0% encontró este documento útil (0 votos)
56 vistas569 páginas

Untitled

Cargado por

Fiat lux
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
56 vistas569 páginas

Untitled

Cargado por

Fiat lux
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Algunos

de los temores más pregonados por los medios de comunicación


representan, sumados todos, apenas un 1 % de todas las muertes en un año: desastres
naturales (0,1 %), aviones (0,001 %), terrorismo (0,05 %), asesinatos (0,7 %) y fugas
nucleares (0,0 %).
Así de irracionales y paradójicos son nuestros miedos, hasta el punto de que lo que
más miedo nos da resulta casi inofensivo, y lo que menos miedo nos da, es
tremendamente peligroso.
Varios factores contribuyen a que seamos tan torpes estimando los riesgos que nos
rodean: sesgos cognitivos, clickbait de los medios de comunicación, propaganda
política, infoxicación… Por eso resulta tan contraintuitivo afirmar que en España, por
ejemplo, las personas que es más probable que acaben con tu vida, por orden de
amenaza, son:

1. Tú mismo.
2. Un familiar o conocido.
3. Un desconocido.

Teniendo en cuenta que hay unas 8000 cosas que pueden matarnos en nuestra vida
cotidiana, y que no tenemos tiempo ni recursos para preocuparnos por todas ellas con
la misma intensidad, este libro ofrece pistas (muchas de ellas desafiando la lógica
preponderante) sobre los asuntos a los que deberíamos prestar más atención, a la vez
que permite que identifiquemos a los principales responsables de nuestra
desinformación.
Los cacahuetes matan más que los terroristas.
Los perros matan más seres humanos que todas las arañas y tiburones juntos.
El sol favorece una de las enfermedades que más víctimas se cobra al año.
Los mosquitos han matado a más gente que todas las demás causas de muerte en la
historia de la humanidad.
Es casi 2000 veces más probable que mueras ahogado en el mar que por ser mordido
por un tiburón.
El alcohol mata diez veces más que la suma de todas las víctimas por accidentes de
tráfico, homicidios y suicidios.
No tener amigos representa un peligro comparable a fumar 15 cigarrillos al día.
Vivir junto a una central nuclear produce menor dosis radioactiva que comer un
plátano.

Página 2
Sergio Parra

De qué (no) te vas a morir


Probabilidades e improbabilidades sobre el riesgo en la vida
cotidiana

ePub r1.0
efedoso 06.12.2022

Página 3
Título original: De qué (no) te vas a morir
Sergio Parra, 2022

Editor digital: efedoso
ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido

De qué (no) te vas a morir

Prólogo

Introducción
Emoción vs. razón
La herramienta para cribar información
El objetivo de este libro

Homicidio
La probabilidad de ser asesinado en España
Esa sombra oscura es tu propia sombra
Un mundo de color de rosa (o casi)
Lo que nos hace ser buenas personas

Terrorismo
Votantes demasiado motivados (por la audiencia)
Estrategia ineficaz

Accidente aéreo
Este es tu Q
La probabilidad de la improbabilidad

Pandemia
Zoonóticos
Probabilidad del fin del mundo
Optimismo

Paracaidismo
El «temible» salto BASE
Comparaciones con otros deportes
Micromuertes y microvidas

Drogas ilegales
El estigma de la ilegalidad
Fentanilo y otras drogas silenciosas
La paradoja de la prohibición

Electrocución
Los rayos del cielo

Terremoto
La probabilidad más difícil de calcular

Página 5
Energía nuclear
Radiación ubicua
Necesitamos energía segura
La megainnovación y sus consecuencias

Radiaciones no ionizadas
La conspiración del 5G

Tiburones, arañas y serpientes


Los animales más temidos son los menos letales

Meteorito
Toda la materia que cae del cielo
Víctimas documentadas

Medicina
Natural vs. artificial
Antiguo vs. nuevo
Ánimo de lucro
Placebo
Vidas perdidas por vidas salvadas

Cine y videojuegos
Celuloide ensangrentado
Salpicaduras de sangre con forma de píxeles

Ser niño
La calle: el lugar donde te secuestran
La generación más segura de la historia

Agradecimientos

Sobre el autor

Notas

Página 6
PRÓLOGO

El avión cayó 1200 metros en apenas un minuto y yo iba dentro. No era un aterrizaje,
ni un videojuego, tampoco un sueño, aquello fue real. Por aquel entonces yo tenía
doce años y unos cuantos vuelos a mis espaldas. No me asustaban los aviones, y las
noticias sobre accidentes aéreos me parecían tan infrecuentes que jamás podrían
ocurrirme a mí. Sin embargo, aquel vuelo de Barcelona a Santiago haría trastabillar
mi confianza en las estadísticas.
Sobrevolábamos la cornisa Cantábrica cuando todo empezó. La primera
turbulencia no resultó sospechosa, era normal experimentar ligeros zarandeos al volar
por encima de una zona montañosa. La segunda, sin embargo, fue harina de otro
costal. Desde dentro, aquella sacudida se sintió como si King Kong hubiera capturado
el avión con sus descomunales manos y lo hubiera agitado para adivinar qué había en
su interior. Mi padre se despertó de un respingo y la mujer que se sentaba justo
delante salió despedida contra la señal de «átense los cinturones». Nadie entendía lo
que estaba ocurriendo, aunque tampoco tuvimos demasiado tiempo para pensar en
ello antes de que el avión se desplomara.
En un instante tan breve como la física puede permitir, pasamos de estar volando
a precipitarnos al vacío. La gravedad desapareció y entonces empezó el caos.
Las hojas que estaba leyendo huyeron de mis manos y ascendieron al igual que
los pasajeros que habían olvidado atarse tras la primera sacudida. El carrito de la
comida atravesó el pasillo empujado por el fantasma de Newton y los gritos
impregnaron el aire hasta volverlo asfixiante. Aquellos bramidos estaban en otra
lengua, un idioma primitivo y universal que nuestra intuición era capaz de decodificar
al instante: ¿Vamos a morir?
La caída pareció eterna, como si cada uno de sus sesenta segundos durara un
minuto entero. Tuve tiempo para asustarme, para temer a la muerte e incluso para
aceptarla. Pero no llegó.
El avión consiguió estabilizarse y volvimos a la horizontalidad con la misma
brusquedad que la habíamos abandonado. Las crisis de pánico tardaron un poco más
en desaparecer y costó aceptar que la calma hubiera vuelto para quedarse. A decir
verdad, la falta de información por parte de la tripulación no ayudó demasiado. El
primer comunicado se hizo esperar más de diez minutos y fue absolutamente
ininteligible. No supimos qué había ocurrido hasta que lo leímos en la prensa:
«Pánico y cuatro lesionados en un vuelo entre El Prat y Santiago», decía El Correo
Gallego.
Al parecer aquello tenía nombre: CAT, un acrónimo inglés para «Turbulencia en
aire claro». Se trata de unas perturbaciones en la atmósfera que desestabilizan a la
aeronave y que son difíciles de predecir por encontrarse en cielos despejados. Son

Página 7
relativamente infrecuentes y o no suponen un peligro real, tan solo una experiencia de
pesadilla. Sin embargo, aquello me había sucedido a mí, no a un personaje de película
ni a los pasajeros de un vuelo entre Melbourne y Nueva York. En esas condiciones
los porcentajes tan solo parecen números y la vivencia invade tu cerebro, expulsando
a la razón y alterando tu percepción del peligro.
Yo ya sabía que los aviones eran mucho más seguros que los coches y autobuses
que tomaba a diario, pero era consciente de que en mi interior había dos voces
enfrentadas. Una me hablaba desde mis tripas, que se retorcían tan solo con pensar en
subirme a otro pájaro de hierro. La otra disparaba estadísticas y razonamientos
lógicos para desnudar las falacias de la primera. Tuve la suerte de que la segunda voz
se impuso y, aunque algo nervioso, solo me costó un vuelo recuperar la confianza en
los ingenieros aeronáuticos. No obstante, estoy convencido de que, entre el resto de
los pasajeros, el CAT despertó alguna que otra fobia a volar (y justificó unas cuantas
recetas de ansiolíticos). Y es que no siempre es tan fácil domar nuestros temores con
datos. No importa cuán formado esté uno o lo inteligente que sea, todos pensamos
más emocionalmente de lo que solemos creer.
Tendemos a creer que la razón y la emoción son opuestos, que podemos tomar
decisiones absolutamente puras guiándonos solo por los datos sin el mejor sesgo
emotivo. Lo cierto es que, a poco que profundizamos en el funcionamiento de nuestro
cerebro, entendemos que tal separación es un mito. El paciente EVR es un gran
ejemplo, para empezar. Los cirujanos le salvaron de un tipo de cáncer cerebral
llamado «meningioma». Por desgracia, para resecarlo tuvieron que extraer una parte
nada desdeñable del cerebro de EVR. La estructura extirpada pertenecía a la corteza
orbitofrontal, un área especialmente implicada en los procesos emocionales. Si
dejamos volar la imaginación podemos visualizar a un paciente EVR que, tras la
operación, se comportaría como un Hannibal Lecter o un señor Spock, capaces de
sobreponer siempre la razón a las emociones y tomar las decisiones más cerebrales y
efectivas. Pero, una vez más, el cerebro rompió todas nuestras predicciones.
EVR no se convirtió en un decidido Sherlock Holmes, sino en todo lo contrario.
Era incapaz de tomar determinadas decisiones, y no hablamos de complejos dilemas
éticos, sino de elecciones relativamente sencillas que cualquier niño hace a diario. Al
privarle de parte de su mundo emocional, sus decisiones se vieron afectadas. Hemos
de asumir que somos esa suerte de ser bicéfalo, movido por una mezcla inseparable
de razón y emoción; un ser que toma decisiones emocionales para luego justificarlas
con la razón, como ya decía Stuart Sutherland.
No es un error de la evolución, es una forma magnífica de tomar decisiones
rápidas y precavidas (a veces en exceso). Cuando nos siguen. En ellas, Sergio Parra
da forma a un libro único. Un libro donde encontrarás miríadas de estadísticas con las
que tratar de ahogar tus inquietudes más viscerales. Verás lo improbable que son los
accidentes de avión, los asesinatos, los ataques terroristas, y muchos otros peligros
que han contribuido determinantemente a que el siglo XX sea como es. No obstante,

Página 8
he dicho que es único, y una simple colección de cifras no le haría valer tal
calificativo. La magistral jugada de Sergio ha consistido en un movimiento de pinza
que aborda nuestros miedos desde los dos idiomas que suelen hablar, por un lado, la
razón, la lengua franca de nuestra mente, pero sin por ello olvidarse de su dialecto
materno: la emoción. A través de un tono humano y aforismos dignos de ser
exhibidos en camisetas y tazas (y más asequibles que los del mismo Heráclito),
Sergio apela a una parte de nosotros que los discursos antialarmistas suelen olvidar.
Pero hay algo más. Este libro que tienes entre tus manos no te convertirá en un
Juan sin miedo por dos sencillos motivos: primeramente, porque eso solo puede
conseguirse dañando seriamente estructuras cerebrales relacionadas con el miedo,
como las amígdalas, y, en segundo lugar, porque sería imprudente. El miedo es una
gran estrategia de supervivencia y hemos de aprovecharlo, lo cual no significa
eliminarlo, sino redirigirlo a aquellas cosas que realmente merezcan nuestra
preocupación. Eso es lo que sugiere esta obra, que en lugar de tiburones puede que
debamos temer al suicidio, y el miedo a los meteoritos podría ser sustituido por
aumentar nuestra concienciación sobre los ictus.
En definitiva y para abreviar el prólogo, diré que este es uno de esos libros
perfectamente diseñados para cambiar la cosmovisión de quien lo lee. No se trata de
una epifanía espiritual, es algo mejor, es un baño de realidad. Un baño que recuerda
más a unas termas romanas, a ratos cálidas y reconfortantes, a ratos frías y hostiles.
Los datos alentadores son intercalados con estadísticas de lo que realmente ha de
preocuparnos. Tras cada caldarium viene un frigidarium y, con cada shock térmico,
nuestra visión de esta sociedad en la que vivimos se aclarará un poco más. Así que
disfruta del balneario y nos vemos al otro lado.

Por Ignacio Crespo (@SdeStendhal),


médico y divulgador

Página 9
INTRODUCCIÓN

Estadísticamente, el mundo industrializado nunca ha sido más seguro


que ahora. Muchos de nosotros vivimos más y con menos incidentes
que nunca. Sin embargo, vivimos los miedos del peor de los casos
[…] Los peligros naturales ya no están ahí, pero los mecanismos de
respuesta siguen en su sitio, y hoy día están en funcionamiento la
mayor parte del tiempo. Hemos convertido nuestro mecanismo
adaptativo del miedo en un pánico injustificado.
MARC SIEGEL,
False alarm: the truth about the epidemic of fear

Página 10
S
egún la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas
Relacionados con la Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay
algo más de 8000 cosas que pueden matarnos[1].
No tenemos suficiente capacidad mental para preocuparnos de todas ellas. Al
menos no con la misma intensidad. Resulta imprescindible discriminar o escoger las
que resultan más preocupantes, las estadísticamente más relevantes. El problema es
que pocas veces hacemos ese ejercicio, y cuando lo realizamos en realidad no nos
basamos en la estadística, sino en la representación en los medios de comunicación
(la alarma social) o en la percepción subjetiva del riesgo (la intuición).
Incluso la estadística puede ser difícil de interpretar en función de cómo se
exponga: en el mundo, cada año, muere el equivalente a la población de Australia,
Austria, Bélgica, Noruega y Suecia, combinadas. ¡Seis países que cada año se
quedarían sin habitantes si estos no fueran reemplazados por nuevos nacimientos! Y
es que cada día fallecen 160 000 personas, es decir, unos 60 millones cada 365 días.
Estas cifras exorbitantes parecen soplar las trompetas del Apocalipsis.
Sin embargo, también puede decirse exactamente lo mismo de una forma mucho
más optimista: de cada 100 habitantes de la Tierra, al año solo mueren 0,7. Es decir,
que ni siquiera una persona de cada 100 muere al año. Por contrapartida, solo el día
de Año Nuevo de 2020 nacieron 392 000 personas.
En otras palabras, cada día nacen más del doble de personas de lasque mueren. Si
se dividen las personas que nacen entre las que fallecen en un día cualquiera,
descubriremos que la ratio de nacimientos/muertes es de 2,39 nacimientos por cada
muerte.
Ahora presentemos los datos alcanzando las máximas cotas de dramatismo: en
2018, en España hubo 427 721 defunciones, según el Instituto Nacional de Estadística
(INE). Hagamos sonar una canción triste y que la cámara realice un paneo por todas
esas tumbas situadas en un único cementerio. Algo menos de la mitad de esas
víctimas serán incineradas, así que podemos contar unas 240 000 tumbas puestas en
hilera.
Cada tumba está separada de la siguiente por dos metros, y cada hilera está
separada de la siguiente por cuatro metros. Si multiplicamos esos ocho metros
cuadrados de espacio 240 000 veces, casi tendremos dos millones de metros
cuadrados de tumbas. El equivalente a 560 campos de fútbol llenos de muertos. Solo
en 2018. Resulta imposible no hundirse en la desesperanza frente a tamaña cantidad
de dolor.
Esta mezcla de incapacidad matemática para asimilar ciertas cifras o porcentajes,
las infinitas formas de presentarlos y la necesidad de los medios de comunicación de
alimentar el escándalo de unas historias dramáticas para obtener mayor audiencia da
como resultado una percepción profundamente sesgada de los riesgos modernos.
¿Por qué aparecen titulares de ataques de tiburones en ciudades sin playa? ¿Por
qué se gastan millones de euros en investigar el cáncer en vez de las enfermedades

Página 11
del corazón, que matan entre un 20 y un 25 % más y son la principal causa de muerte
en la mayor parte del mundo desarrollado? ¿Por qué no aparece en primera plana la
noticia de que cada día, solo en Estados Unidos, mueren 1800 personas por
enfermedades del corazón? ¿Por qué aparecen más noticias sobre homicidios en vez
de suicidios, cuando hay diez veces más suicidios que homicidios? ¿Por qué algunos
de los miedos modernos más publicitados y debatidos son las torres de telefonía o el
wifi en vez de las caídas accidentales, que matan a 17 000 personas al año en Estados
Unidos? ¿Por qué nos preocupa que el móvil cause tumor cerebral, cuando conducir
mirando el móvil mata a miles de personas cada año? ¿Por qué estamos dispuestos a
apoyar una manifestación en contra de las centrales nucleares, cuando el resto de
fuentes de energía mata a más gente? ¿Cómo puede ser que en todas las encuestas la
gente crea que los tornados son una causa más común de muerte, cuando el asma
produce 70 veces más fallecimientos que los tornados?
Todas estas cuestiones son peliagudas, requieren conocimientos especializados,
pueden ser sometidas a rigurosos análisis estadísticos con diversas variables, son
objeto de investigación científica. Resolverlas no solo llena lagunas de ignorancia
trivial, sino que evita sufrimientos innecesarios y, sobre todo, salva vidas. Porque si
no identificamos correctamente los verdaderos riesgos, entonces convertimos el
mundo en un lugar donde muere mucha más gente porque:

1. No identificamos los riesgos que porcentualmente causan más víctimas.


2. Sufrimos más estrés por culpa de riesgos que no son tales.
3. Despilfarramos recursos finitos en riesgos menos importantes.

No conocer los verdaderos riesgos es similar a contemplar el mundo con la mirada


borrosa. Con unas gafas que no han sido correctamente ajustadas a nuestro nivel de
dioptrías. En ese sentido, el elemento quemás emborrona la visión es la emoción. Si
suena una canción triste para inspirar una emoción muy concreta mientras se informa
de un hecho, entonces están obligándote a quitarte las gafas para ver de cerca.

Emoción vs. razón


Cada vez que nos enfrentamos a un riesgo, debemos calcular racionalmente el
coste/beneficio de tratar de minimizarlo o incluso anularlo. Puede sonar frío o
despiadado, pero tal y como advierte el médico sueco Hans Rosling: «mientras los
recursos no sean infinitos —⁠ y nunca lo son⁠ — lo más compasivo que puedes hacer
es utilizar tu cerebro y averiguar cómo hacer el máximo bien con lo que tienes»[2].
Generalmente, no existe el riesgo cero, o alcanzarlo supone un gran coste social.
Por consiguiente, asumimos determinados riesgos en función de los beneficios. Por
ejemplo, la oposición a los pesticidas en el estado de Massachusetts es contumaz,

Página 12
pero se relaja mucho cuando aparecen los primeros casos de encefalitis equina
oriental (EEE), una enfermedad viral que es transmitida por la picadura de mosquitos
infectados y que puede afectar a las personas y a los caballos. No hay un tratamiento
específico para el virus de la EEE, y solo mata a una o dos personas al año. Pero
generalmente son niños, víctimas particularmente alarmantes para nuestras
emociones. De este modo, el miedo a la llamada «Triple E» es tan profundo que
supera al miedo a la supuesta toxicidad de los pesticidas.
En otras ocasiones, los riesgos que asumimos son mucho más cotidianos, como
señala el bioquímico y doctor en neurociencia estadounidense Henning Beck:
«¿Cuándo corremos demasiado por la autovía? Cuando nos vemos amenazados por
llegar tarde»[3]. Incluso, como escribe el paleoantropólogo de la Universidad de
Harvard Daniel E. Lieberman, admitimos que muera gente a cambio de dádivas
socioeconómicas: «Dejar que cierto porcentaje de gente muera a causa de los
contaminantes de los coches o los accidentes de carretera es un precio que al parecer
estamos dispuestos a pagar a cambio del beneficio de tener coches»[4].
Otras veces nos empujan a gastar más dinero en sistemas de seguridad menos
eficaces: la instalación del cinturón de seguridad en todos los vehículos
estadounidenses costó 500 millones de dólares, y supuso salvar una vida por 30 000
dólares invertidos; el airbag costó 4000 millones de dólares, y supuso salvar una vida
por cada 1,8 millones de dólares invertidos[5].
La mayoría de estos cálculos no los efectuamos racionalmente. Además, el miedo
irracional tiende a desestabilizar la báscula coste/beneficio. Simplemente, nos
dejamos llevar por el pánico, por la histeria colectiva, por las noticias dramáticas
divulgadas por medios de comunicación que batallan en el mercado de la atención.
«¡Que viene el lobo, que viene el lobo!», es la forma más fácil de obtener atención y
share, pero también la más fácil de propiciar malas decisiones en la sociedad… sobre
todo si no viene el lobo, o si ni siquiera existe tal amenaza. Porque se salvan más
vidas cuanto mayor es la amenaza que gestionamos, no cuanto más aterradora sea.
Sí, las emociones fueron importantes en el pasado, cuando debíamos enfrentarnos
a percances que exigían una respuesta rápida, automática. De eso se encargaba una
estructura de nuestro cerebro, la amígdala, que es lo más parecido al interruptor del
miedo.
Este detector es muy útil para reaccionar velozmente ante la visión de una
serpiente, o para ponernos en guardia si atisbamos un movimiento extraño entre la
maleza: ¿quizás es un lobo? Pero los riesgos modernos han dejado de ser, en su gran
mayoría, asuntos que requieran respuestas inmediatas. Muchos de ellos actúan de
formas que no vemos, otros lo hacen a largo plazo, y otros tantos resultan muy
llamativos cuando suceden, pero en realidad tienen lugar de forma muy anecdótica.
Por ello nos resulta una calamidad un accidente de avión que se salda con 137
víctimas, porque todas ellas han muerto a la vez, en un solo lugar, de forma
aparatosa, visualmente impactante. Por contrapartida, no estimulan nuestra amígdala

Página 13
los 1800 muertos diarios de enfermedad cardiaca en Estados Unidos, o los 800 en
Argentina, los 500 en Alemania, los 440 en Japón, los 300 en Inglaterra, los 100 en
Sudáfrica. Cada día. Todos los días. Ayer, hoy, mañana y pasado.
El accidente más mortífero de la historia de la aviación tuvo lugar el 27 de marzo
de 1977, cuando dos aviones Jumbo chocaron en la pista cobrándose 683 vidas en
Tenerife, en las Islas Canarias. Ese es el número de víctimas que hay en Estados
Unidos por enfermedades del corazón… cada ocho horas, los 365 días del año.
La amígdala es como un interruptor, sí, y también tan simple como un interruptor,
como explica el neurocientífico de la Universidad de Cardiff Dean Burnett:

La planificación por adelantado y las predicciones son, en términos


evolutivos, facultades relativamente muevas de nuestros cerebros, y
las regiones cerebrales más profundas, como la amígdala, no hacen
más que reaccionar a las cualidades básicas de todo aquello que se le
presenta[6].

La amígdala se ha convertido así en un riesgo para sí misma, en una histérica y una


hipocondríaca que nos obliga a concentrarnos en lo que no debería darnos miedo, lo
que a la vez permite que lo que debería darnos miedo pase desapercibido.

Página 14
Este gráfico representa la participación de cada causa en las diez principales causas
de muerte en los Estados Unidos además de homicidios, sobredosis de drogas y
terrorismo. En conjunto, estas trece causas representaron aproximadamente el 88 %
de las muertes en Estados Unidos en 2016.

Esta es una visualización de [Link]. Autorizado bajo CC-BY por


los autores Hannah Ritchie y Max Roser.

Página 15
Y simultáneamente da carta de naturaleza a la dinámica de los medios de
comunicación, que se permiten dedicar especiales durante días a un único accidente
de avión, mientras desatienden otros asuntos más importantes.
Un ejemplo muy gráfico de ello lo ofrece Our World In Data[7], una publicación
online desarrollada en la Universidad de Oxford por el historiador social y
economista Max Roser que presenta datos y resultados empíricos para una mayor
comprensión estadística de la realidad. A continuación, podemos ver las causas de
muerte en Estados Unidos en 2016; búsquedas de Google en Estados Unidos en
2016;cobertura mediática de The New York Times en 2016; y Cobertura mediática de
The Guardian en 2016.
La cobertura en ambos periódicos es sorprendentemente similar. Podemos
observar, por ejemplo, que alrededor de un tercio de las causas de muerte entre
estadounidenses se debe a enfermedades del corazón. Sin embargo, esta causa de
muerte recibe solo el 2-3 % de las búsquedas de Google y la cobertura de los medios.
O que las muertes violentas representan más de dos tercios de la cobertura en The
New York Times y The Guardian, pero representan menos del 3 % del total de muertes
en Estados Unidos. Los medios de comunicación, pues, están moldeando nuestros
miedos de una forma muy poco realista, como denuncia Rosling:

He aquí algunos temas que atraviesan fácilmente nuestros filtros:


terremotos, guerra, refugiados, enfermedad, fuego, inundaciones,
ataques de tiburones, atentados terroristas. Esos sucesos poco
habituales que nos muestran constantemente los medios de
comunicación pintan imágenes en nuestras cabezas. Si no somos
extremadamente cuidadosos, llegaremos a pensar que lo inusual es
usual: que el mundo es así[8].

Por consiguiente, los sucesos poco habituales atraen una atención desproporcionada
de los medios, generándose lo que el premio nobel de Economía Daniel Kahneman
describe como «cascadas de disponibilidad»: cadenas de acontecimientos aterradoras,
pero infrecuentes, que aparecen en los medios en cascada y que acaban provocando
un efecto bola de nieve. Por el contrario, los eventos más comunes no son tan
sorprendentes y es menos probable que se califiquen como «grandes noticias»[9]. Por
ello, como ha calculado el estadístico británico David John Spiegelhalter, de
promedio se necesitan más de 8000 víctimas del tabaco para que aparezca una sola
noticia sobre el tema en BBC News, más de 7000 víctimas de la obesidad, más de
4000 víctimas del alcohol… pero solo unas pocas del sida, el sarampión o del mal de
las vacas locas[10].
Esta forma caprichosa de presentar las noticias importantes no solo favorecerá
que pensemos que lo inusual es lo usual, sino que las cosas van a peor, que todo es un
desastre, que el mundo es un lugar cada vez más inhóspito. Y esta sensación, que

Página 16
aviará nuestras emociones más primitivas, será transmitida a su vez a otras personas,
como bien demostró un experimento en el que se manipuló la sección de «Noticias»
de 689 003 usuarios de Facebook. A los que se les suprimían las publicaciones que
contenían términos positivos, publicaban más mensajes negativos, y viceversa. Otro
estudio realizado por investigadores de la Universidad de Pensilvania reflejaba a su
vez que el 91 % de las preocupaciones de las personas nunca se hacen realidad[11]:
vivimos programados para anticiparnos a peligros inexistentes concebidos y
amplificados artificialmente por los medios de comunicación y nuestra amígdala, lo
que deriva en una mayor ansiedad.
Los medios, también cabe subrayarlo, no llevan a cabo su tarea de
desinformación de manera esencialmente perversa. En parte, lo hacen porque
nosotros, los consumidores, lo demandamos así. También lo hacen, por otra parte,
porque el modelo de negocio de la información se basa en la audiencia, no en la
calidad de las noticias, como resume el científico de datos Seth Stephens-Davidowitz:
«No hay una gran conspiración. Solo capitalismo»[12]. Es el pez que se muerde la
cola engarzado, a su vez, por el modo que tiene nuestro cerebro de procesar y sesgar
la información y la carrera armamentística por captar nuestra atención. Como un
uróboro formando un nudo gordiano bajo el brillo fenicio del vil metal.

La herramienta para cribar información


Si evocamos los términos «perro», «caramelo», «hielo» o «alcohol», cada uno de
nosotros mostrará un grado de miedo distinto. Quizá si alguien se resbaló
recientemente en una pista de hielo y se rompió el brazo, temerá más el hielo que a
un perro, y quien haya visto morder a un ser querido por un perro rabioso, sentirá
justo lo contrario. Sin embargo, el alcohol mata a más gente en el mundo que los
caramelos, el hielo o los perros. Esto sucede porque no son las palabras en sí mismas
lasque suscitan una amenaza, sino su significado, lo que significan para nosotros, qué
clase de historias hemos creado a su alrededor.
Ahora imaginemos que debemos tomar medidas de seguridad frente al hielo, el
alcohol o los caramelos. Imaginemos que hay que decidir cuáles la partida económica
que debe destinarse a cada uno de esos riesgos. ¿Nos dejaremos llevar por nuestras
historias, por nuestras experiencias personales, nuestras emociones? ¿Y si logramos
entender que no hay motivo para sentir miedo del hielo? ¿O que el alcohol nos va a
matar lentamente? ¿Y si conseguimos influir en las cualidades que facilitan que
nuestra amígdala se active más de lo estrictamente necesario?
Comprender las raíces de nuestros miedos, a través de la psicología, la
neurociencia, la estadística y demás disciplinas, puede facilitar que analicemos los

Página 17
riesgos con más cuidado y consideración, tanto a nivel individual como social, a fin
de que tomemos decisiones más inteligentes y ponderadas.
Si las emociones emborronan la visión de las cosas, este libro aspira a agudizarla.
Cortocircuitemos la amígdala, porque tal y como señala Peter H. Diamandis,
cofundador y presidente ejecutivo de Singularity University, cuando la amígdala toma
el control «el sistema también está diseñado para no apagarse hasta que el peligro
potencial haya desaparecido completamente, pero los peligros probabilísticos nunca
desaparecen totalmente»[13]. Es decir, estamos programados para tener miedo siempre
porque siempre hay una probabilidad de ser dañados. Solo asimilando, también
emocionalmente, cuán importante es esa probabilidad, conseguiremos diluir ese
miedo.
Si fuéramos un dibujo animado, nuestro mayor temor debería ser que nos cayera
encima un piano. Todo lo demás resultaría menos peligroso a excepción, quizás, de
un cartucho de dinamita. Si fuéramos el Coyote, deberíamos tenerle terror a ACME.
El ámbito cartoon tiene sus propios códigos. Los medios de comunicación,
también. Si fuéramos la caricatura de la persona promedio que nos presentan los
medios, deberíamos temer a los aviones y los atentados terroristas. También a los
asesinos que se agazapan en las sombras. Afortunadamente, no estamos obligados a
ser dibujos animados de los discursos políticos o caricaturas de los mass media.

El objetivo de este libro


El objetivo de esta obra, pues, no solo estriba en combatir los miedos personales
infundados, sino también los miedos que tratan de propagarlos medios de
comunicación, tanto los infundados como los que directamente ni siquiera resultan
relevantes.
A fin de que resulte más fácil de esquematizar la información, se ha dividido cada
causa que generalmente suscita mucha alarma social o mediática en un capítulo para
desmontar estadísticamente su razón de ser; y al final de cada capítulo, se usa como
contrapartida una causa que resulta mucho más probable que origine víctimas aunque
generalmente no se le otorgue demasiada importancia ni parezca revestir un riesgo
mayor. Esta última causa además guardará algún tipo de relación conceptual con la
primera causa. Por ejemplo, homicidio (da mucho miedo y provoca mucha cobertura)
y suicidio (da menos miedo y provoca menos cobertura, pero mata más).
Así pues, esta obra está dirigida a consumidores (combatiendo sus sesgos), pero
también a periodistas, editores, analistas y creadores de opinión (que deberían
contextualizar las noticias, por ejemplo puntualizando el número de homicidios
global cuando aborden un homicidio puntual con objeto de no alimentar la alarma
social). A fin de cuentas, tal y como señala el periodista Derek Thompson, autor de

Página 18
Creadores de Hits: Cómo triunfar en la era de la distracción: «El poder de la prensa
no solo reside en informar y emitir juicios en torno a temas importantes, sino
determinar lo que es digno de ser cubierto en primer lugar»[14].
Por ello, dado que esta obra está dirigida tanto a expertos como a legos, tanto a
profesionales como a consumidores, a la hora de presentarlos datos se ha perseguido
el énfasis divulgativo por encima del rigor metodológico; sin descuidar, naturalmente,
las palabras del padre de la estadística matemática, Karl Pearson: «la estadística es la
gramática de la ciencia».
La obra también puede ser útil simplemente para los usuarios de Facebook o
cualquier otra red social que aspiren a relativizar algunas noticias o datos y evitar ser
simples peces a merced de los anzuelos o clickbaits. Por consiguiente, en aras de que
las colecciones de números fríos se asimilen con más sencillez, se ha recurrido a
metáforas, comparaciones, analogías y otros recursos retóricos.
Algunos son un poco sui géneris, pero no tanto como para que resulten
intelectualmente descalificados. Sobre todo porque el objetivo no es la precisión, sino
transmitir la tendencia general.
Este modo de proceder se debe, también, a la propia naturaleza de las fuentes de
información, que son muy diversas y dispares en sus criterios metodológicos. Si bien
los criterios más generalizados son los fijados por la Organización Mundial de la
Salud (OMS) de acuerdo a la 9.a Edición de la Clasificación Internacional de
Enfermedades (CIE-9-MC), cada país y cada organismo establecen los propios, lo
que hace imposible la armonización de toda la bibliografía. La misma forma en que
estructuran las estadísticas los diferentes estudios conduce a resultados distintos.
También hay múltiples escalas de riesgo concebidas para medir eventos específicos,
de modo que son difícilmente comparables entre sí. Y habida cuenta de que no
podemos repetir la historia miles de veces para comprobar los resultados de tomar
decisiones diferentes o asumir distintos grados de riesgo, finalmente hay más de
confianza subjetiva del evaluador que de matemáticas cuando, por ejemplo, se vierte
la afirmación de que un determinado acontecimiento sucederá con una probabilidad
de 0,1 %.
Este libro, pues, no aspira a presentar una evidencia clara y sin fisuras (si es que
eso es algo posible dada la jungla de datos disponible en la actualidad), sino un
conjunto de ideas generales que apuntan hacia un mismo sitio: constituir un antídoto
para cambiar nuestros miedos y preocupaciones más arraigados, para exigir
responsabilidad a los creadores de opinión y a los responsables de los medios de
comunicación; pero sobre todo para advertir que el mundo, en general, no solo va un
poquito mejor cada día, sino que es un lugar mucho, mucho menos desolador que
antes.

Página 19
HOMICIDIO

El Homo sapiens no es una especie perversa o destructiva […]


Realizamos 10 000 pequeños actos de bondad no registrada por cada
momento de crueldad increíblemente raro.
GOULD, S.J.,
«The great asymmetry». Science, 279 (5352), 812-813 (1998)

Página 20
D
urante la Segunda Guerra Mundial, el general de brigada del Ejército de
Estados Unidos S.L.A. Marshall realizó un trabajo basado en entrevistas con
miles de soldados después de que hubieran participado en un combate. Según
sus conclusiones, ratificadas por otros estudios realizados posteriormente, menos del
20 % había disparado realmente al enemigo, incluso en el caso de que estuviera
siendo atacado. «La causa más habitual de fracaso individual en la batalla es el miedo
a matar más que el miedo a que te maten»[15], llegó a escribir.
Más allá de que este trabajo se nos antoje un tanto dudoso porque solo se basa en
entrevistas, nos pone en la pista sobre una característica fundamental de la naturaleza
humana: que, básicamente, prefiere no matar a sus semejantes, y que es el contexto o
las irregularidades neuroquímicas los que le empujan a hacerlo. Dejando a un lado las
anomalías neuroquímicas como las que muestran los psicópatas, lo que sabemos es
que el contexto parece inclinarnos cada vez menos a cometer actos de violencia,
como refiere el historiador militar Yuval Noah Harari: «Mientras que en las
sociedades agrícolas antiguas la violencia humana causaba alrededor del (15 % de
todas las muertes, durante el siglo XX la violencia causó solo el 5 %, y en el inicio del
siglo XXI está siendo responsable de alrededor del 1 % de la mortalidad global»[16].
También podemos afirmar algo sobre la naturaleza de esa violencia. Y es que
palidece en comparación con otras causas que nos matan, como explica el coronel del
Ejército del Aire Ángel Gómez de Ágreda:

En 2012 murieron 56 millones de personas en el mundo. De ellas,


620 000 tuvieron como causa la violencia ejercida por otros seres
humanos. Al contrario de lo que pueda parecer, 500 000 de estas
últimas se produjeron en actos criminales, mientras que las guerras
fueron responsables de «solo» 120 000 bajas. Frente a estas cifras,
hubo 800 000 personas que se suicidaron en todo el mundo (más, por
tanto, que todos los muertos a manos de terceros) y 1,5 millones, casi
el doble, fallecieron a causa de la diabetes[17].

Teniendo presentes estas cifras tan contraintuitivas, no solo podemos constatar que
nos hallamos en la época de la historia donde menos homicidios se producen a nivel
porcentual, sino que Europa occidental al inicio del siglo XXI es el lugar más seguro
de toda la historia de la humanidad.

La probabilidad de ser asesinado en España


Una mujer española debería tener de media 166 666 hijos para que al menos uno de
ellos se acabara convirtiendo en un asesino, porque solo el 0,003 % de los españoles

Página 21
está acreditado como tal[18]. 0,003 es un porcentaje muy difícil de asimilar por
nuestro cerebro porque es extremadamente pequeño. Si estuviéramos hablando del
1 %, tal vez seríamos más hábiles procesando el dato, pero incluso así estaríamos
hablando de una cifra irrisoria. La cuestión es que 0,003 % es una cifra superirrisoria
de la cifra ya irrisoria 1 %. Si afirmáramos que solo un grano de arena de una playa es
peligroso, estaríamos centrándonos en una parte minúscula, infinitesimal de la playa.
Pero es que el dato real ni siquiera afirma eso, sino que imaginemos que dentro de ese
grano de arena hay otra playa idéntica con granos de arena invisibles al ojo, y que
dentro de esa microplaya hay otra playa más. Y dentro, otra playa más. En esta última
playa, en el núcleo de este juego de playas que recuerda las muñecas rusas
matrioshkas, se esconde ese grano de arena letal.
Esta analogía puede resultar exagerada, y ciertamente lo es porque no persigue
una exactitud matemática, sino transmitir de forma más eficaz lo extraordinariamente
incomprensible que resulta para nuestro cerebro la probabilidad de encontrar un
español asesino.
Usemos otra analogía más precisa. En aras de la exactitud, para expresar
estadísticamente el número de homicidios se emplea la tasa «número de muertes por
cada 100 000 habitantes». De esta forma, evitamos aberraciones estadísticas. Por
ejemplo, los países con más habitantes tendrían mayor probabilidad de tener más
homicidas, sencillamente porque son más habitantes en general, pero de ello no
podría deducirse que haya más homicidas porcentualmente hablando.
Del mismo modo, tampoco podríamos comparar el número de homicidios de los
españoles frente a los inmigrantes si no tenemos en cuenta que los inmigrantes son
siempre menos individuos. Por ello, para nivelar los datos, se agrupan las poblaciones
en segmentos constantes, en este caso cien mil habitantes.
Pues bien: la tasa de homicidios en España es de 0,6 por cada 100 000 habitantes.
Esto significa que, si reuniéramos una muestra aleatoria de españoles en un gran
estadio de fútbol como el Camp Nou, de Barcelona, hasta el punto de ocupar sus
99 354 localidades, estadísticamente allí solo habría poco más de medio homicida. Ni
siquiera un asesino entero, solo medio. Para encontrar a un homicida en un grupo de
gente, el estadio debería estar ocupado por casi 200 000 personas. Ni siquiera nos
serviría el mayor estadio de fútbol del mundo, el Rungrado Primero de Mayo, en
Pyongyang (Corea del Norte), porque solo tiene 114 000 espectadores.
Hablando estrictamente a nivel abstracto, esto significa que si viviéramos en San
Sebastián, allí solo viviría 1 asesino, porque en San Sebastián residen unas 187 000
personas. Un solo asesino en una ciudad de tamaño medio. Si nos mudáramos a la
ciudad más habitada de España, Madrid, allí nos podríamos encontrar con 15
potenciales homicidas porque allí residen algo más de 3.000 000 de personas.
Como veremos más adelante, la cifra de homicidios es tan extremadamente baja
que podemos afirmar que es 10 veces más probable que te suicides a que alguien te
mate.

Página 22
«ES 10 VECES MÁS PROBABLE QUE TE SUICIDES A QUE ALGUIEN TE MATE»

Por si fuera poco, estos porcentajes tienden a reducirse con el tiempo: si hace
apenas 20 años España tenía la tasa de asesinatos más elevada de la Unión Europea,
ahora se encuentra entre los países más seguros, casi a la par que Suiza, Islandia o
Austria.
Es decir, que podemos afirmar con bastante seguridad que no estamos en una
situación de alarma. No estamos asistiendo a una matanza, ni a un exterminio, ni
vivimos instalados en la cultura del asesinato. Esto no significa que una muerte no
sea importante, cada muerte lo es. Lo que significa es que debemos contemplar los
datos con perspectiva y poner el foco en los picos estadísticos, no en las planicies, y
mucho menos en los valles. Tampoco se trata de ignorar la complejidad de las
relaciones u otras formas de agresión o violencia, sino de no considerar tales como
más o menos importantes solo por las cifras de muertes oficiales. Y si lo hacemos, al
menos no ignorarlas o sobredimensionarlas. Para conocerlas en su justa medida basta
con entrar en la página del Instituto Nacional de Estadística (INE) y echar un vistazo
a los datos. Según el INE, en 2017 hubo 308 homicidios. Este es el dato en crudo,
ajeno a las hipérboles mediáticas o sesgos políticos o ideológicos.
De esas víctimas, 207 fueron hombres. La mayoría de los homicidas (el 89 %)
fueron hombres. Eso hace de España uno de los países con menor tasa de homicidios
de mujeres del mundo, como también de hombres. Los datos sirven, ni más ni menos,
para evitar que nos convirtamos en una masa maleable y asustadiza y para articular
las herramientas necesarias para prevenir y reducir las tasas de víctimas con un
volumen de recursos más justo y equitativo. De lo contrario, estaríamos
desatendiendo como sociedad otros problemas más perentorios y dramáticos que
originan más víctimas o más dolor. Es decir, estaríamos preocupándonos más por
problemas menos importantes, y menos por problemas más importantes.
Sin embargo, hay diversas fuerzas que conspiran para que continuemos teniendo
un miedo cerval a morir a manos de otros. Un miedo que, incluso, tiende a aumentar
a medida que se reduce la violencia general. Así, por ejemplo, entre 1978 y 1993, la
violencia y el crimen no estaban entre los problemas más importantes a ojos de la
opinión pública (entre el 1 y el 29 % de la población de Estados Unidos), pero en
1994 pasó a ser una preocupación principal para el 52 % de la población,
probablemente debido a los meses de exposición mediática del crimen del célebre
jugador de fútbol americano O.J. Simpson por el asesinato de su esposa Nicole
Simpson en junio de 1993.

Insensibilización psicofísica

Página 23
Este fenómeno que pasa por sobredimensionar el peligro real tiene muchas
causas. Por ejemplo, cuanto más excepcional es un hecho, mayor cobertura
se le ofrece, debido a su rareza y al miedo a que deje de ser una excepción.
Porque «la información estadística abstracta no nos influye tanto como la
anécdota»[19], tal y como ha señalado el miembro del Instituto de Ciencias
Matemáticas de la Universidad de Nueva York Nassim Nicholas Taleb en El
cisne negro: el impacto de lo altamente improbable. Los psicólogos llaman a
este efecto «insensibilización psicofísica», que así define Tom Vanderbilt en
Tráfico: «salvar diez vidas en un campo [de concentración] de cincuenta
personas parece más deseable que salvar diez vidas en un campo de
doscientas, aunque diez vidas sean diez vidas»[20]. Este efecto, a su vez, se
suele mezclar en la coctelera que es nuestro cerebro con el llamado «efecto
de la víctima identificable», que es el que propicia que todo un país se pase
días con el corazón en un puño mientras se decide la suerte de un niño que se
ha caído en un pozo a la vez que se desatiende a las decenas de niños que
están pasando por otras situaciones igualmente críticas. O como lo resumió
Stalin: «una muerte es una tragedia; un millón de muertes, una estadística».

Estadísticamente, la mayoría de los medios de comunicación también tienden a


difundir más noticias negativas que positivas, propagando la idea de que el mundo es
un lugar donde abundan los peligros y que estos, lejos de disminuir, son cada vez más
estremecedores. Por ejemplo, las muertes violentas representan más de dos tercios de
la cobertura en The New York Times y The Guardian, pero representan menos del 3 %
del total de muertes en Estados Unidos.
Una cobertura mediática excepcional, adornada con perfiles de familias
conmocionadas o publirreportajes sobre el problema a lo largo del tiempo, aumenta el
peso sentimental de la noticia, en este caso un crimen cualquiera, elevando así la
anécdota a la categoría de amenaza omnipresente. Como acuñó el sociólogo Peter
Sandman, los peligros que suscitan miedo a la gente y los peligros que matan a la
gente son muy diferentes. Sandman lo ha formulado con una sencilla ecuación: riesgo
= peligro + escándalo[21].

«RIESGO = PELIGRO + ESCÁNDALO»

En definitiva, hay quien ve el vaso medio vacío. Quien lo ve medio lleno. Pero
los medios de comunicación, confabulados con los sesgos cognitivos que vienen de
serie en nuestra circuitería neuronal, tratan de convencernos de que todo lo que
distingamos en el vaso es puro veneno. Y eso nos coloca en una situación delicada,
porque entonces vamos a exigir que se reduzca el riesgo todavía más, que las cifras,

Página 24
por muy bajas que sean, siempre nos resulten intolerables. Finalmente, pues,
podemos acabar en un callejón sin salida, porque perseguir que haya cero víctimas es
una entelequia. O más atinadamente: requiere que perdamos otras cosas, ya sean
valiosos recursos, libertad o felicidad, como lo resumió Gary T. Marx, sociólogo del
Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT): «Cuando se hallaba en el apogeo de
su control totalitario y autoritario, la Unión Soviética tenía en sus calles un nivel de
delincuencia extraordinariamente reducido. Pero ¡Dios santo! ¿A qué precio?»[22].
En otras palabras: la única manera de no morir es no vivir.
Si siempre lo vemos todo cubierto de un halo de pesimismo sobrealimentado por
las noticias agoreras que nos filtran los medios de comunicación, nunca
contemplaremos las cifras con perspectiva y raramente observamos la progresión de
las mismas a lo largo del tiempo, y estaremos como sociedad más dispuestos a pagar
un alto precio en aras de una seguridad extrema.

Esa sombra oscura es tu propia sombra


La mayor parte de los homicidios, como ha señalado el experto en leyes Donald
Black en su influyente artículo «El crimen como control social»[23], se cometen como
represalia tras una ofensa, debido a una pelea doméstica o por causa de algún
problema afectivo. Es decir: celos, venganza y defensa propia.
Solo un 10 % de los homicidios se perpetran con fines prácticos, como robar, o
causar daño sin más.
A no ser que se cruce contigo un individuo con sábana negra y una guadaña en
ristre, la persona que probablemente acabe con tu vida será alguien que ya conoces,
sobre todo si eres una mujer: «En los Estados Unidos, la proporción de víctimas de
asesinato que conocían a sus asesinos respecto a las víctimas de desconocidos es de 3
a 1»[24].

Probabilidad de ser asesinado si eres hombre o


mujer

Según datos de la ONU, entre 2001 y 2016, en España, fueron asesinadas


2236 mujeres y 4678 hombres. Esto también se puede expresar así: de cada
millón de mujeres en España, 5 de ellas serán asesinadas y, de esas, 3,3 serán
víctimas de su pareja o familiares; de cada millón de hombres en España, 8
de ellos serán asesinados.

Página 25
Si eres hombre, pues, debes temer un poco más morir asesinado, sobre
todo a mano de otros hombres. Sin embargo, si eres niño, entonces debes
temer un poco más a las mujeres, porque el 68,63 % de asesinos de niños son
ellas, frente al 31,37 %, según datos del año 2013 al 2017.
Si, por ejemplo, filtramos las defunciones por edad, en el año 2017
figuran estas cifras de muertos menores de edad: 24 (aquí se excluyen
neonatos abandonados y homicidios accidentales). De estos 24, 13 eran
niños y 11 eran niñas. Por grupos de edad, tenemos 3 víctimas menores de 1
año, 6 entre 1 y 4 años, 7 entre 5 y 9 años, 3 entre 10 y 14 años y 5 entre 15 y
19 años.

Según un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito


(UNODC) sobre las mujeres víctimas de homicidios, los agresores de hombres suelen
ser desconocidos, pero los de las mujeres suelen ser personas conocidas.
Si desglosamos la probabilidad por sexos, el 63 % de los homicidas son hombres
que matan a otros hombres (el 0,000372 % —⁠ 372×10−6⁠ — de la población
española). El 28 % de los homicidas son hombres que matan a mujeres (el
0,000168 % —⁠ 168×10−6⁠ — de la población española).
Poco a poco, cada vez son más los países que están entrando en esta senda de
descenso de homicidios entre sexos. No hace muchos años, la policía solía quedarse
al margen de las discusiones conyugales. Las leyes sobre el divorcio eran asimétricas.
Un hombre podía alegar provocación justificada si mataba a su esposa adúltera o al
amante. Durante siglos, pegar a la esposa era algo normal dentro del matrimonio. Los
hombres de 1994 aprobaban la violencia doméstica menos que las mujeres de 1968.
Todo esto ya son rémoras del pasado en la mayoría de países occidentales y en
todos los lugares donde las mujeres están mejor representadas en el gobierno y en el
mundo profesional, y donde obtienen una porción mayor de los ingresos. Con todo,
continúa habiendo mayor proporción de violencia doméstica en los países que
albergan culturas colectivistas (personas que sienten que forman parte de una
comunidad cuyos intereses gozan de prioridad sobre los intereses personales, lo que
explicaría que en Corea y Japón haya altos índices de violencia de género a pesar de
ser democracias prósperas) que en las culturas individualistas (las personas sienten
que tienen el derecho de luchar por sus objetivos), tal y como sugieren los estudios de
John Archer, profesor de psicología en la Universidad de Central Lancashire.
Un ámbito de la violencia que está particularmente poco estudiado es el de los
homicidios cometidos en parejas del mismo sexo. De hecho, uno de los primeros
estudios realizados al respecto es australiano y se llevó a cabo en una fecha tan
reciente como 2014[25]. A la falta de literatura científica se le añade otro
inconveniente: es habitual que los homicidios entre parejas del mismo sexo se
clasifiquen como «entre extraños» o «entre amigos» porque es frecuente la ocultación

Página 26
de las relaciones homosexuales debido al estigma que aún acarrea esta orientación
sexual.
Hechas estas salvedades, el estudio citado, realizado por Alexandra Gannoni y
Tracy Cussen, del Australian Institute of Criminology, cifra el porcentaje de
homicidios en parejas del mismo sexo en el 2 %. Concretamente, en Australia se
reflejan 3,4 por cada 100 000 parejas del mismo sexo y 1,1 por cada 100 000 en
parejas de sexo opuesto, es decir, que la tasa de homicidios es superior entre parejas
del mismo sexo. De estas últimas, la mayoría son entre parejas gay.
Estos datos son similares a los encontrados en otro estudio de 2008 realizado en
Estados Unidos[26], que glosa así los porcentajes:

Parejas gay: 63,72 de homicidios por millón por año.


Parejas heterosexuales: 21,25 por millón por año.
Parejas lesbianas: 9,07 por millón por año.

Más allá de los porcentajes, lo más significativo son los factores que propician estos
homicidios, recogidos también por otro estudio realizado en 2004, probablemente el
primero de su naturaleza[27]. Estos factores son los celos, el abuso de drogas y
alcohol, la amenaza de abandonar la relación o casos de violencia física anterior, es
decir, elementos muy similares a los que se encuentran en los homicidios entre
parejas heterosexuales. Los detonantes del amor tóxico, pues, no entienden ni de sexo
ni de orientación sexual (de hecho, solo tres de sesenta marcadores de riesgo difieren
por sexo en el ámbito de la violencia en la pareja, según un metaanálisis realizado por
investigadoras de la Universidad Estatal de Kansas[28]).
Todos estos datos, a su vez, parecen encajar con los arrojados por los Centros
para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. En su
Encuesta Nacional de Violencia Sexual para Parejas Íntimas (NISVS) de 2010[29], el
primero de su tipo en presentar comparaciones de victimización por orientación
sexual, se señala que se halla una prevalencia igual o mayor de experimentar
violencia de pareja, violencia sexual y acoso entre personas que se identifican a sí
mismas como lesbianas, homosexuales y bisexuales que entre los que se identifican
como heterosexuales.
También las nuevas generaciones parecen presentar datos de maltrato o violencia
online (mirar el contenido del móvil sin permiso, impedir usar el móvil, amenazar a
través de mensajes, publicar mensajes hirientes por internet o publicar imágenes
privadas), que son más elevados en ellos que en ellas, según un reciente estudio[30]
publicado en 2020 por investigadores de la Florida Atlantic University (FAU). El
estudio se basa en encuestas realizadas a una muestra representativa a nivel nacional
de 2218 estudiantes estadounidenses de secundaria y preparatoria (12–17 años). De
hecho, los chicos también tenían mayor probabilidad de haber sufrido agresiones
físicas por parte de su pareja en el ámbito offline, según explica Sameer Hinduja,

Página 27
autor principal del estudio y profesor de la Facultad de Criminología y Justicia Penal
de la Facultad de Diseño e Investigación Social de la FAU, y codirector del Centro de
Investigación de Ciberbullying. Otra investigación[31] publicada en 2018 por parte de
investigadores de la Universidad Columbia Británica (UBC) y la Universidad Simon
Fraser (SFU) también sugería que es más probable que los adolescentes varones
reporten ser víctimas de violencia de pareja consistente en golpes, bofetones ujones.
Los participantes fueron 35 900 estudiantes de entre 7 a 12 años que estaban en
relaciones de pareja.
Los investigadores advierten que se necesitan más estudios para esclarecer por
qué los adolescentes varones están experimentando un aumento en la violencia de
pareja y si es solo un fenómeno que puede hallarse entre adolescentes. Después de
todo, según Kaj Bjórkqyist, de la Turku Akademi de Finlandia, tras realizarse
comparaciones interculturales de niños de Europa, Norteamérica, Oriente Medio y
Asia, parece que todos los niños pequeños son físicamente agresivos, y antes de
cumplir los tres años de edad no existen diferencias significativas entre los dos sexos
en este aspecto. A partir de entonces, cuando los niños comienzan a hablar y a
reflexionar, la sociedad empieza a ser cada vez menos tolerante con las muestras de
agresión física, particularmente con el sexo femenino.
Como explica la periodista científica Natalie Angier en su libro Mujer, una
geografía íntima: a las niñas no solo se les censura el empleo de la violencia física,
también se les evita aprender a defenderse físicamente de una agresión. Con todo,
¿las mujeres dejan de ser violentas por condicionamientos bioquímicos, culturales o
una mezcla de ambos? La respuesta no es sencilla. Sea como fuere, ellas deben evitar
los deslices físicos en mayor medida: no solo les perseguiría la justicia, sino que
sufrirían una estigmatización social y cultural que no se da con tanta intensidad en los
hombres. Así pues, paradójicamente, cuantos más derechos adquieran las mujeres y
mayor igualdad entre sexos se alcance, mayores ejemplos de agresión directa
femenina se originarán:

En las culturas en que a las chicas se les permite ser chicas y decir en
voz alta lo que piensan, su agresividad es más directa y verbal y
menos indirecta que en las culturas en que se espera que las mujeres
sean recatadas […] Entre los vanatinai de Papúa Nueva Guinea, una
de las sociedades menos estratificadas y más igualitarias que conocen
los antropólogos, en la que las mujeres hablan y actúan libremente, y
a veces recurren a los puños y a los pies para demostrar su cólera, no
hay evidencia de un sesgo femenino en las actuaciones
encubiertas[32].

A todo ello se suma que la letalidad de esta violencia también es asimétrica porque
también la fuerza física promedio es asimétrica: los hombres tenderán a ser más

Página 28
letales con las mujeres tras sufrir un arrebato, y las mujeres tenderán a serlo más con
otras mujeres o con niños. El dimorfismo sexual (las variaciones en la fisonomía
externa) en lo tocante a la fuerza muscular contribuyen a diferencias como las
siguientes:

La fuerza media de los hombres al propinar un puñetazo es un 162 % superior


a la de las mujeres a niveles similares de fuerza física[33].
La parte superior del cuerpo de los hombres tiene, de media, un 75 % más de
masa muscular y un 90 % más de fuerza.
La fuerza de los huesos de la cara del hombre, objetivo probable de un
puñetazo, es mayor de promedio[34].
El 90 % de las mujeres tiene menos fuerza de agarre (hand-grip strength) que
el 95 % de los hombres[35].

En España no disponemos de datos desglosados por orientación sexual. No obstante,


más allá de la clasificación por sexo u orientación sexual, en conclusión no podemos
afirmar que los españoles sean asesinos o asesinos en potencia si no aceptamos,
también, que los españoles somos millonarios en potencia… porque el 99 % de todos
los españoles no ha matado a nadie en este último año, como el 99 % carece de un
yate de lujo.
Con todo, para poner en perspectiva las estadísticas del INE conviene también
efectuar una comparación con los datos recopilados en el resto del planeta.

Un mundo de color de rosa (o casi)


Quedan algunos países donde el número de víctimas de asesinato alcanza niveles
terroríficos. Jamaica, por ejemplo, tiene 53,7 homicidios por cada 100 000 habitantes.
Colombia, 52,7. México, 11,1. Rusia: 29,7. Sudáfrica: 69. A efectos comparativos:
4000 civiles murieron de forma violenta en Irak en 2011, en el ámbito del conflicto
bélico; teniendo en cuenta que en Irak viven 32 millones de personas, la tasa de
homicidios fue de 12 por cada 100 000 habitantes.
La mayor parte de países donde se registran las tasas de violencia más elevadas se
encuentran en el continente americano. Honduras, Venezuela, Belice, El Salvador y
Guatemala suelen estar en cabeza. Por cada 100 000 habitantes, respectivamente,
tienen 84, 54, 45, 41 y 34, según datos de 2012-2013 de la Oficina de Naciones
Unidas Contra la Droga y el Delito.
En términos absolutos, hay países tan poblados que se pueden contar números
desorbitados de víctimas. Es el caso, por ejemplo, de Brasil, con 209 millones de
habitantes, que en 2017 tenía 30,8 homicidios por cada 100 000 habitantes, lo que

Página 29
equivale a 64 021 homicidios en un solo año. En España solo hubo 325 ese mismo
año. Una de cada diez muertes en Brasil, además, es causada por la propia policía.

«EN BRASIL HUBO 64 021 HOMICIDIOS EN 2017. EN ESPAÑA, 325»

Con todo, siguiendo la buena senda descendente generalizada, en 2018 Brasil


experimentó una bajada: 58 459 homicidios.
En el resto del mundo, el descenso es todavía más acentuado. Solo en los últimos
500 años, la tasa de homicidios en Europa se ha dividido por 30. A pesar de sus picos
puntuales, el descenso es global, y en las últimas décadas ha sido particularmente
espectacular. Algunos países pequeños incluso registran actualmente uno o ningún
asesinato al año, como Andorra o Luxemburgo.
A partir de 1990, de hecho, el descenso de homicidios ha sido tan acentuado en
todos los países del Primer Mundo que esta situación casi milagrosa ha sido definida
ya por los expertos como un fenómeno criminológico sin precedentes. Entre 1994 y
2013, por ejemplo, París registró un descenso en la tasa de homicidios del 65 %.
Incluso en las ciudades más peligrosas del mundo, como Ciudad Juárez, tildada a
menudo como la «capital mundial del asesinato», se dividió por 10 en número de
asesinatos desde 2010 hasta 2015.
En muchas de las principales ciudades de Estados Unidos, las tasas de delitos
violentos han caído en más del 50 % desde 1990. En la ciudad de Nueva York, por
ejemplo, estas tasas han disminuido en un 75 %, siendo quizá el mayor descenso
experimentado jamás en una gran ciudad (aunque su porcentaje continúe siendo
superior a la media española), tal y como apunta el criminalista Franklin Zimring[36].

En 2013, por ejemplo, la tasa de asesinatos cayó al mismo nivel que


se encontraba nada menos que sesenta años antes.
Sin embargo, el miedo a la delincuencia no disminuyó a la par que
la tasa de delitos[37].

Así, entre 1975 y 2005, la tasa de homicidios en Nueva York se redujo de casi 22
muertes a 6 muertes por cada 100 000 habitantes. Estos porcentajes son aún más
sorprendentes si se comparan con los datos que ofrece Bill Bryson en 1927. Un
verano que cambió el mundo:

En New Orleans, durante los años veinte del siglo XX, había 26
homicidios por cada 100 000 habitantes. En Miami, 40. Memphis
ostentaba el récord estadounidense con 69,3 asesinatos por cada
100 000 habitantes[38].

Página 30
A pesar de ello, resulta confuso tratar Estados Unidos como un país unitario, pues hay
grandes diferencias entre los diferentes estados, sobre todo los del norte frente a los
del sur. Los afroamericanos, por ejemplo, son porcentualmente más responsables de
homicidios que los blancos, tal y como señala el psicólogo cognitivo Steven Pinker:
«Entre 1976 y 2005, el índice medio de homicidios entre los americanos blancos era
de 4,8, mientras que el de los americanos negros era de 36,9»[39].
Sin embargo, tanto afroamericanos como blancos cometen más homicidios en los
estados del sur que en los del norte, lo cual sugiere que el color de piel puede influir
(por ejemplo, condenando a la persona a una situación segregación económica y
social), pero también lo hace decisivamente el nivel educativo y cultural del estado en
el que se vive.

Retorciendo estadísticas de mujeres, inmigrantes,


negros y policías

Las ideologías conservadoras tienden a contorsionar las estadísticas sobre


crímenes para reafirmar sus prejuicios. Hay partidos políticos, incluso con
representación en España, que afirman que los inmigrantes cometen
porcentualmente más delitos, lo cual es estrictamente cierto, pero omite a su
vez que el porcentaje de los inmigrantes que cometen delitos es, incluso así,
tan reducido que no merece mayor preocupación. En este desliz estadístico
también incurren quienes afirman que los hombres asesinan a las mujeres en
mayor proporción que las mujeres asesinan a los hombres: también es cierto,
pero tal y como ocurre con los inmigrantes, el porcentaje de hombres que
asesina a mujeres es espectacularmente pequeño.
Las personas, pues, con independencia de su sexo o su etnia, cometen
muy pocos crímenes, y es probable que si segmentamos a la población de
otras formas (culturistas, policías, conservadores, creyentes, calvos)
obtengamos resultados parecidos: aunque haya grandes diferencias
porcentuales, las bajas tasas en general no permiten que ninguna de esas
variaciones resulte estadísticamente significativa.
Cuando se postuló para la nominación republicana en noviembre de
2015, Donald Trump también tuiteó estadísticas reales mezcladas con otras
falsas sobre el índice de homicidios de los negros. La fundación del
movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos se creó para protestar
porque los policías disparaban a sospechosos negros en lugar de limitarse a
detenerlos. Para deslegitimar esta queja, se tiende a retorcer la estadística
para demostrar que hay más negros muertos a manos de otros negros que a
manos de la policía (tenga razón o no en hacerlo). Y eso es cierto, pero, tal y

Página 31
como explica Kit Yates, profesor de biología matemática en la Universidad
de Bath:

¿Deduciríamos que los perros son más «asesinos» que los osos
si alguien nos dice que en 2017 los perros mataron a 40
ciudadanos estadounidenses mientras que los osos mataron a
solo dos? Obviamente no. Los perros no son intrínsecamente
más peligrosos que los osos: simplemente resulta que en
Estados Unidos son mucho más abundantes. Dicho de otro
modo, si te dejaran escoger entre quedarte solo en una
habitación con un oso o con un perro, ¿qué elegirías? No sé tú,
pero yo probablemente optaría por el perro[40].

Por ello, la mortalidad de los habitantes de Manhattan que tienen entre 25 y 34 años
de edad es un 60 % menor que la tasa correspondiente para Estados Unidos en su
conjunto. Un menor porcentaje de accidentes de tráfico y de suicidios convierten así
esta isla en un refugio que resiste numantinamente a las cifras fatídicas del resto del
continente.
Por consiguiente, podemos afirmar que la gente se está dejando de matar entre sí.
Literalmente. Y, si bien es cierto que aún estamos lejos de alcanzar la paz mundial
anhelada por el discurso estereotípico de una Miss Mundo, nunca habíamos estado
tan cerca de ella en toda la historia como ahora mismo.

Lo que nos hace ser buenas personas


Pero ¿por qué nos estamos dejando de matar? La respuesta corta es: no lo sabemos.
La respuesta larga es que estamos barajando al menos diecisiete posibles teorías no
excluyentes[41], pero seguramente aún se nos escapan unas cuantas docenas más.
Algunas de las teorías son las siguientes:

Reputación más pública


Nuestro comportamiento moral está influido por la reputación, es decir, que
nos portamos bien para que los demás crean que somos buenas personas y
confíen en nosotros, como ya intuyó el hermano de Platón, Glaucón, al
principio de La República. Tal y como abunda en ello el psicólogo social
Jonathan Haidt: «El principio más importante para diseñar una sociedad ética
es el de asegurarse de que la reputación de todos esté bajo observación todo el

Página 32
tiempo, para que el mal comportamiento siempre acarree malas
consecuencias»[42].
El investigador de la responsabilidad moral Philip E. Tetlock, de hecho,
define esta como la «expectativa explícita de que alguien tendrá que justificar
sus creencias, sentimientos o acciones ante los demás»[43].

El mito del buen salvaje

El llamado «mito del buen salvaje» sugiere que son los pueblos más
primitivos y conectados con la naturaleza los que resultan más pacíficos,
porque es la sociedad moderna la que corrompe al ser humano. Los datos
estadísticos, sin embargo, sugieren justo lo contrario, y la mayoría de los
pueblos indígenas de América del Sur y Nueva Guinea (como los jíbaros, los
yanomami, los mae enga, los dugum dani, los murngin, los huli o los gebusi)
tienen proporcionalmente más víctimas por guerras que cualquier país de
Europa o Estados Unidos. Lo resume así el economista de la Universidad de
Oxford Paul Seabright en The Company of Strangers: A Natural History of
Economic Life:

En donde no hay limitaciones institucionales para ese


comportamiento, el asesinato sistemático de individuos sin
relación alguna es tan común entre los seres humanos que,
horrible como es, no puede ser calificado como excepcional,
patológico o perturbado.

