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June 20, 2022
Capítulo 5. Francisco
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capítulo 5
Francisco
Cuando los hombres aman a las mujeres solo les dan un poco de su vida; mas
las mujeres, cuando aman, lo dan todo.
Oscar Wilde
Ignacio había invitado a cenar a su amigo Francisco. Le preocupaba su estado
de ánimo. Además, él conocía por experiencia propia lo que significaba una
separación. En su caso, ya divorcio.
–¿Qué te pasa? Se te ve mal. Ya pasó un mes, tienes que seguir con tu vida.
–Extraño a mi familia –respondió de manera directa. Conocía a Ignacio de
toda la vida y, además, eran socios en el estudio contable.
Su amigo permaneció callado unos segundos como si meditara acerca de lo
que pensaba y lo que podía decir. No siempre eso coincidía cuando intentaba
:
ser oportuno con la situación. La prudencia no era una cualidad que
caracterizara a los hombres como él.
–¿Sabes si hay otro? –preguntó por fin disparando la pregunta como una bala
al centro del alma.
–No. Ya te dije. Estuvimos de acuerdo. No hay terceros.
–Muy de acuerdo no me parece que haya sido. Si no, no estarías así –afirmó
con ironía.
–¿Qué querías que hiciera? ¿Resistir? No tenía sentido. Cuando Gina decide
algo no mira para atrás –respondió.
–Eso es cierto. Pero no piensas que puede haber algo que la movilice, un
hombre que le guste, qué se yo. Viste que muchas mujeres empiezan con una
crisis existencial cuando se acercan a los cincuenta y actúan como si eso fuera
el apocalipsis –dijo recordando su propio divorcio.
–Ella dice que quiere priorizarse, que no es feliz. Se va de viaje… –agregó.
–Bueno, eso tranquilamente podría implicar un tercero.
–No. Se va sola.
–Si se fuera con alguien, no te lo diría. No seas ingenuo.
–Yo le creo. Ella no es así –la defendió.
–Mira, yo no sé cómo es ella ahora, pero está claro que no es más como era
antes. Una mujer que termina con su matrimonio a los cuarenta y cinco años,
con hijos grandes y una vida resuelta, o tiene otro, por eso insisto en
preguntar, o está muy aburrida y se hartó de la vida de casada. Si fuera esto
último, tú tienes mucho que ver –era brutal en sus apreciaciones, pero
también muy sincero. Decía lo que pensaba.
Francisco se quedó meditando unos instantes y un agrio sabor recorrió su
boca. Lo descomponía la idea de pensar que además de una separación
pudiera tener que enfrentar algo así.
:
–No, Ignacio. No puede ser. Lo pensé mucho. Muchas veces me hacía
preguntas a las que no les di importancia. Supongo que fueron las alarmas
que no supe escuchar. Gina no me dejó hace un mes y medio. Lo hizo cuando
empezó a pensar que quería vivir otra vida. Tal vez, eso fue hace años.
–Las mujeres nunca te dicen cuándo lo deciden. Es un proceso interno, un
tema de género, casi estadístico te diría. Lo planean todo, se preparan
emocionalmente y cuando están listas, dan la estocada final. Las únicas
alertas pueden haber sido esas preguntas insoportables del estilo “¿Me
quieres?”, “¿Me ves linda?”, “¿Me queda bien este pantalón? ¿y la blusa me
marca?”, “¿Estoy gorda?” –dijo con cierto humor mientras recordaba su
experiencia–. ¿Y qué se supone que le digas? La quieres, sí. Estás con ella por
ese motivo. No hace falta repetirlo tanto. A veces, la ves linda y otras, no.
Pero no vas a decirle que la cambiarías por dos de veinticinco porque el
tiempo también pasó para ti. Una auténtica ley de piedra inmodificable: “El
tiempo te vuelve viejo”. Pero ellas, de modo irracional, no lo aceptan.
Tampoco la ley de gravedad que hace caer lo que antes estaba firme.
Entonces, hay pantalones que le quedan bien y otros, que no. Blusas que
marcan kilos que antes no estaban, pero se disimulan con ropa que favorece.
O sea, engordó y tú también. Pero eso no cambia el hecho de que siga siendo
tu esposa. Sin embargo, no lo viven así –hizo una pausa y detuvo el humor
vehemente con que había sostenido sus palabras–. Claramente, lo mío es
teoría que no supe aplicar, porque por eso estoy divorciado.
