Volver a mí
June 20, 2022
Capítulo 7. Padres
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capítulo 7
Padres
Los intentos de superar esa dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo
que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo
errante son la sentencia de muerte del amor.
Zygmunt Bauman
Ser notaria era ser ordenada, metódica, programada y previsible. El sistema
de notariado latino es modelo en el mundo y no deja margen a la ilusión.
Continuamente con su firma, además de dar fe pública, Gina cumplía con una
obligación de resultado que conocía desde el minuto uno. En ese contexto y
durante tantos años, esas estructuras se habían hecho parte de su vida. Sus
decisiones personales y hasta sus emociones cumplían inevitables y tácitas de
reglas de previsibilidad. Gina sabía que se conmovía frente a historias de vida
que las personas le permitían conocer a través de los trámites, pero también
:
era plenamente consciente de que esa emoción no podía, en modo alguno,
modificar su rol central de responsable profesional. De ella dependía el orden
y el control. Siempre.
Por eso, para tomar la decisión radical de separarse y luego, completarla con
la de viajar, había tenido que esforzarse mucho. Una suerte de autorización
interna para salir en su propia búsqueda contra la que había luchado durante
largo tiempo. Lo que deseaba hacer y lo que correspondía. Aquello que le
indicaba una alerta de que debía hacer algo para ser feliz frente a lo que
todos esperaban de ella, incluso ella misma.
Había sido todo un acto de arrojo decidir que Nueva York fuera el primer
destino, sin saber si habría otros. Mucho menos cuáles, sumado a la letal
incertidumbre del objetivo más difícil, ignorar la fecha de regreso. Jamás
había viajado sin un itinerario armado detalladamente, con tiempo suficiente
entre los vuelos. Estadías, hoteles y excursiones programadas. Incluso, elegía
las fechas en directa relación con el clima de los países a los que iría. Nunca
dejaba algo librado al azar. Ahora necesitaba saber quién era la mujer que
desde su interior le imponía la necesidad de controlarlo todo. Por eso se
había animado a la titánica tarea de ignorar las estructuras que tenía
incorporadas milimétricamente como deberes irrenunciables. La profesión de
Gina y su vida en ese momento la situaban en el centro de una gran
paradoja. Ahora, nada era ni seguro ni conocido en cuanto a los resultados,
en consecuencia no podía controlar, las inmensas variables que atravesarían
su camino, sus sentimientos y su búsqueda. No podía dar fe de lo que
ocurriría. Había empezado a creer en el destino, lo cual ponía en crisis su
vida entera y la condenaba a la imprevisión.
Por supuesto, no deseaba que nadie opinara sobre eso, pero era inevitable.
Todos lo harían. Por ese motivo había postergado algunas de las
conversaciones que debía tener. Su intuición era como un escudo protector
que la guiaba. Había diálogos anunciados que, como una crónica de
momentos que no deseaba atravesar, se le venían encima.
:
Sus padres no sabían nada y esa batalla no sería sencilla. Continuaban
viviendo en el pueblo. Había sido fácil eludir la cuestión, pero no era justo no
decirles la verdad. Además, quería despedirse de ambos. La finitud, a la edad
que tenían, era algo en lo que prefería no pensar, pero no dejaba de estar ahí,
latente como una sombra, la posibilidad de un sorpresivo final. Era un dato
objetivo de la realidad. Ley de vida es sobrevivir a los padres, pero no
ayudaba en situaciones como las que Gina enfrentaba. Tenía que evitar que
ellos le instalaran dudas recurriendo a su lado más vulnerable. El amor por
los suyos era su perfil más permeable a las influencias. Y la consecuencia
podía ser que dejara de priorizarse, la única determinación ante la que no
estaba dispuesta a ceder. No debía permitir que el juicio de valor sobre sus
acciones la alcanzara. Era una mujer adulta, nadie tenía más o mejor derecho
que ella sobre su presente y su futuro. Aunque reconocía su talón de Aquiles.
Cuando criticaban sus acciones y había alguna posibilidad de que hubiera
cometido un error, el control que ejercía sobre todo se desmoronaba. No se
permitía márgenes de equivocación. Sin embargo, las decisiones de terminar
con su matrimonio y viajar la colocaban frente a la incertidumbre de no saber
si había hecho lo correcto. Estaba convencida, pero solo el tiempo conocía la
verdad y no tenía la capacidad de dominarlo.
Desde que Francisco se había ido, cada día hacía todo lo posible por construir
una barrera antiadherente de emociones entre su vida y la de los otros, para
que nada se pegara. Ni reclamos, ni pedidos, ni reproches, ni exceso de
dependencia, ni amor, ni culpas, ni vacíos, ni presagios. No debía permitir
que nada tuviera el poder para interrumpir su proyecto. No era fácil. Lo
sabía. De ahí, las demoras voluntarias.
