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Análisis de "El agente secreto" de Conrad

(1) El documento presenta un extracto de la nota del autor Joseph Conrad al inicio de su novela "El agente secreto". (2) En la nota, Conrad explica cómo surgió la idea para la novela a partir de una conversación con un amigo sobre anarquistas. (3) Conrad comenzó a escribir la novela sin un plan previo, guiado por el impulso de explorar el tema.

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Análisis de "El agente secreto" de Conrad

(1) El documento presenta un extracto de la nota del autor Joseph Conrad al inicio de su novela "El agente secreto". (2) En la nota, Conrad explica cómo surgió la idea para la novela a partir de una conversación con un amigo sobre anarquistas. (3) Conrad comenzó a escribir la novela sin un plan previo, guiado por el impulso de explorar el tema.

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Joseph Conrad

El agente secreto

BIBLIOTECA DIGITAL MINERD-DOMINICANA LEE


Los lectores de esta novela han estado más acordes que los críticos: El agente
secreto es una obra que gusta. Conrad, que siempre ha parecido un plato fuerte
incluso para los lectores más exigentes, en este libro supo bajar a las zonas
habitadas por Dickens, sin olvidar por ello los tortuosos pasillos del alma. Alguien
afirmó que solo quien hubiera estado en contacto con el mundo que describe
podría acertar así en los elementos fundamentales. Este juicio da idea de la solidez
y verosimilitud con que está construida esta historia de terrorismo anarquista, y de
la seriedad con que el autor se tomaba su tarea de escritor. Por eso ningún lector
podrá olvidr fácilmente a Winnie.
A H. G. Wells[1]

Cronista del amor de Mr. Levisham,

biógrafo de Kipps

e historiador de las edades futuras,

le ofrezco con afecto

esta sencilla historia del siglo XIX.


NOTA DEL AUTOR

Creo que el origen de El agente secreto, tema, desarrollo, intención artística y


todos los demás motivos que pueden inducir a un autor a ponerse a escribir, se
remonta a un período de reacción emocional y mental.

La verdad es que empecé la novela dejándome llevar por un impulso y ya no


dejé de escribir hasta acabarla. Cuando el libro estuvo encuadernado y a
disposición del público, se me reprobó el mero hecho de haberlo escrito. Algunas
críticas fueron duras, otras manifestaban cierta aflicción. No tengo los textos
delante de mí, pero recuerdo perfectamente el tenor general, que era muy simple, y
también recuerdo que me sorprendió su carácter. ¡Ahora da la impresión de que de
todo aquello ha pasado ya mucho tiempo! Pero no es así. He llegado a la
conclusión de que en 1907 yo todavía conservaba una gran parte de mi prístina [2]
inocencia. Ahora creo que hasta un ingenuo se hubiera podido imaginar que el
entorno sórdido y la miseria moral del relato serían objeto de crítica. Es una
objeción importante. Pero no fue general. Incluso puede parecer poco elegante el
hecho de aludir a la poca censura que recibí en comparación con tanto
reconocimiento inteligente y comprensivo; confío en que los lectores de este
prefacio no se precipiten a atribuir mi reacción a un sentimiento de vanidad herida
o una posible inclinación natural mía a la ingratitud. Supongo que una persona
caritativa lo achacaría a modestia de carácter. Pero, si elijo las críticas para ilustrar
el caso, no es exactamente por modestia. No, no es modestia exactamente. No estoy
en absoluto seguro de ser modesto. Sin embargo, quienes hayan leído mi obra me
reconocerán la suficiente decencia, tacto, savoir-faire[3], y lo que ustedes quieran,
como para no sospechar de mí que he pretendido componer un canto a mi propia
gloria valiéndome de las palabras de los demás. ¡No! El verdadero motivo de mi
elección radica en algo muy distinto. Siempre he sido propenso a justificar mis
acciones. No a defenderlas, sino a justificarlas. Y no para insistir en que tengo
razón, sino simplemente para explicar que mis impulsos no son el producto de
perversas intenciones ni de desprecio solapado hacia los sentimientos naturales de
la humanidad.

Esta inclinación solo es peligrosa por cuanto le expone a uno al riesgo de


resultar aburrido, porque en general el mundo no se interesa por los motivos de
ningún acto manifiesto, sino por sus consecuencias. El ser humano puede sonreír
tanto como quiera, pero no es animal que guste de investigar. Huye de las
explicaciones. No obstante, yo voy a seguir con la mía. Es evidente que no tenía
por qué escribir el libro. No tenía ninguna necesidad de ocuparme de ese tema, y
digo tema en el sentido de la propia historia y en el sentido más amplio de
manifestación concreta en la vida de la humanidad. Lo admito sin ninguna reserva.
Pero jamás se me ha ocurrido la idea de crear mera fealdad con la intención de
horripilar o simplemente asombrar a mis lectores cambiando de táctica. Confío en
que se me crea, no solo por el testimonio que constituye mi carácter en general,
sino también por la razón, evidente a cualquiera, de que todo el desarrollo de la
historia, la indignación que la inspiró y la piedad y el desprecio subyacentes,
demuestran mi distanciamiento de la miseria y la sordidez que radican en las
circunstancias exteriores de su ambientación.

El comienzo de El agente secreto siguió a un período de dos años de intensa


concentración en la labor de escribir aquella remota novela, Nostromo, con su
lejana ambientación latinoamericana, y la novela profundamente personal que es
El espejo del mar. La primera supuso un intenso esfuerzo creativo sobre un tema
que, supongo, siempre será mi principal fuente de inspiración; la segunda novela
fue el intento incondicional de revelar por un momento las más profundas
intimidades del mar y los influjos normativos que han incidido en mí durante casi
la mitad de mi vida. También fue un período en el que mi concepción de la verdad
de las cosas iba acompañado de una disposición de intensidad imaginativa y
emocional que, pese a ser completamente sincera y fiel a los hechos, me hizo sentir
(una vez acabada la tarea) como si me hubiese quedado rezagado, sin objetivo,
inmerso en sensaciones superficiales y perdido en un mundo de valores distintos e
inferiores.

No sé si lo que sentí fue el deseo de experimentar un cambio en mi


imaginación, en mi visión de las cosas y en mi actitud mental. Creo que, sin que yo
fuera consciente de ello, yo ya había experimentado ese cambio. No recuerdo que
ocurriera nada concreto. Cuando terminé El espejo del mar, plenamente consciente
de haber sido honrado conmigo mismo y con mis lectores en cada línea del libro,
me abandoné a una pausa gratificante. Después, mientras seguía, por así decirlo,
en silencio, y desde luego sin pensar en apartarme de mi camino en busca de nada
desagradable, el tema de El agente secreto, quiero decir la historia, se me impuso en
forma de unas palabras dichas por un amigo en una conversación corriente sobre
anarquistas, o más bien sobre actividades anarquistas. Ahora no recuerdo cómo
surgió la conversación, pero recuerdo que comenté la futilidad criminal de todo
ello; la doctrina, la acción, la mentalidad y la despreciable manifestación de esa
pose medio demente, de esa descarada estafa que explota las dolorosas miserias y
la credulidad apasionada de una humanidad siempre tan trágicamente dispuesta a
destruirse. Por eso me resultaban tan imperdonables esas pretensiones filosóficas.
En cuanto a los hechos concretos, en el transcurso de la conversación recordamos
la historia, ya antigua, del intento de volar el Observatorio de Greenwich [4]; una
estupidez teñida de sangre, tan necia que ningún proceso de pensamiento, lógico o
ilógico, pudo explicar sus motivos. Porque la sinrazón perversa tiene su propia
lógica. Aquel atentado no pudo aclararse, así que lo único que conseguimos saber
fue que un hombre se había volado en pedazos por algo que no tenía el menor
parecido a una idea, anarquista o de otra índole. En el muro exterior del
observatorio no quedó la menor fisura.

Le indiqué todo esto a mi amigo, que me escuchó en silencio y luego


observó, como es característico en él, de forma superficial y omnisciente: «Ese
individuo era medio tonto. Su hermana se suicidó después». Esas fueron las únicas
palabras que intercambiamos, porque la profunda sorpresa que experimenté al oír
aquella inesperada información me dejó mudo un instante, y él siguió hablando de
otra cosa. Después no se me ocurrió preguntarle cómo se había enterado. Estoy
seguro de que la única relación que pudo haber tenido en su vida con los bajos
fondos fue ver de lejos a un anarquista. Pero era un hombre al que le gustaba
hablar con todo tipo de personas, y puede que hubiese obtenido aquella ilustrativa
información de segunda o tercera mano; de un barrendero con el que se cruzara,
de un policía retirado, de algún miembro de su club o, tal vez, de un ministro de
Asuntos Exteriores con el que se encontró en alguna recepción privada.

De la calidad ilustrativa de aquella información no cabe ninguna duda. Se


sentía uno como si saliera de un bosque a un llano; no había mucho que ver, pero
había mucha luz. No, no había mucho que ver, francamente. Durante mucho
tiempo ni siquiera intenté ver nada. Lo único que permanecía era la impresión
iluminadora. Era una impresión satisfactoria, pero pasiva. Una semana más tarde
di con un libro que, creo, no había llamado nunca la atención; eran los recuerdos
más bien resumidos de un subjefe de policía, un hombre evidentemente capaz, con
una vena profundamente religiosa en su carácter, destinado a su puesto en la
época en que sucedieron los atentados con dinamita en Londres, en la lejana
década de los ochenta.

El libro era bastante interesante y por supuesto muy discreto; ya se me ha


olvidado la mayor parte de su contenido. No hacía ninguna revelación, se
deslizaba agradablemente por la superficie de las cosas, y eso era todo. No voy a
intentar explicar por qué me sentí atraído por un pasaje breve de unas siete líneas,
en el que el autor (creo que su nombre era Anderson) reproducía un breve diálogo
mantenido en el vestíbulo de la Cámara de los Comunes con el ministro de
Asuntos Exteriores, a raíz de un inesperado atentado anarquista. Creo que en
aquel entonces el ministro era sir William Harcourt. Estaba muy irritado, y el
funcionario se deshacía en disculpas. La frase que más me impresionó, de las tres
que intercambiaron fue la afirmación de sir W. Harcourt: «Todo eso está muy bien.
Pero su concepción del hermetismo es mantener desinformado al ministro de
Asuntos Interiores». Era una frase muy característica del temperamento de sir
W. Harcourt, pero no aclaraba nada.

No obstante, debía de haber algo especial en el entorno de aquel incidente,


porque de pronto me sentí estimulado. Y a continuación se produjo en mi mente lo
que un estudiante de química comprendería en seguida, por la analogía que
supone la adición de una pequeña partícula de la clase adecuada que hace
precipitarse el proceso de cristalización de una solución incolora en una probeta.

Al principio fue un cambio mental que perturbaba una imaginación


apaciguada, en la que formas extrañas, de perfil definido pero percibidas de forma
imperfecta, aparecían y exigían atención, como pasa con las formas inesperadas y
extrañas que adquieren los cristales. Me puse a meditar sobre el fenómeno, e
incluso sobre el pasado: Sudamérica, continente de sol intenso y revoluciones
brutales; el mar, la vasta extensión de agua salada, el espejo de las iras y las
sonrisas del cielo, el reflector de la luz del mundo. Luego se me apareció la visión
de una enorme ciudad, de una ciudad monstruosa más poblada que algunos
continentes, y su poder creado por el hombre, como si fuera indiferente a la
desaprobación y a la complacencia del cielo; una cruel devoradora de la luz del
mundo. Allí había suficiente sido para situar cualquier historia; era un lugar lo
bastante profundo para cualquier pasión, lo bastante variado para cualquier
ambiente, y suficientemente oscuro como para enterrar cinco millones de vidas.

Irresistiblemente, la ciudad se convirtió en el escenario del siguiente período


de meditaciones profundas y exploratorias. Perspectivas sin fin se abrían ante mí
en distintas direcciones. ¡Harían falta años para encontrar la adecuada! ¡Tardaría
años…! Poco a poco, la convicción de la pasión maternal de la señora Verloc se
convirtió en una llama que me unía a aquel trasfondo; lo matizaba con su secreto
ardor y recibía de él como compensación algo de su sombrío colorido. Por fin, la
historia de Winnie Verloc estaba completa, desde los días de su infancia hasta el
final; todavía desproporcionada, como si todo estuviera aún en primer plano, pero
dispuesta a ser moldeada. Fue cuestión de unos tres días.

Este libro es esa historia, reducida a proporciones manejables; toda su


evolución se ha centrado alrededor de la absurda crueldad de la explosión de
Greenwich Park, y es producto de ella. Tenía una labor, no diré ardua, pero sí de la
dificultad más absorbente. Pero había que hacerlo. Era una necesidad. Las figuras
agrupadas alrededor de la señora Verloc y relacionadas directa o indirectamente
con su trágica sospecha de que «la vida no se puede observar muy de cerca» son el
resultado de esa misma necesidad.

Personalmente, no he tenido nunca ninguna duda de la veracidad de la


historia de la señora Verloc, pero era necesario que se desprendiera de la oscuridad
de esa inmensa ciudad, tenía que hacerse creíble; no me refiero tanto a su espíritu
como a su entorno, no tanto a su psicología como a su humanidad. Debido a la
profusión de indicios sobre el entorno, tuve que luchar por mantenerme
distanciado de los recuerdos de mis paseos solitarios y nocturnos por todo Londres
en mis primeros días aquí, para evitar que me abrumaran en cada página de la
historia según iban emergiendo uno tras otro, inmerso en un estado de ánimo tan
sincero de sentimientos y pensamientos como el que más desde que empecé a
escribir. En ese sentido, creo realmente que El agente secreto es una obra totalmente
sincera. Incluso la intención artística de utilizar la ironía en un tema como ese se
planteó deliberadamente y en la sincera creencia de que solo el tratamiento irónico
me permitiría decir todo lo que sentía que tendría que decir tanto con desprecio
como con piedad. Una de las satisfacciones menores de mi vida de escritor es que,
una vez que hube tomado aquella decisión, creo que conseguí llevarla a cabo hasta
el final. En cuanto a los personajes, a los que la necesidad absoluta del caso, el caso
de la señora Verloc, coloca en primer plano con Londres de trasfondo, también
ellos me proporcionaron esas pequeñas satisfacciones que resultan tan importantes
para luchar contra ese enjambre de dudas obsesivas que abruman cualquier
intento de trabajo creativo. Por ejemplo, el propio señor Vladimir (que se prestaba
a una presentación caricaturesca). Me complació oír que un hombre de mundo
había dicho que «Conrad debe de haber estado en contacto con ese mundo o, si no,
tiene una excelente intuición», porque el señor Vladimir no solo «era factible en los
detalles, sino muy acertado en los elementos fundamentales». Más tarde, alguien
que había visitado América me contó que todo tipo de revolucionarios refugiados
allí creían que el libro había sido escrito por alguien que los conocía bien. Me
pareció un gran cumplido, teniendo en cuenta que en realidad yo había visto
menos gente de esa clase que el omnisciente amigo que me sugirió la primera idea
de la novela. No obstante, no me cabe duda de que mientras escribía el libro hubo
momentos en que me convertí en un extremista revolucionario, no diré más
convencido, pero, desde luego, con un propósito más concreto que el de cualquiera
de ellos en toda su vida. No lo digo por jactancia. Sencillamente estaba dedicado a
mi trabajo. Eso es lo que siempre he hecho al escribir todos mis libros: dedicarme a
mi trabajo con una entrega total. Y no lo digo por presumir, es que no me ha
quedado más remedio. Fingir me habría aburrido demasiado.

Las ideas sobre algunos personajes de la historia, tanto de los respetuosos


con la ley como de los delincuentes, proceden de distintas fuentes que tal vez haya
podido reconocer algún lector. No son especialmente opacos. Pero lo que aquí me
ocupa no es legitimar a ninguno de ellos, e incluso por lo que se refiere a mi
opinión general sobre las relaciones morales, como las que se dan entre los
delincuentes y la policía, todo lo que me aventuro a decir es que, como mínimo, me
parecen discutibles.

Los doce años transcurridos desde la publicación del libro no han


modificado mi actitud. No lamento haberlo escrito. Últimamente, por
circunstancias que no tienen nada que ver con el tenor general de este prefacio, me
he visto obligado a despojar la historia del ropaje literario de desprecio indignado
con que tanto me costó vestirla hace años. Me he visto forzado a mirar su
esqueleto. Confieso que es un esqueleto espeluznante. Pero, así y todo, sostengo
que, al contar la historia de Winnie Verloc hasta su final anárquico de completa
desolación, locura y desesperación, y al contarla como lo he hecho, no ha sido mi
intención ofender injustificadamente los sentimientos de la humanidad.

J. C.

1920
Capítulo I

Aquella mañana, cuando el señor Verloc salió de casa, dejó teóricamente a


su cuñado a cargo de la tienda, porque apenas había algo que hacer durante todo
el día y prácticamente nada en absoluto antes de la caída de la tarde. Además, al
señor Verloc no le interesaba gran cosa el negocio, que le servía de tapadera, y su
mujer cuidaba de su cuñado.

La tienda era pequeña, como la casa donde estaba ubicada. Era esta uno de
esos edificios mugrientos de ladrillo que tanto abundaban antes de que la era de la
reconstrucción empezase a hacerse sentir en Londres. La tienda tenía forma de caja
cuadrada, y la fachada estaba formada por paneles de cristal. Durante el día la
puerta permanecía cerrada, y al atardecer estaba discreta pero sospechosamente
entornada.

En el escaparate había fotografías de bailarinas más o menos desnudas,


paquetes indescriptibles que parecían cajas de medicinas, sobres amarillos cerrados
de un papel muy endeble, con los números dos y seis marcados con gruesos trazos
negros; unos cuantos ejemplares antiguos de publicaciones cómicas francesas
colgando de una cuerda como si los hubieran puesto a secar, un sucio jarrón de
porcelana azul, un arcón de madera negra, frascos de tinta de marcar y sellos de
caucho; unos cuantos libros cuyos títulos insinuaban indecencia y unos cuantos
ejemplares, que parecían antiguos, de periódicos desconocidos y mal impresos, con
nombres tan rimbombantes como La Antorcha y El Gong. Las dos lámparas de gas
del escaparate estaban siempre a media luz, por economía o por los clientes.

Los clientes eran, o bien hombres muy jóvenes, que merodeaban un rato
alrededor del escaparate antes de deslizarse de pronto en la tienda, o bien hombres
más bien maduros, pero por lo general con aspecto de andar muy mal de fondos.
Algunos de estos últimos iban con el cuello del abrigo subido hasta el bigote y con
restos de barro en los bajos de los pantalones, que parecían muy gastados y de
poca calidad. En general, las piernas que cubrían tampoco parecían valer mucho.
Se colaban en la tienda de costado, con las manos hundidas en los bolsillos del
abrigo y con un hombro por delante, como temiendo hacer sonar la campanilla.

La campanilla, que colgaba sobre la puerta sujeta a un cable de acero, era


difícil de evitar. Estaba resquebrajada sin remedio, pero por la tarde, a la menor
provocación, repiqueteaba tras los clientes con insolente violencia.

Repiqueteaba; y entonces, al oír la señal, el señor Verloc salía en seguida de


la trastienda por la polvorienta puerta de cristal situada detrás de la barra pintada
del mostrador. Siempre tenía ojos de sueño; daba la impresión de haberse pasado
todo el día dando vueltas en la cama totalmente vestido. Otro hubiera pensado que
un aspecto así suponía una clara desventaja, porque en el comercio al por menor
una gran parte del éxito de la transacción depende del aspecto simpático y
agradable del vendedor. Pero el señor Verloc conocía bien su negocio y no se
inquietaba por las dudas de tipo estético que su aspecto pudiera despertar. Con
una insolencia imperturbable y decidida que parecía ocultar una amenaza
espantosa, el señor Verloc hacía entrega por encima del mostrador de algún objeto
cuyo precio era evidente y escandalosamente muy superior al valor del dinero que
se pagaba por la transacción: una cajita de cartón aparentemente vacía, por
ejemplo, o uno de aquellos endebles sobres amarillos, meticulosamente cerrados, o
uno de los manoseados volúmenes encuadernados en rústica y de título sugestivo.
De cuando en cuando un aficionado compraba una de las bailarinas descoloridas y
amarillas, como si se tratara de una mujer joven de carne y hueso.

A veces era la señora Verloc la que aparecía cuando sonaba la cascada


campanilla. Winnie Verloc era una mujer joven de pecho abundante, embutido en
un corsé muy ajustado, y de anchas caderas. Llevaba el pelo muy cuidado. Su
mirada, imperturbable como la de su marido, conservaba un aspecto de insondable
indiferencia cuando estaba detrás de la barrera que suponía el mostrador.
Entonces, el comprador, relativamente más joven, se desconcertaba de pronto por
tener que tratar con una mujer e, indignado en su fuero interno, pedía un frasco de
tinta de marcar la ropa, de los que solían valer seis peniques en cualquier comercio
(el precio en la tienda de Verloc era de un chelín y seis peniques), y una vez fuera
de la tienda lo dejaba caer con disimulo en una alcantarilla.
Los visitantes que venían al anochecer —hombres que llevaban el cuello
subido y el sombrero calado— entraban, saludaban con familiaridad a la señora
Verloc con una inclinación de cabeza y, murmurando un saludo, levantaban la
trampilla situada al final del mostrador para pasar luego a la salita de la trastienda,
por la que se accedía a un pasillo y a un tramo de empinados escalones. La puerta
de la tienda era la única entrada a la casa en que el señor Verloc tenía el negocio de
venta de mercancías sospechosas, ejercía su vocación de protector de la sociedad y
cultivaba las virtudes domésticas, que en él eran muy pronunciadas. Era un
hombre totalmente apegado al hogar. No tenía necesidades espirituales, mentales
o físicas que le indujeran a salir de casa. En el hogar encontraba reposo para su
cuerpo y paz para su alma, además de las atenciones conyugales que le dispensaba
la señora Verloc y el respeto deferente de la madre de esta.
La madre de Winnie era una mujer corpulenta que jadeaba al respirar, de
rostro grande y moreno. Llevaba una peluca negra bajo una cofia blanca. La
hinchazón de las piernas la condenaba a la inactividad. Se consideraba de
ascendencia francesa, cosa que podía ser verdad. Después de muchos años de vida
marital con un tabernero del tipo más corriente, se ganaba el sustento en su
viudedad alquilando habitaciones amuebladas a caballeros cerca de Vauxhall
Bridge Road[5], en una plaza que en su día tuvo cierto esplendor y todavía
pertenecía al distrito de Belgravia[6]. Este detalle topográfico era una ventaja a la
hora de anunciar las habitaciones, aunque la clientela de la respetable viuda no
fuera precisamente de la clase más distinguida. Fuera como fuese, su hija la
ayudaba a atender a los huéspedes. Los indicios de la ascendencia francesa de que
presumía la viuda también eran visibles en Winnie. Se le notaban en el tocado muy
cuidadoso y artístico de su brillante pelo oscuro. La joven también tenía otros
encantos: su juventud, las marcadas formas curvilíneas, la piel clara, la
provocación que suponía la actitud de impenetrable reserva, que nunca llegaba a
impedir la conversación, animada por parte del inquilino y uniformemente
tranquila por la suya. Al parecer, el señor Verloc resultó sensible a estos encantos.
Era un cliente esporádico. Iba y venía sin razón aparente. Solía llegar a Londres
procedente del continente, como la gripe; la única diferencia era que la prensa no
anunciaba su llegada y sus visitas se ceñían siempre a un modelo muy estricto.
Desayunaba en la cama y se quedaba acostado con aspecto de tranquilo regocijo
hasta el mediodía, o incluso más tarde. Pero, cuando salía, parecía no tener prisa
por volver a su hogar provisional de la plaza de Belgravia. Salía tarde y volvía de
madrugada, a las tres o las cuatro, y cuando se despertaba, a las diez de la mañana,
charlaba con Winnie, que venía a traerle el desayuno, con cortesía alegre y
cansada, con la voz ronca y discontinua de quien ha estado hablando con
vehemencia durante muchas horas seguidas. Los ojos saltones, medio cubiertos
por los pesados párpados, se deslizaban amorosa y lánguidamente, la ropa le
tapaba hasta la barbilla, y el bigote, oscuro y suave, le cubría los gruesos labios,
capaces de tantas ocurrencias.

En opinión de la madre de Winnie, el señor Verloc era un caballero muy


amable. Las experiencias que había adquirido la buena mujer en varios «negocios»
la habían inducido a concebir un ideal de caballerosidad similar al que exhibían los
clientes de los reservados de las casas de bebidas. El señor Verloc no solo se
aproximaba a ese ideal, sino que de hecho lo encamaba.

—Por supuesto que nos quedaremos con tus muebles, madre —había dicho
Winnie.
Pensaban dejar el negocio de alquiler de apartamentos. Al parecer no
merecía la pena y sería demasiado engorroso para el señor Verloc, además de que
no era apropiado para el otro negocio de este. El señor Verloc no les había dicho de
qué negocio se trataba, pero después de pedir la mano de Winnie se tomó la
molestia de levantarse antes del mediodía, bajar al sótano y hacerse agradable a la
madre de su prometida haciéndole compañía en la sala donde se servía el
desayuno, donde esta solía permanecer sumida en la inmovilidad. Acariciaba al
gato, avivaba el fuego y hacía que le sirvieran allí el almuerzo. Cuando
abandonaba aquel ambiente tan acogedor y algo viciado, lo hacía de evidente mala
gana, aunque luego no volvía hasta muy avanzada la noche. Nunca invitó a
Winnie a ir al teatro, como cabía esperar de un caballero tan atento. Tenía las
noches ocupadas. Una vez le dijo a Winnie que su trabajo tenía que ver con la
política, y la advirtió de que tendría que ser muy amable con sus amistades
políticas. Y con su forma de mirar directa e insondable, Winnie le respondió que sí,
que por supuesto.

A la madre de Winnie le fue imposible descubrir si el señor Verloc le había


contado a su hija algo más sobre sus ocupaciones. El matrimonio la tomó a su
cargo, junto con los muebles. El aspecto mísero de la tienda la sorprendió. El
cambio de la plaza de Belgravia a la calleja del Soho[7] perjudicó a sus piernas, que
se hicieron enormes. Pero al mismo tiempo se vio libre de todo tipo de obligaciones
materiales. El carácter tranquilo y bonachón de su yerno la hacía sentirse
completamente segura. El futuro de su hija estaba asegurado, y tampoco tenía por
qué preocuparse por su hijo Stevie. No había tenido más remedio que rendirse a la
evidencia de que el muchacho era una carga muy pesada. Pero el afecto que
Winnie demostraba por su enfermizo hermano y la disposición buena y generosa
del señor Verloc la inducían a pensar que el pobre muchacho estaba de momento a
salvo de las crueldades del mundo. Y en el fondo de su alma hasta es posible que
se alegrase de que los Verloc no tuvieran hijos; al señor Verloc no parecía
importarle y Winnie volcaba sus sentimientos maternales en su hermano, así que
tanto mejor para el pobre Stevie.

Porque era difícil encontrar alguna colocación para el muchacho. Era


delicado de salud y, en su fragilidad, incluso bien parecido, a no ser porque le
colgaba el labio inferior. A pesar del aspecto que le daba ese labio, había aprendido
a leer y a escribir gracias a nuestro excelente sistema de escolaridad obligatoria.
Pero como chico de los recados resultó un fracaso. Se le olvidaban los mandados,
se distraía fácilmente del recto camino del deber por el interés que le despertaban
los perros y gatos vagabundos, a los que seguía por las callejuelas hasta patios
inmundos; por las comedias que veía por la calle y que contemplaba boquiabierto,
en detrimento de los intereses de su patrón; o por la tragedia de algún caballo
caído, cuyo patetismo y violencia le hacían a veces proferir gritos desgarradores en
medio de una multitud a la que molestaba oír muestras de aflicción cuando gozaba
tranquilamente del espectáculo nacional. Cuando un policía serio y protector se lo
llevaba del lugar de los hechos, ocurría a menudo que el pobre Stevie había
olvidado la dirección de su casa, al menos de momento. Cualquier pregunta brusca
le hacía tartamudear hasta casi asfixiarse. Cuando se asustaba por alguna cosa
inexplicable, bizqueaba de un modo horrible. Pero nunca le daban ataques (lo que
era buena señal). En su niñez, ante los estallidos naturales de impaciencia de su
padre, siempre buscaba protección detrás de las cortas faldas de su hermana
Winnie. Pero también cabía suponérsele un fondo de malicia temeraria. Cuando
cumplió catorce años, un amigo de su difunto padre, que era representante de una
empresa extranjera de leche envasada, le dio una oportunidad empleándolo como
chico de los recados en su oficina, y una tarde de niebla, en ausencia de su jefe, le
pillaron encendiendo cohetes en la escalera. Había encendido en rápida sucesión
una serie de violentos cohetes y furiosas girándulas y buscapiés [8] que hacían un
ruido ensordecedor al explotar, y el asunto estuvo a punto de pasar a mayores. El
pánico cundió en todo el edificio. Escribientes frenéticos echaron a correr
precipitadamente a través de pasillos llenos de humo; sombreros de copa y
hombres de negocios entrados en años rodaron por las escaleras
independientemente unos de otros. Stevie no pareció obtener de todo ello ninguna
satisfacción personal. No fue posible descubrir qué motivos le habían llevado a
idear ese golpe de originalidad. Más tarde Winnie obtuvo del muchacho una
confesión incoherente y confusa. Al parecer, otros dos botones, que también
trabajaban de recaderos en el mismo edificio, le habían contado historias de
injusticias y opresión, excitándole tanto que su compasión, en el colmo del frenesí,
le llevó a cometer aquel desvarío.

Por supuesto, el amigo de su padre le despidió sumariamente porque temía


que le arruinara el negocio. Después de aquella proeza altruista, pusieron a Stevie
a ayudar a lavar los platos en la cocina del sótano y a que limpiara las botas de los
caballeros clientes de la mansión de Belgravia. Era evidente que un trabajo así no
tenía futuro. De vez en cuando los caballeros le daban un chelín de propina, y en
este sentido el señor Verloc demostró ser el más generoso de los huéspedes. Pero
todo eso no representaba gran cosa, ni en ganancias ni en perspectivas de futuro;
así que, cuando Winnie anunció su compromiso con el señor Verloc, su madre no
pudo menos de preguntarse, suspirando al tiempo que miraba hacia el fregadero,
qué iba ser del pobre Stephen.

Resultó que el señor Verloc estaba dispuesto a tomarle a su cargo, junto con
su suegra y los muebles, que constituían toda la fortuna visible de la familia. El
señor Verloc acogía todo lo que llegaba a su ancho y bondadoso pecho.
Distribuyeron los muebles por toda la casa de la mejor manera posible, pero a la
madre de la señora Verloc la confinaron a dos de los cuartos traseros del primer
piso. El desafortunado Stevie dormía en uno de ellos. En aquella época un manojo
de pelusa suave y sedosa había empezado a difuminar, como una niebla dorada, la
angulosa línea de su pequeña mandíbula inferior. Ayudaba a su hermana con
amor y docilidad ciegos en las tareas de la casa. Al señor Verloc se le ocurrió que al
chico le vendría bien estar ocupado. En su tiempo libre se dedicaba a dibujar
círculos con lápiz y compás en una hoja de papel. Lo hacía concentrándose mucho,
con los codos completamente extendidos y muy inclinado sobre la mesa de la
cocina. A través de la puerta abierta de la salita de la trastienda, su hermana
Winnie le miraba de vez en cuando con vigilancia maternal.
Capítulo II

Así eran la casa, el hogar y el negocio que dejó atrás el señor Verloc, cuando
a las diez y media de aquella mañana salió a la calle para dirigirse hacia el Oeste.
Era una hora inhabitual en él por lo temprana; toda su persona exhalaba el encanto
de una frescura casi de rocío. Llevaba desabrochado el sobretodo de paño azul, las
botas, relucientes, las mejillas, recién afeitadas, parecían brillar, y hasta los ojos
soñolientos, refrescados por una noche de sueño apacible, parecían lanzar miradas
de relativa vivacidad. A través de la veija del parque, contemplaba a hombres y
mujeres paseando a caballo por el Row[9]; parejas cabalgando plácidamente a
medio galope, otras avanzando al paso, grupos de dos o tres jinetes sin rumbo fijo,
jinetes solitarios con aspecto de no desear compañía, y mujeres solas seguidas a
mucha distancia por un lacayo con escarapela[10] en el sombrero y cinturón de
cuero alrededor de su entallada chaqueta. Los coches pasaban muy deprisa, la
mayoría cupés de dos caballos, a veces algún victoria[11] con la piel de un animal
salvaje en el interior y un rostro y un sombrero de mujer emergiendo por encima
de la capota abierta. Y el sol peculiar de Londres, contra el que no cabía decir cosa
alguna excepto que parecía inyectado en sangre, glorificaba todo aquello con su
mirada. Estaba suspendido a moderada altura sobre Hyde Park Córner, como un
vigilante puntilloso y bonachón. El propio pavimento bajo los pies del señor Verloc
tenía el color del oro viejo en aquella luz difusa, en la que ni los muros ni los
árboles, ni los animales ni las personas tenían sombra. El señor Verloc se dirigía
hacia el Oeste a través de una ciudad sin sombras en una atmósfera de polvo de
oro viejo. De los tejados de las casas, de las esquinas de los muros y de los costados
de los coches que pasaban surgían destellos rojos y cobrizos; incluso del pelaje de
los caballos y hasta de la ancha espalda del abrigo del señor Verloc. Pero este no
tenía en absoluto la sensación de haberse oxidado. A través de la verja del parque
contemplaba las muestras de la opulencia y el lujo de la ciudad con ojos de
aprobación. Toda aquella gente necesitaba protección. La protección es la
necesidad principal de la opulencia y el lujo. Había que protegerles a ellos y a sus
caballos, sus coches, sus casas, sus sirvientes, y había que proteger las fuentes de
su riqueza, en el corazón de la ciudad y en el corazón del país; todo el orden social
favorable a su higiénica ociosidad necesitaba protección contra la envidia
irreflexiva del trabajo antihigiénico. Era imprescindible, y el señor Verloc se
hubiera frotado las manos de satisfacción si su carácter no hubiera sido contrario a
todo esfuerzo superfluo. Su ociosidad no era higiénica, pero a él le venía a las mil
maravillas. En cierto sentido se dedicaba a su ociosidad con una especie de
fanatismo inerte, o, tal vez, más bien con una inercia fanática. Hijo de padres muy
trabajadores y destinado a una vida de dificultades, se había entregado a la
indolencia debido a un impulso tan profundo como inexplicable, y tan imperativo
como el impulso que guía la preferencia de un hombre por una mujer determinada
entre mil. Era demasiado perezoso hasta para convertirse en un mero demagogo,
en un dirigente obrero o en un sindicalista. Hubiese supuesto demasiado trabajo.
Lo que necesitaba era una forma de comodidad más perfecta, aunque también
pudiera ser que fuera víctima de la duda filosófica en la eficacia del esfuerzo
humano. Una forma de indolencia tal requiere, implica, una cierta inteligencia. Al
señor Verloc no le faltaba inteligencia, y al pensar en el orden social amenazado
quizá se hubiera guiñado un ojo a sí mismo si no hubiera sido por el esfuerzo que
implica esa señal de escepticismo. Sus ojos, grandes y saltones, no estaban bien
adaptados para hacer guiños. Eran más bien de esa clase de ojos que se cierran con
solemnidad mientras se sumergen majestuosamente en el sueño.

Sin demostrar efusión alguna y caminando pesadamente como un cerdo


cebado, el señor Verloc, sin frotarse las manos de satisfacción ni hacer ningún
guiño de escepticismo a sus pensamientos, siguió adelante. Caminaba pisando
fuerte el pavimento con sus brillantes botas; su aspecto general era el de un
trabajador por cuenta propia que fuera a resolver algún asunto. Podía haber sido
cualquier cosa, desde un fabricante de marcos para cuadros hasta un cerrajero; el
dueño de una empresa de pocos obreros. Pero al mismo tiempo había en él algo
indescriptible que ningún trabajador autónomo podía haber adquirido en la
práctica de su oficio, por deshonesto que fuera en su profesión: el aspecto de los
hombres que viven de los vicios, las locuras o los miedos más abyectos de la
humanidad; el aspecto del nihilismo moral propio de los encargados de casas de
mala fama y de esos infiernos que son las timbas; de los detectives privados y
agentes de investigación, de los vendedores de bebidas alcohólicas, y yo incluso
me atrevería a decir, el aspecto de los vendedores de cinturones eléctricos
tonificantes y de los inventores de especialidades farmacéuticas. Pero de esto
último no estoy del todo seguro, ya que aún no lo he investigado a fondo. Por lo
que yo sé, la expresión de estos últimos puede llegar a ser totalmente diabólica, así
que no me extrañaría. Lo que quiero decir aquí es que la expresión del señor Verloc
no era en absoluto diabólica.

Antes de llegar a Knightsbridge[12], el señor Verloc torció a la izquierda,


alejándose de la transitada calle principal, con su estruendo de tráfico, autobuses
oscilantes y carros al trote, para adentrarse en el flujo rápido, casi silencioso, de los
coches ligeros de dos ruedas. Bajo el sombrero, que llevaba ligeramente echado
hacia atrás, el pelo del señor Verloc, minuciosamente cepillado, mostraba una
respetuosa elegancia debido a que se dirigía a resolver un asunto a una embajada.
Y el señor Verloc, firme como una roca, como una roca blanda, caminaba ahora por
una calle que podía calificarse, con razón, de privada. Ancha, larga y solitaria, la
calle tenía la majestad de la materia inorgánica, de la materia inmortal. El único
atisbo de mortalidad era la berlina de un médico estacionada en augusta soledad
junto a la acera. Las aldabas bruñidas de las puertas brillaban en la distancia hasta
donde alcanzaba la vista; las ventanas limpias brillaban también con un lustre
oscuro y opaco. Y todo estaba en calma. Un carro de reparto de leche pasó
traqueteando a lo lejos y el recadero de una carnicería dobló de pronto la esquina
en lo alto de dos ruedas rojas, conduciendo con la noble temeridad de un auriga en
los Juegos Olímpicos. De un sótano salió un gato de aspecto culpable, corrió un
momento delante del señor Verloc y se metió después en otro sótano; y un grueso
policía que parecía ajeno a las emociones, como si él también formara parte de la
naturaleza inorgánica, pareció surgir de una farola y no prestó la más mínima
atención al señor Verloc. Este dobló a la izquierda y prosiguió su camino por una
calle estrecha que discurría junto a un muro amarillo en el que, por alguna razón
inexplicable, ponía en letras negras N.º 1 Chesham Square. Chesham Square estaba
como mínimo a sesenta yardas[13] de allí, y el señor Verloc, que era lo bastante
cosmopolita como para no dejarse engañar por los misterios topográficos de
Londres, siguió adelante sin hacer el menor gesto de sorpresa o indignación. Por
fin, con la tenacidad del profesional, llegó a la plaza y se dirigió en diagonal al
número 10. El número pertenecía a una impresionante puerta cochera situada en
un muro limpio y alto que había entre dos casas; una de ellas era, como era natural,
el número 9, y la otra, el 37; pero una inscripción, que había sido colocada encima
de las ventanas del piso bajo por la puntillosa eficacia de quienquiera que sea la
autoridad encargada de buscar las casas extraviadas de Londres, indicaba que
aquel edificio pertenecía a la calle Porthill, muy conocida en la vecindad. La razón
por la que no se pide al Parlamento (bastaría una breve ley) que obligue a estos
edificios a volver al lugar al que pertenecen es uno de los misterios de la
administración municipal. Al señor Verloc eso no le preocupaba. Su misión en la
vida era proteger el mecanismo social, y no perfeccionarlo ni criticarlo.

Era tan temprano, que el portero de la embajada salió a toda prisa de su


alojamiento luchando con la manga izquierda de la librea. Llevaba un chaleco rojo
y pantalones hasta la rodilla, y parecía aturdido. El señor Verloc, consciente del
alboroto, hizo detenerse al portero con solo levantar la mano en que sostenía un
sobre con el escudo de la embajada, y siguió adelante. También enseñó el mismo
talismán al criado que le abrió la puerta y que se hizo a un lado para cederle el
paso al vestíbulo.

Un fuego brillante crepitaba en una chimenea alta, y un hombre entrado en


años que estaba de espaldas a ella, de etiqueta y con una cadena colgando del
cuello, levantó la vista del periódico que sostenía abierto con ambas manos ante su
rostro calmado y severo. No se movió, pero otro criado, vestido con pantalones de
color marrón y levita adornada con una cinta amarilla en los bordes, se aproximó
al señor Verloc, le oyó susurrar su nombre y a continuación giró en redondo y
comenzó a andar. El señor Verloc fue conducido de esta forma a través de un
pasillo del piso bajo hasta la izquierda de una gran escalera enmoquetada; allí se le
indicó de pronto que entrara en una habitación muy pequeña, amueblada con un
pesado escritorio y unas cuantas sillas. El criado cerró la puerta y el señor Verloc se
quedó solo. No se sentó; con el sombrero y el bastón en una mano, miró a su
alrededor al tiempo que se pasaba la otra mano regordeta por la cabeza
descubierta y brillante.

Otra puerta se abrió sin ruido, y el señor Verloc, fijando la mirada en aquella
dirección, al principio solo pudo distinguir ropa negra, la parte superior rala de
una cabeza y una patilla gris oscura a cada lado de un par de manos llenas de
arrugas. La persona que acababa de entrar sostenía un montón de papeles delante
de los ojos y caminaba remilgadamente hacia la mesa sin dejar de examinar los
papeles. El consejero privado Wurmt, canciller[14] de la embajada, era bastante corto
de vista. Al depositar los papeles sobre la mesa, el meritorio funcionario reveló un
rostro pálido de fealdad melancólica, rodeado de numerosos pelos finos y largos
de color gris oscuro y enmarcado por los trazos gruesos y espesos de las cejas. Se
puso unos quevedos[15] de montura negra sobre la nariz roma y sin forma, y
pareció sorprenderse al advertir la presencia del señor Verloc. Bajo las enormes
cejas, los débiles ojos parpadearon patéticamente a través de los cristales de las
gafas.

No hizo ningún gesto de saludo, ni tampoco el señor Verloc, que sabía muy
bien cuál era su sitio, aunque un cambio sutil en el contorno de los hombros y la
espalda sugirieron que bajo la vasta superficie de la parte posterior del abrigo, la
espina dorsal del señor Verloc había experimentado una ligera inclinación. El
efecto era de discreta deferencia.

—Tengo aquí algunos de sus informes —dijo el burócrata en un tono de voz


inesperadamente suave y fatigado, al tiempo que apoyaba con fuerza la yema del
dedo índice sobre los papeles.

Hizo una pausa, y el señor Verloc, que había reconocido su propia letra,
esperó en silencio casi sin respirar.

—No estamos muy satisfechos con la actitud de la policía de este país —


continuó el otro, dando muestras de fatiga mental.

Aunque el señor Verloc no se movió, sus hombros parecieron encogerse un


momento, y por primera vez desde que había salido de su casa separó los labios.

—Cada país tiene su policía —dijo filosóficamente.

Pero como el funcionario de la embajada continuaba mirándole fijamente,


parpadeando sin cesar, se sintió obligado a añadir:

—Permítame observar que no tengo medios para influir sobre la policía de


este país.

—Lo que deseamos —dijo el hombre de los papeles— es que ocurra algo
concreto que estimule su vigilancia. Y eso sí está en sus manos, ¿o no?

El señor Verloc no respondió, excepto por un suspiro que se le debió


escapar, porque intentó en seguida dar a su rostro una expresión risueña. El
funcionario parpadeó con expresión dubitativa, como si le afectara la mala
iluminación de la habitación, y repitió vagamente:

—La vigilancia de la policía y la severidad de los magistrados. La


indulgencia general del sistema judicial en este país y la total ausencia de medidas
represivas son un escándalo para toda Europa. Lo que hace falta es que se agudice
el malestar social, la agitación que sin duda existe.

—Por supuesto, no cabe duda —dijo interrumpiéndole el señor Verloc en un


tono de voz grave y deferente de cualidades oratorias, pero tan distinto del tono
que había empleado antes, que su interlocutor quedó profundamente
sorprendido—. Esa agitación existe y está adquiriendo una peligrosa intensidad.
Mis informes de los últimos doce meses lo reflejan claramente.

—Yo he sido quien ha leído sus informes de los últimos doce meses —dijo el
consejero de Estado Wurmt en tono suave y desapasionado—, y no entiendo para
qué los ha escrito.

Durante un momento se hizo un silencio triste. El señor Verloc pareció


haberse tragado la lengua, y el otro miraba fijamente los papeles que había sobre la
mesa. Al cabo, los empujó suavemente lejos de sí.

—La situación que usted describe en sus informes es la que se supone que
existe como primera condición de su empleo. Lo que ahora hace falta no es escribir
nada, sino descubrir un hecho concreto e importante; yo me atrevería incluso a
decir un hecho alarmante.

—No hace falta que le diga que dirigiré todos mis esfuerzos hacia ese fin —
dijo el señor Verloc con modulaciones de convencimiento en su ronco tono de voz
coloquial.

Pero la sensación de ser observado entre parpadeos desde detrás de los


ciegos destellos de aquellas gafas al otro lado de la mesa le desconcertaba.

Con un gesto de absoluta devoción interrumpió lo que iba a decir a


continuación. El útil y diligente, aunque oscuro, miembro de la embajada parecía
estar impresionado por algún pensamiento que acababa de ocurrírsele.

—Es usted muy corpulento —dijo.

Esta observación, de carácter claramente fisiológico, dicha con el modesto


escrúpulo de un funcionario más acostumbrado al papel y a la tinta que a las
necesidades de la vida activa, ofendió al señor Verloc como si se hubiese tratado de
una observación grosera sobre su persona. Dio un paso atrás.

—¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted? —exclamó con áspero resentimiento.

El canciller de la embajada, al que se le había confiado llevar a cabo la


entrevista, sintió que aquello era demasiado para él.

—Creo que lo mejor es que hable usted con el señor Vladimir. Sí,
efectivamente, creo que debe usted hablar con el señor Vladimir. Haga el favor de
esperar aquí —añadió, y salió, andando con afectación.

El señor Verloc se pasó la mano por el pelo. En la frente se le había formado


una fina película de sudor. Dejó salir el aire a través de los labios fruncidos como
cuando se sopla una cucharada de sopa caliente. Pero cuando el criado vestido de
marrón apareció silenciosamente en la puerta, el señor Verloc no se había movido
un ápice del lugar en que había permanecido durante toda la entrevista. Se había
quedado inmóvil, como si estuviera rodeado de trampas.

Recorrió un pasillo iluminado por una única lámpara de gas, después subió
un tramo de una escalera de caracol y entró a través de un corredor alegre y
acristalado en el primer piso. El criado abrió de par en par una puerta y se colocó a
un lado. El señor Verloc sintió una gruesa alfombra bajo los pies. La habitación era
grande, con tres ventanas; un hombre joven, de rostro grande y afeitado, sentado
en una amplia butaca frente a un vasto escritorio de caoba, dijo en francés al
canciller de la embajada, que salía en ese momento de la estancia con los papeles
en la mano:

—Tiene razón, mon cher[16]. Es gordo, el animal.

En los salones, el señor Vladimir, primer secretario de la embajada, tenía


fama de hombre amable y divertido. Era muy popular en la alta sociedad. Su
ingenio consistía en descubrir extrañas conexiones entre ideas incongruentes, y
cuando las decía, se sentaba en el borde del asiento con la mano izquierda
levantada, como si estuviese exhibiendo sus graciosas ocurrencias entre el pulgar y
el índice, mientras que su rostro, redondo y bien afeitado, mostraba una expresión
de alegre perplejidad.

Pero no había rastros de regocijo ni de perplejidad en la forma en que


miraba al señor Verloc. Estaba arrellanado en la profunda butaca, con los codos
extendidos en forma de ángulo recto y una pierna cruzada sobre la gruesa rodilla
de la otra; la cara, sonrosada y suave, le daba el aspecto de un niño que hubiera
crecido de forma inexplicable y no estuviera dispuesto a aguantar tonterías de
nadie.

—Usted habla francés, supongo —dijo.

El señor Verloc contestó con voz ronca que sí. Todo su voluminoso cuerpo
estaba inclinado hacia adelante. Se encontraba de pie sobre la alfombra, en medio
de la habitación, asiendo fuertemente con una mano el sombrero y el bastón,
mientras la otra colgaba inerte a lo largo del costado. Desde el fondo de la garganta
murmuró algo sobre haber hecho el servicio militar en la artillería francesa.

En seguida, con desprecio teñido de soberbia, el señor Vladimir cambió de


lengua y habló en inglés idiomático sin el menor rastro de acento extranjero.

—Ah, sí, claro; por supuesto. ¿A cuántos años le condenaron por robar el
diseño del bloque de recámara del nuevo cañón?

—Cinco años de prisión en una fortaleza —respondió el señor Verloc


inesperadamente pero sin emoción.

—Salió bien parado —comentó el señor Vladimir—. Y de todas maneras le


estuvo bien empleado por dejarse coger. ¿Cómo es que le dio por hacer una cosa
así?

El señor Verloc habló con la voz ronca y en el tono coloquial de la juventud,


de la fatal obsesión amorosa por una indigna…

—¡Ajá! Cherchez la femme[17] —se dignó interrumpir el señor Vladimir,


relajado pero sin afabilidad; al contrario, en su condescendencia había algo
siniestro—. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para la embajada? —preguntó.

—Desde la época del fallecido barón Stott-Wartenheim —respondió el señor


Verloc a media voz y frunciendo los labios tristemente en señal de pesar por la
muerte del diplomático.

El primer secretario observó con atención el juego de fisionomía.

—Así que desde la época… De acuerdo. ¿Y qué es lo que tiene usted que
decir? —preguntó con brusquedad.

El señor Verloc contestó sorprendido que no creía tener nada especial que
decir. Había recibido una carta en la que le indicaban que debía presentarse… Y
diciendo esto hundió la mano en uno de los bolsillos laterales del abrigo, pero, al
ver la expresión de atención cínica y burlona del señor Vladimir, decidió dejarla
donde estaba.

—¡Bah! —dijo este—. ¡Perder la compostura de esa forma! Ni siquiera tiene


el físico que hace falta para su profesión. ¡Usted, miembro del proletariado que se
muere de hambre! Usted, un desesperado socialista, o anarquista. ¿Cuál de las dos
cosas?

—Anarquista —dijo el señor Verloc con voz ahogada.

—¡Qué estupidez! —continuó el señor Vladimir sin levantar la voz—. Ha


alarmado a Wurmt, pero usted no engañaría ni a un idiota. Eso es lo que son todos
esos tipos, idiotas; pero usted me parece increíble. Así que empezó a trabajar para
nosotros robando los diseños del cañón francés. Y se dejó coger. Debió de ser
bastante desagradable para nuestro Gobierno. No parece usted muy espabilado.

El señor Verloc intentó disculparse.

—Como dije antes, una obsesión fatal por una indigna…


El señor Vladimir levantó la mano grande, blanca, categórica.

—Ah, sí. La desgraciada relación de su juventud. Le sacó el dinero y luego le


vendió a la policía, ¿no?

La dolorosa transformación que experimentó la fisonomía del señor Verloc,


la curvatura instantánea de toda su persona, confesó que, lamentablemente, así
había sido. El señor Vladimir se cogió con la mano el tobillo que reposaba sobre la
rodilla de la otra pierna. El calcetín era de seda azul oscuro.

—Fue una tontería por su parte. Puede que sea usted demasiado propenso a
ese tipo de cosas.

El señor Verloc afirmó en un murmullo apenas perceptible que ya no era


joven.

—Ese es un defecto que no se quita con la edad —dijo el señor Vladimir con
siniestra familiaridad—. ¡Pero, no! Usted está demasiado gordo para eso. Si su
propensión hubiese sido excesiva, no estaría como está. Le voy a decir mi opinión.
Usted es un vago. ¿Cuánto tiempo lleva a sueldo de esta embajada?

—Once años —respondió el señor Verloc, y tras un momento de vacilación


añadió—: Se me encargó llevar a cabo varias misiones en Londres cuando Su
Excelencia, el barón Stott-Wartenheim era todavía embajador en París. Después,
siguiendo las instrucciones de Su Excelencia, me establecí en Londres. Soy inglés.

—¿Es inglés?

—Súbdito británico de nacimiento —dijo el señor Verloc, impasible—, pero


mi padre era francés, y por eso…

—No hacen falta explicaciones —le interrumpió el señor Vladimir—.


Legalmente podría haber sido mariscal en Francia y miembro del Parlamento en
Inglaterra; entonces sí nos habría resultado útil.

Este arranque de fantasía provocó algo parecido a una ligera sonrisa en el


rostro del señor Verloc. El señor Vladimir permaneció impasiblemente serio.

—Pero ya se lo he dicho, usted es un vago; no utiliza bien sus posibilidades.


En la época del barón Stott-Wartenheim había un montón de papanatas al frente
de la embajada. Ellos fueron los que provocaron que tipos como usted se hicieran
una idea equivocada de lo que son los fondos de un servicio secreto. Mi labor es
corregir ese error explicándole que un servicio secreto no es una institución
filantrópica. Le he hecho venir aquí a propósito para decírselo.

El señor Vladimir se dio cuenta de la forzada expresión de asombro en el


rostro del señor Verloc, y sonrió con sarcasmo.

—Veo que me entiende perfectamente. Yo incluso diría que es lo


suficientemente inteligente como para hacer su trabajo. Lo que ahora queremos es
acción, acción.

Al mismo tiempo que repetía la última palabra, el señor Vladimir puso la


punta del dedo índice, largo y blanco, en el borde de la mesa. De la voz del señor
Verloc desapareció todo rastro de ronquera. Por encima del cuello de terciopelo del
abrigo, la gruesa nuca se volvió carmesí. Los labios temblaron un momento antes
de abrirse completamente.

—Si tuviera la bondad de mirar mi hoja de servicios —bramó con voz


potente y clara de bajo de oratorio—, comprobaría que hace tres meses, cuando el
gran duque Romuald visitó París, hice una advertencia que se telegrafió desde
aquí a la policía francesa, y…

—Ya, ya —interrumpió el señor Vladimir, haciendo una mueca y frunciendo


el entrecejo—. A la policía francesa no le sirvió de nada su advertencia. ¡Qué
pretende bramando de esa forma!

Con profunda humildad, el señor Verloc se disculpó por haberse


extralimitado. Dijo que su voz, famosa desde hacía años en las reuniones políticas
al aire libre y en las asambleas de obreros celebradas en grandes naves, había
contribuido a proporcionarle la reputación de camarada honrado y digno de
confianza. Por eso, su voz era también parte de su utilidad a la embajada. Le
ayudaba a inspirar confianza en sus principios. Los jefes siempre le hacían hablar
en los momentos críticos, dijo con evidente satisfacción. No había estruendo que
pudiera impedir que se le oyera, añadió. Y de pronto hizo una demostración.

—Permítame —dijo.

Con la frente inclinada y sin levantar la vista, con pasos rápidos y pesados,
atravesó la habitación hasta llegar a una de las ventanas. Como si cediera a un
impulso incontrolable, la entreabrió. Estupefacto, el señor Vladimir se levantó de
un salto de las profundidades del sillón y miró a la calle por encima del hombro
del señor Verloc. Abajo, más allá del patio de la embajada, a considerable distancia
del portón abierto, se veían las anchas espaldas de un policía contemplando
tranquilamente cómo alguien atravesaba la plaza empujando con mucha
ceremonia el magnífico cochecito del bebé de una familia rica.

—¡Guardia! —dijo el señor Verloc con el mismo esfuerzo que si estuviera


susurrando.

El señor Vladimir soltó una carcajada cuando vio al policía volverse de


pronto, como si le hubiesen pinchado con algún instrumento punzante. El señor
Verloc cerró la ventana despacio y volvió al centro de la habitación.

—Con una voz así —dijo el señor Verloc cambiando a la voz ronca de tono
coloquial—, me gano en seguida su confianza, además de que yo siempre he
sabido qué decir.

El señor Vladimir le contempló reflejado en el espejo colocado en la repisa


de la chimenea al mismo tiempo que se arreglaba la corbata.

—Yo diría que conoce bastante bien la jerga revolucionaria —dijo con
desprecio—. Vox et[18]… ¿Supongo que no habrá estudiado latín?

—No —gruñó el señor Verloc—. Para qué lo iba a aprender. Yo pertenezco a


la masa. ¿Quién aprende latín? Solo unos cuantos cientos de imbéciles que no son
capaces de salir adelante por sí mismos.

Durante otros treinta segundos el señor Vladimir siguió estudiando en el


reflejo del espejo el perfil carnoso y la enorme corpulencia del hombre que tenía a
su espalda. Al mismo tiempo tenía la ventaja de poder ver su propio rostro,
afeitado y redondo, sonrosado en las mejillas, y los labios finos y sensibles, con la
forma justa para decir las finas agudezas que le habían convertido en uno de los
personajes favoritos de la más alta sociedad. Se volvió en redondo y dio varios
pasos con tanta determinación que hasta las puntas de su extravagante y anticuada
pajarita parecieron erizarse de terribles amenazas. El movimiento fue tan rápido y
tan vehemente, que el señor Verloc, lanzando una mirada de soslayo, se encogió
interiormente.

—Así que se atreve a ser insolente —exclamó el señor Vladimir con acento
sorprendentemente gutural, no solo completamente ajeno a la lengua inglesa, sino
a las lenguas europeas, y asombroso hasta para la cosmopolita experiencia de
suburbios que poseía el señor Verloc—. ¡Cómo se atreve! Voy a decírselo
claramente. Su voz no nos sirve, no nos sirve para nada. Queremos hechos, hechos
alarmantes, maldito sea —añadió con una especie de discreción salvaje mirando al
señor Verloc directamente a los ojos.

—No me venga con sus maneras hiperbóreas[19] —se defendió el señor


Verloc con su voz ronca, mirando a la alfombra.

Al oír esto, su interlocutor, sonriendo con desprecio por encima de la


pajarita erizada, siguió hablando en francés.

—Se considera un agent provocateur[20]. La misión de un agent provocateur es


provocar. Por lo que deduzco de su hoja de servicios, lleva tres años sin hacer nada
para ganarse el sueldo.

—¡Nada! —exclamó el señor Verloc sin mover un solo miembro y sin


levantar los ojos, pero manifestando auténtica emoción en la voz—. Varias veces he
prevenido de que podía pasar algo que…

—Hay un proverbio en este país que dice que más vale prevenir que curar
—interrumpió el señor Vladimir, dejándose caer en la butaca—. Es un proverbio
estúpido desde una perspectiva general. La prevención no acaba nunca. Pero es
típico. En este país no gusta la irrevocabilidad. No sea usted demasiado inglés. Y
en este caso particular, no sea absurdo. El mal ya está aquí. No queremos prevenir,
queremos curar.

Hizo una pausa, se volvió hacia la mesa y, al tiempo que revolvía varios
papeles, dijo en otro tono de voz más profesional, sin mirar al señor Verloc:

—Por supuesto habrá oído hablar de la Conferencia Internacional de Milán.

El señor Verloc respondió con aspereza que solía leer los periódicos. A otra
pregunta, contestó que, por supuesto, entendía lo que leía. Entonces, el señor
Vladimir, con una ligera sonrisa en los labios mientras examinaba los documentos,
murmuró:

—Siempre que no estén escritos en latín, supongo.

—O chino, añadió el señor Verloc impasible.

—Algunas de las expresiones de sus amigos revolucionarios están escritas


en una algarabía tan incomprensible como si fuera chino.
El señor Vladimir dejó caer despectivamente una hoja gris impresa.

—¿Qué significa en todos estos folletos el encabezamiento F. P., con un


martillo, una pluma y una antorcha entrecruzados? ¿Qué significa F. P?

El señor Verloc se aproximó al imponente escritorio.

—El Futuro del Proletariado. Es una sociedad —explicó inmóvil junto al


sillón—. En principio no es anarquista, está abierta a todo tipo de opiniones
revolucionarias.

—¿Pertenece usted a esa sociedad?

—Soy uno de los vicepresidentes —dijo el señor Verloc dando un profundo


suspiro.

El primer secretario de la embajada levantó la vista para mirarle.

—Entonces debería darle vergüenza —dijo con mordacidad—. ¿Es que a lo


más que llega su sociedad es a imprimir estas estupideces de profecías con estos
toscos caracteres en papeles sucios? ¿Por qué no hace usted algo? Le voy a decir
una cosa. Yo soy el que se encarga ahora de este asunto, y le digo claramente que
va a tener que ganarse el sueldo. Ya ha pasado la época del bueno de Stott-
Wartenheim. Sin trabajo, no hay paga.

El señor Verloc sintió una extraña sensación de debilidad en sus robustas


piernas. Retrocedió un paso y se sonó ruidosamente la nariz. La verdad era que
estaba asombrado y alarmado. El herrumbroso sol de Londres, que luchaba por
desembarazarse de la niebla londinense, proyectaba un brillo tibio en el despacho
privado del primer secretario, y en el silencio el señor Verloc oyó el ligero zumbido
de una mosca que chocaba contra una de las contraventanas; la primera mosca del
año, que anunciaba mejor que no importa cuántas golondrinas la llegada de la
primavera. La inútil agitación de aquel diminuto y enérgico organismo afectó
desagradablemente al gran hombre, cuya indolencia se veía amenazada.

Entre tanto, el señor Vladimir formuló en su imaginación una serie de


desdeñosas observaciones relativas al rostro y al cuerpo del señor Verloc. El
individuo era sorprendentemente vulgar, grueso y de una estupidez insolente;
parecía un maestro fontanero que viniera a presentar una factura. De sus
ocasionales lecturas de humor norteamericano, el primer secretario de la embajada
se había formado la curiosa idea de que esa profesión era el paradigma de pereza
fraudulenta y de incompetencia.

Así que este era el famoso y digno de confianza agente secreto, tan secreto
que en la correspondencia oficial, semioficial y confidencial del fallecido barón
Stott-Wartenheim solo se le designaba con el símbolo Δ; el famoso agente secreto Δ
cuyas advertencias podían hacer cambiar los planes y las fechas de viajes reales,
imperiales y granducales, y a veces incluso hacer que se cancelaran. ¡Este tipo! Y el
señor Vladimir se dejó llevar mentalmente por un fuerte acceso de divertimiento
burlón, en parte debido a su propio asombro, que juzgaba ingenuo, pero sobre
todo a costa del fallecido barón Stott-Wartenheim, tan lamentado por todos. Su
Excelencia, a quien la augusta gracia de su señor imperial había impuesto como
embajador a varios reacios ministros de Asuntos Exteriores, tuvo en vida fama de
credulidad sabihonda y pesimista. A Su Excelencia la revolución social se le había
metido en el cerebro. Se consideraba a sí mismo un diplomático destinado por un
designio especial a contemplar de cerca el final de la diplomacia, y casi el final del
mundo, en medio de una horrible sublevación democrática. Sus despachos,
lúgubres y proféticos, habían sido durante años la diversión colectiva de los
ministerios de Asuntos Exteriores. Se decía que en su lecho de muerte (al que fue a
visitarle su amigo y señor imperial) exclamó: «¡Desgraciada Europa! ¡La locura
moral de tus hijos te hará perecer!». Estaba predestinado a ser víctima del primer
farsante que apareciera, pensó el señor Vladimir, sonriendo vagamente al señor
Verloc.

—Debería venerar la memoria del barón Stott-Wartenheim —exclamó de


pronto.

La fisonomía inclinada del señor Verloc adquirió una expresión de fastidio


sombrío y hastiado.

—Permítame observar —dijo— que he venido porque se me ha convocado


por carta urgente. He estado aquí solo dos veces en los últimos once años, y por
supuesto nunca a las once de la mañana. No es prudente hacerme venir de esta
forma. Existe la posibilidad de que me vean, y eso podría costarme muy caro.

El señor Vladimir se encogió de hombros.

—Eso destruiría mi utilidad —continuó el otro con apasionamiento.

—Eso es problema suyo —murmuró el señor Vladimir con suave


brutalidad—. Cuando deje de ser útil, dejaremos de emplearle. Ni más ni menos.
Le… —el señor Vladimir frunció el ceño buscando una expresión lo
suficientemente coloquial, y de pronto se le iluminó la cara con una amplia sonrisa
de dientes de espléndida blancura—, le pondremos de patitas en la calle —exclamó
con ferocidad.

Una vez más el señor Verloc tuvo que luchar con toda su fuerza de voluntad
contra la sensación de debilidad que sentía bajarle por una de las piernas, esa
sensación que inspirara a algún pobre diablo la feliz expresión: «Se me cayó el
alma a los pies». El señor Verloc, consciente de esta sensación, levantó la cabeza
con valentía. El señor Vladimir soportó la pesada mirada inquisitiva con perfecta
serenidad.

—Lo que queremos es administrar un estimulante a la Conferencia de Milán


—dijo con frivolidad—. Las deliberaciones sobre las acciones a nivel internacional
para suprimir el crimen político parece que no llevan a ninguna parte. Inglaterra
va siempre a la zaga. Este país es absurdo con sus contemplaciones sentimentales
de la libertad del individuo. Es intolerable que sus amigos no tengan más que venir
aquí y…

—Así los tengo a todos vigilados —interrumpió el señor Verloc secamente.

—Resultaría mucho más adecuado tenerlos a todos encerrados. Tenemos


que obligar a Inglaterra a que entre en razón. La estúpida burguesía de este país se
hace cómplice precisamente de la misma gente que quiere arrebatarle sus casas y
hundirla en la miseria. Todavía posee el poder político, pero debería usarlo para su
preservación. Supongo que estará de acuerdo en que la clase media es estúpida.

—Lo es.

El señor Verloc manifestó su conformidad con voz ronca.

—No tienen imaginación. Les ciega su estúpida vanidad. Lo que les está
haciendo falta es un buen susto. Este es el momento psicológicamente oportuno
para poner a sus amigos a funcionar. Le he hecho venir para exponerle mis ideas.

Y el señor Vladimir expuso sus ideas con presuntuosidad, menosprecio y


condescendencia, exhibiendo al mismo tiempo tal ignorancia sobre los objetivos
reales, los pensamientos y los métodos del mundo revolucionario, que sumió al
silencioso señor Verloc en un estado de consternación interior. Confundía causas
con efectos hasta un grado imperdonable, a propagandistas notorios con
individuos que arrojaban bombas impulsivamente; suponía organización donde la
propia naturaleza de las cosas impedía que la hubiese, hablaba de un partido social
revolucionario como si se tratara de un ejército perfectamente disciplinado, en el
que las palabras de los dirigentes tuvieran un supremo valor, y a continuación se
refería a ese mismo partido como si no fuera más que la cuadrilla más
indisciplinada de bandoleros desesperados que hubiera habido nunca en el
desfiladero de una montaña. El señor Verloc abrió una vez la boca para protestar,
pero se detuvo al ver que se levantaba una mano bien proporcionada, grande y
blanca. Al poco tiempo estaba demasiado consternado incluso para intentar
protestar. Escuchaba sumido en el silencio que impone el temor, inmovilizado en
lo que parecía profunda atención.

—Una serie de atentados —continuó el señor Vladimir con calma—,


ejecutados en distintos puntos del país; no solo planeados aquí, eso no sería
suficiente, no les importaría gran cosa. Sus amigos podrían incendiar medio
continente sin que por eso la opinión pública de este país se inclinase a favor de
una legislación universalmente represiva. Aquí no les importa nada de lo que
suceda más allá del patio trasero de la casa.

El señor Verloc carraspeó, pero le faltó coraje y no dijo nada.

—Esos atentados no tienen por qué ser especialmente cruentos —prosiguió


el señor Vladimir como si estuviera dando un discurso científico—, pero sí tienen
que ser lo suficientemente alarmantes como para ser eficaces. Por ejemplo,
atentados contra edificios. ¿Cuál es el fetiche de moda que conoce toda la
burguesía, señor Verloc?

El señor Verloc abrió las manos y se encogió ligeramente de hombros.

—Es usted demasiado vago para pensar —fue el comentario del señor
Vladimir al gesto del señor Verloc—. Ponga atención en lo que voy a decirle. El
fetiche de moda no es ni la realeza ni la religión. Por eso no vamos a pensar ni en
palacios ni en iglesias. ¿Entiende lo que quiero decir, señor Verloc?

El desánimo y el desprecio del señor Verloc encontraron un escape en un


intento de frivolidad.

—Perfectamente. Pero ¿y las embajadas? Una serie de atentados a varias


embajadas —dijo, pero no pudo resistir la mirada vigilante y fría del primer
secretario.

—Ya veo que puede ser usted muy chistoso —observó el otro sin dar
importancia al comentario—. Eso está bien. Puede avivar su oratoria en los
congresos socialistas. Pero no aquí, en esta habitación. Sería infinitamente más
seguro para usted prestar mucha atención a lo que estoy diciendo. Le hemos
pedido hechos y no patrañas, así que mejor que intente sacar provecho de lo que
me estoy tomando la molestia de explicarle. El fetiche sacrosanto de hoy en día es
la ciencia. ¿Por qué no hace que sus amigos se interesen por ese armatoste de
fachada de madera? ¿No es una de esas instituciones que tiene que desaparecer
antes de que llegue el F. P.?

El señor Verloc no dijo nada. Tenía miedo de abrir los labios por si se le
escapaba un gemido.

—Ese es su objetivo. Los atentados contra las coronas o los presidentes


causan bastante sensación, pero ya no tanto como antes. Han pasado a formar
parte de la concepción general de lo que es la existencia de todos los jefes de
Estado. Ya son casi convencionales, especialmente desde que han muerto
asesinados tantos presidentes. Un atentado contra una iglesia es horrible a simple
vista, por supuesto, pero no tan eficaz como pueda pensar alguien medianamente
inteligente. Por muy revolucionario y anarquista que fuera, siempre habría
estúpidos que achacarían a ese tipo de atentado el carácter de manifestación
religiosa. Y eso distraería la atención del significado especialmente alarmante que
queremos darle al hecho. Un ataque mortífero en un restaurante o en un teatro
sería objeto del mismo efecto, de que se le achacase motivaciones pasionales
apolíticas o la desesperación de un hombre hambriento; un acto de venganza
social. Todo eso ya está muy visto, y no es instructivo como lección objetiva de lo
que es el anarquismo revolucionario. Todos los periódicos tienen frases hechas
para disculpar esa clase de cosas. Le voy a explicar cuál es la filosofía de los
atentados con bomba desde mi punto de vista, desde el punto de vista al que se
supone que ha estado usted sirviendo desde hace once años. Voy a explicarlo de
forma que lo entienda. La sensibilidad de la clase a la que está atacando se
adormece en seguida. La propiedad les parece algo indestructible. No se puede
confiar en que sus emociones duren mucho, ni de miedo ni de piedad. Para que un
atentado con bomba influya en la opinión pública tiene que tener un objetivo que
vaya más allá de la mera intención de venganza o de terrorismo. Tiene que ser
puramente destructivo, y solo destructivo, al margen de la más mínima sospecha
de que pudiera tener cualquier otro objetivo. Ustedes los anarquistas deberían
dejar claro que están dispuestos a barrer del mapa toda la creación social. ¿Pero
cómo meterle a la clase media en la cabeza esa idea tan pasmosamente absurda sin
correr el riesgo de cometer una equivocación? Esa es la cuestión. La respuesta es
dirigir los golpes contra algo que esté al margen de las pasiones ordinarias de la
humanidad. Por supuesto, se puede recurrir al arte. Una bomba en la National
Gallery[21] haría algún ruido. Pero no sería suficientemente grave. El arte nunca ha
sido el fetiche de la clase media. Es como romper unas cuantas ventanas traseras en
la casa de alguien, mientras que para hacer que ese alguien se enderece en el
asiento, hay que lograr como mínimo que salte el techo. Habría griterío, claro, pero
¿de quién? De artistas, críticos y gente por el estilo; gente de poca importancia.
Pero nos queda la educación, la ciencia. Cualquier imbécil con ingresos cree en la
ciencia. No sabe por qué, pero cree que la ciencia es importante. Es el fetiche
sacrosanto. Todos esos malditos catedráticos son en el fondo radicales. Hay que
hacerles saber que su gran tótem también tiene que desaparecer para hacer sitio al
Futuro del Proletariado. Los lamentos de todos esos idiotas intelectuales harán
progresar los trabajos de la Conferencia de Milán. Se escribirá de ello en los
periódicos. Su indignación estaría fuera de sospecha porque no habría intereses
materiales enjuego, y alarmaría el egoísmo de la clase a la que queremos
impresionar. Creen que por alguna razón misteriosa la ciencia está en la fuente de
su prosperidad material, y la ferocidad absurda de un atentado así les afectaría
más profundamente que si se destrozase una calle entera o un teatro atestados de
gente como ellos. De ese tipo de atentados siempre pueden decir que es odio de
clase. Pero ¿qué puede decirse de un acto de ferocidad destructiva tan absurdo que
es incomprensible, inexplicable, casi impensable; una locura? Solo la locura es
realmente terrorífica, porque no se la puede aplacar con amenazas, persuasión o
sobornos. Además, yo soy un hombre civilizado. No se me pasaría por la
imaginación mandarle organizar una carnicería, aunque supusiese que así se
obtendrían los mejores resultados. Y, además, una carnicería tampoco me
proporcionaría los resultados que deseo. El asesinato está siempre entre nosotros,
es casi una institución. El atentado tiene que ir dirigido contra el saber, contra la
ciencia. Pero tampoco contra cualquier tipo de ciencia. El atentado tiene que tener
toda la insensatez chocante de una blasfemia gratuita. Ya que las bombas son los
medios de expresión anarquista, sería muy eficaz si se pudiera arrojar una bomba
contra las matemáticas puras, pero eso es imposible. He intentado instruirle, le he
explicado la filosofía superior de su utilidad y le he sugerido algunos argumentos
utilizables. La aplicación práctica de mis enseñanzas le interesa mucho. Pero ya
que he decidido hablar con usted, también he prestado atención al aspecto práctico
de la cuestión. ¿Qué le parece un atentado contra la astronomía?

Desde hacía algún tiempo, por su inmovilidad al costado de la butaca, el


señor Verloc parecía haber entrado en estado de coma, en una especie de pasiva
insensibilidad interrumpida por ligeros sobresaltos convulsivos, como los que
pueden observarse en un perro soñando pesadillas en la alfombra de la chimenea.
Y con una especie de ansioso gruñido, parecido al de un perro, el señor Verloc
repitió la palabra:

—Astronomía.

Todavía no se había recobrado completamente del estado de confusión


provocado por el esfuerzo de seguir el discurso rápido e incisivo del señor
Vladimir. Había sido superior a su capacidad de asimilación. Le había enfurecido.
La furia se había combinado con la incredulidad. Y de pronto se le ocurrió que
todo esto no era más que una broma. El señor Vladimir mostraba los dientes
sonriendo, con hoyuelos en las mejillas de su rostro redondo y lleno colocado en
una inclinación que mostraba complacencia por encima de la pajarita. El preferido
de la sociedad de las mujeres inteligentes estaba exhibiendo su actitud de salón,
acompañándola de delicadas ocurrencias. Sentado al borde de la butaca, con la
mano blanca levantada, parecía estar sosteniendo entre el pulgar y el índice la
sutileza de la idea.

—No hay nada mejor. Un atentado así combina la mayor consideración


posible por la humanidad con la exhibición más alarmante de feroz imbecilidad.
Desafío la ingenuidad de los periodistas para persuadir al público de que algún
proletario pueda haber sido víctima de la astronomía. Ni siquiera el que se mueran
de hambre podría ser una razón. Además, hay otras ventajas. Todo el mundo
civilizado ha oído hablar de Greenwich. Hasta los limpiabotas de la estación de
Charing Cross[22] saben qué es. ¿Comprende?

Los rasgos del señor Vladimir, tan conocidos en la mejor sociedad gracias a
sus educadas ocurrencias, resplandecieron con una cínica autosatisfacción que
hubiera asombrado a las mujeres inteligentes que divertía con tanta exquisitez.

—Sí —continuó con una sonrisa de desprecio—, la voladura del primer


meridiano levantará un alarido de condena.

—Asunto complicado —masculló el señor Verloc, con la sensación de que


era lo único seguro que podía decir.

—¿Qué pasa? ¿No los tiene controlados a todos, a lo más escogido del
montón? Ese viejo terrorista, Yundt, está aquí. Le veo casi todos los días
deambulando por Piccadilly[23] con su sombrero verde. Y Michaelis, el apóstol en
libertad condicional. No me irá a decir que no sabe dónde está. Porque si no lo
sabe, se lo puedo decir yo —continuó el señor Vladimir en tono amenazador—. Si
cree usted que es el único que está en el secreto, está muy equivocado.

Esta insinuación, completamente gratuita, hizo que el señor Verloc moviese


un poco los pies.

—¿Y toda la banda de Lausana[24]? ¿O es que no han venido a reunirse aquí


en cuanto han oído hablar de la Conferencia de Milán? Este es un país absurdo.

—Costará caro —dijo el señor Verloc, guiado por una especie de instinto.

—Ese no es un argumento válido —replicó el señor Vladimir con un acento


inglés sorprendentemente genuino—. Recibirá usted su sueldo cada mes, y nada
más, hasta que ocurra alguna cosa. Y si no ocurre nada, muy pronto no recibirá ni
eso. ¿Cuál es su ocupación aparente? ¿Cómo se supone que se gana la vida?
—Tengo una tienda —respondió el señor Verloc.

—¡Una tienda! ¿Qué clase de tienda?

—Vendo artículos de papelería, periódicos. Mi esposa…

—¿Su qué? —interrumpió el señor Vladimir con un tono de voz gutural de


Asia central.

—Mi esposa —dijo el señor Verloc levantando su ronco tono de voz—. Estoy
casado.

—¡Pero eso es inconcebible! —exclamó el otro realmente asombrado—.


¡Casado! ¡Usted, un anarquista declarado! Pero ¿qué disparate es este? Supongo
que es solo una forma de hablar. Los anarquistas no se casan. Lo sabe todo el
mundo. No pueden. Sería una apostasía.

—Pero mi esposa no lo es —dijo el señor Verloc, malhumorado—. Además,


eso no le concierne a usted.

—¡Pues claro que me concierne! —contestó el señor Vladimir, irritado—.


Estoy empezando a pensar que no es usted en absoluto el tipo de hombre
adecuado para el trabajo que se le ha encomendado. Casado se desacreditará
completamente en su mundo. ¿No se las podía haber ingeniado sin casarse? ¿Es
esa su virtuosa fidelidad? Con tantas fidelidades está anulando su utilidad.

El señor Verloc hinchó los carrillos y dejó salir el aire violentamente, y eso
fue todo. Se había armado de paciencia, pero que no le siguieran presionando. El
primer secretario se volvió de pronto, seco, indiferente, terminante.

—Ya se puede ir —dijo—. Es necesario provocar un atentado con dinamita.


Le doy un mes. Las reuniones de la Conferencia se han suspendido, y antes de que
vuelvan a reanudarse es necesario que pase algo aquí o cesará su relación con
nosotros.

Una vez más cambió de tono con inconsciente versatilidad.

—Reflexione sobre mi filosofía, señor…, señor Verloc —dijo con una especie
de condescendencia profesional, al tiempo que indicaba la puerta con la mano—.
El primer meridiano. Usted no conoce a la clase media tan bien como yo; tiene
agotada la sensibilidad. El primer meridiano. Yo diría que no hay nada mejor y
nada más fácil.

