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Introducción a la Metafísica de Mumford

Este documento presenta una breve introducción a la metafísica. Explica que la metafísica se ocupa de la naturaleza fundamental de la realidad y de conceptos como sustancia, propiedades, cambio y causalidad. Usa el ejemplo de una mesa para explorar cuestiones como qué es un objeto, si es distinto a sus propiedades, y cómo puede cambiar pero permanecer el mismo. Sugiere que los objetos son algo subyacente que mantiene las propiedades unidas, similar a un cojín que sostiene alfileres.
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Introducción a la Metafísica de Mumford

Este documento presenta una breve introducción a la metafísica. Explica que la metafísica se ocupa de la naturaleza fundamental de la realidad y de conceptos como sustancia, propiedades, cambio y causalidad. Usa el ejemplo de una mesa para explorar cuestiones como qué es un objeto, si es distinto a sus propiedades, y cómo puede cambiar pero permanecer el mismo. Sugiere que los objetos son algo subyacente que mantiene las propiedades unidas, similar a un cojín que sostiene alfileres.
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Stephen Mumford

Metafísica

Una muy breve introducción

0. ¿Qué es una introducción?

La metafísica es una de las cuatro ramas tradicionales de la filosofía, junto a


la ética, la lógica y la epistemología. Es un área vieja, pero que continúa
despertando curiosidad. Mantiene una atracción para muchos que tienen
únicamente una idea básica de lo que es pero tienen interés por saber más.
Para algunos, se asocia con lo místico o lo religioso. Para otros, es conocida a
través de poetas metafísicos que hablan de amor y espiritualidad. Este libro
pretenderá introducir a los no iniciados a la manera en que la metafísica es
entendida y practicada por los filósofos. Muchas introducciones al tema
comienzan con una consideración acerca de lo que es la metafísica y cómo sus
verdades pueden ser conocidas. Pero precisamente ese es uno de los más difíciles
y discutidos problemas, y el lector podría empantanarse pronto y perder el
interés. Por ello este libro está escrito de atrás hacia adelante. La pregunta acerca
de lo que es la metafísica y cómo se justifica será dejada hasta el final. La mejor
manera de entender una actividad es a menudo más bien realizándola que
teorizando acerca de ella. En ese caso, empezamos haciendo algo de metafísica:
considerando algunas pequeñas preguntas aparentemente simples, pero que
conciernen a la naturaleza fundamental de la realidad.
Atravesaremos una variedad de asuntos con unos cuantos conceptos y
términos técnicos. Cerca del final tendría que haber una comprensión suficiente
de los problemas alrededor de la substancia, las propiedades, los cambios, las
causas, las posibilidades, el tiempo, la identidad personal, la nada y la apariencia.
Se espera que el libro no intimidará a sus lectores de la forma en que lo hacen
muchos libros de filosofía -particularmente de metafísica-.
A menudo, las ideas, conceptos y preguntas de la metafísica suenan simples,
incluso infantiles. ¿Qué son los objetos? ¿Los colores y las formas tienen alguna
forma de existencia? ¿Qué significa que una cosa sea causa de otra más bien que

sólo estar asociada a ella? ¿Qué es posible? ¿El tiempo pasa? ¿Las ausencias,
hoyos, faltas y nadas, tienen alguna forma de existencia positiva? Para algunos,
preguntas como esas parecen tontas, pero para otros se encuentran en el núcleo
de lo que constituye la filosofía. Y quienes lo ven así con frecuencia tienen la
impresión de que los problemas que estas preguntas originan son los más
fundamentales y profundos que los seres humanos puedan concebir. La
metafísica es el asunto, entre todos, que inspira el sentido de asombro en
nosotros, y por esa razón algunos piensan que hacer metafísica es el más valioso
uso que podemos hacer de nuestro tiempo.
Si ha llegado hasta aquí, quizá la metafísica ha capturado ya su imaginación
y su curiosidad. En tal caso, deberíamos comenzar inmediatamente nuestra breve
exploración del mobiliario metafísico del mundo. Pero, ¿por dónde? Los filósofos
nunca lo saben realmente. Las cosas por las que se preocupan suelen estar
interconectadas. Para entender una cuestión, se necesita primero entender otra.
Pero lo mismo hay que decir de esa segunda cuestión: para entenderla, es
necesario entender una tercera, y así. Y esto parece ser cierto sin importar dónde
comencemos. A veces la comprensión de un aspecto del mundo se da solamente
cuando se capta la totalidad, lo que hace difícil explicar los problemas de la
filosofía en una secuencia ordenada, tal y como un libre debe intentar hacer,
inevitablemente. El lugar en el que comenzamos es por ello arbitrario hasta cierto
punto.

3

Capítulo I

1. ¿Qué es una mesa?

Cuando veo el mundo que me rodea, veo que estoy rodeado por todo tipo de
cosas. Veo una mesa y dos sillas, edificios, un avión, una caja de clips, plumas, un
perro, gente, y una amplia variedad de otros tipos de cosas. Pero este es un libro
sobre metafísica, y en metafísica nos ocupamos de la naturaleza de las cosas en
términos muy generales. Estoy tentado a decir, como metafísico, que todas estas
cosas que he listado son cosas particulares, o grupos o tipos de ellas. La noción de
un particular es muy importante para nosotros. Quiero saber que la pluma sobre
la mesa es mi pluma particular, y no la de alguien más, o que la mujer en el
cuarto es realmente mi esposa, y no su hermana gemela idéntica. Para
comprender la importancia de esas cuestiones necesitamos probarlas más
profundamente.
Frente a mí está una mesa que puedo ver, sentir y escuchar si la golpeo con
mis nudillos. No tengo duda de que eso -la mesa- existe. Pero ahora empiezan las
preguntas filosóficas: ¿qué es esa cosa? ¿Cuál es la naturaleza de su existencia?
¿Es la mesa algo que conozco a través de la experiencia o mis sentidos me revelan
algo más? Después de todo, cuando la miro, veo su color: el color café de la
madera. Y cuando la siento, siento su rigidez. La de ser café, la de tener cuatro
patas, la rigidez, etcétera, son las cualidades o propiedades de la mesa. Uno
estaría tentado entonces a decir que no conozco la mesa misma, sino sólo sus
propiedades. ¿Significa eso que la mesa es algo subyacente, algo acerca de lo cual
yo no conozco nada? Sus propiedades parecen envueltas a su alrededor y es
imposible desenvolverla.

Lo que aplica para las mesas aplica también para otras cosas particulares.
No hay nada especial en la elección de una mesa como mi ejemplo. En el caso de
monedas, motores de autos, libros, gatos y árboles, los conozco solamente a
través del conocimiento de sus cualidades. Veo su forma, su color, puedo sentir
su textura, oler su fragancia, etcétera. La naturaleza de estas propiedades de
cosas -la cualidad de rojo, la redondez, la rigidez, su olor, etcétera- será el tema
del próximo capítulo. Pero realmente no podemos evitar mencionar los
particulares a los que están ligadas.

2. Cuanto más cambian las cosas,


más permanecen la misma

Ahora, ¿por qué sugeriría que la mesa es algo más que la cualidad de café, la
de tener cuatro patas y la rigidez, que puedo ver frente a mí? Una razón es que
puedo imaginar que esas propiedades cambian mientras la mesa sigue siendo el
mismo particular que era. Puedo pintar la mesa de blanco, por ejemplo, porque
combina mejor con la decoración de mi oficina. Si hiciera eso, entonces seguiría
siendo una y la misma mesa, simplemente habría cambiado su apariencia. Algo
habría cambiado, mientras que algo habría permanecido igual.
En filosofía, vemos que todo tipo de confusiones pueden imponerse si
hablamos vagamente de ser esa la misma mesa, así que empleamos una
distinción importante. Podemos decir que algo ha cambiado cualitativamente
incluso aunque permanezca numéricamente la misma. Así que la mesa puede ser
diferente en sus cualidades -era café y ahora es blanca- pero permanece una y la
misma cosa. La mesa que era café es ahora la mesa que es blanca. Imagine que un
visitante entra a mi cuarto y pregunta qué le ha sucedido a mi vieja mesa café. Es

perfectamente aceptable que le responda que sigue ahí: sucede tan sólo que no la
reconoce porque la he pintado. Ser una y la misma, independientemente de tales
cambios en las cualidades, es lo que llamamos mismidad numérica (el tema del
cambio será explorado más ampliamente en el Capítulo 4).
Es esta consideración la que me lleva a pensar que la mesa misma no puede
ser la misma cosa que sus propiedades. Al menos algunas de ellas pueden
cambiar y aún seguiría siendo la misma mesa. Así que cuando veo y siento las
propiedades de la mesa, observo justo eso -sus propiedades- y no la mesa misma.
Pero ¿qué, entonces, es la mesa, si no es sus propiedades?
He aquí una sugerencia. La mesa es algo que subyace las propiedades y las
mantiene todas juntas en un lugar. Es algo que no puedo ver o tocar, porque todo
lo que experimento son las propiedades de una cosa, pero sé que está ahí
mediante mi pensamiento racional. Cuando muevo la mesa por el cuarto, por
ejemplo, todas sus propiedades se mueven con ella. Están agrupadas juntas de
forma semi permanente. No es como si el color café y la rigidez de la mesa se
movieran pero la cualidad de tener cuatro patas pudiera dejarse atrás. Digo que
las propiedades están agrupadas tan sólo de manera semi permanente, sin
embargo. Como hemos visto, algunas propiedades pueden retirarse del grupo y
otras nuevas pueden tomar su lugar, así que no podemos ser completamente
estrictos y decir que las propiedades están unidas inseparablemente. La cualidad
de ser café puede quitarse y ser reemplazada por la blancura.
Tal punto de vista puede ser mejor entendido por medio de la metáfora de
un acerico, que se usa para mantener los alfileres juntos en un lugar. Los alfileres
representan las propiedades de un objeto y el cojín representa el particular
mismo. Algunos denominan este punto de visa sobre los particulares como el del
substrato: el acerico es el substrato que subyace todas las propiedades a la vista.
Un alfiler representa la cualidad de ser café de la mesa, otro representa su rigidez,
y un tercero representa su peso, otro su altura, y así para cada una de las
propiedades que la mesa tiene. Y si pudiéramos quitarlas todas -mentalmente,

por el proceso de abstracción-, llegaríamos a entender que la cosa en sí está


separada de ellas y es eso a lo que todas ellas están unidas. Por supuesto, cuando
se quitan todos los alfileres de un acerico real sigue quedando algo que se puede
ver y tocar. Pero hay que recordar que nuestro acerico metafórico, cuando todos
los alfileres han sido retirados, es un particular que ha sido despojado de todas
sus propiedades, de modo que podemos pensar en lo que la mesa es en sí. Y sin
propiedades, no puede verse o sentirse como cualquier cosa.
Consideremos, por ejemplo, un gato. Podemos pensarlo sin su negrura, pues
es una propiedad y queremos saber lo que es la cosa que subyace a todas sus
propiedades. Pero eliminar su negrura no es como pelar al gato. Además de
quitar su color, también tenemos que eliminar su forma, pues esa es solamente
otra propiedad como el resto, y lo mismo para su cualidad de tener cuatro patas,
su propensión a sonreír y su fiereza. Si quitamos todo eso podemos preguntarnos
lo que ese sustrato realmente es. Tiene que ser invisible. No habrá de tener
largura, anchura o altura, ni color o solidez. Habría ahí un vacío que nos haría
preguntarnos si hay en absoluto algo.
Los filósofos son conocidos por calcular todas las implicaciones de una idea.
Pero no siempre aceptan necesariamente esas implicaciones. A veces una
consecuencia es tan absurda que puede tomarse como base suficiente para
rechazar la suposición inicial. Tal consecuencia contra intuitiva habría reducido
la suposición de la que deriva al absurdo. Quizá podamos decir que eso ha
sucedido en este caso. Sugerimos que el particular tenía que ser algo distinto de
sus propiedades. Pero una vez que empezamos a abstraer las propiedades del
gato para dejar al gato en sí, nos dimos cuenta de que difícilmente nos quedaría
algo. Nuestro gato-substrato parece no ser nada en absoluto. No tiene peso, ni
color, ni extensión en el espacio, y así. Y empieza a parecer como una no-cosa.
¿No es el caso que todo lo que existe tiene propiedades? No es como si pudieran
existir particulares “desnudos” y que algunos de ellos fueran lo suficientemente
afortunados para adquirir propiedades accidentalmente. Ciertamente, cualquier

cosa física que alguna vez haya existido, y que alguna vez llegue a existir tiene
alguna forma, o peso, o característica. Y hablar como si la cosa pudiera existir de
algún modo independientemente de esas propiedades quizá fue el error que nos
condujo al absurdo.

3. Manojos de propiedades

Consideremos, en ese caso, una aproximación distinta. Si no puede haber


particulares “desnudos”, que existan sin tener propiedades, entonces quizás
querramos repensar el manojo de propiedades con el que iniciamos. Cuando en
nuestras mentes fuimos quitando esas propiedades, en un proceso de
abstracción, había el temor de que nos quedáramos con nada. Así que, ¿no
deberíamos admitir la posibilidad de que no hay nada más en un particular que
un manojo de propiedades? Si realmente no queda nada una vez que eliminamos
todas las propiedades, entonces sabemos que nuestro particular no puede ser
más que ellas. El punto de vista del manojo es que los particulares pueden ser
entendidos sólo en términos de propiedades. ¿Qué tan plausible es este punto de
vista?
Hay un par de problemas asociados a él, que provienen del problema del
cambio que ya hemos discutido. Si una cosa no fuera más que una colección de
propiedades, no podría sobrevivir al cambio. Si una propiedad se perdiera y otra
fuera ganada, tendríamos una colección diferente: puesto que asumo que lo que
hace una colección la misma cosa en diferentes momentos es que está
conformada por los mismos componentes. Consecuentemente, dos colecciones
son diferentes si las cosas en la coleccionadas en ellas son diferentes. Y
claramente los particulares que nos interesan cambian todo el tiempo mientras
permanecen (numéricamente) los mismos. Un gato cambia su forma
frecuentemente. Algunas veces está recostado estirado, otras veces está hecho

bolita, y luego puede andar corriendo por la casa, cambiando su forma


continuamente. ¿Cómo puede el gato ser nada más que una colección de
propiedades cuando esas propiedades cambian todo el tiempo?
Sin embargo, es posible responder a esta objeción. Quizás debamos pensar
en una cosa como en una serie de manojos de propiedades, unidas por un grado
de continuidad. Así, mientras la mesa pueda ser cambiada y pintada de blanco,
mantiene a grandes rasgos el mismo peso, la misma altura y la misma posición
física. Asumo que la posición física de un objeto es una de sus propiedades, y es
claramente una importante en este contexto. Confío en que la mesa blanca es la
misma cosa que la previa mesa café, en gran parte puesto que la encuentro en el
mismo cuarto. Y si ha sido movida, espero que lo haya hecho gradualmente,
pasando por una serie de lugares entre el lugar en el que inició y el lugar en el que
termine. Mientras que el gato cambia rápidamente de forma, mantiene el mismo
color, el aroma, sigue mullido y, más importante, está en el mismo lugar; o bien,
si ha cambiado su posición lo ha hecho a través de una serie de posiciones.
Podemos decir, por ende, que mientras los manojos de propiedades van y vienen,
una cosa particular es una sucesión de tales manojos con una apropiada
continuidad recorriéndolos.
Aún hay varias dificultades qué enfrentar, pero antes de considerar una de
ellas, vale la pena mencionar lo que puede ser una enorme ventaja de este punto
de vista de los manojos. La primera explicación que consideramos es una en la
que los particulares eran substratos subyacentes que mantenían juntas las
propiedades de una cosa. Para dar cuenta de objetos particulares, como una
mesa, una silla, un perro y un árbol, teníamos dos tipos de ingredientes.
Teníamos las propiedades de una cosa y su substrato. Pero con esta nueva teoría
de los manojos parece que necesitamos solamente un tipo de cosa. Tenemos
solamente las propiedades y, cuando se reúnen en un manojo o una secuencia
continua de tales manojos, decimos que tenemos por ello un objeto particular.
Así que donde antes necesitábamos dos elementos, ahora tenemos nada más uno.