Las últimas conversaciones que mantenía a diario con sus padres la habían
hecho sentir mal por ocultarles la verdad. De manera que, antes de su
partida, viajó al pueblo para hablar con ambos. Lo hizo en su auto. Sola. Al
llegar a su vieja casa, se detuvo a observar. Nada había cambiado. La
tranquilidad de un lugar detenido en el tiempo se lanzaba sobre ella
susurrándole que no entenderían sus decisiones, ganarían los prejuicios. Su
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pasado, delante de sus ojos, la observaba intentando comprender en silencio
por qué había terminado la relación con su esposo. El olor, ese aroma
diferente que le traía su vida adolescente a la memoria, una mezcla de
árboles, viento, resolana y café. Ese páramo en el medio de la nada en el que
muchos habían forjado matrimonios eternos, la recibía con prejuicios e
interrogantes. Cerró los ojos y aspiró su propia percepción antes de bajar del
vehículo. Supo entonces que no era el pueblo quien la esperaba con
preguntas, eran las inquietudes de su conciencia que latían al ritmo de la
necesidad de respuestas. Era la antesala de lo que estaba segura que le dirían
sus padres. Era la vida misma en circunstancias que no podía evitar, aunque
fueran absolutamente previsibles.
Entró a su casa, la puerta siempre estaba sin llave. Su madre se asomó desde
la cocina, donde lavaba los platos.
–¡Gina, hija! ¡Qué alegría! –expresó efusivamente–. ¡José! –gritó enseguida,
mientras se secaba las manos–. ¡Mira quién vino! –pronunció esas palabras ya
abrazándola. Ese lugar, sus brazos, eran la sensación de seguridad y
protección con la que había crecido. Allí todo sanaba, pero esta vez no sintió
lo mismo.
–¡Hola, Gina! ¡Qué sorpresa! ¡No te esperábamos!
–¿Qué te trae por acá sin avisar? ¿Los chicos? ¿Francisco? ¿Todo está bien?
–Sí, mamá. Todos están bien.
–¿Almorzaste? ¡Qué linda estás! El negro te sienta adorable –dijo en alusión a
su vestido. Era discreto y clásico. Lo acompañaba con un blazer también de
ese color con algunos detalles bordados en dorado que se repetían en la falda
a la altura de las rodillas.
–Gracias –respondió pensando que inconscientemente se había vestido como
a su madre le gustaba. ¿Acaso buscaba aprobación?– Sí, almorcé. Me gustaría
un café, por favor, mamá –agregó–. Ese rico que solo puedo hallar en esta
casa y que trajeron los jesuitas a Colombia desde Nueva Granada –dijo
:
recordando lo que su padre le había repetido una y otra vez desde que
comenzó a beber café.
José sonrió orgulloso ante el comentario.
–Yo lo hago. Veo que no se olvida aquello que se aprende temprano.
Su padre era fanático conocedor de la historia del café y le había contado una
y otra vez que existían varias versiones relacionadas con la llegada del café a
Colombia. Algunos indicios históricos señalaban que los jesuitas habían
llevado el grano a la Nueva Granada hacia 1730. Por otro lado, decían que
este producto había llegado gracias a un viajero que venía de las Guayanas a
través de Venezuela, pero José negaba esta posibilidad. Le gustaba
informarse, era curioso. Sus conclusiones lo alejaban de esta última versión y
así se lo había enseñado a su hija.
Los tres se sentaron en los sofás de la sala a conversar con sus pocillos
humeantes. Los ligaba el aroma. Gina sintió que era el mismo sabor, pero
mejor. Como si su paladar hubiera rejuvenecido. Una sensación de triunfo se
deslizó por su interior junto al primer sorbo. La disfrutó.
–Me voy de viaje –anunció para empezar por algún lugar que no fuera zona
hostil. Sabía que la magia familiar se rompería en mil pedazos cuando dijera
que se había separado.
–¿Algún congreso? –quiso saber su padre, también notario. Solo que él había
regresado a su pueblo luego de obtener el graduarse.
–No.
Se hizo un silencio. Se conocían mucho y por el enigma que rodeaba a Gina
era evidente que no se trataba de algo usual.
–¿Qué viniste a decirnos? –agregó, apoyando la taza sobre el plato y
cambiando su mirada de amoroso padre que hace mucho que no ve a su hija,
por la de un inquisidor social que, además y por si hiciera falta, también
estaba acostumbrado a controlar todo a su alcance.
:
–Bueno, me voy a Nueva York primero –no se atrevió a decir que luego, no
sabía.
–¿Cómo “Me voy”? ¿Y Fran? –preguntó su madre.
–Nos separamos. Ya no vivimos juntos –soltó sus palabras como un alud
sostenido en su convicción.
Sus padres se miraron. La primera reacción fue un silencio demoledor. Gina
deseó que le preguntaran cómo estaba, si necesitaba algo o qué había
sucedido. Algo parecido a lo que ella hacía con María Dolores o con su hija
Isabella, pero sabía que no ocurriría de ese modo.
Su padre se puso de pie, caminó unos pasos.
–¿Te volviste loca? –la enfrentó con sus ojos menos amigables.
Su madre trató de ser más moderada, pero no lo logró. Otro estilo, menos
agresivo, pero mucho más condenatorio.
–Tienes que volver con él. Llevan muchos años juntos.
