Valerie es una chica que ha huido de casa y se ha ido a Nueva York.
Allí
conoce a un grupo de amigos un tanto peculiar que vive en la laberíntica red
de túneles del metro de la ciudad. Y esos amigos le hablan a Val de un
monstruo al que quieren dar caza. Muy pronto Val descubrirá que el
monstruo podría ser la clave de su propia supervivencia… a medida que
empieza a ver con temor en qué se están convirtiendo sus amigos.
Holly Black
Valor
ePub r1.0
Titivillus 22.07.2022
Título original: Vallant
Holly Black, 2005
Traducción: Jaime Valero Martínez
Ilustraciones: Kathleen Jennings
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para mi marido, Theo,
porque le gustan las chicas con angustia existencial.
Aprenderé de la hoja y de la flor
a teñir de color cada gota que ostentan,
para así convertir el vino inerte del dolor
en oro puro y reluciente.
SARA TEASDALE, «ALQUIMIA».
L a arbórea se asfixiaba a causa del veneno, mientras le bullía la savia
que hacía las veces de su sangre. Ya había perdido casi todas sus hojas,
pero las que conservaba se ajaron y se marchitaron a lo largo de su espalda.
Extrajo sus raíces de las profundidades del suelo, unos zarcillos largos y
velludos que se encogieron al sentir la brisa fría de finales de otoño.
Una verja de hierro había rodeado su tronco durante años, el hedor
metálico resultaba tan reconocible como cualquier pequeño achaque. El
hierro la abrasó mientras arrastraba sus raíces por encima. La arbórea se
desplomó sobre la acera de hormigón, sus aletargados pensamientos
vegetales se plagaron de dolor.
Un humano que paseaba a dos perritos chocó con el muro de ladrillo de
un edificio. Un taxi frenó en seco y tocó el claxon con estrépito.
La arbórea derribó una botella con sus ramas, mientras se alejaba a
gatas del metal. Se quedó mirando aquel oscuro recipiente de cristal que
echó a rodar hacia la calle, se fijó en los restos agrios de veneno que
goteaban desde el cuello de la botella, y reconoció la caligrafía de la
pequeña tira de papel sujeta con cera. El contenido de esa botella tendría
que haber sido un tónico, no el instrumento de su muerte. Intentó
incorporarse de nuevo.
Uno de los perros comenzó a ladrar.
La arbórea notó cómo el veneno actuaba en su interior, cortándole el
aliento y nublándole la mente. Estaba gateando hacia alguna parte, pero ya
no recordaba hacia dónde. Unas manchas oscuras, que parecían moratones,
se extendieron por su tronco.
—Ravus —susurró, mientras se le agrietaba la corteza de los labios—.
Ravus.
Lo que es aquí, como ves, hace falta correr cuanto
se pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se
quiere llegar a otra parte, ¡hay que correr por lo
menos el doble de rápido!
LEWIS CARROLL, A TRAVÉS DEL ESPEJO.
V alerie Russell notó el roce de algo frío en la parte baja de la espalda,
se dio la vuelta y soltó una bofetada sin pensar. Su mano impactó
contra una superficie carnosa. Una lata de refresco cayó al suelo de
hormigón del vestuario y echó a rodar, dejando un charco de un líquido
parduzco, viscoso y burbujeante. Las demás chicas interrumpieron el
proceso de ponerse el chándal y soltaron una risita. Con las manos alzadas
en un gesto burlón de conciliación, Ruth se echó a reír.
—Solo era una broma, princesa Tipadura de Machacalandia.
—Lo siento —se obligó a decir Val, pero aquel repentino arrebato de ira
no se había disipado del todo y se sintió como una idiota—. ¿Qué estás
haciendo aquí? Creía que exponerte al sudor te producía urticaria.
Ruth se sentó en un banco verde. Lucía un aspecto muy glamuroso con
su chaqueta de terciopelo vintage y su larga falda a juego. Tenía unas cejas
finas, pintadas con lápiz, y los ojos contorneados con delineador negro y
sombra roja. Tenía el pelo oscuro y lustroso, más pálido en las raíces, con
unas trencitas moradas entrelazadas. Dio una honda calada de su cigarrillo
de clavo aromático y lanzó el humo en dirección a una de las compañeras
de equipo de Val.
—Solo si el sudor es mío.
Val puso los ojos en blanco, pero sonrió. Ruth y ella eran amigas de
toda la vida, desde hacía tanto tiempo que Val estaba acostumbrada a
sentirse eclipsada por ella, a ser la «normal», la destinataria de los
comentarios ingeniosos, no la que los emitía. Le gustaba ese papel; le hacía
sentir segura. Si Ruth fuera Batman, ella sería su Robin. La Chewbacca de
su Han Solo.
Val se agachó para quitarse las zapatillas y se miró en el espejito de la
puerta de su taquilla, donde vio varios mechones de cabello anaranjado que
asomaban bajo su bandana verde.
Ruth se teñía el pelo desde que iba a quinto de primaria, primero con los
tintes que vendían en el supermercado, y luego con colores tan bonitos
como disparatados, como el verde sirena y el rosa chicle, pero Val solo se
había teñido el pelo una vez. Escogió un tono caoba que compró en una
tienda, más oscuro e intenso que su color natural pero solo sirvió para
ganarse un castigo. Por aquel entonces, su madre la castigaba cada vez que
hacía algo que demostrara que se estaba haciendo mayor. Su madre no
quería que se comprase un sujetador, ni que se pusiera minifalda, ni que
saliera con nadie hasta el instituto. Y ahora que estaba en el instituto, de
repente su madre le daba la tabarra con consejos sobre maquillaje y citas
románticas. Val se había acostumbrado a recogerse el pelo con una bandana,
a vestir con vaqueros y camiseta, y no quería cambiar.
—Tengo varias estadísticas para el proyecto del bebé de harina, y he
seleccionado varios nombres posibles para él.
Ruth se quitó la gigantesca bandolera que llevaba colgada. La solapa
delantera tenía manchas de pintura estaba cubierta de chapas y pegatinas:
un triángulo rosa que empezaba a despegarse por los bordes, una chapa con
un mensaje escrito a mano que decía «Estoy en ello» otra más pequeña con
el lema: «Algunas cosas existen, lo creas o no», y una docena más.
—He pensado que a lo mejor podrías venirte a casa esta noche para
trabajar en ello.
—No puedo —respondió Val—. Después del entrenamiento he quedado
con Tom para ir a la ciudad a ver un partido de hockey.
—Anda, mira. Algo que te apetece hacer a ti, para variar —repuso Ruth,
mientras se enroscaba una trencita morada alrededor del dedo.
Val frunció el ceño. Era consciente del tonillo irónico que adoptaba su
amiga cada vez que hablaba de Tom.
—¿Crees que no le apetece ir? —inquirió—. ¿Te ha dicho algo?
Ruth negó con la cabeza y le dio otra rápida calada a su cigarrillo
aromático:
—No, no. Para nada.
—Si nos da tiempo, estaba pensando que podríamos ir al Village
después del partido. A dar un paseo por la calle San Marcos.
Hacía apenas un par de meses, durante la feria municipal, Tom le puso
una calcomanía en la parte baja de la espalda. Para ello, se arrodilló y lamió
la zona para humedecerla antes de presionar el adhesivo sobre su piel. Pero,
ahora, le costaba un triunfo conseguir que la besara.
—La gran ciudad en plena noche. Qué romántico.
Ruth lo dijo de tal manera que parecía querer decir todo lo contrario.
—¿Qué? ¿Se puede saber qué te pasa?
—Nada —respondió Ruth—. No sé, será que este obnubilada. —Se
abanicó con una mano—. Demasiadas chicas semidesnudas en un mismo
lugar.
Val asintió, pero no se quedó muy convencida.
—¿Has revisado esas conversaciones por chat, como te dije?
¿Encontraste esa en la que te envié unas estadísticas sobre hogares
compuestos solo por mujeres para el proyecto?
—No me ha dado tiempo. Mañana lo miro, ¿vale? —Val puso cara de
fastidio—. Mi madre se pasa el día enchufada. Se ha echado un novio
nuevo por internet.
Ruth imitó el ruido de unas arcadas.
—¿Qué? —replicó Val—. Creía que apoyabas el amor virtual. ¿No
fuiste tú la que dijo que era como amar con la mente? ¿Un amor espiritual
sin el estorbo de la carne?
—Espero no haber dicho eso. —Ruth se presionó frente con el reverso
de la mano e inclinó el cuerpo hacia atrás, fingiendo un desmayo. Luego se
recobró de repente y se enderezó—. Oye, ¿te has hecho la coleta con una
goma elástica? Te vas a quedar calva. Ven aquí, creo que tengo un coletero
y un peine.
Val se sentó a horcajadas en el banco, delante de Ruth, y dejó que le
quitara la gomita.
—¡Ay! Lo estás empeorando.
—No seas quejica.
Ruth le peinó el pelo hacia atrás y lo introdujo a través del coletero,
dejándolo tan tirante que Val sintió como si se le fueran a partir los pelillos
de la nuca.
Jennifer se acercó y se apoyó sobre su palo de lacrosse. Era una chica
del montón, grandota, que iba a la misma clase que Val desde el parvulario.
Siempre iba impoluta, desde su cabello reluciente hasta el fulgor
centelleante de sus medias y de sus pantalones cortos, sin una sola arruga.
Además, era la capitana del equipo.
—Eh, vosotras, haced eso en otra parte.
—¿Temes que sea contagioso? —inquirió Ruth con dulzura.
—Vete a la mierda, Jen —dijo Val, cuya respuesta fue más tardía y
mucho menos ingeniosa.
—Aquí no se puede fumar —dijo Jen, pero no estaba mirando a Ruth.
Estaba mirando el chándal de Val.
Tom lo había decorado por un lateral: había dibujado una gárgola con
rotulador permanente a lo largo de una de las perneras. El otro lado estaba
cubierto en su mayoría por eslóganes o frases aleatorias que Val había
escrito con un puñado de bolis diferentes. Seguramente, aquello no
encajaba en el concepto de uniforme de entrenamiento que tenía Jen.
—Olvídalo. De todas formas, tengo que irme. —Ruth apagó el cigarrillo
en el banco, dejando un cráter negruzco sobre la madera—. Chao, Val.
Chao, pringada.
—¿Se puede saber qué te pasa? —le preguntó Jennifer con suavidad,
como si de verdad quisiera congraciarse con Val—. ¿Por qué te juntas con
esa? ¿No ves que es una friki?
Val miró al suelo, captando las cosas que Jen estaba insinuando: «¿No
sabes que la gente que se junta con frikis suele ser mala en los deportes?
¿Te pongo cachonda? ¿Por qué no dejas el equipo antes de que tengamos
que echarte?».
Si la vida fuera un videojuego, Val habría utilizado su movimiento
especial para lanzar a Jen por los aires y estamparla contra la pared con dos
golpes del palo de lacrosse. Aunque, claro, si la vida fuera de verdad un
videojuego, lo más probable es que Val tuviera que hacer eso en bikini y
con unas tetas gigantes, cada una de ellas compuesta por unos polígonos
animado por separado.
En la vida real, Val se mordió el labio y se encogió de hombros, pero
apretó los puños. Ya se había visto envuelta en dos peleas desde que se unió
al equipo, y no podía permitirse participar en una tercera.
—¿Qué pasa? ¿Es que no sabes hablar si no está tu novia delante?
Val le pegó un puñetazo en la cara.
Con los nudillos al rojo vivo, Valerie dejó caer su mochila y el palo de
lacrosse en el suelo de su cuarto, que ya estaba atestado de cosas. Tras
rebuscar entre su ropa, sacó unas bragas y un sujetador deportivo que le
hacía parecer aún más plana de lo que ya era. Luego, tras sacar de la cesta
de la colada unos pantalones negros que pensó que estarían limpios y una
sudadera con capucha verde, salió al pasillo y estrujó con sus botas de tacos
unos libros de cuentos de hadas que se habían desprendido de las pastas y
dejó un reguero de tierra sobre un puñado de cajas de videojuegos
desperdigadas. Oyó cómo se resquebrajaba el plástico bajo sus talones e
intentó salvar unas cuantas apartándolas de un puntapié.
Entró al baño del pasillo y se quitó el uniforme. Se pasó una toallita por
las axilas y volvió a echarse desodorante, después comenzó a vestirse, y
solo hizo una pausa para inspeccionarse la piel magullada de las manos.
«Has gastado tu último cartucho —le había dicho el entrenador. Val lo
estuvo esperando en su despacho durante tres cuartos de hora mientras las
demás entrenaban, y cuando por fin llegó, supo lo que iba a decir antes
incluso de que abriera la boca—. No podemos permitirnos tenerte en el
equipo. Estás afectando a la química del grupo. Tenemos que ser una piña
con un único objetivo: ganar. Lo entiendes, ¿verdad?».
Alguien llamó a la puerta una sola vez antes de abrirla. La madre de Val
apareció en el umbral, con la mano todavía en el picaporte. Lucía una
manicura perfecta.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Val se mordió el labio partido y se lo inspeccionó en el espejo. Se había
olvidado de ese detalle.
—Nada. Ha sido un accidente durante el entrenamiento.
—Estás hecha un adefesio.
Su madre se apretujó en el baño, sacudiendo su melena corta y rubia, en
la que acababa de aplicarse mechas, hasta que las dos aparecieron reflejadas
en el espejo. Cada vez que iba a la peluquería, le aplicaban más y más
reflejos, hasta que el tono castaño original quedaba sepultado bajo una
creciente marea amarilla.
—Muchas gracias —replicó Val, un poco molesta—. Voy a llegar tarde.
Tarde. Tarde. Como el conejo blanco.
—Espera.
Su madre dio media vuelta y salió del baño. Val la siguió con la mirada
a través del pasillo, hasta el papel rayado de la pared, donde estaban
colgadas las fotografías familiares. Su madre cuando quedó subcampeona
en un concurso de belleza. Valerie con aparato en los dientes, sentada al
lado de su madre en el sofá. Los abuelos delante del restaurante que
regentaban. Otra vez Valerie, sosteniendo en brazos a su hermanastra
cuando era un bebé, en casa de su padre. Las sonrisas de sus rostros
congelados parecían una caricatura, y sus dientes al aire resultaban
demasiado blancos.
Al cabo de un rato, su madre regresó con un neceser con un estampado
de piel de cebra.
—Estate quieta.
Valerie alzó la cabeza y frunció el ceño, mientras se anudaba sus
Converse favoritas, que eran de color verde.
—No hay tiempo. Tom llegará en cualquier momento.
No se había acordado de ponerse el reloj, así que le remangó la blusa a
su madre para ver qué hora era. Confirmado: iba retrasadísima.
—Tom sabe dónde está la puerta. —Su madre se embadurnó el dedo
con un potingue espeso y bronceado, y comenzó a aplicárselo con suavidad
bajo los ojos.
—El corte lo tengo en el labio —protestó Val. No le gustaba pintarse.
Cada vez que se reía, se le saltaban las lágrimas y se le corría el maquillaje
como si hubiera estado llorando.
—Te vendrá bien un poco de color en la cara. Los neoyorquinos se
arreglan mucho.
—Solo es un partido de hockey, mamá, no voy a la ópera.
Su madre soltó su típico suspiro, con el que parecía insinuar que Val se
daría cuenta algún día de lo equivocada que estaba. Sacó un cepillo para
aplicarle en la cara unos polvos con color, y luego otros incoloros. Después
le aplicó más, pero esta vez en los ojos. Val recordó su graduación del
colegio, el verano anterior, y confió en que su madre no intentara replicar
ese aspecto pringoso y brillante. Por último, le dio una pasada con el
pintalabios. Aquello provocó que le escociera la herida.
—¿Has terminado ya? —le preguntó, mientras su madre empezaba con
el rímel. Cuando miró de reojo el reloj de su madre, comprobó que el tren
iba a salir en quince minutos—. ¡Maldita sea! Tengo que irme. ¿Dónde
narices está Tom?
—Ya sabes cómo es —repuso su madre.
—¿Qué quieres decir? —Val no entendía por qué su madre siempre
tenía que actuar como si conociera a sus amigos mejor que ella.
—Es un chico. —Su madre meneó la cabeza—. Los chicos son pasotas.
Valerie sacó su móvil de la mochila y buscó el nombre de Tom. Le saltó
directamente el buzón de voz. Colgó. De vuelta en su habitación, se asomó
a la ventana, miró más allá de los chavales que se tiraban en monopatín por
la rampa de contrachapado frente a la casa del vecino. No vio ni rastro del
aparatoso Caprice Classic de Tom.
Lo volvió a llamar. Otra vez el buzón de voz.
—Hola, soy Tom. Bela Lugosi está muerto, pero yo, no. Déjame un
mensaje.
—No deberías llamarle tantas veces —dijo su madre, que la siguió hasta
su cuarto—. Cuando encienda el móvil, verá un montón de llamadas
perdidas y sabrá de quién son.
—Me da igual lo que vea —replicó Val, mientras aporreaba los botones
—. De todas formas, esta será la última.
La madre de Val se estiró sobre la cama de su hija y empezó a perfilarse
los labios con un lápiz marrón. Conocía tan bien la forma de su boca que no
necesitó usar espejo.
—Tom —dijo Valerie por el móvil, en cuanto saltó el buzón de voz—,
voy a ir tirando para la estación. No te molestes en recogerme. Nos vemos
en el andén. Si no apareces, me subiré al tren y ya nos veremos en el
estadio.
Su madre frunció el ceño.
—No me hace mucha gracia que vayas tú sola a la ciudad.
—Si no nos montamos en ese tren, llegaremos tarde al partido.
—Bueno, pero al menos llévate este pintalabios. —Rebuscó en el
neceser y se lo entregó.
—¿De qué me va a servir esto? —murmuró Val, mientras se echaba la
mochila al hombro. Aún llevaba el móvil en la mano, lo apretaba tan fuerte
que el plástico se estaba recalentando.
Su madre sonrió y dijo:
—Esta noche tengo que enseñar una casa. ¿Llevas tus llaves?
—Claro —respondió Val. Le dio un beso a su madre en la mejilla e
inspiró su olor a laca y perfume. Sus labios dejaron una marca de color
bermellón—. Si viene Tom, dile que ya me he ido. Y dile también que es un
capullo.
Su madre sonrió, pero con cierta aprensión.
—Espera —dijo—. Deberías esperarle.
—No puedo —replicó Val—. Ya le he dicho que iba tirando.
Dicho eso, corrió escaleras abajo, salió por la puerta y atravesó la
pequeña porción de césped. Fue un paseo corto hasta la estación y le sentó
bien respirar aire fresco. Cualquier cosa que no fuera esperar le sentaría
bien.
El asfalto del aparcamiento de la estación seguía húmedo a causa de la
lluvia del día anterior, y el cielo encapotado amenazaba con volver a
descargar. Mientras atravesaba el aparcamiento, los paneles comenzaron
proferir avisos sonoros y luminosos. Llegó al andén justo cuando el tren se
detenía en la estación, proyectando una bocanada de aire cálido y
maloliente.
Valerie titubeó. ¿Y si Tom se había olvidado el móvil y la esperaba en
su casa? Si ella se iba ahora y él cogía el siguiente tren, puede que luego no
se encontraran. Ella llevaba las dos entradas. Tal vez podría dejarle la suya
en la taquilla, pero puede que no se le ocurriera preguntar allí. Y aunque
todo eso saliera bien, Tom seguiría cabreado. Cuando por fin apareciera, si
es que lo hacía, no tendría ganas para nada más que para discutir. Val no
tenía planeado nada concreto, pero esperaba encontrar un sitio donde
pudieran pasar un rato a solas.
Se mordisqueó el pulgar, levantando un trozo de piel del que fue tirando
hasta desprenderlo. Aquello le produjo una satisfacción extraña, a pesar de
la gotita de sangre que afloró en la superficie, pero cuando la lamió, su piel
le dejó un regusto amargo.
Finalmente, las puertas del tren se cerraron, poniendo fin a su
indecisión. Valerie lo observó mientras salía de la estación, y luego
emprendió el lento camino de vuelta a casa. Se sintió aliviada y molesta al
ver el coche de Tom aparcado junto al Miata de su madre, ante la entrada de
su casa. ¿Dónde se habría metido? Apretó el paso, abrió de golpe la
puerta…
Y se quedó paralizada. Se le cayó el móvil de la mano, que se cerró solo
tras el golpe. A través de la mosquitera de la entrada, vio a su madre
inclinada hacia delante desde el sofá blanco, con la blusa azul desabotonada
por debajo del sujetador. Tom estaba arrodillado en el suelo, con su cresta
en la cabeza, que tenía inclinada hacia arriba para besarla. Tenía las uñas
pintadas con una laca negra y descascarillada, sujetas a unos dedos con los
que se afanaba en desabrochar los botones restantes de la blusa. Los dos se
sobresaltaron al oír el portazo y se giraron hacia ella, mudos de expresión.
Tom tenía los morros cubiertos de pintalabios. Por alguna razón, Val no se
fijó en ellos, sino en las margaritas secas que Tom le regaló cuando
cumplieron cuatro meses juntos. Estaban en lo alto del mueble del televisor,
donde Val las dejó varias semanas antes. Su madre quería que las tirase,
pero se le olvidó hacerlo. Se veían los tallos a través del jarrón de cristal,
cuya parte inferior estaba inmersa en un agua salobre y cubierta de moho.
Su madre profirió un quejido ahogado y se incorporó a duras penas,
mientras se cerraba la blusa.
—Maldita sea, mierda —dijo Tom, que estuvo a punto de desplomarse
sobre la alfombra beis.
Val quiso decir algo incisivo, algo que les dejara por los suelos, pero las
palabras le rehuyeron. Dio media vuelta y se marchó.
—¡Valerie! —gritó su madre, con un tono que sonó más desesperado
que imperativo.
Cuando giró la cabeza, Val vio a su madre en el umbral de la puerta, con
la sombra de Tom asomando por detrás. Valerie echó a correr, con la
mochila rebotando sobre su cadera. No redujo el paso hasta que llegó de
nuevo a la estación de tren. Allí se acuclilló sobre la acera de hormigón y se
puso a arrancar hierbajos mientras marcaba el número de Ruth.
Su amiga cogió el teléfono. Por su manera de hablar, parecía como si se
hubiera estado riendo.
—¿Diga?
—Soy yo —dijo Val. Pensó que le temblaría la voz, pero el tono fue
plano y carente de emoción.
—Ah, hola —dijo Ruth—. ¿Dónde estás?
Val notó la quemazón de unas lágrimas incipientes, pero aun así pudo
seguir hablando sin trabarse:
—He descubierto algo sobre mi madre y Tom…
—¡Mierda! —la interrumpió Ruth.
Valerie se quedó callada un instante, con un mal presentimiento que le
entumeció los brazos y las piernas.
—¿Tú sabes algo? ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
—Me alegra que te hayas enterado —dijo Ruth, que empezó a hablar a
toda prisa, atropellando las palabras—. Quise contártelo, pero tu madre me
rogó que no lo hiciera. Me hizo jurar que no diría nada.
—¿Te lo contó a ti? —Val se sentía estúpida, pero no podía aceptar las
implicaciones de esa revelación—. ¿Tú lo sabías?
—No hablaba de otra cosa desde que se enteró de que Tom se fue de la
lengua. —A Ruth se le escapó una risita, pero se contuvo, incómoda—.
Tampoco es que lleve pasando desde hace mucho, ¿eh? En serio. Te lo
habría dicho, pero tu madre me prometió que lo haría ella. Incluso le dije
que te lo iba a contar, pero ella dijo que lo negaría. Así que intenté dejarte
pistas.
—¿Qué pistas? —Val se sintió mareada de repente. Cerró los ojos.
—Bueno, te dije que revisaras las conversaciones del chat, ¿recuerdas?
En fin, no importa. Me alegra que después de todo te lo haya contado.
—No me lo contó —repuso Valerie.
Se produjo un largo silencio. Val oyó respirar a Ruth.
—Por favor, no te cabrees —dijo al fin—. No podía contártelo. No
podía ser yo la que te lo dijera.
Val colgó el teléfono. Pateó un trozo de asfalto suelto hacia un charco,
después pegó un pisotón en el agua. Su reflejo se desdibujó; lo único que
quedó nítido de ella fueron sus labios, como un tajo rojo sobre un rostro
pálido. Se los frotó con la mano, pero solo sirvió para que color se
extendiera.
Cuando llegó el siguiente tren, Valerie se montó, ocupó un asiento
naranja y resquebrajado, y apoyó frente sobre la fría superficie de plexiglás
de la ventanilla. Le sonó el móvil y lo apagó sin mirar la pantalla. Pero
cuando volvió a girarse hacia la ventanilla, lo que vio fue el reflejo de su
madre. Tardó un instante en comprender que se estaba viendo a sí misma,
maquillada. Furiosa, se dirigió a toda prisa al baño del tren.
Era un cubículo grande y mugriento, con un suelo de goma pegajoso y
paredes de plástico duro. El hedor a orina estaba entremezclado con un
aroma químico a flores. Las paredes estaban decoradas con trozos de chicle.
Val se sentó sobre la tapa del retrete y se obligó a relajarse, a inspirar
hondas bocanadas de aire pútrido. Se hincó las uñas en los brazos y, sin
saber el motivo, eso le hizo sentir un poco mejor, recuperar un poco más el
control.
Le sorprendió la intensidad de su ira. La abrumaba, temió que pudiera
ponerse a gritarle al conductor, a cada pasajero del tren. No se sintió capaz
de resistir el trayecto entero. El esfuerzo por mantener la compostura la
tenía agotada.
Se frotó el rostro y se miró la palma de la mano, que le temblaba
ligeramente y tenía restos bermejos de pintalabios. Abrió la mochila y volcó
el contenido sobre el suelo mugriento, mientras el tren avanzaba entre
sacudidas.
Su cámara traqueteó sobre el suelo de goma, junto con un par de
carretes, un libro del instituto que ya tendría que haber leído “Hamlet”, un
par de coleteros, un paquete de chicles arrugado y un neceser de viaje que le
regaló su madre por su último cumpleaños. Lo abrió como buenamente
pudo; pinzas, tijeras para la manicura y una cuchilla centellearon bajo la
tenue luz. Valerie sacó las tijeras, tocó las pequeñas puntas afiladas. Se
incorporó y se miró en el espejo. Agarró un mechón de cabello y empezó a
cortar.
Cuando terminó, sus zapatillas quedaron rodeadas de mechones
curvados que parecían serpientes cobrizas. Val se deslizó una mano sobre la
cabeza rapada. La tenía pegajosa, a causa del jabón de manos rosa, y áspera
como la lengua de un gato. Observó su reflejo, extraño y vulgar, con una
mirada férrea y los labios fruncidos. Tenía un reguero de pelillos pegados a
le mejillas, que parecían finas limaduras metálicas. Por un momento, no
supo decir qué estaría pensando ese rostro del espejo.
La cuchilla y las tijeras traquetearon hacia el interior del lavabo cuando
el tren hizo otra parada. Sonó la cisterna del váter.
—¿Hola? —dijo alguien desde el otro lado de la puerta—. ¿Va todo
bien ahí dentro?
—Enseguida salgo —respondió Val.
Enjuagó la cuchilla bajo el grifo y se la guardó en la mochila. Tras
colgársela de un hombro, cogió un puñado de papel higiénico, lo humedeció
y se agachó para recoger los restos de pelo.
Volvió a mirarse en el espejo cuando se enderezó. Por un momento, la
persona que le devolvió la mirada parecía un chico joven, con unos rasgos
tan delicados que Val lo consideró un pusilánime. Parpadeó, abrió la puerta
y salió al pasillo del tren.
Regresó a su asiento, notando cómo los demás pasajeros apartaban la
mirada al verla pasar. Miró por la ventanilla y vio pasar de largo las casas
ajardinadas de las afueras, hasta que entraron en un túnel y se quedó a solas
con su nuevo y desconocido reflejo en la ventanilla.
El tren se detuvo en una estación subterránea y Val se bajó, abriéndose
camino entre el hedor de los vapores del tren. Subió por una escalera
mecánica estrecha que no se movía, apretujada entre la gente. La estación
Pensilvania estaba atestada de gente que iba y volvía del trabajo con la
cabeza gacha, y de puestos donde vendían colgantes, bufandas y flores de
fibra óptica que centelleaban con colores cambiantes. Valerie se pegó a una
de las paredes, pasó junto a un tipo mugriento que dormía arropado con un
periódico, y un grupo de niñas con mochila que hablaban a voces en
alemán.
La ira que sintió en el tren se había disipado, y Val atravesó la estación
como si estuviera sonámbula.
Para llegar al estadio tenía que subir otro tramo de escaleras y pasar
junto a una fila de taxis y tenderetes donde vendían salchichas y cacahuetes
dulces. Un tipo le dio un folleto y ella intentó devolvérselo, pero el
repartidor ya estaba lejos, así que se quedó con ese papel en la mano que
prometía CHICAS EN DIRECTO. Lo estrujó y se lo metió en el bolsillo.
Se adentró en un pasillo estrecho, abarrotado de gente, y esperó la cola
ante la taquilla. El joven que estaba al otro lado del cristal la miró cuando
introdujo la entrada de Tom. Pareció sobresaltado. Valerie pensó que podría
deberse a su falta de pelo.
—¿Puedes devolverme el dinero de esta? —preguntó.
—¿Ya tienes otra entrada? —preguntó el taquillero, que la miró con los
ojos entornados, como si estuviera intentando discernir en qué consistía el
timo.
—Sí —respondió ella—. El gilipollas de mi exnovio no ha podido venir.
El taquillero esbozó un gesto comprensivo y asintió con la cabeza.
—Entiendo. Oye, no puedo devolverte el dinero porque el partido ya ha
empezado, pero si me entregas las dos puedo darte otra mejor.
—Está bien —dijo Val, que sonrió por primera vez en todo el trayecto.
Tom ya le había pagado su entrada, así que se alegró de poder cobrarse la
pequeña venganza de conseguir un asiento mejor a cambio de ella.
El taquillero le dio la nueva entrada y Valerie atravesó los tornos, para
después abrirse camino entre la multitud. La gente discutía, con el rostro
colorado. El ambiente apestaba a cerveza.
Tenía muchas ganas de ver ese partido. Los Rangers estaban haciendo
una temporada estupenda. Pero, aunque no hubiese sido así, le encantaba la
forma en que los jugadores se desplazaban sobre el hielo, como si fueran
etéreos, siempre en equilibrio sobre las cuchillas de sus patines. A su lado,
el lacrosse parecía tosco, una panda de jugadores moviéndose
aparatosamente sobre un poco de hierba. Pero mientras buscaba el acceso
que conducía a su asiento, notó una sensación desagradable en el estómago.
Al resto de la gente le importaba ese partido tanto como le importó a ella en
un principio, pero ahora no estaba haciendo más que matar el tiempo antes
de que le tocara volver a casa.
Encontró el acceso y lo atravesó. La mayoría de los asientos estaban ya
ocupados y tuvo que pasar de lado frente a un puñado de tipos con las caras
coloradas. Alargaron el cuello para esquivarla y poder ver, al otro lado de la
pared divisoria de cristal, el partido que ya había comenzado. El aire del
pabellón «olía» a frío, tal y como pasaba después de una tormenta de nieve.
Pero, incluso mientras su equipo patinaba hacia una portería, Valerie volvió
a pensar en su madre y en Tom. No tendría que haberse marchado de ese
modo. Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo. Ni siquiera se habría
molestado en decirle nada a su madre. Le habría pegado un puñetazo a
Tom. Y luego, mirándolo solo a él, le habría dicho:
—De ella me lo esperaba, pero tenía mejor opinión de ti.
Eso habría sido perfecto.
O quizá podría haberle reventado las ventanillas del coche. Aunque ese
coche era un trozo de chatarra, así que quizá no.
Pero sí podría haber ido a casa de Tom para hablarles a sus padres de la
bolsa de maría que tenía escondida entre el colchón y el canapé de su cama.
Entre eso y aquel asunto con la madre de Val, puede que su familia lo
enviara a algún centro de rehabilitación para fumetas aficionados a tirarse
madres ajenas.
En cuanto a su madre, la mejor venganza que Val podría cobrarse sería
llamar a su padre, decirle que pusiera por el manos libres a su madrastra,
Linda, y contarles todo el asunto. Linda y el padre de Val tenían un
matrimonio perfecto, de esos que conllevan tener dos mocosos adorables y
una casa con moqueta. Un matrimonio de los que hacían vomitar a Val. Por
desgracia, al contárselo les haría partícipes de esa historia. Podrían contarla
cuando les diera la gana, echársela en cara a la madre de Val cuando
discutieran, relatarla para escandalizar a sus compañeros de golf. Pero era la
historia de Val, así que estaba decidida a controlarla.
Se oyó un bramido procedente del público. A su alrededor, la gente se
puso en pie. Uno de los Rangers había tirado al suelo a un miembro del otro
equipo y se estaba quitando los guantes. El árbitro sujetó al Ranger y pegó
un patinazo, que le dejó un tajo al otro jugador en la mejilla. Mientras los
separaban, Val vio la mancha de sangre que se formó sobre el hielo. Un tipo
vestido de blanco entró y raspó la mayor parte, y después la pulidora de
hielo alisó la pista durante el descanso, pero la mancha roja persistió, como
si se hubiera adentrado tan a fondo que ya fuera imposible borrarla. Pese a
que su equipo anotó el gol de la victoria, y todos se pusieron de nuevo en
pie a su alrededor, Val no pudo dejar de mirar la sangre.
Después del partido, Val siguió a la multitud hasta la calle. La estación
de tren se encontraba a pocos metros de distancia, pero no se sentía capaz
de volver a casa. Quería quedarse allí un rato más, hasta que encontrase una
solución, hasta haber diseccionado lo ocurrido un poco más. La simple idea
de volver a montarse en el tren le provocó una punzada de pánico que le
aceleró el pulso y le revolvió el estómago.
Empezó a caminar y, al cabo de un rato, advirtió que los números de las
calles se volvían más pequeños los edificios más antiguos, los carriles más
estrechos y el tráfico más escaso. Tras girar a la izquierda, hacia lo que
pensó que sería el límite del este del Village, pasó junto a una serie de
tiendas de ropa cerradas y filas de coches aparcados. No sabía qué hora era,
pero debía de ser casi medianoche.
Su mente siguió descifrando las miradas que cruzaban Tom y su madre,
miradas que ahora cobraban un nuevo significado, indicios que ella tendría
que haber captado. Visualizó el rostro de su madre, con una extraña
combinación de culpa y franqueza, cuando le dijo que esperase a Tom. Ese
recuerdo la obligó a encogerse, como si su cuerpo estuviera intentando
desprenderse de un peso físico.
Se detuvo a comprar una porción de pizza en una tienda apenas
concurrida, donde una mujer con un carrito de la compra lleno de botellas
estaba sentada al fondo, bebiendo Sprite con pajita mientras canturreaba
entre dientes. El queso caliente le quemó el paladar, y cuando alzó la mirada
hacia el reloj, se dio cuenta de que había perdido el último tren a casa.
Baten sus alas una vez más para alzarse en desesperado vuelo:
polillas ciegas que topan contra los alambres de las mosquiteras. Lo
que sea. Lo que sea con tal de conseguir un chute de luz.
X. J. KENNEDY, «POLILLAS CALLEJERAS». LOS SEÑORES DE MlSRULE
V al se quedó dormida otra vez, con la cabeza apoyada en la mochila
medio vacía y el resto del cuerpo tendido sobre las frías baldosas del
suelo, arropada con un mapa del metro. Eligió un lugar próximo a la
taquilla para echar una cabezada, suponiendo que nadie intentaría robarle ni
apuñalarla delante de más gente.
Había pasado gran parte de la noche en ese estado confuso entre el
sueño y la vigilia, cabeceando por un instante, para luego espabilarse
sobresaltada. A veces despertaba de un sueño y no sabía dónde estaba. La
estación apestaba a moho y a basura, incluso sin temperaturas altas que
acentuaran los olores. Por encima del moho y la pintura descascarillada
había una moldura decorativa con tulipanes enroscados, remanente de otra
estación de la calle Spring, una que en el pasado debió de ser majestuosa.
Val intentó imaginarse cómo sería esa estación mientras volvía a quedarse
dormida.
Curiosamente, no estaba asustada. Se sentía ajena a todo, como una
sonámbula que hubiera abandonado la senda de la vida cotidiana para
acceder al bosque donde todo podía suceder. Su rabia y su tristeza se habían
templado hasta formar una apatía que le provocó tal pesadez en las
extremidades que parecían hechas de plomo.
La siguiente vez que abrió los ojos, aletargada, vio gente a su alrededor.
Se incorporó y, mientras rebuscaba con una mano en su mochila, alzó la
otra como si quisiera protegerse de un golpe. Dos policías la estaban
mirando.
—Buenos días —dijo uno de ellos. Tenía el pelo corto y canoso y el
rostro rubicundo, como si hubiera pasado mucho rato a la intemperie.
—Sí, buenos. —Val se espabiló del todo, frotándose las comisuras de
los ojos con la parte inferior de la mano. Le dolía la cabeza.
—No es un lugar muy apropiado para echarse a dormir —dijo el policía.
La gente que iba de camino al trabajo pasaba junto a ellos, pero solo
unos pocos se molestaban en mirarla.
—¿Y? —Val achicó los ojos.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó el compañero del otro policía.
Era más joven, delgado, con ojos oscuros y aliento a tabaco.
—Diecinueve —mintió Val.
—¿Tienes alguna identificación?
—No —respondió ella, confiando en que no le registrasen la mochila.
Tenía un permiso provisional para conducir, pero no la licencia oficial, pues
había suspendido el examen. Sin embargo, ese permiso era prueba
suficiente de que solo tenía diecisiete años.
El policía suspiró y dijo:
—No puedes dormir aquí. ¿Quieres que te llevemos a algún sitio donde
puedas descansar un poco?
Val se levantó, al tiempo que se colgaba la mochila de un hombro.
—Estoy bien. Solo estaba esperando a que amaneciera.
—¿Adónde vas? —le preguntó el policía de mayor edad, cortándole el
paso.
—A casa —respondió Val, porque pensó que le agradaría esa respuesta.
Se agachó para pasar por debajo del brazo del policía y subió a toda
prisa por las escaleras. El corazón le tamborileó con fuerza mientras corría
por la calle Crosby, a través de hordas de gente, junto a los soñolientos
trabajadores que cargaban a duras penas con sus mochilas y maletines, junto
a los taxis y los mensajeros en bicicleta, a través de las oleadas de vapor
que emergían de las rejillas del suelo. Aflojó el paso y miró atrás, pero no
parecía que nadie la siguiera. Cuando cruzó a Bleecker, vio a un par de
punkis pintando en la acera con tiza. Uno de ellos tenía una cresta teñida de
muchos colores y ligeramente dentada en la parte superior. Val rodeó con
cuidado su obra de arte y siguió su camino.
Para Val, Nueva York siempre había sido el lugar donde su madre la
cogía de la mano con fuerza, era la cuadrícula centelleante de rascacielos
con paneles de cristal, la de los recipientes humeantes de fideos
instantáneos que amenazaban con verter su caldo ardiente sobre los niños
que hacían cola para asistir a una grabación de TRL, apenas a unas
manzanas de distancia del lugar donde se realizaban representaciones
matinales de Los Miserables para estudiantes de francés de secundaria,
traídos en autobús desde la periferia. Pero ahora, al cruzar hacia
Macdougal, Nueva York pareció confirmar y desmentir al mismo tiempo el
concepto que tenía de la ciudad. Pasó junto a varios restaurantes que
empezaban a despertar de su letargo, con las puertas todavía cerradas; junto
a una verja metálica decorada con más de una docena de candados, todos
ellos engalanados con la cara de algún bebé; y junto a una tienda donde solo
vendían juguetes robóticos. Lugares pequeños e interesantes que
aventuraban la inmensidad de la ciudad y la singularidad de sus habitantes.
Se metió en una cafetería en penumbra llamada Café Diablo. El papel
de las paredes era de terciopelo rojo. Había un demonio de madera situado
junto al mostrador, sosteniendo en alto una bandeja plateada que estaba
atornillada a su mano. Val pidió un café grande y lo cargó hasta arriba de
nata, canela y azúcar. Agradeció el tacto cálido de la taza en los dedos, pero
aquello le hizo advertir lo agarrotadas que tenía las extremidades y la
contractura que había empezado a formarse en su espalda. Se estiró, arqueó
el cuerpo y movió el cuello hasta que oyó un chasquido.
Se encaminó al fondo del local, donde se decantó por una butaca
desvencijada, cerca de una mesa donde un chico con unas rastas muy finas
y una chica con el pelo enmarañado y teñido de azul, y con unas botas
blancas que le llegaban hasta la rodilla, conversaban entre susurros. El
chico abría un paquetito de azúcar tras otro y los iba vertiendo en su taza.
La chica se desplazó ligeramente, y Val pudo ver que tenía un gatito
anaranjado sobre el regazo. El animal alargó una pata para golpear la
cremallera de la cazadora de piel de conejo remendada que tenía la chica.
Val sonrió por acto reflejo. La chica se fijó en ella, le devolvió la sonrisa
y depositó al gato sobre la mesa. El animal soltó un maullido lastimero,
olisqueó y trastabilló.
—Espera un momento —dijo Val.
Tras quitar la tapa de su café, se dirigió al mostrador, la llenó de nata y
la dejó delante del gato.
—Brillante —dijo la chica del pelo azul.
Val advirtió que se le había infectado el piercing de la nariz; la piel que
rodeaba esa piedrecita brillante estaba hinchada y enrojecida.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Aún no tiene nombre. Lo estábamos debatiendo. Si se te ocurre algo,
avísanos. Dave opina que no deberíamos quedárnosla.
Val probó un sorbo de café. No estaba en condiciones de pensar nada.
Sentía como si tuviera el cerebro inflamado, ejerciendo presión contra su
cráneo. Estaba tan cansada que sus ojos tardaban en enfocar la imagen
cuando parpadeaba.
—¿De dónde ha salido? ¿Es una gata callejera?
La chica abrió la boca, pero el chico le apoyó una mano en el brazo.
—Lolli. —Le apretó el brazo a modo de advertencia, y los dos cruzaron
una mirada cargada de intensidad.
—La robé —dijo Lolli.
—¿Por qué le cuentas a la gente esas cosas? —inquirió Dave.
—Yo lo cuento todo. La gente solo se cree lo que puede asimilar. Es mi
modo de saber en quién se puede confiar.
—¿La robaste en una tienda? —preguntó Val, mientras contemplaba el
cuerpecito diminuto de la gata, con su lengua rosada y enroscada.
Lolli negó con la cabeza, visiblemente orgullosa.
—Le tiré una pedrada al escaparate. Por la noche.
—¿Por qué? —Val adoptó sin esfuerzo el papel de espectadora
admirada, profiriendo los ruiditos apropiados, tal y como hacía con Ruth,
con Tom o con su madre. Formulaba las preguntas que su interlocutor
quería oír, pero por debajo de esa costumbre reconocida, había una
fascinación auténtica. Lolli era el ejemplo claro de chica mala que Ruth
aparentaba ser, pero no era.
—La dueña de la tienda de mascotas fumaba. Dentro de la tienda. ¿Te lo
puedes creer? No es digna de cuidar de los animales.
—Tú fumas. —Dave negó con la cabeza.
—Pero no tengo una tienda de animales. —Lolli se giró hacia Val—.
Cómo mola tu cabeza. ¿Me dejas tocarla?
Val se encogió de hombros e inclinó la cabeza hacia delante. Le resultó
extraño que la tocaran ahí. No incómodo, solo raro, como si alguien le
estuviera acariciando las plantas de los pies.
—Yo soy Lollipop —dijo la chica. Luego se giró hacia el chico de las
rastas. Era delgado y bastante guapo—. Este es Dave el Difuso.
—Dave a secas —repuso el otro.
—Yo soy Val a secas.
Se incorporó. Era un alivio hablar con alguien después de tantas horas
de silencio. Y le alivió todavía más hablar con personas que no sabían nada
sobre ella, ni sobre Tom, ni sobre su madre, ni sobre ningún detalle de su
pasado.
—¿No es un diminutivo de Valentina? —preguntó Lollipop, sin dejar de
sonreír.
Val no sabía si le estaba tomando el pelo, pero puesto que se llamaba
«Lollipop», a su lado Val era un nombre de lo más normal. Se limitó a
negar con la cabeza.
Dave soltó una risotada y abrió otro paquetito de azúcar, vertió los
granos sobre la mesa y los dividió en unas largas filas que se fue comiendo
con un dedo humedecido en café.
—¿Vais a clase cerca de aquí? —preguntó Val.
—Hemos dejado los estudios, pero vivimos por aquí. Vivimos donde
nos da la gana.
Val dio otro sorbo de café.
—¿Qué quieres decir?
—No quiere decir nada —interrumpió Dave—. ¿Dónde vives tú?
—En Jersey. —Val se quedó mirando el líquido grisáceo y lechoso que
había en su taza. Notó el crujido del azúcar entre los dientes—. Supongo. Si
decido volver.
Se levantó, sintiéndose ridícula, y se preguntó si se estarían burlando de
ella.
—Disculpadme.
Se metió en el baño y se aseó, lo que hizo que se sintiera un poco menos
mugrienta. Hizo gárgaras con el agua del grifo, pero cuando la escupió, se
vio en el espejo con total claridad: regueros de pecas a lo largo de la boca y
las mejillas, incluyendo una bajo el ojo izquierdo; pecas que parecían
granitos de arena incrustados sobre el bronceado irregular de la piel, fruto
de practicar deporte al aire libre. Su cabeza recién afeitada lucía una palidez
extraña, y la piel que le rodeaba los ojos azules estaba enrojecida e
hinchada. Se frotó el rostro, pero no sirvió de nada. Cuando volvió a salir,
Lolli y Dave ya no estaban.
Val se terminó el café. Se planteó echar una cabezada en la butaca, pero
la cafetería se había llenado de gente y el ruido le estaba empeorando la
migraña. Salió a la calle.
Una drag queen con una peluca altísima y torcida iba persiguiendo un
taxi, con un zapato Lucite en la mano. Cuando el taxista aceleró, lo arrojó
con tanta fuerza que se estrelló contra la ventanilla trasera.
—¡Cabronazo! —gritó, mientras se acercaba a la pata coja a recoger el
zapato.
Val echó a correr hacia la calle, lo recogió y se lo devolvió a su dueña.
—Gracias, tesoro.
De cerca, Val vio que llevaba unas pestañas postizas con destellos
plateados y un reguero de purpurina sobre el pómulo.
—Pareces un príncipe azul. Bonito pelo. ¿Por qué no fingimos que yo
soy Cenicienta y tú me pones el zapato?
—Bueno…, vale —dijo Val, que se agachó y le abrochó la correa de
plástico, mientras la drag queen intentaba no ponerse a pegar brincos al
tratar de mantener el equilibrio.
—Perfecto, muñeca —dijo, y se enderezó la peluca.
Cuando Val se incorporó, vio a Dave el Difuso, que se estaba riendo,
sentado sobre una barandilla metálica al otro lado de la estrecha calle. Lolli
estaba tendida sobre una sábana azul desteñida cubierta de libros,
candelabros y ropa. Bajo la luz del sol, el tono de su pelo resultaba más
radiante que el azul del cielo. La gatita estaba estirada a su lado,
jugueteando con un cigarro que había en el suelo.
—Eh, príncipe Valiente —la llamó Dave, sonriendo como si fueran
viejos amigos. Lolli la saludó con la mano. Val se metió las manos en los
bolsillos y se acercó a ellos.
—Pilla sitio —dijo Lolli—. Creía que te habíamos ahuyentado.
—¿Ibas a alguna parte? —le preguntó Dave.
—La verdad es que no. —Val se sentó sobre el frío hormigón. El café
por fin había empezado a hacer efecto y ya se sentía más espabilada—. ¿Y
vosotros?
—Vamos a vender unas movidas que ha conseguido Dave. Quédate con
nosotros. Juntaremos algo de pasta y luego nos iremos de fiesta.
—Vale. —Val no estaba segura de querer irse de fiesta, pero no le
importaba sentarse un rato en la acera. Levantó la manga de una chaqueta
roja de terciopelo—. ¿De dónde han salido estas cosas?
—De la basura, en su mayoría —respondió Dave, sin sonreír. Val se
preguntó si se le habría escapado un gesto de sorpresa. Quería hacerse la
interesante—. Te asombraría lo que llega a pagar la gente por cosas que
otros han tirado previamente.
—Me lo creo —repuso Val—. Estaba pensando que esta chaqueta es
muy bonita.
Aquella debió de ser la respuesta correcta, porque Dave sonrió de oreja
a oreja, dejando entrever un diente delantero partido.
—Me caes bien —le dijo—. Antes dijiste algo sobre si «decidías»
volver. ¿A qué vino eso? ¿Estás en la calle?
—Ahora mismo, sí —respondió Val, dando unas palmaditas sobre el
hormigón.
Los otros dos se rieron al oír eso. Mientras Val estuvo sentada a su lado,
la gente pasó de largo junto a ella, pero solo vieron a una chica con unos
vaqueros sucios y la cabeza rapada. Tuvo la sensación de que podría pasar
por allí cualquier compañero de clase, que Tom podría pararse a comprar
una corbata, o que su madre podría tropezar con una grieta en la acera, y
que ninguno de ellos la habría reconocido.
En retrospectiva, Val sabía que tenía la costumbre de ser demasiado
confiada, demasiado pasiva, demasiado dispuesta a esperar lo mejor de los
demás y lo peor de sí misma. Y, aun así, ahí estaba, relacionándose con
gente nueva, dejándose llevar por ellos.
Pero había algo diferente en lo que estaba sintiendo en ese momento,
algo que le reportó un placer extraño. Era como asomarse desde un edificio
alto, como esa descarga de adrenalina cuando te inclinas hacia el vacío. Era
una sensación intensa, terrible y completamente nueva.
Val pasó el día con ellos, sentados en la acera, hablando de todo y de
nada. Dave les contó la historia de un conocido suyo que un día se
emborrachó tanto que se comió una cucaracha por una apuesta.
—Una de esas cucarachas de Nueva York, que son tan grandes como
una carpa. La mitad del bicho asomaba de su boca y todavía se meneaba
mientras lo mordía. Al final, después de mucho masticar, se lo tragó. Mi
hermano estaba allí. Luis es un tío superlisto, de los que se leen la
enciclopedia cuando se pillan la varicela y les toca quedarse en casa. El
caso es que le dijo: «Ya sabrás que las cucarachas ponen huevos incluso
después de muertas». El tío no se lo quería creer, pero entonces se puso a
gritar que estábamos intentando matarlo, mientras se sujetaba el estómago,
asegurando que podía sentir cómo le estaban devorando por dentro.
—Qué asco —dijo Val, pero se rio tanto que se le saltaron las lágrimas
—. Qué asco más grande.
—Espera, que aún falta lo mejor —dijo Lolli.
—Así es —asintió Da ve el Difuso—. Porque el tío se vomitó en los
zapatos. Y la cucaracha estaba ahí, descuartizada, pero se veían claramente
los trocitos negros de bicho. Y esto es lo más gordo: una de las patas se
movía.
Val soltó un quejido, asqueada, y luego les contó aquella vez que Ruth y
ella se fumaron un puñado de hierba gatera creyendo que les serviría para
colocarse.
Cuando vendieron un bolso de imitación de piel de cocodrilo, dos
camisetas y una chaqueta con lentejuelas de la sábana, Dave compró
perritos para todos en un puesto callejero, extraídos de un agua turbia y
embadurnados con chucrut, mostaza y salsa de pepinillos.
—Venga, tenemos que celebrar haberos conocido —dijo Lolli, que se
levantó de un brinco—. A la gata y a ti.
Sin dejar de comer, Lolli atravesó la calle al trote. Recorrieron varias
manzanas, con Lolli en cabeza, hasta que llegaron junto a un viejo que se
liaba sus propios cigarrillos en las escaleras de un edificio de apartamentos.
A su lado había una bolsa mugrienta llena con otras bolsas. Tenía los brazos
finos como ramitas y el rostro tan arrugado como una pasa, pero le dio un
beso a Lolli en la mejilla y saludó a Val con mucha educación. Lolli le dejó
en la mano un par de cigarrillos y un fajo de billetes arrugados, y el tipo se
levantó y cruzó la calle.