Estados más garantistas


Externalizamos nuestros conflictos con los demás para que sea el Estado el
que los solucione, sin necesidad de que nosotros nos ensuciemos las manos de
sangre. Esta estrategia es tan eficaz que ha reducido a mínimos la venganza
individual, que por contrapartida es mucho más común en las sociedades de
cazadores-recolectores, tal y como sostienen las antropólogas Karen Ericksen
y Heather Horton tras revisar 192 estudios[44]. Incluso si añadimos muertes
por genocidios, purgas y otros desastres provocados por el ser humano, solo
el 3 y el 5 % de las muertes del siglo XX serían por causas violentas. Sin
embargo, todas las sociedades preestatales dedicadas a una mezcla de caza y
recolección tienen porcentajes mucho mayores de muertes violentas, algunos
de los cuales superan el 20 %. La antropóloga Carol Ember también sugiere

Página 33
que el 90 % de las sociedades cazadoras-recolectoras participan en guerras, y
que el 64 % las libran al menos una vez cada dos años[45].

Mejoras en la seguridad y la prevención, y aumento de presencia policial


Este factor ha incidido sobre todo en el siglo XX. Como explica Bill Bryson
en 1927. Un verano que cambió el mundo, «en Nueva York se registraron 372
asesinatos en 1927; en 115 de esos casos no arrestaron a nadie. Y cuando sí
había detenciones, la media de condenas era de menos del veinte por ciento».
En aquel año, nada menos que nueve décimas partes de todos los delitos
perpetrados en Estados Unidos quedaron impunes. Dos tercios de los
asesinatos cometidos ni siquiera se lograron resolver, según la compañía de
seguros de vida Metropolitan.

Sensación de impunidad disminuida debido a la teoría de las ventanas rotas


Esta controvertida teoría postula que en un lugar se producirán más
comportamientos incívicos o ilegales por el simple hecho de que el mobiliario
público pueda estar más descuidado: ventanas rotas, papeles por el suelo,
mala iluminación, suciedad, etc. Es decir, que un entorno ordenado fomenta
un sentido de la responsabilidad debido no tanto a la disuasión como a la
señalización de una norma social que rezaría algo similar a: este es el tipo de
sitio donde la gente obedece las reglas.

Descenso de los precios de los bienes de consumo


La cantidad de comida que un trabajador podía adquirir creció
exponencialmente a partir de 1820[46]. El salario de una hora en Estados
Unidos en el año 1901 permitía comprar 12 huevos, 3 litros de leche o 0,9 kg
de chuletas de cerdo en el año, pero cien años después se puede adquirir por
ese mismo salario 144 huevos, 15 litros de leche o 2,4 kg de chuletas de
cerdo. Hace solo 200 años, el 95 % de la humanidad vivía en la pobreza
extrema: actualmente, solo lo es el 10 % a nivel global, y aproximadamente la
mitad de los países del planeta registran tasas de pobreza por debajo del 3 %,
según datos del Banco Mundial[47]. De este modo, el PIB (Producto Interior
Bruto), el IDH (Índice de Desarrollo Humano) y la esperanza de vida pueden
ser buenos pronosticadores del número de homicidios que van a producirse.

Población cada vez más envejecida


Son los jóvenes, estadísticamente, los que cometen más crímenes de sangre
debido a sus niveles hormonales y grado de maduración del cerebro. Desde
un punto de vista puramente neurobiológico, la corteza prefrontal (la fuente
del autocontrol) no madura totalmente hasta los veinticinco años, «por lo que
el control del comportamiento impulsivo y las consideraciones morales no
están plenamente presentes hasta esa franja de edad»[48]. La edad del crimen
comienza entre los 8 y los 14 años, alcanza su cumbre entre los 15 y los 19, y
se acaba progresivamente entre los 20 y los 29, según la investigadora de la
Universidad Duke Terrie Moffitt[49]. De hecho, los adolescentes suelen

Página 34
cometer más estupideces, sobre todo si están delante de otros adolescentes,
como sugiere el psicólogo de la Universidad Temple Laurence Steinberg[50].

Menos plomo en el aire


Se supone que los niños expuestos a formas de plomo a edades tempranas
tienen mayor probabilidad de desarrollar discapacidades de aprendizaje,
trastorno por déficit de atención e hiperactividad y problemas con el control
de los impulsos. Se sugiere que estos problemas conducen a la comisión de
más crímenes a medida que estos niños alcanzan la edad adulta,
especialmente crímenes violentos.

Legalización del aborto


Todas las personas disponemos de una cuota de control frente a nuestros
impulsos violentos que, en parte, está determinada por el tamaño de una
región del cerebro. Que una madre gestante beba o fume afecta al desarrollo
de esa región del cerebro, como también que haya contacto piel con piel con
el bebé desde su nacimiento. Muchas madres de entornos conflictivos que en
realidad se quedaron embarazadas por accidente y no quieren a sus bebés,
ahora pueden recurrir al aborto. Estos millones de abortos legales han
ejercido una suerte de eugenesia preventiva, eliminando muchas personas que
potencialmente son menos capaces de autocontrolarse[51].

En definitiva, la mayor parte de los factores enumerados inciden en el ecosistema.


Las personas no deciden matar a la gente porque en ellos anide el mal (si bien puede
haber personas con rasgos psicopáticos u otros que las convierten en enfermas),
acaban haciéndolo porque el medio y sus limitaciones a la hora de autocontrolarse no
alcanzan a desincentivar el acto. O como lo resume el neurólogo Dick Swaab en su
libro Somos nuestro cerebro:

El nivel de agresividad de nuestro comportamiento viene determinado


por nuestro sexo (los niños son más agresivos que las niñas), nuestro
legado genético (pequeñas mutaciones en el ADN), la alimentación
que el niño recibe a través de la placenta y la exposición prenatal al
tabaco, alcohol y fármacos durante la gestación[52].

Sencillamente, las películas y series protagonizadas por asesinos en serie, así como
los medios de comunicación masivos, se han confabulado a la hora de exagerar la
realidad. Hasta el punto de que le tenemos mucho más miedo a un callejón oscuro
que a nosotros mismos, como veremos a continuación.

¡Peligro real: suicidio!

Página 35
En el séptimo capítulo de la primera temporada de la serie de la HBO Watchmen, la
agente de policía Angela Abar es sometida a un test de empatía consistente en
mostrarle dos imágenes. En una aparece una mujer siendo asaltada por un hombre
armado con un cuchillo. En la otra aparece una mujer a punto de saltar al vacío desde
el alféizar de una ventana. Entonces le preguntan: «¿Cuál de las dos mujeres está
sintiendo más miedo?». Es un buen dilema para reflexionar a propósito de cómo se
forma el miedo y qué es lo que esconde debajo de las capas de lo aparente. Y, en
parte, eso explica cómo nuestro miedo a ser matados por alguien es superior al miedo
a que acabemos suicidándonos, a pesar de que lo segundo es más probable que lo
primero.
La principal causa externa de muerte en países como España es el suicidio. Según
el INE, 3870 personas se suicidaron en España durante el pasado 2013. Vendrían a
ser equivalentes a unos 24 aviones estrellándose sin dejar supervivientes, unos dos al
mes. Es el doble de víctimas que las causadas por accidentes de tráfico. Más de diez
veces más que el número de homicidios. Más de ochenta veces más que las víctimas
de violencia de género. Dentro de dos horas y media, de promedio, habrá un suicidio.
Y luego, otro. Y luego, otro.
Usemos números redondos. En España, en un año, hay 350 homicidios. 1800
accidentes de tráfico, 3500 suicidios.

«EN ESPAÑA, EN UN AÑO, HAY 350 HOMICIDIOS. 1800 ACCIDENTES DE TRÁFICO.


3500 SUICIDIOS»

De todos los suicidas en 2013, 2911 fueron hombres y 959 mujeres (aunque hay
más tentativas de suicidio por parte de ellas, son menos expeditivas porque no suelen
recurrir tanto a pegarse un tiro, saltar de un puente o arrojarse a la vía del tren). La
tasa de suicidios es de 8,3 por cada 100 000 personas. Con todo, España es uno de los
países con la tasa más baja de suicidios de todo el mundo, muy por debajo de la
media de la UE, situada en 11,72. Solo mejoran a la española (7,43 en 2012) la tasa
de Chipre (3.82), Grecia (4.41), Italia (6.68), Malta (6.4) y Reino Unido (7,22).
Solo en Estados Unidos, todos los meses hay casi 4000 suicidios.
Anualmente, unas 800 000 personas mueren por suicidio en el mundo, según la
OMS. Esto se traduce en un suicidio cada 40 segundos.
Estas cifras nos sirven para profundizar en el dilema sobre nuestros miedos y
cómo son espoleados por políticos, líderes de opinión y medios de comunicación. Y
también para ser conscientes de la forma en la que estamos despilfarrando los
recursos, no protegiendo a los más desprotegidos, como señala el físico y periodista
científico luxemburgués Ranga Yogeshwar en Próxima estación: futuro: «Quizá sería
más razonable movilizar a más psicólogos y psiquiatras en lugar de emplear a más
policías»[53].

Página 36
A pesar del tópico, los países nórdicos no son los que registran mayor porcentaje
de suicidios. Suecia ni siquiera se encuentra entre los 20 primeros, a pesar de que su
amplio catálogo de novela negra insista en convencernos de lo contrario. El país
donde más gente se suicida es Lituania, donde se produjeron nada menos que 42
suicidios por cada 100 000 habitantes en el año 2003. Esto supone 6 veces más
suicidios que en Gran Bretaña y 5 veces más que en Estados Unidos. Se ignora la
razón de que tenga lugar este fenómeno tan masivo en Lituania y, en general, en
todos los estados bálticos u otros antiguos miembros de la Unión Soviética.
La mayoría de los suicidas son hombres, excepto en China y en el sur de la India.
Un lugar particularmente célebre para los suicidas es el puente Golden Gate, en
San Francisco: cada quince días, de media, alguien se tira desde allí. Desde su
inauguración en mayo de 1937, al menos 1250 personas se han quitado la vida de esta
manera. El 98 % de las veces, el suicida que salta logra morir; una tasa de éxito
mucho más alta que el envenenamiento (15 %) o cortarse las venas (5 %). Solo se
sabe de veintiocho saltadores que han sobrevivido a la caída[54].
Con todo, en las grandes ciudades, las personas se suicidan con menos frecuencia
que en las áreas rurales, tal y como sugiere un estudio realizado en el ámbito de
Estados Unidos por parte del economista de la Universidad de Chicago Edward
Glaeser[55]: «El índice de muertes por suicidio en Alaska, Montana y Wyoming es
más de 2,5 veces mayor que en Massachusetts, Nueva Jersey y Nueva York». Las
razones pueden ser diversas: desde mayor soledad asociada al aislamiento geográfico,
al hecho de que en los pueblos pequeños es cuatro veces más probable que las
personas posean armas de fuego respecto a las grandes ciudades. Por eso tampoco es
tan extraño que sea en las ciudades grandes donde se suelen hallar las cifras más
bajas de homicidios a nivel porcentual: el caso paradigmático es la mayor población
urbana del mundo, Hong Kong. Esta antigua colonia británica en el sureste de China
es el lugar con más rascacielos de todo el mundo: a fecha de marzo de 2019,
albergaba 2580 rascacielos de un mínimo de 100 metros de altura, que cobijan a parte
de sus 7 400 000 ciudadanos. Sin embargo, no solo tiene una de las tasas de
delincuencia más bajas en el mundo; sino que encuentra en la tercera posición en una
lista compilada por la Oficina de Drogas y Crimen de las Naciones Unidas[56] en
2011 como uno de los lugares con menos homicidios.
Si sabemos poco sobre las causas que incentivan o desincentivan los homicidios y
seguramente hay una constelación de estas interconectadas en una red muy tupida,
aún sabemos menos sobre los suicidios. Uno de los mayores expertos en el tema,
David Lester, profesor de psicología en el Richard Stockton College de Nueva Jersey,
llegó a concluir que es imposible postular una teoría unificada del suicidio tras haber
aislado factores que lo propician en 2500 estudios. Todo parece influir de una manera
o de otra: el tipo de personalidad, la sexualidad, la bioquímica, el alcohol, el grupo
sanguíneos, ni siquiera parece que el lunes sea el día preferido de los suicidas aunque
se nos antoje el más deprimente de la semana: lo es el miércoles, tal y como constató

Página 37
el sociólogo de la Universidad de California Augustine J. Kposowa. También parece
que los escritores tienen el doble de probabilidad de suicidarse.
Ante semejante maraña de causas y efectos que aún no sabemos cómo se
conectan entre sí, vamos a centrarnos en dos de los factores que propenden al suicidio
que acaso han sido los más estudiados hasta la fecha: tristeza y contagio.

Tristeza
La depresión es la principal causa de más de la mitad de todos los suicidios
que tienen lugar en Estados Unidos, tal y como señala el premio Nobel de
Fisiología o Medicina Eric R. Kandel: «Además, casi el 15 % de las personas
deprimidas se suicidan. Ese porcentaje es muy superior al índice de suicidios
entre personas con enfermedades terminales»[57].
Un simple altibajo emocional también puede conducir a una persona a
quitarse la vida. El altibajo puede tener un origen biológico o ambiental, es
decir, podría desencadenarse por algún desarreglo neuroquímico o por un
simple cambio de temperatura.
Sí, los efectos del clima en nuestro estado de ánimo abarcan otro conjunto
de hipótesis de gran calado. El frío, de hecho, puede ser mucho más
importante a la hora de pronosticar una depresión que las condiciones
económicas, los niveles de educación o la asistencia a misa, tal y como revela
el científico de datos de Google Seth Stephens-Davidowitz[58].
Tras investigar el índice de búsquedas sobre depresión en Google en
función del lugar geográfico, concluyó que «mudarse de Chicago a Honolulu
sería por lo menos el doble de eficaz que tomar cualquier medicación para el
bajón invernal».

Contagio
En 1974, David Phillips acuñó el término «efecto Werther» para describir el
suicidio imitativo inspirado o inducido por los medios de comunicación. Esta
imitación no solo aumentaría el número de suicidios, sino que afectaría a la
forma en que se producen. Phillips demostró así que el número de suicidios se
incrementaba en Estados Unidos durante el periodo transcurrido entre 1947 y
1968 justo al mes siguiente de que apareciera en la primera página de The
New York Times alguna noticia dedicada a un suicidio. Por ello podemos
sentenciar que «si el amigo de un chico se había suicidado el año anterior, ese
chico tenía el triple de probabilidades de tener ideas suicidas y casi el doble
de posibilidades de intentar suicidarse que los demás»[59].
Una revisión sistemática[60] de decenas de estudios sobre la asociación
entre informar de suicidio en los medios y el suicidio realizada en 2020 halló
que el aumento de suicidios tenía lugar si el suicida era, sobre todo, famoso.
En tal caso:

Página 38
Informar sobre el suicidio aumentó un 13 % los suicidios.
Informar del método aumentó un 30 % las muertes por ese método.

Efecto Werther

El escritor Johann Wolfgang von Goethe publicó la novela epistolar Las


desventuras del joven Werther en 1774. En ella, el protagonista, un joven
artista de temperamento sensible, se dispara un tiro en la sien víctima de un
amor imposible hacia la bella Charlotte. En el momento de morir, Werther
está vestido igual que la noche del primer baile con su amada: con una levita
azul y un chaleco amarillo.
Algunos lectores jóvenes, tras la publicación de aquella obra, se
suicidaron de formas similares a Werther, por una suerte de efecto contagio.
De hecho, las autoridades de Italia, Alemania y Dinamarca llegaron a
prohibir la novela. Este contagio literario, sea más o menos exagerado, fue
usado para finalmente designar los suicidios inducidos por la forma en que
los medios de comunicación informan sobre ellos.
Lo que sí que parece que se contagió de forma casi vírica fue el atuendo
de Werther. La combinación del azul con el amarillo se puso de moda, y
muchos jóvenes empezaron a usar estos colores en sus levitas y chalecos
como signo de buen gusto en Europa. Como explica Riccardo Falcinelli en
su libro Cromorama, estos colores acabaron también salpicando al resto de la
iconografía del personaje fuera del libro: «en pinturas e ilustraciones o en los
trajes teatrales de las escenificaciones de la obra, como la versión operística
escrita por Massenet (1892). En China, la figura del infeliz protagonista se
pinta en copas y porcelanas».

El Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, en aras de reducir


el efecto Werther, ha sugerido formas alternativas de publicar noticias de suicidios:
por ejemplo, no ofreciendo datos muy concretos sobre cómo o dónde se produjo este
y omitiendo todos los rasgos personales que pudieran inspirar la compasión del lector.
A través de los medios de comunicación no solo se puede lograr frenar el efecto
Werther, sino también revertirlo. Es lo que se llama efecto Papageno, que debe su
nombre a un personaje de La flauta mágica de Mozart que finalmente no se suicida
gracias a la aparición de tres espíritus infantiles que le recuerdan las alternativas a la
muerte. Para lograr este efecto, la noticia debe presentar al suicida como alguien que
sufre y que necesita ayuda, lo que estimularía la empatía del lector[61].

Página 39
La buena noticia, sin embargo, es que los suicidios, al igual que los homicidios,
no están aumentando en términos generales: los millennials cada vez se suicidan
menos desde la década de 1990, y, si bien hay un repunte de suicidas ancianos, ello se
debe a que hay una población envejecida, es decir, a que cada vez hay más ancianos.
También en los últimos años ha habido algún pico entre la llamada generación Z
(nacidos después de 2000), pero igualmente ningún Estado del bienestar de Europa
Occidental figura entre los diez países del mundo con las tasas de suicidio más
elevadas. El 79 % de los suicidios tienen lugar en países de ingresos bajos o
medianos. Es en estos países, y no aquellos, pues, donde deberían instalarse en
cualquier caso esas cabinas de suicidio que aparecen en la serie de animación
Futurama. Unas cabinas situadas equivocadamente (ahora lo sabemos) en una Nueva
York del año 3000, donde se le pregunta al usuario si prefiere una muerte rápida o
una lenta y dolorosa. Si solo pretendías realizar una llamada a larga distancia,
entonces una voz robótica te responderá: «ha escogido lenta y dolorosa».

Tus nuevos aforismos


No temas a la gente en general, porque tu peor compañía es la soledad.
Ten miedo de la oscuridad, pero la que hay dentro de ti. Porque es 10 veces
más probable que te suicides a que alguien te mate.
No sientas nostalgia por un tiempo pasado mejor, pues el mejor tiempo es
el presente, y probablemente lo sea el futuro.
La única manera de no morir es no vivir.

Página 40
TERRORISMO

Andas errado si crees que solo cuando navegamos estamos próximos


a la muerte; en todas partes es muy escasa la distancia. No en todas
partes se nos muestra la muerte igualmente vecina, pero en todas
partes es igualmente vecina. Disipa estas tinieblas y me enseñarás más
fácilmente las lecciones para las cuales estoy preparado. La
Naturaleza nos ha hecho capaces de aprender dándonos una razón
imperfecta, pero perfectible.
SÉNECA,
Epístolas morales a Lucilio

Página 41
S
i el miedo a los homicidios está en parte infundado y ha sido tradicionalmente
sobrealimentado por los medios de comunicación, en el caso de las muertes
achacadas al terrorismo esta dinámica es todavía mucho más escandalosa.
El problema de las cifras de muertos es que, si no se ofrece una perspectiva
porcentual en relación al número de personas que estamos analizando, apenas nos
ofrecen información acerca de la gravedad de la noticia. Por ejemplo, «han sido
asesinadas diez personas en un año» es una afirmación preocupante si nos estamos
refiriendo al ámbito de un club de aficionados a la numismática compuesto por cien
socios, pero no tanto si nos centramos en un país en el que viven cien millones de
personas.
De algún modo, es lo mismo que sucede con los boletos de la lotería. Si todos se
reparten entre cien miembros o cien millones de miembros, la probabilidad de que te
toque el premio gordo es superior en el primer caso respecto al segundo. O dicho de
otro modo menos prosaico: «Cuando el león ataca una manada de gacelas, el peor
enemigo no es el león, sino las gacelas que corren más deprisa»[62].
Precisamente el terrorismo, habida cuenta del bajo número de víctimas que
propicia con sus actos a nivel global, juega a sugerirnos la sensación de que todos
estamos en peligro, de que todos podemos morir, de que la elección es totalmente
aleatoria cuando, en realidad, es justo esa aleatoriedad fijada en un gran número de
individuos lo que debería reducir nuestro miedo hacia el terrorismo[63].
Además de la aleatoriedad, a la hora de poner en perspectiva cualquier noticia
fatídica, hay que hacer hincapié en que somos muchas personas en el mundo.
Muchísimas más de las que nunca antes hubo en la historia, como nos recuerda
Pinker:

Con independencia de lo pequeño que sea el porcentaje de muertes


violentas, en números absolutos siempre habrá las suficientes para
llenar el telediario de la noche, de modo que la impresión de la gente
respecto a la violencia no se corresponderá con las proporciones
reales de dicha violencia[64].

Por esa razón, es cierto que en el siglo XX ha habido más muertes violentas que en los
siglos anteriores, pero también porque había muchos más individuos que podían ser
matados:

En 1950, la población mundial era de dos mil quinientos millones,


unas dos veces y media más que en 1800, cuatro veces y media más
que en 1600, siete veces más que en 1300, y quince veces más que en
el año 1 d. C. Por tanto, el cómputo de muertos en una guerra del año
1600, por ejemplo, deberíamos multiplicarlo por 4,5 para poder
comparar su carácter destructivo con el de mediados del siglo XX.

Página 42
La cuestión es que el terrorismo es una parte de las muertes violentas que se producen
en el mundo que, no ya comparándolo con otras causas más preocupantes, sino
simplemente parangonadas con los homicidios, resultan irrisorias. Por eso podemos
afirmar en términos generales que es 50 veces más probable que nos mate
accidentalmente (y aleatoriamente) un borracho que un terrorista. Sin embargo, no
nos preocupa que tanta gente ingiera alcohol en cualquier evento social pero sentimos
un arrebato de paranoia si alcanzamos a oír un «Alá es grande» en un aeropuerto.

«EN TÉRMINOS GENERALES ES 50 VECES MÁS PROBABLE QUE NOS MATE


ACCIDENTALMENTE (Y ALEATORIAMENTE) UN BORRACHO QUE UN TERRORISTA»

Otro problema añadido tiene que ver con esto último: nos inclinamos a formar
estereotipos muy marcados sobre quiénes son y cómo son los terroristas, a la vez que
no lo hacemos de quienes se beben dos o tres gintonics en una fiesta[65]. Pero los
terroristas no solo se cobran pocas víctimas porcentualmente hablando, sino que
distan de ser personas ignorantes.

Votantes demasiado motivados (por la audiencia)


A juicio del economista Steven Levitt, lo que en puridad alimenta al terrorismo no es
la ignorancia o la psicopatía, sino el activismo exagerado y que, como veremos más
adelante, le hagamos demasiado caso. Es decir, que un terrorista es bastante parecido
a un ciudadano que ejerce su voto en las urnas, solo que de un modo mucho más
pasional. Un terrorista, de hecho, considera que hace el bien. Que sus propósitos son
tan elevados a nivel moral que incluso merece la pena hacer el mal para conseguirlos,
haciéndose eco del maquiavélico «el fin justifica los medios» o el pedestre «para
hacer una tortilla hay que romper algunos huevos»[66].
Por ello no resulta tan llamativo que las familias de los terroristas tengan una
menor probabilidad de ser pobres y que estos hubieran superado al menos la
educación secundaria, tal y como concluyó el economista Alan Krueger al reunir
datos biográficos de 129 mártires muertos en una circular de noticias del Hezbollah
(una organización islámica musulmana chií libanesa que cuenta con un brazo político
y otro paramilitar) que fueron comparados con otros hombres en la misma franja de
edad de la población general del Líbano. Estas tendencias también se han constatado
en otras organizaciones terroristas, como los miembros de Al-Qaeda, si bien
carecemos de datos suficientes para saber si hay proporciones similares en el IRA, la
ETA o los Tigres Tamiles de Sri Lanka.

Página 43
Cualquiera que haya leído un poco de historia reconocerá que el perfil
del terrorista de Krueger se parece bastante al del revolucionario.
Fidel Castro y el Che Guevara, Ho Chi Minh, Mohandas Gandhi,
León Trotsky y Vladimir Lenin, Simón Bolívar y Maximilien
Robespierres, no encontrará entre ellos ni un solo chico de clase baja
y sin educación[67].

Si el exceso de democracia deviene en oclocracia (el poder del pueblo por encima de
la ley), el exceso de oclocracia, salpimentada con más violencia e ilegalidad, puede
acabar convirtiéndose en terrorismo: la imposición de ideas de una minoría por medio
del terror. O en román paladino: crear alarma social con fines políticos. Y he aquí el
quid del asunto: «alarma social». Porque el terrorismo no es tanto matar a otra
persona como que esa muerte tenga un mayor significado que otras muertes. O dicho
de otro modo: el terrorismo solo funciona (aunque no suele hacerlo, como veremos
más adelante) cuando le prestamos atención. Si no fuera así, probablemente
desaparecería casi cualquiera de sus formas. De hecho, según ha constatado Michael
Jetter, profesor de la Universidad de Australia Occidental, cada artículo publicado en
The New York Times informando sobre ataques terroristas en 201 países diferentes
fomentaba el riesgo de nuevos atentados terroristas en el mismo país[68]. Básicamente
porque los terroristas se habían dado cuenta del éxito de su ataque gracias a la
difusión de los medios.
Por consiguiente, al igual que establecemos un código deontológico sobre cómo
informar acerca de los suicidios para que estos no se propaguen por imitación, tal vez
también deberíamos hacer un tanto de lo mismo a propósito de los actos terroristas.
Sin focos que los iluminen, los terroristas ya no hallarían tantos incentivos para
continuar con sus actividades.
En efecto, el share es el verdadero detonante de una bomba. El célebre analista de
los medios de comunicación Marshall McLuhan no pudo ser más tajante cuando
declaró que «sin comunicación, el terrorismo no existiría».
Por mucho que una explosión sea lo que llama nuestra atención, pues, quizá
deberíamos fijarnos en otros detalles, como propone Levitt:

Sea cual sea el problema que estás tratando de resolver, asegúrate de


que no solo estés atacando la parte ruidosa del problema que capta tu
atención. Ántes de gastar todo tu tiempo y recursos, es muy
importante definir el problema de manera adecuada; o, mejor todavía,
redefinir el problema[69].

Estrategia ineficaz

Página 44
Tras cuantificarse las noticias difundidas por los canales de televisión estadounidense
ABC, CBS y NBC entre 1981 y 1986, el profesor de ciencias políticas en la
Universidad de Stanford Shanto Iyengar pudo comprobar que el número de
informaciones difundidas sobre terrorismo era mayor que el conjunto total de noticias
sobre pobreza, desempleo, desigualdad racial y crimen[70]. La politóloga Pippa
Norris, de la Universidad de Harvard, también ha encontrado una correlación entre el
número de noticias sobre terrorismo (en las primeras transmisiones de noticias de la
tarde en varios canales de televisión) y la clasificación del terrorismo como problema
más importante entre la población[71]. Es decir, que la gente tiene más miedo del
terrorismo en función de cómo los medios de comunicación abordan el terrorismo,
con independencia de que se produzcan más o menos atentados terroristas.
Es cierto que el terrorismo produce inquietud porque es aleatorio, fruto del azar, y
nunca se puede predecir dónde puede atacar. Sin embargo, ¿acaso todas las muertes
no son así en algún aspecto? Si el terrorismo es cualitativamente distinto es porque no
solo afecta a las víctimas, sino que impone costes a todos y esos costes pueden ser
más o menos gravosos en función de la cantidad y el tipo de cobertura mediática que
ofrezcamos a los terroristas.
Con todo, la cuestión primordial es que casi no muere nadie a causa de
terrorismo. Las cifras son incontestables al respecto. A pesar de que España es el país
que más víctimas registró por terrorismo en la UE entre 2000 y 2018, en total, sin
embargo, la cifra solo ascendió a 268 víctimas. Casi cualquier otro factor provoca
más muertes.
Si vamos un poco más atrás y ampliamos el foco a Estados Unidos, excepto en
los años 1995 y 2001, se han registrado menos víctimas de terrorismo que por
alergias a los cacahuetes (y la tendencia no deja de aumentar, pues en 1999 el 0,5 %
de los niños tenían alergia a los cacahuetes, pero 20 años después la proporción se ha
cuadruplicado). Y por picaduras de abeja. Y por ataques de ciervos. Y por caídas de
rayos. El matemático John Allen Paulos, autor de varios libros en los que pone de
manifiesto nuestra incompetencia a la hora de enfrentarnos a las estadísticas, señala
en su libro más célebre, El hombre anumérico, que ha habido menos de 400 víctimas
por terrorismo internacional al año desde 1968 hasta 1988. Solo de estadounidenses
que se asfixian accidentalmente en la cama hay 300 víctimas anuales[72].

«SE HAN REGISTRADO MENOS VÍCTIMAS DE TERRORISMO EN ESTADOS UNIDOS QUE


POR ALERGIAS A LOS CACAHUETES»

Sin embargo, los atentados del 11 de septiembre de 2001 han propiciado unos
sentimientos que torturan la estadística para que confiese lo que uno quiere, como
denuncia el psicólogo social Jonathan Haidt aludiendo a un videocartel de una
estación de tren de Nueva Jersey:

Página 45
La Autoridad de Transportes de Nueva Jersey anima a sus pasajeros a
abrazar la falsedad del razonamiento emocional: «confía siempre en
tus sentimientos». «Si sientes que algo no está bien, probablemente no
lo está», dice el cartel. Pero es imposible que eso sea verdad. Con toda
probabilidad, hay millones de momentos cada año en que algún
estadounidense en alguna parte «siente que algo no está bien» y no se
preocupa por un atentado[73].

Es decir, que los países del primer mundo son relativamente seguros en relación al
terrorismo. En 2018, Afganistán, Siria, Nigeria, Irak y Sri Lanka fueron los cinco
países con mayor número de víctimas por terrorismo, pues solamente ellos tuvieron el
67,3 % del total de muertos.
El terrorismo es tan inocuo que incluso es más probable para un norteamericano
morir a manos de un policía que de un terrorista. Concretamente, según datos del
National Safety Council, el National Center for Health Statistics y el Censo de
Estados Unidos[74]:

8 veces mayor probabilidad de morir a manos de un policía que de un


terrorista.
575 veces mayor probabilidad de suicidarse.
17 600 veces mayor probabilidad de morir de un ataque al corazón.

Según la base de datos sobre terrorismo mundial de libre acceso Gilobal Terrorism
Database, que indexa los detalles de 170 000 atentados terroristas que han tenido
lugar desde 1970, entre los años 2007 y 2016 se han triplicado las víctimas respecto a
la década anterior, con un resultado total de 159 000 víctimas. Sin embargo, aunque la
palabra «triplicado» suena ominosa cuando hablamos de muertos, en realidad,
porcentualmente, no significa mucho si hablamos de cifras tan pequeñas. Por si fuera
poco, no han aumentado en todo el mundo, sino, básicamente, en Irak (responsable de
casi la mitad del aumento), Afganistán, Nigeria, Pakistán y Siria. En los países más
ricos, sin embargo, las cifras han ido disminuyendo progresivamente, y a día de hoy
cuesta imaginar una causa de muerte que mate a menos personas que el terrorismo,
tal y como explica Hans Rosling en Factfulness:

Las muertes por terrorismo en los países más ricos representaron el


0,8 por ciento de todas las muertes por terrorismo entre 2007 y 2016.
Desde 2001, ningún terrorista ha conseguido matar ni a un solo
individuo secuestrando una aerolínea comercial.

Sí, los atentados de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 fueron terribles,
pues mataron a más de 3000 personas, pero constituyeron solo una excepción. Entre
1970 y 2007 solo otro ataque terrorista en el mundo entero ha llegado a matar a

Página 46
quinientas personas, según los datos sobre terrorismo global del National Consortium
for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism. Y las víctimas del 11 de
septiembre por el atentado no son las únicas: provocó indirectamente que, debido al
miedo de la gente a ser víctima de otro atentado, tuviera lugar un descenso del 20 %
de los vuelos de pasajeros. Por esa razón, según ha calculado el psicólogo cognitivo
Gerd Gigerenzer, durante el año transcurrido desde el atentado del 11-S murieron
1500 estadounidenses en accidentes de tráfico porque prefirieron ir en coche a volar a
su destino por miedo a morir en otro atentado terrorista (porque, sí, viajar en coche es
porcentualmente mucho más peligroso que hacerlo en avión). Casi la mitad de las
muertes del atentado, y seis veces más que la cantidad total de pasajeros que
fallecieron en los cuatro vuelos mortales de ese fatídico día (256). Además, tras el
11-S se invirtieron tantos recursos policiales en la lucha contra el terrorismo que otros
departamentos quedaron desatendidos, y en el transcurso de los siete años posteriores
al ataque, el gobierno gastó 300 000 millones de dólares en reforzar la seguridad
interior, lo que elevó el coste de cada vida salvada en función del número de muertos
que probablemente se evitarían a una cantidad que oscila entre los 64 y los 600
millones de dólares.
El miedo al terrorismo es prácticamente el mismo en 2015 que la semana después
del derrumbamiento de las Torres Gemelas en 2001, según una encuesta de Gallup: al
51 % de los norteamericanos le preocupa que un miembro de su familia pudiera ser
víctima de terrorismo. No importa que en catorce años no se haya vuelto a producir
ningún acto terrorista destacable. Y, si bien hay una tendencia a un mayor número de
ataques terroristas, apenas es responsable del 0,05 % de todas las muertes que
tuvieron lugar en el mundo en el año 2016.
Por consiguiente, si el terrorismo sobrevive como estrategia es porque se
aprovecha de la quebradiza psicología del miedo. No obstante, lo más irónico es que
no tiene apenas ninguna otra ventaja más que esa: dar miedo y aparecer
sobrerrepresentado en los medios de comunicación, como si fueran celebrities.
Porque el terrorismo sirve para poco más, ni siquiera resulta eficaz para obtener sus
fines, como señaló el científico político Max Abrahms[75] tras examinar los grupos
que en 2001 fueron considerados por el Departamento de Estado de Estados Unidos
como organizaciones terroristas. Dejando a un lado victorias meramente tácticas
(como atención mediática, nuevos apoyos, presos liberados o cobros de rescates) solo
tres de ellas (el 7 %) había alcanzado sus objetivos. De hecho, los grupos terroristas
que matan civiles en vez de militares, todavía fracasan más sistemáticamente en la
consecución de sus objetivos.

El miedo al terrorismo es peor que el terrorismo

Página 47
Según John Mueller, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Estatal
de Ohio, y experto en cuestiones de seguridad, las reacciones a los atentados
terroristas constituyen una amenaza más preocupante que los atentados en sí
mismos.
Si bien esta preocupación permite asignar un mayor presupuesto para
servicios de inteligencia, el exceso de miedo espoleado por los medios de
comunicación y los discursos políticos permite introducir con mayor
facilidad medidas represivas que coartan la libertad, así como la mala gestión
de unos recursos finitos para combatir todas las amenazas a las que nos
enfrentamos. Por ejemplo, en Estados Unidos se asignaron 2000 millones de
dólares para mejorar la preparación contra el terrorismo, lo que favoreció
que solo quedaran diez veces menos para afrontar catástrofes naturales.
El físico Ranga Yogeshwar lo resume así: «Lo que nos mata no es la
amenaza sino el miedo ante la amenaza»[76]. Por ello, tras el atentado
islamista que tuvo lugar en el mercado navideño de Berlín en 2016, con un
saldo total de 12 muertos, podemos afirmar que «el riesgo de ser arrollado
por un coche de camino al mercado navideño es mucho mayor que el de ser
víctima de un ataque terrorista en aquel punto».

A la hora de cambiar la política por vías no estrictamente democráticas, de hecho,


resulta mucho más eficaz recurrir a las manifestaciones, las huelgas, los boicots y
otras campañas de resistencia no violenta que al terrorismo o la insurrección, tal y
como han demostrado las investigadoras de Ciencias Políticas Erica Chenoweth y
Maria Stephan tras comparar los resultados de 323 de estos actos sucedidos entre
1900 y 2006[77]. Es fácil deducir la razón de que el 53 % de los actos no violentos
tengan éxito frente al 26 % de los violentos: la no violencia persuade a más gente
para que se una a la causa, y el Estado tiene más difícil usar la violencia represora
contra grupos no violentos, lo que favorece el inicio de las negociaciones. De hecho,
si el Estado ejerce represión violenta contra grupos no violentos, estos tienen hasta
seis veces más posibilidades de obtener concesiones.
Tal vez por todas esas razones, los movimientos terroristas generalmente tienen
una existencia efímera y acaban por desaparecer. Ejemplos recientes son los de ETA,
en el País Vasco, que anunció el abandono de sus actividades armadas el 2 de octubre
de 2011; el IRA en Irlanda del Norte, que el 8 de febrero de 2010 anunció la entrega
de las armas a la Comisión Internacional Independiente de Desarme; o el alto al
fuego bilateral firmado por el Gobierno colombiano y las FARC el 23 de junio de
2016. Todavía quedan, sobre todo, terroristas de índole religiosa, pero la mayor parte
de ellos se irán apagando lentamente. En esencia, como ya dijimos en el primer
capítulo dedicado a los homicidios, porque en general a la gente no le gusta usar la
violencia contra la gente. Por eso, de 648 grupos terroristas examinados por

Página 48
especialistas en seguridad internacional en la Rand Corporation, casi la mitad han
abandonado la violencia, incorporándose a la acción política clásica[78].
Los seres humanos, en términos generales, no estamos hechos para matarnos unos
a otros. Tenderemos en su gran mayoría a reducir el conflicto, como ya está pasando.
Y eso no es algo que solo concierna a los seres humanos, sino a la mayor parte de los
mamíferos. De hecho, como ya advertimos en el capítulo anterior, es la civilización la
que reduce la violencia, que en su estado natural es mayor, como lo es en el resto del
reino animal, lo que hace del ser humano una criatura no tan agresiva como nos la
pintan los cuentos que presentan una idea romántica de la naturaleza.

Nos hemos autodomesticado

Como demostró Gregory Berns, un neurocientífico de Emory University: la


parte del cerebro de los perros que se ilumina cuando escuchan las voces de
sus dueños es la misma parte del cerebro humano que se ilumina cuando nos
gusta alguien o algo. Este amor es tan profundo que un perro dado en
adopción prefiere incluso estar con su dueño original a la comida.
Una teoría genética sobre esta tendencia tiene que ver con el síndrome de
Williams-Beuren, un trastorno genético raro. Uno de los muchos síntomas
del síndrome es la amistad indiscriminada. Los humanos pueden haber
seleccionado perros amigables durante miles de años de domesticación y los
genes Williams-Beuren pueden así haberse prodigado entre ellos.
A finales de 2019, se halló que genéticamente esta teoría de
domesticación también puede haber tenido lugar en los seres humanos. Este
innovador experimento celular[79] nos ha ofrecido la primera demostración
genética de que los humanos desarrollaron un comportamiento más amigable
y cooperativo escogiendo a los compañeros según el carácter. ¿Qué hace una
comunidad que no dispone de policía y de cárceles?, se pregunta el
primatólogo británico Richard Wrangham en su libro The Goodness
Paradox: The Strange Relationship Between Virtue and Violence in Human
Evolution. Los miembros del grupo deciden ejecutarlo, y de este modo no se
reproducirá, propagando sus genes violentos a nuevos miembros de la
comunidad.
Esto también explicaría que es una pequeña proporción de personas las
que cometen la mayor parte de delitos violentos: en Suecia, por ejemplo, el
1 % de la población (23 342 personas) protagonizaron el 63 % de todas las
condenas de delitos violentos entre 1973 y 2004[80].

Página 49
La idea de que los animales solo matan para alimentarse y nunca por otros fines es
solo un mito. De hecho, la especie humana ha reducido hasta tal punto su violencia
hacia miembros de su propia especie que ni siquiera se encuentra entre las primeras
veinte especies más agresivas de reino animal. Según un estudio publicado en Nature
en el año 2016, el animal más agresivo es la suricata, porque una de cada cinco
suricatas muere a manos de otra suricata. En segundo lugar está el mono de cola roja.
Luego vienen el mono azul, el lémur de frente roja, la marmota de cola larga, el león,
la mangosta moteada, el lobo gris, el papión chacma y el sifaca diademado.
Intentemos que los medios de comunicación no nos hagan creer que estamos en la
cúspide de esta clasificación. No perpetuemos innecesariamente el eco de las
detonaciones de esos pocos terroristas que aún ponen bombas. Probablemente,
acabarán por abandonar las armas porque ya no salen en la tele.

¡Peligro real: trabajar!

Si los accidentes laborales decuplican el número de víctimas por terrorismo,


como de hecho ocurre, podríamos aducir que ya hemos encontrado la excusa perfecta
para pedir la baja laboral. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas: el desempleo
también mata, aunque sea por otras razones: estar desempleado aumenta en un 20 %
la tasa de mortalidad. Dado que parecemos condenados, quizá es mejor optar por
trabajar, aunque también es cierto que la desigualdad económica es una importante
fuente de enfermedad y, también, de muerte.
La construcción es el sector que más muertes por accidente laboral acumula en la
mayor parte de países del mundo. En España, también.
Aquí, según las estadísticas de accidentes laborales del Ministerio de Trabajo[81],
en los ocho primeros meses de 2019 hubo 47 416 accidentes registrados, de los cuales
74 fueron mortales, un 21 % más que en 2018. La industria manufacturera cuenta en
este mismo periodo con 67 749 accidentes laborales de los cuales 49 han sido
mortales. Por su parte, el sector del transporte y almacenamiento registró un total de
26 179 accidentes y 58 fallecidos.
En 2018, hubo un total de 532 977 accidentes en el trabajo. 3991 de ellos fueron
graves. 652 de ellos fueron mortales. Por sexo, murieron más hombres que mujeres.
En concreto, 602 varones y 50 mujeres. En 2017, fueron 618 casos en total.
No obstante, desde 1988, en términos generales los fallecidos por accidentes
laborales en España han descendido un 62,7 %. El año más problemático fue 1990,
con 1196 muertes.
Las comunidades autónomas con más siniestralidad laboral en relación a la
población trabajadora en ellas son Aragón, con 7,9 víctimas laborales por cada
100 000 trabajadores, Castilla y León, con 7,6 muertes, y Galicia, con 6,8.

Página 50
Las actividades con más víctimas mortales en 2018 fueron los transportes (114
personas), la industria manufacturera (110) y la construcción (98). Las principales
causas que nos matan trabajando son:

Los infartos y los derrames cerebrales


Las caídas
Los accidentes de tráfico
Los aplastamientos y amputaciones

El estrés laboral también es un desencadenante importante a la hora de que se


desarrollen enfermedades y, finalmente, fallecimientos asociados a ellas. Y es que el
estrés crónico puede conducir a problemas de salud, como infecciones y diabetes. Los
niveles de esta hormona son más altos cuando el esfuerzo del trabajador es elevado,
la recompensa es baja y el compromiso es excesivamente alto (amén de que el jefe no
te elogie o te recompense de algún modo), tal y como sugiere un estudio de Leander
van der Meij y sus colegas de la Universidad Tecnológica de Eindhoven, en los
Países Bajos, tras analizar los niveles de cortisol de 172 voluntarios[82]. Tal y como
también explica Matt Ridley en Genoma:

En un estudio masivo de diecisiete mil funcionarios, apareció una


conclusión casi increíble: la categoría del trabajo de una persona
podía predecir mejor sus posibilidades de un ataque cardiaco que la
obesidad, el tabaquismo o la hipertensión. Una persona con un trabajo
de categoría inferior, como un conserje, tenía casi cuatro veces más
posibilidades de tener un ataque al corazón que una secretaria
permanente de alto rango[83].

Karoshi o muerte por exceso de trabajo

Quedarse dormido en mitad de una clase o de una reunión de negocios en


Japón es motivo de orgullo: significa que trabajas duro y estás agotado. Ello
tiene hasta un nombre: inemuri. Por eso no es extraño que el karoshi o la
muerte por exceso de trabajo también sea un término que se haya acuñado en
tierras niponas, donde la cultura del trabajo es tan importante para labrarse
una buena reputación.
Para que cuente como un caso de karoshi, la víctima tiene que haber
trabajado más de 100 horas extra en el mes anterior a su muerte u 80 en dos
o más meses consecutivos de los últimos seis.
Según fuentes oficiales, en 2015 se registraron unas 2310 víctimas por
este fenómeno y, sin embargo, según el Consejo Nacional en Defensa de las

Página 51
Víctimas del Karoshi, la verdadera cifra puede llegar a alcanzar los 10 000
casos anuales.
Se ignora exactamente qué es lo que causa la muerte por exceso de
trabajo (se teoriza que es fruto de pasar muchas horas en el trabajo sentados),
pero es un fenómeno del que ya se han registrado casos en otros países.

Estados Unidos muestra una particularidad en sus cifras de siniestralidad laboral. Al


ser un país muy dependiente del coche, son los accidentes de tráfico la primera causa
de muerte en el ámbito del trabajo. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de
Estados Unidos, de los 130 millones de trabajadores registrados en el año 2017, 5147
de ellos murieron en el desempeño de su labor, ligeramente por debajo de las 5190
lesiones fatales reportadas en 2016. Sin embargo, si se excluyen los accidentes de
tráfico del cómputo (2077 muertes), entonces la tasa estadounidense es casi la misma
que hay en España.
Las caídas provocaron 887 muertes en Estados Unidos en 2017, es decir, el 17 %
de todas las muertes en el ámbito laboral. Según el año, la segunda causa de muerte
en el lugar de trabajo estadounidense son los asaltos violentos, que representan el
17 % de la siniestralidad laboral. Los trabajos más proclives a este tipo de muertes
son: policía (40 en 2012), empleado de supermercado (38), taxista (32), empleado de
bar (22), empleado de gasolinera (21), guardia de seguridad (14) y empleado de salón
de belleza (7). En 2016, hubo 91 muertes violentas de sospechosos de robar en
tiendas, así que también entraña grandes riesgos estar en el otro bando (a no ser que
organicemos un gremio de los ladrones, como sucede en la saga de Mundodisco de
Terry Pratchett).
Tener una visión global de la siniestralidad laboral es difícil porque muchos
países arrojan cifras poco confiables (India reportaba 222 víctimas en 2005, cuando el
International Labour Organization elevaba la cifra a 40 000), pero se estima que hay
más de 300 000 muertes al año, y más de 300 millones de accidentes que requieren
más de cuatro días de baja. Además, todas estas tasas relativas a la siniestralidad
laboral tienen en cuenta los trabajadores dados de alta en los sistemas de seguridad
social, pero no se incluye el número de fallecidos en los trabajos informales, cuyas
cifras se desconocen, y en algunas estadísticas también se excluyen trabajadores por
cuenta ajena o autónomos (quizá porque los autónomos son algo así como el
superhéroe que interpretaba Bruce Willis en El protegido y nunca se ponen enfermos
—⁠ guiño, guiño, codazo, codazo⁠ —).
De igual manera, hablar de siniestralidad laboral es un poco tramposo cuando lo
comparamos con otras causas, porque el trabajo es solo un lapso de tiempo del día en
el que podemos morir de casi cualquier cosa. La jornada laboral solo es un segmento
de ocho o más horas en la vida de una persona. Por eso se puede incluso afirmar a
nivel estadístico, tal y como lo hace John Lloyd en su jocoso El pequeño gran libro

Página 52
de la ignorancia, que el trabajo mata a más personas que el alcohol, las drogas o la
guerra: «Se dice que el trabajo específico más peligroso es el de los pescadores de
cangrejos de Alaska que faenan en el mar de Bering»[84].
Los hombres mueren mucho más que las mujeres en el trabajo, pero a medida que
hay más mujeres en el mercado de trabajo, las diferencias se reducen, sobre todo en
los países más desarrollados. Ello también está reduciendo su esperanza de vida al
estar expuestas a mayor estrés, tal y como señala Lisa Berkman, directora del Centro
de Estudios sobre Población y Desarrollo de Harvard: están más expuestas al estrés
del trabajo, del matrimonio y, en algunos casos, de ser madres solteras[85].
Estar desempleado tampoco es la solución para sortear la muerte. Según un
estudio realizado por investigadores de la Universidad de Stirling (Reino Unido), el
daño psicológico de estar en el paro o desempleado parece tener raíces más profundas
de lo que se había sospechado. Tras someter a un test a 7769 adultos (3733 hombres y
3036 mujeres), se concluyó que los cambios de personalidad asociados al desempleo,
que además se van incrementando a medida que transcurren más días en esta
situación, son una reducción de la extroversión y la amabilidad, así como de la
iniciativa y la simpatía, y el empeoramiento de hábitos saludables.
El desempleo también puede ser un motor que empuje al suicidio, tal y como
sugiere un estudio publicado en The Lancet[86] en el año 2015 y que analizó datos de
63 países de todo el mundo entre 2000 y 2011. Según se concluye en el estudio, una
de cada cinco personas que se quita la vida lo hace por causas relacionadas con el
paro. Otro estudio estadounidense incluso sugiere que aumentar 1 dólar el salario
mínimo se asocia a reducción de un 3,5 % en la tasa de suicidio en personas con nivel
educativo inferior al universitario, aunque no se apreció este electo en los
universitarios[87].
No trabajar por dinero no es exactamente lo que provoca problemas emocionales,
sino el hecho de que socialmente esté mal considerado ue una persona no trabaje.
Estar desempleado es sinónimo de ser vago o no disponer de habilidades suficientes
como para ser contratado, lo cual daña la reputación. De igual modo es como opera la
desigualdad económica: el descenso en los niveles de salud no se deben tanto a que
las personas sean pobres, sino a que se sientan pobres en relación a sus
conciudadanos, tal y como sugiere un estudio de la Universidad de California[88]. Las
grandes discrepancias en ingresos ponen de manifiesto aquel dicho yidis que reza:
«¿Cuándo sentirá regocijo un jorobado? Cuando vea a un hombre con una joroba
mayor». Ese sentimiento no solo aumenta el estrés de las personas pobres, sino que, a
mayor diferencia entre ricos y pobres, los ricos concluirán que es menos necesario
mejorar los bienes públicos (porque no proporcionan beneficios directos), lo que
reduce la calidad de los servicios públicos. En pocas palabras: más lujo privado a
expensas de la miseria pública.

Página 53
«UNA DE CADA CINCO PERSONAS QUE SE QUITA LA VIDA LO HACE POR CAUSAS
RELACIONADAS CON EL PARO»

Por si fuera poco, la desigualdad también aumenta la violencia y los crímenes,


debido de nuevo a la reducción del capital social (confianza, reciprocidad,
cooperación, etc.). Tal y como explica el neuroendocrinólogo de la Universidad de
Stanford Robert Sapolsky: «Cuanta más desigualdad hay en los ingresos, menos
probable es que la gente ayude al prójimo (en un escenario experimental) y menos
generosos y cooperadores se muestren en los juegos económicos»[89].
Esas fricciones sociales, finalmente, incluso alcanzan a los ciudadanos más ricos,
como remata el historiador Rutger Bregman: «El hallazgo más fascinante quizá sea
que incluso los ricos sufren cuando la desigualdad es demasiado grande. También
ellos se vuelven más proclives a la depresión, la desconfianza y muchas otras
dificultades sociales».
Así pues, si en un futuro próximo, por ejemplo, las máquinas nos evitan el trabajo
remunerado, tal vez seamos incluso más dichosos que desempeñando el trabajo de
nuestros sueños, alcanzando acaso lo que una vez escribió el escritor de ciencia
ficción Arthur C. Clarke: «El objetivo del futuro es el pleno desempleo, para que
podamos jugar».

Tus nuevos aforismos


El verdadero terror nace de quienes otorgan poder mediático al terrorismo,
creando ecos innecesarios, redundantes y excesivos.
El share es el verdadero detonante de una bomba.
Los cacahuetes matan más que los terroristas.
Trabajar te puede matar. No hacerlo, también. Al menos te pagan por lo
primero.

Página 54
ACCIDENTE AÉREO

Si Dios hubiera querido que voláramos, hubiéramos nacido con alas.


MILTON WRIGHT,
obispo de la Iglesia de los Hermanos Unidos de Cristo

Página 55
E
l miedo a volar es probablemente uno de los miedos irracionales e:
enquistados en el imaginario popular. Junto al miedo a ser asesinado y el
miedo al terrorismo, forma parte de un triunvirato muy difícil de sortear por
muchas razones y estadísticas que presentemos. Con todo, vamos a intentarlo.
Si consideramos estos tres miedos más comunes, son también, casualmente, los
que más incidencia tienen en los medios de comunicación. ¿Qué ha causado qué?
Antes de responder a esa pregunta, observemos el porcentaje de fallecimientos que
originan los tres a nivel mundial:

Asesinatos: 0,7 %.
Terrorismo: 0,05 %.
Accidentes aéreos: 0,001 %.

Ni siquiera la suma de los tres miedos constituye el 1 % de las personas que mueren
en el mundo cada año. Ni siquiera sumando todas las víctimas de desastres naturales
(0,1 %) alcanzamos el 1 %.
Estamos dedicando tres capítulos, tres, a cuestiones que causan menos del 1 % de
todas las muertes registradas en un año, pero que, sin embargo, contribuyen a que
vivamos en un estado de fobocracia. O tenemos un cerebro totalmente impermeable a
las estadísticas y refractario a la evidencia, o la alarma social que provocan los
medios de comunicación resulta mucho más preocupante de lo que pensamos. La
respuesta quizá no es binaria, y se alimentan mutuamente. Lo que queda por evidente
es que esta desconexión de la realidad es lo más parecido a vivir en Matrix.
Tomemos la pastilla roja con este porcentaje incontestable:
Solo el 0,000025 % (25×10−6) de los vuelos comerciales de todo el mundo
sufrieron un accidente fatal en cualquier año reciente. En los últimos 70 años, volar
se ha vuelto 2100 veces más seguro. El número de muertos por fumar equivale
aproximadamente a tres aviones Jumbo estrellándose cada día, solo en Estados
Unidos (300 000 norteamericanos al año). ¿Nos imaginamos las noticias abriendo
cada día con tres accidentes fatales de avión? Seguramente nadie, jamás, volvería a
tomar un vuelo, pero 1100 millones de personas en todo el mundo continúan
fumando, a pesar de las estadísticas.

«EL NÚMERO DE MUERTOS POR FUMAR EQUIVALE APROXIMADAMENTE A TRES


AVIONES JUMBO ESTRELLÁNDOSE CADA DÍA, SOLO EN ESTADOS UNIDOS»

¿Otra pastilla roja?


Según Arnold Barnett, profesor de estadística del MIT y especialista en el
modelado matemático enfocado a problemas de salud y seguridad, un niño

Página 56
estadounidense tiene mayor probabilidad de ser escogido como presidente de su país
en algún momento de su vida que morir en un avión de pasajeros.
Sin embargo, el propio Barnett analizó las portadas de The New York Times,
descubriendo que la cobertura dedicada a los accidentes aéreos era 1500 veces
superior que la dedicada a los accidentes de carretera; y 6000 veces mayor que la
cobertura dedicada al cáncer, la segunda causa de muerte en Estados Unidos después
de los ataques al corazón. Al menos, no todos los medios son tan agoreros, pues el 12
de enero de 2009, a primera página, el diario USA Today titulaba: «Las líneas aéreas
cumplen dos años sin víctimas». No en vano, durante los años 2007 y 2008 no hubo
ni un solo fallecido por accidente aéreo en Estados Unidos. Todo un hito que merecía
una primera página, o incluso más, porque desde el año 1958 solo se ha logrado pasar
un año entero sin accidentes mortales en cuatro ocasiones.
2005 fue el último año con más de mil fallecidos en accidentes de aviación en
todo el mundo.
Y según datos de Aviation Safety Network (ASN), 2017 ha sido el año más
seguro para la aviación civil desde que en 1946 empezaron a registrarse estadísticas
de accidentes. A pesar de que cada vez hay más vuelos (36,8 millones), solo se ha
producido un accidente por cada 7,36 millones. De hecho, ha habido 144 muertos en
10 accidentes, pero ninguno de ellos fue en un vuelo comercial a propulsión o a
reacción. El último de este tipo tuvo lugar en Colombia, en noviembre de 2016,
donde fallecieron 71 personas.

Este es tu Q
En el campo de la seguridad aeronáutica, el riesgo de morir en un vuelo escogido de
forma aleatoria se conoce como Q. El Q para cualquiera de nosotros será de 1 entre
60 millones. Eso significa que podríamos volar cada día durante los próximos 241
años antes de sufrir un accidente de aviación, de promedio. De los vuelos en EE. UU.
entre 1983 y el año 2000, hubo supervivientes en un 90 % de ellos, y de un total de
53 487 personas a bordo, sobrevivieron 51 207. Es decir, que es 10 veces más
probable ser golpeado por un meteorito que morir en un accidente aéreo.
Para hacerse una idea con mayor perspectiva de estas cifras tan difíciles de
imaginar, el Q en un viaje en coche es alrededor de 1 entre 9 millones, casi 7 veces
más que el riesgo de morir en un vuelo nacional, tal y como afirma Ben Sherwood en
El club de los supervivientes[90]. Steven Johnson abunda en ello en Futuro
perfecto[91]:

Pongamos como ejemplo una anécdota que demuestra cuánto hemos


avanzado: en 1964 muchos aeropuertos, a pocos pasos del kiosco

Página 57
donde seguramente se vendería aquel ejemplar de Popular Science,
tenían una minioficina donde uno podía contratar a toda prisa un
seguro de vida antes de subirse al avión. La verdad es que no daba
muchos ánimos verla allí, pero tenía su sentido: la posibilidad de
morir en un accidente de vuelo era una entre un millón. Hoy es cien
veces más baja. Si a velocidad de los vuelos hubiera crecido en la
misma proporción, ahora tardaríamos unos cinco minutos en ir de
París a Londres.

El Q, sin embargo, tradicionalmente había sido más alto en Asia, algo que se ha
logrado corregir poco a poco gracias a la psicología y el estudio de las cajas negras
que se han ido recuperando en los diferentes siniestros.
Las cajas negras (que en realidad son de color naranja, amarillo o rojo, y
normalmente son fosforescentes) son tan importantes que, incluso, se llevan por
duplicado, por si una falla o se estropea tras el accidente. De hecho, revisar el interior
de las cajas negras ha servido para reducir drásticamente el número de accidentes que
se producían en las aerolíneas asiáticas. Al parecer, entre las jerarquías laborales tenía
lugar lo que los psicólogos llaman «discurso mitigado». En otras palabras, un respeto
tan sacrosanto al superior al mando que, aunque el capitán estuviera cometiendo un
gran error, el copiloto no era claro en sus objeciones. Tampoco los controladores
aéreos parecían querer imponerse a las decisiones del capitán. Todo ello quedó en
evidencia tras investigarse a fondo los diálogos de radio entre todos los implicados en
los accidentes.
Como el problema no era técnico, sino psicológico, se optó por impartir unos
cursos que rebajaran este discurso mitigado, imitando a, por ejemplo, el modo de
relacionarse que tienen los norteamericanos en el ámbito aeroportuario. Y finalmente
el índice de accidentes se redujo hasta alcanzar los niveles estándar.

¿Por qué Asia es jerárquica?

Históricamente, la agricultura occidental ha ganado en eficiencia y


producción incorporando un equipo cada vez más sofisticado, lo que
permitía sustituir la tracción humana por el trabajo mecánico. En Japón o
China, por el contrario, los agricultores no tenían dinero para invertir en
equipo y tampoco abundaban las tierras que pudieran convertirse fácilmente
en nuevos campos, así que los cultivadores de arroz mejoraban su
producción a base de la tenacidad y el esfuerzo humano. Como ha expuesto
la antropóloga Francesca Bay, la agricultura de arroz «fomenta el desarrollo
de habilidades». Por eso, los cultivadores de arroz de estas latitudes
trabajaban más que casi cualquier otra clase de agricultor.

Página 58
Esto requiere no solo tenacidad y esfuerzo, sino también organización y
férrea jerarquía. Por ello, tal y como escribe Florentino Rodao en La soledad
del país vulnerable, «el anarquismo ha tenido poco eco en Asia». El cultivo
de arroz precisa de técnicos especialistas y de una autoridad centralizada, así
como de una organización social rígida:

Cuando surge un problema, por ejemplo la rotura de un canal,


todos deben contribuir a solucionarlo, con independencia de
quién sea su propietario. La autoridad está más legitimada
porque su labor puede multiplicar los resultados, el trabajo está
organizado según rangos de importancia, pero también de
dependencia mutua, y los superiores tienen la obligación de
cuidar de los que están a su cargo[91b].

A la hora de evitar accidentes de avión, la guerra contra la mitigación es tan


importante como cualquier otro factor tecnológico o logístico, tal y como explica
Malcolm Gladwell en Fueras de serie:

Combatir la mitigación se ha convertido en una de las grandes


cruzadas de la aviación comercial en los últimos quince años. Todas
las compañías importantes tienen ahora lo que llaman cursos de
«gestión de recursos de la tripulación», pensados para enseñar a los
miembros más jóvenes de la tripulación a comunicarse con claridad y
asertividad. Por ejemplo, muchas líneas aéreas enseñan un
procedimiento estandarizado para que los copilotos aprendan a
desafiar al piloto si piensan que algo ha ido terriblemente mal[92].

Ahora, volar en una aerolínea asiática es tan seguro como hacerlo en una
estadounidense o europea, gracias al secreto desvelado por esas pequeñas cajas
negras.
Esta singularidad asiática, de hecho, también se identificó en Estados Unidos a
principios del siglo XX, aunque por motivos técnicos, en vez de psicológicos. En la
década de 1919, Europa inauguraba la primera compañía aérea, la KLM, y durante la
década siguiente aparecieron decenas de compañías, y cientos de miles de pasajeros
podían volar a casi cualquier parte del continente. En Estados Unidos, por el
contrario, el número de vuelos comerciales regulares era 0, y los aeródromos ni
siquiera tenían torre de control, según explica Bill Bryson en 1927: un verano que
cambió el mundo:

Página 59
La aviación de Estados Unidos carecía casi por completo de
regulación. El país no tenía sistema de licencias ni requisitos de
formación. El país era tan descuidado en materia aeronáutica que ni
siquiera apuntaba el número de accidentes de vuelo y otros
percances[93].

La probabilidad de la improbabilidad
El Q es tan bajo no solo porque hay pocos accidentes de avión, sino porque la
mayoría de accidentes ni siquiera se cobra víctimas. Esta idea resulta de todo punto
contraintuitiva: si un pájaro de metal se estrella lleno de pasajeros, lo normal sería
que todo el mundo muriera. La verdad es que sucede justo lo contrario. No suele
morir nadie, y si muere alguien, no es todo el pasaje, sino una minoría de este. La
mítica serie de televisión Perdidos fue muy verosímil en ese sentido. Como muestra,
un botón (un listado de vuelos donde sí murió todo el pasaje, que apenas ocupa un
párrafo):

ValuJet 592 se estrella en los Everglades de Florida con 110 personas


a bordo (mayo de 1996). TWA 800 explota con 230 personas a bordo
(julio de 1996). Swissair 111 se estrella cerca de Nueva Escocia con
229 personas a bordo (septiembre de 1998). EgyptAir 990 se hunde en
el océano Atlántico con 217 personas a bordo (octubre de 1999).

Ahora veamos los accidentes aéreos con mayor número de víctimas:

583 fallecidos: el peor siniestro de la historia de la aviación, conocido como


el Accidente de Los Rodeos sucedió el 27 de marzo de 1977 en el aeropuerto
de Tenerife Norte, en Tenerife, España.
520 fallecidos: el vuelo 123 de Japan Airlines que se estrelló en lo alto del
Monte Takamagahara en la prefectura de Gunma, Japón, a 100 km de Tokio,
el lunes 12 de agosto de 1985. Es el peor siniestro aéreo de la historia con un
solo avión involucrado.
349 fallecidos: la colisión aérea de Charkhi Dadri, el 12 de noviembre de
1996, donde un Ilyushin I1-76 y un Boeing 747 chocaron en vuelo sobre la
India. Es la peor colisión en el aire de la historia de la aviación.

Ahora veamos algo todavía más extraño, personas que fueron las únicas a bordo de
una aeronave siniestrada que lograron sobrevivir:

Huang Yu, en un vuelo de Cathay Pacific del 16 de junio de 1948.

Página 60
Erick Rios Bridaux, en el Vuelo 537 de Eastern Airlines del 1 de noviembre
de 1949.
Mailén Díaz Almaguer, en el Vuelo 972 de Cubana de Aviación, del 18 de
mayo de 2018 (el último que ha tenido lugar con estas características).

Lo anterior son solo ejemplos, no están reflejados todos los casos, pero no hay
muchos más. Leídos de corrido, probablemente animen a cualquier persona a que
experimente cierta inquietud a volar. Pero de nuevo nuestro cerebro nos está
engañando, porque en realidad cada día hay miles de vuelos sin accidentes. Casi
todos los vuelos no sufren percances. Esa lista, si bien resulta inquietante, no es más
que una demostración de cuán seguro es este medio de transporte. Porque son solo
excepciones.
Concretamente, en el 95,7 % de todos los accidentes aéreos que se han producido
hasta la fecha no ha muerto nadie, según cálculos de la Junta Nacional de Seguridad
en los Transportes estadounidense tras analizar los accidentes producidos entre 1983
y 2000. Sin embargo, nos cuesta imaginar que podamos salir vivos de un accidente
muy aparatoso. Y es cierto, es más probable morir en un accidente grave que en uno
leve. Pero si nos centramos en los accidentes catalogados como «graves», el
porcentaje de casos sin ningún fallecido sigue siendo de un sorprendente 76,6 %.

