Volver a mí
June 20, 2022
Capítulo 38. Fin
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capítulo 38
Fin
Cuando al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.
Joaquín Sabina
La escena se repetía una y otra vez en la memoria de Manuel, que observaba
el pocillo de café que llevaba horas delante de él en su oficina.
–¡Dime ya qué significa esa alianza! –había exigido furiosa María Dolores.
Él, víctima de su propia torpeza, había mirado su mano izquierda y sí, allí
estaba el anillo que compartía con Raquel. Recordaba el calor de la bofetada
y el eco de sus palabras. Había mirado lentamente su dedo anular, esperando
que fuera un error. Pero no, allí estaba la prueba de su mentira.
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Al dejar a Raquel en su casa no bajó del auto a cambiar el anillo. ¿El
inconsciente lo había traicionado? ¿Acaso quería ser descubierto? Quizá
también Raquel lo había hecho adrede. Debió recordarle. ¿Por qué no le
había dicho? La respuesta parecía muy obvia. Lo que no había sido tan obvio
para él, era que su esposa lo haya acorralado. No había explicación posible.
¿Qué podría decir que fuera creíble y justificara la presencia de la alianza? Ni
siquiera era igual a la que compartían como para alegar que la había
reemplazado. No. Era de otro par.
Pensó en no decir nada, pero eso dejó de ser una opción cuando envuelta en
un ataque de nervios, María Dolores había comenzado a golpearlo en el
pecho con los puños. Lloraba.
–¡Mentiroso! Cretino, hijo de puta. No solo tienes una amante, sino que le
juegas al romántico –gritaba.
–No es lo que piensas –se había animado a decir. Fue peor. Él, el dueño de las
palabras había elegido las que menos le convenían.
–¿Ah, no? ¿Y qué es?
–La encontré –dijo sin pensar.
–¿Y la nuestra?
–La perdí –estaba como en trance. No dimensionaba el alcance de su
provocación.
–Tú definitivamente estás seguro de que soy idiota, ¿verdad? ¿Cómo te
animas a sostener esa estupidez? Ningún hombre fiel pierde su alianza
porque para eso hay que quitársela. Si la sacaste de tu dedo, fue para que
alguien no la viera, ya que tú no eres cirujano –su tono era frenético–. Peor
aún. Nadie encuentra una alianza y se la pone sin más. Eres un enfermo.
Manuel no podía reaccionar. Decirle lo que sentía no era una opción.
Además, estaba embarazada. Era ridículo pensarlo en ese contexto, pero se
suponía que tenía que estar tranquila.
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–¡Te exijo la verdad ya mismo! ¿Quién es? ¿Desde cuándo?
Manuel recordó a su amigo Ignacio. Era la crónica anunciada de un desastre
inevitable. ¿Por qué no podía amarlas a las dos? Poder, podía. Lo que no le
era permitido era sostener ambas relaciones en simultáneo. Además, iban a
formar una familia.
–Dolo, debes calmarte.
–No me digas lo que tengo que hacer y es mejor que no vuelvas a abrir la
boca si no es para enfrentar la situación y confesar tu traición –amenazó.
–Estás embarazada, tendremos un hijo… –comenzó.
–¡No! Yo tendré un hijo –afirmó. Supo que todo el tiempo que había preferido
mirar para otro lado había sido una tonta. Insegura y débil. Ella merecía más
que eso, estar embarazada le daba la fuerza para atravesar la verdad.
Recordó a Gina, seguro su amiga, aplaudiría de pie su actitud. Estaba furiosa
con él, pero también consigo misma por haber permitido que eso ocurriera.
La indignación le había ganado al amor. Una emoción violenta diferida.
Llevaba mucho tiempo tolerando. No lo haría más–. ¿Vas a hablar?
Manuel no sabía qué decir. Su vida no era un catálogo de alternativas.
–Te amo y amo al bebé que tendremos. Juro por mi vida que te amo –la miró
y se le caían las lágrimas. María Dolores bajó la guardia. ¿Significaba eso que
la elegía?–. Eres mi vida, no te he mentido.
–¿Entonces? –presionó ya sin llorar.
–No puedo decirte lo que me pasa.
