Acontecimiento Y Emancipación: Clínica Del Acompañamiento Terapéutico en La Discapacidad
Acontecimiento Y Emancipación: Clínica Del Acompañamiento Terapéutico en La Discapacidad
El diván negro
ACONTECIMIENTO Y EMANCIPACIÓN
clínica del acompañamiento terapéutico
en la discapacidad
Viviana Bálsamo
ACONTECIMIENTO Y EMANCIPACIÓN
clínica del acompañamiento terapéutico
en la discapacidad
Viviana Bálsamo
El diván negro
Colección: Psicoanálisis y psicología crítica
ACONTECIMIENTO Y EMANCIPACIÓN
CLÍNICA DEL ACOMPAÑAMIENTO TERAPÉUTICO EN LA DISCAPACIDAD
[Link]@[Link]
[Link]/DivanNegro
INTRODUCCIÓN • 36
I
¿DÓNDE SITUAMOS LA DISCAPACIDAD?
II
TRAMOS EN EL ESTABLECIMIENTO DEL VÍNCULO
AT– ACOMPAÑADO
III
EL VÍNCULO TRANSFERENCIAL
¿LUGAR DONDE INICIA EL ACOMPAÑAMIENTO TERAPÉUTICO?
V
EL INGRESO DEL AT AL ESCENARIO FAMILIAR.
APORTES DEL PSICOANÁLISIS VINCULAR
VI
SEXUALIDADES DIVERSAS:
ACOMPAÑAR Y PROPICIAR EL ENCUENTRO
VIII
EL ACOMPAÑANTE TERAPÉUTICO EN LA ESCUELA:
TRAZOS DE UNA RAYUELA
IX
CALIDAD DE VIDA Y DISCAPACIDAD:
¿EN BUSCA DE LA FELICIDAD?
X
SEGUNDA AUTONOMÍA
BIBLIOGRAFÍA • 251
La política de emancipación existe bajo la forma de unas
secuencias singulares y esas secuencias singulares se vuelven
posibles por los acontecimientos.
El acontecimiento es una acción de ruptura, que está fuera de
cualquier repetición, una acción nueva e inventada que lleva a
una mayor igualdad, que crea tiempo y espacio.
Alain Badiou
PRESENTACIÓN
15
humano. Para comprender todo esto y mucho más, la mirada
del psicoanálisis es esencial.
Las hipótesis y pensamientos desarrollados por Bálsamo
durante toda la obra se contraponen a cierto tipo de prácticas
–muy comunes de encontrar en nuestro país– que cosifican a la
persona al poner el eje de su mirada en el déficit o en la con-
ducta. Viviana nos dice muy acertadamente: “Si no advertimos
la presencia de un sujeto del lenguaje, antes que su condición
de discapacidad estaremos en un laberinto sin salida.” En todas
las primeras entrevistas con los padres de niños o jóvenes con
discapacidad, nunca faltarán esas carpetas que muestran el re-
corrido realizado en torno al estado de salud de su hijo. Fotoco-
pias de consultas y derivaciones, diagnósticos médicos, psicoló-
gicos, psicopedagógicos, fonoaudiológicos, certificado de disca-
pacidad (con sus correspondientes renovaciones), certificados e
informes de docentes, etc., etc. Nos asombran algunos de los
contenidos de estas carpetas, informes que hablan de las carac-
terísticas observadas en la persona a través de dibujos o test,
desde una simple observación superficial y distante del profesio-
nal que intervino. Para hablar de un niño no basta con obser-
varlo con lupas de test proyectivos, debemos introducirnos en
sus mundos, sentir, vibrar y resonar con sus objetos internos y
con las sensaciones que de allí emanan. Debemos aprender a
mirar sus imágenes corporales, animarnos a entrar en lugares
desolados, donde muchas veces existen sólo las figuras de las
sombras que la estereotipia produce. En fin, debemos lanzarnos
a construir una experiencia en el entre dos que la escena clínica
produce. Solo desde allí estaremos habilitados para hablar de
ese niño, pero para hablar de lo que a él le sucede, con los re-
caudos de no construir un destino oracular, pues nunca sabre-
mos a ciencia cierta lo que a él podrá o no hacer.
Desde que me dedico a recibir, escuchar y acompañar a
sujetos con discapacidad, siempre he tenido la misma convic-
ción en torno a mi práctica profesional: ser fiel a la realidad que
16
la experiencia misma me mostraba para, desde allí, deconstruir
los conceptos y teorías con los que me había formado, para re-
pensarlos en pos de poder realizar verdaderas contribuciones al
campo. Fue así, que creí necesario salir de las tierras firmes del
consultorio y meterme en los pantanos más viscosos de los es-
pacios sociales, porque comprendía que en esos escenarios ha-
bía que operar. Si el sujeto es un ser social, será allí donde debe
emerger como tal, en las relaciones cotidianas, en la experiencia
subjetivante –única e irrepetible– que produce lo grupal y el
sentido de pertenencia que dicho escenario le otorga. Ése es el
terreno más preciado donde se mueve el At.
En el título de este libro encontramos una palabra muy
fuerte, que se constituye en el objetivo fundamental por el que
deberemos trabajar en materia de discapacidad: la emancipación.
Podríamos agregar, en tal sentido, que la función del At será la
de acompañar al sujeto con discapacidad a enfrentar un doble
proceso de emancipación, orientado hacia: desprenderse y despo-
jarse de los efectos que el déficit haya producido en su subjetividad y, a
su vez, intentar liberarse de las redes vinculares parasitarias de sus otros
y de los discursos del saber que los profesionales e instituciones especia-
lizadas puedan haber ejercido sobre él. Recuerdo muy bien, las pa-
labras de un joven que era traído por sus padres a mi consulta
donde, luego de cuatro sesiones casi en silencio, y con diferen-
tes intentos de intervenciones fallidas mías, rompió súbita-
mente su mutismo, me miró directamente a los ojos, y me dijo:
“Marcelo, yo estoy así, sin ganas de nada, porque estoy cansado
de que me hagan hacer lo mismo, siempre lo mismo, bolsitas,
bolsitas y bolsitas. A mí no me gusta hacer bolsitas, siempre me
mandaron a los lugares que ellos querían y ahora me hacen ha-
cer bolsitas. Yo quiero ser mozo…”. Éste joven, más allá de su
condición discapacitante, tuvo los recursos simbólicos para ex-
presar su deseo, pero miles de otros sujetos no podrán emanci-
parse si no hay un otro que opere como cuarto nudo, como
posibilitador y garante de aquello que no puede ser dicho o
17
hecho, y esa es una bella tarea que el Acompañante terapéutico
deberá ayudar a realizar, porque está allí, en el lugar justo y en
el punto más estratégico, para poder brindarle al acompañado
–en el entre-dos transferencial– aquello que no ha podido ser
construido ni simbolizado por él.
La autora toma un extracto del bello poema de Borges
para reafirmar una certeza de la que nadie queda exento. El
mundo es un laberinto, una sucesión de laberintos, salimos de
uno y entramos en otro. Estamos insertos en los laberintos del
mundo, y para recorrerlos necesitamos siempre de otros. Para
transitar la vida precisamos de otras personas que nos sostengan
porque somos seres sociales. Nada puede ser pensado ni cons-
truido en soledad en el complejo campo de la discapacidad, por-
que siempre se nos vuelve necesario encontrar interlocutores
válidos con quienes podamos reflexionar. Viviana, en este libro,
dialoga con otros profesionales para construir, junto a ellos, el
hilo de Ariadna que le permita encontrar las salidas a los dife-
rentes caminos laberínticos por donde hay que entrarle a la dis-
capacidad. Tales recorridos, tendrán que ver con: la clínica y el
vínculo transferencial, la función del Acompañante terapéu-
tico, el escenario de la familia y sus complejidades, la sexuali-
dad, la educación, el trabajo interdisciplinario y la calidad de
vida (proyecto de vida). La travesía por cada uno de estos lugares
no será aburrida ni compleja, pues nos invita a transitarlos de
la mano de diferentes casos clínicos, que ejemplifican las hipó-
tesis construidas junto a los interlocutores que la acompañan.
Pero tendremos que tener en cuenta que, al salir de cada labe-
rinto, nos esperará la entrada a otro diferente, donde se reno-
vará el deseo por una nueva búsqueda. Por ello, recomiendo al
lector que se prepare para leer esta obra como si estuviese por
realizar un viaje a un país desconocido. Seguramente, conocerá
algo de ese país, pero le aseguro, que al terminar su viaje por
este libro, se habrá encontrado con muchos paisajes que desco-
nocía por completo.
18
Quienes trabajamos en el campo de la discapacidad es-
tamos muy acostumbrados a tener que construir hilos de
Ariadna para encontrar salidas posibles, para luego volver a sen-
tirnos perdidos en laberintos que se nos vuelven cada vez más
complejos. Y no nos detenemos, nuestro deseo es el que nos
hace seguir buscando, porque somos sensibles a la sensibilidad
del otro. Pero también sabemos, que para recorrer esos laberin-
tos contamos, desde el año 2006, con un mapa-brújula impor-
tante que nunca debemos olvidar de llevar en nuestra mochila:
La Convención Internacional sobre los Derechos de las Perso-
nas con Discapacidad (CDPCD). Este mapa-brújula, contiene
las claves más importantes del actual paradigma social de la dis-
capacidad, el cual regula nuestras intervenciones y acciones.
Vayamos, ahora, a analizar algunas cuestiones que se
despliegan de esta obra, y para ello, comenzaré exponiendo mi
concepción sobre el tema. Hace ya un tiempo, vengo diciendo
que la discapacidad es una situación “real” que vive un sujeto
en un momento y lugar sociocultural dado, que se funda a tra-
vés de la resultante entre la interacción de éste con su entorno,
y que –puede o no– generar efectos tanto para su propia subjeti-
vidad, su contexto familiar y por sobre las relaciones que éste
establezca con su entorno social.
Digo que es real porque es falso decir, como muchas ve-
ces suele hacerse, que todos tenemos alguna discapacidad. Es
real porque se la tiene o no. Pero, más allá de esto, lo que me
ha interesado como psicoanalista, son los efectos que una con-
dición discapacitante puede producir en el sujeto. Si el déficit
no ha producido algún efecto, ya sea en la subjetividad de la
persona, en su contexto familiar o en las relaciones que éste
construya en su comunidad, entonces, sólo tendremos que pen-
sar en acompañar al sujeto a construir su propio proyecto de
vida, brindándole los apoyos y herramientas necesarios para
ello. Sin embargo, si, tal como se visualizan en muchos casos
que aquí se exponen, nos encontramos con las complejidades
19
pantanosas del síntoma, será ahí donde deberemos operar, en
el desmantelamiento de los efectos que la condición discapaci-
tante haya producido. Pero será válido decir, que no es por el
hecho de tener una discapacidad, motivo suficiente para que en
un sujeto se desarrolle o desencadene un síntoma. Lo que sí
sabemos, de acuerdo a lo que nos muestra la clínica cotidiana-
mente es que, un déficit, en un niño, puede ser motivo o pre-
texto para ser tomado parasitariamente por un Otro (con ma-
yúscula o minúscula) como significante de su mundo fantasmá-
tico, y que también éste puede producir efectos traumáticos o
microtraumáticos en esa subjetividad en constitución.
Hay algo que los psicoanalistas tenemos bien presente,
sabemos que el cuerpo es un organismo que debe ser habitado
por un sujeto, y más allá de la condición que tenga ese cuerpo,
lo importante para nosotros es quien lo habitará. Pero resulta
que, en estas cuestiones de las habitabilidades subjetivas en lo
orgánico del cuerpo, uno de los papeles primordiales lo asume
el tipo de relaciones vinculares que se tejen en la temprana
edad. Una sentencia hermosa de Spinoza nos impulsa a trabajar
más allá de lo deficitario. Este gran filósofo nos decía: “nadie
sabe a ciencia cierta lo que un cuerpo puede”. Por ello, no mi-
ramos a la discapacidad, nos interesa la potencia del deseo, que
surge y se cuela por los poros del cuerpo creando plasticidad. Si
existe la plasticidad neuronal, dice Esteban Levin, existe plasti-
cidad simbólica.
Una condición discapacitante (déficit) en el bebé o en
el niño, puede operar como un plus que abrirá las puertas hacia
otros caminos a recorrer en la estructura psíquica. Nuestro tra-
bajo clínico no estará relacionado a intervenir sobre la condi-
ción de discapacidad, nuestra verdadera apuesta como profesio-
nales deberá dirigirse a intentar desmantelar los efectos que el
déficit pueda haber producido en la subjetividad, y a poder en-
contrarle un sentido al mensaje oculto del síntoma que el sujeto
haya construido como modo de defensa. Pero nada de esto sería
20
posible sin el trabajo interdisciplinario, porque es imposible
pensarnos en intervenciones solitarias, puesto que en los casos
más complejos necesitaremos crear prácticas entre-varios, que
permitan sostener ciertas intervenciones que se dirigen a cortar
el goce incestuoso del Otro. En el caso del “acompañante mo-
chila” que relata Bálsamo, puede observarse la forma en que
opera el profesional para cortar el lazo parasitario con el Otro,
yendo en dirección diferente a su demanda de acompaña-
miento. Este caso, nos ayuda a pensar la posición en que el
acompañante debe saber situarse ante el acompañamiento con
sujetos con discapacidad. El At debe lograr despejar el pedido
manifiesto de lo latente en cada consulta, donde la familia, ge-
neralmente, ejerce una gran demanda.
La autora realiza en este libro importantísimos aportes,
desde una mirada amplia que no excluye. Toma la teoría del
psicoanálisis vincular y las contribuciones de diversos autores
del campo de la literatura, la filosofía, la sociología, la medicina,
etc. Así debe ser, Viviana no se equivoca, porque, quienes tra-
bajamos en el campo de la discapacidad debemos asumir una
responsabilidad ética, que tiene que ver con la deconstrucción
de teorías y conceptos que merecen ser revisados ante las com-
plejidades de los laberintos que solemos transitar. Nos recuerda
la ética de Spinoza y cita el siguiente párrafo: “La ética no es ni
más ni menos que una estrategia”. Y si de estrategia se trata, la
que nos toca a los profesionales que trabajamos en la clínica de
la discapacidad, es revisar los conceptos y teorías a la luz de las
experiencias y realidades con las que nos encontramos a diario,
que suelen ser más complejas y diferentes que las que dieron
origen a muchas de esas teorías. Por ello, fue necesario repensar
algunas cuestiones referentes al duelo, para poder realizar algu-
nas puntuaciones (Silberkasten, 2006; Rocha, 2013, 2017) que
nos permitirían entender cómo opera allí este afecto penoso en
las discapacidades congénitas y en las adquiridas; es decir,
cuando se está de duelo por una parte o función corporal propia
21
perdida, o cuando el ideal que se pierde corresponde a la fanta-
sía de anhelo del hijo deseado, que sucumbe ante la llegada al
mundo del hijo real con un plus de discapacidad.
Dos de los afectos con los que nos encontramos perma-
nentemente en este terreno, serán el displacer y el dolor. Aquí
está una de las claves a las que debemos estar atentos. No todo
se juega desde las coordenadas del duelo, sino también del dis-
placer. Juan David Nasio dice que el displacer es aquél afecto
que puede ser tolerado por el yo, una pequeña convulsión que
se siente pero que es modulable. Mientras que el dolor es un
estado de convulsión extrema que rebasa los límites tolerables
del umbral psíquico controlables por el yo, es decir, que rebasa
toda defensa. Para ser más preciso, con respecto al dolor, Nasio
dirá: “Ante todo, el dolor es un afecto, el afecto último, la úl-
tima muralla ante la locura y la muerte.”
En la clínica con sujetos con discapacidad nos encontra-
mos permanentemente con estados duelares (efectos traumáti-
cos) enfrentados por las familias, muchos de los cuales pueden
llegar a quedar detenidos en diferentes momentos (acuerdo con
la autora que son momentos los que se transitan y no tiempos
cronológicos), y por otro lado, observamos múltiples situacio-
nes displacenteras que han producido microtraumatismos en
nuestros pacientes. Tal es el caso de aquellos niños que han ad-
venido al mundo con una enfermedad congénita, por ejemplo
la mielomelingocele, y que por ello se han visto expuestos, desde
muy pequeños, a múltiples intervenciones quirúrgicas y prácti-
cas sobre su cuerpo. Será muy común, pues, y siguiendo los
planteos de Nasio, encontrarnos con síntomas que han sido
producidos por la acumulación sucesiva y estratificada de estos
microtraumatismos. Pienso también, en este momento, en
aquellas personas con discapacidad que día a día deben sortear
los obstáculos cotidianos de las barreras arquitectónicas sociales
y de las actitudes humanas, tales sumatorias de situaciones mi-
crotraumáticas, pueden llegar a sumergirlos en estados duelares.
22
Son dos, entonces, los conceptos que el At deberá manejar: dis-
placer y duelo.
Otro de los valiosos aportes que la autora realiza en este
libro es el de plantear a la clínica del At como “clínica del deta-
lle”. Así es, el Acompañante terapéutico debe aprender a obser-
var los detalles, que suelen pasar inadvertidos y ocultos, en las
múltiples escenas que se despliegan junto a su acompañado, y
para ello, tendrá que desarrollar un buen sentido de la observa-
ción. Pero, para ser un buen observador de los detalles, el At
deberá ejercitar su sentido de observación. Nasio, una vez me
contó lo que le dijo Francoise Doltó: “si Ud. desea ser un buen
analista de niños, tiene que salir de su consultorio y dirigirse a
una plaza del barrio; siéntese en un banco, cerca del arenero,
ocúltese detrás de la hoja de un diario y observe directamente
el comportamiento de los niños al jugar, sin dejar de prestar
atención a las actitudes de los padres. Así, usted comprenderá
más.”. Es decir, que el sentido de ser “buen observador de los
detalles” se puede trabajar día a día.
Bálsamo escribe, muy acertadamente, como título de
este libro: “acontecimiento y emancipación”. No hay emancipa-
ción sin acontecimiento. Las emancipaciones se producen
cuando en la experiencia –nunca predecible– aparecen los acon-
tecimientos. Particularmente el deporte adaptado me ha ayu-
dado a pensar estos conceptos. A través del deporte, construi-
mos espacios-escenarios donde todos nos conectamos desde el
maravilloso lazo que nos propone el jugar. Allí las miradas se
limpian, vaciándose de cualquier pre-concepto que nos haga
querer anticiparnos a lo que un sujeto pueda o no hacer. Allí,
en ese escenario que creamos, dos jóvenes, uno de ellos autista
y el otro con perturbaciones muy graves pueden jugar, sin que
nadie intente juzgar o rotular ese hacer, porque no es más que
un hacer sensible, que solo puede producirse en ese encuentro
espontáneo que llamamos acontecimiento.
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Tengo muchas buenas anécdotas de niños y jóvenes que
llegaban a nuestra escuela de tenis adaptado que tenían severas
dificultades para poder estar allí. Corrían, se iban y volvían, per-
manecían inquietos, no se integraban a la clase, no nos mira-
ban, no jugaban. Sin embargo, con nuestra paciencia y el soste-
nimiento del escenario que montábamos, con el trabajo conti-
nuo de los asistentes que trabajaban el entre dos y en el entre
varios, y con la serenidad de los profesores que respetaban sus
tiempos –lentamente y progresivamente– ellos aparecían en la
escena, salían de sus defensas, interrumpían sus estereotipias y
se integraban a jugar con todos. No era la técnica lo que lograba
eso, sino nuestro deseo ferviente de que ellos jueguen con no-
sotros, y así comprendimos que el cuerpo –en la escena depor-
tiva– pierde su condición discapacitante dando lugar a la apari-
ción del sujeto.
El capítulo final de este libro tiene un plus de interés
para mí, ya que lo vinculado a la calidad de vida lo he pensado
desde la orientación vocacional (Rocha, 2005), como prácticas
que posibilitan la construcción de un proyecto de vida autó-
nomo centrado en el deseo. Por ello, acuerdo con la autora, en
que más allá de los modelos de calidad de vida (el cual podemos
tomar para darle nuestro propio uso), lo complejo sería que un
profesional pretenda ponerse en el lugar del saber tomando un
protocolo estandarizado de calidad de vida a la persona que
acompañe. Debemos tener cuidado con eso, porque el deseo no
puede ser pensado en términos de calidad. Viviana explica muy
bien ese riesgo, y toma un modelo más superador de calidad de
vida para pensar el pasaje al mundo adulto en las personas con
discapacidad. Para que alguien sea muchas veces es necesario
que exista un otro que le done ese derecho, pero sin apoderarse
de la libertad de elección de ese ser. Para ello, necesitamos seguir
creando prácticas que permitan los procesos de emancipación
hacia la vida adulta, es decir, prácticas de esperanza.
24
Para ir finalizando este prólogo, me gustaría dejar algu-
nas coordenadas que sirvan a “la clínica del detalle” que aquí se
propone, con respecto a ciertos aspectos que el At debería tener
en cuenta en este terreno.
25
Invito al lector a recorrer el camino que Viviana Bálsamo pro-
pone en este libro y a introducirse a los diferentes laberintos en
los que ella se anima a ingresar, en búsqueda de posibles salidas,
acompañada por otros que colaboran para pensar las mejores
direcciones a tomar. Creo que ningún profesional interesado
por el sufrimiento humano debe quedar exento de poder vivir
la experiencia de este trayecto. Aquí se expone, de manera am-
plia y clara, uno de los principales temas que deben ocuparnos:
el acompañamiento de aquellos sujetos, que han quedado atrapados en
las redes del síntoma, para intentar –junto a ellos– encontrar su lugar
en el mundo. Encontrar ese lugar, es una de las salidas posibles
al laberinto de la emancipación.
26
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
27
El problema del enfoque médico tradicional es que
tiende a sentenciar negativamente desde una certeza tramposa-
mente objetiva, lo cual termina atrapando al sujeto y a su en-
torno (in)mediato.
El discurso del modelo médico dirá: “Psicosis: enferme-
dad crónica que tiende al deterioro y deja secuelas irreversibles”.
Hoy en día sabemos que esto no es así, que una estructura psi-
cótica no tiene por qué corresponderse necesariamente con una
condición enfermiza, que no se cronifica necesariamente y que
los brotes no tienen por qué dejar secuelas irreversibles. Mu-
chos estudios apuntan también a que los psicóticos no tienen
que tomar necesariamente medicación psiquiátrica el resto de
sus vidas, eso sí, siempre que cuenten con un buen apoyo hu-
mano.
Una psicosis evoluciona según los criterios del modelo
médico, sobre todo en la misma medida en que es tratada según
los criterios de este mismo modelo médico.
Todas estas “realidades” a las que he llamado “trampo-
samente objetivas” son ante todo constructos vinculares que se
van tejiendo desde el momento del diagnóstico, la forma de co-
municarlo y las respuestas que se ofrecen a la problemática del
sujeto. La respuesta tipo del modelo médico tradicional es
“cuanto menos vivo esté, menos problemas tendrá usted y los
demás”. “Si tiene una hernia discal no se mueva, no coja peso,
no haga la cama, evite deportes muy activos. Si tiene problemas
cardíacos, ídem”. Si tiene psicosis, el listado de contraindicacio-
nes es inmenso. Aún hoy en día sigo escuchando profesionales
que dicen que hay que evitar hacer relajación con los psicóticos,
o todo tipo de trabajo corporal, debido a que “se descompen-
san”. Por supuesto, según estos enfoques, las relaciones sexuales
y el enamoramiento también pueden producir descompensacio-
nes. Hay hospitales de día que prohíben a los pacientes relacio-
narse entre sí fuera de los espacios de tratamiento (tipo de
prohibición también muy propia del modelo médico).
28
El modelo médico y el positivismo nos han engañado
con sus verdades supuestamente incuestionables y tramposa-
mente objetivas, y nos pusimos a engañar a los pacientes como
si se tratasen verdades irreductibles, cuando no son más que
realidades vinculares que se van configurando en un juego de
espejos sin fin… juego del lenguaje, dirán algunos. Y con ello
quiero decir que efectivamente, al final de este juego de espejos,
nos encontramos a un sujeto cronificado, deteriorado, con se-
cuelas, discapacitado, al que no se le puede tocar y que no puede
decidir sobre su vida. Pero nada de ello deriva de la psicosis en
sí, sino de los modos de abordaje basados en el modelo médico
tradicional. No nos equivoquemos: me refiero al modelo mé-
dico que nos atraviesa a todos… A TODOS Y TODAS. Lo que
nos diferencia a unos de otros es por dónde nos atraviesa este
modelo y los recursos que tenemos para darnos cuenta de ello
(formación, supervisión, análisis personal etc.).
Esta cuestión aparece muy bien ilustrada en el libro
cuando se plantea cómo la idea de equipo suele estar muy atra-
vesada por el modelo médico. De modo que el “buen equipo”
sería aquél que se reúne (alrededor de la “radiografía del pa-
ciente”) para desde sus saberes tomar las decisiones clínicas acer-
tadas. Entonces en las supervisiones preguntamos: ¿y no habéis
hablado con el paciente? ¿No tenéis en cuenta lo que dice la
asistenta del paciente, o el conserje del edificio en que vive?
Pues no. Por lo general los equipos funcionan muy parecidos al
modelo de equipo médico, de expertos que toman decisiones y,
si acaso, comunican las decisiones a los pacientes, pero sin ha-
cerles partícipes (de verdad) del proceso.
Y bien, creo que todo lo que planteo con relación al ám-
bito de la salud mental, el libro de Viviana viene a decir que
todo ello ocurre también en el ámbito de la discapacidad física,
intelectual, etc. Uno podría objetar que un ciego es un ciego, y
si un ciego no ve, no es por una cuestión vincular, familiar, cul-
tural. Por supuesto, no seríamos tan ingenuos a punto de no
29
percibir y considerar este “pequeño” detalle. Pero lo que nos
importa, y lo que a un At le debe de importar, es qué hace un
sujeto (en este caso ciego) con su deseo… cómo su familia, su
comunidad más inmediata, la cultura, acoge, apoya el deseo de
este sujeto.
Un ejemplo que ilustra lo que torpemente trato de se-
ñalar, y que en el libro está espléndidamente desarrollado por
Viviana y sus contertulios, lo vemos en el caso de las personas
con síndrome de Down. Más allá de la realidad objetivable (cro-
mosoma 21), qué límites el Síndrome impone al individuo. Por-
que por lo menos en Europa, con el cambio de mentalidad,
cada vez vemos a más personas con síndrome de Down reali-
zando, entre otras cosas, una carrera universitaria (además de
vivir de forma independiente, establecer relaciones estables de
pareja, etc.), lo cual era prácticamente casi impensable hace
unas pocas décadas. Algo similar pasa con las personas con diag-
nóstico de psicosis, quienes cada vez más acceden a estudios,
trabajos, relaciones estables etc. ¿Qué estará pasando? ¿Estarán
cambiando la estructura de la psicosis, del síndrome de Down,
de la ceguera? ¿O se trata más bien de cambios culturales, de
mentalidad?
Cierto es que al día de hoy las personas con síndrome
de Down que han accedido, por ejemplo, a estudios universita-
rios, son una minoría, pero no me cabe duda de que esta mino-
ría (y otras minorías) están demoliendo, desmontando o de-
construyendo aquellos juegos de espejos y sus verdades trampo-
samente objetivables.
En fin, creo que de esto habla este libro de Viviana… y
si no habla de ello, esto es lo que he leído… ahora te toca a ti.
30
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
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experiencias ambiguas (muchas de ellas de satisfacción y dolor),
que la vida se encargará de recordar.
Así, el desvalimiento y el desamparo iniciales deben ser
zanjados de la mano de cierta crudeza. El auxilio del ser ha-
blante es aquello que lo subyuga: la cadena del lenguaje es su
medio de liberación. Sin embargo, la creación no deja de apun-
tar a la salida, pues el sujeto, como el poeta, inserta las cosas de
su mundo en un nuevo orden que lo vivifica.
Con esta referencia, bien podemos emprender una bús-
queda por comprender lo que ocurre en el Acompañamiento
Terapéutico frente a la discapacidad. Lugar común de conflictos
en la historia de la práctica clínica, cuyo efecto vemos en la pos-
tura de hordas de psicoanalistas y médicos tratantes que se des-
cosen en justificaciones para poner una barrera a su quehacer
frente a estos “sujetos especiales”. A esta propuesta responde
Viviana Bálsamo en este libro, donde toma el desafío de avan-
zar, como un verdadero retorno de lo reprimido, frente a los
rechazos impuestos por una comunidad cada vez más reticente
a la pregunta y a la apuesta técnica que les involucra en estos
cuerpos interpelados por un discurso ajeno. De esta manera,
con una apuesta clara y de la mano de la experiencia que le
otorga su quehacer clínico, enarbola la causa emancipadora in-
quiriendo a cada paso su posición en cada caso comentado.
Una labor temeraria pues ya son cada vez menos los analistas
practicantes que dejan de lado el discurso académico para ins-
talarse en posición de interrogar el saber-hacer al que están lla-
mados.
De esta manera, la imposición de unidad que la ciencia
quiere dar a la razón es leída como fruto de lo imaginario que
el lenguaje descompleta formando su falta. Un espejo revelando
su cara de ilusión es el inicio del fin. El totalitarismo de la ima-
gen se pierde y el entramado simbólico obliga a pensar a cada
acompañado como sujetado por el discurso de sus antecesores,
la genealogía del deseo trasvasa la fantasía aparentemente
32
propia y de ahora en más será tomada como un intento de col-
mar un agujero en la realidad. Al fin y al cabo, somos herederos
de un pasado impropio, incluso desde la soledad de ese ente
nombrado cuerpo.
Así, hablaremos del acontecimiento de una margina-
ción subjetiva, aquella que recae sobre la población de personas
señaladas con un diagnóstico de discapacidad, que, si bien son
tomadas en cuenta y atendidas dentro de las políticas de las ins-
tituciones sanitarias y educativas, la práctica demuestra que la
mayoría de las veces esto se da sólo bajo un discurso que expulsa
todo rasgo de humanidad.
Llegado el punto es propio hablar de la relación del AT
con la discapacidad, fundamentándonos en una ética de la es-
cucha que apueste por el entendimiento simbólico de la disca-
pacidad para evitar la confusión con lo imaginario de la minus-
valía. La caída en esta confusión redobla el lugar de la excepción
en la que generalmente el sujeto llamado discapacitado ha te-
nido que vérselas para armarse un lugar en el mundo, más allá
de cualquier anticipación que otorgue una posición de fijeza,
donde no haya espacio para que advenga un sujeto frente a un
desconocimiento cultural normalizante o bajo una limitación
teórica llevada únicamente por la educación.
En cuanto a lo institucional, plantear una clínica que
atienda a los fenómenos de discapacidad, implica que pueda
producirse tanto en el plano de la institución como a nivel del
discurso familiar algo del orden de un síntoma, de una queja,
un malestar, que motorice la posibilidad de hacer lazo social. El
descubrimiento de que esa falla está también en los otros (fami-
lia, escuela, cuidadores, etc.) puede colaborar en el atravesa-
miento de la propia y permitir una alternativa a la condena a
muerte (subjetiva) que supone el lugar de la víctima imposibili-
tada o el enfermo vergonzante. Como decíamos, ciertas posicio-
nes clínicas se alían tanto a la versión del destino como a la de
deficiencia natural, como soportes de diagnóstico patologizante,
33
y considerándolo un ser “carente” por su “diferencia a los de-
más”. Apostar a la producción subjetiva produce efectos por
añadidura que posibilitan la construcción, restablecimiento o
reubicación de una dignidad humana.
