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Violencia y Ficción en el Teatro

La obra teatral "La violación de una actriz de teatro" presenta la historia de dos mujeres actrices, Amanda y Karla, que pertenecen a generaciones diferentes. Amanda, una actriz mayor, confiesa haber sido violada años atrás por el director de la obra que estaba actuando en ese momento. Karla, una actriz más joven, duda del relato de Amanda. A través de la discusión entre las dos mujeres, la obra plantea reflexiones sobre la violencia contra las mujeres y cuestiona los límites entre la ficción y la realidad. Al final, más mujeres suben al esc
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Violencia y Ficción en el Teatro

La obra teatral "La violación de una actriz de teatro" presenta la historia de dos mujeres actrices, Amanda y Karla, que pertenecen a generaciones diferentes. Amanda, una actriz mayor, confiesa haber sido violada años atrás por el director de la obra que estaba actuando en ese momento. Karla, una actriz más joven, duda del relato de Amanda. A través de la discusión entre las dos mujeres, la obra plantea reflexiones sobre la violencia contra las mujeres y cuestiona los límites entre la ficción y la realidad. Al final, más mujeres suben al esc
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LA VIOLACIÓN A UNA ACTRIZ DE TEATRO

O CUANDO SE DESDIBUJA LA FICCIÓN

Por: Ameyalli M. Valentín Sosa

Con cerca de dos años con escenarios vacíos a consecuencia de la pandemia de COVID- 19
este 2022 los teatros casi han vuelto a la normalidad. En estos nuevos regresos culturales
hace unos días, del 30 de septiembre al 16 de octubre, tomó lugar por vez primera el
Festival CulturaUNAM en su primera edición. En un entramado cultural extensísimo con
más de 100 actividades más de 500 artistas distribuidas y distribuidos en 28 sedes se
construyó un reportorio maravillosamente extenso de actividades.

En la iniciativa del festival universitario se abarcaron distintos ejercicios artísticos desde


ópera, música orquestal, proyecciones de cine hasta cátedras extraordinarias, propuestas
musicales disidentes contra el olvido, conferencias magistrales, talleres entre muchas
actividades más convocando no sólo a espectadores propios sino a muchas miradas más.
Como parte del festival el 15 y 16 de octubre se presentó en el Teatro Juan Ruíz de Alarcón
la obra de teatro “La violación de una actriz de teatro”, coproducida entre Teatro UNAM y
la Compañía Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

La puesta teatral, conjuntando geografías y potencias creativas, presenta en la dramaturgia a


la chilena Carla Zúñiga y en la dirección a la mexicana Cecilia Ramírez Romo. A través de
tres premisas inamovibles: No cambiar el título, saber que lo personal es político y crear
una sobreexposición artística de la violencia contra las mujeres, Zúñiga y Ramírez Romo
ficcionan una historia poderosamente reflexiva gracias a los cuerpos prestados de las
actrices Karla Camarillo y Amanda Schmelz.

Desde el inicio la obra es bastante clara: los límites entre ficción y realidad se desdibujan,
antes de iniciar La violación a una actriz de teatro decide no marcar una distancia
tajantemente marcada entre quien observa y quien actúa, porque aún con las luces del
recinto encendidas, entre el cuchicheo de los espectadores y quienes aún buscan sus
asientos una mujer joven espera en pie y en silencio, al lado de un tapete ornamentado entre
rojos, grises, negros y dorados, en el extremo izquierdo del escenario. Si bien aún se

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desconoce su nombre, es posible saber algunas cosas de ella por el jumpsuit color salmón
que viste y el reloj inteligente que lleva en su mano izquierda un reloj, ya ha delatado a la
generación a la que pertenece.

Las luces apagándose de a poco indica que el limite se ha marcado y la puesta en escena
comienza. Un grito estridente al fondo superior del recinto perturba al público y en un
intento casi desesperado las miradas voltean intentando encontrar el origen del grito. Poco a
poco en una caminata que acorta la distancia entre el desconocido y el escenario se dibuja,
con una claridad cada vez mayor, a una mujer mayor con una botella en manos, sus canas
delatan a la generación a la que pertenece, mientras ella baja las escaleras al escenario
nosotros la acompañamos con la mirada.

Ya en el escenario ambos personajes femeninos se encuentran y se entiende su desacuerdo,


no sólo es por la generación a la que cada una pertenece, sino por una pregunta que la
mujer lanza en voz alta:” ¿Qué estamos haciendo?”. Poco a poco sus nombres aparecen y
entendemos el conflicto principal: una joven Karla, de una generación que lleva relojes
inteligentes en las muñecas, intenta convencer a una anciana blanca, fantasmagórica y
alcohólica de nombre Amanda de actuar la misma obra que ha hecho por muchos años
frente a una computadora.

Al despliegue del telón descubrimos un poco más del escenario, más bien de su fragmento
izquierdo: vemos a un Jardín de las delicias invertido en 45° a la izquierda, en este punto
vale cuestionarse ¿el mundo, sus placeres y sus infiernos se han invertido? Parece que no es
ajeno que entre esa creación del mundo que pintó Jheronimus Bosch en el siglo XVI la
discusión entre las dos mujeres que parecen distantes a pesar de la amistad que enuncian
planteen culpas, castigos y su razón de ser en mundo.