–¿Por qué?
–Porque es muy difícil de entender y quiero cuidarte.
María Dolores evaluó los daños. Su corazón roto, su orgullo herido. Otra
alianza llevaba las cosas a un nivel de indignidad absoluto. Había sido capaz
de ignorar una amante en la creencia de que él la dejaría en beneficio de su
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familia, pero no podía soportar el hecho de que usara dos pares de anillos.
Eso quería decir que tenía dos vidas. Que había continuidad, que la otra era
siempre la misma, había compromiso afectivo. Gina se lo había preguntado,
necesitaba su consejo. Además, estaba embarazada y quería disfrutar de ese
estado. ¿Por qué lloraba Manuel? ¿Era verdad que la amaba? Ella le creía.
¿Qué debía hacer? Él intentó abrazarla una vez más, ella no pudo responder
al contacto físico y se apartó. Estaba enojada. No deseaba someterse a
compartir al padre de su hijo, prefería estar sola. Algo había cambiado en
ella, quizá fuera consecuencia del desorden hormonal o tal vez, simplemente,
había llegado su tiempo de recuperar la dignidad y valorarse.
–Solo puedo intentar comprender si me dices la verdad –fue su último
intento.
–No puedo.
–Entonces tendrás que irte hoy mismo de esta casa –advirtió entre lágrimas.
Él no era capaz de abandonarla. Su mundo, o al menos parte de él, se
desmoronaba delante de sus ojos. María Dolores se había alejado y lo
observaba apoyada sobre la pared de la sala. El perfume de los jazmines del
florero inundaba el espacio.
Entonces, Manuel tomó una decisión.
–Las amo a las dos –dijo.
Sobre el sonido de la “s” final, María Dolores tomó el florero que tenía a
mano y lo arrojó contra él. Luego continuó con cada pieza de colección de la
vitrina. Estallaban cristales de Murano y porcelanas traídas de sus viajes. Pero
fue justo con una esfera que Gina le había traído de Roma, con la que le pegó
exactamente en la sien, le provocó un corte. Al ver sangre, reaccionó y pudo
tomar real conciencia de lo que había hecho. ¿Cómo había sido capaz de
destrozar su casa por ese infeliz?
–¡Vete! ¡Vete, ya! –gritó–. ¡Te odio! Te dejaré en la calle. “Las amo las dos” –
repetía–. ¡Hijo de puta! Soberano hijo de puta –lo insultaba sin detenerse.
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Esquivó los pedazos rotos de los objetos que formaban parte de su historia y
lo sacó a empujones y golpes de la casa. Su rostro sangraba cada vez más y su
ojo estaba casi cerrado. No le importó. Quizá había tenido puntería con
alguna otra cosa.
Él había subido a su auto y había partido a casa de Raquel. Desde entonces,
vivía con ella, pero no era del todo feliz. Extrañaba a María Dolores y se
preocupaba por su hijo.
Aquella tarde, solo en la oficina, evocaba mirando ese pocillo, el tsunami en
que su vida se había convertido. Esperaba a Ignacio.
–Hola, amigo. Preguntaría cómo estás, pero creo que es obvio.
–Mal. No puedo trabajar. María Dolores no me atiende. Raquel me exige que
le pida el divorcio y yo, en medio.
–Bueno, en medio de ambas estás desde hace tiempo y por tu voluntad. Creo
que es previsible que tu mujer no te atienda… –intentaba que pudiera ver la
situación con claridad y asumiera su responsabilidad en los hechos–. Odio
decir que te lo dije, pero así fue. ¿Cómo pudiste decirle que las amas a las
dos? No tienes instinto de supervivencia –exclamo con humor. Ya le había
contado esa escena dantesca. Una pesadilla en la que objetos preciosos eran
disparados como balas contra su persona. Habían estallado en mil pedazos
por doquier y, por si hiciera falta, los jazmines y el agua estaban en el piso.
Ambos rieron de la tragedia.
–Le dije porque es la verdad. Las amo a las dos. ¿Por qué nadie entiende que
las amo, de verdad, a las dos?
–¿Será porque eso no es posible? –preguntó con ironía.
–Sí, lo es. Te lo juro. Las amo a las dos.
