Volver a mí
June 20, 2022
Capítulo 63. Esperar
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capítulo 63
Esperar
Y siempre te amaré, mi vida, siempre
Y estaré allí por siempre y para siempre,
Estaré allí hasta que las estrellas no brillen,
Hasta que el cielo se reviente y las palabras no rimen,
Y sé que cuando muera, tú estarás en mi mente,
Y te amaré. Siempre.
Bon Jovi
Isabella se despidió de Gina para ir a casa de Matías. Se sentía mucho más
liviana y libre. Confirmó que hablar, ponerles palabras a los hechos que
atosigan el alma, era una forma de redimir los remordimientos y renacer.
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Solo tenía que decírselo a su padre y entonces, su mundo afectivo estaría al
tanto de su equivocación y la culpa dejaría de corroer su presente y su
prometedor futuro.
Gina estaba desarmando su equipaje en compañía de Chloé, que se metía en
su maleta y de Parker, quien dormía en su cama, cuando escuchó la puerta.
Reconoció los pasos de Diego.
–¡Hola! ¿Hay alguien? –preguntó con el grito habitual desde la entrada.
–Sí. Mamá –respondió ella y esperó su reacción.
El joven fue a su encuentro. La miró a corta distancia. Advirtió grandes
cambios externos pero no dijo nada. Toda la conversación con Ángeles había
calado en su razonamiento. Ella sonrió.
–¿No vas a darme un abrazo?
Él se acercó y Gina lo rodeó con todo el amor del que era capaz. Cuando se
separaron, lo vio más maduro, más hombre, como si algo hubiera cambiado
en él que no eran sus rasgos físicos. Así había sido. Decidió ir directo al
punto. Con Diego debía evitar los rodeos.
–Diego, sé bien que estás enojado conmigo por mi decisión de irme. Puedo
con ello hasta que comprendas mis razones, pero debes escucharme porque
no se trata de mí, sino de ti –él la miraba sin interrumpirla–. He hablado con
tu padre… Antes de que lo juzgues debes saber que no te ha traicionado.
Nunca llamó para decirme. Hace unas horas me ha contado lo ocurrido.
Siento tremendamente lo que han tenido que pasar… –su hijo continuaba
observándola con atención. Era sincera–. ¿Cómo está Ángeles? –continuó.
–Bien. Lo está superando. Supongo que habrá recaídas, pero saldremos
adelante –nada dijo sobre las palabras de su madre respecto de su enojo.
Entendió que era lógico que su padre le dijera. Hablaba bien de ambos. Un
silencio breve fue la antesala del impulso que no pudo evitar–. ¿Por qué?
–¿Por qué? ¿Qué? –preguntó interesada en saber a qué se refería.
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–¿Por qué nos dejaste?
Gina sintió una puntada en sus sentimientos más profundos.
–Yo no los dejé, hijo.
–Sí. Lo hiciste. Primero a papá. Luego a todos.
–Hijo, has aprendido a fuerza de un gran dolor que no todo es lo que parece.
Pues tampoco mi viaje. No me fui porque quería vacaciones, compras o
aventura. Lo hice porque me perdí. No sé en qué momento de mi matrimonio
deje de ser feliz. Tu padre no supo comprenderlo entonces. Yo nunca, desde
que me casé, pensé primero en mí, sentí que era tiempo de hacerlo. Ustedes
están grandes, ya he hecho mi tarea más importante de madre. No quise
esperar más para ser yo lo primero en mi vida. Confié en que un tiempo de
ausencia no los afectaría.
–Pero no fue así. A todos nos ocurrió de todo. Lo sabes por papá, imagino.
–Es cierto. También hablé con Isabella. ¿Por qué dices que te afectó mi
ausencia? Nunca me respondiste o escribiste –preguntó sorprendida. Él era el
más fuerte de los tres, ¿O acaso detrás de su carácter reservado había una
extrema sensibilidad?
