitó Brand, acomodando su chaqueta. — ¿Estás bien?
—¡Claro que lo estoy! —Gritó la chica—Tú, ¿te he herido?
—No.
—¿Tú no eres de aquí, cierto?
—No… —respondió el chico extrañado. — ¿Por qué?
He estado cruzando una y otra vez esta avenida, y tú esperaste a que el semáforo se
pusiera en verde.
—Es peligroso.
—El tiempo lo amerita—ella sacó de su bolsa un empaque de papel. —Tengo que
terminar de entregar estos folletos—le colocó uno sobre las manos, casi
acuñándoselos a la fuerza.
—Tiempo es lo que no tendrás si te atropella un auto.
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—Pobre ingenuo—musitó la chica, dejándole atrás.
Brand le siguió con la mirada hasta el curioso y llamativo café. Extrañamente ese,
era el mismo lugar donde se dirigía por orden de su madre.
—¡Hey! —Gritó —¡Espera!
La chica se detuvo.
— ¿Qué quieres? Necesito trabajar.
— ¿Trabajas allí?
— Si, les hago la publicidad.
Él sonrió adentrándose al lugar. Mientras que ella le observaba fastidiada.
— Me llamó Brand—dijo—, Y mi tía es la dueña de este lugar.
— ¿Y eso a mí que me importa?
Mientras que en un BMW Clara despotricaba y sacaba a colación las amenazas
pronunciada desde el principio a Emilia que casi llorando de furia e impotencia
escuchaba mirando el tráfico, maldiciendo el momento en que cedió a las
proposiciones de Steve. Era un maldito, un maldito. Y se convertiría en una
verdadera criminal si se lo colocaban en frente, mientras su ira se subía a la cabeza
con las amenazas de la señora St Cloud.
— ¡Estás castigada! —Gritó Clara acelerando el vehículo pausadamente.
— ¿Me han expulsado? —preguntó temerosa.
— No.
— Lo siento.
— No, aun no lo sientes.
La chica guardó silencio más dócil y sumisa de lo que había sido durante los últimos
meses.
— Lo siento tía, no sé qué me ha ocurrido.
— Me ha costado mil dólares salvarte de una expulsión. ¡Suerte que has tenido!
Suerte, que nadie presenció semejante espectáculo tan bochornoso. ¿En serio,
Em? Guindarte a golpes con Steve.
— Era un juego —confesó la castaña, mirando las medias curtidas y falda llena
de tierra. —, Perdí.
— ¿Qué ustedes hicieron qué? —se llevó los dedos hasta el tabique. —No por
favor, no me lo digas…
— Tía lo siento mucho. Sé que no debí perder el control de esa forma.
— No me digas nada—calló, mientras conducía hasta la avenida spring. Cuyo
semáforo era el más concurrido a cualquier hora del día. Emilia observaba en
100
medio de la congestión el mini cooper de Steve a tres carros de distancia. Se
tardaría menos de diez segundos en llegar hasta él.
— ¡Vuelve acá! —gritó Clara.
Corrió entre los autos expectantes al cambio del semáforo. Asustada por la
posibilidad de morir aplastada por un vehículo ante el cambio de luces. Previendo
una muerte a futuro en manos de su tía, cuando le viera hacer en esa avenida lo que
había hecho en su antigua escuela con un bate de beisbol.
— ¿Qué haces aquí? —la sorpresa era evidente en los pupilas azules y diáfanas
de Steve.
— Vamos a terminar la pelea.
— Oh, no—se quejó Steve observando la amenaza del semáforo en cambiar.
Tocando la herida en su cuello. —¡Sube! —le ordenó.
Em se dejó perturbar por las bocinas a su alrededor.
— ¡Sube!
— ¡No me digas que hacer! —gritó entrando bruscamente al auto.
— Así que quieres terminar la pelea—siseó el joven— ¿Qué terminaremos? Es
claro que yo gané.
— Exijo una revancha.
— Perdiste.
— No.
— Que has perdido y punto, tomaré mi premio ¿A dónde te llevo?
— Mira Steve Hampton, voy a contarte algo y después de ello no creo que me
quieras cerca tu precioso auto.
Su móvil vibró dando paso a la alerta de mensajes.
ClaraStCloud: ¡Vuelve al auto, ya!
OwlGirl09: En un momento.
ClaraStCloud: Espérame adelante en el café Venecia, ¡Joder, estás metida en un lio
enorme!
— Entonces… ¿Cuándo quieres nuestra cita, aquí o ahora?
— Continuo Hampton, aun no haz conocido mis límites. Así que por favor
mantente a raya.
— Una apuesta es una apuesta, cumple tu palabra.
— Te haré una advertencia. —guardó el móvil en su falda nuevamente. —
cumpliré mi parte del trato. Lo haré. Pero… ¿Qué clase de móvil tienes?
Él le mostró el iPhone sobre el tablero del auto.
101
— Ah que bueno, busca información sobre mí. Infórmate. Luego, decidirás si
quieres que acaricie este hermoso carro. Déjame en el café Venecia. Si, ese
de allí.
Steve obedeció haciendo un mohín de atención. El BMW de Clara aparcaba frente la
ventanilla más cercana del café, Steve le acercó lo más que pudo.
Mientras que Brand, producto de todas las casualidades y todos los hilos
enrevesados del pernicioso destino respiraba el mismo aíre, en la misma acera, en la
misma esquina, en aquel preciso lugar. Destinado a encontrarla aquella tarde de
febrero. Impedido por notarlo tarde, tardío como siempre, esquivando las
oportunidades. Como había sido desde siempre.
Dos almas atadas por un vínculo, una promesa. Solo a pocos centímetros el uno del
otro y a la vez dando inicio a la distancia más invisible y dolorosa, la del olvido.
Dos autos estacionados peligrosamente cerca, llamaron la atención de Katty que
emocionada recibía al sobrino. El lugar estaba vacío, así que no fue difícil centrar la
atención en aquella escena foránea de la chica estrellando la puerta de aquel mini
cooper. La figura alta envuelta en los uniformes de la muy respetada y exclusiva
academia Judas Tadeo. Deteniéndose a mitad de camino, los vidrios oscuros del auto
bajaron rápidamente y ella retrocedió hasta este.
Brand se dio vuelta extrañado por la súbita atención que su tía, el esposo y la chica
“reparte volantes” le daban a la escena.
La niña del uniforme esperó unos segundos frente la ventanilla del auto. De espaldas
a ellos, luego golpeó con rudeza la portezuela, haciéndole un gesto obsceno al
conductor.
Estaban discutiendo.
Y fue allí cuando la magia de una ninfa encantada que había sido arrebatada de su
reino por comportamientos como ese, se manifestaba ante él.
Real.
Era real, la vio caminar hasta el BMW velozmente.
Su cabello castaño más corto que cuando la vio por última vez en aquella comisaría,
sus curvas escondidas tras aquella burda camisa y ancha falda.
«¿Emilia?» Pensó. Corrió hasta la puerta del local a punto de hiperventilar,
parpadeando sin cesar. Para saber que no estaba soñando. Que ella no era una visión
esporádica, que en verdad estaba allí y que la perdía nuevamente. Cuando el BMW
dejaba solo un halito de humo en el ambiente al igual que el mini cooper.
102
La había perdido una vez más. Parpadeó una vez más maravillado ante la reciente
visión. Era Emilia, su Emilia. Estaba igual que siempre, al tiempo que nada en ella
era lo mismo. Había inmortalizado su recuerdo en las mallas negras, en los vaqueros
dramáticamente adornados. ¡Que iluso fue! Al creer que la princesa de sus
recuerdos, la del labial carmín imponente seguiría igual, era lo malo de las
memorias. Conservaría a las personas como quisieras que se quedasen por siempre.
La vida es menos bondadosa con respecto a eso, la niña de cabello un poco más
debajo de las orejas, era y no era en muchas cosas su Emilia.
— ¿Qué diablos pasa contigo? —gruñó la chica “reparte volantes” —Haz dejado
a Katty con la palabra en el aíre.
— Lo siento... —musitó sin salir del trance.
— Si vas a trabajar conmigo de ante mano te digo que no acepto locuras como
esta.
— Disculpa… ¿viste a esa chica, de donde es ese uniforme?
— No, no la he visto. ¿Escuchaste lo que dije?
— ¿Eh?
Ella se mordió los labios torciendo el gesto.
***
— ¿Qué haces? —preguntó Maureen, arrojándose sobre la colcha suave de su
hermano. Revisando el móvil, tan distraída que no notó los enseres de
curación sobre la mesa de noche.
— ¿Qué quieres? —gruñó Steve entre dientes.
Maureen levantó la vista del móvil.
— ¡Oh, Por Dios! —exclamó horrorizada ante la herida que él trataba de curar.
—¡¿Qué te pasó allí?! —dio un brinco hasta caer a su lado.
— Nada—masculló.
— ¿Cómo que “nada”? —se acercó espantada por la sangre seca en el algodón
fino y suave de su camisa. —Eso es… —calló sorprendida— ¿Un mordisco?
Steve caminó hasta la ventana, torciendo el gesto ante el contacto de la mota de
algodón con alcohol etílico sobre su herida. Dejando que sus rasgos varoniles,
calculadores y fríos cedieran y se dejaran ver más frágiles de lo que casi nunca se
dejaba ver. Siempre tan rígido y confiado de sí. La observaba allí parada en mitad
del cuarto, a un metro de distancia. Ya crecida, con el cabello más largo y hermoso y
más preocupada por él. Jamás se permitía que otro se preocupase de esa forma.
103
— No es nada—musitó apartando la vista—, Sal de aquí.
— ¿Qué pasó? —quiso saber Maureen, mirándole severamente. —Cuéntamelo.
— ¡Nada! —negó una vez más. Abriéndole los ojos severamente.
— ¿Te mordió un vampiro? —inquirió la chica dejando escapar una risita.
Él hizo un mohín de desencanto. Torciendo el gesto con alevosía.
— A ver, te lo preguntaré una vez más—Mau se acercó suavemente—, ¿Qué te
ha ocurrido?
Steve dejó que su entrometida hermana revisara la herida palpante de su cuello.
Dejándose irrumpir por un ilógico sentimiento fraternal, que acrecentaba a medida
que ella y sus delicados dedos níveos revisaban toda el área de su cerviz y los
moretones alrededor de las huellas visibles de aquellos colmillos feroces. Mau
revisaba sorprendida la herida peculiar de su hermano mayor.
— ¿Dónde te has hecho esto?
— Un vampiro en la escuela. —gritó
— Debo decir que no hay muchos Edward Cullen o Stephan sueltos por allí. Así
que es imposible creer tu contestación.
La chica tomó otra mota de algodón y le rozó suavemente la magulladura.
— Ah—se quejó Steve por lo bajo.
— ¿Quién fue?
— Tú amiga.
— ¿Emilia?
— No, Romina.
— ¡Emilia! —Los labios de Mau se ensancharon dejando una enorme carcajada
llenar el ambiente, provocando un mohín de fastidio en el rostro de su
hermano. —No me lo puedo creer—vocalizó cada letra con una emoción y
satisfacción, que cualquiera hubiese creído que se alegraba de la herida en el
cuello de su consanguíneo.
— Ya basta—se quejó.
Ella continuó riendo.
104
los hermanos menos fraternales. Pero compartían el mismo vínculo de la ausencia y
locura en aquellos días.
— No creo que lo esté. —Steve rio, recordando que a pesar de todo había salido
triunfante. —Ha perdido contra mí.
— ¿Cómo así? —Mau presionó el algodón, haciendo que Steve soltará un
gemido.
— Tendrá que salir conmigo, como consecuencia.
— Eres un idiota, ¿lo sabías?
— Empieza a aburrirme esa palabra.
— A Daniel tampoco le gustaba —Mau dejó entrever la nostalgia ante los
recuerdos.
Steve guardó silencio.
— Bueno—suspiró levantándose para dejar la migaja de algodón en la basura.
—¿Saldrás con Em?
— ¿Con quién.
— Em, Emilia.
— Ah, sí. Solo es por fastidiarle.
— Eso es tan maduro—meditó Maureen entre dientes. —Ya tienes diecinueve,
por favor madura. —tecleó rápidamente en su teléfono.
JustMauKiss: “¡Voy para tu casa! ¿Estás bien?”
— Si claro, esa loca es la potencia mundial en madurez. —él mantenía la mano
alzada hasta la postura de su cuello, el algodón presionado contra su piel.
— Estás siendo fastidiosamente molesto.
— Reprobaste clases de gramática. He aquí la prueba de eso.
OwlGirl09: “Estoy castigada. Pero, no creo que tía se oponga a tu visita”
— No reprobé gramática. Solo que no hay una palabra demasiado grande para
describir tu nivel de Troll.
— ¿Con quién hablas? Andas muy conversadora con ese tal Román. —rio
malicioso—Te estoy vigilando.
— De hecho, es con Emilia.
— A ver. Pásame su número.
Mau le miró enarcando una ceja.
— ¿Qué? Tenemos una cita—le recordó a modo de excusa.
— No es válido.
— Por favor.
— Te dejaré en paz y me olvidaré de que Román existe.
105
— Nada más porque sé que eres el troll más fastidioso e intenso de este mundo y
porque Román te tiene ganas y podría partirte la cara.
— En un universo paralelo.
— Basta.
— El número.
— Te lo envío en un mensaje.
Caminó hasta el umbral del pasillo respondiendo el mensaje.
JustMauKiss: “Salgo para allá”
Mientras que el usuario…
SteveH10: “¡Loquita tú y yo, cita!”
OwlGirl09: “No lo creo, creo que esta noche muero bajo el yugo de mi tía”
SteveH10: “¿Puedo ir a rescatarte?”
OwlGirl09: “Hijo de P***!”
SteveH10: “0UCH”
OwlGirl09: “Steve eres un dolor en el culo”
SteveH10: “Como futura chica Hampton que serás, te prohíbo esa clase de soeces”
OwlGirl09: .i.
El usuario OwlGirl09 aparece como no disponible.
Steve rio pícaramente retirando el algodón de su cuello.
SteveH10: Perdiste. ¡JA!
Enviar.
106
Capítulo XII
Aprovecharía que su madre le había relevado el castigo. Saldría a despejarse, había
pasado tres días hiendo y viniendo tras las faldas de Maureen y su Peugeot. El olor
de la pipa paternal en los pasillos que conducían al estudio, eran tan imponente que
no pudo evitar pasar y saludar a su padre, por esos días rara vez le veía en casa. Allí
estaba en su sillón habitual leyendo el periódico del día.
Axel Hampton, amaba el café amargo y las manzanas verdes. Tenía el cabello rubio
y los mismos ojos mágicos y hechizantes de Steve, creía en que el secreto de llevar
una vida tranquila era aceptar las cosas tal y como venían, disfrutar en las
sensaciones del momento y dejarlo ser. Simplemente eso, y al ponerlo en práctica
toda su vida; había apaciguado los vestigios de vejez en su rostro y piel. Aún
conservaba la lozanía de los treinta, aun cuando iba llegando a los cincuenta y se
sentía orgulloso de ello.
— ¿A dónde se ha ido mamá? —Preguntó Steve, parada en el umbral de la
puerta.
— A la beneficencia.
— ¿Con Maureen?
— Sola.
Steve caminó hasta el enorme stand, donde reposaban los libros más antiguos de la
mansión. Fruto de la exclusiva colección de su padre. Un apasionado por el olor a
viejo y la magia en cada hoja de esos libros.
— ¿Cómo va todo muchacho?
— Bien —musitó examinando mentalmente cada título.
— Date vuelta—le mandó su padre. Incrustando la mirada en la herida que su
hijo presentaba en el cuello.
El chico acató de inmediato. Sin darse cuenta de la expresión de horror en el rostro
de Axel.
— Pero—el señor Hampton agudizó la vista—¿Qué te ha ocurrido allí?
— Oh—rezongó Steve llevándose la mano hasta la magulladura. Había olvidado
llevar un suéter que ayudará a ocultar semejante mordisco.
— Mujeres—musitó sonriendo forzosamente.
Su padre se carraspeó la garganta, dejando el diario sobre el escritorio.
— Ten cuidado muchacho—susurró levantándose del sillón. Observando el
rostro limpio y varonil de su hijo, en lo profundo de sus ojos azules el
107
recuerdo innato de Daniel, lo cual hizo sentir una quemazón dentro de su
pecho.
Respiró suavemente, acercándose a su hijo con cautela.
— Tienes que controlar a esas chicas—musitó acomodándose a su lado.
— Es una loca—dijo este último.
— Por favor, trata de entenderlas. No andes diciendo por allí esas cosas. Se te
hará más difícil.
— Es que estoy diciendo la verdad. Está loca.
Axel se carcajeó, dejando escapar algo de humo en su pipa. Lo que hizo que Steve
estornudara.
— Tómalo como un consejo—meditó con la vista fija en los lomos de cada
libro, igual que su hijo. —Se amable.
Steve acomodó un libro que sobresalía ante los demás. Suspirando con mesura.
— Hace ratos que no hablamos. —meditó—¿Cómo van las cosas?
— Bien.
— Cumplo diecinueve dentro de ocho días—le recordó de forma involuntaria.
— Lo sé.
Axel caminó hasta la ventana meditabundo.
— ¿Qué quieres?
— ¿Aun tienes ese auto en el Rally de south Avenue?
— Ni siquiera lo pienses.
— Pero—el joven se carcajeó bajito—, si aún no te he dicho nada.
— Lo sé, pero vas a decirlo.
— Papá…
— He dicho que no.
Steve se plantó a su lado, decidido a convencerle.
— Haré que tu equipo gane, ¿Acaso olvidas cuando los ayudé a ganar en la
competencia de polo? También la de tenis. ¿Canotaje? No fallaré, lo
prometo.
— No se trata de ganar—replicó el señor—, Es peligroso.
Lo que hizo que el muchacho soltara una risa satírica.
Odiaba eso de su padre, la forma en que trataba de sobreprotegerlos después de
aquella tragedia. El drama y tensión a cada paso que Mau y él intentaba dar en su
vida, al mismo tiempo la indiferencia hacia lo ocurrido esa noche, la forma en que
108
habían aceptado el trágico destino de aquel ser excepcional y maravilloso que era su
hermano.
Torció el gesto, caminando hasta la ventana cuyas cortinas de pana turquesa le
parecían ser las más ordinarias en toda la decoración de la casa.
— Para ti todo es peligroso. Todo, excepto haberle regalado ese auto a Daniel.
— Hijo.
— Y lo peor, lo que más me enerva. Es que tú y mamá se han empeñado en
seguir fingiendo que eso pasó. Cuando en realidad el dolor y la rabia sigue
allí, y no tiene nada que ver con lo que dije, pero correré en ese rally te guste
o no.
— Yo no he tenido la culpa—replicó Axel duramente.
— Nadie la ha tenido. Y así no las hemos pasado estos malditos cuatro años.
Axel entreabrió los labios dispuesto a hacer uso de su autoridad paterna para
contradecir la disposición rebelde de su hijo. Recordar aquellas palabras bañadas de
impotencia y dolor, daba pie para consentir esa forma tan extraña que tenía Steve de
enfrentar los vacíos vulnerables en aquellas familia “feliz”.
Consentiría la carrera de la otra semana.
Como todo.
Se alejó rápidamente sofocando el coraje que la actitud de su padre le causaba.
Condujo vagamente por la ciudad, con el remolino de las emociones gravitando con
fuerza dentro de su cabeza. Aun le dolía las respuestas proferidas a su padre. Sin
rumbo fijo y volátil corrió por las vías de Manhattan devanándose los sesos ante los
acontecimientos a seguir contra Emilia. Ella, a pesar de verse obligada a permanecer
una hora diaria en el castigo junto a él en el castigo “ejemplar” impuesto por la
profesora Blincar. Había guardado la ira y el enojo para sí misma, lo comprobó
desde el primer día, cuando disimuladamente le veía organizar y tomar nota de todo
lo que aquella mujer decía, sin siquiera prestarle atención a sus amargos
comentarios.
Ese era un hueso duro de roer.
Recordaba sus advertencias. Haciendo que por un instante sus oscuras meditaciones
se esfumaran. Dejando un raro sentimiento de curiosidad.
«Averigua Sobre mí.»
Rió fascinado por su tono indomable, la altives de su espirito y el carácter con el que
pronunció cada palabra. Luego, meditaba sobre la forma ingenua en que había
accedido a su trampa, como un cordero guiándose a ciegas hasta la manada de lobos
feroces.
109
Como la ingenua que él creía que era.
“Emilia Nolán St Cloud” Buscar.
“JOVEN MENOR DE EDAD, DESTRUYE AUTO A BATAZOS EN ALPHAVILLE”
Y allí moría la ingenuidad que Steve creía ver en el rostro de su contrincante.
Después de una exhaustiva limpieza en grupo, habían logrado convertir aquellos
metros cuadrados en un lugar decente para vivir. Muertos del cansancio y risas ante
las ocurrencias de Loan, las historias sobre su vida en Chicago eran tan ridículas que
terminaban en anécdotas dignas de contar en momentos como esos, cuando estaban
sudados y ahogándose del calor en el centro de Manhattan.
— ¡Así está mucho mejor! —Loan y Katty dejaron caer una sábana azul sobre
la nueva cama e la nueva habitación de Brand.
— Te quedará más cerca de la universidad y todo.
— Gracias Tía.
Katty le acarició el cabello enmarañado de su sobrino grande y guapo. Recordando
la cara de Florence en aquel hoyuelo infantil y tierno en su mejilla.
— Me alegra que trabajes conmigo desde ahora.
— Bueno, tengo que hacer algo para no morir de hambre aquí.
— Es muy noble de tu parte que ayudes a tu padre.
— ¿Qué estudiaras? —preguntó Loan revisando los cuadros y una diminuta caja
con varios figurines de papel.
Un regalo de Emilia.
— ¿Qué es esto?
Brand notó la avecilla voladora en las manos de Loan. Y la forma que observaba las
curiosas figuras dentro de la cajuela.
— Un regalo de mi—rió nostálgico— «Amiga»
— Estos es… —Loan revisó las esquinas dobladas del ave. —¿Origami?
— Sí.
— Brand—Katty le besó suavemente en la mejilla—Iré a organizar algunos
asuntos en el café. Loan puede llevarte a la universidad, ya sabes, en lo que te
adiestras con el manejo de las calles.
— Está bien.
— ¿Me harías ese gran favor? —Katty miró a Loan de forma maternal. —Te lo
agradecería.
— No hay problema. —la chica rió amenamente.
— Que tengas un buen día —Brand le devolvió el beso a su tía.
110
— Gracias cariño. Adiós.
Katty salió del apartamento dejándole solo con aquella extraña, que miraba y
detallaba todo con un fisgoneo.
— Vivo en el apartamento de al lado. Si necesitas algo, solo dímelo Cowboy.
— ¿Cow, qué?
— Cowboy.
Brand se encogió de hombros dejando escapar una risita.
— “Genie”
— ¿Qué?
— Mis amigos me dicen “Genie”
— Lo siento “Genie” Pero, mis abuelos son americanos. No franceses, para mi
eres Cowboy.
Rio desganado, guardando las figuras de papel.
— ¿Quieres que te lleve a tu universidad? Aprovecha que me tienes aquí, y que
conozco estos lugares. Nadie te gastará bromas de primíparo.
— Si, gracias.
— De nada.
Esa chica era muy espontánea y abierta. La había conocido hacía un par de días y
ahora estaba allí ofreciendo amablemente sus servicios. Podía admirar la fragilidad
de su figura a luz de la ventana donde jovialmente le ayudaba a desempacar.
Organizando la ropa en cada diván y los calcetines en las cómoda. Hablando de la
forma en que debía estar pendiente por la viveza de algunos inquilinos con respecto
al agua, y que no era el mejor lugar de New York. Pero, que no era un moridero
como Detroit. Le confesaba el susto que le había dado cuando vino sola por primera
vez, la perdida de aquella tarde cuando no podía encontrar la manzana donde residía.
Loan hablaba hasta por los codos.
Y se sentía bien ante su compañía.
111
El ave que Em le había regalado en navidades le observaba. Haciéndole perder el
etéreo recuerdo de sus níveos dedos doblando cada esquina de la hoja esa mañana de
navidad.
Emilia por sus parte, lidiaba con la soledad del castigo; doblando cuadrados de
papeles coloridos. Escuchando Cold play en la aislamiento recóndito de su
habitación. Recordando en cada nota de “Fix you” la mirada virgen, casi tierna de
Brand. Su alegría y emoción cuando veía terminar un animal de papel, la forma en
que torcía el gesto incrédulo cuando El pajarito volaba producto de un truco
diseñado en la estructura de este arte japonés.
Allí estaba él.
Entre las piezas del hermoso cisne que terminaría en menos de una semana. Habían
pasado dos días desde aquel vergonzoso accidente, ahora le tocaba permanecer todo
el día en su habitación como castigo, y en la escuela ayudar con el departamento de
arte por disposición de su maestra. Lo peor era que esa hora comunitaria era en
compañía de Steve, hasta que la profesora considerase que habían aprendido la
lección.
SteveH10: “¿Sabes qué día es hoy?”
OwlGirl09: “¿Navidad?”
SteveH10: “Mi madre me ha devuelto las llaves del carro, pasaré por ti.”
OwlGirl09: “Ni te molestes, mi tía me tiene castigada.”
SteveH10: “Hablaré con ella.”
OwlGirl09: “No es que me interese. Pero, suerte con eso…”
Arrojó el móvil sobre la cama, concentrándose nuevamente en doblar las piezas. Así
llevaba los días, realizando los quehaceres, escuchando música, sobreviviendo del
recuerdo de Brand. Sintiendo como algo en su pecho, una especie de rasquiña se iba
convirtiendo en un pequeño agujero. Que cada día iba aumentando.
Ya habían pasado tres meses. Ya debía estar aquí.
En cualquier apartamento de la ciudad.
Había esperado lo mucho.
¿Por qué rendirse cuando faltaba lo poco?
¡Cuán equivocada estaba!
— ¿Em? —Jane se paró en el umbral de la puerta.
112
Levantó la vista un tanto perdida y grogui.
— Mau está aquí.
— Pasa—musitó volviendo a su labor.
— ¡Que sorpresa! —Gritó la chica
— Si, en verdad es una sorpresa que esté aquí en mi habitación—Emilia apretó
los labios suavemente.
— Bueno, seré directa y concisa—Mau se acercó a observar de cerca las piezas
de papel—Steve me ha pagado por venir aquí y sacarte.
— ¡¿Qué?! —replicó Em ruborizándose de la cólera—Las amigas no hace eso
Maureen. Tu hermano y yo estamos en guerra, y lo sabes.
— Lo siento, él ya está allá afuera. Además he quedado con Romina e
acompañar a Naty a los últimos arreglos de su fiesta, será dentro de dos
semanas. ¡La mejor fiesta del siglo! Irán todos los chicos de la escuela.
— No me interesa.
— Si te interesa, he hablado con tía y accedió gustosa.
— Los odio a todos—meditó la castaña guardando el cuaderno de donde se
guiaba para elaborar el cisne. —Ustedes también me odian.
— Vamos, nunca sales a fiestas conmigo. ¿Es tan difícil para ti?
— No lo es. Seré “directa y concisa” Naty y Shanna no me caen bien.
— Em…
Ella se encogió de hombros apretando los labios ligeramente.
— Lo siento así.
— Como sea, tú eres mi amiga. Y quiero ir a esa fiesta contigo y Román.
— Como quieras.
Caminaron juntas hasta la sala de estar para encontrarse con la escena que sería la
cereza en el helado amargo de ese día.
Steve Hampton sonriente junto a la tía Clara y un pomposo ramo de rosas, Em sintió
como la sangre subía a su cabeza. Bajando velozmente los escalones de la resbalosa
escala.
— ¡¿Qué demonios haces aquí?! —refunfuñó acercándose a los muebles
principales.
— Steve ha venido a disculparse—contestó su tía sosteniendo el pomposo ramo.
— ¿Quién te has creído? —cuestionó Em, casi corriendo hasta ellos. — ¿Eh?
— Tenemos un trato—le recordó Steve.
— Llévate esa porquería de aquí—gruñó entre dientes. Llevándose la mano
hasta el tabique de la nariz. —Huelen fatal.
— Son flores—rezongó Clara.
— ¡Que se las lleve!
113
— Tú eres una mujer muy rara—espetó Steve extrañado. —Tenemos una cita,
una cita incluye flores.
— Emilia, relájate—Maureen posó su mano sobre el hombro de su amiga. Que
empezaba a temblar de la cólera.
La castaña dio varios respiros conteniendo la rabia, ante la hermosura de aquellas
flores tiernas y mágicas.
— ¡Llévate tus flores! —exclamó dejándose dominar por la ira.
— Son tuyas ahora —Steve rio burlón.
— Emilia, compórtate por favor.
No le valió nada de eso. Simplemente tomó el enorme ramo. Arrebatándoselo a su
tía bruscamente. Olvidándose por un instante que Maureen estaba allí, y de la
posibilidad de ser mandada al otro lado del mundo por su tía.
— ¡Toma! —gritó golpeándole con rudeza. —¡Tus putas flores!
— ¡Emilia! —gritó Clara, al ver como se ensañaba contra Steve.
Golpeándole con el espléndido arreglo floral.
114
—Maureen abría los ojos como platos ante aquella sarta de insultos contra su
hermano— Me atacas, persigues, acosas. ¡Eso es Bull ying!
— ¡Ya basta! —gimió Clara, posicionándose en medio de ambos. Emilia calló
estupefacta. — ¿Te desahogaste? —quiso saber.
Asintió bajando el rostro abochornada. Apenas y podía sentir la exaltación de su
respiración y pulso. La forma en que se mordía e labio y tomaba de manos le dio a
entender a Steve que había rebasado un límite. Luego, recordó los datos encontrados
sobre ella y el incidente con el auto y olvidó cualquier resabio de piedad. De repente
comprendió el porqué de ensañarse contra ella. La fascinación que le causaba esa
mezcla de rebeldía e inocencia le resultaba atrayente acompañada de ese burdo
donde no guardarse ninguna opinión para sí, gritarle al mundo sus verdades.
Esa era una criatura interesante.
115
Capítulo XIII
Loan Violette era una mezcla entre lo atrevido e inocente. Se burlaba de todo y
todos, era predecible y obstinada al tiempo que rayaba en la irritabilidad por las
carcajadas y parloteo. Aun así le agradaba, aunque fuera lo opuesto que esperaba de
una mujer.
Sonrió tranquila y relajada al llegar al claustro universitario.
— Bueno Brad, hemos llegado.
— Es Brand. —corrigió el muchacho dando un vistazo al horario de ese día.
— ¿No es lo mismo? —inquirió ella sonriente.
— No lo es. Una “N” hace una enorme diferencia.
— Es lo mismo.
— No lo es, ¿Acaso te gustaría que cambiara la “O” por “I” y te llamara “Lian”?
lo vez. Allí radica una enorme diferencia.
— Suena horrible—meditó— Pequeños detalles —musitó la chica para sí
misma—Eres algo sensible ¿Eh?
Brand rió divertido, eso le tomaba por sorpresa.
— Si claro, gracias por el aventón. —fue lo último que dijo antes de bajar del
auto.
Loan se carcajeó bajito tomando la ruta devuelta a su casa, para luego ir a terminar
su trabajo como “reparte volantes”
Hacía años que no vivía con su madre, incluso poco sabía de ella desde el divorcio
de sus padres. Algunas veces mantenía contacto con su hermano mayor —Cuando
este no andaba metido en líos callejeros—, Estudiaba trabajo social y tenía tres
trabajos al tiempo. Era una soñadora, amaba el arte en todas sus expresiones y era
una fiel defensora de los derechos de los animales. Podías verla cualquier día en una
protesta en pro del cuidado de estos. Amante de los Beatles y de las relaciones
pacíficas, había amado una vez y le habían roto el corazón de la forma más común.
Hombres infieles atravesándose en la vida de chicas buenas.
No estaba desesperada por amar de nuevo, quería poder viajar y conocer el mundo.
Quería vivir como lo hacían los bohemios y soñadores. Ahora solo andaba de allí
para allá en su hermoso sedán rojo, organizando los trabajos escolares y terminando
asuntos laborales. A prisa como siempre, porque el tiempo se le escapaba como agua
entre las manos.
116
Emilia acomodó su blusa caminando hasta el hermoso auto de Steve en la acera.
Algún día sería capaz de cobrarse todo por lo que la hacían pasar en esos momentos.
Algún día podría patearle el trasero con gusto, sin miedo a ser enviada a otro lugar.
Por ahora solo resignación.
«Respira» se recordó a sí misma.
Dio varios pasos más, hasta encontrarse con la sonrisa malévola y cómica de Steve.
—Ya te he dicho que no es una cita —musitó subiendo al auto sin mirarle a la cara.
—Eres una mala perdedora. —encendió el auto. Mirando de reojo la forma en que
su cabello caía sin cuidado alguno sobre los hombros descubiertos gracias al camisa
suelta y tirantes delgados. —debes aprender a admitir algunas derrotas.
Ella rió sarcásticamente.
—A ti deberían enseñarte que delante una chica no se fanfarronea —le miró con
aquellos ojos ardientes como brasas. —no demuestres el hambre.
—No fanfarroneo —sonrió amenamente con la vista fija en la carretera. —Alardeo
con justa razón. De lo que me he ganado. —volvió a mirarle.
—¿Puedes por favor colocar los ojos en la vía?
Steve enarcó una ceja divertido.
—¡Que mires al frente! —Le exigió —estúpido.
—Deja de estar dándome tantas órdenes. —se quejó.
—¡Perdón! —rezongó la chica con cierto tono satírico. —Quiero evitar un
accidente.
—Eres muy gritona ¿No te lo han dicho?
—Y tu un idiota que no respeta las normas de tránsito.
Él miró al frente nuevamente.
—Creo que cometí un gran error —musitó para sí mismo.
—¿Qué? —inquirió ella agudizando la vista.
—Que estás loca. Eres un peligro suelto por allí.
—Sí, Claro —se encogió de hombros con la vista fija en la carretera al igual que él
—yo soy la que no se concentra en la puta carretera. —él volvió a mirarla,
117
consciente de cuanto fastidio causaba en ella esa actitud. —¡Maldita sea! ¡Que
pongas la vista donde debes!
—¡Deja de gritar por todo! —exclamó él divertido ante su actitud. —Pareces una
desquiciada.
—¡¿Ah?! ¿Es esa tu forma de tratar a una chica en una cita? Primero loca, ahora
desquiciada.
—Es lo mismo.
—Vaya, caballero. —rio llena de rabia e ironía. Él sí que lograba sacar una versión
femenina de Hulk de su interior. Comprendió a su padre por unos segundos.
—Tú dijiste que no era una cita. —le recordó.
—Detén el auto. —exigió Emilia fríamente.
—No.
—Me lanzo.
—Morirás.
—Te quedas sin cita —le retó.
—¿Estás acostumbrada a esto? “No es una cita” —volvió a recordarle.
Observándola tirar de la manecilla de la portezuela. Era imposible, los seguros eran
automáticos. —haces un berrinche y el mundo huye despavorido.
Emilia le fulminó con la mirada.
—¡Mira quién habla! Tú imbécil que te aprovechaste para obtener una jodida cita
que por ti solo jamás conseguirías. Y yo hago berrinches —se carcajeó. Steve volvió
a posar los ojos sobre ella. —¡Que mires al frente!
—¡Deja de estar diciéndome que hacer!
—¡Deja de intentar matarnos! —gritó.
—¡Estás loca! —Exclamó el joven burlonamente— ¡Debería llevarte a un sanatorio
ahora mismo!
—Imbécil retardado —gruñó la chica entre dientes. —que pares el puto auto.
—Vamos loquita, ya casi llego —rio descaradamente —avisaré a tu tía, estoy seguro
de que me lo agradecerá. La pobre estará que tira la toalla. ¡Imagínate! ¡Semejante
loca en el mismo techo! ¡Qué miedo! —de repente sintió todo el peso de la furia
Nolán descargándose sobre su hombro derecho. Lo había golpeado.
118
—Arg —gruñó adolorido. Ella volvió a golpearle, Logró maniobrar el volante con
una sola mano para detener la cólera y berrinche de la castaña. —¡Detente! ¿Piensas
matarnos? ¿Eh?
Ella se detuvo.
—Estas locas de hoy… —Emilia levantó bruscamente la mano golpeándole en la
nariz. El auto tembló, el semáforo cambió dando paso a los vehículos de enfrente
que lo esperaba desde segundos antes. Steve intentó retomar el control del vehículo
con su mano diestra al instante en que un hilillo de sangre manaba de sus fosas
nasales. —¡Emilia! —chilló cuando se vio apurado e incapaz de detener el auto, que
accidentalmente colisionó con la parte trasera de un Sedan rojo modelo 98.
Se quedaron inmóviles, esperando la reacción del conductor afectado. Él buscó
rápidamente algo para limpiar su nariz, luego se dispuso a bajar del vehículo a
asumir las culpas y costos del accidente provocado por su “cita”
Los tenis rosas y pantalón lleno de grietas —rotos, rasgones y todo lo demás—se
bajaron del auto, la chica parecía en shock, era un lugar poco transitable, era ilógico
y un tanto loco haber sido chocada allí, donde podía sentirse más segura. Se acercó
con cautela a verificar los daños en la parte trasera del auto. En efecto, los
intermitentes y direccionales estaban destrozados.
— Lo siento—dijo Steve—¿Está bien?
Ella asintió, posando la mirada en la joven que momentáneamente bajaba del
vehículo culpable de los daños en el suyo.
— ¿Ustedes? ¿están bien?
El joven rubio y elegante asintió sonriendo amenamente.
— ¿Son muy graves los daños?
— Las luces trasera—musitó la chica, con tono cordial y suave al tiempo que
revisaba las mínimas magulladuras. —Unos trescientos dólares.
Steve sonrió mordiéndose los labios para contener una carcajada. La “cita” le
costaría a Emilia esos trescientos dólares.
119
— ¿Vez lo que has hecho? —Steve miró a Emilia que solo observaba la escena
en silencio. —Eres un peligro.
Ella dio un bufido, luego subió al auto de nuevo.
Sin duda, para Loan esa chica se le hacía muy parecida a alguien más, aunque no
podía recordar con exactitud a quien.
— Será mejor irnos de aquí—musitó el joven subiendo al vehículo—ya me has
hecho perder mucho dinero esta tarde.
— Tú te lo haz buscado. —replicó la chica acomodando el cinturón de
seguridad. —Como todo.
— ¡Ja! —bufó Steve—eso no cambia el hecho de que hoy, eres mi cita.
— ¿En serio? —Emilia le miró emocionada—¡No me digas! ¡Dios mío! Voy en
el mismo auto que Steve Hampton, tendré que fotografiarnos juntos para que
todo el mundo me crea cuando lo pregone por allí.
Steve soltó una carcajada, esta vez de diversión.
120
Ella asintió silenciosa y con rostro duro.
El chico torció el gesto, dejando escapar una risita burlona.
— Te tengo en mis manos.
— Claro que no—replicó Emilia.
— Para que veas que no soy un maldito. Como me ha gritado desde que nos
conocimos, prometo guardar el secreto.
— Más te vale.
— Eh—le acalló, tomándole repentinamente del brazo. —No tan rápido. Todos,
escucha, todos tenemos un precio para el silencio.
— Ya iba sospechando yo—musitó entre dientes la chica, soltándose de sus
brazos a prensores—¿Qué quieres?
— No voy a decir nada. Porque Clara me cae bien.
— ¿Qué tiene que ver ella en esto?
— A ver—musitó Steve tomándole de la mano de forma seductora—Primero,
son unas mentirosas. Dijiste que habías sido educada en casa y lo que vi en el
periódico de este pueblo no concuerda en nada, por lo que deduje que tú y
ella falsificaron los papeles para tu ingreso a mi escuela. Luego, me tomé la
libertad de investigar más y resulta que tienes un proceso legal, que no ha
explotado porque eres menor de edad. Entonces, deduzco que ella estaría
metida en líos si esto se sabe.
Emilia se guardó miles de reproches e insultos. Mordiéndose los labios indignada.
— Entonces, ¿Por qué traerme aquí? ¿Por qué todo el melodrama de la cita?
— Seré sincero, primeramente quería salir contigo. —suspiró—Por el simple
hecho de que eres algo indomable y me atraen las cosas difíciles, lo bueno es
que termino consiguiendo lo que quiero.
— Steve, por favor. Basta de rodeos.
— Así me gusta—musió él —No me has insultado durante treinta minutos.
— Estoy por romper ese record—Volvió a soltar su mano—Habla por favor.
— Serás mi chica.
— No puedo—cortó ella tajante y sin miedo alguno—Tengo novio.
— Mientes.
— Se llama Brand, y te pateará el trasero si intentas acercarte.
— Yo no haré nada con él. Además es para proteger a tu tía, no puedes ser tan
egoísta. Por favor—resopló el chico tomándole a la fuerza.
— Acércate un poco más y te dejo sin nariz.
Él se apartó bruscamente, esa tenia fuerza en la dentadura. No podía darle margen de
debilidad.
— Ok. ¿Le conozco?
121
— No.
— ¿Vive aquí?
— Sí.
— Bueno, asumiré esas dos respuestas como falsas. Puesto que tú eres una
mentirosa.
— Cree, lo que quieras creer—Emilia caminó de regreso al auto—Y creo que si
no hay cita ni nada deberíamos regresar a casa.
— ¿En serio esperabas una cena romántica? —inquirió Steve sonriendo
divertido, se veía tan infantil.
— ¿En verdad creías que era una niña tonta?
La sonrisa se borró del rostro del chico, dando paso a una expresión maléfica y
controladora.
— ¿Entonces? ¿Cómo quedamos?
— ¿Cómo así?
— Somos una pareja ahora.
— Espera, espera, ¿De qué me perdí? —Emilia entreabrió los labios exasperada
e turbada.
— Eso harás para salvar la integridad de tu tía.
— Estás loco.
— No—Steve le bloqueó el paso para entrar al auto. —No lo estoy. Y tú serás la
chica buena que ha sucumbido ante mis encantos.
— Eso es chantaje. Y ya te he dicho que tengo novio.
— ¿Es invisible? ¿Por qué te he observado de cerca estos tres meses y nada?
— ¿Me espías? —su tono fue más de sorpresa que de rabia.
— No.
— Acabas de decirlo—dijo ella apartándole suavemente.
— Lo siento, princesa.
Ella se mordió la lengua para no insultarle. Debía cuidar la integridad de su tía.
Debía protegerle de las habladurías que se armarían en torno a ella. Eran tantas
cosas, y a la vez un solo problema con nombre y apellido.
— Acepto—musitó temerosa—solo para demostrarte que hay cosas en esta vida
que no puedes tener.
— Te equivocas, ya te tengo.
Emilia sonrió irónicamente.
— Jamás.
— ¿Quieres que te lo pruebe?
— No puedes tenerme, soy una indomable tú mismo lo has dicho.
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Se acercó suavemente, inclinando la cabeza hasta la altura de su rostro. Estaba
atrapada entre su cuerpo y el auto. Ella solo empujó suavemente, eso era una
cobardía, chantajearla, intentar propasarse…
—¿Qué puedo decir? Las salvajes son mi punto débil.
—Cuidado cazador. Algunos tiros salen por la culata.
—Cariño, no uso escopetas. Tengo un par de ojos muy hermosos, que pueden
mirar…—rió mordiéndose los labios de forma encantadora. — ¿te sonrojas? Vaya,
creo que he disparado.
—¡Cobarde! —gimió bajito. Él aprenso su cuerpo fuerte contra el suyo, reduciendo
la distancia drásticamente.
—Algunas cosas están fuera de tu alcance. —musitó maliciosamente. —son…
¿Cómo es que dicen? ¡Prohibidas! ¿Sabes por qué? —Rió —no, claro que no sabes.
No tienes respeto por la naturaleza, algunas especies están fuera de tu alcance
porque están en peligros de extinción. —se carcajeó empujándole con fuerza.
Disimulando la tensión en sus músculos —. Que cazador tan mediocre.
123
Capítulo XIV
124
Ahora, si se lamentaba de ello. Habían pasado varios días desde que él descubrió su
oscuro secreto y había quedado relegada a obedecer sus órdenes y caprichos que
iban desde quedarse a escuchar cualquier babosada entre él y Anthony y soportar sin
decir absolutamente nada de sus comentarios fuera de lugar en clase de literatura.
Los sollozos hacia Brand eran más concurrentes, ¿Cuándo aparecería? Cuando
podría verle y decirle todo lo que calló durante aquel año desperdiciado.
Brand por su lado trabajaba duro, estudiaba y gastaba sus noches fumando al aire
libre, disfrutando de la loca compañía de Loan, que momentáneamente le hacía
olvidar el motivo de su estadía en New York. Extrañaba las tardes de partidas de
Halo con Josh, las salidas a tomar café o algo con Jess. Y sin duda alguna la locura y
rareza de Emilia.
—Te has quedado callado—musitó Loan, tomando otro sorbo de su café.
Brand dejó su taza de cappuccino sobre la diminuta mesa de estudio, cuidando de no
manchar los apuntes de la lectura que se vio interrumpida cuando su vecina apareció
de repente ofreciéndole café.
—Memorias escolares—dijo sonriendo nostálgico.
—¿Eres de Alphaville, Cierto? —preguntó Loan caminando hasta el escritorio.
—Sí.
—¿Extrañas a tus amigos?
—Hoy más que nunca.
La chica observó su figura torneada y el rostro de mentón cuadrado, la piel tersa y
parda contrastando de maravilla con el verde extraño de sus ojos, algo parecido a las
aceitunas.
Él sonrió observando las aves de papel sobre su libro de diseño, tenía que terminar
varios talleres, Loan le distraía. Pero no quería que se fuera, lo cual era sumamente
extraño, le agradaba oír sus historias, como maldecía a su hermano por ser un
irresponsable que solo aparecía cuando necesitaba dinero y al extraño que había
arruinado los focos traseros de su auto.
— ¿Pagó por los daños?
— Sí. —Loan rió divertida—Pensé que sacaría el cuerpo, pero necesitaba
deshacerme de mi, parecía discutir con su acompañante.
— No se te escapa nada, ¿Eh? —rió acomodándose en la mesa de estudios.
— Nada.
Loan se acomodó a su lado. Echando una hojeada a sus apuntes.
125
— ¿Ya tienes compañeros de fiar? —preguntó con la vista fija en todas las
anotaciones del chico.
— Un par de chicos—musitó él retomando la concentración—
— Bueno—Loan se levantó disponiéndose a salir—He quedado con un par de
amigos en salir el sábado. ¿Quieres venir con nosotros? Te serviría un tour
por New York. —rió—Me ofrezco. Es gratis—le guiñó un ojo juguetona.
Brand rió bajito, asintiendo con calma.
— Creo que me servirá. —frunció el ceño—Si Katty no me llama ese día para
trabajar, iré contigo.
— Bien. —la chica caminó lentamente hasta el vestíbulo sonriendo como
despedida. —Espero que puedas. Tienes que darte a conocer —se carcajeó—
nos vemos “CowBoy”
— Genie—le corrigió desganado. Solo escuchando una risotada más en el
pasillo.
Se fue. Llevándose esos segundos de energía y alegría desbordante.
Luego el silencio en su habitación. Luego el recuerdo de una sonrisa, la peculiar
forma de gritar, luego el rostro de…
— ¡Emilia! —gritó Maureen acercándose emocionada—¡Mis Blinca acaba de
contarme! —la emoción era evidente en el rostro de la pelinegra. Le tomó
efusivamente del brazo encaminándose hacía la cafetería. —¡Te presentarás
con Steve!
— A mí no excita tanto—musitó la castaña dejándose conducir por la enérgica
Maureen. Se detuvo, en cuanto notó la presencia de Steve junto con Alexa
Hamilton y Courtney. —Practicaremos hoy. Él quiere un solo de su
instrumento o algo así.
Maureen sonrió grandemente.
— ¿Qué pasa?—se dio vuelta observando a las dos chicas, coqueteando con su
hermano. —Ah, ¿No has visto a Román?
— No. —las miradas se cruzaron trayendo un halito de incomodidad al
ambiente. —Mau…
— Dime —la chica envió un mensaje a Román para localizarle.
— Necesito contarte algo—musitó gravemente. Dispuesta a descargar las
frustraciones que ese secreto que había considerado como inocente y sin
importancia hasta el momento en que Steve lo descubrió e hizo uso de los
chantajes a los que este se prestaba. —Cuando te encuentres con Román me
buscas. Estaré en la biblioteca. —fingió una sonrisa. Ahora que lo pensaba
bien, ya no se sentía muy fuerte para seguir sobrellevando la distancia con
Brand.
126
Un vago sentimiento de desolación le acechó de camino al edificio donde se
refugiaría hasta sentir que podía volver a respirar, había estado echándole de menos,
siempre. Pero ese día su recuerdo no era solo una rasquiñita, era un dolo palpitante.
La presión de sentirse descubierta ayudaba a perder la calma ante la ausencia que
parecía no terminar nunca.
Y si él fallaba, y si esta separación era definitiva.
Y ella había sido la causante de ello.
«Él puede encontrarme. Lo sé, lo creo. Tiene que ser así» se repetía con firmeza
entre las infinidades de libros.
«Hazlo rápido» musitó «Maldita sea, maldita sea, estar lejos de casa sería mejor si
hubiera alguien a quien decirle todo. A quien hacerle saber que no soy yo cuando
creen que lo soy, que me he convertido en la payasa más patética de esta absurdo
circo, y encima no sé más que hacer. Joder, sé que ni siquiera sabrás que te estoy
hablando. Y me llamaría loca si me vieras aquí hablándole a los libros, pero ellos me
hacen recordarte. Brand, Genie, te extraño. Te extraño. Joder, te extraño. Te extraño
tanto. Me moriría de felicidad de tan solo oír tu risa burlona si me vieses aquí de esta
forma meditando sola, y es que estoy rodeada de gentes que dicen ser felices, y a la
vez siento que son una manada de hipócritas. Mentí, he mentido durante los últimos
ocho años. He mentido desde hace cuatro meses, las cosas si me importan. La vida
me está doliendo. Mucho más ahora...Extraño a mamá, extraño a papá te extraño a
ti. Me seco cada noche de tanto llorarte, no sé si ha sido la distancia, tal vez me ha
ayudado a ablandar mis corazas de hierro. Pero lo admito, sollozo por ti cada noche.