Otra forma de ver esto es decir que la noción de substrato ha sido reducida
completamente en otros términos. Los objetos no serían más que esos manojos
de propiedades, adecuadamente ordenados.
La segunda teoría es, así, más simple, en tanto que invoca menos tipos de
entidades. El substrato incognoscible y carente de forma no parecía agregar nada:
si la teoría de los manojos es correcta, entonces el substrato es prescindible.
Ahora, no hay una razón en particular por la que una teoría más simple y más
económica sea más probablemente verdadera que una compleja y poco
económica, pero los filósofos prefieren las más simples. Ciertamente, no parece
haber razón para tolerar redundancia en la teoría que uno tenga acerca del
mundo, porque cualquier elemento redundante es claramente innecesario para
que la explicación funcione. No tienen ningún propósito.

4. Gemelos idénticos

La teoría de los manojos parece más simple que la del substrato, entonces.
Pero ¿es demasiado simple? ¿Tendrá recursos suficientes para entregarnos todo
lo que queremos de una cosa particular? Hay una consideración que sugiere que
no. Un particular, nos dice esta teoría, es sólo una colección de propiedades. Una
bola de billar, por ejemplo, es nada más que un manojo de propiedades: roja,
esférica, brillante, de 52.5 milímetros de diámetro, y así. El problema para la
teoría, sin embargo, es que podría haber otro objeto con exactamente esas
propiedades. De hecho, para que el juego de billar sea parejo, debería haber
muchas bolas rojas con esas mismas propiedades: están estandarizadas. La teoría
tiene una dificultad aquí, sin embargo. Nos dice que un particular es sólo el
manojo. Pero entonces, si tenemos el mismo manojo, eso implica que tenemos el
mismo objeto. En otras palabras, en esta teoría no puede haber más que un
objeto con el mismo manojo de propiedades.

10

Se puede decir que esta objeción es un mero tecnicismo, que no importa


realmente. ¿No es un hecho que dos objetos distintos nunca comparten
realmente todas las propiedades? Incluso las mesas que son fabricadas en masa
han de tener alguna pequeña diferencia en el peso, color, o incluso el patrón de
microscópicas rayaduras en su superficie. Nuestras bolas de billar necesitan
solamente estar lo suficientemente cerca en sus propiedades para que el juego
pueda jugarse de manera justa, así que también pueden tener pequeñas
diferencias. Pero esta respuesta pierde de vista el punto de una teoría filosófica.
Se supone que esta sea una explicación de lo que es ser una cosa particular. La
verdad de esa teoría no debería depender de que la suerte la favorezca, como en el
caso de que cualquier cosa particular resulte de casualidad ser un manojo
distinto. Parece ser al menos una posibilidad que dos cosas puedan compartir
todas sus propiedades. Y si, como establece la teoría, los particulares son nada
más que manojos de propiedades, entonces es inconsistente con tal posibilidad.
Dos particulares con las mismas propiedades colapsan en uno.
Hay dos posibles salidas para los teóricos de los manojos, pero las dos
conllevan problemas. La primera solución aparente es decir que hay una razón en
principio por la que dos particulares no pueden compartir todas sus propiedades.
Si se permiten propiedades relacionales, entonces estas deberían diferir, puesto
que permiten que la ubicación espacio-temporal sea incluida en la ecuación. El
siguiente ejemplo ilustra lo que significa una propiedad relacional. Incluso si
todas las bolas de billar rojas son indistinguibles cuando las inspeccionamos,
quizá una está 20 centímetros alejada de la bolsa de la esquina derecha de la
mesa, mientras que la otra está a 30 centímetros. Una bola tiene la propiedad
relaciónale de estar a 20 centímetros de la bolsa, mientras que la otra tiene la
propiedad relaciónale de estar a 30 centímetros de la misma bolsa. Asumiendo
que dos particulares distintos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo
tiempo, entonces parece que todas las cosas llevarán un conjunto único de
propiedades relacionales.

11

Aquí está el problema con esta propuesta. No hay garantía de que distintas
cosas realmente tendrán diferentes propiedades relacionales, a menos que
reintroduzcamos los particulares en nuestra metafísica. Esta es la razón:
¿deberíamos pensar en la posición en el espacio (y en el tiempo) como algo
absoluto o relativo? Si fuera absoluto, debería sugerir que hay alguna especie de
particularidad en las posiciones espaciales. Una posición sería un particular. La
noción de un particular -uno que no está definido como un manojo de
propiedades- volvería a la teoría. Eso no es bueno porque lo que buscamos es
eliminar los particulares en términos de manojos de propiedades.
¿Definimos entonces las posiciones espaciales en relación unas con otras? El
problema con eso es que hay al menos la posibilidad de que el espacio de un
universo tenga una línea de simetría; y así lugares en posiciones correspondiente
a cualquier lado de la línea de simetría llevarían un conjunto idéntico de
relaciones con todos los otros lugares dentro de la totalidad de ese espacio. Si
entonces nosotros ubicamos dos de nuestras bolas de billar en esos puntos
correspondientes dentro de nuestro universo simétrico, entonces sigue habiendo
una posibilidad de que dos particulares distintos, a pesar de todo, sean idénticos
en todas sus propiedades, relacionales y no relacionales. (Esto suena un poco
complicado, pero la Figura 1 muestra lo que significa). Dentro de la teoría de los
manojos, de nuevo ambos colapsan en uno.
Ese es un argumento complicado. Un breve resumen puede resultar de
ayuda. Intentamos separar particulares indistinguibles sobre la base de que
tengan ubicaciones distintas. Pero, o bien esas ubicaciones son ellas mismas
particulares, en cuyo caso no hemos tenido éxito eliminando los particulares, o
bien las ubicaciones se distinguen solamente por sus relaciones unas con otras. Y
en este último caso, la posibilidad de una estructura simétrica implica que
podemos tener dos particulares que no podrían distinguirse ni siquiera sobre la
base de su ubicación.

12

Figura 1. Universo simétrico.

Lo que acabamos de ver fue un primer modo propuesto para que los teóricos
del manojo eviten la implicación de que los particulares con las mismas
propiedades colapsen en uno. Como eso parece no funcionar, aquí hay una
segunda propuesta. La objeción, de que la teoría conlleva que los manojos con las
mismas propiedades deberían ser uno y el mismo, tiene efecto sólo si las
propiedades son entendidas de cierta manera: como completamente distintas de
los particulares. Pero hay otras formas de concebirlas, como veremos en el
capítulo 2. Quizás esas propiedades están particularizadas de alguna manera. Así,
el rojo en este manojo puede ser una cosa distinta o una ocurrencia diferente del
rojo en otro manojo. Podría haber, entonces, la posibilidad de que haya distintos
particulares con todas las mismas propiedades. Consisten de los mismos tipos de
propiedades, pero diferentes ocurrencias de ellos. ¿No es esto lo que pensamos de
todas las bolas de billar rojas? El rojo de esta bola no es el mismo del rojo de
aquélla. Son dos distintas ocurrencias de rojo.
Pero hay, otra vez, un problema con esta aparente solución. Hemos
rescatado la teoría de manojos, pero a un costo. Una ventaja de la teoría de los
manojos, como hicimos notar, era que daba cuenta de los particulares
enteramente en términos de propiedades. La particularidad era reducida a
términos de propiedades. Pero ahora parece que podemos salvar la teoría de los
manojos de la objeción de que dos manojos idénticos colapsarían en uno,
solamente si entendemos las propiedades en cierta forma como particulares.

13

Hablamos de tener dos distintas ocurrencias del rojo y la ocurrencia de una


propiedad luce como una especie de particular. Así, para hacer que nuestros
manojos se comporten más como los particulares por los que tomamos a los
objetos, hemos debido hacer que nuestras propiedades sean como particulares.
La particularidad se las ha arreglado para colarse de vuelta en la teoría.
Hay incontables errores que hemos podido cometer a lo largo del camino.
Pero parece que podríamos vernos forzados a concluir que la particularidad en
una característica irreductible de la realidad, pues podría, en teoría, haber dos
particulares distintos cuya diferencia no consta en tener diferentes propiedades.
Y entonces ¿qué es una mesa? Tras las consideraciones en este capítulo,
parece que debemos decir que es un particular que lleva ciertas propiedades pero
no es idéntico ni reducible a esas propiedades. La mesa fue elegida
arbitrariamente como el objeto que examinamos, y parece seguro generalizar a
partir de ella. Así que deberíamos dar la misma respuesta para cualquier otro
objeto.
Las propiedades de los particulares han sido mencionadas a lo largo de este
capítulo. Necesitamos considerar a continuación qué tipos de cosas se supone
que son, si de hecho son, si es que son cosas. Avancemos hacia ese asunto pues.

14

Capítulo II

5. ¿Qué es un círculo?

La respuesta que abre este capítulo se plantea de forma muy sencilla: ¿qué
es un círculo? Pensarías que en todos los siglos de la civilización humana hasta
ahora esta pregunta ya tendría una respuesta. Y hay al menos una respuesta muy
clara y simple que la geometría provee. Los matemáticos tienen una definición de
círculo muy precisa. Pero nosotros deberemos dejar de lado esa definición, por
ahora, porque no es el tipo de respuesta que nos interesa.
A nuestro alrededor hay varias cosas circulares: una moneda, una llanta, la
circunferencia de una pelota, el borde de una copa, una línea dibujada sobre una
hoja de papel. Hay varios círculos individuales ahí, apareciendo en lugares y
tiempos diferentes. Parece haber algo en común en todas esas apariciones. Eso
que es común a ellas y las otras cosas en la lista, es lo que llamamos circularidad.
Le hemos dado a esta característica un nombre y la hemos tratado como si fuera
un tipo particular de entidad. La misma característica puede encontrarse en
muchos objetos y lugares distintos. Algunos hablas de circularidad como si fuera
una unidad que recorre a una multitud. Esta circularidad tendría que encontrarse
en esta multitud de particulares distintos.

6. Dando vueltas

Parece haber algo extraño acerca de esta cosa, la circularidad, si es que


realmente es una cosa. Cuando uno piensa en cosas, se trata usualmente de
objetos: objetos particulares, tales como mesas, sillas, automóviles, edificios,
árboles, plumas, etcétera. Elige una de esas cosas al azar: una pluma particular.
Esta pluma puede estar sobre un escritorio particular, en una casa particular.

15

Habrá tenido un inicio en la existencia y una historia particular. Ahora, si esta


pluma está sobre un escritorio particular sabemos que no está en ningún otro
lado. Y si cierta persona es dueña de la pluma, sabemos que nadie más lo es. Por
supuesto que un grupo de personas puede formar una sociedad para comprar una
pluma pero, de nuevo, si esa sociedad es dueña de la pluma, entonces ninguna
otra lo es. Quizá los socios poseen una fracción de la pluma cada uno.
Ovejas, mesas y plumas son, entonces, objetos particulares. También
podemos hablar de un círculo, tratándolo como una cosa particular. Pero la
circularidad tiene un tipo de naturaleza muy diferente. A diferencia del caso de la
pluma, el hecho de que la circularidad aparezca en un lugar o tiempo no impide
que aparezca en otros lugares y tiempos. Y en todos esos lugares y tiempos en los
que aparece está presente por completo. Esto difiere del caso de la pluma. El
hecho de que sea poseída enteramente por una persona impide que sea poseída
por otra, mientras que el hecho de que una cosa sea circular no impide que otras
cosas sean circulares. Y cuando la pluma tiene varios dueños, cada uno de los
dueños posee la pluma sólo parcialmente. Pero si un cierto número de cosas son
circulares, cada una es por completo circular. No es como si la circularidad
tuviera que ser compartida en partes, como si, en el caso de que exactamente dos
cosas fueran circulares, por ejemplo, cada una debiera ser semicircular. Eso sería
absurdo porque entonces ninguna de las dos sería circular después de todo. Esto
es lo que significa decir que la circularidad está presente por completo en todas
sus apariciones y que es una cosa única que recorre una multiplicidad de otras
cosas.
Todo esto puede parecer un embrollo, así que intentemos enderezar las
cosas. Hay un punto de vista según el cual hay dos tipos básicos de entidades: los
particulares y sus propiedades. Las mesas, las sillas y las ovejas son ejemplos de
particulares y parecen estar presentes sólo en un lugar en un tiempo. La
circularidad es un ejemplo de una propiedad: una característica o cualidad de un
particular. El hecho de que una propiedad aparezca en un lugar, en su totalidad,

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no es una limitación para que pueda aparece en otros lugares y tiempos. En


virtud de este rasgo, algunos llaman universales a las propiedades -pueden estar
en cualquier lugar y tiempo-, aunque en realidad este término es usado mejor
para una teoría particular acerca de lo que es una propiedad. Otros ejemplos de
propiedades son la rojeza, la cuadratura, tener mucho pelo, o ser soluble,
explosivo, alto, y así.

7. Cuestiones relacionadas

Hay mucho que puede ser dicho metafísicamente acerca de tales


propiedades: acerca de su naturaleza y de su existencia. Pero antes hay que hacer
notar que suele hacerse una distinción entre propiedades y relaciones, y muchos
de las mismas cuestiones pueden encontrarse también en el caso de las
relaciones.
Alejandro es más alto que Beto, su hijo mayor. Podemos pensar acerca de
esto que hay una relación ser más alto que, que Alejandro tiene respecto a Beto. Y
hay muchos otros casos en los que se da esa relación de más alto que, por todos
lados. Beto es más alto que su hermana Clara, que a su vez es más alta que su
perro Duque. Y el edificio del Empire State en Nueva York es más alto que el
edificio Chrysler. De nuevo, puede afirmarse que esta relación de ser más alto
que se encuentra por completo presente en cada uno de los casos. Quizá más
incluso que en el caso de las propiedades, aquí parece claro que lo mismo que
aparece tanto en el caso de Alejandro con respecto a Beto, y de Beto con respecto
a Clara. Cuando decimos que una cosa es más alta que otra parece que decimos
en cada caso lo mismo.
Regresemos al caso de las propiedades, pues ya tenemos todo lo que
necesitamos para entrar en algunas de las cuestiones filosóficas realmente
profundas. Supón que alguien reuniera todas las cosas circulares del mundo, o

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cada cosa roja, o cada cosa de cien lados. No hay duda de que eso es una
imposibilidad práctica, pero vale la pena considerarlo como un experimento
mental. Supón que van a machacar todas las cosas circulares o rojas o el ejemplo
que sea, hasta que sean destruídas o al menos ya no sean circulares. ¿Habrían
destruído la circularidad de esa forma? Vale pensar que no. Cuando mucho puede
pensarse que habrían destruído todos sus casos o todas sus apariciones. ¿Aún así
podemos decir que la circularidad existe? Si ese es el caso, ¿dónde o cuándo
existe?

8. El cielo de Platón

Platón, uno de los más grandes filósofos, ha dado una respuesta. Al principio
suena fantasiosa, pero la reflexión disipa esa sensación. A menudo la metafísica
funciona de esa manera. Platón no pensaba que pudiera destruirse la
circularidad. Él pensaba que las apariciones o los casos de circularidad con los
que nos encontramos son todos copias imperfectas de la verdadera circularidad.
Todas las cosas circulares que existen en el mundo físico serán defectuosos en su
circularidad al menos hasta cierto grado. La definición geométrica de circulo
tiene relevancia en este punto. Platón pensaba que solamente los matemáticos
conocen propiamente un círculo perfecto, en el que cada punto de la
circunferencia está exactamente a la misma distancia del centro. Pero todos los
círculos que vemos en el mundo que nos rodea tendrá alguna ligera desviación
respecto de este círculo perfecto, o círculo ideal. Aquí está la parte fantasiosa.
Platón pensaba que el círculo perfecto existe en un mundo celestial, trascendente:
por encima y allende el mundo físico de los objetos cotidianos en el que
habitamos. Este reino celestial contendría todas las versiones verdaderas de
todas las propiedades, y también de las relaciones.