—¿Qué le ocurre? —le susurró Val a Dave—. ¿Por qué está tan flaco?
—Por haberse metido de todo —respondió Dave.
Al cabo de un rato, el tipo regresó con una botella de brandy de cereza
en una bolsa de papel.
Dave sacó una botella de Coca-Cola medio vacía de su bandolera y la
llenó con el licor.
—Es para que no nos pare la poli —explicó—. Los odio.
Val dio un sorbo de la botella y notó la quemazón del alcohol que
descendía por su garganta. Los tres se la fueron pasando mientras
caminaban por Third oeste. Lolli se detuvo delante de un tenderete cubierto
de pendientes con cuentas que colgaban de unos árboles de plástico que
tintineaban cada vez que pasaba un coche. Deslizó los dedos sobre un
brazalete compuesto por unas diminutas campanitas plateadas. Val se
acercó al puesto de al lado, donde había varias pilas de incienso y barritas
de muestra encendidas sobre una concha de abulón.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el vendedor. Tenía la piel de color
caoba y olía a sándalo.
Val sonrió ligeramente y se giró hacia Lolli.
—Diles a tus amigos que elijan mejor a quién sirven. —El vendedor de
incienso tenía unos ojos oscuros que centellearon como los de un lagarto—.
Los mensajeros siempre son los primeros en conocer la insatisfacción del
cliente.
—Pues vale —dijo Val, alejándose de la mesa.
Lolli se acercó con unas campanitas tintineando alrededor de su
muñeca. Dave estaba intentando hacer que la gata lamiera el brandy del
tapón de la botella.
—Qué tipo tan raro —dijo Val. Cuando miró hacia atrás, por el rabillo
del ojo, durante apenas un instante, le pareció como si el vendedor de
incienso tuviera unas púas alargadas emergiendo de su espalda, como si
fuera un erizo.
Val alargó la mano hacia la botella.
Siguieron deambulando sin rumbo hasta que llegaron a una mediana de
asfalto con forma de triángulo, flanqueada por bancos, presumiblemente
para que los oficinistas se comieran el almuerzo en los días de calor,
mientras inspiraban el aire húmedo y el humo de los tubos de escape. Se
sentaron y dejaron a la gata en el suelo para que inspeccionara los restos
espachurrados de una paloma. Allí siguieron pasándose la botella de brandy
hasta que a Val se le entumeció la lengua, sintió un hormigueo en los
dientes y le dio vueltas la cabeza.
—¿Crees en fantasmas? —le preguntó Lolli.
Val se quedó pensativa un rato.
—Supongo que me gustaría creer.
—¿Y en otras cosas? —Lolli maulló para llamar a la gata mientras se
frotaba los dedos, pero la gata no le hizo ni caso.
Val se rio y dijo:
—¿Qué cosas? No creo en vampiros, ni zombis, ni hombres lobo, ni
nada por el estilo.
—¿Y en las hadas?
—¿De qué tipo…?
—Monstruos —repuso Dave con una risita.
—No —dijo Val, negando con la cabeza—. Me parece que no.
—¿Quieres saber un secreto? —preguntó Lolli.
Val se inclinó hacia ella y asintió. Claro que quería.
—Sabemos dónde hay un túnel con un monstruo dentro —susurró Lolli
—. Un feérico. Sabemos dónde viven los feéricos.
—¿Qué? —Val no estaba segura de haberlo entendido bien.
—Cierra el pico, Lolli —le advirtió Dave, pero su voz sonó un poco
pastosa—. Luis se pondría furioso si te oyera.
—No eres nadie para decirme lo que puedo contar. —Lolli se estrechó
entre sus brazos, hincándose las uñas en la piel. Se sacudió el pelo hacia
atrás—. ¿Y quién iba a creerla, de todos modos? Seguro que ni siquiera me
cree a mí.
—¿Habláis en serio? —preguntó Val.
Ebria como estaba, casi le parecía posible. Val intentó recordar los
cuentos de hadas que le gustaba releer, aquellos que recopilaba desde que
era pequeña. No salían muchos feéricos en ellos. Al menos, no como ella
los imaginaba. Salían hadas madrinas, ogros, trols y hombrecillos que
negociaban sus servicios a cambio de niños y luego despotricaban cuando
se descubrían sus verdaderos nombres. Pensó en los feéricos de los
videojuegos, pero esos eran elfos, y no estaba segura de que los elfos
contaran como tales.
—Cuéntaselo —insistió Lolli.
—¿Quién eres tú para darme órdenes? —inquirió Dave, pero la otra se
limitó a pegarle un puñetazo en el brazo y se rio.
—Está bien, está bien —concedió Dave—. A mi hermano y a mí nos
dio por la exploración urbana. ¿Sabes lo que es?
—Colarse en sitios donde nadie debería entrar —respondió Val. Tenía
un primo que iba a los lugares que mencionaban en la guía Weird NJ y
luego colgaba las fotos que hacía en su web—. Sobre todo, lugares viejos,
¿verdad? Como edificios abandonados y cosas así.
—Eso es. En esta ciudad hay toda clase de cosas que la mayoría de la
gente no puede ver —dijo Dave.
—Cierto —dijo Val—. Caimanes blancos. Hombres topo. Anacondas.
Lolli se levantó y cogió a la gata en brazos, que estaba hurgando en el
cadáver del pájaro. La apoyó sobre su regazo y la acarició con fuerza.
—Creía que serías capaz de asimilarlo.
—¿Cómo es que sabéis esas cosas que nadie más conoce? —Val estaba
intentando ser educada.
—Porque Luis posee la visión extrasensorial —dijo Lolli—. Puede
verlos.
—¿Tú también puedes? —le preguntó Val a Dave.
—Solo cuando me dejan. —Se quedó mirando a Lolli durante un buen
rato—. Me estoy helando.
—Vente con nosotros —dijo Lolli, girándose hacia Val.
—A Luis no le hará ninguna gracia. —Dave giró un pie, como si
estuviera espachurrando un bicho.
—Val nos cae bien. Eso es lo único que importa.
—¿Adónde queréis que os acompañe? —preguntó Val. Se estremeció.
Aunque sentía la calidez del licor que se extendía lentamente por sus venas,
su aliento salía en forma de vaho y sus manos alternaban entre la gelidez y
el calor sobre la piel, por debajo de la camiseta.
—Ya lo verás —repuso Lolli.
Caminaron durante un rato, y después se metieron en una estación de
metro. Lollipop deslizó una tarjeta para atravesar el torno y después se la
pasó a Dave entre los barrotes. Luego miró a Val.
—¿Te vienes?
Val asintió.
—Ponte delante de mí —dijo Dave, esperando.
Val se acercó al torno. Dave pasó la tarjeta, después se pegó a ella y la
impulsó para poder pasar los dos al mismo tiempo. Val notó en la espalda el
roce de su cuerpo fibroso y musculoso, y percibió su olor a humo y a ropa
sucia. Se rio y se tambaleó un poco.
—Voy a contarte otra cosa que no sabes —dijo Lolli, mientras sostenía
en alto varias tarjetas—. Hemos conseguido estos abonos de metro con
mondadientes. Hay que romper los palillos en trocitos muy pequeños y
luego meterlos en la máquina. La gente paga, pero no les sale la tarjeta. Es
como una trampa para cangrejos. Solo tienes que volver al rato y ver lo que
has capturado.
—Vaya —dijo Val. La cabeza le daba vueltas a causa del brandy y la
confusión. No estaba segura de poder discernir lo que era cierto de lo que
no.
Lollipop y Dave el Difuso se encaminaron hacia el final del andén, pero
en lugar de detenerse allí para esperar al tren, Dave saltó al foso por el que
discurrían las vías. Varias personas que estaban esperando el metro lo
miraron de reojo, pero luego miraron rápidamente hacia otro lado, aunque
la mayoría de ellos ni siquiera parecía haber advertido lo ocurrido. Lolli
siguió a Dave con torpeza; primero se quedó sentada en el borde del andén,
y luego dejó que él la ayudara a bajar. Llevaba en brazos a la gatita, que
había empezado a revolverse.
—¿Adónde vais? —preguntó Val, pero los otros ya estaban
desapareciendo entre la oscuridad.
Cuando saltó tras ellos al suelo de hormigón cubierto de desperdicios,
pensó que era una locura seguir a dos desconocidos hacia las entrañas del
metro, pero en lugar de tener miedo, se sintió bien. Ahora era ella la que
tomaba las decisiones, aunque fueran catastróficas. Era la misma sensación
placentera que la de romper una hoja de papel en trocitos muy muy
pequeños.
—Ten cuidado para no tocar el tercer raíl o te freirás —resonó la voz de
Dave, procedente de algún lugar situado al frente.
¿El tercer raíl? Val miró al suelo con nerviosismo. El del medio. Tenía
que ser el del medio.
—¿Y si viene un tren? —preguntó.
—¿Ves esos nichos? —respondió Lolli—. Si viene, métete en uno de
ellos.
Val volvió a mirar hacia el hormigón del andén del metro, estaba
demasiado alto como para escalarlo. Hacia el frente, todo estaba oscuro,
flanqueado tan solo por unos faroles diminutos que apenas emitían luz. Oyó
el ruidito de unos correteos y le pareció sentir el roce de unas patitas
diminutas sobre una de sus zapatillas. Sintió el pánico que sabía que tarde o
temprano se acabaría manifestando. La embargó por completo. Se quedó
quieta, tan afectada por el miedo que no se podía mover.
—Vamos. —La voz de Lolli resonó entre la penumbra—. No te pares.
Val oyó el traqueteo distante de un tren, pero no supo discernir a qué
distancia se encontraba, ni siquiera por qué vía circulaba. Corrió para
alcanzarlos. Nunca le había dado miedo la oscuridad, pero aquello era
distinto. Allí la oscuridad era densa, voraz. Parecía una criatura viviente que
respiraba a través de sus propios conductos, expulsando bocanadas
pestilentes a lo largo del túnel.
El olor a mugre y humedad era agobiante. Aguzó el oído para captar las
pisadas de los otros dos. No les quitó ojo a los faroles, como si fueran un
rastro de miguitas de pan capaz de alejarla del peligro.
Un tren pasó de largo por el otro extremo de las vías, el resplandor
repentino y el sonido estridente la sobresaltaron. Sintió el tirón del aire,
como si el convoy lo estuviera absorbiendo todo a su paso. Si el tren
hubiera pasado más cerca, Val no habría tenido tiempo de saltar hacia el
nicho.
—Llegamos. —Aquella voz resonó cerca, muy cerca.
Val no sabía quién lo había dicho, si Lolli o Dave. Se dio cuenta de que
se encontraba al lado de un andén. Se parecía a la estación que habían
dejado atrás, salvo que allí los azulejos de las paredes estaban cubiertos de
pintadas. Había unos colchones apilados sobre la repisa de hormigón,
cubiertos de mantas, almohadones y cojines, la mayoría en algún tono de
amarillo mostaza. Varias velas medio consumidas emitían una luz tenue;
algunas estaban arremetidas en la abertura de unas latas de cerveza, otras en
unos tarros altos de cristal, decorados con la cara de la Virgen María en la
etiqueta. Había un chico con el pelo peinado hacia atrás con trencitas,
sentado al lado de una parrilla portátil, en la esquina del fondo de la
estación. Tenía un ojo lechoso, lucía un aspecto blanquecino y extraño, y su
piel oscura estaba cubierta de piercings de acero. Tenía las orejas llenas de
anillas brillantes, algunas gruesas como gusanos, y de cada una de sus
mejillas emergía una barra, como para acentuar la forma de sus pómulos.
Tenía un piercing en una fosa nasal y un aro alojado en el labio inferior.
Cuando se levantó, Val vio que llevaba puesto un abrigo de plumas negro y
unos pantalones anchos y rotos. Dave el Difuso comenzó a subir por una
escalera improvisada, hecha con tablones de madera.
Val miró a su alrededor. Una de las paredes estaba decorada con una
pintada que decía: «Nunca jamás».
—Está impresionada —dijo Lolli. Su voz resonó en el túnel.
Dave resopló y se acercó a la fogata. Sacó unas colillas aplastadas de su
bandolera y las tiró en una de las tazas astilladas, después formó una pila
con latas de melocotones y café.
El chico de los piercings encendió una colilla e inspiró una honda
calada.
—¿Quién coño es esa?
—Val —dijo la propia Val, antes de que Lolli pudiera responder.
Alternó el peso de su cuerpo de un pie al otro, incómoda, consciente de que
no conocía el camino de vuelta.
—Es mi nueva amiga —dijo Lollipop, que se sentó sobre un nido hecho
con mantas.
El chico de los piercings frunció el ceño.
—¿Qué le pasa en el pelo?
—Que me lo he cortado —repuso Val. Por alguna razón, aquello hizo
reír a Dave el Difuso y al chico de los piercings. Lolli pareció satisfecha
con esa respuesta.
—Por si no lo habías adivinado, este es Luis —dijo.
—¿No os parece que ya pasa bastante gente por aquí, como para que
encima os pongáis a jugar a los guías turísticos? —inquirió Luis, pero nadie
le respondió, así que quizá se trató de una pregunta retórica.
El cansancio estaba empezando a cobrarle factura a Val. Se tumbó en un
colchón y se echó una manta sobre la cabeza. Lolli estaba diciendo algo,
pero la mezcla de brandy, miedo y cansancio resultaba abrumadora.
Siempre podría volver a casa más tarde, mañana, o al cabo de unos días. En
cualquier momento. Siempre que no fuera ahora.
Mientras se quedaba dormida, la gata de Lolli se le subió encima,
sobresaltada por las sombras. Val alargó una mano hacia ella, hundió los
dedos en su pelaje suave y corto. Era una cosita diminuta, sí, pero ya estaba
loca.
Hallé las cálidas cuevas en el bosque,
las llené de sartenes, esculturas, estantes,
armarios, sábanas, toda clase de ajuares;
preparé la cena para los gusanos y los duendes.
ANNE, «DE ESAS».
C on los músculos en tensión, Val saltó del sueño a la vigilia, mientras el
corazón le latía con fuerza en el pecho. Estuvo a punto de gritar hasta
que recordó dónde estaba. Supuso que sería por la tarde, aunque los túneles
seguían a oscuras; la única luz provenía de las velas derretidas. En el otro
colchón, Lollipop estaba acurrucada con la espalda pegada a Luis, que le
había pasado un brazo por encima. Dave el Difuso estaba al otro lado,
envuelto en una manta sucia, con la cabeza girada hacia ella, del mismo
modo que la rama de un árbol crece hacia el sol.
Val hundió la cabeza más a fondo en la colcha, pese a que despedía un
tufillo a pis de gato. Se sentía aturdida, pero más descansada.
Tumbada allí, recordó haber revisado los catálogos de universidades con
Tom un par de semanas antes. Él había hablado de Kansas, que tenía un
buen programa de escritura creativa y no era demasiado cara. «Y mira esto
—añadió—, tienen un equipo femenino de lacrosse», como si quizá fueran
a seguir juntos después del instituto. Val sonrió, y lo besó sin dejar de
sonreír. Le gustaba besarle; Tom siempre sabía cómo devolverle el gesto. Al
pensar en ello, se sintió dolida, ridícula y traicionada.
Quiso volver a dormirse, pero no pudo, así que permaneció allí hasta
que no pudo aguantarse las ganas de hacer pis y se acuclilló, con las piernas
bien separadas, sobre el cubo maloliente que encontró en un rincón. Se bajó
los pantalones y la ropa interior, tratando de mantener el equilibrio de
puntillas, mientras apartaba la entrepierna de su ropa lo más lejos posible de
su cuerpo. Intentó convencerse de que era lo mismo que cuando ibas
conduciendo por una autopista y no había ningún área de descanso, así que
te tocaba meterte en el bosque. No había papel higiénico ni hojas, así que
pegó unos cuantos brincos con la esperanza de que bastara para secarse.
Cuando regresó, vio que Dave el Difuso comenzaba a revolverse, y
esperó no haberlo despertado. Volvió a introducir las piernas bajo la manta,
consciente ahora de que los marcados hedores del andén se combinaban
para formar un olor que no pudo identificar. Un haz de luz se filtraba por
una rejilla que daba a la calle, iluminando unas vigas de hierro negras y
mugrientas.
—Eh, has dormido casi catorce horas —dijo Dave, que se puso de
costado y se estiró.
No llevaba camiseta, y aun entre la penumbra, Val pudo ver lo que
parecía una herida de bala en mitad de su pecho. Tiraba del resto de su piel
hacia ella, como un desagüe que lo impulsara todo hacia su corazón.
Dave se acercó a la parrilla portátil y la encendió con unas cerillas y
unas bolitas de papel de periódico. Después puso una cazuela encima, vertió
unos posos de una lata y echó agua de una botella de plástico.
Val debió de quedarse mirándolo fijamente, porque Dave alzó la cabeza
y sonrió.
—¿Quieres? Es café de puchero. No hay leche, pero sí azúcar de sobra,
si te apetece.
Val asintió y se envolvió con una manta. Dave le ofreció una taza
humeante y ella la aceptó con un gesto de agradecimiento; la utilizó para
calentarse las manos y luego las mejillas. Abstraída, se deslizó los dedos
por la coronilla. Notó una fina pelusilla, como el roce de un papel de lija.
—Si quieres, puedes venir a rapiñar conmigo —le dijo Dave el Difuso,
mientras miraba de reojo hacia el colchón con un gesto que parecía de
añoranza—. Si nadie les despierta, Luis y Lolli pueden tirarse el día entero
durmiendo.
—¿Y tú por qué estás levantado? —le preguntó Val, que dio un sorbo de
la taza. El café estaba amargo, pero le resultó agradable, sazonado con
humo y nada más. Los posos flotaban en la superficie, formando una
película negruzca.
—Porque soy el basurero. —Dave se encogió de hombros—. Tengo que
ir a ver qué han tirado los trajeados.
Val asintió.
—Es un don, como el de esos cerdos que encuentran trufas por el olfato.
O lo tienes, o no lo tienes. Una vez encontré un Rolex entre un puñado de
cartas de propaganda y trozos de pan requemados. Fue como si alguien
hubiera tirado a la basura todo lo que había en la mesa de la cocina sin
fijarse.
Pese a lo que había dicho Dave sobre lo de levantarse tarde, Lolli
refunfuñó y salió de debajo del brazo de Luis. Tenía los ojos medio cerrados
y se había puesto un camisón sucio, parecido a un kimono, sobre la ropa del
día. Estaba preciosa, de un modo que Val jamás conseguiría, ruda y sensual
al mismo tiempo.
Lolli le dio un empujón a Luis, que refunfuñó y rodó sobre el colchón,
para después erguirse un poco apoyándose sobre los codos. Algo se movió
junto a la pared, y entonces apareció la gata, que restregó la cabeza sobre la
mano de Luis.
—¿Lo ves? Le caes bien —dijo Lolli.
—¿No te preocupa que las ratas la ataquen? —preguntó Val—. Es un
poco pequeña.
—La verdad es que no —repuso Luis con un tono sombrío.
—Venga ya, pero si anoche le pusiste nombre. —Lolli cogió a la gata en
brazos y la apoyó sobre su regazo.
—Así es —dijo Dave—. Poli y Lolli.
—Polimnia —le corrigió Luis.
Val se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Qué significa Poli…, como se diga?
Dave sirvió otra taza para Luis.
—Polimnia es una especie de musa griega. No sé cuál de ellas.
Pregúntaselo a él.
—Olvídalo —dijo Luis, mientras encendía una colilla.
Dave el Difuso se encogió de hombros, como si quisiera disculparse por
saber tantas cosas.
—Nuestra madre era bibliotecaria.
Val no tenía muy claro qué era una musa, aunque le sonaba haberlo
estudiado cuando hablaron de la Odisea en el instituto.
—¿A qué se dedica ahora vuestra madre?
—Está muerta —replicó Luis—. Nuestro padre le pegó un tiro.
A Val se le cortó el aliento y estuvo a punto de tartamudear una
disculpa, pero Dave el Difuso se le adelantó:
—Yo también quería ser bibliotecario. —Miró a Luis—. La biblioteca
es un buen sitio para pensar. Igual que aquí. —Se dio la vuelta hacia Val—.
¿Sabías que fui yo el primero que encontró este lugar?
Val negó con la cabeza.
—Fue durante una exploración. Soy el príncipe de los residuos, el señor
de la basura.
Lolli se rio y Dave ensanchó su sonrisa. Se le veía más satisfecho con su
chiste ahora que sabía que a ella le gustaba.
—Tú no querías ser bibliotecario —replicó Luis, negando con la
cabeza.
—Luis sabe mucho de mitología. —Lolli dio un sorbo de café—. De
Hermes, por ejemplo. Háblale de Hermes.
—Es un psicopompo. —Luis le lanzó una mirada adusta a Val, como
retándola a que le preguntara qué significaba eso—. Viaja entre el mundo
de los vivos y el de los muertos. Es una especie de mensajero. Eso es lo que
Lolli quiere que diga. Pero olvida eso por un momento; antes has
mencionado que las ratas podrían atacar a la gata. ¿Qué sabes de ellas?
—Poca cosa. —Val negó con la cabeza—. Creo que una me pasó por
encima del pie cuando veníamos hacia aquí.
Lolli soltó una risotada y hasta Dave sonrió, pero Luis se puso muy
serio. Su voz adoptó un tono ritual, como si hubiera repetido ese discurso
muchas veces:
—A las ratas las envenenan, les disparan, las capturan, las golpean,
como a la gente que vive en la calle, como a la gente a secas, como a
nosotros. Todo el mundo odia a las ratas. La gente odia su manera de
moverse, de saltar, detestan el sonido de sus patas al corretear por el suelo.
Las ratas siempre son el enemigo.
Val miró hacia las sombras. Parecía que Luis esperaba una reacción por
su parte, pero ella no sabía cuál. Ni siquiera tenía claro qué quería decir en
realidad.
—Pero las ratas son fuertes —prosiguió Luis—. Tienen dientes más
duros que el hierro. Pueden roer cualquier cosa: vigas de madera, paredes
de yeso, cañerías de cobre. Todo menos el acero.
—O el diamante —repuso Lolli con una sonrisita. No pareció
impresionada en absoluto por esa perorata.
Luis ignoró el comentario. No dejó de mirar a Val.
—En esta ciudad, la gente las ponía a luchar en fosos. Las ponía a
luchar con hurones, con perros, con personas. Así se las gastan las ratas.
Dave sonrió, como si encontrase alguna lógica en toda esa diatriba.
—Además, son muy listas. ¿Alguna vez has visto una rata en el metro?
A veces se montan en un vagón desde un andén y se bajan en la siguiente
parada. Para irse a dar una vuelta.
—Nunca lo he visto —replicó Lolli.
—Me da igual si lo has visto o no. —Luis Miró a Dave, que había
dejado de asentir. Después se giró hacia Val—. Podría tirarme el día entero
contando las bondades de las ratas, aunque eso no cambiará la imagen que
tienes de ellas, ¿verdad? Pero ¿y si te dijera que ahí fuera hay seres que
piensan de ti lo mismo que tú opinas de las ratas?
—¿Qué seres? —preguntó Val. Entonces recordó lo que le dijo Lolli la
noche anterior—. ¿Te refieres a los feé…?
Lolli le hincó las uñas en el brazo. Luis se quedó mirándola fijamente.
—Un detalle más sobre las ratas. Tienen neofobia. ¿Sabes lo que
significa eso?
Val negó con la cabeza.
—No se fían de las cosas nuevas —explicó Luis, muy serio—. Y
nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
Entonces se levantó, arrojó la colilla a las vías y subió por las escaleras
para salir de la estación.
«Menudo gilipollas». Val agarró un hilo suelto de sus pantalones y tiró
de él, deshilachando el tejido. «Debería irme a casa», pensó. Pero no se
movió del sitio.
—No le hagas caso —dijo Lolli—. Como puede ver cosas que nosotros
no, se cree mejor que los demás.
Se quedó mirando a Luis hasta que desapareció, después cogió una
pequeña fiambrera que tenía un dibujo de un gato rosa. Abrió la tapa, sacó
una camiseta y la desenrolló para desperdigar sus contenidos: una
jeringuilla, una vieja cuchara que había empezado a perder su revestimiento
de plata, unas medias de color carne y varias bolsitas diminutas y bien
prensadas, que contenían un polvo ambarino que despedía un leve fulgor
azulado bajo la tenue luz. Lolli extrajo un brazo de la manga de su camisón
y Val pudo ver unas marcas negruzcas en el hueco del codo, como si se
hubiera chamuscado la piel.
—Para el carro, Lolli —dijo Dave el Difuso—. No lo hagas delante de
ella. Esto no.
Lolli se recostó sobre una pila de bolsas y cojines.
—Me gustan las agujas. Me gusta sentir el acero bajo mi piel. —Miró a
Val—. Puedes colocarte un poco pinchándote agua. Incluso puedes
inyectarte vodka. Te va directo al torrente sanguíneo. Así el pedo te sale
más barato.
Val se frotó el brazo.
—No puede ser mucho peor que cuando me clavaste las uñas.
Tendría que haberse sentido horrorizada, pero aquel ritual la fascinó, la
forma en que todos los utensilios estaban dispuestos sobre la camiseta
mugrienta, esperando a ser utilizados por turnos. Aquello le recordaba a
algo, pero no sabía muy bien el qué.
—¡Perdona por lo del brazo! Luis estaba tan cabreado que no quería que
se pusiera a dar la murga con los feéricos.
Lolli torció el gesto mientras mezclaba los polvos con un poco de agua
sobre la parrilla portátil. El líquido burbujeó en la cuchara. Un olor dulzón,
como a azúcar tostado, inundó la nariz de Val. Lolli introdujo la mezcla en
la jeringuilla, después impulsó las burbujas hacia lo alto, junto con un
chorrito de líquido. Tras anudarse la media en la parte superior del brazo,
insertó la punta poco a poco en una de las marcas negruzcas de su brazo.
—Ahora soy una hechicera —dijo.
Val se dio cuenta entonces de que aquello le recordaba a su madre
maquillándose, con todo ese surtido de utensilios que después iba utilizando
uno por uno. Primero la base, luego los polvos, la sombra de ojos, el lápiz,
el colorete, y todo ello ejecutado con la misma ceremoniosidad. La
sobreposición de esas imágenes la perturbó.
—No deberías hacer eso delante de ella —repitió Dave, que señaló a
Val con la barbilla—. A ella no le importa. ¿Verdad, Val?
Val no sabía qué pensar. Nunca había visto a nadie pincharse de esa
manera, con la profesionalidad de un médico.
—No debería verlo —insistió Dave.
Se levantó y empezó a pasearse por el andén. Se detuvo bajo un
mosaico de azulejos que formaba la palabra «VALÍA». Por detrás de él, Val
creyó ver que la oscuridad cambiaba de forma, extendiéndose como una
mancha de tinta en el agua. Dave también pareció percibirlo. Abrió los ojos
como platos.
—No lo hagas, Lolli.
La oscuridad pareció aglutinarse hasta formar unas siluetas borrosas que
le erizaron los pelillos de los brazos a Val. Cuernos borrosos, bocas repletas
de dientes y garras largas como ramas se formaban y luego se desvanecían.
—¿Qué ocurre? ¿Tienes miedo? —Lolli se burló de Dave antes de
volver a girarse hacia Val—. Se asusta de su propia sombra. Por eso lo
llamamos Difuso.
Val no dijo nada, seguía atenta a los movimientos de la oscuridad.
—Venga —le dijo Dave a Val, mientras se dirigía con paso inseguro
hacia las escaleras—. Vámonos a rapiñar.
—Ni hablar. —Lolli hizo un mohín exagerado—. La encontré yo. Es mi
nueva amiga, y quiero que se quede aquí a jugar conmigo.
¿A jugar con ella? Val no sabía qué quería decir, pero no le gustó cómo
sonó eso. En ese momento, lo único que quería era salir de esos
claustrofóbicos túneles y alejarse de esas sombras cambiantes. El corazón le
latía tan fuerte que temió que se le fuera a escapar del pecho, como el
pajarito de un reloj de cuco.
—Necesito un poco de aire —dijo, y se levantó.
—Quédate —repuso Lolli, amodorrada. Su pelo parecía más azul que
unos segundos antes, salpicado de destellos turquesa; el aire se estremecía a
su alrededor, como lo hacía sobre el asfalto a pleno sol—. No te imaginas lo
bien que te lo vas a pasar.
—Vámonos —dijo Dave.
—¿Por qué tienes que ser siempre tan aburrido? —Lolli puso cara de
fastidio y se encendió un cigarro en la parrilla. Se chamuscó más de la
mitad, pero le dio una calada a pesar de todo. Hablaba despacio, con voz
pastosa, pero su mirada, a pesar de sus ojos soñolientos, era implacable.
Dave comenzó a subir por las escaleras amarillas de mantenimiento y
Val lo siguió, embargada por un mal presentimiento. En lo alto, Dave
empujó la rejilla y salieron a la calle. Cuando emergieron bajo la radiante
luz del sol de media tarde, Val se dio cuenta de que se había dejado la
mochila en el andén, con el billete de vuelta en su interior. Hizo amago de
volver a pasar por la rejilla, pero entonces titubeó. Quería la mochila, pero
Lolli había actuado de un modo tan extraño… Todo se había vuelto muy
raro. ¿El simple hecho de oler esa droga podría provocar que las sombras se
movieran? Repasó la lista de sustancias a evitar que le dijeron en clase de
Educación para la salud: heroína, PCP, polvo de ángel, cocaína, ketamina,
cristal. No sabía gran cosa sobre ninguna de ellas. No conocía a nadie que
hiciera algo más que beber o fumar hierba.
—¿Vienes? —la llamó Dave.
Val se fijó en las suelas desgastadas de sus botas, en las manchas que
cubrían sus vaqueros, en los músculos fibrosos que recorrían sus esbeltos
brazos.
—Me he dejado la… —comenzó a decir, pero luego se lo pensó mejor
—. Olvídalo.
—Lolli es así —dijo Dave con una sonrisa triste, mirando hacia la
acera, eludiendo los ojos de Val—. Nada la hará cambiar.
Val contempló el enorme edificio situado al otro lado de la calle y el
parque de hormigón en el que se encontraba, con un estanque vacío y
agrietado, y un carrito de la compra abandonado.
—Si es tan fácil entrar por aquí, ¿por qué nos metimos por los túneles?
Dave pareció incómodo y se quedó callado un rato.
—Es que el distrito financiero está abarrotado los viernes, a eso de las
cinco, pero los sábados no hay casi nadie. No es buena idea emerger del
suelo con un millón de personas a tu alrededor.
—¿Eso es todo? —inquirió Val.
—Y aún no tenía muy claro si podía fiarme de ti —admitió Dave.
Val intentó sonreír, porque supuso que ahora Dave tenía un poco de fe
en ella, pero solo pudo pensar en lo que habría sucedido si, en algún tramo
de esos túneles, Dave hubiera decidido no confiar en ella.
Val se puso a rebuscar en un contenedor. El hedor a comida seguía
provocándole arcadas, pero después de dos pilas de basura previas estaba
empezando a acostumbrarse. Apartó varios montículos de envoltorios rotos,
pero solo encontró unos cuantos tablones repletos de clavos, cajas de CDs
vacías y un marco roto.
—Eh, ¡mira esto!
Dave el Difuso la llamó desde el cubo de al lado. Emergió de él
ataviado con un chaquetón de color azul marino que tenía una manga
ligeramente desgarrada, mientras sostenía en alto un envase de poliestireno
que estaba lleno casi hasta arriba de linguine con salsa Alfredo.
—¿Te apetece un poco? —preguntó, mientras cogía un puñado de
tallarines y se los metía en la boca.
Val negó con la cabeza, asqueada, pero risueña.
Los transeúntes ponían rumbo a casa desde el trabajo, con bandoleras
colgadas del hombro y maletines en la mano. Ninguno de ellos pareció
reparar en su presencia. Era como si se hubieran vuelto invisibles, parte de
la basura en la que estaban rebuscando. Era la clase de situación de la que
había oído hablar en la televisión y en los libros. Se suponía que algo así
debería hacerte sentir insignificante, pero ella se sintió liberada. Nadie la
miraba, ni la juzgaba en función de la ropa que llevaba puesta o de los
amigos de los que se rodeaba. La gente pasaba de largo sin verla.
—¿No es un poco tarde para encontrar algo bueno? —preguntó Val, que
saltó al suelo desde el contenedor.
—Sí, el mejor momento es por la mañana. A estas horas, en los días de
diario, las empresas tiran material de oficina. Echaremos un vistazo,
después volveremos a eso de la medianoche, cuando los restaurantes tiran el
pan y las hortalizas del día. Y luego hay que volver al alba. Tendremos que
llegar antes de que pase el camión de la basura.
—No me dirás qué haces esto todos los días, ¿verdad? —Val lo miró
con incredulidad.
—Siempre es día de sacar la basura en alguna parte.
Val se fijó en una pila de revistas atadas con un cordel. Por ahora, no
había encontrado nada que mereciera la pena llevarse.
—¿Qué estamos buscando, exactamente?
Dave se terminó los linguine y volvió a tirar el envase al contenedor.
—Coge todo lo que sea porno. Eso se vende bien. Y cualquier cosa
bonita, supongo. Si a ti te parece bonita, seguro que alguien pensará lo
mismo.
—¿Qué te parece eso? —Val señaló hacia un cabecero de hierro
oxidado que estaba apoyado en la pared de un callejón.
—Bueno, podríamos cargar con él hasta una de esas tiendas de
antigüedades —dijo Dave, como si intentara ser amable—. Allí pintan
trastos viejos como ese y los revenden por un pastizal. Pero no nos pagarían
lo suficiente para la molestia que supondría. —Alzó la mirada al cielo, que
cada vez estaba más oscuro—. Mierda. Tengo que ir a recoger una cosa
antes de que sea de noche. Es posible que tenga que hacer una entrega.
Val cogió el cabecero. El óxido se desmigajó en sus manos, pero logró
sostenerlo en equilibrio sobre su hombro. Dave tenía razón. Pesaba un
montón. Volvió a dejarlo en el suelo.
—¿Qué clase de entrega?
—Oye, mira esto. —Dave se agachó y sacó una caja llena de novelas
románticas—. Esto podría servir.
—¿Para quién?
—Podríamos venderlas —dijo él.
—¿Tú crees?
Su madre solía leer novelas románticas, y Val estaba acostumbrada a ver
las cubiertas: una mujer en brazos de un hombre, con una larga melena al
viento y un casoplón a lo lejos. Las letras del título estaban repletas de
filigranas y algunas estaban grabadas con caracteres dorados. Pero seguro
que ninguno de esos libros hablaba de tirarte al novio de tu hija. Le gustaría
ver algo así en una cubierta: un chico joven y una señora mayor pintada
como una puerta, con arrugas de expresión alrededor de la boca.
—¿Quién querría leer esa mierda?
Dave se encogió de hombros, cargó con la caja bajo el brazo y abrió un
libro. No lo leyó en voz alta, pero movió los labios mientras examinaba la
página.
Caminaron en silencio durante un rato, hasta que Val señaló hacia el
libro que llevaba Dave en la mano.
—¿De qué va?
—Aún no lo sé —respondió Dave el Difuso. Pareció molesto. Siguieron
caminando un rato más en silencio, él con la nariz hundida en el libro.
—Mira eso. —Val señaló hacia una silla de madera a la que le faltaba el
asiento.
Dave la observó con gesto crítico.
—Nah. Eso no tiene salida. A no ser que la quieras para ti.
—¿Y qué quieres que haga con ella? —preguntó Val.
Dave se encogió de hombros y giró para atravesar una verja que
conducía a una plaza medio vacía, después volvió a guardar la novela
romántica en la caja. Val se detuvo a leer la placa: PARQUE SEWARD. Unos
árboles altos proyectaban su sombra sobre los columpios y toboganes
desiertos que estaban desperdigados por el lugar. El suelo de hormigón
estaba cubierto por un manto de hojas marrones y amarillas. Pasaron junto a
una fuente seca con focas de piedra que parecía como si fueran a escupir
agua para que los niños corrieran bajo los chorros en verano. La estatua de
un lobo asomaba entre una porción de hierba parduzca.
Dave el Difuso pasó de largo junto a todo eso, sin detenerse, y se dirigió
hacia una zona vallada e independiente que rodeaba una de las sedes de la
biblioteca pública de Nueva York. Dave se metió por un agujero en la verja.
Val lo siguió, accediendo a un jardín japonés en miniatura repleto de
pequeñas pilas de rocas negras y lisas, formando montículos de diversas
alturas.
—Espera aquí —dijo Dave.
Derribó una de las pilas de piedras y recogió un trocito de papel
doblado. Segundos después, volvió a atravesar la verja mientras lo
desdoblaba.
—¿Qué pone? —preguntó Val.
Dave le enseñó el papel, sonriendo. Estaba en blanco.
—Mira esto —dijo.
Dave estrujó el papel y lanzó la bolita al aire. Trazó un arco y empezó a
caer, pero de pronto cambió de dirección, como si la impulsara un viento
rebelde. Mientras Val la contemplaba con asombro, la bolita de papel rodó
hasta detenerse debajo de un tobogán.
—¿Cómo has hecho eso? —preguntó.
Dave metió la mano debajo del tobogán y extrajo un objeto cubierto de
cinta adhesiva.
—No se lo cuentes a Luis, ¿vale?
—¿Siempre dices lo mismo?
Val miró el objeto que Dave tenía en la mano. Era una botella de
cerveza, cerrada con un tapón de cera derretida. Alrededor del cuello había
un trozo de papel, colgado de un cordel raído. En su interior, había una
arena marrón como la melaza que se movía cada vez que inclinaba el
recipiente, emitiendo destellos púrpuras.
—¿A qué viene tanto numerito?
—Oye, si no quieres creer a Lolli, no voy a discutir contigo. Ya te ha
contado demasiado. Pero pongamos que crees por un momento lo que te
dijo, y pongamos que crees que Luis es capaz de ver un mundo que al resto
de los mortales se nos escapa, y pongamos que realiza algunos encargos
para ellos.
—¿Ellos? —Val no sabía si aquello sería una treta para intentar
asustarla.
Dave se acuclilló y, tras comprobar rápidamente la posición del sol en el
cielo, descorchó una botella, provocando que la acera que rodeaba el cuello
se desmigajara. Vertió una parte del contenido en una bolsita diminuta
como la que tenía Lolli para almacenar la droga. Después se guardó la
bolsita en el bolsillo delantero de los pantalones.
—Venga, ¿qué es? —insistió Val, pero bajando la voz.
—Puedo decirte con total sinceridad que no tengo ni puta idea —
respondió Dave el Difuso—. Oye, tengo que ir al norte de la ciudad a
entregar esto. Puedes acompañarme, pero tendrás que quedarte atrás cuando
lleguemos allí.
—¿Es la sustancia que se pinchó Lolli en el brazo? —preguntó Val.
Dave titubeó.
—Se lo puedo preguntar a ella y ya está —replicó Val.
—No puedes creerte todo lo que dice Lolli.
—¿Qué significa eso? —inquirió Val.
—Nada.
Dave negó con la cabeza y se alejó. Val no tuvo más remedio que
seguirlo. Ni siquiera estaba segura de poder regresar al andén abandonado
sin que él la guiara, y necesitaría su mochila para poder ir a cualquier otra
parte.
Tomaron la línea F hacia la calle 34 y allí cambiaron a la B, desde
donde se trasladaron hasta la 96. Dave el Difuso se agarró a una barra
metálica horizontal y se puso a hacer dominadas, mientras el tren recorría
los túneles a toda velocidad.
Val se asomó a la ventanilla del vagón, vio pasar las lucecillas que
marcaban la distancia, pero al cabo de un rato su mirada se sintió atraída
hacia los demás pasajeros. Un señor negro, enjuto y con el pelo rapado
meneaba la cabeza al ritmo de la música que sonaba en su iPod, con un
puñado de manuscritos sujetos en equilibrio con un brazo. A su lado, había
una chica sentada que se estaba pintando con mucho esmero un guante de
espirales de tinta en la mano. Apoyado en la puerta, un tipo alto con un traje
gris a rayas aferraba su maletín mientras miraba a Dave con espanto. Cada
uno de ellos parecía tener un destino, pero Val era una balsa a la deriva que
giraba sobre sí misma, impulsada por un río, sin saber siquiera en qué
dirección se estaba desplazando. Lo único que sabía era cómo hacer para
girar más deprisa.
Desde la estación, recorrieron varias manzanas hasta llegar al parque
Riverside, una extensión de césped que descendía desde la autopista hasta
el río. Al otro lado de la calle, había una hilera de casas adosadas con vistas
al parque y piezas de forja en puertas y ventanas. Intrincados bloques
tallados de hormigón decoraban umbrales y barandillas, con forma de
criaturas fantásticas —dragones, leones y grifos— que les lanzaron miradas
maliciosas bajo el fulgor reflejado de las farolas. Val y Dave pasaron junto a
una fuente donde un águila de piedra con el pico agrietado fruncía el ceño
sobre un estanque de aguas verdosas atestado de hojas.
—Espera aquí —dijo Dave el Difuso.
—¿Por qué? —preguntó Val—. ¿A qué viene tanto rollo? Ya me has
contado un montón de movidas que no deberías contarme.
—Ya te dije que tendrías que quedarte atrás.
—Está bien. —Val reculó y se sentó en el borde de la fuente—. Te
esperaré aquí.
—Bien —dijo Dave, que echó a correr por la calle hasta llegar ante una
puerta sin forjas de hierro.
Subió por los escalones blancos, dejó la caja con las novelas románticas
en el suelo y llamó a un timbre situado cerca del lugar donde alguien había
pintado un hongo con plantilla y espray. Val contempló las gárgolas
esculpidas que flanqueaban el tejado del edificio. Mientras las miraba, una
de ellas pareció estremecerse, como un pájaro en una percha; sus pétreas
plumas se sacudieron, para luego volver a su posición original. Val se quedó
mirándola, paralizada, y al cabo de un instante, la gárgola se quedó inmóvil.
Val se levantó de un brinco y cruzó la calle, llamando a Dave. Pero
cuando llegó hasta los escalones, la puerta negra se abrió y apareció una
mujer en el umbral. Llevaba puesto un camisón largo y blanco. Su pelo,
enmarañado y de color marrón verdoso, parecía desaseado, y la piel que se
extendía bajo sus ojos estaba oscura como un moratón. Por debajo del
camisón, en el lugar donde debería haber unos pies, asomaban unas
pezuñas.
Val se quedó paralizada, entonces el bajo del camisón se desplegó,
cubriendo las pezuñas, y a ella le entraron dudas sobre lo que había visto.
Dave el Difuso giró la cabeza y la fulminó con la mirada, después sacó
la botella de cerveza de su mochila.
—¿Quieres pasar? —preguntó la mujer de las pezuñas, con voz áspera,
como si estuviera gritando. No pareció advertir que el sello de la botella
estaba roto.
—Sí —respondió Dave el Difuso.
—¿Quién es tu amiga?
—Val —dijo la propia Val, mientras intentaba recobrarse del pasmo—.
Soy nueva. Dave me está enseñando el oficio.
—Puede esperar aquí fuera —dijo él.
—¿Me crees tan desconsiderada? Con este frío, se va a quedar helada.
La mujer le sostuvo la puerta y Val entró detrás de Dave, con una
sonrisa mordaz. Había un pasillo revestido con mármol y una escalera con
una barandilla de madera vieja y pulida. La mujer de las pezuñas los guio a
través de varias estancias escasamente amuebladas, junto a una fuente
donde unas carpas plateadas nadaban a toda velocidad, y cuyos cuerpos
eran tan pálidos que se atisbaba el tono rosado de sus entrañas a través de
sus escamas. Pasaron también junto a una sala de música que solo contenía
una cítara de doble encordado sobre una mesa de mármol, y desde allí
llegaron a un salón. La mujer se sentó en un canapé de color crema, cuyo
tejido de brocado estaba muy desgastado, y les hizo señas para que se
acercaran. Cerca de ella había una mesita auxiliar con un vaso, una tetera y
una cuchara deslustrada. La mujer de las pezuñas empleó la cuchara para
medir cierta cantidad de esa arena ambarina y la vertió en la taza, después la
llenó con agua caliente y dio un largo trago. Se estremeció una sola vez, y
cuando alzó la mirada, sus ojos despidieron un fulgor inquietante.
Val no podía dejar de mirar sus pezuñas. Había algo obsceno en el
pelaje corto y espeso que cubría sus esbeltos tobillos, en el lustre de esas
pezuñas negras de queratina, en esos cascos escindidos.
—A veces, un remedio puede parecer otra clase de enfermedad —dijo
la mujer de las pezuñas de cabra—. David, no olvides decirle a Ravus que
se ha cometido otro asesinato.
Dave el Difuso se sentó en el suelo de madera de ébano.
—¿Un asesinato?
—Dunnie Berry murió anoche. Pobrecilla, apenas estaba saliendo de su
árbol. Es horrible cómo esa verja de hierro cercaba sus raíces. Debía de
abrasarla cada vez que la cruzaba. Le hiciste una entrega, ¿verdad?
Dave el Difuso se revolvió en el sitio con gesto incómodo.
—La semana pasada. El miércoles.
—Puede que seas la última persona que la vio con vida —dijo la mujer
de las pezuñas de cabra—. Ten cuidado. —Alzó su taza y bebió otro sorbo
de aquel brebaje—. La gente va diciendo por ahí que tu amo trafica con
veneno.
—Él no es mi amo. —Dave el Difuso se levantó—. Tenemos que irnos.
La mujer de las pezuñas se levantó también.
—Por supuesto. Acompáñame y te daré lo que te debo.
—No comas ni bebas nada si no quieres acabar más jodida de lo que ya
estás —le susurró Dave a Val, mientras seguía a la mujer hacia otra
habitación, tras dejar su caja de novelas románticas en el suelo.
Val frunció el ceño y se acercó a una vitrina. Al otro lado de la puerta de
cristal había un pedazo grande y sólido de algo que parecía obsidiana. A su
lado había varios objetos más, igual de extraños. Un trozo de corteza, un
palo roto, otra corteza espinosa con forma de piña, donde cada pliegue
estaba afilado como una cuchilla.
Al cabo de un rato, Dave el Difuso y la mujer de las pezuñas regresaron.
Ella iba sonriendo. Val intentó examinarla sin que sus miradas llegaran a
cruzarse. Si alguien le hubiera preguntado cómo reaccionaría al ver a una
criatura sobrenatural, jamás habría imaginado que se quedaría sin hacer
nada. Era incapaz de discernir con claridad lo que estaba viendo, no sabría
decir si lo que tenía delante era un monstruo de verdad. Cuando salieron del
apartamento, Val notó cómo le retumbaba la sangre en la cabeza, al ritmo de
los latidos frenéticos de su corazón.
—Ya te dije que te quedaras allí, joder —gruñó Dave el Difuso,
señalando hacia el otro lado de la calle, hacia la fuente.
Val estaba demasiado aturdida como para enfadarse.
—Vi algo…, una estatua… que se movía. —Señaló hacia arriba, hacia
el tejado del edificio y el cielo oscurecido, pero solo pudo decir
incoherencias—. Entonces me acerqué y… ¿Qué es esa mujer?
—¡Maldita sea! —Dave pegó un puñetazo en la pared y se le
despellejaron los nudillos—. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
Se alejó con la cabeza gacha, como si se estuviera protegiendo frente a
una ventolera. Val lo alcanzó y le agarró del brazo.
—Dímelo —le exigió, apretándole con más fuerza.
Dave intentó zafarse de ella, pero no pudo. Val era más fuerte. Dave la
miró de un modo extraño, como si estuviera reevaluando el papel de ambos.
—Tú no has visto nada. No había nada que ver.
Val le sostuvo la mirada.
—¿Y qué diría Lolli? Que era una feérica, ¿verdad? ¡Pero las hadas no
existen, maldita sea!
Dave se empezó a reír. Val le soltó el brazo y le pegó un empujón. La
caja de novelas se cayó, desperdigando los ejemplares sobre la carretera.
Dave se quedó mirando los libros y luego la miró a ella.
—Zorra de mierda —dijo, y escupió al suelo.
Val se sintió sobrecogida por la rabia y la confusión acumuladas durante
el día anterior. Apretó los puños. Tenía ganas de golpear algo. Dave se
agachó a recoger la caja de cartón y volvió a guardar los libros.
—Tienes suerte de ser una chica —murmuró.
No debemos mirar a los duendes,
no debemos comprar sus frutos;
¿quién sabe en qué terreno habrán saciado
el hambre y la sed de sus raíces?
CHRISTINA ROSSETTI, EL MERCADO DE LOS DUENDES.
D urante el trayecto de vuelta, Val se sentó en un asiento de plástico
lejos de Dave, apoyó la cabeza sobre un mapa del metro cubierto de
plexiglás y se preguntó cómo era posible que una persona tuviera pezuñas.
Había visto sombras que se movían por voluntad propia y botellas con
arena marrón que tenían algo que ver con los rumores fantasiosos que
contaba una mujer extraña del oeste de la parte alta de la ciudad sobre
personas árbol asesinadas. Lo que sí sabía era que no quería estar ciega ni
ser una ingenua, la clase chica que no se enteraba de que su madre y su
novio se acostaban juntos hasta que lo veía con sus propios ojos. Val quería
saber la verdad.
Cuando se aproximó al parque de hormigón de la calle Leonard, vio a
Luis sentado en una repisa, bebiendo de una botella azul de cristal. A su
lado estaba sentada una chica huesuda con zapatillas desparejadas y el
vientre hinchado, que sostenía un cigarrillo entre sus dedos temblorosos.
Cuando Val se acercó, vio unas úlceras en los tobillos de la chica
desconocida, que supuraban pus. Las calles estaban prácticamente desiertas,
la única persona que había en las proximidades era una guardia de
seguridad al otro lado de la calle, que se acercaba al bordillo de vez en
cuando, para luego desaparecer en el interior del edificio.
—¿Por qué sigues aquí? —inquirió Luis, mirándola fijamente. Val se
puso nerviosa cuando la escrutó con ese ojo lechoso.
—Dime dónde está Lolli y me iré —replicó.
Luis señaló con la barbilla hacia la rejilla del suelo, mientras Dave se
acercaba a ellos.
A la chica se le cayó el cigarro y alargó la mano para cogerlo. Mientras
se lo acercaba a los labios, rozó la punta encendida con los dedos, pero no
pareció advertirlo.
—¿Qué has hecho? —le preguntó Luis a Dave, apretando los dientes—.
¿Qué ha ocurrido?
Dave miró hacia los coches que estaban aparcados a lo largo de la calle.
—No fue culpa mía.
Luis cerró los ojos.
—Eres un capullo total.
Dave dijo algo más, pero Val ya había emprendido la marcha hacia la
entrada de servicio, la rejilla por la que salieron aquella tarde. Se apoyó
sobre las manos y las rodillas, levantó el extremo de los barrotes de metal
que no estaba sujeto al suelo y descendió por los escalones.
—¿Lolli? —la llamó entre la oscuridad.
—Por aquí —fue la amodorrada respuesta.
Val avanzó entre las pilas de mantas y colchones hasta el lugar donde
durmió la noche anterior. Su mochila no estaba donde la había dejado.
Apartó con un puntapié algunas de las prendas sucias que había sobre el
andén. Nada.
—¿Dónde está mi mochila?
—Si confías en una panda de vagabundos para que te guarden tus cosas,
te está bien empleado. —Lolli se rio y sostuvo en alto la mochila—. Está
aquí. Tranquila.
Val abrió la cremallera. Dentro estaban todas sus cosas: la cuchilla con
restos de pelo, trece dólares en billetes doblados dentro de su cartera y, al
lado, el billete de tren. Hasta el paquete de chicles seguía allí.
—Lo siento —dijo, y se sentó.
—¿No te fías de nosotros? —Lolli sonrió.
—Oye, he visto algo que no sé lo que es, pero estoy harta de que
jueguen conmigo, maldita sea.
Lolli se incorporó y se acercó las piernas al pecho, con los ojos como
platos y una sonrisa cada vez más amplia.
—¡Has visto a uno de ellos!
La inquietante imagen de una mujer con pezuñas de cabra se proyectó
en la mente de Val.
