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Identidad Nacional y Edipo Rey

La obra Edipo Rey de Sófocles explora temas de identidad individual y colectiva. Edipo pasa por varias identidades falsas como rey, marido y padre antes de descubrir su verdadera identidad como hijo de Layo y Yocasta. La obra muestra cómo la identidad está constituida por roles sociales como el género, la clase y el territorio, los cuales pueden ser falsos o cambiar, cuestionando las categorías sociales.

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Identidad Nacional y Edipo Rey

La obra Edipo Rey de Sófocles explora temas de identidad individual y colectiva. Edipo pasa por varias identidades falsas como rey, marido y padre antes de descubrir su verdadera identidad como hijo de Layo y Yocasta. La obra muestra cómo la identidad está constituida por roles sociales como el género, la clase y el territorio, los cuales pueden ser falsos o cambiar, cuestionando las categorías sociales.

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LA IDENTIDAD NACIONAL

Por Anthony D.
Smith
CAPÍTULO 1
LA IDENTIDAD NACIONAL Y OTRAS IDENTIDADES

El año 429 a.C. supuso un punto de inflexión para Atenas, pues en dicho año
Pericles, tras treinta años de liderato, sucumbió a la epidemia que asoló Ate-
nas. A partir de ese momento el poder ateniense entró en franca decadencia.
Aquel mismo año se representó la que muchos consideran la mejor tragedia
de Sófocles, Oedipus Tyrannos (Edipo Rey). Según ciertas interpretaciones la
obra era una advertencia del autor a sus compatriotas sobre los peligros que
entrañan el orgullo y el poder, pero el tema fundamental de la misma es el
problema de la identidad.
La obra se inicia con una epidemia, que no asóla Atenas sino Tebas. No tar-
damos en enterarnos de que ha sido enviada por los dioses debido a un asesi-
nato sin resolver que se había producido hacía tiempo: el de Layo, rey de Te-
bas. Poco después de aquel asesinato, que había tenido lugar en el camino a
Delfos, Edipo llegó a Tebas y liberó a la ciudad del terror de la Esfinge acer-
tando las respuestas a sus enigmas. Acto seguido, Edipo se convirtió en Rey, se
casó con Yocasta, la reina viuda, y tuvo cuatro hijos con ella, dos niños y dos
niñas.
Al principio de la obra Edipo promete que descubrirá la presencia impura
que ha provocado la epidemia y que ha de ser desterrada. Manda llamar a Tire-
sias, el adivino ciego, pero éste se limita a contestar de forma poco clara que él,
Edipo, es la presencia impura a la que se debe enviar al exilio. Edipo sospecha
entonces que Tiresias ha sido incitado a hacer semejante acusación por Cre-
onte, el intrigante hermano de Yocasta. Pero Yocasta pone remedio al entren-
tamiento entre ambos revelando que unos ladrones habían asesinado a Layo, su
anterior marido en un lugar donde «confluyen tres caminos». Esta revelación
aviva en Edipo el recuerdo de una ocasión en que él mató a unos extranjeros.
No obstante, un hombre había sobrevivido y al volver a Tebas suplicó que le
dejaran irse a apacentar ganado. Edipo manda que lleven a este hombre a su
presencia, tiene que enterarse de lo que le sucedió a Layo.
Llega un mensajero de Corinto y anuncia que Pólíbo, rey de la ciudad y pa-
dre de Edipo, ha muerto. Este acontecimiento induce a Edipo a desvelar el
motivo por el que tiempo atrás se había marchado de Corinto para no volver:
un oráculo del santuario de Delfos había augurado que él mataría a su padre y
se casaría con su madre. Ni siquiera ahora podía volver a Corinto por temor a
la posibilidad de casarse con su madre, Mérope.
Pero el mensajero corintio tiene una sorpresa para Edipo: no es hijo del rey y
la reina de Corinto. Él era un niño abandonado que había sido entregado a la
pareja real porque no tenían hijos, y había sido precisamente el mensajero en
2 La identidad nacional

persona quien se lo había llevado hacía mucho tiempo, cuando era pastor en el
monte Citerón. Si el mensajero no lo hubiera recogido de manos de un pastor
tebano, Edipo hubiera muerto por abandono, con sus piececitos hinchados por
las heridas que le hicieron los cardos, por lo que le llamaron Edipo («el de los
hinchados pies»). ¿Quién es este pastor tebano y de dónde sacó el niño con los
pies acribillados? Yocasta se ha percatado de la cruda realidad y suplica a Edipo
que desista de su empeño; a lo que él se niega, porque ha de saber «quién es».
Yocasta sale corriendo y se ahorca. Mientras tanto Edipo se regocija:

Yo mi linaje lo tengo que descubrir, por más villano que él sea. Esa (vanidosa
como buena mujer) se siente humillada ante mi humilde cuna. Yo soy hijo de
mi fortuna, y no me dejará abochornado quien tan bien me cuida. Fortuna es
mi madre. Los meses y los años, mis hermanos, deciden mi linaje, alto o bajo.
Hijo de tales padres, ni tengo que resultar ya otro, ni tengo por qué ignorar
mi cuna1.

En este momento traen al pastor tebano. Resulta que es el mismo hombre


que huyó cuando Layo fue asesinado, y también el hombre que muchos años
atrás había entregado el bebé al mensajero corintio en el monte Citerón en vez
de abandonarlo para que muriera. De mala gana al principio y luego cada vez
más aterrorizado, el pastor tebano revela la verdad: él era un siervo de con-
fianza de Layo y Yocasta, los cuales, debido a un oráculo, le habían dado el
bebé para que lo abandonara en el monte Citerón: el niño era hijo de Layo y
Yocasta...
Edipo sale corriendo, encuentra a Yocasta colgada del techo y se arranca los
ojos. El resto de su vida se convierte en una larga búsqueda que empieza en
Tebas y prosigue en el exilio con Antígona para averiguar el significado de su
extraño destino, hasta que en el bosquecillo de las Euménides en Colono, a las
afueras de Atenas, se lo traga la tierra y mediante ese acto santifica a Atenas
para siempre. Ese fue el último pensamiento del poeta en el año 406 a.C. al
final de su larga vida2.