Se levantó, sus sensibles labios temblaban sardónicamente, y en el reflejo del


espejo colocado sobre la repisa de la chimenea observó al señor Verloc
retrocediendo pesadamente sin darle la espalda, con el sombrero y el bastón en la
mano, hasta salir de la habitación. La puerta se cerró. El criado de los pantalones
cortos apareció de repente y condujo al señor Verloc por otro camino hasta llegar a
una pequeña puerta que daba a una esquina del patio. El portero, que estaba junto
al portón, hizo como si no le viera salir, y el señor Verloc desanduvo como en un
sueño, un sueño colérico, el camino que había andado durante el peregrinaje de la
mañana. El distanciamiento del mundo material era tan completo que, aunque el
envoltorio mortal del señor Verloc no había apresurado el paso de forma
inhabitual, la parte de él a la que sería injustificadamente ofensivo negar su
carácter inmortal se encontró de pronto frente a la puerta de la tienda, como si
hubiera sido transportado en las alas de un fuerte viento de Oeste a Este. Se dirigió
directamente a la parte posterior del mostrador y se sentó en una silla de madera
que allí había. Nadie vino a estorbar su soledad. Stevie, con un delantal verde de
bayeta, estaba barriendo y limpiando el polvo en el piso de arriba atenta y
escrupulosamente, como si estuviera jugando; y la señora Verloc, que había oído
desde la cocina la campanilla de la entrada, fue hasta la puerta de cristal de la salita
y, corriendo un poco la cortina, escudriñó el oscuro interior de la tienda. Al ver allí
sentada, con el sombrero muy echado hacia atrás, la oscura y voluminosa figura de
su marido, volvió en seguida al fogón. Al cabo de una hora o más le quitó a su
hermano Stevie el delantal verde de bayeta y le dijo que se lavara la cara y las
manos en el tono autoritario que había usado para eso mismo desde hacía quince
años, de hecho desde que dejó de hacerse cargo personalmente de la limpieza de
las manos y la cara del muchacho. Quitó un momento la vista de los platos que
estaba lavando para inspeccionar la cara y las manos de Stevie, que este le
enseñaba al mismo tiempo que se aproximaba a la mesa de la cocina buscando su
aprobación, con una expresión de confianza en sí mismo que escondía un perpetuo
residuo de ansiedad. Antiguamente, el enfado del padre era la sanción efectiva
suprema de esos ritos, pero la placidez que mostraba el señor Verloc en la vida
doméstica hubiera hecho increíble la mera mención de la palabra enfado, incluso
para el nerviosismo del pobre Stevie. La teoría era que el señor Verloc se hubiera
sentido increíblemente dolorido y disgustado por cualquier falta de limpieza a la
hora de comer. Al morir su padre, Winnie encontró un gran consuelo en el hecho
de que ya no tendría por qué temblar por el pobre Stevie. No podía soportar que
hicieran daño a su hermano. La volvía loca. Cuando era pequeña, se enfrentó a
menudo con ojos rabiosos al irascible tabernero en defensa de su hermano. Ahora,
la apariencia de la señora Verloc era tal, que nadie hubiera podido pensar que
fuese capaz de tener un arrebato de pasión.

Terminó de lavar los platos. La mesa estaba puesta en la sala. Fue hasta el
pie de las escaleras y gritó:

—¡Madre!

Entonces, abrió la puerta de cristal que daba a la tienda y gritó:

—¡Adolf!

El señor Verloc no se había movido; no parecía haber movido un solo


músculo durante hora y media. Se levantó pesadamente y fue a cenar con el abrigo
y el sombrero puestos, sin decir una palabra. Su silencio no tenía nada de
asombroso en aquella casa, escondida en las sombras de una calle sórdida
raramente iluminada por el sol, en la parte de atrás de la oscura tienda de artículos
de basura vergonzosa. Pero aquel día, el silencio del señor Verloc era tan
evidentemente meditabundo, que impresionó a las dos mujeres. Ellas también
guardaron silencio, vigilando al pobre Stevie para que no estallara en uno de sus
ataques de locuacidad. Estaba sentado al otro lado de la mesa, justo enfrente del
señor Verloc, y sus movimientos eran normales y tranquilos, con la mirada
siempre perdida en el vacío. El esfuerzo para conseguir que el muchacho no diera
ningún motivo de queja al dueño de la casa suponía mucha ansiedad en la vida de
las dos mujeres. «Ese chico», como le llamaban con suavidad entre ellas, había sido
la fuente de esa clase de ansiedad casi desde el día en que nació. La humillación
que sentía el fallecido tabernero por haber tenido un hijo tan extraño se
manifestaba en la tendencia al trato brutal; porque era una persona de fina
sensibilidad, y su sufrimiento como padre y hombre era totalmente sincero.
Después tuvieron que encargarse de que Stevie no molestase a los caballeros
solteros que eran inquilinos, gente también bastante rara que en seguida se
ofendía. Y también tuvieron que afrontar la ansiedad de su mera existencia. La
idea de que su hijo acabaría en el hospital de un manicomio obsesionaba a la
anciana en el piso bajo, donde servían el desayuno, en el deteriorado edificio de la
calle Belgravia.

—Si no hubieras enconu ado un marido tan bueno —solía decir a su hija—,
no sé qué habría sido del pobre chico.

El señor Verloc prestaba al chico la misma atención que un hombre que no


se interesa especialmente por los animales pueda prestar al amado gato de su
mujer; y esa atención, benevolente y superficial, era en lo esencial de la misma
índole. Ambas mujeres reconocían que no se podía esperar mucho más, y eso era
suficiente como para que el señor Verloc se ganase la gratitud reverente de la
buena mujer. Al principio, escéptica por las tribulaciones que conlleva una vida sin
amigos, solía preguntar ansiosa a su hija:

—¿No crees que el señor Verloc se está cansando de que Stevie esté aquí?

Winnie respondía siempre sacudiendo ligeramente la cabeza. Pero un día


respondió con siniestra vivacidad:

—Primero tendría que cansarse de mí.

A continuación se produjo un prolongado silencio. La madre, con los pies


reposando en un taburete, intentaba llegar hasta el fondo de la contestación, cuya
profundidad femenina la había dejado sorprendida. No había podido llegar a
entender por qué Winnie se había casado con el señor Verloc. Había sido una
elección razonable, y era evidente que había salido bien, pero su hija habría podido
encontrar a alguien de edad más adecuada. Había habido un chico formal, hijo
único de un carnicero de la calle de al lado que ayudaba a su padre en el negocio;
Winnie había estado saliendo con él con manifiesto deleite. Es verdad que el joven
dependía de su padre, pero el negocio iba bien y las perspectivas eran excelentes.
Llevó a Winnie al teatro varias tardes, y justo cuando la buena mujer temía
escuchar que se habían prometido, porque qué podía hacer ella sola en aquella
casa tan grande con Stevie a su cargo, el idilio cesó de pronto. Winnie parecía
deprimida, y entonces apareció providencialmente el señor Verloc para ocupar el
dormitorio del primer piso que daba a la fachada, y ya no se volvió a hablar más
del joven carnicero. Había sido realmente providencial.
Capítulo III

—Las idealizaciones empobrecen la vida. Embellecer las cosas es despojarlas


de su carácter complejo, destruirlo. Dejémoslo a los moralistas. Son los hombres los
que hacen la historia, pero no con la cabeza. Las ideas que nacen en sus conciencias
desempeñan una función insignificante en el curso de los acontecimientos. La
historia la determinan y la modelan el trabajo y la producción; la fuerza de las
condiciones económicas. El capitalismo ha creado el socialismo, y las leyes creadas
por el capitalista para proteger la propiedad son las que han creado el anarquismo.
Nadie puede predecir qué forma adoptará en el futuro la organización de la
sociedad. Así que, entonces, ¿por qué perder el tiempo en lucubraciones
proféticas? En el mejor de los casos, solo sirven para interpretar la imaginación del
profeta y por eso no tienen ningún valor objetivo.

Michaelis, el apóstol en libertad provisional, hablaba en un tono de voz


constante, respirando con dificultad, como si su voz estuviera amortiguada y
oprimida por la capa de grasa que le cubría el pecho. Había salido de una prisión
muy higiénica, redondo como una cuba y con las mejillas, de piel
semitransparente, dilatadas como si durante quince años los servidores de la
sociedad ultrajada se hubieran hecho el propósito de cebarle con alimentos grasos
en un sótano oscuro y húmedo. Desde entonces no había conseguido que su peso
se redujese una onza[25].

Se comentaba que, durante tres estaciones seguidas, una dama rica entrada
en años le había enviado a una cura en Marienbad[26], donde había estado a punto
de compartir la curiosidad del público con un miembro de la realeza, pero la
policía le ordenó que abandonase el lugar en el plazo de doce horas. El martirio
continuó, ya que fue víctima de la prohibición de acercarse a las salutíferas aguas,
aunque a aquellas alturas ya se había resignado.

Con el brazo caído a lo largo del respaldo de la silla, sin la menor señal de
articulación, más bien como si fuera el miembro inerte de un muñeco, se inclinó
ligeramente hacia adelante sobre sus muslos, cortos y enormes, para escupir en la
chimenea.

—¡Sí! He tenido tiempo de reflexionar un poco —añadió sin énfasis—. La


sociedad me ha proporcionado mucho tiempo para meditar.

Al otro lado de la chimenea, en el sillón de piel en que la madre de la señora


Verloc tenía el privilegio de sentarse, Karl Yundt ahogó una risa triste con una
apenas perceptible mueca sombría de la boca desdentada. El terrorista, como se
llamaba a sí mismo, era viejo y estaba calvo; del mentón le colgaba un mechón de
pelo blanco como la nieve en forma de perilla. En sus ojos apagados sobrevivía una
extraordinaria expresión de solapada malevolencia. Cuando se levantó,
soportando los quejidos de su cuerpo, extendió con fuerza una mano enjuta y
vacilante, deformada por las hinchazones producidas por la gota, como si fuera un
asesino moribundo haciendo acopio de sus últimas fuerzas para asestar un último
golpe. Al andar se apoyaba en un bastón grueso que temblaba bajo su otra mano.

—Siempre he soñado —dijo con violencia— con un grupo de hombres


totalmente decididos a desechar toda clase de escrúpulos a la hora de escoger los
medios, suficientemente fuertes como para darse a sí mismos el nombre de
destructores sin ningún reparo, y libres de esa contaminación de resignado
pesimismo que pudre el mundo. Sin piedad para nada en este mundo, ni siquiera
para sí mismos, y con la muerte como eterna compañera al servicio de la
humanidad; eso es lo que me habría gustado ver.

Su pequeña cabeza se estremeció, transmitiendo una cómica vibración al


mechón de pelos de la perilla. Para un extraño, la declaración hubiera sido casi
totalmente ininteligible. La garganta reseca y las desdentadas encías en que parecía
tropezar la punta de la lengua no estaban a la altura de la caduca pasión, que por
su furia impotente parecía la excitación de un viejo lujurioso. El señor Verloc,
desde la esquina del sofá situado en el otro extremo de la habitación, manifestó su
aprobación con dos enérgicos gruñidos.

El viejo terrorista volvió lentamente de un lado a o tío la cabeza sobre el


enjuto cuello.

—Y nunca he podido reunir a la vez a más de tres hombres como esos.


Demasiado para tu asqueroso pesimismo —dijo furioso a Michaelis, que descruzó
sus gruesas piernas como cojines y deslizó bruscamente los pies debajo de la silla
en señal de exasperación.

¡Pesimista él! ¡Imposible! Dijo que la acusación era insultante. Era tan ajeno
al pesimismo que ya veía que el final de todo tipo de propiedad privada llegaría
por el orden natural de las cosas, inevitablemente, por el mero desarrollo de su
perversión inherente. Los dueños de la propiedad no solo tendrían que hacer
frente al despertar del proletariado, sino que también se verían obligados a luchar
entre ellos. Sí, la lucha. La guerra era la condición inherente de la propiedad
privada. Era un círculo vicioso. Él no necesitaba excitarse para sostener sus
convicciones; ni arengas ni cólera ni visiones de banderas rojas al viento, ni
flamantes soles metafóricos de venganza levantándose sobre el horizonte de una
sociedad condenada. ¡Él, no! Su optimismo se basaba en el sentido común —se
jactó—, sí, su optimismo.

El jadeo cesó y, tras una o dos bocanadas de aire, añadió:

—¿No creéis que, si no fuera optimista, en quince años ya habría encontrado


la forma de cortarme el cuello? En el peor de los casos habría podido usar las
paredes de la celda para romperme la cabeza.

La falta de aire quitó a su voz el fuego, la animación. Los carrillos, grandes y


pálidos, le colgaban como bolsas llenas, inmóviles, sin un temblor; pero en los ojos
azules, empequeñecidos como si estuviera mirando algo fijamente, había la misma
mirada de astucia confiada, un poco demente en su expresión, que seguramente
tenían cuando el indomable optimista se pasaba la noche sentado en su celda
pensando. Ante él, Karl Yundt seguía de pie, con el ala del sombrero verde echado
elegantemente hacia atrás cubriéndole el hombro. Sentado frente a la chimenea, el
camarada Ossipon, antiguo estudiante de medicina y principal autor de los
panfletos del F. P., extendió sus robustas piernas con las suelas de sus botas
mirando hacia el fuego de la chimenea. Una mata de pelo rubio ondulado
remataba el rostro sonrosado y lleno de pecas, de nariz achatada y boca
protuberante formada en el rudo molde de la raza negra. Los ojos almendrados
miraban lánguidamente de soslayo por encima de los pómulos. Llevaba camisa de
franela gris y una corbata de seda negra le colgaba sobre la pechera abotonada de
la chaqueta de sarga[27]; con la cabeza descansando en el respaldo de la silla,
dejando al descubierto casi todo el cuello, se llevó a los labios un cigarrillo metido
en un largo tubo de madera, y dejó escapar bocanadas de humo mirando fijamente
al techo.

Michaelis seguía con su idea, la idea de su reclusión solitaria, los


pensamientos dedicados al período pasado en cautividad y que habían crecido
como una fe revelada en visiones. Hablaba consigo mismo, indiferente a la
simpatía u hostilidad de sus oyentes, indiferente a su presencia, por el hábito que
había adquirido de pensar en voz alta en la soledad de las cuatro paredes
encaladas de su celda, en el silencio sepulcral del conglomerado de edificios de
ladrillo cercano al río, siniestro y feo como un colosal depósito de cadáveres para
los náufragos de la sociedad.

No era apto para las discusiones, no porque los argumentos, por muchos
que fueran, pudieran hacer vacilar su fe, sino porque el solo hecho de oír otra voz
le desconcertaba profundamente y confundía inmediatamente sus pensamientos,
esos pensamientos que durante tantos años, en una soledad mental más estéril que
un desierto sin agua, ninguna voz humana había contradicho, comentado o
aprobado.

Ya no le interrumpía nadie, y una vez más hizo profesión de la fe que le


dominaba tan completa e irresistiblemente como un acto de gracia: el secreto de la
fe traspasado a la esfera material de la vida; los condicionamientos económicos del
mundo, responsables del pasado y creadores del futuro; la fuente de todas las
ideas, guía del desarrollo mental de la humanidad y los impulsos de sus
pasiones…

Las crueles carcajadas del camarada Ossipon cortaron el discurso en seco,


convirtiéndolo en un repentino titubeo y en una mirada de asombrada inseguridad
en los ojos ligeramente exaltados del apóstol. Los cerró lentamente durante un
momento, como si estuviera hilvanando sus dispersos pensamientos. Se hizo el
silencio. Debido a las dos lámparas de gas que había sobre la mesa y al fuego de la
chimenea, en la trastienda hacía muchísimo calor. El señor Verloc, levantándose
del sofá con pesada desgana, abrió la puerta que daba a la cocina para que entrase
el aire y descubrió al inocente Stevie, sentado tranquilamente en silencio junto al
mostrador, dibujando círculos y más círculos, siempre concéntricos; un remolino
titilante de infinitos círculos que, en la maraña de repetidas curvas, la uniformidad
y la confusión de líneas que se cruzan, sugería la reproducción del caos cósmico, el
simbolismo de un arte demente que intentaba describir lo inefable. El artista no
volvió la cabeza; concentrado en cuerpo y alma en su tarea, le temblaba la espalda
y su delgado cuello, hundido en el hueco profundo de la base de su cráneo, parecía
estar a punto de partirse.

El señor Verloc, sorprendido, emitió un gruñido de desaprobación y volvió


al sofá. Alexander Ossipon se levantó; el techo bajo le hacía parecer alto en su raído
traje de sarga azul; se sacudió el anquilosamiento de su cuerpo causado por el rato
de inmovilidad y fue hasta la cocina, bajando los dos escalones, para mirar por
encima del hombro de Stevie. Luego volvió y dijo en tono misterioso:

—Muy bien. Muy característico; típico.


—¿Qué está muy bien? —gruñó inquisitivamente el señor Verloc,
acurrucado de nuevo en la esquina del sofá.

El otro le explicó el significado de sus palabras sin darle importancia, en un


tono condescendiente e indicando la cocina con un movimiento de la cabeza.

—Son típicos de esa forma de degeneración; quiero decir los dibujos.

—¿Quieres decir que el chico es un degenerado? —farfulló el señor Verloc.

El camarada Alexander Ossipon, alias el Doctor, primero antiguo estudiante


de medicina sin título y luego orador itinerante en las asociaciones de trabajadores
sobre el tema de los aspectos socialistas de la higiene, autor de un popular estudio
seudomédico (que en su forma de panfleto barato fue requisado inmediatamente
por la policía) titulado Los vicios corrosivos de las clases medias, y delegado especial
del más o menos misterioso Comité Rojo, junto con Karl Yundt y Michaelis, para la
labor de propaganda literaria, dirigió hacia el oscuro agente de por lo menos dos
embajadas esa mirada de insufrible, incorregible e intensa autosuficiencia que solo
el interés por la ciencia puede conferir a la mediocridad del común de los mortales.

—Eso es lo que se le puede llamar desde un punto de vista científico. Un


tipo muy característico de esa clase de degenerados. Basta con mirarle los lóbulos
de las orejas. Si lees a Lombroso[28]…

El señor Verloc, malhumorado y tumbado casi por entero en el sofá continuó


mirando la fila que formaban los botones de su chaleco, pero sus mejillas se tiñeron
de un ligero rubor. Últimamente, la más ligera mención de la palabra ciencia,
término en sí mismo inofensivo y de significado indefinido, tenía la curiosa
facultad de evocar la visión mental, muy real y profundamente ofensiva, casi
sobrenatural, del señor Vladimir. Y este fenómeno, que merecía con justicia ser
clasificado como una de las maravillas de la ciencia, provocaba en el señor Verloc
un estado emocional de pánico y exasperación que tendía a manifestarse en
ataques de sudor. Pero no dijo nada. Fue Karl Yundt quien habló, implacable hasta
su último aliento.

—Lombroso es un asno.
El camarada Ossipon reaccionó al impacto de la blasfemia con una
espantosa mirada vacía. Y el otro, con sus apagados ojos sin destellos
ennegreciendo las profundas sombras que se formaban bajo la huesuda frente,
tropezando con la punta de la lengua en los labios a cada segunda palabra, como si
estuviera masticando con furia, dijo:

—¿Es que se puede ser más idiota? Para él, el criminal es el detenido.
Sencillo, ¿no? ¿Y los que le han encerrado, los que le fuerzan a estar encerrado?
Exactamente, sí, los que le obligan a estar encerrado. Y ¿cuál es el delito? ¿Acaso lo
sabe él, ese imbécil que va por este mundo de estúpidos satisfechos mirando las
orejas y los dientes de muchos infelices pobres diablos? Así que las orejas y los
dientes marcan al delincuente, ¿eh? ¿Y qué pasa con la ley, que le marca aún
más…, ese hermoso hierro candente que han inventado los hartos de todo para
protegerse de los hambrientos? Sesiones de hierros al rojo vivo en su vil piel. ¿No
oléis desde aquí cómo se quema y chisporrotea la basta piel del pueblo? Así es
como se hacen los delincuentes, para que tu Lombroso pueda escribir sus tonterías
sobre ellos.

La empuñadura del bastón y sus piernas temblaban al unísono con pasión,


mientras que el tronco, envuelto en la cogotera[29] del sombrero, mantenía su
histórica actitud de provocación. Parecía husmear el aire contaminado de crueldad
social, escuchar con atención sus atroces sonidos. Había en su actitud un
extraordinario poder de sugestión. El casi moribundo veterano de guerras en que
se combatía con dinamita había sido en su época un gran actor; en las tribunas de
asambleas secretas y en reuniones privadas. El famoso terrorista no había
levantado en su vida ni un dedo contra el entramado social. No era hombre de
acción; ni siquiera era un orador de elocuencia torrencial que arrastrara a las masas
en el clamor y las olas de un gran entusiasmo. Con una intención más sutil,
desempeñaba el papel de evocador insolente y maligno de impulsos siniestros que
acechan en la envidia ciega y en la vanidad exasperada de la ignorancia, en el
sufrimiento de las privaciones, en todas las ilusiones nobles y llenas de esperanzas
de la ira justa, en la piedad y en la rebelión. El regusto del veneno se adhería a él
como el olor de una droga mortal en una antigua redoma ya vacía, inútil, lista para
que se la tire al montón de basura de las cosas que ya no sirven para nada.

Michaelis, el apóstol en libertad condicional, sonrió vagamente con los labios


cerrados; su rostro, pálido y redondo, se inclinó bajo el peso de su melancólica
aprobación. Él también había estado en la cárcel. También su carne había
chisporroteado al contacto con el hierro al rojo vivo, murmuró en voz baja. Pero el
camarada Ossipon, apodado el Doctor, ya se había recuperado de la sorpresa.

—No lo entiendes —dijo despectivamente, pero dejó de hablar, intimidado


por la negrura mortal de los ojos cavernosos del rostro que se volvía lentamente
hacia él con la mirada fija de los ciegos, como si solo se guiase por el sonido.

Se encogió de hombros y abandonó la discusión.

Stevie, acostumbrado a moverse sin que nadie le tomara en cuenta, se había


levantado de la mesa de la cocina y se había ido a la cama llevándose sus dibujos.
Había llegado a la puerta de la sala a tiempo para recibir todo el impacto de las
elocuentes imágenes[30] de Karl Yundt. La hoja cubierta de círculos se le cayó de las
manos, y permaneció inmóvil mirando fijamente al viejo terrorista, como si se
hubiese quedado paralizado por su terror morboso y el pavor al dolor físico. Stevie
sabía que el hierro candente en la piel hacía mucho daño. Sus ojos asustados
brillaron de indignación; dolería muchísimo. Abrió la boca asustado.

La mirada fija en el fuego había devuelto a Michaelis el sentimiento de


aislamiento necesario para continuar el hilo de sus pensamientos. Su optimismo
había empezado a fluir de sus labios. Él consideraba el capitalismo condenado en
su origen, nacido con el veneno del principio de competencia en su sistema. Veía a
los grandes capitalistas devorando a los pequeños capitalistas, concentrando el
poder y los medios de producción en grandes masas, perfeccionando procesos
industriales, y en la locura de su autoengrandecimiento, estar en realidad
preparando, organizando, enriqueciendo, disponiendo la legítima herencia del
proletariado. Michaelis pronunció la gran palabra, «paciencia», y su mirada azul
clara, elevada hacia el techo bajo de la salita del señor Verloc, adquirió la cualidad
de la confianza seráfica. En el umbral, Stevie, calmado, parecía sumido en un
estado de embotamiento.

El rostro del camarada Ossipon se agitó de exasperación.

—Entonces no sirve de nada hacer nada, nada en absoluto.

—No estoy diciendo eso —protestó Michaelis con suavidad.

Su visión de la verdad se había hecho tan intensa, que el sonido de una voz
extraña no confundió esta vez sus pensamientos. Continuó con la mirada baja, fija
en el carbón incandescente. Era necesario prepararse para el futuro, y estaba
dispuesto a admitir que el gran cambio tal vez llegase en la convulsión de la
revolución. Pero afirmó que la propaganda revolucionaria era un trabajo delicado
que requería una conciencia muy elevada. Era la educación de los amos del
mundo. Tenía que ser una educación tan cuidadosa como la educación que se daba
a los reyes. Tendría que desplegar sus principios con precaución, con timidez
incluso, porque no se sabía cuáles serían los efectos que un determinado cambio
económico podría tener para la felicidad, la moral, el intelecto y la historia de la
humanidad. Porque la historia se hace con herramientas, no con ideas, y la
condicionamientos económicos lo cambian todo: el arte, la filosofía, el amor, la
virtud, ¡hasta la verdad!

Las brasas de la chimenea se movieron con un chasquido, y Michaelis, el


eremita de las visiones en el desierto de un penal, se levantó impetuosamente.
Orondo como un globo lleno de aire, abrió sus brazos cortos y gruesos, como si
intentara, patéticamente y sin esperanza, abarcar y estrechar en sus brazos un
universo autorregenerado. Jadeó con ardor.

—El futuro es tan seguro como el pasado; esclavitud, feudalismo,


individualismo y colectivismo[31]. Es la enunciación de una ley, no una profecía
vacía.

La expresión de desprecio de los labios del camarada Ossipon acentuó los


rasgos negroides de su rostro.

—Tonterías —dijo bastante calmado—. No existen ni leyes ni certezas. La


propaganda para enseñar a las masas no sirve para nada. Lo que la gente sepa no
importa, por muy precisos que sean sus conocimientos. Lo único que nos importa
es el estado emocional de las masas. Sin emoción no hay acción.

Hizo una pausa, y luego añadió con modesta seguridad:

—Os estoy hablando científicamente, científicamente… ¿Eh? ¿Qué has


dicho, Verloc?

—Nada —gruñó desde el sofá el señor Verloc, que, provocado por el sonido
de la detestable palabra, solo había murmurado «maldita sea».

Entonces se oyó el chisporroteo venenoso del viejo terrorista desdentado:

—¿Sabéis cómo llamaría yo a la naturaleza de las condiciones económicas


actuales? Yo lo llamaría canibalismo. ¡Eso es lo que son! Están alimentando su
codicia con la palpitante carne del pueblo, nada más.

La garganta de Stevie hizo un sonido audible al engullir la horripilante


afirmación, y, de pronto, como si hubiera ingerido un veneno rápido, el muchacho
se desplomó y cayó sentado en los escalones de la puerta de la cocina.

Michaelis no dio señales de haber oído nada. Sus labios parecían cerrados
para siempre y sus pesadas mejillas estaban inmóviles. Con ojos inquietos buscó el
sombrero redondo y rígido y se lo colocó en la cabeza. Su cuerpo, redondo y obeso,
parecía flotar a baja altura, entre las sillas, bajo el codo afilado de Karl Yundt. El
viejo terrorista levantó una mano insegura que parecía una garra y dio una
inclinación arrogante al sombrero de fieltro, ocultando las depresiones y
protuberancias de su consumido rostro. Se movía lentamente, golpeando el suelo
con el bastón a cada paso. Era difícil sacarle de la casa porque de vez en cuando se
detenía como si quisiera pensar, y no se movía hasta que Michaelis le empujaba
hacia adelante. El suave apóstol le cogía del brazo con atención fraternal, y tras él,
con las manos en los bolsillos, el robusto Ossipon bostezaba vagamente. Con un
gorro azul con visera de charol echada hacia atrás sobre su mata de pelo rubio,
tenía el aspecto de un marinero noruego cansado del mundo tras una tremenda
juerga. El señor Verloc acompañó a sus invitados a la salida, y se despidió de ellos
con la cabeza descubierta, sin abrocharse el pesado abrigo y mirando al suelo.

Cerró la puerta a su espalda con violencia contenida, giró la llave y echó el


cerrojo. No estaba satisfecho de sus amigos. Si se les comparaba con la filosofía de
los atentados con bomba del señor Vladimir, parecían totalmente inútiles.
Teniendo en cuenta que el señor Verloc tenía que desempeñar un papel
determinado en la política revolucionaria, él mismo no podía, ni en su casa ni en
asambleas más numerosas, tomar la iniciativa de emprender acciones. Tenía que
ser prudente. Impulsado por la justa indignación de un hombre entrado en los
cuarenta, amenazado en lo que le era más querido, su reposo y su seguridad, se
preguntó desdeñosamente qué otra cosa se podía esperar de gente como ese Karl
Yundt, ese Michaelis…, ese Ossipon.

El señor Verloc se detuvo un momento cuando se disponía a apagar el


mechero de gas que ardía en medio de la tienda y descendió al abismo de la
reflexión moral. Con la perspicacia que le proporcionaba un temperamento afín,
pronunció su veredicto. Eran una pandilla de vagos. Ese Karl Yundt, alimentado
por una vieja legañosa, una mujer que le quitó a un amigo y a la que después ha
intentado más de una vez quitarse de encima. Ha tenido mucha suerte de que la
mujer haya vuelto a él una y otra vez, si no, ahora no tendría a nadie que le
ayudara a bajar del autobús en la parada de Green Park[32], donde ese espectro va a
arrastrarse todas las mañanas que hace bueno. Cuando esa bruja gruñona e
indomable muera, el fanfarrón espectro se tendrá que morir con ella; así será el
final del fiero Karl Yundt. La moralidad del señor Verloc también se sentía
ofendida por el optimismo de Michaelis, además de por la acaudalada anciana que
le había mandado a una casa que tenía en el campo. El exprisionero podría pensar
en sus locuras paseando por caminos sombreados durante días enteros en una
ociosidad deliciosa y humanitaria. Y a Ossipon, el mendigo, seguro que no le
faltaría de nada mientras hubiera pazguatas con cartillas de ahorro en el mundo. Y
el señor Verloc, temperamentalmente idéntico a sus socios, trazó finas distinciones
en su imaginación basándose en diferencias insignificantes. Lo hacía con una cierta
complacencia, porque su instinto de respetabilidad convencional era muy fuerte,
siendo superado únicamente por su aversión a cualquier tipo de trabajo normal; un
defecto de temperamento que compartía con una gran parte de los reformadores
revolucionarios que desean revolucionar una cierta situación social. Porque es
evidente que uno no se rebela contra las ventajas y oportunidades de esa situación
social, sino contra el precio que conllevan en moralidad convencional, autocontrol
y trabajo. La mayoría de los revolucionarios son enemigos de la disciplina y el
trabajo. Son caracteres para cuyo sentido de la justicia el precio exigido parece
monstruoso, enorme, odioso, opresivo, preocupante, humillante, exorbitante e
intolerable. Esos son los fanáticos. El porcentaje restante de rebeldes sociales es
producto de la vanidad, la madre de todas las ilusiones, nobles y viles, la
compañera de los poetas, los reformadores, los charlatanes, los profetas y los
incendiarios.

Perdido durante un minuto entero en el abismo de la meditación, el señor


Verloc no llegó al fondo de estas abstractas consideraciones. Tal vez porque no era
capaz, y, además, no tenía tiempo. Le despertó el desagradable recuerdo del señor
Vladimir, otro de sus asociados, a quien debido a sutiles afinidades morales, podía
juzgar correctamente. Le consideraba igual de peligroso. Una sombra de envidia se
introdujo en sus pensamientos. Todos esos tipos podían holgazanear cuanto
quisieran, no conocían al señor Vladimir y tenían mujeres que les mantenían,
mientras que él tenía que alimentar a su esposa.

En ese momento, por una simple asociación de ideas, el señor Verloc se vio
en la necesidad de acostarse en algún momento de la noche. ¿Y por qué no ahora
mismo? Suspiró. La perspectiva no le pareció esta vez tan agradable como debería
haberlo sido para un hombre de su edad y carácter. Temía al demonio del
insomnio, que parecía haberle escogido como víctima. Levantó el brazo y apagó la
brillante luz que despedía el mechero de gas que pendía sobre su cabeza.

Una franja brillante de luz se proyectaba a través de la puerta de la salita


hasta la parte de atrás del mostrador. La luz permitió al señor Verloc ver a simple
vista las monedas de plata que había en la caja. Eran pocas, y por primera vez
desde que abrió la tienda pensó en su valor desde un punto de vista comercial. El
resultado era negativo. Había abierto un negocio por razones que no tenían nada
que ver con el comercio. Al elegir ese tipo de negocio se había dejado llevar por su
tendencia instintiva a las transacciones oscuras, donde se gana dinero con
facilidad. Además, esa clase de comercio no le separaba de su entorno habitual, el
entorno vigilado por la policía. Al contrario, le proporcionaba una posición
manifiesta en ese entorno, y como el señor Verloc tenía relaciones inconfesables
que le convertían en conocido de la policía, sin que ello fuese motivo de
preocupación, la situación presentaba una evidente ventaja. Pero, como medio de
vida, el negocio no rendía lo suficiente.
Sacó del cajón la caja del dinero, y al volverse para salir de la tienda se dio
cuenta de que Stevie estaba todavía allí.

¿Qué demonios está haciendo aquí?, se preguntó el señor Verloc. ¿Qué


significan estas tonterías? Miró con recelo a su cuñado, pero no le preguntó nada.
La relación del señor Verloc con Stevie se limitaba al murmullo habitual por la
mañana, después del desayuno, «Mis botas», y hasta eso era más una
comunicación producto de la necesidad que una orden directa o una pregunta. El
señor Verloc se dio cuenta con cierta sorpresa de que no sabía realmente qué
decirle a Stevie. Estaba de pie, inmóvil en medio de la sala, mirando hacia la cocina
en silencio. Tampoco sabía qué pasaría si decía algo. Y eso le pareció muy extraño,
habida cuenta de que en ese momento pensó que también tenía que alimentar al
chico. Hasta entonces nunca había pensado en lo que significaba la existencia de
Stevie.

En realidad no sabía cómo hablar con él. Le veía gesticular y murmurar en la


cocina, mientras Stevie daba vueltas alrededor de la mesa tan excitado como un
animal enjaulado. La frase con que lo intentó, «¿No crees que deberías irte a la
cama?», no produjo absolutamente ningún efecto, y el señor Verloc, abandonando
la contemplación pétrea del comportamiento de su cuñado, cruzó pesadamente la
salita con la caja del dinero en las manos. La causa de la lasitud general que sentía
al subir las escaleras era puramente mental, lo que le alarmaba por su inexplicable
carácter. Confiaba en no haberse puesto enfermo. Se detuvo en el oscuro rellano
para examinar sus sensaciones. Pero el sonido de ronquidos, suave y continuo, que
predominaba en la oscuridad interfirió con la claridad de las sensaciones. El sonido
procedía de la habitación de su suegra. Otra más que alimentar, pensó, y con este
pensamiento en la mente entró en el dormitorio.

La señora Verloc se había dormido con el mechero de gas completamente


abierto (en el piso de arriba no había instalación de gas) sobre la mesilla junto a la
cama. La luz que despedía la pantalla caía deslumbrante sobre la blanca almohada,
hundida por el peso de la cabeza, que reposaba con los ojos cerrados y el pelo
oscuro, recogido en trenzas durante la noche. Se despertó al oír el sonido de su
nombre, y vio a su marido de pie junto a ella.

—¡Winnie! ¡Winnie!

Al principio no se movió, tendida muy quieta, mirando la caja del dinero


que el señor Verloc llevaba en las manos. Pero cuando comprendió que su
hermano se encontraba «dando saltos por todo el piso de abajo», se sentó en el
borde de la cama con un movimiento repentino. Sus pies descalzos, como si
salieran a través del fondo de un saco de algodón sin adornos y con mangas,
abrochado en el cuello y las muñecas, buscaban en la alfombra las zapatillas, al
tiempo que ella miraba hacia arriba el rostro de su esposo.

—No sé qué hacer con él —dijo el señor Verloc, irritado—. No se le puede


dejar abajo solo con las luces encendidas.

Ella no dijo nada, cruzó la habitación deslizándose con rapidez, y la puerta


se cerró tras su blanca figura.

El señor Verloc depositó la caja del dinero sobre la mesilla, y empezó a


desvestirse echando el sobretodo en una silla distante. Después hizo lo mismo con
el abrigo y el chaleco. Se puso a deambular por la habitación con los calcetines
puestos, y su corpulenta figura, con las manos palpándose el cuello nerviosamente,
pasó una y otra vez por delante de la alargada luna del espejo de la puerta del
armario de su mujer. Luego, tras sacarse los tirantes por los hombros, abrió
violentamente la persiana de lamas y apoyó la frente en el cristal; una delgada hoja
de vidrio le separaba de la enorme acumulación de ladrillos, techos de pizarra y
piedras, fríos, negros, húmedos, llenos de barro, desolados; cosas que en sí mismas
eran desagradables y hostiles al ser humano.

El señor Verloc sintió la hostilidad latente de todo el mundo exterior con una
intensidad próxima a la angustia corporal. No hay ocupación más desagradecida
que la de agente secreto. Es como si se te muriera de pronto el caballo en medio de
una llanura deshabitada y desértica. La comparación se le ocurrió porque cuando
estaba en el ejército había cabalgado a lomos de distintos caballos, y ahora tenía la
sensación de que estaba empezando a caerse. El futuro era tan negro como la
ventana en la que apoyaba la frente. Y, de pronto, el rostro del señor Vladimir,
afeitado y ocurrente, apareció envuelto en el halo de su piel sonrosada como una
especie de sello de color rosa impreso en la oscuridad mortal.

La visión, luminosa y parcial, era tan espantosamente real, que el señor


Verloc se separó de la ventana e hizo bajar la persiana de lamas con un estruendo.
Descompuesto y sin habla, temiendo que se le presentaran más visiones del mismo
tipo, vio cómo su esposa volvía al dormitorio y se metía en la cama de una forma
tan natural, que se sintió totalmente solo en el mundo. La señora Verloc se
sorprendió al verle aún levantado.

—No me siento bien —murmuró el señor Verloc, pasándose la mano por la


frente húmeda.

—¿Sientes mareos?

—Sí. No me siento nada bien.

La señora Verloc, con toda la placidez de una esposa experimentada,


manifestó su opinión en cuanto a la causa y sugirió los remedios habituales; pero
su esposo, anclado en medio de la habitación, sacudió la cabeza inclinada con
tristeza.

—Te vas a resfriar si te quedas ahí —dijo ella.

El señor Verloc hizo un esfuerzo, se desnudó y se metió en la cama. Oyeron


unos pasos acompasados procedentes de la tranquila callejuela, se aproximaban a
la casa y luego se alejaban, tranquilos y firmes, como si un transeúnte hubiera
empezado un paseo que duraría toda la eternidad, de farola en farola, en una
noche sin fin. Y el tictac soñoliento del viejo reloj del rellano se hizo claramente
audible en el dormitorio.

—Hoy se ha vendido muy poco.

El señor Verloc, sin moverse, carraspeó como si fuera a decir algo


importante, pero se limitó a preguntar:

—¿Has apagado el gas en el piso de abajo?

—Sí —respondió la señora Verloc con diligencia—. Ese pobre chico está muy
excitado esta noche —murmuró tras una pausa que duró tres tictac del reloj.

Al señor Verloc no le importaba en absoluto la excitación de Stevie, pero se


sentía terriblemente despierto y temía afrontar la oscuridad y el silencio que
seguirían cuando apagaran la lámpara. Ese mismo temor le hizo manifestar la
observación de que Stevie no le había hecho caso cuando le dijo que se fuera a la
cama. La señora Verloc cayó en la trampa y se puso a demostrar a su marido con
todo tipo de detalles que no era por «descaro», sino por «excitación». No había otro
joven en Londres más servicial y más dócil que Stephen, afirmó; ninguno que fuera
tan afectuoso y tan dispuesto a complacer, y además tan útil, siempre que la gente
no le trastornara la cabeza.

La señora Verloc, volviéndose hacia su esposo, se apoyó en el codo para


erguirse y le habló con ansiedad para convencerle de que Stevie era un miembro
útil de la familia. Ese ardor de compasión protectora, exaltado con morbidez en su
niñez por la desgracia de otro niño, coloreó sus pálidas mejillas con un ligero rubor
oscuro y dio brillo a sus grandes ojos bajo las oscuras pestañas. La señora Verloc
parecía más joven; tan joven como había sido Winnie, y mucho más animada de lo
que la Winnie de la mansión de Belgravia se había permitido ser con los inquilinos.
Al señor Verloc sus preocupaciones le impedían dar sentido a lo que su esposa le
estaba diciendo. Era como si escuchara su voz desde el otro lado de una pared muy
gruesa. El aspecto de ella le hizo volver en sí.

Apreciaba a aquella mujer, y el reconocer ese aprecio, movido por algo


parecido a una emoción, añadió otra punzada a su angustia mental. Cuando ella
dejó de hablar, él se movió inquieto y dijo:

—Hace unos días que no me siento bien.

Podría haberlo dicho como preámbulo a una confidencia, pero la señora


Verloc volvió a poner la cabeza en la almohada y, mirando hacia el techo, continuó:

—Ese chico oye demasiadas cosas de lo que se habla aquí. De haber sabido
que iban a venir hoy, habría hecho que se fuera a la cama al mismo tiempo que yo.
Estaba fuera de sí por algo que ha oído sobre comer carne humana y beber sangre.
¿Por qué dicen esas cosas?

En su voz había un tono de desprecio e indignación. El señor Verloc estaba


en aquel momento totalmente concentrado en la conversación.

—Pregúntaselo a Karl Yundt —rugió con furia.

La señora Verloc afirmó con vehemencia que Karl Yundt era un viejo
desagradable, y manifestó abiertamente su simpatía por Michaelis. Del robusto
Ossipon, en cuya presencia siempre se sentía nerviosa tras una actitud de reserva
pétrea, no dijo absolutamente nada. Y continuó hablando de su hermano, que
durante tantos años había sido el objeto de sus desvelos y temores:

—No está preparado para oír lo que dicen. Cree que todo es verdad. No
tiene experiencia. Luego se apasiona por lo que ha oído.

El señor Verloc no dijo nada.

—Cuando bajé me miró como si no me reconociera. Los latidos de su


corazón parecían martillazos. No puede evitar excitarse. He despertado a mi
madre y le he pedido que se siente junto a él hasta que se vaya a dormir. No es
culpa suya. No da problemas cuando nadie se mete con él.

El señor Verloc no dijo nada.

—Ojalá no hubiera ido al colegio —dijo la señora Verloc empezando


bruscamente a hablar de nuevo—. Coge los periódicos del escaparate para leerlos,
y se le pone la cara al rojo vivo cuando está enfrascado en la lectura. No vendemos
ni dos ejemplares al mes. Lo único que hacen es ocupar sitio en el escaparate. Y el
señor Ossipon trae todas las semanas un montón de esos folletos para que los
vendamos a medio penique el ejemplar. Yo no daría medio penique por todo el
montón. No dicen más que tonterías; eso es lo que son, tonterías. No los compra
nadie. El otro, día Stevie cogió uno y había una historia de un oficial alemán que le
arrancó a un recluta media oreja de un tirón y no le hicieron nada. ¡El animal!
Stevie estuvo intratable toda la tarde. La historia te hacía hervir la sangre, pero
¿para qué sirve publicar cosas así? Aquí no somos esclavos alemanes, gracias a
Dios. No es asunto nuestro, ¿no?

El señor Verloc no dijo nada.

—He tenido que quitarle al chico el cuchillo de trinchar —continuó la señora


Verloc, ya un poco soñolienta—. Estaba gritando y llorando y dando patadas al
suelo. No puede soportar la idea de la crueldad. Si hubiera visto a ese oficial en
aquel momento, le habría clavado el cuchillo como si fuera un cerdo. ¡Y con razón!
Hay gente que no merece piedad.

La voz de la señora Verloc dejó de oírse y la expresión de sus ojos inmóviles


se hizo cada vez más pensativa y velada durante la larga pausa.

—¿Estás a gusto, querido? —preguntó con una voz suave y lejana—. ¿Puedo
apagar la luz?

El sombrío convencimiento de que no podría dormir enmudecía al señor


Verloc y le hacía irremediablemente pasivo en su temor a la oscuridad. Hizo un
gran esfuerzo.

—Sí, apágala —dijo por fin con voz hueca.


Capítulo IV

La mayoría de las aproximadamente treinta mesitas cubiertas con manteles


rojos de dibujo blanco estaban alineadas en ángulo recto junto al revestimiento de
madera oscura del salón subterráneo. Candelabros de bronce con muchos globos
pendían del techo bajo y ligeramente abovedado, y las paredes sin ventanas
estaban cubiertas de frescos simples y monótonos que representaban escenas de
caza y fiestas al aire libre con trajes medievales. Lacayos vestidos con chaquetones
verdes y blandiendo cuchillos de caza levantaban grandes jarras de cerveza
espumante.

—O mucho me equivoco o eres tú quien conoce los entresijos de este maldito


asunto —dijo el robusto Ossipon, inclinándose, con los codos apoyados en la mesa
a mucha distancia del borde y los pies totalmente recogidos debajo de la silla. Sus
ojos miraban fijamente con enorme ansiedad.

Una pianola vertical de mediano tamaño, flanqueada por dos palmas


plantadas en tiestos, ejecutó de pronto por sí sola, con agresivo virtuosismo, la
melodía de un vals. El estrépito que hacía era ensordecedor. Cuando cesó, tan
bruscamente como había empezado, el hombrecillo de aspecto miserable y con
gafas sentado frente a Ossipon pronunció, desde detrás de una pesada jarra llena
de cerveza, lo que parecía ser una tesis general.

—En principio, lo que uno de nosotros sepa o no sepa con respecto a un


hecho determinado no puede convertirse en objeto de investigación por los demás.

—Por supuesto que no —afirmó el camarada Ossipon en voz baja,


mostrándose de acuerdo—. En principio.

Con el rostro grande y rubicundo entre las manos, continuaba con la mirada
fija, mientras el miserable hombrecillo de las gafas bebía tranquilamente un trago
de cerveza y luego dejaba de nuevo la jarra en la mesa. Sus orejas, gl andes y
planas, se apartaban mucho de los lados de su cráneo, que parecía lo bastante
frágil como para que Ossipon pudiera aplastarlo entre el índice y el pulgar. La
bóveda de la frente parecía descansar en el borde de las gafas; las mejillas, planas,
de aspecto grasiento y malsano, estaban solo ligeramente sombreadas por un
miserable bigote fino y oscuro. La lamentable inferioridad de todo su físico
resultaba ridícula comparada con el porte de extremada autoconfianza del
individuo. Hablaba con frases cortas, y su forma de guardar silencio despertaba
admiración.
Ossipon volvió a hablar en un murmullo, con la cara entre las manos.

—¿Has estado hoy deambulando por la ciudad?

—No, he estado en la cama toda la mañana —respondió el otro—. ¿Por qué


lo preguntas?

—Por nada en especial —dijo Ossipon, mirando con expresión seria, agitado
en su interior por el deseo de averiguar alguna cosa, pero evidentemente
intimidado por el aspecto de abrumador desinterés del hombrecillo.

Cuando hablaba con su camarada, cosa que sucedía muy raramente, el


corpulento Ossipon padecía una sensación de insignificancia moral e incluso física.
No obstante, se aventuró a hacer otra pregunta.

—¿Has venido andando hasta aquí?

—No, en autobús —contestó el hombrecillo, de buena gana.


Vivía muy lejos, en Islington[33], en una casita situada en una calle fea, llena
de paja y papeles sucios por el suelo, en la que, fuera de las horas de colegio, una
tropa de chicos de distintas edades corría y se peleaba en medio de un griterío
estridente, triste y pendenciero. La habitación trasera que ocupaba, singular por el
enorme armario que contenía, se la habían alquilado dos viejas solteronas,
humildes modistas cuya clientela eran en su mayor parte sirvientas. Cerraba el
armario con un pesado candado, pero por lo demás era un inquilino modélico; no
causaba problemas y no requería prácticamente ninguna atención. Sus rarezas eran
que insistía en estar presente cuando barrían la habitación y que, cuando salía,
echaba el candado y se llevaba la llave.

Ossipon se imaginaba aquellas gafas redondas de montura negra avanzando


a través de las calles en el piso superior del autobús; cómo la autoconfianza que
irradiaban se posaba en los muros de las casas, o descendía a posarse sobre las
cabezas del inconsciente torrente de transeúntes que recorría las aceras. La sombra
de una sonrisa desagradable alteró la posición de los gruesos labios de Ossipon
cuando a la vista de las gafas se imaginó las paredes retorciéndose y a la gente
huyendo para salvar la vida. ¡Si supieran! ¡Vaya pánico!

—¿Llevas mucho tiempo aquí sentado? —murmuró inquisitivamente.

—Una hora o más —respondió el otro despreocupadamente, y a


continuación bebió un trago de la cerveza negra.

Todos sus movimientos —la forma de coger la jarra, de beber, de ponerla en


la mesa y de cruzar los brazos— eran firmes y daban tal sensación de precisión y
seguridad, que hacían parecer al corpulento y musculoso Ossipon, inclinado sobre
la mesa, con la mirada fija y los labios salientes, un modelo de ansiosa indecisión.

—Una hora —dijo—. Entonces seguramente no has oído la noticia de la que


me acabo de enterar en la calle.

El hombrecillo negó con la cabeza sin mostrar el menor interés. Y como no


daba indicios de curiosidad, Ossipon se aventuró a añadir que lo acababa de oír
fuera. Un vendedor de periódicos lo había gritado justo delante de él y, como no
había esperado que ocurriese una cosa así, se sentía asustado y trastornado. Por
eso había entrado allí, porque se le había secado la boca.

—No creí que fuera a encontrarte aquí —añadió murmurando aún, con los
codos apoyados en la mesa.

—Vengo por aquí de vez en cuando —dijo el otro, conservando la misma


frialdad provocadora.

—Es asombroso que no te hayas enterado precisamente tú —continuó el


corpulento Ossipon, y sus párpados pestañearon bajo la mirada de aquellos
brillantes ojos—. Precisamente tú —repitió a modo de ensayo.

Era evidente que el enorme individuo se estaba conteniendo, lo que


manifestaba una timidez increíble e inexplicable ante aquel hombrecillo, quien,
una vez más, levantó la jarra de cerveza, bebió y volvió a ponerla en la mesa con
movimientos bruscos y seguros. Y eso fue todo. Ossipon, tras esperar algo, una
señal o una palabra, hizo un esfuerzo para mostrarse indiferente.
—¿Le vendes material al primero que te lo pide? —preguntó bajando la voz
aún más.

—Mi norma es no decir que no a nadie, siempre que me queden existencias


—contestó el hombrecillo con decisión.

—¿Por principio? —comentó Ossipon.

—Por principio.

—¿Y crees que haces bien?

Las grandes gafas redondas, que daban al rostro cetrino un aspecto de


autoconfianza contemplativa, se fijaron en Ossipon como órbitas insomnes e
inmóviles que despidieran fuego frío.

—Totalmente. Siempre. No importa en qué circunstancias. ¿Qué podría


evitarlo? ¿Por qué razón no debería hacerlo? ¿Por qué iba a tener que reflexionar
sobre si debo o no hacerlo?

Ossipon aspiró profundamente con discreción.

—¿Quieres decir que se lo darías a un poli si viniera a pedirte material?

El otro esbozó una sonrisa.

—Que vengan si quieren —dijo—. Ellos me conocen, pero yo también los


conozco a todos ellos. No se acercarían a mí, seguro que no.

Sus labios, finos y lívidos, se cerraron de golpe. Ossipon quiso objetar.

—Pero podrían enviar a alguien, o tratar de hacerte caer en una trampa. Y


una vez que les dieras el material te detendrían con las pruebas en la mano.

—¿Las pruebas de qué? ¿De comerciar con explosivos sin licencia? —dijo
con desprecio, aunque la expresión del fino rostro macilento seguía siendo la
misma y el tono de las palabras era de despreocupación—. No creo que ninguno
de ellos esté ansioso por detenerme. No creo que puedan convencer a nadie para
que vaya a pedir la orden de detención, quiero decir a ninguno de los mejores.

—¿Por qué no? —preguntó Ossipon.


—Porque saben muy bien que nunca me desprendo del último resto de
mercancía. Que siempre lo llevo conmigo —al decir esto se palpó ligeramente el
pecho sobre el abrigo—, en una gruesa botella de cristal —añadió.

—Me lo habían contado —dijo Ossipon con cierto asombro en la voz—, pero
no sabía que…

—Ellos lo saben —le interrumpió el hombrecillo resueltamente, apoyándose


en el respaldo recto de la silla, que se elevaba más allá de su frágil cabeza—. No me
arrestarán jamás. A ningún policía le interesa correr el riesgo. Vérselas con un
hombre como yo requiere heroísmo absoluto, perfecto y sin honor.

Sus labios se cerraron de nuevo con un movimiento brusco de


autoconfíanza.

Ossipon reprimió un gesto de impaciencia.

—O descuido, o simple ignorancia —prosiguió—. Lo único que necesitan es


conseguir que el que haga el trabajo no sepa que tienes suficiente material en el
bolsillo como para volarte tú y todo lo que haya a sesenta yardas a tu alrededor.

—No he dicho nunca que no me puedan eliminar —replicó el otro—. Pero


eso no sería un arresto. Además, no es tan fácil como parece.

—¡Bah! —le replicó Ossipon—. No estés tan seguro. ¿Qué puede impedir
que en la calle una docena de hombres se te echen encima por la espalda? Si te
inmovilizaran sujetándote los brazos contra el cuerpo, no podrías hacer nada.

—Sí podría. Rara vez salgo a la calle cuando está oscuro —dijo impasible el
hombrecillo—, y nunca a una hora tardía. Voy siempre con la pera de goma en la
mano y la mano metida en el bolsillo del pantalón. La presión sobre la pera actúa
como un detonador de la botella que llevo en el bolsillo. Es el mismo principio que
el del obturador de una cámara de fotos. El tubo va hasta…

Con un movimiento rápido, permitió que Ossipon viera durante un


momento el tubo de goma, que parecía un delgado gusano marrón; salía de la sisa
del chaleco y terminaba en el bolsillo interior de la pechera de la chaqueta. Sus
ropas, de una mezcla marrón indescriptible, estaban gastadas y llenas de manchas,
polvorientas en los pliegues y hechas jirones en los ojales.

—El detonador es en parte mecánico y en parte químico —explicó con


condescendencia intrascendente.

—Y, por supuesto, será instantáneo —murmuró Ossipon con un repentino


escalofrío.

—Ni mucho menos —confesó el otro con una reticencia que pareció hacerle
torcer la boca de dolor—. Tienen que pasar veinte segundos desde que presione la
pera hasta que ocurra la explosión.

—¡Qué espanto! —exclamó Ossipon, completamente consternado—. ¡Veinte


segundos! ¡Es horroroso! ¿Y crees que podrías soportarlo? Yo me volvería loco.

—Tampoco importaría mucho. Por supuesto es el talón de Aquiles de este


sistema especial, que solo utilizo yo. La forma de hacer explotar algo es siempre
nuestro punto débil. Estoy intentado inventar un detonador que se ajuste por sí
mismo a toda clase de condiciones de acción, e incluso a cambios inesperados de la
situación. Un mecanismo variable y, al mismo tiempo, totalmente preciso. Un
detonador realmente inteligente.

—Veinte segundos —murmuró Ossipon de nuevo—, y después…

Con un ligero movimiento de cabeza, el brillo de las gafas pareció calcular el


tamaño de la cervecería situada en la planta baja del famoso Silenus Restaurant.

—No escaparía ninguno de los que están aquí —fue el veredicto de la


inspección—. Ni siquiera esa pareja que está bajando las escaleras.

La pianola que había al pie de la escalera cambió de música y empezó a


tocar una mazurca[34] con renovada impetuosidad, como si un fantasma, vulgar y
descarado, quisiera lucirse. Las teclas se hundían y volvían a su posición original
misteriosamente. Después reinó el silencio. Por un momento, Ossipon se imaginó
que el local lleno de luz se convertía en un horrible agujero negro que despide una
horrible humareda, repleto de espantosos desechos compuestos de ladrillos
destrozados y cadáveres mutilados. Tenía una sensación tan real de destrucción y
muerte, que volvió a estremecerse. El hombrecillo dijo en tono de sosegada
suficiencia:

—En último término, la seguridad solo la da el carácter. Hay poca gente en


el mundo con un carácter tan fuerte como el mío.

—Me pregunto cómo lo consigues —gruñó Ossipon.


—Con una personalidad fuerte —dijo el otro sin levantar la voz.

Viniendo de la boca de un organismo de aspecto tan miserable, la afirmación


hizo que el robusto Ossipon se mordiera el labio inferior.

—Con una personalidad fuerte —repitió el otro con tranquilidad


ostentosa—. Tengo los medios para hacerme letal, pero eso, como comprenderás,
no es de por sí protección. Lo eficaz es que esa gente está convencida de que tengo
la firme voluntad de utilizar mis recursos. Esa impresión no admite dudas, y por
eso soy letal.

—Entre ellos también hay gente de carácter —murmuró Ossipon como si


presagiara algo.

—Es posible. Pero evidentemente es cuestión de categoría, ya que, por


ejemplo, a mí no me impresionan, y por eso son inferiores. No podrían ser de otro
modo. Su carácter se ha formado a partir de la moral convencional; se apoya en el
orden social. El mío está exento de todo lo artificial. Ellos dependen de todo tipo de
convenciones. Dependen de la vida, que, en este contexto, es un hecho histórico
rodeado de todo tipo de frenos y consideraciones; un hecho complejo y organizado
expuesto a ser atacado por todas partes. Mientras que yo dependo de la muerte,
que no conoce limitaciones y no puede ser atacada. Mi superioridad es evidente.

—Es un punto de vista basado en la trascendencia —dijo Ossipon, mirando


el frío brillo de las gafas redondas—. Hace poco le oí decir algo parecido a Karl
Yundt.

—Karl Yundt —murmuró el otro con desprecio—, el delegado del Comité


Rojo Internacional; lo único que ha sido durante toda su vida es una sombra
haciendo poses. Sois tres delegados, ¿no? No voy a calificar a los otros dos porque
tú eres uno de ellos, pero lo que decís no vale para nada. Sois los dignos delegados
de la propaganda revolucionaria, pero el problema no es solo que seáis tan
incapaces de pensar independientemente como cualquier respetable tendero o
cualquier periodista, sino que carecéis de carácter.

Ossipon no pudo evitar sentir un atisbo de indignación.

—¿Pero qué esperas de nosotros? —exclamó en voz baja—. ¿Qué es lo que


quieres tú mismo?

—Un detonador perfecto —fue la imperiosa respuesta—. ¿Por qué pones esa
cara? Ya lo ves, ni siquiera puedes soportar oír mencionar algo definitivo.

—No pongo cara de nada —gruñó el irritado Ossipon con pesimismo.

—Vosotros, los revolucionarios —continuó el otro con su pausada


autoconfianza—, sois esclavos de las convenciones sociales, que a su vez os temen
a vosotros; sois tan esclavos de ellas como la propia policía que las defiende. Está
claro que lo sois porque queréis cambiarlas radicalmente. Por supuesto, esas
convenciones dominan vuestros pensamientos, y también vuestros actos, y por eso
ni vuestros pensamientos ni vuestros actos pueden jamás ser concluyentes.

Hizo una pausa, tranquilo, como si hubiera terminado de hablar


definitivamente. Pero en seguida continuó.

—No sois mejores que las fuerzas que se oponen a vosotros, que la policía,
por ejemplo. El otro día me encontré de pronto con el inspector jefe Heat en la
esquina de Tottenham Court Road. Se me quedó mirando fijamente, pero yo no le
miré a él. ¿Para qué? Él pensó en muchas cosas: en sus superiores, su reputación,
los tribunales de justicia, su salario, los periódicos; en mil cosas. Pero yo solo
pensaba en mi detonador perfecto. Él no significaba nada para mí. Era tan
insignificante como… No puedo imaginarme nada lo suficientemente
insignificante con que compararle, excepto, tal vez, Karl Yundt. Tal para cual. El
terrorista y el policía, los dos provienen de la misma recua. La revolución y la
legalidad; contrapartidas del mismo juego. Él juega a su juego, y también vosotros,
los propagandistas. Pero yo no estoy jugando. Trabajo catorce horas diarias, y a
veces no tengo para comer. De cuando en cuando mis experimentos cuestan
dinero, y entonces tengo que pasarme sin comer uno o dos días. Estás mirando mi
cerveza. Sí, ya llevo dos jarras, y voy a tomarme otra más. ¿Y por qué no? Tengo
agallas para trabajar solo, completamente solo. He trabajado solo durante años.

El rostro de Ossipon se había vuelto rojo oscuro.

—En el detonador perfecto, ¿no? —dijo con sorna en voz baja.

—Sí —respondió el otro—. Es una buena definición. No encontrarías nada la


mitad de preciso para definir la naturaleza de vuestra actividad, con todos
vuestros comités y vuestras delegaciones. Yo soy el verdadero propagandista.

—No vamos a discutirlo —dijo Ossipon como si estuviera por encima de


consideraciones de tipo personal—. Pero creo que voy a estropearte el día libre.
Esta mañana, un hombre se voló en pedazos en Greenwich Park.
—¿Cómo lo sabes?

—Llevan gritándolo por la calle desde las dos de la tarde. Compré el


periódico y me metí aquí. Y entonces te vi sentado aquí dentro. Lo tengo en el
bolsillo.

Sacó el periódico. Era grande y de color rosa, como si a las hojas se les
hubieran subido los colores por el calor de sus propias convicciones, que eran
optimistas. Ossipon pasó rápidamente las páginas.

—Aquí está. Explosión de una bomba en Greenwich Park. Apenas se sabe


nada. Once y media. Mañana con niebla. Los efectos de la explosión han llegado
hasta Romney Road y Park Place[35]. Enorme agujero en el suelo al pie de un árbol;
raíces destrozadas y ramas rotas. Por todas partes, fragmentos del cuerpo de un
hombre hecho pedazos. Eso es todo. El resto son comentarios de relleno. Dicen que
no cabe duda de que se trata del infame intento de volar el observatorio. Humm…
Es increíble.

Miró el periódico en silencio durante un momento más y después se lo pasó


al otro, quien, tras mirar por encima la letra impresa, lo puso en la mesa sin hacer
comentarios.

Ossipon habló primero, aún resentido.

—Te habrás dado cuenta, los fragmentos de un solo hombre. Ergo[36] se ha


volado a sí mismo. Eso estropea tu día libre, ¿no? ¿Se te había ocurrido que
pudiera pasar algo así? Yo no tenía la menor idea, ni el más mínimo
presentimiento de que pudiera ocurrir algo parecido aquí, en este país. En las
circunstancias actuales, es poco menos que un acto criminal.

El hombrecillo levantó las finas cejas negras con desapasionado desprecio.

—¡Criminal! ¿Y eso qué es? ¿Cuál es el crimen? ¿Qué puede significar esa
afirmación?

—No me puedo expresar de otro modo. Solo puedo utilizar el lenguaje


corriente —dijo Ossipon con impaciencia—. Lo que significa esa afirmación es que
este asunto puede afectarnos muy negativamente en este país. ¿No lo consideras
criminal? Estoy seguro de que has estado repartiendo material últimamente.

Ossipon le dirigió una mirada dura. El otro, sin inmutarse, levantó y bajó
despacio la cabeza.

—¡Has sido tú! —le acusó el editor de los panfletos de F. P. en un susurro


intenso—. ¿Y lo das de verdad así, al primero que te lo pide, al primer loco que
llega?

—Exactamente así. El maldito orden social no está construido sobre papel y


tinta, y no creo que la combinación de tinta y papel pueda algún día acabar con él,
a pesar de lo que puedas pensar tú. Sí, le daré material a manos llenas a cualquiera,
hombre, mujer, niño o loco que aparezca. Sé lo que piensas, pero yo no sigo las
instrucciones del Comité Rojo. Aunque os persiguieran a todos hasta echaros de
aquí, u os detuvieran, o, por mí, aunque os cortaran la cabeza, yo no movería un
dedo. Lo que pase con los individuos en particular no tiene ninguna importancia.

Hablaba con despreocupación, sin apasionamiento, casi sin sentimiento, y


Ossipon, muy afectado interiormente, intentaba manifestar su distanciamiento.

—Si la policía supiera hacer su trabajo, te acribillarían a tiros o, si no,


intentarían abatirte por la espalda a plena luz del día.

El hombrecillo pareció considerar aquel punto de vista de forma


desapasionada y llena de confianza en sí mismo.

—Sí —asintió con la mayor disposición—. Pero para eso tendrían que
enfrentarse a sus propias instituciones. ¿No te das cuenta? Para eso hace falta tener
agallas. Agallas de una clase muy especial.

Ossipon pestañeó.

—Supongo que lo que he dicho es exactamente lo que te ocurriría si


montaras tu laboratorio en los Estados Unidos. Allí no se andan con ceremonias de
instituciones.

—No pienso ir a comprobarlo. Pero tu observación es acertada —admitió el


otro—. Allí tienen más carácter, un carácter que es esencialmente anarquista. Para
nosotros, los Estados Unidos son tierra fértil, muy buena tierra. La gran república
lleva en sí misma la esencia de la destrucción. El temperamento colectivo no tiene
ley. Excelente. Allí nos podrían matar a tiros, pero…

—Eres demasiado transcendente para mi gusto —gruñó Ossipon con


irritación.
—Lógico —protestó el otro—. Hay varios tipos de lógica, y este es el tipo
ilustrado. América está bien. El peligro es este país por su concepto idealista de la
legalidad. El alma social de esta gente está envuelta en prejuicios de escrúpulos, y
eso es fatal para nuestro trabajo. ¡Tú hablas de Inglaterra como si fuera nuestro
único refugio! Peor así. ¿Para qué nos sirven los refugiados? Aquí os dedicáis a
hablar, imprimir, conspirar, y no hacer nada. Yo hasta diría que esto es ideal para
gente como Karl Yundt.

Se encogió ligeramente de hombros, y a continuación añadió con la misma


tranquila seguridad:

—Nuestro objetivo debería ser acabar con la superstición y la adoración de


la legalidad. Nada me gustaría más que ver cómo el inspector Heat y los que son
como él empiezan a matarnos a tiros a plena luz del día y con la aprobación del
público. Entonces, la mitad de la batalla estaría ya ganada; la desintegración de la
antigua moral habría comenzado en su propio templo. Ese debería ser vuestro
objetivo. Pero vosotros, los revolucionarios, no lo entenderéis nunca. Planificáis el
futuro, os perdéis en fantásticos sistemas económicos surgidos a partir del que
ahora existe; mientras que lo que hace falta es un barrido total, comenzar desde
cero, desde una concepción nueva de la vida. Ese futuro se impondrá por sí solo si
no le ponéis obstáculos. Por eso, si tuviera suficiente mercancía, la amontonaría en
las esquinas de las calles; pero, como no tengo bastante, hago lo que puedo para
perfeccionar un detonador realmente preciso.

Ossipon, que había estado nadando mentalmente en aguas profundas, se


agarró a la última palabra como si fuera una tabla a la deriva.

—Sí, tus detonadores. No me extrañaría si uno de tus detonadores hubiera


borrado del mapa al hombre del parque.

Una sombra de irritación oscureció el rostro macilento que tenía enfrente


Ossipon.

—Mi problema es precisamente cómo experimentar en la práctica con los


distintos tipos de detonadores. A fin de cuentas hay que probarlos. Además…

Ossipon le interrumpió.

—¿Quién puede haber sido? Te aseguro que en Londres no sabíamos nada.


¿Podrías describirme a la persona a la que le diste el material?
El otro dirigió las gafas hacia Ossipon como si fueran reflectores.

—Describirle —repitió lentamente—. Supongo que ahora no importa en


absoluto. Te lo describiré con una sola palabra: Verloc.

Ossipon, cuya curiosidad le había hecho levantarse unos centímetros del


asiento, volvió a sentarse como si hubiera recibido una bofetada.

—¡Verloc! Imposible.

El autosuficiente hombrecillo hizo una ligera afirmación con la cabeza una


sola vez.

—Sí. Fue él. En este caso no puedes decir que le he dado material al primer
loco que me lo ha pedido. Según creo, era un importante miembro del grupo.

—Sí —dijo Ossipon—. Importante. No, no exactamente. Era el centro de


nuestros servicios secretos; era el encargado de recibir a los camaradas que
llegaban. Era más útil que importante. Un hombre sin ideas. Hace unos años
hablaba en reuniones políticas, en Francia, creo. Aunque no muy bien. Los que
confiaban en él eran gente como Latorre, Moser y toda esa vieja panda. El único
talento que demostraba realmente era la habilidad para eludir de alguna manera a
la policía. Aquí, por ejemplo, no parecía que le vigilaran mucho. Estaba casado
normalmente, ya sabes; supongo que puso la tienda con el dinero de ella. Parece
que sacaba suficiente para vivir.

Ossipon se detuvo en seco, y luego murmuró para sí:

—Me pregunto qué va a hacer ahora esa mujer —y se sumió en sus


pensamientos.
El otro esperaba con ostentosa indiferencia. Su origen era oscuro, y en
general se le conocía por el sobrenombre de Profesor. El derecho a esa designación
se debía a haber sido profesor en prácticas de química en un instituto técnico. Tuvo
una litigio con las autoridades por una cuestión de trato injusto. Después obtuvo
un puesto en el laboratorio de una fábrica de tintes. También allí fue víctima de
horribles injusticias. Sus esfuerzos, sus privaciones y el arduo trabajo para
ascender en la escala social le habían infundido tal convencimiento exaltado de sus
méritos, que resultaba dificilísimo que el mundo pudiera tratarle con justicia,
habida cuenta de que el nivel de ese concepto depende tanto de la paciencia del
individuo. El Profesor era inteligente, pero carecía de esa gran virtud social que es
la resignación.

—Intelectualmente era una nulidad —dijo Ossipon en voz alta,


abandonando de pronto la contemplación interior de la aflicción y el negocio de la
señora Verloc—. Una persona completamente corriente. Te equivocas al no
mantener más contacto con los camaradas, Profesor —añadió en tono de
reprobación—. ¿No te dijo nada sobre sus intenciones? Llevo un mes sin verle. Me
parece imposible que ya no exista.

—Me dijo que iba a ser un atentado contra un edificio —dijo el Profesor—.
Era lo que me hacía falta saber para preparar el explosivo. Le dije que no tenía
cantidad suficiente para producir un resultado totalmente destructivo, pero él me
apremió para que hiciera todo lo que me fuera posible. Como quería algo que se
pudiera llevar por la calle en la mano, le propuse utilizar una lata de barniz de un
galón que yo tenía por casualidad. La idea le gustó. No fue fácil, porque primero
tuve que cortar el fondo y luego volver a soldarlo. Cuando acabé, la lata contenía
un tarro de boca ancha bien cerrado, envuelto en arcilla húmeda y con dieciséis
onzas de polvo verde X2 dentro. El detonador estaba conectado al cierre de rosca
de la lata. Era un artefacto ingenioso, una combinación de tiempo e impacto. Le
expliqué cómo funcionaba. Era un tubo fino de estaño que tenía dentro…

Los pensamientos de Ossipon no le seguían.

—¿Qué crees que ha sucedido? —interrumpió.

—No sé. Puede que enroscara el tapón con demasiada fuerza e hiciera
conexión. Estaba puesto para veinte minutos. Además, una vez hecho el contacto,
un golpe seco provocaría en seguida la explosión. Pudo haber calculado el tiempo
con demasiado poco margen o simplemente se le cayó el artefacto al suelo. Desde
luego, se hizo el contacto, eso está claro. El sistema funcionó perfectamente. Lo que
siempre cabe temer es que, con las prisas, un imbécil se olvide de hacer el contacto.
Precisamente era ese fallo lo que más me preocupaba. Pero hay más clases de
imbéciles de las que uno puede prever. Es imposible hacer un detonador a prueba
de imbéciles.

Hizo una señal a un camarero. Ossipon estaba rígido en su asiento, con la


mirada perdida del que está trabajando mentalmente. Cuando el camarero se alejó
con el dinero, Ossipon se levantó con aspecto de profunda insatisfacción.

—Me es terriblemente desagradable —dijo, pensativo—. Karl lleva una


semana en la cama con bronquitis, y pudiera ser que no consiga volver a
levantarse. Michaelis está disfrutando en el campo. Una editorial de moda le ha
ofrecido quinientas libras por un libro. Será un terrible fracaso. En la cárcel perdió
la costumbre de pensar con hilación.

El Profesor estaba de pie abrochándose el abrigo, mientras miraba a su


alrededor con total indiferencia.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Ossipon cansadamente.

Temía que el Comité Rojo Internacional le echara a él la culpa de lo


sucedido; un organismo sin domicilio fijo y de cuyos miembros Ossipon no estaba
bien informado. Si aquel asunto originaba el cese de la modesta subvención que
concedían a los panfletos de F. P., entonces no cabía duda de que iba a lamentar la
inexplicable estupidez de Verloc.

—La solidaridad con la forma más extrema de acción es una cosa, y la


temeridad sin sentido es otra —dijo con una especie de irritada brutalidad—. No sé
qué le ha podido pasar a Verloc. Hay algo que no entiendo. Pero está muerto.
Puedes pensar lo que quieras, pero en estas circunstancias la única política posible
para el grupo de militantes revolucionarios es rechazar cualquier relación con ese
maldito fanático. Lo que me preocupa es cómo hacerlo de una manera
suficientemente convincente.

El hombrecillo se había abrochado el abrigo y estaba a punto de marcharse;


de pie no era más alto que Ossipon sentado. Niveló sus gafas clavando la mirada
en Ossipon.

—Podrías pedirle a la policía que te diera un certificado de buena conducta.


Saben dónde habéis estado todos esa noche. Si se lo pides, puede que accedan a
publicar una declaración oficial.

—No cabe duda de que saben muy bien que nosotros no hemos tenido nada
que ver —dijo entre dientes Ossipon con amargura—. Pero lo que digan es otra
cosa.

Se sumió en sus pensamientos sin tener en cuenta la figura pequeña,


pobremente vestida y con cara de sabelotodo que estaba de pie junto a él.

—Tengo que encontrar en seguida a Michaelis para que hable con esa
sinceridad suya en una de nuestras reuniones. El público tiene una especie de
consideración sentimental hacia él. Su nombre es conocido, y yo conozco a unos
cuantos periodistas de los diarios más importantes. Lo que diga serán majaderías,
pero tiene una forma de hablar que hace que de todos modos se las traguen.

—Como la melaza —interrumpió el Profesor, en voz más bien baja,


conservando su expresión impasible.

Ossipon, perplejo, siguió hablando consigo mismo, casi inaudiblemente,


como una persona que está reflexionando en completa soledad.

—¡Maldito idiota! Cargarme a mí con ese asunto tan estúpido. Si ni siquiera


sé si…

Permanecía sentado con los labios apretados. La idea de ir directamente a la


tienda en busca de noticias no le gustaba. Pensaba que la tienda de Verloc podría
haberse convertido en una trampa.

«Seguro que practicarán detenciones», pensó, al tiempo que sentía algo


parecido a la indignación, porque el tenor de su propia vida de revolucionario se
veía amenazado por un error que él no había cometido. Pero, si no iba a la tienda,
corría el riesgo de no enterarse de lo que quizá debía conocer. Entonces pensó que,
si el hombre del parque había resultado tan destrozado como decían los periódicos
de la tarde, no podrían haberle identificado, y en ese caso la policía no tendría
ningún motivo para vigilar la tienda de Verloc con más atención que pudiera
vigilar cualquier otro lugar frecuentado por anarquistas reconocidos, como la
puerta del Silenus, por ejemplo. Fuera donde fuera, habría mucha vigilancia por
todas partes. Pero, de todas formas…

—Me pregunto qué debería hacer yo ahora —murmuró, preguntándoselo a


sí mismo.

Una voz áspera a la altura de su codo dijo reposadamente con desprecio:

—Pégate a esa mujer por lo que vale.

Tras pronunciar estas palabras, el Profesor se alejó de la mesa. Ossipon, a


quien esa perspicacia le había cogido por sorpresa, dio un respingo y después se
quedó inmóvil, mirando con expresión de impotencia, como si le hubieran clavado
al asiento. La solitaria pianola, sin ni siquiera un taburete que le acompañase, tocó
con brío unos acordes y a continuación empezó a tocar una selección de canciones
tradicionales, para finalizar, en el momento en que él abandonaba el local, con Las
campanas azules de Escocia. Las notas, desagradablemente impersonales, fueron
alejándose paulatinamente a su espalda, mientras él bajaba lentamente las
escaleras, atravesaba el vestíbulo y salía a la calle.

Enfrente de la gran entrada, una hilera deprimente de vendedores de


periódicos vendían sus mercancías junto a las alcantarillas sin pisar la acera. Era un
día frío y lúgubre de principios de verano, y la suciedad del cielo, el barro de la
calle y los harapos de aquellos hombres sucios armonizaban a la perfección con la
erupción de hojas de papel húmedo de pésima calidad y sucio de tinta de
imprenta. Los carteles, manchados de porquería, adornaban como tapices el
bordillo de la acera. La venta de periódicos vespertinos era animada, pero, en
comparación con el ritmo rápido y constante del tráfico de peatones, el efecto era
de indiferencia, como si la venta de periódicos no llamara la atención. Ossipon
miró deprisa en ambas direcciones antes de sumergirse en la corriente, pero el
Profesor ya había desaparecido.
Capítulo V

El Profesor se había metido por una calle a la izquierda y caminaba


levantando la cabeza con rigidez, sumergido en una multitud cuyos componentes
casi doblaban su raquítica estatura. No servía de nada fingir ante sí mismo que no
se sentía decepcionado. Pero eso no era más que un sentimiento; el estoicismo de
sus pensamientos no podía verse afectado por algún que otro fracaso. La próxima
vez, o la vez siguiente a la próxima, se produciría un certero golpe, algo realmente
asombroso; un golpe capaz de abrir la primera fisura en la imponente fachada del
enorme edificio de conceptos legales que cobijaba a la atroz injusticia de la
sociedad. De origen humilde y con un aspecto tan desafortunado que constituía un
obstáculo a sus considerables dotes naturales, su imaginación se había inflamado
muy pronto con las historias de hombres que se habían elevado desde las
profundidades de la pobreza a posiciones de autoridad y abundancia. La pureza
extrema, casi ascética, de este pensamiento, combinada con una ignorancia
asombrosa de la naturaleza del mundo, colocó ante él la meta de poder y prestigio
que podía conseguirse sin ninguna necesidad de diplomacia, modales, tacto o
riqueza, sino únicamente por méritos propios. Convencido de ello, se consideraba
a sí mismo con derecho a un éxito indiscutible. Su padre, un oscuro entusiasta
enfermizo con la frente oblicua, había sido un provocador predicador itinerante de
una oscura secta cristiana, pero estricta; un hombre extremadamente convencido
de su probidad. En el hijo, individualista por temperamento, una vez que la ciencia
de las universidades hubo sustituido completamente la fe de los conciliábulos, esta
rectitud moral se convirtió en un puritanismo enfebrecido de ambición. Él lo
alimentaba como si fuese algo secular pero sagrado. El ver cómo se frustraban sus
objetivos le abrió los ojos a la verdadera naturaleza del mundo, cuya moral era
artificial, corrompida y blasfema. El camino de las revoluciones más justificables se
prepara a partir de impulsos personales disfrazados de credos. La indignación del
Profesor encontró en sí misma la causa definitiva que le absolvió del pecado de
entregarse a la destrucción como agente de su ambición. Destruir la fe pública en la
legalidad era la fórmula imperfecta de su pedante fanatismo; pero el
convencimiento subconsciente de que el marco de un orden social establecido no
puede ser destruido eficazmente excepto mediante alguna forma de violencia
colectiva o individual era preciso y correcto. Él era un agente moral, esa idea no se
cuestionaba en su imaginación. Llevando a cabo su cometido con obstinación
despiadada, se procuraba a sí mismo la apariencia de poder y prestigio personal.
Constituía un elemento innegable de su rencor vengativo y suavizaba su inquietud
interior. A su manera, los revolucionarios más ardientes solo buscan la paz en
común con el resto de la humanidad, la paz que da la vanidad aliviada, los apetitos
satisfechos o tal vez la conciencia tranquila.

Perdido en la multitud, miserable y demasiado pequeño, meditaba


convencido de su poder con la mano metida en el bolsillo izquierdo del pantalón,
asiendo ligeramente la pera de goma, la garantía suprema de su siniestra libertad;
pero al cabo de un rato empezó a disgustarle la vista de la calle atestada de
vehículos y las aceras llenas de hombres y mujeres. Se encontraba en una calle
larga y recta, habitada por una mera fracción de una multitud inmensa, y a su
alrededor, en un flujo continuo que llegaba hasta el límite del horizonte que
ocultaban enormes moles de ladrillos, sintió la enorme masa que constituye la
humanidad, poderosa por ser innumerable. Bullía tan numerosa como una plaga
de langostas, trabajadora como hormigas, irreflexiva como una fuerza natural,
avanzando ciega, disciplinada y absorta, impermeable a los sentimientos, a la
lógica, tal vez también al terror.