Es por esto que nuestro discurso apela al reconoci-
miento que detrás de cada atención brindada a una persona con
discapacidad puede operarse una dinámica particular de escu-
cha que capte cada uno de las demandas y deseos que se nos
exclaman cotidianamente con voz desesperada, con la única fi-
nalidad de poner al descubierto de cada persona su propio ca-
mino dentro de la vida, porque para el transitar en este mundo
no es necesario hablar de discapacidad.
Ya no podrá tratarse de cada persona diagnosticada
desde la discapacidad sin el deseo que delimitó su llegada a la
vida, de ahí la importancia de incluir en el dispositivo el diálogo
con los padres, los cuidadores, los educadores; en suma, con las
instituciones que moldean sus invectivas diagnósticas. Siendo
testigo de un mundo fracturado como su propio cuerpo, cada
sujeto emprende su andar por el Otro del lenguaje buscando
consistencia; sus primeros intentos por asirse del virus pala-
brero lo testimonian en el cuerpo. Al inicio ofreciendo su ser
para colmar lo que percibe como faltante (sitio que le otorga
un lugar), para luego erigirse portador de la carencia, matriz del
deseo.
El grillete del lenguaje se transfigura y arroja nuevas vías
de lectura. Discontinuidad y corte son palabras comunes del lé-
xico topológico tomando nuevos bríos en la propuesta aquí
ofrecida. El decir singular se vuelve un gesto, un despliegue de
la estructura que cada clínico debe advertir para tratar de escri-
bir la relación que el sujeto tiene con el Otro del lenguaje, regla
básica de todo tratamiento psicoanalítico.
Como vemos, el compromiso con la ética no puede de-
jarse de lado en el tejido del que los clínicos forman parte. Ellos
mismos, incluidos en la trama que le da lugar, no pueden
34
abstenerse de dar un testimonio frente al desamparo que cada
sujeto carga a cuestas. Al situarse en ese espacio intermedio en-
tre el paciente y el Otro, la esperanza de un nuevo puente puede
ser hilvanada. Suturando heridas escocidas, remendando con
parches hechos de palabras, un nuevo libro surge en la literatura
psicoanalítica para lidiar con la pregunta y paliar el desamparo.
La escucha, la compañía y la presencia no volverán ser las mis-
mas…
35
INTRODUCCIÓN
Este libro surge del deseo por compartir algunos escritos, expe-
riencias y conversaciones que hace tiempo venían insistiendo
en encontrarse. Huellas de relatos, de intercambios, de lecturas
que me han dejado alguna inquieta marca. Huellas que me han
llevado tiempo transcribir en este texto. De esta manera, qui-
siera compartir aquello que considero acontece en el encuentro
con la lectura: recuperar las preguntas, ideas y experiencias que
quedan por fuera del texto. Aquello que el texto invita a crear
en la apropiación de cada lectura. Por esta cuestión entiendo
que la producción “creadora” es aquella que no somete al lector
a una lógica certera, cerrada, sin cuestionamientos y en soledad.
Pues, desde mi punto de vista, allí no se establece un vínculo
con el texto, porque no se abre la posibilidad de encuentro sino
más bien lo que de allí emerge es el acto de obedecer a ciertos
lineamientos que no dan lugar a la pregunta, ni tampoco abren
posibilidad para la interlocución. Ya que escribimos con el
Otro, no sin él. Porque en el acto de escribir también algo se
inscribe, y algo de ello sucede porque no existe “lo escrito”, ni
1
Entrevista a Darío Sztajnszrajber. El conflicto es la única forma de respetar
las diferencias. Revista Almagro. Disponible en: [Link]
[Link]/conflicto-la-unica-forma-respetar-las-diferencias/
36
“la obra”, “ni los registros de campo”… No existen como un
producto porque no se escribe para cerrar, para terminar o con-
cluir aunque tengamos la ilusión o mandato de que el escrito
debe cumplir dicha finalidad. Justamente el deseo de escribir
adviene porque hay incompletud, por eso se sigue escribiendo…
El psicoanálisis no ha dicho que en el discurso se funda
el lazo social, la escritura como discurso, como experiencia,
como un huésped más del inconsciente que emite significantes
para Otros, y a la vez el acto de escribir implica para el escritor
iniciar diálogos con aquellos significantes que lo han llevado a
tomar el papel y crear una novedad: esa escritura.
Por lo tanto, este libro intenta disolver ciertas certezas,
como también la histórica compulsión a decir lo que debería
hacer un profesional (en este caso el At2), en el campo de la
discapacidad. Les propongo, entonces, a medida que se vayan
adentrando en los capítulos, que también se aventuren a escar-
parse e ir detrás de su propio texto. Deseo que los conversato-
rios con que se encontrarán acompañen al lector a construir su
propio saber, su propio texto, en permanente interlocución con
sus huellas, escrituras y marcas, las cuales ambiciosamente es-
pero inquietar… Desde la lógica Borgiana,3 ingresaré en cada
capítulo a diferentes laberintos, ¡las coordenadas no están de
antemano! y la complejidad del campo presentará un desafío:
descifrar y situar el hilo de Ariadna,4 cada vez y en cada sendero
nuevamente…
2
Utilizaré la abreviación “At”, para referirme al Acompañante terapéutico.
3
J. L. Borges, ofrece en sus obras una concepción de laberinto que procede
de la tradición clásica de los laberintos cretenses. Propone un significado,
metafísico, místico y desconocido, como aquello que emerge del encuentro
consigo mismo. (Noguera; 2010).
4
El hilo de Ariadna hace referencia al relato mitológico del Minotauro, es-
crito por Borges. Ariadna le regala a Teseo un ovillo de hilo, el cual resultó
ser la ayuda indispensable para salir del laberinto después de haber acabado
con el monstruo.
37
Los invito al primer laberinto, para adentrarnos plan-
tearé algunas preguntas que llevará a cada lector a construir su
propio mapa… ¿Por qué “La Discapacidad” se ha vuelto una en-
tidad que define a ciertos sujetos con tal o cual condición?
¿Existe la Discapacidad como entidad? ¿Un sujeto es en función
de su discapacidad? Rápidamente decimos: ¡No! Pero entonces:
¿nombrar a un sujeto y omitir que tiene tal o cual condición es
negar su discapacidad?, ¿se puede negar o aceptar la discapaci-
dad?, ¿cómo podremos liberar el campo clínico de aquellos efec-
tos discapacitantes que obturan los procesos de subjetivación?,
¿somos nosotros quienes debemos liberar dicho campo de estos
efectos o serán los propios sujetos quienes nos dirán algo acerca
de ello? Con el entusiasmo de abrir más interrogantes, este libro
nace pensando en una clínica que lucha por emanciparse los efectos
que ciertos discursos dogmáticos producen.
El acompañante terapéutico posicionado en esta clínica,
podrá ofrecer ciertas coordenadas que orienten al sujeto hacia
la emancipación de los laberintos en los que se halla entram-
pado. Pero también será importante que la clínica del Acompa-
ñamiento Terapéutico logre emanciparse de aquellos muros
dogmáticos que hacen de obstáculo al At. Partiendo de esta ló-
gica podríamos decir que, situados tanto el sujeto como el At
en medio del laberinto, empezarán a descifrar el camino. Y así,
una vez que el sujeto llegue a la salida, tendrá la posibilidad de
decidir: si desea salir del laberinto, quedarse o empezar de
nuevo en la búsqueda de otros sentidos.
Desde este lugar es que pienso que el At buscará, me-
diante sus intervenciones, acompañar al sujeto y a sus vínculos
a la reflexión; entendiendo que a partir de allí será posible el
ejercicio de emancipación5 intelectual y colectiva, que habilite
el encuentro con el Otro. En relación a ello, considero,
5
Para ampliar la lectura referida al concepto “emancipación intelectual” ver:
Jacques Rancière (2003). El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipa-
ción intelectual. Editorial Laertes. Barcelona.
38
siguiendo a Emmanuel Lévinas,6 que este encuentro con el
Otro, es un “acontecimiento”, ya que el Otro “irrumpe” y esto
nos llevará a una experiencia constitutiva: hacerle un lugar al
Otro desde el Otro y no querer reducirlo a uno mismo.7 Cues-
tión que implicará construir fronteras que permitan respetar lo
propio y lo ajeno, a sabiendas que la existencia de dichas fron-
teras no garantizará que podamos cruzarla...
39
Otro y el trabajo que conlleva arreglárselas con la ajenidad, con
la irreductible alteridad... Habitar un tiempo subjetivo y hacer
un lugar al desacuerdo, el cual hospedará al Otro y a uno
mismo, acontecimiento que implicará cierto movimiento pen-
dular que marcara el tiempo del lenguaje.8
Otro punto de partida que elegí para introducir este libro fue
un relato con el que me encontré en el momento que buscaba
algunas palabras para empezar a escribir. Considero oportuno
compartirlo y a partir de allí desarrollar algunas coordenadas
que acompañen el ingreso a los primeros capítulos, a los prime-
ros senderos…
8
Estructura sobre la que el psicoanálisis determina su praxis.
40
elegido, o con la impotencia de no haber podido contar nada
de lo que él traía para compartir. Sin embargo, parece que el
guía conocía bien el lugar y sabía claramente los puntos impor-
tantes a donde llevar a su invitado. Este anfitrión había sido
elegido para recibir al extranjero justamente porque era el que
más conocía la ciudad y quien sabría acerca de los principales
puntos de interés. Un detalle: “el anfitrión no hablaba el mismo
idioma9 que el extranjero”. ¿Era ese el problema? Claro que no.
Sosteniendo la hipótesis, de que cuando el deseo de alojar a
Otro comanda la escena, se deja la puerta abierta para que la
palabra pueda fabricarse y recrearse, desafiando así, cualquier
frontera. Derrida refiere al respecto:
9
“En el plano estructural del lenguaje no hay diferencias significativas entre
los idiomas, ya que están compuestos por signos en los que los significantes
son arbitrarios, mientras que los significados son compartidos; es en este
nivel estructural en el que opera el psicoanálisis”. (Tappan: 2012)
41
transforma al extranjero en un objeto, olvidando que allí habita
un sujeto, cerrándole la puerta de antemano. El guía no advierte
aquellas señales, que dan la posibilidad de recibir al extranjero
con la puerta abierta.
Desde la lógica de Spinoza, enmarcada en el psicoanálisis,
la decisión ética es aquella que emerge del sujeto cuando algo
no marcha, ya que solo cuando algo no anda surge la posibili-
dad de posicionarse de manera ética. Por lo tanto, dicha posi-
ción, será la que enfrente al sujeto a su propia falta y a la pérdida
de garantías por parte del Otro. El trabajo con la discapacidad,
impone la presencia de aquello inaccesible tanto a la represen-
tación como a las vías de la identificación. En el At, la ajenidad
toma estatuto de presencia y si aquello que ineludiblemente
acontece no es significado, no habrá lugar para el acompaña-
miento; sino solo para aquello que insiste en cada At frente al
acontecimiento de la discapacidad, que será, en todo caso, su
propio acontecimiento.
Hemos llegado al punto que considero fundamental tra-
bajar y el cual estará en permanente tensión a lo largo de este
libro: el posicionamiento subjetivo del At en la clínica de la dis-
capacidad, lo cual será clave para ofrecer una hospitalidad,
como dice Derrida, “incondicional”.
Durante estos años, en mi rol de supervisora en diferen-
tes espacios donde circula el dispositivo del Acompañamiento
Terapéutico, la pregunta que acontecía en algún momento del
encuentro era: ¿Qué aspectos propios se juegan en usted ante la
situación (discapacidad) en la que se halla su acompañado?
¿Constituyen un obstáculo en la labor terapéutica? Posible-
mente, la búsqueda de esta respuesta será material para el aná-
lisis personal de cada acompañante, pero considero necesario,
el ejercicio de interpelar en estos espacios el posicionamiento
subjetivo, el que dará sustento a la posición ética del Acompa-
ñante Terapéutico. El acontecimiento de la discapacidad hace
visible una marca –no solo en lo orgánico del sujeto– sino
42
también en el armado imaginario de cada sujeto, familia y pro-
fesional. Cada uno construirá su escena especular frente a la
presencia de la discapacidad, de la cual emergerán ciertos efec-
tos. A continuación, veremos una situación cotidiana:
Los acompañantes recorren a menudo centros de reha-
bilitación donde sus acompañados pasan gran parte de su vida.
En mi recorrido por estos espacios escuchaba como los pacien-
tes eran hablados, direccionados en cuanto a cómo caminar,
sentarse, comer, cambiarse, etc.10 Desalojados de su lugar como
sujetos. Silenciados en su forma de habitar ese espacio, en los
tiempos de incorporar ciertos ejercicios y con escasa disponibi-
lidad para crear “junto al sujeto” las condiciones para trabajar
con su cuerpo. Beatriz Preciado (2010), en una de sus conferen-
cias señala: “La gestión del cuerpo discapacitado es la despato-
logización”. Considero, en este marco, aquella lógica de la pa-
tologización, en la que el acompañante puede rápidamente que-
dar capturado, en un cumplimiento de órdenes sobre “qué ha-
cer con el sujeto”11 o solicitando un manual sobre aquella dis-
capacidad que debe abordar, omitiendo la pregunta ¿a quién se
aborda?, y no dando lugar al enigma, a la novedad, al sujeto ni
a su hospitalidad. Ahora bien, si el At tiene que despojarse del
saber referido a la condición de discapacidad de quien acom-
paña ¿qué necesita saber? ¿Necesita saber? ¿Qué le aporta al
acompañamiento el saber sobre el síndrome de Down o la Pa-
rálisis Cerebral? ¿Le aporta datos que colaborarán para desma-
rañar aquellos síntomas para los cuales el At es convocado?
¿Qué datos necesitará el At para acompañar en la clínica de la
discapacidad? ¿Qué estatuto tiene la presencia o ausencia de dis-
capacidad, si de lo que se trata es de un sujeto padeciendo?
10
También he transitado por instituciones donde existía el respecto por
aquel que llegaba, y es notable como allí los tratamientos tienen posibilidad
no solo de subjetivizar a la persona, sino también de producir subjetividad.
11
Posicionamiento subjetivo que asume el guía, en la historia del extranjero.
43
Recuperaré la historia del guía y el extranjero, para con-
tinuar buscando algunas coordenadas en este laberinto. Preste-
mos atención a aquellas señales que ubican a la discapacidad
como especial, como diferente, como extranjera. En ocasiones
me he encontrado con profesionales que se ubican como aquel
guía que ya sabe qué debe hacer, hacia dónde debe ir y cuándo
dar por finalizado un encuentro. ¿Por qué esta situación consti-
tuye una paradoja? Porque quien dejará por fuera al sujeto, en
este caso, será aquel que supuestamente intenta incluirlo. Por-
que habrá hospitalidad posible si no hay protocolos que condi-
cionen la posibilidad de alojar al Otro.
44
sonrío, el primer paso está dado. José me mira y yo a él. Le
digo: “Me llaman la atención sus rasgos. Son bien diferen-
tes a los míos”. Creo que no me entiende, por más que esta
vez hable pausado y con un repertorio de señas, José se ríe
y empieza a hacer señas, parece ser un experto en señas,
pero ahora quien no entiende soy yo. No nos damos por
vencidos, deseamos conocernos y emprender el paseo por la
ciudad. Pasamos un buen rato en silencio, hasta que en un
momento me señala un cartel con la imagen de la Catedral.
¡Listo! Hacia allí partimos. Era extraño, hacía esfuerzo por
hablar, su voz sonaba aguda. Bueno, quizás esa es la voz
que usan en China, dije, haciéndome un chiste para moti-
var más aún mi curiosidad. ¡Eso deseaba hacer! investigar
qué quería conocer José, cuáles eran sus costumbres, qué lo
había traído por Argentina y qué necesitaba para estar có-
modo en su estadía. Pero ¿cómo hacerlo si no entendía ab-
solutamente nada?, y a ello se le sumaba que su voz no
siempre salía con sonido. Fueron días de encontrarnos en
la plaza, ya teníamos algunas señas que habíamos creado
y nos permitían comunicarnos, reírnos y hacer de esos pa-
seos más que una guía turística un momento de encuentro,
donde cada día me motivaba llegar y esperar, con curiosi-
dad, que pasaría…”
45
simplemente no tiene tiempo y me ignoran. No sé si te has
dado cuenta de mi problema, no me lo hiciste saber. Sin
embargo, algo me ha generado aquella experiencia, ya que
desde entonces no he dejado de viajar”.
12
Diccionario de Arquitectura y construcción (2008). Disponible en:
[Link]
46
que se destaca por sus cualidades o dificultades a la hora de su
realización. También es cada una de las partes individuales que
constituyen un conjunto”.
¿Por qué esta articulación con el Acompañamiento Te-
rapéutico? Quienes trabajamos desde el psicoanálisis, coincidimos que
se trata de una clínica de la complejidad, del movimiento, de los deta-
lles y del acontecimiento. En este territorio “los pequeños detalles”
son una suerte de brújula que nos orientan hacia dónde acom-
pañar al sujeto. Detalles que, al pertenecer a cada sujeto, no son
generalizables, por lo que constituyen una clínica de lo singular.
Nos adentremos a la clínica del At, teniendo en cuenta
lo mencionando, para lo cual no podemos dejar de recordar el
maravillo artículo “La ciencia de la deducción y del análisis en
Sherlock Holmes” de Pulice G., Manson, F. y Zelis, O. Los au-
tores dicen al respecto, haciendo una impecable articulación
con Sherlock Holmes: “La observación de Holmes no abarca
sólo los hechos y los acontecimientos, sino también la ausencia
de ellos”. En Estrella de plata, un breve –tanto como célebre–
diálogo con el inspector Gregory a raíz de la desaparición de un
caballo de carreras, nos permite ilustrarlo:
47
por ejemplo: algunos hábitos, que cuando viajamos fuera de
nuestra casa nos recuerdan lo cotidiano; y que una vez que re-
gresamos, al reencontrarnos con una parte de nosotros allí, de-
cimos la popular frase: “Hogar, dulce hogar”. Allí la sensación
de que todo se une vuelve a nosotros y se acomoda. Quizás para
luego tener la necesidad de volver a salir o de modificar algo de
ese cotidiano. Sin embargo, cuando un detalle inadvertido
acontece, aquello que parecía ser “lo cotidiano” rompe su esta-
tuto de certeza y nos interpela, pero también nos da la posibili-
dad de ingresar desde otras puertas a nuestra propia casa. La
siguiente cita de Žižek, que recuperan los autores (Pulice, Man-
son y Zelis) en su texto, echa mayor claridad a esta formulación:
48
rápido este detalle. ¿Para quién era esa nota? ¿Para
Sofía o para la At? ¿Qué dijo Sofía de esa nota?
49
encontrarán historias de personas que han sido acompañadas,
también habrá historia de acompañantes en esos acompaña-
mientos. Se encontrarán en permanente interlocución con di-
versos autores y sus relatos. Los invito a seguir conversando,
acompañada de aquellos que me han dado la oportunidad, por
haber despertado algo en mí, de aventurarme a emprender este
viaje.
50
I
¿DÓNDE SITUAMOS LA DISCAPACIDAD?
CONVERSANDO CON CAROLINA REYNOLDS
53
que muchas veces se presenta como un emergente sin posibilidad de ser
cuestionado, como una obviedad velando su condición de producto so-
cial y cultural.
Más aún, si me permitís, juguemos con la metáfora espacial
del laberinto, considero que una mirada desde arriba del mismo impli-
caría una pregunta por el sujeto. Consecuentemente observaremos que
cualquier mapa del laberinto posible pondrá en tensión los aspectos éti-
cos del trabajo clínico en la diversidad. Esos aspectos éticos (ese mapa)
a su vez tienen una estrecha relación con la pregunta por la responsa-
bilidad frente al otro, más allá y más acá de su discapacidad.
El paciente, ese otro, en su alteridad concentra la significación
a través de la cual su presencia se impone éticamente, interrogando y
exigiendo respuesta (Lévinas, 2009). El laberinto (territorio) se impone
de igual manera como enigma, como lugar de lo ajeno. Así es que con-
sidero que la pregunta desde la ética devuelve una noción de sujeto
diferente a la de la falencia, la minusvalía, traza otros recorridos en el
laberinto. En consecuencia, esta pregunta previa nos permite ir decons-
truyendo cómo se fueron levantando las encrucijadas en ese territorio,
en el que parece “natural” (Preciado; 2013) que ese sujeto haya que-
dado incluido.
Retomemos entonces la pregunta que inaugura nuestro conver-
satorio, ¿dónde situamos la discapacidad? la respuesta que se me pre-
senta como obvia es el cuerpo, el “cuerpo discapacitado” (Preciado;
2013). Sin embargo, transitemos los pasadizos que se nos presentan por
fuera de lo evidente y consideremos: ¿qué implicancias para la clínica
tiene situarla allí, en el cuerpo?
Si retomamos la pregunta como metáfora espacial (¿dónde?) y su
emergente respuesta (el cuerpo), justamente encontramos lo que consi-
dero el punto central del cuestionamiento ético a nuestra clínica, del
que antes hablábamos. Una de las implicancias –tal vez la más fre-
cuente–, es la saturación del material del paciente;2 saturación hacia
2
Designo a los aspectos del mundo interno del paciente como material para
hacer funcionar los términos que habitualmente utilizamos, pero será tarea
54
la discapacidad como origen, destino y nudo. Esto desde ya resulta ten-
tador y tranquilizador, convirtiéndose este emergente clínico en un agu-
jero negro donde todo se absorbe. Sin embargo, desde nuestra perspec-
tiva hasta aquí, nos asomaremos a la tarea compleja de deconstruir
certidumbres clínicas; habitar el laberinto; para evitar los intentos de
salir de allí con el mapa que ya tenemos. Entonces, si estamos atentos
a la tentadora saturación del mapa, tal vez algo del orden del territorio
pueda vislumbrarse.
Podemos detenernos aquí y abordar un juego de palabras que
resulta pertinente a estas alturas de nuestro diálogo, pensemos al mapa
previo como la discapacidad de la discapacidad. La dimensión totali-
zante de la discapacidad genera efectos en el terapeuta que ahora sa-
tura, lee y direcciona sus intervenciones solo a ese emergente. Nos aso-
mamos a lo limitante de circular por un laberinto por un único camino,
laberinto que encierra y pierde entonces su posibilidad de enigma, de
ajeno. Esa postura clínica tiende a la escisión, a la saturación y al
entrampamiento. Entonces, “la discapacidad de la discapacidad” en el
trabajo clínico es un cuestionamiento que permite nuevos modos de to-
mar contacto con el sujeto emergente de la clínica de la diversidad.
Claro que en el camino podrá parecernos que esta apuesta será el on-
ceavo conejo del cuento “Carta a una señorita en París”, de Julio Cor-
tázar (1951).
55
Carolina: Bueno, comenzaré aclarando lo del conejo, que en algún
punto me va a permitir introducir lo que considero fueron puntos de
bisagra, tomando tus palabras, entre lo que fue gestándose como la di-
visión de las diferentes clasificaciones de la diversidad. Este tramo del
laberinto lo haremos releyendo el cuento “Carta a una señorita en
Paris”.
Para comenzar con mi propuesta destacaré que el personaje prin-
cipal habita una realidad en equilibrio con lo absurdo, digamos un
absurdo naturalizado para él. Hasta podríamos decir algo del orden del
delirio (no me quiero extender aquí porque no es puntualmente la base
de la metáfora), sin embargo, surge un hecho que él no espera y que
rompe aquel equilibrio construido, aquella certidumbre: nace el on-
ceavo conejito. Ese conejito es para el protagonista “un hueco insupe-
rable”. Ese nacimiento del onceavo viene a poner en evidencia que tal
vez la certidumbre se destruya y, por consiguiente, eso lo deja sumido
en certezas catastróficas frente a la incertidumbre. La incertidumbre y
sus correspondientes promesas catastróficas hacen que el personaje ter-
mine por arrojarse de su balcón. Hasta aquí el cuento. Pienso que Cor-
tázar pone en escena lo que, a mi modo de entender la clínica, sucede
cuando el paciente que yo he ubicado en tal terreno, supongamos la
discapacidad (bien podría ser la locura, etc.), muestra algo de sí que
contradice lo que pensaba y esa contradicción, esa diferencia radical,
produce ruptura del campo entre los dos. Allí algo deviene imposible de
subjetivar, un tal onceavo conejito.
Utilizando lo anterior como introducción, retomo que las cer-
tidumbres y la detección de las diferencias fue durante mucho tiempo
(tal vez un siglo) la tarea médica. En particular me refiero a la tarea
psiquiátrica y neurológica, estas especialidades se abocaron en gran me-
dida a generar modos y métodos de categorización, discriminación y
separación radical del retrasado mental, el loco y el minusválido. Opo-
niéndolos como categorías que no se mezclan ni se tocan, menciono en
particular como iniciador de esta tarea a Esquirol (1820) en su libro
Des maladies mentales y Belhomme (1843). Más acá en el tiempo, lo
mismo surge cuando aparecen las primeras clasificaciones del DSM y
56
CIE, en particular es el DSM IV TR (2002) el cual me parece más
controversial respecto de esto, ya que uno de los criterios de cada pato-
logía (habitualmente el “E”) reza de la siguiente manera “El trastorno
no es debido a los efectos fisiológicos directos de alguna sustancia (por
ejemplo, una droga de abuso, un medicamento) o de una enfermedad
médica.”
¡Wow! Creo que dimos con lo que parece un tramo sin salida
del laberinto, aquí frente a la pared se nos presentan al menos dos pre-
guntas: la primera ¿frente a esta distinción, qué lugar tienen en la ac-
tualidad los desarrollos que buscan las fallas genéticas, cerebrales, fisio-
lógicas, etc. en las patologías mentales? Y a la inversa ¿qué definiremos
entonces como lo médico de la enfermedad mental/discapacidad/défi-
cit? Más aun tomando el mapa con nuestra visión desde arriba del
territorio: ¿podemos basarnos en esa certidumbre para hacer recortes
tan tajantes entre las categorías?, ¿funcionan en la clínica actual o son
herederas de otro paradigma del conocimiento?
57
origen familiar, su cuerpo, sus modos de hacer, su
apariencia. Es una tarea en principio igualadora y
que se opone al “orden natural de las cosas”, es decir,
a ese orden consagrado por los que adoran los privi-
legios, y los sostienen. El gesto de educar, en efecto,
se dirige a cualquiera, pero no olvida que los efectos
de ese pasaje son singulares. (Skliar; 2014).
58
Para enlazar lo clínico, me gustaría cerrar con una viñeta
donde aparece la saturación incluida en algo que a veces no nos hace
ruido, el tratamiento. Hace un tiempo comencé a trabajar con una
paciente adolescente que presentaba episodios de heteroagresión en su
colegio, estaba en tratamiento con diversos equipos desde los cuatro
años por un diagnóstico de autismo infantil. Lo llamativo de la situa-
ción era que la joven transitaba su escolaridad en un colegio bilingüe
de doble jornada de su ciudad, en el cual nunca le había sido posible
permanecer más de dos horas por día. Cuando comienzo a escucharla
noto que el lugar donde transitaba su espacio escolar (lejos de ser el
aula) era una piecita donde se guardaban las computadoras en su cole-
gio. Sin embargo, no disponía ella de ninguna de las computadoras, ya
que la sala de cómputos era otra. Su escolaridad había transcurrido en
este “depósito al cual había llegado luego de múltiples episodios de agre-
sión frente a otros en espacios comunes, como ser el recreo, la hora de
salida, etc. Estos reiterados desencuentros con los integrantes de la co-
munidad escolar, promovieron la consulta. Al comenzar nuestras sesio-
nes la paciente poseía notables dificultades para representarse la ausen-
cia, tanto que era necesario llamarme cada mañana para saber si yo
seguía existiendo. Aquí me detengo, porque creo que con este fragmento
puedo cerrar nuestra conversación. Luciana, la paciente, estaba confi-
nada al campo de la integración escolar en el depósito de computado-
ras. Estaba, a mi entender, encerrada en aquel tramo de un laberinto
paradojal de la discapacidad. Lo que no se dejaba ver desde allí eran
sus notables intereses por la música, por combinarlas y crear sus temas,
por compartirlos con otros, porque la discapacidad y la emergente cons-
trucción de los dispositivos terapéuticos la terminaban por dejar confi-
nada. El trabajo con ella fue ético más que terapéutico. Porque allí
estaba un otro, encerrado en el paradigma de la inclusión que termi-
naba por excluirla, incluso de sí misma, arrojándola a existir en la
emergencia de cada agresión. Era allí donde ella volvía a ser Luciana,
con nombre y apellido.
Luego de lo conversado con Carolina, se me hacen pre-
sente algunas reflexiones… El panorama que intentamos
59
interpelar anteriormente es un escenario en el que se puede vi-
sibilizar una modernidad absolutista, escenario enajenado a
una realidad tridimensional: 1. La dimensión de la certeza ges-
tada por el poder dogmático. 2. La dimensión simplista guiada
por una lógica lineal. 3. Una dimensión Mecanicista, fomen-
tada por una ciencia manipulable y predecible. Panorama que
no ha sido sin efectos en los sujetos, en la sociedad y en la his-
toria que nos trasciende.
Es claro a esta altura que, en la historia de la discapaci-
dad, las dicotomías han sido el manual para zanjar mundos pa-
ralelos, que dejaban a los sujetos en soledad y ajenos a muchos
de sus derechos. Silvina Peirano, maestra y compañera, en una
de sus tantas charlas nos comenta: “a lo largo de la historia de
la discapacidad, lo que hemos hecho con estas personas es ha-
cerlas pasar por un proceso de rehabilitación: ‘normalizar’ sus
cuerpos, su intelecto, su sexualidad y, cuando sean lo más pare-
cido a nosotros, en ese momento, integrarlos. Ese proceso, creo,
nos ha confundido.”
La confusión es también parte del crecimiento, pero es
cierto que cuando lo confuso se vuelve inmóvil, como men-
ciona Peirano, sin posibilidades de atravesar la tensión para se-
guir creciendo, el panorama no es nada alentador. Cuestión
que considero se plantea en las dimensiones anteriormente ex-
plicitadas: la certeza no da lugar a la pregunta, sino a la subor-
dinación a un saber absoluto. La simplicidad, enmascarada en
una lógica de “causa-efecto” no permite la confusión, solo se
trata de una verdad, en estas condiciones crecer será riesgoso
porque nos quedaremos sin salida, sin alternativas para de
pronto desear algo diferente.
Invitaré a la Doctora Denise Najmanovich epistemó-
loga, investigadora y escritora, quien con sus palabras nos lleva
a pensar(nos) y acompañarnos a experimentar el complejo juego
de la contemporaneidad, lo que implica poner en marcha la
60
fluidez, la variabilidad y los diversos modos de apreciar el
mundo:
61
JUAN Y EL AT “MOCHILA”
62
mente a tomar algo y a jugar al pool. Juan le propone al At ir al
bar junto la próxima semana.
Al llegar el día de la salida, la madre le habla al At para
cancelar el encuentro. El At pide hablar con Juan, quien se en-
contraba llorando y muy angustiado, ya que su madre había
puesto un turno para ir a la ortopedia justo ese día. Acuerdan
con el At que irían al otro día. Al otro día, llega el At a la casa
de Juan y su madre, que no sabía de este cambio de planes, lo
recibe con asombro. Cuestiona el haber armado un plan sin que
se le comunique a ella, se enoja con el At, ya no con Juan, y esto
habilita la salida.
Juan llega al lugar y antes de saludar a sus amigos, va al
baño del bar se saca una férula y le pide al At que se la guarde
en su mochila. El At no emite palabra ni gesto, solo la guarda.
Juan se muestra contento y sus compañeros también Así empie-
zan todos los jueves a ir al bar.
Se repite la escena del baño, cada vez que llegan al bar.