Entonces llega este momento en que quiero mandarlos a todos al demonio, y
después me mando a mí misma. Porque soy una estúpida, que ahora le da miedo
mostrarse tal y como es. Te necesito…, y es tonto lo que diré… pero te amo, y es
idiota porque no me estás escuchando. Es duro ¿Sabías? Es difícil…,»
— Hablarle a los objetos inanimados es un grado superior de locura. —musitó
Steve a su oído.
— Hoy no—suspiró ella sin ánimo—Por favor.
— Aw—Steve rió— ¿Estás triste? —preguntó acariciándole con expresión
seductora el cuello.—¿Lloras? —inquirió sumamente extrañado, muy a su
sorpresa. Torció el gesto, dejando ver una mezquina expresión de
comprensión.
— No me siento bien—Emilia respiró un tanto frustrada, alejándose sin ánimo
de pelear. —Por primera vez en tu vida compadécete de alguien.
Caminó hasta las mesas de estudio. Deseando no ser provocada, esta vez se olvidaría
de todo.
— ¿Qué haremos para la presentación?
127
— Quedamos en que tocarías tu instrumento.
— Sí. Pero, ¿Y Tú? ¿Qué harás?
— Observarte en silencio.
Steve sonrió suavemente. Así silenciosa y sumisa se veía más hermosa.
— Creo que no funciona así.
— Yo no canto, no sé, no puedo y no voy hacerlo. Punto.
— No necesitas ser cantante. —insistió Steve amable, lo cual era muy extraño.
— Que no canto. Ya dije y punto. —volvió a repetir recia y decidida.
Él se carcajeó divertido.
128
Ella sonrió acomodando un mechón de su cabello tras su oreja, se dio vuelta
alejándose suavemente. Mientras un Steve sonriente le observaba embelesado.
Y eso no estaba bien. No lo estaba.
— Bueno, ¿Qué ocurre? —Mau sonrió cediéndole un lugar en la banca del
pasillo.
— Somos amigas ¿Cierto? —la voz de Em, era suave con resabios de nervios, lo
que notó Maureen de inmediato. —Las amigas no tienen secretos, y tú has
sido muy abierta conmigo, con todo lo de Román y tus cosas. —calló
aclarándose la voz un poco quebrada—Y no quiero tener secretos, necesito a
alguien que pueda entender esto que siento aquí. Pero me he vuelto una
cobardica, y tengo miedo que después de esto te asustes y me juzgues.
— ¿De qué se trata? —inquirió Mau, extrañada—Yo jamás te juzgarías. Confía
en mí.
— No fui educada en casa—Musito Emilia—Fui a una escuela pública. Y fui
expulsada. Por arruinar un auto.
— ¿Cómo?
— Fue una locura, hace cuatro meses no era esta que vez aquí. Estaba medio
loca, y perdí el control ese día.
— ¿En serio? —Maureen parecía más divertida que aterrorizada. —¿Por qué?
¿Qué te hicieron?
— El tipo era un idiota.
— Un momento… —meditó la pelinegra soltando una carcajada—¿Por qué no
le has hecho eso a mi hermano? Te ha hecho miles de maldades y tú nada…
— No puedo—replicó sintiendo como el peso de los secretos se iba con el
viento—ganas no me han faltado y lo sabes.
Mau divisó al final del pasillo la silueta de su hermano junto a Anthony.
— Allí viene—anunció con una sonrisa burlona. —Te llamaré esta noche y
terminaras de contarme todo. ¿De acuerdo? No voy a juzgarte, no soy esa
clase de personas, de hecho tú me pareces un espécimen muy interesante y
sería todo un genuino placer conocer tu pasado relatado con tus propias
palabras.
Em sonrió tranquilizada por la actitud fresca y jovial que estaba tomando Maureen.
— Oh, tengo que irme. Hay que practicar lo del sábado.
— A propósito… te espero en la fiesta.
Em sonrió asintiendo.
— Solo si va Román y su hermano ¿Eh? Me hace gracia su acento.
129
Maureen se carcajeó.
130
Steve soltó una suave carcajada.
♫ ♬♪♩I’vebeenalone
Withyouinsidemymind
And in my dreams, I’ve kissed your lips
A thousand time
I sometimes see you pass
Outsider my door
131
Hello
I loveyou ♫ ♬♪♩
— Nada mal —comentó Steve deteniendo sus dedos sobre el piano—Vamos con
la segunda parte.
— Bien.
♫ ♬♪♩ Hello
I’ve just got to let you know
132
Cause I wonder where you are
And I wonder what you do I wonder what you do
Are you somewhere feeling lonely
Or is someone living you
Tell me how to win your heart
For I haven’t got a clue
But let me start by saying
I loveyou ♫ ♬♪♩
Ella calló sintiendo su corazón detenerse en cada letra, cada palabra entonada
revivía el sentimiento de desolación que le había acompañado desde el amanecer.
Escuchó a Steve culminar diestramente los últimos coros de la canción.
No pudo más. Porque ya no había reservas de dureza para echar mano. Una lágrima
se escapó silenciosa, corriendo por sus mejillas.
«¡Hola! » Pensó en silencio, imaginando lo maravilloso que sería volver a decirle
eso.
« Brand» Musitó en silencio
«Simplemente tengo que dejarte saber esto…
Porque me pregunto… ¿Dónde estás?
Y me pregunto ¿qué haces? ¿Estás en alguna parte
sintiéndote solitario?
¿O hay alguien amándote?»
Levantó rápidamente la mano para secar las evidencias de su debilidad, Steve no lo
advirtió hasta que culminó la última nota en el piano. Cuando levantó el rostro y se
dio cuenta de la expresión lívida de Em y su cara bañada en llanto.
Ella tomó un suave respiro, sintiéndose descubierta, esperando un amargo
comentario.
No tuvo corazón , extrañamente no tuvo corazón parahacer una broma con respecto
a eso. Solo se limitó a secar algunas de las gotas que bañaban sus mejillas,
acercandose más de lo necesario. Invadiendo su espacio vital. Ella suspiró en
silencio, conteniendo los [Link] recuerdo de Brand dolía más de lo que se habia
imaginado. Steve estiró su mano acariciando su mejilla silencioso, sintiendose
extraño y conmovido por el llanto silencioso de aquella gritona impulsiva y de mal
caracter. Quiso preguntarle el porqué de su llanto tácito y sosegado, quiso saber que
133
podía hacer para callarle. Porque allí en el silencio de ese auditorío sentía que su
corazón no era del todo malvado como había estado fingiendo desde hacía cuatro
años, verla llorar despues de que ella había sido la única con el carácter suficiente
para amenazarle, gritarle y golpearle le recordó que ante todo era una dama, que
extrañamente le provocaba darle un abrazo y susurrar aquellas palabras
inpronunciables “Todo estará bien” ¿Cómo podía decirle eso? Cuando no sabía que
estaba mal.
Emilia retiró su mano con delicadeza, dejando sobre la superficie del piano las
partituras y letras. Disponiendose a abandonar el lugar.
—Gracias por no preguntar porqué—dijo entre lágrimas— de veras aprecio
tu discrecion.
—Em… —musitó él, aun anonadado. Ahora más.
¿Desde cuando le llamaba “Em”?
—Quisiera quedarme y culminar este ensayo—los sollozos se hicieron más
fuertes, se estaba saliendo de control—Simplemente… no puedo.
Solo le vió alejarse entre sollozos dificiles de contener y excusas poco entendibles.
Y sin saber porqué un impulso de ir tras ella y decirle que todo iba a estar bien.
Aunque no supiera que le ocurria. Entonces ahora era él quien debia preguntarse y
autocuestionarse. ¿Qué demonios le ocurria?
134
Capítulo XV
— Que si mamá—musitó organizando las propinas recibidas en su billetera—
Que he comido bien, no me he trasnochado. Por favor, deja de estar pensando
que voy a morirme acá. Si me haces falta, pues porque llego muy cansado y
no tengo cabeza para llamarles. Lo sé, prometo hacerlo. Deja de preocuparte
¿Vale? —rió en silencio antes de colgar.
Su madre era una paranoica. Madres.
— Así que no es una leyenda o mito—musitó Loan, sentándose en la barra
donde él limpiaba con esmero—Aún hay madres Sico obsesivas con el
bienestar de los bebes que están muy lejos de casa.
— Por favor, solo son tres horas de camino.
Ella rió encantadora, tomando el periódico sobre la mesa.
— Eso es tan tierno—musitó con voz queda—Tú, el galán pueblerino dando
explicaciones de todo lo que haces. Obedeciendo a tu madre. —hizo una
mueca simulando tomar expresión varonil—“Claro mamá, me he tomado
toda la sopa. Sí, mi tía me ayudará con la ropa limpia…”
Se carcajeó suavemente.
— No es gracioso—se quejó Brand risueño, el sol del día anterior había dejado
sus mejillas más bronceadas que de costumbre.
— Lo es—Loan soltó una ligera risita. —Es un cliché. Solo trato de ser amable,
no seas llorón.
Brand dejó inconscientemente la billetera sobre la mesa, a lo que Loan notó de
inmediato. Él caminó hasta los mesones de preparación acudiendo al dulce llamado
de su tía. Dándole espacio a la joven para curiosear entre sus documentos.
«Brand Louis James» sonrió llena de un extraño sentimiento maternal «18 añitos»
No es que fuera demasiado menor que ella, le llevaba dos años de diferencia. Y a
decir verdad, el parecía un bebé entre la vida hilarante y concurrida de New York.
Una foto al lado de una morena igual que él y sus padres. Como el hijo mayor y
valiente que abordaría el tren más importante de su vida. Una tarjeta de crédito,
varios recibos y una diminuta fotografía; él entre una rubia alta y escuálida, luego
estaba ella. La misma chica que acompañaba al tonto que la chocó unos pocos días
atrás. ¡Lo sabía! ¡Sabía que la había visto en algún lugar! Ahora podía recordarlo
claramente.
— Eso es de mal gusto—dijo Brand con rostro recio y sombrío.
— Lo siento—musitó la chica, ruborizada dejando la billetera en su lugar.
135
Él se carcajeó.
136
Se levantó casi a rastras, inexplicablemente ese día era una mar de recuerdos que no
solo la llenaban de nostalgia, si no que le herían con la daga de la distancia.
Abrió empapada en el llanto que había sido imposible de detener desde aquella
canción en la callada compañía de Steve. No dijo nada, no pensó. Solo se arrojó
sobre Maureen, dispuesta a vomitar toda la jauría de sensaciones y miedos que poco
a poco empezaba a enloquecerla.
— No puedo más—dijo entre llantos—no puedo más.
— Steve me dijo que… —susurró Maureen abrazándole con fuerza. —No creí
que fuera cierto. Pero…¿Qué ocurre?
Emilia se deshizo de su abrazo cuidadosamente. Secándose el millar de lágrimas con
el dorso de su mano.
137
hizo. Saber que antes de dormir él tal vez se acuerda de mí, me hace ser
querer ser más fuerte para sobrellevar la jodida distancia.
— Y lo soportarás—musitó Mau, tomándole de la mano como un gesto de
fraternidad sublime y cordial. —Estoy dispuesta a acompañarte. ¿Cómo te
sientes?
Brand rió devastado.
— Adolorido—dijo entre dientes —Duele, no sabes cuánto. Pero, hay algo en el
dolor mismo que te da esperanzas. Te motiva a seguir allí en pie tratando de
cumplir las promesas que no puedes romper.
— Oh—Loan se secó una lágrima tierna y silenciosa, asomándose en la
comisura de sus ojos—Eso es tan tierno. Quisiera ayudarte CowBoy.
El dio un respiro sin ánimo de corregirle. Ya eso era un caso perdido.
— ¿Cómo?
— Bueno, ese día preguntaste por el uniforme. ¿Recuerdas de qué color era la
falda o camisa? Puede ser de gran ayuda.
— Estás loca.
— Sí. Y sabes que es lo mejor, que soy capaz de rastrearle. Así tengamos que
poner un cartel con esta dirección en el edificio más viejo de Manhattan. Te
lo juro. —le guiñó un ojo emocionada— ¿Cuándo la encontremos que le
dirás? Tienes que tener un buen parlamento, así podré decir que presencia
una verdadera historia de amor.
El rió tímidamente susurrando:
— Hola, andaba por allí tratando de encontrarte.
Loan suspiró dramáticamente tomando otro sorbo de su café.
— Eres bastante optimista.—dijo él, temeroso de fallar. —Es difícil.
— ¿Quién dijo que sería fácil? No lo es, pero tampoco es imposible.
— Tú eres como mágica. —musitó Brand riendo.—No lo sé, me haces recordar
a campanita, siempre corriendo de aquí para allá. Y tan caritativa…
A lo que Loan respondió con una enorme risotada.
138
***
— ¡Feliz cumpleaños! —exclamó Axel, abrazando a su hijo en compañía de
Steffy y Maureen. Le entregó el kit de llaves, acompañado de los demás
regalos que había ordenado especialmente para él ese día.
Steve sonrió tímidamente, deshaciendo con delicadeza de aquel abrazo fraternal.
Mientras su madre acomodaba el cuello de su overol, cuyo estampado de la empresa
familiar era tan enorme y llamativo que lo hacía ver más imponente de lo que ya era.
— Bueno—suspiró el cumplimentado. —De verás aprecio cada uno de sus
regalos—besó a su madre en la mejilla con delicadeza—. Pero necesitamos
irnos, la carrera empezará dentro de una hora, y saben que el tráfico es
terrible.
— Estoy de acuerdo con Steve. —musitó Maureen, acariciándole la mejilla. —
Clara ha de haber llegado junto con Emilia.
— Mi bebé—musitó Steffy con los labios pegados a la mejilla libre del
muchacho—Mi bebé de diecinueve años.
La familia Hampton se carcajeó. Emprendiendo la salida hasta el Royce de Axel y
así marcharse hasta la carrera, el señor Hampton no había resistido a la posición
dura y convincente de Steve, había ordenado. En cierta forma eso facilidad de
convencimiento que poseía su hijo por naturaleza propia le enorgullecía. Ahora allí
de camino a aquel Rally no hacía más que observarle momentáneamente, lo guapo y
varonil que se veía en aquel traje de competidor.
Steve sonrió más que satisfecho.
Allí iba a cosechar un triunfo más para el stand en su habitación y sembrando otro
peldaño en su ego. Revisó el móvil checando los miles de mensajes de compañeros
y conocidos. Todos excepto uno. Y a juzgar por la expresión un tanto vacía de su
rostro, el más importante. El bullicio en la pista exclusiva, los locutores animando a
cada corredor de las empresas que patrocinaban el concurso. Hacía que su
adrenalina aumentara, y con ello el fogoso deseo de ganar.
En el preciso momento que se reunió con los técnicos contratados por su padre,
divisó en el rostro de este una expresión de orgullo y pretensión. La arruga en la
comisura del labio e su progenitor le infundió más confianza de la que ya traía.
—Hazme sentir más orgulloso de lo que estoy ahora. —Musitó Axel,
golpeándole suavemente el hombro.
—¿Cuándo he fracasado? —inquirió Steve, levantando una ceja
dramáticamente. Luego soltó una ligera carcajada que iluminó su rostro
marmoleo, las mejillas quemadas del frio y los labios rojizos por la
excitación.
139
—Nunca—respondió su padre, dejando ver el orgullo paterno en cada letra.
Caminaron juntos hasta el taller donde entre gritos y órdenes terminaban los últimos
detalles del auto en el que correría.
Axel saludó a cada uno de sus trabajadores, para posteriormente retirarse al parco
donde debían estar su esposa e hija junto con Clara y la sobrina que había dado
muestras de ser todo un amor en esa clase de eventos sociales.
Steve le vio alejarse con esa expresión de orgullo. Buscando entre las caras cercanas
a los palcos el rostro de Emilia, que últimamente había estado más callada y lejana.
Tanto, que el mismo había dejado de pensar en maldades para fastidiarle, y se
recriminaba eso. Él se había jurado en un pasado no sentir compasión por las
personas que quisieran pasarse de listos, luego está ella y la fragilidad con se movía
últimamente en las instalaciones escolares.
Buscó sus ojos, hallándose con la mirada gacha y taciturna que había mantenido
hasta en el ensayo del día anterior. Quiso saludarle desde la distancia, luego se
arrepintió y conformó con un mensaje reclamando su lugar como “pareja”
recordándole lo que las “novias” hacen cuando el novio cumple años.
SteveH: “¿Mis felicitaciones?”
OwlGirl09: “Felicidades”
SteveH: “Así no se felicita a tu novio…”
Owlgirl09 está desconectada.
Rió en silencio. Debía intentar llevar la fiesta en paz desde ese día.
— ¿Cómo les terminó de ir con el ensayo, preparados? —Mau rió, agitando con
fervor la banderilla donde se hallaba impreso el nombre de su hermano.
— Bien —respondió Em, acomodando su cabello. Tratando de sobrellevar todo
el ruido y agite del lugar. —Creo que estamos listo.
— Mamá me estuvo preguntando por ti—informó Maureen un poco sonrojada—
, quería saber que se traen Steve y tú.
— ¿De qué? —inquirió Em, frunciendo el ceño dramáticamente.
— Cree que salen o algo así.
Emilia guardó silencio posando su atención en la pista, donde se movían rápidos y
acelerados los técnicos. Organizando cada último detalles de los autos.
— También se emocionó cuando le conté que cantarán “Hello” —Mau rió algo
sombría, presa de repentinos recuerdos.
— ¿Qué tiene de especial esa canción? —quiso saber la chica, llena de
curiosidad por el alarde y furor que todos tenían alrededor de esa canción.
140
— ¿Steve no te ha contado?
— No.
— Daniel hizo una presentación, así como la harán ustedes. —Mau rió nerviosa,
sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico e indescriptible— Por estas
mismas fechas, a la señorita Blincar le impactó tanto que al tener la
posibilidad de que Steve accediese a una presentación, no la ha
desaprovechado y le pidió encarecidamente que la interpretase. Fue mágica.
La vez que Dani cantó…—guardó silencio momentáneamente, tomando el
valor para seguir: —Tiene un significado muy especial para mi hermano, fue
con esa canción con la que Daniel le dio sus primeras clases de piano. —
suspiró más nostálgica—Por eso ha estado muy dedicado a las practicas estos
últimos días, si lo vieras ensayando en el piano de casa. No parece él…
Tenía razón. Lo había comprobado esos últimos días, se quedaba callado entre los
ensayos, lo que era algo sumamente raro en él. Em observó en silencio, la forma
taciturna en que Maureen relataba el origen de los amores y afectos por la susodicha
canción.
— Emilia, querida estás muy guapa hoy—Steffy sonrió suavemente.
— Gracias Steffy.
— Supongo que viniste a hacerle porras.
La chica frunció el ceño. Mirando a Maureen de reojo.
— A Steve—culminó Miss Hampton, tomando del brazo a su esposo. Que
sonrió con grandeza.
— Por quien más estaría aquí—intervino Clara, tomándole del brazo.
¡¿Por qué?! ¡¿Por qué todo los temas cuando ella estaba cerca giraban en torno a
Steve?!
— Señora Hampton—saludó Anthony, apareciendo de repente—Señor Axel.
— Joven—saludó el señor Hampton.
— ¿No ibas a estar en la casilla de mando con Steve? —quiso saber Steffy.
— Sí. —Anthony sonrió, posando su mirada en el rostro con mirada ausente de
Emilia. —He venido a buscarte Em.
Ella frunció el entrecejo, sintiendo como se tensaban los músculos de su mandíbula.
— Aceptan acompañantes y Steve me pidió que viniera por ti—informó, su
rostro huraño. Ni siquiera él se creía lo que su amigo había pedido.
Todas las miradas se posaron en la chica, que sabía de antemano que no podía
negarse a nada de lo que imbécil de Hampton dijera.
141
— ¿Puedo ir, Tía?
Clara se carcajeó.
— Sobran las preguntas. Es obvio que puedes, cielo.
Ella asintió. Dando pasos trémulos y dudosos. Anthony ofreció su brazo
amablemente para ayudarle a conducirse entre el gentío, y así llevarle hasta donde
Steve se preparaba para la primera vuelta en la pista. Este sonrió al verle llegar del
brazo de Anthony, como el buena amigo que era, le había cumplido su capricho del
día.
— Hola—musitó acomodando uno de las manijas de conducción.
— Hola—dijo ella, en su mente aún seguían retumbando cada palabra de Mau,
extrañamente no podía ser grosera con él, después de aquella prueba
fehaciente de humanidad.
— Viniste—Steve rió, hizo falta algo muy común en él.
La picardía y petulancia en su sonrisa.
— Sí. —ella vaciló por unos segundos—¿Dónde tengo que estar?
— En la cabina. Junto con Rick.
Se dispuso a retirarse. Mientras que él se debatía entre decir algo más, preguntarle el
motivo de su melancolía o gastarse un comentario mal intencionado. Emilia se
detuvo a mitad de camino, todavía enternecida por la historia detrás de la canción,
retrocedió suavemente hasta donde él acomodaba el cuello de su overol. Besándole
de repente en la mejilla.
— Feliz día—dijo con una media sonrisa entre sus labios. —Suerte.
Él le miró estupefacto. Con cada musculo expresivo congelado, sin saber que
reacción tomar.
— Gracias—musitó entre dientes. Perplejo por aquella acción impulsiva y nunca
esperada.
— Te veré en la meta—Em esbozó una de las sonrisas más forzadas que pudo.
— Será fácil que me distingas—la picardía hizo presencia una vez más en la
sonrisa torcida del muchacho—Estaré en el podio de primer lugar—rió.
— Suerte Steve—fue todo lo que dijo, caminando hasta la cabina.
Todos a sus posiciones, todos a acomodarse. Emilia en la cabina junto a Anthony y
Rick. Steve tomó un respiro colocando el caso sobre si, flexionado las rodillas
apretando el volante. Mirando a Emilia por el retrovisor, recordando a Daniel,
sintiéndose bendecido por cumplir la edad que él no alcanzó.
142
— Te juró que funcionará—Loan acomodó los lienzos sobre la mesa de estudio
del chico. —Solo hay que colocarlos en frente de cada academia de
Manhattan.
— Y son…
— 16 —Confesó ella, torciendo el gesto tímidamente. —Tenemos que trabajar.
Brand tomó su abrigo y encaminó hasta la salida, dejándole organizando cada
detalle. Esperó por ella en la acera del edificio, así ir juntos hasta la cafetería de su
tía, había estado dividido entre las ocupaciones escolares y los turnos allí que por fin
se sentía libre de recibir su primera quincena y salir con los amigos de Loan, que
hablaba de ellos en todo momento. Diana, Noah y Philipa.
Un único varón, al igual que él, en sus días de escuela inocente y juguetona con Jess
y Em.
Cuando Loan le alcanzó ya había decidió a dónde irían primero. Al Central Park. Le
condujo como una madre primeriza, tomándole de la mano para cruzar cada
semáforo en rojo mientras las bocinas de los autos retumbaban en sus oídos,
mientras que ella se carcajeaba de su expresión aterrorizada. Respiraba y seguía su
camino por las maravillosas excentricidades que Loan le mostraba con una
naturalidad mágica, como le veía desde que ella se ofreció a ayudarle en la búsqueda
de su vida.
— No has venido a New York si un Hot dog no te hace daño—se lo entregó,
casi acuñándolo en su boca.
— No me gustan casi—replicó él, retirándole con delicadeza.
— Los chicos están de guasa—Loan observó la hora en su móvil, renegando en
silencio la falta de puntualidad de su “parche”.—En fin, no dejaré que
arruinen nuestro tour, CowBoy. Hoy serás todo un New yorkino.
— Yo no cambio mi natalidad, siempre seré un pueblerino.
— Como sea.
Loan caminó entre los bailarines callejeros y vendedores ambulantes, perdiéndose
entre ellos. Haciendo que él le siguiera como un bebé extranjero, perdido en la gran
ciudad.
— ¡¿Qué te dije?! ¡¿Ah?! —Steve sonrió grandemente, recibiendo con honor la
botella de Champagne.
Steffy y Clara corrieron hasta él para posar en la foto que los reporteros del diarios
deportivos se disponían a tomarle, Axel solo le observaba en silencio, sonriendo ante
las palmadas en el hombro de sus amigos y conocidos. Todos los que sabían de los
logros y talentos de su hijo, reafirmando cuan orgulloso debía estar de los triunfos y
virtudes de este.
143
Mau tomó una fotografía desde su móvil, alentando a su compañero que observaba
todo y todos en silencio. Caminando hasta su hermano y padres.
— ¡A eso llamo yo patear traseros en la pista! —exclamó la chica, llena de
emoción.
— Mau—amonestó su padre con voz pasiva. —Orgulloso, como siempre—besó
a Steve en la frente.
Él cumplimentado se dispuso a descorchar la botella, lanzándola por los aires.
Haciendo que todos a su alrededor se apartaran bruscamente entre risas y quejidos.
— Hay que apresurarnos—Steffy tomó a Steve suavemente del brazo, bajándole
del podio. Saludando a todos con aquel encanto propio de ella. —Las
presentaciones en la escuela empezarán en hora y media.
— ¡Sí! ¡Sí! —Clara agarró a Emilia, trayéndola al centro de atención.
— Esperen —una sonrisa torcida y pícaramente infantil curvó los labios de
Steve. —Una foto con mi novia—dijo mirándole fijamente.
Todos se viraron hasta la expresión reacia e indiferente de Emilia, quien sin quejarse
o proferir insulto se acercó hasta Steve, sonriendo forzosamente. Él le tomó de la
cintura confianzudamente. Em no tuvo más opción que sonreír ante Steffy y Axel
que estupefactos admiraban la revelación de la nueva pareja.
— ¿Tú sabías algo de esto? —preguntó la señora Hampton a Clara, que igual
que ellos no salía de su asombro.
— Estoy tan anonadada como ustedes—sus miradas se posaron en Maureen que
tomaba fotos desde su Móvil.
Ella sonrió encogiéndose de hombros.
144
— No preguntes. Por favor —musitó la chica, limpiando con la vista perdida la
niebla que su aliento dejaba sobre la ventanilla.
— Tengo que hacerlo, porque el desconcierto me agobia.
— Si dijera que nada es que lo parece, y confesara las oscuras intenciones de tu
adorado Steve, ¿Qué reacción tendrías?
Clara frunció el ceño, con la vista fija en la carretera.
— Primero tendría que medir la gravedad de los hechos.
— Es obvio que no me creerías, he de suponer que mi padre te ha advertido la
cantidad de atrocidades que mi ira poco contenible puede provocarme hacer,
pero, lo que está ocurriendo ahora sale de mis alcances y si supieras que para
en verdad llegarías a sorprenderte, es claro que tu sorpresa vendría por el
mero hecho de que de mi parte puedes esperar cualquier cosa. De otras te
seria completamente imposible de creer.
— No me opongo, sobrina —fue lo único que se limitó a decir, la chica
acomodó su cabello. Luego echó un vistazo a su móvil, dejando que un
impertinente e inexplicable rubor cubriera sus mejillas.
SteveH10: “Para ti”
Le guardó inmediatamente. Ese idiota…
— Soy una sobreviviente —dijo la chica, meciéndose cuán niña infantil en un
parque de la zona oeste en New York. —He vivido sola desde los dieciséis.
— ¿Cómo? —Brand tomó otro sorbo de su coca cola, arrojándose sobre el
césped húmedo. —¿Qué pasó con tus padres?
— Se divorciaron cuando tenía diez años, vine acá con Paul a los quince, no
soportaba a mamá —rió sonrojada —No me mires así, no es que fuera una
rebelde sin causa, o algo por el estilo. Es que ella había intercambiado los
papeles, y a decir verdad yo era muy joven para aceptar un rol de madre. —su
tono fue menos viva y más recatado de lo que solía ser. —Es alcohólica. Y no
le importábamos en lo absoluto, Paul decidió huir y no dudó en traerme
consigo. Me había cagado la existencia hiendo de bar en bar y estación en
estación rescatándole. No permitiría que echara a perder el resto de mi vida.
— ¿Y tu padre, no hizo nada por ustedes?
Loan rió desganada.
— Mi padre no tuvo, ni tiene que ver con nosotros. Actualmente me da igual, en
fin soy toda una chica independiente, voy de aquí para allá sin rendir cuentas.
Soy feliz…
— Debes sentirte muy orgullosa de ello —Brand sonrió amenamente,
jugueteando con la tapa del recipiente plástico. —Y es intimidante, no va a
ser cualquiera el que se atreva a meterse contigo.
145
La chica esbozó una sonrisa tristona y amarga.
— No creas, a veces ser como soy no protege de las decepciones.
— Bueno, en ese caso corrijo: él que se atreva a jugar contigo es todo un
estúpido, el más grande de todos.
A lo que ella respondió con una fuerte carcajada, meciéndose con fuerza.
— Me hace sentir halagada, viniendo de ti que pareces ser todo un galán rompe
corazones. Dime, ¿Cuántos has roto?
— Es un dato que no puedo revelarte.
— ¿Por qué? —replicó ella, surcando las cejas de forma infantil.
— Porque es un código que los galanes no podemos romper.
— Oh, vamos —insistió—Esa perorata la usas cuando hay una conquista cerca.
Yo puedo guardar el secreto.
— No hago excepciones, así que ni siquiera lo intentes.
— Tonterías.
El telón se cerró acompañado de una jauría de aplausos emocionados por la hermosa
presentación de aquellas niñas, cuya edad meramente sobrepasaba los cinco años.
Los padres de Steve y la tía Clara lograron alcanzar uno de los asientos delanteros,
esperando la función de la sobrina e Hijo.
Ella acomodó el cable casi invisible que enrollado a su cintura conectaba el
micrófono con el audífono casi invisible. Enderezó la costura de La blusa.
Respirando con tranquilidad, al fin y al cabo ya estaba allí.
Mau y los demás chicos abandonaron el lugar dejándole a solas con Steve. El
público esperaba en silencio, expectante. Mientras que ella moría tras bastidores,
Steve no pronunció palabra alguna, cuando el presentador anunció la hora final le
cedió el paso, haciéndole aparecer de primera en el vasto escenario. Su mente quedó
en blanco por unos contados segundos, increíble era que la Em refunfuñona y
grosera se dejara acobardar por una atestada audiencia, ávida de emoción. Volvió a
respirar cuando su compañero le tomó del brazo conduciéndola directamente hasta
el banco del piano. Entre los silbidos y aplausos del público. Se divisó a si mismo
con cuatro años menos entre la multitud, flaco y patoso. Feliz e inocente, se dio
vuelta momentáneamente, observó a su compañera de dueto respirar con dificultad.
Lo que hizo en él los mismos sentimientos del ensayo.
— Aquí vamos —musitó al sentir el silencio por parte de los espectadores.
Sus dedos se deslizaron por las teclas ebúrneas del piano reviviendo la magia y
encanto de aquella tarde, cuando Emilia extrañamente lloraba en silencio.
Observándole cantar casi en susurros, nerviosa y al tiempo fascinada. Sonrió por
146
reflejo, retirando la mirada para lograr concentrarse en la parte de la canción que
necesitaba de su sola interpretación.
“Tell me how win your heart”
Deslizó sus dedos una última vez sobre el piano. Dando por terminada su diestra
ejecución, los aplausos no se hicieron esperar, tomó a Emilia de la mano, sin recelo
o aprensión. Haciendo una venía a los espectadores, como agradecimiento. Después
de las felicitaciones de las maestras y sus empalagosos abrazos, buscó la forma de
quedar a solas con ella. No pudo lograrlo si no hasta el momento que en ella se
disponía a marcharse. Alcanzándole casi corriendo, y ella inexplicablemente le
esperó antes de abordar. Con rostro sereno y ausencia de aquella mirada adusta.
147
Capítulo XVI
Loan subió hasta la superficie dejando a Brand atrás a una distancia considerable.
Ella se detuvo frente uno de los teatros más viejos donde las luces parpadeantes del
letrero principal dejaba leer: «West Side Story»
El moreno le alcanzó casi jadeando. Ella se rió de su poca resistencia física, luego le
indicó que estaba en el lugar donde todo cantante y actor consagrado al teatro
soñaba estar.
Broadway.
Él observó pasmado la magnificencia de los teatros y carteles anunciando alguna
obra en función.
148
inconscientemente al brazo de Brand que silencioso comprendía el temor de su
compañera, aquellos tipos no daban buena impresión.
La música rápida y a altos decibles, le impactó de forma que notó de inmediato que
esa no era una simple fiesta. Esa podía considerarse la fiesta del año. Los rostros
eran conocidos, algunos compañeros de curso otros en clases distintas. Las chicas
con indumentaria demasiado provocativas, incluso las menores, con tacones de
altura desmesurada. Con alcohol y cigarrillos, como si eso las hiciera más maduras.
La decoración que iba desde muebles de terciopelo, mesas llenas de botellas. Divisó
a algunos compañeros de Steve en el fono del salón junto los muebles de seda
blanca, que habían sido decorados con la intención de preservar la intimidad de
ciertas parejas. Las enormes ventanas daban vista a la prodigiosa bahía de
Manhattan, las luces parpadeantes que de vez en cuando dejaban divisar algún rostro
conocido. Le extrañó la ausencia de Maureen, aunque no le dio mucha mente, en
cualquier momento aparecería con su energía desbordante. Se abrió paso entre un
grupo de chicos que veían física con ella. Saludándoles amena en busca de un lugar
tranquilo donde pudiese esperar hasta la aparición de Mau, no había sitio así en
aquel lugar. Por lo que se conformó con un rinconcito al lado de los muebles de la
“intimidad”. Ruborizándose cuando notó que el hermano de Román, asomó la
cabeza entre las cortinas. Él rió pícaramente al notar su presencia allí.
¿Con quién estaría? Que importaba eso…
Owlgirl09: “¿Dónde estás? ¡Esto ya empezó!
El cambio de ritmo le hizo sonreír, aquella balada le recordó aquella presentación
que hicieron sin Brand. Cuando éste se cambió de escuela, les obligaron a presentar
aquella balada famosa como especial del día de los enamorados. ¡Que hermosos
eran esos días! Cantando felizmente la canción icónica de Dirty Dancing, las parejas
bailaban patéticamente, imitando a Baby y Johnny. Alguien le tomó del brazo
suavemente, asustándole.
Emilia se dio vuelta rápidamente para encontrarse con la pícara e infantil sonrisa de
Román.
— ¡Hola! —exclamó al ver el rostro conocido, es decir una persona con la que le
agradaba hablar.
Él rió suavemente abrazándole con el más casto de los respetos.
— Pensé que llegarías con Maureen y su hermano—sonrió nervioso—, Más
ahora con esos rumores.
Em soltó un bufido, recostándose sobre la pared estucada que vibraba al ritmo de las
ondas musicales.
149
— Vaya que vuelan como pólvora—musitó para sí misma.
— ¿Cómo?
— Los rumores—respondió con una encantadora sonrisa.
— Desde luego que no lo he creído—se defendió Román. —Eres muy sensata…
La chica tomó un respiro, parpadeando nerviosamente.
— Gracias—musitó con una enorme sonrisa—Pensé que Mau y tú vendrían
juntos. ¿Cómo van las cosas entre ustedes?
Román se sonrojó ligeramente.
— Muy bien. Hoy es una cita.
— Román te haré una advertencia.
Él se carcajeó aprovechando el momento para traer a colación las palabras de Steve
días atrás. «Te estoy vigilando.»
— Ni te molestes, ya me han advertido sin tanto rodeos y con palabras más
toscas. Por la descripción ya sabrás a quien hago referencia.
— Me imagino. En todo caso te prevengo, sería una pena tener que dejar de
hablarte o hacerte algo peor. Ya sabes, celos de grupo. Es una chica
excepcional.
— Por favor—hipó Román, revisando de reojo su celular. —No voy a saberlo
yo.
Ambos soltaron a reír divertidos. Después de varios minutos de charla él se ofreció a
ir en busca de bebidas. Mientras que Em buscaba algún mueble que no estuviese
ocupado con parejas llenas de hormonas, para seguir charlando hasta que Maureen
llegara junto con los demás chicos.
***
— Esperaremos la ruta treinta y cinco —Decía Loan, en lo que verificaba el
cambio en su billetera. Miró a Brand y el cansancio reflejándose en cada una
de sus facciones.
— Ven y siéntate —le ofreció, con una enorme sonrisa plagada de sentimiento
maternal. Él obedeció sin quejarse o replicar por el trato de madre pechichona
y empalagosa que estaba usando. Tanto así, que de no ser por la mínima
diferencia de edades, cualquiera pensaría que ella era su madre. Lo cual era
chistoso y un tanto grotesco, al tener en cuenta que ese papel no le quedaba.
Era muy guapa y sería una bendición para cualquier niño tener una madre así. Pero,
ese no era precisamente el sentimiento que ella despertaba a la vista de ojos
masculinos. Llenos de tentaciones y deseos. Pero él no podía permitirse eso.
150
«Por favor, ni siquiera es mi tipo» pensó riendo tímidamente.
151
— Que tenemos por aquí—musitó, acercándose con pasos lentos y felinos. —La
rubiecita de hace un momento.
Loan se aferró al brazo de Brand, incapaz de proferir palabra o grito. Fue cuestión
de segundos cuando sintió que lo sujetaban por atrás, soltándole del abrazo de Loan
bruscamente. Antes de defenderse o lanzar un puño al aire, los dos marginados le
arrojaron contra el piso; apresándole brutalmente las dos manos. Aculándole con
fuerza. Loan gritó levantándose del pavimento inmediatamente, el hombre que los
había esperado en la parte oscura se abalanzó sobre ella, cayendo de bruces sobre el
piso cuando la chica ágilmente se apartó gritando por ayuda. Los otros revisaban el
bolsillo de la cazadora que Brand traía puesta, mientras Loan sospechando lo peor,
forcejeaba con aquel hombre alto y de mirada perturbadora. Brand luchaba por
liberarse de los dos pillos pataleando con fuerza. Gritando de impotencia al ver
como aquel desgraciado atrapaba a su compañera, restregándole contra el muro;
mientras que sus manos perversas le requisaban con asqueroso morbo. Ella luchaba
desesperadamente, dejando caer la bolsa con el móvil, con un terrible esfuerzo
logró golpearle en el rostro, dejando un margen de mínimos segundos para escapar,
ante la debilidad de aquel mal nacido. Propinándole una fuerte patada en la entre
pierna.
152
Ella levó su mando hasta la parte de su cintura aun cubierta por el top, mostrando
éste empapado de sangre, la misma que seguía emanando con fuerza. Brand soltó un
alarido, pidiendo una ambulancia.
Le habían apuñalado.
***
Entre el escándalo de la música, el arrebato de algunos bailarines y el humo de los
cigarrillos habían hecho que su respiración se entre cortara, y perder el buen humor
con el que había llegado al lugar. Alcanzó a divisar la silueta de su hermana junto a
Román y Emilia cerca el sitio de los “reservados” charlando amenamente. L o que le
tranquilizó ante el hecho de tener que lidiar con extraños que se colaban en esta
clase de fiestas y las hacían terminar En desastres épicos, y vaya que tenía
experiencia con ello. El motivo de estar allí entre todo ese sonido molesto y las risas
estúpidas, era para cuidar de ella, vigilar que nadie extraño a su círculo social se
acercase.
Nadie.
Más cuando sabía de qué se trataba esas desparecidas —excusadas en idas al baño—
y que terminaban en un éxtasis y alegría desbordante. Lo sabía, cada que veía dar un
brinco o gritar emocionadas por una canción. Caminó abriéndose paso entre las
caras conocidas hasta donde estaban Anthony y una chica de tercero, charlando
amenamente. Pensó en saludarles con algún comentario acido, pero, no quiso
arruinarle el momento a su mejor amigo. Ya de por si se lo aguantaba las
veinticuatro horas del día.
¡También necesitaba vacaciones! Y a diferencia de lo que todo el mundo creía, él si
podía ser caritativo. Más, con las personas que le eran de interés y utilidad, debía ser
el sentimiento y meloseria derrochado en la tarde o quizás el efecto tempranero del
alcohol en su sangre pero no podía explicar porque se hallaba meditando sobre lo
excelente amigo y compañero que era Antho, incluso…
¿Por qué estaba llamándole «Antho»?
Rió en silencio, acercándose radiante.
— ¿Todo bien? —preguntó Steve, Anthony torció el gesto esperando algún
comentario grotesco.
Nada.
Solo un estornudo causado por el extravagante perfume de la chica.
Entendió ese gesto como su gesto pérfido y tenaz. Pero agradeció ese gesto
disimulado a alguna palabra acida y grosera.
153
— Sí. —el chico rió, tomando otro sorbo de su bebida. —De maravilla—
contestó, casi gritando.
Steve se acomodó entre ellos, separándoles sin disimulo alguno. Colocando su brazo
sobre los hombros de Anthony.
— Me alegra—dijo, luego rió. Un brillo indescriptible cruzó por sus ojos en
cuanto divisó a la persona con la que gastaría la noche. —Al menos alguien no hace
de chaperón esta noche—miró a la despampanante rubia, que a juzgar por su
expresión no estaba contenta con la presencia del Príncipe Hampton allí.
—¿Está sobrio? —quiso saber Anthony, un poco incómodo por su actitud.
—Claro, tengo que cuidar de mi hermana—rió bajito—el día de mi cumpleaños,
nada de alcohol.
Mentía.
Claro que estaba ebrio. Steve nunca se comportaba así.
—¿De quién tienes que cuidarla? —cuestionó sacándose su brazo de encima.
—De quien se meta con ella.
—Nos vemos luego. ¿Vale? —la chica le acarició coquetamente la mejilla,
alejándose a pasos provocativos, haciendo uso de su mini falda.
—Omite los comentarios, por favor.
—No iba a decir nada. ¿Por quién me tomas, eh?
—Te conozco Steve.
Tomó otro sorbo de su cerveza.
—¿Has visto a los invitados de Shanna?
—¿Qué pensaste que diría? —preguntó el chico, un tanto meditabundo.
—Algo fuera de lugar y grosero, como siempre.
—Me duele que pienses así de mi—sus ojos se iluminaron con una expresión
socarrona y falsa. Luego, se carcajeó dejando atrás su actuación de tipo ebrio y
pesado. —¿Qué pasa con los amigos de Shanna?
—Pues, que no son conocidos…, y no quiero parecer pedante. Pero, a juzgar por su
apariencia no dan buena impresión.
—¿cómo así?
154
—Que no son de fiar.
—No me interesa—dijo, tomando otro trago.—A menos que se acerquen a Mau, sin
embargo hay que vigilarles. ¿Dónde están?
—Allá—señaló con la mirada—Junto a la barra.
En efecto, allí estaban. Eran dos, uno bajo y delgaducho al lado de Naty y el otro
más corpulento y alto, y a juzgar por sus facciones madura infería que era mayor de
edad. Su amigo tenía razón, eran extraños y por su vestimento poco fiables…
Hasta que uno de ellos. —El más bajito—se dio vuelta, dejando ver su rostro un
poco distorsionado por las luces de la esfera disco. Como podía olvidar ese rostro,
era el mismo que en compañía de otro en su flamante camaro le habían ganado la
carrera en los piques clandestinos. Bueno, en primer lugar: era demasiado extraño
verle allí.
Segundo, su acompañante no era el mismo. ¿Qué le había ocurrido al otro?
Tercero, ¿De dónde podían conocer ellos a sus compañeras?
—Ése es uno de los que me ganaron aquella noche—aun tenia fisura en su ego, tan
solo de recordar su vil derrota—los del camaro.
Anthony torció el gesto, sonriendo un poco más relajado.
—Aquí es donde digo que eso me preocupa más. Los sujetos con los que te ves en
aquellos lugares no son mansas palomas.
—Tienes razón, por eso no los quiero cerca de Maureen.
Su compañero soltó una risita burlona.
—Solo de Maureen, ¿Qué pasa con tu «Novia»?
Steve se carcajeó, un reflejo diabólico e insensible cruzó por su mirada, haciendo
que Anthony frunciera el entrecejo; observando su reacción completamente pérfida
y chocante.
—Ella se sabe defender sola—fue todo lo que respondió.
—¿Qué tan cierto es lo de su «noviazgo»? Siento que me he perdido de mucho.
—De nada importante.
—¿Es de verdad?
Steve sonrió, observando a Emilia y Romina dirigirse hasta la barra de bebidas.
Indiferentes a todo y todos.
155
—Respóndeme algo… —miró a su mejor amigo, impregnado de una seriedad que ni
el mismo se creía—, Haz de cuentas que estás frente a una situación de contexto
como las de lenguaje… que el heredero de una gran fortuna, compita bajo la marca
registrada de su familia, gane y anuncie un compromiso con una «aparecida» supone
un gran revuelo, más entre las damas dedicadas al cotilleo que esperan tu primer
traspié para esperar a tu madre en el club de caza, tenis o lectura y hacer gala del
buen comportamiento de sus hijos, en fin. No es que quiera burlarme de lo elitista
que puede ser la sociedad. —se encogió de hombros, un tanto huraño—Siguiendo
con tu prueba, que un “Hampton” haga eso en un solo día, ha sido todo un
“noticiononon” Y lo he comprobado hoy, ahora que nuestros rostros están en todo
los periódicos sensacionalistas de New York podré responder a otro interrogante que
Emilia ha dejado abierto. Y si la respuesta es tal la que yo espero, me veré triunfante
en la primera fase de mi plan. Además Es una loca, siempre se está quejando por
todo. Y no es mi tipo.
—Así son las mujeres, bipolares por naturaleza—dijo Anthony, tomando otro trago.
—.Pero debes admitir que es una maniática muy guapa.
—Lo es. También muy atrayente.
—¿Qué? —Anthony levantó la vista observando el rostro pensativo de Steve que al
parecer había pensado en voz alta. —No. —se carcajeó de forma insolente. —No me
digas que tu…
—¿Qué te pasa? —refunfuñó Steve torciendo el gesto con desagrado. —Es muy
rebelde. Me mataría a de rabias.
—Yo no he dicho nada amigo. ¿Por qué te excusas? Ah, ya veo quieres hacerte creer
lo que me estás diciendo. Buen intento —le guiñó un ojo de forma socarrona.
— No me excuso, mis planes con ella distan mucho de ser un cuento de hadas.
—¿De qué estás hablando?
—Le robaré algo a Emilia Nolán, algo que automáticamente saldará todas sus
deudas de honor para con mi ego.
—¿Quién te asegura que eso que quieres robar está allí?
—Los acontecimientos que precederán a esta noche.
—¿Cómo así?
—Ya verás, mon cher ami.
—Me asusta cuando hablas de ese modo, en todo caso…, aún tengo una duda, ¿Y si
es ella quien termina robándote ese algo a ti?
156
—¿Robar qué?—replicó Steve, irónico y socarrón. —Grábate esto: No puedes tomar
o robar algo que no está… o existe.
—Juegos malabares, Steve puede ser peligroso.
—Soy el experto en eso.
Y los juegos malabares empezaban desde ese preciso instante. Al otro lado del salón
donde Emilia estaba a punto de encontrarse con un ancla hacia ese pasado que tanta
nostalgia le traía.
— ¿Emilia, Emilia Nolán? —Josh abrió la boca sorprendido, llamándole con el
volumen más alto que pudo darle a su voz.
Em se di vuelta, dejando a Romina con la palabra en la boca. A primer vistazo no le
reconoció, cuando se acercó un poco más a través de la barra, se dio cuenta de quién
era ese personaje que la llamaba con tanta familiaridad. Su corazón fue presa de un
terrible salto.
Era Josh.
El mismo que había sido compañero de estudio y juergas de Brand, aquel que le
fastidiaba y pronosticaba un status de “Gay” por sus prolongadas charlas vespertinas
con ella y Jess.
— ¡Josh!—exclamó anonadada, acercándose velozmente. Sin importar el
desconcierto en la cara de Romina, Naty y Shanna.
El muchacho sonrió entusiasmado, abrazándole con efusión. Ella rió esperanzada en
hallar en él noticias de Brand. Allí entre montón de gentes, en el momento menos
esperado y ocasión jamás pensada, había alguien que le anclaba a su pasado, y se
sentía a gusto de poder verle, poder tocarle y saber sobre Brand. Toda la
información que le pudiese brindarle.
— No te he reconocido—gritó el, opacado por los decibeles de la música. —
¡Estás tan cambiada!
— Es muy extraño verte aquí—se soltó de su abrazo, retomando la compostura.
Escuchó a Romina disculparse, diciendo que la vería nuevamente en la mesa donde
estaban Mau y Román esperando. Ella asintió un tanto ausente, todo en ese
momento giraba alrededor de Josh y todo lo su mente traía con tan solo recordarle.
Cuán importante se vuelve los seres que en el pasado eran insignificantes, cuando
sirven de ancla para transpórtanos de vuelta al lugar que verdaderamente
pertenecemos, y eso sólo a través de los recuerdos.
157
— Desde lo de Joseph tu paradero había sido desconocido, incluso para Brand.
—rió emocionado, a lo que Em pudo denotar las pupilas de sus ojos un tanto
dilatadas.
— ¿Él? ¿Dónde está, sabes su domicilio?
— No. creo que ya tiene un par de semanas aquí, su madre se lo contó a la mía.
Hace tiempos que no hablamos, fue aceptado en una universidad pero no
alcanzo a recordar el nombre.—Emilia torció el gesto impacientándose—
Llama de vez en cuando…
— ¿Por qué no has hablado con él? Se supone que eres su mejor amigo—cada
palabra que salía de su boca traía consigo un atisbo de angustia.
— Muchas cosas han cambiado—el dejó escapar una risita nerviosa. —Hasta el
mismo Brand, desde que te fuiste solo nos veíamos en la escuela y las veces
que me tocó traerlo a rastras a las carreras del puerto, del resto se volvió un
aburrido. No vas a creerme, pero se graduó con excelentes notas. Y no era
para menos, si casi ni salía.
— ¿Estaba triste? —el dolor curvó cada una de las facciones de la chica.
— No. Bueno, no lo sé…, el caso es que ya ni salía con Jess. A parte de que
muchas cosas cambiaron por allá.
— Entonces, ¿Con quién estás por aquí?
— Ah, con Levitt. Un amigo de las carreras, fue quien me habló de esta fiesta y
¡Mírame! Aquí con la crema y nata de New York, donde coincidencialmente
estás tú. ¡El mundo es un diminuto pañuelo!
— Dímelo a mí—musitó ella, sumamente desilusionada ante la falta de noticias.
El hombre al cual él acababa de hacer referencia se acercó con una enorme sonrisa
en su rostro marfileño, combinándolo con una mirada seductora en aquellos ojazos
verdes y un tanto espeluznantes.