—Ya sé lo que vas a decir, pero no creo que fuera una feérica.
—Entonces, ¿qué crees que era?
—No lo sé. Tal vez haya sido un efecto óptico. —Val se sentó sobre una
caja de comestibles volcada. Crujió, pero soporto su peso—. Eso no tiene
ningún sentido.
—Cree lo que tu mente sea capaz de asimilar.
—Pero es que… ¿feéricos? ¿Cómo los de las canciones y los cuentos
infantiles?
Lolli soltó una risotada.
—Has visto uno. Cuéntamelo.
—Ya te lo he explicado. Te he dicho que no sé lo que vi. ¿Una mujer
con pezuñas de cabra? ¿Esa sustancia extraña que te pinchas en el brazo?
¿Papeles que revolotean por ahí? ¿Se supone que eso tiene algún sentido?
Lolli frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que es real? —inquirió Val.
—El túnel del trol —dijo Lolli—. Eso no lo vas a poder explicar.
—¿Qué trol?
—Luis hizo un trato con él. Ocurrió cuando dispararon a Dave y a su
madre. Ella estaba muerta cuando llegó la ambulancia, pero Dave se pasó
una temporada en el hospital. Luis le prometió al trol que le serviría durante
un año si le salvaba la vida a su hermano.
—Entonces. ¿Dave realizó esa entrega de parte del trol? —preguntó
Val.
—¿Te ha llevado a una entrega? —Lolli dejó escapar un suspiro, que
bien pudo ser una carcajada—. Ostras, Dave es el peor espía del mundo.
—¿A qué viene tanto misterio? ¿Qué más le da a Luis lo que yo sepa?
Como tú misma dijiste, nadie me creerá.
—Nosotros tampoco debíamos enterarnos. Luis intentó ocultar lo que
estaba haciendo. Pero desde que empezó a hacer entregas para Ravus,
algunos otros feéricos empezaron a encargarle también recados. Así que
Dave empezó a ocuparse de algunos de los encargos del trol. Pero no quiere
decir cuántos.
—A mi amiga Ruth le gustaba inventarse cosas. Decía que tenía un
novio llamado Zachary que vivía en Inglaterra. Me enseñó varias cartas
repletas de poemas desesperados. Sin embargo, la verdad es que Ruth
escribió esas cartas, las imprimió y me mintió. Tengo calados a los
mentirosos —prosiguió Val—. No es que no te crea, pero ¿y si Luis te está
mintiendo?
—¿Y qué, si así fuera? —inquirió Lolli.
Val sintió una oleada de ira, del peor tipo posible, porque no tenía un
objetivo claro.
—Olvídalo. ¿Dónde está el túnel del trol? Descubriremos la verdad
nosotras mismas.
—Conozco el camino —dijo Lolli—. Seguí a Luis hasta la entrada.
—Pero ¿no entraste? —Val se incorporó.
—No. —Lolli se levantó también y se sacudió la falda—. No quería
entrar sola, y Dave se negó a acompañarme.
—¿Qué aspecto crees que tendrá un trol? —preguntó Val, mientras Lolli
se ponía a rebuscar entre la ropa y las bolsas que había en el andén.
Val pensó en el cuento de los tres cabritos, pensó en el Warcraft y en
esos pequeños trols verdes armados con hachas que te decían: «¿Quieres
comprar un puro?» y «Saluda a mi amiguito» cuando hacías clic con el
ratón sobre ellos las veces suficientes. Nada de eso parecía real, pero no hay
duda de que el mundo sería mucho más guay si hubiera algo tan irreal en él.
—Aquí está —dijo Lolli, sosteniendo en alto una linterna que
proyectaba un haz de luz tenue e intermitente—. Aunque no durará mucho.
Val saltó a las vías.
—Nos daremos prisa.
Con un suspiro, Lolli bajó tras ella.
Mientras atravesaban el túnel, la agonizante linterna bañó las paredes
negras con una luz ambarina, iluminando el hollín y los kilómetros de
cables eléctricos que se extendían a través de él. Era como avanzar a través
de las venas de la ciudad.
Pasaron junto a un andén activo, donde había gente esperando el metro.
Lolli los saludó con la mano cuando se las quedaron mirando, pero Val se
agachó para recoger las pilas desperdigadas de una docena de reproductores
de CD. Mientras avanzaban, fue probando cada pila una por una, hasta que
encontró dos que potenciaron el haz de luz de la linterna.
Iluminó entonces varios montículos de basura, captó el reflejo verdoso
de los ojos de las ratas y las manadas de cucarachas que proliferaban entre
el calor y la oscuridad. Después oyó un leve silbido.
—¡El tren! —gritó Val, que empujó a Lolli hacia una abertura en la
pared, estrecha y mugrienta. El ambiente quedó cargado de polvo por un
instante, hasta que el tren pasó a toda velocidad por otra vía. Lolli soltó una
carcajada y acercó su rostro al de Val.
—Un bonito día en plena noche —recitó de memoria—, dos niños
muertos se levantaron para luchar.
—Déjalo ya —replicó Val, apartándose.
—Se encararon espalda con espalda, sacaron sus espadas para
dispararse. El policía sordo oyó el ruido y se acercó a matar a los dos niños
muertos. —Lolli se rio—. ¿Qué? Es una cancioncilla que me cantaba mi
madre. ¿No la habías oído?
—Da mal rollo.
A Val le temblaron las piernas mientras reanudaban el camino por esos
túneles sinuosos e interminables. Finalmente, Lolli señaló hacia una
oquedad en los bloques de cemento que parecía haber sido producida a
golpes.
—Es por ahí —dijo.
Val avanzó un paso, pero Lolli soltó un quejido.
—Val —comenzó a decir, pero no continuó.
—Si tienes miedo, puedes esperar aquí. Volveré enseguida.
—No tengo miedo —replicó la otra.
—Está bien. —Val atravesó el tosco umbral de hormigón.
Había un pasadizo cubierto de agua turbia, con depósitos de calcio que
pendían del techo a modo de estalactitas blancuzcas y quebradizas. Avanzó
unos pasos más, el agua fría le empapó las deportivas y el bajo de los
pantalones. La luz de la linterna iluminó unas tiras de plástico desgarradas
un poco más adelante. Se mecían con la brisa, como si fueran cortinas
diáfanas o fantasmas. El movimiento resultaba inquietante. Chapoteando,
Val se agachó para atravesar la barrera de plástico y accedió a una estancia
inmensa, repleta de raíces. Pendían por todas partes, largos zarcillos
velludos que se sumergían en el agua, gruesas raíces que se introducían por
las grietas del techo de hormigón, para luego volverse más finas y
extenderse. Pero lo más extraño eran los frutos que colgaban de ellas, como
si fueran ramas. De aquellos bucles velludos emergían unas esferas pálidas,
que no recibían calor alguno del sol ni alimento de la tierra. Val se acercó.
Los frutos tenían una piel lechosa y translúcida, bajo la que asomaba un
rubor rosado, como si su núcleo fuera rojo, Lolli tocó uno de esos frutos.
—Están calientes —dijo.
Fue entonces cuando se fijó en unas escaleras oxidadas, cuya barandilla
estaba envuelta con paños humedecidos.
Titubeó al pie de los escalones. Volvió a mirar hacia el árbol invertido,
intentó convencerse de que solo era algo extraño, no sobrenatural. Pero
daba igual. Ya era tarde para echarse atrás.
Val empezó a subir. Sus pasos resonaron sobre los escalones y pudo ver
una luz difusa. Cuando los trenes circulaban por encima de ellas, se
desprendía una fina capa de polvo que se aferraba a las humedecidas
paredes. Las chicas subieron y subieron por esas escaleras en espiral, hasta
que llegaron ante una enorme ventana batiente cubierta por unas mantas
viejas sujetas con clavos. Val se inclinó sobre la barandilla y apartó las
mantas. Le sorprendió ver una pista de baloncesto, edificios de
apartamentos, la autopista y el río al fondo, centelleando como una ristra de
lucecitas. Se encontraba dentro del puente de Manhattan.
Siguió caminando hasta que por fin llegó a una enorme estancia abierta,
con cañerías y unos cables gruesos que se extendían por el techo, y unas
aparatosas escaleras de madera distribuidas a ambos lados de la pared.
Parecía una sala diseñada para trabajadores de mantenimiento. Había libros
apilados sobre unos estantes rudimentarios y formando unas torres
polvorientas sobre el suelo. Volúmenes antiguos, raídos y desgastados.
Cerca de la entrada había una plancha de contrachapado apoyada encima de
varias docenas de bloques de hormigón, formando un escritorio
improvisado. Había varios tarros de mermelada distribuidos a lo largo de un
lateral, que tenían apoyada encima una espada que parecía estar hecha de
cristal.
Val se acercó un paso, al tiempo que alargaba una mano, cuando algo se
abalanzó sobre ella. Era algo frío y sin forma, como una manta mojada y
pesada que se desplegó hasta cubrirla. Le entorpeció la visión y le quitó el
aire. Val alzó las manos, se puso a arañar esa superficie ligeramente
humedecida, notó cómo cedía bajo sus uñas cortas y afiladas. Oyó gritar a
Lolli, como si lo hiciera desde muy lejos. Val comenzó a ver chiribitas y, a
ciegas, trató de alcanzar la espada. Su mano se deslizó sobre el filo, se hizo
un corte superficial en los dedos, pero logró encontrar a tientas la
empuñadura.
Tomó apoyo y descargó un golpe dirigido hacia su propio hombro. La
cosa que la cubría se apartó, y durante un vertiginoso instante, Val pudo
volver a respirar. Empuñando la espada de cristal lo mejor que pudo, como
si fuera un palo de lacrosse, cercenó esa cosa blancuzca y sin huesos que
avanzaba hacia ella, ondulándose. Su rostro estirado y sus rasgos aplanados
le hacían parecer una muñeca de papel pálida y carnosa. La criatura se
retorció sobre el suelo y se quedó inerte.
A Val le temblaban las manos. Intentó serenarse, pero no pudo controlar
los temblores, ni siquiera cuando apretó los puños y se hincó las uñas en la
base de las manos.
—¿Qué era esa cosa? —preguntó Lolli.
—¿Cómo coño quieres que lo sepa? —replicó Val, negando con la
cabeza.
—Hay que darse prisa. —Lolli se acercó al escritorio y metió varios
tarros en su mochila.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió Val—. Larguémonos de aquí.
—Vale, vale —concedió la otra, mientras rebuscaba entre varios frascos
—. Ya voy.
Había unos paquetitos con hierbas dentro de uno de los tarros de
mermelada. Otro estaba repleto de avispas muertas, pero había un tercero
que contenía algo que parecían nudos hechos con fideos de regaliz rojo.
Algunos tenían una etiqueta en la tapa: capulín, hisopo, ajenjo, amapola. En
el centro de la plancha de contrachapado había una tabla de cortar hecha de
mármol, con unas bolitas verdes cubiertas de pinchos que esperaban a ser
cortadas por el filo del cuchillo con forma de medialuna que estaba apoyado
a su lado.
Había una serie de objetos clavados a la pared: el envoltorio de un
caramelo, un trozo de chicle descolorido, una colilla renegrida. Delante de
cada uno había una lupa, que no solo aumentaba esos objetos, sino también
las notas manuscritas que los rodeaban. «Aliento», decía una. «Amor»,
decía otra.
Lolli se quedó sin respiración. Val giró sobre sí misma sin pensar,
alzando la espada por acto reflejo. Alguien apareció en el umbral, un
individuo alto y esbelto como un jugador de baloncesto, que se agachó para
poder entrar. Cuando se enderezó, una mata de cabello lacio, negro como la
tinta, rodeó la piel verdosa y grisácea de su rostro. Dos incisivos
prominentes asomaban de su mandíbula, las puntas se hundían en la tierna
carne de su labio inferior. Abrió los ojos como platos, en un gesto que pudo
ser de miedo o incluso de furia, pero Val se quedó paralizada al ver que sus
iris negros tenían un contorno dorado, como los ojos de una rana.
—Vaya, ¿qué tenemos aquí? —La voz del trol sonó como un gruñido
ronco—. Un par de vagabundas mugrientas.
Avanzó dos pasos hacia Val y ella retrocedió dando traspiés, embargada
por el pánico. Con la punta de una bota, el trol dio unos golpecitos sobre la
criatura sin huesos.
—Veo que habéis sorteado a mi guardián. Quién lo habría dicho.
Llevaba puesto un abrigo negro de botones que le cubría desde el cuello
hasta las pantorrillas, con unos pantalones negros por debajo que
enfatizaban el tono verdoso de su piel a la altura del cuello y de los puños
deshilachados, donde el tejido tapaba con su carne. Su piel tenía el mismo
color que el que adopta el reverso de un anillo de cobre cuando no te lo
quitas en mucho tiempo.
—Para colmo, os habéis apropiado de algo que me pertenece.
Val sintió un nudo en la garganta a causa del miedo. Observó la sangre
lechosa que corría por la espada y volvieron a temblarle las manos.
—Solo hay un humano que conozca este lugar. ¿Qué os ha contado
Luis? —El trol avanzó otro paso hacia ellas, hablando con voz baja y
furiosa—. ¿Os retó a entrar? ¿Os dijo que había un monstruo?
Val miró a Lolli, pero se había quedado muda y atónita. El trol deslizó
la punta de la lengua sobre un incisivo.
—Pero qué intenciones tenía Luis, esa es la verdadera pregunta.
¿Pegaros un buen susto? ¿Dármelo a mí? ¿Obsequiarme con un almuerzo?
Es muy posible que creyera que me gustaría comeros. —Hizo una pausa,
como si esperase a que alguna de ellas lo negara—. ¿Creéis que quiero
devoraros?
Val alzó el filo de la espada.
—¿En serio? ¿No decís nada? —Entonces levantó la voz, que se
convirtió en un bramido—: O quizá no seáis más que un par de ladronas
con la peor suerte del mundo.
Val se dejó llevar por su instinto forjado en el lacrosse. Corrió hacia la
salida, hacia el trol. Cuando él trató de alcanzarla, se agachó, pasó por
debajo de su brazo y atravesó las tiras de plástico. Iba por la mitad de las
escaleras cuando oyó gritar a Lolli.
Inmóvil, mientras los trenes traqueteaban en lo alto al pasar por el
puente, empuñando todavía esa espada de cristal, Val titubeó. Ella era el
motivo por el que Lolli había ido hasta allí. Fue ella la que tuvo la absurda
idea de intentar demostrar que los feéricos existían. Tendría que haber dado
media vuelta cuando vio el árbol. No tendría que haber llegado hasta allí.
Inspiró hondo y volvió a subir corriendo por las escaleras.
Lolli estaba tirada en el suelo, con el rostro surcado de lágrimas, presa
de una parálisis extraña. El trol la tenía sujeta por la muñeca y parecía que
estaba intentando sonsacarle algo.
—Suéltala —dijo Val. Su voz parecía pertenecer a otra persona. A
alguien valeroso.
—De eso nada.
El trol se agachó, le arrebató a Lolli la bandolera que llevaba colgada
del hombro y volcó el contenido. Varias monedas rebotaron sobre el suelo
de madera y echaron a rodar al lado de frascos repletos de arena negra,
agujas, un cuchillo oxidado, barritas de chicle, colillas y una polvera que se
resquebrajó al impactar contra el suelo, derramando su contenido. El trol
alargó una mano hacia uno de los frascos, estuvo a punto de tocar el cuello
con sus largos dedos.
—¿Para qué podrías querer…?
—No tenemos nada más que sea tuyo. —Val dio un paso al frente y alzó
la espada—. Por favor.
—¿De veras? —El trol soltó una risotada—. Entonces, ¿qué tienes en
las manos?
Val contempló la espada, que centelleaba como un témpano de hielo
bajo las luces fluorescentes, y se quedó sorprendida. Había olvidado que era
del trol. Apuntó con ella hacia el suelo y se planteó tirarla, pero le asustaba
quedarse desarmada.
—Tómala. Tómala y nos iremos.
—No estás en disposición de darme órdenes —replicó el trol—. Suelta
la espada. Con cuidado. Ese objeto es más valioso que tú.
Val titubeó, se inclinó como si fuera a dejar la espada de cristal en el
suelo. Pero sin llegar todavía a hacerlo, siguió mirando al trol. El trol le
retorció un dedo con fuerza a Lolli, que pegó un chillido.
—Que así le duela cada vez que le entren ganas de apropiarse de algo
que no le pertenece. —El trol le agarró otro dedo—. Y que a ti te duela
pensar que eres la causa de su dolor.
—¡Para! —gritó Val, que dejó la espada sobre los tablones de madera
del suelo—. Yo me quedaré si la dejas marchar.
—¿Qué? —El trol achicó los ojos, después enarcó una ceja negra—.
Vaya, qué caballerosa te has vuelto.
—Es mi amiga —dijo Val.
El trol se quedó callado y adoptó un gesto curiosamente inexpresivo.
—¿Tu amiga? —repitió con un tono impávido—. Está bien. Pagarás por
su estupidez, y también por la tuya. Ese es el precio de la amistad.
Val debió de parecer aliviada, porque en el rostro del trol se dibujó una
sonrisita cruel.
—¿Cuánto tiempo vale tu amiga? ¿Un mes de servidumbre? ¿Un año?
Los ojos de Lolli centelleaban a causa de las lágrimas. Val asintió.
Claro. Lo que fuera, con tal de que las dejara en paz. Después no importaría
lo que le hubiera prometido. El trol suspiró y dijo:
—Me servirás durante un mes, una semana por cada objeto sustraído. —
Tras hacer una breve pausa, añadió—: Me servirás en todo lo que necesite.
Val puso una mueca y el trol sonrió.
—Cada día, al anochecer, acudirás al parque Seward. Allí encontrarás
una nota bajo la pezuña del lobo. Si no haces lo que se te indique, pagarás
las consecuencias. ¿Lo has entendido?
Val asintió. El trol le soltó la mano a Lolli. Ella se apresuró a guardar
sus cosas en la bandolera. El trol señaló hacia el escritorio con un dedo
alargado.
—Acércate a esa mesa. Allí encontrarás un brebaje, marcado como
«Paja». Tráemelo.
Val rebuscó entre los tarros, leyendo aquella caligrafía repleta de
filigranas: linaria, fallopia, ruda, sanguinaria, artemisa. Sostuvo en alto un
recipiente, cuyo contenido era denso y turbio.
—Sí, ese. —El trol asintió—. Tráemelo.
Así lo hizo, y se acercó lo suficiente a él como para advertir que su
abrigo estaba hecho de lana, que estaba raído y comido por las polillas.
Unos cuernecitos curvados asomaban de la parte superior de cada oreja,
como si las puntas se hubieran endurecido hasta formar un hueso.
El trol cogió el tarro, lo abrió y extrajo parte del contenido. Val se
apartó; ese líquido olía a hojas podridas.
—Quédate —dijo el trol, como si Val fuera un perro al que debía
domesticar.
Furiosa por sentir tanto terror, pero incapaz de contenerlo, Val
permaneció inmóvil. El trol le deslizó las yemas de los dedos sobre los
labios, embadurnados en esa sustancia. Val pensó que su piel tendría un
tacto viscoso u horrible, pero simplemente era cálido.
Entonces, cuando el trol la miró a los ojos, lo hizo con una expresión
tan intensa que la hizo estremecer.
—Repite las condiciones de tu promesa.
Así lo hizo.
La gente dice que los videojuegos son malos porque te vuelven
insensible a la muerte, porque te llevan a pensar que desperdigar las tripas
de tus enemigos por una pantalla es un ejemplo de éxito. En ese momento,
Val pensó que el verdadero problema de los juegos era que se esperaba que
el jugador lo probase todo. Si había una cueva, tenías que entrar. Si había un
desconocido misterioso, tenías que hablar con él. Si había un mapa, tenías
que seguirlo. Pero en los juegos tienes miles de millones de vidas, y Val
solo tenía una.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
«Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas».
Y entonces dijo el pájaro: «Nunca más».
EDGAR ALLAN POE, «EL CUERVO».
(Traducción de Julio Cortázar).
L as luces de la ciudad centelleaban, y las calles estaban atestadas de
fumadores a la puerta de los bares y restaurantes cuando Val y Lolli
salieron trastabillando del puente y llegaron al exterior.
Un hombre que dormía sobre un cartón roto giró el cuerpo y se recolocó
el abrigo con el que estaba arropado. Val se sobresaltó con violencia ante
ese movimiento, sus músculos se tensaron tan deprisa que le dolieron los
hombros. Lolli sostuvo la bandolera sobre su pecho como si fuera un animal
disecado, protegiéndolo con sus brazos.
Resulta curioso que, cuando sucede algo insólito, sea difícil seguir el
rastro de motivos, impulsos y pensamientos que te han conducido hasta esa
situación. Aunque Val quería hallar indicios sobre la existencia de los
feéricos, la prueba real era imposible de asimilar. ¿Cuántos feéricos habría
allí y que más cosas podría haber? En un mundo donde los feéricos existen,
¿puede haber demonios, vampiros o monstruos marinos? ¿Cómo podían
existir esas cosas y no aparecer en la portada de todos los periódicos del
mundo?
Val recordó a su padre leyendo Los tres cabritos cuando ella era
pequeña. «Clip, clap, clip, clap, hacía el cabrito más pequeño de los tres».
Ese trol no se parecía en nada al del cuento ilustrado… ¿Se parecería a
alguno? «¿Quién está cruzando mi puente?».
—Mira mi dedo —dijo Lolli, sosteniéndolo sobre la otra mano
ahuecada. Estaba hinchado y torcido en un ángulo extraño—. Me ha roto el
maldito dedo.
—Puede que esté dislocado. A mí me ha pasado. —Val recordó una
aparatosa caída sobre las manos en la pista de lacrosse, las caídas desde un
árbol, las visitas al médico con su olor a yodo y cigarrillos—. Hay que
alinearlo y entablillarlo.
—Oye, no te he pedido que seas mi caballero de la brillante armadura
—replicó Lolli—. Puedo cuidarme sola. No tenías que prometerle nada a
ese monstruo y tampoco tienes que jugar a los médicos conmigo.
—Tienes razón. —Val pateó una lata de refresco aplastada, la observó
mientras rebotaba calle abajo, como haría una piedra sobre el agua—. No
necesitas ayuda de nadie. Lo tienes todo bajo control.
Lolli miró fijamente hacia el escaparate de una tienda de
electrodomésticos donde había unos televisores en los que se reflejaban sus
rostros.
—No he dicho eso.
Val se mordió el labio, paladeando los restos de la poción del trol.
Recordó sus ojos dorados y la rabia sonora e intensa que se percibía en su
voz.
—Lo siento. Tendría que haberte creído sin más.
—Sí, eso habría sido lo mejor —dijo Lolli, pero sonrió.
—Oye, podemos buscar un palo para entablillarte el dedo. Lo ataremos
con un cordón. —Val se agachó y empezó a desatarse una zapatilla.
—Tengo una idea mejor —dijo Lolli, que se giró hacia la entrada de un
callejón—. ¿Qué tal si me olvido del dolor? —Se sentó con la espalda
apoyada en los ladrillos mugrientos y sacó de su mochila la cuchara, la
jeringuilla, el mechero y una bolsita con esa sustancia extraña—. De todos
modos, dame el cordón.
Val pensó en las sombras que se movían y en la arena ambarina, no
tenía ni idea de qué pasaría a continuación.
—¿Qué es eso?
—«Nuncamás» —respondió Lolli—. Así es como lo llama Luis, porque
existen tres reglas: nunca más de una vez al día, nunca más que una pizca
cada vez, y nunca más de dos días seguidos.
—¿Quién inventó esas reglas?
—Dave y Luis, supongo. Cuando acabaron viviendo en la calle, Luis
empezó a trabajar como mensajero para más feéricos. Se ve que necesitan
gente que les haga los recados. Y Dave se ocupó de algunas de esas
entregas. En una ocasión probó una pizca de Nuncamás, lo disolvió en agua
como hacen los feéricos y se lo bebió. Potencia el hechizo de los feéricos o
algo así, para impedir que el hierro les afecte tanto, pero a nosotros nos
coloca. Al principio bastó con bebérselo, pero es mucho mejor cuando te lo
pinchas en el brazo o lo esnifas, como hace Dave.
Lolli escupió en la cuchara y encendió el mechero. La mezcla centelleó
como si hubiera cobrado vida.
—¿Qué hechizo?
—La forma que tienen de aparentar ser diferentes, o de hacer que otras
cosas parezcan diferentes. Magia, supongo.
—¿Qué se siente?
—¿Con el Nuncamás? Es como si el océano se abriera sobre tu cabeza y
te arrastrase a mar abierto —dijo Lolli—. Ya no te afecta nada. Todo deja
de importarte.
Lolli recogió la mezcla con la jeringuilla. Val se preguntó si alguna vez
sería capaz de conseguir que nada la afectase. Eso se parecería mucho al
olvido. Se parecería mucho a estar en paz.
—No —dijo Val, y Lolli interrumpió el proceso. Val sonrió—. Dame
primero a mí.
—¿En serio? —Lolli sonrió—. ¿Quieres?
Val asintió, al tiempo que estiraba el brazo y lo extendía hacia ella.
Lolli le anudó el brazo, le dio unos golpecitos a la jeringuilla para quitar
las burbujas e introdujo la aguja con tanta soltura como si la piel de Val
hubiera sido diseñada para alojarla. El dolor fue muy leve, menor que el
roce de una cuchilla.
—Verás —le explicó Lolli—, lo que tienen las drogas es que hacen que
las cosas se desplacen, las inclinan hacia la izquierda, las ponen de lado o
del revés, pero con el Nuncamás puedes voltear todo lo que te rodea. ¿Qué
más podría conseguir ese efecto?
Val nunca se había parado a pensar en el hueco de su codo, pero ahora
le pareció tan vulnerable como su muñeca, como su garganta. Se frotó el
moratón que le dejó la aguja al salir. Apenas había sangre.
—No lo sé. Nada, supongo.
Lolli asintió, como si le satisficiera esa respuesta. Mientras preparaba
otra dosis de Nuncamás, Val se distrajo con el sonido del cuerpo, con el
ajetreo de sus venas, como si tuviera un nido de serpientes bajo la piel.
—Yo… —comenzó a decir, pero la euforia le derritió los huesos.
El mundo se volvió meloso: denso, lento y dulzón. Fue incapaz de
expresar lo que quería decir, y por un momento pensó que había perdido el
habla para siempre. ¿Y si ya nunca recordaba lo que quería decir?
—Tus venas están absorbiendo la magia —dijo Lolli, cuya voz resonó
desde muy lejos—. Ahora podrás hacer que suceda cualquier cosa.
Un fuego embargó a Val, disipando el frío, desvaneciendo todos esos
pequeños dolores: la ampolla en el dedo del pie, el dolor de estómago, la
contractura muscular en los hombros. El miedo despareció, reemplazado
por una sensación de poder. Un poder que palpitaba en su interior, ávido y
embriagador, que la abrió como si fuera una caja puzle para revelar todo el
dolor, la ira y la confusión que guardaba en secreto. Un poder que le
susurraba con un tono iracundo, con promesas de triunfo.
—¿Lo ves? Ya no duele —dijo Lolli. Se agarró el dedo y lo retorció.
Produjo un chasquido, como el crujir de unos nudillos, y lo recolocó en su
sitio.
Todo parecía demasiado nítido, demasiado brillante. Val se perdió entre
el estampado que trazaba la suciedad sobre la acera, la promesa de unos
letreros de neón coloridos como caramelos, el olor lejano al humo de una
cañería, a tubos de escape, a aceite de freír. Todo resultaba extraño,
hermoso y repleto de posibilidades.
Lolli sonrió como un chacal y le dijo:
—Quiero enseñarte algo.
El fuego le estaba consumiendo el interior de los brazos; una sensación
dolorosa, pero también plácida, como darse un baño de luz. Val se sintió
volátil e imparable.
—¿Siempre es así? —preguntó, aunque una parte remota de su mente le
dijo que era imposible que Lolli supiera lo que estaba sintiendo.
—Sí —respondió la otra—. Vaya que sí.
Lolli encabezó la comitiva por la calle y se aproximó a un hombre
asiático con el pelo canoso y rapado que caminaba en dirección contraria.
Al principio, el tipo retrocedió cuando se acercaron, pero entonces algo
pareció tranquilizarlo.
—Me vendría bien un poco de dinero —dijo Lolli.
El tipo sonrió, se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó su
cartera. De ella extrajo varios billetes de veinte.
—¿Es suficiente? —preguntó. Su voz sonaba extraña, suave y
deslumbrada.
Lolli se acercó para darle un beso en la mejilla.
—Gracias.
Val notó el azote del viento que soplaba desde el Hudson, pero el frío
penetrante ya no le afectaba. Hasta la ventolera más fuerte parecía una
caricia.
—¿Cómo le has obligado a hacer eso? —preguntó, pero con una voz
cargada de asombro y no de aprensión.
—Él quiso hacerlo —repuso Lolli—. Todos quieren complacernos.
Durante el paseo, cada persona con la que se cruzaban les daba lo que le
pedían. Una mujer con una falda de lentejuelas les dio su último cigarro, un
joven con una gorra de béisbol les entregó su cazadora sin rechistar, una
mujer con una gabardina de color bronce se quitó los centelleantes aros de
oro que llevaba en las orejas.
Lolli se puso a hurgar en un cubo de basura y sacó cáscaras de plátano,
papeles mojados, pan viscoso y unas tazas llenas de agua sucia.
—Mira esto —dijo.
En sus manos, esos desperdicios se convirtieron en unos cupcakes tan
blancos y apetitosos que Val alargó la mano para coger uno.
—No —replicó Lolli—. Son para ellos.
Le entregó uno a un anciano que pasaba por allí, y el tipo lo engulló
como un animal, para después coger otro y otro, como si fueran la comida
más deliciosa del mundo.
Val se rio, en parte por el deleite de aquel hombre, y en parte por el
poder que tenían sobre él. Cogió un guijarro y lo convirtió en una galletita
salada. El anciano también se la comió, después le lamió las manos en
busca de cualquier traza. Le hizo cosquillas con la lengua, lo que hizo que
se riera con más fuerza todavía.
Recorrieron varias manzanas más; Val había perdido la cuenta. No dejó
de ver cosas fascinantes que no había advertido hasta entonces: el lustre de
las alas de una cucaracha mientras correteaba sobre una alcantarilla, la
sonrisita de un rostro tallado en un dintel, los tallos partidos de las flores
junto a la puerta de una tienda de alimentación.
—Ya hemos llegado —dijo Lolli, señalando hacia un local oscuro. En el
escaparate había varios maniquíes que posaban con unas faldas de tubo que
tenían estampadas escenas extraídas de los cómics, o que estaban
recostados sobre unos canapés rojos y modernos, sosteniendo unas copas de
Martini con puntitos—. Quiero entrar.
Val se acercó al escaparate y pateó el cristal. Se agrietó, pero no cedió.
La alarma sonó dos veces y luego se desconectó.
—Prueba con esto —le indicó Lolli, mientras recogía una cajita de
plástico. En su mano, se convirtió en una palanca fría y pesada.
Val sonrió con deleite y golpeó el escaparate con toda la agresividad
acumulada contra Tom, contra su madre y contra sí misma, con toda la rabia
que le produjo el trol de la torre y la furia que sentía contra todo el universo.
Golpeó el cristal hasta que se combó como un metal deformado.
—Guay. —Lolli sonrió y se metió a través del escaparate. En cuanto Val
entró, el cristal regresó a su sitio, intacto, como nuevo.
Dentro de la tienda, se encendieron las luces y empezó a sonar una
música enlatada.
Cada nuevo hechizo parecía alimentar el poder que latía dentro de Val,
en lugar de agotarlo. Con cada encantamiento se sentía más atolondrada,
más desbocada. Ya ni siquiera sabía cuál de las dos estaba haciendo cada
cosa.
Lolli se quitó los zapatos de un puntapié, en mitad de la tienda, y se
probó un vestido verde de satén. Val se dio cuenta de que tenía los pies
enrojecidos y repletos de ampollas.
—¿No te parece mono?
—Pues sí. —Val cogió ropa interior nueva y unos vaqueros, y colocó su
ropa vieja sobre el brazo extendido de un maniquí—. Mira esta mierda,
Lolli. Son unos vaqueros de ciento ochenta pavos y no tienen nada de
especial. Son unos simples vaqueros.
—Pero son gratis —repuso la otra.
Val recopiló varias prendas y luego se sentó en una de esas butacas
como de dibujos animados a ver cómo Lolli se probaba más cosas. Mientras
danzaba por ahí con un chal con cuentas sobre la cabeza, Val se fijó en el
decorado que había junto a su asiento.
—¿Ves esto? —preguntó, sosteniendo en alto una copa de vino de color
aguacate—. ¿No te parece horrible? ¿Quién querría pagar por algo tan feo?
Lolli sonrió y cogió un sombrero con flecos confeccionados con plumas
rosas.
—La gente compra lo que les dicen que deben comprar. Ellos no saben
que es feo, o quizá sí, pero creen que están equivocados al pensar eso.
—En ese caso, necesitan que alguien los proteja de sí mismos —dijo
Val, que arrojó la copa hacia el suelo de linóleo. La copa se hizo trizas y las
esquirlas salieron disparadas en todas direcciones—. Cualquiera puede ver
que estas cosas son feas. Feas, feas, feas.
Lolli se echó a reír, y lo siguió haciendo mientras Val rompía todas las
copas.
Durante el camino de vuelta con Lolli hasta la estación de la calle Worth,
Val se sintió desorientada, no estaba segura de lo que había ocurrido en
realidad. Mientras se disipaban los efectos del Nuncamás, se sintió más y
más desvanecida, como si el fuego del encantamiento hubiera consumido
una parte tangible de su ser, como si la hubiera ajado.
Se acordaba de una tienda y de gente que comía de sus manos,
recordaba haber caminado, pero no estaba segura de dónde había sacado la
ropa que llevaba puesta. Tenía una imagen borrosa de rostros, regalos y
sonrisas, tan difusa como el recuerdo de un monstruo en una torre antes de
todo aquello.
Cuando se examinó el cuerpo, vio unas prendas que no recordaba haber
cogido: unas aparatosas botas negras, ideales para patear culos, que sin
duda eran más abrigadas que sus zapatillas; una camiseta estampada con un
león heráldico, unos pantalones negros de camuflaje repletos de bolsillos
con cremallera y un abrigo a juego que le quedaba grande. Le desconcertó
pensar que su ropa había desaparecido, que se la había dejado en alguna
parte. Las botas le apretaban al caminar, pero se alegró de tener ese abrigo.
Al parecer, se habían adentrado mucho en el SoHo y, sin la magia dentro de
su cuerpo, tenía mucho más frío que antes.
Cuando se colaron por la entrada de servicio y bajaron las escaleras, Val
vio a varias personas en el túnel. El fulgor cambiante de las velas iluminó
un pómulo, la curvatura de una mandíbula, la botella envuelta en una bolsa
de papel que uno de ellos se estaba llevando a los labios. La chica del
vientre hinchado estaba allí, envuelta en una manta, al lado de otro cuerpo.
—Ahí estáis —dijo Dave el Difuso.
Tenía la voz pastosa y, cuando la luz de las velas lo alcanzó, Val vio que
tenía esa flojera en los labios propia de quien está muy borracho.
—Ven a sentarte conmigo, Lolli —dijo Dave—. Ven a sentarte aquí.
—No —repuso ella, que se dirigió hacia Luis—. No puedes decirme lo
que debo hacer.
—No pretendo darte órdenes —replicó él, afligido—. ¿No sabes que te
quiero, nena? Haría cualquier cosa por ti. Mira. —Sostuvo un brazo en alto.
Se había grabado el nombre de Lolli en la piel con unas letras torcidas y
sanguinolentas—. Mira lo que he hecho.
Val torció el gesto. Lolli se limitó a reírse.
Luis se encendió un cigarro y, por un momento, al prender la cerilla, se
le iluminó el rostro entero. Parecía furioso.
—¿Por qué no me crees? —inquirió Dave.
—Te creo —repuso Lolli con voz chillona—. Pero me da igual. Eres un
soso. ¡A lo mejor te querría si no fueras tan aburrido!
Luis se levantó de un salto y apuntó con el cigarro a Lolli, primero, y
después, a Dave.
—Callaos de una puta vez.
Se giró y fulminó con la mirada a Val, como si aquello fuera culpa suya.
—¿Quiénes son esos? —preguntó ella, señalando hacia la pareja
arropada bajo las mantas—. Creía que nadie podía bajar aquí.
—Se supone que nadie debería hacerlo —repuso Luis, que se sentó al
lado de su hermano—. Ni tú, ni yo, ni ellos.
Val puso los ojos en blanco, pero supuso que el gesto había pasado
desapercibido entre la penumbra. Se acercó a Lolli y le susurró:
—¿Es igual de gilipollas cuando yo no estoy?
—Es complicado —respondió Lolli con otro susurro—. Antes vivían
aquí de okupas, pero a Derek le metieron en el talego por no sé qué movida,
y Tanya se mudó a un edificio abandonado en Queens.
Luis se acercó un poco más a su hermano y le susurró algo. Dave el
Difuso se levantó, apretando los puños.
—Siempre te quedas con todo —le gritó a Luis, moqueando y con las
mejillas surcadas de lágrimas.
—¿Qué quieres que le haga? —inquirió Luis—. Nunca he tocado a esa
chica. No es culpa mía que te dé calabazas.
—¡No soy una cosa! —les gritó, enardecida—. No habléis de mí como
si fuera un objeto.
—¡Qué te jodan! —exclamó Dave—. ¿Dices que soy un soso? ¿Que
soy un cobarde? Algún día, desearás no haberme hablado así.
La chica de la manta se incorporó, adormilada.
—¿Qué…?
—Venga —dijo Luis, mientras cogía a su hermano del brazo—.
Salgamos de aquí, Dave. Estás borracho. Necesitas que te dé el aire.
Dave se revolvió para zafarse de él.
—Vete a tomar por culo.
Val se incorporó, los últimos rescoldos del Nuncamás hicieron que la
oscuridad aterciopelada de los túneles se estremeciera. Le flaqueaban las
piernas y le ardían las plantas de los pies, a causa de esa larga caminata que
su cuerpo empezaba a ser consciente de haber acometido, pero lo último
que quería era que le diera un ataque de claustrofobia.
—Olvídalo. Nos vamos de aquí.
Lolli la siguió escaleras arriba.
—¿Por qué te gusta tanto? —preguntó Val.
—No me gusta. —Lolli no se molestó en preguntar a quién se refería—.
Tiene un ojo a la virulé. Esta escuálido y se comporta como si fuera un
viejo.
Val se encogió de hombros e introdujo el pulgar por la pretina de sus
pantalones nuevos. Observó el avance de sus botas sobre las grietas de la
acera, dejando que su silencio hablara por ella. Lolli suspiró.
—Debería venir él a mí, arrastrándose.
—Debería —coincidió Val.
Atravesaron la calle Bayard, pasaron junto a varios supermercados
donde vendían sacos de arroz, pilas de manzanas doradas, brotes de bambú
en cuencos con agua y un enorme fruto con pinchos que colgaba del techo.
Pasaron junto a tiendecitas donde vendían gafas de sol, lámparas de papel,
fajos de bambú sujetos con lazos dorados, y unos dragones de plástico de
color verde, moldeados de tal forma que semejaban jade tallado.
—Hagamos una parada —dijo Lolli—. Tengo hambre.
La simple mención a la comida arrancó un gruñido de la barriga de Val.
El miedo le había cerrado el estómago, y se dio cuenta de que no había
probado bocado desde la noche anterior.
—Está bien.
—Te voy a enseñar a comer de gorra.
Lolli eligió un restaurante donde había varios patos colgados, con un
alambre enrollado al cuello, cubiertos por una capa rojiza de glaseado y con
unos huecos vacíos donde antes estaban sus ojos. En el interior del local, la
gente hacía cola para elegir su comida de un surtido de platos humeantes.
Lolli pidió té recién hecho y rollitos de huevo para las dos. El tipo del
mostrador no parecía tener ni papa de inglés, pero sirvió los productos
apropiados en una bandeja, junto con casi una docena de paquetes de
plástico.
Se sentaron a una mesa. Lolli miró a su alrededor, después abrió un
paquete de salsa de pato y la vertió sobre su rollito, para luego coronarlo
con mostaza caliente. Señalo con la cabeza en dirección a una mesa vacía
donde aún quedaban varios platos.
—¿Ves esas sobras?
—Sí. —Val le pegó un mordisco a su rollito de huevo, la grasa le
chorreó por los labios. Estaba delicioso.
—Espera y verás. —Lolli se levantó, se acercó hasta un plato de lo mein
a medio comer, lo cogió y regresó a su mesa—. ¿Lo ves? Esto es comer de
gorra.
Val soltó una risotada, ligeramente escandalizada.
—No puedo creer que hayas hecho eso.
Lolli sonrió, pero esa sonrisa dejó paso a una expresión extraña.
—A veces, acabas haciendo un montón de locuras de las que no te
habrías creído capaz.
—Supongo que tienes razón —dijo Val, pensativa. Al fin y al cabo, ella
no se habría creído capaz de pasar la noche en una estación de metro
abandonada con un puñado de jóvenes vagabundos. Tampoco se habría
creído que, en lugar de ponerse a gritar y a llorar cuando descubrió el lío de
su madre con Tom, le diera por raparse la cabeza y asistir a un partido de
hockey. Y tampoco podía creerse que estuviera sentada allí, comiéndose
tranquilamente la cena de otra persona, cuando acababa de ver un monstruo.
—Me mudé con mi novio cuando tenía trece años —dijo Lolli.
—¿En serio? —preguntó Val.
La comida que había ingerido la fue serenando, le ayudó a creer que el
mundo podía seguir su curso. Aunque existieran los feéricos y sus
misteriosas drogas, también seguiría existiendo la comida china, que
seguiría estando caliente, grasienta y deliciosa.
—Se llamaba Alex. —Lolli puso una mueca—. Tenía veintidós años.
Mi madre creía que era un pervertido y me dijo que me alejara de él. Al
final, me harté de esconderme y me largué.
—Joder. —Val no supo qué otra cosa decir. Cuando ella tenía trece
años, los chicos eran tan misteriosos e inalcanzables como las estrellas del
cielo—. ¿Y qué pasó?
Lolli dio un par de bocados rápidos de lo mein y los regó con un trago
de té.
—Alex y yo nos pasábamos el día discutiendo. Él pasaba droga en el
apartamento y no quería que yo me metiera nada, ni siquiera cuando él se
pinchaba delante de mí. Era peor que mis padres. Finalmente, conoció a
otra chica y me dijo que me largara.
—¿Volviste a casa? —preguntó Val.
Lolli negó con la cabeza.
—Imposible —dijo—. Una vez que cambias, ya no puedes volver.
—Yo sí puedo —replicó Val, sin pensar, pero entonces se acordó del trol
y del trato que había hecho con él. Ahora le parecía algo irreal, bajo la luz y
el calor de ese restaurante, pero en el fondo eso la estaba reconcomiendo.
Lolli se quedó callada un instante, como si estuviera sopesando esas
palabras.
—¿Sabes lo que le hice a Alex? —preguntó, recuperando su sonrisa
maliciosa—. Aún tenía las llaves. Un día volví, cuando no había nadie, y
arrasé el piso. Lo arrojé todo por la ventana: su ropa, la ropa de ella, el
televisor, sus drogas… Todas las mierdas que se me pusieron a tiro
acabaron en la calle.
Val se rio con ganas. Se imaginó la cara que pondría Tom si ella le
hiciera lo mismo. Se imaginó su ordenador nuevo reventado sobre la acera,
el iPod roto en pedacitos blancos, sus prendas negras desperdigadas por el
césped.
—Vaaaaya —dijo Lolli, poniendo cara de no haber roto un plato—. Te
ha gustado tanto esta historia que seguro que tú también tienes experiencia
con algún novio capullo.
Val abrió la boca, sin saber lo que iba a decir. Las palabras se le
quedaron atascadas en la lengua.
—Mi novio se acostaba con mi madre —se obligó a decir al fin.
Lolli se rio hasta atragantarse, después se quedó mirando a Val con los
ojos como platos, incrédula.
—¿En serio? —preguntó.
—En serio —repuso Val, que sintió una satisfacción extraña al haber
logrado sorprender a alguien como Lolli—. Creían que me había ido en tren
y se estaban dando el lote en el sofá. Mi madre le dejó la cara cubierta de
pintalabios.
—¡Qué asco! ¡Qué asco! —Lolli esbozó una mueca jocosa y sincera de
aversión.
Val también se rio, porque, de repente, aquello le resultó gracioso. Se
rio tan fuerte que le dolió el estómago, se quedó sin respiración y se le
saltaron las lágrimas. Era agotador reírse de esa manera, pero sintió como si
estuviera despertando de un sueño extraño.
—¿De verdad vas a volver a casa después de eso? —le preguntó Lolli.
Val seguía un poco atolondrada de tanto reírse.
—No me queda otra, ¿no crees? Aunque me quedara aquí una
temporada, no puedo vivir el resto de mi vida en un túnel.
Al darse cuenta de lo que había dicho, miró a Lolli, pensando que se
sentiría ofendida, pero la otra se limitó a apoyar la cabeza sobre sus manos,
con gesto pensativo.
—En ese caso, deberías llamar a tu madre —dijo al fin. Señaló hacia el
vestíbulo—. Ahí fuera hay un teléfono público.
Val se quedó pasmada. Era el último consejo que esperaba recibir de
ella.
—Tengo el móvil.
—Pues llámala de una vez.
Val sacó su móvil con una sensación de fatalidad y lo encendió. La
pantalla se llenó con una lista creciente de llamadas perdidas. Paró cuando
iba por la sesenta y siete. Solo había recibido un mensaje. Era de Ruth,
decía: «dnd stás? tu madre está de los nervios».
Val respondió. «Aún sigo en la ciudad», escribió, pero entonces se
quedó quieta, sin saber qué más poner. ¿Qué iba a hacer? ¿De verdad podría
volver a casa?
Tomó aliento y abrió el buzón de voz. El primer mensaje era de su
madre, que tenía una voz suave y entrecortada: «Valerie, ¿dónde estás? Solo
quiero saber que estás bien. Es muy tarde y he llamado a Ruth. Supongo
que te habrá frito el teléfono. N-n-no sé cómo explicar lo que ha ocurrido,
ni cómo expresarte lo mucho que lo siento. —Hizo una larga pausa—. Sé
que estas furiosa conmigo. Tienes todo el derecho del mundo a estarlo.
Pero, por favor, confírmame que estás bien».
Resultó extraño escuchar la voz de su madre después de tanto tiempo.
Le produjo un nudo en el estómago, fruto de la tristeza, la furia y un
profundo bochorno. Haber compartido un chico con su madre la hacía sentir
muy vulnerable. Borró el mensaje y pasó al siguiente. Era de su padre:
«¿Valerie? Tu madre está muy preocupada. Me ha dicho que habéis
discutido y que te fuiste de casa. Ya sé cómo es ella, pero pasarte toda la
noche fuera no va a arreglar nada. Te consideraba más inteligente». De
fondo, pudo oír los gritos de sus hermanastras, entre el sonido de los
dibujos animados.
A continuación, se oyó la voz de un tipo al que no conocía. Parecía
hastiado. «¿Valerie Russell? Soy el agente Montgomery. Tu madre ha
informado de tu desaparición después de producirse un desencuentro entre
vosotras. Nadie va a obligarte a hacer nada que no quieras hacer, pero
necesito que me llames y me confirmes que no estás metida en ningún lío».
Le dejó un número.
El siguiente mensaje era un silencio interrumpido por una serie de
sollozos ahogados. Al cabo de un rato, se oyó la voz entrecortada de su
madre: «¿Dónde estás?».
Val apagó el buzón de voz. Era horrible escuchar el mal trago que
estaba pasando su madre. Debería volver a casa. Puede que todo se
arreglase: si ella no volvía a traerse un novio a casa, y si su madre se
quitaba de en medio durante una temporada. En menos de un año, Val
terminaría el instituto. Entonces ya no tendría que volver a vivir allí.
Buscó el número de su casa en la agenda y pulsó el botón para llamar.
Dio tono, mientras a Val se le congelaban los dedos. Lolli recolocó los
tallarines que sobraron del lo mein para formar algo que bien podía ser el
sol, una flor o un león cutre.
—¿Diga? —dijo la madre de Val, en voz baja—. ¿Cielo?
Val colgó. El móvil sonó casi de inmediato y ella lo apagó.
—Sabías que no podría hacerlo —acusó a Lolli—. ¿Verdad?
La otra se encogió de hombros.
—Mejor averiguarlo ahora. Jersey está muy lejos como para ir en vano.
Val asintió, presa de un miedo nuevo y agudo. Por primera vez,
comprendió que quizá nunca estaría preparada para volver a casa.
La realidad es aquello que, incluso aunque dejes de creer en ello, no
desaparece.
PHILIP K. DICK.
V al se despertó con el silbido de un tren que pasó a toda velocidad. A
pesar del frío, el sudor hizo que el abrigo de lana se le quedara
pegado a la piel. Le dolía la cabeza, le ardía la boca, y a pesar de todo lo
que había comido la noche anterior, estaba hambrienta. Tiritando, se
envolvió con más fuerza en la colcha y encogió las piernas para pegarlas a
su cuerpo.
Intentó recordar lo ocurrido, aparte de la comida de gorra y de la
llamada a casa. Había visto un monstruo y una espada hecha de cristal,
después sintió un pinchazo en el brazo y una oleada de poder que todavía la
llenaba de añoranza. Se incorporó a duras penas y contempló la ropa nueva,
la prueba de que sus recuerdos no se habían formado a base de retazos de
sueños medio olvidados. A Dave le sangró el brazo, varios desconocidos
cumplieron todas sus órdenes, y la magia existía de verdad. Buscó su
mochila a tientas, le alivió comprobar que no se la había dejado olvidada
junto con el resto de su ropa.
Lolli era la única que seguía durmiendo, acurrucada en posición fetal,
con un vestido nuevo dispuesto sobre una falda y unos vaqueros recién
estrenados. Dave y Luis no estaban.
—¿Lolli? —Val se acercó a gatas y la zarandeó por el hombro.
La otra giró el cuerpo, se apartó un mechón azulado de la cara y soltó
un quejido. Tenía aliento mañanero.
—Lárgate —masculló, mientras se cubría el rostro con la manta
mugrienta.
Val se levantó, tambaleándose. Se le nubló la vista. Recogió su mochila
y se obligó a caminar entre la oscuridad para subir hacia las calles nocturnas
de Manhattan. El cielo estaba cubierto de nubes y el aire cargado de ozono,
como si se aproximara una tormenta a toda velocidad.
Val se sintió reseca, frágil y quebradiza como una de las pocas hojas que
revoloteaban por el parque. Al parecer, si le quitabas el deporte, el instituto
y la vida normal, no quedaba gran cosa dentro de ella. Sentía el cuerpo
magullado, como si algo hubiera estado merodeando bajo su piel la noche
anterior, algo tan horrible e inmenso que la había consumido por dentro. Sin
embargo, a pesar del miedo, también experimentó un sentimiento de
satisfacción. «Esto me lo he hecho yo —pensó—. Yo soy la causante».
Inspiró unas hondas bocanadas de aire frío que le asentaron el
estómago, pero el ardor en la boca aumentó.
Las palabras de aquella criatura regresaron a su mente sin previo aviso:
«Me servirás durante un mes. Cada día, al anochecer, acudirás al parque
Seward. Allí encontrarás una nota bajo la pezuña del lobo. Si no haces lo
que se te indique, pagarás las consecuencias». Ya llegaba tarde.
Val pensó en ese líquido viscoso que el trol había extendido sobre su
piel y la recorrió un escalofrío, una descarga eléctrica que le impulsó la
mano hacia los labios. Los tenía secos e hinchados, pero no halló ningún
corte ni herida que explicara la comezón.
Entró en una tienda y compró un vaso de agua helada con parte del
dinero suelto que le quedaba en el fondo de la mochila, con la esperanza de
refrescarse la boca. Una vez fuera de la tienda, se sentó en la acera y
chupeteó un cubito de hielo. Le temblaba tanto la mano que no se atrevió a
dar un sorbo.