–Yo… bueno, no hablo mucho. Prefiero pensar. Pero crecí seguro de que
siempre estarían y de pronto, tú te fuiste cuando yo estaba más enojado con
la vida que nunca. Y me dolió. No podía escribir a un grupo de la familia que
creía no existía más –se refería al grupo de WhatsApp. Se había sentado en la
cama.
Ella se acercó y lo abrazó acercando su cabeza sobre su vientre. Acarició su
cabello.
–Nada ha cambiado mi amor por ti. Siempre estaré para cuando me necesites.
Te amaré siempre. Más allá de la vida incluso, te amaré a ti y a tus hermanos.
La familia es mucho más grande que un matrimonio. Yo haría lo que sea por
ustedes, incluido tu padre, y él también, incluida yo. Solo se terminó el amor
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de pareja, pero el otro es para siempre. ¿Capito?
–¿Hubieras regresado, si yo te lo hubiera pedido?
–No lo sé. No voy a mentirte. Era importante para mí esta búsqueda interior.
–Supongo que eres de las que entienden la vida por sus porqués y no por sus
cómos. Así es Ángeles. Ella hizo que yo intentara comprenderte.
–Me alegra que lo hiciera. No siempre he pensado el porqué de las cosas,
pero lo aprendí y es casi tan importante como los hechos en sí mismos.
–No deseo volver a hablar sobre lo ocurrido. Comencemos otra vez –propuso.
Era su modo de decir que intentaba entenderla.
–Continuamos. Nunca terminó, hijo.
–¿Puedo preguntarte algo?
–Lo que quieras.
–¿Volverás a formar pareja?
–No lo sé –fue honesta con él antes de abrazarlo con todas sus fuerzas–. Solo
puedo decirte que he logrado volver a mí –agregó.
Luego, llegaron Andrés y Josefina, quienes halagaron su cambio de estilo. Le
dijeron que se veía diferente y genial. Gina pensó que no era para tanto, a fin
de cuentas solo habían visto calzado deportivo, jean, chaqueta de cuero.
¿Qué dirían de sus vestidos y de todo lo demás? No importaba. Ella estaba
feliz con su cambio. Conversaron un rato, y Diego se fue.
Gina estaba contenta pero se sentía como golpeada por tantas emociones y
confesiones. Parecía que su tiempo hubieran sido años.
–Gina, me alegra que hayas regresado. Sé que Andrés te lo ha pedido –Gina
observó a su nuera. Algo había cambiado en ella para bien. Se la veía segura
frente a los acontecimientos–. No tomes lo que voy a decirte como un
atrevimiento, pero gracias.
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–¿Por regresar? –preguntó conmovida.
–No. Por comprender. Si yo tuviera un hijo como Andrés, me gustaría verlo el
día de su boda…
Gina la miró con dulzura. ¡Cuánto habían madurado todos! La abrazó.
Andrés las observaba emocionado.
–Josefina, nada en el mundo tiene que ser de un solo modo. Hay muchas
formas de hacer lo correcto sin dejar de priorizar nuestros sentimientos.
Créeme que aprendí eso muy bien y lo respeto. Solo quiero la felicidad de
ambos –no sabía si hablar sobre la enfermedad o callar. Mientras estaba
enredada en sus dudas, la joven continuó.
–Le he pedido a Andrés ser yo quien te diga una vez más lo que ya sabes.
Estoy en tratamiento. Tengo cáncer de mama pero cuando termine las treinta
sesiones de rayos, habré sanado. Lo sé. La buena noticia es que no necesito
quimioterapia y que no me quedaré pelada. Quiero que estés tranquila y que
no me tengas lástima. Lo mismo les he dicho a mis padres. Seamos familia.
Seamos felices, no debemos esperar para disfrutar. ¿No te parece? –dijo todo
sin hacer una pausa.
–¿Entiendes, mamá, por qué me he casado con ella? –afirmó Andrés.
