0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas14 páginas

Literatura catalana (1970-1990): Contexto y autores

El documento describe el contexto histórico y literario de la literatura catalana entre 1970 y 1990. Durante este período, la lengua y cultura catalanas se desarrollaron bajo la presión del castellano debido al régimen franquista, pero luego la transición a la democracia y los estatutos de autonomía permitieron una mayor normalización. La literatura catalana durante estas dos décadas incluyó las obras de generaciones anteriores junto con nuevos autores que reflejaron los cambios políticos y culturales del momento.

Cargado por

MEHRAB GANI
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
65 vistas14 páginas

Literatura catalana (1970-1990): Contexto y autores

El documento describe el contexto histórico y literario de la literatura catalana entre 1970 y 1990. Durante este período, la lengua y cultura catalanas se desarrollaron bajo la presión del castellano debido al régimen franquista, pero luego la transición a la democracia y los estatutos de autonomía permitieron una mayor normalización. La literatura catalana durante estas dos décadas incluyó las obras de generaciones anteriores junto con nuevos autores que reflejaron los cambios políticos y culturales del momento.

Cargado por

MEHRAB GANI
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Literatura catalana (1970 -1990) *

JUAN MIGUEL RtBERÁ LLopis

1. LAS CIRCUNSTANCIAS Y EL CONTEXTO

Durante las épocas moderna y contemporánea, la lengua y la literatura catalanas se


han desarrollado históricamentebajo la presión e imposición del uniformismo castellano-
español. Ha sido ésta una circunstancia largamente mantenida que ha derivado en la
configuración de un espectro sociolingúistico y cultural en el que si bien la lengua y su
uso documental han sobrevivido, resulta aquél, como poco, particular en su naturaleza
y pertinaz en su peripecia. La geografía natural de la lengua catalana —Cataluña,
Valencia y Baleares del lado español, el Rosellón administrativamente francés, y Alguer
en Cerdeña— se ofrece como un espacio literario complejo tanto por lo que se refiere a
lapráctica y adecuación estética con las corrientes occidentales desde el siglo XVI, como
por lo que respecta al reconocimiento de un medio normalizado en el que confluyan
creadores y lectores, dado el mayoritario analfabetismo de la población que vive una
realidad diglósica castellano-catalana.
Históricamente, sin embargo, esa situación llega a ser nivelada a lo largo de un
extenso período que avanza desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta el primer tercio
del siglo XX. Ese largo proceso de regeneración y normalización que nos acerca
cronológicamente a las fechas de la Guerra Civil española (1936-1939), será anulado por
su resultante política. El régimen centralista instaurado por el franquismo niega esos
logros. Ayudado por nuevos recursos de imposición lingáistica y cultural —utilización
de los medios de comunicación, alfabetización en castellano— la situación lingúistica
catalana parece volver aceleradamente al estado de disgregación del que había logrado

* La versión alemana de este artietilo —Katolao¡?sclsc Lácralur (I97O-I99O)~ ha sido publicada pre-
viamente en Wdftnarerfleitráge, 36 (iGOti) 8 (Berlin, DDR).

Revista de Filología Románica, 9,167-18<) - Editorial Complutense, Madrid, 1992


168 Juan Miguel Ribera Llopis

escapar. Los ascendentes índices de una población que crece analfabeta en su propio
idioma y cimenta larealidad diglósica, sino como algo normal, si como algo mayoritario,
podían ser la señal de una desaparición casi inmediata dado el aceleramiento de los
impulsos socioculturales en nuestro siglo. Sólo el activismo—de amplio alcance desde
los años sesenta y proyectándose sobre los primeros setenta— de una minoría intelectual,
dota de signos y referentes culturales a ese confuso espectro al mismo tiempo que
mantiene unos mínimos de infraestructura necesaria que podrán aflorar a la superficie
gradualmente. Todo ello a medida que la situación política españolase vaya modificando
hasta acceder a lo que se ha topificado como Iransición y configuración del Estado de las
Autonomías. El bilinguismo y biculturalismo pactado que en él se reconoce con respecto
a determinadas zonas —la vasca, la gallega y la catalana; otro asunto sería preguntarse
por la suerte de lasgeografíasvascay catalana pertenecientes a la administración fraticesa
y por el Alguer que lo es de la italiana— abre las puertas a un periodo en el que se deberá
lograr la normalización de sus respectivos hechos lingúisticos y culturales, también
literarios, en igualdad de condiciones con el castellano.
El Estatuto de Autonomía de Cataluña promulgado en 1979, seguido de los de
Valencia y Baleares, debe instalarnos —con el recuerdo de los precedentes que ha habido
que revisar aunque fuera someramente— en el punto de partida de esa circunstancia así
como en el punto de inflexión de la producción literaria que ha tenido cabida en el
paréntesis cronológico aquí propuesto. Si no se conoce la historia, cabría pensar que la
aprobación de los Estatutos y la promulgación de las leyes a favor de la lengua y cultura
catalanas en todo el ámbito fueron puntos cero por lo que se refiere al inicio de la
construcción —reconstrucción—— del andamiaje cultural catalán. Por lo que atañe ya al
campo especifico de la literatura, ante ese posible equívoco se desvela la significación
que alcanza en ese momento el contar con unos precedentes inmediatos. Las empresas
editoriales conflictivamente concebidas en la inmediata postguerra, hasta los años
cincuenta, y consolidadas en los sesenta ofrecían —sin afán de magnificar1a~— algo más
que un punto de partida. La propia producción de los escritores que en ellas encontraron
acogida había permitido ir actualizando el ejercicio estético en las letras catalanas,
sobrepasando de este modo el riesgo de quedar encerrados en prácticas anacrónicas y en
autocomplacientes consideraciones folklóricas, tal y como pudiera haber temido y
advertido del peligro J. Marco (1968). La nueva situación política, en realidad, lo que
debía hacer era normalizar el espacio catalán. De una parte permitir la educación en el
propio idioma —desde la enseñanza primaria a la universidad— configurando así la
existencia de un público consumidor en su propia lengua de su propia cultura; posibili-
tando además el que de entre esa población normalizada en su propio idioma pudieran
surgircultivadores literarios del mismo, los cuales, hasta ese momento, habían irrumpido
esforzadamente del general estado de prohibición con respecto a la educación en catalán,
mediante lecturas personales y a la sombra de lo poco y los pocos que habían sobrevivido
de la normalidad de la preguerra. Y de otra parte, facilitar el acceso del producto cultural
en catalán ——desde la mente de su creador hasta las manos de su público— a su propio
ámbito; naturalizar para el uso cultural del catalán la publicación de libros, la composi-
ción y distribución de revistas y cualquier tipo de prensa, las emisiones por radio y
Literatura catalana (1970-1990) 169