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Necesitamos hacer una pausa en este punto porque la existencia del


denominado mundo platónico, en el que propiedades tales como la circularidad,
la rojeza, tener mucho pelo, así como relaciones como más alto que, es bastante
sorprendente. Este mundo o reino no es es algo que podamos ver nunca con
nuestros ojos o con lo que interactuar físicamente. Tiene que ser contemplado y
entendido a través del puro intelecto, de acuerdo con Platón. Esto apela a la idea
de que hay más en el mundo que lo que los humanos hemos creado.
Consideremos, por ejemplo, el hecho de que 2+2=4. ¿No será esto verdad
incluso si uno no ha pensado nunca en ello, o incluso si nunca hubieran existido
humanos? Supongamos que el universo estuviera vacío, que sólo contiene rocas
sin vida. Aún así, 2 rocas más 2 rocas seguirían siendo 4 rocas, aunque no
hubiera nadie para pensarlo o para decirlo. En ese caso el platonismo tendría
cierto atractivo, porque al parecer ciertas cosas son demasiado grandes y
demasiado perfectas para nuestro mundo cotidiano y nuestro pensamiento
mundano.
El platonismo es una forma muy fuerte de realismo de las propiedades. Para
Platón son más reales que sus copias imperfectas con las que nos encontramos de
ordinario. Solamente el círculo platónico sería un círculo perfecto. El resto son
defectuosos. Él llamó estas versiones perfectas de las propiedades Formas, y
pensó que eran las cosas más reales de todas. Sabemos de su existencia nada más
a través de nuestro intelecto, así que no tenemos que preocuparnos acerca de si
nuestros sentidos nos engañan.
No a todo mundo le agrada la idea del platonismo. Pero puede no ser una
cuestión de preferencias personales. El platonismo divide la existencia en dos
mundos: el que habitamos y el celestial, en el que las propiedades existen. Pero
siempre que dividimos algo en dos reinos tenemos que explicar cómo se
relacionan y eso suele volverse complicado. Ese problema afecta a esta teoría.
¿Cuál se supone que es la relación entre la Forma perfecta de un círculo y los
círculos individuales que vemos a nuestro alrededor? Platón intentó muchas

19

veces responder esta pregunta, pero sin lograrlo plenamente. Un círculo existe en
un mundo celestial, fuera del tiempo y el espacio. Los otros círculos existen de
manera imperfecta en el tiempo y el espacio. Así que ¿cómo pueden relacionarse
con la Forma? ¿Pueden parecerse al círculo platónico si tienen una naturaleza tan
distinta?
Hay una dificultad aún mayor para una propuesta como esta. Supongan que
queremos decir algo como esto: los círculos mundanos se parecen a la Forma
perfecta de un círculo. Parecerse a algo es una relación. Pero una relación,
recordarán ustedes, es para el platonismo algo que pertenece al mundo celestial.
Por tanto debería haber una forma de la relación parecerse a. Tenemos que
responder la misma pregunta de nuevo: ¿cómo la Forma de la relación parecerse
a, se relaciona con el parecido dado (entre el círculo mundano y la forma del
círculo)? Si respondemos lo mismo -que la Forma de la relación se parece a la
relación dada-, no habremos avanzado mucho. Nos habremos embarcado
entonces en lo que los filósofos llaman un regreso infinito. Habría una serie
inacabable de parecidos, y esto indicaría que la respuesta original no es una
buena respuesta: nunca debimos intentar decir que los casos particulares se
relacionan con la Forma.
El platonismo no es, sin embargo, la única opción que tenemos, así que no
hay necesidad de desesperarse si pensamos que la teoría parece condenada. Hay
principalmente otras dos opciones. La primera es el antirrealismo de las
propiedades, concebidas ciertamente como universales. Esto necesita
explicación.
El punto de partida fue la asunción de que hay dos tipos básicos de cosas en
el mundo: los particulares y las propiedades. Pero no todo mundo acepta eso.
Una razón para rechazar la división es precisamente que ambos mundos
necesitarían reunirse de algún modo. Tendríamos que poder unir la circularidad
y la verdosidad, como propiedades, con las cosas físicas en el mundo, tales como
una manzana. Pero ahí es cuando tenemos que empezar a hablar de la manzana

20

como caso o aparición u ocurrencia de esas propiedades, o alguna explicación


semejante. Supóngase, en lugar de eso, que decimos que solamente hay un tipo
de cosa. ¿Qué tal si decimos que todo lo que hay en el mundo son particulares?
(Esta teoría es la opuesta a la teoría del manojo sobre los particulares que
consideramos en el capítulo 1, que dice que todo lo que hay son propiedades).
Hay algo atractivo en este punto de vista de que sólo hay particulares. Sé que
las mesas y las sillas existen, y las pelotas y los frascos de tapa de rosca, los
árboles, los lápices, las monedas y toda clase de cosas. Pero estoy un poco menos
seguro acerca de que la idea de circularidad sea una cosa que existe tal y como
existe una moneda. Cuando argumentábamos antes a favor de la existencia de la
circularidad, fue necesario cierto trabajo para hacerla plausible. Pero
seguramente no sería necesario esforzarse por persuadir a alguien de que todos
aquellos particulares son reales.

9. Son solo palabras

¿Qué decir entonces acerca de lo que llamamos propiedades? El punto de


vista según el cual todo es un particular es denominado a veces nominalismo. La
idea es que la circularidad es solamente un nombre -sólo una palabra- que
usamos para describir grupos de objetos particulares. Hay distintas variaciones
de esta teoría, pero una es que el nombre se aplica a grupos de particulares que se
parecen unos a otros. Así, hay particulares -una pelota, una moneda, una tapa de
rosca, una llanta, etcétera- y la circularidad es solamente un nombre para la
forma en la que estas cosas se parecen unas a otras. La circularidad misma no es
nada. No tiene existencia o realidad. Cada cosa es un particular.
Pero el nominalismo tiene sus propios problemas. Puede preguntarse de qué
manera los objetos del conjunto se parecen entre sí. Supongamos que el grupo de
cosas ofrecidas como ejemplos -la moneda, la llanta, la tapa, etcétera-, además de

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ser circulares fueran también de color café. En ese caso parece haber más de una
forma o aspecto en el que se parecen. La circularidad no puede ser simplemente
un parecido entre cosas, por tanto, pues parece que tendría que ser un parecido
individual en cierto aspecto.
Esto es potencialmente muy dañino. Parece que tenemos que apelar no nada
más a las cosas particulares, sino también a formas o aspectos en los que se
parecen, y una forma o aspecto suena como una propiedad con otro nombre.
Nuestro intento por deshacernos de las propiedades y tener sólo particulares
parece haber encallado muy rápidamente, por ende.
Eso no es todo. Hay otro problema. Decimos que grupos de particulares se
parecen unos a otros, y sólo en eso consiste una propiedad. Pero, nuevamente,
¿qué es esa cosa, el parecido? Suena como una relación: un universal que
aparentemente se sostiene entre todos los particulares del grupo. Al parecer, por
tanto, eso a lo que estamos apelando es un universal -una relación, en este caso.
¿Podemos evitar hacerlo?
Supongamos que decimos que ese parecido no es un universal o una Forma
platónica. Como todo lo demás, de acuerdo con el nominalismo, es un particular.
Tendría que haber entonces un parecido particular que se sostenga entre un par
de objetos, pero también tendría que haber otro parecido particular que se
sostuviera entre otro par de objetos. ¿De qué forma son esos dos particulares
parecidos, ambos parecidos? De nuevo, el parecido no puede ser una relación
real. Así que al parecer tenemos que decir que estos dos parecidos se parecen
entre sí. Y entonces necesitamos una explicación de ese nuevo parecido. Y de
nuevo, esto se anuncia como un regreso al infinito.
Este problema también aflige otro punto de vista que vale la pena
mencionar. Puede ser pensado como una variedad del nominalismo pero también
puede mantenerse aparte. La idea es que, mientras que el mundo está hecho sólo
de particulares, estos particulares deberían ser pensados, no como objetos
particulares, sino como cualidades particulares. Esto es un rechazo de la idea de

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las propiedades como una unidad genuina atravesando a una multitud. Más bien,
esta rojeza es una cosa enteramente distinta de otras rojezas. Varias áreas de rojo
pueden encontrarse en todas partes, así como puede haber varios círculos. Estos
atributos particulares deberían pensarse como existencias por completo
separadas unas de otras. La rojeza de una bola de billar es, después de todo, algo
separado de la rojeza de otra. Una puede existir incluso si la otra no existiera.
El término técnico para estas cualidades particularizadas es tropos. Pero el
mismo tipo de dificultad surge con ellos. ¿En virtud de qué todos estos tropos son
tropos rojos, por ejemplo? ¿Qué les da su naturaleza roja? Uno puede decir
simplemente que ese es un hecho primitivo acerca de ellos, que no permite mayor
explicación. Pero entonces esto empieza a parecer un realismo acerca de las
propiedades, después de todo. O uno puede decir que todos son rojos porque se
parecen unos a otros. Pero ya hemos visto las dificultades a las que conduce el
parecido. ¿Serían tropos estos parecidos? ¿Y se parecerían unos a otros?

10. De vuelta a la tierra

¿Hay una alternativa al platonismo y al nominalismo? Hemos visto las


dificultades que ambos acarrean y cabe preguntarnos si hay una tercera opción.
Afortunadamente, la hay. Una de las imágenes más famosas en la historia de la
filosofía es la de la Escuela de Atenas pintada por Rafael. En el centro de la
imagen, Platón y Aristóteles discuten. Platón se muestra apuntando al cielo. Todo
lo que realmente importa está allá arriba. Pero Aristóteles opina diferente. Él
señala hacia abajo, a la tierra. No, insiste él, todo está aquí abajo.
Hay que considerar el punto de vista aristotélico. La teoría de Platón fue
descrita como un realismo acerca de las propiedades, pero no es la única forma
que puede tomar tal realismo. Los problemas acerca de esa teoría tenían que ver
con su naturaleza trascendente: propiedades que residen en el cielo platónico.

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Pero quizá las propiedades sean reales y existan aquí abajo, en el mundo del que
nos sentimos parte. Tal era el punto de vista de Aristóteles, al que podemos
denominar realismo inmanente, porque las propiedades están aquí con nosotros.
La circularidad sería un aspecto real del mundo, pero existiría solamente en sus
ocurrencias o apariciones, esto es, en las cosas circulares. Uno tendría que
aceptar que varios de tales círculos sean imperfectos. Eso tal vez significa que
solamente la circularidad imperfecta es una propiedad real. ¿Por qué no aceptar
eso? El círculo de los matemáticos no es en realidad más que una definición
estipulada de algo, y no por ello tendría que existir. Existir, desde esta
perspectiva, es que algo sea el caso, y si nada es perfectamente circular, definido
esto matemáticamente, entonces la circularidad perfecta no es una propiedad de
nuestro mundo.
¿Qué pasa entonces con eso de que si destruyera todos los objetos circulares
no podría haber destruido sin embargo la circularidad? No parece que las
propiedades puedan entrar o salir de la existencia. Aunque esto puede tentarlo a
uno hacia el platonismo, hay otra respuesta. Supongamos que digo que una
propiedad nada más existe en sus ocurrencias o apariciones o casos, pero con ello
me refiero a todas las ocurrencias que haya habido o que habrá. Podemos tratar
todas las veces como iguales en lugar de privilegiar el presente. Así, si algo en
algún lugar es circular, aunque sea una vez, en cualquier tiempo, entonces esa
propiedad existe y es real.
Esto no cierra el caso. Aún necesitamos considerar qué es ser una ocurrencia
(o aparición o caso), y si no hay por ahí alguna complicada relación de concreción
acechando para frustrar nuestra teoría. Pero ya hemos visto que hay una posición
posible, en la que las propiedades y relaciones pueden ser entendidas como
reales, pero también existiendo aquí en este mundo. Indudablemente, este punto
de vista necesita ser desarrollado más ampliamente y necesita una defensa.
Parece que vale la pena intentarlo.

24

Capítulo 3

11. ¿Una totalidad es nada más que la suma de sus partes?

Muchas cosas a nuestro alrededor son más bien complejas que simples. Un
teléfono celular, por ejemplo, tiene muchas partes pequeñas que han sido
armadas de una forma muy específica para hacer un conjunto complejo pero
funcional. Si diseco una rata encontraré que dentro de ella hay todo tipo de partes
húmedas y viscosas. Por lo que sé de biología, todas esas partes habrían jugado
un papel para mantener la rata viva y activa. En ocasiones un objeto se ve simple
desde el exterior, como una naranja, y cuando la corto encuentro que también
hay partes bajo su piel. Cuando en metafísica decimos que un objeto es complejo,
lo que se afirma es simplemente que tiene partes. Pero hay que considerar la
cuestión de si esas totalidades complejas no son más que la suma de sus partes
ordenadas de una determinada manera. Esta resulta ser una pregunta
importante, como veremos en breve. Primero, sin embargo, debemos decir un
poco más sobre la complejidad.
Podemos pensar algo como lo siguiente. Muchas cosas son complejas pero al
menos hay algunas que son absolutamente simples: lo que quiere decir que no
tienen partes. La existencia de simples es cuestionable, sin embargo. En el pasado
hemos pensado que algunas cosas eran simples -los átomos, por ejemplo-, y luego
resultaron ser complejas. Fueron separadas, y partículas más pequeñas estaban
dentro de ellas. Y se ha encontrado que algunas de estas partículas tienen a su vez
partes. Esto nos deja en una posición difícil respecto de lo que puede ser
conocido. El problema es que, mientras podemos saber que algo es complejo, no
podemos saber si es simple. Podemos ver que algo tiene partes, pero si no
podemos ver partes no podemos estar seguros de que no están escondidas o son

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demasiado pequeñas para que las apreciemos. Y en ese caso, ¿cómo sabemos si
algo es realmente simple? Podemos simplemente creer falsamente que algo lo es.

