MITOS, LEYENDAS Y CUENTOS PERUANOS (SELECCIÓN)
Edición de José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos
Amplia y cuidada recopilación de relatos tradicionales de todas las regiones del Perú. Contiene
narraciones populares recogidas por maestros y alumnos de la Costa, la Sierra y la Selva del
Perú, todas seleccionadas y anotadas por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. Este
libro fue publicado por la Dirección de Educación Artística y Extensión Cultural del Ministerio
de Educación Pública, el año 1947.
1. El pueblo de Narihualá (Piura)
A pocos kilómetros de la ciudad de Catacaos existe un pueblecito llamado Narihualá. Este
pueblo, según relatos históricos y los restos encontrados, fue poblado por varias tribus. En
tiempo en que los tallanes poblaron esta ciudad, vivían formando ayllus que se dedicaban al
pastoreo y la agricultura.
Al tener noticias de que el conquistador Francisco Pizarra se encontraba cerca del pueblo, se
llenaron de espanto, y se enterraron vivos, con todas las riquezas que poseían, a fin de que los
españoles no se apoderaran de ellas. También dicen que este pueblo tenía un grandioso
templo dedicado al culto del Sol, adornado con objetos de gran valor. Entre estos objetos
existía una campana de oro; al descubrirla, los españoles se llenaron de admiración; y aumentó
más su codicia. Se arrojaron para capturar la campana, pero ella se desplomó, y cayó al suelo,
hundiéndose; y no fue posible encontrarla a pesar de los esfuerzos de los españoles. Hoy este
pueblo tiene pocos habitantes; y todavía existen paredes de casas antiguas. La iglesia está
construida sobre una lomita de tierra, a la cual se ha denominado el Alto de Narihualá.
Cuentan los pobladores que el día de Viernes Santo sale un indiecito que lleva en la mano
derecha un candil encendido y en la izquierda una campana que al tocarla hace gran ruido; y
que este día es el apropiado para hacer la búsqueda de los objetos enterrados.
Muchas veces han encontrado sepulcros rodeados de objetos de oro, plata y huacos que
contienen dentro gran cantidad de perlas.
Está prohibido por el gobierno y las autoridades apoderarse de estas riquezas, aplicando
serios castigos a los que desobedecen esta orden.
2. La laguna encantada (Lima)
No sé en qué lugar de Cañete hay una laguna pequeña, cuyas aguas son calientes, y en las que
nadie se puede bañar, porque sale un animal raro en medio de la laguna, y empieza a dar
vueltas formando espuma, y se oye luego, como a lo lejos, los acordes de una marcha
guerrera.
Esta laguna está rodeada de cerros, y solo se le encuentra de casualidad. Según dice la
leyenda, el agua cambia de color; y muchos pastores que han encontrado esta laguna no la
han podido ver por segunda vez, porque cuando llegaban al sitio esta ya había desaparecido.
La misma persona solo puede verla una vez.
3. La fiesta de los negros (Callao)
Cuenta la historia que hace muchos años el famoso puerto del Callao se extendía hasta la isla
de San Lorenzo, pero que debido a un castigo mandado por Dios, se ha reducido a lo que es.
Dicen que los negros festejaban a un dios desconocido, danzando los bailes más inmorales,
que causaban escrúpulos entre los chalacos que los presenciaban. Quiso Dios poner fin a esta
fiesta escandalosa de los negros, y como para borrar esta falta puso todo su vigor sobre las
aguas tranquilas del océano, haciendo que crecieran enormemente las olas, y buscando
terreno donde extenderse, taparon inmensas áreas del puerto, trayendo el es-panto y terror
de los negros. Estos corrieron a salvar sus vidas, pero todo fue en vano. Nunca más el mar
azotó como aquel día.
Sin embargo, todos los años para Semana Santa el mar se embravece, como recordando que
en tiempos antiguos estos terrenos no le pertenecían.