televisión, la convocatoria de premios literarios, etc. Donde confluyera lo uno y lo otro


podría encontrarse el inicio del camino. Sólo eso, Lo cual, históricamente, era un
estimable umbral
A once años de la promulgación del citado Estatuto ——cuando en España cobran eco
las voces que ya en su día advirtieron que el estado autonómico era limitadamente una
solución transitoria y que, antes o después, habría que poner sobre la mesa la cuestión del
estado federal; cuando, a su vez, la actual situación europea obliga a cuestionar
tradicionales categorías y criteriospolítico-administrativos-—habría que preguntarse por
los resultados. Sobre estos, en una doble dirección: por lo que respeeta a la creación del
aparato oficial que concediera al hecho cultural catalán su nuevo estado co-oficial y en
lo que se refiere a la respuesta de la población catalano-parlante. Ciñéndose a aquellos
aspectos que más directamente repercuten en la literatura y optando—con preconcebida
intención— por los juicios que más autocríticamente revisan la cuestión, con toda
certitud puede afirruarse que el paisaje no se ve en suficiencia desbrozado. Además, la
reforestación realizada no ha brotado todo lo rápido que se esperaba y/o, en ocasiones,
ha florecido en direcciones o en parcelas—el eterno conflicto generacional, complicado
ahora y aún en España por el recuerdo de la historia reciente y la actual dinámica socto-
cultural— donde algunos consideraban que no debía haber ocurrido o que, al menos,
todavía no era oportuno que ocurriese. Ciertamente y en cualquier caso, la opinión más
generalizada es que, con todo, la situación actual es más propicia al desarrollo de la
actividad literaria en catalán de lo que ha sido en un inmediato pasado. En este sentido
se puede percibir como historiadores y críticos literarios, ya maduros, provienen por
cronología de una experiencia más dificultosa que puede hacerles apreciar la relativa
normalidad actual. Sólo más recientemente se han ido sumando al estudio de la literatura
catalana personalidades que por su más corta edad pueden estar aportando una lectura
menos condicionada por elementos de orden histórico-político. Y en cualquier caso y
siempre generalizando, creo que ha sido de la boca de los creadores—más mayores y más
jóvenes— desde donde se ha podido escuchar la puesta en tela dejuicio más rotunda con
respecto al actual estado de la cuestión.
Mientras tanto, en estas dos últimas décadas que, si acierto a resumir, en España han
ido de la euforia al desencanto ideológicos en torno a las expectativas levantadas por
la transición política para conducirfinalmente al actual pragmatismo en el que se vive
—políticamente, culturalmente—, en estas dos últimas décadas, como decía, las letras
catalanas han visto confluir la aportación de diversas plataformas creativas o grupos
generacionales. Creo, ante los estudios de conjunto ya existentes que he revisado antes
de redactar estas páginas, que de una manera más complejamente superpuesta a como se
ha venido presentando. Donde se ha hablado de tres capas —autoresque comenzaron su
producción hacia los años treinta y se vieron condenados al silencio de postguerra,
generación de los setenta y actual relevo o autores estrenados a lo largo de los ochenta—
habría que intercalar alguna otra. Sobre el mantenimiento de la generación de los treinta
o generación de la República —los que se convertirán en modelo para los pertinaces
escritores más jóvenes en el desolador ambiente posterior a la Guerra Civil— habría que
instalar la dc los autores nacidos a partir dc 1920 que, por tanto, educacionalmente
170 .fuan Miguel Ribera Llopis

estuvieron abocados a la anormalidad postbélica y que en general no comenzarán a


publicar hasta la transición de los años cincuenta-sesenta. Sobre ellos, a caballo de los
sesenta-setenta, comenzarían a presentarse los autores nacidosen torno a 1945. Finalmente,
a lo largo de la última década, han ido apareciendo escritores que, nacidos o crecidos en
las circunstancias paulatinamente favorables que ya apuntamos que se van dando desde
los años sesenta, han ido accediendo —como experiencia biográfica— a las crecientes
y siempre cuestionables cuotas de normalidad lingéistica y cultural.
Al margen de la discusión teórica que pudiera suscitar el empleo del concepto de
generación, pero aceptando que esa sucesión histórica ha puesto sobre la mesa de estas
dos últimas décadas tendencias estéticas y discursos ideológicos diversos. Al margen
también de los nombres y los títulos con que habría que justificar esas etiquetas
generacionales como se hará en el punto siguiente. Ahora hay que preguntarse sobre qué
supone su producción confluyente desde una perspectiva socioliteraria, dado que el
ámbito catalán está todavía sometido a una incierta clarificación de su propio perfil.
Para J. Pont (1987, p. 223) el decenio inmediatamente postfranquista —de 1976 a
1986— ha supuesto para la literatura catalana una verdadera década prodigiosa. Muy
significativa para el mismo historiador porque, a pesar de las adversidades históricas y
ya a finales de centuria, se puede considerar que el siglo XX —si tenemos presente la
producción de preguerra, la que va de la práctica simbolista finisecular a las diversas
prácticas novecentista, vanguardista, etc., de los años diez, veinte y treinta— ha sido una
constatable edad de oro de las letras catalanas. Esa plenitud dignificada por .1. Pont habría
que descifraría en función de dos razones ya apuntadas. La infraestructura cultural
previamente existente al momento de la transición política y la euforia y expectativas de
libertad intelectual que éstapropició. Ciertamente, esacoordenadapermitió la superación
de no pocos frenos impuestos sobre la literatura catalana. J. Pont (1987, p. 225) se refiere
con acierto a la anulación del catacumbismo y cantonalismo que hasta entonces había
marcado gran parte del activismo cultural y de la práctica literaria catalana. Asume, no
obstante, también dicho historiador (1987, p. 226) que esa década prodigiosa ha sido a
su vez década de transición. Y no hay que ver en ello una contradicción. La euforia no
impidió ver la realidad de las circunstancias. La producción de esos años —creo que
continuando el criterio de los anteriores pero aprovechando la nueva libertad del medio—
trazó una línea de equilibrio entre la raíz literaria autóctona silenciada mayoritariamente
durante años y la recepción —yo diría sistematización— de las tendencias estéticas
universales de la modernidad. Así conjuga J. Pont prodigio y transición. Ese es el
capítulo-puente que debería haber conducido a la naturalidad definitiva del hecho
cultural catalán en su nuevo estadio co-oficial.
Pero en ese punto la más reciente historia española, sobre todo en los círculos
intelectuales, también en los laborales, se torció hacia el desencanto y el posterior
pragmatismo. El ritmo de la historia occidental absorbió la alternativa española y topificó
su transición en un producto fácil y democráticamente exportable. Esa experiencia, que
en el caso catalán ya hemos dicho que conduce a consideraciones parcial o completamen-
te autocríticas, se ha vivido sobreponiéndose al prodigio dc los años que la habían
posibilitado. A. Broch (1988-1, pp. 151-153) la resume revisando la desaparición de los
Literatura catalana (1970-1990) 171