Este tipo de duda era lo que más temía. ¡Impasibles al miedo! A menudo,
cuando salía de su habitación o cuando abandonaba su ensimismamiento,
experimentaba momentos de terrible y sana, desconfianza de la humanidad. ¿Y si
nada les afectaba? Son momentos que experimentan todos aquellos cuya ambición
está dirigida a influir directamente en la humanidad; artistas, políticos,
pensadores, reformistas o santos. Se trata de un estado emocional despreciable que
la soledad compensa proporcionando la creencia de ser un carácter superior; y con
seria exultación, el Profesor pensó en el refugio de su habitación con el armario
cerrado con candado, perdida en una jungla de casas pobres, la ermita del perfecto
anarquista. Para poder llegar al lugar donde podría coger antes el autobús,
abandonó bruscamente la calle principal y se introdujo en un callejón estrecho y
oscuro pavimentado con losetas. En un lado, las casas pequeñas de ladrillos tenían
en las polvorientas ventanas el aspecto ciego y moribundo del deterioro incurable;
eran cáscaras vacías aguardando que las demolieran. Al otro lado de la calle, la
vida no se había ausentado completamente. Frente a la única farola de gas de la
callejuela bostezaba la caverna de un comerciante de muebles de segunda mano,
en la que, hundido en la penumbra de una especie de pasillo estrecho que
serpenteaba a través de un extraño bosque de anuarios cuya maleza era una
maraña de patas de mesa, brillaba un espejo grande como una laguna en un
bosque. En la calle había un diván acompañado por dos sillas desparejadas. El
único ser humano que transitaba por el callejón, además del Profesor, una figura
robusta y erguida que venía en dirección contraria, aminoró sus rítmicos pasos.

—¡Hola! —dijo, y se detuvo con aspecto vigilante acercándose un poco a uno


de los lados de la calle.
El Profesor se detuvo y giró de forma que sus hombros quedaron muy cerca
de la otra pared. La mano derecha se posó ligeramente en el marginado diván, y la
izquierda permaneció hundida con determinación en el bolsillo del pantalón; la
redondez de la pesada montura de las gafas le daba aspecto de sabihondo,
taciturno e imperturbable.

Era como un encuentro en un pasillo lateral de una mansión llena de vida. El


hombre fornido llevaba un abrigo oscuro, completamente abrochado, y un
paraguas. El sombrero, ladeado hacia atrás, dejaba al descubierto casi toda la
frente, que parecía muy blanca en la penumbra. En los oscuros retazos de las
órbitas, los globos oculares despedían un brillo penetrante. Bigotes largos del color
del trigo maduro, que caían a ambos lados de la boca, enmarcaban con sus puntas
el rotundo mentón afeitado.
—No le estoy buscando —dijo cortante.

El Profesor no se movió un ápice. Los ruidos entremezclados de la enorme


ciudad se convirtieron en un rumor inarticulado de poca intensidad. El inspector
jefe del Departamento de Delitos Especiales de la Policía Criminal cambió de tono.

—¿No tiene prisa por llegar a casa? —preguntó con simpleza burlona.

El pequeño y enfermizo agente moral de la destrucción se regocijó


silenciosamente por su prestigio y por mantener a raya a aquel hombre armado
con el cometido de defender a la sociedad amenazada. Más afortunado que
Calígula[37], que deseaba que el senado romano solo tuviera una cabeza para poder
satisfacer mejor su crueldad, él concentraba en aquel hombre todas las fuerzas que
desafiaba: la ley, la propiedad privada, la opresión y la injusticia. Contemplaba a
sus enemigos y los afrontaba a todos sin miedo, regocijándose en la satisfacción
suprema de su vanidad. Mientras que sus enemigos le miraban a él perplejos,
como si se tratara de un terrible portento. En su interior se alegraba de la
oportunidad que le brindaba aquel encuentro de afirmar su superioridad sobre la
muchedumbre de la humanidad. En realidad era un encuentro casual. El inspector
jefe Heat había tenido un día muy ocupado y desagradable desde que su
departamento recibió el primer telegrama de Greenwich, poco antes de las once de
la mañana. Sobre todo porque el atentado había ocurrido menos de una semana
después de que asegurara a un alto funcionario que ningún posible estallido de
actividad anarquista sería grave. Si alguna vez se sintió seguro para afirmar algo,
fue en aquel momento. Había hecho esa declaración sintiéndose infinitamente
satisfecho, porque era evidente que eso era precisamente lo que estaba deseando
oír el alto funcionario. Dijo que no cabía imaginar que siquiera se planease algo sin
que su departamento lo supiese antes de veinticuatro horas, y lo había dicho
consciente de ser el mayor experto en la materia del departamento. Había llegado
incluso a pronunciar palabras que, si hubiera sido realmente prudente, no habría
dicho. Pero el inspector Heat no era prudente, al menos no realmente. La auténtica
prudencia, que evita estar seguro de nada en este mundo de contradicciones, no le
habría permitido alcanzar el puesto que ocupaba. Habría alarmado a sus
superiores y no habría ascendido. Y su ascenso había sido muy rápido.

—No hay uno solo al que no podamos detener en cualquier momento, día y
noche. Sabemos lo que hacen todos ellos a cada hora —había afirmado.

El alto funcionario se había dignado sonreír. Era tan evidente que eso era
justo lo que debía decir un policía de la reputación del inspector jefe Heat, que
resultaba delicioso oírlo. El alto funcionario creyó la afirmación, que estaba en
sintonía con su concepto de la armonía de las cosas. Su sabiduría era de tipo oficial,
porque, si no, podría haber reflexionado sobre el tema dejándose guiar menos por
la teoría que por la experiencia de que en el fino entramado de relaciones entre el
conspirador y la policía ocurren soluciones inesperadas de continuidad, lagunas
repentinas en el espacio y en el tiempo. Se puede vigilar a un anarquista centímetro
a centímetro y minuto a minuto, pero siempre llega un momento en que de alguna
forma se pierde todo contacto con él durante unas horas, en el transcurso de las
cuales sucede algo, generalmente una explosión más o menos deplorable. Pero el
alto funcionario, dejándose llevar por su sentido de la armonía de las cosas, había
sonreído, y ahora el recuerdo de aquella sonrisa era especialmente molesto para el
inspector jefe Heat, principal experto del entorno anarquista.

No era este el único recuerdo que afectaba negativamente a la serenidad


habitual del eminente especialista. Había otro acontecimiento que databa de
aquella misma mañana. El hecho de que cuando le llamaron para que acudiera
urgentemente al despacho del subjefe de policía había sido incapaz de disimular su
sorpresa le resultaba manifiestamente irritante. Su instinto de hombre de éxito le
había enseñado hacía ya mucho tiempo que, por regla general, la reputación se
construye a base de modales tanto como de éxitos. Y se daba cuenta de que cuando
le leyeron el telegrama sus modales habían dejado mucho que desear. Había
abierto mucho los ojos y exclamado: «¡Imposible!», exponiéndose así a la
incontestable reacción que suponía la punta de un dedo sobre el telegrama que el
subjefe de policía, tras leerlo en voz alta, había tirado encima de la mesa. Ser
aplastado metafóricamente por la punta del dedo índice era una experiencia
desagradable, ¡y también muy perjudicial! Además, el inspector jefe Heat era
consciente de haber empeorado las cosas al permitirse manifestar una convicción.

—Lo que sí le puedo decir ahora mismo es que ninguno de los nuestros tiene
que ver con esto.

Atribuía mucha importancia a su integridad de buen detective, pero ahora


se daba cuenta de que, si hubiese mostrado una reserva atenta e impenetrable, su
reputación habría salido mejor parada. Por otra parte, se confesó a sí mismo que
era difícil preservar la propia reputación si se entrometía gente de fuera. Los
intrusos son la pesadilla de la policía y de otras profesiones.

El tono del subjefe de policía había sido lo suficientemente corrosivo como


para ponerle a uno los pelos de punta. Y desde el desayuno el inspector jefe Heat
no había conseguido comer nada. Comenzó inmediatamente la investigación en el
lugar de los hechos, tragando en el parque un montón de niebla, cruda e insalubre.
Después fue al hospital, y cuando terminó la investigación en Greenwich ya había
perdido el apetito. No estaba acostumbrado como los médicos a examinar de cerca
los restos enmarañados de seres humanos, y se había sentido impresionado al ver
el espectáculo que se le ofreció cuando levantaron la sábana impermeable que
cubría la mesa de un determinado departamento del hospital.

Habían extendido otra sábana impermeable en la mesa como si fuera un


mantel, con las esquinas hacia arriba, que contenía una especie de montículo: un
montón de harapos quemados y manchados de sangre que escondían a medias lo
que podía haber sido la materia prima para una fiesta de caníbales. Hacía falta
mucha sangre fría para no retroceder ante esa visión. El inspector jefe Heat, que era
un eficiente agente de su departamento, se mantuvo firme, pero tardó todo un
minuto en aproximarse. Un agente de policía uniformado miró de soslayo y dijo
con simplicidad imperturbable:

—Todo él está aquí, hasta el último pedazo. Ha sido un trabajo duro.

Había sido la primera persona en llegar al lugar después de la explosión. El


agente volvió a mencionar el hecho. A través de la niebla había visto algo parecido
a un fuerte relámpago. En ese momento se encontraba en la caseta de entrada de
King William Street[38] hablando con el guarda. La explosión le hizo sentir un
cosquilleo en todo el cuerpo, y echó a correr a través de los árboles hacia el
observatorio.

—Tan deprisa como me llevaron las piernas —dijo dos veces.

El inspector jefe Heat, inclinándose sobre la mesa, con gesto horrorizado y


reticente, le dejó que siguiera hablando. El mozo del hospital y otro hombre
dejaron caer a los lados las esquinas del paño y se hicieron a un lado. Los ojos del
inspector jefe buscaron entre los horripilantes restos de aquel montón de cosas, que
parecían haber sido recogidas en el matadero y en tiendas de venta de trapos
viejos.

—Ha utilizado una pala —dijo al observar unas motas de grava, trocitos de
corteza de árbol y partículas de astillas que parecían agujas.

—En un sitio no me quedó más remedio —dijo el imperturbable policía—.


Mandé a un guardia que fuera a por una pala. Cuando me vio escarbando el suelo
con ella, apoyó la frente en un árbol y no pudo evitar marearse.
El inspector jefe, inclinándose con cuidado sobre la mesa, luchó contra la
desagradable sensación que sentía en la garganta. La demoledora violencia
destructiva que había convertido aquel cuerpo en un montón de anónimos
fragmentos afectaba a sus sentimientos infundiéndole una especie de despiadada
crueldad, aunque su razón le decía que el efecto debía de haber sido tan rápido
como un relámpago. El hombre, quienquiera que fuese, había muerto
instantáneamente, y pese a ello parecía imposible que un cuerpo humano pudiera
alcanzar ese estado de desintegración sin pasar por el dolor de una agonía
inconcebible. El inspector jefe Heat, que no era fisiólogo y se interesaba todavía
menos por la metafísica, se sobrepuso gracias a la compasión, que es otra forma de
temor, por encima de la concepción vulgar del tiempo.

—¡Fue instantáneo!

Recordó todo lo que había leído en su vida, en publicaciones de divulgación,


de los sueños largos y horripilantes que se tenían en el mismo momento de
despertar, de la terrible intensidad con que alguien a punto de ahogarse recordaba
toda su vida, mientras saca la cabeza del agua y grita por última vez. Los misterios
inexplicables de la existencia consciente obsesionaban al inspector jefe Heat, hasta
el punto de que se imaginaba la terrible idea de que entre dos parpadeos sucesivos
podía transcurrir un tiempo infinito de dolor atroz y tortura mental. Mientras
tanto, el inspector jefe seguía con los ojos fijos en la mesa, con expresión tranquila y
la atención ligeramente tensa propia de un cliente indigente que se inclinara sobre
lo que podría calificarse de restos de una carnicería, ante la perspectiva de una
cena gratis de domingo. Durante todo el tiempo, sus facultades adiestradas de
excelente investigador que no pasa por alto ninguna posibilidad de obtener
información seguían la autosuficiente e inconexa locuacidad del agente de policía.

—Era un tipo rubio —observó este último en tono de satisfacción—. La vieja


que habló con el sargento dijo que había visto a un tipo rubio que salía de la
estación de Maze Hill[39] —hizo una pausa—. Y el tipo era rubio. Vio a dos hombres
saliendo de la estación cuando el tren que acababa de llegar volvió a ponerse en
marcha —continuó lentamente—. No sabía si iban juntos. No se fijó en el tipo
corpulento, pero el otro era rubio y delgado, y llevaba una lata de barniz en la
mano —dijo por último.

—¿Conoce usted a la mujer? —murmuró el inspector sin apartar los ojos de


la mesa con la vaga sensación de que se estaba investigando a una persona cuya
identidad probablemente no se sabría nunca.
—Sí, es el ama de llaves de un tabernero jubilado, y va de vez en cuando a la
iglesia de Park Place —dijo el agente, con seguridad, y dejó de hablar al tiempo
que miraba de soslayo la mesa.

Entonces, de pronto, dijo:

—Aquí está todo él, por lo menos lo que he podido encontrar. Rubio,
delgado, bastante flaco. Mire ese pie. Primero encontré las piernas, una después de
la otra. Los trozos estaban tan diseminados que no sabía por dónde empezar.

El agente hizo una pausa; una ligerísima sonrisa inocente de autosatisfacción


dio a su rostro redondo una expresión infantil.

—Tropezó —dijo totalmente convencido—. Yo también tropecé una vez


cuando iba corriendo, y me caí de cabeza igual que él. Por todas partes hay raíces
que sobresalen del suelo. Tropezó con la raíz de un árbol y se cayó, y eso que
llevaba le debió de estallar junto al pecho, supongo.

El eco de las palabras «personas desconocidas», que se repetían en su


imaginación, molestaba al inspector jefe. Le hubiera gustado seguir la pista del
asunto hasta dar con su misterioso origen, por su propia información. Era
profesionalmente curioso. Le hubiera gustado reivindicar ante el público la eficacia
de su departamento descubriendo la identidad de aquel hombre. Era un
funcionario leal. Pero aquello parecía imposible. La primera premisa del problema
era ilegible, carecía de cualquier indicio por su atroz crueldad.

Superando la repugnancia física que sentía, el inspector jefe Heat alargó la


mano sin convicción para salvar su conciencia y cogió el harapo menos sucio. Era
una trozo estrecho de terciopelo del que colgaba un trozo triangular más grande de
paño azul oscuro. Se lo puso a la altura de los ojos; y el agente de policía dijo:

—Cuello de terciopelo. Es curioso que la mujer se fijase en el cuello de


terciopelo. Nos dijo que llevaba un abrigo azul oscuro con cuello de terciopelo. Es
el tipo que ella vio, sin lugar a dudas. Y aquí está al completo, hasta con el cuello
de terciopelo. No creo que se me haya escapado ningún trozo mayor que un sello
de correos.

En ese momento, las facultades profesionales del inspector jefe dejaron de


oír la voz del agente. Fue hasta una de las ventanas para tener más luz. Su rostro,
apartado de la habitación, manifestaba un interés asombrado e intenso al tiempo
que examinaba con detenimiento la pieza triangular de velarte[40]. La arrancó de un
tirón, y solo cuando se la hubo metido en el bolsillo se volvió hacia el interior de la
habitación y arrojó el cuello de terciopelo sobre la mesa.

—Entiérrenlo —dijo a los asistentes sin volverse a mirar.

Y, saludado por el agente, salió de allí deprisa con su hallazgo en el bolsillo.

Un oportuno tren le llevó hasta la ciudad, solo y sumido en profundas


reflexiones en un compartimiento de tercera clase. El trozo de paño era
increíblemente valioso y no podía dejar de asombrarle la forma tan casual de
haberlo encontrado. Era como si el destino le hubiera puesto la pista en las manos.
Y como hacen en general los seres humanos, cuya ambición es controlar los
acontecimientos, empezó a desconfiar del éxito, injustificable y accidental, solo
porque parecía que le habían obligado a aceptarlo. El valor práctico del éxito
depende en gran medida de la perspectiva con que se le considere. Pero el destino
no mira ni distingue nada. El inspector ya no opinaba que sería especialmente
deseable descubrir públicamente la identidad de la persona que había volado por
los aires aquella mañana de una forma tan horriblemente consumada. Y tampoco
estaba seguro de la opinión que adoptaría su departamento. Un departamento es
para aquellos que trabajan en él una personalidad compleja con ideas e incluso con
manías propias. Depende de la devoción leal de sus servidores, y la lealtad de los
fieles servidores está relacionada con un cierto grado de menosprecio cariñoso, que
lo hace algo así como placentero. Por designio benevolente de la naturaleza,
ningún hombre es un héroe para su criado, porque, si no, los héroes tendrían que
cepillar su propia ropa. Y tampoco existe ningún departamento que parezca
totalmente acertado a los que trabajan en él. Un departamento no sabe tanto como
algunos de sus servidores. Al ser un organismo desapasionado, nunca puede estar
perfectamente informado. No sería beneficioso para su eficacia si supiera
demasiado. El inspector jefe Heat bajó del tren en un estado de ensimismamiento
totalmente carente de deslealtad, pero no completamente libre de esa desconfianza
celosa que tan a menudo nace de la perfecta devoción, tanto a las mujeres como a
las instituciones.

Se encontraba en esta disposición mental, físicamente muy vacío, pero aún


sintiendo náuseas por lo que había visto, cuando se encontró con el Profesor. En
aquellas circunstancias, que convierten en irascible a un hombre sereno y normal,
el encuentro era especialmente desagradable para el inspector jefe Heat. No había
pensado en el Profesor; ni siquiera en ningún anarquista en particular. El cariz del
caso le había inducido a pensar en la idea general de lo absurdo de los asuntos
humanos, que, si en abstracto es muy molesta para los temperamentos poco
filosóficos, en concreto es tan exasperante que resulta insoportable. Al principio de
su carrera, el inspector jefe Heat se había ocupado de las formas más vehementes
del robo. Se había distinguido en ese campo y, naturalmente, cuando le trasladaron
a otro departamento había seguido sintiendo por el tema un sentimiento parecido
al afecto. El robo no era algo totalmente absurdo. Era una forma de ocupación
humana, por supuesto perversa, pero así y todo una ocupación llevada a cabo en
un mundo laborioso; era trabajo que se hacía por la misma razón que se trabajaba
en alfarerías, minas de carbón, el campo, en las fábricas de herramientas, etc. Era
trabajo que en la práctica se diferenciaba de las demás formas de labor por la
naturaleza de su riesgo, que no radicaba en anquilosis o saturnismo, en el grisú [41] o
el polvo de arenisca, sino en lo que podría definirse en pocas palabras, en su
propia jerga, como «siete años de forzados». Por supuesto, el inspector jefe Heat no
era indiferente al peso de las diferencias morales, como tampoco lo eran los
ladrones que había perseguido, ya que se sometían con cierta resignación a las
severas sanciones de una moralidad familiar al inspector. Este los consideraba
conciudadanos que habían escogido el mal camino debido a una educación
defectuosa; y con la distancia que permite la diferencia podía comprender la forma
de pensar de un ladrón nocturno, porque, de hecho, la forma de pensar y los
instintos de un ladrón son del mismo tipo que la forma de pensar y los instintos de
un agente de policía. Ambos reconocen las mismas convenciones y tienen un
conocimiento práctico de los métodos del otro y de la rutina de sus oficios
respectivos. Se comprenden, lo que resulta una ventaja para ambos y crea una
especie de afabilidad en sus relaciones. Productos de la misma maquinaria, los
unos son considerados tan útiles como perjudiciales los otros, pero asumen la
maquinaria de la existencia de forma diferente, si bien con un grado de seriedad
que es esencialmente el mismo. La mente del inspector jefe Heat era inaccesible a
las ideas de la revolución, pero sus ladrones no eran rebeldes. Su vigor físico, su
forma de actuar, fría e inflexible, su coraje y su juego limpio le habían valido
mucho respeto y alguna adulación cuando se produjeron los primeros éxitos. Se
había sentido respetado y admirado. Y el inspector jefe Heat, inmóvil a seis pasos
de distancia del anarquista apodado el Profesor, pensó con nostalgia en el mundo
de los ladrones; sano, sin ideas mórbidas, que funciona siguiendo una rutina y es
respetuoso con la autoridad establecida, libre de toda sombra de odio y
desesperación.

Tras pagar ese tributo a lo que es normal en la constitución de la sociedad


(porque la idea del robo le parecía a su instinto tan normal como la idea de
propiedad), el inspector jefe Heat se sintió furioso contra sí mismo por haberse
detenido, por haber hablado, por haber escogido aquel camino para llegar más
rápidamente desde la estación a la comisaría. Y dijo en un tono de voz sonoro,
autoritario que, pese a ser moderado, parecía una amenaza:

—No le necesito.

El anarquista no se movió. Una carcajada interior de desprecio le hizo


enseñar no solo los dientes, sino también las encías; todo él tembló sin emitir el
menor sonido. El inspector jefe Heat dijo, contra su buen juicio:

—Todavía no. Cuando quiera algo de usted, ya sabré dónde encontrarle.

Eran palabras totalmente correctas dentro de lo que es tradicional, y


adecuadas a su carácter de policía que se dirige a alguien de su especial rebaño.
Pero la recepción que obtuvieron distaba mucho de lo habitual y lo correcto. Era
ultrajante. La figura atrofiada y enclenque que tenía delante habló por fin.

—No me cabe duda de que entonces los periódicos le dedicarían una nota en
la sección necrológica. Y usted sabe mejor que nadie que le honraría. Supongo que
se imagina lo que dirían. Pero se vería expuesto al disgusto de que le enterraran
conmigo, aunque supongo que sus amigos harían todo lo posible por separarnos.

Pese al sano desprecio por el espíritu que dictaba esas palabras, la atroz
alusión hizo efecto en el inspector jefe Heat. Tenía demasiada perspicacia y
también demasiada información como para considerarlas una estupidez. La
oscuridad de la callejuela adquirió un matiz siniestro que emanaba de la figura
oscura y frágil, de espaldas a la pared, que hablaba con un tono de voz débil y
lleno de confianza en sí mismo. Para el vigor y la tenaz vitalidad del inspector jefe,
la miseria física de aquel ser, tan obviamente poco apto para la vida, era algo
ominoso, porque tenía la sensación de que, si hubiera tenido la desgracia de nacer
un ser tan miserable, no le habría importado morirse pronto. La vida le llenaba
tanto, que una leve ola de náusea se hizo patente a través de una leve transpiración
en la frente. El murmullo de la vida de la ciudad, el ruido atenuado de las ruedas
en las dos calles invisibles, a derecha e izquierda, llegaba doblando las esquinas e
introduciéndose en la sórdida callejuela hasta sus oídos, con una familiaridad
preciosa y una dulzura conmovedora. Se sentía un ser humano, pero además era
un hombre y no podía dejar pasar aquellas palabras.

—Todo eso solo sirve para asustar niños —dijo—. Un día le llegará su tumo.

Lo dijo bien, sin desprecio, con tranquilidad casi austera.

—Sin duda —contestó el otro—, pero este es el mejor momento, créame.


Para un hombre de convicciones firmes, esta es una buena oportunidad para el
autosacrificio. Pudiera ser que no vuelva a encontrar otro momento tan oportuno,
tan humano. No hay ni un gato cerca de nosotros, y estas malditas casas se
convertirían en un buen montón de escombros justo donde está usted. No va a
volver a tener otra oportunidad a un precio tan bajo de vidas humanas y
propiedad, que usted tiene el deber de proteger porque para eso le pagan.

—No sabe con quién está hablando —dijo el inspector jefe con firmeza—. Si
ahora le pusiera las manos encima, sería igual que usted.

—¡Ah, las reglas de juego!

—Esté usted seguro de que al final ganaremos nosotros. Si un día tenemos


que hacer creer a la gente que hay que matar a algunos de ustedes a tiros como si
fueran perros rabiosos, entonces serán esas las reglas de juego. Pero no acierto a
entender cuál es su juego. Creo que ni ustedes lo saben. No ganarán nada con ello.

—Pero mientras tanto es usted el que saca partido, y, además, fácilmente.


Aparte de su sueldo, ¿no se ha hecho usted un nombre simplemente por no
comprender lo que queremos?

—Pero ¿qué es lo que quieren? —preguntó el inspector jefe Heat


demostrando menosprecio, como un hombre que tiene prisa y se da cuenta de que
está perdiendo el tiempo.

El perfecto anarquista respondió con una sonrisa que no logró separar sus
labios finos y sin color; y el famoso inspector jefe sintió un sentimiento de
superioridad que le indujo a levantar un dedo de advertencia.

—Desistan de ello, sea lo que sea —dijo en tono de amonestación, pero no


tan amablemente como si estuviera condescendiendo a dar un buen consejo a un
ladrón de fama—. Desistan. Se acabarán dando cuenta de que somos demasiados
para ustedes.

La sonrisa fija del Profesor estuvo a punto de desvanecerse, como si el


espíritu burlón del interior hubiera perdido seguridad. El inspector jefe Heat
prosiguió:

—¿No me cree? No tiene más que mirar a su alrededor. Somos muchos más.
Y además no lo hacen bien. Siempre les salen las cosas mal. Si los ladrones
trabajaran tan mal como ustedes, se morirían de hambre.
La alusión a una muchedumbre invencible respaldando a aquel hombre
provocó la indignación del Profesor. La sonrisa enigmática y burlona desapareció
de sus labios. La fuerza de los números, la imperturbabilidad inatacable de la
muchedumbre era el miedo que le perseguía como un fantasma en su siniestra
soledad. Le temblaron los labios un momento antes de que consiguiera decir con
voz ahogada:

—Yo hago mi trabajo mejor que usted el suyo.

—Por esta vez es suficiente —le interrumpió con prisa el inspector jefe Heat.

El Profesor soltó una carcajada esta vez. Se puso en marcha sin dejar de reír,
pero no continuó riendo por mucho tiempo. El hombre que emergió de la callejuela
y se introdujo en el ajetreo de la amplia calle era pequeño y triste y de aspecto
miserable. Andaba como un vagabundo que caminara sin cesar, indiferente a la
lluvia o al sol, inmerso en un siniestro distanciamiento del cielo y la tierra. El
inspector jefe Heat, tras observarle durante un momento, salió de la calleja con el
brío decidido de un hombre indiferente a las inclemencias del tiempo, pero
consciente de tener una misión autorizada en la tierra y el apoyo moral de la
humanidad. Todos los habitantes de la inmensa ciudad, la población de todo el
país, e incluso los ingentes millones que pueblan el planeta estaban de su parte,
hasta los mismísimos ladrones y los mendigos. Sí, incluso los ladrones estaban con
él en lo que estaba haciendo. La conciencia de contar con el apoyo universal en lo
que hacía le ayudaba a enfrentarse con aquel problema concreto.

El problema inmediato del inspector jefe era afrontar las demandas del
subjefe de policía, su superior inmediato. Ese es el eterno problema de los
funcionarios fieles y leales; el anarquismo le añadía un matiz peculiar, pero nada
más. No obstante, es cierto que el inspector jefe Heat apenas pensaba en el
anarquismo. No le concedía mucha importancia. En su opinión, el anarquismo
tenía el carácter de la conducta desordenada, pero desordenada sin la excusa
humana de la embriaguez, que en todo caso implica buenos sentimientos y la
inclinación amistosa hacia las celebraciones. En su calidad de delincuentes, los
anarquistas no constituían ninguna clase concreta, en absoluto. Y recordando al
Profesor, el inspector jefe Heat, sin modificar el ritmo de sus pasos, murmuró entre
dientes:

—Está loco.

Capturar ladrones era una cosa muy distinta. Tenía esa cualidad de seriedad
que forma parte de todos los deportes, en los que el mejor gana según reglas por
las que todos se guían. Pero con los anarquistas no había reglas, y eso le resultaba
desagradable al inspector jefe. Era algo insensato, pero esa insensatez excitaba a la
opinión pública, afectaba a personas que ocupaban cargos importantes e influía en
las relaciones internacionales. Un desprecio duro y despiadado se reflejó en la
rigidez de las facciones del inspector jefe según caminaba. Barría en su
imaginación a todos los anarquistas de los que era responsable. Ninguno de ellos
tenía las agallas de los ladrones que él conocía, ni la mitad de las agallas, ni
siquiera un ápice.

En la jefatura de policía hicieron pasar al inspector jefe inmediatamente al


despacho privado del subjefe de policía. Se lo encontró con la pluma en la mano,
inclinado sobre una gran mesa cubierta de papeles, como si estuviera adorando
una enorme escribanía doble de bronce y cristal. Tubos acústicos que parecían
serpientes estaban atados por la boca al sillón de madera del subjefe de policía, y
sus fauces abiertas parecían dispuestas a morder los brazos de este. Sin cambiar de
postura, levantó solo los ojos, cuyos párpados eran más oscuros que su rostro y
estaban llenos de arrugas. Habían llegado los informes en los que se daba cuenta
de los pormenores de cada anarquista en particular.

Tras decir esto, bajó los ojos, firmó rápidamente dos hojas sueltas, y solo
entonces dejó la pluma y se sentó echándose hacia atrás, al mismo tiempo que
dirigía una mirada interrogante a su renombrado subordinado. El inspector jefe le
sostuvo la mirada, deferente, pero inescrutable.

—Creo que tenía usted razón —dijo el subjefe— cuando me dijo que los
anarquistas de Londres no tenían nada que ver con el asunto. Valoro la excelente
vigilancia de sus hombres. Por otra parte, eso, para el público, no es más que una
confesión de ignorancia.

El subjefe de policía pronunció estas palabras con calma, como si quisiera ser
prudente. Sus pensamientos parecían posarse en una palabra antes de pasar a la
siguiente, como si las palabras fueran piedras que su intelecto eligiera para pasar
sobre las aguas del error.

—A no ser que se haya traído algo útil de Greenwich —añadió.

El inspector jefe hizo una relación clara y realista de sus investigaciones. Su


superior colocó la silla un poco de lado, cruzó las piernas y se inclinó hacia un lado
apoyándose sobre el codo, haciéndose sombra a los ojos con una mano. La actitud
con que escuchaba tenía una especie de elegancia angular y apesadumbrada.
Cuando al final inclinó la cabeza, destellos que parecían de plata muy pulida
revolotearon a los lados de su cráneo, negro como el ébano.

El inspector jefe Heat esperó en actitud de estar reflexionando en su


imaginación todo lo que acababa de decir, pero en realidad estaba considerando si
sería oportuno añadir algo más. El subjefe de policía interrumpió bruscamente su
vacilación.

—¿Cree usted que eran dos hombres? —preguntó sin descubrirse los ojos.

El inspector jefe lo consideraba más que probable. En su opinión, los dos


hombres se habían separado a unas cien yardas de los muros del Observatorio. A
continuación explicó cómo el otro hombre podía haber salido rápidamente del
parque sin ser observado. La niebla, aunque no era muy densa, era una
circunstancia a su favor. Al parecer, acompañó al otro hasta el lugar y entonces le
dejó allí para que hiciera el trabajo solo. Calculando el tiempo transcurrido entre la
hora en que la mujer vio a los dos hombres saliendo de la estación Maze Hill y la
hora en que se oyó la explosión, el inspector jefe pensó que el otro hombre podía
estar a punto de subirse al tren en la estación de Greenwich Park en el mismo
momento en que su camarada se destrozaba por completo.

—Realmente por completo, ¿eh? —murmuró el subjefe bajo la sombra de la


mano.

El inspector jefe describió con unas cuantas palabras vigorosas el aspecto de


los restos.

—El juez de instrucción lo va a tener muy difícil —dijo con gravedad.

El subjefe se descubrió los ojos.

—No vamos a tener nada que decirles —observó lánguidamente.

Levantó la vista y durante un momento observó la actitud marcadamente


evasiva del inspector jefe. Por su carácter no era dado a hacerse ilusiones. Sabía
que un departamento está a merced de sus subordinados, que a su vez tienen su
propio concepto de lealtad. Había iniciado su carrera en una colonia tropical. Le
gustaba su trabajo, que era trabajo de policía. Había tenido mucho éxito
descubriendo y suprimiendo unas nefastas sociedades secretas de nativos. Luego
cogió unas vacaciones muy largas y se casó más bien impulsivamente. Se trataba
de un buen partido desde el punto de vista mundano, pero su mujer se formó de
oídas una opinión desfavorable del clima colonial y, además, tenía relaciones
influyentes. Era un partido excelente, pero a él no le gustaba su nuevo trabajo. Se
sentía dependiente de demasiados subordinados y demasiados jefes. La cercana
presencia de ese extraño fenómeno emocional llamado opinión pública pesaba en
su ánimo y le alarmaba por su carácter irracional. Sin duda, más que nada por
ignorancia, exageraba el poder de ese fenómeno para bien y para mal, sobre todo
para mal; y el crudo viento del Este de la primavera inglesa, que tanto gustaba a su
mujer, aumentaba la desconfianza general que sentía por los motivos humanos y la
eficiencia de su organización. La futilidad de las tareas de oficina le parecía
especialmente atroz en aquellos días tan perjudiciales para su sensible hígado.

Se levantó, estirándose en toda su extensión, y con pasos pesados,


extraordinarios en un hombre tan delgado, atravesó la habitación y se dirigió a la
ventana. El agua corría por los cristales, y el corto tramo de la calle que veía desde
allí estaba mojado y vacío, como si una gran inundación lo hubiese barrido de
pronto. Era un día muy desagradable, primero inmerso en niebla cortante y ahora
empapado de lluvia fría. Las llamas titilantes y difusas de las farolas de gas
parecían disolverse en la húmeda atmósfera. Y las elevadas pretensiones de una
humanidad oprimida por las miserables indignidades del tiempo parecían de una
vanidad colosal e imposible que solo merecía desprecio, asombro y compasión.

«¡Horrible, horrible! —pensó el subjefe de policía, con el rostro muy cerca de


los cristales—. Llevamos con este tiempo desde hace diez días; no, desde hace
quince, quince días».

Dejó de pensar completamente durante un momento. La quietud absoluta


de su cerebro duró unos tres segundos. Entonces, dijo:

—¿Ha mandado hacer investigaciones por toda la línea férrea para rastrear
al otro hombre?

Estaba seguro de que se había hecho todo lo necesario; por supuesto el


inspector jefe Heat conocía bien la manera de perseguir a un hombre. Y además
eran medidas rutinarias que llevaría a cabo sin más cualquier principiante. Unas
cuantas preguntas a los revisores de los trenes y a los mozos de las dos pequeñas
estaciones proporcionarían detalles adicionales sobre el aspecto de los dos
hombres; la inspección de los billetes recogidos mostraría en seguida de dónde
procedían aquella mañana. Era algo elemental y no podía pasarse por alto. En
consecuencia, el inspector jefe contestó que todo eso se había hecho directamente
nada más oír la declaración de la mujer, y mencionó el nombre de la estación.

—Ahí es donde tomaron el tren —continuó—. El empleado que cogió los


billetes en Maze Hill recuerda que dos hombres que coinciden con la descripción
pasaron la barrera. Le parecieron dos respetables obreros especializados: pintores o
empapeladores. El hombre corpulento descendió de espaldas de un vagón de
tercera clase; llevaba una lata brillante de metal en la mano. En la plataforma se la
dio al chico rubio que le seguía para que se la llevara. Todo esto concuerda
exactamente con lo que declaró la mujer al sargento de policía en Greenwich.

El subjefe de policía, todavía con el rostro vuelto hacia la ventana, manifestó


sus dudas de que esos dos hombres hubieran tenido algo que ver con el atentado.
Toda esa teoría se basaba en declaraciones de una mujer de la limpieza a la que
casi atropella un hombre que pasaba deprisa. No era un testigo muy sustancial, a
no ser que hubiera tenido una inspiración repentina, lo que era poco probable.

—Hablando francamente, ¿cree usted que esa mujer podría haber tenido una
inspiración? —preguntó con grave ironía, de espaldas a la habitación, como si
hubiera caído en trance observando las formas colosales de la ciudad, apenas
visibles en la oscuridad.

Ni siquiera se volvió cuando oyó murmurar la palabra «providencial»


procedente del principal subordinado del departamento, cuyo nombre, que a veces
aparecía impreso en los periódicos, era conocido por el gran público como uno de
sus celosos y diligentes protectores. El inspector jefe Heat levantó un poco la voz.

—Vi claramente trozos de lata de color claro —dijo—. Es una buena


corroboración.

—Y esos hombres salieron de esa pequeña estación —reflexionó pensativo el


subjefe de policía en voz alta.

Le habían dicho que ese era el nombre que ponía en dos de los tres billetes
que se vendieron en aquel tren en Maze Hill. La tercera persona que bajó en esa
estación era un vendedor ambulante al que conocían bien los mozos. El inspector
jefe impartió esta información en tono de conclusión con un cierto humor malsano,
como suelen hacer los servidores leales conscientes de su fidelidad y que conocen
el valor de sus leales esfuerzos. A pesar de todo, el subjefe siguió sin volver la vista
de la oscuridad que reinaba afuera, tan vasta como el mar.

—Dos anarquistas extranjeros que han cogido el tren en aquel lugar —dijo—
. Es bastante improbable.

—Sí, pero sería aún más improbable si ese Michaelis no se encontrase en una
casa de campo del vecindario.

Cuando oyó ese nombre, surgiendo inesperadamente en ese desgraciado


asunto, el subjefe de policía alejó de sí bruscamente el vago recuerdo de la partida
de cartas que jugaba a diario en el club. Era el hábito más reconfortante de su vida,
y consistía en alardear con gran éxito de sus habilidades sin la ayuda de ningún
subordinado. Iba al club a jugar de cinco a siete, antes de ir a casa a cenar,
olvidando durante esas dos horas todo lo que resultaba desagradable en su vida,
como si el juego fuera una droga beneficiosa que disipara las punzadas de su
insatisfacción moral. Los otros jugadores eran el editor de sombrío humor de una
conocida revista, un abogado de avanzada edad de ojillos maliciosos y un viejo
coronel, muy marcial y muy simple, con manos oscuras y nerviosas. Solo los veía
en el club. No se reunía con ellos en ningún otro sitio que no fuera sentados a la
mesa de jugar a las cartas. Pero todos ellos parecían jugar en actitud de
cosufridores, como si el juego fuera de verdad una droga contra las enfermedades
secretas de la existencia; y todos los días, cuando el sol se ponía sobre los
innumerables tejados de la ciudad, una suave y gozosa impaciencia, que parecía el
impulso de una amistad segura y profunda, iluminaba sus tareas profesionales. Y
ahora esta sensación placentera le abandonó como si fuera una sacudida física y
fue reemplazada por un especial interés en su trabajo de protección social; una
especie de interés indecoroso, cuya mejor definición sería la de una desconfianza
enérgica y repentina del arma que tenía en la mano.
Capítulo VI

La protectora de Michaelis, el apóstol de esperanzas humanitarias que


disfrutaba de libertad condicional, era una de las relaciones más influyentes y
distinguidas de la esposa del subjefe de policía, a la que la dama llamaba Annie y
trataba como si todavía fuese una jovencita no muy prudente y carente por
completo de experiencia. La gran dama le había aceptado a este como amistad, lo
que no siempre hacían todas las relaciones influyentes de su esposa. Se había
casado joven y espléndidamente en una época remota, y durante algún tiempo
había visto de cerca los grandes acontecimientos, e incluso a algunos grandes
hombres. También ella era una gran mujer. Envejecida solo en el número de años,
tenía ese tipo de temperamento excepcional que desafía al tiempo con indiferencia
desdeñosa, como si fuera una convención bastante vulgar, propia de la masa de
humanos inferiores. Muchas otras convenciones más fáciles de ignorar tampoco
consiguieron su reconocimiento, y ello también por temperamento; bien porque la
aburrían o porque eran obstáculos a sus desprecios y a sus simpatías. Desconocía
la admiración, cosa que había provocado el secreto reproche de su muy noble
marido; porque era un sentimiento más o menos impregnado de mediocridad, y
además por suponer de alguna manera una admisión de inferioridad. Y ambas
cosas eran totalmente ajenas a su carácter. Hablaba francamente y sin temor a
nada, porque juzgaba únicamente desde la perspectiva de su posición social, y era
igual de libre en su forma de actuar. Y como su falta de tacto se debía a su genuina
humanidad, su vigor físico era extraordinario y su superioridad era serena y
cordial; tres generaciones la habían admirado infinitamente, y la última que
probablemente conocería había dicho de ella que era una mujer maravillosa. Entre
tanto, inteligente, con una especie de orgullosa simplicidad y de temperamento
curioso, pero no como muchas otras mujeres ávidas únicamente de cotilleos
sociales, se divertía a su edad atrayendo hacia sí, a través del poder de su gran
prestigio social, casi histórico, todo lo que sobresalía por encima de la masa, legal o
ilegalmente, por posición, genio, audacia, fortuna o desgracia. Altezas reales,
artistas, científicos, jóvenes estadistas y charlatanes de todas las edades y
condiciones, quienes, insustanciales y superficiales, flotando como tapones de
corcho, son la mejor muestra de la dirección de las corrientes de la superficie,
habían sido bienvenidos en aquella casa; se los había escuchado, descubierto,
entendido y valorado para edificación de la anfitriona. Según sus propias palabras,
le gustaba observar lo que sucedía en el mundo. Y como tenía una mente práctica,
sus juicios de las personas y las cosas, pese a basarse en prejuicios, rara vez eran
totalmente falsos y casi nunca obstinados. El salón de su casa era probablemente el
único lugar de este mundo en que un subjefe de policía podría encontrarse con un
condenado en libertad condicional por motivos distintos a los de índole oficial y
profesional. El subjefe de policía no recordaba quién había llevado allí a Michaelis
aquella tarde. Tenía la impresión de que había sido un diputado del Parlamento de
origen ilustre y simpatías poco convencionales, que eran objeto permanente de las
burlas de los periódicos satíricos. Los notables, e incluso las personas que gozaban
de mera notoriedad pasajera, se llevaban unos a otros sin prejuicios al templo de
una mujer mayor de noble curiosidad. Nunca se podía saber a quién se podría uno
encontrar cuando te recibían semiprivadamente junto al biombo de marco dorado
de seda de color azul desvaído que formaba en el amplio salón un rincón acogedor
para un sofá y unos cuantos sillones, entre el zumbido de voces y los grupos de
gente sentada o de pie a la luz de seis altos ventanales.

Michaelis había sido objeto de la revulsión del sentimiento popular, el


mismo sentimiento que hacía años había aplaudido la ferocidad de la pena de
cadena perpetua a que le condenaron por complicidad en un intento bastante
absurdo de rescatar a varios prisioneros de un furgón de la policía. El plan de los
conspiradores era matar a tiros a los caballos e inmovilizar a la escolta.
Desgraciadamente, uno de los agentes de la policía murió alcanzado por una bala.
Dejó mujer y tres hijos pequeños, y la muerte de aquel hombre levantó a todo lo
ancho y largo de la esfera en cuya defensa, bienestar y gloria mueren todos los días
hombres en cumplimiento de su deber, un estallido de furibunda indignación, y de
furiosa e implacable piedad por la víctima. Tres jefes de la banda fueron
ahorcados. Michaelis, joven y delgado, cerrajero de profesión y muy habitual de las
academias nocturnas, ni siquiera sabía que había muerto alguien, ya que su misión
consistía en forzar junto con otros la puerta trasera del transporte especial. Cuando
le detuvieron tenía un manojo de llaves maestras en el bolsillo, un pesado cincel en
el otro y una especie de palanca en la mano; ni más ni menos que un ladrón de
viviendas. La muerte del agente de policía le hizo sentirse mal, pero también el que
el plan fallase. No escondió ninguno de los dos sentimientos al jurado de sus
compatriotas, y esa especie de compunción pareció una terrible incoherencia en la
abarrotada sala del tribunal. Al dictar la sentencia, el juez comentó con profunda
emoción la depravación e insensibilidad del joven prisionero.

Esa fue la fama inmotivada de su condena; la fama de su puesta en libertad


la hizo, sin mayor motivo, gente que deseaba explotar el aspecto sentimental de su
encarcelamiento, bien con propósitos que solo ellos conocían o sin ningún fin
determinado. Él les dejó hacer con la inocencia de su corazón y la simplicidad de
su mente. Nada de lo que le sucediese individualmente tenía importancia. Era
como esos santos cuya personalidad se pierde en la contemplación de su fe. Sus
ideas no tenían la naturaleza de las convicciones. Eran inaccesibles a la razón.
Constituían, con todas sus contradicciones y oscuridades, un credo invencible y
humanitario que él confesaba más que predicaba, con suave obstinación, con la
sonrisa en los labios, que denotaba una pacífica seguridad, y con sus cándidos ojos
azules mirando hacia abajo, porque la vista de rostros turbaba su inspiración,
desarrollada en soledad. En esa característica actitud, patética en su obesidad
grotesca e incurable, que se veía obligado a arrastrar como la cadena de un esclavo
condenado a galeras hasta el final de sus días, el subjefe de policía vio al apóstol en
libertad condicional, que llenaba un sillón privilegiado con el citado biombo como
telón de fondo. Estaba sentado junto al respaldo del sofá de la anfitriona, tranquilo,
hablando en un tono de voz suave, con la misma timidez que un niño pequeño y
con un cierto encanto infantil: el atractivo encanto de la confianza. Confianza en el
futuro, cuyas vías secretas se le habían revelado entre las cuatro paredes de una
conocida penitenciaría; así que no tenía ninguna razón para mirar con
desconfianza a nadie. Aunque no podía dar a la curiosa gran dama ideas
determinadas del futuro del mundo, había conseguido sin ningún esfuerzo
impresionarla por su fe ciega y la buena calidad de su optimismo.

Cierta serenidad de pensamiento es común a las almas apacibles en ambos


extremos de la escala social. La gran dama era sencilla a su manera. Las opiniones
y creencias de Michaelis no contenían nada que pudiera escandalizarla, ya que ella
las juzgaba desde el punto de vista de su elevada posición. En realidad, sus
simpatías eran fácilmente comprensibles para un hombre de esa clase. Ella no era
en sí misma una capitalista explotadora; se hallaba, por decirlo así, por encima del
juego de las condiciones económicas. Y tenía una gran capacidad para sentir
piedad por las formas más evidentes de las miserias humanas, precisamente
porque era totalmente ajena a ellas y tenía que trasladar sus ideas a términos de
sufrimiento mental antes de poder hacerse una idea de su crueldad. El subjefe de
policía recordaba muy bien la conversación entre ambos. Les había escuchado en
silencio. Era algo tan excitante, e incluso tan conmovedor, como la futilidad
condenada de antemano al fracaso, como los esfuerzos de interrelación moral entre
los habitantes de planetas remotos. Pero esa grotesca encarnación de pasión
humanitaria resultaba de algún modo atractiva a la imaginación. Al final,
Michaelis se levantó y, tomando la mano que le extendía la gran señora, la
estrechó, la mantuvo un momento en su gran palma almohadillada, con amistad
carente de timidez, y volvió la espalda, vasta y cuadrada, que parecía hinchada
bajo la chaqueta de tweed[42], al rincón semiprivado del salón. Mirando a su
alrededor con serena benevolencia, echó a andar bamboleándose en dirección a las
lejanas puertas, a través de los corros que formaban otras visitas. Los murmullos
de las conversaciones cesaban cuando él pasaba cerca. Sonrió inocentemente a una
joven alta y brillante, con cuyos ojos se encontró accidentalmente, y siguió adelante
inconsciente de las miradas que le seguían a través de la estancia. La primera
aparición de Michaelis en el mundo fue un éxito, un éxito de autoestima que no
logró perturbar ningún murmullo de burla. Las conversaciones que se habían
interrumpido volvieron a reanudarse en el tono que tenían antes, fuera serio o
superficial. Únicamente un hombre de cuarenta años, de apariencia atlética, largos
miembros y aspecto activo que se encontraba charlando con dos damas cerca de
una ventana, observó en voz alta, con un sentimiento inesperado:

—Yo diría que casi ciento veinte kilos, y no llega al metro setenta de
estatura. ¡Pobre hombre! Es terrible…, terrible.

La señora de la casa, mirando distraídamente al subjefe de policía, con el que


se encontraba a solas en la parte privada detrás del biombo, parecía estar
reorganizando sus impresiones mentales tras la inmovilidad pensativa de su
atractivo rostro, ya ajado. Hombres de bigotes grises y semblantes llenos,
saludables, vagamente sonrientes, se aproximaron en círculo alrededor del
biombo, seguidos de dos mujeres maduras con aspecto matriarcal de graciosa
determinación y de un individuo bien afeitado de mejillas hundidas que llevaba un
monóculo montado en oro colgando de una ancha cinta negra y que tenía algo de
dandi de otros tiempos. Durante un momento reinó un silencio deferente pero
lleno de reservas, y entonces la gran dama exclamó, no con resentimiento, sino con
una especie de indignación:

—¡Ya ese hombre se le considera oficialmente un revolucionario! ¡Qué


tontería!

Y dirigió una mirada dura al subjefe de policía, quien murmuró


disculpándose:

—Puede que sea un revolucionario inofensivo.

—Inofensivo, por supuesto que inofensivo. Es solo un creyente. Tiene el


carácter de un santo —manifestó lá gran dama con voz firme—. Y le han tenido
encerrado durante veinte años. Me estremezco solo de pensarlo. Y ahora que le
ponen en libertad, todos sus allegados han desaparecido o están muertos. Sus
padres han muerto, la mujer con la que se iba a casar murió mientras él estaba en la
cárcel, y él ha perdido la habilidad necesaria para trabajar en su oficio. Todo esto
me lo ha contado él mismo con la más dulce paciencia, aunque dice que ha tenido
mucho tiempo para pensar en todo ello. ¡Vaya compensación! Si los
revolucionarios son así, entonces algunos de nosotros deberíamos ponernos de
rodillas delante de ellos —continuó diciendo con voz ligeramente burlona,
mientras las sonrisas de sociedad banal se endurecían en los rostros mundanos
vueltos hacia ella con deferencia convencional—. Se ve claramente que la pobre
criatura no está en condiciones de cuidar de sí mismo. Alguien tiene que
preocuparse un poco de él.

—Habría que recomendarle seguir algún tratamiento —aconsejó gravemente


la voz marcial del hombre de aspecto activo que hablaba desde cierta distancia.
Estaba rebosante de salud para su edad, e incluso la textura de su larga levita
parecía tener una solidez elástica, como si fuera un tejido vivo—. Ese hombre es
prácticamente un inválido —añadió con evidente emoción.

Otras voces, como si se alegraran de que alguien hubiera roto el silencio,


murmuraron con presurosa compasión: «Asombroso», «monstruoso», «da pena
verlo».

El hombre desgarbado del monóculo pendiente de la cinta ancha pronunció


con afectación la palabra «grotesco», cuya exactitud fue apreciada por aquellos que
estaban próximos a él, quienes se sonrieron unos a otros.

El subjefe de policía no manifestó su opinión ni en ese momento ni después,


porque su posición le imposibilitaba dar una opinión independiente de un
condenado en libertad condicional. Pero, en realidad, compartía el parecer de la
amiga de su mujer y anfitriona de que Michaelis era un sentimental humanitario,
un poco loco, pero en general incapaz de hacer daño aposta a una mosca. Así que
cuando el nombre afloró de pronto en el irritante asunto de la bomba, se dio cuenta
de todo el peligro que significaba para el apóstol en libertad condicional, y su
imaginación volvió a concentrarse en la obsesión de la gran dama. Su arbitraria
bondad no toleraría nada que impidiera la libertad de Michaelis. Su obsesión era
profunda, tranquila y convencida. No solo le consideraba inofensivo, sino que lo
había afirmado, lo cual, debido a la confusión de su mente absolutista, se había
convertido en una especie de demostración incontrovertible. Era como si la
monstruosidad de aquel hombre de infantiles ojos cándidos y amplia sonrisa
angelical la hubiera fascinado. Casi había llegado a creerse su teoría del futuro, ya
que no contradecía sus prejuicios. Sentía aversión por el nuevo elemento
plutocrático[43] introducido en la sociedad, y la industrialización, como vía para el
desarrollo humano, le parecía especialmente repulsiva por su carácter mecánico y
carente de sentimientos. Las esperanzas humanitarias del manso Michaelis no
tendían a la total destrucción, sino solo hacia la completa ruina económica del
sistema. Y ella no veía ningún perjuicio moral en ello. Acabaría con la multitud de
parvenus[44], por los que ella sentía antipatía y desconfianza, no porque hubieran
llegado muy alto, ella lo negaba, sino por su profundo desconocimiento del
mundo, que era la causa principal de la tosquedad de sus opiniones y la aridez de
sus corazones. La eliminación total del capital conllevaría su desaparición; pero la
ruina universal, siempre y cuando fuera universal, como lo había revelado
Michaelis, dejaría incólumes los valores morales. La desaparición de la última
moneda no podía afectar a las personas de su posición. No podía ni imaginarse
cómo podía afectar a su propia posición, por ejemplo. Había expuesto estos
descubrimientos al subjefe de policía con la impertérrita serenidad de una mujer
de edad avanzada que se ha sustraído a la desgracia de la indiferencia. El subjefe
de policía se había impuesto la norma de escuchar todo lo que se refería a ese tema
guardando un silencio que, por política y por inclinación, procuraba que no
pareciera ofensivo. Sentía afecto por la madura discípula de Michaelis, un
sentimiento complejo basado en parte en el prestigio y la personalidad de la dama,
pero sobre todo en un instinto de gratitud por la adulación de que era objeto. Se
sentía querido en aquella casa. Ella era la bondad personificada. Y era una mujer
sensata como lo son las mujeres experimentadas. Contribuía a que su vida marital
fuera más fácil de lo que hubiera sido sin el generoso reconocimiento de sus
derechos en su calidad de esposo de Annie. La influencia que tenía sobre su mujer,
que estaba consumida por toda clase de pequeños egoísmos, envidias y celos, era
excelente. Lamentablemente, tanto su bondad como su juicio eran de naturaleza
ilógica, típicamente femenina, y difícil de tratar. Había sido durante toda su vida
una mujer entera, y no se había convertido, como muchas otras mujeres, en una
especie de viejo con refajo, marrullero y dañino. El subjefe de policía pensaba en
ella como mujer, como encarnación especial de la feminidad, a la que pertenecen
los guardaespaldas tiernos, ingeniosos y fieros de todos aquellos hombres que
hablan influidos por una emoción, verdadera o falsa: predicadores, videntes,
profetas o reformadores.

Así era cómo el subjefe de policía valoraba a la distinguida buena amiga de


su esposa y de él mismo, y por eso se sentía alarmado por la posible suerte del
presidiario Michaelis. Una vez que lo detuviesen bajo la sospecha de estar
relacionado, aunque fuera remotamente, con el atentado, sería inevitable que lo
mandasen a presidio, por lo menos hasta que terminase de cumplir la condena. Y
eso sería su muerte; no saldría vivo de allí. El subjefe de policía reflexionó de forma
extremadamente incoherente con su posición oficial, sin que ello fuera atribuible a
su carácter.

«Si vuelven a encarcelar a este tipo —reflexionó—, ella no me lo perdonará


jamás».
La franqueza con que expresó este secreto pensamiento no pudo evitar cierta
autocrítica irónica. Nadie que realice una labor a disgusto está a salvo de hacerse
muchas ilusiones redentoras sobre sí mismo. El disgusto y la falta de fascinación se
extienden de la ocupación a la personalidad. Solo cuando, debido a un afortunado
accidente, la actividad que realizamos parece responder a la disposición particular
de nuestro carácter, podemos saborear el placer del completo autoengaño. Al
subjefe de policía no le gustaba trabajar en su patria. El trabajo que había realizado
en una lejana parte del globo tenía el carácter redentor de una especie de guerra no
declarada, o al menos el riesgo y la excitación de un deporte al aire libre. Sus
auténticas habilidades, que eran sobre todo de carácter administrativo, se
combinaban con la predisposición a la aventura. Encadenado a un escritorio en
medio de cuatro millones de personas, se consideraba a sí mismo víctima de un
destino irónico; sin duda, el mismo que había provocado su matrimonio con una
mujer excepcionalmente sensible por lo que se refiere al clima colonial, además de
otras limitaciones que demostraban lo delicado de su naturaleza y de sus gustos.
Aunque el juicio que se hacía de su propia alarma no estaba exento de burla, no
alejaba ese pensamiento impropio de su imaginación. Su instinto de conservación
era muy fuerte. Al contrario, se repetía el pensamiento mentalmente con énfasis
irreverente y mayor precisión.

«¡Maldita sea! Si ese infernal Heat consigue sus propósitos, el tipo morirá en
prisión, asfixiado en su propia grasa, y ella no me perdonará nunca».

La figura, negra y delgada, con la cinta blanca del cuello por debajo de las
puntas plateadas del pelo muy corto de la parte posterior de la cabeza, permaneció
inmóvil. El silencio había durado tanto, que el inspector jefe Heat se aventuró a
carraspear. El ruido produjo el efecto deseado. El celoso e inteligente funcionario
fue objeto de otra pregunta de su superior, que le seguía dando la espalda,
inmóvil:

—¿Cree usted que Michaelis tiene algo que ver con este asunto?

El inspector jefe Heat era un hombre seguro de sí mismo, pero también


prudente.

—La verdad —dijo— es que tenemos suficientes pistas. Y, de todos modos,


un hombre como ese no debería estar en libertad.

—Hacen falta pruebas definitivas —respondió el otro con un murmullo.


El inspector jefe Heat levantó las cejas al tiempo que miraba la espalda negra
y estrecha que el otro presentaba a su inteligencia y su celo.

—Resultará fácil reunir pruebas suficientes contra él —dijo con virtuosa


autosatisfacción—. Puede usted confiar en mí —añadió sin que ello fuera en
absoluto necesario, poniendo toda su buena voluntad en ello.

Le parecía una idea excelente tener a mano a aquel individuo, para


arrojárselo al público si este decidía rugir con especial indignación. De momento
era imposible saber si rugiría o no. Por supuesto, en último extremo ello
dependería de la prensa. Pero, en cualquier caso, el inspector jefe Heat, de
profesión abastecedor de prisiones y hombre de instintos legales, estaba
lógicamente convencido de que el encarcelamiento era el destino adecuado de todo
enemigo declarado de la ley. Apoyándose en la fuerza de esa convicción, cometió
una falta de tacto. Se permitió reír con vanidad, y repitió:

—Déjemelo a mí.

Aquello era demasiado para la forzada tranquilidad bajo cuyo manto el


subjefe de policía había encubierto durante dieciocho meses su irritación con el
sistema y los subordinados de su departamento. Como una clavija cuadrada a la
que se fuerza a entrar en un orificio redondo, se resentía, como si fuera un ultraje
cotidiano, de aquella redondez suave y establecida hacía mucho tiempo, donde un
hombre de formas angulares menos definidas se habría acomodado con aceptación
voluptuosa tras encogerse de hombros un par de veces. Lo que más le molestaba
era la necesidad de tener que confiar en otros. Al oír la breve risa del inspector jefe
Heat, giró rápidamente sobre sus talones, como si una descarga eléctrica le hubiese
hecho alejarse del cristal de la ventana. Percibió en el rostro del otro no solo la
satisfacción propia de la ocasión, latente bajo el bigote, sino las huellas de
observación experimental en los ojos redondos que, sin duda, habían estado
clavados en su espalda y que ahora se cruzaron con los suyos durante un
momento, antes de que la naturaleza alerta de su mirada tuviera tiempo de
transformarse en una apariencia de mera sorpresa.

En realidad, el subjefe de policía poseía algunas aptitudes que le hacían


adecuado para su puesto. De repente se despertaron sus sospechas. En justicia hay
que admitir que era fácil despertar sus recelos para con los métodos de la policía, a
no ser que esta se convirtiera en un cuerpo semicastrense organizado por él mismo.
Si esos recelos se aletargaban debido a pura lasitud, solo era superficialmente; y su
valoración de la dedicación y las habilidades del inspector jefe Heat, en sí mismas
moderadas, excluía todo tipo de confianza moral. «Está preparando algo», exclamó
mentalmente, y de pronto se sintió furioso. Cruzó la habitación precipitadamente
para dirigirse al escritorio, y luego se sentó con violencia. «Aquí me ahogo en un
montón de basura de papel —se dijo con ilógico resentimiento—. Se supone que
manejo todos los hilos, y lo único que manejo son los hilos que otros me ponen en
las manos, y nada más. Y, además, pueden atar el otro extremo de los hilos donde
les dé la gana».

Levantó la cabeza y volvió hacia su subordinado la cara descarnada de


rasgos pronunciados de un don Quijote lleno de energía.

—Dígame, ¿qué es lo que se está usted guardando en la manga?

El otro le miró sorprendido. Le miró fijamente sin parpadear, con los ojos
redondos totalmente inmóviles, como solía mirar a los variados tipos de la clase
delincuente cuando, después de haberles advertido convenientemente, hacían sus
declaraciones en un tono de inocencia ultrajada, falsa simpleza u hosca
resignación. Pero esa mirada profesional, inmóvil como la piedra, también
reflejaba cierta sorpresa, porque el inspector jefe Heat, mano derecha del
departamento, no estaba acostumbrado a que le hicieran preguntas. Empezó a
hablar lentamente, como alguien cogido por sorpresa por una experiencia nueva e
inesperada.

—¿Quiere usted decir qué es lo que tengo contra ese tal Michaelis?

El subjefe de policía miró la cabeza en forma de bala; las puntas del bigote
de pirata nórdico, que caían más allá de la línea marcada por la fuerte mandíbula;
toda la fisonomía pálida, cuyo carácter decidido estaba desfigurado por el exceso
de carne; las arrugas de astucia que se extendían como radios a partir de los
ángulos exteriores de los ojos; y mientras estaba sumido en aquella contemplación
consciente del funcionario eficiente y fiel, llegó a una convicción tan repentina, que
le impresionó como si hubiese sido una inspiración.

—Me da la sensación de que, cuando usted entró en esta habitación —dijo


en tono comedido—, no estaba pensando en Michaelis, al menos no en primer
lugar, y pudiera ser que no pensara usted en él en absoluto.

—¿Tiene usted esa impresión? —musitó el inspector jefe Heat mostrando


todos los indicios de estar asombrado, lo que hasta cierto punto era verdad.

Había descubierto en este asunto un matiz delicado y asombroso, que


forzaba al descubridor a una cierta dosis de falta de sinceridad; esa falta de
sinceridad que bajo los calificativos de habilidad, prudencia y discreción aparecen
en algún momento en la mayoría de los asuntos humanos. En aquel momento se
sentía como se sentiría un artista que anduviera sobre una cuerda floja y de pronto
viera cómo, en medio de la función, el gerente del espectáculo sale corriendo de su
reclusión en la gerencia y comienza a sacudir la cuerda. La indignación, el
sentimiento de inseguridad moral generado por un acto tan traicionero, además
del miedo inmediato a romperse la crisma, le pondría, como se suele decir, los
pelos de punta. Y, además, sentiría una cierta preocupación escandalizada por su
arte, ya que una persona tiene que identificarse con algo más tangible que su
propia personalidad, y poder basar su orgullo en algo, sea su posición social o la
calidad del trabajo que se ve obligado a realizar, o simplemente en la superioridad
de la ociosidad que pueda disfrutar por haber sido lo suficientemente afortunado.

—Sí —dijo el subjefe de policía—. Tengo esa sensación. No quiero decir con
eso que usted no haya pensado en absoluto en Michaelis, sino que está usted
dando una importancia al hecho que ha mencionado que no me parece del todo
sincera, inspector Heat. Si ese es el rastro adecuado, ¿por qué no lo ha seguido
hasta el final inmediatamente usted mismo o enviando a uno de sus hombres a ese
pueblo?

—¿Cree usted que no he cumplido con mi obligación a ese respecto? —


preguntó el inspector jefe, en un tono que intentó hacer parecer meramente de
reflexión.

Forzado inesperadamente a concentrar sus facultades en la tarea de


conservar el equilibrio, había resaltado ese puntó, exponiéndose así a una censura;
porque el subjefe de policía, frunciendo ligeramente el entrecejo, consideró que
aquella había sido una observación completamente fuera de lugar.

—Ya que lo menciona, debo decirle que no es eso a lo que yo me refería —


continuó fríamente.
Hizo una pausa, al tiempo que le miraba fijamente con sus ojos hundidos, lo
que equivalía totalmente a terminar la frase con las palabras que no había
pronunciado: «y usted lo sabe». El jefe del llamado Departamento de Delitos
Especiales, al que su posición impedía salir personalmente a buscar los secretos
encerrados en los pechos de los culpables, tenía la propensión a usar sus
considerables dotes para detectar la verdad acusadora en sus propios
subordinados. Ese peculiar instinto no podía realmente calificarse de debilidad.
Era natural. Era un detective de vocación. Esa fue la característica que se impuso a
la hora de elegir la carrera, y si alguna vez le había fallado en su vida, tal vez había
sido en la circunstancia excepcional de su matrimonio, lo que también resultaba
natural. Ya que no podía moverse por el exterior, su vocación se alimentaba del
material humano que le llevaban a su lugar oficial de reclusión. Nunca podemos
dejar de ser nosotros mismos.
Con el codo apoyado en la mesa, las delgadas piernas cruzadas y
sosteniendo la mejilla en la palma de su delgada mano, el subjefe de policía,
responsable de Delitos Especiales, estaba adentrándose en el caso con creciente
interés. Su inspector jefe, si no era el enemigo más meritorio posible con quien
tenía que enfrentarse su perspicacia, era de todos modos el más meritorio de los
que tenía a su alcance. Desconfiar de las reputaciones establecidas era
estrictamente coherente con la habilidad detectivesca del subjefe. Su memoria
evocaba a un jefe viejo, gordo y rico de una lejana colonia en quien confiaban
tradicionalmente los sucesivos gobiernos coloniales y al que consideraban amigo y
partidario del orden y la legalidad establecidos por los blancos; mientras que, si se
le examinaba con escepticismo, aquel individuo era sobre todo amigo de sí mismo,
y de nadie más. No es que fuera exactamente un traidor, pero sí un hombre con
muchas reticencias peligrosas en cuanto a su fidelidad, causadas por la atención
debida a su propio beneficio, comodidad y seguridad. Un tipo en cierto modo
inocente en su propia ingenua duplicidad, pero no por eso menos peligroso.
Decidió investigarle. Aquel hombre también era corpulento, y, con la salvedad de
la diferencia de color, por supuesto, el aspecto del inspector jefe Heat le recordaba
a aquel individuo. No eran los ojos ni tampoco los labios. Era extraño. Pero ¿no
cuenta Alfred Wallace[45], en su famoso libro sobre el archipiélago malayo, que se
encontró entre los isleños a un salvaje viejo, desnudo y de piel tiznada, que tenía
un parecido especial con un querido amigo suyo?

Por primera vez desde que comenzó a trabajar en su nuevo destino, el


subjefe de policía pensó que iba a ganarse el sueldo. Y esa sensación le complació.
«Le voy a volver del revés como si fuera un guante», pensó mirando
pensativamente al inspector jefe Heat.

—No, no era eso lo que estaba pensando —empezó a decir de nuevo—. No


cabe duda de que usted conoce la profesión, ninguna duda en absoluto, y esa es la
razón por la que yo… —se quedó callado de pronto, y luego cambió de tono de
voz—. ¿Cuáles son los cargos concretos contra Michaelis? Quiero decir, aparte del
hecho de que los dos sospechosos, usted está seguro de que eran dos hombres,
llegaron de una estación a tres millas de distancia del pueblo donde ahora vive
Michaelis.

—En sí mismo, eso ya es suficiente para que podamos actuar contra ese
hombre —dijo el inspector jefe recobrando su compostura.

El ligero movimiento de aprobación que hizo con la cabeza el subjefe sirvió


para pacificar el asombro resentido del renombrado agente. Porque el inspector
jefe Heat era un hombre benévolo, un esposo excelente, un padre devoto; y la
confianza de que gozaba entre el público y en el departamento ejercía un influjo
positivo en su carácter amable y le disponía a mostrarse afable con los sucesivos
subjefes de policía que había visto pasar por aquella misma habitación. Había
conocido a tres. El primero, una persona de temperamento marcial, abrupto, de
rostro encendido, cejas blancas y carácter explosivo; había que tratarle con extremo
cuidado. Se fue cuando alcanzó el límite de edad. El segundo, un perfecto caballero
que conocía detalladamente el lugar que le correspondía a todo el mundo, incluido
a él mismo; cuando dimitió para ocupar un cargo más elevado fuera de Inglaterra,
fue condecorado, en realidad, gracias a los servicios del inspector Heat. Trabajar
con él había sido un honor y un placer. El tercero, un desconocido desde el
principio que, a los dieciocho meses, seguía siendo igual de desconocido en el
departamento. En general, el inspector Heat opinaba de él que era inofensivo; de
aspecto extraño, pero inofensivo. Era quien estaba hablando en aquel momento, y
el inspector jefe le escuchaba con aparente deferencia, lo que no significa nada, ya
que formaba parte de su deber, y con benévola tolerancia en su interior.

—¿Vino a presentarse Michaelis antes de salir de Londres para dirigirse al


campo?

—Sí, así lo hizo.

—¿Y qué se supone que está haciendo allí? —continuó el subjefe, que estaba
perfectamente informado de lo que acababa de preguntar.

Incrustado en un viejo sillón de madera que le hacía padecer por falta de


sitio, ante una mesa de roble carcomido en el piso superior de una casa de campo
de cuatro habitaciones con el techo de tejas cubiertas de musgo, Michaelis escribía
día y noche con letra temblorosa e inclinada la Autobiografía de un preso, que se
convertiría en el libro de la Revelación en la historia de la humanidad. Las
condiciones que imponían el reducido espacio, la reclusión y la soledad favorecían
su inspiración. Era como estar en prisión, excepto que nadie venía a molestarle con
el odioso propósito de que hiciera ejercicio de acuerdo con las normas tiránicas de
su antiguo hogar en la penitenciaría. No sabía ni siquiera si el sol brillaba aún
sobre la tierra. La transpiración de la labor literaria le caía de la frente. Un
entusiasmo delicioso le urgía a seguir adelante. Era la liberación de su vida
interior, el dejar salir a su espíritu al ancho mundo. Y la dedicación de su inocente
vanidad (que había despertado por primera vez el ofrecimiento de quinientas
libras de un editor) parecía algo predestinado y sagrado.
—Por supuesto, será necesario informarse con exactitud —insistió el subjefe
intencionadamente.

El inspector jefe Heat, consciente de la irritación que volvía a despertarse en


su interior debido a ese despliegue de falta de escrúpulos, dijo que se había
notificado a la policía del condado la llegada de Michaelis, y que se podía obtener
un informe completo en unas cuantas horas. Un telegrama al jefe de policía…

Siguió hablando con cierta lentitud, mientras que en su imaginación parecía


estar sopesando las consecuencias. Signo de ello era la leve elevación de una ceja.
Pero fue interrumpido por una pregunta:

—¿Ha mandado usted ese telegrama?

—No —respondió, como si estuviera sorprendido.

De pronto, el subjefe de policía descruzó las piernas. La rapidez del


movimiento contrastó con la forma casual con que manifestó la sugerencia.

—¿Piensa usted, por ejemplo, que Michaelis ha tenido algo que ver con la
preparación de esa bomba?

El inspector jefe adoptó un ademán reflexivo.

—No diría que no. No hay por qué afirmar nada en este momento. Mantiene
contacto con personas clasificadas como peligrosas. Le hicieron delegado del
Comité Rojo cuando no hacía ni un año que había salido de la cárcel en libertad
condicional. Supongo que es una especie de cumplido.

Al decirlo, el inspector jefe se rio con cierto enfado y cierto desprecio. Con
un hombre como ese los escrúpulos estaban fuera de lugar e incluso eran un
sentimiento ilegal. La celebridad brindada a Michaelis hacía dos años, cuando le
pusieron en libertad condicional, gracias a unos periodistas emocionales en busca
de noticias, había despertado el rencor del inspector. Era totalmente legal detener a
aquel hombre a la menor sospecha. Era legal y necesario. Sus dos jefes anteriores lo
habrían comprendido en seguida, mientras que este, sin decir sí o no, seguía allí
sentado, como si estuviera perdido en un sueño. Además de ser legal y necesario,
la detención de Michaelis resolvía una dificultad personal que preocupaba al
inspector jefe Heat. La dificultad influía en su reputación, su bienestar e incluso en
la eficacia con que realizaba sus obligaciones. Porque si bien no cabía duda de que
Michaelis sabía algo del atentado, el inspector jefe estaba seguro de que no sería
demasiado. Eso daba igual. Sabía mucho menos, de eso estaba seguro el inspector
jefe, que otros individuos que él conocía, pero cuya detención le parecía
inoportuna, además de ser más complicada debido a las reglas del juego. Las
reglas del juego no protegían tanto a Michaelis, que era un expresidiario. Sería
estúpido no aprovechar las posibilidades que ofrecía la ley, y los periodistas que le
habían ensalzado en un estallido de efusión no dudarían en hundirle con otro
estallido de indignación.

Esta perspectiva, considerada con confianza, tenía el atractivo de un triunfo


personal para el inspector jefe Heat. Yen su interior, en su pecho sin mácula de
ciudadano medio, casado, casi inconsciente pero no por ello menos poderoso, el
disgusto de verse obligado por los acontecimientos a tener que ver con la ferocidad
desesperada del Profesor le afectaba. El disgusto había aumentado por el casual
encuentro en la callejuela. El encuentro no le dejó al inspector jefe esa sensación
agradable de superioridad que experimentan los miembros de la policía en su
relación oficiosa pero íntima con la clase delincuente, por la que se mitiga la
vanidad de poder y se halaga el vulgar deseo de dominación sobre nuestros
congéneres tan merecidamente como corresponde.

El inspector jefe no reconocía en el perfecto anarquista un congénere. Para él


se trataba de un ser increíble; un perro loco que había que dejar en paz. No es que
el inspector jefe tuviera miedo de él; al contrario, tenía la intención de ponerle la
manos encima algún día. Pero todavía no; quería echarle el guante en su momento,
correcta y eficazmente, con arreglo a las reglas del juego. El momento presente no
era el momento adecuado para intentar la hazaña, no era el momento adecuado
por muchas razones, de índole personal y de servicio público. Esta era la firme
opinión del inspector jefe, y por eso le parecía justo y adecuado que el asunto se
desviara de aquel sendero oscuro e inoportuno, que sabría Dios a dónde
conduciría, para continuar hasta un apartadero tranquilo (y lícito) llamado
Michaelis. Y repitió, como sí estuviera reconsiderando la sugerencia a conciencia:

—La bomba. No, creo que no es eso exactamente. Puede que no lo


descubramos nunca, pero está claro que ese hombre tiene algo que ver de alguna
manera, y eso sí podemos averiguarlo fácilmente.

Su semblante tenía ese aspecto de indiferencia grave y autoritaria que en su


día fue tan conocido y tan temido por los mejores ladrones. El inspector jefe Heat,
aunque era lo que se llama un ser humano, no era dado a las sonrisas. En su
interior se sentía satisfecho por la actitud de pasividad receptiva del subjefe de
policía, que murmuró con suavidad:
—¿Y usted cree de verdad que la investigación debería seguir esa
orientación?

—Sí.

—¿Está usted completamente convencido?

—Lo estoy. Esa es la línea que debemos seguir.

El subjefe retiró la mano en que apoyaba la cabeza reclinada con tal


brusquedad, que, considerando su lánguida actitud, el movimiento pareció
amenazar con colapsar toda su persona. Pero, al contrario, se irguió, totalmente
alerta, tras el gran escritorio sobre el que había caído su mano con un golpe seco.

—Lo que quiero saber es por qué razón lo ha descartado hasta ahora.

—Descartarlo —repitió el inspector jefe muy lentamente.

—Sí, hasta que le hice venir aquí.

El inspector jefe se sintió como si el aire entre la ropa y la piel se hubiera


vuelvo desagradablemente caliente. Era la sensación de estar viviendo una
experiencia sin precedentes e increíble.

—Claro que —dijo, exagerando la forma deliberada de decirlo hasta el límite


de lo posible—, si hay alguna razón que yo desconozca para no interferir con el
presidiario Michaelis, entonces sería mejor que no mande a la policía del condado
a buscarlo.

Tardó tanto en decirlo, que la incesante atención del subjefe pareció una
proeza de resistencia. Su respuesta se produjo en seguida.

—Que yo sepa, no hay ninguna razón en absoluto. Inspector jefe, toda esta
diplomacia que usted está teniendo conmigo deja mucho que desear; mucho. Y
también es injusta. No debería usted obligarme a adivinar qué es lo que sucede.
Estoy realmente sorprendido. —Hizo una pausa y añadió con suavidad—: No hace
falta que le diga que esta conversación es totalmente oficiosa.

Estas palabras no tranquilizaron en absoluto al inspector jefe. Sentía


vehementemente en su interior la indignación propia del artista que camina en la
cuerda floja y se sabe traicionado. En su orgullo de servidor leal le influía la
seguridad de que no estaban agitando la cuerda para que se rompiese la crisma,
sino por una exhibición de desfachatez. ¡Como si eso fuera a asustarle! Los subjefes
de policía vienen y se van, pero un inspector jefe no es un fenómeno efímero de
oficina. No tenía miedo a romperse la crisma. Ver cómo le estropeaban la función
era suficiente para comprender el fuego de su honesta indignación. Y como los
pensamientos no suelen respetar a las personas, los del inspector jefe adoptaron
una forma amenazadora y profética. «Muchacho, tú no sabes estar en tu sitio —se
dijo a sí mismo manteniendo sus ojos redondos y habitualmente inquietos fijos en
el rostro del subjefe de policía—; y me apuesto cualquier cosa a que dentro de poco
tu sitio va a dejar de ser tuyo, muchacho».

Como si quisiera dar una respuesta provocadora a ese pensamiento, en los


labios del subjefe apareció la sombra de una sonrisa amistosa. Sus modales eran
agradables y eficaces, al tiempo que insistía en volver a agitar la cuerda.

—Cuénteme qué ha descubierto usted en el lugar de los hechos, inspector


jefe —dijo.

«Un necio suele durar poco en su puesto», siguió pensando el inspector jefe
Heat, pero a ese pensamiento le siguió en seguida otro debido a la reflexión de que
un alto funcionario, incluso cuando «sale despedido», y esa era la imagen concreta,
todavía tiene tiempo, según sale por la puerta, de lanzar una dolorosa patada a las
espinillas de un subordinado. Sin suavizar demasiado la mirada de basilisco, dijo
impasible:

—Esa es la parte de la investigación en que nos encontramos en este


momento.

—Muy bien. ¿Y qué ha sacado en claro?

El inspector jefe, que estaba decidido a saltar de la cuerda, alcanzó el suelo


con franqueza desalentadora.

—Una dirección —dijo al tiempo que, sin prisa, sacaba del bolsillo un
harapo chamuscado de tela azul oscura—. Esto es parte del sobretodo que llevaba
el tipo que voló por los aires. Por supuesto el sobretodo puede haber pertenecido a
otra persona, pero no es probable.

El inspector jefe, acercándose a la mesa, alisó cuidadosamente el trozo de


tela azul. Lo había sacado del repulsivo montón del depósito de cadáveres, porque
a veces se encuentra el nombre del sastre debajo del cuello. No suele ser de gran
ayuda, pero aun así… Solo había confiado en encontrar algo útil, pero desde luego
no esperaba encontrar… y por supuesto no debajo del cuello, pero estaba cosido
cuidadosamente en la parte inferior de la solapa, un trozo cuadrado de percal [46],
con una dirección escrita con tinta para marcar la ropa.

El inspector jefe separó de la tela la mano con que la alisaba.

—Me lo llevé sin que nadie se diera cuenta —dijo—. Pensé que sería lo
mejor. Siempre se puede mostrar sí hace falta.

El subjefe de policía, levantándose un poco en su asiento, acercó la tela hacia


su lado de la mesa. Lo contempló sentado en silencio. En un trozo de percal poco
mayor que un papel de liar un cigarrillo solo estaban escritos con unta de marcar el
número 32 y el nombre de la calle Brett. Estaba realmente asombrado.