I. MÚLTIPLES IDENTIDADES

En la obra de Sófocles hay muchos temas, y más de un nivel, pero la cuestión


de la identidad, colectiva e individual, se cierne sobre la acción. «Sabré quién
soy»: el descubrimiento del yo constituye el motor de la obra y el significado
interno de la acción. Sin embargo, cada «yo» que desvela Edipo es también un
yo social, una categoría y un rol, aunque no sea el que en realidad le corres-
ponde a Edipo. Sólo después del devastador descubrimiento de «quién es» em-
pieza él realmente a atisbar el significado de su destino: no es un gobernante
con éxito, ni un marido o padre normal, ni el salvador de su ciudad, sino que
se ha convertido en una presencia deshonrosa, en un asesino, un esclavo de baja
La identidad nacional y otras identidades 3

cuna, un extranjero, un hijo de la Fortuna. Solamente al final ve de verdad lo


que, aún teniendo ojos, era incapaz de «ver» y lo que sólo Tiresias, el vidente
ciego, podía ver. El se convertirá en otro Tiresias, otro adivino ciego, con el
poder de curar y salvar gracias a sus sufrimientos y a su extraordinario
destino3.
En la tragedia de Sófocles, Edipo pasa por una serie de condiciones y roles
sociales, qi_ie son al mismo tiempo otras tantas identidades colectivas bien co-
nocidas por los griegos del siglo V. Aunque no tuvieran la experiencia de ser
reyes o asesinos, los griegos de la época estaban muy familiarizados con el sig-
nificado mítico o simbólico de estas identidades. La misma extrañeza que pro-
vocaba el destino final de Edipo hacía que los papeles falsos que iba «represen-
tando» consecutivamente parecieran familiares y fueran fácilmente
comprensibles.
Edipo, al igual que otros héroes cuyas hazañas fueron dramatizadas por los
autores de tragedias atenienses, representa a una persona normal que es colo-
cada en circunstancias extrañas y apartada de los demás por un destino extraor-
dinario. Él es normal, puesto que los papeles que desempeñaba antes del descu-
brimiento de sus orígenes representan otras tantas identidades y «ubicaciones»
colectivas. Corno otras personas, Edipo tiene una serie de identidades-roles: pa-
dre, marido, rey e incluso héroe. Gran parte de su identidad individual reside
en estos roles sociales y categorías culturales, o esa es la impresión que produce
hasta que se conoce la verdad. En ese momento su mundo se trastoca radical-
mente al demostrarse que sus anteriores identidades son falsas.
La historia de Edipo subraya claramente el problema de la identidad, ya
que desvela cómo el yo está constituido por múltiples identidades y roles:
familiares, territoriales, de clase, religiosos, étnicos y sexuales. También pone
de manifiesto cómo todas estas identidades se basan en clasificaciones sociales
que pueden ser modificadas o incluso abolidas. La revelación del nacimiento
de Edipo nos demuestra que hay otro mundo invisible que influye en nuestro
mundo material, trastoca sus categorías sociales y destruye todas las identi-
dades que conocemos.
¿Cuáles son estas categorías y roles que constituyen el yo individual?
La más evidente y fundamental es la categoría de género. Aunque no sean
inmutables, las clasificaciones basadas en el género son universales e impreg-
nan todos los ámbitos. Además son el origen de otras diferencias y subordi-
naciones, porque el género nos define de una forma no sólo sutil sino tam-
bién evidente, como lo demuestran las oportunidades y recompensas que
tenemos en la vida por pertenecer a uno u otro género. No obstante, la
misma esencia universal de la diferenciación de género la convierte en un
fundamento menos cohesivo y con menos poder para producir identificacio-
nes y movilizaciones colectivas. A pesar de que en ciertos países han surgido
movimientos feministas, la identidad de género, que está presente en todo el
mundo, tiene, inevitablemente, menos efecto y se da por sentada en mayor
medida que otros tipos de identidad colectiva en el mundo actual. Separadas
geográficamente, divididas socialmente y fragmentadas étnicamente, las
divisiones (c/eavages) de género tienen que asociarse con otras identidades,
^Sófocles (1947,pp.66, 74, 79 y 117-121).
4 La identidad nacional

que tengan un mayor poder de cohesión, si quieren inspirar una conciencia y


acción colectivas4.
En segundo lugar figura la categoría de espacio o territorio. La identidad
local y la regional están igualmente generalizadas, en particular en las épocas
premodernas. Asimismo, parece que el localismo y el regionalismo poseen la
cualidad cohesiva de la que en general carece la diferenciación de género. Pero,
a menudo, se demuestra que dicha impresión es engañosa: es fácil que las re-
giones se fragmenten en localidades y que las localidades se desintegren en po-
blaciones independientes. Es muy raro encontrar un movimiento regional co-
hesivo y poderoso, como el movimiento de la Vendée durante la Revolución
francesa; no obstante, como en ese caso, es probable que la unidad de estos
movimientos se derive en igual medida de la ideología que de la ecología. En
la mayoría de los casos el regionalismo es incapaz de mantener la movilización
de sus habitantes, debido a la diversidad de quejas y problemas singulares que
plantean. Otro inconveniente reside en la dificultad de definir geográfica-
mente las regiones, ya que, por lo general, tienen varios centros y sus límites
son discontinuos5.
El tercer tipo de identidad colectiva es la socioeconómica: la categoría de
'/clase social. El miedo de Edipo a que se demostrara que era hijo de esclavos re-
" fleja el temor que tenían los griegos de la Antigüedad a la esclavitud y la po-
breza, temor que en muchas ocasiones ha impulsado movilizaciones políticas,
incluso cuando la esclavitud fue sustituida por la servidumbre. En la sociología
de Marx la clase es la identidad colectiva más importante, la única relevante y el
único motor de la historia. En algunos casos ciertas clases sociales (aristocracias
de diversos tipos, burguesías y proletariados) han sentado las bases de acciones
políticas y militares de importancia decisiva; pero sólo a veces, es decir, no
siempre, ni siquiera con frecuencia. La acción conjunta de la «aristocracia» ha
sido menos frecuente que los enfrentamientos entre facciones de la aristocracia.
Tampoco han escaseado los conflictos entre sectores y fracciones de la burguesía
de la misma nación, empezando por la propia Revolución francesa, por no
mencionar los conflictos entre burguesías de distintas naciones. En lo tocante a
la clase trabajadora, el mito de la hermandad internacional del proletariado goza
de una gran aceptación, pero el mito de la unidad de los trabajadores de una
nación concreta también sigue teniendo vigor e importancia, aunque los
trabajadores se dividan por sectores industriales y según su grado de
preparación. Las revoluciones de los trabajadores han sido casi igual de raras que
las de los campesinos; en ambos casos, la norma es que se hayan producido
revueltas esporádicas y localizadas6.
El inconveniente de considerar la clase social como fundamento de la iden-
tidad colectiva duradera es que tiene escaso interés emotivo y nulo calado cul-

