¡IMPORTANTE!
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haciendo una reseña en tu blog o foro. Por favor no menciones por
ningún medio social donde pueda estar la autora o sus fans que has leído
el libro en español si aún no ha sido traducido por ninguna editorial,
recuerda que estas traducciones no son legales, así que cuida nuestro
grupo para que así puedas llegar a leer muchos libros más en español.
A mis hijas, mi marido, mi familia, mis amigos y mis lectores.
Gracias.
No podría hacer esto sin ustedes.
COLECCIÓN DE LA SERIE
BELLES & MOBSTERS
Hemos llegado al final de esta serie. Es agridulce, pero sigo
recordándome que no es el final.
Mientras la lees, hay atisbos de otros mundos y personajes que
llegarán a ti en 2023.
Espero que ames a Luca y Margaret. Casi no consiguen un libro
(¡cómo se burlaron de mí!).
Ten en cuenta que la línea de tiempo va en paralelo con las historias
anteriores de la serie, así que si no has leído esos libros, es posible que
haya algunos spoilers.
¡Que lo disfrutes!
CONTENIDO
¡IMPORTANTE! ______________ 3 Capítulo 20________________ 158
COLECCIÓN DE LA SERIE BELLES & Capítulo 21________________ 167
MOBSTERS __________________ 5
Capítulo 22________________ 181
Sinopsis ____________________ 8 Capítulo 23________________ 187
Prólogo ___________________ 10 Capítulo 24________________ 193
Capítulo 1 _________________ 20 Capítulo 25________________ 200
Capítulo 2 _________________ 29 Capítulo 26________________ 211
Capítulo 3 _________________ 36 Capítulo 27________________ 221
Capítulo 4 _________________ 41 Capítulo 28________________ 232
Capítulo 5 _________________ 51 Capítulo 29________________ 242
Capítulo 6 _________________ 57 Capítulo 30________________ 252
Capítulo 7 _________________ 61 Capítulo 31________________ 266
Capítulo 8 _________________ 67 Capítulo 32________________ 270
Capítulo 9 _________________ 72 Capítulo 33________________ 291
Capítulo 10 ________________ 80 Capítulo 34________________ 308
Capítulo 11 ________________ 96 Capítulo 35________________ 312
Capítulo 12 _______________ 101 Capítulo 36________________ 326
Capítulo 13 _______________ 111 Capítulo 37________________ 337
Capítulo 14 _______________ 118 Capítulo 38________________ 343
Capítulo 15 _______________ 124 Capítulo 39________________ 350
Capítulo 16 _______________ 132 Capítulo 40________________ 360
Capítulo 17 _______________ 142 Capítulo 41________________ 370
Capítulo 18 _______________ 147 Capítulo 42________________ 375
Capítulo 19 _______________ 152 Capítulo 43________________ 384
Capítulo 44 _______________ 389 Capítulo 53________________ 454
Capítulo 45 _______________ 396 Capítulo 54________________ 464
Capítulo 46 _______________ 399 Capítulo 55________________ 469
Capítulo 47 _______________ 405 Capítulo 56________________ 477
Capítulo 48 _______________ 412 Epílogo ___________________ 483
Capítulo 49 _______________ 416 AGRADECIMIENTOS _________ 490
Capítulo 50 _______________ 420 Créditos __________________ 491
Capítulo 51 _______________ 424 Este Libro Llega A Ti Traducido
Gracias A _________________ 492
Capítulo 52 _______________ 451
SINOPSIS
Luca King.
El notorio playboy.
Un maestro de las aventuras de una noche.
Mi sombra constante.
Dondequiera que iba, él siempre estaba allí. Hasta que dejó de estarlo.
Una noche salvaje en una fiesta de disfraces fue todo lo que necesitó.
Quedé embarazada, rompí mi compromiso y le fallé a mi familia.
Y lo peor.
No tenía idea de quién era el padre de mi bebé. Solo tenía una pista. Un
piercing Príncipe Alberto. No es exactamente una prueba irrefutable.
Mis padres me desheredaron después que me negara a casarme con los
prospectos que me presentaron. No fue mi culpa que me volviera tímida.
Los últimos cuatro hombres que conocí terminaron muertos. Era más
seguro tener este bebé por mi cuenta.
Nuestro mundo era peligroso. Y sin la protección de mi familia... me
estaba quedando sin tiempo.
Así que no me quedó más remedio que desaparecer, sin dejar rastro de
adónde fui.
Eso fue hasta que Luca King me encontró en mi peor momento.
Tal vez debería haberme esforzado más por permanecer oculta, porque él
seguramente sería mi destrucción.
PRÓLOGO
Luca
Mis ojos la encontraron inmediatamente.
Hubo un momento en que mi corazón dejó de latir. Me confundió.
Ella era la única mujer que alguna vez había provocado esta reacción. Este
dolor en mi corazón.
Margaret Callahan era una fuerza a tener en cuenta. Esos rizos
salvajes de color negro azabache que caían en cascada por su espalda como
una gruesa cortina. Los rizos obstinados que enmarcaban su cara, su piel
de color marfil suplicando ser besada.
Mierda, tenía que controlarme alrededor de esta mujer.
Ella tenía que ser mi lección de vida.
Mi humildad. Mi tentación. Mi tortura.
Ella acabaría siendo mi muerte. Desde el momento en que la vi por
primera vez, no había sido capaz de olvidarla. Pensándolo bien, desde
aquella noche en Temptation. Habían pasado años desde la primera vez
que la vi, pero esa noche en el club de Cassio en Nueva York, provoqué
mi propia tentación y mi propia muerte.
Irónicamente, ella también llevaba un disfraz esa noche. Un disfraz
de la Viuda Negra que abrazaba sus curvas y hacía babear a los hombres.
El gerente de eventos de Cassio debería haber sido asesinado cuando pensó
en esa idea: una fiesta de Halloween en agosto.
Estaba bastante seguro de que ese disfraz me había acabado.
Dios, ¿por qué ella?
Me preguntaba lo mismo malditamente cada vez que la veía. Las
mujeres se arrojaban a mis pies. Me rogaban que probara las relaciones.
Prometieron que no me exigirían nada porque sabían que sería inútil
intentarlo.
Menos Margaret Callahan.
Simplemente me rechazó rotundamente antes de que tuviera tiempo
de formular una maldita frase. No una, sino dos veces. Como un cachorro
persiguiendo un hueso, volví por una tercera vez. Tal vez ella era mi
venganza por nunca acostarme dos veces con una mujer.
Mis ojos recorrieron su pequeña figura. No era el único boquiabierto.
Bastantes hombres la estaban estudiando con hambre en sus ojos.
Llevaba un vestido elaborado de color rojo vino con un escote
corazón que caía muy bajo. Demasiado bajo para mi cordura. El corpiño
de satén era negro y se ceñía a su cintura en forma de corsé. Pero de la
cintura para abajo, se abría en un elaborado diseño con múltiples capas de
tul.
La máscara que llevaba ocultaba bien su rostro. Una máscara de
encaje hecha a medida. Un lado de su rostro estaba completamente
cubierto con la excepción de su boca. La otra mitad de su rostro revelaba
su hermosa mandíbula. Nadie la habría reconocido. Pero yo no era
cualquiera. La reconocería en cualquier lugar. Su olor. Su sonrisa. Sus
ojos.
Estaba demasiado lejos para ver su color de ojos, pero sabía que eran
del azul cristalino más profundo del mar Caribe. Del tipo que podría
romperte el corazón con solo mirarla.
Los susurros llenaron el aire. Los hombres descendieron sobre ella
como buitres. Apenas les dedicó una mirada. Margaret era una coqueta,
pero le gustaba un tipo determinado. Yo no era nada de ese tipo. Parecía
ir por hombres de tipo corporativo. De corte limpio.
Pero eso no me impediría conquistarla.
Ella era la única mujer que me haría romper mi regla de acostarme
con la misma mujer dos veces.
Atravesando el salón de baile, sus ojos seguían moviéndose de
izquierda a derecha. Arriba y abajo. El candelabro tenía su gargantilla
brillando y llamando la atención de todos. Recorrió la sala lentamente; el
camarero que pasaba con una bandeja se detuvo para ofrecerle una copa
de champán.
Ella le ofreció una sonrisa distraída, tomó un trago y continuó. Hasta
que sus ojos se posaron en mí.
Sus pasos vacilaron y se quedó quieta.
Ella no podría haberme reconocido. Llevaba una máscara dorada y
negra del Fantasma de la Ópera y la mitad de mi cara estaba
completamente cubierta, dejando mis labios y el lado izquierdo de mi cara
y la mandíbula al descubierto.
Una media sonrisa tiró de mis labios. Era como si nos coordináramos.
Volvió a caminar, lentamente, pero en mi dirección. No me moví.
Mientras mis ojos se fijaban en ella, esperé.
Si había algo que aprendí sobre Margaret Callahan, era que le
encantaba la persecución. Así que tal vez dejaría que me persiguiera para
variar.
Sería beneficioso si mi polla cooperara.
Como una especie de un maldito adolescente, mi corazón latía con
fuerza dentro de mi pecho, más fuerte con cada paso que ella daba en mi
camino. Hasta que llegó a pararse frente a mí.
—Hola. —Mierda, su voz estaba hecha para el sexo telefónico,
sensual, sugerente, con un toque de diversión.
Jesús, si pudiera encontrar una maldita cosa, solo una, que no me
gustara, tal vez superaría esta fascinación por ella.
—¿Quieres tener sexo?
¡Años! Años de perseguirla y de obsesionarme con la belleza de
cabello negro, pero todo lo que hizo falta fue un baile de máscaras para
tenerla en mi cama.
—Moviéndote rápido... —Hice una pausa, interrumpiéndome—. ¿No
es así? —Las dos últimas veces que la vi, le puse un apodo. Bella. Era tan
malditamente hermosa que era imposible no notarlo.
Sus ojos brillaron con picardía, y había sido esa chispa la que capturó
mi atención la primera vez que nos encontramos. Esta mujer habría sido
una rebelde irlandesa si hubiera tenido la oportunidad.
—Podríamos hablar un rato, si quieres —dijo despreocupadamente—
. Ya sabes, si necesitas calentarte. Pero no quiero perder mi tiempo si no
estás interesado en el sexo.
¡Jesús, maldito Cristo!
¿Estaba decidida a meterse en problemas? Cassio quería tenderle una
trampa para poder casarse con su prima, pero la chica tenía sus propios
planes.
Tomé su mano en la mía, la arrastré fuera del salón de baile y subimos
las escaleras hasta que llegamos al último piso. Reservé la suite del ático
de este hotel para la trampa. Excepto que no se suponía que fuera conmigo.
Mi hermano, Cassio, quería que encontrara a su antiguo novio. Sí, a la
mierda eso. Nunca tuve intenciones de encontrar a alguien que la sedujera.
Tenía un plan propio. Mi hermano estaba loco si pensaba que dejaría
que cualquiera tuviera a esta mujer.
Una vez que la puerta se cerró detrás de nosotros, mantuve mi mirada
fija en ella. No sabía qué esperar de ella esta noche. De acuerdo, tal vez
tenía una idea, pero me cabreaba que ella tuviera un plan propio. Para
follar a otro hombre. A cualquiera.
—Desnúdate —ordené, con mi voz ronca.
—¿Qué...?
Tomé su barbilla entre mis dedos y la hice mirarme. Mierda, esos ojos
azules. Eran mi vicio.
—Quieres que te follen —dije con voz áspera—. Entonces
hagámoslo.
Sus ojos se ensancharon detrás la máscara.
—¿En serio?
—Desnúdate, tentadora.
Su mano se posó sobre su pecho, con la respiración entrecortada.
Sus dedos temblaban cuando alcanzó el encaje de su corpiño. Sus
movimientos eran lentos, sus ojos en mí. Una vez que los cordones se
deshicieron, bajó la parte superior y sus hermosos pechos quedaron al
descubierto.
No llevaba sujetador. ¡Maldita sea!
Su pecho se agitó con respiraciones temblorosas, tentándome aún
más. Dejó caer su vestido y este se acumuló a sus pies, dejándola de pie
con unos zapatos de tacón rojo cereza y unas bragas de seda.
Mi polla se movió, endureciéndose al verla. Por Dios. Era como una
Madonna en uno de esos cuadros que a mi abuelo le gustaba coleccionar.
—Tu turno —dijo ella. Arqueé una ceja ante su petición. Era otra cosa
que me gustaba de esta mujer. Era tan malditamente exigente.
Enloquecedora. Mi mente se quedó en blanco. Se quedó en blanco al ver
su cuerpo desnudo. Era preciosa. Desde su elegante cuello hasta sus
generosas tetas, sus suaves caderas hasta sus piernas tonificadas.
Me quité la chaqueta del traje, luego desabotoné mi camisa de vestir
negra, mientras mis ojos se concentraban en ella. Su piel estaba enrojecida.
Esa pálida piel irlandesa estaba manchada de rubor por todas partes.
Su mirada se centró en mí mientras me quitaba la camisa a
continuación. Le siguieron mis zapatos y calcetines, luego mis pantalones.
Ella se quitó las bragas, mirándome.
—Las máscaras se quedan puestas —murmuró mientras me quitaba
de los bóxers.
—No te quites los tacones —exigí, con la voz ronca.
Cuando no contestó, busqué sus ojos y los encontré concentrados en
mi polla.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, su lengua pasando por su labio
inferior.
Rodeé mi polla con la mano y la acaricié una vez. Su boca se abrió,
sus ojos se entrecerraron y su rubor aumentó.
—¿Esto? —pregunté, pasando el pulgar por el piercing del Príncipe
Alberto—. Es un piercing.
Respiró con fuerza y casi esperé que saliera corriendo o se desmayara.
—Eres enorme —susurró—. ¿Por qué también tienes un piercing?
Su mano se extendió y al instante mi polla dura se agitó, deseosa de
su contacto. Pero entonces, como si recordara que no debía, su mano bajó
por su cuerpo. No se me escapó cómo se frotaba los muslos, los jugos
brillantes manchando el interior de sus muslos.
—Se siente bien contra tu clítoris, y cuando estoy dentro de ti, contra
tu punto G. —Froté mi polla, el piercing se movía.
—Oh, Dios mío. —Tragó—. ¿En serio?
Asentí, el líquido preseminal ya brillaba en la punta de mi polla. Si
decidía que esto no era para ella, me moriría. Mi polla palpitó y apreté mi
puño, apretando mi erección desde la punta hasta la base.
—¿Estás lista para probarlo? —La desafié.
Se mordió el labio, sin moverse. Esperé. Tenía que ser consensuado.
Ella tenía que desearlo tanto como yo.
—Sí —respondió finalmente.
Gracias a Dios.
Tomé su mano y la llevé a la cama. En el momento en que la parte
posterior de sus rodillas tocó el colchón, envolvió sus manos alrededor de
mi cuello y me besó. Nuestras bocas se conectaron y un escalofrío me
recorrió la espalda.
¡Mierda!
Ella sabía bien. A fresas. Mi lengua se deslizó entre sus labios y me
adueñé de su boca, besándola con fuerza. Su mano se deslizó por mi pecho
y luego bajó hasta que sus delicados dedos se envolvieron alrededor de mi
dura polla.
Ambos caímos hacia atrás, el colchón rebotó sobre nuestros cuerpos
y se hundió bajo nuestro peso.
Con mi cuerpo encima del suyo, froté mi eje contra sus pliegues
húmedos y su espalda se arqueó.
—Jesús, puedo sentir el metal frío —jadeó. Me preparé para
penetrarla cuando sus palabras me detuvieron—. Condón —dijo—. No
olvides el condón.
Maldición, prefería no usar condón con ella, pero tenía uno. Por si
acaso. Alcancé la envoltura, usé mis dientes para abrirla y luego se lo
entregué. Su pequeña mano lo hizo rodar sobre mi longitud y un escalofrío
recorrió mi columna vertebral. Ella la colocó en su entrada, y mis ojos casi
rodaron hacia la parte posterior de mi cabeza.
—Está bien, estoy lista. —Gimió, sus manos agarrando mis hombros.
Empujé dentro de ella de un solo empujón y me encajé profundamente
en ella. Dejó escapar un grito ahogado y su cuerpo se contrajo.
—Santa mierda —siseé. Estaba tan apretada como un puño y su
núcleo latía alrededor de mi longitud. Me tomó por completo, estirándose
alrededor de mi erección. Esto era el cielo. Esto era el infierno.
Sabía que lo necesitaría el resto de mi vida.
Me retiré, casi por completo, dejando solo la punta dentro de ella
antes de volver a introducirme en su apretado coño. Su cuerpo tembló, se
le puso la piel de gallina y gimió.
—Oh. Dios. Mío. —Sus gemidos eran puta música.
Moví mis caderas, mi polla deslizándose dentro y fuera de su coño,
sus jugos extendiéndose por todas partes. Sus ojos bajaron, viendo cómo
mi eje desaparecía en su coño, y pensé que le gustaba la vista.
Cerniéndome sobre ella, mi pubis se estrelló contra su clítoris.
Los ruidos que hizo me hicieron casi estallar allí mismo.
—Tu coño me está recibiendo muy bien —elogié.
Sus párpados se cerraron. —Sí —gimió. Sus dedos arañaron mi
espalda mientras yo bombeaba dentro de ella una y otra vez. Cada empuje
era más fuerte y profundo que el anterior. Los sonidos húmedos de
nuestros cuerpos, carne contra carne, nuestros gemidos y gruñidos llenaron
la habitación y rebotaron en las paredes.
—Dios, por favor —gritó ella.
Me la follé. Rápido. Con fuerza. Golpeando furiosamente dentro de
ella.
Sus piernas, con los tacones aún puestos, me rodeaban la cintura, sus
dedos en mi espalda, mi cuerpo contra el suyo mientras la penetraba. Su
coño se apretó a mí alrededor. Sus gemidos y sus palabras me impulsaron
a seguir adelante. Su humedad, caliente y pegajosa, goteaba sobre nuestros
cuerpos.
Con un gruñido, la penetré con fuerza. Sin piedad. La punta de mi
polla y el piercing rozando su útero. Ella se estremeció y tembló. Una
oleada de humedad y sus entrañas se apretaron alrededor de mi polla.
Gimió de nuevo, los gemidos derramándose de sus labios, cuando alcanzó
su orgasmo.
Me corrí con más fuerza que nunca, mi semilla se derramó dentro de
ella. Mi corazón latía con fuerza en mis oídos. Me estremecí cuando mi
orgasmo me sacudió. Y juro que vi un rayo detrás de mis párpados.
—Mia Bella 1 —susurré, esperando que no escuchara el cariño.
Me retiré y ella jadeó, casi dolorosamente.
La neblina de placer se disipó lentamente y mis ojos bajaron hasta
donde nuestros cuerpos estaban unidos hace apenas unos segundos.
La vista de mi semilla y el condón roto... sangre manchada por todas
partes, mi polla y la parte interna de sus muslos.
¿Margaret Callahan era virgen? ¡Qué mierda!
1
Mi belleza en italiano.
CAPÍTULO 1
Luca
Hace dos años
Acabábamos de interceptar y rescatar un cargamento de mujeres que
mi padre había ayudado a introducir de contrabando en el país. Él, junto
con el padre de Raphael Santos, estaba metido en esta mierda del tráfico
de personas. Cuando se ve una mierda así, el único mecanismo de
afrontamiento era el humor. Al menos para mí, lo era.
Era una alternativa mejor que estar deprimido, como si tuviera tiempo
para esa mierda sensiblera, o ser un culo gruñón. Mi hermano era
demasiado serio. Luciano estaba demasiado enojado desde la desaparición
de su mujer. Nico había estado vengando a su hermana y culpándose por
haberle fallado. Alexei había estado lidiando con las consecuencias de una
vida jodida. Probablemente lo pasó peor que cualquiera de nosotros y eso
era decir mucho.
Y yo, había estado tratando de expiar mi primer pecado. Por supuesto,
había cometido muchos más desde entonces, pero ese primero todavía me
carcomía. Todavía me mantenía despierto por la noche. La chica de
cabello negro con ojos azul océano había perseguido mis sueños desde
entonces.
Mis ojos recorrieron a las jóvenes acurrucadas, terror y miedo en sus
ojos. Se me revolvió el estómago, pero no me sacudió como el terror que
había visto en los ojos de aquella niña hace tantos años.
Tal vez fue el hecho que era mi primera muerte, pero estaba bastante
seguro que era yo quien había causado esa mirada.
Sacudiendo esos pensamientos y empujando el pasado de vuelta a un
rincón oscuro donde pertenecía, me concentré en las mujeres aquí frente a
mí. Podríamos salvarlas. Podríamos darles una vida mejor y más segura.
La pregunta era dónde.
Las mujeres no querían volver a sus casas. Querían esconderse aquí
en los Estados Unidos. Así que, reflexionamos sobre las opciones, hasta
que a Nico se le ocurrió una.
—Tal vez podamos ponerlas de dos en dos en las habitaciones durante
una semana más o menos hasta que podamos expandir el edificio —
murmuró Nico pensativamente mientras comenzaba a escribir
vigorosamente en su teléfono. El ama de llaves de Nico, Gia, fue víctima
de trata. Él la salvó y con la ayuda de Nico, ella estaba administrando un
refugio para otras mujeres que habían pasado por lo mismo.
—Sé que eres bueno —me burlé de él. Nico tenía empresas de
construcción legítimas, pero montar un edificio nuevo en una semana era
una exageración. Incluso para él—. ¿Pero una ampliación en una semana?
No eres tan bueno.
Nico arqueó una ceja, con una mirada de suficiencia en su rostro.
—Desafío aceptado —contestó—. ¿Qué estamos apostando?
—¿No eres lo suficientemente rico? —Resoplé.
—No estoy hablando de dinero —dijo arrastrando las palabras.
—Entonces, ¿qué quieres? —le pregunté.
—Un favor —respondió Nico sin pensarlo—. Cualquier favor, en
cualquier momento de mi vida cuando lo desee.
—No lo hagas —advirtió Luciano, compartiendo una mirada
divertida con Cassio. Estos viejos cabrones creían conocerme tan
condenadamente bien—. Vas a perder.
—Ya perdió —intervino Alexei. Encantador, ni siquiera el frío
psicópata creía en mí.
—Trato hecho —dije.
Nico sonrió como un tiburón cuando nos dimos la mano. Le haría
perder esta apuesta.
Un teléfono móvil sonó y todos miramos nuestros teléfonos. Era el de
Nico; había recibido una respuesta.
—Bien, Gia se encargará de ellas —anunció Nico—. Haré que mi
equipo de construcción trabaje en la ampliación del edificio, pero hasta
entonces, Gia dijo que puede acomodarlas.
—Excelente —refunfuñé. Cielos, hasta su ama de llaves era
demasiado eficiente—. Ahora, vamos a celebrarlo. ¿Vamos a tu club en la
ciudad, Cassio?
—¿Temptation? —preguntó Nico—. ¿No hay una fiesta de
Halloween o algo así?
—¿En el puto agosto? —Luciano refunfuñó. Era mi sentimiento
exactamente. Odiaba las fiestas de disfraces. Era un maldito circo.
Cassio se limitó a encogerse de hombros.
—El encargado de los eventos está haciendo una mierda metiendo
todos los eventos del año en este mes. La semana que viene hay una fiesta
de Navidad.
Luciano y Nico llamaron rápidamente imbécil al gerente de eventos,
poniendo los ojos en blanco. No podía estar más de acuerdo, pero era el
club de Cassio. No me gustaba mucho tener clubes. Prefería las refinerías
de petróleo, las empresas de tecnología y cosas así.
—No hay Temptation para mí —el tono frío de Alexei interrumpió
los nombres creativos de Luciano para el gerente de eventos de Cassio
como si estuviera recorriendo el alfabeto.
—Sí, Temptation es demasiado suave para mí también —respondí—
. Pero cuando Cassio se niega a abrir algo más duro, solo tienes que
conformarte con Temptation.
Alexei me enseñó el dedo del medio con una expresión inexpresiva
en su rostro.
—Ve a abrir tu propio club de sexo duro —refunfuñó Cassio—.
Maldito pervertido.
Sonreí. No me gustaban las cosas pervertidas, no es que no lo
intentaría una vez. Pero podría tomarlo o dejarlo.
—Podría hacerlo —dije—. Y llamarlo Cassio.
—Y puede que te dé una paliza —reflexionó Cassio.
Como si alguna vez pudiera hacerlo. Mi hermano mayor a veces
deliraba.
Dejándolos atrás, me subí a mi Bugatti y conduje hasta Temptation,
sin saber que allí me esperaría exactamente eso, una tentación.
Entré en el club, saludando con la mano a Alan, el portero de Cassio.
—Hola, Alan —lo saludo—. Ocupado esta noche.
—Todas las noches de este mes —refunfuñó. Mira, incluso su propio
portero odiaba la idea de festividades en agosto.
Una mujer joven se acercó a mi lado.
—Gracias por esperar.
Enarqué una ceja y la miré de reojo. Ella me sonrió, sus ojos brillaban
como dos zafiros azules con profundidades de azul marino. Los mismos
azules que los de la chica que rondaba mis sueños.
—Sigue caminando —murmuró. ¿Me estaba utilizando para entrar en
el club? Casi me reí. Las mujeres por lo general me daban más de una
segunda mirada y esta apenas me miró, sus ojos atentos y observando a
Alan.
Mis ojos la recorrieron. El mismo tono de cabello negro azabache.
Los mismos ojos azules. Era mayor, más alta, con un cuerpo asesino en un
disfraz de la Viuda Negra que abrazaba sus curvas. Era ella. Estaba seguro
de ello.
Margaret Callahan.
Le hice una señal a Alan para que la dejara pasar. Apenas pusimos un
pie dentro del club y ella desapareció sin siquiera dar las gracias.
Pero aún no habíamos terminado. Ni mucho menos, si me salía con la
mía. Me dirigí tras ella, escaneando el pasillo oscuro en busca de la
pequeña belleza de cabello negro vestida con un ajustado traje de la Viuda
Negra.
Mierda, ya la había perdido entre la multitud.
Me dirigí a la pista de baile, mis ojos recorriendo la multitud de
cuerpos disfrazados. La mayoría estaba bailando, o tratando de hacerlo,
mientras la música sonaba a través de los altavoces y el suelo vibraba con
el bajo.
Fue entonces cuando la vi. Estaba bailando con una chica pelirroja
vestida como la Mujer Maravilla, las dos riéndose y frotándose la una
contra la otra.
Ignorando a la Mujer Maravilla porque la Viuda Negra siempre fue
lo mío, las observé y esperé un descanso. Por lo general, las mujeres nunca
bailaban juntas durante demasiado tiempo. En el momento en que tuvieran
algo de espacio entre ellas, tenía la intención de abalanzarme.
Mientras miraba a la mujer moviéndose sensualmente en la pista de
baile, mis recuerdos me llevaron a la primera vez que la vi.
Los gemidos y quejidos provenían del dormitorio, los gruñidos de mi
padre eran cada vez más fuertes.
Odiaba esta mierda. ¿Quién espera que un niño de doce años haga
guardia mientras su padre se folla a alguien?
Cassio estaba en su primer año de universidad, dejándome a mí solo
para lidiar con nuestro padre. Lo odiaba, pero sabía que si la cagaba, me
daría una paliza.
Así que me quedé de pie y esperé, ignorando los chirridos de la cama
y las voces que venían del dormitorio. Mis ojos recorrieron el gran pasillo,
con la puerta de una de las habitaciones abierta de par en par. Me acerqué
lentamente, manteniendo mis pasos en silencio como me habían
entrenado, y me asomé al interior.
Era la habitación de una niña. Montones y montones de rosa.
Había osos, muñecas, bailarinas y más osos.
La chica que ocupaba esta habitación tenía una gran obsesión con
los osos.
Antes que tuviera la oportunidad de poner un pie en la habitación,
escuché una suave conmoción en el piso de abajo. Susurros. Olvidado el
color rosa y los osos, saqué mi arma de la parte trasera de mis pantalones.
Mi mano tembló un poco, pero instantáneamente me armé de valor.
No podía mostrar debilidad. Mi padre no lo aprobaría, y si lo viera, haría
que me arrepintiera.
Agarrando el frío metal, di un paso hacia las escaleras. Luego otro.
Hasta que estuve casi en la cima, mirando hacia abajo.
Fue entonces cuando los vi. Un hombre y una niña.
Él subió las escaleras, con su propia arma en la mano, y la niña, con
el cabello del color de la noche más oscura, se quedó mirando tras él. Sus
ojos parpadearon sobre él y nuestras miradas se conectaron.
Mi pecho se agitó. Una ola me golpeó. Era casi... pacífico. Como
tumbarse bajo el sol en el jardín de Nonno. O nadar en Sicilia.
—¿Qué haces aquí, chico?
Olvidado el paraíso, me encontré con la mirada del hombre y mi
corazón se aceleró. Tenía que ser el padre de la chica. Tenía los mismos
ojos azules, pero no eran tan hermosos como los de ella.
—Hijo de puta —siseó el hombre mientras mi corazón latía con
fuerza contra mi pecho. Era doloroso—. Eres el hijo de Benito.
Parpadeé. La expresión asesina de su rostro me golpeó mal. Padre
dijo que todos nos querían muertos. Cassio dijo que pensara antes de
reaccionar.
Era demasiado tarde. Bang. Bang. Bang.
Al instante, el rojo manchó su pecho. Cayó por las escaleras y sentí
como si todo mi mundo diera un vuelco, como si estuviera cayendo junto
a él.
Una fuerte carcajada rompió el recuerdo y devolvió el mundo a la
realidad.
Parpadeé y aspiré profundamente. Margaret Callahan bailaba, esos
mismos ojos azules que me habían perseguido durante años parpadeando
brevemente hacia mí antes de alejarse.
La pausa vino de una fuente improbable. De mi hermano. Cassio, que
rara vez bajaba a la pista de baile, coqueteaba con la pelirroja Mujer
Maravilla. Estaba tan malditamente sorprendido de verlo bailar que perdí
mi maldita oportunidad. Algún hijo de puta se había abalanzado sobre
Margaret y estaba bailando como si un striptease fuera algo vainilla. Como
si fuera una especie de jodido Chippendale.
La niebla roja empañó mi visión.
El tipo se movía rápido. Sus labios estaban sobre mi Viuda Negra, sus
manos vagaban por su trasero, tocándola por todas partes. Su boca se
movió contra el lóbulo de su oreja y por el bonito rubor en sus mejillas, no
le estaba contando un cuento para de dormir. Al menos no del tipo que te
leería tu mamá.
Fue entonces cuando decidí que mataría al tipo.
He cometido muchos pecados y asesinatos a sangre fría en mi vida.
Todos los hombres, excepto uno, mi primer asesinato, lo merecían. Hoy
era la primera vez que mataría a alguien por celos.
Mierda, mi repertorio estaba creciendo.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula,
mientras los observaba juntos. Hizo falta todo mi control, que no era tan
grande la mayoría de las veces, para no irrumpir entre ellos y romperle la
cara en el proceso.
En el momento en que vi su jodida mano intentando meterse en sus
pantalones, perdí la cabeza. Le hice una señal al portero. Él sabía lo que
significaba. Llévenlo al sótano.
Margaret observó con los ojos muy abiertos cómo lo arrastraban, se
encogió de hombros y siguió bailando. Mis labios se curvaron en una
sonrisa.
Tenía la sensación que no había muchas cosas que escandalizaran a
mi mujer.
Me congelé.
¿Mi mujer? No, no puede ser. Acabo de conocerla.
CAPÍTULO 2
Margaret
Bailando y moviendo mi cuerpo sensualmente, consciente de los ojos
de los hombres sobre mí, me aseguré de darles un espectáculo. Era más
fácil controlar mi cuerpo y la reacción de los hombres que intentar algo
más profundo. Los hombres siempre pensaban que sabían lo que
obtendrían conmigo, pero no era así. Diablos, ni siquiera me conocía a mí
misma.
Algo siempre me retenía. Algo de mi pasado que simplemente no
podía comprender por completo. Parecía que toda mi existencia giraba en
torno a un sueño nebuloso que no dejaba de repetirse. La única imagen
clara en todo ese sueño eran los ojos muertos de mi padre y un charco de
sangre. Todo alrededor de él, tragándolo entero. Sé que estaba allí cuando
lo asesinaron, pero nunca pude obtener todos los detalles. No estoy segura
de quererlos, para ser honesta.
Pero había algo diferente esta noche. Se me erizó el vello de la nuca
y pude sentir un ligero temblor recorriendo mi cuerpo. No era exactamente
desagradable, pero tampoco me gustó.
—Es porque Áine está bailando con un hombre —me decía.
Sin embargo, el razonamiento no tenía sentido. Yo no era
precisamente una mujer sutil y tímida. Sí, tenía mis propios problemas,
pero tener los ojos de los hombres sobre mí nunca fue uno de ellos.
Azul, amarillo, púrpura, rojo. Las luces destellaron, lanzando un
arcoíris de color sobre mi traje negro de Viuda Negra. Una canción
obscena resonó a través de los altavoces, mientras los cuerpos en la pista
de baile se movían juntos, las caderas rodando, los labios tocándose.
Unas manos se posaron en mis caderas y yo seguí el juego. El
desconocido me susurró cosas que quería hacer a mi coño. No sentí nada.
Zumbido. Nada. Y su boca estaba demasiado cerca de mi oído, respirando
en él como si un maldito huracán estuviera pasando por mi cerebro.
Podría actuar como una seductora y coquetear, pero eso no significaba
que follara.
Apareció un portero y se llevó al tipo. Lo miré, pero luego me encogí
de hombros y continué bailando.
Una gota de sudor rodó por mi espalda. El balanceo de mis caderas,
el deslizamiento de mis manos a través de mi cabello. Me moví más
despacio mientras mis ojos recorrían sutilmente la pista de baile, sin que
mi cuerpo detuviera los movimientos.
Ojos oscuros. Una expresión más oscura.
Mis movimientos vacilaron y nuestras miradas chocaron. El hombre
estaba de pie en el fondo de la pista de baile. Una mujer a su lado, con los
ojos desorbitados sobre él y sus labios moviéndose.
Pero toda su atención estaba en mí.
Incluso bajo las tenues luces de la discoteca, pude ver que era alto.
Había algo que me resultaba familiar, pero no podía captarlo.
Dejando atrás a la mujer, sin dedicarle una sola mirada, se dirigió
hacia mí con pasos largos y decididos.
Me quedé allí, como una presa que se prepara para ser capturada,
mirándolo fijamente y atrayendo su mirada.
De buena gana.
Mis pezones se tensaron. La sangre de mis venas se encendió de
deseo. Un dolor palpitante se extendió entre mis muslos.
Era incluso más alto de lo que pensé al principio. Estiré mi cuello,
sosteniendo su mirada cuando se detuvo frente a mí.
Nos miramos fijamente, con una tensión densa y asfixiante que
llenaba el aire. Sus anchos hombros bloquearon el resto del club de mi
vista, dejándome aparentemente sola con él. Su presencia se deslizó por
mi cuerpo y la inquietud se elevó para asfixiarme.
Un recuerdo empujó mis sienes, luchando por salir adelante.
Pero no podía pensar con él en mi espacio.
Di un paso atrás. Él dio un paso adelante.
—Has crecido —dijo suavemente—. Bella.
Parpadeé y volví a parpadear. Lo dijo como si me conociera.
Inhalé lentamente. Lo solté. Luego repetí.
—No te conozco. —Tragué.
No se movió. Ninguna emoción cruzó su rostro, pero algo oscuro se
movió a través de sus ojos que no eran tan oscuros como pensé
inicialmente. Había toques de avellana en ellos. O las luces del club me
estaban jugando una mala pasada.
Tragué y traté de mantener mi voz firme con mis siguientes palabras.
—¿Puedes malditamente apartarte, por favor?
Sus labios se levantaron. No se movió, ni siquiera un centímetro.
—¿Tienes miedo, mia bella? —Su dedo se acercó a mi cuello,
recorriendo suavemente mi pulso atronador. Contuve la respiración
mientras masajeaba la vena, como si me estuviera diciendo que podía
acabar con mi vida cortándola.
Un recuerdo me golpeó, haciendo que mis rodillas se debilitaran. Me
sentí como si estuviera al borde del océano, luchando contra las olas del
huracán. Habría caído de rodillas si él no se hubiera apresurado a
agarrarme por la cintura.
—Benito King —dije con voz áspera, temblando internamente. Pero
me negué a mostrarlo.
Una ira real y volátil se desprendió de él al pronunciar esas dos
pequeñas palabras, y fue aterrador. Había demonios en sus ojos, y si no
me largaba de aquí, uno de ellos me consumiría.
—Ese es mi padre, no yo —me corrigió.
Por supuesto, lo sabía. Era demasiado joven para ser él.
—Sal, Margaret —ordenó papá en voz baja—. Y escóndete.
Mi corazón latía rápidamente, haciéndome daño en el pecho.
También dijo algo más, pero no pude entenderlo. Observé a Da 2 en lo alto
2
Papá en Irlandés.
de las escaleras. En un momento se quedó quieto, y al siguiente cayó por
las escaleras, con manchas de sangre arrastrándose hasta el fondo donde
aterrizó.
La voz de mi madre resonó, pero no pude verla. Hubo un nombre que
resonó en toda la casa. Benito.
Parpadeé, luego parpadeé de nuevo. El recuerdo se sentía inconexo.
Un hombre malvado estaba de pie sobre el cuerpo de papá. Ojos
oscuros. Una sonrisa cruel.
No conocía a Benito. No entonces.
Se dijeron más palabras. Me quedé mirando, parpadeando con fuerza
y con la vista borrosa. No quería perder a Da. Tenía que vigilarlo todo lo
que pudiera. Pero él quería que yo corriera. Me giré para salir corriendo
demasiado tarde.
—¿Hacia dónde corres, pequeña? —ronroneó, levantándome en el
aire. Mis dedos arañaron su muñeca. Jadeé por aire mientras me cargaba,
mis pies colgando del suelo.
Una hoja fría presionó contra mi garganta.
—Mamá —me atraganté, cada sílaba me hacía daño en la garganta.
Ella no se movió.
Mi cuerpo se sacudió.
Tragué, manteniendo a raya mi acelerado corazón. Los recuerdos eran
borrosos y confusos, pero estaban ahí. Sabía que era un recuerdo. ¿Pero
cómo pude haberlo olvidado?
—¿Cassio King? —Me atraganté, luchando por salir del recuerdo.
Negó con la cabeza.
—Luca.
El nombre envió un temblor a través de mí. La fuerza de su presencia
me recorrió la espalda. Su colonia invadió mis pulmones. Todo en él
causaba que algo oscuro y hormigueante se filtrara a través de mis poros.
—Diría 'encantada de conocerte', pero mi padre me enseñó a no
mentir nunca. —Agitada conmigo misma y odiando a cualquier
descendiente de Benito King, golpeé mi pie con agitación—. Ahora
apártate de mi camino, o te arrepentirás del día en que naciste.
Me dedicó una risa seca, sus labios se curvaron en una sonrisa
sardónica.
—Demasiado tarde para eso, mia bella.
—Deja de llamarme así —espeté—. Tú... tú... —No encontraba la
palabra adecuada para describirlo.
—Baila conmigo —exigió, con su mano aún alrededor de mi cintura,
acercándome a él.
Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, mi cuerpo se movió
a su orden. Despacio. Sensualmente. Sexy.
Sentí su cuerpo duro contra el mío y cada nervio de mi cuerpo se
estremeció y hormigueó con expectación. No me gustó. No, eso era un
eufemismo. Lo odié.
Agachó la cabeza, su boca contra mi oído.
—Voy a tenerte, mia bella. No lo sabía hasta ahora, pero tú eres mi
objetivo final.
Su aliento cálido envió escalofríos por mi espalda. Sus palabras
provocaron temblores inquietantes a través de cada nervio de mi cuerpo.
Le empujé y me tambaleé hacia atrás, luego me recompuse
rápidamente.
A pesar de la excitación que me corría por las venas y los zumbidos
en los oídos, por fin pude oír la letra de la canción que sonaba en los
altavoces.
—Eres solo un fuckboy3. —sonó en los altavoces. Todo el mundo
sabía que Luca King era un notorio playboy. Era un maestro de las
aventuras de una noche. De hecho, se rumoreaba que era su regla. Nunca
dormir con la misma mujer dos veces.
—Conozco tu reputación, Luca King —siseé, mirándolo con odio—.
Eres un fuckboy que ninguna mujer decente querría.
Luego giré sobre mis talones, le mostré el dedo medio por encima de
mi hombro y no miré atrás.
3
Se conocen con este nombre a las personas que solo buscan sexo y se van.
CAPÍTULO 3
Luca
Dos años después
Las Vegas era acogedor, como siempre.
Habían pasado dos años desde que me crucé por primera vez con
Margaret en Temptation.
Desde entonces, nos encontrábamos de vez en cuando. Nunca por
casualidad. La mayor parte del tiempo, ella actuaba como si ni siquiera me
conociera. No podía mantenerme alejado. Necesitaba ver esos ojos azul
cristalino y ahogarme en ellos.
La había vigilado todo el tiempo.
Me convencí de que era para asegurarme que estaba bien y a salvo.
Era una puta mierda. Era para alimentar mi obsesión. La chica no me
soportaba. Cada vez que me veía, sus labios se curvaban en una mueca y
me miraba fijamente. Parecerme a mi padre no me hacía ningún favor.
Incluso unas cuantas veces me llamó acosador. Lo tomé como un
cumplido.
Así que la mayoría de las veces, la observaba desde las sombras. No
podía permitir que recurriera a su tío y a sus hermanos en busca de ayuda.
Cassio tendría mis pelotas si arruinaba sus oportunidades en su unión.
Por supuesto, la unión que él quería no era exactamente la que tenía
actualmente.
A Cassio se le metió en la cabeza que tenía que casarse. El plan se
puso en marcha, pero la parte más candente era que planeaba utilizar a mi
mujer, su actual prometida, para poder conseguir a la mujer que realmente
quería. Mi maldita mujer. Así que mientras Cassio maquinaba cómo
utilizar a Margaret como señuelo para conseguir a Áine Evans como novia,
yo hice mis propios planes.
Pero él estaba loco si creía que me quedaría sentado viendo cómo le
tendía una trampa a Margaret con algún imbécil.
Si el plan de Cassio salía adelante, nos convertiríamos en familia, ya
que Áine era prima de Margaret. Y que me condenen si veo a mi mujer
con otro hombre en cada fiesta, cumpleaños y reunión.
¡Sí, a la mierda eso!
Cassio hizo que el antiguo novio de Margaret apareciera en Las
Vegas. Luego me dejó toda la logística a mí. Me aseguré que el cabrón
estuviera enterrado a dos metros bajo tierra.
Como mi hermano fue vago con los detalles, lo dejé todo a mi
imaginación.
Tomaría el papel de su seductor.
Margaret y Áine se dirigían a Las Vegas para la despedida de soltera
de Margaret. Típico de ella, ya había comenzado a organizar fiestas
salvajes. Incluso una visita al espectáculo de Chippendales 4. Dios, si mi
plan funcionaba, tendría que mantener un estricto control sobre ella. No
habría otros hombres para esa mujer además de mí, así que será mejor que
se acostumbre.
No fue difícil enviar una invitación exclusiva y personal a su buzón
de correo electrónico como bienvenida de la élite de Las Vegas. Solo tenía
que conseguir la ayuda de un sanguinario Emory DiLustro y pagar una
fuerte cuota de unos cuantos millones, pero Margaret valdría cada
céntimo.
Así que se envió la invitación a este evento exclusivo y Margaret
mordió el anzuelo.
Ahora, solo tenía que llevarla a la cama. Conmigo.
—¿Listo, hermano? —preguntó Casio.
No tenía ni puta idea de lo preparado que estaba. Había sido paciente
durante demasiado tiempo y la paciencia nunca fue mi virtud. Cassio era
el paciente de los dos. Escondía todas sus emociones y actuaba como si el
mundo se acabara cada maldito día. Tenía que ser su maldita vejez. Había
casi seis años de diferencia entre nosotros dos. Yo tenía treinta y cuatro y
Cassio era... bueno, un viejo.
Tenía que ser la razón por la que yo era más relajado, lo que hacía que
todo este plan fuera un puto dolor. Pero tenía que ser inteligente al respecto
y jugar bien mis cartas.
4
Chippendales es una compañía de baile itinerante más conocida por sus actuaciones de striptease
masculino y por el distintivo traje de la parte superior del cuerpo de sus bailarines con corbata de moño, cuello
y puños de camisa que se usan sobre un torso desnudo.
Porque yo jugaba para ganar.
—Vamos a rockear —le dije.
Tres hombres estaban de pie con trajes completamente negros,
pistolas guardadas y auriculares. Prefería menos séquito, pero a Cassio le
gustaba más prevenir que lamentar.
Salimos de la suite del ático y nos dirigimos al club nocturno unos
pocos pisos más abajo. Una vez en el club, nos dirigimos a la suite VIP
privada. Las luces de Las Vegas, la Ciudad del Pecado, parpadeaban a
través de las ventanas de cristal, pero yo era inmune a todo ello.
Lo único que podía llamar mi atención era la mujer que deseaba.
Una camarera nos esperaba en la suite VIP, mirándonos.
—¿Les sirvo una copa?
Prácticamente ronroneó las palabras. Ignorándola, observé la pista de
baile como un halcón.
—Whisky —respondió mi hermano.
Vi a Margaret al mismo tiempo, entrando en el club como si fuera la
dueña del lugar. Su vestido era demasiado corto; su material transparente
no dejaba mucho a la imaginación. La pequeña cosa brillante se movió con
su cuerpo, atrayendo todas las miradas hacia ella.
Se echó el cabello hacia atrás, sabiendo perfectamente que la mayoría
de los hombres del club babeaban al verla.
Las comisuras de mis labios se levantaron. Mierda, me encantaba su
confianza. Incluso su descaro. Su largo cabello negro azabache se
balanceaba mientras se movía, sus caderas se balanceaban con el ritmo de
la música.
Maldición, y ese culo. Nada me gustaría más que morderlo y dejarle
una marca en él.
Consciente de los ojos de la camarera sobre mí, me di cuenta que
estaba esperando mi pedido.
—Bourbon —pronuncié.
Áine se inclinó y susurró algo al oído de Margaret, luego las dos
compartieron una sonrisa. Aquellas dos estaban muy unidas. Era
sorprendente, ya que sus personalidades no se parecían en nada. Se
intercambiaron unas cuantas palabras más y las dos se unieron a sus
amigos en la pista de baile. Los ojos de todos los hombres estaban puestos
en ellos mientras bailaban, reían y bebían.
No pasaría mucho tiempo y ella sería mía.
CAPÍTULO 4
Margaret
Estudié la invitación. Un baile de máscaras.
Áine estaba en algún lugar y esta invitación era solo para uno. Tenía
que ser una señal para seguir adelante y hacerlo. Siempre había estado en
mi lista de deseos y aún no había ido a ninguno.
Además, todo esto del matrimonio concertado con Cassio King me
desagradaba. Todavía no había conocido a mi futuro marido. Aunque su
hermano ciertamente estaba en todas partes.
Estuve a punto de tener un ataque al corazón cuando vi a Luca en los
ascensores. Al principio no me fijé en él. El hombre con tatuajes en el
cuello fue el primero que vi. No es mi tipo, pero ciertamente caliente. Y
luego estaba Luca King.
El hijo de puta estaba en Las Vegas.
¿Quizás me estaba vigilando por orden de su hermano mayor?
Me reí. Que se jodan los dos.
Si Cassio King quería conocerme o ver lo que estaba haciendo,
debería dejar de ser una gallina y hacerlo él mismo. Sorprendentemente,
Luca se comportó como si tampoco me hubiera reconocido.
Tal vez tenía miedo que le disparara de nuevo, medité para mis
adentros. Ciertamente no había compartido esa pequeña información con
su hermano mayor; de lo contrario, sería la última mujer en este planeta
con la que Cassio King haría un contrato de matrimonio.
No es que el matrimonio concertado me molestara en sí. Lo que no
me gustaba era con quién estaba concertado. Debería matarlos a ambos y
terminar con esto. Oh, bueno. Y luego estaba todo el asunto de la
virginidad. Cassio King, ni ningún jodido miembro de la familia King,
valía la pena para que la tuviera.
Benito King causó la muerte de mi padre y sus hijos eran culpables
por defecto. Por supuesto, también lo era mi madre pero no podía soportar
ver a mis hermanos heridos. Especialmente a los gemelos. Los destruiría.
Así que mantuve la boca cerrada.
Pero me negaba a dar algo más de lo que me obligaban a dar a
cualquier miembro King. Así que tenía que follar y encargarme de esa
molesta tarjeta V. No importaba quién lo hiciera. Cualquiera sería mejor
que Cassio King.
Mis ojos estudiaron mi reflejo en el espejo. Mi vestido con falda de
color rojo vino tenía un escote corazón que caía muy bajo. No dejaba nada
al azar. Esta noche seduciría a alguien aunque fuera lo último que hiciera
en esta Tierra. El corpiño de raso era negro y se ceñía a mi cintura en forma
de corsé. La verdad es que no tenía ni puta idea de cómo respiraban las
mujeres con esta mierda.
Pero no importaba. Me veía fabulosa. Sobre todo de la cintura para
abajo. El vestido se acampanaba en un elaborado diseño con múltiples
capas de tul. La máscara que llevaba me ocultaba bien. Era una máscara
de encaje hecha a medida, que cubría solo un lado de mi cara y dejaba mi
boca completamente abierta.
Necesitaré mis labios esta noche, reflexioné, creyéndome muy
inteligente.
Con la última mirada a mi reflejo, salí de la habitación del hotel. Me
vino bien que Áine no estuviera en ninguna parte. Tomé el ascensor,
riéndome de lo difícil que sería subir las escaleras con este hermoso
vestido. Mi prima seguramente me habría hecho subir por las escaleras.
Tenía una maldita fobia a los ascensores.
Una vez fuera del hotel, me pavoneé hacia el conductor.
—¿Baile de mascarada? —pregunté y él asintió en silencio.
¿Qué tan conveniente era que la fiesta también proporcionara un
conductor?
Tardamos menos de diez minutos en llegar al destino. Para mi
sorpresa, parecía más una residencia que un club. Tal vez un hotel
residencial de lujo.
Tomando una respiración profunda, traté de calmar mi corazón
palpitante. Esto era una imprudencia. Peligroso. Probablemente una
estupidez.
Y sí, todavía lo estaba haciendo.
El conductor abrió la puerta y le di las gracias, recogiéndome la falda
entre los dedos y saliendo de la limusina.
—Bienvenida. —Una mujer vestida como una conejita de playboy
me saludóq.
Mis ojos recorrieron su atuendo. Cielos, me había decantado por el
tema del renacimiento. ¿Tal vez debería haber optado por el tema de las
putas? Eso seguramente me habría hecho follar. Con todas estas capas de
ropa, puede que no tenga ninguna oportunidad al lado de mujeres vestidas
tan sexy como esta mujer.
¡Uf, mierda!
Entré en el gran salón de baile iluminado y mis pasos vacilaron. Los
susurros llenaron el aire. Tal vez solo era el zumbido en mi cerebro. O la
pizca de cordura advirtiéndome que estaba siendo estúpida. No lo sabía.
Los hombres se abalanzaron sobre mí y un suspiro de alivio me
abandonó. Tal vez me veía lo suficientemente bien como para tener sexo.
Hice una mueca ante el crudo pensamiento, pero rápidamente lo ignoré.
A la deriva por el salón de baile, dejé que mis ojos vagaran sobre los
hombres. Si me acostaba con un extraño, tendría que ser alguien que me
pareciera atractivo. E insistiría en que las máscaras se quedaran puestas.
Era más seguro que mantuviéramos nuestras identidades ocultas entre
nosotros. Recorrí la habitación lentamente. Un camarero pasó junto a mí
con una bandeja y se detuvo para ofrecerme una copa de champán.
Estaba sedienta. Ofreciéndole una sonrisa distraída, tomé la bebida y
me la bebí de un solo trago, mientras mis ojos seguían buscando una
víctima. Coraje líquido, como dice el refrán.
Hasta que lo vi. Una máscara dorada y negra del Fantasma de la
Ópera, que cubría la mitad de su rostro mirándome fijamente.
Mis pasos vacilaron y me quedé quieta.
Siempre me gustó El Fantasma de la Ópera. Una historia de amor
trágica. Comprobado. Un hombre loco y ligeramente acosador.
Comprobado. Un hombre lo suficientemente loco como para quemar todo
el teatro. Comprobado.
De acuerdo, él sería el indicado para mí esta noche.
Volví a caminar, lentamente, en su dirección. No se movió, pero me
observó. Algo en la forma en que me observaba tenía mi cuerpo zumbando
de emoción. Me miraba a través de unos ojos demasiado velados como
para leerlos, observando cómo me acercaba a él y, de alguna manera, tuve
la sensación de que estaba en sus dominios.
Me paré frente a él.
—Hola. —Mierda, espero que eso haya sido lo suficientemente
seductor. No lo fue. Tenía que mejorar mi juego—. ¿Quieres tener sexo?
—¿Qué carajo? ¿Realmente acabo de preguntar eso?
Sus ojos se agrandaron y luego se volvieron oscuros y confusos.
Seductores.
Espera, me recordé a mí misma. Estoy jugando a la seductora.
—Moviéndote rápido... —Hizo una pausa y esperé mientras el calor
florecía en mi estómago, moviéndose más y más abajo, en una ola que me
hizo apretar mis muslos. Jesús, ¿era esto normal?—. ¿No es así?
Oh, me gustaba. Jugando a hacerse el difícil y todo eso. Nunca pude
resistir la tentación de una persecución.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Podríamos hablar un rato, si quieres —dije despreocupadamente—
. Ya sabes , si necesitas entrar en calor. Pero no quiero perder el tiempo si
no te interesa el sexo.
La franqueza pareció funcionar, porque tomó mi mano entre las suyas
y me arrastró fuera del salón de baile como un hombre ansioso. Jesús,
estaba actuando como una puta a pesar que no me había vestido para el
papel, pero estaba tan ansiosa como él. Mis ojos miraron hacia abajo, hacia
donde él sostenía mi mano, su agarre firme y fuerte. Y esas manos...
Mierda, tenía unas manos muy sexys.
Mierda, tal vez me dieron una versión femenina de Viagra en ese
champán, porque de repente me sentía realmente excitada. Como si
necesitara a este tipo dentro de mí. Ahora mismo.
Nos encontramos en una habitación de lujo, la puerta se cerró de golpe
detrás de nosotros. Podía sentir su mirada en mi piel, dejando un rastro de
fuego a su paso.
—Desnúdate —me ordenó, con la voz ronca.
—¿Qué...?
Tomó mi barbilla entre sus dedos y me hizo mirarlo.
—Quieres que te follen —dijo con voz áspera—. Entonces
hagámoslo.
Dios, mi corazón latía tan salvajemente que pensé que me
desmayaría.
—¿En serio? —respiré
—Desnúdate, tentadora.
¡Oh, Dios mío! Este tipo haría que todos mis sueños se hicieran
realidad.
Si supiera lo bien que se siente un orgasmo, me habría subido al carro
antes. Sin embargo, algo me decía que era por este tipo.
Mi cuerpo aún temblaba por las secuelas del placer más intenso que
había sentido nunca, cuando sus siguientes palabras casi me enviaron en
espiral.
—¿Quieres que te coma el coño? —No podría haber asentido con más
ganas si hubiera querido—. Bien, entonces abre tus bonitas piernas para
que pueda comerte ese precioso coño.
Con el pulso palpitante y los muslos temblorosos, obedecí,
observándolo deslizar su boca por mi cuerpo. Su pulgar recorrió mis ingles
y mi estómago se tensó al instante.
Dios, todo mi cuerpo ardía. Sus ojos, llenos de deseo consumidor,
encendieron una lujuria en mi sangre y se negaron a dejarla ir.
Me miraba como si yo fuera la mujer más hermosa que jamás había
visto. Como si yo fuera todo lo que él alguna vez había soñado.
Jadeé en el momento en que su lengua se introdujo entre mis piernas,
lamiendo mi humedad.
—Oh, mi...
Gimió en voz baja en su garganta, enviando una vibración a través de
mí. El calor estalló, extendiéndose hasta los dedos de mis pies. Lamió mi
coño, desde la entrada hasta el clítoris, como si su vida dependiera de ello.
Tuve que luchar contra el placer inmediato que amenazaba con
estallar a través de mí. Pasó una mano áspera por mis piernas, tirando de
mis dos muslos sobre sus hombros.
Mis dedos se enredaron en su espesa cabellera y se aferraron a un
puñado de la misma.
En el momento en que introdujo su lengua en mi interior, se acabó el
juego para mí. Mi cuerpo se estremeció cuando metió y sacó la lengua.
Dentro y fuera.
Mis ojos se pusieron en blanco y mi columna vertebral se arqueó
sobre las sábanas.
Como si hubiéramos hecho esto un millón de veces, empecé a mover
mis caderas al ritmo de su lengua, rechinando contra ella. Chupó mi
clítoris, luego lo mordisqueó y de repente, la presión explotó.
Me corrí tan fuerte que mis oídos sonaron, ahogándome de la manera
más saciante posible.
Murmuró palabras, pero no pude escuchar una sola.
¿Era posible desmayarse de tanto placer?
Me desperté con el dulce dolor tirando de mis músculos y un brazo
desplomado sobre mí.
Las imágenes clasificadas X de anoche se precipitaron al frente de mi
mente y, de repente, mi coño se apretó, necesitando más de este
desconocido. Jesús, esto tenía que ser lo que se sentía al ser follada a
fondo.
Era mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado. ¡Dios mío!
Mi mano alcanzó mi rostro y suspiré de alivio. Mi máscara todavía
estaba puesta. Gracias a Dios, aunque me sorprendió considerando lo
salvajes que nos habíamos vuelto. Después de la primera vez, y una vez
que superado el shock inicial de descubrir que era virgen, fue implacable
a la hora de follarme. No hizo ningún comentario sobre mi tarjeta V. Me
limpió y luego me compensó aún más. No es que tuviera que hacerlo
porque mi primera vez fue increíble.
Y nunca me arrepentiría de un solo momento mientras viviera. Ni un
minuto de eso. Podría estar a punto de casarme con otra persona, pero los
recuerdos de la última noche me acompañarían para siempre.
Me arriesgué a mirar por encima del hombro, casi esperando que no
llevara la máscara puesta. Un pequeño destello de decepción me invadió,
pero me reprendí rápidamente.
Se trataba de una noche de sexo salvaje sin ataduras, nada más.
Sin embargo, eso no me impidió estudiar su cuerpo. Mierda, era
caliente. Su cuerpo era la fantasía de cualquier mujer. Una obra maestra.
Se me hizo agua la boca viendo sus músculos esculpidos y ese pecho
marcado con tinta: un tatuaje de una rosa envuelta en un corazón.
Será mejor que saque mi culo de aquí antes de ir por otra ronda con
este dios del sexo. Para ser una antigua virgen, ciertamente me había
convertido en una chica codiciosa.
Con cuidado de no despertarlo, me deslicé fuera de la cama y me
agaché para agarrar mi vestido cuando un condón desechado llamó mi
atención.
¡Mierda!
Incluso desde aquí pude ver que estaba roto. Malditamente roto.
¡Oh, Dios mío!
Mirando la cama, murmuré una oración.
Podía salirme con la mía en muchas cosas, pero quedarme
embarazada de un desconocido no sería una de ellas.
CAPÍTULO 5
Luca
Presente
La cena de compromiso de Cassio era un puto aburrimiento. Me
divertiría más en una fiesta de cumpleaños infantil que en esta mierda.
Áine y Cassio discutían, pero me desconecté de todo, solo interviniendo
de vez en cuando. A veces para ayudar, y otras para entorpecer, porque
podía ser un imbécil, incluso en un buen día.
Desafortunadamente, sabía que ninguno de los hombres invitados
traería emoción a esta noche. Si él no fuera mi hermano, y yo no lo amara,
me lo saltaría. Pero Cassio había hecho mucho por mí a lo largo de los
años.
Así que tendría que lidiar con irlandeses aburridos y no irlandeses. Lo
mejor de la puta noche fue Chad Stewart y ni siquiera recibió un disparo.
El imbécil del fiscal del estado. El cabrón era el ex novio de Áine y amigo
de Marco, mi medio hermano pendejo. Ella lo atrapó engañándola en Las
Vegas, así que por supuesto, él era historia. Pero ese no fue su peor crimen.
Si conocía a mi hermano, y tuviera que apostar, Chad Stewart no tendría
una vida larga y feliz.
Honestamente, me sorprendió que Cassio lo dejara vivir.
Mis ojos vagaron por la habitación con desinterés mientras buscaba a
cierta mujer con cabello negro azabache. Dios, casi me mata cuando ella
lloró antes. Las únicas dos mujeres cuyas lágrimas me afectaron fueron las
de mi madre y las de Margaret. No recordaba mucho de mi madre, pero sí
cada encuentro con Margaret.
Todavía la recordaba como aquella niña asustada. Sus ojos azules
llenos de terror sobre su padre sangrando en el suelo. Su dolor era el mío.
Su miedo era el mío.
Cada vez que la veía, algo en mi pecho se retorcía. Doloroso. Con
esperanza. O quizás era desesperanza. La había perdido mucho antes de
tener la oportunidad de tenerla. Había sido un cobarde. Apreté el gatillo.
Si ella hubiera sabido...
Mi corazón pesaba mucho en mi pecho. El autodesprecio ardía, lo que
me sorprendió. No sabía que era capaz de ese sentimiento, pero ahí estaba.
Este golpeteo incesante cuando pensaba en ella era preocupante.
Negué con la cabeza.
Tal vez era el momento de un examen físico. Podría ser una señal
temprana de un ataque al corazón. Últimamente no había estado cuidando
mi dieta porque lo único en lo que podía pensar era en comerle el coño a
Margaret. Jesús, su coño era lo único que tenía en mente desde aquella
noche en Las Vegas en marzo.
Casi dos meses de tortura.
Si era honesto conmigo mismo, habían sido años de tortura. Una niña
me robó el corazón mucho antes que me diera cuenta de lo que era.
Y aquí estábamos. Estaba tan cerca, pero tan malditamente lejos. El
mismo odio acechaba en sus ojos. ¿Recordaba la noche en que murió su
padre? ¿Por qué más me odiaría?
Era el único mal que había perpetrado contra ella. Desde entonces, he
tratado de rectificar todo. Realmente lo hice. Luché contra mi padre.
Intenté ser un hombre mejor.
Por el rabillo del ojo, vislumbré un vestido rosa claro. Durante una
fracción de momento, nuestras miradas se conectaron. Le sostuve la
mirada hasta que ella apartó la vista. Cuando me miró, me recorrió una
cálida sensación por la espalda.
Entrecerró los ojos antes de romper nuestra mirada y alejarse con la
cabeza alta. Mis ojos permanecieron fijos en ella, como siempre, y la vi
escabullirse hacia la terraza.
Me disculpé, luego me dirigí hacia ella. Ella me sintió incluso antes
de que hubiera hablado. Por lo menos, tenía buena intuición.
—¿Qué quieres? —escupió, sin darse la vuelta para mirarme.
—Solo comprobar que estás bien —dije, con un tono uniforme.
Mi hermano la tiró debajo del autobús antes. Su objetivo era mostrarla
como arruinada y fácil, el embarazo era un extra, hacer que Callahan
saldara una deuda entregándole a Áine.
Todavía me dolían los dientes por tratar de mantener la compostura.
Ella estaba embarazada. El hijo de puta ni siquiera me avisó. Me quedé
atónito al escuchar la noticia de que Margaret Callahan estaba embarazada.
¡De mi hijo!
La verdad era que no me gustaba cómo Cassio la había utilizado como
señuelo. Por supuesto, me habría gustado aún menos si se hubiera casado
con Margaret en lugar de con Áine. Pero si le dijera eso a esta mujer, huiría
de mí. Al menos ahora, ella me toleraba un poco.
Mierda, las cosas se habían ido de las manos. Sin embargo, no pude
encontrar en mí el arrepentimiento de ese condón roto.
Voy a ser padre. Voy a ser padre. Voy a ser padre.
Las palabras se repetían en mi mente, haciendo que mi corazón se
hinchara. Estaba feliz por eso. Ataría a la mujer por la que me obsesioné
durante años. Juro por el puto Dios que sería un buen padre. Nada como
Benito. Nunca dejaría que le pasara nada a mi familia y a mi mujer. Desde
luego, no sería yo quien llevara a mi mujer al suicidio, como Benito había
hecho con mi madre. No destruiría a mis hijos como Benito intentó
hacernos a nosotros.
Margaret se giró lentamente, con los codos apoyados en la alta
barandilla de mármol. Sus ojos viajaron desde mis zapatos hasta que
nuestras miradas se conectaron, una suave sonrisa curvando sus labios.
Llena de juicio y fastidio.
—¿Y qué harás si no estoy bien? —ella exigió, su tono lleno de
sarcasmo.
Deslicé mis manos en los bolsillos de mi traje, me apoyé contra el
marco de la puerta y la observé. Tenía la misma expresión que tenía la
primera vez que nos conocimos.
—Te haré sentir mejor —dije con un tono inexpresivo. Yo también
hablaba en serio. Era mi hijo el que estaba en su vientre. Nuestro hijo. Y
que me condenen si dejo que algo moleste a esta mujer. El problema era
cómo decirle que se acostó con alguien a quien odiaba.
Ella se rio.
—El hijo bastardo de Benito King solo podría hacerme sentir peor —
replicó—. Nunca caería tan bajo y dejaría que me tocaras, Luca King. —
Ouch. De acuerdo, podría haberme ido sin escuchar una honestidad tan
brutal—. No te tocaría ni aunque fueras el último hombre de la Tierra.
Sus palabras cortaron profundamente. La peor parte. Ella no estaba
equivocada. Yo era un hijo bastardo.
—¿Así que eso es lo único que tienes contra mí? —pregunté
casualmente. Tal vez finalmente me diría que se acordaba de mí desde
aquel maldito día.
—Te pareces demasiado a tu padre —espetó—. Compórtate como él
también.
Otra daga en mi pecho.
Pasó junto a mí con una mirada desdeñosa y, justo cuando estaba a
punto de entrar en el salón de baile lleno de gente, me miró por encima del
hombro.
—Métetelo en tu espesa cabeza italiana de una vez por todas, Luca
King. Tú. No. Eres. Mi. Tipo.
—Quizá tú tampoco seas el mío —dije, manteniendo una expresión
de aburrimiento—. Y menos con lo que vas a engordar.
Era una maldita mentira. Solo contribuiría a su atractivo. Mierda, esta
no era la manera de atraerla. No a menos que quisiera que me golpeara en
la cara.
Entrecerró los ojos y sus labios se afinaron antes de mostrarme el
dedo del medio.
Me recordó la noche en que la vi por primera vez en Temptation.
CAPÍTULO 6
Margaret
Luca King.
¿Por qué siempre tenía que encontrarme con él? Bien, era la fiesta de
compromiso de su hermano, que era casi mía, pero aun así. Cada vez que
me daba la vuelta, él estaba en algún lugar cercano, observándome. Me
volvía loca. ¿Realmente tenía que seguirme incluso hasta aquí?
El maldito playboy de Nueva York. Casanova.
Había visto más bragas femeninas que la mayoría de los hombres en
diez vidas. El cabrón era un maldito idiota y un imbécil.
Nunca dejaría que me tocara.
Pero era más que eso. Me recordaba a él. Benito King. Odiaba cómo
verlo apretaba mi corazón y me traía recuerdos de traición. De aquellos
que deberían haber sido los más cercanos a mí. Hasta el día de hoy, todavía
podía recordar cómo se sentía el frío metal presionado contra mi garganta.
Áine se burlaba de mí y de mi odio a los cuchillos. No fue hasta esa
noche en Temptation que algunos de mis recuerdos borrosos sobre la
noche en que murió mi padre aparecieron lentamente.
Incluso ahora podía oír su risa resonando en mis oídos mientras me
alejaba de él esa noche hace dos años. Sus palabras de despedida a mi
espalda fueron que me cazaría hasta que estuviera dentro de mí.
Excepto que cada vez que veía a Luca, veía a su padre. La sangre. Los
ojos muertos de mi padre. El terror en su mirada. El dolor que siguió.
Irónicamente, fue Luca King quien me hizo recordar la traición de mi
madre. Ella se mantuvo al margen y dejó que su amante matara a mi Da.
Ella iba a dejar que Benito me matara también. Excepto que por alguna
razón, sobreviví.
No es de extrañar que odiara ver a Luca. Él solo me traía malos
recuerdos cada vez. Terror escalofriante. El odio a los cuchillos siempre
estuvo ahí, pero ahora entendía por qué prefería tratar con las armas.
—¿Qué? —Luca dijo arrastrando las palabras mientras alisaba su
corbata con su mano mientras sus ojos se posaban en mis labios—.
¿Ningún otro golpe, mia bella?
Las palabras eran profundas y suaves. Sus ojos se clavaron en mí y
mi corazón palpitó tan rápido que temí que me diera un infarto. Mis
mejillas se calentaron por la molestia. Con él. Conmigo misma.
Con esos malditos y magníficos ojos.
—Ves, sabía que podías ser dulce —dijo con convicción, arqueando
una ceja de esa manera arrogante—. Apuesto a que eres muy dulce después
de un orgasmo.
El calor recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Un ligero escalofrío
recorrió mi columna vertebral y mis muslos se apretaron.
De repente, el recuerdo de Las Vegas volvió rápidamente y las
palabras similares que recibí de mi desconocido. El papá de mi bebé.
—Solo tuve que follarte para sacar tu lado dulce —retumbó la voz
profunda y ronca del desconocido mientras le besaba su mandíbula, sus
labios—. Debería haberte encontrado mucho antes.
El calor enrojeció mi rostro ante el recuerdo. Fue mi única noche de
ser salvaje y libre. Superó mis expectativas por un millón. Lo único que
lamento es no haberle preguntado su nombre. Pero tampoco pensé que me
quedaría embarazada. Usamos protección, pero ese maldito condón estaba
hecho trizas. Fue mi perdición.
Pensé que estaría encadenada a Cassio King.
Y aquí estaba yo hablando con su hermano loco. Parecía estar en todas
partes, todo el maldito tiempo.
Los ojos de Luca todavía estaban en mí, atrayéndome como una
marea contra la que no podía luchar. Una marea que me tragaría por
completo. Si se lo permitía, me haría naufragar, me estrellaría contra la
orilla rocosa y me dejaría ahogar.
Como su padre había hecho con el mío.
Pero no se lo permitiría. Nunca confíes en un King era lo que siempre
decían mis hermanos, y tenía que estar de acuerdo. No le había contado a
nadie lo que recordaba después de esa noche en Temptation. O de mi
sospecha de que Cassio solo me usó para llegar a Áine.
Los hermanos King eran tan crueles y conspiradores como su padre.
Si tan solo no encontrara los estúpidos ojos de Luca tan
condenadamente fascinantes. La mayor parte del tiempo llevaba un traje
hecho a medida. Alto, de hombros anchos, cabello negro azabache y piel
dorada, era popular entre las mujeres. Pero eran sus labios y sus ojos los
que sellaban el trato. No podía soportar la forma intensa en que me
estudiaba.
Como si viera más de mí que cualquier otra persona. Cada vez que lo
veía, me estudiaba, probablemente catalogando todos mis defectos.
Esos ojos me afectaban cada maldita vez. A diferencia de los ojos de
Cassio, Luca tenía un toque de avellana en sus ojos cuando estabas cerca
de él. Había algo salvaje en ellos que me inquietaba. Me hacía temblar.
Malditamente lo odiaba.
Así que me mantuve malditamente lejos de él. La familia King era el
enemigo.
Así que lo dejé atrás sin mirarlo otra vez.
Era una reina, pasando a cosas más grandes y mejores.
CAPÍTULO 7
Luca
Tres meses después
Margaret estaba embarazada de casi cinco meses. Su tío y su madre
no dejaban de encontrar candidatos para mi mujer.
Deberían dejar de buscar hombres para que ella se casara.
¿No se habían dado cuenta que tras la muerte del segundo prometido,
no habría boda? ¿A cuántos malditos hombres tenía que matar para que
entendieran el mensaje?
Fue mi homenaje a la fiesta de Halloween en Temptation. Mi primer
rechazo por parte de una mujer vestida de Viuda Negra. Por supuesto, era
una broma privada, y nunca fue mi intención que otros en el inframundo
se refirieran a ella como una viuda negra.
Estaba considerando seriamente eliminar a cada persona que
pronunciara esas palabras. Tal vez empezando por su madre ya que a la
perra le gustaba el chisme.
Un gemido me hizo volver al problema que tenía entre manos. Otro
prometido.
Este era un gran hijo de puta. Pensé que era alto, pero este tipo era un
maldito gigante. Y tuve que cargar su gran trasero desde mi garaje hasta
mi sótano. De todas las malditas veces en que se estropeó el ascensor de
mi edificio. Maldita vida de ciudad. Sería más fácil si estuviera en Sicilia.
Cabreado con el ascensor y con el mundo, hice sufrir aún más al
depredador idiota y pervertido. Empecé cortándole las orejas.
Los gritos de dolor rebotaban contra las paredes. Era malditamente
molesto. Este era más cobarde que el último prometido. Y no tenía
paciencia para este imbécil llorón.
La familia Callahan debería haber hecho un mejor trabajo
encontrando hombres adecuados para Margaret. Tenían que estar
desesperados por casarla. No es que haría una diferencia, pero si
encontraran algunos decentes, solo les rompería las piernas y los enviaría
al hospital. Este tipo era un tramposo, un miembro de bajo rango de una
mafia irlandesa de Boston. A este le gustaba descargar su ira en los
miembros más débiles de la familia. Golpeando a su hermana. Su hermano
pequeño. Incluso a su madre. Que no tuviera antecedentes penales no lo
convertía en una buena pareja. Ese hijo de puta nunca se acercaría a mi
bebé.
—Por favor, por favor, perdóname —gritó—. Haré lo que quieras.
Dios, era patético. A menudo asumía el papel de ejecutor de mi
abuelo, pero tenía que admitir que ningún hombre había llorado tanto
como este. Estaba demasiado ocupado cagándose en los pantalones y
suplicando por su vida, y dándome un fuerte dolor de cabeza por el
camino.
—Si pensabas que vivirías en el mismo planeta que mi hija —gruñí—
, te espera otra cosa.
Mi pecho se llenó cuando recordé el día de la última ecografía. En el
momento en que vi a mi pequeña niña en la pantalla, supe que destrozaría
este mundo para mantenerla a salvo. Mi obsesión se multiplicó por diez.
Y sabía que Margaret sería una buena madre. Le leía libros a nuestra niña
por nacer mientras se sentaba en su mecedora. Le cantaba. Masajeaba su
barriga y leía durante horas artículos en Internet sobre bebés sanos.
Sí, la acosaba. La observaba a través de las cámaras de vigilancia.
Puse micrófonos en su casa. Tal vez era moralmente cuestionable, pero lo
hice para mantenerlas a salvo. Me dio paz. Todos hemos hecho cosas poco
claras por la gente que amamos. ¿Verdad?
Enojado por mis dudas sobre hacer lo correcto, transferí esa furia a
este hombre.
Tomé mi cuchillo favorito de la funda que llevaba en el tobillo.
—Voy a hundir este cuchillo en tu pecho y luego abrirte —declaré
con calma.
Negó con la cabeza, apenas capaz de moverla. Estaba tumbado con la
espalda contra la mesa de acero, con la cabeza, el torso y las piernas
apretados con tres cinturones, como si estuviera listo para la cirugía. En
cierto modo, era irónicamente apropiado teniendo en cuenta lo que le
esperaba.
—O tal vez debería empezar por tus ojos —dije pensativo, como si lo
estuviera considerando seriamente.
Se encogió, rogándome en silencio que no lo hiciera.
Este hijo de puta era ridículo.
Y pensó que tocaría a mi mujer y a mi hija con sus manos sucias.
—No, no, no —suplicó mientras los mocos le corrían por la nariz y la
cara. El tipo era un desastre.
El tono de sus gritos aumentaba con cada centímetro que la hoja se
acercaba a su ojo. Su cabello graso y crecido estaba pegado a la frente. Se
me revolvió el estómago al pensar en él cerca de mi mujer.
Bien, bien. Técnicamente, todavía no era mía, pero lo sería.
Le estaba dando espacio hasta que estuviera lista.
Dios, esperaba que fuera pronto. Mis pelotas se estaban poniendo
rápidamente de color púrpura azulado y amenazaban con caerse por tantas
masturbaciones.
Antes que mi hoja pudiera tocar su globo ocular, cerró sus párpados
como si eso pudiera protegerlos, pero dejé que la punta del cuchillo lo
rozara, sacando sangre.
—Es una zona muy sensible —le dije, con la ira burbujeando bajo mi
piel—. Solo un pequeño pellizco y sangra como una perra.
—¿Qué te he hecho? —Casi me reí. ¡Casi!
Siguió llorando y dándome un maldito dolor de cabeza. Debería estar
leyendo mi último libro sobre partos naturales y buscando lugares para
clases de Lamaze5, no lidiando con esta mierda.
5
Las clases de Lamaze enseñan a las mujeres las formas en que pueden hacer disminuir su percepción
del dolor, como por ejemplo, mediante técnicas de relajación, ejercicios de respiración, distracciones o masaje
proporcionado por un acompañante que las apoye.
—Bueno, primero te atreviste a hablar con mi mujer —le dije—.
Segundo, pensaste que realmente podrías casarte con ella. Y en tercer
lugar, eres un pervertido.
—P-por favor. —Me miró con ojos pequeños y brillantes, con sangre
y sudor en su rostro—. No me casaré con ella. Lo prometo. —Me miró
fijamente como un cachorrito que suplica por un hueso—. Por favor, no
me mates. Tengo dinero —balbuceó escupiendo saliva por su boca—.
Libérame.
Asentí, sonriendo como un lunático.
—Claro, te dejaré ir.
Entonces, en un movimiento rápido, le corté la garganta y lo vi
gorgotear su propia sangre, ahogándose en ella.
Tardó quince segundos en asfixiarse. Quince segundos para que la
esperanza desapareciera de sus ojos.
—Y así es como se acaba con alguien que se cree digno de mi mujer
—dije inexpresivo.
La cara pálida de Margaret, como aquella niña y como mujer adulta,
pasó por mi mente.
Si ella lo supiera, me advirtió mi conciencia. Si lo supiera, me odiaría
más. Más que a mi padre. Más que a cualquier cosa en este mundo.
Cállate.
La conciencia era una perra a veces. Y era algo que no necesitaba
ahora mismo.
Mis manos se cerraron en puños apretados, mis nudillos se volvieron
blancos.
Las clases de Lamaze tendrían que esperar. Sería una larga noche
deshacerse del cuerpo.
CAPÍTULO 8
Margaret
—Otro que muerde el polvo —murmuré, frotando mi barriga cada
vez más grande y mirando a nada en particular. Estaba demasiado metida
en mis propios pensamientos para ver algo. Estaba embarazada de seis
meses y las cosas no iban tan bien.
Los susurros habían comenzado tras la muerte de mi segundo
prometido. La gente en el inframundo había comenzado a llamarme viuda
negra. Idiotas. Nunca estuvimos casados, así que la lógica no tenía ningún
puto sentido.
Embarazada. Soltera. Sin saber quién era el padre del bebé.
Esas eran las únicas cualidades que me coloreaban últimamente. Por
supuesto, nadie más que Áine sabía que no tenía idea de quién era el papá
del bebé. Nunca se lo admitiría a nadie. Ni siquiera a mis hermanos. Y
especialmente no a mi madre.
—¿Por qué estás tan tranquila? —Mi madre estaba a punto de perder
la cabeza. No solo le había fallado a la familia, sino que me quedé
embarazada para que todo el inframundo tuviera pruebas de la vergüenza
de esta familia.
No me importaba mi madre, pero amaba a mis hermanos. Incluso al
tío Jack.
—Este bebé bastardo es una vergüenza. Una jodida vergüenza —
siseó mamá, con los dedos agarrando un rosario. Siempre llevaba un
rosario, como si fuera una maldita santa.
Lejos de eso, me reí en silencio.
Bajé los ojos, con la palma de la mano recorriendo mi vientre mientras
le susurraba en silencio a mi niña que no era una vergüenza. Ella sería una
princesa. Fuerte y hermosa.
—¡Margaret! —Mamá gritó—. ¿Me estás escuchando?
Parecía que estaba a punto de desplomarse de la vergüenza. Me reí de
nuevo. Comparado con ella, yo era elegible para la santidad.
El odio se deslizó a través de mí, lanzando una mirada hacia ella. Sus
labios se curvaron en una mueca de desprecio. Esa mueca... la recordaba
de antes. Incluso después de todo este tiempo, la pesadilla de aquel día
estaba borrosa, pero las pequeñas cosas siempre desencadenaban un nuevo
recuerdo.
No podía respirar.
La mano se apretó alrededor de mi cuello. Agité los brazos y las
piernas, desesperada por quitarme a Benito de encima y conseguir un
poco de aire a mis pulmones.
Mocos corrieron por mi nariz. Las lágrimas nublaron mi visión.
Morir... moriría junto a Da.
Apreté los ojos, tratando de escapar de las imágenes que pasaban por
mi cerebro con fuerza.
Los ojos muertos de papá. La sonrisa viciosa de Benito. La fea y
retorcida sonrisa de mi madre.
Mi pecho se apretó y mi visión se llenó de puntos negros.
Respira, susurró mi mente. Respira, Margaret.
Tuve arcadas sin previo aviso y vomité sobre la alfombra de la sala.