Una mujer que salió de la licorería de al lado la miró y depositó unas
monedas en su vaso de agua. Val la miró, sobresaltada, dispuesta a replicar,
pero la mujer ya se había marchado.
Cuando Val extrajo el papelito doblado de debajo de la pezuña del lobo,
tenía la boca tan dolorida como una llaga. Se acuclilló cerca de la fuente
seca y apoyó la cabeza sobre la barra descascarillada de una verja metálica,
mientras abría la nota con los dedos entumecidos.
Pensó que podría ser una hoja en blanco que tendría que estrujar y
arrojar, como la que recibió Dave, pero esa nota contenía varias palabras,
redactadas con la misma caligrafía repleta de filigranas que dejó anotada
una dirección en la botella de arena ambarina:
«Ven bajo los pilares del puente de Manhattan y golpea tres veces sobre
el árbol que se asienta donde no debería haber ninguno».
Val se guardó la nota en el bolsillo, pero al hacerlo, su mano topó con
algo más. Lo sacó: era un clip para billetes plateado con una turquesa
enorme en el centro. Sujetaba un billete de veinte, dos de cinco y al menos
una docena de billetes de un dólar.
¿Se había llevado ella ese dinero? ¿Lo habría hecho Lolli? No se
acordaba. Nunca había robado nada. En una ocasión, salió de un Spencers
del centro comercial con un póster de los Rangers en la mano, sin darse
cuenta de que no lo había pagado hasta que llegó a las escaleras mecánicas.
Sus amigos se quedaron tan impresionados que ella actuó como si lo
hubiera hecho aposta, pero después se sintió tan mal que nunca llegó a
colgarlo en la pared.
Val intentó rememorar los sucesos de la noche anterior, pero fue como
intentar recordar una historia que le hubiera contado otra persona. Era una
maraña confusa que, a pesar de todo, le produjo el cosquilleo de querer
volver a probar el Nuncamás.
Se puso en marcha, demasiado dolorida como para hacer otra cosa.
Sintió un nudo desagradable en el estómago. Enfiló por la calle Market,
pasó junto a varias tiendas asiáticas y un local donde vendían té de
burbujas, con un grupo de adolescentes plantados frente a la puerta,
charlando y riéndose a carcajadas. Val se sintió tan distanciada de ellos
como si tuviera cien años. Echó mano de su mochila, nada le apetecía más
que llamar a Ruth, escuchar a alguien que la conociera, alguien que le
recordara cómo era su antiguo yo. Pero le dolía demasiado la boca.
Atajó por la calle Cherry, siguió caminando un poco más y se acercó lo
suficiente al East River como para que ningún edificio le bloquease la
panorámica. El agua centelleaba con el fulgor reflejado del puente y de la
orilla contraria. Una barcaza estuvo a punto de convertirse en una masa de
espacio negativo, de no ser por las lucecitas que relucían en la proa.
El puente se alzó directamente sobre su cabeza, los pilares parecían las
torres de un castillo, ásperas columnas de piedra que se alzaban sobre la
calle, enrojecidas por los restos de herrumbe que caían del armazón
metálico del puente. La superficie de roca quedaba interrumpida por unas
ventanas batientes situadas a mucha altura del suelo.
Varias esquirlas de cristal crujieron bajo sus botas cuando atravesó el
elegante arco del paso subterráneo. La acera apestaba a orina. A un lado
había una verja de alambre provisional, que bloqueaba el acceso a una zona
en obras donde había un montículo de arena que esperaba a que alguien lo
extendiera. Al otro lado, cerca del lugar por el que transitaba, había algo
parecido a una entrada tapiada. Por debajo, Val vio el tocón de un árbol,
cuyas raíces se introducían a fondo en el hormigón.
—El árbol. —Val le dio un suave puntapié al tocón. La madera estaba
húmeda y renegrida, pero las raíces se adentraban en el suelo de hormigón,
como si se extendieran más allá de los túneles y cañerías, zigzagueando
hasta alcanzar algún terreno secreto y rico en nutrientes. Se preguntó si se
trataría del mismo árbol que daba esos frutos pálidos.
Resultaba insólito ver allí un tocón, adosado a un edificio, como si
fueran parientes. Pero quizá nada fuera tan insólito como la idea de haberse
metido en un cuento de hadas. En un videojuego, se habría producido
alguna tormenta pixelada de color, o puede que incluso apareciera un
mensaje en la pantalla para advertirle que estaba dejando atrás el mundo
real. «Portal hacia Faerieland. ¿Quieres continuar? S/N».
Val se agachó y dio tres golpes con la mano en el tocón. La corteza
humedecida apenas profirió ruido alguno bajo sus nudillos. Una araña salió
correteando hacia la calle.
Un crujido la sobresaltó. Apareció una grieta en la piedra, por encima
del tocón, como si algo la hubiera golpeado. Val se levantó y alargó un
brazo para deslizar el dedo sobre la fisura, pero cuando tocó la pared, varias
porciones de piedra se resquebrajaron y se desprendieron, hasta formar una
especie de puerta.
La atravesó y llegó al hueco de una escalera, con escalones que se
extendían hacia arriba y hacia abajo desde el rellano. Cuando miro atrás, se
topó con una pared maciza. Una repentina oleada de terror estuvo a punto
de hacerle perder el sentido, y solo el dolor la mantuvo quieta en el sitio.
Clip, clap.
—¿Hola? —llamó desde el pie de los escalones. Le dolió la boca al
moverla.
Clip, clap.
El trol apareció en el descansillo.
«¿Quién hace clip, clap por mi puente?».
—Cualquier otra persona habría venido antes. —Su voz grave y áspera
resonó por el hueco de la escalera—. Debe de dolerte mucho la boca como
para haberte decidido a venir por fin.
—No es para tanto —repuso Val, reprimiendo una mueca de dolor.
—Sígueme, mentirosilla. —Ravus se dio la vuelta y regresó a sus
aposentos.
Val se apresuró a subir por las polvorientas escaleras.
Aquella estancia enorme y abierta estaba iluminada por unos gruesos
cirios repartidos por el suelo, cuyo fulgor hacía brincar la sombra de Val por
las paredes, inmensa y amenazante. Los trenes retumbaban sobre sus
cabezas y entraban ráfagas de aire frío a través de las ventanas tapadas.
—Toma. —En la palma de una mano con seis dedos, Ravus sostuvo una
piedra blanca y pequeña—. Chúpala.
Val cogió la piedra y se la metió en la boca, estaba demasiado dolorida
como para cuestionar a Ravus. Tenía un tacto frío, y al principio le supo a
sal, y después a nada. El dolor remitió poco a poco, y con él las últimas
náuseas, pero entonces el cansancio ocupó su lugar.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, tras impulsar la piedra hacía el
carrillo con la lengua para poder hablar.
—De momento, puedes colocar unos cuantos libros en la estantería. —
Ravus dio media vuelta, se acercó a su escritorio y comenzó a remover un
líquido cargado de hojas y ramitas—. Puede que tengan un orden
determinado, pero como lo he olvidado por completo, no espero que tú lo
encuentres. Colócalos donde mejor encajen.
Val cogió un tomo de una pila polvorienta. Pesaba bastante, las pastas
de piel estaban agrietadas y desgastadas. Lo abrió. Las páginas estaban
escritas a mano, y en la mayoría de ellas había unas plantas dibujadas con
tinta china o acuarelas.
«Amaranto —leyó mentalmente—. Entrelazarlo a modo de corona para
acelerar la curación del portador. Si se lleva a modo de guirnalda,
proporciona invisibilidad». Cerró el libro y lo puso en la estantería de
ladrillo y contrachapado.
Val jugueteó con la piedra dentro de su boca, como si fuera un
caramelo, mientras recogía los libros desperdigados del trol. Contempló el
revoltijo de mantas militares roídas por las polillas, la alfombra mugrienta y
las bolsas de basura desgarradas que cumplían la función de cortinas, unas
que ni siquiera la luz de las farolas del exterior podía atravesar. Una
delicada taza de flores, llena hasta la mitad con un líquido salobre, estaba
apoyada al lado de una butaca de cuero desgarrada. Al imaginarse al trol
sosteniendo esa taza tan delicada entre sus garras, Val soltó una risotada.
—Conocer el punto débil de tu objetivo, ese es el don natural de los
grandes mentirosos —dijo el trol sin alzar la mirada. Empleó un tono seco
—. Aunque los feéricos diferimos mucho unos de otros, y de unos lugares a
otros, nos parecemos en una cosa: no podemos decir abiertamente algo que
sea falso. Sin embargo, a mí me fascinan las mentiras, hasta el punto de que
me gustaría creerlas.
Val no respondió.
—¿Te consideras una experta en el arte de mentir? —le preguntó Ravus.
—La verdad es que no —respondió ella—. Me considero más bien una
ingenua.
Ravus no dijo nada al oír eso.
Tras recoger otro libro, Val se fijó en la espada de cristal que estaba
colgada en la pared. Parecía que la habían limpiado hacía poco; a través de
ella se podía ver la piedra, y cada hoyuelo en la roca se magnificaba y se
distorsionaba, como si se encontrasen bajo el agua.
—¿Está hecha de hilo de azúcar? —La voz de Ravus resonó muy cerca,
y Val comprendió que se había quedado mirando la espada durante mucho
rato—. ¿De hielo? ¿De vidrio? ¿De cristal? Eso es lo que te estás
preguntando, ¿verdad? ¿Cómo algo que parece tan frágil resulta tan difícil
de romper?
—Estaba pensando en lo hermosa que es —dijo Val.
—Es un objeto maldito.
—¿Maldito? —repitió ella.
—Le falló a un buen amigo mío y le costó la vida. —Ravus deslizó una
uña curva y afilada a lo largo de la espada—. Un arma mejor quizá habría
frenado a su oponente.
—¿Quién era su… oponente? —preguntó Val.
—Yo —respondió el trol.
—Ah.
Val no supo qué más decir. Aunque Ravus parecía más tranquilo,
incluso afable, percibió un tono de advertencia en sus palabras. Pensó en
algo que le dijo su madre, cuando por fin rompió con uno de sus novios más
disfuncionales: «Cuando un hombre te dice que va a hacerte daño, créetelo.
Siempre te lo advierten y siempre aciertan». Val apartó esas palabras de su
mente; no quería ninguno de los consejos de su madre.
El trol regresó a la mesa y cogió tres botellas de cerveza taponadas con
cera. Val no alcanzó a ver el color de su contenido a través del cristal, pero
la idea de que pudiera ser esa misma arena ambarina que corrió por sus
venas la noche anterior le provocó un cosquilleo expectante en la piel.
—La primera entrega será en el parque de Washington Square, a un trío
de feéricas que hay allí.
Ravus señaló con una uña afilada hacia un mapa que representaba los
cinco distritos y la mayor parte de Nueva York y Nueva Jersey, que estaba
pegado a la pared. Val se acercó y advirtió que había unos alfileres negros
clavados en varios puntos, a lo largo de su superficie.
—La segunda entrega puedes depositarla aquí, delante de un edificio
abandonado. Es posible que el… receptor no quiera dejarse ver. Quiero que
lleves la tercera hasta un parque abandonado, aquí. —El trol parecía estar
refiriéndose a una calle en Williamsburg—. Hay unas pequeñas colinas
cubiertas de hierba, cerca de las rocas y del agua. La criatura a la que
buscas te esperará junto a la orilla del río.
—¿Qué señalan esos alfileres? —preguntó Val.
Ravus miró de reojo hacia el mapa y pareció titubear antes de
responder:
—Muertes. No es inusual que los feéricos mueran en las ciudades. Casi
todos los que vivimos aquí estamos exiliados o nos escondemos de otros
feéricos. Vivir tan cerca de tanto hierro es peligroso. Los feéricos solo lo
harían por la protección que les aporta. Pero estas muertes son diferentes.
Estoy intentando desentrañarlas.
—¿Qué voy a entregar?
—Una medicina —respondió—. Inservible para ti, pero mitiga el dolor
de los feéricos expuestos a tanto hierro.
—¿Ellos tienen que darme algo a cambio?
—No te preocupes por eso —respondió el trol.
—Oye —añadió Val—, no pretendo ser pejiguera, pero nunca he vivido
en Nueva York. Sí, he venido a hacer cosas y he paseado por el Village,
pero no puedo localizar todos esos sitios con un simple vistazo a un mapa.
El trol se echó a reír.
—Por supuesto que no. Si tuvieras pelo, te haría tres nudos, uno por
cada entrega, pero como no es así, dame la mano.
Val extendió la mano, con la palma hacia arriba, preparada para
apartarla si Ravus sacaba algún instrumento afilado. El trol introdujo la
mano en uno de los bolsillos de su abrigo y sacó un carrete de hilo verde.
—La mano izquierda —dijo.
Val le dio la mano contraria y Ravus le anudó el hilo alrededor de los
dedos índice, corazón y anular, formando un nudo en cada uno de ellos.
—¿Y esto para que sirve? —preguntó.
—Te ayudará a realizar tus entregas.
Val asintió, mientras se examinaba los dedos. ¿Cómo podía ser magia
algo así? Ella se esperaba algo que centelleara y reluciera, no algo tan
mundano como un simple cordel. Quiso volver a preguntarlo, pero pensó
que sería de mala educación, así que optó por preguntar otra cosa que la
tenía intrigada:
—¿Por qué el hierro afecta a los feéricos?
—No lo tenemos presente en nuestra sangre, como vosotros. Aparte de
eso, no lo sé. Hace poco envenenaron a un rey de la Corte Oscura con unas
cuantas esquirlas de hierro. Se llamaba Nephamael y creía que podría
convertir el hierro en su aliado: llevaba puesta una diadema de ese material,
dejó que las quemaduras le produjeran unas cicatrices tan hondas en la
carne como para endurecerla y que ya no le afectara más. Pero eso no le
curtió la garganta. Murió asfixiado a causa del hierro.
—¿Cómo son esas cortes? —preguntó Val.
—Cuando hay un número suficiente de feéricos en una región, a
menudo se organizan en grupos. Puedes considerarlos bandas, pero los
feéricos suelen llamarlas cortes. Ocupan una porción de territorio y a
menudo se pelean con otras cortes cercanas. Existen las Cortes Luminosas,
a las que también llamamos Cortes Radiantes, y las Cortes Oscuras,
también conocidas como Cortes Nocturnas. A priori, se puede considerar
que las Cortes Radiantes son buenas y las Nocturnas son malas, pero
estarías muy equivocada, aunque no del todo. Y luego está la Corte
Suprema, pero cuanto menos digamos sobre ella y sobre la estirpe de los
Greenbriar, mejor.
Val se estremeció.
—¿Tendré que hacer las entregas yo sola? ¿Alguno de los demás vendrá
conmigo?
Los ojos dorados de Ravus centellearon bajo la luz de las velas.
—¿Los demás? Luis es el único mensajero humano que he tenido.
¿Estás pensando en alguien más?
Val negó con la cabeza, sin saber lo que debería responder.
—Te ruego que realices estas tareas sola y que no las comentes con
ninguno de… los demás.
—De acuerdo —dijo Val.
—Estás bajo mi protección —añadió Ravus, dejando que cogiera la
botella—. Aun así, hay ciertas cosas que quiero que sepas sobre los
feéricos. No te entretengas con ellos y no aceptes nada de lo que te
ofrezcan, sobre todo comida. —Val pensó en la piedra hechizada que le dio
de comer a un anciano y asintió con gesto sombrío, sintiéndose culpable—.
Métete esta flor de consuelda en la zapatilla. Te mantendrá a salvo y
acelerará tu viaje. También las serbas. Y aquí tienes asperugo para
protegerte de la hipnosis. Te lo puedes guardar en el bolsillo.
Val cogió las plantas, se quitó la zapatilla izquierda y metió dentro la
flor de consuelda. Notó su presencia allí, apretujada junto a su calcetín,
desde donde le reportó un sosiego desconcertante.
Cuando volvió a salir a la calle, notó un tirón en el hilo que llevaba
anudado alrededor del índice. ¡Magia! Aquello le hizo sonreír, a pesar de
todo, mientras ponía rumbo en la dirección indicada.
Aún no era tarde cuando llegó al parque de Washington Square. Había
hecho una parada por el camino para invertir parte del dinero robado en un
sándwich de jamón york que le costó digerir, a pesar del hambre, así que
tuvo que tirarlo a la mitad. Incluso pudo lavarse la cara en una fuente
helada, donde el agua tenía un regusto a monedas y óxido.
Las tres botellas con aquella sustancia extraña tintineaban entre sí
dentro de su mochila, que parecía más pesada de lo normal a causa del
cansancio. Anhelaba descorchar una y probar el contenido para traer de
vuelta el poder y la intrepidez de la noche anterior, pero estaba tan
escarmentada por el agotamiento que no lo hizo.
Mientras atravesaba el parque, junto a varios estudiantes de la
Universidad de Nueva York con bufandas de colores, junto a gente que
apretaba el paso para ir a cenar o que paseaba a unos perritos diminutos con
jerséis, comprendió que no tenía ni idea de lo que estaba buscando. El hilo
tiró de ella hacia un puñado de colegiales con ropa pija de skaters, que
estaban encaramados a una de las verjas interiores. Un chico con melenita
corta y pantalones caídos, con unas rodilleras con estampado de calaveras y
unas Vans de cuadros, era el más estridente del grupo, plantado en lo alto de
la verja, desde donde hablaba a voces con tres chicas que estaban apoyadas
en el grueso tronco de un árbol. Las tres iban descalzas y tenían el pelo de
color miel.
El hilo tiró de Val hasta esas chicas antes de desenredarse.
—Vaya, hola —dijo Val—. Me parece que tengo algo para vosotras.
—Percibo en ti el olor de un hechizo, denso y dulzón —dijo una de
ellas. Tenía los ojos grises como el plomo—. Si no te andas con ojo, una
chica como tú podría acabar conducida al interior de la colina. Dejaríamos
un trozo de madera en tu lugar y todo el mundo lloraría ante él, porque
serían demasiado idiotas como para notar la diferencia.
—No seas mala con ella —dijo otra, mientras se enrollaba un mechón
de pelo alrededor de la mano—. No puede evitar estar ciega y ser ingenua.
—Aquí tenéis —dijo Val, que dejó la botella en manos de la chica que
no había abierto la boca—. Sed buenas y tomaos la medicina.
—Vaaaayaaaa, pero si sabe hablar —dijo la chica de los ojos grises.
La tercera chica se limitó a sonreír y miró de reojo al chico de la verja.
Una de las otras siguió la trayectoria de su mirada.
—Es muy guapo —dijo.
Val apenas podía distinguirlas. Todas tenían unas extremidades largas y
estilizadas, y una melena que parecía agitarse hasta con la más mínima
brisa. Deberían haber tenido frío, sin zapatos y con esa ropa tan fina, pero
se dio cuenta de que no era así.
—¿Quieres bailar con nosotras? —le preguntó una de las feéricas.
—Él sí que quiere. —La feérica de los ojos grises le dedicó una sonrisa
radiante al skater ruidoso.
—Baila con nosotras, mensajera —dijo la tercera, que habló por
primera vez. Su voz recordaba al croar de una rana, y cuando abrió la boca,
Val vio que tenía la lengua negra.
—No —respondió, pensando en las advertencias del trol y en el
asperugo que llevaba en el bolsillo—. Tengo que irme.
—Está bien —dijo la feérica de los ojos grises, mientras hincaba el dedo
gordo del pie en el suelo—. Volverás a visitarnos cuando no estés tan
cargada de hechizos. Al menos, eso espero. Eres casi tan guapa como él.
—No soy guapa —replicó Val.
—Eso lo dirás tú —repuso la feérica.
Val no supo a qué atenerse mientras pasaba junto a varios bloques de
apartamentos clausurados y tiendas con el escaparate roto. El edificio hacia
el que la impulsaba el hilo también estaba clausurado con tablones, pero se
sorprendió al ver un jardín exuberante en la azotea. Largas lianas colgaban
por un lateral, y lo que parecían los pimpollos de unos árboles brotaban de
lo que debía de ser una fina capa de tierra, todo ello bajo una jaula de
aluminio que cubría el edificio. Val se acercó a la entrada, que estaba
cubierta de hiedra. En el segundo piso faltaban las ventanas, había unos
boquetes enormes en la pared de ladrillo. Casi podía verse el interior de las
habitaciones.
Cuando llegó a los agrietados escalones de la entrada, el hilo se
desenredó de su dedo corazón y cayó sobre la hierba.
Val sacó la botella que llevaba en la mochila y la depositó en el suelo,
siguiendo las indicaciones del trol.
Algo se movió rápidamente por la hierba y Val pegó un respingo,
sobresaltada. De pronto, advirtió el extraño silencio que reinaba entonces.
Los coches seguían circulando y los sonidos de la ciudad seguían presentes,
pero por algún motivo se habían desvanecido. Una rata marrón asomó la
cabeza entre la hierba, sus ojillos negros parecían guijarros pulidos,
mientras meneaba su hocico rosado. Val se rio, aliviada.
—Hola, amiguita —dijo, agachándose—. He oído que puedes roer el
cobre. Es impresionante.
La rata dio media vuelta y se alejó correteando entre la hierba, bajo la
mirada de Val. Una figura emergió de entre las sombras para coger en vilo
al roedor y posarlo sobre su hombro.
—¿Quién…? —preguntó Val, pero se interrumpió.
La criatura salió a la luz. Era casi tan alto y corpulento como el trol, con
unos cuernos curvados hacia atrás, como los de un carnero, y una espesa
barba castaña que se reverdecía en las puntas. Iba ataviado con un abrigo
hecho de retales y unas botas confeccionadas a mano.
—Entra y caliéntate —dijo, mientras recogía la botella de cerveza
cerrada—. Tengo que hacerte unas preguntas.
Val asintió, pero miró de reojo hacia la calle, preguntándose si podría
alcanzarla corriendo. El feérico le apoyó una mano en el hombro con
firmeza, zanjando la cuestión. La guio hacia la parte trasera del edificio y
atravesaron una puerta que colgaba tan solo del gozne superior.
Dentro del edificio había un surtido de piezas de maniquí, apiladas de
un modo inquietante a lo largo de las paredes, con una pirámide de cabezas
en un rincón y un muro de brazos con múltiples tonalidades de piel en otro.
En mitad de la estancia, había una pila de pelucas que semejaba un animal
inmenso en reposo.
Una criatura diminuta con alas de polilla revoloteaba por el aire,
sujetando una aguja, y se posó sobre un torso masculino para coser un
chaleco al cuerpo.
Val miró a su alrededor, asustada, atenta a cualquier cosa que pudiera
ser un arma, retrocediendo de tal modo que pudiera buscar algo a tientas
para empuñarlo. No le gustaba la idea de tener que atacar a esa criatura con
una pierna de plástico, pero si no le quedara otro remedio, lo haría, aunque
no tuviera esperanzas de causarle demasiado daño. Pero cuando sus dedos
se cerraron sobre lo que creyó que sería un brazo entero, la mano del
maniquí se desprendió.
—¿Qué es todo esto? —preguntó en voz alta, confiando en que el
feérico no advirtiera lo ocurrido.
—Confecciono reemplazos —dijo la criatura cornuda, mientras se
sentaba sobre una caja que se combó bajo su peso—. Needlenix y yo somos
los mejores que podrás encontrar a este lado del mar.
El feérico de las alas de polilla profirió un zumbido. Val intentó apoyar
la mano en el estante que tenía detrás, pero lo hizo sin mirar, así que no
encontró sitio donde apoyarla. Optó por introducirla en el bolsillo trasero,
por debajo del abrigo.
—La reina de la Corte Luminosa, la mismísima Silarial, utiliza nuestras
creaciones.
—Vaya —exclamó Val, pues era obvio que el feérico quería
impresionarla. Después, cuando se hizo el silencio, se sintió obligada a
preguntar—: ¿Reemplazos?
La criatura sonrió, y Val vio que tenía los dientes afilados y
amarillentos.
—Cuando nos llevamos a alguien, es lo que dejamos en su lugar. Los
leños, los palos y esas cosas funcionan bien, pero estos maniquíes son
mejores en todos los sentidos. Resultan más convincentes, incluso para esos
pocos humanos que disponen de un atisbo de magia gracias a la visión
extrasensorial. Aunque supongo que eso no es un gran consuelo para
vosotros.
—Supongo que no —coincidió Val. Pensó en las feéricas del parque,
cuando le dijeron: «dejaríamos un trozo de madera en tu lugar». ¿Se
estarían refiriendo a eso?
—Por supuesto, a veces dejamos a uno de los nuestros para que se haga
pasar por un niño humano, pero esas tonterías no me conciernen. —El
feérico la miró fijamente—. Podemos ser crueles con quienes nos hacen
enfadar. Arrasamos cosechas, secamos la leche del pecho materno y
atrofiamos extremidades ante el más mínimo agravio. Pero a veces pienso
que nos portamos peor con aquellos que se han ganado nuestro favor.
—Dime una cosa —añadió, mientras se incorporaba y alargaba una
mano hacia la botella. Bajo la luz de la hoguera, Val vio que tenía los ojos
completamente negros, como los de su rata—. ¿Esto es un veneno?
—No sé lo que es —respondió Val—. No lo he preparado yo.
—Se han producido varias muertes entre los feéricos.
—Algo he oído.
La criatura soltó un gruñido.
—Todos ingerían el preparado de Ravus para prevenir la intoxicación
por hierro. Todos recibieron la visita de un mensajero como tú poco antes
de su muerte.
Val pensó en el vendedor de incienso con el que se topó unos días antes.
¿Qué fue lo que dijo? «Diles a tus amigos que elijan mejor a quién sirven».
—¿Crees que Ravus…? —Dejó que el nombre reverberase en su boca
durante unos segundos—. ¿Crees que Ravus es el envenenador?
—No sé qué pensar —repuso el feérico cornudo—. En fin, ya puedes
irte, mensajera. Volveré a buscarte si te necesito.
Val se largó de allí a toda prisa.
Al pasar junto a un viejo cine, Val se sintió atraída por el olor a palomitas y
la posibilidad de entrar en un sitio caliente. Notó el peso del fajo de billetes
que llevaba en el bolsillo del abrigo, dinero más que de sobra para poder
pasar. Pero, aun así, la idea de ver una película le pareció inconcebible,
como si tuviera que franquear una barrera dimensional entre su vida
presente y pasada para sentarse delante de una pantalla.
Cuando era pequeña, Val y su madre iban al cine todos los domingos.
Primero se metían en una película que quisiera ver ella, y después en una
que eligiera su madre. Casi siempre acababa siendo una peli de zombis
seguida de un dramón. Se sentaban a oscuras en la sala y se susurraban al
oído: «Seguro que lo hizo él. Ella será la siguiente en morir. ¿Cómo se
puede ser tan tonta?».
Se puso a caminar cerca de los carteles, solo por llevar la contraria. Casi
todo lo que proyectaban eran películas de arte y ensayo de las que no había
oído hablar, pero una que se titulaba Played llamó su atención. En el cartel
aparecía un tipo atractivo, ataviado como la jota de corazones, con un
tatuaje en el hombro que representaba esa misma carta. Sostenía en la mano
la sota de copas.
Val pensó en Tom, mientras desplegaba las cartas del tarot siguiendo un
patrón determinado sobre la encimera de la cocina.
—Esto es lo que te aguarda —le dijo Tom aquella vez, mientras giraba
una carta con la imagen de una mujer con los ojos vendados y espadas en
ambas manos—. El dos de espadas.
—Nadie puede predecir el futuro —le replicó Val—. Y menos con algo
que se puede comprar en Barnes and Noble.
Su madre se acercó a ellos y le dirigió una sonrisa a Tom.
—¿Me echas las cartas? —le preguntó.
Tom le devolvió la sonrisa y se pusieron a hablar de espíritus, cristales y
chorradas psíquicas. Val tendría que haberse olido algo entonces. Pero se
sirvió un refresco, sentada en un taburete, y vio cómo Tom le leía a su
madre un futuro en el que él habría de jugar un papel importante.
Val subió por las escaleras, compró una entrada para la sesión de
medianoche y se dirigió a la cafetería. Estaba desierta. Había un puñado de
mesitas metálicas con la cubierta de mármol, dispuestas alrededor de un par
de sofás marrones de piel. Val se sentó en uno de ellos y alzó la mirada
hacia la lámpara de araña que centelleaba en el centro de la estancia,
colgada de un mural que representaba el cielo. Se quedó allí a descansar,
contemplando el fulgor de la lámpara durante unos instantes y disfrutando
del lujo de la calefacción hasta que se obligó a ir al baño. Quedaba media
hora para que empezara la película y quería asearse.
Enrolló varias toallitas de papel y se aseó lo mejor que pudo, frotó su
ropa interior con jabón antes de volver a ponérsela, todavía húmeda, e hizo
gárgaras con el agua del grifo. Después, sentada en uno de los cubículos,
apoyó la cabeza sobre la pared de metal pintado y cerró los ojos, sintiendo
el roce del aire caliente de los conductos. «Solo será un momento —se dijo
—. Me levantaré enseguida».
Una mujer con el rostro chupado se inclinó sobre ella.
—¿Disculpa?
Val se incorporó de golpe y la mujer de la limpieza retrocedió,
sobresaltada, escudándose detrás de su fregona.
Avergonzada y tambaleante, Val agarró su mochila y corrió hacia la
salida. Atravesó las puertas metálicas, mientras unos acomodadores
trajeados se dirigían hacia ella.
Desorientada, comprobó que aún era de noche. ¿Se habría perdido la
película? ¿Se habría quedado dormida durante apenas un instante?
—¿Qué hora es? —le preguntó a una pareja que intentaba parar un taxi.
La mujer miró el reloj con nerviosismo, como si creyera que Val fuera a
arrancárselo de la muñeca.
—Son casi las tres.
—Gracias —murmuró ella.
Aunque había dormido menos de cuatro horas sentada en un retrete, al
ponerse de nuevo en marcha comprobó que se sentía mucho mejor. Ya casi
se le había pasado del todo el mareo, y el olor a comida asiática de un
restaurante que abría toda la noche, a unas pocas manzanas de distancia, le
abrió el apetito.
Empezó a caminar en dirección al origen de ese olor.
Un deportivo negro se detuvo junto a ella, con las ventanillas tintadas
bajadas. Había dos tipos que ocupaban los asientos delanteros.
—Oye —dijo el que iba en el asiento del copiloto. Tenía el pelo
engominado, con mechas rubias—. ¿Sabes dónde está la discoteca
Bulgarian? Creíamos que estaba al final de la calle Canal, pero no la
encontramos.
Val negó con la cabeza.
—En cualquier caso, a estas horas ya estará cerrada.
El conductor se inclinó hacia la ventanilla. Tenía el pelo oscuro, igual
que la piel, y unos ojos grandes y acuosos.
—Estamos buscando un sitio donde salir de fiesta. ¿A ti te gusta la
fiesta?
—No —respondió Val—. Solo voy a por algo de comer.
Señaló hacia la fachada del restaurante, que simulaba la de un local
japonés, y se alegró de que no estuviera demasiado lejos, aunque era muy
consciente de las calles desiertas que la separaban de él.
—No me importaría comerme un arroz frito —dijo el rubio. El coche
siguió circulando, manteniéndose al ritmo de los pasos de Val—. Venga,
somos buenos chicos. No somos peligrosos, ni nada de eso.
—No quiero irme de fiesta, ¿vale? —replicó Val—. Dejadme en paz.
—Vale, vale. —El rubio miró a su amigo, que se encogió de hombros
—. Al menos, ¿podemos llevarte a algún sitio? Es peligroso que vayas sola
por la calle.
—Gracias, pero me las apañaré.
Val se preguntó si podría dejarlos atrás, si debería echar a correr para
partir con cierta ventaja. Pero siguió caminando, como si no tuviera miedo,
como si solo fueran dos tipos amables y solícitos que intentaban
convencerla para que se montara en su coche.
Llevaba una flor de consuelda en la zapatilla, asperugo en el bolsillo y
una mano de plástico bajo la parte trasera de su camiseta, pero no tenía
claro de qué podrían servirle esas cosas.
El coche se detuvo, sonó el pestillo de las puertas y Val tomó una
decisión. Se giró hacia la ventanilla abierta, sonrió y dijo:
—¿Qué os hace pensar que no soy mala persona?
—Seguro que eres muy mala —repuso el conductor, con una sonrisa
insinuante.
—¿Y si os dijera que acabo de cortarle la mano a una tía? —inquirió
Val.
—¿Qué? —El rubio la miró desconcertado.
—No, en serio. ¿Lo veis? —Val arrojó la mano del maniquí a través de
la ventanilla. Aterrizó sobre el regazo del conductor.
El conductor dio un volantazo y el rubio pegó un grito.
Val atravesó la calle a la carrera, en dirección al restaurante.
—¡Chiflada de mierda! —gritó el rubio, mientras se alejaban de la
acera, quemando rueda.
Val se cobijó en el interior del restaurante, con el corazón latiendo a mil
por hora. Sentada a una mesa, y tras suspirar con alivio, pidió un enorme
cuenco humeante de sopa de miso, tallarines fríos de sésamo embadurnados
con un glaseado de cacahuete y una ración de pollo frito con jengibre que se
comió con las manos. Cuando terminó, le entraron ganas de echar otra
cabezada, encima de la mesa.
Pero aún tenía que hacer una entrega.
La calle parecía desierta y las aceras estaban cubiertas de basura: cristales
rotos, condones usados, unas medias desgarradas. Aun así, el olor del rocío
sobre el pavimento, sobre la verja oxidada y la hierba rala, sumado a esas
calles vacías, hacía que Williamsburg pareciera estar muy lejos de
Manhattan.
Se agachó para pasar por debajo de una verja metálica. El solar estaba
vacío, pero divisó una zanja entre el hormigón agrietado y las pequeñas
colinas. Se adentró en ella y la siguió, a modo de sendero, hasta que llegó a
un lugar donde unas rocas negras marcaban el límite entre la playa y el río.
Allí había algo. Al principio, Val pensó que era un puñado de algas
secas, una bolsa de plástico abandonada, pero cuando se acercó, se dio
cuenta de que era una mujer con el pelo verde, tendida boca abajo sobre las
rocas, con la mitad del cuerpo sumergido en el agua. Cuando se acercó
corriendo, vio unas moscas que zumbaban alrededor del torso de la mujer y
una cola que se mecía con la corriente, cuyas escamas emitían destellos
plateados bajo la luz de las farolas.
Era el cadáver de una sirena.
A ellos acudo, en ellos confío:
Hermano Plomo y Hermana Acero.
SIEGFRIED SASSOON, «EL BESO», EL VIEJO CAZADOR Y OTROS POEMAS.
L a primera vez que Val vio un cadáver fue en el centro comercial
situado junto a la casa de su padre, cuando tenía doce años. Arrojó una
moneda a la fuente que había en la zona de restaurantes y pidió unas
zapatillas de correr. Al cabo de un rato, se lo pensó mejor y regresó
corriendo para tratar de recuperar su moneda y anular el deseo. Pero lo que
vio, flotando sobre el agua estancada, fue el cuerpo inerte de un gorrión.
Metió una mano para sacarlo y le chorreó agua del pico, como si fuera una
taza. Olía fatal, como cuando dejas un trozo de carne en la nevera para que
se descongele y te olvidas de que está ahí. Se quedó mirándolo unos
segundos antes de comprender que estaba muerto.
Mientras corría por las calles y atravesaba el puente de Manhattan,
envuelta en nubecillas de vaho, pensó en ese pajarillo ahogado. Ahora había
visto dos muertos.
El portal mágico situado bajo el puente se abrió del mismo modo que la
última vez, pero cuando se adentró en el oscuro rellano, comprobó que no
estaba sola. Alguien estaba bajando por las escaleras, pero hasta que la vela
que llevaba en las manos arrancó un destello de los aros plateados que
llevaba en el labio y en la nariz, y hasta que hizo brillar el blanco de sus
ojos, no se dio cuenta de que era Luis. Pareció tan sobresaltado como ella y,
bajo esa luz titilante, también exhausto.
—¿Luis? —preguntó.
—Esperaba que te hubieras largado. —Luis empleó una voz susurrante
e implacable—. Esperaba que te hubieras vuelto con tus papaítos a la
periferia. Es lo único que sabéis hacer las catetas de Jersey: huir cuando las
cosas se ponen feas. Venir de excursión a la gran ciudad y luego volver
corriendo a casa.
—Que te jodan —le espetó Val—. No sabes nada sobre mí.
—Tú tampoco sabes un carajo sobre mí. Crees que te he tratado mal,
pero no he parado de salvarte el culo.
—¿Qué problema tienes conmigo? ¡Me odias desde el momento en que
aparecí!
—Los amiguitos de Lolli siempre revuelven la mierda, y eso es justo lo
que has hecho tú. Y aquí me tienes, recién interrogado por un trol cabreado
por vuestra puta culpa. ¿Cuál crees tú que es mi problema?
Val se puso furiosa. Le ardió el rostro, pese al frío que hacía en la
escalera.
—Esto es lo que pienso: que lo único que tienes de especial es la visión
extrasensorial. Echas pestes de los feéricos, pero te encanta ser el único
capaz de verlos. Por eso te mueres de celos cada vez que alguien más habla
con ellos.
Luis se quedó mirándola como si le hubiera arreado una bofetada.
Val comenzó a soltar palabras en tromba por la boca, antes de que fuera
consciente siquiera de lo que iba a decir:
—Y también creo algo más. Es posible que las ratas puedan abrirse
camino a mordiscos a través del cobre o lo que sea, pero el único motivo
por el que sobreviven es porque hay miles y miles de ellas. Eso es lo que las
hace tan especiales: que follan sin parar y tienen millones de ratitas.
—Basta —dijo Luis, que alzó una mano como si quisiera repeler las
palabras de Val. Bajó el tono de voz, mientras su ira se disipaba como si
fuera el aire de un globo pinchado—. Vale. Sí. Para Ravus y el resto de los
feéricos, los humanos no somos más que eso: criaturas patéticas que
procrean a saco y se mueren tan deprisa que no hay manera de distinguir
unas de otras. Oye, he perdido la cuenta del tiempo que he pasado
respondiendo preguntas después de beberme una especie de mejunje tóxico
que me obligaba a decir la verdad. Y todo porque Lolli y tú os colasteis
aquí. Estoy cansado y cabreado. —Se frotó el rostro—. No eres la primera
chica descarriada que Lolli invita a casa, ¿vale? No tienes ni idea de dónde
te estás metiendo.
Val se inquietó al percibir ese repentino cambio de tono en Luis.
—¿Qué quieres decir?
—Hubo otra chica hace un par de meses. Una vagabunda que Lolli
decidió traer al subsuelo. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de
inyectarse las pociones. Lolli y esa chica, Nancy, querían pillar droga, pero
no tenían dinero. Así que Lolli empezó a enumerar qué más cosas podrían
pincharse y acabaron metiéndose parte de la sustancia de una de las
entregas de Dave. De repente, comenzaron a hablar como si vieran cosas
que no estaban allí. Y, peor aún, Dave también empezó a ver movidas. A
Nancy la atropelló un tren, y no dejó de sonreír hasta el momento en que la
arrolló.
Val apartó la mirada de la titilante vela, hacia la oscuridad.
—A mí eso me parece un accidente.
—Pues claro que fue un puto accidente. Pero a Lolli le encantaba esa
basura, incluso después de lo que pasó. Convenció a Dave para que se la
metiera.
—¿Lolli sabía lo que era? —preguntó Val—. ¿Sabía lo de los feéricos?
¿Y lo de Ravus?
—Claro que lo sabía. Le conté a Dave lo de Ravus, porque es mi
hermano, aunque sea un idiota. Él se lo contó a Lolli, porque ella es una
tocapelotas y él haría cualquier cosa con tal de impresionarla. Y Lolli se lo
contó a Nancy, porque es incapaz de cerrar la puta boca.
Val oyó la risa quebradiza de Lolli en su mente.
—¿Qué más da que vaya contándolo por ahí?
Luis suspiró.
—Mira esto. —Señaló hacia la pupila lechosa de su ojo izquierdo—. Es
asqueroso, ¿verdad? Un día, cuando tenía ocho años, mi madre me llevó al
mercado del pescado de Fulton. Decidió comprar unos cangrejos de concha
blanda. Se puso a regatear con el pescadero, porque le encantaba negociar
los precios, y yo vi a un tipo que cargaba con un puñado de pieles de foca
ensangrentadas. El tipo se dio cuenta y sonrió de oreja a oreja. Sus dientes
parecían los de un tiburón: diminutos, afilados y separados entre sí.
Val se aferró a la barandilla, la pintura se descascarilló bajo sus uñas.
—«¿Puedes verme?», me preguntó, y como yo era un canijo idiota,
asentí. Mi madre estaba a mi lado, pero no se enteró de nada. «¿Me ves con
los dos ojos?», quiso saber el tipo. Me puse nervioso, y ese fue el único
motivo por el que no le dije la verdad. Me señalé el ojo derecho. El tipo
soltó las pieles, que produjeron un sonido viscoso y desagradable al caer
unas encima de otras.
Empezó a chorrear cera por un lateral de la vela y se derramó sobre el
pulgar de Luis, pero no torció el gesto, ni cambió el modo de sujetarla.
Siguió cayendo más cera, formando un goteo constante sobre las escaleras.
—El tipo me agarró del brazo y me presionó el ojo con el pulgar. Su
rostro no cambió de expresión mientras lo hacía. Me dolió tanto que
empecé a gritar, y fue entonces cuando mi madre se dio la vuelta y por fin
me vio. ¿Y sabes lo que pensaron el pescadero y ella? Que me reventé el
puto ojo yo solo. Que choqué con algo. Que me cegué yo mismo.
A Val se le erizaron los pelillos de los brazos y un escalofrío le recorrió
la espalda, el mismo que sentía cuando estaba asustada de verdad. Pensó en
las pieles de foca de esa historia, en el cadáver de la sirena que había visto
junto al río, pero no llegó a ninguna conclusión, salvo que no había
escapatoria posible frente al horror.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque estar en mi pellejo es una putada —respondió Luis—. Un
paso en falso y decidirán que ya no necesito el otro ojo. Por eso no da igual
ir contándolo por ahí.
»Dave y Lolli no lo entienden. —Luis se inclinó hacia ella y empezó a
susurrar—. Se dedican a tontear con esa droga, a robarle a Ravus, cuando se
supone que estoy saldando una deuda con él. Y encima te traen a ti. —Hizo
una pausa, pero Val percibió un gesto de pánico en su mirada—. Estás
removiendo la mierda. Lolli no hace más que empeorar.
El trol apareció en lo alto de las escaleras y miró a Val. Su voz resonó
grave y profunda, como el redoble de un tambor:
—No se me ocurre ningún motivo para que hayas vuelto. ¿Querías
algo?
—La última entrega —dijo Val—. ¿Era para una… sirena? Pues está
muerta.
Ravus se quedó callado, mirándola. Val tragó saliva.
—Y parecía que llevaba muerta una temporada.
El trol comenzó a bajar por las escaleras, envuelto en el aleteo de su
levita.
—Muéstramelo.
Sus facciones cambiaron conforme se acercaba, el verdor de su piel se
fue desvaneciendo, sus rasgos se transformaron hasta que pareció un ser
humano, un joven desgarbado apenas un poco mayor que Luis, un joven
con unos ojos dorados y extraños, con el pelo negro y desgreñado.
—No te has cambiado los… —dijo Val.
—Así funciona el hechizo —repuso Ravus, interrumpiéndola—.
Siempre queda algún indicio de lo que eras. Unos pies torcidos hacia atrás,
una cola, una espalda ahuecada. Algún atisbo de tu verdadera naturaleza.
—Yo me largo —dijo Luis—. De hecho, ya me estaba yendo.
—Luis y yo hemos mantenido una interesante conversación sobre ti y
sobre las circunstancias de nuestro encuentro —dijo el trol. Resultaba
desconcertante escuchar esa voz tan grave y sonora provenir de un chico tan
joven.
—Así es —dijo Luis, con una media sonrisa—. Él conversó. Yo me
humillé.
Aquello hizo sonreír a Ravus, pero incluso bajo esa apariencia humana,
sus incisivos parecían un poco más largos de la cuenta.
—Creo que esta muerte también te concierne, Luis. Aguántate el sueño
un poco más y vamos a ver qué averiguamos.
Cuando llegaron Ravus, Val y Luis, lo único que sonaba en la ribera eran
las olas al romper contra las piedras de la orilla. El cadáver seguía allí, con
el pelo flotando como si fueran algas, con unas gargantillas de conchas,
perlas y erizos de mar enredadas alrededor de su cuello, como si fueran
sogas bien prietas. Tenía el rostro tan pálido que parecía el reflejo de la luna
en el agua. Unos peces diminutos nadaban a toda velocidad alrededor del
cuerpo, entraban y salían de sus labios entreabiertos.
Ravus se arrodilló, sostuvo la cabeza de la sirena entre sus largos dedos
y la levantó. La boca de la sirena se abrió un poco más, mostrando unos
dientes finos y traslúcidos que parecían compuestos de cartílago. Ravus
acercó tanto su rostro al de la sirena que, por un momento, pareció que
fuera a besarla. En vez de eso, la olisqueó un par de veces antes de volver a
dejarla apoyada en el agua con suavidad.
El trol miró a Luis con gesto sombrío, después se quitó la levita y la
desplegó sobre el suelo. Se giró hacia Val y dijo:
—Si la agarras de la cola, podremos colocarla sobre la levita. Necesito
llevarla a mi lugar de trabajo.
—¿La han envenenado? —preguntó Luis—. ¿Sabes qué fue lo que la
mató?
—Tengo una teoría —respondió el trol. Se apartó el pelo con una mano
mojada, después se adentró en las aguas del East River.
—Yo te ayudo —dijo Luis, que hizo amago de acercarse. Pero Ravus
negó con la cabeza.
—No puedes. Todo ese hierro que insistes en llevar puesto podría
quemarle la piel. No quiero contaminar las pruebas más de lo que ya estén.
—El hierro me protege —replicó Luis, tocando el piercing que llevaba
en el labio—. Un poco, al menos.
Ravus sonrió.
—Como mínimo, te librará de participar en esta tarea tan desagradable.
Val se adentró en el agua y levantó la resbaladiza cola, que tenía las
puntas raídas como un tejido deshilachado. Las escamas centellearon como
plata líquida mientras se desprendían y se le pegaban en las manos. Parte
del costado de la sirena estaba en carne viva, allí donde los peces habían
empezado a alimentarse de ella.
—Qué espectáculo tan cruel nos toca presenciar —dijo una voz
procedente del valle situado entre los montículos.
—Greyan. —Ravus miró hacia las sombras.
Val reconoció a la criatura que se aproximó: era el fabricante de
maniquíes de la barba verdosa. Por detrás de él aparecieron otros feéricos a
los que no conocía, individuos con largos brazos y manos renegridas, con
ojos de pájaro, rostros felinos, alas raídas que eran tan finas como el humo
y radiantes como las luces de neón de un letrero lejano.
—Otra muerte —dijo uno de ellos, seguido de un leve murmullo.
—¿Qué has venido a entregar esta vez? —inquirió Greyan. Se oyó un
estallido de risitas nerviosas.
—He venido a ver qué podía descubrir —replicó Ravus.
Le hizo un gesto a Val. Juntos, depositaron el cuerpo sobre la levita. Val
sintió nauseas cuando comprendió que ese olor a pescado provenía de la
carne que tenía entre las manos. Greyan dio un paso al frente, sus cuernos
eran blancos bajo la luz de las farolas.
—Y mira lo que se ha descubierto.
—¿Qué estás insinuando? —inquirió Ravus. Con su disfraz de humano,
se lo veía alto y espigado, pero no parecía rival para el corpulento Greyan.
—¿Acaso niegas que eres un asesino?
—Basta —dijo otro de los feéricos, una voz surgida de entre las
sombras, unida a lo que parecía ser un cuerpo largo y espigado—.
Conocemos a Ravus. Ha preparado pociones inofensivas para todos
nosotros.
—¿De verdad lo conocemos? —Greyan se acercó un poco más, y de los
pliegues de su gabardina de cuero agrietada extrajo dos hoces con el filo de
bronce. Las cruzó sobre su pecho, como si fuera un faraón embalsamado—.
Se fue al exilio a causa de un asesinato.
—Ten más consideración —dijo una criatura diminuta—. ¿O quieres
que nos juzguen a todos por el motivo de nuestro exilio?
—Ya sabes que no puedo rebatir la acusación de asesino —dijo Ravus
—. Como también sé que es una cobardía amenazar con una espada a
alguien que ha jurado no volver a empuñar ninguna.
—Bonito discurso. Te crees que sigues siendo un cortesano —dijo
Greyan—, pero tu labia no te servirá de nada aquí.
Una de las criaturas sonrió a Val con malicia. Tenía ojos de loro y la
boca repleta de dientes serrados. Val se dio la vuelta y recogió un trozo de
tubería de entre las rocas. Estaba tan fría que le quemó los dedos.
—No quiero pelear contigo —le dijo el trol a Greyan, alzando las
manos.
—Pues peor para ti.
Greyan atacó a Ravus con una hoz. El trol la esquivó y le arrebató una
espada de la mano a otro feérico, sujetándola por el filo. Empezó a
chorrearle sangre por la palma de la mano. Esbozó una mueca, que bien
pudo ser de placer, y su hechizo se desvaneció como si hubiera caído en el
olvido.
—Necesitáis mis pociones —bramó Ravus.
Contrajo el rostro a causa de la ira, sus rasgos se volvieron temibles, sus
colmillos se introdujeron en la carne de su labio superior. Se lamió las
manchas de sangre, sus ojos emitieron un destello que contenía tanta rabia
como júbilo. Aferró con más fuerza el filo de la espada, que se le hincó más
a fondo en la piel.
—Las ofrezco sin cobrar nada, pero, aunque yo fuera el envenenador,
aunque tuviera el capricho de matar a uno de los cientos de individuos a los
que ayudo, aun así, me deberíais la vida.
—Yo no le debo la vida a nadie.
Greyan atacó a Ravus con sus hoces. El trol giró la empuñadura de la
espada para frenar la tentativa. Los dos giraron en círculos, intercambiando
golpes. El arma de Ravus estaba desequilibrada por sujetarla del revés, y su
sangre la dejó resbaladiza. Greyan asestaba golpes rápidos con sus hoces de
bronce, pero Ravus los repelió todos.
—¡Ya basta! —gritó Greyan.
Un feérico que tenía una cola larga y enroscada se acercó a toda
velocidad y sujetó a Ravus de un brazo. Se acercó otro más, empuñando un
cuchillo plateado con forma de hoja.
En ese momento, Greyan descargó un golpe dirigido hacia la muñeca de
Ravus, y Val reaccionó sin pensar. Su instinto tomó el mando. En su mente
se mezclaron todos los entrenamientos de lacrosse con las partidas a los
videojuegos, y le golpeó en el costado a Greyan con la tubería. Cuando el
tubo impactó, se produjo un chisporroteo, olió a carne chamuscada y
Greyan perdió el equilibrio momentáneamente. Después se giró hacia ella y
descargó un golpe con las dos hoces de bronce a la vez. Val apenas tuvo
tiempo de alzar la tubería para protegerse del impacto, que arrancó unas
chispas del metal. Se echó hacia un lado y Greyan la miró con asombro,
antes de clavarle las dos hoces en la pierna.
Val sintió un frío que se extendió por su cuerpo, los ruidos de fondo se
desvanecieron hasta convertirse en murmullos. La pierna no le dolía
demasiado, aunque sus desgarrados pantalones de camuflaje empezaron a
mancharse de sangre.
En la vida anterior de Val, aquella en la que era una flipada del deporte
que no creía en las hadas, Tom y ella jugaban a la consola y pasaban el rato
en el sótano amueblado de la casa de él, después de clase. Su juego favorito
era Almas vengadoras. El personaje de Val, Akara, tenía una cimitarra
curva, un movimiento especial que le permitía rebanarles la cabeza a tres
oponentes al mismo tiempo, y un montón de puntos de salud. Aparecían
reflejados en la parte superior de la pantalla, en forma de esferas azuladas
que se volvían rojas con un chasquido a medida que herían a Akara. Eso era
lo máximo que pasaba. Akara no bajaba el ritmo cuando la herían, no se
tambaleaba, ni gritaba, ni se desmayaba.