Francisco lo escuchó atentamente y esbozó alguna sonrisa por la simpleza de
su discurso. Era de una lógica aplastante. Lo divirtió en algún punto ese
resumen aplicable a tantos matrimonios, pero no al suyo. Ignacio era
gracioso para contar algo. Tenía una habilidad innata para manejar los
silencios mientras hablaba. Sabía capturar la atención de quienes lo
escuchaban. Aún hasta lo más absurdo era entretenido si él lo decía. Siempre
era el foco de atención en reuniones. Su opuesto. Además, leía mucho sobre
filosofía oriental. Por lo que podía ser también muy sabio en sus consejos. Era
el equilibrio entre las cuestiones terrenales y las espirituales.
:
–No es exactamente mi caso. Nunca me preguntó esas cosas. Eran otros
planteos.
–¿Cuáles?
–Decía que no teníamos proyectos en común. Que yo estaba metido en mi
vida y ella en la suya. Que no era feliz. Que no teníamos planes juntos.
–Peor. Es una de las personas para quienes la crisis es una cuestión
existencial. Mezclan pasado, presente y futuro, y te ofrecen un cóctel
imposible de asimilar.
–¡Hablas como si las mujeres fueran de catálogo!
–Puedes reír si quieres, pero es así. Tu esposa es el tipo existencial –insistió–.
Te debe haber dicho que los chicos no están, que se quedaron solos y no hay
romance. Otro perfil, igual de estadístico. Creo que Gina te hizo un planteo
casi filosófico. Son todavía más difíciles de conformar. Piensan mucho. Eso te
coloca en desventaja. Mi ex era más impulsiva.
–Algo así sucedió. Gina es organizada en todo. No me extrañaría que hubiera
diseñado detenidamente cómo llevaría a cabo lo que está haciendo ahora, a
partir del mismo momento en el que decidió que nuestra relación había
dejado de funcionar para ella. Yo nunca me involucré en darle respuestas o
dedicarle tiempo. Para mí, estaba todo bien. Se ve que no –afirmó con una
sonrisa irónica.
–Y…no. Decidió en silencio, mientras internamente contaba las veces que
debiste sorprenderla con una salida, un viaje, un gesto romántico, decirle que
la querías, o que estaba linda, y no lo hiciste. No hay modo de salir bien en la
foto. Sé de lo que hablo. Por mi propia experiencia y la de otros. Sea el tipo
de mujer que sea, no es fácil sobrevivir a ellas entre los cuarenta y cinco y los
cincuenta. ¡Se da un fenómeno aniquilador de hombres! Nosotros somos
básicos. Hay que aceptarlo.
–¿Básicos?
:
–Sí, Fran, simples. Si tú dices me voy a acostar, ¿qué haces?
–Y… me acuesto –respondió inmediatamente.
–¿Y si lo decía ella? ¿Qué pasaba? Piensa.
–Daba quinientas vueltas, hacía mucho ruido y cuando se acostaba, yo ya
estaba harto de esperar y haciendo esfuerzos por no decirle que terminara de
pasear por la casa.
–¿Ves? No falla. Somos básicos. Ellas, no. ¿Entiendes lo que digo? Supone
ahora que surge un viaje. ¿Tú que haces?
–Armo una maleta con lo que necesito y me voy.
–¿Y ella?
–¡Dios, sí! –comenzó a reír–. Depiladora, peluquería, manicura. Llenar el
refrigerador para los chicos. La ropa, el clima. Qué ponerse para tomar el
vuelo, la temperatura al llegar, el peso del equipaje… Tienes razón, somos
básicos. Es más fácil la vida para nosotros –hizo una pausa que lo alejó de las
divertidas comparaciones de la delicia conyugal–. Igual, estoy destrozado.
Quiero mi casa, mis hijos. A Parker y a mi gata, Chloé. Extraño la luz que
entra por la ventana de mi habitación. Necesito todas mis rutinas y en su
lugar solo hay vacío.
–¿Y si intentas volver? –propuso–. Sería osado y tremendamente difícil pero
“no está muerto quien pelea” –agregó sin demasiada convicción.
–Tengo que dar un giro importante, demostrarle que reconozco mis errores,
que puedo cambiar y aun así no creo que Gina dé un paso atrás. Igual, tengo
que armarme, juntar mis partes rotas antes de hacer algún movimiento.