4
Normalmente se intentan vincular con las identidades de clase o nación, de modo que los mo
vimientos feministas suelen aliarse con los movimientos socialistas o con los nacionalistas, o con am
bos.
5
Si desea más información sobre la revuelta de la Vendée véase Tilly (1963). Respecto a los mo
vimientos etnorregionales modernos en Occidente, véase Hechter y Levi (1979).
6
Las divisiones en el seno del Tiers État son analizadas en Cobbam (1965). La escasez de revolu
ciones obreras socialistas no nacionalistas se examina en Kautsky (1962, introducción); si se quiere
ver un punto de vista distinto cf. Breuilly (1982, capítulo 15).
La identidad nacional y otras identidades 5

tural. Ya utilicemos la definición de «clase» de Marx —la relación con los me-
dios de producción— o la de Weber —el conjunto de los que tienen idénticas
oportunidades en el mercado—, el intento de utilizar la clase social como fun-
damento del sentido de identidad y comunidad tiene limitaciones evidentes.
Para empezar, las clases, como las divisiones de género, están dispersas territo-
rialmente. La de clase es una categoría basada fundamentalmente en intereses
económicos, por lo que probablemente se subdivide según criterios de renta y
de nivel de preparación. Además, los factores económicos están sujetos a rápi-
das fluctuaciones, motivo por el cual no hay muchas probabilidades de que los
distintos grupos económicos permanezcan inalterables en una comunidad ba-
sada en las clases sociales. El interés económico personal no suele dar lugar a
identidades colectivas estables.
Hay un último aspecto de la identidad de clase que favorece a la vez que
perjudica la creación de una comunidad estable: las «clases» implican relacio-
nes sociales. En una formación social concreta siempre hay dos clases o más en
conflicto, lo cual contribuye a agudizar las diferencias de clase, y consecuente-
mente las identidades, como han puesto de manifiesto algunos estudios sobre
la cultura de la clase trabajadora británica. Sin embargo, por definición, sólo
una parte de los habitantes de un territorio están incluidos en dichas identi-
dades de clase. En el caso de que apareciera una identidad colectiva con mayor
capacidad de inclusión, que afectara a toda la población de dicho territorio, se-
ría forzosamente muy distinta de la identidad basada en la clase y en los inte-
reses económicos. Esas identidades colectivas de carácter más general podrían
llegar a poner en peligro identidades de clase más restringidas, y quizá a debi-
litarlas o dividirlas recurriendo a criterios de categorización muy distintos.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido en muchos casos, porque las identi-
dades étnicas y religiosas han procurado que las comunidades a las que han
dado origen no estén integradas por una única clase social. Las comunidades re-
ligiosas, en aquellos lugares en los que han aspirado a constituirse en Iglesias,
han atraído a todos los sectores de la población, y en ocasiones han llegado a
traspasar fronteras étnicas. Su mensaje es o nacional o universal; nunca ha ido
destinado a una clase concreta en cuanto tal, incluso en los casos en que la reli-
gión en la práctica se reserva, o al menos se dirige, fundamentalmente, a una
clase en particular. El mazdeísmo de la Persia sasánida del siglo v fue induda-
blemente un movimiento de justicia social en favor de las clases más bajas, pero
su mensaje en principio era universal. De forma similar, el anglicanismo de la
Inglaterra del siglo xvill fue coto principalmente de las clases alta y media,
aunque en principio estuviera abierto a los ingleses de cualquier condición so-
cial. El hecho de que Weber mencione formas muy diversas de «religión cla-
sista» indica los estrechos vínculos existentes entre la identidad de clase y la re-
ligiosa, y el frecuente «deslizamiento» que se produce de una a otra7.
No obstante, la «identidad religiosa» se basa en criterios muy distintos de
los de la «clase social», y nace de esferas de necesidades y acciones humanas
muy diferentes: mientras que la identidad de clase surge del ámbito de la pro-

r
Sobre el movimiento revolucionario de la secta mazdeísta véase Frye (1966, pp.249-250). So-
bre el análisis que hace Weber de la relación entre estratos y clases sociales y los distintos tipos de
experiencia religiosa véase Weber (1965, capítulo 8).
6 ha identidad nacional

ducción y del intercambio, la identidad religiosa nace de los órdenes de la co-


municación y de la socialización. Ambas se basan en alineamientos culturales y
en los elementos que los constituyen (valores, símbolos, mitos y tradiciones),
muchos de los cuales están codificados en costumbres y rituales. Así pues, ha
existido una tendencia a unirse en una sola comunidad de fieles entre todos
aquellos que creen que comparten ciertos códigos simbólicos, sistemas de valo-
res y tradiciones de creencias y rituales, entre los que se incluyen las referen-
cias a una realidad que está más allá de lo empírico, por muy impersonal que
sea, y la impronta de organizaciones especializadas, por sutil que sea8.
Las comunidades religiosas están en muchos casos relacionadas estrecha-
mente con las identidades étnicas. Aunque las «religiones mundiales» preten-
dían pasar por encima de las fronteras étnicas y abolirías, la mayoría de las co-
munidades religiosas coinciden con grupos étnicos. Ejemplos clásicos de esta
coincidencia son los armenios, los judíos y los ambara monofisitas, y también
los coptos antes de la conquista árabe de Egipto. La relación puede ser todavía
más estrecha, porque una comunidad puramente religiosa puede acabar siendo
una comunidad exclusivamente étnica. Un buen ejemplo son los drusos, una
secta musulmana fundada en Egipto, que al ser perseguidos en ese país se tras-
ladaron al inexpugnable Monte Líbano, donde acogieron a persas y kurdos así
como a árabes en los inicios del siglo XI; pero cuando murió su último gran
maestro, Baha'al Din en el año 1301, cesó el proselitismo. El número de los
miembros de la comunidad de fieles se estancó al prohibirse la entrada o la sa-
lida de la misma, por temor fundamentalmente a los enemigos religiosos que
no pertenecían a la comunidad, no tardando los drusos en convertirse también
en una comunidad hereditaria y territorial. Así pues, ser druso en la actualidad
implica pertenecer a una comunidad «etnorreligiosa»9.
Incluso en nuestros días las minorías étnicas siguen manteniendo sólidos
lazos y emblemas religiosos. Los católicos y los protestantes de Irlanda del
Norte, los polacos, los serbios y croatas, los maronitas, los sijs, los cingaleses,
los karen y los persas chiítas figuran entre las numerosas comunidades étnicas
cuya identidad se basa en criterios religiosos diferenciadores. También en este
caso, como lo demuestra John Armstrong, resulta fácil «deslizarse» de un tipo
de identidad a otra, y a menudo se superponen. En muchos momentos de la
historia los círculos inseparables de la identidad étnica y la identidad religiosa
han estado muy próximos, cuando no han coincidido. Todos los pueblos de la
Antigüedad tenían sus propios dioses, textos sagrados, rituales, sacerdotes y
templos, incluso cabía la posibilidad de que los grupos minoritarios o de cam-
pesinos participaran de la cultura religiosa dominante de sus gobernantes. A
principios de la Edad Media en Europa y en Oriente Medio las religiones uni-
versales del islam y la cristiandad ya se subdividían a veces en Iglesias o sectas
delimitadas territorialmente, como en el caso de los armenios y los coptos, y
más tarde los chiítas persas. A pesar de que no se puedan esgrimir argumentos
definitivos en favor de la causalidad étnica, hay un número suficiente de casos
circunstanciales que indican la existencia de estrechos lazos entre las diversas