mayores, de los últimos grandes de la generación de la República —los modelos para los
más jóvenes en los años difíciles—, la resituación literaria entendida como sustitución
de planteamientos y aspiraciones por parte de los autores dados a conocer durante los
años sesenta y setenta, y la irrupción de los más jóvenes que aún en primeras obras están
intentanto definir su propia modernidad. Sobre ese esquema habría que replantear una
serte de cuestiones que han presentado los historiadores hasta ahora reseñados. Por una
parte el que los autores hoy ya maduros —sobrevivientes de la preguerra, surgidos de la
plataforma cada vez más consistente de los años cincuenta, sesenta y primeros setenta--
han tendido a una escritura ensayística. Ya sea memorialista —memorias, diarios...— o
abiertamente dialéctica —volúmenes, por ejemplo, de discusión sobre el futuro de la
cultura catalana por parte de autores como i. M. Castellet, J. F. Mira o el propio A. Broch.
También el que muchos de eííos hayan ido reduciendo su producción creativa y
profesionalizando su escritura a través de los medios dc comunicación, lo que les permite
una mayor estabilidad socioeconómica. Y que, al mismo tiempo, la cresta de la ola de la
práctica estética y la polémica literaria haya sido ocupada por jóvenes autores con una
o dos obras en el mercado y cuyos planteamientos conectan más abiertamente con
coordenadas de orden hoy universal más que autóctonas catalanas. Todo eso produciendo
un desajuste y no pocas contradicciones en el interior del mundillo literario catalán —la
acusación de los ya mayores contra los aún jóvenes de ser una generación extremada-
mente americanizada, light en sus planteamientos y logros, y que históricamente lo ha
tenido muy fácil—; también marcando puntos de superación —así eí de la doble
identificación de literatura catalana como columna vertebral de la catalanidad y lapoesía
como género literario esencial, todo ello bajo una concepción romántica superada sobre
la cual se superpone el actual éxito de la narrativa de referentes universales (y. X. Brá de
Sala, 1987, pp. 97-98, 1(19-112).
Todo ello habría que entenderlo como la única —o la última— posibilidad que tiene
la literatura catalana de normalizarse pasados los falsos espejismos que pudo propiciar
la transición de una dictadura a una joven democracia. Es decir, la universalización. Lo
cual está bien pero no exime de la nivelación, que es el problema general, creo, de todas
las tradiciones literarias de nuestro entorno sometidas a una experiencia equiparadora de
orden supranacional. Sieso hade ser así, sea también para las letras catalanas que, aunque
sea por esa puerta, habrán logrado de nuevo instalarse en la línea de fuego de la evolución
cultural occidental. Pejo hay que preguntarse autocríticamente si eso responde a la
realidad social catalana. Si publicar hoy cuatro mil libros por año en catalán cuando hace
sólo unas décadas estaba prohibido hacerlo significa algo por sí mismo o sólo el poder
publicarlos. Si no se tratará únicamente de un escaparate de la vida y la cultura urbana
que vive dc espaldas al resto del país y además lo acompleja con sus comportamientos.
Autocríticamente el colectivo J. Orja ha advertido de algunas de esas posibles
falacias y ami vez yo quisiera advertir que en este caso asistimos a la escritura de críticas
hecha por individuos jóvenes cuya cronología coincide con la de los creadores tildados
como lights y de vida fácil. J. Orja (1989-1, p. 100) plantea que la actual y siempre
revisable normalización de la cultura catalana está sicndo potenciada por motivos de
rentabilidad política. Por esa vía, el afán de dar la sensación de normalidad puede hacer
172 Juan Miguel Ribera Llopis