Tengo cosas que ir a buscar a la casa todavía, pero no puedo.
–¿Quieres que vaya yo?
–No. Somos grandes. Te lo agradezco, pero debo enfrentar la situación.
La cena transcurrió en medio de una conversación de amigos. No muy tarde,
:
Ignacio llevó a Francisco al apartamento que había rentado.
Al llegar, el silencio fue abrumador. Todo irradiaba olor a ausencia. Se metió
en la cama enseguida. Cuando el cuerpo debía disfrutar su merecido
descanso y el calor encerraba el ambiente donde comenzaba su nueva vida,
comenzó a suceder el fenómeno inevitable: los pensamientos intrusos se
anunciaron en su memoria con un cartel luminoso. La lista de errores
cobraba dimensiones extraordinarias y el arrepentimiento le arrebataba el
sueño, como si fuera dueño de la madrugada.
Gina. Gina. Gina. Solo podía pensar en ella, en su familia y en el hogar roto.
Francisco estaba devastado.
¿Por qué la noche multiplicaba las angustias hasta un irremediable infinito
que no moría con el amanecer? ¿Quién le había dado a la noche el poder de
hacerlo sucumbir ante el vacío? ¿Y si Gina había conocido a alguien? ¿Si
tenía razón Ignacio al mencionar esa posibilidad? La idea lo atravesaba
mientras intentaba entender que hacía allí, solo, esforzándose por no llorar.
La noche corría por sus venas de una manera insoportable. En sus horas, la
ausencia era depredadora, la lógica era confusa y hasta la certeza de su
nombre se le escapaba entre la seguridad que necesitaba, el presente que
vivía y el futuro que esperaba por él. ¿Por qué la noche, cada noche desde su
separación, lo desafiaba? No lo sabía.
Tenía cuarenta y siete años, tres hijos maravillosos y una esposa que lo había
dejado, mientras él la hubiera vuelto a elegir. ¿Qué pasaba con las mujeres a
esa edad? Lo tenían todo y se convertían en los seres más desconformes del
universo. La época de la pasión y los detalles románticos había quedado
atrás, pero la reclamaban como ignorando que el tiempo, por disposición
divina, se llevaba a su paso esas cuestiones. Era una regla tácita de los
matrimonios de muchos años. Se sostenían desde otro lugar. Eso pensaba,
pero evidentemente o eso no era cierto o ellos no lo habían logrado.
En ese momento, reflexionó agobiado por la tristeza que debió haberla
:
escuchado cuando le había planteado que no era feliz. Esas palabras habían
sido el principio del fin. Conociendo a Gina, fue un error, tal vez
irremediable, no hacer algo al respecto.
Quizá, si hubiera intentado buscar en él al hombre que la había enamorado
tantos años atrás, recordó la Isla de la Providencia, los días felices en San
Andrés. Si hubiera algo de aquel joven en el hombre que era en ese momento,
tal vez, esa noche no le estaría librando una batalla a la soledad, sino que
estaría viajando con ella. Pero no era así. Gina saldría del país sola. Ni
siquiera sabía a qué lugar iría luego de su primer destino que era la Gran
Manzana. ¿Por qué volvía allí? Habían ido en varias oportunidades. ¿Qué
buscaba? ¿Qué era eso tan importante que necesitaba sentir, tener o
proyectar para ser feliz?
De pronto, estuvo convencido de que si era capaz de darle lo que fuera que
necesitara, estaba dispuesto a volver a empezar. La amaba. Él solo había
querido siempre cumplir sus sueños. ¿Cuáles eran en ese momento?
Claramente, ella no se lo diría. ¿Era capaz de adivinarlos?
Sin mirar la hora, envió un mensaje al grupo La Familia: “Los extraño. Que
descansen”.
“Yo también. Beso, pa”, respondió Isabella.
“Mañana te veo”, fue el texto de Diego.
“Hasta mañana, viejo. También se te extraña”, contestó Andrés.
Verificó que Gina hubiera visto los mensajes. El grupo estaba bastante
silencioso desde la separación, pero permanecía conformado por los cinco.
Gina leía, pero no participaba.
Se durmió pidiéndole a un Dios, al que le hablaba bastante poco, que ella no
se hubiera fijado en otro hombre y que le diera otra oportunidad.
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