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Vuelve a mí: Capítulo 46 - Unión

El documento narra la historia de Andrés y Josefina, quienes deciden casarse de forma repentina en la notaría para apoyarse mutuamente mientras Josefina comienza un tratamiento médico. La ceremonia es pequeña pero significativa. Luego comparten la noticia en un grupo familiar por WhatsApp, donde reciben reacciones positivas de sus seres queridos, a excepción de Gina, la madre de Andrés, quien se siente sola y aislada estando de viaje en Perú.

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Vuelve a mí: Capítulo 46 - Unión

El documento narra la historia de Andrés y Josefina, quienes deciden casarse de forma repentina en la notaría para apoyarse mutuamente mientras Josefina comienza un tratamiento médico. La ceremonia es pequeña pero significativa. Luego comparten la noticia en un grupo familiar por WhatsApp, donde reciben reacciones positivas de sus seres queridos, a excepción de Gina, la madre de Andrés, quien se siente sola y aislada estando de viaje en Perú.

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Volver a mí

June 20, 2022

Capítulo 46. Unión


Página 48 de 69

capítulo 46

Unión
Yo hago lo que usted no puede y usted hace lo que yo no puedo.

Juntos podemos hacer grandes cosas.

María Teresa de Calcuta

Andrés y Josefina regresaron a Bogotá más enamorados que al partir, si es


que eso era posible. Sabían que deberían afrontar una etapa difícil, pero
confiaban en que estar unidos los fortalecía.

Dejaron el equipaje. Saludaron a sus familias y sin demasiada explicación se


fueron ansiosos a la notaría. No había turnos para una ceremonia ese mismo
día. Le explicaron a la funcionaria que Josefina comenzaría un tratamiento y
que querían estar casados cuanto antes. Le exhibieron los estudios para que
constatara que era cierto lo que decían. La mujer fue abrazada por su lado
:
más romántico y por el recuerdo del amor joven que alguna vez había
sentido.

–Esperen aquí. Soy la jefa, puedo arreglarlo.

–Gracias –respondieron ambos al mismo tiempo.

Un momento después, regresó con una carpeta y algunos formularios.

–¿Son ambos solteros? –preguntó.

–Sí.

–¿Mayores de edad?

–Sí.

–Bueno, deben completar la solicitud de matrimonio, traer sus registros


civiles de nacimiento con fecha de expedición de no menos de tres meses.
Solo así son válidos para contraer matrimonio y fotocopia de las cédulas de
ciudadanía.

–No tenemos actas de nacimiento con esa fecha de expedición –dijo Andrés
preocupado.

–Puedo pedirlas urgente si abonan el trámite.

–Perfecto –Andrés sonrió. No podía creer lo que estaban haciendo.

La mujer sonrió enternecida. No era justo que esa hermosa joven estuviera
enferma. Le daría un turno para el día siguiente. Para algo estaba a cargo y
no había daño alguno en hacer esa pequeña concesión. La notaria aceptaría
un matrimonio más cuando le contara las razones. Era muy bondadosa.

–Bien. Esto es lo que deben pagar por todo el trámite –señaló el importe final
que Andrés pagó en el mismo acto.

–Regresen mañana a las doce del mediodía. Veo que ya tienen las alianzas.

Josefina pasó detrás del escritorio y la abrazó.


:
–Es usted un sol. ¿Cómo es su nombre?

La mujer se emocionó frente a esa efusividad. Sin embargo, era su alma


conmovida la que empujó una lágrima sobre su rostro. Su trabajo no solía ser
tan emotivo.

–María del Mar Pérez –respondió.

Entonces fue Andrés el que cruzó el escritorio y la abrazó. Era la señal


perfecta que Dios enviaba para bendecirlos.

–Así se llamará nuestra hija. Un día formaremos una gran familia y será, en
parte, gracias a usted.

A esta altura, la señora era pura congoja por la emoción.

***

Fue una noche larga para ambos. Casi olvidaron su preocupación más
importante en medio de su sueño secreto. Cenaron con los padres de Josefina
y durmieron en casa de Francisco. Compartieron con cada uno anécdotas de
su viaje.

A la hora pactada, los dos estaban allí. Él, vestido con una camisa blanca y un
pantalón oscuro. Ella, con un vestido color marfil angelical que le quedaba
precioso y resaltaba su bronceado. Estaban lindos, sencillos e impecables.
Pero sin duda era el brillo de las ilusiones que tenían en sus miradas lo que
los convertía en seres que todos observaban al pasar.

La ceremonia se desarrolló rápidamente. Era casi un trámite desde lo formal,


pero significaba todo, considerado desde la fortaleza de dos seres que se
unen para enfrentar el destino.

María del Mar derramó alguna lágrima.

***

Radiantes se tomaron una fotografía mostrando sus alianzas. Andrés agregó a


su hermano nuevamente y a Josefina por primera vez al grupo de WhatsApp
:
de la familia. Y envió la imagen.

“Casados. Para siempre. Tuvimos nuestras razones para hacerlo de este modo.
Sean felices por nosotros”. Pulso enviar luego de escribir el texto y besó a su
esposa.