que se abran a la literatura catalana espacios culturales que antes le estaban prohibidos.
Pero, al mismo tiempo, que por dar esa imagen de modernidad se estén creando espacios
elitistas que no se corresponden con el sustrato real y que puede estar entronizando la
mediocridad en los canales de la vida intelectual (1989-l,p. 101). Se puede configurar
de este modo un espejismo en el que vengan a naufragar tanto los esquemas entre los que
se mueve la vida literaria como los anónimos aspirantes a acceder a ese fascinante
mundillo. En este sentido la tan reiterada cuestión dc los premios literarios puede marcar
la patita: tanto el alto número de convocatorias como el gran número de participantes
parece que no se corresponde con unas buenas cuotas de calidad.
Ante este panorama, ¿cómo decide actuar tanto quien desee escribir como quien
aspire a ser lector de literatura en su propia lengua? En el primer caso, el factible nuevo
escritor en catalán de los años ochenta ha surgido de un balance desequilibrado. J. Orja
(1989-2, pp. 18-19) lo resume así: si ya han podido ser hijos de una cierta normalidad
política, cultural y lingúistica dentro de su país, a su vez han sido víctimas de la crisis
económica, social y cultural occidental; y es por ello por lo que si tal vez no son una
generación literaria—sus referenteshanpodido ser cadavez más diferentes y múltiples—
sí pueden ser una generación sociológica. La falta de carácter que se le ha achacado se
convierte en su propia marca y su propio reto. Ante lo uno y lo otro han comenzado a
actuar. De forma distinta a como lo hicieron generaciones anteriores pero con el mismo
derecho a llevar adelante su experiencia biográfica. Y de este modo se han visto quizá
absorbidos por estructuras mercantilistas —mercado editorial que los busca, crea co-
lecciones de lanzamiento y los profesionaliza cornoautores de la casa y ensaya con ellos
al ritmo de las modas. Pero también, aunque sea a través de esos canales, imponiendo sus
nuevas concepciones literarias —escribir en función de un público, sin prejuicios con el
idioma del cual sus textos no van a ser el elemento de salvación, de acuerdo con su opción
personal y no en función de ningún compromiso nacional. Sobre cualquiera de esos
aspectos 3. Orja (1989-2, pp. 30-35, 39) ofrece más información y acaba resumiendo que
la literatura ha dejado de ser un instrumento político que crea conciencia y contribuye a
cambiar el mundo, aspiración de las generaciones anteriores (1989-2, p. 41); instrumento
de política de partido o de consigna en todo caso, aclararía yo, pues con ellos y en ellos
también está cambiando el mundo. Otra cosa seria establecer en que dirección. Y no me
atrevería yo a entrar en consideraciones sobre lo malo y lo bueno, lo humano y lo divino.
En el segundo caso, el del lector —el de la respuesta de la población catalano——
parlante a la que ya me refería incluso más atrás —habría que decir, de entrada, que su
respuesta ha sido buena teniendo presente lo dicho. Que grandes porcentajes de la actual
demografía catalana son históricamente analfabetos en catalán, que muchos de ellos no
han podido acceder todavía a la educación en su propia lengua y a pesar de todo han
remontado ose escollo y han hecho factible un mercado editorial catalán. Con sus
problemas, ciertamente, pero económicamente atractivo porque de lo contrario, tal vez,
no se entendería que en la actualidad editoriales tradicionalmente castellanas publiquen
colecciones de textos catalanes. Ese público lector, al ritmo de los tiempos, ese1 que más
correctamente —más que los grupos de escritores con sus consabidos conflictos.
generacionales y sus rencillas de corte ideológico y estético— ha marcado la paula de la
Literatura catalana (1970-1990) 173

evolución. Quizá comenzó a leer por lo dicho, porque la literatura era columna vertebral
del espíritu nacional prohibido y perseguido. Pero ha sabido irdescircunstacializando sus
lecturas y contextualizándolas en el reconocimiento de sus propios valores y de sus
necesidades personales como lector. Otra cosa es que hoy existan modas, falsos booms
y blufs. Lo cual por otra parte ha existido siempre y además es signo de normalidad
cultural y literaria. La comercialidad es signo de naturalidad cultural siempre que su
presencia conviva con el producto llámase serio o intelectual.
Esa misma dinámica es Jaque ha aproximado eí dobleespacio que compone el mundo
literario, el del creador y el del lector, que pierden sentido si no se interrelacionan. En un
medio que le era políticamente hostil, el creador, consciente o inconscientemente, pudo
encerrarse en prácticas que le hicieran aproximarse más y más a la esencia del discurso
que defendía pero corriendo el riesgo de alejarse del público sobre el cual debía revertir
su producción. Hay que advertir que ese peligro se ha solventado en el caso catalán tanto
por el activismo del intelectual incluso en las circunstancias más difíciles y nunca
abismándose de la realidad como, también es cierto, por la buena voluntad del público
que, podría decirse, se ha dejado guiar. Ahora bien, a medida que la situación política se
fue aclarando y se ha ido accediendo a criterios de normalización, el espectro cultural
catalán ha requerido que se llenaran todos los niveles de expresión que de una manera u
otra descifran la convivencia social y la experiencia individual, desde los más trascen-
dentes hasta aquellos que reclama el ocio. Puesto que el público lector catalán existe, y
existía, a medida que la clarificación política nacional ha ido eliminando unos problemas
y creando otras necesidades, la literatura catalana tenía que ser capaz de contestar a esa
demanda con una oferta amplia y rigurosa. R. Saladrigas (1979, Pp. 28-38) advirtió entre
otros sobre esa necesidad cifrada sobre una carencia y a la que habría que saber
corresponder urgentemente si, por una parte, se quería construir un espacio literario
completo y, por otra, si no se deseaba perder importantes sectores de público. Avanzada
la década de los ochenta, esa dinámica no hizo otra cosa que acelerarse. El hecho literario
ya no se traduce sólo a través del compromiso político, ni siquiera de la afirmación
nacional. Tampoco mediante la deificación de la poesía como antes advirtió X. Brú de
Sala y por eso, como añade el mismo crítico (1987, p. 105) hay que asumir la
fragmentación del hecho literario y hacer otras literaturas, es decir, desde literatura de
género a guiones para cine, televisión o vídeo.
Ante esa urgencia propuesta por el propio público que tan fielmente había seguido
síenipre las prácticas de los autores catalanes, ya respondieron los escritores cimentados
en la plataforma de los sesenta. Sobre todo en el campo de la literatura de género y
comenzando a cubrir parcelas hasta entonces sólo esporádicamente tocadas en catalán
como la novela negra o policiaca. Pero creo que en este sentido son los autores que sc han
ido dando a conocer durante los ochenta —otro rasgo de su criticada correspondencia de
orden universal— quienes mejor han cumplido con esa necesidad y a lo que se debe en
gran medida su repentino y notorio éxito. No creo, por ello, que haya que reprochárseles
nada desde actuaciones anteriores por lo que han hecho y porque lo hayan hecho,
ciertamente, a partir de su experiencia y planteamientos. Tampoco porque hayan sido
mas efectivos en sus logros. Que sus planteamientos sean los de buscar referentes que a
174 Juan Miguel Ribera Llopis