Hasta que un día el At le pregunta a Juan: “¿No quieres guardar
la otra férula también?, tengo espacio en la mochila”. Juan le
sonríe al At, lo abraza y le entrega la otra férula, con una expre-
sión de alivio…
Juan empieza a desear salir con el “At Mochila”. Se
muestra suelto, hasta empieza a querer conquistar a la moza del
bar. En el bar concurren otros amigos del colegio, quienes
empiezan a advertir cierto humor en Juan, hasta ahora desco-
nocido.
Un día el At pasa por Juan, pero no lleva su mochila (el
joven era lo que primero observaba ante la llegada de su At:
¡Que tenga la mochila!). Podríamos preguntarnos, ¿qué guar-
daba el At en su mochila? ¿La mochila era aquel espacio que le
garantizaba cierta libertad a Juan? ¿Qué sostenía el At cuando le
ofrecía la mochila a Juan? ¿Y sin la mochila qué sucedía con el
Acompañamiento? ¿Qué sentido cobra la mochila en el vínculo
transferencial? ¿Qué movimientos emergen en Juan, cuando el
63
At aparece con una novedad: sin la mochila? ¿Por qué cuando
se encuentra un recurso (la mochila) que permite que Juan salga
de casa, el At interviene un día no llevándola?
En el espacio de análisis empezó a circular cómo angus-
tiaba a Juan que el At a veces no lleve su mochila. Juan empieza
a desencadenar una serie de ataques de pánico en diferentes
momentos del día, menos en las salidas con su At. El joven em-
pieza a relacionar estos episodios de pánico con la sensación de
que se caería en público. En una sesión relata un sueño donde
es tomado por su madre y entregado al kinesiólogo, luego el
kinesiólogo lo encierra en una habitación y solo puede salir si
hace los ejercicios –como si de esta forma pudiera sobrevivir–.
Juan asocia el sueño a un recuerdo de su infancia:
64
borde o pausa a su goce, allí la captura inmóvil de Juan, quien
solía verbalizar: “A veces quisiera despertar. Me siento como
anestesiado, como si alguien me estuviera anestesiando con una
pócima”. Siguiendo la metáfora de Juan, es cierto existía la anes-
tesista (madre), pero también aquel que frente a los efectos de
la pócima quedaba capturado en un estado de adormecimiento
permanente. Ahora bien: ¿Quién despierta a Juan? ¿Juan desea
despertar todo el tiempo? ¿La madre se sabe anestesista? ¿Qué
pócima es la que los ha capturado a ambos? Dejaremos abiertos
estos interrogantes…
Volvamos al campo del acompañamiento terapéutico,
en este contexto la inclusión del At fue pensada de manera do-
sificada entendiendo que la demanda inicial fue planteada por
el equipo tratante de la siguiente manera: “El objetivo del AT
es para que Juan acepte que necesita ir a la rehabilitación, para
que haga amigos y mejore la relación con su madre”.
Se escucha la demanda, pero se deja en claro que el dis-
positivo del AT será implementado considerando fundamental-
mente la demanda de Juan, y que para ello se necesitaría
tiempo. De esta manera, se trabajó varios meses, en la creación
de una estrategia que responda en tramos al padecer del sujeto,
lo que fue dando la posibilidad de generar puntos de conexión
en un tiempo suspendido. En el cual se suspendía por momen-
tos aquello que aparecía como la demanda inmediata: “Una
rehabilitación reducida a arreglar un cuerpo, que en el discurso
médico ni siquiera era el cuerpo de Juan, sino un cuerpo imagi-
nario al cual se debía llegar con la rehabilitación”, proceder que
no respetaba el cuerpo del sujeto ni sus tiempos de metabolizar
dichas intervenciones.
Juan se encontraba rodeado por un entorno donde los
efectos del Acontecimiento de la Discapacidad no habían sido
elaborados y por lo tanto se fueron asumiendo posiciones sub-
jetivas que obstaculizan el crecimiento del sujeto, sus espacios
de circulación e intimidad. De esta forma en el proceso
65
terapéutico se instaura una nueva temporalidad, tomada por la
lógica de Juan y sus posibilidades de resignificar “ese otro
tiempo”, aquel que se le tornaba inmóvil, recurrente y aterrador.
Los encuentros con el At, luego de un año del acompa-
ñamiento, se empiezan a reducir. Juan le plantea al At que deje
de ir, pero que antes lo acompañe a comprarse algo. Van al cen-
tro comercial. El At sostiene el enigma, no le pregunta (ha sido
crucial en el proceso la posición del At, de habilitar que quien
comande ese tiempo sea Juan), se dirigen hacia un negocio de
mochilas. Juan le pide al At que elija una mochila, el At la elije.
Se despiden allí cada uno con su mochila…
La madre decide interrumpir el análisis de Juan, ya que
desde el centro de rehabilitación consideran que será mejor que
el terapeuta del joven sea un profesional, hombre y con la
misma orientación clínica (en este caso un abordaje cognitivo-
conductual), con la que refieren trabajar todos en el centro.
Juan no acuerda dice no poder con la presión del equipo y su
madre, así, se deja la puerta abierta… Pasan cuatro años y Juan
retoma contacto con la analista, a quien le solicita el teléfono
del acompañante para iniciar tratamiento con él…
Me gustaría, hacer hincapié en el posicionamiento ético
del Acompañante: ¿Qué sucede cuando el At lleva adelante una
intervención que inicialmente el equipo rehabilitador no su-
giere (que no use la férula)? ¿Constituye un dilema ético? El At,
luego de algunos años, se convierte en el analista de Juan ¿Puede
un At ocupar este lugar? Para ello retomo la concepción de ética
que plantea Spinoza (1894) subordinando el bien y el mal al
deseo y no a la inversa:
66
nernos con todo lo favorable a la vida que somos. La
ética no es ni más ni menos que una estrategia”.
67
Reynols recupera este episodio en el cuento para situar el dis-
curso de la discapacidad en el territorio clínico y dice: “Allí Cor-
tázar pone en escena lo que, a mi modo de entender la clínica,
es lo que sucede cuando el paciente que yo he ubicado en tal
terreno, supongamos la discapacidad, muestra algo de sí que
contradice lo que pensaba y esa contradicción, esa diferencia
radical, produce ruptura del campo entre los dos haciéndose
imposible de metabolizar, un tal onceavo conejito…” Quisiera
destacar la relevancia que cobra el acontecimiento de la disca-
pacidad, como aquella novedad inesperada que irrumpe en
cada uno, por lo tanto, el lente para mirar y alojar al sujeto se
desprende del posicionamiento subjetivo que allí se anude. La
novedad (cierta condición de discapacidad) en su entorno resul-
taba amenazante, peligrosa, producía pánico, se escapaba de sus
mapas de dominio y de saber. Sin embargo, tanto la analista
como el At, plantean la inclusión de lo novedoso, cuestión que
provocó en su entorno cierto desequilibrio (como aquello que
sucede en el cuento de Cortázar, frente a la novedad del conejo
no esperado).
Por lo tanto, la función del dispositivo del Acompaña-
miento Terapéutico, fue acompañar a Juan en el trazado de un
mapa propio y provisorio, a sabiendas que a la vez era un tra-
zado donde alojar parte de la incertidumbre y el caos. A partir
de que pudieron ser escuchadas las palabras de Juan y circula-
ron, tomaron estatuto de palabra. Porque cuando las palabras
salen del cuerpo del sujeto éstas lo bordean, lo nombran, lo ha-
cen ser ese cuerpo y no solo habitarlo. Entonces, ¿A dónde si-
tuamos la discapacidad? Quizás en aquello que decidamos hacer
con ese tal onceavo conejito…
68
II
TRAMOS EN EL ESTABLECIMIENTO DEL VÍNCULO
AT– ACOMPAÑADO
EL NACIMIENTO DE LA MADRE Y SU HIJO
73
en aquellos momentos donde su vida corría riesgo “la primera
vez le salva la vida, lo rescata de ser ahorcado. La segunda le
permite salvar a su padre y lo transforma en un ser con un
cuerpo humanizado”. Nos detendremos en otros de los pilares
que hace que Pinocho pueda constituirse finalmente en un
niño de carne y hueso: “La experiencia de atravesar por las ten-
taciones de la vida y las encrucijadas que en varias oportunida-
des sus aventuras lo enfrentan.”
Freud (1926) en Inhibición, síntoma y angustia, al describir
el sepultamiento del complejo de Edipo, se refiere a la consoli-
dación del superyó. Es aquí donde se encarna el personaje de
Pepe Grillo, que constituye en este caso la voz del mandato so-
cial para Pinocho. Sin embargo, podríamos pensar que Pinocho
al desobedecer y atravesar determinados riesgos, se empieza a
ligar a la vida, donde sus decisiones no quedan alienadas a su
conciencia moral. Pepe Grillo aparece disponible a ser aquello
que Pinocho necesita por tramos.
Levin (1998)2 comenta: “Pepe Grillo representa, en al-
gunos momentos, la voz de un superyó incipiente y a la vez in-
destructible, maravillosamente encarnado en un portavoz que,
como dicho insecto, por lo general es oído (no siempre escu-
chado), pero difícilmente visto.” Así aparece Pepe Grillo en la
escena, habilitando este proceso de transformación, convirtién-
dose en los momentos de mayor complejidad en el sostén de
Pinocho, quien no sabía nada acerca de los riesgos de la vida,
del mundo y las relaciones humanas. Pero su presencia implica
acompañar a Pinocho a que él mismo, al transitar sus experien-
cias, vaya tomando decisiones (no siempre acertadas) pero
deseadas. Así es que un día Pinocho decide escaparse con unos
amigos de malas influencias, abandonar a su padre, la escuela,
etc. Pepe Grillo intenta mostrarle que se perjudicaría con
2
Levin R. (1998) De “Pinocho” (1881) a “Toy Story” (1996). Psicoanálisis
APdeBA - Vol. XX - Nº 2.
74
aquella decisión. Pinocho ignora a Grillo en esta escena; sin em-
bargo, éste al ver que el niño cada vez se encaminaba en aven-
turas más descarriladas, sin ser cómplice, permanece a su lado
en aquellos momentos en los que Pinocho reaparece, ofrecién-
dole un espacio, un tiempo de espera y reflexión. Pepe Grillo
espera y pone en tensión las situaciones que provocan un riesgo
para su compañero, ubicando así al niño en un rol activo y no
como un mero receptor de soluciones morales. Posición que
también hace que Pepe Grillo vaya tomando un lugar produ-
cido por los efectos de ciertos acontecimientos y su posición
subjetiva frente a ellos.
Ahora bien, interpelemos esta historia: ¿qué hubiera su-
cedido si Pepe Grillo se hubiera involucrado con Pinocho en
sus aventuras descarriladas? ¿O si Pepe Grillo al ser ignorado
por Pinocho decide apartarse del camino? Pepe Grillo acom-
pañó a Pinocho con su presencia hasta que creyó conveniente;
se ubicó como puente en los momentos de mayor tensión habi-
litando un espacio de presencia y otros de ausencia, estable-
ciendo un vínculo que Pinocho no había tenido hasta ese mo-
mento, el cual le posibilitó ingresar al mundo, internalizando
aquellas experiencias que de a poco transformaron a ambos.
Concluiré este tramo parafraseando a Staude,3 conside-
rando la importancia de que el At –en conexión con la posición
que asume Pepe Grillo– ofrezca a su acompañado:
3
Sergio C. Staude (1995). Las Soluciones de Pinocho. Presentación en la
reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis: Buenos Aires.
75
EL ESTABLECIMIENTO DEL VÍNCULO
AT – ACOMPAÑADO
76
se adquiere la base de la capacidad para estar solo, que implica
una paradoja: “para adquirir la capacidad para estar solo se ne-
cesita de la presencia de otro”. Por lo tanto, es inherente tanto la
ausencia para la presencia como la presencia para la ausencia.
Si la función materna ha estado ausente marcará con
esta falta un lugar de presencia en su hijo, pero si, en cambio,
esta madre ha estado presente en los primeros meses de vida y
juego del niño, éste tendrá la posibilidad de tolerar la ausencia,
ya que sabrá que detrás de ésta hay alguien que cumplirá la fun-
ción de sostén humano.
Observemos en el cuento de Pinocho cómo el personaje
de Pepe Grillo, se ubicó como el principal referente al cual el
protagonista recurrió en aquellos momentos que se encontraba
desamparado. Pepe Grillo se presenta acompañando a Pinocho
disponible, atento a las pistas y a los caminos que Pinocho de-
cidía emprender. Aquí podemos ver cómo la necesidad de un
Otro al nacer como condición humana se va transformando, a
lo largo del desarrollo del sujeto, en la necesidad de esos Otros
que representan la cultura y la socialización. El At ingresa para
ser esos Otros disponibles, que el sujeto en su demanda necesita
para contener aquellos excesos, carencias y ausencias, las que no
alcanzan a ser contenidas por ciertos abordajes. Piden ayuda al
acompañamiento terapéutico para hacer de borde, de cuerpo,
de semejante a un sujeto que ha decidido emprender la bús-
queda de algún sentido a su padecimiento. Aquí aparece el la-
berinto, para el equipo, para el At y para el propio sujeto. ¿La
salida? Será recorrerlo y estar atentos a los detalles, a las coorde-
nadas, las que emergerán de la bifurcación de los caminos; cada
vez que alguno se pierda, cada vez que aparezca el deseo y la
angustia: Allí se asomará el sujeto con su mapa en mano, y el
At con algunas pistas más para acompañar a pensar el próximo
tramo del camino. Será crucial ubicar en cada tramo una lectura
transferencial, ya allí advertir los posicionamientos subjetivos
(tanto del At como del acompañado) que, en el marco de un
77
proceso orientado por la supervisión del caso y el análisis perso-
nal, darán las coordenadas para el diseño de una posible salida.
El enriquecedor encuentro con un artículo de Merite
Colovini, me permite traer sus palabras. Colovini (2017) dice:
“El AT opera eficazmente si es posible establecer un lazo con el
paciente. Quiero decir debemos poder pensar el modo en que
este lazo se constituye”. La autora ubica la tensión que emerge
del establecimiento del vínculo y las vicisitudes que acontecen
en este proceso como cruciales para tomar lectura de la lógica
del caso. En sintonía con lo mencionado y teniendo en cuenta
la importancia que adquiere el establecimiento del vínculo At -
acompañado, nombraré algunos posibles tramos4 por los que
atraviesa este vínculo:
Primer tramo: Durante este tramo tendrán lugar los pri-
meros encuentros del acompañante con el sujeto. Se espera por
parte del At un posicionamiento subjetivo que aloje y reciba al
sujeto, lo que consistirá en hacer de continente. Parafraseando
a Derrida, se tratará de dejar la puerta abierta a la hospitalidad,5
ofreciéndole al sujeto la posibilidad de sentirse cómodo y con
posibilidades de quedarse en un espacio que está disponible. En
este momento nace el At en su función de Yo-Auxiliar. Si en
medio de los momentos crisis o resistencias iniciales el At logra
administrar dicha función, en un siguiente tramo el acompa-
ñado empezará a reconocer aquellos movimientos propicios
para desarrollar su propio Yo. Como menciona Dozza (1994):
4
Los tramos mencionados son contingentes y su orden puede ser variable,
son propuesto sólo con fines didácticos. Apuntando a visibilizar posibles as-
pectos que pueden participar de la constitución del vínculo At -Sujeto.
5
Ver introducción: “La llegada del extranjero”.
78
que el At sepa administrar esta función de Yo auxi-
liar, brindando oportunidades para que el Yo del pa-
ciente se desarrolle.6
6
Ídem (3).
7
Rojas, M.C.: “Pensar la familia hoy: estar solo, con otro”, realizada en el
Departamento de Familia y Pareja de la Asociación Psicoanalítica de Buenos
Aires en 2006.
79
pantanoso, pasando de la idealización absoluta (perteneciente
al campo de la certeza) a proyecciones masivas, que llevarán po-
siblemente al fracaso del dispositivo.
Si el proceso comienza a gestarse, la ilusión inicial sobre
que el At dará respuesta a la urgencia de la demanda empieza a
sufrir tropiezos y la desilusión aparece para inscribir el disposi-
tivo del acompañamiento en lugar posible, donde la ilusión
vuelve al terreno, pero de otra forma, con otro traje y para pasar
a otro tramo.
Segundo tramo: el acompañante empieza a recuperar
aquellas señales que el sujeto le ofreció en el tramo anterior,
aparecen códigos, gestos, un lenguaje propio que ha empezado
a arrojar el establecimiento del vínculo. Se ingresa en la lógica
del Dos,8 donde el primer paso será desilusionarse, como ya he
mencionado, de aspectos que por pertenecer a la lógica del uno,
parecían completos. Las ausencias de aquellos aspectos idealiza-
dos sobre la figura del At llevarán al sujeto a microduelos, pu-
diendo depositar en la figura del At sus aspectos más angustian-
tes y siniestros. En ese proceso, justamente, será importante que
el At se abstenga y acompañe este momento sostenido por una
estrategia.
La principal coordenada será poner en juego aquellas
vicisitudes que los despliegues transferenciales empiezan a ofre-
cer. Nuevamente, las palabras de Colovini nos acompañan: “So-
portar la angustia que produce el encuentro con el loco”, la psi-
coanalista retoma a Lacan en su discurso dirigido a los psiquia-
tras, donde menciona “que lo importante no es lo que la angus-
tia tiene de angustiante, sino que ese afecto es la prueba de que
8
Me refiero a salir de una posición idealizada que se establece en los prime-
ros encuentros (lógica del uno, podríamos situar aquí como ejemplo la lógica
del enamoramiento). Momento en que se gesta un movimiento proyectivo
que tiende a enmascarar al Otro, esperando una respuesta especular. Con el
pasar de un tiempo subjetivo, el Otro irrumpe, y hacer un lugar a esa pre-
sencia introducirá a una lógica del dos.
80
allí el psiquiatra se encuentra concernido, implicado…” Por lo
tanto, la implicación del At será una de las coordenadas para
orientar la clínica, debido a que el acompañamiento terapéutico
existe porque la presencia del afecto y la palabra crean la accesi-
bilidad al campo. Aquí es fundamental el posicionamiento que
subyace de una ética de la diferencia, del semejante. En el en-
cuentro con la alteridad, las diferencias empiezan a tomar ma-
yor fuerza y a inscribir un nuevo lugar. Aquí el sujeto se reco-
noce como diferente al At pero semejante. Diferente porque el
sujeto algo sabe sobre que el At no tiene que ver con sus fanta-
sías persecutorias ni con su cura definitiva; sino que reconoce,
por momentos, que está allí para acompañarlo a transitar una
posible transformación. Por otro lado, el movimiento que se
gesta con el At como semejante habilita a la corriente identifi-
catoria a tomar fuerza en el espejo que el dispositivo del Acom-
pañamiento le devuelve al sujeto. En relación a esto último,
mencionaré la técnica proveniente del psicodrama, creada por
Moreno: la técnica del espejo. La cual, en este tramo permite
cierto reconocimiento que ha posibilitado la función de Yo au-
xiliar en el tramo anterior. En el desarrollo del niño, Moreno
ubica aquí el momento inaugural del reconocimiento del Yo,
donde el niño adquiere conciencia de su propio cuerpo, perci-
biéndose separado de la madre y pudiendo así distinguir su ima-
gen reflejada en un espejo.
Moreno, nos invita a pensar cómo aquella bisagra habi-
lita al sujeto a salir en búsqueda de un lugar propio. Vayamos
al encuentro con las palabras del autor:
81
Tercer tramo: El sujeto tendrá a su alcance ya algunas
experiencias que le permitan diferenciarse de la figura del acom-
pañante. En este momento podrán advertirse movimientos en
el posicionamiento subjetivo del acompañado respecto aquello
que inicialmente lo hacía sufrir, quizás aparezcan nuevos pun-
tos de sufrimiento como parte del desplazamiento que la angus-
tia, ya más autónoma, empieza a realizar. En este tramo, el su-
jeto habrá iniciado la búsqueda de aquellas coordenadas que lo
acompañen al descubrimiento de un lugar propio. Lo que no
implica que el acompañamiento termine, ya que la salida del
laberinto se ha visibilizado pues se camina hacia ella; pero como
hemos rescatado en otros capítulos con la metáfora del cuento
de Cortázar, quizás llegue un onceavo conejito, pero en este mo-
mento el sujeto ya tendrá mayores posibilidades de metabolizar
dicha novedad, o al menos sabrá que no está solo y que cuenta
con otros. Por lo tanto, no podríamos pensar objetivamente este
último tramo como el final del acompañamiento, sino que ha-
brá que seguir acompañando para que el sujeto vaya encon-
trando otros espacios de producción de subjetividad.
Finalmente, el acompañamiento terapéutico inaugu-
rará, de esta forma, un tiempo subjetivo. Tiempo de transferen-
cia, a partir del cual, el acompañado ubicará al At y también el
acompañante implicado ubicará a su acompañado. Tiempo que
le dará al padecimiento del sujeto, una tregua, para reposicio-
narse subjetivamente y orientar el deseo hacia el lazo social.
Ha llegado el momento de volver al laberinto. ¡Sí! justo
cuando pensábamos que algunas de las coordenadas ofrecidas
en este texto nos dirigían a la salida. Los invito al próximo capí-
tulo, donde iremos al corazón del laberinto: El laberinto de la
transferencia.
82
III
EL VÍNCULO TRANSFERENCIAL
¿LUGAR DONDE INICIA EL ACOMPAÑAMIENTO
TERAPÉUTICO?
CONVERSANDO CON GABRIEL O. PULICE
85
Manson, él nos puso en conexión. Esta fue una señal suficiente
para desear hacer algo juntos con Gabriel y así nacíó un pro-
yecto pendiente para ambos: La PlazAT,2 continuamos traba-
jando y produciendo otros trabajos, que me han abierto la
puerta a reflexionar sobre algunos temas.
2
La PlazAT, la revista digital de los Acompañantes Terapéuticos.
86
acertada lectura –y del consecuente posicionamiento del At– dependerá
su eficacia?
En cuanto a la posición transferencial del acompañante en el
inicio de la intervención, podemos imaginarnos la experiencia de un
actor a quien se invita a participar de una escena trágica escrita en
una lengua extraña, cuyo libreto desconoce. Y en consecuencia desco-
noce también la historia e idiosincracia de los distintos personajes y sus
relaciones recíprocas, al punto de desconocer incluso quién es el verda-
dero protagonista allí –más allá de lo que anuncien los carteles acerca
del supuesto protagonismo del sujeto que se lo convoca a acompañar–.
Lo cual plantea al menos dos interrogantes: ¿cómo determinar entonces
su propio lugar en la escena? Sólo sabe que allí algo no funciona bien,
y que se espera que a través de sus intervenciones las cosas comiencen
a marchar en una dirección que también se le indica, y a donde supues-
tamente también ese elenco familiar quiere ir. Pero por algún motivo
que nadie conoce se tropiezan entre ellos, se entorpecen el paso y cada
quien termina volviendo siempre al mismo lugar, convirtiéndose final-
mente la obra, una y otra vez, en la misma vacía y ominosa tragedia.
Pero entonces, ¿cómo orientar sus intervenciones para operar de manera
eficaz sobre ello, a fin de desactivar los componentes trágicos que obsta-
culizan al sujeto –y a su familia– toda posibilidad de una salida digna
de ese círculo siniestro?
87
un partenaire-interlocutor, que restituye al sujeto el valor y la dignidad
de su palabra. Lo que equivale a restituirle el derecho a pronunciarse
respecto de su propio lugar, en la configuración de la escena”. Maniobra
orientada, en relación a lo que venimos planteando, a interpelar el en-
candilamiento del At con las luces de la escena y a desactivar aquellos
componentes trágicos –del libreto del acompañado– que sólo admite un
camino, una salida y la insistente repetición que evoca la certeza. El
At, aquí, podrá implicarse en la escenografía, en el andamiaje de la
escena para acompañar al despliegue de otras escenas, otros caminos,
otras salidas posibles, a partir de aquellos datos que el transitar por lo
cotidiano le vaya ofreciendo.
Me gustaría ampliar al lector, otra pregunta sobre la cual ve-
nimos conversando hace un tiempo: ¿cómo consideras que circula la
transferencia en el tratamiento de un sujeto que requiere un abordaje
múltiple?
88
tiempo que la escena se juega en el aquí y ahora de los asuntos cotidia-
nos, se apunta fundamentalmente a poder captar esos otros elementos
disruptivos que se presentan como piedras en el camino, pero a los que
no podemos dar el valor de meros accidentes en la trama. Por el contra-
rio, son esos detalles que no encajan en la escena, nuestra vía de acceso
privilegiada al escenario de lo inconsciente, que se van presentando en
ese vertiginoso movimiento de apertura y cierre que describe Lacan, y
que sólo es posible captar en transferencia. Esto es, no simplemente
observando la escena, sino a partir de quedar enredados de alguna
manera en la escena.
Allí, el dispositivo –del que el acompañante terapéutico es
parte– por supuesto que se ofrece para atender los requerimientos y ob-
jetivos terapéuticos del caso, pero a sabiendas de que para que esa in-
tervención sea eficaz y posibilite algún reposicionamiento subjetivo, es
necesario ganar un tiempo –como dice Gèrard Pommier en La trans-
ferencia en las psicosis (1997)–, el tiempo que lleva detectar esos
tensores invisibles que, al servicio de la pulsión de muerte, condicio-
nan la escena. En cierto sentido, esto nos permite situar al dispositivo
como una suerte de trampa de caza, a la espera no de la catarsis, sino
del despliegue transferencial a partir del cual, recién allí, se podrá co-
menzar a inferir cual es papel al que está convidado a representar cada
uno de los profesionales intervinientes –entre ellos el At– en ese mon-
taje.
89
intervenciones podrían diseñarse pensando en regular o adaptar ese
guión con técnicas que dejen por fuera aquello que justamente ha
determinado el armado y da cierta contingencia a dicha obra: esa Otra
escena que sitúa al sujeto en la convivencia con una temporalidad a-
crónica, en una plena contradicción y en una incomodidad insipiente
que no permite soportar la espera. Freud nos invita a pasar a esta otra
escena, a la trastienda de la obra del sujeto, la cual es comandada por
la lógica del inconsciente. El At atento a los detalles que emergen del
zumbido transferencial, podrá escuchar y recolectar aquellos indicios
que en el marco de un tratamiento darán consistencia a sus
intervenciones.
90
¡UN LUGAR PARA MARCOS!
Padre: En realidad Marcos siempre nos preocupó, desde que nació tuvo
problemas, el médico nos dijo que era un nene grave. Lo llevamos a
todos lados, nos dieron muchos diagnósticos, nos aturdimos, sumado a
la angustia que teníamos creo nos paralizamos. Luego al ingreso de la
guardería, un neurólogo nos dijo que en la pubertad íbamos a tener que
pensar posiblemente en alguna internación. Refiriéndose a que no iba
a poder controlarse solo. Nosotros hicimos todo lo que pudimos, pero
91
hace un tiempo se baja los pantalones en el medio de la calle, les grita
cosas a las chicas, hasta una vez quiso besar a una de ellas, lo último
es que se encierra en la pieza y habla solo. Esto es insoportable.
Madre: Basta, terminala con esa historia. Marcos no tiene nada que
ver con tu primo y con esa historia.
92
protegerlo porque era más vulnerable que otros niños. Y eso hicimos, lo
cuidamos mucho…
Madre: ¡Marcos!, ¿qué haces acá? Bueno, ve, esto también hace, es
una de las cosas que hace todo el tiempo.
93
le aclaro a Marcos que esta no es mi casa, ni tampoco a cuál
lugar debe asistir él y a cuál sus padres, dejo disponible su ar-
mado de aquella escena para que por vía de la transferencia co-
mience circular.
94
INICIO DEL TRATAMIENTO
95
Mannoni (1976) nos invita a reflexionar: “El asunto consiste en
conseguir que el niño pueda salir de cierta trama de engaños
que se va urdiendo con la complicidad de sus padres”. Por lo
tanto, como diría Gabriel, se dio “inicio a la pericia” de aquel
padecimiento que aparecía en el relato de los padres, aquello a
lo que temían, lo que les preocupaba. Lo que aún no se sabía,
en esa instancia, era quién tomaría el espacio de análisis solici-
tado: ¿Marcos, o sus padres? En la estrategia, este movimiento
que se presentaba como una bisagra, en el cual los padres ha-
bían dado un lugar a la analista y por lo tanto la oportunidad
de capturar –en ese movimiento de apertura transferencial que
se produjo ya en el primer encuentro– algunos indicios que
fueron orientando la intervención, y despejando la escena de
Marcos.
Ahora vayamos a precisar algunos interrogantes y deta-
lles de esa primera entrevista: ¿Por qué se sugiere un At y la pro-
puesta de iniciar algún taller desde el inicio? ¿Y los objetivos del
Acompañamiento, cómo serán pautados si aún no hay sufi-
ciente información sobre Marcos? ¿Cuál es el objetivo del At?
Ni el At ni la analista sabían cuáles serían los objetivos de ese
Acompañamiento.
Más de una vez nos encontramos con que los objetivos
y el encuadre, para algunos profesionales, deben estar determi-
nados y claros desde el inicio. Considero que esa tensión es la
que se hace necesaria sostener: aquella que emerge del saber que
le suponen al profesional que diagrama el Acompañamiento, y
a la vez, este dejar entrever el no saber nada de eso. En este
movimiento pendular que existirá entre aquello que lleva al pa-
ciente a convocar al que supuestamente sabe qué hacer con la
causa de su sufrimiento –analista, acompañante, profesionales–
y el tiempo de espera en que eso no ocurre –entonces allí
emerge el saber del sujeto. Aparece en los detalles, en las formas
de decir del inconsciente. ¡Atento a la caza! –nos advierte Pu-
lice– el analista o el acompañante podrán alojar, prestar
96
semblantes, prestar espacios para que dicho contenido vaya co-
brando sentido y encontrando otros lugares donde estar, al me-
nos por un tiempo. Tiempo que dará paso a otras escenas y es-
cenarios posibles de habitar, en la medida en que se pueda ir
restando consistencia a ese montaje siniestro.
En sintonía con lo anterior y retomando el caso clínico,
analista y At empiezan a trabajar pensando qué espacio ofrecerle
a Marcos. Es interesante cómo el At, aun sin haber empezado a
trabajar con él, ya se encontraba en la escena pensando junto a
la analista qué coordenadas seguir para pautar el ingreso en un
momento oportuno. Tal como aconteció en la primera entre-
vista, la intervención fue creada a partir de un movimiento en
el posicionamiento subjetivo de Marcos y de una señal transfe-
rencial con la analista, él pudo despegarse del cuerpo de su ma-
dre y del lugar de pavote –o loco– que su padre le asignaba.
¿Cómo ocurrió esto? Ofreciendo otro lugar, que no era por el
momento allí en el consultorio, ni en la silla que su padre le
señalaba que ocupara –la silla del pavote–, sino otro lugar afuera
del consultorio. Marcos lo tomó y salió a la sala de espera, se
sentó allí y conversó con la secretaria, quien habiendo leído la
escena lo invitó a conocer la casa. Estos detalles hicieron pensar
que la estrategia debía, al menos al inicio, tal como ocurrió en
la primera sesión, estar por fuera de los padres, escuchando tam-
bién lo que plantea el niño: “Quiero venir acá, pero no a hablar
con vos ahí adentro, que ahí hablen ellos, quiero venir a hacer
algo acá”. Claramente Marcos desea que sus padres hablen, su
lugar era un lugar a construir, pero no sin él...