***

Diego miró la notificación. Había salido de ese grupo indignado, porque su


madre les había escrito como si continuaran siendo la familia de siempre. Sin
embargo, sabía lo que sucedía con su hermano. Fue feliz por él. No saldría
del grupo otra vez, lo haría por él. Lo quería de verdad.

“La mejor manera de hacer las cosas es con convicción. Se los ve felices. Está
bien para mí. ¿Cenamos hoy?”, fue el primero en responder y lo hizo por
audio.

***

Isabella no podía creer lo que leía. Mandó un icono de cara sorprendida.


“¿Qué hicieron qué?”, escribió. Lo llamó.

–Hermano, ¿se volvieron locos?

–De amor, supongo. Estamos muy contentos.

–Me alegra muchísimo. Los felicito –agregó.

Supongo que también mi cuñada tiene varias mamushkas dentro que no


conozco, pensó.

***

Francisco, en medio de la conmoción que lo atravesaba por el reencuentro


con Amalia, además del problema de Diego y Ángeles, solo atinó a sentir que
al menos ese hijo estaba feliz. Aceptó su decisión. Era raro no haber formado
parte, pero era un adulto y estaba enamorado. Eso le daba licencia para
actuar de acuerdo con sus convicciones.
:
“Estoy sorprendido. No puedo ir corriendo a felicitarlos por razones que todos
conocen –rio–, pero supongo que el amor y la felicidad es todo lo que
buscamos en la vida. Ustedes lo han encontrado. ¿Cenamos como dijo Diego?
¿Vienes con Luciano, Isabella?”, respondió a través de un audio dando por
hecho que se reunirían.

***

Gina se estaba adaptando a la altura de Cuzco. Las jóvenes que la


acompañaban eran realmente muy agradables. Todo era raro pero divertido.
Había salido a caminar por sus calles. Llamaba la atención con un vestido a
lunares, blanco y negro. Por supuesto, sus gafas y sombrero se destacaban
entre los turistas y los lugareños.

Era una ciudad imperial. Demostraba tener un inmenso magnetismo para los
turistas nacionales y extranjeros, pues escuchaba todos los idiomas mezclarse
con la tonada peruana.

El centro era mítico. Sentía que estaba lleno de misterio y de enigmas.


Combinaba, bastante bien, desde su mirada, la historia y la modernidad.

Paul había tenido razón en cuanto a que progresivamente había mejorado su


soroche. Le habían contado, Mía y Zoe, sus compañeras de habitación, que la
ciudad estaba emplazada en el legendario Valle del Huatanay, a 3.350 metros
sobre el nivel del mar. Estuvo habitada desde tiempos inmemorables. Se la
considera la ciudad más antigua del continente americano.

Gina caminaba por las calles empedradas inmersa en un excelente clima


andino. Quería saborear cada rincón, meterse en el corazón de la ciudad y
sentir que su energía la abrazaba. No era una turista. Era un ser en plena
búsqueda interior acompañada por un entorno que cambiaba la vibración de
sus latidos. Sumergida en esas sensaciones profundas había visitado la
Catedral y derramado alguna lágrima de emoción de rodillas frente a su altar.
Había recorrido la Iglesia del Triunfo, cuyo nombre llevó a sus pensamientos
a un interrogante. ¿Qué era triunfar?
:
Algunos museos la conectaron con el misterio que esconde el pasado de
piezas anónimas. Y se enamoró de la Plaza de Armas. Fue allí donde sintió
que el ritmo de su corazón se hacía uno con cierta tranquilidad inusitada
como si su viaje interior intentara coincidir con el exterior en la médula de
Cuzco.

Había gran cantidad de artesanos que la rodeaban. Ofrecían estatuillas


diversas de Incas, animalitos, lunas, soles, valles sagrados, mantas, sombreros
típicos y pequeñas reproducciones de Machu Picchu, entre otras muchísimas
cosas. Se detuvo en un puesto de flores y sintió su ser unirse al aroma fresco
y colorido. Una fiesta para sus ojos. Sintió alegría. Elevó una mirada al cielo y
la sorprendió un ave disfrutando el esplendor que da la libertad. Sonrió. Era
raro y sanador estar en sintonía con la naturaleza de ese lugar hermoso y
colonial.

–¿Desea comprar un recuerdo, mi señora? –le habían ofrecido varios a su


paso.

A Gina le hizo gracia. Pensó que tenía suficientes. En todo caso, le hubiera
gustado vender alguno de los que le impedían avanzar. ¿Acaso podía uno
vender aquello que quería olvidar o comprar lo que quisiera recordar? No,
claro que no. No era literal sino simbólico el lenguaje.