otros les resulten peligrosos —que es a lo que me refería cuando hablaba de floraciones
en posibles direcciones tenidas por equivocadas—, esa es otra cuestión. Lo que hay que
exigirles es que lo resuelvan bien. Y yo creo que a la luz de sus segundas y terceras obras,
en eso se puede ir confiando. En ese sentido, y de la misma manera que para hablar de
la literatura catalana de los setenta y de los ochenta hemos tenido que referirnos una y otra
vez a los sesenta, ahora hay que pensar en su proyección. Para A. l3roch (1988-2, p. 79)
también la cronología se superpone y la doble década de los ochenta y los noventa ha de
ser de consolidación.
En ese paisaje con doble horizonte, la opción a escribir en catalán sigue estando
tocada de cualquier tipo de circunstancias que ya deberían ser de orden externo. J. M.
Llompart (1988). tal vez tocado por la experiencia histórica, sigue pensando qite escribir
en catalán tiene aún mucho de compromiso y de problema en una doble dirección. El
autor consigo mismo y el autor con la sociedad. O quizá habría que decir con el sistema
soctal y político normalizador que no acaba de normalizarse a sí mismo. Claro está que
las cosas son algo mejores de lo que eran y de esta manera 1. M. Llompart documenta cl
criterio que páginas atrás apuntábamos. La expectativa largamente esperada y periódi-
camente desviada de que eso ocurra por fin, puede llegar en un momento de sustitución
histórica—la nueva cultura de los ordenadores que vienea anularla galaxia Gutemberg—
que puede minimizar ese tardío logro. Yo, ante esos temores, contestaría a J. M.
Llompart, con una pregunta: si no será la propuesta lingúistico-literaria dc los más
jóvenes —la de los autores que construyen su relato a partir del esquema y recursos del
videoclip—la que puede permitir sortear ese gran escollo mediante su supranacionalidad
literaria practicada en catalán.
Para acabar con este primer apartado, ofreciendo algo más que divagaciones sobre
un contexto que cada vez —en estas páginas—— es menos catalán y más universal,
aprovecharé la revisión hecha por 1. C. Simó (1989) sobre el estado de la literatura
catalana actual, en una reunión de especialistas sobre la materia, la del VIII Colloqui
Internacional de Llengua i Literatura Catalanes (Toulouse, 1988), organizado por la
Associació internacional de la Llengua ¡Literatura Catalanes, tema al que se dedicó la
mesa redonda, lo cual demuestra el interés del asunto. Resumiendo, 1. C. Simó destaca
los siguientes logros: volumen editorial, consolidación de la producción literaria desde
las diferentes áreas del ámbito catalán, desarrollo de las variaciones literarias o géneros,
aparición de una nueva literatura urbana, normalización de la vida editorial; pero, junto
a eííos, advierte sobre el mantenimiento de problemas de fondo: provincianismo y
mimetismo con respecto a la vida cultural expresada en castellano, también—todavía--
un cierto divorcio entre literatura y sociedad cuando ésta, en gran medida, aún se
configura bajo la realidad de la diglosia asumida. Eso puede incidir en el catacumbisino
dcl mundo literario catalán, también en la pérdida de las conjuntas señas de identidad
entre las diferentes zonas del mapa catalán, administrativa y autonómicamente separa-
das. Todo ello sigue siendo un riesgo cuando, curiosamente, el panorama literario catalán
se muestra perfectamente competitivo con respecto a las literaturas inmediatas y en
particular si se compara con la castellana, como advierte la misma 1. C. Simó.
Sobre alguna de esas cuestiones ya he esbozado antes mi opinión, intentando trazar
Litera/ura catalana (1970-1990) 175

junto con la de otros un hilo conductor. El que pueda permitir una aproximación
comprensible a la literatura catalana de estos últimos veinte años. Pero creo que es
oportuno acabar este apartado con estas advertencias más precisas. Sobre todo en la
medida en que nos acercan, además de hacerlo a la realidad inmediata literaria catalana,
también a la conciencia autocrítica de la clase intelectual que en parte la configura.

II. LOS NOMBRES Y LOS TEXTOS

Con anterioridad se ha planteado la superposición generacional que viene a poblar