—No puedo entender cómo es que llevaba esta etiqueta puesta —dijo
levantando la vista hacia el inspector jefe Heat—. Es extraordinario.

—Una vez, en el salón de fumar de un hotel vi a un anciano que llevaba su


nombre y dirección cosidos en todas sus chaquetas por si tenía un accidente o una
enfermedad repentina —dijo el inspector jefe—. Dijo que tenía ochenta y cuatro
años, pero no aparentaba esa edad. Me dijo que también tenía miedo a perder de
repente la memoria, como había leído en el periódico que había sucedido.

Una pregunta del subjefe, que quería saber qué había en el número 32 de la
calle Brett, interrumpió bruscamente el recuerdo. El inspector jefe, empujado a la
realidad por artificios desleales, optó por tomar la vía de la franqueza sin reservas.
Si creía que saber demasiado no era bueno para el departamento, la reserva
razonable de información era todo lo que su lealtad estaba dispuesta a hacer por el
bien del servicio. Si el subjefe quería estropear el caso, por supuesto nada podría
impedírselo. Pero, por su parte, no veía ninguna razón para demostrar presteza.
Así que contestó brevemente:

—Es una tienda.

El subjefe de policía, con la mirada dirigida al trozo de tela azul, esperó a


recibir más información. Como esta no llegaba, decidió obtenerla formulando con
amable paciencia una serie de preguntas. De esa forma se hizo una idea de la
naturaleza del comercio del señor Verloc, su aspecto físico, y por último oyó su
nombre. Se produjo una pausa, y el subjefe de policía levantó los ojos y descubrió
una cierta animación en el rostro del inspector jefe. Se miraron en silencio.
—Por supuesto —dijo el inspector—, el departamento no tiene antecedentes
de este hombre.

—¿Sabía alguno de mis predecesores lo que usted acaba de contarme? —


preguntó el subjefe de policía apoyando los codos sobre la mesa y levantando las
manos unidas hasta colocarlas delante de su rostro, como si estuviera a punto de
ponerse a rezar, pero con una expresión poco devota en los ojos.

—No, por supuesto que no. ¿Para qué? Ese tipo de hombre no puede nunca
presentarse a la opinión pública. Me bastaba saber quién era y cómo utilizarle de
manera que pudiera usarse de cara a la opinión pública.

—¿Y usted cree que poseer esos conocimientos de forma privada es


coherente con la posición oficial que usted ocupa?

—Totalmente. Creo que es totalmente apropiado. Me permito la libertad de


informarle de que eso es lo que hace que yo sea lo que soy y se me considere
alguien que conoce su trabajo. Se trata de un asunto privado mío. Un amigo
personal que trabaja en la policía francesa me dio la pista de que ese tipo era el
espía de una embajada. Amistad privada, información privada, uso privado, así es
como yo lo veo.

El subjefe de policía, tras observar que el estado mental del renombrado


inspector jefe parecía afectar el perfil de su mandíbula inferior, como si la viva
sensación de su alta distinción profesional estuviese localizada en esa parte de su
anatomía, dejó por un momento el tema de lado diciendo con tranquilidad:

—Comprendo.

Después, apoyando la mejilla en las manos juntas, dijo:

—Entonces, hablando entre nosotros, si es así como usted lo desea, ¿desde


hace cuánto tiempo ha estado usted en contacto privado con ese espía de la
embajada?

La respuesta personal del inspector jefe a esta pregunta, tan personal que
nunca tomó la forma de palabras audibles, fue: «Mucho antes de que pensara
alguien en mandarte aquí».

La respuesta que pudiera calificarse de pública fue mucho más precisa:


—Le vi por primera vez en mi vida hace poco más de siete años, cuando dos
altezas imperiales y el canciller imperial se encontraban de visita en este país. Yo
era el responsable de su protección. En aquel entonces, el embajador era el barón
Stott-Wartenheim, un caballero de avanzada edad muy nervioso. Una tarde, tres
días antes del banquete en el ayuntamiento, me mandó decir que quería verme un
momento. Yo estaba en la planta baja y los coches estaban en la puerta, dispuestos
para llevar a las altezas y al canciller a la ópera. Subí inmediatamente, y me
encontré al barón recorriendo su habitación de un lado a otro sumido en un
lamentable estado de angustia, apretándose las manos. Me aseguró que tenía la
más completa confianza en nuestra policía y en mi capacidad, pero que había
llegado un hombre de París de cuya información él se fiaba incondicionalmente.
Quería que yo oyera la información de ese hombre. Me llevó en seguida al vestidor
que estaba en la habitación contigua, y allí vi a un tipo grande sentado en una silla,
completamente solo; llevaba un pesado sobretodo y sostenía el sombrero y el
bastón en la mano. El barón le dijo en francés: «Habla, amigo mío». No había
mucha luz en aquella habitación. Hablé con él durante unos cinco minutos.
Efectivamente, me dio información muy alarmante. Entonces el barón, muy
nervioso, me llevó a un lado y alabó a este hombre, y cuando me volví de nuevo,
descubrí que el tipo había desaparecido comotin fantasma. Supongo que se
levantaría y saldría de allí por las escaleras de la parte de atrás. No tuve tiempo de
seguirle, porque tenía que apresurarme a seguir al embajador, que bajaba ya la
gran escalera, y comprobar que el grupo se dirigía a la ópera sin contratiempos. No
obstante, aquella misma noche actué teniendo en cuenta la información recibida.
Tanto si era totalmente cierta como si no, era bastante grave. Muy posiblemente
nos evitó un grave problema el día de la visita imperial al centro de la ciudad [47].

»Poco más tarde, aproximadamente un mes después de mi ascenso a


inspector jefe, me llamó la atención un hombre grande y fornido que creí haber
visto antes; le vi salir apresuradamente de una joyería en Strand. Le seguí, ya que
iba de camino a Charing Cross[48]. Vi a uno de nuestros detectives, le llamé, le
indiqué el tipo y le di instrucciones para que vigilara sus movimientos durante un
par de días y luego me informara. Esa misma tarde, el detective vino a decirme que
ese día, a las once y media de la mañana, aquel tipo se había casado en el juzgado
con la hija de su casera, y se había ido con ella a Margate[49] a pasar una semana.
Nuestro hombre había visto cómo metían el equipaje en el coche. En las bolsas
había unas cuantas etiquetas viejas de París. No sé por qué no podía quitarme a
aquel tipo de la imaginación, y la próxima vez que tuve que ir de servicio a París le
hable de él a mi amigo de la policía francesa. Mi amigo dijo: “Por lo que me dices,
creo que te refieres a un parásito muy conocido que es emisario del Comité Rojo
Revolucionario. Dice que es inglés de nacimiento. Creemos que lleva muchos años
trabajando como agente secreto de una embajada extranjera en Londres”. Entonces
lo recordé todo. Era el tipo que vi sentado en el vestidor del barón Stott-
Wartenheim. Le dije a mi amigo que tenía razón. Sabía que aquel tipo era agente
secreto. Luego él se tomó la molestia de procurarme los antecedentes del
individuo. Pensé que lo mejor sería enterarme de todo lo posible; pero no creo que
quiera usted oírlo ahora.

El subjefe de policía negó con la cabeza apoyada en las manos.

—La historia de sus relaciones con ese útil personaje es lo único que importa
ahora mismo —dijo, cerrando lentamente sus cansados ojos hundidos, y
abriéndolos después de repente con una mirada mucho más fresca.

—No hay nada oficial en esas relaciones —dijo el inspector jefe


amargamente—. Un día fui a la tienda, le dije quién era y le recordé nuestro primer
encuentro. No se inmutó. Dijo que se había casado y se había establecido, y que
todo lo que ahora deseaba era que le dejaran en paz con su pequeño negocio. Le
hice la promesa de que, mientras no hiciera nada realmente censurable, la policía le
dejaría en paz. Una cosa así le era muy útil, porque habría bastado una palabra
nuestra a la gente de Aduanas para que hubieran abierto en Dover [50] un par de
esos paquetes que recibe de París y Bruselas, con la consiguiente confiscación de
los mismos y un probable procesamiento al final.

—Es un negocio bastante precario —murmuró el subjefe de policía—. ¿Por


qué decidió dedicarse a eso?

El inspector jefe levantó con desgana las cejas con un gesto despectivo.

—Seguramente tiene una conexión, o amigos, en el Continente, entre gente


que comercia con ese tipo de productos. Probablemente son parecidos a él. Es un
vago, como todos ellos.

—¿Qué obtiene usted de él a cambio de su protección?

El inspector jefe no estaba dispuesto a seguir dando explicaciones sobre el


valor de los servicios de Verloc.

—No le serviría a nadie de nada, excepto a mí. Hay que saber de antemano
muchas cosas para poder utilizar a un hombre como ese. Yo puedo deducir qué
tipo de pistas puede dar. Y cuando necesito una pista, generalmente él me la puede
proporcionar.
El inspector jefe se sumió de repente en una discreta actitud reflexiva, y el
subjefe de policía reprimió una sonrisa cuando se le pasó por la imaginación que la
reputación del inspector jefe Heat podría deberse en gran parte al agente secreto
Verloc.

—En un aspecto más general de utilidad, todos nuestros hombres de la


sección de delitos especiales en Charing Cross y Victoria tienen órdenes de
observar cuidadosamente a todo el que sea visto con él. Con frecuencia va a recibir
a los recién llegados y después se mantiene en contacto con ellos. Parece haber sido
elegido para esa clase de tarea. Cuando necesito una dirección urgentemente,
siempre me la consigue. Por supuesto, sé cómo manejar nuestras relaciones. En
estos dos últimos años, no he hablado con él ni tres veces. Le mando cuatro letras,
sin firma, y él me responde del mismo modo a mi dirección particular.

De vez en cuando, el subjefe de policía afirmaba casi imperceptiblemente


con la cabeza. El inspector jefe añadió que no creía que Verloc tuviera íntimas
relaciones de confianza con los miembros más importantes del Comité
Revolucionario Internacional, pero gozaba de su confianza, de eso no cabía
ninguna duda.

—Siempre que he presentido que se estaba tramando algo —concluyó—, me


he encontrado con que él podía decirme algo que merecía la pena saber.

El subjefe de policía hizo una importante observación:

—Pero esta vez le ha fallado.

—Tampoco yo he presentido nada —respondió el inspector jefe Heat—. No


le he preguntado nada, así que tampoco me ha podido decir nada. No es uno de
nuestros hombres; no es como si estuviera en nómina.

—No —murmuró el subjefe de policía—. Es un espía a sueldo de un


gobierno extranjero. No podríamos reconocerlo públicamente.

—Tengo que hacer mi trabajo a mi manera —afirmó el inspector jefe—. Para


conseguirlo haría tratos con el propio diablo y correría con las consecuencias. Hay
cosas que no puede saber todo el mundo.

—Su idea del secretismo parece consistir en mantener en la ignorancia al jefe


de su departamento. Eso es llevar las cosas demasiado lejos. ¿Vive encima de la
tienda?
—¿Quién? ¿Verloc? Sí, vive encima de la tienda. Creo que la madre de su
mujer vive con ellos.

—¿Se vigila la casa?

—No, por Dios. No resultaría. Se observa a algunos de los que entran. Mi


opinión es que no sabe nada de este asunto.

—¿Cómo se explica usted esto?

El subjefe de policía señaló con un movimiento de la cabeza el trozo de tela


que tenía delante, sobre la mesa.

—No me lo explico. Es simplemente inexplicable. No me lo puedo explicar a


partir de lo que sé —el inspector jefe lo admitió con la franqueza de un hombre
cuya reputación es sólida como una roca—. Por lo menos no puedo explicarlo de
momento. Creo que el hombre que más ha tenido que ver con ello ha sido
Michaelis.

—¿Está seguro?

—Sí, porque puedo responder por los otros.

—¿Y el otro hombre que huyó del parque?

—Yo creo que en estos momentos se halla bastante lejos —opinó el inspector
jefe.

El subjefe de policía le miró con dureza y se levantó de repente, como si


hubiera tomado la decisión de seguir una vía de acción determinada. De hecho,
acababa de sucumbir a una tentación fascinante. El inspector jefe oyó cómo le
despedían con instrucciones para reunirse con su superior el día siguiente por la
mañana, para continuar las consultas sobre el caso. Escuchó con gesto
impenetrable y salió de la habitación con paso tranquilo.

Cualesquiera que fuesen los planes del subjefe de policía, no tenían nada
que ver con el trabajo administrativo, que era la maldición de su existencia debido
a su carácter de aislamiento y aparente falta de realidad. No podía haber sido eso,
porque entonces el aire de presteza que invadió al subjefe de policía habría
resultado inexplicable. Tan pronto como se quedó solo, cogió el sombrero
impulsivamente y se lo puso. Después, se sentó otra vez a reconsiderar todo el
asunto. Pero no tardó mucho tiempo en actuar, porque ya estaba decidido. Y antes
de que el inspector jefe hubiera podido alejarse mucho en su camino hacia su casa,
el subjefe de policía también abandonó el edificio.
Capítulo VII

El subjefe de policía caminó a lo largo de una calle corta y estrecha como una
trinchera mojada y llena de barro, luego cruzó una avenida muy ancha, entró en
un edificio oficial y pidió ver al joven secretario particular (sin sueldo) de un gran
personaje.

Este joven, rubio y barbilampiño, cuyo pelo, peinado simétricamente le daba


la apariencia de un escolar alto y aseado, acudió a la demanda del subjefe de
policía con mirada dubitativa y conteniendo la respiración.

—¿Si querría recibirle? No lo sé. Ha venido caminando del Parlamento hace


una hora para hablar con el subsecretario, y ahora está a punto de regresar allí
caminando también. Podía haber mandado que le llevaran, pero supongo que
quiere hacer un poco de ejercicio. Eso es todo el ejercicio que puede hacer mientras
dura la sesión. No me quejo; disfruto bastante con estos pequeños paseos. Se apoya
en mi brazo y no abre la boca, pero, como le digo, está muy cansado y, en fin,
ahora mismo no está precisamente de buen humor.

—Es sobre algo relacionado con el asunto de Greenwich.

—¡Ah! Está muy enfadado con su gente. Pero, si insiste usted, iré a ver.

—Hágalo, amigo mío —dijo el subjefe de policía.

El secretario sin sueldo admiró el coraje del policía, y poniendo cara de


inocencia abrió la puerta y entró con la seguridad de un niño amable y
privilegiado. Al cabo de un rato volvió a aparecer e hizo una señal con la cabeza al
subjefe de policía, quien entró por esa misma puerta, que el otro mantenía abierta,
y se encontró con el gran personaje en una espaciosa habitación.

Vasto en corpulencia y estatura, de rostro alargado y pálido que se


ensanchaba en la base mediante una gran papada y adquiría el aspecto de un
huevo a la altura de las puntas de las canosas patillas, el gran personaje parecía un
hombre en expansión. Lamentablemente, desde el punto de vista de la confección,
los pliegues cruzados en la cintura de la chaqueta negra abotonada reforzaban esa
impresión, como si la botonadura de la prenda se mantuviera cerrada a duras
penas. Desde la cabeza, que apoyaba en un grueso cuello, los ojos, de párpados
hinchados y semicerrados, miraban con altanería a ambos lados de la nariz,
aguileña y agresiva, saliente noble en la vasta circunferencia pálida de su rostro.
Un sombrero brillante de seda y un par de guantes gastados en un extremo de una
larga mesa parecían también agrandados, enormes.

Estaba de pie sobre la alfombra situada junto a la chimenea, calzado con


botas grandes y holgadas, y no dijo palabra alguna de saludo.

—Quisiera saber si este es el principio de otra campaña de atentados con


dinamita —dijo de pronto con voz profunda y suave—. No me cuente los detalles,
no tengo tiempo para oírlos.

La figura del subjefe de policía delante de aquella Presencia grande y rústica


tenía la frágil ligereza de un junco dirigiéndose a un roble. Y, efectivamente, la lista
ininterrumpida de antepasados de aquel hombre sobrepasaba en el número de
siglos la edad del roble más antiguo del país.

—No. Con la relativa garantía que supone estar seguro de algo, le aseguro
que no.

—Su concepción de lo que es la seguridad ahí fuera —dijo el gran hombre


haciendo un ademán de desprecio con la mano en dirección a una ventana que
daba a la ancha avenida— parece consistir sobre todo en hacer que el secretario de
estado parezca un estúpido. Hace menos de un mes me aseguraron en esta misma
habitación que algo así sería imposible.

El subjefe de policía miró con calma en dirección a la ventana.

—Permítame decirle, sir Ethelred, que hasta ahora no he tenido la


oportunidad de darle ningún tipo de garantía.

La altiva inclinación de los ojos se centró en el subjefe de policía.

—Es cierto —confesó la voz grave y serena—. Mandé llamar a Heat. Usted
es todavía un novato en su nuevo empleo. ¿Qué tal le van las cosas?

—Creo que aprendo algo nuevo todos los días.

—Por supuesto, por supuesto. Espero que consiga salir adelante.

—Gracias, sir Ethelred. Hoy he aprendido algo nuevo hace menos de una
hora. Hay muchas cosas en este asunto que no aparecen en los habituales
atentados anarquistas, por mucha atención que se ponga al examinar los hechos.
Por eso estoy aquí.

El gran hombre puso los brazos en jarras, con el dorso de sus grandes manos
descansando en las caderas.

—Muy bien. Adelante. Pero sin detalles, por favor. No me cuente los
detalles.

—No se preocupe, sir Ethelred —dijo el subjefe de policía con


despreocupada seguridad.

Mientras hablaba, las manillas del reloj que había detrás del gran hombre,
un pesado aparato brillante de sólidas volutas del mismo mármol que el de la
repisa de la chimenea, de tictac fantasmal y evanescente, recorrieron siete minutos.
Hablaba con estudiada fidelidad, como si lo que decía estuviese entre paréntesis,
de forma que cada pequeño hecho, es decir, cada detalle, encajaba con deliciosa
facilidad. Ni un murmullo, ni un movimiento que indicara interrupción. El Gran
Personaje podía haber sido la estatua de uno de sus magníficos antecesores
despojado de la armadura de cruzado y metido en una levita que no le quedaba
bien. El subjefe de policía se sentía como si se pudiera permitir hablar durante una
hora. Pero se dejó guiar por su sentido común y, al final del tiempo mencionado
más arriba, terminó con una repentina conclusión que, reproduciendo la
afirmación del principio, sorprendió agradablemente a sir Ethelred por su aparente
rapidez y su vigor.

—Lo que se esconde bajo la superficie de este asunto, que si no, no sería
grave, es insólito y requiere un enfoque especial.

El tono de voz de sir Ethelred sonó grave, lleno de convicción.

—Estoy de acuerdo, estando implicado el embajador de una potencia


extranjera.

—¡Ah, el embajador! —protestó el otro, erguido y delgado, permitiéndose


solo sonreír a medias—. Sería estúpido por mi parte afirmar nada parecido. Y es
absolutamente innecesario, porque, si mis suposiciones son correctas, el que sea
embajador o un simple portero es un detalle sin importancia.

Sir Ethelred abrió la boca tanto, que parecía una caverna a la que parecía
ansiar asomarse la nariz aguileña; de su interior se oyó salir un sonido lejano que
se aproximaba rodando, como si procediera de un órgano distante, reprimido por
una dosis de desprecio e indignación.

—¡No puede ser! Esa gente es increíble. ¿Qué pretende importando aquí los
métodos de los tártaros de Crimea[51]? Hasta un turco tendría más decencia que
ellos.

—Olvida usted, sir Ethelred, que en realidad todavía no sabemos nada


concreto.

—¡No! Pero ¿cómo lo calificaría usted en pocas palabras?

—De atrevimiento descarado, que viene a ser igual que infantilismo de un


tipo especial.

—No podemos consentir la inocencia de niños peligrosos —dijo el


expandido y Gran Personaje, como si se expandiera aún más, por así decirlo. La
altiva mirada golpeó con efectos devastadores la alfombra a los pies del subjefe de
policía—. Habrá que llamarlos al orden por este asunto. Tenemos que estar
preparados para… ¿Cuál es su opinión general, en pocas palabras? No necesita
contarme los detalles.

—No, sir Ethelred. En principio, yo dejaría claro que no se tolera la


existencia de agentes secretos, como si con eso se tendiera a aumentar el peligro
que están habituados a correr. Ni que el espía fabrique su información como si
fuera una trivialidad. Pero en la esfera de la acción política y revolucionaria, que en
parte se basa en la violencia, el espía profesional tiene toda clase de posibilidades
para crear él mismo los hechos, y propagará el daño doblemente; la emulación en
una dirección, y el pánico, la legislación precipitada, el odio irreflexivo, en otra. Sin
embargo, este es un mundo imperfecto y…

La voz grave de la Presencia, que escuchaba de pie en la alfombra junto a la


chimenea, inmóvil, en jarras, dijo apresuradamente:

—Haga el favor de ir al grano.

—Sí, sir Ethelred. Un mundo imperfecto. Por eso, en cuanto la naturaleza del
caso se me hizo evidente, pensé que había que resolverlo con especial hermetismo,
y me aventuré a venir aquí.

—Muy bien —aprobó el Gran Personaje, dirigiendo la mirada hacia abajo,


por encima de su papada—. Me alegro de que haya alguien en su departamento
que opine que hay que confiar de cuando en cuando en el secretario de Estado.

Los labios del subjefe de policía dibujaron una sonrisa divertida.

—Creo que en esta fase podría ser oportuno sustituir a Heat por…

—¡Cómo! ¿Heat? ¿Que es un imbécil? —exclamó el gran hombre con clara


animosidad.

—En absoluto. Por favor, sir Ethelred, no interprete usted tan injustamente
mis observaciones.

—Entonces, ¿qué es? ¿Demasiado listo?

—Tampoco, al menos no generalmente. Todas mis conjeturas se basan en su


información. Lo único que he descubierto por mí mismo es que Heat ha estado
usando privadamente a ese hombre. ¿Quién puede culparle? Es un policía con
mucha experiencia. Él mismo me ha dicho que necesita instrumentos para trabajar.
Pero creo que este instrumento debería cederse a la División de Delitos Especiales,
en lugar de seguir siendo propiedad privada del inspector jefe Heat. Mi concepto
de los deberes de nuestro departamento abarca la supresión del agente secreto.
Pero el inspector jefe Heat es un antiguo experto del departamento, y me acusaría
de pervertir la moral de la institución y socavar su eficacia. Él lo definiría
amargamente como protección ofrecida a la clase delincuente de los
revolucionarios. Para él, eso es justo lo que significaría.

—Sí, pero ¿qué quiere usted decir?

—Lo que quiero decir es, primero, que de poco sirve estar en situación de
declarar que un acto violento, que daña la propiedad o destruye vidas humanas,
no es en absoluto obra de anarquistas, sino que es algo completamente diferente:
una especie de picaresca autorizada. Supongo que esto se da con mucha más
frecuencia de lo que pensamos. Segundo, es evidente que el hecho de que esa gente
esté a sueldo de gobiernos extranjeros destruye hasta cierto punto la eficacia de
nuestra vigilancia. Un espía de esa clase puede permitirse ser mucho más
imprudente que el conspirador más imprudente. Sus actos están libres de todo tipo
de freno. Carece de toda la fe necesaria para la negación completa, y está tan poco
sujeto a la ley como hace falta para estar en la ilegalidad. En tercer lugar, la
existencia de ese tipo de espías entre los grupos revolucionarios, cuya presencia
entre nosotros se nos acusa de tolerar, elimina todo tipo de certidumbre. Usted
recibió hace algún tiempo del inspector jefe Heat una declaración tranquilizadora.
No era en absoluto descabellada, y sin embargo este episodio ha sucedido. Lo
llamo episodio porque me atrevería a decir que este asunto es episódico; no forma
parte de ningún plan general, aunque sea descabellado. Los propios detalles que
sorprenden y dejan perplejo al inspector jefe Heat ponen de manifiesto ese
carácter, sir Ethelred, no estoy exponiendo detalles.

El personaje, de pie sobre la alfombra al pie de la chimenea, había estado


escuchando con profunda atención.

—Muy bien. Sea usted todo lo conciso que pueda.

El subjefe de policía insinuó mediante un gesto serio y deferente que hacía


todo lo posible por serlo.

—Este asunto tiene algo especialmente torpe e inconsistente que me hace


concebir muchas esperanzas de llegar a entenderlo y de encontrar algo más que el
antojo de un fanático. Porque no cabe duda de que ha sido planeado. Al parecer, la
persona que pretendía perpetrar el atentado fue llevada hasta el lugar de los
hechos y después fue abandonada precipitadamente a su suerte. La deducción es
que le trajeron del extranjero para que cometiera el atentado. Al mismo tiempo, la
conclusión que parece inevitable es que no sabía suficiente inglés para preguntar
por la dirección a la que se dirigía, salvo que se acepte la fantástica teoría de que
era sordomudo. Me pregunto…, no, es inútil. Es evidente que él mismo provocó el
accidente que acabó con su vida. No es que haya sido un accidente fuera de lo
común, pero hay un pequeño detalle que sí es extraordinario: la dirección que
había en su ropa, descubierta por mera casualidad. Es un detalle increíble, tan
increíble que la explicación que lo justifique estará estrechamente relacionada con
el fondo del asunto. En lugar de encargar a Heat que investigue el caso, tengo el
propósito de buscar yo mismo esa explicación; quiero decir, personalmente, allí
donde está, en un pequeño comercio de la calle Brett, y en los labios de un cierto
agente secreto que fue en su día el espía confidencial del fallecido barón Stott-
Wartenheim, embajador de una gran potencia ante la Corte de San Jaime.

El subjefe de policía hizo una pausa y después añadió:

—Esa gente es como la peste.

Para poder levantar la mirada hasta el nivel del rostro de su interlocutor, el


Personaje echó poco a poco la cabeza hacia atrás, lo que le dio un aspecto de
extraordinaria altivez.
—¿Por qué apartar a Heat del caso?

—Porque es uno de los antiguos expertos del departamento. Tiene una


moralidad muy peculiar. La forma de investigación que quiero seguir le parecería
una perversión espantosa del deber. Para él, el deber solo consiste en atribuir la
culpa a tantos anarquistas importantes como pueda, basándose en cualquier leve
pista que encuentre en sus investigaciones sobre el terreno; mientras que, en su
opinión, lo que yo quiero es reivindicar su inocencia. Estoy intentando hacer todo
lo posible por presentarle este complicado asunto sin entrar en detalles.

—Así que eso es lo que él pensaría —musitó la orgullosa cabeza de sir


Ethelred desde lo alto.

—Creo que sí; con una indignación y un disgusto que ni usted ni yo nos
podemos imaginar. Es un funcionario excelente. No debemos someter su lealtad a
una excesiva presión; eso es siempre un error. Además, quiero tener entera
libertad, más libertad de la que tal vez sería aconsejable dar al inspector jefe Heat.
No tengo la menor intención de dejar al margen a ese Verloc. Supongo que se
sorprenderá mucho cuando vea que hemos descubierto tan rápidamente su
relación con este asunto, sea la que sea. No será difícil asustarle. Pero nuestro
objetivo va más allá. Necesito el permiso de usted para prometerle todas las
garantías necesarias de seguridad personal que yo considere necesario darle.

—Por supuesto —dijo el Personaje desde la alfombra junto a la chimenea—.


Descubra todo lo que pueda, investigue el caso a su manera.

—Tengo que empezar inmediatamente, esta misma tarde —dijo el subjefe de


policía.

Sir Ethelred introdujo una mano bajo los faldones de su levita, y, echando la
cabeza hacia atrás, le miró fijamente.

—La sesión de esta noche se celebrará a una hora muy avanzada —dijo—.
Venga al Parlamento a comunicarme lo que haya descubierto si todavía seguimos
en la reunión. Avisaré a Toodles[52] para que le esté esperando y le lleve a mi
despacho.

Los numerosos familiares y las muchas relaciones del joven secretario


particular abrigaban para él la esperanza de llegar a conseguir un destino austero y
elevado. Entre tanto, la esfera social adornada por él en sus horas de ocio le
halagaba llamándole con el apodo anteriormente citado. Y sir Ethelred, al oírlo
todos los días de los labios de su esposa e hijas (casi siempre a la hora del
desayuno), confirió a ese sobrenombre la dignidad de pronunciarlo sin sonreír al
mismo tiempo.

El subjefe de policía se quedó sorprendido y se sintió enormemente


halagado.

—Por supuesto, iré al Parlamento a comunicarle los resultados de mis


investigaciones, por si acaso tiene usted tiempo…

—No lo tendré —interrumpió el Gran Personaje—. Pero me encontraré con


usted. Ahora no tengo tiempo. ¿Piensa ir en persona?

—Sí, sir Ethelred. Creo que es lo mejor.

El Personaje había echado tanto la cabeza para atrás, para poder observar al
subjefe de policía, que casi tenía que cerrar los ojos.

—¡Ajá! ¿Y cómo se propone usted…? ¿Piensa disfrazarse?

—Solo un poco. Por supuesto me cambiaré de ropa.

—Por supuesto —repitió el Gran Hombre, con una especie de distante


altivez.

Volvió su enorme cabeza lentamente, y lanzó una mirada de soslayo por


encima del hombro hacia el pesado reloj, que emitía el furtivo y apenas audible
tictac. Las doradas manecillas a su espalda habían conseguido robarle nada menos
que veinticinco minutos.

El subjefe de policía, que no podía ver las manecillas, se puso un poco


nervioso en el intervalo, pero el Gran Hombre le presentó un rostro tranquilo e
impávido.

—Muy bien —dijo, y guardó silencio, como si quisiera mostrar un desprecio


deliberado hacia el reloj oficial—. ¿Pero qué ha sido lo que le ha hecho moverse en
esta dirección?

—Siempre he sido de la opinión de que… —empezó a hablar el subjefe de


policía.
—¡Ah, sí! La opinión, por supuesto. Lo que quiero saber es cuál fue el
motivo inmediato.

—¿Qué puedo decirle, sir Ethelred? El antagonismo que siente un novato


hacia los antiguos métodos. El deseo de saber algo sin intermediarios. Un
sentimiento de impaciencia. Es mi antiguo trabajo, pero con otra apariencia. El
asunto me ha irritado en un par de puntos sensibles.

—Espero que todo le vaya bien en su nuevo destino —dijo el Gran Hombre
con amabilidad, al tiempo que extendía la mano, blanda al contacto, pero grande y
poderosa como la mano de un granjero ido a más. El subjefe de policía le estrechó
la mano y luego se retiró.

En la habitación contigua, Toodles, que había estado esperando apoyado en


el borde de una mesa, avanzó hacia él reprimiendo su vivacidad natural.

—¿Y bien? ¿Resultado satisfactorio? —preguntó con frívola importancia.

—Perfecto. Se ha ganado usted mi eterna gratitud —respondió el subjefe de


policía, cuyo rostro alargado parecía inexpresivo en contraste con el carácter
peculiar de la seriedad del otro, quien parecía siempre dispuesto a estallar en
murmullos de alegría y risas.

—Me alegro. Pero, en serio, no puede usted imaginarse lo que le irritan los
ataques contra su ley de nacionalización de la pesca. Lo llaman el comienzo de la
revolución social. Por supuesto que es una medida revolucionaria. Pero esa gente
no tiene decencia. Los ataques personales…

—Suelo leer los periódicos —observó el subjefe de policía.

—Son odiosos, ¿no? Y usted no se imagina la inmensa cantidad de trabajo


que tiene todos los días. Lo hace todo personalmente. Con lo de la pesca parece
incapaz de confiar en nadie.

—Sin embargo, ha dedicado media hora de su atención a mi pequeña


sardina —interrumpió el subjefe de policía.

—¿Pequeña? Me alegro de que así sea. Pero entonces es una pena que le
haya interrumpido usted. La lucha por esa ley le agota terriblemente. Se está
quedando extenuado. Lo noto por su forma de apoyarse en mi brazo cuando
caminamos. Y lo que me pregunto es si está a salvo en la calle. Mullins ha hecho
venir aquí a sus hombres esta tarde. Hay un agente detrás de cada farola, y una de
cada dos personas con que nos cruzamos de aquí a Palace Yard es un policía. Con
el tiempo eso le sacará de quicio. No creo que esos bribones extranjeros puedan
tirarle una bomba. Sería un desastre nacional. El país no puede prescindir de él.

—Por no mencionarle a usted. Él se apoya en su brazo —sugirió el subjefe


de policía solemnemente—. Los alcanzaría a los dos.

—¿Acaso no sería esa una manera fácil para un joven de pasar a la historia?
Muy pocos ministros británicos han muerto asesinados, como para considerarlo un
accidente de poca importancia. Pero, en serio…

—Creo que, si quiere usted pasar a la historia, tendrá que hacer algo para
merecerlo. Francamente no creo que exista ningún otro peligro para ustedes más
que el exceso de trabajo.

El simpático Toodles acogió la afirmación con una risita.

—La pesca no acabará conmigo. Estoy acostumbrado a trabajar hasta muy


tarde —declaró con ingenua frivolidad. Pero sintió escrúpulos momentáneos y
comenzó a adoptar el aire preocupado propio de los estadistas como el que se pone
un guante—. Su sólido intelecto puede soportar todo el trabajo que haga falta. Son
sus nervios lo que me preocupa. Esa banda de reaccionarios, con ese bruto
injurioso de Cheeseman[53] a la cabeza, le insulta todas las noches.

—¡Si insiste en empezar una revolución! —murmuró el subjefe de policía.

—Ha llegado el momento, y él es el único gran hombre capaz de esa labor —


protestó el revolucionario Toodles, inflamándose bajo la mirada de curiosidad del
subjefe de policía.

En algún lugar del corredor una campana repiqueteó con urgencia, y, al


oírla, con vigilancia devota, el joven irguió las orejas.

—Ya está listo para partir —exclamó en un susurro, cogió su sombrero y


desapareció de la habitación.

El subjefe de policía salió de forma menos elástica por otra puerta. Volvió a
cruzar la amplia avenida, atravesó una callejuela y entró deprisa en el edificio
donde se encontraba su propio departamento. Mantuvo el ritmo acelerado de sus
pasos hasta llegar a la puerta de su despacho privado. Antes de haber cerrado del
todo la puerta, buscó el escritorio con la mirada. Permaneció inmóvil un momento,
luego fue hasta la mesa, miró el suelo a su alrededor, se sentó en la silla, hizo sonar
la campana, y esperó.

—¿Se ha marchado ya el inspector jefe Heat?

—Sí. Se fue hace media hora.

El subjefe de policía hizo un gesto de aprobación.

—Muy bien.

Y sin decir nada, sentado en la silla con el sombrero echado hacia atrás,
pensó que eso era lo que cabía esperar del maldito descaro de Heat, llevarse
consigo sin decir nada la única prueba. Pero lo pensó sin animosidad. Son las
libertades que se toman los agentes antiguos y apreciados. El trozo del sobretodo
con la dirección cosida no es algo que se deje en cualquier sitio. Apartó de su
imaginación la prueba de desconfianza hacia el inspector jefe Heat y escribió y
envió una nota a su mujer, encargando que presentara sus excusas a la gran dama
de Michaelis, con la que tenían una cita para cenar aquella noche.

La chaqueta corta y el sombrero bajo y redondo que se estaba poniendo en


una especie de alcoba con cortinas donde había un lavabo, una fila de perchas de
madera y una estantería, resaltaban admirablemente la longitud de su rostro grave
y oscuro. Retrocedió hasta situarse donde pudiera recibir toda la luminosidad de la
habitación, con el aspecto de un frío y reflexivo don Quijote, de ojos hundidos de
oscuro entusiasta y maneras muy premeditadas. Abandonó rápidamente, como
una sombra discreta, el escenario de su trabajo cotidiano. Su descenso hasta la calle
fue como el descenso a un acuario viscoso del que se hubiera salido el agua. La
humedad, sombría y lóbrega, le envolvía. Los muros de las casas estaban mojados,
el barro de la calzada brillaba con un efecto fosforescente, y cuando llegó a Strand
procedente de una callejuela del lado de la estación de Charing Cross, el espíritu
del ambiente lo asimiló. Podía haber sido uno más de esos raros tipos forasteros
que solo se ven allí por la noche, y que pasan revoloteando hasta perderse al
doblar una oscura esquina.

Se detuvo en el mismo bordillo de la acera y esperó. En medio del confuso


movimiento de luces y sombras que atestaban la calle, sus experimentados ojos
distinguieron un cabriolé que se aproximaba lentamente. No hizo ninguna señal,
pero cuando el estribo, que se deslizaba junto al bordillo de la acera, llegó a la
altura de sus pies, saltó con habilidad delante de la gran rueda y habló a través de
la pequeña trampilla, casi antes de que el hombre que miraba en posición supina
desde el pescante se diera cuenta de que le habían abordado para hacer un viaje.

El trayecto no fue largo. Terminó bruscamente a una señal, en ningún sitio


en particular, casualmente entre dos farolas delante de una gran pañería, en un
lugar donde muchas tiendas tenían ya echados los cierres de hierro acanalado.
Ofreció una moneda a través de la trampilla, y el pasajero desapareció, dejando
tras de sí en la mente del cochero un impresión espectral, misteriosa y excéntrica.
Pero al tacto, el tamaño de la moneda era más que pasable, y como la educación
del cochero no era literaria, no le inquietó el temor de que se le convirtiera en una
hoja seca en el bolsillo. La naturaleza de su profesión le situaba al margen del
mundo de sus clientes, así que se limitaba a contemplar las acciones de estos con
relativo interés. Tiró con fuerza de las riendas del caballo para hacerle girar a la
derecha, manifestando así su filosofía de la vida.

Entre tanto, el subjefe de policía ya estaba pidiendo algo al camarero de un


pequeño restaurante italiano a la vuelta de la esquina, una de esas trampas, larga y
estrecha, para hambrientos que pican el anzuelo de los espejos y los manteles
blancos; sin aire, pero con una atmósfera propia, la atmósfera de la cocina
fraudulenta que se burla de una abyecta humanidad en la más acuciante de sus
miserables necesidades. Inmerso en este ambiente de inmoralidad, el subjefe de
policía, reflexionando sobre la empresa que había emprendido, pareció perder una
parte aún mayor de su identidad. Tenía sensación de soledad, de libertad malsana.
Era una sensación bastante agradable. Tras pagar su breve colación, se levantó y
vio su propia imagen reflejada en un espejo, y se quedó sorprendido por su
apariencia de extranjero. Contempló su imagen con mirada inquisitiva y
melancólica; luego, guiado por una repentina inspiración, se levantó el cuello de la
chaqueta. Esta medida le pareció adecuada, y la completó retorciendo hacia arriba
las puntas de su negro bigote. Se sintió satisfecho por los sutiles cambios de su
aspecto personal que producían estas pequeñas modificaciones.

«Queda bastante bien —pensó—. Ahora me mojaré un poco y me salpicaré


de barro».

Se dio cuenta de que el camarero estaba justo detrás de él y de que había un


pequeño montón de monedas de plata al borde de la mesa que tenía delante. El
camarero las observaba con un ojo, mientras que con el otro seguía la larga espalda
de una mujer alta y no muy joven que se dirigía hacia una mesa alejada, como si
fuera totalmente invisible y completamente inalcanzable. Parecía una clienta
habitual.

Al salir, el subjefe de policía se hizo a sí mismo la observación de que el


frecuentar la cocina fraudulenta había provocado que los clientes del lugar
perdieran todas sus características nacionales y privadas, lo que resultaba extraño
porque los restaurantes italianos son una institución específicamente británica.
Pero aquella gente había perdido su nacionalidad tan completamente como la
comida que les ponían delante con todos los agravantes de dudosa respetabilidad.
Tampoco podía reconocérseles a aquellas personas ningún tipo de personalidad
profesional, social o racial. Parecían hechos para el restaurante italiano, a no ser
que tal vez ese tipo de restaurante hubiera sido creado para ellos. Pero esta última
hipótesis era impensable, ya que no se les podría localizar en ningún sido que no
fuera esa clase de establecimientos. Son enigmáticos personajes que no se
encuentran en ningún otro sitio. Resulta imposible hacerse una idea precisa de sus
ocupaciones durante el día ni de adónde pasan la noche. También él estaba fuera
de lugar. Nadie hubiera podido adivinar su profesión. Y en cuanto a dónde pasar
la noche, él mismo tenía dudas al respecto; no sobre cuál era su domicilio, sino
sobre la hora a la que podría regresar a su casa. Se sintió poseído de una agradable
sensación de independencia cuando las puertas de cristal se cerraron tras sus
espalda con un ruido imperfecto y confuso. Se introdujo en seguida en una
inmensidad de barro resbaladizo y mortero húmedo, sembrado de farolas y
envuelto, oprimido, penetrado, asfixiado y ahogado por la oscuridad de una
húmeda noche londinense, compuesta de hollín y gotas de agua.

Brett Street no estaba muy lejos. Era una calle estrecha que salía de un
espacio triangular abierto rodeado por casas oscuras y misteriosas; templos de
pequeños comercios sin clientes durante la noche. Únicamente el tenderete de una
frutería en una esquina ponía una fuerte pincelada de luz y color. Más allá todo era
oscuridad, y las pocas personas que iban en aquella dirección desaparecían al
alejarse solo un paso tras los relucientes montones de naranjas y limones. Los
pasos no hacían eco. No volverían nunca a oírse. Desde lejos, el temerario jefe del
Departamento de Delitos Especiales observaba con interés estas desapariciones. Se
sentía despreocupado, como si estuviera emboscado y se encontrara
completamente solo en la jungla, a muchos miles de kilómetros de las mesas de su
departamento y las escribanías oficiales. Ese júbilo y esa dispersión de
pensamientos ante una tarea de cierta importancia parece demostrar que, después
de todo, el mundo en que vivimos no es un asunto tan serio. Porque el subjefe de
policía no era de carácter inclinado a la frivolidad.

El policía de guardia proyectó su forma sombría y en movimiento sobre el


luminoso esplendor de las naranjas y limones, y desapareció sin prisa en Brett
Street. Como si perteneciera a la clase delincuente, el subjefe de policía permaneció
escondido, esperando a que regresara. Pero aquel agente pareció haberse
convertido en una baja definitiva para el servicio. No volvió; seguramente se
dirigió hacia el otro extremo de Brett Street.

Al llegar a esta conclusión, el subjefe de policía se adentró a su vez en la


calle y se encontró frente a un coche grande, parado en frente de las ventanas
apenas iluminadas de un restaurante para cocheros. El conductor estaba adentro
recobrando fuerzas, mientras los caballos, con las cabezas inclinadas hacia el suelo,
devoraban sin cesar el forraje de los morrales. Más adelante, en la acera de
enfrente, otro retazo de luz sospechosa surgía del escaparate de la tienda del señor
Verloc, en que colgaban papeles y se amontonaban difusas pilas de cajas de cartón
y formas que parecían libros. El subjefe de policía observaba desde la calzada. No
había duda. Junto al escaparate, la puerta entreabierta dejaba escapar un claro y
fino haz de luz de gas que sorteaba las sombras de cosas indescriptibles y se
reflejaba en el pavimento.

Detrás del subjefe de policía, el coche y los caballos se fundían en una masa
y parecían algo vivo, un monstruo negro de lomo cuadrado que bloqueaba la
mitad de la calle al tiempo que daba repentinas coces metálicas, emitía feroces
cascabeleos y daba fuertes resoplidos. La barrera de luces brillantes, en frente de
las sombras que se acumulaban alrededor de la humilde morada de la felicidad
doméstica del señor Verloc, parecía obligar a la oscuridad de la calle a replegarse
sobre sí misma, y la hacía más tenebrosa, inquietante y siniestra.
Capítulo VIII

Gracias a que su persistente insistencia había infundido cierto calor al frío


interés de varios taberneros (antiguas amistades de su infortunado difunto
esposo), la madre de la señora Verloc consiguió que la admitieran en un asilo
fundado por un tabernero acomodado para viudas indigentes de miembros de la
profesión.

Su temperamento, astuto e inquieto, le hizo concebir la idea, y después había


perseguido aquel objetivo con hermetismo y decisión. Sucedió en la época en que
su hija Winnie no pudo resistir el impulso de contarle al señor Verloc que «la
semana pasada mamá se ha gastado casi todos los días media corona y cinco
chelines en viajes en coche». No lo decía para criticarla. Winnie respetaba las
debilidades de su madre. Era solo que le sorprendía esa repentina manía por la
locomoción. El señor Verloc, que a su manera era bastante generoso, desechó el
comentario con un gruñido porque le distraía de sus reflexiones. Estas eran
frecuentes, profundas y prolongadas; y se centraban en algo más importante que
cinco chelines. Mucho más importante, e incomparablemente más difícil de
dilucidar con serenidad filosófica en todos sus aspectos.

Conseguido su propósito con hermética astucia, la heroica anciana se lo


confesó todo a la señora Verloc. Sentía el alma triunfante y el corazón agitado.
Temblaba en su interior, porque temía y admiraba el carácter tranquilo y reservado
de su hija Winnie, cuyos terribles silencios hacían temible su desagrado. Pero no
permitió que su aprensión interior la privara de la ventaja de la placidez venerable
que conferían a su aspecto exterior la triple papada, la amplitud flotante de sus
antiguas formas y la impotencia de las piernas.

La sorpresa que le causó la información fue tan inesperada, que la señora


Verloc, en contra de su reacción habitual cuando le dirigían la palabra, interrumpió
la labor doméstica que la ocupaba. Estaba quitando el polvo a los muebles de la
trastienda y volvió la cabeza hacia su madre.

—¿Por qué lo has hecho? —exclamó escandalizada y estupefacta.

La impresión tuvo que haber sido muy fuerte para apartarla de la aceptación
distante y callada de los hechos, que era su fuerza y su salvaguardia en la vida.

—¿No estás a gusto aquí?


Se había rebajado a formular esas preguntas, pero en seguida salvó la
consistencia de su conducta reanudando la limpieza, mientras la anciana
permanecía sentada, temerosa y muda bajo el deslucido gorro blanco y la peluca
oscura sin brillo.

Winnie terminó de quitar el polvo a una silla y pasó el plumero por el


respaldo de caoba del sofá de piel de caballo, en el que el señor Verloc gustaba
reposar con el abrigo y el sombrero puestos. Estaba concentrada en lo que hacía; no
obstante, al cabo de un rato se permitió hacer otra pregunta.

—¿Pero cómo te las has arreglado?

La curiosidad era justificable porque no afectaba a la esencia de las cosas,


que era el principio que seguía la señora Verloc para pasarlas por alto. La pregunta
se refería únicamente al método. La anciana se alegró vivamente de la pregunta
porque aludía a algo de lo que podía hablarse con mucha sinceridad.

Así que respondió exhaustivamente a su hija mencionando todos los


nombres posibles y los comentarios adyacentes sobre los estragos de la edad que se
observaban en la alteración de la apariencia humana. Los nombres eran sobre todo
los de los taberneros, «amigos de tu pobre padre». Se explayó en la consideración
especial de la amabilidad y condescendencia de un fabricante de cerveza, baronet[54]
y miembro del Parlamento, presidente del patronato de la institución benéfica. Se
expresaba muy afectuosamente porque se le había concedido una cita con su
secretario particular:

—Un caballero muy educado, vestido totalmente de negro, con una voz
suave y triste; delgadísimo y tranquilo. Era como una sombra, querida.

Winnie prolongó la limpieza del polvo hasta que la historia llegó a su fin, y
luego salió de la sala y fue a la cocina (dos escalones más abajo) de la forma
habitual, sin hacer el menor comentario.

Su madre, derramando algunas lágrimas en señal de regocijo por la


mansedumbre mostrada por su hija en este terrible asunto, dio rienda suelta a su
astucia respecto al mobiliario, porque era suyo, aunque a veces había deseado que
no lo fuera. El heroísmo está muy bien, pero hay circunstancias en las que
deshacerse de unas cuantas mesas y sillas, camas de latón, etc. puede tener
consecuencias importantes y, a la larga, desastrosas. Necesitaba algunos muebles;
la fundación que, tras tanta insistencia, la había acogido en su caritativo seno, no
ofrecía a aquellos que favorecía más que habitaciones vacías pobremente
empapeladas. La delicadeza que orientaba la elección de la madre de la señora
Verloc hacia los artículos de menos valor y más destartalados pasó inadvertida,
porque la filosofía de Winnie consistía en no darse cuenta de la esencia de las
cosas, así que supuso que su madre había escogido lo que necesitaba. Por lo que se
refería al señor Verloc, su intensa meditación, como una especie de muralla china,
le aislaba completamente de los fenómenos de este mundo de vanos esfuerzos e
ilusorias apariencias.

Una vez que la madre de la señora Verloc hubo hecho su elección,


deshacerse del resto se convirtió en cierto sentido en una cuestión desconcertante.
Por supuesto pensaba dejarlo en Brett Street. Pero tenía dos hijos. De Winnie no
tenía que preocuparse, gracias a su sensata unión con el excelente marido que era
el señor Verloc. Stevie estaba en la indigencia, y era un poco raro. Su posición tenía
que ser examinada por encima de las disposiciones legales e incluso de los
caprichos de la parcialidad. La posesión de los muebles no sería de ningún modo
un seguro para el futuro. Pobrecillo; debería quedarse con ellos. Pero dárselos sería
algo así como tergiversar su posición de completa dependencia. Era una
posibilidad que ella temía que surgiera. Además, la susceptibilidad del señor
Verloc tal vez no le permitiera tolerar estar en deuda con su cuñado por las sillas
en las que se sentase. En su larga experiencia con los hombres como inquilinos, la
madre de la señora Verloc había adquirido un concepto deprimente pero resignado
del lado fantástico de la naturaleza humana. ¿Y si un día al señor Verloc se le
metiese en la cabeza decirle a Stevie que se llevara sus muebles a otra parte?
Además, dividir los muebles, por muy cuidadosamente que se hiciera, podía
ofender a Winnie. No. Stevie debía seguir en la indigencia y continuar
dependiendo de ellos. Cuando se mudaba de Brett Street, le dijo a su hija:

—No tienes por qué esperar a que me muera. Todo lo que dejo aquí es tuyo
ahora.

Winnie, con el sombrero puesto, silenciosa detrás de su madre, continuó


arreglándole el cuello de la capa. Después, con semblante impasible, cogió el bolso
y un paraguas. Había llegado el momento de gastarse treinta y seis peniques en lo
que podía ser el último viaje en coche de la madre de la señora Verloc. Salieron a la
puerta de la tienda. El coche que les estaba esperando habría ilustrado el proverbio
de que «la verdad puede ser más cruel que la caricatura», si es que existiese dicho
proverbio. Tirado lentamente por un caballo endeble, un coche de alquiler de
ruedas temblorosas se aproximó guiado por un cochero lisiado. Este último detalle
causó cierto desconcierto a las dos mujeres. Al ver un artilugio con un gancho de
hierro que salía de la manga izquierda del abrigo del cochero, la madre de la
señora Verloc perdió de pronto el heroico coraje de los últimos días. No podía dar
crédito a sus ojos.

—¿Qué piensas, Winnie? —dijo sin moverse.

Las apasionadas objeciones que dejaba escapar el rostro grande del cochero
parecían surgir exprimidas de una garganta bloqueada. Inclinándose hacia afuera
desde su pescante, susurró con misteriosa indignación:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Es que se creen ustedes que se me puede tratar de
cualquier manera? —su cara, enorme y sucia, refulgió en el tramo embarrado de la
calle—. O es que se creen que no tengo licencia —exclamó furioso—. Si no…

El agente de guardia de la zona le tranquilizó con una mirada amistosa.


Luego, dirigiéndose a las dos mujeres sin especial consideración, dijo:

—Lleva conduciendo veinte años y no he oído nunca que tuviera un


accidente.

—¡Un accidente! —gritó el cochero en un susurro despectivo.

El testimonio del policía puso fin al asunto. La modesta muchedumbre de


siete personas, la mayoría menores de edad, se dispersó. Winnie subió al coche
después de su madre. Stevie subió al pescante. La boca abierta y los ojos inquietos
manifestaban que su estado de ánimo estaba influido por los acontecimientos que
acababan de suceder. En las callejuelas, los que iban en el interior del coche
notaban el avance del trayecto por el deslizarse lento y tembloroso de las fachadas
cercanas de las casas, en medio del traqueteo y un enorme ruido de cristales, como
si estuvieran a punto de derrumbarse detrás del coche; y el endeble caballo, con los
arreos sobre el afilado espinazo moviéndose sueltos alrededor de las patas, parecía
bailar afectadamente de puntillas con infinita paciencia. Más tarde, en la amplitud
de Whitehall[55], todas las pruebas visuales de movimiento se volvieron
imperceptibles. El traqueteo y el ruido de cristales siguió sin interrupción frente al
largo edificio del Ministerio de Hacienda, y hasta el mismísimo tiempo pareció
detenerse.

Por fin, Winnie dijo:

—El caballo no es bueno.


Sus ojos brillaban en la sombra del coche mirando de frente, inmóviles. En el
pescante, Stevie cerró primero la boca para luego poder decir:

—No lo haga.

El cochero, sosteniendo levantadas las riendas que llevaba cogidas alrededor


del garfio, no prestó atención. Tal vez no lo hubiera oído. El pecho de Stevie
respiraba agitadamente.

—No le pegue con el látigo.

El hombre volvió lentamente hacia él su abotargado y empapado rostro


abigarrado erizado de pelos blancos. Los ojillos enrojecidos le brillaban húmedos.
Los grandes labios formaban un gesto violento. Siguieron cerrados. Con el sucio
dorso de la mano con la que sostenía el látigo se restregó la barba de varios días
que crecía en su enorme mentón.

—No le pegue —tartamudeó Stevie—. Duele.

—¿Que no le pegue con el látigo? —dijo el otro en un susurro serio, y a


continuación dio un latigazo al caballo.

No lo hizo porque fuera un hombre de alma cruel y mal corazón, sino


porque tenía que ganarse el viaje. Y durante un rato, los muros de St. Stephen[56],
con sus torres y pináculos contemplaron, inmóviles y silenciosos, un coche que
tintineaba. Siguió rodando. Pero en el puente se produjo una conmoción. Stevie
comenzó de pronto a bajar del pescante. Hubo gritos en la calzada, varias personas
echaron a correr, el cochero detuvo el coche, musitando juramentos con
indignación y sorpresa. Winnie bajó la ventanilla y sacó la cabeza; estaba pálida
como un muerto. En las profundidades del coche, su madre exclamaba angustiada:

—¿Está herido? ¿Está herido?

Stevie no estaba herido, ni siquiera se había caído, pero, como siempre, la


excitación le impedía hablar con coherencia. Solo era capaz de tartamudear a la
altura de la ventanilla:

—Demasiado peso, demasiado peso.

Winnie sacó la mano y se la puso en el hombro.


—¡Stevie! Súbete ahora mismo al pescante, y no vuelvas a bajarte.

—No, No. Andar, tengo que ir andando.

Al tratar de explicar la naturaleza de la necesidad, tartamudeó hasta la


completa incoherencia. No tenía ninguna incapacidad física que le impidiera
realizar su deseo. Stevie podía haber seguido fácilmente a pie y sin perder el
aliento al endeble y tambaleante caballo. Pero su hermana estaba decidida a
impedírselo.

—¡Qué idea! ¡Es increíble! ¡Ir corriendo detrás del coche!

Su madre, asustada e impotente, suplicaba desde las profundidades del


vehículo:

—No le dejes, Winnie. Se perderá. No le dejes.

—Por supuesto que no. ¡Lo que faltaba! Al señor Verloc no le gustará
cuando se entere. Te aseguro que se pondrá muy triste.

Como de costumbre, la idea de la pena y la desdicha del señor Verloc


influyó poderosamente en el carácter básicamente dócil de Stevie, de modo que
desistió de su empeño y subió de nuevo al pescante con la desesperación reflejada
en la cara. El cochero volvió agresivamente hacia él su rostro enorme e inflamado.

—No vuelvas a intentar hacer otra vez esa estupidez, chico.

Tras despacharse a gusto con ese susurro severo, crispado casi hasta la
extinción, siguió conduciendo rumiando para sí con aire grave. No comprendía del
todo el incidente. Pero su intelecto, que había perdido la prístina vivacidad debido
a años de entumecimiento causados por la exposición sedentaria a las inclemencias
del tiempo, no carecía de independencia o salud. Con gravedad desechó la
hipótesis de que Stevie fuera uno de esos jóvenes borrachos.

En el interior del coche, el periodo de silencio en que las dos mujeres habían
padecido hombro con hombro el traqueteo, el ruido y el cascabeleo del viaje se
había roto gracias al estallido de Stevie. Winnie levantó la voz.

—Has hecho lo que has querido, madre. Tú serás la única a quien tengas que
pedir cuentas si luego no eres feliz, y no creo que lo seas, no lo creo. ¿No estabas
suficientemente a gusto en casa? ¿Qué va a pensar la gente de nosotros cuando se
enteren de que te vas a un asilo?

—Winnie —exclamó la vieja de todo corazón por encima del ruido—, tú has
sido la mejor de las hijas, y el señor Verloc…

Como no encontró las palabras para alabar la excelencia del señor Verloc,
dirigió la vista hacia el techo del coche. Después volvió la cabeza fingiendo mirar
por la ventana, como si quisiera saber lo que llevaban andado, que no era apenas
nada, mientras seguían avanzando junto a la acera. Era de noche, esa noche
temprana y sucia, siniestra, ruidosa, sin esperanza y bulliciosa del sur de Londres.
La había sorprendido durante su último viaje en coche. A la luz de las lámparas de
gas de los escaparates de las tiendas, sus grandes mejillas brillaban con un tono
anaranjado bajo el sombrero negro y malva.

La tez de la madre de la señora Verloc se había vuelto amarilla por efecto de


la edad y por su natural predisposición a los ataques de bilis, favorecidos por las
adversidades de una existencia difícil y llena de preocupaciones; primero, como
esposa, y después, como viuda. La suya era una tez que cuando se ruborizaba
adquiría un matiz anaranjado. Y esta mujer, modesta, pero endurecida en el
infortunio, dejando aparte que a su edad ruborizarse puede parecer incongruente,
había enrojecido ante su hija. En la intimidad del coche, de camino a una casa de
beneficencia, una de una hilera de casas adosadas, cuyas dimensiones exiguas y
simplicidad parecían haberse previsto bondadosamente como un lugar de
preparación para las circunstancias aún más austeras de la sepultura, se vio
obligada a ocultar a su propia hija el rubor que le producía el remordimiento y la
vergüenza.

¿Qué iba a pensar la gente? Ella sabía muy bien lo que iban a pensar todos
aquellos en los que estaba pensando Winnie; los antiguos amigos de su marido, y
otros también, cuya intervención ella había solicitado con tanto éxito. No había
sabido hasta entonces lo bien que se le daba pedir, pero adivinaba perfectamente la
deducciones a que se prestaba su diligencia. Debido a su falta de delicadeza, que
en el carácter masculino va acompañada de brutalidad agresiva, la investigación
de su situación no se había realizado a fondo. Ella les había hecho desistir
apretando visiblemente los labios, mostrando una emoción decidida a ser
elocuentemente silenciosa. Y entonces los hombres perdían de pronto la
curiosidad, como es habitual en ellos. Se alegró más de una vez de no tener nada
que ver con mujeres, que son por naturaleza más insensibles y ávidas de detalles;
hubieran querido saber exactamente qué upo de conducta desagradable de su hija
y su yerno la habían conducido a aquella triste situación extrema. Solo cuando el
secretario del gran fabricante de cerveza, miembro del Parlamento y presidente de
la institución benéfica, se vio obligado en nombre de su superior a mostrarse
minuciosamente inquisitivo con relación a la situación real de la solicitante, ella
estalló en sollozos y gritos, como hacen las mujeres que se sienten atrapadas. El
delgado y cortés caballero, tras mirarla con cara de «estar pasmado», abandonó su
postura con palabras consoladoras. No tenía por qué preocuparse, los estatutos de
la institución no establecían absolutamente «viudas sin hijos». En realidad, no la
descartaban. Pero la decisión del Comité debía ser motivada. Se podía entender
que no quisiera ser una carga para la familia, etc., etc. Acto seguido, para profunda
decepción del caballero, la madre de la señora Verloc siguió llorando con mayor
vehemencia.

Las lágrimas de aquella mujer grande, con su peluca oscura y polvorienta y


el anticuado vestido de seda adornado con un deslucido lazo blanco de algodón,
eran lágrimas de auténtica aflicción. Ella lloraba porque era una mujer heroica y
carente de escrúpulos, y llena de amor por sus dos hijos. Por lo general se suele
sacrificar a las hijas en beneficio de los hijos. En este caso ella estaba sacrificando a
Winnie. Al tergiversar la verdad, la difamaba. Por supuesto, Winnie era una
persona independiente y no tenía por qué preocuparse de la opinión de gente que
nunca conocería y que nunca la llegaría a conocer a ella; mientras que el pobre
Stevie no tenía nada en el mundo que fuera suyo, excepto el heroísmo y la falta de
escrúpulos de su madre.

La inicial sensación de seguridad que siguió al matrimonio de Winnie acabó


desapareciendo (porque nada dura eternamente), y la madre de la señora Verloc,
en el aislamiento de su dormitorio, había recordado lo que le habían enseñado
aquellas experiencias que el mundo impone a una mujer viuda. Pero lo había
recordado sin amargura superflua; su capacidad de resignación era tan grande que
casi era dignidad. Pensó estoicamente que todo se descompone, se gasta, en este
mundo; que la vía del afecto debería ser fácil para las personas de buena
disposición, que su hija Winnie era una hermana devota, y desde luego una esposa
con mucha autoestima. Con respecto a la devoción fraternal de Winnie, su
estoicismo vacilaba. Exceptuaba ese sentimiento de la norma de decadencia que
afectaba a todas las cosas humanas y a algunas divinas. No podía resistirlo; no
hacerlo así la hubiera asustado demasiado. Pero al considerar la condición de
mujer casada de su hija, rechazó firmemente todo tipo de halagüeña ilusión. Se
formó la opinión, fría y razonable, de que, cuanto menos tensión tuviese que
soportar la afabilidad del señor Verloc, más durarían sus efectos. Por supuesto,
aquel excelente marido amaba a su mujer, pero no cabía duda de que preferiría
mantener la menor cantidad de parientes posible en coherencia con la
manifestación de ese sentimiento. Sería mejor si todo el afecto se concentrase en el
pobre Stevie, y la heroica mujer decidió alejarse de sus hijos en un acto de devoción
y de profunda táctica al mismo tiempo.

La «ventaja» de dicha política consistía en que los derechos morales de


Stevie se verían fortalecidos (la madre de la señora Verloc era sutil a su manera). El
pobre muchacho, que era bueno y útil, aunque fuera un poco raro, carecía de
posición segura. Le habían aceptado junto a su madre, al igual que habían
aceptado los muebles de la mansión de Belgravia, como si le perteneciera a ella en
exclusiva. ¿Qué pasaría, se preguntó (porque la madre de la señora Verloc era
hasta cierto punto imaginativa), si muero? Y cuando se formulaba esta pregunta
sentía miedo. Era terrible pensar que no tendría manera de saber lo que le pasaría
al pobre muchacho. Pero si se lo transfería a su hermana, marchándose, le daba a él
la ventaja de adquirir una posición de dependencia directa. Esta era la concepción
más sutil del heroísmo y la falta de escrúpulos de la madre de la señora Verloc.
Abandonar a su hijo era en realidad una forma de conseguirle una posición en la
vida. Otra gente hacía sacrificios materiales con el mismo fin; ella lo hacía de ese
modo. Era la única manera. Además, ella podría ver cómo funcionaba. Saliera mal
o bien, ella evitaría la terrible incertidumbre en su lecho de muerte. Pero era duro,
muy duro; era cruel.

El coche siguió avanzando, inmerso en el ruido de las campanillas y del


traqueteo. Este último era extraordinario. La violencia desproporcionada que
trasmitía hacía desaparecer toda sensación de movimiento hacia adelante, y la
sensación de los pasajeros era que se les agitaba en el interior de un aparato
estacionario, como si fuera un artefacto medieval para castigar el delito, u otro
invento moderno para curar los hígados perezosos. Era muy molesto. La voz de la
madre de la señora Verloc sonó como un gemido de dolor.

—Sé que vendrás a verme siempre que encuentres un momento libre,


¿verdad?

—Por supuesto —contestó Winnie brevemente, mirando fijamente al frente.

El coche dio un sacudida frente a una tienda grasienta de la que salía vapor
en un resplandor de gas y olor a pescado frito.

—La vieja volvió a gemir.

—Y me gustaría ver al chico todos los domingos. Seguro que no le importará


pasar el día con su anciana madre.

—¡Qué va a importarle! Para el pobre chico será cruel que te hayas ido.
Deberías haberlo pensado antes.

¡Claro que lo había pensado! La pobre mujer tuvo la sensación de tragarse


algo tan indigerible como una bola de billar que hubiera estado a punto de saltarle
de la garganta. Winnie permaneció un momento sin decir nada, con los labios
fruncidos, mirando fijamente hacia delante. Luego dijo bruscamente, en un tono
que era extraño en ella:

—Supongo que voy a tener que ocuparme mucho de él; va a estar muy
nervioso.

—Hagas lo que hagas, no le dejes que moleste a tu marido.

Y así hablaron familiarmente de los derroteros que tomaba la nueva


situación. Y el coche siguió traqueteando. La madre de la señora Verloc manifestó
recelos. ¿Se podía dejar a Stevie que recorriera solo el camino? Winnie opinaba que
ahora el muchacho estaba mucho menos «distraído». Se pusieron de acuerdo en
que así era. No se podía negar. Mucho menos, apenas nada. Hablaban a gritos con
relativo buen humor. Pero de pronto volvió a surgir la ansiedad maternal. Había
que coger dos autobuses, y para ir de uno a otro había que andar un trecho. ¡Era
demasiado difícil! La madre se sintió afligida y consternada.

Winnie siguió con la mirada fija en un punto frente a ella.

—No te preocupes tanto, madre; por supuesto que le verás.

—No, cariño, procuro no preocuparme.

Se enjugó los ojos llorosos.

—Pero tú no tienes tiempo para venir con él, y si se pierde y se le olvida el


camino, y alguien le habla con severidad, se le puede olvidar su nombre y su
dirección, y andará perdido días y días.

La imagen de Stevie la enfermería de un asilo para pobres, aunque solo


fuera mientras duraran las investigaciones, hizo que sintiese una punzada en el
corazón. Porque era una mujer orgullosa. La mirada de Winnie era ahora dura,
resuelta, llena de ingenio.
—Yo no podré venir con él todas las semanas —exclamó—, pero no te
preocupes, madre, me ocuparé de que no esté perdido durante mucho tiempo.

Sintieron que el carruaje se movía de una forma extraña; vieron columnas de


ladrillos que no se movían tras las estrepitosas ventanas del coche; el repentino
cese del atroz traqueteo y del estruendoso tintineo confundió a las dos mujeres.
¿Qué había pasado? Permanecieron inmóviles y temerosas inmersas en el
profundo silencio, hasta que la puerta se abrió, y oyeron un susurro áspero y
forzado.

—¡Ya hemos llegado!

Una fila de casitas con tejados a dos aguas, cada una de ellas con una
ventana de color amarillo apagado en la planta baja, rodeaba el oscuro espacio
abierto de un campo de hierba plantado de arbustos y separado por una cerca de
los retazos de luces y sombras de una ancha carretera, donde resonaban los ruidos
apagados del tráfico. El coche se había detenido ante la puerta de una de aquellas
diminutas casas, una en la que no había luz en la ventanita de la planta baja. La
madre de la señora Verloc salió primero, de espaldas, con una llave en la mano.
Winnie se quedó en el camino de baldosas para pagar al cochero. Stevie, después
de ayudar a llevar al interior de la casa muchos paquetes pequeños, volvió a salir y
se quedó a la luz de una farola de gas que pertenecía a la institución benéfica. El
cochero miró las monedas, que por su diminuto tamaño en la enorme palma sucia
de la mano parecían simbolizar el insignificante producto que recompensa el
ambicioso coraje y el esfuerzo de una humanidad cuyos días están contados en este
mundo cruel.

Se le había pagado con honestidad, cuatro monedas de un chelín, y él


contemplaba el dinero como si fuera la sorprendente solución de un melancólico
problema. El lento transporte de aquel tesoro hasta un bolsillo interior exigió ir
tentando laboriosamente hasta las profundidades de su ropa deteriorada. Era un
hombre regordete y poco ágil. Stevie, delgado, con los hombros un poco
levantados y las manos hundidas en los bolsillos laterales de su cálido sobretodo,
estaba al borde del camino frunciendo los labios.

El cochero, deteniendo un momento sus pausados movimientos, pareció


sorprendido de pronto por un confuso recuerdo.

—¿Qué pasa, joven? ¿Lo reconocerás si lo vuelves a ver?


Stevie estaba mirando el caballo, cuyos cuartos traseros estaban ahora
demasiado elevados por efecto de su liberación. La pequeña cola, tiesa, parecía ser
el producto de una broma de mal gusto, y en el otro extremo, el cuello, delgado y
liso, como una tabla recubierta con piel de caballo viejo, colgaba hacia el suelo bajo
el peso de una enorme y huesuda cabeza. Las orejas colgaban negligentemente
formando distintos ángulos, y la macabra figura de aquel habitante de la tierra
despedía un vaho de las costillas y el espinazo que se mezclaba con el sofocante
aire de la noche.

El cochero golpeó suavemente a Stevie en el pecho con el garfio de hierro,


que sobresalía de una manga raída y grasienta.

—¿Qué? ¿Te gustaría estar sentado en el pescante hasta las dos de la


mañana?

Stevie miró inexpresivamente a los ojillos fieros de párpados enrojecidos.

—No está cojo —dijo el otro, susurrando con energía—, y no tiene heridas.
¿No te gustaría…?

Su voz forzada y apagada daba a lo que decía un tono de secretismo


vehemente. La mirada inexpresiva de Stevie se convirtió lentamente en una mirada
de temor.

—¡Prueba, si quieres! Hasta las tres o las cuatro de la mañana. Helado y


hambriento. Buscando clientes. Borrachos.

Las joviales mejillas encamadas estaban erizadas de pelos blancos, y como el


Sileno de Virgilio[57], que con la cara manchada de jugo de moras silvestres hablaba
de los dioses del Olimpo con los inocentes pastores de Sicilia, el cochero le contaba
a Stevie cosas de su vida familiar y de hombres cuyos sufrimientos son grandes y
cuya inmortalidad no está garantizada en absoluto.

—Yo soy cochero de noche —susurró con una especie de jactanciosa


exasperación—. Tengo que conformarme con los malditos encargos que quieran
darme. Tengo mujer y cuatro hijos.

El monstruoso carácter de aquella declaración de paternidad pareció dejar al


mundo sin aliento. Se hizo un silencio durante el cual los flancos del viejo caballo,
el corcel de miseria apocalíptica, despidieron vaho hacia arriba, iluminado este por
una farola caritativa.
El cochero gruñó, y después dijo en su susurro misterioso:

—La vida no es fácil.

El rostro de Stevie había estado moviéndose espasmódicamente, y


finalmente sus sentimientos estallaron de la forma concisa habitual.

—¡Malo! ¡Malo!

Su mirada siguió fija en las costillas del caballo, cohibido y sombrío, como si
tuviera miedo de mirar a su alrededor y ver la maldad de este mundo. La
delgadez, los labios sonrosados y la piel pálida y clara le daban aspecto de joven
delicado, a pesar de la esponjosa pelusilla rubia que le crecía en las mejillas.
Apretaba los labios como si tuviera miedo, como los niños. El cochero, bajo y
gordo, le miraba con sus ojillos fieros que parecían cocerse en un líquido claro y
corrosivo.

—Duro para los caballos, pero mucho más duro para los pobres tipos como
yo —dijo entre jadeos, casi imperceptiblemente.

—¡Pobre! ¡Pobre! —tartamudeó Stevie, hundiendo aún más las manos en los
bolsillos con simpatía compulsiva. No podía decir nada, porque la sensibilidad
ante todo tipo de dolor y de miseria, el deseo de hacer felices al caballo y al
cochero, había alcanzado un punto en que Stevie sentía el extraño deseo de
llevarlos a la cama con él. Pero él sabía que eso era imposible. Porque Stevie no
estaba loco. Era, por así decirlo, un deseo simbólico y concreto al mismo tiempo,
porque se basaba en la experiencia, que es la madre de la sabiduría. Cuando era
pequeño y se escondía en un rincón oscuro, atemorizado, sintiéndose desgraciado,
dolorido e infeliz, con la negra desdicha en el alma, su hermana Winnie venía y se
lo llevaba a la cama con ella, como si fuera un refugio de consoladora paz. Stevie,
aunque podía olvidar simples hechos, como su nombre o su dirección, tenía una
memoria fiel a las sensaciones. Que le llevaran a uno con compasión a la cama era
el remedio supremo, con la única desventaja de que difícilmente podía aplicarse a
gran escala. Y mientras contemplaba al cochero, Stevie lo percibió claramente
porque era sensato.
El cochero continuó con sus pausados preparativos, como si Stevie no
existiese. Hizo un ademán para tomar impulso y subirse al pescante, pero en el
último momento, por algún oscuro motivo, tal vez solo por la aversión al ejercicio
que conllevaba el transporte de pasajeros, desistió. En lugar de ello, se acercó a su
inmóvil compañero de fatigas, se agachó para coger las bridas, y haciendo fuerza
con el brazo derecho como si fuera una proeza, levantó la enorme cabeza cansada
hasta la altura de sus hombros.

—Vamos —susurró con secretismo.

Se alejó con el coche, cojeando. Su marcha tenía algo de austeridad, la


triturada grava del camino crujía bajo las ruedas, que giraban lentamente, los
cuartos traseros del caballo se movían con ascética ponderación alejándose de la
luz para adentrarse en la oscuridad del espacio abierto que bordeaban débilmente
los tejados puntiagudos y las ventanas débilmente iluminadas de las casitas. El
lamento de la grava los acompañó lentamente a través de todo el trayecto. El lento
cortejo reapareció iluminado durante un instante entre las farolas de la entrada al
terreno de la institución benéfica; el hombre, de baja estatura, cojeando
pronunciadamente, sosteniendo en alto con el puño la cabeza del caballo, y el flaco
animal avanzando con dignidad rígida y desesperanzada, y la caja, baja y oscura,
encima de las ruedas que rodaban cómicamente, como si se bambolease. Giraron a
la izquierda. Había una taberna más adelante en la misma calle, a cincuenta yardas
de la puerta.

Stevie, solo junto a la farola privada de la fundación, con las manos


hundidas en los bolsillos, los seguía con la vista con un resentimiento inexpresivo.
En el fondo de los bolsillos, sus manos, incapaces y débiles, estaban cerradas
formando dos puños amenazadores. Cuando se veía confrontado con algo que
afectara, directa o indirectamente, a su pánico enfermizo al dolor, Stevie acababa
volviéndose rencoroso. Una indignación magnánima le llenaba el frágil pecho
hasta reventar, y hacía que sus cándidos ojos bizquearan. Stevie era muy
consciente de su propia impotencia, pero no sabía cómo dominar sus pasiones. La
ternura de su caridad universal constaba de dos fases, tan indisolublemente
relacionadas como las dos caras de la misma moneda. A la angustia de la
compasión desmedida le sucedía el dolor de una ira inocente pero despiadada.
Ambos estados se manifestaban en el exterior por los mismos signos de inútil
agitación corporal; su hermana Winnie suavizaba la excitación de su hermano sin
siquiera imaginar el doble carácter de la misma. La señora Verloc no desperdiciaba
un segundo de esta efímera vida buscando información fundamental. Eso supone
un tipo de economía que tiene todas las apariencias y algunas de las ventajas de la
prudencia. Evidentemente, puede ser bueno no saber demasiado. Y esta forma de
ver las cosas armoniza con el carácter indolente.

Aquella tarde, de la que cabe afirmar que la madre de la señora Verloc, al


apartarse definitivamente de sus hijos, se había apartado también de la vida
misma, Winnie Verloc no examinó la psicología de su hermano. El pobre
muchacho estaba excitado, por supuesto. Después de asegurar una vez más a su
madre en el umbral de la casa que sabría cómo evitar el riesgo de que Stevie
estuviese perdido durante mucho tiempo en sus peregrinaciones de devoción filial,
cogió a su hermano por el brazo para marcharse. Stevie ni siquiera musitaba entre
dientes, pero Winnie, con el sentido de amor fraternal que había desarrollado en su
primera infancia, se dio cuenta de que su hermano estaba extraordinariamente
excitado. Cogiéndole con fuerza por el brazo, pero aparentando que se apoyaba en
él, pensó decirle unas palabras adecuadas a la situación.

—Stevie, ahora deberás cuidar de mí en los cruces y tienes que subir el


primero al autobús, como un buen hermano.

Stevie recibió el llamamiento a la protección masculina con la docilidad


habitual. Le halagaba. Levantó la cabeza y sacó pecho.

—¡No te pongas nerviosa, Winnie. No tienes que ponerte nerviosa! Muy


bien el autobús —respondió en un brusco y confuso tartamudeo que tenía la
pusilanimidad de un niño y la resolución de un hombre.

Avanzó intrépido con la mujer de su brazo, pero con el labio inferior caído.
Caminando juntos por la acera de la avenida ancha y sucia, en que la absurda
profusión de luces de gas exponía estúpidamente la carencia de todas las
comodidades de la vida, el parecido de ambos era tan pronunciado que chocaba a
los transeúntes.

Delante de la puerta de una taberna que había en una esquina, donde la


abundancia de luces de gas llegaba al colmo de la iniquidad, un coche de cuatro
ruedas parado junto a la acera, sin nadie sentado en el pescante, parecía arrojado al
canal de la calle por su inevitable descomposición. La señora Verloc reconoció el
medio de transporte. Su aspecto era tan profundamente lamentable, con tal
perfección de grotesca miseria y detalles macabros, como el mismísimo Vehículo
de la Muerte, que la señora Verloc, con esa tendencia a la compasión que sienten
las mujeres por los caballos (cuando no están sentadas detrás), exclamó vagamente:

—Pobre animal.

Deteniéndose de pronto, Stevie dio un tirón de su hermana que la hizo


detenerse.

—¡Pobre! ¡Pobre! —exclamó dándole la razón—. Cochero también pobre. Me


lo ha dicho él mismo.

La contemplación del jamelgo, débil y solo, le abrumó. Le empujaban, pero


él se obstinaba en no moverse, mientras intentaba expresar la opinión recién
adquirida de sus simpatías por la miseria humana y equina en estrecha conexión.
Pero le resultaba muy difícil.

—¡Pobre animal, pobre gente! —era todo lo que podía repetir.


No parecía lo bastante vehemente, y acabó callándose farfullando:

—¡Vergüenza!

Stevie no podía construir frases, y tal vez precisamente por eso sus
pensamientos carecían de claridad y precisión. Pero sentía con más integridad y
cierta profundidad. Aquella palabra contenía todo su sentimiento de indignación y
horror por el hecho de que la desdicha de uno tuviera que alimentarse de la
aflicción del otro; algo así como si el pobre cochero pegara al pobre caballo por la
mujer y los hijos que le esperaban en casa. Y Stevie sabía lo que significaba que le
pegaran a uno, lo sabía por experiencia. Era un mundo malvado.

—¡Mal! ¡Mal!

La señora Verloc, su única hermana, guardiana y protectora, no podía


intentar llegar a esas profundidades. Además, ella no había experimentado la
magia de la elocuencia del cochero. Desconocía la esencia de la palabra
«vergüenza». Y dijo plácidamente:

—Ven, Stevie. Tú no puedes hacer nada para remediarlo.

El dócil Stevie siguió caminando, pero sin orgullo, arrastrando los pies y
musitando medias palabras, incluso palabras que hubieran sido enteras si no
hubieran estado compuestas por otras medias palabras que no se correspondían
unas con otras. Era como si hubiese tratado de adecuar a sus sentimientos todas las
palabras que podía recordar para formar una idea coherente. Y, de hecho, lo
consiguió al final. Se detuvo y exclamó:

—Mundo malvado para gente pobre.

