Texto 1
1. La observé mientras subía en la estación de Florencia. Deslizó la puerta de cristal
para abrirla y, una vez dentro del vagón, miró a su alrededor y tiró inmediatamente
la mochila en el asiento vacío al lado del mío. Se quitó la chaqueta de cuero, soltó
el libro en inglés que estaba leyendo, colocó una caja blanca cuadrada en el portae-
quipajes y se dejó caer en el asiento en diagonal frente a mí con lo que parecía un
nervioso mal genio. Me hizo pensar en alguien que acabara de tener una discusión
acalorada segundos antes de montarse en el tren y siguiera rumiando las palabras
hirientes que ella u otra persona había dicho antes de colgar.
2. Cayó en una especie de estupor molesto y miró Florencia con apatía a través
de la ventanilla mientras el tren salía de la estación Santa Maria Novella. Durante
un instante, pareció tan desamparada que, con la vista aún clavada en mi libro
abierto, me sorprendí haciendo un esfuerzo para que se me ocurriera algo que decir,
aunque solo fuese para ayudar a distender lo que tenía toda la pinta de ser una
tormenta a punto de estallar en nuestro rinconcito al final del vagón. Luego me lo
pensé dos veces. Mejor dejarla tranquila y seguir con mi lectura. Sin embargo, la
pesqué mirándome y no pude contenerme.
3. —¿Por qué tan sombría? —pregunté.
4. Solo entonces caí en la cuenta de lo inapropiado que debió de sonarle mi pregunta
a una completa desconocida en un tren, por no hablar de que parecía a punto de
explotar a la más mínima provocación. Lo único que hizo fue quedarse mirándome,
con un destello perplejo y hostil en la mirada que presagiaba las palabras exactas
que me bajarían los humos y me pondrían en mi lugar.
5. —No, sombría no, solo pensativa —dijo.
6. Me dejó tan atónito el tono amable de su respuesta, un tono casi atribulado, que
me quedé más anonadado que si me hubiese insultado.
7. —Puede que pensar me haga parecer sombría.
8. —Entonces, ¿en realidad estás pensando en algo alegre?
9. —No, alegre tampoco —contestó.
10. Sonreí, pero no dije nada, arrepentido ya de mi broma frívola y condescendiente.
11. —Quizá sean pensamientos un poco sombríos, después de todo —añadió, dán-
dome la razón con una risa sutil.
12. Me disculpé por mi falta de tacto.
13. —No pasa nada —dijo, ojeando ya el comienzo del campo por la ventanilla.
14. Le pregunté si era estadounidense. Lo era.
15. —Yo también —dije.
16. —Me he dado cuenta por el acento —añadió sonriente.
17. Le expliqué que llevaba viviendo en Italia casi treinta años, pero que no podía
deshacerme del acento por más que lo intentara. Los dos nos dirigíamos a Roma.
18. —¿Por trabajo? —pregunté.
19. —No, por trabajo no. Es por mi padre. No está bien —luego, levantando la
mirada hacia mí, dijo—: Supongo que por eso se me ve sombría.
20. —¿Es grave?
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21. —Creo que sí.
22. —Lo siento —dije.
23. Se encogió de hombros.
24. —¡Así es la vida!
25. Luego, cambiando de tono, dijo:
26. —¿Y tú? ¿Placer o negocios?
27. El tema me hizo sonreír, y le expliqué que me habían invitado a dar una con-
ferencia en la universidad, pero que también iba a encontrarme con mi hijo, que
vivía en Roma y me iba a recoger en la estación.
28. —Seguro que es un chico encantador.
29. Comprendí que intentaba ser ingeniosa, pero me gustaba aquella actitud relaja-
da y despreocupada que transitaba entre lo hosco y lo vivaz y asumía que la mía lo
hacía también. Su tono cuadraba con su ropa informal: botas de montaña gastadas,
pantalones vaqueros, una camisa rojiza desteñida a medio desabotonar sobre una
camiseta negra y nada de maquillaje.
30. No me sorprendió que la conversación decayera. Hora de volver a nuestros res-
pectivos libros. Pero, entonces, se volvió hacia mí y me preguntó:
31. —¿Estás emocionado por ver a tu hijo?
32. Quizá simplemente no le apetecía leer. Estaba esperando que le respondiera.
33. —Entonces, ¿estás contento. . . tal vez? ¿Nervioso. . . tal vez?
34. —Nervioso no, o a lo mejor un poco —dije—. A un padre siempre le asusta ser
una imposición, por no decir una molestia.
35. —¿Crees ser una molestia?
36. Me encantó que mi respuesta la hubiese pillado por sorpresa.
37. —Puede que lo sea. Por otra parte, reconozcámoslo, quién no lo es.
38. —No me parece que mi padre sea una molestia.
39. ¿La habría ofendido, quizá?
40. —Entonces lo retiro —dije.
41. Me miró y sonrió.
42. —No tan rápido.
43. Estaba a punto de halagar su capacidad de comprender tan bien a la gente
cuando le sonó el teléfono. Me había acostumbrado ya a las interrupciones constan-
tes de los móviles, a que fuese imposible tomar un café con los estudiantes o charlar
con mis compañeros o con mi hijo sin que se colara una sola llamada; salvado por
el teléfono, acallado por el teléfono, desplazado por el teléfono.
44. —Hola, papá —dijo en cuanto descolgó.
45. Creí que había contestado enseguida para evitar que el volumen del sonido mo-
lestase a los demás pasajeros, pero me sorprendió lo mucho que gritaba.
46. —Es el tren. Se ha parado, no tengo ni idea de cuánto tiempo, pero no debe-
rían ser más de dos horas. Nos vemos pronto. —El padre le preguntó algo—. Por
supuesto que sí, cómo me iba a olvidar. —Silencio—. Yo también. Mucho mucho.
47. Colgó y tiró el móvil dentro de la mochila, como diciendo: Ya no nos van a
interrumpir más. Me sonrió incómoda.
48. —Padres —dijo después, como queriendo decir: Son todos iguales, ¿no es ver-
dad?, pero luego se explicó—: Lo veo todos los fines de semana, soy la encargada
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del fin de semana. Mis hermanos y su cuidador se encargan de él entre semana.
—Antes de dejarme decir algo, me preguntó—: Entonces, ¿te has engalanado para
el acontecimiento de esta noche?
49. —¿Parezco engalanado? —respondí.
50. —Bueno, ¿el pañuelo en el bolsillo, la camisa bien planchada, sin corbata pero
con gemelos? Yo diría que te lo has pensado un poco.
André Aciman, Encuéntrame. Trad. Inmaculada C. Pérez Parra. Madrid:
Alfaguara (2020) (fragmento adaptado).