«EN EL 95,7 % DE TODOS LOS ACCIDENTES AÉREOS QUE SE HAN PRODUCIDO HASTA
LA FECHA NO HA MUERTO NADIE»

Es decir, que resulta difícil tener un accidente aéreo, pero si tiene lugar, además,
resulta mucho más difícil morir en él. Lo cual vuelve a demostrarnos que el avión es
un medio de transporte en el que Q es el más bajo que se ha logrado obtener hasta el
momento. A pesar de que volar es una actividad tan asombrosamente segura, si aún
queda algún resquicio de temor la próxima vez que decidamos acercarnos a un
aeropuerto, entonces podemos incluso hilar más fino para desglosar riesgos más altos
dentro del conjunto de riesgo bajo.
No debemos pensar en que un bicho con aspecto de Depredador y maneras de
Gremlin se cuelgue del ala del avión para destruir sus motores, tal y como sucede en
el que quizá sea el capítulo más conocido y más agobiante de la película En los
límites de la realidad (Twilight Zone: The Movie, 1986) (una escena que incluso ha
sido parodiada por la serie de anime Dragon Ball o en la serie de animación Los
Simpson). Hemos de pensar en los pájaros.
Cuando el motor de un avión absorbe un pájaro, el animal puede atascar la turbina
y parar el motor. El aterrizaje de emergencia sobre el río Hudson que tuvo lugar justo
después de despegar en el aeropuerto de LaGuardia, en enero de 2009, fue causado
precisamente por una bandada de gansos que atascó ambos motores de un Airbus

Página 61
A320 de 150 pasajeros. Un ganso medio puede llegar a tener una masa de 5,4
kilogramos, lo cual se convierte en un obstáculo a tener en cuenta si un avión
desarrolla unos 200 kilómetros por hora cuando está despegando.
Para evitar estos contratiempos (que debemos insistir en recordar que son
improbables), los aeropuertos suelen drenar las lagunas donde se agrupan las aves o
simplemente espantarlas con petardos para que no merodeen cerca. La
Administración de Aviación Federal también está trabajando en un radar que detecte
pájaros.
Si el cielo está despejado, los momentos más críticos para tener un accidente
apenas son unos 11 minutos de todo el vuelo. El 80 % de todos los accidentes, de
hecho, tiene lugar en esos 11 minutos. Concretamente, son los 3 primeros minutos de
vuelo y los 8 últimos minutos. Tras el siniestro, hay que tratar de abandonar el avión
antes de que transcurran 90 segundos, antes de que un posible incendio atraviese la
carcasa de aluminio. La mitad de las víctimas en esos momentos críticos podrían
haber sobrevivido si hubiesen hecho caso a las normas de seguridad.
La razón de que esos 11 minutos sean los más peligrosos se debe,
fundamentalmente, a la altura. Algo que muy poca gente sabe es que los aviones
pueden volar aunque no funcionen sus motores. Bien, realmente lo que pueden hacer
es planear. Tanto si admitimos que un avión sin motor vuela o cae con estilo,
parafraseando a Buzz Lightyear en Toy Story, lo cierto es que a determinada altura un
avión al que se le han averiado los motores puede llegar muy lejos; por ejemplo,
aproximarse a una zona segura donde realizar un aterrizaje de emergencia o
aproximarse lo máximo posible a un aeropuerto.
La distancia que puede cubrir un avión planeando viene determinada por su
rendimiento aerodinámico, es decir, el índice que mide las cantidades relativas de
elevación y resistencia aerodinámica de las alas. Por lo general, este índice es de 22
para los monoplanos, unos 16 para los aviones a reacción de pasajeros
convencionales. Para saber cuánto puede planear un aparato, hay que multiplicar
dicho índice por la altitud del avión en el momento del fallo de los motores. Por
ejemplo, si fallan a 10 000 m de altitud, un avión de pasajeros de motor a reacción
debería poder llegar a 160 kilómetros de distancia. Robert Matthews describe de esta
forma un caso real en su libro ¿Por qué la araña no se queda pegada a la tela?[94]:

En agosto de 2001, un Airbus 330 canadiense de Air Transat que


cubría la ruta Toronto-Lisboa sufrió una terrible pérdida de
combustible. Tras detectar el fallo, los pilotos pusieron rumbo a un
aeródromo de las Azores, pero los dos motores fallaron cuando aún
estaban a casi 140 km de distancia. Por fortuna, el rendimiento
aerodinámico del avión era de 16 y el fallo se produjo a 10 500 m, con
lo que logró planear hasta su destino. Los pilotos lograron llevar a

Página 62
cabo un aterrizaje a alta velocidad en el que solo una docena de
pasajeros sufrieron alguna herida leve.

Si todavía queda algún rescoldo de inquietud por apaciguar, quizá se pueda reducir un
poco más la probabilidad de la improbabilidad de morir en un vuelo comercial
escogiendo determinado asiento del avión. Tras un análisis realizado por la revista
Popular Mechanics en 2007, tras revisar datos de cada accidente de avión desde
1971, concluyó que los pasajeros en asientos que están en el fondo del avión, es decir
en la parte trasera, detrás de las alas, tienen un 69 % de probabilidades de sobrevivir
mientras que los que se ubiquen en asientos que estén delante de las alas del avión, un
56 %. Los 15 asientos de la parte delantera ofrecen un 49 % de probabilidad de
sobrevivir.
También es importante abrocharse el cinturón de seguridad si hay turbulencias:
desde 1980, siete personas han fallecido en el mundo por las lesiones producidas por
este descuido. Desde 2002 hasta 2017, solo en Estados Unidos hubo 303 pasajeros y
221 tripulantes lesionados debido a las turbulencias[95].
En resumen: día soleado, sin gansos a la vista, bien sentado al fondo del avión,
atendiendo a las normas de seguridad sobre todo en los primeros minutos del
despegue y los últimos minutos del aterrizaje y no perder la calma si hay un aterrizaje
de emergencia porque lo más seguro es que salgamos con vida. Si después de todo
eso aún albergamos algún tipo de temor a morir, tal vez nuestro próximo viaje debería
ser a la consulta de un terapeuta. Pero cuidado con el coche, porque es 10 veces más
probable morir de camino al psiquiatra que en pleno vuelo.

«UN VIAJE EN COCHE ES 7 VECES MÁS PELIGROSO QUE UN VIAJE EN AVIÓN»

¡Peligro real: tráfico!

Tras el fallecimiento del actor James Dean en un accidente de tráfico que tuvo
lugar el 30 de septiembre de 1955 y que convirtió en chatarra el Porsche Spy que
conducía, los fans quedaron conmocionados. Algunos incluso se suicidaron en los
cines donde se proyectaban sus películas. Y, anualmente, en las mismas fechas del
accidente, el pueblo donde se encuentra enterrado el actor, Fairmount, Indiana, es
invadido por miles de devotos para participar en el festival que homenajea al finado.
Todos estos seguidores acuden en tropel conduciendo sus coches, sin ser conscientes
de que con cada kilómetro aumentan la probabilidad de acabar como su admirado
Dean.

Página 63
De hecho, entre las actividades que se celebran en este festival, «hay vueltas
ciclistas, carreras automovilísticas…»[96], como si se celebrara un accidente aéreo
convocando una carrera de aviones.
Esta anécdota nos pone en la pista acerca de cuánto se infravalora el riesgo de
viajar en coche y cuánto se sobrevalora el riesgo de viajar en avión.
Sencillamente, viajar en coche parece más seguro porque lo haces a ras de suelo,
sin tratar de subvertir las leyes de la gravedad. También, si somos nosotros quienes
conducimos, albergamos una ilusoria sensación de control (¿acaso no es menos
peligroso ceder el mando a un experto, esto es, un piloto comercial, asistido por
tecnología punta y una pléyade de controladores aéreos?). A esto se suma que
consideramos que son los otros los que tienen accidentes y no nosotros, porque
nuestra habilidad al volante está por encima de la media. Los psicólogos lo
denominan «sesgo optimista», y un sketch de los Monty Python lo ridiculizaba así:
«¡Todos estamos por encima de la media!».
Sin embargo, conducir, probablemente, sea la actividad cotidiana más compleja
que lleva a cabo un ser humano, porque es una competencia formada por, al menos,
1500 subcompetencias, según han estimado los investigadores James A. McKinght y
Bert B. Adams. Tal y como explica Tom Vanderbilt en su libro Tráfico, mientras
conducimos aparece determinada información cada 0,6 metros, lo que a 48 km/h
significa estar expuesto a 1320 ítems de información:

En cualquier momento dado estamos orientándonos por el terreno,


inspeccionando nuestro entorno en busca de peligros e información,
manteniendo nuestra posición en la calzada, juzgando la velocidad,
tomando decisiones (unas veinte por cada 1,6 km, reveló un estudio),
evaluando riesgos, ajustando instrumentos, adelantándonos a las
acciones futuras de los demás… y eso mientras quizá saboreamos un
café con leche, pensamos en el episodio de anoche de American Idol,
calmamos a un bebé o comprobamos el buzón de voz[97].

La distracción del móvil

Estamos incapacitados para coordinar dos acciones eficientemente, tal y


como ya sospechó Publio Siro en el año 100 a. C.: «Hacer dos cosas a la vez
es no hacer ninguna». Hasta el punto de que usar el móvil durante la
conducción se ha comparado a circular ebrio.
Eso sucede porque cuando nos centramos en una cosa, nos volvemos casi
ciegos para la otra. Es lo que los psicólogos denominan ceguera por
desatención.

Página 64
Según un estudio llevado a cabo en 2006 por la National Highway
Traffic Safety Administration, un 80 % de los accidentes y el 65 % de los que
casi acaban en accidente han implicado alguna forma de desatención del
conductor inferior a tres segundos antes del suceso. Hablar por el móvil
aumentó el riesgo de accidente o casi accidente en 1,3 veces; marcar un
número en el móvil triplicó el riesgo.

Los adolescentes lo tienen incluso peor: una de las principales causas de muerte para
ellos son los accidentes de tráfico, sobre todo si están junto a otros adolescentes: el
riesgo se incrementa en un 400 % cuando en el coche viaja más de un adolescente
además del conductor. Esto sucede porque su cerebro es más inmaduro, más
impulsivo y más proclive a los chutes de la dopamina, el neurotransmisor responsable
de la sensación de placer.
Mary Ward, una científica aficionada anglo-irlandesa, fue la primera persona
fallecida de la historia en un accidente de automóvil:

Fuera cual fuera la razón, al doblar la esquina el vehículo, uno de sus


laterales se levantó ligeramente y Mary salió despedida del coche y
cayó bajo las ruedas. Se partió el cuello y murió casi en el acto.

Era agosto de 1869, y el automóvil era un vehículo a vapor experimental construido


por sus primos. Por entonces se había establecido un límite de velocidad ridículo para
este tipo de vehículos, 6,43 km/h, pero incluso así, el vehículo resultó ser demasiado
peligroso. No es extraño que tiempo después, cuando aparecieron los primeros
motores de combustión interna, se suscitara miedo y desprecio a partes iguales. En
1903, por ejemplo, el empresario norteamericano Chayncey Depew lo rechazaba
tajantemente, aduciendo que nunca sería mejor que el caballo o la calesa. Y en 1876,
un congresista de los Estados Unidos reaccionaba ante el invento como hoy lo
haríamos frente a una planta nuclear, según explica el historiador lan Crofton: «El
descubrimiento de que tratamos implica fuerzas de una naturaleza peligrosa para que
encaje en ninguno de nuestros conceptos habituales»[98].
Porque así son los coches. Peligrosos. Como demuestran las velocidades de
algunas otras de las primeras víctimas de accidentes de tráfico: Bridget Driscoll,
12 km/h (año 1896) o Edwin Sewell, 40 km/h (año 1899).
Actualmente, se estima que 1,3 millones de personas mueren en accidentes de
tráfico cada año. En Estados Unidos fallecieron unas 40 000 personas por este hecho:
«un número anual de muertes equivalente a que los ataques terroristas del 11 de
septiembre sucedieran una vez al mes de enero a noviembre, y dos veces en
diciembre»[99]. Durante 2017, y según cifras del Ministerio del Interior, fallecieron
1198 personas en accidente de tráfico en España. La OMS estima que cada día 3400

Página 65
personas pierden la vida en un accidente de tráfico a nivel global. Sí, hay muchos más
desplazamientos en coche que vuelos, así que esta comparación no sería del todo
justa. Pero incluso si hacemos cálculos porcentuales, el Q es mucho más elevado para
un coche que para un avión.
Sin embargo, en 2018, hubo en España 1180 víctimas. La bajada es apenas del
1,5 %, y está lejos del mínimo alcanzado en 2015 (1131), pero la tendencia en
términos generales y a nivel porcentual es que hay menos accidentes, no más. España
es actualmente el séptimo país de Europa con menor siniestralidad, pero las cifras
eran mucho más alarmantes hace pocos años: en 1993, fallecieron más de 6000
personas. En el año 2005, 4500. En 2007, 3500. En 2010, 2500.
Porque, a pesar de todo, conducir se está haciendo cada vez menos letal gracias a
la implementación de distintas medidas de seguridad (como el cinturón de seguridad,
que ha reducido el peligro de muerte hasta en un 70 %), regulaciones más estrictas
(como los límites de velocidad establecidos en diferentes vías o la medición del
alcohol en sangre) o mejor asistencia sanitaria. Por ello, si a principios de 1950
circulaban por Estados Unidos unos 40 millones de vehículos causando 40 000
muertos por accidente de tráfico al año, ahora la cifra es casi la misma a pesar de que
hay más vehículos y también se recorren muchos más kilómetros. O dicho de otro
modo más atinado: la tasa de mortalidad por kilómetro era 5 veces mayor en 1950
que ahora.
Casi todos los países ricos del mundo se han beneficiado de esta tendencia en
mayor o menor medida, a pesar del aumento global de tráfico en todas las vías. Así,
entre 1980 y 2009, las muertes en carretera disminuyeron en un 55 % en Australia, en
un 69 % en Francia, en un 63 % en Gran Bretaña, en un 54 % en Italia y en un 58 %
en España[100]. La reducción más modesta tuvo lugar en Estados Unidos: 34 %, un
porcentaje similar al de Grecia.
Actualmente, podemos afirmar que la probabilidad de morir en un accidente de
coche solo es de 0,0167 % por cada 16 000 kilómetros… que es casi la misma de
morir en un accidente de avión en toda una vida.
Algunas de las tecnologías y regulaciones que han hecho posible esta mejoría son
la matriculación de los coches para identificar infractores (Francia fue el primer país
del mundo en hacerlo; España lo hizo en el año 1900, en Palma de Mallorca), los
permisos de conducción (Holanda fue el primero, en 1898), los exámenes para
obtener el permiso de conducción (Alemania en 1910, aunque se limitaba a examinar
los conocimientos mecánicos). En 1924, unos cuarenta años después de la invención
del automóvil, se instaló en Potsdamer Platz, en Berlín, el primer semáforo de
Alemania. «El último país de Europa en incorporar el examen de conducir fue
Bélgica, en 1977, hasta entonces allí bastaba con pagar una tasa»[101].

Página 66
La ley de Smeed

La riqueza no solo es el factor que impulsa una reducción en la mortalidad,


también lo es la densidad: cuantos más coches hay, menor es la probabilidad
de accidente. Son las carreteras más vacías las que atraen más siniestros,
quizá porque eso permite pisar más el acelerador, y también porque si hay
poco tráfico, hay también escasos incentivos para construir carreteras
seguras provistas de buenos servicios. Esta tendencia incluso tiene rango de
ley: la ley de tráfico de Smeed. Fue postulada por Reuben Jacob Smeed[102],
un investigador británico del transporte que publicó su investigación
analizando veinte países diferentes en 1949. Tras su muerte en 1976, la
investigación ya se había ampliado a 46 países, todos mostrando el mismo
resultado.
Para ponerlo en perspectiva, Etiopía tuvo 2517 víctimas por accidentes
de tráfico en el año 2007, pero solo contaba en sus vías con unos 244 000
vehículos, es decir, que se produjo 1 muerte por cada 100 vehículos. La
misma tasa aplicada al Reino Unido, con 34 millones de vehículos,
equivaldría a 340 000 víctimas en lugar de 2000.

También es importante la antigúedad de un coche para calcular el riesgo que tiene de


morir su conductor. El riesgo de fallecer en un coche que tiene entre 10 y 14 años es
el doble que para quienes viajan en un coche de menos de 4 años. No solo porque los
coches antiguos cuentan con sistemas de seguridad más atrasados, sino porque los
antiguos son más propensos a verse implicados en un accidente debido a los fallos
producidos por el desgaste de sus componentes. Mientras que solo un 6 % de los
vehículos con menos de 86 000 kilómetros tiene cuatro o más defectos, ese porcentaje
aumenta hasta el 22 % en los que tienen más de 199 000 kilómetros.
Con los próximos avances en el ámbito de la conducción autónoma, la reducción
en la mortalidad de los accidentes de tráfico todavía será más acentuada. Cuando
llegue ese momento, sin embargo, también las aerolíneas se estarán aprovechando de
los algoritmos para alcanzar un número de accidentes todavía menor: básicamente, en
el aire hay que interactuar con menos elementos que a ras de suelo. Incluso contando
los gansos.

Tus nuevos aforismos

Página 67
Cuando vuelas, es más peligrosa una bandada de gansos que un comando
terrorista.
Un viaje en coche es casi 7 veces más peligroso que un viaje en avión.
Cuantos más coches hay, menor es la probabilidad de accidente.
Solo el 0,000025 % (25×10−6) de los vuelos comerciales de todo el mundo
sufrieron un accidente fatal en cualquier año reciente.
MODO IRONIC ON: ¡Todos estamos por encima de la media!
Si tienes que conducir, que tu coche no tenga más de 14 años.
Los asesinatos, el terrorismo y los accidentes aéreos no suman ni el 1 % de
todas las víctimas en el mundo.
Si eres joven, no conduzcas. Y si el coche está lleno de otros jóvenes, huye.

Página 68
PANDEMIA

Un virus es un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias.


PETER MEDAWAR,
premio nobel de Fisiología o Medicina

Página 69
L
a primera pandemia que los seres humanos lograron erradicar lo la faz de la
Tierra fue la viruela. La declaración oficial de este hito tuvo lugar por parte de
la Organización Mundial de la Salud el 8 de mayo de 1980. En el año 2014,
no hubo ni una sola persona infectada de viruela. En el año 1967, todavía estaba
infectando a 15 millones de personas y mataba a dos millones. Vencimos a un asesino
invisible al ojo humano gracias a una concienzuda campaña global de vacunación.
La viruela está causada por el virus Variola que surgió en las poblaciones
humanas en torno al año 10 000 a. C. Su tasa de mortalidad llegó a ser hasta de un
30 % de los pacientes infectados. El nombre viruela proviene del latín varius
(variado, variopinto), en referencia a los abultamientos que se presentan en la cara y
en el cuerpo de la persona infectada. Fue una verdadera pesadilla que duró milenios.
Probablemente sea la enfermedad más devastadora de la historia: solo en el siglo XX
se cobró unos 500 millones de vidas. Que sepamos con certeza, ya solo quedan
reservas de viruela en el mundo para fines de investigación: permanecen en
congeladores de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de
Estados Unidos en Atlanta y en un instituto de virología ruso enclavado en las
proximidades de Novosibirsk, en Siberia.
Sin embargo, todavía estamos rodeados de amenazas invisibles que no hemos
logrado vencer. Una de las más insidiosas de todas probablemente sea… el resfriado
común.
El resfriado común está causado por numerosos virus (principalmente rinovirus,
coronavirus y también ciertos ecovirus y coxsackievirus) que infectan el sistema
respiratorio superior. Tras la infección, el enfermo desarrolla una inmunidad al virus.
Sin embargo, debido al gran número de virus que existen, podemos enfermarnos cada
vez que nos topamos con una cepa nueva.
También se nos da terriblemente mal combatir al virus de la eripe porque siempre
está mutando, de modo que solo lo podemos controlar por un determinado tiempo.
Hay tratamientos disponibles que se centran en aliviar los síntomas, y también en
ayudar al cuerpo a desarrollar sus defensas. La gripe alcanza sus picos de mayor
prevalencia durante el invierno, y debido a que el hemisferio norte y el hemisferio sur
atraviesan esta estación en diferentes momentos existen, de hecho, dos temporadas de
gripe cada año: de octubre a abril en el hemisferio norte y de mayo a septiembre en el
hemisferio sur. No se sabe la razón exacta de que la gripe aparezca en esas épocas,
pero se supone que se debe al frío: la gente suele hacinarse en lugares más cerrados y
el contacto interpersonal se hace más estrecho. Los virus adoran el contacto
interpersonal.

VIRUS AÑO CASOS MUERTES PORCENTAJE NÚMERO DE


IDENTIFICACIÓN DE MUERTES PAÍSES

Marburg 1967 466 373 80 % 11

Página 70
Ébola 1976 33 577 13 562 40,40 % 9
Hendra 1994 7 4 57 % 1
H5N1 1997 861 455 52,80 % 18
Nipah 1998 513 398 77,60 % 2
SARS 2002 8096 774 9,60 % 29
H1N1 2009 1632 258 284 500 17,40 % 214
MERS 2012 2494 858 34,40 % 28
H7N9 2013 1568 616 39,30 % 3

Viruela, resfriado común, gripe…


Sin embargo, el primer virus de nuestra historia reciente que nos ha hecho evocar
imágenes de una película de ciencia ficción distópica ha sido la pandemia de la
COVID-19, un coronavirus que, a día de hoy, todavía estamos aprendiendo a
combatir. Las razones de esta distopía con ecos de La amenaza de Andrómeda
(Robert Wise, 1971), sin embargo, exceden a las razones meramente
epidemiológicas.

Zoonóticos
Más del 75 % de las enfermedades emergentes y reemergentes se originan en
animales: se llaman enfermedades zoonóticas, lo que significa que pueden saltar de
animales a personas. Al menos diez brotes en el siglo pasado se han propagado a los
humanos desde mamíferos como murciélagos, aves y cerdos. Según cálculos
publicados por el periodista científico Ed Yong en su libro Yo contengo
multitudes[103], hasta 800 000 virus de aves y mamíferos tienen el potencial de saltar
la barrera de la especie e infectar a los humanos.
El ébola saltó de los murciélagos de la fruta en África occidental hace 40 años y
ha matado a más de 13 500 personas en múltiples brotes.
El virus Marburg, el SARS (síndrome respiratorio agudo severo), el MERS
(síndrome respiratorio del Medio Oriente) y el Nipah también se originaron en
murciélagos.
Por su parte, la gripe aviar H7N9 y H5N9 saltó de aves de corral infectadas a
personas en los mercados chinos, matando a más de 1000 personas.
La pandemia de gripe porcina 2009-2010 (también conocida como H1N1)
comenzó en los cerdos. Mató a casi 300 000 personas en una pandemia mundial y se
extendió a 214 países en menos de un año.

Página 71
«LA PANDEMIA DE GRIPE PORCINA 2009-2010 COMENZÓ EN LOS CERDOS. MATÓ
A CASI 300 000 PERSONAS EN UNA PANDEMIA MUNDIAL Y SE EXTENDIÓ A 214 PAÍSES

EN MENOS DE UN AÑO»

Entonces ¿qué tiene de especial el SARS-CoV-2, causante de la enfermedad


COVID-19 y que ha dado origen a la pandemia con la que aún estamos lidiando?
Lo extraordinario es que, principalmente, se trata de la primera vez que asistimos
como espectadores a una pandemia inmersos en una gran cantidad de redes sociales
particularmente activas. Todos los días, a todas horas, recibimos inputs a propósito
del desastre.
Estamos, mediáticamente hablando, en lo más parecido a una guerra transmitida
en directo a todos y cada uno de nuestros dispositivos móviles.

Impacto mediático en una pandemia

Cuando una enfermedad aparece anormalmente representada en los medios


de comunicación, los diagnósticos de esa enfermedad aumentan porque se
incrementa la probabilidad de que los ciudadanos identifiquen los síntomas y
que los médicos realicen el diagnóstico.
Alex Ozonoff, un experto en aplicar análisis matemáticos a las
enfermedades infecciosas de la Facultad de Salud Pública de Harvard, afirma
que detrás de la velocidad con la que la gripe porcina pareció propagarse por
Estados Unidos en 2009 subyace este fenómeno. De otro modo, mucha gente
hubiera ignorando los síntomas o no se habrían diagnosticado, y los casos
oficiales hubiesen sido muchos menos.
Estas distorsiones provocadas por los medios de comunicación, pues, no
solo resultan muy engorrosas a la hora de determinar cuántos infectados y
muertos hay como resultado de una enfermedad infecciosa, sino, sobre todo,
a la hora de realizar predicciones en sus fases iniciales. Tal y como abunda
en ello el estadístico Nate Silver:

Es un caso equiparable al de la notificación de delitos: si la


policía anuncia un incremento del número de robos en un
vecindario, ¿se debe a que ha aumentado la vigilancia y por
eso se identifican delitos que antes no se habrían identificado,
o porque resulta más fácil informar de ellos? ¿O se debe a que
realmente el vecindario cada vez es más peligroso?[104]

Página 72
No obstante tanto a nivel virológico como epidemiológico, hay otras particularidades
que debemos tener en cuenta en lo tocante al SARS-CoV-2.
Los coronavirus son una extensa familia de virus, algunos de los cuales pueden
ser causa de diversas enfermedades humanas, que van desde el resfriado común hasta
el SARS (síndrome respiratorio agudo severo). En epidemiología, el número básico
de reproducción (RO) de una infección es el número promedio de casos nuevos que
genera un caso dado a lo largo del período infeccioso. Esta métrica permite
determinar cuándo una enfermedad infecciosa puede dar lugar a un brote epidémico
serio. Si aplicamos el RO más reciente al coronavirus, obtenemos una cifra que oscila
entre 3.30 y 5.47, según los primeros análisis: estamos ante un valor alto y
preocupante. Esto significa que cada enfermo puede infectar a entre 3 y 5 personas
sanas y el virus puede difundirse de manera exponencial. Con todo, hace falta más
tiempo y recabar más datos para calcular el RO del coronavirus actual.
Por otro lado, si bien su virulencia es elevada (o sea, puede infectar a muchas
personas), la tasa de mortalidad no es muy alta.
El nuevo coronavirus, además, muestra un período de incubación variable (1 a 14
días) y puede tener también presíntomas contagiosos. Eso podría haber contribuido a
que haya sido más difícil de contener que el SARS, un coronavirus que originó la
epidemia del síndrome respiratorio agudo grave que surgió en 2003 en los países del
sudeste asiático, si bien el RO del SARS fue similar. El SARS tardó varios meses en
causar 1000 casos, pero el actual coronavirus originó 3000 casos en solo tres
semanas. El brote de SARS terminó en 2004, y no se han reportado casos desde
entonces. Las agencias de salud controlaron el virus aislando a las personas
infectadas, pero dichas medidas serán más difíciles con un virus que se puede
transmitir antes de que aparezcan los síntomas. En resumidas cuentas, este
coronavirus se diferencia del SARS en:

Mortalidad más baja.


Contagio más rápido.
Tardan más tiempo en aparecer los síntomas (y detectarse los infectados).
Existe la posibilidad de que pueda mutar.

A esto se añade otra particularidad: el virus ha arraigado de forma espectacular fuera


de Asia. Si observamos las cifras en los países asiáticos, no resultan muy agoreras
porque llevan muchos años acostumbrados a librar esta clase de batallas. Sin
embargo, occidente es casi virgen en ese sentido. Sencillamente, nuestros
movimientos han sido lentos, imprecisos e incluso condescendientes porque hacía
demasiado tiempo que no éramos atacados por un virus tan insidioso. Una inercia que
suele darse en cualquier organización humana, como ya explicó el economista
Howard Kunreuther, un experto en el estudio del riesgo y las prevenciones y que
puede resumirse así: solo tomamos medidas después de un desastre, no antes. Los

Página 73
recuerdos de un desastre se atenúan con el tiempo, y también lo hacen, en
consecuencia, las medidas de seguridad:

La dinámica de la memoria ayuda a explicar los ciclos recurrentes del


desastre, preocupación y creciente confianza, tan familiares a los
estudios de las grandes emergencias. Las acciones preventivas, tanto
de los individuos como las de los gobiernos, suelen estar diseñadas
para ser las adecuadas al peor desastre que se haya sufrido. Ya en el
Egipto faraónico, las sociedades se fijaban en las marcas que dejaban
las inundaciones de los ríos que periódicamente crecían, y siempre
estaban preparados para ellas, al parecer asumiendo que las crecidas
no superarían la marca de altura existente[105].

«SOLO TOMAMOS MEDIDAS DESPUÉS DE UN DESASTRE, NO ANTES»

La falta de previsión y la carencia de material técnico y humano para hacer frente


al SARS-CoV-2, pues, es la razón del colapso de nuestra sociedad por encima del
virus en sí. Un colapso en forma de falta de personal médico, falta de camas, falta de
respiradores, protocolos tardíos de confinamiento, baja responsabilidad individual del
ciudadano y, finalmente, una dependencia social y económica de un modelo que ha
ocasionado una crisis financiera sin precedentes. Por no tener, ni siquiera teníamos el
hábito de usar geles antibacterianos o de llevar mascarilla cuando estábamos
enfermos.

Geles antibacterianos

Fue una bacteria la que puso de moda en algunos países el usar de forma
generalizada geles antibacterianos. En la década de 1960 se descubrió una
cepa de una bacteria llamada Staphylococcus aureus, que tiende a infectar las
heridas después de la cirugía. Sin embargo, con el tiempo se volvió resistente
a los antibióticos, sobre todo en la década de 1990, cuando se volvió
resistente a la meticilina. Esto produjo una epidemia en muchos hospitales,
allá por la década de 1990. Hasta entonces, el uso de jabones líquidos no era
muy frecuente: pero justo entonces se puso de moda por el miedo al
contagio.
En el Reino Unido, las infecciones por Staphylococus aureus resistente a
la meticilina (SARM) constituían la mitad de las infecciones atribuidas a

Página 74
hospitales. Solo en 2006, ya se habían registrado 2000 muertes debido al
SARM solo en este país.
Se impuso entonces un protocolo de limpieza de manos cada vez que el
médico entrara en contacto con un paciente. Fuera de los hospitales, además,
se inició una campaña de salud pública que ensalzaba las virtudes de las
manos limpias y se centró en la promoción de jabones antibacterianos, que
contienen agentes como el triclosán. Tal y como lo explica Mark
Miodownik:

Estos jabones se vendían como superiores al jabón tradicional


a la hora de prevenir la transmisión de gérmenes; la publicidad
tuvo éxito y provocó una enorme demanda de jabones
antibacterianos, pese a que no había ninguna evidencia de que
fuesen más eficaces que el agua con jabón de toda la vida[106].

El abuso de jabones antibacterianos también ha propiciado que, en 2016, la


Food and Drug Administration de Estados Unidos prohibiera un total de 19
ingredientes habitualmente usados en estas soluciones.

No hemos llegado al nivel Mad Max. No todavía, al menos. Pero sí nos hemos
asomado al abismo de resultas de una miríada de factores interconectados que han
favorecido el caos en unos países frente a otros. En esa interacción inextricable, de
hecho, subyace la razón de que Europa o América hayan sido los lugares más
inseguros del Primer Mundo a la hora de afrontar esta pandemia.
Para asimilar hasta qué punto la interacción de diversos factores resulta compleja
y, hasta cierto punto, indescifrable, tomemos el ejemplo de que un país tenga una tasa
de población muy envejecida. Dado que el coronavirus es más letal con los ancianos,
un país con dicha característica será potencialmente más inseguro. No obstante, si
bien una población envejecida es un factor negativo en abstracto, puede ser más o
menos negativo en lo concreto. El envejecimiento de una sociedad, pues, solo es un
factor que adquiere sentido si sabemos cómo interactúa con otros factores. Por
ejemplo, en España hay una población más envejecida que en Estados Unidos, pero
en Estados Unidos hay más población obesa o con diabetes, lo que constituye
también un hándicap; o en España hay menos habitantes que en Estados Unidos, pero
la demografía de Estados Unidos se despliega más en forma de racimo, lo que reduce
la probabilidad de contagio masivo y así indefinidamente.
Por ejemplo, en un momento dado, entre Alemania y Francia hubo una gran
diferencia de víctimas. Alemania tiene una población envejecida, y con un número de
casos lo suficientemente alto como para que la mortalidad fuera mayor, pero fue muy
baja si se compara con Francia, que posee, por el contrario, uno de los sistemas de

Página 75
salud más eficientes del mundo. Es cierto que hay criterios distintos para realizar la
contabilidad de víctimas, pero también que Alemania cuenta con un número de camas
para UCI por habitante mucho más alta: 33,9 por cada 100 000 habitantes. Francia
solo tiene 11,6. España, 9,7. El factor «UCI», pues, prevaleció frente al factor
«envejecimiento», al menos entre estos dos países.
Naturalmente, no estamos ante una foto fija y algunos países, con el transcurso de
los días, sufrieron variaciones sustanciales. Pero, de igual modo, podemos empezar a
comprender la complejidad de todos los factores implicados si en cualquier momento
descubrimos grandes disparidades en países incluso vecinos. Si no conocemos las
causas, o distan de ser esclarecidas por completo, es porque la pandemia de
COVID-19 es un sistema complejo que involucra biología, comportamiento humano,
empresas y gobiernos, y está poderosamente influido por la salud de sus habitantes, la
economía, la administración y la geopolítica. «El hecho de que un brote de
enfermedad se apague o se vuelva (literalmente) viral depende de la intrincada
dinámica de redes que ni siquiera los mejores epidemiólogos son capaces de
predecir»[107]. Estamos ante un sistema dinámico no lineal, como el que subyace a la
meteorología.
Lejos de ser concluyentes, hay análisis que tratan de abordar toda esta
complejidad para extraer correlaciones que, sean o no relevantes, sí que nos ponen en
la pista de todo lo que debemos tener en cuenta para explicar lo que ocurre en un país
determinado. Por ejemplo, Deep Knowledge Group (DKV), un think tank con sede en
Hong Kong y con oficinas europeas en Londres, ha desarrollado marcos analíticos
avanzados para analizar estos datos empleando big data y algoritmos de inteligencia
artificial[108].
Para realizar su análisis, un equipo de expertos recopiló y analizó datos generados
para 200 países de todo el mundo. DKV estableció entonces una puntuación a cada
país sobre un total de 1000 puntos. Se tuvieron en cuenta casi 100 factores divididos
por categorías, como: riesgo (propagación de infección, gestión del gobierno,
eficiencia sanitaria, riesgos específicos regionales); eficiencia del tratamiento
(monitoreo de enfermedades, gestión de la enfermedad, tratamientos de emergencia);
apoyo gubernamental (ingresos suplementarios, exenciones fiscales, subsidios,
préstamos de emergencia); etc.
El análisis reveló que algunos países demostraron ser muy eficaces a la hora de
combatir la COVID-19 desde el principio. Estos países se centraron en la prevención
temprana mediante la implementación de medidas de cuarentena antes de que el
número de casos confirmados superara los 50 000, así como el uso de métodos
eficientes para el tratamiento de pacientes hospitalizados.
De esta manera, Israel, Alemania (ambas por encima de 630 puntos) y Corea del
Sur se encuentran en los tres primeros puestos, mientras que España ni siquiera
figuraba. Tampoco aparecía reflejada España en la lista de los diez países con los
tratamientos más eficaces frente a la COVID-19, en un ranking que lideraba

Página 76
Alemania. En cuanto a los países europeos, DKV situaba a España en el último lugar
de países más seguros. España solo presentaba una aparición que podría considerarse
halagüeña en los rankings elaborados por DKV: se situaba como el decimocuarto
clasificado en la lista de gobiernos que más apoyo prestaron durante la crisis.
En otras palabras: las razones por las que un virus resulta preocupante están
interconectadas en una vasta red de factores que tiene un aspecto tan intrincando
como las raíces de un árbol milenario. Y, con la actual pandemia, ha tenido lugar una
«tormenta perfecta» de factores adversos en algunos países del mundo, sobre todo de
Occidente. Pero eso no significa que sea el fin de mundo. ¿O sí?

Probabilidad del fin del mundo


Como sociedad, tendemos a abrazar con demasiada ligereza la adversidad, la
tragedia, el desastre y la aniquilación. Cada año hay nuevas noticias apocalípticas o
profecías milenarias que dan por condenado al mundo. Sin embargo, los pronósticos
más sombríos no suelen cumplirse. Las grandes amenazas, al menos por el momento,
tienen más visos de ser fantasiosas o infinitesimales, propias de las películas de
ciencia ficción, que reales. Según el psicólogo cognitivo Steven Pinker, esto sucede
porque tendemos a guiarnos por malos hábitos periodísticos (que persiguen el
clickbait) y los sesgos de disponibilidad (algo nos parece más probable en tanto en
cuanto acuden ejemplos a la mente en este caso, casi todos ellos procedentes del
ámbito de la ciencia ficción más distópica o ceniza).
Sin embargo, hay quienes discrepan de Pinker y consideran que el fin del mundo
está más cerca de lo que parece. Una de esas personas ha sido el astrónomo Martin
Rees, quien fue rector del Trinity College, Cambridge, y presidente de la Royal
Society de Londres. Si bien coincide con Pinker en que estamos viviendo la mejor
época de la historia, también considera que son tantas las estructuras que dependen
unas de otras que, cual castillo de naipes, todo podría venirse abajo con un ligero
soplido, tal y como refiere en su libro En el futuro. Perspectivas para la humanidad.
Rees apuesta por la aceleración de la tecnología para combatir estas debilidades,
como Pinker, pero a la vez observa en la propia tecnología una amenaza subyacente
debido al mal uso de los gobiernos, los delincuentes o hasta la propia ciudadanía: «En
la actualidad ya estamos, individual y colectivamente, dotados de tanto poder por la
innovación acelerada que podemos (a propósito, o como consecuencias involuntarias)
engendrar cambios globales que reverberarán durante siglos»[109].
En otro libro anterior, Nuestra hora final. ¿Será el siglo XXI el último de la
humanidad?, Rees llegó a predecir que la humanidad tenía un 50 % de probabilidad
de extinguirse en el siglo XXI. No se refiere exactamente a la desaparición de toda la
vida humana, sino a un gran retroceso. Tal vez un regreso a la Edad Media.

Página 77
Pinker y Rees discrepan tan amistosamente que incluso aceptaron apostarse 400
dólares. La apuesta fue, en sentido estricto, si un arma biológica o un atentado
bioterrorista iban a provocar un millón de víctimas en un solo evento dentro de un
periodo de seis meses antes del 31 de diciembre de 2020. No es exactamente lo que
ha ocurrido con la pandemia COVID-19, pero al terminar 2020 ya superamos esa
cifra de víctimas (y al menos para los conspiranoicos el coronavirus ha sido diseñado
en algún laboratorio o ha sido fruto de algún error biotecnológico). La apuesta, en su
sección de términos detallados, advierte que solo se contabilizarán como víctimas las
divulgadas por la OMS, pero que finalmente se podrían incluir también muertes
colaterales: menos hospitales y facultativos para tratar enfermedades, menos
antibióticos disponibles, un declive económico que afectará a las clases más bajas,
etc.
Pinker no reduce la probabilidad de un apocalipsis a cero. Tampoco habla
únicamente de la falta de control de una pandemia. Pero seguramente Pinker nunca
llegó a sospechar que Rees podría acercarse tanto a un pronóstico. Otra cosa es que,
simplemente, Rees haya acertado de chiripa.
También es cierto que, como señaló Pinker en los argumentos de su apuesta, los
Buenos siempre son más que los Malos. Es decir, que para hacer frente a esta
epidemia disponemos actualmente de la mayor colaboración científica internacional
de todos los tiempos.
Por ejemplo, tecnofilántropos como Bill Gates, gracias a la fundación
Bill & Melinda Gates, han financiado la construcción de fábricas para siete
candidatos a la vacuna contra el coronavirus, aunque, finalmente, fuera consciente de
que solo se terminaría eligiendo uno o dos de los siete proyectos, lo que significó que
miles de millones de dólares se hubiera gastado de forma poco eficiente. Y esto es
solo la punta del iceberg.
Laboratorios punteros lograron asimismo desarrollar vacunas eficaces contra el
virus en un tiempo récord, como Pfizer, Moderna, Astrazeneca o Janssen.
Estamos, pues, en un gran bache histórico. Pero todo apunta a que será temporal,
como todos los baches, y que saldremos reforzados de él. Como a menudo ha
sucedido en otras ocasiones.
Con todo, ¿cuán profundo será el bache? Es difícil pronosticar el número de
víctimas con que se saldará la COVID-19.
El total de decesos causados por la gripe en España en la temporada 2018-2019
fue de 6300. Pero el número de fallecidos registrado en 2020 ronda los 60 000. Un
48 % más, según datos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad (MoMo) del
Instituto de Salud Carlos III. Ese es el exceso de muertes registradas hasta ahora
durante la crisis del coronavirus.
De modo que, en términos generales, es probable que esta pandemia suponga el
triple de casos de gripe a nivel mundial. La gripe estacional tiene una mortalidad del
0,1 %, entre 400 000 y 650 000 muertos al año en todo el mundo.

Página 78
La COVID-19 lleva, desde su inicio, unos cuatro millones de muertes.
Es un número psicológicamente difícil de asimilar. Sin embargo, gracias a las
campañas de vacunación, es una cifra que parece que no volverá a repetirse ni por
asomo.
Por consiguiente, si nos centramos únicamente en el número de víctimas que deja
la pandemia de COVID-19, entonces los números también deberían ponerse en
perspectiva para adjudicarles el valor que tienen. Más allá de los efectos colaterales,
que son de todo punto devastadores, y del dolor, la incertidumbre y el estrés
psicológico que lleva aparejado un evento global como este, simplemente (con toda la
cursiva que podamos subrayar aquí) hemos asistido en términos de mortalidad a un
evento de tres o cuatro gripes estacionarias concentradas en un año que no volverá a
repetirse.
Naturalmente, no se trata de obviar el desastre. Los efectos de esta pandemia son
inéditos en la historia de la mortalidad española de los últimos 45 años de
democracia. Nunca en España habían fallecido 15 000 personas en una semana. Pero
tampoco nos hemos quedado tan lejos en otras ocasiones: en 2017, uno de los peores
brotes de gripe que se han registrado, alcanzó casi los 11 500 fallecimientos en una
semana. Durante la ola de calor de 2003 hubo 9000 en una semana. Hasta la fecha, el
día con mayor número de fallecimientos en España había sido el 13 de enero de 2017
(brote de gripe) con 1759 muertes. El 31 de marzo de 2020, casi 2500 personas
fallecieron en un solo día.
El problema del coronavirus, sin embargo, es que la situación se ha mantenido
varias semanas: entre el 23 de marzo y el 12 de abril murieron por todas las causas en
España más de 15 000 personas a la semana durante 21 días consecutivos. Por
contrapartida, también hemos de suponer que estas cifras de víctimas no volverán a
repetirse. Estamos, pues, ante un caso único. Un evento excepcional. No podemos
seguir teniendo miedo de algo que ya ha pasado.
Otra forma diferente de poner en perspectiva los datos es evitar comparaciones
con otros virus y, sencillamente, comparar las cifras con los muertos en un año dado
por cualquier otra causa.
Echemos un vistazo a Estados Unidos. Allí las proyecciones de fallecidos por
coronavirus oscilan entre los 60 000 y los 240 000 de marzo a julio, los meses
críticos. La cifra más baja es gigantesca: el equivalente a 180 aviones Jumbo llenos
de pasajeros. O más muertes que las registradas en combate durante la Guerra de
Vietnam. La cifra más alta cuadriplica esas comparaciones.
Son números que parecen catastróficos, abrumadores. Pero ¿son números grandes
o pequeños? Para comprenderlos mejor resulta eficaz compararlos con otras causas
de muerte. Las víctimas por gripe, por ejemplo, pueden oscilar entre las 24 000 y las
63 000. Casi 8000 estadounidenses mueren cada día debido a enfermedades u otras
causas naturales.

Página 79
La COVID-19 es particularmente grave en las personas de edad avanzada y las
personas con enfermedades preexistentes, incluida la enfermedad cardíaca. Muchas
de estas personas infectadas por COVID-19 probablemente habrían muerto también a
causa de estas enfermedades incluso en un plazo de cinco meses.
A nivel global, puede haber uno o dos millones de víctimas de la COVID-19.
Pero cada día, en el planeta, fallecen de cualquier causa 155 529 personas al día. En
total, unos 60 millones de muertos en el mundo. Solo el cáncer mata a 10 millones de
personas en el mundo. Entre 1,5 y 2 millones por tuberculosis (básicamente en países
en vías de desarrollo, aunque solo en Estados Unidos hay 700 defunciones por esta
causa; y algunos distritos de Londres tienen tasas de infección similares a las de
Nigeria o Brasil). 1,3 millones de muertos por accidentes de tráfico. Tabaco, 3
millones. Suicidio, 800 000. Accidentes cardiovasculares, 17 millones.
Si en el mundo hay siete mil millones de personas, 1,4 millones de muertos por
COVID-19 es el 0,02 % de la población. Casi el mismo porcentaje de víctimas de
diarrea: 1,6 millones. Casi la misma cifra que las víctimas de accidentes de tráfico:
1,2 millones. Solo la contaminación medioambiental mata a 5 millones de personas
en el mundo. Y el hambre acaba con 6 millones de niños menores de cinco años[110].
Como contrapunto, hay que tener en cuenta de nuevo que la COVID-19 está
alterando muchos factores de la vida diaria. Y muchas de estas alteraciones están…
disminuyendo la mortalidad general. El confinamiento, por ejemplo, está reduciendo
los accidentes de tráfico (1000 muertos al año en España), como también los
laborales (700 al año). El descenso de contaminación ambiental, potencialmente,
también estaría salvando vidas. El economista de recursos ambientales de la
Universidad de Stanford Marshall Burke, por ejemplo, realizó algunos cálculos al
respecto el 8 de marzo en el ámbito de China. Los dos meses de reducción de la
contaminación, calcula Burke, probablemente salvarán la vida de 4000 niños menores
de 5 años y 73 000 adultos mayores de 70 años en China[111].

Página 80
El Centro de Investigación Climática Internacional (CICERO) en Noruega señala
que si se mantiene durante un periodo largo esta reducción de emisiones (sobre todo
debida al transporte), se podrían salvar entre 50 000 y 100 000 vidas.
Quizá sean cifras demasiado optimistas. Pero qué duda cabe de que muchos
hábitos van a cambiar para siempre: por ejemplo, un porcentaje de trabajos y
reuniones que ahora se realizan a distancia continuarán así por siempre, evitándose
muchos vuelos por negocios, por ejemplo.
Con todo, estos análisis no tienen en cuenta las consecuencias económicas a corto
o medio plazo que causará el virus, y que probablemente también originarán más
víctimas. Sí, también habrá más víctimas de cánceres que no serán tratados porque
hay menos recursos sanitarios disponibles.
Sin duda, estimar las muertes de un único factor es difícil porque por un lado
aparecen contrapartes positivas y por el otro, negativas, como una constelación
galáctica de puntos interconectados. En efecto, al igual que sucedía al intentar
entender cómo se propaga el virus, los factores que hacen aumentar o reducir el
número de víctimas colaterales también resultan hasta cierto punto ininteligibles.
Empezaremos a tener una idea más clara del número total de decesos con el tiempo.
O quizá nunca.

Optimismo
El coronavirus es mortal, pero no es la peste bubónica, que tenía una tasa de
mortalidad del 50 %, o la peste septicémica, que tenía una tasa de mortalidad del
100 %. Afortunadamente para el bienestar a largo plazo de nuestra especie, volvemos
a estar alerta frente al peligro que representan las enfermedades transmisibles por un
virus mucho más leve. Con suerte, los gobiernos y el sector privado desplegarán
recursos humanos y financieros para garantizar que la próxima vez estemos mejor
preparados. Se cambiarán las leyes y se optimizarán las regulaciones para garantizar
que seamos más ágiles a la hora de afrontar futuras emergencias.
En realidad, no estamos luchando solo contra un virus, sino contra el tiempo. Las
medidas de confinamiento no tratan de evitar el contagio (casi todos vamos a acabar
siendo contagiados), sino que propician que nos contagiemos a un ritmo más lento
para que el sistema sanitario pueda abordar los casos más graves y así se puedan
salvar más vidas. Esta lentitud también invoca el transcurso del tiempo: más semanas
para desarrollar medicamentos, más semanas para fabricar respiradores y cualquier
otro dispositivo crítico para reducir la tasa de mortalidad; más tiempo para formar a
sanitarios; más tiempo para, en suma, aclimatarnos a un nuevo contexto que puede
alargarse durante años. Hasta que se desarrollen vacunas y se produzcan las
suficientes. Estamos comprando tiempo para que esta singularidad deje de serlo. El

Página 81
contagio debe tener lugar más tarde o más temprano, lo difícil es avanzar haciendo
equilibrismo, cual funambulista, por la fina línea entre demasiados
contagios/demasiado bloqueo social y económico.
La humanidad mejora a través de crisis, escasez, desastre y miedo. De
singularidades para las que no estábamos preparados. Sin ellas, no habríamos
prosperado tanto como lo hemos hecho como especie.
Sin embargo, nos recreamos más en estos factores en vez de poner en valor todas
las cosas que sencillamente van bien, funcionan o mejoran con el tiempo, tal y como
descubrieron los psicólogos Roy Baumeister, de la Universidad de Queensland, y
Ellen Bratslavsky, del Cuyahoga Community College. Echando mano de la mitología
de Star Wars: el Lado Oscuro siempre llama más la atención. La investigación
sugiere así que tendemos a temer más las pérdidas y que nos deleitamos menos en las
ganancias, hacemos más hincapié en los contratiempos y menos en los éxitos. Una
crítica puede permear durante semanas en nuestra psique, pero un elogio puede
resultar sorprendentemente efímero.
A esto se suma que las cosas buenas y malas tienden a suceder en diferentes
líneas de tiempo. Las cosas malas, como el estallido de una pandemia, pueden ocurrir
rápidamente. Las cosas buenas, como los avances que la humanidad ha realizado en
la lucha contra el VIH/sida, tienden a suceder de manera gradual y durante un largo
período de tiempo.
El progreso solo se puede contemplar en retrospectiva; la crisis se puede mirar en
directo las veinticuatro horas del día.
Incluso las personas que son conscientes del progreso que la humanidad ha
llevado a cabo en el pasado, subestiman la capacidad de cambiar en el futuro o de
adaptarnos a situaciones insostenibles. En 1970, el biólogo Paul Ehrlich, autor de La
explosión demográfica, preveía que 75 millones de estadounidenses y 4000 millones
de personas del resto del mundo morirían de hambre en los años 1980. Pero ahora
hay más comida que nunca, y menos hambre. Además, cada día, desde los últimos 25
años, se ha logrado reducir el número de pobres extremos en 137 000 personas de
promedio ¡cada día! En 1980, el economista Julian Simon apostaba que, en diez años,
cinco metales estratégicos serían cada vez más escasos y, por lo tanto, aumentaría su
precio. El aluminio fue también uno de los metales más escasos para el ser humano
en la mayor parte de su historia. Hasta el siglo XIX, de hecho, a causa de su escasez,
fue considerado el metal más valioso del mundo. Pero no fue así. Y el aluminio se ha
vuelto accesible y barato para todo el mundo. Las reservas de petróleo y de minerales
aumentaron, en vez de disminuir, porque los ingenieros supieron encontrar más y
descubrieron nuevas formas de extraerlos. En resumidas cuentas, podemos afirmar,
como lo hace el economista Paul Romer, que la existencia material humana está
limitada por las ideas, no por las cosas.

Página 82
La razón es bastante sencilla: la escasez suele depender del contexto.
Imagina un naranjo gigante lleno de fruta. Si arranco todas las
naranjas de las ramas inferiores, me quedo sin posibilidad de acceder
a la fruta. Desde mi perspectiva limitada, ahora las naranjas son
escasas. Pero en cuanto alguien invente una tecnología llamada
escalera, de pronto podré alcanzarlas. Problema resuelto. La
tecnología es un mecanismo de liberación de recursos. Puede
convertir lo que antes era escaso en abundante[112].

«CADA DÍA, DESDE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS, SE HA LOGRADO REDUCIR EL NÚMERO DE


POBRES EXTREMOS EN 137 000 PERSONAS DE PROMEDIO»

En vez de enquistarnos en los peores escenarios de la COVID-19, a pesar de que


muchas personas han perdido a seres queridos, que el confinamiento ha supuesto
dolor psíquico, que la incertidumbre económica ocasiona estrés estadísticamente
hablando, la mayoría de las personas tienen una buena oportunidad de superar la
pandemia sin mostrar síntomas menores de la enfermedad. Y salir reforzados de ella.
Como escribió Kevin Kelly de la revista Wired: «Desde la Ilustración y la
invención de la ciencia moderna, hemos logrado crear un poquito más de lo que
hemos destruido cada año». Los humanos han cambiado y se han adaptado en el
pasado. Lo volveremos a hacer. Aunque solo sea porque siempre ha sido así, como
sostuvo ya en 1830 el historiador y estadista británico Thomas Babington Macaulay,
quien replicó en estos términos a Thomas Malthus, que ya se había mostrado agorero
sobre la superpoblación:

En todas las épocas, todos saben que hasta su propio tiempo, se han
producido mejoras progresivas; nadie parece contar con ninguna
mejora en la próxima generación. No podemos probar absolutamente
que están equivocados quienes dicen que la sociedad ha llegado a un
punto de inflexión, que hemos visto nuestros mejores días. Pero así lo
dijeron todos los que vinieron antes que nosotros y con la misma
razón aparente.

La COVID-19 es un desastre-oportunidad. Según la OMS, entre 2011 y 2017 se


registraron 1307 brotes epidémicos regionales. Entre un intervalo de tiempo de 30 a
70 años, el mundo debe enfrentarse a una epidemia global. Gracias a la COVID-19
saldremos tan reforzados, que el mundo, a nivel epidemiológico, seguramente será
más seguro que nunca.

Página 83
¡Peligro real: infecciones!

Vivimos rodeados de microbios. Muchos de ellos ni siquiera los hemos


identificado. En 2009, una investigadora de la Universidad Estatal de San Diego, por
ejemplo, analizó los pulmones de personas sanas para descubrir 174 especies de
virus. El 90 % de ellos no se conocían hasta entonces[113]. El equivalente de Darwin
en su viaje en el Beagle.
Algunos de estos microbios son nuestros enemigos declarados. Otros han firmado
una tregua con nosotros. Nuestros enemigos no nos tienen especial ojeriza:
simplemente quieren propagarse y han encontrado en nuestro organismo una forma
estupenda de hacerlo. Su éxito evolutivo reside en multiplicarse, es decir, que no se
diferencian demasiado del resto de seres vivos. Si nos ponemos enfermos es porque
nuestro sistema inmune trata de combatirlos. Como explico en Eso no estaba en mi
libro de genética[114]:

Algunas de esas batallas las podemos ganar, como el resfriado común;


otras las ganamos permanentemente tras inocularnos una cepa muerta
o debilitada del microbio en cuestión a través de una vacuna, como el
sarampión; otras batallas simplemente las perdemos porque nuestros
anticuerpos son incapaces de identificar a los invasores, como es el
caso del VIH.

En 1796, Edward Jenner realizó su célebre descubrimiento del proceso de


vacunación, rascando el brazo de un niño de ocho años con pus de la hija de un
granjero infectada de viruela vacuna. Sin embargo, hasta 1856 no llegaría el químico
Louis Pasteur para demostrar que los microbios causan las infecciones. Su hallazgo
tuvo lugar a raíz de que una empresa vinícola francesa le propusiera el trabajo de
impedir que su vino se convirtiera en vinagre. Lo que descubrió Pasteur no solo fue
que eran unas bacterias que se transportaban por el aire las responsables de
malbaratar el vino, sino que bastaba con calentarlo a 60 grados para matarlas (un
procedimiento que más tarde se usaría también para la leche y otras sustancias y que
se llamaría pasteurización, en honor a su apellido). Más tarde, Pasteur desarrollaría
vacunas contra el ántrax, el cólera aviar y la rabia.
La carrera por descubrir más microbios que causaban enfermedades continuó
adelante. En 1880, por ejemplo, fue cuando se encontró el protozoo que provocaba la
malaria. Los virus se descubrieron en 1915. Poco a poco, además, se fue desvelando
que no todas las bacterias nos pueden dañar, sino que muchas son indispensables para
nuestra supervivencia (por ejemplo, contribuyendo activamente al proceso de
digestión de nuestro estómago). De las 100 000 000 000 000 (1014) células que

Página 84
contiene el cuerpo humano, solo el 10 % está formado por nuestros tejidos y órganos.
El resto corresponden a las miles de millones de bacterias que habitan en nuestra piel,
en el interior de nuestra nariz, en la garganta, en el tracto digestivo y muchos otros
lugares de nuestra geografía corporal.
El glande del pene está recubierto por 17 000 000 (17×106) de bacterias. La
cavidad vaginal está tapizada por una capa de 10 000 000 (107) de microbios por
centímetro cuadrado. En un acto sexual estándar, pues, se produce un intercambio
bacteriano multimillonario, además de que se transmiten 250 virus diferentes.
Un solo beso apasionado propicia la transferencia de hasta 1000 millones (109) de
bacterias de una boca a otra, junto con unos 0,7 miligramos de proteína, 0,45
miligramos de sal, 0,7 microgramos de grasa y 0,2 microgramos de «compuestos
orgánicos variados», lo que en román paladino significa «restos de comida».
Por eso, quizá, el beso tampoco sea tan habitual como creemos. Según un estudio
de William Jankowiak[115], de la Universidad de Nevada, besar es un gesto raro y
ridículo en muchas culturas.
En el estudio se analizaron nada menos que 168 culturas, y solo en el 46 % de
ellas tenía lugar el beso como expresión romántica. Las estimaciones anteriores
habían puesto la cifra en el 90 %.
No en vano, Tiberio prohibió los besos en los labios debido a una epidemia de
pupas labiales que invadió Roma. Durante la Edad Media también se decretó que el
beso, como el juego amoroso o los preliminares en general, eran reprobables. Y
Sigmund Freud catalogaba el beso como «perversión» en su Tres ensayos sobre la
teoría de la sexualidad.
Tal vez nos quede el estrechar la mano a fin de mantener un mínimo contacto con
el otro. Pero, incluso así, aunque se mantenga una higiene razonable, en las manos
viven 12 000 000 de microbios. Todo es suciedad. Y eso no es del todo malo:
demasiada higiene puede volvernos inermes frente a los propios microbios. Es
precisamente la continua lucha contra ellos lo que permite que nuestro sistema
inmune se entrene adecuadamente.
Por desgracia, entre toda la suciedad, entre los microbios buenos y malos, siempre
hay casos en los que salimos perdiendo. Por ejemplo, investigadores de la
Universidad Ondokuz Mayis de Turquía, dirigidos por Fatma Ulger, comprobaron los
teléfonos de 200 médicos y enfermeras que trabajan en los quirófanos y unidades de
cuidados intensivos de un hospital. El 95 % de los teléfonos móviles estaban
contaminados con al menos un tipo de bacteria potencialmente capaz de causar desde
leves irritaciones de la piel a enfermedades mortales.
Mucho más preocupante es que en ocho de los aparatos se encontró
Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM). En Estados Unidos, el
MRSA es la causa de más del 60 % de todas las infecciones hospitalarias, y en 2005
infectó a 94 000 personas, matando a 19 000 de ellas en todo el país.

Página 85
Para luchar contra estas bacterias hemos desarrollado los antibióticos. Sin
embargo, su uso excesivo e inadecuado está originando bacterias cada vez más
resistentes. Mientras que se estima en 33 100 el número de personas que pierden la
vida cada año por esta causa en la UE, 1900 de ellas en España, la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) calcula que las cifras aumentarán
poco a poco, pronosticando que en el año 2050, solo en España, 77 700 personas
morirán a causa de la resistencia bacteriana.
Por eso, por norma general, el mejor consejo que puede ofrecerse para evitar las
90 000 defunciones por infección contraída en hospitales solo en Estados Unidos es
que los facultativos, sencillamente, se laven bien las manos.
Un consejo que todos deberíamos adoptar en nuestra vida diaria, lo que
probablemente reduciría significativamente la probabilidad de contagiarnos de
diversas enfermedades, como la gripe. El simple virus de la gripe «puede sobrevivir
durante dos semanas y media en un billete de banco si va acompañado ni que sea de
un micropunto de moco»[116]. Si tenemos en cuenta que, por término medio, un
adulto se toca la cara 16 veces cada hora, y que nariz, ojos y boca son las puertas
idóneas para que un virus se cuele en nuestro organismo, ya podemos unir la línea de
puntos como si se tratara de un dibujo infantil esquemático. Al parecer, nos tocamos
la cara porque ello forma parte no solo de la comunicación no verbal, sino que es un
tic al que recurrimos por muchos motivos. Incluso cuando somos fetos. Un estudio
reciente usó ultrasonidos para analizar a 15 mujeres desde la semana 24 hasta la
semana 36 de sus embarazos y descubrió que los fetos tenían mayor probabilidad de
tocarse la cara con la mano izquierda cuando las mujeres informaron sentirse
estresadas[117].
El consejo de mantener la higiene fuera del ámbito hospitalario también es
conveniente para evitar las intoxicaciones alimentarias que se producen por todo el
mundo. Solo en Estados Unidos, fallecen 3000 personas (y alrededor de 130 000 son
hospitalizadas) por esta razón. En muchas ocasiones el problema está en que la propia
comida no ha sido sometida a suficientes controles sanitarios: el 84 % de las
pechugas de pollo, el 70 % de la carne picada y el 50 % de las chuletas de cordero
comercializadas en este país contienen Escherichia coli, una bacteria que puede
llegar a ser letal, según una investigación realizada en 2016 por la Food and Drug
Administration[118]. En Alemania, por ejemplo, en el año 2011 se informó de un gran
brote epidémico que se saldó con 33 fallecidos cuyo foco, en un primer momento, se
fijó en productos vegetales importados desde España.
Estamos rodeados de microbios. Una guerra invisible se libra a nuestro alrededor,
dentro de nosotros, por todos lados. Haríamos mal solo en fijarnos en unos pocos
enemigos: debemos permanecer ojo avizor porque cada vez están mejor preparados
para ganar.

Página 86
Tus nuevos aforismos
Solo tomamos medidas después de un desastre, no antes.
Progresamos gracias a la escasez y el miedo.
malos hábitos periodísticos + sesgo de disponibilidad = fin del mundo.
El progreso solo se puede contemplar en retrospectiva; la crisis se puede
mirar en directo las veinticuatro horas del día.
La existencia material humana está limitada por las ideas, no por las cosas.

Página 87
PARACAIDISMO

La vida, ciertamente, no debe desearse hasta el extremo de creer que


haya de ser prolongada a toda costa. Aunque así pienses, quienquiera
que seas, habrás de morir igual, aun cuando hayas vivido de un modo
indecente y criminal. Por ello ha de tener todo el mundo este ante todo
entre los remedios de su ánimo; de los bienes que la naturaleza
concedió al hombre ninguno hay mejor que una muerte a tiempo, y lo
óptimo es que cada uno se la pueda dar a sí mismo.
PLINIO EL VIEJO,
Historia natural, XVIII

Página 88
U
no de cada 100 000 saltos de paracaidistas totalmente entrenados termina en
una muerte. La Asociación Británica de Paracaidismo admite que: «No existe
algo como un salto de paracaidismo totalmente seguro». Con todo, la
Asociación de Paracaídas de los Estados Unidos (USPA), el órgano rector del deporte
del paracaidismo en el país, solo registró 24 muertes en el año 2014. Con 3,2
millones de paracaidistas ese año, eso supone 0,0075 muertes en cada 1000 saltos.
El paracaidismo en tándem tiene un récord de seguridad aún mejor, con 0,003
muertes por cada 1000 saltos en la última década. Según el Consejo Nacional de
Seguridad, es mucho más probable que una persona muera por la picadura de una
abeja que por uno de estos saltos.
Sin embargo, son muchos los que se echan para atrás si se ven en la tesitura de
tener que saltar al vacío desde un avión. Las piernas devienen en dos palitroques, la
mandíbula, en cascanueces, la espalda, en mástil; y el corazón parece que quiera
escapar por el pecho mientras el ruido del viento atrona en los oídos.
La realidad estadística, no obstante, es que resulta improbable que cualquier
lector de este libro se muera practicando un deporte (y no solo porque se esté
sugiriendo que el lector será necesariamente una rata de biblioteca alérgica a las
mancuernas del gimnasio).
Es cierto que el salto BASE es uno de los deportes extremos que entraña mayores
riesgos (aunque la escalada por encima de los 6000 metros puede estar al mismo
nivel de siniestralidad), pero no muchos más que el ciclismo, nadar o correr. El
puenting, de hecho, resulta más seguro que el ciclismo, pero a quienes asociamos con
adictos a la adrenalina son a los que se suben a un puente para saltar atados a una
cuerda y no quienes se aventuran a cruzar la ciudad sobre dos ruedas.

El «temible» salto BASE


No hay que confundir el salto en paracaídas desde un avión, la caída libre, con el
salto BASE, que generalmente constituye un descenso muy breve en el que no hay
tiempo de activar un paracaídas de reserva en caso de que falle el paracaídas principal
(de ahí que entrañe más riesgo, principalmente). No en vano, BASE es el acrónimo
de Building (edificio), Antenna (antena, chimeneas, torres de tendido eléctrico), Span
(viaducto), Earth (tierra, risco, acantilado), en clara referencia a los lugares donde se
suele practicar este deporte.
Si en la caída libre se pueden llegar a desarrollar velocidades de 180 a 300
kilómetros por hora, en el salto BASE muy raramente se alcanza la velocidad
terminal (la velocidad máxima que alcanzaría un cuerpo cayendo bajo el influjo de la
gravedad). Al estar descendiendo más lentamente y durante menos tiempo, el saltador
también tiene una capacidad de maniobra más limitada, y no puede permitirse, por

Página 89
ejemplo, alcanzar la estabilidad aerodinámica si la ha perdido desde un principio: si
hay un mal salto, resulta mucho más difícil corregir el volteo o la pérdida de control
antes de la apertura del paracaídas. Y una vez desplegado este, hay otros problemas:
no solo las áreas para aterrizar acostumbran a ser más reducidas desde un salto
BASE, sino que apenas se dispone de diez o quince segundos de vuelo bajo campana
(con el paracaídas abierto), cuando un saltador en caída libre puede incluso disponer
de cinco minutos.
El hecho de que el salto BASE sea más arriesgado que la caída libre puede
constatarse en el consejo de que al menos hay que acumular una experiencia de
doscientos saltos en caída libre antes de empezar a practicar el salto BASE.