— ¿No presentas a tu «amiguita»? —Inquirió, golpeando el hombro de Josh
confianzudamente.
— Oh, lo siento—éste rió un poco intimidado—. Emilia este es Levitt, el tipo
que acabo de mencionar.
Ella esbozó una sonrisa forzosa, los ojos de ese nuevo conocido le miraron de una
forma poco usual, haciéndole intimidar sin razón alguna. Había algo en sus
facciones ordinarias, en lo respingado de su nariz que le hizo estremecer.
— Mucho gusto—Dijo, intentando mantener la compostura.
— No sabía que tenías conocidas por aquí—Levitt rió mirando a Josh que no se
hallaba nada cómodo con la situación.
— Yo tampoco—respondió, con la vista fija en el rostro de Em—, Ha sido una
coincidencia.
158
Levitt sonrió nuevamente, observando la mirada desilusionada de Emilia, aun no
podía ocultar su desencanto de la noche.
— ¿Estás sola por aquí?
Ella negó sacudiendo la cabeza.
— Que te importa—masculló, disponiéndose a partir hasta donde estaban sus
amigos.
— Mucho—respondió el tipo, tomándole atrevidamente del brazo.
A lo que ella respondió grosera y tosca. —como la antigua Emilia—, apartándole
bruscamente.
— Necesito asegurarme de que no corro peligro de terminar en una riña, por
culpa de una mujer acompañada.
— Eso no te concierne—espetó rudamente—Primero: No he aceptado ninguna
petición de baile. Segundo: jamás lo haría, viniendo de un desconocido con
ínfulas de galán; lo cual resulta siendo molesto. Nos vemos Josh.
— ¡Por lo menos deja que te invite a un trago! —gritó este, cuando le vio
alejarse.
Ella emitió un bufido, una expresión de rabia curvó sus facciones.
¡Menudo arrogante!
¡Que se creía!
Sin duda Steve había encontrado un rival en lo que concernía a competencia de egos
enormes. Al llegar hasta donde Romina y Mau le esperaban ansiosas, no pudo
esquivar todos los interrogantes acerca de los dos extraños que enseguida
atribuyeron como sus amigos, a lo que respondió que solo conocía a uno y que ni
siquiera era su amigo, que después de varios meses sin noticias suyas le era
completamente extraño verle allí, el lugar donde menos se lo esperaba. En cuanto al
otro, no ocultó su desdén y poca gracia hacia aquel foráneo con ínfulas de galán.
Dando así por contestadas todas sus preguntas, pidiendo encarecidamente no darle
mucha importancia a aquel asunto.
Todo lo que gravitaba en su mente: ¿Cómo podían estar tan cerca, y a la vez tan
lejos de Brand?
Y esa noche más que nunca no conseguía sacarlo de su cabeza, al ritmo de cada
canción, con la cara de cada compañero que le ofrecía disfrutar de una pieza de baile
—Unas veces Román, otras veces su hermano—. No dejaba de meditar sobre su
“Genie” y las señales que el destino dejaba, al colocar a Josh en su camino era
obvio que muy pronto le vería de nuevo y todas las promesas se harían realidad.
159
La noche transcurría entre el furor de Romina —se había pasado de copas—, y la
meloseria de Mau y Román que al parecer habían dado el siguiente paso en su
relación. Todo estaba bien, Steve no había hecho aparición en su mensa, estaba
disfrutando de la agradable conversación de Conan Safarti y su curioso acento. Lo
único que deseaba cambiar esa noche…, era esa desagradable sensación de vacío en
su pecho ante la falta de noticias…
El desconcierto…
Y las estúpidas miradas que el acompañante de Josh no dejaba de enviarle desde la
barra. Nada que no se pudiera ignorar, pero aun así...
A pesar de todo y contra todo pronóstico, la estaba pasando bien. En cada canción,
con la mente bien lejos, sin que nadie lo notara. Creando mundos donde Brand y ella
se encontraban, donde iban por allí a disfrutar de las maravillas que un romance
puro y juvenil ofrece, sabiendo que todos sentirían envidia porque algo que jamás
estuvo previsto sobrevivió a la distancia y que sería la chica más afortunada del
planeta. Allí entre los brazos de Conan el humo de los cigarrillos los ojos de Brand
se asomaban en cada sensación, en el trago que le acababan de ofrecer y que fue
como un oasis para su garganta.
Entonces la sonrisa tierna de Brand se transformó en la sonrisa pícara y engreída de
Steve, y luego, esta se transformó en la mirada pérfida y morbosa de Levitt. Los
sonidos que antes eran claros se fueron convirtiendo en ecos lejanos, los cuerpos se
movían lentamente, o era ella que cedía ante los efectos del alcohol.
SteveH10: “¿Estás vigilando a las chicas?”
Anthony119: “Están en la pista con tus «amigos» los franceses”
Era imposible que dos tragos le causaran un inmediato efecto de ebriedad, había
tomado anteriormente y no se sentía así…
Esa sensación de vértigo, como si todo se moviera alrededor, girando y girando sin
detenerse. Al tiempo que sentía como sus extremidades inferiores y superiores
perdían sostenibilidad. Haciendo que se disculpase con los chicos para ir
momentáneamente al baño y enjugarse el rostro, para esparcir esa sensación de
somnolencia y grogui, trastabillando hasta el baño, casi ni podía mantenerse en pie.
Las luces del baño era etéreas, tres chicas lo abandonaban al tiempo que ella llegaba
casi a rastras intentando mantener la lucidez.
Anthony119: “Nada extraordinario con esos tipos, no se han separado de Shanna y
Naty”
SteveH10: ¿Dónde están?
Anthony119: “En la barra, espera uno de ellos… se va, creo que para el baño.”
160
JustMauKiss: ¿Has visto a Emilia?
SteveH10: “Ha estado contigo toda la noche, ¿Por qué me preguntas a mí?”
JustMauKiss: Se ha sentido mal, pero no he visto que regrese del baño.
SteveH10: “¿Cómo que se sintió mal?
JustMauKiss: “Creo que un trago…”
Anthony119: ¡Se ha metido al baño!
161
Capítulo XVII
Los pasos foráneos resonaron en la cerámica del recinto solitario y silencioso. Con
la poca voluntad que tenía no pudo más que levantar el rostro, para encontrarse con
dos enormes ojos verdes y feroces, llenos de maldad y un presentimiento cruel se
apoderó de su mente y del poco raciocinio que conservaba.
Las palabras se perdían antes de llegar a su oído, antes de caer desmadejada sobre el
piso, dos manos le tomaron de la cintura acercándose peligrosamente. Luego, pudo
sentirlas acariciar su muslo, cadera…
Otra mano más morbosa se atrevió a ir bajo la tela del vestido, acorralándole entre la
pared y aquel cuerpo extraño. Quiso gritar, pedir ayuda…, pero, la voz no salió. Ni
los puños funcionaron. Los besos asquerosos corriendo por su cuello, la base de su
garganta y pecho, la impotencia convertida en asco al sentir cada movimiento de
aquel pervertido que se aprovechaba de su estado de embriaguez, las ganas de gritar
y la terrorífica sensación de no poder hacerlo porque los gritos se atoraban en su
garganta. Quiso empujarle pero él aprovechó para estrecharla más a su cuerpo,
impidiéndoselo de inmediato, perdiendo así el último atisbo de voluntad y
conocimiento.
SteveH10: “¡Problemas!”
No era correcto entrar al baño de mujeres, pero ya ni siquiera sabía que diferencia
había en ello. Corrió hasta el pasillo de estos con la ligera sospecha de lo que
ocurría.
La escena fue grotesca y un tanto perturbadora, el desgraciado aprovechándose del
estado inerte de una chica. Ni siquiera luchó por contenerse, de inmediato se acercó
tomándolo por la espalda, apartándole de un zarpazo, al tiempo que ella se dejó caer
inconsciente. Su puño se chocó contra el rostro de aquel mal nacido, que rió
tenebrosamente, provocándole más deseos de partirle la cara, estrellándole su puño
contra él en repetidas ocasiones, olvidándose de que estaban en una fiesta y que si
cometía un delito quedaría a la vista de todos, no razonaba solo podía tenia presente
las manos de aquel depravado sobre Emilia, aprovechándose de su estado de
inconsciencia, las manos del desgraciado le sujetaron del cuello levantándole en
vilo, buscando una oportunidad para escaparse. Tomó la fuerza necesaria para
deshacerse de su acuella miento y apartarle de un golpe certero en la quijada.
Cuando Maureen y Anthony entraron al lugar, ya lo tenía entre sus manos
sangrando. Lo que provocó que su hermana soltara un alarido de terror,
abalanzándose sobre él. Mientras que Anthony corría hasta donde Emilia yacía
162
inconsciente. Mau logró apartarle y evitar que cometiera una locura, dejando un
espacio para que aquel cretino depravado se escapase, luchando contra la rabia de su
hermano e intentando por todos los medios detenerle y que no le persiguiese.
— ¡Suéltame! —gruñó Steve impotente.
— ¡Claro que no! —Maureen se apretó más a su pecho dejando salir varios
sollozos. —No cometas una locura—suplicó.
Él pareció relajarse por unos segundos, retomando la compostura. Dando varios
respiros, observando como Anthony levantaba a Emilia del piso.
— Hay que llamar a la policía—advirtió Mau aterrorizada.
— ¿Ya para qué? —increpó Steve, respirando entrecortadamente.
— Hay que calmarnos—aconsejó Anthony nervioso.
— No llamen a nadie—Steve se acercó hasta donde su amigo tenia a la chica en
brazos. —arruinaran la fiesta—sus ojos se enfriaron nuevamente, a lo que su
expresión se congelaba de inmediato—, ya arreglaremos cuentas después, sé
dónde hallarle. Lo haré… Anthony saca a Maureen de aquí, llévala a casa.
— Pero…
— He dicho—tomó a Emilia en brazos con la misma facilidad del día en que la
hirió con aquellas balas de pintura. —¿Dónde está la salida de servicio?
— La siguiente puerta ve a la derecha y sales al parqueadero. —Maureen se
apresuró a acomodar el vestido de su amiga inconsciente.
Steve caminó ágilmente hasta la salida, deslizándose entre los invitados con su
mejor sonrisa, alegando una pasada de mano con los cocteles para justificar el estado
de la damisela inconsciente que llevaba en brazos, jurándose a sí mismo en silencio
que después de esa noche buscaría y haría pagar al degenerado que había intentado
abusar de ella. Tal como Mau había dicho aquel pasadizo llevaba directamente al
parqueadero, donde trabajosamente y con la ayuda del valet parking pudo
acomodarla en el asiento trasero de su mini cooper, enviándole un mensaje a
Maureen con la orden de abandonar el lugar de inmediato.
¿A dónde iría? Se preguntó en cuanto salió a la avenida walh, no podía aparecerse
en casa de Clara con Emilia presa de alucinógenos.
«¡Hola! ¿Recuerdas que Maureen la invitó a una fiesta donde solo irían chicos de la
escuela, y nadie consumiría drogas o cosas así? Bueno, me tocó traer a Emilia
porque un tipo la dopó e intentó abusar de ella.»
Esa no era una explicación favorable. Menos, si no quería meter en problemas a
Maureen; por ser la organizadora de la fiesta, también era la directa responsable de
lo que ocurriese en ella. Pensó en ir a su casa, luego recordó que estarían sus padres.
Esa tampoco era buena idea.
163
Condujo sin rumbo alguno, cerca los caminos que llevaban a la playa más cercana,
tendría algo de tiempo para meditar o lograr despertarla. Por lo que se detuvo en una
tienda de auto servicio para obtener agua y calmantes, al despertar sabía que el dolor
de cabeza iba a ser insoportable. Si despertaba en unas horas podía llevarla a casa
con el tiempo apenas suficiente, como si nada hubiese ocurrido. Mientras tanto la
dejaría dormir allí en el asiento trasero, observaba el mar estrellarse contra los
espolones y playa ferozmente, las estrellas más visibles en aquel lugar remoto y
alejado de todo. Aun sentía coraje por aquella escena presenciada, aquel mal nacido
queriendo poseerla a la fuerza, ella indefensa y frágil…
Allí tendida en ese estado de ensueño se veía más hermosa que siempre. El cabello
enmarañado, la sonrisa triste, apagada; el entrecejo ligeramente arrugado. Rió triste,
aún quedaba una hora de su cumpleaños y terminaba de esa forma.
—Papá—le escuchó decir claramente, creyendo por un instante que había
despertado. Se viró hacia ella, hallándole dormida, revolviéndose en el
asiento. Los cabellos extendidos por todo su rostro, la brisa salina metiéndose
por las rendijas de la ventanilla. Fría como los ventarrones de invierno. —
Papá…—repitió la chica, una expresión de sufrimiento surcó su entrecejo.
Era la primera vez que presenciaba un acto de somnolencia como ese. Bueno, eso ya
era extraño. Porque no había conocido alguien que hablara entre sueños, acuñó este
hecho al efecto de las drogas. Sus delirios cesaron por unos momentos, la playa
abandonada y el cielo despejado con los astros únicos testigos de su acto más
caritativo e impredecible de los últimos meses.
«Cuando el embrague está dentro no puedes pisar el acelerador. —Daniel fijó la
vista en la carretera solitaria—Porque el motor se rompería de inmediato. Más aún
cuando vas a gran velocidad, como sé que apenas aprendas a lidiar diestramente
estas cosas te iras de juerga por allí no hace menos informártelo.
—Tranquilo—dijo sonriendo, apretando el volante con fuerza hasta que los nudillos
palidecieron—, Y como siempre tienes razón. Correré y ganaré, te lo aseguro.
Su hermano se carcajeó enmarañándole los cabellos rubios.
—No tienes porqué asegurármelo, yo ya lo creo—rió emocionado—, y me veo
acompañándote desde la cabina con el corazón en la boca mientras compites.
—Luego, cuando ya haya ganado subirás al podio conmigo y descorchará el
champán junto a mí.
Ambos soltaron a reír con fuerza.
—Antes de eso, tienes que aprender a manejar. Así que dejemos los sueños para
después, continuemos con la clase. »
164
Ese día había ganado. Todo había sido perfecto. Excepto que la persona a la que
debía ese triunfo no estuvo allí para verlo. Los susurros de Emilia delirando le
sacaron de las ensoñaciones con recuerdos del pasado, demasiado reales y vividos.
— Tengo frio—dijo entre balbuceos—Tengo frio.
Notó la brisa gélida colarse por las rendijas de las ventanas, las mismas que cerró
cuidadosamente al tiempo que encendía la calefacción. Se plantó allí a esperar que
ella recuperara la conciencia y poder llevarla de regreso a su casa.
— Brand—llamó ella, como si estuviese consciente de todo—Brand…, tengo
frio.
Estaba soñando.
— Brand—repitió y su voz pareció contener un sollozo desconsolado, algo
atrapado como un nudo en la garganta.
Se dio vuelta para confirmar si en verdad dormía o se estaba despertando y llamaba
a aquel desgraciad, tal vez se conocían. Y ahora revelaba su nombre como una
pesadilla, entonces se vio así mismo observándole de un modo completamente
extraño, sintiéndose frágil en su compañía, porque extrañamente ésa criatura podía
poseer una poderosa fuerza sobre su raciocinio y ya no era más el ególatra, se
desnudaba su alma dejándole desprotegido.
— Genie—dijo ella casi llorando. Steve apartó la vista mirando la hora en el
reloj de su móvil. —Te extraño. —Él torció el gesto riendo en silencio,
¿Genie, a quien le gustaría un apodo tan ridículo como ése?
Se acercó quitándose el saco de dril, arropándola para que dejase de quejarse por las
bajas temperaturas. Deseando que sus delirios terminasen y poder dormitar un tanto,
en lo que ella volvía a ser la misma y todo regresaba a la normalidad.
***
— ¿Cómo está? —fue lo primero que dijo cuándo el doctor que atendía a su
amiga, Katty acudió a su ayuda en cuanto recibió la llamada.
Ahora su espera se veía culminada cuando el doctor salía del consultorio donde
realizaban las suturas necesarias.
— Por suerte solo era una herida superficial. Ha parado la hemorragia, en el
preciso instante que se calmó.
— ¿Podemos verla? —quiso saber Katty.
— Sí. Aunque tendremos que dejarla aquí esta noche, mañana a primera hora
podrá irse a casa, queremos evitar cualquier complicación.
165
— Yo puedo quedarme aquí—propuso Katty, considerando el rostro de sus
sobrino.
— De ninguna manera. —musitó el chico. —Haz de estar muy cansada todo el
día en el restaurante, no te dejaré. Yo puedo quedarme aquí, mañana no
trabajo y puedo recuperar el sueño.
— Brand…
— Admite que tengo razón, tía Katty, ya suficiente tienes con el cuidado de los
gemelos.
Ella sonrió, besándole suavemente en la frente.
— Llama a tu madre, avísale que te quitaron el móvil. Antes de que se vuelva
loca cuando llame y no contestes.
Brand se carcajeó desganada, casi vencido por el cansancio, una sombra negra
circundando sus ojos.
— Lo haré.
— Familiares de Loan Wilkes—una diminuta mujer, de tez oscura y cabellos
rebeldes les llamó desde la puerta de la habitación.
— Acá. —respondió Katty.
— Pueden pasar.
Caminaron juntos hasta el interior de la habitación, hallándole sumida en un letargo
sueño; bajo el efecto de los dopantes, de inmediato Katty se puso en actividad para
improvisarle un lugar donde dormir a Brand, que observaba en silencio el dormir
tranquilo de su amiga, respirando mejor cuando se dio cuenta que nada de lo
ocurrido pasaría a mayores. Para él y Loan terminaba la ligera pesadilla de hacía
unos segundos para Emilia solo empezaba.
Cuando el sol se filtró por las diminutas rendijas y espacios de la ventana todo el
sopor y somnolencia empezaba a desaparecer. Al igual que el efecto de los
alucinógenos, dejando a su paso una enorme resequedad en la garganta y labios,
pesadez en el resto del cuerpo, al tiempo que la vista ardía como si fuera la primera
vez que veía la luz.
A primer pensamiento no dio con la ubicación exacta donde se encontraba, todo era
confuso y el dolor en su cuello no dejaba razonar claramente, quiso darse vuelta,
cayendo en el vacío entre los asientos.
¿Dónde estaba?
Tardó varios segundos en colocar los recuerdos.
A ver…
166
Fiesta, Maureen, Román, Bailarines… ¡Josh!
Luego…
La bebida, el mareo…, las náuseas, los espejos moviéndose. Esperen, no se movían,
ella se desvanecía. Y luego… ella en un auto. Envuelta en un saco de gamuza,
muriéndose de sed. ¿Qué demonios había ocurrido? ¿Dónde estaba su cartera,
teléfono?
Se levantó un tanto grogui, abriendo la portezuela, sintiendo el inclemente sol en su
rostro en cuanto salió a la superficie. ¿Qué hacía en una playa solitaria? Los peores
presentimientos se apoderaron de su sentido ante los recuerdos etéreos de aquel
desconocido manoseándola en el baño de la discoteca, los deseos de gritar, temiendo
lo peor. Enceguecida por la angustia que ni siquiera notó que el auto donde había
despertado era el de Steve Hampton. Se detuvo un instante respirando
entrecortadamente, repitiéndose que todo estaría bien, observando cada parte de su
cuerpo buscando signos de ultraje, los ojos de aquel extraño, el asco ante el contacto
morboso de sus manos. Saber que quizás había perdido la virtud en manos de
desconocidos y se hallaba en medio de la nada angustiada, sintiéndose como la
estúpida protagonista de películas cutres. Intentando forzosamente recuperar los
recuerdos, las lagunas mentales y esparcir cualquier duda. Lloró en silencio,
impotente por la falta de memoria.
Increíble como en segundos la mente derrumba la vida, basándose en recuerdos
incorpóreos y ligeras sospechas, apresándole en un mar de turbulencias.
167
— ¿Qué hice?—se quejó ella, acariciándose la sien con la yema de los dedos.
— Toma—Steve colocó entre sus manos la botella de agua que había comprado
la noche anterior—Haz de tener la garganta seca. Allí en la guantera hay
calmantes.
— ¿Dónde estamos?
— En un lugar seguro, no quise llevarte a tu casa porque… ¡¿Con que cara te
llevaría donde Clara en el estado en que te encontrabas?!
— Yo…no sé—dijo, y una mirada suave, agradecida inundó sus ojos. —No
tenías por qué—una carcajada nerviosa se le escapó—No sabía de esas dotes
de héroe…
— Yo solo pensé que eras demasiado tonta en aceptar tragos de
desconocidos—rió bajando la mirada—No, ya en serio. Estas loca y todo lo
demás; pero no permitiría que algo así le ocurriera a alguna conocida. Ni
siquiera a ti que me odias sin razón. Soy un idiota y todos los adjetivos que
quiera colocarme…, pero ante todo soy un caballero, aunque hayas
cuestionado eso.
— No te habías comportado como tal, hasta ahora.
— Quisiera que solo me lo agradecieras y punto. No necesito un club de fans
encabezado por ti.
Ella rió burlonamente.
— Ya quisieras.
— Admítelo, de seguro y sueñas que te rescato siempre. Soy un buen sueño. —
Steve le guiñó un ojo pícaramente.
— Como siempre tú tan fuera de lugar.
— Aquí la fuera de lugar eres tú—espetó golpeándole la sien suavemente con la
punta de sus dedos—Ya llorabas y todo —se carcajeó—¿Qué te estabas
imaginando?
— Cállate Steve.
— Que te despertabas en la cama de extraños, sin saber que locuras habías
cometido.
— ¡Cállate! —Exigió un tanto enojada.
— Te enojas porque he dicho lo que me has dicho con los ojos, te da coraje.
Que pueda leer lo que no has querido decirme.
— Oh, sabes leer… ¡Qué sorpresa!
— Sé leer lo que me pongas en frente. Incluso entre líneas y expresiones. Y ese:
«oh, sabes leer…» me da a entender que estoy en lo correcto.
— Ya cállate, Steve.
— Me vuelves a decir «cállate» y te beso, para que cambies de opinión.
— Por favor—rezongó, saliendo del auto. Tomando otro sorbo de agua, y que
maravilloso se sentía calmar la sed. —No te atreverías.
— No me retes.
168
***
Al despertar sin recuerdos claros y concisos sobre lo ocurrido la anterior noche
se sintió desubicada y perdida, más aún cuando notó que estaba en una tétrica
habitación de hospital, cuyas paredes insípidamente decoradas le hacía sentir
como en un mal sueño. Divisó de inmediato un pequeño bulto a sus pies, era
Brand.
Había dormido allí, junto a ella cuidándole el sueño. Y así con el rostro más
suave que de costumbre se veía tierno casi angelical. Pensó en una forma
divertida y amena de despertarle para olvidar momentáneamente el porqué de su
estadía allí. Batió su pierna bruscamente, apartándole de un zarpazo. A lo que él
respondió azorado y confuso, enseguida fingió sentir un ligero punzado en su
herida; gritando adolorida. Él se precipitó a interrogar sobre su estado,
aterrorizado y a medio dormir. Dándose su cuenta de la treta hecha por su amiga
“convaleciente”. Carcajeándose con ella.
—Es increíble—dijo entre risas—, Las heridas de tu cuerpo no se han llevado la
alegría de tu espíritu.
—Nunca—respondió entre risas—, El mundo no es lo bastante fuerte para
llevarse algo que es innato en mí.
—Eres cruel—Brand fingió cara de enojo—, En serio me asusté.
—Por favor—rezongó la chica, torciendo el gesto—, No seas llorón.
—Si vuelves a decir eso juro que no tendré consideración. «No seas llorón»
como si yo llorase a mares por cualquier tontería.
—¡Por Dios—Exclamó Loan, levantándose forzosamente del catre—, Que
susceptible estás hoy! —Brand le ayudó a colocarse en pie. —Bien—musitó la
chica, mirándole resuelta, la mirada que usaba cuando acababa de planear algo—
¿Estás listo?
—¿Para qué? —él frunció el ceño, confundido por la malicia en las facciones de
Loan—Tía Katty viene a recogernos, además tienes que dejar que te revisen esa
herida.
Ella soltó un bufido burlón en lo que se recogía el cabello en un improvisado
moño. Soltándose de sus suaves manos que le ayudaban a mantenerse en pie. Rió
meditabunda, Brand era el chico bueno, ése que jamás se atrevería ir en contra
del sistema, era obvio que se opondría a lo que estaba a punto de hacer. Pero, ella
podía tener el convencimiento suficiente para enseñarle y que más placentero
que enseñarle a un chico de pueblo como era que se rompían algunas reglas.
169
Tomó su chaqueta traspuesta en un mueble de madera, que le daba un aire más
deprimente a la habitación, él la vio caminar hasta la puerta dispuesta a irse sin
más.
¿Qué locuras podían caber dentro de aquella cabeza colmada de cabellos rubios?
—¿No pensarás irte así? —inquirió sin poder creer lo que veía.
—¿Quién te dijo que pensaba quedarme? —rió girando lentamente la perilla de
la puerta para no hacer ruido.
—Loan… —suspiró el chico—Aun estás herida.
—¿Y qué? Si me quedo aquí lo seguiré estando.
Brand caminó hasta ella, tomándole del brazo suavemente.
—Escucha—una risita burlona se escapó de su boca—No tengo seguro, ni dinero
para pagar, ya estoy acostumbrada a esto. Así que no des problemas y sígueme.
—Yo puedo pagarlo—ofreció, en un intento desesperado por cuidar de ella.
Lo que despertó en Loan un sentimiento completamente nuevo, distinto al
fraternal y maternal que acostumbraba. Retiró su brazo con dulzura.
—No necesito caridad—vocalizó cada letra con una frialdad jamás vista en sus
facciones. —así que déjame ir.
Le vio salir a hurtadillas por el solitario pasillo, con los ojos expectantes y unos
finos pasos de gacela.
—Loan—chilló casi en susurros, siguiéndole a su mismo ritmo fino y sutil. —
Loan—repitió alcanzándole en la salida de servicio, observando como ella se
acariciaba la parte de su herida suturada delicadamente, si hacía algún esfuerzo
empezaría a sangrar y quizás tener una hemorragia, muchas imágenes terroríficas
cruzaron por su mente, cuando le siguió hasta un enorme barandal de donde
seguramente tenía que pender, menearse y luego caer en la acera de una callejón
oscuro.
—Por lo que más quieras detente—suplicó angustiado—. Loan, por favor.
—Cállate Cowboy, y si no vas a ayudarme a brincar hasta allá devuélvete y deja
que te desplumen la chequera.
—¡Loan, detente!
Ella obedeció torciendo el gesto grosera y petulante.
170
—¿Estás loca? No más ayer te hirieron, ¡Mírate huyendo de una factura que
puedo pagar sin reparo alguno!
Loan soltó una risa irónica.
—Mira, no vengas a decirme que hacer—espetó ruda, dejando atrás la delicadeza de
hadas que Brand le atribuía constantemente—. Me voy de aquí y punto, además esto
no es por la factura.
—¿No, entonces por qué…?
Ella volvió a reír, esta vez recuperando su encanto natural.
—Te estoy corrompiendo, Cowboy. Así que sígueme o te llamaré “Llorón” por el
resto de tus días.
Él se carcajeó soltando un suspiro de descanso.
—Volvamos a la habitación—ordenó entre risas—, si no cuidas esa herida
puede empeorar.
—¿Crees que bromeo? —Inquirió subiendo al barandal que separaba la
sección de servicios con el incido de un callejón abandonado, la vio quejarse
cuando alzó el primer brazo para sostenerse en la ruda malla.
—Espera—corrió hasta ella, levantándola en vilo—, Te arrepentirás de esto,
estás completamente loca—se quejaba, ayudándole de todos modos.
Ella entreabrió los labios tentada a llamarle “llorón” nuevamente, pero teniendo en
cuenta su posición no era buena idea.
—Brand, ¿Cuántos años tienes?—preguntó cuándo ya hubo bajado al otro lado.
—Porque presiento que gastaras una broma a mis costillas, ignoraré esa pregunta.
Después de ayudarle a bajar y encontrar un taxi no hizo más que observarle en
silencio hasta llegar al apartamento donde se separaron para descansar, era una
mañana fría y húmeda, el solo tentaba con salir, y se arrepentía. Las nubes no le
dejaba brillar con ímpetu, así lo corroboró Brand cuando abrió la ventana de par en
par y se detuvo a observar la silencio monotonía de su vecindario, sin notar que
Loan le observaba a él desde su ventana, soltando una risa completamente nueva y
distinta a las demás.
—Ya vete a descansar—dijo cuando ella rió amenamente.
—Enseguida Monseur—respondió entre risas bajas—; pareces un abuelito gruñón,
adiós.
Cerró la ventana de un golpe.
171
Loan era extraña, acababa de comprobarlo. Al tiempo era tan interesante por ser
única e impredecible.
Haciéndole recordar a la persona que lo había traído hasta New York.
—¿Ahora qué pasó? —preguntó cuándo le vio levantar el capo del auto y realizar
una pesquisa al ojo
—Este carro tiene un motor exclusivo y algo delicado. La arenilla arruinó una de las
válvulas de escape, tendremos que irnos a pie hasta la troncal del este.
Emilia le observó en silencio, fijándose en la pulcritud de sus uñas.
—Tienes uñas de niña—dijo entre risas, él le miró seriamente sin poder encontrar el
chiste en ello—, Entonces… ¿Qué esperamos?
—Yo que levantes de un todo y eches a andar, no sé tú…
Ella tomó sus zapatos y encaminó hacia el norte, Steve le observó en silencio
disfrutando de un chiste interno. Estaba yendo en dirección equivocada.
—¿Qué vas a buscar en Maryland? —preguntó en tono burlón.
—¿Ah? —Emilia se detuvo un poco grogui dudando de su propio raciocinio.
—Es por acá—señaló el muchacho sin poder contener una carcajada—, La carretera
está de este lado.
Ella dio un respiro manteniendo la poca dignidad que le quedaba cuando se devolvía
hasta donde él esperaba sosteniendo algunas de las piezas del auto.
—Cuando no conoces el territorio asegúrate de preguntar, si yo fuera un imbécil
como me llamas todo el tiempo, hubiera dejado que te fueras por allí y que te
devoraran las hienas.
—No serias capaz—espetó la chica con voz cansada.
—Lo soy. Pero, digamos que hoy he decidido que me tomaré unas vacaciones. Estás
de suerte que puedes acompañarme.
Ella soltó una risita temblosa
—Mi mamá siempre decía que no necesitas vacaciones cuando no hay nada de lo
que quieras escapar.
—Si lo hay, quiero escapar de mí mismo. Acompáñame.
—No pretenderás que me quede aquí todo el día o…
172
Él le atrajo rápidamente, agarrándole con delicadeza del brazo. Buscando en su
muñeca el diminuto reloj de pulso.
—¿Qué haces?
—Dándote una última oportunidad para que me des un regalo de cumpleaños—
aclaró moviendo las diminutas palancas de minutero y hora.
—¿Qué?
—El tiempo—musitó en tono socarrón—, Me estoy robando un día de tu
vida.
—No puedes detener los relojes, es antinatural.
—No los detendré, los llevaré hasta ayer. ¿Ves? —Levantó su muñeca
excitado— Hoy es mi cumple otra vez.
—Eso es un delito, robar el tiempo es un delito.
—Seremos los criminales más buscados de esta playa. ¿Preparada para huir?
—Ahora me siento más estúpida que ayer.
Steve se carcajeó soltándole.
—Bueno, vete y suerte con los veinte kilómetros que recorrerás sola.
—Eres un idiota—musitó caminando en la dirección que él había indicado segundos
antes.
—Cuando te deshidrate y empieces a arrastrarte recuerda que no tienes móvil y
olvídate de que estoy cerca—Gritó en tono burlón.
—¡Está bien! —exclamó la chica fastidiada.
—¡Solo será medio día! ¿De acuerdo?
Él asintió corriendo hasta ella.
—Magnifico—susurró sin poder contener una enorme sonrisa.
Le tomó de la mano atrevidamente conduciéndole por un camino completamente
distinto al que le había indicado, la maleza exuberante se hacía más tupida a medida
que avanzaban, al igual que los edificios se hacía más comunes, empezaban a llegar
a zonas pobladas, él sonreía en silencio sin gastarle bromas ni comentar en lo más
absoluto, parecía embriagado de lindos recuerdos. Emilia se maravilló del lugar al
que el pretendía llegar desde el principio, supo que esa había sido su meta desde
que dejaron el auto en aquellos parajes solitarios, varias cabañas le daban un toque
menos frio y lúgubre a la playa que de primera dio la impresión de estar abandonaba
también, él señaló un enorme y viejo puente de madera que colindaba con los
espolones cuya función era torpedear el golpe de las olas, él Steve que estaba
ayudándole a esquivar los vahídos del camino muy gentilmente era alguien extraño
173
, como nunca lo había sido en días anteriores. Muy pronto después de veinte
minutos de caminata estaban en Queens, pudo notarlo en el nombre de una de las
refresquerías que a pesar de ser un día algo frio estaba abierta. Steve le indicó el
lugar que iba a mostrarle, era un enorme camino de madera que llevaba directo a una
vieja mansión que parecía haber salido de un cuento de Luisiana.
—Era de mis padres—dijo y luego sonrió algo solemne—, veníamos con mi
hermano a pasar el fin de semana.
—¿Cómo?
Él asintió.
—Cuando hablé de vacaciones, hablaba de esto.
Emilia le observó una vez más, y fue como si le observara por vez primera. Su
mirada ausente y expresión infantil era algo que jamás había esperado presenciar, y
la sensación de estarlo haciendo en esos instantes era algo embarazosa.
Él ignoró su persistente mirada y siguió el camino hasta la vía donde los transeúntes
podían caminar sin temer ensuciarse de arena, un pequeño camino hecho de madera
y metales cuyos barandales y bancas daban una sensación de libertad; ella no hizo
más que seguirle en silencio, dejando atrás la enorme casa que al estar dentro del
mar protegida por espolones daba un toque mágico a la playa abandonada.
—¿Qué pasó allí, porqué está abandonada? —le preguntó después de un momento
de silencio.
—A mi padre no le interesa mantenerla, es una propiedad fantasma—contestó él,
sentándose en una de las barandas del camino.
—Siempre mencionas a tu hermano—musitó para sí misma, despegándose de la
coraza de acero que siempre la acompañaba—, pero jamás hablas de él.
—No hay mucho que contar—Steve suspiró dejando caer sus manos sobre los
barrotes del balaústre.
Ella se acercó acomodándose a su lado.
—¿Alguna vez te has sentido fuera de lugar? —preguntó el chico con la vista fija en
las olas que sin piedad chocaban contra la arena.
—Si—admitió un tanto ruborizada—, desde que llegué a Manhattan; y digamos que
tú y tus comentarios no ayudan de a mucho.
—Como estoy de vacaciones de mí mismo me disculparé por eso—le guiñó un ojo
lleno de picardía—, lo siento.
174
—¿Puedo preguntarte algo?
Él asintió con rostro afable.
—¿Disfrutas de los momentos de angustia que haces que los demás pasen por tu
culpa?
Una carcajada irónica se le escapó.
—Siempre.
—¿Por qué? En realidad este “Steve” que está de vacaciones aquí, que no hace
comentarios estúpidos es agradable.
—Cuando te pregunto que si te has sentido fuera de lugar es para corroborar que no
soy el único—Emilia frunció el ceño, sumamente extrañada.
—Entonces…
—Hagamos algo—propuso sonriente al tiempo que se levantaba del barandal y
lanzaba sobre la arena. —Ven.
Emilia le imitó, tomando cuidado de que los vientos alisios no levantaran su vestido.
Él le esperó en la parte baja del barandal, sosteniéndole con fuerza cuando aterrizó
en sus brazos.
—Ya que tenemos un día de vacaciones, ¿Qué te pareces si hacemos confesiones?
—¿Qué?
—Sí. —emitió una sonrisa torcida, mirándole a través de sus largas y castañas
pestañas. —Te haré una confesión y luego tú me harás una, ya sabes… cosas que se
quedaran entre nosotros y nadie más sabrá, aprovéchame hoy loquita.
—¿Qué pasa si me niego?
—Te doy un chapuzón—soltó sin reparos.
Ella dio un hondo respiro, relajando los hombros.
—¿Por qué hacer eso? Es más divertido que me cuentes cosas de tu vida, ya que
estás de vacaciones puedes hacer de cuentas que no me conoces.
—Es que… —meditó él un tanto sonrojado—A veces quisiera decir lo que siento.
Sin miedo. Sabes, esos ataques de valentía novelescos. Como este…
— ¿De qué hablas?
— Olvídalo.
175
— Vuelve acá Shakespeare
—¿Qué?
—Ya que quieres tener un ataque novelesco quien más que…
—¡No puede! —reprochó Steve soltando una carcajada. —Porque es el escritor, tal
vez pueda ser alguno de sus protagonistas, tonta.
—Está bien, vuelve acá Otelo.
—Estoy aquí Desdémona.
—No te lo tomes muy a pecho. ¿En que estábamos?
—En que quiero tener un ataque de valentía.
—Adelante, solo estoy yo para observarte.
— ¿Qué quieres que confiese?
—El porqué de tu estupidez.
—No puedo explicar algo que no se puede explicar, porque no es explicable—el
soltó una carcajada contagiándole.
—Explícame lo inexplicable.
—Pongámonos serios—dijo él tomando una posición reacia y firme —Empezaré por
decirte que hay veces en la vida que es necesario fingir que estás bien…
—Eso es explicable.
—Que te ves obligado a decir y hacer cosas que le demuestren a los demás que el
mundo no te importa.
—Muy bien, continua—le pidió mientras caminaban por la orilla de aquel más que
empezaba a calmarse para escuchar la confesión en susurros que salía de la boca del
chico cuyo ego había sido comparado con Asia.
— Creas un «Yo» alterno, y en vez de esconderlo es el que le muestras al mundo.
Porque no quieres que descubran que muchas cosas te marcaron, que una acción, un
dedo presionando un gatillo te arrebató algo. Desde ese día quieres ser alguien que
no siente, pero es imposible. El ser humano es humano porque cada acción que
realiza viene acompañada de raciocinio y el raciocinio trae consigo
irremediablemente las emociones y sentimientos. ¿Es entendible?
—¿Con cuál «Steve» estoy teniendo esta conversación, el real o el alterno?
176
—El real.
Emilia dejó escapar una risita.
—El que siempre está de vacaciones.
177
Capítulo XVIII
—Toma—dijo sentándose a su lado en la humedad de la playa.
—¿Qué son?
—Ostras.
—Wow—ella arrugó la nariz un tanto asqueada—, no me digas que las usas como
distracción para escapar de tu confesión.
—Sí—admitió—.También es porque me gusta comerla.
—Ok, eso te quita lo de gay.
—¿Cuándo dijiste eso? —inquirió extrañado, tomando un largo sorbo de la cascara
que sostenía en mano.
—Cuando te dije que tenías manos de niña, ósea “Gay”
—Como soy el “Steve bueno”, olvidaré ese comentario.
—Entonces…
—¿Qué?
—La confesión, eres un mentiroso—acusó, observando la reacción que tomaba.
Nada de lo que esperaba.
—Erase una vez un Steve inocente y bueno—soltó una risita, mirándole de reojo.
—A lo serio—espetó ella con dulzura.
—Alguien muy parecido a Mau…
—¿Qué pasó con ese Steve? —preguntó Emilia, mirando su perfil erguido e
imponente.
—Murió—rió desganado—. Lo mataron.
»Tuve un hermano mayor, se llamaba Daniel. Compartíamos todo, era un ejemplo a
seguir; Alegre, audaz y bonachón. No le debía nada a nadie, era tranquilo y
demasiado bueno con las personas que le rodeaban.
»Un siete de marzo salió de fiesta con su grupo de amigos. Mi padre le había
regalado un mini cooper C300, tenía diecinueve y yo trece, Mau apenas era una
niña, tenía once. En fin, esa noche uno de sus amigos le convenció de estrenar sus
auto en las conocidas carreras del puerto. Una carretera abandonada que lleva a un
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desvió hacia Alphaville, tu pueblo —se carcajeó suavemente—. Daniel conocía de
las carreras, había sido espectador muchas veces, nunca había corrido.
»Ese día lo hizo.
»Para Avan, su amigo, y para el mismo Daniel solo era ocio, porque no sabían que
en el tras fondo de las competencias había más que adrenalina. Esa noche Daniel
corrió contra un tal “flecha”. Mi hermano era un buen conductor, equilibrado y ágil,
por desgracia esa noche ganó.
»Había algo más allá de todo, el tal “Saeta” tenía que ganar por regla. En medio de
la disputa entre aquel individuo y las personas a las que al parecer les debía, Daniel
y Avan se entrometieron intentando apaciguar los ánimos. Uno de los tipos no
aceptó que aquellos niños fresas que nada sabían o tenían que ver con su mundo se
inmiscuyeran en sus asuntos. Esto lo sé de boca de Avan, fue lo que se dijo en el
tribunal tiempo después. Aquel tipo disparó al aire, cuando “Saeta” suplicó que se
calmase y guardara el arma apunto hacia ellos. El desgraciado debía estar ebrio o
drogado, disparó sin control alguno hiriendo a Daniel en el pecho. Quitándole la
vida mi hermano de la forma más vil y cobarde.
»Le quitó la vida in motivo alguno, dejando un vacío en toda mi familia y amigos,
esa noche cuando Avan llamó a casa avisando que estaban en el hospital mi madre
se quedó en casa cuidándonos. La recuerdo trémula y callada, sin contarnos porque
papá había salido despavorido de casa, cuando de repente estalló en llantos. En
medio de lágrimas me suplicaba que no llorara, ¿Qué razón tenía yo para hacerlo?
»—No llores Steve, no llores…—Sus manos acariciaban mis cabellos, luego me
abrazaba y besaba. —Él estará bien.—sollozó derrumbándose.
»—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Maureen colocándose nerviosa.
»—Papá fue a ver a tu hermano en la clínica.
»Fruncí el ceño, hasta donde sabía él no estaba enfermo, estaba de fiesta con sus
amigos.
»—¿Qué le pasó?
»—No llores—fue lo único que me dijo.
»Horas después nuestra casa estaba inundada de policías, conocidos y amigos de
Daniel entre esos Ava, su novia, la hermana de Avan.
»Daniel había fallecido.
»Me arrebataron la inocencia en aquella mañana de marzo. Me habían arrebatado a
mi hermano, mi mejor amigo. La persona que yo imitaba, que yo quería ser. No
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estaría más, un maldito sin razones acabo con un hijo, un hermano, un amigo, un
novio, un ser humano excepcional. Lloré hasta que creí no me quedaban lágrimas, y
juré que algún día encontraría al tal “flecha” y su amigo, para exigirles las verdades
que no se dijeron en el tribunal.
»Mi alma al igual que mi carácter se endureció, no necesito aferrarme a nada,
tampoco de nadie. Estaba enojado con el mundo, con mis padres, con Avan, con
toda la puta y maldita escoria humana. No me importa nada, porque no quiero sentir
que algo me puede ser arrebatado. Me escondo tras amargos comentarios y risas
joviales para no dejar ver que me hace falta mi hermano, que cada día se convierte
en una guerra porque al cabo de un tiempo ya no eres lo bastante fuerte para seguir
fingiendo…
—Steve yo…
—Sé que me comporté con un idiota, y tienes razón cuando me llamas estúpido y
todo ese poco de cosas, pero hasta ahora habías visto todo lo que el mundo puede
ver…, no habías presenciado las cicatrices, y es que… —rió agachando la mirada
algo nostálgico—Me está doliendo aquí—señaló su sien con le yema de los dedos—
desde hace tiempo, si el dolor fuera real, físico, algo que pudiera remediar con un
analgésico… sé que podría manejarlo, pero me está doliendo allí desde hace tiempo
y es algo que no puedo controlar.
—Tu auto… —meditó Emilia pensativa.
—Sí, es el de Daniel.
Ella tragó saliva ruidosamente.
—Bueno—dijo, intentando animarle—ahora ya no pareces tan estúpido.
—Ya extrañaba que dijeras algo así.
—Lo siento…—musitó, mirándole llena de comprensión.
—Entonces—él se levantó tomándole de la mano para colocarla en pie—Ya he
tenido mi confesión, ahora tú… —rió bajito, apartándose un poco para acomodar su
camisa casi desbotonada del todo—; Primero debo aclarar que lo dicho aquí es
nuestro secreto, ¿Vale?
Asintió.
—Tu turno, tienes que confesarme el porqué de tu personalidad tan enigmática.
Emilia torció el gesto. Dándose vuelta para caminar lejos de aquellos espolones.
—¡Venga! —gritó Steve, divertido. —No se me hace justo que huyas.
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Quiso pedirle que se callara, pero sabía lo que él podía y se atrevería hacer.
—No tengo nada que confesar, disfruta de la decepción.
—Si lo hay—Steve se acercó trotando suavemente—, Siempre lo hay. Tu rareza al
igual que mi misantropía, ha de tener una explicación.
Ella soltó una risita nerviosa.
—A ver—musitó para sí misma—, Soy el término medio, ¿Lo entiendes?
Demasiado pasiva para ser un criminal, demasiado rebelde para ser la chica buena.
Esa es mi historia.
—Continua—le pidió esbozando una tenue sonrisa.—, ¿Qué pasa con esos términos
medios?
—Que no tienen historia—Emilia se detuvo en frente de la entrada al camino de
piedras que llevaba directamente a la casa Hampton abandonada. Steve le siguió en
silencio.
—Son los extras de la película, ¿Entiendes? No tienen nada que decir.
—Buen intento—musitó él, corriendo hasta ella para tomarle por sorpresa, cuidando
de no lastimarse la planta de los pies.
Emilia corrió hasta la casa casi cayendo entre las rocas enormes y filosas, él se
carcajeó de las peripecias que ésta realizaba para no caer, cuando por fin pudo
alcanzarle no hizo más que alzarle en vilo. La chica sonrió suavemente aferrándose a
su cuello para no caer al mar furioso e imponente, cuya profundidad delataba ser una
mala idea dejarse caer en él.
—Esto es tan maduro—farfulló, él rió bajándole en las viejas y desvencijadas tablas
del porche.
—Hablé de un chapuzón, ya que te negaste…
—No sé nadar, así que serías el directo responsable de mi instantánea muerte—
masculló animada, en definitiva ese día estaba siendo realmente agradable.
Steve sonrió sentándose en el porche sucio y casi destruido de la casa que le había
visto compartir con Daniel. Viendo cómo se remodelaba al instante cuando dejaba
correr aquellos recuerdos sutiles, de niños corriendo el uno del otro; pegados a las
faldas de su madre quien se quejaba por su continuo berrinche. Emilia se adentró al
vestíbulo después de haber empujado con delicadeza la puerta, todo hecho de la más
exclusiva madera, la sala de estar amplia en cuyo centro se hallaban la enorme
escalera que conducía a la segunda planta, la cual hacía las veces de faro. No habían
habitaciones majestuosas, no era nada comparada con la mansión Hampton, casi
181
podía entender el desinterés del señor Hampton por ella, no era más que una
propiedad lúgubre y tristona. Al menos para ella, Steve se internaba en las gratas
sombras de los recuerdos a medida que se adentraba a la sala de estar, la madera
deshecha por la humedad, las ventanas casi saliéndose de sus goznes, le hizo sentir
que el tiempo había transcurrido más de lo pensado; el mundo había continuado,
solo había algo que no cambiaba: El deseo de tener a su hermano con vida.
Observó la curiosidad en los ojos centelleantes de Emilia, caminando sigilosa en la
parte este de la casa, quiso acercarse y contarle alguna anécdota de su niñez; antes
de siquiera recordar alguna desistió.
Prefirió quedarse en el silencio de esos amenos recuerdos, sin tener que compartirlos
a nadie más. Disfrutando de la silenciosa compañía de Em, que parecía absorta con
el mal estado en que se encontraba la casa. Después de varios minutos de silencio
caminaron juntos hasta la segunda planta, la misma que había sido usada como una
especie de faro. La brisa era húmeda y traía consigo algo de salitre, pero eso no
opacaba la maravillosa vista que tenían delante de sus ojos. La infinidad de edificios
y lo imponentes que se veían desde allí era algo de admirar.
—Es fantástico—musitó ella, sonriendo tenuemente.
—Lo es—consintió con la vista en ella y la graciosa figura que podía observar desde
su posición.
— ¿Puedo decirte algo —interrogó un tanto meditabundo.
— Sí…
— Nunca pensé que tendría esta conversación contigo.
— Y yo nunca sospeché que tuvieras alguna historia de esta índole para contar.
El vestido completamente arrugado y sucio, sus pies descalzos y el cabello a medio
amarrar le daban un toque natural.
Le enseñó el nombre de cada uno de los edificios y la historia de cómo había sido
descubierta la playa de Rockaway, los ingleses que habían pasado vacaciones en
aquella desolada cabaña y los planes del gobierno para con la economía turística del
lugar, con cada dato que salía de su boca ella confirmaba que en verdad era muy
inteligente, que hablaba con una seguridad propia y un poder de convicción en sus
ojos, que podían convencer a cualquiera de lo que fuera, incluso si estaba
equivocado. Después de varias charlas banales y sin sentido regresaron a la playa, en
esperas de que Anthony apareciese obedeciendo al mensaje que Steve recién
acababa de enviar.
La esperó que se lavase el rostro y colocara los zapatos en el corredor de aquella
humilde tienda de auto servicio, mientras echaba una hojeada a los periódicos y
revistas, buscando entre ellos la noticia de su triunfo del día anterior, tantas cosas
182
habían ocurrido que ya parecía que habían pasado semanas. Era obvio que esa
noticia estaría acompañada con la del anuncio de su noviazgo con la señorita Nolán
St Cloud, cuyo encanto natural había cautivado a la trivial y sin oficio sociedad de
Manhattan. Luego de eso recordó las intenciones del día anterior, entonces se dio
cuenta que nada de lo que había hecho ese día había estado planeado, que si en
verdad hubiese querido aprovecharse de ella y parecer mas héroe de lo que ya era
para ganarse puntos y llevar a cabo su venganza lo hubiese hecho. Extrañamente
nada de eso se cruzó por su mente cuando tuvo aquel ataque de valentía novelesco
que tanto había esperado.
—¿Estás vivo? —Anthony rió bajándose del auto, no pudo disimular su asombro al
ver las fachas en las que se encontraba su mejor amigo.
—Sí, al parecer.
