SESIÓN 14
EL CUENTO ECUATORIANO CONTEMPORÁNEO
ACTIVIDAD 1:
Leemos el siguiente cuento de la escritora ecuatoriana Coca Ponce
Como ecuatoriana (Coca Ponce)
En la sala VIP del aeropuerto faltaba aire. Algunas personas lloraban. Otras se
abrazaban. Casi todas hablan por teléfonos celulares. Los periodistas de la televisión
hacían preguntas a las personas más nerviosas. Los de la radio trataban de conseguir
una entrevista con las autoridades. Los militares evitaban las miradas. Había demasiado
movimiento y ruido. Al menos así le pareció a Brigitte mientras aguardaba, sola, sentada
en una esquina, frotando compulsivamente su muslo derecho. Froto tanto que la tela de
su pantalón perdió el color. No entendía lo que pasaba. No tenía sentimientos definidos.
Solo sentía calor.
Esta mañana había llamado el mayor Oviedo, un funcionario de la compañía de
aviación. Pregunto por la señora de Moscoso. Hacía tiempo que nadie la llamaba así.
Estaba separada de Carlos hacia casi tres años y desde entonces usaba su apellido de
soltera.
—.La señora de Moscoso, por favor?
Estuvo a punto de responder que estaba equivocado, pero algo la detuvo.
—.Quien la busca?
—El mayor Oviedo. Necesito hablar con la señora Brigitte de Moscoso.
Con un tono de voz envejecida dijo: “Soy yo”.
Brigitte había venido siete años atrás, casada con Carlos Moscoso. No conocía el país
ni a nadie que viviera aquí. Cuando llego quiso integrarse al mundo del que tanto había
oído hablar a Carlos y vivir como ecuatoriana. Y no fue fácil. Todo era diferente. Todos
esperaban algo que no tenía. Pero se dispuso a aprender. Pregunto por qué lloran en
las fiestas y ríen en los funerales. Descubrió que cuando reciben por respuesta una
negativa directa, se sienten ofendidos. Se le hizo muy difícil utilizar las formas indirectas
de los verbos. Oyó que los objetos se caen, se rompen, se pierden. Que las cosas
simplemente suceden sin que haya un responsable. Pensó que tal vez por eso el país
no tenía héroes.
No estaba muy convencida de que le correspondiera ir a Tulcán. No sentía que fuera su
deber. Sin embargo, el mayor Oviedo había venido hasta su departamento con los
papeles del seguro de accidentes que Carlos había llenado esa mañana. El mayor,
tímidamente, le explico el trámite que debía seguir en esas circunstancias.
Después de una larga conversación acerca de que debía asistir al reconocimiento del
cadáver. Brigitte alcanzo a llamar a su vecina para pedirle que se encargara de los niños
cuando llegaran de la escuela. Mientras le daba instrucciones, sentía que la situación
en la que estaba tenía un sabor de irrealidad absoluta. Como todo en este país. Aquí
las cosas siempre son un poco
inexactas, un tanto indefinidas, por no decir difusas. Tal vez por esa razón, en ese
momento, volvió a ser la señora del Moscoso. Nunca se divorciaron. Carlos decía que
se sentía más seguro cansado. En cambio, ella nunca supo que sentir.
Cuando llego a Ecuador, Carlos le explico las costumbres locales. En resumen, ella se
encargaría de la casa, y el, del mundo exterior. No tenía que preocuparse por nada
mientras no se rompiera el equilibrio. Enamorada como estaba, asumió el encierro.
Desde allí vio como las virtudes lentamente se transformaron en defectos. Los gestos
cariñosos, en muecas burlonas. Los apodos graciosos, en reclamos. Y si el no la hubiera
abandonado, ella ni siquiera hubiera conocido el Café Toledo.
En la información del seguro de accidentes, Carlos había escrito el nombre de Brigitte.
¿Tal vez pensaba en los niños? Cuando llego al aeropuerto ella tuvo que llenar varios
formularios: fechas, nombres, lugares, direcciones. Mientras escribía los datos, recordó
el día en que Carlos abandono la casa. Lo hizo muy entusiasmado. También era un
jueves. Había descubierto que su destino y sus necesidades eran otras. Que con ella
no iba ningún lado. Brigitte volvió a sentir
lo mismo que aquel día. Recordó la imagen de Carlos arreglándose como para una
fiesta. Se había afeitado y luego perfumado con Aqua Velva. Cuando por fin salió del
departamento diciendo que ella estaba robándole la vida, llevaba sus objetos personales
en una gran bolsa de basura. Brigitte puso el pie en la puerta para que no se cerrara.