Val sí hizo todas esas cosas.
Alguien la agarró con fuerza de los brazos. Val notó unas uñas que se le
hincaban en la piel. Le dolió. Le dolía todo. Abrió los ojos.
Había un joven de pie junto a ella, pero al principio no lo reconoció. Val
retrocedió, alejándose de él. Entonces vio el pelo de color azabache, los
labios hinchados y el contorno dorado de unos ojos. Luis estaba al fondo.
—Val —dijo Luis—. Es Ravus. Ravus.
—No me toques —dijo ella, deseando que cesara el dolor.
El trol esbozó una sonrisa agridulce cuando apartó las manos de ella.
—Podrías haber muerto —susurró Ravus.
Val lo tomó como un indicio positivo de que en realidad no se estaba
muriendo.
Val se despertó, calentita y amodorrada. Por un momento, creyó que estaba
de vuelta en su cama, en su casa. Se preguntó si se habría quedado dormida
y se habría perdido las clases. Entonces pensó que a lo mejor había estado
enferma, pero cuando abrió los ojos, vio la luz titilante de unas velas y un
techo alto y sombrío sobre su cabeza. Estaba envuelta en un capullo hecho
con mantas que olían a lavanda, sobre una pila de cojines y alfombras. En
lo alto, el zumbido constante del tráfico semejaba el traqueteo de la lluvia.
Se incorporó sobre un codo. Ravus estaba apostado ante su mesa de
trabajo, troceando un bloque de alguna sustancia oscura. Val lo observó
durante un rato, se fijó en la precisión con la que empuñaba el cuchillo,
después sacó una pierna del interior de las mantas. No llevaba pantalones y
tenía el muslo vendado, envuelto en hojas, entumecido.
Ravus la miró de reojo y dijo:
—Ya te has despertado.
Val se ruborizó, le avergonzó pensar que fue él quien debió de quitarle
los pantalones, que estaban mugrientos.
—¿Dónde está Luis?
—Ha regresado a los túneles. Te estoy preparando un brebaje. ¿Crees
que podrás beberlo?
Val asintió.
—¿Es una especie de poción?
—Solo es cacao —repuso el trol con una risita.
—Ah —dijo Val, sintiéndose ridícula. Volvió a observarlo—. No llevas
la mano vendada.
Ravus alzó la palma de la mano, que estaba intacta.
—Los trols nos curamos rápido. Soy duro de pelar, Val.
Ella se quedó mirando su mano, la mesa llena de ingredientes, y negó
con la cabeza.
—¿Cómo funciona esa magia? ¿Cómo tomas objetos corrientes y los
vuelves mágicos?
Ravus le lanzó una mirada penetrante y luego siguió troceando aquel
bloque marrón.
—¿Eso es lo que crees que hago?
—¿Me equivoco?
—No hago que las cosas se vuelvan mágicas —dijo—. Podría hacerlo,
quizá, pero no con potencia ni cantidad suficiente. Eso estaría fuera de mi
alcance, y del alcance de cualquiera que no sea un noble o dama de la Corte
Suprema de Faerie. Estas cosas… —Deslizó una mano sobre la mesa de
trabajo, sobre los trocitos endurecidos de chicle, sobre una variedad de latas
y envoltorios, sobre las colillas con restos de pintalabios—. Estas cosas ya
son mágicas. La gente las ha hecho así. —Cogió el envoltorio plateado de
un chicle—. Un espejo que nunca se agrieta. —Cogió entonces un pañuelo
de papel con unos labios marcados—. Un beso que nunca termina. —Cogió
un cigarrillo—. El aliento de un hombre.
—Pero los besos y los espejos tampoco son mágicos.
Ravus se rio al oír eso.
—Entonces, ¿no crees que un beso sea capaz de transformar a una
bestia o reanimar a los muertos?
—¿Y me equivoco?
—No —repuso Ravus, con su ironía habitual—. Tienes mucha razón.
Pero, por suerte, esta poción no pretende hacer ninguna de esas cosas.
Val sonrió. Pensó en la atención que prestaba a todas las miradas de
Ravus, a sus suspiros, a los cambios sutiles en su rostro. Pensó en lo que
podría significar eso y se puso nerviosa.
—¿Por qué siempre tienes ese aspecto? —preguntó—. Podrías ser como
quisieras. Parecerte a quien quisieras.
Ravus frunció el ceño, soltó el mortero y rodeó la mesa. Val sintió un
escalofrío que solo en parte fue de terror.
Era muy consciente de que estaba recostada en la que debía de ser la
cama de Ravus, pero no quería salir de allí sin pantalones.
—Ah, ¿te refieres al hechizo? —Ravus titubeó—. ¿Para tener un
aspecto menos aterrador? ¿Menos espantoso?
—Tú no eres… —comenzó a replicar, pero el trol alzó una mano y la
interrumpió.
—Mi madre era muy hermosa. Aunque, sin duda, mi concepto de la
belleza es más amplio que el tuyo.
Val asintió sin decir nada. No quería pararse a pensar demasiado en su
concepto de belleza. Siempre había considerado que tenía uno bastante
limitado, en el que se incluía a su madre y a otras personas que ponían
demasiado empeño en parecer atractivas. Siempre había tenido una imagen
despectiva de la belleza, como si para alcanzarla tuvieras que renunciar a
alguna otra cosa vital.
—Tenía témpanos de hielo en el pelo —prosiguió Ravus—. Lo tenía tan
frío que se formaba escarcha, apelmazando sus trenzas hasta formar unas
joyas cristalinas que tintineaban entre sí cuando se movía. Tendrías que
haberla visto bajo la luz de las velas. El hielo se iluminaba como si
estuviera hecho de fuego. Es mejor que no pudiera exponerse a la luz del
sol…, pues habría cegado al mismísimo cielo.
—¿Por qué no podía exponerse a la luz?
—Es algo inherente a mi especie. El sol nos convierte en piedra, y nos
quedamos así hasta que cae la noche.
—¿Duele?
Ravus negó con la cabeza, pero no respondió.
—A pesar de toda esa belleza, mi madre nunca le mostró su verdadero
aspecto a mi padre. Él era mortal, como tú, y cuando estaba con él siempre
empleaba un hechizo. También estaba guapa hechizada, desde luego, pero
era una belleza deslucida. Mis hermanos y hermanas…, también teníamos
que usar el hechizo.
—¿Tu padre era mortal?
—Sí. Se extinguió tan rápido como el suspiro de un feérico. Eso es lo
que mi madre solía decir.
—Entonces, ¿eres…?
—Un trol. La sangre feérica corre por mis venas.
—¿Tu padre sabía lo que era ella?
—Hacía como si no supiera lo que éramos, pero debió deducirlo. Como
mínimo, debió de sospechar que no éramos humanos. Tenía un aserradero
donde talaba y secaba la madera de los cientos de acres de árboles que
poseía. Fresnos, álamos, abedules, robles, sauces. Enebros, pinos, tejos.
»Mi padre tenía otra familia en la ciudad, pero mi madre hacía como si
no lo supiera. En mi casa se fingía mucho. Mi madre se aseguraba de que la
madera de mi padre fuera fina y plana. Estaba bien cepillada y no se
deformaba ni se pudría.
»Los feéricos… no hacemos nada con moderación. Cuando amamos,
nos entregamos a fondo. Así lo hizo mi madre. Pero, a cambio, le pidió que
hiciera sonar una campana en lo alto de la colina para avisarla de que venía.
Un día, mi padre se olvidó de tocar la campana.
El trol se levantó y se acercó a la leche hirviendo, para luego servirla en
una taza de porcelana. Val percibió un aroma a chocolate y canela.
—Nos vio tal y como éramos en realidad. —Ravus se sentó a su lado,
su larga gabardina negra se desparramó por el suelo—. Entonces huyó y no
regresó jamás.
Val cogió la taza que le ofrecía y probó un sorbito. Estaba tan caliente
que se quemó la lengua.
—¿Y qué pasó luego?
—Mucha gente se habría conformado con que la historia terminara ahí.
Lo que pasó luego es que todo el amor de mi madre se convirtió en odio.
Desde entonces, sus hijos ya no significaron nada para ella, salvo para
recordarle a él.
Val se puso a pensar en su madre, en que nunca había cuestionado que
la quería. Por supuesto que quería a su madre…, pero ahora la odiaba. Le
pareció injusto que pudiera pasarse de un extremo al otro tan fácilmente.
—Su venganza fue terrible. —Ravus se miró las manos y Val recordó
cómo se las había herido al sujetar aquella espada por el filo. Se preguntó si
su ira sería tan grande que no reparó en el dolor. Se preguntó si amaría del
mismo modo que lo hacía su madre.
—Mi madre también era muy guapa —dijo Val.
Quiso añadir algo más, pero aquel sorbo de chocolate caliente le
provocó una modorra tan agradable que se quedó dormida una vez más.
Val se despertó al oír unas voces. La mujer de las pezuñas de cabra estaba
allí, hablando con Ravus en voz baja.
—Si fuera un perro callejero, podría llegar a entenderlo —dijo—. Pero
¿esto? Eres un blandengue.
—No, Mabry —repuso Ravus—. No lo soy. —Miró en dirección a Val
—. Creo que quiere morirse.
—Quizá puedas ayudarla, después de todo —dijo Mabry—. Se te da
bien ayudar a morir a los demás.
—¿Has venido con algún propósito, aparte de echarme en cara mis
trapos sucios? —inquirió el trol.
—Eso sería motivo suficiente, pero se ha producido otra muerte —
repuso Mabry—. Una feérica acuática del East River. Un humano encontró
su cuerpo, pero los cangrejos lo habían devorado hasta tal punto que no
creo que se monte un gran revuelo.
—Eso ya lo sé —repuso Ravus.
—Sabes demasiado. Los conocías a todos. A todas y cada una de las
víctimas —dijo Mabry—. ¿Eres el asesino?
—No —respondió el trol—. Todos los muertos eran exiliados de la
Corte Luminosa. Alguien más habrá reparado en eso.
—Los envenenaron —dijo Mabry—. Eso es lo que ha advertido la
gente.
Ravus asintió.
—Percibí en la sirena un olor a raticida.
Val se cubrió con las mantas para reprimir un grito.
—Los feéricos te consideran responsable —prosiguió Mabry—. Es
demasiada coincidencia que todos los muertos sean clientes tuyos y que
murieran horas después de recibir una entrega de uno de tus mensajeros
humanos.
—Tras el fracaso del tributo en la Corte Nocturna, docenas de feéricos
montaraces debieron de salir del territorio de Nicnevin. No entiendo que la
gente considere más probable que me haya convertido en un envenenador.
—Ahora es el territorio de lord Roiben. —La voz de Mabry denotaba
una emoción que Val no pudo identificar—. Mientras Silarial le permita
conservarlo.
Ravus se sorbió la nariz. Val creyó identificar en él algo que no había
percibido antes. Iba vestido con una levita, pero estaba demasiado nueva
como para provenir de la época que representaba. Se dio cuenta de que era
un disfraz, y de pronto tuvo la certeza de que Ravus era mucho más joven
de lo que ella pensaba. No sabía cómo envejecían los feéricos, pero le
pareció que el trol se estaba esforzando mucho por parecer sofisticado
delante de Mabry.
—Me da igual quién sea el señor o la señora de la Corte Nocturna en
este momento —dijo Ravus—. Por mí, que se maten entre ellos y que nos
dejen en paz de una vez.
Mabry lo miró con gesto sombrío.
—No dudo que ese sea tu deseo.
—Voy a enviarle un mensaje a lady Silarial. Ya sé que ignora a los
feéricos que vivimos tan cerca de las ciudades, pero ni siquiera ella podrá
mostrarse indiferente ante el asesinato de varios exiliados de la Corte
Radiante. Seguimos estando dentro de su territorio.
—No —se apresuró a decir Mabry, modificando su tono—. No creo que
sea buena idea. Convocar a la nobleza empeoraría las cosas.
Ravus suspiró y miró hacia el lugar donde Val estaba acostada.
—Me cuesta creerlo.
—Espera un poco más antes de enviar ningún mensaje —dijo Mabry.
El trol volvió a suspirar.
—Has sido muy amable al venir a alertarme, al margen de lo que
pienses de mí.
—¿Alertarte? Solo he venido a regodearme —replicó Mabry, antes de
salir de la habitación. Se oyó el traqueteo de sus pezuñas escaleras abajo.
El trol se giró hacia Val y dijo:
—Ya puedes dejar de fingir que estás dormida.
Val se incorporó, frunciendo el ceño.
—Mabry no te cae bien —dijo Ravus, que se mantuvo de espaldas a
ella. Val deseó poder ver la expresión de su rostro; su voz resultaba difícil
de interpretar—. Pero yo tengo la culpa de que esté atrapada en esta ciudad
que apesta a hierro. Y tiene otros motivos, aún mejores, para odiarme.
—¿Qué motivos?
Ravus ondeó la mano por encima de una vela y con el humo formó el
rostro de un joven, demasiado hermoso como para ser humano.
—Este es Tamson —dijo.
Un cabello pajizo se desplegó sobre el cuello de la figura, dejando su
rostro al descubierto, con un peinado tan desenfadado como su sonrisa.
A Val se le cortó el aliento. Nunca había visto emplear un hechizo de
ese modo.
El resto de Tamson se formó a partir de la nada. Iba ataviado con una
armadura que parecía compuesta de corteza, áspera y salpicada de musgo.
Llevaba la espada de cristal colgada a la cintura, parecía líquida, como agua
obligada a mantener una forma insólita.
—Fue mi primer y mejor amigo en la Corte Radiante. No le importaba
que yo no pudiera tolerar el sol. Me visitaba en la oscuridad y me contaba
historias graciosas sobre lo ocurrido a lo largo del día. —Ravus frunció el
ceño—. Me pregunto si mi compañía le resultaría agradable.
—Entonces, ¿la espada de cristal era suya?
—Es un objeto demasiado refinado para mí —repuso el trol.
Al lado de Tamson, apareció otra figura neblinosa. A Val le resultó
familiar, aunque tardó un rato en identificarla. Era una feérica con el cabello
castaño y salpicado de tonos verdosos, como el manto de hojarasca de un
bosque, y por debajo de su vestido rojo asomaban unas pezuñas de cabra.
Estaba cantando una balada. Su voz, sonora y gutural, entonaba esa letra
como si fuera una promesa. El trol señaló hacia ella.
—Mabry, la amante de Tamson.
—¿También era tu amiga?
—Lo intentó, creo, pero no era fácil tratar conmigo.
La figura hechizada de Tamson le apoyó una mano en el brazo a Mabry,
y ella se giró hacia él, interrumpiendo su cántico. Por encima de su hombro,
la imagen humeante de Tamson se quedó mirando a Ravus, con unos ojos
que ardían como tizones.
—Mi amigo no paraba de hablar de ella. —El trol esbozó una sonrisa.
La figura etérea de Tamson dijo:
—Su cabello es del color del trigo en plena canícula, su piel es del color
de los huesos, sus labios son rojos como granadas.
Val se preguntó si Ravus consideraría certeras esas descripciones. Se
mordió el interior del carrillo.
—Tamson quería impresionarla —prosiguió el trol—. Me dijo que me
conchabara con él para poder demostrarle su destreza en un duelo. Soy alto
y supongo que puedo parecer feroz.
»La lucha es el deporte favorito de la reina de la Corte Radiante.
Organizaba torneos donde los feéricos podían demostrar sus habilidades. Yo
era un recién llegado a la corte y no me gustaba demasiado competir. Me
deleitaba con mi trabajo, con mi alquimia.
»Era una noche calurosa, lo recuerdo bien. Estaba pensando en Islandia,
en los fríos bosques de mi juventud. Mabry y Tamson habían estado
cuchicheando. Le oí decir a mi amigo: «Te vi con él».
»Ojalá supiera qué fue lo que vio Tamson, aunque me lo puedo
imaginar. —Ravus se giró hacia las ventanas cubiertas por mantas—. Los
feéricos no hacemos las cosas a medias, tenemos un carácter caprichoso.
Cada emoción es un trago que debemos apurar hasta el final, pero a veces
creo que nos agrada lo amargo tanto como un dulce. En la Corte Radiante,
que Mabry hubiera flirteado con Tamson y lo amara, no significaba que no
pudiera flirtear con nadie más.
»La armadura de Tamson fue tallada a partir de un trozo de corteza, fue
hechizada para volverla más resistente que el hierro. —Ravus se quedó
callado, cerró los ojos y empezó de nuevo—. Era mejor espadachín que yo,
pero se distrajo, y yo golpeé primero. La espada atravesó la corteza como si
fuera de papel.
Val vio cómo se asestaba el golpe en el humo hechizado de la vela. La
armadura desmenuzada alrededor del filo, el gesto de sorpresa de Tamson,
el grito de Mabry que resonó en el ambiente, agudo y repentino, como si se
hubiera dado cuenta de lo sucedido un segundo antes que los demás. El eco
de ese grito hechizado resonó por la polvorienta estancia.
—Cuando lucho, lucho como un trol. Me invade la furia. Puede que otro
hubiera podido refrenar su golpe, pero yo no. Aún sostenía la empuñadura
de mi espada, como si la tuviera soldada a la mano y no pudiera soltarla.
Parecía como si alguien hubiera pintado de rojo el filo.
»¿Por qué anularía el hechizo de su armadura? —Ravus la miró, y por
un momento, Val pensó que quizá estuviera esperando una respuesta.
Después miró hacia la pared y el hechizo de la vela se desvaneció—. Pero
tuvo que hacerlo él. Nadie más tenía motivos para desearle la muerte. —La
voz de Ravus se tomó áspera y susurrante—. Yo sabía que estaba afligido,
se le notaba en la cara. Pensé que se le acabaría pasando… Y, egoístamente,
me alegré de que Mabry le hubiera decepcionado. Echaba de menos su
compañía, pensé que Tamson volvería a ser mío. Él debió de percibir esa
vulgaridad en mí. ¿Por qué, si no, me habría elegido para ser el artífice de
su muerte?
Val no supo qué decir. Compuso varias frases en su mente: «No fue
culpa tuya. Todo el mundo tiene pensamientos horribles y egoístas. Tuvo
que ser un accidente». Pero ninguna de ellas parecía significar nada. No
eran más que simples palabras para romper el silencio. Cuando Ravus
volvió a hablar, Val comprendió que llevaba mucho rato debatiendo consigo
misma.
—Morir es un acto de mal gusto en Faerie. —Soltó una carcajada adusta
—. Cuando dije que vendría a la ciudad, que me exiliaría aquí tras la muerte
de Tamson, no pusieron objeción. No fue tanto que me culparan de su
muerte, como que me consideraron mancillado por ella.
»Silarial, la reina de la Corte Radiante, ordenó a Mabry que me
acompañara para que pudiéramos pasar el duelo juntos. El hedor de la
muerte también se había aferrado a ella, y eso ponía nerviosos a los demás
feéricos. Por eso tuvo que acompañarme, a mí, al asesino de su amante, y
aquí deberá quedarse hasta que cumpla los términos de mi exilio
autoimpuesto o hasta que me muera.
—Es horrible —dijo Val, pero al ver que Ravus guardaba silencio,
comprendió que su comentario había sido inapropiado—. A ver, está claro
que es horrible, pero me estaba refiriendo a la parte de enviar a Mabry aquí
contigo. Es una crueldad.
El trol soltó un bufido que pareció una carcajada.
—Me arrancaría el corazón con tal de conseguir que el de Tamson
volviera a latir en su pecho. Aunque solo fuera por un instante. Habría
aceptado cualquier sentencia que me impusieran. Pero, para Mabry, sumar
el castigo y el exilio al duelo tuvo que ser algo difícil de digerir.
—¿Qué se siente? Me refiero a lo de estar exiliado en la ciudad.
—Me siento abrumado por la presión constante de los olores, del ruido.
Hay veneno por todas partes, y el hierro está tan cerca que me produce un
hormigueo en la piel y una quemazón en la garganta. No puedo ni imaginar
cómo se sentirá Mabry.
Val alargó una mano hacia él, que se la agarró y deslizó los dedos sobre
sus callos. Val le miró a la cara, en un intento por transmitirle su compasión,
pero el trol le estaba mirando fijamente la mano.
—¿A qué se debe? —preguntó Ravus.
—¿El qué?
—Tienes las manos ásperas —dijo el trol—. Callosas.
—Es por el lacrosse —respondió ella.
Ravus asintió, pero se le notó en la cara que no sabía de qué le estaba
hablando. Val podría haber dicho cualquier otra cosa y él habría asentido
del mismo modo.
—Tienes manos de guerrera —dijo al fin, y la soltó.
Val se frotó la piel, sin saber si estaba intentando eliminar el recuerdo de
ese roce o recrearse en él.
—Es peligroso que sigas haciendo repartos. —Ravus se acercó a uno de
sus armarios y sacó un tarro donde revoloteaba una mariposa. Después sacó
un rollo diminuto de papel y escribió algo con una caligrafía minúscula—.
Tengo una deuda contigo que no podré saldar fácilmente, pero al menos
puedo cancelar tu promesa de servidumbre.
Val miró hacia la pared donde estaba colgada la espada de cristal,
centelleando entre la penumbra, casi tan oscura como la pared que tenía
detrás. Recordó la sensación de empuñar la tubería, el subidón de
adrenalina y la claridad mental que experimentaba en el campo de lacrosse
o durante una pelea.
—Quiero seguir haciendo entregas —dijo Val—. Hay algo que podrías
hacer para compensarme, aunque no sé si querrás hacerlo. Enséñame a
utilizar la espada.
Ravus alzó la mirada, interrumpiendo la labor de enrollar el pergamino
y sujetarlo a la pata de la mariposa.
—Saber usarla no me ha traído más que desgracias.
Val aguardó, sin decir nada. Ravus no había dicho que no.
El trol terminó su labor y sopló, al tiempo que lanzaba al pequeño
insecto hacia el aire. La mariposa emprendió un vuelo vacilante, tal vez
desequilibrada por el trocito de papel.
—¿Quieres matar a alguien? ¿A quién? ¿A Greyan? ¿Acaso quieres
morir?
Val negó con la cabeza.
—Solo quiero aprender. Quiero ser capaz de usarla.
Ravus asintió lentamente.
—Como quieras. Estoy en deuda contigo y tienes derecho a decidir
cómo saldarla.
—Entonces, ¿me enseñarás? —preguntó Val.
Ravus asintió de nuevo.
—Te volveré tan terrible como desees.
—No quiero ser… —comenzó a decir Val, pero el trol alzó una mano.
—Sé que eres muy valiente —dijo.
—O estúpida.
—Y estúpida. Valiente y estúpida. —Ravus sonrió, pero no tardó en
borrar el gesto—. Aunque nada podrá impedir que seas terrible una vez que
hayas aprendido a serlo.
Leche negra del alba, te bebemos por la noche,
te bebemos al amanecer y al mediodía, te bebemos
al caer la tarde,
bebemos y seguimos bebiendo.
PAUL CELAN, «FUGA DE LA MUERTE».
D ave, Lolli y Luis estaban sentados sobre una manta en el parque de
hormigón, con parte de los hallazgos de Dave extendidos frente a
ellos. Por debajo de la tela asomaba el cartón que habían utilizado como
revestimiento para protegerse del frío que ascendía desde la acera. Dave
tenía la cabeza apoyada sobre el regazo de Lolli, mientras ella jugueteaba
con sus rastas, enroscándolas y frotándole las raíces. La chica hizo una
pausa para quitarle una pelusilla del pelo, pellizcándola entre las uñas,
después se embadurnó los dedos con cera que había en un tarro junto a su
pierna. Dave abrió los ojos, luego los volvió a cerrar con un gesto de
embeleso.
Lolli, que iba en chanclas, tenía los pies sucios y enrojecidos a causa del
frío. Le acarició el muslo a Luis, que achicaba los ojos para leer entre la
penumbra el libro que tenía delante.
—Hola, chicos —los saludó Val con timidez mientras se acercaba,
como si al haber pasado dos o tres días fuera se hubiera convertido de
nuevo en una extraña.
—¡Val! —Lolli se apartó de Dave, que tuvo que apoyar los codos en el
pavimento para no golpearse la cabeza. Echó a correr hacia ella y la abrazó.
—¡Oye! ¡Mi pelo! —gritó Dave.
Val la abrazó a su vez, percibiendo su olor a sudor, a tabaco y a ropa
sucia, y sintió una oleada de alivio.
—Luis nos contó lo que pasó. Estás loca. —Lolli sonrió, como si eso
fuera un gran halago.
Val miró entonces a Luis, que alzó la vista de su libro con una sonrisa
que le hizo parecer atractivo. Negó con la cabeza.
—Pues claro que está loca. Enfrentarse cara a cara contra un maldito
ogro. Lolli la Chiflada, Dave el Difuso y Val la Pirada. Estáis hechos una
panda de frikis.
Val hizo una reverencia, inclinando la cabeza hacia ellos, y luego se
sentó en la manta.
—Querrás decir Luis el Chiflado —repuso Lolli, que le arrojó una
chancla de un puntapié.
—Luis el Tuerto —añadió Dave.
—Dave el Cabeza Hueca —replicó su hermano con una sonrisita.
—La princesa Luis —dijo Dave—. El príncipe Valiente.
Val se rio, pensando en la primera vez que Dave la llamó así.
—¿Qué os parece Dave el Temible?
Luis se inclinó hacia su hermano, lo agarró por la cabeza y los dos
echaron a rodar sobre la manta.
—¿Qué te parece esto? —dijo Luis—. ¡Dave el Canijo!
—Eh, ¿qué pasa conmigo? —protestó Lolli—. Yo quiero ser una
princesa, igual que Luis.
Al oír eso, los chicos se separaron y se echaron a reír. Val se recostó
sobre la manta y el cartón. El aire frío le erizó los pelillos de los brazos, a
pesar del abrigo. Nueva Jersey le parecía muy lejana, y el instituto, un rito
de paso extraño y sin sentido. Sonrió, satisfecha.
—Luis dijo que alguien cree que estamos envenenando a los feéricos —
dijo Lolli, que se había echado otra manta sobre los hombros.
—O que lo está haciendo Ravus —dijo Val—. Ravus comentó la
posibilidad de interrumpir los repartos. Cree que podría ser demasiado
peligroso para nosotros.
—Como si le importara —replicó Luis—. Seguro que te ofreció alguna
muestra grandilocuente de agradecimiento, pero para él sigues siendo una
rata, Val. Una simple rata que hizo una exhibición excelente.
—Ya lo sé —mintió Val.
—Si quiere dejar de hacer repartos, es para salvar su propio culo. —
Cuando Luis dijo eso, hubo algo en su expresión, quizá en la forma que
tuvo de eludir la mirada de Val, que la llevó a preguntarse si estaría
convencido de ello.
—Los envenenamientos tuvieron que ser cosa de Ravus —dijo Dave—.
Nos puso a cumplir el trabajo sucio. No sabemos qué transportamos.
Val se giró para encararse con él.
—No lo creo. Mientras estuve allí, vino esa mujer de las pezuñas de
cabra, Mabry. Ravus le dijo algo acerca de escribir a la reina luminosa.
Supongo que, si la corte es como una banda, entonces la ciudad seguirá
siendo territorio de la reina. Sea como sea, ¿por qué querría enviarle un
mensaje si fuera culpable?
Dave se incorporó y una de sus rastas se escurrió de entre los dedos de
Lolli.
—Va a echarnos la culpa. Como dice Luis: para él, somos ratas. Si hay
problemas, basta con envenenar a las ratas.
Val recordó con inquietud que la sirena murió a causa de un raticida.
Veneno para ratas. Sin embargo, cuando miró a Luis, este permanecía
impasible, mordiendo un hilo suelto de sus guantes sin dedos.
Luis alzó la cabeza y sus miradas se cruzaron, pero no había ninguna
expresión en su rostro, ni de culpabilidad, ni de inocencia.
—Es un poco raro —dijo—. Con toda esa mierda que os metéis por la
nariz y por las venas, me extraña que nunca hayáis topado con el veneno.
—¿Crees que he sido yo? —inquirió Lolli.
—Eres tú el que odia a los feéricos —replicó Dave, hablando al mismo
tiempo que ella, de modo que sus palabras se solaparon—. Eres tú el que ve
movidas raras.
Luis alzó las manos en son de paz y replicó:
—Esperad un momento, joder. No creo que ninguno de nosotros haya
envenenado a esos feéricos. Pero estoy de acuerdo con Val. Ravus me hizo
un montón de preguntas la otra noche. Me obligó a… —Miró hacia Lolli
con el ceño fruncido—. En parte, me interrogó porque las dos os colasteis
en su guarida, pero también me preguntó directamente si yo era el
envenenador, si sabía quién era, si alguien me había sobornado para hacer
alguna entrega furtiva. ¿Por qué preguntaría tanto, si él hubiera liquidado a
esos feéricos? No tiene por qué fingir delante de mí.
Val asintió. Aunque le reconcomía saber que lo que mató a esos feéricos
fue un raticida, recordó la cara que puso Luis dentro del puente. No le costó
creer que le hubiera interrogado a fondo. Por supuesto, puede que les
estuvieran tendiendo una trampa; si no Ravus, cualquier otro feérico.
—¿Y si alguien se hechizó para parecerse a uno de nosotros?
—¿Por qué haría eso? —inquirió Lolli.
—Para aparentar que somos los culpables de esas muertes.
Luis asintió.
—Deberíamos interrumpir las entregas. Que el culpable de todo esto se
busque a otros pringados a los que incriminar.
Dave se rascó el brazo, a la altura de unas marcas de cuchilla.
—No podemos interrumpirlas.
—No seas yonqui, joder —replicó su hermano.
—Val puede conseguir Nuncamás. ¿Verdad, Val? —le preguntó Lolli,
con una mirada cargada de picardía.
—¿Qué quieres decir? —repuso ella, poniéndose a la defensiva. Se
sentía culpable, pero no sabía por qué. Se fijó en el dedo de Lolli, tan recto
como si nunca se lo hubieran desencajado.
—El trol te debe una, ¿no es cierto? —Lolli bajó mucho la voz, adoptó
un tono casi sensual.
—Supongo. —Val recordó el olor del Nuncamás al quemarse sobre la
cuchara, y sintió añoranza—. Pero ya ha saldado su deuda. Va a enseñarme
a utilizar una espada.
—¿Es coña? —Dave la miró con extrañeza.
—Deberías tener cuidado —dijo Luis.
Por alguna razón, esas palabras le produjeron una inquietud que poco
tenía que ver con una amenaza física. Val esquivó la mirada de Luis, se fijó
en un espejo con el marco resquebrajado que estaba sobre la manta. Hacía
apenas un instante, se había sentido genial, pero una desazón se había
adentrado con fuerza en su corazón.
Lolli se incorporó de repente.
—¡Ya está! —exclamó, alborotando las rastas de Dave, que se
menearon como si fueran serpientes rojizas—. Olvídate de todo esto. Es
hora de jugar al juego de las apariencias.
—No nos queda mucho —repuso Dave, pero aun así se incorporó para
recoger los objetos de la manta.
Juntos, los cuatro volvieron a atravesar la rejilla y entraron en el túnel.
Luis frunció el ceño mientras Lolli extraía la arena ambarina y sus
utensilios.
—Eso no es para mortales. Lo sabes de sobra.
Entre la penumbra, Dave se acercó a la nariz un trozo de papel de
aluminio y encendió un mechero por debajo, para hacer humear el
Nuncamás. Inspiró hondo y miró a Lolli con solemnidad.
—Solo porque algo sea mala idea no significa que puedas dejar de
hacerlo.
Miró entonces a Luis y, por la expresión que adoptó su mirada, Val se
preguntó en qué estaría pensando exactamente.
—Dame un poco —dijo.
Los días transcurrieron como un sueño febril. Por el día, Val hacía repartos
antes de acudir a la guarida de Ravus dentro del puente, donde el trol le
enseñaba esgrima en sus sombrías estancias. Luego, por la noche, se
inyectaba Nuncamás, y Dave, Lolli y ella hacían lo que les daba la gana.
Después se echaban a dormir o bebían un poco para soportar el vacío que
seguía al colocón, cuando el mundo volvía a asentarse sobre patrones
menos mágicos.
Cada vez resultaba más difícil recordar los procesos básicos, como
comer. El Nuncamás transformaba cuscurros de pan en festines repletos de
viandas, pero por más que comiera, Val siempre tenía hambre.
—Enséñame cómo empuñas un palo —dijo Ravus durante la primera
lección.
Val sujetó el medio palo de escoba como si fuera un palo de lacrosse; lo
hizo con las dos manos, separadas por unos treinta centímetros. Ravus le
acercó las manos y las bajó un poco.
—Si sostuvieras así una espada, te cortarías la mano con el filo.
—Ya, solo un idiota haría eso —replicó Val para provocarle.
Sin embargo, el trol se limitó a poner una mueca.
—Sé que el peso está descompensado, pero con una espada no te
pasará. Toma. —Cogió la espada de cristal y se la depositó en la mano—.
Siente el peso. ¿Lo ves? Está equilibrada. Esa es la clave de todo: el
equilibrio.
—Equilibrio —repitió Val, mientras hacía balancear la espada en la
palma de su mano.
—Esto es el borrén delantero —dijo Ravus, señalando cada parte por
tumos—. Esto es el pomo, la empuñadura, la guarda. Cuando empuñas la
espada, el extremo que apunta hacia tu oponente es el verdadero filo. Tienes
que empuñarla de tal modo que la punta siga a tu oponente. Sitúate como lo
hago yo.
Val intentó imitar su postura, con las piernas separadas y ligeramente
flexionadas, y con un pie delante del otro.
—Casi.
Ravus le movió el cuerpo para posicionarla, sin preocuparse de dónde la
tocaba. Val se ruborizó cuando le separó los muslos, pero lo que más le
avergonzó fue que ella parecía la única que se sentía incómoda. Para él, el
cuerpo de Val era una herramienta y nada más.
—Y ahora —dijo el trol—, muéstrame cómo respiras.
A veces, Val, Dave, Luis y Lolli hablaban de las cosas extrañas que habían
visto o de las criaturas con las que conversaban. Dave les relató una
excursión a Brooklyn donde le persiguió por el parque una criatura con
unas pequeñas astas que le nacían en la frente. Dave gritó y echó a correr
sin mirar atrás, dejando caer la botella con aquella sustancia extraña. Luis
les contó que tuvo que patearse la ciudad para buscar unas flores silvestres
para un bogan que vivía cerca del Cloisters y estaba planeando un cortejo.
A cambio, le dio una botella de vino que jamás se vaciaba, siempre que no
mirases a través de su cuello. Debía de ser magia de verdad, no un simple
hechizo, porque funcionó, incluso con Luis.
—¿Qué más cosas te han dado? —preguntó Val.
—Suerte —respondió Luis—. Y medios para romper hechizos feéricos.
Mi padre nunca hizo nada con su poder. Yo seré diferente.
—¿Cómo se rompen los hechizos? —preguntó Val.
—Sal. Luz. Caldo de cáscaras de huevo. Depende del hechizo. —Luis
dio otro sorbo de la botella. Alzó una mano para deslizar un dedo sobre la
barra metálica que le atravesaba la mejilla—. Pero sobre todo con hierro.
Durante la siguiente sesión no practicaron ningún movimiento con la
espada, solo la postura y el juego de pies. Adelante y atrás, sobre los
tablones polvorientos del suelo, con el palo de escoba apuntando siempre
hacia Ravus. El trol la corregía cuando daba un paso demasiado largo,
cuando se desequilibraba, cuando no ponía el pie recto. Val se mordió el
interior del carrillo, frustrada, y siguió moviéndose, manteniendo la
distancia entre ellos, como a la espera de una batalla que nunca daba
comienzo.
De repente, Ravus se giró hacia un lado y la obligó a seguirle como
buenamente pudo.
—Velocidad, cadencia y equilibrio. Esas son las tres cosas que te
convertirán en una guerrera competente.
Val apretó los dientes y volvió a errar el paso.
—Deja de pensar —dijo Ravus.
—Tengo que hacerlo —repuso Val—. Me dijiste que tenía que
concentrarme.
—Pensar te ralentiza. Tienes que moverte como lo hago yo. Ahora
mismo, te limitas a seguir mis pasos.
—¿Cómo quieres que sepa adonde te vas a mover antes de que lo
hagas? Eso es absurdo.
—No difiere mucho de saber hacia dónde podría moverse un oponente.
¿Cómo sabes hacia dónde es probable que vaya el balón en el campo de
lacrosse?
—Lo único que sabes de lacrosse es lo que yo te he contado —replicó
ella.
—Yo podría decir lo mismo de ti y de la esgrima. —Ravus se detuvo—.
Listo. Lo has hecho. Estabas tan ocupada discutiendo conmigo que no te
has dado cuenta de que lo estabas consiguiendo.
Val frunció el ceño, demasiado enojada como para sentirse satisfecha,
pero lo bastante satisfecha como para cerrar la boca.
Lolli, Dave y Val atravesaron las calles del West Village, transformando
unas hojas secas en un puñado de sapos engalanados que brincaban por ahí
sin seguir un orden lógico, hechizando a desconocidos para que los besaran,
y provocando toda clase de altercados que se les fueron ocurriendo.
Val miró hacia la otra acera, a través de las cortinas diáfanas de un
apartamento a pie de calle en el que divisó una lámpara de araña con monos
tallados y unas centelleantes cuentas de cristal con forma de lágrima.
—Quiero entrar ahí —dijo.
—Vamos —repuso Lolli.
Dave se acercó a la puerta y llamó al timbre. El telefonillo situado junto
a la puerta emitió un zumbido y se oyó una voz distorsionada que dijo algo
indescifrable.
—Quiero una hamburguesa con queso —dijo Dave con una risotada—,
un batido y unos aros de cebolla.
La voz añadió algo, esta vez más alto, pero Val siguió sin entender lo
que decía.
—Déjame a mí —dijo, mientras apartaba a Dave.
Pulsó el timbre y no lo soltó hasta que un tipo de mediana edad fue a
abrir la puerta. Llevaba unos pantalones de pana descoloridos y una
camiseta holgada que cubría su barriga incipiente. Las gafas se le habían
deslizado hasta la mitad de la nariz.
—¿Qué mosca te ha picado? —inquirió.
Val sintió el cosquilleo del Nuncamás en las venas, reventando como
burbujas de champán.
—Quiero entrar —dijo.
El tipo se quedó pasmado y abrió la puerta un poco más. Val le dedicó
una sonrisa, mientras lo sorteaba para acceder al apartamento.
Las paredes estaban pintadas de amarillo, tenían colgados unos dibujos
hechos con pintura de dedos, con marcos dorados. Había una mujer
recostada en el sofá, con una copa de vino en la mano. Cuando entró Val, se
quedó mirándola y se derramó el líquido rojo sobre la camisa. Había una
niña pequeña sentada en una alfombra, junto a los pies de la mujer, viendo
un programa en la televisión que parecía tratar sobre unos ninjas que
intercambiaban patadas. La niña se giró y sonrió.
—Qué casa tan bonita —dijo Lolli desde la puerta—. ¿Quién vive en un
lugar así?
—Nadie —respondió Dave—. Contratan limpiadores, tal vez a un
decorador, para crear una vida ficticia.
Val entró en la cocina y abrió la nevera. Había recipientes de comida
para llevar, unas cuantas manzanas pochas y un cartón de leche desnatada.
Le pegó un mordisco a la fruta. Estaba marrón y terrosa por dentro, pero
seguía sabiendo dulce. No se explicaba por qué era la primera vez que se
comía una manzana marrón.
Lolli cogió la botella de vino de la mesita auxiliar y bebió a morro,
dejando que el jugo le corriera por la barbilla y las mejillas.
Mientras seguía comiéndose la manzana, Val se acercó al sofá donde
estaba recostada la mujer, aturdida. Aquel coqueto apartamento, con su
mobiliario estiloso y su familia feliz, le recordó a la casa de su padre. Ella
no encajaba en ninguno de esos dos sitios. Tenía demasiada ira, demasiados
problemas, demasiados tropiezos.
¿Y cómo podría explicarle a su padre lo que sucedió con Tom y con su
madre? Sería como confesarle que era mala en la cama o algo así. Pero al
no contárselo, provocaba que su nueva mujer la etiquetara como la
protagonista de una película romántica de sobremesa, como una adolescente
problemática y huida que necesitaba un poco de mano dura. «Mírala —diría
Linda—. Es igualita que su madre».
—Nunca te he caído bien —le dijo a la mujer del sofá.
—Así es —repitió la mujer con voz robótica—. Nunca me has gustado.
Dave empujó al hombre hacia una silla y se giró hacia Lolli.
—Podríamos hacer que se largasen —dijo—. Estaría chupado.
Podríamos vivir aquí.
Lolli se sentó al lado de la niña y le pegó un tirón de uno de sus rizos
oscuros.
—¿Qué estás viendo?
La niña se encogió de hombros.
—¿Te gustaría venir a jugar con nosotros?
—Claro —respondió—. Este programa es un rollo.
—Primero, vamos a ponernos guapas —dijo Lolli, y se fue con la niña a
la habitación del fondo.
Val se giró hacia el hombre. Se lo veía dócil y feliz en su asiento,
desviando su atención hacia la televisión.
—¿Dónde está tu otra hija? —preguntó Val.
—Solo tengo una —respondió el tipo, desconcertado.
—Quieres olvidarte de ella. Pero sigue ahí.
—¿Tengo otra hija?
Val se sentó en el brazo del asiento y se inclinó hacia él para susurrarle
al oído:
—Esa hija es un símbolo de la cagada espectacular que supuso tu
primer matrimonio. Cada vez que ves lo mucho que ha crecido, te acuerdas
de lo viejo que eres. Hace que te sientas un poco culpable, como si debieras
saber qué deporte practica o cómo se llama su mejor amiga. Pero tú no
quieres saber esas cosas. Si las supieras, no podrías olvidarte de ella.
—Mirad —dijo Dave, sosteniendo en alto una botella de coñac que
estaba casi entera—. A Luis le gustaría probarlo.
Lolli volvió a entrar en el salón, ataviada con una cazadora de cuero del
mismo color que la mantequilla tostada y con un collar de perlas. La niña
llevaba una docena de horquillas en el pelo, que centelleaban con unos
diamantes de imitación.
—¿Al menos eres feliz? —le preguntó Val a la mujer.
—No lo sé —respondió la otra.
—¿Cómo es posible que no lo sepas? —gritó Val. Cogió una silla y la
arrojó contra el televisor. Los demás se sobresaltaron cuando la pantalla se
resquebrajó—. ¿Eres feliz?
—No lo sé —repitió la mujer.
Val derribó una estantería, asustando a la niña. Se escucharon gritos al
otro lado de la puerta.
Dave se empezó a reír.
La luz de la lámpara de araña se reflejó sobre las esquirlas de cristal,
proyectando destellos que centellearon a lo largo del techo y las paredes.
—Vámonos —dijo Val—. Me aburro.
La gatita maullaba sin parar, golpeó a Lolli con sus zarpas diminutas y saltó
sobre ella con su suave cuerpecito.
—Cállate, Poli —murmuró Lolli, que giró el cuerpo y se cubrió la
cabeza con la manta.
—A lo mejor está aburrida —dijo Val, soñolienta.
—Tendrá hambre —repuso Luis—. Dale de comer de una puta vez.
Sin parar de maullar, Poli saltó sobre la espalda de Lolli y empezó a
juguetear con su pelo.
—Déjame en paz —protestó la otra—. Vete a cazar unas ratas. Ya eres
mayorcita para arreglártelas sola.
Un chirrido metálico y una tenue luz anunciaron la llegada de un tren.
El traqueteo ahogó el sonido de los maullidos de la gata.
En el último momento, cuando el andén entero quedó inundado de luz,
Lolli empujó a Poli a las vías, justo delante del tren. Val se levantó de un
salto, pero era demasiado tarde. La gata había desaparecido y el armazón
metálico del tren pasó a toda velocidad.
—¿Por qué narices has hecho eso? —gritó Luis.
—Siempre se estaba meando por todas partes —repuso Lolli, que se
hizo un ovillo y cerró los ojos.
Val miró a Luis, pero él se limitó a mirar para otro lado.
Cuando Ravus quedó satisfecho con su postura, le enseñó un movimiento y
le obligó a repetirlo hasta que le dolieron las extremidades. Val estaba
convencida de que el trol le estaba tomando el pelo, después pensó que no
tenía ni idea de enseñar. El trol le hizo repetir cada movimiento hasta que
los automatizó, hasta que se convirtieron en un hábito, como mordisquearse
los padrastros o como introducirse una aguja en el brazo.
—Suelta el aire —gritó Ravus—. Coordina tu exhalación con el ataque.
Val asintió e intentó acordarse de hacerlo, intentó hacerlo todo.
A Val le gustaba buscar en la basura con Dave el Difuso. Le gustaba pasear
por las calles, disfrutaba con la búsqueda y el hallazgo ocasional de algún
tesoro, como la pila de mantas acolchadas con un revestimiento plateado
que los trabajadores de mudanzas usaban para proteger los muebles; las
encontraron cerca de un contenedor, y los mantuvieron a los cuatro
calientes como ratones en pleno noviembre. O como ese teléfono antiguo
tan chulo, con dial rotatorio, que un tipo les compró por diez pavos. Sin
embargo, la mayor parte del tiempo iban tan hasta las cejas de Nuncamás
que no podían retomar las viejas rondas. Resultaba más fácil coger lo que
querían y punto. Solo tenían que pedirlo.
Un reloj. Una cámara. Un anillo de oro.
Al fin y al cabo, esas cosas se vendían mejor que un puñado de
antiguallas.
Finalmente, Ravus empezó a permitirle enlazar los movimientos y pelear.
El trol tenía los brazos más largos, lo cual le daba ventaja, aunque tampoco
la necesitaba. Era implacable, la derribaba con el palo de la escoba, la
acorralaba contra la pared, derribaba su mesa de trabajo cuando Val
intentaba cobijarse tras ella. El instinto y los años de dedicación al deporte,
combinados con la desesperación, le permitieron asestarle algún golpe
ocasional.
Cuando le golpeó con el palo en el muslo, fue un gustazo ver la cara que
puso el trol; un gesto de ira que pasó a ser de sorpresa y luego de
satisfacción en el lapso de unos segundos.
Retrocedieron y reanudaron el combate, girando en círculos. Ravus
amagó con un golpe y Val se cubrió, pero mientras lo hacía, la habitación
comenzó a dar vueltas. Se desplomó sobre la pared.
Ravus le golpeó el otro costado con su palo. El dolor dejó sin aliento a
Val.
—¿Se puede saber qué te pasa? —gritó el trol—. ¿Por qué no bloqueas
el golpe?
Val se obligó a mantenerse erguida, hincándose las uñas en las palmas
de las manos y mordiéndose el interior del carrillo. Seguía mareada, pero
pensó que podría disimularlo.
—No lo sé… Es mi cabeza.
Ravus golpeó la pared con el palo de escoba, que se astilló y dejó un
arañazo sobre la piedra. Arrojó al suelo los restos de su arma y volvió a
girarse hacia ella, con una mirada tan ardiente como el acero en una forja.
—¡No debiste pedirme que te enseñara! No puedo contener mis golpes.
Acabarás malherida por mi culpa.
Val retrocedió un paso, tambaleándose, mientras contemplaba los restos
de la escoba con la vista nublada.
Ravus inspiró una bocanada honda y trémula que pareció serenarlo.
—Puede que te haya afectado la magia que hay en la habitación. A
menudo percibo su olor en ti, en tu piel, en tu pelo. Puede que te hayas
expuesto demasiado a ella.
Val negó con la cabeza y empuñó su palo, adoptando la posición inicial.
—Ya estoy bien.
El trol la miró con suspicacia.
—¿Es el hechizo lo que te está debilitando, o lo que quiera que estés
haciendo en la calle?
—No importa —replicó Val—. Quiero luchar.
—Cuando era pequeño —dijo Ravus, que no hizo amago de modificar
su postura—, mi madre me enseñó a luchar con las manos antes de
permitirme usar ningún tipo de arma. Mis hermanos y ella me golpeaban
con una escoba, me bombardeaban con nieve y hielo hasta que me enfurecía
y atacaba. El dolor no era excusa, tampoco la enfermedad. Todo estaba
pensado para alimentar mi furia.
—No estoy poniendo excusas.
—No, no —repuso Ravus—. No me refería a eso. Siéntate. La furia no
te hace ser mejor espadachín; te convierte en un guerrero inestable. Tendría
que haberme dado cuenta de que estás enferma, pero lo único que veía era
una debilidad. Ese es mi defecto, y no quiero que a ti te pase lo mismo.
—Me da mucha rabia que no se me dé bien —dijo Val, mientras se
sentaba en un taburete.
—Eres buena. Lo que te da rabia es no alcanzar la excelencia.
Val soltó una carcajada, pero sonó forzada. Le molestaba que el mundo
no dejase de dar vueltas, y le molestaba todavía más la ira de Ravus.
—¿Por qué preparas pociones cuando eres tan buen espadachín?
El trol sonrió.
—Cuando abandoné las tierras de mi madre, intenté dejar atrás la
espada. Quería hacer algo por mí mismo.
Val asintió.
—Aunque algunos feéricos se sentirían escandalizados, aprendí a
preparar pociones gracias a una humana. Preparaba curas, pociones y
cataplasmas para otros mortales. Cabría pensar que los humanos ya no
hacen esas cosas, pero aún queda gente que lo hace en ciertos lugares. Esa
humana se portó muy bien conmigo, me trató con cortesía y deferencia,
como si creyera que estaba apaciguando a un espíritu errante. Creo que
sabía que yo no era mortal.
—Pero ¿qué pasa con el Nuncamás? —preguntó Val,
—¿El qué?
Val se dio cuenta de que el trol nunca había oído llamarlo así. Se
preguntó si tendría alguna idea del efecto que podía causar entre los
humanos. Negó con la cabeza, como si intentara disipar esas palabras.
—La magia feérica. ¿Cómo aprendiste lo que haría que esas pociones
fueran mágicas?
—Ah, eso. —Ravus sonrió de un modo que resultó casi chistoso—. Ya
conocía la parte mágica.
En los túneles, Val practicó el movimiento para asestar una estocada, con
esa forma que tenía de girar las manos como si estuviera escurriendo un
paño de cocina. Practicó la deslizante figura en ocho y probó a hacer girar
la espada en sus manos como hacían las animadoras con las banderas en los
descansos de los partidos. Unos oponentes invisibles danzaban entre las
sombras, siempre más veloces y mejor equilibrados, con una cadencia
perfecta.
Pensó en los entrenamientos de lacrosse, en los ejercicios de pases con
el reverso del palo, las fintas con la espada y los cambios de mano. Recordó
aprender a darle a la pelota con el palo para que rebotase en la pared y
después capturarla por detrás de la espalda o entre las piernas.
Probó esos movimientos con el palo de escoba. Para comprobar si era
posible ejecutarlos. Para comprobar si podía aprender algo de ello. Levantó
del suelo una lata de refresco con el palo, después la pateó con el empeine y
la lanzó hacia sus sombríos oponentes.
Val vio su cara reflejada en una ventana, mientras la droga surtía efecto. Su
piel parecía hecha de arcilla, maleable hasta el infinito. Podía darle la forma
que quisiera, agrandarse los ojos como los de un personaje de anime, o
estirarse la piel de los pómulos, dejándolos afilados como cuchillos.
Su frente se ondulaba, su boca se fruncía y su nariz se hizo larga y
curva. Era muy fácil volverse hermosa —ya se había aburrido de eso—,
pero nunca se cansaba de volverse grotesca. Había tantas formas posibles
de hacerlo.
Val estaba jugando a un juego, cuyo nombre no recordaba, en el que estabas
atrapado dentro de la torre de un nigromante y tenías que correr por unas
escaleras interminables. Por el camino, ibas recogiendo pociones. Algunas
te hacían más pequeño y otras te volvían muy grande, de manera que podías
atravesar toda clase de puertas distintas. Había un alquimista atrapado en un
piso muy alto, tan alto que no veía nada de lo que sucedía en los pisos
inferiores. En otra parte había un monstruo, pero a veces el alquimista era el
monstruo, y a veces el monstruo era el alquimista. Val tenía una espada,
pero no se transformaba a la vez que ella, así que o bien parecía un
mondadientes afilado en la palma de su mano o un armatoste que tenía que
llevar a rastras.