Cansada, se sentó en una banca frente a la plaza en el momento en que


escuchó su celular vibrar. Lo sacó y vio que era el grupo de la familia. Miró la
foto de su hijo y de Josefina con sus flamantes alianzas y pensó que se habían
comprometido, pero de inmediato leyó los mensajes y escuchó los audios. Se
quedó sin aire. Sintió que ellos eran una familia, que se reunirían esa noche y
ella estaba sola en medio de la nada de un país extraño, donde no tenía ni
siquiera la posibilidad de abrazar a alguien para no sentirse tan desolada.
¿Cómo había sido Andrés capaz de casarse así de repente, sin avisar? No
podía definir si estaba enojada, herida o molesta por estar lejos y no poder
responsabilizar por eso a nadie más que a ella misma. ¿Acaso ella habría
celebrado algún matrimonio secreto? Era muy posible. No podía contestar.
:
No sabía qué responder. Hasta Diego había regresado, añadido por su
hermano, al grupo y se lo escuchaba bien. ¿Francisco se oía como el dueño
de la casa o de la familia? ¿O de ambas cosas? ¿Acaso todos prescindían de
ella? No le gustó el sentimiento que le provocaba pensar en eso. Llamó a Paul
y le contó rápidamente, antes de comenzar a sollozar.

–Mi bella Gina, la vida sigue para todos ellos. Tú misma querías eso. Cuando
decidiste priorizarte, decidiste también que los soltarías. Bueno, nada grave
ha ocurrido. Solo eso. Tú los soltaste y ellos toman sus propias decisiones.

–Paul… ¡Se casó! No es un tema menor.

– ¡Y tú te separaste y te fuiste de viaje! ¿Cuál es la diferencia? –silencio. Él


lograba siempre centrarla en su eje, pero cómo dolía en ese caso–. ¿Estás ahí?

–Sí. Proceso tus palabras.

–Bien. Debes cortar, respirar hondo y felicitar a tu hijo. No tienes derecho a


opacar su alegría, cualquiera haya sido la razón por la que decidió casarse sin
avisar. ¿Capito? Como sueles decir tú.

Gina sonrió sin ganas.

–Capito –respondió–. Gracias –agregó nostálgica–. Ojalá estuvieras aquí.

–No me necesitas. No, en ese lugar. Allí, lo que te haga falta llegará.

–¿Por qué lo dices?

–Porque esa es la energía de ese lugar. Hace un batido con tu vida y luego te
devuelve para que elijas el mejor camino.

–No me gusta eso de ser parte de un “batido” –agregó.

Ambos rieron.

–Vamos, my darling. No demores. Respóndele a tu hijo. Diles que te alegra


que se reúnan.

–¡¿Qué?!
:
–¿No te alegra?

–No. No sé. Me da celos.

–Tú no estás allí, porque decidiste partir –recordó.

Se despidieron. Gina regresó al grupo y revisó nuevamente las fotos,


mensajes y audios. Sentía una presión en el corazón. La notaria hizo lo
correcto por sobre la mujer que estaba visceralmente celosa y molesta. Había
dejado de comunicarse con Francisco cada día.

“Andrés, les deseo lo mejor. No niego que imaginé tu boda de otro modo,
pero respeto la decisión de los dos. Me alegra que se reúnan en casa. Una
parte de mi estará allí con ustedes”, silencio por un instante. “Cuídalos,
Francisco. Besos a Parker y a Chloé. Los abrazo”, dijo en un audio.

“Gracias, mamá, un beso de Josefina”, respondió Andrés.

“Vuelve, mami”, pidió Isabella con un icono de manos juntas en forma de


súplica.

“Los cuidaré”, escribió Francisco.

Diego no contestó.

Guardó el celular en el bolso y sostuvo su cabeza con ambas manos. Todo


cambiará, escuchó. De inmediato, miró a su alrededor. Una mujer anciana, de
poca estatura y vestimenta clásica del lugar, le sonrió. Gina pensó que la voz
sonaba igual a la que había oído en la basílica de Brujas.

–¿Qué es lo que cambiará? –preguntó asombrada.

–Su vida. Eso vino a buscar, ¿verdad? –había cierta sabiduría en su mirada.

–¿Quién es usted? ¿Por qué lo dice? –era la misma voz, estaba segura,
aunque fuera ilusorio pensarlo.

–Digamos que soy una mujer con cierta percepción heredada de mis
ancestros. Cuando ellos me lo indican, simplemente hablo porque otros
:
necesitan oír.

Gina comenzó a mirarla con gran interés. Oír, la palabra que encerraba su
búsqueda.

–¿Es posible que haya oído antes su voz? –preguntó apartada de toda lógica.
Era imposible que esa anciana hubiera estada en la basílica de la Santa
Sangre.

–Te responderé con otra pregunta. ¿Crees en la voz del destino?

–Supongo que sí.

–Debes saber que puede hablarte a través de diferentes voces. Si logras


reconocerlas, tu búsqueda terminará en la felicidad. Volverás a ti.

Gina estaba confundida. Miró el cielo un instante. Las estrellas le sonreían


con sus destellos. Había anochecido, aunque era temprano.

–¿Volveré a mí...? –comenzó a decir pero al mirar a su lado, la mujer ya no


estaba allí.

La buscó entre la gente, pero no pudo encontrarla.

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