8
Véase M. Spiro: «Religión: Problem of definición and explanación», en Banron (1966).
9
Sobre los drusos véase Hicci (1928, especialmence el capiculo 12) y H. Z. (j. W.) Hirschberg:
«The Druses», en Arberry (1969).
La idmtidad nacional y otras identidades 7

identidades religiosas, incluyendo las que existen en el seno de las religiones


mundiales, y las comunidades y divisiones (cleavages) étnicas10.
Sin embargo, desde el punto de vista del análisis es preciso distinguir clara-
mente estas dos formas de identidad colectiva cultural. Al fin y al cabo, la co-
munidad religiosa puede dividir a una población etnolingüística, como les su- "
cedió a los suizos o los alemanes y también en Egipto. Durante mucho tiempo las
divisiones {cleavages) religiosas impidieron que se creara una conciencia étnica
duradera y sólida en estos pueblos, hasta que la era del nacionalismo logró
aglutinar a la comunidad sobre un fundamento nuevo, el fundamento político.
Asimismo, aunque las religiones universales como el budismo y el cristianismo
pueden adaptarse a comunidades étnicas que existían antes que ellas, a las que a
su vez consolidan (como en Sri Lanka y Birmania), también es posible que
contribuyan a atenuar las diferencias étnicas, como ocurrió en muchos pueblos
bárbaros cuando se convirtieron al cristianismo y se fusionaron con pueblos
vecinos (como en el caso de los anglos, los sajones y los jutos en Inglaterra)11.
En el siguiente capítulo examinaré los rasgos específicos de las identidades
étnicas que las distinguen de otras identidades, incluidas las religiosas. Por el
momento es preciso subrayar la importancia de las similitudes entre las identi-
dades religiosas y las étnicas: las dos tienen su origen en criterios culturales de
clasificación similares, a menudo se solapan y afianzan mutuamente, y ac-
tuando juntas o por separado son capaces de movilizar y sustentar comunida-
des fuertes.

II. LOS ELEMENTOS DE LA IDENTIDAD «NACIONAL»

í lay un tipo de identidad colectiva, muy importante y generalizado en la ac- ^


tualidad, que apenas se menciona en las obras tebanas de Sófocles pues, aunque '
en ocasiones giran en torno a conflictos entre ciudades, nunca plantean la cues-
tión de la identidad «nacional». Edipo tiene múltiples identidades, pero ser -
extranjero» —es decir, no ser griego— no figura en ningún caso entre ellas. Los
enfrentamiencos colectivos son, a lo sumo, guerras entre ciudades-Estado
tiricias y entre sus gobernantes. ¿Acaso no reflejaba el estado de cosas en la
(jrecia del siglo V a.C?
Friedrich Meinecke en 1908 distinguió la Kulturnation, la comunidad cultural
fundamentalmente pasiva, de la Staatsnation, la nación política con auto-
determinación y activa. Puede que no estemos de acuerdo con la utilización de los
términos que hace este autor, o ni siquiera con los propios términos, pero la
distinción es en sí misma válida y relevante. Políticamente no había «naciones»
en la Grecia de la Antigüedad, sino un conjunto de ciudades-Estado que /

Respecto a este argumento véase el estudio seminal de Armstrong (1982, especialmente los \
dpi'iulos 3 y 7).
l ' n caso llamativo en que la religión retuerza la unicidad es el del budismo birmano, tema so-
bre t-1 que se puede ver Sarkisyanz (lWvt); también cf. De Silva (lWil) sobre el caso cingalés. En re-
[Link]ón con la fusión anglosajona \éase el interesante argumento de F. Wormald; «The emergence of
Aniílo-Saxon Kingdoms», en L. Smith < l l )8 i).
g La identidad nacional

velaban celosamente por su soberanía. Sin embargo, culturalmente existía una


comunidad griega (Hellas) a la que se podía invocar —casi siempre por necesi-
dades atenienses— en el ámbito político, como hizo Pericles, por ejemplo. Es
decir, podemos hablar de una comunidad griega étnica y cultural, pero no de
una «nación» griega antigua12.
Este dato hace pensar que el término de identidad «nacional», al margen
de otras posibles connotaciones, tiene un cierto matiz de comunidad política,
por sutil que sea.'Una comunidad política, a su vez, supone al menos ciertas
instituciones comunes y la existencia de un solo código de derechos y deberes
para todos los miembros de la comunidad. También supone un espacio social
definido, un territorio suficientemente bien delimitado y demarcado, con el
que se identifican sus miembros y al que sienten que pertenecen. Todas estas
características eran las que tenían en mente los philosophes cuando definieron la
jiación como una comunidad de personas que obedece a las mismas leyes e ins-
tituciones en un territorio determinado13.
Esta es, naturalmente, una concepción de la nación característicamente oc-
cidental; pero lo que ocurre es que la experiencia occidental ha tenido mucha
influencia —la mayor, sin duda— en nuestra concepción de eso que llamamos
«nación». En Occidente fue donde se establecieron por primera vez y en estre-
cha conexión una nueva forma política (el Estado racional) y un nuevo tipo de
comunidad (la nación territorial), que dejaron su impronta en posteriores con-
cepciones no occidentales, aunque estas últimas divergieran de sus cánones.
Merece la pena explicar más detalladamente este modelo occidental o «cí-
vico» de la nación. En primer lugar, es una concepción predominantemente
espacial o territorial, según la cual las naciones deben poseer territorios com-
pactos y bien definidos. El pueblo y el territorio tienen, por así decirlo, que
pertenecerse mutuamente, de una forma parecida, por ejemplo, a cómo los ho-
landeses de las primeras épocas se consideraban moldeados por los mares, y
creían que ellos forjaban —literalmente— la tierra que poseían y que hicieron
suya. Pero la tierra en cuestión no puede estar en cualquier parte, no se trata
de cualquier extensión de terreno; es, y así debe ser, el territorio «histórico», la
«patria» (home/and)*, la «cuna» de nuestro pueblo, aunque, como en el caso de
los turcos, no sea la tierra de donde proceden originariamente. El «territorio
histórico» es aquel [Link] tierra y la gente se han influido mutuamente de
forma beneficiosa a lo largo de varias generaciones La patria convierte en la
depositaría de recuerdos históricos y asociaciones mentales; es el lugar donde
«nuestros» sabios, santos y héroes vivieron, trabajaron, rezaron y lucharon,
todo lo cual hace que nada se le pueda comparar. Sus ríos, mares, lagos, mon-
tañas y ciudades adquieren el carácter de «sagrados», son lugares de venera-
12
Véase el argumento en Finley, que expone el punco de vista de Meinecke (1986, capiculo 7);
cf. Fondation Hart (1962).
13
Sobre las primeras definiciones occidentales de la nación véase Kemilainen (1964).
* Homelandes sinónimo de fatherland, términos que en castellano tienen el significado de patria
(«Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos
jurídicos, históricos y afectivos» [D.R.A.E.]). Homeland podría ser traducido por «hogar patrio» o
«lar patrio», reservándose el término «patria» pata, fatherland, lo que podría ser más propio; pero
dado que a lo largo del texto el autor utiliza fundamentalmente el primero de estos términos y sólo
incidentalmente el segundo, se traducen los dos por «patria» y cuando se utilice fatherland en él ori-
ginal se advertirá al lector [Nota de la trad.J.
j_^,¿t identidad nacional y otras identidades 9