Cuando abrió los ojos, vio que estaba tendida en la acera, con la espalda
y las caderas doloridas. El hormigón le había dejado su huella en la mejilla.
La gente pasaba a su lado sin detenerse. Había vuelto a perderse el
entrenamiento.
—¿Qué le ocurre a esa chica? —escuchó que preguntaba un niño.
—Solo está cansada —respondió una mujer.
Era cierto: Val estaba cansada. Cerró los ojos y regresó al juego. Tenía
que encontrar al monstruo.
Algunas tardes llegaba al puente después de pasarse la noche fuera, con los
restos del hechizo corriendo por sus venas, con un escozor en las comisuras
de los ojos como si se los hubiera pintado con ceniza, con la boca seca por
culpa de una sed insaciable. Intentó mantener las manos firmes, contener
los tembleques que podrían delatar su debilidad. Cuando erró un golpe,
intentó fingir que no se debía a que se sentía mareada o enferma.
—¿Te encuentras mal? —le preguntó Ravus una mañana que la vio
especialmente indispuesta.
—Estoy bien —mintió ella.
Sintió como si tuviera las venas resecas. Notó cómo le palpitaban a lo
largo de los brazos, con un dolor en las magulladuras negras que poblaban
el hueco de sus codos.
Ravus se encaramó al borde de su mesa de trabajo y apuntó hacia el
rostro de Val con su palo de entrenamiento, como si fuera una varita
mágica. Ella alzó una mano por acto reflejo, pero si el trol hubiera tenido
intención de golpearla, no habría llegado a tiempo de impedirlo.
—Estás muy pálida. Tus bloqueos son lamentables… —Ravus dejó a
medias el resto de la frase.
—Supongo que estoy un poco cansada.
—Hasta tus labios están pálidos —dijo el trol, que trazó su contorno en
el aire con aquella arma de madera. Lucía una mirada intensa,
inquebrantable.
Val quiso abrir la boca y contárselo todo: lo de la droga robada, lo del
hechizo que les concedía, lo de esos sentimientos confusos que se anulaban
en su interior, pero lo que hizo fue acercarse para que Ravus tuviera que
dejar de gesticular, y apartó el palo a un lado para impedir que le hiciera
daño con él.
—Tengo frío —susurró. Últimamente, siempre tenía frío, pero estaban
en invierno, así que quizá no fuera tan extraño.
—¿Frío? —repitió Ravus. Le agarró el brazo y lo frotó entre sus manos,
mientras las observaba como si le estuvieran traicionando—. ¿Mejor? —
preguntó con tiento.
Val notó que el trol tenía la piel caliente, incluso a través de su camisa, y
el roce le resultó relajante y eléctrico al mismo tiempo. Se inclinó hacia él,
sin pensar. Ravus separó los muslos y ella se deslizó entre sus largas
piernas, notando el tejido áspero de los pantalones negros del trol al rozar
contra sus vaqueros.
Ravus entrecerró los ojos mientras se bajaba del escritorio, mientras sus
cuerpos se entrelazaban, cogidos aún de la mano. Entonces, de repente, el
trol se quedó inmóvil.
—¿Pasa algo…? —preguntó Val, pero Ravus se apartó con brusquedad.
—Deberías irte —dijo, y se encaminó hacia la ventana para detenerse
junto a ella. Val sabía que el trol no se atrevía a abrir las persianas mientras
aún siguiera siendo de día—. Vuelve cuando te sientas mejor. No nos
servirá de nada a ninguno entrenar mientras estés enferma. Si necesitas
algo, puedo…
—Ya te he dicho que estoy bien —insistió Val, con una voz más
chillona de lo que le hubiese gustado. Pensó en su madre. ¿Se habría
lanzado sobre Tom de ese modo? ¿Él la habría rechazado en un primer
momento?
Ravus seguía de espaldas, ante la ventana, cuando Val cogió una botella
entera de Nuncamás y se la guardó en la mochila.
Aquella noche, Lolli y Dave la felicitaron por su botín; corearon su
nombre tan fuerte, que la gente se detuvo junto a la rejilla que había en la
calle. Luis permaneció sentado entre las sombras, mordisqueándose el
piercing que llevaba en la lengua, sin decir nada.
Por la mañana, Val se desplomó sobre un colchón mugriento, como
hacía casi todas las mañanas, y se sumió en un letargo profundo, carente de
sueños, como si jamás hubiera conocido otra vida que no fuera aquella.
Aquellos que reprimen su deseo, lo hacen porque es lo bastante débil
como para poder contenerlo.
WILLIAM BLAKE, EL BESO», EL MATRIMONIO DEL CIELO Y EL INFIERNO.
C uando Val se despertó, alguien estaba intentando desabrocharle los
vaqueros. Notó el roce de unos dedos en la cintura, el giro y el
chasquido del botón al desabrocharse.
—Quita de ahí —exclamó, antes incluso de advertir que era Dave el que
estaba agazapado encima de ella.
Se zafó de él y se incorporó, todavía ruborizada por los rescoldos del
Nuncamás. Tenía la piel sudada, a pesar del aire frío que soplaba desde la
rejilla del techo, y tenía la boca seca como el papel de lija.
—Venga —susurró Dave—. Por favor.
Val se miró los dedos y vio la laca de uñas azul descascarillada de Lolli.
Llevaba puestas las mismas botas blancas que ella, y vio unos largos
mechones azulados que se desplegaban por debajo de sus hombros.
—Yo no soy Lolli —dijo con voz pastosa, a causa del cansancio y la
confusión.
—Puedes fingir que lo eres —replicó Dave el Difuso—. Y yo podría ser
quien tú quieras. Transfórmame en quien sea.
Val negó con la cabeza, consciente de que Dave la había hechizado para
parecerse a Lolli. Se preguntó si ya lo habría hecho antes con otras chicas,
se preguntó si ella lo sabría. La idea de hacerse pasar por otra persona le
resultó atroz, pero con los restos del Nuncamás todavía bullendo en su
interior, se sintió intrigada por lo retorcido de aquella ocurrencia. Notó la
misma excitación que la impulsó a adentrarse en los túneles, el placer
embriagador de tomar una decisión por sí misma, aunque fuera equivocada.
«En quien sea». Miró a Lolli y a Luis, que dormían cerca el uno del
otro, pero sin tocarse. Val se permitió imaginarse la cara de Luis en el
cuerpo de Dave. No fue difícil; los dos se parecían bastante. La expresión
de Dave cambió, adoptando un gesto de hastío y fastidio muy propio de su
hermano.
—Sabía que lo elegirías a él —dijo Dave.
Val inclinó la cabeza hacia delante, y le sorprendió que cayera un
mechón de cabello que le cubrió la cara. Había olvidado lo protegida que le
hacía sentir una melena.
—No he elegido a nadie.
—Pero lo harás. Quieres hacerlo.
—Es posible.
La mente de Val hizo que la figura que tenía encima resultase aún más
familiar. La cresta de Tom relucía a causa de la laca y, cuando sonrió, le
salieron hoyuelos en las mejillas. Val percibió incluso el olor familiar de su
loción de pachulí para el afeitado. Se dejó llevar por ese olor, embargada
por la sensación de que estaba de vuelta en casa y de que nada de aquello
había sucedido.
El Tom que tenía encima soltó un suspiro que Val consideró de alivio, y
le deslizó las manos por debajo de la camiseta.
—Sabía que te sentías sola.
—De eso nada —replicó Val sin pensar, apartándose.
No sabía si estaba mintiendo o no. ¿Se había sentido sola? Pensó en los
feéricos, en su incapacidad para mentir, y se preguntó qué harían cuando no
sabían cuál era la verdad.
Al pensar en feéricos, la piel de Tom se tornó verde, se le oscureció el
pelo y se desplegó alrededor de sus hombros, hasta que la figura que tenía
delante se correspondió con Ravus, hasta que fueron sus largos dedos los
que le rozaban la piel y sus ojos ardientes los que la miraban.
Val se quedó paralizada, sintió repulsión por esa fantasía. La inclinación
de la cabeza de Ravus era la justa, su gesto era inquisitivo.
—No me deseas a mí —dijo Val, pero no tuvo claro si se estaba
dirigiendo a Dave o a la imagen de Ravus que tenía delante.
El otro la besó y Val notó cómo le hincaba los dientes en los labios. Se
estremeció con una mezcla de deseo y pavor.
¿Cómo era posible que no supiera que era esto lo que quería, cuando
ahora no deseaba otra cosa? Sabía que ese no era el verdadero Ravus y que
resultaba obsceno fingir lo contrario, pero a pesar de todo, permitió que le
bajara los pantalones por las caderas. El corazón le latía con fuerza en el
pecho, como si hubiera corrido, como si estuviera en peligro, pero alzó los
brazos y hundió los dedos en esa cabellera negra y lustrosa. Su cuerpo
alargado se asentó sobre ella, y Val se aferró a los músculos de su espalda,
fijándose en el hueco de su garganta, en el fulgor dorado de sus ojos
entornados, mientras intentaba ignorar los gemidos de Dave. Casi bastó con
eso.
Al día siguiente, por la tarde, mientras Ravus le hacía realizar una serie
de movimientos de esgrima empuñando el arma de madera, Val contempló
su rostro hermético, ausente, y se desesperó. Antes podía convencerse de
que no sentía nada por él, pero ahora tenía la sensación de haber degustado
un manjar que la dejó deseosa de probar un banquete que jamás llegaría a
celebrarse.
Durante el camino de vuelta desde el puente, pasó cerca de la parada del
Dragón Bus. Había tres prostitutas en minifalda que tiritaban de frío. Una
chica con un abrigo de imitación de piel de poni se acercó sonriendo a Val,
pero después dio media vuelta, como si acabara de comprender que Val no
era un chico.
En la siguiente manzana, cruzó la calle para esquivar a un tipo barbudo
con minifalda y botas con los cordones desatados. Emergió una nubecilla de
vapor de debajo de su falda cuando se puso a orinar en la acera.
Val recorrió las calles hacia la entrada del andén subterráneo. Cuando se
aproximó al parque de hormigón, vio a Lolli discutiendo con una chica que
llevaba puesto un colorido abrigo de pieles, que semejaba la piel de un
monstruo, con una mochila de caucho con púas. Por un momento, Val sintió
una desorientación extraña. Aquella chica le resultaba familiar, pero estaba
tan fuera de contexto que no conseguía ubicarla.
Lolli alzó la mirada. La chica se giró para comprobar hacia dónde
miraba. Se quedó boquiabierta. Echó a caminar hacia ella con sus botas de
plataforma y un paquete de harina bajo el brazo. Cuando Val advirtió que el
paquete de harina tenía una cara pintada, comprendió que la chica que tenía
delante era Ruth.
—¿Val? —Ruth hizo un movimiento extraño con el brazo, como si
quisiera alargarlo para tocarla, pero se hubiera arrepentido—. Ostras. Tu
pelo. Tendrías que haberme dicho que querías cortártelo. Te habría
ayudado.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Val, aturdida.
—Gracias a tu amiga. —Ruth miró a Lolli con gesto escéptico—. Ella
respondió a tu móvil.
Val acercó una mano a su mochila por acto reflejo, aunque sabía que no
encontraría allí el móvil.
—Pero si lo apagué.
—Ya lo sé. He intentado llamarte un millón de veces y tienes el buzón
de voz lleno. Estaba superpreocupada.
Val asintió, sin saber qué decir. Era consciente de la mugre que tenía
incrustada en los pantalones, de sus uñas renegridas y del tufo que despedía
su cuerpo, un olor que no se disipaba frotándote en baños públicos con la
mayoría de la ropa puesta.
—Oye —añadió Ruth—, he traído a alguien que quiere conocerte.
Sostuvo en alto el paquete de harina. Tenía los ojos pintados con
rotulador negro y una boca diminuta y fruncida, sombreada con laca de
uñas azul con purpurina.
—Es nuestro bebé. Lo está pasando mal porque una de sus mamis se
largó, y yo también, porque me toca ser madre soltera. En clase de
Educación para la salud, tuve que hacer yo sola todos los ejercicios. —Ruth
esbozó una sonrisa trémula—. Siento haber sido tan capulla. Tendría que
haberte contado lo de Tom. Intenté hacerlo un millón de veces. Pero no me
salían las palabras.
—Ya no importa —repuso Val—. Tom me da igual.
—Hace un frío que pela —dijo Ruth—. ¿Y si nos metemos a resguardo?
He visto un sitio donde venden té de burbujas cerca de aquí.
¿Tanto frío hacía? Val estaba acostumbrada a tener frío cuando no se
encontraba bajo los efectos del Nuncamás, así que le parecía normal tener
los dedos entumecidos y sentir como si tuviera la médula hecha de hielo.
—Está bien —accedió.
Lolli esbozó un gesto engreído. Encendió un cigarro y expulsó dos
torrentes de humo blanco idénticos por la nariz.
—Le diré a Dave que volverás pronto. No quiero que se preocupe por
su nueva novia.
—¿Qué? —Por un momento, Val no supo qué quería decir. Acostarse
con Dave le parecía algo irreal, algo llevado a cabo en mitad de la noche,
embriagada por el sueño y el hechizo.
—Dave dice que echasteis un polvo anoche. —Lolli empleó un tono
altivo, pero era obvio que él no le había contado que Val tenía su aspecto
cuando se acostaron. Aquello le produjo un alivio vergonzoso.
Val comprendió entonces por qué Ruth estaba allí, por qué Lolli había
cogido su móvil para montar esa escena. Lo había hecho para castigarla. Y
Val pensó que se lo merecía.
—No es para tanto. Solo fue para pasar el rato. —Hizo una pausa—.
Dave estaba intentando ponerte celosa.
Lolli pareció sorprendida y, de repente, cohibida.
—No sabía que te gustara de ese modo.
Val se encogió de hombros.
—Vuelvo en un rato.
—¿Quién es esa? —preguntó Ruth, mientras se encaminaban hacia el
local donde vendían té de burbujas.
—Lolli —respondió—. Es buena gente, casi siempre. Estoy viviendo
con ella y con unos amigos suyos.
Ruth asintió.
—Podrías volver a casa. Podrías quedarte conmigo.
—No creo que a tu madre le parezca bien.
Val abrió la puerta de madera y cristal y se adentró en el ambiente
edulcorado del local. Se sentaron a una mesa, en el fondo, haciendo
equilibrios sobre las cajas de palisandro que hacían las veces de asientos.
Ruth tamborileó con los dedos sobre la mesa de cristal, como si tuviera los
nervios a flor de piel.
Cuando vino la camarera, pidieron té perla negra, tostadas con leche
condensada y mantequilla de coco, y rollitos de primavera. La camarera se
quedó mirando a Val durante un buen rato antes de marcharse, como si
estuviera evaluando si tenían dinero para pagar o no.
Val inspiró hondo y contuvo el impulso de mordisquearse un padrastro.
—Se me hace raro verte aquí.
—Tienes mal aspecto —dijo Ruth—. Estás muy flaca y tienes los ojos
amoratados.
—Yo…
La camarera dejó los pedidos sobre la mesa, interrumpiendo lo que
estaba a punto de decir. Agradecida por la distracción, Val introdujo una
gruesa pajita azul en su bebida y después absorbió un trozo enorme y
pegajoso de tapioca, acompañado de un trago de té edulcorado. Todos sus
movimientos parecían realizados a cámara lenta, se sentía tan pesada que la
tarea de mordisquear la tapioca le resultó agotadora.
—Ya sé que vas a decir que estás bien —dijo Ruth—. Pero dime que en
el fondo no me odias.
Val sintió que algo se aflojaba en su interior, y por fin pudo empezar a
explicarse:
—Ya no estoy cabreada contigo, pero me siento como una idiota. Y mi
madre… No puedo volver. Al menos, aún no. No intentes convencerme.
—Entonces, ¿cuándo? —inquirió Ruth—. ¿Dónde estás viviendo?
Val se limitó a negar con la cabeza, mientras le pegaba otro bocado a la
tostada. Los trozos parecían deshacerse en su lengua, y las tostadas
desaparecieron antes de que advirtiera que se las había comido todas. En
otra mesa, un grupo de chicas cubiertas de purpurina rompieron a reír a
carcajadas. Dos tipos indonesios las miraron con cara de fastidio.
—¿Y qué nombre le has puesto al niño? —preguntó Val.
—¿Qué?
—A nuestro bebé de harina. Ese al que abandoné sin pagarte siquiera la
pensión.
Ruth sonrió.
—Sebastian. ¿Te gusta?
Val asintió.
—Pues ahora voy a decirte algo que no te va a gustar —añadió Ruth—.
No pienso volver a casa hasta que te vengas conmigo.
Por más que lo intentó, Val no pudo convencer a Ruth para que se
marchara. Finalmente, pensando que enseñarle su cubil serviría para
convencerla, la llevó al andén abandonado. Al ir allí acompañada por
alguien ajeno, Val volvió a percibir el hedor de aquel lugar: a sudor, a orina
y a Nuncamás requemado. Se fijó en los huesos de animales que estaban
tirados en las vías y en las pilas de ropa que nadie tocaba, porque estaban
repletas de bichos. Lolli tenía preparados sus utensilios y estaba vertiendo
un poco de Nuncamás en una cuchara. Dave ya estaba colocado, el humo de
su cigarrillo formaba las siluetas de unos personajes de dibujos animados
que se perseguían unos a otros con mazos.
—Tienes que estar de coña —dijo Luis—. Déjame adivinar: has traído
otra gatita callejera para que Lolli pueda arrojarla a las vías.
—¿V-Val? —tartamudeó Ruth, mientras miraba a su alrededor.
—Esta es Ruth, mi mejor amiga —dijo Val, antes de darse cuenta de lo
pueril que sonaba eso—. Ha venido a buscarme.
—Yo creía que tus mejores amigos éramos nosotros. —Dave esbozó
una sonrisa maliciosa, y Val se arrepintió de haber permitido que la tocara,
de haberle dejado creer que tenía algún poder sobre ella.
—Todos somos grandes amigos —intervino Lolli, que fulminó a Dave
con la mirada mientras le apoyaba una pierna encima a Luis, con la bota
apoyada cerca de su entrepierna—. Grandísimos amigos.
Dave torció el gesto.
—Si de verdad fueras amiga de esa chica, no la traerías a este
estercolero —le espetó Luis a Val, al tiempo que se apartaba de Lolli.
—¿Cuánta gente hay aquí abajo? Salid a donde pueda veros —dijo
alguien, de malos modos.
Dos policías bajaron por las escaleras. Lolli se quedó paralizada, con la
cuchara en la mano, todavía sobre la llama. La droga comenzó a quemarse y
ennegrecerse. Dave se rio, profirió una carcajada demente que pareció no
tener fin.
El haz de unas linternas iluminó el interior de la estación. Lolli dejó
caer la cuchara, que se había calentado mucho, y los haces de luz se
concentraron sobre ella. Después se desplazaron hacia Val, que se cubrió los
ojos con una mano para que no la cegaran.
—Eh, vosotros. —Uno de los polis era una mujer, con cara de pocos
amigos—. Poneos contra la pared, con las manos en la cabeza.
Una linterna iluminó a Luis, y el policía le dio un golpecito con la bota.
—Venga. Andando. Hemos recibido avisos de que había unos críos aquí
abajo, pero yo no me lo creía.
Val se levantó despacio y se encaminó a la pared, con Ruth a su lado. Se
sintió tan culpable que le entraron ganas de vomitar.
—Lo siento —susurró.
Dave permaneció inmóvil en mitad del andén. Estaba temblando.
—¿Y a ti qué te pasa? —gritó la mujer policía, de un modo que no
parecía una pregunta—. ¡Contra la pared!
Tras decir eso, sus palabras se convirtieron en ladridos. En el lugar
donde estaba, apareció un perro negro, más grande que un rottweiler,
echando espuma por la boca.
—¿Qué coño…? —El otro poli se giró y sacó su pistola—. ¿Ese perro
es vuestro? Decidle que se vaya.
—No es nuestro —repuso Dave con una sonrisa espeluznante.
El perro se giró hacia él, gruñendo y ladrando. Dave se limitó a reírse.
—¿Masollino? —exclamó el policía—. ¿Masollino?
—Deja de tocar los cojones, Dave —bramó Luis—. ¿Qué estás
haciendo?
—¿Qué está pasando? —preguntó Ruth, mientras bajaba los brazos.
El perro avanzó hacia el policía, sus dientes centellearon. El otro lo
encañonó y el perro se detuvo. Se puso a gemir y el policía titubeó.
—¿Dónde está mi compañera?
Lolli se rio y el policía alzó la cabeza de golpe, después volvió a mirar
rápidamente al perro. Val avanzó un paso, mientras Ruth la agarraba del
brazo con tanta fuerza que le hizo daño.
—Dave —masculló—. Venga. Vámonos.
—¡Dave! —gritó Luis—. ¡Vuelve a transformarla!
El perro se giró al oír eso, brincó hacia donde estaban ellos, con la
lengua colgando, convertida en un tajo rojizo en la oscuridad.
Se oyeron dos detonaciones, seguidas de un silencio. Val abrió los ojos,
sin ser consciente de que los había cerrado. Ruth pegó un grito.
La mujer policía estaba tendida en el suelo, sangrando por el cuello y el
costado. El otro agente contempló su pistola, horrorizado. Val se quedó
inmóvil, conmocionada, como si sus pies estuvieran hechos de plomo. Su
mente seguía intentando encontrar una solución, un modo de deshacer lo
que había pasado. «Esto es solo una ilusión —se dijo—, Dave nos está
gastando una broma a todos».
Lolli saltó a las vías y echó a correr, la gravilla crujió bajo sus botas.
Luis agarró a Dave del brazo y tiró de él hacia los túneles.
—Tenemos que salir de aquí —exclamó.
El policía alzó la cabeza cuando Val saltó desde el borde del andén,
seguida de Ruth. Luis y Dave ya estaban desapareciendo en la oscuridad.
Resonó un disparo por detrás de ellas. Val no volvió la vista. Echó a
correr por la vía, cogida de la mano de Ruth, como si fueran niñas pequeñas
a punto de cruzar la carretera. Ruth se la estrechó dos veces, pero Val se dio
cuenta de que había empezado a sollozar.
—Es imposible razonar con la poli —dijo Dave, mientras atravesaban
los túneles—. Tienen que cumplir una cuota de arrestos, y eso es lo único
que les importa. Encontraron nuestra guarida y pensaban clausurarla para
que nadie pudiera utilizarla. ¿Y a quién beneficiaría eso? No hacemos daño
a nadie viviendo aquí abajo. Es nuestro hogar. Nosotros lo encontramos.
—¿De qué estás hablando? —inquirió Luis—. ¿En qué estabas
pensando? ¿Se te ha ido la puta olla?
—No es culpa mía —replicó Dave—. Y tampoco tuya. No es culpa de
nadie.
Val deseo que cerrase el pico.
—Tienes razón —dijo Luis con voz trémula—. No es culpa de nadie.
Emergieron en la estación de la calle Canal, subieron al andén y se
montaron en el primer metro que pasó. El vagón estaba prácticamente
vacío, pero de todos modos permanecieron pegados a la puerta, mientras el
tren reanudaba la marcha.
Ruth había dejado de llorar, pero tenía la nariz enrojecida y el
maquillaje le había dejado unos surcos oscuros sobre las mejillas. Dave
parecía vacío de toda emoción, no cruzó una mirada con nadie. Val no se
podía imaginar lo que estaría sintiendo en ese momento. Ni siquiera ella
sabía cómo definir lo que sentía.
—Esta noche podemos dormir en el parque —dijo Luis—. Dave y yo lo
hacíamos antes de encontrar el túnel.
—Yo voy a llevar a Ruth a Penn Station —dijo Val, de repente.
Pensó en la mujer policía; el recuerdo de su muerte era como una losa
que se volvía más pesada con cada paso que se alejaban del cadáver. No
quería que Ruth se hundiera junto con ellos. Luis asintió y dijo:
—¿Y te irás con ella?
Val titubeó.
—No pienso montar sola en ese tren —replicó Ruth, tajante.
—Antes tengo que despedirme de alguien —dijo Val—. No puedo
desaparecer sin más.
Se bajaron en la siguiente parada, se montaron en un tren que iba hacia
el norte y llegaron a Penn Station después subieron a la planta superior para
consultar los horarios. Más tarde, se acomodaron en la sala de espera de
Amtrak, y Lolli compró café y sopa que ninguno de ellos probó.
—Quedamos aquí dentro de una hora —dijo Ruth—. El tren saldrá
quince minutos después. Podrás despedirte de ese tío en ese tiempo,
¿verdad?
—Si no regreso, tienes que subirte a ese tren —repuso Val—.
Prométemelo.
Ruth asintió, con la cara pálida.
—Si tú me prometes que volverás.
—Nosotros estaremos junto al castillo meteorológico de Central Park —
dijo Lolli—. Por si pierdes el tren.
—No voy a perderlo —replicó Val, mirando de reojo a Ruth.
Lolli giró una cuchara dentro de uno de los cuencos de sopa, pero no se
la acercó a los labios.
—Ya lo sé. Solo lo he dicho por si acaso.
Val salió a la fría calle, contenta de poner distancia con los demás.
Cuando llegó al puente, aún había suficiente luz para ver el East River,
cuyas aguas eran marrones como un café olvidado sobre el fogón. Le dolía
la cabeza, tenía calambres en los brazos, y se dio cuenta de que no había
vuelto a probar una dosis de Nuncamás desde la noche anterior.
«No hay que consumirlo más de dos días seguidos». Val no recordaba
cuándo había caído en el olvido esa norma y había aparecido una nueva que
establecía consumirlo una vez al día, y a veces incluso más.
Dio unos golpecitos en el tocón y se metió dentro del puente, pero a
pesar de la amenaza de la luz solar, Ravus se había ido. Val se planteó
escribirle un mensaje en el folleto roto de un supermercado, pero estaba tan
cansada que decidió esperar un poco más. Sentada en el butacón, el olor a
papel viejo, a cuero y a fruta la animó a recostar la cabeza y abrir la cortina
ligeramente. Se quedó apoltronada una hora, viendo caer el sol, que tiñó de
rojo el cielo, pero Ravus no regresó, y ella se sintió cada vez peor. Hasta
entonces, tenía los músculos cargados como después de hacer ejercicio,
pero ahora le dolían como cuando sufres un calambre que te despierta en
mitad de la noche.
Se puso a buscar entre las botellas, las pociones y las mezclas de Ravus,
sin importarle lo que movía o cambiaba de sitio, pero no encontró un solo
gránulo de Nuncamás con el que disipar el dolor.
Una familia estaba terminando de hacer un pícnic sobre las rocas cuando
Val entró arrastrando los pies en Central Park. La madre estaba envolviendo
las sobras de los sándwiches y una niña larguirucha estaba empujando a uno
de sus hermanos. Los dos chicos eran gemelos, advirtió Val. Los gemelos
siempre le habían dado mal rollo, como si solo uno de ellos pudiera ser el
auténtico. El padre la miró de pasada, pero luego se concentró en las piernas
largas y expuestas de una ciclista, mientras masticaba lentamente su
comida.
Val siguió caminando, con las piernas doloridas, junto a un lago repleto
de algas donde una barca sin tripulantes flotaba bajo la menguante luz. Un
matrimonio de edad avanzada paseaba por la orilla, tiernamente cogidos del
brazo, mientras un corredor vestido de licra los rodeaba, resoplando, con un
reproductor de MP3 prendido de uno de sus bíceps. Gente corriente con
problemas corrientes.
El sendero continuaba a través de un patio cuyas paredes tenían bayas y
pájaros tallados, vides tan intrincadas que casi parecían de verdad, rosas en
flor y otras flores menos reconocibles.
Val se detuvo para apoyarse en un árbol, cuyas raíces estaban expuestas
y enmarañadas como el estampado de venas que se adivina bajo la piel; la
corteza grisácea del tronco estaba húmeda y cubierta de savia congelada.
Val llevaba un rato caminando, pero no había ningún castillo a la vista.
Pasaron tres chicos con los pantalones caídos, uno de ellos hacía rebotar
una pelota de baloncesto sobre la espalda de su amigo.
—¿Dónde está el castillo meteorológico? —les preguntó Val.
—Eso no existe —repuso uno de ellos, negando con la cabeza.
—Se refiere al castillo Belvedere —dijo otro, que señaló hacia un punto
situado a mitad de camino del sendero por el que había venido Val—.
Tienes que cruzar el puente y atravesar el Ramble.
Val asintió. «Cruzar el puente y atravesar el bosque». Le dolía todo,
pero siguió avanzando, mientras anticipaba el pinchazo de la aguja y el
dulce alivio que le traería. Volvió a pensar en Lolli sentada junto al fuego
con la cuchara en la mano y se le cortó el aliento al pensar que sus reservas
de Nuncamás seguían allí, en los túneles, con la mujer muerta. Después se
reprendió por que fuera eso lo único que la preocupaba, lo único que le
cortó el aliento.
El Ramble era un laberinto de senderos, cruzados unos con otros, que
desembocaban en puntos muertos o giraban en círculos. Algunos senderos
parecían intencionados, otros parecían haber sido creados por transeúntes
hartos de intentar orientarse a través de ese circuito tan enrevesado. Val
avanzó a duras penas, entre el crujido de las hojas y las ramitas, con las
manos en los bolsillos, pellizcándose la piel a través del fino revestimiento
del abrigo, como si eso fuera a servir para castigar a su cuerpo y que no le
doliera.
Al cobijo de las ramas moteadas había dos hombres abrazados, uno de
ellos con traje y abrigo, el otro con pantalones vaqueros y cazadora a juego.
En lo alto de la colina había un enorme castillo gris con chapitel que
asomaba por encima de las copas de los árboles. Parecía una finca grande y
antigua, que lucía un aspecto extraño en contraste con las relucientes luces
de la ciudad al anochecer, como si fuera algo salido de otra época. Cuando
se aproximó, Val vio que había todo un surtido de criaturas disecadas al otro
lado de una ventana, que la observaban con sus ojillos negros a través del
cristal.
—Hola —dijo una voz familiar.
Val se dio la vuelta y vio a Ruth apoyada en una columna. Antes de que
se le ocurriera qué decir, vio a Luis, que estaba tendido sobre el
embarcadero que daba a un lago y a un campo de béisbol, compartiendo
con Lolli unos besos apasionados, tiernos y húmedos.
—Ya sabía yo que no ibas a aparecer por la estación —dijo Ruth,
negando con la cabeza.
—Dijiste que te montarías en el tren, aunque yo no apareciera —repuso
Val, en un intento por ponerse digna, pero su réplica sonó poco convincente
y a la defensiva.
—Me da igual. —Ruth se cruzó de brazos.
—¿Dónde está Dave? —preguntó Val, mirando a su alrededor. El
parque se estaba oscureciendo y no vio a Dave en las proximidades.
Ruth se encogió de hombros y se agachó a por un vaso que tenía junto a
los pies.
—Se marchó hace un rato, a pensar o yo qué sé. Luis salió tras él, pero
volvió solo. Imagino que se habrá rayado. Joder, yo aún sigo flipando. Esa
mujer se convirtió en un perro y ahora está muerta.
Val no sabía cómo explicar lo ocurrido para que su amiga lo entendiera,
sobre todo porque eso empeoraría mucho las cosas. Era mejor creer que la
poli se había convertido en un perro a que alguien la hubiera transformado.
—A Dave no le hará ninguna gracia cuando se entere. —Val señaló con
la barbilla hacia Lolli y Luis, ignorando por completo la cuestión de la
magia.
—Es asqueroso. —Ruth puso una mueca—. Son unos cabrones
desalmados.
—No lo entiendo. Lolli lleva todo este tiempo detrás de él, ¿y Luis elige
este momento para enrollarse con ella?
Val no lo podía entender. Luis era un gilipollas, pero se preocupaba por
su hermano. Era impropio de él dejar que Dave se pusiera a deambular solo
por Central Park, mientras él se enrollaba con una chica.
Ruth frunció el ceño y le ofreció a Val el vaso que tenía en la mano.
—Son tus amigos. Toma, bebe un poco de té. Está superdulce, pero al
menos está caliente.
Val probó un sorbo, dejó que el líquido le calentara la garganta, mientras
trataba de ignorar los temblores que sentía en la mano.
Luis se apartó de Lolli y sonrió a Val de medio lado.
—Anda, ¿cuándo has llegado?
—¿Os queda Nuncamás? —inquirió Val. No podría soportar el dolor
mucho más tiempo. Tenía calambres hasta en la mandíbula.
Luis negó con la cabeza y miró a Lolli.
—No —dijo ella—. Lo tiré. ¿Has conseguido algo de Ravus?
Val inspiró hondo, tratando de contener el pánico.
—No estaba en casa.
—¿Y has visto a Dave por el camino? —preguntó Lolli.
Val negó con la cabeza.
—Vamos a bajar al sitio donde dormiremos —dijo Luis—. Creo que ya
está lo bastante oscuro como para que no nos vean.
—¿Dave sabrá encontrarnos? —preguntó Ruth.
—Pues claro —repuso Luis—. Conoce el sitio. Hemos dormido otras
veces allí.
Val apretó los dientes con frustración, pero siguió a los demás mientras
saltaban la verja por un lateral del castillo y descendían por las rocas que se
extendían por debajo. Había una zona plana y sombría, cubierta por otro
saliente que les proporcionaba cierto cobijo. Val se dio cuenta de que lo
habían equipado con unos cuantos cartones.
Luis se sentó y Lolli se apoyó encima de él, con los ojos entrecerrados.
—Mañana iré a rapiñar provisiones —dijo Luis, que se inclinó para
besar a Lolli.
Ruth rodeó a Val con un brazo y suspiró.
—No me lo puedo creer.
—Yo tampoco —dijo Val, porque de repente todo le parecía irreal,
arbitrario e insólito a partes iguales. Que Ruth tuviera que dormir entre
cartones en Central Park le parecía más descabellado que la existencia de
los feéricos.
Luis le introdujo las manos a Lolli por debajo de la falda, y Val dio otro
sorbo de té, que se estaba enfriando, ignorando el atisbo de piel, el destello
de unos piercings de acero, tratando de ignorar las risitas y los ruiditos
húmedos. Cuando giró la cabeza, vio la pernera de los pantalones anchos de
Luis; se había remangado tanto que resultaban visibles unas marcas
negruzcas en el hueco de la rodilla, unas marcas que solo podían provenir
del Nuncamás.
Mientras la respiración de Ruth se sumía en el sueño, y las de Lolli y
Luis se incrementaban hacia algo más, Val se mordió el interior del labio y
sobrellevó el dolor del síndrome de abstinencia.
Los que necesitan veneno, no por ello lo aman.
WILLIAM SHAKESPEARE, RICARDO II.
C onforme avanzó la noche, Val no se sintió mejor. Los calambres
musculares se intensificaron hasta que se levantó y se alejó del
escondite para, al menos, poder moverse y retorcerse en función de su
malestar. Caminó a través de las rocas y comenzó a desandar el camino por
el Ramble, esparciendo un remolino de hojas secas caídas desde sus ramas.
Dio otro sorbo de té, pero se había quedado helado.
Val había crecido con la creencia de que Central Park era un lugar
peligroso, aún más que el resto de Nueva York; era la clase de sitio donde
pervertidos y asesinos acechaban detrás de cada arbusto, esperando a que
pasara algún corredor inocente. Recordaba incontables noticias sobre
atracos y apuñalamientos. Pero ahora el parque parecía tranquilo.
Cogió un palo y se puso a practicar estocadas, introduciendo la punta en
el agujero de un grueso olmo hasta que, supuso, hubo ahuyentado a
cualquier ardilla que viviera allí. Esos movimientos le produjeron un mareo
y unas ligeras náuseas, y cuando giró la cabeza, le pareció ver unas luces
que se movían por un sendero cercano.
El viento arreció en ese momento y el ambiente pareció cargado, igual
que antes de una tormenta, pero cuando volvió a mirar, no vio nada.
Frunciendo el ceño, se acuclilló y esperó para comprobar si había alguien
allí.
Sopló una ráfaga de viento que estuvo a punto de arrancarle la mochila
del hombro. Esta vez, estaba segura de haber escuchado una carcajada. Se
giró, pero solo vio los gruesos tallos de una hiedra que se encaramaba a un
árbol cercano.
Sopló una nueva ventolera que derribó el vaso que llevaba en la mano,
formando un charquito de té. El vaso blanco echó a rodar sobre el suelo
humedecido.
—¡Ya basta! —gritó, pero sus palabras quedaron sin efecto en el
silencio que se produjo después, pareció incluso peligroso decirlas tan alto
entre tanta quietud.
Oyó un silbido y giró la cabeza. Allí, sentada sobre un tocón, había una
mujer compuesta enteramente de hiedra.
—Huelo un hechizo, fino como la nieve en polvo. ¿Eres uno de los
nuestros?
—No —respondió Val—. No soy feérica.
La mujer inclinó la cabeza con una ligera reverencia.
—Espera. Necesito… —comenzó a decir Val, pero no supo cómo
terminar la frase. Necesitaba pincharse, necesitaba Nuncamás, pero no sabía
si los feéricos tendrían un nombre para referirse a ello.
—¿Perteneces al grupo de los golosos? Pobrecilla, te has alejado mucho
de la fiesta. —La mujer de hiedra pasó de largo junto a ella y se encaminó
hacia el puente—. Te mostraré el camino.
Val no sabía a qué se refería, pero la siguió, no solo porque Lolli y Luis
le estaban partiendo el corazón a Dave sobre unas rocas cercanas y ella no
quería verlo; no solo porque los ojos inertes de la mujer policía parecían
seguirla en la oscuridad; lo hizo también porque lo único que parecía
importante en ese momento era aplacar su dolor. Y allí donde hubiera un
festejo feérico, habría algún modo de encontrar alivio.
La mujer de hiedra la condujo hasta aquella terraza con aves y ramas
talladas en los muros, con una fuente en el centro y el lago de fondo. La
feérica avanzó sobre las baldosas del suelo, como si fuera una columna
vegetal en movimiento. Del agua emergió una neblina, una capa plateada
que se quedó flotando en el aire durante unos segundos antes de comenzar a
extenderse, demasiado densa y veloz como para ser un fenómeno natural.
Val sintió un cosquilleo en la piel, pero estaba demasiado aturdida y
dolorida como para hacer algo que no fuera retroceder a trompicones,
mientras la niebla se desplegaba como la marea sobre una orilla oscura.
Esta se asentó a su alrededor, cálida y pesada, trayendo consigo un
aroma extraño, empalagoso y putrefacto. Resonó una melodía en el
ambiente: el tintineo de unas campanas, un gemido, las notas estridentes de
una flauta. Val caminó dando tumbos, engullida y cegada por oleadas de
niebla. Oyó un coro de carcajadas, próximas a ella, y se giró. La niebla
remitió en algunos puntos, ofreciéndole la vista de un nuevo paisaje.
La terraza seguía allí, pero las vides se habían separado de la tierra hasta
formar una maraña de tallos enroscados, cargados de flores extrañas, con
espinas largas y finas como agujas. Los pájaros se alzaron desde sus nidos
esculpidos para picotear las uvas orondas que pendían de las barandillas,
para disputarse con unas abejas grandes como puños las manzanas de acero
que cubrían el embarcadero.
Además, también había feéricos. Más de los que Val habría imaginado
que pudieran vivir entre el hierro y el acero de la ciudad, feéricos con ojos
extraños y orejas afiladas como cuchillos, con faldas confeccionadas a
partir de ortigas y filipéndulas, con camisas y chalecos con rosas bordadas,
y otros desnudos, cuya piel centelleaba bajo la luna. Val pasó junto a una
criatura con unas piernas que parecían ramas y un rostro tallado a partir de
una corteza, y junto a un hombrecillo que la miró a través de unos
binoculares con lentes hechas de cristalitos marinos de color azul. Pasó
junto a un individuo con la espalda encorvada y repleta de espinas. El tipo
olía a sándalo, y Val creyó reconocerlo. Todas esas criaturas parecían
centelleantes como una llamarada, e indómitas como el viento. Sus ojos
despedían un fulgor terrible y ardiente bajo la luz de la luna, y Val comenzó
a asustarse.
A lo largo de la orilla del lago habían extendido varias telas con
bordados dorados, y encima habían dispuesto toda clase de manjares
amontonados. Había dátiles, caquis y membrillos servidos en bandejas
compuestas de hojas secas y resquebrajadas, junto a decantadores de zafiro
y vinos verdes como el peridoto. Había pasteles cubiertos de bellotas
tostadas, apilados junto a espetos de paloma y tazas con siropes viscosos.
Cerca de allí, en una pila, había unas manzanas blancas como las de Ravus,
cuyas entrañas rojizas resultaban visibles a través de la piel velluda,
prometiéndole a Val un alivio frente al dolor.
Olvidó su miedo.
Agarró una y mordió su pulpa cálida y dulce. Se deslizó por su garganta
como un pedazo de carne sanguinolenta. Conteniendo las náuseas, la
mordió una y otra vez, dejando correr el jugo por su mandíbula, mientras la
piel del fruto cedía bajo sus dientes afilados. La sensación no era la misma
que con el Nuncamás, pero bastó para adormecerle las extremidades y
calmarle los temblores.
Aliviada, Val se sentó junto al lago, justo cuando una criatura cubierta
de musgo y liquen emergió fugazmente, con un pez plateado que se
meneaba dentro de su boca, para luego volver a sumergirse. Demasiado
cansada para moverse, y demasiado aliviada como para sentir nada que no
fuera saciedad, Val se contentó con observar a la multitud. Para su sorpresa,
comprobó que no era la única humana. Una chica, demasiado joven como
para haber terminado el colegio, tenía la cabeza apoyada sobre el regazo de
una feérica de piel azul y labios negros que le estaba prendiendo campanitas
y tréboles de las coletas. Había un hombre con el pelo canoso y una
chaqueta de tweed agachado al lado de una niña verde con el pelo musgoso
y chorreante. Dos jóvenes comían unas tajadas de manzana blanca desde el
borde de un cuchillo, lamiendo el filo para saborear todo el jugo.
¿Sería ese el grupo de los golosos? Esclavos humanos dispuestos a
cualquier cosa a cambio de una dosis de Nuncamás, que ni siquiera sabían
lo que era pinchárselo en el brazo o esnifarlo por la nariz. «Nunca —se dijo
Val—. Nunca más, nunca. Nunca jamás. Nunca, nunca, nunca. El País de
Nunca Jamás». No necesitaba hacer que las sombras danzasen. No
necesitaba seguir eligiendo el mal camino, jactándose de ser, al menos, la
artífice de su propia tragedia. Por muy malas que fueran sus decisiones, no
estaban logrando mantener los demás problemas a raya.
Otro feérico bajó por las escaleras. Había algo extraño en su piel;
parecía moteada y burbujeante en algunos puntos. Una oreja y parte del
cuello parecían haber sido esculpidos toscamente a partir de un trozo de
arcilla. Varios feéricos retrocedieron mientras él avanzaba por la terraza.
—Intoxicación por hierro —dijo alguien.
Val se giró y vio a una de las feéricas con la melena de color miel de
Washington Square. Aún iba descalza, aunque en el tobillo llevaba puesta
una pulsera hecha con bayas. Val se estremeció.
—Parece como si se hubiera quemado.
—Hay quien dice que a todos nos pasará lo mismo si no nos quedamos
en el parque, ni regresamos a nuestro lugar de origen.
—¿Estáis exiliadas aquí?
La feérica asintió.
—Tuve un amante que también lo era de un noble influyente. Hizo
correr el rumor de que yo había robado un rollo de tela. Era una tela mágica
y valiosa, de las que te cuentan historias, y todo apuntaba a que el castigo
del tejedor sería tan ocurrente como severo. Mis hermanas y yo seguiremos
exiliadas hasta que podamos probar mi inocencia. Pero ¿y tú qué?
Val se había inclinado hacia delante, imaginándose ese maravilloso
tejido, así que la pregunta de la feérica la tomó por sorpresa.
—Se puede decir que me exiliaron. —Después miró a su alrededor y
preguntó—: ¿Siempre hay tanto ambiente por aquí? ¿Todos los exiliados
acuden aquí cada noche?
La feérica de la melena color miel se rio.
—Oh, sí. Si tienes que irte a vivir entre el hierro, al menos puedes venir
aquí. Es casi como estar de vuelta en la corte. Y, por supuesto, aquí te
enteras de los chismorreos.
—¿Qué clase de chismorreos?
Val sonrió. Había vuelto a adoptar el papel de cómplice. Para ella, era
un acto reflejo formular las preguntas que su acompañante quería responder
y le aliviaba escuchar. La feérica sonrió y sus palabras serenaron los
pensamientos de Val.
—Verás, el mejor chismorreo es que la dama radiante, la reina luminosa
Silarial, ha venido a la ciudad del hierro. Dicen que va a ocuparse de los
envenenamientos.
Por lo visto, Mabry, que es una exiliada de la nobleza, sabe algo. Todo
el mundo ha oído que han mantenido una reunión.
Val se hincó las uñas en el reverso de la mano. ¿Mabry habría acusado a
Ravus? Pensó en el abandono de la guarida dentro del puente y frunció el
ceño.
—Anda, mira —susurró la feérica—. Ahí está. Mira cómo retroceden
todos, fingiendo que no se mueren por pedirle que confirme los rumores.
Val se incorporó y dijo:
—Se lo preguntaré yo.
Antes de que la feérica de la melena color miel pudiera protestar o
animarla, Val se abrió camino entre los feéricos. Mabry llevaba puesto un
vestido de color crema muy pálido, con el cabello marrón verdoso recogido
en un moño con una peineta confeccionada con el interior de una concha. A
Val le resultó extrañamente familiar, pero no logró ubicarla.
—Qué peineta tan bonita —dijo, pues se había quedado mirándola
fijamente.
Mabry se la quitó del pelo, dejando que los bucles se desplegaran sobre
su espalda, y le dirigió a Val una sonrisa amplia y radiante.
—Te conozco. Eres esa sirvienta de la que tanto se ha encariñado
Ravus. Quédate con este abalorio, si quieres. Tal vez ayude a que te crezca
el pelo.
Val deslizó los dedos sobre la fría superficie de la concha, pero estaba
segura de que un regalo acompañado de una pulla no merecía ningún
agradecimiento. Mabry alargó un dedo y le tocó la comisura de los labios.
—Veo que has saboreado aquello que ha estado bebiendo tu piel.
Val se sobresaltó.
—¿Cómo lo has sabido?
—Tengo la costumbre de saber cosas —repuso Mabry, que dio media
vuelta para marcharse antes de que Val pudiera preguntarle una sola de las
cosas que quería saber.
Val intentó seguirla, pero un feérico con una melena larga compuesta de
maleza y una sonrisa maliciosa se interpuso en su camino.
—Permíteme devorar tu belleza, preciosa.
—Estarás de coña —replicó Val, que intentó pasar de largo.
—Ni mucho menos —repuso el feérico, y de repente, sin previo aviso,
Val experimentó una punzada de deseo en la barriga. Se ruborizó—. Puedo
colmarte de deseo incluso en sueños.
Una mano la agarró por la garganta y una voz grave y áspera le susurró
al oído:
—¿De qué te sirve ahora tu entrenamiento?
—¿Ravus? —preguntó Val, aunque había reconocido su voz.
El otro feérico se escabulló, pero Ravus no le soltó el cuello.
—Este lugar es peligroso. Deberías tener más cuidado. Ahora me
gustaría que, al menos, intentaras liberarte.
—No me has enseñado a… —comenzó a decir Val, pero se interrumpió,
avergonzada por el tono lastimero que había adoptado su voz.
Ravus le estaba enseñando ahora esa lección. Al fin y al cabo, le estaba
dejando tiempo para pensar cuál podría ser su próximo movimiento.
Tampoco es que la estuviera estrangulando. Le estaba concediendo margen
para salir victoriosa.
Val se relajó, presionó la espalda sobre el pecho del trol y se restregó
contra él. Sobresaltado, Ravus aflojó la mano y Val se zafó. Después la
agarró del brazo, pero ella giró sobre sí misma y lo besó.
Ravus tenía los labios ásperos, agrietados. Val notó el roce de sus
colmillos en el labio inferior. El trol profirió un gemido gutural y cerró los
ojos, entregándose a ese beso. El olor que desprendía —como el de una
piedra fría y húmeda—, provocó que a Val le diera vueltas la cabeza. Un
beso condujo a otro, y el momento fue perfecto, apropiado, auténtico.
El trol se apartó con brusquedad y giró la cabeza para no mirarla.
—Bien jugado —dijo.
—Pensé que a lo mejor querías que te besara. A veces me ha dado esa
impresión.
A Val le latía el corazón a mil por hora y tenía las mejillas al rojo vivo,
pero se alegró de que no se le notara.
—Yo no quería… —Ravus titubeó—. No quería que te dieras cuenta.
Val estuvo a punto de echarse a reír.
—Vaya cara que has puesto. ¿Es que nunca te habían besado?
Val quiso repetirlo, pero no se atrevió.
—Muy pocas veces —repuso el trol con frialdad.
—¿Y te gustó?
—¿Ahora o entonces?
Val tomó aliento, después suspiró.
—Ambas. Cualquiera.
—Me gustó —respondió Ravus en voz baja.
Fue entonces cuando Val recordó que no podía mentir. Le deslizó una
mano por la mejilla.
—Bésame tú a mí.
Ravus le agarró los dedos con tanta fuerza que le hizo daño.
—Basta —dijo—. No sé a qué estás jugando, pero déjalo ya.
Val pegó un tirón para que la soltara, se serenó de golpe y retrocedió
varios pasos para alejarse de él.
—Lo siento… Pensé que…
En realidad, no recordaba lo que había pensado, lo que la había llevado
a creer que aquello sería una buena idea.
—Vámonos —dijo Ravus, sin mirarla—. Te llevaré de vuelta a los
túneles.
—No —replicó ella.
El trol se detuvo.
—No sería buena idea permanecer aquí, sin importar tu…
Val negó con la cabeza.
—No me refiero a eso. Han descubierto nuestra guarida. No tenemos
ningún sitio al que regresar.
Hacía mucho tiempo que no tenía ningún sitio al que volver, ni motivos
para hacerlo.
Ravus desplegó una mano, como si intentara expresar algo inexpresable.
—Los dos sabemos que soy un monstruo.
—No eres ningún…
—No recubras con miel un trozo de carne podrida. No te rebajes a eso.
Sé lo que soy. ¿Qué podrías querer tú de un monstruo?
—Todo —repuso Val, muy seria—. Siento haberte besado, ha sido un
acto egoísta y te he molestado… Pero no me pidas que finja que no quería
hacerlo.
Ravus la miró con tiento, mientras ella avanzaba un paso hacia él.
—No se me da muy bien explicar las cosas —prosiguió Val—. Pero
creo que tienes unos ojos bonitos. Me gusta el dorado que hay en ellos. Me
gusta que sean diferentes a los míos. Veo mis ojos a todas horas, y ya me he
aburrido de ellos.
El trol resopló con ironía, pero permaneció inmóvil. Val alargó una
mano y le acarició la mejilla verde y pálida.
—Me gusta todo lo que te hace ser monstruoso.
Ravus le acarició con sus largos dedos la pelusilla que le brotaba de la
cabeza, como la piel de un melocotón, apoyando las garras encima con
delicadeza.
—Me temo que todo lo que toco se acaba corrompiendo.
—A mí no me asusta corromperme —repuso Val.
El trol hizo un amago de sonreír.
La voz de una mujer resonó en el ambiente, sonora como el tañido de
una campana:
—De modo que mandaste llamar a Silarial.
Val se giró. Mabry se encontraba en mitad del patio, con la melena
alborotada por la brisa. A su alrededor, los demás feéricos estaban
expectantes. Al fin y al cabo, era una buena ocasión para chismorrear.
Ravus le apoyó una mano en la rabadilla a Val, que notó la curvatura de
sus garras en el espinazo. El trol respondió a Mabry sin inmutarse:
—La misericordia de lady Silarial puede ser temible, pero no tengo más
remedio que encomendarme a ella. Sé que vino a hablar contigo. Quizá,
cuando vea lo desdichada que has sido y lo útil que eres, te lleve de vuelta a
la corte.
Mabry esbozó una sonrisa adusta.
