Antología Servilibro 2020 – Pedro Delgado
Corazón en cuarentena
Apreciando las estrellas,
ensayaré contar tus lunares
para la otra vida y
el choque universal de mi boca contra tu boca
retemblará con la dulce canción
de los amantes;
hundida ya mi cabeza testaruda
en tu blanco vientre semitransparente,
sabré contar los siglos por segundos,
y los segundos por instantes eternos
en donde sabré yo
¡morir y renacer a mi antojo
por siempre jamás!
¡Al fin!, cuando despierte
al cálido ósculo bendito
¡niña mía!
sorberé de tu casto pecho;
aun cuando la muerte me llame
y mi boca -animal tembloroso- sangre,
sabré yo decir te amo y
llegada así la aurora rosada y el blanco día,
sabré yo esconder las esquirlas
de mi corazón partido;
hasta que llegue la noche
y vuelva a matarme entre cuatro paredes,
y diga en sueños: te amo.
Poema Inmortal
Dichoso el momento in aetérnum
cuando el diáfano canto de los ángeles
se mecieron en las cuerdas de tu garganta,
personificándose tus nardos lustrosos
en labios hechiceros
Arrastrando palabras;
sílabas cuyo cimbrear mágico
sonaron en el espejo olvidado
de todas mis horas;
palabras entretejidas
que subieron perezosamente a la
la inmortalidad
Diste a mis huellas descanso eterno,
que sin encontrar la cima a tu boca
murieron por los caminos de tus ojos altivos
Y no en balde
durmióse Júpiter soberanamente por mil años;
Febo no ocultó su admiración,
Diana derramó preciosímas lágrimas,
ni comparable con las más ricas preseas de Helena de Troya;
Vulcano tomó las etéreas manos
de Venus y se las besó tiernamente
y los otros dioses deleitáronse pletóricos,
mientras te marchabas infinitamente bella.
Un Cuento Palúdico
A menudo Louis Wong bromeaba que su hogar se encontraba en los confines del
infierno; en este caso un infierno verde, pestilente y con áspera humedad. Con la idea de
salirme de los moldes de la vida rutinaria de ciudad y poder respirar aire más sobrio, la
primavera pasada del ochenta y cuatro me aventuré y planeaba pasar a lo sumo una
semana con él y su sobrino Moses, que por causa de la orfandad había crecido con
Wong. La casa provista de un profundo misticismo, encumbrada en un pequeño valle
parecía un intrépido y amenazante animal del montón, que se mimetizaba sombríamente
con las incontables tropas de los robles del pantano. Bajando la pendiente y siguiendo
por unos desapacibles senderos cenagosos se encontraba el Gran Pantano, que tenía
vida propia, como un descarnado corazón que late sin parar y una voz maldita que se
vuelve más y más nítida con el miedo humano.
Convivir con Wong significa vivir diez años en el pasado; basta con decir que la casa
no estaba provista de luz eléctrica y en las noches en que la incontrolable zarabanda de
los animales del bosque déjabanle a uno sordo a la compañía de una lámpara de
gasolina con exigua fuerza, se sentía sobrecogido por la oscuridad y el poder de la
natura y una que otra tétrica melodía producida por un búho henchido invisible
resguardado en la impenetrabilidad de la noche. Wong no parecía un hombre ni triste ni
feliz, pero muy conforme con su distante manera de vivir y nunca le oía protestar por
los menesteres hogareños. Sin duda era un conservador hasta los tuétanos; el cambio y
la evolución solo equivalía a gasto superfluo para él. De igual manera hace muchos años
que Moses vivía con él -ya desde niño-, y naturalmente tuvo que adaptarse a la manera
huraña y hosca de mi amigo. Pero aquel niño se había convertido en un fornido y
prudente muchacho de veintidós años.
Los trazos de un suceso insólito se comenzaron a dibujar en el cuarto día de mi visita
cuando Wong nos había manifestado que visitaríamos a un enorme y primitivo amigo.