Así se decide iniciar el acompañamiento terapéutico,
una vez por semana, en la casa de Fundación Hora Libre. Al
inicio, el acompañamiento fue tomado por los padres con gran
desconfianza. Plantean que dejar solo a Marcos con un extraño
no es fácil para ellos, que preferirían que su hijo fuera a terapia
allí, que trabaje lo que le pasa con la analista a la cual el médico
ha derivado bajo el pasaje: “Llévenlo a la Licenciada, ella sabrá
97
qué hacer con él”. Nuevamente, una directiva acerca de qué ha-
cer con Marcos, a dónde ponerlo, con quién y cuándo. Señalan
que Marcos tampoco tiene noción del peligro, entre otras co-
sas…
En relación a ello: coincido con otros autores como
Dolto y Coriat, en que si el profesional que emite la noticia
diagnóstica logra despejar la condición (sin negarla) y conectar
a los padres con las necesidades afectivas y de amparo que nece-
sita, en estos momentos fundantes del psiquismo del bebé, se
iniciará un proceso intersubjetivo como con cualquier otro hijo
con sus bordes y desbordes, y el bebé aquí quedará como objeto
de deseo. Pero si sucede lo contrario y el profesional indica solo
la reeducación, la rehabilitación y se focaliza en la condición
discapacitante, rápidamente ese niño será ubicado como “ob-
jeto de cuidado y de goce”. Aquí los intentos de domesticación
harán estragos en la subjetividad del niño, acontecimiento que
se abrochará a la propia historia de sus padres, significantes
que fabricarán un libreto comandados por la lógica del incons-
ciente, en su más siniestra versión fantasmática. Por lo tanto,
en el caso de producir efectos sintomáticos, solo podrá ser de-
velado por medio del análisis y un tratamiento dispuesto a des-
cifrar el enigma que no encuentra un lenguaje capaz de ar-
ticular aquello que acontece como padecimiento y pura frag-
mentación.
98
EL ACOMPAÑAMIENTO TERAPÉUTICO
99
aquello fuera de registro, haciendo retroceder ese montaje que
pretende dejar por fuera algunos guiones... Por vía de la trans-
ferencia, el paciente y sus padres, viajan a un espacio intrasub-
jetivo situado en lo inconsciente, que posibilita liberarlo en su
pensamiento.
Retomemos un intercambio, de una de las entrevistas con
la madre:
100
Algunas reflexiones
3
Palombini, A y Otros; Acompanhamento Terapeutico na Rede Publica, Porto
Alegre, UFRGS, 2004.
102
IV
EL ACOMPAÑANTE TERAPÉUTICO EN LA
CLÍNICA DE LA DISCAPACIDAD
CONVERSANDO CON ESTEBAN OBANDO (COLOMBIA)
Viviana: ¡Hola Esteban! Esta vez estamos con menos prisa, así que
podremos profundizar sobre algunos puntos que en el congreso de Brasil
nos quedamos pensando y que planteamos sería importante compartir
con los acompañantes... Iniciemos con algunos interrogantes:
1
Psicólogo, Psicoanalista. Se desempeña como Coordinador Clínico de la
Fundación Surcos en Bogotá, Colombia. Miembro del Foro de psicoanálisis
del Campo Lacaniano de Bogotá y Pasto. Aspirante a Mg. en Psicoanálisis,
Subjetividad y Cultura, Universidad Nacional de Colombia.
105
¿considerás que el acompañante terapéutico, que trabaja con personas
con discapacidad, requiere una formación particular? De considerarlo
así, ¿en qué consistiría para vos esta formación?
Esteban: Hola Viviana, con menos prisa las ideas se hacen más claras.
Antes que nada, te agradezco la invitación a este intercambio de ideas
sobre el campo del At y la discapacidad.
Tu pregunta me remite inmediatamente a una expresión muy
común en mi país (no sé si en el tuyo), el cual hace referencia al uso del
semblante y a la forma en cómo este representa, o no, a un sujeto: “el
hábito no hace al monje” dice el lenguaje popular. Uso el concepto
“semblante”, en el sentido que Lacan le da en su teoría, pero no me
detendré en eso en este momento, después ya tendremos tiempo para
trabajar ese y otros temas propios del psicoanálisis.
Volviendo a la expresión popular que cité anteriormente, po-
dría decir que al acompañante terapéutico no lo hacen sus estudios, ni
sus títulos y mucho menos la cantidad de seminarios y jornadas a las
que deberá asistir, aunque sería difícil pensar un At sin ninguna de las
cosas que nombré anteriormente; es importante que el At se forme teó-
ricamente para hacer frente a ciertos laberintos en los cuales podría
perderse, conocer acerca de ciertos diagnósticos y tener un conocimiento
vasto en la regulación que su país tenga para el abordaje de personas
en condición de discapacidad, este es un conocimiento clave que el At
debería tener, pero no el único ¿por qué no el único? Si el At se conforma
con este saber –que no tiene nada que ver con el hacer– puede perderse
en el laberinto de afectos que se despiertan en la cotidianidad de su
trabajo, afectos engañosos a los cuales ya Freud se ha referido anterior-
mente y de los cuales ninguna ley, ni ninguna teoría le darán la herra-
mienta necesaria para hacer con ellos, quedando perdido en este engaño
de los afectos y retrocediendo ante el “único afecto que no engaña”
(Lacan, 2007): La angustia.
En este punto pongo el acento en la otra formación, una for-
mación ética: análisis personal y supervisión de sus casos. Es aquí en
106
donde el hábito (teórico) no basta, el monje deberá darle consistencia a
su ejercicio con los actos que de su (otra) formación se desprenden.
Ahora sí abro la pregunta ¿qué diferencia hay entre un At que
trabaje con personas en condición de discapacidad y otro que no? Ro-
dear esta cuestión nos puede ayudar a pensar la singularidad del tra-
bajo con la población a la cual convoca este libro.
Algo para mí es claro, el recurso del At se lo busca cuando una
comunidad (familia, escuela, etc.) se ve en problemas con alguno de sus
miembros, complicándose para el conjunto en general la convivencia
que se lleva con esta persona que pone en jaque aquel lugar en el cual
habita, es decir, el At llega a estar con quien nadie más quiere estar (al
menos inconscientemente), ya sea esta persona alguien en condición de
discapacidad, que presente problemas de orden psicótico, que use y
abuse de ciertas drogas alucinógenas, entre otras escenas en donde el At
puede ser llamado a acompañar. Se aclara que ninguno de estos esce-
narios que se dibujan anteriormente son excluyentes entre sí, dado que
no se acompaña a un diagnóstico, sino que el At, que ha llevado lo
bastante lejos su análisis,2 sabrá acercarse cautelosamente al sujeto que
se escabulle entre “la querella de los diagnósticos” (Soler, 2009).
2
Hablo aquí a los At que han decidido realizar su ejercicio clínico de la
mano de la ética que el psicoanálisis propone. Dada la multiplicidad de en-
foques y formas de ver el acompañamiento terapéutico. Puesto que existen
otras propuestas y el psicoanálisis con su ética es solo una de ellas. En lo
personal pienso que la propuesta que el Psicoanálisis le ofrece al campo de
Acompañamiento Terapéutico es muy válida y le aporta valiosas herramien-
tas para sobrellevar los extravíos que conllevan las infinitas vueltas del labe-
rinto.
107
genere, a sabiendas que la angustia estará presente. Como bien dices,
si usamos la metáfora entre laberinto y especialidad del At en este
campo, podríamos decir que teniendo el plano del lugar (la supuesta
demanda de inclusión del At, objetivos, etc.) y el saber sobre las posibles
bifurcaciones que son propias de este terreno (formación sobre tal o cual
área, en este caso sobre la clínica de la discapacidad); podemos ilusio-
narnos que por poseer tales datos y formación nos salvará de perdernos,
y conseguiremos el objetivo: Salir del laberinto. Claro, algunos de estos
datos como la formación (teórica) seguro serán pistas para guiar el ca-
mino del acompañamiento, pero, como bien comentas, con ello no al-
canza para vislumbrar una posible salida.
Es interesante porque justamente la lógica del laberinto nos
invita no solo a perdernos por momentos (y a tolerar la angustia que
allí se ponga en juego), sino también a volver sobre nuestro camino
(cada vez, en cada tramo del acompañamiento); y replantear aquel que
creíamos era el correcto. Cuestión que nos convoca a tomar otra lectura
y a diseñar una nueva estrategia, una y otra vez, situando la coorde-
nada clave: el deseo del sujeto. En este punto aparece aquello que es, a
mi criterio lo que sostiene el acompañamiento, aquello que has deno-
minado como “La formación ética”.
Volvamos al laberinto, para el escritor argentino Jorge Luis
Borges el laberinto constituye uno de los símbolos más recurrentes de su
obra. Los laberintos que aparecen en sus historias, pueden ser tempora-
les, espaciales o retrospectivos, son metáfora de otro laberinto más am-
plio y también inescrutable: el Universo.
Quisiera, Esteban, dejarte un fragmento del poema en que Bor-
ges describe lo que es para él un laberinto, encuentro allí una fértil
articulación con respecto a clínica de la discapacidad. Abro la puerta
y espero tus palabras para que orienten este tramo del sendero
108
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tenga fin…
3
Sobre el nudo humano. El aporte que realiza la teoría psicoanalítica sobre
los nudos nos será de gran ayuda para pensar este aspecto del hilo, el labe-
rinto, lo humano y el acompañamiento.
109
minotauro de frente y no tener herramientas con las cuales responder.
Pero ¿qué puede ser y cuántas formas puede tomar este minotauro? Po-
dría decir que a esta pregunta tengo varias respuestas: las demandas
institucionales que piden controlar y reeducar al acompañado, las de-
mandas familiares que piden resguardar al acompañado de todo daño
posible dada su fragilidad física, las trampas transferenciales que se
ponen en la relación entre el acompañado, la at y su entorno, los fan-
tasmas inconscientes del At, entre otros. El minotauro ataca desde va-
rios flancos: desde adentro y desde afuera, “no tiene ni anverso ni re-
verso ni externo muro ni secreto centro”4, está en todas partes…
Esto último que nombro y que resalto, en el párrafo anterior,
es lo que me parece más enigmático y de más delicado cuidado; si quien
se dedica a acompañar no ha llevado su análisis lo suficientemente
lejos, hará de su acompañado y su entorno los personajes de su realidad
psíquica: juzgará a esa madre y a ese padre en relación con sus propios
progenitores, abordará esa infancia sobre su ideal de infancia y un des-
tino parecido se llevará el adolescente o el adulto, tratará la sexualidad
con “hipocresía y doble moral” (Freud, 1975). Atacará o defenderá al
docente, al panadero, al policía o a todo aquel que interactúe con su
acompañado teniendo como único argumento sus propias experiencias.
Tendrá una idea de vínculo que lo blindará en su posición profesional,
en síntesis: no podrá escuchar la música que su acompañado le otorgue,
porque se detendrá a escuchar su propia música. Puesto que “si inten-
tamos aprender en los libros el noble juego del ajedrez, no tardaremos
en advertir que sólo las aperturas y los finales pueden ser objeto de una
exposición sistemática exhaustiva, a la que se sustrae, en cambio, total-
mente la infinita variedad de las jugadas siguientes a la apertura”.
(Freud, 1975).
4
Pienso en la figura topológica conocida como Banda de Moebius, figura
que Lacan usa para abordar la estructura del inconsciente y el lugar del sujeto
en la clínica Psicoanalítica.
110
Todo acompañamiento, así como toda palabra que (por primera
vez) entra por los poros,5 debe recorrer un laberinto sin reglas, inédito.
Aquí no enseñamos cómo cruzar el laberinto, pero sí marcamos sus
peligros.
5
Aquí hago referencia al primer contacto del significante con el cuerpo,
tema que en este espacio no profundizaremos.
111
discapacidad estaremos en un laberinto sin salida. Allí la forma-
ción teórico- académica hace de andamiaje en el acompañante,
delinea un borde, ofrece un lugar para pensar algunos datos que
la clínica nos acerca; pero sin la formación ética (el análisis perso-
nal, la supervisión y el trabajo en equipo) el mapa se verá con-
fuso y en vísperas de asumir serios riesgos. Como, por ejemplo,
que aquello que suceda en esos encuentros “cuerpo a cuerpo”
deje de ser un acompañamiento terapéutico, pero, aun así, se
sostenga como tal. Ya que cuando las terapéuticas no se hagan
esta pregunta por la ética, se sostendrá una clínica basada en el
cuerpo roto, anormal, excluido, y, por lo tanto, aquí, la presen-
cia de los profesionales pareciera garantizar cierto imaginario
que empuja a borrar al acompañado como sujeto de deseo,
como semejante… Aquí nuevamente, la imperante necesidad de
plantear la emancipación de la discapacidad.
Por tanto, coincido con Obando en este punto: la clí-
nica de la discapacidad requiere considerar, algunas aproxima-
ciones particulares propias de su campo (entendiendo que cada
campo tendrá las suyas), en cuanto a su formación académica. Sin
embargo, sin la formación ética, aquí en igualdad con cualquier
campo de intervención, no habrá posibilidades de inscribir el acom-
pañamiento en un proceso terapéutico. Es importante señalar que
no se trata de dos formaciones (la académica por un lado y la
ética por otro) no tiene este texto la intención de indicar al At
que realice estas instancias mencionadas, sino más bien invi-
tarlo a que vaya transitando ambos espacios o que los espacios
habiten en él. Porque a medida que encuentre en ellos señales
que orienten su deseo podrá transitarlos, y allí entonces hacer
de ello su propia formación, incluso deformarla para luego vol-
ver a formarla. Podríamos pensar que esto implica transitar el
laberinto de la clínica para el At, perderse, salir en búsqueda de
ciertas señales que apacigüen la angustia y volver al campo, a
sabiendas que posiblemente se vuelva a perder.
112
Supongamos que hemos encontrado algunas señales y
coordenadas en el mapa de este capítulo, por lo que iremos en
busca de otro punto cardinal, situaremos aquellos primeros tra-
mos que el At se encuentra en lo cotidiano con su acompañado
y su familia. El acompañante, al ingresar en el mundo cotidiano
del acompañado, se podrá encontrar con familias que han po-
dido recrear diversos senderos, transitarlos para orientar la sa-
lida, y tener luego la oportunidad de iniciar otros tramos, con
un mapa en mano, con un provisorio hilo de Ariadna que sos-
tiene sus caminos. Aunque también el At llegará al encuentro
de otros laberintos donde los senderos están allí a la espera de
que cada miembro de la familia los descubra, con sujetos que se
han extraviado frente al acontecimiento de la discapacidad, en
sus propios laberintos… Una posible señal que orientará la es-
trategia, en estos casos, podrá ser visibilizar el trasfondo de las
demandas terapéuticas y los objetivos allí planteados. Ya que
tomar en cuenta el escenario vincular y situar allí el acompaña-
miento ofrecerá al acompañado algunas coordenadas y lápices
que le permita re-escribir en su mapa otros caminos, otras alter-
nativas, otros acontecimientos.
Por lo tanto, haré referencia y ofreceré una posible lec-
tura sobre aquel momento inaugural, que parece estar en el cen-
tro del laberinto: el acontecimiento de la discapacidad. Empezaré
haciendo referencia al tema con una pregunta: ¿qué sucede con
aquellas experiencias, hechos, sucesos que emergen inesperada-
mente sin un andamiaje previo para soportar cierto contenido?
Contenido que en ese momento se queda sin engranaje para
ligar, significar y por ende produce efectos en la constitución
subjetiva del sujeto, produce una novedad. Bleichmar (2006)
comenta al respecto:
113
un término que nos es familiar cuando nos referimos
a la dificultad para engarzar una representación en el
interior de los sistemas psíquicos todo aquello inele-
gible capaz de producir efectos y que debe ser volcado
a una simbolización eventualmente posible para evi-
tar los efectos compulsivos que acarrea para el psi-
quismo.
114
Badiou menciona que el acontecimiento implica un
quiebre en el campo del saber, porque con él emerge una verdad
no considerada por el saber de la situación misma. Aconteci-
miento que nos pone en conexión con esa dimensión de la afec-
tación, esa suerte de puerta de entrada a “la otra temporalidad”.
La temporalidad del inconsciente. P. Aulagnier (1962), señala
cómo la angustia surge en torno aquello que no se puede nom-
brar, transformándose en un objeto cuyos signos no pueden ser
descifrados. La madre ante esta falta de identificación podrá
perpetuar su angustia en función de cómo recapitule su propia
castración. El padre también podrá quedar custodiando la ley
de la escena, perplejo frente a un niño que también le es desco-
nocido. Ambos iniciarán un viaje comandado por aquella otra
temporalidad, que posiblemente, los lleve a re-encontrarse con
fragmentos de otros acontecimientos pasados que han dejado
su puerta abierta…
Así, el dispositivo de Acompañamiento Terapéutico se
convierte en escenarios disponibles para aquellas fantasías que
parecen no tener a donde representarse. La disponibilidad del
At se desprende de una escucha, de un trabajo en equipo, pero
fundamentalmente de su posicionamiento subjetivo frente a Otro
que implica:
115
insisten repetitivamente en aparecer. Allí el At tendrá que estar
atento a la caza de los detalles, ya que cada repetición aportará
alguna novedad.
116
V
EL INGRESO DEL AT AL ESCENARIO FAMILIAR.
APORTES DEL PSICOANÁLISIS VINCULAR
UN ANDAMIAJE TEÓRICO, PARA PENSAR
EL ESCENARIO VINCULAR
Berenstein, 2007
119
semejanza y diferencia, pero, en forma definitoria, dotado
de ajenidad” (Berenstein: 2001).
El psicoanálisis vincular dará un salto cualitativo a la am-
pliación de la metapsicología freudiana, con el planteo de los
tres espacios psíquicos1 que atraviesan al sujeto:
1
Lecturas sugeridas, desde donde parten los conceptos desarrollados:
Berenstein, I. y Puget, J. (1997). Lo vincular. Clínica y técnica psicoanalítica.
Buenos Aires. Paidós. - Krakov, H. (1999) “Clínica psicoanalítica vincular”.
Revista Psicoanálisis. APdeBA. Vol. XXI, 3.
120
La bidireccionalidad reubica en un lugar protagó-
nico de nuestra teoría del psiquismo una vieja ver-
dad: toda realidad depende y se define en su con-
texto; en este caso, el contexto intersubjetivo.
Cuando un partenaire dice al otro, refiriéndose a su
trabajo, o a su carácter difícil, o a su mamá: ‘esto es
un problema mío’, afirma una falsedad o más exacta-
mente una parcialidad, en tanto desconoce la bidi-
reccionalidad y el impacto en el otro y del otro. La
bidireccionalidad relativiza y redefine lo mío-tuyo, lo
externo-interno, lo motivacional, lo afectivo, lo cog-
nitivo; si se la ignora no pueden entenderse los signi-
ficados que para uno adquieren las conductas del
otro, las respuestas, las propuestas, etcétera. (Spi-
vacow: 2002)
121
Ahora bien, supongamos que ya estamos en el campo y
somos parte de él, a sabiendas, entonces, que la presencia del
AT tendrá un efecto y no podremos descuidar lo que allí se jue-
gue, ya que justamente será la brújula que nos oriente a confi-
gurar dicho campo. La trama transferencial que emerja del
campo será producida en ese contexto particular que implica el
dispositivo vincular, que incluye una dimensión transubjetiva.
Dimensión en la que acompañante y acompañado se encuen-
tran, de la cual son parte.
He recuperado la noción de sujeto y en ella la propuesta
de aparto psíquico (tres espacios) que nos presenta la perspec-
tiva vincular, lo que, en mi caso, me ha brindado la oportuni-
dad de ampliar la mirada para pensar la clínica del acompaña-
miento terapéutico. Con la presencia del andamiaje teórico
compartido anteriormente, los invito a que ingresemos a la clí-
nica del AT, con los siguientes interrogantes: ¿cómo acompañar
al sujeto, teniendo en cuenta que la práctica del AT se sitúa en
un contexto multirefencial? ¿Cómo articular la presencia de es-
tas referencias (datos, indicios) en el dispositivo del acompaña-
miento? Y, por último, tomando la referencia que hará de brú-
jula al proceso terapéutico, podríamos preguntarnos: ¿qué
efecto tiene la presencia del acompañante terapéutico en el es-
cenario familiar?
Del primer interrogante surge otro que lo antecede:
¿qué noción de sujeto nos acerca la perspectiva vincular? ¿A
quién acompañamos cuando acompañamos? Es fundamental
esclarecer la noción de sujeto que maneja cada profesional, ya
que ello dará cuenta el posicionamiento teórico que respalda su
práctica. El psicoanálisis vincular plantea la noción de Sujeto
del vínculo, conceptualización que deviene de considerar la
constitución subjetiva como efecto de la vincularidad. Krakov
nos acerca la siguiente definición:
122
El Sujeto del vínculo da cuenta de la condición de
sujetados al vínculo, por un lado, y al mismo tiempo
constituidos por el vínculo. Cada Sujeto es cincelado
y construido juntamente con el otro, por y en el
vínculo del que son parte, y que a su vez constituyen.
(Krakov: 2000).
123
EL AT EN EL ENCUADRE COTIDIANO:
ESPACIO MULTIREFERENCIAL
126
LA ESCENA FAMILIAR Y SUS POSIBILIDADES DE
HOSPITALIDAD FRENTE AL ACONTECIMIENTO
DE LA DISCAPACIDAD
127
diferente una parte no puede inscribirse como pro-
pia, permanece no conocida: es lo ‘ajeno’ y es inhe-
rente a la presencia del otro. No se deja transformar
en ausencia y no se puede simbolizar. La ajenidad ca-
racteriza fuertemente al otro y a su presencia. En una
relación significativa es todo registro del otro que el
sujeto no logra inscribir como propio... —y del cual
hay deseo de apropiarse—. (Berenstein: 2001)
2
Ver capítulo 4, allí se trabaja sobre el concepto de discapacidad como acon-
tecimiento.
3
En este momento hace referencia (a la comunicación del diagnóstico a los
padres desde un lugar…) cuando el diagnóstico es comunicado a los padres
desde un lugar descriptivo, homogéneo, aseverando lo que su hijo es y será
en función de otros casos similares o aplicación de protocolos universales.
128
El acontecimiento es la puesta en acto de lo que no
estuvo en potencia. Entonces, así como un suceso se
define por su mero sucederse dentro de una serie,
por no agregar una cualidad sino por desplegar lo
que estaba plegado, un acontecimiento se define a la
inversa como la introducción de una cualidad hete-
rogénea. ¿Dónde acontece un acontecimiento? Diría-
mos que en ningún lugar: el acontecimiento va a ge-
nerar el lugar en que acontece... (Lewkowicz; 2002)
4
Ver entrevista Carlos Skliar: “La inclusión es un gesto pequeño”. Paraná
Entre Ríos; 24 de Julio de 2018. Disponible en: [Link]
dex/8936-carlos-skliar-la-inclusion-es-un-gesto-pequeno/
5
Estructura Familiar Inconsciente, es una estructura en donde reside el ori-
gen real del/los significado/s que organizan y dan forma a las diversas
129
• Datos que organizan convivencia: los nombres propios
o formas de nombrarse en determinados momentos, la
presencia de rituales, la distribución y adjudicación de
roles, el uso del tiempo, los hábitos, rutinas, etc.
• Manifestaciones como lapsus, actos fallidos y síntomas
que pertenecen a la lógica inconsciente. Que, si pueden
ser escuchadas por el At, serán de suma importancia
para considerarlas en intercambio con el analista
130
RESIGNIFICAR EL ACONTECIMIENTO DE LA
DISCAPACIDAD: EL TRABAJO DE DUELO,
UN CAMINO A LA ELABORACIÓN
131
Trabajaré sobre las etapas de duelo planteadas por numerosos
autores6 y de diversas formas,7 pero haré ciertas consideraciones
particulares que a lo largo de mi experiencia clínica y varias lec-
turas he revisado. Una de ellas es la denominación de “etapas”,
utilizada para referirse a aquellos momentos que el sujeto atra-
viesa en un proceso de duelo. Mi propuesta referirá a tomar la
denominación de “momentos del duelo”, debido a que el con-
cepto etapa designa el inicio como el final de un trayecto, y jus-
tamente con relación al duelo considero que cada momento por
el que transita el sujeto puede volver a empezar, terminar en
superposición con el comienzo de otro o inclusive quedar dete-
nido, a sabiendas que parte de estas manifestaciones estarán su-
jetas a la lógica del inconsciente. Cuestión que interpela la co-
rrelación y temporalidad del concepto de etapas.
Debo dar especial reconocimiento al libro Sobre duelos,
enlutados y duelistas de Smud y Bernasconi,8 el cual me ha ofre-
cido algunas reflexiones. Los autores retoman las etapas del
duelo en pacientes terminales, de Elisabeth Kübler-Ros y hacen
un extraordinario trabajo respecto al atravesamiento transcultu-
ral en las diferentes épocas, recuperando textos como: Duelo y
6
Desde el Psicoanálisis, se atribuye a Freud (1917) el haber delineado el
estudio de los procesos psicológicos del duelo durante el siglo XX. Linde-
mann (1944) refuerza el modelo propuesto por Freud y define etapas del
duelo con base en observaciones de personas que perdieron a sus familiares
en forma trágica. Bowlby, (1970) propone su primer modelo sobre las etapas
del duelo en 1961, basado principalmente en los influyentes trabajos de
Freud y Lindemann (1944).
7
“También encontramos los modelos evolutivos del duelo que señalan que
las personas ante una pérdida significativa presentan diversas reacciones
emocionales que ocurren de una forma secuencial, es decir, por fases (Kü-
bler-Ross, 1969; Rando, 1993). En estos modelos se concibe el duelo como
un proceso que evoluciona desde unas fases iniciales, con prevalencia de
emociones negativas, a una superación de la pérdida.” (Avila. M, Ru-
bia.M:2014).
8
Smud, Martín y Eduardo Bernasconi (2000). Sobre duelos, enlutados y duelis-
tas. Buenos Aires: Grupo Editorial Lumen.
132
melancolía de Sigmund Freud, Erótica del duelo en el tiempo de la
muerte seca de Jean Allouch, los seminarios 6 (sobre el deseo y
su interpretación) y 10 (sobre la angustia) de Jacques Lacan y
como trasfondo la tragedia de Hamlet para acercar al lector a la
problemática desde un lugar muy atractivo. A continuación, en
un intento de responder parcialmente al interrogante sobre la
denominación de etapas, propondré tres momentos del duelo
(teniendo presente que su dinámica será singular en cada su-
jeto) y con relación a lo que ya he denominado en el capítulo
anterior, el acontecimiento de la discapacidad.
Primer momento
133
El autor continúa postulando que dicho estado corresponde
con una transitoria identificación con el objeto perdido, tam-
bién expresada por los deseos y/o ideas de desaparecer con o
como él. Y como consecuencia puede presentarse en esta etapa
una aguda sensación de dolor psíquico y angustia y/o una sen-
sación de vacío doloroso.
Recuerdo la experiencia que me ofreció en 2011 la coor-
dinación de un grupo de madres que llevaban a sus hijos a di-
versos tratamientos en un centro de Rehabilitación. El grupo
tenía en común que eran madres de niños entre 2-5 años y que
asistían con la demanda de elaborar o “superar” (como decían
algunas de ellas) el impacto de la noticia diagnóstica. En el es-
pacio circulaban las siguientes vivencias: “Cuando el médico me
dijo que Cristina tenía síndrome de Down, sentí que algo me
perforaba el pecho, salí al pasillo del hospital y vi a la gente pasar
como en tercera dimensión, como si yo no existiera allí”. “A
veces siento que lo de Paula es una pesadilla, y que cuando des-
pierte no tendrá Mielomeningocele. Esa palabra me perturba
todo el tiempo, no puedo hacer nada, estoy paralizada”. “Qui-
siera ser yo quien no puede ver, quisiera darle mis ojos para que
vea. El dolor no me deja vivir”. “Creo que todo esto ya va a
pasar, ella va a ser igual a todos, confío que Dios haga un mila-
gro. La fe siempre me ha ayudado en mi vida, aun en los peores
momentos”.
Podríamos situar algunas de las vivencias anteriores en
este momento del duelo pero que también podría estar en el
inicio del siguiente momento o hasta darse un movimiento de
superposición entre ellos. Por lo tanto, es crucial desde las con-
cepciones teóricas no forzar la clínica hacia ciertas conceptuali-
zaciones. Es la observación y experiencia clínica la que debe
orientar el desarrollo de posibles andamiajes teóricos que nos
permitan tomar una lectura parcial de lo que acontece en el
campo, y a partir de allí pensar en las posibles intervenciones.
134
Segundo momento
135
la despedía en la puerta de la escuela y otros síntomas. Por tal
motivo, la Acompañante de Lupe (la cual iba al domicilio) em-
pieza a trabajar en el escenario escolar. El objetivo, en este
tramo era que la At acompañe a Lupe y a su mamá a transitar
este momento de separación (de pérdida) para ambas y lo que
allí se resignificaba en cada una. Vayamos al momento que la
At se encontraba en la entrada del colegio con la escena trágica.
La madre cada vez que Lupe se golpeaba y gritaba verbalizaba:
“Está nerviosa porque no puede caminar, cuando aprenda a ca-
minar ya va a poder entrar sola”. Repetía esto cada vez. Frase
intacta que también llevaba a su espacio terapéutico. La At un
día le dice: “Mamá, Lupe puede caminar, mire, con ayuda de su
andador puede ingresar al colegio”. La madre llena de bronca
la miró y le dijo que eso no era caminar, que ya iba estar bien.
Luego de este episodio, la madre despliega su escena e insiste en
cambiar de At, incrementa su irritabilidad e impulsividad y es
derivaba a una interconsulta con una psiquiatra.9 Un día co-
mienzan los gritos y el llanto al momento de la despedida como
era lo “habitual”, pero con la variante que Lupe se sostiene pa-
rada agarrando la ropa de la At (tomando prestado su cuerpo).
La At la sostiene y la madre de un arrebato la saca diciendo:
“Ella no se puede parar. Y yo tampoco”; esto último aparece
como acto fallido que la At registra. Allí la niña confundida y
aferrada a la At le responde: “mamá yo sí puedo caminar”, tomó
envión, agarró su andador e ingresó a la escuela con el sostén
de la At.
En la viñeta anterior podemos ubicar cómo el aconteci-
miento de la discapacidad para esta madre se había instalado
con tal exceso, que resultaba imposible metabolizar aquello que
debía ser digerido para hacer lugar a Lupe. Más allá de su
9
Ver capítulo 3. Caso Marcos. En ambos casos se visibiliza como el desplie-
gue transferencial permite que la madre pueda habitar su mundo fantasmá-
tico e investigar mediante su análisis aquello que se resignifica e insiste en el
campo obturando y saturando la escena.
136
condición, esta niña anhelaba ir a su jardín, entrar sola con su
andador, pero al llegar el día aquello anhelado se ve obstaculi-
zando por el efecto desubjetivante de este momento del duelo.
Lo que se trabajó fue justamente que Lupe y su madre pudieran
ponerse en conexión con aquello que el “acontecimiento de la
discapacidad” había modificado y agujereado en la subjetividad
de ambas. Apuntando con el proceso a que, mediante la simbo-
lización del acontecimiento, que tomaba fuerza en esta escena
escolar, puedan reconstruir lo que en cada una había quedado
dañado. Aquello que con fuerza había encriptado y paralizado
dejado sin posibilidad de que el vínculo madre-hija pudiera
“marchar”; dar un paso era vivido como peligroso, amenazante
y despertaba las fantasías primitivas, que con potencia reforza-
ban “una situación inmóvil”, sin posibilidades de simboliza-
ción.
Tercer Momento
10
Este proceso de duelo (hijo imaginado-hijo real) no hace referencia sólo a
la llegada de un hijo con discapacidad, pero el acontecimiento de lo inespe-
rado (condición de discapacidad) hace que este tramo adquiera ciertas parti-
cularidades.
