[ PÍO BAROJA (1872–1956)
]
LA SIMA
El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte,
bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol,
se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla
azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más
abajo por blancas estrías de nieve.
El pastor y su nieto apacentaban su rebaño de cabras en el monte, en la
cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de
granito el pico de la Corneja.
El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros,
zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y
en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de
espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la
corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no
afeitada en varios días, blanquecina y sucia.
El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía
zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y
contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un
grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga,
argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas.
El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas
sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales
de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en
flor…
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En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de
hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de
carrascas y de roble bajo.
Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras
de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares
de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían
sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y
gigantescos cetáceos. Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las
hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo.
Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por
la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores,
unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa
desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del
silencio.
–Volvamos, muchacho –dijo el pastor–. El sol se esconde.
El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló
su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo
las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho
cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño
comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la
hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual,
acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.
–¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño?
–preguntó el pastor.
–Lo vide, abuelo –repuso el muchacho.
–Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si
no le tengo malquerencia a esa bestia.
–Y eso, ¿ por qué vos pasa, abuelo?
–¿ No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?
–¿Y eso será verdad, abuelo?
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–Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar.
Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la
veyeron por los aires entre bandas de culebros.
El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este
modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la
vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado.
Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la
cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a
poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del
antiguo castillo de los señores del pueblo.
–Abre el zarzo, muchacho –gritó el pastor al zagal.
Éste retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar
por la puerta del cercado, estrujándose unas con otras. Asustose en esto uno
de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo
velozmente.
–Corre, corre tras él, muchacho –gritó el viejo, y luego azuzó al mastín,
para que persiguiera al animal huido.
–Anda, Lobo. Ves a buscallo.
El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.
–¡Anda! ¡Alcánzale! –siguió gritando el pastor–. Anda ahí.
El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma;
a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su
gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama,
iba haciendo cabriolas y dando saltos.
El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los
dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte
abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta. Al
llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente
perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y
desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos,
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era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el
muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la
pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío.
El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al
borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar
donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.
–¡Maldita bestia! –murmuró el viejo–. Ahora volveremos, zagal.
Habemos primero de meter el rebaño en el redil.
Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor
y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El
chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera
sordamente.
–Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré –dijo el zagal.
–Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.
–Descuidad vos, abuelo.
El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla,
dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la
oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en
uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una
mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida
hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el
fondo del abismo. No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve.
El viejo se asomó a la boca de la caverna.
–¡Zagal, zagal! –gritó, con desesperación.
Nada, no se oía nada.
–¡Zagal! ¡Zagal!
Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso
que subía desde el fondo de la caverna.
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Loco, trastornado, durante algunos instantes el pastor vacilaba en
tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y
echó a correr hacia el castillo.
Éste parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino,
aun marchando a campo traviesa; era un castillo ojival derruido, se levantaba
sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su
ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones
fantásticas.
El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba
de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte,
dulce y soñadora pupila que contempla el valle.
El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada;
atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de
escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la
antigua mansión señorial.
En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho
con estacas y paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce
hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos
tizones encendidos.
El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los
hombres, cogió uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo.
Dirigidos por el viejo, fueron camino del descampado, en donde se hallaba la
cueva.
La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que
había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los
cabreros grandes y extrañas proporciones.
–¿Y si esa bestia fuera el dimoño? –dijo uno.
–Bien podría ser –repuso otro.
Todos se miraron, espantados.
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Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres
monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas;
brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores.
Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón
palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la
boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de
pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a
revolotear en el aire.
–¿Quién abaja? –preguntó el pastor, con voz apagada.
Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya
que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha
encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y
desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna
debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de
haber llegado.
De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo
del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo
más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.
–¿Qué viste? ¿Qué viste? –le preguntaron todos.
–Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.
El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.
–No abaja nadie –murmuró, desolado, el pastor–. ¿Vais a dejar morir al
pobre zagal?
–Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño –dijo uno–. Abajad
vos, si queréis.
El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del
negro agujero.
Oyose en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de
un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.
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–No me atrevo… Yo tampoco me atrevo –dijo, y comenzó a sollozar
amargamente.
Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los
rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo
formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces
y seguían su camino hacia el pueblo.
Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que
cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la
boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella,
vago, lejano y misterioso.
Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor
curiosidad.
Oyose de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia
un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el
monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último.
Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó lo que pasaba. Al
ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se
arrodillaron todos. A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acercarse
hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza
inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos;
contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia;
chisporroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de
silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.
Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los
hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito.
Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos,
lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.
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