ción y exaltación cuyos significados internos sólo pueden ser entendidos por los
iniciados, es decir, por los que tienen conciencia de pertenecer a la nación,
Asimismo, los recursos de la tierra pasan a ser exclusivamente del pueblo, su £Ín
no es ser utilizados y explotados por «extraños». El territorio nacional debe llegar
a ser autosuficiente, ya que la autarquía defiende por igual la patria sagrada y los
intereses económicos14.
Un segundo elemento es la idea de patria*, que es una comunidad de leyes
e instituciones con una única voluntad política. Conlleva la existencia de cier-
tas instituciones colectivas de carácter regulador cuya finalidad es dar expre-
sión a sentimientos y objetivos políticos comunes. A veces, la patria-
comunidad política se expresa por medio de leyes e instituciones unitarias con
u.n alto grado de centralización, como ocurrió en Francia después de la Revolu-
ción, a pesar de que incluso entonces las diversas regiones conservaron su iden-
tidad local hasta principios del siglo XX. En el otro extremo nos encontramos
con la unión de colonias, provincias o ciudades-Estado independientes, cuyas
leyes e instituciones federales están diseñadas tanto para proteger las libertades
locales o provinciales como para expresar la voluntad y los sentimientos políti-
cos comunes. Los Estados Unidos de América y las Provincias Unidas de los
Países Bajos constituyen casos bien documentados de este tipo de confedera-
ciones nacionales. El objetivo principal de la Confederación de Utrecht de
1579 y de los Estados Generales de los Países Bajos era proteger las antiguas
libertades y privilegios de las provincias integrantes, contra las que tan brutal-
mente había arremetido la política centralizadora de los Habsburgo en los rei-
nados de Carlos I y Felipe II. No obstante, la ferocidad y la duración de la gue-
rra contra España alimentaron en muy poco tiempo un espíritu de propósito e
identidad comunes —que no tenían nada que ver con la influencia calvi-
nista—, que constituían la expresión de una floreciente, aunque incipiente,
comunidad política nacional holandesa15.
Al tiempo que crecía el espíritu de comunidad legal y política, se puede
detectar la aparición de un sentido de igualdad legal entre los miembros de di-
cha comunidad. Este sentido de igualdad legal alcanza plena expresión en las
diversas formas de «ciudadanía» señaladas por los sociólogos, que incluyen de-
rechos civiles y legales, derechos y deberes políticos y derechos socioeconó-
micos. A este respecto, los derechos políticos y legales son considerados en la
concepción occidental parte integral de su modelo de nación, lo cual supone
que existen unos derechos y unas obligaciones recíprocas mínimos entre los
miembros, y que, en consecuencia, los extranjeros quedan excluidos de dichos
derechos y deberes. También supone un código común de leyes que estén por
encima de las leyes locales, junto con instituciones que garanticen su aplica-
ción, tales como los tribunales supremos y otros similares. Igualmente impor-
tante es la aceptación de que, en principio, todos los miembros de la nación

14
Sobre el caso holandés en sus primeros tiempos véase Schama (1987, capítulo 1). Sobre los di-
versos significados del «territorio nacional» véase A. D. Smith (1981b).
n
Véase Schama (1987, capítulo 2). Y sobre la perseverancia del regionalismo en Francia a fina-
les del siglo XIX véase E. Weber (1979).
* En latín en el original. Este concepto de patria, en tanto que comunidad político-legal, no es
equivalente al de «patria» que normalmente utilizamos en castellano, como acabamos de mencionar,
y se asemeja más al que define el término francés de patrie [Nota de la tradj.
10 La identidad nacional

son iguales ante la ley, y que los ricos y los poderosos están obligados a cum-
plir las leyes de la patria comunidad política.
Por último, se creía que la igualdad legal de los miembros de una comuni-
dad política en el territorio demarcado de su patria presuponía la existencia de
un cierto número de valores y tradiciones comunes entre la población, o en
cualquier caso su comunidad «esencial». Es decir, que es preciso que las nacio-
nes tengan una cierta dosis de cultura colectiva y una ideología cívica, una serie
de suposiciones y aspiraciones, de sentimientos e ideas compartidos que
mantengan unidos a sus habitantes en su tierra natal. La tarea de asegurar que
exista una cultura de masas, pública y común, queda en manos de los agentes
dé socialización popular, principalmente el sistema público de educación y los
medios de comunicación de masas. En el modelo occidental de identidad na-
cional se consideraba que las naciones eran comunidades culturales, cuyos
miembros estaban unidos, cuando no homogeneizados, por recuerdos históri-
cos, mitos, tradiciones y símbolos colectivos. Incluso cuando un Estado admite
comunidades inmigrantes con culturas históricas propias, son precisas varias
generaciones antes de que sus descendientes sean admitidos —si es que lo
son— en el círculo de la «nación» y de su cultura histórica16.
Un territorio histórico, una comunidad político-legal, la igualdad político-
legal de sus integrantes, y una ideología y cultura cívica colectivas, estos son
los componentes del modelo estándar occidental de la identidad nacional. De-
bido al peso de Occidente en el mundo moderno, estos elementos han seguido
teniendo una importancia fundamental en la mayoría de las concepciones no
occidentales de la identidad nacional, aunque con ciertas variaciones. No obs-
tante, fuera de Occidente se desarrolló un modelo de nación muy distinto,
principalmente en Europa oriental y en Asia. Históricamente ponía en cues-
tión el predominio del modelo occidental y añadía nuevos elementos signifi-
cantes, más adaptados a la trayectoria y circunstancias propias de las comuni-
dades no occidentales.
Una denominación adecuada de este modelo no occidental sería la de con-
cepción «étnica» de la nación. Se caracteriza esencialmente porque destaca la
importancia de la comunidad de nacimiento y la cultura nativa. Mientras que
el concepto occidental establecía que un individuo tenía que ser de alguna na-
ción pero podía elegir a cuál pertenecer, el concepto no occidental o étnico no
permitía tal libertad. Tanto si alguien permanecía en su comunidad como si
emigraba a otra seguía siendo ineludible y orgánicamente miembro de la co-
munidad en la que nació y llevaba su sello para siempre. Es decir, una nación
era ante todo una comunidad de linaje común.
Este modelo étnico también tiene varios elementos. En primer lugar, evi-
dentemente, está el hincapié que pone en el linaje —o, mejor dicho, presunto
linaje— y no en el territorio. Considera que la nación es una «superfamilia»
imaginaria, y presume de pedigríes y árboles genealógicos —cuyo origen es
averiguado en muchos casos por intelectuales de la nación— en los que apoya
sus derechos, sobre todo en los países de Europa oriental y Oriente Medio. El
caso es que, según esta concepción, las raíces de la nación se remontan a una
supuesta ascendencia común y que, por tanto, sus integrantes son hermanos, o
16
Sobre estas «culturas políticas» véase, por ejemplo, Almond y Pye (1965).
La identidad nacional y otras identidades \\