—¿Vamos? —inquirió el chico, por alguna razón tenía mucha prisa.
—Estoy esperando a Emilia.
Anthony frunció el ceño dejando entreabrir los labios dramáticamente.
— ¿Cómo, están juntos?
— Lo hemos estado toda la mañana.
Éste sacudió la cabeza anonadada.
— ¿Qué hacían juntos?
— Después te explico.
— Steve que no sea lo que me estoy imaginando.
— Puede que lo sea, pero ha tomado otro rumbo.
Guardaron silencio cuando Emilia se acercó ya un poco más presentable. Saludó a
Anthony con la frialdad acostumbrada, las vacaciones habían terminado. El chico
anunció su falta de tiempo y el gran favor que le harían si se daban prisa. Caminó
hasta el auto dejándoles a solas por unos instantes.
— ¿Puedo hacerte una última confesión? —algo en los ojos de Steve era
completamente nuevo.
— Sí.
— Mi auto no está averiado.
— ¿Qué?
— Mentí
— ¿Por qué? —inquirió frunciendo el ceño.
— Supongo que en verdad quería unas vacaciones.
— Ósea que… ¿Caminamos casi veinte kilómetros y tu auto funcionaba?
183
Él percibió una ligera nota de fastidio en su voz.
— Ahora soy el Steve de siempre, culpa al de allá. —bufó riendo amenamente.
— Eso es tonto e inmaduro—espetó entre dientes en tono áspero y seco. —
Maldito Steve real—farfulló dándose vuelta y subiendo al auto.
Él le siguió soltando risas bajitas y divertidas.
Extrañamente se sentía como si no quisiera que el día terminase. Lo supo en cuanto
vio el puente de Manhattan, los edificios, el barrio donde Clara residía y todo lo
demás engrandecerse a su vista.
Las vacaciones habían terminado. Era oficial.
Cuando Emilia sacudió su mano desde el jardín del apartamento mientras se
alejaban en le Bentley de Anthony, se dio cuenta que ese día había sido más honesto
de lo que había sido en años, incluso con sus seres más queridos y allegados.
Era tiempo de volver, se repetía lo mismo. Había sido una mañana sumamente
extraña y la reacción de su tía cuando le vio entrar sucia y el rostro demacrado por
los somníferos que había ingerido ignorante le hizo saber que algo que había
ocurrido en aquella fiesta estaba a punto de cambiarle la vida, no solo a ella…
A todo el alumnado de la muy distinguida academia St Judas Tadeo.
184
Capítulo XVIIII
Esa noche al llegar a casa y tumbarse sobre su cómoda cama notó algo nuevo en sí
mismo. Había sido más real que nunca, hablado sobre cosas que siempre evitaba
mencionar. Sin darse cuenta se sumió en un relajante y letargo sueño, dando paso a
las más vividas ilusiones y deseos que darían paso a los verdaderos deseos de su
subconsciente.
Ella y su risa de ensueño resonando en los vacíos de sus sueños sin pesadillas, su
cabello cayendo libre tras su espalda mientras él silenciosamente le observaba desde
la playa cuya arenilla era tan blanca como la sal, el mar impetuoso y salvaje, ella
reía fuerte, caminaba despacio, le miraba diferente y eso se sentía maravilloso. Una
vez más intentó acercarse, distinto a como lo había hecho anteriormente. Entonces
fue cuando vio su rostro cerca el suyo, la carnosidad pura de sus labios, la tenacidad
en su mirada y un deseo poco controlable, en realidad no quería controlarlo.
Apartando cada hebra de su cabello para observar con detenimiento el misterio
encantado de sus ojos.
Quería besarla e iba hacerlo.
Había algo en ella, algo sublime como las más dulces de las melodías, una canción
de Keane, un cuadro de Monet, todas las representaciones de arte. Todo lo bello,
sacro y misterioso
Sus labios se posaron suaves y tiernos sobre los de ella que sonrió maliciosa,
deteniéndose unos instantes para observarla una vez más. Su piel pálida se veía más
traslucida que de costumbre.
Se desaparecía.
Intentó besarle una vez más. Pero ya no lograba verla con claridad
—Es un sueño—musitó ella, luego una risa divertida curvó sus facciones. —
Despierta.
185
***
“EXTRAÑA DESAPARICION DE DOS JOVENES”
“NATY COLEMAN Y SHANNA WOOD DESAPARECIDAS”
Habían desaparecido.
Las chicas liberales sin mando y ley, habían desaparecido.
Comprendió el porqué del miedo y reacción que su tía había tomado la tarde que
apareció como una pordiosera y sin ninguna explicación coherente. Mientras leía y
releía el periódico podía sentir la angustia que sintió su tía, entonces recordó lo que
estuvo a punto de ocurrir esa noche, el miedo acrecentándose en su interior.
Si Steve no hubiese sido un caballeroso héroe aquella noche, si tan solo hubiera
ignorado las bases de sus principios y se hubiese dejado llevar por el resentimiento
que profesaba tenerle..., probablemente el encabezado de ese periódico.
Ahora era más comprensible todo. Cuando la maestra entro al aula con rostro adusto
y mirada fría, creyó que solo sería una reprimenda por algún rayón en los muros de
la cancha o baño. Esto era más serio, esto implicaba una cosa, tal vez a la que más le
temen los seres humanos: La muerte.
—Era una fiesta a expensas suya—La directora coloco sobre su escritorio el
ejemplar matutino, mirando a Maureen. -, ¿Qué ocurrió?
—No lo sé—la chica torció el gesto, escondiendo el rostro entre sus manos. —No lo
sé.
Steve no le miró ni un momento. Su entrecejo fruncido, los labios apretados
dejándole una arruga en la mejilla derecha, la vista ausente atendiendo a todo lo que
la señora Rosembor decía, le hizo preguntarse a sí misma y con una intención
distinta que ideas podían atravesar su mente, en realidad le interesaba lo que
pensaría el Steve «Real», aquel que sin querer había robado varias carcajadas
después de aquella experiencia traumática. El que se ocultaba tras esa mirada pícara,
ese que hablaba con emoción sobre los corsarios irlandeses y sus tesoros escondidos
bajo las playas de Rockaway.
—¿Qué tiene que decirnos joven Steve? —la mujer le miró por encima de sus lentes,
severa y perturbadoramente.
—Solo que mi hermana no tiene nada que ver—espetó con voz seca y determinada
—. Todos en esta escuela sabemos de las malas compañías y hábitos de las que eran
participes nuestras compañeras, aparte de que la fiesta fue organizada en mayoría
por ellas; Maureen fue solo una ayuda adicional.
186
Tenía toda la razón, y la señora Rosembor lo sabía.
Guardó silencio, abandonando de inmediato el salón.
Él hizo lo mismo llevándose a Anthony consigo, las ganas de llorar no se hicieron
esperar; Emilia se abalanzó sobre Maureen conteniendo sollozos bajos, ella le
recibió con un caluroso abrazo entendiendo en silencio como debía estar sintiéndose
en esos momentos.
—Yo pude haber sido una de ellas-sollozó
—Aún no sabemos si el tipo que te atacó tiene que ver con esto—Mau intentó
calmarle, al ver como se desmadejaba en frente de todos.
—Eso no me hace sentir mejor—ella caminó hasta la ventana del aula que ahora
estaba completamente vacía.
Maureen le siguió en silencio.
—Hay tantas cosas que me están hiriendo. Esto solo lo empeora más-sacudió la
cabeza confundida, tomando asiento en uno de los pupitres vacíos.—, y de no haber
sido por tu hermano... No sé qué hubiese sido de mí, me salvó—dijo, y aun no creía
que el día anterior había sido real.
Mau soltó una lúgubre risa.
—Todos han creído que es un idiota desconsiderado, pero es un caballero, su alma
es más noble de lo que Él cree.
En realidad lo era.
Cuando Courtney se acercó nuevamente a intentar cumplir sus deseos y sacar un "sí"
de aquellos labios necios, no le causó más que repulsa, porque las chicas que habían
desaparecido se supone eran sus amigas; y allí estaba ella muy campante haciendo
uso de sus atributos, como si nada hubiese ocurrido.
—Desapareciste. —musitó.
—Tenia asuntos que resolver-miró a través del pasillo, Emilia y Mau se marchaban.
—Ha sido una sorpresa, ocurrieron muchas cosas esa noche. Algunas personas se le
aflojan los tornillos con El frenesí de la fiesta.
Steve frunció el ceño.
—Pierden cualquier resabio de educación y decoro.
—Siento no poder mantener esta conversación—espetó, Anthony caminaba hacía el
baño de los chicos. Había estado evitándole los últimos dos días, por temor a que
187
quisiese entablar una conversación con respecto a lo acontecido en aquella playa;
ahora necesitaba hablar con él y recibir escuchar con lujo de detalles los sucesos que
precedieron su partida. Tenía una corazonada, casi la seguridad de que el mismo que
había intentado abusar de Emilia, se había llevado a las dos chicas.
Courtney pareció notar la indiferencia, por primera vez se marchaba en silencio, sin
hacer algún comentario fuera de lugar. Las palabras que había dicho segundos antes
claramente iban dirigidas a Emilia. Pero...
¿Acaso el incidente en el baño se había sabido?
—Necesitamos hablar—dijo, Anthony se dio vuelta mirándole con rostro huraño.
—Me has estado ignorando estos dos días, ¿Es sobre eso que quieres hablar?
Él le miró con rostro dubitativo.
—¿Qué pasó esa noche?
Anthony abrió el grifo del baño, apretando los labios frustrado. Al igual que Steve,
no tenía ni la más remota idea de los sucesos.
—No sé.
—Esa se ha convertido en la palabra favorita de todos hoy.
—Lo único raro que vi esa noche fueron aquellos dos, no sé qué más decir. Dime tú,
¿Cómo fue que supiste de las intenciones de aquel individuo?
—Estaba muy al pendiente—«muy», ahora empezaba a notarlo.
—Steve, con respecto a eso... Yo creo que-Anthony parecía avergonzado-no
deberías jugar con fuego.
—No lo haré. —aseveró con mi mirada resuelta.
—Ya empezaste, ¿Cierto? Te lo advierto: No es algo con lo que se pueda jugar, sería
una vileza comprobar que tu amabilidad de aquella tarde esconde las oscuras
intenciones que mencionaste en la fiesta.
—No tiene nada que ver... —Steve se miró al espejo detenidamente. Haber sido real
esa tarde no fue ningún truco.
Entonces se dio cuenta de algo que podía ser muy mínimo y a la vez importante.
Ese día no había mentido. Cada palabra había sido tan real como las emociones que
la precedían.
Y allí una nueva emoción: Miedo.
188
Porque algo había empezado a importarle, más allá de su interés propio
El estar allí interrogando a Anthony era la prueba reina.
—Hay un cambio de planes—dijo, mordiéndose el labio con insistencia—.Tenemos
que encontrar a alguien.
—Espera—Anthony soltó una risita nerviosa—¿Qué pasó con tu "venganza"?
—Digamos que está aplazada, por ahora.
Román apareció de la nada, tímidamente se lavó las manos siendo presa de las
miradas inquisitivas de los dos muchachos.
¿Cuánto tiempo había estado allí?
—Que lio con todo eso de las chicas, ¿eh?
—Sí, un enorme lio. No me imagino la desesperación que deben sentir los Coleman,
los padres de Naty llegaron de Canadá ayer—Anthony parecía sonrojado.
—Tenemos una charla pendiente—intervino Steve—, no creas que todo este lio me
ha hecho olvidar tus intenciones para con mi hermana.
—Son todas buenas-Román tomó una toalla y secó sus manos, disponiéndose a salir
de allí.—, Y si no lo fueran, eres el menos indicado para opinar.
El joven Hampton soltó una risita irónica.
—Soy su hermano—le bloqueó la salida con expresión amenazadora—, Y primero
te rompo todos y cada uno de tus huesos antes de que quieras pasarte de listo.
Román retiró educadamente la mano que Steve mantenía erguida sobre los goznes
de la puerta.
—Eso, si me dejo. Principito.
Se marchó dejándoles en silencio y desconcertados.
—¿Entonces? —Anthony rió nervioso.
—Hay que ir al puerto esta noche.
—No quieras ser un héroe, por favor.
—A las diez en punto—dijo, luego se marchó tras los pasos de Román.
189
***
«Por tu bien, porque me agradas te lo advierto: aléjate de él.» Las palabras de
Román parecían amargas, escritas con un indisimulado odio hacia "él". Sabía
exactamente a quien se refería. Pero ignoraba el motivo de su advertencia; puesto
que su tarde de playa era hasta ahora desconocida, todo lo ocurrido ese fin de
semana era desconocido. Dobló la nota escondiéndola en el bolsillo falso de su
falda; las recientes noticias de las desapariciones le habían afectado un poco, la
sensación de saberse en el lugar de aquellas chicas.
JustMauKiss: "¡Román quiere verte, está en el pasillo de ciencias!"
Caminó de inmediato hasta donde le había indicado Mau, divisando de inmediato el
cabello castaño de Román y su piel más traslucida a la luz de la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó temerosa.
—No sé qué ocurrió entre ustedes—musitó Román, el rostro inexpresivo las
facciones tiernas y suaves ahora eran duras, frívolas—, Pero he escuchado algo que
no me gustó, estoy seguro, porque creo conocerte que a ti tampoco.
—Román—llamó con voz tensa—Exijo saberlo ya, sin tantos rodeos ¿Qué ocurre?
—Escuché una conversación entre Steve y Anthony. Donde hablaban sobre una
venganza, hablaban de ti. Y de acuerdo a lo que Maureen me contó no puedo más
que imaginar que él haya tenido que ver con eso...
Emilia soltó una risita irónica.
—Te equivocas, todos se han equivocado con respecto a él.
—¿Qué dices? —Román no intentó disimular el descontento en su voz.
—Lo que oíste. Steve es agradable—bien... Ni ella misma se creía eso—, muy en el
fondo. Muy en el fondo, cuando digo en el fondo me refiero a profundidades.
—Estás bromeando, ¿Cierto?
—No. Lo que pasó esa noche...
—Lo que pasó esa noche pudo haber sido causado por él, ¿No lo ves? Todas sus
acciones erradas. Toda su pantomima de que eras su novia; para atraer la atención de
los medios. Luego, ¿Solo él nota lo que había estado planeando aquel imbécil? Todo
concuerda. Todo. No me digas que no ha podido verlo.
—¿Qué? —inquirió confundida.
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—Que ha intentado vengarse de ti de la forma más cruel y vil—su acento retumbó
en cada de una de las palabras que salían de su boca.
—No entiendo.
—¡Emilia, por favor! ¡Ha intentado seducirte!
La sangre latió fuerte en sus sienes, la culpa no se hizo esperar acompañada del
resplandeciente e inocente recuerdo de Brand.
—No puede ser—se dijo así misma. Algo de razón tenía Román, mucha razón.
Pero..., si todo era cierto. Entonces el Steve «Real» jamás había existido. Y la
historia de Daniel había sido una treta.
Seguía siendo el mismo maldito petulante y engreído.
—¿Captas el mensaje?
Ella asintió desconcertada. Y pensar que hacia una milésima de segundos había
intentado defenderle. Todo comenzaba a tornarse más oscuro. Si aquel tipo había
sido cómplice de Steve para hacerle quedar como un héroe... Entonces, ¿Dónde
estaban las chicas?
Dejó a Román con la palabra en la boca, girando sobre sus talones con una pobre
excusa, para ir directo hacia su casillero y tomar los libros de ciencias mientras
meditaba sobre todo los acontecimientos, y las razones de porque se sentía afectada
ante una «Traición» por parte de Steve.
Se detuvo tomando un respiro antes de girar la perilla.
¿Porque sentía ese ligero sentimiento de decepción? Reflexionó por unos instantes
recuperando la intransigencia de su carácter.
«Vete a la mierda Steve Hampton» se dijo a sí misma. «Y llévate a todos tus alter
egos contigo»
Él podía irse y quedarse allá el tiempo que quisiese. ¿Quién iba a extrañarle?
Por un segundo creyó...
Mejor se olvidaba de ello y punto. Cuando se dirigía al salón planeando estrategias
para ignorarle, no pudo ser indiferente a la mirada de Courtney y varios
acompañantes que recostados a la pared del aula hablaban entre si, una risita burlona
brotó de los labios de esta; la ignoró. El resto del grupo le imitó.
¿Tenía cara de payaso o algo?
Frunció el ceño con expresión reacia, sacudiendo la cabeza para despejar.
191
—¿Por cuánto te salió la noche? —uno de los compinches de Courtney se acercó, su
tono era socarrón y petulante.
—¿Qué? —había escuchado claramente, ignoraba la intención y el motivo de la
pregunta.
Courtney soltó una risita.
—Oh vamos—se acercó hipócrita y pedante hasta su lado, posando su mano sobre el
hombro de la chica—, no la molesten, es obvio que tiene tantos clientes que olvidó
el del sábado.
—Lo siento—Emilia retiró su mano, sin disimular el asco que esta le provocaba.
El mismo tipo que había preguntado se carcajeó bajito.
—Para nadie es un secreto lo de tu desmadre en la fiesta.
Levantó el rostro, abriendo los ojos como platos.
—¿De qué hablan? —inquirió nerviosa.
El grupo rió entre sí.
—Pobrecita, ojalá y frente al tribunal recuerdes. Debías conocer al tipo con que te
revolcabas en el baño ¿No? Lo que te hace cómplice de la desaparición de mis
amigas.
—¿Perdón? —quiso sonar enfadada.
¿Cómo sabían de ese incidente?
Steve...
—Aparte de fácil, sorda.
La castaña no hizo más que soltar una risita, el verdadero desmadre lo tendría allí,
cuando arrancara cada una de las hebras pelirrojas de la cabeza de Courtney.
—¿Fácil? La chica que se la pasa tras alguien invitándolo, acosándolo y fastidiando,
aun cuando sabe que tiene novia... ¿Me llama fácil? —se carcajeó sombría y
malévola. La rabia que tenía para con Steve se vería descargada en el rostro de
Courtney y quizás en alguno de sus compinches. Todos guardaron silencio. Había
dado en el blanco.
—Cuida tus palabras—se detuvo, adoptando una posición más firme, luego
corrigió—: cuiden sus palabras.
Un silencio perturbador se apoderó del pasillo.
192
—No me conocen—musitó disponiéndose a marchar, encontrándose de frente con la
mirada penetrante de Steve que recién llegaba en compañía de Anthony.
—Tienes razón—consintió el amigo flacucho y algo afeminado de Courtney. —No
te conocemos, y con todo lo que pasó esa noche ¿Quién nos asegura que no tuviste
nada que ver con la desaparición de las chicas?
Steve se detuvo momentáneamente, escuchando con atención lo que hasta hacia un
momento parecía haber sido una simple conversa.
—Al fin y al cabo era un "amiguito" tuyo, los extraños de la fiesta eran tus amigos,
¿Vas a negarlo? y no eres más que una aparecida, nadie sabe de ti. ¿Quién puede
abogar a tu favor?
Steve caminó hasta donde se llevaba a cabo la charla, colocándose al lado de Emilia,
que con rostro inexpresivo escuchaba atentamente cada palabra de aquel marica
entrometido.
—Ninguna aparecida—espetó Steve, fulminando a Jonah Mcgraw con la mirada—,
mi novia por si no lo sabían.
—Y entonces el trio se completa. Oh esperen, no está el extraño de esa noche.
¿Cómo se llama? Tú debes saberlo Emilia.
—Educadamente y con el respeto que te mereces te pido que pares.
Steve instintivamente le tomó de la mano. Quiso apartarla de inmediata cautiva de
una ira inmensa y apatías viejas renaciendo en el momento. Pero inexplicablemente
no pudo.
—Vaya—suspiró Jonah, excitado por la mirada de leona y malicia que Emilia
clavaba en el rostro de Courtney. —Educadamente.
—¿Se puede saber qué es lo que te pasa? —quiso saber Steve, empezaba a perder
los estribos. —De repente siento que se ensañara con una persona inocente en vez de
ayudar con la búsqueda de las chicas.
—¿Acaso no lo ves? —Courtney soltó una risita burlona—, o te empeñas en
ocultarlo. ¡Todo el mundo sabe de la aventurita que tu «novia» tuvo en el baño de la
discoteca! No intentes hacerte el ignorante.
Una carcajada fría y arrogante se escapó de los labios de Steve, dejando pasar por
alto que Emilia se había soltado de su mano, y que iba decidida sobre Jonah a
golpearle. Reaccionó por reflejo sosteniéndole por la cintura, impresionado como
todos los espectadores y chicos que cruzaban por el pasillo en aquel preciso instante.
—¡Idiota—gritó por lo bajo—, poco hombre!
193
Steve le atrajo hacia él, haciendo un esfuerzo por ignorar las miradas inquisitivas de
todos.
Jonah retrocedió dos pasos soltando una risita burlona.
—Maldita forastera—masculló tomando una posición erguida. Lo que hizo que
Steve empezara a perder la paciencia. No era ni el lugar, ni las personas indicadas
para un escándalo de esa índole.
—Vámonos—Musitó ultrajándole para sacarla del bullicio que empezaba.
Courtney abrió los ojos como platos al sentir el peso de la mirada del joven
Hampton en su rostro.
—Que poco decoro—dijo, luego se dio vuelta.
—Mira qué curioso—Murmuró Jonah—: Menos decoro hay en ese intento fallido de
prostituta. Sin previo aviso, casi por reflejo Steve se abalanzó sobre este ultrajándole
por el cuello con la más pura insensibilidad ante los débiles manoteos de su
adversario.
Emilia gritó angustiada halando con desespero la costura de su cuello de lino, la
mano de Steve se levantó dispuesta a reventarle el maxilar, no entendía el porqué de
su ira. Los ojos de Jonah no se arrepintieron, ni mucho menos se acobardaron.
Courtney gimió bajito metiéndose entre ambos con toda la fuerza que pudo.
—¡Basta! —gritó Em, enrojecida por la ira. Luego farfulló: —Aquí quien debe
partirle la cara soy yo, y no voy hacerlo porque me importa un pito lo que piensen
este maricon.
Todos guardaron silencio, el labio de Steve temblaba dramáticamente, mientras que
Jonah respiraba con tranquilidad.
Steve retrocedió suavemente, aún tenía esa expresión de ira, dando la impresión de
que podía darse vuelta en cualquier momento y cumplir sus amenazas.
Emilia asintió apretándose a sus libros, corriendo hasta la cancha más cercana,
llevándose consigo todas las miradas de los espectadores. Qué día fatal. Ya bastante
tenía con los miedos que aquel fin de semana le habían causado, la decepción ante el
descubrimiento de las verdaderas intenciones de Steve. La ausencia de Brand, de su
padre… de su madre.
Caminó a pasos rutilantes, sin importar las caras de todos los que la veían en el
camino, deteniéndose ipso facto frente la puerta del gimnasio.
¿Desde cuándo se había convertido en una llorona melosa y tonta? Tomó un respiro,
girando sobre sus talones para dirigirse al pasillo donde se ubicaba su casillero,
194
recoger sus cosas y largarse de allí con la excusa de algún dolor. Un dolor ficticio
que desviar la atención de aquel dolor que en verdad sentía, ni ella misma lo había
notado hasta que se vio palpando suavemente su pecho como en busca de verdaderas
cicatrices. No había nada, ni siquiera heridas.
Había solo una cosa en la que Steve no había mentido: El dolor emocional superaba
en dimensiones al dolor físico, eso que sentía era más insoportable.
No era el hecho de que todo el mundo creyera que la desaparición de las chicas
tuviese que ver con ella. Era el hecho de sentirse más sola que de costumbre, como
si a cada instante se quebraran miles de copas cristalizadas; y nadie escuchara.
Como si estuviese parada en la cima de la estatua de la libertad gritando y todos
aplaudiendo, porque la oían, no la escuchaban.
Y eso empezaba a fastidiarle la existencia.
—¡Emilia! —gritó Steve alcanzándole a toda prisa, sintió como este posaba la mano
sobre su hombro segundos antes de doblar el pasillo. Ella repeló sin consideración
alguna.
—¡No me toques! —chilló, dejando caer los libros que traían en mano.
Él se apresuró a ayudarle, viéndose ahuyentando por la rapidez en las extremidades
de Em, que en menos de un segundo ya se había agachado a recogerlos.
—¿Qué pasa? —preguntó él en tono inocente.
Ella torció el gesto, continuando su camino.
—¿Em?
Irónicamente, tres meses atrás había tenido una conversación similar.
—No me llames así—suplicó con voz cansada.
Steve le siguió sigiloso, buscando entre sus recientes acciones algo que le hubiese
ofendido. Era inocente, no había intentado dañarla. Al menos no ese día.
—¿Quieres dejar de seguirme? —ella estrelló con violencia sus libros sobre la
puerta del casillero en lo que intentaba abrirla. —Tengo que irme.
—¿Por qué? —Su rostro se contrajo en una indisimulada mueca de preocupación—
¿Te sientes mal?
—¡Deja de fingir! —explotó ella conteniendo las lágrimas. —Si crees que con el
cuento del Steve «Real» iba a cambiar mi concepto sobre ti estás muy equivocado.
¡Lo empeoraste! Eres un maldito y patético mentiroso que ha usado el recuerdo de
195
un ser especial para lograr sus oscuras intenciones. Déjame decirte algo: ¡Conmigo
no funciona así! Y puedes tomar todos tus alter egos y metértelos por…
—¡Para! —gritó él temblando de la ira—¿De qué demonios me estás hablando?
Em cerró su casillero acomodando la mochila en su hombro.
—Tú sabes de qué.
—No, no lo sé.
—¡Deja de fingir! —la fuerza que había recobrado segundos antes empezaba a
desvanecerse—¡Mentiste, eres un vil farsante!
Él alcanzó a sostenerla del brazo con dureza.
—No mientas más—susurró sin fuerza alguna—, Seguramente fuiste tú quien
provocó lo del incidente. —Steve se había acercado un poco más, ella perdió toda
movilidad de sus extremidades, dejándose dar vuelta hasta quedar en frente del
príncipe Hampton, que en ese momento le miraba de un modo completamente
distinto.
—Yo jamás haría algo como eso. —Musitó—Y no sé de qué me estás culpando,
pero soy inocente, puedo jurarlo. Emilia esa tarde fue mágica, fue lo que había
estado necesitando desde hace años. Aunque las circunstancias no fueron las
mejores te quedaste allí, me escuchaste y… —rió entristecido—Encontraste a
alguien que había perdido desde hacía tiempo.
—Quisiera creerte… —farfulló ella recostándose sobre su hombro. —No sé en
quien confiar ya.
—No soy digno de tu confianza—admitió, enredando las manos en el cabello
castaño de la chica. —Porque no tuvimos el mejor comienzo. Y creo saber de qué
me acusas—Em se retiró un poco para poder verle el rostro y la expresión sublime y
tierna que halló en este le sorprendió. —, mis intenciones el día de la carrera no eran
las más buenas, Lo admito. Pero lo que viví después contigo, ha cambiado todo.
Perdóname, entenderé si no vuelves a hablarme…, pero lo ocurrido con nuestras
compañeras me ha hecho comprender muchas cosas. Y quiero hacerte saber que en
mi tienes un amigo más.
—No me mientas—su voz comenzaba a quebrarse—, Solo quiero poder confiar en
alguien. Para poder lidiar con esto que se viene, yo no conocía a ese tipo. Lo juro.
Fui una más de sus víctimas, ahora todo el mundo creerá que…
—Shsh—le acalló con ternura—Ahora estás conmigo, es su palabra contra la mía.
No permitiré que te culpen de esto.
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Ella rió apesumbrada.
—Confiaré en ti Steve, no me defraudes por favor.
—Es un nuevo comienzo—dijo él estrechando su mano suavemente—. No más
peleas, ni mucho menos pasado. La guerra se termina aquí.
Em soltó una ligera sonrisa.
—Paz.
—No más treguas. —Steve soltó su mano con ligereza, para acomodar la maraña de
cabellos que se alborotaban en su frente. —Un trato definitivo, prometo olvidar todo
lo que ha ocurrido entre nosotros.
La chica rió en silencio, alejándole con suavidad.
—Hecho.
Los latidos desbocados de Steve solo eran audibles para el mismo, la sangre subió a
sus mejillas en un hecho sin precedentes de sonrojo ante una chica
¿Qué le ocurría?
Las imágenes de su reciente sueño inundaron su sentido, haciéndole disminuir la
distancia; mientras que Emilia retrocedía. En un pudoroso intento de evitar lo que
presentía podía ocurrir. Cuando de repente las manos de él rodearon su cabeza
trayéndola a la miel prohibida de sus labios, dejándole sin aliento cuando estos
hicieron contacto, quiso retirarle de inmediato en un intento desesperado por buscar
aire, Steve se acercó más apresándole con fuerza. Eso era un abuso de confianza.
Logró sacárselo de encima empujándole con todas sus fuerzas, haciéndole perder el
equilibrio por unos instantes.
—¿Se puede saber qué es lo que te pasa? —rechinó sin aliento. —¡Idiota!
Él sacudió la cabeza un tanto grogui, balanceándose sobre sus pies a punto de perder
el equilibrio.
—Ganas de besar a mi novia—confesó ruborizado.
—¡Dijiste que empezaríamos de cero! —exclamó ella a punto de estallar
encolerizada. —¡Estúpido!
—Eh—él se acercó con la firme decisión de besarla nuevamente, encontrándose con
un certero y fuerte palmeada en su mejilla.
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—¡¿Qué te crees?! ¡¿ah?! A esta voy y le digo unas cuantas palabras lindas y cae.
Listo. Déjame decirte algo Steve Hampton, voy a demostrarte que hay algunas cosas
en la vida que no puedes tener.
—Fue impulso—renegó fastidiado—, ni siquiera me gustó.
Lo que hizo que la sangre de Em hirviera hasta subirse a su cabeza afanosa y
enojada. Girando sobre su talones para largarse de una buena vez de allí.
—¡Lo siento! —se disculpó entre risas Steve— ¡Lo siento! —y ella no volvió a
mirar.
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Capítulo XX
Loan sonrió al ver el primer cartel que Brand sostenía entre sus manos. Después de
tres días de reposo, de noches en vela por el dolor de su vientre, seguía manteniendo
una enorme sonrisa, las mañanas de descanso en su compañía, observando silenciosa
la forma en que pintaba las letras de aquellos carteles de la «promesa» como él
mismo los había llamado.
Ahora allí sosteniendo el lienzo mientras el medía se daba cuenta de algo.
«Ando por allí queriéndote encontrar. -Genie»
Estiró la mano con el enorme cartel, el día que le había enseñado la torre de agua,
antes de que se comportara como un valeroso héroe. Había soñado con alguien
capaz de hacer por ella lo que él hacía por Emilia; eso era amor. Joven e inexperto
amor. Sentirse de la forma en que se sentía Brand en aquellos momentos, la
exaltación en los latidos de su pecho. La expectativa por encontrarla, y entonces por
primera vez en meses se dio cuenta que había estado engañándose a sí misma; su
corazón no era de piedra, hacía tiempo que había estado necesitando de alguien más,
que le avergonzaba demostrarlo..., esa era otra cuestión.
—¿Crees que sea buena idea? ¿Qué puede verse desde aquí?
—Confía en mi Cowboy, si te traje aquí es porque estoy segura que toda Manhattan
verá eso.
—Eso espero—musitó, luego estiró la mano forzosamente para recibir de manos de
Loan el lienzo—, Después me acompañaras a las escuelas. ¿Te sientes con fuerza
para eso?
—Tú dices que parezco un hada, pero fíjate que Tinker Bell es poderosa. Así que...
—Que parezcas no quiere decir que seas. Y me preocupa que vayas a lastimarte, no
podré vivir con el peso de la culpa.
—Date prisa—ella soltó una risita burlona.
—Voy—él se sostuvo fuerte de la punta que ella tendía con destreza—Solo
levántala un poco.
Loan obedeció alzando el brazo con delicadeza, tratando de no lastimarse.
En cuanto pudo acomodar el susodicho cartel, Brand sonrió ayudándole a subir por
las escalas que a juzgar por el óxido en las barandas no parecían del todo seguras.
La magnificencia de Manhattan se presentaba ante ellos en toda la extensión de la
palabra. Haciéndole olvidar por un segundo las tristezas y ansiedades que los
acosaban a diario. Llenándose de optimismo, cuando el brazo de Brand se posó
199
sobre sus hombros un sentimiento similar al experimentado en la habitación de aquel
hospital se hizo presente. Su perfil terso y moreno, la sonrisa infantil curvando sus
labios. Rió silenciosa, entonces mencionó algún recuerdo de locuras cometidas en
compañía de su hermano. Quien desaparecía por largos periodos de tiempo y casi
nunca llamaba. Borrándolos de inmediato, Brand podía ser todo; menos un hermano.
Lo supo de inmediato; los choques eléctricos al contacto de su piel, comenzaban a
advertirle que una amistad inocente y libre de esas intenciones empezaba a finalizar.
—Eres un gran chico—musitó nostálgica—, te mereces lo mejor.
—Tú también Loan, como ninguna.
Ella apartó la vista conteniendo un suspiro.
—Son afortunados—dijo entre dientes—Muy afortunados, cosas así no pasan a
diario. Estas pruebas de que la humanidad es buena e inocente; son casos
excepcionales. Lastimosamente no todos poseemos la dicha de tener una historia así.
Brand frunció el ceño, un tanto ruborizado. Las palabras de Loan no le tomaban por
sorpresa, era el sentimiento impregnado en cada una de ellas. Sus mejillas
sonrosadas, los rizos rebeldes cayendo sobre sus hombros.
—Algo digno de escribirse—dijo ella, alejando un poco el brazo de Brand para
aproximarse a la baranda de protección. -El chico que la encontró en medio de
cuatro millones de habitantes.
—¿Escribes Loan? —él se aproximó, tomándole la mano involuntariamente. Ella la
apartó.
—Cuando las cosas lo ameritan. Y esta sin duda lo es. La forma en que sobrellevas
las distancias, esas noches de soledad, y sigues sonriendo como si eso no te afectara.
—Las distancias-dijo él, una sonrisa traviesa le curvó los labios—, solo sirven para
hacer de esto que siento algo más fuerte.
—Brand, maldita sea. ¿De qué cuento de Disney te has escapado?
El chico rió sonrojado.
—De ninguno. Soy tan real como tus rizos alocados.
Loan se carcajeó divertida, apretándose a su pecho.
—Saliste de tu propio cuento, Cowboy.
—¿Y tú? Tienes alguno.
200
—Digamos que yo soy la espectadora, una simple espectadora que te está ayudando-
y solo ella sabía cuan amargo era eso.
Una vida sin nudos y desenlaces. Una vida sin príncipes, ni perdices.
***
—Creo que me haré en los pantalones.
—Anthony dejó caer la cabeza en el cojín del auto—Esto ya es demasiado riesgo.
—Deja de lloriquear—Steve miró por el retrovisor. Luego desactivo el seguro del
auto para descender y empezar la búsqueda del responsable del incidente de Em
aquella noche.—Si es preciso correr hoy, correremos. Puedes quedarte aquí si así lo
quieres.
—Por más peligroso que sea y miedo que tenga, no voy a dejarte solo.
—Gracias—musitó Steve, en ese momento no le nació hacer alguna broma sobre el
empalagoso comentario de su mejor amigo—. Tendremos que esperar hasta que el
enano de la fiesta aparezca.
—¿Crees que aparezca? Recuerda que ellos no son de aquí.
—¿Ellos?—Steve frunció el ceño, guardó su móvil y buscó entre los rostro huraños
y algo embragados, algunos quien sabe si drogados.—¿Quiénes son ellos?
—Ah, olvidaba que tu mente es subjetiva y olvida tus fracasos. Los chicos del
camaro que te ganaron aquella noche. ¿Los recuerdas?
Como no recordarlos. Había sido la primera vez que lo vencían en algo que
consideraba uno de sus fuertes. Eran dos. Pero, esa noche el que había drogado a
Emilia era demasiado mayor para ser un niño de dieciocho años.
—Sí, los recuerdo. Era uno alto y moreno. Sin tatuajes ni mechas en el cabello. No
era el mismo de la fiesta. —hablaba lo más alto posible. El ruido de los motores y la
música impedía mantener una conversa a decibeles normales.
—¿Sabes que es lo extraño? —Sacudió una mota de cigarro que se había adherido a
su costoso jersey.—Las chicas no conocen de estos lares, al menos eso creía.
—Quien sabe. Tal vez frecuentaban unos más peligrosos, no dejo de relacionar la
aparición de ese mal nacido con ellas.
—A lo mejor y el "enano" de aquí fue quien lo llevó, él puede darnos las respuestas.
Hay que empezar por algún lado.
201
Y hacerlo rápido. Cada segundo muerto reducía la posibilidad de hallarlas. ¿Quién
decía que estaban desaparecidas en contra de su voluntad? Pero, si hubieran querido
huir... El hecho de hacerlo esa noche y en aquellas circunstancias daba mucho que
pensar. Estaban en peligro, y ahora ellos querían ser héroes buscándolas por aquellos
parajes desconocidos.
—¡Mira!—Anthony gritó exaltado cuando vio aparecer a Josh en compañía de
alguien diferente. No era su compañero habitual, tampoco el tipo de la fiesta—Hay
que ir por él—musitó el chico empezando a caminar hasta donde el pueblerino
charlaba amenamente con varias chicas.
—Espera—Steve meditó por unos segundos, observó la posición relajada de este
dudando entre ir o no. De todas formas ya habían ocurrido muchas cosas, actuar con
ligereza sin medir las consecuencias solo empeoraría todo.—, ¿Está solo?
—No. Mira al rubio. El que está en el interior del auto, vienen juntos. ¿Crees que
podamos acercarnos? Preguntar por su amigo y marcharnos.
Ambos se acercaron con sigilo y precaución. Ese parecía ser un joven igual que
ellos, algo torpe, pero no tenía pinta de criminal. Al menos en lo que alcanzaban a
ver. Su expresión se mantuvo igual de jovial y calma; Steve sonrió con amabilidad a
las chicas que podían tener como máximo dieciséis años. Vestidas provocativamente
y de mal gusto.
—Buenas noches—dijo, miró fijamente al rubio de ojos claros que se encontraba en
el interior del auto.
—Buenas—contestó Josh, dirigiendo una mirada a su acompañante para que le
bajase a la música del auto.
Anthony se acercó a la espalda de Steve, vigilando a su alrededor.
—¿Tu eres Josh, cierto?—la voz de Steve era seca, su rostro inexpresivo.
—Depende.
Rió. Miró a su compañero y entornó su mirada a los dos foráneos de zapatos caros y
ropa de marca que al parecer creían tener un asunto pendiente con él.
—¿Depende de qué?—espetó Steve bruscamente.
—De quien lo busca.
—No somos policías—declaró Anthony de inmediato.
—Es claro que no lo son —Josh soltó una risita nerviosa—. Son casi unos niños.
202
—¿Qué necesitan?—el rubio en el interior del auto dejo ver una mueca de fastidio—
Para que nos dejen a solas.
Steve suspiró buscando en su celular una captura que incluyera a Naty y Shanna,
mostrárselas como medio de recordatorio. Esos rostros debían serles conocidos, al
menos para Josh.
El cual frunció el ceño y miró aterrorizado la fotografía.
—¿Las conoces?—preguntó Anthony, Steve acercó más el dispositivo para que Josh
lograra ver con claridad.
—Son las que invitaron a Levitt a tu fiesta—Josh entre abrió los labios ano nadado.
—¿Levitt? —Inquirió Anthony—¿Así se llama?
Josh asintió en silencio, bajándose del auto inmediatamente.
—¿Dónde podemos encontrarlo?—quiso saber Steve.
—No lo sé. Desde la fiesta no lo he visto.
Steve y Anthony se miraron estupefactos.
—¿Cómo qué no?
—Sí, debo aclarar que estábamos juntos en tu dichosa fiesta modelito, pero no
revueltos. Él tenía sus planes aparte. Yo solo acompañaba, después de una carrera
me pidió encarecidamente eso.
—¿Quieres decirnos que lo acababas de conocer?
El chico asintió, el muchacho rubio se bajó del auto uniéndose a la conversa.
—Ese, al que buscan—musitó en tono grave y serio—, tiene tres semanas sin venir
por estos lados. Debe dinero y al parecer el lio es con personas poco dadivosas o
piadosas.
—¿Le conoces? —preguntó Anthony.
—Pues claro que sí. Todos en estas carreras le conocen.
—¿Lo ven? —Josh se sintió esperanzado al hallar apoyo por parte de su
acompañante.
—¿Y tú quién eres? —Steve le lanzó una mirada inquisitiva.
—Paul. Paul Wilkies—el chico sonrió ameno, podía tener como máximo veinte
cinco años.—. Conozco a Levitt desde hace mucho, suele desaparecer por épocas. Y
203
no me extraña que haya ido a su fiesta con alguien que acababa de conocer por los
piques.
—Exacto—musitó Josh—. Estábamos juntos, pero no revueltos. Él desapareció a
eso de las doce. No le vi más.
Steve soltó un bufido. Esa historia tenía muchos vahídos e incoherencias.
—Un momento—meditó Anthony—¿Quién nos asegura que esto que estás diciendo
no es más que una coartada para protegerte de las consecuencias de esa noche?
—¿Coartada? —Josh más que confundido parecía aterrorizado.
—Sí, ¿Negarás que eras participe de los planes que tu amigo tenía en mente esa
noche?
—¿De qué me están hablando? Esa noche fuimos juntos, no lo estábamos. Ni
siquiera sé el porqué de su ausencia. No sé a qué se refieren.
Anthony soltó una risita irónica.
—¿Qué ocurrió? —quiso saber Paul.
—Pasa, que ese malnacido drogó a una de nuestras compañeras, y por poco abusa de
ella.
Los dos chicos guardaron silencio.
Steve les miró lleno de ira. Buscando las palabras correctas para amenazarles, para
sonar lo más tenebroso posible.
—Vinimos por eso, y por las que están desaparecidas. Créeme Josh, cuando digo
que iré hasta lo más profundo para averiguar dónde están mis amigas, no miento. Y
no me importa a quien tenga que llevarme por delante. Así que puede aprovechar
este momento para confesar la ubicación de su compinche.
Josh soltó una risita nerviosa.
—Me ofendes modelito, ¿En verdad crees que si supiera algo de Levitt usaría
inventaría semejante excusa tan pobre? Insultas a mi cerebro e imaginación. Yo diría
algo más convincente. En caso de que estuviera envuelto en los líos de este tipo.
—Él tiene razón—asintió Paul—. Además si tienen algún problema con Levitt de
antemano deben saber que él siempre trabaja solo. Por eso cuando desaparece no
deja huellas ni nadie que pueda dar razones.
—Eso lo complica todo—masculló Anthony lleno de ira.
—Pero no nos detendrá.
204
Steve estaba dispuesto a llegar hasta los últimos cuchitriles de Manhattan hasta
encontrarlo.
—Suerte con eso—masculló Josh.
—Suerte—Steve rió sarcástico y pérfido—. Eso es lo que necesitarás. Cuando me
encargue de poner sobre ti todo el peso de del poder que mi familia puede tener en
los estrados de esta ciudad.
Lo que hizo que Josh se colocará a la defensiva.
—Mira niñito lindo, tu a mí no me vienes a asustar con las influencias de papá. Aquí
estás en mi mundo y en el de Levitt, y los líos no se arreglan con corbata y papel.
Nuestro mundo nuestras reglas.
—¿Y crees que con eso nos va a ahuyentar? —la intensidad y odio en los ojos de
Steve se acrecentaba. —Conozco estos lugares desde hace cuatro años. Sé cómo se
manejan las cosas aquí.
—Steve—Anthony comenzaba a presentir las intenciones de su amigo —, no creo
que sea buena idea.
—Entonces si quieres encontrar a Levitt debes regirte por ellas. —Josh le miró
malicioso.
—Cuéntanos soy todo oídos.
—Primero, deja el miedo a la muerte. Porque cuando cruzas esta delgada línea no
hay marcha atrás.
—Hecho.
***
—¿Una citación? —las manos de Emilia temblaron mientras sostenía la carta que
había recibido de parte de los Coleman; suplicándole a Clara que permitiera la
presencia de la sobrina en las oficinas de los detectives que habían tomado el caso
de su hija.
—¿Qué fue lo que ocurrió en esa fiesta? —Clara se dejó caer sobre el sofá abatida
por el peso y gravedad de las recientes noticias.
Jamás debió permitir esa salida.
—¿Por qué la citan a usted señorita Emilia? ¿Qué tiene que ver con eso?
—Espero que nada—espetó Clara, masajeándose la sien con la yema de los dedos.
205
—Creo…—Emilia aun no salía del shock—. Que los Coleman mandan esto… —
cerró los ojos martirizada por las nebulosas imágenes de esa noche—Creo que todo
el mundo se ha enterado del incidente.
Clara levantó la vista interesada.
—No he sido del todo sincera tía, ese día un tipo me drogó, te juro que no fue mi
culpa—sus ojos se humedecieron—Si no hubiese sido por Steve, probablemente
fuera yo una de las chicas desaparecidas.
—¿Qué? —una expresión de horror se apoderó del rostro de Clara.
—Sí, un desconocido colocó algo en mi bebida, te juro que…
—Pero, ¿Cómo se te ocurre recibir bebidas de extraños? —Clara se levantó
bruscamente, sin siquiera intentar apaciguar la ira que la inocencia de su sobrina le
provocaba. —¿Eres tonta o qué?
—¡No fue mi culpa! —gritó Emilia exaltándose—¡No lo fue!
Jane le tomó del hombro para intentar calmarla.
—¡No quiero ni pensar en lo que pudo haberte ocurrido! —Clara caminaba de un
lado al otro, sintiendo como su sangre palpitaba fuerte en sus sienes y sentido. —
¡Por Dios, Emilia! ¿Por qué lo ocultaste?
—Fue idea de Steve—los sollozos de Em salieron a borbotones.
—¿Qué le iba a decir a tu padre, ah? ¿Con que le iba a salir?
—¡No lo sé! ¿Crees que esto es sencillo para mí? Esto es duro, esta vida no está
hecha para mí, me traes aquí porque quieres enderezar mi camino y los de acá están
más torcidos. Ponte en mi lugar —suplicó Em ahogada en llantos—, Soy una extra
terrestre. Todos tienen sus mundos tan diferentes al mío. ¡Voy a esta dichosa fiesta
por que tú me lo pediste! Intentaron abusar de mí… y en vez de estar gritándome
como lo estás haciendo deberías estar apoyándome, como lo haría mamá. —Calló
notando que el recuerdo de su madre dolía más en ese momento—Ser más optimista.
Como lo era ella, pero no. Estás aquí juzgándome, y me haces comprobar que no
quiero estar más en este lugar. Que tu mundo, tus amigos y el colegio no son para
mí. ¡No encajo! Y jamás lo haré—culminó dándole paso a los sollozos—Todo el
mundo me juzga, como si no supieran lo traumático que ha sido esto para mí.
Algunos hasta se burlaron, son crueles, prejuiciosos—guardó silencio limpiándose
las lágrimas con el dorso de la mano—Me llamaron puta, ¿Lo sabias? Como si yo
hubiese provocado lo de aquella noche.
—¿Qué? —Jane miró a Clara completamente indignada.
206
Em guardó silencio secándose resto de lágrimas.
—¿La señora Rosembor sabe de esto? —Ahora la ira de Clara iba dirigida a los
inútiles que la habían insultado.
Ella solo se limitó a negar, meneando la cabeza de un lado a otro.
—Iremos a plantar una denuncia—meditó Clara—, esto no se quedará así.
—No seas ridícula tía, ni siquiera recuerdo su rostro. ¿Qué supone que diré? —Em
soltó una suave carcajada irónica y dolida.
—Debería intentarlo señorita, de paso podría ayudar a la familia de su compañera,
sus padres deben estar pasándola muy mal.
Todo éste asunto se complicaba más y más.
—Yo—musitó temblorosa, colocándose de pie—… necesito salir un rato.
—¿A dónde? —Clara caminó hasta la salida para impedírselo—señorita usted de
aquí no sale. No me arriesgaré a que ese depravado esté por allí, puede herirte.
—No me obligues a hacerlo a escondidas. Necesito aire, necesito pensar. —Clara se
mantenía firme en frente de ella. —Si no salo y pienso con cabeza fría te juro que no
me encontrarás mañana en mi habitación. Solo… —ella sacudió su cabeza tratando
de acomodar el mar de sentimientos que revoloteaba en su interior—Déjame ir.
Jane suspiró resignada dirigiendo una mirada aprobatoria a Clara, que se apartó de
inmediato.
Emilia acomodó su abrigo y sonrió lúgubre.
—Esto no es una buena idea, es peligroso.
Jane se acercó velozmente a observar cómo se alejaba la chica a través de la
ventana.
—Tiene que ir a esa escuela, señorita—le miró presa de una inevitable sentimiento
maternal—. Hablar con la directora, puedo entender por lo que pasa Em, ahora más
que nunca necesita apoyo. No gente que la juzgue, como lo ha hecho usted.
Clara caminó hasta el sofá donde momentos antes había estado Emilia llorando. Se
dejó caer cansada, echando una última leída a la carta.
—Emilia tiene razón—miró con tristeza los bordes del dichoso papel—. No soy su
madre, no sé cómo actuar, pero… ¿Qué hacer, que debo hacer? Nada de esto es
fácil, es una adolescente. Ahora todo es sumamente distinto. A su edad yo solo salía
207
con mis padres. No sé qué peligros la rodean; me eché una obligación encima
creyendo que solo debía rodearla de lujos y vigilar que hiciera su tarea.
—¿No cree que sería mejor que Greg venga y hable con ella? Es su padre. Puede
hacerlo bien.
—Estoy fallando—suspiró Clara completamente frustrada.
—Claro que no—Jane se acercó y sentó a su lado—. Tan solo... —rió, un brillo de
orgullo inundó su mirada—Mírela, ¿En que se parece a la chica sucia y desaliñada
que recibió hace tres meses?
Clara soltó una suave risita.
—¿En que se baña ahora?
Jane la miró un tanto socarrona y susurró:
—En que ahora es capaz de controlarse, y admitir que su madre le está haciendo
falta.
«Nota mental N° 118
Extraño a Mamá, más que nunca.
Extraño a papá, como nunca creí que iba a hacerlo»
Secó sus lágrimas apretándose las costillas, hacía frío y caminar a solas por el
parque no ayudaba de a mucho. ¿En qué momento se había enredado toda su
existencia? Por primera vez se arrepentía de haber arruinado el auto de Joseph.