4. La campana María Angola (Cusco)
La famosa campana denominada María Angola que actualmente se halla en la torre de la
catedral del Cusco, tuvo un hermano llamado Mariano. Ambos vinieron volando por el espacio,
cada cual con una cadena de oro, previa apuesta: quien llegase primero a la milenaria ciudad y
lograra colgarse en la torre de la catedral, debía tocar para anunciar su triunfo. Así fue que,
emprendiendo el vuelo juntos, María Angola ganó a Mariano, dejando oír por primera vez su
potente voz en la capital de los incas; entonces, Mariano, que recién se encontraba a la altura
de la laguna de Huaypo, escuchó la voz de su hermana, avergonzándose profundamente de ser
menos que ella y, desesperado, se arrojó violentamente a las aguas de dicha laguna, haciendo
crujir su cadena de oro. Y dicen que, en cada Luna nueva o cuarto menguante, sale al camino la
hermosa campana de brillantes reflejos, y que cuando algún transeúnte se aproxima, vuelve a
arrojarse a la laguna.
5. El toro encantado (Ayacucho)
Rasuhuillca es una laguna situada a unos quince kilómetros de la población de Huanta. Está en
medio de otras tres lagunas que la rodean, pero Rasuhuillca es la más grande, por lo tanto, la
principal. La laguna está en la cima de un cerro que domina la entrada del pueblo, y por eso se
ha construido en ella una represa que suministra agua para el regadío, y para el consumo del
pueblo.
La tradición huantina dice que dentro de esta laguna se encuentra un toro negro, hermoso y
corpulento, sujeto con una cadena de oro cuyo extremo guarda una anciana de cabellos canos.
Hace muchos años, el toro logró vencer a la anciana y salió a la superficie; e inmediatamente
las aguas de la laguna se embravecieron y rompieron los diques con grandes oleajes,
inundaron Huanta, arrasaron toda la población produciendo grandes estragos; entonces, los
indios de la altura, al darse cuenta de esto, procedieron rápidamente a echar lazo al toro y lo
hundieron nuevamente. Desde aquel día la gente teme que otra vez el toro pueda escaparse y
la laguna inunde la floreciente y progresista ciudad de Huanta.
6. Una ciudad de enanos (Ancash)
Cuentan que una señora de Patazca, en época de hambruna, salió en busca de alimentos para
sus hijos. Fue por un camino muy largo hasta que llegó a un peñasco; ese peñasco tenía una
boca en forma de cueva; la señora penetró en ella, y dicen que era como un túnel; siguió por el
túnel y al terminarlo se encontró con una ciudad muy grande y hermosa que era habitada por
unos hombrecitos de sesenta a setenta centímetros de altura. Entonces la señora al ver esto se
impresionó mucho; y todos los hombrecitos salieron a su encuentro y la recibieron con gran
alegría y cariño; y dijeron a la señora que llevara a toda su familia, que allí no les faltaría nada,
que tendrían abundante comida. Vio cómo hacían la siembra; con gran cuidado araban los
surcos y, en vez de bueyes, tenían un par de carneros que les servían para arar la tierra.
La señora salió de esa ciudad con el propósito de regresar con todos sus hijos y toda su familia.
Al llegar la señora a su casa con los alimentos que llevaba, contó lo sucedido a sus hijos y a
todas sus amistades. Todos los que oyeron la noticia se dirigieron a la ciudad de los enanos;
pero al ver que tanta gente de ese pueblo desaparecía por el túnel, taparon la boca del
peñasco. Y no se supo más de las personas que penetraron en ese túnel.
7. El castigo de una madre (Áncash).
Se cuenta que en un caserío que pertenecía al distrito de Ocros sucedió lo siguiente: un señor
tenía su madre viva, la cual ya era ancianita. Este hombre estaba en cosecha de papas. Un día,
su madre fue a visitarlo, llevando un pedazo de carne para regalar a su hijo. La esposa del
hombre vio a lo lejos que venía la viejecita; y le dijo a su esposo: «Ahí viene tu mamá,
seguramente a pedirte papas». El hombre le contestó: «Mejor sería que me escondieras con
las hojas de la papa, hasta cuando ella se regrese». Así hizo la mujer. Pero la madre ya había
visto la simulación. La pobre llegó a la era de papas, preguntó por su hijo, y la mujer le
contestó que no estaba. La pobre señora se regresó; y cuando ya estaba lejos, la mujer,
contenta, fue a descubrir a su marido. Cuál no sería su sorpresa al ver los brazos y piernas del
hombre convertidos en serpientes que seguían distintas direcciones. Desesperado, el hombre
gritaba pidiendo perdón a su madre: «¡Madre! ¡Madre! ¡Madre mía, perdóname!». Ella había
oído los gritos, pero no hizo caso.