–Entiendo, hijo. Tomaste la mejor decisión. En cuanto a ti, pequeña –dijo
mirando a Josefina–, ¡qué lección de vida podrías darle a más de un adulto!
Estoy orgullosa de ti. Tienes razón. Seamos familia –dijo. Entonces lo que
otrora hubiera sido impensado, sucedió. Tuvo ganas de disfrutar con ellos.
Allí en ese momento que se reducía a todo cuanto tenían con certeza. Tomó
su celular, lo conectó a un parlante por bluetooth bajo la mirada estupefacta
de Andrés y puso música–. Bailemos. Hay que celebrar la vida –agregó. Paul
le había guardado una lista. Cuando sonó Stayin Alive, de Bee Gees, no pudo
evitar reír con ganas.
Josefina comenzó a reír también.
–¿Qué música es ésta? –preguntó.
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–La de ser felices –respondió.
–Mamá, ¡me gusta tu locura!
–¡Mi suegra es extraordinaria! ¡Esta es la actitud!
Los tres bailaron al ritmo de quienes comparten el simple hecho de estar
juntos. Gina pensó en Paul y bailó más y mejor. El nombre de Rafael latía en
todo su ser recordándole que estaba viva y disfrutando ser quien era.
***
Isabella llegó al apartamento de Matías sin avisar. Tocó timbre y él abrió de
inmediato. Ella subió. Al abrir la puerta, su mirada pudo más que todas las
palabras. Se entregó a sus brazos y lo besó con gran intensidad. Sentía el
sabor de su boca con la exacta precisión de los seres libres de amarse.
–¿Crees que puedo cerrar la puerta? –dijo él con cierto humor, cuando el
beso concluyó.
–Sí, puedes.
–¿Qué sucedió?
–Le hice caso a mi persona en el mundo, que eres tú. Hablé de manera adulta
con Luciano. Me ha dado pena, pero he tomado una decisión. Regresé a casa
de mis padres temporalmente. Y ¿sabes? Ha vuelto mi madre y pude contarle
la verdad –dijo aliviada.
–Me alegro tanto por ti. ¿Y te ha dicho?
–Que él me protegió y que aunque no haya sido justo, el amor pocas veces lo
era…
–Tiene razón. ¿Come ti sentí ora? –le habló en italiano como a ella le gustaba.
–Empiezo a perdonarme y eso me lleva a un único lugar.
–¿Y qué lugar es ese?
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–Tus brazos, tu boca, tu cuerpo, tu cama… –comenzó a decir. La seducción
inevitable que los enlazaba había hablado.
Se desnudaron con premura. Entre besos, suspiros y caricias alborotadas por
la ausencia de culpas. Se apoyaron sobre la pared. Él entró en ella de manera
urgente. Ella se sintió libre y dio paso al gozo. De pronto los orgasmos la
atropellaban. ¿Era multiorgásmica? Matías enloquecía de placer al verla
liberar tanto deseo. Cuando ya no pudo resistir más, acabó dentro de ella y
sintió el alivio de su éxtasis. Agitados fueron a desplomarse sobre la cama
donde sabían que podían volver a comenzar. Se sentían insaciables.
Un rato después entre risas y besos, se miraron de manera cómplice al darse
cuenta de que en la televisión sonaba la canción Crazy de Aerosmith.
–Estoy loco por ti. Ven a vivir aquí conmigo –dijo con gran expectativa. Ella
era su mundo entero.
–Estoy loca por ti, pero debemos esperar.
–¿Esperar qué?
Isabella repensó su planteo. ¿Quería ella esperar o era un mandato social que
la detenía? No estaría bien visto que en la misma semana dejara su esposo y
se fuera a vivir con su amigo. ¿Podía lidiar con eso?
Entonces se levantó de golpe.
–¿Está encendida tu notebook? Necesito escribir. Tuve una idea. La perderé
sino me apuro.