El primer saltador y la mujer que se salvó a 10 000


metros

El primer salto en paracaídas documentado con certeza fue llevado a cabo


por Louis-Sébastien Lenormand, en 1783, desde la torre del observatorio de
Montpellier.
Curiosamente, pues, podemos afirmar que los paracaídas se inventaron
antes que los aviones, porque su propósito era solo emplearse para ayudar a
escapar a personas ilesas de un edificio en llamas. El propio Lenormand fue
quien acuñó el término «paracaídas» (parachute) combinando el prefijo
para- (del latín parare, ‘parar’) y el sufijo -chute (‘caer’, en francés). Ese
mismo año, casualmente, los hermanos Montgolfier también hicieron la
primera demostración pública del globo aerostático en el que llevaban un año
trabajando.
El 26 de enero de 1972, Vesna Vulovic, azafata de las Aerolíneas JAT,
sobrevivió a una caída libre de 10 160 metros de altura cuando iba a bordo
del vuelo 367, que se dirigía de Copenhague a Belgrado. A pesar de todo,
sufrió roturas en el cráneo y en tres vértebras. Tras el accidente, todo el
mundo había fallecido, excepto ella. Tras permanecer 27 días en coma, lo
primero que dijo al despertar fue: «¿Puedo fumar un cigarrillo?». Luego
preguntó a su madre: «¿Dónde están mis perros y mis gatos?». Esta historia
fue tan espectacular que incluso fue recogida como un récord de
supervivencia por parte del Guinness World Records. Sin embargo, como se
descubrió más tarde, todo era un montaje. En realidad el avión habría sido
derribado por equivocación por las fuerzas armadas checoslovacas, y la
supuesta supervivencia de Vesna fue utilizada para ocultar la verdadera
historia que hubo detrás del incidente.

Página 90
El récord de caída sin paracaídas lo ostenta ahora Luke Aikins, un
saltador profesional de paracaidismo y BASE, que se convirtió en la primera
persona en saltar desde un avión sin paracaídas a 25 000 pies de altura (7620
metros). Eso sí, al final de su caída le esperaba una red gigante de 30×30
metros.
Según el libro Guinness World Records, el 14 de octubre de 2012 Felix
Baumgartner batió tres récords históricos al lanzarse en caída libre desde los
38 969,3 metros de altura, después de haber ascendido en globo tripulado a la
estratosfera, alcanzando una velocidad máxima de 1357,64 km/h, superando
así la velocidad del sonido durante unos segundos.

Comparaciones con otros deportes


Practicar cualquier deporte entraña riesgos, no tanto de morir como de lesionarse.
Según un fragmento particularmente agorero del libro Somos nuestro cerebro, del
neurobiólogo de la Universidad de Ámsterdam Dick Swaab:

Desde el primer maratón en Grecia, muchos corredores de larga


distancia han caído muertos. Un 15 % de las lesiones medulares se
producen practicando algún deporte […] nadie parece preocuparse por
el aumento del riesgo de padecer esclerosis lateral amiotrófica (ELA)
a causa del deporte, o por el dato de que en los Países Bajos mueren
unas cien personas al año mientras practican algún deporte[119].

Sin embargo, no todos los deportes son iguales. Correr y nadar es más peligroso que
esquiar o practicar snowboard si atendemos estrictamente a la estadística. Por
supuesto, aquí hay que valorar otros factores, como que hay deportes que, por su
propia naturaleza apegada al riesgo, imponen mayores medidas de seguridad: no es lo
mismo salir en bici que saltar de un avión; y el ciclista puede prescindir, y de hecho
prescinde, de un equipo especial para sobrevivir a las caídas. De igual modo, quien
practica snowboard suele ser alguien que tiene más habilidades motoras o más horas
de práctica en esquí, pero quien practica esquí puede ser alguien mucho más torpe o
amateur en términos generales.
Dicholo cual, las cifras, grosso modo, y según un grupo de especialistas de la
empresa de deportes de acción Teton Gravity Research, son las siguientes:

1. Montañismo y escalada a más de 6000 metros en el Himalaya: 10-12,6


víctimas de cada 100 participantes. De cada 6 ascensos para intentar a
encumbrar el Monte Everest, una persona fallece. Las causas más comunes

Página 91
son hipotermia, quemaduras de córneas, neumonía, falta de oxígeno, y
congelación, entre otras.
2. Salto BASE: 1 víctima de cada 60 participantes.
3. Ala Delta: 1 víctima de cada 560 participantes.
4. Carreras de motos: 1 víctima por cada 1000 participantes.
5. Montañismo: 1 víctima de cada 1750 participantes (anualmente).
6. Boxeo: 1 víctima de cada 2200 participantes.
7. Piragüismo: 1 víctima por cada 10 000 participantes.
8. Senderismo: 1 víctima por cada 15 700 participantes.
9. Submarinismo: 1 víctima de cada 34 400 participantes.
10. Fútbol americano: 1 víctima de cada 50 000 participantes.
11. Paracaidismo: 1 víctima por cada 101 083 participantes.
12. Ciclismo: 1 víctima de cada 140 845 participantes.
13. Puenting: 1 víctima por cada 500 000 de participantes.
14. Natación: 1 víctima por cada 1.000 000 de participantes.
15. Running: 1 víctima por cada 1.000 000 de participantes.
16. Esquí: 1 víctima de cada 1,4 millones de participantes.
17. Snowboard: 1 víctima de 2,2 millones de participantes.

Según cómo leamos las cifras, estas pueden resultar mucho más funestas de lo que en
realidad son. Enfoquémoslo, pues, de otra manera. James Griffith, un experto en
accidentes de paracaidismo y profesor de psicología en la Universidad de
Shippensburg, afirma que alrededor de 35 personas mueren en accidentes de
paracaidismo cada año en los aproximadamente 2,5 millones de saltos que tienen
lugar. Esto supone una víctima por cada 75 000 saltos.
Parece una cifra aterradora, pero de promedio nos morimos por caernos de una
escalera una vez de cada 20 000. O más específicamente:

Existe la probabilidad de poner mal el pie en un peldaño una de cada


2222 veces que utilizamos una escalera, de sufrir un accidente leve
una de cada 63 000 veces, un accidente doloroso una de cada 734 000
y de necesitar atención hospitalaria una de cada 3.616 667 veces[120].

En otras palabras: es casi tan probable morir en un salto de paracaídas como hacerlo
por un resbalón en una escalera.
Solo en los Estados Unidos, 477 personas pierden la vida cada año a causa de un
pequeño traspiés. Las muertes por caídas en una escalera superan incluso a las
muertes por ahogamiento o quemaduras, como veremos más adelante.

«ES CASI TAN PROBABLE MORIR EN UN SALTO DE PARACAÍDAS COMO HACERLO POR
UN RESBALÓN EN UNA ESCALERA»

Página 92
Lo que también ha constatado Griffith es que una gran parte de las muertes por
paracaidismo no son fruto de un fallo técnico o de un infortunio, sino simplemente de
la parálisis por el miedo. Tras estudiar todos los informes sobre accidentes de
paracaidismo producidos desde el año 1993, ha calculado que aproximadamente el
10 % de todas las muertes se deben al problema del «no tirar» o de abrir el paracaídas
con poca determinación o una altitud demasiado baja. El estrés producido por la
situación parece estar detrás de esta parálisis que evita que el saltador tire de la anilla
del paracaídas cuando se lanza al vacío. Por eso, muchas personas que se estrellan
contra el suelo tienen las anillas de su paracaídas principal, el de emergencia y el de
reserva, completamente Intactos.

El inventor del footing murió de un ataque al


corazón

James E Fixx fue el neoyorquino responsable de que el footing se pusiera de


moda en todo el mundo. Fixx empezó a correr a los 35 años, cuando pesaba
casi 100 kg y fumaba unos dos paquetes de tabaco al día. Perdió 30 kg, dejó
de fumar y escribió un libro sobre la hazaña, Complete Book of Running, que
estuvo once semanas en el número uno de la lista de los libros más vendidos,
convirtiéndole en un hombre rico y popular. A partir de entonces, todo el
mundo empezó a imitarle, seducido por las bondades del footing (y
seguramente en su walkman sonaba a todo volumen el Going to distance de
la banda sonora de la película Rocky).
Sin embargo, un día cualquiera, después de su sesión maratoniana diaria,
Fixx murió de un ataque al corazón. Una ironía parecida a la que se dio en el
caso de Allen Carr, autor del bestseller mundial Es fácil dejar de fumar si
sabes cómo, que falleció de cáncer de pulmón.
La incidencia de la muerte súbita en el running es muy baja, pero sucede.
Lo que es más habitual son las lesiones físicas por correr demasiado o hacer
ejercicio en exceso.
Y los excesos sí que pueden ser más habituales: el estudio Adicción al
deporte: el peligro de la sobredosis de ejercicio[121] asegura que un 18 % de
los practicantes de deportes son adictos inconscientes. Si bien el ejercicio
físico moderado es bueno para el sistema cardiovascular, e incluso el
entrenamiento intenso cuando se realiza de manera apropiada, el exceso de
ejercicio puede causar un incremento de los problemas circulatorios y
cardíacos[122].
Otro estudio realizado por investigadores del Centro Alemán de
Investigación sobre el Cáncer de Heidelberg incluso sugería que las personas

Página 93
que no realizaban actividad física regular o se declaraban sedentarias tenían
el doble de probabilidad de sufrir un ataque al corazón o un ictus cerebral,
pero quienes hacían ejercicio a diario y de forma extenuante tenían más del
doble de probabilidad de morir por las mismas razones[123].
Algunas personas no solo se vuelven adictas al ejercicio, sino que
también lo usan como una forma de alcanzar la espiritualidad, como el
movimiento Sri Chinmoy, cuyos integrantes pretenden trascenderse a sí
mismos corriendo 4345 km en 52 días alrededor de una manzana de Nueva
York.

Micromuertes y microvidas
En la década de 1980, Ronald Arthur Howard, un profesor del Departamento de
Ingeniería y Sistemas Económicos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de
Stanford y pionero en la práctica moderna del análisis de decisiones, introdujo el
concepto de «micromuerte», la unidad de riesgo asociada a una probabilidad de
muerte de uno entre un millón.
De esta forma, se puede medir y comparar el riesgo de actividades diarias de una
forma más tangible.
Estos son algunos deportes y sus micromuertes asociadas según diversos análisis:

Buceo (Reino Unido, entre 1998 y 2009): 5 micromuertes por actividad. (En
Estados Unidos serían 10 micromuertes).
Esquí (Estados Unidos, entre 2008 y 2009): 0,7 micromuertes por día.
Paracaidismo (Estados Unidos, 2000-2016): 8 micromuertes por salto.
Salto BASE (Kjerag, Noruega, 1995-2005): 430 micromuertes por salto.
Alpinismo (Everest, 1922-2012): 37 932 micromuertes por ascenso.

A efectos comparativos, todas estas actividades llevan aparejadas 1 micromuerte:

Viajar 9,7 km en moto


Viajar 27 km caminando.
Viajar 16 km en bicicleta.
Viajar 370 km en coche.
Viajar 9656 km en tren.
Viajar 19 000 km en avión.

Si las micromuertes funcionan muy bien a la hora de estimar el riesgo de morir


súbitamente debido a un accidente, las microvidas funcionan mejor a la hora de
calcular actividades que, a largo plazo, reducen la esperanza de vida. Es decir, que si

Página 94
las micromuertes sirven mejor para calcular riesgo haciendo deporte, las microvidas
son óptimas para calcular el riesgo del sendentarismo.
Las microvidas son unidades de media hora de esperanza de vida que debemos
restar. Así, una persona que tiene una esperanza de vida de 57 años, a 48 microvidas
por día, finalmente dispondría de un millón de microvidas. Un millón de unidades
para gastar discrecionalmente en estilos de vida poco saludables.
Naturalmente, las microvidas son estimaciones aproximadas, basadas en
promedios sobre la población y la esperanza de vida estándar.
Los efectos de la variabilidad individual, los hábitos a corto plazo o cambiantes y
los factores causales no se tienen en cuenta. Sin embargo, como las micromuertes, las
microvidas permiten tener una idea más intuitiva y gráfica del riesgo de determinadas
maneras de vivir. En otras palabras, podemos medir lo rápido que estamos gastando
nuestro stock vital. Si mantenemos una vida insalubre, quemaremos microvidas a
mayor velocidad.
Estas son las microvidas que consumen por día de exposición hombres y mujeres
de 35 años[124]:

Fumar de 15 a 24 cigarrillos: hombres (-10)/mujeres (-9).


Cada copa de alcohol de 10 gramos (hasta 6): hombres (-1/2)/mujeres (-1).
Obesidad (5 unidades por encima de 22,5 del índice de masa corporal):
hombres (-3)/mujeres (-3).
Obesidad (5 kg por encima del peso óptimo por la altura promedio): hombres
(-1)/mujeres (-3).
Sedentarismo (2 horas en el sofá): hombres (-1)/mujeres (-1).
Dieta (carne roja, 1 porción de 85 g): hombres (-1)/mujeres (-1).
Dieta (frutas y verduras, 5 porciones): hombres (+4)/mujeres (+3).
Actividad física (primeros 20 minutos de ejercicio moderado): hombres
(+2)/mujeres (+2).
Actividad física (tras 40 minutos de ejercicio moderado): hombres
(+1)/mujeres (+1/2).
Contaminación del aire (Londres): hombres (-1/2)/Mujeres (-1/2).

Otra manera de expresarlo sería que vamos a quemar una microvida diaria con cada
uno de estos hábitos, según un análisis[125] de 1979:

Beber 0,5 litros de vino (cirrosis hepática).


Fumar 1,4 cigarrillos (cáncer, enfermedad cardíaca).
Vivir 2 días en Nueva York o Boston en 1979 (contaminación del aire).
Vivir 2 meses con un fumador (cáncer, enfermedad cardíaca).
Comer 100 filetes a la brasa (cáncer).

Las micromuertes y las microvidas son una forma muy fácil de identificar estilos de
vida perjudiciales, en el sentido de que nuestra esperanza de vida no dejará de

Página 95
menguar. La mala noticia es que nuestro cerebro no está preparado para asimilar
emocionalmente, de forma verdaderamente profunda, esta información: en esencia
porque hay una gran distancia entre un hábito perjudicial (fumar) y un efecto dañino
(cáncer de pulmón). Como explica el neurocientífico Dean Burnett, del Instituto de
Medicina Psicológica y Neurociencias Clínicas de la Universidad de Cardiff, cuanto
mayor es la distancia entre la consecuencia de una acción, más difícil le resulta a
nuestro cerebro establecer la conexión causal:

El bloqueo de nuestras arterias y la presión excesiva sobre el corazón


por culpa de una dieta hipercalórica son procesos muy paulatinos que,
en su mayor parte, ni siquiera podemos sentir. Lo que quiero decir es
que «sabemos» que la conducta en cuestión no nos está haciendo
ningún bien, pero las regiones más primitivas (y, de todos modos, más
potentes) del cerebro, encargadas de relacionar causa y efecto, no
llegan a apreciar realmente que eso es así[126].

Los economistas llaman al sesgo de valorar mejor los costes y los beneficios a corto
plazo que en el futuro lejano «descuento hiperbólico», y básicamente nos permite ser
más racionales respecto a nuestros objetivos a largo plazo que respecto a nuestros
deseos, acciones y placeres más inmediatos. Como el sedentarismo.

¡Peligro real: sedentarismo!

A pesar de que hacer deporte moderado comporta riesgos, es mejor asumirlos que
no hacer deporte en absoluto: el sedentarismo es una de las principales causas de
muerte en el Primer Mundo. En el año 2011, de hecho, «murieron más personas en
todo el mundo debido a afecciones no transmisibles como fallo cardiaco, apoplejía o
diabetes que por la suma de todas las enfermedades infecciosas juntas»[127] por
primera vez en la historia de la humanidad. Solo en Estados Unidos tiene lugar una
muerte por enfermedad cardiaca cada 20 segundos, matando a 500 000 personas al
año. Es decir, 57 fallecimientos por hora. Casi 1 muerte por minuto. Así pues, la
enfermedad cardiovascular (ECV) es la primera causa de muerte en los adultos que
superan los 40 años de edad, como sucede en muchos países industrializados. La tasa
de mortalidad por enfermedades del corazón es de 168 por 100 000.
Las cifras son extraordinariamente alarmantes, pero la parte positiva es que son
mucho menores que en un año tan reciente como el 2000 (257 por 100 000), y ya no
digamos el año 1950 (600 por 100 000). Aproximadamente un 50 % de la magnitud
del descenso se puede atribuir a las mejoras en el tratamiento.

Página 96
El ataque cardiaco es más común entre ellos que entre ellas, mientras que el
pronóstico de supervivencia es peor entre las mujeres. Como los síntomas de un
ataque cardíaco son distintos en mujeres que hombres (ellas suelen sentir más dolor
abdominal y náuseas), el problema se suele diagnosticar peor y ello produce el doble
de mortalidad en mujeres menores de 50 años.

YPLL o años perdidos de vida potencial

Existe una forma para cuantificar si una persona ha muerto demasiado pronto
de manera natural llamada YPLL (Years of Potential Life Lost, por sus siglas
en inglés), una unidad de medida de los años perdidos de vida potencial[128].
Usemos una esperanza de vida media de 85 años. El YPLL nos indicaría
cuántos años de vida futura se han eliminado cuando las personas expiran
demasiado pronto.
En el caso del cáncer, de los llamados neoplasmas malignos, se obtiene
un YPLL de 8,35 millones de años.
En las enfermedades cardiacas, 6,25 millones de años.
En el caso de los accidentes de cualquier tipo (lesiones no intencionadas,
etc.), 4,11 millones de años.
En el caso de los homicidios, 949,607 millones de años.
Si sumamos todas las causas de muerte en Estados Unidos (cáncer,
enfermedades cardiacas, diabetes, suicidios, accidentes, etc.), entonces
obtendremos el YPLL de 34,55 millones de años.

Si nos centramos en los infartos de miocardio (llamados ataques al corazón), que


están estrechamente vinculados a una vida sedentaria y se producen cuando la sangre
oxigenada no puede llegar al músculo cardiaco debido a una obstrucción en una
arteria coronaria, cada año los sufren aproximadamente 800 000 personas en los
Estados Unidos, de las cuales 213 000 fallecen[129]. La mayoría de estas muertes
ocurren en la primera hora del infarto, y antes de que el paciente se presente al
servicio de emergencias. Una vez que el paciente recibe atención médica la
mortalidad intrahospitalaria es de un 10 %.
En España fallecen casi 15 000 personas al año por ataque al corazón. En los
últimos años, la mortalidad en hombres ha pasado de 190,68 a 109,21 por cada
100 000 habitantes, mientras que en mujeres la reducción ha sido de 70,50 a
42,27[130].
En términos generales, la falta de actividad física mata a 3,2 millones de personas
al año en todo el mundo.

Página 97
Según la OMS, el 6 % de todas las muertes anuales son fruto del sedentarismo. Es
la principal causa del 21–25 % de los casos de cáncer de mama y colorrectal, del
27 % de los casos de diabetes y del 30 % de las enfermedades del corazón.
Al menos una cuarta parte de la población adulta del mundo, unos 1400 millones
de personas, se encuentra en peligro de sufrir enfermedades cardiovasculares,
diabetes tipo 2, demencia y cáncer debido a sus hábitos sedentarios[131].
No es extraño si tenemos en cuenta que muchos renuncian incluso a los
incentivos económicos que algunas empresas ofrecen a los trabajadores que registren
al menos 1,5 kilómetros de pasos diarios en un monitor de actividad como Fitbit (es
decir, 2740 pasos al día, o un millón al año). Nuestros antepasados cazadores-
recolectores, por contrapartida, recorrían una media de 31 kilómetros al día. El
estadounidense medio camina apenas 500 metros[132].
Las tasas más altas de sedentarismo en adultos se registraron en 2016 en lugares
como Kuwait, Samoa Americana, Arabia Saudí e Irak.

«QUEDARSE EN EL SOFÁ ENTRAÑA MÁS RIESGOS, AUNQUE SEA A LARGO PLAZO, QUE
PRACTICAR DEPORTES EXTREMOS»

Quedarse en el sofá entraña más riesgos, aunque sea a largo plazo, que practicar
deportes extremos. Un sofá, de hecho, es una especie de asesino que nos mata muy
lentamente. Cuanto más cómodo y confortable resulte, más fácilmente nos matará si
abusamos de él, propiciando estitiquez (al no haber movimiento, se corre el riesgo de
sufrir enfermedades de colon como diverticulitis), insulina alta (condición médica de
resistencia a la insulina que conduce al desarrollo de diabetes), cáncer (el
sedentarismo se vincula, sobre todo, al cáncer de colon, el de mama y el de
endometrio) o mala circulación de las piernas (aumenta el riesgo de padecer varices,
tobillos hinchados o trombosis). Por supuesto, la cama tampoco es un lugar adecuado
para pasar demasiado tiempo, tal y como señala Daniel E. Lieberman, profesor del
Departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard:

Se reconoce ampliamente que el reposo prolongado en la cama tiene


muchos efectos perjudiciales para el cuerpo, entre ellos la debilitación
del corazón, la degeneración muscular, la pérdida de hueso y un grado
elevado de inflamación de tejidos[133].

Estar simplemente sentados o tumbados durante demasiado tiempo es tan nocivo para
nuestro cuerpo que basta con contar las horas que vemos la televisión para predecir el
riesgo de diabetes tipo 2[134]. Concretamente, cada hora frente a la televisión
incrementa el riesgo de diabetes en un 3,4 %.

Página 98
Las Vegas es el mejor sitio para tener un ataque
cardíaco

Según un estudio publicado en The New Journal of Medicine, hay un lugar


donde el índice de supervivencia por infarto de miocardio es superior al de
un hospital: los casinos de Las Vegas[135].
Sobrevivir a un infarto de miocardio depende, casi exclusivamente, de la
rapidez con la que el médico aplique el desfibrilador. Si recibe la primera
sacudida en el plazo de un minuto, la probabilidad de sobrevivir se acerca al
90 %. Cada 60 segundos, se reduce un 10 %. Lo que ocurre en los casinos de
Las Vegas es que hay más gente con ataques al corazón de lo habitual, casi
tres veces más que en otras ciudades de tamaño similar, debido al estrés por
el juego y los hábitos poco saludables relacionados con el abuso de drogas,
alcohol y tabaco. Por esa razón, desde 1997 los casinos cuentan con sus
propios desfibriladores externos automáticos, que están instalados como si
fueran extintores de incendios en lugares públicos. También el personal de
los casinos está entrenado para realizar correctamente la reanimación
cardiopulmonar y la desfibrilación. Como señala el periodista Ben
Sherwood:

Teniendo en cuenta que las cámaras de seguridad y los


guardias siempre están vigilando a las personas que pudieran
hacer trampas y crear problemas, prácticamente todo el mundo
se encuentra bajo vigilancia. Si se desploma en el MGM
Mirage, por ejemplo, un trabajador preparado con una
desfibrilación estará sobre usted en 2,8 minutos[136].

Otra opción es que, además, se pueda masticar (para absorberla antes) una
aspirina de unos 325 g tan pronto como se sospeche que se está sufriendo un
ataque cardíaco: «La aspirina no detendrá el ataque al corazón ni
desobstruirá los vasos sanguíneos, pero evitará que las plaquetas contribuyan
a la obstrucción»[137].

Tener un estilo de vida activo, por supuesto, ayuda, pero incluso así es perjudicial
pasar más de ocho horas sentados, aunque el resto del día se mantenga bastante
actividad física, según un metaanálisis de 34 estudios que abarcó un total de
1.331 468 personas[138].
El deporte moderado, sin embargo, aumenta los glóbulos rojos, reduce la tensión
arterial en reposo, regula los niveles de azúcar, fortalece los huesos, incluso

Página 99
transforma el cerebro, como sugiere un estudio de la Universidad de Columbia
dirigido por Scott Small y Ana Percira: el ejercicio estimula el nacimiento de nuevas
neuronas en la región cerebral del hipocampo, una zona relacionada con la memoria y
el aprendizaje[139]. Solo caminar o ir en bicicleta ya es suficiente como para reducir el
riesgo de mortalidad por todas las causas relacionadas con la salud, según un
metaanálisis de 18 estudios (para caminar) y 8 estudios (ir en bicicleta)[140].
Andar una media de 4400 pasos diarios también reduce la mortalidad en general
en la Tercera Edad, como sugiere un estudio realizado en 16 741 mujeres con una
edad media de 72 años[141]. La intensidad de los pasos no se relacionó directamente
con tasas de mortalidad más bajas tras contabilizar los pasos totales por día. Es decir,
que parece importar más cantidad que intensidad.
Sin incurrir en paranoias y obsesiones, podemos simplemente quedarnos con este
dato: practicar una hora al día un ejercicio físico de intensidad moderada-alta se
vincula a una protección de un 3-6 % frente a la obesidad, diabetes, obesidad
abdominal y colesterol HDL bajo[142]. Y el mero hecho de estar activo durante 11
minutos diarios aporta 1,8 años de esperanza de vida adicional; estarlo 60 minutos o
más, aporta 4,2 años[143].
Y ahora ponte de pie.
Si todavía continúas sentado, un último estudio[144]. Uno gigantesco de verdad.
Nada menos que ha calculado el impacto de 87 factores de riesgo diferentes en 204
países en el periodo 1990-2019. En el siguiente gráfico se pueden observar años de
vida perdidos (YLL), años de vida vividos con discapacidad (YLD) y años de vida
ajustados por discapacidad (DALY). Fijaos en las primeras causas y, ahora sí,
reenfocad vuestros miedos.

Página 100
Tus nuevos aforismos
Moverse entraña riesgos, pero no moverse es no vivir (y además entraña +
riesgos).
No tengas miedo a saltar, ten miedo a tu sofá.
Si sufres del corazón, visita Las Vegas.
Teme más a una abeja que un salto en paracaídas.
No hacer deporte es malo para la salud; hacer demasiado deporte es peor.
Por cada minuto contado, se suma una muerte por enfermedad cardiaca.

Página 101
Basta con contar las horas que vemos la televisión para predecir el riesgo
de diabetes tipo 2.

Ponte de pie. Ya.

Página 102
DROGAS ILEGALES

¿Quién contará algún día la historia de los narcóticos, que es casi la


historia de la «cultura» de nuestra llamada cultura superior?
FRIEDRICH NIETZSCHE,
La gaya ciencia

Página 103
L
as drogas han formado parte del sistema nervioso de la especie humana desde
su advenimiento, y es posible y hasta probable que estas hayan sido decisivas
a la hora de configurarlo, como asegura Jorge Blaschke en Cerebro 2.0[145]:

Los primeros seres primitivos que deambulaban por las sabanas y


praderas empezaron a desarrollar más conexiones entre las neuronas,
como consecuencia de los efectos producidos por los hongos
psicoactivos, lo que permitió procesar más información y crear una
repentina expansión del tamaño del cerebro.

Con todo, la primera droga de laboratorio no llegaría al mundo hasta 1772: el


químico que aisló el óxido de nitrógeno fue Joseph Priestley, quien lo llamó «aire de
nitrógeno de flogisto». El óxido de nitrógeno, irónicamente, resulta común en el
planeta Tierra, abunda en la atmósfera y, además, es un potente gas de invefnadero.
Sin embargo, no fue captado por los receptores del cerebro humano hasta que se ideó
la forma de purificarlo en recipientes de cristal y atraparlos en bolsas de seda. Fueron
los estudios del químico británico, considerado el fundador de la electroquímica, sir
Humphry Davy, los que popularizaron el óxido de nitrógeno, siendo la primera vez
que se aplicaba investigación de una droga sobre sujetos humanos (principalmente él
mismo); y así es como dejó escrito lo que experimentó al respecto:

Una emoción muy placentera, sobre todo en el pecho y en las


extremidades, los objetos de alrededor me deslumbraban y el sentido
del oído se agudizó, este gas me subió el pulso más de veinte
pulsaciones, me hizo bailar por él laboratorio como un loco y, desde
entonces, tengo los ánimos por las nubes y con una seguridad
tremenda y al estilo profético, exclamé: «¡Nada existe, solo los
pensamientos! ¡El universo está formado por impresiones, ideas,
placeres y dolores!»[146].

En 1804, se obtuvo por primera vez morfina a través del opio. En 1853, se inventó la
jeringa hipodérmica (la esposa de su inventor fue la primera persona en morir al
inyectarse una sobredosis de droga). En 1874, se creó el primer opiáceo
semisintético, la heroína, que fue comercializado por la farmacéutica Bayer como
sustitutivo del opio. El nombre de «heroína» se escogió porque en los experimentos
con ella los pacientes solían mostrarse heroicos y valerosos. En 1914, el Congreso de
Estados Unidos aprobó la Ley Harrison de Impuestos sobre Narcóticos. En 1960, el
Valium se convirtió en el primer medicamento de la industria en ganar cien millones
de dólares.
En ese sentido, pues, podemos catalogar las drogas como más o menos peligrosas,
o como que pueden causar mayor o menor síndrome de abstinencia o, incluso, en
función de su grado de toxicidad. Sin embargo, la división entre «legales» e

Página 104
«ilegales» no parece ofrecernos demasiada información acerca de los factores
anteriormente mencionados.
La prueba irrefutable de que esto es así se basa en la tasa de mortalidad entre las
drogas legales en comparación con las ilegales. Según un estudio de la OMS,
Neurociencia del uso y abuso de las sustancias psicoactivas[147], el 12 % de todas las
muertes anuales se deben a consumo de drogas legales; pero solo el 0,4 % es
atribuible a las sustancias ilegales. Solo el consumo de alcohol y tabaco, en el año
2015, supuso para la población humana la pérdida de 250 millones de años de vida; el
consumo de drogas ilegales como la cocaína supuso apenas unas decenas de millones.

«EL 12 % DE TODAS LAS MUERTES ANUALES SE DEBEN A CONSUMO DE DROGAS


LEGALES; PERO SOLO EL 0,4 % ES ATRIBUIBLE A LAS SUSTANCIAS ILEGALES»

Tampoco el coste social y económico inclina el fiel de la balanza de la


preocupación hacia las drogas ilegales. Porque las drogas legales no solo causan 30
veces más muertes en el mundo que las ilegales, sino que acarrean más gastos para la
Sanidad e innumerables perturbaciones psicosociales.
Solo en España, el alcohol mata a 37 000 personas al año: 10 veces todos los
fallecidos por la suma de muertes de accidentes de tráfico, homicidios y suicidios.
Vamos a repetirlo en una simple fórmula:

«(ACCIDENTES DE TRÁFICO + HOMICIDIOS + SUICIDIOS) × 10 = CONSUMO DE
ALCOHOL»

Sin embargo, el alcohol no es nada comparado con el tabaco: de cada 100 000


muertes atribuibles al uso de sustancias nocivas, el alcohol es responsable de 33…
pero el tabaco es responsable de 110,7. Las drogas ilícitas, por su parte, causan el
fallecimiento de 6,9 personas.
Según el informe Global Statistics on Alcohol, Tobacco, and Illicit Drug Use:
2017 Status Report[148], con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la
Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODO) y el Institute
for Health Metrics and Evaluation (IHME), los años de vida que quitó el tabaco
durante 2015 fueron 170,9 millones, seguidos por el alcohol (85) y las drogas ilícitas
(27,8).
Naturalmente, uno podría preguntarse entonces si es que las drogas legales causan
más daño por el hecho de ser legales, y que por ello resulta improcedente compararlas
con las drogas ilegales. Si esto fuera así, entonces habría que formularse otras
preguntas más: ¿deberíamos legalizar todas las drogas? Si el tabaco contiene nicotina,

Página 105
un compuesto orgánico que es la segunda droga común más adictiva del mundo, solo
por detrás de la heroína, pero por delante de otras como el cannabis o la cocaína, ¿por
qué el tabaco es legal pero no lo es la cocaína? ¿Deberíamos someter a rígidos
controles estatales e internacionales tanto a la nicotina y al tabaco como también a la
cafeína por ser igualmente una sustancia psicoactiva? ¿Acaso es una coincidencia
etimológica que «fármaco» signifique a su vez «medicamento», «veneno» y
«panacea»? ¿Tal vez el veneno solo dependa de la dosis? ¿Por qué las personas, e
incluso los animales, optan por la intoxicación voluntaria casi siempre a sabiendas de
que eso no alarga la vida sino que más bien la acorta? ¿La ebriedad es una forma de
evasión para digerir mejor la realidad? ¿Sobrealimentar los procesos metabólicos a
expensas de acortar la vida en realidad no significa alargar la vida porque la hace más
intensa, interesante o divertida?
Son preguntas filosóficamente espinosas, y ponen de manifiesto hasta qué punto
queremos constreñir la libertad en aras de preservar la salud o si el exceso de lo
primero no conduce irremediablemente a un empobrecimiento de la calidad de vida,
en definitiva. Pero lejos de disquisiciones abstractas, los datos anteriormente
expuestos deberían tenerse en cuenta por parte de los responsables de implementar
políticas públicas y por los expertos de la OMS en la elaboración de las leyes y
campañas contra la adicción a las drogas.

El estigma de la ilegalidad
¿Cuál es la diferencia entre una hamburguesa con queso acompañada de patatas fritas
y un refresco de cola servidos en una franquicia de comida rápida y una dosis de
cannabis? Probablemente, lo primero causa más problemas de salud, pero lo segundo
arrastra el estigma de la ilegalidad. En suma, todas las cosas asociadas con el placer
incurren es esas contradicciones, como señala David J. Linden, profesor de
Neurociencia en la Facultad de Medicina de la Universidad John Hopkins:

Podríamos dar por hecho que la región anatómica más controlada por
las leyes, las prohibiciones religiosas y las buenas costumbres son los
genitales, o la boca, o las cuerdas vocales, pero en realidad es el
circuito del placer, Como sociedades y como individuos queremos
obtener placer y queremos controlarlo, y esas neuronas que se hallan
en lo más recóndito del cerebro constituyen el nexo de esta pugna[149].

Un ejemplo menos popular que el cannabis (que ya empieza a despenalizarse en


algunos estados de Estados Unidos), es el de las setas alucinógenas: no son adictivas,
no es fácil alcanzar la sobredosis, y además las puedes cultivar tú mismo, evitando así
adulteraciones o promoviendo el mercado negro; son menos peligrosas que el

Página 106
alcohol, las anfetaminas y el cannabis sintético, pero la posesión de hongos
alucinógenos o la venta de esporas con la intención de cultivar setas psicodélicas es
generalmente ilegal.
La droga psicoactiva más consumida del mundo, sin embargo, es legal: la cafeína.
5000 millones de habitantes consumen aproximadamente una dosis diaria. En
realidad, este alcaloide orgánico lo producen muchas plantas tropicales como
autodenfesa, es decir, que la cafeína es un pesticida natural. La cafeína afecta al
sistema nervioso de muchos depredadores, haciendo que desistan de comer la planta.
Sin embargo, muchos de nosotros somos adictos a ella. Tal y como explica el
divulgador de ciencia Mark Pendergrast en El café:

El hígado humano reacciona ante la cafeína como si fuera un veneno e


intenta furiosamente desmantelarlo, desprendiendo los grupos de
metilos. Pero no puede con todos, de modo que unas pocas moléculas
enteras de cafeína logran superar el hígado y encontrar finalmente un
lugar donde alojarse en el cerebro[150].

Así pues, no hay una definición de droga que no incluya alguna generalización
inadecuada. Además, las drogas suelen tratarse como conjuntos homogéneos, cuando
cada droga en sí misma posee una complejidad difícil de abarcar.

«LA DROGA PSICOACTIVA MÁS CONSUMIDA DEL MUNDO, SIN EMBARGO, ES LEGAL:
LA CAFEÍNA»

Como vindica el filósofo Antonio Escohotado, uno de los mayores expertos


mundiales en el tema, en libros como Historia general de las drogas: como cualquier
otro alimento, las sustancias requieren de información más que regulación o
penalización, o se puede dar el caso de que la circulación de cualquier proteína
cerebral con poderes euforizantes provoque una inmediata respuesta represiva,
aunque su toxicidad sea inferior a la de la patata, no crea dependencia y carezca de
estigma social previo. Por ello, Escohotado prefiere trazar fronteras entre sustancias
en función de su dosis activa y dosis letal media, factor específico de tolerancia, dosis
y tiempo mínimo requerido para que la privación induzca síndrome absistencial,
efectos orgánicos y psicológicos más habituales de dosis pequeñas, medias y altas,
contraindicaciones específicas, modos de tratar inmediatamente intoxicaciones
agudas o trances paranoicos, forma de detectar adulteración, y toxicidad de los
sucedáneos más habituales en cada momento y lugar.
A su juicio, de hecho, lo idóneo sería que, una vez derogada la prohibición de las
drogas, estas se dispensaran en lugares distintos: departamentos de investigación de
las universidades (fármacos visionarios como la LSD-25, la mescalina, la psilocibina

Página 107
o la ketamina), supermercados (marihuana, hachís) y farmacias (alcaloides de alta
potencia como heroína, codeína, cocaína).
Estas fronteras, y no son condición de «droga ilegal» o «droga legal», resultan
mucho más útiles a la hora de conducirnos por las sustancias que ingerimos. Porque
lo «legal» o «ilegal» e incluso «droga» y «no droga» son categorías que cambian con
el transcurrir de los años. Por ejemplo, entre 1890 y 1910, Bayer vendía heroína para
la tos en frascos pequeños. La cocaína también se comercializó para el dolor de
dientes, y en Italia, en 1859, las hojas de coca se usaban para tratar la somnolencia y
los gases. El opio también se usaba para los recién nacidos. Todos estos productos
ahora son drogas ilegales. Mutatis mutandis, en el pasado se han vendido varias
bebidas y alimentos como drogas o medicamentos, que actualmente sencillamente
almacenamos en casa para alimentarnos, como es el caso de la Coca-Cola (en 1886,
un farmacéutico, John Pemberton, creó esta bebida para tratar toda una serie de
dolencias, como la dispepsia, el dolor de cabeza y la impotencia) o el kétchup (en
1937, el extracto de tomate del doctor Miles era kétchup en pastillas y supuestamente
aliviaba trastornos digestivos y de alimentación).
A su vez, muchos alimentos y condimentos comunes están categorizados por los
investigadores como drogas, a todos los efectos. Por ejemplo, la sal: un equipo de
investigadores del Centro Médico de la Universidad de Duke y de la Universidad de
Melbourne ha constatado[151] que las drogas adictivas como la cocaína o la heroína
activan las mismas células nerviosas y conexiones cerebrales que la sal. O las patatas
fritas: un grupo de investigadores italianos y estadounidenses del Instituto Italiano de
Tecnología de Génova en colaboración con la Universidad de California en Irvine
sugiere[152] que las comidas grasas estimulan la producción de endocannabinoides en
el intestino, llamadas así porque tienen efectos similares a los cannabinoides que
presenta la marihuana.
Definir qué es una droga, pues, es como definir qué es un acto egoísta o altruista:
se puede analizar desde diversos puntos de vista y a distintos niveles de profundidad.
¿Produce adicción? ¿Cuánta? ¿Afecta al comportamiento? ¿En qué medida? ¿Afecta
negativamente a la salud? ¿Hasta qué punto? Etcétera.
Thomas Szasz, un profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Syracuse
en Nueva York, fue uno de los prominentes críticos de algunos tratamientos
farmacológicos de la psiquiatría, provocando a sus lectores con este fragmento que
define muy bien la situación en su libro El mito de la enfermedad mental:

Antaño, el opio era la panacea; hoy, es causa y síntoma de incontables


males, tanto médicos como sociales, en el mundo entero. Antaño, la
masturbación era causa y síntoma de enfermedad mental; hoy, es un
remedio para la inhibición social y campo de prácticas para el
atletismo heterosexual… el peligro de la masturbación desapareció
cuando dejamos de creer en él; en ese momento, dejamos de ver el

Página 108
peligro tanto en la práctica como en sus practicantes y dejamos de
denominarlo «autoabuso»[153].

Hechas estas salvedades, pues, evitaremos incurrir en contradicciones o sencillamente


en el ridículo que pone de manifiesto la serie de animación South Park, que en el
capítulo «Major Boogage» describe cómo se ha puesto de moda inhalar orina de gato
para drogarse. Finalmente, las autoridades optaban por eliminar la libre circulación de
gatos por la ciudad, lo que propiciaba que se instalase una suerte de narcotráfico
gatuno.

Los animales también se drogan

La drogadicción no solo es cosa del lumpen, ni siquiera de la especie


humana, sino una necesidad que parece involucrar a cualquier sistema
nervioso lo suficientemente sofisticado. Se han observado así aves, elefantes
y monos rastreando el suelo con afán de encontrar frutas y bayas porque, tras
un proceso de fermentación natural, empiezan a producir alcohol. Charles
Darwin ya documentó el comportamiento adictivo de los animales hace
doscientos años en media docena de especies.
En Gabón, la región ecuatorial de África occidental, se han observado a
puercoespines y gorilas comiendo iboga (Tabernanthe iboga), una planta
embriagante y alucinógena. En Etiopía, las cabras mastican las bayas del
cafeto silvestre para sentir cómo la cafeína corre por sus venas.
Muchos más ejemplos son recogidos por la escritora científica Zoe
Cormier en su libro La ciencia del placer. Entre otros, los que se refieren a:
«patitos que se comen plantas psicoactivas con tanto entusiasmo que no oyen
la llamada de su madre» o «polillas esfinge que se dan atracones de néctar de
flores Datura». El alcaloide de la nicotina, que puede obtenerse a través de
las hojas del N. tobaccum, resulta mortal para casi todas las especies del
reino animal, menos para los primates. Por eso ellos, como nosotros, también
pueden ser ávidos fumadores:

Muchos empleados de zoológicos de todo el mundo se han


esforzado por conseguir que los animales en cautividad dejaran
el hábito —⁠ el más conocido es Charlie, del zoo de Mangaung
en Bloemfontein (Sudáfrica)⁠ — que adquirieron porque los
visitantes del zoo les tiraban cigarrillos encendidos[154].

Página 109
Fentanilo y otras drogas silenciosas
Los medios de comunicación, esta vez sí, alertan casi tanto sobre los riesgos del
tabaco y el alcohol como de otras drogas ilegales, aunque estas últimas siempre
acaben originando mayor alarma social porque raramente se muestran a
consumidores de drogas ilegales felices y conscientes como se hace con, por ejemplo,
los catadores de vino.
Sin embargo, el tabaco y el alcohol eclipsan a otras sustancias que pueden llegar a
suponer, y de hecho están suponiendo, un mayor quebranto para el ser humano. Se
trata de las drogas de farmacia: sin bien no son estrictamente legales (pues
acostumbran a recetarse bajo prescripción médica), su regulación no ha sido lo
suficientemente audaz como para evitar una larga lista de efectos adversos en la
sociedad.
Es el caso de, por ejemplo, el fentanilo, un opiáceo que es 50 veces más intenso
que la heroína y hasta 100 veces más que la morfina. El que se produce en los
laboratorios clandestinos, a diferencia del farmacéutico, es el que está detrás de más
muertes, ya que se mezcla con la heroína.
Según datos de la ONU, las muertes vinculadas al consumo de drogas en el
mundo alcanzó las 585 000, frente a las 450 000 de 2015. La droga más popular es la
marihuana, pero las más letales son las opiáceas, responsables de dos tercios de las
muertes atribuidas al consumo de estupefacientes.
El fentanilo es una sustancia legal que suele prescribirse para tratar el dolor
asociado al cáncer, entre otras enfermedades, pero en países como Estados Unidos las
sobredosis relacionadas con este fármaco están aumentando alarmantemente y
representan una amenaza significativa a la seguridad y salud pública. Solo en este
país se estima que las víctimas por sobredosis de fentanilo son unas 700 al año. Sin
embargo, se sospecha que las muertes son muchas más, ya que el fármaco está detrás
de muchas de las sobredosis por heroína. A los números de muertes se unen los de
drogas decomisadas. En 2014, las autoridades reportaron 5217 incautaciones de
fentanilo, muchas más que las 1004 de 2013. Del 1 de enero al 30 de septiembre de
2015, según los últimos datos suministrados por la DEA, el número se elevó a 8511.
En 2017, el 4 % de todos los norteamericanos había consumido alguna vez algún tipo
de analgésico sintético como el fentanilo.
El fentanilo, pues, entra en la categoría de muerte silenciosa junto a otros
opiáceos legales, porque son continuamente prescritos por facultativos y, a pesar de
las cifras de fallecidos por sobredosis, apenas se genera una alarma mediática o social
al respecto. Desde la década de 1980, cada vez son más los estadounidenses que
viven medicados tomando sustancias que reducen su ansiedad o su estrés: se estima
que 95 millones de ciudadanos han tomado pastillas con receta en 2017.
Según los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos, 44 personas
mueren cada día en Estados Unidos por una sobredosis de analgésicos recetados por

Página 110
médicos. Casi el 46 % de las más de 42 000 muertes por sobredosis en 2016
involucraron a opioides sintéticos. El 37 % involucraron a la heroína.

«CASI EL 46 % DE LAS MÁS DE 42 000 MUERTES POR SOBREDOSIS EN 2016


INVOLUCRARON A OPIOIDES SINTÉTICOS COMO EL FENTANILO. EL 37 %

INVOLUCRARON HEROÍNA»

Los opioides, en términos generales, arrojan cifras escalofriantes, máxime si


recordamos la escasa información sobre ellos que aparece en los medios de
comunicación generalistas: 200 muertes al día, 18 000 millones de dólares en costes
sociales. La buena noticia, si es que puede encontrarse alguna, es que ello se ha
traducido en un aumento de las donaciones de órganos, al menos en Estados Unidos:
en el año 2000, «menos de 150 donantes de órganos eran adictos a los opioides; hoy
la cifra supera los 3500»[155].
Se estima que 95 millones de personas han tomado pastillas con receta en Estados
Unidos en el último año. Hay más gente tomando analgésicos que fumando tabaco.
Casi dos millones de personas del país son dependientes de opioides. Los
antidepresivos se consumen de forma tan masiva que si los investigadores «analizan
el agua del grifo en los países occidentales, la encuentran a rebosar de antidepresivos
porque somos tantos los que los tomamos y excretamos que resulta imposible
eliminarlos a la hora de filtrarla para consumo diario»[156].

Modafinilo, una droga inteligente sin apenas efectos


secundarios

Los psicoestimulantes de nueva generación reciben el nombre de


«eugeroicos» (del griego, ‘buen despertar’), y provocan efectos semejantes a
los de las anfetaminas, pero sin los desagradables efectos secundarios. El
modafinilo y el adrafinilo son los más conocidos.
El modafinilo fue elaborado a finales de la década de 1970 por el
neurofisiólogo Michel Jouvet, quien predijo en 1989 que esta medicación
«podía mantener a un ejército en pie luchando durante tres días con sus
respectivas noches sin efectos secundarios». Finalmente, sin embargo, se ha
convertido en un arma de guerra para los estudiantes.
A fin de soportar las duras jornadas de estudio que requieren una
concentración plena, una dosis de 300 miligramos tiene un efecto
estimulante semejante al de 15 o 20 miligramos de dextroanfetamina, lo que

Página 111
supone mantener la agudeza mental a pesar de la falta de sueño: «Por regla
general, después de entre treinta y setenta horas de vigilia persistente, una
persona necesita aproximadamente catorce horas de sueño, pero con el
modafinilo ocho horas pueden ser suficientes»[157].
Todo ello con los efectos y riesgos asociados solo a los estimulantes
tradicionales.
Si bien en Estados Unidos continúa siendo una sustancia controlada
perteneciente a la lista IV (como el Valium o el Xanax), en 1998 la FDA
autorizó su uso para el tratamiento de la narcolepsia y la apnea del sueño, y
en 2004 se aprobó que lo emplearan también los trabajadores por turnos con
dificultad para mantenerse despiertos.

Otra droga con receta particularmente letal es el OxyContin, que contiene oxicodona,
un analgésico que los alemanes sintetizaron en 1916 a partir de tebaína, un derivado
del opio. Molecularmente, la oxicodona es parecida a la heroína.
En 1995, la FDA aprobó su comercialización en pastillas de diez, veinte y
cuarenta miligramos, y más tarde de ochenta y ciento sesenta miligramos. Debido a
que su fórmula de liberación prolongada permitía retrasar la absorción de la droga, la
FDA permitió también una etiqueta de advertencia en el OxyContin señalando que
tenía menos probabilidad que otros productos con oxicodona de provocar un
consumo abusivo. Pero había algo más, según explica el periodista especializado en
la crisis de opioides en el país norteamericano Sam Quinones:

La etiqueta también indicaba a los adictos, de manera inadvertida,


cómo abusar de la pastilla al advertir a los pacientes que no
machacaran los comprimidos porque, al hacerlo, se liberaría «una
cantidad potencialmente tóxica de la droga». Aquello era una
invitación para un yonqui[158].

Muchos, pues, dejaron de tomar las pastillas y empezaron a esnifar el polvo. Más
tarde, empezaron también a inyectárselo para que el subidón fuera más intenso.
Perdido el miedo a la aguja, además, muchas personas ya no vieron razón alguna para
no pasarse a la heroína (el 80 % de los que empezaron a consumir heroína en 2011
había empezado consumiendo analgésicos con receta).
Enseguida, el OxyContin empezó a tener un precio en el mercado clandestino: un
dólar el miligramo (de cuarenta a ochenta dólares cada pastilla). Entre 2002 y 2012,
25 millones de estadounidenses tomaron pastillas sin receta con fines no médicos. La
edad media de los que abusaban de los analgésicos empezó a bajar, situándose en un
promedio de veintidós años; si bien había muchos primeros consumidores de solo
doce años, una edad inferior al consumo de marihuana por primera vez. Si en 1999

Página 112
había diez casos de sobredosis de opiáceos al día, en 2012 había un caso cada media
hora.

«SI EN 1999 HABÍA DIEZ CASOS DE SOBREDOSIS DE OPIÁCEOS AL DÍA, EN 2012


HABÍA UN CASO CADA MEDIA HORA»

En 2011, se registraron 488 000 visitas a urgencias debido al abuso de


analgésicos, casi el triple que siete años antes. Diez años después del lanzamiento de
OxyContin, 6,1 millones de personas habían abusado de él (el 2,4 % de todos los
estadounidenses). Para poner esta cifra en perspectiva, durante el punto culmen de la
epidemia de crack, se vieron involucrados menos de medio millón de consumidores
al año en todo el país.

¡Peligro real: drogas legales!

Las drogas legales por antonomasia son el tabaco y el alcohol. Ambas son
potentes agentes carcinogénicos y su consumo aumenta el riesgo de padecer diversos
tipos de cánceres. Si nos referimos a un consumo diario y partimos de un baremo
supuesto (media cajetilla en el caso de los fumadores y tres unidades de alcohol por
jornada en el de los bebedores), cada sustancia está especializa en dañar distintos
Órganos o funciones. Así, por ejemplo, el alcohol está relacionado con más de 200
enfermedades, y afecta muy especialmente a cerebro e hígado. El tabaco es la primera
causa de mortalidad en el mundo occidental y afecta sobre todo el sistema vascular y
cardiorrespiratorio.
El problema es que no sabemos cómo atajar su consumo. Tanto si se ilegalizan
como si se legalizan tales sustancias, su consumo parece responder a incentivos
difíciles de desentrañar.

Resaca

Si se opta por empinar el codo, hay que tener en cuenta el color de la bebida
alcohólica que se escoge. Cuanto más oscura sea, peor podría ser la resaca al
día siguiente. La culpa de ello la tienen los llamados congéneres. Los
congéneres son componentes biológicamente activos que contienen muchas
bebidas. Si ordenamos el alcohol en base a sus síntomas de resaca y por

Página 113
orden descendente, quedaría de tal manera: coñac, vino tinto, ron, whisky,
vino blanco, ginebra, vodka y etanol ruso.
La resaca también se conoce bajo el nombre de guayabo, ratón, cruda (en
sudamérica), goma (Panamá), hangover (Inglaterra), Futsu-ka-yoi (Japón,
significa ‘borrachera del segundo día’). El término médico es veisalgia:
etimológicamente proviene de kveis, término noruego que significa
‘intranquilidad después de una bacanal’, y algía, del griego, que significa
‘dolor’.

La paradoja de la prohibición
El problema de las drogas legales es que tampoco parece eficaz convertirlas en
ilegales para que dejen de representar un peligro. Al menos, no parece que sea una
solución mágica, a no ser que venga acompañada de otras medidas, muchas de las
cuales ignoramos. Eso sucede porque la adicción a las sustancias no solo responde a
la sustancia en sí, sino a la adicción de nuestros semejantes: tal y como descubrieron
Nicholas Christakis, de la Universidad de Harvard, y James Fowler, de la
Universidad de California en San Diego, tras revisar los datos de las 5124 personas
incluidas en el Framingham Heart Study, la probabilidad de que alguien empiece a
fumar aumenta un 36 % si su amigo fuma. Un porcentaje similar es aplicable al
alcohol.
Además, los procesos de ilegalización suelen tener un gran componente
arbitrario, como señala Lukasz Kamienski en Las drogas de la guerra: «En general,
lo que hace que una sustancia específica sea definida como controlada o ilegal es
resultado tanto de una decisión política y del conocimiento farmacológico como de
las fuerzas sociales y los cambios de mentalidad»[159]. Esta mezcla de influencias
favorece que, como ya se ha dicho, haya drogas muy adictivas y tóxicas que son
legales y otras, poco adictivas y tóxicas, ilegales.
Por ejemplo, según la escala de adicción publicada por el farmacólogo de la
Universidad de Chicago Maurice Seevers en 1958, en la que se asignan puntos a
partir de la capacidad de una sustancia de provocar tolerancia, dependencia física y
emocional, deterioro físico y comportamientos antisociales, así es como se podrían
catalogar algunas de estas sustancias:

Alcohol: 20 puntos (puntuación máxima).


Barbitúricos: 18 puntos.
Heroína: 17 puntos.
Cocaína: 14 puntos.
Marihuana: 8 puntos.

Página 114
El ejemplo paradigmático de las dificultades que entraña prohibir una sustancia fue la
llamada Ley Seca, la prohibición entre 1920 y 1933 de la venta de bebidas
alcohólicas en Estados Unidos y que, finalmente, trajo aparejado un aumento del
tráfico clandestino y la criminalidad. Solo una hora después de que se aprobara
oficialmente la Ley Seca, ya se cometió el primer delito relacionado con la
prohibición: seis hombres armados robaron un cargamento de whisky «para usos
médicos» valorado en 100 000 dólares. Entre 1925 y 1930, el número de condenados
en el país aumentó un 1000 %. En 1933, el número de asesinatos era de 10 de cada
100 000 habitantes frente al 6,7 % de 1920.
El 60 % de todas las ganancias anuales de Al Capone, uno de los gánsteres más
importantes del país, procedía del tráfico de alcohol. A finales de 1920, ya había más
de 30 000 bares clandestinos en la ciudad de Nueva York. El jefe de policía de
Chicago, Charles Fitzmorris, llegó a declarar: «El 60 % de mis policías está metido
en el tráfico de alcohol».
La gente, sencillamente, necesitaba continuar bebiendo, así que buscó colarse por
todas las fisuras legales para lograrlo. Por ejemplo, las ventas de alcohol medicinal
95 % puro aumentaron un 400 % entre 1923 y 1931. Nada parecía frenar esta
escalada, ni siquiera el espectacular aumento de los precios de la cerveza (un 700 %
más cara), el brandy (433 %) o el whisky (270 %).

«SOLO UNA HORA DESPUÉS DE QUE SE APROBARA OFICIALMENTE LA LEY SECA, YA


SE COMETIÓ EL PRIMER DELITO RELACIONADO CON LA PROHIBICIÓN»

Y, si bien el consumo de alcohol descendió un 70 % durante el primer año de


prohibición, en 1933, cuando fue derogada la misma, había subido el porcentaje de
consumo a los mismos niveles que había antes de la Ley Seca. El coste en vidas de
aquel experimento prohibicionista, sin embargo, fue enorme: más de 10 000 personas
murieron envenenadas por el consumo de alcohol clandestino de mala calidad, dando
fuste a las palabras del filósofo holandés Baruch Spinoza: la represión de la conducta
personal mediante la fuerza o las regulaciones jurídicas tienen más probabilidad de
originar vicios y disolución.
El componente social del alcohol, pues, es muy relevante, y tratar de desactivarlo
no es sencillo.
Si consideráramos el alcohol como una droga recién salida en la actualidad, de
hecho, sus efectos nos resultarían tan aterradores que se convertiría en un veneno de
pleno derecho. He aquí algunos datos de un prospecto ficticio para esta sustancia:

1. Sabor tan difícil de tolerar que se debe acostumbrar el paladar a él o


mezclarse con bebidas azucaradas.
2. Su consumo se relaciona con más de 200 enfermedades.

Página 115
3. Es un carcinógeno de tipo 1 para 7 tipos de cáncer. En términos de riesgo, una
botella de vino a la semana equivale a diez cigarrillos en el mismo tiempo
(diez en el caso de las mujeres, cinco en el caso de los hombres).
4. Si se toma diez veces la dosis en la que hace efecto, resulta letal, por encima
de la codeína, la ketamina, el MDMA…
5. Es casi la única droga cuyo síndrome de abstinencia puede ser mortal. Si bien
el hígado lo metaboliza, su consumo puede provocar náuseas, vómitos y
depresión del sistema nervioso central.
6. Te vuelve violento: el 35 % de los jóvenes se implica en peleas tras consumir
el alcohol.

Sin embargo, el alcohol no es nuevo, lleva entre nosotros desde siempre, así que no
percibimos sus riesgos y continuamos consumiéndolo de forma habitual.
Afortunadamente, cada vez consumimos menos alcohol (pero hemos aumentado el
consumo de bebidas azucaradas). En 1981, cada español bebía 170 gramos de media
diaria de bebidas alcohólicas, pero en 2014 se ha reducido el consumo a 72 gramos al
día, según datos de la Encuesta Nacional de Consumo y del INE. Por comunidades,
quienes más empinan el codo son Murcia (94,3 gramos), Cataluña (83,9), Baleares
(83) y Andalucía (79,3). En 1980, sin embargo, la comunidad más alcohólica era otra:
Galicia (408), cuando en 2014 es una de las que tiene menor consumo (52,7).
España, en términos generales, está por encima de la media europea de consumo
de alcohol per cápita; los hombres consumen cuatro veces más alcohol que las
mujeres; se consume más cerveza (54 %) y menos vino (18 %). En total, el 10 % de
todas las muertes que hay en España están relacionadas, directa o indirectamente, con
el alcohol. Un porcentaje que se eleva al 25 % en el caso de los jóvenes entre 20 y 30
años.
En el contexto internacional, lejos de los tópicos como Rusia, Finlandia o
Noruega, quienes encabezan el ranking son: Moldavia, Bielorrusia y Lituania.
Sin embargo, si bien hay una reducción en el consumo de alcohol, hay más casos
de personas que beben exageradamente. Reino Unido, Estados Unidos y Canadá son
los países con los habitantes que beben con más frecuencia. Por eso, solo en Estados
Unidos, en promedio seis personas murieron por intoxicación por alcohol todos los
días, desde 2010 hasta 2012. El 76 % de estas muertes eran de hombres. El 68 % eran
blancos no hispanos.
El alcohol pasó de ser la octava a la quinta causa de muerte y discapacidad en
todo el mundo entre 1990 y 2010, y es responsable de 3,3 millones de muertes, el
5,9 % del total, es decir, genera una mayor proporción de fallecimientos que el
VIH/sida, violencia y tuberculosis juntas (2,8 %), según datos de la Organización
Mundial de la Salud (OMS) de 2014.
Sobre un tercio (3,8 litros per cápita) del alcohol ingerido en los países de la
OCDE, según datos de la OMS, es de cerveza, un 8 % de vino (que llega al 25 % en

Página 116
la región europea) y el resto (50 %) corresponde al consumo de bebidas espirituosas o
de otro tipo.
Solo en el Reino Unido, se calcula que el coste de atenciones médicas
directamente relacionadas con borracheras es de 2700 millones de libras anuales, y
las pérdidas por absentismo laboral debido a resacas podrían llegar a 20 000 millones.
El alcohol está relacionado de alguna forma con el 65 % de los suicidios, el 40 % de
los casos de violencia doméstica y el 15 % de los ahogamientos, entre otros. De
hecho, del 30 al 50 % de las personas con alcoholismo, en cualquier momento,
también padecen depresión clínica.
Irónicamente, su consumo está muy concentrado en muy poca gente: el 50 % del
alcohol del mundo es ingerido por el 10 % de los bebedores. El 20 % de la población
que toma alcohol consume la gran mayoría del alcohol, en algunos casos hasta el
90 % del consumo total. Además, en términos generales, las personas con más nivel
educativo y mayor nivel socioeconómico tienden a beber más.

El mito de una copita de vino al día

Un estudio publicado en la revista médica internacional The Lancet[160] en


2018, muestra que, en 2016, casi 3 millones de muertes en todo el mundo se
atribuyeron al consumo de alcohol, incluido el 12 % de las muertes en
hombres de entre 15 y 49 años. El estudio utilizó 694 fuentes de datos sobre
el consumo de alcohol a nivel individual y de la población, junto con 592
estudios prospectivos y retrospectivos sobre el riesgo del consumo de
alcohol. Y concluye que no hay un nivel seguro de consumo de alcohol.
Otro estudio[161] realizado por investigadores japoneses de la
Universidad de Tokio sugiere que incluso el consumo de alcohol de leve a
moderado se asocia con un riesgo elevado de cáncer. Para llevar a cabo el
estudio, se examinaron los datos clínicos de 63 232 pacientes con cáncer y
63 232 controles emparejados por sexo, edad, fecha de ingreso al hospital y
hospitalización. Todos los participantes informaron de su cantidad diaria
promedio de unidades de alcohol estandarizadas (Una bebida estandarizada
que contenía 23 gramos de etanol era equivalente a una taza de 180 mililitros
de sake japonés, una botella de 500 mililitros de cerveza, un vaso de 180
mililitros de vino, o una taza de 60 mililitros de whisky). El riesgo general de
cáncer parecía ser el más bajo con cero consumo de alcohol, y había una
asociación casi lineal entre el riesgo de cáncer y el consumo de alcohol. La
asociación sugirió que un nivel bajo de consumo de alcohol en un punto de
10 años de bebida (por ejemplo, una bebida por día durante 10 años o dos

Página 117
bebidas por día durante cinco años) aumentaría el riesgo general de cáncer
en un 5 %.
La OMS, tras estudiar prácticamente todos los artículos existentes,
también afirma que lo mejor para la salud es no beber alcohol en absoluto.
Porque el mito de que una o dos copas al día son buenas para la salud es
solo eso: un mito.
Es cierto que una copa de vino tiene antioxidantes, taninos, resveratrol y
otras sustancias saludables. Sin embargo, el problema es que también
contiene alcohol. Si tomamos zumo de uva podemos obtener esos beneficios
excluyendo el alcohol.

El tabaco tampoco se queda atrás respecto al alcohol. Incluso un solo cigarro al día ya
resulta peligroso para la salud porque puede causar problemas cardíacos graves. Es lo
que sugieren los investigadores del UCL Cancer Institute en el University College de
Londres, que han analizado los resultados de 141 estudios y han calculado el riesgo
relativo asociado con fumar 1, 5 o 20 cigarrillos por día. Lo que descubrieron es que
fumar un cigarrillo al día se asociaba con al menos un 48 % más de riesgo de
enfermedad coronaria en los hombres. Las mujeres mostraron al menos un 57 % más
de riesgo de enfermedad coronaria. Tanto los hombres como las mujeres que fuman
un cigarrillo al día tienen un 30 % más de riesgo de accidente cerebrovascular.
Por si esto fuera poco:

Un fumador sufre, de media, una reducción de 13 años en su esperanza de


vida.
El 50 % de los fumadores acabará desarrollando alguna enfermedad con el
tabaquismo.
Un cigarro alberga un total de 72 sustancias carcinógenas. Participa como
agente activo en once tipos diferentes de tumores: pulmón, cavidad oral,
faringe, laringe, esófago, estómago, cuello de útero, vejiga, riñón, páncreas y
próstata. Si el tabaco desapareciera del mundo, la mortalidad total por cáncer
se reduciría un 20 %.
Cada día mueren en España 150 personas por tabaquismo y enfermedades
asociadas, el equivalente a un pasaje de un avión comercial.

Nuestro país puede presumir de tener la segunda esperanza de vida más alta de la
Unión Europea. En el año 2013, alcanzó las 82,84 primaveras; y en solo una década,
ha aumentado nada menos que en 3 años. Paradójicamente, es esta una de las
naciones del mundo donde más cigarillos se consumen, según un estudio publicado
por la EAE Business School en el año 2012. Compartimos podio con Grecia,
Eslovenia, Bulgaria y Japón. ¿La cifra española? 118 cajetillas al año, o 6,46 colillas
apagadas al día como media poblacional.

Página 118
¿Cómo sería España sin humo? Seguramente, el epíteto más acertado para un
escenario así sería: «matusalénica». Si nos queremos quedar con un dato optimista, al
menos, gracias a nuestro eficiente sistema inmunitario, cinco de cada seis fumadores
no contraen cáncer de pulmón.

Tus nuevos aforismos


Accidentes de tráfico + homicidios + suicidios × 10 = consumo de alcohol.
Una copa de vino es buena para la salud solo si le quitas el alcohol.
Más eficaz que prohibir es instruir.
No existen sustancias malditas, sino malos usos de sustancias.
La droga psicoactiva más consumida del mundo es legal: la cafeína.
El 50 % del alcohol del mundo es ingerido por el 10 % de los bebedores.