12. Partes y más partes

¿Debería haber en absoluto algo simple? A menudo vemos partes dentro de


partes: en el motor de un coche, por ejemplo. ¿Por qué no podríamos asumir que
eso se repetirá una y otra vez y que siempre habrá partes dentro de partes?
A veces se insiste en que todas estas partes dentro de partes deben terminar
en alguna parte. Todos los complejos deben descansar en algo no complejo.
Hemos visto que la evidencia observable no respalda esto, porque podría haber
partes demasiado pequeñas para ser observadas. La pura razón tampoco parece
imponer este punto de vista. ¿Sería contradictorio suponer que el mundo
contiene una complejidad infinita, con partes cada vez más pequeñas? No parece
haber un argumento decisivo para descartar que la complejidad infinita sea el
caso. Por tanto, quienes piensan que debe haber simples tienen que basar su
creencia en algún otro punto de vista.
Hay una posición filosófica denominada atomismo que podría ser esa base.
Un atomista es alguien que cree que hay átomos o partes atómicas. Aquí
tomamos átomo en el sentido original de la palabra: las cosas más pequeñas
posibles, que son por ende indivisibles. Los átomos de la química no son
atómicos en este sentido. Los átomos de la tabla periódica contienen protones,
neutrones y electrones. Un atomista en sentido filosófico cree que todo está
construido con las unidades más pequeñas que sea posible, sean lo que sean. De
hecho, en teoría podrías obtener una descripción completa del mundo
simplemente estableciendo dónde están todos los átomos y cuáles son sus
naturalezas. Digo “simplemente haciendo eso”, pero se trataría por supuesto de
una tarea descomunal: mayor que cualquier otra que haya sido completada en la

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historia humana. En principio, sin embargo, podría hacerse, que es muchas veces
lo que cuenta para un filósofo.
Resulta claro, por lo que se ha dicho arriba, que no hay evidencia
especialmente fuerte para ninguna forma de atomismo. Se trata más de una
postura filosófica que de otra cosa, incluso aunque algunos atomistas creen que
su punto de vista tiene un espíritu científico. Y aunque no se ha probado en
ningún sentido decisivo, puede resultar una hipótesis persuasiva.
Esto ha sido una especie de preludio al asunto de este capítulo, que es la
relación entre las totalidades y sus partes. ¿Es la totalidad mayor que la suma de
sus partes en algún sentido, o no es más que esa suma? Esa puede parecer una
pregunta extraña, pero tiene de hecho una profunda importancia filosófica, como
pretendo mostrar.
Hay muchos casos en los que una totalidad no parece ser nada más que una
suma de partes. Consideremos un montón de piedras, por ejemplo. Tal vez haya
cerca de cien piedras ahí. Podemos considerar el montón como una totalidad, y
en ese caso parece no ser más que el conglomerado de cien piedras individuales.
Incluso en este caso, sin embargo, podemos notar que hay ciertas propiedades de
la totalidad que no son propiedades de las partes. Asumamos que el montón tiene
un metro de alto. Pero ninguna de las piedras individuales en él tiene un metro
de altura. Todas tienen una altura considerablemente menor. No obstante,
podemos pensar que no hay nada particularmente milagroso en esa diferencia. La
totalidad se ha formado como una irregular estructura piramidal. Las piedras
individuales no son así de altas pero están ordenadas de manera tal que, unas
encima de otras, pueden combinar sus alturas individuales para alcanzar una
altura total mayor que la de cada una. Las alturas individuales, debidamente
acomodadas, pueden contribuir a la altura de la totalidad. Así, el hecho de que la
totalidad posea una propiedad que las partes no tienen se explica perfectamente
en términos de las partes y su acomodo.

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Hasta aquí todo bien. Pero hay casos que lucen un poco más complicados.
Pensemos nuevamente en el teléfono celular. Tiene algunas características del
montón de piedras. Su longitud, por ejemplo, se debe tan solo al acomodo de sus
partes. Pero algunas de sus propiedades resultan menos fáciles de explicar. Tiene
algunas capacidades que son muy difíciles de explicar. Puede transmitir y recibir
señales sonoras, con lo que hace posible mantener una conversación a distancia.
La mayoría de los teléfonos tienen hoy una amplia gama de otras funciones.
Pueden acceder a la Internet, tomar y almacenar fotografías y reproducir música.
Estas capacidades más bien asombrosas parecen ser de un tipo distinto al
del caso de la longitud. En ese último caso la totalidad tiene en mayor cantidad
una propiedad que las partes ya poseían. Cada una tiene una longitud que se
agrega. Pero en el caso de alguna de las operaciones del teléfono, no parece que
haya ninguna parte individual que tenga esa capacidad en grado alguno. Hay una
desemejanza con el caso de la longitud, por ende. No es el caso que con la mitad
inferior del teléfono pueda hacerse una mitad de llamada, aunque
presumiblemente tenga la mitad de la longitud de la totalidad. La desemejanza
sugiere lo siguiente: en algunos casos, una propiedad no puede encontrarse en
grados y la totalidad simplemente tiene más de ella que las partes; pero en otros
casos, la totalidad tiene una propiedad que ninguna de las partes posee en ningún
grado. Esto puede reflejarse en la manera en que hablamos de las cosas. Sólo a la
cosa entera la llamamos un teléfono, mientras que sus partes no son teléfonos.
Con el montón de piedras, en cambio, algo que atribuyo a la totalidad -su altura-
es algo que puedo atribuir también a las partes, en menor grado.

13. Toda la verdad

Hay un montón de supuestos que he hecho aquí, y si te conviertes en filósofa


profesional estarás entrenada para detectarlos y criticarlos, pero como esa no es

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siempre la tarea más satisfactoria, lo haremos delicadamente. En particular,


quiero llamar la atención hacia una distinción que puede ser interesante.
He discutido dos ejemplos de totalidad y cómo difieren. Pero quizás ambos
eran demasiado distintos para empezar. En el primer caso tenemos un mero
agregado de partes sueltas. Puedo sacar una piedra de la cima del montón, por
ejemplo, e ir a ponerla en otro montón. Pero el teléfono celular es una totalidad
más integrada. Si empujo la parte superior, la parte inferior se mueve también.
Todo está unido propiamente, lo cual no quiere decir que no pueda separarse o
que no pueda abrirlo haciendo palanca. En ese momento podría convertirse en
otro montón de partes, pero hasta entonces parece tener una unidad que el
montón de piedras no tiene. Por esa razón los filósofos distinguen a veces entre
substancias -las totalidades integradas- de los meros agregados.
La distinción tiene alguna importancia. Si substituyo algunas de las piedras
en el montón tendré un montón distinto, porque asumimos que la identidad de
un agregado está determinada por lo que sean sus partes. Si tenemos diferentes
grupos de partes tenemos distintos agregados, incluso aunque algunas partes
puedan, en distintos momentos, ser miembros de distintos agregados. Pero si
reemplazo una parte de mi teléfono celular -la cubierta, digamos- no se
convertirá por ello en otro teléfono (en el sentido de la identidad numérica
discutida en el capítulo 1). Las substancias pueden sobrevivir un cambio en sus
partes de una forma que un mero agregado no puede.
Los casos discutidos en lo que resta de este capítulo conciernen a tales
substancias o totalidades integradas, porque estos generan preguntas bastante
desafiantes. El teléfono tiene la habilidad de recibir llamadas, mientras que sus
partes no la tienen. Una de esas preguntas es la de si esta habilidad de la totalidad
puede ser explicada enteramente en términos de las partes.
Cuando consideramos el montón de piedras su altura y de hecho también su
forma parecen ser el resultado de sus partes y de la manera en que están
acomodadas. ¿Eso es verdad también en el caso de las propiedades de las

29

totalidades integradas y algunas de sus habilidades especiales? Puede pensarse


que ese puede ser el caso. Desconozco cómo un teléfono celular puede hacer
llamadas, enviar correos electrónicos y reproducir música. Pareciera como si
todas esas capacidades fueran mágicas. Pero también asumo que en realidad no
son mágicas. En alguna parte hay un técnico que sabe qué partes son las que
hacen posibles estas capacidades y cómo tienen que estar ordenadas para que
funcionen correctamente. Presumiblemente, los trabajadores en la fábrica
armaron las partes de acuerdo con especificaciones detalladas. Quien quiera que
entienda la tecnología entiende, es de suponerse, cómo las partes pueden
otorgarle a la totalidad esas capacidades y propiedades. En el mismo sentido,
entonces, el todo es una suma de las partes, en tanto esas partes estén
correctamente ordenadas.
Hay casos, sin embargo, en los que esa idea ha sido desafiada. Puede
pensarse que algunas cualidades son tan especiales que emergen de la realidad a
cierto nivel superior, y nada como ellas puede ser encontrado al nivel de las
partes. Una cosa es pensar una mesa como un simple agregado de partes: sus
cuatro patas de madera, acomodadas bajo una superficie plana de madera. Pero,
¿podemos pensar que un humano es meramente varias piezas de carne y hueso
acomodadas de cierta manera? Un humano es algo viviente. La vida parece ser
una propiedad de la totalidad del organismo y algo que no parece poder
encontrarse entre sus partes. Otro caso que parece similar es el de la consciencia
o la mente. Estamos pensando cosas que también pueden experimentar y reflejar
sensaciones, tales como dolores, comezón y los colores. ¿Lo mental es algo que
pueda explicarse completamente en términos de lo físico, con el cerebro
particularmente en el centro de atención? ¿O es una especie nueva de cualidad
especial, que emerge solamente a cierto nivel en la naturaleza?
Hay dos posiciones generales que los filósofos pueden tomar acerca de este
asunto. Un reduccionista es alguien que insiste en que las partes pueden explicar
en última instancia todo lo que hace la totalidad. Un reduccionista puede admitir

30

que no conocemos aún todos los detalles acerca de cómo el cerebro puede
producir la consciencia, pero tienen fe en que eventualmente, cuando la ciencia
haya descubierto todos los hechos pertinentes, podremos hacerlo. Esa es una
postura filosófica. El reduccionismo no ha sido probado todavía. Quienes han
sido seducidos por el reduccionismo, sin embargo, piensan que hay ya suficientes
casos en los que las partes han explicado la totalidad como para generalizar y
asumir que este es siempre el caso.
En oposición a ese punto de vista, el emergentismo es la afirmación de que
las totalidades son más que la suma de sus partes. Hay distintas formas en las
que puede afirmarse eso, y distintos emergentismos podrían sostener cosas
distintas. Una forma de establecer este punto de vista lo hace en términos de lo
que conocemos y lo que nos sorprendería o lo que somos capaces de predecir. Por
ejemplo, si supiéramos todo acerca de los cerebros y de la forma en que las
neuronas trabajan podría afirmarse que incluso entonces seríamos incapaces de
predecir el fenómenos de la consciencia, o lo que se siente experimentar algo. Un
neurocientífico puede conocer con exactitud lo que sucede en el cerebro cuando
percibimos algo rojo, por ejemplo, pero sólo sabe lo que se siente ver el rojo
cuando lo experimenta en sí mismo. Y si nunca ha visto algo rojo no sabrá lo que
es ver el rojo, por más conocimiento neurocientífico que haya adquirido.
Tal vez lo que nos resulta sorprendente es, sin embargo, un mero hecho de
nuestra psicología, y esto no logra captar lo que pensamos que se afirma en el
emergentismo. En la segunda forma de establecer este punto de vista, por ende,
el emergentismo es una teoría acerca de lo que hay, no acerca de lo que nos
sorprende. Lo que el emergentista estaría afirmando realmente es que hay
fenómenos por encontrar en totalidades genuinamente nuevos y que no están en
sus partes, ni en la suma de sus partes, ni en el acomodo de sus partes. Y así como
hay una dificultad para saber si el reduccionismo es verdadero, y para saber si
hay algo realmente simple, así también hay una dificultad para saber si tal
emergentismo es verdad. En el estado actual de cosas, no tenemos explicación

31

detallada de cómo la mente emerge de partes corpóreas, pero eso puede deberse
simplemente a nuestra ignorancia. No tenemos una teoría probada todavía, y
apenas podemos concebir cómo podríamos tener una. Aun así, sabemos por el
pasado que la ciencia puede sorprendernos con su progreso.

¿Cuál es el chiste del fundamentalismo?

Hay dos imágenes que podemos tener del mundo y de cómo todas las
ciencias se relacionan entre sí. Una es la de una pirámide invertida. Hasta abajo
está una ciencia, sobre la cual todo lo demás descansa. Para la mayor parte de los
reduccionistas la ciencia que sostiene al resto es la física: tal vez dirían que la
física fundamental, que trata con partículas y las leyes que las gobiernan. Encima
de ella estarían las otras ciencias, como la química y, más arriba, la biología.
Todavía más arriba encontraríamos “ciencias” como la psicología, la economía, la
sociología y la antropología. Los reduccionistas, sin embargo, piensan que todo
descansa y es explicado por la física en última instancia. Toda verdad es hecha
verdad por la disposición de las partículas fundamentales y por las leyes de la
física.
En oposición a esta imagen se encuentra una en la que al menos algunas
ciencias tienen un grado de independencia entre sí. Consideremos la biología,
dado que la vida ha sido considerada una propiedad emergente. Hay quienes han
intentado reducir todas las verdades de la biología a verdades de bioquímica y
decir que todo se trata del ADN, y el ADN es reducible a las verdades de la
química y en última instancia a las de la física. Pero hay sin embargo algunas
razones convincentes por las que en lugar de eso tengamos que hablar acerca de
los organismos como totalidades más que como suma de sus partes. La selección
natural de la teoría evolutiva, por ejemplo, selecciona propiedades de un nivel

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alto. El cuello largo le da a las jirafas una ventaja sobre sus competidores por el
alimento, más que algo directamente relacionado con su ADN.
De cierta forma, parece como si el organismo como totalidad usa su ADN
para proveerse con lo que necesita al nivel de totalidad. Si eso es verdad no lo
sería que los hechos físicos microscópicos determinan las propiedades
macroscópicas observables de la totalidad: sino al contrario. Son los organismos
completos los que viven o mueren, se alimentan o padecen hambre, y en
ocasiones se reproducen, no sus genes o sus moléculas. Resulta confuso decir que
los genes de uno fueron a dar un paseo: es la persona la que lo hace. De forma
similar, es la persona la que ve cosas. Ni siquiera los ojos ven, son simplemente lo
que usamos para ver. Y aunque las partes de nuestro cuerpo pueden describirse
como vivas y orgánicas, no son organismos, y no serían capaces de vivir por
mucho tiempo si fueran separados de la totalidad. Consideremos simplemente
cuánto tiempo una mano seguiría viva si fuera separada del cuerpo (sí, he visto la
película de 1964 titulada La bestia con cinco dedos, pero eso era pura fantasía).
Estas consideraciones no son concluyentes, pero pueden mostrar que hay
cierto atractivo en el punto de vista que llamamos holismo. La idea es que las
totalidades tienen, en algún sentido, prioridad sobre las partes. La noción de
prioridad puede explicarse de distintas formas. Vimos cómo el reduccionista las
negaría. Ellos dicen que los hechos acerca de las partes determinan los hechos
acerca de las totalidades. El holista tiene varias formas de responder a eso, como
hemos visto. Una es invocar casos, como la selección evolutiva, en los que los
hechos acerca de las totalidades parecen determinar los hechos acerca de las
partes. Otra forma de rechazar el reduccionismo es insistir en que las totalidades
son de hecho más que la mera suma de partes y su acomodo.
Tanto en filosofía de la mente como en filosofía de la biología, cuestiones
sobre el reduccionismo y el emergentismo son una parte central de los actuales
debates. La metafísica tiene un papel que jugar en la clarificación de lo que haría
que el emergentismo fuera verdad. Aún no hemos precisado esto, y es de esperar

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que los metafísicos del futuro hagan más progresos. Qué significa que algo sea
más que sus partes es algo que habremos de explorar más adelante.

Capítulo 4

¿Qué es un cambio?

Nos hemos ocupado hasta ahora de lo que es, pero en términos muy
generales. Sé que hay mesas, sillas, teléfonos celulares, gente y jirafas, pero, para
decirlo en abstracto, podemos decir también que hay particulares, sus
propiedades y a veces partes de particulares. No puede serse más abstracto. Sin
embargo, podría preocuparnos que hasta ahora nuestro pensamiento ha sido
guiado sin su mayor parte por el ejemplo del objeto físico de tamaño medio. Es
cierto que muchas cosas como esa nos rodean, pero eso no debería hacernos
pensar que eso es todo lo que hay. Incluso si describimos cada cosa, no estaría
claro que hayamos descrito todo. Por supuesto, eso suena justo como el tipo de
afirmación obscura y paradójica que esperarías de un filósofo, pero aún debería
ser defendida. Por “cosa” normalmente entendemos objeto, probablemente un
objeto físico. Pero no todo es un objeto físico.
Tenemos nuestros particulares, como copas, gatos y árboles, y tenemos
nuestras propiedades, como la rojeza, la fragilidad y la cualidad de tener cuatro
patas. Pero ¿qué ocurre con el sonrojo de alguien, de la transformación de una
oruga en mariposa, el calentamiento de una barra de hierro, o la caída de un libro
desde una mesa? Todos esos son eventos que involucran cambios. ¿Y qué pasa
con procesos más largos, como la maduración de un tomate por el sol, la Segunda
Guerra Mundial, o el crecimiento de un niño hasta volverse un hombre viejo?
¿Qué con la historia del universo entero, desde el inicio hasta el final? Estos
eventos y procesos parecen ciertamente ser una parte de la realidad. No

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queremos negar su existencia. Son una característica real del mundo. Pero si
hablamos nada más que de los particulares y de sus propiedades, pareciéramos
omitirlos. Un listado de los particulares y de todas sus propiedades (a menos que
hagamos algún movimiento extravagante, solamente nos dará una descripción
estática de lo que hay en el mundo en determinado momento. El cambio, sin
embargo, parece parte del mundo tanto como cualquier otra cosa. Sin él, no
pasaría nada. Necesitamos incluirlo en nuestra lista de lo que hay, por ende, y
darle una explicación.