137
final de este laberinto, que no será el último. Por lo tanto, cues-
tionaré en este momento el término “aceptación”, término que
alude al territorio de la certeza, donde no es posible el cuestio-
namiento.11 Este término es frecuentemente utilizado por algu-
nos autores para este último tramo del duelo. Podríamos pre-
guntarnos, entonces: ¿Es posible “aceptar” la discapacidad? ¿La
aceptación es un concepto que admite la revisión o reformula-
ción? ¿Habría sujetos que aceptan y otros que no aceptan la dis-
capacidad? ¿No constituirá esta formulación otro solapado con-
cepto binario? Desde mi recorrido teorético acuerdo con aque-
llos autores que denominan a este último tramo del duelo, con
el término de Reorganización, al cual le sumaria también: mo-
mento de reposicionamiento subjetivo. Debido a que cada momento
potencial (nacimiento, desarrollo evolutivo, el inicio a la escola-
ridad, la adolescencia, adultez y vejez) serán momentos fértiles
para la reactualización de algunos puntos no elaborados en el
duelo inicial.
Quisiera citar las palabras de Elmiger que nos ayudan a
pensar cómo el duelo no es un acto (que consiste secuencial-
mente en atravesar ciertas etapas) sino un proceso dinámico:
11
“El concepto de aceptación hace referencia a la acción y efecto de aceptar.
Este verbo, a su vez, está relacionado con aprobar, dar por bueno algo de
forma voluntaria y sin oposición.” Autores: Julián Pérez Porto y Ana Gardey.
(2009). Definición de aceptación. Disponible: [Link]
cion/
138
La transición por esta experiencia dependerá fundamental-
mente del valor simbólico, que tenga, el objeto perdido para
cada sujeto; como de las posibilidades del sujeto para hacer lu-
gar al acontecimiento que implica la llegada de lo inesperado,
lo irrepresentable…
El objetivo de este capítulo ha sido brindar al acompa-
ñante terapéutico algunos aportes teóricos que posibiliten cons-
truir posibles andamiajes para la posible lectura de aquellas par-
ticularidades que emergen ante el acontecimiento de la discapa-
cidad, en el entorno familiar. Contexto fértil para la producción
de subjetividades, donde no es posible concebir al sujeto sepa-
rado de sus configuraciones vinculares y sus efectos constituti-
vos. Desde la perspectiva que nos ofrece el psicoanálisis vincular, po-
dríamos decir que el At aparece como representante de lo transubjetivo
(cultura, sociedad), andamiaje que se suma tanto al plano intersubje-
tivo (aquello que acontece en el “entre vincular”), como a ciertos movi-
mientos del sujeto en su dimensión intrasubjetiva (espacio pulsional y
de fantasías).
De esta manera, el efecto de presencia del At pondrá en
el territorio de la transferencia la posibilidad de resignificar o
visibilizar aquellos acontecimientos, que no han sido elabora-
dos, y que han enmudecido la capacidad simbólica del sujeto.
Acontece una “nueva presencia” la del At, quien disponible y
atento esperará, en cada encuentro, señales hacia donde acom-
pañar al sujeto y a los Otros que formen parte de ese laberinto.
Con la precaución que, en las escenas cotidianas, habrá más de
un laberinto en juego y el At podrá advertirlos, discriminarlos,
ponerlos en evidencia, pero el Acompañamiento Terapéutico,
será orientado para el sujeto; por lo tanto, nada podrá decidirse
ni hacerse sin él.
¿Qué busca el acompañado en el At? Un lugar de escu-
cha y disponibilidad, un lugar que sea posible habitar sin exce-
sos que obturen la posibilidad de inventar(se) en cada situación
adversa... ¿Cómo despejar ciertas intervenciones cuando el At
139
se encuentra inmerso en el contexto familiar? Entendiendo que
el trabajo allí implica un delicado juego de escondidas, donde
si bien a quien acompañamos es al sujeto, por momentos la in-
tensidad de algunos vínculos y situaciones particulares hacen
que el At tenga que sostener la suficiente prudencia, pero que
a la vez aparezca marcando algunas fronteras.
Quisiera finalizar este tramo, compartiendo la siguiente
viñeta:
140
quedarme acá. Así conoces a mi papá, él llega tarde,
¿Podes hablar con él?”. Tome su coordenada y le pre-
gunté: “¿De qué querés que hable con él?” Apresurado
dijo: “De esto, y todo lo que puedo hacer cuando vos
venís porque él no me ve así, siempre me ve con mi
mamá”. Seguí su pista: “¿Así cómo?” Se acerca a mi
oído y me dice: “enojado, pensando cosas feas y con
ganas de destruir todo. ¿Vos pensás que mi papá podrá
venir a esta cuevita?”. “No sé Pedro, pero podemos es-
perarlo y preguntarle...”
141
VI
SEXUALIDADES DIVERSAS:
ACOMPAÑAR Y PROPICIAR EL ENCUENTRO
CONVERSANDO CON SILVINA PEYRANO
1
Silvina Peirano es Profesora de Educación Especial, Especialista en sexua-
lidad y diversidad funcional/discapacidad, orientadora sexual en diversidad
funcional, creadora de “Mitología de la Sexualidad Especial” y “SEX Asis-
tent”. Co-creadora de los cursos de Especialista-Orientador/a en sexualidad
y diversidad funcional.
145
tanto, deseo que esta conversación también los encuentre o me-
jor dicho que ustedes puedan encontrarse en ella.
2
Diversidad funcional es un término alternativo al de discapacidad, y pre-
tende sustituir a otros cuya semántica hay quien considera peyorativa, tales
como "discapacidad" o "minusvalía". Se trata de un cambio hacia una termi-
nología no negativa sobre la diversidad funcional. El término fue propuesto
en el Foro de Vida Independiente, en enero de 2005.
146
Silvina: ¡Hola Viviana! Como dice John Berger: “El deseo es un inter-
cambio de escondites”. Ya que en algún momento íbamos a encontrar-
nos, dado que este espacio al que me invitas, es el proceso de otros tantos
encuentros, por eso celebro este momento donde lo escrito aparece como
parte de lo que supimos escribir en instancias de formación y reflexión
que fuimos gestando en este tiempo.
Quizás podamos empezar a hacer de la diversidad un lazo, un
entretejido humano que se despoje de las connotaciones deshumaniza-
das de “los discursos” que no encuentran anclaje en las personas, sus
cuerpos, sus biografías.
En relación al concepto “Diversidad Funcional”, es importante
considerar que no es sólo un nuevo término, sino una necesaria manera
de nombrarnos nosotros mismos y luego a los otros, ya no desde la otre-
dad que supone signarlo/as por sus funciones corporales o falta de és-
tas, sino desde cómo decide nombrarse, cada uno/a desde una autoper-
cepción no negativa. Vayamos a su nacimiento. El término diversidad
funcional nace desde las entrañas de quienes siempre fueron observa-
dos, evaluados y medidos; los mismos que decidieron protagonizar, pen-
sar y repensar ya no sólo la forma en que deseaban ser mencionados en
dichos estudios; sino deshabilitar gran parte de la historia estudiada
“sin ellos dentro”.
El modelo de la diversidad funcional tal como hoy lo conoce-
mos se inicia en los estudios protagonizados por parte del colectivo (vale
decir; de un porcentaje pequeño, europeo, blanco, con estudios univer-
sitarios) que deciden nombrarse a partir de un término que revalorice
todas las diversidades humanas, no haciendo eje en sus capacidades o
funciones –y las jerarquías que sobre las mismas se establecen–; sino en
las múltiples y sostenidas discriminaciones que se sufren por no formar
parte de los parámetros estandarizados de evaluación. El eje de análisis
debe ser entonces la “discriminación por condición de” y no la funcio-
nalidad o falta de la misma. La diversidad funcional revaloriza las
formas de realizar las diversas acciones, legitimando la multiplicidad
de las mismas como parte de la riqueza que ofrece la diversidad hu-
mana a lo largo de la vida.
147
Otra cuestión que no me gustaría pasar por alto es: Pensar en
la noción de “colectivo de personas con diversidad funcional” puede
parecer –de cara a la mayoría de instancias y luchas sociales– un con-
trasentido autoexclusionista, una necesidad elitista en desuso de cara a
procesos de autoreivindicación. Sin embargo, la construcción de colec-
tivo puede sanar las soledades clínicas a las que se ha condenado a las
personas mencionadas como dis-capacitados (faltos de), enfermos y no
ciudadanos: pacientes y no activistas, casos y no biografías; solos y no
colectivizados.
Lograr poner en tensión el constructo inhabilitante de la disca-
pacidad, es el paso previo a crear fortaleza individual y potencial gru-
pal, desde una condición que ya no debe dar señas de acreditación para
validar sus humanidades. Humanos todo/as, conceptualizarse como
diversos, no es sino una instancia obvia (y por ello vívida) de lo que
somos y de lo que deseamos ser desde y hacia nuestras propias diferen-
cias; y no más allá de las mismas; cesando de considerar a éstas últimas
como lo hemos hecho históricamente: como un signo, síntoma o estigma
de descrédito del que nos han enseñado, no es bueno formar parte…
148
vayan más allá de las teorías (que no sea solo eso lo que se juega en las
intervenciones) y las prácticas…
¿Cuáles consideras, desde tu experiencia, que serían algunas
encrucijadas que enfrenta el At, en el terreno cotidiano, respecto a este
tema?
149
sexualidades que se acompañan son esos (cada) instantes del hecho se-
xual, que no admiten intervencionismos ni mucho menos prohibicionis-
mos prejuiciosos fundamentados en nuestro propio bagaje sexual. La
sexualidad no debería conformar parte de lo terapizado ni de lo rehabi-
litable; la sexualidad es simple y mágicamente sexualidad y no un cons-
tructo especial condicionado por el tipo o grado de discapacidad. Lo
que condiciona al hecho sexual de muchas de las personas con diversi-
dad funcional, no es precisamente su “condición de discapacidad”, en
tanto se asocia linealmente con lo que pueden o no hacer sexualmente:
sino con aquello que se les permite hacer o no. En tanto la sexualidad
sea para algunos poder y querer, y para otros un área de permisos, po-
dríamos afirmar que todas nuestras sexualidades están en riesgo. La
sexualidad no es sólo aquello que hacemos o no hacemos (la sexualidad
como conducta evaluable y medible), sino cómo nos sentimos con aque-
llo que hacemos.
Por lo tanto, es crucial que los acompañantes se pregunten: ¿en
qué lugar o instancias deciden estar desde su rol de acompañantes?
150
At: Lalo se masturba cada vez que su madre se va y
nos quedamos solos. Yo le digo que se detenga porque
se puede lastimar.
Profundizando en el trabajo acerca del posiciona-
miento subjetivo del Acompañante, frente a esta es-
cena, se resitúa el siguiente diálogo:
At: En realidad lo que me pasa es que me incomoda
esta situación, pero me da pena, porque es lo que Lalo
puede hacer con su sexualidad.
Coord.: No comprendo ¿vos estás diciendo lo que
Lalo puede hacer con su sexualidad?
At: No. Pero es la realidad, él no puede acceder a te-
ner relaciones sexuales, pero a la vez lo desea…
Coord.: ¿Por qué Lalo no podría acceder a tener rela-
ciones sexuales?
At: ¿Por su discapacidad quizás? Con la madre y el
terapeuta pensamos en llevarlo a una trabajadora se-
xual para que tenga la experiencia…pero mira si se
enamora…
Coord.: ¿Llevarlo? ¿Y si él no quiere?... ¿Y si se ena-
mora? Tendrá que desenamorarse como a todos nos ha
pasado alguna vez, será un tema de él lo que le suceda
en su espacio de intimidad ¿no?
At: Es cierto, tendríamos que preguntarle…
Coord.: De todas formas, en la escena de la mastur-
bación no aparecen estas preguntas. Tampoco sabe-
mos si Lalo quiere hablar de este tema. Me daría la
sensación que está siendo un tema para vos, otro para
la madre, quizás otro para el terapeuta y otro tema
para Lalo…
At: ¿Y qué tema es el de Lalo?
Coord.: No lo sé… Por lo pronto si escucho que te
incomoda que alguien se masturbe delante de ti y qui-
zás podrías empezar por decírselo.
151
Silvina: Quisiera retomar la pregunta anterior y valorar los aconteci-
mientos del día a día, como veníamos charlándolo. La sexualidad de
todos los días. ¿Por qué? Porque me parece un ejercicio interesantísimo
proponerles a los profesionales en general y a los acompañantes en par-
ticular que tomen nota de estos aconteceres diarios. De los diálogos,
aquellos que solemos llamar anécdotas que sean biografías y no anec-
dotarios, sobre todo para la risa, para la burla. Anecdotario que se
cuenta a otros profesionales fuera de un contexto profesional. Como por
ejemplo: “no sabes lo que hizo Lalo” –en este caso podríamos pensar
del lado del At–, “y no sabes lo que hizo Lalo, porque, en realidad, no
sé qué puedo hacer yo con esto que le pasa a Lalo”. Esto también puede
venir desglosado de lo que veníamos hablando. Dónde quiere estar,
dónde está este acompañante. Me parece interesante esta subjetividad
de la que hablas. Digo, cómo interpela, cómo se siente interpelado el
acompañante en relación a lo que posiblemente le está pasando a Lalo,
que lo podríamos denominar autoerotismo. Autoerotismo que no tiene
definitivamente ni un lugar en el cuerpo de ese acompañado y mucho
menos un lugar físico que haga que Lalo pueda autoerotizarse de ma-
nera privada; y que esa privacidad, no solamente el acto mismo de la
masturbación, sea acompañado de una manera cuasi cómplice.
Definitivamente en su acompañante Lalo puede encontrar un
censor más. Si lo hace cuando no está la madre ahí hay miles de lecturas
para poder hacer. Pero a la vez, tal vez lo haga como buscando la com-
plicidad, como digo, y la aprobación de ese varón, de esa figura más
joven. Creo que definitivamente ni ser varón, ni ser más joven le garan-
tizan al acompañante poder ponerse en el lugar de Lalo, que no es lo
que queremos, si no ponerse en su propio lugar, de cómo elaborar su
propia sexualidad y lo que en escena se despliega. Además, cómo elabo-
rar –volvemos a lo que seguimos hablando– esto de tener que enfrentar
la sexualidad de Lalo, tener que ver lo que no quiere ver. Y la verdad
que no tendría por qué verlo, si pudiera entender que lo que tendría
que ver es de qué manera poder facilitarle a Lalo un espacio en sus
emociones y en su casa para el ejercicio de esta sexualidad.
152
En esta instancia es interesante poder puntualizar, si pudiése-
mos, que la sexualidad no es sólo conducta, no es lo que se hace o lo
que no se hace, no somos más o menos sexuales en relación a la produc-
ción sexual que tenemos. Porque la conducta es la que evaluamos, pero
si focalizamos solo allí, nos estamos perdiendo los procesos internos que
estas conductas conllevan.
Es fundamental también considerar la representación que se
hace, arquetipizada, del autoerotismo, sobre todo en varones, que sería
casi impensado en mujeres, ¿no? Como si fuese un hecho más esperable
de los varones. Esta representación de que la masturbación es la única
instancia sexual que las personas con discapacidad intelectual tienen.
Sobre todo, porque es un acto rígido, en soledad. Como única alterna-
tiva a lo que no van a acceder, como dicen allí. Que no va a acceder,
en tal caso, a tener relaciones sexuales. Bueno, la masturbación en sí
misma también es una relación sexual. Todas las relaciones son sexua-
les y la masturbación en este caso es una relación consigo mismo.
Volvamos a la escena de Lalo, quien seguramente no va a po-
der tener esas relaciones sexuales, entendiendo relación sexual por acto
coital en tanto dependa de la opinión, de la aprobación o desaproba-
ción de tantas otras personas, léase los terapeutas, el At, la madre… En
definitiva, traduce una mirada punitiva de todos ellos. Seguramente
nadie podría tener relaciones sexuales con otra persona sintiéndose ob-
servado, juzgado y evaluado por tantas otras miradas. Bueno, lo que
decís subyace también de la idea del amor romántico y más que del
amor romántico, la instancia aquella en que la sexualidad es el todo o
nada. Como si no hubiera instancias previas, instancias intermedias,
instancias que cada uno quiera llegar. Es decir, “tiene que tener rela-
ciones sexuales si no está condenado a tener otras formas que es la
masturbación en soledad”. Bueno, habrá otras instancias para poder
ofrecerle también ¿no? Pero no perdamos de vista lo que allí se dice y se
escucha, podríamos convertir la afirmación en interrogante: ¿de quién
se supone que es el deseo de tener una relación además coital o genital
con una trabajadora sexual? Entonces me pregunto: ¿qué se espera de
153
este joven?, ¿qué se esperaría como normal, esperable, saludable que
Lalo hiciera?
154
ACERCA DEL POSICIONAMIENTO
SUBJETIVO DEL AT Y SUS EFECTOS EN LA CLÍNICA
3
Sugiero al lector para profundizar la siguiente lectura: Romañanch, J. y
Palacios, A. El modelo de la diversidad La Bioética y los Derechos Humanos como
herramientas para alcanzar la plena dignidad en la diversidad funcional. Disponi-
ble en [Link]
155
en las relaciones interpersonales e intergrupales de las personas
que lo poseen. Pero también señala que no es necesariamente
un atributo desacreditador. El atributo que en apariencia iden-
tifica a una persona como discapacitada lo que hace en realidad
es confirmar la normalidad de otras personas. (Goffman; 1963).
En relación a ello podríamos preguntarnos: ¿cuándo el es-
tigma que se pone en juego en el vínculo es estigmatizante?
Históricamente las actitudes y posiciones que se constru-
yen sobre las personas en situación de Discapacidad, son en su
mayoría atravesadas por un complejo corpus de textos en res-
puesta a determinados momentos epocales. Tomando el aporte
del interaccionismo simbólico Blumer (1969) plantea que para
comprender la experiencia subjetiva de los individuos hay que
buscar en los significados que los seres humanos tienen de sus
propias experiencias. Los factores externos pueden existir, pero
hasta no ser interpretados e interpelados por la persona éstos
carecerían de significado.
Invito al Acompañante Terapéutico a revisar, trabajar y
someter a análisis sus representaciones sociales respecto a la dis-
capacidad e interpelar su posicionamiento subjetivo frente a la
demanda de su acompañado o el entorno. Invitación que su-
pone visibilizar el enigma en juego en ese vínculo, el cual puede
obturar o habilitar el vínculo transferencial y por ende el pro-
ceso terapéutico. Algunas preguntas, en relación a ello: ¿dónde
se posiciona al acompañado, en el discurso cotidiano del AT?
¿Como un sujeto de deseo o como un objeto a cuidar, a contro-
lar y rehabilitar? En el campo de la diversidad funcional, las in-
dicaciones sobre cómo cuidar, controlar y rehabilitar el cuerpo
del otro abundan. Lo que a veces se desconoce es que el deseo
no se rehabilita y que sin la circulación del deseo no habrá reha-
bilitación ni inclusión posible. Posicionarnos implica pregun-
tarnos sobre la manera de nombrar, de alojar y actuar frente al
acompañado, si en esta ruta vincular el At logra localizar
156
algunas señales que sostengan su enigma, éste podrá armar una
cartografía que lo oriente.
En la viñeta del conversatorio, podríamos visibilizar
cómo se pone en escena el posicionamiento del At, frente al
enigma que acontece acerca de la sexualidad de Lalo, que en
realidad se anuda a su propia biografía, a su sexualidad. Aspecto
que será material para el espacio de análisis personal de este
acompañante. Pero, podríamos adentrarnos más e hipotetizar
cuál es el mito de este AT en relación a la sexualidad de las
personas con Discapacidad. Carl Jung apostaba a la pregunta
“¿Cuál es el mito en que vivo?”; dejando entrever que todas las
culturas, sociedades, familias, instituciones; poseen un mito.
Cada mito es, ante todo, un lenguaje que valida un sistema de
conceptos interrelacionados y determinantes de cómo se per-
cibe la realidad y se actúa sobre ella.
Si continuamos analizando la viñeta también se impo-
nen las representaciones sociales de la AT. Partiendo del con-
cepto de representaciones sociales como lo define Jodelet
(1986):
158
discapacidad será fundamental. Ya hemos mencionado algunas
viñetas que podrían dar cuenta de ello en algunos acompañan-
tes. Por lo tanto, considero en este punto plantear algunas coor-
denadas que acompañen al At en su propio laberinto, donde el
Otro (acompañado) aparece como bifurcación en su camino,
constituyendo, como ya mencionamos, uno de los principales
obstáculos para su praxis.
Inicialmente invitaré al At a realizar/se algunos interro-
gantes: ¿por qué eligió trabajar en este campo (la discapacidad)?
¿Qué de la biografía propia se anuda a esta elección? ¿Es una
elección? ¿Con qué preconceptos, mitos y certezas llegó al
campo? ¿A dónde aparece el Otro en este campo? ¿A dónde apa-
rece el At? ¿Qué le sucede en el encuentro con el Otro? ¿Aparece
en los intercambios el Otro como Otro? ¿Aquello que queda
resonando posterior al encuentro y que insiste hasta mutarse en
angustia, tiene que ver con Otro o tiene que ver con aquello
acontecido en el propio At?
Podríamos decir que varias de estas preguntas pertene-
cen al análisis personal del At, sin dudas. Sin embargo, lo que
me interesa visibilizar con estas preguntas y reflexiones es justa-
mente la importancia que tiene ocuparse de estas cuestiones.
Entonces sigamos interpelando y que el lector lleve en todo caso
este material tan lejos como lo considere necesario, pero sí debo
advertirles que dejarlo quieto o como en mero planteamiento
filosófico no contribuirá a su praxis, ni es el objetivo de esta
trasmisión.
Para continuar, invitaré nuevamente a Carlos Skiliar
que nos acompañe con algunas de sus reflexiones, quien nos
dice:
159
al saber y al poder cimentado en la configuración de
un sujeto único.” (Skliar; 2017).
160
Lacan decía: ‘el sentido está entre líneas’. Pero en-
tonces, ¿qué es lo que hay entre las líneas? Es el
enigma. Y tiene absolutamente razón, ya que, si no
tenemos acceso, incluso sin saberlo, a aquello que es
el enigma, estamos completamente desorientados.
(Oury; 1998)
161
BITÁCORAS CLÍNICAS
4
Se toma la definición de Julián Pérez Porto y Ana Gardey. Publicado: 2009.
Actualizado: [Link]: Definición de bitácora ([Link]
[Link]/bitacora)
162
AT1: El centro de rehabilitación… ¿Es que si no Ma-
riano no puede comunicarse?
SUP: ¿El haber tirado las imágenes, tras la insisten-
cia, no es una forma de comunicarse? Quizás este
acontecimiento deja en evidencia la dificultad institu-
cional, para pensar otros recursos o recrear el mismo
sistema, considerando lo que en Mariano moviliza el
encuentro con una herramienta nueva y desconocida
que pareciera “debe” incorporar… ¿Tendrá relación, lo
que sucede en esta escena, con otras escenas de la vida
cotidiana de Mariano?
163
acercan a mirarlo, pero no le hablan, la maestra tiene
miedo de que se enoje y le pegue a alguien…
164
esquina, porque prefiere ir solo a comprar. El almacenero es-
pera a Juan los martes a la tarde y charlan un rato…
Ahora bien: ¿qué hubiera sucedido si el At respondía a
la mirada inicial del almacenero y hacía el pedido por Juan?
En el momento en que se genera la tensión porque a
Juan no le alcanza el dinero el At podría haber puesto el dinero
restante para que Juan se lleve todo el fiambre, como también
podría haber intervenido para disolver la tensión. ¿Qué indica
ese momento de tensión? Quizás un acontecimiento en el
marco de una trama intersubjetiva, donde se evidencian la ne-
cesidad de salir de aquel punto de “tensión” acudiendo a que el
At responda por Juan o que el At pague lo que falta o que el At
responda al pedido del almacenero, donde inicialmente parece
no admitirse otra respuesta que aquella que un amo hace a su
servidor…
Compartiré un caso clínico, el cual su re-escritura re-
sulta una nueva posibilidad de elaborar lo que esta experiencia
dejó en mi bitácora. También responde a un pedido de la pa-
ciente,5 quien me pidió que escriba acerca de su proceso, para
que otras personas en su situación se sientan acompañadas.6
La escritura ha trascendido, y seguramente re-inscribirá
en cada lector un nuevo sentido, esa era su búsqueda, ir detrás
de los sentidos, del deseo y divulgar que se puede inventar una
forma de vivir, aún en los momentos de mayor adversidad.
Carola, es una joven de 19 años de tez blanca, pelo os-
curo y grandes ojos balconados por largas pestañas. Pesa unos
40 kilos, se encuentra en silla de ruedas. Hace 6 años se
5
Este caso ha sido presentado en el Congreso Internacional de Acompaña-
miento Terapéutico en el 2015. Por lo tanto, los datos pertenecen, a ese
tiempo del proceso de terapéutico. El relato compartido ha sido autorizado
por la paciente y su familia, para ser publicado en este libro. Recientemente
enterada de su ausencia dedico esta bitácora a Carola, viajera incansable. A
su memoria y a su familia quien le ofreció una hospitalidad incondicional.
6
Consideré oportuno leer esta demanda, en transferencia, y trabajarla la
decisión de publicación desde allí.
165
manifestó el inicio de un cuadro neurodegenerativo, que ha ido
deteriorando sus funciones motoras, respiratorias entre otras…
Hoy posee escasa movilidad de sus miembros superiores, tra-
queotomía, asistencia alimentaria y respiratoria. Recurre a in-
ternaciones frecuentes (muy invasivas) en las cuales solicita el
derecho a la muerte asistida.7
La psiquiatra indica terapia para la joven y su familia, y
la terapeuta hace la propuesta de una acompañante terapéutica.
El primer objetivo es subjetivar a Carola y movilizar la mirada
del cuerpo de la joven. La madre menciona al respecto: “Su
cuerpo está en permanente peligro. Desde que empezó la enfer-
medad no paran las intervenciones, y mi hija de sufrir...”. “(…)
En la familia tratamos de darle todo, no la hacemos esperar ni
un minuto, aunque esto implique, a veces dormir poco, inte-
rrumpir la comida o en el caso de las hermanas, colaborar en
las noches que no están las enfermeras”. “[…] Nosotros quere-
mos que ella tenga ganas de vivir, de salir, de hacer cosas… Le
ofrecemos pasear o salir al patio tomar sol, pero ella no se en-
gancha con nada”.
7
El equipo acompaña a Carola, en su derecho a decidir si quiere seguir vi-
viendo o no, apostando a que pueda tomar una decisión despejada de aque-
llos factores mortificantes que la influyen, como, por ejemplo, los arduos
momentos que cada internación acarrean en ella.
166
At toma su mano para, y silenciosamente sigue acompañando
con su silencio…Es así como La At se convierte en ese Otro con
posibilidad de sentir, reír, escuchar y a veces conmoverse junto
a la joven.
En las sesiones de psicoterapia suena “The Beatles”
desde el principio al final,
mientras Carola elije colores para empezar a pintar un cuadro
para su habitación; comienza a demandar cada vez más. Le soli-
cita a la At que busque hacer algo en relación a su sexualidad y
allí propone una sesión de fotos con vestimenta erótica, luego
plantea que quiere fumar y salir a lugares puntuales. Carola,
joven de 19 años, con planteos propios y la conflictiva vital de
esta etapa.
El equipo piensa en cómo dar forma a su demanda de
álbum de fotografías eróticas, como también, evaluar su planteo
respecto a fumar. Aquí la cuestión ética es la antesala de las de-
cisiones.
Se plantea pensar, en una estrategia que contemple los
lineamientos clínicos del tratamiento, surgidos en transferen-
cia. Se suscitaron así preguntas tales como: ¿Por qué construir
una estrategia basada en todas las demandas de la paciente? La
respuesta advino casi inmediatamente: Había que satisfacer a
Carola, ofrecerle todo lo que esté a nuestro alcance, porque la
angustia que circulaba por su pronóstico llevaba al equipo a este
pasaje al acto. El cual rápidamente se pudo advertir en supervi-
sión.
Cada vez que salía de una internación los médicos se
sorprendían por su fortaleza y tanto el equipo como la familia
sentían que tenían una oportunidad más para estar con ella…
Se inicia un segundo tramo del trabajo, reflexionar so-
bre las posiciones subjetivas de cada uno y despejar las escenas,
pero sobretodo no perder de vista la escena de Carola. Se tra-
baja con la familia, para que puedan comenzar a introducir
tiempos de espera y distancias, que posibiliten a cada miembro
167
recuperar espacios cedidos y reconducir por este camino, a que
cada quien tome posición respecto de lo propio, como, por
ejemplo, que sus padres puedan cenar y luego acudir al llamado
de Carola o que su hermana salga con amigos y se inscriba en
la facultad, entre otros. Así se empieza a movilizar el escenario
familiar, que parecía en los inicios de la consulta haberse para-
lizado con la enfermedad de Carola.
Se convocan a enfermeros para algunos momentos
como las noches, el aseo diario, la medicación y un acompa-
ñante que se suma a la red necesaria para contener tanto a la
paciente como al equipo, entre otras intervenciones que apun-
tan a ubicar a Carola como sujeto. En el equipo empezaron a
circular las demandas de la joven, pero no como “una orden” a
ser cumplida sino llevando los planteos al terreno de lo inter-
subjetivo y sumido en la lógica de bidireccionalidad.
En la última internación, los médicos informan que la
situación está muy complicada y le preguntan a Carola si se so-
mete a otra intervención. La joven le pide a su madre que le
informen a su terapeuta que “solo quiere reír” y que no quiere
más intervenciones ni terapias. El equipo, frente a una nueva
pregunta-tarea: ¿Quién podrá hacer reír a Carola? ¿Será un pe-
dido que la At vaya a hacerla reír? Volvemos a recrear el pedido.
Se convoca a payasmédicos que asisten la sala UTI (unidad de
terapia intensiva) llenos de colores, música y alegría; instalan
otro lugar en el tratamiento. Carola logra superar su cuadro y
vuelve a casa. El equipo incorpora a los payamédicos y a los en-
fermeros en la red terapéutica para acompañar a Carola. En oca-
siones se realizaban sesiones vinculares (con la madre, herma-
nas, etc.), donde cada uno ponía en palabras, aquellas cuestio-
nes que en ese momento estaban resultando complejas de sos-
tener y hacer circular.
Las principales coordenadas, para acompañar a la pa-
ciente han sido el trabajo en equipo, la posibilidad de pensar
con Otros que han acompañado, a detenerse, a reflexionar en
168
el posicionamiento subjetivo, tanto de la familia como del pro-
pio equipo, frente a los interrogantes que plantea las limitacio-
nes del Otro.
Ha sido fundamental correrse de un discurso que bus-
caba respuestas tranquilizadoras a la angustia que emerge de la
situación de la paciente como de su familia y hacer nuevas pre-
guntas.
Han pasado 5 meses de la última internación. Carola ha
dejado de buscar las causas de su enfermedad (los médicos tam-
bién la desconocen). La joven, logra plantear, que por momen-
tos siente ganas de morir, pero que luego piensa en todas las
cosas que tiene por hacer y la sensación desaparece. La afección
real del cuerpo puede quedar por momentos en segundo plano,
y de allí asoma Carola con su gran sonrisa para mostrarnos que
el camino emprendido es el correcto, siempre brindándonos
pistas y enseñándonos que la vida “es aquello que uno quiera
imaginarse, y si se lo desea, es posible inventar lo que sea”.