el panorania literario de los veinte años que aquí habría que revisar o, al menos,
documentar. En ese sentido puede ser correcto, o al menos una opción metodológica apta
como otra cualquiera, presentar la aportación de los mayores que no hace sino concluir
la proyección de sus consecuentes prácticas venidas desde atrás. Déjese para las
generaciones que sc van a ejercitar en esa década la posibilidad de otro tipo de
contemplación, la de la polémica y el embate. Lo curioso, no obstante, es que si el
panorama español y catalán a partir de los setenta ha estado marcado por la superación
del realismo crítico, mayoritario en los años sesenta, las últimas entregas de los mayores
—que en ocasiones marcaron la práctica anterior— también han redirigido sus pasos. No
es el caso de J. y. Foix (1897-1987) que siempre se mantuvo en la indagación
experimental del lenguaje hasta sus últimos poemas en prosa Cróniques de l’ultrason
(1985). Pero sí, quizá, por lo que se refiere a Salvador Espriu (1913-1985) con Per a la
barza gent(l 984) y Joan Oliver—«Pere Quart» (seud.) (1899-1986) con Poesia empírica
(1981). Esto en el campo de la poesía. E igualmente en la narrativa, con el acceso a la
indagación lírica que posibilita la última Mercé Rodoreda (1909-1983)—la de Quanta..
quanta guerra (1981) y la dc su novela póstuma La mart y la primavera—3 o a la ironía
desmitificadora de Salvador Espriu —enLes roques ¡ e/ruar;, el blau (1982)—, o al cruce
de lo maravilloso y lo cotidiano en Pere Calders (1912)—por ejemplo en Un estrany en
el jardí (1985).
Para eííos esa práctica última, como posibilidad, era una opción libre de corres-
pondencia o de innovación —casi siempre consecuente— con respecto a su obra ya
hecha. Para las otras generaciones que han creado literariamente en la palestra de esos
años, los vaivenes del contexto, sus fluctuantes sorpresas han debido tener una incidencia
mas directa pues su creación literaria estaba aún en pura formulación o, incluso, se
acababa de estrenar. Es el caso de los que fueron paradigmas de la poesía del realismo
crítico de los sesenta—de los sobrevivientes, destáquese a Viccnt Andrés Estellés (1924)
y a Miquel Martí i Pol (1930)—— y que, de una forma u otra, han evolucionado sus
presupuestos, indagando cada vez más en su interior, personalizando más y más los
niveles externos de su escritura hasta intentar transeenderlos. Puede ser ese planteamien-
to documento indirecto de la transición ideológica del país, tal vez del citado desencanto.
Poéticamente eso se resuelve coetáneamente mediante el regreso al puro ejercicio de
lenguaje y a la finalidad estetizante. Esa meta como punto de mira de la nueva poesía
permitió la recuperación de poetas como Joan Brossa (1919) que por su constante
176 Juan Miguel Ribera Llopis

vanguardismo y autoconfesado postsurrealismo había sido relegado en los momentos del


realismo histórico más ortodoxo; y también la aparición de nuevos poetas como Joan
Margarit (1938), Narcís Comadira (1942), Salvador Oliva (1942) o Francese Parcerisas
(1944), practicantes de lo que se autodefinió como poesía de la experiencia. En esa línea,
Pere Gimferrer (1945) es quien mejor ha demostrado y el que más claramente asume
«...

una opción manierista y neobarroca con amplio predicamento entre las promociones
poéticas de los años setenta» de acuerdo con J. Pont (1987, p. 234) y a partir de su MiraIl,
espai, aparicions, donde se recogía su producción catalana de 1970 a 1980, tras un primer
capítulo de producción en castellano.
Los planteamientos de la indagación lingéistica, no exenta de investigación en cl
subconsciente, pueden quedar varados en el esteticismo —en lo que la época definió
como venecianismo—o abrirse a la experimentación y a la transgresión. Es el espacio en
el que se instalaron poetas como el también pintor Albert Rafos Casamada (1923) o los
mas jóvenes Jospe Alberti (1950), Valeriá Pujol (1952)0 Miquel de Palol (1954). Son
estos nombres muestra de la vertiente textualista por la que, mayoritariamente, se fue
inclinando la poesía catalana de los setenta. Vertiente que pudo estar compensada por
otras prácticas más líricas como las de Maria Mercé Margal (1952)o la de Salvador flfer
(1954). Siempre es imprudente sino incorrecto intentar uniformar una época histórico-
literaria y, además, resumiría mediante unos pocos nombres. Los dichos, pienso no
obstante que, instalados en un contexto de producción más heterogénea, documentan la
doble cara del ejercicio poético contemporáneo. Aquel del que puede haber surgido la
práctica más pausada e igualmente rigurosa de la última poesía catalana. A Broch (1988-
1, Pp. 165-166) consideraba, revisando la producción de 1987, la presencia de nuevos
nombres y nuevos títulos que no se diferenciaban de la estética y del lenguaje de los
anteriores —lo que quizá sí estuviera pasando en la prosa—, tal vez, añadía, «... por el
hecho de que hoy la expresión poética en la literatura catalana se ha resituado en las
constantes que definen la historia de la poesía». Puede ser ésta una manera de expresar
lo dicho o de esperar resultados. Creo que estos ya están definidos —y me gustaría insistir
en lo pausado y comedido de sus lenguajes poéticos— en autores y textos nuevos como
Xavier Lloberas y Les ¡lles obstinades, Premio Caríes Riba, 1986, y Lluis Roda Sobre
llwmada, Premio Vicent Andrés Estellés, Premios Octubre 1989. Todo eso en un
contexto en el que la más reciente tradición —se identifiquen o no con ella— íes sigue
arropando si pensamos en últimas aportaciones de Joan Brossa —Ventalí de poemes
arbans— Vicent Andrés Estellés —Oc/es temperols—o Pere Gimferrer —El vendavaL
Todo eso, también es cierto, con un particular deje de hastio que no de apatia: recien-
temente decía el segundo de los premiados antes citados que esta última década, por lo
que a poesía se refiere, había sido tremendamente aburrida. Con la excepción—añadía—
del premiado con anterioridad y pocas cosas mas.
No deben de pensarlo mismo los narradores o por lo menos no tienen tanto motivo
para ello. O tal vez sea que no se les ha dado respiro. La narrativa ha ido ocupando el lugar
privilegiado en el panorama de las letras catalanas cuando hasta no hace tanto tiempo uno
de los temas favoritos de la crítica e historiografía literarias catalanas era la de demostrar
o cuestionar la existencia consistente de una tradición narrativa catalana. En ella debían
Literatura catalana (1970-1990) 17’7