¿Qué ocurre?

Cosas pasan. De eso podemos estar seguros, aunque se tratara todo de un


sueño. Así que, ¿qué es un evento? ¿Es siempre cambio? ¿Y es un proceso algo
diferente? Empecemos considerando los eventos.
Hay que notar que hay disponibles al menos dos concepciones de eventos.
Una permite que sean estáticos, lo que quiere decir que no cambian. Que la
puerta sea café a mediodía es considerado como un evento en ciertas
concepciones. ¿Es esa la mejor forma de clasificarlo? Quizás sea mejor llamar ese
tipo de cosa un hecho, precisamente porque nada sucede: nada cambia. Pero
puede que esto sea una preferencia personal. Podemos llamar como queramos un
evento siempre y cuando tengamos claro cuál concepción estamos usando. Yo me
apegaré a la concepción de un evento en la que hay al menos algo de cambio
involucrado, y ello se debe a que nuestro principal tema en este capítulo es el
fenómeno del cambio.
Hemos mencionado antes los procesos, y ahora es más claro que el cambio
tiene que estar involucrado, varios cambios, de hecho. Mientras que podemos
pensar que un evento involucra un único cambio, la idea de un proceso parece
implicar muchos cambios ocurriendo en una secuencia particular. Así como los

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objetos pueden sostener relaciones del tipo parte-todo, parece que lo mismo es
verdad exactamente de los eventos. Algunos eventos contienen otros eventos
como partes. Decirle a un vecino “buenos días” involucra los dos eventos, el de
decir “buenos” y el de decir “días” como partes. Y en cuanto a los procesos, que
parecen permitir cambios más largos y más complejos, hay todo tipo de partes
que pueden tener. La Segunda Guerra Mundial contiene la Batalla de Stalingrado
como una parte, por ejemplo, que a su vez contiene el disparo de una bala con un
arma.
Ciertamente, las nociones de evento y proceso están conectadas, y puede que
la distinción entre ambas sea una muy vaga. ¿Cuándo un proceso se convierte en
uno tan pequeño que es nada más un evento; o cuándo un evento es tan grande
que se vuelve un proceso? Podríamos ser incapaces de imponer un límite nítido
pero aun así mantener que un proceso sugiere una serie compleja de más de un
cambio en un orden particular. El orden sería importante porque si lo cambiamos
podríamos obtener un proceso distinto. La construcción de una casa es un
proceso, por ejemplo, y si invirtiéramos su orden obtendríamos algo distinto,
como la demolición de una casa. Podemos ver, por tanto, que la noción de un
cambio parece importante tanto para los eventos como para los procesos, así que
deberíamos examinarlo más detenidamente.

¿Quién puede soportar el cambio?

En el primer capítulo introdujimos la discusión sobre los particulares y la


noción de identidad numérica: la noción de ser una y la misma cosa. Es algo
difícil de establecer sin causar confusión, porque queremos saber cuándo una
cosa es la misma que otra. Y cuando lo son, entonces en realidad tenemos
solamente una cosa. Por ello algunos han dicho que la identidad no es una

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relación: porque cuando realmente se sostiene, entonces solamente tenemos una


cosa, mientras que toda relación genuina relaciona al menos dos cosas.
¿Por qué debería algo permanecer lo mismo a través del cambio? Esa es la
cuestión. Si hay un hombre con cabello en 2010, y un hombre sin cabello en
2020, a partir de esa información podemos decir que ha ocurrido un cambio
solamente si el hombre con cabello en 2010 es el hombre sin cabello en 2020. Si
se trata de uno y el mismo hombre, entonces podemos decir que algo ha ocurrido,
algo ha cambiado, un hombre se ha quedado calvo. Había montones de hombres
con cabello en 2010, y hay montones de hombres sin cabello en 2020, pero para
que haya habido un cambio se necesita que un hombre con cabello se convirtiera
en un hombre sin cabello. Es necesario que haya un solo individuo que se haya
sido el sujeto de la calvicie. La idea de que el cambio necesita un sujeto se
atribuye a menudo a Aristóteles, como de hecho mucho de la metafísica.
Al parecer podemos decir el mismo tipo de cosa acerca de todos los cambios
a pequeña escala, aunque cuando pasamos a procesos a gran escala puede
parecer poco claro cuál es el sujeto del cambio. ¿Cuál fue el sujeto del cambio en
la Segunda Guerra Mundial? ¿Tal vez el mundo? Además, algunos cambios
involucran múltiples sujetos. Supongamos que cierta cantidad de energía pasa de
un objeto a otro, quizás cuando dos bolas de billar chocan entre sí. ¿Esa
transferencia de energía un solo cambio que involucra un traslado de energía? ¿o
hemos tenido dos cambios separados: uno sería la pérdida de energía de la bola
golpeada con el taco, y el otro la adquisición de energía de la bola que recibe el
golpe? Contar cambios no es sencillo y hacerlo tiene que estar basado en una
teoría filosófica.
He aquí tal teoría. Los cambios pueden hallarse en distintas variedades.
Puede ser la pérdida o la ganancia de una propiedad, puede tratarse de que algo
viene a la existencia o sale de ella, o de un cambio dentro de una propiedad.
Podemos decir más acerca de cada uno de estos casos.

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Estamos haciendo uso tanto de nuestra noción de los particulares como de


la noción de sus propiedades. Supongamos que en un punto un particular tiene
una propiedad: el tomate es redondo. Pero en un momento posterior el tomate no
tiene ya esa propiedad. Entonces un cambio ha ocurrido. Por supuesto, durante
ese periodo el tomate puede haber adquirido otra propiedad en lugar de su
redondez previa: puede haberse aplanado, aplastado por la rueda de un camión.
De nuevo, podemos decir que ha ocurrido un cambio. ¿Fue solamente un cambio
o fueron dos? ¿Se trató de un solo cambio de una propiedad por otra, o de dos
eventos distintos, aunque relacionados: la pérdida de redondez y la adquisición
de la cualidad de estar aplanado?
El cambio dentro de una propiedad era otro tipo de cambio. El tipo de caso
en el que estoy pensando es uno en el que algo tiene una propiedad de longitud
que aumenta o disminuye. Supongamos que el pepino que está junto al tomate
aumenta su longitud de 20 centímetros a 30. Ciertamente ha ocurrido un cambio,
e indudablemente fue gradual por cuanto para ir de los 20 a los 30 centímetros la
longitud del pepino pasa a través de todas las longitudes intermedias, en lugar de
pasar directamente de una a la otra. El cambio se parece a un proceso en este
respecto. Pero el punto la longitud es una sola propiedad que puede hallarse en
distintos grados, magnitudes o cantidades variables. Otra forma de pensar esto es
decir que hay varias longitudes determinadas comprendidas dentro de la noción
determinable de longitud. Cuando el pepino crece mantiene la misma propiedad
de longitud determinable, cambiando una por otra.
Sugerí también otro tipo de cambio: algo viniendo a la existencia o saliendo
de ella. Aquí el cambio no ocurre en las propiedades de algo sino en la cosa
misma. Empieza a existir o deja de existir. Se trata de nociones muy
desconcertantes. Un coche nuevo puede salir de la línea de producción, por
ejemplo, recién creado, y algunos años después puede ir a una chatarrera para ser
hecho pedazos. Quizás nada es realmente creado ni destruido sino que más bien
las partes -y las partes de las partes- simplemente se reúnen en combinaciones

38

distintas o se separan y son usadas en algo más. ¿Recuerdas haber escuchado eso
de que la energía no puede ser ni creada ni destruida? Eso hace que uno se
pregunte de dónde viene en primer lugar. Pero no necesitamos considerar eso
mucho, porque lo único que necesitamos para decir que ha ocurrido un cambio es
que algo empiece a existir o deje de hacerlo en el sentido relativamente débil de
que las partes han constituido una nueva totalidad o han sido separadas de una
totalidad. Sé que un cambio ha ocurrido cuando mi coche es desarmado incluso si
sus partes, o las partes de algunas partes, siguen existiendo.
Estas teorías del cambio tienen que enfrentar un reto, sin embargo. La
noción aristotélica de los sujetos de cambio, que permanecen a través del cambio,
ha sido cuestionada en tiempos más modernos. Quizá ello se debe a que hemos
llegado a pensar en el tiempo y en el espacio como más similares de lo que
solíamos. Esto necesita una explicación.
Un cuerpo humano tiene partes espaciales. Tiene una parte superior y una
parte inferior. Hay un brazo, un corazón, un dedo gordo del pie, y muchas más.
Todo ello puede pensarse como partes espaciales del cuerpo: partes en el espacio.
Pero entonces, ¿por qué no permitir que haya también partes temporales: partes
en el tiempo? Está la parte (de ese cuerpo) que existía en 2010 y otra que existía
en 1970. Hay una parte que existió durante un minuto a las 12:05 de hoy.
Ciertamente, si hay una analogía entre el espacio y el tiempo más cercana, eso
sugiere que debería haber partes temporales.
¿Y esto por que es importante? Hay quienes han pensado que las partes
temporales serían una buena forma de explicar el cambio. El problema que tales
filósofos identifican es que en la vieja teoría aristotélica, en la que las cosas
perduran a través del cambio, diferentes cualidades tienen que adscribirse a uno
y el mismo particular. El tomate tiene tanto la propiedad de ser verde como la
propiedad de ser rojo. El pepino mide tanto 20 centímetros de longitud como 30
centímetros de longitud. Si uno cree que las cosas tienen partes temporales, sin
embargo, uno puede decir que son cosas diferentes las que tienen estas

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propiedades incompatibles. Fue una parte temporal del tomate la que era verde y
una parte temporal diferente la que era roja. La analogía con el espacio se
mantiene. No nos alarma escuchar que un tomate es tanto rojo como verde si es
una parte espacial la que es roja y otra la que es verde. Si hay partes diferentes,
sean espaciales o temporales, las que sostienen propiedades incompatibles,
entonces cualquier contradicción aparente queda resuelta.

La presencia completa

Si no aceptas las partes temporales, tienes que encontrar otra explicación


que muestre cómo algo parece poder soportar propiedades incompatibles. En la
teoría aristotélica se dice que un particular esta enteramente presente en cada
momento de su existencia. No es una parte temporal del tomate la que es roja,
sino el tomate entero. De hecho, decimos cosas como “el tomate es rojo”. No
decimos que “la parte temporal del tomate es roja”. Quizá el uso del lenguaje no
es una guía confiable en metafísica.
El punto de vista aristotélico es conocido como endurantismo o durantismo,
porque particulares enteramente presentes perduran a través de los cambios.
¿Cómo puede ese punto de vista explicar el sostenimiento de propiedades
incompatibles? La respuesta, por supuesto, es que esas propiedades
incompatibles son llevadas en diferentes momentos. El tomate era verde la
semana pasada mientras que es rojo esta semana. Esta respuesta tiene un precio,
sin embargo. Implica que las propiedades no son soportadas puras y simples por
los particulares. Tienen que ser soportadas en relación a algo más, esto es, en
relación a un momento particular, y eso complica la explicación de qué es tener
una propiedad. En contraste, quienes creen en partes temporales, que son
conocidos como perdurantistas, pueden decir que las partes temporales tienen la
propiedad pura y simple, sin necesidad de involucrar otro elemento relacional.

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Cuando algo cambia no debemos verlo como una cosa singular soportando
propiedades contrarias, de acuerdo con el perdurantismo, sino como diferentes
cosas -partes temporales- soportando esas propiedades. Si esto es un intento por
explicar el cambio, entonces significa que cada una de esas partes temporales
tienen que estar, a su vez, exentas de cambio. Si una parte temporal fuera ella
misma capaz de sufrir algún cambio, entonces el problema que dio origen a la
explicación resurgiría. Así que claramente debería haber una parte temporal
distinta para cada ligero cambio.
Tal cambio tendría que ser también reconceptualizado radicalmente. En vez
de la idea de un sujeto de cambio que perdura a través del cambio de
propiedades, lo que tendríamos sería una sucesión de cosas con propiedades
estáticas, tan solo ligeramente distintas de las cosas que las precedieron y las
seguirán inmediatamente. El cambio tendría que ser hasta cierto punto una
ilusión creada por la sucesión de tales partes temporales. Pero esta idea no nos es
extraña. Es similar a las viejas cintas cinematográficas. Cada cuadro individual de
la cinta es una fotografía que no cambia, en la que no hay movimiento. Pero están
ordenadas en una secuencia en un aparato que puede hacer pasar las fotografías
muy rápidamente. Y cuando son vistas en esa sucesión rápida pareciera haber
movimiento. Para el perdurantismo nuestro mundo trabaja de forma muy
similar.
Hay, sin embargo, buenas razones para albergar sospechas acerca de esta
teoría. Para empezar, parece más una negación que una explicación del cambio.
Cada una de las partes temporales es completamente inmutable, y así todo tipo
de cambio descritos antes son reducidos a el ingreso y la salida de la existencia
(de las partes temporales). Quizás más grave, la noción de una cosa como una
sucesión de partes temporales es problemática y lo es por ende la explicación que
deriva de ella.
¿En qué sentido cierta cantidad de partes temporales pertenecen todas a una
misma cosa? Si nos apegamos a la letra de la teoría, no lo hacen. No hay cosas

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que perduren, como hemos visto. En lugar de eso, lo que nosotros tomamos como
una cosa es solamente una construcción a partir de la secuencia de partes
estáticas. Por ello, en una colección las partes tienen que estar conectadas de la
forma apropiada para constituir una cosa que perdura. Sería cuestión de
encontrar las relaciones correctas que las partes deberían tener. Un requisito
sería la sucesión en el tiempo, pues es de suponer que dos partes temporales
distintas que existan al mismo tiempo no podrían ser una parte de la misma cosa.
Quizá la causalidad es otra relación, así las primeras partes temporales causan
que las posteriores sean (la causalidad es el tema del próximo capítulo).
Parece que necesitamos que estos particulares estén armados a partir de la
sucesión de partes de esa manera antes de poder hablar de que haya ocurrido un
cambio. En otras palabras, para decir que un hombre se ha quedado calvo
necesitamos primero construir primero al hombre a partir de las partes
temporales, relacionándolas de cierta manera. Nuestro problema era que
podemos decir que ha ocurrido un cambio si el hombre con cabello en 2010 es el
hombre calvo en 2020. Pero esto dependería crucialmente de que podamos
mostrar que el hombre con cabello está relacionado de la manera adecuada con el
hombre calvo.
Por ende, en el perdurantismo tenemos el problema de contar todas esas
partes de la manera adecuada. Pero, ¿realmente queremos que nuestros cambios
estén constituidos por componentes inmutables? ¿Es realmente plausible que los
aparentemente sutiles cambios que vemos a nuestro rededor son solamente la
sucesión de partes estáticas? El mundo sería errático, saltando de un estado a
otro, aunque supuestamente de forma tan rápida que no podríamos notar las
uniones. Aquí, el endurantismo podría volver a atraernos, pero modificado.
Podríamos ver el mundo como algo que cambia continuamente. Un cambio
continuo y extenso sería un proceso. Quizás procesos dinámicos componen el
mundo, entonces, en lugar de que sea algo construido a partir de una sucesión de

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partes inmutables. La idea sería que los procesos en el mundo ocurren


totalidades fluidas, indivisibles e integradas.
Cuando contemplas la disolución del azúcar en el té, por ejemplo, parece un
proceso natural y continuo. El perdurantismo lo describiría como una colección
de partes temporales desconectadas que afortunadamente cayeron en el tipo
correcto de relaciones para mantenerse unidas. Pero tal vez todas las partes de
este proceso le son esenciales. Ser soluble es estar predispuesto a este proceso, y
es esencial que el proceso sea precisamente ese. Podríamos decir lo mismo de
muchos otros procesos: parecen darse en totalidades integradas y continuas.
Pensemos en la fotosíntesis, el ciclo de la vida humana o la cristalización. ¿De
verdad queremos verlos como colecciones de partes que se unieron
caprichosamente pero que en principio pudieron haber ocurrido en cualquier
extraño orden? Sugeriré que no, pues los procesos parecen ofrecer un caso
plausible en que la totalidad es mayor que la suma de sus partes.
Es hora de pasar del cambio a algo claramente relacionado. Estamos ya
entrando en el tema del siguiente capítulo, que es uno de los más grandes
problemas filosóficos: la causalidad.