Página 119
ELECTROCUCIÓN

«Señor, un día podrá gravarla con impuestos».


MICHAEL FARADAY,
cuando un ministro le preguntó si eso de la electricidad podía servir
para algo

Página 120
U
n rayo y una bombilla guardan ciertas similitudes, no solo porque nos puedan
suscitar temores semejantes (palmarla de un calambrazo), sino también por
los principios físicos que subyacen a ambos. Una bombilla no deja de ser un
rayo atrapado en una esfera, cual bibelot, que se obliga a mantenerse activo todo el
tiempo: «Del mismo modo que la corriente de un rayo transfiere energía al aire
(calentándolo e iluminándolo), una corriente en una bombilla eléctrica transfiere
energía a un filamento (calentándolo e iluminándolo)»[162].
Sin embargo, la electricidad no parece, tamizada por la estadística, un riesgo
importante para nuestra existencia. No importa que provenga del cielo o de una
bombilla.
A pesar de que, desde pequeños, nos han advertido del peligro mortal que suponía
tocar un enchufe o un cable pelado, sea porque estamos particularmente prevenidos o
por otra razón, los accidentes domésticos no suelen estar protagonizados por la
electricidad. A pesar de las veces que cambiamos bombillas fundidas. A pesar de que
en el cine es habitual la escena de una radio cayendo en una bañera. A pesar de que se
fundan los plomos a menudo.
Es cierto que los accidentes matan a mucha gente, pero solo si los comparamos
con las causas genéricas más improbables de morir y que más alarma social causan.
Recordemos: los homicidios (0,7 %), terrorismo (0,05 %), accidentes aéreos
(0,001 %). Sumadas todas estas causas, seguimos por debajo del 1 % de todas las
muertes anuales en el mundo. Sin embargo, si sumamos todas las muertes por
accidentes, entonces el porcentaje resulta mayor.
Por ejemplo, en España ese porcentaje asciende a un 4 % del total de fallecidos en
un año promedio. Más del cuádruple que obtenemos de la suma por homicidios,
terrorismo y accidentes aéreos. Repitámoslo para que quede grabado a fuego:

«HOMICIDIOS + TERRORISMO + ACCIDENTES AÉREOS × 4 = ACCIDENTES»

Con todo, el porcentaje ha ido a la baja: en 1980 hubo 289 344 muertes (5,34 %)
por causas accidentales; en 2007, 385 361 (4,13 %). Este descenso es particularmente
halagijeño si tenemos en cuenta que la población española ha aumentado su
esperanza de vida: las personas mayores suelen tener más accidentes. La mala noticia
(relativa y solo atendiendo a la mortalidad) es que el porcentaje de mujeres muertas
por accidentes se ha incrementado de resultas de una mayor participación en el
ámbito laboral.
En 2018, el índice anual medio de mortalidad por accidente fue de 225,2
fallecidos por millón de habitantes, o 1 muerto por cada 4440 habitantes. La región
donde hallamos un índice menor es Madrid (143). A continuación están Murcia (170)
y Canarias (176,1). Las regiones con más muertes de esta naturaleza son Cataluña
(287,6), Galicia (294,6), y Castilla y León (277,6).

Página 121
¿Dónde quedan aquí los electrocutados? Pues muy lejos de las principales causas,
que son fracturas (64,7 %), lesiones intracraneales en tórax, abdomen y médula
espinal (9,9 %), luxaciones, esguinces y torceduras (8,3 %), y heridas abiertas
(5,4 %). El porcentaje de víctimas de accidentes vinculadas con la electrocución en
España queda relegado a un mísero 0,4 % (descargas en líneas eléctricas de baja y
alta tensión). En 2007, por ejemplo, solo hubo 69 víctimas (el 89 % fueron hombres).
Por consiguiente, aunque contemplemos los dos orificios de un enchufe como
algo similar a las fauces de una criatura maquiavélica, las electrocuciones en los
hogares apenas suponen de promedio 150 víctimas al año. Para que pongamos mucho
más en contexto esta cifra, las sartenes ya matan a 50 personas al año. Sí, las sartenes.
Al menos en Reino Unido, la mitad de los incendios caseros se producen cocinando,
concretamente al dejar desatendidas sartenes para freír patatas. En total, se cuentan
unos 12 000 incendios al año, lo que ocasiona 4600 heridos. Como escribe
jocosamente la experta en gastronomía Bee Wilson en La importancia del tenedor:

Cada cierto tiempo, el servicio de bomberos pide a la gente que deje


de freír patatas en estas sartenes, rogándoles que, o bien compren una
freidora adecuada, con su tapadera correspondiente, o bien coman
algo (¡cualquier cosa!) que no sean patatas fritas, sobre todo cuando
están borrachos.

«LAS SARTENES MATAN A 50 PERSONAS AL AÑO (EN REINO UNIDO)»

Posiblemente el miedo a la electricidad nace del desconocimiento o la neofobia,


el que también propició que Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley,
se vendiera como una novela de terror que reflejaba el pacto fáustico que supone
jugar a ser dioses (usando la electricidad que cae del cielo). En 1891, Benjamin
Harrison, el primer presidente en tener electricidad en la Casa Blanca, se negaba a
tocar los interruptores por miedo de electrocución. Por eso no es extraño que algunos
hogares se resistieran al uso de la electricidad hasta mediados del siglo XX: mientras
los franceses y los estadounidenses recibieron la electricidad con más entusiasmo, y
la mayor parte de las casas españolas ya tenían electricidad en 1920, en Reino Unido
no llegó hasta la década de 1940, por el pánico a accidentes inducido por el lobby del
gas.
Un primer ejemplo del pesimismo tecnológico de este período fue el pánico a los
cables eléctricos que tuvo lugar en la ciudad de Nueva York en la década de 1880. En
este momento, las calles de la ciudad estaban oscurecidas por peligrosos cables
aéreos. El fracaso de la ciudad a la hora de enterrar estos cables, junto con el debate
sobre la seguridad eléctrica, generó un gran temor a aquella fuente de energía. Este
miedo alcanzó su apogeo en 1889 cuando una serie de horribles accidentes eléctricos

Página 122
aterrorizaron a la ciudad. A la larga, a pesar de sus temores, a la mayoría de los
neoyorquinos les resultó imposible renunciar a la tecnología eléctrica. Si bien parte
de ese miedo estaba fundado en sus inicios, las actuales instalaciones eléctricas no
revisten apenas riesgo.

Los rayos del cielo


Cada día descargan en la Tierra más de 17 millones de rayos; 200 por segundo. Un
relámpago es una descarga eléctrica de hasta 30 millones de voltios, suficiente para
proveer de luz a una ciudad de 200 000 habitantes durante un minuto. Alcanza una
temperatura cinco veces mayor que la temperatura de la superficie del Sol: 30 000
grados Celsius. Viaja a una velocidad de más de 115 millones de kilómetros por hora
(según la película Regreso al futuro, incluso sirve para alcanzar los 1,21 gigavatios y
así viajar a través del tiempo). Realmente, un rayo debió de ser uno de los eventos
más terroríficos para un ser humano durante milenios. Y todavía lo continúa siendo
para mucha gente.
No obstante, en lo tocante a las víctimas de los rayos, en Estados Unidos, el lugar
donde más muertos hay por esta causa, solo se cuentan 75 víctimas al año. Sin
embargo, unas 300 personas son alcanzadas al año. En el mundo, unas 240 000
personas son alcanzadas por un rayo en un año promedio, pero entre el 70 % y el
90 % sobrevive.
Los hombres son alcanzados por rayos 6 veces más que las mujeres[163]. La razón
es que los hombres corren más riesgos en general, y por tanto también lo hacen en las
tormentas eléctricas. Los hombres son más reacios a dejar de lado lo que están
haciendo por una simple inclemencia meteorológica, tal y como ha señalado John
Jensenius, un experto en seguridad del Servicio Nacional de Meteorología; una idea
que refrenda amargamente Peter Tood, un psicólogo conductista de la Universidad de
Indiana.
Las descargas suelen dejar unas señales singulares en la piel de las víctimas que
tienen forma de raíces árbol o de relámpago muy ramificado, las llamadas figuras de
Lichtenberg o flores del rayo. Se forman cuando la carga eléctrica se desplaza por la
piel, y se piensa que son causadas por la ruptura de vasos capilares debajo de la piel,
producida por el pasaje de la elevada corriente eléctrica de la descarga del rayo. Con
todo, el estigma desaparece al cabo de unos días.
Calcular la probabilidad de que nos alcance un rayo es difícil porque no se trata
de un número constante, sino que dependerá de muchos factores, como si estamos al
aire libre o no. Gracias al cambio de modo de vida, pues, en el que realizamos más
actividades en espacios cerrados, la probabilidad no ha dejado de disminuir, como
explica el estadístico Nate Silver: «En 1940, la probabilidad de que un

Página 123
estadounidense muriera alcanzado por un rayo en un año concreto era de 1 entre
400 000. Actualmente, es de 1 entre 11 000 000, es decir, treinta veces menos que
hace varias décadas»[164].
En Reino Unido, la probabilidad de morir por un rayo es «de aproximadamente
una entre diez millones (más o menos las mismas que de ser mordido por una
víbora)»[165].

El lago Maracaibo, el lugar donde hay más rayos

El lugar del mundo donde caen más rayos es el lago Maracaibo, según
cálculos realizados en noviembre de 2016 por parte de Rachel Albrecht y sus
colaboradores al publicar la primera clasificación definitiva de las zonas con
mayor concentración de descargas de rayos. Para establecer el ranking se
basaron en datos recogidos por los satélites meteorológicos de la NASA
entre 1998 y 2003. El promedio de rayos fue de 233 al año por cada
kilómetro cuadrado de terreno.
En segundo lugar, con 205, estaba Kabaré, en República Democrática del
Congo. En tercer lugar, Kampene, también en Congo, con 176. Y en cuarto,
Cáceres, en Colombia, con 172.
Si Maracaibo es tan querido por los rayos es debido a las particulares
condiciones atmosféricas de este lugar, en las que participan los vientos
alisios y el gas metano de los manglares circundantes, lo que facilita un
fenómeno eléctrico sin precedentes: una tormenta que dura unos 160 días al
año y que genera unos 300 relámpagos por hora. La etnia Wari lo define
como «la concentración de millones de cocuyos (luciérnagas) que todas las
noches se reúnen en el Catatumbo para rendirles tributo a los padres de la
creación». Desde hace siglos este permanente fogonazo en el cielo ha
servido para orientar a los marinos de la zona, como una especie de faro
natural, por ello se ha llamado también el «faro de Maracaibo».

La probabilidad de morir por un rayo aumenta, así como la probabilidad de ser


alcanzado por él, si la persona está mojada, como explica el divulgador Jordi Pereyra:

La resistencia eléctrica de nuestro cuerpo baja de unos 100 000 ohms


a unos 1000 ohms cuando estamos mojados, y eso incrementa las
probabilidades de que la corriente decida pasar a través de nuestro
cuerpo (y nuestro corazón) para llegar al suelo. Además, esta

Página 124
reducción de la resistencia eléctrica de nuestro cuerpo provocará que
la corriente que pase a través de nosotros sea más intensa[166].

Volar en plena tormenta también suscita temor, pero afortunadamente, si bien cada
año, de media, un avión comercial recibe el impacto de un rayo, el fuselaje está
diseñado para evitar que se formen campos eléctricos en su interior cuando una
corriente pasa a través de él.
Sin embargo, dado que no disponemos de suficiente capacidad mental para
consumir toda la información que tiene lugar en el mundo, solo las historias más
dramáticas superan el filtro de nuestra atención. Sabedores de ello, los medios de
comunicación convierten en una historia dramática cualquier tormenta con mucho
aparato eléctrico, sobre todo si ocasiona daños materiales de cualquier tipo. Cualquier
chispazo es digno de un enorme despliegue de medios técnicos y humanos para cubrir
el evento y para saciar nuestras predisposiciones a consumir y conmovernos con
determinadas noticias frente a otras, como explicaba con la siguiente analogía la
socióloga Danah Boyd en una conferencia impartida en la Web 2.0 Expo de 2009:

Nuestro cuerpo está programado para consumir grasas y azúcares


porque son raros en la naturaleza […] Del mismo modo, estamos
biológicamente programados para prestar atención a las cosas que nos
estimulan: a contenidos que son groseros, violentos o sexuales, a esos
chismes que son humillantes, embarazosos u ofensivos[167].

O noticias sobre electrocuciones en los que resuenan los ecos prometeicos de


Frankenstein. Porque, como sucede con el chocolate, nuestro cerebro reacciona
mucho más a «la información que se caracteriza por un elemento emocional
significativo o por ciertas propiedades estimulantes (que provocan “excitación”)
[frente a] otras informaciones más neutras o desprovistas de tales cualidades»[168].
Las primeras cifras fiables que pudieron proporcionar una base para poner un
precio a las vidas humanas y, por extensión, un precio a un seguro de vida las calculó
John Graunt, en 1662. Graunt «publicó el número de personas que morían en
Londres, la causa de la muerte y su estima de la edad de la muerte»[170].
En sus Natural and Political Observations, podemos contemplar la minuciosidad
con la que Graunt daba cuenta del número de nacimientos y muertes, las causas de la
muerte, así como el cálculo de la esperanza de vida para cada grupo de edad.
También estimó que la población de Londres era de 460 000 habitantes, y no de unos
siete millones, como se había afirmado. Uno de los primeros ejemplos del uso de la
precisión estadística en aras de gestionar mejor los recursos.

Página 125
Sirva la siguiente lista de víctimas por otras razones mucho más probables como
dieta hipocalórica o edulcorante para el cerebro a fin de contrarrestar el exceso de
calorías. De los casi 60 millones de muertes que hay cada año en el mundo:

18 millones: enfermedades cardiovasculares.


10 millones: cánceres.
2,6 millones: afecciones del aparato respiratorio.
2,5 millones: distintas formas de demencia.
2,3 millones: afecciones del aparato digestivo.

Finalmente, como ya se ha dicho, desdramatizar por la vía de la estadística permite


invertir mejor los recursos finitos en mejorar la seguridad. Puede antojarse una
actividad fría y deshumanizada el poner precio a una vida, pero es la única forma de

Página 126
salvar más vidas. Si pensáramos que morir electrocutado es muy probable, quizá
apoyaríamos la inversión de recursos en evitarlo, desatendiendo otras emergencias. El
hecho de asignar determinado presupuesto al departamento de bomberos otorga ya un
valor implícito a la vida, en el sentido de que algunos desastres quedarán fuera de la
capacidad de intervención de los bomberos. Por ello, las estadísticas también
permiten fijar un coste medio a una vida dada una actividad cualquiera, o incluso un
coste general, tal y como señala el periodista económico de The New York Times
Eduardo Porter en Todo tiene un precio:

Las directrices de la Agencia de Protección Ambiental de Estados


Unidos, puesta al día por última vez en 1999, valoraba una vida en 7,5
millones de dólares en dinero de 2010. El Departamento de Medio
Ambiente de Gran Bretaña afirma que cada año de vida con buena
salud vale 29 000 libras. Un estudio del Banco Mundial de 2007
estimaba que la vida de un ciudadano de la India valía unos 3162
dólares al año, lo que equivale a poco más de 95 000 dólares por toda
una vida[169].

¡Peligro real: atragantamiento y anogamiento!

En el año 2007, en España se produjeron un total de 2987 defunciones por


atragantamiento. Los ancianos y los niños son los que más mueren debido a la ingesta
de comida y de objetos. Si a los atragantamientos sumamos los ahogamientos (en
bañeras, piscinas, etc.), entonces la suma total de víctimas asciende a 11 707 al año.
Según la ONG norteamericana National Safety Council, atragantarse con la
comida es la cuarta causa de muerte accidental en Estados Unidos, aproximadamente
una décima parte de las muertes provocadas por accidentes de tráfico. Este dato es
aún más sorprendente si tenemos en cuenta que las cifras de atragantamiento siempre
tienden a ser más bajas de lo que verdaderamente son porque muchos casos se
confunden con ataques cardiacos. Así no es tan extraño enterarnos de que en este país
los huevos Kinder son ilegales: se considera que el juguete que alberga este huevo de
chocolate puede ser ingerido por el niño. Los encargados de la protección de aduanas
y fronteras han llegado a confiscar estos huevos a familias que trataban de pasar el
material desde Canadá hasta Estados Unidos como si de una droga se tratara.

Maniobra de Heimlich

Página 127
Frente a un atragantamiento, la solución más universal es la conocida como
maniobra de Heimlich, llamada así por el cirujano neoyorquino que la ideó
en la década de 1970: Henry Judah Heimlich. Básicamente, consiste en
abrazar por detrás a la víctima y ejecutar una serie de fuertes y breves
compresiones abdominales por encima del ombligo para forzar a salir al
objeto que obstruye la respiración. La explosión de aire que propicia la
maniobra y que expulsa el objeto se llama conmoción béquica, que no debe
confundirse, puestos a invocar nombres exóticos, con el efecto de destaponar
los oídos tras haber cambiado rápidamente de altitud mediante la llamada
maniobra Valsalva y que consiste en soplar con la boca cerrada y la nariz
tapada. Este taponamiento por el cambio de presión de aire en el interior de
la cabeza se llama efecto erberg.

Los objetos que suelen obstruir la respiración de una víctima por atragantamiento son
de muy diversa índole. El primer repertorio exhaustivo de tales objetos lo realizó el
padre de la broncoesofagoscopia americana: Chevalier Quixote Jackson. A lo largo
de toda la primera mitad del siglo XX, indexó un total de 2374 objetos que
actualmente se exhiben en una vitrina del sótano del museo Mutter del Colegio de
Médicos de Filadelfia, en Pensilvania. Entre ellos encontramos cucharas, fichas de
póker, una trompeta de juguete o un reloj de pulsera, y todos ellos están catalogados
en función de si fueron alojados en la tráquea, la laringe, el esófago, el bronquio, el
estómago, la cavidad pleural, etc.[171]
Si bien exigimos estrictos protocolos en los juguetes para que los niños no se
atraganten al deglutir alguna de sus piezas pequeñas, a menudo pasamos por alto las
muertes por atragantamiento relacionadas con el simple acto de comer: el 90 % de los
casos se deben a la coordinación inmadura de la ingestión en menores de cinco años,
tal y como explica la experta en el sistema digestivo Mary Roach en su libro Glup:

Es mejor que un niño se trague un animal de corral de plástico o un


soldado de juguete, porque el aire puede pasar entre sus piernas o
alrededor de su rifle. Salchichas, uvas y caramelos redondos ocupan
los tres primeros puestos de una lista de alimentos asesinos publicada
en el número de julio de 2009 de la International Journal of Pediatric
Otorhinolaryngology […] Jennifer Long, profesora de cirugía de
cabeza y cuello de la Universidad de California, en Los Ángeles, llegó
a declarar que las salchichas eran un problema de salud pública[172].

La comida más segura para los menores de cinco años es la comida blanda. Eso se
debe a que a los niños les crecen primero los incisivos antes que los molares, es decir,
que durante un tiempo pueden romper trozos de comida pero no machacarlos. Los

Página 128
padres no sienten pavor por las salchichas. Y deberían, incluso cuando ellos mismos
las comen, porque los adultos tampoco estamos libres de peligros: los
atragantamientos con huesos, al comer pollo, son incontables. El pegajoso mochi de
pasta de arroz, un dulce tradicional del Año Nuevo japonés, mata alrededor de una
docena de personas al año.
Pero ¿por qué somos tan proclives a atragantarnos? Esta cuestión adquiere incluso
más sentido si se observa a la luz de la evolución: el resto de especies animales no se
atragantan como nosotros. De hecho, somos el mamífero que más fácilmente puede
morir por atragantamiento. En pocas palabras, este defecto es el tributo que hemos
pagado como especie por el don del habla.

«SOMOS EL MAMÍFERO QUE MÁS FÁCILMENTE PUEDE MORIR POR


ATRAGANTAMIENTO»

Cuando somos bebés podemos mamar de forma continuada, sin que sea necesario
detener la ingesta de leche para respirar. El aire fluye directamente de la nariz a los
pulmones, sin pasar por la boca. Pero al crecer el bebé, la laringe se desplaza hacia
abajo de la garganta, y con ella también lo hace el hueso hioides. El camino entre los
labios y la faringe se convierte entonces en un ángulo recto en lugar de ser una curva
suave. El aire y la comida pasan por el mismo túnel. Ahora el bebé podrá atragantarse
si trata de comer y respirar a la vez. Pero este reposicionamiento de la laringe le
permitirá que disponga de una gama vocal mucho mayor. Disponer de un tracto vocal
único (en un perro o en un chimpancé, la comida y el aire siguen caminos distintos
por la garganta) nos permite recitar un soneto o interpretar una cantata, aunque
aumente los riesgos de morir.
A los atragantamientos, hemos de sumar también los casos de ahogamiento, que
aportan cifras similares. A pesar del miedo cerval a los terremotos, y las inundaciones
y tsunamis que pueden llegar a desencadenar, es más probable ahogarse en una
bañera, una piscina o una playa. En 2015, por ejemplo, se ahogaron 372 000 personas
en todo el mundo, según datos de la OMS. La muerte por ahogamiento está entre las
diez causas de fallecimiento más habituales del mundo.

«LA MUERTE POR AHOGAMIENTO ESTÁ ENTRE LAS DIEZ CAUSAS DE


FALLECIMIENTO MÁS HABITUALES DEL MUNDO»

Los menores de 25 años representan la mitad de los ahogados del planeta. Por
sexos, los hombres tienen el doble de posibilidades de morir en el agua que las
mujeres, debido a la manera en la que se acercan al agua. Son más propensos a
asumir riesgos y practicar deportes acuáticos que las mujeres.

Página 129
Diez mil veces la bomba de Hiroshima

Un tsunami puede ser realmente devastador, como explica Mark Miodownik,


catedrático en Ingeniería de Materiales y Sociedad en el University College
London:

Lo que hace que un tsunami sea tan peligroso no es solo la


ingente cantidad de agua que arroja sobre la costa, sino la
fuerza que toda esa agua ejerce sobre todo lo que encuentra a
su paso. Un metro cúbico de agua pesa una tonelada, y el
tsunami desplazó 30 000 millones de metros cúbicos[173].

Miodownik está haciendo alusión al tsunami que tuvo lugar el 26 de


diciembre de 2004 y mató a 227 898 personas a lo largo de la costa de quince
países. Unas pocas horas antes, en medio del océano Índico, se había
quebrado una parte de la corteza terrestre, lo que originó un maremoto de
magnitud 9,0. La energía liberada fue diez mil veces superior a la de la
bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Ello desplazó el equivalente a diez
millones de piscinas olímpicas. Las olas viajaban a 450–950 kilómetros por
hora, la velocidad que alcanza un avión de pasajeros.
A pesar de todo, estos eventos son muy puntuales en el tiempo, así que,
contemplados con perspectiva, ocasionan menos víctimas que las registradas
en el hogar un día normal. No obstante, nuestro miedo hacia los desastres
naturales no se debe tanto a la falta de control que tenemos sobre ellos como
al tratamiento informativo de los mismos, como denuncia el científico de
datos Seth Stephens-Davidowitz:

Cuando nos fiamos de nuestro instinto, también nos puede


engañar la incontenible fascinación humana por lo dramático.
Tendemos a sobrestimar las cosas que son memorables. Por
ejemplo, en distintas encuestas, la gente clasifica
sistemáticamente los tornados como una causa de muerte más
común que el asma. En realidad, el asma causa en torno a 70
veces más muertes. Las muertes por asma no destacan y no
salen en las noticias. Las muertes por tornado sí[174].

El grupo más propenso a perder la vida es el de los menores de 4 años, por ausencia
de la supervisión adulta o por no ser capaces de medir los riesgos y sus fuerzas. De

Página 130
hecho, el ahogamiento es la tercera causa de muerte de niños menores de 4 años en
todo el mundo, solo por detrás de la tuberculosis y el sarampión, y la primera en
países como Australia.
Mueren más niños ahogados que en accidentes de tráfico. Y como señala el
economista de la Universidad de Chicago Steven Levitt: «Si posees un arma y una
piscina en el jardín trasero, resulta cien veces más probable que un niño muera a
causa de la piscina que de la pistola»[175].
En España, la muerte por ahogamiento accidental (en mar, ríos, embalses,
piscinas o bañeras) supone la sexta causa de muerte accidental, con el 3 % del total.
La mayoría son hombres.

Tus nuevos aforismos


El tributo que hemos pagado como especie para poder recitar un soneto es
que somos los que más fácilmente morimos por atragantamiento.
Teme a las piscinas si eres un niño menor de cuatro años.
Casi tado lo que hay en tu casa es más peligroso que la electricidad.
Homicidios + terrorismo + accidentes aéreos × 4 = accidentes.

Página 131
TERREMOTO

El miedo razonable nos lleva a mirar a ambos lados de la calle antes


de cruzar, aunque seamos posmodernitas y pensemos que la realidad
no existe, mientras que el irracional nos paraliza.
MAURICIO JOSÉ SCHWARZ,
La izquierda feng-shui

Página 132
L
a Tierra es cualquier cosa menos estable. Cada año se producen al menos 1,3
millones de terremotos. Sin embargo, casi todos ellos tienen una magnitud
entre 2,0 y 2,9, lo cual no reviste especial peligro. De hecho, ni siquiera
somos conscientes de la mayor parte de los terremotos.
Los terremotos catastróficos son una rareza estadística. A medida que buscamos
la probabilidad de que un terremoto ocurra, esta desciende a medida que aumenta su
magnitud: será diez veces menos frecuente por cada punto en su magnitud (los de
magnitud 6 son diez veces más frecuentes que los de magnitud 7, y cien veces más
frecuentes que los de magnitud 8). Esta norma se cumple en todo el planeta, con
independencia de la región que estudiemos.
La escala sismológica de Richter, denominada así en honor del sismólogo
estadounidense Charles Francis Richter, es una escala logarítmica arbitraria que
asigna un número para cuantificar la energía que libera un terremoto. Cada unidad de
magnitud Richter corresponde a un aumento de la energía de 32 veces (es decir, un
terremoto de magnitud 3 en la escala de Richter libera 32 veces más energía que uno
de magnitud 2). Sin embargo, si nos ponemos puristas, los sismos con magnitud
superior a 6,9 se miden desde 1978 con la escala sismológica de magnitud de
momento, que resulta más precisa.
Y si no nos ponemos todavía más puristas, entonces al terremoto podemos
llamarlo también seísmo, sismo o hasta movimiento telúrico.

Mayores seísmos registrados

Revisando los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos, Instituciones


Incorporadas de Sismología y Base de Datos Internacionales de la
Organización Mundial de la Salud, podemos hacer un ranking un tanto
macabro de los terremotos más intensos del mundo a fecha de 2011:

1. Un sismo de 9,5 en la escala Ritcher en el sur de Chile y el maremoto


subsiguiente provocó por lo menos 1700 muertos. Se han hecho
estimaciones entre 2000 y 5000 víctimas. Mayo de 1960.
2. Terremoto de 9,3 ocurrido el 26 de diciembre, generó un enorme
tsunami que devastó a las costas y las islas de la zona, matando a
230 000 personas en 14 países. Diciembre de 2004.
3. Terremoto de 9,2 en la ensenada de Prince William, Alaska, mató a
131 personas, además de 128 por un maremoto. Marzo del 1964.
4. Un sismo de 9,0 en Arica, Perú (hoy Chile) provocó maremotos
catastróficos; más de 25 000 personas murieron en Sudamérica.
Agosto de 1868.
5. Un temblor de 9,0 en Kamtchatka causó daños, pero no muertes, pese
a desencadenar olas de 9 metros en Hawái. Noviembre del 1952.

Página 133
6. Un temblor de 9,0 estremeció lo que hoy es el norte de California,
Oregón, Washington y Columbia Británica, y provocó un maremoto
que dañó poblaciones en Japón. Enero de 1700.
7. El terremoto que provocó recientemente la crisis nuclear en la central
de Fukushima era de magnitud 8,9.

Las grandes catástrofes naturales siempre han tenido connotaciones sobrenaturales.


Ya sean grandes incendios, inundaciones, huracanes o terremotos, el ser humano
siempre ha tendido a identificar tales eventos como castigos divinos.
Así, por ejemplo, tras uno de los desastres más terribles de Europa, el terremoto
que asoló Lisboa en 1755, muchos creyentes se apresuran a decir que Dios había
castigado a la ciudad porque, como había observado un historiador, «en la Lisboa
anterior al terremoto el número de burdeles doblaba al de conventos»[176]. Sin
embargo, si bien era difícil conocer la afiliación religiosa y costumbres venéreas de
las entre 30 000 y 70 000 víctimas para comprobar que realmente esta fue la causa,
podemos atestiguar que el terremoto también derrumbó las catedrales de la ciudad,
así que parece que la destrucción fue un arbitraria. Además, lo que pretendía aquel
castigo era invocar la atrición de los mortales, pero en realidad hizo justo lo contrario,
propiciando precisamente un debate sobre si aquel desastre podía considerarse un
castigo divino, lo que, a su vez, fue caldo de cultivo también para alimentar una
nueva época intelectual conocida como Ilustración. De este modo, filósofos como el
francés Voltaire publicaban un poema donde se refutaba la existencia de un Dios
bondadoso: «¿Qué delito, qué falta cometieron estos niños rotos y sangrantes en el
regazo materno? Lisboa, que ya no existe, ¿tenía más vicios que Londres o París al
placer entregadas?»
El terremoto, de una magnitud de entre 8,5 y 9,5, se produjo una mañana del Día
de Todos los Santos (para más inri), y también estuvo seguido de un maremoto y un
incendio. Y, en vez de entregarse a la oración, los ciudadanos se entregaron a la
reconstrucción de la ciudad, lo que dio como resultado las aceras con ese adoquinado
tan particular, llamado empedrado portugués: el adoquinado son los restos del
terremoto, básicamente. Se le encomendó la tarea de reconstruir el lugar a Sebastiao
José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal y Primer Ministro del Rey José I, tal y
como explica el divulgador Alfred López:

Para abaratar costes y aprovechar recursos, el Marqués de Pombal


mandó reutilizar los muros y piedras de los escombros de las
construcciones venidas abajo tras la catástrofe y convertirlos en
adoquines para asfaltar las aceras de las calles. De ahí partió la base
para el mundialmente conocido como empedrado portugués y que
tanto se popularizó a partir de mediados del siglo XIX.

Página 134
Sebastiáo de Melo también realizó una importante contribución científica: elaboró
una encuesta que envió a todas las parroquias del país, en la que preguntaba
cuestiones como si los perros y otros animales se habían comportado de modo
anómalo poco antes del terremoto, si el nivel de los pozos había subido o bajado en
días previos al mismo, o el número y tipo de edificios que habían sido destruidos. Así
es también, pues, como empezó a nacer la sismología como ciencia.

La probabilidad más difícil de calcular


España no es un país proclive a los seísmos. No obstante, son eventos que despiertan
nuestro pánico en cuanto aparecen en las noticias. Pocos de nosotros se sienten
tranquilos viajando a un lugar donde ha tenido lugar un terremoto o donde estos son
frecuentes. Y si notamos que el suelo se sacude bajo nuestros pies, entonces
enseguida nos vienen a la cabeza ideas sobre el fin del mundo, o que el suelo está a
punto de abrirse para engullirnos.
No obstante, morir a causa de un terremoto, a pesar de las angustiosas noticias
que publica la prensa, es francamente improbable. En primer lugar, porque los
terremotos tienen lugar en sitios muy localizados del planeta: el 20 % de todos los
que están por encima de 6, por ejemplo, se originan solo en Japón. La razón de ello es
que el país está rodeado por cuatro placas tectónicas que colisionan entre sí a una
velocidad de entre 4 y 10 centímetros al año.
En segundo lugar, porque la mayoría de los sismos podemos amortiguarlos
gracias a la tecnología. En Japón usan edificios que se cimbrean y resisten los
temblores más enérgicos. Así pues, a pesar de que en el país han sufrido grandes
desastres fruto de las salvajes sacudidas de la tierra (el más potente de Japón y el
quinto más fuerte registrado en el mundo tuvo lugar el 11 de marzo en la isla de
Honshu, llegando a desplazar el eje de la Tierra 25 metros, causando 120 000
muertes, en su mayor parte ahogados debido al tsunami que llegó luego), ello ha
propiciado que la sociedad japonesa se tornara más fuerte, colaboradora y hasta capaz
de reinventarse a través de la tragedia. Este sentimiento se ha trasladado a la cultura y
a la lengua a través de la palabra «crisis», que está compuesta por los caracteres
«peligro» y «oportunidad». De hecho, la violencia de aquel terremoto incluso ha
acortado el día: el geofísico de la NASA Richard Gross calculó que la rotación de la
tierra se aceleró en 1,6 microsegundos, que se debieron al cambio en la masa del
planeta. Un microsegundo es una millonésima parte de segundo, así que no será
necesario que ajustemos los relojes de pulsera.
Un terremoto es particularmente letal cuando se desencadena en un lugar donde
hay pobreza e infraestructuras débiles, como el terremoto que asoló Haití en 2010,
que tuvo una magnitud de 7,0 y se cobró 316 000 vidas.

Página 135
Sea como fuere, en términos generales, podemos sostener que el riesgo de morir
por un terremoto es de 1 entre 20 000, cuando el riesgo de morir en un accidente de
tráfico es de 1 entre 100. También es cierto que los terremotos matan a más gente que
los huracanes, básicamente porque son un fenómeno más difícil de predecir (la
predicción de los huracanes ha aumentado por tres su precisión en los últimos
veinticinco años). De hecho, la posición oficial del Servicio Geológico de los Estados
Unidos (USGS) es bastante contundente respecto a sus habilidades predictivas: «Ni el
USGS, ni Caltech, ni ningún otro científico ha predicho nunca ningún gran terremoto.
No sabemos cómo hacerlo y no se espera que lo sepamos en el futuro próximo».
Que los terremotos no se puedan predecir no significa que no se puedan
pronosticar. Una predicción (habrá un terremoto en Osaka el 19 de octubre) no parece
posible, pero sí un pronóstico (existe un 60 % de probabilidad de que se produzca un
terremoto en el sur de California durante los próximos treinta años). Según la web de
USGS, pues, podemos comprobar que un terremoto de magnitud 6,8 o superior afecta
a San Francisco cada 300 años. O que, cada 30 años, puede haber uno en Anchorage,
Alaska (el segundo más grande registrado en la historia tuvo lugar aquí, en 1964, y
tenía una magnitud de 9,4). Las ciudades norteamericanas situadas en zonas
sísmicamente más estables son Miami (1 cada 140 000 años), Dallas (1 cada 130 000
años), Houston (1 cada 100 000 años) o Chicago (1 cada 75 000 años).

«EXISTE UN 60 % DE PROBABILIDAD DE QUE SE PRODUZCA UN TERREMOTO EN EL


SUR DE CALIFORNIA DURANTE LOS PRÓXIMOS TREINTA AÑOS»

Con todo, según matiza el estadístico Nate Silver, es lo mismo que «sucede con
los pronósticos meteorológicos elaborados tan solo a partir de datos estadísticos (en
Londres llueve el 35 % del tiempo en marzo): que no siempre se traducen en
información procesable (¿tengo que coger el paraguas?). La escala temporal
geológica se expresa en siglos o incluso milenios, mientras que la vida humana se
mide en años».
Nuestro conocimiento sobre la corteza terrestre y el movimiento de las fallas y
sus efectos es muy precario, mucho más que el conocimiento que tenemos sobre la
atmósfera de la Tierra a la hora de predecir el tiempo meteorológico. Esto ocurre
porque la atmósfera está a la vista, pero la mayoría de factores relevantes en
sismología ocurren a quince kilómetros bajo tierra (nadie es capaz de perforar a
semejante profundidad, de modo que no se pueden medir directamente las tensiones
de las fallas, por ejemplo). Hasta el siglo XX ni siquiera había nacido la teoría de las
placas tectónicas y, con ella, la idea de una superficie terrestre inestable compuesta
por piezas móviles de un rompecabezas que, cuando friccionan entre sí,
desencadenan terremotos.

Página 136
Si aceptamos que el servicio de meteorología acierta solo a veces, cabe imaginar
las pocas veces que acierta el servicio de sismología. A esto se suman las falsas
alarmas de terremotos, que acaban por afectar al turismo, al valor inmobiliario del
país y a otros factores socioeconómicos con consecuencias psicológicas y
económicas devastadoras. Las falsas alarmas de terremotos, pues, pueden haber
generado más dolor, sufrimiento y destrucción que los terremotos en sí.

Los agujeros más profundos de la Tierra

Kola
Un agujero verdaderamente profundo debe ser artificial. El agujero
más profundo que se haya perforado nunca tiene 13 kilómetros y está
en Rusia, en la Península de Kola. Es un hoyo excavado en 1962
como proyecto científico, cuyo objetivo era el de alcanzar una capa
muy profunda de la Tierra. El experimento acabó en 1989.

Perforación de la capa de hielo


En la Antártida, ya encontramos un agujero mucho menos profundo:
3,2 km. El Proyecto Europeo de Muestreo de Hielo en la Antártida
(EPICA) perforó la colina Concordia, obteniendo registros del clima,
la geología y los impactos de cometas en la Antártida durante más de
700 000 años. Las muestras han llegado a la capa de hace 740 000
años, revelando 8 ciclos de edades de hielo. El muestreo se completó
aquí en diciembre de 2004.

La mayor perforación submarina


Esta perforación submarina, la mayor realizada hasta la fecha, se
encuentra en Nueva Zelanda y tiene 2 km de profundidad. La llevó a
cabo el JOIDES Resolution (nombre del barco de la Unión de
Instituciones Oceanográficas para el Muestreo de Profundidades).

Mina del Cañón de Bingham


Imaginad una mina en la que cupiese holgadamente el edificio más
alto del mundo, el Burj Dubai. Pues esa mina existe, está en Estados
Unidos, y tiene 1,2 km de profundidad. Concretamente es una mina
de cobre en las montañas Oquirrh, a las afueras de Salt Lake City
(Utah). De anchura tiene 4 km. En 1966 fue elegida como un Hito
Histórico Nacional de Estados Unidos. La mina es propiedad de Rio
Tinto Group, una compañía internacional de minería y exploración
cuya sede se encuentra en el Reino Unido.

Página 137
Como ya se ha dicho, más allá del número de terremotos que se produzcan o nuestra
capacidad de predecirlos, lo importante para reducir el número de víctimas es contar
con infraestructuras modernas y buenas instalaciones sanitarias. Por esa razón, el
número de muertes por desastres naturales, incluyendo inundaciones, tormentas,
sequías, incendios, temperaturas extremas y también terremotos, ha descendido a
mucho menos de la mitad en los últimos cien años, como explica el médico sueco
Hans Rosling: «La población aumentó en 5000 millones de personas durante ese
mismo periodo, de modo que el descenso de las muertes per cápita es aún más
asombroso»[177].

«LAS FALSAS ALARMAS DE TERREMOTOS, PUES, o HABER GENERADO MÁS DOLOR,


SUFRIMIENTO Y DESTRUCCIÓN QUE LOS TERREMOTOS EN SÍ»

Parte de este milagro debemos agradecérselo a Seis Sigma. No es un dios


babilónico o el nombre de un amuleto, sino lo que en jerga de ingeniería describe las
obras que están construidas con un coeficiente de seguridad de seis (es decir, que
están preparadas para soportar mucho más allá de los imponderables que se hayan
podido estimar). La meta de Seis Sigma es llegar a un máximo de 3,4 defectos por
millón de eventos u oportunidades. Un ejemplo de ello es el Puente de Brooklyn, en
Nueva York, que fue diseñado deliberadamente por John Roebling para soportar seis
veces más peso del que esperaba que tuviera que aguantar nunca (aunque en el cine
Godzilla demostrara que Seis Sigma ni siquiera era suficiente). Este coeficiente de
seguridad se aplica cada vez más en puentes, cables de ascensor o cualquier otro
elemento que despierte el miedo más irracional en el común de los mortales.
En otras palabras: afortunadamente hay pocos terremotos en el mundo. Lo que,
sumado a que somos particularmente hábiles construyendo infraestructuras muy
resistentes, podemos sobrevivir en un planeta cuyo movimiento sísmico es tan
impredecible como la ruta de un beodo tratando de regresar a casa.
Por consiguiente, si queremos dejar de tener miedo a los terremotos, no debemos
obsesionarnos ni con las predicciones ni con la probabilidad de que sucedan en uno u
otro lugar, sino exigir que el sitio donde hayamos decidido vivir esté equipado con
buenas infraestructuras. Por eso, la sismóloga Lucy Jones, en el marco de la
Conferencia Nacional de Terremotos llevada a cabo en Long Beach, llegó a afirmar
que el riesgo de morir en un sismo en California llega a un promedio de 40 víctimas
por año durante un siglo: «es casi tan probable ser asesinado por un niño con un arma
de fuego que morir en un terremoto». De hecho, los estadounidenses tienen mayor
probabilidad de ser alcanzados por un rayo.

¡Peligro real: caídas!

Página 138
En España mueren cada día 30 personas. Treinta. Al día. Y esa cifra corresponde,
únicamente, a la suma de accidentes no intencionados, como caídas y ahogamientos.
De forma desglosada, estamos hablando de 12 723 caídas y 11 707 atragantamientos
y ahogamientos. La principal causa de muerte accidental conocida son las caídas, con
12 723 fallecidos (24,3 %); le siguen los ahogamientos y atragantamientos, con
11 707 fallecidos (22,3 %), y los accidentes de tráfico y transporte, con 10 806
fallecidos (20,6 %).
Sumadas, pues, son las dos principales causas de muerte accidental: alrededor de
24 000. Es una cifra escalofriante si la comparamos con la de homicidios al año:
alrededor de 300.

«CAÍDAS Y AHOGAMIENTOS: 24 000, HOMICIDIOS: 300»

Dadas estas cifras, quizá deberíamos empezar a contemplar con inquietud la


resbaladiza bañera de casa. Cada año mueren 300 estadounidenses en sus bañeras. Un
serial killer con piel de cordero.
Nos caemos a menudo porque tenemos un defecto de fábrica en el diseño de
nuestra columna vertebral y nuestras caderas. Según el profesor de Psicología de la
Universidad de Nueva York, Gary Marcus:

Conseguimos sobrevivir erguidos (dejando libres las manos), pero


para muchas personas eso tiene un coste: unos dolores de espalda
atroces. Nos hemos quedado con esta solución tan poco adecuada no
porque sea la mejor manera posible de sostener el peso para un
bípedo, sino porque la estructura de la espina dorsal se desarrolló a
partir de la de los cuadrúpedos, y sostenerse en pie precariamente
(para criaturas como nosotros, que usamos herramientas) es mejor que
no poder siquiera mantenerse en pie[178].

La bipedestación no solo nos hizo más proclives a las caídas, a los dolores de espalda
o a los problemas de rodillas: también la adopción de una pelvis más estrecha que se
adaptara a nuestra nueva forma de andar tuvo consecuencias en las mujeres, pues
estrechó considerablemente el canal del parto: «Hasta tiempos recientes, ningún otro
animal en la Tierra tenía más probabilidades de morir en el parto que un humano, y
probablemente ningún otro sufra tanto aún hoy»[179].
Según escribe Bill Bryson en En casa: «Se ha calculado que existe la
probabilidad de poner mal el pie en un peldaño una de cada 2222 veces que
utilizamos una escalera».

Página 139
Según John A. Templer, un investigador del MIT que publicó un estudio sobre las
escaleras titulado The Staircase: Studies of Hazards, Falls and Saer Desing, las cifras
reales sobre caídas en escaleras están infravaloradas, pues superan como causa de
muerte el ahogamiento o las quemaduras.
Según el Departamento de Comercio e Industria británico, en 2002 se produjeron,
solo en el país, 306 166 accidentes por culpa de escaleras, tan graves que requirieron
atención médica.
El diseño de la escalera es fundamental, no solo para evitar que nos caigamos,
sino para anticipar cómo lo haremos y los golpes que nos daremos antes de
detenernos. Además de una mala iluminación, la ausencia de barandillas, de peldaños
demasiado anchos (o estrechos) y descansillos que interrumpen el ritmo del ascenso o
el descenso, hay tres características que influyen decisivamente en cómo nos
enfrentaremos a una escalera: la contrahuella, la huella y la pendiente.

Contrahuella
Altura entre peldaños

Huella
Peldaño en sí (técnicamente, la distancia entre los bordes, o mamperlanes, de
dos peldaños sucesivos medida horizontalmente).

Pendiente
La inclinación total de la escalera.

Tal y como sigue Bill Bryson en su libro En casa:

El ser humano tiene una tolerancia a las pendientes bastante limitada.


Cualquier cosa superior a 45 grados resulta incómodamente costosa
de subir, cualquier cosa inferior a 27 grados es tediosamente lenta.
Resulta muy duro subir escalones que no tienen mucha pendiente, y
todo ello se debe a que nuestra zona de confort es muy pequeña. Un
problema inevitable de las escaleras es que tienen que transmitir
seguridad en ambas direcciones, por mucho que los mecanismos de la
locomoción exijan posturas distintas en cada dirección.

Los dos momentos más críticos a la hora de bajar una escalera son el principio y el
final del recorrido. Descender por una escalera es casi como caer controladamente,
algo que queda de manifiesto si observamos una caída a cámara lenta. Lo que hace
nuestro cerebro es distinguir cuándo debemos dejar de caer y controlar la situación.
Sin embargo, nuestros reflejos precisan de al menos 190 milisegundos para ponerse
en marcha, para que asimilemos que nos estamos dejando caer demasiado y nos
prepararemos para un aterrizaje complicado. Pero al principio y al final de nuestro
recorrido por la escalera es cuando estamos menos atentos. Si la escalera tiene pocos

Página 140
peldaños (4 o menos) entonces también es peligrosa porque nos inspira un exceso de
confianza.
Así pues, bajar escaleras es infinitamente más peligroso que subirlas.
Como muchas caídas son por culpa de las escaleras, Japón resulta un país muy
llamativo en ese sentido: aunque aquí tienen lugar el 20 % de los terremotos de la
Tierra, hay más accidentes mortales por culpa de las escaleras. De hecho, se registran
más accidentes de este tipo en oficinas o centros comerciales que en Estados Unidos
porque allí se usan más que los ascensores y las escaleras mecánicas, que son más
seguros. De hecho, los ascensores son incluso más seguros que las escaleras
mecánicas. Con todo, tampoco son el locus amoenus de la seguridad: la Oficina de
Estadísticas Laborales de Estados Unidos y la Comisión de Seguridad de Productos
del Consumidor estiman que los ascensores hieren a 17 000 y matan a 27 personas al
año. La mitad de esas muertes, con todo, corresponden a trabajadores que están
realizando instalaciones o reparaciones.

Autocontrol y karma

¿Cómo es posible que un acto tan cotidiano como andar, subir una escalera o
tomar una ducha en un baño resbaladizo cause tantas víctimas y, sin
embargo, apenas suscite alarma social? Hay diversos sesgos cognitivos,
juicios inexactos, interpretaciones lógicas y otras tendencias de nuestro
cerebro más primitivo que contribuyen a ello. El más importante de todos
seguramente sea que andar es algo que hacemos todos los días, y resulta tan
familiar que no posee los rasgos alarmantes de los eventos raros o
llamativos.
También es un acto en el que pensamos que tenemos un control absoluto
(aunque en realidad el equilibrio es fruto de sistemas automáticos del
cuerpo). Accesoriamente, hay otros sesgos cognitivos implicados:

Hipótesis del mundo justo


La creencia de que el mundo es imparcial y justo en vez de azaroso o
caótico, de manera que las cosas malas pasan a quienes actúan mal.
Las raíces de la idea del karma nacen de este sesgo, que
probablemente en parte está neuronalmente localizado en la ínsula y
el córtex somatosensorial[180].

Error Fundamental de la Atribución


Culpamos del infortunio de otras personas a su propia incompetencia
o a sus malas decisiones, pero si lo mismo nos sucede a nosotros,
entonces lo atribuimos a la mala suerte o a circunstancias externas.

Página 141
La mayoría de las caídas las protagonizan las personas mayores de 55 años. El
porcentaje de muertes por edad se distribuye así, según los Centros para el Control y
Prevención de Enfermedades (CDC):

1–4 años: 6,7 %.


5–9 años: 4,2 %.
10–14 años: 1,0 %.
15–24 años: 2,1 %.
25–34 años: 2,0 %
35–44 años: 3,6 %.
45–54 años: 7,4 %.
55–64 años: 17,0 %.
65–+85 años: 52,8 %.

La mitad de todas estas muertes tienen lugar en el ámbito del hogar.


Muchas veces se sobrevive, pero el fallecimiento acontece en el hospital, en
función de la gravedad del traumatismo (no es lo mismo caerse de la cama que de la
escalera o del tejado).
Según la cirujana de traumatología Susan Brundage, los médicos pueden predecir
con un alto grado de seguridad si alguien vivirá o morirá cuando entra a la sala de
urgencias. Los traumatismos son, en términos generales, los que peor pronóstico
tienen, por encima de las heridas de bala o navajazos. Incluso si alguien tiene una
aguja para hacer punto atravesándole el corazón y carece de signos vitales, puede
tener un 40 % de probabilidad de sobrevivir. Una herida de bala en el corazón rebaja
la probabilidad al 4 %. Un trauma agudo por haber impactado contra una pared de
ladrillos ofrece solo un 1 % de probabilidad de supervivencia:

Una puñalada en el corazón se puede reparar aplicando muchos


puntos; una bala es algo más complicado, pero se puede coser. Un
traumatismo severo es peor, porque no hay nada que se pueda reparar.
Todo el cuerpo está herido.

Tus nuevos aforismos


Si temes a los terremotos, evita Japón.
Lo que te mata no es el terremoto, sino el grado de pobreza y subdesarrollo
que tenga el lugar del terremoto.
Tu bañera es un serial killer con piel de cordero.
Si te caes es porque no fuiste diseñado para andar sobre dos patas.

Página 142
Si atragantarnos es el tributo que hemos pagado para poder recitar un
soneto o cantar una canción, caernos es el tributo que hemos pagado por
andar sobre dos patas.
Bajar una escalera es como ser el funambulista del circo: usa el ascensor.
Es casi tan probable ser asesinado por un niño con un arma de fuego que
morir en un terremoto.
Bajar escaleras es infinitamente más peligroso que subirlas.

Página 143
ENERGÍA NUCLEAR

Miles de millones de partículas atravesaban las paredes y colisionaban


con los átomos de agua y mental; cientos de millones volaban entre
esos átomos y luego a través de los átomos de los cuerpos humanos,
sin tocar nada, como si no fueran más que fantasmas. Sin embargo,
miles golpeaban átomos de carne y de hueso. La mayoría de esas
colisiones eran inofensivas… pero, en todos esos miles, con toda
probabilidad había una o dos (¿o tres?) en las que una cadena de
cromosomas recibía un impacto, y se enroscaba del modo erróneo: y
ahí estaba. Inicio de tumos, que comenzaba solo con ese error
tipográfico en el libro de uno mismo.
KIM STANLEY ROBINSON,
Marte rojo

Página 144
E
l 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9,1, el cuarto más potente
de todos los registrados en la historia, tuvo su epicentro en el océano, a unos
setenta kilómetros de la costa de Honshu, la mayor de las islas del
archipiélago japonés. El temblor se sintió durante seis minutos, pero los peores daños
llegaron algo más tarde, cuando el tsunami originado por el temblor alcanzó las
costas, devastando ciudades y golpeando la central nuclear de Fukushima Daiichi.
Las infraestructuras de Japón están diseñadas para soportar los continuos
terremotos que tienen lugar en la zona, así que la central resistió el primer embate sin
problemas. Sin embargo, cincuenta minutos más tarde, Fukushima Daiichi fue
alcanzada por una ola de tsunami de trece metros de altura (casi como un edificio de
cinco plantas) que viajaba a una velocidad media de 500 kilómetros por hora (más
rápido que un tren bala japonés).
La avalancha de agua superó la altura de los diques de defensa de la central e
inundó los generadores diésel encargados de enfriar las varillas de combustible
nuclear (a causa del terremoto, y siguiendo el procedimiento de seguridad, se
apagaron los reactores y se habían empezado a enfriar con ayuda de generadores de
electricidad de gasóleo que alimentan bombas que hacen circular el agua). Al fallar
los generadores, se encendió un segundo sistema parcial de respaldo alimentado por
baterías eléctricas con una autonomía de 24 horas. Era un tiempo más que suficiente
para conseguir más baterías, pero no tras aquel terremoto que había destruido la red
de carreteras y puentes, 45 000 edificios de ciudades y casi un cuarto de millón de
vehículos.
La pérdida accidental de refrigerante condujo a tres fusiones nucleares, tres
explosiones de hidrógeno y la liberación de contaminación radiactiva. La radiación
emitida a la atmósfera obligó al gobierno a declarar una zona de evacuación alrededor
de la planta con un radio de 20 kilómetros.
Directamente, el accidente de Fukushima no se cobró ninguna vida. Pero no hay
modo de cuantificar la totalidad de los perjuicios causados por Fukushima Daiichi: el
OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) situó el daño en el nivel 7, el
máximo hasta ahora, junto con Chernóbil (1986).
Finalmente, tras aquella sucesión de casualidades, imponderables y dificultades a
la hora de controlar la central nuclear, todo regresó a una relativa normalidad.
Todo menos el miedo.

Matsutaro Shoriki, el padre de la energía nuclear


japonesa

La planta nuclear de Tokai (Ibaraki), el primer reactor nuclear en tierras


niponas, fue construida por la compañía General Electric del Reino Unido.

Página 145
En 2008, tras la apertura de siete nuevos reactores nucleares en Japón (tres
en Honshu y uno en Hokkaido, Kyushu, Shikoku y Tanegashima), Japón se
convirtió en el tercer mayor productor de energía nuclear del mundo con 53
reactores nucleares operativos que generan el 34,5 % de la electricidad
japonesa.
Este brío nuclear, a pesar del miedo que la sociedad ya arrastraba tras las
detonaciones de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial,
fue posible gracias, en parte, a los esfuerzos de Matsutaro Shoriki (1885–
1969), que se encargó de divulgar la idea de que el poder del átomo podía
usarse para fines pacíficos en diversos medios de comunicación, sobre todo
en la Nippon Television Network (NTV). Así, este hombre que había sido
criminal de guerra, diputado de la Cámara de Representantes y agente de la
CIA, logró que la energía nuclear se convirtiera en un nuevo sector
estratégico de negocio en Japón. Algo a lo que también contribuyó el manga
Astro Boy (1951-1969), concebido por Osamu Tezuka, que era un robot
propulsado por energía nuclear que combatía el mal. Tal y como explica
Florentino Rodao[181]:

Shoriki promovió una «exhibición nuclear» (llegada desde


Estados Unidos, aunque purificada mediante una ceremonia
shinto al llegar a Japón) y la difusión masiva de las
producciones pronucleares de Disney, que por otró lado eran
parte de un ambiente en el país proclive a todo lo vinculado a
la ciencia. Las campañas lograron su objetivo, que la población
japonesa disociara el recuerdo de las bombas y abrazara la
energía nuclear como el camino hacia el «progreso».

Todas las centrales nucleares del país, que eran responsables del 30 % de la
electricidad consumida a nivel nacional, se cerraron en poco más de un año. En el
plazo de catorce meses después del accidente la producción de energía nuclear cesó
totalmente en Japón. Y esa reducción en la producción de energía nuclear tuvo que
ser compensada con un aumento en la importación de combustibles fósiles y, a su
vez, con un incremento en el precio de la electricidad hasta del 38 % en algunas
regiones. La gente encendió menos la calefacción y eso generó muertes por
enfermedades vinculadas a la exposición al frío. Se estima, según un modelo
matemático realizado por investigadores del IZA, el Instituto de Economía Laboral
de Alemania, que el cese de la energía nuclear provocó hasta 1280 muertes en las
ciudades analizadas.

Página 146
Se estima también que 1232 muertes fueron resultado de la evacuación después
del accidente.
No hay muertes que hayan sido atribuidas directamente a la exposición a la
radiación[182], si bien algunos estudios hablan de 130.

Radiación ubicua
El miedo excesivo a la radiación se llama radiofobia, y todos nosotros, en mayor o
menor medida, estamos solo a un tris de tropezar en ella. La radiación suscita tanto
terror esencialmente por dos motivos. El primero: es invisible a los ojos, como lo
pueda ser un virus o una bacteria, y no hay nada más inquietante que una amenaza
que no puede detectarse a simple vista. Segundo: parece que estamos jugando a ser
dioses. No importan los matices como la dosis, la naturaleza del material radiactivo o
la vía de exposición (dérmica, por inhalación o por ingestión). El miedo es
irreductible.
Esta desconfianza hacia lo nuclear, además, ha sido continuamente alimentada
desde cierto sector medioambientalista, e incluso cuenta con un intenso activismo en
su contra que trata de estigmatizar todo lo relativo a la energía nuclear. El cine, a su
vez, ha hecho poco por reducir el pánico: lo nuclear siempre conduce
indefectiblemente a experimentos heterodoxos o desastres mutagénicos con películas
como El síndrome de China (James Bridges, 1979), que plantea una hipótesis
contraria a la física elemental: tras la fusión de un reactor nuclear, el material fundido
resultante atraviesa la corteza de la Tierra hasta alcanzar las antípodas (si el reactor
está en Estados Unidos, según la película alcanzaría China, de ahí su nombre). A
pesar de que la hipótesis es pura pseudociencia, dos semanas después del estreno del
filme se produjo casualmente un grave accidente en la central nuclear de Three Miles
Island, en Pennsylvania (sin víctimas), que avivó todavía más la desconfianza
general. La cultura popular, por su parte, ha difundido el bulo a toda la población,
como en un capítulo de Los Simpson donde Homer, empleado de la planta nuclear de
Springfield, admite haber sido responsable de tres fusiones de reactores y un
síndrome de China. Jane Fonda, protagonista de El síndrome de China, también fue
una furibunda activista antinuclear.
Sin embargo, una forma de atenuar estas inquietudes pasa por asimilar que todos
nosotros estamos, en mayor o menor medida, expuestos a la radiación. Que la
radiación no es una energía artificial salida de un laboratorio de un científico loco,
sino algo que encontramos ubicuamente en la propia naturaleza.
Si exceptuamos los accidentes nucleares puntuales, en general la dosis de
radiación natural que recibe una persona es más alta que la dosis de radiación
artificial. La radiación natural puede encontrarse en el suelo, en el espacio, en los

Página 147
alimentos… El marisco, de hecho, concentra tal radiación que quienes consumen
grandes cantidades pueden llegar a recibir una dosis de radiactividad natural por
alimentación un 50 % más alta que la media.
La dosis de radiación equivalente absorbida se mide en unas unidades llamadas
sieverts. El sievert representa así el riesgo estocástico para la salud, que para la
evaluación de la dosis de radiación se define como la probabilidad de cáncer inducido
por la radiación y el daño genético. Un sievert lleva consigo una probabilidad del
5,5 % de desarrollar cáncer basado en el modelo lineal sin umbral.
Si uno se expone a más de diez sieverts probablemente muera enseguida, por ello,
dado que el sievert es una unidad muy elevada, se acostumbra a hablar de la milésima
parte de esa unidad, es decir, el milisievert; y siempre se usa el milisievert por año
(mSv/año) en caso de recibir dosis de forma continua. La radiación ionizante se mide
con contadores Geiger. De hecho, si acercamos un contador Geiger a un router, una
wifi o un horno microondas comprobaremos que no altera su medida, lo que quiere
decir que esa radiación no es capaz de arrancar los electrones de los átomos.
Cuando acudimos al médico también recibimos una dosis media de
1,28 mSv/año, según cálculos de UNSCEAR (el Comité Científico de las Naciones
Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas) para un país de
nivel sanitario 1 (como España). La mayor parte de esa radiación procede de técnicas
de diagnosis con rayos X, desde una simple radiografía dental (0,016) o una
mamografía (0,51) hasta una urografía (3,7).

«LA MAYOR PARTE DE ESA RADIACIÓN PROCEDE DE TÉCNICAS DE DIAGNOSIS CON


RAYOS X, DESDE UNA SIMPLE RADIOGRAFÍA DENTAL (0,016) O UNA MAMOGRAFÍA

(0,51) HASTA UNA UROGRAFÍA (3,7)»

La mayor exposición a radiaciones artificiales procede de los rayos X y los


materiales radiactivos que se emplean en el diagnóstico de enfermedades, pero
también son importantes muchas otras.
Por ejemplo, viajar en avión. O simplemente vivir a mucha altura. La radiación
cósmica aumenta con la altura y con la disminución, en consecuencia, de la
protección que ofrece la atmósfera terrestre, que se vuelve cada vez más tenue.
Es decir, que una persona sencillamente recibirá más radiación si vive en las
montañas (1 mSv/año, entre 3000 y 6000 metros de altura) que si vive al nivel del
mar (0,03 mSv/año). Simplemente por permanecer en Madrid, la capital de la Unión
Europea que se encuentra a mayor altura, ya se está recibiendo más radiación
cósmica. Sin embargo, son los viajeros habituales de vuelos transoceánicos y
personal de cabina los que están sometidos a mayores dosis (5 mSv/año). Solo son
superados por los astronautas, que pueden llegar a recibir hasta 300 mSv en un vuelo
en transbordador espacial (por encima de los 350 kilómetros de altura). En los viajes

Página 148
espaciales, y debido a que en el espacio existe radiación a causa del viento solar y los
rayos cósmicos, la NASA tiene una norma por la cual, tras diez años de servicio, un
astronauta no debería haber recibido mayor radiación que la que pudiera incrementar
en un 3 % la probabilidad de sufrir a futuro un cáncer.

Acero y neuronas radiactivas

Scapa Flow es un fondeadero situado en las islas Orcadas, Escocia. Allí fue
donde se hundieron decenas de barcos durante la Primera Guerra Mundial.
Esto ocurrió antes de los primeros ensayos con bombas nucleares, de modo
que el acero de los barcos, al estar a tanta profundidad, quedó a salvo de la
contaminación de esos ensayos en lo sucesivo.
Si bien no hay ventajas en la utilización de este tipo de acero en usos
ordinarios, ya que es mucho más barato concebir acero nuevo, este acero
«virgen» resulta imprescindible para fabricar monitores de radiación
extremadamente sensibles como los empleados en naves espaciales.
Hay más acero en el mundo que ha estado a salvo de la influencia de la
radiación de las explosiones atómicas (hasta 1998 han estallado,
oficialmente, 2053 bombas), pero en Scapa Flow hay mucho en un lugar
muy localizado, lo cual abarata notablemente los costes de extracción. En
cualquier organismo que estuviera vivo durante los años 1950 y 1960,
cuando tenían lugar la mayoría de pruebas nucleares, hay restos de estas en
sus tejidos en forma de carbono-14. Y tal como demostró en 2005 el biólogo
sueco Jonas Frisen a fin de determinar cuánto tiempo viven nuestras células
cerebrales, todas las personas nacidas en esos años son portadoras de un
legado nuclear permanente en su cerebro, en forma de exceso de carbono-14
(sin efectos conocidos, aún, en la salud).

Vivir a ras de suelo también comporta sus propios riesgos. Recibimos rayos gamma
emitidos por los materiales radiactivos naturales de la corteza terrestre, así como de
los materiales de que están hechos los edificios en los que vivimos. La dosis media en
España es de 0,48 mSv/año. Como explica Alfredo García, supervisor en la central
nuclear de Ascó (Tarragona), incluso el granito de la cocina es radiactivo porque
contiene trazas de elementos radiactivos naturales como el uranio, el torio y otros
productos de desintegración, que se convierten en radón, un gas radiactivo incoloro e
inodoro[183]. Se estima que el radón que se acumula en habitaciones mal ventiladas
causa 1100 víctimas de cáncer de pulmón solo en Reino Unido cada año[184].

Página 149
Los minerales que contienen elementos como el uranio o el torio, pues, son
responsables de una parte de la radiación que recibimos cada día. En España, la
simple composición del suelo permite dibujar un mapa de las regiones más o menos
radiactivas. Nada alarmante, por supuesto, pero sí hay diferencias significativas. Con
todo, podemos hallar lugares en otros países, como Ramsar, en Irán, que tiene barrios
expuestos a dosis anuales de hasta 260 mSv, casi 87 veces más que la media mundial.
Todavía se están estudiando los efectos en la salud de vivir en un sitio así, pero
parece que no reviste mayor gravedad, salvo una mayor frecuencia de aberraciones
cromosómicas, como también sucede en otras regiones con tierras más radiactivas de
lo normal situadas en China, Brasil o la India[185].
Incluso el centro de la Tierra es un reactor nuclear, y por ello podemos existir,
como leemos en La energía nuclear salvará el mundo:

La principal fuente de energía actual que impulsa la convección en el


manto de la Tierra es la desintegración radiactiva del uranio (la mayor
parte), del torio y del potasio. Las mediciones de calor estiman que la
Tierra genera entre 30 y 44 teravatios de calor […] es decir, el
equivalente a la potencia eléctrica que generan entre 33 000 y 44 000
centrales nucleares. Este calor es esencial para el desarrollo de la vida
en el planeta, junto con el aportado por el Sol, así que podemos
afirmar que sin el uranio probablemente no existiría la vida en la
Tierra.

Por si no hubiera ya suficientes fuentes de radiación a nuestro alrededor, también las


propias personas lo son, así que estar cerca de ellas supone recibir también una dosis
radiactiva. Eso sucede porque el cuerpo humano contiene isótopos radiactivos como
el potasio-40 y el carbono-14. Según García, de hecho, dormir acompañado durante
un año produce cien veces más dosis radiactiva que vivir cerca de una central nuclear
(y solo), en la línea de lo que Edward Teller, «el padre de la bomba de hidrógeno»,
testificaba en un comité de investigación sobre la construcción de una planta de
energía nuclear en Illinois, Dresden III:

¿Qué piensa usted que produce más radiación, apoyarse contra un


reactor atómico o contra su esposa? No quisiera alarmarle, pero todos
los seres humanos poseen en su sangre potasio radiactivo… y esto
incluye a su esposa… No estoy abogando por una ley que obligue a
las parejas a dormir en camas separadas, pero desde el punto de vista
de la seguridad frente a la radiación, debo prevenirle contra la práctica
de dormir cada noche con dos chicas, porque entonces usted recibiría
más radiación que la que emite Dresden III[186].