reconocerse los futuros narradores y sin ella su existencia era baladí. Con ella y con más
referentes y lecturas extranjeras se ha conjugado un fuerte bloque documental que, contra
viento y marca, ha centrado la atención de la literatura catalana de las últimas décadas.
Piénsese doblemente en la complejidad de un mundo editorial como el catalán, surgido
de las más taxativas prohibiciones, y en la urgencia que tiene la narrativa de ese medio
para acceder al conocimiento público.
Hoy esa presencia, además de haber atrapado la atención del lector, permite una
vision crítica de conjunto. A. Broch (1988-2), revisando la producción publicada de
1968-1986, constata tres tipos formales fundamentales —realista mínimamente modi-
ficado por cruces temporales, maravilloso y fantástico, y transformador y transgresor—
querepiten tematología. Es ésta la del reflejo de la historia inmediata mediante la creación
de un arquetipo generacional (A. Broch, 1988-2, p. 52). Es lo que desde códigos realistas
han hecho Terenci Moix (1943) con £1 dia que va morir Marilyn (1970), o Montserrat
Roig (1946) con El temps deles cireres (1977); o desde códigos textualistas Miquel-
Angel Riera (193(1) conL ‘endemá demnai(1979), BicI Mesquida (1947) conL ‘adolescent
de sal (1975)o Lluis Fernández (s. f.) con L’anarquista na (1979). Es lo que ya venían
propiciando autores anteriores, tal vez desde presupuestos aún post-existencialistas y que
han seguido publicando en estos años. Así Manuel de Pedrolo (1918), Blai Bonet (1926)
y Maria Aurélia Capmany (1918-1991). Véase de esta última su Lo color més blau
(1983). Y pienso que es lo mismo que viene haciendo cl relevo de los másjóvenes. Creo
que debe ser retórica la pregunta planteada por el inteligente crítico que es A. Broch
(1988-2, p. 76) cuando pregunta hacia dónde va ese arquetipo generacional, perdidos los
ideales dc la transición y el compromiso e instalados sus protagonistas-escritores en la
nueva estructura cultural. Va el arquetipo hacia donde avanza la propia experiencia del
autor consigo mismo y con su entorno. Si ésta desagrada a los nuevos capitostes del
mundillo literario catalán, eso no creo que sea otra cosa que vanidad generacional. Hoy
por hoy ese arquetipo o la actual individualidad hay que buscarla en textos como los de
Maria Jaén (1962), Amorrada al piló (publicada en castellano con el título El escote),
Gabriel Galmés (1962), Parfaií anwar (1986), y Scrgi PÉmies (1960), Infecció (1987).
Repito que otra cosa es que se les deba exigir—tanto por parte de la crítica como por parte
del público— calidad. Pero también que se les debe el respeto a la escritura dc su propia
experiencia. Esta, como se dijo, queda abierta a la ya inmediata década.
En narrativa, no obstante, la inflexión entre esos capítulos y aportaciones se apoya
en una producción más densa y que en sí misma ha propiciado más puntos de cohesión.
No es necesario para comprobarlo detenerse ante figuras absolutamente camalcónicas
—el escritor que por técnica sabe practicar cualquier registro narrativo—como es el caso
de un Baltasar Porcel (1937), autor de notable éxito y reconocimiento, que ha pasado de
la novela de corte esforzadamente existencialista al neobarroquismo subyacente en los
retruécanos del realismo fantástico para desembocar en el libro-reportaje de viajes. Todo
ello al filo de las modas. Resolviéndose técnicamente. Perfección que se ofrece a cambio
de un casi constante vacío de contenidos. Mejor punto de referencia, por su calidad, son
otros nombres como Gabriel Janer Manila (1940), Maria-Antónia Oliver( 1946) o Isabel-
Clara Simó (1943) que han pasado con mayor serenidad por sus respectivos pasos
178 Juan Miguel Ribera Llopis

creativos hasta ir accediendo a textos fundamentales como son sus respectivos Els rius
deBabilónia (1985), Crineresdej¿c (1985) yiúfla (1983). Son textos en los que, me-
diante diferentes planteamientos del lenguaje narrativo, se han logrado acertados
resultados psicologistas. Conclusiones éstas que se barajan junto a otras muy diversas
como lade la novela histórica de Josep Lozano(1984)—Crimdegermania (1980}-—o
la del realismo carnavalesco del. B. Mengual «Isa Trólee» (seud.) (1945-1992)----Ramona
Ros bif (1977). Y un largo etcétera. Ahora bien, si lo que aquí interesa es como toda esa
producción teje un entramado denso que puede haber sido lectura de los más jóvenes y
prueba de la acelerada normalidad de su cultura —razón por la que tal vez han podido
crecer tan individualizadamente—, hay que citar dos autores concretos. Con ellos ha
conectado gran parte de la nueva promoción de narradores. Respetando sus textos y sus
trayectorias. Dos autores —Carme Riera (1948) y Ouim Monzó (1952>— que avanzan
desde presupuestos diversos como el psicologismo intimista y el textualismo urbano y
mantienen hasta hoy algo más que la atención dcl público lector.
Carme Riera partió de la delimitación de unos espacios internos, los de los mundos
de sus relatos, que fueron abriéndose por la necesidad de comunicación de sus personajes
o mediante juegos como la ironía y el erotismo —los de Epitelis tendríssims (1982). Sus
títulos más extensos -—lina primaveraper a Domenico Guarini (1981), Qñestió damor
propi (1987), Joc de miralls (1989) (cd. en castellano conio Persona interpuesta)—
pueden entenderse como la salida definitiva a la superficie de esos personajes, esas
mujeres preferentemente, quede acuerdo con la autora, han pasado a ser activos, dueños
de sus decisiones. En un espaciosocial que Quim Monzódescifra menosculturalistamente
desde la alienación urbana ya fuera en Uf va direlí (1977)o en Li/la deMaians (1985).
Una escritura sobre la sociedad de consumo escrita desde la propia iconografía del
consumo. Cualquier mundo tiene derecho a su propia mitología y a resolverse a través
de ella.
Establecida una cierta perspectiva sobre esa doble producción poética y narrativa, el
horizonte de las pasadas décadas puede permitir alguna consideración. El extremo de las
propuestas estéticas se ha equilibrado de la misma manera en que los contenidos del
discurso pueden haberse suavizado. Quizá todo pudiera entenderse mediante la voluntad
de acercamiento al referido píagmatismo de la sociedad española y occidental del pasado
mas inmediato. El de una posímodernidad que se sientebien combinando comportamientos
inusuales con registros ya clásicos. Una corriente literaria, surgida de las catacumbas tnás
rigurosas de esa postmodernidad y pronto convertida en moneda de cambio como el dirtv
realism, puede ser un buen ejemplo. O el caso menos extremo, en catalán y traducido en
notable éxito de ventas, de Camídesirga (1988) de Jesús Moncada (1941). Novela que
ha acumulado además todos los premios hasta alcanzar el Nacional de Crítica, es un
magnífico texto que, tanto en su trascendencia mítica como en su transfondo de novela
de iniciación, remite a referentes ya muy tradicionales en la novelística occidental.
Socioliterariamente y al margen de la estricta valoración textual, habría que pregutl-
tarse sobre qué puede esconderse tras todo eso. Puede ser significativo que cuando A.
Broch (1980) estructuró su balance sobre la literatura catalana de los años setenta, además
de la información de todo tipo que recogió para dar forma al contexto, erigió como
Literatura catalana (1970-1990) 179