169
VII
HAGAMOS LA TRAMA:
ACOMPAÑAMIENTO TERAPÉUTICO, TRABAJO EN
EQUIPO Y EL ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO
CONVERSANDO CON
MAXIMILIANA PEVERELLI Y CECCILIA LOPEZ OCARIZ
Segoviano, 2008.
173
Empezaré por presentarles a Maximiliano Peverelli,1 compa-
ñero con quien me encontré en 2007, en el marco del V Con-
greso Argentino de Acompañamiento Terapéutico en Bahía
Blanca. Allí conocí la propuesta de AGORA y su dispositivo
RECREO, proyecto que me ofreció algunas señales en aquel
momento, ya que después, junto a mi compañero Esteban Kal-
bermatter abrimos las puertas de Fundación Hora Libre,2 y a
partir de allí, emprendimos con Maximiliano y AGORA un re-
corrido de intercambios... Por otro lado, también participará de
esta conversación Cecilia Lopez Ocariz,3 con ella me encuentro
en La PlazAT,4 allí cruzamos opiniones, debatimos, nos encon-
tramos y a veces nos desencontramos, pero luego el trabajo
pone una tarea: “Armar una revista”, emerge un espacio en co-
mún donde las tensiones están presentes. Luego escuché a Ce-
cilia en un taller que abordaba el tema de interdisciplina, en
Brasil, en el marco del XXII Congreso Internacional de Acom-
pañamiento Terapéutico, y pensé: ¡Quiero invitarla a conversar
sobre este tema en algúnún momento! Pues el momento nos ha
encontrado… Por último, falta un invitado más: el lector, quien
será, desde su recorrido, otro interlocutor más convocado a su-
marse en este conversatorio.
1
Licenciado en Psicología – UBA (2002). Vinculado a la práctica del Acom-
pañamiento Terapéutico desde el año [Link] del Equipo de Acom-
pañamiento Terapéutico AGORA (2003). Egresado de la maestría en Ges-
tión de Servicios de Salud Mental (ISALUD 2011).
2
Fundación Hora Libre, inicia su propuesta a fines del año 2007, en Cór-
doba Capital. Es un espacio en el cual se llevan a cabo diferentes dispositivos
clínicos, atravesados por la experiencia interdisciplinaria.
3
Psicoanalista, Magíster en Psicopatología y Salud Mental por la UNR, do-
cente investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional
de Rosario y es Titular de la Cátedra Acompañamiento Terapéutico en Pro-
blemáticas Contemporáneas en la Facultad de Humanidades Artes y Cien-
cias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos.
4
Revista Digital de los Acompañantes Terapéuticos.
174
Viviana: Maximiliano, Cecilia… Les agradezco la participación en
este capítulo que nos aproxima a dos senderos que pareciera no son el
uno sin el otro: El trabajo en equipo y la interdisciplina. Dos instancias
clínicas que aparecen como espacios diferentes pero comunes a la vez,
en relación a ello, me surgen dos interrogantes: ¿El trabajo en equipo
implica un trabajo interdisciplinario? Y viceversa ¿El trabajo interdis-
ciplinario se realiza siempre en equipo? Estos interrogantes tienen la
intención de complejizar algunas certezas que vengo escuchando. Por lo
tanto, quisiera invitarlos a interpelar algunos “slogan”, entonces: ¿qué
es la interdisciplina? ¿Cómo se llega un trabajo en equipo?
175
figura, un conjunto delimita no sólo claramente un adentro de un
afuera, sino que además define a sus elementos de acuerdo a si perte-
necen o no a ese conjunto, en cierto sentido, es un principio de clasifi-
cación. Recuerdo que era todo un desafío en la escuela primaria definir
si el tomate pertenecía al conjunto de las frutas o las verduras. En fin,
este modelo, además del campo de la matemática, tiene su resonancia
biológica en la figura de la célula y sus intercambios funcionales con el
medio, intercambio que a su vez resguarda a la célula en su unidad-
identidad. Este modelo de conjunto cerrado suele deslizarse para pensar
el equipo, y trae una serie de implicancias que es necesario problemati-
zar al menos en dos aspectos centrales: los modos de cifrar la alteridad
de aquellos con los que trabajamos y, por otro lado, el lugar que le
damos a la interpelación que proviene de una alteridad al equipo.
Sin dudas cada caso planteará una configuración singular de
trabajo con otros cuya presencia es condición para pensar una estrate-
gia clínica. En los diferentes ámbitos será un equipo constituido por
profesionales del campo de la salud mental, psicólogo, acompañantes,
psiquiatra, trabajador social si fuera el caso, etc. pero hay otras presen-
cias, provenientes de disciplinas no ligadas al campo de la salud mental,
o incluso no profesionales, que no son tan fáciles de ubicar con ese
modelo.
El modelo de conjunto cerrado, es decir, un conjunto al que se
van sumando acumulativamente profesionales intervinientes, plantea
algunos problemas. En primer lugar, si toda reflexión queda supeditada
a lo que se piensa en el “adentro” y si esperamos además del equipo un
acuerdo homogéneo, tenemos al menos que preguntarnos dos cosas. Por
un lado, sino se trata de un acuerdo demasiado “pacífico”, es decir, si
no responde a algún silenciamiento efecto de posiciones asimétricas, por
obediencia, o por desestimación de alguna voz en comparación con
otras, lugar en que habitualmente se relega a los acompañantes. Por
otro lado, si esta homogeneidad no está dada por la abulia, el desinterés
o, peor aún, porque quizás la cronicidad o el agotamiento hacen a la
detención de las preguntas. Por ende, para mi gusto, cuando hay bulli-
cio, multiplicidad de opiniones, discusión, incertidumbre, allí siento que
176
la implicación de cada uno está puesta en juego y eso es vital. También
es cierto que necesariamente la dimensión transferencial entre quienes
trabajan juntos es todo un tema y eso aporta un plus de bullicio intere-
sante.
Por otro lado, creo que es importante hacernos una segunda
pregunta: si la dinámica es la del conjunto cerrado, y sólo dialogamos
entre las voces del equipo, las que parecerían tener la versión más acer-
tada de la situación, si nos resguardamos en esa única versión para
sostener en el tiempo una estrategia en la que nos sentimos seguros…
¿cómo vamos a tener ocasión de vernos interpelados en nuestras certezas
si no hay espacio para que las extranjerías nos pongan a pensar?
Usualmente quienes trabajan juntos en torno a un caso, en la
dinámica de sus encuentros van delimitando la orientación de una es-
trategia en el marco de un proyecto terapéutico. Esto se da a partir de
un cierto diagnóstico de situación, hipótesis de trabajo, es decir, la
puesta en común de las lecturas clínicas de quienes intervienen; pero en
ocasiones, la interlocución, por ejemplo, con un tallerista, nos arroja
alguna lectura que nos hace repensar, el comentario de un vecino que
trae un acompañante a la reunión, o del conductor del transporte que
lleva al paciente todos los días, la portera de la institución, etc. nos
devuelven una mirada de ese paciente que hace estallar las versiones
que teníamos coaguladas: lo que pensábamos que ese paciente podía o
no, se ve puesto en cuestión con algún relato que nos llega de esos otros
escenarios que, menos mal, están por fuera de una mirada ”terapéu-
tica”. Esos actores, y otros que muchas veces sostienen la condición de
posibilidad de la estrategia, ¿son parte del equipo? El fono, la T.O., el
neurólogo, la psicopedagoga, la operadora comunitaria del barrio, la
tallerista, la mujer que ayuda en la limpieza de la casa... otros actores,
que a veces son fundamentales, que en muchos casos incluso no provie-
nen de ninguna disciplina y con quienes conversamos puntualmente o
acordamos cosas, ¿son parte del equipo? ¿Es tan fácilmente delimitable
el conjunto de personas que sostienen una estrategia terapéutica, y que
incluso son condición de posibilidad de esta?
177
Viviana: Cecilia, me gustaría hacer una pausa, ya que traes a esta
conversación un aspecto que considero fundamental de la clínica del
Acompañamiento Terapéutico, que es aquel que sitúa su encuadre en
un espacio móvil que requiere de un enfoque multireferencial. Lo que
propone una lectura plural de la praxis, pero también de los aportes
teoréticos que sobre ella pudieran realizarse. Es interesante este aspecto
que señalas en relación “a la conservación o acuerdos que provienen de
otros actores que no necesariamente provienen de alguna disciplina y
que a veces no son parte del equipo”. Porque pensar en un enfoque
multirefencial también nos posibilita la apertura no solo de otras mira-
das sino otros lenguajes también, que pertenecen a sistemas de referen-
cias distintos, lo que pone en evidencia a la heterogeneidad de perspec-
tivas.
178
“dirigir” el trabajo clínico sobre la transferencia con otro? Esto abre a
otras preguntas, pero sin dudas la necesidad de una estrategia pensada
en equipo implica la puesta en juego de las valiosas lecturas clínicas
que cada uno pueda aportar desde la especificidad de su trabajo.
Bueno, la diferencia que planteabas, Viviana, entre trabajo
interdisciplinario y el trabajo en equipo va delineándose de a poco en
este punto me parece.
El trabajo interdisciplinario plantea toda otra serie de pregun-
tas a revisar. La saturación de sentidos que puede producirse si uno
sostiene la ilusión de que sumando aportes disciplinarios tendrá una
lectura mas “completa” del caso, es sin dudas un problema. La acumu-
lación de información no es necesariamente una virtud en el trabajo
clínico, muchas veces, a partir de todo eso se arma un Frankenstein con
el que queremos hacer coincidir al sujeto cada vez que estamos perdidos.
Muchas veces son más habilitantes los lugares de opacidad o indefini-
ción para el sujeto, pues allí tiene ocasión de acontecer algo inédito,
algo nuevo. Pensaba cuando ingresa un acompañante a un equipo sin
tener demasiados datos sobre el largo historial de padecimientos e inter-
venciones del paciente, y esto da la ocasión de que se produzca un en-
cuentro desde un lugar inesperado. Entonces nos sorprendemos de cómo
se establece en ese lazo algo inédito, un modo que no habíamos podido
anticipar. Leemos allí cuan interesante fue que el acompañante fuera
sin demasiados sentidos coagulados sobre con quién se iba a encontrar.
Porque ese es el punto… ese “quién” no es objeto de la interdisciplina.
Volviendo a la propuesta de revisar los “slogans”, revisemos lo
que usualmente se plantea como límite al trabajo: las diferencias al
interior de cada disciplina, pues cada una tiene una perspectiva diversa
y el objeto de sus intervenciones es diferente. Simétricamente, también
se plantea la necesidad del trabajo interdisciplinario, sostenido no siem-
pre por lo que aportaría el diálogo con otros sino como un ideal que nos
empuja desde algún lugar, eso es algo a revisar también. Como si la
encrucijada de la interdisciplina estuviera entre lo que tiene de imposi-
ble y lo que opera a través de ella como ideal.
179
Respecto del primer aspecto, quizás sea importante considerar
que el trabajo con otros provenientes de disciplinas diversas tiene como
punto de partida justamente la diferencia. Esto debemos pensarlo, pues
más que reprocharle a la diferencia la imposibilidad del trabajo con
otros, es lo que le da su razón de ser. Ahora bien, darle lugar a la “es-
pecificidad” de los aportes de cada disciplina no es el equivalente a
trabajar por “especialidad”, especificidad hace referencia a la particu-
laridad que puede aportar esa disciplina y no otra… En algunos casos
más extremos, esto se hace más visible: un cirujano, por ejemplo, para
poder operar, para poder cortar un cuerpo y abrirlo, necesariamente
debe olvidar, dejar de lado la condición de sujeto de aquel a quien está
interviniendo en ese momento, sin eso no podría “cortarlo”, es condición
que en ese momento opere solo la dimensión de cuerpo biológico en su
mirada, un cuerpo organismo que hay que reparar. Ahora bien, cuando
trata con ese paciente y debe explicarle la operación, no puede descono-
cer la dimensión subjetiva de su paciente y debe considerar los modos y
los tiempos, porque ese lazo responde a otro nivel de lectura e interven-
ción. Si lo pensamos un momento, vemos que ambas dimensiones son
absolutamente necesarias y no se excluyen aunque si las contraponemos
puedan presentarse como paradójicas: el hombre como cuerpo biológico
versus la dimensión singular del sujeto. Si un psiquiatra tiene forma-
ción psicoanalítica y puede escuchar al paciente y tener una posición
ética forjada en esa formación conjuntamente a su trabajo de psiquia-
tra es de suma importancia, pero si se pone a trabajar como analista,
no estará en condiciones de manejar la medicación y evaluar los múlti-
ples factores y controles que un psiquiatra debe hacer; entonces, necesi-
tamos esas diferencias puestas en función, y así con las demás interven-
ciones. Lo valioso de las disciplinas o los discursos que son interpelados
en el trabajo con un caso, es el aporte que pueden hacer desde su espe-
cificidad, ¿no? Es obvio que plantear la orientación clínica de una es-
trategia desde el trabajo en equipo no implica que intervengamos sobre
lo que cada profesional debe hacer desde su disciplina; el equipo, por
supuesto, no indicará sobre cómo operar, cómo rehabilitar una función
motora, cómo hacer ejercicios fonoaudiológicos, etc. Ahora bien, el
180
riesgo de la especificidad es la fragmentación, es decir que cada uno
considere para su intervención sólo el aspecto que le corresponde, enton-
ces, en vez de un Frankestein tenemos una bolsa de partes sueltas, y no
sabemos qué es peor. Es esta encrucijada entonces donde tenemos que
pensar el trabajo con otros.
181
el nivel de complejidad que tiene el campo donde intervenimos. En re-
lación a tu último interrogante, justamente con esto lidiamos todo el
tiempo, y en el campo de la discapacidad especialmente, pues trabaja-
mos con sujetos en situaciones que implican muchas dimensiones pues-
tas en juego: la presencia de un síndrome genético, por ejemplo, con
características que le son propias, con factores orgánicos comprometi-
dos, con aspectos funcionales que inciden, su condición de sujeto de
derechos, las dimensiones institucionales puestas en juego, los lugares
de enunciación que la sociedad le ofrece, los sentidos culturales que se
ponen en juego en la demanda de acompañamiento, las exigencias de
eficacia y rapidez para producir sujetos adaptados o productivos, etc.
Es cierto que no es posible desconocer ninguno de estos aspectos, que
deben poder leerse en tensión, pues ninguno en sí mismo da una visión
acabada de lo que acontece. Entonces, creo que el asunto no es sumar
disciplinas con la lógica acumulativa de “cuanto más, mejor”, sino po-
der leer la complejidad de cada situación, los diversos niveles de lectura
e intervención que posee.
Un enfoque transdiscipinario es valioso para esto. La relación
que enlaza a las diversas disciplinas en este enfoque, no consiste en que
cada una supla a la otra en aquel aspecto faltante de la realidad, a
modo de sumatoria de perspectivas para una metalectura común más
englobante, sino fundamentalmente es un enfoque que permite leer el
carácter complejo y múltiple de lo que acontece. Hay aspectos complejos
de la práctica del AT, que se expresan en tensiones irreductibles de di-
ferente nivel de análisis y comprensión como los que enumeraba. Las
tensiones que se plantean entre estos aspectos diversos no pueden ser
resueltas en términos de elecciones excluyentes, es decir: “considero uno
de esos aspectos como el único determinante y descarto los demás”; es
necesario poder sostener esas tensiones en funcionamiento.
Creo que este enfoque nos permite tomar los aportes específicos
de otras disciplinas para comprender la situación sin coagular en ello
el lugar del sujeto, al que podremos propiciarle el lugar de aconteci-
miento. Esto es posible si hay lugar para lo inesperado, lo que queda en
ese espacio entre disciplinas, más allá de las disciplinas. Todas las
182
potencialidades de un sujeto que se encuentra entrampado en el campo
multi-intervenido de la discapacidad, se dan cuando hay ocasión para
lo inédito. En esto, el lugar del acompañante es central, pues mayorita-
riamente lo inédito se propicia a partir de un lazo con alguien que
apuesta, interpela, espera configurando un espacio donde puede adve-
nir lo impensado. En ocasiones, vemos pacientes que logran cosas gra-
cias a “desconocer” los límites que desde algún saber podrían haber
funcionado como destino. Con esto no quiero decir que no hace falta
“saber nada”, sino que es importante pensar el lugar que le damos a
esos saberes puestos en juego. Por eso, creo que para el acompañamiento
terapéutico es mucho menos importante contar con saberes anticipato-
rios multidisciplinarios que tener una lectura de la complejidad con la
que se trabaja, y a partir de allí trabajar con otros que aportarán su
especificidad junto a la nuestra. A fin de cuentas, el acompañamiento
terapéutico no es una “disciplina” como no lo es el psicoanálisis, sino
una praxis sostenida por una posición ética que propicia un trabajo
clínico, y para ello muchas veces necesita trabajar con otros que inter-
vienen desde otros campos de saber. Por eso, el mayor desafío en el tra-
bajo con otros que intervienen desde su especificidad es no perder el
horizonte de la especificidad del acompañamiento terapéutico, que es
propiciar que ese sujeto encuentre su modo singular de estar en el
mundo, de desarrollar sus potencialidades, de hacer lazo con otros, y
que pueda lidiar lo mejor posible con el sufrimiento subjetivo fruto de
los desafíos del vivir…
A continuación, daré lugar a Maximiliano, quien ha estado
siguiendo nuestro diálogo y a la espera de participar en esta conversa-
ción.
183
En esta ocasión, por lo menos en este inicio del conversatorio,
ingreso a la dinámica propuesta luego de una interesante y extensa in-
troducción de Cecilia, en la que marca las coordenadas por donde in-
tentaremos proseguir.
Mucho se ha escrito sobre Acompañamiento Terapéutico y
siempre se ha resaltado la figura del rol profesional ligado a las incum-
bencias de su tarea. En línea con su rol, al Acompañante Terapéutico
lo entendemos como un actor con conocimientos en salud mental, cuyo
ámbito de inserción es la cotidianeidad de sus asistidos y su intervención
se orienta hacia la inclusión social. En esta definición se incluyen los
preceptos básicos que constituyen el andamiaje político que opera de
soporte para la práctica del Acompañamiento Terapéutico.
Su inclusión en el campo de la salud mental, en función de su
ámbito de intervención, que es la cotidianeidad de los asistidos, lo ha
obligado a reflexionar respecto del modo de relación particular que este
actor clínico debe operar con su paciente. En este marco, podemos defi-
nir que el acompañante terapéutico va a caminar sobre una línea mí-
nima y divisoria. De un lado quedará el modelo compatible con esas
relaciones cercanas, familiares y cotidianas, cargadas de afecto y apoyo,
con las cuales atravesar diferentes circunstancias de la vida. Del otro
lado de la línea divisoria encontraremos ese andamiaje discursivo que
hace al cuidado de los profesionales, quienes construyen su práctica a
partir de un campo de significaciones que hacen a la especificidad de
su profesión y determina la distancia necesaria con su objeto de abor-
daje. El Acompañamiento Terapéutico está destinado a caminar sobre
esa línea casi invisible que define la relación cotidiana y afectiva, sos-
tenida a su vez en un modelo de relación clínica, es decir, una relación
en la cual el agente At estará dispuesto a pensarse a sí mismo, con el
fin de no hacer jugar lo más propio en la relación con su paciente.
Su inserción en la cotidianeidad lo confunde fácilmente con
otros actores cotidianos, como el amigo, el cuidador, el compañero o la
compañía. Actores que podrán participar secundariamente de la escena
de un Acompañamiento Terapéutico pero que no asumen un posicio-
namiento clínico. En nuestra experiencia hemos observado que, en
184
ocasiones, un poco por desconocimiento de quien demanda y otro poco
porque resulta funcional, el acompañante es convocado a ocupar al-
guno de estos lugares (el cuidador, la compañía, etc.). Por esta razón,
en FUNDAT – Equipo AGORA, pensamos que el inicio de un Acom-
pañamiento Terapéutico se ordena cuando se incluye en el marco de
un tratamiento. Esta dinámica de estructuración del dispositivo dará
marco y encuadre a la intervención futura.
En esta perspectiva que estamos presentando, la inclusión del
recurso de Acompañamiento Terapéutico en el tratamiento, es el resul-
tado de la decisión de un profesional de la salud, quien en el marco del
tratamiento que lleva a cabo, requiere un recurso terapéutico cuya mi-
rada y alcance se pose sobre la cotidianeidad misma del asistido. Este
hecho que, en nuestra experiencia está presente en el origen mismo de
la estructuración del dispositivo de Acompañamiento, abre una dimen-
sión de articulación entre disciplinas y prácticas, que es fundamento
necesario para el ejercicio del Acompañamiento Terapéutico. Aquí se
funda en acto la articulación entre diversos actores intervinientes, sin
que ello implique necesariamente la constitución de una práctica inter-
disciplinaria, ni la constitución de un equipo en toda su dimensión.
El hecho de trabajar juntos no constituye un trabajo en
Equipo, y en la misma lógica, un trabajo con otros de diversas discipli-
nas, tampoco constituye en sí una práctica interdisciplinaria. Como
dice Cecilia, podría darse allí, en ese encuentro con otras disciplinas,
otro fundado en la mera numerosidad, donde cada uno aporta de ma-
nera acumulativa.
La interdisciplina, la multidisciplina, no son acciones intrínse-
cas a la práctica del Acompañamiento Terapéutico, sino que corres-
ponde a un modo particular de relación entre los técnicos/profesionales,
donde se juega cierta predisposición subjetiva de los actores intervinien-
tes. Delimitando uno su propia mirada, des-totalizando la propia mi-
rada y asumiendo que uno como actor interviniente tiene capacidad de
inserción limitada a un nivel de análisis, da lugar a otra mirada que
habilita otro nivel de análisis diferente. Allí podemos retomar la cita
de Segoviano que nos propones Viviana en el inicio del capítulo, en la
185
cual lo “otro”, en su diferencia respecto de “uno mismo”, cuando esta
diferencia se visibiliza, nos cuestiona, nos abre pregunta.
Dicha predisposición subjetiva no se da de manera natural en-
tre los referentes de las diversas disciplinas. La inter y la multidisciplina
son modos de ejercer la práctica con otros. Semejante renuncia no solo
es un posicionamiento ético, singular del agente en cuestión, sino que
conlleva un acuerdo tácito de renuncia multilateral por parte de todos
los agentes participantes. El ideal de interdisciplina, como idea rectora
para la práctica del Acompañamiento Terapéutico ha sido una figura
operativa en el origen del Acompañamiento Terapéutico que, como
principio, hoy ha quedado algo forzado.
La propuesta a la interdisciplina en los preceptos fundantes del
Acompañamiento Terapéutico funcionó como guía para marcar una
dirección necesaria hacia la articulación, buscando legitimar el ingreso
de la figura AT en el campo de la Salud Mental. Al tratarse de un
profesional sin habilitación para asumir por sus medios la responsabili-
dad de un tratamiento, se propuso originalmente como un recurso tera-
péutico sostenido en la habilitación profesional de otros agentes de la
salud. Sin embargo, con el correr del tiempo y la evolución de un capital
simbólico propio, el Acompañamiento Terapéutico ha encontrado en
esa relación la condición de una estrategia clínica para su intervención.
En tanto se articula con quien dirige la cura, puede ofertar un modo
particular de vínculo en la cotidianeidad del asistido con efectos con-
cretos en la clínica. Es justamente porque no dirige la cura que puede
establecer ese modo de relación cotidiano, con toda la imaginarización
que eso implica.
Se ha trabajado mucho para abrir un lugar de reconocimiento
hacia la práctica del Acompañamiento Terapéutico. Durante años se
buscó su valoración para ser tomado en cuenta como un recurso tera-
péutico. Un recurso que pretende instalarse en una función diferencial,
donde otras disciplinas que constituyen el campo de la salud mental
han construido capital simbólico desde hace años. Desde el principio,
el Acompañamiento Terapéutico acerca algunos principios conceptua-
les y propone un ámbito para su ejercicio, la cotidianeidad. En ese
186
momento histórico, originario, en que era introducida la función AT y
se daba a conocer en el campo de los saberes disciplinarios, proponer
estratégicamente la inclusión del Acompañante como una mirada en
salud mental que aporta en la perspectiva de la interdisciplina, cumplía
un fin en términos de valorizar dicha mirada como un aporte que com-
plejiza la problemática a abordar, al mismo nivel que el resto de los
aportes de las disciplinas intervinientes.
Sin embargo, a la hora del encuentro en el que se funda la
tradicional relación del acompañante y el psiquiatra o incluso el psicó-
logo, esta se percibe como una relación asimétrica, en la cual el acom-
pañante aporta su mirada y su experiencia con la “expectativa” de ser
tomada en cuenta por el profesional tratante. En este esquema relacio-
nal, el acompañante suma en la perspectiva de la numerosidad. Se
trata de un conjunto de personas que se reúnen con alguna sistematici-
dad a mantener una tarea en común. Cuando se pone mucho énfasis
al armado del equipo se organiza un nosotros, en contraposición a un
“él/ella” que reside en la figura del paciente. Esta dinámica da cuenta
de un proceso segregativo de constitución del equipo. ¿Qué lugar para
el paciente en esa conformación de equipo? El paciente queda por fuera
y el equipo se predispone a objetivarlo, aunque esa no sea la intención.
La estructura misma de conformación de este equipo que tomamos de
ejemplo, dispone un ellos y un nosotros. En ese encuentro no hay un
punto nuclear de tropiezo, de agujero, enigma, pregunta, resistencia,
sobre lo cual el encuentro se organiza. Sino que se trata de un conjunto
cerrado de personas que se reúnen de un modo segregativo respecto de
esa otredad. El argumento sería: nos juntamos para hablar de otro (el
paciente) que se encuentra por fuera de este Equipo. En una reunión
así, la actitud habitual en esta lógica iría por hacer valer lo que se dice
desde la perspectiva del Acompañamiento. Un relato que incida lo su-
ficiente y demuestre que puede ser valorado, en el marco de esta asime-
tría que se propone en el encuentro entre el Acompañamiento Terapéu-
tico y las disciplinas.
Sin embargo, no es en esta rivalidad discursiva que vamos a
encontrar la práctica interdisciplinaria. El punto es cómo el equipo
187
construye un discurso que permita que ese paciente se subjetive en ese
discurso que estamos planteando. Encontraremos interdisciplina donde
un equipo se agrupe alrededor del agujero, donde se haga común el
enigma, donde la otredad se formule como pregunta. La apuesta en el
trabajo interdisciplinario no solo reside en constituir una relación res-
petuosa e integrativa entre los agentes de las distintas disciplinas, sino
en su capacidad de asumir como parte fundante para su constitución
la otredad que representa el paciente al interior de la conformación de
ese grupo interdisciplinario. La otredad sostenida por dentro de la con-
formación del Equipo es lo que mantiene ese punto de resistencia, de
tropiezo. ¿Cómo poner a jugar que el paciente sea subjetivado mante-
niendo el dispositivo? En este sentido, el paciente es parte del equipo
interdisciplinario. Toma decisiones, tiene peso su palabra, tiene lugar
en la versión de cada uno, que constituye el equipo. No se trata solo de
un discurso sobre, en el sentido de que somos considerados respecto de
lo que dice, sino que se trata de un discurso subjetivante en el punto
donde su voz es considerada y puesta en cuestión en la relación que
desde el dispositivo se establece.
5
Ver capítulo 1. Caso clínico: el At Mochila.
188
padres como responsables si el niño no los utiliza o culpabiliza al pe-
queño, diciendo que no pone voluntad, que es vago y que por ello ha
fracaso la intervención...
Ahora, deconstruyamos esta intervención del kinesiólogo con
algunos interrogantes: ¿el niño qué dice sobre esos bastones? ¿Qué signi-
fican para él? ¿Cómo podría incorporarlo a su imagen corporal (la cual
se verá ahora modificada con la presencia de los bastones)? ¿Qué ha
movilizado en su ambiente esta intervención? ¿Qué sucede cuando el
niño se resiste a usarlo? ¿Por qué se resiste? ¿A qué se resiste? ¿En qué
lugares no quiere usarlos? ¿Cómo abordan estas situaciones de tensión,
en la casa, la escuela, etcétera? Y, por último: ¿Está presente el niño en
las decisiones que el profesional toma? Estas podrían ser algunas entre
tantas preguntas que hacen que sea posible que un niño pueda incor-
porar, en este caso, los bastones. En cambio, si el profesional pasa por
alto estas cuestiones, poniendo como única meta (su meta) que los bas-
tones se usen, porque así debe ser o mucho peor, porque otros nenes lo
usan (como si este niño fuera igual a esos otros niños). Bueno, aquí,
como ya se ha mencionado en otros capítulos el sujeto se vuelve objeto
de goce de ese profesional. Si llevamos esta escena, al campo de la in-
terdisciplina, algo de esto mencionabas Maximiliano en tu respuesta
anterior, podríamos advertir: “Cuando el discurso es –sobre– el sujeto”
y no con él. Cuando el discurso de cada disciplina busca tener un lugar
–sobre– la otra, aquí el sujeto desaparece y quedan los saberes en una
solitaria búsqueda de poder.
A continuación, quisiera pedirte que amplíes tu planteo acerca
de “la mirada idealizada del equipo interdisciplinario”, y por otro lado
nos comentes acerca de la implementación de Equipo de Acompañantes
Terapéuticos, con la cual FUNDAT inaugura una nueva perspectiva
respecto al ejercicio del acompañamiento terapéutico en el campo inter-
disciplinario.
189
simplemente uno más, al modo de un profesional que ejerce su práctica
de manera autónoma y liberal, nubla a su vez una otra mirada de
Equipo de Acompañamiento Terapéutico que nos parece fundamental
para pensar la implementación de los Acompañamientos Terapéuticos,
ya no en la dimensión de su rol profesional sino en su dimensión de
dispositivo de intervención, pensada como una “clínica entre varios”.
Esa mirada abre una nueva perspectiva, como bien mencionabas, Vi-
viana, respecto del ejercicio del Acompañamiento en el cual el Equipo
se organiza no solo en la relación con el resto de las disciplinas que
participan de un tratamiento, sino en la dimensión propia de Equipo
de Acompañamiento Terapéutico, con más de un acompañante inter-
viniendo en cada caso, a partir de la cual se constituirán y trabajarán
los lazos y las funciones que cada acompañante pondrá en juego para
el abordaje de su objetivo común. Abrir la mirada hacia los modos de
intervención clínica del dispositivo de Acompañamiento Terapéutico
por sobre las incumbencias del rol profesional nos va a facilitar poner
el eje sobre ese Acompañamiento que trasciende la figura del Equipo
Interdisciplinario como espacio natural para comenzar a forjar los ar-
gumentos clínicos de la lógica y la logística del Equipo de Acompaña-
miento Terapéutico en sí mismo.
190
está en función de la carga horaria que tenga dicho dispositivo de AT).
En esta conformación grupal, de agentes que representan una misma
práctica, también resulta fundamental tomar posición respecto de dar
lugar a la otredad. Lo otro vive en cada versión que construye cada
acompañante, sin embargo, existen efectos de masa o actos de identifi-
cación que atentan contra el sentido que propone la otredad. El trabajo
en equipo, y la función del coordinador en particular, es justamente
romper esos puntos de identificación, fomentar la circulación de la pa-
labra, mantener las preguntas abiertas.
Decir que el acompañamiento es un dispositivo implica pensar
que se arma, se diseña y se construye en torno a un padecimiento, algo
que queda en un lugar de agujero, algo sobre lo cual el dispositivo está
circulando alrededor pero que no lo termina de completar. Como si
fuese un punto de resistencia mínima necesaria como para que el dis-
positivo se arme como tal donde la otredad es estructural en la organi-
zación.