Salimos de la casa provistos con botas de agua, sombreros, cantimploras, una guadaña y
varas largas para ir tanteando cada lugar en donde pisásemos. Wong estaba también
pertrechado de una generosa escopeta que -según él- después de treinta años funcionaba
maravillosamente y en su haber había dado fin a por lo menos trescientos animales en
toda su vida útil -cuenta-; prueba de ello eran las varias cabezas de alce, búfalo y otros
rumiantes que se encontraban en la cabaña distante espantosamente ornamentada,
dejando entrever que mi amigo era un empedernido de la taxidermia y de las buenas
costumbres de un viejo como él alegaba. Bajamos la pendiente bastante pronunciada y
realizamos una caminata sinuosa por diversos vericuetos por más de una hora al mismo
tiempo que íbamos tanteando cuidadosamente los pasos con las varas y Moses iba
segando la tupida maleza a guadañazos. Louis advirtió por lo menos en tres ocasiones
que tuviéramos cuidado con los alacranes y los ciempiés. Después de tanto trajín
encontramos una cosa abultada cubierta por un gran toldo de aspecto impermeable. Solo
al descubrirlo Moses, noté que se trataba de un sampán preparado con antelación de
mediana envergadura, desprolijamente pintada, amarrado a un árbol de tronco negro y
grosor considerable mediante una gruesa soga de marino, que al parecer era de una
rústica fabricación de abedul; sin embargo, suficiente para aguantar sin problemas el
peso de tres hombres medianos. Exploramos aquella zona cenagosa; mientras nos
adentrábamos más en penumbra, en las aguas verdosas, vivo reino de los helechos,
algas, alfombras pertinaces de moho por doquier y lianas que se enroscaban furibundas
por el tronco de los árboles con su paz imperturbable e impertérrita, cuyas alturas
fascinantes eran dignas de retar a la antigua torre de Babel.
Los árboles parecían imponentes estatuas cuyos ramajes titánicos tapaban el sol, y
dejaban traspasar algunas rendijas de luz que tibias y huidizas, eran como espectros
intermitentes en colores opalescentes; se respiraba un aroma agreste, un tufo
increíblemente desagradable que era la pura podredumbre vegetal y de las aguas. Pero
con el tiempo y casi sin darse cuenta uno ya se iba acostumbrando al malsano aroma.
Además de la neblina presente a cualquier hora y época del año que engullía incluso a
aquellas zonas inexpugnables como blancos brazos enormemente amenazadores, que
incluso alcanzaban aquellos huecos en donde se encontraban raros especímenes que se
arrastran y sabe Dios qué clase de venenos provistos y cuyo aspecto solo provocaría
arcadas en el sentido común en una persona habituada a la vida normal. Louis hizo una
seña de que guardásemos silencio; sus pupilas se dilataron y una vena de sudor surcó su
frente, mientras trataba de no parpadear se acomodó el sombrero de fieltro con mucho
cuidado, apuntó la escopeta en dirección opuesta donde él se encontraba, midió de
forma milimétrica con el ojo izquierdo con los dientes apretados y percutió, cuando ni
yo había alcanzado a divisar a su trofeo de caza. Un sonido rompió la calma y el eco
retumbó en al aire permaneciendo en el hábitat palúdico como veinte segundos. La bala
dio de lleno en la cabeza de una cigüeña, haciendo una caída en picada desde
considerable altura, al tiempo cientos de alas blancas, negras y pardas se batieron en
retirada poniendo en alerta a cualquier animal. En poco más que un tercio de hora
tardamos en conseguir cuatro cigüeñas más gracias a la ducha puntería de mi amigo.
Pregunté a Moses que para qué propósito serían aquellas cigüeñas, más me respondió
con un amago de sonrisa desdeñosa poniéndose el sombrero. También inquirí a Wong
que adónde íbamos, que el periplo no parecía a la busca de un amigo; en el acto él echó
una resonante carcajada de aquellas y me dijo que la próxima cabaña se encontraba a
veintitrés millas y la cuidad adyacente a cincuenta millas más. Todas las zancudas
tenían el pico y las alas ensangrentadas, salvo dos de las cuáles les había volado la
cabeza. Fuimos más allá de la ciénaga y llegamos a una zona casi impenetrable. Nos
apañamos como pudimos para abrirnos paso entre las grosísimas raíces negro-verdosas;
cada vez la exploración se hacía más dura y a fuerza de remos combatimos las
vicisitudes de la navegación. Llegamos a una zona llena de juncos, falsos lodazales que
en un descuido se podrían tragar las piernas de cualquier incauto que desconocía las
mañas de un pantanal, además había malezas enmarañadas y plantas arredondeadas y
voluminosas que eran curiosas islas flotantes de gordos y repugnantes sapos, plantas
cuyo nombre no recuerdo.