–Sí, ahí la tienes –respondió. Miró embelesado cómo cubría su desnudez con
una camiseta de él que le quedaba enorme y se sentaba ante su escritorio. Al
ritmo de la canción, él se enamoró más si fuera posible y ella se sumergió en
su verdad. El tema de otra columna la había atropellado.
Esperar
¿Qué es esperar? ¿Tener la esperanza de conseguir algo? ¿Creer que ha de
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suceder alguna cosa? ¿Desear que ocurra? ¿Permanecer en un sitio donde se cree
que ha de ir alguna persona o ha de ocurrir un suceso? ¿Detener una actividad
hasta que suceda lo anhelado?
Así esperamos conseguir un buen trabajo o que llueva intensamente o que
alguien se cure o a alguien en el café de siempre o no hacemos lo que teníamos
previsto porque esperamos que una persona llegue. Esas son las acepciones del
concepto, pero ¿qué es “algo” en esos contextos y “quién” es ese alguien que
justifica la espera? Podrían ser infinitas las variables a considerar. Pero eso lo
sabrá cada una.
Yo me quiero referir a lo más importante de todas las esperas, a eso que va
vinculado indefectiblemente a la posibilidad concreta de que los hechos puedan
acontecer y que estemos allí para ver y sentir. ¿Han pensado que para decidir
esperar hay que tener la certeza de que se tiene el tiempo necesario? Yo no. Hasta
hace un momento.
¿Cómo saber que somos capaces de la espera si no podemos tener seguridad de
que nos será dado el tiempo necesario para sobrellevarlas? Tampoco de lo que
sentiremos o nos pasará durante ese pretendido tiempo. Resulta tremendista, lo
sé. Pero sepan ustedes que es también verdad. Hay que ganarle al tiempo la
ventaja del azar. Ser feliz cuando se puede, comer cuando tenemos ganas, sonreír
cuando hay motivos, abrazar cuando los seres están, decir cuando pueden
escucharnos y callar solo cuando nos piden compañía en silencio. Amar cuando
así se siente sin prejuicios.
Hay que ganarles a las esperas el tiempo robado a las mujeres que no pudieron
darse cuenta de que solo pueden aguardar las que saben hacerlo. Las que nada
pierden, entretanto, porque ninguna razón las detiene. Porque no sufren el
trayecto sino que crecen y se fortalecen gracias a él. Mujeres que pueden no
olvidarse de sí mismas, mientras derraman alguna lágrima.
Para las otras, para las que supimos del miedo, la culpa, la muerte, el abandono,
las dudas y la angustia, para ellas, escribo esta columna. Porque la espera en
esos casos se convierte en llanto amargo, en desilusión, en prejuicios, en
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frustraciones o en todo eso a la vez. En síntesis, en la postergación de lo que la
vida nos ofrece para ser felices.
Hoy, he decidido no esperar más. Por la simple razón de que comprendí que
“aquí y ahora” es todo lo que tengo y me he ganado el derecho de disfrutar o
llorar o las dos cosas, sin esperar.
Tú, ¿seguirás aguardando o pondrás fin a los plazos de espera?
Isabella López Rivera
Matías no había dejado de mirarla. No podía. Sus manos volaban sobre el
teclado como si sus ideas fueran más veloces que sus dedos. De pronto,
suspiró y sin mirar la pantalla una vez más, volvió a la cama.
–Listo –dijo sonriendo. Su expresión era de felicidad.
–¿Qué ha sido eso? Además de una inspiración espontánea.
–Eso ha sido un sí.
–¿Sí, qué?
–Sí. Me quedaré aquí hoy a dormir y ya no me iré. Ni mañana ni nunca. Dejó
de importarme lo que piense el mundo, porque estoy segura de lo que yo
pienso. No esperaré ni por nada ni por nadie para ser feliz. Te amo.
–Y yo te amo a ti.
Al ritmo de Always de Bon Jovi, se amaron sin más palabras que las que sus
manos decían a sus cuerpos en cada caricia, las que sus movimientos les
gritaban al amor y las que sus miradas susurraban a sus sentimientos.
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