–¡Basta! –la interrumpió–. No vine a pedir consejos. No quiero que se enojen,
mucho menos que me juzguen. Tengo cuarenta y cinco años, y estoy
convencida de haber hecho lo mejor para mí. No me volví loca, papá –agregó
con ironía.
–Yo digo que sí –insistió.
–No. No soy feliz. ¿Qué hacen ustedes cuando algo no los hace felices?
–Somos coherentes –respondió su madre.
–¿Y qué es ser coherente?
–Sostener aquello por lo que se ha dado la vida. Tu familia. Eso es lo primero.
Y ahí estaban, dos generaciones de mujeres muy diferentes, enfrentadas. Ella
sentía desde sus entrañas la necesidad de ser feliz del modo que fuera y su
madre, con la misma fuerza de convicción, sostenía la bandera de fiel
:
cumplidora del mandato social del matrimonio. Si no era feliz, lo más
importante era ser coherente y punto. ¿Aguantar a cualquier costo? ¿Resistir
hasta que la muerte los separe como pregona la ley de Dios? ¿Dónde estaba
Dios, en ese momento? Claramente, no estaba uniendo lo que se rompía ante
su mirada.
Gina no quería discutir. Si daba explicaciones, entrarían sus discursos por
alguna fisura de su valentía. Era vulnerable. Lo sabía. Debía hacer aquello
para lo que había viajado. Ponerlos al tanto de la realidad, despedirse y
asegurarles que los amaba. En ese orden, como lo había repetido en su mente
varias veces.
Respiró profundo y mientras se le ocurrían diferentes formas de defender su
posición con uñas y dientes, irónicamente fue coherente y estratega. Centró
su atención en su objetivo. Iba a preservarse. Otra regla de oro en esos
tiempos. La número dos. La uno era priorizarse.
–Papá, siéntate, por favor. No vine a discutir con ustedes, los amo y creo que
deben enterarse por mí de lo que sucede. Quiero ser feliz y hace mucho
tiempo que no lo soy. Los chicos están grandes, hacen sus vidas y con
Francisco nos perdimos en algún lugar del que no fue posible volver juntos.
Es un buen hombre, el padre de mis hijos, pero no estoy enamorada de él. Ya
no. Necesito mi espacio, entender qué siento y qué quiero.
–Suena muy filosófico, pero la vida no es un libro de autoayuda. Que puedas
pagar un viaje no justifica que dejes a todos sin pensar –agregó su madre.
–Coincido con tu madre. Eres una mujer adulta y actúas como una
adolescente que quiere devorar el mundo. ¿Adónde irás? ¿Y la notaría?
–A Nueva York. Se quedará Alicia junto a mi adscripta.
–No es lo mismo. Tú debes estar allí. Es muy irresponsable de tu parte –dijo
con firmeza–. ¿Y después? –agregó.
–No lo sé. Donde sienta necesidad de ir –dijo afectada por el hecho de que su
padre le dijera “irresponsable”.
:
–¡No me digas! ¿Necesidad de ir? ¿Es un chiste?
–No. No lo es.
–¿Y conocerás un hippie y te irás a vender collares a una playa para sentir el
mar y la arena bajo tus pies? Por favor, Gina, perdiste el juicio, hija. Lo siento,
pero no puedo apoyarte en esto. No estás viajando a la capital para instruirte,
eso era arriesgado, pero inteligente. Esto es un caos.
–Lamento que piensen así –hizo una pausa, meditando sobre qué responder a
la ironía del hippie, por un instante le gustó la imagen de sentir el mar y la
arena bajo sus pies. La tensión del aire la trajo de regreso–. Yo los amo –
continuó–. Voy a llamarlos para decirles dónde estoy y para saber de ustedes
–dijo con mucho dolor.
–A mí, no me llames. No puedo apoyar cosas sin sentido –agregó su padre y
se fue al dormitorio.
Gina no pudo evitar llorar. La madre la abrazó y por un segundo se sintió
protegida. Quiso anidar allí hasta que todo hubiera pasado. Pausar sus
emociones en ese lugar de paz. Olvidar quién era, pero debía irse.
–Gina, creo que todo esto es una locura. No entiendo tus razones. En tu lugar
no haría lo que planeas, pero sigo siendo tu madre y estaré esperando tener
noticias tuyas. Cuando la soledad te ahogue, porque sucederá –adelantó–,
recuerda que siempre te hemos aconsejado pensando en tu futuro.
–Ese es el problema. Mi futuro consumió mi presente. Quiero vivir ahora.
Mañana puedo no estar y no podría perdonarme no haber hecho nada por ser
feliz. Mamá, todos siguen con sus vidas y la mía se pierde un poco con cada
uno de ellos hasta desaparecer. ¿Puedes entender?
–No. Pero acá voy a estar siempre que me necesites.
Gina la abrazó. Fue al dormitorio a despedirse de su padre, pero la puerta
tenía llave por dentro.
:
–Adiós, papá. Te amo –dijo con angustia detrás de esa madera vieja que se
interponía como los preconceptos de su padre–. Soy responsable –agregó. Él
no respondió.
A veces, solo hay que partir.
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