Vomité una y otra vez, mis rodillas golpeando el suelo. El vómito me
rodeó, el hedor de la traición y de nuestra jodida familia apestaba en el
aire.
Deshonré a nuestra familia. Le fallé al jefe de la familia Callahan, mi
tío. Bueno, que se jodan todos.
Aiden entró en la habitación justo cuando volví a vomitar los últimos
restos de mi estómago. Corrió hacia mí y se hundió en el suelo a mi lado.
—¿Qué diablos hiciste? —siseó, con una clara acusación en su voz.
Me sujetó el cabello hacia atrás, mientras miraba a nuestra madre.
—Nada —respondió ella a la defensiva—. Estábamos discutiendo su
matrimonio.
La miró con desconfianza, pero como no negué ni confirmé, volvió a
centrar su atención en mí. Agarrando un vaso de agua y entregándomelo,
me lo bebí de un largo trago, y todo el tiempo, la mano de mi hermano me
frotó la espalda.
—Ya lo solucionaremos —murmuró, mirándome con
preocupación—. Solo tienes que mejorar. —Pasó una mano gentil por mi
cabello, recordándome otro tiempo. Fue Aiden quien me encontró en el
charco de sangre junto a Da. Se olvidó de un libro e hizo que un amigo lo
llevara de vuelta.
Mientras su amigo nos llevaba al hospital, fueron las palabras de
Aiden las que me consolaron.
—Te vas a poner mejor. Por mí. Por esos gemelos idiotas. Quédate
con nosotros.
Me senté sobre mis talones, limpiándome la boca con el dorso de la
mano. De repente, el agotamiento se apoderó de mí. El embarazo ya era
bastante trabajo, pero vomitar me agotaba por completo.
—Estoy bien —le susurré a Aiden, ignorando a nuestra madre.
Ella era demasiado tonta y ensimismada para ver que Cassio King
siempre quiso a Áine. A mí no. Estaba más claro que el agua.
Por supuesto, nunca lo expresé porque no tenía pruebas, pero
apostaría todo el dinero que actualmente no tenía a que yo era una
distracción.
Mi madre puso un bloqueo indefinido en todas mis cuentas. Así que
no solo estaba embarazada, sino que también estaba arruinada. Podría
decirle algo a Aiden, pero las cosas ya estaban tensas.
Tenía que luchar mis propias batallas. Especialmente con esa bruja.
¡Qué puta mierda!
Mi corazón se apretó y las lágrimas quemaron la parte de atrás de mis
ojos. Estas hormonas eran asesinas. Todo me hacía llorar. Las buenas
noticias. Las malas noticias. Ninguna noticia.
—Margaret, ¿me estás escuchando? —repitió, chillando fuerte, como
una maldita bruja. Un dolor de cabeza se formó lentamente detrás de mis
párpados.
Me encogí de hombros.
—No, dejé de escuchar en la parte en la que dijiste que el novio está
muerto.
—Toda esta mierda del matrimonio tiene que terminar —gruñó
Aiden, mirando a nuestra madre.
—Callahan lo exige —escupió ella, con demasiado regocijo—. ¿Qué?
¿Crees que tiene elección? —Se rio ella—. Yo no tuve elección y ella
tampoco. Será arrastrada a esa isla, aunque tenga que arrastrarla yo misma.
Ignorándola, me moví, preparándome para levantarme.
—Déjame limpiar esto —dije con voz áspera.
—No te preocupes por eso —me interrumpió, luego me ayudó a
ponerme de pie—. Yo me encargo.
—Pero...
—Déjalo en mis manos, Margaret. —Pasó una mano gentil por mi
cabello, pero la ira se reflejaba en sus ojos. Llamas eléctricas azules—. Ve
a tu habitación y descansa un poco.
Por primera vez en años, lo escuché sin responder.
Debería haber sabido que había alarmado a mi hermano mayor.
CAPÍTULO 9
Luca
Margaret estaba profundamente dormida, con la ventana abierta,
dejando entrar la brisa.
La cortina transparente se movía de un lado a otro. El resplandor de
la luna arrojaba sombras sobre su rostro y me dolía el pecho al verla.
Era tan malditamente hermosa. Incluso cuando fruncía el ceño. Pero
así, con una expresión serena y los labios ligeramente separados, con las
pestañas oscuras apoyadas en sus pálidas mejillas, era impresionante.
Dormía de lado, de cara a la ventana. Un muslo suave estaba fuera de
las sábanas y su vientre de embarazada sobresalía. Mis dedos picaban por
tocarla. Leí “Qué esperar cuando estás embarazada” de principio a fin y
supe que sería alrededor del sexto mes cuando sentiría que la bebé se
movía.
Mierda, esto era un desastre.
Cassio la jodió cuando la utilizó como un medio para poner a Jack
Callahan en el lugar que quería para poder llevarse a Áine. Y yo, bueno,
me la follé. Quería atraparla para que fuera mía.
Excepto que ella no podía soportarme y todo el plan de alguna manera
fracasó.
La seguridad en la casa de su madre era tan pésima como hace
veintitrés años. Pero su madre lo hizo a propósito para poder tener a sus
amantes entrando y saliendo a escondidas sin que se notara.
Ninguno de los Callahan sabía que tenía mi propia seguridad además
de la de ellos. Romper sus barreras fue pan comido. Sus hermanos pasaban
más tiempo en sus lugares en la ciudad; de lo contrario, habrían notado
que había dos sistemas de vigilancia aquí.
Pero su pérdida era mi ganancia.
Después de nuestro primer encuentro en Temptation, intenté olvidarla
con todas mis fuerzas, pero no podía quitármela de la cabeza. Me esforcé
por convencerme de dejar de vigilarla. De dejarla en paz. Ya había tomado
mucho de ella.
La bestia dentro de mí se negó. Necesitaba saber más sobre ella y
sobre la mujer en la que se había convertido. Así que empecé a investigar
su vida y a desenterrar todo lo que podía encontrar.
Por supuesto, su pequeño trabajo paralelo con Áine nunca apareció.
No hasta que atraparon a su prima in fraganti.
Pero fue esa noche en Las Vegas que fue mi perdición. En el momento
en que la toqué, se acabó el juego para mí.
La observé durante demasiado tiempo, probablemente provocando al
destino. El problema era que ella era malditamente demasiado hermosa
para apartar la mirada. Todo en ella me atraía. Su risa libre. Sus ojos, del
color de zafiros oscuros. Su cabello era mi debilidad. Negro como la
noche, sedoso, y sabía que olía a océano. Sea cual sea el champú que
usaba, quería comprar la empresa.
Ella era tan malditamente tentadora.
Ningún tipo de autoconsejo funcionaría cuando se tratara de ella.
Después de todo, teníamos años de juegos previos y bromas. Incluso
me disparó durante nuestro segundo encuentro. Ese día decidí que me
casaría con ella. De alguna manera. De algún modo.
—Debes haberme extrañado, Callahan —dije arrastrando las
palabras con una amplia sonrisa en mi rostro. Estaba saliendo de
Temptation pero verla me debilitó. Había estado acechando a la belleza
de cabello oscuro, pero ella no había regresado desde nuestro primer
encuentro.
Su mirada me dijo que no estaba tan feliz de verme.
Dejé que mis ojos recorrieran su cuerpo. Llevaba un vestido azul
oscuro que resaltaba el azul de sus ojos. ¡Como si necesitaran ser
realzados! Era lo primero que la gente notaba de Margaret Callahan.
Esos grandes ojos azules que te arrastraban a las profundidades del
océano y te tragaban por completo.
—¿Dónde está tu compañera? —pregunté. Ella y Áine solían ser
inseparables.
—No es de tu incumbencia —escupió con sorna.
—Ah, cariño. No seas así —le dije arrastrando las palabras, mi dedo
trazando su labio inferior. A decir verdad, me sorprendió que me dejara
tocarla—. Bonito vestido —comenté. El vestido era más que bonito.
Abrazaba sus curvas, dejando entrever a la mujer que había debajo.
—Me alegra saber que te gusta —replicó secamente—. Me aseguraré
de quemarlo en cuanto llegue a casa.
La diversión me invadió. Le encantaba provocarme. Y aún más, le
gustaba bromear conmigo.
Me incliné más hacia ella, imponiéndome. Ella nunca vaciló, con su
mirada fija en mí. Lo único que delataba su estado era el ascenso y
descenso de su pecho y sus labios entreabiertos.
—¿Son las bromas tu forma de juego previo? —le pregunté—. Ambos
sabemos a dónde nos lleva esto.
Se burló.
—No te hagas ilusiones, Luca King. Prefiero saltar a un pantano
lleno de caimanes que encontrarme en tus brazos.
—Sigue mintiéndote a ti misma, nena. —Mis ojos se fijaron en sus
labios rojos y carnosos. Tenía los labios más tentadores. Sensuales.
Llenos. Su labio inferior era ligeramente más grande que el superior—.
Los dos sabemos que quieres que te abra de par en par, dejándote abierta
para que me dé un festín. —Estaba tan cerca del lóbulo de su oreja que lo
mordí suavemente—. Te comería el coño como si fuera mi última comida
en esta Tierra. Pero serías tú gritando mi nombre lo que sería mi
perdición.
Su respiración se agitó, pero mantuvo su expresión impasible,
negándose a mostrar el impacto de mis palabras.
Dando un paso atrás, levantó una ceja. Todavía podía olerla y sentir
su aliento llenando el espacio entre nosotros. Había demasiado espacio;
La necesitaba más cerca. Tomé su muñeca, sintiendo sus frágiles huesos
en mi palma.
Algo se estremeció en mi pecho ante la idea de que algo o alguien,
incluido yo, le hiciera daño.
—Si tan solo me dejaras, nena —ronroneé, acortando la distancia y
rozando con mi boca sus suaves mejillas. Sentí que un escalofrío recorría
su cuerpo. Por un momento, pensé que se rendiría ante la atracción que
se desataba entre nosotros. Se apretó contra mí y toda la sangre de mi
cerebro se dirigió a mi ingle.
Rocé mi pulgar sobre sus labios.
—Desde el primer momento en que me crucé contigo, supe que eras
mía. Mía para follar. Mía para mandar, y mía para poseer.
Ella sonrió dulcemente, pero fue la mirada en sus ojos lo que me
perdí. Separó los labios y lo tomé como una invitación para besarla, mi
lengua rozando la suya. Húmeda. Caliente. Tal como ella.
Su mano se presionó contra mi pecho. Un pequeño gemido llenó el
aire.
Estaba tan perdido en ella que no vi su movimiento.
Echó la cabeza hacia atrás y luego la estrelló contra mi nariz. Mi
agarre en su muñeca se aflojó y antes que me moviera, ella sacó el arma
de mi funda.
—Hijo de puta —ella siseó. Me empujó, dándole suficiente espacio
entre nosotros para levantar mi propia arma y apuntarla a mi pierna—.
No vuelvas a tocarme sin mi permiso.
Apretó el gatillo con una expresión de suficiencia en su rostro. La
bala atravesó mi muslo y caí de rodillas con una retahíla de maldiciones
en mis labios mientras miraba atónito lo que había hecho.
Esta mujer era una salvaje. Loca. Mierda, me gustaba aún más.
Se inclinó, me besó en la mejilla y me dejó con una sonrisa en su
rostro. También se quedó con mi arma favorita.
Ignoré a la gente y los murmullos de asombro.
—Voy a casarme contigo, Margret Callahan —grité tras ella. Ella me
mostró su dedo medio por encima del hombro—. De algún modo, de
alguna manera —murmuré para mí.
Cassio me encontró justo cuando Margaret desaparecía de la vista.
Le conté una historia de mierda sobre mi arma defectuosa que se disparó
sola.
No se lo creyó, pero lo dejó pasar.
La mujer era realmente una salvaje. Mi verdadera pareja. Pero lo que
me cautivó aún más fue su dulzura después de entregarse a mí. Siempre
me pregunté cuán dulce sería después de un orgasmo. Si tan solo hubiera
sabido lo adictiva que podía ser, tal vez me lo hubiera pensado dos veces.
Está bien, me estaba mintiendo a mí mismo. No habría dudado en
tomarla.
Ella era mía. Siempre había sido mía.
Dejé que mi mente volviera a esa noche en Las Vegas. Había estado
viviendo de esa pequeña probada que tuve de ella esa noche. Un toque y
todas mis reglas de una noche se fueron por la maldita ventana. Quería una
regla de por vida con ella.
Dios, esa noche con ella fue la mejor noche de mi vida. La forma en
que me miraba, consumiéndome sin siquiera intentarlo.
Sus ojos brillaban incluso detrás de la máscara. Esos profundos
azules del océano atrayéndome. Era una sirena llamando a un marinero
solitario. Excepto que sabía que solo su voz y solo sus labios funcionarían
conmigo.
Reclamé su boca mientras su coño se apretaba alrededor de mi polla
y sus dulces ruidos de “mmm” fueron suficientes para ponerme duro de
nuevo. Mi lengua se deslizó dentro de ella, reclamándola con fuerza y
rapidez, como lo hizo mi polla con su apretado coño.
Había algo básico, fundamentalmente animal, en saber que yo era el
primero. Decidí en ese momento mientras me derramaba dentro de ella
con un estremecimiento violento y mirándola a los ojos, que yo sería el
último.
Estaba obsesionado antes de follarla. Ahora me sentía francamente
azotado cuando sus labios se curvaron en una suave y deslumbrante
sonrisa y acarició con sus manos mi espalda.
—Deberías haberme dicho que eras virgen —la regañé suavemente—
. Habría sido más fácil.
Sus uñas se deslizaron por el vello de mi nuca y eso me hizo sentir un
escalofrío.
—Eso fue perfecto —murmuró en voz baja mientras pasaba un dedo
por mi cuello—. Tú fuiste perfecto.
Haría que esta chica me quisiera, me necesitara, me deseara.
Aunque fuera lo último que hiciera.
Hasta esa noche, nunca había visto el lado tierno de Margaret
Callahan. Incluso cuando mi padre la estranguló, luchó como una gata
salvaje. Mierda, solo el recuerdo de ese día enviaba puro terror a la médula
de mis huesos.
La paliza que me dio padre por apuñalarlo para protegerla valió la
pena, porque ella estaba aquí. Viva.
Me incliné sobre su cuerpo durmiente y rocé con el pulgar sus suaves
mejillas. Cada vez que ella estaba cerca, era más fácil respirar. Me hacía
sentir vivo por primera vez en años.
Mierda, estaba azotado por la madre de mi hija.
CAPÍTULO 10
Margaret
Una cena familiar con el tío Jack.
Lo último que quería era participar en este espectáculo de mierda. No
tenía ganas de visitar a mi tío, ni de ver a mi prima y su nuevo marido. No
porque no los quisiera. Sino porque no quería enfrentarme a su juicio. La
madre de Áine me menospreciaba, como si fuera una especie de puta.
No tenía sentido corregirla. Siempre había sido imprudente. Todo el
mundo siempre había confundido eso con una falda fácil.
Dejando a un lado los pensamientos sobre mi tía snob, y aún más
importante, quería planear mi salida. Cuanto más lo pensaba, más segura
estaba de mi decisión. Me negaba a criar a mi hija bajo el mismo techo que
mi madre.
Pero a menos que compartiera mis recuerdos con mis hermanos y mi
tío, ella estaba aquí para quedarse. A decir verdad, estaría dispuesta a
delatarla en este momento. Excepto que no tenía pruebas ni testigos.
Sería mi palabra contra la suya. Y mi madre nunca había hecho nada
malo, mientras que yo, en cambio, había hecho muchas imprudencias.
El auto redujo la velocidad al pasar por las puertas de hierro forjado
y siguió hasta la mansión de tres pisos.
Mis entrañas se tensaron, preparándome para la batalla. De acuerdo,
una ligera exageración, pero mi inclinación por el dramatismo se
intensificaba casi a diario. De nuevo, las hormonas.
Mientras salía del auto y daba las gracias al conductor, hice una
mueca, echando un vistazo a la elaborada mansión. Esperaba que los
hermanos King no estuvieran presentes, pero era demasiado para esperar.
Cassio estaba tan malditamente enamorado de Áine, que estaba segura que
la admiraba mientras estaba sentada en el inodoro.
Suspiré. Cielos, yo también me estaba volviendo más mala con estas
hormonas.
Toda esta tensión no podía ser buena para la bebé. Me froté la barriga,
susurrando suaves promesas mientras subía las escaleras. Tenía la
intención de cumplirlas. Da siempre cumplía sus promesas conmigo. Tenía
la intención de hacer lo mismo.
El hogar era de un blanco regio, acogedor y disfrazaba la sangre del
inframundo que toda organización criminal albergaba. Asesinatos,
mentiras, engaños, infidelidades.
La casa del tío estaba decorada a lo grande, ocultándolo todo. O como
si se estuviera celebrando una boda, no una simple reunión familiar. Las
decoraciones eran doradas, verdes y rojas, los colores del escudo familiar.
El tío Jack fue el primero en saludarme, esperando al final de la
escalera de los elaborados vestíbulos.
—¿Es Navidad en otoño o tal vez se está celebrando otra boda? —
pregunté secamente.
Se rio, como si acabara de pronunciar la broma más divertida de la
historia.
—Esperaba la tuya —comentó, y luego me besó en la mejilla—.
Margaret, estás radiante. —Sonrió. Me costó todo lo que tenía para no
poner los ojos en blanco. En lugar de eso, di un paso atrás—. La bebé está
creciendo rápido y furioso, ¿eh?
—Síp.
Mis ojos recorrieron el vestíbulo. Esperaba desaparecer antes que
apareciera su mujer.
El tío dejó escapar un fuerte suspiro, probablemente sabiendo
exactamente lo que estaba haciendo.
—Escucha, chica. Sé que tú y tu tía no se llevan bien últimamente.
Me burlé.
—Eso es el eufemismo del siglo.
—Margaret.
Una voz vino detrás de nosotros y me tensé. Hablando del diablo. La
madre de Áine se casó con el Primer Ministro del Reino Unido. En una de
sus visitas a Estados Unidos, se juntó con el tío Jack y boom. El resultado
fue Áine.
—Veo que todavía no te has casado. —Aspiré un suspiro incómodo.
Dios, no podía soportar a esa mujer. Quizá mi propia mala relación con mi
madre se estaba contagiando a todas las demás madres. Realmente
esperaba que ese no fuera el caso con mi propia hija.
Una extraña opresión en mi pecho fue inexplicable.
—Es bueno que puedas unirte a nosotros para celebrar los cinco
meses de aniversario de Áine.
Mis labios se afinaron, manteniendo las palabras bruscas detrás de
mis labios.
Me giré lentamente y me encontré con su mirada. Disgusto. Incluso
después de todos estos meses, me lo echaba en cara. El hecho de que Áine
tuvo que intervenir para tomar el lugar en el arreglo de la boda con Cassio
King. A pesar del hecho que los dos no podían mantener sus manos fuera
del otro.
—¿Ha decidido tu madre quién es el siguiente en la fila para casarse
contigo desde que el primer par no funcionara muy bien? —preguntó
casualmente, mientras sus ojos recorrían los invitados. Dios, la odiaba.
Realmente la odiaba.
Esta mujer era aún más molesta que mi propia madre. De acuerdo,
eso podría ser una exageración.
—Imagina que en nuestros días la gente siga insistiendo en que una
mujer se case antes de tener un bebé. —La familiar y molesta voz vino
detrás de mí. La agitación me invadió. No necesitaba que Luca King me
defendiera—. Qué positivamente aburrido —añadió.
Qué positivamente aburrido. ¿Realmente acaba de decir eso? Quizás
le gustaba Downton Abbey. O Bridgerton, me reí.
—Hola, mia bella. —La voz de Luca era casi un ronroneo.
La parte de atrás de mi cuello ardía, pero conté hasta cinco antes de
girarme lentamente para encontrarme con sus ojos oscuros con un toque
de color avellana en ellos. Su mirada se aferró y se mantuvo.
Su traje estaba impecable, como siempre. Líneas suaves. Hombros
anchos. Expresión oscura. Y esa sonrisa constante curvando sus labios. La
conciencia hizo cosquillas en el fondo de mi mente, sosteniendo esa
mirada color avellana que hablaba de oscuridad.
El parpadeo de color avellana detrás de la máscara.
Manos ásperas. Sábanas enredadas. Cuerpos sudorosos.
Sus gruñidos. Mis gemidos.
De hecho, me sonrojé, y Luca lo asimiló con interés. Su mirada se
desvió hacia arriba y atrapó la mía. Era invasiva. Quemaba, como mirar
fijamente un fuego en la oscuridad de la noche.
Algo en mi pecho se movió, luego crepitó y echó chispas.
O tal vez era en mi vientre.
Sí, definitivamente en mi vientre. Indigestión, me dije, frotándome la
barriga. La acidez estomacal era grande en las mujeres embarazadas.
—Margaret es demasiado imprudente para criar a un niño sola —
razonó mi tía.
El desprecio palpitó en mis venas. A mi familia. A esta situación. A
la familia King. A Luca King.
Era irracional y absurdo, pero no podía evitarlo.
—Y tú eres demasiado engreída para ver lo que hay frente a ti —dije
con calma, aunque quería gritarle las palabras. La ira burbujeaba dentro de
mí como un volcán, esparciendo fuego y calor en mi pecho, necesitando
estallar, abrumando todos los demás sentidos.
Sacudiendo la cabeza, los dejé allí parados. Deja ir tu ira. Inhala
exhala.
Atravesé el vestíbulo y me adentré en la sala de estar. En otro tiempo,
esto era casi como un segundo hogar. Incluso antes del asesinato de mi
padre, mis hermanos y yo pasábamos más tiempo aquí que en casa.
Y después de la muerte de mi padre, estuvimos aquí todo el tiempo.
Llegué a pensar en el tío como mi padre, en lugar de mi madre. Esta finca
era mi hogar.
Sin embargo, ahora, se sentía como un campo de batalla.
—Maggie. —La voz de Áine recorrió la habitación. Sacando su mano
del agarre de Cassio, se precipitó hacia mí—. Ha pasado una eternidad.
¿Puedo tocar a mi sobrinita?
Hubo una larga pausa y luego asentí.
Ella había sido la única, además de mis hermanos y yo, que había
sentido las patadas del bebé. Había suficientes personas que amaban a mi
niña. Sin embargo, nada convencería a mi tío o a mi madre para que me
dejaran hacerlo sola.
Su palma cubrió mi creciente bulto. Una suave patada. Luego otra.
—Oh, Dios mío —exclamó—. Es una pateadora, ¿eh?
Sentí que mis labios se curvaban en una sonrisa. La bebé era la única
que me hacía sonreír.
—Seguramente también preciosa, como su madre. —La voz de Luca
llegó desde detrás de mí y un gemido se escapó de mis labios—. Tal vez
tendrá un poco de la travesura de su padre en sus ojos.
Una espesa tensión impregnó el aire. Sofocante y ensordecedora.
Déjalo en manos sin tacto de Luca el relucir al padre. El nombre que
todos los miembros de la familia Callahan querían. Incluyéndome. Sería
bueno tener esa pequeña información para mi niña cuando estuviera lista.
En cambio, todo lo que tenía era una pista. Un piercing del Príncipe
Alberto. No era exactamente una pistola humeante. Pero, ¿cómo podría
enfrentar a mi princesita con solo ese dato de su paternidad?
No podía.
—¿Has pensado en un nombre? —Áine intentó romper el silencio.
Negué con la cabeza. Había revisado libros y páginas de Google de
nombres. Ninguno de los nombres me gustó.
—Ella tendrá un nombre irlandés fuerte, por supuesto —intervino el
tío—. Como la abuela o la bisabuela.
Me encogí. No es que odiara los nombres irlandeses, pero quería un
nombre especial y único para mi niña. No se me escapó que no hizo
referencia a mi madre. No era que ella no tuviera un nombre hermoso.
Aunque estaba manchado por sus acciones. Maeve sería para siempre un
pase difícil para mí como nombre.
—Los nombres italianos son bastante geniales —comentó Luca.
¡Dios, cómo lo detestaba!
—No necesito tu opinión —siseé en voz baja, fulminándolo con la
mirada—. Así que, por favor, por el amor de Dios, métete en tus asuntos.
Un músculo de su mandíbula se tensó.
—Estamos hormonales, ¿no? —replicó, con un tono oscuro.
Me tensé, la ira disparándose a través de mí. Este tipo actuaba como
si fuera la maldita perfección. Un regalo de Dios para las mujeres, cuando
él era todo lo que una mujer no necesitaba. Al menos, una mujer cuerda
pensaría eso.
—¿No tienes alguna mujer con la que juntarte? —le espeté—.
Después de todo, es tu único objetivo en la vida. ¿No es así?
Se metió las manos en los bolsillos y su mirada se deslizó desde mis
pies en zapatillas de ballet de color rosa intenso hasta mis piernas desnudas
y mi vestido blanco que me llegaba a las rodillas. Era una expresión
clínica, casi aburrida.
Sin embargo, el tacto de su mirada me quemó y cuando me encontré
con sus ojos mi corazón se calmó. Había algo oscuro y caliente detrás de
sus ojos.
Algo que me resultaba familiar y que no podía identificar.
—He estado allí. Ya lo he hecho —dijo—. He terminado con eso.
Ahora estoy buscando una esposa.
Entorné los ojos hacia él. ¿Por qué pensaba que me importaban sus
planes de mierda?
—Luca, ¿estás diciendo que tus días de playboy terminaron? —Áine
se burló—. ¿Has oído eso, Maggie?
—Yay —comenté con sarcasmo—. Es un sueño hecho realidad. ¡No!
Áine me observó con curiosidad, con las cejas fruncidas.
—Escuché que estás buscando marido —dijo Cassio con tono
inexpresivo—. Quizá deberías mostrar más entusiasmo.
Si las miradas pudieran matar, Cassio King estaría muerto. Allí
mismo. Hijo de puta.
—¿Por qué? —respondí con ironía—. Nada relacionado con Benito
King me entusiasmará jamás. Y ustedes dos son recordatorios del mundo
de Benito King. —La expresión de Cassio se ensombreció—. ¿Qué pasa?
—Revoloteé mis pestañas inocentemente—. ¿Fue algo que dije?
—Maggie —reprendió Áine suavemente.
—¿Cómo va tu estatus de viuda negra? —Luca dijo arrastrando las
palabras, algo peligroso en su tono—. ¿Sigues rastreando? Los hombres
caen a tus pies. Literalmente. Es muy apropiado para el disfraz que usaste
hace mucho tiempo. ¿Recuerdas?
Se refería a la noche en que Áine y yo nos colamos en Temptation, el
club del que Cassio era dueño. La primera vez que Luca y yo nos
cruzamos. Lo peor que me había pasado.
—Cállate, maldito bastardo —siseé.
Él sonrió.
—Al menos, si aceptara casarme contigo, no me desplomaría ni
dejaría que nadie acabara conmigo antes de la noche de bodas.
Mi mano voló por el aire y estaba a punto de hacer contacto con su
rostro cuando agarró mi muñeca.
—Ah, mia bella, pensé que eras más inteligente que dejarte llevar por
las emociones.
La ira calentó mis mejillas. Traté de sacar mi muñeca de su agarre,
pero su agarre era firme. La animosidad se deslizó por mis venas y llenó
el aire.
—Te desprecio —respiré—. Prefiero tocar una serpiente que a ti,
Luca King —dije, acaloradamente—. No me acuesto con cabrones que no
saben cuándo cerrar la puta boca o que se han tirado a toda la población
femenina de la Costa Este.
La mirada de Luca se estrechó con disgusto.
—¿Preferirías que me follara a alguien en el oeste? —él respondió—
. ¿En Las Vegas, tal vez?
Mi corazón se detuvo. ¿Por qué diría eso? Nadie sabía lo que pasó en
Las Vegas excepto Áine, y ella nunca compartiría eso con nadie. Ninguno
de mi familia sabía cuándo o dónde ocurrió mi ligue.
—Me importa una mierda lo que hagas, Luca King —dije entre
dientes, tirando de mi muñeca fuera de su agarre—. Mientras estés fuera
de mi vista. —Dios, no podía soportarlo. Su sonrisa. Su persistencia. Su
buen aspecto. Su colonia—. Y por favor, mantén la distancia. No puedo
permitir que respires demasiado cerca de mí e infectes a mi hija.
Cassio gruñó y parecía que estaba a punto de maldecirme. Bueno, eso
fue un poco grosero. Y mezquino. Excepto que cada vez que Luca me
miraba como si me conociera, yo quería demostrarle que no era así.
Mi odio era fuerte, amargo. Una chispa y se encendería a través de
esta habitación, consumiendo a todos.
—Odio tus entrañas —gruñí.
Sus dientes se apretaron. Su mandíbula se tensó. Su mirada, no
impresionada por mis palabras, me estudió. Recorrió cada centímetro de
mí, estudiando las curvas de mi cuerpo, y luego volvió a mi cara. Sus ojos
se oscurecieron y brillaron con algo inequívocamente pecaminoso.
Me sacudí un escalofrío. Él lo notó, su mirada se volvió más cálida y
pesada. Este hombre veía demasiado. Quería demasiado.
Afortunadamente, mis hermanos entraron en ese momento, como tres
gánsteres irlandeses de Peaky Blinders, atrayendo la atención de todos
hacia ellos.
Aiden sintió la tensión, su mirada se centró en los hermanos King.
—Ah, ahí está mi hermanita —saludó Aiden, lanzando una mirada
apática a su tía y pasando junto a ella sin reconocerla. Todavía estaba
enojado con ella y una cosa que ninguno de los Callahan hacía fácilmente
era perdonar y olvidar.
Mis hermanos me sonrieron y me abrazaron. Se sentía como ser un
perrito caliente entre tres cuerpos grandes.
—¿Por qué no esperaste? —Kyran me regañó en voz baja.
—Podríamos haber venido todos juntos —refunfuñó Aiden en voz
baja—. No me gusta que estés sola entre los lobos.
Mis ojos parpadearon y captaron la mirada recelosa de los hermanos
King sobre mí. Nico Morrelli y su esposa acababan de llegar, pero
mantenían sus ojos sobre mí y mis hermanos.
—Puedo manejarlos —murmuré suavemente, conmovida por la
protección de mis hermanos.
—Lo sé, pero me encanta conducir a mi sobrina —comentó Kyran—
. Ella tiene que acostumbrarse a mi impresionante conducción.
Esa era otra cosa sobre mis hermanos gemelos. Corrían con sus autos
y a veces aplicaban sus habilidades a la conducción diaria. Yo estaba
acostumbrada, pero muchos no. La mayoría se mareaba con el auto o se
aterrorizaba. Yo no. A mí me encantaba. Pero desde que había quedado
embarazada, tenía mis reservas acerca de ser imprudente.
—Sabes que te encanta que conduzcamos —dijo Tyran, empujando
su hombro hacia su hermano gemelo—. Deja de ser pegajoso y déjame
abrazarla en paz.
Puse los ojos en blanco cuando Aiden los empujó a ambos fuera del
camino y presionó su boca en mi frente.
—¿Cómo te sientes?
—Aiden, acabas de verme esta mañana.
—Están siendo unos hermanos mayores sobreprotectores. —Bianca
Morrelli se tambaleó hacia nosotros, con su barriga el doble de grande que
la mía. Estaba embarazada de gemelos. Como si tener gemelas no fuera
suficientemente malo—. Créeme, sé lo molestos que son.
Miró a sus propios hermanos, Cassio y Luca King. Ese árbol
genealógico era complicadísimo.
—No somos molestos —dijo Luca, mirándola cariñosamente. Esta
faceta de los hermanos King era nueva para mí, y me costaba confiar en
ella. Hacía meses que nos habíamos enterado que los hermanos King
tenían una hermana, pero la novedad aún no había desaparecido—. Solo
estamos cuidando de ti. Ya sabes, por si tenemos que matar a tu marido.
La sonrisa traviesa en el rostro de Luca me tomó desprevenida. Me
desarmó y algo vacilante parpadeó en mi estómago. Inmediatamente lo
empujé a un lado.
—El día en que consigas matarme, Luca King, será el día en que el
infierno se congele —dijo Nico secamente, su mano envolviéndose
alrededor de la creciente cintura de su esposa—. Mis chicas y mis chicos
te patearán el trasero si tocas un solo cabello gris en mi cabeza.
Siguió una ronda de risas.
—Creo que las chicas lo están envejeciendo rápidamente —comentó
Bianca tímidamente—. Intentaron entrar en su caja fuerte.
—Buenas chicas —dijeron Cassio y Luca al mismo tiempo—. Si
consiguen entrar en la caja fuerte de Morrelli, podrán robar a cualquiera.
—Las recompensaré. —Sonrió Luca—. El doble del dinero que
saquen de la caja fuerte.
Bianca gimió. Áine y yo compartimos una mirada divertida.
—Enseñarles a robar no es una buena crianza —reprendió mi tía.
—Es gracioso que te concentres en eso considerando que la mayoría
de las personas en esta sala son asesinos —comenté secamente.
—Margaret Callahan... —empezó a decir, pero fue interrumpida
rápidamente.
—Ni siquiera empieces, carajo —gruñó Aiden en voz baja. La
amenaza en su voz y en su mirada era clara. Ya había tenido suficiente.
—Cállense todos —dijo el tío, interrumpiéndonos a todos. Su
mandíbula estaba apretada y una tormenta se gestaba en sus ojos—. Esto
ha durado demasiado tiempo.
Aiden tomó un trago, una sombra de algo oscuro pasó bajo los
océanos helados de su mirada.
Las miradas de los gemelos se habían endurecido, pasando de la
diversión al acero, mientras soltaban un gruñido bajo.
—Díselo a tu mujer —siseó Tyran—. Lleva meses con el caso de mi
hermana. Así que mira a tu maldita izquierda y encárgate de esa mierda.
Mis ojos ardían. Mis hermanos me enorgullecieron mucho y su amor
hizo que mi corazón se encogiera de calidez. Jesús, lo último que
necesitaba en este momento era empezar a llorar.
La tensión palpable robó el oxígeno en la habitación. Mis hermanos
no retrocederían. Nunca lo hicieron. E incluso si estaba equivocada, me
apoyarían. Cassio y Luca observaron con interés, pero no intervinieron.
Áine parecía un poco molesta.
—Odio decirlo, pero es hora que lo dejes pasar, mamá —finalmente
rompió el silencio—. Te dije que todo salió bien.
—No, lo que Margaret hizo estuvo mal y tú pagaste el precio. —Dios,
mi tía podía ser tan perra.
Pero he tenido suficiente. No aguantaría esta mierda. Ni contra mí ni
contra mi hija. Enderecé mis hombros y fijé mis ojos en Cassio.
—Ella era el objetivo final todo el tiempo —declaré finalmente. No
había ninguna acusación en mi voz. No había amargura. Solo una
afirmación.
Me negué a retroceder, mis ojos se entrecerraron en el marido de mi
prima. No parecía molesto.
—¿No es así? —exigí saber.
—Lo era —respondió, con voz fría. No había ninguna disculpa en su
tono ni en su mirada oscura. No es que lo esperara, ni lo quisiera.
Volviendo mi atención hacia mi tía, la fulminé con la mirada.
—Ya está, tía —declaré victoriosa—. No importa lo que haya hecho,
no puedes usar esta mierda en mi contra. Si no puedes superarlo, me largo
de aquí. No necesito esta mierda.
Ella suspiró, pero prácticamente podía escuchar los dientes de mi tío
rechinando bajo su mandíbula apretada.
—No, no te vas a ir de aquí. Eres mi sobrina. Somos una familia.
Resolveremos esto y seguiremos adelante.
Sonreí ante sus palabras.
—¿Resolver qué? —exigí saber—. Por lo que sé, es tu esposa la que
no puede dejarlo pasar. Ella no quería que su hija formara parte de este
inframundo. Pero seguro que no le importaba joder con los hombres que
hay en él. —Mi tío gruñó y su expresión se oscureció, pero yo estaba
demasiado lejos para ser precavida—. Y seguro que no le importó
acercarse a la mafia cuando le convino.
El rostro de mi tía se puso rojo, la mujer usualmente elegante
coloreada por la furia.
—¿Cómo te atreves...?
Di un paso adelante, poniéndome en su cara.
—Deja de actuar como si fueras mejor —espeté—. Te casaste con
esta mierda. Mira a tu marido. Dirige la maldita mafia, no el parlamento.
Sí, sabía que estaba fuera de lugar. Estaba siendo una perra. Pero a la
mierda, ya había tenido suficiente.
El tío negó con la cabeza.
—Margaret, en primer lugar no le hablarás así a mi mujer. —El tío
estaba furioso, pero su rabia no se comparaba con la mía. Podía sentir los
ojos de todos yendo de un lado a otro, conteniendo la respiración. Mis
hermanos estaban a mi espalda, como un escudo listo para proteger—. En
segundo lugar, mi esposa se disculpará por el mal rato que te ha hecho
pasar.
La expresión en el rostro de mi tía decía que preferiría morir antes
que disculparse. Y de repente, me cansé de todo y de todos.
—¿Sabes qué? —Me burlé, la furia hirviendo a través de mis venas.
No importaba lo que hiciera o intentara, nada sería lo suficientemente
bueno. En la mente de mi tía, destruí sus sueños para Áine—.
Malditamente no molestes. Porque he terminado con esta familia. Ya he
terminado contigo. Fuiste tú y tú querida esposa los que hicieron los
arreglos de la maldita boda sin hablar conmigo. ¿Me quejé? No. A pesar
que la familia King asesinó... —Me corté en seco. Casi meto la pata—. Se
aprovechan de los inocentes. Asesinándolos. —Entonces entrecerré los
ojos hacia mi tía—. Pero una maldita cosa no salió como su majestad
quería, y nunca dejará de reprochármelo.
—Margaret, no... —Mi tío trató de apaciguar la situación, pero ya
había pasado tanto tiempo que no había mucho que pudiera decir o hacer.
—Ahorra tu aliento, tío —lo corté—. Me voy.
—Maggie, por favor, no —suplicó Áine y la culpa se hinchó en mi
pecho.
Pero no podía quedarme, ni siquiera por ella. Al parecer, mis
hermanos tenían la misma opinión porque me siguieron de cerca.
Caminé hacia mi prima y le di un beso en la mejilla. Se sentía como
un adiós.
—Hablaré contigo la próxima semana —le dije en voz baja. Aunque,
eso podría no ser cierto.
Porque ya había tomado una decisión.
Desaparecería.
CAPÍTULO 11
Luca
Salí de la mansión Callahan apenas cinco minutos después de
Margaret.
El motivo de mi visita salió furiosa, así que no tenía sentido
quedarme. Bajé las escaleras y mis pasos se detuvieron.
—Hijo de puta —murmuré.
Mi maldito auto estaba parado en medio del césped de los Callahan.
En llamas.
—Mi puto auto favorito —refunfuñé mientras me acercaba al infierno
en llamas. Había restos de lápiz labial rojo en el parabrisas. Las llamas
parpadeaban a su alrededor, consumiendo el vehículo.
¿ES HORA DE OTRA BALA?
Negué con la cabeza. Ella ciertamente sabía cómo empujar mis
límites. Me encogí de hombros y planeé mi venganza. Las represalias
estaban fuera de discusión. Ella estaba embarazada de mi hija. Pero eso no
significaba que no pudiera darle una lección a mi mujer a través de sus
hermanos, ya que claramente la ayudaron. Y ella los amaba mucho.
Unos celos oscuros e indeseados se deslizaron por mis venas.
Sabías que las cosas iban mal cuando estabas celoso de sus hermanos.
Encontré a sus hermanos, solo a los gemelos, en The Eastside, el pub
irlandés que pertenecía a Liam Brennan. Los cabrones tuvieron suerte de
no estar en su propio bar porque habría incendiado ese establecimiento.
Sea como fuere, no necesitaba empezar una mierda con Liam
Brennan. Así que esperé. Y esperé. Apoyado en mi auto no favorito, me
ocupé de mis asuntos mientras veía a los borrachos salir a trompicones del
bar.
No tuve que esperar mucho para ver a los gemelos, una pequeña rubia
despampanante apretada entre ellos, deseosa de ser follada de cinco
maneras hasta el domingo.
Hoy no, cariño.
—Hola, chicos —los saludé, con mi arma apuntando discretamente a
Tyran. O tal vez era Kyran. Me daba igual. Esos dos preferirían morir antes
de permitir que le pasara algo al otro. Dirigiendo una mirada a la rubia,
que ya jadeaba como si estuviera en celo, añadí—: Cariño, vete. —Como
no se movió, gruñí—. Ahora mismo.
Eso la puso en marcha. Ella miró por encima del hombro.
—Llámenme.
¡Idiota!
Los hermanos gemelos de Margaret eran peores que yo cuando se
trataba de putear. Ella apenas habría conseguido una fracción de noche.
La mandíbula de los gemelos se tensó casi en sincronía, pero ninguno
de ellos dijo una palabra. El conocimiento de por qué estaba aquí estaba
escrito en sus ojos. Esos ojos azules que me recordaban a la mujer que
quería. Y eso me cabreó aún más.
—¿Su auto o el mío? —dije.
Tyran se encogió de hombros.
—La última vez que vi tu auto me pareció una hoguera.
Un ardor recorrió mis venas. Así que lo golpeé. Con fuerza.
¿Por qué diablos esperar?
Kyran intentó atacar, pero lo apunté con el arma.
—Yo no lo haría si fuera tú. Voy a darte una lección, pero no dudaré
en matarte si es necesario.
Era una mentira descarada, pero no necesitaban saberlo. Además,
tenía un pecado que pesaba sobre mí. La muerte del padre de Margaret.
Kyran levantó las manos, pero su mirada permaneció fija en mí y en
su hermano. Un movimiento en falso y no dudaría en acabar conmigo.
Así que también lo golpeé. Con fuerza.
Su cuerpo se desplomó contra el pavimento mientras perdía el
conocimiento. Era más seguro para él de esa manera.
—Maldito bastardo —gruñó Tyran.
—No te preocupes, imbécil. A ti también te llegará la hora.
Apretó los dientes, pero no dijo una palabra más. Tenía una expresión
oscuramente entretenida mientras me estudiaba en busca de mis
debilidades. No tenía muchas. Aparte de su hermana. De nuevo, eso era
algo que había que saber y nadie necesitaba saberlo.
—¿De quién fue la idea de quemar mi auto? —exigí saber.
La puerta de la discoteca se abrió y con ella la música a todo volumen
viajó hacia nosotros.
—Mía —gruñó.
No era en absoluto suya. Los gemelos podían ser imprudentes, pero
no tan locos. Además, sabían que podía iniciar una guerra por ello. No es
que lo haría. Quería que Margaret estuviera protegida, no en medio de un
baño de sangre.
—¿Estás seguro?
—Sí.
La satisfacción llenó mi pecho porque protegería a su hermana a toda
costa.
Así que, en lugar de golpearlo más, me volví hacia la fila de autos.
—¿Cuál es el tuyo?
Tardó un segundo en contestar.
—Aston Martin.
Sonreí.
—Ahh, ¿un fan de James Bond?
No contestó. Pero le disparé a todos sus neumáticos y luego metí una
bala en su parabrisas.
—Considérate afortunado. La próxima vez será tu cerebro.
Una vez que me casara con Margaret, las cenas familiares serían
asuntos alegres.
Ya podía verlo.
CAPÍTULO 12
Margaret
Miré por la ventana, el océano Atlántico se extendía hasta donde
alcanzaba la vista. El agua estaba agitada, el huracán en el mar se
asemejaba al estado de mi alma. Era la primera semana de septiembre y el
segundo huracán del mes ya estaba en marcha. Uno tras otro.
Mientras el tío Jack prefería quedarse en la ciudad, mi casa familiar
estaba en Long Island. Mi madre odiaba visitar al tío. A menudo incluso
se negaba a ir a la ciudad. Tal vez en ese entonces ella temía encontrarse
con el tío. O tal vez Benito, su amante secreto.
Realmente me gustaría saber qué diablos fue la historia allí. Rebuscar
en las cosas de mi madre no proporcionó respuestas. Leer su diario aún
menos. Había abreviaturas y declaraciones que no tenían sentido a lo largo
de sus diarios.
De todos modos, nada de eso importaba ya. Pronto lo dejaría todo
atrás, de una forma u otra.
Me quedé quieta junto a la ventana, mirando el horizonte burlándose
de la libertad que estaba tan cerca y a la vez tan lejos. El sol se puso en el
horizonte, creando sombras de luz. Tan malditamente apropiado ya que
había sombras en mi vida que prácticamente podía sentir acechando a mi
alrededor.
Sintiendo ojos en mí, me acurruqué en la esquina de la ventana, detrás
de las persianas, dejando que mi mirada vagara sobre la línea de árboles
en la esquina de la propiedad. El lado que normalmente ignoraba, porque
el océano era más tentador.
Fue entonces cuando vi una sombra. Ladeó la cabeza, levantando la
cara y mirándome fijamente. Levantó ligeramente la barbilla, pero la luz
de la luna no era lo suficientemente brillante. Mantenía la sombra sobre
sus rasgos.
Sin embargo, de alguna manera, su mirada me atravesó de todos
modos. Se sentía como pequeñas agujas afiladas rozando mi piel. Un
destello de dientes, su boca estirándose en una sonrisa malvada y
satisfecha. Mi respiración se atascó en mi garganta, y mis pulmones se
llenaron con el calor de un infierno.
Contuve la respiración y, antes que pudiera decidir qué hacer, se dio
la vuelta y se alejó. Lentamente. Con determinación.
Las misteriosas muertes de mis prometidos tenían algo que ver
conmigo. Estaba segura que, de alguna manera, yo era el final del juego.
Excepto que no podía entender por qué. Después de la mierda con Cassio,
que sentí que en el gran esquema de las cosas que ni siquiera era mi culpa,
acepté mi destino. Me casaría con un irlandés decente que me ayudaría a
criar a mi hija.
No podía decidir si estaba feliz o no de tener una niña. A los hombres
les iba mucho mejor que a las mujeres en este mundo. Sobre todo en el
inframundo. Por otro lado, me encantaba la idea de tener una niña. La
protegería y la mantendría alejada de la mafia. Ella estaba destinada a algo
mejor. Lo garantizaría sin importar lo que me costara.
Esta vida nunca me había molestado. No hasta que me dijeron con
quién casarme. Debería poder decidir con quién vincularía mi vida o
incluso si quería un marido. Mi hija nunca tendría que pasar por lo que yo
he pasado si me salgo con la mía. ¿Cuántas veces debe ser tratada una
persona como mercancía antes de que sea suficiente? Comenzando con
Cassio y terminando con el último imbécil. Al menos Cassio estaba vivo,
los últimos cuatro murieron en circunstancias misteriosas.
Eso no auguraba nada bueno para mi reputación.
Un pesado suspiro me abandonó. La exigencia de mi tío de que me
casara y el hecho de cortarme el acceso a todos mis fondos hasta que fuera
una mujer casada era una maldita pesadilla. No fue mi culpa que esos
jodidos hombres cayeran muertos como moscas. Yo no tenía nada que ver
con eso. Era como si me acusara de haberlos matado.
Uf, tenía que irme de aquí.
Si al menos pudiera conseguir algo de ese dinero, podría salir y
empezar de nuevo en alguna parte.
—¿Qué estás haciendo, Maggie?
Me giré al escuchar la voz de mi hermano mayor. Aiden era el mayor
de mis tres hermanos. También, mi favorito. Por supuesto, nunca lo
admitiría ante nadie. Quería a mis tres hermanos. Tyran y Kyran, al ser los
gemelos, la mayoría de las veces tenían sus propias cosas y lo compartían
todo. A veces juraba que incluso compartían novia.
Aunque no tenía pruebas, estaba bastante segura de que mis sospechas
eran correctas. Una vez, cuando les llamé la atención, se encogieron de
hombros, compartieron una mirada y se alejaron. Si eso no era una
confirmación, no sabía qué era.
—Nada —le respondí a mi hermano mayor.
Entrecerró los ojos, azules como los míos. Esperó, pero cuando me
negué a dar más detalles, negó con la cabeza.
—¿Es necesario que te diga que te conozco mejor de lo que te conoces
a ti misma? —refunfuñó.
Puse los ojos en blanco.
—¿Es necesario que te diga que no eres mi padre?
Un dolor sordo atravesó mi pecho. Da. Mi padre. Sus palabras
resonaron en mis oídos. Siempre sabré lo que piensas, mo chailin milis6.
Y siempre sabrás que te amo.
Siempre me llamaba “mi dulce niña” y siempre me hacía sonreír.
—No soy Da —aceptó Aiden—. Pero puedes contarme cualquier
cosa.
Cualquier cosa. Todo. Nada.
Excepto que no podía decirle esto. El recuerdo inconexo de la muerte
de papá y la traición de mamá. No podía recordar cómo llegué al hospital.
No podía recordar cómo llegamos a casa después de que papá me recogiera
de la escuela. Entonces, ¿cómo es posible que me crean cuando diga que
mamá tuvo algo que ver con la muerte de papá?
—Sobre la bebé, Maggie...
6
Mi dulce niña en irlandés.
Dejé escapar un suspiro pesado, luego lo detuve.
—Aiden, si vas a volver a preguntarme el nombre del padre del bebé,
no te molestes.
Metió las manos en los bolsillos de sus jeans y se apoyó contra la
pared. El movimiento me recordó a alguien, pero no pude recordar quién.
No es que importara.
—No iba a preguntar por el padre del bebé —afirmó con calma—.
Pero sé cuando estás tramando algo. Y tú estás tramando algo.
El pensamiento se ha estado gestando en mi mente durante un tiempo,
pero no sabía cómo hacerlo realidad. Así que, técnicamente, no estaba
tramando nada. Al menos, todavía no.
—Sé que eres diez años mayor que yo, Aiden —comenté en su lugar.
Era mejor que mentirle—. Pero eso difícilmente te hace más inteligente
que yo —agregué con una sonrisa con la esperanza de desviar su atención
de mí y mis pensamientos.
Se burló, luego se apartó de la pared y caminó hacia mí. Era alto,
medía uno ochenta y se alzaba sobre mí con una expresión ilegible.
Excepto que conocía a Aiden como la palma de mi mano. Mientras que
para los extraños era una amenaza, para mí solo era un hermano
sobreprotector.
Me condujo al balcón a pesar del fuerte viento que soplaba desde el
océano. Una vez que estuvimos junto a las barandillas, se volvió hacia mí.
—Estás huyendo, ¿verdad? —La culpa me invadió. Al parecer, mi
hermano me conocía mucho mejor de lo que yo creía. Confiaba en él con
mi vida, pero con esto, no estaba tan segura. Así que dudé.
Aiden siempre me apoyó, pero también me quería cerca. Le
preocupaba dejarme extender mis alas. Y sí, se enfrentó al tío y a su esposa
en mi defensa.
Pero cuando se trataba del negocio de la mafia y de hacer alianzas,
Aiden seguía los decretos del tío. Era la razón por la que había asumido
más y más responsabilidades. Pronto se haría cargo de la organización
criminal del tío.
Sintiendo mi dilema, levantó la mano y pasó un dedo por mi nariz.
Como cuando era niña y algo me molestaba.
—Maggie, estoy de tu lado. Pase lo que pase.
—No puedo soportar otro prometido —gruñí.
Él asintió.
—De acuerdo.
El último destello de vacilación se atenuó y ya nada pudo retener mis
palabras.
—No puedo hacer esto —respiré—. No sé por qué estos hombres
siguen muriendo, pero no puedo aceptar otro. He terminado.
Nací en este inframundo, pero no quería morir en él. Y quienquiera
que estuviera matando a estos hombres... mi sexto sentido me advirtió que
yo era el motivo. Algunos días casi podía sentir su mirada atravesándome
desde las sombras. Como antes.
¿Quién era ese extraño?
—Hablaré con el tío —dijo—. Lo haré entrar en razón. Que acabe con
el desfile de prospectos.
Suspiré.
—Quiero salir. Fuera de este mundo. Fuera de cualquier futuro
matrimonio arreglado. Solo fuera. Por mi bebé y por mí.
La comprensión brilló en su mirada azul y se pasó la mano por el
cabello oscuro como el carbón. Nuestro color era tan idéntico que no había
duda de nuestro parentesco. Pero en cuanto al carácter, los dos éramos muy
diferentes. Yo era impulsiva y salvaje. Aiden no lo era. Me metía en
problemas con bastante frecuencia mientras crecía y alguien siempre tenía
que rescatarme. Aiden se metía en problemas, pero siempre salía solo.
—Así que quieres huir —afirmó con calma. Debería haber enviado
una alerta a través de mí, pero no lo hizo. En este momento, no tenía nada
que perder. Sin ayuda, no podría salir de esta prisión—. Pero necesitas
fondos.
El viento se había levantado y tirado de mi cabello. Un escalofrío
recorrió mi cuerpo. Ya sea por la idea de estar completamente sola o por
el viento, no estaba segura.
—Sí. —No había razón para andarse con rodeos.
—¿Estás segura?
—Absolutamente —dije. No me molesté en decirle que estar sola me
aterrorizaba. Crecer en nuestra familia irlandesa significaba estar siempre
rodeado de alguien. Padres. Hermanos. Primos. Tíos. Tías. Nunca había
un momento aburrido. Si querías estar solo, te encerrabas en un baño.
—Es un paso enorme —señaló, rascándose la mandíbula como si
estuviera repasando todos los puntos que yo debería saber.
—Soy consciente —comenté secamente—. Pero no puedo hacer otra
fiesta de compromiso. Otra ronda de felicitaciones mientras se me llama
viuda negra en voz baja.
—Si me das sus nombres, podría matarlos fácilmente —dijo con una
sonrisa despreocupada. Tan típico de alguien de la mafia lanzar eso.
—Bueno, tendrías que matar a un buen número de nuestra propia
familia —repliqué con ironía—. Ni siquiera me gusta la idea de casarme
con alguien solo porque estoy embarazada.
Mi mano se acercó a mi barriga y la froté cariñosamente. Sentir el
movimiento de la bebé dentro de mi estómago era una sensación
indescriptible. Hasta ahora me he enamorado de mi hija dos veces. El día
en que vi su pequeño parpadeo en la ecografía y el día en que la sentí
moverse dentro de mí. Desde entonces, haría cualquier cosa, y digo
cualquier cosa, por ella.
Robar. Engañar. Matar. Cualquier cosa.
—¿Por qué no puedo tener a la bebé por mi cuenta? —murmuré,
hablando conmigo misma.
—Porque nuestra familia es muy anticuada —afirmó Aiden con
naturalidad.
—Seguro que si dejas embarazada a una chica, harán lo que tú digas.
No se molestó en corregirme. Ambos sabíamos que harían todo lo que
Aiden dijera o decidiera. Aprendieron pronto que una forma segura de
perder a sus hijos era imponerles su voluntad. Mamá no podía disciplinar
ni controlar a los chicos, así que acabé recibiendo una doble dosis de todas
sus acciones disciplinarias.
La vida simplemente apestaba a veces.
—¿Puedes ayudarme? —dije con voz áspera, mirándolo a los ojos.
Si las circunstancias fueran diferentes, ocultaría mi desesperación.
Pero tenía que hacerlo. Era por mi chica. Para que pudiera saborear la
libertad y una vida feliz. No la atada por la mafia irlandesa.
—Mierda —refunfuñó—. Voy a estar en la mierda de cerdo 7 si alguna
vez sale a la luz.
La esperanza se iluminó en mi pecho.
—No lo estarás —dije rápidamente—. Nadie lo sabrá nunca. No le
diré a nadie. Ni siquiera a Áine.
Aiden se encogió de hombros. —Sinceramente, me importa una
mierda que el mundo lo sepa. Los pondré a todos en su sitio. Imbéciles. —
Mis labios se curvaron ante su respuesta. Ese era mi hermano. Dispuesto
a cualquier desafío—. Tengo curiosidad, ¿cómo es que Áine no te ayudó?
Tragué. Mis hermanos y ella serían lo más difícil de dejar atrás. El
dinero también, pero principalmente ellos.
—No me atreví a pedírselo —admití en voz baja—. Ella me ayudaría,
pero no quería que guardara un secreto a Cassio y al tío Jack.
Un suspiro sardónico lo abandonó.
—Bueno, fue el tío Jack quien te puso en esta situación. Y Cassio
King te jodió. Así que te debe mucho.
Eso ya no importa. No me detendría en el pasado. No me llevaría a
ninguna parte. Tenía que pensar en el futuro.
—¿El padre de la bebé estaría dispuesto a ir contigo? —Aiden
preguntó en voz baja—. Odio que estés sola.
7
pig shit expresión en inglés que significa que va a estar en problemas.
Las lágrimas quemaron en la parte posterior de mis ojos. Se me formó
un nudo en la garganta amenazando con hacerme sollozar. El embarazo
me había puesto tan malditamente emocional que me estaba poniendo de
los nervios. No importaba que fuera por otra persona.
De repente, Aiden me atrajo hacia su pecho y las lágrimas ganaron.
Mi cuerpo se estremeció con los sollozos y el consuelo de mi hermano solo
me hizo llorar más fuerte. No tenía ningún maldito sentido. Todavía no
había perdido a mi familia, pero lloraba la pérdida. Hermanos. Primos.
Incluso mi madre por todas sus formas duras.
—Superaremos esto —murmuró en mi cabello—. Primero
terminamos con esta fila de hombres para que te cases. Piensa en ello como
unas vacaciones hasta que superemos toda la mierda. Un día, nos
sentaremos todos junto al fuego, compartiremos historias de nuestras
aventuras y la tuya podría ser la más grande de todas.
Sobre nosotros, el cielo tronó de repente, los primeros signos de una
inminente tormenta.
Era el primer presagio de lo malo que estaba por venir.
CAPÍTULO 13
Luca
Observé a Margaret entrar tranquilamente en el edificio de su
obstetra, con la boca envuelta alrededor de la pajita de su batido de frutas.
Ella había estado bebiendo esos como si fueran a pasar de moda.
Una vez que estuvo dentro, yo también entré en el edificio. Utilicé la
escalera reservada a los empleados del edificio. Beneficios de comprar el
negocio del mejor obstetra del país.
Su familia quería que su médico de cabecera la tratara, pero de repente
se volvió “no disponible” cortesía de mi soborno. Alineé a la doctora
Calabro que era una de las mejores. También estaba en mi nómina.
Me mantenía al tanto del progreso de Margaret y de la bebé. También
me permitía estar presente en todas las visitas médicas de Margaret. Sin
que ella lo supiera.
Tomé mi lugar habitual en la sala detrás de la que se vería a Margaret.
Justo cuando ocupé mi lugar habitual, la puerta se abrió y vi a través de la
ventana cómo Margaret entraba en la habitación. Lo único que me
separaba de ella era el cristal unidireccional que me permitía observar la
cita.
—Debes ser la médico más rápida o mejor organizada de este planeta
—observó Margaret—. Todavía no he agarrado ni siquiera una revista
cuando vengo a mis citas.
Mis labios se curvaron. Ella no sabía que estaba recibiendo un trato
preferencial. Los médicos pensaron que cuanto antes la vieran y ella
saliera por la puerta, antes se desharían de mí.
—Nos enorgullecemos de nuestra eficiencia —mintió la doctora
Calabro con una sonrisa en el rostro. La mujer no me soportaba pero le
gustaba Margaret. Me caí de su gracia cuando la hice ver a Margaret en su
cita en lugar de apresurarse a la cesárea de emergencia que debía realizar.
—Ya conoces el procedimiento —le dijo la doctora Calabro,
sonriendo mientras se ponía un par de guantes de látex.
Margaret comenzó a despojarse de su ropa para poder ponerse la bata
de papel desechable. Debería apartar la vista. Era lo mínimo que le debía,
pero no lo hice. En cambio, admiré cada centímetro de su cuerpo más
redondo y suave. Era preciosa.
Su piel era suave, del color del marfil. Se quitó las sencillas bragas de
seda y las bajó por las piernas. Su cabello de ébano se derramó sobre su
espalda mientras se inclinaba, con esas piernas tonificadas tentándome.
¡Dios mío!
Toda la sangre se precipitó a mi ingle. Mi corazón galopó en mi pecho
y casi empecé a jadear, con la polla medio dura. Este anhelo de tocarla era
como una droga tomando residencia permanente en mis venas.
Una obsesión que nunca sería capaz de superar.
Ansiaba pasar mis dedos por su cabello mientras ella envolvía mi
polla con sus labios y me miraba con sus hermosos ojos.
Se puso la bata y sus ojos parpadearon hacia la ventana. Como si
pudiera sentir mis ojos en ella.
No pude evitar preguntarme cómo serían las cosas si dejara de luchar
contra mí. De odiarme. Si tan solo me dejara ser parte de su vida. Quería
acariciarle la espalda, alimentar sus antojos y sentir a nuestra hija moverse
dentro de su vientre. Habríamos venido juntos a cada cita, soñando con el
futuro de nuestro bebé.
En cambio, me lo estaba perdiendo todo.
Para mi consternación, parecía haber aceptado tener a nuestro bebé
sola. La obstinada mujer se negaba a pedir ayuda a nadie.
Sentándose en la mesa de examen, se recostó. Observé cómo la
doctora escuchaba sus los latidos de su corazón y luego le tomaba la
presión arterial. Luego usó la máquina de ultrasonido para escuchar los
latidos del corazón de la bebé y ver cómo se movía.
Mi niña apareció en la pantalla en blanco y negro y mi corazón se
apretó. Pero era ese sonido silbante del corazón de la bebé lo que me
emocionaba cada maldita vez. Era la mejor música del planeta. Me aseguré
que la doctora Calabro grabara esas sesiones cada vez, para poder dárselas
a mi pequeña algún día.
Observé cómo el cuello de Margaret se balanceaba y sus ojos azul
marino se empañaban. Se limpió rápidamente los ojos con el dorso de la
mano.
—¿Estás bien? —le preguntó la doctora Calabro. Normalmente
Margaret mantenía sus emociones bajo control, enterradas en algún lugar
profundo donde nadie pudiera verlas. Imaginaba que solo sus hermanos
solían ver su lado blando.
¡Mierda!
Ansiaba verlo. Como aquella noche en Las Vegas. Un momento
fugaz. Esa pequeña ternura me mostró más que todas sus duras palabras
cuánto se escondía.
—¿Puedo tocarlo? —murmuró, con sus ojos clavados en mi
herramienta. Deseé que se quitara la máscara. Quería verle toda la cara.
Quería que me viera. Esta noche con ella era aún más explosiva de lo que
había imaginado.
Y había imaginado mucho.
Bajó por mi cuerpo, sin apartar los ojos de mi polla. Mi polla se agitó,
lista para otra ronda con ella. Acababa de terminar de limpiarla a ella y
luego a mí mismo de su sangre virgen. Dios mío, ella era virgen.
¡Mía! Esas eran las palabras que se repetían en mi cerebro.
Mía. Mía. Mía.
La posesión obsesiva no se acercaba a describir lo que sentía por
esta mujer.
—No hay nada que me gustaría más —dije con voz áspera.
Su suave mano palmeó mi rígida longitud y me quedé sin aliento.
Sabía que tendría que tenerla de nuevo, pero primero la dejé estudiar mi
piercing.
—¿Te dolió cuando te lo hiciste?
—Un poco. —Controlar el celo en este momento me dolía más, pero
no creí que ella apreciara esas palabras.
Entonces me sorprendió cuando se inclinó y pasó su lengua por mi
longitud, deteniéndose en el piercing. Su lengua giró alrededor de él y
perdí mi frágil control. Mis caderas se agitaron, empujando su cálida
boca.
Ella gimió y empujé mis dedos en su cabello para poder observarla
mientras movía la cabeza hacia arriba y hacia abajo.
—Tus ojos —gruñí—. Mírame cuando me chupes la polla.
Ella obedeció inmediatamente. Fue la única vez que esta mujer me
obedeció. Por supuesto, ella no sabía que era yo.
—Mierda. —La sensación de su boca caliente alrededor de mi polla
hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo. Acababa de follármela
y casi vuelvo a disparar mi carga, esta vez en su boca allí mismo—. Si me
pongo demasiado rudo, golpéame el muslo.
Margaret tarareó y luego parpadeó hacia mí, con los ojos llorosos
por mi tamaño.
Christo Santo.
Nunca maldigo en italiano, pero con ella, mi cerebro dejaba de
funcionar.
Empezó a lamer y a chupar, lentamente al principio, pero luego fue
adquiriendo un ritmo que hizo que su cabeza se moviera hacia arriba y
hacia abajo. Si bien ella pudo haber sido virgen cuando empezamos,
estaba claro que su boca no lo había sido. ¡Mierda! Ella sabía cómo
complacerme.
Mis dedos agarraron su cabello y mi otra mano se dirigió a la parte
posterior de su cabeza.
—Eso es —gruñí—. Chupa esa polla.
Ella gimió y la vibración de su garganta recorrió mi columna
vertebral. Empecé a empujar mis caderas dentro de ella, más rápido y más
fuerte. Los únicos sonidos en la habitación eran mis respiraciones
entrecortadas, la carne chocando contra la carne y las arcadas
procedentes de su garganta.
Sus uñas se clavaron en mis muslos, pero nunca los palmeó.
Me retiré de ella y la hice rodar sobre su espalda. Un chillido de
sorpresa se le escapó cuando me introduje en su apretado coño.
—Ohhhh —gimió. Mierda, estaba empapada.
Era mi maná. Mi cielo. Mi salvación.
La follé con fuerza. Temía romperla, pero cada vez que me relajaba,
gruñía y sus uñas se clavaban en mis hombros.
—Más —suplicó, con sus ojos brillantes de placer mirándome.
Agradecí que su máscara no me ocultara eso.
Empujé más rápido y más profundo, sintiendo cómo se deshacía a mí
alrededor con gemidos hasta que yo también me derrumbé en el orgasmo
más poderoso que jamás había sentido. Me atravesó con tal intensidad
que temí que ambos desapareciéramos.
Al oír la voz de Margaret, los recuerdos se desvanecieron y quedaron
las consecuencias.
—Sí, estoy bien —aseguró Margaret. Sus palabras me devolvieron al
presente—. Solo... —Tragó, su delicado cuello se movió ligeramente—.
Es que nunca pensé mucho en tener hijos. Y ahora, es indescriptible, y no
tengo a nadie con quien compartirlo.
Si solo me dejara ayudarla. Si solo me quisiera tanto como yo la
quiero a ella. Lo compartiría todo con ella. Lo bueno, lo malo... todo,
carajo.
—Lo estás compartiendo conmigo —dijo la doctora suavemente. La
doctora Calabro encontró su tierno corazón en algún lugar de su bata
blanca. O tal vez porque sabía que yo estaba aquí mirando, ella esperaba
entrar en mi buena gracia. Sabía que yo era el dueño del consultorio ahora
porque su padre la cagó—. La bebé está sana. Estás saludable. A veces
tenemos que contar pequeñas bendiciones para saber que somos los
afortunados.
—Tienes razón —estuvo de acuerdo Margaret—. Estas hormonas del
embarazo son unas asesinas —dijo con humor fingido—. Por cierto, ¿hay
alguna posibilidad de que pueda obtener otra recarga de vitaminas
prenatales?
La doctora Calabro frunció el ceño.
—¿No te di una caja la semana pasada?
Margaret bajó los ojos, de repente muy interesada en estudiar sus
uñas.
—Podría perderme nuestra próxima cita, así que quería asegurarme
de tener suficientes.
La doctora frunció las cejas.
—¿Hay algo que deba saber?
—No. Solo una precaución.
No lo era. Mis chicas huirían.
CAPÍTULO 14
Margaret
La culpa se abatió sobre mí.
El tío no quería oír la posibilidad de dejarme soltera. Ya estaba
preparando el siguiente prospecto. Aiden estaba arriesgando mucho al
ayudarme.
Mi hermano había organizado todo para mí. Me consiguió suficiente
dinero para un año. Me preparó un hotel para alojarme antes de ir a una
pequeña casa de campo en una zona remota del norte de Italia donde los
únicos habitantes parecían ser ancianos, olivos y cabras.
Sí, cabras.
Aiden conducía su moto como un loco, luchando contra el tráfico de
Long Island. Andar en moto durante el embarazo no era la mejor decisión,
pero era la única forma de asegurarnos de llegar a tiempo al aeropuerto.
No podíamos arriesgarnos a llevar equipaje, así que lo único que tenía era
una mochila grande de Vera Bradley con lo necesario para ponerme en
marcha y cincuenta mil dólares bien guardados en uno de los bolsillos
interiores. La cremallera que Aiden había instalado tenía incluso un
candado para que no hubiera accidentes.
—Siempre he querido visitar Italia —bromeé, hablando por el
micrófono del casco.
Aiden se rio.
—Es el último lugar donde alguien te buscará.
—Estoy deseando conocer a las cabras —dije entre risas.
El tráfico estaba de nuestro lado. En menos de una hora, nos
detuvimos frente al aeropuerto JFK. Una vez que llegamos allí, Aiden
estacionó su moto y me ayudó a bajar. Con mi bulto cada vez mayor, el
equilibrio se estaba convirtiendo rápidamente en un problema.
Todo el aeropuerto y las calles de alrededor bullían de vida.
Cada vez que había viajado en el pasado era en avión privado. Esta
vez, tendría que tomar un vuelo comercial. Mi primer vuelo comercial, y
lo haría sola.
Bueno, no sola. Me froté la barriga. Mi bebé también lo
experimentaría. Gracias a Dios, ella todavía estaba dentro de mí. A salvo,
horneada y protegida de este mundo de locos. Pero temía la soledad.
Sollocé.
—¿Crees que estoy siendo cobarde?
—No. —No había ni una pizca de duda en la voz de Aiden—. Solo
quiero que seas feliz. —Me rodeó con sus brazos y enterré mi cara en su
pecho—. Esto no es un adiós, hermanita.
Me entregó mi pasaporte. —Es falso —dijo en voz baja—. En cuanto
aterrices en Europa, deshazte de él. Entonces usa este —me entregó otro
pasaporte—, si alguna vez necesitas salir de la UE.
Agarré rápidamente el pasaporte de repuesto, abrí mi bolso, luego abrí
el bolsillo interior con el dinero en efectivo y lo metí allí.
Nos apresuramos a entrar en la zona de salidas y nos dirigimos
directamente al mostrador de boletos. Usando la tarjeta de débito
precargada que Aiden me proporcionó, compré un boleto de ida y vuelta a
Roma sin intención de regresar. Cuando Aiden me lanzó una mirada de
curiosidad, me encogí de hombros.
—Es más barato.
Nerviosa, deslicé el pasaporte por el mostrador. Me temblaba la
mano, pero rápidamente la bajé y la dejé colgar libremente por mi cuerpo.
La mujer escaneó el pasaporte y mi corazón casi explotó cuando escuché
el pitido.
—Listo —anunció, y luego miró por encima del hombro, dando una
orden en italiano. Me quedé inmóvil, congelada e incapaz de procesar sus
palabras.
—Eficiencia en su máxima expresión. Gracias —dijo Aiden,
agradeciéndole con una amplia sonrisa. La mujer se sonrojó.
—El placer es mío. —Su tono bajó y, de repente, se puso en modo de
seducción.
La mano de Aiden se envolvió alrededor de mi brazo y me apartó
hacia la seguridad.
—¿Qué fue eso? —murmuró en voz baja.
Parpadeé confundida.
—Umm, creo que estaba coqueteando contigo.
—Eso no —refunfuñó exasperado—. Te estás congelando. No puedes
estar haciendo eso.
Lamí mis labios. De repente me sentía sedienta y paranoica. —Pensé
que el pasaporte no funcionaba —susurré—. Me entró el pánico.
—Funcionará —dijo Aiden con convicción.
Los nervios retorcieron mi estómago en nudos. Mis manos temblaron.
Mi corazón se aceleró. Esperaba que toda esta emoción no perjudicara al
bebé.
—¡Vitaminas prenatales! —exclamé—. Olvidé mis vitaminas
prenatales.
Mi memoria ha sido horrible desde que me quedé embarazada. No
podía recordar lo que había hecho o dejado de hacer últimamente. La
mirada que me dio Aiden decía que cuestionaba mi cordura.
—¿Qué? —protesté, sonriendo tímidamente—. Hay que cuidar al
bebé.
—¿No son realmente importantes solo en el primer trimestre?
Negué con la cabeza. —No, mientras dure el embarazo.
—Consíguelos con un médico cuando llegues allí —razonó Aiden—
. ¿A menos que quieras volver y quedarte?
A pesar de todo su apoyo, su tono era esperanzador.
—Las conseguiré allí —dije rápidamente. Quedarse no era una
opción. Pasar por otro compromiso y otro prometido muerto destruiría los
restos de mi reputación—. Esto es todo, ¿eh?
Aiden me atrajo hacia su abrazo, apretándome con fuerza.
—Si quieres volver, iré a buscarte —prometió—. En cualquier
momento. En cualquier sitio.
—De acuerdo. —Mi voz sonó amortiguada contra su pecho.
—Prométeme que me llamarás si tienes problemas o me necesitas —
exigió. Cuando no hice ningún comentario, se apartó y me acarició la
cara—. Prométeme, hermana.
—Lo prometo —me ahogué—. Si estoy en problemas y no puedo
manejarlo, te llamaré. —Asintió, algo satisfecho. Pero todavía no me había
soltado. Esto era tan difícil para él como para mí—. Probablemente sea
mejor que pase por seguridad —continué en voz baja, asustada de
romperme y comenzar a sollozar.
Nunca había imaginado la vida sin mis hermanos. Sin mi familia. La
familia Callahan era grande y ruidosa, pero era mía. Se sentía como si
perteneciera a ella. Hasta que no lo hizo.
Todo porque me quedé embarazada.
Y sin embargo, no pude encontrar en mí el arrepentimiento.
Esa noche en Las Vegas fui a esa fiesta de disfraces con un solo
propósito. Perder mi virginidad. La gente me consideraba salvaje y
promiscua. Era ambas cosas, pero no en la medida que ellos asumieron.
La parte anticuada de mí quería compartir esa primera experiencia con
alguien a quien amara.
Bueno, esa elección me fue arrebatada.
—Muchas gracias. —Volví a rodearlo con mis brazos—. Te amo. A
todos ustedes. —Me aparté, mis ojos ardiendo por las lágrimas que
amenazaban con derramarse. Me pasé una mano por los ojos—. Adiós,
Aiden.
Con una última mirada, me di la vuelta y corrí hacia la seguridad.
Tenía que irme. No podía tener otro muerto en mis manos. Podía y debía
ofrecer una vida mejor a mi hija. No la muerte y las sombras que parecían
cazarme por todas partes.
Una vez que pasé por seguridad, me arriesgué a echar otro vistazo por
encima del hombro. Aiden seguía allí, observándome con una expresión
triste. Sabía que era la mejor opción para mí y para mi hija, aunque no le
gustara.
Levanté la mano y saludé. Incluso logré sonreír, aunque mi corazón
se sentía pesado y mi garganta apretada.
CAPÍTULO 15
Margaret
El vuelo comercial a Italia fue un desastre. Me tocó el peor asiento.
El que estaba junto al baño, sentada entre dos hombres que parecían formar
parte de una pandilla.
La ironía sería risible. Si no fuera porque no lo era.
Solo dejé mi asiento una vez y me aseguré de llevar mi bolsa. No
confiaba en que los dos hombres no revisaran mis cosas. Apenas pude
dormir durante las ocho horas de vuelo. Me dormí unas pocas veces, el
resto fue imposible. Los constantes cambios de los hombres a ambos lados
de mí me hacían despertar.
Cuando por fin bajé del avión y pasé por inmigración, me metí en el
baño, mientras soñaba con encontrar un hotel. No podía esperar a tener
una noche completa de sueño. Se convirtió en lo más importante desde que
me quedé embarazada. Dormir y comer. Sin ello, me convertía en un
monstruo furioso.
Me metí en el primer baño y me encerré en el cubículo para
discapacitados, no queriendo hurgar en mi escondite de dinero en medio
del aeropuerto. Alcancé el bolsillo lateral con la cerradura que Aiden
instaló para mí y me congelé.
Estaba vacío.
Sin efectivo. Sin pasaporte de repuesto.
Abrí el cambiador de bebés y puse mi bolso allí, luego comencé a
buscar en él.
—No, no, no. —El pánico se apoderó de mí. Esto no podría estar
pasando. Busqué en el contenido de toda mi bolsa—. Dios mío —lloré en
voz baja—. Por favor, no.
—¿Stai bene8? —Alguien preguntó. No tenía ni puta idea de lo que
significaba. Nunca me molesté en aprender italiano. Ni ningún otro
idioma. Solo hablaba inglés e irlandés. En mi mundo, parecía suficiente.
Ignorando la pregunta, seguí rebuscando en el bolso, esperando contra
todo pronóstico que tal vez el dinero y el pasaporte de repuesto estuvieran
en el fondo.
Llamaron a la puerta.
—¿Qué? —espeté.
Una pausa.
—¿Está bien?
Mierda. Apenas aterricé y ya estaba gritando a la gente. Tragué. Esto
no era bueno. Perdí todo el dinero, excepto unos cuantos miles que había
8
¿Estás bien? en italiano.
en mi cartera. Los dos tipos que se sentaron conmigo debieron tomarlo
cuando me quedé dormida.
Maldición, ¿por qué dormí?
—Sí —dije con voz cortada. Mierda, no, no estaba bien. Me robaron
cincuenta mil dólares. ¡Oh, Dios mío!
¿Cómo pude ser tan estúpida? Mi sexto sentido me estaba advirtiendo,
pero lo ignoré. En toda mi vida, nunca había dejado que nadie jugara
conmigo solo por ser mujer. Salía de fiesta, pero siempre había gente a mi
alrededor que se aseguraba que estuviera a salvo.
Ahora no tenía a nadie. Nada. Y me habían robado a ciegas.
La mujer detrás de la puerta suspiró como si no creyera que yo
estuviera bien, pero no dijo nada más. Escuché sus suaves pasos
alejándose, dejándome solo para mi desesperación.
Observé mi compartimiento secreto vacío y lentamente, como una
marea en la luna llena, la ira burbujeó y aumentó lentamente.
Era de noche cuando llegué al oscuro callejón, las viejas casas de
piedra se cerraban sobre mí por tres lados. Definitivamente, esta no era la
Roma que se anuncia en los folletos turísticos.
Llevaba la sudadera puesta, ocultando un poco mi barriga y la
capucha cubriendo mi cabeza.
Caminé por la calle empedrada hasta que encontré el número de la
casa que se facilitaba como dirección de los hombres. Tuve que encantar
a la mujer de la recepción de ITA Airways y convencerla de que mi novio
me había dejado en el aeropuerto después de aterrizar porque habíamos
discutido. Incluso me froté la barriga mientras una lágrima se abría paso
por mi mejilla, diciéndole que sospechaba que me estaba engañando y me
arrastró a la tierra del amor para follar con una mujer que conoció por
Internet.
La mujer suspiró y soltó algunas palabras en italiano, probablemente
maldiciones. Pero terminó dándome la dirección, y así era como me
encontraba aquí. Exhalé un suspiro frustrado. Darle una lección a un
imbécil mientras estaba embarazada de seis meses no era precisamente
algo que me importara tener en mi currículum.
Pero aquí estábamos.
En silencio, me dirigí hacia la casa. Mirando a mí alrededor, no pude
ver ni un alma. Nunca pensé que eso fuera posible en Roma. Subí las
escaleras de piedra, con cuidado de no pisar las que estaban agrietadas. O
desequilibradas.
Una vez en el rellano del segundo piso, me tomé un momento para
aliviar la tensión de mis hombros. Saqué las tijeras que compré antes. Mi
primera compra en la tierra del amor eran unas tijeras. Para poder
amenazar a los idiotas que me robaron.
Sacudí la cabeza con incredulidad.
Si esto era un indicio de mi futuro aquí, tenía que buscar otro país de
la UE para vivir.
Además, a Áine le haría gracia. Me negaba a luchar con un cuchillo
y aquí estaba agarrando algo parecido a uno como si mi vida dependiera
de ello. En cierto modo, así era.
Poniendo mi mano en el pomo, lo giré y la puerta se abrió. Entré en
el destartalado apartamento y dejé mi bolsa de Vera Bradley en el suelo de
baldosas. Las viejas tuberías sonaron y la ducha se abrió. Me quejé por
dentro. Tendría que darle una lección al imbécil ladrón mientras estaba
desnudo. El día se ponía cada vez mejor.
Esto realmente podría funcionar, pensé en silencio. Sería difícil matar
a dos hombres al mismo tiempo en mi condición. La cocina estaba vacía.
La sala de estar estaba vacía. El dormitorio estaba vacío.
—De acuerdo, solo un tipo entonces —susurré para mí mientras la
ducha seguía corriendo.
Me abrí paso a través del pequeño apartamento hasta que llegué al
baño con la puerta entreabierta. Mis ojos recorrieron el pequeño baño
europeo. Apenas el espacio suficiente para una persona. Definitivamente,
no para dos, y mucho menos para una que estaba en su segundo trimestre.
Me apoyé contra la puerta y esperé. Primero me diría dónde estaba el
dinero y luego lo mataría. Estaba cansada, hambrienta y malhumorada
como la mierda. Eligió a la mujer equivocada para joder.
Mientras esperaba que terminara lo que tenía que ser la ducha más
larga, soñé despierta con una cama cálida y cómoda y con servicio de
habitaciones por lo menos una noche, antes de tomar el ferry a Sicilia. No
podía arriesgarme a que mi familia me encontrara y me arrastrara de vuelta
para casarme con alguien. Nada de Italia del Norte para mí. Sicilia sonaba
mejor y más cálida.
La ducha se cortó y me tensé, preparada y esperando a que él apartara
la cortina de la ducha. Mi mano agarró la tijera justo cuando él pasó con
una toalla alrededor de la cintura.
Apenas salió cuando se fijó en mí.