La gente al oír los gritos se reunió inmediatamente; juzgaron la causa; y viendo que era castigo
de Dios, quemaron al hombre en el mismo sitio donde estaba.
8. La sirena (Amazonas).
Cuentan que en la laguna de Pomacochas existe un ser misterioso, mitad pez y mitad mujer: es
la sirena. Tiene largos y rubios cabellos adornados con peinetas de oro y piedras preciosas, y
unos ojos tan magnéticos, que adormecen a quien los mira.
Durante la estación primaveral sale a las orillas de la laguna, especialmente en el sitio
denominado Desaguadero, a peinarse en una bandeja de oro. Para esto escoge los días martes
y miércoles, al amanecer. Cuando alguien va a morir ahogado, anuncia la desgracia entonando
extrañas canciones, con una voz muy melodiosa.
En ciertas temporadas se le ocurre remover las aguas de la laguna y levantar tempestades, con
el fin de hacer virar, naufragar, alguna canoa, donde viaja una persona de su simpatía. Si lo
consigue, arrastra a esta hasta su palacio y allí la guarda eternamente.
Cuando las orillas de la laguna no estaban despejadas todavía, muchas criaturas
desaparecieron de las chacras próximas, donde cuidaban los maizales para que no los comiera
el loro. Se presume que siguen viviendo en la ciudad de las sirenas, bajo las aguas, y que se
hacen visibles en las noches de Luna mala.
9. Cachihuañusca (Loreto)
A las orillas del río Huallaga, abajo del fundo Santa Rosa, hay una colina. Cuentan los
moradores de esa zona que todas las alturas que existen allí eran cerros de sal piedra, de
donde extraían dicho producto para su consumo.
Vivía en esa zona un brujo temible llamado Camahuari. Una epidemia de viruela asomó por
primera vez al lugar, y lo asoló. Los pocos habitantes que quedaron atribuyeron al brujo
Camahuari esa enfermedad y juraron vengarse matándolo. Capturaron al brujo y lo sometieron
a toda clase de tormentos y ya por agonizar el brujo les lanzó esta maldición: «Cunanmanta
pacha manan tiapus- hunquichu cachita» («Desde hoy no tendréis jamás sal»), y expiró.
Días después, cuando les faltó este artículo, fueron por él y encontraron los cerros de sal
convertidos en cerros de yeso y exclamaron: «Cachitani huañushca» («La sal ha muerto»). Y
desde entonces esa colina de la orilla del río Huallaga se llama Cachihuañusca, «sal muerta».
10. La pinsha (Loreto)
A la orilla de una laguna, en la provincia de Ucayali, vivía un matrimonio que solo tenía un hijo,
al cual criaron en medio de mimos y halagos, por ser el único. Más tarde, los padres desearon
enseñar al muchacho algún oficio, pero este resultó un holgazán; odiaba el trabajo y ni se
preocupaba por buscar algo para su alimentación, pues solo se contentaba con beber agua.
Los padres le llamaban continuamente la atención, aconsejándole y haciéndole presente mil
ejemplos para inspirarle amor al trabajo, mas él no les hacía caso. Pero tanto va el cántaro al
agua que se rompe. Pasó un día por ese lugar una comadre de dicha familia, la que tenía una
gran nariz como espada y que entendía de brujerías. Enterada de los sufrimientos de sus
compadres y compadecida de estos, se propuso castigar al mal hijo, así como por la burla de
que fue objeto por parte de aquel a causa de su nariz muy grande. Para esto, esperó unos días,
y en una noche de Luna nueva, después de efectuar algunas prácticas de brujería, transformó
al muchacho en un pájaro con un pico larguísimo —por haberse burlado de su nariz—,
condenándolo de esta manera a no poder beber agua, ni de una fuente, ni de un río, sino solo
de la lluvia, cuando cae del cielo.