Para finalizar, encontramos que el Acompañamiento Terapéu-
tico como práctica, a pesar de la gran heterogeneidad que presenta en
su campo, ha construido ciertos modos de abordaje que le permiten re-
pensarse en esos preceptos originales de Equipo e interdisciplina. Ha
construido un capital simbólico a partir del cual define una propia ver-
sión de la problemática en salud mental, con tácticas y estrategias que
le son propias para el abordaje de las situaciones en las que se compro-
mete.
191
“Cuando hay bullicio, multiplicidad de opiniones, discusión, incerti-
dumbre, allí siento que la implicación de cada uno está puesta en juego
y eso es vital.” (Cecilia López Ocariz)
192
desconocimiento sin sentirse en falta por ello o en la
necesidad de saturar urgentemente lo desconocido
con cualquier respuesta que calme. Puede observarse
en aquellos intercambios en los que la unión de dos
ideas permite la aparición de una tercera, para bene-
ficio de las tres (por la novedad y la reformulación de
las anteriores). Esto implica plasticidad y la posibili-
dad de renuncia a posiciones fijas del tipo “esto es
así”. Lo más interesante de esta propuesta es que di-
ferencia la adquisición de conocimiento (de un caso,
de un tratamiento, de un paciente, de un) como re-
sultado de la interacción entre los profesionales, de
la posesión de conocimiento como aquello “ya sa-
bido” y por ende “ya verdad”, utilizado para evitar la
dolorosa experiencia de tener que renunciar a certe-
zas para adquirir verdades transitorias.6
6
Kaplan, Damián. Co-Laborar: el encuentro en la interdisciplina. Disponi-
ble en: [Link]
2017.
193
VIII
EL ACOMPAÑANTE TERAPÉUTICO EN LA ESCUELA:
TRAZOS DE UNA RAYUELA
CONVERSANDO CON PRISCILA VENOSA (BRASIL)
Meirieu, 1998
197
Cuestión que nos posibilitará ampliar y complejizar la práctica del
Acompañante Terapéutico en el campo Escolar. Pero antes haré refe-
rencia a ciertos puntos cardinales que nos distancian y a la vez nos
acercan.
Entiendo que, en Brasil, el contexto del cual emerge la figura
del Acompañante como su formación e inserción clínica, tienen algunos
puntos de distancia y tensión a cómo se lleva y ha llevado a cabo en
Argentina, pero no es en esta conversación el punto que me interesa
profundizar… Sino algunas cuestiones que entran en tensión aquí y
allá, debido a la lectura que realizamos del campo y la posición en
relación a la noción de sujeto, la cual compartimos. Aquí el Psicoaná-
lisis aparece, entonces, acortando distancias y nos encuentra haciendo
algunos interrogantes en un mismo territorio: ¿cómo piensas que trans-
curren ciertas infancias, que tienen alguna condición de discapacidad
o problema en el desarrollo subjetivo, su trayecto por la escuela? ¿Qué
se pregunta la escuela acerca del padecimiento psíquico de los niños
que recibe?; y en relación a ello te dejo otra pregunta, aquella que surgió
del auditorio en el congreso de Brasil. Aquí una nueva posibilidad de
encuentro, para continuar con el debate, que no tuvimos tiempo y nos
quedamos con el deseo de continuar :¿Qué sucede cuando el At aparece
como un dispositivo que refuerza el lugar de exclusión del niño, en el
ámbito escolar, etiquetándolo? Cuestión que, entiendo, emerge frente al
desconocimiento de su eficacia clínica en dicho terreno. En relación a
ello, ¿cuál, piensas, es el imaginario social que se construye detrás de
estas concepciones? ¿Cuál es la tarea que entonces tiene el dispositivo
de acompañamiento terapéutico frente a la demanda escolar?
2
Traducción del Texto al español realizada por Consuelo Bastet.
198
una oportunidad para volver a pensar en algo que me moviliza cada
vez que me invitan a hablar sobre la clínica del acompañamiento tera-
péutico en la escuela en contextos más o menos académicos. O, tam-
bién, siempre que mis colegas psicoanalistas que atienden en consulto-
rio particular, pero no necesariamente conocen la práctica de AT, me
piden ayuda para considerar o no la indicación de un acompañamiento
terapéutico como dispositivo de apoyo para la inclusión en determina-
dos niños.
Vayamos con la primera pregunta que me realizas: ¿qué se pre-
gunta la escuela, acerca el padecimiento psíquico de los niños que re-
cibe? A pesar de la diferencia de nuestros idiomas, esta cuestión me
invita a establecer un diálogo en un campo común: el Psicoanálisis, a
partir del cual compartimos la noción de sujeto. Campo en que, estric-
tamente hablando, no estamos comprometidos con prerrogativas que
determinen una dirección apriorística a partir de la cual nos podamos
orientar en todos los casos que fuéramos a acompañar. Es en torno a
la noción de sujeto que podemos encontrarnos, a pesar de los desencuen-
tros que podrían surgir si objetivásemos las distintas condiciones de po-
sibilidad en las cuales emerge la figura del AT en el campo escolar
argentino o brasileño. O si fuésemos a discutir el contexto y los moldes
en los que se forma ese acompañante en nuestros países o si resolviése-
mos colocar en cuestión la estructura adonde se inscribe esta práctica
clínica cuando ocurre dentro de los límites de la institución escolar bra-
sileña o argentina. ¡Qué maravilla!
Vengo a tu encuentro con mucha alegría y ahora que estamos
aquí ¡vamos a continuar! Ahora bien, ¿quiénes son esos “ciertos” niños
que no realizan una trayectoria por la escuela como los otros? ¿Quiénes
son esos niños que nos hacen pensar sobre su situación? Antes que nada,
debemos decir que son esos niños que, estando en un determinado con-
texto educacional, se destacan de todo y se excluyen de la norma com-
partida por la mayoría. Entonces, podemos hasta afirmar que, en rela-
ción con las reglas escolares, tales niños no son los “ciertos” sino los
“errados”. Pues son esos niños los que causan alboroto en aquellos que
199
se encargan de educarlos sin nunca conseguirlo o por lo menos no de la
manera esperada o idealizada.
Desde el psicoanálisis, esos niños son los sujetos que se estruc-
turan por la vía de la psicosis. Son los que se encuentran “fuera del
discurso” en relación con la estructura del lenguaje, que prescinde de
palabras y marca posiciones. En su mayoría casi absoluta, suelen ser
esos “ciertos” niños los que no realizan la trayectoria de la misma forma
que los demás. Pero no siempre es así. Digo esto ya que a veces son sólo
niños neuróticos indisciplinados. Éstos también causan mucho albo-
roto. En este caso, así como en otros en general, no debemos dejarnos
llevar por una impresión ingenua y superficial de la teoría psicoanalí-
tica de que la gravedad sintomática es exclusiva de la psicosis y de que
no hay desvíos cuando se trata de la neurosis.
Pero aún quiero hablar más sobre la noción de “sujeto” y mar-
car su diferencia en relación con la idea del niño con la cual estoy
trabajando aquí. El sujeto del psicoanálisis sólo puede ser definido con-
forme a su posición en la estructura y por consiguiente también en re-
lación con su objeto pequeño a. Sin estas referencias, no podemos ha-
blar de sujeto, para el psicoanálisis. El sujeto psicoanalítico es estructu-
ral y, por lo tanto, trans-histórico. Por esa razón, no puede de ninguna
forma coincidir con la noción de niño de ningún contexto o época. Ya
que esta noción es histórica, contingencial y no es estructural.
¿Y a qué contingencia hago referencia sino a aquella en la cual
surgen las demandas por AT en las escuelas? ¿Cuál es ese momento
discursivo? ¿Cuál es la subjetividad asociada a ese contexto? ¿Cómo
podemos definir la noción de infancia en la época en que vivimos? Bien,
ciertamente hay muchas maneras y no me interesa hablar de todas.
Haré un recorte del punto de vista jurídico que ya abarca bastante y es
coherente con el campo de la moral social y de los valores que se com-
parten en diversos períodos históricos, sirviendo también para situarnos
en relación con el momento actual.
En el ámbito jurídico actual brasileño, el niño no es nada más
ni nada menos que un individuo con derechos o un “sujeto de derechos”
y dentro de éstos, tiene resguardado en el texto legislativo el derecho a
200
la educación. Todo niño tiene derecho a la educación. Voy a restrin-
girme a ese punto, cuyo factor esencial es la definición del niño como
un ser por excelencia “escolar”. De acuerdo con el historiador Philippe
Ariès (1960) y sus referencias europeas, que nos sirven razonablemente
ya que también estamos localizados en puntos geográficos occidentales,
esa concepción del niño como un ser escolar, data del período que coin-
cide con el inicio del siglo XVII, en el cual el sentimiento de corregir la
infancia surgió entre los hombres modernos.
El surgimiento de una nueva forma de educación en el mundo
moderno provocó un cambio profundo en la concepción que se tenía
sobre la infancia. En esa misma época, un poco antes en realidad, sur-
gieron los primeros colegios de la historia de la humanidad, semejantes
al formato con que los conocemos hoy. La misión educacional, que
hasta entonces era predominantemente tarea de cualquier adulto, pasó
a ser trabajo de quien tuviese conocimientos específicos para emprender
un método capaz de conducir a los niños a un “buen puerto” al final
de ese proceso. Los nuevos educadores ahora pautaban sus acciones en
un método, alineándose con los preceptos científicos a través del ejerci-
cio de la pedagogía.
En el capítulo “Recursos para el buen adiestramiento” de su
libro Vigilar y castigar sobre la historia de violencia en las cárceles,
Foucault (1987) sorprendentemente aborda no sólo la estructura de las
cárceles, sino también la arquitectura de la “escuela-edificio” de la se-
gunda mitad del siglo XVIII y el funcionamiento de esas instituciones
educativas. En la sección “Sanciones normalizadoras” de ese capítulo,
el autor define al desvío del alumno como el incumplimiento o inade-
cuación de esos comportamientos en relación con la regla.
Expuestas las bases, para ampliar o ejemplificar ese campo al
cual me invitas a hablar con respecto al AT en la escuela, consigo fi-
nalmente responder tu pregunta sobre cómo “ciertos” niños realizan su
trayectoria escolar. Ahora bien, esos niños no pasan por la escuela sin
hacer un gran alboroto, porque al no adaptarse al pacto civilizatorio
regulado por la norma simbólica, sobrepasan los límites de lo que es
permitido o aceptable a través de la regla en relación con el reglamento
201
escolar. Y, sobrepasando, incomodan. Incomodando provocan reaccio-
nes, reflexiones y respuestas. Desde mi punto de vista, el AT es apenas
una de las respuestas posibles a la situación que esos niños despiertan
en una institución escolar regular y común para la enseñanza de todos
–en oposición a la situación de estudio en una escuela especial donde
antes solían ser educados.3
Entonces puedo responder tu segunda cuestión: ¿cómo aparece
el Acompañamiento Terapéutico en el ámbito escolar? Retomando, la
pregunta que surgió en el auditorio del congreso, posterior a la mesa
que compartimos: ¿la presencia del AT aparece como refuerzo para vi-
sibilizar que ese niño no puede incluirse, por lo tanto, no lo etiqueta y
excluye?
Continuaremos entonces dando lugar aquí, a aquellas pregun-
tas que quedaron resonando y abriendo más interrogantes. La respuesta
de esa pregunta es relativa, pues depende de la relación entre el AT y
la política con la cual esté orientado. Entonces voy a decir que, desde
mi punto de vista, hay una posibilidad de que el Acompañamiento
Terapéutico funcione como un refuerzo para causar la exclusión del
sujeto. Eso puede suceder en caso de que la política con la cual se
oriente ese AT no le permita mínimamente elaborar una crítica res-
pecto del pedido que se le ha encargado. Lo que quiere decir es que, si
fuera un pedido por adaptación del sujeto, tomado entonces de modo
objetivo, de manera a ser moldeado para encajarse mejor en el sistema
escolar respondiendo a lo que todos esperan, atenderlo, tomándolo como
norte del trabajo, deberá reforzar las causas para la exclusión del sujeto
en el acto pedagógico.
3
Para obtener mayor profundidad sobre el tema de los tres paradigmas edu-
cacionales (educación especial, educación integradora y educación inclu-
siva), el lector puede recurrir al texto “la aplicación del AT en la escuela”, de
mi autoría, que fue publicado en la revista La Plaza de AT y está disponible
en la página de esa revista en Facebook. O, mejor todavía, recomiendo que
el lector investigue los diversos textos publicados por el profesor francés Éric
Plaisance, cuya línea de investigación incluye el debate sobre la necesidad de
la inclusión escolar y social y la evolución de las representaciones sociocul-
turales en torno a la noción de deficiencia.
202
Viviana: Es interesante cómo planteás otra de las paradojas de la “in-
clusión”: ¿a quién demanda incluir la escuela? Bueno, planteas un
punto crucial que es la inadecuación del sujeto con el niño que se pre-
tende escolarizar (aquello que todos esperan). Es importante, plantear
“la espera” porque contrariamente, de aquello que podríamos poner en
juego con esta palabra desde nuestra lectura (el esperar señales que el
sujeto vaya ofreciendo, como un estar disponible); aquí planteas la es-
pera del lado de aquello que no espera, valga la redundancia, los tiem-
pos del niño… Por otro lado, me gustaría, si podrías desarrollar a qué
te refieres con “la exclusión del sujeto en el acto pedagógico”.
203
sujeto dentro del ambiente escolar. Esa posibilidad dependerá de cómo
ese AT se oriente en la conducción de su terapia. En otra oportunidad,
escribí un texto para la revista online La Plaza de AT, en el cual argu-
menté que el AT orientado a la política y la ética del psicoanálisis,
durante un tratamiento en la escuela, al no perder de vista el sujeto,
tendrá como objetivo darle un lugar en el Otro institucional que la
escuela puede encarnar. Quiero decir que, si fuera deseo del equipo de
agentes escolares, la escuela como red simbólica, contando con la aten-
ción y escucha del AT que acompaña al niño, puede de hecho acogerlo
en su singularidad. De la misma forma, podrá o no hacer ofertas de
lazo social con sus variados proyectos educativos. El AT, por su parte,
podrá actuar para que tales ofertas se sustenten de ambos lados, de los
educadores que le soliciten ayuda para educar a aquel niño y del sujeto
acompañado, o estudiante por decirlo así.
Viviana: La trama que desarrollás nos permite desarmar cada vez más
el dispositivo escolar, cuestión que justamente considero ofrece la inter-
vención del At en este escenario. Deconstruir ese aroma a certezas y
pensamientos binarios, que no posibilitan que el niño pueda hacer de
este maravilloso nido subjetivo “su escuela”, aquí aparece: “la escuela
inclusiva, la común, la especial, la no inclusiva, etc.”; de la cual el
pequeño no puede apropiarse porque en realidad esa escuela no es de
nadie. Para que haya escuela tienen que existir sujetos que la nombren
en su red simbólica. Recuerdo a Jorge, un joven de 19 años, al cual
atendía desde los 12, un día me dijo algo que me dejó pensando y lo
traigo como ejemplo a lo que mencionaba en el párrafo anterior: “mi
escuela era esa en que estaba mi seño Flor. Ella en el invierno llevaba
un termo de té caliente para todos. Decía que tomar algo calentito nos
iba a sacar el frío, pero yo solo tomaba agua. Entonces, me dijo: Jorge
te traje agua tibia en este vasito, pero yo que ya me había acostumbrado
tanto al olor del té, le dije: pero esa agua no tiene el olor al té que
toman mis compañeros. Entonces me ofreció un poco de su té”. A pro-
pósito, de esta viñeta y para continuar conversando, considero funda-
mental empezar a pensar en el At, en el “entre” de otras configuraciones
204
de apoyo, ya que allí estará propiciando el lazo social; pero en conexión
con aquellos Otros (docentes, compañeros, etc.) que también serán
parte del dispositivo del acompañamiento. ¿Qué opinas sobre esta lec-
tura, del At como “entre”, que no se reduce exclusivamente al niño?
205
Pedidos como ese muestran un sufrimiento indiscutible y nos
corresponde escuchar y no juzgar. Sin embargo, aunque en el imagina-
rio social configure al At como un tipo de mago, milagrero o alquimista,
que combinará elementos hasta entonces incomunicables, estamos ad-
vertidos desde nuestra posición como psicoanalistas sobre las imposibi-
lidades estructurales, o sea, de que no haremos lo que es imposible, ni
siquiera lo intentaremos.
Desde la posición discursiva del psicoanálisis, de Freud a La-
can, sabemos también que es necesario distinguir las nociones de socia-
lización y de lazo social, ya que asemejarlas podrá causar una gran
confusión. Del sujeto del psicoanálisis, podemos decir que recurre a los
discursos, impulsado por su falta-a-ser a fin de recuperar en el lazo social
algo que estaría perdido. La circulación social o participación institu-
cional del sujeto no puede, de ninguna manera, garantizar por sí misma
solo satisfacción. En el caso del sujeto psicótico, o fuera-del-discurso, la
imposibilidad de aprovechar alguna oferta de lazo social ofrecida por
la escuela, por ejemplo, estaría dada por la propia estructura. Por otro
lado, en el caso del sujeto neurótico, el sujeto del inconsciente propia-
mente dicho, la imposibilidad de acceder a alguna satisfacción a través
de los discursos predominantes en la institución escolar es dada por el
simple hecho de que, desde su falta-a-ser, el sujeto puede buscar satis-
facción de formas más o menos compatibles con lo que se ofrece, pu-
diendo rechazar la mayoría de las posibilidades y así causar incomodi-
dad entre aquellos que son responsables de acogerlo y educarlo.
A partir de esas reflexiones debemos entonces considerar que,
para un niño, neurótico o psicótico, estar matriculado y asistir a la
escuela, aunque sea lo ideal desde el punto de vista jurídico y moral,
del niño como un sujeto de derechos, no es lo mismo que sustentar las
ofertas de lazo social escolares para ese niño y puede, inclusive, servir
como una condición que refuerce su exclusión desde una supuesta in-
clusión o desde su inserción física o concreta.
Otros pedidos de AT en las escuelas pueden implicar de forma
latente el imaginario social de un profesional especialista en deficien-
cias, el AT aparecería aquí como una especie de corrector escolar, que
206
estaría ahí para compensar las faltas de su acompañado o garantizar
de algún modo que el alumno acompañe lo que se requiere que observe
y atienda. En esos casos, el AT demostraría y reforzaría la incompeten-
cia o incapacidad del niño para socializar de manera autónoma, sin el
auxilio de un ayudante especializado. Pero también, debemos conside-
rar, que la presencia del AT en el ambiente escolar no significa que la
razón para estar allí es ayudar en el sentido positivo de esta palabra.
Además, como ya indicamos, el AT orientado por la ética del psicoa-
nálisis no parte jamás de ideas preconcebidas sobre el sujeto, entonces
¿por qué lo haría acompañar a un niño en sus aventuras y desventuras
escolares?
Priscila: Así es, estos imaginarios como bien dices constituyen uno de
los muros más alto en esta clínica. Ya que existe todavía la posibilidad
de que el imaginario social configure al At como un espía de los fami-
liares, que trabaje con el objetivo de observar, vigilar y denunciar cual-
quier irregularidad en la seguridad del niño acompañado. O ¿quién
sabe? La creatividad humana es tan fértil ¿no es así? Es posible que la
imagen social creada sobre el At entre algunos profesionales sea de un
207
tipo recreador, capaz de animar a los niños y seducirlos al punto de que
integren al alumno raro entre sí, ofreciéndole oportunidades para socia-
lizar, partiendo del principio de que eso es algo positivo y necesario para
todos.
Finalmente, Viviana, lo que me hiciste extraer de mis reflexio-
nes con la pregunta del imaginario social es la relevancia de estar aten-
tos a lo que es supuesto con respecto a la figura del At, a fin de poder
invertirlo siempre que sea necesario. El imaginario social va constru-
yendo la figura del At en la escuela para los diversos individuos que
componen ese escenario de la educación inclusiva, como bien recor-
daste, los familiares, profesores y hasta el niño con algún tipo de defi-
ciencia. La tendencia, además es que ese imaginario se prolifere en la
misma proporción en que su práctica se populariza o que avanza el
campo de la moral y del derecho y se crean nuevas leyes para marcar
las prácticas inclusivas y garantizar los derechos de los ciudadanos. Por
lo tanto, opino que lo importante es decidir cómo situarse delante de
semejante confusión. Aquí en San Pablo, adonde vivo en Brasil, he
observado una gran variedad de posturas, hay muchos colegas que op-
taron por no realizar más AT en las escuelas, otros que decidieron ale-
jarse un poco. Existen escuelas que crearon dispositivos que cumplen la
función antes realizada por los At con quienes trabajaron. Particular-
mente, continúo muy interesada en la práctica del AT en las escuelas,
y además, agrego, como ya te comenté en aquella oportunidad cuando
nos conocimos, que tiene mucho potencial.
208
acompañar la trayectoria escolar del niño. También aquel que pueda,
en momentos, estar disponible para metabolizar la angustia que apa-
rece cuando el deseo del niño (no ir a la escuela, no copiar, pegar, etc.)
irrumpe en el otro y éste se queda sin bordes para contener esta situa-
ción, quizás por el acontecimiento que estas escenas implican en cada
uno. El desorden, el caos movilizan angustia y poner a circular este
malestar (que no es el del niño) no siempre es posible.
209
pensar que se decide implicarse, o pasarla por alto, porque no
hay tiempo o porque no hay preguntas que abran un lugar po-
sible. Como afirma Pulice6: “No hay ética sin implicación”.
No nos olvidemos que el padecimiento psíquico no per-
tenece solo a ese sujeto que padece. Por lo tanto, que la angustia
circule, se trabaje y genere diversos puntos de tensión, hará que
no recaiga siempre en el niño. A veces será en padres, otras veces
en la escuela, en los docentes, en los otros niños. Porque lo que
está en juego y lo que importa a la escuela sobre todas las cosas
cuando se dispone a hospedar a un niño con ciertas dificultades
es el lazo social y el lazo social no existe sin el Otro.
Volvamos a uno de los interrogantes que nos plantea-
mos en la conversación. ¿Cuál es la demanda de la escuela,
frente a la inclusión del dispositivo, de acompañamiento tera-
péutico? Lo primero a decir, como bien mencionaba Priscila, es
cuestionar, desarmar aquel pedido que realiza la escuela y valo-
rar si en esa demanda está situado el niño o se trata de armado
por fuera de él. Por lo tanto, la angustia frente a lo desconocido
irrumpe, y hacer algo con ella será a mi criterio la cuestión a
trabajar. En esta línea podríamos pensar que el acompaña-
miento terapéutico en las escuelas no se reduce a acompañar a
un síntoma, a una discapacidad o al estallido que se genera en
un aula. Porque aquí nos acoplaríamos a la lógica del impera-
tivo categórico, más bien podrá ofrecer en su dispositivo una
hospitalidad abierta de antemano a cualquiera, incluso a aquel
que no se espera. Por lo tanto, su angustia que implica en los
Otros, descifrar de qué sufre ese niño. Aquí adviene la función
principal del acompañamiento: “acompañar a metabolizar la an-
gustia que allí circula”. Como ya hemos dicho este movimiento
requerirá de respetar el tiempo subjetivo del niño (que a veces no es
el tiempo académico o real), lo que constituye una respuesta
6
El lector interesado puede remitirse al capítulo 3, donde el autor desarrolla
este tema, en su libro Fundamentos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico
(2014). Ed Letra Viva.
210
responsable, implicada, y eso es asumir una posición ética ante
la presencia del Otro como semejante, a eso hace referencia la
clínica del emancipar, la clínica del AT…
Para finalizar, quisiera retomar el título de este capítulo:
211
IX
CALIDAD DE VIDA Y DISCAPACIDAD:
¿EN BUSCA DE LA FELICIDAD?
CALIDAD DE VIDA DESEADA,
UNA INVESTIGACIÓN PENDIENTE…
Gilles Deleuze.
1
Dra. Carolina Remedi. Especialista en Psiquiatría Infanto Juvenil. Miem-
bro Titular de AAPI -Asoc. Argentina de Psiq. Infantil. Docente de Psicofar-
macología y Psiconeurobiologia en la Carrera de Especialización de Psiquia-
tría Infanto Juvenil de la Univ. Católica de Córdoba. Docente de la Carrera
de Especialización de Neurología Infantil de la Universidad Católica de Cór-
doba. Directora Médica Centro Henri Laborit. Psiquiatra de Centro de Es-
tudios y Tratamiento de Epilepsia y Sueño.
215
tal vez también pueda serlo para alguno de ustedes…Si algo he
aprendido, luego de caminar estos laberintos, es que aquello
que pensaba con certeza que era el final puede rápidamente
convertirse en otro comienzo, en otro tramo del camino.
Las palabras de Deleuze son una oportuna introducción
para el tema que abordaremos en este capítulo, en aquella frase
podemos advertir un enfoque que alude a un pensamiento com-
plejo, desde cual abordaremos el concepto de “calidad de vida”.
El autor dice “debemos percibir cada una de las gotas de agua
que lo componen” aquí, advierte cómo la emergencia de cada
gota singular por sí sola no logra configurar la ola ni componer
su sonido, sin embargo, cada una de ellas tiene una melodía
propia que en interacción con las demás logran el sonido de las
olas. Pero si aún complejizamos más esta metáfora, el sonido
que escuchamos cuando la ola rompe en el mar no es el mismo
que aquel que acontece cuando termina en la playa. También
dependerá si ese sonido es compartido con otros, o si es escu-
chado en soledad llevando al sujeto a un momento de intros-
pección y trayendo en ese instante recuerdos que retoman allí
su presencia… Así podríamos seguir construyendo hipótesis
acerca de esta vivencia, la cual se configuran en varios relatos,
como los sujetos puedan ser parte de esa experiencia.
Quisiera en este capítulo invitarlos a la deconstrucción
(Derrida) de posibles sentidos y significados construidos. Dicho
método incluye múltiples dimensiones, las cuales no apuntan a
cerrar la idea sino a dejarla abierta, dando la oportunidad de
nuevas lecturas. Denise Najmanovich, una de las pensadoras ar-
gentinas contemporáneas, que aborda y desarrolla el paradigma
de la complejidad, nos acerca la siguiente reflexión:
2
“Habría que mencionar la existencia de al menos dos grandes perspectivas
del concepto de Calidad de Vida. Una primera perspectiva más institucio-
nal, supuso ya desde el origen del concepto una transposición a lo social de
las técnicas y de los instrumentos de medición y de valoración de los fenó-
menos económicos, por lo tanto, se inscribe en un enfoque basado en la
construcción de indicadores cuantitativos de los umbrales de satisfacción
(Lles & Tibio, 1990: 68). Una segunda gran perspectiva sociocultural y
217
caracteriza por un intercambio heterogéneo y dinámico de las
dimensiones que lo componen, es decir por el diálogo que
emerge “entre” ciertas disciplinas intervinientes en cada caso.
De esta manera, su abordaje constituye un marco referencial
anclado en el paradigma epistemológico de la complejidad,
como ya se ha mencionado. Debido a que su lectura se realiza
en un campo multidimensional, el cual da cuenta de cómo cada
sujeto (en el entramado familiar y social) va configurando sus
modos y caminos de transitar ciertos acontecimientos de su
vida. Definición que aporta cierto grado de incertidumbre, in-
herente a una concepción de sujeto en permanente devenir.
Compartiremos algunas reflexiones del concepto de ca-
lidad de vida, considerando la importancia del Acompañante
Terapéutico, como parte del esquema referencial, para la obten-
ción de datos cotidianos. Dichos indicios, posibilitan al equipo,
en relación con los aportes y en diálogo con las otras disciplinas
implicadas en cada caso, la configuración de una estrategia ba-
sada en un diagnóstico de situación.
Lo desarrollado en este texto son posibles aproximacio-
nes y reflexiones sobre una construcción teorética sustentada en
la experiencia clínica. A partir de la cual, se propone una de-
construcción del término de calidad de vida como un concepto
acabado, que define qué es y qué no es la calidad de vida de un
sujeto. Aquí se plantea justamente lo contrario, desde una apro-
ximación exploratoria y cualitativa, tomaremos a la calidad de
vida como aquella brújula que permita interpelar una defini-
ción universal y cuantitativa.
218
Podríamos llamar calidad de vida, entonces, a aquello
que cada sujeto define como importante para él mismo, par-
tiendo de su posición subjetiva, la que se enmarcara en un con-
texto y situación singular. Desde allí, podrá definir cada sujeto,
su calidad de vida. Por ejemplo, para algunos será disponer de
más tiempo libre, o estar con su familia más tiempo, no ir más
a rehabilitación, disponer de más recursos materiales, encontrar
un trabajo, etc… Así podríamos pensar en múltiples ejemplos
de lo que para cada persona implica tener calidad de vida en un
momento particular de su existencia, ya que sus necesidades y
demandas se irán transformando con el paso del tiempo.
Algunas de las observaciones mencionadas, como ejem-
plo en el párrafo anterior, parecen estar ausentes en algunas con-
sultas (y protocolos) de los terapeutas, más aún cuando en el
entorno hay alguna persona con cierta condición de discapaci-
dad. Ya que la consulta, la valoración, la terapéutica parece fo-
calizarse en aquello que no funciona, en aquello que falta, en
aquello que visibiliza lo anormal. Un interrogante en relación a
lo mencionado podría ser: ¿qué sucede cuando un tratamiento
se convierte en un espejo a la demanda, de ciertos sujetos, que
se adoctrinan (homogeneizándose) para obedecer a lo estable-
cido y a cierta domesticación que los ha adormecido (naturali-
zado)?
219
CONVERSANDO CON CAROLINA REMEDÍ
220
mayor felicidad = mayor calidad de vida y a mayor sufrimiento
= menor calidad de vida. Cuestión que me llevó hacia algunos
interrogantes, como mencionaba al inicio de este párrafo: ¿la
calidad de vida hace referencia a la felicidad, o a lograr determi-
nado estado de bienestar? De ser así: ¿calidad de vida implica la
búsqueda de un estado de felicidad?
Freud, en su extraordinaria obra, El malestar en la cultura,
plantea al respecto:
221
familia justo ese día de la salida cancela el encuentro con el At.
En otra ocasión fundamenta que Juan no podrá entender la ló-
gica de los billetes y no tiene sentido, por lo tanto, que disponga
de dinero. Se niega el interés de Juan por trasladarse en tras-
porte público, ya que no es necesario pudiendo ellos llevarlo o
pagar un taxi. Ingresan al baño mientras Juan se baña porque
no se limpia lo suficiente y le queda su cabello sucio… Podría-
mos pensar que hay cierta distancia y diferencia entre el querer
y el poder. Una familia que no puede dejar de repetir cierto
funcionamiento, por ejemplo, una madre que sobreprotege a su
hijo, es difícil aspirar a una perspectiva universal como que esta
madre “debe dejar de sobreproteger a su hijo, ya que este factor
interviene en la calidad de vida del niño y su familia”. Planteos
que nos lleva a la lógica del imperativo categórico kantiano.3 Si
el At insiste en modificar este comportamiento –o aquellos
mencionados en los ejemplos anteriores–, porque interfieren
en su labor y obstaculizan los objetivos planteados por el
equipo, bueno diremos que es el At quien no puede considerar
un panorama complejo, multideterminado, el cual implica sa-
lirse de aquellos imperativos categóricos que abundan en el
mundo de la discapacidad. Sin embargo, seguimos trabajando
en que “no sabemos” lo que acontecerá en cada encuentro “con
el Otro” y, por tanto, cualquier imperativo categórico carece de
sentido como clave para salir del laberinto. Porque como ya he
mencionado numerosas veces en este libro, el Filósofo Emma-
nuel Levinas dice: “El otro irrumpe” y una posibilidad frente a
este acontecimiento es “interpelar” el saber “ese saber de la cer-
teza, de lo único, de lo totalizante” emancipar/se de él...