—Hola. ¿Te acuerdas de mí? —dije con calma. Debería saber que
nunca debe joder a una mujer embarazada. Y menos a una embarazada
irlandesa.
—¿Qué coño estás haciendo aquí? —gritó, con los ojos muy abiertos
y mirando a mi alrededor.
—Tienes algo mío y lo quiero de vuelta —dije en voz baja. De forma
inquietante.
Palideció, aferrándose a su toalla alrededor de su cintura ligeramente
obesa como si su vida dependiera de ello. Lancé la tijera al aire y la atrapé
por el mango. Me sentí satisfecha con la revelación de que todavía era
buena en esto. Sus ojos se agrandaron.
—Pensabas que te ibas a salir con la tuya porque una joven
embarazada viajaba sola, ¿no? —Me burlé, manteniendo la voz uniforme
y baja—. Dame el dinero y el pasaporte, y realmente podría considerar no
matarte.
Tomando mi tamaño y condición como mi debilidad, su mano voló
por el aire. Pero fui más rápida. Lo esquivé, abrí las tijeras para usarlas
como una navaja y le corté el antebrazo derecho verticalmente hasta la
muñeca.
Su grito atravesó mis oídos. Cayó de rodillas y se le cayó la toalla. Mi
estómago se revolvió y pensé que gritaría. No había visto a un hombre
desnudo desde esa noche en Las Vegas, pero no era así como quería que
terminara mi periodo de sequía.
—No tengo tu dinero —gritó.
Esta vez le corté el otro antebrazo. Me observó con una frenética
incredulidad.
Goteo. Goteo. Goteo.
Su sangre goteó sobre la vieja baldosa, tiñéndola de carmesí.
—Bueno, entonces tenemos un problema —comenté con una sonrisa
oscura—. Alguien tiene que pagarme. —Dejé que mis ojos vagaran
despreocupadamente, fingiendo buscar a alguien que pagara esa deuda. —
Pero aquí no hay nadie —comenté—. Así que supongo que tendré que
matarte.
La última frase desencadenó un ataque de pánico en toda regla en el
tipo. Pude verlo en sus pupilas dilatadas. Apestaba a miedo. Pero la
desesperación era más fuerte que su miedo. Se tiró al suelo y buscó el cajón
cercano que ya estaba abierto. Sus dedos se envolvieron alrededor del
arma, pero lo pateé con fuerza, tirando el arma de sus manos y dejándola
volar por el aire. La agarré. Se abalanzó sobre mí, tratando de derribarme
al suelo, y apreté el gatillo, apuntando a sus entrañas. Un grito
espeluznante atravesó el aire.
—Mierda —siseé—. Vas a decirle a toda la maldita ciudad que estoy
aquí. Solo voy a cortarte la garganta y acabar con esto.
Lancé el arma fuera de su alcance y luego empujé las tijeras en su
herida, atravesándolo, luego las retorcí dentro de su carne.
—Espera, espera —se atragantó, suplicando—. Tengo tu pasaporte y
diez mil dólares. Bajo mi cama.
Resoplé.
—¿Diez mil? De cincuenta. ¿Qué pasó con los otros cuarenta?
La sangre goteaba, acumulándose a su alrededor. Sus gemidos y el
terror en sus ojos me dijeron todo lo que tenía que saber.
Estaba diciendo la verdad. Estaba jodida.
Pero también lo estaba este hijo de puta.
Así que en un rápido movimiento, le corté la garganta.
Salí tranquilamente del apartamento y llamé a un taxi, dejando que
me llevara a un hotel en las afueras de la ciudad. Tomé la habitación más
barata y, una vez dentro, me duché y luego me aventuré a salir para
comprar un teléfono celular local. Una hora más tarde, estaba de vuelta en
la habitación. Usé mi viejo teléfono celular para escribir un mensaje
rápido.
He llegado bien. Todo está bien.
Hice clic en enviar. No quería que Aiden se preocupara. Y evitaría
que los gemelos me buscaran. Llenando la bañera de agua, dejé caer mi
iPhone en ella y lo dejé en remojo. Mañana estaría destruido e imposible
de rastrear.
Suspirando profundamente, me arrastré dentro de las sábanas, cerré
los ojos y dejé que los sueños me hundieran.
CAPÍTULO 16
Luca
El reloj hacía tictac.
Tic. Toc. Tic. Toc.
Era ruidoso, los segundos se convertían en minutos, luego en horas y
por último en días.
Tuve que admitirlo. La huida de Margaret me sorprendió. Por
supuesto, había sido capaz de encontrar su itinerario dentro de las doce
horas posteriores a su desaparición. Inmediatamente puse en fila a
hombres y mujeres para vigilarla desde el momento en que bajara del
avión.
De ahí mi inesperada visita a Italia.
Mis labios se estiraron en una media sonrisa, leyendo el informe de
ella persiguiendo a un hombre que se atrevió a robarle. Ella ciertamente le
enseñó una lección.
Mi hija estaría en buenas manos con su madre. Pero yo siempre sería
una sombra que las vigilaría.
Me dirigiría a Sicilia, tan pronto como matara al segundo hijo de puta
que se atrevió a robar a mi mujer.
Mi auto giró hacia el estacionamiento de un almacén en las afueras de
Roma. Llamé a la ayuda local, es decir, a los hombres de Nonno.
Encontramos al hijo de puta y ahora, estaba, entre comillas, sano y salvo,
fin de comillas, en la cajuela de este auto.
Cuando el auto se detuvo, abrí la puerta y salí. Guido, uno de los
hombres de confianza de Nonno, abrió el maletero y sacó al tipo que
parecía haber pasado por un tornado. Ropa arrugada y sucia. Cabello sin
peinar. Bolsas bajo los ojos.
Sus ojos se dirigieron hacia mí, mirándome fijamente.
—¿Sabes quién soy? —siseó.
—Un don nadie —dije—. Pero le robaste a alguien, así que vayamos
al grano. ¿De acuerdo?
Sus ojos se movieron entre mis hombres y yo.
—A Marchetti no le gustará oír esto —gruñó.
Levanté una ceja, aparentemente imperturbable, pero una alerta me
recorrió. ¿Por qué este imbécil trabajaba para Marchetti?
Le di una rápida patada en las costillas.
—No sabía que Marchetti bajó sus estándares y ahora roba a las
mujeres embarazadas —dije con frialdad.
Jadeó, acurrucándose en una bola. Si esta era la calidad de los
hombres de los que Marchetti se había rodeado, me sorprendía que
siguiera vivo.
—Ella no es una mujer cualquiera —gruñó—. Marchetti la quiere
muerta.
Intercambié miradas con los hombres. Margaret no podría haber
hecho algo que llamara la atención de uno de los hombres más peligrosos
del mundo. ¿Podría?
Guido lo agarró del brazo y lo puso en pie.
—Explícate —exigí.
Una cosa que aprendí de Nonno era que nunca necesitabas la atención
de Marchetti sobre ti. La pregunta era qué podría haber pasado para que
Marchetti se interesara por Margaret.
—Ella violó el acuerdo —escupió.
Un mal presentimiento se acumuló en la boca de mi estómago. Los
fantasmas del pasado me estaban alcanzando. Pero ya sabía que
eventualmente lo harían, ¿no?
—¿Qué. Acuerdo? —gruñí.
—Marchetti no debe pisar Irlanda y ningún Callahan puede pisar
Italia.
Le agarré el cabello y levanté su cara para que se encontrara con la
mía. La verdad estaba escrita en su cara. En sus ojos. ¡Mierda!
¿Nada puede ser fácil?
Las puertas de hierro se abrieron, revelando un largo camino
bordeado de árboles y un palacio de mármol blanco al final.
Se podría pensar que aquí vivía un rey, pero no, solo era uno de los
hombres más poderosos del mundo.
Intocable.
Así lo llamaba mi padre desde que tengo memoria.
La gran propiedad se encontraba detrás de acres y acres de tierra, que
también Marchetti poseía, en las afueras de Roma. Prefería quedarse aquí
la mayor parte del tiempo, aunque tenía una casa igual de extravagante en
la ciudad. Y en muchos otros lugares del mundo.
—Así que encontraste a tu donna. —Mi mujer. Sí, eso sonaba bien.
Margaret Callahan era mía. Si tan solo dejara de contradecirme en cada
maldito momento.
Me volví hacia Nonno, que estaba sentado a mi lado en el auto. —Sí,
ella es la única —dije sin una pizca de duda. Ella había sido la única desde
que era aquella niña de cinco años por la que estaba dispuesto a luchar
contra mi padre y morir.
Los ojos de Nonno se dirigieron a la gran finca y luego volvieron a
mirarme.
—Me alegro de oírlo, nipote 9 —respondió. Podría llamarnos a Cassio
y a mí sus nietos, pero en verdad, éramos sus hijos. Los que nunca tuvo.
9
Nieto en italiano.
Y nos crio como tales—. He estado esperando mucho tiempo para verte a
ti y a Cassio asentados.
Eso era cierto. Llevaba años diciendo que se negaba a dejar esta Tierra
hasta que Cassio y yo formáramos nuestras propias familias. Se
preocupaba demasiado por nosotros. Incluso con las familias que
habíamos formado con nuestros amigos, quería vernos establecidos.
Luciano fue el primero de los hombres en casarse, pero también animó a
Nonno a recordarnos más a menudo que era hora de que nosotros también
nos establecieramos.
—¿Cuándo puedo esperar la boda de mi nieto menor? —exigió saber,
golpeando su bastón contra el suelo del auto. Luego se apoyó en él y se
aclaró la garganta—. Necesito verte casado, hijo mío, para poder descansar
por fin. Tu mamá y tu Nonna me están esperando.
Mi pecho se apretó. No me gustaba pensar en la muerte de Nonno.
Había sido el único padre que Cassio y yo habíamos conocido. Nuestro
padre era solo un bastardo cruel. No podía ser considerado otra cosa.
Puede que no cortara las muñecas de nuestra madre, pero la empujó a ello.
—Ella no me quiere —dije. Un sentimiento sardónico tiró de mi
pecho. Era la primera vez que pronunciaba esas palabras en voz alta—.
Todavía —agregué.
Fracasar no era una opción. Ella y nuestra hija por nacer eran la razón
por la que estaba aquí, listo para hacer un trato con Marchetti. Haría
cualquier cosa por salvar su vida. La vida de nuestra hija.
El auto se detuvo. Una última mirada compartida y el asentimiento de
Nonno.
En el momento en que Nonno y yo salimos del auto, cuatro hombres
vinieron detrás de nosotros y dos se pusieron delante. Guido cubría la
espalda de Nonno. Yo no necesitaba guardaespaldas, aunque en ese
momento deseaba tener algún refuerzo.
Nos escoltaron a través del gran vestíbulo de mármol hasta la oficina
donde Marchetti, de cuarenta y cinco años, se reclinaba en su silla y
gobernaba su reino. No había mucha gente que hubiera visto de cerca a
Enrico Marchetti. Probablemente mejor para la población femenina,
porque incluso sus raras fotografías en el periódico hacían que las mujeres
se volvieran locas.
Por supuesto, él no se comparaba conmigo.
—Signore DiMauro —saludó primero a Nonno.
—Enrico, gracias por recibirme a mí y a mi nipote. —Mi abuelo se
cansaba más rápido estos días, así que lo ayudé a sentarse en la primera
silla vacía.
—Por supuesto. Tú y mi padre eran muy cercanos —replicó Enrico—
. ¿Café? ¿Capuchino?
Era lo único que no echaba de menos de Italia. Lo único. Su constante
necesidad de beber un maldito café.
Los ojos de Nonno recorrieron la habitación, los recuerdos
prácticamente bailando en sus ojos.
—Recuerdo los días en que tu padre y yo pasamos muchas horas en
esta oficina —comentó Nonno.
Los labios de Enrico apenas se movieron.
—Yo también recuerdo esos días.
Nonno se rio.
—Tú querías meterte de lleno en el negocio, pero tu padre quería darte
tiempo para quemar un poco de energía.
Tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco.
—Vayamos directamente al grano —interrumpí sus recuerdos—.
Estamos aquí para hablar de Margaret Callahan.
Enrico me miró con dureza. Nonno no se quedó atrás.
—Vivir en Estados Unidos te ha vuelto demasiado temerario —
comentó Enrico con sequedad.
Me recosté en la silla de su oficina.
—Bueno, cuando se trata de una cuestión de vida o muerte, me gusta
acelerar las cosas y dejar el café para otro momento.
Enrico se pasó un pulgar por la mandíbula.
—Por favor, dime. ¿Cuál es la urgencia entonces?
—Tienes una diana en Margaret Callahan —dije fríamente.
Su ceja se arqueó. Si había un hombre que rivalizaba con mi
arrogancia, era este hombre.
—¿Y de qué manera te concierne eso? —dijo secamente.
—Voy a casarme con ella. —Solo que ella aún no lo sabe. Pero él no
necesitaba saber eso.
—De todas las mujeres en este mundo, te conformas con la sobrina
de Callahan —señaló con ironía—. ¿Por qué no me sorprende?
Porque era un hijo de puta listo, pero no necesitaba más estímulos. Su
ego podría explotar.
—¿Por qué tus hombres la atacaron? —pregunté en su lugar.
Su mandíbula se tensó. —Esos no eran mis hombres —dijo en tono
sombrío—. Recibí una alerta de que un miembro de la familia Callahan
intentaría entrar en Italia. —Apreté los dientes. Este hijo de puta tenía a
los Callahans en el radar. Probablemente desde que mi padre preparó el
asesinato del padre de Margaret para que recayera sobre Marchetti—. Las
instrucciones eran vigilar de cerca. Fueron demasiado lejos.
—¿Así que no la quieres muerta? —inquirió Nonno.
Un suspiro sardónico la dejó. —Yo no mataría a una mujer, pero una
promesa es una promesa. No hay miembros de la familia Callahan en este
país. —Su expresión se oscureció—. Mataron a mi hermano gemelo.
Eso era cierto. Pero lo mataron en represalia por algo que la familia
Marchetti no hizo.
—Ella no será una Callahan por mucho tiempo —dije, manteniendo
la compostura. Necesitaba todo mi autocontrol para no dispararle al hijo
de puta. Su respuesta era demasiado contradictoria. Era mejor prevenir que
lamentar. Dispara ahora, pregunta después. Excepto que este maldito tipo
era demasiado poderoso para joderlo.
—¿Por qué la chica estaba viajando con un pasaporte falso? —
preguntó en cambio, observándome con atención. El tipo podía olfatear
una mentira a kilómetros de distancia.
—Rechazó la línea de prospectos matrimoniales de su familia. —Mi
voz era oscura. La sola idea de que se casara con otra persona me hacía
ver rojo.
—¿Así que ella se negó a casarse, pero se casará contigo? —preguntó
con curiosidad—. ¿O es que los últimos cuatro hombres con los que estaba
lista para casarse murieron en circunstancias misteriosas lo que tiene a
Margaret Callahan temerosa de las armas?
Me encogí de hombros.
—Nadie más que Margaret Callahan y yo criaremos a nuestra hija.
La sorpresa brilló en sus ojos.
—¿Su hija? —Se reclinó en su silla—. Así que la dejaste embarazada,
¿eh?
Apreté los dientes con tanta fuerza que me crujieron los huesos de la
mandíbula.
—Tal vez una proposición —dijo Nonno—. Una oferta de paz. Una
alianza entre nosotros.
—Por lo que sé, Signore DiMauro, su familia y la nuestra ya tienen
una alianza —comentó Enrico.
Sabía a dónde iba esto antes de que Nonno pronunciara las siguientes
palabras.
—Pero esto también incluiría el linaje Callahan. Una alianza
matrimonial. Entre la hija de Luca y tu hijo.
Esta era la parte que no me gustaba. Dar a mi hija a cualquier cabrón.
¿No se dio cuenta Nonno de que mi niña sería una monja? De acuerdo, tal
vez eso era un poco exagerado, pero ciertamente no quería que mi hija se
relacionara con la familia más despiadada de Italia.
Además, todas las mujeres que se casaron con el jefe de la familia
Marchetti en las últimas generaciones fueron asesinadas. Incluyendo a la
esposa de Enrico.
Definitivamente, ese no era el camino para mi niña.
—Quiero tu palabra de que mi mujer y su familia están a salvo en
Italia —insistí.
Me observó, el silencio se extendió.
—Concordato. —De acuerdo—. Pero solo se extiende a sus
hermanos. Si su tío pone un pie aquí, será hombre muerto.
Una hora más tarde, Nonno y yo estábamos en el auto, dejando la
finca Marchetti.
—Gracias, Nonno.
—Prima la famiglia. —La familia primero. Él sabía lo que estaba en
juego. Si Marchetti se enteraba de que yo había matado a Callahan, el
padre de Margaret, y había ido con mi padre para tenderle una trampa a
Enrico, estaríamos en la guillotina. Con cada año que mantuvimos el
secreto y nos negamos a confesar, nos convertimos en la parte culpable.
Le costó a Enrico su hermano gemelo.
No podíamos volver atrás y cambiar el curso de lo que pasó. Así que
tuvimos que irnos con los secretos y las consecuencias.
Lo principal por ahora era que Margaret estaría a salvo en Italia.
Ahora solo quedaba un obstáculo. Convencer a la obstinada belleza
irlandesa de que yo era su mejor opción.
CAPÍTULO 17
Margaret
Dos semanas más tarde, recorrí la ciudad de Palermo en Sicilia.
Sola.
Sin trabajo. Fondos que estaban disminuyendo rápidamente. Una
desesperación que crecía rápidamente.
Caminaba sin rumbo por las calles. El cielo se estaba oscureciendo y
las calles estaban tranquilas. Era lo opuesto al bullicio constante de la
ciudad.
Continué caminando sin rumbo por las calles centenarias. Los
callejones empedrados me llevaron a la playa, donde me agaché y dirigí
mi atención al papel que tenía agarrado entre los dedos.
Por un momento, me detuve y consideré volver a la pequeña
habitación que alquilé encima de la taberna de Paolo, pero luego decidí no
hacerlo. Necesitaba más aire fresco. Sentarme en esa habitación me
volvería loca.
Paolo y su mujer tenían una pequeña taberna local. Una bastante
popular también. Todas las noches, las viejas canciones italianas
tradicionales flotaban en el aire mientras el olor de la cocina italiana y el
sonido de las palabras en italiano viajaban por el aire hasta mi habitación.
Todavía no me había sentado en la taberna para ninguna de mis comidas.
Principalmente me mantenía al margen, buscando en los anuncios del
periódico cualquier oportunidad de trabajo.
Pero con esos era siempre lo mismo. ¿Hablas el idioma? ¿A quién
conoces? ¿Qué puedes hacer?
Me encontré en la pequeña playa y me esforcé por bajar sobre mi
trasero. La arena aún estaba caliente por el sol.
Desarrugando el papel, me quedé mirando otra solicitud. A estas
alturas, ya podía leerla incluso en italiano. Siempre eran las mismas
preguntas. Experiencia previa. Dónde, cuándo, cuánto tiempo. Pero la
pregunta más importante parecía ser tu referencia. Parecía ser todo acerca
de a quién conoces aquí.
Bueno, yo no conocía a nadie.
La brisa del mar se abrió paso, refrescando la piel de mi cara. El aroma
de la sal flotaba en el aire y se filtraba en mis pulmones. La vista de la
arena blanca se extendía por kilómetros. Era una ciudad hermosa. Una isla
preciosa.
Podía verme criando a mi hija aquí si tan solo pudiera encontrar un
trabajo.
Quería ganar mi propio dinero, no depender de mis hermanos o de mi
familia. Además, nadie sabía dónde estaba. Mi hermano creía que estaba
en el norte de Italia. En cambio, opté por el sur de Italia. Me gustaría
mantenerlo así.
Mis ojos recorrieron las letras impresas de la solicitud mientras me
frotaba la creciente barriga.
—¿Por qué no pueden preguntar si sé pelear? —refunfuñé en voz baja
con los ojos puestos en mi estómago, como si estuviera hablando con mi
hija—. ¿Defenderme? ¿Matar? Eso debería ser más importante, ¿no crees?
Las olas chocaban contra la orilla. El sol estaba alto en el cielo. Esperé
una respuesta. En su lugar, una suave risa sonó detrás de mí.
—Creo que sí —coincidió una voz detrás de mí.
Miré por encima de mi hombro y encontré a un hombre mayor de pie
detrás de mí. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha que mantenía sus
ojos algo ocultos y un traje antiguo con tirantes. Como en El Padrino.
—¿Sabes luchar? —preguntó en un inglés entrecortado, con una
sonrisa en los labios. El tono de su piel era oliva a pesar de su avanzada
edad. Sus ojos eran agudos y me miraban. Fue entonces cuando me di
cuenta que había dos hombres detrás.
Sus guardias, me di cuenta. Ambos llevaban armas colgando de los
hombros. Uno de ellos buscó en su bolsillo un paquete de cigarrillos y
encendió uno.
El anciano seguía observándome, esperando una respuesta.
Froté mi vientre. —Puede que en otro momento, pero ahora no —
dije—. No es bueno para la bebé.
Fue a agacharse, pero antes que pudiera moverme, uno de sus
guardias lo ayudó, luego asintió respetuosamente y se alejó.
—¿Es un presidente aquí? —pregunté bromeando.
Su risa llenó el aire, la brisa llevándola en sus alas. Me hizo sonreír,
a pesar de la mierda que había soportado en las últimas dos semanas. Me
pregunté si ese sonido viajaría a través de los mares y haría sonreír a otra
alma.
—No, un presidente no —respondió, encontrando mi mirada. Tenía
ojos marrones oscuros llenos de conocimiento y dolor. Este hombre sabía
de pérdidas. No sabía cómo yo lo sabía, pero apostaría mi vida por ello.
Su mirada parpadeó hacia el papel que tenía en mis manos, y luego hacia
mí—. ¿Buscas trabajo?
Suspiré.
—Sí.
—¿De dónde eres?
—De Estados Unidos.
—¿No hay trabajo en casa?
Mis ojos bajaron a mi estómago.
—No para mí —respondí.
Levantó la cara hacia el cielo, con una expresión pensativa.
—Tal vez pueda ayudarte, Margaret —dijo, pronunciando mi nombre
lentamente. Mi cabeza giró en su dirección, mirándolo con desconfianza.
Antes que pudiera preguntarle cómo sabía mi nombre, continuó—. Sé todo
lo que pasa en mi isla, bella ragazza 10.
Mis cejas se fruncieron.
10
Hermosa chica en italiano.
Luca King era el único hombre que me había llamado bella antes.
—¿Cómo se llama? —pregunté con suspicacia.
—Pascale DiMauro.
El nombre sonaba vagamente familiar. Busqué en mi memoria. La
mafia irlandesa se mantenía alejada de la organización criminal italiana,
pero podría haber jurado que DiMauro era una de las familias que dirigían
la mafia siciliana.
Sacudí la cabeza. Seguramente no podía ser la misma familia
DiMauro.
Debo haber pronunciado las palabras en voz alta porque él asintió.
—Es exactamente la misma familia.
Bueno, mierda.
CAPÍTULO 18
Margaret
Era un mundo pequeño.
Ni en un millón de años había pensado que me encontraría cara a cara
con el abuelo de Luca King. Las historias de las familias de la mafia
siciliana eran notorias, aunque no sabía mucho sobre Pascale DiMauro.
Y aquí estaba yo.
—No te preocupes, bella —aseguró, sonriendo—. No tienes nada que
temer.
—Famosas últimas palabras —murmuré. Lo siguiente era
encontrarme en alguna zanja oscura, a un lado de la carretera. Siguió
observándome, haciéndome sentir más incómoda por momentos hasta que
no pude contener mis palabras—. Odio todo lo que venga de Benito King.
Jesús, tal vez mi objetivo era que me mataran.
—Yo también.
Mis cejas se fruncieron ante esa respuesta.
—Pero su hija y él…
El dolor que cruzó su expresión me hizo hacer una pausa. —Mi hija
era una buena mujer. Muy delicada. Demasiado delicada para este mundo.
Pero esperaba que encontrara un hombre digno que la cuidara. Benito era
un bastardo de corazón frío y quería una mujer de corazón frío. Benito
King asesinó la parte vital de mi hija incluso antes que ella se quitara la
vida.
Mi corazón se apretó por el dolor en su voz y sin pensarlo, tomé su
mano arrugada y la apreté suavemente.
—Lo siento mucho —gruñí, sintiendo compasión por este anciano.
Ya no era el jefe de la mafia DiMauro. Era un padre afligido—. Sé cuánto
duele perder a los que amamos.
Lo sabía de primera mano. Debió leerlo en mis ojos porque asintió.
—Mi hija amaba a sus hijos más que a nada en el mundo —dijo—. Si
tan solo los hubiera tomado y traído aquí, yo habría ido a la guerra por ella.
Pero no lo hizo. Me rompió el corazón escuchar la noticia. También
lastimó a mis nietos. Fueron abandonados a la crueldad de su padre.
Esa era la parte con la que luchaba. Cuando miraba a Cassio y Luca
King, no veía hijos afligidos. No veía nada más que a su padre.
Como si hubiera leído mi mente, continuó.
—Mis nietos son míos. —Se golpeó el pecho, su fuerza era frágil.
Debió ser una fuerza a tener en cuenta en otro tiempo—. Son DiMauro.
Puede que su apellido sea King, pero la sangre que corre por sus venas es
DiMauro. Son hijos de su madre.
Tal vez Pascale DiMauro tenía razón. Tal vez estaba demasiado
metida en las similitudes físicas de los hermanos King como para ver las
otras diferencias con su padre.
—¿Nunca le preocupó que se volvieran como él? —pregunté con voz
tentativa—. ¿Cómo Benito?
El señor DiMauro negó con la cabeza apasionadamente. —Mai 11 —
respondió con firme convicción—. Jamás. Tienen a mi hija en ellos. Luca
más que Cassio. Mi pequeño Luca tiene un corazón tierno debajo de todo
ese encanto. —Me burlé suavemente pero no lo corregí—. Lo tiene,
Margaret. Luca fue el que más sufrió la crueldad de su padre. Su padre
intentó sacárselo a golpes, pero no lo consiguió. ¿Sabes por qué? —
preguntó, y yo negué con la cabeza. Ni siquiera se me ocurrió preguntarle
por qué me contaba todo esto—. Porque es testarudo como su madre. Fue
su obstinado orgullo lo que le impidió buscar mi ayuda.
Luca y Cassio King tenían sus propios fantasmas y cruces que cargar.
Acababa de conocer a este hombre, pero le creí. Por alguna razón, le creí.
Durante los siguientes diez minutos estuvimos sentados en silencio,
observando cómo el hermoso mar azul brillaba con la luz del sol y chocaba
suavemente contra la costa.
Rompió el silencio.
—¿Así que quieres un trabajo, Margaret Callahan?
Incliné mi cabeza hacia él, mirando las arrugas en su rostro.
—¿Qué quiere a cambio? —pregunté con suspicacia.
Se rio.
11
Nunca en italiano.
—Tu seguridad, bella mía.
Lo estudié. Me recordaba a Da. Mi padre podía ser despiadado, pero
también era protector y justo. El mejor padre que cualquiera podría desear.
—Estaré agradecida por cualquier cosa —respondí con una sonrisa—
. Cualquier cosa decente —añadí rápidamente.
—Entonces ayúdame a ponerme de pie, bella, y vamos a buscarte un
trabajo decente —replicó divertido.
Tardamos en volver a la taberna.
Ambos caminábamos despacio y tambaleándonos, por diferentes
razones, pero logramos regresar.
Una vez que entramos en el establecimiento, quedó claro que Pascale
era muy conocido. Fue recibido con respeto y, a diferencia de lo que
siempre había visto en las películas, la gente realmente lo apreciaba. Como
si fuera su protector.
De las paredes colgaban cuadros de la antigua Sicilia. Las mesas
redondas estaban cubiertas con manteles a cuadros blancos y negros. El
sonido de las viejas canciones italianas flotaba en el aire, junto con el
aroma de la buena cocina italiana tradicional.
Mi estómago no tardó en rugir y gemí. A este ritmo, cuando llegara
el momento de dar a luz estaría tan grande como una casa.
—Este bebé tiene que ser italiano —refunfuñé en voz baja—. Siempre
quiere comer.
El señor DiMauro se rio.
—Eso no es tan malo —reflexionó—. Los italianos sabemos comer y
beber.
Sonreí, mirándolo divertida.
—Nosotros los irlandeses ciertamente podemos beber.
—Signore DiMauro —saludó el dueño de la taberna.
—Buon giorno, Paolo. —Los ojos del señor DiMauro se volvieron
hacia mí—. Esta es la señorita Margaret, mi nueva amiga. ¿Podemos tener
una mesa, per favore? —Por favor. El hombre era encantador y de buenos
modales.
Los ojos de Paolo se iluminaron e inmediatamente nos condujo a su
mejor mesa.
Nos sentó, hablando en un italiano apresurado mientras chasqueaba
los dedos a una camarera para que se diera prisa y nos trajera las bebidas.
Apareció con dos copas y vino. Miré mi gran barriga, que obviamente
gritaba embarazo, y luego a ella.
—Umm, ¿tal vez zumo para mí? O solo agua, por favor —le pedí,
dándole una sonrisa de disculpa.
La mujer me miró sin comprender y el señor DiMauro debió repetirlo
en italiano porque dio media vuelta y fue a buscar una bebida sin alcohol.
Al menos, eso esperaba.
—Siéntate, Paolo —dijo el señor DiMauro—. Tengo una propuesta
para ti.
Diez minutos después, tenía un trabajo y alquilada mi habitación.
Indefinidamente.
CAPÍTULO 19
Luca
Me recosté en la silla de la oficina de Nonno.
Líneas de árboles de limoneros y naranjos se extendían hasta donde
alcanzaba la vista. El aroma de los cítricos, el aire fresco que llegaba desde
las montañas de atrás y el mar de delante. Normalmente me sentía en paz
aquí, pero desde que aquella irlandesa testaruda de cabello color ébano se
había marchado de Estados Unidos, con mi pequeño bollo en el horno,
tenía que controlar el impulso de secuestrarla y encerrarla.
Excepto que, después de años de observar a Margaret, sabía que eso
la empujaría en la dirección opuesta a donde la necesitaba. Y, francamente,
quería que ella estuviera dispuesta. Quería que ella me eligiera a mí. Como
aquella noche en Las Vegas. Además, algo sobre forzarla y verla infeliz
me retorcía las entrañas.
Maldita mujer.
Nunca tuve este problema con las mujeres hasta ella. No sabía muy
bien cómo manejar eso, para ser honesto.
Tal vez necesitaba cortejarla. Seducirla. Hacer todas las cosas
románticas idiotas que los hombres solían hacer para meterse en los
pantalones de una mujer. Excepto que descartamos todo ese escenario por
el hecho que ya la había dejado embarazada. Y ella ni siquiera sabía que
yo era el padre. Ninguna cantidad de romance iba a evitar que tratara de
matarme cuando descubriera ese pequeño hecho. Quería que nuestra hija
naciera y fuera feliz con nosotros dos, lo que significaba que tenía que
encontrar la manera de no ser su víctima de asesinato.
De un modo u otro, Margaret y nuestra hija serían mías.
Nonno siempre decía que sin una mujer con quien compartir tus
alegrías y tristezas, todos los sacrificios serían en vano. Él tuvo a la Nona.
Mamá no tuvo eso, pero lo anheló. Ella creció alrededor de eso.
Probablemente fue la razón por la que siempre le encantaba ver películas
de Disney.
Era lo único que recordaba de ella: eso y sus ojos vacíos y oscuros
mientras el agua roja se tragaba su cuerpo. Cassio hablaba mucho de ella.
Nonno también. Mantuvo vivo su recuerdo en mi mente, pero de alguna
manera nunca pude deshacerme de la sensación de que ella me dejó.
Dejó este mundo suicidándose. Cassio y yo no fuimos suficientes para
mantenerla con nosotros. Mi hermano mayor culpó a papá. Yo también lo
culpé, pero el sentimiento permaneció.
El día en que me atreví a apuñalar a mi padre pasó rápidamente por
mi mente. Después que Cassio se enterara de lo que había hecho y de la
paliza que me habían dado, vino a casa de inmediato para asegurarse de
que estaba bien.
Acurrucado en un rincón de mi habitación, temblaba de ansiedad y
dolor. Las lágrimas quemaban la parte de atrás de mis ojos, pero las
contuve. Tenía que hacerlo. Si mi padre las veía, me daría otra paliza.
Una sombra oscura se adelantó y mis ojos se dispararon hacia la
puerta.
—Cassio —gemí, agarrándome el costado.
Incluso me dolía hablar. Sus ojos me recorrieron, volviéndose más
oscuros de lo que jamás había visto.
Se precipitó hacia mí y se arrodilló.
—Mierda —murmuró—. Te ves como una mierda
—Pero mejor que tú —dije con voz áspera.
Mis manos temblaban por la fuerza del dolor.
Cassio frunció el ceño. —No estoy seguro de si estás delirando o
simplemente estás drogado, pero yo soy más guapo que tú.
Una risa ahogada se me escapó, causándome un dolor más agudo y
tosí, la sangre goteando por mi barbilla.
Sus dedos presionaron contra mis costillas y me estremecí.
—Maldita sea, tus costillas están rotas. ¿Qué pasó para que padre te
golpeara hasta casi matarte?
Tosí más sangre.
—Lo apuñalé —admití. Los ojos de Cassio se llenaron de una rabia
incrédula—. Estaba lastimando a una niña pequeña —añadí.
—Luca, no puedes reaccionar —murmuró—. Tienes que pensar antes
de hacer algo. Hasta que seas lo suficientemente mayor y fuerte como para
que papá no pueda hacerte daño.
—¿Cómo le hizo daño a Mamma? —pregunté.
—Sí. —Lo miré, las náuseas creciendo en mi vientre—. Le quitó la
fuerza y el espíritu a golpes. Si te quedas aquí, te hará lo mismo.
No sabía a dónde quería que fuera. No importaba dónde me
escondiera en esta ciudad, mi padre me encontraría.
Se sentó en silencio a mi lado, examinando mis heridas y
cubriéndolas con vendajes que la cocinera de mi padre pudo pasarme a
escondidas.
—Te voy a llevar conmigo —concluyó finalmente—. Conocí a
algunos amigos en la universidad. Me ayudarán a llevarte con Nonno.
Nonno siempre decía que yo tenía el espíritu y la terquedad de
Mamma. Estaba convencido que en el fondo yo era tan gentil como
Mamma. Se equivocaba. Estaba tan podrido como mi padre.
La voz de Nonno llegó desde la terraza. El tiempo aquí seguía siendo
hermoso en octubre, las grandes puertas francesas estaban abiertas de par
en par y daban al jardín favorito de Nonno. Sí, era principios de octubre,
pero sabía que seguiría así durante un tiempo.
—¿Tienes algún plan para tu mujer? —Nonno preguntó,
observándome.
—Ella no será feliz —le dije—. Ella no me quiere. —Hice una mueca.
Sonaba a autocompasión, maldita sea.
Lo de no ser querido parecía ser un tema constante conmigo. Mi padre
no me quería. Mi madre no quería vivir para mí. Y qué malditamente
apropiado que Margaret no me quisiera.
—Entonces haz que te quiera —declaró Nonno como si eso lo
resolviera todo—. Eres un King. Un descendiente de los DiMauro y como
tal necesitas una reina a tu lado. ¿Es Margaret Callahan esa reina?
Ciertamente lo era, y mucho más. Era exactamente el tipo de reina
que un hombre necesitaba a su lado. Del tipo que sería despiadada y
protectora de sus seres queridos. De nuestra hija.
—Lo es, Nonno —respondí.
Su lealtad a sus hermanos y familia rivalizaba con la de Nonno. No
es de extrañar que cayera bajo su hechizo. Le consiguió un trabajo en la
taberna local y la visitaba todos los días, a pesar de que el dueño se quejaba
que era la peor camarera que había tenido. Pero él nunca desobedecería a
mi Nonno, así que ella seguía teniendo trabajo.
Nonno sonrió con una sonrisa satisfecha y cómplice.
—Entonces ella será tu esposa.
Hice un gesto con la mano y me levanté. —Siéntate, Nonno.
—Chico, puedo estar de pie todo el día —protestó.
—Lo sé —acepté—. Pero hazme feliz y siéntate conmigo.
Ayudándolo a llegar al amplio sofá, ambos nos sentamos y estiré las
piernas.
—Ella va a ser una buena madre para su hija —comentó Nonno.
Asentí. No me sorprendió que lo supiera. El anciano lo sabía todo.
El silencio llenó el espacio entre nosotros. A Nonno le pesaban los
ojos. Estaba cansado. Llevaba años afirmando que se negaba a morir antes
de ver a sus dos nietos asentados. Le creí. Pero estaba cansado. Quería
unirse a Nonna y Mamma en el más allá, o dondequiera que fuéramos
después.
—¿Serás bueno con ella, nieto? —exigió saber.
—Lo seré.
Que Dios me ayude, pero nunca sería Benito. De un modo u otro,
encontraríamos un punto en común y criaríamos a nuestra hija juntos.
Irónico en realidad.
Había tenido muchas mujeres. De la clase equivocada, decía siempre
Nonno. Siempre me reí de ello. El matrimonio nunca fue una
consideración. Los niños aún menos.
Hasta que se convirtió en lo único en lo que podía pensar. El juego se
acabó en el momento en que la tuve. Jaque mate y toda esa mierda.
Pero solo con Margaret. Era su fuerza lo que me atraía. Su lealtad. Y
su maldito ingenio.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó Nonno.
—Voy a convertirme en su amigo primero —declaré—. Antes de
robar su corazón.
Margaret Callahan me arruinó esa noche en Las Vegas. Podría haberle
quitado la virginidad, pero ella me había quitado mucho más.
Me había robado el corazón. O quizás fue aquella niña de hace años
la que me robó el corazón. La niña que mi padre casi mató. Ella fue la
primera persona por la que fui contra mi padre.
Ahora, voy a cortejarla por su corazón. Y perder no era una opción.
CAPÍTULO 20
Margaret
Me quedé mirando el techo blanco de mi pequeña habitación sobre la
taberna.
Han pasado semanas desde que llegué a Sicilia. Semanas desde que
hablé con mis hermanos. O con mi prima. Extrañaba a mi familia. Era la
primera vez desde que nací que estaba verdaderamente sola.
Algunas mañanas me despertaba y pensaba que todavía estaba en
casa. Incluso me encontraba añorando eso. No por mi madre. Ni por los
estúpidos arreglos que ella y el tío intentaban hacer para mí. Anhelaba
hablar con personas que sabía que se preocupaban por mí y que me
importaban.
Una hora más y tendría que bajar. Malditamente apestaba en mi
trabajo. Día tras día esperé a que el dueño me despidiera. No lo había
hecho y sospeché que tenía algo que ver con el dulce anciano que dirigía
la mafia siciliana.
Tan típico. Escapé del mundo de la mafia irlandesa de Nueva York
solo para entrar en el corazón de la mafia siciliana. Una mano amiga había
sido extendida por el hombre más improbable. Esperaba que esa mano no
terminara golpeándome en la cabeza.
No había hecho ningún amigo aquí. El Signore DiMauro era el único
hombre dispuesto a hablar conmigo en este lugar. Las mujeres se alejaban
de mí. Los niños también.
Mis ojos se dirigieron a mi teléfono en la mesita de noche. No era
como si alguien me fuera a llamar. Nadie sabía ese número. Pero mis dedos
prácticamente picaban por marcar uno de los números de teléfono de mis
hermanos.
—No podemos llamarlos, Luna —murmuré en voz baja, frotando mi
vientre. Había estado revisando una lista de nombres durante el último mes
tratando de conformarme con el que más me gustaba. Ahora mismo estaba
en el vigésimo tercer nombre—. Querrán venir a salvarnos. Entonces
tendré que casarme con alguien. Aunque probablemente estarán muertos
antes de que pisemos una iglesia.
Una patada suave y sonreí. Mi niña me entendía. Ella ha sido lo único
que me ha ayudado a seguir adelante. Manteniéndome cuerda.
Tenía que arreglar mi mierda. Tenía menos de dos meses antes que
naciera la bebé y no estaba ni cerca de estar lista. Todo lo que tenía eran
pañales. El dinero que pude recuperar del cabrón que me robó se había ido
hace mucho tiempo.
Diez mil deberían haberme durado más. Me compré ropa de
maternidad bonita, fui a ver a un ginecólogo local y compré vitaminas
prenatales, y pagué mi habitación. Así de fácil fue gastar diez mil dólares.
Debería haber gestionado mejor el dinero. Por desgracia, el control de
mis gastos nunca fue algo de lo que tuviera que preocuparme, así que lo
gasté de forma desmedida. Y demasiado rápido. Me hizo darme cuenta de
lo mimada que estaba al crecer. Nunca quise ni necesité nada.
—Bueno, insistir en todo eso no nos hará ningún bien. ¿Verdad,
Bella? —murmuré, frotándome la barriga y moviéndome fuera de la cama.
Jesús, estaba muy confundida con los nombres. Realmente tenía que dar
en el clavo. Esperaba que un nombre llamara mi atención y supiera de
inmediato que era el nombre correcto.
—No, Bella no —refunfuñé, mis pensamientos se trasladaron
inmediatamente a Luca King.
Negué con la cabeza y me dirigí al baño. Tomando una ducha rápida,
me vestí y bajé lentamente las escaleras.
—Ah, donna mia12 —exclamó exasperado el dueño. Juré que el viejo
se encogía cada vez que me veía. Probablemente había escondido toda su
vajilla buena.
Si es que le quedaba alguna, pensé con ironía.
De fondo sonaba una vieja música italiana. La taberna olía a vino
casero. Asqueroso. Y la charla de la gente en italiano me hacía zumbar la
cabeza. Captaba una de cada diez palabras.
—Hola, Paolo —lo saludé, forzando una sonrisa. No estaba
exactamente emocionada con este trabajo, pero era el único que alguien en
la isla me daría.
Gracias al señor DiMauro por haber hablado con él.
12
Mi señora en italiano.
Así que aquí estaba yo, actuando como una civilizada y
temperamental moza irlandesa. Literalmente. Una maldita moza en una
taberna que parecía datar de la Primera Guerra Mundial.
Paolo murmuró algunas palabras en italiano, puso los ojos en blanco
y me entregó un delantal.
—Ve a limpiar las mesas. —Su marcado acento hizo que la palabra
sonara como “mesau”—. No toques. —El delantal empujado a mis manos,
enfatizó—. Cualquier cosa.
Sacudí la cabeza. Dios, había decaído. De matar hombres y luchar
contra el tráfico de personas a esto. ¡A esto! Que me digan que no toque
nada. Era como volver a ser una niña de dos años.
Poniéndome el delantal, que apenas me cubría la barriga, tomé un
trapo y me puse a limpiar mesas. Una, luego la otra. Perdida en mis
pensamientos, pasé a la siguiente mesa cuando mi trasero chocó con la
mesa ocupada y la sacudió de sus delgadas patas.
Con horror observé cómo los platos se estrellaban contra el rústico
suelo de baldosas, y toda la escena se desarrollaba a cámara lenta.
Una retahíla de palabras temperamentales salieron de los labios de
Paolo. Sus manos se agitaron hacia arriba y hacia abajo, y estaba bastante
segura que me estaba despidiendo. Tal vez deseando que me fuera de esta
isla.
¡Pronto! Aprendí esa palabra bastante rápido. Significaba
rápidamente. Paolo y todos sus invitados siempre querían todo pronto.
—Ah, mierda —refunfuñé, mi mano inmediatamente en mi vientre
frotándolo suavemente—. La jodimos, Alice.
Paolo seguía maldiciéndome hasta la luna y de regreso,
probablemente, pero le hice caso omiso, sujetando mi espalda y
preparándome para bajar.
—¿Alice? —Una voz divertida y profunda vino de mi lado izquierdo.
Una voz familiar. Entonces una mano se envolvió alrededor de mi
antebrazo—. Ni siquiera pienses en bajar a limpiar eso.
No podía ser. Mi mente finalmente se había ido. Estaba imaginando
cosas. Mi cerebro había encontrado un rincón retorcido donde me esperaba
un hombre que me desagradaba.
Lentamente, moví la cabeza para encontrar nada menos que a Luca
King de pie junto a mí. Parpadeé y volví a parpadear.
Gemí.
—De todas las personas del mundo... ¿Por qué tú?
Su boca se torció en esa conocida sonrisa. La que podría vivir sin ver
de nuevo durante el resto de mis días.
La vergüenza calentó mis mejillas, pero me negué a mostrarla.
—Me alegro de verte aquí, Margaret Callahan —dijo, con los ojos
brillantes de diversión. No parecía sorprendido de verme. Su mirada se
encontró con la mía, con algo cálido y peligrosamente tentador.
Mi soledad juega en mi contra, me dije.
—No me alegro de verte aquí, Luca King —respondí, agotada, y mi
turno apenas había empezado. La espalda me estaba matando y un
sentimiento en lo más profundo de mi pecho tiraba con fuerza contra mi
corazón.
Paolo ya se acercaba a nosotros, hablando en un italiano apresurado.
Luca no pareció inmutarse y respondió con un tono duro, lo que provocó
otra retahíla de palabras apresuradas en italiano por parte de Paolo. Mis
ojos se movieron entre mi jefe y Luca. No hacía falta un traductor para
saber que Luca se saldría con la suya.
Se notaba en su forma segura de comportarse, pero aún más en la
forma en que observaba a Paolo. Como si este último trabajara para él.
Luca dijo algo en un tono bajo y final y la sorpresa parpadeó en la mirada
de Paolo que se dirigió hacia mí.
—Va bene 13—cedió Paolo tal y como sospechaba.
Un breve asentimiento y Luca lo despidió, dándole la espalda.
—Ven a sentarte conmigo, Margaret —murmuró suavemente. Tomó
mi mano y suavemente me empujó hacia adelante—. Por favor.
La vacilación se deslizó por mi columna vertebral. Luca nunca era
amable. Algo pasaba. Pero dejé que me llevara a la mesa, y en el momento
en que me senté en el asiento, un suspiro me abandonó.
Luca se sentó a mi lado, con los ojos clavados en mí.
—¿Qué, Luca? —refunfuñé. Dios, mi turno acaba de empezar y los
pies me están matando.
—No deberías hacer trabajos físicos en tu estado —me reprendió.
Rodé los hombros y dejé escapar un suspiro de fastidio.
—Te das cuenta que las mujeres han estado haciendo trabajo físico
esperando a sus maridos durante siglos, ¿verdad? Esto no es diferente.
13
Está bien en italiano.
No le gustó mi respuesta, pero no me contradijo. Tal vez era
inteligente después de todo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exigí saber.
Se encogió de hombros y se recostó en su asiento.
—Visitando a mi abuelo.
—¿Lo visitas a menudo?
—No lo suficientemente a menudo.
Pascale DiMauro apareció en nuestra mesa, con su aspecto habitual.
Un sombrero de ala ancha y un traje a la antigua con tirantes. A pesar de
su frágil estado, se mantenía erguido y orgulloso, con una mirada aguda.
—Margaret, veo que has conocido a mi nipote —me saludó con una
sonrisa de satisfacción que me recordaba mucho al hombre sentado a mi
lado. Nieto. Luca King era el nieto de Pascale DiMauro y, por la única
mirada que Luca dirigió a su padre, pude comprobar que se preocupaba
mucho por él.
Penelope DiMauro era la amante de Benito King y la hija del jefe de
la mafia siciliana, Pascale DiMauro. El rumor en la calle era que Benito
tenía los ojos puestos en ella y en Italia cuando la sedujo. Así que tal vez
estos hombres experimentaron la tragedia causada por Benito King al igual
que yo.
—Lo hice. Luca y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo —
refunfuñé en voz baja—. De alguna manera, no me sorprende verlo aquí.
Parece que siempre está en todas partes. Mi sombra constante. —Negué
con la cabeza con ligera molestia—. Si al menos hubiera estado allí cuando
quedé embarazada, quizá no estaría en este aprieto.
Algo parpadeó en la mirada de Luca. Oscuro. Posesivo. Inquietante.
Las mariposas revolotearon en mi estómago. Cosas raras crepitaron
en mi pecho y echaron chispas, como los fuegos artificiales del cuatro de
julio. Alejé mis ojos de Luca y los puse en una zona de seguridad. El jefe
de la mafia siciliana.
—¿Puedo unirme a ustedes dos jóvenes? —preguntó Pascale.
Inmediatamente asentí.
—Sí, sí. Por supuesto, señor DiMauro. —No era como si fuera a
decirle al jefe de la mafia siciliana que se fuera a la mierda.
Chasqueó la lengua.
—No, no, no. Me llamas Nonno.
¿Eh? Miré a Luca y luego a su abuelo. Ambos parecían terriblemente
presumidos, sonriendo como dos niños listos para revolver una olla.
Luca se puso de pie y ayudó a bajar a su abuelo a la silla.
Sonrió, tomando mi mano y apretándola.
—¿Sigues siendo feliz en Sicilia? —Asentí—. ¿Y cómo va tu trabajo?
¿Algún percance nuevo desde la última vez que te vi? —continuó.
Volví a mirar a Paolo, que nos observaba a todos desde su lugar detrás
de la barra.
—Cada día en esta taberna es un percance —murmuré en voz baja.
Pascale se rio.
—¿Ha sido Paolo demasiado duro contigo?
Sonreí tímidamente.
—No. Me temo que soy una camarera horrible.
Luca nos observó, estudiándome como si quisiera descifrarme
mientras Pascale quitándole importancia con la mano, con los ojos
brillando de diversión. Nos habíamos conocido en las últimas semanas. Se
acercaba a la taberna de Paolo y hablaba conmigo muy a menudo.
—Eres perfecta —dijo Pascale—. Pero mejor matando gente. ¿No?
—Exploté de risa.
Por supuesto, recordaría lo que dije la primera vez que nos vimos.
CAPÍTULO 21
Luca
Ella había cambiado.
No tenía nada que ver con la etapa de su embarazo.
Solo había pasado un mes desde que dejó los Estados Unidos, pero
los cambios eran evidentes. Al menos para mí lo eran.
Había una humildad silenciosa en ella que no existía antes.
Margaret y Nonno estaban hablando de una playa que estaba cerca.
—¿Has encontrado un buen chico siciliano, Margaret? —preguntó
Nonno. El viejo era astuto. Esa era la razón por la que no me importaba
aceptar su ayuda. Haría el papel de un abuelo angustiado y abriría la puerta
a mi plan de ataque.
Margaret se rio incómodamente.
—Me temo que no —respondió.
—¿Has buscado? —Nonno era decidido cuando quería información.
Ella puso los ojos en blanco, sus azules brillando como zafiros bajo
el sol.
—Paolo me ha mantenido ocupada. —Bajó los ojos a su vientre y se
frotó la barriga—. Y esta pequeña quiere que duerma horas extra.
El abuelo sonrió.
—Ah, sí. Me acuerdo de aquellos días. Mi mujer siempre tenía
hambre y sueño cuando estaba embarazada. Sobre todo con Penelope.
Los ojos de Margaret se posaron en él, pensativamente.
—Penelope —murmuró en voz baja. Sus ojos se movieron en mi
dirección—. Tu mamá.
Nonno asintió.
—Sí, la madre de Luca y Cassio.
La palma de Margaret acarició su vientre. Arriba y abajo. Arriba y
abajo. —Penelope —murmuró en voz baja, como si estuviera saboreando
el nombre en sus labios. Bajó los ojos a su estómago—. ¿Qué piensas,
Poppy? —Esperó un poco como si esperara una respuesta. Diablos, tal vez
esperaba dos patadas para el sí y una para el no. Entonces, como si
recordara que no estaba sola, se encontró con la mirada de mi abuelo—.
Es un nombre muy bonito.
Una sombra pasó por el rostro de mi abuelo. —Lo eligió mi mujer.
Significa alguien que es sabio y nuestra Penelope era sabia. Excepto
cuando ella...
Se calló y supe exactamente lo que quería decir. Mi mamá fue sabia
hasta el día que se involucró con Benito King. Él la había roto. Destruyó
su tierno corazón hasta que sintió que su única salida era el suicidio.
Casi mató a Nonno saber que su única hija había acabado con su
propia vida. Fue su terquedad y determinación para asegurar que su
legado, el de nuestra madre, siguiera adelante, lo que lo ayudó a vivir.
Margaret debió percibir el dolor de Nonno. Extendió la mano y la
acarició suavemente. Nonno le cubrió la mano con la suya.
—Quiero reunirme con ellas —murmuró suavemente—. Mi mujer y
mi hija. —Los ojos de Nonno se encontraron con los míos—. Pero este me
está frenando.
Los ojos azules cristalinos de Margaret se dirigieron hacia mí y luego
volvieron a Nonno.
—¿Qué quiere decir?
—Me niego a morir antes que mi último nieto se case. —Levantó la
cara hacia el techo, como si esperara ver el cielo. Estaba interpretando bien
su papel. Aunque decía la verdad. El dolor de la pérdida de Nonna y luego
de mi madre lo afectó mucho. A menudo decía que seguía adelante para
asegurarse que Cassio y yo llegáramos a la edad adulta, casados y con
nuestras propias familias.
Los ojos de Margaret brillaron y le apretó la mano. —Estoy segura
que Luca encontrará a alguien. —Ella giró su rostro hacia mí—. ¿Verdad?
No confirmé. No lo negué.
—Ah, mi nipote quiere un cuento de hadas —declaró Nonno.
Margaret se rio, mirándome con curiosidad.
—¿De verdad? —se burló—. No te tomaba por un tipo romántico.
Se hizo el silencio. Mi abuelo retorció su bastón contra el suelo.
—Luca era joven cuando perdió a su madre —comenzó Nonno en
voz baja—. Pero recuerda a mi Penelope. Recuerda el dolor de perderla.
Recuerda sus cuentos de fiabe. —Cuentos de hadas—. Mis nietos pueden
llevar el nombre King, pero son míos. Mi sangre.
Miré el vestido de Margaret. Se veía hermosa. Como una diosa
romana embarazada. El color de su vestido era azul claro, casi del mismo
tono que sus ojos. El azul era su color aunque rara vez lo llevaba.
Nonno cambió de tema a uno más neutral. Durante la siguiente media
hora, Margaret y él discutieron sobre consejos de jardinería, el mejor tipo
de tierra a utilizar y el sol perfecto. Hacía tiempo que no veía a Nonno tan
feliz y sonriente. Cassio y Áine se casaron en el Ayuntamiento y, aunque
Nonno se alegró por ellos, se sintió robado por no haber estado presente
para verlo. Hicieron una ceremonia en Sicilia por el bien de Nonno, pero
no fue lo mismo y Margaret nunca apareció por allí.
Mis ojos recorrieron la taberna mientras Nonno y Margaret hablaban.
Nonno se levantó y sus hombres se acercaron, pegándose a él.
—Volveré a verte, bella Margaret —se despidió Nonno. Ambos lo
vimos salir lentamente de la taberna, y entonces la atención de Margaret
volvió a centrarse en mí.
—Es un encanto —dijo—. Nunca tuve un abuelo, pero siempre me lo
imaginé así. —Luego ladeó la cabeza y añadió—: Menos lo del jefe de la
mafia.
—No me juzgues por eso —dije. Poniéndome de pie, extendí mi
mano—. ¿Puedes caminar conmigo por favor?
—Estoy trabajando —respondió, pero no había fuerza detrás, solo
resignación.
—Seguro que puedo convencer a Paolo que te dé tiempo para dar un
paseo —respondí jovialmente.
—Qué galante —murmuró ella—. ¿Cuál es el motivo? ¿O es que
Sicilia saca lo mejor de ti?
Sonreí.
—Hay que tener contento a Nonno.
La verdad era que me sentía más a gusto aquí, en la casa de Nonno,
que en cualquier otro lugar del mundo. Era mi zona de seguridad desde
que éramos niños y, de alguna manera, esa sensación permanecía. La
verdad es que Nonno siempre estaba en casa. No nuestro padre.
Margaret puso su pequeña mano en la mía y la ayudé a levantarse
antes de salir de la taberna justo cuando el auto de Nonno se alejaba. Casi
podía imaginarme su sonrisa de satisfacción detrás de las ventanas
polarizadas de su auto.
Si el plan funcionaba, probablemente se llevaría todo el mérito. No
importaba que se me hubiera ocurrido a mí.
Los sonidos de las olas contra la costa viajaban por el aire. El sol
brillaba intensamente y calentaba mi piel. Las temperaturas en el aire de
octubre todavía eran suaves aquí. Diablos, incluso algunos ancianos se
atrevían a bañarse.
La miré. Estaba malditamente resplandeciente. Su espeso cabello
color carbón le caía por la espalda, los mechones volaban con el viento.
Sus ojos estaban fijos en el suelo, observando sus pasos. Las calles y los
caminos empedrados eran estéticamente bonitos, pero una mierda para
caminar. Especialmente para las mujeres.
Caminamos en silencio, su mano todavía en la mía. Me sorprendió
que no la retirara. Se sentía bien aferrarse a ella. Su tacto calmaba algo en
lo más profundo de mi alma.
Me dio un empujón con el brazo.
—¿Por qué me miras así? —preguntó.
Porque eres hermosa. Porque me gusta verte. Porque hay algo en ti
que apacigua los demonios que llevo dentro.
Sin embargo, ninguna de esas palabras salió.
—Francamente, estoy esperando que me muerdas la cabeza —
bromeé. Era una verdad a medias. Sus ojos se desviaron hacia mí. El
silencio se instaló entre nosotros por un momento mientras nos
mirábamos, pero luego ella desvió la mirada. Un rubor subió por su cuello
y coloreó sus mejillas—. Todavía quieres arrancarme la cabeza de un
mordisco, ¿no?
Un aliento sardónico la abandonó. —Ha sido... —Su voz suave se
interrumpió, buscando una palabra, pero luego suspiró cansada—. Ha sido
solitario —admitió, manteniendo la mirada apartada—. Yo… —Se aclaró
la garganta antes de continuar—: Extraño a mis hermanos. Hablar con
alguien. Con cualquiera. Mi italiano apesta y hay pocas personas capaces
de comunicarse conmigo aquí.
—Si tan solo me hubieras llamado, habría volado y hablado contigo.
—Su risa ronca iluminó mi cuerpo. Ella pensó que estaba bromeando, pero
lo decía en serio. Habría dejado todo y a todos. Ella fue la razón por la que
fui en contra de mi padre por primera vez a la edad de doce años.
Casi mata a una niña inocente de cinco años. Algo sobre el terror en
sus ojos atravesó mi alma y no pude dejar que la lastimara. Así que lo
ataqué. Lo apuñalé por la espalda. Si tan solo hubiera apuntado mejor y lo
hubiera matado en ese mismo momento.
—Hablar contigo habría sido un alivio bienvenido. —Las palabras
brotaron de sus labios y luego, como si se diera cuenta de cómo había
sonado, añadió rápidamente—: Tu abuelo ha sido maravilloso. Algunos
días me ha hecho compañía. Pero es uno de los jefes de la mafia siciliana
y no es precisamente un amigo. Así que sí, así están las cosas.
Caminamos codo con codo hacia la playa. El silencio, una vez más,
llenó el aire. Casi podía oír el ruido de su corazón. Empujó un mechón de
cabello detrás de la oreja. Dejó escapar un suspiro de exasperación,
mirando a sus pies, luego se detuvo.
Sin palabras, le ofrecí mi brazo y ella pasó su mano por él, luego lo
sostuvo mientras se quitaba los zapatos.
—Déjame —le ofrecí, quitándole los zapatos y dejándolos colgar de
mis dedos.
Reanudamos la marcha, con los pies descalzos sobre el adoquín. Sus
caderas se balanceaban con cada paso, tentándome.
—Halloween es este mes —comenté de la nada.
Su suave risa resonó en el aire.
—Es algo extraño en lo que estar pensando.
El viento sopló y su vestido ondeó alrededor de su cuerpo, resaltando
su vientre. Era nuestro bebé el que crecía dentro de ella.
Nunca, ni en un millón de años, me había imaginado siendo padre.
Teniendo en cuenta nuestra historia familiar, pensé que era mejor acabar
con la línea King. Pero entonces Bianca llegó a nuestras vidas. Ella me dio
la esperanza de la normalidad. Mis sobrinas y su felicidad fueron la
confirmación de que era posible.
Y ahora tenía la oportunidad de tener mi propia familia. Lo deseaba,
carajo. No había forma de renunciar a ella. Lucharía por ella. Lucharía por
nosotros. Pero tendría que tener cuidado porque Margaret era una mujer
obstinada, y odiaba a los King.
Excepto que ahora había mucho más en juego aquí. Nuestra hija. Su
futuro.
Quería darle a mi hija una vida feliz. Del tipo que Nonno nos dio a mí
y a Cassio. Así que la incluiría en mi plan y resolveríamos el resto.
Tendríamos toda nuestra vida para resolverlo.
—En una fiesta de Halloween fue donde me encontré contigo por
primera vez —comenté—. Estabas disfrazada de la Viuda Negra. —
Apenas se puso rígida, pero lo noté—. Es solo un disfraz, Margaret.
Mirando hacia mí, inclinó la cabeza.
—Pareces diferente —dijo pensativa—. Aquí al menos.
Un aliento sardónico me abandonó. —Normalmente soy diferente
aquí —admití—. Mi abuelo nos dio a Cassio y a mí una apariencia de
seguridad cuando éramos niños. Es el único lugar donde sabíamos que
estábamos a salvo, así que supongo que se mantuvo. Siempre que estoy
aquí, me siento como en casa.
Siguió un silencio confortable.
—Tú también estás diferente —comenté. Ella inclinó la cabeza, con
las cejas fruncidas.
—Supongo que tienes razón —comentó—. Ha sido muy solitario. —
Un suave suspiro salió de sus labios y comenzó a frotarse el vientre de
nuevo—. Además, necesito amigos aquí. Tengo una hija en la que pensar
y no quiero que crezca sola.
—¿Ya pensaste en un nombre para ella? —le pregunté. Ella negó con
la cabeza en respuesta a pesar que sabía que le había gustado el nombre de
mi madre cuando Nonno lo mencionó—. Esta isla es un buen lugar para
formar una familia —le dije—. Cuando era niño, las visitas de verano a
Nonno eran mis favoritas.
—Hmmm. —No sabía qué quería decir ella con eso, pero la dejé
procesar las palabras. No era que Margaret se contuviera nunca—. ¿Por
qué no te mudas aquí entonces? En lugar de vivir en Nueva York o donde
sea que vivas.
Jesús, ella ni siquiera sabía dónde vivía y yo sabía cómo le gustaba
comer sus copos de maíz.
—En realidad quiero hacerlo —respondí, dirigiendo la conversación
exactamente hacia donde quería—. Pero Nonno tendría mujeres haciendo
cola todo el día y la noche hasta que eligiera una y me casara con ella.
Margaret se detuvo y se volvió hacia mí, luego echó la cabeza hacia
atrás y se rio. Se rio tanto que acabó sujetándose el vientre. Se rio tanto
que me preocupaba que diera a luz a la bebé aquí y ahora.
—Pobrecito —comentó, limpiándose los ojos con el dorso de la
mano—. Dios mío, no me había reído tanto en mucho tiempo. Gracias.
—Me alegro de poder servirte de diversión —comenté secamente.
Todavía sonreía cuando reanudó la marcha, esta vez sin tomarme de
la mano. En cambio, con su palma se frotaba el vientre distraídamente.
Quería tocar su estómago, sentir a mi hija moverse contra mi palma, tan
desesperadamente que mis manos temblaban.
Negué con la cabeza. Tenía que mantener la calma, atraparla en mi
plan, y entonces sería mía. Seríamos una familia.
—En realidad, tal vez... —me detuve, fingiendo como si estuviera
pensando en eso cuando sabía exactamente lo que quería. Dejé la oración
sin terminar, esperando.
—¿En realidad qué? —preguntó con curiosidad.
Me tapé la boca, ocultando mi sonrisa de satisfacción. Esto tenía que
ser jugado bien si ella iba a estar de acuerdo con él.
—Estaba pensando que tal vez tú y yo podamos ayudarnos
mutuamente. —Sus pasos vacilaron de nuevo y se giró, con sus ojos azules
fijos en los míos.
Mierda, me ofrecería como voluntario para ahogarme mirando sus
ojos azules. Eran profundos como los océanos bajo el brillante sol.
Compartía el color de sus ojos con su prima, Áine, pero no sentía nada
cuando miraba a su prima a los ojos.
Con Margaret, lo sentía todo.
Fue lo que me sorprendió la primera vez que nos vimos. Y la segunda.
La tercera vez que nos cruzamos, estaba acabado. Suyo. Aunque no me di
cuenta de cuánto tiempo me llevaría llevarla a este lugar.
—¿Luca? —La voz de Margaret me hizo retroceder.
Pasé mi mano por mi cabello. No es de extrañar que estuviera
malditamente obsesionado con la mujer.
—Sí.
—¿Decías? —Sus labios se curvaron en una suave sonrisa—. ¿Sobre
nosotros ayudándonos mutuamente? —insistió.
Dios mío.
Ella tuvo que recordarme mi plan. Tenía que arreglar mi mierda.
—Sabes que tu familia no se rendirá hasta que te cases, ¿verdad? —
Empecé. Ella no necesitaba responder. Me di cuenta por la expresión de
su rostro que ella lo sabía—. Te han estado buscando. Por suerte, han
estado buscando en todos los lugares equivocados. Pero, ¿y si...? —
Mierda, si decía que no, no sabía qué iba hacer a continuación. Realmente
no quería obligarla a casarse conmigo—. ¿Y si engañamos a todos?
La curiosidad brilló en sus ojos.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo?
—¿Y si tú y yo nos casamos? —sugerí.
Sus ojos se abrieron con incredulidad, pasaron segundos. Luego soltó
una carcajada incrédula.
—¿Por qué me casaría contigo? ¡Ni siquiera somos amigos! ¡Si
recuerdas, incluso te disparé una vez!
—Sería un matrimonio falso, pero nadie lo sabría. Evitaría que Nonno
me acosara con las mujeres. Y evitaría que tu familia te buscara
prospectos.
Una suave risita salió de sus labios. —A menos que te hayas perdido
esta pequeña parte, Luca. Mis prospectos generalmente terminan muertos.
Puede que no me gustes, pero no quiero ser responsable de tu muerte
prematura. —Esa afirmación me hizo estremecer—. No creo que tu Nonno
estaría muy feliz por eso, y odiaría que te perdiera.
Al menos no había veneno en su tono. Sus sentimientos al respecto
parecían estar cambiando. Gracias a Dios. En cuanto a la mortalidad de
sus anteriores prometidos, bueno, yo tuve una participación directa en eso,
así que era poco probable que me cortara la garganta pronto. Sin embargo,
eso probablemente sería algo incorrecto de admitir en este momento.
—No si nos casamos antes de irnos de Sicilia —sugerí—. Nadie más
que tú, Nonno y yo sabríamos que nos vamos a casar. Para cuando alguien
más se enterara, sería demasiado tarde.
Me miró como si estuviera loco. Está bien, ahora que he dicho las
palabras quizás no sonaba tan brillante, pero mierda, necesitaba que se
casara conmigo. Antes que algún otro hijo de puta intentara quitármela.
Era un milagro que algún imbécil no hubiera intentado jugar al caballero
de brillante armadura.
No es que viviera lo suficiente para hacer el papel.
Margaret Callahan era la jodida fantasía de todo hombre hecha
realidad. Su hermoso cabello era lo suficientemente largo como para
envolverlo alrededor de mi puño. Dos veces. Confía en mí, lo había hecho.
Esta mujer tenía una lengua afilada y un ingenio rápido y mordaz, pero en
el dormitorio era suave y complaciente. Y su expresión mientras la
follaba... me quemaba la piel y llegaba directamente a mi polla.
Era tan condenadamente dulce y ansiosa. Lo único que lamento es no
haber podido ver toda su cara mientras la follaba aquella noche en Las
Vegas. Verla entregarse a mí por completo, sabiendo que era yo. Ese era
mi maldito sueño.
—¿Irías tan lejos por tu abuelo? —preguntó suavemente, su tono se
volvió serio. Asentí—. ¿Y si tú también terminas muerto? —Para ella, era
una preocupación válida aunque yo supiera que no lo era—. Tu abuelo,
aunque es un anciano dulce, no perdonaría la muerte de su nieto. Y no
necesito más problemas en mi puerta.
—Tú y yo le hablaremos juntos de los hombres del pasado que han
muerto —le expliqué—. Supongo que los encontrará culpables porque no
pudieron defenderse. Solo los fuertes sobreviven en nuestro mundo,
Margaret. —Ella parpadeó ante mi extraña explicación, pero ella sabía que
las palabras eran ciertas—. Saldríamos ganando los dos —añadí.
Bajó los ojos a su vientre embarazado.
—¿Qué pasa con mi bebé?
—Te ayudaré a criarla —afirmé—. Las mantendré a ambas a salvo.
Sus cejas se fruncieron. —Pero es falso. Y no te ofendas, pero nunca
querría que mi hija llevara ese apellido.
Me encogí de hombros. —Nadie más sabrá que es falso. Podría
cambiar mi apellido. De cualquier manera, tu familia no te obligará a nada
una vez que estés casada conmigo.
Todavía parecía luchar con la idea, pero no podía rendirme. La
necesitaba a bordo para esto. Antes que pudiera decir algo más, algo
parpadeó en sus ojos y me maldije.
—No lo sé —señaló con voz insegura—. ¿Por qué irías a tales
extremos? —preguntó con suspicacia.
—Yo te ayudo y tú me ayudas —repetí—. Es un acuerdo mutuamente
beneficioso. Será un honor criar juntos a nuestra hija.
—¿Nuestra?
—Si te casas conmigo, ambas estarán bajo mi responsabilidad y bajo
mi protección —le dije. Eso era lo correcto para decir. ¿Verdad?
Mierda, no había un capítulo sobre esto en Qué esperar cuando estás
esperando. Maldición, derribaría la jodida casa editorial si me costaran a
mi mujer y mi hija.
—Parece un paso loco de dar —murmuró Margaret. Contuve mi
suspiro de alivio. Jesús, esto era estresante, y ni siquiera estaba matando a
nadie.
—¿Estás feliz? ¿Sobre la bebé? —Las palabras se deslizaron antes
que pudiera pensar dos veces. Por suerte, no le importó. La Margaret
Callahan embarazada era muy diferente de la antigua Margaret que conocí
aquella noche hace tantos años en Temptation.
—Sí —respondió con una sonrisa soñadora y mi pecho se calentó—.
Supongo que un chico en el inframundo sería más fácil, pero puedo
mantenerla a salvo.
—Podemos —dije con voz áspera, con la garganta apretada—. Si me
dejaras ayudarte, podríamos ayudarnos mutuamente.
El silencio se prolongó y prácticamente pude ver las ruedas girando
en su mente. Tendría que andar con cuidado con ella.
—¿Tu abuelo no sabrá que es una mentira considerando que estoy tan
embarazada? —ella preguntó.
Cuestionaría, si no fuera excepto que sabía que la bebé era mía.
—No lo hará. Le diré que tú y el bebé son míos.
Y lo serían. Mientras mi corazón siguiera latiendo.
CAPÍTULO 22
Margaret
Ser suya.
¿Por qué sonaba como una idea deliciosamente mala?
Podría ser arriesgado. Para mi hija y para mí. Después de todo, había
oído y visto de lo que era capaz su padre. Había alimentado el odio hacia
ese hombre y su familia durante demasiado tiempo. Aunque Nonno me
había mostrado un lado diferente de Luca y su hermano.
Luego estaba su apellido. Mi padre se revolcaría en su tumba si
tomara ese apellido.
Pero tal vez era hora de dejar de lado mi odio y hacer lo mejor para
mi bebé.
Siempre había querido un matrimonio cálido y real. Mi “felices para
siempre” como en las películas de Disney. El matrimonio de mis padres
fue frío. No estaba segura de sí Da amaba a mi madre, pero sabía que ella
no lo amaba a él. A la única que amaba era a sí misma.
¿Podría vivir el resto de mi vida en un matrimonio sin amor?
Estaba en el último trimestre de mi embarazo. Nadie en su sano juicio
me querría tan pesada y embarazada. Excepto este hombre. Nuestros
caminos se habían cruzado durante años. Tal vez podríamos ayudarnos
mutuamente. Me quitaría a mi familia de encima, y él haría feliz a su
abuelo. Luca solo quería traer paz a su abuelo. Realmente podía apreciar
el sentimiento, y me hizo verlo bajo una luz completamente diferente.
La imagen de un playboy y del hombre que me recordaba a su padre
se atenuaba lentamente. No había desaparecido, pero la comparación no
era tan nítida.
Enderezando mis hombros, me encontré con su mirada de frente.
—No habrá sexo —dije. Mi voz era firme, pero algo dentro de mí
tembló—. Si pones tu mano sobre mí, estarás muerto por la mañana. —
Sus labios se curvaron en una hermosa sonrisa, haciendo que mi corazón
enloqueciera—. Tampoco engañarme. —Hice una pausa, dándole tiempo
para que comentara algo. Cualquier cosa. Me di cuenta que el último
término era ridículo. Sobre todo porque acababa de decir que nada de sexo.
Ladeé una ceja, esperando. No me falló. —Sin engaños —aceptó—.
Pero tendremos que trabajar en nuestra relación. No soy un santo.
—Está bien, pero tendremos que ir súper despacio. Podría llevar años.
—Cielos, era como si tratara de convencerlo que no se casara conmigo—
. Si esos términos te parecen bien, entonces acepto tu oferta.
Le tomó un momento demasiado largo para responder.
—Trato hecho. —Entonces me mostró su brillante sonrisa—. No te
follaré hasta que me lo ruegues.
Mis mejillas se calentaron, pero me negué a mostrar la forma en que
sus palabras me impactaron. Luca ciertamente tenía una manera de hablar.
Así que me burlé. —Eso nunca sucederá.
Debería haber sabido que me haría comer esas palabras.
Llegamos al lugar que habitualmente visitaba, luego ambos tomamos
asiento en el muro de piedra cercano que separaba la carretera de la playa.
—¿Has estado acechándome? —pregunté medio en broma. Era
imposible que me trajera aquí por accidente.
—Nonno dijo que es tu lugar favorito —señaló, aunque no negó que
me había estado acechando.
—Pero él no tenía que decirte eso porque me has estado acechando
—declaré. Su expresión permaneció impasible—. ¿Cuánto tiempo llevas
en esta isla exactamente?
—Unas semanas más o menos —respondió vagamente.
Eso debería haberme alarmado, pero ya lo había superado hace
mucho. Solo quería un poco de paz. Suspiré:
—Lo que sea. Hazlo a tu manera —murmuré, frotándome la barriga.
Me miró de reojo, su mirada se llenó de un rastro de diversión seca.
—Estás mucho más relajada que antes.
Tomando una respiración profunda, exhalé lentamente. —Supongo
que es el embarazo. Estoy hormonal, emocional pero menos tensa. No es
bueno para la bebé estar todo el tiempo alterada.
—Me gusta esta faceta tuya —dijo.
La conmoción y el calor estallaron en mi pecho. El lado hormonal y
emocional de mí estaba ganando. Realmente no me importó.
—O tal vez estoy feliz de poder hablar con alguien sin la barrera del
idioma —repliqué secamente—. Tal vez estaba melancólica y tú eres lo
más cercano a casa en este momento.
No pareció inmutarse.
—Tomaré lo que pueda conseguir y.
—Eso no parece una mentalidad saludable —comenté—. Y tú nunca
has sido de los que se conforman con migajas, Luca King.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—No me había dado cuenta que habías pensado tanto en mí, Margaret
Callahan. Resulta que me conoces bien.
Puse los ojos en blanco.
—Fue fácil descifrarte cuando no paraba de toparme contigo.
—Así que eras tú quien me acechaba —se burló, dándole la vuelta a
todo.
—Ya quisieras —me burlé, poniendo los ojos en blanco otra vez. A
pesar de su arrogancia, mis labios se curvaron en una sonrisa y al mismo
tiempo frotaba mi barriga.
Los ojos de Luca bajaron hasta mi estómago, su expresión se llenó de
algo volátil y conflictivo antes de apartar la mirada. La incertidumbre me
recorrió. ¿Y si despreciaba a la bebé cuando naciera porque no era suya?
Mis pensamientos paranoicos se evaporaron con sus siguientes
palabras.
—¿Puedo tocar tu estómago? —La confusión me invadió mientras
buscaba su rostro, pero sus ojos estaban enfocados en mi estómago. Algo
oscuro como el pecado llenó su expresión, confundiéndome—. ¿Puedo
sentir su movimiento?
—Ummm... Claro.
Observé aturdida cómo su mano se movía lentamente, temblando
ligeramente hasta que su palma presionó suavemente contra mi creciente
vientre. En el momento en que me tocó, la bebé pateó. Y luego otra vez.
Fue como si se despertara y empezara a dar volteretas.
—La mantendremos a salvo —dijo con voz áspera—. Tú y yo.
Sus ojos se dirigieron a mi cara y nuestras miradas chocaron. De
repente, todas las preocupaciones sobre la seguridad de mi bebé
desaparecieron. Podía sentir la intensidad de su protección, ver el
juramento en su mirada, y eso me hizo sentir un nudo en la garganta.
Un sentimiento floreció en mi pecho, dejándome en carne viva.
Expuesta. De repente estaba en territorio desconocido con él. Podía sentir
su calor. Oler su colonia cítrica.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Se aclaró la garganta.
—Ella es activa —dijo, su voz neutral—. Debe ser una niña ruda,
como su mamá.
Sonreí.
—Quizás. O quizás eres tú quien tiene ese impacto en las mujeres
Callahan. Todas queremos patearte el trasero.
Sonrió, pero no llegó a sus ojos.
—Supongo que tendré que esforzarme más para gustarles más a los
dos —dijo, con un toque de aspereza en su voz.
Una sensación de pesadez tiró de mi pecho, consumiéndome. Lo
empujé, ignorándolo. Probablemente era una indigestión.
Así que me reí y golpeé ligeramente mi hombro contra el suyo.
—Más te vale. O si no... —Amenacé con poco entusiasmo.
—No más taberna. No más trabajo para Paolo —dijo, poniéndose de
pie de repente y extendiendo la mano—. Ven y quédate en la villa con
nosotros.
Puse mi mano en la suya, y sus fuertes dedos rodearon la mía.
—Me convenciste con lo de 'no más trabajo para Paolo' —murmuré,
antes de darme cuenta de cómo sonaba.
Él sonrió, con esa familiar sonrisa de satisfacción en sus labios.
—Ahh, mis habilidades para encantar están subiendo de nivel.
—No te mientas a ti mismo —comenté, sonriendo.
No tenía idea de cómo habíamos llegado hasta aquí. Todas nuestras
discusiones y odios se desvanecieron, dejándonos burlándonos el uno del
otro en esta playa.
El mundo ciertamente funcionaba de manera misteriosa.
CAPÍTULO 23
Margaret
La villa DiMauro era encantadora.
La valla de piedra rodeaba la propiedad. La gran villa estaba situada
en una colina con vistas a la ciudad, con el mar a un lado y las montañas
al otro. Condujimos durante ocho kilómetros a través de los campos de la
ladera con trabajadores ocupados recogiendo frutas y podando árboles.
Cajas llenas de coloridas frutas estaban a ambos lados del camino de
entrada. Aunque tuve que preguntarme qué fruta maduraba realmente en
octubre. Así que lo busqué: caquis, granadas, higos, manzanas y peras.
Este lugar era increíble.
Girando la cabeza, miré a Luca. Su brazo izquierdo descansaba contra
la ventana del auto mientras conducía con el derecho. Llevaba pantalones
blancos y un polo negro. Estaba tan malditamente relajado que era difícil
reconciliarlo con el hombre que siempre veía en trajes de tres piezas.
—¿Así que tu abuelo dirige la mafia y un negocio de frutas? —
pregunté, con un tono ligeramente sarcástico. No pude resistirlo, los dos
negocios eran tan diferentes.
—Siempre es bueno tener un plan de respaldo —comentó Luca,
ignorando mi sarcasmo.
—¿Qué tipo de fruta es? —pregunté, mirando hacia afuera.
—Aceitunas, granada, diferentes tipos de frutos secos —respondió.
Fruncí las cejas. —¿Por qué huele a limones entonces?
Se rio. —Hay muchos limoneros y naranjos. Producen un aroma
cítrico bastante particular.
Nos acercamos a otra puerta y esta se abrió automáticamente. Al
pasar, Luca saludó a la cámara. Así que alguien estaba mirando, pensé.
Una vez que la atravesamos, el gran terreno se abrió a una gran villa
en el centro. Piedra blanca. Persianas rojas. Un pequeño camino que
llevaba a un jardín y a un invernadero.
—Dios, con razón tu Nonno es feliz aquí —murmuré—. Nunca
querría irme.
Él sonrió. —Es bueno escuchar que te gusta.
Lancé una mirada inquisitiva en su dirección, pero él estaba
concentrado en estacionar el auto, así que volví mi mirada a la casa. Antes
que mi mano estuviera en la manija de la puerta, Luca ya estaba fuera del
auto y estaba dando la vuelta para abrirme la puerta.
Al menos es un caballero, pensé.
Nonno ya estaba fuera de su casa, acercándose lentamente hacia
nosotros con una gran sonrisa. Llevaba su característico sombrero de ala
ancha y su traje de época con tirantes.
Luca se apresuró a ayudar a su abuelo, sin soltar mi mano, aunque
tuvo cuidado de no moverse más rápido de lo que yo era capaz de manejar.
Nonno se dio cuenta y sonrió.
—Margaret. —Sonrió—. Benvenuta. —Bienvenida.