Desde entonces existe la pinsha y se oye su canto, pidiendo agua a Dios.
11. La pampa del Indio Viejo (Arequipa)
Voy a contar una historia o leyenda de Caravelí. Esta de la pampa del Indio Viejo me la contó
mi mamá, a ella se la contó mi bisabuelita; así es que no sé de qué tiempo será.
En Caravelí, a un costado del pueblo, como sesgándolo, hay una pampa en la que se
encuentran tres cerros: dos de ellos son más grandes y el otro es más pequeño. Cuentan de
esta manera su origen: una vez salieron un indio con su mujer y su hijo a buscar leña por la
pampa. Entonces empezaron a bramar los cerros. Es que habían penetrado en una zona
sagrada.
Los indios sintieron el ruido de los cerros, que estaban airados porque esas miserables gentes
se habían atrevido a caminar en sus faldas, lo cual era una profanación. La india dijo a su
esposo que allí, dentro de esos cerros, había minas riquísimas. Y su esposo dejó escapar por
sus labios el deseo de poseer algo de esos inmensos tesoros. Al oír esto, los espíritus de los
cerros se enfadaron y convirtieron a los tres indios en tres cerros. El primer cerro es el indio
que se quedó sentado chacchando su coca, el otro cerro es la india; dicen que tiene la falda
más ancha porque la mujer se quedó sentada hilando. El cerro más pequeño es el indiecito,
quien por causa de sus padres fue convertido en cerro. Así, tal como fueron a buscar la leña,
castigados por su mal deseo, quedaron para siempre en ese lugar. Y cuando suenan las
campanas a las doce del día o a las seis de la tarde, dicen que los cerros braman: se quejan los
indios de su terrible castigo. Pero cuentan que dentro de ellos existen minas, ¿y de qué les
sirve a los indios tener riquezas en sus entrañas si ahora son cerros? Por eso siguen bramando
su tristeza. A veces dicen que el Indio Viejo muge como un toro. Esta es la historia de por qué
le llaman a ese lugar la pampa del Indio Viejo.
12. El féretro ambulante (Puno)
En Ayaviri, cuando las noches no eran alumbradas por lámparas y aún no se había instalado la
luz eléctrica, y la Luna era la única que alumbraba las calles, la gente salía solamente en las
noches que había Luna.
Contaban los noctámbulos que, en ese tiempo, pasadas las doce de la noche, el féretro que se
guardaba en la iglesia, y que era un rústico ataúd de palos, en el que se llevaba los restos de
todos los pobres que no podían costearse el cajón; ese féretro salía de noche a recorrer las
calles, produciendo un ruido macabro, como de osamenta que se tumba y se levanta. Cuenta
un vecino antiguo que, al tener noticia de esta leyenda, se aventuró a subir a la torre de la
iglesia, para comprobar si era efectivamente cierta la historia de que el féretro salía en las
noches de Luna; y observó que, pasadas las doce de la noche, crujió el féretro dando tumbos; y
se dirigió al centro de la plaza. Movido por el susto, el hombre tocó la campana y fue entonces
cuando el féretro precipitadamente regresó a la iglesia; al poco rato nuevamente salió el
féretro y avanzó hasta la es-quina opuesta de la plaza; el observador tocó la campana, y el
féretro nuevamente regresó al templo.
Por tercera vez volvió a salir el féretro; y entonces, el observador quiso percatarse hacia qué
lugar se dirigía; y con gran asombro vio que el féretro doblaba una de las calles y entraba en la
casa de una familia apellidada Bustinza; y que de esta salió conducido por cuatro hombres
vestidos de negro, que llevaban cuatro velas encendidas; y traían un cadáver. El observador se
retiró tembloroso y estupefacto. Y a los ocho días murió un miembro de dicha familia. Por esto
ha quedado la tradición de que ocho días antes de que fallezca un vecino, el féretro se
anticipa.