—Todos debemos encomendarnos a su misericordia. Pero ahora quiero
darte algo a cambio de lo que tú me diste a mí.
Val se metió la mano en el bolsillo para devolver la peineta de Mabry,
cuyas púas se le hincaron en los dedos mientras la sacaba. Aferradas a la
cresta de la peineta había unas perlas envueltas en algas marinas y unos
crustáceos diminutos. Al verlo, Val se acordó de la sirena con su collar de
perlas y conchas, con los ojos inertes apuntando hacia ella, mientras su
cabello flotaba sobre la superficie del agua, privado de aquella peineta a
juego.
Mientras sostenía la peineta con los dedos entumecidos, Val comprendió
que provenía de un cadáver.
—Mabry me dio esto —dijo.
Ravus le echó un vistazo rápido, pero no le dio mayor importancia.
—Era de la sirena —le explicó ella—. Mabry se la quitó.
La feérica soltó un bufido.
—Entonces, ¿cómo ha acabado en tus manos?
—Me la dio ella…
Mabry se giró hacia Ravus, interrumpiéndola:
—¿Sabías que te ha estado robando? ¿Que te ha estado sisando parte de
tus pociones, como cuando los boggarts se beben la capa superior de nata
de una botella de leche?
Mabry la agarró del brazo, le subió la manga para que Ravus pudiera
ver las marcas negruzcas que tenía en el hueco del codo, unas marcas que
parecían quemaduras de cigarrillo.
—Y mira lo que ha estado haciendo: atiborrarse las venas con nuestro
bálsamo. Ahora, Ravus, dime quién es el envenenador. ¿Vas a pagar por sus
errores?
Val alargó una mano hacia Ravus. El trol se apartó.
—¿Qué has hecho? —inquirió, frunciendo los labios.
—Sí, me he inyectado las pociones —confesó Val.
A esas alturas, no tenía sentido negarlo.
—¿A quién se le ocurre? —exclamó el trol—. Yo pensaba que era
inocuo, un bálsamo para aliviar el dolor de los feéricos.
—El Nuncamás te concede… Hace que los humanos… parezcan
feéricos.
No era eso, no exactamente, pero el rostro de Ravus venía a decir: «No
te importa que yo sea un monstruo, porque tú también lo eres».
—Tenía mejor opinión de ti —dijo—. Te tenía en muy alta estima.
—Lo siento —dijo Val—. Por favor, deja que me explique.
—Humanos —repuso el trol, con un tono cargado de aversión—. Sois
una sarta de mentirosos. Ahora entiendo el odio que sentía mi madre.
—Puede que te haya mentido en eso, pero no he mentido sobre la
peineta. No he mentido siempre.
Ravus la agarró del hombro, sus dedos eran tan pesados que ella sintió
como si estuviera sujeta por una piedra.
—Ya sé qué era lo que te gustaba tanto de mí: las pociones.
—¡No! —protestó Val.
Cuando miró al trol a la cara, no encontró ningún gesto reconocible,
ningún rastro de simpatía. Ravus presionó el pulgar sobre la vena que le
palpitaba en el pescuezo.
—Creo que es hora de que te vayas.
—Deja que… —replicó Val.
—¡Vete! —gritó Ravus, que la apartó de un empujón y apretó el puño
con tanta fuerza que sus garras le dejaron marca.
Val retrocedió, tambaleándose, con un escozor en la garganta. Ravus se
giró hacia Mabry y le dijo:
—Di que das por zanjada tu venganza conmigo. Al menos, dime eso.
—En absoluto —repuso Mabry con una sonrisa mordaz—. Te he hecho
un favor.
Val se marchó, deshizo el camino a través del sendero, del manto de
niebla y del bosque hasta llegar al castillo, con los ojos llorosos y el corazón
herido. Allí, mientras contemplaba el fulgor lejano de las luces de la ciudad,
pensó de repente en su madre. ¿Fue así como se sintió, después de que Tom
y ella se marcharan? ¿Habría querido volver atrás para cambiarlo todo, pero
no tenía el poder necesario para hacerlo?
Mientras se deslizaba por las rocas, Val vio la punta roja del cigarrillo de
clavo aromático de Ruth, después, divisó el resto de su campamento
improvisado. Su amiga se levantó cuando la vio llegar.
—Creía que habías vuelto a dejarme tirada.
Val miró a Lolli y a Luis, acurrucados juntos. Luis parecía diferente,
estaba pálido y tenía ojeras.
—He salido a dar un paseo.
Ruth dio otra honda calada, la punta del cigarrillo chisporroteó.
—Ya, bueno, tu amigo Dave también salió a pasear.
Val pensó en la fiesta y se preguntó si Dave habría estado allí, como
otro goloso que deambula, aturdido, entre sus caprichosos amos.
—Yo… yo… —Val se sentó, abrumada, y hundió el rostro entre sus
manos—. La he cagado. La he cagado de verdad.
—¿Qué quieres decir? —Ruth se sentó a su lado y le pasó un brazo por
los hombros.
—Es difícil de explicar. Existen los feéricos, como los del Final
Fantasy. Alguien los está envenenando, y esta sustancia que yo consumo…
es una especie de droga, pero también es algo mágico.
Val notó cómo las lágrimas corrían por su rostro, y se las secó de un
manotazo.
—¿Sabes una cosa? —dijo Ruth—. La gente no llora cuando está triste.
Todo el mundo piensa eso, pero no es cierto. La gente llora cuando se siente
frustrada o abrumada.
—¿Y qué pasa con la pena? —preguntó Val.
—La pena es frustrante y abrumadora.
Val se dio cuenta de que aún llevaba en la mano la peineta de la sirena,
pero la había estado aferrando tan fuerte que se había roto en pedazos.
Apenas quedaban unos trocitos de concha. No había motivos para pensar
que pudieran demostrar nada.
—Oye, admito que lo que dices parece una locura —dijo Ruth—. Pero
¿y qué? Aunque estés delirando, eso no quita que debamos resolver tu
delirio, ¿no crees? Los problemas imaginarios necesitan soluciones
imaginarias.
Val apoyó la cabeza sobre el hombro de su amiga, relajándose como no
lo había vuelto a hacer desde que vio a su madre con Tom. Y puede que
desde antes, incluso. Había olvidado lo mucho que le gustaba hablar con
Ruth.
—Está bien, empecemos por el principio.
—Cuando llegué a la ciudad, puse el piloto automático —dijo Val—.
Tenía entradas para el partido, así que fui a verlo. Sé que parece absurdo. Ya
en ese momento, me pareció un disparate, como si fuera uno de esos tipos
que matan a su jefe y luego vuelven a sentarse ante el ordenador para
terminar unos informes.
»Cuando me crucé con Lolli y Dave, solo quería perderme, sumirme en
el vacío, dejar de ser yo. Ya sé que te parecerá estúpido y equivocado.
—Es muy poético —bromeó Ruth—. En un sentido gótico.
Val puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—Ellos me presentaron a algunos feéricos, y esa es la parte donde todo
deja de tener sentido.
—¿Feéricos? ¿Te refieres a elfos, duendes y trols? ¿Como los que salen
en los cuadros de Brian Froud?
—Oye, yo…
Ruth alzó una mano.
—Era por preguntar. Vale, feéricos. Continúa.
—El hierro les hace daño, así que hay una sustancia a la que Lolli llama
Nuncamás. Impide que el hierro les afecte demasiado. Los humanos
pueden… consumirla… Te permite crear ilusiones o hacer que la gente
sienta lo que tú quieras que sientan. Hacíamos repartos en nombre de
Ravus, que es quien elabora el Nuncamás, y nos quedábamos con una parte.
Ruth asintió.
—Entiendo. Entonces, ¿Ravus es un feérico?
—Algo parecido —repuso Val. Percibió un gesto risueño en la mirada
de su amiga, pero agradeció que la sonrisa no se extendiera hasta sus labios
—. Varios feéricos murieron envenenados y le echaron la culpa a Ravus.
Creo que esta peineta procede de una feérica muerta, y Mabry la tenía en su
poder, pero no sé qué significa eso.
»Todo se ha desmadrado. Dave convirtió a una policía en un perro a
propósito, y Mabry le contó a Ravus que le estábamos robando, así que
ahora cree que yo he tenido algo que ver con las muertes, y encima hace
dos días que no pruebo el Nuncamás y me duele el cuerpo entero.
Eso era cierto, las molestias habían empezado otra vez; sentía un dolor
leve, pero creciente. El alivio temporal del fruto feérico no bastó para evitar
que sus venas exigieran más. Ruth le estrechó los hombros a modo de
abrazo.
—Joder. Sí que es una locura. ¿Qué podemos hacer?
—Podemos averiguar qué pasó —respondió Val—. Tengo todas estas
pistas, pero no sé cómo hacerlas encajar.
Val observó los restos de la peineta y volvió a pensar en la sirena. Ravus
dijo que la mataron con un raticida, pero era una sustancia peligrosa que no
encajaba con el perfil de un envenenador feérico, y menos aún el de un
alquimista como Ravus. ¿Y por qué querría él matar a un puñado de
feéricos inofensivos?
Pudo haber sido un humano. Los mensajeros humanos eran bien
recibidos, no levantaban sospechas.
Val recordó la primera entrega en la que participó y la botella de
Nuncamás que Dave descorchó, rompiendo el sello de cera. ¿Mabry no
debería haberse preocupado? Con tantos envenenamientos, ¿no sería eso el
equivalente a tomarse una aspirina con el precinto de seguridad roto? El
único motivo por el que alguien haría algo así sería que ya supiera quién era
el envenenador, o si él mismo fuera el culpable.
Y Mabry sabía que Val consumía esa sustancia. Alguien se lo había
contado.
—Pero ¿por qué? —se preguntó en voz alta.
—¿A qué te refieres? —inquirió Ruth.
Val se levantó y se paseó sobre la roca.
—Estoy pensando. ¿Cuál es la consecuencia de los envenenamientos?
¡Que Ravus está en apuros!
—¿Y qué? —preguntó Ruth.
—Que Mabry quiere vengarse de él —respondió
Val.
Pues claro: vengarse por la muerte de su amante. Vengarse por su exilio.
Fue Mabry, seguro. Mabry y un cómplice humano. Dave era la opción
más evidente, puesto que fue él quien no se molestó en disimular que le
estaba sisando Nuncamás. Pero ¿qué motivos podría tener para matar
feéricos?
Pudo haber sido Luis. Odiaba a los feéricos por lo que le habían hecho
en el ojo. Llevaba un montón de metal encima para protegerse. Y consumía
Nuncamás, como demostraban las marcas que tenía bajo la rodilla, aunque
él lo negara. Pero ¿para qué, si él no podía ver los hechizos? ¿Y por qué le
daba igual la desaparición de Dave? ¿Por qué se enrollaba ahora con Lolli,
cuando ella llevaba detrás de él desde mucho antes de que Val la conociera?
Luis estaba tan tranquilo. Como si supiera dónde estaba su hermano.
Val se detuvo en ese pensamiento.
—Este es el plan —dijo—. Tenemos que ir a casa de Mabry, mientras
siga en la fiesta, y encontrar pruebas de que ella está detrás de los
envenenamientos.
Pruebas para convencer a Ravus de su inocencia y para convencer a los
demás feéricos de que él no era el envenenador. Pruebas capaces de
salvarlo, para que pudiera perdonar a Val.
—Está bien —dijo Ruth, echándose la mochila al hombro—. Vamos a
ayudar a tus amigos imaginarios.
Golpea un cristal y no durará un instante. No lo golpees y durará mil
años.
G. K. CHESTERTON ORTODOXIA, RICARDO II.
V al y Ruth llegaron al parque Riverside en las frías horas previas al
amanecer. El cielo estaba oscuro y las calles silenciosas. El corazón
de Val latía rápido, como el de un conejo. La adrenalina y los calambres
musculares hicieron que no advirtiera el frío, ni lo tarde que era. Ruth se
estremeció y se envolvió con fuerza en su abrigo de piel, mientras el viento
soplaba desde el río. Tenía manchas de maquillaje en las mejillas, fruto de
unas lágrimas secadas con descuido, pero cuando le dedicó una sonrisa a
Val, pareció la misma chica aguerrida de siempre.
El parque estaba prácticamente vacío, había un pequeño grupo de
personas apiñadas cerca de uno de los muros. Uno de ellos estaba fumando
algo que, a juzgar por el olor, era un porro. Val contempló la hilera de
edificios de apartamentos que se extendían al otro lado del parque, pero
ninguno de ellos encajaba con el que buscaba. Localizó la fuente obstruida
en la que se sentó unos días antes, pero cuando miró al otro lado de la calle,
la puerta que tenía enfrente era de otro color, y había rejas metálicas en las
ventanas.
—¿Y bien? —preguntó Ruth.
Val se revolvió en el sitio, inquieta.
—No estoy segura.
—¿Qué haremos si la encuentras?
Cuando alzó la mirada, Val vio una gárgola en un sitio ligeramente
distinto al que ella recordaba, pero ese monstruo de piedra bastó para
convencerla de que la casa que estaba mirando tenía que ser la de Mabry.
Puede que simplemente le fallara la memoria.
—Vigila por si viene alguien —dijo Val, que empezó a cruzar la calle.
El corazón le latía con fuerza en el pecho. No sabía en qué se estaba
metiendo. Ruth echó a correr tras ella.
—Genial. Ahora me toca ejercer de vigía. Otra experiencia que incluir
en mi solicitud para la universidad. ¿Qué hago si veo a alguien?
Val giró la cabeza para mirarla.
—La verdad es que no estoy segura.
Tras contemplar el edificio durante un buen rato, Val se agarró a uno de
los anclajes del canalón y se encaramó a la pared. Era como trepar a un
árbol, como trepar por una cuerda en clase de gimnasia.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió Ruth, con voz chillona.
—¿Por qué crees que necesito que vigiles? Y ahora, cierra el pico.
Val siguió subiendo, presionando los pies sobre la fachada de ladrillo,
hincando los dedos en los anclajes metálicos, mientras el canalón rechinaba
y se combaba bajo su peso. Cuando alargó el brazo hacia un saliente, metió
la mano sin darse cuenta en la boca de una gárgola, que tenía la cabeza
ladeada, con un rostro que parecía una mezcla de gallina con terrier, y los
ojos desorbitados en un gesto de sorpresa o excitación. Val apartó la mano,
segundos antes de que los dientes de piedra se cerrasen de golpe.
Desequilibrada, pataleó en el aire por unos instantes, sujetándose del
canalón con una sola mano. El aluminio se dobló, separándose de los
anclajes.
Val hincó el pie en la pared de ladrillo y se impulsó con fuerza, saltando
y trepando hasta que se agarró de la cornisa. Oyó un grito agudo procedente
del suelo cuando se aferró al alféizar. Era Ruth. Por un momento, se quedó
colgando, sin atreverse a moverse. Después, se encaramó por la moldura y
empujó la ventana. Al principio, no cedió. Val temió que estuviera cerrada o
atascada, pero empujó más fuerte y al final se abrió. Se metió por ella,
atravesó la maraña de cortinas y se encontró en el dormitorio de Mabry. El
suelo era de mármol reluciente y la cama tenía un dosel hecho de ramas de
sauce, estaba cubierta con sábanas de seda y satén arrugadas. Un lado de la
cama estaba limpio, pero el otro tenía restos de tierra y zarzas.
Salió al pasillo. Había una serie de puertas que conducían a unas
estancias vacías y a una escalera de ébano. Descendió por ella y llegó al
salón, donde lo único que se oía eran los chirridos de los tablones del suelo
y el chapoteo de una fuente.
El salón era tal y como lo recordaba, salvo por la distribución de los
muebles y por una puerta que parecía más grande. Salió del apartamento y
accedió al pasillo principal, con cuidado de calzar la puerta de Mabry para
que no se cerrase. Quitó el pestillo del portal y lo abrió. Ruth la miró
boquiabierta desde la acera, después entró corriendo.
—Te has vuelto loca —dijo—. Acabamos de colarnos en un edificio
pijo.
—Está protegido por un hechizo —dijo Val—. Tiene que ser eso.
Por primera vez, se fijó en las dos puertas que había dado por hecho que
conducían a otros apartamentos. Una estaba enfrente de la puerta de Mabry,
la otra se encontraba al final del pasillo. Teniendo en cuenta el tamaño de
las habitaciones y de la escalera en el apartamento de Mabry, y el tamaño
del edificio desde el exterior, parecía imposible que esas puertas condujeran
a alguna parte. Val meneó la cabeza para despejarse. Eso era lo de menos.
Lo importante era encontrar alguna prueba para incriminar a Mabry, algo
que demostrarse que ella envenenó a los demás feéricos. Para demostrárselo
no solo a Ravus, sino a Greyan y a cualquiera que considerase que el trol
era el culpable de esas muertes.
—Al menos, aquí estaremos calentitas —dijo Ruth, que entró en el
apartamento y se puso a dar vueltas sobre el reluciente suelo de mármol. Su
voz reverberó en aquellas estancias casi vacías—. Puestos a allanar casas,
voy a ver qué puedo afanar en la nevera.
—La idea es encontrar pruebas de que es una envenenadora. Tenlo en
cuenta antes de que empieces a meterte cosas al azar en la boca.
Ruth se encogió de hombros y pasó de largo junto a su amiga. Había
una vitrina expositora en un rincón de la sala de estar. Val se asomó a través
del cristal. Había un trozo de corteza en el interior, con unos cabellos
carmesíes entrelazados; una figurita de una bailarina, con los brazos en
jarras y unas zapatillas rojas como pétalos de rosa, el cuello roto de una
botella, y una flor descolorida y marchita. Val creyó recordar unos tesoros
extraños diferentes en su visita previa.
Sabía que se enfrentaba a una tarea imposible. ¿Cómo reconocería una
prueba, aunque la viera? Puede que Ravus reconociera esos objetos, que
conociera sus usos y quizá incluso parte de su historia, pero a ella no le
decían nada.
Costaba imaginar a Mabry como una persona sentimental, pero debió de
serlo en el pasado, antes de que la muerte de Tamson le agriara el carácter.
—Oye —dijo Ruth desde la habitación contigua—. Mira esto.
Val siguió su voz. Su amiga estaba en la sala de música, junto a una
cítara, sentada en una otomana cubierta por una piel extraña y rosada. El
armazón del instrumento parecía estar hecho de madera chapada en oro,
tallada con motivos florales, y cada una de las cuerdas tenía un color
distinto. La mayoría eran marrones, doradas o negras, pero había unas
cuantas rojas y una de color verde.
Ruth se arrodilló a su lado.
—No lo… —dijo Val, pero su amiga rozó una cuerda marrón con los
dedos. De inmediato, un gemido inundó la estancia.
—En el pasado fui una doncella de la reina Nicnevin —exclamó una
voz presa del llanto, con un acento sonoro y extraño—. Yo era su favorita,
su confidente, y me gustaba hostigar a las demás. Nicnevin tenía un juguete,
un caballero de la Corte Luminosa del que se había encariñado. Sus
lágrimas de odio le reportaban más placer a la reina que los gritos de amor
de cualquier otro. Fui convocada ante ella: quiso saber si yo estaba
conchabada con él. No lo estaba. Entonces, Nicnevin sacó unos guantes que
pertenecían al caballero y me ordenó examinar el bordado que tenía en los
puños. Era un estampado minucioso, cosido con mi propio cabello. Había
más pruebas: habernos visto juntos, una nota en la mano del caballero
donde juraba devoción, pero ninguna era cierta. Caí de rodillas, suplicando
a Nicnevin, muerta de miedo. Mientras me conducían hacia la muerte, vi a
una de las otras damas, Mabry, que sonreía, con los ojos centelleantes como
agujas, mientras alargaba los dedos para arrancarme un mechón de pelo de
la cabeza. Ahora debo contar mi historia eternamente.
—¿Nicnevin? —preguntó Ruth—. ¿Y esa quién es?
—Creo que es la antigua reina oscura —respondió Val. Deslizó los
dedos sobre varias cuerdas a la vez. Se produjo una cacofonía de voces;
cada una de ellas contaba una historia trágica, y en todas se mencionaba a
Mabry—. Estas cuerdas son cabellos. El cabello de las víctimas de Mabry.
—Joder, qué mal rollo —dijo Ruth.
—Chsss —le chistó Val. Una de esas voces le resultó familiar, pero no
logró determinar dónde la había escuchado. Rasgueó una cuerda dorada.
—En el pasado fui un cortesano al servicio de la reina Silarial —dijo
una voz masculina—. Vivía para el deporte, los acertijos, los duelos y la
danza. Después me enamoré, y todas esas cosas dejaron de tener
importancia. Solo tenía ojos para Mabry. Solo deseaba hacerla feliz. Me
deleitaba con su dicha. Entonces, durante una tarde de asueto, mientras
recolectábamos flores para confeccionar unas guirnaldas, me di cuenta de
que Mabry se había alejado. La seguí y la oír hablar con una criatura de la
Corte Oscura. Al parecer, se conocían, y ella le transmitió entre susurros la
información que había recopilado para la reina oscura. Tendría que haberme
enfurecido, pero temía demasiado por ella. Si Silarial se enterase, las
consecuencias habrían sido terribles. Le dije a Mabry que no se lo contaría
a nadie, pero que debía marcharse enseguida. Ella me dijo que lo haría y
lloró amargamente por haberme engañado. Dos días después, debía batirme
en duelo con un amigo en un torneo. Cuando me puse mi armadura, me
pareció extraña, más ligera, pero no le di mayor importancia. Mabry me
dijo que enhebraría en ella sus cabellos a modo de amuleto. Cuando mi
amigo me golpeó, la armadura se hizo añicos y me clavó la espada. Noté el
roce sedoso del cabello de Mabry en el rostro y supe que me había
traicionado. Ahora debo contar mi historia eternamente.
Val se sentó y se quedó mirando la cítara. Mabry era una espía de la
Corte Oscura. Ella mató a Tamson. Ravus solo había sido su instrumento.
—¿Quién era ese? —preguntó Ruth—. ¿Lo conocías?
Val negó con la cabeza.
—Pero Ravus, sí. Fue él quien empuñaba la espada en esa historia.
Ruth se mordió el labio inferior.
—Esto es muy complicado. ¿Cómo vamos a averiguar algo?
—Ya hemos averiguado algo —repuso Val.
Se levantó y entró en la siguiente habitación. Era la cocina. Sin
embargo, no había fogones, ni tampoco nevera, solo un fregadero en una
encimera alargada de pizarra pulida. Val abrió uno de los armarios, pero
solo contenía tarros vacíos.
Pensó en la apariencia hechizada de Ravus; sus ojos dorados señalaban
el fallo en su disfraz. Había algo inquietante en esas estancias perfectas e
impolutas, donde solo resonaban las pisadas y el chapoteo del agua. Pero si
había un hechizo, Val desconocía qué estaría ocultando. Ruth entró en la
habitación, y Val se fijó en el polvo blanco que caía desde su mochila.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—¿El qué? —Ruth miró detrás de ella, hacia el suelo, y se quitó la
mochila. Luego se rio—. Parece que he desgarrado la lona y le he hecho un
boquete a nuestro bebé.
—Mierda. Esto es peor que un sendero con miguitas de pan. Mabry
sabrá que hemos estado aquí.
Ruth se agachó y empezó a barrer el polvillo con las manos. Pero, en
vez de formar una pila, se elevó formando unas nubecitas blancas.
Mientras Val contemplaba la harina, tuvo una idea.
—Espera. Creo que voy a tener que cometer un infanticidio.
Ruth se encogió de hombros y sacó el paquete de harina.
—Supongo que siempre podemos tener otro.
Val abrió el paquete y comenzó a desperdigar la harina por el suelo.
—Tiene que haber algo aquí, algo que no podemos ver.
Ruth agarró un puñado de polvo blanco y lo arrojó hacia la puerta. Val
cogió otro puñado. Pronto, el ambiente quedó cargado de harina. Las dos
tenían el pelo embadurnado y, cuando respiraban, se les acumulaba harina
en la lengua.
El polvo blanco se extendió por todo el apartamento, revelando que el
estanque era una cañería rota que escupía agua en unos cubos y formaba
charcos en el suelo, mostrando el pladur hundido del techo, los azulejos
astillados en las paredes y los restos de excrementos de ratón en el suelo.
—Mira. —Ruth se acercó a una de las paredes. El polvo le daba una
apariencia fantasmal. La harina había cubierto la mayor parte de esa pared,
pero quedaba una gran zona vacía.
Val lanzó más harina hacia la abertura, pero en vez de topar con la
pared, pareció atravesarla.
—Lo tenemos. —Val sonrió y alzó el puño—. ¡Poderes de los Gemelos
Fantásticos, actívense!
Ruth sonrió también y le chocó el puño.
—Pero en lugar de ser los Gemelos Fantásticos, somos dos malditas
chifladas.
—Eso lo dirás por ti —replicó Val, que se agachó para atravesar la
abertura.
Allí, en una estancia sombría con cortinas de terciopelo, encontraron a
Luis. Estaba tendido sobre una alfombra con un estampado de granadas,
envuelto en una manta de lana, pero a pesar de eso, estaba tiritando. Tenía
sangre en el cuero cabelludo y le habían arrancado varias trenzas.
Al principio, Val se quedó mirándolo, boquiabierta.
—¿Luis? —logró decir al fin.
Luis alzó la mirada, achicando los ojos, como si le cegara una luz
intensa.
—¿Val? —Se incorporó a duras penas—. ¿Dónde está Dave? ¿Se
encuentra bien?
—No lo sé —respondió ella, mientras trataba de asimilar lo que veía—.
¿Qué estás haciendo aquí?
—¿No ves que estoy encadenado al suelo? —replicó. Giró las muñecas
y Val vio que las tenía sujetas por unos grilletes confeccionados con sus
propias trenzas.
—¿Al suelo? —repitió Val, como una tonta—. Pero ¿qué pasa con la
alfombra?
Luis se rio.
—Supongo que a ti este lugar te parece hermoso.
Val contempló los sofás, las estanterías repletas de cuentos de hadas
encuadernados en tela, la alfombra descolorida, pero majestuosa, y las
molduras pintadas de las paredes.
—Es una de las estancias más lujosas que he visto en mi vida.
—Las paredes de yeso están agrietadas y hay una gotera en el techo que
ha provocado una mancha negruzca de moho en esa esquina. Tampoco hay
muebles y, desde luego, no hay ninguna alfombra… Solo unos tablones en
el suelo de los que asoman unos clavos viejos.
Val echó un vistazo bajo la suave luz que provenía de una lámpara de
peltre con una pantalla con flecos.
—Entonces, ¿qué es lo que estoy viendo?
—Un hechizo, por supuesto.
Ruth agachó la cabeza para acceder a la habitación.
—¿Qué está pasan…? ¿Luis?
—Espera. ¿Cómo podemos saber que de verdad eres tú? —inquirió Val.
—¿Quién podría ser, si no?
Ruth había introducido casi todo el cuerpo, pero mantuvo el pie en la
abertura hechizada, como si creyera que podría cerrarse en cualquier
momento si no la calzaban.
—Acabamos de dejarte en el parque y estabas dormido.
Luis volvió a apoyar la cabeza en el suelo.
—Ya, bueno, la última vez que vi a Ruth, yo estaba con Lolli y Dave en
el parque. Habíamos elegido un sitio para dormir cerca del castillo
meteorológico. Lolli estaba apoyada encima de mí, dormitando, cuando
Dave se levantó y se largó. Sabía que estaba molesto. Maldita sea, yo
también estaba muy rayado. Pensé que querría estar solo.
»Pero al ver que no regresaba, empecé a mosquearme. Salí a buscarlo.
Lo vi caminando por el Ramble. Pero no estaba solo. Al principio pensé que
era un tipo cualquiera, no sé, alguien que le estaría tirando los tejos. Pero
entonces vi que tenía plumas en lugar de pelo. Me encaminé hacia ellos y
fue entonces cuando unos dedos diminutos me taparon la boca y el ojo
bueno, y me agarraron de los brazos y las piernas. Oí sus risitas mientras
me alzaban por los aires, y oí a mi hermano que decía: «Tranquilo. Solo
será un ratito». No supe qué pensar. Desde luego, no pensé que acabaría
aquí.
—¿Viste a Mabry? —preguntó Val—. ¿Te dijo algo?
—Poca cosa. Estaba distraída con algo que estaba pasando. Alguien fue
a visitarla y ella estaba cabreada por ello.
—Hay algo que tenemos que contarte —dijo Val.
Luis se quedó callado, con los labios fruncidos.
—¿El qué? —inquirió, con un tono tan seco que a Val se le encogió el
corazón.
—Era a Dave al que echábamos en falta. Ha desaparecido. Alguien se
está haciendo pasar por ti.
—Entonces, ¿habéis venido aquí a buscar a mi hermano?
—Hemos venido a buscar pruebas. Creo que Mabry está detrás de la
muerte de los feéricos.
Luis frunció el ceño.
—Espera. Entonces, ¿dónde está Dave? ¿Está en apuros?
Val negó con la cabeza.
—No lo creo. Quienquiera que esté haciéndose pasar por ti se está
dedicando a cepillarse a Lolli. No creo que eso forme parte de un plan
sobrenatural, pero no me extrañaría que sí forme parte de un plan de Dave.
Luis torció el gesto, pero no dijo nada.
—Deberíamos apresurarnos —dijo Ruth, que le dio una palmadita en la
cabeza a Val, deslizando los dedos sobre la pelusilla—. Aunque esa perra
no pueda atarte con tu propio cabello, eso no significa que debamos
entretenernos.
—Cierto. —Val se inclinó sobre Luis, se fijó en las trenzas que lo
sujetaban al suelo. Intentó romperlas o arrancarlas de cuajo, pero eran tan
duras como si fueran de acero.
—Mabry las cortó con unas tijeras —dijo Luis—. Y me cortó a mí
también.
—¿Crees que unas tijeras podrían cortar las trenzas? —preguntó Ruth.
Val asintió.
—Mabry ha de tener un modo de romper sus propios hechizos. ¿Dónde
crees que estarán?
—No lo sé —dijo Luis—. Puede que ni siquiera parezcan tijeras.
Val se levantó y entró en el salón. Se detuvo junto a la fuente donde se
había disuelto la harina, después se acercó a la vitrina.
—¿Ves algo? —preguntó.
Ruth sacó un cajón y vació los contenidos en el suelo.
—Nada.
Val se asomó a la vitrina, volvió a fijarse en la bailarina, en los bucles
que formaban sus brazos y en el color sanguinolento de las zapatillas. Metió
un brazo y la cogió, después introdujo los dedos por las aberturas de los
brazos y empujó. Las piernas de la figurita se abrieron y cerraron, igual que
unas tijeras.
—Trae la cítara —dijo Val—. Yo iré a liberar a Luis.
Aún no había amanecido del todo cuando deshicieron el camino a través del
Ramble, siguiendo las ramificaciones del sendero hasta el lugar donde
dejaron a Lolli y a lo que parecía ser Luis. Las cuerdas de la cítara
tintinearon mientras avanzaban, pero Ruth las acalló aferrando el
instrumento sobre su pecho. Mientras se aproximaban, vieron que el otro
Luis estaba despierto.
—Hace mucho frío y estás ardiendo de fiebre. —La voz de Lolli era
aguda y trémula.
El falso Luis los miró. Tenía ennegrecidas las comisuras de los ojos y la
boca amoratada. Tenía la piel pálida como un folio, cubierta por una pátina
de sudor que la hacía parecer de plástico. Con dedos temblorosos, se acercó
un cigarrillo a los labios. El humo no salió de su cuerpo.
—Dave —dijo el verdadero Luis. Mantuvo un tono sereno, ecuánime, el
mismo que empleó Val cuando vio a su madre con Tom. Era una voz tan
cargada de emoción que sonaba como si no albergara emoción alguna.
Lolli miró a Luis, después a su gemelo idéntico.
—¿Qué…? ¿Qué está pasando?
—No has notado la diferencia, ¿verdad? —le preguntó el falso Luis. Su
rostro se transformó, sus rasgos cambiaron sutilmente hasta convertirse en
los de Dave. Los ojos y la boca amoratada permanecieron iguales, así como
el sudor de la piel.
A Lolli se le cortó el aliento.
Dave se rio como un demente, y cuando habló, lo hizo con voz áspera:
—No has notado la diferencia, pero aun así nunca quisiste darme una
oportunidad.
—Eres un mierda. —Lolli lo abofeteó. Luego le volvió a pegar, le
descargó una lluvia de golpes mientras él alzaba las manos para repelerla.
Luis le sujetó los brazos a Lolli, pero Dave volvió a reírse.
—¿Crees que me conoces? ¿Soy Dave el Difuso? ¿Dave el Cobarde?
¿Dave el Idiota? ¿Soy Dave, el que necesita la protección de su hermano?
Yo no necesito nada. —Miró a Luis a la cara—. Te crees muy listo,
¿verdad? Tan listo que no viste venir nada de esto. ¿Quién es el idiota, eh?
¿Tienes algún palabra de mierda para definir lo estúpido que eres?
—¿Qué has hecho? —inquirió su hermano.
—Ha hecho un trato con Mabry —dijo Val—. ¿No es cierto?
Dave sonrió, pero su sonrisa se convirtió en rictus, pues la piel de sus
labios quedó demasiado tirante. Cuando habló, Val solo vio negrura más
allá de sus dientes, como si se estuviera asomando a un túnel oscuro.
—Sí, hice un trato. No necesito una visión extrasensorial para saber
cuándo tengo algo que alguien más quiere. —Se secó el sudor de la frente,
con los ojos cada vez más desorbitados—. Yo quería…
Se desplomó, su cuerpo comenzó a temblar. Luis se arrodilló a su lado y
alargó el brazo para apartarle las rastas de la cara, pero luego retiró la mano
con brusquedad.
—Está muy caliente. Le arde la piel.
—Es por el Nuncamás —dijo Val—. Lo ha estado consumiendo mucho
más que una vez al día. Ha tenido que tomarlo todo este tiempo para
mantener esa apariencia.
—En las películas, a la gente que tiene fiebres altas la sumergen en una
bañera con hielo —dijo Ruth.
—¿También cuando se pillan una sobredosis con drogas feéricas? —
replicó Lolli.
—Agarradlo —dijo Val—. Debería bastar con el frío del lago.
Luis deslizó las manos bajo los hombros de su hermano.
—Ten cuidado. Su cuerpo quema mucho.
—Toma mis guantes. —Ruth sacó un par del bolsillo de su abrigo y se
los dio a Val.
Val se los puso a toda prisa y agarró a Dave por los tobillos. Tocarle la
piel fue como agarrar el asa de una cazuela con agua hirviendo. Lo levantó.
Dave pesaba tan poco como si estuviera hueco.
Juntos, Luis y ella bajaron a toda prisa por los escalones, descendieron
por los senderos del Ramble hasta llegar a la orilla del lago. El calor que
despedía el cuerpo le abrasó la piel a pesar de los guantes, mientras Dave se
retorcía y contorsionaba como si estuviera luchando contra una fuerza
invisible. Val apretó los dientes y resistió.
Luis se introdujo en el agua y ella lo siguió; el frío gélido que notó en
las pantorrillas marcó un fuerte contraste con la quemazón que sentía en las
manos.
—Bien, abajo —dijo Luis.
Introdujeron a Dave en el lago, su cuerpo humeó al tocar el agua. Val lo
soltó y se encaminó hacia la orilla, pero Luis se quedó allí, sosteniendo la
cabeza de su hermano sobre la superficie, como si fuera un predicador
llevando a cabo un horrible bautismo.
—¿Funciona? —preguntó Ruth.
Luis asintió, mientras acariciaba el rostro flotante de su hermano. Val
vio que Luis tenía la mano enrojecida, pero no supo si se debía al frío o a
una quemadura.
—Ya está mejor, pero tenemos que llevarlo a un hospital.
Lolli se metió en el lago y se quedó mirando a Dave.
—¡Gilipollas! —gritó—. ¿Cómo has podido ser tan estúpido? —De
pronto, pareció confusa—. ¿Por qué haría esto por mí?
—No te sientas responsable —dijo Val—. Yo en tu lugar, creo que
querría matarlo.
—No sé cómo sentirme —dijo Lolli.
—Val —intervino Luis—. Tenemos que ir a pedirle ayuda a Ravus.
—¿A Ravus? —inquirió Ruth.
—Ya le salvó la vida una vez —repuso Luis.
Val pensó en el rostro de Ravus, hermético, con un gesto furioso en sus
ojos oscuros. Pensó en lo que sabía de Mabry y en los detalles que había
deducido sobre la moneda de cambio que habría empleado Dave para pagar
su ayuda.
—No sé si estará dispuesto a hacerlo ahora.
—Yo llevaré a Dave al hospital —se ofreció Lolli.
—Acompáñala, ¿vale? —le pidió Val a Ruth—. Por
favor.
—¿Yo? —Su amiga pareció incrédula—. Pero si ni siquiera lo conozco.
Val se inclinó hacia ella y le dijo:
—Pero yo sí te conozco a ti.
Ruth puso los ojos en blanco.
—Está bien. Pero me debes una. Me debes, por lo menos, un mes de
servidumbre sin rechistar.
—Te debo un año, más bien —dijo Val, que se metió en el lago para
ayudar a Luis a levantar el cuerpo de su hermano una vez más.
Lentamente, llegaron hasta la calle. El primer taxi al que llamaron se
detuvo, pero, al ver el cuerpo de Dave, se largó de allí antes de que Lolli
pudiera alcanzar la puerta. El siguiente taxista paró y no pareció inmutarse
cuando las dos chicas se montaron y Luis arrojó a su contorsionado
hermano sobre sus regazos.
—Tomad —dijo Ruth, entregando la cítara.
—Cuidaremos de él —dijo Lolli.
—Iré allí en cuanto pueda. —Luis titubeó antes de cerrar la puerta.
El taxi se puso en marcha y Val vio el rostro pálido de Ruth asomado
desde la ventanilla trasera, articulando una frase con los labios que ella no
pudo desentrañar, mientras el coche se alejaba cada vez más.
Y sus labios dulces y rojos sobre los míos
ardieron como el llameante rubí incrustado
la balanceante lámpara de un santuario carmesí,
como las heridas sanguinolentas de una granada,
como el corazón humedecido del loto,
como la sangre derramada de un vino rosado.
OSCAR WILDE, «EN LA HABITACIÓN DORADA: UNA ARMONÍA».
U n carruaje se detuvo bajo el arco del pilar del puente.
Se encontraba lejos del parque, o de cualquier otro sitio donde
pudiera encontrarse un carruaje así, y el caballo pardo parecía inquieto bajo
la pálida luz del amanecer. No había ni rastro del conductor.
—¿Crees que alguien se habrá ido a caballo al supermercado? —
preguntó Val.
—Eso no es un caballo —dijo Luis, apartándola lejos de él. Tenía los
ojos inyectados en sangre y los labios agrietados a causa del frío—.
Alégrate de no poder ver lo que es en realidad.
Parecía un caballo cualquiera de ciudad, con el lomo encorvado y unas
pezuñas gruesas. Val achicó los ojos hasta que su imagen se desdibujó, pero
siguió sin saber qué había visto Luis, y prefirió no preguntarlo.
—Sigamos.
Pegada a la pared del fondo, Val pasó bajo la pasarela, seguida de cerca
por Luis. Llamó al tocón, pero cuando se introdujeron por la abertura, oyó
las pisadas de alguien que bajaba por las escaleras del puente.
No les dio tiempo más que a quedarse mirando a Greyan con la boca
abierta. Tenía las manos cubiertas de sangre, una sangre que goteaba de las
yemas de sus dedos y se coagulaba sobre los escalones polvorientos,
demasiado brillante como para ser real. Sostenía sus hoces de bronce en una
mano. También estaban ensangrentadas.
—Ya está hecho —dijo el ogro. Parecía cansado—. Pequeños humanos,
permitid que os diga que no os entrometáis más en los asuntos de los
feéricos.
—¿Dónde está Ravus? —inquirió Val—. ¿Qué ha ocurrido?
—¿Volverías a enfrentarte a mí, mortal? Tu lealtad es encomiable,
aunque inapropiada. Ahorra tu valentía para un adversario más digno. —
Pasó de largo junto a ella y bajó los escalones restantes—. Por hoy, no me
apetece seguir alternando con la muerte.
Todo se redujo a ese instante, a esa palabra. Muerte. «No puede ser», se
dijo Val, que se apoyó en el frío muro de piedra. Durante unos instantes, no
fue capaz de subir el resto de las escaleras. No podía soportarlo.
Luis subió lentamente, llegó al descansillo y luego volvió a bajar. Se
acercó un dedo a los labios.
—Ella está ahí.
Val se puso en marcha, con demasiada brusquedad, pero Luis la agarró
con fuerza del brazo.
—No hagas ruido —le espetó.
Val asintió, sin atreverse a preguntar por Ravus. Juntos, subieron poco a
poco por las escaleras, cada pisada provocaba una nubecilla de polvo, hacía
crujir el armazón de hierro, hacía tintinear las cuerdas de la cítara, sonidos
que Val confió en que quedaran eclipsados por el murmullo constante del
tráfico en la superficie. Cuando se aproximaron al descansillo, oyó la voz
de Mabry, cargada de ansiedad:
—¿Dónde lo guardas? Seguro que tienes veneno en alguna parte.
Venga, hazme un último servicio.
Val esperó a oír la respuesta de Ravus, pero el trol no dijo nada. Luis
adoptó un gesto sombrío.
—Antes eras muy servicial —añadió Mabry con resquemor.
Algo cayó dentro de la habitación, y a Val le pareció oír el estrépito de
un cristal al romperse. Avanzó, separó las láminas de plástico. La mesa de
Ravus estaba volcada, sus libros y papeles estaban desperdigados por la
estancia. La butaca tenía un tajo en el respaldo, del que brotaba el relleno de
plumas y espuma. Unas pocas velas titilaban en el suelo, algunas de ellas
rodeadas por riachuelos de cera. La piedra de las paredes tenía unos surcos
profundos. Ravus estaba tendido boca arriba, con una mano en el pecho,
mientras manaba sangre entre sus dedos. Unos regueros húmedos y oscuros
pintaban el suelo, como si el trol se hubiera arrastrado por la superficie.
Mabry se acercó a un armario, se puso a rebuscar en él con una mano,
mientras con la otra sostenía un plato que contenía unos despojos rojizos.
Val se acercó, ignorando la advertencia de Luis, que le hincó los dedos
en la piel. El miedo le impidió concentrarse en nada que no fuera el cuerpo
de Ravus.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando a que te mueras? —inquirió
Mabry con voz estridente—. Eso me libraría de mi exilio. Me permitiría
regresar a la Corte Radiante para seguir con mi trabajo. Pero, ahora, todo el
placer que pensé que obtendría de tu muerte me ha sido arrebatado.
»Alguien tiene que parecer culpable de la muerte de esos feéricos, así
que al menos servirás para algo. A nadie le gustan los cabos sueltos. —
Mabry seleccionó un vial del armario y tomó aliento—. Esto tendrá que
servir. Mi nueva señora es impaciente y quiere que todo esté resuelto antes
del solsticio de invierno. ¿No te parece irónico que después de todo este
tiempo, a pesar de toda tu lealtad, haya sido yo la elegida para ser su agente
en la Corte Oscura? Jamás habría pensado que la reina de la Corte
Luminosa querría tener su propio agente doble. Quizá me acabe gustando
trabajar para Silarial. Al fin y al cabo, ha demostrado ser tan despiadada
como mi propia señora.
Val separó las láminas de plástico y se adentró en la habitación. Ravus
tenía la cabeza girada hacia la pared donde estaba colgada la espada de
Tamson, con los ojos dorados inertes y apagados. Tenía un agujero
profundo en el pecho que cubría a medias con una mano, como si estuviera
haciendo una promesa después de muerto. La estancia despedía un olor
extraño, empalagoso y sofocante, que le produjo arcadas a Val.
«Palabra de honor, así me muera».
Val empezó a temblar. Ya no le importaba Mabry, ni la política, ni los
planes, ni nada que no fuera Ravus.
No podía dejar de mirar la sangre que le manchaba las comisuras de los
labios y le teñía los dientes. Tenía la piel muy pálida, apenas se percibía en
ella un ligero verdor.
Mabry se giró, el plato que tenía en la mano albergaba el trozo de carne
que le faltaba al pecho de Ravus. Su corazón. Val estuvo a punto de sufrir
un vahído. Quiso gritar, pero tenía la garganta ocluida.
—Luis —dijo Mabry—, tu hermano lamentará saber que te has cansado
tan pronto de mi hospitalidad.
Val se giró a medias. Luis se encontraba por detrás de ella, con un tic en
un músculo de la mandíbula.
—Y mi cítara. —La voz de Mabry denotaba cierto deje risueño y
burlón, en consonancia con su entorno, con la sangre y los muebles rotos—.
Ravus, mira lo que han traído tus sirvientes. Un poco de música.
—¿Por qué hablas con él? —gritó Val—. ¿No ves que está muerto?
Al oír el sonido de su voz, Ravus alzó ligeramente la cabeza.
—¿Val? —masculló.
Val pegó un respingo y retrocedió, alejándose del cuerpo. Era imposible
que hablara. La esperanza se batió en duelo con el horror, mientras la ira se
acumulaba en su garganta.
—Adelante, Luis —dijo Mabry—. Toca la cítara. Seguro que Ravus
descansará mejor cuando lo sepa.
Luis rasgueó una cuerda y la voz de Tamson resonó por la estancia,
relatando su historia. En el momento en que pronunció la palabra
«traicionado», la espada de cristal se cayó de la pared y se agrietó bajo la
superficie, como el hielo de un lago.
—Tamson —susurró Ravus. Alzó la cabeza con una mirada cargada de
odio, pero tenía el brazo tan ensangrentado que se le resbalaba y no podía
sostener su peso. Volvió a tenderse con un gruñido.
Mabry esbozó una sonrisa y se acercó al trol.
—Ay, menuda cara pusiste cuando lo ensartaste con tu espada. Tu
cabello será la próxima cuerda de mi cítara, donde contará tu patética
historia por toda la eternidad.
—Aléjate de él —dijo Val, que recogió la pata rota de una mesa.
Mabry sostuvo en alto el plato.
—Resulta sorprendente que los trols puedan vivir un tiempo sin su
corazón, ¿no crees? Puede que aún le quede una hora, si no acelero el
proceso, pero como no te quites de mi camino estamparé su corazón contra
el suelo.
Val se quedó inmóvil y soltó la pata de la mesa.
—Bien hecho —dijo Mabry—. Lo dejaré en tus habilidosas manos.
Sus pezuñas traquetearon escaleras abajo, mientras su vestido se
deslizaba a su paso.
Val se arrodilló junto a Ravus. El trol alargó una garra larga y afilada
para tocarle el rostro. Tenía una mancha oscura y carmesí en los labios.
—Rogué para que vinieras. No debí haberlo hecho, pero no pude
evitarlo.
—Dime qué te traigo —dijo Val—. Qué hierbas debo combinar.
El trol negó con la cabeza.
—No tengo cura posible.
—Entonces iré a buscar tu corazón —dijo ella, endureciendo el tono.
Se levantó de un brinco, atravesó la cortina de plástico y bajó por las
escaleras. Golpeó la pared y atravesó el umbral que daba a la calle. El aire
frío impactó contra su rostro ardiente, pero tanto Mabry como el carruaje
habían desaparecido.
La situación se había complicado tanto, se había descontrolado hasta tal
punto, que ya no podía enmendarla. No había plan ni solución posibles.
Lo único sobre lo que tenía algún poder era sobre sí misma. Podía
marcharse de allí, correr y correr hasta quedarse tan fría y entumecida como
para no sentir nada. Al menos, sería ella la que tomaría esa decisión, sería
ella la que tomaría el control. Así no tendría que ver morir a Ravus.
Allí, acuclillada sobre la acera, se puso a sollozar sin derramar lágrima
alguna. Fue como vomitar cuando no te queda nada en el estómago. Se
hincó las uñas en la muñeca, el dolor le ayudó a centrarse hasta que pudo
obligarse a volver a subir por las escaleras sin gritar.
Luis estaba arrodillado al lado de Ravus, estaban cogidos de la mano.
—Un cordel de amaranto —dijo el trol con voz ronca, mientras se le
formaba una burbuja sanguinolenta en los labios—. El sueño de un niño, el
aroma del verano. Teje una corona con todo ello y deposítala con tus
propias manos sobre la cabeza de tu hermano.
—No sé cómo conseguir esas cosas —dijo Luis con la voz quebrada.
Val se quedó mirándolos, después se fijó en la pared y en las
polvorientas cortinas.
—Perdóname —dijo.
Ravus se giró hacia ella, pero Val no se detuvo a esperar su respuesta.
Tiró de la tela para arrancar las cortinas y la luz inundó la estancia. Las
motas de polvo danzaban en el aire.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Luis.
Val lo ignoró y corrió hacia la siguiente ventana.
Ravus se incorporó sobre un codo. Separó los labios para decir algo,
pero su piel ya se había tornado gris y su boca quedó paralizada,
entreabierta, sin palabras. Se convirtió en piedra, una estatua modelada por
un escultor perverso, y las manchas de sangre se desmigajaron. Luis corrió
hacia el lugar donde Val estaba arrancando más cortinas.
—¿Estás loca?
—Necesitamos tiempo para detener a Mabry —replicó Val—. Ravus no
morirá mientras esté convertido en piedra. No morirá hasta el anochecer.
Luis asintió lentamente.
—Creí que podría… No se me ocurrió lo del sol.
—Ravus podrá tejer él mismo la corona para Dave cuando se despierte.
Le has preguntado por eso, ¿verdad? —Val cogió la espada de Tamson, que
despedía un fulgor tan intenso bajo la luz solar que no pudo mirarla
directamente. Sostuvo la empuñadura entre las palmas de las manos—.
Encontraremos a Mabry y los salvaremos a los dos.
Luis se alejó de ella un paso.
—Creía que las espadas mágicas no se podían romper.
Val se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y la espada apoyada
sobre las rodillas. La grieta resultaba visible bajo el cristal, pero cuando
deslizó los dedos sobre la superficie, estaba lisa.
—Mabry mencionó que era una agente en la Corte Oscura.
—Una agente doble. —Luis hizo girar la bola de su piercing del labio
con el pulgar y el índice, mientras reflexionaba—. Y estaba buscando
veneno.
—Los feéricos del parque dijeron que Silarial había ido a ver a Mabry.
Pensaban que ella tenía alguna prueba. Puede que hicieran un trato.
—¿Un trato para que Mabry envenene a alguien?
—Veamos —dijo Val—, si Silarial sabía que Mabry era responsable del
envenenamiento de los exiliados de la Corte Luminosa, entonces la tendría
entre la espada y la pared. Mabry tendría que hacer lo que le dijera la reina
para salvar su pellejo. Incluso regresar a su propia corte y matar a alguien.
—Mi hermano los envenenó, ¿verdad? —preguntó Luis.
—¿Qué?
—Eso era lo que hacía por Mabry. Envenenó a todos esos feéricos para
que pareciera que Ravus era el culpable de sus muertes. Lo que Mabry hizo
por Dave fue atarme en su casa. A eso te referías cuando dijiste que Silarial
es la responsable. Querías decir que ella lo orquestó todo, pero que fue otro
quien llevó a cabo los envenenamientos.
—No quería decir eso. Eso no lo sabemos.
Luis se quedó callado.
—Me sorprende que te importe —le espetó Val, impelida por el miedo y
la frustración—. Creía que, a ti, lo de matar feéricos no te parecería tan
grave.
—Creías que yo era el asesino, ¿verdad? —Luis giró la cabeza para
evitar mirarla.
—Por supuesto que sí. —Val sabía que estaba siendo cruel, pero las
palabras emergieron de sus labios como si fueran seres vivos, como si
fueran arañas, gusanos y escarabajos ansiosos por escapar de su boca—. No
parabas de decir que los feéricos eran peligrosos, y de repente, sorpresa,
alguien empieza a matarlos con un raticida. Si hubieras descubierto que
Dave era el envenenador, ¿qué habrías hecho? ¿Le habrías detenido?
—Pues claro que sí —exclamó Luis.
—Venga ya. Pero si odias a los feéricos.
—Les tengo miedo —gritó Luis, después inspiró hondo—. Mi padre
poseía la visión extrasensorial, y eso lo volvió loco. Mi madre está muerta.