Había sido la causa de todas las decisiones erradas que la habían traído hasta allí.
Decisiones erróneas que habían hecho que Steve ahora se hallara en camino a las
peores pocilgas de New York, en busca de respuestas. La suerte estuvo de su lado
ese día. Le había ganado a Josh y a su acompañante. Por lo que obtuvieron la última
dirección que conocían de Levitt. Allí en medio del vicio y escoria humana de
Damasco entendía lo que Josh quería decir cuando le advirtió sobre cruzar la línea.
Cualquiera podía abalanzarse sobre ellos en cualquier momento y hacerles daño,
rogaba porque no fuera así, ya habían demasiados líos. No podía, ni iba a ser uno
más.
Anthony saludó al hombre sucio y mal oliente que se hallaba tendido en las
escaleras del apartamento que Paul había asegurado ser la morada de Levitt. El tipo
levantó el rostro macilento y flojo, estaba borracho.
Steve le indicó silenciosamente que le dejara en paz.
208
—Subamos—ordenó, apartando delicadamente a aquel desperdicio de hombre que
gemía pronunciando cualquier incoherencia.
—Steve—Anthony tembló al notar en la cumbre de la escalera un hombre de tez
morena y ojeras sumamente pronunciadas. Que al ver a aquellos niños fresas
entrometiéndose en su territorio intuyó sus motivos, o creyó saberlo.
—Hey—saludó bajando suavemente los peldaños.
Steve y Anthony retrocedieron suavemente.
—Lo siento—dijo éste último—. Creímos que…
—Ya sé que vienen a buscar. —Era un tipo de estatura media, su risa torcida era
agradable—¿Vinieron solos?
Steve miró a Anthony un poco confundido.
—Sí—respondió trémulo.
El tipo los miró confundido, ¿Cómo habían llegado hasta allí?
Siempre había un guía, una conexión. Alguien que se mezclaba entre su clase y los
traía.
«El puente»
—¿Qué?
—Esperen—el extraño esbozó una sonrisa pérfida y terrorífica—, ¿No vienen por
"eso"?
—¿Eso qué?
209
—Desde luego que no—replicó Anthony—. Nos dijeron que aquí podíamos
encontrar a Levitt. Por eso estamos aquí.
—¿Quién lo busca?
—¡Largo, dije! —gritó el hombre exaltado, dejando ver debajo de su chaqueta algo
parecido a un arma.
—Pero...
—¡Miren muchachitos no tienen nada que buscar por estos lados así que cojan sus
precisos autos y váyanse los más lejos posible!
—¡No me interesa! Hace tiempo que ese hijo de puta y no nos vemos, es un
traicionero. Créanme, no les conviene hacer negocios con él.
—Es que nosotros no hemos venido por negocios. Venimos por información, nos
dijeron que podíamos encontrarlo aquí.
—Gracias, señor.
—Sea lo que sea que tengan que hablar con ese mal nacido, es una causa pérdida.
Eso es el demonio hecho persona.
Los chicos caminaron hasta el callejón donde habían dejado el auto estacionado. Lo
que era obvio tenía que ocurrir en un barrio como ese terminó ocurriendo, no
previeron que dos tipos podían aparecer de la nada y arrebatarles el efectivo y las
pertenencias que traían encima. Dejándole solo la ropa. Gracias a la astucia de
Anthony que pudo rescatar las llaves del auto, tenían en que regresar a casa y evitar
210
el penoso viaje en metro hasta Manhattan. Steve se dejó caer sobre el asfalto
derrotado.
Anthony se negó.
—Que si ese tipo es como lo describen… Tú, Mau, Emilia y yo estamos en serios
problemas.
***
—Hola, cuando escuches este mensaje llámame. Por favor—Emilia colgó el móvil
con la esperanza de que Jess se reportara lo más pronto posible.
211
Capítulo XXI
—Necesito que le avises a mamá que estoy bien… —Brand colgó el teléfono fijo
que la amable propietaria del edificio le había prestado.
Habían transcurrido tres días desde que en compañía de Loan había colocado el
primer cartel, ahora debía terminar el resto, trabajar en lo de la tía Katty y realizar
los quehaceres universitarios.
Un paso más cerca a encontrarla, y podía verla allí, a veces podía sentirla allí,
sostenida de su mano como quien respira tras la pausa cálida del viento. Su risa
silenciosa esa expresión reacia ante las bromas que jocosamente le gastaba a Jess.
Nada era lo mismo, ya era otra etapa de su vida; no quedaba nada de los colegiales.
Todo y todos estaban cambiando…
Aun sentía esa ansiedad, ese escalofrío de imaginársela parada frente a su puerta.
Reiría nervioso, sudando. Ella le acariciaría la mejilla con ternura. Se aproximaría
tímidamente como lo hizo aquella tarde, ¿Sentiría lo mismo? Ese deseo de congelar
el momento y olvidarse de todo.
—¡Bien! —una voz varonil le replicó golpeando con fuerza el piso, sus pasos eran
bruscos y firmes. —¡No vuelvo a llamar!
—¡Dile, que si vuelve a llamarme me perderá para siempre! —Loan gritaba ahogada
en llantos.
—Ella casi arruina mi vida—su hermana lloriqueó dejándose caer sobre la alfombra
en la sala de estar—. No me interesa volver a hablarle, déjalo así.
212
Paul dio un resoplido pasándose la mano por los cabellos rubios, como los de su
hermana. Sus ojos grises y mejillas pronunciadas eran iguales a los de la chica, de
no ser por la diferencia de edades podrían pasar por gemelos.
Entendían toda la rabia que el recuerdo de una Sra Wilkies ebria y fuera de sí
provocaba en su hermana. Él no podía guardar rencor, su corazón no le daba para
ello.
—¡Vete, Paul! —susurró la rubia sin fuerza, secando las lágrimas que no eran de
rabia, eran de dolor. Saber a su madre en el estado en que hermano le informaba
estaba, le hería. Aunque no lo admitiera.
—¡Es tu madre! —gritó Paul perdiendo los estribos los estribos, estrellando la
puerta tras él. Brand se sorprendió por el increíble parecido que el chico tenia para
con su amiga; era rubio, ojos claros alto y delgado como ella. Se acercó
sigilosamente temeroso de la escena que podía encontrar en el interior del
apartamento. Corrió hasta donde ella se hallaba desmadejada, hecha un ovillo,
llorando y luchando por ahogar los sollozos con el dorso de su mano.
Instintivamente se acercó para levantarle confiando que en cuanto ella lo viese
volvería a la calma.
Se equivocó.
Y allí tendido en el suelo junto a ella él esperaba con paciencia hasta que alguna
palabra saliera de su boca.
Se calmara y olvidara de todo. De repente sintió una nueva sensación, una pizca de
ternura y altruismo.
213
Más bien, se sentía adolorido con su dolor. El mismo sentimiento de impotencia
cuando su madre presentaba alguna discusión con su padre, la rabia dirigida a
Joseph cuando había difamado el nombre de Emilia; esa misma rabia encaminada
hacia el tipo que acababa de ver salir velozmente. Por ultimo ese sentimiento de
inutilidad al saberse atado de manos no poder aliviar las penas de aquella rubia
alocada, de su rubia alocada.
***
La lluvia caía fina, silenciosa y triste. Cada gota estrellándose contra el cristal de las
ventanas, el humo que emanaba de la caliente taza del policía que estaba encargado
de interrogarle le daba un toque tétrico y gris a la sala.
Su tía yacía a su lado sin pronunciar palabra los padres de Shanna le observaban
esperanzados. Por un momento compartió su dolor, esa angustia de no saber nada ni
tener noticias de su hija debía ser terrible. Sentirse como una parte comprometedora
de esa noche y saber que no podía hacer nada, era mucho peor.
Ahora más, cuando el incidente se había volcado sobre periodistas amarillistas que
se encargaron de succionar hasta el último detalle llenarlo de morbo y colocarlo a la
venta como una patética novela.
Em suspiró.
214
—Llegué al lugar como a eso de las nueve de la noche, Steve y Maureen Hampton
aún no habían llegado. Por lo que me quedé charlando con Román Saffartti, un
compañero. —se mordió los labios un tanto nerviosa—. Hablamos un rato hasta que
Maureen y su hermano arribaron al lugar, como a las once de la noche, su amiga
Romina llegó junto con ellos. Hasta ese momento no había visto a ninguna de las
dos chicas; bailamos un rato y disfrutamos del momento. Pude ver que Steve y
Anthony charlaban al otro lado de la estancia, mas sin embargo no cruzamos palabra
alguna.
»Romina me pidió que la acompañara a la barra por unas bebidas. Fue allí cuando vi
a las chicas por primera vez en esa noche, también vi a un amigo que tenía meses de
no ver. Estaba con ellas y con otro hombre, alguien a quien jamás había visto cerca
de ellas.
—Lo dudo. No éramos muy cercanas, además crucé pocas palabras con Josh, me
dijo que el tipo que lo había invitado a la fiesta era conocido de las anfitrionas, ósea:
Naty y Shanna.
—¿Me quiere decir que Josh Bell estaba en esa fiesta invitado por alguien diferente
a las muchachas?
Em asintió, las palabras cruzados con Josh empezaban a hacer eco en su mente.
—No recuerdo su cara, pero recuerdo que Josh mencionó haberlo conocido en las
carreras del puerto este. No recuerdo más, después ese mismo desgraciado colocó
algo en mi bebida. Intentó abusar de mí. Steve Hampton puede dar fe de ello.
215
—¿Una cosa más? —el oficial las miró reacio.
—No lo sé. —Em sacudió la cabeza confundida, sentía que su amigo se enredaba
involuntariamente en ese lio, peor aún: Empezaba a dudar de su inocencia.
Pero…
***
Mau levantó la mirada escrutando la expresión de su padre, que por supuesto no era
del todo cordial; había mantenido la misma expresión vacía y decepcionada durante
los últimos días. ¿Qué otra cara podía poner? Cuando el nombre de sus hijos
aparecía en la prensa rosa apañado de misterio e intriga empalagosa.
—No puedes andar incomunicado—Axel los miró por última vez torciendo el gesto.
Steve puso los ojos en blanco.
216
siendo vigilados por su madre y por el ojo crítico de la perniciosa sociedad New
Yorkina.
Lo que los estaba matando lentamente era la incertidumbre con respecto al paradero
de sus compañeras.
Peor aún, la sensación de peligro ante aquel lunático que andaba por allí, con la
exposición y protagonismo que los medios le estaban dando a su caso, era probable
encontrarlo en la salida del colegio e incluso aparecer en la puerta de su casa. Esos
detalles más que agobiarle le atormentaban, por el simple hecho de que el día
después del incidente algo había nacido en aquella playa desierta.
Ella, que sin querer ni proponérselo había ocupado la mayoría de sus sueños. Tal y
como lo había dicho, soñaba que la rescataba, que era su héroe, que se arrepentía de
haber tenido el peor de los comienzos y que la vez que ganó la carrera ella sonreía
ruborizada sintiéndose la musa de la suerte para él.
Esa sensación era vieja, pero la tensión en los últimos días le había hecho
sensibilizarse más de lo acostumbrado y desde el día en que le confesó el dolor que
sentía dentro de su cabeza ella se había hecho ver menos indiferente y ruda.
Los silencios eran más frecuentes, las miradas menos cargadas de odio. Había paz.
Podía asegurar que ese nuevo estado de gracias hacia más llevadera la situación. Era
la única persona a la que no le daba miedo mostrarse tal y como era.
Le había contado cosas que hasta ese momento habían sido solo secretos íntimos.
Sin bromas ni tapujos, allí e medio de la cafetería donde todos seguían sus vidas, se
mofaban de la suerte de sus compañeras; sintió asco de la persona que era, de la
persona que fue. Porque si ese hecho no hubiese sido tan cercano él también estaría
burlándose, sería parte de las mofas y grotescas suposiciones.
Entonces estaba ella, su rostro adusto, la mirada perdida y tristeza en aquellos ojos
feroces. Aunque le costara admitirlo: Ella y él eran completamente iguales,
contradictoriamente distintos.
217
Incapaces de mostrar una expresión de afecto, considerándose débiles cuando se
sensibilizaban ante una situación o hecho.
Pero, cuando dejó caer los puentes levadizos, le tomó de la mano y la llevó a las
profundidades recónditas de su alma, dejó relucir a la persona que había estado
escondiendo por años, ella lo aceptó e incluso intentó consolarle esa herida que
aunque después de cicatrizada seguía doliendo.
Él no andaba por allí buscando a sus compañeras, bueno, en parte esa era una de sus
razones. Pero la más importante era vengarse de aquel idiota que la había ultrajado.
El sufrimiento que había presenciado en su rostro aquella mañana, merecía ser
vengado. Y no pararía hasta encontrarlo.
Las pestañas de esa se veían más largas, al mantener el rostro bajo, la boca apretada
concentrada, sumergida en sus cavilaciones. En su propio mundo.
Por primera vez quiso saber que pasaba por su mente, ser parte de ese mundo que
ella parecía adorar devotamente, ni siquiera su presencia allí la traía de vuelta.
—¿Quieres hablar?
218
Steve torció el gesto mortificado. En los últimos tres días lo que más disfrutaba eran
esos pocos minutos de descanso donde podía buscarle y hablar amenamente.
Presentía que ella se burlaría, podía verlo en la expresión jovial de su mirada. Solo
comentó una de las cuantas contrariedades de las que era víctima al estar en
compañía de su hermana durante todo el día. Efectivamente: ella se rió.
«Una St Cloud jamás bajaría la cabeza ante otro» y ella jamás lo había hecho
anteriormente.
Steve sonrió, por primera vez había pasado quince minutos de su vida frente a
alguien que no esperaba un comentario satírico por parte de él, una persona que
podía partirle la cara si se lo proponía, tan intransigente que se mostraba, tan frágil
que era. Y se sentía bien no esforzarse tanto por ser Steve. Porque con ella podía ser
simplemente Steve «Real» el chico que amaba las carreras y que sabía de veleros el
entusiasta e ingenuo.
Los pocos minutos que compartían desde aquel encuentro en la playa le ayudaban a
encontrarse un poco a sí mismo. Natural y sin esfuerzos, la razón de su amargura y
despotismo era esa, haberse perdido hace tiempo. Endurecerse de tal forma que
nadie lograra notar lo que le dolía.
Anclado en el pasado.
219
—Es más alentado joderte la vida cuando sé que puedes coger un bate en cualquier
momento y arremeter contra mi auto.
Esta vez con algo de inocencia en aquellos ojos azules. Antes seductores y groseros.
Emilia conocía de una chica que se había estado escondiendo de todos, ella conocía
de una mujer que había sido capaz de todo. Y que ahora se afligía con todos los líos
que le caían enciman, esa misma mujer se burlaría de ella e incluso se avergonzaría.
Las lágrimas estaban prohibidas, había estado quebrando esa regla últimamente.
Tomó un respiro, si lloraba nuevamente sería de felicidad cuando Jess contestase a
su mensaje y diera santo seña de la dirección de Brand, mientras tanto mantendría la
frente en alto, seguiría haciendo oídos sordos a cualquier comentario…
Un día había jurado que no la cambiarían, que seguiría siendo la misma chica capaz
de defenderse y defender las causas justas. Había tropezado, si. Había tenido dudas y
había caído momentáneamente. Solo a una llamada de encontrarle, a una dirección
de verle y a una palabra de confesarle todo lo que se había estado guardando
obstinadamente.
—Déjame decirte que lucías fantástica en el periódico, si, ayer cuando salían de
aquella cutre estación.
220
—Debió ser vergonzoso para ti comentar todo lo que ocurrió en aquel baño, más si
Steve estaba en la misma habitación.
—La próxima vez creo que deberías usar una base más traslúcida, te veías algo
opaca. Bueno, ¿Quién no? Cuando llevas a Steve al lado es difícil ser el centro de
atención.
Emilia acomodó un poco su corbata, recogió su cabello y dio vuelta con los ojos
llameantes y decididos.
Esta última soltó una risa pérfida y malévola. Varios días atrás había tenido una
conversación con Steve similar a la que había tenido con Brand días atrás.
En esos momentos estaba a punto de tener una conversación con Courtney similar a
la que había tenido con Hannah Cohen.
Courtney sonrió segura de que la señorita Nolán no se atrevería a nada más que
pedirle que se callara. Se carcajeó burlona dándose vuelta. Dándole pie a Em de
guindarse sobre su cabello lacio.
221
—¡Emilia, Por favor! ¡Suéltame!
—Primera y última que me pones una mano encima—rezongó Courtney llena de ira.
—Próxima que me dirijas siquiera una mínima palabra y sabrás lo que es un tabique
roto.
222
Capítulo XXII
Courtney se levantó de inmediato abriéndose paso entre todos para llegar hasta
donde Steve sostenía a Emilia, sus ojos verdes irradiaban odio y absoluto desprecio,
al igual que Em llevaba el uniforme hecho una pena.
Cuando intentó abalanzándose sobre ellos, Steve se dio vuelta soltando una
carcajada nerviosa, mientras apretaba a Em contra su cuerpo para que no se escapase
y siguiese golpeando a la pelirroja.
—¡Suéltala! —exigía esta con furia. Hasta que Jonah, si, el mismo que había estado
acosando a Emilia en compañía de esta, se acercó y le detuvo.
***
—¿Dónde estabas? —Brand dejó caer su abrigo sobre la mesa donde Loan limpiaba.
Su cuerpo estaba allí en frente de él, ¿Sus pensamientos? ¡Quién sabe! Rió
suavemente carraspeándose la garganta.
—¿Cómo estás, Brand? —ella acomodó la panola con la que había estado limpiando
en la esquina del mesón.
Ese día había recogido sus cabellos, no acostumbraba a llevar maquillaje y, siempre
había observado esa sombra oscura bajo sus ojos. Pero, ese día estaban más
marcadas y acentuaban más su expresión vacía y triste.
223
Ella dejó escapar una sonrisa tenue.
—Sí. Pero, se ha cancelado una clase a última hora y quise aprovecharla para ir a la
torre de agua, ha estado lloviendo últimamente y supongo que se ha arruinado mi
cartel.
—No puedo—ella apartó la vista, apretó los labios ruborizada—. Estoy trabajando.
—¿En serio? —Inquirió el chico, soltando una risa sarcástica—Tú… la chica que
siempre va en contra del sistema, está respetando una regla hoy. ¿Tienes fiebre?
—No tengo ganas de discutir, Cow boy. Ve solo, igual no seré de mucho ayuda.
—No es divertido sin ti. Venga, di que sí. —se acercó haciendo ademanes de
arrodillarse—Prometo que será divertido, y si no quieres hacer nada, no lo harás.
Brand soltó una carcajada imprudente que llamó la atención de todos los clientes.
Katty le notó desde el otro lado del local donde tomaba una orden. Lanzándole una
mirada aprensiva.
224
Empezaba a ratificar algo: estar cerca de él, dolía.
—Te ahorré el viaje—él se carcajeó bajito caminando hasta la ventanilla para dejar
la orden con el pedido—. Ha llamado tu madre.
—Llamó hace media hora—Katty se detuvo en la barra donde segundo antes había
estado Loan—. Quería saber si te habías encontrando con un tal Josh.
—¿Está aquí?
—Al parecer.
Brand sonrió.
En verdad era todo un descanso saber que Josh estaba en la ciudad, Loan era muy
buena amiga y todo lo demás; pero a veces sentía esa necesidad de
Conectarse con todas las sensaciones del pasado, los recuerdos eran para siempre, si.
Pero ¿Por qué vivir de ellos cuando podías revivir el momento? No había nada más
increíble que volver a toparse con aquel loco, que aun que era todo lo extraño que un
ser humano podías ser, se había ganado su estima.
Compartían gratos recuerdos, y eso les ataría por siempre, incluso cuando la vida les
separase y no se volvieran a hablar.
225
—Será un enorme placer volver a verle—musitó dándose vuelta, Loan ya había
guardado su delantal.
Lo que le recordó las iniciales razones de haber buscado conversa al lado de Katty.
—Por cierto...—se estremeció el cabello con aquel tip nervioso que tanto adoraba
Emilia, los rizos morenos cayeron sobre su frente, no usaba gomina, por lo que aun
conservaban su brillo natural—Necesito que Loan me lleve a un lugar, ¿Podrías
darle un pequeño descanso? Te aseguro que haré un turno extra para reponerlo—
prometió cruzando las manos en señal de súplica.
Katty dejo entrever una amena risita de consentimiento, igual ese era el último día
que la señorita Wilkies trabajaba con ella, que se fuera antes o después daba
exactamente lo mismo.
—Gracias, tía.
Corrió hasta donde Loan se disponía a tomar su abrigo para alejarse, ignorante de la
última mirada que esta le dedicó a su tía; las despedidas silenciosas, discretas y
sinceras.
***
Emilia sacudió una vez más la tierra que se filtraba sobre sus medias, intentando
obstinadamente culminar con la labor de barrer todo el campo de futbol, como
castigo a su conducta en el último descanso. Haberle dado su merecido a Courtney
valía todo lo que estaba haciendo en esos momentos.
El bote de basura se fue de lado una vez más, suspiró resignada agachándose para
recogerlo. El crujir de las hojas al contacto con sus zapatos le avisó que no estaba
del todo sola en el campo. Tomó con fuerza la escoba sospechando que podía ser
Courtney en busca de una revancha.
226
de brazos y mirándole de esa forma le avergonzaba más de lo que lo había hecho en
aquel pasillo.
—¿Qué tan malo fue? —le preguntó tomando la pala para acercársela, ella la recibió
con un mohín de desencanto torciendo el gesto burlonamente.
—Estaba esperando por algo como eso, hace tiempo que lo hacía.
—Tenías razón—dijo ella con la vista fija en las hojas que intentaba juntar para
posteriormente recoger.
—Siempre la tengo.
Steve se mordió los labios mirándole con diversión, por un momento olvidó todo lo
que había estado agobiando sus vidas, en esos momentos solo existían ellos dos y las
hojas que tenían que terminar de recoger, le ayudó de buena gana; riendo a
carcajadas cuando ella comentaba jovialmente lo liberador que había sido golpear a
esa chica.
Después de terminar con todos los que haceres caminaron juntos hasta el salón de
utilería donde debían guardar los enseres de aseo.
—Que quede claro que solo lo haré en esta ocasión, ni creas que te ayudaré cada que
arranques unas extensiones por allí.
227
Em se tensó retrocediendo a cada paso que él daba.
Los dedos de Steve le acariciaron la muñeca, allí con el rostro frente a la ventana,
sus ojos eran más hermosos que el mismísimo mar. Se mordió los labios
contrariados, era ese el momento en que debía golpearle y huir despavorida, pero,
extrañamente no tenía fuerzas, ni mucho menos voluntad para deshacerse del
encanto que Steve usaba con toda su fuerza sobre ella.
—Hay algo que quería decirte desde ayer—sonrió, recorriendo las costuras del
corbatín sucio y maltrecho de la muchacha.
Ella quiso hablar, las palabras se perdieron antes de ser siquiera pensadas.
—Cuando dije que mi auto estaba arruinado en aquella playa—soltó una ligera
carcajada—era porque quería tener un momento como este contigo.
—Yo...
Pudo sentir cuando sus dedos acariciaron su nuca, sus ojos, sus ojos brillando en la
penumbra de todas las inseguridades y contradicciones que estaban haciendo eco en
su interior.
El mundo desapareció una vez más, todo daba vueltas, él le apresó contra la ventana
tomando su rostro delicadamente, asegurándose de que no se escapara, luego le
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sintió rodearla con sus brazos, tenía corazón podía sentirlo latir; allí se le sentía
desaforado y fuerte. Fueron cinco largos minutos en que él le abrazó en silencio. Su
aroma varonil se quedaba impregnado en cada uno de sus poros, la suavidad de sus
manos recorriendo su espalda era algo completamente nuevo.
—No dejaré que nada malo te pase—prometió con un hilo de voz—, no dejaré que
ese tipo te encuentre.
***
Su sonrisa no era la misma, su mirada tampoco era la de antes. Desde aquella noche
de llanto inconsolable y silencioso donde le demostró cuanto la estimaba en verdad.
De hecho ella no era la misma, la Loan que él conocía no se quedaba callada por
mucho tiempo. Mientras quitaba el cartel le observaba discretamente, ella acomodó
su bufanda y dio vuelta hasta el auto. Había cosas que ella quería hablar, pero sabía
que jamás se las diría a él. Su rostro se veía más angelical con aquellos rastros de sol
reflejados en su cabello y ojos verdosos, después de bajar por aquellos andamios
desperdigados y podridos se acomodó a su lado en absoluto silencio; quiso saber sus
historias, quiso verla reír nuevamente y que le llamara Cow boy con aquella sonrisa
encantadora y mágica, le dijera que allí había ocurrido algo, se inventara historias
citadinas y le hiciera carcajear como lo hacía siempre.
Sin embargo, allí estaban observando como el sol se ocultaba, como los segundos
morían en sus relojes; descontándoles segundos de vidas, y ella los desperdiciaba en
tristezas. Que tozudamente atesoraba para sí misma, dejó escapar un leve suspiro
colmado de sentimientos encontrados, hace tiempo necesitaba sentirse comprendida,
había crecido ávida de afecto en una familia disfuncional y aun que se empañara en
negarlo necesitaba sentir que alguien más que ella podía protegerla.
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suavemente—, y me repetía que las cosas podían ser peores. Que estar allí
abandonada no era del todo malo. Que al menos me tenía a mí misma.
Brand entreabrió los labios dispuesto a consolarle, pero ella no lloraba. ¿Qué hacer
entonces?
—Y lo hiciste, sobreviviste.
—Lo supuse—contestó Brand esbozando una tenue sonrisa—. Son muy parecidos.
—¿Puedo tomar tu mano? —preguntó Brand con esa expresión de inocencia que ella
tanto adoraba.
Haciendo que ella soltara una suave carcajada que dio inicio a un ligero sollozo.
Brand le aceptó con gusto, estrechándole contra su pecho. Sus sollozos eran casi
silenciosos.
—Tú no eres una sobreviviente Loan, eres una guerrera—le dijo casi en susurros.
—No, no lo soy—replicó la chica—. Soy solo una chica perdida fingiendo que sabe
qué hacer.
Brand buscó su rostro bañado en lágrimas, secándolas suavemente con sus dedos
largos y morenos, Loan rió un poco relajada ante el cosquilleo de estos en sus
mejillas.
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—No estás sola—susurró él, chocando su frente con dulzura—. No sé si es
suficiente, pero estoy aquí, y mientras lo esté no voy a dejarte caer. ¿De acuerdo? Y
si te caes..., digamos que después de reírme voy y te levanto.
—Y no sé qué ocurrió, no sé qué pasó con tu hermano esa noche, sea lo que sea;
estoy aquí.
Él no hizo más que abrazarle con fuerza una vez más, sin palabras, ¿Qué podía
decirle? Ella guardó silencio resignada. Suspiró con nostalgia alejándose mientras
sonreí sombría y taciturna.
—Dime.
—Por supuesto.
***
«Mierda, mierda ¿Qué hice?» Pensó, sintiéndose la peor mujer del mundo.
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—¿Dónde está la llave? —preguntó casi hiperventilando.
—Steve, por favor dame las llaves—pidió ella entre cerrando los ojos con una clara
expresión de fastidio y angustia.
—¿De quién creías que te estaba hablando? —quiso saber el muchacho recostándose
sobre la ventana.
—Las llaves.
—Respóndeme.
Ella sacudió la cabeza, si empezaba a hiperventilar no sería por miedo a los espacios
reducidos. El peso de la culpa empezaba a torturarle. Y la respiración a ser escasa en
sus pulmones.
—No entiendo por qué todo contigo tiene que ser así. Solo responden y listo, serás
libre de irte.
Emilia salió casi huyendo de la habitación más aterrorizada de lo que había sentido
que de lo que acababa de hacer.
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—Nada malo, créeme. Nada malo—contestó continuando el paso hacía el
estacionamiento. Anthony le siguió—. A propósito esta mañana nos quedó una
conversa pendiente, menudo chismoso que eres; no podías guardarte lo del robo,
¡Cobarde!
—¿Maureen?
Él negó de inmediato.
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—¿Quién? —Steve entrecerró los ojos acariciándose las sienes un tanto
mortificado—Esto cada vez es peor.
Emilia corrió hasta su casillero tomando todas sus cosas, de suerte que el chofer
familiar ya estaba esperando por ella.
El único hombre en su vida, el único chico al que quería besar de esa forma era e iba
a ser siempre: Brand.
Pero, estaba eso… ese raro sentimiento, la forma en que se sentía perder en aquellos
dos enormes ojos encantadores, Steve ejercía una fuerza extraña sobre su ser, y no
quería, no quería sentirse de esa forma.
¿En qué momento había dejado de sentir repulsa hacia él? Quizás fue el hecho de
que había sido la única persona con la que podía sentirse identificada, ella también
había perdido a alguien. Ella tampoco quería olvidar.
Steve podía ser agradable cuando quería y últimamente lo había sido. Se había
convertido en la persona con quien podía sentirse a salvo.
Pero la distancia…
«¡Al diablo con las distancias!» chilló casi a punto de hiperventilar «Esto es más
fuerte»
—¿Se puede? —su tía esperaba debajo de los goznes de la puerta. Tomó un
profundo respiro, allí venía un gran discurso sobre cómo debían de comportarse las
señoritas.
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—Pasa.
Caminó hasta su cómoda guardando los calcetines y organizando los libros sobre
éste.
—Lo siento—se adelantó Em, tomando el libro de ciencias que había repasado horas
antes—. Realmente quise controlarme, pero ella…
—Hiciste lo que tenías que hacer—dijo Clara, una tenue sonrisa amenazaba con
escaparse de sus labios—. No he venido a regañarte, solo quería saber si estabas
bien.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó su tía mirando uno de sus libros de apuntes.
—No.
—Haré lo que esté en mis manos para que no vuelvan a llamarte a declarar, al fin y
al cabo no eres más que otra víctima—allí venia nuevamente la realidad y los
problemas que durante una fracción de cinco segundos habían desaparecido—.
Además, eres menor de edad y solo podrás declarar cuando yo lo autorice, y quiero
que tengas unas vacaciones tranquilas.
—Solo espero que esas chicas aparezcan lo más pronto posible—Em se acercó hasta
donde se hallaba Clara, sentándose a su lado un poco cabizbaja.
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—Lo sé, debe ser una situación muy cruel para los Coleman.
—Hay que tener fe—consoló Clara con paciencia—. Nada está dicho aun.
Bueno, de suerte que se había ahorrado todo esa perorata. Y en parte había dado
esperanzas en volver a casa, ver a Brand y sentir como toda esa confusión era
suprimida de su mente, dejando tan solo un amargo recuerdo. Si, sería todo como
antes. Tal y como se lo había prometido.
Todo esos planes y mucho más fueron aplazados en cuanto sonó su móvil desde la
bolsa escolar, casi profirió un grito de alegría cuando vio el nombre de Jess en la
pantalla de este.
Emilia dejó escapar una risita, lo que sorprendió a su antigua amiga; la Em que ella
conocía no solía reírse tan ruidosamente.
—¿Todo bien?
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New York, pero que está incomunicado. Al parecer perdió su móvil. Por lo que
decidí averiguar su paradero por otro lado.
—No del todo. Pero, ya te hice la conexión con alguien que está allá y que también
necesita encontrarlo, me llamó exclusivamente para pedirme tu número.
—¿Quién? —eso era sumamente extraño, no sabía de otro compañero que estuviese
viviendo en esa ciudad.
—¿Qué?
237
Capítulo XXIII
La sonrisa de Steve cuando tenía diez años era algo que siempre le había causado
gracia, se le hacía un adorable hoyuelo en su mejilla izquierda y una arruga curiosa
en el entrecejo.
Rió en silencio, recordando las locuras cometidas ese día para no ensuciar el
exclusivo vestido Marchessa que su madre había encargado para la ocasión.
«Es una foto, no es la foto, es una foto que durará por siempre. Y tiene que ser
perfecta» decía su madre con los ojos crispados de emoción y ansiedad. Tanto, que
quiso morirse de la risa cuando Steve y Daniel intentaban ocultarle la mancha de
polvo en el dobladillo de su pantalón producto del desorden del que eran participes
cada que una situación seria se apoderaba de los ánimos en la casa.
«Es una cámara, no captará la mancha» replicaba Axel, casi exasperado por la
actitud rígida de su esposa.
«Tomen la foto o no, siempre recordaré este momento» Daniel sonrió abrazando a
su enojada madre por la espalda. «Cómo el día en que te hicimos perder la
paciencia» remató con una enorme sonrisa, de esas que eran capaces de embobar a
cualquier muchacha o mujer, incluida su madre.
238
La melodía proveniente del estudio le trasportó súbitamente al año en que por
disposición de su padre iniciaron las clases de piano y violín, Daniel ya era experto
en ello; poseía un alma sensible y apasionada por la música. Tanto que cuando Steve
y ella quisieron empezar las clases, él ya era un pianista consumado, a su corta edad.
La ensoñación fue momentánea, por un instante quiso seguir creyendo que era
Daniel quien tocaba el piano en el estudio, pero allí la equivocación en aquella “Do”
para comprobar que era Steve quien tocaba esa noche, la equivocación que él tenía
por manía y que cambiaba radicalmente el curso de la melodía. Nocturno de Chopin
no era lo mismo, si era Steve quien lo interpretaba en el piano.
Dio un ligero respiro arrastrando los pies con sutileza hasta la penumbra del estudio
donde podía observar en silencio el concierto clandestino que su hermano daba para
sí mismo.
Veía como sus parpados caían con delicadeza, dando la impresión de estar dormido,
de no ser por el ágil movimiento de sus manos, podía haber jurado que dormía
tranquilamente.
—Repetiste “Do” una vez más—le acusó con voz tranquila—. Siempre el mismo
error.
—Es mi concierto—musitó él, estirando los dedos con firmeza—. Decido que
errores cometer, además me gusta así. Me gusta equivocarme en esa parte.
Maureen dejó escapar una suave carcajada, acercándose hasta el enorme piano. El
servicio doméstico había realizado su última inspección y debían estar descansando.
—¿Dónde están? —quiso saber Steve con la vista fija en las ebúrneas teclas del
piano.
—Su vuelo salía hoy. Al parecer Tokio no era lo que esperaban—Maureen le miró
con un deje de ansiedad en sus ojos verdes, sabía que la vida ajetreada de aquel
archipiélago no sería del gusto de su padre.
239
Steve asintió silencioso, con los labios ligeramente apretados.
Ella guardó silencio, observándole tomar posición para interpretar otra melodía.
—Para, por favor. —le pidió con voz sentida y ojos cristalizados.
Él obedeció de inmediato.
—¿ A dónde? —quiso saber Steve, su mirada fría se tornó más vacía que de
costumbre.
—A los recuerdos.
Ella se mordió el labio inferior, dejando ver cuánto le afectaba saber que aunque no
lo demostraran, toda la familia se había quedado estancada desde aquella noche.
—Falta poco para las vacaciones—comentó ella dispuesta a alejarlo del piano y de
las melodías lúgubres—. No creo que nos dejen ir de viaje.
Maureen frunció el ceño confundida, hasta donde entendía esa propiedad había sido
abandonada y posteriormente saqueada, no era seguro ni cómodo ir allí.
240
—Está descuidada, la reconstruiré.
—¿Por qué le odias? No me digas que es porque sale conmigo, porque tu recelo
hacía él es desde antes.
—Sería más feliz si no fueras tan antipático cuando él está cerca. Pensé que habías
madurado un poco, al menos ya no andas detrás de Em planeando como fastidiarle y
arruinarle la tarde; me temo que te has abandonando en las mieles de «ese»
sentimiento.
Él escuchó en silencio.
241
—Estamos seguros, ¿De acuerdo? Nada nos va a ocurrir.
—Estará bien.
Había colgado.
242
***
Eso se repetía con ferviente credulidad, asintiendo y riendo con las ocurrencias de
los hermanos franceses, de repente sintió algo de nostalgia, no podía creer que
echaría de menos todo eso: La compañía de Mau, la tranquilidad en los pasillos y
rigidez de las clases.
El ser humano, animal de costumbre y rutinas. Siempre blando a los hábitos. Tanto,
que saber que solo los vería durante dos semanas más. Y que, no les vería durante
dos meses, le hacía una opresión extraña en el pecho, eso, si se atrevía a volver;
existía la posibilidad de quedarse al lado de su padre.
Conan bromeaba sobre algún incidente en clases provocando risas en la mesa. Pudo
notar unos enormes, azulados e inquietantes ojos que se aproximaban en silencio,
dedicándole una mirada fría y llena de reproche, con tanta intensidad que no fue
capaz de seguir sosteniendo la mirada, una expresión intensa en aquellos orbes
encantadoras, incrustadas en un rostro indiferente.
243
Quiso ir tras suyo, quiso preguntarle que iba mal, quiso que él volviera a dedicarle
otra mirada. Pero una mirada más suave y calurosa, una mirada como la del día
anterior, ahogando un suspiro sonrojándose, cuando se dio cuenta de que pensaba en
él, del mismo modo en que había pensado a Brand.
Avergonzándose de ello.
Loan era su amiga, por lo visto se había olvidado de ellos en esos instantes. Pero, lo
que para ella había sido algo común y sin importancia. —al menos eso creía—. Para
él era algo distinto. Cuando ella le pidió que se quedara no imaginó que la charla
amena y jovial que mantenían en el sofá de la sala tomaría rumbos inesperados,
tenía conciencia de que no era lo correcto, pero se sentía bien, cuando ella le abrazó
suavemente dejando a su olfato la dulzura con toque de fresas de sus rizos, algo
completamente nuevo y distinto a todo lo que había sentido con otros mujeres,
incluida Emilia, nació dentro de sí.
Esa noche cuando rozó sus labios en medio de las respiraciones entrecortadas y los
cabellos enmarañados ; logró ver lo bella y misteriosa que era «Su» Loan.
Sus labios carnosos y húmedos moviéndose en conjuntos con los suyos, delicada y
frágil, las suaves manos acariciándole el cuello y rostro en un desesperado intento de
reconocimiento nocturno, grabando cada palmo de su fisonomía en sus manos,
dejando en su rostro las huellas del momento en que dejaban atrás los días de
inocencia.
244
Cuatro vidas destinadas a cruzarse y cambiar el curso de la historia del otro. Tal vez
no lo estaban cambiando, tal vez solo seguían los designios de las vías enredadas y
poco entendibles del destino. Le agradeció silencioso, cuando ella, dueña de una
fuerza de voluntad superior a la suya, le detuvo entre balbuceos y disculpas a medio
decir, acomodando su camiseta y colocando una considerable distancia entre ambos.
Él asintió avergonzado de sí mismo, y de las intenciones y emociones, retirándose
tartamudeó unas disculpas sentidas a una Loan que le miraba espantada con mejillas
teñidas de un adorable rubor.
Desde ese día secretamente se habían dado a la tarea de espiarse para evadirse,
viendo discretamente por las rendijas de la puerta los movimientos del otro,
esperando a que uno de ellos abandonase el edificio o cruzase por el pasillo, para así
poder transitar sin temor de verse frente a frente sin nada que decir sobre lo
ocurrido, debía admitir que la ausencia de ella en el restaurante de Katty le
inquietaba al tiempo que reconfortaba de gran forma, luchaba internamente entro lo
que era correcto, lo que lo había llevado hasta allí y lo que empezaba a sentir.
Una decisión que podía romper todos los corazones del cuadrado perfecto que
habían formado involuntariamente.
Y la cuenta regresiva para que el castillo de naipes que habían construido con cada
decisión acertada o errónea, se cayese. Empezó desde el instante en que él olvidó
mirar por el umbral de su puerta y salió sin precaución, encontrándola en las
escaleras. No tuvo palabras, ni ideas para explicarle porque su ausencia repentina,
ella solo se limitó a sonreír. Bajando cada peldaños como dos extraños que habían
coincidido en ese momento.
—Estabas perdido—tantos días sin verla le habían hecho olvidar la dulzura exquisita
de su voz.
Loan suspiró frustrada y divertida por la actitud infantil que él estaba tomando, al fin
y al cabo ella era mayor; podía manejar la situación con raciocinio e indiferencia,
aunque eso le carcomiera el alma.
245
—Olvídalo todo—le recomendó con la mirada fija en los cuadros de paisajes
italianos puestos en la antesala—. La gente comete errores.
Él tragó saliva, de repente sentía que sus manos sudaban más de lo común.
—No ha sido nada—le escuchó soltar una risita ahogada—, no permitiremos que
esto dañe nuestra amistad—remató con una enorme sonrisa.
Brand le miró nuevamente, era extraño. Debía asentir y acordar todo lo que de su
boca salía, y de alguna manera se hallaba en discordia contra eso, aunque fuera lo
correcto.
Se detuvieron en mitad del vestíbulo, mirándose a los ojos por primera vez en días;
sintió como su corazón se aceleraba de inmediato.
—Hablé con mi hermano ayer, dice que podemos vernos en los vires del muelle.
Algo cercano al puerto o algo así. Pero me recomendó ir acompañada, dice que no
es un lugar apropiado para…
La noche no era del todo fría, la noche tenía algo extraño. Era demasiado calma, era
muy callada.
246
Todas sus notas mentales se reducían a la nada, todo lo que había fijado para si
misma se desmoronaba sin remedio alguno.
De repente el sonido del móvil le sacó de las cavilaciones, la llamada a la que había
estado temiendo desde que Jess inocentemente le había entregado su número a Josh.
Era Josh.
—No—respondió él toscamente.
—Lo lamento me han dejado sin opciones, tuve que darles tu dirección. La dirección
de tus padres. Tienes que confesar, hay una familia que está sufriendo mucho.
Él dio un resoplido.
Em frunció el ceño.
—Josh—le llamó ella con la esperanza de convencerlo para que colaborara y diera
fin a las agonías de la familia Coleman.
247
—Pero…
—El motivo de mi llamada tiene que ver con otra cuestión—continuó con esa voz
encantadora y amable—, era para darte la buena nueva, ¡He localizado a Brand! Y
por supuesto que quería darle la sorpresa, contigo…
En efecto.
Allí estaba, estacionado junto a la acerca, el clima frío ahora, aunque todo seguía
calmo sin indicios de lluvia.
248
Sólo frío y tenebroso.
—Sube, por favor—volvió a pedir Josh con un tono un poco más hostil.
Dicen que hay una parte del cerebro donde involuntariamente se regula el miedo y
este provoca que despertemos el sentido de supervivencia, más bien un instinto, que
al figurarse dentro de determinado contexto empieza a organizar las fichas y los
interrogantes para llegar al final del laberinto.
El instinto de supervivencia como una voz quisquillosa le ordenaba que se bajase del
auto y huyera.
Demasiado tarde.
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Todos los planes quedaban en la nada, en el vacío.
Josh apretó los labios dejando ver una expresión de mártir en sus facciones, se aferró
al volante del auto con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—Pensé que sería más difícil, en realidad creí qué… —soltó una risita irónica
levantando los ojos con una mueca de fingida sorpresa—La leyenda de la escuela
me la colocaría más complicado. Cayó ante mi cómo el más inocente de los gatos, y,
¿Qué tuve que hacer? Mencionar a su amorcito, es realmente tierno. Algo aprendí de
todos esas series melosas y repetitivas, no hay anzuelo más perfecto que el ser al que
se quiere; para resumirlo en cuatro palabras: Amar te hace débil—vocalizó con una
frialdad y elocuencia que la hizo estremecer.
Ella tomó un hondo respiro ahogando las lágrimas que luchaban con fiereza para
escaparse.
Él tenía razón.
Emilia cerró los ojos resignada conteniendo el aliento. Sintió como el auto se
detenía, el silencio espeluznante, la noche oscura como boca de lobo, sin luna ni
estrellas.
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«Es el final» musitó dando paso a que las murallas que había creado en torno a los
recuerdos de su madre se agrietaran más y más hasta derrumbarse de un todo.
«Está bien tener miedo, lo que no se puede es esconderse en el» allí su encantadora
sonrisa.
Josh guardaba silencio, una simple marioneta, un títere de aquel desgraciado; él era
todo eso.
—Las cosas hubiesen sido distintas si hubieras dejado que te ayudara—comentó con
la vista nublada por las lágrimas—. Hubiera hecho todo por ti.
—Eso es tan sublime y heroico. Pero, no. Él quiere a tu amigo, y tú eres el señuelo.
Bran era el tuyo, el de tu amigo: tú, ¿Lo entiendes? —se detuvo un tanto frustrado—
. Al final, solo serás un trofeo más. Estuvimos en el lugar y momento equivocado.
Él, es un verdadero monstruo, aun cuando llegues a un acuerdo jamás lo respetará y
hará lo que le venga en gana.
251
Él le entregó el móvil marcando el número de Steve, Em tuvo que hacer un esfuerzo
sobrehumano para no estallar en llantos mientras esperaba que este contestase.
—Em—su voz era fría, como lo había sido él todo el día. Ella se mordió los labios
con angustia.
—Saluda—presionó Josh.
—Niégate, niega.
—Dile que necesitas verle, que venga al muelle webster, norte de Brooklyn.
—¿Qué pasa, Emilia? —Steve notó la angustian en cada una de sus silabas.
Lo sabía, sabía que Steve no caería tan fácil como lo había hecho ella. Tomó un
respiro buscando en las ruinas de sus fuerzas, respirando profundamente para
musitar con extrema rapidez:
252
Capítulo XXIV
—¿Qué? —inquirió Josh deteniendo sus puños con fuerza—Que vendrá la policía a
rescatarte, porque si es así, déjame decirte que sería tu día de mala suerte. No creo
que él sea tan estúpido después de todo.
—¿Por qué? ¿Por qué? —se preguntaba en voz alta con desespero.
Josh sacó su móvil gritándole que se callara para poder contestar. Ella empezó a
llorar en silencio cubriéndose el rostro con las manos.
¿Saeta?
« Había algo más allá de todo, el tal “Saeta” tenía que ganar por regla»
«Un tipo llamado “Saeta” le quitó la vida a mi hermano sin ninguna clase de piedad
ni escrúpulos.»
253
Los pasos de Steve sonaron sigilosos y frágiles en lo que se deslizaba por el salón
central, esperando no encontrarse con alguien que pudiese detenerle.
Ya había tomado una decisión. Correría por los mismos rumbos por donde había
corrido su hermano, con la angustia latente en cada uno de sus movimientos, pero ya
no daría marcha atrás. Porque la justicia en la que se escudaba no haría nada más
que gastar tiempo en tecnicismo y papeleos, y tiempo, era precisamente lo que no
tenía, ni podía perder. Así en medio del silencio de su casa huyó hasta el garaje,
creyendo que en verdad nadie le seguía la pista.
Sin saber qué, mientras se alejaba unos ojos azules y llenos de nostalgia como los
suyos le vigilaban desde la distancia y el silencio de las ventanas.
Ese era el momento de echar atrás y dejar que su padre resolviera todos los
problemas, pero dentro de sí sabía que ni ella ni aquel desgraciado daban esperas.
Todo lo que podía sentir en esos momentos era una suave sinfonía de todo lo bueno
y de lo que nunca lo fue retumbando en sus oídos.
No había tiempo ni voluntad para detenerse, él no era un héroe, sabía que quizás
tomaba la decisión incorrecta. Pero, saber que ella estaba en manos de alguien como
aquel personaje le enfundaba la valentía suficiente para pretender que era un héroe y
que no importaba cuan imbécil era la decisión.
Así angustiando y ciego de ira, buscó la dirección y a toda velocidad se dirigió allí.
Quizás era la última vez que veía a su familia, y eso le hacía una opresión en el
pecho.
Confiaba en que podía salir bien de todo. Aunque tenía la sensatez de reconocer que
sitios como esos no había ninguna ley que se respetase.
Y tal como lo había dicho Josh días atrás, cuando cruzabas una línea no había
posibilidad de dar marcha atrás, con la resignación de que los finales en la vida real
distaban mucho de ser un cuento de hadas, tomó valentía y estacionó en el claro
abandonado que se hallaba en las afueras de las bodegas y baches abandonados. A lo
254
lejos podía escucharse el bullicio de las carreras clandestinas, el ambiente
impregnado de ese toque salino y cutroso, la entrada estaba sellada, pero la reja que
protegía podía ser derrumbada de un golpe, a juzgar por su estado intacto no había
nadie en el interior. ¿Dónde estaban? Ese era el muelle que le habían indicado.
Quiso devolver la llamada al número de Emilia, saber que ella aún se encontraba
bien, encararse de una vez por toda a lo que se venía, sin dar tantas vueltas.
La música proveniente de las carreras y el chirrido de las llantas al rozar con fiereza
el piso le dio a entender que el lugar no estaba del todo solo. Continuó caminando
con la guardia en pie a cualquier ataque, observando sigilosamente entre los vagones
solitarios, la pestilencia de las sobras podridas en los pasillos entre estos era tal que
en ocasiones tuvo que cubrirse el olfato. Si, la escena era digna de una película de
terror.
No quería quedarse, tampoco irse. No tenía miedo y sin embargo su corazón gritaba
con desespero, rogando porque todo acabase, sus pasos sonaron suavemente al
quebrar unas hojas secas en el camino hasta una pequeña plaza, que, a diferencia de
los demás se hallaba bien iluminada.
Pensó en su hermano, en lo que último qué pensaría cuando moría; en si tuvo miedo
de irse y dejar a todos.
Suspira y por un momento desea que todo termine si tiene que terminar mal, pero
que termine.
255
—Eres valiente—dijo alguien saliendo de las sombras con pasos lentos y
decididos—. Pensaba que la dejarías a mi lado, por lo visto me equivoqué. Eres más
estúpido de lo pensado.
Levitt deja escapar una risita ahogada empezando a caminar a su alrededor, como el
león que acorrala a su presa.
—Érase una vez—Levitt entrecerró los ojos en una mueca grotesca de dulzura—, un
niño lindo y en busca de aventuras.
256
—Que vagaba por parajes desconocidos en busca de venganza—continuó Levitt
haciendo caso omiso a las advertencias de Steve—. ¿De quién? Ni él mismo lo
sabía.
—Basta.
—Yo sí sé. —Levitt rió arrogante, acercándose un poco más—. Lo he vigilado por
años.
—Lo he escuchado averiguar por alguien. —Steve apretó los puños dispuesto a
atacar en cualquier momento—. Lo he visto mezclarse entre los criminales de esta
ciudad, lo he visto acudir al rescate de la chica a la que ama y odia porque le
recuerda a alguien que se marchó.