Capítulo 5

¿Qué es una causa?

Pateo un balón en dirección a la portería, y anoto un gol. Mis compañeros de


equipo me felicitan. ¿Por qué? Porque yo anoté el gol. Fue algo que yo hice. Yo
causé el gol. Más tarde golpeo una copa y esta se rompe. Es mi culpa. ¿Por qué?
De nuevo, la responsabilidad recae sobre mí porque yo causé el suceso. No es
necesario que los humanos estemos involucrados en los ejemplos. Un huracán
causa que un puente se caiga.

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A veces una cosa está conectada con otra y eso es muy importante. Mi
patada a la pelota estuvo conectada a su movimiento. Pero si tomamos en cuenta
la totalidad de los eventos en el mundo, la mayoría no tendrán una conexión
directa. La derrota de Napoleón en Waterloo, asumo, no tiene conexión con que
te rascaras la nariz la última vez que lo hiciste. Podría haber una conexión
indirecta, por medio de muchos otros eventos que hayan intervenido, pero se
trataría de una conexión tan tenue que sería casi insignificante. Hay otros casos
en los que se discute si cierta cosa está conectada con otra. Las compañías
tabacaleras han negado por años que haya alguna conexión entre el consumo de
tabaco y el cáncer, por ejemplo. Los místicos aseguran poder comunicar
pensamientos a otros directamente, o mover objetos con su pura voluntad,
mientras que otros niegan que tanto la telepatía como la telequinesia sean reales.
En efecto, esa es la negación de una conexión causal.
Hemos estado considerando los tipos generales de cosas que componen
nuestro mundo. Hemos echado un vistazo a las propiedades, a los particulares, a
los particulares complejos y entonces a los cambios. Parece que las causas son
otra categoría importante que deberíamos considerar. Este tema se relaciona de
cerca con el del cambio, aunque no es exactamente el mismo. Muchos de los
cambios en el mundo, quizá la mayoría, son causados, pero no todos tienen que
serlo. En algunas explicaciones, el universo se originó con un Big Bang, que fue
un enorme inicio en la existencia. Eso suena como un cambio, por ende, pero se
nos dice que no ha tenido causa, porque nada existió antes de que eso hubiera
sucedido. Podemos distinguir, por tanto, entre cambios que fueron causados y
cambios sin causa. Por ello un cambio y una causa son cosas distintas. De hecho,
incluso cuando se encuentran juntos deberíamos decir que son cosas distintas. La
causa sería lo que produce el cambio, cuando se trate de un cambio causado. Y
solamente para separar ambas nociones más finamente también podemos decir
que hay causas sin cambios. A veces las causas producen estabilidad o equilibrio.

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Los imanes pueden mantenerse juntos, por ejemplo, sin que nada ocurra. Pero
eso parece una causa tan claramente como en cualquier otro ejemplo.

Causas por todos lados

La comprensión de la causalidad es una de las mayores tareas filosóficas: y


no sólo porque los filósofos hayan estado preocupados con eso durante centurias.
Es vital que tengamos una explicación de la causalidad porque ella mantiene casi
todo junto, de ahí la descripción que Hume hace de ella como “el pegamento del
universo”. La encontramos prácticamente en todas partes, y sin ella nada sería
importante para nada más. Que el archiduque Franz Ferdinand recibiera un
disparo es significativo, por ejemplo, tan solo porque causó su muerte y, como se
afirma, causó la Primera Guerra Mundial. De hecho, Gavrilo Princip jaló del
gatillo sólo porque creía que ello causaría que una bala saliera del arma y esa bala
podría causar entonces la muerte de Franz Ferdinand.
Cualquier acción que realicemos parece suponer la idea de que causará que
algo suceda. Martilleo un clavo, por ejemplo, tan solo porque espero que cause
que el clavo se encaje en la pared. Si el martilleo no tuviera conexión con un
resultado, sería una actividad por completo carente de sentido. Supón que no
causa que el clavo se encaje en la pared. O supón que al martillear ocurre algún
cambio azaroso: el clavo puede evaporarse, o desvanecerse, o convertirse en un
pollo. Si no hubiera conexión causal entre las cosas, nuestro mundo sería por
completo impredecible a cualquier nivel. Nuestras predicciones no son
completamente confiables conforme las cosas se dan, pero son lo suficientemente
confiables como para que salgamos adelante. El hecho de que sean se debe a que
hay relaciones causales. Establecer lo que estas relaciones son es a menudo de
vital importancia para nosotros. Identificar la causa de una enfermedad puede
ser crucial, por ejemplo. Podemos salvar vidas al mantener a las personas lejos de

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lo que les causaría la muerte. Por otro lado, también queremos encontrar
medicinas que causen que las personas mejoren incluso si contraen la
enfermedad.
Estos ejemplos ponen de manifiesto la importancia de la causalidad. Esto
hace que los filósofos tengan el deber de entender y de decirnos qué son las
conexiones causales. Pero es ahí donde se pone difícil.

Peleando con la causa

Un problema es pensamiento tradicional que proviene de David Hume,


cuyas ideas sobre la causalidad siguen hoy dando forma al debate filosófico
(Tratado sobre el entendimiento humano, Libro I, 1739). Hume nos dice que las
conexiones causales no pueden observarse. Podemos ver un evento, como alguien
tomando una pastilla, y un segundo evento cuando esa persona mejora, pero
nunca vemos la conexión causal entre ambos eventos. ¿Cómo sabemos entonces
que la medicina causó la recuperación? El problema es más profundo que el
hecho de no poder ver el interior del cuerpo (no fácilmente). Hume dice que no
podemos ver la conexión causal ni siquiera en el caso más simple. Puedes ver la
patada y puedes ver el balón moverse, pero no puedes ver ninguna causalidad
entre la patada y el balón que se mueve.
Si ninguno de nosotros puede ver conexiones causales, ¿por qué entonces
creemos que son reales? Hume tiene una opinión al respecto. La principal razón
por la que pensamos que el primer evento causa el segundo es que forma parte de
un patrón. Cada vez que he visto a alguien patear un balón, a esto lo ha seguido el
movimiento del balón. Yo veo solamente un evento seguido de otro en cada
ocasión, pero sé también que cada vez que he visto un evento del primer tipo, a
este lo ha seguido un evento del segundo tipo.

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Para muchos seguidores de Hume esto es más que simplemente algo


referente a nuestro conocimiento de las causas. Es frecuente que se diga que
también es una explicación de la causalidad en la realidad. Hasta que has leído
filosofía puede que hayas pensado que un evento puede hacer que otro suceda.
Hay una especie de empuje o compulsión entre el primer evento y el segundo. Los
seguidores de Hume, sin embargo, además de afirmar que no tenemos
conocimiento de ningún empuje, dicen que no necesitamos algo así para
entender el mundo. No es necesario que haya más que los eventos y los patrones
en los que ocurren. Han ocurrido muchos eventos como el de patear un balón, y
muchos se han movido. Simplemente ha sucedido que los eventos de patada han
sido seguidos por los balones moviéndose. Así, el mundo es entendido como una
tela de retazos, de eventos desconectados, algunos de los cuales han ocurrido
según ciertos patrones.
Consideremos, por ejemplo, una cubeta de baldosas de mosaico. Puedes
revolverlos y luego desparramarlos sobre el suelo. Habrán caído, en efecto, en un
orden azaroso. Pero incluso ahí, si estudio las baldosas mucho, puedo descubrir
algún patrón. Puedo llegar a ver que una baldosa roja está siempre junto a una
azul, o que una cuadrada está siempre junto a una triangular. Cuanto más lo
pienso, puedo llegar a descubrir patrones más elaborados: una baldosa amarilla
de forma circular siempre está, o bien junto a un cuadrado verde, o junto a un
triángulo anaranjado, y así. Entonces podemos decir que eso es lo que hacemos
cuando investigamos el mundo científicamente. Si tomar la medicina siempre
está seguido por la recuperación de la enfermedad, entonces ¿qué más podemos
desear de la causalidad?
Hay otra idea, sin embargo, que ha inclinado a algunos hacia otro punto de
vista. Este también se encuentra en Hume, que propuso dos diferentes teorías.
Una dice que la causalidad consiste solamente en la regularidad. La otra teoría
requiere una explicación diferente. A menudo llegamos a comprender qué causa
qué, a través de experimentar en el mundo. En la niñez alguien pudo haber tirado

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de la cuerda que salía de la espalda de una muñeca, y luego soltarla, para


descubrir que la muñeca hablaba. Uno puede hacer eso unas cuantas veces y ver
que a tirar de la cuerda regularmente le sigue la muñeca hablando. Cabe pensar,
sin embargo, que para llegar a captar realmente el conocimiento causal, necesitas
saber también que la muñeca no hablará a menos que jales la cuerda.
Después de todo, si la muñeca habla todo el tiempo, independientemente de
si jalas o no la cuerda, será improbable que pienses que jalar la cuerda causa que
hable. De aquí deriva una idea. Podemos pensar una causa como un evento
seguido por otro de forma tal que si el primero no ha ocurrido, el segundo
tampoco habrá ocurrido. Estas son casi las mismas palabras de Hume.
¿Pero cómo sé eso? Puedo ver que un evento es seguido por otro, pero
¿cómo sé que si el primero no ha ocurrido, cuando de hecho así ha sido, el
segundo no habría ocurrido tampoco? Puede preocuparnos que la creencia de
que el segundo evento no ocurriría está de hecho dictado por la creencia de que el
primero causa el segundo. Eso no sería bueno, porque se supone que la teoría
debería decirnos qué significa que un evento cause algo, así que no puede
depender de una noción anterior de causa (pues entonces sería una explicación
circular).
Hay dos respuestas a esa pregunta. Una emplea una metafísica elaborada,
mientras la otra se encuentra un poco más cerca de la tierra. La respuesta de los
filósofos es que mientras en nuestro mundo tanto el primer como el segundo
evento ocurren, hay otro mundo que es igual que el nuestro excepto que ahí el
primer evento no ocurre. Si en ese mundo el segundo evento tampoco ocurre,
entonces es el caso en nuestro mundo que el primer evento causa el segundo. En
otras palabras, dado que ambos eventos ocurrieron en nuestro mundo, solo
podemos considerar la posibilidad de que no ocurra el primero en otro mundo
posible. Y el mundo a considerar es el más parecido al nuestro, excepto por el
hecho de que el primer evento no ocurre. Esto le da más peso a lo que la segunda
teoría de Hume quería de la causalidad. El evento A causa el evento B porque en

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el mundo que es como el nuestro excepto en por el hecho de que A no ocurre, B


tampoco ocurre.
Este asunto de los otros mundos posibles puede parecer una extravagancia
metafísica. Nos encontraremos con esos mundos de nuevo en el capítulo 8. Pero
puede argumentarse que hay otra forma de saber que si un evento no ha
ocurrido, un segundo evento no ocurrirá. Se trata de una aproximación de tipo
más bien científico, que regularmente es puesto en práctica. Podríamos realizar
de hecho un experimento en lugar de pensar en lo que pasa en otros mundos.
Para hacerlo necesitaríamos preparar dos casos de prueba que sean tan similares
como sea posible en cualquier respecto en el que podamos pensar. Luego,
introducimos en uno de esos casos de prueba el evento en cuestión. En el
segundo caso no lo hacemos. Entonces vemos si el factor introducido hace una
diferencia en los resultados o no. John Stuart Mill denominó esto el método de
diferencia.
Según algunos, este método es la forma en la que en realidad descubrimos
causas. Por ejemplo, para ver si un medicamento funciona -y con esto me refiero
a ver si causa la recuperación-, dividimos una gran muestra de personas al azar
en dos grupos. Si las cantidades son suficientemente grandes, y la distribución
aleatoria es genuina, entonces deberíamos tener dos grupos suficientemente
similares. Entonces le damos el medicamento que deseamos probar a un grupo y
al otro no. El segundo grupo recibe un placebo, en caso de que la pura creencia de
que estás siendo tratado puede provocar la recuperación. Si el primer grupo
mejora y el segundo no, se puede afirmar que el medicamento causó la
recuperación. Este tipo de experimento es llamado una prueba aleatoria
controlada, y se propone demostrar para grandes cantidades lo que Hume y Mill
han sugerido en la teoría. Estamos en una posición desde la que podemos ver en
un experimento real que sin la primera cosa (tomar la medicina), no
observaríamos la segunda (la recuperación).

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Hay aquí, con este tipo de teorías, conocidas como teorías de la causalidad
de la dependencia contrafactual. ¿Puede tratarse la causalidad nada más que de
esta diferencia? Quizá esto nos permite entender qué causa qué, pero no nos dice
qué es que una cosa cause otra. Puede verse así: el grupo de personas que tomó el
medicamento podría haber mejorado hubiera o no otro grupo en otra parte que
tomara un placebo. Supongamos que debido a un error administrativo, el grupo
que debía tomar el placebo fuera pasado por alto y esa parte de la prueba no
hubiera ocurrido nunca. ¿Significaría eso que la medicina no habría causado la
mejoría de los miembros del primer grupo? Si tomaron el medicamento y
mejoraron pueden muy bien cuestionar si lo que sea que ocurriera en otro lado
tiene relevancia alguna para la cuestión de qué tan bien la medicina les funcionó.
De manera similar, si yo pateo un balón de fútbol y este se mueve, ¿cómo puede
la cuestión de si mi patada cayó que se moviera ser afectada por lo que haya
pasado en algún otro mundo posible o en una situación duplicada de prueba en la
que nadie patea un balón?
La idea detrás de esta forma de razonar es que cuando tenemos dos eventos,
A y B, la cuestión de si A causa B es acerca de A y B solamente, y de cualquier
conexión que haya o no entre ambos. Lo que ocurra en otros momentos y lugares
parece tener que ser irrelevante. Tal punto de vista es conocido como
singularismo. ¿Cómo puede justificarse? Una forma sería decir que lo que cuenta
es, por ejemplo, si la medicina tiene una potencia genuina de producir la
recuperación. En particular, yo podría querer saber si esta pastilla en particular
tiene el poder de hacer que este paciente en particular mejore. Si es así, entonces
cuando es tomada de la manera correcta, causa la recuperación. De forma
similar, cuando tu pateas el balón de fútbol, lo que hace que se mueva es el poder
causal de la patada. Para esto son relevantes solamente el pie y el balón.
Esto nos deja con algo qué decir acerca de los puntos de vista humeanos que
consideramos. El singularista alegará que hay algo problemático al respecto.
Parece mezclar afirmaciones causales particulares con generales. Una afirmación

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particular sería la de que esta droga hace que este paciente mejore. Una
afirmación causal general sería que este tipo de droga puede hacer mejorar a
cualquiera. Cuando afirmamos que fumar causa cáncer, estamos haciendo una
afirmación general causal. La teoría era que para un que un evento particular
cause otro aquel tiene que ser parte de un patrón: en otras palabras, tiene que
haber una verdad causal general de la que el caso particular sea solo una
instancia.
El oponente de Hume puede insistir en que el orden de la explicación está
erróneamente invertido aquí. La razón de que haya verdades causales generales
es que hay las particulares a partir de las cuales generalizamos. Este individuo
particular fumó y esto le causó tener cáncer, y aquél otro también tuvo cáncer por
fumar y así, y podemos generalizar todas esas afirmaciones causales particulares
para decir que fumar en general causa cáncer.