Conocía esa palabra. Paolo siempre daba la bienvenida a todo el
mundo en su taberna. Bueno, a todos menos a mí. A pesar de que el jefe
de la mafia siciliana me ayudó a conseguir un trabajo allí, mis pobres
habilidades como camarera borraron cualquier buena gracia concedida.
—Grazie. —Mi acento era tan horrible que temía haberla
pronunciado mal, así que añadí rápidamente—: Gracias.
Nonno tomó mis dos manos entre las suyas y las apretó. —Bienvenida
a casa, Margaret. Espero que tengas muchos años felices aquí.
Miré a Luca y levanté la ceja sorprendida. Creía que habíamos venido
a contarle juntos a su abuelo y, sin embargo, parecía que su abuelo ya lo
sabía.
Nonno se rio como si leyera mis pensamientos.
—Reconozco a un hombre ansioso cuando lo veo.
Estudié a Luca, tratando de calibrar su expresión, pero estaba
impasible. No me parecía ansioso. Encogiéndome de hombros, decidí no
comentar. Luca tomó el bastón de Nonno, luego cada uno tomó el brazo
de Nonno y los tres regresamos lentamente a la casa.
—Tomaremos un café en mi jardín privado —declaró Nonno. Luego,
como si recordara que yo estaba embarazada, añadió—: Y zumo para
Margaret.
Los tres nos sentamos entre plantas y árboles frutales enanos, con el
aroma de los cítricos rodeándome de nuevo.
—Agua está bien —le dije rápidamente.
El abuelo agitó su mano como si eso no fuera lo suficientemente
bueno, y tuve que morderme el interior de la mejilla para no estallar en
carcajadas. Dio órdenes a una mujer con delantal y arrugas en la cara que
debía tener la edad de Nonno.
—Puedo ayudarla —ofrecí, empujándome del brazo de la silla a punto
de ponerme de pie cuando las palabras de Luca me detuvieron.
—Será tu funeral. Nadie entra en la cocina de Pina. Te azotará.
Mis ojos parpadearon hacia la puerta por la que desapareció.
—Pero ella es una anciana —comenté.
—Los sicilianos envejecemos como el buen vino —dijo Nonno—.
No somos ancianos.
Podía ver de dónde procedían la arrogancia y la petulancia de Luca.
Lo heredó de su abuelo.
—Ahora, hablemos de la boda —exigió Nonno—. Será aquí. En este
jardín, el mismo en el que me casé con tu Nonna.
Una ligera punzada de culpa me golpeó. Estaba claro que amaba a su
esposa y se sentía como manchar su memoria celebrar nuestra boda en el
mismo lugar que la suya. Luca y yo no nos amábamos. Mis ojos se
dirigieron a Luca, lanzándole una mirada mordaz. Él la ignoró.
—Cuanto antes, mejor —coincidió Luca con él,
No pude resistir el pequeño golpe.
—¿Temes caer como mis últimos cuatro prometidos?
Si pensaba que eso sorprendería a Nonno, estaba muy equivocada.
Se aclaró la garganta y se recostó en su silla. Miró fijamente a Luca y
murmuró algo en italiano.
—No. —Luca contestó, y luego añadió más palabras en italiano.
—Así que todo esto de hablar en italiano es súper sexy, pero tal vez
podrían cambiar al inglés —comenté con dulzura—. Quiero saber lo que
están diciendo. Evidentemente, tiene que ver conmigo.
Había algo de astucia en la mirada que ambos me dirigieron. Jesús, la
forma en que cruzaban las piernas y sonreían, era la imagen de Luca en su
vejez. Un latido extraño de mi corazón fue la respuesta a la imagen.
Había algo en envejecer con él. Compartir todo lo bueno y lo malo
con una persona en la que podías confiar. ¿Podría confiar en Luca?
—No eran lo suficientemente buenos para ti —dijo finalmente Luca.
Mis cejas se fruncieron.
—Ni siquiera los conocías —comenté con burla—. Diablos, apenas
sabía sus nombres.
Nonno bajó el bastón de golpe. —Nadie se ocupa de nuestros hijos
más que nosotros. Famiglia. Famiglia DiMauro.
Tragué. ¿Luca ya le mintió a Nonno y le dijo que la bebé que crecía
en mi vientre era suya?
Luca me miró con calma, sosteniendo mi mirada mientras decía las
siguientes palabras.
—Esa es la razón por la que eliminé a esos hombres, Nonno. —Mis
ojos se abrieron, sin saber si debía seguirle la corriente, cuestionar su
cordura o posiblemente la mía. Tenía que estar fanfarroneando. ¿No es
así? Solo lo estaba haciendo para convencer a Nonno de que la bebé era
suya.
—Bene. —Sonrió Nonno—. Cualquier hombre que crea que puede
meterse con nuestra familia será hombre muerto.
La incertidumbre me recorrió. Crecí en una familia donde las
actividades delictivas eran parte de la vida cotidiana. Sabía el riesgo que
conllevaba. Aunque en este momento me preguntaba si solo estaba
cambiando la mafia irlandesa por la mafia siciliana.
Claro que sí, idiota.
Entonces, ¿por qué no estaba huyendo?
La respuesta estaba justo a mi lado. Se sentó, apoyó su brazo detrás
de mi silla y separó ligeramente las piernas. Su mirada calentó un lado de
mi cara y mi corazón se aceleró torpemente, robándome el aliento.
Mi cuerpo ardía. Mi piel se sonrojó, zumbando con una emoción
inexplicable. De repente, los pensamientos sobre prometidos asesinados
dejaron de ser relevantes. Luché contra el impulso de inclinarme y rozar
mi cuerpo contra el suyo. De sentir su calor.
—Ahora, hablemos de la boda —dijo Nonno.
CAPÍTULO 24
Luca
Ella pertenecía aquí.
Solo habían pasado unos días desde que se mudó a la villa de Nonno,
y era como si hubiera nacido aquí. Se movía por la casa como si conociera
cada rincón. O eso, o mi abuelo le había contado historias de todos los
espacios secretos que Cassio y yo habíamos descubierto a lo largo de los
años.
Mi abuelo y Margaret se llevaban mejor de lo que jamás hubiera
esperado. Estaba convencido de que Nonno estaba enamorado de mi
mujer. Si él no fuera familia, mi abuelo, y no tuviera una edad avanzada,
tendría que considerar acabar con él.
Era muy consciente de que mis celos eran irracionales.
Sin embargo, la cura seguía sin estar disponible para mí. Cuando se
trataba de esta mujer, todos mis sentimientos se multiplicaban por diez.
Observé a Margaret mientras le leía a Nonno con su voz suave,
mientras se frotaba el vientre. El cambio en ella era pronunciado y no
porque estuviera embarazada. Estaba dentro de ella. Era como si todos sus
demonios y su odio se hubieran quedado en Nueva York.
Aquí era una persona completamente diferente. Tal vez esta era la
mujer que estaba destinada a ser todo el tiempo. Lejos de los pecados
pasados que nuestros padres cometieron. Lejos de los Callahan. Aunque
sabía que echaba de menos a sus hermanos. Mucho. La sorprendí sacando
algunos artículos sobre ellos. Eran viejos, pero ella se sentaba allí y miraba
las fotos.
Así que decidí tenerlos aquí para nuestra boda. Por ella.
La línea sonó mientras se conectaba alrededor del océano con su
hermano mayor.
—Hola.
Aiden Callahan sonaba cansado. Y sabía exactamente por qué. Su
hermanita no siguió el plan y en lugar de ir al norte de Italia, Margaret
decidió esconderse en Sicilia. Según los informes de Nico, había estado
muy preocupado. Para su desgracia, se enteró del acuerdo entre Marchetti
y Callahan demasiado tarde, por lo que su preocupación aumentó.
Pensó que la había arrojado a los lobos.
Lo hizo, pero no del tipo que él pensaba.
—Aiden —lo saludé—. Aquí Luca King.
—¿Qué diablos quieres?
Desde el plan de Cassio de cambiar de novia, yo estaba en la lista
negra de los hermanos Callahan. Solo por parentesco consanguíneo con
mi hermano. Además, no ayudó que Margaret me despreciara. Hasta
ahora.
—He oído que estás buscando a tu hermana —dije, recostándome en
mi silla y manteniendo mis ojos en Margaret y Nonno en el jardín. Podía
verlos desde aquí y, aunque no podía oírlos, podía ver cada vez que sus
espaldas temblaban de risa. Maldita sea, si eso no me hacía amarla aún
más.
Mi corazón se detuvo. ¿Amor?
No, no puede ser. Negué con la cabeza como para confirmar mis
pensamientos.
No, amor no. Obsesión, sí. Deseo, sí. Pero no amor.
—¿A ti qué te importa? —Aiden escupió. Podía oír la ira y la
frustración en su tono. Margaret se parecía tanto a su hermano. Más a
Aiden que a los gemelos. Esos dos parecían tener sus propias cosas que
nadie más conocía. Como su maldito ménage à trois14 que parecían amar.
—Podría ayudar. —O entorpecer, según se mire.
Una pausa, un latido demasiado largo.
—Ya sabes dónde está.
Era una afirmación. Aiden no era estúpido. Era la razón por la que su
tío lo eligió para dirigir la mafia Callahan. Lo había estado preparando
durante mucho tiempo.
14
Un ménage à trois es un término que describe un acuerdo doméstico de tres personas para mantener
relaciones sexuales y formar un hogar. El sintagma se traduce literalmente como «hogar de tres».La expresión
ménage à trois adquiere diversos significados dependiendo del contexto.
—Sí. Y me voy a casar con ella. —Ciertamente un había una mejor
manera de darle la buena noticia, pero a la mierda. También podría saltar
hasta el fondo.
—¿Tu qué? —gruñó.
Así que, para asegurarme de que entendiera, repetí las palabras
lentamente:
—Me voy a casar con Margaret.
—Malditos Kings —gruñó—. Siempre acercándose a nuestras
mujeres. —Bien, entonces no se tomó la noticia tan bien como esperaba—
. Si la tocas, Luca, serás hombre muerto. A la mierda la alianza. A la
mierda todo. Te haré gritar de agonía.
Ya me amaba. Podía sentir todo ese amor viajando por la línea y
calentando mi corazón. Si tan solo supiera que ya toqué a Margaret. Más
que tocado. Y ella… mierda, solo de pensar en aquella noche y en aquellos
gemidos de hace ocho meses, toda la sangre me llegaba a la ingle.
Mal momento.
—Puedes hacerme gritar, pero será después de casarme con tu
hermana —le dije con calma—. Ahora, puedes calmarte y unirte a nosotros
en la boda. Ella te querría aquí. O puedes humear como un maldito
cangrejo en Nueva York.
La verdad es que estaba demasiado feliz como para acumular algo de
rencor o rabia hacia él. Margaret aceptó casarse conmigo. Por su propia
voluntad. Sí, su cláusula era no tener sexo, pero también superaríamos ese
puente. Éramos lo que la gente llamaba un trabajo en progreso.
—¿Humear como un cangrejo? —murmuró Aiden—. ¿Quién diablos
dice una mierda como esa? ¿Y qué quieres decir con que ella me quiere
allí? Haces que suene como si ella estuviera de acuerdo en casarse contigo
cuando tú la estás forzando. Margaret te desprecia. Incendió tu auto solo
porque la defendiste.
OK, hablé demasiado pronto. Ahora me estaba cabreando.
—No, no la estoy forzando —gruñí—. Los dos llegamos a un
acuerdo.
—Mentira.
—Cree lo que quieras —le dije—. O puedes preguntarle tú mismo si
quieres venir a la boda. Quiero sorprenderla.
Eso debió hacerlo reflexionar, pero antes que pudiera idear un plan
brillantemente estúpido, agregué:
—Solo tú y tus hermanos. Y todos los preparativos se harán para ti.
Todo lo que tienes que hacer es darme un sí o un no.
Aiden soltó unas cuantas maldiciones en gaélico.
—Desde que Margaret se fue de Nueva York, me enteré que hay una
regla no escrita entre los Callahan y los Marchettis. No podemos cruzar a
su territorio, y él se mantendrá fuera del nuestro. He estado muy
preocupado por mi hermana.
Pude escuchar la angustia en su voz.
—He llegado a un acuerdo con Marchetti —le dije, manteniendo la
vaguedad—. No tocará a Margaret, ni a ti ni a tus hermanos. Sin embargo,
lo mismo no se aplica a tu tío.
—Así que quieres que vayamos bajo tu palabra —siseó—. ¿Por qué
no traes a mi hermana a casa y te casas con ella aquí?
Sabía lo que eso implicaba. Callahan me la quitaría.
—Me casaré con tu hermana en Sicilia. En mis dominios. Con o sin
ti.
—Vete a la mierda, idiota. —Oh, él vendrá, pensé con aire de
suficiencia. No sería capaz de resistirse a ver a su hermana y asegurarse
que lo hacía por voluntad propia—. Sí, voy a ir.
Mierda, me encanta tener razón.
—Ten tu pasaporte listo y alguien te recogerá. Volarás en mi avión.
Después de colgar con él, marqué a Cassio. Riiing. Riiing.
Contestó al tercer timbre.
—Luca, ¿qué diablos has estado haciendo en Italia durante más de un
mes?
No le había contado mi plan. No quería arriesgarme a que Áine se
enterara, o seguro que habría avisado a su prima. Aunque ni siquiera ella
sabía dónde estaba Margaret. Pero si Cassio lo supiera, se lo habría dicho.
Así que lo dejé en la oscuridad.
—Me voy a casar —le dije con calma—. ¿Crees que podrías traer tu
culo aquí para una boda este sábado?
Parecía que hoy era un día para soltar bombas a todo el mundo.
—¿Con quién diablos te vas a casar?
Escuché una voz débil en el fondo.
—¿Luca se va a casar?
—Eso parece, aunque sería bueno saber con quién. —La respuesta de
Cassio fue un golpe para mí.
—Ya te enterarás —le dije, sonriendo con suficiencia—. Si puedes
venir, arreglaré un avión. Todo lo que tienes que hacer es tener tu
pasaporte listo.
—¿Está invitada mi mujer? —preguntó secamente.
—Por supuesto. Ella es de la familia.
Habría sido muy divertido presenciar ese vuelo a través del Atlántico.
CAPÍTULO 25
Margaret
Vivir con Luca y su abuelo resultó ser muy agradable.
Teníamos una rutina. Por la mañana, Luca se ocupaba de sus negocios
en Estados Unidos mientras Nonno y yo dábamos un paseo por el jardín.
Luego almorzábamos juntos y, la mayoría de las veces, Luca se unía a
nosotros.
Hablarían de eventos actuales, algunos legales y otros ilegales, luego
Nonno tomaría una siesta y yo recorrería la propiedad. A veces Luca se
unía a mí.
El sol calentaba mi piel mientras deambulaba por las hileras de
árboles llenos de frutas y nueces maduros. Llevaba unos pantalones cortos
elásticos y un top rosa suelto con tirantes gruesos. Cuanto más avanzado
estaba mi embarazo, más calor tenía. Así tenía que sentirse la menopausia.
Hay mucho que esperar, pensé con ironía.
—Ciao, bella. —El aliento caliente contra el lóbulo de mi oreja me
sobresaltó, mi cuerpo se sacudió hacia atrás.
Un par de brazos fuertes me atraparon antes que perdiera el equilibrio.
—¿Qué coño, Luca? ¿Intentas matarme antes de casarnos?
Se rio suavemente.
—Si quisiera matarte, te comería el coño y te daría un orgasmo.
Parpadeé y mi boca se abrió con un jadeo. Pero luego me recompuse
rápidamente.
—Alguien piensa muy bien de sí mismo. —Me reí, aunque no había
mordacidad en mi tono. De hecho, sonaba sin aliento.
—Me siento desafiado —dijo con esa sonrisa de suficiencia que he
llegado a conocer tan bien. Excepto que aquí también era encantador y
relajado. Mis ojos viajaron sobre su cuerpo alto. Llevaba un pantalón
blanco informal y un polo verde oliva que hacía juego con sus ojos cuando
el sol los golpeaba. Me gustaba así.
Metió las manos en los bolsillos. Algo me decía que era para no
parecer amenazante.
Negué con la cabeza.
—Si crees que me voy a acostar contigo aquí en la tierra, estás pazzo.
Loco. Aprendí esa palabra y me encantaba decirla. Salía de mi lengua
sin esfuerzo.
Enganchó su brazo alrededor de mí.
—No hay necesidad de poner excusas, bella. —Dios, se estaba
burlando de mí otra vez. Ningún otro hombre llegó a mí como este—.
Tengo un picnic preparado para nosotros. Vamos a relajarnos. Si una
manta sobre la tierra funciona para ti, puedo probar mi punto en nuestro
lugar de picnic.
Estuve a punto de tropezar pero apreté los labios. Me estaba
provocando. Lo sabía.
Lo más desconcertante era que estaba tentada. Quería ver qué estaba
guardando mi futuro marido. Quería tocarlo. Probarlo.
Como si pudiera leer mis pensamientos, añadió casualmente:
—Será una calle de un solo sentido. Te como el coño, no hay favores
a cambio.
Mi boca se abrió. ¿Qué hombre en su sano juicio no quería que le
devolvieran el favor?
Lanzándole una mirada de soslayo, estudié su expresión. Parecía
serio.
Demasiado para saborearlo, suspiré en silencio.
Cuando nos detuvimos en el lugar de picnic, tomó mi mano y me
ayudó a sentarme. El olor a frutas y viñedos perfumaba el aire. La suave
brisa recorría el campo. Era algo romántico.
Me abofeteé mentalmente. Claramente había perdido la cabeza.
—No pasa nada si tienes miedo, mia bella.
Un gemido exasperado me abandonó.
—Está bien, Luca King—, respiré. Para mi consternación, mis
mejillas ardían y mi voz temblaba—. Hagámoslo. Pero si todavía estoy
viva después de este orgasmo supuestamente asesino, me deberás una.
Mi mente estaba tan revuelta que ni siquiera podía pensar en qué
pedir. Estas hormonas del embarazo me ponían tan cachonda, y no tenía a
nadie más que a mí misma para satisfacer los antojos. En este punto, era
tan grande que ya no podía hacer mucho y me estaba volviendo loca.
¡Tenía que ser la única razón por la que estaba considerando esto!
Este hombre convirtió mi cerebro en papilla, y había perdido la
capacidad de pensar inteligentemente.
La sonrisa que me dedicó casi me cegó. No era presumida ni engreída.
Era el tipo de sonrisa que te dejaba sin aliento.
—Muéstranos el camino —murmuré, la emoción corriendo por mis
venas. Tardó menos de dos minutos en llegar al lugar del picnic. No estaba
segura de sí era él o yo, pero nuestros pasos se apresuraron demasiado.
Una vez junto a la manta extendida, me empujó suavemente para que
me acostara boca arriba. Me quitó los zapatos seguido de mis pantalones
cortos. Luego, sus ásperas palmas recorrieron mis tobillos, subiendo por
mis piernas y el interior de mis muslos, hasta que su cara estuvo cerca de
mi coño. La única barrera entre su boca y mi coño eran mis finas bragas.
Mientras besaba la parte interna de mi muslo, sus fuertes manos me
mantenían en el lugar. Un escalofrío recorrió mi espalda y de repente temí
que tal vez él sí quisiera matarme. Con placer.
—Si muero por el orgasmo, solo asegúrate de sacar a mi bebé —dije
por alguna estúpida razón.
Su tacto era tierno. Su mirada, una de reverencia.
Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, y en algún lugar
profundo de su mirada, encontré algo que no podía expresar con palabras.
Bajó mis bragas por mis piernas y las tiró a su lado. Luego acercó su
rostro a mis labios inferiores, su cálido aliento contra mi coño me hizo
cosas.
—Puedo oler tu excitación —respiró, luego la punta de su lengua tocó
mis pliegues y mi cabeza cayó hacia atrás. Mis ojos se cerraron y la
sensación llenó cada centímetro de mí—. Pon las manos en las tetas, bella.
Dios, su voz en ese tono bajo era como mi línea sexual personal. O
tal vez mis hormonas estaban tan alteradas que todo me excitaba.
Tomé mis pechos a través de mi camisa, que me pesaban y me dolían,
y apreté mis pezones. El placer me atravesó. Un gemido salió de mis
labios. Dios, había pasado tanto tiempo desde que un hombre me había
tocado.
Luca bajó la cabeza y me lamió, y todo pensamiento se evaporó.
Gruñendo, acercó su cara, su barba áspera contra mi piel suave y lamió mi
entrada.
—Mierda, estás tan mojada para mí.
¿Estaba mojada por él? ¿O era solo una respuesta corporal normal?
Tenía miedo de saber la respuesta.
Comenzó a mover sus labios y su lengua hasta llegar a mi clítoris. La
primera pasada de su lengua por él hizo que mis caderas se agitaran y
echara la cabeza hacia atrás. Era eléctrico, sensual, y él tarareó su
aprobación. Un cosquilleo recorrió mis piernas y no pude más que
quedarme tumbada mientras él lo hacía una y otra vez, moviendo y
haciendo círculos en mi clítoris con su lengua.
—Mierda. Mierda. Mierda. —Estaba tan cerca. El hombre era muy
bueno en esto.
Su dedo se abrió paso en mi coño, estirándome, y gemí.
—Oh, Dios mío, Luca —grité. Mis caderas chocaron contra su
rostro—. No te detengas. Se siente tan...
Eso me valió otro dedo y una larga succión de mi clítoris. Mis dedos
de los pies se curvaron, y pude sentir el orgasmo creciendo en mi vientre.
Se sentía como la fuerza de un huracán que me preocupaba si era saludable
para la bebé.
—Estoy tan cerca —respiré, con pequeños gemidos saliendo de mis
labios—. Oh, Dios. Sigue, por favor.
Mis caderas se balancearon con fuerza contra su cara, mi cuerpo
estaba desesperado por la liberación.
Él tenía razón. Esto podría matarme, de la mejor manera posible.
Luca continuó lamiendo mi clítoris y bombeando sus dedos en mi
coño. Tenía en la punta de la lengua el rogarle que me follara. Lo
necesitaba como el aire que respiraba. La idea de su cuerpo musculoso
golpeando dentro de mí me llevó al límite.
Mis paredes se convulsionaron alrededor de sus dedos, mis miembros
temblaron y los gemidos rompieron el aire. El orgasmo más intenso de mi
vida me inundó, haciendo que mi corazón latiera tan rápido que pensé que
me provocaría un infarto.
Luca no dejó de lamer la humedad, con los ojos cerrados,
saboreándome, como si lo estuviera disfrutando más que yo.
Me hundí en la manta, sin fuerzas. La boca de Lucas se suavizó pero
se negó a detenerse. Cada vuelta de su boca enviaba un escalofrío por mi
espalda. Observé su hermoso rostro y algo en mi pecho se movió. Me
aterrorizó. Me emocionó.
Hormonas, susurró mi razón.
Sus párpados se abrieron y nuestras miradas chocaron. El color
avellana de sus ojos era más verde que nunca. Una nueva inyección de
deseo me recorrió y me lamí los labios. Continuó saboreándome mientras
me miraba. No podía apartar la mirada. No quería, asustada de perderme
un solo momento del hombre más atractivo sexualmente que había
conocido.
Luego se arrastró sobre mí, su boca acercándose a una pulgada de mis
labios. Su barbilla brillaba con mis jugos y estuve tentada de sacar mi
lengua para probarme en sus labios.
No lo hice.
—Esto fue algo de una sola vez —dije con voz ronca.
Los bordes de su boca se curvaron.
—Lo que quieras, bella.
Excepto que sonaba exactamente lo contrario. La mirada de sus ojos
me decía que habría mucho sexo. Jesús, o tal vez mis deseos se reflejaban
en ellos. Estaba tan malditamente confundida.
—Hablo en serio, Luca —respiré.
Se levantó en toda su altura.
—Yo también, Margaret. Soy un hombre muy paciente.
Me ayudó a ponerme de pie con delicadeza, besó castamente mi
mejilla con esa boca sucia y luego se fue sin decir una palabra más ni mirar
hacia atrás. Observé, estupefacta mientras contemplaba el significado de
esas palabras.
Oh Dios. Necesitaba hacer un mejor trabajo resistiéndome a él.
Una hora más tarde regresé a la villa.
Mis mejillas ardían al recordar el incidente de antes. Luca era
demasiado fácil de ceder. Además, el no tener sexo jugaba en mi contra.
Aunque tengo que admitir que no odié las manos de Luca sobre mí. De
hecho, me encantaron.
De todos modos, era mejor no darle demasiada importancia.
Me tomé mi tiempo para prepararme esta noche. Me duché, luego me
puse un poco de rímel y mucha loción por todo el cuerpo. Estaba un poco
paranoica con las estrías que seguramente seguirían después del parto. Así
que apliqué loción extra, por si acaso.
Para la cena juntos, elegí un maxi vestido amarillo que no ocultaba
mi barriga de embarazada, pero aun así me hacía sentir atractiva.
Bajando las escaleras, entré al comedor donde Nonno y Luca ya
estaban sentados a la mesa. Guido también. Era el guardaespaldas de
Nonno desde hacía mucho tiempo, también amigo y primo.
Luca y Nonno dejaron de hablar inmediatamente, sus ojos se
dirigieron hacia mí. Nonno vestía su habitual, pero Luca se veía guapo.
Demasiado guapo para su propio bien. O mi bien. Llevaba una camisa de
vestir blanca, los dos primeros botones del cuello desabrochados, lo que
dejaba al descubierto su piel oscura y los destellos de sus tatuajes.
Mi paso vaciló y, de repente, las imágenes de la noche en Las Vegas
se agolparon en mi cerebro. No llegué a estudiar la piel entintada de mi
desconocido. Era demasiado difícil ver a través de la máscara y él mantuvo
la habitación a oscuras.
Pero el toque del desconocido... Fue la misma sensación que tuve con
Luca cuando me tocó antes.
Una oleada de deseo me recorrió y tragué con fuerza.
El orgasmo me estaba jodiendo la cabeza. Tenía que olvidarme de
todo eso.
Los ojos de Luca recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en la visión de
mis tobillos desnudos antes de volver a mi cara. No había rastro de esa
presunción que había llegado a conocer en sus ojos. Solo lujuria que ardía
y provocaba palpitaciones entre mis muslos.
—Siéntate a mi lado —dijo Luca. Su mirada ardiente me decía que
estaba acostumbrado a salirse con la suya. Por una vez, no me importó.
Me senté a su lado y su mano se posó en mi muslo, atravesando mi vestido.
Jesús, ¿qué me estaba pasando? Ni siquiera había nada sexual en su
toque.
—Nonno sugirió algo, y me gustaría tu opinión —dijo Luca,
apartando mis pensamientos de todo lo sexual.
Mis ojos recorrieron con curiosidad la mesa. Nonno tenía una sonrisa
de satisfacción en su rostro. Por extraño que parezca, Guido parecía un
poco desanimado. O tal vez esa era su mirada agitada.
—Bene, bene —dijo Nonno con una sonrisa—. Es bueno consultar
con tu mujer cuando se toman decisiones tan importantes.
No me molesté en corregirle que aún no estábamos casados. En su
lugar, volví a mirar y fijé la mirada en Luca. Podía sentir un ligero calor
en mis mejillas, pero estaba decidida a no hacer de esto algo sexual.
Seríamos iguales. Compañeros. Aunque si tocaba a otra mujer, estaría
muerta antes del amanecer.
La violencia del pensamiento me sorprendió.
—¿Qué te parece casarte con Luca DiMauro en lugar de con Luca
King? —Su pregunta me hizo abrir los ojos—. Nonno quiere pasarnos el
negocio de los DiMauro. Tú y yo.
Abrí mi boca. No salió ninguna palabra. Así que la cerré y la volví a
abrir.
—Con la bebé, no estoy segura de poder hacer mucho —admití en
voz baja.
Nonno se rio.
—No hay trabajo asesinando gente para mis hijas. Serás la
orientadora de Luca. Como mi mujer lo fue para mí. —Una suave sonrisa
curvó mis labios. No odiaba la idea en absoluto. De hecho, me gustó.
Mis ojos se dirigieron a Luca.
—¿Cómo te sientes al respecto?
Un suspiro sardónico dejó a Luca.
—Siempre fui más DiMauro que King. Esta isla fue donde siempre
fui feliz. No en Nueva York. Y ciertamente no con mi padre. Nonno es
familia. Benito nunca lo fue.
Una pizca de amargura se abrió camino desde sus labios hasta mi
corazón. Solo podía imaginar lo difícil que fue crecer bajo la crueldad de
Benito King.
Mi lengua se deslizó por mi labio inferior.
—A decir verdad, no me importa —admití en voz baja.
—¿Estarías bien viviendo en Sicilia en lugar de Nueva York? —
preguntó Luca—. Eres una neoyorquina de pies a cabeza.
Sonreí.
—Llegué a la conclusión que me gusta más Europa. Así que no, no
me importaría. Siempre que la bebé esté a salvo.
Mi mano recorrió mi vientre suavemente, sintiendo a mi niña dar
patadas. Parecía que ella también estaba contenta.
—La mantendremos a salvo —dijo Luca—. Siempre.
CAPÍTULO 26
Margaret
Miré mi vestido en el espejo.
El vestido era precioso. Pertenecía a la abuela de Luca y Nonno dijo
que esperaba que algún día su Penelope lo usara. Cuando me lo entregó,
lo hizo con esperanza en sus ojos y, a pesar de la farsa que estábamos
cocinando Luca y yo, no pude decir que no.
Significaba mucho para él. Y, de alguna manera, significaba mucho
para mí darle a Nonno esa simple cosa. Luca y yo nos íbamos a casar en
la misma iglesia que sus abuelos. Luego tendríamos la recepción en la casa
de Nonno. Tal y como lo hizo con su Nonna hace mucho tiempo.
Mis manos estaban extendidas contra mi vientre embarazado. El
vestido era acampanado desde el corpiño en un diseño de cintura imperio
con mangas largas, una espalda escotada y una cola que se ensanchaba
detrás de mí. La tela era suave y el vestido me quedaba perfecto, como si
estuviera diseñado para mí.
O quizá Nonna también estaba embarazada cuando se casaron,
pensé.
—Estás preciosa. Como debería estar nuestra hermana. —La voz
profunda de Aiden vino detrás de mí.
Mis ojos captaron el reflejo de mis hermanos y Áine de pie junto a la
puerta que separaba esta habitación de la iglesia. Parpadeé. Todavía
estaban allí.
—Hermosa. —Los gemelos coincidieron—. Pero bueno, ella siempre
ha sido hermosa.
Lentamente, me giré, con el roce del vestido de novia siguiendo mi
movimiento, para encontrarlos de pie en la puerta.
Mi familia. Mis hermanos siempre lo fueron para mí. Y cuando el tío
se casó, Áine se unió a nuestro círculo sin esfuerzo.
No eran mis padres. Ni siquiera era mi tío. Siempre fueron mis
hermanos.
Mi labio inferior tembló. No fue hasta este mismo momento que me
di cuenta de lo que me molestó todo el día. La idea de hacer esto sin las
personas que amaba.
Y aquí estaban.
—¿Qué? ¿Cómo? —No pude formar una pregunta.
—No pensaste que te dejaría casarte con Luca King sin verte primero
y asegurarme de que esto fuera por tu propia voluntad.
Un suspiro me abandonó y las lágrimas quemaron el fondo de mis
ojos.
—Luca DiMauro —murmuré.
Cuando todos me miraron fijamente, aclaré.
—Cambió su nombre a Luca DiMauro.
Una sonrisa temblorosa se formó en mis labios. La verdad es que me
encantaba que fuera un DiMauro. Y que también le diera a mi bebé su
apellido. Ella no estaría conectada con el hombre que mató a mi papá.
Sería una DiMauro. Se sentía como un nuevo comienzo.
—Y sí, estoy haciendo esto por mi propia voluntad —dije.
Aine corrió hacia mí.
—Luca llamó a Cassio. Ese sinvergüenza solo nos dijo que se iba a
casar, pero no con quién. Luego exigió que tuviéramos nuestros pasaportes
listos y abordáramos un avión.
Se me hizo un nudo en la garganta y parpadeé con fuerza,
manteniendo alejadas esas lágrimas traidoras y hormonales. Sus manos me
rodearon y me abrazaron.
—Te extrañé mucho —murmuró ella—. Y tus hermanos tienen razón.
Te ves hermosa —dijo en voz baja.
Sonrió, dio un paso atrás y mis tres hermanos me envolvieron entre
ellos. Me abrazaron con fuerza.
—No te apegaste al plan, hermanita —me reprendió Aiden, pero no
había una verdadera reprimenda en su voz.
—Incluso nos pidió ayuda para encontrarte —refunfuñó Tyran—.
Tuvimos que darle una patada en el culo y luego iniciar la búsqueda. ¿Qué
clase de irlandés envía a su hermana a Italia?
—Se suponía que iba a ir al norte de Italia —refunfuñó Aiden—. No
al corazón de los mafiosos italianos.
Miré a Aiden y ambos sonreímos. Los gemelos se cubrían las espaldas
mutuamente. Aiden y yo la nuestra.
—Una inteligente —respondí—. Y, mi querido hermano, improvisé.
Una expresión oscura pasó por la cara de mi hermano. —La verdad
es que Italia, en general, no fue una buena elección. Resulta que había una
condición en el tratado de paz entre el tío Jack y Enrico Marchetti cuando
el tío mandó matar al hermano de Marchetti. El tío se olvidó de
mencionarlo cuando asumí el papel. Enviarte a Italia no fue tan inteligente.
Si ese tipo te hubiera atrapado, te habría matado.
Mis cejas se fruncieron. No había oído hablar de una guerra entre
Marchetti y Callahan. Si había una, entonces la bebé y yo no podríamos
quedarnos en Italia. Tendría que hablar con Luca sobre eso más tarde.
—¿Es seguro estar aquí? —pregunté—. Para todos nosotros.
Aiden asintió.
—Sí, Luca me aseguró que Marchetti le dio un pase libre.
Los chicos dieron un paso atrás y mi hermano mayor metió la mano
en el bolsillo y me entregó una caja. Mis ojos se dirigieron a ella y luego
a él.
—Para algo antiguo —explicó, abriendo la caja y entregándomela.
Era un rosario. Me puse rígida. Tener cualquier cosa de mamá para algo
antiguo era tan atractivo como ofrecerme a un carnicero para que me
cortara en rodajas. No, gracias.
—No es de mamá —aclaró Tyran.
Agarró mi mano y la metió en ella.
—Nuestra abuela murió antes que tú nacieras, pero era religiosa —
dijo Aiden—. Y me dijo que me asegurara que el primero de nosotros que
se casara lo usara como algo antiguo.
El hecho que se lo diera a Aiden y no a mi madre lo decía todo. Según
lo que había oído, a la abuela tampoco le gustaba mamá.
—Y yo tengo algo prestado —añadió Áine, entregándome su velo y
una tiara.
Se me escapó un suspiro incrédulo. Me preguntaba por qué Nonno
solo hablaba de un vestido y nunca de un velo. Asumí que tal vez no tenían
uno en ese entonces.
Me ayudó a ponérmelo y, cuando miré mi reflejo, completaba el
vestido a la perfección. Como si pertenecieran juntos.
—Tenemos algo azul para ti —anunciaron las gemelos.
Alcancé mi ramo de campanillas en la mesita. Entonces se me ocurrió
una idea. Envolví el rosario alrededor de los tallos y dejé la cruz colgando
en la parte delantera y sobre mis dedos.
La mirada traviesa que me dirigieron los gemelos me dijo que eso no
sería suficiente.
—¿Sabías que el azul en la boda sirve para alejar el mal de ojo? —
Fruncí el ceño. Pensé que representaba la pureza, el amor y la fidelidad.
Al menos eso fue lo que escuché gritar a la madre de Áine durante su gran
día.
Fue entonces cuando me di cuenta que Kyran llevaba una gran caja
en una mano.
Negué con la cabeza.
—A menos que sea una envoltura o algo así, no podré usarlo.
Tyran y Kyran intercambiaron una mirada y luego abrieron la caja.
— ¡Ta-da!
Inclinándome un poco, miré dentro de la caja y encontré un par de
zapatos de tacón azul claro.
—¿Zapatos? —pregunté tontamente.
—No cualquier zapato —afirmó Kyran—. Son de Christian
Louboutin.
—Oh.
La decepción inundó los rostros de los gemelos. —Te dije que no
querría zapatos —refunfuñó Tyran—. A las embarazadas les crecen los
pies cuando están embarazadas.
—No, no lo hacen —protesté—. Simplemente se hinchan.
—¿Así que no te gusta esto para algo azul? —preguntó Kyran, su
expresión cayendo. Pero fueron sus ojos los que lo traicionaron. Brillaban
con picardía y manipulación.
Ambos estaban jugando conmigo como un violín, pero hoy, no me
importaba. Vinieron por mí. Sí, era una boda falsa, pero nadie lo sabría
más que Luca y yo. Quizá era bueno tener más testigos.
—Ayúdenme a ponérmelos —les dije a ambos—. Pero me los quitaré
cuando me empiecen a doler los pies.
Expresiones victoriosas cruzaron sus ojos al mismo tiempo. Malditos
manipuladores.
—Por supuesto —dijo Kyran rápidamente, notando que los leía como
un libro abierto—. Queremos que nuestra sobrina esté sana y no arruinada
por estos zapatos caros de Christian Louboutin.
Tyran se agachó y me ayudó a quitarme mis actuales zapatos bajos
blancos y luego a ponerme un zapato.
—¿Cómo es que ustedes dos saben de Christian Louboutin de todos
modos? —pregunté incrédula.
Los dos eran asesinos, no compradores de zapatos.
Una fugaz mirada compartida por los gemelos, antes que Tyran
respondiera:
—Una amiga.
No hace falta decir que tenía que ser una novia. Y por eso siempre
pensé que estos dos compartían una novia. Pero no era como si yo
preguntara y ellos respondieran. Para ser dos demonios traviesos, Tyran y
Kyran eran notoriamente reservados. Si bien compartían mucho conmigo,
su vida sexual siempre estuvo fuera de los límites.
Hmmm, ahora que lo pienso, también lo era la de Aiden. Ninguno de
ellos trajo nunca una chica a casa. Y todavía no los había visto con una
novia, aunque escuché que otros mencionaban que los veían con esta o
aquella chica.
—Ahora, estás perfecta —exclamaron mis hermanos.
Aiden bajó mi velo antes de ofrecerme su brazo. —Lanzamos una
moneda —admitió—. Gané.
Hizo trampa, quiso decir, pero no dije nada. Estaba feliz de tenerlos
conmigo. Entrelacé mi brazo con el suyo y nos dirigimos a la puerta
cuando esta se abrió para encontrar a unas cincuenta personas de pie.
—Ustedes saben que algo azul es en realidad para alejar la infertilidad
—comentó Áine en un susurro, con humor en su voz. Miré por encima de
mi hombro para encontrarla hablando con los gemelos.
—Ustedes...
Pero antes que pudiera darme la vuelta y golpearlos con mi ramo,
Aiden me instó a seguir adelante.
Todos esperaban. Miraban. Sonrían.
Olvidados mis hermanos, di un paso adelante y un suave jadeo
colectivo llenó el aire.
Mis ojos encontraron al hombre que esperaba al final del pasillo. La
ayuda vino del lugar más improbable.
Sus ojos estaban sobre mí.
Las velas iluminaban el camino, el sol del atardecer brillaba en la
oscuridad. Aparentemente, también me volví poética en mi embarazo.
Mi mente susurró. Es falso. Es falso. Es falso.
Pero la expresión de Luca era demasiado real. Las mariposas
trabajaban horas extras en la boca de mi estómago. Luca se reunió con
nosotros antes de que llegáramos al altar y una risa suave vino del banco
delantero de su Nonno.
Tal vez solo estaba interpretando su papel. No lo parecía, pero todos
éramos buenos actores cuando necesitábamos serlo.
Cassio estaba de pie como el padrino de su hermano. De repente, tenía
una dama de honor. Sin embargo, nada de eso importaba excepto él.
Luca estrechó la mano de Aiden y luego mi hermano levantó mi velo
y me dio un suave beso en la mejilla.
—Si te hace llorar, lo mataré y te dejaré viuda. —Las palabras fueron
pronunciadas en un susurro, pero resonaron en la iglesia.
Luca sonrió y le dio unas palmaditas en la espalda. Suspiré, casi
colapsando de miedo. Al menos Luca se lo tomó a broma. Aunque conocía
a Aiden, hablaba en serio.
Entonces Luca me ofreció su mano y la tomé. Siempre mostraba esa
confianza y, aunque me molestó cuando nos conocimos, hoy alimentó la
mía. Mis pasos eran firmes y mi cabeza se mantenía erguida mientras
acortaba la distancia hasta el altar donde el sacerdote nos esperaba.
Nos enfrentamos el uno al otro. Pronunciamos nuestras palabras.
Hicimos nuestras promesas delante de Dios y de los testigos.
La culpa se retorció en mi pecho. Esto es falso. Esto es falso. Esto
es…
El tercer canto se olvidó cuando Luca deslizó un anillo en mi dedo.
Un anillo de diamantes y zafiros azules. Antes de que pudiera entrar en
pánico, me entregó su anillo de bodas.
Cuando busqué su rostro, murmuró en voz baja para que solo yo
pudiera escucharlo.
—El anillo de Nonno.
Mis ojos se dirigieron a Nonno, que sonreía en el primer banco.
Parecía más feliz de lo que lo había visto. Su sonrisa era amplia. Sus ojos
oscuros brillaban y me recordaban a las estrellas en contraste con la noche.
Luca tenía razón. Esta boda le estaba haciendo bien.
Asentí en un silencioso agradecimiento por todo lo que había hecho
por mí. No solo hoy, sino desde el momento en que nos conocimos.
Mientras el sacerdote pronunciaba las últimas palabras,
declarándonos marido y mujer, Luca se inclinó, agachando la cabeza y sus
labios tocaron los míos, sellando nuestro trato.
Su boca presionó contra la mía, ásperamente, pero con suavidad.
Devorando y cautivando. Su sabor, a canela y a especias, me recordó a
algo, pero mi cerebro estaba demasiado confuso para recordar. En cambio,
absorbí su sabor. Su lengua se enredó con la mía y todos los pensamientos
se evaporaron de mi mente. Solo lo sentí, dejando que me consumiera.
Su mano en mi cintura y su boca en mis labios se sentían como un
cubo de hielo derritiéndose sobre la piel desnuda y caliente en un caluroso
día de verano. No podía decidir si era saludable o no. Ondas ásperas
bañaron mi piel.
Él es una droga.
Si no tenía cuidado, se convertiría en mi droga preferida.
CAPÍTULO 27
Margaret
Los coloridos arreglos florales decoraban todo el patio trasero de la
villa de Nonno. Los naranjos y limoneros perfumaban el aire. Y los pájaros
gorjeaban su emoción cantando junto con la suave música de fondo.
Luca y yo nos movimos en la pista de baile que se había instalado en
el gran patio de la villa de su abuelo, con magníficas vistas al mar y a las
montañas.
La gente nos veía bailar nuestro primer baile como marido y mujer.
El ambiente era casi surrealista. Una boda pequeña resultó no ser tan
pequeña después de todo. Nonno tenía demasiados socios que se sentirían
ofendidos si no los hubiera invitado. Así que aquí estábamos, cien
invitados, más o menos.
Esta era una solución tanto para Luca como para mí. Una especie de
matrimonio arreglado que ambos acordamos. Era algo falso. ¿Verdad?
Excepto que si todo esto era falso, ¿por qué se sentía tan real? La
forma en que Luca me miraba, con sus ojos fijos en mí, lo hacía sentir real.
Demasiado real.
Nos movíamos como uno solo al son de alguna vieja canción italiana.
No teníamos una canción y la primera canción con la que nos conocimos
ciertamente no era apropiada. Solo podía imaginar cómo reaccionaría esta
audiencia tradicional a la canción “Fuckboy” como nuestro primer baile.
Así fue como lo llamé la primera vez que nos cruzamos. El momento de
la canción fue oportuno y coincidentemente apropiado en ese entonces.
Sin embargo, no podría haber estado más equivocada con él.
—Esta vista es impresionante —admiré, mis ojos se empaparon del
paisaje de ensueño.
Me hizo girar antes de tirar de mí hacia atrás, así que volví a su
cuerpo. Era un buen bailarín, pero eso ya lo sabía. Lo había visto bailar
antes con otras mujeres.
—Es la vista más hermosa que he visto nunca —aceptó.
Su sonrisa fue lenta, sus ojos no se apartaron de mí y me observaron
con una expresión ilegible.
—Gracias por traer a mis hermanos. —Dios, cuando me miraba así,
podía derretirme en un charco y entregarme a él. Pero no lo haría. Porque
esto era falso. F.A.L.S.O—. ¿Cómo los convenciste?
Luca se rio. —Pensaron que te estaba obligando a casarte conmigo.
Así que, como una manada de lobos, se apresuraron a asegurarse que
estabas a salvo.
Negué con la cabeza.
—Deja de burlarte de ellos.
Me dirigió una mirada inocente, conteniendo apenas su sonrisa. Dios,
podía ser traviesamente guapo cuando quería. Se estaba volviendo
demasiado difícil mantenerlo a distancia.
Olvidar que esto era un acuerdo mutuamente beneficioso sería un
error. Tendría que seguir recordándome eso. De alguna manera, Luca
King, corrección, DiMauro, se había convertido rápidamente en un
hombre que me gustaba, en lugar de un hombre que despreciaba. A decir
verdad, creo que nunca lo odié de verdad. De cualquier manera, ya no lo
despreciaba. Tal vez las hormonas también tenían algo que ver con eso.
Levantó la mano hacia los demás para que se unieran al baile. Los
invitados no necesitaron otro empujón. Rápidamente se arremolinaron en
la pista de baile.
—Sé que eres cercana a ellos —respondió Luca—. Quería que
tuvieras al menos eso. Lamento no haber traído a tu madre.
Negué con la cabeza. —Es mejor que no lo hicieras. —Asintió en
señal de comprensión—. ¿Así que conoces a todas estas personas? —
pregunté, cambiando de tema.
No quería aventurarme en el tema de mi madre. Al menos hoy no.
La gente comió, río y bailó. Todos parecían divertirse, a pesar que
nadie me conocía. En general, el día fue casi perfecto. Bailé con Nonno,
luego con cada uno de mis hermanos. Incluso Cassio me pidió un baile.
Se puso de pie, tendiéndome la mano, y acepté de mala gana. No era
como si nos odiáramos, pero de alguna manera siempre nos manteníamos
alejados el uno del otro.
La música flotaba a través de la brisa y los dos bailamos, manteniendo
mucho espacio entre nosotros. Mi bebé se encargó de ello.
Cassio y su hermano compartían una apariencia física. Cualquiera con
dos ojos podría verlo. Al parecer, yo no tenía dos ojos, porque aquel día
en Las Vegas, frente a los ascensores y durante el trayecto, nunca me di
cuenta de que estaba mirando a Cassio King. Luca fue el único en el que
me fijé. Debió de dificultar mi capacidad de observación.
Sin embargo, incluso con su parecido físico, no podían ser más
diferentes. Luca era más impulsivo y se escondía bajo capas de
indiferencia. Al menos eso fue lo que descubrí durante la última semana.
Cassio, por otro lado, era frío y manipulador. De los dos, Cassio tenía
más probabilidades de convertirse en su padre. Probablemente era bueno
para todos en este mundo que no lo hiciera, porque mi instinto me decía
que causaría más estragos que su padre.
—¿No me digas que no tienes nada que decir, hermana? —Me puse
ligeramente rígida ante ese título. No creía que fuera capaz de pensar en él
como un hermano—. ¿O prefieres que te llame cuñada?
—Me da igual —dije rápidamente.
Dejó escapar un suspiro.
—No confías en mí, ¿verdad?
—No te has ganado precisamente mi confianza —respondí con
dureza, y entonces me di cuenta que no era justo echarle toda la culpa a él.
Yo también cometí mis errores voluntariamente. Si no hubiera actuado
imprudentemente en Las Vegas... Bueno, no importa. Los “y si” no
cambiarían nada de esto. Por una vez, realmente creía que estaba
exactamente donde necesitaba y quería estar.
Bailamos en silencio, sus pasos más lentos por mi bien.
—Tu marido me está mirando —bromeó Cassio, inclinando la cabeza
en dirección a Luca. Seguí su mirada y, efectivamente, Luca tenía los ojos
entrecerrados en su hermano mayor, murmurando en silencio 'Muévete'.
Negué con la cabeza, sonriendo, luego volví mi atención a Cassio.
—¿Cómo te sientes acerca de su cambio de apellido? —le pregunté.
Me dirigió una mirada pensativa.
—Triste y feliz. —Fruncí las cejas, confundida. —Me alegro por
Luca. Siempre odió que nos asociaran con el apellido King. Era más hijo
de nuestra madre que de nuestro padre. —Eso ciertamente iba de acuerdo
con la declaración que me hizo Nonno—. Triste para mí porque soy el
único cabrón que queda con ese maldito apellido.
Bien, eso fue inesperado.
—Bueno, Áine ahora también tiene ese apellido, —le recordé
suavemente—. Y tus hijos lo tendrán. Quizá puedas darle la vuelta.
—Eso espero.
Me estudió, y me tomó todo lo que tenía para no apartar la mirada. Él
podía ser intimidante. La tinta que marcaba su piel en el cuello y las manos
emitía vibraciones de 'no me jodas'. Luca no tenía ninguna tinta
abiertamente visible, y tenía que admitir que me gustaba ese aspecto más
limpio. Aunque sabía sin lugar a dudas que Luca era cualquier cosa menos
un tipo limpio. Era un encanto de chico malo que podía literalmente
derretir tus bragas.
Podía dar fe de ello. Nuestro pequeño “picnic” fue lo más caliente que
había experimentado en mucho tiempo. El picnic nunca volvería a tener el
mismo significado.
—De todos modos, cambiar su apellido a DiMauro es el movimiento
correcto. Se hará cargo de Sicilia después de Nonno y la gente lo seguirá.
Siempre ha sido el más feliz aquí. Esta es su casa.
Era toda la confirmación que necesitaba. Sicilia también se sentía
como un hogar. La vida ciertamente trabajaba en formas misteriosas.
Nonno interrumpió nuestro baile.
Me tomó de la mano, luego me acompañó y me presentó a todos. Sus
primos. Sus parientes lejanos. Y luego a los pocos amigos vivos que
quedaban.
—Este es Enrico Ferrara Marchetti —hizo una presentación. Dos
guardaespaldas se quedaron detrás de él. Estiré el cuello para mirarlo a los
ojos y... wow. Simplemente wow... Nunca había visto a un zorro plateado,
pero este hombre estaba particularmente cerca de uno. Era guapo, con
hombros anchos que llenaban su traje Brioni de tres piezas. El poder se
desprendía de su cuerpo en oleadas.
Peligroso. Despiadado. Él era importante.
Nadie tenía que decírmelo.
Sus ojos penetrantes se posaron sobre mí, ese cabello grueso y oscuro
con un toque de plata en las sienes indicaba experiencia. Eso contribuía al
atractivo del hombre. Desde luego, no le quitaba nada.
—Su padre y yo éramos muy buenos amigos.
Asentí una vez.
Extendió su mano y puse mi palma en la suya.
—Señor Marchetti —dije con una sonrisa. En este punto, me dolían
las mejillas por mantener una sonrisa durante tanto tiempo—. Gracias por
venir.
Luca apareció de la nada, rodeándome con su brazo para apoyarse en
mi costado.
—Ciertamente nos sentimos honrados —agregó Luca en un tono frío.
Mis ojos se movieron entre mi nuevo marido y el señor Marchetti.
Parecía importante, pero nunca había oído su nombre antes. Ni durante mi
estancia en Italia ni en mi país. Sin embargo, apostaría mi vida a que
formaba parte del inframundo. Había una dura crueldad en él a pesar de su
manera fácil. Estaba en los fantasmas que acechaban en sus ojos.
—No me lo perdería —dijo, acercándose, hasta que se elevó sobre
mí. No era difícil. Rivalizaba con Luca en su tamaño. Sus ojos recorrieron
mi vientre de embarazada—. Han estado ocupados.
Mis mejillas se sonrojaron. La palma de la mano de Luca se posó
suavemente sobre el vientre.
—Ya sabes lo que dicen —dijo Luca—. No hay mejor momento que
el presente para tener un bebé. Y ahora que estamos casados delante de
Dios, volvemos a estar en su gracia.
Mantuve la sonrisa congelada en mi rostro. Los italianos eran muy
religiosos, y no creía que el señor Marchetti apreciara que se burlaran de
él.
—Tu Nonno me ha dicho que te estás haciendo cargo del imperio
DiMauro —comentó Marchetti, cambiando de tema casualmente—. Y que
ya no eres un King.
La mano de Luca acarició suavemente mi hombro. Arriba y abajo.
Arriba y abajo. El movimiento era reconfortante.
—Así es. Mi mujer y yo volveremos a Nueva York. Tengo que
liquidar algunos negocios allí asegurarlo todo. Entonces volveremos aquí
para vivir la mayor parte del año.
—Maravilloso. —Marchetti sonrió, una sonrisa despiadadamente
hermosa. Sus ojos volvieron a mí—. Tengo muchas ganas de conocer a su
hija y verla crecer.
Su interés por mi hija me desconcertó. Incliné la cabeza, estudiándolo.
No apartó la mirada, un desafío ardiente en su fría mirada llena de
determinación.
—Enrico, gracias por darme la palabra y apoyar mis deseos de ver a
mi nipote casado por la iglesia. —Nonno alivió diplomáticamente la
tensión—. Mi Penelope y mi esposa están felices en el cielo cuidándolos
ahora.
—Por supuesto, considerando que ella fue casi mi madre —
reflexionó. Cuando les dirigí una mirada confusa, explicó—. Mi padre y
Nonno tuvieron la gran idea de unir a nuestras familias haciendo que mi
padre se casara con Penelope. Desafortunadamente, eso nunca sucedió.
—Sin embargo, no interrumpió la paz que teníamos desde hace
décadas —dijo Nonno, golpeando el suelo con su bastón—. Ahora
cimentaremos nuestra duradera relación.
El señor Marchetti asintió, y los dos continuaron su conversación en
italiano. Con su atención lejos de nosotros, Luca y yo dimos un paso atrás.
—¿Qué fue eso? —murmuré por lo bajo, mientras mantenía una
sonrisa en mi rostro—. ¿Quién es él?
—Enrico Marchetti es una figura muy destacada en Europa y en el
mundo —dijo Luca, sin explicar realmente nada.
Nos pusimos a bailar otra vez antes de ser interrumpidos por un
alboroto, por el grito de una niña, en el rincón más alejado del jardín. Los
ojos de todos se dirigieron hacia la esquina trasera donde parecía haber
estallado una pelea.
Una niña colgaba de la espalda de un niño, golpeándolo con los
puños.
—Déjalo en paz —gritó ella, con sus rizos dorados rebotando
mientras seguía golpeándolo—. Aléjate de él o... te morderé —advirtió,
sus ojos desesperados en los cuatro niños.
—Parece que cuatro chicos se han confabulado contra uno, y la chica
decidió luchar por el desvalido —señaló Luca divertido.
Agarré su mano.
—Tenemos que ayudar.
Tirando de él, nos precipitamos hacia la creciente audiencia que
rodeaba el espectáculo. Para cuando nos abrimos paso entre la multitud, la
pelea había terminado.
La niña era sostenida en el aire por su padre. Al menos, supuse que
era su padre. Ella pataleaba, como si quisiera volver a atacar al niño. Tenía
el cabello alborotado, enmarcando su rostro en forma de corazón, y sus
manos estaban cerradas en pequeños puños.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. No podía tener más de cinco
años y miró al niño de doce años, amenazándolo.
—Si vuelves a tocarlo, Enzo, te arrancaré la cabeza —gruñó.
—Basta15 —gruñó su padre. Suficiente—. O estarás en tiempo de
espera hasta que tengas dieciocho años.
Ella no escuchó la amenaza, sus ojos estaban en el chico que se puso
de pie y se limpió la boca con el dorso de la mano. Mantuvo una mirada
cautelosa sobre los chicos que lo atacaron.
—El chico es impresionante —murmuró Luca—. Cuatro chicos
contra uno, y está menos magullado que los cuatro juntos.
Tenía razón. Mis ojos recorrieron al chico de grueso cabello negro
que reflejaba un tono azul bajo la luz del sol. El chico era joven, tal vez
once años, pero sus pómulos prominentes y sus ojos más oscuros que la
noche ya insinuaban a un hombre que se convertiría en alguien que estaba
destinado a romper los corazones de las mujeres.
Lo quisiera o no.
—Atacaron a Amadeo —siseó la niña—. Estaba hablando conmigo y
ellos vinieron detrás de él y empezaron la pelea.
—Aria Elora Costello, he dicho basta. —El rostro de su padre se
ensombreció—. ¿Tu hermano te enseñó a hacer eso? ¿A pelear? —Estaba
claro, por la forma en que ella apretó los labios, que no le iba a contestar.
El hombre mayor suspiró y la levantó en sus brazos—. ¿Qué voy a hacer
contigo? —suspiró.
—No estuvo bien —murmuró ella con expresión de dolor.
De repente, la multitud se separó y el señor Marchetti se acercó. Sus
ojos se fijaron en la situación y luego se volvieron hacia el chico al que
Aria había mordido y el que había sido atacado.
15
Palabra italiana que significa suficiente.
—Enzo, Amadeo —empezó con calma, pero había una nota de
advertencia en su tono—. ¿Qué ha pasado aquí?
Las respuestas llegaron todas al mismo tiempo. De los niños, las
mujeres y los hombres. Italiano, inglés y otro idioma que no entendía.
Los únicos que no dijeron nada fueron Aria y Amadeo.
La chica de rizos salvajes tejidos en oro y ojos celestes miraba
fijamente a Amadeo. Palabras tácitas pasaron entre los dos, la luz de ella
chocando con la oscuridad de él.
Y de alguna manera sabía que su oscuridad amaba su inocencia.
CAPÍTULO 28
Margaret
La luna de miel había comenzado oficialmente en el momento en que
salimos de la recepción y abordamos el yate de lujo. El término yate no se
ajustaba a este barco con tres niveles divididos y una piscina. Las ventanas
polarizadas corrían a lo largo de la cubierta, ocultando el interior a
cualquier ojo.
—¿Solo nosotros en el barco? —le pregunté a Luca.
—Solo nosotros y la tripulación.
Uno de los miembros de la tripulación apareció en ese momento,
saludándonos y llevando nuestras maletas a la suite.
Cuando desapareció de la vista, miré a Luca.
—Dos habitaciones, ¿verdad?
Tuvimos nuestro pequeño interludio durante el picnic, pero no quería
precipitarme. Teníamos tiempo y quería tomármelo con calma.
Él no respondió. Simplemente tomó mi mano mientras el yate
abandonaba lentamente el muelle.
—Déjame mostrarte el lugar.
Hice una mueca.
—No estoy precisamente llena de gracia en esta etapa de mi
embarazo.
—Nunca te dejaría caer. Protejo lo que es mío. —Sus palabras estaban
llenas de algo oscuro y pecaminoso, tenía mis entrañas temblando. Este
tenía que ser mi castigo por haberme quedado embarazada. Mi cuerpo
reaccionaba ante Luca por diez y bastaba una simple mirada de él para que
mis bragas se empaparan con la evidencia de mi deseo.
El karma era una perra. En mi caso, un tipo de perra de bragas
mojadas.
Abordamos el yate de lujo que esperaba en Sicilia, y tuve que
recordarme a mí misma que debía cerrar la boca porque miraba de
izquierda a derecha con asombro. Nunca había visto tanto lujo en mi vida,
y no era como si hubiera crecido en la pobreza.
El recorrido del yate duró una eternidad. Al menos eso parecía. Había
grandes espacios habitables en cada cubierta. Salones y exuberantes
camarotes. Una suite principal con jacuzzi y una ventana con fondo de
cristal que da al océano. Y no nos olvidemos del helipuerto.
—¿De quién es este yate? —le pregunté mientras tomábamos
nuestros lugares en el área del club de playa en la cubierta inferior.
Mis ojos se fijaron en el horizonte, la extensión del azul del mar
Jónico era impresionante, con la brisa salada en nuestras caras.
—Nuestro.
—Hmmm.
Cerré los ojos, pensando de repente en la boda y en mi curiosidad por
Marchetti y su relación con mi familia. La reacción de Luca hacia él
parecía fuera de lugar, casi protectora, lo cual era extraño ya que era obvio
que los DiMauros y los Marchetti eran cercanos. Pero necesitaba saber si
estar en Sicilia iba a ser peligroso para mi hija y para mí. No podría
disfrutar de la luna de miel con eso rondando mi cabeza.
—¿Te sientes bien? —Luca me tocó la barriga. Por alguna razón,
parecía que le encantaba tocarme la barriga. Extrañamente, no me
importaba. Mi pecho se agitaba cada vez que lo tocaba, y la bebé daba
volteretas adicionales.
Parecía que a la pequeña Penelope también le gustaba el toque de
Luca. Me congelé. ¿Penelope? Bajé los ojos a mi estómago y supe, solo
supe en el fondo, que ese era el nombre para mi pequeña.
—¿Qué pasa, Margaret?
Mis ojos se alzaron hacia él y mis labios se curvaron en una sonrisa.
—Penelope —murmuré—. Creo que ese es el nombre correcto. —
Algo brilló en el rostro de Luca, y me preocupó que tal vez le molestara
tener un recuerdo de su madre—. A menos que...
—Me encanta —dijo—. Nonno podría llorar cuando se entere.
No pude evitar sonreír.
—Tendremos que decirle que no llore, o cambiaremos de opinión.
Sonrió.
—Nonno te hará prometer con sangre que la bebé se llamará
Penelope.
—¿Luca?
—¿Sí?
—Mi hermano dijo que hay una venganza entre los Marchetti y los
Callahan. ¿Es eso cierto? —Él asintió—. Si ese es el caso, no puedo
quedarme aquí y poner a mi bebé en riesgo.
—Nuestro bebé.
Suspiré.
—Luca, sabes a lo que me refiero.
—Tú y la bebé son parte de la familia DiMauro. Siempre estarán
protegidas. Tu seguridad es mi primera prioridad.
Le creí. Que Dios me ayude, realmente le creí.
Habíamos estado flotando alrededor de esta mansión en el agua
durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Luca insistió en que tomara la suite principal del yate. No quería ni
oír hablar de eso, así que cuando llegó la hora de acostarme, me escabullí
al primer dormitorio contiguo y me dormí. Por acuerdo tácito, todas mis
cosas permanecieron en la suite principal.
Me quedé despierta en medio de la cama grande, el sonido de las olas
golpeando el costado del barco me tranquilizó. Sin embargo, no pude
encontrar el sueño. Las estrellas brillaban como diamantes a través de la
ventana, reflejándose en la oscura superficie del mar. Una inquietud que
no había sentido en mucho tiempo se arrastró por mi columna, negándose
a dejarme descansar.
Girándome hacia el otro lado, me tapé con la manta. Mi piel se sentía
tensa. El chapoteo constante de las olas me incitaba. Ridiculizaba el hecho
que durmiera sola en mi cama. En mi luna de miel.
Me bajé de la cama con un resoplido. Miré el reloj y vi la hora. Eran
las once de la noche. Tal vez Luca todavía estaba despierto y me haría
compañía. Descalza, crucé la habitación y salí al pasillo. Apenas diez
pasos y estaba frente a la puerta de la suite principal.
Llamé suavemente a la puerta. No hubo respuesta. Coloqué mi mano
en la manija de la puerta, la empujé y la puerta se abrió. Fue entonces
cuando escuché el constante chapoteo del agua corriendo. Mis ojos se
dirigieron al baño. La puerta estaba entreabierta, la luz entraba en la
habitación.
—¿Luca? —susurré.
No hubo respuesta. Tragué con fuerza cuando mi pulso se aceleró y
mi respiración quedó atrapada en mi garganta. No debería hacerlo. Estaba
claro que Luca estaba en la ducha. Sin embargo, mis pies ya se movían por
voluntad propia.
Es tu marido, susurró mi mente. No había ningún daño si espiaba a
mi marido.
—Margaret. —Un gemido torturado. La voz de Luca. Un infierno
estalló a través de mí ante el sonido de su voz.
Me acerqué más y más a la puerta del baño. Otro suave gemido. Un
sonido rítmico de carne acariciando carne. La puerta se abrió y Luca quedó
a la vista.
Se me cortó la respiración y mis entrañas se apretaron. El fuego se
encendió en la boca de mi estómago y un dolor punzante pulsó entre mis
muslos.
Observé los músculos esculpidos de su espalda, la piel resbaladiza y
brillante haciéndome sedienta y solo él podía saciar mi sed. Con una mano
apoyada en la pared de la ducha, su bíceps se flexionaba. De ida y vuelta.
Arriba y abajo. Su cabello oscuro brillaba con gotas de agua.
Sus movimientos eran espasmódicos, y juro que los sentía en mi
núcleo. Apreté mis muslos, ignorando el latido que me instaba a unirme a
él.
Mis ojos recorrieron sus anchos hombros, su espalda, su estrecho
torso y aquel culo. Jesús, estaba mal que un hombre tuviera un culo tan
hermoso. Su cuerpo se flexionaba con cada movimiento, su mano agarraba
su polla mientras apretaba su puño. Arriba y abajo.
Se movió un poco y contuve la respiración, preocupada que me
atraparan. Pero él nunca miró en mi dirección, ahora dándome la vista de
perfil más magnífica. Sus caderas se balancearon más rápido y su puño
bombeó con más fuerza. Apostaría mi vida a que mi marido follaba rápido
y duro. Sin piedad, en celo como una bestia.
No había nada que no me gustara.
Otro gruñido. Su cabeza se inclinó hacia atrás, sus ojos se cerraron
con fuerza. Sus gemidos eran ásperos y roncos, seduciéndome. Tirando de
mí.
No podía dejar de mirarlo. Mi boca estaba seca, mi pulso acelerado y
mi respiración dificultosa. Mi corazón latía bajo mis costillas con tanta
fuerza que amenazaba con romperlas.
—Mierda, sí —gimió, flexionando su bíceps. Un suave gemido se
deslizó por mis labios al mismo tiempo que él decía con voz áspera—:
Margaret.
Al oír mi nombre, mi boca se abrió de golpe. Mi cuerpo se encendió
como un volcán y mi coño palpitó con un dolor que sabía que solo él podía
saciar.
Se corrió con un sonido gutural, incendiando cada centímetro de mi
piel.
Sin hacer ruido, como una cobarde, di un paso atrás. Y otro más.
Luego me apresuré a volver a mi dormitorio.
Mientras me metía en la cama, las imágenes de mi marido
masturbándose se reproducían una y otra vez.
No fue hasta que me dormí que me di cuenta.
Tenía un piercing en su polla.
Cuando me desperté, estábamos en Grecia. El agua era azul zafiro y
cristalina. Podía ver el fondo dondequiera que mirara. Luca tenía algunos
asuntos que atender, así que terminé el desayuno, me di un baño y me puse
un vestido holgado.
El clima había estado cooperando desde que salimos de Sicilia, y lo
tomé como una buena señal para el futuro.
Miré a lo lejos, admirando la vista. Casas blancas con techos azules.
Molinos de viento. Montañas en el fondo. Las islas Patroklos. Restos del
Templo de Poseidón.
—¿Tienes hambre?
Mi cabeza se levantó, encontrando los ojos de Luca. Al instante, las
imágenes de la noche anterior invadieron mi mente y mis mejillas se
encendieron. Buen Dios, nunca había visto nada más sexy. Bueno, aparte
de mi noche salvaje en Las Vegas.
Negué con la cabeza, luego bajé los ojos hacia mi libro, desesperada
por ocultar mi vergüenza.
—¿Quieres ir a explorar esta tarde?
Me enderecé y mis ojos buscaron su rostro.
—¿La costa?
Se rio.
—Sí, la costa.
—Sí, me encantaría ir a explorar.
—Entonces exploraremos.
Diez minutos después, estaba de pie en la cubierta con un vestido
blanco, lista para salir de este yate. Luca se refrescó y se duchó. Parecía
un millón de dólares vestido con pantalones cortos blancos y una camisa
polo de manga corta del color de sus ojos. Las mariposas en mi estómago
revolotearon y el deseo por mi marido tembló entre mis muslos, pero lo
ignoré.
—¿Preparada? —me preguntó.
Asentí y me tendió la mano. Mi cara ardía por las imágenes de lo que
esa mano podía hacer. Mi marido era un espectáculo cuando se
masturbaba. Pero mi nombre en sus labios fue lo que me deshizo.
—¿Está todo bien?
Sacudí la cabeza, despejando las imágenes.
—Sí, todo está perfecto.
Sonreí y tomé su mano. Uno pensaría que somos una feliz pareja
casada, no dos extraños que llegaron a un acuerdo. Él me estaba ayudando
y yo lo estaba ayudando.
Excepto que se sentía como algo más. Mucho más que eso.
El barco nos dejó en la costa y empezamos a explorar. Había viajado
mucho con mis padres, pero nunca había visitado Grecia. Las casas
blancas con persianas y tejados azules, las tiendas, la gente... era mucho
mejor que cualquier anuncio de viajes o postal. Nos tomamos nuestro
tiempo para explorar, mirar los escaparates, en algunas tiendas
entrábamos, en otras simplemente pasábamos de largo.
—¿Te gusta? —preguntó Luca. Señaló un hermoso collar de oro de
veinticuatro quilates con un colgante de diseño antiguo que solo fabricaba
esta tienda local. En todas las tiendas a las que íbamos, Luca quería
comprarme algo, y yo me resistía. Pero esta, me cautivó.
—Es precioso —le dije—. Pero solo estamos mirando escaparates.
—Nos lo llevamos —le dijo al dueño de la tienda.
—Luca, es demasiado —le dije. Aunque mis ojos seguían volviendo
a él. Nunca había visto nada igual—. Además, ni siquiera uso joyas.
Luca ignoró mis protestas. Se me acercó por detrás, colocó el collar
alrededor de mi cuello y me besó la nuca mientras me lo abrochaba.
—Úsalo para mí. —Mientras susurraba las palabras, su boca recorrió
mi piel, su cálido aliento en mi cuello envió escalofríos por mi columna—
. Por favor.
Sus labios abrasaron mi piel, mi corazón se aceleró y el deseo se
encendió. ¿Era realmente tan fácil perder la cabeza por alguien?
Aparentemente sí. Todo lo que tenía que hacer era presenciar cómo mi
marido se masturbaba en la ducha.
—De acuerdo. —Mi acuerdo fue sin aliento y mi pecho palpitó con
una extraña emoción—. Gracias.
Tomados de la mano, nos perdimos entre los lugareños. Los jóvenes
de la zona no nos dedicaban ni una sola mirada, pero los mayores nos
detenían y charlaban con nosotros como si nos conocieran desde hace
años. Honestamente, no podía recordar la última vez que lo pasé tan bien.
Durante el resto de la tarde, mis dedos siguieron buscando el collar,
comprobando si seguía ahí. Y cada vez, mi corazón se hinchaba.
Esto era una caída fácil.
CAPÍTULO 29
Luca
Dos semanas.
Llevábamos casados dos semanas y los dos seguíamos vivos. Eso era
una buena señal. Tal vez los dos teníamos un futuro por delante.
De hecho, si me preguntan, fueron las mejores semanas de toda mi
vida.
Margaret y yo habíamos caído en una rutina. Las cosas iban bien. Pero
todo el tiempo, en el fondo de mi mente, un sentimiento persistía. Quizás
era paranoia. O el miedo a perderla ahora que por fin la había conseguido.
La verdad es que no quería traer a mi mujer de vuelta a Nueva York.
Quería dejarla en Sicilia con Nonno, pero ella no quiso. La gente también
se preguntaría. Yo no era del tipo que se separaba de lo que era mío.
Y Margaret DiMauro era mía. Era mía en todos los sentidos.
Lo había sido desde el momento en que apuñalé a mi padre por ella.
Para salvar su vida. Nunca esperé volver a verla. Ella nunca había estado
en mis planes.
Sin embargo, no podría estar más feliz que se hubiera colado en
Temptation hace tantos años. Ella cambió todo el curso de mi vida.
Ella era lo único que valía la pena tener. Ella y nuestro bebé.
Había estado trabajando diligentemente para establecer lo que
necesitaba para lavar el dinero del negocio que dirigiría en Sicilia. No
quería que nada de eso afectara a mis negocios legítimos, así que tardé más
de lo que quería.
Pero mi mujer no se quejó.
Se tomó el tiempo para reunirse con Áine. Organizaron un viaje de
compras para que pudiera conseguir todo lo que necesitábamos para
nuestra pequeña Penelope. Ella protestó que la tarjeta Amex negra era
demasiado, pero no estuve de acuerdo. Solo lo mejor para mi pequeña.
Lo mejor de mis días eran las cenas con mi mujer.
Ella prefería quedarse en casa. Cena y película, decía. Ella no sabía
cocinar una mierda, así que pedía comida para llevar, y después de comer,
me arrastraba hasta el sofá, ponía sus pies sobre mí y ponía una película
vieja.
Se perdía en la película. ¿Y yo? Todo lo que sentía y olía era ella.
Esperé a que estuviera lista, a que diera el siguiente paso. No quería
presionarla, pero no se podía negar la atracción que se estaba gestando
entre nosotros.
Cuando entré en el ático, el olor a carne asada y a romero me invadió.
—Cariño, ya estoy en casa —grité, sonriendo como un tonto—. La
cocina sigue en pie y algo huele delicioso.
Mi mujer asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con una espátula
en la mano.
—Finalmente. —Ella sonrió—. Ven aquí y saca esta maldita cazuela
del horno. No puedo agacharme con esta barriga gigante.
Me reí mientras ella desaparecía en la cocina y me moví, siguiéndola.
Cuando entré, ella exclamó.
—¡Ta-da!
La mesita estaba preparada con una vajilla que no sabía que tenía y
dos velas en el centro.
—Vaya, parece romántico —dije con una sonrisa—. No tenías que
esforzarte tanto para seducirme, mujer. Todo lo que necesito es un beso y
soy tuyo.
Alcancé una de las mitades de las patatas asadas cuando ella apartó
mi mano de un manotazo.
—Espera hasta la cena —me regañó, pero su sonrisa lo arruinó todo.
Afortunadamente, la papa todavía estaba en mi mano, así que me la
llevé a la boca. Estaba deliciosa.
—¿Cuándo aprendiste a cocinar?
—En un programa de cocina —exclamó—. ¿Sabías que hay
programas de cocina? Como auténticos programas de cocina. ¡Puedes
cocinar con ellos!
Me reí.
—Sí, lo sabía.
No es que haya visto muchos.
—De todos modos, me ayudó a reunir todo esto. Si sacas el asado,
podemos probarlo. También pedí comida china en caso de que esto falle.
Presionando un beso en su mejilla, me reí. —Huele delicioso, así que
creo que la comida china será un no. Ahora ve a sentarte. Lo traeré aquí.
—Luca —protestó ella—. Soy la mujer.
—Y yo soy el marido. Esto es una relación, y no quiero que le pase
nada a mi mujer y a mi hija por nacer.
Se puso nerviosa y sus mejillas se pusieron muy rojas. Ocurría cada
vez que me refería a la bebé como mía. Ella era mía, pero Margaret aún
no lo sabía.
Se sentó y yo llevé la gran bandeja con el asado, las patatas y los
guisantes. Comenzamos a comer y, o bien yo tenía demasiada hambre, o
bien mi mujer tenía la cocina bajo control.
—Esto es bueno, mujer —felicité su cocina—. Mejor que en un
restaurante.
—Gracias. —Ella me dio esa sonrisa que tenía el poder de ponerme
de rodillas—. ¿Cuál es tu plato favorito? Tal vez lo intente a continuación.
Resistí el impulso de levantarla y sentarla en mi regazo. Si la
temperamental Margaret era atractiva, la amable Margaret era francamente
irresistible.
—Prepara raviolis de ricotta caseros y mi corazón será tuyo para
siempre —le dije divertido por su entusiasmo.
Agarró su teléfono y escribió algo en él.
Cuando enarqué una ceja, me explicó:
—Me olvido de todo. Estoy tomando nota de ello.
Una vez satisfecha, guardó su teléfono y volvió a prestarme atención.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó mientras cortaba su comida—.
¿Están avanzando con tus negocios?
Tragué mi comida antes de responder. —Sí, lento pero seguro.
¿Extrañas Sicilia?
Sus labios se curvaron en una suave sonrisa. —Sí, la extraño. Y a
Nonno.
Ladeé la cabeza pensando que estaba bromeando, pero parecía seria.
—¿Puedo preguntarle si estaría interesado en visitarnos un rato? —
Le ofrecí.
Ella negó con la cabeza. —Le gusta mucho estar allí —respondió—.
No lo hagas sufrir este circo metropolitano. Una vez que hayamos
terminado aquí, volveremos allí.
—¿Y cómo estuvo tu día? —le pregunté a ella—. Además de preparar
esta deliciosa comida.
Se encogió de hombros.
—Estuvo bien. Mis hermanos pasaron por aquí para una visita rápida.
—Puso los ojos en blanco, pero su suave expresión lo arruinó—. Tenían
que asegurarse que este lugar era lo suficientemente decente.
Un aliento sardónico me dejó.
—¿Lo encontraron deficiente?
—Tyran y Kyran se opusieron a todo —admitió—. Aiden los hizo
callar. Dijo que la seguridad es de primera clase y que el lugar es muy
agradable. Además, parece ser el único que reconoce que vamos a vivir en
Sicilia. Los gemelos decidieron ignorar todo el asunto. Aiden dijo que no
están contentos de que viva tan lejos.
—Pueden venir a visitarnos —le aseguré. Cuando ella me dio una
mirada dudosa, continué—. Te lo dije, Marchetti no te hará daño ni a ti ni
a tus hermanos.
—¿Pero le hará daño al tío?
Me encogí de hombros.
—Me temo que las gracias de Marchetti no se extienden a tu tío. Mató
a su hermano gemelo y eso seguirá siendo un trago amargo hasta su último
aliento.
Ella suspiró y volvió a comer su comida.
Una vez que terminamos, limpiamos juntos la mesa. Ella enjuagó los
platos y yo los puse en el lavavajillas. Como si lo hubiéramos hecho un
millón de veces.
—Me sorprende que me ayudes con la limpieza —dijo, apoyándose
contra el mostrador y limpiándose las manos, todo el tiempo mirándome.
—Mis abuelos hacían equipo en la cocina —le dije mientras cerraba
la puerta del lavavajillas—. No importaba que fuera el jefe de la mafia
siciliana. En casa, era un marido y un padre.
Envolví un brazo alrededor de su cintura y la llevé al sofá. Era
demasiado pronto para ir a la cama. Sus mejillas estaban sonrojadas
cuando incliné la cabeza. —Planeo seguir los pasos de Nonno.
Agarrando el control remoto, me senté en el sofá y ella hizo lo mismo,
luego se quitó los zapatos y levanté sus piernas, colocándolas sobre mi
regazo.
Dejó escapar un suspiro en el momento en que mis dedos se
envolvieron alrededor de su tobillo hinchado. Encendí la televisión y por
defecto mostraba el último canal visto. El canal TCM que ponía películas
antiguas.
El rostro de Aubrey Hepburn llenó la pantalla. Roman Holiday sonó.
—Ah, me encanta esta película —admitió, con los ojos puestos en la
pantalla.
Me reí.
—Lo sé, solo la has visto unas diez veces desde que nos casamos. —
Ella sonrió, torciendo su tobillo. Estiró las piernas—. ¿Te duele? —le
pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Más bien una molestia —murmuró, cerrando los ojos.
Tocarla era una tortura y una delicia al mismo tiempo. Si tocar los
tobillos hinchados de mi mujer me provocaba una erección, estaba tan
lejos que no había posibilidad de volver. Pero si esto era lo que ella estaba
dispuesta a ofrecer por ahora, lo aceptaría.
—Dios, eres bueno con las manos —susurró.
Sus ojos se abrieron de golpe al darse cuenta de cómo sonaban esas
palabras.
—Gracias, bella. Me alegro de oírlo. —Sonreí con suficiencia—.
Sinceramente, estaba bastante decepcionado de que no hubieras venido a
verme a mi habitación desde la luna de miel.
Sentí que su cuerpo se tensaba, pero no apartó la mirada. No, no
Margaret. Su mirada se encontró con la mía de frente.
—No sabía que lo sabías —comentó mientras yo seguía masajeando
sus tobillos.
—Viene con la profesión —dije—. O estaría muerto muchas veces.
Se rio.
—¿Crees que te quiero muerto?
—Bueno, ya me disparaste una vez —le recordé.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio, y no pude evitar sonreír.
—No te preocupes, Luca. No quiero perder tus manos, así que no
volveré a dispararte.
Bajé la cabeza.
—Es bueno saberlo, mujer. Ahora dime. ¿Te gustó verme
masturbarme?
Las mejillas de Margaret se sonrojaron, y pude ver cómo se le
erizaban los pezones a través de la fina tela de su vestido.
—Fue bastante caliente —admitió, sorprendiéndome. Justo cuando
pensaba que no podría—. ¿Sabías que hay clubes de sexo donde puedes ir
a ver cómo la gente tiene sexo y esas cosas?
—Sí —le dije, manteniendo la voz uniforme—. ¿Has estado en uno
antes?
Los celos se deslizaron por mis venas como un veneno.
—No. —Suspiró y volvió a centrar su atención en la pantalla. Durante
unos minutos, ella permaneció callada—. ¿Y tú?
—Sí —admití. Se enderezó—. Antes que te alteres, solo fue de
pasada.
—¿Dónde? —exigió saber.
—Hay un club exclusivo aquí en la ciudad —dije—. Es solo por
invitación. La Bóveda de la Euforia.