por lo menos primos, que se diferencian de los forasteros por sus vínculos
familiares.
El hincapié que se pone en los presuntos vínculos familiares sirve para ex-
plicar el gran peso que el elemento popular tiene en la concepción étnica de la
nación. Es cierto que el «pueblo» también está presente en el modelo occiden-
tal, pero se considera que constituye la comunidad política que está sujeta a las
mismas leyes e instituciones. En el modelo étnico el pueblo, incluso cuando no
se moviliza por motivos políticos, constituye el objeto de las aspiraciones na-
cionalistas y el retórico tribunal de apelación decisivo. Los líderes nacionalistas
pueden justificar sus acciones y conseguir que clases y grupos dispares se unan
apelando a la «voluntad del pueblo», por lo que el concepto étnico tiene un
tono más claramente «interclasista» y «populista», a pesar de que no esté en el
ánimo de la intelligentsia convocar a las masas a la arena política. Así pues, la
movilización popular tiene un importante papel moral y retórico, aunque no
real, en la concepción étnica de la nación17.
Del mismo modo, el lugar que la ley ocupa en el modelo cívico occidental
le corresponde en el modelo étnico a la cultura vernácula, fundamentalmente a
la lengua y las costumbres. Por ese motivo lexicógrafos, filólogos y folcloristas
desempeñaron un papel fundamental en los primeros tiempos del naciona-
lismo en Europa oriental y Asia. Las investigaciones lingüísticas y etnográficas
de la cultura presente y pasada del «folk» que llevaron a cabo suministraban el
material para el proyecto original de la «nación-en-ciernes», aunque los inten-
tos de resucitar ciertas lenguas fracasaron. Al crear una conciencia generalizada
de los mitos, historia y tradiciones lingüísticas de la comunidad, lograron que
la idea de una nación étnica se sustanciase y cristalizase en la mente de la ma-
yoría de sus miembros, incluso en los casos en que, como en Irlanda y No-
ruega, las antiguas lenguas entraron en decadencia18.
Los vínculos genealógicos y de presunta ascendencia, la movilización popular
y las lenguas, costumbres y tradiciones vernáculas constituyen los elementos de
una concepción de nación étnica alternativa, concepción que representa un
itinerario de «creación de naciones» muy distinto, que fue recorrido por muchas
comunidades de Europa oriental y Asia, en lo que fue un desafío político muy
dinámico. Se trata, como veremos, de un desafío que se ha ido , repitiendo
hasta el día de hoy en muchas partes del mundo y que refleja el profundo
dualismo que entraña todo nacionalismo. En todos los nacionalismos hay,
efectivamente, elementos cívicos y étnicos en diversos grados y formas: a veces
predominan los elementos cívicos y territoriales, y en otros casos cobran mayor
importancia los componentes étnicos y vernáculos. Por ejemplo, con los
jacobinos el nacionalismo francés era fundamentalmente cívico y territorial, pues
predicaba la unidad de la patrie republicana y la fraternidad de sus ciudadanos
en una comunidad político-legal. A pesar de ello, se desarrolló un nacionalismo
lingüístico que reflejaba el orgullo de la pureza y de la misión civilizadora de
una cultura hegemónica francesa, predicado por Barére

17
Nairn (1977, capítulos 2 y 9) subraya este papel «interciasista» y populista. También cf. Gell-
ner e lonescu (1970).
18
Sobre ese tipo de renacimientos lingüísticos véase Fishman (1968); y sobre los renacimientos
en algunos países del nórdicos, entre los que se incluyen Irlanda y Noruega, véase Mitchison (1980).
12 La identidad nacional

y el abad Gregoire. A principios del siglo XIX el nacionalismo cultural francés


empezó a reflejar concepciones de la nación de carácter más étnico, indepen-
dientemente de que defendieran el origen franco o galo de la misma; poste-
riormente, estas concepciones llegaron a sancionar ideales de Francia radical-
mente distintos. La derecha monárquica y clerical se aferraba de un modo
especial a las concepciones genealógicas y vernáculas de una nación «orgá-
nica» que eran contrarias al modelo territorial y cívico republicano, sobre
todo durante el affaire Dreyfus19.
No obstante, incluso durante los enfrentamientos más graves que se produ-
cen a raíz de la oposición entre distintos modelos de nación, ciertos presupues-
tos fundamentales vinculan a las partes en conflicto mediante un discurso na-
cionalista común. En el ejemplo francés que acabamos de citar tanto los
republicanos como los monárquicos aceptaban la idea de un territorio «natu-
ral» e histórico que pertenecía a Francia (incluyendo a Alsacia). Tampoco exis-
tía una auténtica disputa entre ellos sobre la necesidad de inculcar la historia y
los ideales nacionales a través de un sistema público de educación, sino que
sólo disentían respecto a algunos de los contenidos de las enseñanzas (especial-
mente la dimensión católica). La devoción por la lengua francesa era igual-
mente universal, y tampoco se ponía en cuestión la individualidad de Francia
y de los franceses en cuanto tales. Solamente había diferencias en torno a la
esencia histórica de dicha individualidad, y, por tanto, respecto a las lecciones
a sacar de esa experiencia.
Este ejemplo indica que en el trasfondo de los modelos rivales de nación hay
ciertas creencias compartidas sobre lo que constituye una nación y la distingue de
cualquier otro tipo de identidad cultural y colectiva. Entre estas ideas están las
siguientes: que las naciones son unidades de población demarcadas
territorialmente y que deben tener sus propias patrias; que sus miembros
comparten una cultura de masas común y diversos mitos y recuerdos históricos
colectivos; que sus miembros tienen derechos y deberes legales recíprocos regidos
por un sistema legal común, y que la nación tiene una división colectiva del
trabajo y un sistema de producción que permite a sus miembros la movilidad por
todo el territorio. Estos son los presupuestos, y las demandas, compar-• tidos por
todos los nacionalistas, siendo incluso aceptados por aquellos que critican el
nacionalismo y que, a pesar de ello, no dejan de deplorar los*"
enfrentamientos y las divisiones globales creados por la existencia de dichas
naciones.
La existencia de estos presupuestos comunes nos permite enumerar las
principales características de la identidad nacional:

1. un territorio histórico, o patria;


2. recuerdos históricos y mitos colectivos;
3. una cultura de masas pública y común para todos;
4. derechos y deberes legales iguales para todos los miembros, y
5. una economía unificada que permite la movilidad territorial de los
miembros.
19
Sobre el nacionalismo lingüístico francés que tuvo lugar durante la Revolución véase Larti-
chaux (1977); sobre mitos de ascendencia francesa opuestos véase Poliakov (1974, capítulo 2).
La identidad nacional y otras identidades 13

Por tanto, se puede definir la nación como [Link] humano-designado por un


gentilicio y que comparte un territorio histórico, recuerdos históricos y mitos colectivos,
una cultura de masas pública, una economía unificada y ^derechos y deberes legales
iguales para todos sus miembros1^.
Esta definición provisional pone de manifiesto el carácter abstracto y com-
plejo de la identidad nacional. En la práctica, la nación recurre a elementos de
otras formas de identidad colectiva que explican no sólo el modo en que la
identidad nacional se fusiona con estos otros tipos de identidad (de clase, religiosa
Q, étnica), sino también las permutaciones camaleónicas de la ideología del
nacionalismo con otras ideologías como el liberalismo, el fascismo o el co-
munismo. La identidad nacional es esencialmente multidimensional; no se 1
puede, reducir aun sólo elemento, ni siquiera por parte de facciones concretas de
nacionalistas, y tampoco puede ser imbuida fácilmente en una población"
utilizando métodos artificiales. .* >
Esta definición de identidad nacional ,también distingue claramente a la
nación de cualquier concepto de Estado"; concepto éste que se refiere exclusiva-* ..
mente a las instituciones públicas-que son distintas e independientes de otras ;
instituciones sociales, y que ejercen el monopolio de coerción y exacción dentro
de un territorio determinado. La nación, por el contrario, representa un .,
lazo cultural y político al unir en una única comunidad política a todos los que
comparten una cultura y un suelo patrio históricos! No pretendemos negar
que hay cierto solapamiento entre esos dos conceptos, ya que ambos se refieren a
un territorio histórico, y que —en el caso de los Estados democráticos— ambos-
apelan a la soberanía del pueblo. No obstante, aunque los Estados modernos
tengan que legitimarse en términos nacionales y populares por ser Estados de
naciones concretas, la esencia y el enfoque de estos dos conceptos son bastante
distintos21.
Los numerosos Estados ^plurales» que hay en la actualidad representan un
ejemplo de que, como hemos señalado, no existe congruencia entre el Estado
y la nación. Efectivamente, según los cálculos aproximados de Walker Con-
nor, a principios de los años setenta solamente un diez por ciento de los Esta
dos podrían afirmar que eran auténticos «Estados-nación», en el sentido de
que los límites fronterizos del Estado coincidían con los de la nación y que la
totalidad de la población del Estado compartía una sola cultura étnica. Aun
que la mayoría de los Estados aspiran a convertirse en Estados-nación de esta
índole, suelen limitar sus reivindicaciones de legitimidad a aspiraciones de
unidad política y soberanía popular que, incluso en Estados occidentales de
cierta antigüedad, corren el riesgo de ser cuestionadas por comunidades étni
cas existentes dentro de sus fronteras. Estos casos, que no son pocos, constitu
yen un ejemplo del abismo que separa los conceptos de Estado y nación,
abismo que es evidenciado por los datos históricos que vamos a examinar un
poco más adelante22. • .

20
Sobre algunos de los numerosos análisis de los problemas que entraña la definición de nación
y nacionalismo véase Deutsch (1966, capítulo 1), Rustow (1967, capítulo 1), A. D. Smith (1971,
capítulo 7) y Connor (1978).
21
Véase, por ejemplo, Tivey (1980). '*
22
Sobre este juicio véase Connor (1972); véase también Wilberg (1983).
14 La identidad nacional

III. ALGUNAS FUNCIONES Y PROBLEMAS DE LA IDENTIDAD


NACIONAL

Recapitulando: la identidad nacional y la nación son constructos complejos


integrados por una serie de elementos interrelacionados de tipo étnico, cultural,
territorial, económico y político-legal. Representan lazos de solidaridad entre
los miembros de comunidades unidas por recuerdos, mitos y tradiciones com-
partidos, que pueden o no encontrar expresión en Estados propios, pero que no
tienen nada que ver con los vínculos exclusivamente legales y burocráticos del
Estado. Conceptualmente, la nación ha combinado, en proporciones que varían
según los casos, dos tipos de dimensiones: la cívica y territorial, por un lado, y
la étnica y genealógica, por otro. Es precisamente este carácter multidimensio-
nal el que ha convertido a la identidad nacional en una fuerza tan flexible y
duradera en la vida y la política de nuestros días, y el que ha permitido que se
fusione eficazmente con otras ideologías y movimientos influyentes sin perder
su carácter propio.
Podemos ilustrar esta capacidad polifacética de la identidad nacional exa-
minando algunas de las funciones que desempeña respecto a grupos e indivi-
duos. De acuerdo con las dimensiones que hemos mencionado antes, estas fun-
ciones se pueden dividir en consecuencias objetivas «externas» e «internas».
Las funciones externas son territoriales, económicas y políticas. En primer
lugar, las naciones definen un espacio social concreto en cuyo marco han de
vivir y trabajar sus miembros, y demarcan un territorio histórico que sitúa a
una comunidad en el espacio y el tiempo. Asimismo, gracias a ellas los individuos
disponen de «centros sagrados», objeto de peregrinaje espiritual e histórico,
que ponen de manifiesto el carácter único de la «geografía moral» de su
nación.
Económicamente, las naciones se responsabilizan de hacerse con el control
de los recursos de su territorio, incluyendo la mano de obra. También tienen
una sola división colectiva del trabajo, y fomentan la movilidad de bienes y de
mano de obra, así como la distribución de recursos en el seno de la patria. Al
definir quiénes son los miembros de la nación, cuáles son sus límites fronteri-
zos y con qué recursos cuenta, la identidad nacional proporciona el funda-
mento del ideal de autarquía nacional23.
Desde el punto de vista político, la identidad nacional apuntala al Estado y
a sus instituciones, o a sus equivalentes prepolíticos en el caso de naciones que
carecen de Estado propio. La selección de los políticos, la regulación de la con-
ducta política y la elección de los gobiernos se basan en criterios de interés na-
cional, que se supone que reflejan la voluntad nacional y la identidad nacional
de la ciudadanía.
Pero probablemente la función política más destacada de la identidad
nacional es la de otorgar legitimidad a los derechos y deberes legales co-
munes contemplados en las instituciones legales; los cuales definen el ca-
rácter y los valores peculiares de la nación, y reflejan los usos y costumbres
tradicionales del pueblo. Actualmente, la apelación a la identidad nacional