paradigma de esa literatura aportaciones muy precisas. Pere Gimferrer, en poesía, y Bici
Mesquida y Oriol Pide Cabanyes (1950), en narrativa, portavoces ellos de las propuestas
más textualistas. Pregántese cuál sería la muestra a finales de los ochenta. FI éxito, por
ejemplo y en todo el ámbito occidental, de la novela histórica durante esos años pudiera
ser un botón demuestra. El caso catalán no ha sido ajeno a esa corriente desde, a partir
de algún otro caso citado, títulos como Cercamón (1982) de Lluis Racionero (194(1) o
LilIa deles tres taronges (1983) de Jaume Fuster (1945).
Pero hay más formas modernas y postmodernas que empiezan a verse sometidas a
revísion. Ese es tal vez ci caso del más reciente teatro. Si algo ha logrado exportar la
literatura catalana reciente más allá de sus propias fronteras y de las del estado español,
esto es su teatro. Surgido de la plataforma del teatro independiente de los años sesenta,
ese teatro bien aceptado por crítica y público, aquí y afuera, ha sido fundamentalmente
teatro dc creación colectiva. El [Link]/ars, Lis Comedianis oFw’a delsBaus.
Sus espectáculos se asientan sobre la reducción de la presencia textual, sustituida por el
protagonismo de latécnica interpretativa y la puesta en escena. Utilizada esacomprensión
del hecho dramático para construir espectáculos mediante la sucesión de cuadros o
skechts, esa propia arquitectura ha acabado por poner a la luz sus propias carencias. Si
ese tipo de teatro adolece o no de consistencia dramática, esa es una cuestión sobre la que
hoy se polemiza abiertamente. Mientras tanto se reclama de nuevo la urgencia de un
teatro de texto y autor, dinámica en la que quisiera destacar la labor llevada adelante por
la compañía Teatre lliure que ha puesto sobre los escenarios eí mejor teatro universal con
las más rigurosas adaptaciones. Planteamiento, en cualquier caso el de esa discusión, que
ha permitido la recuperación de nombres como los hermanos Rodolf y Josep Lluis Sirera
<1948,1954) ye! descubrimiento de nuevos talentos como Scrgi Belbel (1963), autores
que han vuelto a un puntual trabajo sobre la palabra.
Mientras tanto el teatro, más que ningún otro género, se ve condicionado por las
circunstancias y el contexto. Si la narrativa ha logrado superar no pocos problemas al
demostrar que puede ser incluso un valor económico —cl único— que justifica la
existencia de ciertas editoriales, y la poesía se ha visto privada de su protagonismo
cultural y para publicarla casi no queda otra medida que recurrir a los premios, el teatro
cas solo se sustenta mediante las ayudas oficiales. La escritura de guiones para cine no
existe en la medida en que casi no existe cine en catalán. Y la escritura para otros medios
como la televisión sólo viene existiendo a partir de las recientes techas en que han
comenzado a existir y a emitir los canales televisivos en catalán. Recuérdese lo dicho
sobre escribir más literaturas en función del cambio del medio. También sobre la
inmediata década como posibilidad abierta. Eso cerraría el círculo haciéndonos hablar de
nuevo sobre circunstancias y contextos. Pero también y a su vez, sobre los nombres y los
textos que con las más diversas propuestas documentan el presente inmediato de la
literatura catalana.
180 Juan Miguel Ribera Llopis

BIBLIOGRAFíA

BROCII, N (1980): Literatura catalana deL auys setanta, Barcelona, Edicions 62.
BROCII, A. <1988-1): «Literatura catalana», en Letras españolas (1987~, Madrid, Ed. Castalia,
Ministerio de Cultura, pp. 151-169.
BROCI-1, A. (1988-2): «La novella catalana (1968-1986)», en De la literatura coni a signe,
Valéncia, Eliseu Climen! Ed., pp. 49-83.
BRU DE SALA, X. (1987): «Literatura i literatures’>, en II [Link] critiques sobre la cultura
catalana. Una perspectiva deji.¡tur, Barcelona, Departament de Cultura de la Generalitat de
Catalunya, pp. 95-í 16.
LLOMPART, J. M. (1988): «Literatura i societat», enDe/a literatura comoasigne, Valéncia, Eliseu
Climent Ed., pp. 85-lío.
MARCO, J. (1968): Sobre literatura catalana i altres assaigs, Barcelona, Llibres de Sinera.
ORiA, J. (1989-1). « Literatura catalana», en Letras españolas (1988), Madrid, Ed. Castalia,
Ministerio dc Cultura, Pp. 99-113.
ORiA, 1. (1989-2): Fahrenheit 212. Una aproximació a la literatu,-a catalana recen4 Barcelona,
Edicions de la Magrana.
PONT, J. (1987): «Literatura catalana», en Letras españolas (1976-1986), Madrid, Ed. Castalia,
Ministerio de Cultura, PP. 223-260.
SALADRIGAS, R. (1979): Literatura isocictata laCatalunyadavui, Montserrat, Publicacions
de lAbadia de Montserrat.
SIMÓ, 1. C. (1989): «Situacióde la Iiteraturacatalanaactual. Taularodona»,ActesdelVuitéColloqui
Internacional de Llengua i Literatura Catalanes; Barcelona. Publicacions de lAbadia de
Montserrat, vol. II, Pp. 305-307.

También podría gustarte