Sus ojos se abrieron.
—Oh Dios mío. ¿En serio? Asistir a ese club al menos una vez está
en mi lista de deseos. —Eso era lo último que esperaba que saliera de su
boca—. ¿Qué? —preguntó a la defensiva—. Dime que no tienes una lista
de deseos.
La estudié.
—Me interesa más saber qué más hay en tu lista de deseos —
reflexioné.
Se recostó en el sofá.
—Te lo diré si empiezas a masajearme los tobillos otra vez.
Mis ojos bajaron y me di cuenta que mis dedos agarraban su tobillo,
pero ya no lo masajeaban. Reanudé los movimientos circulares,
masajeando sus pies, sus brillantes dedos rojos y luego de regreso a sus
tobillos.
—Estoy esperando —le recordé. Me miró con una ceja levantada—.
Para el resto de tu lista de deseos —aclaré.
—Roma estaba en mi lista de deseos —respondió—. Pero ya la he
visto. Club de sexo. Aprender a jugar al ajedrez. Ver la aurora boreal. —
Respiró profundamente y luego exhaló—. Hay más, pero no puedo
recordar en este momento.
Siguió el silencio. No tardó mucho en dejar caer los ojos y quedarse
dormida con Roman Holiday sonando de fondo y mi cerebro trabajando
enérgicamente para hacer realidad su lista de deseos.
CAPÍTULO 30
Margaret
La risa de papá se apagó.
El vestíbulo se sentía ominoso y oscuro. Excepto que los rayos de sol
entraban por las ventanas. No parecía diferente de lo habitual. Pero luego
lo fue. Cuando entramos en él.
El presentimiento apretó mi pecho. El día había comenzado tan bien.
Da vino a recogerme temprano de la escuela. Dijo que era nuestro
momento especial, y que comeríamos helado. Pasaríamos el día solos.
Solo él y yo.
A veces papá no se veía feliz en nuestra casa. Siempre parecía feliz
en la casa del tío Jack, pero mamá odiaba ese lugar.
Dejé caer mi mochila escolar al suelo y esperé. Normalmente mis
hermanos me abordaban. O mi madre me regañaba.
Sin embargo, nada de eso ocurrió hoy. No había madre. No había
hermanos. Solo una casa tranquila. Pero había un auto extraño afuera.
Sabía que Da también lo notó.
Miré a mi papá.
—¿Dónde están todos, papá? —pregunté.
Sus cejas estaban fruncidas y su expresión era tensa. Estaba alerta,
manteniéndome a su lado.
—Recuerda, amor. Tus hermanos están en el campamento —dijo con
voz tranquila. Sin embargo, no coincidía con su expresión. Algo estaba
mal—. Seremos solo nosotros tres. Haremos algo especial.
—Lo olvidé —me quejé—. Los voy a extrañar.
Los mellizos y Aiden eran súper inteligentes y Da los envió a un
campamento para niños prodigio. Dejé escapar un fuerte suspiro. Ojalá
hubiera podido ir con ellos. Quería ser inteligente como ellos.
La gran mano de mi padre vino a mi cabeza y tiró de mi coleta.
—Lo sé, pero pronto estarán en casa.
Un estallido de cristales nos sobresaltó a los dos.
Mis pasos ya estaban en movimiento, corriendo, cuando los brazos
de mi padre me atraparon por la cintura. Sacudió la cabeza, con su agarre
firme.
—Ve afuera, Margaret —ordenó en un tono silencioso—. Y
escóndete.
Mi corazón latía rápidamente, lastimando mi pecho.
—¿Quién está aquí, Da? —susurré.
Me agarró del brazo y me empujó hacia la puerta, con brusquedad.
Y Da nunca era rudo conmigo, solo con los chicos.
—Escóndete —siseó en voz baja—. Ahora.
Obedeciéndolo, corrí hacia la puerta por la que acabábamos de
entrar y mis pasos vacilaron. Tenía miedo por él. ¿Y si necesitaba mi
ayuda?
Miré por encima de mi hombro justo a tiempo para ver cómo Da
sacaba un arma y subía lentamente las escaleras. Mantenía sus pasos en
silencio, subiendo sigilosamente. Había visto armas toda mi vida, pero
nunca había visto a Da con una en la mano y mucho menos usarla. Al ver
el frío metal se me secó la garganta y se me heló la sangre.
Permaneciendo pegada a mi sitio, observé cómo la sombra de mi
padre se alejaba cada vez más de mí. La sangre rugía en mis oídos y mi
corazón latía tan fuerte que me dolía. Murmuré palabras distorsionadas
de una oración que me había enseñado Aiden. Solo llegué al final de la
primera estrofa cuando padre se detuvo y retrocedió un paso.
—¿Qué demo...? —Todavía podía verlo sostener su arma mientras
estiraba su brazo. Pero no estaba disparando.
¿Por qué no estaba disparando si había un tipo malo?
Bang. Bang. Bang.
El cuerpo de mi padre cayó por las escaleras y un grito salió de mis
labios. Golpe. Golpe. Golpe. Siguió y siguió, el cuerpo grande y fuerte de
mi padre rodó por los escalones eternamente cuando en realidad debieron
ser solo unos segundos.
Aterrizó de espaldas, dos balas en el pecho y una en la garganta.
Me quedé congelada mirando la mancha de sangre que florecía en el
pecho de papá. La sangre se acumulaba rápidamente a su alrededor como
un mar rojo.
Jadeó, sus ojos en mí. Horror. Terror. Miedo. Observé cómo el fuerte
cuerpo de Da luchaba por moverse, cuando unos pasos resonaron en el
suelo de mármol. Pisadas. Pisadas. Pisadas.
Cada sonido apagado bajo el zumbido en mis oídos.
—C-corre —gorgoteó. Luchó por vivir. Se esforzó por levantarse,
pero su cuerpo estaba demasiado débil. Entonces su cuerpo cayó hacia
atrás y vi cómo la vida se desvanecía de sus ojos.
Mi sangre rugía. El líquido goteaba por mis dedos, y mis ojos bajaron
para descubrir que me clavé las uñas en las palmas de las manos con tanta
fuerza que estaba sangrando.
Un par de botas negras patearon el cadáver de mi padre.
—Hasta nunca —se burló el anciano.
Fue entonces cuando finalmente desperté de mi estupor. Me moví
para correr, pero era demasiado tarde. Una mano me rodeó el cuello.
—¿Hacia dónde corres, pequeña? —ronroneó, levantándome en el
aire. Mis dedos arañaron su muñeca. Jadeé por aire mientras me cargaba,
mis pies colgando del suelo. El cuerpo de mi padre estaba justo debajo de
mí. Quería abrazarlo. Quería salvarlo. Pero se había ido.
Goteo. Goteo. Goteo.
Una hoja fría presionó contra mi garganta.
Pateé y arañé. Fue entonces cuando vislumbré a mi madre. Su rostro
estaba manchado de sangre, lágrimas y maquillaje. Estaba en camisón.
Era pleno día. ¿Por qué llevaba un camisón?
—Mamá —me atraganté, cada sílaba me hacía daño en la garganta.
Ella no se movió.
Mi visión se oscureció. Mi conciencia se desvaneció. Un fuerte rugido
rompió la neblina de mi cerebro. Mi cuerpo se sacudió.
Cayendo. Cayendo. Cayendo.
Mi cabeza golpeó el suelo de mármol duro y el mundo se oscureció.
Me desperté sobresaltada, con las sedosas sábanas pegadas a mi
sudorosa piel. El terror recorrió cada centímetro de mi cuerpo.
Recuperando el aliento, miré el techo del ático de Luca. El sueño siempre
volvía en momentos aleatorios. Había algo en él que me faltaba, pero no
podía precisar qué.
El recuerdo me dolía. La revelación no me sorprendió, pero aun así
me dolió. Mi madre no me protegió. A ella no le importaba Da. Solo se
preocupaba por ella misma.
El ático estaba cubierto de oscuridad. Igual que mis sueños. La
pesadilla que no me gustaba recordar.
Mirando el reloj, noté que solo eran las once de la noche. Estaba
tranquilo. Demasiado tranquilo. Luca solía tener la televisión encendida
en la sala o en su dormitorio.
Para hacer ruido, decía.
Un pequeño destello de decepción se encendió en mi pecho. ¿Estaba
teniendo una noche fuera con otra mujer? No engañarme era una condición
de nuestro acuerdo, pero tal vez se cansó de esperarme. Solo ahora me di
cuenta de lo mucho que significaba para mí la fidelidad en nuestro
matrimonio.
Una energía inquieta corría por mis venas. Decididamente tratando de
silenciar mi mente, me giré hacia un lado y miré por la ventana grande, el
horizonte de la ciudad titilando con luces. Había vivido en Nueva York
toda mi vida, pero nunca nada me había hecho sentir tan bien como Sicilia.
De repente, echaba de menos las noches tranquilas de allí. Echaba de
menos las calles oscuras y el sonido lejano de las olas rompiendo contra la
costa. Incluso el idioma que no entendía. Era más relajante que el
constante zumbido de esta ciudad metropolitana.
Tras una hora de dar vueltas en la cama, renuncié a dormir. Luca
estaba en mi mente y no encontraría descanso. No hasta que lo sacara de
mi mente.
Con un suspiro de exasperación, tiré las sábanas y me deslicé fuera
de la cama. Agarrando el camisón, me lo puse y caminé por los oscuros
pasillos hasta la cocina. La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas
del piso al techo e iluminaba los gabinetes grises y blancos. Abrí el
refrigerador y agarré el recipiente de leche.
Luca insistió en conseguir leche orgánica y sin pasteurizar para que
la tomara. Mientras la servía en un vaso, mis labios se curvaron en una
suave sonrisa al pensar en su consideración. Nunca imaginé que llegaría
hasta aquí con el hijo de Benito King.
Una vez que me lo bebí, enjuagué el vaso en el fregadero. Cuando me
agaché para poner el vaso en el lavaplatos, noté el débil resplandor que
venía del dormitorio de Luca desde el pasillo opuesto. Cuando llegamos,
insistió en que nuestras habitaciones estuvieran en lados opuestos de su
ático, alegando que a menudo se quedaba despierto hasta altas horas de la
noche y no quería despertarme.
No le di importancia. Pero ahora, la vacilación se deslizó por mis
venas. ¿Y si hubiera insistido en eso para poder tener a otra mujer en su
cama y luego sacarla por la puerta antes de que me despertara?
Un débil gemido resonó en el aire.
Mi cuerpo se puso al rojo vivo y luego se congeló cuando me di cuenta
de lo que podría estar pasando detrás de esa puerta. La furia me atravesó
como un ciclón tropical, desgarrando los débiles hilos que empezaban a
formarse entre nosotros.
Parpadeé con fuerza, mi garganta apretada.
Era difícil entender esta reacción. Todos mis muros parecían
desmoronarse alrededor de este hombre y eso lo hacía aún más amenazante
para mí.
Glotona por el castigo, caminé por el pasillo. Mis pasos eran
silenciosos, igual que los de Da hace tantos años. La inseguridad hizo que
mis pasos vacilaran justo en la puerta de su habitación. El sueño aún estaba
fresco en mi mente, debilitando mi determinación.
Me apoyé en el marco de la puerta, el sueño seguía arrastrándome a
ese día. El día en que perdí a mi padre. Me agarré al marco de la puerta,
decidida a alejar los recuerdos, y justo cuando me apoyaba contra ella, la
puerta se entreabrió. Lo suficiente para ver la sombra de Luca en medio de
su cama tamaño king.
Se me cortó la respiración. Mi marido estaba en medio de su cama
totalmente desnudo. Y solo.
En la mesita de noche, a su lado, había un vaso con hielo y un líquido
marrón. Whisky si tuviera que adivinar. Y junto a él había un tubo de
lubricante, con la tapa abierta.
Mi corazón se aceleró. Mis muslos se apretaron con necesidad. Y mi
mente susurró sobre el placer que podría obtener si tan solo cedía.
Después de todo, es tu marido, susurró el diablo en mi hombro. Dios,
este hombre sería mi ruina.
Mis ojos recorrieron su cuerpo fuerte y desnudo. Era hermoso. Una
obra maestra. Su piel olivácea brillaba como el bronce, manchada de tinta.
Su torso estaba cubierto de tatuajes. Madonna. Un corazón, un corazón
real con una rosa. Una cruz en uno de sus pectorales. Las yemas de mis
dedos zumbaban con la necesidad de tocarlo. Dios, daría cualquier cosa
ahora mismo por tocarlo.
En lugar de eso, tuve que conformarme con ver su propia mano fuerte
envuelta alrededor de su polla grande y gruesa. Sus manos surcadas de
venas cuando se masturbada, arriba y abajo. Mi boca se abrió y mi
respiración se entrecortó mientras mi corazón retumbaba contra mis
costillas.
Y el piercing.
¿Cuántos hombres se hacían realmente eso en la polla? me pregunté.
Su enorme cuerpo estaba tumbado en la cama, con la parte superior
del torso apoyado en las almohadas y los musculosos muslos abiertos.
Mientras su mano tiraba con fuerza hacia arriba y hacia abajo de su eje, su
otra mano ahuecaba sus pelotas.
Se veía magnífico mientras se masturbaba. Como un dios erótico. Su
cabeza estaba echada hacia atrás contra las almohadas, el cuello tenso.
Había una masculinidad ruda en él. Rudo, pero tan malditamente erótico
que me hizo estremecer de deseo. Mi propia excitación se filtró en mis
sedosas bragas, arruinándolas y goteando por el interior de mis muslos.
Había estado culpando a mis hormonas por mi reacción ante este
exquisito hombre; aunque si era completamente sincera conmigo misma,
me había estado mintiendo. No podía apartar mi mirada de él, imaginando
que era mi mano la que tocaba su larga polla. Imaginando que era yo quien
lo llevaba al límite. Deseaba poder saborearlo. Verlo de cerca. Quería ver
cada centímetro de él, cada tatuaje, cada vena, cada peca.
Cuando siseó, su mirada bajando hacia sus gruesos dedos tirando
hacia arriba de su polla, mi boca se secó. Me olvidé de respirar. No podía
recordar cómo tragar y un suave jadeo se escapó de mis labios.
Sus ojos se dirigieron a mí. Nuestras miradas chocaron. Mi razón
gritaba que retrocediera, que volviera a mi habitación. Pero sus ojos me
mantuvieron pegada al lugar. Algo cálido y oscuro ardía en esa mirada.
No había nada suave en Luca DiMauro. Cada centímetro de él era
duro. Su alma. Su cuerpo. Su polla. Sin embargo, cuando me miraba, había
algo oscuro y tierno detrás de sus ojos. Por mí.
No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. En el fondo de mi alma, lo
sabía aunque no pudiera admitirlo.
Se movió en la cama, dándome una mejor visión de su polla. Envolvió
su palma alrededor de su eje hinchado y un gemido vibró a través de la
habitación. Suyo. Mío. Nuestro.
La cabeza de su gruesa polla estaba hinchada y morada. No podía ver
la punta, pero prácticamente podía saborear su líquido preseminal. Su
polla se contrajo bajo mi mirada, escupiendo líquido preseminal.
Jesús, estuve tentada de buscar una silla y tocarme mientras lo miraba.
Esa podría ser la experiencia erótica más excitante desde Las Vegas.
Mi mano se acercó a mi vientre, frotándolo distraídamente.
—Margaret. —Su voz era ronca. Rasposa. Torturada—. Solo di la
palabra y haré que te corras.
Nunca dejó de masturbarse, mis ojos seguían el movimiento mientras
su mano recorría su longitud. Mi piel se tensó. Mi cuerpo ardía. Mi piel se
sonrojó. Quería correrme. Pero no quería aventurarme en esas aguas
peligrosas con él.
No con nuestro acuerdo temporal.
¿Pero tal vez no tenía que negarme el placer mientras yo me tocaba?
Él lo estaba haciendo. Parecía gustarle que lo mirara. Dios, me gustaría
que me mirara.
—Margaret —dijo con voz áspera y gutural. Todos esos músculos
tensos se apretaron y se contrajeron mientras el placer lo recorría. Se
esforzó más rápido y más fuerte, follando dentro de su puño.
—Dilo —exigió con dureza.
Sacudí la cabeza y me pasé la lengua por los labios. Estaba muerta de
sed. Pero ninguna cantidad de líquido podría saciar esta sed. Era por algo
que solo él podía darme.
—Puedo tocarme a mí misma —dije obstinadamente. Mi voz sonaba
distante a mis propios oídos, mi cerebro inundado con una neblina de
lujuria. Ambos sabíamos que su toque se sentiría mejor, pero me
preocupaba cruzar esa línea—. Mientras miras.
Detuvo sus movimientos. —Repite eso —dijo con voz áspera.
Tragué fuerte. Todavía estaba a tiempo de huir. Pero el diablo no me
dejaba. Quería esto. La excitación. La idea de que él me mirara mientras
llegaba al orgasmo tenía mis entrañas temblando de anticipación.
—Puedo tocarme mientras tú miras —respiré—. Y yo puedo mirarte
a ti.
Pasó un latido.
—Siéntate ahí —ordenó bruscamente, inclinando la barbilla hacia el
sillón en el lado opuesto de la habitación—. No puedo confiar en mí mismo
si estás a mi alcance.
Mi boca formó una O silenciosa.
Con mis pies silenciosos contra su alfombra de felpa, me dirigí al
sillón. Antes que tuviera la oportunidad de sentarme, sus palabras me
detuvieron.
—Quítate la ropa —me dijo. Obedecí sin demora. Entonces llegó su
siguiente orden—. Levanta tu camisón y colócalo alrededor de tu cintura.
—¿Por qué? —respiré—. Es transparente. Puedes ver a través de él.
Él lo sabría. Insistió en comprarlo.
—No quiero que nada obstruya la vista de tu hermoso cuerpo.
Los temblores me recorrieron y mis manos temblaron ligeramente
mientras seguía sus instrucciones.
—Ahora tus bragas. Quítatelas.
La vacilación se deslizó a través de mí. Era ridículo. Me había visto
en nada más que una toalla de baño. Me frotaba la espalda cuando me
dolía. Sin embargo, esto era diferente. De repente, me sentí cohibida por
mis muslos más blandos y mi culo más grande. Por no hablar de mi gran
barriga que alimentaba la vida dentro de mí.
—Ahora, Margaret —gruñó, su autocontrol evidente en su voz—.
Quiero ver tu hermoso coño rosado mientras me masturbo.
Bueno, cuando lo decía así. Me quité las bragas, dejándolas deslizarse
por mis piernas y luego me las quité.
Me senté y separé las piernas, con mi coño a la vista de mi marido.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Esto se sentía prohibido. Tan
malditamente erótico. Como Instinto Básico, pero en estado de gestación.
Su agarre en su longitud se hizo más fuerte y mi coño se apretó en
respuesta.
—Eres tan malditamente hermosa —elogió con voz ronca. Un nudo
en mi pecho se aflojó y el aire que no sabía que estaba reteniendo salió de
mis pulmones—. Tócate, mia moglie16.
Mi mano se deslizó entre mis muslos para acariciar mi clítoris y mis
párpados se cerraron. Se sentía tan bien tocarme sabiendo que me estaba
mirando. Mi corazón latía bajo mi caja torácica y el fuego ardía en mis
venas.
—Abre los ojos.
Me obligué a abrirlos, observándolo a través de mi mirada llena de
lujuria. Nuestros ojos se fijaron, mi dedo rozó mi protuberancia,
rodeándola de humedad. Un fuerte gemido se me escapó.
—Eso es, sigue haciéndolo —me indicó con voz ronca—. Mastúrbate
mientras me masturbo, imaginando tu apretado y caliente coño alrededor
de mi polla.
—Luca. —Su nombre era un susurro sin aliento en mis labios
mientras me metía los dedos.
16
Esposa mía en italiano.
La presión creció, llevándome más y más alto. Lo vi apretar su polla
con fuerza, casi con violencia cada vez que pasaba por encima de la
coronilla. Sus ojos estaban hambrientos en mi coño y los míos lo
empapaban mientras bombeaba su polla. Arriba y abajo.
Mis entrañas se apretaron cuando lo imaginé muy dentro de mí. Debió
haber tenido pensamientos similares porque sus músculos se tensaron y
contrajeron mientras el placer lo recorría. Se folló el puño con largos y
brutales golpes. Yo seguí su ritmo, empujando mis dedos dentro de mí.
Un siseo se escapó a través de sus dientes apretados.
—¿Te estás imaginando mi polla dentro de ti?
—Oh, Dios mío —gemí, el pulso palpitante entre mis muslos era
insoportable. Toqué mi clítoris más rápido y más fuerte, igualando sus
propios golpes brutales. Nada importaba en este momento excepto su
placer y el mío.
—Voy a estar dentro de ti —murmuró, observándome a través de su
mirada entrecerrada—. Un día.
No pude pensar en una respuesta a través de mi cerebro empañado
por la lujuria. Estaba en la niebla y lo único que me importaba era
perseguir el orgasmo. Éramos solo nosotros dos en el lado opuesto de la
habitación. Su mirada tocó mi piel y la encendió con chispas.
Nuestros gemidos y lamentos llenaron el espacio. Nuestra excitación
perfumaba el aire. Me pregunté a qué sabría su semen. Salado o
almizclado. O posiblemente dulce. Quería sentirlo dentro de mí. Estaba en
la punta de mi lengua suplicarle, pero contuve las palabras.
Mis ojos bajaron por su cuerpo hasta donde su mano bombeaba su
polla con fuerza. Seguí acariciando mi clítoris mientras imaginaba su
enorme y gruesa polla dentro de mi coño. Se masturbó su polla al mismo
tiempo que mis respiraciones jadeantes. Nuestras excitaciones separadas
crearon sonidos húmedos y sucios, pero no coincidían con las imágenes
sucias en mi mente.
Mis jadeos. Su respiración entrecortada.
Aspiré una bocanada de aire entre los dientes cuando su cuello se
tensó y su ritmo se volvió errático. Podía sentirlo en mi núcleo como si me
estuviera follando. La presión aumentaba cada vez más.
Entonces mi cuerpo estalló en un millón de pedazos. Su respiración
se volvió áspera. Gritó:
—¡Margaret! —un segundo antes de alcanzar el clímax, el semen
brotó de él por todo su estómago duro como una roca.
Introduje un dedo en mi interior, con los ojos clavados en el glorioso
espectáculo de ver a Luca llegar al orgasmo. Mi coño latía, mi dedo era un
pobre sustituto de lo que sabía que sentiría su polla.
Pero este era el mejor orgasmo que había tenido desde Italia.
Seguía ordeñando su polla, sus gruñidos y mis gemidos mezclándose.
Siguió corriéndose, su semen goteando por su polla, por sus dedos, por sus
muslos. Me lamí los labios, deseando poder saborearlo.
Lo único que tenía que hacer era levantarme y acercarme a él. Él me
dejaría. Lo sabía tan bien como sabía mi nombre. Lo observé mientras
sostenía su polla reblandecida y todavía encontré la vista de él y toda esa
semilla profundamente erótica.
CAPÍTULO 31
Luca
Mi mirada estaba clavada en el brillante coño rosado de Margaret
mientras escuchaba su respiración.
Nunca, malditamente nunca, había visto a una mujer más hermosa.
Su barriga hinchada con nuestra hija era el espectáculo más impresionante.
A la mierda el Himalaya. A la mierda el desierto del Sahara. O cualquier
maravilla asombrosa del mundo.
Esta era la única vista que me quitaba el aliento. Y verla sonrojada,
tocándose y pensando en mí era lo más parecido a tocarla, así que lo
aceptaría.
Sus ojos seguían pegados a mi polla y su piel enrojecida. Necesité
todo mi autocontrol para mantener la cordura y ocultar mi piercing
Príncipe Alberto. Era demasiado pronto para revelarle que fue a mí a quien
se llevó a la cama en Las Vegas.
Retiró los dedos de su coño. —No te muevas —le ordené y su mano
se congeló en el aire.
Me deslicé rápidamente fuera de la cama, tomé una toalla y me limpié
sin dejar de mirarla, asegurándome de estar de espaldas a ella. Luego me
subí los pantalones de chándal y me acerqué a ella.
Tomé su mano y sostuve su mirada oceánica.
—Quiero probar tus dedos.
Su expresión fue de asombro. Su boca se entreabrió y sus mejillas se
sonrojaron. Era una sirena, tentándome con cada aliento. Mis dedos
rodearon su delicada muñeca y me la llevé a la boca. Le chupé los dedos
uno a uno, saboreando su excitación.
—Sabes cómo mi mujer —gemí—. Como mi esposa.
Tiró de su mano y dejé que se apartara. Aunque ya lamentaba la
pérdida.
Mi infancia fue dura y despiadada bajo el control de mi padre. Pero
de repente no pude arrepentirme porque todo me llevó a ella. Fue la imagen
de la niña pequeña con rizos negros como el ébano y ojos azules y el alma
rompiéndose lo que me mantuvo en marcha.
No fue hasta que me encontré con ella en Temptation cuando vi por
fin mi propósito tan claro como el agua.
Margaret se bajó el camisón y luego bajó los ojos, dejándolos recorrer
la habitación como si no pudiera esperar para irse de aquí. O no pudiera
soportar mirarme.
—Mírame. —Se negó. No es de extrañar, teniendo en cuenta que
encontraba la manera de contradecirme a cada momento. Tomé su barbilla
entre mis dedos y la obligué a levantar la cara. La imagen de ella, de
rodillas, mirándome con esos hermosos ojos desgarradores y mi polla entre
sus hermosos labios carnosos pasó por mi mente.
Envió una nueva oleada de calor a mi entrepierna e hizo que mi sangre
se precipitara en mis oídos.
Cristo santo.
Acababa de masturbarme y derramarme encima como un adolescente
y, de repente, estaba listo para otra ronda.
—¿Qué pasa? —le pregunté, dejando a un lado mis impulsos
carnales. Habría tiempo para eso. Cuando ella me lo pidiera.
—Nada. —Su respuesta fue suave, contradictoria con su fuego
normal. No era como si me importara, pero quería a la verdadera.
Me arrodillé.
—¿Qué pasa?
Algo brilló en sus ojos y se llevó la mano a las bragas, pero yo fui
más rápido.
—No te agaches con la barriga. —Leí que era malo para ella ejercer
presión sobre su vientre. Dormir boca abajo estaba descartado. También
era malo agacharse al sentarse y empujar su vientre contra las rodillas.
Puso los ojos en blanco y extendió la mano.
—No, creo que me las quedaré. Como recuerdo. —Sonreí. Parpadeó
confundida—. He disfrutado esta noche, pero si te niegas a hacerlo otra
vez, tus bragas son la siguiente mejor opción.
Además, parecía inmune a mis encantos. Después de comerle el coño
en el campo, sobre la manta de picnic, esperaba que me buscara. Que su
determinación se debilitara. Pero no, se mantuvo firme. Mi esposa era una
mujer testaruda.
—O podemos hacer que nuestras citas en el dormitorio sean más
frecuentes —sugerí. Sus mejillas se tiñeron de carmesí y el rubor se
extendió por su cuello. Mierda, me encantaba ponerla nerviosa, así que
continué—: Necesitaré tus bragas para envolver mi polla y masturbarme
la próxima vez. A menos que quieras ofrecerte voluntaria.
Suspiró y se levantó.
—Esto no cambia el hecho de que este matrimonio no es real. No nos
volvamos demasiados locos. Solo estamos satisfaciendo nuestros...
impulsos... necesidades... —Se aclaró la garganta—. Algo.
Luego me dejó de rodillas, viéndola alejarse en esa lencería blanca
transparente para embarazadas.
—Esto es real, Esposa —murmuré en voz baja, deseando que
reconociera la atracción que había entre nosotros. Estaba ahí desde el
momento en que nos conocimos. Yo lo sabía. Ella lo sabía, pero se negaba
a admitirlo.
Este matrimonio sería para siempre.
Hasta que la muerte nos separe.
CAPÍTULO 32
Margaret
Mi pesadilla fue reemplazada por otra cosa. Algo más caliente.
Después de escapar de la tentación en la forma de mi marido, volví a
mi cama con las piernas temblorosas y los muslos apretados por la
necesidad.
Me gustaría pensar que me estaba dilatando lentamente para
prepararme para el parto, ya que me faltaba poco más de un mes para llegar
a término, pero sabía que no era así.
La verdad era que lo deseaba más de lo que nunca había deseado nada.
Años de dar vueltas el uno alrededor del otro nos habían llevado hasta
aquí. En el mismo ático. Casados. No en la misma cama... todavía.
Empecé a pensar que era solo cuestión de tiempo.
Esa noche, el último pensamiento antes de dormirme fue sobre Luca
en la ducha. En la cama. Incluso en aquella habitación de hotel de Las
Vegas. El hombre enmascarado de Las Vegas susurró palabras roncas
mientras entraba y salía de mí, llamándome mia bella.
Estaba desnuda delante de él, solo con bragas de seda y zapatos de
tacón rojo cereza. Su polla se sacudió, llenando la parte delantera de sus
pantalones en lo que debían ser dolorosas proporciones.
Jesús, tenía que ser enorme.
Mis pezones se tensaron, deseando que los tocara.
Mi pecho subía y bajaba. Mis respiraciones suaves eran el único
sonido que llenaba el aire. Aun así, mantuve mis ojos fijos en los suyos,
decidida a ver cada centímetro de él. Solo deseaba que las estúpidas
máscaras no estorbaran.
Me miraba con reverencia. Algo parecido a la posesión pasó por su
expresión, pero no podía estar segura.
—Tu turno —exhalé, soltando un suspiro tembloroso.
Vi cómo se despojaba de la chaqueta, luego se desabrochaba la
camisa negra, sin dejar de mirar su polla. Mientras él se quitaba la
camisa, luego los zapatos, los calcetines y los pantalones, yo empecé a
quitarme los tacones para poder quitarme las bragas.
Estábamos haciendo esto. Y no podía esperar.
—Las máscaras se quedan puestas —murmuré mientras él
enganchaba sus fuertes dedos para bajarse los bóxers.
—No te quites los tacones —exigió con voz ronca. Nuestros ojos se
encontraron. Mi pulso se aceleró. Su voz me produjo palpitaciones,
empapando mis bragas. Asentí y se quitó los bóxers.
Congelada, miré su polla. Era grande, pero no fue eso lo que hizo
que mi corazón se agitara ampliamente.
—¿Q-qué es eso? —pregunté, mi lengua lamiendo mi labio inferior.
Envolvió su mano alrededor de su polla y la acarició una vez. Podía
sentir el rubor manchando mis mejillas, aunque no estaba segura si era
vergüenza o lujuria lo que lo causaba.
Por el dolor palpitante entre mis muslos, definitivamente era lujuria.
—¿Esto? —preguntó, pasando el pulgar por la punta de su polla—.
Es un piercing.
El calor se disparó directamente a mi núcleo y tomé una gran
bocanada de aire, tratando de estabilizar mi reacción.
—Eres enorme —susurré. No estaba segura de poder manejar algo
tan enorme la primera vez. Enorme y adornado—. ¿Por qué tienes un
piercing también?
Inconscientemente extendí la mano y al instante su dura polla se
contrajo, ansiosa por mi toque. Volviendo a mis sentidos, bajé
rápidamente la mano, pero no podía dejar de frotarme los muslos como si
estuviera en celo.
Inhaló profundamente, luego cerró los ojos como si estuviera oliendo
mi excitación. Dios mío, a este paso, llegaría al orgasmo antes que me
tocara.
—Se siente bien contra tu clítoris, y cuando estoy dentro de ti, contra
tu punto G. —Sus dedos envolvieron su polla, tiró hacia arriba y hacia
abajo, el piercing se movía.
—¡Oh, Dios mío! ¿Hablas en serio?
Él asintió, el líquido preseminal ya brillaba en la punta de su polla.
—¿Estás lista para probarlo? —desafió.
Tuve un último momento de cordura antes de tomar una decisión.
Estaba haciendo esto.
—Sí —respondí finalmente.
Tomó mi mano para llevarme a la cama, pero yo iba a dar el primer
paso. Envolví mis brazos alrededor de su cuello en el momento en que mis
rodillas tocaron el colchón y fusioné mi boca con la suya. Dios, sabía bien.
Como el whisky, el pecado y las malas decisiones.
Y aun así me negué a parar. Su mano rodeó mi nuca, sujetándome
mientras me besaba. Fuerte. Húmedo. Posesivo. Gemí, arrastrando mi
mano por su musculoso pecho. Cada vez más abajo. Su calor se filtró
dentro de mí y cuando rodeé su dura polla con los dedos, un escalofrío me
recorrió.
Todo en este hombre era puro sexo. Un solo toque de él me hizo sentir
más viva que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
Me empujó hacia atrás y ambos caímos, el colchón rebotando sobre
nuestros cuerpos y hundiéndose bajo nuestro peso. Con su cuerpo sobre
el mío, frotó su polla contra mis húmedos pliegues y mi espalda se arqueó
ante la deliciosa sensación.
—Jesús, puedo sentir el metal frío —jadeé.
Estaba a punto de penetrarme cuando recordé que no estaba
tomando anticonceptivos. Tampoco quería correr el riesgo de ninguna
ETS. Estaba decidida, no estúpida.
—Condón —respiré—. No olvides el condón.
Con un gruñido, se bajó de la cama, encontró su billetera en sus
pantalones y sacó uno. Rasgando el paquete con los dientes, me lo entregó
para que pudiera enrollarlo sobre su longitud. Una vez que lo tenía
puesto, tomé su polla, la puse en mi entrada y respiré para calmarme.
—Está bien, estoy lista —gemí, mis manos agarrando sus hombros.
Sin demora, me penetró de un solo empujón y se metió profundamente
en mi interior. El dolor era insoportable y me ahogué. Sabía que iba a ser
doloroso la primera vez, ¡pero Dios!
—Santa mierda —siseó.
Se retiró casi por completo, dejando solo la punta dentro, antes de
volver a penetrarme con un gemido gutural. Una y otra vez, como si
estuviera poseído. Su pecho musculoso estaba cubierto de una capa de
sudor, lo que hacía que su tinta pareciera vibrante, pero era incapaz de
distinguirla con la máscara puesta y en la oscuridad.
Jadeé, mis muslos temblando mientras trataba de adaptarme. Sus
dedos agarraron mis muslos, probablemente dejando marcas, pero no me
importaba. Esto se sentía bien. Una mezcla de dolor y placer.
Pensé que había dicho algo, pero estaba muy ida para entender las
palabras. Lo único que oí fue la calidez de su voz, que alivió el escozor y
llenó mi estómago de calor. Una de sus manos se deslizó entre nosotros,
recorriéndome el vientre hasta el coño y rozándome el clítoris con los
dedos. Gemí. Lo frotó con movimientos circulares, untando los
resbaladizos jugos.
Llenó cada centímetro de mí, y la sensación de sentirlo dentro de mí
fue tan intensa que me estremecí. Mis gemidos y sus gruñidos se
mezclaron, produciendo sonidos eróticos.
—Oh. Dios. Mío. —Gemí cuando el dolor dio paso al placer. Un
placer increíble. Un placer estremecedor.
Mientras seguía penetrándome, mis ojos bajaron, viendo cómo su
polla desaparecía en mi coño, y me encantó la vista. Flotando sobre mí,
su hueso púbico rozó mi clítoris, enviando el hormigueo más
indescriptible a través de mí.
—Tu coño me está tomando tan bien —elogió.
Ya no podía mantener los ojos abiertos, la sensación que me producía
era demasiado intensa.
—Sí —gemí. Mis dedos arañaron su espalda mientras él bombeaba
dentro de mí como un loco. Cada embestida era más fuerte y profunda que
la anterior. Los sonidos húmedos de nuestros cuerpos, carne contra carne,
nuestros gemidos y gruñidos llenaron la habitación y rebotaron en las
paredes.
—Dios, por favor —grité mientras me acercaba a mi primer orgasmo
con un hombre. Dios, mi vibrador nunca volverá a ser lo mismo después
de esto.
Mis pies, con los tacones aún puestos, rodeaban su cintura, mis dedos
en su espalda, anclándolo a mí mientras él me empujaba más cerca del
orgasmo. Lo sentía por todas partes.
Mi coño se apretó a su alrededor, a punto de explotar. Estaba
gimiendo palabras sin sentido mientras nuestros cuerpos goteaban sudor.
Con un gruñido, me penetró brutalmente por última vez.
Sin piedad.
Se sentía como si la punta de su polla y ese maldito piercing
estuvieran llegando a mi útero y eso fue todo.
Detoné, estremeciéndome y temblando a su alrededor. Una oleada de
calor explotó bajo mi piel y me hizo gritar mientras las manchas volaban
detrás de mis ojos y pensé que me desmayaría.
Era como si me hubiera salido de mi cuerpo por la intensidad del
orgasmo que me provocó. Gemidos y quejidos brotaron de mis labios
incontrolablemente mientras mi coño se aferraba a su polla, palpitando
oleada tras oleada.
Se corrió con fuerza, con un gemido. Sus ojos, visibles a través de la
máscara, se entornaron en evidente éxtasis.
Mis ojos se abrieron de golpe y estaba de lado en la cama, mis muslos
resbaladizos por mis jugos y mis dedos dentro de mis bragas, entrando y
saliendo de mi coño empapado. Mi otra mano estaba en mi pecho,
pellizcando mi pezón.
Con horror, me incorporé, apartando las manos de mi cuerpo. El
aroma de mi excitación perfumaba el aire. Mis ojos aún estaban llenos de
sueño, pero las imágenes en mi mente no podrían haber sido más claras.
El piercing. Los tatuajes.
¿Cómo diablos no lo había visto antes? Debería haberlo reconocido.
Oh Dios mío.
—Estúpida, estúpida, estúpida —murmuré mientras saltaba de la
cama. De acuerdo, lo de saltar quizá fuera una exageración. Me tambaleé
fuera de la cama y atravesé el ático. Lo encontré en su vestidor, luciendo
hermoso en uno de sus trajes de diseñador de tres piezas.
Maldito sea.
¿Por qué no podía encontrarlo usando jeans holgados y una camisa
naranja chillona y fea? Aunque, no estaba segura que eso lo hiciera menos
atractivo.
—Buenos días, mia bella.
Eso fue todo lo que necesité escuchar para que mi furia subiera un
poco.
—Tú —siseé, acercándome a él y golpeándolo en el pecho—. Tú.
Ladeó una ceja, totalmente imperturbable.
—Sí, soy yo. —Su voz era relajada, la sonrisa en su hermoso rostro
me cabreaba aún más.
—Me engañaste. Estoy furiosa contigo.
—¿Por qué? —Sinceramente parecía sorprendido y la inseguridad
encontró su camino en mi pecho.
Negué con la cabeza. Tenía que ser su táctica.
—Eras tú en Las Vegas —acusé, empujando mi dedo con más fuerza
en su pecho—. No te molestes en negarlo. Lo sé. Los tatuajes. Ese maldito
piercing. No puedo creer que haya sido tan estúpida por no verlo antes.
Las palabras apenas salieron de mi boca cuando puso una mano detrás
de mi cabeza y la otra en mi cadera. Me rodeó. Su olor ahogó mi furia y
alimentó mis hormonas.
Malditas hormonas.
Como si pudiera leer mis pensamientos, sus fosas nasales se
ensancharon mientras me miraba.
—No eres estúpida y eres mía —gruñó.
—Me engañaste. Me sedujiste —lo acusé—. Me dejaste embarazada.
—Tienes razón, te engañé. Pero viniste directamente a mí y me
arrastraste escaleras arriba. Así que técnicamente me sedujiste.
Mi boca se abrió y lo miré atónita. Quiero decir, él tenía un punto,
pero maldición si alguna vez lo admitiría.
—Debiste decírmelo. Me dejaste embarazada. —Era lo único que me
quedaba—. Al menos, cuando te enteraste del embarazo, deberías haber
dicho algo.
—Y me habrías recibido con los brazos abiertos, ¿verdad? —No se
me escapó el sarcasmo de su voz.
—Deberías haberme dicho esa noche en Las Vegas —lo regañé.
—Participaste voluntariamente, Margaret —comentó secamente.
—El sexo es una cosa, Luca —gruñí—. Pero dejarme embarazada y
luego no decir ni una maldita palabra es otra muy distinta.
Sonrió con orgullo.
—No podría estar más feliz de tener una niña contigo.
—Al menos podrías disculparte. —Retrocedí.
—No. —Antes de que pudiera decir otra cosa, continuó—: Nunca me
disculparé por tener un bebé contigo. Ella es nuestra. Nuestro pasado.
Nuestro presente. Nuestro futuro. Y nunca me disculparé por quererte.
¿Quieres la verdad? El día que te topaste conmigo en Temptation fue el
mejor día de mi vida. El día que te encontré de nuevo fue el día que
comencé a respirar.
Esas palabras hicieron que mi corazón diera un vuelco y ardieran mis
ojos. Sonaba tan sincero. Entonces registré la última frase.
—¿Qué quieres decir con que me encontraste de nuevo? —Entrecerré
los ojos y lo miré con desconfianza. Era difícil comprender el
funcionamiento interno del cerebro de Luca—. Temptation fue la primera
vez que nos conocimos. Y luego seguiste acosándome.
Algo pasó por su expresión pero la enmascaró rápidamente.
—Me refería a otra vez en Las Vegas —explicó. Seguía sin tener
sentido para mí—. No me pidas que me arrepienta —dijo con terquedad.
Bajé los ojos. No quería ver esa mirada oscura y posesiva en sus ojos. Me
di cuenta que aún llevaba el camisón de anoche. De repente, me sentí aún
más desnuda a su lado en un traje de tres piezas—. Penelope y tú son lo
mejor que me ha pasado nunca. Así que no, no me arrepentiré.
Suspiré. Era difícil enojarse con él cuando me miraba así, más aún
cuando hablaba así de nuestra hija nonata. No es de extrañar que insistiera
en reclamarla como suya. Porque ella era suya.
—¿Fue a propósito? —le pregunté—. ¿Me dejaste embarazada a
propósito?
Las líneas alrededor de sus ojos se hicieron más profundas y supe la
respuesta antes que abriera la boca.
—Has sido mía desde hace mucho tiempo, mia bella. —Su voz era
posesiva y sin disculpas. Debería fingir como mínimo, pensé irritada—.
Obviamente, no podía controlar si te quedabas embarazada o no. Ni si el
condón se rompería. Pero me aseguré de aumentar las probabilidades.
Negué con la cabeza.
—Eso está muy mal —murmuré.
Su pulgar me frotó el cuello de un lado a otro, haciéndome sentir un
hormigueo que me traicionó. Un escalofrío visible recorrió mi cuerpo.
—Lamento haberte engañado, pero no lamento dónde nos llevó.
Cerré los ojos. Su respuesta no me sorprendió. Mi ira ya se había
derretido, pero no estaba dispuesta a dejar que lo viera. En lugar de eso,
me aferré a mi dignidad y a un fragmento de mi feminismo. Por supuesto,
mis hormonas se negaron a cooperar, pero eso era un tema aparte.
Sus labios llegaron a mi oído. —Perdóname, mia bella moglie.
Déjame follarte. O al menos, déjame hacerte sentir bien. Me duelen las
pelotas por ti.
Jesús, eso escaló rápidamente. Las paredes de mi coño se contrajeron,
ansiosas por su polla. Ahora que conectaba a mi marido con mi misterioso
enmascarado, la perra codiciosa quería más de su gran polla.
Di un paso atrás. No podía ceder ante él. Al menos no todavía.
Debió haber visto algo en mis ojos y su expresión se oscureció.
—No te dejaré marchar —advirtió, con voz baja y uniforme. La
afirmación permaneció en el aire, llenando el espacio entre nosotros. La
parte inquietante era que me sentí aliviada. No saber la identidad del padre
de mi bebé me molestaba, aunque nunca lo habría admitido para salvar mi
vida—. Penelope y tú son mi familia, y yo protejo lo que es mío.
No sabía por qué me resultaba tan excitante, pero así era. Tragué con
fuerza, tratando de ocultar el impacto que sus palabras tenían en mí.
—¿Cuántas mujeres has tenido? —le pregunté, cambiando de tema.
—Demasiadas —admitió. Eso no me sorprendió. Después de todo,
todo el mundo conocía su regla. Solo relaciones de una noche. Por algo le
llamaban playboy—. Tú serás la última. No he tocado a otra mujer desde
Las Vegas. Y no lo haré. Dije en serio mis votos, Esposa.
Dios, ¿cómo se suponía que iba a resistirme a eso?
—Yo tampoco —susurré—. Incluso esos prometidos. Ni siquiera los
besé.
—Lo sé. —La boca de Luca se curvó en una sonrisa malvada—.
Porque los maté antes que tuvieran la oportunidad.
Recordé sus palabras cuando le contamos a Nonno lo de nuestro
matrimonio y mi pregunta fue respondida. Él hablaba en serio. Debería
molestarme. Si hubiera decencia dentro de mí, lo haría. Pero había algo en
su actitud protectora que me excitaba.
Pero me negué a ceder. Teníamos tiempo. Como él dijo, no me dejaría
abandonarlo. Además, mi gran barriga no era precisamente atractiva.
Aunque, por la forma en que Luca me miraba, no lo pensarías.
Se inclinó para besarme, suavemente, y luego rastreó su boca a lo
largo de mi mandíbula.
—Podríamos terminar lo que empezamos anoche. —Dios, era
tentador. Me arqueé contra él, como una mujer hambrienta de caricias. Su
caricia. Sus labios llegaron a mi oído—. O puedo comerte el coño y darte
placer. Quiero sentir cómo te retuerces bajo mis caricias. Gritas mi
nombre.
—No —respiré, mi resolución derritiéndose rápidamente. Di un paso
atrás, alejándome de él—. No puedes follarme después de todos los
secretos que me has ocultado. Sería una recompensa, no un castigo.
Frunció el ceño.
—Cuidado con lo que dices. Nuestra hija por nacer podría oírlo. —
Dios, estaba llevando todo esto a un nivel completamente nuevo.
—Todas la mierda que me dices mientras me das placer a mí y a ti
mismo —murmuré indignada—. No me sermonees, Luca.
Él sonrió, una sonrisa infantil que le quitó al menos cinco años. Mi
corazón se aceleró y no pude evitar preguntarme qué diablos estaba
pasando. Con él. O conmigo. O con mi estúpido y tonto corazón.
—Solo imagina el placer que te daré cuando te folle —dijo, con un
tono seductor en su voz profunda. O tal vez solo eran mis hormonas. De
cualquier manera, ambos sabíamos que era solo cuestión de tiempo antes
que termináramos follando.
Dios, este hombre me haría perder la cabeza.
—No —exhalé, aunque no había nada firme en mi voz—. No —
repetí, esta vez con más firmeza.
Negó con la cabeza, luego pasó un pulgar por mi barbilla, justo debajo
de mi labio inferior.
—Entonces vístete, mi bella esposa y vamos a reunirnos con la
familia.
Maldita sea, me olvidé por completo de nuestra cita para almorzar con
el tío y su esposa. Afortunadamente, era en un restaurante, así que solo
teníamos que asegurarnos que el servicio fuera eficiente y rápido.
También venían mis hermanos. Para apoyo moral, dijo Aiden.
—¿Tenemos que hacerlo? —Mi voz era un poco quejumbrosa.
Extendió su mano, pasando suavemente su pulgar sobre mi labio
inferior.
—No pueden casarte —dijo suavemente—. Eres mi esposa. Eres
intocable. Ahora mostrémosles lo malditamente real que soy acerca de
matarlos si intentan algo.
Se me escapó una risa ahogada.
—Estás loco.
—Loco por alguien —murmuró, aunque no estaba segura de haberlo
escuchado bien.
Mi corazón se aceleró y creció. Su mirada pesada se encontró con la
mía, los dos ahogándonos en palabras no dichas y un pasado que
finalmente nos había alcanzado.
Entonces sus ojos parpadearon con picardía.
—Incluso podría dejarte conducir mi auto. —Antes que pudiera decir
algo, agregó con un guiño—: Si prometes no quemarlo.
Maldito sea. Era tan malditamente sexy.
Me dio esa sonrisa juvenil. —Prepárate, mi esposa embarazada.
Vamos a enseñarles a esos hijos de puta la ira que se van a ganar si intentan
algo contigo y con nuestro bebé.
—Pero mis hermanos no —le advertí, aunque una estúpida sonrisa se
dibujó en mis labios y mi corazón brilló.
A pesar de todo lo que acababa de suceder, todavía sentía un
presentimiento y no podía entender por qué.
No reconocí las señales.
El auto de Luca entró suavemente en la plaza reservada.
Fiel a su palabra, me dejó conducir su Mercedes AMG Vision Gran
Turismo rojo. Pero me di cuenta que Luca era el peor copiloto. Me dijo
qué carril tomar, cuándo y a quién adelantar. Me volvió loca. Pero
llegamos a salvo.
Gracias a mis nervios fríos. Y mi habilidad para resistirme a matarlo.
Luca salió del auto y caminó a mi lado para abrirme la puerta. Tomé
su mano y gruñí mientras me empujaba hacia arriba.
—No te preocupes, estamos arrendando un auto nuevo para el bebé
—me aseguró—. Nos lo entregarán mañana.
—¿Qué tipo de auto? —pregunté con curiosidad.
—Range Rover para ti. Mercedes G-Benz para mí. —Siempre se las
arreglaba para sorprenderme—. Si no te gusta, puedes conseguir otro. Pero
tendremos que comprobar los índices de seguridad. Investigué sobre este.
Y sobre las sillas de auto. Así que cuando vayas de compras con Áine, no
te preocupes por eso.
Sabía sin ninguna duda que sería un buen padre. Algunos hombres lo
tenían arraigado en ellos. Mi padre lo tenía. Y mi marido también.
—Gracias. —La emoción oprimió mi pecho. No de tristeza, pero
tampoco exactamente de felicidad. No podía precisarlo.
Levantó mi brazo y colocó un beso firme en el interior de mi muñeca,
donde mi pulso latía suavemente.
—Me perteneces. Te mantendré a ti y a nuestra hija a salvo. Pase lo
que pase.
Con mi mano en la suya, dimos dos pasos cuando alguien bloqueó
nuestro paso. Instintivamente, Luca dio un paso adelante, bloqueándome.
—No hay necesidad de todo eso conmigo. —Era la voz de mi madre.
Instantáneamente me puse rígida. No había ido a visitarla a propósito
desde que regresé. No quería su burla ni su crítica.
—Hola, madre —la saludé con frialdad, dando un paso para
colocarme junto a Luca—. Creía que odiabas la ciudad.
Y ahí estaba. La misma mueca que siempre tenía cada vez que me
miraba.
—Creía que odiabas a la familia King, pero aquí estás —replicó con
veneno—. Casada con uno. Margaret King. Ni siquiera suena bien.
¡Dios, cómo me irritaba! Se comportaba como una perra inmadura.
Me tragué lo que realmente quería decir y lo mantuve civilizado.
—En realidad es DiMauro —respondí en su lugar—. Así que no
tienes que preocuparte por mí.
Abrió la boca para decir algo, pero Luca la interrumpió.
—Mis disculpas —dijo. Sonaba de todo menos apenado—. Mi esposa
y yo tenemos una cita, así que este no es un buen momento para una visita
social.
Sin otra palabra, me condujo hacia la entrada y entramos al
restaurante con los ojos de todos puestos en nosotros.
El anfitrión corrió hacia nosotros.
—Es maravilloso volver a verlo, señor.
—Pablo. —Luca asintió—. Te presento a mi esposa. —Cambió mi
mano por la parte baja de mi espalda, su palma presionándola. Era
relajante. Tranquilizador.
Mientras caminábamos, siguiendo a Pablo hasta nuestra mesa
reservada, Luca inclinó la cabeza y rozó el lóbulo de mi oreja con los
labios.
—Estás preciosa. —Me estremecí. No dijo nada cuando salí vestida
del dormitorio. Pero sus ojos eran del verde más oscuro que jamás había
visto.
Ahora, mientras caminábamos juntos, el vestido rosa de gasa de
maternidad de manga larga se movía, rozando su traje de tres piezas. El
vestido acentuaba mi vientre y el escote de corte bajo resaltaba mis tetas.
Mi mirada siguió bajando hacia él para asegurarme que no estaba más
abajo de lo debido.
—Es mi trabajo mirar tus tetas —comentó Luca divertido—. No al
revés.
Puse los ojos en blanco, incapaz de encontrar una respuesta ingeniosa.
Era otro efecto secundario del embarazo. Mi cerebro era más lento y
mi lengua también.
—¿Quién es el dueño de este lugar? —pregunté en su lugar.
—Nosotros. —Sus ojos recorrieron el lugar—. Lo mantendremos
incluso después de mudarnos a Sicilia. Solo los negocios legítimos pasan
por aquí.
—Oh.
Miré a mí alrededor mientras nos acercábamos a la parte trasera del
restaurante. Era elegante, pero había un ambiente romántico. Toda una
pared estaba hecha de vidrio y daba a la concurrida calle de Nueva York.
La pared sur tenía ladrillos a la vista, los candelabros de bronce
parpadeaban contra ella.
El bar en la esquina más alejada me recordaba a las películas antiguas.
Toda la pared trasera detrás de la barra era de ladrillo y tenía armarios con
espejos llenos de cientos de botellas brillantes. Los taburetes frente a él
estaban hechos de cuero vintage rojo, mientras que el suelo era de color
blanco y negro.
Pablo se detuvo en la puerta que se mezclaba con los espejos. La
abrió, revelando una habitación grande pero muy íntima.
En el centro había una mesa con capacidad para veinte comensales y
toda la habitación olía divinamente.
—Nuestros invitados llegarán en breve —le informó Luca.
La música sonaba suavemente de fondo mientras Luca me acercaba
una silla.
—Gracias.
Me sonrió, sus ojos de un color más profundo y oscuro bajo esta luz.
—Siento lo de tu madre. No estoy seguro de cómo supo que
estaríamos aquí.
—Sí.
—¿Qué pensó que lograría acorralándote de esa manera? —exigió
saber.
Una respiración pesada me abandonó.
—Hace tiempo que dejé de preguntarme cuál es el objetivo de mi
madre. Estoy segura que tiene uno, pero cambia con tanta frecuencia que
es agotador seguirle el ritmo.
Me observó pensativo, como si estuviera contemplando algo, pero no
dijo nada más al respecto.
Me retorcí las manos en el regazo, mirando hacia la puerta.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Luca.
Negué con la cabeza. —No, la verdad es que no. No hay mucho que
el tío pueda exigir. Estamos legalmente casados y mi tía puede chillar todo
lo que quiera sobre la desafortunada boda de Áine con tu hermano.
—Algún día lo superará —reflexionó Luca.
—Uno pensaría que a estas alturas ya lo habría hecho —refunfuñé.
Una chica vestida con un elegante traje pantalón negro entró en la
habitación y detrás de ella estaban mi tío y mi tía.
—Ah, hablando del diablo —murmuré.
El tío y la tía entraron, con expresión ligeramente asombrada,
mirando a la izquierda y la derecha.
Fui a levantarme pero la mano de Luca llegó a mi hombro mientras
se levantaba.
—No te esfuerces demasiado, cariño.
Tuve que morderme el interior de la mejilla ante su comentario. Esto
requeriría menos ejercicio que el sexo con él y eso no le preocupaba. Pero
no protesté.
El tío sonrió ampliamente y se abalanzó sobre mí.
—Él tiene razón. Dios, chica. Tu culo me ha dado un susto.
Desapareciendo así.
Sonreí torpemente.
—No desaparecí. Solo fueron unas largas vacaciones.
Sacudió la cabeza.
—Casi me da un ataque al corazón. Tuve que ir a la tumba de tu Da
y rezar por el perdón.
Luca sonrió con frialdad.
—Quizá deberías pedirle perdón a tu sobrina por tratar de obligarla a
casarse.
Las cejas del tío se fruncieron.
—Tal vez, pero tener a Margaret soltera con un bebé en nuestro
mundo la habría dejado expuesta a ser atacada. Estaría en peligro. —El tío
sonrió—. Pero bien está lo que bien acaba. Mis dos chicas se casaron con
los hermanos King. ¿Quién lo hubiera pensado?
Bueno, al menos el tío parecía aliviado de que estuviera casada.
Manchando el nombre de nuestra familia y la mierda que lo acompañaba,
supuse. No importa que fuera el siglo XXI.
—No es un escenario ideal —comentó la tía.
No tuve tiempo de poner los ojos en blanco porque mis hermanos
irrumpieron. Ruidosos. Grandes. Y felices.
Esta vez me levanté y me tambaleé directa a sus brazos. —Dios, ya
ni siquiera podemos meterla en un sándwich —se burló Tyran—. Es más
grande que una casa.
Lo pellizqué. Con fuerza.
—Ouch.
—Debilucho.
Antes que pudiera replicar, la puerta se abrió y numerosos camareros
entraron en la sala con una bandeja tras otra, llenando la mesa con todo
tipo de comida.
—Me tomé la libertad de hacer que el chef preparara todo lo que había
en el menú. —Su mirada se encontró con la mía y me guiñó un ojo. Dios,
podría besarlo ahora mismo. Esto definitivamente acortaría nuestro
almuerzo. No habría debate sobre qué pedir, ni retrasos en la cocina.
Perfecto.
El almuerzo fue mejor de lo que podría haber esperado.
Cuando Luca y yo volvimos al ático, me quité los zapatos y suspiré
aliviada.
—¿Necesitas que te masajeen los pies? —me dijo.
Me reí por lo bajo.
—¿Cómo puede una mujer decir que no a eso?
Tomando una respiración profunda, deslicé mi mano en la suya firme.
CAPÍTULO 33
Margaret
El momento era peculiar.
El correo llegó dirigido a mí con las letras doradas a juego en el sobre.
Hacía solo unos días que había confesado mi lista de deseos a mi marido.
Volví a leer la invitación. Elegantes letras doradas sobre una tarjeta
roja mate.
Está cordialmente invitado a La Sensazione erotica. Código de
vestimenta black tie. Se permite un acompañante.
—¿Qué es eso? —Luca apareció detrás de mí, acercándose
sigilosamente. El hombre podía moverse tan silenciosamente como un
como un gato ladrón cuando quería.
Le enseñé la tarjeta y sus cejas se alzaron. Luego rodeó el sofá e
inmediatamente moví las piernas. Se tumbó en el sofá y apoyó los pies en
la mesita, luego tiró de mis tobillos y los colocó sobre su regazo.
Habíamos caído en una rutina. Una típica vida matrimonial. Al menos
pensé que lo era. Me sentía cómoda a su lado. Me encantaban sus dedos
fuertes y firmes sobre mi piel. Me encantaba hablar con él. A decir verdad,
no había mucho que no me gustara de él.
—¿Vas a hacerlo? —preguntó, su mirada fija en la televisión mientras
sus dedos recorrían mis tobillos, masajeando la piel. Me mordí el labio
inferior—. Si te preocupa, iré contigo.
Se me escapó un suspiro incrédulo.
—¿No será raro? —pregunté—. ¿Ir los dos allí?
Se rio entre dientes.
—Probablemente no sea más raro que cómo hemos llegado hasta
aquí. —Sus dedos frotaron mi piel, arriba y abajo. La sensación de su piel
áspera contra la mía suave, masajeando, hizo que mi cuerpo se relajara—.
Además, ¡a quién le importa lo que piensen los demás! Siempre y cuando
taches cosas de tu lista de deseos.
Lo observé con desconfianza.
—¿Es esto lo que haces?
Su expresión no era reveladora. Tenía una buena cara de póquer.
Demasiado buena. Podía ser tan exasperante.
—Luca —gruñí suavemente.
El movimiento circular de sus dedos se suavizó y nunca cesó.
—Conseguí la invitación —admitió—. Quiero que taches los puntos
de tu lista de deseos. Podemos ir ahora. O después de que nazca el bebé.
Como tú quieras.
—Dios mío —jadeé. Mi marido sí que escuchaba cuando yo hablaba.
Se me escapó una risa estrangulada—. ¿Intentas tacharlos todos?
Sus labios se curvaron.
—Primero tengo que saberlos todos.
Sonreí, empujando suavemente mi pie en su muslo.
—Realmente no sé por qué no me gustabas antes.
Me miró, aunque no había humor en su rostro.
—Yo tampoco —respondió sombríamente, algo caliente ardiendo en
sus ojos que envió ondas de fuego a través de mis venas.
Luca DiMauro se estaba metiendo debajo de mi piel. Lento pero
seguro.
Al día siguiente, caminamos juntos por el vestíbulo del club.
Sosteniendo la invitación entre mis dedos, mi interior zumbaba de
excitación y expectación. La alfombra roja era lujosa bajo nuestros pies
mientras caminábamos por el pasillo, siguiendo a una morena menuda.
El lugar estaba sorprendentemente silencioso, el único ruido provenía
del susurro de mi vestido de satén azul que Luca insistió en que usara.
Cuando me quejé de mi barriga, se encogió de hombros y dijo:
—Me importa una mierda. Deja que todos vean lo hermosa que eres
mientras estás embarazada.
¿Cómo podía una mujer resistirse a esas palabras?
Le di un codazo a Luca con mi hombro. —Por favor, dime que no has
estado con nadie aquí —susurré, apuntando mis ojos frente a nosotros.
Negó con la cabeza y el alivio se apoderó de mí. Empecé a temer el
día en que vería a una de sus ex. Debe tener una en cada esquina.
Había empezado a pensar en él como mío. Alguien a quien llamar
cuando estaba en un aprieto. Alguien a quien llamar cuando necesitaba un
hombro sobre el que llorar. Alguien con quien ver una película.
Jesús, casi sonaba como un novio sin sexo. Mi libido respondió de
inmediato dispuesto a dar un paso más.
¡Encantador!
Las alfombras rojas y las paredes cubiertas con papel tapiz
aterciopelado negro nos rodearon a medida que nos adentrábamos en el
edificio. La Sensazione erotica. El nombre del club no dejaba nada a la
imaginación.
—Tienen una habitación privada —anunció la chica, con voz ronca.
No se me escapó cómo seguía mirando a Luca. Me costó todo lo que tenía
no agarrarle la mano y gritar, él es mío—. Permite una vista clara de toda
la sala y… eventos.
Oh cielos. Estaba a punto de decirle que no éramos voyeurs. Solo
tachaba algo de mi lista de deseos. Pero luego me encogí de hombros. No
importaba lo que ella pensara.
Finalmente se detuvo y abrió la puerta. Una vez que entré, mi boca se
abrió.
—Gracias, eso es todo —le dijo Luca a la mujer, luego me empujó
dentro.
La habitación tenía el papel pintado de negro y las alfombras rojas,
igual que el resto del lugar. Una gran ventana. Un sofá y una pared con un
bar completamente surtido.
Era fascinante. Observé cómo una mujer caía de rodillas, con los ojos
puestos en sus acompañantes. Con las manos detrás, se pasó la lengua por
el labio inferior y abrió la boca con una expresión ansiosa en el rostro.
—No lo entiendo —murmuré.
—¿No entiendes qué? —Luca preguntó. A diferencia de mí, sus ojos
estaban fijos en mí. No parecía interesado en todo esto.
Mis ojos parpadearon en su dirección, luego de vuelta a la escena
frente a mí.
—¿Por qué está tan ansiosa por servirle? —Incliné la cabeza hacia un
lado—. Quiero decir, es solo para su beneficio y su placer. Sin embargo,
ella parece estar rogando por ello.
—¿Cuántas veces has hecho una mamada antes? —La pregunta de
Luca salió en un gruñido.
Me encogí de hombros.
—Una o dos veces.
De repente, Luca se incorporó y tomó mi barbilla entre sus dedos.
—Nombres.
Parpadeé confundida.
—¿Eh?
—Quiero sus nombres —exigió.
Se me escapó una risa ahogada.
—Estás loco. No te voy a dar sus nombres. —Su mirada quemó un
agujero a través de mí—. ¿Por qué los quieres? —pregunté, mi voz un
poco más baja.
—Para poder matarlos —contestó inexpresivo. De alguna manera no
pensé que estaba bromeando.
—Bueno, eso es un poco exagerado. Relájate. Fue en la universidad
y, sinceramente, apenas recuerdo sus nombres. Además, tú eras uno de
ellos. Las Vegas, ¿recuerdas? —Luego señalé mi estómago mientras él se
limitaba a sonreír. Entrecerré los ojos—. Quizá debería pedirte la lista de
los nombres de las mujeres con las que has estado para poder matarlas.
Pero eso podría llevarme unos cuantos años, ¿eh?
Se inclinó hacia atrás, mostrándome una sonrisa.
—Honestamente, no recuerdo sus nombres, pero si quieres matarlas,
puedo ayudarte. Después de todo, quiero que seas feliz.
Sacudí la cabeza con incredulidad.
—Esto tiene que ser romanticismo en su máxima expresión —gruñí
sarcásticamente.
Abrió las rodillas, me puso sobre su regazo y luego tiró de mí para
sentarme entre sus piernas. Se hundió aún más en el sofá, llevándome con
él. Me apoyé contra su sólido pecho. Su cálido aliento contra mi nuca y su
brazo envuelto alrededor de mi cintura.
De repente, me olvidé del espectáculo y lo único en lo que podía
concentrarme era en él. Me estaba tocando por todas partes.
Su aliento. Su pecho duro. Sus muslos.
Mi núcleo latía con necesidad, y me moví un poco cuando su mano
me tiró hacia atrás.
—Quédate quieta. —Su cálido aliento contra mi oído envió
escalofríos por mi columna.
Así que volví a moverme, solo para rebelarme un poco. Nos habíamos
estado llevando demasiado bien. Me arrepentí de mi rebelión al instante.
Su polla dura chocó contra mi culo y envió una ardiente necesidad pulsante
a través de mis venas. Y un suave gemido escapó de mis labios.
—Mira el espectáculo. —Sus dientes mordieron mi sensible lóbulo
de la oreja. No se movió ni puso espacio entre nosotros. En todo caso,
estaba aún más cerca—. Así podremos tachar esto de tu lista de deseos.
Mis ojos inmediatamente lo obedecieron y regresaron al espectáculo.
La mujer estaba de rodillas, moviendo la cabeza de un lado a otro. Los
dedos del hombre agarraron su cabello, sus ojos entrecerrados en ella y sus
caderas empujando en su boca. El deseo evidente entre el hombre y la
mujer brindándonos un espectáculo envió un infierno ardiendo por mis
venas. Mi respiración se entrecortó. Mi piel se tensó. Incluso desde aquí,
pude ver el deseo reluciente deslizándose por los muslos de la mujer.
Ya no podía quedarme quieta. Volví a moverme, la polla dura de Luca
rechinó contra mí y mi cabeza se apoyó en su hombro.
—¿Te excita, esposa? —Sus labios rozaron la curva de mi oreja y me
hicieron estremecer. Era la primera vez que me llamaba esposa.
Sorprendentemente, no me disgustó. De hecho, me encantó cómo sonaba.
Mi cabeza se inclinó ligeramente para permitirle acariciar mi cuello.
Debo haber perdido la cabeza, pero en este momento no me importaba. Su
boca sobre mi piel quemaba de la manera más deliciosa.
Luca se movió, sus dedos descendieron lentamente por mi creciente
barriga. Quizá fuera el embarazo. O tal vez solo era él. Había algo tan
malditamente erótico cuando me tocaba la barriga.
Debería asustarme. Debería haberme repelido pero no lo hizo. Y la
forma en que tarareaba con satisfacción gutural cuando su palma
presionaba suavemente contra el lugar donde mi niña solía dar patadas me
volvía loca.
Jesús, estas hormonas serían mi muerte.
—Quieres que te toque. —No era una pregunta. Su aliento rozó mi
piel del cuello. Contuve la respiración, esperando más. Debería haber
sabido que eso no era suficiente para él—. Suplícame que te toque, esposa,
y te correrás más fuerte que nunca.
Me mordí el labio, negándome a ceder.
Su mano se deslizó entre mis piernas y las abrí más, necesitándolo en
mi interior. Mi coño ya estaba hinchado y palpitante, necesitado de placer.
Mis manos bajaron para presionar contra sus caderas y mis dedos se
cerraron en sus músculos mientras mis caderas se movían
inconscientemente.
Sus dedos rozaron mis bragas.
—Estás mojada —gimió en mi oído—. Puedo oler tu excitación. Tu
precioso coño quiere esto, lo necesita. —Un gemido se deslizó entre mis
labios. Mi deseo ardía—. Suplícamelo.
Mis párpados estaban pesados, viendo el espectáculo pero sin verlo.
Lo único en lo que podía concentrarme era en este hombre, susurrándome
al oído. Tentándome.
—Tal vez rompí fuente —dije con voz áspera, ignorando su petición
de suplicar. Nunca suplicaría.
Me lamí los labios, pero ninguna palabra salió de mi boca. Presionó
un beso en mis hombros.
Ahuecó mi coño, luego apretó su agarre. Como si fuera el dueño de
mi parte más íntima.
—Tan terca. —Luego maldijo—. Tan malditamente húmedo. ¿Eso
es para mí?
Sí, sí, sí, quería gritar, pero en lugar de eso solo un gemido salió de
mis labios. Su mano libre se dirigió a mi pecho y tiró de la parte superior
de mi vestido, luego bajó el encaje de mi sostén. Su mano en mi coño me
presionó firmemente contra su propio cuerpo mientras pellizcaba mi
sensible pezón con la otra mano.
Mis piernas se abrieron un poco más y él debió de captar la indirecta.
Metió su mano en mis bragas e introdujo dos dedos. Mi espalda se arqueó.
—Jesús, estás apretando mis dedos como si fuera mi polla. —Su voz
era más profunda. Más gutural de lo que jamás lo había escuchado antes.
Empezó a mover los dedos, muy dentro de mí, mientras su palma
rozaba mi clítoris. Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba. Estaba
hipersensible. Encontró mi punto G y lo acarició ligeramente. Mi cuerpo
se estremeció y levanté las caderas, gimiendo... su nombre.
Mi cerebro estaba demasiado confuso por el placer que estaba
acumulando en mi interior. Ya me avergonzaría más tarde. Ahora, solo
necesitaba una liberación.
Me mordió ligeramente el lóbulo de la oreja.
—Toma lo que necesites, esposa.
Sus caricias dentro y fuera de mi coño eran implacables. Su pulgar
trazó círculos alrededor de mi clítoris. Hizo que cada célula de mi cuerpo
temblara con una necesidad desesperada de liberación. Cada embestida me
acercaba más al límite.
Desde un rincón lejano de mi mente, podía escuchar carne chocando
contra carne. Sonidos de placer. Gritos. Pero no eran míos. Había perdido
interés en la escena que tenía delante y la encontré en mi marido.
Luca DiMauro era pecado y tentación. Lo necesitaba ahora mismo.
—Vas a ser mi muerte, esposa —murmuró y luego retiró los dedos.
Antes que pudiera protestar, rasgó mis bragas, el sonido de la rotura llenó
el aire y luego me levantó. Me senté en el sofá, mi vestido abultado
alrededor de mi cintura y mis piernas abiertas.
Antes que la decepción pudiera inundarme, cayó de rodillas frente a
mí. Mi coño reluciente a la vista.
—Déjame tocarte. Déjame probarte. Déjame tenerte. —Sus palabras
rompieron los muros de mi interior tan fácilmente que me aterrorizaría si
no estuviera tan lejos en esta tierra de lujuria—. Por favor, esposa. Sin
nada más, déjame darte placer.
Apenas podía respirar. No podía pensar.
—Sí —respiré—. Pero solo si tú también te das placer.
Eran todas las palabras que él necesitaba porque sus manos agarraron
mis caderas.
—Abre más las piernas. —Su orden fue áspera, su voz más profunda.
Con una inhalación inestable, obedecí y tan pronto como lo hice, me
empujó hasta el borde del sofá. Su mirada cayó entre mis muslos.
—Ponte cómoda —ronroneó—. No quiero que le pase nada al bebé.
Mierda. Eso era tan malditamente caliente y erótico.
Apoyando mi espalda contra el sofá, hice lo que me dijo y su cabeza
bajó entre mis piernas. Me estremecí bajo el primer toque caliente de su
lengua. Apenas había comenzado y yo ya estaba cerca de mi orgasmo. Dio
una vuelta lenta desde la entrada a mi clítoris y una profunda oleada de
placer inundó todos mis sentidos. Mis dedos se clavaron en su grueso
cabello, pasando mis uñas desafiladas por su cuero cabelludo.
Sus manos mantuvieron mis piernas bien abiertas mientras se tomaba
su tiempo para devorarme. Hizo girar su lengua sobre mi clítoris antes de
succionar y un profundo gemido vibró en el aire. Debió de gustarle, porque
tarareó contra mi coño, luego empujó su lengua en mi entrada.
Su mirada ardiente encontró la mía y mientras me comía el coño como
si fuera su postre favorito, nuestros ojos se sostuvieron el uno al otro como
si estuvieran trabados. Era la cosa más erótica que jamás había
experimentado. Mientras su boca chupaba y lamía mi clítoris, su dedo se
deslizaba dentro de mí, entrando y saliendo. Una y otra vez.
El placer se encendió, la mecha ardió en mi torrente sanguíneo. Moví
las caderas contra su boca, incapaz de romper la mirada que nos unía. Hizo
profundos ruidos de satisfacción, incitándome a seguir.
—Por favor, Luca —supliqué en un gemido sin aliento—. Necesito...
Mis manos tiraron de su cabello, mis caderas rozando contra él.
Sus dedos se curvaron dentro de mí mientras continuó lamiéndome
sin parar. Me acarició con los dedos cada vez más fuerte y más rápido,
aumentando la presión en mi interior. Con sus ojos fijos en mí, el placer
recorrió mis venas. No había presunción en su rostro, solo reverencia
mientras el calor lánguido se extendía por cada centímetro de mi cuerpo.
Su boca recorrió el interior de mi muslo mientras palpitaba alrededor
de sus dedos. Siguió metiéndolos y sacándolos lentamente. Un suspiro
tembloroso se deslizó por mis labios. Mis dedos seguían agarrados a su
cabello, no dispuestos a soltarlo.
Con nuestras respiraciones aún llenando el aire, nuestras miradas
chocaron. La suya hambrienta y la mía ansiosa por saciar ese hambre. Se
limpió la boca con el dorso de la mano, sin apartar los ojos. Luego se
levantó y se sentó a mi lado, estirándose y rodeándome con la mano. El
espectáculo continuó, pero ninguno de nosotros le prestó atención.
Fui a levantarme, pero él me detuvo, negando con la cabeza.
—Quiero corresponderte —protesté con voz suave.
—Esto era para ti —afirmó.
Me pregunté cuántas mamadas le habrían hecho a este hombre a lo
largo de su vida. Yo solo lo había hecho un puñado de veces, y la última
había sido con él. No se quejó, como lo habían hecho los anteriores, así
que no debería haberme sentido nerviosa por hacerle una. Sin embargo, lo
hice.
O tal vez él no me quería. Mis ojos se posaron en su ingle y encontré
evidencia de su excitación.
—Quiero que tú también te sientas bien —murmuré suavemente.
Hablaba en serio. Ya pensaría en las consecuencias más tarde, pero él
se había entregado y yo quería corresponderle. Quería hacerlo sentir tan
bien como él me hizo sentir a mí.
Poniéndose de pie, tiró de mí hacia abajo.
—Ponte a horcajadas sobre mí —exigió.
No necesité que me lo repitiera. Me moví e hice lo que me ordenó, mi
vientre era el único espacio entre nosotros.
—Hmm —murmuré, arrastrando mi mano por su pecho. El material
de su camisa de vestir se sentía frío bajo mi palma. Pero la sensación de
sus músculos duros me sedujo. Aflojé el primer botón, luego el siguiente,
y el atisbo de piel entintada apareció lentamente.
Me vino a la mente el encuentro cuando lo atrapé masturbándose en
la ducha. En nuestra luna de miel.
Sus labios estaban a escasos centímetros. Un temblor me recorrió
mientras acortaba la distancia. Nuestras respiraciones se mezclaron. Mi
boca rozó la suya. Entonces apreté mis labios contra los suyos y lo besé.
Perezosamente. Suavemente. Abrió la boca y deslicé mi lengua dentro.
Sabía a whisky, a pecado y a tentación. Como mi marido. Como mío.
Un gemido vibró en lo profundo de su pecho y su mano llegó a mi
nuca. Ahuecó la parte de atrás de mi cabeza con fuerza mientras tomaba
el control del beso. Me chupó la lengua. Exploró cada rincón de mi boca.
Mi corazón latía en mis oídos, la sangre corría por mis venas.
No quería separarme para respirar. La muerte por un beso sería la
manera más deliciosa de morir. Arrastré ligeramente mis dientes sobre su
labio inferior.
Mordió mi labio inferior.
—Valdría la pena morir por ti, esposa —murmuró.
Su polla dura golpeó mi interior, despertando un monstruo
hambriento de sexo.
—Tal vez tú seas mi muerte, marido —repliqué.
Algo parecido a un conflicto bailó en su expresión, pero desapareció
tan rápido como apareció.
Mis ojos bajaron entre nosotros, mi vientre embarazado llenando el
espacio entre nosotros. Él seguía con los pantalones puestos.
—Esto podría ser incómodo con mi vientre de embarazada.
Consideró las palabras. Luego nos movió de sitio, de modo que él se
tumbó en el sofá y yo me senté encima de él.
Alcancé su cinturón y lo desabroché. El sonido de la cremallera siguió
electrificando el ambiente. Antes que pudiera meter la mano en sus
pantalones, su enorme mano rodeó la mía. Mis ojos se posaron en la
mirada de Luca y enarqué las cejas en señal de interrogación.
Con movimientos expertos, se aflojó la corbata y se la quitó de un
tirón.
—Véndate los ojos —dijo con voz áspera.
—Pero quiero verte.
—Con los ojos vendados será mejor. Confía en mí. —Levantó las
caderas, mostrándome lo que me perdería. Un escalofrío me recorrió, la
presión y el calor chisporrotearon cuando apretó mi clítoris contra su
pelvis.
Era una mujer débil, débil, porque me encontré asintiendo. Con
impaciencia.
Se sentó a medio camino, sacó una venda para los ojos del cajón de
la mesa al lado del sofá y me la puso con pericia. Cuando estuvo seguro
de que estaba bien puesta, escuché el susurro de la ropa. Tomó mis manos
y las puso sobre mi pecho.
—Espera.
Apenas tuve tiempo de procesar las palabras, cuando me agarró por
las caderas, las empujó hacia arriba y ya estaba dentro de mí. Un jadeo
agudo me abandonó cuando me arrastró por su polla, llenándome hasta la
empuñadura.
El tiempo se detuvo.
Mi pulso se detuvo bruscamente y luego reanudó su salvaje latido. Mi
piel vibró, cobrando vida por primera vez desde Las Vegas.
Era grande y estaba tan dentro de mí que me escocía. Una sensación
deliciosa. Todo parecía intensificarse con la venda en los ojos. Podía
escuchar su respiración agitada, sentir su corazón latiendo contra mis
palmas.
—¿Necesitamos condones? —Me ahogué.
—Estoy limpio —declaró. Mis palmas recorrieron su pecho—.
Siempre uso protección y me hago pruebas con frecuencia. —Hizo una
pausa, como si dudara antes de continuar—: Puede que no dure mucho.
Fuiste la última mujer con la que follé.
Ya lo había dicho antes, pero su confesión me sorprendió. El infame
playboy renunció a todas las mujeres después de mí. No me lo esperaba.
No de un playboy como él.
De alguna manera significaba aún más.
—No he estado con nadie desde que me quedé embarazada —susurré
mi propia admisión, aunque él ya lo sabía.
—Nunca habrá nadie más para ti —gruñó—. Ni para mí. —Asentí en
señal de confirmación—. Ahora móntame, esposa. —Dios, la nota áspera
de su voz me produjo un escalofrío. La sensación de tenerlo dentro de mí
me llevó al límite—. Un parpadeo de dolor y nos detenemos. No le
haremos daño a la bebé. ¿Entendido?
Mi pecho crujió, dejándolo entrar más profundamente en mi corazón.
Centímetro a centímetro se estaba apoderando de mi alma.
Deslicé mis manos por su pecho, sintiendo su cálida piel. Deseaba
que estuviéramos los dos desnudos, piel contra piel. Pero habría otras
ocasiones. Sabía que las habría, tan cierto como que sabía mi nombre.
Agarrando sus hombros, comencé a moverme. Lo monté lentamente,
subiendo y bajando por su polla, sintiendo cómo su piercing me rozaba de
formas deliciosas. Sus manos en mis caderas me guiaron arriba y abajo,
llevando mi placer cada vez más alto. No podía ver su cara, pero el gemido
que sonó en su garganta me lo dijo todo.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Lo sentí como si fuera el mío.
Sus manos me sujetaron con fuerza mientras subía y bajaba por su polla.
Lo follé lentamente, luego aumenté la velocidad cuando sus manos
comenzaron a moverme más rápido. Reboté sobre su polla con más fuerza.
—¿Estás bien? —gruñó, como si se contuviera.
—Más —exigí.
—¿Está la bebé...?
—Mierda, Luca. La bebé está bien. Por favor, más fuerte. Necesito
más.
No podía respirar. La presión caliente comenzó a acumularse
mientras me tiraba hacia arriba y hacia abajo sobre su polla. Podía sentirlo
estirándome, muy dentro de mí. Cuando sentí su boca en mi pezón,
succionando y luego mordiendo suavemente, un escalofrío me recorrió
cuando el placer estalló.
—Mierda, eres hermosa cuando te corres. —Continuó meciendo mi
cuerpo, de un lado a otro, su polla atravesándome a través de mi orgasmo.
Mi respiración salió errática y pesada.
Su cuerpo se tensó y sus manos se apretaron en mi cintura mientras
empujaba sus caderas hacia arriba penetrándome.