Nada más expresar ese pensamiento, se dio cuenta de que lo conocía ya con
todas sus consecuencias. Esa circunstancia fortaleció inmensamente su
convencimiento, pero también aumentó su indignación. Tuvo la sensación de que
había que castigar a algo por ello, castigarlo muy severamente. Como no era un
escéptico, sino una criatura moral, estaba en cierto modo a merced de su pasión
por la justicia.

—¡Bestial! —añadió concisamente.

La señora Verloc se dio cuenta de que estaba extraordinariamente excitado.


—No se puede hacer nada —dijo—. Vamos. ¿Es así como me cuidas?

Obediente, Stevie apresuró el paso. Se enorgullecía de ser un buen hermano.


Su sentido de lo moral, que era muy completo, se lo exigía. No obstante, le dolió la
información que acababa de darle su hermana Winnie, que era una buena persona.
¡Nadie podía hacer nada! Caminaba con aspecto melancólico, pero al cabo de un
rato se animó. Como el resto de la humanidad, perpleja ante el misterio del
universo, experimentaba momentos de confianza consoladora en los poderes
organizados de la tierra.

—Policía —sugirió confiadamente.

—La policía no está para eso —observó la señora Verloc sin darle
importancia, apretando el paso.

El rostro de Stevie se alargó considerablemente. Estaba pensando. Cuanto


más intensos eran sus pensamientos, más pronunciada era la caída de su
mandíbula inferior. Y cuando abandonó su empeño intelectual, tenía el aspecto de
vacío desesperado.

—¿No está para eso? —masculló, resignado, pero sorprendido—. ¿No está
para eso?

Se había formado una concepción ideal de la policía metropolitana, como si


fuera una especie de institución benevolente para la eliminación de la maldad.
Especialmente, el concepto de benevolencia estaba estrechamente relacionado con
la sensación de poder de los hombres vestidos de azul. Había sentido mucho afecto
por todos los agentes de policía, confiando total e inocentemente en ellos. Y ahora
estaba dolorido. Se sentía irritado también por la sospecha de duplicidad de los
miembros del cuerpo de policía. Porque Stevie era sincero y tan transparente como
la luz del día. ¿Por qué fingían? Al contrario que su hermana, que confiaba en la
apariencia de las cosas, él deseaba llegar al fondo del asunto. Siguió investigando a
través de un desafío colérico.

—Y, entonces, ¿para qué están, Winn? ¿Para qué están? Dímelo.

A Winnie no le gustaban las controversias. Pero, como lo que más temía era
que Stevie pudiera al principio echar mucho de menos a su madre y pudiera sufrir
un ataque de profunda depresión, no declinó completamente la discusión. Sin la
menor ironía, contestó de forma que pudiera no resultar totalmente extraña por ser
la esposa del señor Verloc, el delegado del Comité Rojo, amigo personal de varios
anarquistas y ferviente partidario de la revolución social.

—¿No sabes para qué está la policía, Stevie? Están para que los que no
tienen nada no les vayan a quitar algo a los que tienen.

Evitó utilizar el verbo «robar» porque esa palabra siempre inquietaba a su


hermano. Porque Stevie era sutilmente honesto. Estaba persuadido de varios
principios simples con tanta ansiedad, debido a sus «rarezas», que los simples
nombres de algunas transgresiones le llenaban de horror. Los discursos siempre le
habían impresionado. También ahora estaba impresionado, y su inteligencia estaba
alerta.

—¿Cómo? —preguntó ansiosamente—. ¿Aunque la gente esté hambrienta?

Los dos se habían detenido.

—Ni aunque tengan hambre —dijo la señora Verloc con la ecuanimidad de


una persona a la que no afecta el problema de la distribución de la riqueza
mientras está pendiente de la calle, por si ve venir un autobús del color que
busca—. Por supuesto que no. Pero ¿para qué quieres hablar de eso si tú nunca
tienes hambre?

Lanzó una mirada rápida al muchacho, y lo vio como a un joven que fuera a
su lado. Lo encontró amable, atractivo, afectuoso, y solo un poco extraño, pero
muy poco. No lo podía ver de otra manera porque él estaba directamente
relacionado con lo que en su vida insípida podía haber de pasión, la pasión de la
indignación, del coraje, de la piedad, e incluso del autosacrificio. No añadió: «ni
jamás estarás hambriento en toda tu vida», aunque pudiera haberlo dicho, ya que
ya había tomado medidas con ese fin. El señor Verloc era un marido muy bueno, y
ella pensaba honestamente que todo el mundo tenía obligatoriamente que sentir
afecto por el muchacho. De pronto, gritó:

—Rápido, Stevie, para ese autobús verde.

Y Stevie, tímido e importante con su hermana Winnie del brazo, lanzó el


otro brazo por encima de la cabeza ante el autobús que se aproximaba, logrando
que se detuviese.

Una hora más tarde, el señor Verloc levantó los ojos del periódico que estaba
leyendo, o en todo caso mirando, detrás del mostrador, y mientras el alboroto de la
campanilla de la puerta se iba apagando, vio a Winnie, su esposa, entrar y
atravesar la tienda para dirigirse al piso de arriba, seguida de Stevie, su cuñado. Al
señor Verloc le agradaba la vista de su mujer. Esa era su idiosincrasia. La cara de
su cuñado le resultó imperceptible debido a la displicente atención que
últimamente se había interpuesto como un velo entre el señor Verloc y las
apariencias del mundo de los sentidos. Siguió a su mujer con la mirada fija en ella,
sin decir nada, como si ella fuera un fantasma. La voz que utilizaba cuando estaba
en casa era ronca y plácida, pero ahora no se la oía en absoluto. No se la oyó
cuando comían, mientras que su mujer sí le llamó para que viniese a cenar de la
forma breve que era habitual en ella: «¡Adolf!». Él se sentó a comer sin convicción,
con el sombrero en la cabeza echado muy hacia atrás. Esa costumbre no se debía a
su gusto por la vida fuera de casa, sino a la frecuentación de cafés extranjeros, e
investía de una temporalidad carente de ceremonia la sólida fidelidad del señor
Verloc por su propio hogar. Dos veces se levantó sin decir palabra cuando oyó el
ruido de la campanilla de la puerta; desapareció en la tienda y volvió sin decir
nada.

Durante esas ausencias, la señora Verloc se dio cuenta del lugar vacío a su
derecha, echó mucho de menos a su madre y su mirada se tomó rígida. Al mismo
tiempo, Stevie, por la misma razón, movía sin cesar los pies, como si el suelo de
debajo de la mesa estuviese demasiado caliente. Cuando el señor Verloc se sentó
de nuevo, como la encarnación del silencio, la mirada fija de su mujer sufrió un
cambio sutil, y Stevie cesó de jugar con los pies, debido al enorme y reverente
respeto que le inspiraba el esposo de su hermana. Le miraba con respetuosa
compasión. El señor Verloc estaba afligido. En el autobús, su hermana Winnie le
había insistido en que el señor Verloc estaría apesadumbrado cuando llegaran a
casa y no se le podía molestar. La ira de su padre, la irritabilidad de los huéspedes
y la predisposición del señor Verloc a la aflicción excesiva habían sido las razones
principales de la moderación de Stevie. De todos esos sentimientos, todos muy
fáciles de provocar pero no siempre fáciles de entender, el último era el que tenía
mayor eficacia moral, porque el señor Verloc era bueno. Su madre y su hermana
habían establecido ese factor ético sobre un fundamento inamovible. Lo habían
establecido, erigido y consagrado a espaldas del señor Verloc, por motivos que no
tenían nada que ver con la moral abstracta. Y el señor Verloc no era consciente de
ello. Es un simple acto de justicia hacia él afirmar que no tenía la menor idea de
parecerle bueno a Stevie. Pero así era. Era incluso el único hombre bueno que
conocía Stevie, porque los huéspedes habían sido demasiado temporales y
demasiado distantes como para que pudiera reconocer algo específico en ellos,
aparte de las botas; y con respecto a las medidas disciplinarias de su padre, la
desolación de su madre y su hermana les había impedido crear una teoría de la
bondad ante la víctima. Hubiera sido demasiado cruel. E incluso habría sido
probable que Stevie no les hubiera creído. En cuanto al señor Verloc, nada se
oponía a la creencia de Stevie. El señor Verloc era evidentemente, aunque también
misteriosamente, bueno. Y la aflicción de un hombre bueno es venerable.

Stevie lanzaba miradas de reverente compasión a su cuñado. Este estaba


afligido. El hermano de Winnie nunca se había sentido tan estrechamente ligado al
misterio de la bondad de aquel hombre. Era una pesadumbre comprensible. Y el
propio Stevie se sentía apesadumbrado, muy apesadumbrado.

Era la misma aflicción. Concentrado en este estado desagradable, Stevie


movía los pies. Sus sentimientos solían manifestarse en la agitación de sus
miembros.

—Deja de mover los pies —dijo la señora Verloc con autoridad y delicadeza.

Después se volvió hacia su marido y, con un tono de voz que manifestaba


indiferencia, producto magistral de tacto instintivo, preguntó:

—¿Vas a salir esta noche?

El mero hecho de pensar en ello repugnaba al señor Verloc. Negó


malhumorado con la cabeza y siguió en la misma postura, con los ojos bajos,
mirando fijamente el queso durante un minuto entero. Al concluir ese espacio de
tiempo, se levantó y salió, inmerso en el ruido de la campanilla de la puerta.
Actuaba incoherentemente, no porque quisiera hacerse desagradable, sino debido
a la inquietud invencible que sentía. Era totalmente inútil salir a la calle. En todo
Londres no podría encontrar lo que quería. Pero, así y todo, salió. Llevó tras él un
cortejo de pensamientos desolados por calles oscuras y por calles iluminadas; entró
y salió con ellos de un par de bares, como si intentara pasar la noche así, hasta que
volvió a su amenazado hogar, donde se sentó fatigado en un rincón, y los
pensamientos se reunieron en seguida a su alrededor como una jauría de perros
negros de presa. Echó el cerrojo de la puerta de entrada, apagó el gas, y se los llevó
consigo al piso de arriba; un cortejo terrible para un hombre que va a acostarse. Su
mujer le había precedido hacía un rato, y con sus formas abundantes definidas
vagamente bajo la colcha, la cabeza sobre la almohada y una mano bajo la mejilla,
le ofreció la imagen de una próxima somnolencia, indicando la posesión de un
alma tranquila. Los grandes ojos de su mujer estaban muy abiertos, mirando
fijamente; inertes y oscuros resaltaban sobre la blancura nívea de la ropa de la
cama. No se movió.
Tenía tranquilidad de espíritu y el convencimiento de que no había que
profundizar en las cosas. Y en esa intuición basaba su fuerza y su sabiduría. Pero la
taciturnidad del señor Verloc le pesaba desde hacía muchos días. En realidad,
estaba afectando a sus nervios. Echada en la cama, sin moverse, dijo con placidez:

—Vas a coger frío andando en calcetines.

La frase, propia del afecto de la esposa y la prudencia de la mujer, cogió al


señor Verloc desprevenido. Había dejado las botas en el piso de abajo, pero se
había olvidado de ponerse las zapatillas, y había estado dando vueltas por el
dormitorio sin que se oyeran sus pasos, como un oso enjaulado.

Al oír la voz de su mujer, se detuvo y fijó los ojos en ella con una mirada
sonámbula y sin expresión, hasta que la señora Verloc se movió ligeramente bajo la
ropa de la cama. Pero no movió la negra cabeza hundida en la blanca almohada,
una mano bajo la mejilla y los ojos grandes y oscuros inmóviles.

Al sentir la mirada inexpresiva de su marido, y recordando al mismo tiempo


que la habitación de su madre, al otro lado del rellano, estaba vacía, sintió una
punzada de soledad. Era la primera vez que se separaba de su madre.

Siempre habían estado juntas, y se dijo a sí misma que ahora su madre se


había ido, se había ido para siempre. La señora Verloc no se hacía ilusiones. Pero le
quedaba Stevie. Y dijo:

—Mamá ha hecho lo que quería. No le encuentro explicación, pero estoy


segura de que no pudo haber pensado que te habías cansado de ella. No tenía
derecho a abandonarnos así.

El señor Verloc no era una persona que hubiera leído mucho; el espectro de
las frases alusivas que conocía era limitado, pero las circunstancias habían
adquirido un cariz peculiar que le hizo pensar en las ratas abandonando un barco
que está a punto de hundirse. Casi llegó a decirlo. Se había convertido en una
persona susceptible y amargada. ¿Era posible que la vieja tuviese un olfato tan
sensible? Pero la falta de lógica de la sospecha era evidente, y el señor Verloc se
contuvo, aunque no del todo, y murmuró pesadamente:

—Puede que haya sido lo mejor.

Empezó a desvestirse. La señora Verloc permaneció inmóvil, totalmente


inmóvil, con los ojos fijos, con mirada lánguida y tranquila. Durante una fracción
de segundo, el corazón pareció parársele. Aquella noche «no estaba totalmente en
sus cabales», como suele decirse. Se dio cuenta con cierto esfuerzo de que una
simple frase puede tener varios significados distintos, la mayor parte de ellos
desagradables. «¿Cómo que puede que haya sido lo mejor?». «¿Y por qué?». Pero
no se permitió caer en la inercia de la infructuosa especulación. Más bien se vio
confirmada en la convicción de que más vale no pensar mucho en las cosas.
Práctica y sutil a su manera, recurrió en seguida a Stevie, porque en ella la unidad
de propósito tenía el carácter infalible y la fuerza de un instinto.

—No sé cómo me las voy a arreglar para conseguir que Stevie pueda
sobrellevar los primeros días. Va a estar preocupándose de la mañana a la noche,
hasta que se acostumbre a la idea de que mamá ya no está aquí.

El señor Verloc siguió desnudándose concentrado en sus propios


pensamientos y ajeno a todo lo demás, actitud propia de un hombre que se
desviste en la soledad de un desierto vasto y sin esperanzas. Porque así es como se
presentó nuestro bello planeta, nuestra herencia común, a la visión interior del
señor Verloc. El silencio era tal, dentro y fuera, que el solitario tictac del reloj del
rellano se adentró en la habitación como si quisiera hacerles compañía.

El señor Verloc se metió en su lado de la cama y permaneció quieto, boca


abajo y mudo a la espalda de la señora Verloc. Sus gruesos brazos descansaban
inmóviles encima de la colcha como armas abandonadas, como herramientas
desechadas. En aquel momento estaba a punto de contárselo todo a su esposa.
Parecía el momento oportuno. Mirando de soslayo, vio sus anchos hombros
cubiertos de blanco, la espalda, la cabeza con el pelo recogido para la noche en tres
trenzas sujetas con cintas negras. Y desistió. El señor Verloc amaba a su esposa
como una esposa debe ser amada; es decir, como marido, con el respeto que se
guarda por la posesión más preciosa. La cabeza preparada para la noche, los
anchos hombros; tenían el carácter de algo familiar y sagrado, el carácter sagrado
de la paz doméstica. Ella no se movió, maciza y sin forma, como una estatua
reclinada, y él recordó su forma de mirar a la habitación vacía, con los ojos
completamente abiertos. Era misteriosa, con el misterio que poseen los seres vivos.
El renombrado agente secreto Δ autor de los informes alarmistas del fallecido
barón Stott-Wartenheim no era hombre que pudiera comprender esos misterios. Se
dejaba intimidar fácilmente y también era indolente, con esa indolencia que tan a
menudo se esconde tras el buen carácter. Desistió de hurgar en aquel misterio por
amor, timidez e indolencia. Siempre habría tiempo para ello. Durante varios
minutos soportó sus sufrimientos en silencio, en el soñoliento silencio de la
habitación. Y entonces lo rompió con una decidida declaración:
—Mañana me voy al Continente.

Su esposa podía haberse dormido. Él no sabía si era así. La señora Verloc le


había oído. Sus ojos seguían totalmente abiertos, y permanecía inmóvil, viendo
confirmado su convencimiento instintivo de que no se debe profundizar en las
cosas. Y, sin embargo, no era tan raro que el señor Verloc fuera al Continente.
Renovaba sus existencias con las compras que hacía en París y Bruselas. A menudo
iba él personalmente a comprar. Alrededor de la tienda de Brett Street se estaba
formando un selecto círculo de aficionados, un círculo secreto totalmente
coherente con las actividades del señor Verloc, quien, debido a la mística armonía
de temperamento y necesidad, había sido elegido para ser agente secreto toda su
vida.

Esperó un poco, y luego dijo:

—Estaré fuera una semana, o tal vez quince días. Dile a la señora Neale que
venga todos los días.

La señora Neale era la asistenta por horas. Víctima de un ebanista licencioso,


estaba abrumada por las necesidades de muchos hijos pequeños. Tenía los brazos
enrojecidos y llevaba un delantal de arpillera hasta los sobacos, y exhalaba la
angustia de los pobres en un olor que era mezcla del jabón de fregar y el ron, en el
alboroto que hacía al frotar y en el tintineo de los cubos de metal.

La señora Verloc, llena de resolución, habló en un tono indiferente, lo más


superficial posible.

—No hace falta que se quede todo el día. Ya me las apañaré con Stevie.

Dejó que el solitario reloj del rellano descontara quince tic-tac de la abismal
eternidad, y preguntó:

—¿Quieres que apague la luz?

El señor Verloc respondió bruscamente:

—Sí, apágala.
Capítulo IX

Cuando al cabo de diez días el señor Verloc volvió del Continente, su estado
de ánimo no había experimentado mejoría alguna por las maravillas de los viajes al
extranjero, y la perspectiva de la vuelta a casa no parecía iluminar su semblante.
Entró en la tienda en medio del repiqueteo de la campanilla, con aspecto sombrío e
irritado por efecto del agotamiento. Con la bolsa en una mano y la cabeza baja, fue
derecho hasta la parte posterior del mostrador y se dejó caer en una silla, como si
hubiera recorrido andando todo el trayecto desde Dover. Era temprano. Stevie, que
estaba quitando el polvo de varios objetos expuestos en el escaparate, se volvió
hacia él boquiabierto, mirándolo con veneración y admiración.

—¡Cógela! —dijo el señor Verloc dando una patada suave a la bolsa de viaje,
que estaba en el suelo.

Stevie se lanzó sobre ella, la levantó del suelo y se la llevó con triunfante
devoción. Lo hizo con tanta rapidez, que el señor Verloc se quedó realmente
sorprendido.

Nada más oír el ruido de la campana, la señora Neale, que estaba limpiando
de rodillas la chimenea de la sala, había mirado quién entraba, e irguiéndose, con
el delantal puesto y su perenne fatiga, fue a decirle a la señora Verloc que el patrón
había vuelto.

Winnie fue solo hasta la puerta interior de la tienda.

—Seguramente querrás desayunar —dijo sin acercarse.

El señor Verloc hizo un gesto con las manos, como si le superase lo increíble
de la sugerencia. Pero una vez seducido a entrar en la salita, no rechazó la comida
que le ponían delante. Comió como si estuviera en un local público; el sombrero
echado hacia atrás dejando la frente al descubierto, los faldones de su pesado
sobretodo colgando de la silla formando un triángulo a cada lado. Y al otro lado de
la mesa, que cubría un mantel de hule marrón, Winnie, su mujer, le hablaba
suavemente contándole las cosas que suele contar una esposa, pero sin duda
adaptándolo con tanta maestría a las circunstancias de su vuelta, como la
conversación de Penélope a la vuelta del viajero Ulises. La señora Verloc no había
estado tejiendo durante la ausencia de su marido, pero había hecho que limpiaran
completamente las habitaciones superiores, había vendido un par de cosas y había
visto al señor Michaelis varias veces. La última vez él le contó que iba a irse a vivir
a una casa de campo, en algún sitio de la línea de Londres, Chatham[58], Dover. Karl
Yundt también había ido por allí una vez, llevado del brazo por esa «vieja arpía de
ama de llaves» que tiene. Era un «viejo desagradable». Del camarada Ossipon, al
que había recibido con frialdad, atrincherada tras el mostrador, con rostro
inflexible y mirada perdida, no dijo nada; su referencia mental del robusto
anarquista estuvo marcada por una breve pausa y el rubor más ligero posible. En
seguida introdujo a su hermano Stevie en la corriente de los acontecimientos
domésticos y dijo que el muchacho había estado muy taciturno.

—Y todo porque mamá se ha ido.

El señor Verloc no dijo ni «¡Maldita sea!» ni «¡Déjame en paz con Stevie!». Y


la señora Verloc, que no conocía el secreto de los pensamientos de su marido, no
pudo apreciar la generosidad con que este se contenía.

—No es que no trabaje tan bien como siempre —continuó ella—, me ha


ayudado mucho. Parece que nunca le parece bastante lo que hace por nosotros.

El señor Verloc lanzó una mirada indiferente y somnolienta a Stevie, sentado


a su derecha, delicado, pálido, la boca de labios rosados abierta, sin expresión. No
era una mirada crítica; era una mirada sin ninguna intención. El señor Verloc
pensó por un momento que el hermano de su mujer parecía especialmente inútil,
fue solo un pensamiento pasajero y difuso, carente de la fuerza y la persistencia
que hace que a veces un pensamiento mueva el mundo. El señor Verloc se echó
hacia atrás y se quitó el sombrero. Antes de que con el brazo extendido pudiera
ponerlo en la mesa, Stevie se abalanzó sobre él y se lo llevó con reverencia a la
cocina. Y el señor Verloc volvió a sorprenderse.

—Podrías hacer cualquier cosa con ese chico, Adolf —dijo la señora Verloc
con su forma más estudiada de calma inflexible—. Por ti, él sería capaz de todo.
Él…

Se interrumpió, al tiempo que se volvía hacia la puerta de la cocina haciendo


ademán de escuchar. Allí estaba la señora Neale fregando el suelo. Cuando vio
aparecer a Stevie, gruñó lamentándose, porque había observado que podía
conseguir fácilmente para sus hijos el chelín que la hermana de Stevie le daba a
este de vez en cuando. A gatas entre charcos, húmeda y mugrienta, como una
especie de animal anfibio doméstico que viviera entre cubos de basura y agua
sucia, pronuncio el exordio habitual: —Qué suerte tienes, sin tener que hacer nada,
como un señorito —y siguió con la sempiterna queja de los pobres, mintiendo
patéticamente, pero corroborada por el horrible olor a la mezcla de ron barato de
su aliento y de jabón de fregar.

Restregaba con fuerza, resollando continuamente y hablando con facundia.


Era sincera. A los lados de la nariz, fina y roja, los ojos legañosos y nebulosos
estaban anegados en lágrimas, porque sentía la necesidad de tener un estimulante
por la mañana.

En la trastienda, la señora Verloc exclamó sabiendo lo que se decía:

—Ya está otra vez la señora Neale contando historias horripilantes de sus
hijos. Es imposible que todos sean tan pequeños como ella dice. Algunos deben de
tener edad para poder valerse por sí mismos. Lo único que consigue es enfadar a
Stevie.

Sus palabras se vieron confirmadas por el sonido de un puñetazo dado en la


mesa de la cocina. En el transcurso de la evolución normal de sus sentimientos de
compasión, Stevie había descubierto que no llevaba dinero en el bolsillo. Se sentía
impotente para aliviar de forma inmediata las privaciones de los «pequeños» de la
señora Neale, y por eso tenía la sensación de que se debería castigar a alguien por
ello. La señora Verloc se levantó y fue a la cocina a «acabar con esas tonterías», y lo
hizo con firmeza, pero con suavidad. Sabía que tan pronto como la señora Neale
recibía el dinero, iba a la vuelta de la esquina a gastárselo en aguardiente en una
taberna pobre y oscura, la inevitable estación del vía crucis de su vida. El
comentario de la señora Verloc sobre este hábito fue de una profundidad poco
común, por venir de una persona poco inclinada a mirar más allá de la superficie
de las cosas.

—Claro que, ¿qué otra cosa puede hacer para no deprimirse? Si yo fuera la
señora Neale, supongo que haría igual.

Ese mismo día por la tarde, cuando el señor Verloc, despertándose con un
sobresalto de la última de una larga serie de cabezadas junto a la chimenea,
anunció la intención de salir a dar un paseo, Winnie dijo desde la tienda: —¿Por
qué no te llevas al chico contigo, Adolf?

El señor Verloc se sorprendió por tercera vez aquel día. Se quedó mirando a
su mujer con cara de estúpido. Ella siguió hablando a su manera, con
comedimiento. En cuanto no tenía nada que hacer, el chico se desanimaba, y a ella
la ponía nerviosa, confesó. Y eso, dicho por Winnie, siempre tan calmada, sonaba a
exageración. Pero era cierto. Stevie se desanimaba de la misma impresionante
manera que los animales domésticos que se sienten tristes. Iba al oscuro rellano del
piso superior y se sentaba en el suelo, al pie del reloj de pared, con las rodillas
encogidas y cogiéndose la cabeza con las manos. Era desconcertante ver la cara
pálida y los grandes ojos brillando en la oscuridad; resultaba desagradable saber
que estaba allá arriba en ese estado.

El señor Verloc se acostumbró a la sorprendente novedad de la idea. Quería


a su mujer como un hombre debe querer a su esposa, con generosidad. Pero en su
imaginación apareció una objeción de peso, y él la manifestó.

—Podría perderme de vista y extraviarse —dijo.

La señora Verloc negó con la cabeza como alguien que está seguro de lo que
dice.

—No se perderá. Tú no sabes cómo es; te adora. Pero si se perdiera… —la


señora Verloc se interrumpió un instante, pero solo un instante—, sigue andando
como si nada. No te preocupes, no le pasará nada. Estoy segura de que aparecerá
aquí al poco tiempo.

El optimismo de su mujer le procuró al señor Verloc la cuarta sorpresa del


día.

—¿Tú crees? —gruñó manifestando así sus dudas.

Tal vez su cuñado no fuera tan idiota como parecía. Seguramente su mujer
sabía lo que hacía. Volvió los pesados ojos hacia otro lado y dijo ásperamente: —
Bueno, entonces que venga.

Y cayó de nuevo en las garras de la negra preocupación, que quizá prefiera


galopar detrás de un jinete, pero que también sabe cómo pegarse a los talones de la
gente que no tiene los recursos suficientes como para permitirse mantener un
caballo, como el señor Verloc, por ejemplo.

Desde la puerta de la tienda, Winnie no vio a este fatal acompañante del


paseo del señor Verloc. Contempló cómo las dos figuras se perdían en la sórdida
calle; una, alta y corpulenta, la otra, delgada y baja, con el cuello fino y los hombros
puntiagudos ligeramente levantados debajo de las orejas grandes y
semitransparentes. El material de sus sobretodos era el mismo, los sombreros de
ambos eran negros y redondos. Inspirada por la similitud de la ropa, la señora
Verloc dio rienda suelta a su imaginación.

«Podrían ser padre e hijo», pensó. También se le ocurrió que el señor Verloc
era lo más parecido a un padre que el pobre Stevie había tenido en su vida. Era
consciente de que era gracias a ella. Y con cierto orgullo se felicitó por haber
tomado cierta decisión hacía algunos años. Le había costado algún esfuerzo, y
hasta lágrimas.

Se felicitó aún más cuando vio que con los días al señor Verloc parecía
gustarle la compañía de Stevie. Ahora, cuando se disponía a salir a pasear, el señor
Verloc llamaba en voz alta al muchacho, sin duda de la misma forma en que se
solicita la compañía de un perro de compañía, aunque por supuesto de diferente
manera. En casa, veía a menudo al señor Verloc contemplando con curiosidad a
Stevie. Incluso el comportamiento del chico había cambiado. Seguía siendo
taciturno, pero ya no tan apático. La señora Verloc pensó que a veces estaba
asustadizo. Podía considerarse una mejoría. Ya no permanecía abatido al pie del
reloj de pared, sino que, en lugar de eso, musitaba por los rincones con voz
amenazadora y, cuando se le preguntaba: «¿Qué dices, Stevie?», se limitaba a abrir
la boca y a mirar de soslayo a su hermana. En sus ratos libres cerraba los puños sin
causa aparente, y cuando se le descubría solo, estaba mirando a la pared con el
ceño fruncido; el lápiz y las hojas en blanco donde dibujaba círculos yacían
abandonados sobre la mesa de la cocina. Era un cambio, pero no una mejora. La
señora Verloc, que incluía todas esas extravagancias en la definición general de
estado de ánimo excitado, empezó a temer que Stevie estuviera escuchando más
cosas de las que podía soportar de las conversaciones que mantenía su marido con
sus amigos. Por supuesto, durante sus «paseos», el señor Verloc se encontraba y
hablaba con distintas personas. No podía ser de otra manera. Sus paseos eran parte
integrante de sus actividades fuera de casa, que su esposa nunca había intentado
entender en profundidad. La señora Verloc tenía la sensación de que la situación
era delicada, pero se enfrentó a ella con la misma tranquilidad impenetrable que
impresionaba, e incluso asombraba, a los clientes de la tienda y que mantenía a
distancia a los demás visitantes despertando un poco su curiosidad. ¡No podía
consentirlo! Le dijo a su marido que temía que Stevie oyese cosas que le
perjudicaran. Eso solo servía para excitar al pobre muchacho, porque se veía
impotente para impedir que fueran como eran; nadie podía impedirlo.

Estaban en la tienda. El señor Verloc no hizo ningún comentario, ni contestó,


aunque la réplica era evidente. Pero se contuvo y no le dijo a su mujer que había
sido idea suya y solo suya el que Stevie le acompañase a pasear. En aquel
momento, un observador imparcial hubiera pensado que el señor Verloc era más
que humano en su magnanimidad. Cogió de la estantería una cajita de cartón,
inspeccionó el contenido para asegurarse de que era el adecuado, y la depositó con
cuidado sobre el mostrador. Esperó a terminar antes de romper el silencio, para
decir que era muy probable que a Stevie le hiciera mucho bien pasar una
temporada fuera de la ciudad, aunque suponía que su esposa no podría separarse
de él.

—¡Que no podría estar sin él! —repitió la señora Verloc violentamente—.


¡Que no podría separarme de él si fuera por su bien! ¡Qué idea! Por supuesto que
puedo separarme de él, pero no tiene adonde ir.

El señor Verloc sacó un pedazo de papel marrón y una cuerda enrollada


formando una bobina, y mientras tanto dijo entre dientes que Michaelis estaba en
una casita en el campo, y que no le importaría ceder a Stevie una habitación para
dormir. Allí no había ni visitas ni charlas. Michaelis estaba escribiendo un libro.

La señora Verloc manifestó su afecto por Michaelis; mencionó el


aborrecimiento que sentía por Karl Yundt, «ese viejo asqueroso», y no dijo nada de
Ossipon. Y en cuanto a Stevie, seguro que se alegraría mucho. El señor Michaelis
siempre había sido bueno y atento con él. Parecía gustarle el muchacho. Claro que
Stevie era un buen chico.

—También tú pareces haberle cogido mucho afecto últimamente —añadió


con su inflexible seguridad tras un momento de silencio.

Al atar la caja de cartón para enviarla por correo, el señor Verloc tiró
demasiado fuerte de la cuerda y la rompió, lo que le llevó a musitar
confidencialmente varios juramentos. Después, levantando la voz y haciéndola
sonar como el refunfuño ronco habitual, anunció la intención de llevar a Stevie al
campo personalmente y dejarle allí sano y salvo con Michaelis.

Llevó a cabo su plan al día siguiente. Stevie no puso objeciones. Parecía


ansioso de ello, mostrándose al mismo tiempo perplejo. Sus ojos cándidos dirigían
a intervalos frecuentes miradas inquisitivas al señor Verloc, especialmente cuando
no le veía su hermana. Su expresión era de orgullo, timidez y recogimiento, como
la de un niño al que por primera vez se confía una caja de cerillas y se le permite
encender una. Pero la señora Verloc, complacida por la docilidad de su hermano,
le recomendó que no se manchase demasiado la ropa en el campo. Stevie
respondió lanzando una mirada a su hermana, guardiana y protectora, que por
primera vez en su vida pareció carecer de esa cualidad infantil que es la confianza
total. Denotaba una altivez siniestra. La señora Verloc sonrió.

—¡No te enfades, por Dios! Sabes que te pones perdido en seguida, Stevie.

El señor Verloc ya se había alejado un trecho por la calle. Así, debido al


heroico proceder de su madre y a la ausencia de su hermano durante este período
de vacaciones, la señora Verloc se encontró sola durante más tiempo del
acostumbrado, no solo en la tienda, sino también en la casa. Porque el señor Verloc
tenía necesidad de salir a pasear. Así que también estuvo sola más tiempo de lo
habitual cuando ocurrió el atentado en el parque de Greenwich, porque el señor
Verloc salió muy temprano aquella mañana y no volvió hasta casi de noche. No le
importaba estar sola, no sentía necesidad de salir a la calle. El tiempo era muy
desagradable y la tienda era más acogedora que la calle. Estaba sentada cosiendo
detrás del mostrador y no levantó los ojos de lo que estaba haciendo cuando entró
el señor Verloc acompañado del repiqueteo agresivo de la campanilla. Había
reconocido el sonido de sus pasos en la acera. No levantó los ojos, pero cuando el
señor Verloc, en silencio y con el sombrero hundido hasta los ojos, se dirigió
directamente a la trastienda, dijo serenamente: —¡Qué tiempo más horrible! ¿Has
ido por casualidad a ver a Stevie?

—No, no he ido a verle —dijo el señor Verloc con suavidad, y cerró con
inusitada energía la puerta de cristal de la trastienda, dando un portazo tras de sí.

La señora Verloc permaneció inmóvil durante un momento, con la labor


reposando en el regazo, luego la puso bajo el mostrador y se levantó a encender el
gas. Una vez hecho esto, fue a la trastienda de camino a la cocina. Sabía que el
señor Verloc le pediría té. Confiada en el poder de sus encantos, Winnie no
esperaba de su marido en la relación cotidiana de la vida conyugal atenciones ni
galanteos; modales vanos y anticuados en el mejor de los casos, que seguramente
nunca se han observado muy exactamente, desechados ya incluso en las altas
esferas y que siempre fueron ajenos a las normas de su clase social. No esperaba
cortesías de él. Era un buen marido y ella respetaba lealmente sus derechos.

La señora Verloc habría atravesado la trastienda y habría cumplido sus


tareas domésticas en la cocina con la perfecta serenidad de una mujer segura del
poder de sus encantos. Pero escuchó un repiqueteo rápido y suave, muy suave. Era
extraño e incomprensible, y captó la atención de la señora Verloc. Después, cuando
la naturaleza del sonido se le hizo evidente, se detuvo de pronto, sorprendida y
preocupada. Encendió una de las cerillas frotándola contra la caja que llevaba en la
mano, y abrió y encendió una de las lámparas de gas que había en la mesa de la
trastienda, que, por estar estropeada, primero emitió un silbido como si estuviese
asombrada y después se encendió ronroneando de gusto como un gato.

El señor Verloc, al contrario de lo que era habitual en él, se había quitado el


sobretodo tirándolo en cualquier sitio. Estaba sobre el sofá. El sombrero, que
también se debía de haber quitado tirándolo sin saber dónde, estaba boca arriba
bajo el borde del sofá. Había llevado una silla a rastras hasta la chimenea, y estaba
muy inclinado sobre la ardiente rejilla, con los pies por detrás del guardafuego y la
cabeza entre las manos. Los dientes le castañeteaban con una violencia
incontrolable, haciendo que su enorme espalda temblara al mismo tiempo. La
señora Verloc se sobresaltó.

—Te has mojado —dijo.

—Solo un poco —consiguió tartamudear el señor Verloc, al tiempo que le


recorría un profundo escalofrío. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió que los
dientes dejaran de castañetear.

—Voy a ayudarte a que te metas en la cama —dijo ella con sincera


inquietud.

—No —respondió el señor Verloc, emitiendo un sonido ronco al respirar.

Se las había ingeniado para coger un terrible resfriado entre las siete de la
mañana y las cinco de la tarde. La señora Verloc miró la espalda encorvada.

—¿Dónde has estado hoy? —preguntó.

—En ningún sitio —respondió el señor Verloc en voz baja, nasal y ahogada.

Su actitud denotaba malhumor apesadumbrado o un fuerte dolor de cabeza.


La insuficiencia y la falta de sinceridad de la respuesta se hicieron dolorosamente
evidentes en el silencio de la habitación. Resolló como si se disculpara y añadió: —
He ido al banco.

La respuesta despertó la atención de la señora Verloc.

—¿Al banco? —dijo en tono indiferente—. ¿Para qué?

El señor Verloc musitó, con la nariz por encima de la rejilla y con evidente
desgana:
—¡Para sacar el dinero!

—¿Qué quieres decir? ¿Todo el dinero?

—Sí, todo.

La señora Verloc extendió con cuidado el pequeño mantel, sacó dos


cuchillos y dos tenedores del cajón de la mesa, y de pronto interrumpió su
metódico proceder.

—¿Para qué has hecho eso?

—Puede que lo necesite pronto —respondió resollando el señor Verloc, que


estaba llegando al final de sus calculadas indiscreciones.

—No sé lo que quieres decir —observó su mujer en un tono totalmente


indiferente, pero permaneciendo inmóvil entre la mesa y el aparador.

—Sabes que puedes confiar en mí —observó el señor Verloc, mirando a la


rejilla con hosquedad.

La señora Verloc se volvió lentamente hacia el aparador y dijo


intencionadamente:

—Sí, claro que tengo confianza en ti.

Y prosiguió su metódico proceder. Puso dos platos en la mesa, el pan y la


mantequilla, yendo y viniendo entre la mesa y el aparador, en la paz y el silencio
de su hogar. Cuando estaba a punto de sacar la confitura, hizo una reflexión
práctica: «Tendrá hambre, después de haber estado afuera todo el día», y volvió al
aparador una vez más para sacar la carne fiambre. La puso junto a la ronroneante
lámpara de gas, y mirando un momento a su marido, que estaba inmóvil muy
cerca del fuego, bajó (dos peldaños más abajo) a la cocina. No volvió a decir nada
hasta que regresó, con el cuchillo y el tenedor de trinchar en la mano: —Si no
hubiera tenido confianza en ti, no me habría casado contigo.

Inclinado bajo el sobretodo, el señor Verloc, sujetándose la cabeza con las


manos, parecía haberse dormido. Winnie hizo el té y le llamó en voz baja: —Adolf.

El señor Verloc se levantó en seguida y se tambaleó ligeramente antes de


sentarse a la mesa. Su mujer, al tiempo que examinaba el filo cortante del cuchillo
de trinchar, lo puso en el plato e indicó a su marido la carne fiambre.

Él fue insensible a su propuesta, y no levantó la barbilla del pecho.

—Deberías comer bien estando resfriado —dijo la señora Verloc


dogmáticamente.

Él levanto la vista y negó con la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre y
la cara roja. Se había revuelto el pelo con los dedos hasta desordenarlo.

En conjunto tenía un aspecto desarreglado que manifestaba la incomodidad,


la irritación y el abatimiento que siguen a los fuertes excesos. Pero el señor Verloc
no era un libertino. En su conducta era un hombre respetable. Su aspecto podría
deberse a la fiebre producida por el resfriado. Bebió tres tazas de té, pero no comió
nada. Rechazó con lúgubre aversión los requerimientos de la señora Verloc, quien
por último dijo: —¿Tienes los pies mojados? Ponte las zapatillas, porque esta noche
ya no vas a salir.

El señor Verloc manifestó por medio de gruñidos y señales displicentes que


no tenía los pies mojados, y que de todas formas le daba igual. Desechó la
propuesta de las zapatillas como indigna de su atención. Pero la cuestión de volver
a salir aquella noche adquirió una evolución inesperada. El señor Verloc no estaba
pensando en salir aquella noche; sus pensamientos abarcaban un plan más amplio.
De las frases inconexas e incompletas del señor Verloc parecía deducirse que había
estado reflexionando sobre la conveniencia de emigrar. No estaba claro si tenía en
mente Francia o California.

El carácter totalmente inesperado e inverosímil de la eventualidad despojó a


la difusa declaración de todo su efecto. La señora Verloc, tan plácidamente como si
su esposo la hubiera amenazado con el fin del mundo, dijo: —¡Qué idea!

El señor Verloc se manifestó enfermo y harto de todo. Ella le interrumpió.

—Tienes un catarro muy fuerte.

Era evidente que el señor Verloc no se encontraba en su estado habitual, ni


física ni mentalmente. Una sombría falta de resolución le hizo guardar silencio
durante un rato. Después musitó un par de generalidades sobre el asunto de la
necesidad.

—¿Que tienes que irte? —repitió Winnie, recostada tranquilamente con los
brazos cruzados en frente de su marido—. Me gustaría a mí saber quién te puede
obligar. Tú no eres un esclavo. Nadie es un esclavo en este país, y no vas a ser tú
ahora el primero.

Se interrumpió un momento y, con ingenuidad firme e invencible, dijo:

—El negocio no va tan mal, y tienes un hogar cómodo.

Miró a su alrededor, a la trastienda, desde el aparador del rincón hasta el


fuego vivo de la chimenea. Oculto en un ambiente acogedor tras la tienda de
productos equívocos, con su misterioso escaparate apenas iluminado y la puerta
sospechosamente entreabierta en la callejuela oscura, el suyo, por lo que se refería
a todos los elementos esenciales de la decencia y la comodidad domésticas, era un
hogar respetable. Su afecto devoto echaba de menos a su hermano Stevie, que
estaba disfrutando de unas húmedas vacaciones en los senderos de Kent al
cuidado del señor Michaelis. Le echaba en falta intensamente, con toda la fuerza de
su pasión protectora. Aquel era también el hogar del muchacho; el techo, el
aparador, la chimenea bien alimentada. Pensando en ello, la señora Verloc se
levantó y, dirigiéndose hacia el otro extremo de la mesa, dijo con el corazón
desbordado: —Y no te has cansado de mí.

El señor Verloc no reaccionó. Winnie se apoyó por detrás en su hombro y


apretó los labios contra su frente. Y así permaneció sin moverse. Desde el mundo
exterior no les llegaba el menor susurro. Un ruido de pasos en la acera se perdió en
la penumbra discreta de la tienda. Solo la lámpara de gas de encima de la mesa
siguió ronroneando tranquilamente en el silencio que se cernía sobre la trastienda.
Mientras duró el contacto del inesperado y continuado beso, el señor Verloc cogió
con ambas manos el borde de la silla en que estaba sentado y se mantuvo
hieráticamente inmóvil. Cuando cedió la presión, quitó las manos de la silla, se
levantó y fue hasta la chimenea. Ya no daba la espalda a la habitación. Con las
facciones hinchadas y aspecto de estar drogado, seguía con los ojos los
movimientos de su mujer.

Los movimientos de la señora Verloc eran serenos mientras recogía la mesa.


Su voz tranquila comentaba la idea en un tono razonable y doméstico. No era
coherente. Ella la condenaba desde todos los puntos de vista. Pero su única
preocupación era el bienestar de Stevie, a quien consideraba en relación con la idea
objeto de discusión lo suficientemente «especial» como para no llevárselo
bruscamente al extranjero. Y eso era todo. Pero al hablar de aquel punto esencial,
su forma de decirlo no estuvo muy lejos de la vehemencia. Mientras tanto, con
movimientos bruscos, se puso un delantal para lavar las tazas. Como si la excitase
poder seguir hablando sin provocar objeciones, llegó a decir en un tono casi
vulgar: —Si te vas al extranjero, tendrás que irte sin mí.

—Sabes que no me iría solo —dijo el señor Verloc con voz ronca, y el sonido
falto de resonancia de su voz privada tembló con enigmática emoción.

La señora Verloc lamentó en seguida haber hablado así. Sus palabras habían
parecido más desagradables de lo que ella quería. Tenían también la falta de
utilidad de las cosas innecesarias. En realidad no había querido decir lo que había
dicho. Había sido una especie de frase sugerida por el demonio de la perversa
inspiración. Pero ella sabía qué hacer para que pareciera que no había pasado
nada.

Volvió la cabeza para mirar por encima del hombro, y lanzó una mirada
maliciosa y cruel al mismo tiempo al hombre, que estaba de pie enfrente de la
chimenea; una mirada de la que no hubiese sido capaz la Winnie de la época de la
casa de Belgravia, por respetabilidad e ignorancia. Pero aquel hombre era ahora su
marido, y ella ya no era una ignorante. Le miró fijamente durante un momento,
con el rostro serio, inmóvil como si fuera una máscara, mientras decía en tono de
broma: —No podrías, me echarías demasiado de menos.

El señor Verloc dio un paso adelante.

—Exactamente —dijo en voz más alta, extendiendo los brazos y avanzando


hacia ella. Algo en su expresión, salvaje e indecisa, no permitía saber si tenía la
intención de estrangular o abrazar a su mujer. Pero en ese momento el repiqueteo
de la campanilla de la puerta distrajo la atención de la señora Verloc.

—La tienda. Adolf, ve tú.

Él se detuvo, sus brazos descendieron lentamente.

—Ve tú —repitió la señora Verloc—. Yo tengo puesto el delantal.

El señor Verloc obedeció inexpresivamente, con la mirada fija, como un


autómata al que se hubiera pintado la cara de rojo. Y el parecido con una figura
mecánica llegó hasta tal punto, que parecía consciente de la maquinaria que
llevaba en su interior.

Cerró la puerta de la trastienda, y la señora Verloc, moviéndose con brío,


llevó la bandeja a la cocina. Lavó las tazas y varias cosas más antes de interrumpir
su trabajo para escuchar. No oyó absolutamente nada. El cliente pasó mucho
tiempo en la tienda. Era un cliente, porque, si no, el señor Verloc le hubiera hecho
pasar. Desató las cintas del delantal de un tirón, lo tiró encima de una silla y
regresó lentamente a la trastienda. En ese preciso momento el señor Verloc volvía
de la tienda.

Había salido con la cara roja y ahora volvía con el rostro blanco como la
pared. Había perdido el aspecto adormilado de estupor febril y en aquel breve
espacio de tiempo sus facciones habían adquirido una expresión tensa. Se dirigió
directamente al sofá y se quedó mirando su sobretodo, que estaba encima, como si
tuviera miedo de tocarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó la señora Verloc con voz suave.

A través de la puerta entornada vio que el cliente todavía estaba en la tienda.

—Voy a tener que salir esta noche —dijo el señor Verloc, sin hacer ademán
de coger el sobretodo.

Sin decir nada, Winnie fue a la tienda y, cerrando la puerta tras de sí, se
dirigió a la parte posterior del mostrador. No miró directamente al cliente hasta
que no se hubo sentado confortablemente en la silla. Pero para entonces ya había
notado que era alto y delgado, y llevaba bigotes con las puntas hacia arriba.

De hecho, se estaba levantando las puntas en aquel momento. Su rostro,


largo y huesudo, surgía del cuello levantado. Se había mojado un poco. Era un
hombre de pelo oscuro con los pómulos muy marcados bajo las sienes ligeramente
ahuecadas. Un completo extraño. Tampoco era un cliente.

La señora Verloc le miró plácidamente.

—¿Viene usted del Continente? —dijo tras un momento.

El extraño, alto y delgado, sin mirar exactamente a la señora Verloc


respondió con una ligera sonrisa muy peculiar.

La mirada firme y carente de curiosidad de la señora Verloc seguía posada


en él.

—¿Entiende usted inglés?


—Sí, claro que entiendo inglés.

No se notaba ningún acento extranjero, salvo que la lenta articulación de las


palabras parecía costarle trabajo. La señora Verloc, en su variada experiencia, había
llegado a la conclusión de que algunos extranjeros hablaban inglés mejor que los
nativos. Mirando fijamente la puerta de la trastienda, dijo: —¿Por casualidad
piensa usted quedarse para siempre en Inglaterra?

El extraño le sonrió de nuevo sin decir nada. Su boca era agradable y los
ojos, sagaces. Y ella pareció sacudir la cabe/a con cierta tristeza.

—Mi marido vendrá en seguida. Entre tanto, lo mejor que puede usted hacer
es alquilar un alojamiento en casa del señor Guigliani, en el Hotel Continental. Es
un sitio tranquilo. Mi marido le acompañará.

—Buena idea —dijo el hombre delgado y moreno, cuya mirada se endureció


de pronto.

—Conoce usted al señor Verloc desde hace tiempo, supongo. ¿Se conocieron
tal vez en Francia?

—He oído hablar de él —admitió el visitante en su tono de voz pausado y


meticuloso, que aún conservaba un cierto matiz cortante.

Se produjo un silencio, y después el hombre volvió a hablar de forma mucho


menos elaborada.

—¿No habrá salido a la calle a esperarme, por casualidad?

—¡A la calle! —repitió sorprendida la señora Verloc—. No, no hay ninguna


otra puerta que dé a la calle.

Durante un momento permaneció sentada, con gesto imperturbable;


después se levantó y fue a mirar a través del cristal de la puerta, la abrió de pronto
y entró en la trastienda.

El señor Verloc se había limitado a ponerse el sobretodo. Su mujer no


entendió por qué continuaba inclinado sobre la mesa apoyándose en los brazos,
como si se sintiera enfermo o mareado.

—Adolf —dijo en voz alta.


Y cuando el señor Verloc se incorporó, continuó:

—¿Conoces a ese hombre? —preguntó rápidamente.

—He oído hablar de él —susurró inquieto el señor Verloc, al tiempo que


lanzaba una mirada hacia la puerta.

Los ojos hermosos e indiferentes de la señora Verloc se encendieron con un


relámpago de aversión.

—Es uno de los amigos de Karl Yundt, ese viejo asqueroso.

—¡No! ¡No! —protestó el señor Verloc buscando el sombrero.

Pero cuando lo sacó de debajo del sofá, lo sostuvo como si no supiera cómo
usarlo.

—Está esperándote —dijo por fin la señora Verloc—. ¿No será de alguna
embajada con la que has tenido algo que ver últimamente?

—¿Con una embajada? —repitió el señor Verloc sobresaltándose


sorprendido y temeroso—. ¿Quién te ha dicho eso de una embajada?

—Tú mismo.

—¿Yo? ¿Yo te he contado a ti algo de la embajada?

El señor Verloc parecía profundamente atemorizado y anonadado. Su


esposa le explicó:

—Últimamente has estado hablando un poco en sueños, Adolf.

—¿Qué…? ¿Qué he dicho? ¿Qué es lo que sabes?

—No mucho. Casi todo lo que decías parecían tonterías, lo suficiente para
enterarme de que hay algo que te preocupa.

El señor Verloc se hundió el sombrero en la cabeza. Por su rostro se extendió


un flujo rojo de rabia.

—Tonterías, ¿no? ¡La gente de la embajada! Los mataría uno a uno. Que
tengan cuidado conmigo.

Iba y venía fuera de sí entre la mesa y el sofá, con el sobretodo abierto


golpeándole los tobillos. El flujo rojo de rabia menguó; el señor Verloc tenía el
rostro blanco y le temblaban las ventanas de la nariz. La señora Verloc, en aras de
la existencia práctica, lo atribuyó al catarro.

—Bueno —dijo—, quítate de encima a ese hombre lo antes posible,


quienquiera que sea, y vuelve a casa. Necesitas que te cuiden un par de días.

El señor Verloc se calmó y, cuando ya había abierto la puerta, con la


resolución impresa en el rostro, su mujer le llamó en un susurro: —¡Adolf! ¡Adolf!

El señor Verloc volvió asustado.

—¿Qué pasa con el dinero que has sacado? —le preguntó—. ¿Lo llevas en el
bolsillo? ¿Por qué no…?

El señor Verloc miró fijamente unos instantes la palma extendida de la mano


de su mujer, y entonces se llevó la mano a la frente.

—¡El dinero! ¡Claro! No sabía lo que querías decir.

Se sacó del bolsillo interior una cartera de piel de cerdo nueva. La señora
Verloc lo recibió sin decir palabra, y permaneció inmóvil hasta que cesó el sonido
de la campanilla después de que salieran de la tienda el señor Verloc y el visitante.
Solo entonces calculó la cantidad, sacando para ello los billetes. Tras esta
inspección, miró a su alrededor pensativa, como si desconfiara del silencio y la
soledad de la casa. La morada conyugal le pareció tan solitaria y expuesta al
peligro como si hubiera estado situada en medio de un bosque. Todos los
escondrijos que se le ocurrían le parecían frágiles y especialmente tentadores para
lo que pensaba era un ladrón que desvalija viviendas. Era una representación irreal
de los ladrones, a los que veía dotados de poderes mágicos y perspicacia
milagrosa. Ponerlo en la caja era impensable. Era lo primero que miraría un ladrón.
La señora Verloc se soltó nerviosa un par de corchetes y metió la cartera en el
canesú del vestido. Una vez guardado el capital de su marido, se alegró de oír el
repiqueteo de la campanilla anunciando la llegada de alguien. Adoptó la mirada
fija e imperturbable y la expresión glacial reservadas para los clientes ocasionales y
fue hasta el mostrador.

Un hombre estaba en medio de la tienda, inspeccionándola con una mirada


fría que lo abarcaba todo. Recorrió con los ojos las paredes y el techo, y observó el
suelo; todo ello en un instante. Las puntas de un bigote largo y rubio llegaban
hasta más abajo de la línea de la mandíbula. Tenía la sonrisa propia de los viejos
conocidos lejanos, y la señora Verloc se acordó de haberle visto antes.

No era un cliente. Suavizó su «mirada para clientes» para adoptar la de mera


indiferencia, y le miró de frente por encima del mostrador.

Él se aproximó de lado, con aspecto confidencial, aunque no demasiado


pronunciado.

—¿Está su marido en casa, señora Verloc? —preguntó en un tono tranquilo y


claro.

—No. Ha salido.

—Lo siento. He venido a pedirle información privada.

Era verdad. El inspector jefe Heat se había ido a casa, y había llegado incluso
a pensar en ponerse las zapatillas, porque, se dijo, prácticamente le habían
apartado del caso. Se dejó llevar por pensamientos de rabia y menosprecio, y
encontró esa actividad tan insatisfactoria, que decidió ir a buscar alivio fuera de
casa. Nada le impedía hacer una visita amistosa al señor Verloc, como si fuera por
casualidad. Era parte de su carácter como ciudadano privado el hecho de que
cuando salía a la calle siguiera trayectos habituales. Y estos tendían a dirigirse
hacia la casa del señor Verloc. El inspector jefe Heat respetaba su propio carácter
privado con tanta firmeza, que se esforzó por evitar a todos los agentes de guardia
en la proximidad de la calle Brett. Esta preocupación era mucho más necesaria
para un hombre de su categoría que para un oscuro subjefe de policía. El
ciudadano Heat entró en la calle, actuando de un modo que un miembro de la
clase delincuente habría calificado de furtivo. Llevaba en el bolsillo el pedazo de
tela que había encontrado en Greenwich. No es que tuviera la menor intención de
mostrarlo, en su calidad de ciudadano privado. Por el contrario, solo quería saber
lo que el señor Verloc estuviera dispuesto a decir voluntariamente. Esperaba que lo
que dijera el señor Verloc sería de tal carácter que incriminara a Michaelis.
Esencialmente era una esperanza concienzudamente profesional, pero no exenta
de valor moral, porque el inspector jefe Heat era un servidor de la Justicia. Se sintió
decepcionado al enterarse de que el señor Verloc no estaba en casa.

—Le esperaría un rato si supiera que no va a tardar en volver —dijo.


La señora Verloc no le dio ningún tipo de garantía.

—La información que necesito es totalmente privada —repitió—. ¿Me


comprende? ¿No podría usted darme algún indicio de adónde ha ido?

La señora Verloc negó con la cabeza.

—No lo sé.

Se volvió de espaldas para colocar unas cajas en las estanterías que había
detrás del mostrador. El inspector jefe Heat la miró ensimismado en sus
pensamientos durante un momento.

—Supongo que sabe usted quién soy —dijo.

La señora Verloc le miró por encima del hombro. El inspector jefe Heat
estaba asombrado de su frialdad.

—Usted sabe que soy policía —dijo bruscamente.

—No me suele interesar ese tipo de cosas —observó la señora Verloc


volviendo a colocar las cajas.

—Me llamo Heat, inspector jefe Heat, de la sección de Delitos Especiales.

La señora Verloc puso cuidadosamente en su lugar una cajita de cartón, y


volviéndose le miró de nuevo directamente, con los ojos pesados y las manos
vacías, colgando. Durante un momento nadie dijo nada.

—¡Así que su esposo salió hace un cuarto de hora! ¿Y no dijo cuándo


volvería?

—No ha salido solo —dejó caer con indiferencia.

—¿Se fue con un amigo?

La señora Verloc se tocó la parte posterior de su peinado. Estaba totalmente


en orden.

—Con un desconocido que vino a buscarlo.


—¿Cómo era ese desconocido? ¿Le importaría describírmelo?

A la señora Verloc no le importaba. Y cuando el inspector jefe Heat supo que


el extraño era un hombre moreno, delgado y de facciones alargadas y bigote con
las puntas hacia arriba, dio muestras de inquietud, y exclamó: —¡Justo lo que me
había imaginado! No ha perdido el tiempo.

Se sentía intensamente disgustado en lo profundo de su corazón por la


conducta oficiosa de su jefe inmediato. Pero no tenía vocación de quijote. Se le
habían quitado las ganas de esperar a que volviera el señor Verloc. No sabía por
qué habían salido, pero se imaginaba que podrían regresar juntos. «No se está
siguiendo el caso debidamente; se está manipulando», pensó con amargura.

—Lo siento, pero no tengo tiempo para esperar a que vuelva su marido —
dijo.

La señora Verloc recibió la declaración con indiferencia. Su desinterés había


impresionado en todo momento al inspector jefe Heat, y en aquel preciso momento
le despertó la curiosidad. El inspector jefe Heat estaba tan dominado por sus
pasiones como el más particular de los ciudadanos.

—Creo —dijo mirándola fijamente— que si usted quisiera me podría


informar de lo que está pasando.

Obligando a sus ojos, bonitos e inertes, a devolverle la mirada, la señora


Verloc murmuró: —¡Lo que está pasando! ¿Qué es lo que está pasando?

—El asunto del que vine a hablar con su marido.


Aquel día la señora Verloc echó como siempre un vistazo a un periódico
matutino. Pero no había salido a la calle. Los vendedores de periódicos nunca iban
a Brett Street. No era una buen sitio para el negocio. El eco de sus gritos, que se
deslizaba por las calles populosas, expiraba entre las paredes de ladrillos
mugrientos sin llegar hasta el umbral de la tienda. Su marido no había llevado a
casa ningún periódico vespertino. O al menos ella no lo había visto. La señora
Verloc no sabía absolutamente nada del asunto. Y así lo dijo, con un genuino matiz
de asombro en su voz tranquila.

Durante un momento, el inspector jefe Heat no creyó que tanta ignorancia


pudiera ser cierta. Brevemente, sin amabilidad, le expuso los hechos tal como
habían ocurrido.

La señora Verloc desvió la mirada.


—Me parece estúpido —exclamó lentamente, y entonces se interrumpió—.
En este país no somos esclavos.

El inspector jefe esperó expectante. La señora Verloc no dijo nada más.

—¿Y su marido no le contó nada cuando volvió a casa?

La señora Verloc se limitó a girar la cabeza de derecha a izquierda en señal


de negación. Un silencio lánguido y desconcertante reinó en la tienda. El inspector
jefe Heat sintió que no podía soportar aquella provocación.

—Hay otro pequeño asunto —empezó a decir en tono indiferente—, del que
quisiera hablar con su marido. Hemos encontrado un…, un…, algo que creo es…
un sobretodo robado.

La señora Verloc, especialmente atenta a los ladrones aquella tarde, se rozó


ligeramente con la mano la parte delantera del vestido.

—No hemos perdido ningún sobretodo —dijo con calma.

—Es curioso —continuó el ciudadano privado Heat—. Veo que tienen


ustedes mucha tinta.

Cogió un frasco y lo miró al trasluz de la lámpara de gas en medio de la


tienda.

—Es púrpura, ¿no? —observó poniéndola otra vez en su sitio—. Como he


dicho, es curioso. Porque el sobretodo tiene una etiqueta cosida en el interior con
su dirección escrita en tinta de marcar la ropa.

La señora Verloc se irguió por encima el mostrador y exclamó en voz baja:

—Entonces es de mi hermano.

—¿Dónde está su hermano? ¿Puedo verle? —preguntó el inspector jefe


rápidamente.

La señora Verloc se asomó un poco más por encima del mostrador.

—No. No está aquí. Yo misma escribí esa etiqueta.


—¿Dónde está ahora su hermano?

—Está fuera, con… un amigo… en el campo.

—El sobretodo estaba en el campo. Y ¿cómo se llama su amigo?

—Michaelis —confesó la señora Verloc en un susurro de asombro.

El inspector jefe emitió un silbido. Sus ojos parpadearon con fuerza.

—Justo. Fantástico. Y su hermano ¿cómo es? Fuerte y más bien moreno, ¿no?

—No —exclamó la señora Verloc fervorosamente—. Ese debe de ser el


ladrón. Stevie es rubio y delgado.

—De acuerdo —dijo el inspector jefe en tono de aprobación.

Y mientras la señora Verloc, oscilando entre la alarma y la sorpresa, le


miraba fijamente, él buscaba más información. ¿Por qué había cosido la etiqueta en
el interior del abrigo? Y escuchó que los restos despedazados que había
inspeccionado aquella mañana con extrema repugnancia eran los de un joven
nervioso, despistado, peculiar, y también que la mujer con la que estaba hablando
tenía a su cargo a aquel muchacho desde que era un niño.

—¿Se excita fácilmente? —sugirió.

—Sí, mucho. Pero ¿cómo es que ha perdido el abrigo?

El inspector jefe Heat sacó de pronto un periódico de color rosa que había
comprado hacía menos de media hora. Le gustaban los caballos. Forzado por su
profesión a adoptar una actitud de duda y sospecha hacia sus conciudadanos, el
inspector jefe Heat compensaba el instinto de credulidad implantado en el ser
humano poniendo una fe sin límites en los profetas deportivos de aquella concreta
publicación vespertina. Dejó la edición especial extraordinaria sobre el mostrador y
metió de nuevo la mano en el bolsillo. Sacó el trozo de tela que el destino le había
regalado de entre un montón de cosas que parecían proceder de mataderos y
tiendas de trapos, y se la ofreció a la señora Verloc para que la viera.

—Supongo que reconoce usted esto.

Ella lo cogió mecánicamente con ambas manos. Sus ojos parecían crecer
según miraba.

—Sí —susurró, levantó la cabeza y se tambaleó un poco hacia atrás—. ¿Por


qué lo han roto así?

El inspector jefe le arrebató de las manos el pedazo de tela estirando el brazo


por encima del mostrador, y ella se dejó caer pesadamente en la silla. El inspector
pensó: «Identificación perfecta». Y en aquel momento vislumbró la asombrosa
verdad. Verloc era el otro hombre.

—Señora Verloc —dijo—, me da la impresión de que usted sabe más de este


asunto de lo que supone.

La señora Verloc seguía sentada, sorprendida, perdida en un asombro sin


límites. ¿Cuál podía ser la relación? Y su cuerpo adquirió tal rigidez que no pudo
volver la cabeza al oír el repiqueteo de la campanilla, que sí hizo al investigador
privado Heat girar en redondo. El señor Verloc acababa de cerrar la puerta, y
durante un momento ambos hombres se miraron.

El señor Verloc, sin mirar a su mujer, se acercó al inspector jefe, quien se


sintió aliviado al verle volver solo.

—¡Usted, aquí! —dijo en voz baja el señor Verloc con dificultad—. ¿A quién
busca?

—A nadie —dijo el inspector jefe en voz baja—. Me gustaría hablar un


momento con usted.

El señor Verloc, pálido aún, había vuelto con aspecto decidido. Seguía sin
mirar a su mujer.

—Entre, entonces —y le condujo hasta la trastienda.

Apenas acababa de cerrarse la puerta, cuando la señora Verloc, poniéndose


de pie de un salto, corrió hacia ella con ademán de querer abrirla de golpe, pero en
lugar de eso se puso de rodillas con la oreja pegada a la cerradura. Los dos
hombres debían de haberse detenido nada más entrar en la habitación, porque oyó
claramente hablar al inspector jefe, aunque no podía ver cómo le ponía
enfáticamente a su marido el dedo en el pecho.

—Usted es el otro hombre, Verloc. Vieron que entraban dos hombres en el


parque.

Y la voz del señor Verloc dijo:

—Entonces, deténgame ahora mismo. ¿Qué se lo impide? Tiene usted todo


el derecho.

—¡No! Sé a quién se ha confesado usted. Y va a tener que hacerse cargo de


todo este asunto él solo. Pero no se equivoque, he sido yo quien le ha descubierto.

Después solo oyó murmullos. El inspector Heat debió de mostrarle a Verloc


la pieza de tela del sobretodo de Stevie, porque la hermana de Stevie, su guardiana
y protectora, oyó que su marido hablaba en voz más alta.

—No sabía que ella le hubiese cosido esa etiqueta.

De nuevo, la señora Verloc no oyó más que murmullos, cuyo misterio era
menos espeluznante para su cerebro que las horribles sugerencias de las palabras
claras. Entonces, el inspector jefe Heat, al otro lado de la puerta, levantó la voz.

—Debe de haberse vuelto usted loco.

Y la voz del señor Verloc respondió, con una especie de furia lúgubre:

—He estado loco durante uno o dos meses, pero ya no lo estoy. Se acabó.
Voy a confesarlo todo, y al demonio las consecuencias.

Se produjo un silencio, y el ciudadano privado Heat murmuró:

—¿Qué es lo que va a confesar?

—Todo —exclamó la voz del señor Verloc, quien después siguió hablando
en voz muy baja. Tras un momento volvió a subir de tono—. Me conoce usted
desde hace varios años, y le he sido útil. Usted sabe que soy un hombre honrado.
Sí, honrado.

Esta mención de sus viejas relaciones debió de ser extremadamente


desagradable para el inspector jefe.

Su voz adquirió una nota de advertencia.


—No confíe demasiado en lo que le han prometido. Si yo fuera usted,
desaparecería. No creo que vayamos a perseguirle.

Se oyó al señor Verloc reírse brevemente.

—Sí, claro, usted confía en que sean los otros los que se deshagan de mí. No,
usted no va a deshacerse de mí ahora. También he sido un hombre de confianza
para esa gente, y ahora va a saberse todo.

—Entonces, que se sepa todo —asintió la voz indiferente del inspector jefe
Heat—. Pero, dígame, ¿cómo pudo usted escapar?

—Iba a Chesterfield Walk[59] —oyó decir la señora Verloc a la voz de su


marido—, cuando oí la explosión. Y entonces eché a correr. Había niebla. No vi a
nadie hasta que llegué al final de George Street. Tampoco allí vi a nadie.

—¡Así de fácil! —exclamó asombrada la voz del inspector jefe Heat—. Debió
de asustarle la explosión.

—Sí, se produjo demasiado pronto —confesó la voz lúgubre y ronca del


señor Verloc.

La señora Verloc apretó el oído contra la cerradura; tenía los labios azules,
las manos frías como el hielo y sentía la cara, pálida y en la que ambos ojos
parecían dos agujeros negros, como si estuviera envuelta en llamas. Al otro lado de
la puerta las voces se oían muy bajas. De vez en cuando oyó palabras sueltas
pronunciadas por su marido, y a veces los tonos suaves del inspector jefe. Oyó a
este último decir: —Creemos que tropezó con la raíz de un árbol.

Se oyó un rumor ronco y rápido, que duró algún tiempo, y entonces el


inspector jefe, como si estuviera contestando una pregunta, habló enfáticamente.

—Por supuesto. Hecho pedazos; partes de su cuerpo, tierra, ropa, huesos,


astillas, todo junto. Tuvieron que ir a buscar una pala para recoger los trozos.

La señora Verloc se irguió de un salto de su postura agachada y, tapándose


los oídos con las manos, tambaleándose de un lado a otro entre el mostrador y las
estanterías de la pared, fue en dirección a la silla. Sus ojos enloquecidos observaron
el periódico deportivo que había dejado allí el inspector jefe Heat, y cuando chocó
contra el mostrador, lo cogió, se dejó caer en la silla, rasgó totalmente el optimista
periódico rosado al tratar de abrirlo y luego lo arrojó al suelo. Al otro lado de la
puerta, el inspector jefe Heat le decía al señor Verloc, el agente secreto: —¿Así que
su defensa será prácticamente una confesión completa?

—Sí. Voy a contarlo todo.

—No le creerán tanto como usted piensa.

Y el inspector jefe se quedó pensativo. El cariz que tomaba el asunto


significaba el descubrimiento de muchas cosas; el abandono de áreas de
conocimiento que, si eran cultivadas por un hombre hábil, serían importantes tanto
para el individuo aislado como para la sociedad. Un hecho aciago lo impedía.
Michaelis seguiría incólume, saldría a la luz la ocupación del Profesor,
desorganizaría todo el sistema de vigilancia, daría ocasión a la prensa para
organizar un alboroto inmenso, que, desde ese punto de vista, le pareció, por una
repentina iluminación, escrita invariablemente por idiotas para ser leída por
imbéciles. Mentalmente se sintió de acuerdo con las palabras del señor Verloc al
contestar a la última observación.

—Tal vez, no. Pero trastocará muchas cosas. He sido un hombre honrado, y
seguiré siéndolo en este…

—Si le dejan —dijo cínicamente el inspector jefe—. También le sermonearán


antes de sentarle en el banquillo de los acusados, no me cabe duda. Y al final
puede que le pongan una condena que le sorprenda. No me fiaría demasiado del
caballero con el que ha estado hablando.

El señor Verloc escuchaba con el ceño fruncido.

—Mi consejo es que desaparezca mientras pueda. Yo no he recibido


instrucciones. Hay gente —continuó el inspector jefe Heat, poniendo especial
énfasis en la palabra «gente»— que piensa que usted ya no está en este mundo.

—¡De veras! —exclamó el señor Verloc.

Aunque desde su regreso de Greenwich había permanecido casi todo el


tiempo oculto en una oscura taberna, no podía haber imaginado que oiría tan
buenas noticias.

—Eso es lo que se piensa de usted —dijo el inspector jefe haciendo un gesto


en su dirección con la cabeza—. Desaparezca, lárguese.
—¿Adónde? —gruñó el señor Verloc. Levantó la cabeza y, mirando hacia la
puerta cerrada de la trastienda, murmuró emocionadamente—: Quisiera que me
detuviera usted esta noche. Le acompañaría sin oponer resistencia.

—Supongo que sí —asintió irónicamente el inspector jefe, siguiendo la


dirección de la mirada del otro.

Una ligera humedad surgió en la frente del señor Verloc. Bajó la voz ronca
hasta alcanzar un tono confidencial ante el impasible inspector jefe.

—El muchacho no era del todo normal, no era responsable de sus actos.
Cualquier tribunal se hubiera dado cuenta en seguida. Lo único que podían haber
hecho con él era mandarlo al manicomio. Y eso es lo peor que podía haberle
pasado si…

Con la mano en el picaporte de la puerta, el inspector jefe susurró al señor


Verloc mirándole directamente a la cara: —Él podía no ser normal del todo, pero
usted debió de volverse loco. ¿Qué fue lo que le hizo perder la cabeza de ese
modo?

El señor Verloc, pensando en el señor Vladimir, no vaciló en escoger sus


palabras:

—Un cerdo hiperbóreo —dijo entre dientes—. Alguien que usted podría
califica de… caballero.

El inspector jefe, sin apartar de él los ojos, le comunicó con un gesto conciso
que había comprendido, y abrió a continuación la puerta. La señora Verloc, desde
detrás del mostrador, oyó que salía por el agresivo repiqueteo de la campanilla,
pero no lo vio salir. Permanecía sentada en su sitio detrás del mostrador. Estaba
erguida en su asiento, con dos trozos sucios de papel rosado extendidos a sus pies.
Apretaba convulsivamente el rostro con las palmas de las manos, y tenía las puntas
de los dedos contraídas, apretadas contra la frente, como si la piel fuera una
máscara que deseara arrancarse violentamente. La total inmovilidad de su postura
manifestaba la agitación de furia y desesperación, todo el potencial de violencia de
las pasiones trágicas, mejor que podría haberlo hecho una escena de gritos y
golpearse la cabeza contra la pared con gestos enloquecidos. El inspector jefe Heat
atravesó la tienda con sus habituales pasos rápidos y rítmicos, lanzándole una
mirada superficial. Y cuando la campanilla de la puerta cesó de agitarse al extremo
de aquel gancho de acero, no se produjo movimiento alguno cerca de la señora
Verloc, como si su actitud tuviera el poder paralizador de un hechizo. Hasta las
llamas con forma de mariposa posadas en el extremo de las lámparas de gas ardían
sin estremecerse. En la tienda de mercancías dudosas, en que las estanterías
pintadas de marrón claro parecían devorar el reflejo de la luz, el círculo de oro de
la alianza que llevaba la señora Verloc en la mano izquierda despidió un brilló
extraordinario, con esa gloria incólume que tienen las joyas de los tesoros
espléndidos tiradas al cubo de la basura.
Capítulo X

El subjefe de policía, llevado con celeridad en un cabriolé desde las cercanías


del Soho en dirección de Westminster, bajó en el mismo centro del Imperio en que
no se pone el sol. Le saludaron varios fornidos agentes de policía, que no parecían
especialmente impresionados por el deber de vigilar el augusto lugar. Penetró a
través de un portal, en absoluto soberbio, en las inmediaciones de la Cámara, que
es la Cámara par excellence para muchos millones de seres humanos[60], y por último
fue recibido por el veleidoso y revolucionario Toodles.

El pulcro y agradable joven ocultó su asombro por la temprana presencia del


subjefe de policía, cuya llegada le habían dicho que debía esperar alrededor de
medianoche. Consideró que el hecho de que llegara tan temprano era señal de que
las cosas, fueran las que fuesen, no habían salido bien. Con su simpatía
extremadamente fácil, que en jóvenes agradables acompaña a menudo a un
temperamento alegre, sintió lástima por la Gran Presencia que él llamaba «el Jefe»,
y también por el subjefe de policía, cuyo rostro le pareció más ominosamente
rígido que nunca y extraordinariamente largo. «Qué tipo tan raro y qué aspecto tan
de extranjero tiene», pensó, sonriendo a distancia con amistosa vivacidad. Y en
cuanto estuvieron juntos, empezó a hablar con la amable intención de olvidar la
incomodidad del fracaso bajo un montón de palabras. Al parecer, el gran asalto
que esperaban que sucediese aquella noche iba a fracasar. Un secuaz inferior de
«ese bruto de Cheeseman» estaba aburriendo despiadadamente a los pocos
asistentes de la Cámara con estadísticas descaradamente falseadas. Él, Toodles,
confiaba que les aburriera tanto, que se quedaran exhaustos en cualquier
momento. Aunque tal vez solo estuviese haciendo tiempo para que ese tragón de
Cheeseman pudiera cenar a gusto. De todas formas, no había quien convenciera al
Jefe para que se fuese a casa.

—Creo que le recibirá a usted en seguida. Está solo en su habitación,


pensando en todos los peces del mar —concluyó Toodles con frivolidad—. Sígame.

A pesar de la amabilidad de su carácter, el joven secretario particular (sin


sueldo) era accesible a las debilidades habituales de la humanidad. No quería
atormentar al subjefe de policía, del que tenía la impresión de que había hecho un
desastroso trabajo. Pero su curiosidad era demasiado fuerte como para ponerle
freno por mera compasión. Según caminaban, no pudo evitar decir con ligereza,
mirando hacia atrás por encima del hombro:

—¿Y su sardina?
—En la red —respondió el subjefe de policía con una concisión que no
quería ser repelente en absoluto.

—Muy bien. No puede usted imaginarse cómo les disgusta a los grandes
hombres verse decepcionados en cosas de poca importancia.

Tras esta profunda observación, el experimentado Toodles pareció


reflexionar. De todas formas no dijo nada durante dos segundos completos, y
después exclamó:

—Me alegro. Pero ¿tiene ese asunto tan poca importancia como usted da a
entender?

—¿Sabe usted lo que se hace con las sardinas? —preguntó el subjefe de


policía a su vez.

—A veces se las mete en latas —dijo Toodles riéndose entre dientes, cuya
erudición sobre el tema de la industria pesquera estaba fresca, y en comparación
con su ignorancia en todos los demás asuntos industriales era inmensa—. Hay
fábricas de conservas en la costa de España que…

El subjefe de policía interrumpió al aprendiz de estadista.

—Sí, sí. Pero a veces se las pone de cebo para pescar una ballena.

—¡Una ballena! —exclamó Toodles conteniendo el aliento—. ¿Entonces, está


usted intentando pescar una ballena?

—No exactamente. Lo que busco es una lija[61]. Es posible que usted no sepa
cómo es una lija.

—Sí, sí lo sé. Estamos hartos de leer libros especializados, estanterías


enteras, con láminas… Es un animal dañino con aspecto de bribón, una bestia
totalmente detestable, con una especie de cara lisa y bigotes.

—Una descripción detallada —comentó el subjefe de policía—. Solo que el


mío va bien afeitado. Usted lo ha visto. Es un pez listo.

—¡Que yo lo he visto! —dijo Toodles con incredulidad—. No me imagino


dónde he podido verlo.
—Creo que en el Explorers —dijo el subjefe de policía con calma.

Al oír el nombre de aquel club extraordinariamente exclusivo, Toodles puso


cara de miedo y se detuvo de pronto.

—Tonterías —protestó, pero continuó, anonadado—: ¿Quiere usted decir


que es miembro del club?

—Miembro honorario —murmuró entre dientes el subjefe de policía.

—¡Dios mío!

Toodles estaba tan estupefacto, que el subjefe de policía sonrió levemente.

—Lo que le acabo de contar debe quedar estrictamente entre nosotros —dijo.

—Es la cosa más brutal que he oído en mi vida —exclamó Toodles en voz
baja, como si el asombro le hubiera despojado en un instante de toda su jovialidad.

El subjefe de policía le dirigió una mirada risueña. Hasta que llegaron a la


puerta de la habitación del Gran Hombre, Toodles mantuvo un silencio solemne y
escandalizado, como si se sintiera ofendido porque el subjefe de policía le hubiera
contado algo tan desagradable e inquietante. Aquello revolucionaba su concepto
del carácter extremadamente selecto del club Explorers, de su pureza social.
Toodles era revolucionario solo en política; deseaba preservar intactas sus
creencias sociales y sus sentimientos personales durante el tiempo de que
dispusiera en esta tierra, que, en conjunto, le parecía un buen lugar para vivir. Se
hizo a un lado.

—Entre sin llamar —dijo.

Pantallas de seda verde cubrían todas las lámparas e impartían a la


habitación una profunda penumbra parecida a la de un bosque. La mirada altiva
era físicamente el punto débil del Gran Hombre. Y se ocultaba como si fuese un
secreto. Bajaba conscientemente los ojos en cuanto tenía oportunidad AJ entrar en
la habitación, el subjefe de policía primero vio solo una mano grande y pálida
sosteniendo una cabeza grande y ocultando parte de un rostro también grande y
pálido. En la mesa había una caja abierta que contenía comunicados junto a unas
cuantas hojas apaisadas y un puñado de plumas de escribir. No había
absolutamente nada más sobre la gran superficie del escritorio, excepto una
estatuilla de bronce envuelta en una toga, misteriosamente vigilante en su sombría
inmovilidad. El Gran Hombre pidió al subjefe de policía que se sentara, y este se
sentó. En la penumbra, los puntos sobresalientes de su persona, el rostro alargado,
el pelo negro, su delgadez, le hacían parecer más extranjero que nunca.

El Gran Hombre no manifestó sorpresa alguna, ni ansiedad ni ningún otro


sentimiento. La actitud en que reposaban sus ojos amenazados era profundamente
meditativa. No la alteró en absoluto, pero su tono de voz no era soñoliento.

—¡Bien! ¿Qué es lo que ha averiguado ya? En sus primeras investigaciones


dio usted con algo inesperado.

—No exactamente inesperado, sir Ethelred. Lo que me encontré fue un


estado psicológico.

La Gran Presencia hizo un ligero movimiento.

—Por favor, hable usted con claridad.