Conforme la historia madura las fobias y odios de Amanda se profundizan: odia su pared
funesta, odia su departamento, odia su trabajo de actriz, odia los chistes que tiene que decir
y fingir que no le importan los chistes de violación ni aquellos que se ríen. Karla consciente
de las emociones y los desfogues intenta, sin mucho éxito, convencer a la anciana
fantasmagórica de que “la gente necesita reírse, la gente necesita llorar”.

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En una postura que incluso cuestiona el papel del teatro mismo, preguntarse el como
“sobrevivir en un país donde a nadie le importa el teatro”, la luz va y viene y ambas
mujeres en un cuestionamiento de ida y vuelta entretejan también con el público. “¿A veces
tenemos que hacer cosas que no compartimos para sobrevivir?” es un cuestionamiento que
se lanza en la discusión. En el mismo margen reflexivo de la broma que discuten Karla y
Amanda, ¿es necesario reírse de los chistes de violación como mecanismo de supervivencia
en un país como el nuestro?

Poco a poco, en un resquebrajamiento emocional sabemos que sonidos y presencias


fantasmales y etéreas acosan a Amanda, entre murmullos y gritos de terror dibujan la
imagen de una presencia en las imágenes de los espectadores. Poco a poco, la sensación de
miedo se vuelve constante aunque, ¿a qué o a quién?, ¿a algo que no está o algo que está
pero no queremos nombrar?

En un encendido de luces relampagueante Amanda confiesa, casi a manera de expiación,


que fue violada hace muchos años mientras actuaba esa misma puesta en escena frente a
otro público en otro escenario. Amanda menciona tajante: “A las mujeres las violan y esa
es una realidad, sólo somos cuerpos que romper (…) A todas nos ensucian y nos han
prohibido hablar de eso”. El telón se levanta totalmente permitiéndonos ver el resto dele
escenario, las ropas detrás, un busto de Palas Atenea, la confesión develó no sólo el
escenario sino la violencia que marcó el cuerpo de Amanda.

La mujer del reloj en la muñeca izquierda al desconfiar del relato de Amanda poco a poco
materializa una discusión. Ahora la violencia se enmarca entre dos mujeres, desconfiadas
una de la otra, siendo la más joven la que sube por la derecha y poco a poco se aleja
llorando pero sin saber si es por miedo, enojo, tristeza, impotencia. Entre silencios y
palabras, silencios y palabras, el relato de la violencia se desarrolla y se materializa en
lagrimas de Karla, aun en su distanciamiento ella siente con Amanda. El relato finalmente
termina presentando al hombre abusador: el director de la obra, el hombre con el que se
casaría Amanda después de su violación.

¿Cómo se explica el casarse con un violador? La respuesta ficcionada (o no) se resuelve


casi de inmediato: las mujeres tenemos demasiada” imaginación y poco amor propio”,
llenamos entre caricias y perdones la violencia que recibimos de quienes dicen que nos

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aman, con quienes trabajamos, quienes duermen a nuestro lado. Sin embargo, un día casi
casi como un shock que despierta violentamente después de un eterno letargo Amanda
reconoce su espiral de violencia, ¿cuándo? Cuando al entrar a un camerino, al cruzar el
umbral de una puerta, vio la misma escena de violación con el mismo hombre, pero ahora
sobre el cuerpo de Karla, una mujer que aún distante en años, se entreteje con ella por la
misma línea de violencia.

Entre perdones y confesiones que remiten a más cartas de testimonios que Amanda ha
recibido durante la peste por otras mujeres abusadas, en el periodo donde tiene que actuar la
misma obra con el mismo chiste de violación, el telón se descubre totalmente. Entre
perdones mutuos entre ambas mujeres se reconocen en la violencia que las ha atravesado,
aún sin saber que harán, esperan al hombre que las ha enmarcado en el mismo espiral de
violencia.

Mientras ellas esperan en el fragmento derecho del escenario, entran hombres del staff y se
llevan una parte del escenario, en un instante minúsculo cae arena del cielo, ¿por qué?
¿Marca un paso del tiempo? Cada una secándose sus lagriman, permanecen como estaturas,
Karla más gélida e inmóvil que la mujer de piel blanca gélida que la sostiene de la mano,
esperan en silencio, un minuto, dos, tres, cuatro, cinco minutos… El tiempo pasa y no sabes
cuanto tiempo ha pasado, tal vez la arena ha sido un reloj que se ha roto así como el tiempo
en la historia de ambas mujeres.

Se prenden las luces y el staff entra y desmonta el escenario, se llevan el cuadro de El


Bosco, el tapete, el sillón, la ropa, ellos hablan entre ellos pero nadie las observa, ellas
ecuánimes y solidas recuerdan a la estatua de Atenea que se encontraba al fondo, grises e
inexpresivas, tal vez la diosa griega las ha envuelto en una invisibilidad para no ser vistas
de nuevo. La pregunta surge, ¿ahora se han convertido en fantasmas?, ¿victimas invisibles
que nadie observa? Ellos hasta le piso levantan, el escenario teatral se ha levantado.

Sin embargo, esas dos estatuas grises han fragmentado la ficción: desde el escenario una a
una varias mujeres se levantan, suben el escenario, se toman de las manos con Amanda y
Karla, ¿se han reconocido en la violencia? La gente baja, mujeres suben y bajan del
escenario, una, dos, tres, cuatro, cinco mujeres… poco a poco el número ya no importa, ya
no es necesario contar, se ha desdibujado la ficción.

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