Wong lanzó una cigüeña muerta al agua, cuando sigilosamente unas membranas
blancuzcas a manera de párpados se abrieron y dieron paso a unos ojos diabólicos
amarillo-parduscos; ¡aquel cocodrilo era un auténtico monstruo, que tendría por lo
menos unos cinco extensos metros! Ese demonio saurio ejercitaba sus fornidas fauces
cual grandiosa maquinaria de muerte y en unos segundos despedazaba con voracidad a
su presa que, aunque insignificante, era su víctima y despertaba su instinto asesino. Por
fin supe a quien se refería él con un enorme y primitivo amigo. Poco tiempo después fue
acompañado por un séquito de dos cocodrilos más pequeños que se unieron y pugnaron
por tan curioso banquete, y ya entregadas las cinco cigüeñas a los altivos depredadores
de sangre fría, salimos del pantano. Retornamos a las partes de mejor movilidad,
remando hasta quedarnos con los brazos entumecidos sin la colaboración de Wong,
presumiendo que su puntería le había eximido de las labores del remo, a medida que a
Moses y a mí nos apremiaba el sudor dejándonos al asedio de los mosquitos de tamaño
cualquiera.
Al amarrar la embarcación en el negro y grueso árbol, las cigüeñas y las garzas se
alborotaron más de lo normal; Moses señaló con el dedo índice la parte más profunda de
la ciénaga, cerca de donde estaban los cocodrilos, a una veintena de metros, al tanto que
Wong se llevó el dedo a los labios en señal de silencio. Hubo espuma y borbotones
como si fuese que un ser de proporciones inconmensurables estuviera a punto de salir a
la superficie. Poco a poco se formó un torbellino casi espectral; que fue en sí mismo un
gran hoyo que se engulló una cantidad inverosímil de agua, hasta que se ensanchó más y
más y ¡se tragó a por lo menos diez robles del pantano; el ruido estridente de las hojas y
la fragmentación de las ramas al vacío era increíble! y seguía cayendo más agua de lo
que cabía imaginar…todo se engulló aquella garganta perniciosa ¡todo!
Estuvimos absortos los tres, observando aquella extrañeza sin pronunciar una
palabra, cuando súbitamente Wong profirió un grito de que nos vayamos a casa. Era
como despertar de un trance maledicente que nos tenía entumecidos y repentinamente
con su llamado volvimos a la realidad; sin entender por qué, no me animé a
contradecirlo y solo obedecimos, mientras el rostro de Moses palidecía y pergeñaba una
incontrolable inquietud. Solamente al llegar a casa me animé a preguntar que qué había
sido eso. Wong y Moses se me antojaron escurridizos, mirándose una y otra vez sin
decirme nada. Hasta que Moses titubeó: es...es Miloth. La rabia debió notarse bastante
en mis palabras cuando pregunte en voz muy alta que ¡qué diablos era Miloth! y
entonces con voz grave y la cara ensombrecida por un misterioso velo Wong me relató
vagamente que antaño no existían las tierras cenagosas y pestíferas que hoy conocemos,
sino que estos eran agros prósperos y fértiles, habitada por indios. Ellos vivían más o
menos en armonía hasta que cierto día una deidad maligna vio que los indios eran
nobles y guerreros y vivían en la paz en procura de agradar a sus bondadosos dioses y
les tuvo envidia, y envió una serpiente gigantesca para que destruyera toda la aldea y se
acometiera sus deseos de paz y su entera potestad. El ofidio era la personificación pura
de la blasfemia, de escamas negras que incluso brillaban a la luz de la luna, una larga y
asquerosa lengua que lo derretía todo y una cola horrorosa que terminaba en grandes y
peligrosas púas, que de un momento a otro se devoró a muchos indios, asediando y
manteniendo en zozobra a toda la aldea y causando graves estragos.