Mi hermano está catatónico. Yo soy un maldito vagabundo tuerto de
diecisiete años. Seguro que Faerieland es una fiesta constante.
—Pues ve descorchando el champán —dijo Val, que se acercó tanto a él
que percibió el calor que irradiaba su cuerpo. Ondeó un brazo para señalar
la estancia—. Otro de ellos ha muerto.
—No quería decir eso. —Luis le dio la espalda, la luz diluyó el color de
su rostro. Se acercó al cuerpo de Ravus, alargó una mano para tocar la
superficie de piedra, después la apartó de golpe como si se hubiera
quemado—. Pero es que no sé qué podemos hacer.
—¿A quién crees que quiere Silarial que envenene Mabry? Tiene que
ser alguien de la Corte Oscura.
—Ravus la llamaba la Corte Nocturna.
Val se acercó al mapa que había en la pared del cuarto del trol. Allí,
fuera del límite municipal de Nueva York, lejos de los alfileres que
señalizaban cada envenenamiento, había dos marcas negras: una al norte del
estado de Nueva York y la otra en Nueva Jersey. Val tocó la correspondiente
a Jersey.
—Aquí.
—Pero ¿quién? Esto nos viene grande.
—¿No hay un nuevo rey aquí? —preguntó Val—. Mabry mencionó algo
sobre el solsticio de invierno. ¿Crees que podría querer matarlo a él?
—Es posible.
—Y aunque no lo sea…, eso es lo de menos. La clave es saber dónde
está Mabry.
—Pero las cortes no son lugar para humanos, sobre todo la Corte
Oscura. La mayoría de los feéricos ni siquiera se acercan por allí.
—Tenemos que ir…, tenemos que recuperar el corazón de Ravus. Si no
lo hacemos, morirá.
—¿Qué pretendes hacer? ¿Ir allí y pedir que nos lo devuelvan?
—Más o menos —repuso Val.
Cuando se incorporó, vio un vial diminuto de Nuncamás tirado junto a
unos asfódelos y escaramujos. Lo recogió.
—¿Para qué es eso? —preguntó Luis, aunque ya debería saberlo de
sobra.
Val pensó en Dave, se acordó de su piel pálida y su boca amoratada,
pero eso no calmó sus ansias de Nuncamás. Podría necesitarlo. Lo
necesitaba ahora. Un simple pinchazo y todo ese dolor desaparecería.
Pero lo guardó en su mochila y sacó los billetes de tren que compró
varias semanas atrás. Se los tendió a Luis. El papel estaba tan desgastado de
ir de un lado para otro dentro de la mochila que tenía un tacto tan suave
como el de una tela, pero cuando Luis cogió el suyo, el billete le hizo un
ligero corte en la piel a Val. Por un momento, su piel pareció tan
sorprendida que se olvidó de sangrar.
Nada más morir los monstruos, mueren los héroes.
ROBERTO CALASSO, LAS BODAS DE CADMO Y HARMONÍA.
V al permaneció un rato en su asiento, después se paseó con
nerviosismo por el pasillo del tren. Cada vez que el revisor pasaba
junto a ella, le preguntaba cuál era la siguiente parada, si iban con retraso, si
podían ir más deprisa. El revisor le dijo que no podían. Tras echar un
vistazo a la espada que llevaba envuelta en una manta sucia y atada con los
cordones de unos zapatos, el revisor se alejó a toda prisa.
Cuando montaron, Val tuvo que enseñar la empuñadura para demostrar
que era meramente decorativa. Al fin y al cabo, estaba hecha de cristal.
Explicó que iba a hacer una entrega.
Luis estaba hablando en voz baja por el móvil de Val, con la cabeza
girada hacia la ventanilla. Había llamado a todos los hospitales que conocía
antes de que se le ocurriera llamar a Ruth, y ahora que había dado con ella,
su cuerpo se había relajado, ya no hincaba los dedos en la lona de la
mochila de Val, ya no tenía la mandíbula tan apretada como para que le
palpitasen los músculos del rostro.
—Te queda poca batería —dijo tras apagar el móvil.
Val asintió.
—¿Qué te ha dicho Ruth?
—Dave está en estado crítico. Lolli salió por piernas. No podía soportar
el hospital, odiaba el olor o algo así. Están atosigando a Ruth, porque no
quiere decirles qué ha tomado Dave. Y, por supuesto, no le permiten entrar
a verlo, porque no es familiar.
Val se puso a juguetear con el borde descascarillado del asiento de
plástico, mientras respiraba con bastante fuerza. Sintió una nueva oleada de
furia, acumulada sobre una furia anterior que ya resultaba muy difícil de
soportar.
—A lo mejor, tú…
—Yo no puedo hacer nada. —Luis miró por la ventanilla—. Dave no va
a salir de esta, ¿verdad?
—Saldrá —le aseguró Val. Podía salvar a Ravus. Podía salvar a Dave.
Como fichas de dominó distribuidas en filas sinuosas, donde lo más
importante era no derribarlas.
Val se miró las manos, repletas de astillas y manchadas de barro, y le
costó imaginar que esas manos fueran capaces de salvar a alguien.
Se puso a pensar en el Nuncamás que llevaba en la mochila. Prometía
cantar por sus venas, volverla más veloz, más fuerte y mejor persona. Sería
prudente. No acabaría igual que Dave. Nada más que un pinchazo. Uno solo
aquel día. Lo necesitaba para mantenerse en pie, para enfrentarse a Mabry,
para dejar que la rabia y la tristeza fueran engullidas por algo más grande
que ella misma.
Luis estaba sentado en el otro extremo del asiento, recostado, con los
ojos cerrados, los brazos cruzados a la altura del pecho y la cabeza apoyada
en la mochila de Val, presionada contra el borde metálico de la ventanilla.
Si Val se escabullera al baño, no se enteraría.
Se levantó, pero algo llamó su atención. La manta que envolvía la
espada se había deslizado, revelando un fragmento de cristal que lucía un
aspecto etéreo bajo la luz del sol. Se acordó de los témpanos que colgaban
del pelo de la madre de Ravus.
Equilibrio. Como una espada bien forjada. Equilibrio perfecto.
No podía confiar en sí misma bajo los efectos del Nuncamás, que le
haría sentirse eufórica o aturdida alternativamente, concentrada o ausente.
Desequilibrada. Val no sabía cuánto tiempo más podría abstenerse de
consumirlo, pero podía seguir demorándolo un rato más. Y pasado ese rato,
un poco más todavía. Se mordió el labio y retomó su paseo.
Se bajaron en la estación de Long Branch, descendieron al andén de
hormigón en cuanto se abrieron las puertas. Varios taxis merodeaban por la
zona, con señales amarillas en el techo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Luis—. ¿Dónde narices estamos?
—Vamos a ir a mi casa —dijo Val. Sosteniendo la espada por la
empuñadura, se apoyó el filo envuelto en el hombro y empezó a caminar—.
Vamos a pedir prestado un coche.
La casa de ladrillo parecía más pequeña de lo que recordaba Val. La hierba
estaba reseca y cubierta de hojas, los árboles negros y pelados. El Miata
rojo de su madre estaba enfrente, aparcado en la calle, aunque a esas horas
debería estar en el trabajo. El salpicadero estaba cubierto de clínex
estrujados y vasos de café vacíos. Val frunció el ceño. Su madre no solía ser
tan desordenada.
Abrió la puerta mosquitera, se sintió como si estuviera atravesando un
paisaje onírico. Todo le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo. La
puerta principal no estaba cerrada con llave, el televisor estaba apagado en
el salón. Aunque era más de mediodía, la casa estaba a oscuras.
Resultaba perturbador regresar al sitio donde había visto a Tom
encaramado encima de su madre, pero resultaba aún más extraño lo
pequeña que parecía la estancia. Por alguna razón, el salón había crecido en
su mente hasta volverse tan inmenso que no podía imaginarse atravesándolo
para llegar hasta su habitación. Val depositó tanto la espada como la
mochila en el sofá.
—¿Mamá? —la llamó con suavidad. No hubo respuesta.
—Busca las llaves —dijo Luis—. Es más fácil pedir perdón que
permiso.
Val giró la cabeza para replicar, pero se contuvo al percibir un
movimiento en las escaleras.
—Val —dijo su madre, que bajó corriendo, solo para detenerse en el
descansillo inferior.
Tenía los ojos enrojecidos, la cara sin maquillar y el pelo revuelto. Val
sintió muchas cosas al mismo tiempo: culpa por hacer que su madre
estuviera en ese estado, satisfacción por verla sufrir («le está bien
empleado») y un cansancio extremo. Quería que las dos dejaran de sentirse
tan desdichadas, pero no sabía cómo hacerlo realidad.
Su madre bajó lentamente los últimos escalones y la abrazó con fuerza.
Val le apoyó la cabeza en el hombro, que olía a jabón con un ligero toque a
perfume. Con un escozor en los ojos, fruto de una emoción repentina, se
apartó.
—Estaba muy preocupada. No dejaba de pensar que aparecerías de
repente, tal que así, pero nunca venías. Pasaron días y más días, pero
seguías sin aparecer. —A su madre se le quebró la voz.
—Ya estoy aquí —dijo Val.
—Ay, tesoro. —Cohibida, su madre alargó una mano para acariciarle la
cabeza—. Qué delgadas estás. Y tu pelo…
Val giró el cuerpo para zafarse.
—Déjalo, mamá. Me gusta mi pelo.
Su madre palideció.
—No quería decir eso. Siempre estás preciosa, Valerie. Lo que pasa es
que te veo diferente.
—Soy diferente —repuso ella.
—Val —insistió Luis—. Las llaves.
Val lo fulminó con la mirada, tomó aliento.
—Necesito que me prestes el coche.
—Llevas semanas desaparecida. —La madre miró a Luis por primera
vez—. No puedes marcharte otra vez.
—Volveré mañana.
—No. —El pánico se asomó a la voz de su madre—. Lo siento mucho,
Valerie. Siento todo lo que ha pasado. No sabes lo preocupada que he
estado por ti, las cosas que me he imaginado. Estaba segura de que la
policía me llamaría para decirme que te habían encontrado muerta en una
cuneta. No puedes volver a hacerme pasar por eso.
—Tengo cosas que hacer —replicó ella—. Y no tengo mucho tiempo.
Oye, no entiendo lo que hubo entre Tom y tú. No sé en qué estabas
pensando, ni cómo sucedió, pero…
—Pensarás que soy una…
—Pero ya no me importa.
—Entonces, ¿por qué te…? —comenzó a decir su madre.
—Esto no lo hago por ti, y no puedo volver a casa hasta que lo haya
resuelto. Por favor.
Su madre suspiró.
—Suspendiste el examen de conducir.
—¿Sabes conducir? —preguntó Luis.
—Tengo el permiso temporal —le dijo a su madre, después miró a Luis
—. Sé conducir de sobra. Lo que no sé es aparcar en paralelo.
La madre de Val se fue a la cocina y regresó con una llave y un mando
de alarma que colgaban de un llavero con un diamante falso en forma de
«R».
—Te debo el beneficio de la duda, Valerie, así que aquí la tienes. No
hagas que me arrepienta.
—No lo haré —dijo Val.
Su madre le depositó la llave en la mano.
—¿Me prometes que volverás mañana? Júramelo.
Val pensó en cómo le ardieron los labios cuando no cumplió su promesa
de regresar a tiempo con Ravus. Asintió. Luis abrió la puerta principal. Val
se giró hacia la salida, sin mirar a su madre.
—Sigues siendo mi madre —dijo.
Cuando bajó por las escaleras de la entrada, sintió el roce del sol en el
rostro y pensó que al menos una cosa podría salir bien.
Val circuló con el coche por carreteras conocidas, atenta para poner los
intermitentes y controlar la velocidad. Confió en que nadie los parase.
—¿Sabes? —dijo Luis—, la última vez que monté en un coche fue en el
Escarabajo de mi abuela. Íbamos a la tienda a comprar algo para una
celebración. Acción de Gracias, me parece. Ella vivía en Long Island,
donde necesitas el coche para todo. Lo recuerdo porque mi padre me llevó a
un aparte un rato antes para decirme que podía ver duendes en el jardín.
Val no dijo nada. Estaba concentrada en la carretera.
A bordo del Miata, dejó atrás las columnas de ladrillo que flanqueaban
la entrada del cementerio, cubiertas por los tallos enroscados de unas vides
sin hojas. El cementerio se desplegaba a lo largo de una colina, salpicada de
lápidas blancas y criptas funerarias. Aunque estaban a finales de noviembre,
allí la hierba seguía siendo verde.
—¿Ves algo? —preguntó—. A mí me parece un cementerio como otro
cualquiera.
Luis tardó en responder. Se puso a mirar por la ventanilla, alzando una
mano sin darse cuenta para tocar el cristal empañado.
—Eso es porque estás ciega.
Val pisó el freno y se detuvieron en seco.
—¿Qué ves tú?
—Están por todas partes. —Luis apoyó la mano en el picaporte, su voz
era poco más que un susurro.
—¿Luis? —Val apagó el motor.
Cuando respondió, su voz parecía distante, como si estuviera hablando
solo:
—Madre mía, míralos. Alas de cuero. Ojos negros. Garras largas y
afiladas. —Después miró a Val, como si acabara de recordar su presencia
—. ¡Agáchate!
Ella se inclinó, se lanzó sobre el regazo de Luis y sintió la calidez de sus
brazos alrededor del cuerpo. Mientras, varias ráfagas de aire zarandearon el
techo del coche.
—¿Qué está pasando? —gritó Val, entre los envites del viento. Algo
arañó la capota de piel del coche y el capó pegó una sacudida.
Entonces remitió la ventolera, hasta que se disipó por completo.
Mientras Val alzaba lentamente la cabeza, le pareció ver que no se movía ni
una sola hoja. El cementerio entero se había quedado en silencio.
—Este coche está hecho de fibra de vidrio. —Luis alzó la mirada—. Si
quisieran, podrían atravesar el techo a zarpazos.
—¿Y por qué no lo hacen?
—Supongo que están esperando a ver si hemos venido a dejar flores en
una tumba.
—Pues no tendrán que esperar mucho. Vamos a salir.
Val se inclinó hacia el asiento trasero y desenvolvió la espada de cristal.
Luis agarró la mochila y se la colgó del hombro.
Val cerró los ojos e inspiró hondo. Tenía el estómago revuelto, como
antes de un partido de lacrosse, pero aquello era distinto. Su cuerpo parecía
distante, mecánico. Sus sentidos se concentraban en percibir cada sonido,
cada cambio de forma y de color, pero poco más. La adrenalina se extendió
por su sangre, enfriándole los dedos, acelerándole el corazón.
Tras contemplar la espada, abrió la puerta y puso un pie sobre el suelo
de gravilla.
—Vengo en son de paz —dijo—. Llevadme ante vuestro líder.
Unos dedos invisibles se abalanzaron sobre ella de forma violenta y
repentina: pellizcándole la carne, tirándole del pelo, empujándola y tirando
de ella hacia la colina, donde varios matojos de hierba se alzaban y se
diseminaban sobre la tierra negra. Val intentó gritar mientras caía de bruces,
aterrizó sobre la tierra, respirando su intenso aroma mineral mientras se le
atragantaba el grito. Presionó los brazos sobre el suelo para intentar
incorporarse, pero la tierra, la roca y la hierba cedieron bajo su cuerpo y se
desplomó hacia aquella oscuridad plagada de raíces.
Val se despertó sujeta por unas cadenas doradas en una estancia repleta de
feéricos.
Sobre un estrado de tierra, había un caballero de pelo blanco sentado en
un trono hecho con ramas de abedul entrelazadas, cuya corteza era pálida
como un hueso. El caballero se inclinó hacia delante y le hizo señas a una
muchacha alada y de piel verde que observó a Val con unos ojos negros e
insólitos. La feérica alada se inclinó y habló en voz baja con el caballero del
trono. El feérico esbozó algo que bien pudo ser una sonrisa.
Por encima de Val se alzaba el reverso de la colina, que estaba hueca
como un cuenco, plagada de largas raíces que colgaban y se retorcían como
si fueran dedos incapaces de alcanzar lo que anhelaban.
Alrededor de ella había un grupo de criaturas que susurraban, guiñaban
los ojos y la miraban expectantes. Algunos eran altos y delgados como el
palo de una escoba, otras eran unas criaturas diminutas que revoloteaban
como hacía Needlenix. Algunos tenían cuernos retorcidos como
enredaderas, otros se apartaban hacia atrás unas melenas verdes y moteadas,
espesas como el hilo de un carrete, y unos pocos se desplazaban sobre unos
pies extraños e insólitos. Val se encogió al ver a una chica con unas alas que
soltaban polvo y unos dedos que cambiaban de color, desde el blanco lunar
de la base hasta el azul de las yemas. Allá donde mirase no encontró nada
familiar. Había descendido por la madriguera del conejo, hasta el
mismísimo fondo.
Un individuo encorvado, con el pelo largo y dorado, se arrodilló delante
de la criatura del trono y después se alzó con la misma agilidad que tendría
un muchacho. Le lanzó una mirada taimada a Val.
—Han encontrado la entrada con tanta facilidad que parece como si les
hubieran guiado, pero ¿quién daría indicaciones a un par de humanos? Un
enigma para vuestro placer y deleite, mi señor Roiben.
—Tú lo has dicho. —Roiben le dirigió un ademán con la cabeza y el
feérico retrocedió.
—Yo puedo resolver este misterio —dijo una voz conocida.
Val se puso boca arriba, chocando con el cuerpo de Luis, y giró la
cabeza hacia el hablante. Luis refunfuñó. Mabry pasó junto a ellos,
rozándole la mejilla a Val con el bajo de su vestido rojizo. Ejecutó una
aparatosa reverencia, mientras sostenía en alto una caja de plata esculpida.
—Tengo lo que buscan.
Roiben enarcó una ceja blanca.
—A la Corte de las Termitas no le gusta que la luz del sol campe a sus
anchas por nuestras estancias, aunque solo sea para la fugaz admisión de
unos prisioneros.
Luis giró para ponerse de costado y Val vio que estaba encadenado igual
que ella, pero además tenía el rostro ensangrentado. Le habían arrancado
todos y cada uno de sus piercings de acero.
Mabry agachó la mirada, pero no pareció demasiado avergonzada.
—Permitid que me ocupe de la luz y de sus portadores.
—Zorra de mierda… —le espetó Val pero se interrumpió al sentir un
golpecito en el hombro.
—Si el señor no te pregunta nada —le espetó el feérico del cabello
dorado—, no digas nada.
—No —repuso el señor de la Corte Nocturna—. Deja que hable. No
solemos tener muchos invitados mortales. Me acuerdo de la última vez, que
no pudo ser más memorable. —Varios de los presentes soltaron una risita
nerviosa, aunque Val no supo por qué—. Ese joven posee visión
extrasensorial, si no me equivoco. Uno de los nuestros te dejó tuerto,
¿verdad?
Luis paseó la mirada por la estancia, con el miedo grabado en el rostro.
Se lamió la sangre del labio y asintió.
—Me pregunto qué ves cuando me miras —dijo Roiben—. Venga,
decidnos que habéis venido a buscar. ¿De verdad está en posesión de
Mabry?
—Mabry le arrancó el corazón a mi… —Val titubeó—. A un feérico, un
trol. He venido a recuperarlo.
Al oír eso, Mabry profirió una carcajada profunda y sensual. También se
oyeron algunas risas entre la muchedumbre.
—Ravus ya lleva muerto un buen rato, se está pudriendo en sus
aposentos. Pero eso ya lo sabrás. ¿Para qué quieres su corazón?
—Esté muerto o no —repuso Val—, he venido a por su corazón, y lo
conseguiré.
Roiben esbozó una sonrisa adusta y Val tuvo un mal presentimiento. El
caballero miró a los dos humanos con sus ojos pálidos.
—No está en mi mano darte lo que pides, pero quizá mi sirvienta se
muestre generosa.
—Me temo que no —repuso Mabry—. Si ingieres el corazón de una
criatura, adquieres parte de su poder. Será un placer degustar el corazón de
Ravus. —Miró primero a Luis y después a Val—. Y lo saborearé aún más,
sabiendo que tú lo querías.
Val se apoyó sobre las rodillas y luego se incorporó, esposada todavía
por detrás de la espalda. La sangre se agolpó en sus oídos, de un modo tan
estridente que eclipsó los demás sonidos.
—Luchemos por él. Apostaré mi corazón a cambio del suyo.
—Los corazones mortales son débiles. ¿Para qué querría uno?
Val avanzó un paso hacia ella.
—Si soy tan débil, hay que ser una cobarde de mierda para no querer
luchar conmigo.
Val se giró hacia los feéricos, hacia los que tenían ojos felinos, hacia
quienes lucían una piel verde y dorada, hacia aquellos con el cuerpo
larguirucho, achaparrado o dotado singularmente de toda clase de
proporciones antinaturales.
—Soy una simple humana, ¿verdad? No soy nada. Mi vida dura lo que
un suspiro surgido de vuestros labios. Eso fue lo que dijo Ravus. Así pues,
si me tenéis miedo, entonces es que sois menos que eso.
Los ojos de Mabry despidieron un fulgor amenazante, pero su rostro
permaneció impávido.
—Eres muy osada para hablar así, aquí, en mi propia corte, en presencia
de mi nuevo señor.
—Lo soy —dijo Val—. Como osada eres tú al dártelas de digna cuando
solo has venido a asesinarlo, igual que asesinaste a Ravus.
Mabry soltó una risotada breve y brusca, pero algunos de los feéricos
reunidos guardaron silencio.
—Déjame adivinar —dijo Roiben con languidez—. No debería seguir
escuchando a esa mortal ni un segundo más.
Mabry abrió la boca, pero luego la volvió a cerrar.
—Acepta su desafío —dijo Roiben—. No permitiré que se diga que un
miembro de mi corte no pudo vencer a una jovencita humana. Y tampoco
permitiré que se diga que mi asesina era una cobarde.
—Como queráis —dijo Mabry, que se giró de golpe hacia Val—. En
cuanto acabe contigo, le arrancaré a Luis el otro ojo y me fabricaré una
cítara nueva con vuestros huesos.
—Úsame como cuerda en tu cítara —le espetó Val—, y te maldeciré
cada vez que la hagas sonar.
Roiben se incorporó.
—¿Accedes a las condiciones de su desafío? —inquirió, y Val sospechó
que estaba dándole la oportunidad de hacer algo, pero no sabía el qué.
—No —respondió Val—. No puedo inmiscuir a Luis. Él no tiene nada
que ver con mi desafío.
—Pero yo sí puedo inmiscuirme —dijo Luis—. Accedo a los términos
que propone Mabry, siempre que ella ofrezca algo a cambio. Si gana, podrá
quedarse conmigo, pero si pierde, Val y yo seremos libres. Podremos salir
de aquí.
Val miró a Luis, agradecida por su perspicacia y sorprendida por haber
sido tan ingenua.
—Está bien —asintió Roiben—. Si la mortal gana, les concederé a su
acompañante y a ella un salvoconducto para atravesar mis tierras. Y puesto
que no habéis decidido las condiciones del combate, las estableceré yo:
lucharéis hasta que una de las dos sangre. —Suspiró—. No lo consideréis
como una muestra de clemencia. Vivir, en caso de que Mabry se apropie de
vuestros huesos y corazones, no parece una opción preferible a la de una
muerte plácida. Por otra parte, tengo algunas preguntas para Mabry, y
necesito que esté viva para responderlas. Y ahora, Thistledown,
desencadena a los mortales y dale a la jovencita sus armas.
El individuo del cabello dorado introdujo una llave dentada en las
cerraduras y los grilletes se abrieron con un resorte, para luego caer al suelo
con un ruido seco que resonó por la cúpula.
Luis se incorporó poco después, frotándose las muñecas.
Una mujer con unos pelos tan largos en la barbilla que los llevaba
recogidos en unas trencitas diminutas, llevó la espada de cristal hasta Val e
hincó una rodilla en el suelo, alzando el filo con las palmas de las manos.
Era la espada de Tamson. Val miró a Mabry, pero si la feérica tuvo alguna
reacción al verla, si recordaba siquiera a quién había pertenecido, no dio
muestra de ello.
—Puedes hacerlo —dijo Luis—. ¿Qué sabrá ella de luchar? No es una
guerrera. Pero no dejes que te distraiga con sus hechizos.
Hechizos. Val se fijó en su mochila, que seguía colgada del hombro de
Luis. Contenía una botella casi entera de Nuncamás. Si los hechizos eran el
arma de Mabry, Val podría luchar con los mismos términos.
—Dame la mochila —dijo.
Luis se deslizó la correa por el brazo y se la entregó.
Val metió la mano y tocó la botella. Un poco más abajo, encontró un
mechero. Solo tardaría un instante y entonces se vería inundada de poder.
Cuando se giró, vio su rostro reflejado en el cristal de la espada, vio sus
ojos inyectados en sangre y su piel cubierta de mugre, antes de que las luces
itinerantes del interior de la colina arrancasen un fulgor repentino a la
espada. Val pensó en aquella chica, Nancy, a la que le atropelló un tren
porque iba tan drogada de Nuncamás que no vio el resplandor de los faros,
ni oyó el chirrido de los frenos. ¿Qué se le pasaría por alto a ella mientras
tejía sus propias ilusiones? Sintió el peso de una certeza en el estómago,
como si se hubiera tragado una piedra: tenía que llevar a cabo su misión sin
exponerse a los efectos del Nuncamás.
Debía combatir a Mabry con su propia experiencia: años de lacrosse y
semanas de esgrima, las peleas a puñetazos con los chicos del barrio, que
nunca dijeron que pegara como una niña, el dolor de someter su cuerpo a un
suplicio aún mayor del que pensaba que podría soportar. Val no podía
combatir el fuego con más fuego, pero sí podría combatirlo con hielo.
Soltó el mechero y tomó la espada de cristal de manos de aquella mujer.
«No puedo caer —se recordó, mientras pensaba en Ravus, en Dave, en
todas esas fichas de dominó formando unas meticulosas filas—. No puedo
caer y tampoco fracasar».
Los cortesanos habían dejado un cuadrado libre en mitad de la estancia.
Val se introdujo en él, al tiempo que se quitaba el abrigo. La prenda cayó al
suelo y el aire frío le erizó los pelillos de los brazos. Inspiró hondo y
percibió el aroma de su propio sudor.
Mabry emergió de entre la multitud, envuelta en una neblina que se
condensó hasta adoptar la forma de una armadura. Llevaba en la mano un
látigo hecho de humo. La punta arrastraba unas ramificaciones a su paso
que semejaban el chisporroteo de una bengala.
Val avanzó un paso, separó un poco las piernas y mantuvo las rodillas
ligeramente flexionadas. Pensó en el campo de lacrosse, en la forma de
empuñar el palo: con firmeza y soltura. Pensó en las manos de Ravus,
presionando su cuerpo para adoptar la pose adecuada. Val anhelaba el
Nuncamás, que la abrasara por dentro, que la llenara de fuego, pero apretó
los dientes y se preparó para luchar.
Mabry avanzó hacia el centro del cuadrado. Val quiso preguntar si
debían empezar ya, pero su adversaria descargó un latigazo, y ya no hubo
tiempo para preguntas. Val detuvo el golpe y trató de partir el látigo por la
mitad, pero se volvió tan etéreo como la niebla, y el filo de su espada lo
atravesó limpiamente.
La feérica atacó de nuevo. Val bloqueó, amagó y lanzó una estocada,
pero se quedó corta. Esquivó a duras penas la siguiente embestida.
Su rival hizo girar el látigo sobre su cabeza, como si fuera un lazo.
Sonrió a la multitud y los feéricos aullaron. Val no sabía si le estarían
mostrando su favor o sencillamente pidiendo sangre.
Un nuevo latigazo salió al encuentro de Val. Ella se agachó y trató de
pillar desprevenida a Mabry, ejecutando uno de esos movimientos que
lucían mucho si te salían bien. Pero falló por completo.
Dos quites más y Val empezó a perder fuelle. Llevaba dos días sin
dormir, y lo último que comió fue una pálida manzana feérica. Mabry le
golpeó la espalda, así que los cortesanos tuvieron que apartarse para
permitir la retirada a trompicones de Val.
—¿Te crees que eres una heroína? —inquirió Mabry con un tono
burlón, lo bastante alto como para que lo oyera la multitud.
—No —repuso Val—. Lo que creo es que tú eres una villana.
Val se mordió el labio y se concentró. Mabry no movía los hombros ni
las muñecas con el refinamiento necesario para ejecutar los golpes con los
que atacaba a Val. Era su mente la que hacía el trabajo. El látigo era una
ilusión. ¿Qué posibilidades tenía de vencerla, cuando Mabry podía dirigir
mentalmente al látigo para que cambiase de dirección o se alargase más de
lo que le permitiría su longitud?
Val blandió la espada para bloquear otro golpe, y el cordón de niebla se
enrolló a lo largo del filo. Con un tirón, se lo arrancó de las manos. La
espada voló por la estancia, provocando que varios cortesanos se lanzaran
cuerpo a tierra, chillando. Cuando el filo impactó contra el suelo, se rompió
en tres pedazos.
El látigo voló de nuevo hacia ella para tratar de golpearla en el rostro.
Val se agachó y corrió hacia los restos de la espada, mientras el látigo
restallaba por detrás de ella.
—No te aflijas por estar a punto de morir —dijo Mabry, con una
carcajada que invitó a los demás feéricos a sumarse a ella—. Tu vida
siempre estuvo destinada a ser tan breve que no supondrá ninguna
diferencia.
—¡Cállate!
Val tenía que concentrarse, pero estaba desorientada, en estado de
pánico. Se había equivocado al plantear el combate: estaba luchando como
si quisiera matar a Mabry, pero lo único que tenía que hacer para ganar era
golpearla una vez, y lo único que tenía que hacer para perder era dejarse
golpear.
Mabry era un engreída; eso era evidente. Le gustaba lucirse y peleaba
con ese objetivo en mente. Aunque dependía en gran medida de su hechizo,
lo hacía de tal modo que le hiciera parecer la mejor combatiente. Si podía
agarrar el filo de la espada con el látigo, ¿no podría usarlo para golpearle la
mano a Val? ¿No podría materializar unos cuchillos para lanzarlos hacia su
cuello?
Seguro que quería una victoria dramática. Una pequeña cicatriz en la
mejilla de Val. Una herida que le atravesara la espalda. Rodearle el cuello
con el látigo. Al fin y al cabo, era una actuación. La actuación de una
maestra de la interpretación ante una corte decidida a juzgarla.
Val se detuvo a escasos centímetros de la empuñadura de la espada de
cristal, que tenía la espiga intacta y parte del filo todavía sujeto. Se giró.
La feérica estaba avanzando hacia ella, mientras esbozaba una sonrisa.
Val tenía que hacer algo inesperado, y eso fue lo que hizo. Se mantuvo
inmóvil.
Mabry titubeó un instante, después descargó su látigo humeante hacia
ella. Val se tiró al suelo, rodó y agarró la empuñadura con lo que quedaba
de la espada de cristal. La hincó hacia arriba, sin elegancia, sin gracilidad,
sin el menor lucimiento, hasta introducirla en la rodilla de Mabry.
—Alto —exclamó el feérico del cabello dorado.
Val soltó la empuñadura, manchada con un poco de sangre. Era
suficiente. Empezaron a temblarle las manos.
La armadura y las armas de Mabry se desvanecieron, y volvió a quedar
ataviada con su vestido.
—Poco importa —dijo—. Tu sanguinolento recordatorio se pudrirá al
igual que tu amor. No hallarás compañía en un cadáver.
Val no pudo reprimir la sonrisa que se extendió por su rostro, una
sonrisa tan amplia que hizo que le dolieran los músculos de la cara.
—Ravus no está muerto —dijo, regocijándose con el desconcierto que
se plasmó en los rasgos de Mabry—. Arranqué todas las cortinas y lo
convertí en piedra. Se pondrá bien.
—No es posible… —Mabry alargó una mano y el humo se condensó
hasta formar una cimitarra. Descargó una estocada. Val retrocedió, girando
la cabeza para esquivar el golpe. El filo le rozó la mejilla, dejándole una
línea ardiente sobre la piel.
—¡Alto, he dicho! —gritó el feérico del cabello dorado, alzando la caja
plateada.
—Basta —dijo el rey de la Corte Oscura—. Seas espía o no, Mabry, me
has contrariado tres veces. Por tu negligencia, los mortales han dejado
entrar la luz del sol en la Corte Nocturna. Por tu cobardía, una mortal nos ha
vencido. Y por tu mezquindad, mi promesa de que los mortales no serían
heridos en mis tierras se ha incumplido. Por tanto, quedas desterrada.
Mabry chilló, profirió un sonido inhumano que recordó al de una ráfaga
de viento.
—¿Te atreves a desterrarme? ¿A mí, la leal espía de lady Nicnevin en la
Corte Luminosa? ¿A mí, que soy una verdadera sirviente de la Corte Oscura
y no una usurpadora del trono?
Sus dedos se convirtieron en cuchillos y su rostro se alargó de un modo
antinatural y monstruoso. Luego se abalanzó sobre Roiben.
Val reaccionó por acto reflejo, con esos movimientos que había
practicado cientos y cientos de veces en aquel puente polvoriento, tan
automatizados ya como una sonrisa. Desvió el golpe de Mabry y la apuñaló
en el cuello.
La sangre se derramó sobre el vestido rojo y salpicó a Val. Aquellos
dedos como cuchillas la aferraron, le abrieron largas heridas en la espalda a
medida que Mabry se acercaba, estrechando sus cuerpos como si fueran
amantes. Val chilló, dolorida, presa de una conmoción que la dejó
paralizada. Pero, de repente, Mabry cayó, su sangre oscureció el suelo de
tierra, sus manos se deslizaron por la espalda de Val. Ya no volvió a
moverse.
Se formó un revuelo entre los cortesanos. Luis echó a correr, abriéndose
camino entre los feéricos para sujetar a Val, que se tambaleaba.
Lo único que vio ella fue la espada de cristal, rota en pedazos y cubierta
de sangre.
«No te caigas», se recordó, pero esas palabras parecían ya fuera de
contexto. Se le nubló la vista.
—¡Dadme el corazón! —gritó Luis, pero entre tanto caos, nadie le hizo
caso.
—Basta —dijo alguien, probablemente Roiben.
Val no podía concentrarse. Luis estaba diciendo algo, después
empezaron a moverse, abriéndose paso entre la maraña de cuerpos. Val se
tambaleó, Luis la sujetaba, mientras atravesaban varios pasadizos
subterráneos. El ruido de la corte se disipó cuando llegaron al exterior de la
fría colina.
—Mi abrigo —murmuró Val, pero Luis no se detuvo.
La llevó hasta el coche y la dejó apoyada encima, mientras él reclinaba
el asiento del copiloto.
—Entra y tiéndete sobre el estómago. Te está dando una conmoción.
Recordó algo sobre una caja. Una caja con un corazón dentro, como en
Blancanieves.
—¿Te la dio el leñador? —preguntó Val—. Engañó a la Reina Malvada.
Puede que nos engañara a nosotros también.
Luis inspiró una bocanada trémula y luego soltó el aire.
—Voy a llevarte al hospital.
Aquello la sacó lo suficiente del estupor como para llenarla de pánico.
—¡No! Ravus y Dave nos están esperando. Tenemos que ir a jugar al
dominó.
—Me estás acojonando, Val —dijo Luis—. Venga, túmbate e iremos a
la ciudad. Pero no te quedes dormida. Mantente despierta, joder.
Val se montó en el coche, presionó el rostro sobre la funda de piel del
asiento. Notó cómo Luis la arropaba con su abrigo y puso una mueca. Le
ardía la espalda.
—Lo logré —susurró para sus adentros, mientras Luis giraba la llave en
el contacto y circulaba hacia la calle—. Me he pasado este nivel.
Antes de morir, los seres humanos deberían aprender de qué huyen,
hacia dónde corren y por qué.
JAMES THURBER.
L legaron a la ciudad mientras el sol se ponía a sus espaldas. El trayecto
se había hecho eterno. La congestión del tráfico y las largas colas en el
peaje alargaron el trecho, y Val no paró de revolverse en el asiento trasero.
El aire gélido que entraba por las ventanillas que Luis se negaba a cerrar la
dejó congelada, y el dolor que le producía el tapizado en la espalda le
impedía girar el cuerpo.
—¿Sigues bien ahí atrás? —preguntó Luis.
—Estoy despierta —repuso Val, arrodillada y agarrada al reposacabezas
del asiento del copiloto, ignorando el mareo que le entró al incorporarse. La
caja de plata estaba en el centro del asiento delantero, la tenue luz del
exterior resaltaba la escultural guirnalda de espinos que rodeaba la imagen
de una rosa en la superficie.
—Ya ha oscurecido.
—No podemos ir más deprisa. Hay muchísimo tráfico, incluso en esta
dirección.
Val miró a Luis y fue como si lo estuviera viendo por primera vez. Tenía
el rostro ensangrentado y las trenzas deshechas, su cabello encrespado
formaba un halo alrededor de su cabeza, pero tenía una expresión serena,
incluso afable.
—Llegaremos a tiempo —dijo Val, intentando parecer valiente y segura.
—Estoy convencido de ello —coincidió Luis, y Val agradeció que
existiera el consuelo humano de las mentiras, mientras seguían avanzando
entre el tráfico.
Aparcaron sobre la acera, cerca del paso subterráneo. Luis apagó el
motor y salió del coche, después reclinó el asiento para que Val también
pudiera salir. Ella agarró la caja y se bajó del vehículo, mientras Luis daba
unos golpecitos sobre el tocón del árbol.
Val corrió escaleras arriba, con la caja aferrada al pecho. Ya había
empezado a llorar cuando entró en la habitación oscura.
Ravus estaba tendido en mitad de la estancia; ya no era de piedra, tenía
la piel tan pálida como el mármol. Val se arrodilló a su lado, abrió la caja
plateada y sacó su sanguinolento tesoro. Notó su tacto frío y resbaladizo
mientras lo depositaba en la herida abierta y viscosa que tenía Ravus en el
pecho. La sangre del suelo se había secado, formando unas manchas
negruzcas que se descascarillaron allí donde ella había pisado. A Val se le
revolvió el estómago al verlas.
Giró la cabeza hacia Luis, que debió de percibir algo en su rostro,
porque derribó de un puntapié una pila de libros, levantando una nube de
polvo. Los dos guardaron silencio mientras pasaban los segundos, todos
ellos carentes de sentido, pues habían llegado demasiado tarde.
Las lágrimas de Val se secaron y ya no brotaron más. Pensó que debía
gritar o sollozar, pero ninguna de esas reacciones podría expresar el
creciente vacío que sentía en su interior.
Se agachó, deslizó los dedos por el cabello sedoso de Ravus, le apartó
unos mechones rebeldes del rostro. El trol debió de despertarse cuando
perdió su forma de piedra; se habría despertado con un dolor atroz, en una
estancia vacía. ¿Habría llamado a Val? ¿La habría maldecido al comprender
que lo había abandonado a su suerte?
Agachándose todavía más, ignorando el olor a sangre, lo besó. Ravus
tenía los labios suaves y no tan fríos como ella temía.
Ravus tosió y Val se apartó, quedando sentada. La piel comenzó a
regenerarse sobre el pecho del trol y su corazón se puso a latir a un ritmo
constante.
—¿Ravus? —susurró.
El trol abrió sus ojos dorados.
—Me duele todo. —Se rio, y luego empezó a toser—. Pero supongo que
eso es bueno.
Val asintió, le dolieron los músculos de la cara en su intento por sonreír.
Luis cruzó la habitación para arrodillarse al otro lado de Ravus. El trol
lo miró y después volvió a mirar a Val.
—Vosotros… ¿me habéis salvado?
—Venga ya —dijo Luis—. Lo dices como si hubiera sido tan difícil que
Val se colase en la Corte Oscura, hiciera un trato con Roiben, desafiara a
Mabry a un duelo, recuperase tu corazón y luego llegara hasta aquí en plena
hora punta.
Val se rio, pero esa risa sonó estridente y quebradiza, incluso a sus
propios oídos. Ravus la miró fijamente y Val se preguntó si el trol detestaría
que le hubiera salvado ella, si ahora se sentiría en deuda con alguien a quien
despreciaba.
El trol gimió y comenzó a incorporarse, pero le fallaron las fuerzas y
volvió a tenderse.
—Soy un idiota —dijo.
—No te muevas. —Val fue a coger una manta y se la colocó bajo la
cabeza—. Descansa.
—Me pondré bien —dijo.
—¿Seguro? —preguntó ella.
—Seguro.
Ravus alargó una mano para estrecharle el hombro, pero Val torció el
gesto cuando le rozó los cortes que tenía en la espalda. El trol le sostuvo la
mirada durante un buen rato, después le levantó un poco la camiseta.
Incluso por el rabillo del ojo, Val vio que estaba cubierta de sangre reseca.
—Date la vuelta.
Val obedeció, se arrodilló y se pasó la parte de atrás de la camiseta sobre
la cabeza. Se mantuvo un rato en esa pose, después volvió a cubrirse.
—¿Es grave?
—Luis —dijo Ravus con firmeza—. Tráeme unas cuantas cosas de la
mesa.
Luis recopiló los ingredientes y los depositó en el suelo, al lado del trol.
En primer lugar, Ravus le enseñó cómo aplicarle un ungüento a Val en la
espalda, después a curar las heridas de sus piercings, y finalmente, preparó
una mezcla con amaranto, costras de sal y largas briznas de hierba. Se lo
entregó todo a Luis.
—Entrelázalo con forma de corona y colócalo sobre la frente de David.
Espero que sea suficiente.
—Llévate el coche —dijo Val—. Vuelve a buscarme cuando puedas.
—De acuerdo —asintió Luis, que se dispuso a levantarse—. Traeré a
Ruth.
Ravus le tocó el brazo para detenerlo.
—Estaba pensando en lo que se dijo y en lo que no. Si los rumores de
alguna de las cortes incriminan a tu hermano, correrá un gran peligro.
Luis se incorporó y contempló el fulgor de la ciudad desde las ventanas.
—Ya se me ocurrirá algo. Llegaré a algún acuerdo. He protegido a mi
hermano hasta ahora y lo seguiré haciendo. —Miró a Ravus—. ¿Se lo
contarás a alguien?
—Cuenta con mi silencio —dijo el trol.
—Intentaré ser merecedor de él. —Luis negó con la cabeza mientras
atravesaba la cortina de plástico.
Val lo observó mientras se alejaba.
—¿Qué crees que le pasará a Dave? —preguntó en voz baja.
—No lo sé —respondió Ravus, susurrando también—. Pero confieso
que me preocupa mucho más lo que le ocurra a Luis. —Se giró hacia ella
—. Y a ti. Tienes un aspecto horrible.
Ella sonrió, pero el gesto no tardó en desvanecerse.
—Soy horrible.
—Sé que me he portado mal contigo.
Ravus miró hacia un lado, hacia los tablones del suelo cubiertos de su
propia sangre seca, y a Val le extrañó que a veces pareciera ser mucho,
muchísimo más viejo que ella, pero otras veces no.
—Lo que me contó Mabry me dolió más de lo que esperaba. Me resultó
fácil creer que tus besos no eran sinceros.
—¿No creías que pudieras gustarme de verdad? —preguntó Val,
sorprendida—. ¿Crees ahora que me gustas de verdad?
Ravus se giró hacia ella, con un gesto de incertidumbre.
—Te has tomado muchas molestias para poder llegar a tener esta
conversación, pero… no quiero hacerme falsas ilusiones.
Val se tendió a su lado, apoyó la cabeza en el hueco del codo.
—¿A qué ilusiones te refieres?
Ravus la estrechó contra su cuerpo, con cuidado de no rozarle las
heridas mientras la abrazaba.
—Espero que sientas por mí lo mismo que yo por ti —dijo, y su voz le
acarició el cuello como un suspiro.
—¿Y qué sientes? —preguntó Val, con los labios tan cerca de su
mandíbula que percibió el regusto salado de su piel mientras los movía.
—Esta noche has traído mi corazón en brazos —dijo Ravus—. Pero
hace mucho que ya estaba en tus manos.
Val sonrió y cerró los ojos. Permanecieron tumbados bajo el puente,
mientras las luces de la ciudad centelleaban al otro lado de las ventanas,
como un cielo repleto de estrellas fugaces, y se fueron quedando dormidos.
Llegó una nota en el pico de un pájaro negro con unas alas que emitían
destellos azules y púrpuras, como si se tratara de un charco de petróleo. El
pájaro danzó sobre el alféizar de la ventana de Val, golpeó el cristal con sus
patas, sus ojos centellearon como gotas de ónice bajo la luz agonizante.
—Qué extraño —dijo Ruth.
Se levantó del lugar donde había estado tendida sobre la barriga,
rodeada de libros de la biblioteca. Estaban preparando un trabajo titulado
«La influencia de la depresión posparto en el infanticidio» para subir nota
en clase de Educación para la salud, teniendo en cuenta que suspendieron el
proyecto del bebé de harina.
Resultó extraño volver a recorrer los pasillos del instituto tras haberse
ausentado durante casi un mes, con el suave roce de la camiseta en las
heridas cicatrizadas de la espalda, el olor a champú y detergente en la nariz,
la expectativa de un almuerzo a base de pizza y batido de chocolate.
Cuando Tom pasó junto a ella, Val apenas reparó en él. Estaba demasiado
ocupada corriendo de un lado a otro, haciendo la pelota, poniéndose al día
con los deberes y prometiendo que jamás volvería a saltarse otro día de
clase.
Val se acercó a la ventana y la abrió. El pájaro depositó el papel
enrollado sobre la alfombra y alzó el vuelo, graznando.
—Ravus me ha estado enviando notas.
—¿Noootaaaas? —inquirió Ruth, con un tono que amenazaba con
asumir las posibilidades más tórridas a no ser que le diera más detalles. Val
puso los ojos en blanco.
—Es por Dave… Se supone que saldrá del hospital la semana que
viene. Y Luis se mudó a la antigua casa de Mabry. Dice que, aunque sea un
cuchitril, al menos es un cuchitril en el Upper West Side.
—¿Sabes algo de Lolli?
Val negó con la cabeza.
—Nada. Nadie la ha visto.
—¿Seguro que no te ha escrito nada más?
Val pateó unos papeles sueltos en dirección a Ruth.
—Que me echa de menos.
Ruth giró para ponerse boca arriba y se rio con ganas.
—¿Y qué dice esta? Vamos, léela en voz alta.
—Está bien, está bien, ya voy. —Val desenrolló la nota—. Dice: «Por
favor, reúnete conmigo esta noche en los columpios que hay detrás de tu
instituto. Tengo que darte una cosa».
—¿Cómo sabe que hay unos columpios en el insti? —Ruth se
incorporó, visiblemente confusa.
Val se encogió de hombros.
—A lo mejor se lo dijo el cuervo.
—¿Qué crees que te va a dar? —preguntó Ruth—. ¿Un buen meneo al
estilo trol?
—No seas así. Qué malpensada eres, —exclamó Val, y le arrojó más
papeles, desperdigando por completo su trabajo. Después sonrió—. En fin,
sea lo que sea, no pienso presentarle a mi madre.
Fue el turno de Ruth para pegar un grito de espanto.
Aquella noche, de camino hacia la puerta, Val pasó junto a su madre, que
estaba sentada delante del televisor, donde una mujer se estaba inyectando
colágeno en los labios.
En un primer momento, Val se puso tensa al ver esa aguja, creyó
percibir ese reconocible olor a azúcar tostada y sus venas se retorcieron
como gusanos dentro de sus brazos, pero aquello vino acompañado por una
aversión visceral tan intensa como la añoranza.
—Salgo a dar un paseo —dijo—. Luego vuelvo.
Su madre se giró, con una expresión de pánico.
—Solo es un paseo —repuso Val, pero eso no disipó las preguntas sin
formular ni responder que había entre ellas.
Su madre quería hacer como si los sucesos del último mes no se
hubieran producido. Solo se refería a ellos diciendo cosas como: «cuando
estuviste fuera» o «cuando no estabas aquí». Detrás de esas palabras parecía
haber vastos océanos oscuros de miedo, y Val no sabía cómo navegar por
ellos.
—No llegues muy tarde —dijo su madre con un hilo de voz.
Había caído la primera nevada, revistiendo las ramas con láminas de
hielo y dejando el cielo tan radiante como durante el día. Val se encaminó al
patio de la escuela, mientras comenzaban a caer nuevos copos.
Ravus estaba allí, una silueta oscura sentada en un columpio demasiado
pequeño para él, inclinado hacia adelante para no tocar las cadenas. Iba
envuelto en un hechizo que hacía que sus dientes parecieran menos
prominentes, su piel menos verde, pero en general parecía el mismo de
siempre, ataviado con un abrigo largo y negro, sujetando sobre su regazo
una espada centelleante con las manos enguantadas.
Val se acercó y se metió las manos en los bolsillos, pues de repente se
sintió cohibida.
—Hola.
—He pensado que deberías tener la tuya propia —dijo Ravus.
Val alargó un brazo y deslizó un dedo sobre el canto que no cortaba. Era
fina, la guarda tenía forma de hiedra entrelazada y la empuñadura estaba
envuelta con un trozo de tela o cuero.
—Es preciosa —dijo Val.
—Es de hierro —dijo Ravus—. Forjada por manos humanas. Ningún
feérico podrá usarla contra ti. Ni siquiera yo.
Val cogió la espada y se sentó en el columpio de al lado, arrastrando los
pies sobre la nieve, formando un surco embarrado.
—Esto sí que es un regalo.
Ravus sonrió, satisfecho, al parecer.
—Espero que sigas enseñándome a utilizarla.
El trol ensanchó su sonrisa.
—Cuenta con ello. Solo tienes que decirme cuándo.
—He estado mirando la Universidad de New York. A Ruth le gusta su
departamento de cine, y tienen un equipo de esgrima. Ya sé que es algo
distinto a la forma de luchar que me has estado enseñando, pero no sé, he
pensado que quizá no sea tan diferente. Y siempre me quedará el lacrosse.
—¿Vendrías a Nueva York?
—Pues claro. —Val se miró los pies, cubiertos de aguanieve—. Pero
antes tengo que acabar el instituto. Recibí todos tus mensajes. —Notó que
se había ruborizado y lo achacó al frío—. Me preguntaba si habría algún
modo de enviarte algo yo a ti.
—¿Te molestan los pájaros?
—No. El cuervo que enviaste era precioso, aunque creo que no le caigo
bien.
—Le diré a mi próximo mensajero que espere tu respuesta.
Hace no tanto tiempo, Val podría haber sido ese mensajero.
—¿Tienes noticias de Mabry? ¿Qué dice la gente?
—Los rumores de la corte sostienen que Mabry era una especie de
agente doble, pero ambas cortes niegan tener constancia de ello. Los
exiliados en la ciudad saben que la envenenadora era ella. Al parecer, la
Corte Radiante afirma que cometió esos asesinatos por orden de la Corte
Nocturna, pero de momento no han relacionado a Mabry con Dave. Por
desgracia, me temo que con el tiempo se revelará su implicación.
—¿Y entonces?
—Los feéricos somos gente voluble y caprichosa. Su suerte vendrá
determinada por un antojo, no por ningún concepto mortal de justicia.
—Entonces, ¿vas a regresar a la Corte Radiante? Ahora que sabes la
verdad sobre Tamson, no tienes motivos para seguir exiliado.
Ravus negó con la cabeza.
—Allí no hay nada para mí. Silarial se toma la muerte demasiado a la
ligera. —Ravus alargó una mano enguantada y detuvo el columpio de Val
—. Prefiero estar cerca de ti durante el tiempo que quede.
—Que se consumirá tan rápido como el suspiro de un feérico —recitó
Val.
Ravus le acarició el pelo con sus dedos enfundados en cuero, luego los
apoyó sobre su mejilla.
—Siempre puedo contener el aliento.
HOLLY BLACK, es una autora superventas internacional que ha escrito
sagas de fantasía juvenil como Las crónicas de Spiderwick (con Tony
DiTerlizzi) o Magisterium (junto a Cassandra Clare). Ha sido además
finalista del premio Eisner.
Actualmente vive en Nueva Inglaterra con su marido y su hijo en una casa
con una puerta secreta. Su página web es [Link].