—Lo he visto buscar a alguien para vengarse, y se me hace gracioso saber que ha
sido ese alguien quien se ha aparecido en su vida sin darle oportunidad de vengarse.
—Daniel…
—Mucho gusto, Steve—Levitt rió una vez más—. Soy el asesino de tu hermano.
Steve se abalanzó sobre él con toda la rabia que había acumulado año tras años de
intensa búsqueda.
Él rió de nuevo, provocando más ira en el joven Hampton que jadeante y sudoroso
se deshacía de su Jersey para empezar la verdadera batalla.
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fantasma de aquel niño bonito, luego me detuve a observarte y a pensar con claridad,
¡Rayos! Eras demasiado joven y mucho más arrogante, no fue difícil seguirte el
rastro, de hecho me la pusiste fácil apareciéndote con frecuencia por estos lares—
Steve soltó un gruñido corriendo hasta él para empujarle con toda la fuerza que tenía
y aquel sentimiento de ira intensificaba—. Demasiado fácil, el héroe—una mirada
frívola atravesó los ojos de Levitt—. Tu amiguita…
Steve no soportó más y cayó sobre él golpeándole con furia, un golpe tras otro en el
rostro y abdomen. Pero aquel individuo ni se inmutaba. En un movimiento
inesperado Levitt recayó sobre el cuerpo de Steve tomando una enorme ventaja,
golpeándole sin piedad alguna en el rostro y pecho, sin sentir remordimiento de
todos sus actos, toda su fuerza empleada en acabar con otra vida, como si no tuviese
suficiente con la de Daniel. Steve forcejeó inútilmente por sacárselo de encima
dejando que todos los miedos que había tenido bajo control se escapasen en cuanto
sintió un último y certero golpe en el estómago. Sintiendo frio, calor, locura,
descontrol en los desvaíos de su mente que divagaba en recuerdos, en voces lejanas
al límite de la cordura. Su rostro embadurnado en la explosión de su propia sangre y
las arqueadas de dolor cuando aquel miserable se detuvo. La sangre en sus fosas
nasales, sangre subiendo por su esófago, dándole un sabor metálico a su paladar.
—Lo suficiente para decir que era un pobre niño rico aburrido de su existencia, al
igual que tú. Al final termino haciéndoles un favor, ¿No lo crees?
(….)
Emilia miró nuevamente el rostro huraño de Josh que meditaba en silencio, secó una
vez más el torrente de lágrimas que corrían por sus mejillas como un manantial
incontenible. Lágrimas de impotencia al saber atada de manos, incapaz de ir y
ayudar a Steve.
258
Josh torció el gesto apoyando el rostro en el volante, dejando escapar un suspiro de
frustración.
—Tu madre ha de estar creyendo que estás acá estudiando, haciendo cosas buenas.
¿A dónde se ha ido todo lo que te enseñó? —continuó dejando atrás las lágrimas.
—¿Con qué cara los mirarás cuando tu amigo me mate? —increpó Em alzando los
decibeles.
Él se llevó los dedos hasta las sienes masajeándolas con fuerza la tensión era
evidente en la palidez de sus nudillos.
—Huye Em—le aconsejó con rostro adolorido—, mientras más rápido salgas de
aquí, más posibilidades tienes de salvar a tu amigo.
Emilia bajó del auto sucumbiendo al pánico cuando marcaba e informaba sobre su
ubicación al oficial en la línea, Josh se disponía a marcharse y en un acto de locura
se atravesó en su camino con la firme intención de que la llevase hasta donde se
encontraba Steve.
259
—Emilia, por favor—Josh bajó del auto desesperado—. Ya hago mucho con dejarte
ir.
En cuanto se acercaba no podía evitar sentir esa fuerte opresión en su pecho, los
gritos desgarradores de Steve como notas de una macabra sinfonía que retumbaban
en los ecos de aquel lugar abandonado. Quiso correr hasta donde él yacía tendido en
el suelo, desmadejado y lleno de sangre; había presenciado escenas de sangre, esa le
hería más que cualquier golpe.
Steve intentó levantarse una vez más, Levitt solo le golpeó con desdén; como si ya
hubiese terminado con él. Ella soltó un grito ahogado, haciendo que los ojos sádicos
de aquel criminal se posaran sobre ella. Allí en frente de él, con nada más que las
fuerzas y el miedo en sus manos.
Ella no hizo más que soltar el llanto al ver el estado deplorable de Steve.
260
—¡¿Qué le hiciste?! —Gritó llena de ira, abalanzándose sobre él, siendo detenida
por Josh que sabía a qué se enfrentaba—¡Suéltame! —imploró desesperadamente
entre llantos.
—Levitt, no…
—Steve—lloró Em destrozada.
Josh no cedía ante las órdenes de Levitt, no permitiría que llevase a cabo sus
macabros planes.
—¿Qué te duele más? —Inquirió Levitt dirigiéndose a Steve— ¿Qué esté a punto de
romperte todos y cada uno de tus huesos como hice con tu hermano y que después
me quedé con tu noviecita? —se atrevió a apresarla con fuerza sin escuchar sus
lamentos y quejidos.
—¡Mírate! —Levitt soltó una carcajada grotesca, tomando con poca delicadeza el
rostro de la chica entre sus manos—Vendido por tu novia, fue ella quien te llamó,
¿No? que lindo de tu parte recurrir en su auxilio. ¿Es algo genético? ¿Algún gen que
los impulse a querer ser héroes? Dime, ¿Dónde están esos holgazanes defensores de
tu justicia?
Levitt presionó con más fuerza el cuello de Emilia haciéndole soltar un alarido.
Josh quiso entrometerse, había sido un error ceder ante sus macabros juegos.
—Aquí vamos—se mofó Levitt—. ¿Quieres ver la flamante final, hermosa? Lo haré
rápido y sin dolor—musitó sacando un arma de su chaqueta.
Emilia gritó angustiada. Dejándose caer sobre la tierra húmeda, donde un hilo de
sangre llegaba a sus pies.
261
Steve le miró nuevamente, la herida en sus labios era grave, y el moretón en su
mejilla derecha ya dejaba un hematoma sumamente inflamada, desfigurando su
delicado rostro.
—Da un paso más—musitó alguien a pocos metros detrás de Levitt, todos guardaron
silencio sin atreverse a mover un musculo—. Y no dudaré en volarte los sesos.
Todos permanecieron estáticos. Steve dejó escapar una ligera sonrisa, sin dejar de
tener esa expresión de horror y dolor en sus facciones.
262
Capítulo XXV
Levitt sonrió amargamente sin atreverse a dar vuelta, ninguno había percibido los
pasos de ese que ahora le apuntaba directo a la cabeza, decidido a presionar el gatillo
en cualquier momento. El murmullo del viento impedía escuchar con claridad las
respiraciones agitadas de cada uno de ellos. Emilia gateó hasta donde Steve yacía de
pie con las últimas fuerzas de sus músculos.
Levitt ni se inmutó. Dirigió una mirada cómplice a Josh, que aún no salía del shock.
—No vas a dispar—objetó Levitt seguro de sí mismo—. Tienes mucho que perder.
—Hay que tener pantalones. Y...—dejó escapar una risita sombría—Sangre fría
¡Josh toma a la chica! —ordenó dejando escapar un gruñido. Su arma se mantuvo
firme apuntándole.
263
—Es tu oportunidad—susurró casi aliviado—Lo que has esperado siempre,
¿recuerdas ese día en el tribunal? Tu rostro lleno de impotencia cuando me dejaron
salir bajo fianza.
Emilia se dejó tomar del brazo por Josh. Separando su mano de la de Steve,
resignada una vez más.
—¡Vamos! ¡Dispara!
El eco de un estruendo inundó el lugar. Dando paso a los sollozos de Emilia que
destrozada caía sobre el piso. Segundos antes las únicas palabras que retumbado en
la mente de Axel Hampton eran las de su padre, las mismas que le dijo el día del
sepelio.
"El dolor da paso a nuevas esperanzas, y por mas rabia y dolor que un hombre pueda
sentir, se tiene que ser lo suficientemente fuerte para perdonar, lo bastante noble
para mirar a la cara de tu enemigo y lo bastante racional para no hacer justicia por
tus propias manos"
264
Y él no era un criminal, en eso Levitt no se había equivocado. Tenía mucho que
perder, ensuciándose las manos no lograría que su hijo regresara. Debía admitir que
ver al autor de todas las desgracias que golpearon a su familia caer ante él le daba un
poco de paz. Miró a Emilia que lloraba tendida en el suelo con el arma entre sus
manos, en su fuero interno deseó que hubiese acertado en otro lugar distinto al brazo
de aquel desgraciado.
(…)
Ahora, caminaba en dirección hacia donde iban todos animado por una repentina
curiosidad. Al parecer, lo ocurrido allí era algo serio. Aunque era normal ver la
presencia de la policía allí; algo en el ambiente no era del todo común.
Los murmullos de los curiosos como él, no dejaban escuchar claramente lo ocurrido.
Habían rodeado el lugar en una especie de círculo. Un coche patrulla una chica
llorando, dos tipos… uno de ellos: Herido.
Entonces, ocurrió…
Era ella, llorando desconsolada con un chico en brazos, casi desvanecido por los
golpes.
Cuando dos almas están destinadas a estar juntas siempre lograran encontrarse,
cuando no es así, por más que se busquen no lo logran. Y, si por casualidad o suerte
sus caminos se cruzan una de ellas ya habrá cambiado, no es la misma. No se quedó
esperando y cuando se miren directo a los ojos, no se hallaran el uno al otro. Porque:
Uno no puede encontrar algo que simplemente no está más
265
Listen to me/ There´s only thing you cannot see/ every time you talk/ Millions of
thing and there´s only one that you cannot see/ every time you talk/ you can´t stop
the clocks forever, listen to what I say/
~.~.~
Escúchame/ Solo hay una cosa que no puedes ver/ cada vez que hablas/ millones de
cosas y sólo hay una que no puedes ver/ cada vez que hablas/ no puedes detener los
relojes por siempre, escucha lo que digo:
266
***
—Cuando vi que Levitt cumpliría su promesa, que no estaba jugando –Josh tomó un
ligero respiro y continuó—: Disparé, asegurándome de no herirle de gravedad, yo no
soy un asesino.
—¿Seguro? —inquirió éste mirándole con expresión irónica. —¿Su última palabra?
—Completamente seguro.
Josh supo que ése era el momento preciso para confirmar su presunta culpabilidad.
—No señor.
—Pasarás la noche aquí, aprovecha y llama a tus padres jovencito, de paso también
a un abogado; ojalá que tus viejos tengan para una fianza. De lo contrario pasarás
267
un buen rato tras las rejas al igual que tu amigo, aunque él ya es un alumno viejo por
estos lados.
Era la cuarta vez en sus diecisiete años de vida que terminaba en una estación de
policía, la segunda en la que realmente ocupaba el papel de víctima.
Sí, él había acompañado a Josh; fue un saludo distante, frío. Sólo la miró por unos
pocos segundos cuando la oficial le colocaba la mano sobre la cabeza para que no se
golpeara con el techo del auto al entrar.
No sabía cómo había llegado allí, lo único que tenía claro era que el rencuentro que
tanto había estado soñando era simple, cuando él la miró de esa forma no halló más
que su pie al borde de un vacío inexorable y tenebroso. No sabía si lloraba por el
estado en que se llevaban a Steve hacía el hospital ó porque en ésa milésima de
segundos descubrió que había algo que no se podía ver, pero que provocaba enormes
estragos en las personas.
El tiempo.
Y ella no era Steve, no era tan tonta para creer que éste podía ser detenido, la vida
no puede volver al minuto que pasa, el tiempo nos va envejeciendo y no podemos
hacer nada. Las distancias combinadas con el tiempo tienen mucho peor.
Se suponía que ése era el momento de correr hasta él, besarle y volver a como era
antes. Pero era imposible «No se puede volver al segundo que pasa» ahora intenta
recordar el efecto que él solía tener en su ser. Ahora lo observa al final del pasillo.
Algo sigue allí.
Lo sabe, lo siente, pero no es igual. Escucha a su tía, siente como está la abraza,
llora y revisa su rostro para buscar heridas.
Está sonriendo a medias, como siempre lo hace cuando siente ése virus latente en
sus entrañas; se ve a sí misma con nueve años menos, riendo tenuemente mientras
todos se acercan a condolerse de su perdida. Esos recuerdos jamás la habían
268
abordado, había creado un dique de contención alrededor de ellos y después de tanto
tiempo de soportarlo se hace una grieta, empiezan a colarse.
Repite las mismas dos palabras como un discurso acartonado, algo aprendido de
memoria, que está allí disponible para momentos como esos, en los que se vuelve a
la imagen de una chiquilla que acaba de perder a su madre y solo tiene en su
repertorio para decir, para que nadie note cuán rota está por dentro:
«Estoy bien» le sale normal, espontaneo y Clara le cree porque lo dice de una forma
en la que es imposible creer que está mintiendo. Entonces va tras él, sin detenerse a
escuchar los reclamos que Clara le hace desesperada e impotente. Lo sigue a través
de los pasillos hasta la salida.
Hace frio, quiere llover, media ciudad duerme. La otra mitad está como ella;
vagando por las noches, buscando música, locura, fiesta. Dos partes de la ciudad y
sabe que no pertenece. Porque ella está despierta. Pero, no está “vagando en busca
de música, locura, fiesta” camina tras su “Genie”. Camina por los pasillo de su casa
atestada de gentes que dicen que todo estará bien, camina en mitad de la noche tras
alguien que no se detiene y que, aunque sabe quién es, no lo reconoce. Sigue
recogiendo cada centímetro de la banda elástica, del hilo que los unía, y, que de
tanto esperar y estirar se ha dañado, no puede encogerse, ni juntarlos nuevamente,
hubo un momento de tensión; donde uno de ellos se detuvo, el otro estiró un poco
más y la arruinó. Ya no sirve, no funciona. Entonces, tiene que recogerle con sus
propias manos, y allí va, siguiéndole, lo siente suspirar, cuando él por fin sabe que
ella está tras sus espaldas.
269
***
—¿Se puede saber quién era «ése»? —preguntó con voz seria y autoritaria.
Emilia entornó los ojos guardando un sollozo para sí. Se levantó y colocó en frente
de Clara con rostro inexpresivo. Su indiferencia provocó un la tía intensos deseos de
golpearle, abofetearle. Así lo hizo, le golpeó con fuerza y sentimiento, la vio doblar
el rostro en un mínimo gesto de dolor, y aun así no respondía a su pregunta. De
repente la mano de Emilia se espantaba contra su mejilla en una respuesta silenciosa
una muestra de igualdad. Hecho que dio pasos a los sollozos desmesurados por parte
de Clara, qué posteriormente se abalanzó sobre ella abrazándole, ahogada en llantos.
Por unos segundos había creído estar de vuelta al pasado; esa expresión de abandono
y desapego era muy usual en los ojos de su fallecida hermana, contraria y callada.
Asintiendo a todas sus preguntas por monotonía, había pensado que esos últimos
meses lograron ablandar su carácter férreo, se había equivocado. Los únicos sollozos
que se escuchaban en aquella sala, eran los suyos. Involuntarios y desmedidos.
270
todos lo sabían, la misma Steffy había estado presintiendo un momento como ese
desde hacía años.
—Ya pueden verlo—les avisó la enfermera. Solo Axel se colocó en pie reuniendo el
valor suficiente, porque en cuanto colocara un pie dentro de la habitación la cisterna
de secretos que Levitt inconscientemente había destapado explotaría; Steve no era
ningún tonto, no pasaría por alto todas aquellas palabras que se dijeron en el puerto.
Todas con una historias detrás, la historia que por respeto a la memoria de su hijo
jamás contó. Pero ya era imposible seguir ocultando la verdad, debía ser sincero y
por primera vez revelar los verdaderos motivos que llevaron a Daniel a esos lugares.
En cuanto sus ojos se encontraron con los de Steve supo que todo lo que había
estado pensando sucedería. Allí esa pizca de curiosidad, el dolor latente en sus
facciones. No hizo más que sentarse en su regazo y esperar que Steve hiciera uso de
su valentía y diera un empujón para empezar con las verdades.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó sentándose al borde del catre, el chico reposaba
un tanto adolorido, esperando que el coctel de calmantes que le habían hecho
ingerir hiciera algún efecto.
—¿Por qué no pediste ayuda? —Axel se sentó a su lado. Dejó escapar un suave
respiro, a lo que Steve guardó silencio.
—Tienes razón.
Steve asintió mordiéndose los labios, esbozando una autentica mueca de dolor y
confusión.
—Te seguí.
Axel se vio dispuesto a confesar todo, sin necesidad de preguntas por parte de su
hijo.
271
—Lo he estado haciendo durante los últimos cinco años—confesó un tanto
avergonzado—. Había perdido una parte fundamental de mi vida, no iba a permitir
que tú cometieras los mismos errores de tu hermano.
—¿De qué verdades hablaba ese desgraciado? —preguntó Steve en un hilo de voz.
—Steve, tu hermano… esa noche—las lágrimas y sollozos hicieron que Axel callase
de improvisto.
—Era humano, y cometió errores. Pero seguía siendo el mejor hijo, hiciese lo que
hiciese. Nada haría que lo quisiera menos.
—Lo siento, Papá. Lo siento—se excusó Steve rompiendo en llanto, cómo nunca lo
había hecho antes. Llorando de la forma que siempre había evitado. Dejando así que
todo el sin fin de lágrimas contenidas en los últimos años limpiara todas las
impurezas de su corazón, viendo más claro que nunca—. Yo…
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—Lo sé, yo también creí que buscándolo en esos lugares, de alguna forma… todo
sería como fue, pero eso es imposible. Se ha ido, se fue. Y por más que nos
aferremos a cada una de sus memorias, no va a regresar. Pero, no significa que
debamos olvidar. Quien en verdad quiere, nunca olvida. Solo recuerda sin dolor.
Una vez más Steve se abrazó a su pecho, en silencio; compartiendo todos los años
de sonrisas fingidas, de tristezas ocultadas tras cortinas de momentos en los que toda
una familia se empeñaba en fingir que estaba bien.
—Ya sabes que tienes un serio problema allá afuera—musitó Axel un tanto
socarrón—. Y a tu madre no creo que sobrevivas.
—No la dejes pasar—le suplicó—. Antes de morir tengo que hablar con alguien
más.
—De acuerdo.
Axel le sonrió por última vez dirigiéndose al pasillo. Emilia esperaba al lado de
Clara sentadas en silencio. No fue necesario decirle que él la necesitaba. Solo le
miró y ella pudo entender todo, caminó hasta la habitación con la misma expresión
vacía, el mismo caminar autómata.
Sin explicación alguna se plantó frente a él, que se dedicó a observarla por unos
segundos. Buscando las palabras precisas para decirle todo lo que le atravesaba el
pecho. Todo lo que le nublaba el sentido.
—Hola—dijo ella.
—Sobreviví.
Él soltó una carcajada bajita, una ligera punzada en su pecho le hizo callar en el
acto, al tiempo que soltaba un suave quejido. Em se acercó lentamente. Sentándose
donde segundos antes había estado Axel.
273
Steve percibió el cansancio en los ojos de Emilia, y con un enorme esfuerzo le cedió
un lugar en el catre al lado suyo. A lo que ella accedió un tanto conmovida.
—¿Te duele mucho? —preguntó cuándo estaba recostado a su lado, y podía ver más
de cerca cada uno de los hematomas.
—Aquí—señaló él llevándose las manos al pecho. Rió con nostalgia, una risa que le
mostró a Emilia cuantas lágrimas había empezado a derramar—. Justo donde estás.
—Mi problema es…—calló cerrando los ojos un tanto mortificada—. Que estaba
esperando por alguien que ya no me estaba buscando.
—Mi problema contigo—dijo temblando al tiempo que sus manos recorrían el rostro
de la chica, que guardaba silencio anonadada. —Porque ya no puedo ser quien creen
que soy cuando estás cerca. Lo supe desde aquel día.
—Y todo mi problema es que me gusta quien soy cuando estás cerca, y quisiera
poder seguir siéndolo. Di una palabra, haz un gesto, abrázame y prometo que pase lo
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que pase y digan lo que digan seguiré cuidando de ti. Seguiré defendiéndote, tengo
miedo… por primera vez en mucho tiempo tengo miedo de perder algo, y ese algo
eres tú…
—Lo siento Steve, lo siento… —Em entrecerró los ojos adolorida—No puedo, no
puedo….
—¿No puedes qué? Si esto solo es algo para que sepas, no para que me respondas.
—¿De quién?
—Sobre la historias de los extras en una película, si las hay. Solo que algunas no
merecen ser contadas.
***
Mientras forcejeaba para poder entrar a su apartamento, nada más que el rostro
inundado de lágrimas de Emilia se presentaba ante él. Haciendo que sus manos
temblaran dramáticamente; una vez más abandonó esa frustrada labor dejándose
caer al pie de la puerta. Esta era la cara de la parte en la historia donde dices adiós.
Ése era el sentimiento de los que pelean hasta el cansancio para lograr lo que
quieren y fallan. El sabor de la derrota, que tenía cierto toque amargo y dulce.
Porqué le hizo caer en cuenta de algo que había estado creciendo silenciosamente
como una enredadera que en un labor clandestina terminan apoderándose de toda un
árbol. La atrapan y cuando te das cuenta ya son uno. Y las antiguas hojas frescas y
llenas de vitalidad empiezan a caer.
Entonces todo volvía a su mente, como una tortura voluntaria de la que no quería
deshacerse.
275
Ella, era ella, distinta en todos los sentidos; la vio llorar al regazo de aquel
desconocido mal herido. Sus ojos brillaban de una forma distinta, la expresión de su
rostro en aquellos momentos la había visto antes. Solo que siempre había sido para
él, ahora, allí en medio de todos los extraños que intentaban socorrer al joven, se
daba cuenta que hacía tiempo que su Em dejó de pertenecerle. Había estado vagando
por las confinidades de una ciudad lúgubre y solitaria, rodeado de un mundo de
gentes enfrascadas en sus vidas, buscándola, buscando a la Emilia de sus recuerdos;
porque esa de allí no distaba mucho de serlo.
Y esa niña limpia, sin rastro de maquillaje que lloraba a mares a la vista de todos, no
le robaba ni un suspiro.
Se suponía que su corazón debía latir más fuerte que de costumbre, que la anhelada
felicidad le proporcionaría la paz que había estado esperando; fue allí cuando se dio
cuenta de que eso que andaba buscando lo había encontrado en los labios de alguien
más, solo que no lo había notado.
Se supone qué: ese era el momento de correr hasta él y abrazarle con fuerza.
Pero todo lo que podía pensar era en Steve mal herido y de camino al hospital.
Él se acercó sigilosamente con una media sonrisa que jamás le llegó a los ojos.
Había una forma de comprobar si la magia seguía viva, en un arrebato coherente y
276
premeditado se abalanzó sobre ella, besándole, dándole ese beso soñado tantas
noches y añorado en tantas tardes.
Sus labios respondieron indecisos, mientras que sus manos le separaban ligeramente,
podía sentir la indecisión en sus ademanes y el nerviosismo en cada uno de los
movimientos.
Cuidadosa y temerosa.
Eso que sentía en ese momento era inequívoco. No había más magia, era frío, era
forzado.
Ella se mordió los labios asintiendo confusa y adolorida. Torció el gesto con
expresión grave, plantándose frente a él.
—¿Solo eso? —inquirió con voz casi quebrada—Te he esperado por casi cinco
meses.
—¿A dónde lo llevan, a dónde llevan al chico? —preguntó, mirando por encima de
su hombro.
—Al Princeton.
—Te llevaré.
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Caminaron juntos hasta el sedán rojo de Loan, aparcado en las cercanías de la
carretera, había adquirido algo de experiencia manejándose por las calles, sin
mencionar que solo era una excusa para ganar tiempo y poder reorganizar todas las
ideas y sentimientos que afloraban en su interior.
Ella le siguió silenciosa, entrando al vehículo sin cuestionar el porqué del cambio, él
siempre había amado los camaro’s, y ese era un Renault muy femenino.
Sin mencionar que en el interior habían prendas que solo una chica utilizaría; una
bufanda rosa y aretes en la guantera.
Él estaba allí con alguien más. Podía sentir como su pecho se contraía, como le
hacía doler las costillas. El silencio comenzaba a matarla lentamente, la forma en él
la miraba ya lo había hecho cientos de veces; solo que renacía porque aún
conservaba esperanza. Podía observar que nada en él había cambiado, pero cuando
sus ojos se encontraban ya nada era lo mismo. Esa pizca de ternura y complacencia
había desaparecido, ¿Cuántos efectos pudo hacer el tiempo?
¿Sentían lo mismo?
—Estabas con alguien—esa claramente era una afirmación que esperaba ser
confirmada.
—He estado esperando… —dijo ella con un hilo de voz—Por este día.
Negó con las lágrimas escapándose de sus ojos sin ninguna clase de pudor.
—He conocido a alguien—confesó Brand, se mordió los labios con fuerza, una
expresión pudorosa y casta dejo ver el claro remordimiento que la causaba confesar
su pequeño desliz con Loan aquella tarde—. Necesitaba esto, necesitaba verte para
comprobarlo. Ahora que vas aquí conmigo no puedo más que aceptar que…
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—Lo siento, Em…
—Jamás la he olvidado.
—Pues no parece.
—¿Hace cuánto?
—¿Qué?
—¿Qué le quiero?
—No ha sido mi intención—él intentó tomarle la mano, ella le apartó casi por
reflejo—. Te juro que, no sé en qué momento pasó. No estaba en mis planes
encontrar a alguien como ella.
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—No hables más Brand, ¿Acaso no notas que cada palabra que sale de tu boca me
hiere? He de pensar que eres malvado, y no tienes piedad de mí.
—Jamás imaginé que al verte nuevamente lo que había soñado no se haría realidad,
fuiste el motivo de mi aventura hasta acá.
—Eso, dolió menos que esto. Y al parecer se te olvidó que yo daba todo por ti.
Las luces de la clínica donde le habían informado sería internado Steve aparecieron
en el horizonte, y con ella se acercaba el momento de decir adiós.
—Aunque no me creas, yo también lo daba todo por ti—confesó con voz queda—.
Solo qué… al final de todo no éramos los escogidos.
—¿Si tienes claro que de haber evitado todo este tonto juego de buscarte, hubieses
evitado esto?
—Lo sé.
Ella se bajó del auto rota de dolor, dejando pedazos de sus esperanzas en el asiento
que recién abandonaba, él le observó alejarse una vez más, esta vez, para siempre.
Caminó rápidamente hasta la entrada del hospital, sollozando con fuerza, mirando
atrás para confirmar como su figura se hacía más pequeña y más lejana con la
280
distancia. Dejándolo ir… No había duda alguna de que las promesas se habían roto
y era tiempo de moverse y dejarle paso libre hasta donde él creía haber encontrado a
la persona correcta.
Le estaba doliendo, al igual que las heridas en cada uno de los pacientes en aquel
dispensario, el dolor de la decepción precediendo al del desamor.
«Lo peor» pensó, mientras llegaba a la segunda planta donde debían estar
atendiendo a Steve. «Es que para los corazones rotos no hay hospital.»
Dejarlo ir, dejar ir a Brand de su lado y confirmar que su final feliz no lo inmiscuía,
era la herida más insondable… Y era así donde notaba que algunas historias no
tienen un final feliz, que algunos no son protagonistas. Solo una especie de puente
entre las circunstancias y momentos estipulados para cuando dos almas necesitan
encontrarse.
—Le quiero —dijo entre sollozos, luego calló y meditó por unos segundos—.
Mierda, mierda, mierda. En verdad le quiero.
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Capítulo XXVI
—Le quiero—se repetía hasta el cansancio dejando que los ecos de sus carcajadas
en las noches desvelos inundaban el pasillo. Allí comprendió la razón de porque
había reaccionado como lo hizo, cuando sin querer su inocente charla se convirtió en
un intercambio apasionado de besos; ahora ella debía estar esperándole en aquellas
cloacas. Estuvo entretenido organizando los desastres de su corazón, que no
controlaba lo que sus acciones empezaban a causar alrededor. Ahora todo debía
tomar su lugar, y para eso debía hablar con Loan; por primera vez en meses sintió
que se alejaba de aguas tempestuosas y una displicente calma llegaba a su vida,
atracaba en un puerto tranquilo. Sólo que ahora la única duda que poseía, era saber
si ella sentía lo mismo. El crujir de los goznes hizo que se levantara en el acto, la
puerta vecina se abría, haciéndole sonreír por reflejo. Cuando ella se quedó bajo el
umbral de la puerta, la tenue sonrisa desapareció.
—Loan, Yo…
—Te quiero—dijo Brand, en un susurro para sí mismo, dejando escapar una suave
carcajada.
282
Ella también le quería.
Acababa de descubrirlo.
***
—Vaya que eres optimista, si tú no sales de aquí sino hasta mañana—le informó con
gesto socarrón y voz queda.
—¿Madre? —Steve miró a la señora Hampton un poco afectado, la idea de pasar allí
una noche resultaba desagradable.
—La próxima vez que quieras ser el héroe, ya sabes de sus consecuencias.
—Yo no estaba siendo un héroe, ¿Pueden por favor dejar de repetir eso? Lo han
dicho tantas veces qué definitivamente ha pasado de ser una buena palabra a ser un
insulto. Madre, los héroes jamás sobreviven, yo si lo hice. Y si hubieras visto lo que
ocurrió no me llamarías de esa forma.
Steffy sonrió amargamente ocultando el dolor que le provocaba ver el estado en que
lo había dejado aquel miserable y lo que pudo haber ocurrido.
Mau volvió a observar a Em, no había cambiado su posición, seguía absorta en sus
meditaciones sin saber que allí en silencio ella empezaba a despedir los buenos
recuerdos, volviendo de encubierto al pasado con un poco de vergüenza.
283
Como lo hacen las personas con el corazón roto. Pieza por pieza los dejaba de
glorificar, ahora solo eran épocas vividas que se coloreaban de las tonalidades que
tiene todo lo que no importa: Brand se volvía gris.
No podía aferrarse a algo que no podía salvarse, algo que se ha ido lejos, ellos serían
inmortales en las historias que no serían y los recuerdas que jamás se crearían. Todo
lo que pudo y nunca iba a ser.
—¿Em? —la mano de Clara se posó sobre su espalda con delicadeza. —Steffy
quiere saber si vas a quedarte.
Ella miró a Steve, en cuyos ojos yacía ese hálito de ilusión y emoción al saber cuál
sería su respuesta.
Steffy sonrió y allí ese brillo maternal, el mismo que le hacía acordar de su madre,
miró a Steve y anunció que iría en busca de bebidas, llevándose a Clara con ella.
Mau aprovechó para retomar su puesto al lado de Steve, mirándoles pícaramente.
—Este es el momento donde me pides que me vaya—afirmó Mau con voz queda.
—Si no fuera porque me debes una confesión, dejaría que marcharas a casa, pareces
cansada.
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—¿Qué? —preguntó ella al percibir su gesto de desilusión—Iba a decir que eras mi
héroe, per hace pocos minutos dijiste que eso era como un insulto.
—No lo es, si lo dices tú, aunque yo ya sabía de eso; prefiero creer que no necesitas
ser rescatada.
—Se supone que debo empezar con el “Érase una vez” Pero omitiré esa parte. Mi
madre, tenía veinte años cuando se casó con mi papá; cómo sabes, él era un
estudiante de farmacéutica, ella una niña nacida en cuna de oro, cómo tú. Por lo que
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su matrimonio con él no fue del todo agradable para sus padres, como sea, nunca le
interesó lo que los ellos pensaran.
»Viví una infancia feliz, ¿Quién no lo es en la niñez? Tenía una madre maravillosa,
un padre encantador y el jardín más hermoso del barrio, ¿Cómo no tenerlo? Sí el
oficio más arduo de mamá era cuidarlo, mientras lo hacía me relataba fascinantes
historias de guerreras legendarias, Juana de Arco, la reina Isabel y Artemisa.
Hablaba sobre heroínas, tiempo después me enteré de qué Aurora, Ariel y las otras
jamás rescataron a sus príncipes; ellas eran delicadas, pacientes y femeninas. Se
envenenaban inconscientemente, pinchaban con una rueca, y perdían zapatos. Ella
siempre me contó todo lo contrario, y crecí con los cuentos incorrectos, no entendía
porque toda mis compañeras nunca podían arreglárselas solas cuando se les caía
algo ó tenía que mover una silla o mesa, hasta ahora. Esperaba el atardecer con
ansias, papá llegaba, reíamos un rato con algún chiste, qué, sabía se inventaba.
Luego, le rogaba a mamá que se quedara conmigo, ella accedía, pero al despertar
descubría que se había ido.
» Iba a la escuela, jugaba con ella y papá. Todo estaba bien, no lo tenía todo, pero
era feliz.
» Hasta que un monstruo silencioso que siempre había estado allí, apareció en
nuestras vidas. Era una extraña patología, conocida como el Huntington, era una
mutación, según escuché dicha enfermedad tarda quince o veinte años en matarte,
con mi madre fueron cuestión de meses; de repente empezó a presentar episodios
sicóticos, pérdida de memoria, incluso un día me llevó al centro comercial y dejó en
atención al cliente alegando que no me conocía, que no sabía quién era. Le perdida
de la cordura era solo una fase, lo siguió después espasmos musculares y
depresiones que terminaban en intentos de suicidio. Que papá invirtiera todo lo que
teníamos en viajes y especialistas alrededor del país, no sirvió de nada. Fue en vano,
todo lo que había conocido se derrumbó ante mí, era un castillo de naipes, mi madre
la pieza principal. Quedé al cuidado de vecinas amables, aprendí a los ocho años lo
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que la mayoría aprende a los trece: A ser autosuficiente. Después de siete meses de
viajes, exámenes y hospitales. Mamá regresó a casa.
»Papá me aconsejó me suplicó que fuera prudente, obedecí. Pero ver su rostro
famélico, sus ojos desorbitados y labios quebrados a causa de la resequedad es una
imagen que hasta el sol de hoy ha marcado mi vida, no tenía control de sus
músculos. Tenía que estar bajo los efectos de la morfina para mitigar el dolor y los
espasmos.
»Lloré en silencio, sabía que me escuchaba. Así que repetí los cuentos que me
enseñó, donde la heroína salvaba el día, así hice durante semanas, las mismas que
ella permaneció allí, acomodándole el suero, aseándole el cuerpo.
«Las princesas no lloran» me había dicho una vez, en ese momento era imposible no
llorar.
»—Si rezo veinte oraciones de rodillas frente mi cama, Dios la va a curar—le dije a
papá una noche que esperábamos a que se quedara dormida. Él no me respondió,
pude sentir como besó los cabellos y acarició mi espalda.
»Por más que recé, por más que lloré y supliqué por un milagro, nunca se cumplió.
»Tres días después, colocándole fin a una lacerante agonía, murió. Era un día
soleado, corrí como siempre a llevarle las compresas y suero, esa vez no me miró,
no parpadeó. Se había ido. La inocencia no se pierde porque alguien te infunda
malicia mundana, la inocencia se pierde cuanto te arrebatan algo que podía
significar el mundo.
»Ya lo has retirado, la pieza principal del castillo. Ya sabes que va a ocurrir después,
contrario a lo que se esperaba no derramé lágrima alguna, Clara estuvo allí con su
madre, mi abuela. Quien después de años de resentimiento y repudio hacía su hija,
aparecía, doblegándose ante su cuerpo inerte y frío. Sólo la vi dos veces, esa y
cuando era ella quien estaba dentro de una caja de madera. Aún recuerdo la
prepotencia y desdén con el que me miró.
«Dios la tendrá en un mejor sitio» me dijo como consuelo. «Qué mejor sitio que al
lado de su hija» le respondí con la misma actitud insolente y amarga.
»Ese día perdí a mi madre, perdí a mi padre, perdí mi niñez, lo perdí todo.
»Papá se sumió en la depresión, se olvidó de mí y una vez más era la princesa que
salvaba el día, sola, fuerte y con un enorme vacío que difícilmente se podía llenar.
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No es justo, es decir, solo tenía ocho años, ¿Qué clase de Dios deja a una niña de
ocho años desamparada?
»Nadie podía hacerme creer que no valía la pena, sería fuerte. Algún día me iría,
conocería todos los destinos que ella conoció. Mi padre quebró, empecé a lidiar con
mis propios gastos, no tenía ni quería amigos, Porque nada m aferraría a ese lugar.
Luego, luego llegaron ellos, los mejores.
»Los únicos.
»Jess y Brand.
»Y por un tiempo sentí qué el vacío que mamá había dejado en mí se llenaba;
éramos los tres, contra todos, contra el mundo. Brand desapareció por un tiempo,
todavía éramos niños cuando lo hizo. Cuando regresó ya no lo éramos más. Y
cometí el más amargo y dulce de los errores: Enamorarme de mi mejor amigo, y
jamás decírselo. Un día, por la necesidad de una beca, recurrí al programa de ayudas
extra clase, me asignaban un alumno, le ayudaba con las tareas de cálculo y
lenguaje. En agosto me habían asignado a Joseph, un muchachito engreído y
conocido en toda la escuela. Gasté cuatro semanas de mi vida enseñándole cálculo, y
el muy desgraciado quiso pasarse de listo. Cuando no consiguió nada de lo que
quería se vengó regando el rumor de que me había acostado con él, primeramente su
noviecita se atrevió a amenazarme, creía que defendía su territorio.
»Luego, todo se supo. Y que ella me insultara, gritara y todo lo demás, podía
manejarlo. Pero que Brand, mi amigo, la razón por la que Alphaville no era tan
espeluznante como lo había sido en el pasado, creyera todo lo que decían en los
pasillos, eso, eso no podía manejarlo.
»No caí en cuenta de mis errores hasta que me encontré tras las rejas, Brand
acompañándome y mi padre totalmente decepcionado. Luego, todo esto… tu
mundo, tus amigos, los peligros de tu sociedad, me han hecho regresar a la época de
mis ocho años: Delicada y vulnerable.
288
»Volví a perder esta noche, después de declarar en la estación, después de cinco
meses sin vernos, él estaba allí. Me había cansado de ser la princesa que mi madre
había inventado, quería ser necesitada, quería ser rescatada, así que lo hice venir
hasta New York. Pero, esa noche… cuando me miró, estaba y no estaba.
»No nos encontramos, solo éramos dos extraños con recuerdos en común. Y lo peor,
no es que me haya dejado, que no me haya escogido. Lo peor es que tenía algo a que
aferrarme, tenía un motivo. Tal vez, y me aferré tanto a él, para disipar el dolor que
me ha causado no tener a mi madre, busco entre mi pecho y está allí, está la herida
viva, sangrando nuevamente. Perdí a Brand, perdí a mi madre, solo me tengo a mí,
y a veces no me basto.
Emilia hizo una pausa dejando escapar varias lágrimas sin ninguna clase de pudor.
Steve Silencioso, comprensivo y visiblemente afectado se las secaba, mirándole
como lo hizo e día en que despertó aterrorizada en aquella playa.
—Lo siento—musitó, impotente. Porque sabía cuánto dolía lo que ella sentía—Lo
siento—repitió acunándola entre sus brazos.
Se convenció de que mientras más fuerte era, más tierna se veía y no podía dejar de
mirarle; sin sentir que el musculo que más le dolía en esos momentos era el corazón.
—Así que el novio imaginario, siempre fue de verdad—musitó con los labios
pegados a su cabello.
—Ahora la música suena como al final de las películas, de esas que saben cómo van
a terminar, pero en el fondo deseas poder cambiarlo.
—No. Tal vez ésa no sea la música del final, tal vez solo sea la que da inicio a una
historia nueva.
—Quizás.
—Pero bueno, digamos que tú escribirás los libretos de esa nueva parte. Ya sabes,
nunca es tarde para tropezar en otro corazón.
289
***
Una vez más coreó entre murmullos el estribillo de “Charlie Brown” haciendo que
él levantará el rostro con una mirada de desconcierto hacía ella, lo cual le hizo
esbozar una sonrisa irónica y divertida.
—¿Qué? —increpó en voz queda—Pon tus ojos en el libro, no creo qué Ronald vaya
a hacerlo por ti, lo vi practicando baloncesto. Así qué te toca hacerlo todo a ti solo…
—Estabas cantándola…
—Yo nunca dije eso—rezongó Em un tanto indignada—. Dije que Chris Martin
podría ser opacado por Tom Chaplin en lo que a notas de cuartas se refiere, nunca he
dicho que apestará.
Brand entreabrió los labios, un poco más sorprendido. Cerró el libro tomando
cuidado de no perder la página que leía en esos momentos y volvió a mirarle un
poco desdeñoso.
—¿Me estás diciendo que Tom es mejor que Chris Martin? —inquirió incrédulo y
ligeramente insultado.
—Brand—musitó entre dientes con una ligera sonrisa—, no has dicho eso.
—No, la que no ha dicho algo coherente aquí eres tú. Por favor, ¿Qué puede hacerle
un capitán de los años 50 a Iron man? ¡O sea! ¡Es Iron man!
290
—Y tú un gay enamorado de un científico que crea armas nucleares.
Ella soltó un bufido dejándose caer sobre el espaldar de la silla mientras se cruzaba
de piernas.
Volvió su atención al libro y ella a sus cuentas, fueron pocos minutos de esmerado
estudio hasta qué Jess apareciera con sus gritos y baile feliz, robándoles la atención
nuevamente.
—Que mi mejor amigo cumpla dieciocho años es un hecho que no puede pasar
desapercibido.
291
—¿Recuerdas esos comics que viste y empezaste a decir que dentro de cinco años
serían una reliquia y qué se valorizarían? —Emilia posó su mano sobre la tapa de la
caja en esperas de que él diera una señal de reconocimiento.
—Y nosotras te dijimos qué eso era tan nerd—rieron suavemente—. Luego dijiste
que era “geek” y Emilia dijo: “Más marica y te lees todas las novelas Nicholas
Spark” entonces tú guardaste silencio y soltamos la risa porque confirmaste el hecho
de que tomabas las novelas de tu madre y las leías.
—Después nos sacaron del lugar—culminó Em apretando los labios, fingiendo una
expresión de pesar.
—Lo recuerdo muy bien—contestó él levantándose para recibir el regalo—. Son los
comics de Iron man, cuando lo visitan los cuatro fantásticos y Hulk, salieron en el
noventa y cuatro y serán una reliquia dentro de diez años—repitió el mismo discurso
que había pronunciado en aquella tienda de comics.
Él no hizo más que reír y abrazarlas con fuerza. Haciendo que se quejaran por la
falta de aire.
—Solo leí mensaje en una botella—se excusó él, pasándose la mano por los
cabellos, su tic nervioso usual.
292
—¡Solo la leí una vez!
—Em—Clara sacudió una vez más el hombro de la chica que yacía profunda en el
sofá de la sala—, Em… vamos, levántate. Ya es hora de ir a casa.
Ella pestañeó un par de veces retirando la maraña de cabellos que se había esparcido
por su rostro, la luz blanca de la sala le molestaba un poco, los susurros de pacientes
y enfermeras de allí para allá le ocasionaba un poco de jaqueca, Clara le entregó un
vaso de café desechable, a juzgar pos su vestimenta intuyó que se había quedado
toda la noche, se levantó suavemente estirando los brazos con un tanto de pereza.
—Es hora de irnos a casa—anunció Clara, luego tomó un sorbo de su café. Emilia
recibió el suyo tapándose la boca para evitar un bostezo—. Toma algo de eso—le
aconsejó—, en un momento nos iremos a casa, me temo que no te gustaran los
pasteles encauchados de la cafetería.
—Creo que a parte del ambiente tétrico, de silencio sórdido y los rostros huraños, la
comida de hospital es lo que más odio.
293
—¿Dónde está Maureen? —preguntó, parpadeando para despejar cualquier vestigio
de sueño.
—Creo debe estar con Steve y su madre, ya le están recetando las medicinas para
dejarlo ir a casa, Axel se ha ido temprano a oficializar lo de la denuncia.
Y tal vez, en un futuro lejano, cuando las heridas sanaran, las palabras perdieran
color y sentido, tendría el valor de acercarse y recuperar el increíble amigo que
siempre iba a extrañar.
—Tenemos que hablar—le recordó Clara, ella suspiró buscando en su interior las
palabras y los porqué de su reciente comportamiento, era claro que no podía seguir
ocultándole la procedencia e importancia del chico con el que había dejado la
estación de policía.
—Lo siento—musitó—, sé que no debí dejarte allí sin saber hacía donde iba.
—Le conocía.
—¿Le conocías? —inquirió Clara intuyendo todo el pesar tras esas dos palabras.
Emilia parpadeó ruborizada, una charla de chicos con su tía no era la cosa más
cómoda del mundo. Apartó el rostro mordiéndose el labio inferior nerviosa,
devanándose los sesos para encontrar una excusa coherente y oportuna para evadir
esa conversación.
294
blanco al detectar la treta utilizada por su sobrina para evadir la charla sobre aquel
extraño chico, y, dando un suave respiro le agradeció en su fuero interno que lo
hiciera. No estaba lista para una conversación de aquellas, sabía que se vería ridícula
en el papel de madre investigadora y todo lo demás, aunque dudaba que fuera algo
romántico ya que hasta donde sabía Steve era su novio, él mismo lo había dicho,
Emilia no había hecho ningún ademan de desmentirlo; luego estaba esa extraña
forma que tenía Steve de mirarla, sí, extraña. Porque de todos los años que llevaba
siendo intima de la familia jamás lo había visto observar a ninguna chica de esa
forma, ni siquiera a las novias casuales que esporádicamente llevaba a casa.
Sabía que ese chico era una caja de sorpresa, más allá del egocentrismo y
despotismo que mostraba, había un chico con calidad humana excepcional.
Haber ido en ayuda de Emilia, era un claro ejemplo de ello. Y ya iban dos veces que
la rescataba heroicamente, aunque le molestara admitirlo: Creía firmemente que
Steve Hampton se había enamorado de su sobrina. De repente divisó la figura de
Maureen luchando contra la cafetera en el fondo del pasillo mientras hablaba por
teléfono—Está allá—le indicó alzando la barbilla firmemente.
295
—Después de dejar a Steve en casa, más bien después de que descanses iré a tu casa,
me temo que tengo hacerte una confesión acerca de mi hermano.
Em frunció el ceño un poco perturbada, Maureen dejó escapar una ligera carcajada.
—No, no lo sé.
—Debe ser efecto del insomnio, mi madre que es la persona menos per pizcas de
este mundo lo ha notado, ahora tú, que eres tan sensible como un gato.
—Tu padre se ha ido al juzgado, así qué será Ralph quien nos lleve a casa.
—Lo siento—dijo apenado, Clara sonrió divertida. Su ego debía estar sufriendo una
enorme patada en el trasero, entre ella y Steffi le condujeron hasta el ascensor,
cuidando de no tropezar con algún otro paciente. Afortunadamente Ralph les
esperaba a la salida del ascensor en la planta baja del hospital. Así que fue más fácil
subirlo al auto. Él le sonrió una vez más antes de despedirse mientras el oscuro
vidrio de la ventanilla subía.
296
***
—¿Cómo está tu amigo? —preguntó Katty organizando los menús que recién
acababa de recoger de algunas mesas libres.
Brand pestañeó un par de veces limpiando la marca que los vasos húmedos dejaban
en la superficie de la barra.
Brand frunció el ceño echando un vistazo al ejemplar que ella colocaba frente a él.
Era claro que jamás había fijado su atención en revistas de cotilleos, sí, él siempre
buscaba los stand de autos y comics, era un chico, no tenía interés en ese tipo de
reportajes.
Allí estaba, era el mismo chico de la noche anterior, también el mismo al que le
había ganado meses atrás en las carreras clandestinas del puerto.
Por fin conocía su nombre, grabado bajo varias fotografías en las que aparecía al
parecer con su familia, tomadas el mismo día de la competencia de Rally que Loan
había mencionado. Varias antes de iniciar la carrera, otras probando los equipos del
auto. Luego una en el podio de primer lugar, otras con una alta chica con cabello
oscuro, de no haber sido por el parecido en sus facciones y porque abajo en las
etiquetas su nombre figuraba con el mismo apellido pudo haber jurado que era su
novia, luego estaba una que jamás había esperado.
297
El mismo cabello castaño, la nariz aguileña y el rostro ovalado.
Era Emilia.
Tragó saliva con dificultad. Debía sentir celos, en cambio solo percibía dentro de si
mismo un poco de desconcierto. Ese chico la miraba extrañamente, pero ella no
levantaba el rostro. Todas las fotos eran iguales, Emilia esquivaba a la cámara, él la
miraba indiferente a la captura.
Lo esquivaba a él.
Katty levantó la vista dejando los cálculos que realizaban en el instante de lado.
—¿En qué mundo has estado Brand? —Katty se acercó, había en su rostro algo de
sorpresa mezclado con recelo.
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—Bueno—su tía se acercó flexionando los dedos, apretando los labios con
expresión grave—, supongo que ella no se despidió.
—¿Cómo?
—Estás bromeando—se bufó dejando de lado su labor—. Ella no se iría, ¿el trabajo
aquí? ¿Su universidad?
—Deja esa cara “Cow Boy” que ella solo se ha ido por dos días.
—A ver a su madre, vino con su hermano. ¡Vaya qué se parecen! Los mismos ojos y
cabello, me pidió que la cubriera por estos dos días, raro que no te haya dicho nada.
Debió ser porque no te vio, de cualquier forma me extraña que te lo tomes así de
dramático, no me digas que tú…
—Te haré solo una advertencia Brand, es una gran chica. Y es mayor que tú, así que
no quiero llantos.
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Capítulo XXVII
Emilia doblaba y desdoblaba una diminuta ave que recién había elaborado.
Dejándose embriagar por las ráfagas de recuerdos que en los últimos días eran más
frecuentes.
Recordar los días de gloria, con la amargura que nos deja el olvido era una tortura,
incluso peor si se atrevía a soñar con lo que pudo ser.
Clara se acomodó en el escritorio, girando la silla para poder verle mientras buscaba
las palabras correctas para iniciar su plática pendiente, acomodó uno de sus
mechones oscuros tras su oreja, deteniéndose a observar con cautelas los detalles en
la habitación, la fotos sobre la cómoda y los libros abiertos sobre la cama. Había
hecho un buen trabajo, no se notaba en lo absoluto que había hecho extracción de
sus figurines, cosas que la sobrina guardaba con recelo.