—Sí, sir Ethelred. Usted sabe que la mayoría de los criminales sienten alguna
vez una necesidad terrible de confesar, de decírselo todo a alguien, a cualquiera, y
a menudo se lo cuentan a la policía. En Verloc, a quien Heat tanto quería proteger,
he encontrado a un hombre exactamente en esa situación psicológica. Por así
decirlo, el hombre se echó en mis brazos. Me bastó susurrarle quién era y añadir:
«Sé que usted está en el fondo del asunto». Debió de parecerle milagroso que ya
supiésemos quién era, pero así y todo no puso pegas. Lo asombroso de la situación
no fue obstáculo a su locuacidad. Me bastó formularle dos preguntas: «¿Quién le
ha inducido a hacerlo?», y «¿Quién lo ha hecho?». A la primera pregunta
respondió con notable énfasis. Y en cuanto a la segunda, creo que el hombre de la
bomba era su cuñado, un muchacho, una criatura medio anormal. Es un asunto
muy extraño, tal vez demasiado largo para que quede aclarado solo de esta forma.

—¿Qué más sabe usted?

—En primer lugar, me he enterado de que el expresidiario Michaelis no


tiene nada que ver con el asunto, aunque es cierto que el muchacho había estado
pasando con él una temporada en el campo, hasta las ocho de aquella mañana. Es
más que probable que Michaelis no sepa aún nada de todo esto.

—¿Está usted seguro de eso? —preguntó el Gran Hombre.

—Bastante seguro, sir Ethelred. Ese tipo, Verloc, fue hasta allí aquella
mañana, se llevó al muchacho aduciendo que iban a pasear por los senderos. Y,
como no era la primera vez que lo hacía, Michaelis no pudo haber sospechado que
ocurría nada extraordinario. En cuanto al resto, sir Ethelred, la indignación de ese
hombre, Verloc, no deja lugar a dudas, ninguna en absoluta. Se había vuelto loco
debido a algo extraordinario que a usted o a mí nos costaría trabajo tomar en serio,
pero que evidentemente a él le produjo una gran impresión.

El subjefe de policía le contó brevemente al Gran Hombre, que permaneció


en silencio, con los ojos ocultos tras la pantalla de su mano, la interpretación del
señor Verloc del proceder y el carácter del señor Vladimir. El subjefe de policía
parecía encontrar consistente dicha interpretación. Pero el Gran personaje observó:

—Todo eso parece fantástico.

—Es cierto. Parece una broma terrible. Pero, al parecer, nuestro hombre se lo
tomó en serio. Se sintió amenazado. Antiguamente tenía comunicación directa con
el viejo Stott-Wartenheim en persona, que había llegado a considerar
indispensables sus servicios. Fue un brusco despertar. Supongo que perdió la
cabeza. Se sintió furioso y atemorizado. Mi impresión es que pensó que la gente de
esa embajada no solo sería capaz de deshacerse de él, sino también de denunciarle
de una forma u otra.

—¿Cuánto tiempo ha estado usted con él? —interrumpió la Presencia desde


detrás de su enorme mano.

—Unos cuarenta minutos, sir Ethelred, en una casa de mala reputación


llamada Continental Hotel. Hemos estado encerrados en una habitación que
alquilé por una noche a propósito. Él estaba bajo el influjo de esa reacción que
sigue al esfuerzo del crimen. No puede calificársele de criminal empedernido. Es
evidente que no planeó la muerte del pobre muchacho, su cuñado. Está claro que
eso le ha conmocionado. Tal vez sea un hombre de mucha sensibilidad, o tal vez
quería mucho al muchacho, ¿quién sabe? Quizás esperaba que el chico pudiera
escapar, y en ese caso hubiera sido casi imposible encontrar al culpable. En
cualquier caso, era consciente de que lo único que arriesgaba era que le detuvieran
—el subjefe de policía interrumpió sus especulaciones para reflexionar un
momento—. Aunque, en ese último caso, no me explico cómo quería mantener
oculta su participación en el asunto —continuó, sin imaginar la devoción que
sentía el pobre Stevie por el señor Verloc (que era un hombre bueno) y su peculiar
forma de estupidez, que en el antiguo asunto de los fuegos artificiales que
encendió en las escaleras había resistido durante muchos años las súplicas, los
ruegos, y otros medios de investigación usados por su amada hermana, porque
Stevie era leal—. No, no me lo puedo imaginar. Es posible que no hubiera pensado
en ello. Suena un poco extravagante, sir Ethelred, pero en su consternación me
pareció un carácter impulsivo que, tras suicidarse con la idea de que así se
acabarían todos sus problemas, hubiera descubierto que no es así en absoluto.

El subjefe de policía hizo esta afirmación en tono de disculpa. Pero el


lenguaje extravagante posee una especie de lucidez, y el Gran Hombre no se sintió
ofendido. Un movimiento ligeramente espasmódico del enorme cuerpo medio
oculto en la oscuridad de las cortinas de seda verde, de la enorme cabeza apoyada
en la enorme mano, acompañado de un intermitente sonido ahogado pero
poderoso. El Gran Hombre se había reído.

—¿Qué ha hecho usted con él?

El subjefe de policía respondió con presteza:

—Como parecía muy deseoso de volver a la tienda, junto a su mujer, le dejé


ir, sir Ethelred.

—Pero podría desaparecer.

—Disculpe, pero no lo creo. ¿Adónde podría ir? Además, acuérdese de que


también tiene que pensar en el peligro que suponen sus camaradas. Él está en su
puesto. ¿Cómo podría explicar que lo abandona? Pero, incluso si no hubiera
obstáculos a su libertad de acción, no haría nada. No tiene suficiente energía moral
para tomar ningún tipo de decisiones. Permítame también indicar que, si le
hubiese detenido, nos hubiéramos comprometido a seguir una vía de acción sobre
la que yo primero deseaba conocer las intenciones concretas de usted.

El Gran Personaje se levantó pesadamente, una forma imponente, sombría,


en la penumbra verdosa de la habitación.

—Esta noche hablaré con el fiscal general y le mandaré llamar a usted


mañana por la mañana. ¿Hay algo más que desee usted decirme ahora?

El subjefe de policía también se había puesto de pie, delgado y flexible.

—Creo que no, sir Etheired, a menos que entrara en detalles.

—No, ningún detalle, por favor.


La gran forma sombría pareció retroceder como si tuviese un temor físico a
los detalles, después avanzó, amplia, enorme y pesada, extendiendo una enorme
mano.

—¿Y dice usted que ese hombre tiene esposa?

—Sí, sir Etheired —dijo el subjefe de policía, apretando con deferencia la


mano extendida—. Una esposa auténtica y una relación marital auténticamente
respetable. Me dijo que después de la entrevista en la embajada, lo hubiera
abandonado todo, hubiera intentado vender la tienda y se hubiera ido del país,
pero sabía que su mujer no habría querido siquiera oír hablar de marcharse al
extranjero. Nada es más característico de una respetable unión que una cosa así —
continuó, con un toque siniestro el subjefe de policía, cuya propia esposa se había
negado a oír hablar de marcharse al extranjero—. Sí, una auténtica esposa. Y la
víctima era un auténtico cuñado. Desde un cierto punto de vista, se trata de un
drama doméstico.

El subjefe de policía se rio brevemente, pero los pensamientos del Gran


Hombre parecían haberse desplazado muy lejos, tal vez a las cuestiones de la
política nacional de su país, el campo de batalla de su cruzada contra ese pagano
de Cheeseman. El subjefe de policía se retiró sin hacer ruido, sin llamar la atención,
como si ya hubiese sido olvidado.

También él tenía su propio instinto de cruzado. Este asunto, que por alguna
razón disgustaba al inspector jefe Heat, le parecía un punto de partida
providencial para empezar una cruzada. Estaba deseoso de comenzarla.

Fue caminando lentamente hacia su casa, meditando la empresa por el


camino, y pensando en la psicología del señor Verloc, con una combinación de
repugnancia y satisfacción. Recorrió a pie todo el camino hasta su casa. Al ver que
la sala de estar estaba a oscuras, fue al piso de arriba y pasó algún tiempo
deambulando entre el dormitorio y el camarín, cambiándose de ropa, yendo de un
lado a otro como si fuera un sonámbulo sumido en reflexiones. Pero volvió a la
normalidad antes de volver a salir para ir a buscar a su mujer a casa de la gran
dama que protegía a Michaelis.

Sabía que allí sería bienvenido. Al entrar en el más pequeño de los dos
salones, vio a su mujer junto a un pequeño grupo cerca del piano. Un compositor
joven a punto de hacerse famoso estaba hablando sentado en una banqueta de
música con dos hombres gordos cuyas espaldas parecían viejas, y con tres mujeres
delgadas cuyas espaldas parecían jóvenes. Detrás del biombo, la gran dama solo
estaba acompañada de dos personas: un hombre y una mujer, quienes estaban
sentados uno junto a otro en butacas al pie del sofá. La dama ofreció su mano al
subjefe de policía.

—No esperaba verle aquí esta noche. Annie me había dicho…

—Sí, tampoco yo sabía que terminaría tan pronto mi trabajo —y el subjefe de


policía añadió en voz baja—: Me alegro de poder decirle que Michaelis no tiene
nada que ver con el asunto.

La protectora del expresidiario recibió las palabras con indignación.

—¿Por qué? Es que su gente ha sido tan estúpida como para ponerse en
contacto con…

—Estúpida, no —interrumpió el subjefe de policía—; lo suficientemente


lista, muy lista.

Se produjo un silencio. El hombre al pie del sofá había dejado de hablar a la


dama y miraba con una ligera sonrisa.

—No sé si se conocen —dijo la gran dama.

El señor Vladimir y el subjefe de policía, una vez presentados, reconocieron


la existencia del otro con cortesía meticulosa y distante.

—Me ha asustado —exclamó de pronto la dama sentada junto al señor


Vladimir, indicando al caballero con la cabeza.

El subjefe de policía conocía a la dama.

—No parece usted muy asustada —dijo, tras examinarla a conciencia con su
mirada cansada y tranquila.

Estaba pensando que en aquella casa uno se encontraba con todo el mundo
tarde o temprano. El semblante rosado del señor Vladimir estaba adornado de
sonrisas, porque era listo, pero sus ojos permanecían serios, como los ojos de un
hombre seguro de sus convicciones.

—Por lo menos lo ha intentado —dijo la dama.


—Tal vez ha sido por la costumbre —dijo el subjefe de policía movido por
una inspiración irresistible.

—Ha estado amenazando a la sociedad con todo tipo de horrores —continuó


la dama, cuya pronunciación era acariciadora y lenta—, por esa explosión de
Greenwich Park. Al parecer todos deberíamos estar temblando por lo que puede
pasar si no se suprime a esa gente en todo el mundo. No sabía que hubiese sido
una cosa tan grave.

El señor Vladimir, aparentando no escuchar, estaba inclinado hacia el sofá,


hablando en voz baja en tono amistoso, pero oyó al subjefe de policía decir:

—No me cabe duda de que el señor Vladimir sabe perfectamente cuál es la


verdadera importancia del asunto.

El señor Vladimir se preguntó qué quería decir con eso aquel maldito policía
entrometido. Descendiente de generaciones oprimidas por los instrumentos de un
poder arbitrario, tenía miedo de la policía debido a su raza, nacionalidad y
carácter. Era una debilidad heredada, totalmente independiente de la lógica, del
sentido común y de sus experiencias. Había nacido con ello impreso. Pero ese
sentimiento, parecido al horror irracional que sienten algunas personas por los
gatos, no era obstáculo para que sintiera un inmenso desprecio por la policía
inglesa. Terminó la frase dirigida a la gran dama y se volvió ligeramente en la silla.

—Quiere usted decir que nosotros tenemos una gran experiencia con esa
gente. Sí, padecemos sus actividades, mientras que ustedes… —el señor Vladimir
vaciló un instante, sonriendo con perplejidad—, mientras que ustedes padecen
contentos su presencia —terminó, exhibiendo un hoyuelo en cada una de sus
mejillas bien afeitadas. Después añadió más gravemente—: Incluso me atrevería a
decir que es así porque ustedes quieren.

Cuando el señor Vladimir terminó de hablar, el subjefe de policía bajó la


vista y la conversación cesó. Casi inmediatamente después, el señor Vladimir se
despidió.

En cuanto dio la espalda al sofá, el subjefe de policía también se levantó.

—Creí que iba a quedarse y después llevar a Annie a casa —dijo la dama
protectora de Michaelis.

—Creo que todavía tengo algo que hacer esta noche.


—¿En relación con…?

—Sí, en cierta manera.

—Dígame, ¿qué es realmente… este horror?

—Es difícil decir qué es, pero puede que acabe convirtiéndose en una cause
célèbre —dijo el subjefe de Policía.

Salió de la sala de estar a toda prisa, y encontró al señor Vladimir en el


vestíbulo abrigándose el cuello cuidadosamente con un gran pañuelo de seda.

Tras él le esperaba su criado, sosteniendo el abrigo. Otro criado estaba


dispuesto a abrir la puerta. Un criado ayudó como es debido al subjefe de policía a
ponerse el abrigo, y este salió en seguida a la calle. Tras bajar los primeros
escalones, se detuvo, como si reflexionara sobre qué camino tomar. Al verlo a
través de la puerta abierta, el señor Vladimir se entretuvo en el vestíbulo sacando
un puro y pidiendo fuego. Se lo ofreció un hombre de edad avanzada, vestido con
librea, con aspecto de servicial tranquilidad. Pero la cerilla se apagó; entonces el
sirviente cerró la puerta, y el señor Vladimir encendió su gran puro habano con
detenimiento. Cuando por fin salió de la casa, vio con disgusto que el «maldito
policía» seguía en la acera.

«Puede que me esté esperando», pensó mirando en todas direcciones por si


venía un cabriolé. No vio ninguno. Un par de coches esperaban junto a la acera,
sus lámparas brillaban con fuerza, los caballos estaban totalmente quietos, como si
estuvieran esculpidos en piedra; los cocheros estaban en sus asientos, inmóviles
bajo las grandes gorras de piel, sin mover un ápice las blancas correas de sus
látigos. El señor Vladimir echó a andar y el «maldito policía» se puso a su altura
sin decir nada. Después de la cuarta zancada, el señor Vladimir estaba furioso e
inquieto. Aquello no podía continuar.

—Tiempo asqueroso —rugió.

—Templado —dijo el subjefe de policía sin pasión, y permaneció callado


durante un momento—. Hemos cogido a un hombre llamado Verloc —dijo con
indiferencia.

El señor Vladimir no tropezó, no titubeó ni cambió el paso. Pero no pudo


evitar exclamar:
—¿Qué?

El subjefe de policía no repitió lo que acababa de decir.

—Usted sabe quién es —continuó en el mismo tono.

—¿Cómo dice usted una cosa así?

—Yo no, es Verloc el que lo dice.

—Será un perro embustero —dijo el señor Vladimir usando fraseología de


tipo oriental. Pero en su interior estaba casi admirado de la sagacidad milagrosa de
la policía inglesa. El cambio de opinión fue tan violento, que se sintió un poco
mareado durante un momento. Tiró el puro y siguió caminando.

—Lo que más me gusta de este asunto —continuó el subjefe de policía,


hablando lentamente— es que supone un excelente punto de partida para realizar
una labor necesaria: la expulsión de este país de todos los espías y policías
políticos, y de ese tipo de… de perros. En mi opinión son terriblemente dañinos, y
un elemento de peligro. Pero no podemos ir buscándolos uno por uno. La única
forma es hacer su empleo desagradable a sus empleadores. El asunto está
adquiriendo enormes dimensiones, y se está convirtiendo en peligroso también
para nosotros.

El señor Vladimir se detuvo de nuevo un instante.

—¿Qué quiere usted decir?

—En el juicio del señor Verloc se mostrará al público el peligro y la


indecencia.

—Nadie se creerá lo que diga un hombre como ese —dijo el señor Vladimir
en tono despectivo.

—Los numerosos y precisos detalles del caso convencerán a la gran masa del
público —afirmó el subjefe de policía con suavidad.

—Así que ese es realmente su propósito.

—Hemos cogido al hombre, no tenemos más remedio.


—Lo único que conseguirá es alimentar los ánimos de esos bribones
revolucionarios —protestó el señor Vladimir—. ¿Para qué quiere usted provocar
un escándalo? ¿Por motivos morales o por qué?

La ansiedad del señor Vladimir era evidente. El subjefe de policía, habiendo


confirmado de esta forma que había mucho de verdad en las concisas
declaraciones del señor Verloc, dijo con indiferencia:

—También hay un lado práctico. Tenemos bastante que hacer buscando a los
auténticos revolucionarios. No puede usted decir que no somos eficientes. Pero no
vamos a permitir que nos moleste ningún imitador bajo ningún pretexto.

El señor Vladimir respondió en tono orgulloso:

—No comparto su opinión. Es egoísta. Mis sentimientos por mi país están


fuera de duda, pero siempre he pensado que además hay que ser buen europeo…
Quiero decir los Gobiernos y las personas.

—Sí —se limitó a decir el subjefe de policía—. Solo que usted mira a Europa
desde el otro extremo. Pero —continuó con buen humor— los Gobiernos
extranjeros no pueden quejarse de que la policía inglesa sea ineficaz. Mire este
atentado, era un caso especialmente difícil de resolver porque se trataba de un
imitador. En menos de doce horas hemos descubierto la identidad de un hombre
literalmente hecho pedazos, hemos encontrado al organizador del atentado y
hemos tenido un atisbo de quién es el instigador. Podríamos haber continuado,
pero nos hemos detenido en los límites de nuestro territorio.

—¿Así que ese delito ilustrativo ha sido planeado en el extranjero? —


preguntó el señor Vladimir rápidamente—. ¿Admite usted que se planeó en el
extranjero?

—En teoría, solo en teoría; en el extranjero solo por efecto de la ficción —dijo
el subjefe de policía aludiendo al carácter de las embajadas, que se consideran
parte del país al que pertenecen—. Pero eso es solo un detalle. He hablado con
usted de este asunto porque su Gobierno es el que más se queja de nuestra policía.
Como ve, no somos tan malos. He querido contarle nuestro éxito especialmente a
usted.

—Se lo agradezco mucho —murmuró el señor Vladimir entre dientes.

—Estamos en condiciones de atrapar a cualquier anarquista —continuó el


subjefe de policía como si estuviera citando al inspector jefe Heat—. Todo lo que
hace falta ahora es deshacerse del agent provocateur, y volverá a imperar la
seguridad.

El señor Vladimir levantó la mano para llamar un cabriolé que pasaba en


aquel momento.

—¿No entra usted? —observó el subjefe de policía, mirando hacia un


edificio de majestuosa planta y aspecto acogedor, en que la luz de un gran salón
atravesaba las puertas de cristal para posarse en la amplia escalinata.

Pero el señor Vladimir, sentado en el interior del carruaje, con la mirada


perdida, se marchó sin decir palabra.

Tampoco el subjefe de policía entró en el majestuoso edificio. Era el club


Explorers. Se le ocurrió que el señor Vladimir, miembro honorario, no frecuentaría
aquel lugar en el futuro. Miró el reloj. Solo eran las diez y media. Había tenido una
tarde muy ocupada.
Capítulo XI

Cuando se fue el inspector jefe Heat, el señor Verloc se puso a deambular


por la trastienda. De cuando en cuando miraba de soslayo a su mujer a través de la
puerta abierta. «Ahora lo sabe todo», pensó con conmiseración por su dolor y con
cierta satisfacción por lo que a él le concernía. El alma del señor Verloc, aunque tal
vez careciera de grandeza, era capaz de sentimientos de ternura. La perspectiva de
tener que revelar a su mujer lo sucedido le había sumido en un estado febril. El
inspector jefe Heat le había evitado el mal rato. Ahora solo tenía que afrontar la
aflicción de su esposa. El señor Verloc no había pensado nunca que tendría que
afrontarla debido a la muerte, cuyo carácter catastrófico no puede razonarse
mediante argumentos complejos ni persuasiva elocuencia. Él nunca había deseado
que Stevie pereciera con esa violencia. No había tenido en absoluto la intención de
que pereciera. Muerto, Stevie era mucho más molesto que vivo. El señor Verloc
había augurado un final positivo a la empresa, no debido a la inteligencia del
muchacho, que a veces podía jugarle a uno pasadas extrañas, sino por su ciega
docilidad y devoción. Aunque no tenía demasiada perspicacia psicológica, había
calculado el alcance del fanatismo de Stevie, y se atrevió a albergar la esperanza de
que el muchacho se alejaría de los muros del observatorio, siguiendo las
instrucciones que él le había dado, y recorrería el camino que le había enseñado
varias veces antes, hasta reunirse fuera del parque con su cuñado, el sabio y bueno
del señor Verloc. Quince minutos deberían haber bastado para que el estúpido más
rematado pudiera depositar el aparato y marcharse. Y el Profesor había
garantizado más de quince minutos. Pero Stevie había tropezado a los cinco
minutos de haberle dejado solo. Y el señor Verloc había quedado moralmente
destrozado. Lo había previsto todo excepto eso. Había previsto que Stevie se
distrajera y se perdiera; que le buscaran y lo encontraran al final en alguna
comisaría de policía o en algún albergue provincial. Había previsto la detención
del muchacho, y no lo había temido porque tenía gran confianza en la lealtad de
Stevie, al que en el transcurso de muchos paseos había adoctrinado concretamente
en la necesidad de guardar silencio. Como un filósofo peripatético, el señor Verloc,
paseando por las calles de Londres, había modificado la opinión de Stevie sobre la
policía con conversaciones llenas de sutiles razonamientos. Ningún sabio había
tenido nunca un discípulo tan atento y lleno de admiración. La sumisión y la
adoración eran tan evidentes, que el señor Verloc había llegado a sentir un cierto
afecto por el muchacho. En cualquier caso, no había previsto que pudieran
relacionarlos tan rápidamente. Lo último que se le hubiese ocurrido pensar es que
su mujer tuviera la precaución de coser la dirección del muchacho en el interior del
sobretodo. No se puede pensar en todo. Eso es lo que ella quiso decir cuando dijo
que no tenía que preocuparse si Stevie se perdía en algún paseo. Le había
garantizado que el muchacho aparecería con toda seguridad. ¡Y había aparecido
vengándose!

—Bueno, bueno —musitó el señor Verloc sumido en su asombro. ¿Qué


había pretendido? ¿Ahorrarle el trabajo de estar pendiente de Stevie? Lo más
probable es que lo hubiera hecho con buena voluntad. Pero debió contarle la
precaución que había tomado.

El señor Verloc se dirigió a la parte posterior del mostrador. Tenía la


intención de abrumar con reproches a su mujer. No sentía amargura. El inesperado
curso de los acontecimientos le había convertido a la doctrina del fatalismo. Ya no
se podía hacer nada.

—Yo no quería que le pasara nada al muchacho.

La señora Verloc se estremeció al oír la voz de su marido, y no se descubrió


la cara. El agente secreto de confianza del fallecido barón Stott-Wartenheim la miró
durante un rato con una mirada pesada, persistente, de incomprensión. El
periódico de la tarde estaba roto a los pies de su mujer. No podía haberle
informado de mucho. El señor Verloc sintió la necesidad de hablar con su mujer.

—Seguro que ha sido ese maldito Heat. Te ha trastornado. Es un bruto. A


quién se le ocurre soltárselo así a una mujer. He estado volviéndome loco
buscando la forma de decírtelo. He estado horas sentado en la salita del Cheshire
Cheese pensando cuál sería la mejor forma. Tú sabes que yo no quería que le
pasara nada al muchacho.

El señor Verloc, el agente secreto, estaba diciendo la verdad. La mayor


conmoción causada por la explosión prematura la había recibido su afecto
conyugal.

—No me sentía lo que se dice alegre allí sentado pensando en ti.

Observó que su mujer volvía a estremecerse levemente, lo que afectó a su


sensibilidad. Como seguía ocultando el rostro con las manos, él pensó que lo mejor
era dejarla sola un rato. Llevado por ese delicado impulso, el señor Verloc volvió
de nuevo a la trastienda, donde la llama de gas ronroneaba como un gato
satisfecho. La señora Verloc, como la esposa previsora que era, había dejado en la
mesa la carne fiambre, el cuchillo de trinchar, el tenedor y media hogaza de pan
para la cena de su esposo. Él observó todas aquellas cosas por primera vez y,
cortando un pedazo de pan y otro de carne, empezó a comer.

El apetito no era producto de la falta de sensibilidad. El señor Verloc no


había desayunado aquel día. Había salido de casa en ayunas. Como no era hombre
de mucha energía, la excitación nerviosa que parecía tenerle cogido por el cuello le
sirvió de acicate. No había podido comer nada sólido. La casa de campo de
Michaelis estaba tan vacía de provisiones como la celda de un recluso. El apóstol
en libertad condicional se alimentaba con un poco de leche y mendrugos de pan
duro. Además, cuando llegó el señor Verloc, Michaelis ya había subido al piso de
arriba tras su frugal comida. Absorto en el trabajo y en las delicias de la
composición literaria, ni siquiera respondió al grito del señor Verloc desde el pie
de la escalera.

—Me llevo al muchacho uno o dos días.

En realidad, el señor Verloc no esperó a recibir contestación, sino que salió


en seguida de la casa seguido del obediente Stevie.

Ahora que todo había pasado y le habían quitado el destino de las manos
con inesperada celeridad, el señor Verloc sentía un terrible vacío físico.

Trinchó la carne, cortó el pan y devoró la comida de pie junto a la mesa,


mirando de vez en cuando a su mujer. La prolongada inmovilidad de esta
estorbaba la tranquilidad de sus reflexiones. Fue otra vez a la tienda y se acercó
mucho a ella. Aquel dolor y el rostro oculto le inquietaban. Por supuesto, esperaba
que su esposa se conmocionara, pero quería que se serenase. Necesitaba toda su
ayuda y toda su lealtad en aquella situación que su fatalismo ya había aceptado.

—Ya no se puede hacer nada —dijo en tono de lúgubre compasión—. Anda,


Winnie, tenemos que pensar en el mañana. Vas a necesitar toda tu serenidad
cuando me detengan.

Se interrumpió. El pecho de la señora Verloc se movía con movimientos


convulsos, lo que intranquilizaba a su marido, en cuya opinión la nueva situación
requería de las dos personas más afectadas calma, decisión y otras cualidades
incompatibles con el desorden mental del dolor apasionado. El señor Verloc era un
hombre compasivo; había llegado a casa dispuesto a permitir todo tipo de libertad
al afecto de su esposa por su hermano. Pero no comprendía ni la naturaleza ni toda
la amplitud de aquel sentimiento. Era comprensible, porque era imposible que lo
comprendiese sin dejar de ser él mismo. Estaba sorprendido y decepcionado, y su
forma de hablar lo delataba por una cierta aspereza en la voz.

—Podrías mirarme —observó tras esperar un rato.

La respuesta llegó como si saliera a la fuerza a través de las manos que


cubrían el rostro de la señora Verloc, amortiguada, casi lastimera.

—No quiero volver a verte mientras viva.

—¿Cómo?

El señor Verloc solo estaba sorprendido por el significado superficial y literal


de la declaración. Era evidentemente insensato, era solo un grito de dolor
exagerado. Cubrió la expresión con el manto de su indulgencia marital. La mente
del señor Verloc carecía de profundidad. Bajo la errónea impresión de que el valor
de los individuos consiste en lo que son por sí mismos, no podía comprender el
valor de Stevie a los ojos de la señora Verloc. «Lo está tomando muy mal —
pensó—; todo es culpa de ese maldito Heat. ¿Para qué ha tenido que conmocionar
así a mi mujer? Pero por su propio bien no puedo permitirle que siga así hasta que
se vuelva loca».

—Escucha, no puedes estar así en la tienda —dijo con afectada severidad en


la que había un cierto disgusto, porque tenían que hablar de asuntos prácticos
urgentes aunque tuvieran que pasar la noche en blanco—. Puede entrar alguien en
cualquier momento —añadió, y siguió esperando.

No produjo ningún efecto, y la idea de la naturaleza definitiva de la muerte


le vino a la imaginación mientras esperaba. Cambió de tono.

—Ven. Esto no le va a hacer revivir —dijo suavemente, sintiéndose


dispuesto a acogerla en sus brazos y apretarla contra su pecho, en que la
impaciencia y la compasión anidaban juntas.

Pero, excepto por un breve estremecimiento, la señora Verloc pareció


continuar aparentemente inmune a la fuerza de aquella terrible trivialidad. Fue el
señor Verloc quien cambió de actitud. Se vio impelido a urgir moderación
haciendo valer los valores de su propia personalidad.

—Sé razonable, Winnie. ¿Qué habría pasado si me hubieras perdido a mí?

Había esperado vagamente escuchar un grito. Pero su esposa no se movió.


Se inclinó un poco hacia atrás, inmóvil, hasta alcanzar el más completo e
indescifrable silencio. El corazón del señor Verloc empezó a latir con más rapidez,
con exasperación y algo parecido a la alarma. Puso la mano en el hombro de ella y
dijo:

—No seas tonta, Winnie.

Ella no se movió. Era imposible hablar coherentemente con una mujer a la


que no se le puede ver la cara. El señor Verloc cogió a su esposa por las muñecas,
pero sus manos parecían estar pegadas. Su cuerpo se inclinó hacia delante a
consecuencia del tirón y estuvo a punto de caerse de la silla. Sorprendido al
encontrarla tan debilitada, intentó volver a hacer que se sentara, cuando ella se
puso rígida de pronto, liberó las manos de un tirón, salió corriendo de la tienda,
atravesó la trastienda y se metió en la cocina. Había sucedido muy rápidamente. Él
solo pudo verle la cara un momento, y por lo que había visto de sus ojos, sabía que
ella no le había mirado.

Daba la impresión de que habían estado luchando por la posesión de una


silla, porque el señor Verloc tomó en seguida el lugar de su esposa. Él no se cubrió
la cara con las manos, pero un sombrío gesto pensativo velaba sus rasgos. No
podría evitar que le encerraran durante algún tiempo. No deseaba evitarlo. Una
prisión era un lugar tan seguro como una tumba a salvo de ciertas venganzas al
margen de la ley, con la ventaja de que en una prisión se pueden tener esperanzas.
A lo que se veía abocado era a un período de prisión, la libertad anticipada y
después vivir en el extranjero, que era lo que había previsto en caso de que las
cosas le salieran mal. Y le habían salido mal, aunque no fuera exactamente el tipo
de fracaso que había temido. Había estado tan cerca del éxito, que podía haber
convertido la cruel mofa del señor Vladimir en terror con esa prueba de oculta
eficacia. Por lo menos así lo creía él. Su prestigio en la embajada habría sido
inmenso si…, si su mujer no hubiera tenido la desgraciada idea de coser la
dirección en el interior del sobretodo de Stevie. El señor Verloc, que no era
estúpido, había percibido en seguida el carácter extraordinario de la influencia que
tenía sobre Stevie, aunque no entendía exactamente su origen, la doctrina de su
suprema sabiduría y bondad que le habían inculcado dos mujeres anhelantes.
Había previsto toda clase de posibilidades contando con perspicacia con la lealtad
instintiva y la ciega discreción de Stevie. La eventualidad que no había previsto le
consternaba, como ser humano y como amante esposo. Nada puede igualar la
eterna discreción de la muerte. El señor Verloc, sentado, perplejo y atemorizado, en
la pequeña trastienda del Cheshire Cheese, no pudo evitar reconocerlo, porque su
sensibilidad no era obstáculo para su sentido común. La violenta desintegración de
Stevie, por mucho que molestase pensarlo, solo hacía más patente el éxito, porque,
aunque el objetivo de las amenazas del señor Vladimir no fuera, por supuesto, tirar
abajo un muro, sí lo era producir un efecto moral. Y el efecto, a costa de muchos
problemas e infortunios para el señor Verloc, se había producido. Cuando, sin
embargo, el efecto de los hechos llegó inesperadamente a Brett Street, el señor
Verloc, que había estado luchando como en una pesadilla por preservar su
posición, aceptó el golpe con el ánimo de un fatalista convencido. Había perdido
su posición sin que nadie fuera realmente culpable de ello. El motivo había sido
algo nimio, sin importancia. Era como resbalar con una cáscara de naranja en la
oscuridad y romperse una pierna.

El señor Verloc respiró hondo. No sentía resentimiento contra su esposa.


«Tendrá que cuidar de la tienda mientras yo esté encerrado». Y, pensando en lo
mucho que ella echaría al principio de menos a Stevie, se sintió muy preocupado
por la salud y los ánimos de su mujer. ¿Cómo resistiría la soledad sin tener a nadie
más en casa? No era el tipo de persona que se derrumbaría mientras él estuviese
entre rejas. ¿Qué pasaría con la tienda si eso llegara a suceder? La tienda era un
capital. Aunque el señor Verloc aceptaba en su fatalismo que se descubriera que
era agente secreto, no ténia la intención de verse totalmente arruinado, y hay que
admitir que era sobre todo por su mujer.

Su esposa, en silencio y fuera de su campo de visión en la cocina, le


atemorizaba. Si estuviera su madre con ella… Pero era una vieja estúpida. Un
desánimo furioso hizo presa del señor Verloc. Tenía que hablar con su mujer. Tenía
que decirle que un hombre se desespera en determinadas circunstancias. Pero no
fue precipitadamente a contárselo. En primer lugar veía claramente que aquella
tarde no era momento de hablar de nada. Se levantó a cerrar la puerta de la calle y
a apagar las lámparas de gas de la tienda.

Habiendo asegurado así la soledad de su hogar, fue a la trastienda y miró


hacia la cocina. La señora Verloc estaba sentada en el sitio en que el pobre Stevie
solía sentarse tantas tardes con un papel y un lápiz a pasar el tiempo dibujando
aquellos fulgores de innumerables círculos que sugerían caos y eternidad. Tenía
los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza apoyada en ellos. El señor Verloc
contempló la espalda y el peinado ele su mujer durante un momento; después se
alejó de la puerta de la cocina. La falta de curiosidad filosófica, casi desdeñosa, de
la señora Verloc, base de su armonía en la vida doméstica, hacía extremadamente
difícil ponerse en contacto con ella ahora que surgía la trágica necesidad de
hacerlo. El señor Verloc sintió agudamente esa dificultad. Dio una vuelta alrededor
de la mesa de la trastienda con su aspecto habitual de animal enjaulado.
La curiosidad es una de las formas de autorrevelación. Una persona carente
de curiosidad resulta siempre parcialmente misteriosa. Cada vez que pasaba cerca
de la puerta, el señor Verloc miraba a su mujer con inquietud. No es que le
infundiese miedo. Se imaginaba amado por ella. Pero su mujer no le había
acostumbrado a hacer confidencias. Y la confidencia que él tenía que hacer era de
orden profundamente psicológico. Con esta falta de práctica, ¿cómo iba él a
comunicarle lo que sentía sino de una forma vaga: que hay conspiraciones fatales
del destino, que a veces una idea crece en la mente hasta que adquiere una
existencia exterior, un poder independiente e incluso una voz sugerente? No podía
decirle que un hombre puede obsesionarse con un rostro grueso, ingenioso, bien
afeitado, hasta que la idea más disparatada para deshacerse de él parece producto
de la sabiduría.

Con esta referencia mental al primer secretario de una gran embajada, el


señor Verloc se detuvo en el umbral, y mirando a la cocina con gesto furioso y los
puños cerrados dijo a su mujer:

—Tú no sabes con qué bestia he tenido que vérmelas.

Empezó un nuevo paseo alrededor de la mesa, y cuando llegó de nuevo a la


puerta se detuvo y miró con indignación desde la altura de los dos peldaños.

—Una estúpida y cruel bestia peligrosa, con menos sentido común que un…
¡Después de tantos años! ¡Un hombre como yo! Y me he dejado llevar por su juego.
No sabes lo que ha sido. Mejor así. ¿Para qué habría servido que te dijera que
corría el riesgo de que me metieran un cuchillo en las costillas en cualquier
momento durante los siete años que hemos estado casados? Yo no quiero
preocupar a una mujer que me quiere. No tenías por qué saberlo.

El señor Verloc dio otra vuelta por la trastienda sin dejar de hablar furioso.

—Una bestia venenosa —empezó a decir de nuevo desde el umbral—. Me


arrojó a la cuneta para luego matarme de hambre por broma. Me di cuenta de que
le hacía mucha gracia. ¡A un hombre como yo! Varios de los más poderosos del
mundo me deben a mí el que puedan seguir andando sobre sus dos piernas. ¡Así es
el hombre con el que te has casado!

Se percató de que su mujer se había incorporado. La señora Verloc


permanecía con los brazos extendidos sobre la mesa. El señor Verloc observó su
espalda como si pudiera leer en ella el efecto de sus palabras.
—No ha habido una conspiración de asesinato durante los últimos once
años en la que yo no haya estado involucrado a riesgo de mi vida. Son legión los
revolucionarios a los que he enviado con las bombas en los malditos bolsillos para
que los detuvieran en la frontera. El viejo barón sabía el servicio que yo le hacía a
este país. Y, de pronto, aparece un cerdo, un ignorante, un cerdo arrogante.

El señor Verloc bajó despacio los dos peldaños, entró en la cocina, cogió un
vaso del aparador y, sosteniéndolo en la mano, se aproximó al fregadero sin mirar
a su esposa.

—El viejo barón no hubiera cometido la malvada idiotez de hacerme ir a la


embajada a las once de la mañana. Hay dos o tres individuos en esta ciudad que si
me hubieran visto entrar no hubieran vacilado en acabar conmigo tarde o
temprano. Fue un ardid fatal para exponer por nada a un hombre como yo.

El señor Verloc abrió el grifo del fregadero y se echó tres vasos de agua
seguidos en la garganta para apagar el fuego de su indignación. La conducta del
señor Vladimir era como una marca ardiente que le incendiaba por dentro. No
podía soportar la falta de lealtad que implicaba. Aquel hombre, que no trabajaría
en las tareas habituales que la sociedad dedica a sus miembros más humildes,
había ejercido su secreta profesión con devoción infatigable. En el señor Verloc
había un fondo de lealtad. Había sido leal a sus empleadores, a la causa de la
estabilidad social, y también a sus afectos, como se puso de manifiesto cuando, tras
dejar el vaso en el fregadero, dio media vuelta y dijo:

—Si no hubiera pensado en ti, habría cogido por el cuello a ese animal
fanfarrón y le habría metido la cabeza en la chimenea. Habría podido con ese
sonrosado y afeitado…

El señor Verloc no terminó la frase, como si no pudiera caber ninguna duda


sobre la palabra final. Por primera vez en su vida estaba confiándose a aquella
mujer carente de curiosidad. La singularidad del hecho, la fuerza y la importancia
de los sentimientos personales que surgían en el transcurso de la confesión,
hicieron que el señor Verloc se olvidara completamente del destino de Stevie. Su
existencia de tartamudeos, miedos e indignaciones y la violencia de su muerte
habían desaparecido temporalmente de la mente del señor Verloc. Por eso, cuando
levantó la vista, se asombró de lo inadecuado de la mirada de su esposa. No era
una mirada salvaje, y no carecía de atención, pero la atención era peculiar y no
satisfactoria por cuanto parecía concentrada en algún punto detrás de la persona
del señor Verloc. La impresión fue tan fuerte, que miró hacia atrás por encima del
hombro. No había nada detrás de él, solo la pared pintada de blanco. El excelente
marido de Winnie Verloc no vio nada escrito en la pared[62]. Se volvió de nuevo
hacia su mujer, y repitió con cierto énfasis:

—Le hubiera cogido por el cuello. Tan cierto como que estoy aquí; si no
hubiera pensado en ti en aquel momento, habría asfixiado a aquel animal antes de
soltarle. Y no creas que él hubiera llamado a la policía. No se hubiera atrevido.
Seguro que te imaginas por qué.

Guiñó un ojo a su mujer.

—No —dijo la señora Verloc con voz apagada y sin mirarle en absoluto—.
¿De qué estás hablando?

Un gran desaliento, producto de la fatiga, se abatió sobre el señor Verloc.


Había tenido un día muy atareado y tenía los nervios de punta. Tras un mes de
preocupaciones enloquecedoras que habían terminado en una catástrofe
inesperada, el estado de ánimo del señor Verloc, sacudido por aquella tormenta,
anhelaba reposar. Su carrera como agente secreto había llegado a su fin de una
forma que él no podía haber previsto, pero ahora por lo menos tal vez pudiera
conseguir dormir toda la noche. Sin embargo, al mirar a su mujer, lo dudó. Lo
estaba tomando muy mal, en absoluto como cabía esperar, pensó. Hizo un esfuerzo
por hablar.

—Tienes que intentar serenarte, chiquilla —dijo, compasivamente—. Lo


hecho, hecho está.

La señora Verloc sufrió un ligero sobresalto, aunque no movió en absoluto


ningún músculo de la cara. El señor Verloc, que no la estaba mirando continuó
hablando pesadamente:

—Ahora vete a la cama. Lo que te hace falta es una buena llorera.

Esta opinión no tenía ninguna razón de ser, excepto la aceptación general de


la humanidad. En general se piensa que, como si se tratara de algo tan insustancial
como vapor flotando en el cielo, todas las emociones de las mujeres terminan por
definición en una chaparrón. Y es muy probable que si Stevie hubiera muerto en la
cama ante su mirada desesperada y en sus brazos, la señora Verloc habría
encontrado consuelo a su dolor en un diluvio de lágrimas puras y amargas. La
señora Verloc, como otros seres humanos, disponía de un fondo de resignación
inconsciente, suficiente para afrontar la manifestación normal del destino humano.
Sin «calentarse mucho la cabeza con esas cosas», era consciente de que «las mismas
cosas no resistirían una reflexión incluso poco minuciosa». Pero las lamentables
circunstancias de la muerte de Stevie, que para el señor Verloc tenían un carácter
meramente episódico, como parte de un desastre mayor, secó sus lágrimas en la
misma fuente. Era como si le hubiesen puesto sobre los ojos un hierro al rojo vivo.
Al mismo tiempo, su corazón, endurecido y congelado hasta convertirse en un
trozo de hielo, hacía que su cuerpo se estremeciera interiormente, congelaba sus
facciones en una inmovilidad contemplativa dirigida a una pared blanca sin nada
escrito en ella. Las exigencias que requería el carácter de la señora Verloc, que
despojadas de su reserva filosófica eran maternales y violentas, la forzaban a dejar
evolucionar toda una serie de pensamientos en su inmóvil cabeza. Estos
pensamientos eran más bien imaginados que expresados. La señora Verloc era una
mujer de muy pocas palabras, tanto en público como en privado. Con la ira y la
consternación de una mujer traicionada, repasaba el rumbo de su vida en visiones
que se referían en su mayor parte a la difícil existencia de Stevie desde sus
primeros días de vida. Era una vida con un único propósito y de noble unidad de
inspiración, como esas vidas extrañas que han dejado su rastro en los
pensamientos y los sentimientos de la humanidad. Pero las visiones de la señora
Verloc carecían de nobleza y magnificencia. Se veía a sí misma acostando al
muchacho a la luz de una única vela en el desierto piso superior de un «local
comercial», a oscuras bajo el techo e iluminada con luces extraordinariamente
brillantes y cristal tallado, a ras de calle, como en un palacio de hadas. El esplendor
engañoso era el único existente en las visiones de la señora Verloc. Recordaba
cómo peinaba el pelo del muchacho y cómo le ataba el delantal, teniendo ella
también el delantal puesto. El consuelo administrado a una criatura pequeña y
muy atemorizada, por otra criatura casi tan pequeña pero igual de atemorizada;
veía los golpes interceptados (a menudo por su propia mano), una puerta cerrada
con desesperación contra la ira de un hombre (no durante mucho tiempo), un
atizador lanzado una vez (no muy lejos), que tranquilizaba aquella tormenta
concreta hasta hacer que reinara el silencio sordo y terrible que sigue al trueno. Y
todas estas escenas de violencia iban y venían acompañadas por el ruido hosco de
los actos de un hombre vociferante, herido en su orgullo paternal, que se declaraba
evidentemente maldito porque uno de sus hijos era un idiota baboso, y la hija, una
perversa bruja. Eso es lo que la habían llamado hacía muchos años. La señora
Verloc oyó de nuevo aquellas palabras de una forma fantasmal, y a continuación la
sombra deprimente de la mansión de la calle Belgravia descendió sobre sus
hombros. Eran recuerdos abrumadores, una visión agotadora de innumerables
bandejas de desayuno llevadas arriba y abajo por innumerables escaleras; de
innumerables regateos por peniques, de la eterna labor de barrer, quitar el polvo,
limpiar desde el sótano hasta el desván, mientras la madre, impotente,
tambaleándose sobre sus hinchadas piernas, cocinaba en la mugrienta cocina, y el
pobre Stevie, el genio que inconscientemente presidía todo su trabajo, sacaba brillo
a las botas de los caballeros en el fregadero.

Pero esta visión tenía el matiz de un cálido verano londinense, en que la


figura central era un joven vestido con ropa de domingo, un sombrero de paja en la
cabeza oscura y una pipa de madera en la boca. Afectuoso y alegre, era un
fascinante compañero en un viaje a través de la centelleante corriente de la vida;
pero su barca era muy pequeña. Había sitio para una chica remando, pero no para
pasajeros. Le dejó que se alejara del umbral de la mansión de Belgravia, mientras
ella volvía los ojos llenos de lágrimas. No era uno de los inquilinos. El inquilino era
el señor Verloc, indolente, acostándose de madrugada, el que hablaba alegremente
soñoliento por las mañanas, debajo de las sábanas, pero con destellos de
amartelamiento en sus ojos de pesados párpados y siempre con dinero en los
bolsillos. No había ningún centelleo en la corriente perezosa de su vida. Fluía a
través de lugares secretos. Pero su barca parecía una construcción espaciosa, y su
taciturna magnanimidad aceptaba como algo natural la presencia de pasajeros.

La señora Verloc siguió recordando las visiones de siete años de seguridad


para Stevie, pagados lealmente por ella; de seguridad que se convertía en
confianza, en sentimientos domésticos, tranquilos y profundos como un plácido
estanque, cuya resguardada superficie apenas vibraba al paso ocasional del
camarada Ossipon, el robusto anarquista con desvergonzados ojos provocadores,
cuya mirada tenía una claridad lo suficientemente corrompida como para que
pudiera comprenderla cualquier mujer que no fuera absolutamente imbécil.

Solo habían transcurrido algunos segundos desde que se pronunció en voz


alta la última palabra en la cocina, y la señora Verloc ya estaba contemplando la
visión de un episodio de hacía solo un par de semanas. Con las pupilas
extremadamente dilatadas, contemplaba absorta la imagen de su marido y el pobre
Stevie subiendo por Brett Street, uno al lado del otro, alejándose de la tienda. Era la
última escena creada por el genio de la señora Verloc; una existencia ajena a todo
tipo de gracia y encanto, sin belleza y casi sin decencia, pero admirable en la
continuidad de sentimiento y tenacidad de propósito. Y esta última visión era de
un relieve tan plástico, sus formas estaban tan cercanas y era tal la fidelidad de sus
sugerentes detalles, que arrancó a la señora Verloc un murmullo angustiado
apenas audible, que reproducía la suprema ilusión de su vida, un murmullo de
consternación que murió en sus pálidos labios.

—Podrían haber sido padre e hijo.


El señor Verloc se interrumpió y levantó el rostro lleno de ansiedad.

—¿Cómo? ¿Qué has dicho? —preguntó.

Al no recibir respuesta, reanudó sus siniestros paseos. Entonces, blandiendo


la amenaza de un puño carnoso, exclamó:

—Sí. La gente de la embajada. ¡Menuda banda! Antes de que termine la


semana, voy a hacer que algunos de ellos deseen estar a veinte pies bajo tierra.
¿Cómo? ¿Qué?

Miró de soslayo con la cabeza baja. La señora Verloc miraba fijamente la


pared encalada. Una pared blanca, totalmente blanca. De una blancura como para
correr a su encuentro y lanzarse de cabeza contra ella. La señora Verloc seguía
sentada inmóvil. Estaba inmóvil de la misma manera que la población del globo
estaría inmóvil, asombrada y desesperada, si de pronto el sol desapareciera de un
cielo de verano debido a la perfidia de una providencia en la que confiaba.

—La embajada —empezó a decir el señor Verloc de nuevo, tras una mueca
preliminar que hizo enseñando los dientes como un lobo—. Ojalá pudiera entrar
allí con una estaca durante media hora. No dejaría de dar palos hasta que a toda
esa banda no le quedase un hueso sano. Pero, no te preocupes. Les voy a enseñar lo
que significa intentar echar a la calle a un hombre como yo para que se pudra. Yo
sé valerme de la lengua. Todo el mundo va a enterarse de lo que he hecho por
ellos. No tengo miedo. No me importa. Voy a contarlo todo. ¡Que se preparen!

El señor Verloc expresaba de esta forma su sed de venganza. Era una


venganza muy apropiada. Estaba en consonancia con los impulsos propios de su
carácter. Tenía también la ventaja de estar a su alcance y de ajustarse fácilmente a
su forma de vida, que había consistido precisamente en traicionar el secreto y los
actos ilegales de sus congéneres. Le daban igual que fueran anarquistas o
diplomáticos. Por su temperamento, el señor Verloc no sentía respeto por los
demás. Distribuía el desprecio que sentía por igual en todo el campo de sus
operaciones. Pero, como miembro del proletariado revolucionario, que sin duda
era, alimentaba un sentimiento hostil hacia las diferencias sociales.

—No hay ahora nada en el mundo que pueda detenerme —añadió, y se


interrumpió mirando fijamente a su esposa, que tenía a su vez la mirada fija en la
pared blanca.

El silencio en la cocina se prolongó, y el señor Verloc se sintió decepcionado.


Había esperado que su mujer dijera alguna cosa. Pero los labios de la señora
Verloc, adoptando la forma habitual, preservaban una inmovilidad de estatua,
como el resto de su rostro. Y el señor Verloc se sintió decepcionado. Aunque
admitía que la ocasión no exigía que ella hablara. Era una mujer de pocas palabras.
Por razones que tenían que ver con los mismísimos cimientos de su psicología, el
señor Verloc tendía a confiar en cualquier mujer que se le hubiese entregado. Por
eso tenía confianza en su esposa. Su acuerdo era perfecto, pero no era preciso. Era
un acuerdo tácito, acorde con la falta de curiosidad de la señora Verloc y el hábito
mental del señor Verloc, que era indolente y dado al secretismo. Ambos se
abstenían de ir al fondo de los hechos y las motivaciones.

Esa reserva, que en cierto sentido manifestaba la profunda confianza mutua,


introducía al mismo tiempo en su intimidad un cierto elemento de vaguedad.
Ningún sistema de relaciones conyugales es perfecto. El señor Verloc daba por
sentado que su esposa le había comprendido, pero le hubiera gustado oírle decir lo
que pensaba en ese momento. Habría sido un alivio.

El que le fuera negado ese alivio se debía a varias razones. Había un


obstáculo de orden físico: la señora Verloc no controlaba el tono de su voz. No veía
ninguna otra alternativa que gritar o callarse, e instintivamente eligió el silencio.
Winnie Verloc era por temperamento una persona callada. Y, además, estaba la
paralizadora atrocidad del pensamiento que la ocupaba. Tenía las mejillas blancas,
los labios de color ceniciento; su inmovilidad era sorprendente. Sin mirar al señor
Verloc, pensó: «¡Este hombre se llevó al muchacho para asesinarle! ¡Le sacó de su
hogar para matarle! ¡Le alejó de mí para asesinarle!».

Todo el ser de la señora Verloc estaba desgarrado por ese pensamiento no


concluyente y enloquecedor. Lo sentía en las venas, en los huesos, en la raíz de su
cabello. Mentalmente adoptó la bíblica actitud del duelo; la cara cubierta, los
vestidos desgan ados; el sonido de lamentos llenaba su mente.

Pero tenía los dientes apretados con violencia, y los ojos sin lágrimas ardían
de ira, porque no era una criatura sumisa. La protección que había extendido sobre
su hermano había tenido en un principio un carácter fiero e indignado. Tenía que
amarle con amor militante. Tenía que luchar por él, incluso contra sí misma. Su
pérdida tenía la amargura de la derrota, con la angustia de la pasión frustrada. No
era el habitual golpe de la muerte. Además, no era la muerte lo que la había
separado de Stevie. Ella había visto cómo él se lo llevaba y no había movido un
dedo. Y le había dejado irse, como una estúpida, una estúpida ciega. Porque,
después de haber asesinado al muchacho, él volvió a casa, a ella. Volvió a casa
como cualquier otro hombre hubiera vuelto a casa junto a su mujer…

A través de los dientes apretados, la señora Verloc musitó hacia la pared:

—Y yo que creí que había cogido frío.

El señor Verloc oyó esas palabras y las hizo suyas.

—No era nada —dijo de mal humor—. Estaba preocupado. Estaba


preocupado por ti.

La señora Verloc volvió la cabeza lentamente, transfirió su mirada fija desde


la pared a la persona de su marido. El señor Verloc, con la punta de los dedos entre
los labios, estaba mirando al suelo.

—No tiene remedio —musitó al tiempo que dejaba caer la mano—. Tienes
que hacer un esfuerzo por serenarte. Vas a necesitar todo tu buen juicio. Has sido
tú la que ha atraído a la policía. No importa, no voy a seguir hablando del tema —
continuó el señor Verloc magnánimamente—. No podías saberlo.

—No podía —dijo la señora Verloc expirando. Era como si hubiera hablado
un cadáver.

El señor Verloc siguió el hilo de la conversación.

—No te culpo. Voy a dejarlos boquiabiertos. Cuando me hayan encerrado,


estaré suficientemente a salvo como para hablar, ¿comprendes? Tienes que hacerte
a la idea de que voy a estar dos años separado de ti —continuó en un tono de voz
que manifestaba auténtica preocupación—. Será más fácil para ti que para mí.
Estarás ocupada, mientras que yo… Mira, Winnie, lo que tienes que hacer es seguir
ocupándote del negocio durante dos años. Sabes lo suficiente como para poder
hacerlo. Tienes mucho sentido común. Ya te avisaré cuando llegué el momento de
intentar vender la tienda. Deberás tener mucho cuidado. Los camaradas van a estar
vigilándote constantemente. Vas a tener que ser todo lo astuta que puedas, y tan
callada como una tumba. Nadie debe saber lo que vas a hacer. No quiero que me
den un golpe en la cabeza o me metan un cuchillo en las costillas en cuanto me
pongan en libertad.

Así habló el señor Verloc, dedicando su mente, con ingenuidad y previsión,


a los problemas del futuro. Su voz era sombría, porque tenía la sensación correcta
de la situación. Había ocurrido todo lo que no quería que sucediese. El futuro era
incierto. Es posible que su sentido común se hubiera apagado momentáneamente
por el miedo a la truculenta estupidez del señor Vladimir.

Cuando un hombre pasa de los cuarenta, es comprensible que se vea


profundamente trastornado por la perspectiva de perder su trabajo, especialmente
si el hombre es un agente secreto de la policía política, morando seguro en la
conciencia de su elevado valor y estimado por importantes personajes. Era
justificable.

Pero todo se había ido al traste. El señor Verloc estaba sereno, pero no
contento. Un agente secreto que pregona sus secretos a los cuatro vientos movido
por el deseo de venganza y hace alarde de sus éxitos ante el público se convierte en
blanco de indignaciones desesperadas y sedientas de sangre. Sin exagerar
inadecuadamente el peligro, el señor Verloc intentaba hacérselo entender
claramente a su mujer. Repetía que no tenía la intención de dejar que los
revolucionarios acabaran con él. Miró a su mujer directamente a los ojos. Las
pupilas agrandadas de esta recibieron su mirada desde su insondable
profundidad.

—Te tengo demasiado cariño como para eso —dijo con una breve risa
nerviosa.

El rostro espectral e inmóvil de la señora Verloc adquirió un ligero rubor.


Habían terminado las visiones del pasado y no solo oyó, sino que también
comprendió las palabras de su marido. Debido a la extremada incoherencia de
estas con el estado de su mente, esas palabras produjeron en ella un efecto
ligeramente sofocante. El estado mental de la señora Verloc tenía el mérito de la
simplicidad, pero no era firme. Se regía demasiado por una idea fija. Hasta el
último resquicio de su cerebro estaba ocupado por el pensamiento de que aquel
hombre, con el que ella había convivido sin disgusto durante siete años, la había
separado del «pobre muchacho» para matarle; el hombre al que ella se había
acostumbrado en cuerpo y alma, el hombre en el que había confiado se llevó al
muchacho, ¡para matarle! Por su forma, su esencia, su efecto, que era universal y
alteraba incluso el aspecto de las cosas inanimadas, era un pensamiento que
requería la inmovilidad y el asombro eterno. La señora Verloc seguía sentada
sumida en la parálisis. Y a través de ese pensamiento (no a través de la cocina), el
señor Verloc iba de un lugar a otro, vestido con el sombrero y el sobretodo de
siempre, pisoteándole el cerebro con las botas.

Probablemente él estaba hablando en ese momento, pero los pensamientos


de la señora Verloc tapaban casi siempre su voz.

No obstante, de vez en cuando la voz se hacía oír. A veces emergían algunas


palabras conexas. Su sentido era generalmente esperanzador. En estas ocasiones,
las dilatadas pupilas de la señora Verloc perdían su distante fijación y seguían los
movimientos de su esposo con la expresión de la negra preocupación y la atención
impenetrable. El señor Verloc estaba bien informado de los asuntos relativos a su
secreta profesión y auguraba el éxito de sus planes y combinaciones. Creía
realmente que en general le resultaría fácil escapar al cuchillo de los furiosos
revolucionarios. Había exagerado demasiado a menudo (por motivos
profesionales) la fuerza de su ira y el alcance de su brazo como para hacerse
muchas ilusiones. Porque para exagerar con juicio hay que empezar midiendo
bien. También sabía cuánta virtud y cuánta infamia se olvidan en dos años…, dos
largos años. Era la primera vez que se confiaba a su esposa, y estaba siendo
optimista por convicción. También pensó que era una buena política el desplegar
toda la seguridad que pudiera. Le daría ánimos a la pobre mujer. Cuando
recobrara la libertad, que, en consonancia con todo el tenor de su vida, sería en un
momento secreto, por supuesto desaparecerían en seguida sin pérdida de tiempo.
Y en cuanto a borrar el rastro, le pedía a su mujer que confiara en él. Sabía cómo
hacerlo para que ni el mismísimo diablo…

Hizo un gesto con la mano. Parecía jactarse de algo. Lo único que quería era
darle ánimos a ella. Era una buena intención, pero el señor Verloc tuvo la mala
suerte de no estar en armonía con su audiencia.

El tono de autoconfianza fue creciendo en los oídos de la señora Verloc,


quien dejó fluir las palabras. Porque ¿qué importancia tenían ahora para ella las
palabras? ¿Qué mal o bien podían hacerle las palabras habida cuenta de su idea
fija? Con mirada sombría siguió los movimientos de aquel hombre que estaba
afirmando su impunidad, el hombre que se había llevado de casa a Stevie para
matarle en algún sitio. La señora Verloc no podía recordar exactamente cuándo,
pero el corazón empezó a latirle con mucha fuerza.

El señor Verloc, en tono suave y conyugal, estaba ahora manifestando su


firme confianza en que aún tenían muchos años por delante para vivir una vida
tranquila. No se detuvo a considerar los medios. Sería una vida tranquila, por
decirlo de alguna manera, en un nido a la sombra, escondidos entre hombres cuya
carne es como el césped; modesta, como la vida de las violetas. Las palabras que
usó el señor Verloc fueron: «Quitarme un poco de la vista». Y lejos de Inglaterra,
desde luego. No estaba claro si estaba pensando en España o en Sudamérica, pero
desde luego estaba pensando en el extranjero.

Esta última palabra, al llegar a los oídos de la señora Verloc, le produjo una
impresión comprensible. Aquel hombre estaba hablando de ir al extranjero. La
impresión estaba totalmente fuera de lugar; y es tal la fuerza de la costumbre
mental, que ella, rápida y automáticamente, se preguntó: «¿Y Stevie?».

Fue una especie de olvido, pero en seguida se dio cuenta de que ya no hacía
falta sentir ansiedad por ese motivo. Ya no volvería a hacer falta. Al pobre
muchacho se le habían llevado y lo habían matado. El pobre muchacho estaba
muerto.

Este chocante olvido estimuló la inteligencia de la señora Verloc. Empezó a


percibir algunas consecuencias que hubieran sorprendido al señor Verloc. Ya no
había necesidad de seguir allí, en aquella cocina, en aquella casa, con aquel
hombre, porque el muchacho ya no estaba. No había ninguna necesidad. Y al
pensarlo, la señora Verloc se levantó como si la hubiera accionado un muelle.

Pero tampoco sabía para qué iba a seguir en este mundo. Y esa falta de
perspectiva la detuvo. El señor Verloc la observaba con ansiedad marital.

—Ahora eres más tú misma —dijo inquieto.

Algo especial en la negrura de los ojos de su esposa turbaba su optimismo.


En aquel preciso momento, ella empezó a sentirse liberada de todos los vínculos
terrenales. Era libre. Su contrato con la existencia, representada por aquel hombre,
había concluido. Era una mujer libre. Si aquella opinión hubiese sido perceptible
para el señor Verloc, este se habría sentido consternado. Con los asuntos del
corazón, el señor Verloc siempre había sido despreocupadamente generoso, pero
siempre con la idea fija de que le amaban por él mismo. En este sentido, su
concepción ética estaba en armonía con su vanidad, y eso le hacía totalmente
incorregible. Y estaba completamente seguro de que las cosas eran así en su
relación virtuosa y legal. Había envejecido, era más grueso, más pesado, y seguía
convencido de que no carecía de fascinación para que le amasen por sí mismo.
Cuando vio que su esposa salía de la cocina sin decir palabra, se sintió
decepcionado.

—¿Adónde vas? —dijo bruscamente—. ¿Arriba?

La señora Verloc estaba en el umbral y se volvió al oír la voz. Un instinto de


prudencia nacido del miedo, el miedo excesivo a que aquel hombre se aproximara
y la tocase, la indujo a afirmar con un ligero movimiento de la cabeza (desde la
altura de dos escalones) y un ligero movimiento de los labios, que el señor Verloc,
en su optimismo conyugal, tomó por una sonrisa triste y vacilante.

—Está bien —la animó con rudeza—. Lo que te hace falta es descansar y
estar tranquila. Ve. Dentro de un momento estaré contigo.

La señora Verloc, la mujer libre que no tenía idea de adonde iba, obedeció la
sugerencia con rígida firmeza.

El señor Verloc la observó mientras ella desaparecía subiendo las escaleras.


Estaba decepcionado. Se habría sentido más satisfecho si ella se hubiese arrojado a
sus brazos. Pero era generoso e indulgente. Winnie, siempre tan reservada y
silenciosa. Tampoco el señor Verloc era en general pródigo en caricias y palabras.
Pero aquella no era una ocasión habitual. Era uno de esos momentos en que un
hombre necesita que le fortalezcan con pruebas claras de interés y afecto. El señor
Verloc suspiró, y apagó el gas de la cocina. El afecto que sentía por su mujer era
auténtico e intenso. Al imaginársela sola en el piso de arriba, casi se le llenaron los
ojos de lágrimas. En aquel estado de ánimo, echó mucho de menos a Stevie. Pensó
tristemente en su fin. ¡Si por lo menos no hubiera sido tan estúpido como para
matarse!

Volvió a sentir esa sensación de hambre insaciable que conocen aventureros


más curtidos que el señor Verloc después de haber corrido aventuras peligrosas.
La carne fiambre, que parecía carne cocida para el funeral del pobre Stevie, se
ofrecía insistentemente a su atención. Y él volvió a ponerse a comer. Comió con
hambre devoradora, sin freno ni decencia, cortando gruesas rodajas con el afilado
cuchillo de trinchar y tragándoselas sin pan. En el curso de sus reflexiones, cayó en
la cuenta de que no oía a su mujer moverse por la habitación, como hubiera sido lo
normal. La idea de encontrársela quizá sentada en la cama en la oscuridad no solo
le quitó el apetito, sino que también le quitó la inclinación a seguirla en seguida al
piso de arriba. Dejó el cuchillo en la mesa y escuchó con preocupada atención.

Se sintió reconfortado cuando por fin la oyó moverse. Ella atravesó de


pronto la habitación y abrió la ventana de par en par. Tras un momento de silencio,
durante el que el señor Verloc se la imaginó asomándose a la calle, la oyó bajar la
persiana lentamente. Después, ella dio unos pasos y se sentó. Cada sonido de la
casa le era familiar al señor Verloc, pues era totalmente hogareño. Cuando a
continuación oyó los pasos de su mujer, supo, como si lo estuviese viendo, que se
había puesto los zapatos de salir a la calle. El señor Verloc movió inquieto los
hombros ante aquel ominoso síntoma, se alejó de la mesa y se quedó de pie dando
la espalda a la chimenea, con la cabeza inclinada a un lado, royéndose, perplejo, la
punta de los dedos. Seguía los movimientos de su mujer por los sonidos que oía.
Ella andaba de un lado a otro con violencia, se detenía bruscamente, ahora delante
de la cómoda, después enfrente del armario. Un inmenso cansancio, resultado de
un día de fuertes sorpresas desagradables, agotaba las energías del señor Verloc.

No levantó los ojos hasta que oyó que su mujer bajaba las escaleras. Iba,
como él había adivinado, vestida para salir.

La señora Verloc era una mujer libre. Había abierto de par en par la ventana
de la habitación, bien con la intención de gritar: «¡Asesino! ¡Auxilio!» o para
arrojarse al vacío. Porque no sabía exactamente cómo hacer uso de su libertad. Su
personalidad parecía desgarrada en dos mitades, cuyas operaciones mentales no
eran muy coherentes entre sí. La calle, silenciosa y desierta de un extremo a otro, le
repelía porque tomaba partido por aquel hombre que tan seguro estaba de su
impunidad. Tenía miedo de gritar y que nadie acudiera en su ayuda. Era evidente
que nadie acudiría. Su instinto de conservación la hacía retroceder ante la
profundidad de la caída en aquella especie de zanja fangosa y profunda. Cerró la
ventana y se vistió para salir a la calle por otro camino. Era una mujer libre. Se
había vestido completamente, incluso se había cubierto la cara con un velo negro.
Cuando apareció ante el señor Verloc a la luz de la salita, este observó que incluso
llevaba el pequeño bolso colgando de la muñeca izquierda… Se iba con su madre,
por supuesto.

La idea de que las mujeres son en realidad criaturas tediosas se le apareció


en su fatigado cerebro. Pero él era demasiado generoso como para acoger ese
pensamiento durante algo más de un instante. Aquel hombre, que había sido
herido cruelmente en su vanidad, seguía siendo magnánimo en su conducta y no
se permitió la satisfacción de una sonrisa amarga o un gesto de desprecio. Con
verdadera grandeza de alma, se limitó a mirar al reloj de madera de la pared, y dijo
de forma totalmente tranquila, pero forzada:

—Las ocho y veinticinco, Winnie. Es absurdo que te vayas ahora. No podrás


volver esta misma noche.

Ante la mano extendida de su esposo, ella se había detenido de pronto. Él


añadió pesadamente:

—Tu madre ya estará acostada cuando llegues. Esta clase de noticias puede
esperar.

Nada estaba más lejos de los pensamientos de la señora Verloc que ir a ver a
su madre. La sola idea la hizo retroceder, y al sentir que había una silla a su
espalda, obedeció a la sugerencia del contacto y se sentó. Su intención había sido
irse para siempre. Y si bien la sensación era la correcta, su forma mental fue tan
tosca como correspondía a sus orígenes y a su situación social. «Preferiría tener
que andar por la calle durante toda mi vida», pensó. Pero aquella criatura, cuyo
carácter moral había sufrido un choque, comparado con el cual, en el orden físico,
el terremoto más violento de la Historia no podría ser más que una versión débil y
lánguida del mismo, estaba a merced de nimiedades y contactos casuales. Se sentó.
Con el velo y el sombrero puestos parecía una visita que hubiera venido a ver al
señor Verloc un momento. Su momentánea docilidad dio ánimos a su esposo,
mientras que su aspecto silencioso de aquiescencia temporal le provocaba.
—Permíteme que te diga, Winnie —dijo con autoridad—, que tu lugar esta
tarde está aquí. ¡Maldita sea! Has sido tú quien ha puesto a la policía sobre mis
huellas. No te culpo, pero de todas formas, has sido tú. Haz el favor de quitarte ese
maldito sombrero. No puedo permitirte que te vayas —añadió en un tono más
dulce.

La mente de la señora Verloc se agarró a aquella declaración con tenacidad


morbosa. El mismo hombre que se había llevado a Stevie en sus propias narices,
para luego asesinarlo en un lugar de cuyo nombre no se acordaba en ese momento,
ese hombre no quería permitirle que se fuera. Por supuesto que no se lo permitiría.
Ahora que había asesinado a Stevie no la dejaría irse nunca. Querría tenerla a
cambio de nada. E influida por esa forma de razonar característica en ella, con toda
la fuerza de la lógica enloquecida, la mente inconexa de la señora Verloc se puso a
examinar las consecuencias prácticas. Podía llegar hasta la puerta, abrirla y salir
corriendo. Pero él echaría a correr tras ella, la cogería por la cintura y la arrastraría
hasta la tienda. Ella podría arañarle, darle patadas y morderle, y apuñalarle; pero
para apuñalarle necesitaba un cuchillo. Seguía sentada inmóvil bajo el velo negro,
en su propia casa, como un visitante enmascarado y misterioso con intenciones
impenetrables.

La magnanimidad del señor Verloc era solo humana. Su esposa había


conseguido exasperarle.

—¿No puedes decir nada? Tienes tu propia manera de vejar a un hombre.


¡Sí! Ya conozco el truco de hacerte la sordomuda. Te he visto haciéndolo antes.
Pero ya no surte efecto. Así que, para empezar, quítate esa maldita cosa. No sé si
estoy hablando con un muñeco o con una mujer de carne y hueso.

Avanzó hacia ella y, extendiendo la mano, tiró del velo, desenmascarando


un rostro que seguía siendo impenetrable, contra el que su nerviosa exasperación
se hizo pedazos como una burbuja de vidrio arrojada contra una piedra.

—Así está mejor —dijo para disimular su inquietud momentánea, y volvió


al lugar que ocupaba antes junto a la repisa de la chimenea.

No podía imaginarse que su mujer pudiera dejarle. Se sentía un poco


avergonzado de sí mismo, porque era cariñoso y generoso. ¿Qué podía hacer? Ya
se había dicho todo lo que podía decirse. Protestó con vehemencia:

—¡Por Dios! Revolví cielo y tierra, corriendo el riesgo de que me


descubrieran mientras trataba de encontrar a alguien que hiciera ese maldito
trabajo. Y te digo una vez más, no me fue posible encontrar a nadie lo
suficientemente loco o hambriento. ¿Quién te crees que soy, un asesino? El chico ha
muerto. ¿Crees tú que yo quería que volara por los aires? Ha muerto. Él ya no tiene
problemas, pero los nuestros están a punto de empezar, precisamente porque él se
voló por los aires. No te culpo, pero intenta comprender que fue un accidente,
igual que si le hubiese atropellado un autobús cruzando una calle.

La generosidad del señor Verloc no era infinita, porque era un ser humano,
y no un monstruo, como su esposa creía que era. Se interrumpió, y un gruñido,
que hizo que se le levantara el bigote por encima de un destello de dientes blancos,
le hizo parecer un animal racional, no muy peligroso; un animal lento de cabeza
lisa, más oscura que la de una foca, y de voz ronca.

—Y si vamos a eso, la culpa es tanto tuya como mía. Es así. Puedes


fulminarme con la mirada si quieres. Ya sé lo que eres capaz de hacer con los ojos.
Que me muera si alguna vez pensé utilizar al muchacho con ese propósito. Fuiste
tú la que insistió en ponerle en mi camino cuando estaba medio distraído con la
preocupación de evitar que tuviéramos problemas. ¿Por qué diablos tuviste que
hacerlo? Ni que lo hubieras hecho a propósito. Y no estoy del todo seguro de que
no haya sido así. Es imposible saber lo mucho que te enteras a escondidas de lo
que pasa, con esa maldita manera de mirar a ningún sitio en particular y no decir
nada, como si nada te importara…

Su voz, hogareña y ronca, se interrumpió un momento. La señora Verloc no


contestó. En aquel silencio, él se sintió avergonzado de lo que acababa de decir.
Pero, como les pasa a menudo a hombres pacíficos en riñas domésticas, al sentirse
avergonzado, formuló otro argumento.

—A veces tienes una manera diabólica de guardar silencio —empezó a


hablar de nuevo sin levantar la voz—, como para que uno se vuelva loco. Tienes
suerte de que yo no me deje desconcertar, como harían algunos, por tu malhumor
de sordomuda. Te quiero. Pero no vayas demasiado lejos. No es el momento
oportuno. Deberíamos estar pensando en lo que vamos a hacer, y no puedo dejar
que te vayas esta noche, que vayas corriendo a ver tu madre a contarle alguna
historia absurda sobre mí. No voy a permitirlo. No te equivoques: si piensas que
yo he matado al muchacho, entonces tú le has matado tanto como yo.

En cuanto a sinceridad de sentimientos y a franqueza, aquellas palabras iban


mucho más lejos que cualquier otra cosa que se hubiera dicho en aquella casa,
mantenida por el salario de una profesión secreta y la venta de mercancías más o
menos secretas: los pobres recursos de una humanidad mediocre para preservar
una sociedad imperfecta de los peligros de la corrupción física y moral, en ambos
casos también secretos, de sus miembros. Fueron dichas porque el señor Verloc se
había sentido realmente ofendido; las conveniencias y las reservas de la vida
doméstica, cuyo nido estaba situado en una calle sombría tras una tienda donde
nunca entraba el sol, parecían impertérritas. La señora Verloc le escuchó hasta el
final con perfecta educación; después se levantó de la silla, con el sombrero y la
chaqueta puestos, como un visitante cuando la visita llega a su fin. Avanzó hacia
su marido, con un brazo extendido como para despedirse en silencio. El velo,
balanceándose en el extremo izquierdo del rostro, daba aspecto de formalidad
desordenada a sus movimientos contenidos. Pero cuando llegó hasta la alfombra
de la chimenea, el señor Verloc ya no estaba allí. Se había encaminado hacia el sofá,
sin levantar la vista para ver el efecto de su invectiva. Estaba cansado, resignado de
una forma genuinamente marcial. Pero se sentía herido en su fibra sensible. Si ella
seguía mostrando su malhumor con aquel terrible silencio sobrecargado…,
entonces, que se fuera. Era maestra en aquel arte doméstico. Se dejó caer
pesadamente sobre el sofá, sin importarle como era habitual el destino de su
sombrero, que, como si estuviera acostumbrado a cuidar de sí mismo, buscó
refugio seguro debajo de la mesa.

Estaba cansado. Había gastado la última partícula de su fuerza nerviosa en


las sorpresas y las agonías de aquel día lleno de fracasos sorprendentes que era la
culminación de un mes abrumador de planes e insomnio. Estaba cansado. Un
hombre no es de piedra. ¡Que se vaya todo al demonio! El señor Verloc reposaba
vestido, como siempre, en ropa de calle. Un lado de su sobretodo abierto estaba
parcialmente en el suelo. Se tendió boca arriba. Pero deseaba descansar más,
dormir, unas cuantas horas de delicioso olvido. Eso vendría más tarde. De
momento, descansaba. Y pensó: «Me gustaría que desistiera de esa maldita
estupidez. Es exasperante».

Había algo imperfecto en la sensación de la señora Verloc de libertad


recobrada. En lugar de seguir el camino de la puerta, se recostó, con los hombros
contra la repisa de la chimenea, como un caminante descansa apoyado en una
valla. El matiz salvaje de su aspecto se debía al velo negro que colgaba como un
harapo sobre la mejilla, y a la fijeza de su mirada sombría, en la que la luz de la
habitación era absorbida y se perdía sin dejar el rastro de un solo destello. Aquella
mujer, capaz de un compromiso cuya mera sospecha hubiera trastornado
infinitamente la concepción que su esposo tenía del amor, seguía indecisa, como si
fuese conscientemente escrupulosa de algo que faltara por su parte para cerrar
formalmente la transacción.

En el sofá, el señor Verloc acomodó los hombros hasta sentirse enteramente


a gusto, y de todo corazón emitió un deseo que era tan pío como pudiera serlo
cualquier otro deseo surgido de aquella fuente.

—Hubiera dado cualquier cosa —gruñó con voz ronca— por no haber visto
nunca Greenwich Park ni nada que tuviera algo que ver con él.

El sonido velado llenó la pequeña habitación con su volumen moderado,


bien adaptado al carácter modesto del deseo. Las ondas de aire de la longitud
correcta se propagaron de acuerdo con las fórmulas matemáticas correspondientes,
fluyeron alrededor de todas las cosas inanimadas que había en la habitación y
chocaron contra la cabeza de la señora Verloc, como si esta hubiera sido una
estatua de piedra. Aunque parezca increíble, dio la sensación de que sus ojos se
agrandaran aún más. El deseo audible del corazón desbordante del señor Verloc
fluyó en un lugar vacío de la memoria de su esposa. Greenwich Park. ¡Un parque!
Allí es donde murió el muchacho. Un parque… Ramas destrozadas, hojas
desgarradas, grava, trozos de la carne y los huesos de su hermano; todo ello
volando por los aires como si fueran fuegos artificiales. Entonces se acordó de lo
que había oído y lo recordó en imágenes. Temblando de arriba abajo con
escalofríos que no podía contener, vio la mismísima herramienta con su espantosa
carga arañando el suelo. La señora Verloc cerró los ojos con desesperación,
arrojando la oscuridad de los párpados sobre aquella visión en que, tras la caída de
una lluvia de toda clase de miembros, solo quedaba la cabeza decapitada de Stevie,
que desaparecía lentamente como la última estrella de una exhibición pirotécnica.
La señora Verloc abrió los ojos.

Su rostro ya no era de piedra. Cualquiera podía haberlo notado en el sutil


cambio de sus facciones, en la mirada de sus ojos, que le confería una expresión
nueva y sorprendente; una expresión rara vez contemplada por las personas
capacitadas para ello en las condiciones de ocio y seguridad que requiere el
análisis minucioso, pero cuyo significado era evidente a primera vista. Las dudas
de la señora Verloc con respecto a la transacción ya no existían, su mente ya no era
incoherente y estaba trabajando bajo el control de su voluntad. Pero el señor Verloc
no veía nada. Estaba descansando en aquella patética condición de optimismo
inducida por el exceso de fatiga. No quería más problemas, y con su esposa menos
que con nadie en el mundo. Había sido irreprochable en su justificación. Se sentía
amado por sí mismo. Interpretó favorablemente la actual fase de silencio. Era el
momento de hacer las paces con ella. El silencio ya había durado bastante. Él lo
rompió llamándola en voz baja:

—Winnie.

—Sí —contestó obedientemente la señora Verloc, la mujer libre.

Ahora dominaba su mente y sus órganos vocales; se sentía con un control


casi prodigiosamente perfecto de cada fibra de su cuerpo. Era totalmente dueña de
sí misma, porque la transacción había concluido. Tenía la visión clara. Se había
vuelto maliciosa. Decidió contestarle mostrándose dispuesta con un fin
determinado. No quería que aquel hombre cambiase de posición en el sofá, que era
muy apropiada para las circunstancias. Tuvo éxito. El hombre no se movió, pero,
después de contestarle, siguió recostada con gesto descuidado en la repisa de la
chimenea, como un caminante que estuviera descansando. No tenía prisa. Su
semblante se mostraba tranquilo. La cabeza y los hombros del señor Verloc estaban
ocultos a su mujer debido a la gran altura del sofá. Ella mantuvo los ojos fijos en
los pies de él.

Permaneció así, misteriosamente inmóvil y recogida de pronto, hasta que


oyó que el señor Verloc hablaba con autoridad marital y se movía ligeramente para
hacerle sido en el borde del sofá.

—Ven aquí —dijo en un tono peculiar, que podía haber sido un tono brutal,
pero que ella conocía como el tono en que él le hacía la corte.