A aquella criatura le dieron el nombre de Miloth, en cuyo lenguaje étnico significa
“escama nefasta”, la legendaria Miloth. Cada día devoraba a más indios y se fue
haciendo más grande, hasta que adquirió un aspecto más hórrido de lo que ya era; tan
solo por ver el grosor del satánico adefesio uno ya se daba cuenta que existía el infierno
y de las criaturas que moran en ella. Como la serpiente iba adquiriendo mayor tamaño,
se transformó en una masa pesada desproporcionada, pero también se había limitado
considerablemente su velocidad de locomoción empero todavía representaba un gran
peligro, hasta para la extinción de la tribu. Viendo tamaña desventaja, la deidad
envidiosa concedió otra cabeza a la maldita serpiente para coronar tal aberración de la
naturaleza, provista de tres ojos que estaban cegados y solo se podrían abrir al devorar a
veinte indios más para volverse más poderosa y casi indestructible, ese era el convenio
que el mismo mal hacía con el mal. El brujo más poderoso de la aldea había probado
con sagacidad varios hechizos contra la criatura que no llegó a surtir ningún efecto
contra el influjo de ésta y que tendría que ser detenida antes de que abriera sus tres ojos,
ya que constituiría una amenaza no solo para ellos, sino que entonces ya para la raza
humana y todos los seres vivos; sin embargo, el brujo tuvo que probar un hechizo más
complejo y peligroso que podría detener a Miloth. El brujo elevó los brazos e imploró la
escucha de sus dioses y de sus ancestros más antiguos y empoderados, mientras que con
sangre de cernícalo dibujaba un extraño sello circular en medio de la aldea.
Como la serpiente era el mismo Lucifer, era astuta y con un instinto que le hacía
disfrutar de asesinar y destruir todo a su paso. Escuchó tentativas del brujo, y
arrastrándose cual poseso, llegó junto con él. El brujo la atrajo y decidió ser al mismo
tiempo la carnada de la criatura; el brujo aún más sagacidad entró en el círculo,
conjurando el poderoso hechizo desde los labios de sus mismos dioses y la serpiente lo
enrolló y le quemó el rostro con su asquerosa lengua, siseando y mirándole a los ojos,
viendo cuán insignificante era el ser humano, le hacía entender que el mal desplegaría
su reino hasta el fin de los tiempos o cuando menos, los demonios de todas las legiones
inenarrables se aburrieran de su estadía en la tierra. Y se lo devoró, al tiempo que los
indios proferían alaridos desesperados de todo tipo por tan repulsivo castigo. La aldea
contemplaba como el mejor y último de sus guerreros entregaba la vida para absolución
de ellos. Implacable, aunque corta había sido la aniquilación del brujo. De forma
repentina Miloth se sacudió dentro del sello, sacando su asquerosa lengua negra partida
en dos, siseando maldiciones en el idioma inescrutable de los demonios. Se abrió un
gran agujero producto del sello trazado con la sangre de cernícalo, el agujero era
profundo con una negrura impenetrable y la serpiente bicéfala se zarandeó antes con un
fuego fatuo que le calcinada las dos cabezas y hasta sus vértebras y luego cayó con un
chillido agudo buscando la ayuda y salvación de sus progenitores malignos. El sello se
cerró y con el transcurrir del tiempo el sello se llenó de agua y por designio de los
dioses se formó un inmenso pantano para apartar a los indios y a cualquier sujeto del
alcance del sello. Y desde esa vez los indios cuentan furtivamente que la serpiente
Miloth y el brujo siguen librando una cruenta batalla hasta el fin de los tiempos, y si por
desgracia el brujo es derrotado definitivamente, el sello se rompe y la criatura es
nuevamente liberada, para retomar su misión hecatómbica y esta vez ya para abrir sus
tres ojos ciegos y asentar el infierno en la tierra, sin que los dioses que estuviesen a
favor de la humanidad pudieran hacer algo ya para intervenir en tan funesto cometido.