Página 150
Ingerir un simple plátano también produce más dosis radiactiva que residir durante un
año cerca de una central nuclear. Porque un plátano de unos 150 gramos contiene
unos 0,070 miligramos de potasio-40, que es radiactivo, lo cual se traduce en una
dosis de 0,1 mSv. Por supuesto, la radiactividad de un plátano es tan baja que no
reviste ningún riesgo para la salud… como vivir cerca de una central nuclear. «De
hecho, para recibir una dosis de radiación similar a la de una radiografía, tendrías que
consumir unos trescientos plátanos seguidos sin ir al baño a “descomer” durante todo
el proceso»[187].
Para que ahora tampoco demonicemos el plátano, debemos empezar a asumir que
todos los alimentos son radiactivos en mayor o menor medida. Las nueces de Brasil
también contienen pequeñas cantidades de radio, pero en un promedio hasta mil
veces más elevado que en otros alimentos. Así que si hemos de demonizar un
alimento, que sea este. Sea como fuere, los alimentos representan el 10 % de la
exposición total 1 la radiactividad experimentada por una persona, con un promedio
de 400 mSv por año. Nuestros cuerpos están adaptados para resistirla porque siempre
ha estado ahí. Lo que resulta importante al advertir que todo lo que comemos es
radiactivo es sencillamente que la radiactividad no es algo maligno que emana de
fuerzas desencadenadas en un reactor nuclear, sino que es algo completamente
natural y que convivimos con ella diariamente.

«LOS ALIMENTOS REPRESENTAN EL 10 % DE LA EXPOSICIÓN TOTAL A LA


RADIACTIVIDAD EXPERIMENTADA POR UNA PERSONA»

En resumen, si se realizan estimaciones redondeadas a una media mundial de las


dosis efectivas recibidas por una persona en el curso de un año:

FUENTES NATURALES FUENTES ARTIFICIALES


2,4 mSv 0,65 mSv
Alimentos: 0,29 Centrales nucleares: 0,002
Rayos cósmicos: 0,39 Accidente de Chernóbil: 0,002
Radiactividad residual ensayos nucleares:
El suelo: 0,48
0,005
Radón: 1,3 Radiología: 0,62

Tomarse una simple cerveza puede ocasionar, pues, una dosis radiactiva superior a
vivir tres meses junto a una central nuclear. Esto ocurre porque medio litro de cerveza
contiene unos 0,016 miligramos de potasio-40. Esto supone una dosis de 0,023 mSv,

Página 151
y la estimación de dosis a la población por exposición debida al funcionamiento de
las instalaciones nucleares españolas indica una dosis efectiva anual en un radio de
treinta kilómetros menor de 0,1 mSv.
Y todavía hay más cosas aparentemente inocuas que pueden etiquetarse como
radiactivas a nuestro alrededor. Por ejemplo, la arena de gato, como explica el
divulgador de ciencia Sam Kean: «Los detectores de humo liberan partículas alfa, los
viejos televisores liberaban rayos X. La arena para gatos tiene uranio, al igual que las
revistas de papel satinado o las elegantes encimeras de granito»[188].
A pesar de todo, no debemos preocuparnos de la radiactividad natural y cotidiana.
Frente a todo lo dicho anteriormente, nada supera ni de lejos al acto de fumar. Los
pulmones de un fumador, de media, reciben unos 160 mSV al año debido al plomo y
al polonio radiactivos que contienen los cigarrillos.

Un reactor nuclear natural

La propia naturaleza ha generado al menos un reactor nuclear de fisión, que


sepamos. Un reactor nuclear alimentado por nada más que uranio, agua y
algas verdeazuladas (o sea, el verdín de los estanques, que en realidad no son
algas sino un grupo de bacterias fotosintéticas conocido como
cianobacterias).
El lugar donde podemos hallar este prodigio es en Oktlo, en Bangombé,
Gabón (antigua colonia francesa en el África ecuatorial occidental), en las
minas de uranio de Franceville. Y se puso en marcha por sí solo, hace unos
1700 millones de años.
En la actualidad, el reactor de Oklo ya está extinto, pero el año que fue
descubierto, en mayo de 1972, demostró que la fisión nuclear había sido
inventada en la Tierra hacía mucho tiempo. El equipo de geólogos que
descubrió este lugar enseguida se dio cuenta de que algo extraño estaba
pasando con el uranio de la mina: era tan escaso que parecía haber sido
consumido por alguien. Pero la razón de que actualmente no exista un cráter
enorme en África es que, al calentarse el uranio, hizo hervir el agua hasta
evaporarla, tal y como explica Sam Kean[189]:

Sin agua, los neutrones se tornaron demasiado rápidos para


poder absorberlos, y el proceso se paró. Solo cuando el uranio
se enfrió pudo entrar de nuevo el agua, y el reactor volvió a
entrar en funcionamiento. Era una especie de Old Faithful
nuclear que se autorregulaba, y consumió unos 6000
kilogramos de uranio a lo largo de más de 150 000 años en

Página 152
dieciséis lugares alrededor de Oklo, en ciclos de encendido y
apagado de 150 minutos.

Otra idea que debemos asumir sobre el funcionamiento de la radiactividad en nuestro


organismo es que no es algo malo per se. Es decir, que no nos daña siempre de la
misma manera como pudiera ser un veneno, cuya toxicidad aumenta de forma lineal
con la dosis.
En lo tocante a la radiactividad, lo único que podemos afirmar es que la
probabilidad de sufrir consecuencias adversas aumenta con la dosis absorbida durante
nuestra exposición, tal y como explica el divulgador Jordi Pereyra:

Esto se debe a que cada eslabón de la cadena de acontecimientos que


provoca que una célula dañada por la radiación termine formando un
tumor depende en gran medida del azar. Por ejemplo, si 1000 millones
de partículas impactan con nosotros, no existe ninguna certeza de que
alguna de ellas acabe chocando con una célula y dañando su ADN,
igual que tampoco podemos predecir si esa célula en concreto
conseguirá o no reparar el daño[190].

Lo importante es la dosis de radiactividad, no la radiactividad, como importante es la


de oxígeno, hidrógeno o cualquier otro elemento con el que interactuemos. No hay
que demonizar el oxígeno o el hidrógeno (aunque juntos, en forma de H2O, haya
provocado millones de víctimas por ahogamiento a lo largo de la historia), sino
conocer sus riesgos y asumirlos con las mayores garantías posibles, ya sea abriendo
una central nuclear en Ascó o una gigantesca piscina municipal en Orcera.
Añadir el marchamo «radiactividad» a determinadas interacciones (como si morir
ahogado fuera mejor que morir por un tumor) no ofrece en sí mismo mucha
información sobre los riesgos asociados, porque de los 118 elementos químicos
conocidos, es decir, de los 118 tipos de ladrillos que construyen todo lo que existe en
el universo (incluidos nosotros), 28 de ellos son radiactivos en mayor o menor
medida. Es decir, que tienen la propiedad de emitir espontáneamente partículas o
rayos por desintegración del núcleo atómico. Estamos afirmando, pues, que casi un
25 % de todos los ladrillos que constituyen el mundo y a nosotros mismos deberían
despertar nuestro miedo. Si fuéramos coherentes. Pero no lo somos, y por ello hay
elementos que encienden nuestras alarmas y otros que pasan desapercibidos, como el
astato, el francio, el actinio, el protoactinio, el neptunio, el americio, el lawrencio, el
californio, el einstenio, el fermio, el mendelevio o el nobelio.
De todos los elementos radiactivos que podemos hallar en la tabla periódica, el
radio es el más radiactivo. Descubierto hace más de un siglo por Pierre y Marie

Página 153
Curie, es un millón de veces más radiactivo que el uranio, y relumbra con un verde
traslúcido, muy típico para representar la radiactividad en el cine o los dibujos
animados. Y, sin embargo, a pesar de su radiactividad, hubo una época, a principios
del siglo XX, en que el radio se puso de moda. Por ejemplo, empezó a añadirse radio
al agua mineral, los dentífricos, las cremas cosméticas y hasta al chocolate, tal y
como explica el divulgador Hugh Aldersey-Williams:

A menudo se invocaba el apellido Curie para respaldar estos


remedios, en muchos casos de manera ilícita. Se decía que el Tónico
Capilar Curie restauraba el crecimiento y el color del cabello, por
ejemplo. Esta licencia comercial puede excusarse en cierta medida,
pues el propio Instituto del Radio de los Curie concedía su imprimátur
a productos que contenían de manera genuina una fuente de
emanación de radio[191].

Así pues, si gran parte del mundo material es radiactivo, deberíamos dosificar nuestro
miedo hacia aquellos elementos que supongan un verdadero riesgo para nuestra
salud. Para ello, sirva la siguiente tabla para poner en perspectiva algunas de las
cifras expresadas hasta ahora y hacernos una idea más inteligible del peligro, según
cálculos del periodista Michael Blastland y el estadístico David Spiegelhalter, Winton
Professor of the Public Understanding of Risk en la Universidad de Cambridge, para
el libro The Norm Chronicles: Stories and numbers about danger. Para realizar sus
estimaciones, usaron el modelo teórico de daño que establece que se pierde
aproximadamente un año de esperanza de vida por exposición a un sievert.
Extrapolaron este daño a dosis más bajas, para las cuales no hay evidencia directa de
daño, usando lo que se conoce como modelo lineal sin umbral (LNT), que utiliza
datos epidemiológicos procedentes de los ataques con armas atómicas en Hiroshima y
Nagasaki. El LNT considera que la suma de varias exposiciones muy pequeñas tiene
el mismo riesgo biológico que una exposición mayor. Esto entraña controversias,
porque en dosis muy bajas es prácticamente imposible correlacionar cualquier
irradiación con ciertos efectos biológicos, y menos si hablamos de cáncer, que puede
aparecer por muchas otras causas. Con todo, nos permite tener una idea aproximada.
Dicho lo cual, nada más fácil que expresar el riesgo en número de plátanos y
número de cigarrillos, así como pérdida de esperanza de vida:

Pérdida
Exposición Milisieverts Plátanos esperanza de Cigarrillos
vida
10 minutos
junto al núcleo
del reactor de 50 000 500 M 50 años 200 000

Página 154
Chernóbil tras
la fusión
Límite anual de
empleados en
20 200 000 7 días 700
una central
nuclear
Escáner de
tomografía 10 100 000 3 días 300
cuerpo entero
Un año normal
(85 % fuentes 2,7 27 000 1 día 100
naturales)
Mamografía 0,4 4000 4 horas 16
Promedio anual
trabajador 0,18 1800 2 horas 8
central nuclear
Volar de
Londres a 0,07 700 37 minutos 2
Nueva York
Radiografía de
0,02 200 11 minutos 1
pecho
Nueces de
Brasil (135 g)
0,005 50 3 minutos 0,2
Radiografía
dental
Escáner del
1 3 segundos
aeropuerto
0,000
Dormir con
0,5 1 segundo
alguien

Necesitamos energía segura


Necesitamos energía, eso supone un riesgo, pero carecer de esa energía supone
incluso más riesgo, como demostraron las cifras de víctimas del accidente de
Fukushima.
Así pues, si tenemos en cuenta los riesgos de cada fuente de energía
contrastándolos con los beneficios que proporcionan, entonces podemos concluir que

Página 155
la energía nuclear es la fuente más segura. Y también la más sostenible a nivel
medioambiental.
En el futuro, esperamos que las fuentes de energías renovables contribuyan con
una proporción creciente de la energía total. Sin embargo, dada la situación actual, en
la que necesitamos energía al menor coste tanto para nuestro día a día como para
cuidar del medioambiente, la energía nuclear ofrece muchas más ventajas a corto o
medio plazo.
Para demostrarlo, Anil Markandya y Paul Wilkinson publicaron un análisis[192] en
la revista médica The Lancet que comparó las tasas de mortalidad de las principales
fuentes de energía. En este estudio consideraron las muertes por accidentes, como el
desastre nuclear de Chernóbil, los accidentes laborales en la minería u operaciones de
centrales eléctricas, y muertes prematuras por contaminación del aire.
Para comparar la seguridad de las diferentes fuentes de energía, los investigadores
compararon el número de muertes por unidad de energía producida. En la
visualización vemos la comparación de seguridad de los combustibles fósiles,
nucleares y de biomasa, medida como el número de muertes por teravatios hora de
producción de energía. Un teravatio hora de energía es casi lo mismo que el consumo
anual de energía de 27 000 ciudadanos en la Unión Europea.
La energía nuclear es, con mucho, la fuente de energía más segura en esta
comparación: causa 442 veces menos muertes que las formas de carbón «más
sucias»; 330 veces menos que el carbón; 250 veces menos que el petróleo; y 38 veces
menos que el gas.
Imaginemos una población de 27 000 personas que necesita un teravatio hora. Si
se produjera toda la energía necesaria con el carbón, 25 personas podrían morir
prematuramente cada año como resultado debido, fundamentalmente, a la
contaminación del aire. Si la energía procediera del petróleo, 18 personas podrían
morir cada año. Si la energía procediera del gas natural, 3 personas podrían morir
cada año. Si la energía procediera de una central nuclear, en la mayoría de los años no
habría muertes. De hecho, se necesitarían al menos 14 años antes de que aconteciera
una sola muerte.
También podemos comparar la energía nuclear con las actuales energías
renovables, tal y como hizo Benjamin Sovacool y colegas (2016), que investigaron la
seguridad de las fuentes de energía bajas en carbono en un estudio[193] publicado en
Journal of Cleaner Production. En este análisis, los autores compilaron una base de
datos de la mayor cantidad posible de accidentes energéticos durante el período de
1950 a 2014 basándose en una búsqueda exhaustiva de bases de datos académicas
(incluyendo ScienceDirect y EBSCOhost) e informes de noticias a través de Google.
En los resultados expuestos a continuación, los autores comparan únicamente las
tasas de mortalidad durante el período de 1990 a 2013.

Página 156
Tanto las fuentes de energía nuclear como las renovables tienen tasas de
mortalidad cientos de veces más bajas que el carbón y el petróleo, y son de decenas a
cientos de veces más seguras que el gas.
Hasta ahora solo hemos considerado los impactos sociales y de salud a corto
plazo de estas fuentes de energía, pero también debemos tener en cuenta su potencial
para futuros impactos a más largo plazo en su contribución al cambio climático.
La buena noticia es que las fuentes más seguras son también aquellas que son
bajas en carbono.
Sin embargo, los grandes accidentes (y potenciales accidentes) de una central
nuclear desafían nuestro sentido común. Aunque observemos los pros y los contras,
intuitivamente sentimos que una central es más insegura porque puede ocasionar una
catástrofe devastadora.
La probabilidad de que esto ocurra es baja, pero es que además, cuando ha tenido
lugar una catástrofe, los efectos han sido exagerados en buena parte por la alarma
social. Incluso la Agencia Internacional de Energía Atómica estimó que las muertes
por cáncer de Chernóbil se elevan a unas 4000, es decir, el 0,6 % de las 600 000

Página 157
personas que recibieron dosis suficientemente altas. Fue el miedo, sin más, lo que
ocasionó más problemas de salud, como sucedió en Fukushima: en 2006, UNSCEAR
informaba de que el impacto en la salud mental (depresión, alcoholismo, etc.) fue la
razón de la reducción de la esperanza de vida de los evacuados, que cayó de los 65 a
los 58 años.
También resulta necesario poner un poco más en perspectiva la cifra de posibles
4000 víctimas de cáncer por el accidente de Chernóbil, tal y como lo hace el experto
en percepción de riesgos David Ropeik: el número de muertes por cáncer a lo largo
de la vida por causa de esa radiación podría llegar a 4000 víctimas, pero 8000
estadounidenses mueren todos los años por cáncer de piel, debido a otro tipo de
radiación: la del sol: «El sol supone un riesgo mucho mayor que la radiación del peor
accidente de una planta de energía nuclear»[194].
Sí, la radiactividad aumenta la probabilidad de sufrir cáncer, pero no tanto como
intuitivamente creemos: la exposición a altos niveles de radiación tras las explosiones
de Hiroshima y Nagasaki provocó que solo 600 de cada 100 000 expuestos a ella
murieran de cáncer.

La megainnovación y sus consecuencias


Según explica David Christian, profesor del Departamento de Historia en la San
Diego State University[195], «las megainnovaciones más relevantes son aquellas que
contribuyen a liberar flujos de energía». En ese sentido, una de las primeras
megainnovaciones fue la agricultura, que proporcionó excedente de energía en forma
de calorías. La población creció; la demanda de energía, también.
Alrededor del año 1800, empezó a pensarse que ya se estaban explotando todos
los suelos productivos. Según nos recuerda Alfred Crosby, profesor emérito de
historia, geografía y estudios americanos de la Universidad de Texas, «la humanidad
había alcanzado el techo de la capacidad de aprovechamiento de la energía
solar»[196].
La siguiente megainnovación fueron los combustibles fósiles, una antiquísima
energía encerrada durante cientos de millones de años en los filones y yacimientos de
carbón, petróleo y gas. En 1750, el carbón de Inglaterra y Gales ya proporcionaba la
energía equivalente a la generada por cuatro millones de hectáreas de bosques. En
1830, las máquinas de vapor alimentadas por carbón tomaron la delantera porque
extraían más energía incluso que el carbón: 150 % más que la que podía obtenerse de
todos los bosques de Inglaterra y Gales.

Página 158
«EN 1750, EL CARBÓN DE INGLATERRA Y GALES YA PROPORCIONABA LA ENERGÍA
EQUIVALENTE A LA GENERADA POR CUATRO MILLONES DE HECTÁREAS DE BOSQUES»

La escala de Kardashov

En aras de medir el grado de evolución tecnológica de una civilización, la


escala de Kardashov, propuesta en 1964 por el astrofísico ruso Nikolái
Kardashov, contempla la cantidad de energía que una civilización es capaz
de utilizar de su entorno. Al menos es una forma de medición más objetiva
que contemplar si la civilización tiene Netflix. Según esta escala, hay tres
niveles de civilización:

Tipo I
Ha logrado el dominio de los recursos de su planeta de origen.

Tipo II
Ha logrado el dominio de los recursos de su sistema planetario.

Tipo III
Ha logrado el dominio de los recursos de su galaxia.

Según el físico teórico Michio Kaku, la civilización humana tendría


actualmente un valor de 0,73 en dicha escala, con cálculos que sugieren que
podríamos alcanzar el estado Tipo I en uno o dos siglos. Es decir, que como
civilización, a pesar de todo, todavía no somos gran cosa porque somos de
Tipo 0.

Estos saltos de megainnovación a megainnovación nos enseñan una importante


lección: todas las energías tienen sus ventajas y, poco a poco, producen sus
inconvenientes. Cuando los inconvenientes empiezan a ser insostenibles, entonces
existen grandes incentivos para buscar nuevas fuentes de energía que los solucionen.
Así pues, los actuales reactores nucleares no son la panacea, sino un tránsito más
entre una fuente de energía y otra. No sabemos cuál será la próxima megainnovación
que nos permitirá obtener más energía reduciendo los efectos secundarios adversos,
pero ya hay varios proyectos en marcha. Es el caso del desarrollo de reactores de
fusión (los actuales son de fisión, es decir, que generan desperdicios nucleares, pero
los de fusión serían limpios, imitando el funcionamiento de las estrellas como nuestro

Página 159
sol) o fuentes de energía renovables cada vez más eficientes, como los procedentes de
la energía fotovoltaica.
El camino hacia la energía eficiente todavía es largo, pero cada vez nos dirigimos
más velozmente hacia ese escenario. Un reactor nuclear actual, aunque es todo un
logro técnico y científico, apenas puede extraer el 0,08 % de la energía cuando
dividimos átomos por medio de la fisión. Con todo, así es como hemos logrado sacar
la misma energía de 18 gramos de uranio (un trozo del tamaño de un garbanzo) que
de 37 800 litros de gasolina.
Y es que quemar gasolina es tan ineficiente que apenas obtenemos el
0,00000005 % (5×10−8) de la proporción útil del total de energía liberada. Quemar
carbón es todavía menos eficiente: 0,00000003 % (3×10−8).
Incluso el sol, en cuyas entrañas tiene lugar un proceso de fusión del hidrógeno
para producir helio, solo extrae el 0,7 % de este proceso. Es un orden de magnitud
más que un reactor nuclear humano, pero todavía dista de ser eficiente, tal y como
calcula el cosmólogo sueco-estadounidense Max Tegmark, profesor en el Instituto
Tecnológico de Massachusetts, en su libro Vida 3.0. Tegmark también teoriza que en
un futuro próximo desarrollaremos tecnologías que ahora se nos antojan de ciencia
ficción que incluso superarán al mismo sol en eficiencia, pues ya hemos logrado
superar incluso procesos naturales como la digestión de un caramelo por parte de
nuestro estómago, que apenas alcanza el 0,00000001 % (10−8): «Si nuestro estómago
tuviese siquiera una eficiencia del 0,001 % (10−3), entonces nos bastaría con comer
una sola comida en lo que nos queda de vida»[197].
Eso es lo que intenta hacer la tecnología: sacar más por menos, originando menos
residuos en el proceso.

¡Peligro real: partículas finas!

Sentémonos delante de nuestra chimenea, en nuestra confortable sala de estar.


Mientras leemos un libro, los troncos de madera crepitan y chasquean, componiendo
una banda sonora de fondo que todo el mundo asocia con la paz, la tranquilidad y lo
bueno de las cosas sencillas. Sin embargo, estamos pasando por alto dos cosas:

1. Ahora somos miles de millones de personas en el mundo, así que no hay


madera suficiente para calentarnos a todos.
2. La más importante: quemar madera es infinitamente más contaminante y
perjudicial para la salud humana que la energía nuclear.

Respirar el aire perfumado de la madera quemada puede transmitir cierta aureola


romántica, pero en realidad es algo similar a fumar un cigarro u oler el humo del tubo

Página 160
de escape de un coche. La madera, por parecer «natural», arrastra connotaciones
positivas (como los pesticidas arrastran connotaciones negativas, aunque ingerimos
10 000 veces más pesticidas naturales que fabricados por el ser humano, como el
estragol de la albahaca, las hidrazinas de los hongos, las aflatoxinas de los cacahuetes
o el arsénico de las manzanas)[198]. Sin embargo, a pesar de que el árbol sea el icono
de la naturaleza prístina e intocada, en verdad no existe cantidad segura de humo de
madera que respirar para nuestros pulmones. Ni siquiera si hablamos de la chimenea
de casa o un fuego en el bosque alrededor del cual se sientan los boy scout para
contar historias de terror. El humo de la madera quemada tiene cientos de compuestos
cancerígenos, mutagénicos, teratogénicos o simplemente tóxicos.
Por esa razón, los niños que viven en hogares con chimeneas tienen mayor
probabilidad de desarrollar asma, tos, bronquitis, problemas de sueño y trastornos
respiratorios. Es más, la inhalación de humo de leña (por muy poco que sea) afecta al
sistema inmune pulmonar aumentando la probabilidad de resfriados, gripes y otras
afecciones respiratorias.
Eso no significa que debamos tenerle miedo a nuestra chimenea: es improbable
que nos mate. Pero, hasta hace poco, la humanidad cocinaba y se calentaba con leña,
y eso fue el origen de un gran porcentaje de enfermedades y muertes. En el caso de
que tuviéramos madera para todos los humanos que pueblan ahora el mundo, usarla
sería, indefectiblemente, un atentado para el medioambiente y la salud humana.
Greenpeace debería desfilar en una gran manifestación con pancartas que rezaran:
«¡Madera, no!». ¿Cuántas chapas o pegatinas existen en el mundo donde podamos
leer: «No enciendas tu chimenea»?
Y no es lo único en lo que los ecologistas románticos o posmodernos no han
reparado. Parafraseando al físico H.W. Lewis, el problema del plomo en la pintura
vieja y las cañerías antiguas causa mucho más daño que las centrales nucleares, pero
¿dónde está el activismo político en su contra?
Es cierto que la energía nuclear, en caso de una cascada de errores monumental (y
altamente improbable) podría hacer más daño puntual a la vida en la Tierra, pero si
prescindimos de esa fuente de energía y pretendemos vivir de las fuentes actuales, el
daño sostenido acabará siendo mayor. Es un riesgo que debemos asumir porque no
hay otra alternativa. Nuestra preocupación y temor no debería ser que adoptemos la
energía nuclear, sino que no lo hagamos con las suficientes garantías y regulaciones.
Nuestra inquietud debería residir en que no se estuviera invirtiendo lo suficiente en el
desarrollo de mejor tecnología nuclear a fin de evitar regresar a la Edad Media.
En la Edad Media, o en cualquier otra época pretérita, no había menos
contaminación atmosférica porque se usaran fuentes de energía más limpia, sino
porque, incluso usándose fuentes de energía sucísima, nunca hubo suficientes seres
humanos en el mundo como para que ello representara un problema global.
Pero eso ha dejado de ser así porque somos miles de millones de personas. Y cada
vez somos más.

Página 161
Según la OMS, en todo el mundo fallecen anualmente más de 7 millones de
personas debido a la polución atmosférica[199]. Es la cuarta causa de muerte en el
mundo. Solo en Estados Unidos mata alrededor de 100 000 personas al año, más que
la suma de todas las víctimas de accidentes de tráfico y homicidios (las minorías
étnicas y raciales, además, son las más afectadas en gran parte debido a las áreas
geográficas en las que viven).

«SEGÚN LA OMS, EN TODO EL MUNDO FALLECEN ANUALMENTE MÁS DE 6,5


MILLONES DE PERSONAS DEBIDO A LA POLUCIÓN ATMOSFÉRICA»

En España, la contaminación del aire produce 20 veces más muertes que el


número de víctimas en los accidentes de carretera: alrededor de 30 000. En el ranking
de la UE-28, España aparece en el sexto lugar, solo superada por Italia (76 200
muertes prematuras), Alemania (73 900), Polonia (45 700), Gran Bretaña (44 130) y
Francia (42 100).
Las principales responsables de estas muertes son las llamadas partículas en
suspensión de 2,5 micras (2,5×10−3 mm) de diámetro (PM2,5), que penetran
fácilmente en el aparato respiratorio. Para hacernos una idea de su tamaño, estas
partículas son aproximadamente 25 veces más pequeñas que el ancho de un cabello
humano.
Cualquier partícula de tamaño menor a 10 micras (10×10−3 mm) de diámetro se
cuela en los pulmones y, tras una larga exposición de partículas de menos de 2,5
micras, puede haber problemas cardiorrespiratorios y accidentes cardiovasculares.
Las partículas ultrafinas son capaces de causar más problemas que las partículas más
grandes y pueden comportar riesgo de morir por enfermedad isquémica del corazón o
arritmia letal, pues pasan fácilmente del aire inspirado hasta la sangre.
Estas partículas las originan el tráfico rodado, los incendios forestales, las
erupciones volcánicas o las fábricas, entre otros.
Por si fuera poco, según un estudio dirigido por investigadores de CREAL que ha
sido publicado en la revista Environmental Health Perspectives, las fuentes de
partículas finas debidas a la contaminación atmosférica tienen efectos negativos sobre
la cognición humana, reduciendo la capacidad del aprendizaje. En el estudio se siguió
a un grupo de 2618 niños de 39 escuelas de Barcelona con una edad media de 8,5
años, llegándose a la conclusión de que el tráfico es la única fuente de partículas finas
que se asocia con una reducción en el desarrollo cognitivo.
Las partículas ultrafinas (UFP) son aquellas partículas más pequeñas que por
definición tienen un diámetro inferior a los 100 nanómetros (100×10−6 mm).
Contrariamente a aquellas partículas definidas por diámetros mayores, como las
PM2,5 y las PM10, las UFP no están reguladas y, por lo tanto, no existe un umbral
que las administraciones deban cumplir. No obstante, hay varios estudios que

Página 162
sugieren que las UFP podrían afectar a la salud en un mayor grado que las PM2,5 y
las PM10.
En un estudio[200] publicado en Environment International por parte de
investigadores del King's College de Londres se han medido, por primera vez,
partículas ultrafinas (UFP) en ciudades europeas, detectándose emisiones de los
aeropuertos. Las ciudades analizadas fueron Barcelona, Helsinki, Londres y Zurich
durante un período comprendido de 2007 a 2017. Londres tuvo la mayor
concentración de UFP en comparación con otras ciudades.
Las mayores concentraciones de partículas se midieron cuando el viento soplaba
desde el aeropuerto en todas las ciudades, lo que sugiere que el aeropuerto es un
importante foco de estas partículas. Las emisiones de tráfico han sido las que más
contribuyeron en las cuatro ciudades, desde el 71 % al 94 %. Los próximos pasos en
esta investigación, pues, pasan por evaluar los efectos de las diferentes fuentes de
partículas ultrafinas sobre la mortalidad y los ingresos hospitalarios.
Por consiguiente, si las PM2,5 y demás partículas también son invisibles al ojo
humano, como la radiactividad, generan menos alarma a pesar de que producen más
daños. ¿Para cuándo la camiseta con el siguiente estampado en la pechera: «No a las
PM2,5»?
A diferencia de la generación basada en carbón o petróleo, la generación nuclear
no produce directamente nada de dióxido de azufre, óxidos nitrosos o mercurio (la
polución generada por el uso de combustibles fósiles es culpada de cerca de 24 000
muertes cada año solo en Estados Unidos). Los partidarios de la energía nuclear
argumentan que los problemas de los desechos nucleares ni siquiera llegan a
aproximarse a los problemas generados por los desechos del combustible fósil.
Eso no significa que la energía nuclear sea la panacea, porque también entraña
riesgos. Sin embargo, no podemos prescindir de ella sin causar, por el momento,
pobreza y muerte. Al menos eso debería quedar reflejado en el debate político y no
arrinconarse como un tema tabú. O como planteaba irónicamente Ian Crofton en su
libro Historia de la ciencia sin los trozos aburridos: «Una central de energía nuclear
es infinitamente más segura que comer, porque cada año trescientas personas se
asfixian y mueren mientras comen»[201].

Tus nuevos aforismos


Vivir junto a una central nuclear te produce menor dosis radiactiva que
comer un plátano.
Mata más el miedo a la radiactividad que la radiactividad.
No se puede ser ecologista si no apoyas la energía nuclear.
Nucleares, sí, gracias.
¡No a las PM2,5!

Página 163
Página 164
RADIACIONES NO IONIZADAS

El 40 % de los que nos preocupa jamás ocurrirá; el 30 % es pasado,


por lo que las preocupaciones no lo podrán cambiar; el 12 % son
preocupaciones innecesarias sobre nuestra salud; y el 10 % son
pequeñas e inconexas. Con estos datos, apenas nos queda un 8 % de
preocupaciones legítimas a las que debemos prestar atención. Menos
de una de cada diez.
EARL NIGHTINGALE,
The Essence of Success

Página 165
U
na ciudadana británica de 70 años llamada Rosi Gladwell se autodiagnosticó
de hipersensibilidad a la radiación electromagnética, y por ello duerme en un
saco antiradiación de 500 dólares. En él llega a pasar hasta 30 horas seguidas.
Actualmente vive en Polopos, en la provincia de Granada. Ahora, afirma temer que la
llegada del 5G la mate definitivamente. El saco en el que duerme está forrado de
cobre y plata, ya que asegura que las ondas electromagnéticas la dejan sin respiración
y profundamente débil, como le ocurría a Superman con la kryptonita.
Esta «hipersensibilidad electromagnética» ni siquiera está conceptuada como una
enfermedad, y la OMS la detalla como una «intolerancia ambiental idiopática con
atribución a campos electromagnéticos». En realidad, las ondas electromagnéticas no
ionizantes no afectan de ninguna forma a la salud: no pueden arrancar electrones de
nuestras células ni dañar nuestro ADN como sí lo hace la radiación ionizante (los
rayos gamma y los rayos X).
Físicamente, pues, no hay razón que pueda explicar un posible daño de
exposición a un teléfono móvil, una antena de telefonía móvil y, ni siquiera, al wifi
5G. Estamos, a todas luces, ante un bulo.
Si realmente este tipo de radiación fuera nociva a través de un principio físico
desconocido hasta la fecha, habría un repunte de tumores y cánceres debido a que
estamos expuestos continuamente a estas radiaciones por todas partes desde hace más
de un siglo (bombillas, radio, televisión, móviles). Varias revisiones sistemáticas[202],
por ejemplo, no han encontrado ninguna relación causal entre el uso de móviles y la
incidencia de cánceres en la cabeza en adultos. Los movimientos ecologistas y otros
activistas afines, sin embargo, aluden siempre a las mismas colecciones de estudios
(muy pocos y generalmente con fallos metodológicos o solo realizados en animales)
para refrendar sus posturas, incurriendo en lo que se denomina «falacia de prueba
incompleta», esto es, la supresión de pruebas que no encajan con sus prejuicios. Esta
práctica, en inglés, tiene el nombre de cherry pickingg, literalmente ‘recolectar
cerezas’: seleccionar lo mejor de algo. Una práctica muy, digamos, conveniente a
nivel agropecuario, pero científicamente improcedente.

La conspiración del 5G
En pocas palabras, la radiación es el fenómeno de transportar energía en el vacío o un
medio material recurriendo a partículas u ondas electromagnéticas. En función de
cómo la radiación interacciona con la materia que le sale al paso, podemos distinguir
dos tipos: ionizante y no ionizante.
La primera puede llegar a romper los enlaces químicos del tejido vivo con el que
interacciona. La segunda, por el contrario, no tiene la suficiente energía para hacerlo.

Página 166
La mayor parte de la radiación que nos rodea es no ionizante, desde las señales de
radio y televisión hasta la luz visible. También lo es la radiación de los teléfonos
móviles, así como las antenas de telefonía.

«LA MAYOR PARTE DE LA RADIACIÓN QUE NOS RODEA ES NO IONIZANTE, DESDE LAS
SEÑALES DE RADIO Y TELEVISIÓN HASTA LA LUZ VISIBLE»

A pesar de lo dicho, que es la ciencia establecida hasta el momento presente, la


ideología política y el activismo se han infiltrado en estos conceptos y los han
pervertido. Buena prueba de ello es la octavilla de una charla informativa celebrada
en la Facultad de Económicas de La Laguna, Tenerife, que reza: «Los peligros de la
nueva tecnología 5G y su fatal impacto sobre el medio ambiente. #STOP_5G». En la
charla se trataron temas como: origen e implementación de esta tecnología, cómo
afecta a la salud pública y a los ecosistemas, la importancia de detenerla para salvar
la vida en el planeta y qué acciones podemos y debemos tomar.
La charla forma parte de una de tantas iniciativas llevadas a cabo el 25 enero de
2020, alrededor del primer Día Mundial de Protesta contra el 5G, con más de 200
actos en 32 países (en el Estado Español: Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria,
Murcia, Granada, Madrid, Segovia, Talavera de la Reina, Pamplona, Zaragoza y
Barcelona). Lo que exige el movimiento Stop 5G es detener la implantación de esta
tecnología hasta que se asegure que no es perjudicial para la salud de las personas y
de otros seres vivos. Según la Declaración científica Internacional de Bruselas sobre
Electrohipersensibilidad y Sensibilidad Química Múltiple, firmada por representantes
de organizaciones medioambientales y otros, de 204 países, se recuerda que:

La implantación del 5G incrementará masivamente la exposición a la


radiación de radiofrecuencia (RE) de las telecomunicaciones
acumulándose a la ya existente con las actuales redes 2G, 3G y 4G.
La radiación de radiofrecuencias ha demostrado ser perjudicial para
los seres humanos y el medio ambiente. El despliegue del 5G
constituye un experimento sobre la humanidad y el medio ambiente
que bajo el prisma del derecho internacional puede definirse como un
crimen contra la humanidad.

También algunos gobiernos autonómicos se han adherido al principio de precaución.


Recientemente, el Ayuntamiento de Barcelona publicó un artículo en el que se
detallaba que la tecnología 5G no es inocua y pedía sumarse al movimiento Stop 5G
y a una moratoria para el despliegue de esta tecnología. Las «personas
electrosensibles» serían identificadas como las más perjudicadas. Una supuesta
dolencia (inventada) que hasta Pablo Iglesias, secretario general del partido Podemos

Página 167
desde 2014, intentó que fuese reconocida en el Parlamento Europeo durante su breve
etapa como eurodiputado.
Incluso hay organizaciones que empiezan a sabotear antenas de telefonía porque
están convencidas de que las redes 5G actúan como una suerte de catalizador, que
amplifica y vuelve más letal al patógeno del SARS-CoV-2. Sostienen, de hecho, que
las ciudades del mundo que cuentan con un mayor despliegue de tecnología 5G son
aquellas en las que la pandemia de la COVID-19 ha tenido un mayor impacto.
El movimiento Stop 5G está liderado por Arthur Firstemberg, uno de los
principales impulsores de la electrosensibilidad y otras pseudoenfermedades
inventadas relacionadas con el electromagnetismo. Uno de sus consejos estrella es:
«apaga el wifi y el móvil mientras duermes».
Estas proclamas anticientíficas tienen éxito entre la población, incluso la más
formada, porque, en efecto, puede que algunas personas enfermen. Sin embargo,
resulta mucho más fácil saber que uno ha enfermado que identificar la razón de su
enfermedad. Aquí tiene lugar el llamado efecto nocebo, que es el lado oscuro del
efecto placebo. Si el efecto placebo tiene lugar cuando el organismo de una persona
ofrece una respuesta positiva a un fármaco sin ningún principio activo (una simple
píldora de azúcar), como si realmente fuera un medicamento con principio activo (por
ejemplo para reducir los vómitos o aliviar la migraña), el efecto nocebo haría justo lo
contrario: la tendencia de las personas a sentirse mal cuando piensan que han sido
expuestos a algo peligroso. No importa que una antena de telefonía no suponga un
riesgo objetivo para la salud: basta con que la persona crea muy intensamente que así
es para que, finalmente, sienta molestias.
Es similar a la sensación de picor que sentimos en el cuero cabelludo
simplemente cuando nos hablan de los piojos. O que los estudiantes de medicina
somaticen muchas enfermedades sobre las que están leyendo, identificando muchos
de sus síntomas en uno mismo y alimentado al hipocondríaco que todos llevamos
dentro.
La electrosensibilidad, pues, sería una manifestación crónica del nocebo en
convivencia con algún trastorno de ansiedad.
Por consiguiente, es el miedo a las propias ondas no ionizantes lo único que
produce daño en las personas, no las ondas no ionizantes en sí mismas.

«ES EL MIEDO A LAS PROPIAS ONDAS NO IONIZANTES LO ÚNICO QUE PRODUCE DAÑO
EN LAS PERSONAS, NO LAS ONDAS NO IONIZANTES EN SÍ MISMAS»

El 5G solo es la gota que ha colmado el vaso de la preocupación por las


radiaciones que emiten determinados aparatos electrónicos, pero ha existido siempre.
Una histeria semejante a la que apareció en algunas poblaciones cuando surgieron
tecnologías como la bombilla o la electricidad en los hogares, tal y como denuncia el

Página 168
divulgador científico Mauricio-José Schwarz en La izquierda feng-shui: cuando la
ciencia y la razón dejaron de ser progres, en clara alusión a cómo determinado sector
ideológico es el que más ha alimentado estos miedos infundados. Así, por ejemplo,
relata cómo el 8 de abril de 2009, la agrupación de Izquierda Unida (IU) en
Benavente (Zamora) denunciaba la ubicación de una antena de telefonía base por
estar cerca de viviendas, o que el 28 de marzo de 2011, el grupo parlamentario de IU,
ERC e ICV presentaba una «Proposición no de Ley sobre Protección de la salud
frente a la exposición a campos electromagnéticos». También proponía sustituir el
wifi por conexiones de cables porque eran «más seguras sanitariamente». La
formación ecologista Equo (fundada en 2011 e integrada en el Partido Verde
Europeo) también está en contra del uso del wifi:

El uso de la palabra radiación ayuda a generar el temor entre la


ciudadanía, sobre todo cuando no se le informa de que se trata de
radiación electromagnética, la que se utiliza en la radio. Porque tanto
la telefonía móvil y el wifi como una pequeña radio o transistor
funcionan en las mismas frecuencias de onda.

Como recuerda Schwarz, en 1988, solo en Estados Unidos, había más de dos
millones de usuarios de telefonía móvil. En 2014, ya había más teléfonos móviles que
estadounidenses: más de trescientos millones. A pesar de todo, los distintos tipos de
cáncer cerebral «siguen manteniendo una incidencia de seis casos por cada cien mil
habitantes, independientemente del número de personas que utilizan teléfonos
móviles y de si lo hacen poco o mucho»[203].
Este miedo parece brotar con mayor o menor virulencia cada vez que aparece un
nuevo aparato electrónico que el ciudadano medio no comprende en profundidad. En
la década de 1980, por ejemplo, ocurrió con el uso del horno microondas. Ya en 1947
había salido al mercado el primer horno comercial de microondas, si bien las
primeras unidades eran ciertamente aparatosas: 1,60 metros de altura y 80 kilogramos
de masa a un precio de 5000 dólares. En 1971, menos del 1 % de los hogares
estadounidenses tenían microondas. En 1978 la cifra ascendió al 13 %, llegando al
25 % en 1986. Al ser todavía un electrodoméstico minoritario, muchas personas
preferían comerse el plato frío antes que calentarlo a través de unas ondas invisibles.
Pero la radiación electromagnética emitida por un horno microondas (de frecuencia
típica de 2450 MHz) no tiene energía suficiente para extraer electrones de los átomos
y alterar su composición. El único riesgo asociado a un horno microondas es el de
introducir partes del cuerpo en su interior, lo que produciría quemaduras tales como
las que observamos al cocinar cualquier otro alimento.
Todos los miedos a los aparatos electrónicos, pues, parece que reúnen tres
características comunes:

1. No puedo detectarlo: el riesgo es invisible (ondas, radiación, etc.).

Página 169
2. No puedo entenderlo: comprender en profundidad la física de las ondas de
radiación electromagnética, así como otros principios de la biología o la
toxicología, requiere de una larga instrucción de la que carece la mayoría de
la población. Eso explicaría, a su vez, que determinadas formaciones políticas
que cuentan con sus propios asesores decidan embarcarse en campañas
pseudocientíficas no porque sean ignorantes, sino porque reciben más apoyos
de su principal caladero de voto.
3. No es natural: todo lo que es artificial suele suscitar más temor que lo natural,
aunque en la práctica no debería ser así: por ejemplo, hay más de 100 plantas
mortales, entre las que podemos encontrar estricnina, cicuta, belladona o
mandrágora. De aquí nacen otros movimientos como los antivacunas y los
escépticos de los organismos genéticamente modificados y de cualquier otra
manifestación quimiofóbica. Pero, de hecho, la diferencia entre natural y
químico es difusa, tal y como explica el bioquímico José Miguel Mulet[204]:
«La palabra natural solo hace referencia al origen del producto; nos dice que
viene de la naturaleza, pero no que sea mejor ni peor». Una berenjena, por
ejemplo, contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo light. Y un tomate
tiene genes. Algunas personas se preocupan por los ingredientes catalogados
con «números E» (por ejemplo, glutamato monosódico, que es E621), pero un
plátano 100 % natural, sin incluir pesticidas, fertilizantes ni insecticidas,
también incorpora su equivalente.

Irónicamente, si diéramos por ciertas las ideas de los que están en contra del 5G,
precisamente ellos son los que deberían abrazar esta tecnología con más entusiasmo.
Porque aumentar el número de antenas emitiendo a menor potencia como se propone
con el 5G, minimizaría la supuesta radiación maligna, algo que es posible porque es
más eficiente que el 4G.

La planta medicinal china que produce más cáncer


que la radiación solar

Según un estudio[205] publicado en la revista Science Translational Medicine


por parte de un grupo de investigadores internacionales, una planta medicinal
muy frecuente en la medicina tradicional china contiene un compuesto que
causa más mutaciones genéticas y tumores que el tabaco o la radiación solar.
Hasta el punto de que, según uno de los investigadores involucrados, Bin
Teah Teh, «esto lo convierte en el mayor agente genotóxico descubierto hasta
la fecha».
El compuesto de marras es el ácido aristolóquico, presente en las plantas
del género Aristolochia, y produce daños en el ADN, así como cáncer renal y
hepático.

Página 170
El extracto de esta planta se usaba en el ámbito de la medicina tradicional
china para combatir la artritis, la gota y ciertas inflamaciones. Estudios más
recientes en Taiwán, donde el uso de remedios medicinales que contienen
Aristolochia está muy extendido, apuntaron al aumento de los cánceres del
tracto urinario superior y enfermedades renales en el país por el uso de esta
sustancia.

En conclusión, hay miles de elementos que interactúan con nuestro organismo. Por
ejemplo, la luz visible, como la que emite una bombilla. Las microondas no dejan de
ser luz, también, salvo que no es visible para el ojo humano. Los fotones que
conforman la luz visible y las microondas son los mismos, salvo que los de las
microondas son muchos menos energéticos y pueden atravesar objetos como una
pared. Por eso mirar directamente una luz muy fuerte nos puede dejar ciegos, pero no
ocurre lo mismo con las microondas.

Incluso podemos afirmar que es más peligroso para la salud dormir junto a uno
mismo que al lado de un teléfono móvil, porque, cada minuto, por cada gramo de
carbono de tu cuerpo, se cuentan unos doce átomos de carbono-14 emitiendo
radiación ionizante. Es decir, que de promedio, en tu cuerpo se producen unas tres
mil emisiones radiactivas cada segundo. Una radiactividad capaz de romper tus
átomos y causar mutaciones. A los átomos de carbono-14, por si fuera poco,

Página 171
deberíamos sumar mil átomos de potasio-40, también radiactivos. Hablando en el
lenguaje de la estadística: hay una probabilidad de seis cada millón de que tu cuerpo
se produzca, a sí mismo, un cáncer (para un período de cincuenta años, esto significa
que en Europa, con 740 millones de habitantes, unas 4400 personas tendrán cáncer
inducido por su propio cuerpo). Por lo que sabemos hasta ahora, la probabilidad de
que la radiación no ionizante de tu móvil rompa algo en tu organismo es 0. Tu propio
cuerpo es mucho más cancerígeno que tu móvil[206].

«TU PROPIO CUERPO ES MUCHO MÁS CANCERÍGENO QUE TU MÓVIL»

El oxígeno mismo interactúa también con nuestro organismo, oxidándolo. Si


nuestro organismo no tuviera mecanismos de defensa contra los efectos adversos del
oxígeno, moriríamos. También nos defendemos de las ondas electromagnéticas.
Si tenemos miedo al wifi o a las microondas, por esa misma lógica deberíamos
tenerle miedo al oxígeno o a la luz de una bombilla. Y, después de todo, hay que
comparar los riesgos y los beneficios de adoptar una tecnología o prescindir de ella
teniendo en cuenta todos los factores, como bien advierte el químico y divulgador
científico italiano Luigi Garlaschelli:

Queremos viajar rápidos y seguros, pero no se desean autopistas que


estropeen el paisaje; queremos bienes de consumo, pero no vertederos
ni incineradoras; no queremos lo nuclear, considerado peligroso, pero
tampoco los pantanos para producir energía eléctrica; queremos
energías alternativas, pero no se aceptan paneles solares o energía
eólica; queremos mucha comida, pero no fertilizantes, antiparasitarios
ni conservantes; queremos fármacos, pero no aceptamos la
experimentación con animales. Por desgracia, no existen beneficios
sin contraindicaciones[207].

Naturalmente, siempre habrá gente que reporte molestias, dolor de cabeza o incluso
náuseas cuando sepa que un wifi está funcionando a toda potencia. Todo ello es fruto
de la enfermedad social y la paranoia, no del wifi. Al igual que probablemente otro
tipo de gente se mostrará irascible si el wifi se ha estropeado y ello le impide tuitear.

¡Peligro real: el Sol!

Al igual que la Naturaleza (incluso en mayúscula) no es armónica ni persigue


fines buenos, sino que más bien es un sistema semicaótico fascista (solo sobreviven

Página 172
los más adaptados) que tiende a la autodestrucción (la Tierra ya ha experimentado
cinco extinciones masivas), el cuerpo humano tampoco es una máquina
perfectamente engrasada: es un puñado de células, tejidos y patrones de pensamiento
que pueden llegar a actuar en su provecho incluso si ello supone la destrucción del
propio cuerpo, como escribe la bióloga y doctora en Inmunología celular Barbara
Ehrenreich[208].
Para ejemplificar cómo el sistema inmune no es netamente bueno y puede
desencadenar la destrucción del propo organismo, Ehrenreich alude a la células
macrófagas, que pueden ayudar a las células cancerosas a diseminarse y establecer
nuevos tumores por todo el cuerpo: «Porque, a fin de cuentas, ¿qué es el cáncer sino
una rebelión celular contra el organismo en su totalidad?».
De hecho, todos tenemos cáncer. Una célula cancerosa solo es una célula
estropeada, y eso sucede al poco de nacer. El diagnóstico llega cuando acumulamos
muchas células estropeadas. Estos errores tienen lugar, por ejemplo, cuando las
células se dividen y multiplican, lo cual están haciendo continuamente: «los humanos
padecen como media un tumor maligno por cada 100 000 billones de divisiones
celulares»[209]. Tal y como explico en Eso no estaba en mi libro de genética, cada
estropicio tiene su propia naturaleza y por tanto es difícil arreglarlo de forma global,
sin contar que los tratamientos como la quimioterapia o la radioterapia pueden
ocasionar incluso más mutaciones: «En suma, la definición gráfica de matar moscas a
cañonazos (cuando ya hay millones de moscas de diferentes especies revoloteando
por todos lados)»[210].
Otros cánceres son fruto del estilo de vida, o de agresiones externas. Muchas de
ellas procedentes de la propia naturaleza. Incluso de radiaciones tan «naturales»
como las que proyecta el propio astro rey.
Para que uno de estos factores sea capaz de originar un cáncer, debe producir
entre cuatro y seis mutaciones en las células. Algunos estudios han ampliado este
rango de uno a diez. No se sabe con seguridad por qué nuestro sistema inmunitario es
bastante eficiente a la hora de capturar y matar las células cancerosas, por eso
seguimos adelante aunque diariamente, de promedio, entre una y cinco células de
nuestro cuerpo se vuelvan cancerosas. Por esa razón, si bien el cáncer es una de las
principales causas de mortalidad, no constituye un suceso común en la vida.
En ese sentido, el Sol es un gran generador de mutaciones de nuestro ADN.
Como si fuera un gigantesco wifi 5G del tamaño de un mundo, así como un horno
microondas del mismo tamaño, y de paso una central nuclear, todo junto,
bombardeándonos a la vez en un día de playa marbellí.

¿Cómo saber si una sustancia produce cáncer?

Página 173
Para evaluar si un agente externo es cancerígeno, el Centro Internacional de
Investigaciones sobre el Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) somete a
escrutinio experimentos y revisiones de la literatura científica al respecto de
ese agente. En función de los resultados, introduce el agente en una lista que
se divide en grupos, del 1 al 4, y subdividiendo el grupo dos en A y B.
Básicamente, cada grupo puede definirse como Grupo 1 (cancerígeno),
Grupo 2A (probablemente cancerígeno), Grupo 2B (posiblemente
cancerígeno), Grupo 3 (no se clasifica), Grupo 4 (probablemente no
cancerígeno).
En el Grupo 1, es decir, los agentes para los que tenemos evidencia
científica de que producen cáncer, hay un total de 107 agentes. Los rayos
ultravioleta del sol es uno de ellos.

En España, hay unos 4000 casos de melanoma al año y más de 74 000 de cáncer de
piel no melanoma. Son cifras que se han duplicado en los últimos 30 años. En 2016,
fallecieron por esta causa 959 personas. En la mayoría de los casos, el cáncer de piel
está causado por una exposición solar excesiva. Pero España, Grecia y Portugal
tienen las tasas de mortalidad más bajas de Europa: tenemos una radiación
ultravioleta más alta, pero también un fototipo (capacidad de la piel para asimilar
radiación solar) mucho más elevado. Alemania, por ejemplo, registró 2926 víctimas
de cáncer de piel en 2016. Reino Unido, 2290. Sus fototipos son menos capaces de
asimilar la radiación, lo que quiere decir que hay más personas de fototipo 1: piel
muy pálida, generalmente pelirrojos, con una piel que casi siempre se quema y
apenas se broncea.
En la actualidad, los cálculos de la Sociedad Americana Contra El Cáncer para
este cáncer en los Estados Unidos son:

Se diagnosticarán aproximadamente 106 110 nuevos casos de melanoma


(alrededor de 62 260 en hombres y 43 850 en mujeres).
Se calcula que morirán aproximadamente 7180 personas (4600 hombres y
2580 mujeres) a causa de melanoma[211].

El cáncer de piel es, por mucho, el más común entre todos los tipos de cáncer. El
melanoma conforma solo el 1 % de los casos de cáncer de piel, pero causa la gran
mayoría de las muertes por este tipo de cáncer. El melanoma fue el motivo de 41 000
muertes en todo el mundo en el año 2002 (el 0,6 % de las muertes por cáncer).
Aproximadamente, el 66 % en países desarrollados. El cáncer es una de las causas
principales de muerte alrededor del mundo. En 2012, hubo 14,1 millones de casos
nuevos y 8,2 muertes relacionadas con el cáncer.

Página 174
La frecuencia del melanoma es más de 20 veces mayor en los blancos que en los
estadounidenses de la raza negra. En general, el riesgo de padecer melanoma en el
transcurso de la vida es de aproximadamente 2,6 % para los blancos, 0,1 % para los
negros y 0,6 % para los hispanos. El riesgo de padecer melanoma aumenta a medida
que las personas envejecen.
El sol es tan peligroso que incluso explica la razón de que en Estados Unidos
haya más casos de melanomas en el brazo izquierdo y, en Australia, en el brazo
derecho. Esto sucede porque al conducir un coche solemos apoyar el brazo en la
ventanilla, lo que puede aumentar la probabilidad de padecer cáncer, tanto melanoma
como carcinoma de células Merkel (un tumor de la piel poco frecuente pero muy
agresivo). Es lo que sugiere un estudio realizado por la Universidad de Washington
(EE. UU.) y publicado en Journal of the American Academy of Dermatology. Al
parecer, tras examinar una base de datos federal de enfermos de cáncer, descubrieron
que estos tipos de cáncer tienen mayor incidencia en el brazo izquierdo, que es el
brazo que apoyamos en la ventanilla. Por esa razón, donde se conduce por el lado
contrario, como Australia, la incidencia de estos tipos de cáncer es mayor en el brazo
derecho que en el izquierdo.
La mejor forma de prevenirlo es evitando el sol en las horas centrales del día, o,
en cualquier caso, proteger la piel con protector solar. O viajar alternativamente a
Estados Unidos y Australia.
Parte del problema de la alta incidencia de cáncer de la población, además de su
denodada afición por broncearse, procede del debilitamiento de la capa de ozono de
la Tierra, nuestro parasol natural. En aras de recuperarla, en 1987 se puso en marcha
el Protocolo de Montreal, cuyo propósito ha sido reducir la producción y consumo de
sustancias que reducen el ozono. Para el año 2050 se espera que la capa de ozono
haya recuperado su nivel inicial sobre la mayor parte del globo, mejorando las
expectativas hasta reducir de 1 a 3 millones de fallecimientos por cáncer de piel hasta
2060.
A su vez, paradójicamente, no tomar el sol en absoluto también es nocivo. Según
un estudio[212] realizado por Oscar H. Franco, profesor de medicina preventiva del
Centro Médico Erasmus en los Países Bajos, un bajo nivel de vitamina D en la sangre
podría incrementar el riesgo de morir de enfermedades como el cáncer y afecciones
cardiacas.
La vitamina D se obtiene de algunos alimentos que tomamos en la dieta cotidiana
como el pescado o los huevos. Pero una fuente importante es la luz del solar: el
cuerpo produce la vitamina D cuando la piel se expone directamente al sol. Por eso,
con frecuencia se denomina la vitamina de la «luz del sol».
La vitamina D, además, no solo se relaciona con la salud física, sino con la
memoria, tal como sugieren Valerie Wilson y sus colaboradores en un estudio[213]
publicado en Journal of the American Geriatrics Society.

Página 175
¿Cuánta vitamina D es la suficiente? Los expertos afirman que entre 1000 y 2000
unidades internacionales (UI) diarias, aproximadamente, la que sintetizaría nuestro
cuerpo con una exposición a la luz solar de unos 15 a 30 minutos dos o tres veces por
semana.
La opción de usar protector solar para pasar más tiempo bajo el sol (y obtener un
bronceado más sexi), sin embargo, no es tan sencilla como parece. Con el verano,
hordas de hombres y mujeres se lanzan a las playas para tostarse vuelta y vuelta,
como lonchas de bacón. Sin embargo, los rayos ultravioleta son muy agresivos, los
tiempos de exposición acostumbran a ser imprudentes y los protectores solares no
siempre se usan correctamente, cuando se usan. Normalmente somos muy tacaños
con ellos.
Además, el uso de crema solar tampoco es la panacea, y no solo porque haya
estudios que ponen en entredicho sus beneficios (sobre todo en determinadas latitudes
del planeta y para algunos tipos de piel), sino porque su uso puede aportar exceso de
confianza en el usuario, lo que aumenta finalmente la exposición al sol.
En conclusión: no debemos ser tacaños con el uso de protector solar. El rojo no
acaba siendo moreno. Si está nublado, también es necesario el uso de protector solar.
Aunque uses protector solar, te bronceas. También es necesario usarlo aunque uno se
pase todo el tiempo dentro del agua. Y, sobre todo, hay que proteger toda la piel de
forma uniforme… las grandes olvidadas suelen ser siempre las orejas.
La opción de sustituir el sol por una cabina de bronceado queda terminantemente
descartada. De hecho, al igual que las cajetillas de tabaco muestran imágenes
espantosas de unos pulmones ennegrecidos o duras advertencias de las consecuencias
del tabaco, la FDA (la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados
Unidos) propone que los fabricantes de cabinas de bronceado también adviertan de
los riesgos de su uso[214].
Y es que los riesgos que entrañan estas cabinas que te ofrecen un bronceado
rápido en pocas sesiones no son nada desdeñables: la probabilidad de que sus
usuarios habituales desarrollen un melanoma aumenta hasta el 59 %.
Uno así no lucirá un bronceado tan interesante, pero al menos podrá usar el wifi
para tuitear.

Tus nuevos aforismos


Si tenemos miedo al wifi o a las microondas, también deberíamos tenerle
miedo al oxígeno o a la luz de una bombilla. ¡Incluso a tu propio cuerpo!
Apaga la luz antes que el wifi, porque la radiación visible es mucho más
energética que la del wifi.
Usa protector solar. Evita las cabinas de bronceado.
Sin sol, te mueres (sin broncear); con mucho sol, lo haces más fácilmente
(bronceado).

Página 176
Página 177
TIBURONES, ARAÑAS Y SERPIENTES

La vida es una consecuencia retroactiva de la muerte, de igual manera


que la salvación lo es del peligro. Cartesianamente hablando: si no
supiéramos que vamos a morir, no viviríamos. Yo muero, luego
existo.
JOSÉ CARLOS SOMOZA,
Cartas de un asesino insignificante

Página 178
U
n resumen de cómo puede describirse nuestra relación con los animales
podría ser como sigue: sentimos simpatía por los más carismáticos y más
entrañables (por eso no nos duelen prendas a la hora de pisar una cucaracha),
tememos menos los que han sido caricaturizados por el cine (por eso nos resultan
inofensivos animales tan peligrosos como la suricata) y nos parecen más ominosos
los animales de gran tamaño frente a los que pasan desapercibidos.
Por ello, nuestra percepción de riesgo asociada al reino animal poco o nada tiene
que ver con la realidad. Si nos dejáramos guiar sencillamente por la intuición y
nuestros prejuicios, nuestra esperanza de vida en la jungla sería muy breve.
Tal y como advirtió ya en 1950 el célebre etólogo Konrad Lorenz, los animales
que no suscitan un «oh, qué ricura» son discriminados. De hecho, los medios de
comunicación pueden llegar a moldear poco a poco estas percepciones: una rata, por
ejemplo, es el epítome de las enfermedades infecciosas y ha matado a millones de
personas a lo largo de la historia, sin embargo podemos llegar a sentir simpatía por
los ratones o las ratas que no tengan aspecto de haber vivido en una cloaca
maloliente. En el libro El pulgar del panda, del célebre biólogo evolutivo stephen Jay
Gould, se analiza de hecho la evolución de Mickey Mouse yráficamente, pasando de
ser un personaje detestable a un icono inequívoco de la bondad.
La única razón de que los ratones y los conejos disfruten de un mayor prado de
protección humana frente a ratas y zarigieyas, o palomas lrente a cuervos, es que su
fisonomía conecta con nuestra preocupación solidaria. Por esa razón, un koala nos
parece una criatura adorable, siempre tranquila y dispuesta a dormitar entre nuestros
brazos, aunque la realidad se parezca un poco más a como la describió satíricamente
el periodista y escritor australiano Kenneth Cook:

Son unos bichos asquerosos, irascibles y estúpidos. Sus hábitos


sociales son vergonzosos: los machos siempre andan propinando
palizas a sus semejantes y robándoles las hembras. Tienen
mecanismos defensivos repugnantes (te orinan). Su piel está infestada
de piojos. Roncan. Su semejanza con adorables ositos de peluche es
una engañifa abyecta[215].

Así, no deja de crecer el número de mascotas en todo el mundo, animales que hemos
decidido tener a nuestro lado y cuidar y proteger casi como si fueran iguales. Solo en
Estados Unidos, hay 85,8 millones de gatos, 77,8 millones de perros, 14,3 millones
de pájaros y 12,4 millones de animales pequeños en general, como hámsteres.
Concentramos nuestros recursos en criar mascotas, pero nos olvidamos de los
animales salvajes, alimentando la paradoja de que cada vez hay menos animales
silvestres, pero más mascotas, como explica el historiador Yuval Noah Harari: «Hay
200 000 lobos frente a 400 millones de perros; 40 000 leones frente a 600 millones de
gatos; 900 000 búfalos africanos frente a 1500 millones de vacas domesticadas»[216].

Página 179
Porque los animales con mayores rasgos antropomórficos y más dóciles nos
gustan más que los que no los tienen y resultan agresivos o indomables. Como
escribe el psicólogo cognitivo Steven Pinker, «la ricura es un fastidio para los
biólogos de la conservación, pues da lugar a una preocupación desproporcionada por
unos cuantos mamíferos carismáticos»[217].

Los animales más temidos son los menos letales


El triunvirato de tiburones, arañas y serpientes es probablemente el más
representativo de nuestros miedos más profundos. Nadie podría meterse en el agua
sabiendo que hay un tiburón cerca (y menos después de ver la película Tiburón, de
Steven Spielberg). El simple siseo de un ofidio es capaz de ponernos los pelos de
punta. Y las arañas son uno de los invasores domésticos que más fobias despierta.
Sin embargo, estos animales son algunos de los que menos seres humanos matan
en términos generales. Las siguientes cifras son aproximadas, pero nos dan una idea
más o menos precisa del peligro asociado a cada una de estas criaturas estigmatizadas
por la especie humana.

«TIBURÓN: 6 VÍCTIMAS»

Los ataques de tiburones son bastante raros. En 2014, hubo solo tres muertes en
todo el mundo relacionadas con ataques de tiburones, y en 2015, hubo seis, que es
aproximadamente el promedio anual.
Para poner en perspectiva esta cifra, los lobos acaban con la vida de 10 personas
cada año, los leones con 22, los elefantes con 500, los hipopótamos con 500 y los
cocodrilos con 1000. Hasta los caracoles de agua dulce superan a los tiburones (y de
paso a todos los animales mencionados), causando nada menos que entre 20 000 y
200 000 víctimas. El caracol de agua dulce transporta gusanos parásitos que infectan
a las personas con una enfermedad llamada esquistosomiasis que puede causar dolor
abdominal intenso y sangre en las heces u orina, dependiendo del área afectada.
Si observamos las probabilidades de morir, es 1817 veces más probable morir
ahogado en el mar que por el mordisco de un escualo.

«ES 1817 VECES MÁS PROBABLE MORIR AHOGADO EN EL MAR QUE POR EL
MORDISCO DE UN TIBURÓN»

Página 180
Obviamente, en general mueren pocas personas por ataques de tiburones porque
no solemos vivir en el mar, pero si incluso nos remontamos muy atrás en el tiempo a
países con costa, como España, descubriremos que solo ha habido tres ataques
registrados en… 400 años. Ninguno de ellos dejó a la víctima en estado grave.
Además, si bien hay más gente en el mar practicando deportes acuáticos o
simplemente en las playas, hay que tener en cuenta que cada vez hay menos
tiburones. El porcentaje de tiburones blancos, por ejemplo, se ha reducido en un 90 %
en solo 30 años.
En cualquier caso, si queremos extremar las precauciones, y somos aficionados al
surf o al buceo, sigamos los consejos de supervivencia de Joshua Piven y David
Borgenicht en su manual En el peor de los casos:

Hay tres especies en particular que atacan repetidamente a la especie


humana; el tiburón blanco (Carcharodon carcharias), el tiburón tigre
(Galeocerdo cuvier) y el tiburón toro (Carcharhinus leucas). Los
miembros de estas especies son cosmopolitas, crecen mucho y su
dieta habitual suele estar compuesta por presas grandes, como los
mamíferos marinos, las tortugas de mar y los peces[218].