Se quedó allí parada hasta que el desapareció en el ascensor. Escucho que le decía:
—Por la plata no te preocupes. Nunca te faltara. — Luego corrió hasta la ventana que
da a la calle para ver a Carlos alejándose en el Mazda.
Entonces su vida cambio muy poco. Sin embargo, el sentido que tenía para Brigitte vivir
en Ecuador desapareció por completo. Abrió las cortinas para que entrara el sol y retiro
los sillones de las paredes. Dejo de preparar arroz a diario. Consiguió trabajo de
traductora en la embajada. En el fondo, lo único que quería era regresar a su pueblo
natal, un lugar rodeado de girasoles. Había intentado irse con los niños, con el pretexto
de las vacaciones de verano, pero Carlos jamás quiso firmar el permiso de salida ni el
cheque para los pasajes. Para superar esa limitación, Brigitte se dedicó a los trámites
para conseguir pasaportes europeos a los niños.
Una vez que los obtuvo, pensó que solo era cuestión de ahorrar. Sin embargo, la plata
nunca sobraba.
Cuando Brigitte y los familiares de los demás pasajeros llegaron a Tulcán, se instalaron
en una escuela que los militares vigilaban como si hubiera algo para robar. Un cura
oficio misa en una de las aulas. Brigitte prefirió quedarse afuera, sentada en un banco.
Estaba cansada y sentía frio. Pero al poco rato la soledad se hizo insoportable y opto
por entrar. Se sentó cerca de alguien. No importaba quien. Necesitaba sentirse
acompañada. Se puso a pensar en los siete años de destierro marital, como había
bautizado a esta larga estancia en Ecuador. Ahora, al ver a toda la gente que la rodeaba,
sentía algo parecido a la envidia. Hubiera querido tener algo que compartir con ellos,
hubiera querido estar triste, como parecía que ellos estaban. Si al menos hubiera sentido
remordimientos, como la señora que gritaba: “Juan Esteban, perdóname”, hubiera
podido sentirse ecuatoriana.
De pronto, todos dejaron de rezar y abandonaron la improvisada iglesia. Desde el lugar
del accidente llegaron los primeros militares trayendo algunos cadáveres. Vio la bolsa
negra de basura en la que Carlos guardo su ropa el día que la dejo. Los uniformados
pidieron a los familiares que se acercaran a fin de proceder con el trámite
correspondiente.
La cola avanzaba con lentitud. Los gritos de dos señores al identificar a su hermana la
aturdieron. Brigitte caminaba nerviosa pensando como reconocería a Carlos. No
conocía la ropa que usaba últimamente. Ni siquiera recordaba si tenía bigote. Parecía
que hubiera perdido la memoria. Tenía sed. Trataba de visualizar las facciones de
Carlos, pero solo recordaba la cara del mayor Oviedo sonrojándose cuando por la
mañana Brigitte le pregunto:
—. ¿Cuánto es el dinero que recibiré?
El mayor había titubeado un momento antes de mencionar una
cantidad tentativa. No estaba autorizado a tratar el tema. Ella, al
escuchar la suma, no pudo apreciar su dimensión real. Las cosas
estaban sucediendo con demasiada velocidad. En la cola de
identificación volvió a pensar en la cifra mencionada por el mayor.
De repente comprendió que su momento había llegado. Supo que por fin volvería a ver
su pueblo natal rodeado de girasoles. Y se sorprendió cuando se dio cuenta de que, por
primera vez en siete años, lloraba de alegría, como ecuatoriana.
Leemos nuevamente el cuento y, en parejas, realizamos las siguientes
actividades.
a. Definimos el argumento, el ambiente y la trama del cuento Como ecuatoriana.
b. Exponemos cual es el personaje principal y que lo caracteriza.
c. Identificamos la atmosfera que invade este cuento.
d. Identificamos el tipo de narrador de este cuento.
e. Identificamos el conflicto del cuento: ¿Qué tipo de oposición de fuerzas de las
expuestas en el acápite que habla de la trama se observan?
f. Reflexionamos sobre cómo percibe el personaje qué es ser ecuatoriana. ¿Qué
otras características añadiríamos?
g. Describimos a Brigitte con base en la información que presenta el texto.
Realizamos una ficha biográfica.