No había un ápice de locura en las palabras de mi amigo; sin embargo, era imposible
que yo le pudiera creer y solo guardé silencio, solo entonces dándonos cuenta de que el
cansancio se había aparecido repentinamente por causa de tamaña sorpresa. Nunca vi a
Louis tan alterado como en aquella ocasión, su mirada delataba una desconocida
consternación, cierto terror cuyo verdadero significado me era indiferente. Moses estaba
eufórico y comenzó a dar vueltas pasándose los dedos entre el menudo cabello y su
barbilla sin afeitar. Sin poder evitarlo el puro nerviosismo de mi amigo y su sobrino me
empezaba a contagiar, apurándome el pulso con preguntas que desoyeron las voces de la
razón.
Postrimer escuchamos un sonido espeluznante que nos hizo palidecer a todos…era
como un grito mezclado con un mugido, era tan fuerte aquel alarido endemoniado que
se me antojó un leve temblor en la tierra; por un impulso autómata Wong se hizo y
cargó todas las balas a su escopeta. Se quedó mirando hondamente a Moses por unos
segundos que fueron eternos, como si se leyeran la mente de forma inaudita, dijo: me
llevaré esto -estirando del cuello del sobrino un collar que se rompió al instante-, que no
llegué a saber qué era exactamente, pero presupuse que era un colmillo de algún animal
salvaje, como un amuleto con inscripciones y figuras imposibles de descifrar. Con voz
severa Wong advirtió que no le siguiésemos y apretó con fuerza entre su puño izquierdo
aquel extraño objeto. Salió raudo y por sus gestos y su miedo advertí que ya no estaba
en sus cabales. Le inquirí a Moses por aquel objeto y señaló que era un pico de
cernícalo, producto de un legado de sus ancestros los indios; y no era como yo suponía
que era el colmillo de algún animal feroz. Desoí las advertencias de mi amigo y
haciendo caso al instinto de ataque-defensa primitivo de los hombres le dije a Moses
que tendríamos que ir por su tío, que peligraría su vida con una escopeta a riesgo de
cometer una locura. Moses se hizo con la guadaña y yo cargué un cuchillo de fina
empuñadura en un cintillo en la pierna izquierda. Cinco minutos después salimos de la
cabaña, descendimos a trompicones por el valle, embadurnados de barro y con el
suspenso y presentimiento de una tragedia. Era casi imposible correr por el lodazal y
caímos extenuados antes de tiempo. Reanudamos la andadura cuando tropecé con un
tronco podrido lleno de hormigas y descubrí aquel extraño objeto, que era el amuleto de
mi amigo, el pico de cernícalo con grafismos indios inimaginables. Más allá, por el lado
sur, hacia El Gran Pantano se oyeron cuatro disparos, que cubrieron los cielos de una
bandada de aves. Moses me dijo que tal vez su tío no estaba tan loco como sugería, ya
que cuatro disparos de escopeta no podrían contarse jamás como un suicidio; yo le miré
y asentí. Recobramos el aliento y con renovados bríos nos dirigimos hacia El Gran
Pantano.
Casi llegábamos y Moses seguía haciendo tozudas gimnasias con su guadaña. Por un
instante quedó inmóvil con el habla perdida y soltó su arma blanca; todo fue tan rápido
que podrían ser engañados cualquiera de los cinco sentidos. El escenario fue el más
espantoso posible; la escopeta y el sombrero de Wong yacían olvidados manchados en
el charco gris y una criatura infernal de dos cabezas que era ya el débil amago de una
serpiente, un demonio puro con filosas púas espeluznantes rematadas en la cola y
escamas grasientas con colores repulsivos, ¡ese monstruo se enrollaba por aquel
cocodrilo de más de cinco metros! La primera cabeza estaba provista con un ojo
espantosamente abierto, rojo, infernal; ¡la segunda cabeza se estaba devorando a mi
amigo Louis Wong!