Hacia el siglo XII ( 12 ), expandidos y asentados en el valle del Cuzco, los incas constituyeron un
imperio que dominó gran parte del territorio de la América del Sud pre-hispánica, subordinando a
las poblaciones precolombinas de los alrededores.
A partir de la conquista incaica, entonces, la vestimenta sirvió para diferenciar las distintas etnias
y territorios, como así también la clase social. Las mujeres vestían de manera sencilla. Lo que las
diferenciaba a una de otras según su clase, no era la complejidad en la confección sino la calidad
de los géneros con que estaban fabricados los vestidos. La ropa típica era una túnica rectangular
que se colocaba por la cabeza, ancha, que se ceñía a la cintura con un lazo y cuya extensión
llegaba hasta los tobillos. Sobre el vestido, llevaban una capa tejida de alpaca. Las damas de la
nobleza tenían el privilegio de llevar telas más sofisticadas y coloridas, como así también capas
de vicuña.
En cuanto al peinado, las mujeres lo usaban con una ralla al medio y muy largo. Al igual que la
ropa, que no solo tenía carácter funcional, el cabello también connotaba estados particulares de
la persona: durante el duelo se llevaba más corto, como signo de belleza representaba un
especial cuidado, etc. Los peinados iban cubiertos con un pequeño manto llamado ñañaca o
pancpacuna.