Avanzó hacia él en seguida, como si aún fuera la esposa leal, unida a aquel
hombre por un vínculo intacto. Deslizó ligeramente la mano derecha por la
superficie de la mesa, y cuando avanzaba hacia el sofá, el cuchillo de trinchar había
desaparecido sin el menor sonido del lugar que ocupaba junto al plato. El señor
Verloc oyó la tabla del suelo que siempre crujía, y se sintió contento. Esperó. La
señora Verloc se aproximaba. Como si el alma sin hogar de Stevie hubiese volado
en busca de refugio directamente hasta el pecho de su hermana, guardiana y
protectora, el parecido del rostro de esta con el de su hermano crecía a cada paso,
incluso el labio inferior caído, incluso la ligera divergencia de los ojos. Pero el
señor Verloc no lo vio. Estaba tendido boca arriba, mirando al techo. Vio en parte
en el techo y en parte en la pared la sombra de un brazo con el puño cerrado
sosteniendo un cuchillo de trinchar. Este osciló de arriba abajo. Los movimientos
eran pausados, lo suficientemente lentos como para que el señor Verloc
reconociera el miembro y el arma.
Fueron lo suficientemente lentos como para que él fuera consciente de todo
el significado del portento, para que pudiera saborear el sabor de la muerte que
surgía en su garganta. Su esposa se había vuelto totalmente loca, tan loca como
para matar. Los movimientos fueron lo suficientemente lentos como para que
pasara el primer efecto paralizante del descubrimiento antes de que surgiera la
decisión de salir victorioso de la horrible lucha con aquella loca armada. Fueron lo
suficientemente lentos como para que el señor Verloc elaborase un plan de
defensa, inclusive el arrojarse bajo la mesa, y derribar a la mujer con una pesada
silla de madera. Pero no fueron lo suficientemente lentos como para permitirle que
pudiera mover las manos o los pies. El cuchillo ya estaba clavado en el pecho. No
encontró ninguna resistencia para adentrarse en el cuerpo. La casualidad tiene esa
precisión. La señora Verloc había asestado aquel profundo golpe con toda la fuerza
de la herencia de sus antepasados, inmemorial y oscura, la ferocidad simple de la
edad de las cavernas y la desequilibrada furia nerviosa de la edad de las tabernas.
El señor Verloc, el agente secreto, volviéndose ligeramente hacia un lado por la
fuerza del golpe, expiró sin mover ningún miembro, profiriendo en un murmullo
las palabras «no lo hagas» como protesta.
La señora Verloc había soltado el cuchillo, y su extraordinario parecido con
el difunto hermano había disminuido y era ya el habitual. Inspiró profundamente,
la primera vez que respiraba fácilmente desde que el inspector jefe Heat le enseñó
el trozo de tela con la etiqueta del sobretodo de Stevie. Se inclinó con los brazos
cruzados sobre el lado del sofá. Adoptó esa postura cómoda no para contemplar o
disfrutar mirando el cadáver de su marido, sino debido a los movimientos
ondulantes y de vaivén de la salita, que durante un rato se movió como si fuera un
mar en tempestad. Estaba mareada, pero tranquila. Se había convertido en una
mujer libre con una libertad tan perfecta, que no dejaba nada que desear y
absolutamente nada que hacer, ya que la necesidad urgente que Stevie tenía de su
devoción había dejado de existir. A la señora Verloc, que pensaba en imágenes, no
le perturbaban las visiones, porque no pensaba en nada. Y no se movía. Era una
mujer disfrutando de su completa irresponsabilidad e infinito ocio, casi como un
cadáver. No se movió y tampoco pensó. Y tampoco el envoltorio mortal de su
difunto marido, que reposaba en el sofá. Ambos habrían estado en perfecta
armonía si no hubiera sido porque la señora Verloc respiraba; esa armonía de
reserva prudente sin palabras superfluas y sin señas que había sido el fundamento
de su respetable vida conyugal. Porque había sido respetable, cubriendo con una
reticencia decente los problemas que pueden surgir en la práctica de una profesión
secreta y el comercio con mercancías dudosas. Hasta el final, su decoro no había
sido perturbado por indecorosos chillidos u otras sinceridades de conducta fuera
de lugar. Y tras haber asestado el golpe, esa respetabilidad continuó en forma de
inmovilidad y silencio.

Nada se movió en la salita hasta que la señora Verloc levantó la cabeza


lentamente y miró el reloj con interrogante desconfianza. Era consciente del sonido
del tictac en la habitación, que fue aumentando en sus oídos, mientras recordaba
claramente que el reloj de la pared era silencioso, que su tictac era inaudible. ¿Qué
significaba que de repente sonara tan alto? Su superficie mostraba las nueve menos
diez. A ella no le importaba en absoluto la hora, y el tictac continuó. Sacó la
conclusión de que no podía ser el reloj, y su hosca mirada se deslizó por las
paredes, osciló y se hizo confusa, mientras agudizaba el oído para localizar el
sonido. Tic, tac, tic, tac.

Escuchó durante un rato y luego bajó los ojos deliberadamente hasta el


cuerpo de su esposo. La actitud de reposo de este era tan habitual y familiar, que
consiguió hacerlo sin que le molestase ninguna novedad extraordinaria de los
fenómenos de su vida hogareña. El señor Verloc descansaba de la forma habitual.
Parecía cómodo. Por la posición del cuerpo, la cara no le era visible a la señora
Verloc, la viuda. Los ojos, bellos y soñolientos, siguiendo hacia abajo el rastro del
sonido, adquirieron una expresión reflexiva al encontrar un objeto plano, de hueso,
que sobresalía un poco más allá del borde del sofá. Era el mango del cuchillo de
trinchar, nada extraño excepto por su posición en ángulo recto con respeto al
chaleco del señor Verloc y el hecho de que goteaba algo de él. Gotas oscuras caían
sobre la alfombra, una tras otra, mientras que el sonido del tictac aumentaba
rápida y furiosamente como si fuera el pulso de un reloj loco. Al alcanzar la
velocidad máxima, el tictac se transformó en un sonido de goteo continuo. La
señora Verloc contempló la transformación con sombras de ansiedad que iban y
venían por su rostro. Era un goteo oscuro, rápido, fluido… ¡Sangre!

Esta imprevista circunstancia la obligó a abandonar la actitud de


indiferencia e irresponsabilidad.

Se recogió los faldones de un tirón, lanzó un débil grito y corrió hacia la


puerta, como si el goteo hubiese sido la primera señal de una inundación
destructiva. La mesa se interpuso en su camino y la empujó con las dos manos
como si estuviese viva, con tanta fuerza que la desplazó a cierta distancia sobre sus
cuatro patas, saltando en medio de un enorme ruido, mientras el plato con la carne
fiambre se estrellaba pesadamente contra el suelo.

Después todo quedó en silencio. La señora Verloc se había detenido al llegar


a la puerta. Un sombrero redondo, puesto ahora al descubierto en medio del suelo
por el deslazamiento de la mesa, se movía ligeramente boca arriba impulsado por
el viento provocado por la huida de la señora Verloc.
Capítulo XII

Winnie Verloc, viuda del señor Verloc y hermana del difunto Stevie (volado
en pedazos en estado de inocencia convencido de estar realizando una empresa
humanitaria) no siguió corriendo más allá de la puerta de la salita. Había echado a
correr alejándose de un simple goteo de sangre, pero el movimiento había sido
motivado por una instintiva repulsión. Al llegar a la puerta se detuvo con los ojos
fijos y la cabeza baja. Como si hubiera dejado atrás largos años en su huida a través
de la salita, la señora Verloc que estaba junto a la puerta era muy distinta de la
mujer que había estado inclinada sobre el sofá, un poco mareada, pero por lo
demás libre para disfrutar de la profunda tranquilidad de la indolencia y la falta de
responsabilidad. La señora Verloc ya no estaba aturdida. Su cabeza estaba serena.
Pero tampoco estaba tranquila. Tenía miedo.

Si evitaba mirar hacia su marido, no era porque le infundiera temor. El señor


Verloc no era una visión horripilante. Tenía aspecto cómodo. Además, estaba
muerto. La señora Verloc no se hacía ilusiones vanas sobre la muerte. Nada
devuelve la vida a los muertos, ni el odio ni el amor. No pueden hacerte nada. Son
nada. Se encontraba en un estado mental teñido de una especie de desprecio
austero por aquel hombre que había dejado que le mataran tan fácilmente. Había
sido el dueño de la casa, el marido de una mujer y el asesino de su Stevie. Y ahora
no era importante en ningún sentido. Tenía menos importancia práctica que la
ropa que llevaba puesta, que su sobretodo, sus botas, que el sombrero que estaba
en el suelo. No era nada. No merecía la pena ni que le miraran. Ni siquiera seguía
siendo el asesino de Stevie. El único asesino que encontrarían en la habitación,
cuando alguien viniera a buscar al señor Verloc, sería… ¡ella misma!

Las manos le temblaban tanto, que por dos veces no pudo volver a ajustarse
el velo. La señora Verloc ya no era una persona ociosa y carente de
responsabilidad. Tenía miedo. El apuñalamiento del señor Verloc solo había sido
un golpe. Había aliviado la agonía reprimida de los gritos estrangulados en su
garganta, de las lágrimas secas en sus ojos ardientes, de la ira enloquecedora e
indignante por el acto atroz cometido por aquel hombre al robarle el muchacho.
Había sido un golpe impulsado por oscuros motivos. La sangre que goteaba del
mango del cuchillo al suelo lo convertía en un caso evidente de asesinato. La
señora Verloc, que siempre se abstenía de observar las cosas en profundidad, se
veía obligada a examinar esta muy de cerca. Lo que veía no era un rostro que la
obsesionara, ni una sombra llena de reproches, ni una visión de remordimiento. Lo
que veía era un objeto. Y ese objeto era la horca. La señora Verloc tenía miedo de la
horca.
Tenía miedo de la horca de una forma ideal. Nunca había visto con sus
propios ojos ese último argumento de la justicia humana, excepto en grabados
ilustrativos de cierto tipo de historias; la primera vez que vio la horca, esta se erigía
sobre un trasfondo negro y tempestuoso, adornada de cadenas y huesos humanos,
y pájaros que picoteaban los ojos de los muertos volaban en círculos por encima.
Todo aquello era bastante horripilante, pero la señora Verloc, aunque no era una
mujer bien informada, sabía lo suficiente de las instituciones de su propio país
como para saber que la horca ya no se erigía románticamente en las orillas de ríos
sombríos o en promontorios azotados por el viento, sino en los patios de las
cárceles. Allí, en un lugar situado entre cuatro altos muros, como si fuera un pozo,
llevaban al asesino al amanecer para ejecutarle, sumido en un horrible silencio y,
como dicen siempre los periódicos, «en presencia de las autoridades». Con los ojos
fijos en el suelo, las ventanas de la nariz temblando de angustia y vergüenza, se
imaginaba a sí misma completamente sola entre numerosos caballeros extraños,
con sombreros de seda, ocupados con calma en la tarea de colgarla por el cuello.
Aquello… «¡Jamás! ¡Jamás!». ¿Y cómo lo hacían? La incapacidad de imaginar los
detalles de una tranquila ejecución añadió un matiz enloquecedor al terror
abstracto. Los periódicos nunca daban ningún detalle, excepto uno, que siempre
venía al final de una breve información. La señora Verloc recordaba el tipo de
detalle. Surgió en su imaginación acompañado de un dolor ardiente, como si las
palabras «La caída fue de catorce pies» hubiesen sido grabadas en su cerebro con
una aguja al rojo. «La caída fue de catorce pies».

Aquellas palabras también la afectaron físicamente. Sintió en la garganta


convulsiones que se reproducían en oleadas que intentaban resistir el
estrangulamiento; y la aprensión del tirón era tan vívida, que se sujetó la cabeza
con las dos manos, como para evitar que se la arrancaran de los hombros. «La
caída fue de catorce pies». «¡No! ¡Eso, jamás! No podría soportarlo». El mero
pensamiento era insufrible. No podía soportar pensar en ello. Así que la señora
Verloc tomó la resolución de ir inmediatamente a arrojarse al río desde algún
puente.

Esta vez consiguió sujetarse el velo. Con la cabeza como una máscara,
vestida totalmente de negro de arriba abajo, excepto por unas flores que llevaba en
el sombrero, miró mecánicamente al reloj. Pensó que debía de haberse parado. No
podía creer que hubieran transcurrido solo dos minutos desde que miró la hora la
última vez. Por supuesto que no. Había estado parado todo el tiempo. En realidad
solo habían pasado tres minutos desde que respiró libremente por primera vez
después del golpe hasta el momento en que la señora Verloc tomó la decisión de
arrojarse al Támesis. Pero le pareció increíble. Creía haber oído o leído que los
relojes de pared y de pulsera siempre se paraban en el momento en que se
producía un asesinato, para perjudicar al asesino. No le importaba. «Voy al puente,
y me tiro…». Pero sus movimientos eran lentos.

Se arrastró con dificultad a través de la tienda y tuvo que agarrarse al


picaporte de la puerta para reunir las fuerzas suficientes para abrirla. La calle le
daba miedo porque conducía al río o a la horca. Dio un traspiés en el escalón de la
entrada, con la cabeza por delante y los brazos extendidos, como una persona que
cae desde la barandilla de un puente. La caída en el aire tuvo el sabor anticipado
de la sensación de la muerte por ahogo; una humedad fangosa la envolvió, se le
metió en la nariz, se le enredó en el pelo. No estaba lloviendo, pero las lámparas de
gas tenían a su alrededor un pequeño halo oxidado de neblina. El coche y los
caballos ya no estaban allí, y en la calle oscura la ventana acortinada de la posada
de los cocheros formaba un parche cuadrado de sucia luz roja que brillaba
débilmente casi al nivel de la acera. La señora Verloc, mientras se arrastraba
lentamente hacia allí, pensó que era una mujer sin amigos. Era verdad. Tanto, que,
en su deseo repentino de ver algún rostro amistoso, no pudo pensar más que en la
señora Neale, la asistenta. No tenía amistades propias. Nadie la echaría de menos
socialmente. No es que la viuda de Verloc se hubiese olvidado de su madre. No era
eso. Winnie había sido una buena hija antes de convertirse en una devota hermana.
Su madre siempre se había apoyado en ella. En ese sentido no podía esperar
consuelo ni consejo. Ahora que Stevie había muerto, el vínculo parecía roto. No
podía enfrentarse con su madre y contarle aquella horrible historia. La señora
Verloc trató de olvidarse de su madre.

Cada paso le costaba tal esfuerzo de voluntad, que parecía el último posible.
Se había arrastrado hasta más allá de la luz roja de la ventana de la posada. «Hasta
el río…, y me tiro», se repetía con fiera obstinación. Extendió la mano justo a
tiempo de enderezarse y, apoyándose en una farola, pensó: «No conseguiré llegar
hasta allí antes de que amanezca». El miedo a la muerte paralizaba sus esfuerzos
por escapar de la horca. Tenía la impresión de que llevaba horas tambaleándose en
aquella calle. «No conseguiré llegar hasta allí —pensó—. Me encontrarán
deambulando por la calle. Está demasiado lejos». Se detuvo jadeando bajo el velo
negro.
«La caída fue de catorce pies».

Empujó la farola violentamente para apartarse de ella, y se vio caminando,


pero otra oleada de debilidad la abrumó como un vasto mar, arrancándole el
corazón del pecho.

—No conseguiré llegar —musitó, parada de pronto, oscilando ligeramente


sin moverse del sitio—. No lo conseguiré.

Y, al darse cuenta de que era totalmente imposible llegar hasta el puente


más próximo, pensó huir al extranjero.

Se le ocurrió de repente. Los asesinos se escapaban. Huían al extranjero.


España o California eran solo nombres. El ancho mundo creado para gloria del ser
humano era solo un vacío inmenso para la señora Verloc. No sabía ni siquiera en
qué dirección ir. Los asesinos tenían amigos, parientes, gente que los ayudaba;
tenían conocimientos. Ella no tenía nada. Era la más solitaria de las asesinas que
asestaran un golpe mortal. Estaba sola en Londres: y toda la ciudad de maravillas y
barro, con su maraña de calles y su masa de luces, estaba sumergida en una noche
sin esperanza, descansaba en el fondo de un abismo negro del que una mujer sin
ayuda no tenía ninguna esperanza de salir.

Se balanceó hacia adelante y echó a andar a ciegas, con un miedo terrible a


caerse; pero tras dar varios pasos, inesperadamente, tuvo la sensación de apoyo, de
seguridad. Levantando la cabeza, vio la cara de un hombre mirando desde cerca su
velo. El camarada Ossipon no tenía miedo a las mujeres extrañas, y ningún
sentimiento de falsa delicadeza le impedía trabar conocimiento con una mujer que
al parecer estaba muy bebida. Al camarada Ossipon le interesaban las mujeres. A
esta la sostenía entre las dos grandes palmas de las manos, y la observó con gesto
interesado hasta que la oyó decir débilmente:

—¡Señor Ossipon! —y entonces él casi la dejó caer al suelo.

—¡Señora Verloc! —exclamó—. ¡Usted aquí!

Le pareció increíble que ella hubiera estado bebiendo, pero nunca se sabe.
Desechó la cuestión, y atento a no perder la oportunidad que le ofrecía el destino
favorable al brindarle la viuda del camarada Verloc, intentó atraerla a su pecho.
Para su sorpresa, ella no opuso resistencia, e incluso descansó en su brazo durante
un momento antes de intentar separarse. El camarada Ossipon no pensaba ser
brusco con el favorable destino. Retiró el brazo de forma natural.
—Me ha reconocido —dijo ella balbuceando, de pie frente a él, con las
piernas bastante firmes.

—Por supuesto —dijo Ossipon con perfecta prontitud—. Temía que pudiera
usted caerse. He pensado mucho en usted últimamente como para no reconocerla
en cualquier lugar y en cualquier momento. Siempre he pensado en usted, desde
que la vi por primera vez.

La señora Verloc pareció no haberlo oído.

—¿Iba usted a la tienda? —dijo, nerviosa.

—Sí, me puse en camino hacia allí nada más leer el periódico —respondió
Ossipon.

En realidad, el camarada Ossipon había estado escondido durante más de


dos horas por los alrededores de Brett Street, incapaz de decidirse a tomar una
decisión osada. El robusto anarquista no era lo que se llama un conquistador
atrevido. Recordó que la señora Verloc no había respondido nunca a sus miradas
con la menor señal de estímulo. Además, pensaba que tal vez la policía estuviese
vigilando la tienda, y él no quería que la policía se hiciese una idea exagerada de
sus simpatías revolucionarias. Ni siquiera en aquel momento sabía qué hacer. En
comparación con sus habituales especulaciones amatorias, esta era una empresa
grande y seria. Ignoraba el beneficio que pudiera haber y cuánto esfuerzo le
costaría conseguir lo que pudiera conseguirse, suponiendo que hubiese alguna
oportunidad. Estas dudas frenaban su entusiasmo e impartían a su actitud una
serenidad muy acorde con las circunstancias.

—¿Puedo preguntarle adónde iba?

—¡No me lo pregunte! —exclamó la señora Verloc, estremeciéndose con


violencia reprimida. Toda su fuerte vitalidad se revolvía contra la idea de la
muerte—. No importa adónde iba…

Ossipon sacó la conclusión de que estaba muy excitada pero totalmente


sobria. Ella permaneció en silencio a su lado durante un momento, y luego, de
pronto, hizo algo que para él resultó inesperado. Deslizó la mano bajo el brazo de
Ossipon. Se quedó sorprendido por el acto en sí mismo, y también, con igual
intensidad, por el carácter evidentemente decidido del movimiento. Pero por ser
un asunto delicado, el camarada Ossipon se comportó con delicadeza. Se contentó
con apretar ligeramente la mano contra sus robustas costillas. Al mismo tiempo se
sintió impulsado hacia adelante, y cedió al impulso. Al final de Brett Street se dio
cuenta de que le dirigían hacia la izquierda. Se dejó llevar.

El frutero de la esquina había retirado la gloria resplandeciente de las


naranjas y los limones, y la plaza estaba totalmente sumida en la oscuridad,
salpicada de aureolas neblinosas de las escasas farolas que definían la forma
triangular de la plaza y un racimo de tres luces en el centro. Las formas oscuras de
un hombre y una mujer se deslizaban lentamente cogidas del brazo a lo largo de
los muros, con aspecto de amantes sin hogar en la noche triste.

—¿Qué diría usted si le dijese que iba a buscarle? —preguntó la señora


Verloc, cogiéndose del brazo de él con fuerza.

—Diría que no podía haber encontrado usted a nadie más apropiado para
ayudarla a solucionar su problema —respondió Ossipon, pensando que estaba
haciendo avances vertiginosos.

En realidad, la velocidad de los progresos que realizaba en el delicado


asunto casi le dejaban sin resuello.

—¡Mi problema! —repitió la señora Verloc lentamente.

—Sí.

—¿Sabe usted cuál es mi problema? —susurró ella con extraña intensidad.

—Diez minutos después de leer el periódico vespertino —explicó Ossipon


con ardor— he hablado con un tipo que usted tal vez haya visto una o dos veces en
la tienda, y después ya no tuve ninguna duda. En seguida me dirigí hacia aquí,
preguntándome si usted… Mis sentimientos no pueden expresarse con palabras
desde que vi su rostro por primera vez —exclamó, como si fuera incapaz de
dominar sus sentimientos.

El camarada Ossipon pensó con razón que ninguna mujer sería capaz de
pasar totalmente por alto una declaración como aquella. Pero no sabía que la
señora Verloc la aceptó con toda la fiereza que el instinto de conservación otorga al
asidero de una persona que se está ahogando. Para la viuda del señor Verloc, el
robusto anarquista era como un radiante mensajero de vida.

Caminaron lentamente al mismo paso.


—Me había dado cuenta —murmuró débilmente la señora Verloc.

—Usted me lo leyó en los ojos —sugirió Ossipon muy convencido.

—Sí —exhaló ella en su oído inclinado.

—Un amor como el mío no puede ocultarse a una mujer como usted —
continuó él, intentando distanciar su mente de las consideraciones de orden
material, como el valor de la tienda y el dinero que el señor Verloc pudiera tener en
el banco.

Se concentró en la parte sentimental del asunto. En el fondo de su corazón se


sentía un poco consternado por el éxito. Verloc había sido un buen tipo, y seguro
que también un buen marido, por lo que él sabía. Sin embargo, el camarada
Ossipon no iba a litigar con su buena suerte por la memoria de un hombre muerto.
Suprimió con decisión la simpatía que sentía por el fantasma del camarada Verloc,
y continuó:

—No podía ocultarlo, estaba demasiado lleno de usted. Me atrevería a decir


que usted no pudo evitar vérmelo en la mirada. Pero yo no podía haberlo
adivinado. Se mostraba siempre tan distante…

—¿Qué esperaba? —exclamó la señora Verloc—. Yo era una mujer


respetable —se interrumpió, y luego añadió, como si estuviera hablando consigo
misma, llena de un resentimiento siniestro—: Hasta que él me convirtió en lo que
soy.

Ossipon lo pasó por alto, y siguió el hilo de su propio discurso.

—Él nunca me pareció ser digno de usted —empezó a decir, despojándose


de lealtad—. Usted se merecía una mejor suerte.

La señora Verloc le interrumpió diciendo amargamente:

—¡Mejor suerte! Me ha quitado siete años de vida.

—Parecía feliz con él —Ossipon intentó disculpar la tibieza de su pasada


conducta—. Eso es lo que hizo que yo me comportara con timidez. Usted parecía
amarle. Yo estaba sorprendido… y celoso —añadió.

—¡Amarle! —exclamó ella en un susurro lleno de desprecio y furia—.


¡Amarle! Yo era una buena esposa para él. Soy una mujer honrada. ¡Y usted creyó
que yo le amaba! Mire, Tom…

El sonido de este nombre emocionó de orgullo al camarada Ossipon. Porque


su nombre era Alexander, y solo le llamaban Tom sus amigos más íntimos. Era una
señal de amistad que se usaba en momentos distendidos. No sabía que ella se lo
hubiese oído usar a nadie. Era evidente que no solo lo había oído, sino que lo había
atesorado en la memoria, y tal vez en su corazón.

—¡Mire, Tom! Yo era muy joven, estaba cansada. Estaba exhausta. Tenía a
dos personas que dependían de lo que yo pudiera hacer, y daba la impresión de
que no podía hacer más. Dos personas, mi madre y el chico. Él era más mío que de
mi madre. Yo me pasaba las noches con él en el regazo, completamente sola en el
piso de arriba, y no tenía entonces más de ocho años. Y entonces… Él era mío.
Usted no puede entenderlo. Ningún hombre puede entenderlo. ¿Qué podía hacer
yo? Había un joven…

El recuerdo del antiguo idilio con el joven carnicero sobrevivió, tenaz, como
la imagen de un ideal atisbado en aquel corazón que temblaba por miedo a la
horca y se rebelaba contra la muerte.

—Él era el hombre al que yo amaba —continuó diciendo la viuda del señor
Verloc—. Supongo que me lo veía en los ojos. Veinticinco chelines a la semana, y
su padre le amenazó con echarle del negocio si hacía la estupidez de casarse con
una chica que tenía una madre inválida y un loco idiota a su cargo. Pero él siguió
pegado a mí, hasta que una noche tuve el valor de darle con la puerta en las
narices. Tenía que hacerlo. Le quería mucho. ¡Veinticinco chelines a la semana!
Había otro hombre, un buen inquilino. ¿Qué podía hacer yo? ¿La calle? Aquel
hombre parecía amable. De todas formas me quería. ¿Qué podía hacer yo con una
madre y el pobre chico? Le dije que sí. Parecía de buen carácter, era generoso, tenía
dinero, nunca dijo nada. Siete años…, siete años siendo una buena esposa para él;
el amable, el bueno, el generoso. Él…, él me quería. Sí, él me quería, hasta que a
veces yo deseaba… Siete años, siete años siendo su esposa. ¿Y sabe usted qué era
ese querido amigo suyo? ¿Sabe usted qué era? ¡Era el demonio!

La vehemencia sobrehumana de esta declaración dejó totalmente aturdido al


camarada Ossipon. Winnie Verloc se volvió hacia él y le cogió ambos brazos,
mirándole de frente bajo la niebla en la oscuridad y en la soledad de la plaza,
donde todos los sonidos de vida parecían perdidos, como si fuese un pozo
triangular de asfalto y ladrillos, de casas ciegas y piedras carentes de sentimientos.
—No, no lo sabía —afirmó él, con una especie de flojera estúpida, cuyo lado
cómico no pudo apreciar una mujer obsesionada por el miedo a la horca—. Pero
ahora sí lo entiendo —balbuceó, especulando mentalmente con las atrocidades que
Verloc pudiera haber realizado bajo la apariencia soñolienta y plácida de vida
conyugal. Era realmente horrible—. Lo comprendo —repitió, y entonces llevado
por una repentina inspiración exclamó un «¡Pobre mujer!», de altiva
conmiseración, en lugar de la frase más familiar «Pobre amor mío», que era
habitual en él.

Este no era un caso corriente. Era consciente de que pasaba algo anormal, sin
perder en ningún momento de vista la importancia de lo que se estaba jugando.

—¡Pobre y valerosa mujer!

Se alegraba de haber descubierto esta variación, pero no podía dar con nada
más. Un «pero ahora está muerto» era lo mejor que se le ocurría. Así que puso un
considerable grado de animosidad en su cautelosa exclamación. La señora Verloc
se cogió a su brazo con una especie de frenesí.

—Entonces, usted ha adivinado que está muerto —murmuró como si


estuviera fuera de sí—. ¡Usted! ¡Usted adivinó que yo no tenía más remedio que
hacerlo!

Había indicios de triunfo, alivio y gratitud en el tono indefinible de aquellas


palabras. Ello atrajo toda la atención de Ossipon en detrimento de un sentido más
literal. Se preguntó qué le pasaba a ella, por qué se encontraba en aquel estado de
agitación desordenada. Incluso empezó a preguntarse si los motivos oscuros del
asunto de Greenwich Park no se debían a las desgraciadas circunstancias de la vida
conyugal del señor Verloc. Llegó incluso a sospechar que el señor Verloc había
elegido aquella extraordinaria manera de suicidarse. ¡Diantre! Eso explicaría la
gran necedad y falta de lógica del asunto. Las circunstancias no requerían ninguna
acción anarquista. Al contrario, y Verloc lo sabía tan bien como cualquier otro
revolucionario de su nivel. Qué broma tan inmensa si Verloc se hubiera burlado de
toda Europa, de todo el mundo revolucionario, de la policía, de la prensa, del
engreído Profesor. ¡Claro!, pensaba Ossipon asombrado. ¡Es casi seguro que fue
así! ¡Pobre diablo! Se le ocurrió que en aquel hogar, de los dos, el diablo no había
sido precisamente el hombre.

Alexander Ossipon, apodado el Doctor, tendía por naturaleza a pensar con


indulgencia sobre sus amigos. Miró a la señora Verloc colgada de su brazo. De sus
amigas pensaba de una forma especialmente práctica. Esa era la razón de que la
exclamación de la señora Verloc cuando supo que él conocía la muerte de su
esposo, que no requería poderes adivinatorios, no le preocupara más de lo normal.
Las mujeres hablaban a menudo como si estuviesen locas. Pero sintió curiosidad
por saber cómo se había enterado ella. Por los periódicos no había podido
enterarse de nada, aparte de los hechos en sí mismos: el hombre volado en pedazos
en Greenwich Park no había sido identificado. Era inconcebible que Verloc le
hubiera dado a ella ningún indicio de sus intenciones, cualesquiera que fueran. El
problema le interesaba muchísimo a Ossipon. Se detuvo de pronto. Ya habían
recorrido los tres lados de la plaza y se encontraban de nuevo cerca del final de
Brett Street.

—¿Cómo se enteró de lo que había pasado? —preguntó en tono que intentó


adaptar al carácter de las revelaciones que le había hecho la mujer que tenía a su
lado.

Ella tembló violentamente un momento antes de contestar en tono


indiferente.

—Por la policía. Vino un inspector. Dijo que era el inspector jefe Heat. Me
enseñó…

La señora Verloc se atragantó.

—Tom… Tuvieron que recogerle con una pala.

El pecho le temblaba convulsionado por los secos sollozos. Ossipon tardó un


momento en poder hablar.

—¡La policía! ¿Quiere decir que ya ha venido la policía? ¿Que el propio


inspector jefe Heat ha ido a hablar con usted?

—Sí —confirmó ella en el mismo tono indiferente—. Así de simple. Yo no lo


sabía. Me enseñó un trozo de tela del sobretodo, y… Así de simple. «¿Conoce
usted esto?», me dijo.

—¡Heat! ¡Heat! ¿Y qué hizo?

La señora Verloc bajó la cabeza.

—Nada. No hizo nada. Se marchó. La policía estaba del lado de ese hombre
—murmuró trágicamente—. También vino otro.

—¿Otro? ¿Quiere decir otro inspector? —preguntó Ossipon, muy excitado y


con el tono de voz de un niño asustado.

—No sé. Parecía un extranjero. Podía haber sido uno de esos tipos de la
embajada.

El camarada Ossipon casi se derrumbó ante este nuevo golpe.

—¡La embajada! ¿Sabe lo que está diciendo? ¿Qué embajada? ¿Qué diablos
quiere usted decir con embajada?

—Es ese sitio de Chesham Square, la gente que él insultaba tanto. No sé.
¡Qué importa!

—Y ese tipo ¿qué hizo o que le dijo a usted?

—No recuerdo… Nada… No me importa. No me haga preguntas —le rogó


con voz cansada.

—De acuerdo. No lo haré —accedió Ossipon tiernamente.

Y esa era también su intención, no porque se sintiera afectado por el


patetismo del ruego, sino porque se sentía perdiendo pie y cayendo en las
profundidades de un asunto tenebroso. «¡Policía! ¡Embajada!». Por miedo a
aventurar su inteligencia por caminos donde sus luces naturales pudieran guiarle
erróneamente, desechó con decisión todo tipo de suposiciones, conjeturas y teorías.
Tenía allí a la mujer, echándosele literalmente encima, y eso era lo principal. Pero
después de lo que había oído nada podía asombrarle más. Y cuando la señora
Verloc, como si saliese repentinamente de un sueño seguro, empezó a instarle
obcecadamente a huir inmediatamente al Continente, no prorrumpió en
exclamaciones en absoluto. Se limitó a decir con pesar natural que no había tren
hasta la mañana siguiente, y se quedó mirando pensativamente el rostro de ella,
bajo el velo negro, a la luz de una farola de gas velada por una gasa de niebla.

Junto a él, la oscura silueta de ella se fundía en la noche como una figura a
medio esculpir en un bloque de piedra negra. Era imposible saber lo que ella sabía,
hasta qué punto estaba enredada con policías y embajadas. Pero si lo que ella
quería era marcharse de allí, él no le pondría obstáculos. Él mismo estaba deseando
irse de allí. Tenía la sensación de que el negocio, la tienda, tan extrañamente
familiar a inspectores y miembros de embajadas extranjeras, no era el lugar
adecuado para él. Tenía que abandonar la idea. Pero quedaba el resto. Los ahorros.
¡El dinero!

—Tiene que esconderme en alguna parte hasta mañana —dijo ella


consternada.

—El caso, querida, es que no puedo llevarla a donde vivo. Comparto la


habitación con un amigo.

También él estaba consternado. Por la mañana esos benditos polis estarían


desplegados por todas las estaciones. Y si la agarraban, por una u otra razón,
seguro que él la perdería.

—Pero tiene que hacerlo. ¿Es que no le importo nada? ¿En qué está
pensando?

Ella dijo esto con violencia, pero dejó caer las manos en señal de desaliento.
Se hizo el silencio mientras caía la niebla, y la oscuridad reinó impertérrita en Brett
Place. Nadie, ni siquiera un gato vagabundo, rebelde y amoroso, se acercó al
hombre y la mujer, que estaban uno frente al otro.

—Tal vez podríamos encontrar un aposento seguro en alguna parte —dijo


Ossipon por fin—. Pero la verdad, querida, es que no tengo suficiente dinero para
intentarlo, tan solo unos cuantos peniques. Los revolucionarios no somos ricos.

Ella no se movió, no hizo ningún ruido, y el camarada Ossipon se


descorazonó un poco. Al parecer ella no tenía ninguna sugerencia que hacer. De
pronto se agarró el pecho como si sintiera un fuerte dolor.

—Yo sí —dijo jadeando—. Yo sí tengo dinero. Tengo suficiente dinero.


¡Tom, vámonos de aquí!

—¿Cuánto dinero tiene? —preguntó él sin reaccionar a su tirón, porque era


un hombre prudente.

—Ya le digo que tengo dinero. Todo el dinero.

—¿Qué quiere decir? ¿Todo el dinero que había en el banco, o qué? —


preguntó con incredulidad, pero dispuesto a no dejarse sorprender por nada que
significara buena suerte.
—¡Sí! ¡Sí! —dijo, nerviosa—. Todo lo que había. Lo tengo todo.

—¿Cómo demonios lo ha conseguido? —preguntó asombrado.

—Él me lo dio —murmuró ella, de pronto en voz baja y temblando.

El camarada Ossipon puso freno a su creciente sorpresa con mano firme.

—Entonces estamos salvados —dijo lentamente.

Ella se inclinó hacia delante y se hundió en su pecho. Él la acogió con gusto.


Ella tenía todo el dinero. Su sombrero se interponía en el camino de efusiones más
directas; también el velo. Era un hombre oportuno en sus manifestaciones, pero
nada más. Ella las recibía sin resistencia y sin abandonarse, pasivamente, como si
eso fuera casi lo lógico. Se liberó de su relajado abrazo sin dificultad.

—Usted me salvará, Tom —exclamó ella, retrocediendo, pero sujetándole


por las solapas del abrigo húmedo—. Sálveme, escóndame. No deje que me
encuentren. Antes que eso, máteme. Yo misma no podría hacerlo, no podría, ni
siquiera para evitar lo que temo.

«Es extraordinariamente estrafalaria», pensó él. Estaba empezando a


infundirle una inquietud difusa y, como estaba ocupado pensando cosas
importantes, dijo de malhumor:

—¿De qué demonios tiene usted miedo?

—¿Es que no ha adivinado lo que me he visto forzada a hacer? —exclamó la


mujer.

Distraída por la intensidad de sus terribles aprensiones, con la cabeza


hirviendo de enérgicas palabras que mantenían el horror de su posición en su
mente, se había imaginado que su incoherencia era la claridad misma. No tenía
conciencia de lo poco que había dicho audiblemente en las frases incoherentes
completadas solo en su mente. Había sentido el alivio de la confesión completa, y
había dado un significado especial a cada frase pronunciada por el camarada
Ossipon, cuando la información de este no se parecía en lo más mínimo a la de ella.

—¡Es que no ha adivinado lo que me he visto obligada a hacer! —su voz bajó
de tono—. Usted debe imaginarse qué es lo que temo —continuó en un murmullo
amargo y sombrío—. No lo permitiré. No, no, no. ¡Tiene que prometerme que
antes me matará! —y le tiró de las solapas del abrigo—. ¡No puede pasar!

Él le aseguró de manera cortante que no era necesario que él le prometiera


nada, pero puso mucho cuidado en no contradecirla claramente, porque había
tenido mucho que ver con mujeres excitadas, y era partidario en general de dejar
que la experiencia guiase su conducta sobre todo aplicando sagacidad a cada caso
especial. Su sagacidad en este caso estaba ocupada en otras direcciones. Las
palabras de una mujer se pierden, pero los defectos de los horarios permanecen. La
naturaleza insular de Gran Bretaña se le imponía de una forma odiosa. «Es como si
nos encerraran con llave por las noches», pensó con irritación, tan molesto como si
tuviera que escalar un muro con aquella mujer a la espalda. De pronto se dio una
palmada en la frente. A fuerza de estrujarse el cerebro se le había ocurrido pensar
en la línea Southampton Saint-Malo[63]. El barco salía alrededor de la medianoche.
Había un tren a las 10:30. Se sintió alegre y dispuesto a actuar.

—Desde Waterloo[64]. Tenemos tiempo suficiente. Todo se arreglará. ¿Qué


pasa ahora? Este no es el camino —protestó.

La señora Verloc se había cogido de su brazo y estaba intentando hacerle ir


hacia Brett Street de nuevo.

—Cuando salí se me olvidó cerrar la puerta de la tienda —susurró muy


agitada.

La tienda y todo lo que había dentro había dejado de interesar al camarada


Ossipon. Ahora sabía cómo limitar sus deseos. Estaba a punto de decir: «¿Qué
importa? Déjelo», pero se contuvo. No le gustaba discutir por nimiedades. Incluso
apresuró el paso pensando que tal vez ella hubiera dejado el dinero en la caja. Pero
su disposición no era tan intensa como su febril impaciencia.

Al principio, la tienda les pareció muy oscura. La puerta estaba entreabierta.


La señora Verloc, apoyándose en el escaparate, dijo jadeando:

—No ha entrado nadie. ¡Mire! La luz, la luz de la salita.

Ossipon, asomando la cabeza vio un débil resplandor en la oscuridad de la


tienda.

—Ahí está —dijo él.

—Lo había olvidado —dijo la señora Verloc. Su voz salió débilmente desde
detrás del velo. Y como él estaba esperando que ella entrase primero, ella dijo más
alto—: Vaya a apagarla, o me volveré loca.

Él no puso ninguna objeción a la propuesta, motivada de forma tan extraña.

—¿Dónde está todo el dinero? —preguntó.

—¡Lo tengo yo! Vaya, Tom. ¡Rápido! Apague la luz… ¡Entre! —exclamó,
asiéndole por ambos hombros por la espalda.

Como no estaba preparado para esa demostración de fuerza física, el


camarada Ossipon entró en la tienda dando un traspiés por efecto del empujón.
Estaba asombrado de la fuerza de la mujer y escandalizado por su proceder. Pero
no volvió sobre sus pasos para reprochárselo con severidad en la calle. Le estaba
empezando a molestar el comportamiento de aquella mujer. Pero ahora o nunca
era el momento de complacerla. El camarada Ossipon evitó fácilmente el extremo
del mostrador y se aproximó tranquilamente a la puerta acristalada de la salita.
Como la cortina que cubría el cristal estaba un poco recogida, siguiendo un
impulso natural, Ossipon miró hacia el interior, justo en el momento en que se
disponía a abrir la puerta. Miró hacia adentro sin pensar, sin intención, sin
curiosidad de ningún tipo. Miró adentro porque no podía evitar no mirar en
aquella dirección. Miró y descubrió al señor Verloc reposando tranquilamente en el
sofá.
Un grito procedente de lo más profundo de su pecho se extinguió sin llegar
a ser audible, transformado en una especie de sabor grasiento, empalagoso en sus
labios. Al mismo tiempo, la personalidad mental del camarada Ossipon dio un
salto frenético hacia atrás. Pero su cuerpo, desprovisto de guía intelectual,
permaneció junto al picaporte de la puerta con la fuerza irreflexiva del instinto. El
robusto anarquista ni siquiera se tambaleó. Se quedó mirando fijamente, con la
cara pegada al cristal y los ojos saliéndosele de las órbitas. Hubiera dado cualquier
cosa por salir de allí, pero su razón, que volvía, le informó de que no debía soltar el
picaporte. ¿Qué significaba todo aquello: una locura, una pesadilla o una trampa a
la que le habían conducido con artimañas diabólicas? ¿Por qué? ¿Para qué? No lo
sabía. Sin sentir culpabilidad, con la conciencia tranquila por lo que se refería a
aquella gente, la idea de que el matrimonio Verloc le asesinaría por misteriosas
razones no se le pasó tanto por la imaginación como por la boca del estómago, y le
abandonó, dejando tras de sí un rastro de debilidad enfermiza, una indisposición.
El camarada Ossipon se sintió inquieto de una forma extraña durante un
momento, un momento largo. Seguía con la mirada fija. El señor Verloc yacía muy
quieto, simulando estar dormido por razones que solo él sabía, mientras que
aquella salvaje mujer suya estaba vigilando la puerta, invisible y silenciosa en la
calle oscura y desierta. ¿Era todo aquello producto de alguna maquinación
horripilante de la policía, que habían preparado especialmente para él? En su
modestia, descartó esa explicación.

Pero Ossipon comprendió el verdadero significado de la escena que estaba


contemplando al ver el sombrero. Parecía una cosa fuera de lo normal, un objeto de
mal agüero, una señal. Negro, y boca arriba, yacía en el suelo delante del sofá,
como si estuviera preparado para recibir los peniques de la gente que vendría a
contemplar al señor Verloc en el seno de su paz doméstica, reposando en el sofá.
Del sombrero, los ojos del robusto anarquista se desplazaron a la mesa fuera de su
sitio, miraron durante un momento el plato roto y recibieron una especie de
sorpresa óptica al observar un fulgor banco bajo los párpados mal cerrados del
hombre del sofá. El señor Verloc no parecía ahora dormido, sino más bien
yaciendo con la cabeza ladeada como si mirase insistentemente el lado izquierdo
de su pecho. Y cuando el camarada Ossipon reconoció el mango del cuchillo, se
alejó de la puerta acristalada sufriendo violentas arcadas.

El estrépito que hizo la puerta de la calle al cerrarse con fuerza le hizo


estremecerse de pánico. Aquella casa, con su inofensivo habitante, podía aún
convertirse en una trampa… en una trampa terrible. El camarada Ossipon ya no
sabía lo que le estaba sucediendo. Dándose un golpe en el muslo con el extremo
del mostrador, giró sobre sus talones, se tambaleó gritando de dolor, y sintió con el
repiqueteo de la campanilla que alguien le pegaba los brazos al costado en un
abrazo convulsivo, mientras los fríos labios de una mujer se acercaban
sigilosamente a su oído para formar las palabras:

—¡Un policía! ¡Me ha visto!

Dejó de luchar. Ella no le soltaba. Sus manos se habían cerrado formando un


nudo de dedos sobre su robusta espalda. Al tiempo que los pasos se aproximaban,
ellos respiraban con rapidez, pecho con pecho, dando bocanadas de aire fuertes y
dificultosas, como si estuvieran en actitud de lucha a muerte, mientras que, en
realidad, era la actitud de miedo mortal, y el tiempo transcurría despacio.
El agente que hacía la ronda había visto a la señora Verloc, pero como venía
de la calle iluminada al otro extremo de Brett Street, no había vislumbrado más
que un revoloteo en la oscuridad y ni siquiera estaba seguro de haber visto ese
revoloteo. No tenía motivo para apresurarse. Al llegar a la altura de la tienda
observó que habían cerrado temprano. Había algo muy poco habitual en ello. Los
agentes de guardia tenían instrucciones especiales sobre aquella tienda: no debían
inmiscuirse en lo que allí pasara, salvo que fuera algo absolutamente escandaloso;
no obstante debían informar de cualquier cosa que observaran. No había nada de
qué informar, pero debido a su sentido del deber y para tener la conciencia
tranquila, debido también a aquel revoloteo en la oscuridad, el agente cruzó la
calle y trató de abrir la puerta. La cerradura de seguridad, cuya llave reposaba para
siempre en el bolsillo del chaleco del difunto señor Verloc, estaba tan bien cerrada
como era habitual. Mientras el concienzudo agente movía el picaporte, Ossipon
sintió los labios fríos de la mujer moviéndose de nuevo y aproximándose con sigilo
a su oído:

—Si entra, máteme… Máteme, Tom.

El policía se alejó, y, según se iba, enfocó hacia el escaparate la luz de la


linterna por la fuerza de la costumbre. Durante un momento más, el hombre y la
mujer que estaban en el interior permanecieron inmóviles, jadeando, uno junto al
otro; después, ella desenredó los dedos y dejó caer los brazos lentamente. Ossipon
se apoyó en el mostrador. El robusto anarquista necesitaba urgentemente apoyarse
en algún sitio. Aquello era terrible. Le causaba tal repugnancia que casi no podía
hablar. Pero logró manifestar un pensamiento quejumbroso, mostrando por fin que
se daba cuenta de su posición.

—Dos minutos más tarde y me hubiera usted hecho tropezar con el tipo ese
que fisgaba con la maldita linterna.

La viuda del señor Verloc, inmóvil en medio de la tienda, dijo insistiendo:

—Apague esa luz, Tom. Me va a volver loca.

Ella vio vagamente su gesto vehemente de rechazo. Nada en el mundo


hubiera podido hacer que Ossipon entrase en la salita. No era supersticioso, pero
había demasiada sangre en el suelo; un charco horrible alrededor del sombrero.
Pensaba que ya había estado demasiado cerca del cadáver para la tranquilidad de
su conciencia ¡y tal vez para la seguridad de su piel!
—¡Entonces, el contador! Allí. Mire. En aquel rincón.

La silueta robusta del camarada Ossipon atravesó la tienda a grandes pasos


bruscos, y obedientemente se puso de cuclillas en el rincón; pero era una
obediencia sin voluntad. Tanteó nervioso, y de pronto, acompañada por un
juramento a media voz, la luz de detrás de la puerta acristalada se estremeció
extinguiéndose como el suspiro jadeante e histérico de una mujer. La noche, la
recompensa inevitable de la labor leal de los hombres en la tierra, la noche había
caído sobre el señor Verloc, el revolucionario, «uno de los antiguos», el humilde
guardián de la sociedad, el inestimable agente secreto Δ de los despachos del barón
Stott-Wartenheim, un servidor de la ley y el orden, leal, estimado, preciso,
admirable, tal vez con una única cordial debilidad, la creencia idealista de ser
querido por sí mismo.

Ossipon volvió a tientas al mostrador, a través de la atmósfera mal ventilada


que ahora era negra como el carbón. La voz de la señora Verloc, que permanecía en
medio de la tienda, vibró buscándole en aquella negrura como una protesta
desesperada.

—No me colgarán, Tom. No lo…

Se interrumpió. Ossipon le advirtió desde el mostrador:

—No grite.

A continuación pareció reflexionar profundamente.

—¿Lo ha hecho usted sola? —preguntó con voz hueca, pero con la
apariencia de total tranquilidad, que llenó de gratitud el corazón de la señora
Verloc por la confianza que le inspiraba su fuerza protectora.

—Sí —susurró, invisible.

—No lo hubiese creído posible —murmuró él—. Nadie lo hubiese creído.

Ella oyó que él se movía, y luego el cerrarse de la cerradura de la puerta de


la salita. El camarada Ossipon había cerrado con llave el reposo del señor Verloc.
No lo había hecho por respeto al carácter eterno de dicho reposo o por ninguna
otra consideración oscuramente sentimental, sino por el motivo concreto de que no
estaba en absoluto seguro de que no hubiese alguien escondido en la casa. No creía
lo que le había contado aquella mujer, o más bien era incapaz momentáneamente
de juzgar lo que podía ser verdad, posible o incluso probable en este asombroso
universo. El terror que sentía le había quitado toda capacidad de creer o no creer
con respecto a aquel extraordinario asunto, que había empezado con inspectores
de policía y embajadas y terminaría Dios sabría cómo, en la horca para alguien. Le
aterrorizaba pensar que no podría probar qué había hecho desde las siete, porque
había estado merodeando alrededor de Brett Street. Le aterrorizaba aquella mujer
tan salvaje que le había llevado hasta allí y que, si no tenía cuidado, seguramente le
acusaría, como mínimo, de complicidad. Le aterrorizaba la rapidez con que se
había involucrado en aquel peligro, cómo le habían atraído a él. Hacía unos veinte
minutos que se la había encontrado, no más.

La voz de la señora Verloc se elevó tenue, suplicando lastimeramente:

—¡No deje que me ahorquen, Tom! Sáqueme del país. Trabajaré para usted.
Seré su esclava. Le amaré. No tengo a nadie en el mundo… ¡Quién va a mirarme si
no es usted!

Se interrumpió un momento, y después, en la profundidad de la soledad


que se había formado a su alrededor por un insignificante hilo de sangre goteando
del mango de un cuchillo, encontró una terrible fuente de inspiración; ella, que
había sido una muchacha honrada en la mansión de Belgravia, la fiel y respetable
mujer del señor Verloc.

—No le voy a pedir que se case conmigo —dijo avergonzada.

Avanzó un paso en la oscuridad. Él se sentía aterrorizado por ella. No se


habría sorprendido si ella hubiera blandido otro cuchillo con la intención de
clavárselo en el pecho. No se habría resistido. En realidad, no tenía ni siquiera
fuerza suficiente para decirle a ella que retrocediera. Pero preguntó en un tono
extraño y cavernoso:

—¿Estaba durmiendo?

—No —exclamó ella, y prosiguió en seguida—: No dormía. Me había estado


diciendo que nada podía afectarle. Después de llevarse al chico delante de mis
propios ojos, para matarle, ese chico cariñoso, inocente e inofensivo. Era como mi
propio hijo. Estaba tendido tranquilamente en el sofá, después de haber matado al
chico, a mi muchacho… Me habría ido a la calle con tal de perderle de vista. Y
entonces me dijo: «Ven aquí», después de decirme que yo le había ayudado a
matar al chico. ¿Se da cuenta, Tom? Me dice «Ven aquí» después de arrancarme el
corazón al mismo tiempo que al chico, para arrojarlo a la basura.

Se interrumpió, y entonces, como en sueños, repitió dos veces:

—Sangre y basura. Sangre y basura.

La luz se hizo para el camarada Ossipon. Quien había perecido en el parque


era aquel muchacho medio tonto. Y el engaño a todo el mundo le pareció más
completo que nunca; era colosal. Exclamó científicamente, en el colmo de su
asombro:

—El degenerado. ¡Por Dios!

—«Ven aquí» —la voz de la señora Verloc se elevó de nuevo—. ¿De qué se
había creído que estoy hecha? Dígame, Tom. ¡Ven aquí! ¡A mí! ¡Así, como suena!
Yo había estado mirando el cuchillo y pensé que iría a él si eso es lo que él de
verdad quería. ¡Sí! Fui… por última vez. Con el cuchillo.

Él estaba demasiado aterrorizado por ella, la hermana del degenerado, ella


misma degenerada del tipo asesino, o si no, del tipo embustero. Se podría decir
que el camarada Ossipon estaba aterrorizado científicamente, además de por los
otros miedos. Era un miedo desmedido y complejo, que por su propio exceso le
daba en la oscuridad la falsa apariencia de calma y deliberación reflexiva. Porque
se movía y hablaba con dificultad, como si su voluntad y su mente estuvieran
medio congeladas, y nadie veía su palidez. Se sentía medio muerto.

De pronto dio un salto en el aire. La señora Verloc había profanado de


repente la continuada y reservada decencia de su hogar con un grito estridente y
terrible.

—¡Ayúdeme, Tom! ¡Sálveme! ¡No quiero que me ahorquen!

Él se abalanzó hacia ella poniéndole la mano sobre la boca para silenciarla, y


el grito desapareció. Pero con la prisa la había hecho caer. La sintió agarrándose a
sus piernas, y su terror alcanzó su punto álgido y se convirtió en una especie de
intoxicación, le hizo ver alucinaciones, adquirió el carácter del delirium tremens.
Literalmente veía serpientes. Vio a la mujer enroscada en él como una serpiente de
la que le sería imposible desembarazarse. No era mortal. Era la mismísima muerte,
la compañera de la vida.

La señora Verloc, como si se sintiera aliviada por aquel estallido, se


encontraba muy lejos de seguir haciendo ruido. Se encontraba en un estado
lamentable.

—Tom, no puede abandonarme ahora —murmuró desde el suelo—. No le


dejaré, a no ser que me aplaste la cabeza con los pies. No le abandonaré.

—Levántese —dijo Ossipon.

El rostro de él estaba tan pálido que podía verse en la profunda negrura de


la tienda; mientras que la señora Verloc, con el velo puesto, no tenía rostro, casi no
tenía formas reconocibles. El temblor de algo pequeño y blanco, una flor en el
sombrero, señalaba el lugar donde se encontraba y sus movimientos.

Se levantó inmerso en la oscuridad. Ella se había levantado del suelo, y


Ossipon lamentó no haber salido corriendo en seguida a la calle. Pero se dio cuenta
de que no sería viable. Ella echaría a correr detrás de él, le perseguiría gritando
hasta que los siguieran todos los policías que la hubiesen oído. Y entonces Dios
sabía lo que diría de él. Tenía tanto miedo que por un momento le pasó por la
imaginación la idea insensata de estrangularla en la oscuridad. ¡Y entonces se
aterrorizó aún más! Ella le tenía cogido. Se vio a sí mismo viviendo inmerso en un
sórdido terror en alguna oscura aldea de España o Italia, hasta que una bonita
mañana le encontraran muerto también a él, con un cuchillo en el pecho, como el
señor Verloc. Respiró profundamente, sin osar moverse. Mientras, la señora Verloc
esperaba en silencio la voluntad de su salvador, encontrando consuelo en su
silencio reflexivo.

De pronto, él habló en un tono de voz casi natural. Sus reflexiones habían


llegado a su fin.

—Tenemos que irnos o perderemos el tren.

—¿Adónde vamos, Tom? —preguntó ella tímidamente.

La señora Verloc ya no era una mujer libre.

—Primero iremos a París como podamos… Salga usted primero a ver si está
libre el camino.

Ella obedeció. Su voz llegó tenue a través de la puerta de la calle que había
abierto con precaución.
—No hay nadie.

Ossipon salió. A pesar de los esfuerzos que hacía por tener cuidado, la
campanilla medio rota de la puerta hizo un ruido estruendoso cuando se cerró la
puerta en la tienda vacía, como si intentara en vano advertir al tranquilo señor
Verloc de la huida de su mujer acompañada de su amigo.

En el coche de caballos que consiguieron coger, el robusto anarquista se


puso a dar explicaciones. Todavía estaba muy pálido, los ojos parecían habérsele
hundido media pulgada completa en el interior del tenso rostro. Pero parecía haber
pensado en todo de una forma extraordinariamente metódica.

—Cuando lleguemos —dijo en tono extraño y monótono—, tiene que entrar


en la estación delante de mí, como si no nos conociéramos. Yo compraré los
billetes, y le daré el suyo en la mano cuando pase a su lado. Usted irá a la sala de
espera de señoras de primera clase, y esperará allí hasta que falten diez minutos
para que salga el tren. Entonces saldrá. Yo estaré fuera. Usted saldrá primero al
andén, como si no me conociera. Allí puede haber gente bien informada vigilando.
Sola, usted es solo una mujer que se va en tren. A mí me conocen. Conmigo,
podrían adivinar que usted es la señora Verloc intentando huir. ¿Comprende,
querida? —añadió con esfuerzo.

—Sí —dijo ella, allí sentada, apoyada en él en el coche de caballos,


completamente rígida por el terror a la horca y el miedo a la muerte—. Sí, Tom.

Y añadió para sí, como si fuera un terrible estribillo: «La caída fue de catorce
pies».

Ossipon, sin mirarla y con una cara que parecía un busto de yeso de él
mismo modelado tras una grave enfermedad, dijo:

—A propósito, necesito dinero para comprar los billetes.

La señora Verloc, desenganchando varios corchetes de su corpiño, mientras


miraba hacia adelante más allá del guardabarros, le tendió la cartera nueva de piel
de cerdo. Él la recibió sin decir una palabra, y pareció hundirla en algún lugar de
su pecho. Después se palpó el abrigo por la parte exterior.

Todo esto sucedió sin cambiar una sola mirada; eran como dos personas
vigilando la aparición del objetivo deseado. Hasta que el coche no dobló una
esquina y se dirigió hacia el puente, Ossipon no volvió a abrir la boca.
—¿Sabe cuánto dinero hay ahí? —preguntó, como si se dirigiera lentamente
a algún duende que estuviese sentado entre las orejas del caballo.

—No —dijo la señora Verloc—. Cuando me lo dio, no lo conté. En aquel


momento no pensé en ello. Después…

Movió un poco la mano derecha. Era tan expresivo aquel pequeño


movimiento de la mano derecha que hacía menos de una hora había asestado un
golpe mortal en el corazón de un hombre, que Ossipon no pudo reprimir un
escalofrío. Lo exageró a propósito, y murmuró:

—Tengo frío. Estoy helado.

La señora Verloc miró hacia adelante, hacia la perspectiva de su huida. De


cuando en cuando, como una banderola que hubiese volado y que el viento
hubiese hecho caer en medio de la carretera, las palabras «la caída fue de catorce
pies» irrumpían en su mirada fija y tensa. A través del velo negro, el blanco de sus
ojos relucía como los ojos de una mujer enmascarada.

La rigidez de Ossipon reflejaba una especie de comportamiento inquieto,


una extraña expresión de formalidad. Volvió a hablar de pronto, como si hubiese
abierto un pestillo para poder dejar salir las palabras.

—¡Mire! ¿Sabe si su…, si él tenía la cuenta en el banco a su nombre o a otro


nombre?

La señora Verloc volvió hacia él el rostro enmascarado y el gran destello


blanco de sus ojos.

—¿A otro nombre? —dijo, pensativa.

—Sea precisa en lo que vaya a decir —dijo Ossipon mientras el coche seguía
avanzando rápidamente—. Es muy importante. Se lo voy a explicar. El banco tiene
los números de los billetes. Si se los pagaron a su propio nombre, entonces, cuando
se conozca su… su muerte, los billetes podrían servir para seguirnos la pista, ya
que no tenemos más dinero. ¿Lleva usted más dinero?

Ella negó con la cabeza.

—¿Nada más? —insistió él.


—Unas cuantas monedas.

—En ese caso sería peligroso. Habría que tener cuidado al utilizar el dinero.
Mucho cuidado. Tal vez tendríamos que perder más de la mitad para que nos
cambiasen los billetes en un lugar seguro que conozco en París. En otro caso…,
quiero decir, si tenía una cuenta y le pagaron el dinero con otro nombre, por
ejemplo, Smith, el dinero se puede usar sin peligro. ¿Comprende? El banco no
puede saber si el señor Verloc y, por ejemplo, el señor Smith son la misma persona.
¿Comprende la importancia de que no se equivoque cuando me conteste? ¿Puede
usted contestar la pregunta? Tal vez, no, ¿eh?

Ella dijo sosegadamente:

—¡Ya me acuerdo! Él no había dado su verdadero nombre. Me dijo una vez


que el depósito estaba a nombre de Prozor.

—¿Está segura?

—Completamente.

—¿No cree que el banco puede saber su verdadero nombre? O alguien del
banco, o…

Ella se encogió de hombros.

—¿Cómo puedo saberlo? ¿Es que eso es probable, Tom?

—No. Supongo que no es probable. Me hubiera tranquilizado saber… Ya


hemos llegado. Salga primero, y entre directamente en la estación. No vacile.

Él se quedó donde estaba y pagó al cochero con su propio dinero suelto. El


plan que se había trazado tan minuciosamente seguía su curso. Cuando la señora
Verloc, con el billete para Saint-Malo en la mano, entró en la sala de espera para
señoras, el camarada Ossipon fue al bar y en siete minutos se bebió tres copas de
coñac caliente con agua.

—Estoy intentando librarme de un catarro —explicó a la camarera con un


gesto amable y la mueca de una sonrisa.

Después salió, llevándose con él de ese festivo interludio el rostro de un


hombre que ha bebido en la mismísima fuente de las penas. Levantó los ojos para
mirar al reloj. Había llegado la hora. Esperó.

La señora Verloc llegó puntualmente, con el velo echado y completamente


vestida de negro, de un negro tan corriente como la propia muerte, coronada con
unas cuantas flores pálidas y baratas. Pasó junto a un pequeño grupo de hombres
que estaban riéndose, pero cuya risa podía haber desaparecido de pronto por
efecto de una sola palabra. Su forma de andar era indolente, pero llevaba la
espalda erguida, y el camarada Ossipon la contempló aterrorizado antes de
ponerse él mismo en movimiento.

El tren estaba en el andén, y apenas había gente alrededor de la fila de


puertas abiertas. Debido a la época del año y al mal tiempo, solo había unos
cuantos pasajeros. La señora Verloc caminó lentamente a lo largo de la línea de
compartimientos vacíos, hasta que Ossipon la tocó en el brazo desde detrás.

—Aquí.

Ella entró, y él se quedó en el andén, mirando a su alrededor. Ella se inclinó


y dijo susurrando:

—¿Qué pasa, Tom? ¿Hay algún peligro?

—Espere un momento. Hay un policía.

Ella le vio abordar a un hombre en uniforme. Hablaron un momento. Ella


oyó al jefe de tren decir: «Muy bien», y le vio llevarse la mano a la gorra.

Entonces Ossipon volvió y dijo:

—Le he dicho que no deje que nadie entre en nuestro compartimiento.

Ella estaba inclinada hacia adelante en su asiento.

—Piensa usted en todo… ¿Me sacará de aquí, Tom? —preguntó en una


ráfaga de angustia, levantando el velo bruscamente para mirar a su salvador.

Había descubierto un rostro que parecía inflexible. Y en la cara, los ojos


miraban, grandes, secos, más grandes de lo normal, sin luz, quemados como dos
negros agujeros en los brillantes globos blancos.

—No hay peligro —dijo él, mirando a sus ojos con una seriedad que casi era
embeleso, y que a la señora Verloc, que huía de la horca, le pareció llena de fuerza
y ternura.

Esta devoción la movía profundamente, y el rostro inflexible perdió la


austera rigidez de su terror. El camarada Ossipon la miraba como ningún amante
había mirado antes la cara de su amada. Alexander Ossipon, anarquista, alias el
Doctor, autor de un panfleto médico (e indecente), antiguo conferenciante de los
aspectos sociales de la higiene en las asociaciones de trabajadores, estaba libre de
las ataduras de la moral convencional, pero se sometía a las normas científicas. Era
un científico, y estaba mirando científicamente a aquella mujer, la hermana de un
degenerado, y ella misma degenerada, de tipo asesino. La miraba, e invocaba a
Lombroso, como un campesino italiano se encomienda a su santo favorito. Estaba
observando científicamente. Observaba las mejillas, la nariz, los ojos, los oídos…
¡Mal! ¡Fatal! Los lívidos labios de la señora Verloc, abriéndose, ligeramente
relajados, bajo su mirada apasionadamente atenta; también contemplaba los
dientes… No cabía la menor duda: era de tipo asesino… Si el camarada Ossipon no
encomendó su aterrorizado espíritu a Lombroso fue solo porque sobre una base
científica no podía creer que llevara con él un alma. Pero espíritu científico sí tenía,
y eso le llevaba a decir frases nerviosas y estúpidas en el andén de una estación de
tren.

—Su hermano era un muchacho extraordinario. Un objeto de estudio del


mayor interés. Un tipo perfecto. ¡Perfecto!

Hablaba científicamente en su secreto miedo. Y la señora Verloc, al oír esas


palabras de elogio a su amado difunto hermano, se inclinó hacia adelante con un
destello de luz en sus sombríos ojos, como un rayo de sol que anuncia una
tempestad de lluvia.

—Sí lo era —susurró, suavemente, con temblorosos labios—. Usted le


observaba a menudo, Tom. Yo le amaba a usted por ello.

—Es casi increíble la semejanza que había entre él y usted —prosiguió


Ossipon manifestando así su pertinaz terror, e intentando ocultar su impaciencia,
nerviosa y escalofriante, porque el tren se pusiera en marcha—. Sí, él se parecía a
usted.

Aquellas palabras no eran especialmente conmovedoras ni comprensivas,


pero el hecho de que insistiera en su parecido era suficiente para influir
profundamente en las emociones de ella. Dando un débil grito y alzando los
brazos, la señora Verloc estalló por fin en sollozos.

Ossipon entró en el vagón, cerró rápidamente la puerta y miró hacia afuera


para ver qué hora marcaba el reloj de la estación. Todavía ocho minutos.

Durante los tres primeros, la señora Verloc lloró violenta y


desconsoladamente, sin pausa ni interrupción. Luego se recobró un poco y lloró
suavemente dejando caer abundantes lágrimas. Intentó hablar con su salvador, el
hombre que era el mensajero de vida.

—¡Tom! ¡Cómo pude tener miedo a la muerte después de que me lo quitaran


tan cruelmente! ¡Cómo pude! ¡Cómo he podido ser tan cobarde!

Se lamentó de su amor por la vida, de su vida sin pena ni gloria, y casi sin
decencia, pero con una fidelidad exaltada, incluso para un asesino. Y, como pasa a
menudo con los lamentos de la pobre humanidad, rica en sufrimientos pero
indigente en palabras, la verdad, la auténtica verdad, se manifestaba de una forma
gastada y artificial oída en algún sitio, entre frases de falso sentimiento.

—¡Cómo he podido tener tanto miedo a la muerte! Tom, lo intenté, pero


tenía miedo. Intenté matarme, pero no pude. ¿Soy insensible? Supongo que mi
copa de horrores no estaba suficientemente llena. Entonces apareció usted…

Se interrumpió. Después, en una ráfaga de confianza y gratitud, dijo


sollozando:

—¡Viviré siempre para usted, Tom!

—Vaya al otro lado del vagón, lejos del andén —dijo Ossipon, atento.

Ella dejó que su salvador la instalara confortablemente, y él vio cómo se


aproximaba otra crisis de sollozos, aún más violenta que la primera. Observó los
síntomas con una especie de actitud médica, como si estuviese contando los
segundos. Por fin oyó el pitido del jefe de estación. Una contracción involuntaria
del labio superior dejó los dientes al descubierto, dándole el aspecto de estar
dispuesto a tomar una decisión desesperada, cuando sintió que el tren empezaba a
moverse. La señora Verloc no oyó ni sintió nada, y Ossipon, su salvador, no se
movió. Sentía que el tren tomaba velocidad, retumbando pesadamente entre el
sonido de los sonoros sollozos de la mujer, y entonces, cruzando el vagón en dos
grandes zancadas, abrió con calma la puerta y saltó al exterior.
Había saltado al final del andén, y era tal su determinación de seguir su plan
desesperado, que por una especie de milagro consiguió cerrar de golpe la puerta
del vagón. Después se encontró rodando por el suelo como un conejo al que le ha
acertado un cazador. Cuando se levantó estaba lleno de cardenales, temblando,
pálido como un muerto y sin respiración. Pero se sentía tranquilo y totalmente
capaz de afrontar la muchedumbre de empleados ferroviarios excitados que se
habían reunido en un momento a su alrededor. Les explicó con maneras suaves y
convincentes que su esposa se había ido de repente a Bretaña, a ver a su madre que
se estaba muriendo; que, por supuesto, estaba muy alterada, y que él estaba muy
preocupado por ella; que estaba tratando de animarla y que al principio no se dio
cuenta de que el tren se estaba moviendo. A la pregunta general de: «¿Por qué no
ha ido usted hasta Southampton?», él aludió a la inexperiencia de una joven
cuñada sola en casa con tres niños pequeños, y su preocupación por la ausencia de
él, ya que las oficinas de telégrafos estaban cerradas. Había actuado
impulsivamente.

—Pero no lo volveré a hacer —dijo.

Sonrió a su alrededor, distribuyó unas propinas y salió de la estación


cojeando.

Fuera, el camarada Ossipon, provisto de billetes seguros como nunca antes


en su vida, rechazó la oferta de un coche.

—Puedo ir andando —dijo, dirigiendo una breve y amistosa sonrisa al cortés


cochero.

Podía ir andando, y anduvo. Cruzó el puente; más adelante las torres de


Abbey, en su maciza inmovilidad, vieron pasar la mata de pelo rubio bajo las
farolas. Las luces de Victoria también le vieron pasar, y Sloane Square, y la verja
del parque[65]. Le llamó la atención el río, una siniestra maravilla de sombras
inmóviles y destellos que fluyen y que más adelante se mezclan en un silencio
negro. Permaneció mucho tiempo mirando por encima de la barandilla. El reloj de
la torre le lanzó una ráfaga descarada por encima de la cabeza. Él miró hacia
arriba, a la esfera del reloj… Las doce y media y una noche tormentosa en el Canal.

Y de nuevo el camarada Ossipon se puso a caminar. Su cuerpo robusto fue


visto aquella noche en partes distantes de la enorme ciudad que dormía
profundamente sobre una alfombra de barro bajo un velo de niebla. Se le vio
cruzando calles sin vida ni sonido, o perdiéndose en perspectivas interminables,
rectas, de casas sombrías que bordeaban carreteras vacías, alineadas junto a filas de
farolas de gas. Atravesó plazas, rotondas, parques municipales, calles monótonas
con nombres desconocidos donde el polvo de la humanidad se asienta, inerte y sin
esperanza, al margen de la corriente de la vida. Siguió caminando. Y de pronto, al
adentrarse en un angosto camino junto al jardín de una fachada con una raída
parcela de césped, entró en una casa mugrienta abriendo la puerta con una llave
que sacó del bolsillo.

Se dejó caer sobre la cama totalmente vestido, y yació inmóvil durante todo
un cuarto de hora. Después se sentó de repente, encogiendo las rodillas y
abrazándose las piernas. El amanecer le encontró con los ojos abiertos y en la
misma postura. Aquel hombre que había caminado tanto, tan lejos y sin rumbo, sin
mostrar señales de fatiga, también podía permanecer sentado horas seguidas sin
mover un miembro ni parpadear. Pero, cuando el sol tardío se adentró con sus
rayos en la habitación, soltó las manos y dejó caer la cabeza en la almohada.
Miraba fijamente al techo. Y de pronto cerró los ojos. El camarada Ossipon dormía
al sol.
Capítulo XIII

La enorme cadena de hierro que cerraba las puertas del armario de la pared
era el único objeto de la habitación en que podían posarse los ojos sin sufrir el
efecto de la fealdad miserable de las formas y la pobreza del material. Invendible
de la manera habitual debido a sus grandes proporciones, un anticuario del este de
Londres se lo había cedido al Profesor a cambio de unos cuantos peniques. La
habitación era grande, limpia y pobre, con esa pobreza que sugiere el
aniquilamiento de todas las necesidades humanas que no sean la necesidad básica
de pan. Las paredes estaban desnudas, aparte del papel que las cubría; eran una
extensión de color cardenillo, sucio de manchas indelebles que parecían mapas
desvaídos de continentes deshabitados.

Junto a un mostrador que había cerca de la ventana estaba sentado el


camarada Ossipon sujetándose la cabeza con los puños. El Profesor, vestido con su
único traje de pésima tela, iba de un lado a otro sobre las tablas desnudas calzando
zapatillas increíblemente rotas y con las manos hundidas en los bolsillos
deformados de la chaqueta. Estaba describiendo a su robusto visitante la visita que
había hecho hacía poco al apóstol Michaelis. El Perfecto Anarquista se mostraba
incluso un poco afable.

—El tipo no se había enterado de la muerte de Verloc. ¡Por supuesto! No lee


nunca la prensa. Le pone demasiado triste. Tampoco es que importe mucho. Fui a
su casa de campo. No hay un alma en los alrededores. Tuve que gritar muchas
veces para que contestase. Pensé que estaría todavía durmiendo en la cama. Pero
de eso nada. Llevaba ya cuatro horas trabajando en el libro. Estaba sentado en esa
minúscula jaula en medio de un montón de manuscritos. En una mesa que había
cerca había media zanahoria cruda. El desayuno. Está siguiendo una dieta de
zanahorias crudas y un poco de leche.

—¿Qué aspecto tiene por la dieta? —preguntó el camarada Ossipon con


desgana.

—Angelical… Cogí del suelo un puñado de páginas. La pobreza de su


razonamiento es asombrosa. No tiene lógica. No piensa consecutivamente. Pero
eso no es nada. Ha dividido su biografía en tres partes, tituladas «Fe, Esperanza y
Caridad». Ahora está trabajando en la idea de un mundo planificado como un
hospital inmenso y agradable, con jardines y flores, en el que los fuertes se dedican
a alimentar a los débiles.
El Profesor hizo una pausa.

—¿Te puedes hacer una idea de la estupidez, Ossipon? ¡Los débiles! ¡La
fuente de todo mal en esta tierra! —continuó con su lúgubre seguridad—. Le dije
que el mundo con el que yo sueño es el mundo del desorden, donde los débiles
serían totalmente exterminados. ¿Comprendes, Ossipon? ¡La fuente de todos los
males! Ellos son nuestros siniestros amos; los débiles, los fofos, los estúpidos, los
cobardes, los pusilánimes y los esclavos de espíritu. Tienen poder. Son una
multitud. Suyo es el reino de la tierra. ¡Exterminarlos, exterminarlos! Esa es la
única vía del progreso. ¡Esa es! Sígueme, Ossipon. Primero debe desaparecer la
gran multitud de los débiles, luego los que son solo relativamente fuertes. ¿Te das
cuenta? Primero, los ciegos, luego, los sordos y los mudos, y después, los enfermos
y los inválidos, etcétera. Es necesario poner fin a todas las contaminaciones, todos
los vicios, todos los prejuicios y todas las convenciones.

—¿Quedará alguien? —preguntó Ossipon con voz ahogada.

—Quedo yo, si es que soy lo bastante fuerte —afirmó el cetrino y pequeño


Profesor, cuyas orejas grandes, delgadas como membranas alejadas de los lados de
su frágil cráneo, adquirieron de pronto un matiz rojo intenso—. ¿No he sufrido yo
acaso la opresión de los débiles? —continuó con convicción. Luego se dio unas
palmadas en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo—: Y pese a eso, yo soy la
fuerza —continuó—. ¡Pero el tiempo! ¡El tiempo! ¡Dadme tiempo! ¡Ah! Esa
multitud, demasiado estúpida para sentir piedad ni miedo. A veces pienso que
tienen todo a su favor. Todo, incluso la muerte, mi propia arma.

—Ven a tomar un par de cervezas a Silenus —dijo el robusto Ossipon tras


un intervalo de silencio interrumpido por el sonido rápido de las zapatillas del
Perfecto Anarquista.

Este aceptó la propuesta. Aquel día estaba contento a su manera. Dio a


Ossipon una palmada en el hombro.

—¡Cerveza! ¡Sea! Vamos a beber y a alegrarnos, porque somos fuertes, y


mañana moriremos.

Mientras se ponía las botas, siguió hablando a su manera breve y


convencida.

—¿Qué te pasa, Ossipon? Pareces abatido incluso en mi compañía. He oído


que te han visto ir constantemente a sitios donde los hombres no dicen más que
estupideces mientras beben. ¿Por qué? ¿Has abandonado tu colección de mujeres?
Los débiles alimentan al fuerte, ¿eh?

Dio una patada en el suelo, y cogió la otra bota con cordón, pesada, de suela
gruesa, sin brillo, muchas veces remendada. Se sonrió a sí mismo forzadamente.

—Dime, Ossipon, hombre terrible, ¿se ha matado alguna de tus víctimas por
ti, o tus triunfos son todavía incompletos, porque solo la sangre posee el sello de la
grandeza? Sangre. Muerte. Contempla la historia.

—Vete al infierno —dijo Ossipon sin volver la cabeza.

—¿Por qué? Deja que sea esa la esperanza de los débiles, cuya teología ha
inventado el infierno para los fuertes. Ossipon, siento por ti un desprecio amistoso.
Tú no podrías matar una mosca.

Pero cuando se dirigían a la fiesta en el piso superior del autobús, el Profesor


se desanimó. La contemplación de la multitud que abarrotaba las aceras extinguió
su seguridad bajo un enorme peso de dudas e inquietud, del que solo podría
desembarazarse tras un período de reclusión en la habitación del gigantesco
armario sellado por la enorme cadena.

—Así que… —dijo por encima del hombro el camarada Ossipon, que estaba
sentado detrás de él—. Así que Michaelis sueña con un mundo que parece un
hospital alegre y bonito.

—Exactamente. Un inmenso hospital para curar a los débiles —asintió el


Profesor sardónicamente.

—Es estúpido. La debilidad no se puede curar. Pero después de todo,


Michaelis puede que no se equivoque del todo. En doscientos años los médicos
gobernarán el mundo. La ciencia reina ya. Puede que reine en la sombra, pero
reina. Y todas las ciencias deben culminar en la ciencia de curar, no a los débiles,
sino a los fuertes. La humanidad quiere vivir, vivir.

—La humanidad —exclamó el Profesor con un destello de autoconfianza en


sus gafas de armadura metálica— no sabe lo que quiere.

—Pero tú sí —gruñó Ossipon—. Hace un momento estabas pidiendo


tiempo. Los médicos te darán el tiempo que necesites si eres bueno. Tú mismo te
consideras uno de los fuertes, porque llevas en el bolsillo suficiente material como
para mandarte a ti mismo y a veinte más a la eternidad. Pero la eternidad es un
maldito agujero. Lo que necesitas es tiempo. Si encontraras a un hombre que
pudiera garantizarte diez años más de vida, le llamarías tu amo.

—Mi divisa es: «¡Ni dios ni amo!» —dijo el Profesor en tono lapidario, al
tiempo que se levantaba para bajar del autobús.

Ossipon le siguió.

—Espera a que te veas boca arriba cuando se te acabe el tiempo —replicó


Ossipon, saltando de la plataforma detrás del otro—. Tu vil, sarnoso y raído
tiempo —continuó diciendo según cruzaba la calle y saltaba a la acera.

—Ossipon, creo que eres un farsante —dijo el Profesor, abriendo


magistralmente las puertas del renombrado Silenus.

Y cuando se habían acomodado junto a una mesita, siguió desarrollando su


gracioso pensamiento.

—Ni siquiera eres médico. Pero eres gracioso. Tu idea de la humanidad


sacando universalmente la lengua y tomando píldoras de un Polo a otro instada a
ello por unos cuantos bromistas ceremoniosos es digna de un profeta. ¡Las
profecías! ¡Para qué pensar en lo que será! —exclamó levantando el vaso—. Por la
destrucción de lo que existe —dijo con calma.

Bebió y se relajó en su peculiar forma de silencio. El pensar en una


humanidad tan numerosa como las arenas del desierto, tan indestructible, tan
difícil de manipular, le oprimía. El sonido de bombas explotando se perdía sin eco
en la inmensidad de granos de arena pasivos. Por ejemplo, el asunto ese de Verloc,
¿lo recordaba alguien aún?

Ossipon, como si le impeliera una fuerza misteriosa, se sacó del bolsillo un


periódico muy doblado. El Profesor levantó la cabeza al oír el sonido del papel.

—¿Qué periódico es ese? ¿Dice algo interesante?

Ossipon se alarmó como un sonámbulo asustado.