La campana repica por Hume

La conexión entre verdades causales particulares y generales puede resultar


no ser tan clara y simple, sin embargo. Todos sabemos que hay quienes fuman
toda su vida sin llegar a tener cáncer. Sin embargo, seguimos pensando que es
verdad que fumar lo produce. Así que, ¿qué significa o qué implica la verdad
causal general? Podemos decir lo siguiente. Fumar tiende a producir cáncer. En
muchos casos de hecho lo hace, pero puede no hacerlo en cada caso. El poder está
ahí -el tabaco es cancerígeno-, pero hay casos en los que falla en hacer su maligno
trabajo. Alguien podría tener justo el tipo correcto de genes que pueden prevenir
los efectos del tabaco. Puede haber una verdad causal general, por ende, que no
aplique a todos los casos individuales. Así, una prueba aleatoria controlada
podría mostrar que una droga es efectiva contra una cierta enfermedad, pero esto
puede estar basado sólo en estadísticas. Algunas personas en el grupo de prueba

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podrían mejorar, pero tal vez no todas. En ese caso, se puede pensar que la droga
no tiene efecto en mí, individualmente.
Puede haber muy buenas razones por las que una causa funcione en algunas
cosas de cierto tipo, pero no en todas. Hume conoció el punto de vista de los
poderes causales como una alternativa al suyo. Pero pensó que un punto de vista
como ese implicaría que las causas tendrían que hacer necesarios sus efectos. Si
hay un poder para cierto efecto, argumentó, ello significaría que tiene que
producir su efecto cuando opere. Pero no es necesario que tal sea la posición. Un
poder puede simplemente disponer hacia cierto efecto. Puede haber casos en los
que logra producir ese efecto, pero en otros casos podría evitarse que haga su
trabajo. Los efectos que vemos a nuestro rededor son a menudo el resultado de
muchos factores diferentes, trabajando juntos. Cuando, por ejemplo, un avión de
papel es lanzado, su trayectoria está determinada por su forma aerodinámica,
pero también por la gravedad, las ráfagas de viento, la atracción o repulsión
estática, etcétera. Podría ser que algunos de esos factores lo predispongan en una
dirección, mientras que otros la predispongan en una dirección opuesta.
En el caso de la medicina, entonces, podríamos encontrar que la droga tiene
un poder para curar y logra hacerlo en muchas ocasiones. Pero un individuo en
particular puede encontrarse con que no tiene efecto. Quizás tiene una
constitución que lo hace inmune a ella, o tiene un estilo de vida que lo cancela, o
lleva una dieta que agrava la enfermedad, o cualquiera que pueda ser el caso. La
presencia de la medicina, incluso aunque produce la recuperación con frecuencia,
no necesariamente lo hace siempre. Entendidos de esta manera, los poderes no
hacen necesarias sus efectos. Hume pensó que esta era una razón para rechazar
un punto de vista en el que los poderes podrían evitarse o con los que podría
interferirse. Lo que hemos visto es que no trabajan a travez de la necesidad, lo
cual no es razón para rechazar los poderes, entendidos adecuadamente.
El nombre ya familiar de Aristóteles aparece otra vez. Él parece haber
pensado que los poderes causales eran parte de la realidad. El desacuerdo de

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Hume vino mucho después, pero tuvo en la filosofía un impacto igual de fuerte, y
aún hay una gran división entre los metafísicos contemporáneos: humeanos y no
humeanos. La discusión clave parece ser entre los que piensan que la causa
produce realmente su efecto, y aquellos que piensan que no hay nada más que un
patrón ordenado de eventos, sin conexión real entre ellos. Como advertencia, sin
embargo, debe notarse que los humeanos sostienen que mediante “producir”,
“causa”, “poder”, etcétera, podemos significar nada más que la sucesión regular, o
que si la causa no hubiera estado ahí tampoco lo habría hecho el efecto. Todo lo
que un realista dice acerca de la causalidad, uno puede traducirlo a los términos
humeanos del patrón de eventos. Así, se vuelve difícil siguiera expresar la
diferencia entre humeanos y sus oponentes.

Capítulo 6

¿Cómo pasa el tiempo?

Hemos estado considerando lo que hay en términos de las categorías más


generales. Hay particulares y propiedades, pero también hay cosas como
agujeros, partes, cambios y causas. Los últimos dos no podrían existir a menos
que también haya algo más: tiempo. Para que un cambio ocurra tiene que haber
al menos algo en un tiempo que no es más en otro tiempo, o viceversa. Los
filósofos discuten acerca de si puede haber tiempo sin cambio, pero lo que parece
cierto es que no puede haber cambio sin tiempo.
¿Qué es esa cosa que llamamos tiempo? Esta es quizás una pregunta en la
que todos hemos pensado, y al hacerlo hemos estado haciendo metafísica. Una
idea es que el tiempo es algo en sí mismo y funciona como un fondo sobre el que
los eventos están situados. Pensamos en este tiempo como algo que fluye y tiene
una dirección. Puede rebasarte. Necesitas mantenerte a su ritmo y no

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desperdiciarlo. Ha alcanzado cierto punto. Quizás es un recurso infinito. Esta


imagen del tiempo puede asemejarse al flujo de un río. Se mueve a un cierto
ritmo, pasando ciertos puntos a lo largo de la orilla del río. Al nacer tú saltaste a
una balsa y el río te conduce corriente abajo, pasando todos los años señalados
sobre la orilla a lo largo del camino. Al morir, saltas fuera de la balsa y el flujo del
tiempo continúa su camino sin ti.
Algunos de estos pensamientos parecen conflictivos, sin embargo. Hablamos
de flujo del tiempo pero, mientras que podemos medir la velocidad de un río,
¿podemos hacer algo similar con el tiempo? Si el tiempo pasa, ¿qué tan rápido
pasa? ¿Un segundo por segundo, presumiblemente? ¿Puede haber una respuesta
diferente? Si tengo remos en mi balsa, ¿puedo ir más rápido, o más despacio, que
el tiempo mismo? Y hemos visto que el tiempo tiene una dirección. Decimos que
va hacia adelante y no hacia atrás, pero ¿qué queremos decir con eso? Quizá el
tiempo se está moviendo, después de todo, en reversa. ¿Cómo sería eso?
Tratar al tiempo mismo como a una cosa, con algún tipo de existencia
independiente de los eventos que se sitúan en él, sugiere también que puede
haber un periodo de tiempo en el que nada ocurre. ¿Es esa una posibilidad real?
¿Cómo sé que no ha habido un lapso de un año en el que todo se quedó quieto y
luego continuó? O tal vez fue un lapso de dos años.
Cuando discutimos sobre el tiempo, nos resulta tan difícil captarlo que
tenemos que recurrir a metáforas. Esto puede resultar confuso, sin embargo.
Puedo decir que el tiempo me ha rebasado, o que ha pasado un largo tiempo,
pero esto no puede ser literalmente cierto. La longitud es algo que podemos
atribuir al espacio, y rebasar es algo que podemos atribuir al movimiento, como
cuando un perro me rebasa corriendo. Tal vez la idea es que un cierto evento o
proceso -tu adolescencia, por ejemplo- viene del futuro al presente, pero luego se
va a tu pasado. Puedes despedirte de ella con tu mano, como cuando ves al perro
correr, durante el tiempo que está a tu lado, pero entonces se ha ido. ¿Pasa el
tiempo de esa manera?

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¿Qué tan pronto es ahora?

Hay dos modelos del tiempo que han sido debatidos por los metafísicos
durante el siglo pasado. Pasaré un tiempo en el primero.
Piensa en un evento como el asesinato del presidente de Estados Unidos,
Abraham Lincoln. Para quienes vivieron antes de 1865 el evento estaba en el
futuro. Para nosotros, el evento está en el pasado. Y en el 14 de abril de 1865,
aproximadamente a las 10:15 pm, hora de Washington DC, fue un evento
presente. ¿Deberíamos entender este caso en términos de la analogía espacial?
¿Se acercó el evento sigilosamente a la gente, logró brevemente ser presente, y
luego se escabulló al pasado? ¿O hay otra manera que podamos entenderlo?
Hay un punto de vista que aún es respetable, en el que los eventos tienen
propiedades temporales de algún tipo. El asesinato de Lincoln tiene la propiedad
de estar en el pasado. Cierta cantidad de eventos tienen la propiedad de estar
presentes, como el evento en que lees esta oración (y piensa en todos los otros
eventos que ocurren mientras tú lees). Muchos eventos tienen la propiedad de ser
futuros, una propiedad que puede denominarse futilidad. La Copa Mundial de
fútbol en Qatar, las próximas elecciones presidenciales, el eclipse solar de 2025 y
que la población humana sobre la tierra alcance los ocho billones son ejemplos, al
menos en 2012.
Y aquí es donde podemos adquirir cierto sentido de la dirección del tiempo.
Los eventos siempre son primero futuros, luego presentes, y después pasados.
Nunca sucede en la dirección opuesta, hasta donde sabemos. Si los viajes al
pasado son posibles eso complicaría las cosas, pero parece que las tres
propiedades temporales son poseídas siempre en ese orden. Por supuesto, estoy
tratando los eventos como particulares más que como lo que los metafísicos
llaman tipos. Las Olimpiadas ocurren cada cuatro años, pero con eso nos

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referimos a un tipo de evento. Cada Olimpiada particular es única, y es a tales


eventos en tanto particulares a los que me refiero. Estos eventos “fluyen” desde el
futuro, pasando por el presente, hasta el pasado.
Las propiedades temporales tendrían algunas características extrañas. Al
parecer podrían ir y venir en diferentes combinaciones. Lo que era futuro puede
ahora ser pasado. El eclipse de 2025 está en el futuro mientras escribo esto, pero
eventualmente estará en el pasado. Quizás estás leyendo esto después de su
ocurrencia. Esto me muestra, desde mi posición en 2012, que tiene una
propiedad, la de ser futuro pasado, es decir, un evento futuro se convertirá en
uno pasado eventualmente (para octubre de 2025, por ejemplo). Y también hay
un pasado futuro. El asesinato de Lincoln fue el futuro en 1860, pero no lo es
más. No ha sido futuro desde 1865. Se puede preguntar cómo las cosas pueden
tener cualidades tales como estas y qué ocurre cuando sufren un cambio con
respecto a ellas. ¿Es que hay por ahí montones de cosas con la propiedad de
futilidad, esperando hasta poder lograr la propiedad de estar en el presente?
¿Hay gente futura esperando ser presente, preguntándose “¿qué tan pronto es
ahora?”? ¿Y a dónde van cuando alcanzan la propiedad de estar en el pasado?
¿Algo tiene realmente esa propiedad, o sucede simplemente que dejan de existir?

No hay tiempo como el presente

Hay un punto de vista según el cual sólo el presente es real. Se llama,


apropiadamente, presentismo. Puede ser considerado una respuesta a algunas de
las preguntas que hemos ido planteando. Y es que, ¿no es absurdo decir que hay
cosas con las propiedades de estar en el futuro y de estar en el pasado? Existir
parece ser una condición para tener propiedades, pero ¿puede uno argumentar
que las cosas futuras y pasadas no tienen existencia? Barack Obama nació en
1961. ¿No sería confuso decir que existía en 1959 aunque en ese tiempo tenía la

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propiedad de futilidad? Julio César existió un tiempo, pero ya no. ¿Sería


desatinado también en este caso decir que existe ahora, pero con la propiedad de
estar en el pasado? Por ello parece una opción decir que, en lugar de haber tres
propiedades temporales, deberíamos más bien substituir una noción simple de
existencia y permitir que las cosas entren y salgan de la existencia. Cuando están
en el presente, son reales. Después, no lo son.
Ese parece un punto de vista sensato, pero hay que considerar ciertos
puntos. Primero, ¿cuánto dura el presente? ¿Es hoy, o este minuto, o sólo un
segundo? A las 20:50 en la tarde, el mediodía de hoy seguramente es pasado. De
hecho, incluso a las 20:49 lo es, y también hace dos segundos. El presente parece
una tajada muy fina. Podemos esperar su existencia, pero se va demasiado
pronto. De hecho, si hubiera una unidad de tiempo que fuera la más pequeña -un
micro-micro-segundo, que podríamos llamar un instante-, entonces el presente
parece ser tan duradero como ese instante. Si negamos eso, y argumentamos en
cambio que el presente tiene alguna extensión, ¿entonces qué tan duradero le
permitiremos ser? ¿Dos minutos? Eso parece arbitrario. E incluso si no le
permitimos al presente tener una extensión temporal, parece entonces diluirse en
la nada.
He aquí un segundo problema para el presentismo. La noción de presente es
cuestionada por la teoría de la relatividad. Puedo pensar que el son está brillando
ahora, y eso parece ser parte del presente. Pero también se me ha dicho que la luz
del sol tarda 8 minutos y 19 segundos en alcanzar la tierra. La simultaneidad
absoluta ha sido cuestionada en física, y se nos ha dicho que es ilegítimo hablar
de dos eventos separados espacialmente como siendo simultáneos. Puedes ver
dos estrellas colapsando en galaxias distantes, y eso puede parecer como si
estuvieran colapsando al mismo tiempo. Pero si una está mucho más cerca que la
otra de tu telescopio, entonces esos eventos no son realmente simultáneos. Hay
un problema entonces con lo que queremos decir exactamente al hablar del
presente, cuando parece siempre relativo a una posición o punto de vista.

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Podemos quedarnos con una explicación puramente subjetiva del presente -es lo
que parece ser ahora, para un observador-, pero muchos de nosotros no
queremos que nuestra metafísica dependa tanto del punto de vista de uno. Nos
gusta sentir que estamos tratando con verdades objetivas, eternas e inmutables,
inmunes a nuestra perspectiva humana de las cosas.
Hablando de eso: hay un problema más para el presentismo. Aunque César
no está vivo, hay un sentido fuerte en el que él es sin embargo real, incluso ahora.
Hay hechos acerca de él -cruzó el Rubicón-, y debe haber algo en virtud de lo cual
esos hechos son verdaderos. Si no existe más que el presente, ¿qué hace que sea
verdad que hubo una Segunda Guerra Mundial o un asesinato de Lincoln? ¿No
sería prudente decir que esos sucesos y esas cosas pasadas son parte de nuestra
realidad aunque no estén presentes? Dadas las consideraciones provenientes de
la teoría de la relatividad, hay incluso algunos eventos que todavía puedo ver: por
ejemplo, cómo se veía el sol hace ocho minutos. ¿Qué sería entonces impedir que
alguien reescriba la historia si negamos cualquier realidad a lo que ocurrió en el
pasado?