3
Pretende ser un mandamiento autónomo y autosuficiente, capaz de regir
el comportamiento humano en todas sus manifestaciones. Tiene una inten-
ción moralmente buena quien pone el seguimiento de la ley como condición
de los motivos impulsores sensibles, y moralmente mala quien hace lo
opuesto.
222
Pensar en calidad de vida, implicaría entonces, investi-
gar aquellos indicios que en lo cotidiano vayan orientando al
sujeto y su familia a encontrarse con el deseo de habitar un lugar
propio y compartido. Podríamos decir, que el At ingresa a la
escena para “mejorar la calidad de vida del sujeto al que acom-
paña”, pero ¡cuidado! que este término, utilizado y divulgado
en el ámbito de la discapacidad, no se vuelva un imperativo ca-
tegórico, porque allí, como dice el popular dicho: “Todos los
caminos conducirán a Roma”, pero… ¿Qué Roma desea? Y el
sujeto ¿quisiera ir a Roma? ¿Cuándo desearía ir?
A continuación, conversaremos con la Dra. Carolina
Remedi, con quien venimos hace algunos años abordado este
tema.
223
Cuestiones que pueden dejar diversas secuelas y pasar a partir de ello
a constituirse en una discapacidad. La palabra enfermedad, proviene
del latín infirmitas, que significa literalmente falto de firmeza, aquel
panorama que hasta el momento se encontraba con cierta firmeza,
frente a la presencia de un diagnóstico se siente amenazado. Cuestio-
nando el saber de cualquier padre o madre, generando una crisis frente
aquello desconocido, y por lo tanto, promueve un cambio de identidad
en la dinámica familiar.
En mi experiencia clínica, aparecen padres que perciben a sus
hijos como más difíciles, muestran patrones de disciplina menos eficaces
e interacciones paterno-filiales más disfuncionales. Así, la percepción
acerca de la discapacidad parece reducida a la lectura que el sistema
familiar realiza y a sus demandas actuales, pero lo cierto es que, como
menciona el abordaje de “calidad de vida”, enmarcado en el paradigma
de la complejidad; habrá que considerar las demás dimensiones puestas
en juego allí. En este contexto, se reorganiza una renegociación de roles
para afrontar la nueva situación, pero esto trae aparejado una reestruc-
turación en la dinámica familiar cuyos conflictos surgen en función de
las posibilidades de cada familia a la nueva situación, lo que allí acon-
tezca. Hay que despejar como ya has mencionado, que los conflictos
que emerjan no es consecuencia directa de la discapacidad o dificultad
del niño; sino de aquello que despierta en cada miembro de la familia
y cómo el sistema familiar se acomoda a este “acontecimiento” que los
impacta sorpresivamente. Dicho esto, inferimos que las cosas no serían
tales si el contexto no les otorgara sentido, teniendo presente que los
sentidos adjudicados variarán según cada caso. Sin embargo, escucha-
mos en las consultas un aspecto transversal y es justamente el impacto
que la adversidad deja, una impronta indeleble que no tiene que ver
con el niño, sino con la significación del diagnóstico en cada uno y entre
ellos. Inicialmente prima un sentimiento de inquietud y de miedo frente
al incipiente diagnóstico para luego trocarse en sentimientos de ansie-
dad, profunda fatiga y tristeza (terminado en algunos casos, en cuadros
depresivos u otros trastornos), aunque muchas familias con el apoyo
temprano y oportuno de profesionales pueden transitar este duelo con
224
mayores posibilidades, así como otros momentos críticos de la vida.
Ahora el factor del dolor, es un punto crucial, ya que algunas familias
frente a ello deciden aislarse y aquí se hace difícil acompañar. Más allá
de la discapacidad, la experiencia nos dice que cualquier evento que
irrumpe de manera inesperada y con tanta intensidad, en momentos
inmediatos se construye un frágil equilibrio, para “sobrevivir al exceso
de información, a la confusión y el dolor”.
Como mencionabas en la introducción, hace muchos años que
apuesto, doy lugar y prescribo la clínica del acompañamiento terapéu-
tico. Ya que el acompañamiento terapéutico puede entrar a este cir-
cuito desde cualquier punto y desde el inicio a trabajar en el entorno
familiar. Todos los recursos terapéuticos van dirigidos a enfrentar la
adversidad que algunas familias viven frente a la presencia de la disca-
pacidad, y a afrontar los desafíos de lograr nuevos cambios adaptativos,
la resiliencia. El acompañante, es en ese sentido un recurso que produce
subjetividad y que sostiene aquellos aspectos que justamente al ser tan
irruptivos, no alcanza con las terapias tradicionales. El acompañante
terapéutico, no es para mí un brazo del tratamiento, “es la pieza fun-
damental que nos permite ingresar al hogar, a la escuela, a la calle. En
esos entornos que ni el psiquiatra, ni el psicólogo pueden llegar, el acom-
pañante es un profesional que tiene un lugar privilegiado en los trata-
mientos”.
El trabajo con todos los miembros de la familia “es nuestro
Waterloo”. Me gusta pensar que todo encuentro está provisto de sen-
tido, como dice el poeta Apollinaire “Todos los otros están en mí”, de
modo que nuestras intervenciones dejan huellas, pasan a ser parte de
ese nuevo patrimonio identitario que supone re-aprender a vivir en nue-
vos contextos. Huellas, que el paciente y la familia decidieron tomar,
aquellas que nosotros solo ofrecimos desde nuestra disponibilidad. Pero
huellas que también quedan en nosotros, en tanto nos posicionemos
frente al paciente como profesionales abiertos a su devenir, pero al nues-
tro también. Resiliencias que integran una nueva construcción biopsi-
cosocial que es “la calidad de vida”, y nosotros nos erigimos como acto-
res, junto a quienes acompañamos, de ese nuevo proceso en el que
225
asumimos el compromiso y la responsabilidad de cincelar, es este com-
plejo telar que es la vida y que evoluciona por distintos caminos, los
nuestros y el de los otros.
226
X
SEGUNDA EMANCIPACIÓN
LA AUTONOMÍA DE LA DISCAPACIDAD
229
terapéutica de los centros de rehabilitación, en la mayoría de los
objetivos terapéuticos, en la consulta de los padres, en el pedido
de las instituciones. A veces planteado de manera explícita <tra-
bajar la autonomía> y otras veces encubierta. Estamos frente a
otro concepto nodal ¿Estamos frente a otra certeza? “La Auto-
nomía.” Iniciamos un intercambio que aún fuera de este capí-
tulo continúa…. Esteban, en Colombia y yo en Argentina. La
distancia de nuevo no fue el obstáculo. Nos arrojamos de nuevo
al laberinto, nos perdimos, ¡y vaya que nos perdimos! Cada
tema era un sendero infinito de preguntas, reflexiones e inte-
rrogantes. Entonces, recordé a otro compañero que podía ofre-
cernos algunas coordenadas, así invitamos a Leonel Dozza que
nos acompañe a pensar y a seguir avanzando.
A continuación, compartiremos un provisorio ensayo,
el cual quizás sea un collage de nuestras experiencias clínicas y
recorridos de lecturas, que se cruzan y se tensionan cuando
avanzamos en cada tramo. En este capítulo el objetivo lo sabía-
mos de antemano: “nos propusimos explorar una idea, perder-
nos un poco en ella hasta encontrar algún camino y abrir debate
respecto aquella pretendida Autonomía en la clínica de la dis-
capacidad”. Así transitamos vericuetos como laberintos, con la
intención de explorar esta idea y el deseo de abrir otros cami-
nos, otros itinerarios posibles...
Partiremos de los aportes que nos ofrece la teoría psicoa-
nalítica, para pensar cómo se constituye la autonomía en un su-
jeto. La cual desde el principio planteamos, se juega entre el
sujeto, el Otro y el prójimo (otro). En el texto “proyecto de una
psicología para neurólogos”, Freud plantea que ante el malestar
experimentado por una exigencia, interna o externa:
1
Ver el relato de G. García Márquez. La profecía autocumplida, (2012).
231
mayor dependencia y menor autonomía. Profecía que le interesa sos-
tener al sistema capitalista y que, mediante la lógica neoliberal,
toma fuerza y se consolida como una certeza. Por lo tanto, sos-
tenemos que más allá de analizar y deconstruir este concepto
que es protagonista en el escenario de la discapacidad, tendre-
mos también que advertir que dispositivos, abordajes y discur-
sos de poder lo sostienen.
Para iniciar con el desarrollo del tema, será fundamental
situar la noción de sujeto desde la cual abordaremos el tema,
que será aquella que el psicoanálisis nos ha ofrecido. Es decir,
el sujeto efecto de lo inconsciente, en su dimensión significante:
“el significante es lo que representa a un sujeto para otro signi-
ficante”2 (Lacan; 1962). Este sujeto que nos consulta ha sido
enunciado por otro quien también, a su vez, ha sido enunciado
por Otro. En este punto planteamos que “la autonomía” implicaría
el delicado trabajo de escuchar aquello que el sujeto enuncia, y fábrica
como potencial respuesta al deseo del Otro. A diferencia, de una
perspectiva centrada en el comportamiento, la cual podría plan-
tear que trabajar “la autonomía” sería la respuesta de aquello
que se ha impuesto las veces necesarias para ser aprendido o de
una noción de sujeto neoliberal como aquel “Proyecto indivi-
dualista”. Por lo tanto, también podríamos decir que aquello
que llamamos autonomía no preexiste, ni aparece repentina-
mente, sino que se construye. Y “se hace” en ciertos tiempos y
espacios que no responden a un orden cronológico (primero el
niño camina, luego habla y deja los pañales, etc.), sino que este
hacer, se constituye en tiempo lógicos. Tiempo en el cual se lo-
gre, en el niño, anudar algo referido a su propia existencia en
referencia a la propuesta (o falta de propuesta) por parte del
Otro. Es así que frecuentemente escuchamos los siguientes re-
latos: “el niño debe desarrollar su autonomía para salir solo,
para asistir a la escuela…” o ciertos discursos, provenientes de la
2
J. Lacan (1962). Seminario 10, La angustia; sesión del 12 de diciembre.
232
rehabilitación, por ejemplo: “en este tratamiento se apuntará a
desarrollar la autonomía”. “El objetivo del Acompañamiento
Terapéutico es que el joven desarrolle mayor autonomía en su
vida diaria”. Imperativos que nos llevan a cuestionarnos y pre-
guntarnos: ¿Qué significa para los padres, los terapeutas y/o los
docentes la autonomía del niño? ¿Qué efecto tiene la emergen-
cia de un deseo que se desprenda del niño y que difiera de lo
esperado por quien se hace cargo de él? Y finalmente, ¿se enseña
a ser autónomo?
La primera coordenada que pondremos es, que la auto-
nomía implica un trabajo el cual tiene como escenario el lazo
social. Este trabajo se llevará a cabo en un entramado vincular,
cuestión no menor ya que aquí “la autonomía” como correlato
de un proyecto individual se cae. La autonomía, no es sin el
Otro. Por lo tanto, desde nuestra perspectiva, el trabajo que acon-
tece sería: “aquel que permita al sujeto esbozar movimientos hacia una
posible posición en la cual sea capaz de sostener las consecuencias que
de su deseo se desprenden”.
En la clínica con niños, por ejemplo, tendremos que ge-
nerar ciertas condiciones para que la familia, el docente y/o el
terapeuta sea capaz de sobrellevar los efectos, que estos movi-
mientos, generarán también en ellos. Si el trabajo sigue las coor-
denadas transferenciales con cada interlocutor, este entramado,
irá propiciando al paciente el armado de un posible saber sobre
aquello que desea. Este saber que siempre será parcial, posibili-
tará que el niño implique allí su nombre, y aquí una las posibles
lecturas del concepto de “autonomía”, la cual podría aludir a
que el niño en este trabajo logre “autonombrarse”.
Sin embargo, en la práctica clínica es habitual encontra-
mos con el planteo inverso a lo que venimos proponiendo hasta
aquí. Algunos ejemplos podrían ser: “El objetivo de una autono-
mía reducida a un producto: que el niño pueda solo, que se independice,
que el joven se vista, tomé el colectivo, aprenda a manejarse solo. O
que aquel adulto, que hasta hace un tiempo dependía de sus padres
233
para sus actividades diarias de pronto se prepare para un futuro para
cuando sus padres ya no estén, así comienzan programas de un intenso
entrenamiento”. Estos planteos saturan la escena, invisibilizando
al implicado, a su nombre propio. El sujeto que no responde
adecuadamente con lo que se demanda, en ese tiempo, por lo
tanto, los abordajes disciplinares aparecen allí para hacer algo
con aquella respuesta fallada que el sujeto ofrece: no se queda
solo en la escuela, cuando se le plantea que coma solo cierra su
boca, escupe a los terapistas, se escapa. Es decir, lo que allí se
aborda es la RESPUESTA, aquí dejamos claro algo, no se trata
de menospreciar la respuesta, pero es de nuestro interés centrar-
nos en él respondiente, en quien es responsable de dicha res-
puesta, puesto que no tener en cuenta esto desde el inicio es
imponer un lugar imposible de habitar. Desde la filosofía hei-
deggeriana, podríamos decir que para habitar un lugar hay que
construirlo y que dicho lugar se construye con otros. Por lo tanto,
un sujeto que habita un lugar que no ha sido construido por él
y en ocasiones sin él, es un sujeto que está allí ocupando el lugar
de “la anomia”.
El diccionario define a la anomia como: un estado de
desorganización social o aislamiento del individuo como conse-
cuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales y
culturales. En esta línea, otra de las definiciones de Autonomía
hace referencia a: auto= propia/o y nomía=norma. Aquí podemos
suponer que aquel sujeto que pueda instaurar su propia norma (ley)
será aquel que, al enunciar su deseo, podrá en algún momento, hacerse
responsable de él.
Volvamos con algunos relatos que extraemos de nuestra
práctica clínica: “Este niño mínimamente tiene que poder que-
darse quieto en el banco para estar en el aula, y no depender de
alguien todo el tiempo. Tiene que construir su lugar como los
demás”. “En la casa la madre se mete todo el tiempo durante la
hora de At, así no podré trabajar la autonomía de Juan nunca”.
“El problema de este joven es que no es autónomo, hasta que
234
no tenga las herramientas para hacer cosas solo no podrá salir
de su domicilio”. Estos entre tantos discursos y demandas que
podíamos leer, en algunas ocasiones, como resistencia, es decir,
como la imposibilidad de poner en conexión aquello que el su-
jeto enuncia (con su falta de autonomía) y lo que acontece en
el terapeuta, el docente, el Otro… Ese joven que no puede, que
no cumple con lo establecido para su edad, o esperado en un
sistema disciplinar. Pensamos aquí la resistencia como aquello
que imposibilita, también la autonomía del terapeuta. Este as-
pecto que señalamos como imposible podrá devenir en posible,
mediante el análisis personal y la supervisión, donde en la revi-
sión del posicionamiento subjetivo el At, habrá podido despejar
aquellas cuestiones propias que aparecían en el vínculo como
principal obstáculo para escuchar lo que el niño enuncia y no
solo aquella respuesta que irrumpe principalmente en el profe-
sional y los objetivos propuestos. Es curioso observar cómo el
profesional necesitará de otro (el analista y supervisor) para po-
der trabajar aquello que también podrá ser su propia autono-
mía. Volvemos afirmar como clave de este texto, la siguiente
frase: La autonomía no es posible sin el Otro.
235
LA DISCAPACIDAD Y LA AUTONOMÍA
Lacan, 1960.
236
El estudio feminista4 de la discapacidad, realiza un aná-
lisis crítico de la discapacidad, revisando y cuestionando las es-
tructuras de dominación y discriminación que conforman el or-
den social. El objetivo fundamental que ha tenido esta perspec-
tiva crítica ha sido similar al trabajo emprendido con la catego-
ría de género: desnaturalizar “la discapacidad”, mediante la in-
vestigación de los discursos y prácticas la han naturalizado his-
tóricamente como discurso de verdad. Procesos y mecanismos
que han llevado a instalar diagnósticos en suplencias de nom-
bres propios. Trabajo que el psicoanálisis también propicia en
su búsqueda y pregunta permanente por recuperar al sujeto de
la cosificación a ciertas categorías o advertirlo de que ha sido
convertido en objeto de prácticas rehabilitadoras. Por lo tanto,
tomaremos la categoría de género tal como la trabaja Judith
Butler,5 para repensar la categoría “discapacidad”. Parafra-
seando a Butler,6 podríamos decir que la discapacidad no existe.
Ya que la discapacidad, sería entonces desde esta perspectiva,
un constructo que a través del tiempo ha tomado diferentes for-
mas y denominaciones. A partir del cual, el modelo médico
4
“Los estudios feministas de la discapacidad surgen en los años 90 en el
ámbito anglosajón. La crítica feminista de la discapacidad no se distingue
porque su objeto de análisis sean las mujeres con discapacidades, sino por-
que estudia la discapacidad desde un paradigma teórico propio de los estu-
dios de género, con una perspectiva crítica del sistema de género y opresión”
(I., Balza; 2011).
5
J. Butler (1956) es una filósofa post estructuralista que ha realizado impor-
tantes aportes al campo del feminismo y la filosofía política, sobre problemá-
ticas abordadas desde diversas disciplinas académicas, tales como filosofía,
derecho, sociología, ciencia política, cine y literatura.
6
Los aportes de las teorías feministas son claves para cuestionar la construc-
ción ideológica de los discursos que históricamente han servido para domi-
nar y oprimir a las personas con discapacidad, y a su vez, para construir un
sujeto anómalo y desviado que había que disciplinar. (V. Bernal; 2014). Por
lo tanto, retomaremos algunos conceptos de dichos aportes, para realizar un
análisis crítico de la Discapacidad.
237
hegemónico con el auspicio del sistema capitalista, han dise-
ñado un aparato de verificación. Este concepto que nos trae
Preciado en su conferencia “La muerte de la clínica” plantea
que ciertos aparatos, como podría serlo la maquinaria de pro-
ducción diagnóstica en su máximo funcionamiento, regulan
mediante la verificación y clasificación aquellos cuerpos que
pueden y aquellos otros que no pueden, los capacitados y los
dis-capacitados.
Para continuar el desarrollo de este capítulo en relación
a la construcción de la autonomía, nos situaremos en aquellos
primeros encuentros entre el recién llegado y el adulto que lo
recibe. Momentos inaugurales, donde podríamos decir empieza
a edificarse este concepto el cual representa, desde esta perspec-
tiva una lectura y pregunta sobre la constitución del yo [je]7
del niño, sobre cómo ha sido narrado y mirado. Así, la na-
rración y la mirada serán las coordenadas más importantes de
aquel deseo que acogió al recién nacido. Coordenadas que de-
vendrán como marcas en la relación que éste tenga con su
cuerpo, y con el mundo cuando pueda hacer uso de ellos. Así
es como con las palabras, las miradas y la interpretación, se va
narrando un posible sentido para ese malentendido que es el
lenguaje, el cual se inscribe en el cuerpo. Por lo tanto, aquello
que se vive en estos intensos intercambios van a ir configurando
una imagen del cuerpo, la cual se actualizará ante una experien-
cia que sea similar a ella o le supongamos alguna relación. El
niño que se salva de quedar capturado por la verdad, por el
diagnóstico, por “La Discapacidad” es aquel que insiste en que
hay un malentendido. No entrega su cuerpo plenamente al goce
del Otro porque su imagen no coincide con aquella que le ofre-
cen. El bebé llora, no para de llorar y su madre interpreta ese
llanto (le dice es la panza, el sueño, el hambre…) lo abraza, le
7
Lacan, J; El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se
nos revela en la experiencia psicoanalítica; Ed. Siglo XXI; 2011.
238
habla sin saber en realidad qué es aquello que provoca el llanto
del pequeño. En ese acto lo toca con sus palabras y el pequeño
encuentra un lugar de cobijo, que lo calma. El lenguaje lo baña,
lo alimenta, lo cuida y lo arma, proyectado en su mirada, en sus
palabras una imagen donde el pequeño puede empezar a existir.
Por lo tanto, aquello que acontezca en el cuerpo del pequeño,
como por ejemplo una “discapacidad”, será acontecimiento
para su madre y al mismo tiempo para el psiquismo del recién
nacido.
240
humano. Momento en el cual, quien alguna vez fue bebé, solo
conocerá las huellas que quedaron en su cuerpo de un tiempo
mítico en el cual no asistió, puesto que como relata la escritora
Clarise Lispector, en su cuento “El niño dibujado a pluma”: “Sé
que es imposible dibujarlo a carbón, pues hasta la pluma mancha el
papel más allá de la finísima línea de actualidad extrema en que él
vive.”. Extrema actualidad que solo podra ser leida Après-coup, mo-
mento en el cual se podrá tener acceso al eco de lo acontecido
allí donde no había quien dé razón del efecto de ese encuentro
inaugural. Veamos, por ejemplo, ¿si un árbol se cae en la selva,
el árbol se cayó? solo si en ese momento existió un hombre, que
podría dar razón de la caída del árbol, podremos afirmar que
este se ha caído, dado que es el hombre el único mamífero que
hace de la realidad una estructura significante. Por eso, ahí
donde cayó un árbol un hombre elevará un tótem o una marca
que dé razón de lo que sucedió; sin perdernos en él camino, nos
dirigimos a cazar esa marca que quedó ahí cuando el infans se encontró
con él Otro.
De nuevo, La Discapacidad no existe. Lo que la hace exis-
tir es como ha sido nombrada, hablada e inscrita en el psi-
quismo, primeramente, de sus padres y a través de ellos en el
niño. Luego el niño se la tendrá que arreglar con aquello que
en este entramado se va configurando. El niño podrá decidir
liberarse (o no) de los efectos discapacitantes que la imaginari-
zación de la discapacidad supone. Este punto es fundamental,
ya que llegado un tiempo el sujeto con su posición irá tradu-
ciendo sus decisiones, puesto que “Suponer que todo fracaso
preocupa al sujeto es ubicarse en una perspectiva pedagógica.
Hay fracasos que no lo contrarían y que incluso lo valorizan ab-
solutamente. Son los fracasos que sostienen sus identificaciones
ideales.” (Soler, C; 1983). Traducir las decisiones quiere decir
que será él, ya no él Otro, quien deberá hacer con aquello que
le fue otorgado, sin confundir la necesidad de asistencia que
encontramos en algunos casos con falta de autonomía, puesto
241
que “No se puede prescindir de las muletas”, nos ha dicho
Theodor Fontane (Freud, S.;1930), sino con la forma en cómo
éste da razón de lo que es y de lo que hace.
Pensamos que la autonomía, entonces, podría ser una
oportunidad para la enunciación del deseo del sujeto, de auto-
nombrarse y de crear sus propias normas, que siempre serán en
referencia a un Otro. Ya hemos compartidos algunos relatos clí-
nicos que nos llevaron a replantear este concepto. Decíamos
que, en algunas oportunidades cuando la demanda sea “lograr
autonomía” porque el niño se niega a comer con alguien que
no sea su madre, oponiéndose con grandes despliegues y esce-
nas, o aquel otro que rechaza ir a la escuela, el que no quiere
tomar la medicación, o aceptar las indicaciones de la rehabilita-
ción, etc. Manifestaciones, que, en esta clínica, podríamos tam-
bién pensarlas como: una afirmación de su deseo ante el temor de
un arrasamiento de su compleja existencia, o la oportunidad para enun-
ciar su deseo y evocar su diferenciación, su nombre.
Venimos hasta aquí preguntándonos por la Autonomía
y el ideal que sobre dicho concepto se posa en el campo de la
discapacidad, dado que no se hablaría tanto de ella si no se mos-
trara tan paradójica y lejana, tan propia y tan ajena; como ya se
vio antes, para poder avanzar unas cuantas palabras sobre un
concepto tan escurridizo, dado que cuando se lo atrapa siempre
nos devuelve un desagradable “por ahí no es”, puesto que siem-
pre que aparece y hace corte, pone límite y descompleta la es-
cena a donde ha sido invitada. Es importante considerar aquí
un problema adicional: la equiparación que se hace de la inde-
pendencia y la autonomía, equiparación problemática y nada
azarosa. Avancemos sobre algo, son los alienados quienes sue-
ñan con la independencia, ¿pero de qué alienación se trata?
claro está, como dijimos desde el inicio, nos referimos a la alie-
nación significante. En el Seminario 11, Lacan avanza sobre una
idea importante “alineación y separación” nos dice en una de
sus clases, en donde nos plantea el proceso por medio del cual
242
él significante aliena al recién llegado, alienación necesaria para
poder hacer parte del campo humano y proceso ante el cual des-
pués del pasar del tiempo (lógico) y gracias a la intervención de
un tercero (nombre del padre), ese que se alienó al deseo del
Otro buscará separarse, diferenciarse.
Ya hemos transitado parte de estos laberintos, que no
terminan... A continuación, para buscar alguna coordenada
que nos acompañe a buscar una provisoria salida, invitaremos
a nuestro compañero y colega Leonel Dozza.
243
Hacia la Independencia, en el sentido de que el desarrollo no
está orientado hacia una “independencia absoluta”, sino más
bien hacia niveles de interdependencias mutuas y colaborativas,
por así decirlo. En el ámbito de la rehabilitación, ya sea en salud
mental, retraso mental etc., hay cierta tendencia a pensar la au-
tonomía en términos individuales y de conducta. Se trataría por
tanto de “eliminar” las conductas inadecuadas, potenciar y en-
señar las adecuadas, para que el sujeto gane autonomía y por
tanto disminuya el nivel de dependencia hacia sus familiares y
los apoyos externos en general. Sin embargo, sabemos que la
(in)dependencia así como la (falta de) autonomía, son fenóme-
nos vinculares, y por lo tanto no se les puede pensar ni promo-
ver desde una perspectiva exclusivamente individualista y con-
ductual. Si volvemos a Winnicott, diremos que lo que posibilita
el paso de la Dependencia Absoluta a la Relativa, y luego Hacia
la Independencia, es sobre todo la capacidad de la figura ma-
terna (o cualquier otro significativo) de tolerar las heridas nar-
cisistas, la pérdida de control y poder, implicados en estos pro-
cesos de ganancia de autonomía y disminución de dependencia.
Dicho desde otra perspectiva, uno tiene que estar lo suficiente-
mente castrado para poder facilitar y permitir la autonomía e
independencia de alguien que, como punto de partida, se en-
cuentra en una situación de dependencia extrema. Allí en
donde fallan los procesos de conquista de la autonomía e inde-
pendencia, debemos suponer un vínculo de dependencia mu-
tua en el cual cada uno de los participantes juega un rol contra-
rio y complementario al del otro significativo, es decir: el que es
cuidado y el que cuida, el que depende del otro y el otro que
necesita a alguien que dependa de él etc. Este planteamiento
(muy muy resumido, que desarrollo más extensamente en otro
lugar), nos conduce a un doble planteamiento en lo que res-
pecta a trabajar la autonomía. En primer lugar, apunta a que la
conquista de autonomía de nuestros pacientes (o usuarios, o
acompañados) pasa también por nuestra capacidad para tolerar
244
las heridas narcisistas, así como la pérdida de control y poder,
propias de estos procesos. Por ejemplo, en el modelo individua-
lista-conductual, el terapeuta suele ocupar el rol de “profesor o
maestro” que sabe y enseña; rol que desde nuestro modelo vin-
cular cuestionamos, entre otras cosas, en el sentido de que este
patrón vincular tiende a colocar al usuario en el lugar de no
saber y no poder. El modelo vincular nos convoca a cierta re-
nuncia a ocupar el lugar del saber. Suena algo paradójico, pero
diría que nos corresponde desarrollar un saber referencial que
justamente nos permita no ocupar el lugar del saber. Así, en un
taller de cocina, el coordinador del taller no tiene por qué saber
cocinar…es más, puede que incluso sea mejor que no sepa coci-
nar… y aunque sepa cocinar muy bien, su saber de coordinador
le convoca a no ocupar el lugar de cocinero experto. Entonces
se abren las preguntas: ¿Qué sabéis cocinar? ¿Habéis cocinado
alguna vez? ¿Si no, por qué? Probablemente los miembros del
grupo dirán: “Nosotros no sabemos cocinar. ¿Tú no sabes? Pero
tú eres el coordinador”. Y la respuesta puede ser: “sí, soy el coor-
dinador y no sé cocinar”. Esto abre un mundo de posibilidades
mucho más rico y potente que una clase sobre cocina (que tam-
bién se puede hacer como estrategia para luego avanzar hacia
metodologías más colaborativas). La “clase” por sí sola no pro-
mueve la autonomía. Lo importante es el patrón vincular que
se pone en juego en el encuadre y funcionamiento del taller. En
síntesis, la autonomía no es algo que se conquista desde la ad-
quisición de capacidades cognitivas conductuales. Se trata más
bien de procesos que emergen cuando hay un ambiente vincu-
lar que facilita experiencias que promueven autonomía. Lo
planteado desemboca en el otro elemento fundamental a la
hora de pensar la autonomía, y es que es prácticamente imposi-
ble fomentar la autonomía si no tenemos en cuenta el universo
vincular familiar del sujeto. Muchos terapeutas se han hartado
de enseñar a cocinar a sus pacientes, aun sabiendo que luego,
cuando lleguen a casa, no podrán hacerlo jamás. Si entendemos
245
la autonomía como fenómeno vincular, se hace fundamental
disponer también de espacios y encuadres para escuchar a las
familias en sus necesidades, ya no tanto como cuidadores, sino
más bien como parte de los vínculos que detienen la autonomía
y por lo tanto frenan la independencia de los usuarios y de sí
mismos.
246
autonomía y permitan la independencia. El que pide ayuda
para su familiar dependiente también necesita ayuda. Desde
otra perspectiva, cuando la demanda de autonomía proviene de
otros profesionales o instituciones, podríamos pensarlo desde
procesos similares a lo que recién comentábamos acerca de las
familias. De hecho, no es poco frecuente que estos “profesiona-
les demandantes” han recibido las embestidas de las demandas
familiares y luego nos las trasladan (lo cual es muy frecuente en
los Acompañamientos Terapéuticos). En este tipo de deman-
das, de nosotros se espera que produzcamos autonomía a través
de la enseñanza de conductas y habilidades sociales, es decir,
desde el modelo individualista. Desde otro enfoque, me parece
que lo que hace que otros profesionales nos demanden la pro-
moción de autonomía, es la percepción de la extremada depen-
dencia del sujeto hacia sus familiares. No digo que este tipo de
demanda sea “mala” o “equivocada”. Suelo decir que la de-
manda es el obstáculo que posibilita la tarea. Es obstáculo por-
que muy a menudo la demanda no apunta a las necesidades del
sujeto (dado que apunta más bien a atender la ansiedad del que
formula la demanda), pero es un obstáculo que posibilita de-
bido a que, sin esa demanda, posiblemente no accederíamos al
caso y por tanto no habría caso, dado que muchas veces la de-
manda es la única forma que tiene el otro de pedir ayuda.
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se terminó de imprimir en el mes de junio de 2019.
San Luis Potosí, S. L. P., México.
El tiraje fue de 500 ejemplares.
“Viviana Bálsamo nos muestra en acto y palabra la importancia de hacer
lazo cuando se trata de la clínica, haciendo una interlocución para pensar:
¿desde dónde ubicar las dis-capacidades? La pregunta es sobre la
autonomía, pero no desde una perspectiva hegemónica, sino desde un
marco subjetivo que incluye al otro. ‘La ética no es ni más ni menos que
una estrategia’ (Spinoza), esta es la esencia y estrategia del libro”.
El diván negro