«ARAÑA: 50 VÍCTIMAS»

Las abejas matan más que las arañas. El ciervo mata más gente que todas las
arañas y abejas juntas (unas 120 víctimas). Pero estas cifras se quedan cortas si las
comparamos con el… perro. Aunque suelen ser perros que tienen la rabia, lo cierto es
que las cifras anuales oscilan entre las 25 000 y las 35 000 víctimas.
Las arañas no solo matan poco, sino que salvan vidas: las proteínas de los
caracoles marinos, las serpientes, las arañas y los venenos de escorpión se han
utilizado como fármacos y hasta como pesticidas en el ámbito de la agricultura. Por
ejemplo, en el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM) se ha llegado a estudiar el potencial de unas 450 proteínas del
veneno de tres especies de tarántulas: Brachypelma verdezy, Cyclosternum fasciatum
y Aphonopelma seemani. La araña Hobo también está siendo investigada por el uso
potencial de su veneno como «insecticida verde»[219].

«LAS ABEJAS MATAN MÁS QUE LAS ARAÑAS. PERO EL CIERVO MATA MÁS GENTE
QUE TODAS LAS ARAÑAS Y ABEJAS JUNTAS»

Además, las arañas deberían llamar nuestra atención no por su letalidad, sino por
sus telarañas: la seda de araña es 5 veces más resistente que el acero y 30 veces más

Página 181
elástica que el nailon. A la vez es tan ligera que una hebra lo suficientemente larga
para rodear el planeta Tierra pesaría lo mismo que una pastilla de jabón. Se compone
de proteínas (aporta la fuerza) y agua (la tensión superficial pone la elasticidad). Una
araña puede hilar más de 6 kilómetros de seda durante su vida. Aunque matara más
de lo que lo hace, que sea capaz de concebir algo tan prodigioso podría servir como
atenuante frente a un tribunal popular.
Incluso la araña bananera, araña errante brasileña o armadeira, que es, según el
Libro Guinness de los récords, la araña más venenosa del mundo (bastan 0,006
miligramos de su veneno para matar a un ratón), apenas acaba con la vida de dos o
tres personas al año en Brasil, país donde hay una media de 2700 picaduras de esta
especie. Muchos de los brasileños picados, en vez de morir, tienen una poderosa
erección provocada por la toxina Tx2-6 que se encuentra en el veneno de esta araña,
tal y como explica Isidoro Merino en su libro 1000 maneras estúpidas de morir por
culpa de un animal:

Aparte de causar un intenso dolor, su mordedura tiene un curioso


efecto secundario en los hombres: provoca priapismo (una erección
larga y dolorosa), de ahí la expresión «estar picado de araña». La
erección resultante puede durar varias horas, y actualmente se
investiga uno de los componentes de su toxina para el tratamiento de
la disfunción eréctil[220].

«SERPIENTE: 100 000 VÍCTIMAS»

Aunque se desconoce el número exacto de mordeduras de serpiente, se calcula


que afectan a unos 5,4 millones de personas al año, de las cuales unos 2,7 millones se
envenenan. Las mordeduras de serpiente causan aproximadamente entre 81 000 y
138 000 muertes al año. A priori, son cifras aterradoras, y probablemente estemos
frente a una de las criaturas más letales del mundo… pero aún está muy lejos de ser la
más letal, y además solo afecta a regiones muy determinadas del planeta: países
tropicales y subtropicales, la mayoría en Asia, con ingresos bajos o medios. También
afectan mayormente a los trabajadores rurales.
En otras palabras, si estamos en un país con un sistema sanitario robusto, es
improbable que la mordedura de una serpiente acabe con nuestra vida: con acceso al
antiveneno correcto existe una alta probabilidad de supervivencia.
Así pues, estamos ante un miedo que tiene su justificación en determinadas
circunstancias, pues el riesgo se ve agravado por una escasez mundial de antídotos
contra el veneno de serpientes, y el antiveneno que está disponible en algunos lugares
a menudo puede ser ineficaz porque no está adaptado a las especies locales. El precio
también es un escollo: un estudio de 2013 de la India evidenció que más del 40 % de

Página 182
las víctimas tenían que pedir un préstamo para pagar el tratamiento, y para
reembolsarlo, las familias a menudo tenían que vender objetos de valor.

«CON ACCESO AL ANTIVENENO CORRECTO EXISTE UNA ALTA PROBABILIDAD DE


SUPERVIVENCIA»

Por ello, la OMS tiene como objetivo reducir a la mitad las víctimas a causa de
las mordeduras de serpientes para el 2030, invirtiendo 136 millones de dólares en la
educación de las comunidades rurales y mejorando los sistemas de atención de la
salud. El Wellcome Trust también está detrás de esta iniciativa, invirtiendo 101,3
millones de dólares en un plazo de siete años que empezó en 2019.
La India, como se ha sugerido, también es un lugar donde las serpientes sí que
constituyen un problema. Los herpetólogos afirman que solo 250 de las más de 750
especies de serpiente son capaces de matar a una persona con un solo mordisco, pero
en India se producen la mayoría de mordeduras del mundo con consecuencia de
muerte. Nada menos que 250 000 mordeduras anuales que provocan 50 000 muertes.
En España, sin embargo, se producen 1500 mordidas de víboras, de las que acaban en
muerte solo 3 o 4 casos anuales.
Por todo ello, la serpiente, per se, y en términos generales, no debería ser una
criatura maléfica, y la mayoría de las mordeduras de serpiente son causadas por
serpientes no venenosas. De las aproximadamente 3000 especies de serpiente en el
mundo entero, solo el 15 % son consideradas peligrosas para los seres humanos.
Si nos centramos en un país donde hay muchas serpientes venenosas pero sí que
cuenta con un sistema sanitario robusto, como Australia, entonces las estadísticas
adquieren otro aspecto. Un estudio que evaluó las picadas y mordeduras en el país
entre el año 2000 y 2013 halló que morir de mordedura de serpiente era lo menos
preocupante en comparación con otras criaturas. Hay que tener en cuenta que
Australia es un laboratorio natural particularmente interesante porque destaca a nivel
internacional por poseer una gran diversidad de criaturas venenosas. Así, según los
resultados del estudio, durante los 13 años de recolección de datos se registraron
42 000 hospitalizaciones por picaduras o mordeduras venenosas. De todas ellas, un
33 % se debían a abejas o avispas, seguidas por un 30 % de mordeduras de araña. De
serpientes solo hubo un 15 %.

«LA MAYORÍA DE LAS MORDEDURAS DE SERPIENTE SON CAUSADAS POR SERPIENTES


NO VENENOSAS»

En total, hubo 64 muertes. 34 de ellas por una reacción alérgica a causa de una
picadura de insecto (27 de las cuales se debían a abejas o avispas). La mordedura de

Página 183
serpiente causó 27 muertes. Las picaduras de araña no causaron muertes (hubo una
muerte por mordedura de araña roja en 2016, la primera en 30 años, pero ya estaba
fuera del período de estudio).
He aquí unas cifras todavía más chocantes:

26 personas murieron por un ataque de tiburón.


23 personas por mordedura de perro.
Incluso los cocodrilos causaron 19 muertes durante los 13 años de estudio.
Las medusas causaron 3.

Todo esto no nos indica con exactitud el riesgo asociado a una criatura en particular.
Por ejemplo, las abejas matan más porque les tenemos menos miedo (es decir, cuando
nos pican quizá no acudimos a un hospital). Y las serpientes muerden poco porque las
evitamos. Si nos pasáramos el día confraternizando con serpientes quizá las tasas de
mortalidad aumentarían de forma muy significativa. Sin embargo, dada la situación
actual (y en general las bajas cifras de víctimas, comparadas por las simples caídas
desde un caballo en esos trece años de período —⁠ 26 víctimas⁠ — o las de
ahogamiento —⁠ 4820⁠ — y quemaduras —⁠ 974⁠ —), quizá deberíamos reducir un
poco nuestro nivel de paranoia.
Y los medios de comunicación deberían hacer tanto de lo mismo. Según la
Oficina de Estadísticas de Australia, el mayor número de muertes por animal fue de
77 personas, a causa de caballos, vacas y otros «transportes de animales». ¿Para
cuándo más noticias alarmantes sobre esta práctica?
Aquí podemos ver un resumen de las cifras de Australia, uno de los países ricos
más salvajes del mundo:

Caballos, vacas, transporte de animales: 77.


Mamíferos (otros): 60.
Avispones, avispas, abejas: 27.
Tiburones (y otros animales marinos): 26.
Serpientes (y lagartos): 23.
Perros: 22.
Cocodrilos: 17.
Picaduras de insectos no venenosas: 8.
Contacto con artrópodos no especificados, venenosos: 4
Ratas: 1.
Contacto con plantas o animales no especificados, venenosos: 1.

Todo eso sin contar las horrendas enfermedades causadas por patógenos que nos
enferman simplemente por estar en contacto con animales de granja, como las vacas
(tuberculosis, sarampión y difteria) o los cerdos y patos (gripe).
Así de compleja es nuestra relación con los otros seres vivos que no han recibido
el marchamo de «persona». Una relación que bascula entre un miedo mal medido,

Página 184
una percepción del comportamiento un tanto sesgada por las películas y un concepto
de justicia que deberá reconsiderarse continuamente en función del daño que
produzcan a la humanidad o al ecosistema de la Tierra, tal y como remata Pinker:

Muchas interacciones de los seres humanos y los animales siempre


serán de suma cero. Los animales se comen las casas, las cosechas y,
de vez en cuando, a los niños. Por su culpa sentimos picor y
sangramos. Son portadores de enfermedades que nos martirizan y nos
matan. Se matan unos a otros, incluidas especies en peligro de
extinción que nos gustaría conservar. Sin su participación en
experimentos, la medicina se paralizaría, y miles de millones de
personas vivas y no nacidas sufrirían y morirían a causa de los
ratones. Un cálculo ético que diera la misma importancia a cualquier
daño padecido por cualquier ser sensible, sin preferencias por nuestra
especie, nos impediría intercambiar el bienestar de los animales por
un bienestar equivalente de los seres humanos[221].

¡Peligro real: el mosquito!

El animal más peligroso del mundo no exhibe grandes fauces llenas de colmillos
afilados, sino que tiene un tamaño casi invisible al ojo humano: el mosquito.
Concretamente, lo que mata del mosquito es su capacidad de transmitir enfermedades
al ser humano, lo que acarrea la muerte de al menos dos millones de personas al año.
Transmiten, entre otras, infecciones tan agresivas como la malaria o el dengue,
especialmente presentes en África y algunas zonas de Asia y América.
La malaria, transmitida por el mosquito Anopheles, mata cada año a 400 000
personas (principalmente niños) e incapacita por varios días a más de 200 millones.
Hay 450 tipos diferentes de parásitos de la malaria que atacan a animales de todo el
mundo, y cinco de ellos afectan a los humanos. No en vano, en 1883, el biólogo
escocés Henry Drummond observó que los parásitos eran una «violación de las leyes
de la evolución y el mayor crimen contra la humanidad».
No es una afirmación exagerada. La malaria se lleva una vida cada treinta
segundos. En términos económicos, y solo para África, cuesta aproximadamente
entre 30 000 y 40 000 millones de dólares anuales de pérdidas en productos
comerciales. Y nuestras herramientas para combatir esta enfermedad son ciertamente
limitadas, como explica Kelly Weinersmith, profesora adjunta del departamento de
biociencia de la Universidad Rice, en Houston:

Página 185
Los mosquitos portadores de la malaria a menudo son inmunes a los
pesticidas. Los mosquitos, además, se reproducen a gran velocidad,
por lo que cada generación tiene muchas oportunidades de generar
mutaciones capaces de derrotar cualquier arma empleada por el ser
humano[222].

En España, la malaria fue conocida casi siempre con el nombre de «tercianas» o


«fiebre terciana» (de 3 días). En 1943 se diagnosticaron unos 400 000 casos y se
registraron 1307 muertes debidas a la malaria. El último caso autóctono se registró en
mayo de 1961. En 1964, España fue declarada libre de malaria y recibió el certificado
oficial de erradicación.

«LA MALARIA SE LLEVA UNA VIDA CADA TREINTA SEGUNDOS»

Pero los mosquitos transmiten más enfermedades, además de la malaria. Por eso,
como explica el historiador Timothy C. Winegard en el libro El mosquito. La historia
de la lucha de la humanidad contra su depredador más letal, «los mosquitos han
matado a más gente que todas las demás causas de muerte en la historia de la
humanidad». Según la extrapolación estadística, Winegard estima que la mitad de
todos los seres humanos que han vivido en la historia han muerto por culpa de un
mosquito: «En números redondos, los mosquitos han eliminado a unos 52 000
millones de personas de un total de 108 000 millones a lo largo de nuestra
relativamente breve existencia durante 200 000 años»[223].
Existen más de 2500 especies de mosquitos, y un total de 100 billones, y se
encuentran en todas la regiones del planeta a excepción de la Antártida, Islandia, las
Seychelles y un puñado de islas de la Polinesia francesa (donde la población es tan
reducida que ni siquiera debemos preocuparnos de ella). Es decir, que no veremos
mosquitos ni en lugares donde hace mucho frío ni en los que apenas hay presencia de
mamíferos, porque los mosquitos se alimentan exclusivamente de sangre de
mamífero. En particular, la dificultad que encuentra el mosquito Anopheles para
sobrevivir en las Seychelles parece estar relacionada con la larga estación seca en los
atolones coralinos, situados en el oeste del archipiélago, y a la topografía de las islas
graníticas, en el noreste.

¿A quiénes pican más?

Los tres factores que determinan que un mosquito se encapriche más de un


ser humano son: ácido láctico, dióxido de carbono y calor.

Página 186
Si puede escoger, el mosquito atacará preferentemente a quienes
presenten niveles más altos de ácido láctico en la piel. Esta es la forma que
tiene el insecto de averiguar si tenemos sangre del grupo O, en vez de A o B,
porque la O es la que mejor lo alimenta. El 85 % de la probabilidad de ser
picados por un mosquito responde básicamente a este factor.
El otro factor preponderante a propósito de que resultemos irresistibles es
el CO2 que emitimos, el dióxido de carbono. El mosquito hembra puede
olerlo a más de 60 metros de distancia. Es decir, que cuanto más exhalemos
dióxido de carbono, más llamaremos la atención. Por esa razón, las mujeres
embarazadas padecen el doble de picaduras que una persona normal: de
promedio respiran un 20 % más de dióxido de carbono y tienen una
temperatura corporal ligeramente más alta, pues el calor también atrae a
estos pequeños discípulos de Drácula.
Los mosquitos también cazan valiéndose de la visión, y en ese sentido se
quedan fascinados por la ropa de colores vivos. Así, según un estudio[224] de
la Universidad de Florida, este es su pantone favorito: negro (el más
atractivo), rojo (muy atractivo), gris y azul (neutral), verde y amarillo
(menos atractivo).

El problema que tenemos con los mosquitos, sin embargo, está empeorando por culpa
de la globalización, así como por nuestra inquebrantable necesidad de hacer turismo.
La afición por volar de un lugar a otro, sobre todo si está lejos a fin de que quede
inmortalizado en nuestras redes sociales, así como el descenso de los precios de los
billetes de avión, ha multiplicado el tráfico aéreo en muy pocos años. Si en 2005
había 2100 millones de pasajeros, en 2010 la cifra ya había ascendido a 2700
millones, y en 2015, a 3600 millones. En 2018 se alcanzaron los 4300 millones. Y en
2019, los 4600. De esta forma, muchas enfermedades transmitidas por mosquitos,
como el zika o la fiebre del Nilo, pasan sin problema los controles de seguridad de los
aeropuertos por una gira mundial con todos los gastos pagados.
De algún modo, los mosquitos se han ido transformando en criaturas tan letales
básicamente porque los seres humanos les hemos facilitado el camino, un camino que
empezó en el Neolítico y con el desarrollo de la agricultura, como señala el
paleoantropólogo en la Universidad de Harvard Daniel E. Lieberman: «Cuando los
agricultores desbrozan un terreno para cultivos de regadío, crean hábitats ideales para
los mosquitos, que ponen sus huevos en charcas de agua estancada»[225].
Al menos, un poco en su descargo, hemos de admitir que los mosquitos también
realizan buenas acciones, aunque sea inconscientemente. Sus huevos y larvas forman
parte de la alimentación de algunos peces, y también los mosquitos polinizan ciertas
flores y sirven como «transporte» para bacterias y virus. Sin mosquitos, la cadena

Página 187
trófica se tambalearía. Aunque quizá muchos de nosotros estemos dispuestos a correr
ese riesgo.

Tus nuevos aforismos


Los perros matan más seres humanos que todas las arañas y tiburones
juntos.
Los mosquitos han matado a más gente que todas las demás causas de
muerte en la historia de la humanidad.
La mitad de todos los seres humanos que han vivido en la historia han
muerto por culpa de un mosquito.
Es casi 2000 veces más probable que mueras ahogado en el mar que por ser
mordido por un tiburón. Una supuesta película titulada Ahogo debería
causar 2000 veces más pavor que Tiburón.
El mi y fa que se alterna en la banda sonora de Tiburón ya no debería ser
sinónimo de suspense, sino el guau, guau de un perro rabioso.
Cujo, de King, da más miedo que Tiburón, de Spielberg. Teme más un
zumbido que un siseo.
Si el animal es muy mono, desconfía. Si lo ha caricaturizado Disney,
desconfía más.

Página 188
METEORITO

Envejecer consiste en dejar de fantasear con el futuro para


conformarse con fantasear con el pasado.
JUAN BONILLA,
Los príncipes nubios

Página 189
C
omo ya se ha advertido, hay muchos medios de comunicación que basan su
rentabilidad, esencialmente, en la activación continua de la amígdala de sus
consumidores. No es algo nuevo: el fenómeno apareció con los primeros
tabloides. Si bien los primeros periódicos tenían pocas páginas y eran caros, porque
solo estaban dirigidos a personas cultas y con posibles, alguien ideó una forma de
negocio nueva que consistió en bajar el precio sufragando en parte los gastos de
redacción, impresión y distribución insertando publicidad, lo que obligó a añadir más
páginas (para que la publicidad pudiera distribuirse mejor). A medida que más
personas compraban periódicos, los beneficios por publicidad aumentaban, así que
los editores no tardaron en darse cuenta de que insertando noticias amarillistas o
morbosas captaban más la atención de los lectores. Lo que era un negocio por
informar, se fue convirtiendo también en un negocio por vender cosas[226].
Y esa nueva dinámica fue lo peor que le pudo pasar a nuestra amígdala.
La amígdala es una estructura con forma de almendra (de ahí su nombre, del
griego amygdale, ‘almendra’) situada en una región del cerebro que está
especializada en la gestión de las emociones intensas y estresantes. Tal y como
explica el neurólogo David Eagleman en su libro Incógnito: «En los humanos
normales, la actividad de la amígdala aumenta cuando la gente ve caras amenazantes,
se siente inmersa en situaciones que dan miedo o experimenta fobias sociales»[227].
Tan importante es la amígdala que las personas que carecen de ella (porque ha
sido inutilizada de resultas de alguna enfermedad) son incapaces de tener miedo y a
menudo ni siquiera pueden reconocer el miedo en los demás.
Un ejemplo de ello fue descrito por el neuropsicólogo Justin Feinstein a propósito
de una paciente conocida como S.M., una mujer que sufría la Enfermedad de Urbach-
Wiethe, una extraña condición genética que provocó que su amígdala se encogiese y
endureciese[228].
S.M. no necesitaría leer un libro como este, y probablemente los medios de
comunicación se arruinarían si sus consumidores fueran como ella. En realidad es una
simplificación, pues el cerebro no es nunca sencillo: ni todos los procesos neuronales
relacionados con el miedo están tamizados por la amígdala ni tampoco hay una sola
amígdala, sino dos. Pero lo relevante es que determinados estímulos parecen activar
estructuras cerebrales que propician el pensamiento emocional frente al racional, el
impulsivo frente al pausado.
Nuestros miedos más atávicos han sido programados en nuestro cerebro durante
millones de años. Todavía no se han actualizado a nuestra realidad. Básicamente, son
miedos cimentados en:

La cautividad: reclusión, pérdida de libertad.


El veneno: sustancias invisibles que pueden intoxicar o envenenar.
El daño físico: violencia provocada por personas, animales o fuerzas de la
naturaleza.

Página 190
La percepción de estos peligros continúa anidando en nuestro cerebro, pero ya no
resulta útil en el Primer Mundo. Los medios de comunicación del Primer Mundo, sin
embargo, dedican muchas páginas a esos tres miedos atávicos que hoy en día son
muy poco frecuentes a nivel estadístico comparados con docenas de eventos cientos o
miles de veces más peligrosos.
Por esa razón, cada año hay titulares alarmantes que avisan del acercamiento de
un asteroide en dirección a la Tierra. A veces se habla de probabilidades de impacto,
bajísimas, y otras de distancias, lejanísimas. Sin embargo, de todas las advertencias
agoreras que se lanzan desde los medios, que son muchas, seguramente la muerte por
el impacto de un meteorito sea la más improbable de todas.

Toda la materia que cae del cielo


La formación de la Tierra es lo más parecido a una forja donde un yunque cósmico es
golpeado continuamente por un enorme martillo. El martillo del demiurgo es un
continuo bombardeo de meteoritos. Esta catastrófica lluvia de objetos que duró
cientos de millones de años forjó los suelos, los mares y nuestros antepasados
microbianos.
Algunos de esos objetos espaciales llegaron a tener el tamaño de planetas. Un
cataclismo perpetuo que describe así David W. Wolfe en El subsuelo:

La energía cinética liberada por aquellos impactos literalmente hizo


temblar a la Tierra hasta su mismo núcleo y fundió gran parte de su
corteza rocosa y de su interior. Algunos fragmentos planetesimales y
de meteoritos se quedaron incrustados de forma permanente en la
Tierra, mientras que otros pedazos salieron disparados al espacio
como metralla gigante. La masa de la Tierra primordial se fue
acumulando despacio, como un orbe que va creciendo a medida que el
escultor va añadiendo arcilla, puñado a puñado[229].

La formación de las cadenas montañosas, volcanes y hasta terremotos tuvo lugar


gracias a la tectónica de placas (básicamente, la corteza terrestre está fragmentada en
placas tectónicas, las cuales se desplazan pasivamente gracias a las corrientes de
convección), y la tectónica de placas probablemente tuvo lugar gracias a este
bombardeo contumaz de meteoritos, tal y como sugiere un estudio[230] realizado por
investigadores de la Universidad Macquarie y publicado en Nature Geoscience.

Panspermia: venimos del espacio

Página 191
La panspermia es la teoría por la cual las sustancias necesarias para que la
vida surja en la Tierra pueden provenir originalmente del espacio exterior.
El término panspermia fue acuñado por el biólogo alemán Hermann
Richter en 1865, pero lo popularizó definitivamente el químico (y ganador
del Premio Nobel) Svante August Arrhenius en 1903.
En solo 200 millones de años, se pasó de un planeta sin vida a uno en el
que florecían innumerables bacterias. 200 millones de años es un lapso de
tiempo muy corto si tenemos en cuenta el paso, en apariencia más sencillo,
de la creación de las primeras células complejas (eucariontes) a partir de las
bacterias, lo que llevó 2000 millones de años.
Pasar de la «nada» a las bacterias parecería un proceso mucho más
complejo que ir de las bacterias a las eucariontes más elaboradas, de modo
que el biólogo de Harvard Martin A. Nowak propone que la teoría de la
panspermia es perfectamente plausible, en su libro Supercooperadores:

La nube de moléculas, polvo y materia que se aglomeró para


formar nuestro sistema solar estaba entrelazada con las sobras
de muchos sistemas estelares muertos, algunos de los cuales
podían haber albergado vida. Por entre esta basura y detritos
cósmicos quizás hubiera restos de planetas más tempranos que
transportaran esporas bacterianas. Una roca impregnada con
esas esporas podría haber plantado la semilla de toda la vida en
la Tierra. Incluso si los genomas de las bacterias alienígenas se
hubieran hecho pedazos con la radiación, sabemos que algunos
pueden haber sido capaces de reconstruirse en agua y volver a
replicarse[231].

Incluso algo tan banal como la vitamina B3 podría tener origen


extraterrestre. Un equipo de investigadores, tras el análisis de meteoritos,
sostiene que la vitamina B3 se podría haber formado en granos de polvo de
hielo en las profundidades del espacio. A través de la panspermia, pues, nos
llegaría la ansiada vitamina. Las investigaciones anteriores habían
demostrado que la vitamina B3 está presente en los meteoritos ricos en
carbono en proporciones entre 30 y 60 partes por mil millones[232].

Después de todo este largo, casi interminable proceso de destrucción, sencillamente


la materia dejó de caer del cielo. O más bien dejó de hacerlo en tamaños lo
suficientemente grandes como para que llegaran al suelo.
Porque aún hoy, cada día, la Tierra recibe alrededor de 100 toneladas de materia
extraterrestre en forma de granos de polvo. El 99 % de esos granos tienen un tamaño

Página 192
aproximado de entre 0,05 y 0,5 milímetros. Afortunadamente, sí, porque de ese modo
se quema todo en la entrada a la atmósfera.

«CADA DÍA, LA TIERRA RECIBE ALREDEDOR DE 100 TONELADAS DE MATERIA


EXTRATERRESTRE EN FORMA DE GRANOS DE POLVO»

Además, nuestro planeta está siendo bombardeado continuamente por objetos de


dimensiones comprendidas entre el decímetro y el metro: alrededor de unas 10
toneladas de meteoritos por año.
Así que esas estrellas fugaces que uno puede contemplar en una noche limpia y
que sirven para pedir un deseo, cruzan nuestros cielos muchas más veces de lo que
imaginamos.
Hay tres clases de meteoritos:

Litosideritos
Están formados por materiales rocosos y hierro. Constituyen apenas un uno
por ciento de los meteoritos.

Rocosos
Formados solamente por rocas, son los más abundantes.

Ferrosos
Un 6 % del total, contienen gran cantidad de hierro. El único hierro que
conocían los humanos antes de inventar la forja provenía de los meteoritos.

Pero si bien diariamente entran en la Tierra toneladas de material procedente del


espacio exterior, muy pocos objetos constituyen una verdadera amenaza.
Cualquiera de nosotros puede encontrar meteoritos porque caen en cualquier sitio
y en cualquier momento. Sin embargo, no es nada sencillo dar con ellos, pues en todo
Estados Unidos, por ejemplo, de media se encuentran solamente ocho ejemplares al
año. Es decir, que entre 1807 y 2009, en todo el país solo se han recuperado 1530
meteoritos.
En Gran Bretaña, donde se publica desde 1847 el Catálogo de meteoritos del
Museo de Historia Natural, se consigna el hallazgo en territorio nacional de solo 24
piezas.
El meteorito más grande que se conoce es el de Hoba, en Namibia. Se cree que el
meteorito Hoba pudo haber caído desde el cielo hace unos 80 000 años. Puede
visitarse, y pesa 60 toneladas.
Alrededor de 50 meteoritos lunares han llegado a la Tierra. El mayor meteorito
lunar es el Kalahari 009, con una masa de 13,5 kg. Fue hallado en Kalahari,
Botsuana, en septiembre de 1999.

Página 193
Se estima que hasta la fecha han caído en la Tierra unos 32 meteoritos de Marte.
El meteorito de Zagami, con un peso de unos 18 kg, cayó a la Tierra el 3 de octubre
de 1962. Aterrizó en un campo cercano al pueblo de Zagami, en Nigeria, a unos tres
metros de un granjero que intentaba echar a unas vacas de su campo de maíz y que
fue alcanzando por la explosión. Posteriormente, el granjero encontró la roca
extraterrestre en un cráter de 0,6 metros de profundidad.

Víctimas documentadas
Según el investigador Boris Shústov, director del Instituto de Astronomía de la
Academia de Ciencias de Rusia, casi 7000 asteroides son potencialmente peligrosos
para la Tierra. Y el 87 % de ellos ronda los cien metros de diámetro, más del doble
del meteorito que en 1908 arrasó más de 2000 km de tundra en Siberia, en lo que se
ha venido a llamar «bólido de Tunguska» (se clasifica como un evento de impacto,
aunque no se haya encontrado nunca un cráter de impacto; se cree que el objeto se ha
desintegrado a una altitud de 5 a 10 kilómetros en lugar de haber golpeado la
superficie de la Tierra).
El 22 de agosto de 1888, en Sulaymaniyah, Iraq, cayó un meteorito que golpeó y
mató a un hombre y dejó paralítico a otro. Es lo que se documentó en el año 2020 por
parte de investigadores de la Ege University (Turquía), lo que sería la prueba de la
primera víctima por meteorito. Los datos se basan en tres manuscritos escritos en
turco otomano que fueron extraídos de la Dirección General de Archivos Estatales de
la Presidencia de la República de Turquía.
Con todo, no fue hasta el año 2016 cuando se registró la primera muerte oficial y
perfectamente documentada por un meteorito, en India.

Extinción de dinosaurios

Cada cien millones de años, de promedio, hay un megaimpacto de un


meteorito del tamaño de una montaña que libera una energía equivalente a
varios miles de millones de bombas como la de Hiroshima explotando al
unísono.
Uno de estos megaimpactos tuvo lugar hace 65 millones de años. Según
la hipótesis más aceptada hasta el momento, el Cretácico llegó a su fin a
causa de un impacto difícil de imaginar. Luis Álvarez y Walter Álvarez, a
partir de una capa de iridio, esferulitos vítreos y cuarzos fracturados,
postularon que apareció una nube de polvo oscureciendo el globo
terráqueo[233].

Página 194
Y no solo se extinguieron los dinosaurios, sino también cerca de la mitad
de todas las especies, en particular de las marinas. Richard Dawkins describe
magistralmente este impacto en El cuento del antepasado:

Una herida por arma de fuego está caliente debido a la


velocidad de la bala; cuando un meteorito o cometa colisionan,
lo más probable es vayan aún más rápido que la bala que sale
de un rifle de alta velocidad, con la particularidad de que,
mientras que la bala pesa apenas unos gramos, la masa del
proyectil celeste que puso fin al Cretácico y aniquiló a los
dinosaurios solo se podría medir en gigatones. El ruido del
impacto, un estruendo que debió de dar la vuelta al planeta a
mil kilómetros por hora, debió de dejar sordas a todas las
criaturas que no hubiesen muerto achicharradas tras la
explosión, asfixiadas por el golpe de viento, ahogadas en el
tsunami de 150 metros que surcó como una exhalación los
mares literalmente hirvientes, o pulverizadas por un terremoto
mil veces más violento que el más virulento de los terremotos
provocados por la falla de San Andrés. Y esas solo fueron las
consecuencias inmediatas; después llegaron los efectos
colaterales: los incendios que devoraron todos los bosques y
selvas del planeta, y el humo, el polvo y la ceniza que velaron
el sol durante un invierno nuclear de dos años de duración que
acabó con la casi todas las plantas y cortó de cuajo las cadenas
alimenticias del mundo[234].

Como podemos ver, pues, la probabilidad de morir por el impacto de un meteorito es


infinitesimal. Y lo es, básicamente, por dos razones: casi todos vivimos en la
superficie terrestre (pese a que la mayoría de la superficie de la Tierra es agua) y la
mayoría de nosotros vivimos en zonas muy concretas de la superficie terrestre.
De hecho, casi todo el planeta está prácticamente vacío, a pesar de que nos dé otra
sensación cuando andamos por una ciudad muy poblada. Podríamos alojar
perfectamente a toda la humanidad en la Península Ibérica ajustándonos a una
densidad demográfica similar a la de Madrid. Es una mala idea, sí, pero
perfectamente posible.

«NO FUE HASTA EL AÑO 2016 CUANDO SE REGISTRÓ LA PRIMERA MUERTE OFICIAL
Y PERFECTAMENTE DOCUMENTADA POR UN METEORITO, EN INDIA»

Página 195
Si somos más de siete mil millones de personas y la Tierra está medio vacía, ello
nos dice algo acerca del tamaño de esta: es mucho mayor de lo que podemos llegar a
imaginar. Tales son sus dimensiones que ni siquiera las siguientes cifras lograrán
asimilarse en toda su amplitud: con una superficie de 500 millones de kilómetros
cuadrados, la probabilidad de que algo caiga en un punto de 22 metros cuadrados es
de 1 en 23 000 000 000 000 (23×1012)… si una persona se quedara quieta en esos 22
metros cuadrados. Algo así como la probabilidad de ganar la Lotería Nacional del
Reino Unido dos veces seguidas[235].
Stephen A. Nelson, profesor de Ciencias Terrestres en la Universidad de Tulane,
hizo el intento de calcular la probabilidad de morir por el impacto local de un
meteorito, asteroide o cometa en un artículo publicado en 2014. Su estimación fue: 1
en 1 600 000 (1,6×106)[236]. Hay mayor probabilidad de que te alcance un tornado, un
relámpago y un huracán, todos al mismo tiempo, que un meteorito, según Michael
Reynolds, astrónomo del Colegio Estatal de Florida y autor del libro Falling Stars: A
Guide to Meteors and Meteorites[237].
Otra forma de enfocar este riesgo se basa en la escala de Duckworth, concebida
por el estadístico retirado Frank Duckworth (editor de la revista de la Royal
Statistical Society) en 1999. La escala logarítmica es como la escala de Richter para
terremotos. Califica el riesgo de muerte por actividades que van desde volar hasta
jugar a la ruleta rusa. Comienza desde cero por vivir en el planeta tierra durante un
año, hasta un máximo de ocho por muerte segura. He aquí algunos ejemplos:

Escala de Duckwortkh
8.0. Ruleta rusa. Saltar de la Torre Eiffel
7.1. Fumar cigarrillos diariamente (hombres de 35 a 40 años) 6.4 Pesca en
alta mar (carrera de 40 años)
5.5. Caídas accidentales. Viaje en coche de por vida (hombre recién nacido).
Morir mientras pasa la aspiradora. Morir mientras te duchas. Morir mientras
caminas por la calle.
4.6. Asesinato
4.2. Escalada en roca (una sesión)
2.0. Paseos en el recinto ferial (100 veces)
1.9. Viaje en coche de 160 kilómetros (conductor sobrio de mediana edad)
1.7. Vuelo de 160 kilómetros
1.6. Impacto destructivo de asteroide (en la vida de uno)

La probabilidad de que un objeto espacial te caiga en la cabeza, pues, es tan remota


que delante de esa preocupación debería estar una lista de millones de
preocupaciones más acuciantes. Sin embargo, quien lea esta advertencia no tardará en

Página 196
leer poco después la noticia alarmante de que un asteroide se aproxima a la Tierra y
tiene un 0,0000092 % (9,2×10−6) de probabilidad de chocar contra nosotros. Y
también es probable que el lector medio, incluso conociendo los detalles estadísticos,
experimente cierta zozobra: porque la probabilidad entra en el campo de la
información abstracta e intangible, difícilmente procesable por las partes más
primitivas de nuestro cerebro.

«HAY MAYOR PROBABILIDAD DE QUE TE ALCANCE UN TORNADO, UN RELÁMPAGO Y


UN HURACÁN, TODOS AL MISMO TIEMPO, QUE UN METEORITO»

Por eso, también, continuamos jugando a la lotería, o hay quienes contratan un


seguro contra erupciones volcánicas en las llanuras del norte de Alemania. Tal y
como escribe Henning Beck, un bioquímico y doctor en Neurociencia por la Graduate
School of Cellular & Molecular Neuroscience:

Llegamos al mundo con un sentido para los números y las cantidades,


pero, por desgracia, no para la probabilidad y la estadística. Al fin y al
cabo, solo la aritmética moderna nos ha regalado estos datos fríos
porcentuales que creemos que ayudan a comprender mejor el mundo.
Esto nos hace pasar por alto que nuestro cerebro debe traducir cada
dato porcentual a una imagen con mucho esfuerzo. Además, lo hace
de forma egoísta, después de todo, no está interesado en lo que ocurra
con una población estadística, sino en sí mismo[238].

¡Peligro real: ictus!

Un ictus es un equivalente a un infarto cardiaco pero con efecto en el cerebro, y


tiene lugar cuando un vaso sanguíneo sufre un bloqueo por culpa de un coágulo de
sangre. Así pues, el ictus o accidente cerebrovascular es una interrupción del
suministro de sangre hacia cualquier parte del cerebro.
Aunque miremos a menudo el cielo por el miedo de que un meteorito nos caiga
en la cabeza, nuestra propia cabeza puede infartar sin que exista tal amenaza. De
hecho, es muy probable que esto ocurra en algún momento de nuestras vidas.
En el año 2010, el ictus provocó en nuestro país 30 137 defunciones, de las que
17 511 tuvieron lugar entre las mujeres. El ictus representa actualmente en España la
segunda causa de muerte, después de la cardiopatía isquémica. Es decir, que mata
más que los meteoritos. No un poco más. MUCHO más.

Página 197
Alrededor de 59 millones de personas murieron en todo el mundo durante el año
2007 y el ictus fue la causa de la muerte en el 10 % de los casos. Estamos hablando
de un tercio de la mortalidad global producida por las enfermedades vasculares.
El más común es el ictus isquémico, pero cada uno de ellos tiene unos efectos en
función de dónde se produzca y la extensión de su daño. Además, alrededor del ictus
cerebral hay una serie de mitos que vale la pena desterrar.

Solo afecta a personas mayores


El ictus cerebral no afecta solamente a las personas mayores, y cada vez es
más frecuente entre los más jóvenes. Actualmente, una de cada cinco víctimas
tiene menos de 55 años, y una de cada diez, menos de 45. La actriz de
Hollywood Sharon Stone, por ejemplo, sufrió un ictus hemorrágico en el año
2001, cuando solo contaba con 43 años.

Se limita a la discapacidad física


Además de las consecuencias físicas, el ictus también tiene un alcance
psicológico y emocional, tanto para los pacientes como para las personas
cercanas al mismo. Entre los déficits cognitivos pueden estar los problemas
de producción y comprensión del lenguaje (afasia) y la amnesia.

Son inevitables
El 80 % de los ictus pueden ser evitables si se reducen los factores de riesgo
personales, como la presión alta, el colesterol, la diabetes, la obesidad, la falta
de ejercicio, fumar, una dieta inadecuada y un consumo excesivo de alcohol.

Todos tenemos la misma predisposición


Hay personas con mucha mayor predisposición que otras a sufrir un ictus. El
ictus se da más entre los hombres que entre las mujeres, aunque la mortalidad
es mayor en estas últimas. También influye la historia familiar de ictus, haber
sufrido un ictus con anterioridad y pertenecer a determinadas etnias, como
por ejemplo la afroamericana.

Llega sin avisar


Normalmente hay una serie de síntomas que nos indican que estamos a punto
de sufrir un ictus cerebral. Uno de los más significativos tiene que ver con la
sensación de mareo que experimenta el paciente, algo que puede plasmarse en
una pérdida del equilibrio, en sensaciones de confusión y vértigo intensas.
Hay también pérdida de fuerza en los miembros inferiores, y puede que
también en los brazos, donde se padece una suerte de hormigueo,
adormecimiento súbito e incluso dolor (es habitual que afecte una parte de la
cara, izquierda o derecha). Ante tales síntomas, debemos acudir a urgencias.

Desde la Sociedad Española de Neurología (SEN), advierten de que no hay que quitar
importancia a los síntomas del ictus porque desaparezcan espontáneamente. Según

Página 198
los expertos, la detección temprana de un ictus, dentro de las primeras cuatro horas y
media, reduce notablemente las posibles secuelas.
Y mejor fijarse en estos síntomas que en cualquier señal en el cielo nocturno que
nos haga sospechar de que un trozo de material espacial está a punto de precipitarse
justo sobre nuestra cabeza. No solo nuestras zozobras estarán menos sustentadas en
algo menos improbable, sino que, a la hora de dar carta de naturaleza a una inversión
de recursos para protegernos de los meteoritos o de los ictus, quizá nuestro juicio esté
menos sujeto a las historias dramáticas que proliferan en los medios de
comunicación. Como señala el médico Hans Rosling:

Prestar demasiada atención a una víctima individual y visible, en


lugar de fijarnos en las cifras, puede llevarnos a emplear todos
nuestros recursos en una pequeña parte del problema y, por tanto,
salvar muchas menos vidas. Este privilegio también es aplicable en
cualquier situación en la que estemos priorizando recursos
escasos[239].

Tus nuevos aforismos


¡Cuidado! ¡Alerta! Va a pasar un meteorito a millones de kilómetros de la
Tierra.
Cuida tu cabeza: no le caerá una piedra estelar encima; lo más probable es
que no le llegue la sangre al cerebro.
No corras despavorido para huir de un meteorito. Corre para reducir la
probabilidad de sufrir un ictus.

Página 199
MEDICINA

4000 años de medicina:


2000 a. C.: Ten, cómete esta raíz.
1000 d. C.: ¡Esa raíz es pagana! Ten, recita esta oración.
1865 d. C.: ¡Esa oración es superstición! Ten, bebe esta poción.
1935 d. C.: ¡Esa poción no cura nada! Ten, trágate esta pastilla.
1975 d. C.: ¡Esa pastilla no es eficaz! Ten, tómate este antibiótico.
2000 d. C.: ¡Ese antibiótico es artificial! Ten, cómete esta raíz.
ANÓNIMO

Página 200
A
pesar de que disponemos de la medicina más avanzada de la historia de la
humanidad, así como la que tiene mayor capacidad para curar enfermedades,
no son pocos los que desconfían de ella hasta el punto de que consideran más
apropiado regresar a determinas prácticas ancestrales o, incluso, abrazar la medicina
alternativa, como la homeopatía, la naturopatía, la curación energética, la
ozonoterapia, la radiestesia, la acupuntura, la medicina tradicional china o la
medicina ayurvédica, entre otras. Así, la medicina ortodoxa, la llamada alopática,
queda en un segundo plano, o se considera un rastrero negocio por parte de
farmacéuticas que no buscan tanto sanar al paciente como cronificar sus
padecimientos.
Sin embargo, si bien la medicina es responsable de muchos fallecimientos cada
año (ya sea por errores o negligencias), a quien deberíamos temer más no es a la
medicina alopática, sino a la medicina alternativa. Porque, como decía el cómico
británico Tim Minchin, «¿Sabes cómo se llama la medicina alternativa que funciona?
Medicina». O como denunciaba un estudio[240] que analizaba los riesgos de recurrir a
tratamientos no regulados:

No puede haber dos tipos de medicamentos: convencionales y


alternativos. Solo existe la medicina que ha sido probada
adecuadamente y la que no, la medicina que funciona y la que puede o
no funcionar. Una vez que el tratamiento ha sido probado
rigurosamente, ya no importa si fue considerada alternativa al
comienzo. Si se encuentra que es razonablemente segura y eficaz, que
sea aceptada. Pero aseveraciones, especulaciones y testimonios no
sustituyen los hechos. Los tratamientos alternativos deben ser
sometidos a pruebas científicas no menos rigurosas que las exigidas
para los tratamientos convencionales.

Pero ¿por qué hay tanta gente que continúa depositando su confianza en tratamientos
alternativos?
Básicamente, hay dos ingredientes que contribuyen a alimentar la desconfianza
por la medicina científica: que lo natural es mejor que lo artificial y que lo antiguo es
mejor que lo nuevo (a lo que se añade que detrás de la medicina hay, sobre todo,
ánimo de lucro e intereses creados, y fuera de ella no). Finalmente, la guinda del
pastel es el efecto placebo.
Vamos a desmontar cada uno de estos ingredientes.

Natural vs. artificial

Página 201
Es verdad que hay plantas que poseen efectos curativos comprobados: el tomillo
(para el estreñimiento), el clavo (antioxidante), la salvia (tratamientos oncológicos),
etc. Sin embargo, en cuanto una hierba medicinal se cataloga oficialmente como
beneficiosa para la salud, la industria farmacéutica no tarda en invertir miles de
millones de euros en investigar fármacos nuevos basados en las moléculas de esa
planta.
Una sustancia no es menos peligrosa o más eficaz en función de si procede del
entorno natural o el artificial. Sin embargo, irónicamente, el miedo a lo artificial ha
propiciado que lo natural se vuelva más peligroso: porque exigimos muchos más
controles y regulaciones a lo artificial y descuidamos lo natural porque subestimamos
sus efectos dañinos. Si bien existen normas acerca de los medicamentos a base de
plantas, incluyendo restricciones a la venta (no se pueden comercializar en venta
ambulante) o la publicidad (los remedios «tradicionales» no se pueden comercializar
haciendo alusión a propiedades terapéuticas) e incluso prohibiciones (tiene que
hacerse un listado oficial de plantas prohibidas o de comercialización restringida),
hay una menor preocupación por hacer cumplir dichas normas (hasta el famoso
listado fue anulado en su día por los tribunales, y la Agencia Española de
Medicamentos y Productos Sanitarios no se ha molestado en elaborarlo de nuevo).
Por esa razón, cualquiera puede tomar un puñado de hojas de cualquier arbusto,
molerlas hasta convertirlas en polvo, introducirlas en un frasco con una bonita
etiqueta y comercializarlas en una tienda de productos naturales como un remedio
maravilloso. Por el contrario, el desarrollo, las pruebas, la venta y la publicidad de los
productos farmacéuticos están estrictamente controlados.
Tanto lo natural como lo artificial tienen componentes activos y pueden ser, en
principio, igual de peligrosos. Pero en una planta ni siquiera se puede controlar la
dosis del principio activo como se hace, por ejemplo, con una píldora, que muchas
veces no deja de ser una versión purificada del principio activo del remedio natural.
¿Por qué las farmacéuticas invierten tantos recursos en crear alg que ya existe y
debe superar rigurosos ensayos clínicos? ¿Por que embarcarse en tamaña aventura
cuando muchos medicamento: finalmente no son aprobados? Porque si quieres ganar
dinero de verdac debes vender eficacia. Y las pastillas son más eficaces que las
plantas. Si las plantas fueran tan o más eficaces, curaran más o acarrearan menos
efectos secundarios, entonces las farmacéuticas cambiarían de negocio. O
simplemente venderían esa planta usando toda su enorme infraestructura. Como
apunta el filósofo Joseph Heath: «Bayer ha ganado millones de dólares vendiendo
Aspirina, que es esencialmente corteza de sauce refinada. ¿Por qué no iban a querer
ganar una cantidad de dinero similar vendiendo equinacea?»[241].

«BAYER HA GANADO MILLONES DE DOLARES VENDIENDO ASPIRINA, QUE ES


ESENCIALMENTE CORTEZA DE SAUCE REFINADA»

Página 202
El miedo a lo artificial ha permitido que lo natural nos acabe haciendo daño,
porque estamos pasando por alto que muchas plantas contienen toxinas y
carcinógenos a mayores dosis que los pesticidas, pero nos preocupan más los
pesticidas.

Antiguo vs. nuevo


El periodista y divulgador especializado en pseudociencias Luis Alfonso Gámez tiene
una forma muy rápida de desconfiar de una terapia: si milenaria, energética, natural o
cuántica, probablemente es un timo.
Lo antiguo, así como lo lejano y exótico, resulta más seductor, pero también es
más proclive a ser una superchería que solo promocionará un magufo o un estafador,
como defiende el físico Alan Sokal en uno de sus libros dedicados a desmontar el
posmodernismo en la ciencia[242].
Gran parte del éxito de lo antiguo y lo exótico frente a lo ortodoxo vino por parte
de movimientos contraculturales que tuvieron lugar en las décadas de 1960-1970,
probablemente nacidos a su vez de cierta desorientación intelectual, vital, y las
corrientes filosóficas relativistas y constructivistas que consideraban que todos los
conocimientos eran igualmente legítimos: no hay una verdad sino muchas verdades,
no hay una verdad epistemológicamente superior a otras, sino simples opiniones
subjetivas. Fue entonces cuando empezó a ponerse de moda el practicar idiomas
exóticos, participar en rituales religiosos antiguos o adscribirse a creencias de
culturas que apenas habían progresado científicamente. Cualquier cosa con tal de huir
de la tecnocracia y la modernidad estresante. Sin embargo, tal y como refiere el
filósofo Joseph Heath: «Al proyectar sus propios deseos y ansiedades sobre otras
culturas, los rebeldes contraculturales han fabricado un concepto de “lo exótico” que
simplemente refleja su propia ideología»[243].
La adscripción casi religiosa hacia las técnicas tradicionales curativas como la
medicina tradicional china, pues, nace de nuestra tendencia a pensar que el hombre
más primitivo y salvaje, ajeno a la embrutecedora maquinaria urbanita, será más feliz,
estará más equilibrado, mostrará sentimientos más puros, será más hospitalario y más
amable. A menudo, sin embargo, tenemos una imagen tan idealizada de estas culturas
tradicionales como la tenemos del pasado: no recordamos cómo era vivir sin la
penicilina o sin vacunas de ningún tipo; también nos hemos olvidado de que no hace
mucho el 15 % de las mujeres moría en el parto.

Ánimo de lucro

Página 203
Para aprobarse un fármaco para su comercialización se debe superar un gran número
de fases que requieren sumas exorbitantes. Sacar un medicamento promedio al
mercado cuesta alrededor de los 500 millones de dólares en total. Es natural que las
empresas que se embarcan en estos proyectos esperen un retorno económico.
Si estamos discutiendo sobre un sistema fiable para averiguar si los
medicamentos son eficaces o no, resulta ingenuo considerar que solo las
farmacéuticas son malvadas: en teoría lo serán todas las empresas que se dediquen a
vender productos que presuntamente pueden curar o aliviar síntomas. Boiron es un
laboratorio que comercializa homeopatía (un producto alternativo), sin embargo,
Boiron es una empresa muy lucrativa, tanto o más que las farmacéuticas
convencionales.
Las malas prácticas deben ser penalizadas y depuradas, ya sea a nivel social
(Boiron se ha ido desplomando en Bolsa a causa de que cada vez es más evidente la
estafa de la homeopatía) y judicial (GlaxoSmithKline ostenta la mayor sanción
impuesta hasta ahora a una farmacéutica: 3000 millones de dólares).

«GLAXOSMITHKLINE OSTENTA LA MAYOR SANCIÓN IMPUESTA HASTA AHORA A


UNA FARMACÉUTICA: 3000 MILLONES DE DÓLARES»

Además, los estudios realizados por farmacéuticas convencionales no solo son


objeto de crítica de la sociedad, sino de los propios científicos. El British Medical
Journal es una de las revistas médicas más relevantes del Reino Unido, y si
observamos los tres artículos más populares de esta revista de todo el año 2005 (en
base al número de veces que se referenciaban en artículos académicos y otros
parámetros), comprobaremos que esos tres artículos destacados contienen, como tema
central, algún tipo de crítica sobre un medicamento, una empresa farmacéutica o un
procedimiento médico.
En los protocolos de la medicina actual hay muchos vacíos legales y corrupción,
y es el dinero lo que mueve muchos experimentos. Bien, eso es cierto, pero entonces
¿no debería reclamarse mayor rigurosidad científica y no un escenario alternativo en
el que se dejen atrás los protocolos actuales? La mayoría de tratamientos alternativos
sí que están exentos de regulación, y eso es lo que debería preocupar realmente: la
normativa abarca todas las intervenciones destinadas a restaurar o mantener la salud,
sin entrar a distinguir entre las de base científica o las de fantasía, limitándose a
exigir que quienes las lleven a cabo cuenten con la titulación oficial que les habilite
para ello y con la autorización administrativa correspondiente. Además, la
Asociación Nacional de Profesionales y Autónomos de las Terapias Naturales
(Cofenat), así como asociaciones similares, afirman que sus tratamientos son
«alternativos» y que, por consiguiente, no necesitan titulación oficial ni autorización
de centro o servicio sanitario.

Página 204
Por si fuera poco, la imagen estereotipada de la medicina occidental arrastra todos
los prejuicios y estigmas propios de la sociedad de masas: la idea es que la medicina
científica, alopática y sobre todo occidental y moderna es en realidad una suerte de
contubernio para someter a la población mediante el «control médico» del
comportamiento del diferente.

Placebo
El acto de curar a un enfermo es ciertamente un asunto peliagudo. La medicina nos
ha demostrado que la relación causa-efecto no siempre está clara, que hay gente que
se cura espontáneamente… e incluso que existe la regresión a la media. Este efecto es
del que se aprovechan muchas medicinas alternativas (sobre todo las que no tienen
principio activo, como la homeopatía) para convencer a los pacientes de su eficacia.
Cuando estamos bajo el yugo de un padecimiento, como un dolor de espalda, ese
dolor va y viene, hay días mejores y días peores; y cuando el dolor está en su máximo
esplendor, solo puede atenuarse. Todas las enfermedades tienen una llamada «historia
natural», o como expresaba irónicamente Voltaire: «el arte de la medicina consiste en
entretener al paciente mientras la naturaleza cura la dolencia».
Hay algunos estudios que sugieren que hay terapias alternativas que funcionan.
Pero la calidad de todos estos datos es ridículamente baja en comparación con la
generalidad de la medicina científica actual.
Esto es importante porque, a la hora de evaluar si un tratamiento es eficaz,
tenemos que combatir el llamado «efecto placebo». Este efecto psicológico es capaz
de hacernos creer que los síntomas de una enfermedad han mejorado cuando en
realidad no estamos tomando ninguna medicina eficaz. Todavía hay muchas sombras
sobre cómo funciona el efecto placebo, y cómo es posible que nuestra mente, si
confía en determinado remedio, sea capaz de mejorar nuestro estado de salud. Lo
único seguro es que funciona, y que funciona de una manera espectacular: por esa
razón los ensayos clínicos sobre nuevas medicinas son tan complicados.
Básicamente, se toman grandes conjuntos de personas aleatorias y se dividen en dos
grupos: uno recibe la medicina que se está ensayando, y el otro una sustancia sin
principio activo. Ni los pacientes ni el médico saben quién está tomando de verdad la
medicina para que el efecto placebo no sea invocado, incluso a nivel inconsciente.
Por eso, a esta clase de ensayos se les llama «doble ciego».

Fases para un ensayo científico

Página 205
Una vez tenemos una molécula de una planta, un viejo fármaco que creemos
que podemos mejorar, un receptor en el organismo con el que consideramos
que podemos conectar una molécula de nuestra invención, etc., entonces hay
que ponerse en marcha.
Una vez superada la fase de experimentación con animales, empieza la
fase I de estudios o primera prueba en humanos. Si se supera la fase I,
entonces se pasa la fase II con un grupo de unas 200 personas aquejadas de la
enfermedad relevante para el fármaco estudiado.
A continuación, empieza la fase III. Un nuevo ensayo, pero en un grupo
mayor de personas, que además será aleatorio y de doble ciego: ni el médico
ni el paciente saben si están tomando el medicamento de verdad o solo un
placebo. Esto se hace así porque muchas enfermedades remiten o mejoran
simplemente con la actitud del paciente: si cree que está tomando un
medicamento efectivo puede que estemos confundiendo la eficacia del
medicamento con el poder del placebo.
Tras haber superado estas fases de prueba, se obtendrá una licencia para
vender el nuevo medicamento. Pero, tras su salida al mercado, se deberán
seguir haciendo más ensayos, y probablemente habrá otros investigadores
que realizarán sus propias pruebas y estudios para rebatir la eficacia del
medicamento nuevo. Además, siempre se mantendrá un control sobre los
posibles efectos secundarios nuevos que se presenten en los pacientes.

La medicina contemporánea y científica posee un nivel de rigor del que ha carecido


la medicina tradicional: experimentos con un tamaño muestral considerable, grupos
de control, estudios multicéntricos, aleatorización, doble (y triple) ciego, estadística,
etc.
Es decir, que la simple observación clínica basada en modelos explicativos no es
lo bastante fiable. Y mucho menos, el llamado «amifuncionismo». Como hemos
visto, creer que uno se siente mejor o que ha sido curado no es suficiente prueba para
afirmar que el tratamiento ha sido el responsable de ello.
Precisamente por ello podemos encontrarnos con casos tan abyectos como el de la
homeopatía. El Ministerio de Sanidad de España optó finalmente por aplicar la
directiva europea de 2001, que regulariza definitivamente la situación de los
remedios homeopáticos en el mercado de medicamentos. De este modo, los
laboratorios deberán presentar un informe sobre su calidad, seguridad y eficacia; pero
sin tener que demostrarlo a través de ensayos clínicos como el resto de los fármacos
industriales. La cursiva es importante. Los productos homeopáticos sin indicación
terapéutica no tienen que demostrar su eficacia porque nunca ha sido posible
demostrarla. La homeopatía desarrolló sus postulados hace 200 años, cuando ni
siquiera se tenía conocimiento de la existencia de virus o bacterias. El médico Samuel

Página 206
Hahnemann sentó sus bases y, desde entonces, estas no han cambiado, a pesar de que
todas las disciplinas científicas no han dejado de evolucionar, incorporando nuevos
hallazgos y conocimientos.
Por ello, aunque haya médicos que receten homeopatía, o farmacias que la
dispensen, la opinión de la ciencia respecto al funcionamiento de la homeopatía es
tajante, como lo es respecto al horóscopo, la imposición de manos o la levitación. No
solo viola los principios de la Física, sino que no supera los ensayos científicos más
elementales. En 1997, la revista The Lancet publicó un trabajo[244] (un metaanálisis,
es decir, un análisis de otros trabajos publicados) donde se aseguraba que la
homeopatía no es más eficaz que el placebo. Luego vinieron más metaanálisis que
arrojaban las mismas conclusiones. Los únicos estudios que refieren que la
homeopatía supera el placebo contienen errores metodológicos o están publicados en
revistas de homeopatía. En otras palabras, hay la misma probabilidad de curarse tanto
si se toma un remedio homeopático, un vaso de agua o sencillamente no se hace nada
y se permite que la enfermedad siga su curso.
Algunos han esgrimido que esta regularización es positiva en aras de
pragmatismo: ya que la gente desea comprar estos fármacos, mejor que dispongan de
código de fármaco, que no que carezcan de evaluación alguna e incluso de prospecto.
También hay médicos que prescriber homeopatía, ya sea porque detectan una
dolencia menor que se curará con el tiempo y que solo necesita de un poco de efecto
placebo (y as: se quitan el paciente de encima con mayor celeridad), ya sea porque
estafan a sus clientes, ya sea porque ni siquiera tienen demasiados conocimientos
acerca del funcionamiento del método científico y la epistemología más elemental,
algo que ha sido denunciado a menudo por el médico británico Ben Goldacre, autor
de Mala ciencia y Mala farma. Los médicos también son incapaces de leer todos los
artículos relevantes para su profesión: se publican cientos de miles de revistas
médicas, y millones de trabajos académicos, y cada día el número de publicaciones
no deja de aumentar:
En un estudio reciente se calculó el tiempo necesario para estar al día de la
información. Los autores recopilaron los trabajos académicos publicados en un solo
mes, relevantes para la práctica médica habitual, y, dedicando unos minutos a cada
uno, calcularon que un médico tardaría seiscientas horas en leerlos por encima. Eso
supone unas veintinueve horas cada día de la semana, lo cual es imposible,
naturalmente. Así que, los médicos, para mantener al día sus conocimientos, no leen
todos los ensayos sobre todos los tratamientos relevantes para su especialidad ni
comprueban meticulosamente uno por uno los trucos metodológicos que señalamos
en este libro. Los médicos abrevian, y de esas prisas hay quien se aprovecha[245].
La ciencia existe para eso: para decirles a los facultativos que se equivocan, que
engañan a la gente. Para evitar que la gente gaste dinero o deposite su confianza en
un engaño que incluso ya ha matado a pacientes. Si la ciencia pierde su función y se
deja llevar por pragmatismo u opiniones marginales o insuficientemente doctas,

Página 207
entonces la ciencia perderá su credibilidad. Esta erosión de la credibilidad es más
importante de lo que parece: no tenemos tiempo de acceder a todos los conocimientos
especializados de este mundo, por ello depositamos nuestra confianza en los expertos.
Pero si los expertos no son exigentes en sus protocolos o sencillamente se venden al
mejor postor, entonces ello nos obligará a retroceder a una época en la que no existía
la especialización. No es un sistema perfecto, pero es un sistema infinitamente mejor
que la anarquía y la desconfianza continua.

Vidas perdidas por vidas salvadas


Como toda empresa humana, no siempre el desarrollo de la medicina ha conllevado
salvar vidas, sino también perderlas. Sin embargo, puestas en la balanza las vidas
perdidas y las vidas salvadas, el fiel se inclinará claramente hacia estas últimas.
Con todo, hasta el siglo XX, la medicina era tan poco cuidadosa con la higiene que
sus intervenciones provocaban tantos problemas como los que trataba de arreglar, y
aún ignoraba muchas cosas. Por consiguiente, si bien la historia de la medicina
comienza con Hipócrates en el siglo V a. C., hasta la invención de los antibióticos en
la década de 1930, los médicos, en general, ocasionaban grandes problemas a sus
pacientes, como bien resume el historiador británico David Wootton: «Hasta 1865, la
medicina fue casi completamente ineficaz, cuando no directamente perjudicial»[246].
Muchos médicos, además, fueron remisos a incorporar los nuevos
descubrimientos científicos. El primer paciente tratado con penicilina, por ejemplo,
fue uno en 1880[I]… y ya no hubo más: el segundo no llegó hasta la década de 1940.

Resistencia a los antibióticos

Alexander Fleming, el padre de la penicilina, ya advirtió en el discurso de


aceptación del premio Nobel del peligro de las resistencias: si se abusaba de
los antibióticos, las bacterias aprenderían a vencerlos. Y eso es justo lo que
ha ocurrido. Por ello, cuando en 1945 eran suficientes 40 000 unidades de
penicilina para tratar un caso normal de neumonía neumocócica, hoy en día
se requieren más de 20 millones de unidades diarias durante varios días.
El problema es que tomamos demasiados antibióticos incluso para
problemas que no los requieren, como una infección vírica. En una encuesta
de 2020 realizada en Australia, por ejemplo, el 13 % de los ciudadanos creía
erróneamente que la COVID-19, una enfermedad viral, podía tratarse con
antibióticos (lo cual es imposible). Más de un tercio delos encuestados pensó

Página 208
quelos antibióticos solucionarían la gripe o el dolor de garganta, mientras
que el 15 % asumió que los antibióticos eran efectivos contra la varicela o la
diarrea. El 25 % de los encuestados nunca había oído hablar de la resistencia
a los antibióticos[247].
La resistencia bacteriana a los antibióticos, sin embargo, es un problema
creciente. Solo en España se cobra la vida de 3000 personas anualmente, una
media de ocho diarias. En Europa, la cifra ronda las 33 000. Las resistencias
se han multiplicado por diez desde 1990. La OMS estima que, para 2050, la
resistencia a antibióticos será la principal causa de muerte en el planeta: si
entre 1950 y 1990 Estados Unidos desarrollaba tres antibióticos al año, hoy
apenas logra desarrollar un nuevo antibiótico cada dos años.
La OMS también publicó la primera lista de bacterias resistentes a los
antibióticos, que incluye a las doce familias más letales, a principios del año
2017. Entre las bacterias que figuran en la lista está la Acinetobacter,
pseudomonas y varias entero bacterias que pueden provocar infecciones
graves en la sangre o neumonías. Entre las categorías con prioridad elevada
figuran bacterias como la Helicobacter pylori u otras que provocan
enfermedades comunes como las intoxicaciones alimentarias por salmonela
o la gonorrea.

Oliver Wendell Holmes, en 1843, fue el primer médico en defender la idea de lavarse
las manos en los hospitales para evitar la propagación de infecciones. Actualmente es
algo bastante evidente, pero entonces no lo era tanto, y salvó muchas vidas. En 1847,
Ignaz Semmelweis también fue un médico húngaro que consiguió disminuir
drásticamente la tasa de mortalidad por sepsis puerperal (una forma de fiebre
puerperal) entre las mujeres que daban a luz en su hospital mediante la
recomendación a los obstetras de que se lavaran las manos antes de atender los
partos.
«¡Dios sabe la cantidad de mujeres que he enviado prematuramente a la tumba!»,
escribió poco después de su descubrimiento. Pocos le hicieron caso, y Semmelweis
perdió el juicio y fue internado en un manicomio, donde murió a manos de sus
celadores.
Algunos años después, Luis Pasteur, en Francia, publicaría la hipótesis
microbiana, y Joseph Lister, en Gran Bretaña, extendería la práctica quirúrgica
higiénica al resto de especialidades médicas, introduciendo el uso del fenol (o ácido
carbólico), un extracto de alquitrán de hulla.
Cuando una epidemia de cólera estalló en Londres en 1855, John Snow siguió su
rastro hasta encontrar su origen en una bomba de agua. Snow, así, se convirtió en un
pionero en el estudio y control de epidemias. Este tipo de estrategia tardó mucho en

Página 209
llevarse a cabo, sobre todo porque nadie sabía que las enfermedades se transmitían
mediante organismos invisibles al ojo desnudo.
Una vez se empezaron a implementar determinados protocolos en la medicina, su
éxito para salvar vidas fue incontestable. Un buen ejemplo es la elaboración de las
vacunas. Las vacunas funcionan al estimular nuestro sistema inmunitario para
reconocer un patógeno sin exponernos a la bacteria o virus causante de la
enfermedad. En el caso del sarampión, las paperas y la rubéola, las formas
debilitadas, pero aún vivas, de los virus preparan nuestro sistema inmunológico para
eliminar al virus real, en caso de que nos infectemos.
Maurice Hilleman (1919-2005), desarrollador de ocho vacunas, se estima que
acabó salvando unas 129 millones de vidas. Concretamente, las de personas que
podían haber muerto por sarampión, paperas, hepatitis A, hepatitis B, varicela,
meningitis, neumonía y Haemophilus influenzae. Howard Florey (1898-1968)
desarrolló la penicilina, lo que salvó la vida a 82 millones de personas. Este
farmacólogo australiano compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en
1945 con Ernst Boris Chain y Alexander Fleming. Gaston Ramon (1886-1963)
desarrolló las vacunas para el tétanos y la difteria, lo que salvó a 60 millones de
personas.
Solo en lo tocante a un puñado de vacunas, pues, podemos afirmar que se han
salvado un total de 271 millones de personas.
Sumemos a esto 131 millones de personas más gracias a William Foege (1936),
que diseñó la estrategia de erradicación global de la viruela en la década de 1970. Y
Abel Wolman (1892-1982) y Linn Enslow (1891-1957), que descubrieron cómo
clorar el agua, salvando así la vida de al menos 177 millones de personas más. No en
vano, en 1908, en los Estados Unidos se consiguieron eliminar las enfermedades
transmitidas por el agua de esta forma, dejando atrás las espantosas pesadillas que
producía el cólera, la fiebre tifoidea, la disentería y la hepatitis A.