Dejó escapar un gemido masculino que me puso la piel de gallina. Se
derramó dentro de mí, su boca en mi vientre. Su beso se absorbió en mi
piel y mi torrente sanguíneo.
Su tacto y su sabor se convirtieron en una droga. Peor aún, empecé a
desear sus palabras y su compañía.
Su polla seguía dentro de mí, su mano me acarició la mejilla.
—Eres mía, Margaret —dijo, acentuando las palabras como si
quisiera demostrar un punto—. Tú y nuestro bebé. Mías.
Bu-bum. Bu-bum.
—Tuyas —murmuré somnolienta, con el lánguido calor de los
orgasmos que me había dado aun flotando en mis venas.
CAPÍTULO 34
Luca
Las mejillas de mi mujer se tiñeron de rojo durante todo el camino de
vuelta a casa.
Tenía buen aspecto. Apoyó la cabeza en el reposacabezas, mirándome
conducir con una suave sonrisa en los labios. Nunca había conocido a
nadie que pudiera ser tan suave y a la vez tan cortante; dos extremos que
dependían de la posición que ocuparas en su vida. Esperaba que eso
significara que ambos íbamos en la dirección que haría a nuestra familia
mejor. Más fuerte. Para nuestra niña y, con suerte, también para algunos
niños en el futuro.
La paz se apoderó de mí. Siempre podía respirar más tranquilo cuando
ella sonreía. Su felicidad era lo único que me importaba. Pero cuando me
sonreía, mi pecho brillaba. Mi sangre latía con aprobación por tener sus
ojos en mí, sus manos en mí, su olor en mi espacio.
—¿Qué es lo siguiente en tu lista de deseos? —le pregunté—. Me
gusta mucho tu lista.
Se rio suavemente. —¿Qué tal si me cuentas algo de tu lista? Esto
debería ser cosa de dos. Tú haces realidad mi deseo y yo el tuyo.
Sonreí.
—Trato hecho. —Está bien, tal vez acepté demasiado rápido porque
sus ojos se entrecerraron con sospecha—. Duerme en mi cama —añadí
rápidamente—. Está en mi lista de deseos.
Frunció los labios y sus ojos recorrieron mi cuerpo. Desde el
momento en que sentí sus suaves labios sobre los míos, ella ha sido mi
adicción. Ella podría exigirme que acabara con mi vida y probablemente
lo haría. Por ella. Ahora que me entregó su cuerpo, sabiendo que era yo,
no había punto de retorno.
Ella se entregó a mí. No hay política de devolución aquí.
Ella asintió y no podía esperar para llegar a casa. El maldito tráfico.
Era lo que apestaba de Nueva York. Margaret era mucho más feliz en
Sicilia y yo también. Especialmente después de ese encuentro con su
madre. Si no la volvíamos a ver, aún sería demasiado pronto.
Maeve Callahan. La maldita perra de dos caras.
Se veía tal como la recordaba. Justo como le gustaban a mi padre.
Baratas. Sórdidas. Con grandes tetas y pequeños cerebros.
Aun así, aparte de mis sentimientos subjetivos, algo sobre su
aparición hoy me molestó.
Mi teléfono sonó, interrumpiendo mis pensamientos, y una vez que
estacioné en mi garaje subterráneo, saqué el celular y abrí el mensaje. Era
de Guido.
Han atacado a tu abuelo. Sin lesiones. No hay sospechosos.
Un gruñido vibró en mi pecho y el rojo empañó mi visión. En Sicilia,
mi abuelo era intocable. Nadie debería haber podido acercarse lo suficiente
como para atacarlo. ¿Fue Marchetti? No podía ser. Era letal pero no
estúpido, y no arruinaría nuestra larga relación comercial. Ni el hecho que
nuestros hijos algún día unirían nuestras familias.
—¿Qué pasa? —La voz de Margaret penetró la niebla roja en mi
cerebro.
Estaba a punto de no decirle nada cuando las palabras de Nonno
resonaron en mi oído. Quería que tuviera un confidente. Una compañera.
No solo una mujer. Nonno tenía eso con mi abuela. Yo quería eso con mi
mujer. Ella era mucho más que la mujer por la que yo suspiraba.
—Nonno fue atacado. —Dios, solo decir esas palabras y la idea de
que él estuviera en esa posición me hizo enfurecer.
Se enderezó, con una profunda preocupación en sus ojos.
—¿Él está bien? ¿Está herido?
—Está bien. No tiene heridas.
—¿Sabe quién le atacó?
—No saben quién lo hizo. —Mierda, era el peor momento. No quería
dejar a Margaret, especialmente ahora que estábamos avanzando en la
construcción de nuestra relación. Luego estaba su próxima ecografía. Sería
nuestra primera juntos y probablemente una de las últimas, ya que nos
acercábamos al término completo. Otras cuatro semanas.
Mierda. Excepto que no podía dejarlo vulnerable y solo allí. Me
necesitaba.
—Deberíamos traerlo aquí —sugirió Margaret, con voz firme—.
Luego, cuando solucionemos tus asuntos comerciales, todos regresamos,
averiguamos quién está detrás del ataque y se lo hacemos pagar.
Logró sorprenderme. Otra vez. Su gran corazón. Su suavidad. Su
coraje.
Ella era el paquete perfecto. Mi pareja ideal.
—¿No te importaría? ¿Que Nonno viniera aquí? —pregunté solo para
estar seguro—. Nonno puede ser bastante molesto cuando deja Sicilia. Se
queja de todo y lo compara todo con su ciudad natal.
Sonrió.
—Lo estoy. Podemos encontrar todos los defectos de esta ciudad y
contar los días que faltan para volver a Sicilia —dijo sonriendo.
La agarré de la nuca y la acerqué a mí, rozando mi boca contra su
oreja.
—Cuando lleguemos a casa, te voy a follar lentamente —le dije en su
oído, amando cómo un escalofrío recorría su cuerpo y sus pezones se
erizaban debajo de su hermoso vestido—. De todas las formas posibles.
Y lo hice. Hasta que suplicó por un descanso y se quedó
profundamente dormida.
En mi cama. Exactamente donde debía estar.
CAPÍTULO 35
Margaret
Hacía demasiado calor. Sentía como si mi manta pesara cien kilos,
sujetándome.
Suspirando, intenté darme la vuelta, pero algo me hizo retroceder.
Abrí los ojos. No era algo, sino alguien que tiraba de mí. Había un hombre
en mi cama. Luchando a través de la gran confusión que siempre surge
cuando me despierto por primera vez, mis ojos se abrieron de golpe.
Un gemido masculino vibró.
—Vuelve a dormirte. —Mi corazón revoloteó, acelerándose en mi
pecho—. Estás cumpliendo mi lista de deseos.
—Jesús —exhalé en una combinación de alivio y risa ahogada—.
Pensé que había un asesino en mi cama.
Una risita baja salió de él.
—No muy lejos.
Su brazo me rodeó, su cuerpo calentando el mío y su pecho se apretó
contra mí. Se sentía bien despertarse en su cama. Yo le pertenecía y él me
pertenecía. Mis ojos se lanzaron al reloj en la mesita de noche, sus dígitos
verdes brillando en la oscuridad.
Las seis de la mañana.
Los días de invierno eran un asco. La oscuridad duraba demasiado.
Hacía frío. Y simplemente era deprimente. Extrañaba Sicilia y su calidez.
Cientos de casas coloridas en las antiguas calles de Palermo. Luca y yo
construiríamos nuestra vida allí.
Lejos de mi madre. No quería más encuentros accidentales con ella.
No confiaba en ella ni un poco. Su pequeño golpe no se me escapó.
Excepto que no era propio de ella. Por lo general, los reservaba para
cuando estábamos solas.
Apartando a mi madre de mis pensamientos, mi mente se centró en
cosas más calientes y ardientes. Los sucesos de la noche anterior se
filtraron en mis recuerdos y un temblor me recorrió. Fue sin duda la noche
más caliente de mi vida.
Nueva York con Luca, mi marido, no era tan terrible. Pero todavía no
podía esperar para volver a Sicilia.
—Echo de menos Sicilia —susurré en voz baja—. Casi quiero ir
contigo.
La idea de Nonno en peligro me aterrorizaba. Llegué a quererlo
mucho.
—Yo también —murmuró contra el lóbulo de mi oreja—. Iré a
buscarlo y lo traeré aquí. Una vez que todo esté resuelto aquí,
regresaremos y comenzaremos nuestra vida allí.
Eso sonaba perfecto. Nuestra vida. Nuestro comienzo. Nuestra
historia realmente comenzó allí, así que era correcto que viviéramos allí
hasta nuestra vejez. De acuerdo, tal vez nuestra historia realmente
comenzó en Temptation pero, sinceramente, esa fue nuestra etapa de
guerra. Sicilia fue nuestro escenario de amistad y amor.
—¿Terminarás con todo aquí antes de que nazca la bebé? —le
pregunté—. Quiero que nazca allí.
—Haría a Nonno más feliz que nunca si ella naciera en Sicilia.
Se movió, acercándome a él. Estaba duro, su longitud presionando
contra mi trasero, e instantáneamente me olvidé de Sicilia.
Dios, el hombre estaba tan caliente y semidesnudo que la sola presión
de su cuerpo contra el mío hizo que los dedos de mis pies se curvaran de
placer. Si hubiera sabido que se sentía tan bien acurrucarse con mi marido,
me habría metido a su cama hace mucho tiempo.
—¿Harías eso? —pregunté, empujando mi trasero contra él. Un
rugido sonó en su garganta cuando me moví y me froté contra él—. Dejar
atrás a tu hermano, tu negocio y tus amigos. ¿Solo para que la pequeña
Penelope pueda nacer en Sicilia?
De acuerdo, tal vez estaba probando para ver hasta dónde llegaría para
hacerme feliz, aunque parecía más que dispuesto a cumplir. Habíamos
recorrido un largo camino en nuestra relación, pero aún necesitaba
seguridad. O tal vez quería otra ronda de los acontecimientos de la noche
anterior.
Su mano se envolvió alrededor de mi cintura, vagando por mi vientre,
y juro que a la bebé le encantaba sentir su cálida palma contra ella. Podía
sentirla empujando contra su mano, incluso ver cómo mi vientre se movía
con ella.
—Puedo sentir su movimiento —dijo con voz áspera contra mi oído.
—A ella le gusta cuando te siente. —Dios, si solo eso me emocionaba,
sería un desastre cuando llegara la bebé—. Ya puedo decir que será una
niña de papá. Pequeña traidora.
Pero mis palabras no eran mordaces. Incluso después de todos estos
años recordaba mi amor por Da y todo su afecto. Yo era una niña de papá
de principio a fin. Pero no sería una madre distante e indiferente como la
mía.
Nuestra pequeña tendría el amor y la protección de los dos.
—Hablaré bien de ti —bromeó, mordiéndome el lóbulo de la oreja—
. Si eres buena con papá.
Gruñó en mi oído juguetonamente, sus manos bajando por mi vientre
y entre mis muslos.
—Estás lista para mí —gimió con satisfacción.
El roce de sus dedos contra mi sensible clítoris me hizo sentir un gran
placer. No pude evitar mover el culo contra su erección. Me agarró de la
cadera y pensé que iba a detenerme. Pero no lo hizo. Me apretó más fuerte
contra él. El calor se extendió y apretó entre mis piernas mientras movía
mis caderas, nada más que el susurro de las sábanas y el sonido de nuestras
respiraciones perturbaran la burbuja de nuestra habitación. Me giré en sus
brazos y él se puso boca arriba para que yo pudiera montarme a horcajadas
sobre él una vez más.
La forma en que me miraba me hacía sentir como la mujer más
hermosa del mundo. A él no le importaba que hubiera engordado veinte
kilos, ni que mis pechos fueran del tamaño de un melón y mi barriga tan
grande como una sandía.
Pasó sus manos por mis muslos, sus ojos entrecerrados,
contemplando mi cuerpo desnudo. Me tocó por todas partes y todavía
parecía no ser suficiente. Lo hizo de nuevo, luego llevó sus palmas a mi
vientre sintiendo esa pequeña vida dentro de mí.
La pequeña vida que él reclamó y a la que murmuró suaves palabras.
Y no había nada más erótico que eso para mí. Un rudo papá oso
derritiéndose por la pequeña vida no nacida dentro de mí.
Mi mirada se posó en sus labios y me incliné para besarlo. Me
encontró a mitad de camino.
Y me di cuenta, él siempre me encontraba a mitad de camino.
Tres horas después, los dos estábamos duchados y vestidos. Opté por
un maxi vestido premamá azul pálido que abrazaba mi cuerpo y delineaba
mi vientre. Él se puso un par de jeans que hacían que su culo fuera
malditamente más precioso, si es que eso era posible. Apuesto a que los
hombres de todo el mundo estaban celosos de su buen culo, y él era todo
mío.
—¿Cuarta ronda? —sugirió, atrapándome con las manos en la masa
mirándole el culo.
Su suéter gris de Ralph Lauren acentuaba su piel aceitunada y hacía
que sus ojos parecieran más claros. Su reloj deportivo Rolex le daba un
aire informal, pero caro. Disimulaba bien su crueldad, pero sabía que
llevaba un arma escondida en la espalda. Llevaba mocasines oscuros y un
abrigo de lana de color gris. Yo había renunciado a un abrigo en mi tercer
trimestre. Tenía calor todo el tiempo.
—Haría que valiera la pena —murmuró contra mis labios.
Negué con la cabeza.
—Entonces necesitaría una siesta.
—Puedes tomar una siesta. Puedo conseguir un chófer que me lleve
al aeropuerto.
Negué con la cabeza.
—No. Te despediré como una esposa adecuada.
Debe haberle gustado esa respuesta porque me dio un beso en la
mejilla y dejó el tema. Agarré mi bolso mientras él tomaba mi mano con
firmeza y caminábamos hacia el ascensor.
—Asegúrate de volver rápido —le dije cuando entrábamos en el
ascensor—. ¿Quién va a ver películas conmigo esta noche?
Me dedicó esa sonrisa juvenil y brillante.
—Llamé a tus hermanos. Les pedí que te vigilaran hasta que regrese.
Les dije que te gusta ver películas antiguas, así que dijeron que traerían su
propia colección de películas.
Gemí en voz alta.
—Luca —protesté—. ¿Por qué hiciste eso?
—Mi novia no estará sola.
—Ya no soy una novia y estoy bien estando sola —solté una risita.
Desde luego, no necesitaba una niñera en la forma de mis hermanos.
Sus labios se curvaron suavemente.
—Hazlo por mí entonces. Me preocuparé menos.
Solo eso me dijo que tenía muchas cosas en mente.
—Bien —suspiré—. Solo esta vez.
Nuestros ojos se encontraron en el reflejo, la suave expresión en su
rostro hizo que mis muros se desmoronaran. De hecho, podrían ser
reducidos a cenizas. Se había incrustado en cada parte de mí.
—Gracias, mia moglie. —Dios, me encantaba cuando me llamaba
esposa. En inglés, en italiano. En cualquier maldito idioma. Mientras me
llamara suya.
Las puertas se abrieron y me guio hacia otra sección del garaje. Me
llevó a un elegante Range Rover.
—¿Quieres conducir tu auto o el mío? —preguntó—. Es todo nuestro,
pero ¿cuál quieres probar primero?
—Probemos el tuyo —musité, chocando mi hombro con el suyo—.
De esa manera, si lo estrello, el mío todavía está intacto.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio. Una risa verdadera y
despreocupada que me llenó el pecho de calidez y me llegó a lo más
profundo del corazón. Era inquietante. Era frágil. Me abrió la puerta, me
ayudó a entrar como el caballero que no era y luego rodeó el auto para
ponerse a mi lado.
Mis ojos se dirigieron al asiento trasero. Como era de esperar, Luca
tenía de todo. Pero lo inesperado era la silla de auto que ya estaba instalada
y lista para usar.
—¿Por qué hay un bolso Gucci rosa ahí atrás? —le pregunté con
curiosidad.
—Es nuestro bolso del hospital. —Cuando lo miré sin comprender,
continuó—. Bolso de pañales. Cosas para mamá y bebé. Hay otro bolso en
tu auto. No podemos estar lo suficientemente preparados.
Mi corazón se hinchó. Su nombre se instaló en un lugar permanente
en mi corazón, marcándolo como suyo. Era arriesgado. Los amigos que se
preocupan profundamente el uno por el otro probablemente era mucho
más seguro, sin embargo, mi propio corazón se negó a prestar atención a
la advertencia.
—Vamos —anunció Luca, poniendo sus manos detrás de su cabeza y
estirando sus piernas.
Entrecerré mis ojos en él mientras ponía el auto en marcha.
—No soy tu chófer.
Se rio entre dientes.
—Ahora mismo lo eres.
Mientras conducíamos desde el Upper East Side, me dirigió hasta el
aeropuerto.
—Copiloto —me quejé mientras me detenía en el aeropuerto privado
y estacionaba su elegante Mercedes.
Fui a desabrocharme el cinturón de seguridad pero me detuvo.
—No salgas. Hace frío y viento.
—De acuerdo.
Me acarició las mejillas y tiró de mí.
—Pórtate bien mientras no estoy —murmuró, sus labios rozando los
míos—. Nada de comportamientos imprudentes.
Actué horrorizada.
—Nunca actúo de manera imprudente. —Luego agregué la palabra
que aprendí en italiano—: Marito. —Esposo.
Sus ojos parpadearon con diversión. —¿Has estado estudiando
italiano?
—No puedo tenerte hablando con nuestro bebé en italiano y yo sin
entender una sola palabra.
Con otro beso, o cinco, finalmente se separó de mí y salió del auto, y
lo vi abordar su avión privado. Antes de entrar en la cabina, se dio la
vuelta, con un aspecto elegante y como un millón de dólares, y luego me
sorprendió muchísimo.
Me lanzó un beso, seguido de un guiño arrogante. Tan cursi pero tan
malditamente dulce.
Mis hermanos irrumpieron en el ático, dejando caer una bolsa de lona
en medio de mi salón.
—Jesús, díganme que no se van a mudar —gruñí, permaneciendo en
mi asiento con los pies apoyados en la mesa de café.
Los gemelos pusieron los ojos en blanco. Sus chaquetas de cuero
estaban empapadas, goteando sobre la madera. Llevaban su atuendo típico.
Jeans. Botas de combate. Cuero. Lo único que no pude ver fueron sus
armas. Siempre tenían armas encima.
Incliné la barbilla hacia la bolsa.
—¿Qué demonios hay en esa cosa?
—Defensa —respondieron los dos al unísono.
Mis ojos se dirigieron a mi hermano mayor, quien se encogió de
hombros y puso los ojos en blanco.
—¿Estamos esperando una guerra? —pregunté.
—Tal vez —respondió Kyran crípticamente.
—Ni siquiera voy a preguntar —murmuré, negando con la cabeza.
Aiden tomó un lugar a mi lado y apoyó sus piernas paralelas a las
mías, su brazo rodeándome.
—No te preocupes, hermana, me quedaré y te cuidaré si esos dos
idiotas prefieren que los maten.
Tyran le mostró su dedo corazón.
—Sabemos que tienes miedo —se burló Kyran.
—Y sé que eres estúpido —replicó Aiden—. No confundas el miedo
con la inteligencia. —Estaba tenso. Cuando le dirigí una mirada
interrogante, se limitó a responder—: Cosas de negocios.
—No podemos permitirles… —comenzó Kyran, pero la mirada de
Aiden lo interrumpió.
Puede que los tres estuvieran unidos, pero todos sabían que Aiden
algún día se haría cargo de la mafia Callahan como líder. No podía darse
el lujo de reaccionar primero y pensar después. Los gemelos, en cambio,
siempre reaccionaban. Perdí la cuenta de las veces que Aiden los sacó de
apuros.
—Pongan sus culos en el sofá y cierren la boca —ladró Aiden cuando
Tyran abrió la boca con una clara protesta en su rostro—. Estamos viendo
una película con nuestra hermana.
—Ella necesita un cachorro con quien acurrucarse —se quejó
Kyran—. No nosotros. —Le dirigí una mirada de incredulidad, pero él
simplemente continuó—: Ella podría deprimirse. Al menos eso es lo que
dijo mamá.
De todas las cosas, eso era lo más tonto que podía sugerir. Como era
de esperar, venía de mi madre.
—Ella no quiere una mascota —ladró Aiden—. Es alérgica, maldito
imbécil.
—Hay pastillas para eso —dijo Tyran, poniendo un chicle a su boca.
—Y está embarazada —dijo Aiden, mirando a nuestros hermanos
como si fueran los idiotas más grandes de este planeta. No lo eran, pero
siempre seguían los consejos de nuestra madre. Desafortunadamente.
Suspiré, agarrando el control remoto. Si esos tres empezaban a
discutir de un lado a otro, sería una noche larga. Los desconecté, sus idas
y venidas se convirtieron en ruido de fondo, y comencé a pasar de un canal
a otro mientras la tormenta azotaba el exterior. El viento y la lluvia
azotaban las ventanas de cristal. Sería difícil dormir sin Luca aquí. A pesar
de que solo acabamos de empezar a compartir la cama, ya me había
acostumbrado a tenerlo aquí todas las noches.
Mi teléfono estaba en mi regazo, junto a un tazón de palomitas de
maíz sin comer. Le envié un mensaje a Luca hace media hora, preocupada
por su vuelo. De ahí mi incapacidad para disfrutar de mi merienda favorita
mientras veía películas.
Los gemelos se tiraron en el sofá, sus grandes cuerpos hicieron que
mi cuerpo se moviera incluso en mi estado.
—Por favor, no pongas tus películas viejas —refunfuñó Tyran—. No
puedo soportar esa mierda en mi estado.
Me burlé.
—¿Qué estado es ese? ¿El estado asesino?
Giró la cabeza hacia mí, con los ojos brillantes de diversión. —Pon
una película de acción. Ciencia ficción. De terror. Occidental. Cualquier
cosa menos esas malditas películas viejas donde cantan y lloran hasta
besuquearse. Ni siquiera pueden darnos una escena de sexo decente.
Kyran se levantó de un salto y se acercó a la ventana, mirando hacia
fuera. ¿Qué creía que iba a ver desde aquí arriba?
—¿Qué quieres ver? —le pregunté—. Dame un título y lopondré.
—Pon Avatar —dijo Tyran—. Tiene un poco de romance.
—¿El de la gente azul? —pregunté con incredulidad.
—No discrimines a las personas azules —pronunció Kyran mientras
regresaba de la ventana. Pude ver inquietud en toda su expresión. Ni
siquiera trató de ocultarlo.
Cuando mi marido volviera, lo mataría por enviarme a mis tres
hermanos. Esto era lo más alejado de la relajación que se podía estar.
—De acuerdo. Que sea Avatar —concedí.
Me desplacé hasta la barra de búsqueda y empecé a deletrear las
letras.
—Madre pidió verte —Aiden rompió el silencio. Mi dedo se detuvo
sobre la última letra—. Ella dijo que tiene algo que decirte.
Me burlé. Mi madre casi nunca me prestaba atención, ni mucho
menos me hablaba.
—Reúnete con ella por una hora —Kyran intentó llegar a un acuerdo.
Siempre buscaba compromisos. Excepto cuando se trataba de matar a
alguien. Entonces se iba al carajo el compromiso, sin importar las
consecuencias.
Estudié su rostro. Era solo cinco años mayor que yo, pero tanto él
como Tyran a veces parecían mucho mayores.
Tyran agarró mi tazón de palomitas de maíz y comenzó a metérselas
en la boca como si estuvieran pasadas de moda.
A veces, como ahora, parecían mucho más jóvenes, pensé.
Los tres lo miramos y sonrió tímidamente.
—¿Quieres un poco? —ofreció.
—Ya no —dije, ahogando un bostezo—. ¿Te lavaste las manos antes
de cavar en mis palomitas de maíz?
—Germofóbica 17 —me acusó.
—Será mejor que tú también te conviertas en uno. Antes que tu
sobrina esté aquí. De lo contrario, no dejaré que la abraces.
17
Germofobia: Es el miedo patológico a la suciedad, la contaminación y los gérmenes.
Sonrió, con los dientes brillando.
—Oh, nadie me alejará de mi sobrina. Vamos a enseñarle a maldecir
y...
Levanté mi mano, mi palma hacia él.
—Déjame detenerte allí mismo.
—Se lavará las manos, Maggie —Kyran saltó en defensa de su
hermano—. De hecho, tiene una botella de desinfectante para manos
siempre cerca. Y está abastecido.
—Jesús, ¿pueden callarse la puta boca con lo de los desinfectantes de
manos? —Intervino Aiden—. Querían ver Avatar. Ahora véanla o los
enviaré a todos a la cama.
Algunas cosas nunca cambiaban con mi familia.
CAPÍTULO 36
Margaret
Esta noche era Halloween. En cierto modo, era nuestro aniversario
desde que nos conocimos en la fiesta de Halloween en Temptation. Sí, era
agosto, pero eso era irrelevante. No podía esperar a que Luca volviera para
que pudiéramos hacer algo especial juntos.
Se había ido por tres largos días.
Había llamado. Mandado mensajes. Llamado de nuevo.
Se suponía que estaría en casa en dos horas. Tanto él como Nonno.
Cassio los recogería en el aeropuerto.
Áine y yo estábamos de compras juntas. Ropa y muebles de bebé era
lo primero en nuestra agenda. Apenas habíamos entrado en la primera
tienda de bebés cuando ella soltó la pregunta.
—¿Por qué no me pediste que te ayudara? —La ligera acusación en
su voz era difícil de pasar por alto—. Yo te habría ayudado.
—Aiden me ayudó —dije con indiferencia—. No había necesidad de
guardarle un secreto a tu marido.
No quería que supiera que me molestaba cómo el tío, su mujer y mi
madre se negaron a que me quedara soltera. En lugar de ayudarme, se
confabularon contra mí, cortaron todos mis fondos y me dieron un
ultimátum. No se habían preocupado por el bienestar de mi bebé.
—No te gusta Cassio —declaró. No pensé que fuera tan obvio.
Me encogí de hombros.
—No lo odio, pero no, no me gusta.
—Él hirió tus sentimientos —afirmó, tratando de llegar al fondo del
asunto.
Le envié una sonrisa de disculpa. Al igual que su madre, esperaba que
fuéramos una familia grande y feliz.
—No son los sentimientos los que me molestan, Áine. Es el hecho de
que él me tendió una trampa. —Cuando abrió la boca, probablemente para
defenderlo, continué rápidamente—. No me malinterpretes, soy
igualmente culpable por caer directamente en esa trampa, pero eso no lo
absuelve de sus pecados. Sin embargo, de alguna manera parece que solo
yo pagué por mis errores y pecados mientras él se divierte con el amor de
su vida.
Siguió el silencio. Pesado y acusador.
—Hablaré con él.
—Dios, no —dije rápidamente. No necesitaba más drama—. Pero
gracias. Bien está lo que bien acaba.
Excepto que no estaba segura de si este era mi final. No es
exactamente un final feliz, pero tal vez un final algo satisfactorio en el que
mi hija estaba a salvo y protegida.
—¿Así que todo está bien entre Luca y tú? —preguntó Áine.
—Sí.
Luca y yo. Todavía estaba tratando de entender eso. Él me rescató. La
ayuda llegó en el hombre más improbable. Sin embargo, no estaba segura
de lo que éramos. Marido y mujer. Amigos. Amantes.
¿Pero éramos más? Se sentía así.
En lugar de responderle, alcancé un mono lindo que decía “Cuidado
chicos, mi mami puede usar un arma” escrito en el frente.
Áine sonrió.
—Si tan solo supieran —comentó. Una extraña punzada en la parte
inferior de mi abdomen me hizo torcer la cara—. ¿Qué? ¿No te gusta?
—Lo hace —le dije—. Voy a conseguirlo.
Continuamos por la tienda mientras Áine seguía tirando más y más
cosas en el carrito. La extraña presión en la parte inferior de mi abdomen
crecía con cada minuto, pero la ignoré. Ayer vimos a la doctora y dijo que
todo se veía bien. Nos quedaban unas semanas más. Froté mi bajo vientre.
Tal vez la bebé estaba sentada en mi riñón o algo así.
Sesenta minutos después, había comprado suficiente ropa para cubrir
los primeros seis meses de vida de Penelope. También escogí los muebles
para su habitación. Luca dijo que no tenía preferencia por la combinación
de colores, así que opté por el blanco.
Una vez que arreglé que todo fuera entregado en el ático de Luca,
salimos de la tienda. Nos dirigimos al auto con el conductor que Luca me
asignó. Nos llevó de regreso al ático de Luca, luchando contra el tráfico
de la ciudad. Mi teléfono vibró y lo alcancé rápidamente, luego sonreí
suavemente.
Nonno y Luca estaban en casa. En el ático. Esperándome.
En el momento en que el auto se detuvo en el garaje, salí. Tenía
algunas bolsas y Áine se ofreció a ayudarme a subirlas. Cassio también
estaría aquí. Así que tomamos el ascensor hasta el último piso. Áine
llevaba tres bolsas y yo solo una.
En el momento en que entré en el apartamento, me congelé. Un dolor
agudo me atravesó el vientre. La bolsa cayó al suelo, su contenido se
esparció por la madera mientras me agarraba el estómago. Con la otra
mano me agarré a la pared.
Algo caliente se deslizó por mis piernas y mis ojos bajaron por mi
cuerpo. Llevaba un vestido premamá de lana, que ahora estaba empapado,
al igual que mis zapatos. ¿Acababa de romper aguas?
Áine soltó un grito de sorpresa.
—¿Margaret? ¿Ya... ya viene la bebé?
La sangre goteaba por mis tobillos. No pensé que habría sangre
cuando rompiera aguas. Nadie dijo nada de sangre.
Estaba demasiado aturdida para pronunciar una palabra.
—Maggie, háblame.
—Trae a Luca —dije en voz baja.
Fue en ese momento que debería haber sabido que me enamoré de
Luca. No pregunté por mis hermanos. Pregunté por el hombre que me
había puesto en esta situación.
Empecé a temblar mientras me agarraba el vientre.
—Estás sangrando —susurró Áine, con pánico en la voz.
Mi visión se nubló. Mis piernas empezaron a temblar, apenas
sosteniéndome y las bolsas de Áine cayeron con el ruido sordo mientras
me rodeaba la cintura con el brazo y con el otro sacaba su teléfono. Sus
manos temblaban, pero no podía concentrarme en eso. Solo en este dolor
punzante y agudo en mi abdomen.
El débil timbre de su teléfono llegó a mis oídos. Parecía resonar a lo
lejos.
—Algo le pasa a Maggie. —El pánico en su voz era evidente—.
Estamos en el ático.
La llamada terminó. La puerta de la oficina de Luca se abrió y los ojos
de mi marido se posaron en mí. Intentó mantener la compostura.
—¿Qué haces en casa? —grité con dolor—. Se supone que no debes
estar en casa hasta dentro de una hora.
—Eso no importa. —Luca corrió hacia mí—. ¿Ya viene la bebé?
—Creo que sí. —Mis ojos se desviaron hacia Nonno detrás de él e
intenté sonreír. Probablemente me salió como una mueca dolorosa—.
Hola, Nonno. Me alegro mucho que estés aquí. Queríamos tenerla en
Sicilia pero…
Sonrió.
—La pequeña Penelope está lista para conocer el mundo —musitó.
Otro dolor agudo atravesó mi columna y la sonrisa desapareció de mi
rostro.
—Necesitamos una ambulancia —gritó Áine.
Luca me rodeó la espalda con un brazo mientras mis piernas cedían.
Su mirada recorrió mis piernas mojadas. En el momento en que vio sangre,
el pánico se deslizó en su expresión. Pero mantuvo la calma.
—No te asustes —me dijo suavemente—. A veces, romper aguas va
acompañado de un espectáculo sangriento. O quizás sea el tapón mucoso.
He leído que a veces pasa. —Miró a Áine—. Ve a buscar una toalla —le
exigió.
Mientras ella se apresuraba a buscarla, arrugué la nariz a pesar del
dolor.
—¿Dónde leíste eso?
Sonrió.
—Mi libro que todo lo sabe —murmuró mientras me levantaba—.
Llevo meses leyendo Qué esperar cuando estás esperando.
Se me escapó una risa ahogada.
—No sé si eso es romántico o simplemente raro.
—Romántico —contestó, luego dirigió una mirada a su hermano y a
Áine, luego a Nonno—. Te llamaré si necesitamos algo. Avisa a sus
hermanos.
—Nonno, ¿estarás bien? —le pregunté—. ¿Quieres venir? Aunque no
será divertido.
El rostro arrugado de Nonno se suavizó y puso su frágil palma en mi
mejilla..
—Haré que Cassio me lleve cuando nazca la pequeña Penelope. Este
es tu momento y el de Luca. —Se me hizo un nudo en la garganta—. No
te preocupes por nada.
Asentí.
Áine trajo la toalla justo cuando Luca me levantó en sus brazos. Ella
se la entregó y él murmuró su agradecimiento, luego me llevó al ascensor.
Era eficiente en caso de pánico, lo reconozco. Enseguida estábamos en su
Mercedes G-Benz. Dejó la toalla y luego me sentó suavemente en el
asiento del copiloto.
—Todo estará bien —dijo mientras tocaba mi mejilla suavemente—.
Pronto estaremos en el hospital.
—Lo sé. —Ahora que él estaba en casa, sabía que se aseguraría de
que estuviéramos bien—. Menos mal que tenemos nuestra bolsa rosa de
pañales Gucci en la parte de atrás —bromeé.
Negó con la cabeza, la diversión brillando en sus ojos junto con la
preocupación persistente allí. Cerró la puerta y Luca se apresuró a
deslizarse detrás del volante. Aceleró el motor y salió disparado del garaje
subterráneo y recorrió las calles de Nueva York.
—Quería que Penelope naciera en Sicilia —murmuré de la nada, con
un dolor sordo instalándose en lo más profundo de mis muslos.
Luca miró en mi dirección.
—Nuestro próximo bebé será. —Extendió la mano y me acarició la
mejilla—. Asegúrate de estar bien. Tú y la bebé son todo lo que me
importa.
Había algo parecido a la desesperación en su rostro.
Puse mi mano sobre la suya.
—Las mujeres tienen bebés todos los días —lo consolé—. Estaremos
bien. Solo... —Tragué fuerte—. Quédate conmigo. ¿De acuerdo?
—Ni todos los caballos del rey podrían apartarme de aquí —me dijo.
Nos detuvimos frente a la entrada del hospital. Luca saltó del auto y
corrió alrededor del capó para levantarme. Una vez en sus brazos, entró en
el hospital y las enfermeras corrieron hacia él con una camilla. Una vez en
ella, me llevaron a una habitación. Los médicos y las enfermeras se
apresuraron a rodearme. Me conectaron a las máquinas, comprobaron mis
constantes vitales y, antes de que supiera lo que estaba pasando, me
volvieron a llevar en camilla. Luca se quedó conmigo durante todo el
proceso, tomándome de la mano y susurrándome palabras de consuelo.
Estuvimos así durante horas sin ningún progreso. Empujando.
Llorando. Más empujones. Mi cuello uterino no se estaba dilatando.
—Tenemos que hacer cesaría. —Esa fue la primera frase que registré
y mis ojos se llenaron de pánico.
—¿Luca? —Negué con la cabeza. El miedo me atenazaba la
garganta—. No dejes que le pase nada a nuestro bebé.
Sus ojos se entrecerraron en el médico y las enfermeras.
—Si quieren vivir, se asegurarán de que tú y nuestro bebé vivan.
Su voz gruñona vibró a través de la habitación y todos
instantáneamente se quedaron quietos. El único ruido que interrumpía el
silencio era el constante bip, bip, bip que salía de la máquina.
—¿Verdad? —gruñó. Casi esperaba que sacara un arma y los
amenazara con lo que pasaría si ninguna de las dos lo conseguía. No
debería estar bien con eso, pero me hizo sentir más segura.
Una vez que los médicos y las enfermeras se reunieron, todos
asintieron en señal de comprensión.
—Parece que el cordón umbilical está enrollado alrededor del cuello
de la bebé. Una cesárea garantizará que tanto la bebé como la madre estén
a salvo —aseguró el médico.
—¿Dónde está la doctora Calabro? —me quejé—. Ella podría
arreglarlo. —El comentario no tenía sentido. Soñé como una idiota. ¿Me
detuvo? En absoluto—. Ella conoce mejor a nuestro bebé. Conoce mejor
mis partes íntimas.
El doctor me miró sin comprender, luego dirigió su atención a Luca,
quien tomó mi mano, su pulgar rozando mi piel de un lado a otro,
calmándome.
—Ella está fuera de la ciudad, mia bella —murmuró Luca—. Este
médico sabe lo que está en juego si la caga.
El médico asintió, recordándome uno de esos muñecos con cabezas
movibles que la gente pega para ponerlos en sus salpicaderos.
Al momento siguiente, me llevaron en silla de ruedas por el pasillo
hasta el quirófano, sin que Luca soltara nunca mi mano. Solo la soltó el
tiempo suficiente para ponerse la bata quirúrgica que le tendieron las
enfermeras, y luego mi mano volvió a estar entre las suyas mientras me
preparaban, incluso cuando me pusieron la epidural para adormecerme.
Luca se negó a separarse de mí mientras me abrían el vientre. Obviamente,
la sangre no le molestaba. Había visto mucho de eso.
Su presencia, su mirada firme, el control absoluto y la fuerza que
proyectaba era exactamente lo que necesitaba. Siempre se aseguraría de
que estuviéramos a salvo. Nada podía salir mal porque Luca no lo
permitiría.
Todo el tiempo, sostuvo mi mano y susurró palabras suaves. Solo
escuché su voz, como si fuera mi oración. Me dio fuerza. Mantendría a
nuestro bebé a salvo.
Cuando el primer llanto recorrió el aire, ambos nos sobresaltamos.
Nuestras miradas se encontraron y entonces él se volvió hacia nuestra hija.
Tras limpiarla y tomarle las medidas necesarias, la enfermera sostuvo a
nuestra hija, envuelta en una manta de hospital, y nos la presentó.
—Felicitaciones. —Sonrió—. Tienes una niña sana.
Las emociones se arremolinaron dentro de mi pecho. Mi garganta se
apretó y un temblor recorrió mi cuerpo. Los ojos de Luca brillaron y solté
su mano.
—Halloween debe de ser nuestro amuleto de la suerte, mia bella —
ronroneó, sus ojos protectores y vehementes sobre nuestro bebé—. El
mejor regalo.
Él también recordaba. Si tan solo hubiera visto este lado de él la
primera noche que nos conocimos. Nos habría ahorrado mucho tiempo.
—Ve, abraza a nuestra hija. —Sus ojos se desviaron hacia mí, reacio
a dejarme, pero asentí tranquilizadoramente—. Ve.
Rozó un suave beso en mi frente, luego se enderezó y se dirigió hacia
el final de la mesa de operaciones. La enfermera le entregó a nuestra hija
y, en cuanto la tuvo en sus brazos, su expresión se suavizó. Parecía
pequeñita en brazos de Luca y en el fondo sabía que él nunca permitiría
que le pasara nada. Por la expresión feroz de sus ojos, sabía que la
protegería hasta su último aliento.
—Mi pequeña Penelope —murmuró, con emociones que nunca antes
había escuchado en su voz.
Sabía que nuestra hija estaría a salvo. Los ojos de Luca hablaban de
protección, de pura determinación para destruir cualquier cosa o persona
que quisiera hacerle daño. Desvió la mirada del personal del hospital, se
acercó a mí con nuestra hija y se sentó en la silla junto a mi cabeza para
mostrarme a nuestra pequeña.
—Conoce nuestro mundo —murmuró mientras presionaba un beso
en mi mejilla.
—Ella es tan hermosa —susurré, con voz temblorosa. Ni siquiera me
importaba que los médicos estuvieran ocupados cosiéndome.
—Ella es como su mami —dijo Luca en voz baja—. Romperá los
corazones de los niños. Definitivamente necesitaré más armas.
Pasó un dedo por su mejilla. Ella parpadeó, ya con el cabello oscuro
cubriéndole la cabeza. Era pequeñita y no quería nada más que protegerla.
No podía esperar para abrazarla.
—Penelope DiMauro —murmuré el nombre que habíamos elegido
para ella—. Siempre te querremos y te mantendremos a salvo.
Luca besó la frente de Penelope.
—Y yo siempre las protegeré a ambas.
Busqué sus ojos, y lágrimas de felicidad rodaron por mis mejillas
mientras emociones desbordantes llenaban mis pulmones.
—Para siempre —murmuramos los dos juntos.
CAPÍTULO 37
Luca
El patio trasero de los Vitale era un lugar animado en este momento.
Hacía buen tiempo. Un día inusualmente cálido para esta época del
año.
Mis sobrinas perseguían a Matteo como si fuera el único niño del
planeta. Una planeaba su muerte mientras que la otra planeaba encerrarlo
en un matrimonio. Mis sobrinos, de apenas tres meses, dormían
profundamente: uno en brazos de mi hermana y el otro sostenido por la
madre de Nico.
Bianca tenía el cabello ligeramente alborotado, como si se hubiera
tenido un revolcón rápido. Ella inconscientemente pasó sus dedos por él,
peinándolo. Si Nico y ella no paraban, tendrían todo un equipo de fútbol.
Pero ella parecía feliz. Todos lo parecían.
Y esa era la mejor vista de todas.
Mis ojos se dirigieron a mi propia esposa y recién nacida y mi pecho
se llenó. Margaret era una madre devota. Le leía un libro tras otro a nuestra
hija, aunque la pequeña Penelope dormía la mayor parte del tiempo. Verlas
y estar con ellas era el mejor regalo que podría haber recibido.
No las merecía y mi conciencia fugaz me advirtió que todavía había
fantasmas en mi pasado que podrían destruirlo todo. Pero lo cerré con
firmeza, negándome a dejar que nada ni nadie, me arrebatara esto.
Mis sobrinas corrieron a mi lado, gritando detrás de Matteo, quien
parecía estar listo para encontrar una esquina y esconderse. Penelope se
agitó en los brazos de Margaret, pero no llegó a despertarse.
—Es tan pequeñita —susurró Áine en voz baja. Le rogó para que la
dejara abrazar, deseosa de consentir a su primera sobrina. Bueno, en
realidad su prima segunda, pero daba igual.
—Pero ella es fuerte —le dije—. Como su mamá.
Margaret se rio.
—No estoy tan segura. Creo que se parece más a su Pàpa.
—Está bien, ustedes dos —bromeó Áine—. Ella es ruda como ustedes
dos.
Margaret y yo compartimos una mirada divertida, luego sonreímos.
—Sí, somos bastante rudos.
Mierda, así tenía que ser el paraíso. Una vez que volviéramos a
Sicilia, sería aún mejor. Nonno conversaba con el padre de Luciano, los
dos recordando los buenos viejos tiempos. Satisfecho de que Margaret
estaba atendida, me dirigí a tomar una cerveza. Habían sido unas semanas
muy largas.
Los ataques a los envíos de Nonno continuaron y se expandieron a
algunos de mis tratos. No tenía ningún jodido sentido y ni siquiera Nico
fue capaz de rastrear la mierda.
—Así que Luca King no más, ¿eh? —Luciano vino detrás de mí. Le
lancé una mirada—. De alguna manera, no me sorprende que te apoderes
de Sicilia. Siempre ha estado en tu sangre.
Me encogí de hombros. A decir verdad, siempre pensé que sería para
Cassio, pero le dejó claro a Nonno que prefería dirigir su imperio aquí.
—¿Tu mujer está de acuerdo? —preguntó Nico.
—Sí —respondí—. De hecho, está deseando volver a Sicilia.
Cassio negó con la cabeza.
—Sigo sin entenderlo. A mí también me encanta, pero para nosotros,
esa isla significa algo totalmente distinto. Pero ella es irlandesa y se
enamoró de ese país.
Sasha apareció de la nada.
—¿No suelen preferir los irlandeses la hierba verde y las patatas?
—¿Los rusos no suelen preferir que les pateen el culo? —repliqué
secamente.
Sasha se encogió de hombros, tomó una botella de vodka y rellenó su
vaso.
—No, eso no es lo mío, amigo.
Puse los ojos en blanco y opté por no responder.
—Entonces, ¿por qué siempre buscas problemas?—respondió Alexei
en mi lugar. Sasha se limitó a sonreír, haciéndole una mueca. Su hermano
optó por no reconocerlo.
—Entonces, ¿cuándo lo anunciarás al mundo? —Vasili preguntó, con
su hijo sobre los hombros—. Que te has cambiado el apellido —aclaró.
—Voy a esperar hasta que estemos en Sicilia —respondí—. Alguien
tiene en el punto de mira mis envíos y los de Nonno. Prefiero mantenerlo
en secreto ahora.
—¿Necesitas ayuda? —Vasili se ofreció, pero negué con la cabeza.
—Gracias, pero no. Todavía no.
Matteo corrió hacia su padre, hablando en un italiano apresurado.
Luciano se arrodilló, alborotando el cabello de su hijo.
—Hijo, tienes que poner a esas chicas en su sitio —le dijo—.
Enséñales quién manda.
—No quiero casarme con Hannah —refunfuñó en inglés.
Algunos nos atragantamos. Vasili se rio y Nico se pasó una mano por
su expresión divertida.
—Habrá un infierno en el horizonte —comentó Nico en broma.
—Bueno, ¿qué quieres entonces? —Sasha le preguntó, con los ojos
llenos de esa picardía que estaba destinada a contagiar a la siguiente
generación.
—Solo quiero una mascota, no una chica —respondió Matteo con
seriedad y el aire se llenó de risas.
Al ver que Hannah se acercaba, Matteo suspiró y salió corriendo.
—Sabes que eso cambiará pronto —le advertí a Luciano—. Unos
años más y exigirá chicas en lugar de mascotas.
—Que Dios me ayude —murmuró—. El karma no será amable
conmigo.
Observamos a nuestras mujeres y niños charlar, sus caras sonrientes.
Vino un agradable cambio de escenario cuando Sasha rompió el silencio.
—Entonces, ¿cuándo embarazaste a tu mujer? —preguntó—. ¿Antes,
después o durante su breve compromiso concertado con Cassio?
Varios gemidos recorrieron el lugar. Principalmente pertenecían a sus
hermanos.
—Sasha, ¿tienes un maldito cuaderno de mierda que no debes
preguntar?
Sasha solo sonrió.
—Sip, ¿quieres comprarlo?
—¿Lo sabías? —Luciano le preguntó a Cassio con curiosidad.
Mi hermano se encogió de hombros. —No, pero debería haberlo
hecho. Estaba demasiado pendiente de ella, pero pensé que era porque ella
le disparó y él quería vengarse.
Mi cabeza giró hacia él.
—¿Cómo diablos sabes que ella me disparó?
—Saqué las grabaciones de esa noche en el club —dijo Nico con
casualmente—. Fue bastante divertido de ver.
Le mostré el dedo corazón.
—Hijo de puta, deberías haberme avisado.
Mi cuñado se encogió de hombros. —Considéralo tu pago por aquella
apuesta que perdiste hace tantos años. Ya sabes, cuando no creíste que
pudiera ampliar y construir un edificio en una semana.
—Da igual —murmuré—. Si quieres desperdiciar tu favor en eso,
adelante.
—¿Fue en ese entonces que decidiste que ella era para ti? —Sasha
preguntó—. El día que te disparó.
Dios, ese hombre y todas sus preguntas.
—No es asunto tuyo, Sasha. ¿No tienes una mujer propia a la que
atormentar?
Él solo sonrió, eligiendo no responder.
Familia y amigos. Eran una gran molestia.
Pero no podríamos vivir sin ellos.
CAPÍTULO 38
Margaret
Día tras día, semana tras semana, respiraba y consumía todo de Luca
DiMauro.
Mi marido. Mi compañero. Mi confidente.
La vida era buena. De hecho, genial.
Habían pasado cuatro semanas desde que nació la bebé. Estaba tan
delirantemente feliz que me aterrorizaba. En este momento, sentía que lo
tenía todo. Un marido estupendo. Una bebé sana y hermosa. Mis
hermanos. Nonno. Tenía una familia perfecta.
Aunque había dos pequeñas palabras que aún no se habían dicho.
Me sentía amada y protegida. Querida. Sin embargo, al igual que las
heroínas de esas viejas películas, deseaba esas palabras. Mi corazón
esperaba y esperaba, sabiendo muy bien que yo podría pronunciarlas
primero.
—Pensé que los gemelos vendrían esta noche —preguntó Cassio.
Aiden se encogió de hombros, lanzando una mirada a mi marido que
sostenía a Penelope. Todos habíamos superado la manipulación de Cassio,
aunque eso no significaba que fueran mejores amigos.
—¿Me la vas a dar alguna vez? —preguntó en su lugar, fulminando
con la mirada a Luca—. Soy su tío. Se supone que yo debo mimarla, no
tú.
—Ah, no, no, no, se supone que Nonno debe mimar a nuestra pequeña
Penelope.
—Todo el mundo sabe que tía Áine y tío Cassio son los mejores
consentidores —musitó mi prima. Por mucho que odiara admitirlo, temía
que mi hermano tuviera razón y esos dos fueran los peores. Ya habían
creado un fondo fiduciario y colmado a Penelope de tantas joyas que
rivalizaban con la reina de Inglaterra. Y ella ni siquiera llevaba un mes en
este planeta. Pasarían años antes de que pudiera usar algo de eso. Tenía
que hacer todo lo posible para no poner los ojos en blanco cada vez que
entraban por la puerta con otro paquete en las manos.
Luca era aún peor. Ya había asignado cuál de sus empresas sería para
Penelope. Al parecer, nuestra hija sería una heredera petrolera cuando
alcanzara la mayoría de edad. Cuando protesté, me aseguró que hizo lo
mismo con sus sobrinos. Ciertamente no fue reconfortante, pero me hizo
darme cuenta de que no ganaría esa batalla.
—Pfft, el tío Aiden es el mejor —dijo mi hermano, sonriendo a la
bebé—. Voy a enseñarte a matar gente y...
Una ronda de gemidos desganados llenaron el espacio.
Negué con la cabeza. Si Tyran y Kyran estuvieran aquí, sería aún
peor. A la pobre Penelope la pasarían como a un saco de patatas. Aunque
a ella no le importaba. Amaba a sus tíos y a la tía Áine que pronto le daría
un compañero de juegos. Ella amaba a Nonno. Pero a quien amaba más
era a su padre.
Era nuestra cena familiar semanal de los jueves en nuestro ático con
mis hermanos. Casualmente, también era Acción de Gracias. Se acercaba
la temporada navideña y, por primera vez en mucho tiempo, realmente la
esperaba con ansias.
Aparte de la cena tradicional de Acción de Gracias con pavo, relleno,
puré de papas, batatas y pasteles de calabaza, esta noche había preparado
los platos favoritos de Nonno. Espaguetis a la boloñesa, la receta de la
difunta Nonna. Tiramisú. Y por supuesto, ensalada griega. No sé por qué
no italiana, pero Nonno insistió en la ensalada griega.
Nonno se ha estado quedando con nosotros, pero después de las
fiestas, nos iríamos a Sicilia. Juntos.
—¿Has recibido alguna actualización sobre quién está confiscando
tus envíos? —Aiden preguntó. Resultaba que los ataques al negocio de
Nonno -y lo dije entre comillas- se expandieron más allá de él y de Luca
ahora.
—No —refunfuñó Luca, molesto—. Nico siguió todas las pistas y
nada. No parece que tenga nada que ver con la muerte de Benito.
—¿Estás seguro que no es Marchetti? —cuestionó Aiden—. A lo
mejor guarda rencor después de todo. El tío mató a su hermano. Es difícil
superar una mierda así. Sé que yo no lo haría. Tampoco lo harían mis
hermanos.
Cassio y Nonno negaron con la cabeza.
—Tendría demasiado que perder. Somos un buen proveedor de
mercancías para él y aprovechamos al máximo sus ganancias.
—Nosotros también estábamos obteniendo buenas ganancias —
refunfuñó Luca—. Ahora estamos sacando dinero de nuestro monedero
para pagarle hasta que descubramos quién nos está robando la mierda.
—¿Por qué no instalan un chip en todos sus envíos y así, cuando
alguien lo robe, pueden rastrearlo? —Todos sus ojos se alzaron hacia mí,
reflexionando mis palabras mientras deslizaba galletas en un plato.
—Mierda, es una buena idea —dijo Aiden—. Eso podría facilitar el
rastreo, Luca.
—Tengo la esposa más inteligente. —El calor se desplegó dentro de
mí ante sus palabras.
—Claro que sí —asentí, sonriendo como una tonta. Entonces recordé
que el guardia de Nonno no estaba aquí—. ¿Guido se unirá a nosotros para
cenar hoy?
Luca negó con la cabeza.
—No, quería ir a ver a una amiga.
Nonno rio entre dientes. Luca y Cassio sonrieron.
—A Guido le encantan las damas.
Áine y yo pusimos los ojos en blanco, mientras Aiden le susurraba a
Penelope que no dejaría que ningún chico se le acercara. Por dentro, me
derretía y suspiraba por la felicidad que sentía.
Fue en ese momento cuando mis otros dos hermanos entraron en la
cocina como un huracán.
Ruido sordo.
La felicidad desapareció.
—Jesús, no con la bolsa de armas de nuevo —siseé, mirando a los dos
con mis manos en las caderas—. Saquen esa mierda de mi apartamento.
No pueden tener esa mierda por ahí tirada. Penelope algún día gateará,
luego caminará, y podría agarrarla.
—Ella solo tiene un mes. —Tyran puso los ojos en blanco, levantó la
bolsa y la puso encima del mostrador vacío. No era un lugar mucho mejor.
Aiden tomó una galleta y se la metió en la boca.
—Mierda, esto es bueno.
Sonreí de placer, la bolsa de armas olvidada.
—Gracias, hermano.
—Ustedes dos pongan esa mierda en algún sitio del armario y en el
estante más alto —gruñó Luca. Era un buen Pàpa—. Si van a seguir
arrastrando esta mierda, voy a construir una caja fuerte extra y tendrán que
guardarlas bajo llave.
—Caray, ustedes dos son tan paranoicos.
—Me aseguraré de usar esas palabras cuando sean padres —dijo
Luca—. Ahora, volvamos a la sugerencia de mi inteligente esposa.
—¿Qué sugerencia? —preguntaron los dos al mismo tiempo.
—Margaret sugirió que pusiéramos dispositivos de seguimiento en
todos nuestros envíos —explicó Nonno—. Nos permitiría rastrear el envío
robado hasta el culpable.
Las miradas de los gemelos se dirigieron hacia mí.
—Vaya, no sabía que lo tenías en ti.
—Ustedes dos son unos idiotas —espeté y golpeé suavemente la
mano de Tyran cuando alcanzó una galleta—. Después de la cena.
Nonno observó divertido.
—Tendré que desarrollar el tipo de tecnología adecuada —reflexionó
Luca mientras acunaba a la bebé en sus brazos. Aiden seguía intentando
agarrar a la bebé. Sin éxito—. Imposibles de rastrear. Puede que tarde unas
semanas pensar en algo.
—Esa es una gran idea —estuvo de acuerdo Aiden—. ¿Puedes
empezar ahora, y yo sostendré a mi sobrina mientras lo resuelves?
—Eso podría llevar unos meses —señaló Kyran—. Dudo que
DiMauro te permita sacar a esa bebé de este lugar.
Luca hizo una mueca.
—Esa es una suposición correcta —replicó irónico, pero terminó
pasándole una Penelope dormida a su tío.
Parecía aún más pequeña en brazos de su papá o de su tío.
El temporizador del horno se sonó y fui a sacar el segundo pastel del
horno. Mis hermanos, mi marido y Nonno continuaron discutiendo cómo
hacer que sucediera y otros tratos comerciales. Entraba y salía de su
conversación.
Pero todo el tiempo una suave sonrisa jugaba en mis labios. La
sensación en mi pecho era pesada y consumidora, pero se sentía correcta.
Se sentía bien. Habíamos desarrollado una rutina. Me pasaba los días
cuidando a mi pequeña Penelope, llevando los trajes de Luca a la tintorería
y recogiéndolos, preparando la cena y esperando a que llegara a casa.
Siempre estaba en casa antes de la cena.
La bebé dormía en su cuna favorita, mientras nosotros repasábamos
nuestro día. Apenas podíamos imaginar nuestra vida antes de ella. Por la
noche, Luca insistía en cuidar de ella. Saltaría de la cama al primer
chillido, antes que incluso mi cerebro dormido lo registrara. Luca le
cambiaba el pañal con maestría mientras le susurraba suaves palabras en
italiano y luego le daba de comer meciéndola de un lado a otro.
Todos nos dirigimos al comedor y tomamos nuestros asientos.
Mientras mis ojos se movían alrededor de nuestra mesa de Acción de
Gracias, no podría haber estado más agradecida por nuestra familia.
Los ojos de Luca y los míos se encontraron. Me guiñó un ojo, sus
labios se curvaron en una suave sonrisa. Dios, la forma en que me miraba
prometía años de felicidad por delante. Esta era nuestra segunda
oportunidad desde que desperdicié la primera cuando le disparé. Estaba
arrepentida por ello, aunque tardé algunos años en llegar a la parte de la
pena.
Si había un “felices para siempre” esto se sentía peculiarmente cerca
de él.
CAPÍTULO 39
Luca
Nonno salvó a un niño, pero fueron Margaret y nuestra niña quienes
salvaron al hombre.
Nunca pensé que fuera posible amar tanto a un ser humano tan
pequeño. Sin embargo, mientras mecía a mi hija en la mecedora, rodeado
de rosa por todas partes, era lo más cercano al cielo que jamás había
sentido.
Era Nochebuena y le daba el biberón a Penelope. Era una bebé con
cólicos que se despertaba varias veces por la noche. Siempre me levantaba
para calmarla, a veces para darle de comer, y la abrazaba hasta que volvía
a dormirse. Me costó mucho convencerla, pero al final Margaret vio la
lógica en que lo hiciera. Ella la tenía todo el día. Yo la tenía por la noche.
Los suaves ruidos que hacía mientras le daba el biberón, sus ojos
abiertos y confiados en mí, me llenaban el pecho.
—Es Nochebuena, Penelope —susurré con voz suave—. Ninguna
criatura se mueve, ni siquiera un ratón. Tenemos que darnos prisa y
terminar el biberón, eructar y luego irnos a dormir. San Nicolás viene con
regalos.
Una suave risita salió de la puerta y la cabeza de Penelope se giró
hacia el sonido.
Margaret estaba apoyada en el marco de la puerta de la habitación de
nuestra hija, vestida con su pequeño camisón de seda, su barriga
inexistente.
Han pasado casi dos meses desde que dio a luz. Nunca lo admitiría,
pero me asustó. Cuando vi sangre corriendo por sus piernas, el pánico ante
la posible pérdida de la bebé, y tal vez de ella, casi me deshizo. Los
médicos me aseguraron que ese tipo de complicaciones no eran tan
inusuales, pero cuando abrieron a mi esposa, el miedo era como ácido en
mi lengua.
Ofrecía una muestra de lo que sería mi vida si alguien me las quitara.
Nunca dejaría que eso sucediera.
—Necesitas dormir —le regañé suavemente—. Recuerda que el turno
de noche es mío.
Puso los ojos en blanco juguetonamente mientras caminaba descalza
sobre la alfombra de felpa blanca llena de lunares rosas.
—No pude resistirme a ver cómo estaban ustedes dos —murmuró,
sus dedos acariciando suavemente los rizos negros de nuestra hija. Se
parecía a su madre, pero tenía mis ojos. Sus ojos se cerraron y empujó la
punta del biberón con la lengua. Era su señal de que había terminado. Dejé
el biberón sobre la mesa, rodeé con los brazos la delgada cintura de mi
mujer y la subí a mi regazo, mientras mantenía a nuestra bebé presionada
contra mi pecho, dándole palmaditas en la espalda para que eructara.
—Es preciosa —dije con orgullo—. Al igual que su mami.
Las manos de Margaret me rodearon, sus dedos se enroscaron en mis
mechones.
—Todos los bebés son hermosos.
—No como mi princesa —protesté bromeando, manteniendo la voz
en un susurro.
Los hermosos labios de Margaret se curvaron.
—Ella es extra hermosa porque tiene los ojos de su papá. Y
probablemente su temperamento.
—Así es, ella es perfecta —coincidí.
Si ella supiera hasta dónde llegaría por las dos.
Nonno seguía aquí con nosotros. La amenaza no había disminuido.
De hecho, se había ampliado para incluir ataques a sus envíos. Así que
para mantenerlos a todos a salvo, sugerí que nos quedáramos en Nueva
York un poco más. Para mi sorpresa, fue mi esposa quien necesitó ser
convencida. Estaba deseando volver a Sicilia.
Solo cedió cuando Nonno aceptó quedarse si Margaret se quedaba.
Por su seguridad.
—Mi Da era igual, ¿sabes? —susurró Margaret. Cuando la miré
confundido, me explicó—. Mis hermanos decían que siempre me cuidaba
por la noche y me cantaba para que me durmiera.
La culpa asomó su fea cabeza ante sus palabras. Era el recordatorio
de mi secreto, uno que me costaría mi mujer y mi hija. No podía dejar que
se enterara.
—No soy un gran cantante, pero puedo intentarlo —sugerí en voz
baja. Mientras tanto, una vocecita en mi cabeza me advertió.
—No, tus historias parecen mantener a Penelope cautivada. —Sus
ojos azules se alzaron para encontrarse con los míos, y observé las distintas
emociones que pasaban por ellos. Los ojos de mi mujer parecían aún más
claros esta noche, con nubes blancas de nieve y las ráfagas de viento
iluminando la noche. Sería una Navidad fría—. ¿Es eso lo que hacía tu
madre? ¿Contarte cuentos?
Siguió un largo silencio y ambos nos concentramos en nuestra hija.
Los secretos, los fantasmas y la culpa bailaban en círculos a nuestro
alrededor, probablemente haciendo apuestas sobre cuál se derrumbaría
primero. Susurré una oración silenciosa en mi mente, con la esperanza de
permitir que mi oscuro secreto se fuera a la tumba conmigo. Dios sabía
que había hecho todo lo posible por mantener el velo sobre mi pecado,
escondiéndolo en un rincón oscuro.
—Sí, ella me contaba historias. De lo poco que recuerdo. Cassio
recuerda más y dijo que al principio sus historias eran felices, pero luego
se volvieron oscuras. La noche antes de Navidad fue la única historia que
permaneció con ella hasta que murió. Es el único que recuerdo.
—¿Estaba ella...? ¿Cómo murió? —Margaret preguntó en voz baja.
—Suicidio. —Cassio la encontró y me prohibió buscarla. Fui a
buscarla a pesar de todo. Su cuerpo sin vida yacía desplomado en la bañera
llena de líquido rojo. El agua y su sangre ahogando sus penas. Su cabello
oscuro estaba empapado, flotando sobre la superficie roja.
Goteo. Goteo. Goteo.
—Mi padre finalmente la empujó demasiado lejos.
Solo hizo falta una bala para acabar con su vida.
Los dedos de Margaret se apretaron a mí alrededor.
—Lo siento. Era un bastardo.
—Yo también lo siento. —Ella pensó que hablaba de mi padre, pero
lo dije por el suyo. Era un buen hombre. Podría haber sido un niño cuando
le disparé, pero eso no aliviaba mi culpa.
—Después de que mataras a tu padre, muchos de sus enemigos
vinieron por ti. —Su voz era un débil susurro. Ella tenía razón, el golpe
fue malo, pero valió la pena para proteger a mi hermana.
—No te preocupes, no vendrán por ti ni por nuestra bebé. —Moriría
antes de dejar que les pasara algo. Estaba así de profundo. Tan profundo
que mis manos temblaban cada vez que pensaba en una vida sin ellas. No
había vida sin ellas.
—Luca.
—Hmmm.
—Hay algo que nunca te he dicho —susurró—. Algo que nunca le he
dicho a nadie.
Un sentimiento en mi pecho se hizo pesado y me pregunté si
finalmente caería un zapato.
—Tu padre mató a mi da. —Goteo. Goteo. Goteo—. No lo recordaba.
No hasta que me encontré contigo en Temptation. Me hizo odiarte. Que tu
padre me quitara al mío. Que fueras un recordatorio de lo que había
perdido.
Goteo. Goteo. Goteo.
Nunca podía dejar que ella descubriera este secreto.
Margaret presionó su cara con fuerza contra mi cuello. Los tres nos
abrazamos con fuerza, nuestra bebé dormía plácidamente, ofreciéndome
una fuerza que nunca supe que necesitaba.
Las palabras de La noche antes de Navidad abandonaron mis labios
en nada más que un suspiro y mi familia se abrazó fuertemente contra mi
pecho.
Todo estaba bien en el mundo mientras me mecía de un lado a otro
con las dos mujeres más importantes en mis brazos.
Cuando acostamos a nuestra hija en la cuna y agarré a mi mujer en
brazos para llevarla a la cama, debería haber sabido que nada queda
enterrado para siempre.
En lugar de eso, me arrodillé, le subí el camisón corto de seda, le quité
las bragas y abrí las piernas de mi mujer, su coño reluciente hizo que toda
la razón abandonara mi cerebro y corriera hacia mi polla. El aroma de su
excitación llenó mis pulmones, haciendo que mi cabeza diera vueltas más
que cualquier alcohol o droga. Mi pecho se agitó por la necesidad de
saborearla.
Empujé sus caderas hacia delante, enterrando mi cabeza entre sus
muslos, hasta que su coño estuvo en mi cara. Ella era mi cielo y mi
infierno. Era mi reino, mi reina.
Lamí su coño y me perdí en su aroma oceánico.
—Mierda —respiró ella, sus dedos en puños en mi cabello. Me la
comí como si fuera un hombre hambriento. La chupé y lamí. Su espalda
se arqueó fuera de la cama, frotándose contra mi cara, y me deleité con
cada movimiento de sus caderas. Cada gemido. Cada gruñido.
La carne de su coño estaba hinchada y sus jugos fluían en un torrente
mientras lamía como si mi vida dependiera de ello. Empujé dos dedos
dentro de ella y ella gimió, meciéndose en mi mano.
—Luca. —Mi nombre en sus labios era la música más dulce. Su
aroma se impregnó en mi alma, ahogándome en él. Atraje su clítoris entre
mis labios y lo chupé. Tuvo un orgasmo violento y fuerte. Sus dedos se
enredaron en mi cabello y tiraron, su cuerpo sacudiéndose mientras se
corría en mi cara.
La miré fijamente, hambriento, y mi polla se endureció en los
pantalones de mi pijama. Nuestros ojos se encontraron, sus mejillas
sonrojadas y su mirada entrecerrada.
Se lamió los labios.
—Te necesito dentro de mí.
—Solo han pasado ocho semanas. —Esto sería suficiente. Podría
esperar otras semanas. Después de todo, esperé años por ella.
—El médico dijo que solo seis semanas —respiró—. Por favor, Luca.
—La incertidumbre cruzó sus ojos y sus manos llegaron a la parte inferior
de su estómago, sobre la cicatriz—. A menos que...
Tomé sus manos y las aparté suavemente. Tomando el dobladillo de
su camisón y tirando de él por su cabeza, bajé mi mirada a su estómago.
Luego llevé mis labios a la cicatriz.
—No te escondas de mí, Margaret —murmuré cuando mis labios
rozaron contra ella—. Tus cicatrices son hermosas. Tu alma es hermosa.
Tu corazón es hermoso. —Mi boca recorrió su vientre hasta llegar a sus
turgentes pezones—. Eres hermosa. Nunca te escondas de mí.
Tomé su pezón en mi boca y chupé, raspando mis dientes sobre sus
sensibles brotes. Maldición, necesitaba su coño estrangulando mi polla
ahora mismo. Mi punta encontró su entrada y un escalofrío recorrió mi
espina dorsal. El calor húmedo me rodeó mientras empujaba dentro de ella.
Ambos jadeamos juntos, nuestras miradas llenas de lujuria se
sostuvieron mientras la penetraba.
—Mierda, qué bien te sientes.
—Entonces empieza a follarme, Luca —siseó, sin paciencia—. Me
he puesto la inyección, así que no hay necesidad de preocuparse por
dejarme embarazada.
Madonna mia18. Su boca descarada siempre aparecía en los
momentos más peculiares. Pero la consentía. Siempre la complacería. Le
daría todo. Si ella pidiera mi vida, la tendría. Si ella pidiera mis pelotas,
eran suyas.
Empujé suavemente, provocándola, sin llenarla del todo.
—Dios, Luca. Por favor, más.
—Quiero follarte duro —le dije.
Estaba empapada, sus jugos goteando por sus muslos.
—Puedo soportarlo —jadeó—. Por favor. Por favor, fóllame.
Me deslicé más profundo y un escalofrío sacudió su cuerpo mientras
penetraba profundamente. Un gemido vibró a través de mi pecho y perdí
el control. La follé, penetrándola como un animal. Mi mente me advirtió
18
Dios mío.
que redujera la velocidad, pero estaba fuera de control. La anhelaba, la
necesitaba y quería penetrarla lo más profundo posible.
—Mierda, mia bella —gruñí contra su oído—. ¿Te estoy haciendo
daño?
—Más, Luca. Más.
Mis pelotas se tensaron. Ella satisfacía todas mis necesidades. Cada
una de mis fantasías.
—Mi sucia esposa está tan malditamente ansiosa, tomando mi polla
—alabé—. Tu coño quiere mi semen, ¿verdad?
Ella gimió, su coño apretándose alrededor de mi polla como un
tornillo de banco.
Deslicé mis dedos a su alrededor, entre sus nalgas, y mi pulgar
encontró su agujero. Lo rodeé con una suave presión.
—También voy a tomar eso —le dije con voz áspera en su oído.
—Oh, mierda. —Su espalda se arqueó y sus entrañas se estremecieron
alrededor de mi polla.
¡Mierda! A ella le gustó eso.
Empujé la punta de mi pulgar adentro mientras continuaba
penetrando. Su coño se aferró a mí, estrangulándome mientras se
convulsionaba alrededor de mi polla y se sacudía contra mí.
El orgasmo se apoderó de mí y me dejó sin aliento mientras mi semen
se disparaba en su coño.
Llegamos al clímax, nuestros cuerpos temblando juntos y ambos
respirando con dificultad.
—Dios, el sexo contigo es como morir y volver renovado —murmuró
somnolienta, y no pude evitar una risa ahogada cuando la acerqué aún más
a mí.
—Lo tomaré como un cumplido.
CAPÍTULO 40
Margaret
La cena de Navidad en casa de mi tío era una tradición.
Una cosa que sabía con certeza. Sería mi última cena con mi madre.
Aparte del día en que mamá nos tendió una emboscada frente al restaurante
de Luca, todavía no la había visto. Y ciertamente no la quería cerca de mi
hija.
Nunca dejaría que le dijera a Penelope las palabras que yo tuve que
escuchar al crecer. Que yo no valía nada. Que debería haberme ahogado
cuando nací. Esas no eran las palabras que una niña debería oír, y menos
de su propia madre.
Ignorándola, me senté a la mesa. Una vez amontonados alrededor de
la gran mesa del comedor, la habitación estaba decorada en rojo y dorado
con un gran árbol de Navidad que parpadeaba alegremente con sus luces.
No coincidía con el estado de ánimo en esta mesa de caoba
desagradablemente grande que podía acomodar a un grupo de cincuenta.
Definitivamente no había alegría en esta mesa.
Nico Morrelli y su familia estaban aquí. Cassio y Áine estaban aquí.
Mis hermanos. Nonno. Y luego estaba mi madre, la mujer que no había
pisado la casa del tío en décadas. Pero era de la familia, dijo el tío Jack,
así que no podía rechazarla.
Me senté al otro lado de la mesa mientras mi madre me miraba con
una mueca en sus labios y odio en sus ojos. Nunca entendí por qué me
odiaba tanto.
Como si no pudiera soportar mirarme. Sin embargo, insistió en asistir
a esta cena a pesar de que nunca venía a casa del tío Jack.
—¿Qué clase de hija no visita a su madre? —preguntó—. Apuesto a
que si tu padre estuviera aquí, te negarías a salir de mi maldita casa.
Mis ojos se posaron en la pared donde el reloj marcaba las cinco.
Literalmente lo hizo diez minutos después que nos sentáramos para
nuestra cena festiva antes de que empezara a insistir.
—Sí, pero él no está aquí —dije, controlando mi temperamento, pero
mi voz temblaba—. Y tenemos que agradecerte por eso. Además, no es tu
casa. Es la casa de Da. La casa de mi hermano.
La mano de Luca se acercó a mi muslo por debajo de la mesa y apretó
suavemente.
—Ahora, Margaret, no puedes culpar a tu madre por ello —intervino
mi tía, tratando de traer paz a la mesa. Dios, deseaba que simplemente
cerrara la boca. Esa mujer se pondría del lado del diablo antes que del mío.
No importaba. Ella no importaba—. Por lo que tengo entendido, ese
desgraciado de Marchetti mató a tu padre. De cualquier manera, tu padre
se ha ido. Si Áine y yo pudimos dejar atrás el pasado con la familia King,
tú puedes dejar atrás el pasado con tu madre.
Toda la mesa se puso rígida ante la mención de Benito. Áine llevó su
jugo a sus labios con una mano ligeramente temblorosa. Si la mirada de
Cassio pudiera matar, su madre habría muerto en el acto y, de repente, mi
cuñado me gustaba mucho más.
Mis ojos no se apartaron de madre. No me gustaba su mirada. Era
demasiado presumida. Hablaba de venganza.
Fue Guido, el guarda de Nonno, quien rompió la tensión e interrumpió
mi encuentro con la madre del siglo.
—¿Los americanos siempre comen jamón en Navidad? —preguntó.
Los siguientes veinte minutos se dedicaron a discutir platos
tradicionales en los Estados Unidos frente a los de Italia o Irlanda. Lo
ignoré todo, intentando ignorar la rabia que me corría por las venas. Había
guardado el secreto durante tanto tiempo, pero ahora lo sentía burbujear
en mi interior, amenazando con derramarse por mis labios. Mi mente
gritaba: ‘Has matado a Da tanto como a Benito’ pero sabía que lastimaría
a mis hermanos. Especialmente a Tyran y Kyran.
El día de Navidad no era el mejor momento para soltar secretos
sangrientos como ese.
Penelope se agitó, su tono hambriento irrumpió en el comedor y me
levanté. Era exactamente el respiro que necesitaba. Lejos de las miradas
de mi madre y de los fantasmas que me perseguían.
—Iré a darle de comer.
—Puedo ir contigo —se ofreció Luca, pero negué con la cabeza.
—No, quédate a comer. Vuelvo enseguida.
Saliendo del comedor, me detuve en el pasillo. Normalmente, subía a
mi antiguo dormitorio, pero ni siquiera estaba segura de sí era correcto
vagar por la mansión. Ya no se sentía como en casa.
Luca se siente como en casa, me di cuenta. Luca y Penelope son mi
casa.
Decidí no ir a mi antiguo dormitorio y me dirigí a la biblioteca.
Tomando asiento detrás del tabique de dos metros de alto que tenía pintado
un tema oriental de Ching Ming, me senté en el pequeño sillón y me
acomodé con la pequeña Penelope sobre mi pecho.
Mis ojos se posaron en mi hija y mi pecho se calentó. Felicidad. Esto
era pura felicidad. Luca alimentaba a nuestro bebé con biberones
previamente bombeados, pero yo prefería darle el pecho. Me hacía sentir
conectada a ella. Lo disfrutaría un poco más.
Su cabello oscuro y rizado rebotaba en su frente y lo aparté
suavemente mientras ella se aferraba a mi pezón y comenzaba a mamar.
Sus ojos color avellana que me recordaban a su papá, empezaron a caer
lentamente mientras succionaba con movimientos rítmicos.
Me quedé mirando la vívida pintura del tabique. Techos de personajes
de casas de oración japonesas. Pequeños barcos de pesca. Esos lindos
paraguas Wagasa.
Apenas cinco minutos de estar alimentando a la bebé, la puerta se
abrió. Estaba a punto de abrir la boca cuando la voz de mi madre me
detuvo.
—¿A que el mundo funciona de maneras misteriosas? —Había una
pizca de sarcasmo en la voz de mi madre—. Cuánto tiempo sin verte, Luca
King.
Me puse rígida. ¿Por qué estaba Luca con mi madre? ¿Y a qué se
refería con eso? Luca nunca dio a entender que conocía a madre.
—¡Déjate de tonterías, Maeve, y dime qué quieres! —Un
presentimiento recorrió mi espina dorsal—. Ambos sabemos que no eres
del tipo filosófico.
El tono de mi marido era inconfundible. Debería anunciarme.
Decirles que estaba aquí y decirle a mi madre que dejara en paz a Luca.
Pero algo me detuvo.
—¿Qué? ¿Me has estado vigilando? —El tono esperanzado de mamá
era inconfundible—. Yo también te vigilé —ronroneó. Me moví
ligeramente, asomándome entre los dos paneles del tabique—. Te pareces
mucho a él. Benito. —Su uña pintada de rojo recorrió su corbata. Se me
revolvió el estómago—. Apuesto a que tú también follas como él.
Luca no la apartó, pero dio un paso atrás, poniendo distancia entre
ellos. Siguió la risa aguda de mamá, lo que hizo que Penelope se
sobresaltara e inmediatamente la calmé, colocando mi palma sobre su
cabecita.
—Shhh. —Fue más un movimiento de mis labios y un leve balanceo
de mi cuerpo que un sonido que hice.
—No volveré a repetirlo —gruñó Luca entre dientes apretados—.
¿Qué. Quieres?
—¿Le has dicho?
Decirme qué, quise preguntar, pero mantuve los labios apretados.
Quería saber qué estaba pasando. Parecía que Luca me guardaba secretos.
—Su Da lo era todo para Margaret. —Mamá continuó cuando él no
dijo nada—. Juro que esa niña salió de mí y quería chupar los pechos de
su padre, no los míos. Las chicas son inútiles en nuestro mundo, ya sabes.
Sus coños son simplemente moneda. Algo para intercambiar. Algo para
usar. No tenemos poder excepto a través de los hombres que quieren esos
coños. Margaret me robó ese poder en el momento en que nació, y la he
odiado desde entonces.
—Tal vez ella prefería a su padre antes que a ti porque sintió lo perra
podrida que eres —espetó Luca.
Mamá echó la cabeza hacia atrás y sus rizos oscuros se movieron.
Tendría unos cincuenta años, pero se había arreglado tanto que parecía una
treintañera.
—Sin embargo, no fui yo quien le disparó a su padre.
Tragué, ignorando el temblor que me recorrió. No me gustaba pensar
en Benito disparando a Da. Las imágenes de él yaciendo en el charco de
su propia sangre, el terror en su mirada.
Sentí un dolor punzante en el pecho y miré a mi hija. Quería
asegurarme de que ella no lo sintiera también. Quería evitarle todo el dolor
y la crueldad de este mundo. Y el inframundo tenía dolor y sufrimiento en
abundancia para repartir.
—Pensé que eso te silenciaría —alardeó madre con una expresión de
suficiencia autocomplaciente en el rostro—. Confía en mí en esto, Luca.
Si Margaret descubriera que fuiste tú quien le disparó a su querido Da,
serías historia antes de que pudieras decir espera.
¿Qué? Por un momento, mi corazón se olvidó de latir y el mundo dejó
de girar.
Me invadió la conmoción, seguido inmediatamente por un dolor que
cortó mi corazón en dos pedazos. Luego cuatro. Hasta que sentí como si
un millón de cuchillos se clavaran en mi pecho, cortando mi suministro de
oxígeno.
Luca mató a Da. Luca mató a Da. Dios mío, Luca mató a Da.
Le había contado lo que había pasado ese día, todo lo que recordaba,
y él permaneció en silencio.
—Era un niño cuando sucedió —siseó Luca—. Siguiendo las órdenes
de mi padre. Un padre que no dudó en golpear a sus hijos hasta casi
matarlos. ¿Cuál es tu puta excusa, Maeve?
Mi madre dio dos pasos hacia mi marido, que permanecía inmóvil,
con el rostro inexpresivo. Sin arrepentimiento. Sin pena. Nada.
—Di lo que quieres o acabaré contigo también —amenazó con voz
impasible. Pero pude oír el frío tenor resonando en el aire. Un escalofrío
me recorrió.
¿Quién era este hombre con el que dormía todas las noches?¿Quién
era el hombre que sostenía a nuestra bebé y la acunaba para que se
durmiera?
Madre se rio. Como la bruja que era. Una bruja hermosa, pero fría y
mala.
—Si sus hermanos se enteran de lo que le hiciste a su padre, te harán
pedazos. —Ella golpeó sus dedos pensativamente contra su barbilla—. No
habría forma de salvarte. Margaret siempre será su preciosa hermana, pero
esa hija bastarda tuya...
Nunca llegó a terminar su declaración porque la mano de Luca se
envolvió alrededor de la garganta de mi madre.
—No es una bastarda —gruñó—. Y cualquiera, malditamente
cualquiera, que intente arrebatármelas —amenazó, con una expresión
sombría en el rostro—, los acabaré. Hermano o no hermano. Madre o no
madre. Los mataré a todos si ponen un dedo sobre mi hija o mi mujer.
Luca tenía que estar apretando fuerte porque a mamá se le salían los
ojos de las órbitas y su cara se puso roja. Pero eso no le impidió curvar los
labios.
—Pero la guinda del pastel es Marchetti —siseó, negándose a
rendirse. Mi corazón latía en mis oídos y traté desesperadamente de
calmarlo, asustada de perderme una sola palabra—. Dejaste que el jefe de
una de las mayores organizaciones criminales europeas asumiera la culpa
de la muerte de mi marido. —Dios, no estaba segura de a quién odiaba
más en este momento. A Luca o a mi madre—. Así que Callahan mató al
hermano de Marchetti para vengar al padre de Margaret. ¿Cómo crees que
reaccionará Marchetti cuando descubra que una de las familias que dirigen
su principal territorio en su país natal le tendió una trampa?