23
Sobre aspectos económicos del nacionalismo véase Johnson (1968) y Mayall (1984).
La identidad nacional y otras identidades 15

se ha convertido en la principal legitimación del orden social y de la


solidaridad.
Las identidades nacionales también desempeñan funciones internas, más
íntimas, que atañen a los individuos de las comunidades. Entre éstas, la más
evidente es la socialización de sus miembros para que lleguen a ser «ciudada-
nos» y «naturales» de la nación. Esta función actualmente es desempeñada por
los sistemas públicos de educación normalizada y obligatoria, por medio de los
cuales las autoridades estatales esperan inculcar en sus miembros adhesión a la
nación y una cultura homogénea y singular. Es una actividad a la que la mayo-
ría de los regímenes dedican considerables recursos, influidos por los ideales
nacionalistas de autenticidad y unidad cultural24.
Asimismo, se recurre a la nación para establecer un vínculo social entre
individuos y clases basado en los valores, símbolos y tradiciones comparti-
dos. La utilización de los símbolos (banderas, monedas, himnos, uniformes,
monumentos y ceremonias) recuerda a los miembros el patrimonio y el pa-
rentesco cultural que comparten, y hace que se sientan fortalecidos y enalte-
cidos por un sentimiento de identidad y pertenencia común. La nación se
convierte en un grupo «que-logra-lealtades», capaz de superar obstáculos y
dificultades25.
Por último, el sentido de la identidad nacional supone un medio eficaz de
definir y ubicar la personalidad de los individuos en el mundo a través del
prisma de la personalidad colectiva y de la cultura que la caracteriza. Gracias a
la cultura colectiva podemos saber «quiénes somos» en el mundo contemporá-
neo. Al redescubrir esa cultura nos «redescubrimos» a nosotros mismos, nuestra
«auténtica personalidad», o al menos así lo han creído muchos individuos
divididos y desorientados que han tenido que enfrentarse con los grandes cam-
bios e incertidumbres del mundo moderno.
Este proceso de autodefinición y ubicación es en muchos aspectos la clave
de la identidad nacional, pero también es el elemento que ha suscitado más
dudas y mayor escepticismo. Ante la gran variedad de actitudes y percepciones
humanas, no tiene nada de extraño que los nacionalistas, sus críticos y todos
los demás hayan sido incapaces de ponerse de acuerdo en los criterios de auto-
definición y ubicación nacionales. La investigación sobre la personalidad na-
cional y la relación del individuo con ella continúa siendo el elemento más
frustrante del proyecto nacionalista.
Las dudas que suscita esta cuestión son tanto filosóficas como políticas.
Desde el punto de vista lógico, la doctrina nacionalista ha sido tachada de
contradictoria o incoherente, debido a la gran diversidad de personalidades
nacionales {national selves) que hay en la práctica, lo que es una consecuen-
cia lógica del carácter polifacético de la nación. El hecho de que los crite-
rios nacionales no estén determinados y el carácter impreciso, cambiante y
en muchas ocasiones arbitrario que presentan en los textos nacionalistas
han debilitado la credibilidad de esta ideología, incluso en los casos en que
han gozado de consideración algunas proposiciones nacionalistas aisladas,
tales como la idea de la diversidad cultural. En el mejor de los casos la idea

24
Aspecto destacado por Gellner (1983).
25
Klausner (1960) ofrece un ejemplo Interesante de esta consecuencia.
15 La identidad nacional

de nación parece imprecisa y evasiva, y en el peor absurda y contradicto-


ria26.
La condena moral corre pareja con el escepticismo intelectual. En nombre
de la «identidad nacional» las personas han estado supuestamente de acuerdo
en sacrificar sus propias libertades o recortar las de otros; han estado dispuestas
a pisotear los derechos civiles y religiosos de minorías étnicas, raciales y reli-
giosas que las naciones no podían absorber. Las relaciones internacionales, o
mejor dicho interestatales, también han resultado perjudicadas. El ideal de la
nación, trasplantado a todo el globo desde sus núcleos originarios occidentales,
ha provocado confusión, inestabilidad, peleas y terror, especialmente en las zo-
nas donde conviven distintos grupos étnicos y religiones. El nacionalismo, la
doctrina que convierte a la nación en objeto de todos los esfuerzos políticos y a
la identidad nacional en la medida de todos los valores humanos, ha puesto en
cuestión desde la Revolución francesa la idea de la existencia de una humani-
dad única, de una comunidad mundial y de su unidad moral. En su lugar, el
nacionalismo ofrece una legitimación, mezquina y cargada de conflictividad,
de la comunidad política, que no puede evitar enfrentar a las comunidades
culturales entre sí, y que, en vista del gran número y variedad de las diferen-
cias culturales, sólo puede arrastrar a la humanidad a una Caribdis política27.
Esta es una acusación frecuente, cuyo alcance e intensidad pone de mani-
fiesto el poder emotivo y político del ideal que tan tajantemente condena.
Pero un ideal y una identidad que pueden desempeñar tal cantidad de funcio-
nes, individuales y colectivas, por fuerza han de tener consecuencias políticas y
sociales de lo más variado, ya que las circunstancias en que deben actuar los
nacionalismos son muy diversas. También podríamos enumerar los efectos be-
nignos del nacionalismo: la defensa de culturas minoritarias, el rescate de his-
torias y literaturas «perdidas», la inspiración de renacimientos culturales, la
resolución de «crisis de identidad», la legitimación de la solidaridad social y
comunitaria, la influencia en los pueblos para que resistan a la tiranía, el ideal
de soberanía popular y movilización colectiva e incluso la motivación para rea-
lizar un crecimiento económico autosostenido. Cada uno de estos efectos po-
dría atribuirse a las ideologías nacionalistas con la misma plausibilidad que las
perniciosas consecuencias que mencionan sus críticos. No se podría ofrecer un
testimonio más impactante o revelador del ambiguo poder de la identidad na-
cional y el nacionalismo, o de la gran relevancia —para bien o para mal— que
han tenido para mucha gente en la mayoría de las regiones del mundo actual.
A continuación es preciso que examinemos cuáles son los motivos de esta
situación y las profundas raíces del poder que hoy ejercen las identidades
nacionales.

26
Véase la famosa crítica de Kedourie (1960). En Neuberger (1986, capítulo 3) se ofrece una de
mostración de la multiplicidad empírica del self nacional en el África moderna.
27
Kedourie (1960), (1970, introducción).

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