—Se acercan las vacaciones—afirmó Clara buscando una rendija para poder
comunicarle el motivo de su charla.
300
—Me he tomado el atrevimiento de realizar una carpeta de apuntes artísticos con
alguna de tus creaciones—confesó Clara al fin, cruzándose de piernas en un gesto de
deliberada convicción de que había hecho lo correcto—, pinturas que tu padre tenía
guardada y figuras de origami que tomé de tus tesoros. Que quede claro que todo lo
he hecho con el consentimiento de tu padre, quien al igual que yo, queremos lo
mejor para ti.
Emilia frunció el ceño halando con fuerza de los hilos que sobresalían de la costura
horizontal de su pantalón. Las cosas no eran claras, ni pintaban muy bien. Bueno, al
menos no estaba preguntando por Brand. Pero algo en su interior le susurraba que
esto era importante, que impediría su regreso a casa.
Emilia se mantenía en silencio, observando con atención cada uno de los gestos en
el rostro de Clara. Su labio inferior era un poco más grueso que el superior y
siempre estaba colorado, sin usar colorete. Era atractiva, a sus treinta y muchos
años, seguía siéndolo.
—Puedes escoger pasar las cuatro semanas con tu padre y perderte la oportunidad de
conocer esa parte del mundo ó estar con tu padre dos semanas y las otras dos en
Austria, piénsalo. Tu madre no se lo hubiera perdido. Casi puedo escuchar su
rotundo “sí” ya sabes cómo era.
Ella no tenía nada que pensarlo, ése era uno de los sueños que en el nombre de su
madre debía cumplir.
301
Em sonrió dejándose caer sobre los almohadones, inexplicablemente se sintió presa
de un cariño infantil y puro hacía su tía, quien al principio de todo ese viaje había
figurado como su carcelera, pero que al final de todo resultó siendo la mejor de
todas.
Escuchó cuando le deseó unas buenas noches entre risitas, dejándole con todos los
hilos de su mente y corazón más enredados, por más que luchaba por separarlos, no
cedían y parecían no querer hacerlo nunca.
Por un lado estaba su reciente decepción con Brand, claro que ella no era una chica
que se entregaba a las penas, tampoco era justo ni saludable olvidar todo con alguien
más. Por más que bloqueara los recuerdos de esa noche, ellos se escapaban. Las
palabras de Steve volvían como ecos lejanos, el dolor en sus ojos, sus ganas de hacer
que desapareciera. Era estima, después de todo él le había salvado en dos ocasiones,
no por eso iba a ceder y responder de la forma en que él quería, porqué: Primero,
Brand le dolía, así como ella le dolía a Steve. Segundo, no tenía cabeza para
emprender otro camino tortuoso e idílico, al fin y al cabo una mujer podía ser feliz
sin un hombre, a su madre se le había olvidado incluir esa parte en su versión
distopico de los cuentos de hadas. Tercero, se centraría en sí misma, recorrería el
mundo. Perdonaría a Brand, Joseph y todos lo que en un momento hicieron de su
existencia algo miserable. Sería feliz. Cuarto, en el fondo muy en el fondo sabía que
Steve no le era del todo indiferente. Pero las espinas que dejaba una gran decepción
le impedía verlo con claridad. Quinto, estaba realmente cansada y necesitaba
regresar a casa.
302
***
—No soy un inválido, detesto cenar aquí, y dejen de tratarme como a un bebé.—
Steve devolvió la bandeja. Levantándose con dificultad para caminar hacía la
ventana.—Cuando te lo propones puedes ser muy exasperante—farfulló dándole la
espalda para que ella no notara la expresión adolorida en su rostro—. Demasiado.
Él, indeciso y consternado por ese nuevo sentimiento de timidez que nunca antes
había experimentado.
—No creo que sea conveniente—dijo, se retiró de la ventana para ocupar el mueble
de la esquina, que, en los últimos días estaba relegado a servir de perchero para sus
abrigos.
Maureen dio un resoplido revolviéndose entre los almohadones, una sonrisa traviesa
se le escapó al observar en la repisa donde su hermano colocaba sus enormes
trofeos, la foto del día que había ganado la competencia de polo, se había lesionado
una costilla. Probablemente esa y esta ocasión, eran las únicas en que lo había visto
golpeado y lleno de moretones.
—Escuché que Andrea Mancini estaba emocionado por patearte el trasero este año
en el campo de polo—Steve levantó la mirada un tanto fastidiado—, al parecer no
supera la derrota del año pasado.
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—Bah—descartó Steve un poco presumido—, así golpeado como estoy puedo darle
la pelea.
—¿Por qué ir hasta allá solo? —supo de inmediato a que se refería—Es decir, ¿Por
qué no pediste ayuda a papá o a Anthony?
Steve entrecerró los ojos torciendo el gesto con gravedad, empezaba a intuir hacía
donde iba esa conversa.
—No tuve tiempo—repuso en un tono suave y neutro. Ya era un esfuerzo tener que
morderse la lengua para no confesar las ansias que tenía por saber de Emilia durante
los últimos dos días.
—Maureen—le llamó él, frío y cortante—, algo me dice que quieres saber algo, solo
pregúntalo y ya—exigió cortante e indiferente.
Lo que le tomó fuera de base, descontrolando la posición reacia que había optado
desde el principio.
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Steve entreabrió los labios ruborizándose de inmediato, al ver como su hermana
corría hasta él sonriendo pícaramente. Algo en su rostro lo había delatado.
—Venga—Mau le tomó de la mano con ternura—, quiero oírlo salir de esos labios
llenos de moretones. Repite después de mi: "Me gusta Emilia Nolán, por eso fui a
que me rompieran todos los huesos, porque ella me trae loco."
—Solo dilo—insistió la chica emocionada—. Solo tienes que decir dos palabras
muy simples: "Me gusta"
—¿Cómo?
Steve apretó los puños exasperándose al tiempo que sus mejillas se encendían
calurosamente.
—Sí.
—Bueno, no, es decir, yo...—la forma en que él se trababa para responder la dejó
satisfecha—En realidad me gusta.—respondió cuando por fin pudo articular una
palabra completa—. Pero es un caso perdido, es claro que jamás podrá ser, y no me
gusta el papel de romántico insistente así qué solo se reduce a esto.
305
su amiga, debes saberlo. Aparte de que en estos momentos voy a centrarme en otras
cosas.
—Eso no te concierne a ti, para eso está la policía. No sea idiota, ¿Acaso no ves lo
que yo ocurre? Por primera vez en años tu mirada tiene ese brillo extraño—ella
arrugó el rostro buscando las palabras correctas—. Te interesas por alguien más que
por ti mismo, ¿No lo sientes? Quisiera que lo hicieras. Y sí, tal vez ella ahora está
pasando por un mal momento, a propósito—meditó para si misma—, tengo que
hablar urgentemente con ella con respecto a eso. En fin, es tu oportunidad, no la
dejes ir. No seas un idiota.
«Así que es cierto» se dijo a sí mismo «Lo de las putas mariposas es cierto»
Una sonrisa traviesa le curvó el rostro, algo de cierto había en las palabras de
Maureen, nunca antes se había sentido de esa forma. Pero, no era el momento. Por
más que quisiera ella no iba a aceptarlo, y su ego era muy frágil para recibir un
rechazo como ese.
No iba admitir que se había enamorado, sí, enamorado como un romántico de esos
tópicos fantasiosos. Como un inexperto, como alguien que en verdad tiene corazón.
Tiempo, exacto, tiempo era lo que necesitaba. Por lo pronto seguiría su curso
normal, nada ha cambiado. Sería más difícil disimularlo ahora que ya lo tenía
confirmado, pero no imposible. Contaba con la gran ventaja de estar convaleciente y
de tener unas largas vacaciones por delante.
306
programa televisivo, tratando de ahogar los pensamientos que estaban divididos.
Una parte quería ir tras ella, quería verla, era el último día de clases, la otra, la más
racional le susurraba e imploraba calma.
Para Emilia todo empezaba a recobrar su curso normal, había hablado con su padre,
comunicándole su decisión. Los últimos días habían sido de concentración y esmero
en los últimos talleres de clases, una lucha por esquivar los planes de Maureen,
quien después de enterarse del fallido romance con Brand, no hacía más que
proponerle pijamadas de despecho, lo cual, aparte de ser incomodo era absurdo.
Nunca creyó que sobrellevar una decepción amorosa sería tan fácil, al menos no
pensaba en él como el amante perdido. Extrañaba a su amigo, y eso era bueno. Y
fácil de lidiar. El otro lado de su negativa era la falta de palabras que tendría para
con Steve, no sabía cómo encararlo después de aquella noche. Suficiente tenía con
las insinuaciones de su tía y con las ganas que tenía Maureen de que el “noviazgo”
entre ambos fuera más que una mentira echada por él para fastidiarla.
Y si por allá llovía, por el lado de Loan no escampaba, tenía la certeza de que
evitando a Brand, escondiéndose cada que lo escuchaba venir, le ayudaría a superar
los intentos de romance fallidos. Tanta era su obstinación que no le había dado
chance al pobre chico de confesarle lo que en verdad había ocurrido esa noche. Era
difícil vivir de esa forma, teniéndolo lejanamente cerca, muriéndose de ganas por
responder cada uno de sus llamados, sabía que él necesitaba a una amiga, pero no se
sentía lo suficientemente valiente para escucharlo de sus labios, escucharlo hablar
sobre ella, sobre la chica de la que había estado enamorado desde siempre.
Así que una fresca tarde de abril se dio a la tarea de obligarle a hablar con él.
Aunque tuviera que pasar todo un día en la entrada del edificio para que ella no
tuviera tiempo de escaparse. Ella fue más astuta, y haciendo uso de sus dotes de
sobreviviente, se deslizó por la escalerilla de emergencia. Evitando así la espinosa
conversación.
Sabía que su actitud no era la más madura, pero era capaz de hacer de todo para no
escuchar como unas cuantas palabras de él terminaban de marchitarle el corazón.
307
Él no se daría por vencido. Esa misma tarde, después de pensarlo demasiado se
deslizó por la misma escalerilla que ella había usado. Fue así como logró encontrar
el momento exacto para decirle las cosas que ella no se había permitido escuchar.
Sigiloso levantó los goznes de la ventana, que como nunca emitió un ligero chillido
provocado por el óxido en los tornillos, apretó la mandíbula atemorizado. Cuando
por fin logró colocarse a salvo, notó que había estado conteniendo la respiración.
Ella debía estar leyendo o estudiando en su habitación. Todo estaba tranquilo, el olor
del café en la cocina le hizo recordar las noches en que solía quedarse hasta tarde
hablando de todo un poco junto a ella. Dio pasos titubeantes preguntándose en
silencio si era lo correcto. Se detuvo.
Caminó decidido hasta la puerta de su habitación, era una locura, el mismo amor era
una locura.
La encontró entreabierta, allí estaba ella recostada sobre su cama con la vista fija en
un libro, justo como había imaginado. Su cabello resplandecía al contraste con los
almohadones verdosos, y el ceño ligeramente fruncido. Algo interesante debía estar
ocurriendo en el libro que tenía entre, así debieron sentirse Jess y Emilia la noche en
que irrumpieron clandestinamente en su cuarto, llenas de adrenalina y suspenso. Sin
querer, en un torpe movimiento empujó la puerta, haciendo que ella se sobresaltara
de inmediato. Pensó en retroceder y ocultarse en algún lado, fue inútil, sus ojos
verdes se encontraron de inmediato, provocando que ella soltara un alarido de terror.
Por un segundo no lo reconoció, hasta que él, sabiéndose descubierto entró de lleno
a la habitación con aquella expresión infantil que tanto había adorado.
—¡¿Por dónde has entrado?! Estoy segura de haber cerrado con llave.
—No eres la única que sabe utilizar una escalera de emergencia—él sonrió un poco
sarcástico.
308
—Bueno, no has querido hablar conmigo. Me urge hacerlo.
—Solo escúchame, por favor, ¿Qué te hice, ah? ¿Qué hice? Para que me alejes de ti.
—¿De qué, Brand? ¿De lo maravilloso que ha sido rencontrarte con tu vieja novia?
—Ven—le pidió con dulzura, apretando los labios para que ella no se negara cuando
él le tomaba de la mano.
Loan se dejó llevar por la curiosidad y por los latidos desaforados de su corazón.
Él sonrió pícaramente abriendo las persianas de la ventana que dejaba ver la zona
verde que se encontraba en la parte trasera del edificio.
Un cartel.
Un cartel iluminado con pequeñas luces de colores, yacía sobre la copa de los
arboles a la vista de todo la manzana.
Loan soltó su mano caminando hasta la ventana, sorprendida. Tanto, que por un
momento creyó ser presa de un sueño, uno muy vivido. De esos en los que sabes que
vas a despertar, y esa sensación de zozobra la asustaba. Porque en verdad deseaba
que no fuera un sueño.
309
—Medidas extremas—musitó Brand acercándose lentamente—, Ya que no querías
escucharme, ni me dejabas ubicarte. Tenemos que hablar, tengo que decirte tantas
cosas. Esa noche…
Calló al sentir el llanto silencioso de la chica frente la ventana. La vio darse vuelta
envuelta en un mar incontenible de lágrimas, la mirada confusa y labios
temblorosos.
—Es un sueño, ¿Cierto? tiene que serlo, de un momento a otro aparecerá Cristian
Bale y me propondrá matrimonio, voy a despertar. Y solo será un tonto sueño.
Loan sollozó fuerte, alejándose con delicadeza negándose a creer las palabras que
salían de la boca de su “Cow boy”
—Encontré a la chica que había querido en mis años de escuela, para darme cuenta
de que todo el tiempo había tenido a la mujer de mis sueños en frente mío.
Loan calló asimilando la realidad entre sus manos. En ése momento él estaba allí,
tenía su rostro entre sus manos, podía tocarlo.
Todo estaba ocurriendo tan rápido que apenas lograba procesarlo con claridad.
310
magia en la que había estado flotando desapareció. Y solo lograba pensar en ti, en
esto—su mano se posó la espalda Loan que asentía cautelosa—, estabas aquí, sentía
todo lo que sentía y era por ti. No sé cómo, no me interesa buscar justificaciones,
pero me enamoré de ti. Me enamoré, y pasó que llegó un momento donde me di
cuenta que había conocido muchas personas aquí en New york, que algunas de ellas
solo se detienen a observar la lluvia desde la ventana, otros simplemente caminan
bajo ella protegidos. Y luego estabas tú, qué aunque lleves paraguas jamás lo
usarías. Y yo estaba observándote desde la ventana viviendo de un recuerdo, cuando
la vi, cuando Emilia se apareció frente a mí, me di cuenta de que no quería ser él que
se queda observando, quería bailar contigo bajo la lluvia, que la piel se me derritiera
con tu piel enamorada, y gritar a los cuatro vientos que te amo. ¿Puedes por favor
decir algo? —culminó ruborizado al ver que ella ni se inmutaba.
Brand sonrió grandemente tomándola en brazos con fuerza, embelesado por el dulce
sonido de su risa encantadora, cuyas entonaciones le daban paz, las manos de Loan
se aferraban fuertes a su cuello, haciendo que por un momento le faltara el aire.
—Te estaba asfixiando, son las desventajas de salir con alguien mayor que tú.
Brand soltó una suave risa, pasándose los dedos por los rizos oscuros. Ella supo que
estaba nervioso, cinco meses de charlas nocturnas habían servido para detectar esos
tiques nerviosos que le salían involuntariamente cuando estaba alterado.
—¿Es broma, cierto? —inquirió, tomó su mano deslizándose con picardía hasta su
cintura, haciendo que Loan riera tímidamente.
Contuvo el aliento por un momento, segundos después sentía como los labios
traviesos de Brand recorrían peligrosamente la curva de su cuello, una risa ahogada
se le quedó en la basa de la garganta.
311
Ella se carcajeó haciendo un leve esfuerzo para apartarlo.
No pudo.
Él era grande, fuerte y a decir verdad su contextura: Nada tenía que ver con su edad.
—Lo siento—gimió, haciendo un ademan de terror. Soltó una risotada cuando sintió
como él la levantaba por los aires.
—Esto es… —calló, mordiéndose los labios en busca de las palabras correctas para
describir lo que sentía en ese preciso instante, lo que la llegada de él significaba para
si.
Sintió como los labios de él se posaban sobre sus cabellos. Haciéndole sonreír.
Tenía razón.
312
***
—Te prometo—aseguró jugando con las figuras de colección que Steve tenía sobre
su repisa de trofeos—, te garantizo que nos divertiremos.
—¿Quiénes irían? —quiso saber estirándose sobre el lecho, posando su vista sobre
el techo recubierto de alfombra francesa, un adorno que había sido impuesto por su
abuelo y que le daba al hogar un aire de vejez inigualable, a veces sentía que cada
detalle de la casa tenía una historia que contar.
—Los chicos, Courtney, chicas, mi hermano Franco que está de vacaciones. Intenté
comunicarme con Emilia, pero no llegan los mensajes que le envió—Anthony
chequeaba su móvil con el ceño fruncido—. Supongo que se la ha averiado.
No era así. Steve lo sabía, él mismo había dejado miles de mensajes, llamadas y
recados que no había sido respondido.
Incluso Maureen era ignorante del paradero de Emilia, estaba inmersa en clases de
cerámica con su madre qué, probablemente, no extrañaba a Emilia. Bueno, no de la
forma que lo hacía él.
—¿Con los asuntos del juzgado? —quiso saber el chico—Porque según lo que mi
madre leyó en el periódico, eso ya está resuelto. El tipo tras las rejas, tu padre
moviéndolo todo para que no se vuelva a acercar a ti o a tu hermana.
313
—No me refiero a eso—gruñó Steve por lo bajo.
—¿Entonces…?
—Olvídalo.
Una vez más intentó sumergirse en las aguas tranquilas de sus meditaciones,
respirando la ausencia de Emilia, rebuscando el dolor que se posaba allí en sus
costillas, latente y despiadado.
Lo que hizo que a Steve le saliera una sonrisa nerviosa. Torciendo el gesto con
desdén y una fingida indiferencia hacía lo que había dicho.
—No puedes negarlo—continuó Anthony—, los últimos hechos hablan por si solos.
Así que ni lo intentes.
El muchacho le observó por unos segundos, cuánta razón había en esas palabras. Las
últimas semanas no había hecho más que navegar en los recuerdos de aquella única
tarde en la playa, en ése sentimiento de sobre protección que le asaltó cuando a
retuvo en el cuarto de limpieza escolar. Y en la desilusión de que en verdad no era
correspondido, lo que era irónico, la primera vez que sentía algo de verdad: No le
correspondían.
314
—Eso—señaló Anthony con un atisbo de sarcasmo en la mirada—repítetelo hasta
que te hayas convencido completamente. Después me lo repites a mí, a ver si así
puedo creerte.
Había pasado una semana y media desde que la escuela había terminado, y era claro
que no tener noticias, ni siquiera un nombramiento por descuido de su madre en una
de sus conversaciones matutinas, le hacía creer que efectivamente una pena de amor
era difícil de superar.
—¿Qué?
¿Quién más apropiado para decirle qué debía hacer con respecto a Emilia?
Aunque había prometido no rebuscar más en los recuerdos, sentía ese anhelo de
descubrir todas las razones que llevaron a Daniel a correr aquella noche. Creía que
la cordura se le escapaba a cada segundo que pensaba sobre ello, porque un
momento se repetía a si mismo que debía enterrar el pasado, al otro seguía pensando
sobre esas verdades totalmente desconocidas. Y esa era la única forma de hacer que
el recuerdo de Emilia doliera menos.
Opacándolo.
315
Y ni siquiera eso lo liberaba del todo, llegaba la noche y con ella las ganas de apagar
todo, hasta los pensamientos.
Sabía que debía ir, sabía que debía buscarla. También sabía que nada de eso sería
justo. Que no podía confundirla más de lo que ya estaba, y que no debía forzar algo
que ni siquiera tenía chance de funcionar.
Su padre había accedido a verlo en la salida, siempre había tenido razón con
respecto a ello.
Aguardó con paciencia la llegada de su padre, mientras decidió dar un paseo por el
centro histórico del lugar, casi dos semanas de encierro habían bastado para que
dentro de sí renaciera un deseo de respirar un poco de aire libre, aunque fuera
contaminado, así lo deseaba. La isla respiraba exhalaba emociones, lo veía en cada
uno de los rostros de los caminantes que se tropezaba, el salitre que venía con la
brisa, las palomas agolpadas en las barandas de los puentes, los chicos pidiendo
monedas para observar desde lejos la estatua de libertad. No pudo evitar recordar
cuando niño él hacía lo mismo.
Y ese monumento parecía estar al otro lado del mundo, ser un mundo
completamente distinto. Las distancias empiezan a ser pequeñas cuando creces.
Cuando por fin recibió la confirmación del lugar donde se verían, se di cuenta que
había estado vagando sin rumbo entre toda esa gente que compartían ese lapso de
tiempo con él, allí, inmersos en sus propios problemas, mirándose los unos a los
otros, algunos reían, otros lloraban, un pequeño lapso de tiempo compartido con el
mundo, diferentes emociones. Y algún día, alguno de ellos volvería a estar con él en
otro escenario, sin intención ni planes, solo coincidencias.
Entonces lo supo.
316
Si tenía que cruzarse con alguien de allí en otro momento, lo haría.
Justo allí en aquel banco que había sido todo un lugar icónico tras la escena cumbre
de Manhattan, la película de Allen, su padre decía que ése había sido un sitio para
meditar, pero que desde el éxito de la película se convirtió en centro turístico, todos
se maravillaban de la magnitud y esplendor del puente que daba la bienvenida a la
isla.
Todo volvía a ser tan mágico y encantador, por un momento se sintió de cinco, y la
sensación era maravillosa.
Muchas cosas eran claras cuando te detenías un momento, la razón era porque las
notabas.
Y nunca se había detenido a pensar que la vida era más que anclarse a los recuerdos,
las personas iban y venían, dejaban huellas.
Y si contabas con suerte, se quedaban. Sus padres y hermanas estaban allí, pero su
hermano estuvo.
En sus recuerdos.
Se dio vuelta sonriendo, debió haber intuido que el estar allí provocaría en su padre
deseos de citar los diálogos de su película más idolatrada.
—Y una de las escenas que más te impactó fue filmada aquí—se adelantó Steve, el
discurso se lo sabía de memoria—, Lo has dicho siempre.
317
—Si no es eso, hablaría sobre la colección de Camaro’s más fantástica del país, y
que paso de generación en generación hasta tus manos.
Steve guardó silencio por unos segundos, mirando con detenimiento la cantidad de
vehículos que podía divisar desde allí, los mismos que salían de la ciudad, los
mismos que entraban, sin evitar pensar que Emilia entró por ese mismo puente, el
mismo que la trajo desde su pueblo para que se cruzase en su vida, era el mismo que
la había sacado de ella.
—La mayoría, más que todo lo visibles—Axel pudo observar el perfil firme de su
hijo, le costaba creer que el chico dulce que soñaba con correr en la fórmula uno
había crecido, y que algunas grietas en sus ojos y sonrisas demarcaban mucha
amargura para un chico de su edad.
—De cualquier modo es reconfortante saber que quieres salir de nuevo, Steffi ya
estaba preocupándose.
El chico tomó un profundo respiro jugueteando con las llaves de su auto, buscando
la forma menos vergonzosa de pedir un consejo sobre problemas del corazón.
—Es sobre una chica—dijo al fin, con la vista fija en las esquinas diminutas de su
llave.
Lo que tomó por sorpresa a Axel. Tenía la plena seguridad de que esta sería una
charla sobre los hechos de aquella noche, supuso que Steve cumplió lo prometido, y
había empezado a olvidar toda la locura de ese día.
318
—Wow—suspiró un poco fuera de lugar—. ¿Qué puedo decir? No deberías de
pedirme consejo. En lo que respecta a las relaciones con mujeres yo soy el ganador
del Premio August Strindberg.
—Papá—se quejó Steve con una pícara sonrisa en sus labios—. Deja de citar las
frases de esa película, por favor.
—¿Qué sucede? Pensé que las cosas entre tú y Emilia iban de maravilla.
—La verdad es que… —Steve dudó en confesar que tal noviazgo jamás existió.
Pero eso enredaría todo, más de lo que ya estaba—, me di cuenta de lo que sentía
por ella realmente tarde—soltó, sintiendo como sus mejillas se encendían
ardientemente—. Y se ha ido de vacaciones, Dios sabe dónde.
—No me contesta.
—Es algo que no puedo hacer que comprendas con facilidad—renegó Steve dándose
por vencido.
—Quisiera ayudarte, pero me hablas a medias, y así es muy difícil dar un consejo.
319
—Eso es completamente imposible—espetó Axel pagado de sí mismo, parecía
disfrutar del algún chiste interno.
—Por eso es que siempre está solitaria—meditó Steve—. Emilia y yo estuvimos allí
hace meses.
—¿Solos?
—Sí. Pasamos la noche juntos—era intención del muchacho, por lo que rió
nuevamente cuando su padre le miró con los ojos desorbitados. —Nada de lo que
estás pensando, pero fuimos allí. Por eso es que quiero renovarla.
—No lo es, pero no se hará sencillo si solo te quedas allí esperando. El otoño no
dura todo el año.
320
Steve asintió estupefacto.
—Toma.
Le vio detenerse frente los binoculares que eran usados por los turistas para observar
la estatua de la libertad. Algo en sus facciones era tan nuevo y a la vez tan infantil.
***
—Extrañaba la pizza—musitó dejando que unas migas se escaparan ante sus sonrisa,
sin duda Clara censuraría el acto de hablar mientras cenaba. De solo pensarlo una
sonrisa pícara se le escapó, al igual que su padre, haciendo que por primera vez su
rostro se iluminara de una forma casi celestial. —Tía Clara es vegetariana. Ya casi
me acostumbraba a la comida especiada, es muy fan de todo eso —culminó con un
gesto de repulsa en los labios.
321
intentos de su padre por resucitarlo. Sabía que cualquiera que mirase la escena desde
otro punto notaría la gran diferencia que las personas que tomaban esa cena habían
tenido durante los últimos meses.
Greg lo supo desde el momento en que la recibió en el pórtico. Había algo en sus
ademanes que le hizo sentir como si estuviera viendo a su fallecida esposa.
Era la viva imagen de su madre, sin tanto maquillaje y con aquella vestimenta
menos radical.
Echaría de menos el efecto que tenía sus acostumbrados labios rojos, pero admitía
que esta versión le agradaba más. Aunque en la nueva Emilia percibía cierto halito
de tristeza en sus largos silencios frente al televisor. Ella lo disimulaba cuando por
accidente sentía la mirada fija de su padre, en esperas de alguna muestra de dolor o
pena. Los pensamientos que debían viajar dentro de sí, debían causarle algún
remordimiento. Poseía un alma sensible, por más ruda que se mostrase, por más dura
e indiferente que fingiera ser, poseía la debilidad de reflejar la tristeza innata en su
mirada, como lo hacía todos los humanos, mostrar todo lo del interior por medio de
sus lámparas.
—¿Te interesa esa respuesta? —inquirió dispuesto a sacarle esos secretos que desde
que había llegado era incapaz de disimular cuanto le lastimaban.
322
—A que algo te ocurre, ¿Crees qué no lo he notado? Ayer estabas llorando antes de
quedarte dormida. ¿Qué ocurrió? —esa última pregunta iba impregnado de un aire
autoritario que le recordó al antiguo Greg, ése que tenía las espectaculares
transformaciones al mejor estilo de Hulk.
—Me rompió el corazón—se decidió de una vez por toda—. Ha sido la única vez en
la que alguien me ha herido de esa forma, y no pude romperle el tabique.
—Casi.
—Entonces…
—No—contestó sin dejar de reír—. Creo que prefiero hablar mil veces de cuando
rompes un tabique a hablar de tu corazón roto.
—Ya no está roto—espetó Em, sorprendiéndose a sí misma. Era la primera vez que
lo notaba desde que había salido de Manhattan—. Digamos que… extraño a mi
mejor amigo. Y extraño a…
—¿Brand?
323
Greg posó su mirada en el rostro arrebolado de su hija, era obvio que algo no le
había contado. Y a juzgar por su expresión, no quería saberlo…
Em frunció el ceño.
—Sea quien sea el que te haga sonrojar de la forma en que estás ahora, se las verá
conmigo si sales siquiera aruñada.
—Recuerda: una mujer necesita a un hombre, como un pez necesita una bicicleta.
—Tu viejo no es tan anticuado—él se levantó llevando consigo los trastes y restos
de comida para tirarlos a la basura. —No soy solo Billy Joel. ¿Quién es? —
preguntó, acomodándose a su lado para lavar su plato.
—¿Quién es de qué? —Em tomó un vaso para llenarlo de grifo y beberlo. Como
excusa para evitar respuestas inapropiadas, de esas que se le salían sin querer.
—¿Quién es?
—Nadie—vocalizó cada letra para que se grabara que no había nadie que la hiciera
sonrojar.
—¡Bien! —Se rindió Greg dejando caer su trasto en el fondo del fregadero— Aun
no cometas locuras, por favor. Sigue siendo mi chica rebelde, la que se atrevió a
destrozar un auto porque alguien intentó dañar su nombre.
324
—Tranquilo papá, que yo me sé cuidar sola.
—Lo sé—susurró Greg y una grieta en su voz hizo anuncio de las lágrimas atoradas
en su interior—. Pero a veces temo que alguien pueda cortar tus alas, y que yo no
esté allí para protegerte. Bueno, luego recuerdo que tu caminas. ¡Corres!
Ella quiso abrazarlo, pero esas demostraciones de cariño no eran muy usuales entre
ambos. Solo se limitó a acariciar su hombre, él volvió a sonreír. Como en sus días de
infancia.
—Te quiero, papá—una lágrima se deslizó silenciosa por su mejilla. Greg se dio
vuelta arrullándola entre sus brazos, para él era Emilia la pequeña, esa que salía
recibirlo y que saltaba de la emoción cuando hacían karaoke en la sala con sus
antiguos CD.
—Siempre regresa a casa, ¿Lo prometes? —musitó contra sus cabellos. Sintió como
los musculo de Em se contraían para esbozar una sonrisa.
—Siempre.
325
Capítulo XXVIII
—La rockeas, papá—comentó Steve bajándose de las escalas metálicas que había
usado para poder pintar los bordes y detalles de las paredes que limitaban al cielo
raso recién puesto y húmedo aun.
El olor era acogedor, un poco ordinario. Pero aun así… cemento, caliza y pintura.
El señor Hampton secó sus manos con la panola que había dejado cerca para disipar
el sudor entre sus dedos.
—No soy tan viejo—musita viendo como el joven bajaba de las escaleras con
cuidado de no derramar el diminuto recipiente de trabajo—. Lo raro es que tú la
conozcas, no eres de la época de los Rolling.
—Jamás pensé que trabajar en conjunto sería tan fácil—caminó hasta el interior de
la casa, detallando en los goznes recién puestos. Y los marcos donde la pintura
aceitosa yacía húmeda y tentadora de dejar una huella sobre ella.
Steve le siguió admirando en silencio todo el trabajo que con poca ayuda había
logrado. Aunque debía dar mérito al departamento de remodelación inmediata que
su padre contrató en cuanto coordinaron el día específico para hacer esto;
curiosamente habían pasado los últimos tres días envueltos en el asfixiante olor a cal
y estuco, conocieron más el uno del otro. Todo el tiempo que se habían robado, lo
recuperaban entre canciones viejas, entre canciones nuevas. Y el golpetear de las
olas al atardecer.
326
—You are that want—susurró Axel abandonándose sobre la fría baldosa.
—¿Ahora Broadway? —preguntó Steve destapando una de las botellas de agua que
yacían dentro de la nevera portátil.
—Cuando llevas casi veintidós años de casado con una mujer que ama la comedia
musical, créeme, es obvio que te aprenderás las letras.
—Así que esté será tu nido de amor, ¿eh? —comentó Axel rectificando que los
vidrios estuvieran firmes.
Steve se ruborizó dejando salir varios chorros de agua por su nariz y boca.
—¡Papá! —se quejó, ofuscado y lleno de vergüenza caminó hasta las escaleras de
madera que conducían a la segunda planta—Esto es inapropiado.
—Ella—el chico dejó escapar una sonrisa traviesa, casi infantil—. Jamás dejaría que
le colocara un dedo encima, no de esa forma.
A lo que Axel asintió torciendo el gesto, dejando su labor con los vidríales.
—Me parece muy bien—meditó para sí mismo, levantando el móvil que al parecer
estaba en silencio. Steve lo vio fruncir el ceño un tanto consternado, él era el jefe,
podía tomarse unas vacaciones cuando quisiera. —Qué raro—comentó—. Creo que
debe ser para lo del desfile, quieren que vaya toda la familia.
—¿Desfile? —inquirió Steve divertido, cada uno de esos eventos contenía una
anécdota familiar. En la última ocasión Maureen dañó uno de los vestidos que
cerraban la gala y les tocó casi que comprar toda la colección, sonrió ante ese grato
recuerdo—. Recuerda tener a Mau vigilada—comentó un tanto socarrón. Axel soltó
una risita antes de atender.
327
—¿Bueno? —contestó mirando hacía el imponente cielo tintado de naranja y
violeta, ante el hermoso espectáculo del crepúsculo.
«Mierda»
—Salimos para allá. —Axel colgó, se dio vuelta casi desmadejándose ante la
imagen de su hijo consternado casi en shock.
—¿Qué pa-a-s-a, papá? —preguntó Steve, lo que hizo que Axel soltará unas
lágrimas silenciosas.
—Y una de ellas… —Axel se detuvo al ver como la palidez se apoderaba del rostro
del chico.
—Naty.
***
Todos alrededor del féretro con expresión sombría esperaban el turno para quedar
frente al señor y la señora Coleman, y, anunciar su más sentido pésame. Los
328
Hampton al fondo del salón esperaban con tensa paciencia su turno, la noticia de una
joven muerta, siempre es perturbadora. La sensación de que esa noche cualquiera de
sus hijas pudo haber estado en el lugar de esa chica.
Steve tomó un respiro marcando nuevamente al móvil apagado de Emilia, si tan solo
ella dejara escucharse…
Las ganas de llorar que sentía en ese momento se aplacarían, porque, aunque
intentara, era imposible.
Solo había alguien capaz de hacer que sus emociones fluyeran sin tanta tortura, solo
había alguien con quien podía ser autentico, frágil… real.
Una expresión de dolor certero se apoderó de las facciones del muchacho, torció el
gesto guardando el aparato en el bolsillo de su pantalón para meterse dentro del
abrigo.
—Por favor, Steve—su madre le mira asustada, temiendo que un hecho como éste
traiga devuelta todos sus miedos, todos sus trastornos—Di algo—le suplicó casi
llorando.
Él entrecerró los ojos un poco aliviado, cuando sintió la mano y la voz de Anthony a
sus espaldas. Sumiéndose en un abrazo fraternal, sin formalidades ni etiquetas.
—¿Cómo está, Sra Hampton? —saludó el muchacho con rostro frío y distante.
—¿Te sientes bien? —le preguntó Anthony al ver su expresión sombría, teniendo un
poco agradable flashback.
—Sí.
329
—Quiero tomar aire fresco—musitó en tono autómata—. El olor a incienso me
asfixia.
El sacudió la cabeza alejándose, pasando con intensidad sus dedos sobre la maraña
de cabellos alborotados.
Sabía que la preocupación de su madre estaba infundada en la pérdida del habla que
había tenido en el pasado. Un acontecimiento como éste lo estremecía, haciéndole
recordar aquel infierno.
La brisa gélida, se filtraba por las enormes vigas de estilo victoriano, caminó hasta el
fondo del pasillo, donde las flores estaban estáticas, opacas y sin vida.
Aunque no era confirmado, por lo que había escuchado, mientras su padre hablaba
por el auricular, las playas de Rockaway quedaban atrás. Y el imperioso puente de
Manhattan aparecía frente a ellos, miles de imágenes cruzaron por su mente; todas
relacionadas con aquella noche.
—Fue una sobre dosis—le informó Axel cuando las torres de la mansión se
avistaban en el horizonte—. Al parecer estaban en las ollas de New York,
degradadas por un marginado, esclavizadas para consumir droga.
—Fue él, papá—contestó Steve con la vista fija en la enorme reja de hierro con su
apellido dorado sobre ella—. Fue Levitt, él fue quien drogó a Emilia aquella noche.
Él se las llevó.
—Yo pude detenerlas esa noche—musitó Steve, con la voz quebrada—. Cuando
llevaba a Emilia hacía mi auto, las vi salir medio ebrias, pensé que se marchaban.
Axel le miró frustrado. Sabía del carácter frágil y sobre protector de su hijo —lo
había heredado de él—.
330
—Yo pude salvarlas—musitó Steve para sí mismo.
—Hiciste una elección esa noche hijo, no podías con tres chicas esa noche.
—¿Quién fue, entonces? —preguntó, Axel se estremeció al ver esa expresión vacía
en el rostro del muchacho. Por un momento tuvo miedo, miedo de que todo volviera
a repetirse. Estacionó el auto junto al Roll royce que había dejado por petición de
Steve, según su hijo, para ir a la playa era mucho mejor el Ferrari descapotable.
—Al parecer, una de ellas estaba de novia con él fulano que les vendía aquella
porquería.
—Shanna—aseguró Steve.
Axel le miró por un segundo, ¿Qué tanto podía saber su hijo de ello? ¿Había
recurrido a aquellos parajes desconocidos? Obvio no, él mismo se había encargado
de seguirle cuando hacía sus escapadas nocturnas.
—Un tipo del mismo aspecto que Levitt la recogía en la escuela de vez en cuando—
declaró Steve, tomando un largo respiro—. No creí que fuera de importancia.
—Vamos adentro—ordenó Axel, bajándose del auto aun con los pantalones playeros
y la camisa manchada de pintura. Steve le siguió dejando sus lentes de sol en el
puesto de copiloto.
La brisa le alborotó los cabellos y trajo consigo los ecos del llanto de la señora
Coleman. Era el mismo que había escuchado años atrás, una opresión le cubrió el
pecho, haciendo que todas sus cicatrices se removieran.
Tomó un respiro y guardó la compostura en cuanto sintió los pasos de alguien que se
aproximaba, debía ser Maureen. La figura se posó a su lado, el cabello rubio y
desordenado de una le dio a entender que no era su hermana. Estaba pálida, ojerosa
y de mejillas huecas.
331
Era Shanna.
—Te he estado buscando—dijo al fin, su voz no era la misma alegre y fiestera. Ella
no era la misma, habían compartido muchas fiestas y clases juntos; ella siempre
había sido muy cordial, la chica que le hablaba allí no era la misma que siempre le
seguía el juego, con insinuaciones y gestos de coqueteo que terminaban en
carcajadas—. ¿Dónde te habías metido?
—Quería verte—susurró la delgada rubia girando para mirarle, las lágrimas aun
corrían por sus mejillas.
Ella sacudió el rostro, una expresión de profundo dolor le aquejó. Le miraba ansiosa,
como queriendo decirle muchas cosas y ocultárselas todas al tiempo.
Culpa.
—Yo…
—Shsh—le acalló Shanna un poco más relajada—. Estabas ocupado, lo sé. Y tengo
que confesarte algo…
332
tornado que le mostraba todo los errores que había cometido, acumulando uno tras
otro.
—La que lo siente soy yo—interrumpió Shanna tomando una valentía repentina—.
Labré mi propio destino—lloró—. Y esa noche salvaste a quien tenías que salvar,
soy víctima de mis decisiones.
—Esa noche, ella llegó a la barra donde estábamos con Levitt, Josh y Mac. —solo
conocía a dos de ellos, solo los recordaba, el otro nombre jamás le sonó. Ni siquiera
su rostro le era conocido. No lo vio aquella noche—. Ella conocía a uno de los
chicos— ¿chicos? Entonces todo encajaba, Shanna y Naty tenían malos círculos
sociales como todo el mundo comentaba—Y Levitt intentó acercársele, siendo
rechazado casi que de inmediato. Creímos que era un juego.
—¿Un juego? —inquirió Steve, el enojo repentino hizo que Shanna se estremeciera
dando tumbos hacía atrás.
—¡Lo siento!
—¡Ya te dije que lo siento! —exclamó la chica intentando liberarse de los brazos a
prensores.
333
—¡¿Siquiera te das cuenta de lo que él estuvo a punto de hacerle?!—gruñó Steve,
más sombrío, más violento.
—¡Lo sé, lo sé! ¡Yo lo he vivido! ¡Yo lo he vivido! —Shanna soltó el llanto,
ruidosamente. Los ojos de Steve se oscurecieron, un extraño sentimiento de ira le
acaloró el rostro. Ella era la culpable directa de todo lo ocurrido, ella estuvo a punto
de dañar a Em.
La soltó casi jadeando, su llanto lastimero le daba asco; se merecía todo lo vivido.
Se merecía cargar con la culpa de la muerte de su amiga.
—¡No! —escuchó gritar a su mejor amigo, derribándolo con toda la fuerza que éste
poseía. Forcejeó ferozmente, quería golpearla, quería vengarse de todo lo que le
había ocurrido a Emilia, por su culpa Levitt le había conocido, por su culpa se había
ensañado contra ella. —¡Steve! —exclamó Anthony acalorado.
El muchacho resopló liberándose con rudeza del agarre que Anthony forzosamente
había logrado hacer contra sus brazos.
Al igual que Shanna respiraba con dificultad, ella no soportó seguir bajo el juicio
silencioso de su mirada acusadora, salió huyendo entre llantos. Jadeante y frustrado
Steve se dejó caer sobre el piso de contrito, dejando que los sollozos se escaparan de
su pecho, por primera vez, en muchos años, lloraba a la vista de todos. Los sollozos
aumentaban, las lágrimas caían sobre la gravilla inglesa que recubría el piso.
Anthony aún se hallaba paralizado por todas las acciones de su viejo amigo, sabía
que él podía ser muy voluble, ¿Pero, agresivo? ¡Jamás! Él podía burlarse, ridiculizar
e incluso insultar con sarcasmo a todos. Pero no era hombre de batallas violentas,
ése que lloraba amargamente contra el piso sin recato alguno, no se parecía en nada
al Steve que conocía.
334
—Gracias—musitó Steve, alejándose un tanto receloso. —No sé, no sé qué pasó.
Guardaron silencio por unos minutos. Los llantos en la sala de velación no cesaba,
Steve escondió sus manos dentro del abrigo en lo que se secaban sus lágrimas.
Abotonó el sofisticado abrigo, y tomó un suave respiro.
—Lo está—contestó Steve con aquellos hermosos ojos azules oscurecidos por la
ira—. La culpa—dijo con voz suave, casi inaudible.
Distante.
—¿Te dijo eso…? —preguntó. Steve frunció el ceño, adolorido. ¿Todos lo sabían?
¿Desde cuándo?
—Ellas aparecieron hace cuatro días, y tú, tú no has estado disponible. No habías
querido contestar mis llamadas—las palabras le salían a borbotones, rápidas,
confusas. Llenas de dolor.
Rápidamente buscó a su padre, que obviamente estaba junto sus amigos, charlando
casi en susurros; le dirigió una mirada desconsolada, apartándole de inmediato de
todo el grupo. Últimamente habían compartido todo.
335
—Quiero irme a casa—le informó haciéndole señas a Ralph para que preparara el
vehículo.
Su padre le miró consternado. Hasta hace un momento se podía decir que lo estaba
llevando bien.
Clara había viajado a Filipina días antes, no podía ir por información allí. Pero
estaba Jane, la discreta y afectuosa dama de compañía, la misma que siempre le
recibía cuando acompañaba a su madre de visita al apartamento de Clara St Cloud.
—Por supuesto.
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—Hola, Jane—saludó Steve forzando una sonrisa encantadora. Lo que hizo que la
mujer frunciera el ceño
—Sí—calló por un momento vacilante—. Es decir, eh… —se pasó los dedos por la
maraña de cabellos, confundido e intimidado—. He estado tratando de comunicarme
con Emilia, al parecer su móvil no funciona; quisiera saber si puedo llamar a otra
línea, otro número.
—Me temo que no, yo misma hice sus maletas. No había ninguna pertenencia suya.
El chico asintió. Miró nuevamente a Jane, usando la fuerza de sus encantadores ojos
azules sobre ella.
Steve asintió dando un vistazo por la amplia sala, los muebles vanguardistas y los
ventanales de cuerpo entero. Su casa, en comparación con ése lugar, parecía una
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vieja mansión londinense. Suspiró deslizando su vista por los cuadros, y los adornos
en la mesa que estaba como centro de los muebles cerca la chimenea.
Una foto.
Una foto de Emilia junto a su tía el día de la carrera. Recordó que también había una
de ellos juntos, habían miles rodando por el internet. Lo que le hizo recordar sus
viejas intenciones de seducirla, ver esa mirada cálida, fue como si en vez de un mes
hubieran transcurrido años. Él había planeado robarle algo, fue ella quien terminó
robándole todo.
Era sencilla, no tan opulenta y llena de trofeos como la suya, un tocador, la mesa de
estudio, su cama. Caminó hasta la mesa de estudio revisando entre sus cuadernos, un
nombre, una dirección. Algo que la conectara a la vida que había llevado antes de
conocerle.
Jane acomodó las cortinas de la única ventana que se encontraba al fondo. Los tonos
eran iguales al resto de la casa, blanco y negro. Todo limpio y organizado a
excepción por la pila de libros ajados que se hallaban al lado de la mesa de estudio.
Reconoció uno de ellos, ella lo llevaba en manos el día que le abordó en el
estacionamiento y tuvieron su primera pelea.
Allí estaba.
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La tomó rápidamente, ignorando el remordimiento que le causaba ser un vil ladrón,
peor aún: Un acosador, que se metía a fisgonear en las pertenencias ajenas.
—Diga.
—No le había visto desde ése día—afirmó Jane dejando un lado su templanza y
desdén—. No había podido agradecerle lo que hizo por la joven Emilia.
—No ha sido nada, Jane. Buen día—se despidió precipitándose hacía la salida.
Mientras buscaba la hoja que había hurtado, las palabras de Emilia hacía su
hermana. Aun no lo leía, aunque tenía severas esperanza de que tan solo le brindaran
un nombre, un dato que la ligara a su pasado, sería más que suficiente para ubicarla.
“¡¿Cómo qué le arrastraste de los pelos?! Wow, eso es algo loco. Lo único bueno es
que le pateaste el trasero a la hueca ésa. ¡No sé cómo pude perderme de eso! Era
diversión asegurada.”
“Llegué al límite, lo peor fue cuando apareció tu hermano. Y desde luego, todo el
mundo. Me tocó asear el campo de futbol.
“Lo sé, te veía desde el salón de química, también vi a Steve, ¿A dónde se fueron?
Juntos… *inserta guiño de insinuación* jajajajaja”
“¿Ah? Ay, Em. ¿Será qué todo este cuento de “novios” terminará siendo verdad?
Sería genial, tú… siendo mi cuñada. Jajajajajajajajajajajaja ok, volviendo a lo
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importante. Tengo que decirte algo, ten cuidado creo que la sra Waltz sospecha,
qué vergüenza que vaya a pescar esto. En fin, m hermano anda muy extraño. Creo,
bueno no creo, mejor no te digo. Tu misma te darás cuenta.”
“¿Qué? ¿Qué crees? Si es lo que estoy pensando, pues no, sabes que le hice una
promesa a Brand. Simplemente no puedo…”
“¿Caballero? Jajajajaja ok, Mau, no discutiré eso. Pero debes saber que tengo que
saber que las cosas con Brand pueden funcionar. A propósito, necesito un favor.
Podrías decirle a William, el que se sienta contigo en Física que lo busque; el otro
día me comentó que con su programa espía había accedido al sistema de las
universidades estatales, creo que así podré encontrarlo. ¿No lo crees?”
“Solo porque soy una buena amiga, dame los datos. Aunque en el fondo sé que mii
hermano terminará ganando.”
“¿Ganar qué? Pff no seas ilusa Maureen. Se llama: Brand Louis James, creo que
aplicó para artes y diseño gráfico en la universidad de nueva york; eran sus
planes.”
“De acuerdo, ahora déjame estudiar. Calculo no se gana hablando contigo por
papeles. Sjgfashfbjhz”
Una sonrisa burlona y satisfactoria le cubrió el rostro, sin querer observó su rostro
en el espejo del auto. Notando que hacía mucho tiempo no reía de esa forma.
340
«¡Diablos!» rezongó. Él chico estaba en aquel lugar, lo había visto arribar en
compañía de Marcela y las chicas del equipo de baloncesto.
Otra idea ingeniosa, de esas que en los últimos días habían sido demasiado escazas
floreció en su mente. Caminó hasta el área este de la mansión calculando todo
fríamente. Su padre tenía un ingeniero de sistemas en la compañía, un tal José.
Volvió a sonreír, para corroborar una vez más que últimamente no lo hacía.
Rápidamente marcó el número de su padre, esperando impaciente a que atendiese.
—¿Qué pasa?
El chico sacudió la cabeza buscando una excusa de porque necesitaba un friki de los
computadores.
—Sí…
341
Entregó las llaves de inmediato al recibidor que siempre esperaba en la entrada del
edificio, pasando por la portería sin detenerse, solo sonriendo a los saludos de las
secretarias en el primer piso. Allí estaba, la sala de informática.
—oh, claro. En las oficinas del fondo—señaló, un poco nerviosa por la sonrisa
pícara en el rostro del muchacho.
—¿Está ocupado?
Tocó un par de veces ignorando las conversaciones sobre transacción y papeleos que
un tipo mantenía por teléfono y que dado el volumen de su voz.
—Oh—el muchacho se dio vuelta un tanto sorprendido—. Que sorpresa, ¿Qué hace
el mencionado príncipe Hampton aquí?
Steve dejó escapar una risita tomando una de las sillas desocupadas para sentarse a
su lado.
—Bueno, es la empresa de mi padre. No creo que sea un delito que use a alguien de
su personal para resolver un asunto personal.
José bajó sus lentes frunciendo el ceño mientras una risa traviesa se le escapaba.
342
—Pero por supuesto, ¿Qué puedo hacer por ti?
Steve volvió a reír lleno de satisfacción buscando entre sus bolsillos la conversación
donde se hallaba el nombre completo de aquel chico.
—Papá me contó una vez que manejas un sistema capaz de localizar personas en el
distrito, y algo más. ¿Qué tan cierto es?
José dejó escapar una petulante sonrisa jugueteando con una Tablet electrónica que
tomó de su escritorio.