Hizo una pausa para dramatizar.
La furia de Luca quemó mi piel y ni siquiera me miraba. Mi madre
era estúpida al ignorar su ira. Pero entonces fui estúpida al confiar en él.
—Yo consideraría tus próximas palabras cuidadosamente, Maeve —
dijo Luca, con voz tranquila. Demasiado tranquila—. Porque podrían ser
las últimas.
Algo cambió en el aire, pero mi madre era demasiado estúpida para
darse cuenta. Continuó con su estúpida bocaza.
—No estás preocupado por Marchetti, ¿verdad? —Siguió riéndose,
poniéndome de los nervios—. Porque ya usaste a Margaret para resolver
esa traición. Le vendiste a tu hija.
¿Él qué?
Mis ojos ardieron de rabia y traición. Y lágrimas.
—Le prometiste a tu hija para su hijo.
Dios, así era como se sentía el desamor y la traición. Demasiado para
mi segunda oportunidad. Mis no felices para siempre parecían ser mi
destino. Me dolía el corazón y me mordí el labio para asegurarme que
ningún sollozo se deslizara por mis labios. No podía dejar que me vieran.
Luca debió aflojar el agarre porque mamá inspiró profundamente,
pero era demasiado tonta para detenerse ahí.
—Estoy deseando ver qué piensa mi hija del trato que has hecho. —
Madre sonrió satisfecha de sí misma, pensando que le había ganado la
partida—. ¿Crees que te despreciará más que a mí?
Su mandíbula crujió. Su expresión se volvió asesina.
—No te preocupes, guapo. Marchetti se enteró de quién le tendió la
trampa. Sabe que tu familia le hizo una trampa y decidió vengarse. Tu hija
ya no es un pago adecuado. ¿Por qué crees que tus envíos han
desaparecido? Quiere vida por vida. La vida de tu hija tal vez. El karma es
una perra, ¿no?
Mi cerebro apenas tuvo tiempo de registrar lo que ocurrió a
continuación. Luca sacó un cuchillo de su chaqueta. Una puerta se abrió
detrás de él, pero Luca estaba demasiado ido. En un movimiento rápido,
cortó la garganta de mi madre. Todo menos mi corazón se quedó quieto.
Miré a través de la rendija mientras mi madre se soltaba de su agarre y caía
al suelo, rodeada de sangre.
El silencio que siguió fue siniestro. Los ojos muertos de mi madre me
miraban fijamente a través de la rendija.
Goteo... goteo... goteo.
Un escalofrío me recorrió cuando Luca sacó un pañuelo de su bolsillo
y limpió su cuchillo, luego la guardó sin un atisbo de emoción.
—¿Qué diablos, Luca? —El gruñido de Cassio resonó en las paredes
de la biblioteca—. ¿Por qué mataste a la madre de tu mujer?
La respuesta de Luca fue tan fría como su mirada. Me recordó a las
noches de invierno de Alaska.
—Me estaba irritando.
Un silencio tenso reinó en la habitación y tuve la sensación de que
Cassio intentaba controlar su propio temperamento. Y mientras tanto, yo
permanecía congelada, alimentando a mi bebé.
Nuestro bebé.
Los sonidos de gorgoteo de madre se desvanecieron lentamente.
Extrañamente, su muerte no me golpeó tanto como saber que Luca mató a
mi padre. O usó a nuestra bebé en sus negociaciones con la familia
Marchetti.
La traición atravesó mi pecho, una herida fresca y ardiente. No me
había dado cuenta que estaba llorando hasta que probé la sal en mi lengua.
Se me hizo un nudo en la garganta. Mi corazón doliendo.
Luca King fue el mayor error de mi vida.
El cambio de apellido no podía borrar sus pecados.
CAPÍTULO 41
Luca
—¿Estás malditamente loco? —siseó Cassio, cerrando la puerta
detrás de él.
—En realidad, estoy bastante cuerdo. Gracias por preguntar.
Los ojos de Cassio se posaron en el cadáver de mi suegra. Esto tenía
que ser la guinda del maldito pastel. Yo matando a mi suegra. Finalmente
conseguí a la mujer que amaba. Tenía mi propia familia. Mi pequeña
Penelope. Y entonces esta bruja intentó destrozarlo todo.
Cassio rodeó el cuerpo, luego me miró.
—¿Por qué la mataste? —La voz de mi hermano era tranquila, pero
no la confundí con calmada. Estaba malditamente enojado. No es que me
importara una mierda. —Y si me dices alguna mierda sobre que te estaba
irritando, te mataré yo mismo porque me estás irritando.
—Amenazó con decirle a Margaret que maté a su padre —dije.
Mierda, mi pecho se apretaba cada vez que pensaba en Margaret
descubriendo ese pequeño detalle de mi pasado. Todo condujo a esta
situación actual. Y yo haciendo un trato con Marchetti.
Pero era eso o habrían matado a Margaret en su primera semana en
Italia. Esos dos hombres en el avión fueron enviados por Marchetti. Ese
hombre no perdonaba ni olvidaba. Arreglaba cuentas. Por eso era uno de
los hombres más temidos del mundo.
—Maldita sea, Luca —gruñó en voz baja—. Deberías habérselo dicho
tú mismo. Explicarle que solo eras un niño, utilizado por nuestro maldito
padre. —Cassio se pasó una mano por el cabello y volvió a fulminarme
con la mirada—. Tienes que empezar a pensar antes de actuar.
Él tenía razón, por supuesto. Pero a la mierda. La mujer amenazó con
cargarse a mi familia. Y luego estaba el comentario sobre Marchetti. Nadie
más que Nonno, Marchetti y yo sabíamos del trato. Ni siquiera Cassio.
Entonces, ¿cómo diablos su madre lo sabía?
—La perra se lo merecía —dije, ocultando mi pánico.
—Tal vez, pero no en la casa de los Callahan —refunfuñó—. Maldita
sea, ¿qué diablos hacemos ahora?
Maeve había cavado su propia maldita tumba. No debería haber dicho
una mierda sobre Margaret y mi hija. Amenazando a mi familia.
—Haz que parezca un suicidio —sugerí apático. Tenía ganas de ir a
buscar a Margaret. El pánico ya empezaba a instalarse en mis huesos.
Estaba amamantando a Penelope, pero si se enteraba, me dejaría.
—¿En serio? —Cassio dejó escapar un suspiro sardónico—. Les
diremos que se cortó la garganta. Eso es lo mejor que se te ocurre.
De acuerdo, no era exactamente mi mejor idea, pero mierda. La mujer
era una perra. Nadie la extrañaría. Tenía que encontrar a mi mujer y a mi
bebé. Tenía que asegurarme de que estaban bien.
—Esto iniciará una guerra.
Cassio pensaba que yo estaba preocupado por una maldita guerra.
Cuando de alguna manera el mundo sabía de mi trato con Marchetti. Nadie
debería haberlo sabido. Por supuesto, no habría casado a mi hija con su
hijo. Con ninguno de sus hijos. Pero necesitaba tiempo para pensar cómo
salirme de ese maldito trato. Mi último recurso era acabar con toda la
familia Marchetti antes de que mi hija cumpliera la mayoría de edad.
—A la mierda la guerra —dije, encogiéndome de un hombro—.
Amenazó a mi mujer y a mi hija. Si Callahan la quiere, la tendrá. —Cassio
suspiró, luego tomó su teléfono y llamó a Guido.
Un par de minutos después, sonó un golpe. Fui a la puerta y la abrí un
poco. Cuando vi a Nonno de pie en el pasillo con sus dos guardias y Guido,
estaba listo para tirarme de los pelos. Sin tiempo que perder, lo hice pasar.
—Ah, nipote —refunfuñó Nonno, lanzándome una mirada—. ¿Qué
ha pasado?
Sus ojos recorrieron bruscamente la habitación antes de centrarse en
mí.
—Luca, hijo mío, estás loco —murmuró—. ¿Qué ha hecho para que
la mates?
Hice una mueca.
—Amenazó a Margaret y a nuestra bebé —dije. Todos miramos a la
perra muerta—. Y amenazó con entregar la vida de Margaret a Marchetti
a cambio de la de su hermano muerto. —Siguió el silencio, los ojos sin
vida de Maeve mirándonos fijamente—. Ella sabía de mi trato con
Marchetti y de arreglar un matrimonio entre nuestras familias.
—¿Qué trato? —Cassio gruñó—. ¿Y el matrimonio concertado entre
quién?
—La pequeña Penélope y el hijo de Marchetti —respondió Nonno.
Cuando Cassio lo miró, Nonno agitó la mano—. Madonna mia 19, te has
vuelto demasiado serio desde que te casaste, Cassio. Los Marchetti son
una familia poderosa. La más poderosa de Europa y una de las más
importantes del mundo criminal. Y, sin embargo, son intocables por la
OTAN, la Interpol, la DEA, el FBI, la CIA. ¿Por qué crees que es así?
Los labios de Cassio se afinaron con disgusto.
—Nosotros tampoco tenemos a ninguna de esas agencias detrás de
nosotros —espetó.
Nonno se negó a ser disuadido.
—Tienen a la DEA detrás de ustedes todo el tiempo. La Interpol
también. El hecho que no hayan podido atribuirles nada no significa que
no estén vigilando. —Cuando Cassio no dijo nada, Nonno continuó—:
Marchetti ni siquiera está en su radar, y su mayor producto es el tráfico de
personas.
—Ves, eso justo ahí —siseó Cassio—. Esa es la pieza que me
molesta.
—Con una alianza matrimonial, podemos poner fin a eso —declaró
Nonno.
19
Virgen Santa.
No me molesté en corregirle que mi hija nunca llegaría al altar para
hacer esa alianza. Solo quería salvar su vida y la de Margaret.
Guido, el guardaespaldas de Nonno, se adelantó. Su expresión me
pareció extraña, pero lo atribuí a esta jodida noche. A nadie le gustaba ver
a una mujer asesinada, pero esta se lo merecía.
—Puedo salir por la ventana con el cuerpo —se ofreció Guido—. Y
hacer que parezca un accidente.
Los ojos de Cassio se desviaron hacia la chimenea y seguí su mirada.
El fuego ardía sin cesar.
—¿Quemarla? —sugirió.
La expresión de Guido se ensombreció. —Eso apestará y Callahan
reconocerá el olor de un cuerpo quemado.
—O envolvemos el cuerpo y Guido sale por la ventana —sugerí, mis
ojos recorrieron la habitación y vieron una manta grande.
Todos compartimos miradas y un breve asentimiento.
—Tenemos que explicar su ausencia —dijo Cassio.
—Solo diremos que la vimos salir por la puerta —refunfuñé—.
Técnicamente es cierto. Pero no diremos que salió por la puerta muerta.
Diez minutos más tarde, era como si nada hubiera pasado en la
biblioteca.
Ninguna prueba de asesinato. Ninguna prueba de traición.
Pero los secretos se escondieron en los rincones, permaneciendo
conmigo.
CAPÍTULO 42
Margaret
Mi corazón se congeló y se hizo añicos en un millón de pedazos
mientras esperaba que se fueran.
El aire salió de mis pulmones, mis ojos seguían en el lugar donde
yacía mi madre hace apenas unos minutos. Se la habían llevado.
Como si fuera basura.
Sin embargo, no sentí tristeza por la muerte de mi madre. Se merecía
lo que le pasó.
Pero era el hecho de que mi marido fuera quien la degolló lo que me
molestó. La revelación que fue él quien mató a mi padre. Luca me mintió.
El último clavo en el ataúd de nuestro matrimonio fue que Marchetti quería
a mi hija.
Miré a mi niña, que seguía alimentándose con los ojos caídos,
mientras mi cerebro trabajaba enérgicamente. No podía quedarme aquí.
Quería irme aquí y ahora. No quería ver a Luca, ni a su hermano. A nadie.
Sin embargo, no podía simplemente levantarme e irme. Todavía no.
Un pesado suspiro salió de mis pulmones.
—Vamos a tener que huir, Penelope —susurré, la goma elástica
alrededor de mi corazón amenazando con romperse—. Como en los viejos
tiempos.
Mierda, ¿por qué la idea de vivir sin Luca dolía tanto?
Penelope arrulló su respuesta, e imaginé que probablemente estaba
protestando. Le encantaba que su Pàpa la abrazara. Luca se despertaba por
la noche y la alimentaba con la leche que yo extraía, susurrándole palabras
en italiano mientras la mecía para que volviera a dormirse.
Presioné a mi bebé más fuerte contra mi pecho mientras sentía que mi
corazón se partía.
El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Un temblor comenzó en
mis manos. Las sombras danzaron por la habitación. Pasado. Presente.
Futuro.
Mis pulmones se apretaron y cada respiración me dolía, como trocitos
de hielo contra mi piel. Las lágrimas nublaron mi visión y una lágrima
solitaria rodó por mi mejilla y cayó sobre la frente de mi bebé.
Con dedos temblorosos, la limpié.
Se me escapó un jadeo ahogado y tragué fuerte antes de encontrar mi
voz.
—No dejaré que olvides a tu Pàpa —le prometí suavemente—. Pero
no podemos quedarnos, mi niña.
Era casi medianoche cuando llegamos a casa.
Luca tenía su mano alrededor de mí, mientras cargaba a nuestra bebé
en su portabebés con la otra. Aparentemente estaba relajado, pero la
tensión en sus hombros no se me escapó. Durante todo el camino a casa,
no soltó el volante, con la mirada fija en la carretera y en el espejo
retrovisor.
Fue solo una vez que entramos en su ático que la tensión se filtró fuera
de él.
Penélope dormía profundamente en su portabebés mientras nos
dirigíamos a su habitación. Luca la sacó de la sillita con delicadeza, luego
le cambió el pañal y la ropa por su pijama mientras los observaba,
memorizando este momento. No sabía cuántos más tendríamos.
Penelope se despertó, arrullando y sonriendo a su Pàpa.
Se acomodó en la mecedora, con nuestra bebé asegurada en sus
grandes y fuertes brazos.
—Mamá debería irse a dormir, ¿verdad, Poppy? —susurró Luca en
voz baja. Por la forma en que miraba a nuestra hija, con tanto amor, era
difícil creer que fuera un asesino. Un manipulador.
Me miró y nuestras miradas se cruzaron, ardientes. El tiempo pasó a
cámara lenta, tocando mi piel como un sol abrasador, dejándome caliente.
—Ve a descansar, esposa —me instó, mostrándome su sonrisa—. Has
estado callada toda la noche. Debes de estar cansada.
Sin una palabra, asentí y me dirigí a nuestra habitación. Tomé una
ducha rápida y luego me metí en la cama. Me acosté boca arriba en la
cama, mirando al techo y escuchando las suaves palabras que Luca le
susurraba a nuestra hija.
La puerta se abrió y Luca entró en nuestra habitación. Se desabrochó
el reloj y lo puso sobre la cómoda. Sus gemelos vinieron después. Le
siguieron la chaqueta del traje y el chaleco. Luego trabajó en aflojarse la
corbata y se la quitó del cuello. Luego, comenzó con los botones de su
camisa. Cinturón. Zapatos. Luca desnudándose era lo más sexy que había
visto en mi vida. Sin embargo, en este momento, nada de eso importaba.
Quería saber la verdad sobre lo que había hecho, con mi padre y con
nuestra hija.
Vi cómo desaparecía en el baño y escuché el ruido constante de la
ducha. Tantos pensamientos invadieron mi mente, me costó mucho
organizarlos todos en un pensamiento que tuviera sentido.
La puerta del baño se abrió y él salió vistiendo nada más que un bóxer
negro.
Finalmente rompí el silencio.
—¿Sucede algo malo?
Última oportunidad para confesar. Por favor, confiesa.
—Cosas de trabajo —contestó mientras se tiraba en la cama a mi lado.
Se acostó boca arriba y miró al techo con ojos vacíos. La oscuridad se
apoderó de la habitación y tocó mi alma.
Los latidos de mi corazón fallaron y la decepción se apoderó de mí.
No era como si esperara que me lo contara todo.
Aun así, lo esperaba.
Hace un año, lo detestaba. Ahora, lo amaba tanto que dolía. No hay
nada como pasar de un extremo al otro. Pero quedarme aquí, con él, no era
una opción. Excepto que la idea de dejarlo me dolía muchísimo.
Sin embargo, perder a mi bebé sería mil veces peor. Tendría que
desaparecer -mi hija y yo-. Las dos dejaríamos todo esto atrás.
Me acercó más a él, envolviéndome en su aroma y, a pesar de los
acontecimientos ocurridos esta noche, mi cuerpo respondió a su toque.
Debería empujarlo, empezar a gritar, pero eso lo alertaría.
Además, si le dejo, necesitaré esto. Para mí. Para las noches solitarias
que se avecinaban.
Mi palma se posó en su pecho y luego lo acarició suavemente. Había
algo mal conmigo, porque incluso con lo que acababa de enterarme,
tocarlo me producía escalofríos.
Luca me dio la vuelta y me puso encima de él. Con un rápido
movimiento, me quitó el camisón y rasgó mis bragas, dejándome desnuda.
—Si sigues arrancándome las bragas, me quedaré sin ellas —respiré
mientras mi corazón se partía centímetro a centímetro.
Su risa oscura llenó el espacio. Su mano acarició suavemente mi
espalda, besándome. Nuestras lenguas se enredaron. Hizo un ruido salvaje
con la garganta y cerró los ojos. Su lengua se movía más rápido, más
fuerte, girando con la mía.
Me rendí al beso y a sus caricias, pero los fantasmas me acechaban.
Sus manos acariciaron mis pechos, sus pulgares acariciaron mis
pezones. Un suave gemido se escapó de mis labios. Mis uñas se clavaron
en su hombro, aferrándome a él. Solo por un tiempo más.
Su boca reemplazó uno de sus pulgares en mi pezón y siseé. Sus
dientes mordieron mi pezón. Con fuerza. Mi espalda se arqueó ante la
sensación. El pulso entre mis piernas palpitaba.
Como si sintiera cada sensación flotando en mis venas, su mano
recorrió mi vientre, cada vez más abajo, hasta separarme las piernas. La
evidencia de mi excitación se deslizó por el interior de mis muslos. Su
dedo rozó mi clítoris y un gemido llenó nuestra habitación.
Nos dio la vuelta y colocó su cuerpo sobre el mío. Su dedo pasó de
mi clítoris a mi entrada, luego se lo llevó a los labios y lo lamió hasta
limpiarlo.
—Sabes exquisita —gruñó—. Mi adicción.
Su boca viajó por mi cuerpo, hasta que llegó a mis piernas abiertas.
Empujó sus palmas debajo de mi trasero y levantó mis caderas, luego
presionó su boca sobre mi carne palpitante. Sus ojos estaban sobre mí,
posesivos y hambrientos mientras me lamía. Desde mi clítoris hasta mi
entrada.
Sumergió su lengua en mi entrada y mis manos llegaron a su cabello,
agarrándolo y aferrándose a él. Necesitaba más de él. Mucho más. Su
lengua entraba y salía de mí, follándome con la lengua.
Mis muslos se cerraron sobre él, mi torso rozando su boca mientras él
gemía, devorándome. Su gemido vibró en mi interior y mis entrañas se
estremecieron anticipando el placer que estaba por llegar.
—Quiero comerte todos los días —murmuró, separando aún más mis
piernas—. Hasta que me muera, esposa.
Sus dedos abrieron suavemente mis labios, lamiéndome desde la
entrada hasta el clítoris y viceversa. Su gruñido de satisfacción me hizo
vibrar y mi cuerpo se estremeció listo para la liberación. Entonces su
lengua se sumergió más profundamente en mi entrada. Los dedos de mis
pies se curvaron por las intensas sensaciones y mi espalda se arqueó fuera
de la cama.
—Oh, Dios mío —gemí.
Me pasó una mano áspera por la pierna y luego la levantó por encima
del hombro. Pasé mis dedos por su cabello, moliéndome contra su lengua.
Mis caderas se movieron por voluntad propia, hambrientas de más.
Necesitando más de él. Me folló con la lengua. Dentro y fuera. Dentro y
fuera.
Cada vez que su lengua empujaba más profundamente dentro de mí,
las palabras se derramaban de mis labios. Ininteligibles. Gaélico. Inglés.
Mis ojos rodaron hacia atrás en mi cabeza. Mis oídos zumbaron. Mi
sangre se iluminó, electrificando mi cuerpo. Las chispas ardían.
La presión explotó y me corrí tan fuerte que me zumbaron los oídos.
Luché por recuperar el aliento, con ese dulce dolor palpitando entre mis
muslos y una lánguida sensación llenando mi cuerpo.
—Mírame. —Sus palabras llegaron a través del zumbido de mis oídos
y mis ojos se abrieron de golpe. Fue entonces cuando me di cuenta que su
mano me tapaba la boca y la mordí. Me quitó la mano de la boca y, por las
marcas de los dientes, había mordido con fuerza cuando me corrí.
Su respiración coincidía con la mía y su mirada estaba llena de algo
suave y oscuro.
Me mordió el labio.
—Ahora voy a follarte —gruñó.
Me estremecí.
—Por favor. —Este hombre me traicionó de la peor manera y aun así,
su toque lo era todo para mí.
Profundizó el beso con un cálido deslizamiento de su lengua. El calor
floreció entre mis piernas y lo necesitaba dentro de mí con un dolor
desesperado. En un rincón de mi mente, me preguntaba cómo podría
sobrevivir sin su toque por el resto de mi vida.
Sin él.
La sensación de su piel contra la mía se sentía como un manto de
consuelo. Bajé la boca por su mandíbula y luego por su garganta, y un
escalofrío lo recorrió mientras le chupaba el pulso.
Empujó dentro de mí sin previo aviso y jadeé, clavándole las uñas en
los hombros y arqueando mi espalda para tomarlo más profundo.
Un rugido salió de su garganta y su boca mordió mi cuello.
—Fuiste hecha para mí —dijo con voz áspera mientras se deslizaba
fuera de mí, dejando la punta de su polla en mi entrada y luego empujó de
nuevo. Llegó a un punto tan profundo, tan intenso, que me quemó por
dentro como una cerilla—. Cada centímetro de ti.
Su pelvis chocó contra mi clítoris, ambos respirábamos agitados. Era
implacable cuando follaba. El placer puro y sin filtros empezó a crecer.
—No te vayas nunca —gruñó—. Malditamente nunca.
Mi corazón se rebeló ante la idea de dejarlo, pero mi mente ya había
tomado una decisión.
—Córrete dentro de mí —supliqué, incapaz de responder a su orden.
Presionó su rostro en mi cuello, follándome sin piedad. Me penetró tan
profundamente que no tardé en llegar al límite.
—Quiero más bebés —gruñó, sus caderas empujando a través de mi
orgasmo y mis entrañas apretándose a su alrededor—. Lo quiero todo.
Contigo.
Era una estupidez. Acababa de tener un bebé. Era arriesgado. Así fue
como empezó todo, para empezar. Cómo terminé aquí con él. Y sin
embargo, necesitaba eso.
Solo una vez más. Una última vez.
CAPÍTULO 43
Luca
—Avísame cuando regreses, Luca —dijo Marchetti con voz fría—.
Quiero presentar mis hijos a tu hija.
Un gruñido vibró en mi pecho. Pensé que era prudente pactar la boda
entre nuestros hijos, pero ahora no estaba tan seguro. La idea de cualquier
chico cerca de mi hija no presagiaba nada bueno.
—Es una niña. —Mi voz era fría y mi garganta ardía.
—No importa. Será bueno que se conozcan.
Unas pocas palabras más y terminé la llamada, encontrándome con
los ojos de Nonno y Cassio puestos en mí.
El plan era regresar a Sicilia en cualquier momento, pero no sabía si
era lo correcto. Sobre todo después de lo que Maeve me contó ayer.
—¿Qué te dice tu instinto? —preguntó Nonno. Les conté a él y a
Cassio toda la historia y las palabras que habíamos intercambiado la madre
de mi esposa y yo—. ¿Es seguro para Margaret y Penelope estar allí?
Ese era el maldito problema. Acabo de hablar por teléfono con
Marchetti, y todavía no podía decir si estaba feliz de hablar conmigo o no.
—No creo que sepa que fue Benito quien empezó la guerra entre las
dos familias —comenté—. Con mi ayuda.
—Un niño de doce años —protestó Nonno—. No fue culpa tuya. En
todo caso, fue mi culpa. Debería haberte protegido mejor. Debería haber
protegido mejor a mi Penelope.
—Todos hicimos lo que pudimos —gruñó Cassio.
—Cassio tiene razón —coincidí—. Todos le fallamos a alguien. Lo
que cuenta es lo que hagamos ahora. Si algo le pasa a Margaret y...
—No pasará nada —dijo Nonno con una voz más fuerte de lo que
había escuchado en mucho tiempo—. Si tenemos que ir a la guerra con
Marchetti, lo haremos. Primero, capturemos al traidor que sigue robando
nuestros envíos. Mi instinto me dice que no es Marchetti.
—Estoy de acuerdo. —La cuestión era quién se atrevería a robarnos.
No había muchos de nuestra afiliación que se atrevieran. Eso me dejaba
sin sospechosos—. He construido un dispositivo no rastreable con la ayuda
de Morrelli. Están entrando en nuestros envíos mientras hablamos. Con el
próximo que desaparezca, deberíamos poder rastrearlo.
—Bene. —Los ojos de Nonno se desviaron—. ¿Cuándo vuelve
Guido?
Me encogí de hombros.
—¿No trabaja para ti, Nonno? —reflexioné.
Diez minutos más tarde, Nonno y yo volvimos a mi ático mientras
Cassio corría a ver a su mujer.
En el momento en que crucé la puerta del ático, supe que algo andaba
mal.
Estaba demasiado tranquilo. No había cosas de bebé esparcidas por
todas partes. Ni risas. Ningún saludo de “hola papá” mientras Margaret
cargaba a nuestra bebé. Nada.
Mi pecho se apretó y el corazón me latió con fuerza.
¿Se las había llevado Marchetti? La idea me heló la sangre.
Me dirigí a la cocina. Estaba vacía. En la isla de la cocina había una
taza de café frío junto a una botella con leche cuajada. La alarma me
recorrió por dentro. Margaret odiaba dejar biberones con leche por ahí. Era
una paranoica con los gérmenes.
—Margaret —llamé en voz baja, pero sabía en la boca de mi
estómago que ella no estaba aquí. Saqué el arma de mi funda, y mierda,
me temblaron las manos.
Sin hacer ruido, me dirigí a los dormitorios. Primero, el de mi hija.
Luego el nuestro.
El bastón del abuelo repiqueteó contra el mármol, luego contra el
suelo de madera, y tuvo el mismo efecto que la música de las películas de
terror. La nuca me sudaba. Los cajones estaban entreabiertos, la ropa tirada
por todo el suelo. Una sola nota en la mesita de noche, la única superficie
plana organizada.
Matar a mi padre no fue lo peor que hiciste. Tampoco lo fue matar
a mi madre. Arreglar un matrimonio para nuestra hija fue malo. Poner
su vida en peligro fue peor. Pero mentirme selló el trato.
Se sintió como un golpe en el estómago. Me robó el maldito aliento.
Primero, me invadió una quietud sepulcral, luego una ira ardiente convirtió
mi sangre en fuego. El rojo se deslizó en mi visión y todos los
pensamientos coherentes abandonaron mi cerebro.
Perdí el control.
Destruí cada cosa en mi ático. Nuestra cama. La cuna. Los muebles.
Las fotos. Cuando todos y cada uno de los objetos quedaron esparcidos
por el suelo, pasé a las paredes.
Horas más tarde estaba sentado en el borde del alféizar de la ventana,
mis codos en mis rodillas y la furia ardiendo en mi pecho. También había
preocupación. Mi mujer y mi hija estaban solas. Vulnerables.
La puerta se cerró de golpe en alguna parte. No miré detrás de mí. Ese
olor que vino a representar a la familia, talco de bebé, no llegó a mí. No
tuve que mirar atrás para saber que no era ella. No era mi bebé.
—Nonno me llamó —dijo Cassio con la frustración coloreando su
voz. En mi rabia, me olvidé de mi abuelo.
—No me digas que estás renovando. —Su voz estaba justo detrás de
mí.
No respondí, mirando fijamente frente a mí.
—¿Dónde están Margaret y la bebé?
Sin palabras, le entregué la nota.
Ella me dejó.
CAPÍTULO 44
Luca
Casi tres años después
La casa de Luciano Vitale bullía de vida.
Risas. Niños gritando. Todo eso hizo que este dolor en mi pecho
creciera.
La hija de Luciano, Francesca Aria Vitale, sonreía y parloteaba,
sonriendo y observando a su padre como si fuera un Dios. Malditamente
me dio celos.
Había dividido mi tiempo entre Nueva York y Sicilia. Aunque
prefería estar lejos de Nueva York. Las caras felices en las familias de mis
amigos eran un recordatorio de mi propio fracaso.
Era una tortura. Dolor. Un dolor desgarrador. Pero la ira y la rabia
comenzaron a superar esas otras emociones.
No había pasado un solo día desde que Margaret y nuestra hija
desaparecieron sin que pensara en ellas. A diferencia de la primera vez, se
escondió mejor. Tomando los pasaportes que había preparado para casos
de emergencia, huyó del país con nuestra hija, aterrizó en Londres y desde
allí se acabó todo rastro de ella.
Desde entonces no había rastro de ella ni de mi hija. Ni siquiera Nico
con todos sus recursos pudo localizarlas.
Dos malditos años. Pronto mi niña cumpliría tres años. Otro
cumpleaños que me perdería.
El dolor constante en mi pecho creció y creció hasta que una
oscuridad permanente residía en mi pecho. La ira crecía día a día.
Me quitó a mi hija. Ella malditamente me abandonó. Quemó todo lo
que teníamos hasta convertirlo en cenizas sin una sola mirada atrás.
Debería haber confiado en mí para protegerla a ella y a nuestra hija.
Debería haber hablado conmigo de ello.
Tú también deberías haberle confiado tus secretos y los acuerdos que
hiciste, mi mente se burló. Vete. A. La. Mierda.
Maravilloso. Ahora me estaba mandando a la mierda.
—¿Algo sobre Guido? —preguntó Luciano, haciendo rebotar a su
hija en la rodilla. Matteo, su hijo, estaba justo afuera de la oficina, siendo
perseguido por las gemelas de Nico. Mis sobrinitas. Hannah, una de las
gemelas, estaba bastante decidida a casarse con él. Probablemente estaba
tratando de convencerlo de que lo hiciera hoy.
—No —respondió Cassio cuando quedó claro que yo no iba a
hacerlo—. No puedo creer que ese hijo de puta siguiera el juego con el
cuerpo de Maeve. Nos ayudó a limpiar esa maldita escena, y todo el tiempo
él se había estado acostando con ella.
Guido, el primo de Nonno, trabajaba con la madre de Margaret. Los
dos se unieron y trabajaron en mi contra.
—Ese es un bastardo frío —murmuró Luciano—. Tu abuelo debe
haber estado decepcionado de que su propia familia haya hecho esto.
No tenía idea. Nonno conocía a Guido de toda la vida. Nunca pensó
en investigarlo cuando la mierda comenzó a suceder. A decir verdad, yo
tampoco. Excepto que la sugerencia que Margaret nos dio sobre un
dispositivo imposible de rastrear nos llevó directamente a él.
Ahora ese imbécil estaba escondido en algún lugar en este planeta
olvidado de Dios, como el cobarde que era.
—Todavía no puedo creer que Callahan haya creído que su cuñada se
fue sin despedirse y luego tuvo un accidente automovilístico fatal —
murmuró Nico.
Él estuvo allí esa noche. No vio lo que sucedió, pero lo necesitábamos
para hackear toda la vigilancia de Callahan y borrarla.
—Maeve nunca aparecía —refunfuñó Cassio—. La única razón por
la que apareció ese día fue para ver a su hija. Al parecer quería ver con sus
propios ojos que su hija se casó con el chico que le disparó a su padre.
El maldito secreto que me costó todo. Debería habérselo dicho.
Estaba aterrorizado de perderla, así que no lo hice. Resultó que la perdí de
todos modos. Tanto ella como mi hija.
—¿Estás seguro de que no volvió a Sicilia? —Luciano preguntó—.
Escondiéndose a plena vista. Eso es lo que hizo Grace —refunfuñó, su
expresión se ensombreció ligeramente al recordar aquellos días. Grace
también lo abandonó. Circunstancias ligeramente diferentes, pero terminó
buscándola durante tres largos años.
—Los hombres de Nonno buscaron por todo el país —dije
sombríamente—. Todo el maldito continente.
—¿África? —Nico preguntó, luego negó con la cabeza antes de que
pudiera responder—. No es probable.
Apreté la mandíbula.
—Un recién nacido habría necesitado demasiadas vacunas para ir a
África —dije—. Pero ahora...
Mierda, habían pasado casi tres años. Ella podría estar en cualquier
lugar.
—¿Cómo diablos se enteró de tu trato con Marchetti? —Cassio
reflexionó por millonésima vez.
—Su madre tuvo que habérselo dicho —gruñí. Si pudiera matar a esa
perra, lo volvería a hacer. Pero antes. ¿Qué clase de maldita madre estaría
dispuesta a vender a su hija y a su nieta a Marchetti?
Los soldati 20 de la mafia lo llamaban “il diavolo21” Había una maldita
razón para ello, porque ese diablo no daba segundas oportunidades.
Matteo atravesó las puertas francesas con los gemelos pisándole los
talones.
—Papá, Arianna dice que me mantendrá como rehén para que Hannah
pueda casarse conmigo.
Todos compartieron una mirada divertida. No me quedaba nada de
diversión. Solo amargura. Solo una ira que sabía a ácido, incluso después
de todos estos años.
20
Soldado en italiano.
21
El diablo en italiano.
—Ven aquí —chilló Hannah—. No has dicho 'sí, quiero' y necesito
mi diamante.
Nico murmuró algo en voz baja sobre ser demasiado viejo para esta
mierda, luego agarró su bebida y se la bebió de un trago. Cassio se quejó
de que estábamos criando mujeres aterradoras.
—Tal vez está demasiado asustado para casarse contigo —reflexionó
Arianna—. Mami dijo que no todos los niños podrán manejarnos.
Dios mío. ¿Qué les estaba enseñando Bianca a estas chicas?
—Tu madre tenía razón en eso —dijo Cassio, sacudiendo la cabeza.
Luciano se limitó a sonreír. —Amigo, vamos a tener que poner a estas
mujeres a raya. Son demasiado guapas para asentarse tan jóvenes.
Bianca y Grace entraron tranquilamente detrás de los niños, con
sonrisas de suficiencia en sus rostros.
—Siempre pueden obligar a Matteo a casarse con él —reflexionó
Bianca—. Al fin y al cabo, ¿no es ese el tema de siempre con ustedes?
Nico esbozó una media sonrisa.
—Pero Cara Mia, mira lo bien que funcionó para nosotros.
Mi hermana negó con la cabeza, pero su expresión se suavizó
mientras se sentaba en el regazo de su marido.
—Sí, pero podrías haberme cortejado y arrodillarte. —Exhaló un
suspiro melancólico—. Eso habría sido súper romántico. ¿Verdad, chicas?
Las caras de Hannah y Arianna se iluminaron.
—¡Oh, sí! —Ambas exclamaron al mismo tiempo y sus ojos se
volvieron hacia Matteo—. Haremos que Matteo se ponga de rodillas.
El claro terror en la cara de Matteo lo decía todo. Él no estaba
dispuesto. Salió corriendo antes que nadie se diera cuenta de lo que estaba
pasando, dejándonos atrás. Mis sobrinas estaban claramente descontentas
por eso y no estaban dispuestas a dejarle su espacio.
—Tus chicas son unas salvajes —murmuró Luciano.
Grace se rio entre dientes y se sentó en su regazo.
—Y tu hijo sigue provocándolas, haciéndose el difícil.
Maldición, esta escena me dio celos. Todo el mundo tenía su propia
familia, halagando a sus hijos mientras la mía estaba desaparecida.
—Luca fue el único que realmente cortejó a su dama para que se
casara con él —dijo Bianca, su expresión se suavizó mientras me lanzaba
una mirada.
Excepto que eso no me hizo sentir mejor. A diferencia de mis amigos,
había hecho algo peor. Utilicé a nuestra hija como moneda de cambio. De
acuerdo, fue para salvar su vida, pero eso no lo hacía mejor.
—Bueno, algo tuvo que hacer para que Margaret desapareciera —dijo
Áine, fulminándome con la mirada mientras se pavoneaba con Nonno en
su brazo.
Nonno negó con la cabeza.
—Calculamos mal, eso es todo. Pero recuperaremos a Margaret y a
Penelope.
Me puse de pie, terminé con esta conversación.
Mi abuelo tenía razón en una cosa.
Las traería de vuelta.
Aunque tuviera que quemar el mundo, vaciar los océanos o mover los
planetas de este sistema solar, las traería de vuelta y luego ya nunca las
dejaría ir.
CAPÍTULO 45
Luca
El olor metálico llenaba el calabozo de Nonno.
El suelo estaba pegajoso bajo mis botas de combate. Había torturado
al hermano de Guido durante una semana seguida. La familia era sagrada
en nuestro mundo. Sin embargo, ahora mismo, mientras mi ropa estaba
empapada de sangre y sus gritos llenaban el aire, me importaba una
mierda.
La única familia que me importaba eran mi mujer y mi hija.
Habían pasado dos años, siete meses, tres semanas y cinco días desde
la última vez que las vi. Me perdí dos cumpleaños. Dos Halloween. Dos
Navidades. Pronto, serían tres y luego quién sabe... cuatro, cinco, seis,
todos ellos.
Mi corazón latía con fuerza mientras lo golpeaba. Mis oídos
zumbaban. Y disfrutaba de sus gritos más de lo normal. La rabia que me
llenaba crecía con cada día sin mi mujer.
Ella me dejó. Se llevó a mi hija. Me abandonó.
Dos hombres yacían desmoronados en el suelo de piedra a mis pies.
Nonno estaba sentado en su silla junto a la puerta. Insistió en estar aquí.
Pobre hombre. Pensó que conseguiría la paz después de que me casara. Lo
único que consiguió fue la guerra.
Guerra con su familia. Descontento con Marchetti.
Al menos no era la guerra. Lo había mantenido a raya sobre mi hija.
Jugué el juego de las palabras. Durante dos años, me había fastidiado para
ver a mi hija. Durante dos años, le aseguré que el matrimonio concertado
seguiría adelante como estaba previsto, cuando nuestros dos hijos fueran
adultos y mi hija cumpliera veintiún años.
Estábamos a un paso de la guerra con Marchetti. Sabía que tanto
Nonno como yo dormiríamos mejor cuando Guido muriera.
Él fue el hijo de puta que robó nuestros envíos. Él fue el hombre que
se metió en la cama, literalmente, con Maeve y deslizó la noticia sobre el
matrimonio concertado. Resultó que contaba con suceder a Nonno.
Nunca contó con Margaret y conmigo.
Mi mujer, que me dejó sin pensárselo dos veces. Si tan solo hubiera
confiado en mí.
Tú también deberías haber confiado en ella, susurró una vocecita,
pero la ignoré.
A la mierda esa voz. Al diablo con todo. Ahora mismo, encontraría a
Guido y mataría al hijo de puta. Por traicionar a Nonno. Por traicionarme.
Por costarme a mi familia.
Capturamos al hermano de Guido en Roma de camino a Marchetti.
Estaba tan malditamente cerca, que hizo que mi corazón latiera con
adrenalina. O tal vez era solo esta paliza personal que estaba dando.
Le sonreí cruelmente a mi primo. Me burlé del nombre en mi cabeza.
—Quiero saber dónde está tu fratello 22. —repetí—. Puedo hacer esto
durante meses. Traeré a un médico para que te cure lo suficiente, solo para
continuar de nuevo. Días, semanas, meses de agonía.
Se sacudió contra sus ataduras.
—¿Me dejarás vivir?
El terror en sus ojos me dijo que sabía que no saldría vivo de esto.
Pero supongo que la esperanza era difícil de extinguir. Mierda, yo mismo
lo sabía. Cada maldito día, me despertaba con la esperanza de que hoy
fuera el día en que encontraría a mi hija y mi mujer.
Sostuve su mirada, pero no respondí. Una gota de sudor rodó por su
sien. No me compadecí de él. No sentía nada, pero a menudo me
preguntaba si acabaría encontrándome en el extremo receptor de la tortura.
Tal vez pronto. Una vez que Marchetti descubriera que no tenía forma de
cumplir mi acuerdo. Una vez que descubriera que fui yo y el bastardo de
mi padre quienes le costaron la vida a su hermano.
—Última oportunidad. ¿Dónde está tu hermano?
Cuando no respondió, comencé a pelar su piel.
Le tomó otros veinte minutos revelar la ubicación de su hermano.
Su recompensa fue una bala entre sus ojos.
22
Hermano en italiano.
CAPÍTULO 46
Margaret
Las suaves olas rompían en la playa de piedras con un sonido rítmico
y relajante. El aroma de la flora local perfumaba el aire. Las voces de
turistas que hablaban distintas lenguas viajaban en la brisa.
Nos habíamos escondido en el pequeño pueblo de esta isla durante
dos años. Después de robar el pasaporte, cien mil dólares en efectivo y
llevarnos la ropa y lo necesario, nos pusimos en marcha. Una vez que
aterricé en Londres, me deshice de los pasaportes, compré un auto en el
mercado negro junto con un documento de identidad falso para Penelope
y para mí, luego conduje.
Durante los tres primeros meses, estuvimos en constante movimiento.
Había aprendido a vivir con mucho menos. Me ayudó que
amamantara, así que el gasto principal eran pañales y comida para mí. No
fue hasta que nos instalamos en Croacia que finalmente encontré un
trabajo. Era una guía de turistas de habla inglesa durante la primavera, el
verano y principios del otoño.
Nuestro nuevo hogar, la isla de Silba, era una isla libre de automóviles
como nunca antes había visto o experimentado. Los primeros meses que
estuvimos aquí, fue difícil acostumbrarse a no escuchar el zumbido de un
motor. Ahora, después de dos años escondidas en el paraíso, no podía
imaginar vivir en una ciudad metropolitana nunca más.
Me mecía de un lado a otro sentada en el porche con Penelope
profundamente dormida en mis brazos. Había sido un día ajetreado en la
playa y apenas se había quedado despierta durante la cena. Estirando la
espalda y con cuidado de no despertar a mi bebé, me empapé de la vista
del mar Adriático que se extendía kilómetros y kilómetros frente a mí.
Me dejaba sin aliento cada vez.
Por fin la vida era buena. Llevó algún tiempo. Todavía había días en
los que la soledad me oprimía el corazón, pero mi bebé estaba a salvo. Eso
era lo único que importaba. Teníamos nuestra rutina y mi trabajito. No
había socializado con los lugareños. La barrera del idioma era enorme,
pero un contratiempo mayor era la preocupación por si nos encontraban.
No quería que nadie más se metiera en problemas por nuestra culpa.
Unos lugareños pasaron frente a nuestro pequeño muro que separaba
nuestra casa del camino que rodeaba la playa. Se acostumbraron a nosotras
aquí y nos reconocieron. Aunque por lo general me mantenía sola.
Nos saludaban con una sonrisa en la cara y yo hacía lo mismo. Ese
era el alcance de mi interacción con los adultos. Eso y mis viajes al
supermercado. Probablemente pensaban que era rara, pero no quería que
nadie quedara atrapado en nada en caso de que Marchetti nos encontrara.
O Luca.
Un dolor agudo atravesó mi corazón. Como cada vez que pensaba en
él. Esta bebé y yo éramos un medio para un fin para él. Puso a nuestra hija
en peligro. Eso era algo que nunca podría perdonar.
Inclinando mi rostro hacia el cielo que se oscurecía por segundos, mis
pensamientos viajaron a través del océano hacia el hombre que me robó el
corazón. Me engañó y confabuló, me dejó embarazada y luego apareció
como si fuera mi salvador.
Me enamoré de un villano. Un villano persistente.
Sin embargo, no podía encontrar la fuerza para odiarlo. Él amaba a
nuestra hija. Sabía que la amaba. Lo vi durante esos primeros meses de su
vida.
Sin embargo, esta vida sin él, aunque contenta, no era feliz.
Volvió el recuerdo fragmentado de la noche del asesinato de mi padre.
Recordaba cada instante hasta el momento en que me desmayé junto al
cuerpo de mi padre. Recordaba por qué papá no disparó primero. Vio a un
niño con un arma.
Ahora recordaba aquel día con mucha más claridad, y dejé que el
recuerdo pasara al primer plano de mi mente.
—¿Pero qué...? —Todavía podía verlo sostener su arma mientras
estiraba su brazo. Pero no estaba disparando. Mis ojos se desviaron y lo
vi. Un niño asustado con un arma de adulto.
Me dolía el corazón. De miedo por mi padre y de ver ese miedo
desgarrador en la cara del niño.
Bang. Bang. Bang. Bang.
El cuerpo de mi padre cayó por las escaleras y los gritos brotaron de
mis labios. Golpe. Golpe. Golpe. El cuerpo grande y fuerte de mi papá
seguía y seguía, rodando por los escalones eternamente cuando en
realidad debieron de ser solo unos segundos.
Aterrizó de espaldas, dos balas en el pecho y una en la garganta.
Miré congelada la mancha de sangre que florecía en el pecho de Da.
La sangre rápidamente se acumulaba a su alrededor como un mar rojo.
Jadeó, sus ojos en mí. Horror. Terror. Miedo. Observé el cuerpo
fuerte de mi Da luchar por moverse, cuando unos pasos resonaron contra
el suelo de mármol. Pisadas. Pisadas. Pisadas.
Cada sonido embotado bajo el zumbido en mis oídos.
—C-corre —gorgoteó. Luchó por vivir. Luchó por levantarse, pero
su cuerpo estaba demasiado débil. Entonces su cuerpo cayó hacia atrás y
vi cómo la vida se desvanecía de sus ojos.
Mi sangre rugía. El líquido goteaba por mis dedos y al bajar los ojos
descubrí que me había clavado las uñas en las palmas de las manos con
tanta fuerza que estaba sangrando.
Un par de botas negras patearon el cadáver de mi padre.
—Hasta nunca —se burló el anciano.
Fue entonces cuando finalmente desperté de mi estupor. Me di la
vuelta para correr, pero ya era demasiado tarde. Una mano me rodeó el
cuello.
—¿Hacia dónde corres, pequeña? —ronroneó, levantándome en el
aire. Mis dedos arañaron su muñeca. Jadeé por aire mientras me cargaba,
mis pies colgando del suelo. El cuerpo de mi padre estaba justo debajo de
mí. Quería abrazarlo. Quería salvarlo. Pero se había ido.
Goteo. Goteo. Goteo.
Una hoja fría presionó contra mi garganta.
Pateé y arañé. Fue entonces cuando vislumbré a mi madre. Su rostro
estaba manchado de sangre, lágrimas y maquillaje. Estaba en camisón.
Era la mitad del día. ¿Por qué estaba en camisón?
—Mamá —me atraganté, cada sílaba me hacía daño en la garganta.
Ella no se movió.
Pero el niño sí. Fue tras el hombre. ¿Por qué me estaba ayudando?
Le disparó a mi padre y ahora quería ayudarme. ¿Por qué?
La plata brilló en el aire.
Mi visión se oscureció. Mi conciencia se desvaneció. Un fuerte rugido
atravesó la bruma de mi cerebro. Un rugido doloroso. No era mío.
Mi cuerpo cayó al frío mármol, mi cráneo golpeó la piedra y la
oscuridad me hundió.
Benito no me mató porque un niño de doce años vino detrás de él y
apuñaló a su padre por la espalda. Luca fue la razón por la que sobreviví
ese día.
Él salvó a aquella niña de cinco años hace tantos años, pero destruyó
a la mujer en la que me había convertido. No porque mató a mi padre, sino
porque me mintió y me lo ocultó.
Ironía en su máxima expresión.
En el gran esquema de las cosas, ni siquiera podía culparlo por el
asesinato de mi padre. Era solo un niño, siendo utilizado por un padre
cruel. Pero no podía olvidar que usó a nuestra hija para pagar por sus
pecados. Eso no podía perdonarlo.
Mi cuerpo, por otro lado, era un problema completamente diferente.
Se negaba a escuchar la advertencia. Zumbaba pensando en mi marido.
Ansiaba sus manos sobre mí. El placer que siempre me proporcionaba.
Penelope se movió entre mis brazos y aparté a mi marido de mi mente.
Ojalá fuera tan fácil apartarlo de mi corazón.
Mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa al ver la cara de mi
hija. Estaba tan tranquila. Se rio en sueños y mi corazón se aceleró con
calidez. Tenía sueños felices. Ella era un bebé feliz. Podía parecerse a mí,
pero tenía su sonrisa.
A pesar de lo que Luca había hecho, me aseguré de que recordara a
su Pàpa. Había una foto enmarcada en la mesita de noche junto a su cama,
observándola. La besaba todas las noches y todas las mañanas.
Ella sabía quién era su papá. Simplemente no lo que él era.
CAPÍTULO 47
Luca
Me tomó tres días localizar a Guido.
Tres días sin dormir.
El mar Tirreno se extendía por kilómetros a mi alrededor, sus aguas
azules y cristalinas atraían a turistas y lugareños por igual. Su belleza pasó
desapercibida para mí. Podría estar en el paraíso, y no me daría cuenta.
Nada me importaba. Ya nada me conmovía.
Estaba vestido de negro una vez más. El negr ocultaba mejor la
sangre. Y hoy, habría sangre. La sangre de Guido.
Estaba junto a la puerta corrediza de mi oficina en el yate que estaba
anclado frente a la costa de Salerno. Me picaban los dedos por empezar a
luchar. Era todo por lo que había llegado a vivir. Cazar a los hombres que
me costaron mi vida feliz. Me robaron mi segunda oportunidad.
Una niebla roja nubló mi visión.
Siempre era igual cuando pensaba en mi hija y mi esposa. La ira
repentina me ahogó la garganta. Me asfixiaba. Desgarraba las costuras de
mi cordura. Me estaba desmoronando.
Yo lo sabía. Nonno lo sabía. Cassio lo sabía.
Por favor. Dios, por favor tráemelas de vuelta. No soy bueno sin
ellas.
No podía recordar la última vez que recé. Desde que me dejó, rezaba.
Sin embargo, todas mis oraciones continuaban sin respuesta.
Cassio, Luciano y Sasha, el último cabrón de nuestro grupo en
enamorarse de una mujer, se juntaron en mi oficina. Mierda, odiaba verlos
a todos. Era un recordatorio constante de lo que tuve y perdí.
Eventualmente me rompería. Sabía que lo haría.
—¿Estás bien? —Cassio me miró con recelo.
—Estoy bien.
Mi voz era fría. Me había vuelto bueno escondiéndolo todo. Excelente
incluso. Me alisé las mangas.
—Te ves como la mierda —refunfuñó Sasha—. ¿Cuándo fue la
última vez que dormiste?
No contesté. La última noche que dormí bien fue la noche antes de
que mi esposa me dejara. Desde entonces, apenas había dormido lo
suficiente.
—Según mis cálculos, han pasado tres días —respondió Cassio por
mí, ignorando mi mirada asesina.
—Hombre, no puedes hacer eso —dijo Luciano, sacudiendo la
cabeza—. No puedes ser agudo con la falta de sueño. Cuando Grace
desapareció durante esos tres años, al menos tuve que meterme somníferos
en el cuerpo y descansar un poco.
—¿Vamos a recordar o vamos a trabajar? —siseé molesto. No me
importaban los consejos de nadie. Eso no me devolvería a mi mujer.
—Solo tenemos que encontrarla, Luca —razonó Cassio—. Por el
amor de Dios, Luciano puso un arma en la cabeza de su mujer y ella lo
perdonó. Eventualmente.
—Gracias por eso, hijo de puta —refunfuñó Luciano.
—¿Tenemos confirmación? —exigí saber, ignorando su charla.
—Sí. —Venían los sicilianos y otros miembros de la Cosa Nostra de
territorios cercanos. Guido construyó una nueva organización criminal.
Aparentemente, él también estaba tratando de poner a la mafia DiMauro
bajo su nuevo dominio. Era la única razón por la que había traído fuerzas
extra. De lo contrario, preferiría trabajar solo.
—La única variable es si Marchetti está respaldando a Guido —
razonó Cassio—. Si es así, toda la ayuda que estamos recibiendo se
volverá contra nosotros y tendremos más enemigos contra los que luchar
para salir de este país.
—Y dicen que Italia es un país romántico —refunfuñó Sasha,
poniendo los ojos en blanco.
Marchetti no apoyaba a Guido. Atravesamos las defensas del bastardo
sin esfuerzo. Fue casi demasiado fácil. En el momento en que lo
capturamos, todos los miembros de la Cosa Nostra se dispersaron
rápidamente. Demasiado rápido.
Me pareció extraño, pero no le di demasiada importancia. Estaba
ansioso por ponerme a trabajar con este maldito miembro de la familia.
Sasha y Luciano estaban apoyados contra la piedra del calabozo de
Guido. Irónico que muriera en su propio calabozo. Realmente era poesía.
—Gracias carajo —gruñó Sasha—. Este hijo de puta no callaba la
puta boca.
Luciano sonrió.
—Pensó que tenía suficiente para sobornarnos.
Eso solo mostraba cuán estúpido e inadecuado era Guido. Era el
primo más joven de Nonno, pero también parecía el más tonto. Si hubiera
investigado, sabría que Luciano tenía más dinero del que gastaría en diez
vidas. Y eso si vivía como un rey.
—Lástima que solo le faltaran unos pocos miles de millones —se rio
Sasha.
Guido estaba sentado en medio de la celda, atado a una silla. Se
parecía a Nonno. Era de la familia. Hasta que dejó de serlo. La familia no
te apuñalaba por la espalda.
—Marchetti no dejará que te salgas con la tuya —siseó.
Tenía la edad de Marchetti, pero no era tan rico ni carismático. Era
probablemente la razón por la que se había vuelto tan codicioso y tan
conspirador. Tenía carencias, así que recurrió a traicionar a su familia para
demostrar su valía.
Una sonrisa cruel y fría torció mis labios.
—No lo veo aquí.
Se burló.
—Él gobierna la organización. Tú solo diriges una fracción de ella.
—Pero mi fracción hace que Marchetti gane más dinero que con todas
las demás organizaciones de Italia. Sería difícil perder la cabeza por
alguien como tú.
Sonriendo como el diablo, acerqué una silla y me senté frente a él. No
dejaría que sacara lo mejor de mí. Lo haría sufrir durante mucho tiempo.
Lo único que quería escuchar de su boca eran sus gritos.
—¿Cómo está tu mujer? —se burló—. Apuesto a que Marchetti no se
alegrará de saber que has perdido a tu hija. ¿Cómo cumplirás el acuerdo si
no tienes una hija?
Perdí el control. Me abalancé, mi puño conectándose con su cara. Una
vez. Dos veces. La silla se balanceó por la fuerza del impacto y cayó hacia
atrás.
Lo levanté, luego continué golpeándolo. La sangre manchó
rápidamente su rostro, sus labios abiertos causaron que la sangre cubriera
su barbilla. Pero me complacía hacerlo sufrir, derramando toda mi rabia
en su cara. Por haberme costado a ellas. Los dos humanos más importantes
de mi vida.
Una mano se posó en mi hombro. Era la de mi hermano. Ni siquiera
lo escuché entrar a la celda.
Solo entonces me di cuenta. Mi respiración agitada. El zumbido en
mis oídos. El rojo estropeando mi visión. La cara de Guido estaba
hinchada más allá del reconocimiento. Su cráneo estaba aplastado contra
el suelo de piedra de la celda.
Estaba muerto. Brutalizado. Irreconocible.
—Ahora, ¿no es esto un espectáculo? —Una voz penetró la niebla en
mi cráneo. Una voz conocida. Entonces se registró.
Marchetti. El Padrino.
Mierda, este no era un buen momento para una visita.
Un ejército de hombres de Marchetti se agolpó en la habitación,
dejando espacio para el Capo Dei capi23. Dos de los hombres de Marchetti,
su consigliere24 y su ejecutor, estaban a su lado apuntándonos con sus
armas. Dante Leone y Giovanni Agosti.
—Ha pasado demasiado tiempo, Luca DiMauro —dijo.
Sus ojos se desviaron hacia el cuerpo inmóvil a mis pies y apenas
enarcó una ceja.
Sasha y Luciano estaban a mi lado, Cassio ya hacía de diplomático.
—Marchetti, no te esperábamos —lo saludó mi hermano.
—¿Por qué no? Están en mi territorio.
Dios, si pudiera salirme con la mía golpeando su cráneo, estaría feliz
de hacerlo. Mirarlo era un recordatorio de mi cagada.
—Has estado ocupado, DiMauro. —Era lo único que me mantenía en
pie—. Demasiado ocupado para venir a visitarme con tu mujer y tu hija.
23
Jefe de jefes en italiano.
24
Es una posición dentro de la estructura de liderazgo de la Mafia siciliana, la 'Ndrangheta y la Mafia
estadounidense. La palabra se popularizó en el mundo angloparlante con la publicación de la novela El padrino
y su adaptación al cine.
Mis nudillos ardían y nuestras miradas se encontraron. Él sabía
exactamente lo que estaba pasando.
Sabía que no las tenía.
CAPÍTULO 48
Margaret
La playa era hermosa, el agua azul cristalina y acogedora. Era el
momento favorito de Penelope, chapoteando en el agua y construyendo
fuertes. La brisa soplaba, la risa lejana viajó hacia nosotras.
Penelope y yo estábamos sentadas en la toalla, ambas en trajes de
baño a juego.
—Soy tan bonita —balbuceó. Su cabello largo y rizado, oscuro como
la noche, rebotaba con cada movimiento. Me miraba con ojos tan azules
como el mar que teníamos al lado, brillando de felicidad mientras
observaba el mundo. Era una niña feliz y muy sociable, a pesar de nuestra
vida solitaria.
No pude evitar una sonrisa orgullosa.
—Eres muy bonita —estuve de acuerdo—. La princesa más hermosa
del mundo.
Sus ojos recorrieron la playa vacía. Había algunos lugareños
dispersos, aprovechando el cálido sol de septiembre.
—Sin amigos. —Cruzó las manos sobre su pecho, ligeramente
decepcionada.
—Yo seré tu amiga —le dije—. La mayoría de los niños volvieron a
la escuela. Solo somos tú y yo, princesa. ¿Qué dices? ¿Quieres construir
un castillo?
Ella asintió con la cabeza ansiosamente y saqué protector solar de mi
bolso, luego se lo apliqué su piel. Soltó una risita cuando le hice cosquillas
mientras lo frotaba en su piel. Luego hizo lo mismo en mi espalda. Aunque
cuando terminó, tenía más protector solar que piel sobre mí.
Luego, ignorando el mundo y todos los problemas, nos enfocamos en
construir un castillo de cuento de hadas. Trabajamos duro en ello mientras
el sonido de las olas llegaba a la orilla con un ritmo suave y relajante. Lo
único que lo interrumpía eran las gaviotas, e incluso ellas cantaban al son
del mar.
El sol calentaba nuestra piel. El olor a sal llenaba nuestros pulmones.
La satisfacción nos calentaba el corazón.
Dos breves ráfagas interrumpieron nuestra concentración. Ambas
levantamos la cabeza y nos encontramos con un yate que pasaba junto a
un pequeño bote pesquero a su derecha. Mis cejas se fruncieron. Era
inusual ver un barco tan grande cerca de la costa.
Poniendo mi mano sobre mis ojos para usarla como un visor
improvisado, observé el gigantesco yate de treinta metros flotando
lentamente sobre el agua, con una figura solitaria en la cubierta superior.
Era una cubierta dividida y, por lo que parecía, con todas las comodidades.
La conciencia recorrió mi espalda. El hombre nos observaba a través
de unos prismáticos, pero estaba demasiado lejos para distinguir sus
rasgos. Pero era inconfundible: nos estaba observando.
La brisa sopló, presagio y miedo cabalgando sobre ella.
El sentimiento creció por segundos, la angustia llenando mi corazón.
Mis ojos se dirigieron al nombre del yate. Vendetta.
No necesité el traductor de Google para entender lo que significaba.
Venganza.
—Es una coincidencia —murmuré en voz baja, mientras el corazón
me latía tan fuerte que estaba segura que me partía las costillas—. Nada
más. Solo una estúpida coincidencia. Es un nombre común para un yate, e
Italia está justo al otro lado del mar.
—Mamá. —La voz de Penelope atrajo mi atención de nuevo a nuestra
tarea en cuestión. Me miraba con el ceño fruncido.
—Sigamos construyendo —dije con una sonrisa forzada. Y mientras
tanto, el miedo se agolpaba en la boca de mi estómago.
Una sombra oscura cubrió nuestra obra de arte. Tanto mi hija como
yo levantamos la cara y mi corazón se detuvo.
—¡Nonno! —Me puse en pie, con los latidos de mi corazón
reanudándose en un tamborileo salvaje. Mis ojos parpadearon hacia dos
hombres detrás de él, guardias que no había reconocido—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
Parecía cansado, aunque sano. Llevaba un sombrero de ala ancha y
un traje antiguo con tirantes. Se veía igual, pero más pálido de lo que
recordaba. Más enfermizo. Sus ojos estaban ocultos detrás de unas gafas
de aviador, así que me resultaba difícil leer su expresión.
Quería abrazarlo, decirle cuánto lo extrañaba. Disculparme. No lo
sabía. En lugar de eso, me quedé quieta, esperando.
—Esperaba más entusiasmo. —Sonrió.
Yo también, quise contestar, pero permanecí callada. Mi pulso se
aceleró mientras esperaba que él dijera algo más. Que se enojara. Que me
odiara. Cualquier cosa. En lugar de eso, permaneció callado,
observándome tras aquellas gafas que lo escondían de mí.
—¿Viniste en ese mega yate italiano? —pregunté en su lugar.
Se quitó las gafas y nuestras miradas se cruzaron.
—Lo hice, bella. —Me dolió el corazón al oír la palabra que mi
marido siempre usaba conmigo—. Luca está en problemas y tú eres la
única que puede salvarle la vida.
CAPÍTULO 49
Margaret
Luca llevaba dos días cautivo por Marchetti.
No solo tenía a Luca como rehén, sino también a Cassio, Luciano y
Sasha. Si los hermanos Nikolaev se enteraban de esto, Nonno temía que
se convirtiera en una guerra sangrienta. Si me negaba a ceder a las
demandas de Marchetti, no terminaría bien para nadie. Incluida mi hija.
Al parecer, Marchetti esperaba que yo encontrara donde había
escondido a Luca y acudiera a él, junto con mi hija.
Era una trampa. Tenía que serlo. Sin embargo, como un cordero
dispuesto al matadero fui en busca de mi marido.
Cuando le pregunté a Nonno cómo me encontró, dijo que Marchetti
siempre supo dónde estaba. No me había perdido ni un solo segundo. Fue
el megayate de Marchetti el que lo trajo hasta nosotras en la isla croata.
Marchetti escondió todo rastro mío y de Penelope mientras nos vigilaba,
esperando el momento oportuno para atacar.
Bueno, no atacó exactamente. Todo el tiempo, Marchetti estuvo
esperando su momento. Atrayéndonos hasta que finalmente se encontró
cara a cara con Luca. Ciertamente sabía cómo jugar este juego.
Después de que Nonno me encontrara y me contara lo que había
pasado, me puso en contacto con el hombre que sabía a dónde llevaba
Marchetti a los hombres para torturarlos. Ni siquiera Nonno tenía esa
información.
Así que ahora, rescatar a Cassio, Luciano, Sasha y, lo más importante,
a mi marido, recaía sobre mis hombros. Se sentía como una maldita
trampa.
—¿Esta es la casa segura? —pregunté incrédula mientras hacía
comillas en el aire alrededor de la palabra casa segura.
El contacto de Nonno asintió. El edificio de ladrillo gris parecía haber
resistido la Primera y la Segunda Guerra Mundial. ¡Y el nombre! Qué
maldito nombre para una casa de tortura. Realmente debería considerar
cambiar el nombre por el de cámaras de calabozos.
—¿Vas a estar bien? —me preguntó. Acababa de conocerlo, pero
parecía preocupado por mi plan.
—Sí, mis hermanos me ayudarán —le dije, mientras el miedo me
aplastaba la tráquea. Al menos sabía que estaba en un lío y llamé a mis
hermanos, que lo dejaron todo para venir al rescate.
—Bien.
Le lancé una última mirada. Lo llamaban el Príncipe Amargo. El hijo
ilegítimo del Don Italiano. Si me preguntas, él era el mejor hijo. Estaba
más cuerdo que su hermano, que estaba en línea para heredar el negocio
de su familia.
El Príncipe Amargo nos ayudaría y la familia DiMauro lo ayudaría a
él cuando fuera el momento adecuado.
Dios, era hermoso. Podía ver por qué las mujeres se enamoraban de
él. Un metro ochenta de músculos vestidos con jeans oscuros y una camisa
blanca abotonada que contrastaba con su piel. Esos pómulos altos. Cabello
grueso y castaño. Ojos tan oscuros como la noche.
No parecía italiano, pero tenía tanta sangre italiana como mi hija. Su
aspecto era una combinación de la ascendencia italiana de su padre y la
herencia asiática de su madre. Su exótica apariencia física venía del lado
de su madre. Algunos pensaban que no tenía suficiente italiano en él para
hacerlo digno, mientras que otros pensaban que su apariencia física era
una desventaja, los idiotas, pero yo no estaba de acuerdo. El hombre era
hermoso y su carisma estaba fuera de serie. Sería mucho mejor heredero
de la mafia de su padre que cualquier otra persona, en mi opinión.
Me miró de reojo, conectando mis ojos a los suyos.
—Asegúrate de cumplir tu palabra.
Asentí.
—Si salimos vivos de esta, todos los envíos a la costa oeste de mi
marido pasarán por tus puertos —le dije. Esperaba que le ayudara a
conseguir lo que quería—. Además, Nonno quería que te transmitiera un
mensaje. —Esperó a que continuara—. Cuando estés listo para tomar el
mando y necesites ayuda, la familia DiMauro te apoyará.
Asintió escuetamente y luego su mirada se desvió hacia la ventana del
auto, donde Penelope dormía en su asiento, ajena a lo que estaba a punto
de ocurrir. Confiaba en Nonno, pero no podía soportar dejarla con él.
Además, Marchetti indicó que quería vernos a Penelope y a mí. Si mi
misión de rescate salía mal, la necesitaba cerca.
—Buena suerte, Margaret DiMauro.
Desapareció en la noche sin mirar atrás.
El zumbido del motor del auto calmó mis nervios. Saqué mi teléfono
y le envié la dirección a Aiden. Necesitaría la ayuda de mi hermano para
sobrevivir a esto.
—Aguanta, Luca —murmuré—. Por tu hija.
Porque sabía que no aguantaría por mí.
CAPÍTULO 50
Luca
Marchetti estaba conteniendo sus golpes.
No es que importe una mierda. De todos modos, al final estaría
muerto.
Las maldiciones rusas de Sasha junto con las italianas de Cassio y
Luciano resonaron en el oscuro sótano. Ya llevamos aquí dos… no, tres
días. Me sorprendió que los hermanos Nikolaev no hubieran atacado y
bombardeado todo este país en pedazos. Grace y los amigos de su marido
y los socios de Cassio no se quedarían atrás.
Como no había pasado nada, excepto que Marchetti jugando juegos
mentales conmigo, probablemente significaba que todavía no sabían que
Sasha había sido capturado.
—¿Realmente pensaste que era prudente mentirme? —preguntó
Marchetti con voz fría—. Primero sobre la trampa y luego engañarme para
que pensara que finalmente habría una unión de la línea DiMauro y
Marchetti.
Me encogí de hombros. —Sinceramente, te centras en las cosas
equivocadas. —Cuando ladeó la ceja, continué—: Tienes que preocuparte
por tu hospitalidad. —El hijo de puta vestía ropa blanca para esta paliza—
. Y tu bonito traje está arruinado. Lavar la sangre es una perra.
—Tal vez quiero que tus amigos en la celda de al lado vean el daño
que he hecho al pasar junto a ellos.
—Awww, ¿no somos un poco mayores para presumir?
Se negaba a ser provocado. Por supuesto, ¿por qué demonios iba a
importarle? No tenía nada que demostrar. Mis ojos parpadearon detrás de
él hacia sus hombres. Dante Leone y Giovanni Agosti, sus dos constantes.
Marchetti, Leone, Agosti, Romero y DiMauro: los cinco apellidos
más importantes del inframundo, del imperio caído. Los jefes de esas
familias eran conocidos como reyes.
—¿Vas a darles un turno? —dije, señalando detrás de él hacia donde
los dos hombres estaban apoyados contra la pared—. Ya sabes, por el bien
de la variedad.
Marchetti se rio entre dientes.
—Siempre fuiste un hijo de puta testarudo.
—Gracias. Me lo tomaré como un cumplido.
La sangre goteaba por mi ceja y nublaba mi visión. Jesús, el tipo
apenas empezó a trabajar conmigo. No podía desmayarme. Todavía no.
Debería haber dormido más antes de ir tras Guido. En vez de eso, insistí
en permanecer despierto durante días.
¡Mierda! La retrospectiva era una perra.
Debería haberlo planeado mejor. O al menos haber tomado una siesta.
—Ya sabes, Marchetti. No soy fanfarrón, pero tengo que decir que
mis calabozos son mucho mejores. Más oscuros y aterradores. Más
medievales. Este solo está bien.
Podía escuchar las maldiciones en ruso de Sasha desde la celda de al
lado.
—Luca, cállate la puta boca.
Me reí.
—Eso viniendo de un tipo que se burló de su cuñado en la iglesia
mientras secuestraba a la novia.
—Marchetti, ¿por qué no empiezas con nosotros? —Luciano intentó
llamar su atención—. Me siento poco querido.
—Mis agravios no son contigo —dijo Marchetti, sin caer en la
provocación—. Esto es entre Luca y yo.
—Y si lo matas, esto quedará entre todos mis amigos, tú y yo —siseó
Cassio, siempre el hermano mayor protector.
Mis captores le ignoraron. Tenían la ventaja y lo sabían.
—Es una lástima que no hayas hablado con tu mujer del futuro de
nuestros hijos —dijo Marchetti como si no se oyeran gruñidos molestos
procedentes de la celda de al lado—. Sin embargo, puedes estar seguro de
que el matrimonio se producirá antes de mi último aliento. Con los padres
de la pequeña Penelope vivos o muertos.
Me sacudí contra las ataduras, la furia bombeando lentamente por mis
venas y quemando cada célula de mi cuerpo.
—Si tocas a Margaret...
La frase inconclusa y la amenaza quedaron suspendidas en el aire
cuando su puño se conectó con mi mandíbula. Las estrellas se agolparon
en mi visión y los fuegos artificiales estallaron detrás de mis párpados.
—Si quisiera hacerles daño, estarían muertas —advirtió Marchetti—
. He sabido dónde estaban todo este tiempo, Luca DiMauro. ¿Por qué crees
que tú y tus amigos no pudieron encontrarlas?
Rugí, dejando salir todos los meses y años de ira, frustración,
amargura y miedo. Casi tres años de tortura. Casi tres años de ira, siendo
reemplazada por el miedo de que tal vez, solo tal vez, mi esposa e hija
hubieran sido asesinadas. Nadie desaparecía tan eficientemente, y menos
una mujer que no tenía experiencia en desaparecer.
—Voy a acabar contigo —dije con voz áspera—. Aunque sea lo
último que haga, voy a hacerte pedazos. Mi hija nunca se casará con tu
hijo.
Su arma en la parte posterior de mi cabeza me llevó a la oscuridad.
CAPÍTULO 51
Margaret
Había preparado una bolsa y algunas cosas que a Penelope siempre le
encantaba tener con ella. También llevaba conmigo un arma y algunas
otras cosas necesarias en caso de que las cosas salieran mal.
Están destinadas a salir mal, susurraba mi razón.
Pero sabía que mis opciones eran limitadas. De hecho, inexistentes.
Marchetti sabía dónde estaba, tanto si no hacía nada como si optaba por
salvar a mi marido. Así que salvar a mi marido estaba definitivamente en
mi agenda.
Él me salvó. Ahora, yo lo salvaría a él.
Un arma enfundada estaba atada a mi pecho debajo de la gabardina.
Parecería que en algún momento de los últimos tres años mi aversión a los
cuchillos se había curado. Todo lo que tuve que hacer fue enfrentarme a
mis recuerdos y a lo que ocurrió aquel día en que murió mi padre. El resto
era historia.
Llevaba un cuchillo en la parte trasera del pantalón y otro en la funda
que envolvía mi pantorrilla, metido dentro de las botas. Llevaba jeans y
eso ocultaba bien mis armas. También tenía dos jeringuillas -una con
adrenalina y otra con un sedante- en los bolsillos. Realmente esperaba no
tener que usarlas.
Hacía casi tres años que no veía a Luca. Casi tres años desde que él
había visto a su hija.
La culpa me atravesó, pero la empujé hacia atrás.
Había imaginado un millón de escenarios de mi reencuentro con mi
marido. Este nunca fue uno de ellos. Rescatándolo de Marchetti. El
hombre al que le prometió nuestra hija.
Regresé a la camioneta que alquilé para asegurarme de tener
suficiente espacio para todos y conduje alrededor de la cuadra. En Roma,
eso llevaba más tiempo de lo normal. Quince minutos después, finalmente
me detuve frente a la casa segura. Corrección, casa de tortura. No había
nada seguro en aquel lugar.
Puse la calefacción para asegurarme que el auto estuviera caliente
para mi bebé antes de salir. Aiden me esperaba entre las sombras. En el
momento en que nuestras miradas se cruzaron, las emociones se
apoderaron de mí.
—Hermano —me atraganté, apenas capaz de pronunciar las palabras.
Me dio un abrazo y esa colonia familiar abrumó todos mis sentidos.
—Mi hermanita. —Su voz tenía una nota de aspereza, evidente
desesperación en ella—. Casi tres años. Me he preocupado por ti todos los
días, hermanita.
—Lo sé —dije con voz áspera. Y todo fue en vano porque de los
únicos que me escondía eran de mi familia—. Gracias por ayudarme.
—Siempre —dijo con voz áspera—. Siempre estaremos aquí para ti.
Lo apreté fuerte, mi cara en su pecho, incapaz de encontrar palabras.
Se me hizo un nudo en la garganta. Tres años de soledad me alcanzaron.
Tenía a mi bebé conmigo, pero mis hermanos también eran familia.
—Nos sentimos menospreciados. —Una voz familiar vino de detrás
de mí y me aparté—. Hola, hermanita.
Encontré a Tyran y Kyran observándome con el mismo ceño fruncido
y preocupación.
Suspiré.
—¿Casi tres años y ningún beso?
Tyran me rodeó los hombros con un brazo y Kyran hizo lo mismo.
Ambos me emparedaron entre sus grandes cuerpos. Gemí suavemente.
—Me están asfixiando —me quejé.
—No podemos evitarlo. Eres nuestra hermanita.
Emociones espesas me asfixiaron, haciéndome más difícil respirar y
pensar. Pero ahora necesitaba tener la cabeza despejada. Nonno me
advirtió que Marchetti podría necesitar una confirmación mía sobre el
arreglo que Luca había hecho con él para salvarme la vida cuando vagaba
tan despistadamente por el país que estaba en contra de los Callahan.
En retrospectiva.
La mirada que Nonno me dirigió cuando lo dejé se sintió como un
cuchillo atravesando mi corazón. No me preguntó qué haría. No me
preguntó si reforzaría el acuerdo de matrimonio de mi hija con el hijo de
Marchetti.
Creo que temía la respuesta.
No teníamos tiempo para el pasado, ni para reflexionar sobre los “y
si”. Salvaría a Luca, luego averiguaría a dónde ir desde allí.
—Entonces ¿quién se queda a cuidar a su sobrina favorita? —
pregunté, mirando a mi hija que todavía dormía profundamente con una
pequeña sonrisa en los labios. Sus rizos oscuros caían en cascada por su
rostro, obstaculizando un lado.
Mis hermanos siguieron mi mirada y al instante sus expresiones se
suavizaron.
—Uf, luchar contra los italianos o vigilar a nuestra sobrina. Es una
decisión difícil —declaró Kyran, sonriendo. No hacía falta ser un genio
para saber qué elegiría.
Tyran le dio un golpe en el hombro.
—Es una jodida obviedad. —Los gemelos compartieron una mirada
y sonrieron—. Nos encargaremos de nuestra sobrina. —Luego, como si
no pudiera resistirse, miró a Aiden—. Nuestro hermano mayor tiene miedo
de los pañales.
Aiden lo miró con los ojos entrecerrados.
—Ella ya no usa pañales, tú…
No se le ocurrió la palabra adecuada para Tyran, así que solo gimió y
sacudió la cabeza como si intentara convencerse de que no valía la pena
enojarse por ellos dos.
Así que Aiden cambió al modo de líder en su lugar.
—Bien, ustedes dos mantengan a nuestra sobrina a salvo. A toda
costa. —Se volvió hacia mí—. Tú y yo sacaremos a tu marido. —Asentí.
Sus ojos se entrecerraron en mí—. Y luego, nos vamos a casa. No más
esconderse, hermana.
Asentí.
Tyran se deslizó en el asiento trasero, sentándose junto a la pequeña
Penelope mientras Kyran se sentaba al volante, listo para sacarnos de aquí.
No me preocupaba que mi hija se despertara viendo sus caras. Había
compartido sus fotos con ella. Se las sabía de memoria.
Aunque la realidad era muy distinta a las fotos. No podía llevarla
conmigo, así que esta era la siguiente mejor opción.
Aiden me llevó adentro, pero antes de que entráramos, tiré de su
manga.
—¿No seremos atacados en el momento en que entremos?
Se encogió de hombros con indiferencia.
—He despejado todo el primer y segundo piso.
—¿Cómo obtuviste acceso a él? —susurré.
Sonrió.
—Soy bueno con las damas —respondió, lo que por supuesto no era
una respuesta en absoluto.
—No quiero saberlo —murmuré—. Te lo juro, Aiden, algunas cosas
nunca cambian.
Dejó escapar una suave risita.
—Me alegro de tenerte de vuelta, hermanita.
—Lo mismo digo. —Mis ojos buscaron en el área principal—. Ahora,
recuperemos a mi marido.
Avanzamos lenta y cautelosamente por el primer piso. El suelo de
roble oscuro crujía a cada paso, haciendo que mi corazón latiera
salvajemente en mi pecho. Ser atrapada no era una opción. Pasamos por
delante de una sala de estar con alfombra verde lima y sillas feas. Los
cadáveres se amontonaban en un rincón y sacudí la cabeza.
—¿Tu obra? —susurré.
Aiden parecía no estar arrepentido. No es que pensara que estaba
equivocado, pero al menos traté de mantener mi recuento de asesinatos en
dígitos bajos.
Negué con la cabeza. A continuación pasamos por una sala de
seguridad. Vacía, un guardia desplomado con una bala en la sien. Mis ojos
se fijaron en la pantalla. Mostraba a Luca. Atado a la silla, con la cabeza
baja. La sangre se acumulaba a su alrededor, en el suelo. No tenía buen
aspecto.
—¿Sigue vivo? —Jadeé, mi corazón retorciéndose en mi pecho.
Había tres hombres allí, probablemente trabajaban para Marchetti. Por
supuesto, ninguno de ellos era él. Nunca creí que Marchetti torturara por
su cuenta, pero algo me decía que ciertamente tenía estómago para ello.
Apostaría mi vida en ello.
Aiden siguió mi mirada.
—Sí. Es un hijo de puta duro.
Levanté los ojos para encontrarme con la mirada de mi hermano. Solo
ahora vi sombras oscuras extenderse bajo sus ojos. Conocía bien a mi
hermano. En cuanto me puse en contacto con él, probablemente exploró
toda la ciudad y comenzó a trabajar en la agenda de Marchetti.
—Aiden —empecé, manteniendo la voz baja.
—¿Eh?
—Gracias —susurré—. A los tres.
Los labios de Aiden se curvaron y su expresión se suavizó.
—Eres familia. Siempre serás familia, hermanita. Tanto tú como mi
sobrina. Independientemente del apellido que lleven.
Tragué, agradecida por mis hermanos. Tuve más suerte que muchas
otras chicas en nuestro mundo. La mayoría de los hombres en el
inframundo veían a las chicas como un medio para usarlas para alianzas o
distracciones. Mis hermanos siempre me habían protegido y cuidado.
Entramos en el sótano. El olor a sangre y moho permanecía en el aire.
Las tenues luces apenas iluminaban el camino, pero la mayoría de las
personas que deambulaban por este lugar probablemente sabían orientarse
con los ojos vendados.
Me asomé por una puerta y un pequeño jadeo me dejó. Cassio,
Luciano y Sasha estaban tumbados en una pequeña cama de metal
completamente vestidos, con los pies cruzados y los brazos detrás de la
cabeza.
—Psst. —El suave sonido era apenas un susurro.
Los tres pares de ojos se posaron instantáneamente en la puerta. El
alivio inundó la expresión de Cassio. Exasperación la de Sasha. Y
agotamiento la de Luciano.
Los tres se pusieron de pie.
—Mierda, esperaba que no aparecieras —susurró Sasha—.
Bombardear este lugar con mis hermanos sería muy divertido.
—No le hagas caso —murmuró Cassio—. Él está loco.
—Mujer, sácanos de aquí —refunfuñó Luciano en voz baja—.