—Nada, nada en absoluto. Es de hace diez días. Supongo que se me habrá


olvidado en el bolsillo.
Pero no lo tiró. Antes de volvérselo a meter en el bolsillo, echó un vistazo a
las últimas líneas de un párrafo. Decían: Un misterio impenetrable parece destinado a
cubrir para siempre este acto de locura o desesperación.

Así terminaba un artículo cuyo título era:

«Una pasajera se suicida arrojándose al mar desde el barco que cruza el


Canal».

El camarada Ossipon conocía la belleza del estilo periodístico. Un misterio


impenetrable parece destinado a cubrir para siempre… Se lo sabía de memoria. Un
misterio impenetrable… Y el robusto anarquista, con la cabeza inclinada sobre el
pecho, cayó en un largo ensueño.

El asunto amenazaba la mismísima base de su existencia. No podía ir al


encuentro de sus distintas conquistas, las que cortejaba en los bancos de los
jardines de Kensington[66] y junto a las verjas de los patios delanteros de las casas,
sin temor a empezar a hablar de un misterio impenetrable destinado a… Estaba
empezando a tener científicamente miedo de que la locura le acechase agazapada
en aquellas líneas. Cubrir para siempre. Era una obsesión, una tortura. Últimamente
no había acudido a diversas citas, cuyo carácter predominante solía ser la
confianza ilimitada en el lenguaje de los sentimientos y la ternura varonil. La
disposición a la confianza que mostraban distintas clases de mujeres satisfacía su
necesidad de autoestima y le abastecía de medios materiales. Lo necesitaba para
poder vivir. Lo tenía a su alcance, pero, si no podía seguir utilizándolo, corría el
riesgo de morir de hambre por sus ideales y su cuerpo… Este acto de locura o
desesperación.

Seguramente «un misterio impenetrable» iba a «cubrir para siempre» lo


concerniente a toda la humanidad. ¿Pero qué pasaría si solo él entre todos los
hombres jamás pudiera librarse de aquel maldito conocimiento? Y el conocimiento
del camarada Osipon era tan preciso como para llegar hasta donde pudiera hacerlo
el periodista: el umbral mismo del misterio destinado a cubrir para siempre…

El camarada Ossipon estaba bien informado. Sabía lo que había visto el


encargado del portalón del vapor. Una dama con un vestido y un velo negros,
deambulando a medianoche a lo largo del muelle. «¿Va a subir al barco, señora?»,
le había preguntado él para instarla a ello. «Por aquí». Parecía no saber qué hacer.
Él la ayudó a subir a bordo. «Tenía aspecto débil».
Y Ossipon también sabía lo que había visto la camarera. Una dama vestida
de negro, muy pálida, estaba parada en medio del camarote para señoras. La
camarera le indicó que se echara. La dama parecía no querer hablar, cono si tuviese
un problema terrible. Después, la camarera se dio cuenta de que la dama había
salido del camarote para señoras. La camarera fue a cubierta a buscarla, e informó
al camarada Ossipon de que se había encontrado a la infeliz dama tumbada en uno
de los asientos cubiertos. Tenía los ojos abiertos, pero no respondía a lo que se le
decía. Parecía muy enferma. La camarera fue en busca del jefe de camareros, y los
dos fueron al asiento cubierto a deliberar sobre lo que debían hacer con aquella
pasajera extraordinaria y trágica. Hablaban en susurros audibles (porque ella
parecía no oír lo que decían) de Saint-Malo y del cónsul británico, de avisar a su
familia en Inglaterra. Entonces se marcharon para organizar el traslado de la mujer
al interior del barco, porque, por lo que habían podido ver de su rostro, les pareció
que podía estar muriéndose. Pero el camarada Ossipon sabía que detrás de aquella
máscara pálida de desesperación, la vitalidad luchaba contra el terror y la
desesperación, un amor a la vida que podía resistir la furiosa angustia que conduce
al asesinato y al miedo, al miedo ciego y demente de la horca. Él lo sabía. Pero la
camarera y el jefe de camareros no sabían nada, excepto que, cuando volvieron a
buscarla en menos de cinco minutos, la dama de negro ya no estaba en el asiento
cubierto. No estaba en ninguna parte. Había desaparecido. Eran las cinco de la
mañana, y no había sido un accidente. Una hora más tarde, uno de los marineros
del vapor encontró una alianza en el asiento. Estaba enganchado en la madera en
un sitio con un poco de humedad y al hombre le había llamado la atención. En la
parte interior tenía grabada la fecha del 24 de junio de 1879. Un misterio
impenetrable parece destinado a cubrir para siempre…
Y el camarada Ossipon levantó la cabeza inclinada, amada por humildes
mujeres de aquellas islas. Como un Apolo resplandeciente en el halo de su mata de
pelo.

El Profesor estaba ya inquieto. Se levantó.

—Quédate —dijo Ossipon de prisa—. ¿Qué sabes tú de locura y


desesperación?

El Profesor se pasó la punta de la lengua por los labios delgados y secos, y


dijo como exponiendo una tesis:

—Eso no existe. Las pasiones ya han desaparecido. El mundo es mediocre,


flácido, sin fuerza. Y la locura y la desesperación son una fuerza, y la fuerza es un
delito a los ojos de los estúpidos, los débiles y los bobos que llevan la batuta. Tú
eres mediocre. Verloc, cuyo asunto ha logrado tapar tan bien la policía, era
mediocre. Y la policía le asesinó. Era un hombre mediocre. Todo el mundo es
mediocre. ¡Locura y desesperación! Dádmelos como punto de apoyo y moveré el
mundo. Ossipon, tienes mi cordial desprecio. Eres incapaz de concebir ni siquiera
lo que el ciudadano alimentado llamaría un crimen. No tienes fuerza.

Se interrumpió sonriendo sardónicamente bajo el destello feroz de sus


gruesas gafas.

—Y déjame decirte que ese pequeño legado que dices que has obtenido no
ha mejorado tu inteligencia. Te sientas delante del vaso de cerveza como si fueras
un muñeco. Adiós.

—¿Lo quieres tú? —dijo Ossipon levantando la vista con una sonrisa de
idiota.

—¿Que si quiero qué?

—El legado. Todo.

El incorruptible Profesor se limitó a sonreír. La ropa se le caía a pedazos, las


botas, sin forma por los remiendos, pesadas como el plomo, dejaban entrar el agua
a cada paso.

—Más adelante te mandaré una factura de poca importancia por la compra


de productos químicos que pienso encargar mañana. Los necesito urgentemente.
¿De acuerdo?

Ossipon bajó lentamente la cabeza. Estaba solo. Un misterio impenetrable… Le


pareció ver suspendido en el aire su propio cerebro latiendo al ritmo de un
misterio impenetrable. Estaba claramente enfermo… Este acto de locura y
desesperación.

La pianola próxima a la puerta tocaba un vals alegre, y, de pronto, se sumió


en el silencio como si estuviera de mal humor.

El camarada Ossipon, alias el Doctor, salió de la cervecería Silenus. Cuando


llegó a la puerta, vaciló, parpadeando a la luz no demasiado radiante del sol,
llevando en el bolsillo el periódico que contenía el artículo del suicidio de la dama.
Su corazón latía contra el papel. El suicidio de la dama, este acto de locura y
desesperación.
Caminó por la calle sin mirar dónde ponía los pies, y caminó en una
dirección que no le llevaba al lugar de la cita con otra dama (la gobernanta de
avanzada edad de una guardería, una mujer que ponía su confianza en una cabeza
de ambrosía parecida a la de Apolo). Iba en dirección contraria. No podía ir a
reunirse con ninguna mujer. Era la ruina. Su carrera revolucionaria, mantenida por
los sentimientos y la confianza de muchas mujeres, estaba amenazada por un
misterio impenetrable, el misterio del cerebro humano latiendo erróneamente al
ritmo de las frases de un periódico… cubrirá para siempre este acto…, y se inclinaba
hacia el arroyo… de la locura y la desesperación.

—Estoy muy enfermo —musitó con perspicacia científica.

Su robusto cuerpo, portando el dinero del servicio secreto de una embajada


(heredado del señor Verloc) ya caminaba por el arroyo, como si se estuviese
entrenando para la misión que le deparaba el inevitable futuro. Ya inclinaba sus
anchos hombros y su cabeza de rizos de ambrosía como preparándose para recibir
el yugo de cuero del cartel del hombre anuncio. Como aquella noche, hacía más de
una semana, el camarada Ossipon caminaba sin mirar donde ponía los pies, sin
sentir fatiga, sin sentir nada, sin ver nada, sin oír ningún sonido. Un misterio
impenetrable… Caminaba sin que nadie se fijara en él. Este acto de locura o
desesperación…

También el incorruptible Profesor caminaba, desviando la mirada de la


odiosa multitud de humanidad. Él no tenía futuro. Despreciaba el futuro. Él era
una fuerza. Sus pensamientos acariciaban imágenes de ruina y destrucción.
Caminaba frágil, insignificante, con aspecto raído, miserable y terrible en la
simplicidad de su idea, apelando a la locura y la desesperación para regenerar el
mundo. Nadie reparaba en él. Siguió caminando, insospechado y mortífero, como
la peste en medio de una calle llena de seres humanos.
Apéndice
Es este el segundo libro de Joseph Conrad que aparece en esta colección[67].
Este hecho nos permite esquivar aquellos aspectos sobre su época y su biografía,
que allí con claridad y rigor informativo se nos presentaban. De ahí que
dediquemos este Apéndice, en su mayor parte, a indagar sobre el sentido y la
composición de esta obra concreta. Sin embargo, y a modo de contexto, nos
detendremos un momento en el lugar que la obra de este autor ocupa dentro de la
tradición narrativa inglesa en la cual, a pesar de su origen foráneo, su obra se
inserta.

El lugar de Conrad en la novela inglesa de su tiempo

Esplendor

de la novela

inglesa

Durante el siglo XIX la literatura inglesa, y más en concreto su narrativa, se


va a desplegar con una fuerza creativa feraz e intensa, acompañando de alguna
forma el desarrollo social, económico y político de la nación británica, que alcanza
en ese siglo su momento de esplendor como gran potencia mundial. Y decir la
novela inglesa es decir en buena parte la novela universal, aun cuando sea este
también el siglo en que la novela parece alcanzar su mejor momento en otros
países y naciones, ya sea en la Francia de Balzac y Flaubert, la Italia de Manzoni, la
Rusia de Tolstoi y Dostoievski o la España de Galdós y Clarín.

Cuando Joseph Conrad publica su primera novela. La locura de Almayer, en


1895, el siglo está terminando y el gran período histórico que se conoce como época
victoriana hace ya tiempo que traspasó su momento álgido. También por esos años
algo parece estar acabando dentro de la novela. La gran tradición, representada
por autores como Dickens, Wilkie Collins, las hermanas Brönte, Elisabeth Gaskell o
George Eliot se había asentado sobre un paisaje social en franca transformación a
causa de los cambios continuos que suponía el desarrollo industrial y económico.
Paisaje humano lleno de cambios pero enraizados todavía en un modelo de vida
muy reconocible y en una escala de valores morales bien asentados en el tejido
humano. Ese mundo británico, que reconocemos todavía hoy en esas películas que
nos hablan de las grandes mansiones, de la vida rural con sus pequeños o grandes
conflictos, pero siempre comprensibles, de las ciudades portuarias, con su tráfico
de hombres y mercancías, o incluso de unas ciudades en las que puede existir la
miseria, pero siempre al lado de la compasión y la caridad. Hasta finales de ese
siglo el mundo para aquellos novelistas era «explicable», narrable, se podía
entender y por lo tanto reconstruir los lazos y actos que unían unos hechos a otros,
unas personas a otras. Sin embargo algo de esto cambió según el siglo iba
finalizando: el entramado social parecía haber dado un salto cualitativo, los deseos
y los miedos se diversifican, los sueños se multiplican, el paisaje social se quiebra y
desmembra, y la realidad se vuelve algo inabarcable, incognoscible, difícilmente
explicable. Frente a este hecho la mente y las ambiciones de los novelistas
reaccionan de manera diversa.

La nueva realidad

exige una mirada

más sociológica

Algunos de ellos como H. G. Wells, John Galsworthy o Arnold Bennet


parecen entender que la nueva realidad exige, dada su complejidad, la utilización
de una mirada más sociológica capaz de analizar y explicar los movimientos
sociales en que los individuos se agitan y actúan. Son autores que mantienen como
objeto de su mirada narrativa el exterior, el mundo social y sus relaciones con los
personajes a través de lo objetivo: los actos. Para estos novelistas el objetivo
narrativo es la explicación de los comportamientos y conductas.

Psicología

de los

personajes

Frente a ellos aparece un nuevo tipo de novelistas, que, aceptando la


imposibilidad de conocer esa realidad que les desborda, centran su trabajo en la
psicología de los personajes entendiendo que en la conciencia interior reside la
verdad del personaje en su relación con el mundo. Esta escuela tiene su mejor
representante en la figura del norteamericano Henry James y a ella se van a sumar
autores como Joseph Conrad, Ford Madox Ford y, en un momento posterior,
Virginia Woolf y E. Forster. Para estos autores la principal tarea narrativa reside en
construir un punto de vista fuerte que ya no intenta explicar un mundo, sino el
mundo particular de un personaje o un narrador concreto.
Fractura entre

sociologistas

y psicologistas

Cuando Conrad empieza a escribir sus novelas esta fractura narrativa entre
«sociologistas» y «psicologistas» está en sus inicios. Amigo personal de H. G. Wells
y Galsworthy, pero también de Ford Madox Ford y H. James, nuestro autor parece
vacilar entre una y otra actitud; por un lado, el realismo de costumbres tipo
Dickens le sigue pareciendo útil, pero por otro advierte que más allá del espacio
del mar que ocupa sus primeras novelas la nueva realidad —lo urbano— parece
impedir cualquier intento narrativo de explicar las relaciones humanas desde una
visión global. En ese sentido la novela que vamos a comentar aparece como un
ejemplo perfecto de esta crisis. Hay en El agente secreto muchos elementos
pertenecientes al modo sociológico: narrador omnisciente, análisis de los
personajes en relación a su medio social, construcción de los personajes partiendo
de un arquetipo —es decir, buscando más lo que el personaje tiene de
representativo que lo que tiene de individual— sin temor a recurrir incluso a la
caricatura. Pero junto a esto, y coincidiendo con las mejores páginas de la novela,
aparece ya el estudio psicológico y el intento de crear un punto de vista
apoyándose en la conciencia interior de los personajes. A ese respecto toda la
escena que se recoge en el capítulo XI constituye un ejemplo magistral de lo que va
a ser la novela moderna. Todo esto hace de Conrad un autor muy representativo
de la novela inglesa en ese tiempo de frontera entre los siglos XIX y XX, y de las
tensiones y tendencias que en su entorno literario se están produciendo.

El agente secreto

Extraña historia la que nos cuenta Conrad. Los estudiosos de su obra no se


ponen de acuerdo. Para unos es una de sus novelas mayores, a la altura de Victoria,
Lord Jim o El corazón de las tinieblas. Otros hablan de confusión, de obra desigual,
desequilibrada, y no faltan los que hablan de esta novela como de un intento
literariamente fallido. Quizá para abordarla y poder llegar a emitir nuestro propio
juicio nos valga el hacernos esas dos preguntas que siempre conviene plantearse
cuando hemos terminado la lectura de una novela: ¿Qué nos cuenta? y ¿Qué nos
cuenta con lo que nos cuenta?

Qué
nos cuenta

Creo que todos estaríamos de acuerdo en afirmar que en esta novela parecen
contarse dos cosas estrechamente entrelazadas entre sí, pero con entidad propia
cada una de ellas. Por un lado, lo que llamaremos la historia de un atentado, con
todo lo que hace referencia a los anarquistas y revolucionarios más o menos
nihilistas, añadiéndose a ella la maniobra de la embajada extranjera para incitar a
un hecho criminal que beneficie a su política de hostigamiento hacia los refugiados
políticos, y las investigaciones de la policía inglesa para descubrir al autor y los
motivos de aquel hecho. Por otro lado hay toda una historia que podemos llamar
«doméstica»: la historia de la familia Verloc, es decir, del señor Verloc, de Winnie
Verloc y del pobre Stevie. Sus relaciones, sus biografías, sus deseos, sus miedos, su
forma cotidiana de vivir, sus circunstancias sociales y personales.

La primera de esas historias es casi una novela de misterio, una novela de


acción criminal con su correspondiente investigación policial. Casi una novela de
espías. La segunda, a su vez, tiene los perfiles de una novela de costumbres, una
novela casi naturalista, donde se estudia tanto «la herencia» (la brutalidad del
padre de Winnie y Stevie y la impronta que deja en ellos) como «el medio
ambiente» (la sordidez de la tienda, la pobreza en que han vivido los dos
hermanos, la residencia en que acaba su madre). A esos dos rasgos, característicos
de la novela naturalista, defendida y llevada a la práctica por el gran novelista
francés Émile Zola, se suman también elementos propios de las novelas de Charles
Dickens, con su retrato de las capas sociales bajas del mundo londinense, cercano a
su vez al tipo de novela de denuncia social que escribía H. G. Wells, a quien no es
por tanto extraño que la novela esté dedicada.

Lo público

lo privado

Lo que Conrad va a hacer en su novela es fundir estas dos historias.


Desarrollar los efectos que cada una de ellas provoca en la otra. Hacernos ver cómo
la historia del atentado actúa sobre la vida familiar del señor Verloc y cómo la
historia familiar del señor Verloc repercute sobre la historia de la pseudotrama
anarquista. Si tenemos en cuenta que la historia de la bomba y de los anarquistas y
políticos es una historia que afecta a «lo publico», mientras que la historia de la
familia Verloc afecta a «lo privado», entenderemos fácilmente que la novela está
contada precisamente con esa argamasa en la que lo público y lo privado se
funden, entrelazan y sueldan hasta formar un todo inseparable.

Si atendemos a la nota que el autor añadió a la edición de 1920 y que muy


oportunamente se recoge en esta edición, podemos comprobar que estas dos líneas
de desarrollo —lo policíaco, lo familiar— y estos dos espacios —lo público y lo
privado— ya se anuncian implícitamente en las dos frases que según el autor están
en el origen o embrión de su novela. Recordemos que Conrad nos dice que la
primera frase que le despertó la imaginación (al parecer pronunciada por su amigo
el escritor Ford Madox Ford) fue: «Ese individuo era medio tonto. Su hermana se
suicidó después». Una frase que pertenece al ámbito de lo privado (relaciones de
familia) y que nos llama la atención por su aparente desconexión: qué tiene que ver
el que fuera medio tonto con el hecho de que su hermana se suicidara después. La
frase parece estarnos avisando de que ahí puede haber una historia que es
necesario reconstruir a través de la imaginación, tarea de elaboración narrativa que
el autor acabaría por llevar a cabo. La otra frase, leída en el libro de memorias de
un policía, atañe a lo público, a las relaciones entre dos cargos oficiales, un subjefe
de policía y un miembro del Gobierno: «Todo eso está muy bien. Pero su
concepción del hermetismo es mantener desinformado al ministro de Asuntos
Interiores». La paradoja que la frase encierra contiene también un pequeño
misterio y por lo tanto desata la necesidad de una explicación. Volveremos más
tarde a analizar con detenimiento esta nota del autor porque tiene un indudable
valor pedagógico para entender cómo trabaja la imaginación de un novelista.
Quedémonos ahora tan solo con la evidencia que nos proporciona acerca de esas
dos líneas argumentales que hemos señalado anteriormente y que al «entramarse»
van a dar lugar a la novela.

Una trama

de

misterio

En las introducciones correspondientes a la novela policíaca y a la novela de


intriga (ver números 1 y 25, respectivamente, de esta colección) se ha analizado
cómo las fronteras entre el misterio y lo policíaco ocupan territorios vecinos. En
ambos géneros se investiga algo: o un misterio aparentemente inexplicable desde
el punto de vista de la lógica tradicional o un crimen, es decir, un secreto, que
alguien misterioso ha cometido por razones que, en principio, permanecen ocultas
hasta que la lógica de un detective o un policía las pone al descubierto, atrapando
así al criminal que hasta ese momento era o bien desconocido (para el lector y el
investigador, según el modelo más tradicional) o bien estaba a salvo de la Ley aun
cuando el lector conociese su identidad (según el modelo de la novela policíaca «de
inversión»). En este segundo esquema de la novela policíaca se encuadra toda esa
primera línea argumentai que hemos venido señalando, aunque con características
propias. Resumamos ahora esta historia situándola al mismo tiempo en el
diagrama de la novela:

• El señor Verloc, agente secreto infiltrado en un grupo de anarquistas


refugiados en Londres, es presionado por un representante de una embajada
extranjera (presumiblemente la de Rusia, dado el nombre, Vladimir, del
funcionario) para que incite a sus correligionarios a cometer un atentado contra el
edificio de Greenwich. Capítulo I.

• El señor Verloc, reunido con sus correligionarios comprueba que ninguno


de estos estaría dispuesto a llevar a cabo el atentado. Capítulo III.

• Se da noticia de que el atentado ha tenido lugar, aunque ha existido algún


error y el autor del hecho ha sido víctima de una explosión anticipada de la bomba.
Capítulo IV.

• La policía investiga el atentado y descubre las pistas que la llevan hasta el


señor Verloc y la embajada que planeó el atentado. Capítulos V, VI, y VII.

• El subjefe visita a Verloc; más tarde lo hace el inspector. Verloc reconoce


su participación y denuncia la conspiración. Capítulo IX.

• El subjefe va a ver al ministro y le cuenta las conexiones entre Verloc y la


embajada. Luego se encuentra con Vladimir y le revela que sabe todo. Capítulo X.

• Se comenta que la policía ha dado por cerrado el caso Verloc.


Capítulo XIII.

Una trama

familiar

Como vemos, «la trama policíaca» ocupa un lugar destacado en la mayoría


de los capítulos. Si ahora hacemos el resumen y el diagrama de la «historia
familiar», comprobaremos que esta se concentra en muchos menos capítulos,
aunque estos tengan una extensión media mayor que el resto:
• Presentación del señor Verloc y de su familia. Capítulo I.

• Preocupaciones del señor Verloc y familia. Capítulo II.

• Muestras de la sensibilidad enferma de Stevie. Capítulo III.

• La madre de Winnie se va a la residencia. Reacciones de la familia.


Capítulo VIII.

• La señora Verloc se entera del atentado. Capítulo IX.

• Escena entre Verloc y Winnie. Capítulo XI.

• Fuga de Winnie. Capítulo XII.

Estructura

Si comparamos estos dos diagramas y los relacionamos con el desarrollo


lineal o no lineal de la acción, podemos comprobar que la intriga policíaca se
desarrolla de manera lineal, mientras que algunas escenas familiares se nos
muestran en un tiempo anterior, en flash-back, rompiendo la linealidad cronológica,
por ejemplo, todo el capítulo VIII, en que se nos cuenta la entrada de la madre de
Winnie en el asilo de ancianos.

Es importante señalar también que «el clímax», el momento cumbre de la


trama policíaca y terrorista, el atentado, se nos cuenta de manera indirecta, y que el
lector se entera del hecho a través de los personajes y no del narrador. Este dato
narrativo nos advierte de que estamos ante un «falso clímax», que a su vez es señal
de que la trama terrorista ocupa un lugar secundario en la novela.

Desde el punto de vista de la estructura podemos pensar, por tanto, que


toda la trama policíaca funciona como un elemento destinado a «chocar
narrativamente» contra la trama familiar para producir a través de ese choque el
efecto narrativo más fuerte. El autor logra de este modo que toda la historia
pública se precipite argumentalmente sobre el espacio privado constituido por la
familia Verloc, hasta crear el verdadero «clímax» de la novela, el capítulo XI, el
momento en que Winnie descubre que todo el equilibrio doméstico y afectivo que
ha construido a lo largo de su vida se desmorona de manera trágica y brutal. El
nexo de unión entre ambas historias es el señor Verloc, agente secreto y al tiempo
agente doble, pero también y de algún modo «personaje doble», pues es actor
principal en las dos tramas. En realidad podríamos decir que lo que la novela nos
cuenta a través del personaje de Verloc es la imposibilidad de poder llevar sin
conflictos una vida doble, algo consustancial al personaje del espía que encarna
Verloc, y a través de esta realidad la novela denunciaría la imposibilidad de
separar en cada vida lo que pertenece a la esfera de lo público de lo que pertenece
al mundo de lo privado. Pero antes de seguir adelante, y para hacer recuento de lo
que la novela nos cuenta, podemos hacer un resumen de la historia intentando
plantearla desde un punto de vista lineal.

Resumen

de la

obra

El señor Verloc es un agente secreto al servicio de la embajada rusa en


Londres, y también un confidente de la policía inglesa. Se ha infiltrado en el
mundo de los «revolucionarios» exilados en Londres. Un funcionario de la
embajada le presiona para que haya un atentado contra el edificio de Greenwich,
símbolo burgués de la Ciencia. El señor Verloc se da cuenta de que los
revolucionarios ni quieren ni pueden llevar a cabo el atentado que le piden, y se
preocupa de que el fracaso de su misión ponga en peligro la vida que lleva en
compañía de su abnegada esposa, su pobre, sensible y fiel cuñado Stevie y la
madre anciana de ambos. Decide resolver por sus propios medios el problema que
tiene. Consigue que un anarquista le prepare una bomba y convence a su cuñado
para que la ponga en Greenwich. Cuando este se está acercando al lugar de la
prevista explosión, tropieza, la bomba estalla y su cuerpo queda destrozado. El
señor Verloc, asustado, vuelve a casa sin saber qué decir a su esposa. Mientras
tanto, la policía encuentra una pista que la lleva hasta el señor Verloc,
descubriéndose su relación con el atentado y los manejos de la embajada rusa.
Cuando Winnie, la esposa del señor Verloc, se entera de la muerte de su hermano,
descubre y reconoce la miserable personalidad de su marido, y en plena escena de
dolor lo asesina. Al huir se encuentra con uno de los anarquistas amigo de su
marido e intenta que este le ayude a huir. El amigo la engaña, se queda con su
dinero y la deja sola. La mujer se suicida, mientras que el anarquista parece perder
el control de su vida.

Como vemos, este resumen recoge tanto «la conspiración terrorista» como
«el drama doméstico» y refleja aquello que podemos llamar: «lo que se nos cuenta
en la novela». Pero si queremos comprender «lo que se nos cuenta con lo que nos
cuenta», necesitamos atender a otros aspectos de la narración y de manera muy
principal a su narrador.

El

narrador

Para «entender» realmente lo que alguien nos dice es necesario —e


inevitable— valorar a quien nos lo está diciendo, es decir, al narrador. De manera
exagerada, podríamos decir que todas las novelas tratan de lo mismo: alguien
cuenta algo. Si ese alguien habla de sí mismo, estaremos ante una novela en
primera persona. Si habla de un tú, decimos que es un relato en segunda persona.
Si habla de un él o un ellos, concluimos que es una narración en tercera. Pero en
cualquiera de estos casos es importante, fundamental, tener en cuenta quién es ese
alguien que nos habla y cuenta, porque solo teniendo claro —lo más claro
posible— esa respuesta podemos averiguar cuál es para nosotros su grado de
credibilidad, el «crédito» que nos merece.

Se suele decir que los narradores en primera persona no son narradores


«fiables», y evidentemente alguien que hable de sí mismo siempre será oído con
alguna reserva, pues todos sabemos que al hablar de sí mismo uno tiende a darse
la razón, a mejorar su propia imagen, a quedar bien y a ocultar o distorsionar
aquellos hechos que podrían perjudicarle. Los narradores en segunda suelen
producir más «fiabilidad», porque la segunda persona tiende de manera natural a
crear un tono de «confesión» que nos remite a la veracidad. En teoría, los
narradores en tercera, al hablar, al menos aparentemente, de alguien ajeno a ellos,
nos tramiten la sensación de imparcialidad, de ser meros testigos neutros de
aquello que nos cuentan. Pero frente a cualquiera de ellos el lector no debe
abandonar durante la lectura una pregunta fundamental: ¿quién es este narrador?,
o dicho de otra forma, ¿que quiere?, ¿para qué me está contando esto?

Pero saber quién es el narrador, una figura narrativa que no debemos


confundir con el autor en cuanto persona real, a veces no resulta fácil, y más si es
un narrador en tercera y que tiende a no aparecer de una manera evidente.
Precisamente el intento de «desaparición del narrador» es un rasgo que caracteriza
a la novela moderna, entendiendo por ella la que inician autores tan relevantes
como Gustave Flaubert y Henry James. Con todo, el narrador siempre es una
presencia —su presencia es la narración—, y como dijo Teilhard de Chardin:
«Ninguna presencia es muda». En todo caso es necesario tener en cuenta que la
existencia durante la lectura de esa pregunta es lo que diferencia a un lector
inteligente o activo de un lector inocente o pasivo. Tema este de la inocencia que,
como veremos, tiene mucha y profunda relación con esta novela de Conrad.

¿Quién

cuenta?

Al fin y al cabo, esa pregunta —¿quién cuenta?— no es algo solo necesario


para leer novelas, pues también en la vida cotidiana es algo que se nos hace
continuamente presente. Si de quien nos cuenta algo sabemos que es fanfarrón o
presumido, tendemos a no creernos lo que dice, máxime si tiene fama de
mentiroso, pero, aun sin llegar a esos extremos, todos entendemos que lo que un
padre nos dice está teñido por el hecho de que es nuestro padre y naturalmente, al
oírlo, pasamos por ese filtro —ese conocimiento— lo que nos dice, de modo
parecido, aunque más exagerado, cuando un viajante de comercio o un vendedor
nos alaba la mercancía que nos quiere vender. Frente a esa sospecha, el vendedor
—en este caso el narrador— despliega su estrategia comercial o narrativa: recurre,
por ejemplo, a un lenguaje aparentemente objetivo o a todo lo contrario: utiliza un
lenguaje muy personal y subjetivo para captar y ganar nuestra confianza. Algunos
vendedores (o narradores) juegan a que lo saben todo (el narrador omnisciente), y
otros manejan la humildad haciéndonos ver que apenas saben más que nosotros
(narrador no omnisciente).

Estrategias

del

narrador

Comentamos antes que de la pregunta ¿quién es? se desprende una


segunda: ¿qué quiere de nosotros? En cierto sentido, todos los narradores quieren
lo mismo: que los escuchemos, precisamente porque, solo si los escuchamos, ellos
cumplen su función, existen como narradores. Por eso la estrategia básica del
narrador está encaminada a lograr que escuchemos su historia. Para lograr eso
tiene a su disposición todas aquellos recursos retóricos encaminados a ganar la
atención del lector, algunos de los cuales señalaremos más tarde. Antes sería bueno
darse cuenta de que, de igual modo que nosotros —los lectores— nos preguntamos
quién y qué quiere, el narrador, para ser eficaz, tiene que preguntarse explícita o
implícitamente quiénes somos y qué queremos de él, pues solo así podrá construir
una estrategia eficiente, del mismo modo que un vendedor no utiliza la misma
estrategia cuando, al acudir a una casa para vender una enciclopedia, le abre la
puerta el cabeza de familia o el ama de casa, ni utilizará el mismo lenguaje cuando
va a una casa de una zona residencial donde viven gente de clase acomodada que
cuando va a un barrio más popular. Si el narrador o vendedor equivoca su
estrategia, el resultado será un fracaso, la no compra o la no lectura (puede suceder
y sucede que el vendedor consiga que oigamos toda su historia y que, sin embargo,
no compremos el objeto que nos quiere vender por las causas que sea, y puede
suceder que, convencidos por su discurso, lo compremos, pero que más tarde nos
demos cuenta de que nos hemos equivocado, bien porque descubramos que en
realidad no lo necesitábamos —en cuyo caso nos hemos autoengañado— bien
porque la mercancía resulta defectuosa, en cuyo caso el vendedor o narrador nos
ha engañado y nosotros nos hemos dejado engañar). Si observamos con cierto
detenimiento cuál es la estrategia del narrador, podemos adivinar qué idea de
nosotros tiene, y en unos casos esa idea nos parecerá acertada o grata, y en otros,
no. A continuación intentaremos aplicar estas ideas a nuestro narrador.

¿Un

narrador no

identificado?

En teoría, el narrador de El agente secreto no es un «narrador identificado», es


decir, no nos dice cómo se llama, qué edad tiene, a qué grupo social pertenece ni
cuál es su implicación personal con la historia que nos está contando. Sin embargo,
al leer con atención el texto podemos ir «identificando» algunos rasgos o datos que
nos permiten siluetear su personalidad. Fijémonos por ejemplo en el capítulo I. Es
este un capítulo en el que solo aparece la voz de ese narrador, y pronto vemos que
es un narrador del tipo que llamamos omnisciente: lo sabe todo; lo que hacen todos
los personajes, su pasado, sus miedos y sus deseos, pero aparte de este rasgo de
omnisciencia, que corresponde a una tipología narrativa, nada sabríamos de él si
no fuera porque en determinado momento nos dice: «A pesar del aspecto que le
daba ese labio, había aprendido a leer y a escribir gracias a nuestro excelente
sistema de escolaridad obligatoria». Con este simple comentario, en apariencia
anodino, el narrador se delata: nos cuenta algo de sí mismo. Después de leerlo
sabemos, gracias a ese «nuestro», que o es británico o, al menos, se siente como
alguien que forma parte de la comunidad británica, y sabemos también que se
siente orgulloso y satisfecho de pertenecer a esa comunidad capaz de crear cosas
tan excelentes como el sistema de enseñanza obligatoria. Podemos deducir por
tanto que es alguien que se siente satisfecho de ser quien es y de la sociedad en la
que vive. Si seguimos leyendo atentamente en el capítulo III nos encontramos otro
momento en que el narrador vuelve a delatarse: «Lo hacía con una cierta
complacencia, porque su instinto de respetabilidad convencional era muy fuerte,
siendo superado únicamente por su aversión a cualquier tipo de trabajo normal; un
defecto de temperamento que compartía con una gran parte de los reformadores
revolucionarios que desean revolucionar una cierta situación social. Porque es
evidente que uno no se rebela contra las ventajas y oportunidades de esa situación
social, sino contra el precio que conllevan en moralidad convencional, autocontrol
y trabajo. La mayoría de los revolucionarios son enemigos de la disciplina y el
trabajo. Son caracteres para cuyo sentido de la justicia el precio exigido parece
monstruoso, enorme, odioso, opresivo, preocupante, humillante, exorbitante e
intolerable. Esos son los fanáticos. El porcentaje restante de rebeldes sociales es
producto de la vanidad, la madre de todas las ilusiones, nobles y viles, la
compañera de los poetas, los reformadores, los charlatanes, los profetas y los
incendiarios». Este largo párrafo nos ayuda a continuar perfilando aquella silueta
que antes trazamos, a rellenar sus ideas, su ideología, su visión del mundo, al
menos en lo que hace referencia al mundo de los revolucionarios, ese mundo que
aborda en su novela. De alguna forma nos revela cuáles son sus prejuicios hacia
ese mundo, y nosotros, como lectores, tendremos que tener en cuenta esos
prejuicios del narrador que indudablemente afectarán al tipo de mirada con la que
nos describirá ese mundo. Son solo dos ejemplos, pero sería un buen ejercicio de
lectura buscar aquellos otros momentos en que el narrador, a lo largo de la
narración, se «deja ver», se identifica.

Análisis de

la estrategia

del narrador

Pero volvamos de nuevo a la lectura del primer capítulo para analizar ahora
la estrategia del narrador. Detengámonos en el primer párrafo: «Aquella mañana,
cuando el señor Verloc salió de casa, dejó teóricamente a su cuñado a cargo de la
tienda, porque apenas había algo que hacer durante todo el día y prácticamente
nada en absoluto antes de la caída de la tarde. Además, al señor Verloc no le
interesaba gran cosa el negocio, que le servía de tapadera, y su mujer cuidaba de su
cuñado».

Evidentemente, para analizar la estrategia o cualquier otro dato narrativo no


es suficiente con estudiar el inicio de una novela, pero también es cierto que el
comienzo de una narración es un componente especial en su estructura, pues de
alguna forma contiene toda la novela en germen. En las primeras frases nos
encontramos el tono, la persona narrativa y, en determinado grado, la estrategia
general de la narración. Por eso resulta instructivo comentar las primeras frases de
esta novela. Podemos observar, por ejemplo, que la novela está escrita en tercera
persona e incluso empezar a ver que hay un cierto tono de burla o ironía, que
detectamos a través de ese juego del alguien que deja al cuidado de alguien una
cosa que no cuida mucho, y a la vez deja al cuidador al cuidado de alguien. Pero en
relación a lo que llamamos estrategia del narrador aparecen, además, algunos
datos muy relevantes. Leyendo con atención vemos que en el texto se nos dicen
unas cosas y también se nos dicen qué cosas no se dicen y ocultan. De este modo
leemos que «dejó teóricamente a su cuñado a cargo de la tienda», pero ese
teóricamente, más que decir, anuncia algo que no se dice: qué es eso de cuidar
teóricamente algo, qué hay detrás de esa expresión. Más misterio encierra todavía
la palabra tapadera, «el negocio, que le servía de tapadera». La propia palabra
tapadera nos remite a lo que esa tapadera esconde y da lugar inmediatamente a
una serie de preguntas obligadas: qué tapa, por qué necesita una tapadera, qué
misterio hay detrás de esto.

Narración

expectativas

Toda narración crea en el lector una expectativa. Es algo propio y connatural


a lo narrativo. Leemos la primera línea y nuestra expectativa pone en marcha toda
una serie de interrogantes: «Aquella mañana, cuando el señor Verloc salió de
casa…». ¿Quién es el señor Verloc? es la pregunta que enciende el proceso de
expectativas. A partir de ahí, ese horizonte de expectativas que la propia narración
va creando, resolviendo o defraudando, se constituye en el verdadero proceso de
circulación de la sangre narrativa. Ese juego con las expectativas ocupa un lugar
central en la estrategia del narrador, que de algún modo juega con ellas para
mantener nuestra atención e interés. Ahora bien, el cómo juegue con ellas y el tipo
de expectativas que cree determinan a su vez el tipo de narrador que es y, sobre
todo, el tipo de lector que busca, pues, como ya hemos dicho, cada estrategia de
narrador encierra una determinada visión del lector por parte de aquel.

Todos sabemos que la mejor manera de hacer andar a un asno remolón


consiste en ponerle una zanahoria delante e írsela alejando según se va
aproximando a ella, y acaso dejársela comer cuando ya haya finalizado el camino
que queríamos hacerle andar. Con la información narrativa —el juego de
expectativas—, el narrador tiene a su alcance un recurso semejante que puede
utilizar de manera más o menos grosera, burda o barata según el grado de
«burrez» que otorgue implícitamente a sus posibles lectores. Siguiendo con
ejemplo tan prosaico y agrícola quisiera dejar claro que en toda narración se nos
muestra una zanahoria y, en principio y como lectores, no debemos ofendernos
demasiado porque esa zanahoria sería simplemente una metáfora de esa necesidad
que satisfacemos al leer una historia. Buscamos y aceptamos la zanahoria porque
tenemos «hambre» de narración. El problema, por tanto, no sería la zanahoria, sino
el uso que el narrador haga de ella. Puede, por ejemplo, irnos dándonosla a probar
a todo lo largo de la lectura, pero puede también quitárnosla de nuestro alcance
cuando justamente vayamos a probarla. En el primer caso y partiendo de la
imagen del «asno remolón», el autor trabaja estratégicamente lo que como lectores
tenemos de remolón, mientras que en la segunda incide más en lo que tenemos de
asno.

Expectativa,

intriga,

suspense

Pues bien, a la vista de ese primer párrafo podemos adelantar que la


expectativa que nos crea está más cerca de una estrategia para asnos que para
simples remolones, puesto que en apenas seis líneas nos pone delante y nos quita
al menos dos veces dos zanahorias: las dos zanahorias que tienen que ver con el
teóricamente y con la tapadera. Por decirlo de manera más técnica (aunque no por
ello más clara): el autor parece haber elegido que nuestra natural expectativa se
convierta en «intriga». Llamaríamos de este modo «intriga» a la construcción
voluntaria, por parte del narrador, de un mecanismo que anime el proceso de
lectura basado en la presentación/ocultamiento de un enigma cuya resolución se
dilata con el fin de mantener despierta la atención del lector. La intriga es un
recurso barato, facilón, para mantener «la expectativa» del lector. Al lado de la
expectativa y la intriga conviene mencionar también «el suspense» entre los
recursos que el narrador tiene para intensificar de manera más o menos fácil ese
interés del lector. El suspense consiste en situar a un personaje protagonista en una
situación en la que está amenazado por algún peligro que intuye pero no controla
y que a la vez el lector conoce, provocando la ansiedad de este. Como se
comprende fácilmente, la intriga es el mecanismo principal del proceso de lectura
en los géneros de la novela policíaca y de misterio, mientras que el suspense, un
término de origen cinematográfico, es propio de las novelas de aventuras y del
folletín.

No es

una novela

de misterio

La aparición de la intriga como mecanismo de lectura desde el primer


párrafo de El agente secreto no descalifica a la novela, aunque ciertamente nos
advierte sobre la calidad de los recursos que el narrador está dispuesto a poner en
marcha y, al tiempo, nos anuncia la relación del texto con las novelas del género
policíaco o de misterio. Con todo, no podemos calificar la novela de Conrad como
una novela de misterio, pues si la leemos hasta el final comprobaremos que, aun
cuando ese mecanismo de intriga se mantiene, lo hace en un grado de intensidad
bajo. A veces incluso renuncia a su uso en momentos narrativos que parecen
estarlo pidiendo. Recordemos, por ejemplo, que en la novela la escena de la muerte
de Stevie por causa de la explosión de la bomba no se le presenta al lector de
manera directa, renunciando el narrador a manejar así cualquier atmósfera de
suspense. Por otro lado, los mecanismos de intriga que el narrador de Conrad
utiliza no se mantienen ocultos durante mucho tiempo. El lector sabe pronto por
qué la rienda es una tapadera, de igual modo que sabe pronto quién ha sido la
víctima del fallido atentado.

Premoniciones

narrativas

En otros muchos momentos, el narrador mantiene la expectativa del lector


sin necesidad de recurrir a medios baratos como la intriga y el suspense. La propia
descripción del señor Verloc, sus diálogos en la embajada o su conversación con los
«correligionarios» anarquistas despiertan nuestro interés como lectores,
manteniendo viva la pregunta de ¿qué está pasando?, que es la que corresponde a
una expectativa narrativa normal, del mismo modo que las preguntas ¿qué va a
pasar? o ¿qué le va a pasar? corresponden a los mecanismos de intriga y suspense.
En algunos casos, el narrador intensifica esa expectativa de manera
extremadamente sutil, introduciendo en el texto «premoniciones narrativas» que
nos adelantan de modo indirecto y discreto momentos posteriores de la acción.
Valga, por ejemplo, la historia que se nos cuenta en ese primer capítulo, y en la que
se habla de Stevie a propósito de los petardos y cohetes que había encendido en su
lugar de trabajo excitado por las historias de injusticias que le habían contado. Otro
ejemplo magistral de estas «premoniciones» lo podemos encontrar en el capítulo
XI, cuando aparece de manera tan discreta el cuchillo que luego tendrá un papel
decisivo para la resolución de la escena.

Por otro lado y como hemos venido señalando, el uso de din tintas
estrategias para mantener nuestra atención como lectores implica una determinada
concepción del tipo de lector que se busca. Si los recursos son «facilones», el
narrador parece estar dirigiéndose a lectores perezosos, no muy atentos, con prisas
y que, más que leer, «devoran» la historia. Un recurso como las premoniciones
subrayadas implica por el contrario un tipo de lector muy atento, dotado de buena
memoria y con capacidad para descubrir lentamente todo lo que la novela
propone. El hecho de que en El agente secreto estén presentes tanto unos y otros
recursos podría estarnos indicando que el autor esté buscando llegar hasta los
lectores «fáciles», pero sin renunciar a lectores más exigentes. Claro que también
podría indicar que el autor está confuso y no sabe bien a qué tipo de lector
dirigirse, creando así un serio desequilibrio en la novela.

La

ironía

Para averiguar qué se nos está contando con lo que se nos cuenta es
imprescindible saber cuál es la actitud del narrador, del mismo modo que, cuando
en la vida real alguien nos dice en tono de guasa o broma que nos admira mucho,
nosotros entendemos que lo que realmente nos está diciendo es todo lo contrario.
Precisamente, esa figura retórica que consiste en decir lo contrario de lo que parece
que se está diciendo es la ironía. Si después de leer el primer capítulo leemos el
inicio del segundo: «Así eran la casa, el hogar y el negocio que dejó atrás el señor
Verloc…», todos tendemos a pensar que aquella casa no era una verdadera casa, ni
el hogar un hogar ni mucho menos el negocio un real negocio. De modo semejante,
toda la conversación entre los anarquistas del capítulo III, al hacernos ver el
contraste entre sus grandes ideas de redención de la humanidad y sus modos y
maneras de pobres maleantes, parece producir un tono irónico.

El

sarcasmo
Creemos, sin embargo, que no es conveniente hablar de ironía cuando
hablamos de esa actitud general con que el narrador nos va contando la historia a
casi todo lo largo de la novela. La ironía, por ser un procedimiento que sirve para
contar lo contrario de lo que aparentemente se está diciendo, parece requerir que
su utilización se corresponda con una situación narrativa que la exija y justifique.
Dicho de otro modo: la ironía solo es ironía cuando es un recurso retórico que
utiliza alguien que, por su situación de debilidad, tiene que ocultar lo que quiere
decir. Sería el caso de un criado frente al amo, el de una esposa sojuzgada frente a
un esposo dominante, el de un débil frente a un fuerte, el de un súbdito frente a
una autoridad que ejerce la censura. Cuando la ironía se produce entre iguales, en
realidad, su uso lo que está diciéndonos es lo inteligente, agudo y ágil de mente
que es el que la utiliza, es decir, aparece como un lujo mental, una exhibición de su
talento verbal. Y cuando se produce su utilización por parte de un fuerte frente a
un débil, de un superior frente a un inferior, lo que realmente nos trasmite es o
bien esa sensación de superioridad o bien un determinado grado de crueldad
mental que estrictamente deberíamos llamar «sarcasmo»: un fuerte se ríe de un
débil. Pues bien, es precisamente esto último lo que se produce a casi todo lo largo
de nuestra narración. El narrador se ha situado en una posición superior a la de sus
personajes y, desde esa posición, nos describe sus actos y sus personas, sobre todo
cuando estos son el señor Verloc o los anarquistas. Cuando el narrador nos
describe los actos de los policías o de Vladimir su tono de superioridad disminuye
y ahí que su «ironía» sea más una demostración de su propia agudeza que un
intento de degradar a esos personajes de una manera cómica o cruel. Solo cuando
se nos habla de Stevie o de su hermana Winnie (sobre todo en los capítulos X, XI y
XII), el narrador parece abandonar la ironía, si bien tampoco abandona su posición
de superioridad, en este caso, moral. Estos cambios de tono, de relación entre el
narrador y lo que nos narra, son extraordinariamente significativos e
imprescindibles para poder entender qué es lo que finalmente se nos cuenta en esta
novela.

El

tema

Si llamamos «historia» de una novela a la reconstrucción en orden


cronológico de los hechos que se nos cuentan, y «trama» al modo o entramado con
que son presentados esos hechos, con sus cambios de orden cronológico, cambios
de escenarios, saltos atrás o hacia adelante, y cambios en el enfoque que en un
momento puede caer —iluminar como un foco de luz— sobre uno u otro
personaje, el término «tema» podemos utilizarlo para designar a ese «qué se nos
cuenta con lo que se nos cuenta» que recoge y resume también la intención y el
sentido de toda la narración y, en última instancia, la ordena y estructura. El tema
está presente y recorre toda la narración a modo de un hilo que la cose, o de un río
subterráneo que la riega de manera semejante al de un pequeño arroyo que
«compone» el paisaje de árboles ribereños, chopos, olmos, sauces, que acompañan
y esconden su cauce.

La

superioridad

del narrador

Para intentar dar nombre a ese cauce secreto, a ese tema que lo ordena,
debemos hacernos una serie de preguntas que nacen como conclusión de la lectura:
¿Por qué se siente tan superior este narrador? Desde una lectura atenta que nos ha
permitido ver su actitud de superioridad podemos responder: porque siente que él
sabe más de sus personajes que ellos mismos, de ahí que se sienta superior. Sabe
más que ellos porque conoce «sus secretos». Sabe que la vida de cada personaje,
menos Stevie, que es «un simple», se construye sobre un secreto. En el caso del
señor Verloc es su propia condición de agente secreto; en el caso de los
«anarquistas» es el profundo conformismo que ocultan bajo su lenguaje radical; el
inspector oculta que Verloc es su confidente; el subjefe, su deseo de triunfar
socialmente; y Winnie esconde su frustración por su matrimonio. A ese respecto, el
narrador sabe que el secreto hace daño, que destruye por dentro a todo aquel que
vive del secreto o con el secreto. Sabe que sobre el secreto solo se puede construir
una existencia frágil, siempre amenazada, en permanente peligro de derrumbe.
Frente a esa fragilidad, el narrador se siente fuerte y superior. Por otro lado, el
secreto parece algo necesario, imprescindible para sobrevivir. Como si el secreto
fuera la única forma de posible convivencia equilibrada entre lo público y lo
privado. Lo privado está obligado a ser secreto, íntimo. Cuando el secreto se
rompe, ese inestable equilibrio se viene abajo. En la escena entre el señor Verloc y
Winnie (no deja de ser curioso que Verloc solo tenga apellido, mientras que Winnie
tiene nombre propio en lugar de ser la señora Verloc) que tiene lugar en el capítulo
XI asistimos a ese desmoronamiento. Esa escena, que es el verdadero momento
cumbre de la novela, su «clímax», y que es sin duda el mejor momento literario de
toda la novela —diría incluso que es una de las mejores escenas de la novela
contemporánea—, representa de manera magistral la ruptura de una vida, la de
Winnie, construida sobre el secreto que guarda: su resignación al matrimonio con
Verloc. Recordemos la inteligencia narrativa con que está escrita: el señor Verloc no
entiende la reacción de Winnie porque no se ha enterado de ese secreto sobre el
que construyó su vida conyugal. Winnie, que muy significativamente permanece
con los ojos tapados durante casi todo el tiempo —no quiere ver («la vida no se
puede observar muy de cerca»)—, ve cómo al haberse destruido la razón de su
secreto, su amor por Stevie y la necesidad de protegerlo, toda su vida carece de
sentido. Y la escena logra impresionarnos de manera absoluta porque en este caso
el secreto no esconde un egoísmo, no es un acto de simulación, sino un acto de
piedad hacia el hermano «inocente». La inocencia no sirve, nos viene a contar ese
narrador. La inocencia es peligrosa, del mismo modo que el inocente de Stevie,
llevado por la piedad, hace estallar primero petardos y más tarde una bomba. Con
Winnie y Stevie el narrador no es cruel, pero tampoco misericorde. En el mundo
que nos presenta el narrador no hay lugar para la misericordia. La misericordia,
encarnada por Stevie, no conduce más que a la anarquía. Como dice el escritor
Chesterton, el misericorde acaba realmente por ser un enemigo de la especie
humana, a fuerza de querer ser tan humanitario.

El

secreto

del narrador

Bien, ya sabemos lo que nos dice el narrador: no es bueno sentir misericordia


por los débiles, y este es un mundo donde todos construyen y se aferran a un
secreto del mismo modo que un náufrago se agarra a los restos de un naufragio.
¿Es esto lo que la novela nos cuenta con lo que cuenta? No exactamente. Esto es lo
que nos cuenta en definitiva el narrador, pero una novela no es estrictamente lo
que nos cuenta su narrador. Una novela es algo más amplio: incluye a ese narrador
narrando y, si desde esa concepción nos hacemos ahora la pregunta, ya podemos,
quizá, acertar en la respuesta. ¿Qué nos cuenta ese ver y oír a ese narrador concreto
narrando lo que nos narra? Arriesguémonos a una respuesta, atrevámonos a
adivinar su secreto: tiene miedo. Por eso no ve al mundo de frente, sino desde
arriba. Se quiere colocar por encima de él: le tiene miedo. Tiene miedo a «observar
muy de cerca».

Un método

de

lectura
Es evidente que una nueva pregunta se desprende de lo anterior: ¿a qué
tiene miedo? Para intentar responderla vamos a volver al principio del libro, a ese
prefacio o nota del autor que acompaña a esta edición. Pero antes quisiéramos
hacer una breve reflexión sobre nuestro propio método de trabajo al enfocar la
lectura de esta novela, método que puede y debe —en nuestra opinión— hacerse
extensivo a todas las lecturas. El método, como podéis comprobar, es muy simple y
se remonta a las enseñanzas de Sócrates. Consiste en descubrir las preguntas que el
texto nos proporciona (¿Quién nos habla? ¿Qué quiere? ¿Qué nos dice?) y en
dejarse llevar por esa madeja de interrogantes que cada respuesta incorpora. El que
escribe quiere que nos callemos, que leamos en silencio sus palabras, que leamos
sus historias. Quiere imponerse a nosotros, los lectores. Está bien, leamos,
escuchémosle en silencio, pero no renunciemos a nuestra inteligencia, a nuestras
palabras, a nuestras preguntas. Leer es interrogar el texto. Sacarle las preguntas —
y las respuestas— que lleva dentro. Al final, cuando la lectura se acabe, echaremos
cuentas. Veremos si esas preguntas y respuestas nos sirven para movernos mejor o
más a gusto en esa gran narración, la vida, en la que todos somos personajes. Pero
volvamos al prefacio.

La mente

del

novelista

Al menos desde el Romanticismo, la creación literaria se ha rodeado de una


aureola y misterio que han ido creciendo, con el paso de los años, hasta un punto
en que el escritor parece muchas veces una especie de mago o genio incognoscible
cuya tarea resulta inescrutable e inalcanzable para el común de los mortales. Ya la
palabra creación, referida a su trabajo, incorpora un aire religioso, casi divino, que
nos remite a las esferas de lo inaprehensible. Esta leyenda que inconsciente o no
tan inconscientemente alimentan muchos escritores cuando son interrogados sobre
las características de su labor coloca al profano —en este caso al no artista— en una
posición semejante a la de los antiguos súbditos frente a los monarcas del
absolutismo, cuyo poder según ellos era de origen divino. Quizá por esta razón,
este prefacio de Joseph Conrad sea una oportunidad excepcional para más allá de
tanto misterio poder entender cómo «trabaja» la mente de un novelista. Nos cuenta
el autor que todo surge a partir de una conversación sobre el tema general del
terrorismo durante la que se habla de un antiguo atentado con bomba contra el
Observatorio de Greenwich, hecho real que tuvo lugar en 1873 y que al autor le
parece algo tan despreciable, estúpido y necio «que ningún proceso de
pensamiento, lógico o ilógico, pudo explicar sus motivos». Con estas palabras, lo
que el autor parece estarse diciendo es que el hecho del atentado no era un hecho
narrativo en cuanto que no es un proceso que se pueda narrar, es decir, que no se
puede explicar. Narrar y explicar son dos términos que están más cerca de lo que
parecen. Precisamente cuando nos cuesta explicar algo de modo natural
recurrimos a la narración, a la parábola, a ese «voy a poner un ejemplo» para
solventar el problema. No es extraño, por tanto, que en la Historia de la Literatura
nos encontremos con el Libro de los enxiemplos del conde Lucanor de don Juan Manuel
o con Las novelas ejemplares de nuestro insigne Cervantes.

Un laboratorio

de elementos

narrativos

Sin duda que un atentado, por muy perverso, brutal, y criminal que nos
parezca, puede ser explicado por alguien aun cuando a nosotros su explicación no
nos convenza. En cualquier caso, Conrad, que parte de su idea del terrorismo como
algo despreciable, no lo ve como materia explicable o narrativa. Sucede sin
embargo que, cuando oye a su amigo la frase de «Ese individuo era medio tonto.
Su hermana se suicidó después», la aparente incongruencia que se establece entre
los dos sintagmas dispara su imaginación como intentando crear los nexos —
narrar— entre ambos enunciados. Como él nos dice, la frase le creó una «impresión
iluminadora», como quien sospecha que donde antes no había luz —explicación—
algo ahora comenzara a iluminarse. Conrad parece darle vueltas a una posible
historia humana, familiar, que solo al encontrarse con la historia del funcionario y
el ministro cuaja en una explicación narrativa en la que el tema familiar y el tema
terrorista se entraman mutuamente: el «proceso» narrativo del atentado se vuelve
«explicable». Los motivos pueden ser descubiertos, narrados. Y narrados de una
forma creíble y verosímil porque el origen profundo de aquellos hechos
aparentemente irracionales e inexplicables es reconocible: la vida urbana, la ciudad
moderna «una cruel devoradora de la luz del mundo. Allí había suficiente sitio
para situar cualquier historia; era un lugar lo bastante profundo para cualquier
pasión, lo bastante variado para cualquier ambiente, y suficientemente oscuro
como para enterrar cinco millones de vidas». Leyendo a Conrad comprobamos
cómo el trabajo de construcción de una novela nada debe a la magia, sino a la
capacidad de un autor para elaborar —argumentar por medio de un argumento
narrativo— una respuesta a una cuestión que despierta su curiosidad. La
comparación de Conrad no es la del escritor romántico con el alquimista, sino con
la de un químico que dedica su talento y su esfuerzo a estudiar cómo se produce
un proceso de cristalización. La mente de un novelista como un laboratorio donde
ensaya y combina elementos narrativos hasta que lo que buscaba tiene lugar. Una
mente que trama y entrama los argumentos de una explicación, es decir, de una
pregunta que la realidad le pone delante.

Trama familiar

y territorio

novelesco

Nos damos cuenta de que la incomprensión del autor sobre «el proceso»
explicativo de un acto terrorista se asoma a la posibilidad de una narración cuando
aquella primera frase le hace ver la posibilidad de una trama familiar, el aspecto
humano que puede haber detrás de un acto terrorista, y esta posibilidad empieza a
cuajar cuando a través de la historia del funcionario y el ministro encuentra un
territorio novelesco para situar su historia. No deja de ser curioso que en El agente
secreto se nos dé una explicación del terrorismo externa al propio fenómeno puesto
que el atentado se explica más en clave policíaca o de «novela de espías» que desde
el terreno político, territorio que Conrad abordaría más tarde en su novela Bajo la
mirada de Occidente y territorio que sin duda alguna ocupa un lugar importante
entre las preocupaciones del novelista que, no lo olvidemos, era hijo de un polaco
revolucionario.

La ciudad,

una realidad

amenazadora

Pero acaso lo más importante de la «Nota del autor» es que nos pone delante
la real materia de su novela: la ciudad como una realidad incognoscible y por tanto
misteriosa, y por tanto no controlable, y por tanto amenazadora. Esa realidad que
Winnie intenta, refugiándose en su secreto: el amor maternal hacia su hermano, no
«observar muy de cerca». Y es esa realidad temible la que el narrador,
distanciándose, situándose por encima, desde una actitud superior, intenta
controlar «ironizando» sobre ella. Pero esa ironía, que en realidad es sarcasmo,
oculta y al tiempo nos desvela la causa de su miedo: la ciudad, la nueva realidad
no abarcable, no controlable. Esa ciudad que en muchos momentos de la novela se
convierte en la protagonista (no olvidemos el largo paso del señor Verloc en el
capítulo II y sobre todo releamos las magníficas frases finales del relato: «Nadie
reparaba en él. Siguió caminando, insospechado y mortífero, como la peste en
medio de una calle llena de seres humanos»). Cuenta Conrad que parte del público
recibió la novela con desagrado, y no es extraña esta reacción: la novela ponía
delante de los lectores una realidad —ese monstruo urbano donde cualquier peste
mortífera se pasea insospechada— que asustaba e incomodaba a una sociedad que
rechazaba estéticamente lo feo, lo pobre, lo mísero porque no quería reconocer la
presencia de algo que la asustaba. Algo no predecible y por tanto temible. Y ese
miedo es el que en definitiva nos cuenta la narración. Por eso bien puede pensarse
esta novela como un antecedente directo de la novela urbana e indirectamente de
la llamada «novela negra», ese género policíaco que pocos años más tarde
construirían los norteamericanos Dashiell Hammet y Raymond Chandler. En ese
sentido. El agente secreto forma parte importante de los orígenes de la novela
contemporánea y, aunque solo fuera por esto, debe ocupar un lugar de privilegio
en una teórica biblioteca de la historia de la novela.

CONSTANTINO BÉRTOLO
Bibliografía

AÑO TÍTULO ORIGINAL TÍTULO CASTELLANO 1895 Almayer’s


Folly; a Story of an Eastern River La locura de Almayer (1925) 1896 An Outcast of the
Islands Un vagabundo de las islas (1931) 1898 The Nigger of the «Narcissus»; a Tale of
the Forecastle El negro del «Narcissus» (1932) 1898 Tales of Unrest. — Contiene: The
Idiots; Karain, a Memory; The Lagoon; An Outpost of Progress; The Return Cuentos de
inquietud[68] (1928) 1900 Lord Jim; a Tale Lord Jim (1927) 1901 The Inheritors; an
Extravagant Story[69] Los herederos; una historia extravagante 1902 Youth: A
Narrative; and Two Other Stories — Contiene: Youth; Heart of Darkness; The end of the
Tether Juventud (1931) — Contiene: Juventud; El corazón de las tinieblas; El cabo de la
cuerda 1903 Typhoon and Other Stories — Contiene: Typhoon; Amy Foster; Falk, a
Reminiscence; Tomorrow Un tifón (1929) — Contiene: Un tifón; Amata Foster; Falk;
Mañana 1903 Romance; a Novel[70] Romance; una novela 1904 Nostromo; a Tale of
the Seaboard Nostromo. Relato de un litoral (1926) 1906 The Mirror of the Sea;
Memories and Impressions — Contiene: Landfalls and Departures; Emblems of Hope; The
Fine Art; Cobwebs and Gossamer; The Weight of the Burden; Overdue and Missing; The
Grip of the Land; The Character of the Foe; Rulers of East and West; The Faithful River; In
Captivity; Initiation; The Nursery of the Craft; The Tremolino; The Heroic Age El espejo
del mar[71] (1981) — Contiene: Recaladas y partidas; Emblemas de esperanza; El bello arte;
Telarañas e hilo; El peso de la carga; Retrasados y desaparecidos; El asimiento de la tierra;
El carácter del enemigo; Soberanos de este y oeste; El río fiel; En cautividad; Iniciación; La
cuna del arte; El Tromolino 1907 The Secret Agent; a Simple Tale El agente secreto;
una historia simple (1935) 1908 A Set of Six — Contiene: Gaspar Ruiz; The Informer;
The Brute; An Anarchist; The Duel; Il conde Seis cuentos (1928) — Contiene: Gaspar
Ruiz; El delator; La bestia; Un anarquista; El duelo; El conde 1911 Under Western Eyes;
a Novel Alma rusa[72] (1925) 1912 A personal Record[73] Un recuerdo personal
1912 Twixt Land and Sea; Tales — Contiene: The Secret Sharer; A Smile of Fortune;
Freya of the Seven Isles Entre la tierra y el mar; cuentos — Contiene: El confidente
secreto (1981); La sonrisa de la fortuna; Freya la de las siete islas (1946) 1913 Chance; a
Tale in Two Parts Azar: un cuento en dos partes 1915 Victory; an Island Tale
Victoria, la novela de una isla[74] (1925) 1915 Within the Tids; Tales — Contiene: The
Inn of Two Witches; The Partner; The Planter of Malata; Because of the Dollars Entre
mareas (1931) — Contiene: La posada de las dos brujas; El socio[75]; El colono de Malata;
Por causa de los dólares 1917 The Shadow-Line; a Confession La línea de sombra (1931)
1919 The Arrow of Cold; a Story between Two Notes La flecha de oro; una novela entre
dos notas (1935) 1920 The Rescue; a Romance of the Shallows El rescate; un romance
de los bajíos (1932) 1921 Notes on Life and Letters — Contiene: Books; Henry James;
Alphonse Daudet; Guy de Maupassant; Anatole France: I. Crainquebille. II. L’île des
Pingouins; Turgenev; Stephen Crane, a Note without Dates; Tales of the Sea; An Observer
in Malay; A Happy Wanderer; The Life Beyond; The Ascending Effort; The Censor of
Plays; Autocracy and War; The Crime of Partition; A Note on the Polish Problem; Poland
Revisited; First News; Well Done!; Tradition; Confidence; Flight; Some Reflections on the
Loss of the Titanic; Certain Aspects of the Admirable Inquiry into the Loss of the Titanic;
Protection of Ocean Liners; A Friendly Place Notas de vida y letras (1981) — Contiene:
Libros; Henry James. Una apreciación; Alphonse Daudet; Guy de Maupassant; Anatole
France; Turguénev; Stephen Crane. Nota sin fecha; Relatos de la mar; Un observador en
Malaya; Un vagabundo feliz; La vida en el más allá; El esfuerzo elevador; El censor de
comedias; Una apreciación; Autocracia y guerra; El crimen de la partición; Nota sobre el
problema polaco; Polonia otra vez; Primeras noticias; Buen trabajo; Tradición; Confianza;
Vuelo; Algunas reflexiones sobre la pérdida del Titanic; Algunos aspectos de la admirable
investigación sobre la pérdida del Titanic; La protección de los transatlánticos; Un lugar
acogedor 1923 The Nature of a Crime[76] La naturaleza de un crimen 1923 The
Rover El hermano de la costa[77] (1949) 1925 Tales of Hearsay — Contiene: The
Warrior’s Soul; Prince Roman; The Tale; The Black Mate El alma del guerrero y otros
cuentos de oídas (1985) — Contiene: El alma del guerrero; El principe Román; La historia;
El piloto negro 1925 Suspense; a Napoleonic Novel Suspense; una novela
napoleónica 1926 Last Essays — Contiene: Christmas Day at Sea; The Congo
Diary[78]; Cookery; The Dover Patrol; The Future of Constantinople; Geography and Some
Explorers; A Glance at Two Books; His War Book; John Galsworthy; Legends; The Loss of
the Dalgonar; Memorandum on the Scheme for fitting out a Sailing Ship; Ocean Travel;
Outside Literature; Preface to The shorter Tales of Joseph Conrad; Stephen Crane, a Preface
to Thomas Beer’s Stephen Crane; The Torrens, a Personal Tribute; Travel; The Unlighted
Coast Últimos ensayos — Contiene: Un día de Navidad en el mar; Diario del
Congo; Cocina; La patrulla de Dover; El futuro de Constantinopla; Geografía y
algunos exploradores; Un vistazo a dos libros; Su libro de guerra; John
Galsworthy; Leyendas; La pérdida de los Dalgonar; Memorándum del esquema
para armar un barco velero; Viaje oceánico; Estudios paraliterarios; Prefacio a Los
cuentos cortos de Joseph Conrad; Stephen Crane, un prefacio al Stephen Crane de
Thomas Beer; Los Torrens, un tributo personal; Viaje; La costa oscura 1928 The
Sisters Las hermanas 1934 Three Plays — Contiene: Laughing Anne; One Day
More; The Secret Agent Tres comedias — Contiene: La risueña Anne, Un día más; El
agente secreto
Notas
[1]
Herbert George Wells (1866-1946), escritor británico, autor de novelas de
ciencia ficción, entre las que destacan La máquina del tiempo, El hombre invisible, La
guerra de los mundos o La isla del doctor Moreau (publicadas en esta colección con los
números 18, 26, 44 y 98), si bien en otras obras se centra en problemas sociales,
como en Kipps, historia de un alma simple, citada en esta misma dedicatoria. <<

[2] Antigua, primitiva, originaria. <<

[3] «Tino», «tacto», «mano izquierda». (En francés en el original). <<

Antiguo observatorio, situado en el parque homónimo, cuya posición fijó


[4]

el meridiano origen, también llamado meridiano internacional o primer meridiano.


Fundado en 1675 por Carlos II, fue trasladado a Herstmonceux, en Sussex, en 1958.
<<

Una de las arterias más importantes de Londres, que pasa muy cerca de la
[5]

famosa estación Victoria. <<

Antiguo barrio aristocrático que a finales del siglo XIX aún conservaba el
[6]

renombre de su antiguo esplendor. <<

[7]
Barrio del centro de Londres en el que desde finales del siglo XIX se han
establecido muchos inmigrantes, algunos de ellos muy famosos; por ejemplo,
Marx. <<

[8]
La girándula es una rueda que gira despidiendo cohetes.

El buscapiés es un cohete sin varilla que, encendido, corre por el suelo. <<

[9]
Rotten Row es un paseo para caballos situado junto al lago The
Serpentine, en Hyde Park. <<

[10]
Divisa en forma de disco, compuesta de cintas, generalmente de varios
colores, que se coloca en el sombrero o morrión del soldado. <<

[11]
El cupé es una especie de berlina, con cuatro ruedas, generalmente de dos
plazas.

Victoria es un coche con dos asientos, también con cuatro ruedas, abierto y
con capota. <<

Knightsbridge es una calle que sale de Hyde Park Córner, una de kts
[12]

entradas a Hyde Park, y discurre paralela al parque. <<

[13] La yarda inglesa equivale a 0,914 metros. <<

Empleado auxiliar en las embajadas, legaciones, consulados, etc., y en


[14]

muchos países, ministro de Asuntos Exteriores. <<

[15] Anteojos que se sujetan solamente en la nariz. <<

[16]
«Mi querido amigo». (En francés en el original). <<

[17]
«Hay mujeres por medio». «Es cuestión de faldas». (En francés en el
original). <<

[18]Cita incompleta, cuyo texto es Vox el praeterea nihil, que significa «Una voz
y nada más», «una expresión ineficaz», «la voz de algo inadvertido».
Originariamente aplicado al ruiseñor, cuyo cuerpo es insignificante. (En latín en el
original). <<

[19] Relativo a las regiones muy septentrionales, situadas en el extremo norte.


<<

[20] «Agente provocador». (En francés en el original). <<

Museo nacional de pintura de Londres, situado en Trafalgar Square,


[21]

reúne numerosas obras maestras de las grandes escuelas de la pintura. <<

[22]Estación de ferrocarril situada en el extremo del Strand, al sur de


Trafalgar Square. <<

Una de las grandes arterias de Londres, entre Hyde Park y Regent Street
[23]

y que desemboca en Piccadilly Circus. <<

Ciudad de Suiza, capital del cantón de Vaud, en la orilla septentrional del


[24]

lago Léman. <<

[25]
Medida de peso que en el Reino Unido equivale a 28,35 gramos. <<
[26]Actual Mariánské Lázne, ciudad de la República Checa. Posee un
balneario famoso por sus fuentes termales. <<

[27] Tela de lana o estambre, cuyo tejido forma unas líneas diagonales. <<

Cesare Lombroso (1835-1909), médico y antropólogo italiano, defendió la


[28]

teoría, hoy prácticamente descartada, de que la tendencia a la delincuencia es


producto de las características psicológicas y fisiológicas del delincuente. <<

Trozo de tela sujeto con botones en la parte posterior de algunas prendas


[29]

que cubren la cabeza, para resguardar la nuca del sol o de la lluvia. <<

En retórica, la imagen es la representación viva y eficaz de una cosa por


[30]

medio del lenguaje. <<

[31]El individualismo es el principio de gobierno diametralmente opuesto al


socialismo, en cuanto favorece la libertad de acción del individuo, evitando la
interferencia del Estado. Por el contrario, el colectivismo es una teoría económica
según la cual el capital y cualquier medio de producción han de pertenecer al
Estado, para ser distribuidos al individuo, quien debe gozar del fruto obtenido con
su propio trabajo. El colectivismo sirve de base para el socialismo propugnado por
Marx, Engels y Bakunin. <<

[32]
Literalmente, «Parque Verde»; está muy próximo a Hyde Park y contiguo
a los jardines del palacio real de Buckingham. <<

[33]
En la época en que se desarrolla la novela, Islington era un barrio pobre
de la periferia del nordeste de Londres. Actualmente está integrado en la ciudad, y
la miseria de antaño ya solo es un recuerdo. <<

Baile de origen polaco en compás de tres por cuatro, de movimiento más


[34]

moderado que el vals. <<

[35]
El observatorio está situado prácticamente en el centro de Greenwich
Park, y Romney Road es una arteria importante que separa el parque del Museo
Naval. Park Place es una calle que está situada al este del parque, a considerable
distancia del observatorio. <<

[36]
«Por tanto», «en consecuencia»; suele utilizarse para introducir la
conclusión de un silogismo. (En latín en el original). <<
Cayo César Augusto Germánico Calígula (12-41), sanguinario emperador
[37]

romano del 37 al 41, murió a manos de su guardia pretoriana. <<

[38] Esta puerta es la más cercana al Observatorio. <<

[39] Estación muy próxima a Greenwich Park. <<

[40] Paño tupido y lustroso que se usaba para prendas de abrigo. <<

[41]
La anquilosis es un proceso de limitación de movilidad de una
articulación, que puede desembocar en el bloqueo total de la misma. El saturnismo
es una enfermedad producida por la intoxicación con sales de plomo. El grisú es
un gas metífico, mezcla de metano con anhídrido carbónico y nitrógeno, que se
desprende en las minas de carbón y forma con el aire una mezcla detonante. <<

[42] Paño escocés de lana virgen, cálido, resistente al desgaste e impermeable.


<<

Miembro de la clase más rica de un país, que goza de poder e influencia a


[43]

causa de su riqueza. <<

[44]
«Arribista». (En francés, en el original). <<

[45]
Alfred Russell Wallace (1823-1913), viajero y naturalista británico que
concibió, independientemente de Darwin, el principio de selección natural. Autor
de diversas obras, entre ellas, The Malay Archipelago, publicada en 1869. <<

[46] Tela de algodón fina, teñida o estampada y aprestada con cierto brillo. <<

[47] Se refiere a la City, el centro financiero de Londres. <<

Strand es una de las arterias más importantes de Londres, entre Trafalgar


[48]

Square y Fleet Street. En uno de sus extremos se halla Charing Cross, encrucijada
cuyo nombre se deriva de la cruz que mandó erigir Eduardo I (1239-1307) para
marcar el trayecto del entierro de su esposa, Leonor de Castilla, hasta la abadía de
Westminster. Charing Cross es actualmente una importante estación ferroviaria y
una de las principales estaciones del metro londinense. <<

[49]
Ciudad del condado de Kent, cerca del cabo Fortland. Es una de las
principales estaciones balnearias de Gran Bretaña. <<
Ciudad y puerto del condado de Kent, en el paso de Calais. Ya desde la
[50]

época romana constituyó un importante punto de penetración desde el continente.


<<

[51]
Los tártaros eran una rama del grupo étnico mongol, integrada en el
siglo XII en el imperio de Gengis Kan. Su nombre pasó más tarde a designar el
pueblo surgido en la cuenca del Volga, costas del mar Negro y Siberia occidental
por la mezcla de los mongoles y turcos de la Horda de Oro con los restos de otros
pueblos asentados en esas regiones pertenecientes a grupos étnicos heterogéneos.
<<

[52]
No está claro el significado de este apodo. Hace pensar en la
pronunciación similar de toothless («desdentado»), tal vez con la connotación de
inofensivo o inocente. <<

[53]
Nombre que significa «quesero». <<

[54]Título nobiliario británico intermedio entre el de barón y el de caballero,


creado en 1611 por el rey Jacobo I de Inglaterra, a título honorífico, para que sus
rentas aliviaran las finanzas del reino. <<

Una de las principales arterias de la ciudad, entre Trafalgar Square y


[55]

Westminster. La avenida está bordeada de importantes edificios, como el


Ministerio de la Guerra, el antiguo Almirantazgo y los edificios de los Horse
Guards. <<

Se refiere al actual Parlamento, al que se llamó durante algún tiempo con


[56]

el nombre del anterior, destruido en un incendio en 1834. <<

[57]
Sileno es una divinidad del cortejo de Baco. En la Bucólica VI, Virgilio
pinta «su frente y sus sienes con moras color de la sangre» (sanguineis frontem moris
et tempora pingit: v. 22). <<

Ciudad y puerto del condado de Kent, en la orilla derecha del estuario del
[58]

Medway, frente a Rochester. <<

[59]
Uno de los paseos que atraviesan el parque de Greenwich. <<

La Cámara de los Comunes es el Parlamento británico. La Cámara de los


[60]

Lores tiene funciones similares al del Senado en España. En inglés es House


(«Casa»), por lo que se pierde el juego de palabras inmediato, «la Casa por
excelencia». <<

[61]
Pez marino elasmobranquio, muy voraz, del cual se utiliza la carne, la
piel y el aceite que se saca de su hígado. <<

[62]
Alusión a un pasaje de la Biblia (Daniel 5) que relata cómo Baltasar,
último rey de Babilonia, durante el transcurso de una orgía, se hizo traer los vasos
sagrados que Nabucodonor había sacado del templo de Jerusalén. Poco después, el
monarca vio con espanto que una mano trazaba sobre el muro unos caracteres
misteriosos: Mené, Mené, Teqel, y Parsin. Llamado el profeta Daniel, este dijo al
rey que era Dios quien había enviado la mano que había trazado el escrito,
interpretando a continuación las palabras. Mené: Dios ha medido tu reino y le ha
puesto fin; Teqel: has sido pesado en la balanza y encontrado falto de peso; Parsin:
tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y los persas. Aquella noche fue
asesinado Baltasar y recibió el reino Darío el Medo. <<

Southampton es una ciudad del condado de Hampshire, en el fondo de la


[63]

bahía de Southampton Water. Sus favorables condiciones náuticas (mar quieta en


alta mar, marca débil, etc.) y la proximidad de Londres estimularon el desarrollo
del puerto comercial y de viajeros, tanto para largas distancias (América del Norte,
África del Sur) como para las comunicaciones con España y Francia. Saint-Malo es
una localidad del departamento francés de Ille-et-Vilaine, en la costa septentrional
de Bretaña; pose un pequeño puerto pesquero, comercial y de pasaje hacia el Reino
Unido. <<

La estación de Waterloo fue construida en 1848. A ella llegan los trenes


[64]

procedentes del sudoeste de Inglaterra. <<

Conrad describe un itinerario real desde la estación de Waterloo hasta


[65]

Hyde Park, pasando por Westminster. <<

Antiguo parque de la residencia real construida por el arquitecto


[66]

Christopher Wren (1632-1723) bajo Guillermo III, que prolonga y completa Hyde
Park. También allí están ambientadas las aventuras de Peter Pan en los jardines de
Kensington. <<

El anterior contiene dos títulos: Juventud y La línea de sombra (n.º 86 de


[67]

«Tus Libros»). El apéndice, así como la traducción, es de Vicente Muñoz. Puelles.


<<

[68]
La traducción es de Marco-Aurelio Calindo y Cipriano de Rivas Cherif, el
cuñado de Azaña. Algunos de los cuentos, como «Los idiotas», «Karaín, un
recuerdo» y «Una avanzada del progreso», fueron publicados por separado. <<

[69] Escrita en colaboración con Ford Madox Hueffer. <<

[70] Escrita en colaboración con Ford Madox Hueffer. <<

La traducción, excelente, es de Javier Marías y lleva un prólogo de Juan


[71]

Benet. En su «Nota al texto», explica Javier Marías la exclusión de «The Heroic


Age» y la historia de «The Silence of the Sea» (El silencio del mar). <<

[72]
Posteriormente se ha traducido de modo habitual con el título más exacto
de Bajo la mirada de Occidente. <<

[73]
Prepublicado en la English Review, de diciembre de 1908 a junio de 1909,
con el título Some Reminiscences. <<

[74]
Hay una buena traducción reciente de Alejandro Gándara. <<

[75]Reeditado en 1983 con ilustraciones de Jesús Gabán. Algunos de los


cuentos de esta serie han sido traducidos en 1988 bajo el título La posada de las dos
brujas y otros cuentos, que, además del que da título al libro, contiene «Juventud»,
«El socio» y «Una avanzada del progreso». <<

[76] Escrita en colaboración con Ford Madox Hueffer. <<

[77] Recientemente traducido por Eduardo Chamorro con el título El pirata. <<

[78]
Reeditada por Doubleday and Company, Inc. (Nueva York, 1978) con el
título The Congo Diary and other Uncollected Pieces; en dicha colección se recoge,
entre otros, «El silencio del mar» (véase nota 72). <<

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