–Basta. No lo repitas más. No resisto escucharte. Con Raquel te retractaste.
Fuiste más inteligente pero la última vez que dijiste eso se desató una guerra
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en tu sala de estar. Te pido por favor, no vuelvas a decirlo.
–Lo sé. Y pagué por los daños…
–Ya sé. Tienes cuatro puntos en la sien por culpa del mini Coliseo romano y
una mujer que quiso matarte a pura puntería –dijo en alusión a la herida y a
la pelea.
–No hablaba de eso.
–¿No? ¿Y a qué te refieres?
–Vengo del banco. María Dolores utilizó la extensión de la tarjeta de crédito
por sumas que no creerías. Y además, vació las cuentas corrientes. Eran
orden recíproca.
–¡También te lo avisé! ¿En qué gastó?
–En todo. Muebles, joyas, ropa, perfumerías, electrodomésticos… en fin…
–¡Claro! Arregló el desastre que hizo por ti y se indemnizó.
–Supongo.
–¿Y cuál es tu situación? Imagino que diste de baja a su adicional.
–No. No lo hice. Está embarazada.
Ignacio no podía creer lo que oía.
–Disculpa, amigo, pero además de embarazada está despechada. Va a
aniquilarte si no la detienes.
–Ya lo hizo, tengo lo puesto. Ningún ahorro y una citación en lo de un
abogado. Solo me quedan mi trabajo, la oficina y la camioneta, pero no
puedo concentrarme.
–Bueno… algo hay que reconocerle. Reacciona rápido y ella sí tiene instinto
de supervivencia. Ya se ha quedado con todo. ¡La mayoría tiene las mismas
pretensiones, aunque no todas tienen la suerte de un ex culposo que no
discuta ni un centavo! ¿Cómo puedo ayudarte?
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–Necesito que vayas a verla y trates de mediar.
–¡¿Yo?! ¿Por qué yo? –preguntó azorado–. Ni siquiera la conozco.
–Porque eres mi amigo y yo, claramente, no puedo hacerlo.
–Ve tú a tu casa e intenta hablar.
–Cambió la puerta.
–La cerradura querrás decir…
–No. Literal. Fui, hay otra puerta. Supongo que yo la compré y no hace falta
que te diga que no tengo llave.
Ignacio no pudo evitar reír.
–¡Qué creativa! Eso sí, es la primera vez que lo escucho. Va para el top ten. ¿Y
qué se supone que logre mediando en la jaula de los leones? –preguntó solo
por curiosidad.
–Quiero mi ropa y que sepa que voy a reconocer al bebé.
–¿Tu ropa? Debe estar convertida en cenizas en la basura. Cambió la puerta.
¿Qué crees que hizo con tu ropa? ¡Debes aceptar la realidad! Discúlpame,
pero debes buscar ya mismo un abogado. Yo solo puedo ser tu amigo. Puedes
venir a vivir a mi apartamento, si lo deseas. Puedo prestarte dinero, pero ir a
hablar con “Lucifer”… No, eso de ninguna manera.
–No la llames así… Le di motivos.
–Eso es verdad, pero no era necesario este desastre. Vamos ¡anímate!
Deberías pensar en dejar a Raquel y recuperar tu vida. Todo esto quedará
atrás. No será rápido ni fácil, pero pasará. Perderás la casa, deberás pagar
mensualmente una gran suma. Te ha dejado la camioneta y la oficina solo
para que produzcas dinero para poder pagarle.
–No puedo dejar a Raquel –respondió ignorando el resto de los anuncios de
su desolador presente y poco promisorio futuro.
:
–¿Por qué no?
–Porque es posible que también esté embarazada.
Silencio.
Ignacio no podía reaccionar. Su amigo era literalmente una máquina de
cometer errores fatales. ¿Cómo podría ayudarlo? Era más fácil que Francisco
saliera adelante. Al menos el universo había enviado a la doctora Rivas. Pero
tratándose de Manuel, le mandaba una guardería. Intentaba poner humor a
la situación pero era muy difícil. Llamó a su abogado y concretó una cita.
Haría lo que más necesitaba, lo acompañaría para que lo asesoraran.
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