Seguramente mi mujer me está extrañando. Sé que yo la extraño.
—Desearías que tu esposa te extrañara —se burló Aiden, luego se
arrodilló, su cara paralela a la cerradura—. Probablemente esté aliviada de
ser viuda. —Luciano gruñó, pero antes que pudiera decir algo más, Aiden
lo detuvo—. Ahora todos cállense para que pueda concentrarme en abrir
esta cerradura antigua.
Le tomó menos de un minuto abrirla. En el momento en que se abrió
la puerta, Cassio me abrazó.
—Gracias, Margaret. Sé que soy la última persona a la que quieres
salvar. Nosotros...
Lo detuve. —Guárdalo. Nada de eso importa. Tomemos a Luca y
larguémonos de aquí.
Me dio un breve asentimiento. Al menos ahora éramos más.
Todos nos dirigimos a la última celda del pasillo. Nos quedamos junto
a la última puerta, con gruñidos y palabras agudas viajando por el aire.
—Yo entro primero —susurró débilmente Aiden. Cassio parecía
querer protestar, pero Aiden lo detuvo, con la palma de la mano hacia él—
. Han estado encerrados durante días. Soy nuestra mejor opción.
—Ya te gustaría —refunfuñó Sasha débilmente.
—Ignóralo —gruñí—. Tenemos que agarrar a Luca y largarnos de
aquí antes que Marchetti aparezca. Ustedes pueden hacer una competencia
de testosterona en otro momento.
Aiden le entregó su arma de repuesto a Cassio, yo le di la mía a Sasha
y luego le entregué mi cuchillo a Luciano.
—No soy buena con los cuchillos —murmuré.
—No me digas —comentó con ironía—. Ustedes las mujeres, van en
busca de su libertad y vuelven expertas en robar y matar.
Le miré sin comprender.
—Está hablando de otra persona —susurró Cassio—. Ahora todos,
mantengan su enfoque.
Todos nosotros, algo armados, compartimos una mirada. Con un
fuerte asentimiento de Aiden, su bota salió volando y abrió la puerta de
una patada. Eficientemente, como si hubieran practicado esto un millón de
veces, los hombres se movieron en sincronía, matando a los guardias en la
habitación que fueron sorprendidos. Lo mejor que podía hacer era
quedarme atrás y dejar que hicieran lo suyo. Áine y yo estábamos
acostumbradas a pelear juntas, pero con estos hombres, solo sería un
estorbo.
Mis ojos se posaron en Luca, mientras mi hermano eliminaba a los
hombres de Marchetti con un arma, su silenciador hacía que todo pareciera
un evento de mimos. Gruñidos causados por Luciano apuñalando a otro,
luego rompiéndole el cuello para mantenerlo en silencio. Un hombre
tropezó con el suelo. El otro hombre cayó hacia atrás. El tercer hombre se
arrodilló, con la cara aplastada contra el muro de cemento. Tan apropiado
que moriría con la cara bañada en la sangre de Luca.
Una vez que todos fueron sacados, entré en la habitación.
Mis ojos recorrieron el cuerpo desnudo de mi marido. Solo tenía
puestos su bóxer negro, sus brazos y piernas atados. Contusiones y cortes
cubrían casi cada centímetro de él. Mi corazón se encogió al verlo así.
Había una mesa en el extremo derecho, llena de herramientas Grizzly.
Algunas todavía tenían manchas de sangre. Los ojos de Luca se abrieron.
Esos ojos con los que había soñado durante los últimos tres años se
encontraron con los míos. Robaron el aliento de mis pulmones.
Supongo que algunas cosas nunca cambian, pensé.
Una sonrisa oscura torció la boca de Luca. Una emoción que nunca
antes había visto en su mirada me retorció el estómago. Era desprecio.
Decepción.
—Hola, esposa. —Sus palabras salieron a través de una tos áspera.
Luca me miraba en silencio mientras sus ojos se deslizaban por mi cuerpo
hasta mi mano que aún sostenía un arma—. ¿Viniste a matarme tú misma?
Algo en su acusación me atravesó el corazón. Pero entonces, ¿qué
esperaba? Lo dejé. Hace casi tres largos años.
Caí de rodillas frente a él, arrodillándome en el piso pegajoso, mis
jeans empapados en su sangre. Sus ojos volvieron a posarse en mi cara,
mirándome con esa forma inquisitiva que había llegado a conocer desde el
momento en que nos conocimos. La misma curiosidad que veía en los ojos
de mi hija todos los días.
—¿Dónde está mi hija? —preguntó.
—Está a salvo —le dije.
—Me la robaste. —La acusación en su voz, incluso en su maltrecho
estado, era asombrosa—. Me robaste a mi hija, Margaret. Tres malditos
años.
—Tú malditamente la vendiste —lo acusé, manteniendo mi voz baja.
—Tres años. —Dios, la mirada que me dio casi me rompió el
corazón—. Sin saber si mi hija estaba viva o muerta. ¿Sabes cómo se siente
eso?
Me incliné sobre él y empecé a trabajar en la cuerda. No había
palabras que pudieran mejorarlo. Tenía miedo por nuestra hija debido a
una promesa que le hizo a un extraño. Todo nos trajo hasta aquí.
—Ustedes dos tendrán que resolver eso más tarde —siseó Cassio—.
Ahora no es el momento.
—Debería haber sabido que sus hermanos lo sabían todo este tiempo
—acusó Luca, mirando a Aiden. Mi marido no debe haber sido herido de
muerte si todavía tenía energía para culpar y mirar a mi hermano.
—No sabíamos dónde estaban —espetó mi hermano mientras Luca
se tensaba—. Pero que me condenen si pierdo un solo minuto discutiendo
sobre ello. Ellas están de regreso. Ustedes dos resuelvan su mierda. Si no
por ustedes dos, entonces por mi sobrina. Si me pierdo otro día de su vida,
los mataré a ambos yo mismo.
Mis ojos se enfocaron hacia mi hermano.
—Caramba, gracias —gruñí secamente.
—Matrimonio, una aventura gloriosa —siseó Luciano—. Me gustaría
volver al mío. Llevo días sin mi familia.
—Solo sácame de este maldito lugar —se quejó Luca, ignorándolos
a todos—. Quiero ver a mi hija.
—¿Qué tan mal herido estás? —murmuré, mirándolo mientras
cortaba sus cuerdas—. ¿Puedes salir de aquí?
—No es tan malo. —Su voz era ronca, su mano temblaba. Se me hizo
un nudo en la garganta y me temblaron los dedos al meter la mano en el
bolsillo de la gabardina. Saqué la jeringa.
—Es adrenalina —le dije en voz baja mientras apuntaba a su muslo—
. Te dará un impulso hasta que lleguemos a la casa de Nonno.
Ignoré los ojos de Aiden, perforando la parte posterior de mi cabeza.
Supuso que volvería a Nueva York. Esa no era una opción. Traería la
guerra y pondría en el punto de mira a todos los que nos rodeaban.
Luca asintió, y cuando dudé, simplemente dijo con voz áspera:
—Hazlo.
Lo inyecté y al instante se estremeció. Cuando sus ojos se encontraron
con los míos, sus pupilas estaban dilatadas, el color avellana de sus ojos
había desaparecido casi por completo.
—Larguémonos de aquí —instó Sasha.
A continuación, con la ayuda de Cassio, trabajé en las ataduras de los
tobillos. Tomó mi cuchillo, metió la hoja debajo de la cuerda y la cortó
cuando escuché el crujido de la puerta. Me puse de pie, bloqueando a Luca
con mi cuerpo.
La adrenalina tuvo que ser la decisión correcta, porque se levantó, alto
y fuerte, como un dios de la venganza cubierto de sangre. Pero sabía que
era solo una percepción. Él estaba cansado. Necesitábamos salir de aquí
rápido.
—Ah, señora DiMauro. Bienvenida. —Marchetti entró en la
espantosa habitación luciendo como si acabara de salir de la pasarela con
su costoso traje, las manos metidas en los bolsillos mientras dos hombres
lo seguían apuntándonos con armas—. Me preguntaba cuándo haría su
aparición.
Se detuvo a dos metros de mí.
—Aléjate malditamente de ella —gruñó Luca al mismo tiempo que
Aiden maldecía en gaélico, Sasha en ruso y el resto en italiano. Era un
asunto internacional.
—Toca a mi hermana y será lo último que hagas, maldito italiano.
Encantador, ya estábamos insultándonos. Por supuesto, era discutible
decirle a Aiden que acababa de salvar a Luca que también era italiano.
Todos los hombres intentaron empujarnos a Luca y a mí detrás de
ellos formando un muro.
—Basta, ustedes cuatro —espeté—. No pueden arreglar esto por
nosotros.
—Déjame matarlo. —Sasha parecía lleno de adrenalina y ni siquiera
se había puesto la inyección. Tal vez solo estaba entusiasmado con el gen
psicótico de los Nikolaev. Después de todo, sus formas desquiciadas eran
mundialmente famosas.
Marchetti no parecía preocupado, sus ojos estaban fijos en Luca y en
mí.
Mis dedos se cerraron alrededor del arma, apenas sobre el gatillo.
—Yo no haría eso si fuera tú —me dijo Marchetti, con su acento
italiano como única advertencia de que no estaba tan tranquilo e
impasible—. Odiaría decirle a tu hija que tuve que matar a sus padres
cuando se case con mi hijo. Tus hermanos y ella están actualmente
rodeados afuera.
Nuestros ojos se encontraron. Solté el seguro del arma.
—No puedes tenerla —susurré—. Está mal obligar a nuestros hijos a
casarse. O pagar por los pecados de sus padres. Ellos… —Tragué un nudo
en mi garganta—. Se merecen más que eso.
Marchetti me miró con curiosidad.
—¿Así que huiste porque tu marido y yo llegamos a un acuerdo sobre
nuestros hijos?
Antes que pudiera responder, Luca lo hizo.
—Nuestros asuntos matrimoniales no son de tu incumbencia,
Marchetti. —Luca escupió al suelo, limpiándose la sangre de la boca con
el dorso de la mano—. Por cierto, tus dotes de consejero matrimonial
apestan.
Marchetti levantó la comisura de los labios. Era bueno saber que lo
estábamos divirtiendo.
—Escucha, voy a llevarme a mi hermana y a su marido a casa —
intervino Aiden, con su arma apuntando a Marchetti—. Este matrimonio
concertado entre sus hijos puede discutirse durante los próximos veinte
años. Penelope tiene dos años, por el amor de Dios. No es como si
estuviera lista para casarse con alguien a corto plazo.
—A menos que estos viejos hijos de puta prefieran enviar a sus hijos
a la iglesia para que se casen en lugar de un patio de recreo para jugar —
se burló Sasha.
—No me extrañaría de ellos —gruñó Aiden—. Tan viejo y jodido
como es este lugar.
Los ojos de Marchetti permanecían fijos en mí, sin siquiera
molestarse en reconocer a mi hermano ni a los otros hombres. Sus ojos
permanecían fijos en mí. Había algo que él quería de mí. Mi instinto me
dijo que la única forma de salir de aquí era dárselo. O causaría la muerte
de mi marido, de sus amigos, de mi hermano, posiblemente de otros, y de
mí...
—Última oportunidad, señora DiMauro. Dígame la verdad sobre por
qué desapareció y por qué su marido, su familia y sus amigos fingieron
que nunca se había ido.
El temor llenó mis pulmones. El miedo nadaba por mis venas. El
futuro parecía más sombrío que nunca.
—Quieres a Penelope muerta por lo que ha hecho la familia de Luca
—dije con voz áspera. La acusación era inequívoca—. Por la trampa. Te
importa una mierda el arreglo de la boda.
El rostro de Marchetti permaneció como una máscara inmóvil, pero
sus ojos parpadearon con algo oscuro. Algo peligroso. Y mi corazón se
aceleró tan rápido que temía que me diera un ataque al corazón si no me
calmaba.
—Explícate.
Una palabra. Una demanda. Un error.
Sabía sin lugar a dudas que Marchetti no sabía que Benito le había
tendido una trampa hasta que acabé de pronunciar esas palabras. Mi
mirada se desvió lentamente hacia mi marido, luego hacia mi hermano.
Aiden estaba igual de confuso. Luca no lo estaba.
Mi marido se tambaleó hasta colocarse frente a mí, bloqueándome la
vista. Aunque no sería difícil llegar hasta mí. Aun así, su intento de
protección me conmovió. Quizá aún le importaba.
—Marchetti, tu ira es conmigo —dijo Luca, con voz ronca—. No con
mi mujer. No con mi hija.
—A menos que quieras que tu mujer, tu hermano, tus amigos y tus
cuñados mueran, dejarás que tu mujer hable. —La voz de Marchetti se
sintió como un látigo frío. Luca no lo toleraría.
—Y tendrás cuidado con lo que dices —gruñó Luca—. Nadie
amenaza a mi familia y amigos.
Mi hermano fue el que finalmente intervino. —Solo han hecho falta
tres años para que me llames familia —señaló Aiden, entrecerrando los
ojos hacia mi marido—. Teniendo en cuenta que desapareció durante tres
años, sin decir una palabra a nadie, a mí también me gustaría saber qué
diablos está pasando.
Tragué, mis ojos saltando entre los hombres. De repente, no estaba
segura de quién mataría a quién. ¿Sería Marchetti? ¿Sería mi hermano?
Esta no era la forma en que se suponía que debía ir. Era un rescate. Entrar
y salir.
Marchetti sacó su propia arma y me apuntó al cráneo. De alguna
manera, sabía que este hombre no fallaba. Si me quisiera muerta, ya estaría
muerta. Si quisiera a mi hija muerta, ya estaría muerta. Dios mío, Tyran y
Kyran, Penelope. Tal vez ya estaban heridos, esperándonos.
Armándome de valor, adelanté a Luca y me encontré con la mirada
oscura de Marchetti.
—Aiden, dame tu palabra de que no harás nada imprudente —dije,
sin vacilar nunca ante el peligro inmediato—. Especialmente hacia mi
marido.
Siguió un tenso silencio. Esto era malo. De repente, supe que sería
malo.
—Aiden —supliqué.
—Te lo prometo.
Inhalando una respiración profunda, la solté lentamente. No quería
decírselo a mi hermano. No quería separar a nuestra familia más de lo que
ya estaba.
—Cuando tenía cinco años, mi padre y yo regresamos a casa
temprano de una excursión —comencé, mi voz vacilante—. Demasiado
temprano. Para encontrar a mi madre con su… —Mi voz se cortó y tuve
que tragarme un nudo en la garganta—. Con su amante, Benito King. Da
me ordenó que saliera, pero me quedé. —Podía sentir los ojos de Aiden
sobre mí, preguntándose hacia dónde iba—. Benito tenía a su hijo como
vigía —susurré—. Un niño con un arma. Ese chico le disparó a mi padre,
y su padre culpó a tu familia.
La mirada de traición en el rostro de Aiden me partió por la mitad.
Los fantasmas y los secretos ya no llamaban a nuestra puerta. Estaban
presentes, llenando cada rincón de esta habitación oscura y lúgubre.
—Todo este maldito tiempo —gruñó Aiden, rompiendo el silencio—
. Nunca dijiste una maldita cosa. —La mano de mi hermano rodeó la
garganta de Luca, pero mi marido se negó a caer sin luchar—. Y te casaste
con él.
Olvidando la forma inmóvil de Marchetti, empujé mi cuerpo entre mi
hermano y mi marido.
—Para, Aiden. ¡Basta!
—¿Cómo pudiste? —El dolor en el tono de Aiden se sintió como
cuchillos tallando mi pecho.
—Recordaba a Da siendo disparado en pedazos escalonados cuando
conocí a Luca. Al principio, pensé que fue Benito quien le disparó —
susurré—. Pero no fue hasta que escuché a mamá y a Luca en la biblioteca
que lo recordé todo. Mamá quería a mi hija muerta. Ella me quería muerta.
La conmoción en el rostro de Aiden era palpable.
Lentamente, volví a centrar mi atención en Marchetti, cuyos ojos
oscuros seguían clavados en nosotros. Como si se estuviera debatiendo
entre creerme o no.
—Estaba enojada porque Luca hizo un trato contigo y te prometió
nuestra hija sin hablar conmigo. Pero fueron las palabras de mi madre las
que me hicieron hacer las maletas y dejarlo todo atrás. El miedo a que
hicieras pagar a Penelope con su vida por lo que hizo el padre de Luca. —
Los ojos de Luca me fulminaron—. El montaje de Benito le costó la vida
a tu hermano.
Esperé. A qué, no estaba segura.
Luca me empujó detrás de él, protegiéndome con su maltrecho
cuerpo.
—Nos vamos, Enrico. —Era la primera vez que escuchaba a Luca
llamarlo por su nombre en lugar del apellido—. Nadie tiene por qué salir
herido. Si quieres acabar conmigo, acaba conmigo. Pero ellos no tienen
nada que ver.
—Curioso, porque desde mi punto de vista, todos tienen que ver.
La mirada de Marchetti pasó de Luca a mí, luego de nuevo a él. Luego
a mi hermano. Curiosamente, era el rostro de mi hermano el que reflejaba
más rabia que el de Marchetti. Temía que, aunque saliéramos de ésta,
haber perdido a mi hermano.
Tragué la emoción creciente.
—Por favor, déjanos ir —me dirigí a Enrico. Ya lidiaría con la ira de
Aiden por separado.
—Crees que después de una noticia así pueden irse, ¿eh? —dijo—.
Así, sin más.
—Sí, solo así. —Dejé escapar un suspiro tembloroso—. Por el futuro
de nuestros hijos.
La sonrisa de Marchetti no llegó a sus ojos.
—Pero me dijiste hace unos minutos que no quieres que tu hija se
case con mi hijo.
El cuerpo de Luca se hundió apenas un centímetro, pero lo noté. Esa
inyección de adrenalina no duraría mucho. Dios, esto no estaba yendo nada
bien. Cerré los ojos y luego los abrí lentamente.
—¿En realidad quieres que tu hijo se case con nuestra hija? De
cualquier manera que lo pongas, nuestras familias fueron responsables de
la muerte de tu hermano.
—Que sea tu ofrenda de paz. —Los fríos ojos de Enrico se
encontraron con los míos—. La manera de traer la paz a cinco familias.
Una batalla se desató en mi interior. Si aceptaba, podríamos tener una
oportunidad de salir de aquí. Si no lo hacía, probablemente no la
tendríamos. Pero no podía aceptar entregar a mi hija. ¿Y si su hijo era un
chico cruel y trastornado? ¿Debería exigir su próximo hijo? ¿Cómo podría
aceptar que mi hija se casara con alguien así?
—Quiero que mi hija se case por amor —dije con voz áspera, mi voz
temblando por las emociones—. ¿Cuándo acaba todo esto si no dejamos
que nuestros hijos sean felices? —pregunté en voz baja.
Marchetti miró a Luca, luego a mi hermano y de nuevo a mí.
—Por favor, no me obligues a hacerte esa promesa —le supliqué.
Enrico inclinó la cabeza. —Este acuerdo matrimonial se mantiene. Si
nuestros hijos deciden que no se quieren o no se gustan, lo reevaluaremos.
—Sentí alivio al escuchar esas palabras. Era una posible salida—. Pero
quiero tu palabra, Margaret DiMauro. Quiero tu compromiso.
Nuestros hijos no se casarían hasta dentro de dieciocho años por lo
menos. Tendría años para asegurar que el hijo de Marchetti y nuestra hija
no se cruzaran.
—Tienes mi palabra —pronuncié—. Pero no habrá visitas de tu
familia. No tiene sentido fingir que somos amigos.
Enrico negó con la cabeza.
—Tienes razón. Probablemente sea lo mejor. —Oculté mi alivio—.
Pero consideraré la muerte de mi hermano una deuda saldada una vez que
nuestras familias estén unidas.
—Bueno, ahora no podemos casar a los niños —intervino Cassio.
—Nos largamos de aquí —dijo Sasha, moviendo su arma entre
Marchetti, Leone y Agosti.
Luca me dio un ligero codazo y nos dirigimos hacia la puerta,
rodeados por Aiden, Cassio y nuestros amigos, manteniendo nuestros ojos
y nuestras armas apuntadas a Enrico y sus hombres. Ellos nos devolvieron
el favor. Caminamos de espaldas para vigilarlos.
Una vez que estuvimos afuera, vimos que los hombres de Enrico
tenían el auto rodeado mientras mis hermanos estaban de pie frente a las
ventanas con sus armas apuntando hacia ellos, impidiéndoles ver a
Penelope. Mi corazón se congeló. Nuestros pasos se detuvieron.
¿Marchetti acaba de engañarnos? ¿Salimos de esta casa de tortura y caímos
en otra trampa?
Uno de ellos tenía una mano presionada en su auricular.
—El jefe dice que son libres de irse.
Llevé a Luca al auto estacionado. Se hundió en el asiento del copiloto,
desmayándose de inmediato. Cassio, Luciano, Sasha y mis hermanos
mantuvieron sus armas apuntadas a los hombres, observando cómo se
retiraban los hombres de Marchetti.
Una vez fuera, Aiden volvió a centrar su atención en mí, con los
gemelos a su lado. Miré a mis hermanos vacilante, sin saber por dónde
empezar.
—¿Me odias? — Jadeé mientras mi pulso se aceleraba. Mis ojos
recorrieron el rostro de mi hermano mientras los ojos de los gemelos nos
miraban a los dos. La expresión sombría en el rostro de Aiden no
presagiaba nada bueno para mí ni para Luca.
Aiden me acarició las mejillas.
—No estoy enojado contigo. Eras solo una niña, pero deberías
habérmelo dicho cuando te acordaste.
Tragué. Él estaba en lo correcto. Excepto que no quería causarles
dolor. La traición de mamá los habría lastimado a todos.
—Luca también era un niño —susurré suavemente—. Por favor, no
lo mates.
—Nadie va a matar a mi hermano —amenazó Cassio con un gruñido.
Había tantos gruñidos y testosterona que me estaba ahogando en ella.
—¿Qué diablos está pasando? —Kyran se quejó.
Aiden negó con la cabeza.
—Os actualizaré en nuestro camino a casa. —Los ojos de mi hermano
mayor se centraron en mí—. No lo mataré. Por ti y por mi sobrina. Pero
hermana, no puedes seguir huyendo. Resuelve esta mierda con tu marido.
De una manera u otra. Quédate con él o vuelve a casa. —No era una
petición irrazonable—. Arreglen. Su. Mierda.
Suspiré.
—Tienes razón —admití en un susurro—. Pero hay una cosa más que
debes saber.
—¿Sí?
Mis ojos se dirigieron a los gemelos. Me preocupaba su reacción, pero
no podía guardar más secretos. Siempre fueron los favoritos de mamá. Ni
a Aiden ni a mí nos importó. Nunca fuimos cercanos a nuestra madre.
—Luca mató a mamá.
—¿Él qué? —Tyran y Kyran gruñeron al mismo tiempo.
—Cuando ella amenazó mi vida y la de Penelope, Luca perdió la
cabeza. —Me di cuenta que lo estaba justificando. La verdad era que le
perdonaría cualquier cosa a ese hombre. Excepto poner a nuestra hija en
peligro.
Pero resultó que nos mantuvo protegidas incluso mientras huíamos.
Me defendió incluso en su condición.
—¿Me estás jodiendo? —Kyran siseó—. ¡Estás defendiendo a un
hombre que mató a nuestra madre!
Mi corazón se estrujó. Sabía que se lo tomarían a pecho. Siempre
habían estado más cerca de mamá que yo.
—Por favor, traten de entender —les dije—. Ella no era tan perfecta
cómo creen. Engañaba a Da con Benito King.
Las mandíbulas de mis hermanos se apretaron y sus expresiones se
oscurecieron. El silencio era siniestro.
—Jesucristo —murmuró Aiden, rompiendo el silencio—. Dile a tu
marido que su asesinato de miembros de nuestra familia termina con
nuestra madre. Si descubro que te ha puesto un dedo encima, iré por él.
Acuerdo o no sobre Callahans en Italia.
Sí, esa era mi familia. En las buenas y las malas. No importa qué.
Debería haber sabido que nos mantendrían a salvo.
Envolví mis brazos alrededor de mis tres hermanos.
—Los extrañé tanto. Tengo que llevar a Luca de vuelta a Sicilia, pero
os prometo que me mantendré en contacto. —Di un paso atrás y me limpié
la nariz con el dorso de la mano. No fue nada elegante—. Ella los conoce
a todos. Hablamos de la familia y los tíos todos los días.
Los tres me besaron en la frente.
—Ve a cuidar de tu marido —me instó Aiden—. Tenemos el resto de
nuestras vidas para ponernos al día.
Observé sus espaldas mientras desaparecían en la noche, luego me
giré para mirar a los tres hombres que aún estaban aquí. Sasha, Luciano y
Cassio se quedaron conmigo.
—Ustedes tres tendrán que apretarse en el asiento trasero. —Con un
gruñido, abrieron la puerta trasera y se prepararon para empujar sus
grandes cuerpos, cuando recordé—. Cassio, siéntate junto a Penelope.
Reconocerá tu cara si se despierta. Ella no conocerá la de ellos.
Hizo una pausa y luego asintió.
Mientras se apretujaban en la parte de atrás, corrí alrededor del auto,
cerré la puerta y me puse detrás del volante. Penelope seguía
profundamente dormida en su asiento. Busqué detrás del asiento la manta
que había metido allí y cubrí a Luca. Todavía solo vestía bóxer y las
temperaturas ya no eran tan cálidas.
Pisé el acelerador y el auto salió disparado por la carretera. Me
conecté rápidamente al Bluetooth y llamé a Nonno. Lo último que
necesitábamos era que asumiera que habíamos fracasado y atacara a
Marchetti, causando más problemas. Más deudas que pagar.
Mi pulso se aceleró cuando contestó después del segundo timbre.
—¿Dónde estás? —Nonno preguntó de inmediato.
Miré a Luca, que estaba desplomado contra la puerta del copiloto,
respirando entrecortadamente, luego mis ojos se desviaron hacia el espejo
retrovisor para encontrar a Cassio mirándome.
—Volvemos a casa —dije entre dientes—. Estamos de camino.
—¿Marchetti lo dejó ir? —Nonno preguntó con incredulidad.
Supongo que el tipo no era conocido por la misericordia.
—Sí.
—¿Qué le prometiste?
Tragué.
—Le dije que mantendría el acuerdo entre nuestros hijos.
El silencio se prolongó. Me pregunté por qué Cassio no decía nada.
Sus ojos estaban fijos en Penelope, estudiándola con una expresión suave.
Los otros dos tenían los párpados cerrados. Tal vez esos días en el calabozo
los agotaron a todos. Mirando por el espejo retrovisor, la mirada de Cassio
parpadeó hacia mí, pero permaneció en silencio.
—¿Dónde estáis? Enviaré un helicóptero.
—Estamos saliendo de Roma.
—Margaret. —La voz de Nonno era suave—. Te lo debo. Te lo
debemos. Te hicimos daño, pero podemos arreglarlo.
Los años a solas con Penélope me dieron una perspectiva diferente
sobre lo que importaba y lo que no. Luca hizo un arreglo para salvarme.
No podía culparlo por eso. Cassio me tendió una trampa, pero nunca fue
el indicado para mí. Este hombre a mi lado era. Mi vida le pertenecía desde
el momento en que salvó a aquella niña de cinco años.
—Nada de eso importa —le dije—. Solo quiero que Luca salga de
esto. Luego seguiremos a partir de ahí.
Con suerte mi matrimonio era salvable.
—Nunca dejó de buscarte —dijo Nonno en voz baja—. Si hubiera
sabido que Marchetti te mantuvo escondida todo el tiempo, le habría
pedido clemencia antes.
Las lágrimas escocían en mis ojos. Nonno era un hombre orgulloso y
le habría pedido un favor a Marchetti solo para traernos a casa.
—Prima la famiglia —dijo suavemente a través de la línea—. La
familia ante todo.
Dejé escapar un suspiro tembloroso. Nonno era familia. Había sido
familia desde el momento en que lo conocí.
Me dolía el pecho por las emociones mientras miraba al hombre a mi
lado. Mi marido. Su cabello oscuro pegado a su frente ensangrentada. Su
cuerpo también estaba cubierto de sangre.
—Dime dónde encontrarte —le dije. No podía hablar del pasado
ahora. Solo quería sacarnos de aquí. Necesitaba llevar a mi hija y marido
a un lugar seguro.
Me dio una dirección a las afueras de la ciudad. Me detuve, la
introduje en el GPS y seguí conduciendo.
Aproximadamente una hora más tarde, conduje el automóvil hacia un
estacionamiento desierto donde ya esperaba un helicóptero. También
estaba Nonno con sus guardias. Me detuve. Cassio y sus amigos salieron
inmediatamente del auto. Corrió al asiento delantero para revisar los
signos vitales de Luca y luego lo agarró por debajo de los brazos.
Luca gimió y despertó a Penelope, quien dejó escapar un llanto al ver
un entorno desconocido y los rostros de Luciano y Sasha, a quienes no
conocía.
—La llevaste contigo para ir a buscarlo —dijo Nonno con voz áspera,
mirándome como si hubiera perdido la cabeza.
—Mis hermanos se reunieron conmigo allí —expliqué, no es que le
debiera una explicación—. Además, dijiste que nos quería a las dos. Así
que las dos estábamos allí.
Cassio abrió la boca pero Luciano puso su palma sobre el hombro de
Cassio.
—La mantuvo a salvo durante tres años ella sola —razonó con su
mejor amigo, poniéndose de mi parte—. Ellas están aquí. Ella lo salvó.
Llevémoslos de vuelta a Sicilia.
—Tienes razón —dijo Cassio—. Ayúdame a llevarlo. —Sus ojos
oscuros se dirigieron a mí y a Penelope—. ¿Necesitas ayuda con mi
sobrina?
Negué con la cabeza.
—La tengo. —Con el corazón retumbando en mi pecho, caminé hacia
la puerta trasera y la abrí para desabrochar a mi hija—. Shh —la
tranquilicé—. Todo está bien.
La levanté rápidamente, luego me enderecé y todos juntos caminamos
hacia el helicóptero. Penelope se apretó contra mí, pero su mano se acercó
a la de su padre y la tomó entre las suyas. Sus ojos se clavaron en Luca,
negándose a perderlo de vista.
—Mío —dijo mientras el helicóptero se elevaba en el aire.
Sin duda había heredado ese rasgo posesivo de su padre.
CAPÍTULO 52
Luca
Mi cuerpo dolía como un hijo de puta.
No se comparaba con el dolor detrás de mis párpados, y sospeché que
no tenía nada que ver con la luz que entraba por las ventanas y todo por
haber pasado los últimos tres días bajo la tortura de Marchetti.
Los secretos habían salido a la luz. Mi mujer y mi hija ya no estaban
escondidas. Mierda, mi mujer vino por mí. Me salvó la vida. ¿Por qué?
Sabía que fui yo quien disparó a su amado padre y aun así vino por mí.
El aroma a cítricos, aceitunas y tierra flotaba en la brisa. No
necesitaba abrir los párpados para saber. Podía olerlo en el aire. Estaba de
vuelta en Sicilia.
Al abrir los ojos, encontré a Cassio sentado en la silla junto a la cama,
mirándome.
—Finalmente. Pensé que dormirías la siesta todo el día —se quejó.
—No tienes tanta suerte —gruñí. Me moví y me senté, el palpitar en
mi cuerpo se negaba a cesar—. Parece que necesitas un baño y una siesta,
hermano mayor. —Me mostró el dedo corazón—. ¿Dónde están mi mujer
y mi hija?
Tal vez desaparecieron de nuevo. No creía que pudiera sobrevivir
otros tres años sin ellas. Diablos, no creía que pudiera durar otro día sin
ellas. Las necesitaba de vuelta.
—Están con Nonno —dijo lentamente—. Penelope nos habla como
si siempre nos hubiera conocido. —Se me hizo un nudo en la garganta—.
Por supuesto, le gusta más Nonno, aunque ha estado preguntando por ti.
—¿Por mí? —repetí, tratando de entender por qué preguntaba por mí.
Ella ni siquiera me conocía. La amargura se deslizó por mis venas como
veneno. Mi hija no me conocía. Me perdí tantas cosas.
—Sí, por ti. —Cassio me tocó el hombro, sosteniéndome la mirada—
. ¿Quieres que vaya a buscarlas?
Asentí.
Estaban aquí. En nuestra casa. Tan cerca, y sin embargo se sentían
demasiado lejos. Esperaba volver a verla, pero en el fondo temía que nunca
sucediera. Y ahora, estaba tan cerca que necesitaba verla.
—Mi hija —murmuré, saboreando la palabra en mis labios—.
Penelope. —Me encontré con la mirada de mi hermano—. Nunca pensé
que volvería a verlas. Tenía esperanzas, pero... mierda —respiré.
—Tiene tus ojos —dijo Cassio—. Se parece a su madre, pero cuando
sonríe, es toda tú. La picardía. Será una pequeña rebelde.
Mi corazón se expandió en mi pecho y mi expresión se suavizó. Mi
hija estaba de vuelta conmigo.
—Tengo que conseguir todo para una niña de tres años. Ni siquiera
sé lo que le gusta. ¿Quizás Barbies?
Cassio sonrió.
—Pregúntaselo. No tendrá ningún reparo en decírtelo.
Mi hermano se levantó y salió de la habitación para ir a buscar a mi
familia mientras mi pecho tronaba de emoción y de otro sentimiento.
Una sensación inquietante.
CAPÍTULO 53
Margaret
Dé-jà vu.
Llegamos al punto de partida. Vi a Penelope moverse entre las plantas
mientras Nonno la dirigía con una suave sonrisa en su rostro. Estaba
enamorado de su bisnieta, que charlaba con él como si lo conociera de toda
la vida.
Hace tres años, aquí empezó Luca y mi historia, nuestra segunda
oportunidad. Nuestra vida comenzó aquí. Ni en Temptation ni en Las
Vegas. No el día que mató a mi padre. Sino aquí mismo. Esta isla fue la
primera vez que pude vislumbrar al verdadero él y vi al hombre que podía
hacerme feliz.
Una vez que supe que Marchetti había sabido dónde estábamos todo
el tiempo, me di cuenta que había cometido un error de cálculo. Un grave
error.
Tres años perdidos y todo para nada.
Pensé que estaba protegiendo a nuestra hija. En lugar de eso, nos llevé
a más peligro. Estuvimos a merced de Marchetti todo el tiempo, y yo no
me di cuenta.
Luca tampoco era inocente en todo esto. Sin embargo, eso no
mejoraba nada de esto.
Cassio entró en la terraza y se sentó junto a Nonno.
—Ciao, Zio Cassio 25 —lo saludó Penelope con una sonrisa, sin perder
el ritmo.
Nonno sonrió.
—Ah, mi pequeña Penelope, vieni26. —Penelope no entendió, así que
lo repitió en inglés—. Ven.
Poniéndose en pie, se pavoneó hacia Nonno.
—Vieni —repitió, probando la palabra en sus labios.
—Así es. Aprenderás italiano rápido, piccola27 Penelope.
Embelesada con todo lo que Nonno le contaba, me prestaba poca
atención. Levanté la vista para encontrar los ojos de Cassio en mí.
—Luca está despierto.
Sin pensarlo, me puse en pie y la atención de Penelope se desvió hacia
mí. Por un momento debatí si Luca y yo deberíamos tener una
conversación a solas después de tantos años separados, pero me parecía
cruel mantener a Penelope alejada de él por un segundo más.
25
Hola, tio Cassio en italiano.
26
Ven en italiano.
27
Pequeña en italiano.
—Penelope, ¿quieres ir a hablar con papá? —le pregunté. No la
obligaría. Ha habido muchos cambios en las últimas veinticuatro horas.
Nuevo país. Nuevo hogar. Nuevas caras.
Pero mi niña ya asentía emocionada.
Estaba en su antiguo dormitorio. La habitación que habría sido
nuestra si alguna vez hubiéramos regresado juntos a Sicilia. Entramos en
el dormitorio tomadas de la mano y encontramos a Luca sentado contra la
cabecera.
Tenía mejor aspecto. Había color en su piel, pero su cara seguía
amoratada. Llevaba camisa, pero debajo de ella también había moretones.
Los ojos de Luca se encontraron con los míos y el mundo dejó de
girar. Todo se detuvo, incluidos los latidos de mi corazón. Todo se
desvaneció, dejándome en su oscuridad.
—¿Pàpa tiene una boo-boo28? —La voz de Penelope atravesó el aire
y ambos volvimos nuestra atención hacia ella.
—Sí, pero se pondrá mejor —murmuré en voz baja, luego miré a
Luca. Mi corazón dio un vuelco al ver la mirada en sus ojos. Él la miraba,
atónito y con tantas emociones -amor, reverencia, felicidad- que sentí que
mi garganta se apretaba con una mezcla de felicidad y nostalgia.
Nos acercamos a la cama y, todo el tiempo, él miraba a nuestra hija
como si tuviera miedo de que desapareciera.
Me senté en la cama junto a él y levanté a nuestra hija para que hiciera
lo mismo, colocándola frente a mí.
28
Una lesión generalmente trivial (como un moratón o un rasguño) usado especialmente por o de un
niño.
—Hola, Pàpa.
La expresión de Luca contenía asombro y mucha ternura, y de repente
supe que, incluso si los dos no encontrábamos el camino de vuelta el uno
al otro, esta era la decisión correcta.
Extendió la mano y acarició suavemente la mejilla de Penelope.
—Hola, princesa. —Lo vi tragar, luchando contra sus emociones. Él
podría tener reparos sobre mí, pero no tenía nada sobre nuestra hija—.
Hablas muy bien. La última vez... —Se le entrecortó la voz y se aclaró la
garganta antes de continuar—. Eras una bebé la última vez que te vi.
Cabías en la palma de mi mano.
Penelope le miraba alerta, con unos ojos tan parecidos a los de su
padre, que se me llenaron los ojos de lágrimas. Verlos a los dos así era el
espectáculo más hermoso que había visto en años y mi corazón se retorció
con tantas emociones, que era difícil encontrar palabras.
—Mami y yo te extrañamos, Pàpa —dijo finalmente—. No soy una
bebé.
Luca levantó los ojos y los fijó en los míos.
—Yo también te extrañé —dijo con voz áspera—. Y siempre serás
mi bebé.
Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla y supe que estábamos
exactamente donde teníamos que estar.
Nuestra hija nos pertenecía a los dos. Ambos daríamos la vida por
ella.
Llevábamos dos semanas en Sicilia.
Luca se recuperó bien, pero de alguna manera aún no nos habíamos
encontrado solos. Había mantenido mi distancia. Una vez que Penelope se
reencontró con su Pàpa, nada pudo impedir que lo visitara. Nonno y Pàpa
eran sus dos hombres favoritos. Ella misma me lo dijo.
Luciano y Sasha se fueron el primer día que volvimos. Cassio había
vuelto con su familia, dejando a nuestra pequeña familia para asimilar todo
lo que habíamos hecho y lo que no.
Me senté en la cama, mientras FaceTime sonaba en mi teléfono.
—Margaret.
La cara de mi hermano apareció en la pantalla. La cara que había
conocido toda mi vida.
—¿Es un buen momento para hablar? —Asintió—. ¿Los gemelos me
odian?
Sus ojos parpadearon a un lado.
—Puedes preguntárselo tú misma.
Las caras de los gemelos llenaron la pantalla, sus expresiones se
suavizaron con amor y ternura. Y me derrumbé. Lloré porque perdieron a
una madre que amaban. Lloré porque vivimos todos esos años separados.
Lloré porque anhelaba su perdón.
—Lo siento. —Las palabras temblaron y mis labios también. Quería
abrazarlos.
—No te disculpes —dijo Tyran—. Haríamos cualquier cosa por ti. El
pecado de tu marido se ve aliviado por el hecho que te salvó de su padre.
Si te hubiéramos perdido ese mismo día, nuestra familia no habría sido la
misma. En cuanto a Ma...
No terminó, dejando que su frase se interrumpiera.
—Ma nos traicionó a todos —murmuró Kyran. Sabía que era difícil
para ellos. Amaban a Ma y ella los amaba a ellos.
—Sin embargo, todavía la amaban —murmuré—. No lo hace más
fácil.
Un ambiente sombrío llenó la pantalla de vídeo. Tardarían algún
tiempo en aceptarlo.
—¿Cómo se está adaptando mi sobrina? —Aiden cambió de tema.
Sonreí.
—Le encanta estar aquí. Ahora que estamos viendo las caras de las
que hablamos, exige ver a su tío Aiden, a Tyran y a Kyran.
—Chica lista —dijo Tyran.
—¿Nos visitarán? —Un suspiro llenó la pantalla. No estaba segura de
quién era.
—Creo que necesitamos algo de tiempo —dijo Aiden. Tragué.
Estaban enojados, aunque no podía culparlos. Les había ocultado tantas
cosas.
—Perdónenme.
—Maggie, te perdonaríamos cualquier cosa —dijo Kyran en voz baja.
La puerta de mi dormitorio se abrió y miré por encima del hombro. Luca
estaba allí, apoyado en ella y a la vista de la pantalla—. Pero él... —Volví
mi mirada a la pantalla y los ojos de Kyran observaron a Luca—... No
puedo perdonarlo. Me quitó demasiado. De nosotros.
El nudo en mi garganta creció. Aiden y Tyran no lo contradijeron, con
expresiones sombrías en sus rostros.
—No quiero perderlos —me atraganté.
—No lo harás —aseguró Aiden, su voz ronca—. Siempre serás
nuestra familia. Penelope siempre será nuestra familia. Pero por ahora, es
mejor que no visitemos su casa y que tu marido no visite la nuestra.
Mi familia. El amor. Se sentía tan fracturada en ese momento, pero
sabía que estaba donde pertenecía. Luca y Penelope eran mi familia. Mi
mundo.
—Gracias por... —No podía encontrar la palabra. O el sentimiento—
. Gracias por ser los mejores hermanos que una chica podría pedir.
Un asentimiento lacónico y la llamada terminó.
Solté un fuerte suspiro, mis pulmones se contrajeron. Cuando terminó
la llamada, me quedé mirando la pantalla oscura hasta que Luca se acercó
por detrás.
No me abrazó. No me tocó. Sin embargo, su presencia me consoló.
—Puedes visitarlos cuando quieras.
Me encontré con los ojos de Luca. Era la primera vez que estábamos
solos desde que nos reunimos.
—¿Y Penelope? —pregunté—. ¿Puede visitarlos conmigo siempre
que quiera?
Un músculo de su mandíbula se contrajo.
—No. Nunca volverá a dejar mi vista.
Sabía que luchaba contra el impulso de regañarme. Acababa de
recuperarla y le preocupaba volver a perderla. No esperaba una reacción
diferente, pero aun así me destrozó el corazón.
Él estaba de acuerdo con deshacerse de mí. La revelación de que le
parecía bien vivir sin mí me produjo un dolor crudo en el pecho.
Qué apropiado.
La angustia que mantuve a raya durante casi tres años se derrumbó
como un tsunami que se estrella contra las costas.
Era destructivo y despiadado, sin dejar nada a su paso.
Sin embargo, me negaba a conformarme. No viviría el resto de
nuestras vidas como dos extraños, siendo civilizados el uno con el otro
solo por el bien de nuestra hija.
—No puedes culparme de todo esto —gruñí. Su expresión se
oscureció—. Sí, la cagué, Luca. Pero tú también. Las mentiras, la traición.
¿Crees que fue fácil irme? —Me ahogué, luchando contra las lágrimas que
rodaban por mi rostro.
—Parecía que te fuiste sin ningún problema. —Su voz era crítica.
Acusadora. Amarga.
Tragué.
—Eso no es justo.
Dios, ¿habíamos terminado antes que realmente empezáramos?
Nuestra segunda oportunidad era nula y sin efecto. Esperaba que la tercera
oportunidad de amar fuera nuestro felices para siempre. Pero la esperanza
era para los tontos.
—Tienes razón, la culpa no es solo tuya. —Mis ojos se desviaron
hacia él, sorprendidos. Esperé, asustada de haberlo escuchado mal. O tal
vez haberlo malinterpretado—. Regresé a ese día tantas veces y deseé
haberte dicho.
La esperanza floreció en mi pecho. ¿Lo decía en serio?
Mi lengua se deslizó sobre mi labio inferior.
—Desde que aprendí que Marchetti siempre supo dónde estábamos,
también deseé haberlo pensado. Haberme enfrentado a ti.
Los demonios bailaban a nuestro alrededor, colgando los fantasmas
de nuestros pasados.
—Siento que te perdieras sus dos primeros años —susurré—. No
hubo un día en el que no te mencionara. Todo lo que sé sobre ti, Penelope
también lo sabe. Sabe que la abrazaste por la noche cuando nació. Sabe
que le cantabas canciones cuando se quejaba. Y ella te ama muchísimo.
—Lo sé. —Nos miramos, la intensidad de sus ojos me sacudió hasta
lo más profundo—. Ella dijo que me amas.
La confesión de mi hija, sin darme cuenta, me dejó en carne viva, pero
me negué a acobardarme. No podía seguir escondiéndome.
—Sí —admití en voz baja—. Tardé en reconocerlo, pero ¿cómo
podría no amarte?
Era difícil leer su expresión. Se mantenía cerrado. Protegido.
—¿A pesar de haber matado a tu Da? —preguntó. Asentí. Tal vez eso
me convertía en una traidora en nuestro mundo, pero Luca era un niño. No
podía poner esos pecados sobre sus hombros. Da tampoco lo habría hecho.
En mi corazón, sabía que esa era la razón por la que no apretó el gatillo—
. ¿A pesar de haber matado a tu madre?
Volví a asentir.
—Protegiste a nuestra hija de ella —dije con voz áspera—. Yo
hubiera hecho lo mismo.
Vi cómo se movía su nuez de Adán y recé. Recé para que oyera la
verdad en mi voz.
—Sobre Marchetti... Sé que también trataste protegernos —
continué—. Si pudiera volver atrás, lo habría manejado de otra manera —
admití.
Dios, casi tres años perdidos. ¿Podría una persona perdonar eso?
¿Puede un padre perdonar eso? Le robé tres años de la vida de nuestra hija.
—No dejaré que Marchetti se la quede —espetó Luca. El conflicto y
la confusión se desataron en mí ante su declaración. No quería una
guerra—. Encontraré la manera de romper ese acuerdo.
—Marchetti estuvo de acuerdo en que si los niños no se aman,
tendremos una salida —dije—. La probabilidad de que se enamoren es
escasa.
—Toda mujer que se casa con un Marchetti, muere —gruñó—.
Encontraré una manera de romper ese acuerdo.
La determinación en su rostro me dijo que lo decía en serio.
—Entonces lo haremos juntos.
Lo decía en serio, aunque me dolía el pecho.
Mi marido no me amaba.
CAPÍTULO 54
Luca
Habían pasado dos semanas desde que me había rescatado.
Habíamos caído en una rutina incómoda. Penelope era la única que
no se daba cuenta.
Mientras Marchetti me torturaba, no pensé en nada más que en mi
familia. Mi hija. Mi esposa. Sobre verlas solo una vez más antes de morir.
Y ahora, estaban aquí. Conmigo. Vi a mi hermosa niña sonriendo y
feliz. Ella me conocía. Conocía a Nonno.
A pesar de la rabia de perderme años de la vida de mi hija, sería difícil
ignorar el hecho de que Margaret crio bien a nuestra bebé. Era bondadosa,
feliz y malditamente hermosa. Durante horas, las palabras de Margaret
vibraron en mi pecho.
Lo haremos juntos.
Era lo que deberíamos haber hecho desde el principio. Nos habríamos
ahorrado tanto dolor y problemas. Pero no podíamos volver atrás.
Estábamos aquí y lo único que teníamos por delante era el futuro.
Ella me ama. Sus palabras eran difíciles de creer, pero mi corazón
absorbió esas dos pequeñas palabras. Me ama.
Yo también la amaba. Tanto que me dolía respirar. Cada día sin ella
había sido una tortura. Había días en los que me costaba creer que estaban
aquí, e iba a ver cómo estaban.
Solo para asegurarme que no estaba soñando.
Entré en la habitación de mi hija y la encontré durmiendo, con el
cabello negro y rizado esparcido por las almohadas y las mantas tiradas
por el suelo. Incluso dormida sonreía.
Recogiendo la manta del suelo, cubrí su pequeño cuerpo. Sus ojos se
abrieron.
—Pàpa —murmuró somnolienta.
—Shhh —rasgué suavemente—. Vuelve a dormir, princesa.
Suspiró y se giró hacia un lado.
—Buenas noches, Pàpa.
—Buenas noches, mi princesita.
Con pasos suaves, salí de su habitación y me dirigí al dormitorio de
mi esposa.
Dé-jà vu.
Me llevó de vuelta a esos días cuando la veía dormir bajo el techo de
su madre. Demasiado para el crecimiento personal.
Tomé asiento en el sofá, en el lado derecho de su cama. Dormía como
la recordaba. Dormía como nuestra hija. De lado, con una suave sonrisa
en los labios. La luz de la luna brillaba a través de la ventana, reflejándose
en su cabello oscuro. La luna la proyectaba en un suave resplandor,
haciéndola parecer la Madonna de uno de los antiguos cuadros
renacentistas.
La amaba. Con cada respiración. Con cada latido. Con cada
pensamiento.
En el momento en que los ojos de esa niña de cinco años se conectaron
con los míos, quise protegerla. Esas profundidades azules del océano me
fascinaron. Algo en sus ojos me habló. Esa noche en Temptation, supe que
ella era mía. Yo había sido suyo todo el tiempo.
Quería volver con su familia. No podía dejar que eso sucediera.
Mi corazón se retorció de dolor.
Acababa de recuperarla y ya quería dejarme. ¡Con mi hija!
Perdido en mis pensamientos, observé a mi esposa dormir, el
constante subir y bajar de su pecho mientras dormía. Al menos tenía
suficiente paz para dormir. Después de años de inquietud mientras la
buscaba, el sueño era difícil de encontrar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Su suave voz atrajo mi atención hacia
ella.
Mis labios se torcieron. Había estado sentado en su habitación todas
las noches una vez que había tenido suficiente. Era la única paz que
encontraba por la noche.
—Te ves hermosa, mia bella —murmuré, mirándola. Ella no se
movió, su cuerpo se detuvo mientras mantenía sus ojos pegados a mí.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó en voz baja, ignorando mi
cumplido. Su expresión era suave, pero cautelosa. Como si le preocupara
que mis siguientes palabras pudieran herirla.
Se me escapó un suspiro sardónico. Preferiría cortarme la polla antes
que hacerle daño. Ella lo era todo para mí. Mia vita. Mi vida.
—Porque no puedo dejarte ir. —Algo de cansancio persistió tras mis
ojos y mis palabras. Los últimos tres años me habían envejecido. Estaba
malditamente agotado—. Porque te amo. Porque te necesito tanto que me
roba el aliento.
El significado de las palabras recorrió el dormitorio. Suyo. Debería
ser nuestro, pero hasta ahora habíamos mantenido dormitorios separados.
Sus ojos se aferraron y aguantaron.
—¿Qué es diferente ahora? —dijo en voz baja—. No reaccionaste a
mi declaración de amor antes.
Mi mandíbula se tensó. En lo que a mí respecta, era malditamente
sencillo. Los dos éramos el uno para el otro. Estábamos destinados a estar
juntos. La amaba tanto que no podía soportar estar lejos de ella ni un solo
día. Sin embargo, ella se mantuvo alejada de mí durante casi tres malditos
años.
Me hizo sentir débil. No deseado. Insuficiente.
Un suspiro pesado llenó la noche.
—Necesitas ir a tu habitación y dormir, Luca. —Sonaba resignada.
Casi triste—. Necesitas estar seguro, y no creo que lo estés. Amas a
Penelope, no estoy segura de que me ames a mí.
Mi mirada se posó sobre su cabeza, mi mandíbula tintineando en
pensamiento.
—Estoy seguro de mi amor por ti, Margaret —le dije—. He sabido
que eras la elegida durante mucho tiempo.
Ella esperó, con sus profundos ojos azules estudiándome.
—No puedo dormir sin ti. No puedo dormir sin escucharte respirar.
Tres años sin ti en mi cama fueron una tortura —admití. Ella jadeó
suavemente—. No puedo vivir sin ti. Te amo. —Dejé que las palabras
flotaran en el aire y se dirigieran hacia mi mujer. Necesitaba que me
creyera—. Te amq cuando me disparaste. Te amé cuando me miraste mal.
Te he amado durante tanto tiempo, Margaret DiMauro, que no sé cómo no
amarte.
Las palabras llenaron la oscuridad y bailaron en el aire, mientras sus
ojos me miraban y contuve la respiración.
CAPÍTULO 55
Margaret
Era mucho más que una mirada de color avellana oscuro. Eran noches
enteras susurrando palabras tranquilizadoras a nuestra hija, manos ásperas
y promesas sucias, corazones y recuerdos pesados.
—Penelope y tú lo son todo para mí —susurró.
Mi corazón latía con fuerza bajo mi pecho. Todos los sentimientos
inundaron mis sentidos, dejando atrás años de frustración, física, sexual y
mental, con una sola frase que importaba.
Me puse de pie y caminé hacia él descalza. El calor corría por mis
venas. El dolor vacío entre mis piernas latía. Pero lo más estremecedor era
este sentimiento en mi pecho. Mi corazón revoloteaba salvajemente, como
una mariposa atrapada en un frasco.
Él me había capturado, y yo no tenía ningún deseo de huir.
Pasé una mano por su cuello y en su espeso cabello en su nuca. Mis
dedos se entrelazaron a través de los suaves mechones, agarrándolos con
fuerza. Nuestra hija podría tener mi color de cabello, pero tenía los rizos
de su papá.
—Yo también te amo —murmuré suavemente.
Antes que terminara de decirlo, Luca se puso en pie. Me agarró el
culo con las manos y me levantó. Mis piernas se envolvieron alrededor de
su cintura. Su boca se estrelló con fuerza contra la mía.
Mi espalda golpeó la pared, arrancando todo el aire de mis pulmones.
La fuerza del impacto sacudió mis huesos, su necesidad de poseerme me
consumía. Me ahogaba.
—Te llevaré a nuestra habitación —rechinó contra mi boca.
—¡Sí! —No me importaba adónde me llevara mientras siguiera
besándome. Me cargó por el pasillo hasta su habitación y la puerta se cerró
de golpe detrás de nosotros. El cuerpo de Luca se presionó contra el mío,
quitándome el camisón y luego las bragas.
—Voy a atar tus muñecas con tus bragas —gruñó mientras me ataba
las muñecas, luego levantó mis brazos sobre mi cabeza hasta que estuve
de puntillas y mi cuerpo se arqueó contra el suyo.
—¿Qué? —Parpadeé confundida.
—Es tu castigo por dejarme —dijo entre dientes—. Siempre te
quejabas de que te destrozaba las bragas. Esta vez no las destruí, pero las
usaré para impedir que me toques como parte de tu castigo.
El calor palpitó entre mis piernas, yendo directamente a mi núcleo.
—Te lo haré pasar bien. Te prometo que lo haré —prometió.
Me separó las piernas y, para mi vergüenza, la evidencia de mi
excitación se deslizó por el interior de mis muslos. Sus ojos parpadearon
con algo oscuro al ver el brillo de mi excitación. Luego aspiró
profundamente y cerró los ojos.
—Hueles tal y como recordaba —murmuró tan débilmente que no
estaba segura de haberlo oído bien.
Entonces, como si se diera cuenta que se le escapó, empujó su muslo
bruscamente entre mis piernas. Mis caderas chocaron contra él y un
murmullo de aprobación vibró a través de su pecho. Presionó más fuerte
contra mi coño, con mi necesidad palpitando contra sus duros músculos.
Monté su muslo como si mi vida dependiera de ello. El placer enroscó bajo
mi piel, ardiendo en la boca de mi estómago. Mis ojos se cerraron y mi
cabeza cayó hacia atrás, mis caderas se sacudieron y rechinar Onur. Estaba
tan cerca.
Tiró de mi cabello, sus dedos agarrando mis mechones con tanta
fuerza que me quemó el cuero cabelludo.
—Mírame mientras te desmoronas —gruñó, golpeando su boca
contra la mía en un beso doloroso. Lo terminó antes de que realmente
comenzara—. Yo. Para que sepas a quién pertenece tu placer.
Su voz era oscura. Rasposa. Posesiva. Coincidía con la mirada de sus
ojos.
Mis entrañas se retorcieron. Había algo tan malditamente caliente y
erótico en esto. Sobre cada palabra áspera y cada beso duro. La forma en
que se adueñaba de mi cuerpo, incluso después de tanto tiempo.
Su aliento rozó mis labios. El calor floreció dentro de mí, lamiendo
cada centímetro de mi piel y amenazando con hacer erupción como un
volcán. El deseo corrió por mis venas hasta hacerme arder.
Necesitaba que me besara de nuevo, que sus labios sobre los míos me
devoraran. Bruscamente. Suavemente. No me importaba, mientras pudiera
tenerlo. Aquí mismo. Ahora mismo. Al diablo con todo lo demás. Al
menos por este fugaz momento.
Una de sus manos rodeó mis muñecas atadas mientras la otra recorría
mis brazos. Tortuosamente lento.
Su boca se estrelló contra la mía y mis labios se entreabrieron. Fue
una intrusión bienvenida. Fueron tres años de soledad. Tres años de dolor.
Todo se derramó en este beso. Introdujo su lengua en mi boca y gemí.
Tan estimulante.
Mis muslos se apretaron. Mi coño latía.
—¿Tu coño recuerda mi polla? —gruñó contra mis labios. Cuando no
respondí, agarró mis muslos con más fuerza, apretándome contra su muslo,
provocando una fricción deliciosa—. ¿La recuerda?
—Sí.
Era tan tortuosamente bueno. Estaba rápidamente montando la ola,
buscando la cima mientras el calor corría por mis venas.
—Mmm —retumbó, nuestras lenguas se enredaron. Su lengua se
deslizó por la mía y la chupé con avidez. Un sonido áspero salió de lo más
profundo de su pecho en señal de aprobación.
Me acarició con los dientes la parte inferior del labio, mientras sus
manos subían por mi espalda y volvían a bajar por mi cuello y mis pechos.
Como si tuviera que tocarme por todas partes.
El corazón latía con fuerza en mis oídos. Sus labios se amoldaron a
los míos. Su lengua lamió cada centímetro de mi boca, acariciando la mía.
Mordí su labio, mi cuerpo rozando contra el suyo. Necesitaba más de esto.
Más de él.
Sus dedos en mi cabello tiraron y halaron antes de lamerme la
mandíbula hasta que me mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Te extrañé muchísimo —dijo ásperamente en mi oído—. Te he
estado esperando —gruñó—. No ha habido otras mujeres para mí.
—Yo también te he estado esperando —respiré—. Cumplí mi
promesa.
Sus ojos ardían y la bruma del aire se espesaba, cada inhalación
avivaba la llama.
Luca me dio un mordisco en la oreja al apartarse, el agudo corte de
dolor me hizo maullar. Dio un pequeño paso hacia atrás y se desabrochó
el cinturón con una mano. A continuación se abrió el botón de los
pantalones y la cremallera resonó seductoramente por toda la habitación.
Le siguieron sus bóxers, dejando a la vista su glorioso cuerpo desnudo. Mi
lengua se lanzó, mojando mis labios. Solo verlo era suficiente para
hacerme pedazos. Entonces enganché mi muslo en su cadera.
Dios, olvidé lo grande que era. Duro. Suave. Ese piercing que me
había perseguido desde la primera vez que dormimos juntos en Las Vegas
estaba ahora en mi punto de mira.
El pánico debería abrumar mis sentidos. Estaba a su merced. Pero la
forma en que me miraba prometía tanto placer que el miedo no se
encontraba por ninguna parte.
—No hay vida separada para nosotros. Nunca más —gruñó,
acariciándose la polla—. Te voy a follar hasta el olvido. Mantenerte atada
a nuestra cama, lista para mí. Te arruinaré, para que nunca pienses en otra
cosa. Solo mi polla dentro de tu apretado y codicioso coño.
Y yo... yo seguía asintiendo, mis ojos en su polla. Esa tentación que
traía tanto placer. No había otro lugar en el que pudiera estar.
—Haz eso otra vez —supliqué, gimiendo.
Algo brilló en sus ojos y sus dedos se apretaron alrededor de su polla.
La acarició de nuevo, con los ojos entrecerrados. Una, dos veces, y
mientras lo hacía de nuevo, trazó la cabeza reluciente sobre la parte
inferior de mi estómago, dejando un rastro húmedo y caliente por mi
vientre.
—Tu coño lo desea —gruñó—. Tu coño quiere que lo destruya. Me
recuerda.
Un escalofrío me recorrió y otro gemido se deslizó por mis labios.
Quería suplicarle que me follara ya, pero sabía que si lo presionaba, lo
prolongaría. Me haría sufrir. Jadeando, vi cómo se dirigía a mi entrada, la
punta de su eje abrasando mi coño.
Dios, lo necesitaba. Mis caderas se arquearon un poco y su eje entró
en mí apenas un centímetro, pero fue suficiente para que mi coño
comenzara a convulsionarse. La abstinencia era una mierda. Mi cuerpo
estaba demasiado débil. Demasiado ansioso.
Pero a Luca no pareció importarle. De un potente empujón, me
penetró hasta el fondo, a través de mi apretado coño, y su fuerte gemido
se mezcló con mis gemidos. Sus manos se acercaron a mis caderas y sus
dedos se clavaron en mi suave carne. Su boca se presionó contra la mía.
Con fuerza. Magullando mis labios.
—No puedo contenerme. —Era la primera y última advertencia.
Justo cuando abrí la boca para rogarle que no se contuviera, empezó
a moverse. Golpeando dentro de mí. El aire zumbó, los fuegos artificiales
estallaron y el mundo desapareció mientras él me penetraba más
profundamente.
Lamió y mordisqueó mis labios. Se retiró para volver a penetrarme.
Bruscamente. Violentamente. Gemidos y gruñidos llenaron el espacio.
Tan pronto como el primer orgasmo me atravesó, otro comenzó a
construirse con cada fuerte embestida suya.
—Más —gemí, lanzando mis muñecas atadas sobre su cabeza, luego
acercándolo más.
—¿Quién te está follando? —Gruñía con cada empujón.
—Tú.
Nunca lo había sentido tan profundo. Sus manos se deslizaron detrás
de mí y me agarraron el culo, metiéndome la polla hasta el fondo. Con una
fuerza brutal, me follaba como un loco.
—¿De quién es este coño?
—Tuyo.
Sacó la polla hasta el final y volvió a penetrarme. Era despiadado.
Como si intentara borrar años de frustración sexual.
—Mío —gruñó—. Este coño —dijo con otra profunda embestida—.
Mío.
—Estos labios. —Suspiré mientras me mordía el labio. Aumentó el
ritmo de sus embestidas—. Míos. Eres toda mía, esposa.
El mundo se desvaneció. La realidad se difuminaba con cada surco de
su cuerpo.
Lo único que podía sentir en este momento era el calor en lo profundo
de mí ser. Su placer. Su dolor. Mi placer. Nuestro dolor.
—Mía —gimió mientras mi coño se apretaba a su alrededor.
—Más —supliqué, y me folló más rápido, más duro, más profundo.
La fricción de nuestros cuerpos en la habitación, carne contra carne
golpeándose. Una y otra vez.
—Dámelo —gruñó con una profunda embestida.
Tan profunda que ahogó mi grito mientras me deshacía.
El orgasmo fue inmediato y tan violento que envió un escalofrío a
través de mí y mi visión se oscureció. El calor palpitó en mi estómago,
ramificándose hasta alcanzar todos los rincones de mi cuerpo.
Todo se desvaneció excepto el calor del placer. Era demasiado e
insuficiente. Siguió follándome, cada vez más rápido, con sus incoherentes
maldiciones guturales. Tiró de mi cabello, obligando a mi cara a inclinarse
hacia la suya. Su boca se estrelló contra la mía justo cuando se engrosaba
antes de eyacular dentro de mí. Su semen me llenó mientras se corría, sus
propios escalofríos recorriendo su cuerpo.
Nuestros ojos se conectaron.
—Te amo.
Ambos dijimos las palabras al mismo tiempo, y supe que estaríamos
bien.
Pasara lo que pasara, lo superaríamos juntos.
CAPÍTULO 56
Luca
La cara de mi mujer se apretó contra mi pecho.
Envolví un brazo alrededor de ella, nuestros dedos enlazados. Al igual
que nuestros corazones. Levanté nuestras manos, y fue solo entonces que
me di cuenta. Ambos todavía usábamos nuestros anillos de boda.
Una paz como no había sentido en los últimos tres años llenó mi
pecho.
—¿Qué estás pensando? —murmuró ella, con voz suave y sus labios
rozando mi pecho.
—Que tengo miedo —admití. A la mierda, quizá me hacía débil, pero
era la verdad. Ella y nuestra hija eran mi fuerza y mi debilidad.
Levantó la cabeza, con las cejas fruncidas.
—¿Por qué?
Le acaricié la mejilla.
—Quiero esta vida contigo y con nuestra hija —murmuré—. Tenía
tantos secretos. Cometí tantos errores.
—Cometimos errores, Luca —dijo con voz áspera—. Ambos lo
hicimos.
—Maté a tus padres. Durante los últimos tres años, viví con la
convicción de que me odiabas. Qué harías que nuestra hija me odiara. —
Ella no me detuvo—. Pensé que te había perdido, y entonces viniste a
salvarme. Ahora has perdido a tus hermanos. Perdiste a tu familia.
—Te tengo a ti. Nuestra familia. Tú, Penelope, Nonno y yo. —Se
apoyó en mi palma, sus ojos fijos en mí—. Mis hermanos siguen siendo
mis hermanos. Todavía me aman a mí y a su sobrina. En cuanto a ti, lo
entenderán. Sé que lo harán. Tú me salvaste y yo te salvé. Eso es lo que
haremos. Protegeremos a nuestra familia.
La atraje para darle un beso.
—Mierda, debería haber sido sincero contigo. No habríamos perdido
todos esos años.
—Y yo debería haber confiado en ti —dijo ella—. Los dos la jodimos.
Basta de vivir en el pasado. Sigamos adelante. Por nosotros. Por nuestra
hija. De ahora en adelante, permaneceremos juntos. Llueva o truene. Ricos
o pobres. Mentiras o verdades. Somos más fuertes juntos que separados.
Juntos. Eso sonaba perfecto.
—Y siento haberte disparado —continuó—. Por ser tan testaruda.
Mis labios se crisparon.
—No lo sientas. Esa noche decidí que me casaría contigo.
Ella se rio suavemente, sacudiendo la cabeza y sus rizos rebotando.
—Solo tú tomarías eso como un desafío.
—No puedo evitarlo. Te he amado durante demasiado tiempo. —
Todavía no podía creer esto. No podía creer que ella me amara. Que nos
quería juntos. Para siempre—. Encontraré la manera de romper el acuerdo
con Marchetti —dije con dureza—. Prefiero morir a verla con el apellido
Marchetti unido a ella.
Me besó ferozmente.
—Nosotros, Luca. Encontraremos la manera de protegerla.
La jodí. La jodimos. No me importaba de quién era la culpa mientras
mi esposa y nuestra hija fueran mías. Yo era de ellas. Me aseguraría de no
volver a traicionar su amor y su confianza.
Y si alguien se atrevía a arrebatarme a mi familia, les mostraría hasta
dónde estaba dispuesto a llegar.
Le mostraría a Marchetti lo lejos que llegaría para mantener a mi hija
fuera de sus garras.
Pasaron las semanas y llegó Halloween.
Margaret estaba ocupada con Áine, Grace y mi hermana haciendo
pasteles de cumpleaños. Sí, pasteles. Se les metió en la cabeza celebrar
tres cumpleaños en un día. Fue idea de mi mujer para recuperar el tiempo
perdido.
El cumpleaños de Penelope era hoy. Con Bianca en la cocina, estaba
seguro de que tendríamos al menos un pastel que podríamos comer. Si bien
mi esposa se convirtió en una excelente cocinera, le costaba hornear.
—Te ves bien —comentó Cassio mientras tomaba asiento en la
terraza.
—Estoy bien.
—¿Qué se siente el dirigir la mafia siciliana? —Luciano preguntó—.
Te hace parecer rudo.
—Soy rudo —señalé.
—El señor Rudo, el que insistió en tener solo aventuras de una noche,
termina cayendo más fuerte —se burló Nico. Mantuve la mirada fija en mi
hija—. Sabía que tú y Sasha serían los mayores tontos. Malditamente los
más locos.
Me encogí de hombros, mientras Sasha le mostró el dedo medio. A
decir verdad, a ninguno de los dos nos importaba, mientras tuviéramos a
nuestra familia con nosotros.
Nonno, el padre de Luciano, Luciano, Nico, Alessio, los hermanos
Nikolaev, Raphael... todos vinieron a compartir el día con nosotros.
Familia, amigos y los dos seres humanos por los que quemaría este mundo,
todo bajo el mismo techo. La vida era buena.
Vi a mi hija jugar con la hija pequeña de Luciano, compartiendo sus
juguetes de jardinería. Las dos seguían las instrucciones de Nonno,
sonriendo ampliamente, ignorando las manchas de suciedad en sus ropas.
Los gemelos de Nico también ayudaban.
Mi hija levantó los ojos y nuestras miradas se encontraron. Se levantó
de un salto, corrió hacia mí y me abrazó.
—Hola, princesa —la saludé—. ¿Lista para la gran fiesta?
Sus ojos se iluminaron y asintió.
—Te quedarás, ¿verdad?
A veces le preocupaba que desapareciera. Yo tenía el mismo miedo,
pero cada día que pasaba el miedo disminuía y mi felicidad aumentaba.
—Nunca te dejaré, princesa —juré.
—Te amo, Pàpa.
Presioné un beso en su sien. —Te amo más que a la vida misma.
Recuérdalo siempre —dije en voz baja. Había pronunciado esas palabras
a menudo desde que la había recuperado. Quería que siempre recordara
eso.
—Y nunca te dejaré, Pàpa —repitió ella.
—Estoy feliz de escucharlo —dije, sonriendo. Su amor era mi mayor
recompensa en esta vida. Ella siempre me miraba con tanta confianza en
sus ojos que me hinchaba el corazón.
Volvió con su grupo de amigos para jugar.
—Sabes que eso no es cierto —señaló Cassio, siempre práctico—.
Todos nuestros hijos nos dejarán eventualmente.
Una ronda de refunfuños recorrió el lugar. A ninguno de nosotros nos
gustaba pensar en el día en que nuestros hijos nos dejarían para ir a dejar
su propia huella en este mundo. Queríamos aferrarnos a nuestra familia y
mantenerlos en nuestra burbuja: protegidos y seguros.
El trato de Marchetti aún persistía como una nube oscura, pero
afortunadamente mantenía su distancia. Yo también. Obtenía sus
comisiones y, fiel a la palabra de Margaret al Príncipe Amargo, ya había
enviado algunos de mis envíos a su puerto. Un DiMauro siempre pagaba
sus deudas, y yo no sería diferente.
—Esto se acerca a la perfección —murmuré para mis adentros, pero
mis amigos también lo escucharon.
—Todos los que importan están con nosotros —coincidió Cassio,
indicando las personas que se unieron a nuestra extensa familia y amigos.
Sin importar si estaban aquí o no.
—Y los protegeremos a todos con nuestras vidas —dijo Nico.
Penelope y Francesca compartieron una mirada y soltaron una risita,
sus expresiones brillantes. Las gemelas de Bianca y Matteo irrumpieron
en el campo y nos rodearon.
La sonrisa de mi hija me contagiaba cada vez. Ella y mi mujer, nuestra
familia, eran lo que más me importaba en este mundo.
Tenían mi corazón. Siempre lo tendrían.
EPÍLOGO
Luca
Siete años después
Los ojos de Margaret recorrieron el concurrido patio de la gran
inauguración de la escuela St. Jean d'Arc 29. Era un gran acontecimiento y
el interés era grande. Me alegré de que Wynter DiLustro y sus salvajes
amigas terminaran permitiéndome invertir.
Aseguraría que mis hijos entraran. Especialmente mi hijo mayor, que
era el más amable y sensible de todos nuestros hijos.
Estábamos embarazados de nuevo. Sería nuestro cuarto hijo, y mi
mujer juraba que sería el último. Sin embargo, yo no estaba seguro de estar
preparado para dejarlo. Me encantaba ver a mi mujer radiante de felicidad
y su barriga creciendo con nuestro hijo.
29
San Juan de Arco.
—No estoy segura sobre enviar a nuestra hija a un lugar tan lejano
para ir a la escuela, Luca.
—Penelope no estará lista hasta dentro de cinco o siete años, mia bella
—consolé a Margaret—. Esta escuela le enseñará defensa personal y cómo
protegerse.
Una sombra pasó por la expresión de mi mujer, y me destripaba cada
vez.
Hasta ahora no habíamos logrado encontrar la manera de romper el
acuerdo con Marchetti. Afortunadamente, el imbécil se quedó en su puto
camino.
Pero él era como una sombra oscura que se avecinaba, siempre
presente.
Acerqué a mi mujer embarazada y le besé la frente.
—Ella solo tiene diez años. Tenemos tiempo.
Se frotó el vientre, sus ojos estudiando a todas las personas aquí.
—¿Por qué no puedes enseñarle a luchar? —Margaret protestó—. O
yo podría, una vez que terminemos de tener hijos.
—Mia bella, nunca podría enseñarle sin preocuparme de hacerle daño
—razoné—. Iría con cuidado con ella porque mi instinto es protegerla.
—Estás enseñando a los chicos a pelear —señaló. Tenía razón en eso,
pero era diferente con los chicos. Además, cuando eran demonios como
los míos, lo usaba para darles una lección. Siempre había un demonio más
grande que ellos por ahí—. Solo me preocupa la distancia. Tal vez
podamos quedarnos aquí más tiempo cuando comience esta escuela —
reflexionó Margaret, pero no le gustaba quedarse en los Estados Unidos.
Hemos estado viajando de un lado a otro entre dos continentes, pero
una vez que Penelope comenzó la escuela en Sicilia, Margaret vino cada
vez menos. Ella lo prefería así. Ahora nuestros hijos comenzarían la
escuela pronto, y visitaríamos este continente aún menos.
Mientras que Penelope era tranquila, nuestros hijos eran una maldita
pesadilla. Los amaba con locura, pero siempre estaban metidos en
problemas. Tenían los ojos de su madre y maldita sea si los diablillos no
los usaban contra mí. Estaba deseando volver a tener una niña.
—¿Puedo ir a jugar? —Mi hijo mayor, Damiano, preguntó en italiano,
sus ojos brillando salvajemente. Su hermano menor, por un año, Armani y
él probablemente no sabían en qué problema meterse primero.
—Hablen inglés —les dije—. Y sea cual sea el infierno que están a
punto de comenzar, que no los atrapen.
Margaret me golpeó suavemente el antebrazo al mismo tiempo que
nuestros hijos salían corriendo.
—Ese fue un mal consejo —murmuró—. Serán expulsados incluso
antes de que tengan la edad suficiente para comenzar la escuela aquí.
Me encogí de hombros.
—Son niños.
Miré a mi hija mayor. Penelope estaba pegada a mí, su mano no quería
soltar la mía, sus ojos iban de un lado a otro. Sin embargo, era cautelosa y
no estaba tan emocionada como sus hermanos. Incluso a los diez años, era
reservada y tímida.
No tenía el temperamento de mi esposa, pero definitivamente tenía el
de Nonno.
Se me encogió el corazón. Acabábamos de perderlo hacía un año y la
pérdida aún estaba demasiado fresca. Especialmente para Penelope, que se
había vuelto cercana a él.
Mi hija definitivamente era más DiMauro que cualquier otra cosa y
no podría estar más orgulloso de ella.
—¿Qué piensas, princesa? —le pregunté.
Los grandes ojos de Penelope se dirigieron hacia mí, sus dedos
apretando mi mano. Ni siquiera se dio cuenta que lo estaba haciendo.
Malditamente odiaba verla preocupada o molesta. Era difícil incluso
enviarla a la escuela en Sicilia sin preocuparme por su protección, y en
aquella isla nadie se atrevería a tocarle ni un pelo.
—Es tan lejos de casa, Pàpa —murmuró suavemente—. De todos
ustedes.
—Lo está —asentí—. Pero estaremos a una llamada de distancia, y si
nos necesitas, estaremos aquí en menos de un día. Y no lo olvides. Todos
tus tíos viven cerca. Si necesitas ayuda, llegarían en cuestión de horas y
probablemente quemarían la escuela por ti.
Sonrió suavemente.
—De acuerdo —aceptó—. Si crees que es la escuela adecuada,
entonces haré lo que creas mejor.
—Lo creo. Te enseñará más que los libros. —Asintió. A veces
deseaba que me contestara y me dijera malditamente no, pero no tenía esa
personalidad. Era traviesa cuando se trataba de jugar y ganar juegos. Pero
fuera de la familia, levantaba muros firmes y se escondía tras ellos. Me
preocupaba que fuera nuestra vida en el inframundo lo que la aterrorizaba.
La habíamos protegido, pero aun así le llegaban rumores sobre los
mafiosos y lo que implicaba—. Además, como le dije a tu mamá, te faltan
años para venir aquí.
Penelope divisó a la hija de Luciano y una sonrisa se dibujó en su
rostro cuando Francesca le hizo señas para que se acercara.
—¿Puedo ir, Pàpa? —suplicó. Como si pudiera negárselo. Tras mi
asentimiento, corrió hacia su amiga y, por un momento, las vimos hablar
en tono apresurado como si no se hubieran visto en años. Habían hablado
por FaceTime ayer, y se vieron el mes pasado.
Volví a prestar atención a mi mujer, que vigilaba a nuestros hijos
como la mamá osa que era.
—Sabes que deberíamos bautizar este lugar —comenté casualmente,
mientras mi corazón retumbaba salvajemente. Ella siempre me hacía sentir
como un niño pequeño. Cuando me miró confundida, me expliqué—. Ya
sabes, tener sexo en uno de los dormitorios.
—¡Luca!
—¿Qué? —Desafié—. Sabes que algo de mierda salvaje estará
pasando aquí. Será mejor que nos adelantemos al juego y lo hagamos antes
que nadie.
Puso los ojos en blanco.
—Estás loco. Y con tantos pequeños, lo único que estarás bautizando
será a ti mismo cuando tus hijos se metan en problemas.
Sonreí.
—No los atraparán.
Entrecerró los ojos en mí.
—Pero ese no es el punto —se quejó, frotándose el vientre.
Apoyé la palma de la mano en su estómago y al instante suspiró.
—Dios, Luca. Si pudiera mantener tu mano allí hasta el día que dé a
luz, lo haría totalmente. Lo juro, solo deja de moverse cuando me tocas.
Agaché la cabeza y le mordisqueé el labio inferior.
—Puedo más que tocarte y luego nuestra pequeña piccola bambina
puede dormir durante la próxima hora mientras te pones al día con todos.
Soltó una carcajada. Hablaba malditamente en serio. Mi mujer era
preciosa, pero cuando estaba embarazada, era deslumbrante. Me dieron
ganas de follarla de seis maneras hasta el domingo.
Debió haber visto algo en mi cara porque su risa murió en sus labios
y sus ojos se abrieron como platos.
—No puedes hablar en serio —susurró, pero sus mejillas la
traicionaron. Ella también se estaba excitando.
Ladeó la cabeza, abrió la boca y sus mejillas se sonrojaron. Noté que
apretaba los muslos y sonreí con complicidad.
—Hablo muy en serio —le dije—. Quiero tu coño en mi polla.
Ella gimió suavemente y luego asintió.
Corrimos por la escuela, buscando un dormitorio vacío. Lo
encontramos e inmediatamente cerré la puerta detrás de nosotros.
—Al menos no puedes dejarme embarazada —dijo jadeando,
empujándome sobre la cama del dormitorio.
Suspiró en mi boca cuando la jalé por la nuca y la besé.
—Te amo, cariño —murmuré contra sus labios.
—Yo también te amo —susurró ella—. Me haces tan feliz.
Eso era lo único que importaba ahora. Mi mujer. Nuestros hijos.
Nuestra familia.
Este era nuestro felices para siempre.
EL FIN
AGRADECIMIENTOS
Quiero dar las gracias a mis amigos y a mi familia por su apoyo
continuo.
A mis lectores alfa y beta: todos ustedes son increíbles. Aguantan mis
plazos locos y mi organización aún más loca.
MUCHAS GRACIAS a Susan y Rachel. Este libro no habría sido
posible sin ustedes.
Gracias a Amanda W., Beth H. y Jill H., que cumplieron mis plazos
de entrega. ¡No sé cómo habría superado algunos de estos sin ustedes!
A Christine S., Denise R. y Suny, ¡son geniales! Y a todos los demás:
¡GRACIAS!
Mis libros no serían lo que son sin cada uno de ustedes.
A mi editora, Rachel de MW Editing y Susan.
A mi increíble diseñadora de portadas, Eve Graphics Designs, LLC.
A los blogueros y críticos que ayudaron a correr la voz sobre este
libro. Les agradezco mucho y saber que les gusta mi trabajo lo hace mucho
más agradable.
Y por último, pero no por ello menos importante, ¡a todos mis
lectores! Esto no sería posible sin ustedes. Gracias por creer en mí. Gracias
por sus increíbles mensajes de apoyo. GRACIAS por amar a estos locos
personajes tanto como yo.
Consigo hacer esto gracias a todos ustedes.
XOXO
Eva Winners
CRÉDITOS
Traducción
Hada Aine
Corrección
Hada Aerwyna
Diseño
Hada Anjana
ESTE LIBRO LLEGA A TI TRADUCIDO
GRACIAS A