José sonrió estirando la mano para recibir los datos. Pero Steve dudó en entregar la
conversación escrita.
José asintió dándose vuelta y digitando en la enorme Mac que yacía tras él.
343
desagrado pasando los dedos por las mechas desordenadas de su cabello—. Me
refería a tu último triunfo en el rally—aclaró José al notar su incomodidad.
—En eso estamos, aunque me queda medio semestre para pensarlo. No quiero ser
descortés José, aprecio tu ayuda, pero ahora tengo que irme.
***
Estaba allí, y no se había dado cuenta que le costaba respirar. La misma sensación
de la aquella noche sombría. Cuando fue al encuentro con Levitt.
Intentó un vez más, escuchando un par de risas mientras la puerta del apartamento
vecino se abría. Una rubia de ojos claros y llamativos hizo presencia colgando una
bolsa de su hombro, iba de salida.
—Disculpe—le llamó con el tono seductor y picaro que acostumbraba a usar cuando
quería algún favor. La chica se dio vuelta mirándole detenidamente de pies a cabeza
mientras fruncía el ceño con sincera incredulidad. La forma en que lo miró le hizo
sentir incomodo, parecía ser víctima de un escrutinio sin disimulo por parte de
ella—. Buenas—musitó incomodo—. ¿Disculpe?
—Ah—ella sacudió la cabeza haciendo que sus rubios rizos ondearan en el aire.
Él asintió.
344
—Cow boy… —llamó con voz temerosa. Ella volvió a observarle detenidamente,
esos ojos azules, ese cabello castaño claro y aquellas mejillas sonrosadas le eran
muy familiares.
—Sí.
—Soy…
—¿Podemos hablar? —quiso saber Steve dejando que los recuerdos de una carrera
pasado donde había salido perdedor le inundaran la mente.
—Sí—asintió Brand, besándole con ternura en los nudillos—. Fue él idiota que
chocó tu auto.
345
—Vamos—Brand le soltó de la mano con expresión divertida—. Déjame saber que
quiere y te lo contaré después.
Ella asintió pensativa. —Busca las revistas de sociedad que tiene tía Katty en el café
y entenderás todo.
—Brand.
El muchacho se dio vuelta con las manos escondidas en los bolsillos de su suntuosa
gabardina.
—Mucho gusto.
Brand asintió.
—¿Por qué estás tan seguro de ello? —Preguntó Steve un tanto huraño, intentando
ocultar sus perplejidad—¿Qué sabes tú? ¿Le has visto?
346
—Necesito su antiguo domicilio, está pasando vacaciones allá.
Contagiando a Steve.
—Ya te dije.
—Llegué tarde.
Brand entreabrió los labios perplejos por su presencia, por sus preguntas.
—Emilia es una buena chica, pero es más frágil y cambiante de lo que parece—
comentó tomando una silla dándole vuelta y sentándose de forma que sus brazos
quedaban abrazados al espaldar—. Y lo que vi esa noche me dio a entender que
muchas han cambiado estos meses.
—Estaba asustada.
—No seas idiota—renegó Brand—, la Emilia que yo conozco jamás lloró de esa
forma. Y nunca me miró de la forma en que te miró a ti. Ni siquiera cuando tuve
paperas.
—Entonces, tú crees…
—Ella te quiere Steve, pero no lo sabe aún. Te quiere como me quiso, luego, ella
dijo “Encuéntrame” y empezó toda esta locura. Pero tú estás dispuesta a hacer lo
necesario, estás aquí y en cuanto te diga un par de número irás corriendo tras ella.
Porque todo está a tu favor… —Brand hizo una pausa sonriendo brevemente—.
Main 115 barrio residencial.
347
El joven Hampton asintió contestando la llamada entrante en su móvil.
—¿Qué le hiciste a Shanna? Ella está aquí teniendo un ataque de nervios y dice que
quiere verte. ¿Qué hiciste Stevenson?
Colgó.
—¿Si sabes que aquella noche en el puerto le ganaste al actual campeón del Rally en
Manhattan? —inquirió Steve un poco pagado de si mismo.
—Ya no corro en esos lares—se disculpó Brand, abriendo la puerta del lugar.
Brand sonrió dejando escapar un bufido mientras se alejaba aquel niño bien con su
costosa gabardina y toda aquella magia sublime de amor en su mirada
348
—Hey—llamó cuando lo vio doblar para bajar las escalas. Steve se dio vuelta
sonriente—. Te estoy vigilando, lastímala y tendrás cuentas pendientes conmigo.
***
—¿Todo bien? —inquirió él—pareces triste. Lo cual es extraño porque estás a punto
de cruzar el atlántico y conocer otro mundo.
—Es que voy a extrañarte papá, voy a extrañar esto—Em rió observándole por un
momento—. Voy a extrañar que no me estés gritando, ni regañando.
—Diré algo que tendrás que olvidar en cuanto subas a ese avión.
Em frunció el ceño sonriendo un tanto nerviosa. Una voz llamó a través del parlante
a los pasajeros del vuelo 3567 con destino a Viena. Greg se levantó casi
arrastrándola a la cabina de registro.
—Siempre me causaba un poco de gracia que hicieras de las tuyas cuando alguien te
hería—confesó mordiéndose los labios un tanto sonrojado—. Me daba gusto saber
que eras capaz de pararte en frente de alguien y defenderte. Decirle que esas eras tú,
349
que no permitirías que te pisotearan. Pero claro no podía dejarte saber que tenías mi
apoyo. ¡Habrías cometido más locuras!
Emilia se detuvo frente la cabina de registro buscando por donde abordar la fila.
—Papá—ella sonrió para no dejar que las lágrimas se escaparan—. Eres la versión
de hulk más hermosa que he visto.
Él se carcajeó suavemente.
***
Un Ferrari f430 aparcado en la acera frente su casa no era algo que veía a diario, por
lo se sorprendió un poco y persuadió a mirar a todo lado en busca de sus piloto. La
figura de un chico alto y complexión media, recostado en las barandas de su porche
le dio a entender que el propietario de aquel suntuoso vehículo le buscaba. Lo cual
fue más extraño aún, no tenía deudas con la mafia ni parientes con suficiente dinero
para adquirir una maquina como ésa.
El extraño se dio vuelta sonriendo tímidamente, era un joven, casi de la misma edad
de su hija. Su cabello castaño y ojos claros no le eran conocidos. Se aproximó
dudando, raras eran las veces que recibía visitas.
350
—Steve Hampton—se presentó. Había algo en sus ademanes y en su sonrisa que le
recordaba a aquellos chicos de alta sociedad que había conocido en el pasado a
través de su difunta esposa.
—¿Cómo?
—Sí—Greg caminó hasta la puerta buscando las llaves entre sus bolsillos—. Mi hija
acaba de irse de viaje.
—No—contestó. Era extraño que siendo compañero de su hija no supiera del viaje
que tenía planeado—. A Viena.
Steve se quedó estático en el vestíbulo de los Nolán tratando de asimilar las palabras
que salían de boca de aquel hombre alto y marchito por los años.
—¿A Viena? —preguntó dejando ver la frustración y sorpresa en cada una de sus
palabras y expresiones.
—Sí, tendrá un curso de verano allá. Supuse que lo sabría joven. Son compañeros,
¿no?
351
Steve sonrió entristecido.
—¿Cuándo regresa?
Greg se detuvo a observarlo por un momento. Las palabras de Clara hicieron eco en
su memoria…
“Si no hubiera sido por Steve, el hijo de Steffy, no sé que hubiese sido de Em en
aquella fiesta”
Steve guardó silencio. En los ojos de aquel hombre podía ver el mismo ímpetu y
bondad que tenían los de Emilia.
—Sí, señor.
—Ha tenido el móvil apagado, parece que no quería hablar con nadie. Pero le he
dicho que en cuanto llegara a Austria lo encendiera, es más preocupante cuando está
al otro lado del mundo, sola…
—Igual.
352
—Creo que debería decirle: “Fue un placer conocerlo… suegro” —se carcajeó una
vez más corriendo a grandes zancadas hasta su auto.
—¡Oiga! —gritó. Steve viró hacia él deteniendo el ronroneo del auto. —¿Irá a
Austria?
Steve rió.
—Buena idea, sr Nolán. Estaba pensando en llamar, pero eso suena mejor.
353
Capítulo XXVIIII
—Se puede saber qué demonios estabas pensando cuando intentaste golpear a
Shanna en el velorio—Maureen se paró en el umbral de la puerta frunciendo el ceño
sumamente enojada.
Steve caminó desde el cuarto de su closet arrojando sobre la cama varias camisas
aun en sus ganchos de organizar. Ella torció el gesto endurecida por la rabia e ira de
saber que hermano había sido capaz de semejante brutalidad.
—¡Contéstame! —le exigió casi gritando. Steve se detuvo tomando una suave
respiración y procedió a buscar las maletas en el armario junto el cuarto de baño.
—¡Déjame en paz, Maureen! —se quejó, cuando sintió los pasos de ella siguiéndole
por toda la habitación.
—¡Maureen! —Steve se detuvo vencido por la rabia, luchando por contener todos
esos sentimientos encontrados dentro de su cabeza y pecho. Respiró un par de veces
dejando caer las maletas vacías sobre la alfombra de la habitación. Ella frunció el
ceño una vez más observando cuidadosamente la expresión huraña de su hermano,
rebuscando entre aquellos ojos misteriosos, oscuros y recelosos de respuestas que
parpadeaban con reticencia.
Ella se plantó frente a él, decidida a obtener respuestas de porque empacaba ropas de
viaje.
—Sal.
—¡Largo, Maureen!
354
—No me iré, tengo a Shanna allá abajo esperando por una disculpa—gritó
perdiendo el poco control de la ira que dejaba entrever en sus palabras.
—De ninguna manera—él la empujó suavemente para abrirse paso hasta la cama y
empezar a organizar la ropa dentro del maletero.
Steve estrelló su puño contra la pila de ropa abultada sobre su lecho y se dio vuelta
con el rostro encendido.
—¡Maldita sea! —chilló—¿Crees que yo me siento bien con lo que pasó? ¿Crees
que fue mi intención levantarle la mano? No sabes nada Maureen, no sabes nada de
lo que ocurrió allí. Y si lo supieras no estarías aquí haciéndome perder el tiempo.
Steve comenzó a guardar la ropa acuñada sin ningún cuidado tratando de ignorar el
rostro huraño de su hermano.
355
—Ya me llamaste animal, idiota, bruto y ahora quieres saber mis motivos, un poco
tarde, ¿No crees?
—Me voy por unos días—respondió Steve sacudiendo la cabeza un tanto fastidiado
por sus miradas inquisitivas.
—Tu madre está preocupada, Steve. Los comentarios en casa de los Coleman no
fueron muy amables cuando te fuiste así de improvisto.
—No saldrás de aquí—afirmó Steffy con voz pasiva y llena de autoridad tacita—.
No, al menos que nos digas a donde.
—¿Qué les pasa? —refunfuñó Steve—¿Por qué de repente están todos cuidando de
lo que hago?
356
con Shanna es una muestra de ello—todos se quedaron en silencio observándoles
perplejos por el giro que habían tomado las cosas—. Dime papá, ¿Qué hubieras
hecho tú si alguien te confiesa que puso algo en la bebida de Maureen para colocarle
en bandeja de plata a un bastardo sin principios? Bien, allí tienen mis razones, por
favor, déjenme solo. Necesito organizar mis cosas.
Maureen salió a trompicones de la habitación sin tener cuidado de tropezar con las
cosas en su camino, lo que alertó a Steve de los que ocurriría en pocos segundos.
Dejó caer las camisas y jersey que doblaba para empacar, siguiéndola a través de los
pasillos. Ella había tomado una considerable ventaja. Cuando quiso llegar a la
escalera principal.
Pudo escuchar el tenue sollozo de Shanna deteniéndose con cautela para hacer una
entrada silenciosa al salón principal.
Los ojos de Shanna volvieron a estallar en llanto cuando divisó a Steve recostado
sobre la puerta principal mirándole con la misma expresión acusadora e indeleble en
su cara.
—Lo siento—repitió la chica alejándose suavemente hasta donde Fred esperaba para
abrir la puerta que conducía a la salida norte de la mansión.
357
—¿Qué? —inquirió en un tono más alto de lo normal.
Steve asintió con la vista fija en las camisas que doblaba, ahora más calmado.
—No te preocupes, papá—le consoló Steve dejando ver una tenue y casi fantasmal
sonrisa—. Estaré de vuelta en par de días.
358
***
—Es loco, lo sé. Pero hacía tiempo que no me sentía de esta forma, y no sabes cuan
maravilloso es.
—Sí, y créeme papá, me siento como un gran imbécil, no pude perder el control de
esa forma. Pero cuando ella confesó aquello; no dejaba de pensar en que si yo no
hubiera estado vigilando a Mau y Emilia esa noche, probablemente la chica en ese
cajón no sería Naty.
Sonrió una vez más caminando hasta la fila que los llevaba directo a la sala donde
serían conducidos hasta el centro de abordaje.
Exacto.
***
Se podía decir que nunca en su vida se había sentido tan estropeada como lo estaba
en ése momento, aunque había ocupado un buen asiento en primera clase y todo lo
demás, su trasero estaba adolorido por ocho horas de continuo estremecimiento en el
sillón, y ni hablar del nerviosismo que le causaba mirar por la ventana y saber que
estaba suspendida en la nada, en un avión sin nadie a quien hablar para apaciguar los
temores dentro de su cabeza.
Según la tía Clara el apartamento le quedaría al pelo, ya que estaría a tan solo una
calle de la universidad donde había sido inscrita para ese fugaz curso de verano. La
359
ciudad era hermosa, un tanto lúgubre y oscura, pero hermosa. Podía ver los parajes
verdes y aquellas casas antiguas que le hacían recordar las mansiones retratadas en
las novelas de caballerías y de aristócratas de siglos anteriores. Tal como lo dijo
Clara, el lugar era acogedor, pequeño y suficiente para una persona. No había
pérdida ya que el campus escolar estaba señalado con vallas y letreros de
fraternidades. Se recordó a si misma ser valiente e intentar mezclarse sin detenerse a
pensar en todo el caos que había enredado a su vida días atrás.
Sabía quién era, y para llegar a ser lo que quería ser, tendría que superar todo los
obstáculos.
Era Steve.
¿En qué momento había dejado de sentir ese sentimiento de repulsa y odio hacía él?
¿Por qué sentía que dejaba de respirar cuando recordaba su rostro magullado en el
hospital y su desesperanza cuando ella se negó a acercarse el último día de clases?
Era una cobarde, y ahora estaba al otro lado del mundo ingeniando la forma de cómo
seguir siéndolo y no verse patética en el intento.
360
«Uff, ¡Qué miedo! Me alegro de que puedas contestar, acá estamos casi en la misma
zona horaria, cuando se termine el curso y las vacaciones pasaré por ti e iremos
juntas a Manhattan, no te llamaré a diario, ¡Son vacaciones! Disfruta esto Em,
espero que te encante la universidad y encuentres buenos compañeros. Besos.»
Guardó el móvil buscando algo de ropa para ducharse e ir a la cama a tomar una
siesta. Técnicamente tenía toda la mañana para descansar y presentarse al medio día
en la inducción en aquel curso. Quiso responder todos sus mensajes, pero sentía que
aún no tenía las palabras correctas ni los sentimientos muy claros, prefería seguir
siendo indiferente que alentar falsas esperanzas y seguir acumulando más errores.
Y así dio inicio a su primer día de clases en aquella ciudad extraña, sonriendo a
todos los que parecían ser los compañeros durante las siguientes dos semanas.
Era sencillo, estudiaría historia del arte y algunas técnicas que le servirían para
definir en qué rama se desempeñarían mejor. Los profesores eran amables e inclusos
contaba con aquel traductor que hacía todo más sencillo, para ser un primer día todo
era tranquilo. Estaba siendo demasiado sencillo.
La noche en Viena se plagaba de enormes estrellas, lo que sin lugar a dudas era
distractor y hermoso, haciéndole detener una calle antes de llegar para observar
embelesada cada uno de los astros extenderse sobre el negro firmamento.
Suspirando sonriente, dejando todo el pasado atrás y previendo un futuro tranquilo
como el momento que estaba viviendo. Después de varios minutos continuó su
marcha en silencio, el clima era frío, no tanto como los inviernos de Manhattan, lo
suficiente para hacer que sus manos se sintieran dispuestas a permanecer dentro de
su abrigo. Cuando por fin llegó al lugar, agradeció no tener que hacer una penosa
marcha en ascensor o escaleras. Estaba agotada y un tanto famélica. Tanta era su
insistencia en abrir la cerradura que desde el primer momento había dado problemas
361
que no notó que alguien había estado esperando toda la tarde en el café de la acera
contigua. Y que en esos momentos caminaba hacia ella igual de pálido y ansioso.
Ella abrió los ojos de par en par perdiendo el aliento por dos largos segundos.
Era Steve.
Ella parpadeó varias veces sintiendo como su pulso se aceleraba y el rubor corría de
inmediato a sus mejillas. Era un sueño, definitivamente había sufrido un accidente
en el avión y estaba teniendo delirios en algún lugar remoto del limbo, era la única
explicación coherente. La otra era que de pronto se había quedado dormida toda la
mañana y soñó que había ido a clases, respiró un par de veces sintiendo como esas
suaves manos se deslizaban por su cintura y le ayudaban a colocarse de pie,
definitivamente era un sueño.
Él rió con dulzura, la bolsa oscura bajo sus enormes ojos azules eran muestras de
insomnio y extremo cansancio.
Correcto.
Estaba sintiendo sus manos sobre ella, el palpitar alocado en su pecho y las náuseas.
No era un sueño.
—Porque si vas a hacerlo, debes saber que acabo de comprar este abrigo.
362
—¿Es broma, cierto? —inquirió Emilia luchando por mantener la compostura.
Steve sonrió. Sus ojos brillaban de forma extraña, el cansancio en sus ojos era
visible y un tanto perturbador.
—Lo es—admitió—. Y sí, no ha sido una de las mejores, creo que el insomnio se
llevó consigo mi humor.
Emilia torció el gesto dándose vuelta para continuar su lucha con la llave.
—¿No vas a decirme que haces aquí?—preguntó Em. él sonrió abriendo la puerta
fácilmente.
Ella asintió entrando de inmediato porque el frio empezaba a calarle los huesos.
Una vez más él sonrió cerrando la puerta con cuidado mientras observaba como ella
se despojaba de su abrigo y bolso.
El asintió.
—Aquí. En Austria, al otro lado del mundo, esperas que crea en una casualidad.
—¿Por qué no? Los últimos días han estado plagados de extrañas casualidades.
363
Ella caminó hasta la cocina rebuscando algo de la comida que pidió antes de ir a
clases.
—¿Pizza?
Em rió, en su fuero interno deseaba que sus pensamientos fueran correctos. Que las
razones de él concordaran con las que había sentido cuando vio aquella cantidad de
mensajes. Coloco una porción de pizza sobre la diminuta mesa que estaba en la sala
haciendo las veces de comedor.
—Lo siento—dijo, colocando el plato sobre los individuales—. No tengo coca cola,
porque no esperaba tu visita cerca al vecindario.
Steve se acercó revisando el bolsillo de su abrigo. Una vez más le observó y en ése
momento lo supo. Todo lo que había sentido desde aquella mañana en la playa se
reducía a esa particular emoción que sentía mientras sacaba de su bolsillo aquella
mariposa de papel que se había robado de su habitación. Todo tenía sentido, cuando
vives de prisa, cuando no te miras detenidamente, nada es indispensable, nada
importa. Pero cuando menos te lo esperas, una piedra te tropieza, te hace perder la
velocidad y te pone en una situación nueva.
Entonces te detienes y es cuando piensas: ¡Hey, allí estás! ¿No sabes cuánto tiempo
he estado buscándote? Y sientes que el haberte detenido ha valido la pena, la
persona que te detuvo lo vale. Y la tienes allí, a solos centímetros, un respiro, y te
das cuenta que desde el momento en que perdiste algo, en un lugar lejano alguien
más perdió; y fue allí cuando el destino puso tácitamente una regla.
—Te fuiste—musitó quedando tras ella, tan cerca que podía sentir el perfume de su
cabello y la electricidad que emanaba su piel al ligero contacto de sus dedos
acariciando su cuello.
364
—¿Alejarte de quien, de mí? —inquirió Steve susurrando a su oído.
Steve posó su mano sobre la cintura de Emilia, ella se debatía entre dejarlo ser o no.
Optó por callar a su parte más obstinada y por un momento se dejó llevar.
—Viajé al otro lado del mundo—susurró Steve—. Y hice una extraña travesía hasta
la casa de tu padre.
—¿Qué buscas, Steve? —preguntó ruborizada por la forma en que él la miró y por la
sensación de sentir su mano sobre su cintura.
—Adiós.
—Yo…
—¿Por eso estás aquí? —su voz era suave, melodiosa y un tanto tensa.
—¿Qué?
365
—Que yo…
—Que te quiero, que me he vuelto loco pensando en toda esa jodida distancia, que
me levanté esta mañana, bueno técnicamente fue ayer, como sea, que me levanté
esta mañana pensando en qué diablos estaba haciendo con mi vida. Que no podía
esperar a que regresaras a Manhattan, porque cuando veo los días pasar algo me dice
que te pierdo, que si me quedaba allá viendo como todo seguía su curso normal, tu
jamás te enterarías de que desde aquella mañana cuando te observé en la parte
trasera de mi auto, me enamoré de ti. Sí, me enamoré. Me enamoré de tu cálida
sonrisa, de tu repertorio de insultos, de tu gancho izquierdo, que es muy bueno, por
cierto—una sonrisa traviesa cruzó por el rostro de Em—. Me enamoré de todas tus
sonrisas, de esa que haces cuando adivinas que estoy tomando el pelo, de esa que
pones cuando eres tú quien juega conmigo, de esas que me dedicaste en la playa. De
todas y cada una de ellas. Y sé, que no soy perfecto, que disto de ser un caballero.
Pero, estoy aquí. Ahora, preguntándome, ¿Qué pasaría si no te beso? ¿Qué pasaría si
te dejo ir? Entonces me doy cuenta de que voy a besarte, lo haré, a expensas de que
me des una paliza. La cual recibiré con gusto. Esto es lo que soy… todo lo que tengo
para ti es esto. Un chico dañado, torturado por demonios que parecen no querer irse.
No soy un príncipe, ninguna chica soñaría estar con alguien que tiene pesadillas, que
es cruel con todo el mundo porque tiene miedo de aferrarse a algo. Y ahora que…
Steve sonrió atrayéndola hacía él con fuerza. Sus manos se aferraron a su rostro
posando sus labios sobre los de ella, y ése, fue el primer beso que el Steve Real tuvo.
—Te quiero.
Ella colocó los ojos en blanco dejando que otra sonrisa traviesa le curvara el rostro.
366
—Bueno, esa si es una buena razón para venir hasta aquí—musitó ruborizado—¿O
dirás que no?
—Y tu papá también.
Em frunció el ceño.
—Eso hace parte de detalles que no puedo revelar—se excusó Steve fingiendo una
expresión de terror ante la mirada de Em—. Y no puedes golpearme, porque fuiste
tú quien me besó.
—Te quiero.
Él sonrió de nuevo.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Me quieres?
367
***
—¿Qué? No—negó riendo—. Claro que no, solo qué… —dudó unos instantes
tomando un ligero respiro—Bien, no es cómodo que duermas en un sofá; ni
tampoco te dejaré dormir en la misma cama que yo.
Steve se levantó del mueble riendo en silencio ante el rostro acalorado de Emilia.
Ella quiso acceder, aunque eso era lo correcto no era lo más seguro, no en una
ciudad donde no conocían a nadie. Y una parte de si quería que él estuviera allí.
Quería irse a dormir con la certeza de que Steve estaba bien.
368
—Jamás—Emilia torció el gesto colocando los ojos en blanco—. Solo nos dimos un
beso—confesó un poco avergonzada—. Nada más.
—Me haces sentir como un mal tipo—replicó el muchacho torciendo el gesto igual
que ella.
—¿Me equivoco?
—Más te vale.
—¿Por qué? —inquirió Steve—¿Te irías a golpes con alguna de mis ex?
—¡Solo era una broma! —se quejó Steve al ver el hilo dramático que había tomado
la conversa.
—Porque no quieres.
—¿Estás enojada?
369
—¡Caíste! —exclamó Em saltándole encima y por unos nanosegundos el tambaleó
correspondiendo a su abrazo.
—¿Qué voy hacer contigo, Emilia? —se quejó aspirando el olor de su cabello.
—De acuerdo.
Em le soltó.
Steve asintió riendo devuelta al sofá. Ella corrió hasta la habitación donde aún
yacían las maletas sin organizar totalmente. Acomodó algunas de ellas tratando de
mantener la calma, soltó su cabello y peinó en una trenza para poder darse una
ducha rápida y colocarse el enorme camisón de algodón que usaba para dormir.
Observó silenciosa por las rendijas mientras Steve se deshacía de su abrigo y
desabotonaba los puños de su camisa, haciendo que una sonrisa preciosa aflorara en
sus labios. Todas aquellas noches en vela desde que había salido de Manhattan
empezaban a ser parte de un pasado lejano. Saber que él había hecho semejante viaje
para encontrarla, era tan increíble, tan cuento de hadas que por primera vez en años
soñó en ser parte de uno.
Estaba feliz, no había esperas, no había preguntas sin responder. Todo era perfecto,
en ese momento él era perfecto.
—Te seré sincero: Emilia, no podré dormir allí. El sofá es realmente incómodo,
jamás he dormido en uno y aún espero que me ofrezcas un lugar a tu lado, otra
razón, no menos importante es que estás a pocos metros de mí y realmente me es…
370
—No voy a tocarte—resopló Steve levantando las manos en señal de inocencia. Ella
colocó los almohadones en dos hileras retirando el cobertor.
Momentos después podía sentir sus fuertes brazos alrededor suyo y el esfuerzo por
respirar normalmente era agotador. En cambio él parecía tan calmado, su pecho se
levantaba y contraía con tranquilidad y la respiración era cálida. Así era imposible
pegar el ojo en toda la noche. Steve notó su inquietud y susurró con voz queda y
adormecida:
—Mi mamá nos cantaba cuando sufríamos de insomnio—le besó la frente dejando
escapar un bostezo. Estaba agotado.
No, don´t wanna be the only one you know, I wanna be the place you call “home”
I lay myself down to make it so, but you don´t want to know. I give much than I ever
asked for.
Su voz se fue apagando hasta ser un suave ronroneo, luego solo el sonido de su
respiración suave y acompasada.
¿Realmente podría dormir sabiendo que él estaba allí tan solo a milésimas de
distancia?
Aunque era imposible. Minutos después Morfeo la venció. Por la mañana él seguía
allí, tranquilo y sonriente, con una expresión serena. Disfrutaba de un buen sueño,
sigilosamente se deshizo de su abrazo y corrió hasta el baño para ducharse y
371
cambiar. Lista para irse a sus clases, era una pena dejarle allí sin siquiera darle los
buenos días.
Contrario al día anterior las clases fueron eternas. Pero no aburridas, tal vez su
eternidad se debía a las ansias locas de regresar y comprobar que lo sucedido en las
últimas horas había sido real. De repente, cuando estaba a punto de marcharse a casa
su móvil sonó. Y tenía la certeza de que era él.
«Hubiera preferido despertar más temprano para poder verte ¡Te fuiste nuevamente
sin decir adiós! ¿Tienes llaves? Me he quedado afuera, salí al hotel y estoy acá fuera
en tu pórtico cuán mendigo zarrapastroso. Es broma. »
«Voy saliendo.»
«No»
«¿Sabes alemán?»
«Por tu cálido beso de buenas noches, Sí. Obvio que me quieres. A decir verdad:
¿Quién no me querría?»
«Entschuldigung»
«Eres imposible»
372
—No sin antes conocer Viena juntos—replicó Steve tomándole del brazo. Em
accedió gustosa caminando por las calles adornadas de luces mortecinas cediendo al
encanto del cirro estrato crepuscular y la luna que recién salía.
Steve hizo un puchero arrugando la frente de forma infantil. Ella soltó una sonrisa.
—Te prometo que algún día la escucharemos en vivo. Con el piano y todo.
—De acuerdo.
—Te llevaré al Arena en Londres, luego a los jardines de París, Italia… a cualquier
lugar.
—Nada. Solo que te quedes conmigo—él sonrió esperanzado—y verte reír, soñar
juntos, reír… quererte.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
373
Capítulo XXX
—Me alegra que esta sea la última vez—Emilia dejó sobre la mesa su informe
pulcramente organizado para caminar hasta donde Steve se hallaba aun grogui—. La
última clase es mañana, así que regresaremos a Manhattan y tendremos una cita
como te plazca.
Steve soltó un bostezo extendiendo los brazos alrededor de ella con ternura.
—¿Steve?
—Hola, papá.
—¿Dónde te has metido? Llamé al hotel donde reservaste una habitación y dijeron
que no has ido a dormir en días.
374
—Oh—se quejó un tanto ruborizado—. Estoy con Emilia. ¿Cómo supiste donde me
alojé?
—Por eso te estoy llamando. ¿Te has comunicado con ella? Convenció a tu madre
de ir a visitarte, aun no se comunica con nosotros. Aunque nos dijo que haría escala
en París, he llamado a todos los lugares donde creí iba a registrarse y nada. Sé que
llegó, José me lo confirmó. Pero de allí no he sabido más. Estoy a punto de tomar un
avión y salir para allá.
Steve soltó un gemido colocando los ojos en blanco, lo cual llamó la atención de
Em.
—Sé dónde puede estar—masculló entre dientes recordando como ella se había
ofrecido a acompañarle en cuanto se enteró de su viaje.
—¿Sí?
—Sí. Y créeme en cuanto la encuentre la llevo directo a casa para que le des un
castigo ejemplar, espero no me falles.
—¿Dónde crees que puede estar? —preguntó Axel un poco más relajado.
—Lo sé. No te preocupes papá, posiblemente estemos en casa dentro de tres días. Te
llamo luego. Colgó dejando escapar un hondo suspiro. Emilia se acercó frunciendo
el ceño, esa expresión en el rostro de Steve le daba mala espina.
—¿Qué pasa?
375
Steve suspiró atrayéndola con delicadeza.
—Yo le dije a mis padres, Em. No me vine a hurtadillas como un adolescente con
hormonas incontrolables.
—¡Claro que no! irás conmigo, sino, ¿Quién me impedirá darle unos buenos golpes
a Román por intentar acercarse a mi hermanita?
—Como sea, mañana recogerás tus cosas e iremos a París como has dicho. Confieso
que me agradaría conocerlo.
—Vamos a dormir. Te alegraras que termine éste curso, al menos ya no tienes que
pasar todo el día solo, vagando por allí.
—Lo admito. Mi parte favorita del día es esta—Steve rió bajito y nervioso—.
Aunque solo sea verte estudiar y tomar té. La otra es cuando caminamos de vuelta a
aquí.
Ella acarició la línea de sus labios y algunos cabellos enmarañados saliendo en punta
a todas partes.
376
Él tenía razón. Esa era la parte favorita de ambos; cuando podía quedarse despierta
en silencio observándole respirar calmado y más infantil que de costumbre, algunas
veces su labio inferior sobresalía haciendo un puchero infantil y delicado. Era la
mejor del día.
Después de las clases y de los últimos tallares pudo respirar en paz cuando se lo
encontró como de costumbre en la salida del campus escolar, sumamente abrigado y
con aquella sonrisa de oreja a oreja que últimamente no le abandonaba en ningún
momento. Rió besándole en los labios interrumpiendo su relato sobre una
comunidad de gitanos austriacos que había conocido en el parque mientras mataba el
tiempo.
Caminaron juntos planeando los lugares que recorrerían en cuanto se reunieran con
Maureen, él estaba de un excelente humor. Ya había reservado los vuelos e incluso
empacado todo, ahora allí le ayudaba con su equipaje, cuando recordaba la travesura
de Mau refunfuñaba un rato, luego guardaba silencio y reía solo. Lo que ella
adoraba, esas risas llenas de complicidad debían tener una historia agradable tras
ellas.
—¿Bueno? —contestó Steve dejando reír y organizar las maletas en la sala de estar.
—Sí. Nuestro vuelo sale en media hora. No he hablado con ella, mi padre fue quien
llamó y supuse que estaría contigo. Que no he hablado con ella, ¿eres sordo o qué?
—Steve se detuvo, guardando silencio ipso fact. Sus músculos se tensaron y la
sangre huyó de sus nudillos, soltó un gruñido algo frustrado: —¡¿Cómo que no le
has visto desde ayer? Se supone que ella viajó para verte. No, no me interesan tus
razones, tú no lo entiendes… ella no puede irse por allí solo porque le da la gana—
hizo una pausa para tomar un suspiro profundo mirando a Em, ella notó de
inmediato la rabia haciendo presencia en sus facciones—¡No me importa! —gritó—
Mira Román, más te vale que la encuentras antes de que aterrice en París, por tu
bien—colgó. Entrecerrando los ojos completamente enrojecido por la ira.
—¿Qué ocurre?
—¿Qué?
377
—Tenemos que darnos prisa—aseveró Steve marcando para llamar un taxi—. Él
dijo que ella se fue sin nada, sin dinero sin papeles—la preocupación en el tono del
muchacho iba más allá de lo que estaba contando.
—¿Hay algo más que te preocupa? —quiso saber Emilia cuando abordaban el taxi
que habían pedido.
—Ella no puede irse por allí sin sus medicinas, ¿No te había contado? Maureen no
puede dejar de tomar sus medicinas.
—¡No puede! —replicó Steve angustiado—Escucha, ella tiene que tomar estas
píldoras controladoras de su hiperactividad, cuando no lo hace su metabolismo
absorbe su energía más rápido de lo inusual. No me preocupa que ande por allí sola,
sé que puede defenderse. Me preocupa que no haya tomado sus pastillas y ahora
ande por allí. Puede desmayarse en cualquier sitio… cuando su metabolismo se
acelera quema el azúcar y los lípidos muy de prisa, puede colapsar en cualquier sitio.
Por eso es que estoy preocupado, si Román no fuera tan estúpido no hubiera dejado
qué…
—Eh—Em le acalló besándole los nudillos con ternura—. Todo va a estar bien—
intentó calmarle al ver que de un momento a otro él estaba a punto de llorar.
—Mis papás no pueden saber esto. Ellos solo están preocupados porque no saben
dónde estaba alojándose, no pueden saber que desapareció…
—Todo va a estar bien. Es una chica sensata, en cuanto se sienta mal regresará junto
a Román.
378
***
—¿Siempre eres así de comprensiva? —inquirió Steve abriendo la puerta del taxi
para que ella descendiera. Em sonrió aferrándose a su equipaje de mano—.
Espera—él canceló al taxista y volvió a mirarle—. Cada momento contigo es una
sorpresa.
—Lo mismo digo, Steve. —suspiró ella mirando la magnitud del edificio donde
residía Román.
Juntos caminaron hacía el lobee siendo ayudados por el botones que de inmediato
les anunció con Román.
El cambio de humor por parte de Steve fue notorio, Emilia se había acostumbrado a
sus sonrisas traviesas y genio socarrón, que verlo tensarse y ser rígido en sus
facciones en frente de Román fue un poco abrumador. En silencio escuchaba la
versión que el muchacho tenía sobre la discusión con Mau, observando de reojo
como Steve ceñudo y petulante asentía fulminándolo con la mirada. Lo que le hizo
sonreír, ése era el Steve que todo el mundo conocía, pero ella era dueña del
verdadero. Y sin duda el mejor, el apartamento de Román estaba ubicado en el
centro de la ciudad, sus padres estaban de vacaciones al sur en Monte carlo, por lo
que las habitaciones estaban disponibles; no pensaban quedarse mucho tiempo—era
lo que Steve le había dicho a Román antes de saludarlo—. En cuanto encontraran a
Maureen tomarían el primer avión hacía Manhattan y le colocarían a merced de los
señores Hampton y un castigo ejemplar.
—Eh, eh—interrumpió Steve con aquel tono petulante y sardónico que solía usar
cuando alguien imponía reglas sin consultárselas—. ¿Por qué con Emilia? Lo siento
Román, pero ya has dado muestras de que no puedes cuidar de alguien más. Has
perdido de vista a mi hermana, ¿En serio crees que dejaré que Em vaya contigo?
379
—Ella no necesita que la cuiden—replicó Román a la defensiva.
—¡Ya! —exclamó Em—. Dios, es imposible que se hagan cargo de una situación.
—Sí, claro. Midiendo el tamaño de tu ego con Román—ella tomó la Tablet del
chico revisando los lugares que Maureen siempre mencionaba y que de seguro
visitaría—. Iré al barrio latino, Steve ve a los museos cercanos, Román tú… búscala
en los alrededores del café flore.
—Que ella tome el control de esa forma es tan sexy—musitó Román recibiendo un
codazo de inmediato por parte de Steve.
—Mucho cuidado con tus comentarios—le advirtió Steve tomando a Em del brazo
para salir del apartamento.
380
Em sonrió besándole fugazmente en los labios.
—Enfócate Steve.
—Bien—él rió por la bajo soltándole para llamar otro taxi, hizo una mueca cuando
vio salir a Román. No sería agradable compartir un viaje de diez minutos en un
espacio sumamente reducido.
Y al llegarse la hora acordado los tres tuvieron que regresar cabizbajos, Steve
nervioso ante el hecho de confesar a sus padres que Maureen había desaparecido.
Oficialmente desaparecida.
Deteniéndose de inmediato.
Levantó el rostro extrañada, una sombra negra circundaba sus ojos, parecía estar
nerviosa por la presencia de su hermano allí. Él solo se limitó a entrar y encararle de
inmediato, interrogando sobre su paradero, parecía ida y cansada. Pero lo
suficientemente enérgica para echar a Román de la habitación por haber informado a
Steve sobre su pelea; los ánimos estaban calentando, la actitud de Maureen extrañó a
Em.
Allí estaba teniendo una discusión acalorada contra Steve. Y no podía sentirse peor,
al verse en medio de una batalla campal, él renegando de su comportamiento infantil
y ella acusándole de metiche. Los gritos iban y venían, no le dio importancia, en
algún momento habrían de callarse y dejar de decir estupideces el uno al otro. Steve
golpeó uno de los muebles haciéndole estremecer un poco. Maureen le reclamó por
su comportamiento levantándose del sillón y caminando hacia él muy enojada y
dispuesta a golpearle.
381
—¡Basta! —gritó colocándose en medio de ambos. La chica se detuvo respirando
con dificultad. —Esto es estúpido, Maureen él solo estaba preocupado por ti.
Todos se quedaron en silencio. Steve relajó los hombros caminando hacía la salida.
—Por allí.
Steve salió de la habitación dando un enorme portazo. Lo que hizo que Maureen
temblara.
—Emilia, tengo que contarte algo. Pero prométeme que no lo sabrá Steve.
—Lo prometo.
Em frunció el ceño.
—¿Y? —inquirió Emilia adoptando una actitud reacia y firme. No quería que Steve
volviera a estancarse en el pasado, sufriendo por la pérdida de su hermano.
—No vine aquí por Román—confesó Maureen—. vine por ella, necesitaba hacerle
saber que no puede estar llamando a casa. Todos estamos superando eso, ella no
382
puede venir y… —calló dejando escapar un largo suspiro—. No quiero que siga
intentando hablar con mi hermano, quiero que él vuelva a ser como era antes de todo
esto. Si Ava aparece, será como revivir muchas cosas. Además, tengo la sospecha de
que ella es la única a parte de mi padre y Levitt que sabe lo que en verdad ocurrió
esa noche.
—¿Por qué quiere hablar con Steve? —preguntó Emilia un poco fastidiada, le
afectaba saber que el pasado y todo el dolor de Steve siempre estaba dispuesto a
regresar. Y que los hermanos Solange aparecieran es ese momento arruinaba todo lo
que habían logrado.
—No lo sé. Román era mi coartada, necesitaba ir allí. Encararle para decirle que no
podía venir de nuevo a revivir todo esto, ha sido muy difícil olvidar. Y créeme, no
estoy dispuesta a perder a Steve de nuevo. Mucho me ha costado mantenerlo a salvo.
—Fui yo la que le contó a papá que el corría en las vías del puerto.
—Sí. La noche en que él perdió su móvil. Cuando fue a los límites del Bronx, yo le
conté a papá. Y él se encargó de seguirle.
—¡Fuiste la espía! —le acusó Emilia callando cuando Maureen abrió los ojos
alarmada.
—No hay de qué preocuparse. Yo hablé con Avan, le dejé muy claro que ellos
habían salido de nuestras vidas. Que no permitiría que ella se acercara a Steve.
Levitt está tras las rejas, Daniel bajo tierra. No hay nada que nos una, ni nada que
hablar con Steve. Oh, Em. Siento haberles causado semejante susto. Lo último que
quería era arruinarle sus vacaciones. Creo que deberías ir a buscarlo. Necesito estar
a solas para arreglar un par de cosas con Román.
383
***
—No soy como tú. No me iría al otro lado del mundo solo porque estoy enojado,
mira al frente, en el café.
Em sonrió mirando a ambos lados de la calle para cerciorarse que era seguro cruzar.
—Allí estás—chistó Emilia besándole en los labios con cautela—. ¿Aun enojado?
—Sí. Y mucho.
—¿Conmigo?
Ella rió suavemente apretándole la mano fuerte. —Bueno, deja ese enojo estúpido.
Deberíamos disfrutar un poco, ¿No lo crees? Es decir, estamos en parís. ¡París! —
exclamó dejando escapar una suave carcajada.
—Hagamos algo—propuso Em—. Estoy cansada, ha sido un día largo, luego esos
gritos… caminemos por allí y relátame historias sobre este lugar, ¿De acuerdo?
—Dios—se quejó Steve juntado sus frentes con fuerza—. Es tan maravilloso cuando
ríes de esa forma.
384
—De acuerdo Madeimoselle, sus deseos son órdenes para mí.
El corazón de Steve.
Él, orgulloso de saber que había encontrado a la más maravillosa y extraña de las
mujeres.
—Hey—llamó a Em, apartándole del resto del grupo. Ella asintió sonriente con las
mejillas enrojecidas por la caminata.
—¿Qué? ¿Te sientes mal? —preguntó ella posando una mano en su mejilla.
—No—él rió sacándose el anillo del dedo meñique con un poco de dificultad— ¿Te
conté de mi encuentro con un aquelarre de gitanos en Viena?
—No es lo que estás pensando—le advirtió él, una sonrisa divertida le curvó los
labios—. La imaginación de las mujeres es algo volátil, siempre me va a causar
mucha curiosidad la rapidez con la que crea una teoría sobre algo.
Varios turistas tosieron al ver que no dejaban avanzar la fila por el estrecho pasillo.
Steve cedió el paso haciendo una reverencia a modo de disculpa.
—Ah, sí. —Steve tomó el diminuto anillo que había sacado de su dedo y lo levantó
a la altura de los ojos de Emilia—. Una gitana se me acercó diciendo cosas extrañas,
ya sabes—él se sacudió tratando de hacer una pésima imitación de una bruja
misteriosa—… “Veo, veo una mujer en su camino. Veo, veo su pasado y su futuro”
como sea, me vendió esto por diez euros—señaló el anillo—. Creo que me los robó,
al siguiente transeúnte le dijo el mismo discurso—él soltó una risita nerviosa
385
disponiéndose a colocar la joya en el dedo de Emilia. Ella le detuvo enarcando una
ceja con escepticismo.
—¿Qué? —inquirió Steve riendo como un niño pequeño que ha sido descubierto en
alguna de sus travesuras.
—¿Por qué no puedo mantener mi actitud seria contigo? —se quejó dándose vuelta
hasta las escaleras que los llevaban hacía las salidas. Él le alcanzó abrazándole por
la espalda.
—Per favore, Emilia—se quejó él cruzando un brazo por sus hombros—. Los
héroes no decimos esas cosas.
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—Así es. Así que tendrás que tener cuidado con las cosas que quieras ocultar.
—Tú sí que sabes cómo arruinar un momento emotivo. Estaba teniendo “mi
momento emotivo”
—Bueno, cuando dije: “Estaba teniendo mi momento emotivo” tenías que besarme.
—No, ya no lo quiero.
—Arruinaste el momento.
—Cómo quieras.
—¿Es en serio, Em? ¿En serio? Te estaba dando otra oportunidad de emendar el
momento. —ella se dio vuelta caminando rápidamente hasta él. Le miró por unos
segundos y volvió a reír.
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—No puedo evitarlo—espetó él encogiéndose de hombros—. Siempre lo consigo.
Tarde o temprano.
—Ah, sí—ella retrocedió varios pasos. Lo que le dio una alerta a Steve.
Se echó a correr.
—Permítame informarle Señorita Emilia que si quiere otro tipo de beso tiene que
pedirlo.
Caminaron sin rumbo fijo, sin cansancio, sin noción del tiempo.
Al amor.
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«Epilogo»
Sus dedos se deslizaron sobre su cabello soltando una suave risita, impregnada de
nervios y emoción.
Ella rezongó quejándose por lo bajo, la idea de no ver nada mientras Steve tomaba
todo el control de la situación, había estado muy extraño desde que habían arribado
desde París, sin duda, se traía algo entre manos. Fuese lo que fuese sabía que
terminaría adorándolo, él siempre se encargaba de sorprenderla y hacer que lo
quisiera más.
El camino había sido una eternidad, él solo le pedía paciencia. No es que fuese fácil
tenerla cuando no sabes hacía donde te llevaban.
Sonrió cuando notó que el movimiento del auto se había detenido y la puerta se
abría, allí estaban las manos de Steve sosteniéndole y ayudando a descender.
Podía sentir su aroma y la cálida respiración, habían transcurrido casi tres semanas
desde que él se había aparecido en Viena, habían compartido un apartamento
durante casi dos semanas y no se acostumbraría a ese millar de revoloteos en su
estómago, cada que él hablaba a su oído o le abrazaba sorpresivamente.
—¿Dónde estamos?
Ella hizo un puchero tratando de suplicar con sus gestos, podía sentir las manos de
Steve abrazando su cintura mientras caminaban sobre tablas. Él se detuvo por un
momento riendo por lo bajo.
—Ven—le pidió levantando su brazo para cruzarlo por encima de su cuello. Emilia
se carcajeó suavemente mientras sentía como su cuerpo era levantado por él.
Aferrándose a su abrazo temerosa de hacerle perder el equilibrio en cualquier
momento, la brisa era suave y un tanto húmeda. Un sonido extraño retumbaba cerca
ellos, el chocar de olas contra la playa.
389
Todo empezaba a tener sentido. Acomodó la cabeza en su cuello mientras él
caminaba en silencio hacía donde sea que la llevara.
—En la playa.
Ella entreabrió los ojos sonriendo maravillada. Estaban dónde todo había empezado.
Encontrándose con la vieja casa que habían visitado esa mañana. Sólo que no era la
misma, había sido reconstruida por completo, los ventanales estaban intactos y una
fortaleza de madera había sido levantada alrededor para que las olas no chocasen
contra las paredes y las deterioran. Le tomó varios segundos salir del shock que la
hermosa construcción le causaba, Steve nunca se equivocaba cuando decía que cada
nueva sorpresa sería mejor que la anterior.
Sonrió cuando sintió sus brazos abrazándole por la espalda. Dándose vuelta para
besarle.
—La hemos reconstruido entre papá y yo—confesó Steve, aún tenía ese deje de
emoción en su voz—. Por eso estuve extraño esta semana.
—Bueno—él sonrió llevándola hasta el pórtico del lugar, que había sido reforzado
con madera de teca exclusiva. Un diseño e idea de su padre—, no soy el único que
se ha guardado algunas cosas—musitó, deteniéndose para abrir la puerta.
390
Ella se encogió de hombros ruborizada caminando hacia el interior de la casa.
Em se detuvo a admirar las nueva constitución del salón que meses atrás había
estado en ruinas, todo era sencillo y encantador.
Los muebles de roble y las cortinas veraniegas. No es que fuese una experta en
decoración, pero podía ver que Steffy no había cruzado por el lugar.
La simpleza era el sello personal de los hombres Hampton. Ver a Steve con aquella
camiseta blanca y unos viejos pantalones de mezclilla era la prueba de ello.
—¿Y? ¿Te gusta? —preguntó Steve tomándole por sorpresa nuevamente. Ella
sonrió dándole la espalda al enorme ventanal que dejaba ver el infinito mar detrás de
la casa.
—Sabía que te gustaría, fue por ti que decidí remodelarla. No había estado aquí
desde hacía años, esa mañana… fue como si hubiera recobrado vida, y tú estabas
aquí. Así que creí necesario reconstruirla por completo.
Ella le abrazó con fuerza, deseando que ese instante lleno de infinitos y para siempre
jamás terminara.
—Bueno—Steve se estiró posando todo su peso sobre la ventana del ala este—. Hay
que planear que hacer para tu cumpleaños.
391
—Tía Clara tiene cubierto eso. Deberías planear que hacer este nuevo semestre.
—Los mismos que los tuyos—suspiró estremecida por ese nuevo sentimiento de
plenitud—. Pero antes… —rió soltándole de repente—vamos a jugar un juego.
—Suena divertido.
Steve volvió a reír. —Te daré una ventaja de tres minutos para que encuentres un
buen escondite—le advirtió.
Ella se carcajeó subiendo rápidamente por las escaleras de caracol que estaban en
mitad de la sala. Steve dio un suspiro.
Siguiéndole tranquilamente, mientras ella se perdía entre las tres únicas habitaciones
que poseía la casa en la segunda planta.
392
marcando el número nuevamente. A sus espaldas estaba ella, bajo una enorme
sabana de punto, las que habían usado para proteger los muebles cuando los
trasladaron desde el almacén hasta allí.
—Eres una mala perdedora—musitó emitiendo esa adorable sonrisa torcida que
Emilia adoraba locamente.
—Hiciste trampa.
(….)
393
Agradecimientos
Hay tantas personas importantes que me dieron ánimos de terminar este proyecto
que, creo, no me alcanzaría la hoja para nombrarlas.
Pero he aquí el resultado de un camino largo y divertido, al cual tengo que rendirle
homenaje a las chicas que con sus consejos sobre la trama me iluminaron cuando la
inspiración faltaba, también a una persona que está lejos, pero nuestras almas muy
cerca.
Laura y Evelin, joder, ustedes mis trollsitos, les agradezco la emoción y diversión
que le dan a mis años de universitaria [guiño de :3]
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