Ser pasarizado

Así que hay un punto de vista que trata el pasado y el futuro de forma
diferente. Una cosa es llamar absurda la idea de gente futura deambulando por
ahí en espera de nacer. Pero el pasado no es exactamente lo mismo. Fue presente.
Y en este sentido debería contar como parte de la totalidad de lo real. Ser una
parte de la realidad pero no en el presente puede expresar nuestra propiedad de
estar en el pasado, entonces.
Esta visión suele asemejarse a un ladrillo creciente. Uno puede pensar en el
presente como una delgada capa encima de un sólido ladrillo. Nuevas capas
siguen agregándose todo el tiempo sobre su superficie superior. César, y todo lo

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que hizo, está en el ladrillo, un poco hacia abajo. Cuando hablamos de lo que
existe podemos querer decir dos cosas. Lo que existe ahora es sólo la superficie
superior de nuestro ladrillo, que está en esa posición fugazmente. Quizás es tan
delgado como unas cuantas moléculas. Pero también podemos referirnos al
ladrillo entero cuando hablamos de lo que existe. Así el ladrillo sería la totalidad
de la existencia desde su inicio hasta el presente. El pasado es ahora parte suya.
Pero conforme se agregan nuevas capas sobre el ladrillo creciente, los eventos
presentes van retrocediendo. Podemos decir que son pasarizados, en virtud de
tener un nuevo futuro recién construido sobre ellos.
Hemos avanzado, por ende, de un punto de vista que privilegia el presente,
hasta uno que privilegia tanto el presente como el pasado, aunque no al futuro.
Este segundo punto de vista tiene aún que enfrentar el problema de lo que cuenta
como presente: de qué tan delgado es y del problema de la simultaneidad
absoluta. Además, el problema de tratar las propiedades de estar presente y de
estar en el pasado como propiedades de eventos o de cosas. La imagen del ladrillo
creciente ha dejado de lado simplemente la propiedad de estar en el futuro.
Antes dije que había dos modelos del tiempo sobre los que debaten los
filósofos. El primero intenta explicar el paso del tiempo en términos de eventos y
cosas con las propiedades de estar en el presente, en el pasado, o posiblemente en
el futuro (futuridad). Pero hemos visto que esto nos conduce a decir cosas
extrañas cada vez. Tal vez el problema es que empezamos revisando una teoría
que satisfacería una imagen que ya poseíamos, en la que el tiempo fluye: pasa
como el agua en un río. Hay otra forma de entender la secuencia temporal, sin
embargo. En este punto de vista no están las propiedades de estar presente, ni la
de estar en el pasado, ni la futuridad. En lugar de eso, lo único que podemos decir
es que los eventos y las cosas en nuestro mundo mantienen relaciones de orden
unos con otros. Están relacionados temporalmente y en esa medida pueden estar
en una secuencia.

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Temprano, tarde o a tiempo

Las relaciones básicas sobre las que tal secuencia puede ser construida son
la de ser anterior a, ser posterior a, y ser simultáneo con. El nacimiento de
Obama es ciertamente anterior a su muerte, pero es posterior al asesinato de
Lincoln, que a su vez es anterior al asesinato de Kennedy. La noción de
simultaneidad ha sido cuestionada, como hemos visto, aunque eso aplica
solamente a eventos en diferentes lugares. Así, puede seguir diciendo
legítimamente algo como que el nacimiento de Obama fue simultáneo con su
primer respiración, dado que ambos eventos ocurrieron en el mismo lugar.
Desde esta perspectiva el paso del tiempo puede ser visto como una
metáfora desafortunada creada teniendo en cuenta las relaciones de anterior a y
posterior a, que se mantienen entre cosas y entre eventos. No hay cambio de
propiedades, de la de estar presente a la de estar en el pasado. Las relaciones
temporales entre eventos en esta nueva serie se mantiene para todos los tiempos.
En el caso del nacimiento de Obama es siempre el caso que es anterior a la
muerte de Lincoln. Nada tiene que pasar de un estado a otro. Tampoco
necesitamos ver el tiempo como algo parecido a una cosa, como al verlo como un
medio dentro del que los eventos ocurren. Así que quizá no necesitemos
preocuparnos acerca de si puede haber tiempo sin cambio. En lugar de eso,
podemos pensar simplemente que todos los eventos del mundo están colocados
en cierto orden -qué va antes que qué-, y entonces tenemos la secuencia
temporal.
Esta última idea nos lleva al corazón de una cuestión muy importante: una
en la que hay otra distinción platónica-aristotélica. Tal distinción ha estado
acechando desde el fondo durante todo el capítulo. ¿Tratamos el tiempo como
una cosa real y objetiva, que existe por sí misma, independientemente de que

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ocurran eventos en su interior? ¿O pensamos que el tiempo no es más que la


secuencia ordenada de los eventos?
Al principio del capítulo casi sugiero que necesitábamos la realidad del
tiempo como un trasfondo contra el que los cambios pudieran ocurrir. Pero una
manera aristotélica de ver las cosas empezaría con el cambio -tal vez todos los
cambios en el mundo- y vería el tiempo como una especie de construcción a
partir de ellos. Si el pensamiento de que todo se quede quieto por un año -y luego
se reactive desapercibidamente- parece absurdo, entonces el punto de vista
aristotélico es probablemente más atractivo. Juzgaríamos que el tiempo ha
iniciado con el primer evento: el Big Bang, pongamos por caso. La idea de que
haya algo “antes del Big Bang” sería absurda para un aristotélico, pero no
necesariamente para un platónico. Estos últimos podrían permitir una seria
respuesta a la pregunta ¿en qué tiempo ocurrió el Big Bang?, como si hubiera una
especie de reloj astronómico divino que registra temporalmente todo. Para un
aristotélico el primer evento fue el punto en el que el reloj inició su movimiento.
Uno puede sentirse inclinado a juntar este punto de vista aristotélico con lo
que se denomina eternalismo acerca de los eventos y las cosas. Nosotros hemos
considerado privilegiado el presente, o el presente y el pasado, pero el
eternalismo considera todos los eventos como igualmente reales, incluso aunque
desde nuestra perspectiva sean futuros. Yo no sé si las Olimpiadas de 2020 se
realizarán o no exitosamente, pero si lo hacen, un eternalista las tomaría como
una parte de la realidad en la misma medida que a todo lo demás. Esto puede
sonar confuso. Volviendo a la imagen del ladrillo, los eternalistas ven la realidad
como un enorme ladrillo de todo lo que alguna vez fue y será. Nosotros estamos
ubicados en alguna parte cerca del centro, capaces de mirar hacia atrás lo que
ocurrió antes, pero incapaces de mirar lo que está delante de nuestra perspectiva.
Pero eso es igualmente real.
Cuando consideramos lo que existe, nos vemos tentados a veces a pensar en
este asunto sólo tridimensionalmente: qué existe en la totalidad del espacio. Pero

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¿no deberíamos pensar en esto más bien tetradimencionalmente: todo lo que


existe en la totalidad del espacio y en la totalidad del tiempo? El nacimiento de
Obama es anterior a su muerte. No podemos mantener esto si uno de esos
eventos no es real aún (pues escribo esto en 2012). ¿Por qué digo esto? La idea es
que una relación es real solamente si sus términos (relata: las cosas que se
relacionan), son reales. El nacimiento de Obama no puede mantener una relación
con algo que no existe. Debemos garantizar realidad a la muerte de Obama, por
ende, esperando por supuesto que falte un tiempo para que ocurra.
Esto puede sonar como una explicación atractiva en la medida en que nos
permite deshacernos de la idea del tiempo como un medio que fluye. Pero
también puede dar pie a la preocupación de que ignore algo fundamental acerca
del tiempo. Ciertamente parece como que hay un presente que tiene una cualidad
especial. Podemos permitir que todos los tiempos sean igualmente reales en tanto
que todos existen, pero ¿no puede argumentarse que el presente tiene algo que no
tienen ni el pasado ni el futuro? ¿Qué es eso? Bien, eso es que el presente es lo
que está sucediendo ahora -al menos en un lugar y desde un punto de vista. Y
este punto de vista según el cual el tiempo no es más que un orden relativo de
eventos, ¿tiene los medios para explicar lo que sea cualquier tipo de ahora?
Vale la pena mencionar aún otra cuestión en la filosofía del tiempo. Está el
asunto de su topografía. A veces pensamos en el tiempo como una simple línea
recta. Tiene un comienzo, sigue su curso y tiene un final. Pero hay otras formas
de representarlo. Quizás la línea continúa indefinidamente. El tiempo podría no
ser un recurso finito. Y podría continuar indefinidamente en ambas direcciones.
Por otro lado, podría expandirse conforme avanza. Podría haber dos líneas
temporales separadas, ramificándose a partir de una misma rama, en base a
cierta diferencia significativa. Una idea más radical sería la de que el tiempo se
mueve circularmente. ¿Qué causó el primer evento en la historia del universo?
Quizás fue el último momento en la historia del universo. Estos debates se
mantienen vivos, y quizás el lector puede ver cómo nuestra postura en algunos de

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los temas discutidos antes pueden conformar nuestras decisiones en estas


últimas opciones.

Capítulo 10

¿Qué es metafísica?

Ahora que nos hemos asomado a algunas de las cuestiones principales que
se discuten en metafísica estamos en una posición mejor para responder la
pregunta acerca de lo que es la metafísica. La metafísica es la actividad que
hemos estado realizando en los nueve capítulos previos. Habiéndonos
involucrado en ella estamos mejor colocados para entenderla.
Muchas de las preguntas habrán sonado simples, bobas o infantiles, y a
menudo son desestimadas como tales. No se espera que, una vez que hemos
crecido, preguntemos lo que es un círculo, si el tiempo pasa, o si nada es algo. Es
como si el sentido natural de asombro con el que nacemos fuera expulsado de
nosotros.
Quizás la metafísica sea pensada como una inútil pérdida de tiempo o, peor,
una distracción peligrosa. No hay que olvidar la historia (probablemente
verdadera sólo a medias), según la cual Sócrates fue condenado a muerte por ser
tan impertinente. El lector habrá podido apreciar, sin embargo, que estas
preguntas tan simples pueden conducir a respuestas muy complejas. A partir tan
sólo de la pregunta acerca de qué es un círculo, rápidamente llegamos a
cuestiones profundas acerca de la naturaleza del mundo, la realidad y lo que
existe. Reflexionar sobre esos asuntos puede haber ayudado a desarrollar
nuestras mentes. Hemos debido pensar bastante arduamente y realizar algunas
acrobacias mentales. ¿Pero tiene la metafísica otro uso que ese? Hemos

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comprendido mejor, tal vez, pero parece que no hay algo en lo que podamos usar
esa comprensión. La acusación de inutilidad parece mantenerse en pie.
¿Y entonces, qué hemos estado haciendo en estos nueve capítulos? Una
respuesta es que hemos estado tratando de entender la naturaleza fundamental
de la realidad. Pero solamente ha sido un aspecto de la realidad en el que hemos
estado interesados, y sólo un tipo de comprensión la que hemos estado buscando.
La ciencia también busca entender la naturaleza de la realidad, pero lo hace de
diferente manera. La ciencia busca algunas verdades generales, pero que también
son concretas, mientras que las verdades de la metafísica son muy generales y
abstractas.
Cuando consideramos lo que existe, las respuestas de los filósofos estarán en
los niveles más altos de generalidad. Podrán decir que hay particulares que caen
dentro de tipos particulares, que hay propiedades, cambios, causas, leyes de la
naturaleza, etcétera. El trabajo de la ciencia, sin embargo, es decir qué cosas
específicas existen bajo cada una de esas categorías. Hay electrones, por ejemplo,
o tigres, o elementos químicos. Existen las propiedades de spin, carga y masa,
hay procesos tales como la disolución, hay leyes de la naturaleza tales como la ley
de la gravitación universal.
La metafísica busca organizar y sistematizar todas esas verdades específicas
que la ciencia descubre y describir sus características generales. Aunque al
explicar la metafísica he tratado de usar muchos ejemplos a manera de
ilustración, el lector habrá podido apreciar también que la elección de cada uno
fue un tanto arbitraria. Pregunté qué es un círculo y qué es una mesa. Pude haber
preguntado en lugar de eso qué es la rojeza o qué es una molécula. Esas fueron
simplemente maneras de introducirnos en el asunto de las propiedades en
general y de los particulares en general.

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Física y metafísica

Hay una diferencia entre la metafísica y la física al nivel de la generalidad,


pero también hay una diferencia en la forma de abordar los asuntos. Aunque las
disciplinas se enfocan en el mismo objeto de estudio -la naturaleza del mundo-,
ambas intentan entenderlo desde direcciones distintas. La ciencia está basada en
la observación, que a menudo es su punto de partida y el árbitro último de la
verdad de una teoría. La metafísica se preocupa por el mundo, pero no por esa
parte que puede observarse. Lo que podemos ver con nuestros ojos no es de gran
ayuda en la metafísica, o en filosofía en general. La evidencia de los sentidos no
es lo que decide si una teoría filosófica ha de aceptarse o no.
Hemos puesto a consideración, por ejemplo, si una tabla es solamente un
manojo de propiedades o una substancia que subyace y mantiene juntas todas
esas propiedades. Debemos notar que no podemos decidir entre esas dos teorías
con base en la observación. El mundo se vería igual cualquiera que fuera la
verdadera. No es que podamos quitar las propiedades de un objeto real y
encontrar un substrato sin propiedades. ¿Cómo se vería, dado que carecería de
propiedades? Nuestras preguntas no son, por ende, científicas. Una dificultad con
la que los estudiantes a menudo se enfrentan al empezar a estudiar la metafísica
es la de no poder distinguirla de la ciencia, específicamente de la física. Piensan
que si el mundo es el objeto de estudio, deberíamos observarlo y hacerlo
científicamente. Podemos usar la metafísica como ejemplo para empezar, pero no
podemos esperar que responda nuestras preguntas metafísicas.
Pudo haber sido un accidente histórico que esta disciplina obtuviera ese
nombre. Metafísica era el libro de Aristóteles que seguía al de la Física. Pero
independientemente de si fue accidental, hay otra forma de ver el nombre que
describe bastante bien la actividad. Meta puede interpretarse como significando
“por encima” o “más allá”, y lo que hacemos en metafísica está de hecho por

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encima y más allá de la física. Está por encima en su nivel de generalidad, y está
más allá de la investigación empírica del mundo, al pensar en las características
que el mundo debería o no tener, racionalmente. En ese caso, la disciplina tiene
un nombre bastante adecuado, por que los problemas discutidos en el libro de
Aristóteles eran precisamente de esa naturaleza.
La metafísica no ha sido cuestionada nada más por ser infantil o molesta, sin
embargo. Cuando concedemos que no es empírica -no trata acerca de lo que
podemos observar con nuestros sentidos-, hay muchos escépticos que la atacan.
Si la metafísica trata acerca de algo que no puede ser observado, entonces ¿cómo
sabemos cualquier cosa acerca de sus respuestas y sus preguntas? ¿Cómo
sabemos que no son puras palabras vacías o puros sinsentidos? Hume, y quienes
lo siguen, desecharon la metafísica con base en esto. Los filósofos espiritas dicen
que nuestras ideas tienen que originarse en nuestra experiencia para poder tener
significado. Y si los términos que se usan en metafísica no pueden rastrearse
hasta una observación originaria, entonces carecen literalmente de sentido. En
virtud de eso Hume condenó la metafísica a la hoguera. Él no se veía a sí mismo
como metafísico, incluso aunque haya influenciado muchos de los debates
subsecuentes. Pocos han seguido su sugerencia de quemar libros, pero la crítica
de Hume resurge con frecuencia con vestimentas más modernas, como el
positivismo lógico.
Una respuesta a Hume es la versión de la metafísica que Kant da en su
Crítica de la razón pura (1781). Suele ser descrita como una defensa de la
metafísica, pero también puede interpretarse a Kant

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