Movimiento antivacunas

No importa la ideología, el espectro ideológico de los antivacunas puede ser


diametralmente opuesto: desde los hippies liberales hasta los conservadores
del Tea Party podemos encontrar personas que denuncian que las vacunas
son dañinas. De hecho, la gente confía más en las vacunas cuando gobierna
el partido político con el que simpatiza[248].
Y no son un puñado pequeño de gente ignorante. De hecho, muchos
antivacunas están muy informados (aunque sus fuentes sean erróneas,
básicamente YouTube, Facebook y webs que venden productos
alternativos[249]). Por ello, el aumento del movimiento antivacunas está

Página 210
ocasionando un incremento alarmante en los casos de sarampión en todo el
mundo; solo en Inglaterra se han notificado más de 1100 en 2018.
Tan recientemente como en el cambio de siglo XXI, casi un millón de
personas morían de sarampión cada año. Ese número ha disminuido
drásticamente: hubo menos de 90 000 muertes por sarampión a nivel mundial
en 2016. La vacunación ha sido el centro de este notable progreso. En 2018,
sin embargo, Europa se resistió a la tendencia a la baja. El año anterior se
cuadricuplicaron los casos de sarampión, sumándose 35 muertes.
La Organización Mundial de la Salud ha señalado en 2020 al «indeciso
de la vacuna» entre sus 10 principales amenazas para la salud mundial.
La vacunación es una de las formas más rentables de evitar la
enfermedad: actualmente previene de 2 a 3 millones de muertes por año, y
podrían evitarse otros 1,5 millones si se mejorara la cobertura mundial de
vacunas.

Fuera del ámbito de las vacunas, Andreas Gruentzig (1939-1985) salvó la vida a unas
15 millones de personas gracias a la angioplastia. Concretamente, este cardiólogo y
radiólogo alemán realizó la primera angioplastia con balón exitosa, con el fin de
mejorar el flujo sanguíneo de arterias coronarias ocluidas. El primer tratamiento
exitoso de angioplastia coronaria de Gruentzig en un humano despierto se realizó el
16 de septiembre de 1977, en Zurich, Suiza.
Gracias a la mejora en la alimentación, la salubridad y, naturalmente, los avances
médicos, la esperanza de vida en el siglo XX experimentó un aumento en todo el
planeta equiparable al que había tenido lugar en el conjunto de los ocho mil años
anteriores. En el año 1900, un estadounidense tenía una esperanza de vida de 46 años.
A finales de siglo, ya había alcanzado los 74. Las mujeres, en el mismo lapso de
tiempo, pasaron de los 48 años a los 80. Casi el doble en solo cien años. Y en otros
países, como Singapur, una mujer puede esperar vivir de promedio 87,6 años, más del
doble que su bisabuela.
Si ahora matan más el cáncer, la enfermedad de Alzheimer, la diabetes o la
enfermedad cardiaca es sencillamente porque antes había otras cosas que solían matar
primero a la gente. Es decir, que si la medicina gana la batalla a una enfermedad,
puede que luego aparezca otra asociada a esa victoria, que es básicamente el hecho de
cumplir cada vez más años de edad: la peor enfermedad de todas.

«SI AHORA MATAN MÁS EL CÁNCER, LA ENFERMEDAD DE ALZHEIMER, LA DIABETES


O LA ENFERMEDAD CARDIACA ES SENCILLAMENTE PORQUE ANTES HABÍA OTRAS COSAS

QUE SOLÍAN MATAR PRIMERO A LA GENTE»

Página 211
Los errores y las negligencias médicas siegan la vida de innumerables personas,
es cierto. Por ejemplo, en todo el mundo, 4,2 millones de pacientes mueren
anualmente dentro de los 30 días posteriores a una cirugía, según un estudio
publicado en The Lancet[250].
Es una cifra muy elevada si tenemos en cuenta el número de procedimientos
quirúrgicos que se realizan en un año: unos 313 millones. Es la tercera causa de
muerte tras la cardiopatía isquémica y el accidente cardiovascular. Las cirugías matan
más que la malaria y la tuberculosis combinadas.
Sin embargo, hay que hacer un par de apreciaciones. La primera es que la mitad
de estas muertes tienen lugar en países de ingresos bajos y medios. La segunda es:
¿cuántos de esos pacientes no hubieran muerto igualmente de haber prescindido de la
cirugía por otras complicaciones médicas? Muchas de las enfermedades más letales
para nosotros en la actualidad, de hecho, aparecen ya de por sí en edades muy
avanzadas, por ello muchos pacientes mueren al poco de superarlas por otros
motivos. Tanto es así que «si mañana encontráramos una cura para todos los
cánceres, esta solo añadiría 3,2 años a la esperanza de vida global, mientras que
eliminar hasta la última forma de enfermedad cardiaca añadiría solo 5,5»[251].
La medicina es más eficaz en tanto en cuanto se encuentra más avanzada en su
desarrollo. Retirarla en aras de reducir su mortalidad o sustituirla por prácticas
milenarias o alternativas no es la solución, sino exigir más controles y regulaciones, y
mayores inversiones en tecnología e higiene.
Finalmente, como corolario, los estudios que arrojan porcentajes de muertes tan
elevados a causa de procedimientos médicos son objeto de un buen número de
críticas por sus errores metodológicos. Por ejemplo, un caso muy citado es el de
«Medical error—The Third leading cause of death in the US», publicado en British
Medical Journal en 2016. La mayor parte de las fuentes citadas en el estudio son
poco fiables y poco rigurosas, la extrapolación de los datos no se realizó a través de
una metodología concreta y, sobre todo, no se tuvo en cuenta la complejidad que
supone la definición de «error médico». En ese sentido, quizá resulten más fiables los
análisis realizados en el año 2019, centrándose en una cantidad masiva de registros en
Estados Unidos entre 1990 y 2016[252]. La conclusión es que las víctimas debidas a
efectos adversos evitables están por debajo de 5000, y que el riesgo global ha ido
descendiendo.
Las muertes por errores y negligencias médicas, también es cierto, están cubiertas
con cierto halo de misterio debido al corporativismo, por ello las cifras pueden oscilar
mucho en función del análisis o el país. Por ejemplo, otra investigación llevada a
cabo por la Universidad John Hopkins concluye que en torno a 250 000
estadounidenses mueren cada año por errores médicos[253]. En España no hay
estudios similares, aunque se estima que hay una proporción parecida, es decir, entre
25 000 y 35 000 víctimas.

Página 212
Es un baile de números, hay falta de consenso y diversos criterios a la hora de
estudiar este tema, y probablemente la verdad esté entre las estimaciones más
pesimistas y las más optimistas. Sea como fuere, de nuevo, el problema no es la
medicina per se, sino las regulaciones, que deben continuar depurándose poco a poco.

¡Peligro real: medicina alternativa!

La medicina alopática se basa fundamentalmente en tratar enfermedades a través


de fármacos que actúen por el mecanismo de «los contrarios». Esto es: si hay gripe,
se suministra un antigripal; si hay fiebre, se receta un antifebril; si hay inflamación,
se medica con un antiinflamatorio. Por otro lado, están las Medicinas Tradicionales,
Alternativas y Complementarias, conocidas con las siglas de MAC. Según la
Organización Mundial de la Salud (OMS) son la medicina tradicional china, la
medicina ayurveda, la homeopatía, la fitoterapia, la medicina unani, la medicina
naturista y determinadas técnicas manuales (tuina, osteopatía, nuad thai).
Las MAC plantean un enfoque más integrista y sostienen que no hay
enfermedades, sino enfermos.
Su práctica, sin embargo, no está exenta de riesgos. De hecho, hay prácticas en
concreto que son nocivas. La esperanza de vida de China, por ejemplo, empezó a
mejorar a medida que abandonaba la medicina tradicional china y se pasaba a la
alopática, lo cual puede ser sencillamente porque la alopática es más eficaz curando
enfermedades. Sin embargo, la ayurveda sí que está constatado que no es inocua. Un
estudio de 1994 de hierbas medicinales ayurvédicas descubrió que una muestra de
cada cinco compradas en tiendas locales en Boston contenía suficiente plomo,
mercurio o arsénico para que alguien que usara el medicamento según las
indicaciones recibiera una dosis más alta que los estándares de seguridad de Estados
Unidos[254]. Así, esta medicina natural expondría al usuario 10 000 veces más a estos
metales pesados tóxicos que lo permitido por las normas federales para cualquier
medicamento convencional.
El 9 de julio de 2004, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades
de Estados Unidos, de hecho, recibió informes de 12 casos de envenenamiento por
plomo asociados con el uso de medicamentos ayurvédicos. En general, estos
pacientes tomaron el medicamento para la artritis o la diabetes.
El mayor problema de la medicina alternativa, sin embargo, es que no es eficaz.
Ni para curar ni para matar. Por consiguiente, la mayoría de víctimas de esta clase de
medicina son resultado del abandono de la medicina alopática frente a la alternativa.
Sobre todo cuando hablamos de cánceres. Un caso célebre al respecto fue el de Steve
Jobs.

Página 213
Y es que uno de cada tres pacientes con cáncer recurre a terapias y medicamentos
complementarios y alternativos, como la meditación, el yoga, la acupuntura, las
hierbas medicinales y los suplementos, según los datos de los Centros para el Control
y Prevención de Enfermedades de la National Health Interview Survey (NHIS)
estadounidense[255].
Según un estudio[256] publicado en Journal of the National Cancer Institute en
2018 por parte de investigadores de la Universidad de Yale que analizó las bases de
datos estadounidenses sobre el cáncer para cuantificar el riesgo real que se oculta tras
esas terapias sin aval científico, usar tratamientos alternativos supuso un riesgo
mucho mayor de morir en los siguientes cincos años que no hacerlo. Las cifras varían
según el tipo de cáncer. Las pacientes con cáncer de mama tenían 5,7 veces más
probabilidad de morir en los siguientes cinco años. Los pacientes de cáncer
colorrectal tenían 4,6 veces. En los pacientes con cáncer de pulmón, la tasa de
mortalidad en cinco años se duplicó.
El primer informe[257] sobre fallecidos a causa de pseudoterapias en España,
realizado en 2019 por la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias
Pseudocientíficas (APETP), estima que cada año fallecen entre 1210 y 1460 personas
por seguir prácticas carentes de evidencia científica y contrarias a la deontología
médica. Pero como advierten los autores del informe, Fernando Cervera, José Manuel
Gómez y Fernando Frías, solo existen estudios parciales para algunas patologías y
pseudoterapias, así que las cifras podrían estar altamente infraestimadas. Solo en
enfermos de cáncer y contando los casos para tres tipos de tumor, el estudio apunta
que se podrían registrar 800 fallecidos al año. En aras de hacer una estimación más
exhaustiva, José M. Gómez Soriano, profesor de Universidad de Alicante y doctor en
Inteligencia Artificial y Reconocimiento de Formas, calcula que el uso de medicina
alternativa podría haber provocado más de 22 000 muertes solo en España. Para
realizar sus cálculos, Soriano alude a un estudio[258] publicado en el European
Journal of Cancer en 2003 que sugiere que los pacientes que recurren a la medicina
alternativa se mueren un 17 % más que los que no, aunque continúen con el
tratamiento.
Hay que recordar que solo estamos hablando de cáncer. El número de víctimas
por todas las enfermedades existentes en la actualidad, o incluso la dejadez en el uso
de medicinas como la vacunación infantil por rechazo a la medicina convencional, se
ignora, por el momento, tal y como se advierte en el informe de la APETP:

No existen estudios de cómo afectan las pseudoterapias a la tasa de


supervivencia del resto de enfermedades, ni en España ni en otros
países. Por lo tanto, la cifra de muertos por pseudoterapias en las
enfermedades circulatorias, las isquémicas del corazón y las
cerebrovasculares —⁠ que fueron la causa más común de muerte por
enfermedad en 2016⁠ —, o por otras enfermedades como la diabetes y

Página 214
enfermedades crónicas de las vías respiratorias inferiores
—⁠ tratándose de enfermedades como la bronquitis crónica, enfisema
y Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica⁠ —, que suelen ser
causas importantes de mortalidad en España, permanecen ocultas y
sin perspectivas de ser conocidas en los próximos años.

La gran diferencia entre la medicina alopática y la tradicional es que solo la primera


cambia, progresa y mejora. La segunda suele hacerlo muy poco o no hacerlo en
absoluto. En un mundo donde cada vez aprendemos mejor cómo funcionan las cosas,
que una práctica no haya cambiado radicalmente con el transcurrir del tiempo debería
hacernos saltar todas las alarmas. La medicina alopática logra mejorar sus estadísticas
a la hora de curar o evitar los errores médicos poco a poco, década a década,
implementando mejoras e invirtiendo ingentes cantidades de dinero en investigación
y desarrollo.
Esta brecha no dejará de ampliarse en el futuro, pues la ciencia médica está dando
saltos exponenciales gracias al uso de biompresión 3D de órganos (en Estados
Unidos fallece de media una persona casi cada hora esperando un trasplante),
neuroprótesis, nanorobots que recorrerán nuestro cuerpo para mantenerlo saludable o
terapias de edición genética como la revolucionaria CRISPR. Por ejemplo, Robert
Freitas, investigador del Instituto para la Fabricación Molecular, en Palo Alto,
California, estima que gracias a la nanotecnología lograremos eliminar hasta el 50 %
de los trastornos médicos prevenibles y nuestra expectativa de vida superará
holgadamente los ciento cincuenta años.
Los algoritmos de inteligencia artificial también se están desarrollando para
mejorar la precisión de los diagnósticos médicos hasta umbrales insospechados. Por
ejemplo, el superordenador WATSON, de IBM, ya colabora con el Centro del Cáncer
Memorial Sloan Kettering de Nueva York para el diagnóstico y tratamiento de cáncer
de pulmón, colorrectal y de mama. Como explica el empresario de Silicon Valley
Martin Ford a propósito de los algoritmos usados en medicina:

Un sistema de inteligencia artificial con acceso a historiales médicos


detallados de pacientes, así como a información sobre los
medicamentos, incluidos sus efectos tóxicos y secundarios asociados,
podría potencialmente ser capaz de prevenir errores incluso en
situaciones muy complejas que implican la interacción de múltiples
medicamentos[259].

En su reciente libro Atrapados, Nicholas Carr describe así el papel al que quedarán
relegados los médicos:

Para ponerlo en términos poco caritativos pero no equivocados, puede


que muchos médicos se encuentren pronto adoptando el papel de

Página 215
sensores humanos que recogen información para un ordenador que
toma las decisiones. Los médicos examinarán al paciente e
introducirán datos en archivos electrónicos, pero el ordenador tomará
la iniciativa al sugerir diagnósticos y recomendar tratamientos[260].

¿Llegarán entonces los chamanes cibernéticos?

Tus nuevos aforismos


Desconfía de un tratamiento si es milenario, es natural, fue ideado por un
sabio o si te lo ha dicho la vecina del tercero.
Es más fácil saber que te has curado que saber cómo te has curado.
La medicina es el intento de reducir las opiniones a los experimentos. La
medicina alternativa es justo lo contrario.
Las opiniones son discutibles; los experimentos, no (salvo con otros
experimentos).
La medicina no solo te dice lo que cura, sino cómo saber que algo cura.
Si no tiene efectos secundarios, probablemente tampoco tiene efectos de
ningún tipo.
Todo es química. Tú también.

Página 216
CINE Y VIDEOJUEGOS

Michael Moriarty clavaba el papel de nazi en Holocausto. En cuanto


acabó el tercer episodio cogía el bus dieciocho, me acerqué hasta el
barrio judío y… creo que me cargué a dieciocho mil antes de darme
cuenta de lo que estaba haciendo. Entonces pensé: «Esto lo he hecho
por culpa de la puta televisión».
PETER COOK,
cómico británico

Página 217
M
uchas personas son las que recelan de las películas, las novelas, los cómics,
los videojuegos o cualquier otro contenido de ficción que incluya algún
tipo de violencia por si esta pudiera propiciar una conducta inmoral, un
aumento de la violencia o un desarreglo en la educación. La intuición nos dice que si
vemos mucha violencia en los medios de comunicación, al final quedaremos
insensibilizados ante la violencia o, peor, acabaremos imitándola en el mundo real.
Sin embargo, estas ideas parten de dos premisas falsas.
La primera es que hay una línea recta unidireccional causal entre ficción y
realidad, es decir, que lo que se consume en ficción finalmente se plasmará en la
realidad. No obstante, las cosas no son tan sencillas. Ni la línea es unidireccional (a
veces lo que se plasma en la ficción solo es un reflejo de la realidad), ni es causal (a
veces hay solo correlación)… y ni siquiera es una línea recta (más bien es una línea
zigzagueante, en el mejor de los casos, o un garabato emborronado a falta de más
literatura científica, en el peor). O como uno de los personajes dice en la película de
terror Scream, «las películas de terror no crean asesinos, solo hacen que sean más
creativos».
La segunda premisa falsa es que la violencia en la ficción sea la mayor de
nuestras preocupaciones. Si aceptamos que una obra de ficción puede aumentar la
violencia de la sociedad, entonces también deberíamos aceptar que facilitará la
propagación de otras ideas con la misma facilidad. Por ejemplo: tópicos falsos y
maniqueos sobre la moral, el sentido de la vida, la felicidad y otros tantos asuntos que
estarían llevando a cabo la mayor lobotomía colectiva de la historia de la humanidad.

Celuloide ensangrentado
La ficción siempre ha estado fiscalizada. Tanto por las ideas que transmitía, como por
las emociones que suscitaba, ha sido objeto de crítica y reprobación durante siglos. El
filósofo ateniense Sócrates, por ejemplo, detestaba los libros. Estaba convencido de
que los libros destruirían el mundo, condenando a la humanidad a las tinieblas de la
ignorancia. Platón aconsejaba en su Politeia (La República) una censura de los
cuentos y las leyendas de los antepasados porque temía que la juventud acabase
tomando ejemplo y adoptase valores incívicos y perjudiciales. En su diálogo Las
leyes, Platón también afirmaba que el hombre virtuoso no debe reírse; y en el Filebo
califica la risa de transgresora de la armonía, un placer propio de locos, bufones y
gente vil; ideas que más tarde recogería Umberto Eco en El nombre de la rosa. Para
el villano de esta obra, Jorge de Burgos, «la risa es signo de estulticia», y por eso
estaba dispuesto a matar a todo el que leyera un libro que defendía lo contrario.
Más tarde, tras el nacimiento de la imprenta de Gutenberg, muchos escritores
consideraban que no era bueno que la gente común pudiera acceder a tantas lecturas;

Página 218
como Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, que dijo en 1711:

Una copia de unos versos que se conserva en un aparador y solo se


muestra a unos pocos amigos es como una virgen deseada y admirada;
pero cuando se imprime y se publica, es como una prostituta
cualquiera, cuyo cuerpo puede comprarse por media corona.

Más tarde, en 1857, el libro La Medicina de las pasiones, ó Las pasiones


consideradas con respecto a las enfermedades, las leyes y la religión, de Jean
Baptiste Félix Descuret, alertaba de la «sobreexcitación del sistema nervioso que
debe atribuirse a las emociones violentas que las mujeres y los niños van a buscar a
los teatros», al más puro estilo asustaviejas que más tarde se repetiría con la radio, el
cine, la televisión, los ordenadores, los videojuegos o internet.
Sin embargo, como ya hemos visto, la violencia no deja de reducirse en casi todos
los países del mundo, y también los círculos de empatía no han dejado de ampliarse
desde el advenimiento de los medios de comunicación. Si la ficción tiene el poder de
instilar sus códigos violentos a sus consumidores, sin duda está resultando muy
ineficaz en su empeño.
De hecho, cada vez que ha nacido un nuevo formato de ficción al que se le ha
acusado de aumentar los desórdenes sociales, en realidad lo que ha pasado es que
esos desórdenes han disminuido.
Lancelot y otros relatos de la caballería medieval, ambientados en el siglo VI y
escritos entre los siglos XI y XII son obras tan violentas y descarnadas que hoy en día
hasta nos resultarían indigestas. Thomas de Quincey describía metódicamente los
asesinatos cometidos por un tal John Williams en 1812 de un modo que parecía hallar
belleza en ello en Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Pero las
sociedades que se fueron configurando alrededor de esta literatura cada vez eran más
pacíficas y estaban más articuladas en torno a códigos morales y éticos más
benévolos.
El cine, al ser una historia que se contaba con imágenes y sonidos, se considera
con más poder para persuadir a las personas. Sin embargo, los economistas Gordon
Dahl y Stefano DellaVigna quisieron averiguar si la comisión de delitos aumentaba
tras el estreno de películas violentas combinando tres conjuntos de macrodatos
correspondientes a Estados Unidos al periodo comprendido entre los años 1995 y
2004 (datos de la taquilla cinematográfica, datos del FBI sobre la comisión de delitos
hora a hora y grado de violencia de las películas según [Link])[261].
¿Qué pasaba los fines de semana en los que se estrenaba una película violenta de
gran popularidad como Hannibal o Amanecer de los muertos? Sencillamente, la tasa
de asesinatos, violaciones y agresiones disminuía.
Obviamente, como se ha dicho, la línea entre consumir ficción y lo que luego
haremos en la vida real dista de ser clara y recta. Profundizando en el análisis, ambos

Página 219
autores descubrieron que la tasa de violencia disminuía horas antes de que se
estrenaran las películas. Es decir, que parece que muchos potenciales criminales
acuden al cine porque se sienten atraídos por las películas violentas, de modo que si
están en el cine, no están en la calle cometiendo delitos. Lo más relevante, sin
embargo, es que los efectos en el descenso de la tasa de criminalidad perduraban en
el tiempo: al salir del cine, los potenciales criminales no se lanzaban a cometer
delitos. ¿Las películas violentas reducían las ansias de violencia? Tal vez. Pero los
autores descubrieron que la explicación era un poco más contraintuitiva: el alcohol
está detrás de la comisión de muchos delitos, y en casi ninguna sala de los Estados
Unidos se sirve alcohol.
Este estudio no es la última palabra sobre la asociación entre consumo de
contenido violento y actos violentos, naturalmente, pero sí pone en evidencia cuán
espinoso es el asunto. De hecho, es probable que definir lo que es un contenido
violento ni siquiera sea fácil. ¿Es más violenta la historia de un asesino o la de un
padre que venga la muerte de sus hijos? ¿Depende de cómo se explique la historia?
¿Influye el final? ¿Hay películas que producen desahogo, pero otras que aumentan la
irritación? Todo eso no se sabe todavía.
Es más, contenidos que consideramos a priori más convenientes que un film gore
pueden no serlo: la violencia doméstica, por ejemplo, aumenta inmediatamente
después de que el equipo de fútbol local pierda un partido que se esperaba que iba a
ganar[262]. ¿El fútbol es más violento que una película? ¿Deberíamos prohibir el
consumo de fútbol?

Películas polémicas por su violencia

El cineasta Martin Scorsese tuvo problemas de censura con El cabo del


miedo (1991) y Casino (1995). Perros de paja (1971), de Sam Peckinpah,
estuvo prohibida en Gran Bretaña. Asesinos natos (1994), de Oliver Stone,
fue retirada de Francia y Gran Bretaña porque la pareja protagonista, una
pareja de psicópatas, mata a sangre fría a 52 personas. Bonnie y Clyde
(1967), de Arthur Penn, si bien hoy no se considera violenta, entonces
recibió innumerables críticas por su crudeza. Cuando Luis Buñuel estrenó El
perro andaluz (1928) pocos eran los que soportaban la escena del ojo
cortado.
Otras películas se han vinculado a delitos simplemente porque tales
delitos han tenido lugar poco después de su estreno o porque el perpetrador
ha copiado elementos del filme. Por ejemplo, el tiroteo de Aurora, Colorado,
en el que perdieron la vida 12 personas, todas ellas estaban asistiendo al
estreno de la película El caballero oscuro: la leyenda renace, el 20 de julio

Página 220
de 2012. El comisionado del Departamento de Policía de Nueva York, Ray
Kelly, afirmó en una rueda de prensa que el asesino, James Holmes, de 24
años, le había confesado que era El Joker. Cuando se celebró el juicio contra
Holmes, este apareció en escena con pelo pintado de anaranjado y una
expresión de perplejidad.
Después de un pase de la película sobre pandillas Colors: colores de
guerra (1988), hubo un violento tiroteo. También se produjeron disturbios
tras un pase de la película sobre pandillas New Jack City (1991). La
polémica no tardó en llegar también para La naranja mecánica (1971), de
Stanley Kubrick, pues tras su estreno en Reino Unido, un grupo de jóvenes
mataron a un vagabundo de la misma forma que en el film.

El simple hecho de ver un programa infantil también puede aumentar los problemas
sociales, de modo que escudarse en una franja horaria infantil tampoco parece lo más
eficaz. Lo que la literatura científica sugiere al respecto es que consumir mucha
televisión cuando somos niños puede facilitar que uno tienda a implicarse en delitos
cuando alcanza la edad adulta. Sin embargo, esto sucede independientemente de los
contenidos que vean, tal y como explican Stephen J. Dubner y Steven Levitt en su
libro Superfreakonomics:

Es posible que los niños que veían mucha televisión no quedaran


adecuadamente socializados, o no aprendieran a divertirse por sí
solos. Es posible que la televisión hiciera que los que no tenían cosas
descaran las que otros tenían, aunque eso significara robarlas. O
puede que no tuviera nada que ver con los propios niños; a lo mejor
mamá y papá se volvieron negligentes cuando descubrieron que mirar
la tele era mucho más entretenido que cuidar de los niños[263].

Los dibujos animados, al menos figuradamente, también presentan más violencia


promedio, incluso más muertes, que la ficción dirigida a adultos. Es lo que sugiere, al
menos, un curioso estudio[264] británico al respecto publicado en British Medical
Journal. En el análisis se visualizaron 45 películas de dibujos animados con los
mayores ingresos brutos de taquilla de todos los tiempos. Las fechas de estreno
oscilaron entre 1937 (Blancanieves) y 2013 (Frozen). Se excluyeron películas en las
que los personajes principales no eran ni humanos ni animales (por ejemplo, coches,
robots, juguetes). Tales películas de animación se compararon con otras películas
estrenadas en fechas similares, entre las que se incluían: El exorcismo de Emily Rose,
Lo que la verdad esconde, Pulp Fiction, Infiltrados o El Cisne Negro.

Página 221
«LOS DIBUJOS ANIMADOS, AL MENOS FIGURADAMENTE, TAMBIÉN PRESENTAN MÁS
VIOLENCIA PROMEDIO, INCLUSO MÁS MUERTES»

Tras comparar las muertes de personajes principales, las conclusiones fueron las
siguientes: dos terceras partes de las películas de animación para niños contenían una
muerte en pantalla de un personaje importante frente a la mitad de las películas de
comparación. Es decir, que el riesgo de muerte en pantalla de los personajes
importantes fue mayor en las películas de animación para niños que en las películas
de comparación para adultos.
Al menos, las causas más comunes de muerte en las películas de animación para
niños incluyen ataques de animales y caídas (intencionales o no), mientras que en las
películas de comparación las causas más comunes de muerte fueron disparos,
choques de vehículos de motor y enfermedades. Sin embargo, el riesgo de asesinato
en pantalla de personajes importantes fue mayor en las películas de animación para
niños que en las películas de comparación para adultos.

Salpicaduras de sangre con forma de píxeles


Con los videojuegos ocurre tanto de lo mismo. En 1981, los estadounidenses habían
gastado 20 000 millones de monedas en videojuegos instalados en salones recreativos
y bares. La industria «había recaudado el doble de dinero que todos los casinos de
Nevada juntos, casi el doble que la industria del cine y el triple que las ligas de
béisbol, baloncesto y fútbol americano»[265]. Sin embargo, a pesar de que había
24 000 salones recreativos y 400 000 locales con máquinas recreativas, sumando un
total de 1,5 millones de máquinas recreativas, la década de 1980-90 experimentó una
de las reducciones más espectaculares de la tasa de delitos violentos de toda la
historia de Estados Unidos.
Y la tendencia ha ido siguiendo el mismo curso: cuanto más penetran los
videojuegos en la sociedad, más descienden los delitos. En 2015, por ejemplo, el
84 % de la juventud norteamericana era usuaria común de videojuegos. Hay casos de
matanzas indiscriminadas que ocupan horas y páginas en los medios de
comunicación, alertando tanto a la población que ello ha conducido a que presidentes
como Donald Trump se atrevan a establecer conexiones entre los videojuegos y los
tiroteos masivos que se producen en Estados Unidos.
En realidad, esta conexión es espuria, como señala el genetista británico Adam
Rutherford: «Como los videojuegos están tan extendidos, estadísticamente, la idea de
un vínculo causal entre los videojuegos violentos y la violencia asesina resulta
absurda»[266]. Sin embargo, los periodistas, los padres, los pediatras y algunos

Página 222
psicólogos se lanzan enseguida a teorizar acerca de determinados videojuegos. Es lo
que sucedió, por ejemplo, con Adam Lanza, que asesinó a 20 niños y 6 adultos en
Sandy Hook, Connecticut, en 2014. La prensa informó que había estado jugando Call
of Duty 4 esa mañana, y seis días más tarde, un senador presentó un proyecto de ley
para investigar la violencia de los videojuegos. Lo que no se dijo fue que los
videojuegos favoritos de Lanza eran en realidad Super Mario Bros y Dance Dance
Revolution, donde el objetivo del juego es imitar movimientos de baile en una
discoteca.
Es cierto que los videojuegos violentos propician que unos pocos usuarios se
vuelvan más agresivos físicamente. Estamos hablando de lo que sugiere un estudio
internacional que analizó a más de 17 000 adolescentes, de entre 9 y 19 años, de 2010
a 2017. El estudio consistió en analizar exhaustivamente 24 estudios de países como
Estados Unidos, Canadá, Alemania y Japón en los que los aficionados a Grand Theft
Auto, Call of Duty y Manhunt, por ejemplo, tenían mayor probabilidad de mostrar
comportamientos como ser enviados a la oficina del director por pelearse o golpear a
un miembro no familiar. Sin embargo, estamos hablando de porcentajes bajos, y de
que los videojuegos solo son uno de tantos factores del ecosistema. Si los
videojuegos fueran realmente los factores más importantes, pasarían dos cosas: el
número de delitos en Estados Unidos aumentaría, en vez de reducirse, y más
importante aún: los países donde hay más aficionados a los videojuegos, también
serían los países donde hay más comportamientos violentos… y no es así, como
podemos ver en la siguiente tabla:

Datos de muertes violentas con armas del Institute for Health Metrics and Evaluation;
datos de ingresos por videojuegos (sin incluir ventas de hardware) de Newzoo,
compañía de análisis de videojuegos.

Resulta difícil saber si las personas violentas prefieren los videojuegos violentos o
son los videojuegos violentos los que forjan a las personas violentas, pero las

Página 223
estadísticas tendrían al menos que reducir nuestras zozobras al respecto.
En Estados Unidos muere mucha más gente, pero no porque existan los
videojuegos, sino porque las armas de fuego son legales y fáciles de obtener.
De hecho, Christopher Ferguson, profesor asociado y copresidente del
Departamento de Psicología de la Universidad de Stetson, señala que los estudios
más recientes que emplean mejores métodos de análisis generalmente no han logrado
establecer conexiones entre la violencia virtual y la violencia real. Incluso un
estudio[267] de 2016 encontró evidencia de que los juegos violentos causan una
modesta reducción de la delincuencia. La idea básica es que los videojuegos ayudan a
mantener a los hombres jóvenes frente a las pantallas de sus consolas en lugar de en
las calles, donde podrían actuar violentamente. Es algo similar a lo que sucede con la
pornografía: su prohibición no parece reducir la violencia sexual, más bien al
contrario, porque los hombres pueden desahogarse delante de una pantalla en vez de
en la vida real[268].
El periodista y experto en videojuegos Simon Parkin trata de zanjar la cuestión de
forma más pragmática, habida cuenta de que nos estamos enfrentando a casos muy
puntuales (tanto que cabe pensar que quizá un asesino se habría vuelto tal
sencillamente haciendo cualquier otra actividad que no fuera jugar a un videojuego):

El problema de la violencia en los videojuegos y sus posibles efectos


puede parecer abstracto y esotérico, algo que requiere estudios
científicos que arrojen luz sobre los puntos más oscuros. Sin embargo,
la violencia en los juegos tiene su lógica y su importancia, y siempre
es un acto de juego, no de sinceridad. Lo preocupante es que haya
quien no sea capaz de ver la diferencia, desde un alumno perturbado
de instituto hasta un senador estadounidense[269].

Sí, en términos generales, hay algunos estudios que establecen una correlación entre
violencia en los medios y conducta violenta, pero la gran mayoría no la encuentra.
Según Jonathan Freedman, psicólogo de la Universidad de Toronto, en una revisión
de 2002[270], apenas hay unos doscientos buenos estudios sobre este tema que pueden
dividirse en seis categorías: encuestas, experimentos, estudios de campo,
investigación longitudinal y comparativa, conexiones entre violencia y en los medios
y desensibilización y otros enfoques. Más de la mitad de los mejores estudios que
existen no han encontrado vínculos causales consistentes. Y, de hecho, si la ficción es
lo importante, ¿por qué hay diferencias entre países o regiones? Como señala el
psicólogo cognitivo Steven Pinker:
Los canadienses ven los mismos programas que los estadounidenses, pero su
índice de homicidios es solo del 25 % comparado con el de sus vecinos. Cuando la
colonia británica de Santa Helena instaló la televisión por primera vez en 1995, sus
habitantes no se volvieron más violentos[271].

Página 224
Los propios niños son un ejemplo de cómo los medios tienen un impacto
cuestionable en sus comportamientos antisociales, pues la edad más violenta, incluso
más que en la propia adolescencia, es entre los uno y dos años y medio. A esta edad,
casi la mitad de los niños y un porcentaje ligeramente inferior de las niñas se pelean,
se muerden y se dan patadas. Los estudios longitudinales demuestran que los niños
que se convierten en adultos crónicamente violentos generalmente ya son casos muy
difíciles desde la primera infancia. Tal y como concluye Richard Tremblay, psicólogo
infantil de la Universidad de Montreal, donde ocupa la cátedra de investigación de
Canadá en desarrollo infantil:

Los bebés no se matan entre sí porque no dejamos que puedan acceder


a los cuchillos y las armas. La pregunta que llevamos treinta años
intentando responder es cómo aprenden los niños a ser agresivos. Esta
es una pregunta equivocada. La pregunta correcta es cómo aprenden a
no serlo[272].

Por todo ello, dada la dificultad para establecer un vínculo causal entre consumo de
contenidos y comportamiento en el mundo real, el psicólogo social de la Universidad
de Yale William J. McGuire pronuncia este alegato de la libertad de la creación
artística (y también de su consumo discrecional):

Se podría objetar que cada acto violento, considerado aisladamente, es


lamentable de por sí. Por tanto, sería preciso desterrar la violencia de
la televisión en cuanto se demostrase que había sido causa directa de
una agresión contra una persona, aunque fuese una sola vez. Pero una
interpretación tan simplista del criterio de daño no toma en
consideración las posibles consecuencias dañinas de la implantación
de la censura.
Toda intervención en las informaciones públicas y de la libertad
de expresión artística o del espectáculo, debe indignarnos, en la
medida en que abre la puerta a otras prohibiciones, y esa es una
cadena de nunca acabar. […] Si se prohíbe la representación de la
violencia por el daño que pueda acarrear, qué no diremos de otras
actividades cuyas consecuencias nefastas son mucho más tangibles,
como conducir, beber, tener relaciones sexuales o frecuentar la iglesia,
y que pasarían a ser el blanco lógico del próximo ataque.

¡Peligro real: armas de fuego!

Página 225
En diciembre de 2012, Wayne LaPierre, vicepresidente ejecutivo de la Asociación
Nacional del Rifle (NRA), acusó al sector de los videojuegos de ser «una industria
fraudulenta, cruel, corrupta y corruptora que vende violencia contra su propio pueblo
y especula con ella»[273]. Sin embargo, lo que LaPierre no dijo es que la diferencia
entre la pacífica Japón y la violenta Estados Unidos no es el uso de los videojuegos
(en Japón es mayor), sino el uso de armas de fuego (en Estados Unidos es mayor).
Hay alrededor de 5 millones de estadounidenses que son miembros de la NRA, el
principal lobby de armas, cuando en Estados Unidos viven 321 millones de personas.
Según indica un informe[274] de los Centros de Control y Prevención de
Enfermedades (CDC), cada día mueren o resultan heridos cerca de 19 menores por
armas de fuego solo en Estados Unidos: el 53 % se debe a homicidios, el 38 % a
suicidios y el 6 % son accidentales. Los menores afroamericanos (56,1 %), seguidos
de los hispanos (21,4 %) son los dos grupos con mayor incidencia en cuanto a
homicidios con armas de fuego entre 2007 y 2014. En el caso de los suicidios con
armas de fuego, los menores blancos representaron la gran mayoría de los casos con
un 81,9 % de los casos en contraste con el 8,3 % de los hispanos y el 6,3 % de los
afroamericanos. Para los menores de edad, las armas de fuego constituyen la segunda
causa de muertes para este grupo después de los accidentes de tráfico.

«CADA DÍA MUEREN O RESULTAN HERIDOS CERCA DE 19 MENORES POR ARMAS DE


FUEGO SOLO EN ESTADOS UNIDOS»

La posesión de armas de fuego es cuatro veces mayor en los pueblos pequeños


que en las grandes ciudades, y la mayoría de jóvenes que se suicidan lo hacen con
armas de fuego. Eso también explica la razón de que los suicidios de gente joven
aumenten significativamente en relación con el incremento en el número de licencias
de caza de un país.
De hecho, en lo que difiere Estados Unidos del resto de países del mundo con su
mismo nivel socioeconómico es la posesión, admiración y justificación política de las
armas. Por ejemplo, según datos del Small Arms Survey[275] de 2017, en Suiza hay
27 armas por cada 100 habitantes. Es uno de los países más armados del mundo
porque el adiestramiento militar sigue siendo obligatorio para todos los hombres, y se
guardan las armas en casa para poder realizar ejercicios militares periódicos. Sin
embargo, las muertes por arma de fuego en Suiza son anecdóticas si las comparamos
con las de Estados Unidos. La diferencia estriba en que adquirir armas es
relativamente fácil para un civil en Estados Unidos. También es el país, con
diferencia, con mayor número de armas per cápita de todo el mundo: 120 armas por
cada 100 habitantes, es decir, casi 400 millones de armas. Está por encima de países
como Yemen o Serbia. España tiene 7 armas por cada 100 habitantes.

Página 226
Otro dato perturbador es que, a pesar de semejantes cifras de armas, la mayoría de
estadounidenses no las compra: de hecho, casi todas las armas se concentran apenas
en el 3 % de la población estadounidense. Una encuesta[276] realizada en 2016 por la
Universidad de Harvard y la Northeastern University arrojó un total de 265 millones
de armas de fuego privadas en el país. Más de la mitad (133 millones) se concentra en
manos de solo el 3 % de los estadounidenses, llamados «superpropietarios», que
tienen un promedio de 17 armas de fuego cada uno.
En otras palabras: un 3 % de estadounidenses posee aproximadamente el 20 % de
las reservas mundiales de armas de fuego.
Otra encuesta[277] realizada en 2017 por Pew Research Center descubrió que la
cantidad de estadounidenses que poseen un arma es de aproximadamente el 30 %. Es
decir, que el 70 % de todos los estadounidenses no tiene armas. Si hablamos de
hogares, el 58 % de los mismos no alberga ningún arma de fuego. Más de la mitad.

«UN 3 % DE ESTADOUNIDENSES POSEE APROXIMADAMENTE EL 20 % DE LAS


RESERVAS MUNDIALES DE ARMAS DE FUEGO»

El problema de Estados Unidos, pues, no parece tanto que existan armas como
que las regulaciones sobre las mismas son más laxas y tienen un importante factor
político que las incentiva. La educación, la asistencia del Estado garantista y la
raigambre histórica y democrática parecen ser otros factores que determinan el uso
que la gente hace de las armas. La forma rápida de evitar el alto nivel de homicidios
por armas de fuego en Estados Unidos (33 000 al año) parece ser la prohibición de
venta de armas; las formas más lentas y eficaces, sin embargo, deberían tener en
cuenta todo lo demás.
Otro estudio[278] publicado en British Medical Journal en 2019 concluía que una
mayor permisividad en la posesión de armas se asocia a un mayor riesgo de tiroteos
en masa. Es este factor, y no el estreno de una película, el decisivo para que tengan
lugar estos hechos que, aunque puntuales, acaparan la atención de los medios de
comunicación por su aparatosidad. Según el estudio, un aumento de 10 unidades en la
permisividad de la ley estatal de armas de fuego se asoció con una tasa un 11,5 %
mayor de disparos masivos. Un aumento del 10 % en la propiedad estatal de armas se
asoció con una tasa significativa de 35,1 % mayor de disparos masivos.
Otro estudio[279] llevado a cabo por investigadores de la Universidad de
Indianápolis señaló que vivir en estados con leyes de armas más débiles aumenta muy
significativamente la probabilidad de ser matados por las fuerzas del orden.
Incluso tener armas está correlacionado con una mayor tasa de suicidios:
concretamente, la mayoría de los suicidios con armas de fuego los llevan a cabo
personas que son dueños de armas desde hace mucho tiempo; menos del 10 % lo
lleva a cabo alguien que adquirió recientemente el arma[280].

Página 227
Los norteamericanos, sin embargo, continúan acumulando armas en su hogar para
defenderse (al menos un porcentaje de ellos), aunque la probabilidad de que esa arma
sea empleada contra un criminal es inferior a una entre un millón. Por el contrario, la
probabilidad de que el arma acabe siendo disparada contra una de las personas
residentes de dicho hogar es veinte veces superior a la cifra antes mencionada, como
explica entre escandalizado y maravillado Bill Bryson en su crónica sobre Estados
Unidos Historias de un gran país:

Cada año mueren 40 000 americanos por herida de bala, en la mayoría


de los casos disparada de forma accidental. Para que os hagáis una
idea, estamos hablando de un índice de 6,8 muertes por herida de bala
por cada 100 000 estadounidenses. En el Reino Unido este índice es
del 0,4 por 100 000 habitantes[281].

Afortunadamente, la tendencia a adquirir armas está descendiendo. Es decir, que


cuanto más joven es una persona, menor es la probabilidad de que posea armas. Las
armas no solo son de pocas personas, sino que esas personas son mayores de cuarenta
años. Según sexos y etnias: el 48 % de los hombres blancos en Estados Unidos tienen
un arma. En cuanto a mujeres blancas, el 24 %. El 24 % de los hombres no blancos
tienen armas, y el 16 % de las mujeres no blancas. En cuanto a la educación, a menor
educación académica, mayor es la probabilidad de tener un arma.
Y también aumenta la probabilidad de tenencia de armas cuanto más lejos se vive
de una ciudad. Lo sentimos, Heidi.

Tus nuevos aforismos


Evita las armas de fuego. Y el campo.
Dispara en los videojuegos para no disparar en el mundo real.
Las películas no matan, solo hacen más originales a las personas que lo
hacen.
Tener un arma en casa para defenderte de posibles invasores en realidad
aumenta el riesgo de los habitantes de la casa.
Si la violencia en la ficción te parece peligrosa, debería parecértelo casi
todo lo que refleja la ficción.

Página 228
SER NIÑO

Ser inmortal es baladí; menos el ombre, todas las criaturas lo son,


pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible es
saberse mortal.
JORGE LUIS BORGES,
El Alpeh

Página 229
L
os miedos de los padres relativos a los supuestos riesgos que pueden llegar a
correr sus hijos son en gran parte fruto del arbitrio, la moda y las creencias
difundidas por los medios de comunicación, que poco o nada tienen que ver
con la evidencia o la realidad estadística.
Por ejemplo, tras estudiar familias de clase trabajadora en tres regiones diferentes
de Gran Bretaña, Sián Pooley, un historiador de Oxford, llegó a la conclusión[282] de
que uno de los miedos más comunes de los padres del siglo XIX y principios del XX
era que los niños comieran fuera de casa en general, y particularmente fruta. Como
explica la experta Bee Wilson, en su libro El primer bocado, la razón de este miedo,
en parte se debía a que muchas frutas eran tan dulces que se consideraban casi
caramelos o golosinas, y los niños podían recogerla por ellos mismos, sin la
supervisión de los padres. Tanto es así que: «en los registros de los tribunales locales
que hacen una lista de las muertes de niños a menudo consta “Muerte por fruta”».
Pero era un miedo infundado. Incluso las «muertes por fruta» en parte eran una forma
de ocultar la verdadera naturaleza de la muerte: era más asumible «atribuir la muerte
de un niño a un factor externo al hogar que considerar la horrible posibilidad de que
estuviera causada por algo que hubieran hecho los padres»[283].
También el miedo a los riesgos que afectan a los niños es mayor que hacia los
riesgos análogos para los adultos. En primer lugar, porque los consideramos más
vulnerables. Pero, sobre todo, porque a nivel instintivo (biológico, genético),
«cualquier cosa que amenace a las generaciones futuras, nuestros hijos, amenaza a la
especie»[284].
Cada vez más son los padres que sobreprotegen a sus retoños porque temen que la
realidad les dañe. Hay miedo también a los secuestros, a los asesinatos, al bullying, a
los accidentes. El miedo se ha convertido en el eje principal en la educación de la
generación Z. Se ignora la razón: quizá hay más información que nunca, tal vez
tenemos más tiempo para invertir en la crianza de los hijos, a lo mejor es que tenemos
menos hijos y por esa razón depositamos mayores esperanzas en ellos. Sea como
fuere, si como explica el médico británico Russ Harris el 89 % de los pensamientos
que tenemos habitualmente tienen alguna connotación negativa[285], entonces
estamos ante la tormenta perfecta: necesitamos monitorizar a los niños, espiar sus
dispositivos, poner cámaras vigilabebés y evitar que salgan a la calle y jueguen al aire
libre.
Una paranoia que ha sido reflejada incluso en la serie distópica de ciencia ficción
Black Mirror. Concretamente, en su capítulo Arkangel, escrito por Charlie Brooker y
dirigido por Jodie Foster. En el episodio, «Arkangel» es el nombre de una empresa
que permite a los padres rastrear y controlar a sus hijos, así como pixelar imágenes
que les puedan causar angustia, gracias a un chip implantado en su cerebro. El
capítulo es la versión hi tech de los planteamientos de películas como Canino (2010,
Yorgos Lanthimos) o El bosque (2004, M. Night Shyamalan). Y, como todas ellas,
acaba mal.

Página 230
La calle: el lugar donde te secuestran
Básicamente, de hecho, los niños de hoy interactúan más con los padres y mucho más
con las pantallas, pero menos con los amigos. Al menos de forma directa (no online)
y en el ámbito del juego libre. Es decir, que son niños que, en vez de disfrutar de una
saludable cantidad de riesgo, son más propensos a evitarlo.
Esta clase de juego se practica cada vez menos, como demostró un estudio
realizado en 1981 por un grupo de sociólogos de la Universidad de Michigan, y que
fue repetido en 1997: en total, se había reducido un 16 % en menores de trece años.
Este tiempo se sustituía por juegos de ordenador y sin ningún otro niño. También ha
aumentado el tiempo que se pasa en el colegio un 18 % desde 1981 y 1997, y el
tiempo dedicado a hacer deberes creció un 145 %[286].

Cámaras vigilabebés hackeadas

Las actuales cámaras vigilabebés permiten una monitorización continua de


nuestros retoños, no solo si estamos en la habitación contigua, sino lejos de
allí, a través de internet. El problema de estos dispositivos es que hackers y
pedófilos tratan de vulnerarlos de manera rutinaria, dado que la mayoría de
ellos no requieren contraseña o bien utilizan una estándar que proporciona el
fabricante.
Por esa razón, existe un comercio de imágenes de cámaras de vigilancia
de bebés, no solo de los propios bebés, sino de madres amamantándolos. Tal
y como lo denuncia el experto en seguridad Marc Goodman:

Estas cámaras no solo permiten realizar panorámicas


completas, sino también ajustar el ángulo y ampliar o reducir
la imagen, e incluyen audio bidireccional, gracias al altavoz y
micrófono incorporados, que permiten a los padres escuchar y
hablar a sus pequeños[287].

Goodman narra diversos casos en los que padres han sido alertados por la
voz masculina que surgía de la cámara, despertando al bebé, incluso
llamándole por su propio nombre porque este estaba escrito en la pared. Ante
lo cual, lo aconsejable es cambiar la contraseña de estos dispositivos y usar
una que sea difícil de descifrar, así como tapar el objetivo si no la estamos
usando o queremos garantizar un momento de intimidad.
Con todo, los depredadores sexuales online no constituyen una amenaza
digna de alarma. Los delitos offline se han trasladado al ámbito online, con la

Página 231
diferencia de que resulta más sencillo atrapar a los pedófilos online. El
CCRC (Crimes Against Children Research Center de la Universidad de New
Hampshire) descubrió que 3100 usuarios de internet solicitaron sexo a niños
en Estados Unidos en el año 2006. Si hay 49 millones de niños y 9 de cada
10 usa internet, estamos ante una tasa francamente baja: 1 de cada 15 000.
Por ello, el CCRC concluyó que internet no estaba propiciando una epidemia
de crímenes sexuales, más bien al contrario gracias a la actividad policial en
las redes[288].

El juego al aire libre es a menudo más peligroso, porque puede implicar trepar por
muros o árboles, o patinar por las escaleras. Realizar menos juegos libres es más
seguro, sin embargo se pierde otra cosa importante para el niño, tal y como explican
Jonathan Haidt y Greg Lukianoft:

Los niños que practican el juego libre parecen autoadministrarse unas


dosis moderadas de miedo, como si estuviesen aprendiendo
deliberadamente a afrontar los desafíos físicos y emocionales de las
condiciones moderadamente peligrosas que generan. […] Si se induce
demasiado poco miedo, la actividad es aburrida; si se induce
demasiado, ya no es juego, sino terror. Nadie, salvo el niño o la niña,
sabe cuál es la dosis correcta[289].

Pero ¿por qué es negativo evitar el riesgo a toda costa? ¿Por qué es importante
enfrentarse a desafíos que susciten cierta dosis de miedo? Porque todo ello contribuye
a la construcción de la fortaleza física y la resiliencia o la competencia social. Al
verse privados del riesgo, los niños son más adversos a él, lo que facilita que bajen el
listón de lo que consideran desmoralizante o amenazante. Irónicamente, la principal
razón por la que los niños pasan menos tiempo practicando el juego libre es el temor
poco realista, intensificado por los medios de comunicación, a los secuestros, y en
general a la proliferación dañina de padres helicóptero, lo que ha convertido a los
niños en la generación más sobreprotegida de la historia.
También es la generación donde más están aumentando las alergias a los
cacahuetes, precisamente porque padres y profesores empezaron a protegerles del
contacto con estos en la década de 1990, como ha constatado[290] el médico y
sociólogo de Harvard experto en redes sociales Nicholas Christakis. Esta protección
no ha entrenado suficientemente el sistema inmune de los niños. «En los países en
desarrollo, muere un niño cada veinte segundos a causa de la falta de higiene», pero
el exceso de higiene[291] también está provocando muertes.
Según el investigador Thomas Platts-Mills, de la Universidad de Virginia, si los
niños pasan más rato viendo la tele que antes (o jugando a videojuegos o navegando

Página 232
por internet) y menos tiempo en la calle, jugando al aire libre, esto también está
influyendo en la probabilidad de sufrir asma. No es una coincidencia, dice Platts-
Mills, que las tasas de asma en los Estados Unidos comenzaran a aumentar después
del advenimiento de populares programas de televisión para niños como el Mickey
Mouse Club. El no ejercitar sus pulmones cuando están jugando al aire libre puede
ser suficiente para aumentar su susceptibilidad al asma. Así podemos afirmar que el
asma[292] produce en Estados Unidos 70 veces más muertes que los tornados: entre
1979 y 2010, en promedio, hubo 55,81 víctimas de tornados y 4216,33 de asma.

Reivindicación de la unidad de riesgo Muerte por


Cacahuete

Como no es la primera vez que usamos las víctimas por alergia a los
cacahuetes para poner en perspectiva el riesgo que entraña una actividad, y
habida cuenta de que los cacahuetes se cobran más vidas que la mayoría de
cosas que la gente considera peligrosas o dignas de que sean abordadas, se
propone desde ya una nueva estimación basada en Unidades de Cacahuete.
10 víctimas = 1 cacahuete.
Un poco al estilo Marcos Mundstock, de Les Luthiers, en el VIII
Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Argentina,
cuando propuso concretar equivalencias para las palabras que refieren lapsos
de tiempo muy breves, así como a las cosas sin importancia:

Hay dichos del habla popular sobre el paso del tiempo


elocuentes y graciosos pero a la vez muy imperfectos. Yo
propongo desde aquí una valoración más estricta de las
unidades de tiempo del habla popular. Hay que ordenarlas y
codificarlas, asignarle a cada una un valor preciso en
comparación con las otras.
Propongo que un «lo que canta un gallo» equivalga a dos
santiamenes y a cuatro periquetes, y que un «me pareció un
siglo» sea igual a la cuarta parte de una eternidad y un 0,33 de
«ya no veo la hora». Asimismo, habrá que dar la discusión
sobre los valores asignados a las cosas de poca importancia.
Cuando alguien dice: «me importa un comino», ¿en qué está
pensando? ¿En más o menos que «me importa tres pepinos»?
¿O «medio pimiento»? Pero la carga ominosa de «me importa
un bledo» no tiene igual. ¿Alguien sabe lo que es un bledo?
[293]

Página 233
Mutatis mutandis, reivindiquemos el riesgo en cacahuetes.

El aumento de alergias no es un tema baladí porque nos dice mucho del grado de
sobreprotección al que se someten los niños. Según explica el investigador y
miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York
Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifrágil, muchos de los sistemas importantes de
nuestra vida (económicos, políticos, psicológicos, etc.) se parecen al sistema inmune:
necesitan de estresores y desafíos para adaptarse, aprender y crecer:

Del mismo modo que pasarse un mes en la cama provoca atrofia


muscular, los sistemas complejos se debilitan y hasta «mueren» si se
ven privados de estresores […] Esta es la tragedia de la modernidad:
al igual que los padres tan sobreprotectores que rozan, la neurosis,
quienes más nos intentan ayudar son los que más nos acaban
perjudicando[294].

Uno de los ejemplos más visibles del miedo irracional de los padres sobre el hecho de
que sus hijos estén en la calle tiene que ver con los secuestros. En Estados Unidos, se
implantó un método de difusión de fotografías de niños perdidos: además de colgarse
imágenes en paredes y farolas, empezaron a imprimirse en cartones de leche bajo la
palabra DESAPARECIDO. El primero de estos cartones de leche apareció en 1984, y
una de las primeras fotografías fue la del niño Etan Patz. También hay programas de
televisión con espacios específicos para hablar de niños secuestrados. Hay películas
cuya trama principal es el secuestro de un niño. Sin duda, un niño secuestrado es una
de las noticias más terribles que podemos recibir a nivel emocional.
No obstante, el secuestro y asesinato de un niño a manos de un desconocido es un
hecho muy infrecuente. La desaparición de niños ya es un hecho poco común, pero,
además, en el 90 % de los casos ni siquiera han sido secuestrados, sino que se han
escapado de casa o han informado mal a los padres: el 99,8 % de este porcentaje,
además, regresa a casa. El resto de niños que sí son secuestrados, ni siquiera suelen
ser víctimas de un desconocido, sino de un progenitor biológico que no tiene la
custodia. Finalmente, solo en el 1 % del ínfimo porcentaje de denuncias por
desaparición hubo detrás desconocidos que tenían aviesas intenciones. Es decir,
aproximadamente 100 niños en Estados Unidos, al año, un país con más de 70
millones de niños.
La probabilidad de que un niño secuestrado sobreviva también ha aumentado[295]:
el 92 % de los niños secuestrados volvieron a casa sanos y salvos con sus familias en
2011, frente a solo el 57 % en 1997.

Página 234
«SOLO EN EL 1 % DEL ÍNFIMO PORCENTAJE DE DENUNCIAS POR DESAPARICIÓN
HUBO DETRÁS DESCONOCIDOS QUE TENÍAN AVIESAS INTENCIONES»

En el libro Cuándo robar un banco, Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner


resumen así los secuestros para un año dado, 2007:

203 900 fueron secuestros cometidos por familiares, 58 200 fueron


secuestros cometidos por personas ajenas al ámbito familiar y solo
115 fueron «secuestros estereotípicos», definidos en un estudio como
«realizados por un conocido lejano o un desconocido, donde se
retiene al menor durante la noche, se transporta al menor a 80 km de
distancia y la intención es cobrar un rescate, quedarse para siempre o
matarlo».

Alrededor de 100 niños fueron secuestrados tal y como nos muestran las películas en
el año 2007 (90 de ellos volverán a casa vivos). 150 personas mueren anualmente
debido a reacciones alérgicas graves a los alimentos. 10 personas al año mueren a
causa de alergias al cacahuete. Las mismas víctimas de niños que han sido
secuestrados.
Niños (menores de 17) perdidos en Estados Unidos en 2007:

1 de cada 100 (se pierden poco tiempo).


1 de cada 300 (sustraído por miembros de la familia).
1 de cada 1300 (sustraídos por extraños).
1 de cada 650 000 (secuestro estereotípico donde el niño es herido).

¿Tener armas en casa para proteger a la familia de un posible intruso? Cada año, 1300
niños mueren en accidentes con armas de fuego[296]. Así pues, como ya se ha dicho,
la posesión de armas suele implicar más riesgos que beneficios.
Estar en casa no es estar protegido incluso si no se dispone de armas de fuego.
Tener piscina también es un factor de riesgo para los niños superior a lo que
intuitivamente se cree. Más de 200 niños menores de 15 años mueren ahogados en
piscinas y spas en Estados Unidos. Es la principal causa de muerte no intencional de
niños entre 1 y 4 años. Un menor puede aliogarse con solo 20 centímetros de agua y
en solo 2 minutos. En Francia, la entrada en vigor en 2003 de la ley Raffarin (que
obligó a vallar todas las piscinas públicas y privadas) hizo que los niños fallecidos
por ahogamiento en esos recintos se redujeran en un 75 %. La norma lleva el nombre
del senador que la impulsó y cuyo hijo murió ahogado en una piscina. En España, en
el año 2017, hubo 32 menores ahogados en piscinas (53 %), playas (15 %), y otros
(32 %). Hasta el 58 % de las muertes sucedidas en piscinas fueron debidas a un

Página 235
descuido en la vigilancia, lo que pone de manifiesto hasta qué punto las estadísticas
no han permeado en los padres.
Sin embargo, continúan preocupando más los secuestros, que eclipsan otros
factores de los que nadie se preocupa.
También hay mayor preocupación por las sillitas para el coche, que teóricamente
salvan menos de 400 vidas al año; no digamos ya otras cruzadas de los padres
helicóptero que apenas salvan vidas, pero se han convertido casi en una obsesión[297]:

Pijamas ignífugos: 10 vidas al año.


Cordones de seguridad en ropa infantil: 2 vidas al año.
Embalajes de seguridad: 50 vidas al año.
Mantener a los niños alejados del airbag del coche: 5 vidas.

Esta sobreprotección, naturalmente, ha permitido que las tasas de mortalidad de los


niños hayan caído en picado. Eso es una buena noticia. Sin embargo, quizá se ha ido
demasiado lejos.
Desde 1960 hasta 1990, se han reducido un 48 % las muertes por lesiones no
intencionadas y accidentes entre los niños de entre cinco y catorce años, y un 57 %
las muertes de los niños más pequeños de entre uno y cuatro años. En Gran Bretaña,
por ejemplo, 5743 niños menores de 15 años resultaron gravemente heridos en 1951;
la cifra se desplomó a 2502 en 2010. 907 menores de 15 años murieron en accidentes
de tráfico (707 peatones y 130 en bicicleta) en el año 1951, pero a pesar de que el
número de vehículos registrados aumentó más de ocho veces, hubo 81 en 2008 y 55
en 2010. Una caída del 90 % en 60 años. Ello ha sido fruto de la implantación del uso
del cinturón de seguridad, los cascos para las bicicletas, no fumar delante de ellos y
un largo etcétera. Sin embargo, llegados a determinadas tasas de seguridad, aspirar al
riesgo cero comporta la creación de nuevos problemas e imprevistos que resultan más
gravosos. Si todo se percibe como un riesgo que no podemos asumir, entonces la
misma sobreprotección, paradójicamente, es un riesgo más.

«SI TODO SE PERCIBE COMO UN RIESGO QUE NO PODEMOS ASUMIR, ENTONCES LA


MISMA SOBREPROTECCIÓN, PARADÓJICAMENTE, ES UN RIESGO MÁS»

Y, tal vez, deberíamos dejar de obsesionarnos con la posibilidad de que un niño


sea asesinado (ya sea porque hemos alcanzado un nivel de seguridad muy difícil de
superar o porque estamos descuidando por contrapartida otros riesgos más
perentorios): la más alta probabilidad de ser asesinado tiene lugar entre los 20 y los
24 años. La más baja entre los 1 y 12 años[298].
Los padres suelen albergar temor hacia extraños que puedan asesinar a sus hijos,
pero es más probable que ese niño sea víctima de los propios padres o de algún

Página 236
familiar o allegado.
En cifras más claras, podemos resumirlo así para Inglaterra y Gales, según datos
de la Office for National Statistics[299] de muertes de niños menores de 14 años en el
año 2010:

100 asesinatos (63 perpetrados por padres, solo 3 por extraños).


172 accidentes:
21 peatones, 12 ciclistas, 17 pasajeros de coche.
22 ahogamientos.
27 estrangulamientos accidentales.
10 incendios.

De nuevo estamos gestionando cifras tan bajas que los cambios que generalmente
podemos ejercer para minimizar un riesgo se hacen necesariamente a expensas de
aumentar otro. Por ejemplo, en 1971, alrededor del 80 % de los niños de 7 a 8 años en
el Reino Unido acudían al colegio sin ser acompañados por un adulto. Para 2006, el
porcentaje se redujo al 12 %. Los niños dejaron de ir andando o en bicicleta, así que
los padres los llevaban en coche (casi la mitad de los niños en primaria). Reduciendo
el riesgo de ser atropellado o de sufrir una caída accidental, pues, se aumentó el
riesgo de accidente de tráfico.
Como sugiere Tim Grill en su libro No Fear: Growing Up in a Risk-Averse
Society, esta aversión al riesgo supone pagar otros tributos, ya sea en forma de
nuevos riesgos o en forma de falta de libertad, mayor sedentarismo, y toda una
constelación de factores interconectados[300].

Niños abandonados en coches

A pesar de que nos suscita mayor alarma un secuestro, las cifras de niños
muertos en coches porque sus padres se olvidan de ellos resultan,
comparativamente, mucho más escalofriantes.
Entre 1998 y 2018, solo en Estados Unidos murieron casi 800 niños
cuyos padres les habían dejado encerrados en el coche durante el suficiente
tiempo como para que no pudieran soportar las elevadas temperaturas. El
50 % de las 800 víctimas eran menores de 2 años.
La razón de que los bebés estén tan poco preparados para sobrevivir al
calor se debe a su biología, tal y como explica Bill Bryson:

Dado que sus glándulas sudoríparas no están plenamente


desarrolladas, no sudan copiosamente como hacen los adultos.
Eso explica en gran parte por qué tantos de ellos mueren tan

Página 237
deprisa cuando se los deja en el interior de un vehículo en un
clima caluroso[301].

En los últimos años, el psicólogo Joseph Henrich y sus colegas han utilizado el
acrónimo WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic
Societies; occidental, educado, industrializado, rico y democrático) para describir el
extraño subconjunto de humanos que han sido objeto de casi todos los estudios
psicológicos que se han realizado en la actualidad. Como muestra, un botón: el 96 %
de los individuos evaluados en una muestra de artículos de las principales
publicaciones de psicología en el año 2008 se adscribían al llamado WEIRD, es decir,
pertenecían a países industrializados occidentalizado: (Norteamérica, Europa,
Australia, Nueva Zelanda e Israel). Pero más aún: el 68 % de todos estos sujetos
pertenecía exclusivamente a Estados Unidos. Y hasta un 80 % eran estudiantes
universitarios matriculados en cursos de psicología, es decir, que ni siquiera
representan al individuo medio de su país.
Sin embargo, si ampliamos nuestras miras hacia una mayor diversidad, las cosas
cambian. En un estudio publicado en la revista Child Development, el antropólogo
David Lancy analizó cómo los niños pequeños aprenden en diferentes culturas.
Compiló una base de dato: de observaciones de antropólogos de padres e hijos, que
abarca más de 100 sociedades preindustriales, desde la dusan en Borneo hasta la
pirahá en el Amazonas y la aka en África. Luego, se buscaron punto: en común en lo
que hicieron y dijeron los niños y adultos, hallándose algunas similitudes
sorprendentes. Los adultos dan por sentado que los niños pequeños están motivados
independientemente para aprender y que lo hacen observando a los adultos y jugando
con las herramienta: que los adultos usan, como cuchillos y sierras. Hay muy poca
enseñanza explícita. Y los niños, de hecho, se vuelven sorprendentemente
competentes a una edad muy temprana. Entre los cazadores-recolectores maniq en
Tailandia, los niños de 4 años desollan y destripan pequeños animales sin
contratiempos. En otras culturas, los niños de 3 a 5 años usan con éxito una azada,
aparejos de pesca, arco y flecha, y mortero[302].
Eso no significa que debamos entregar un juego de cuchillos Ginsu 2000 a
nuestros bebés. Pero quizá sí que es conveniente reflexionar sobre si es saludable que
les abstengamos de someterse a cualquier riesgo. Una obsesión que puede llevar
aparejados efectos secundarios más nocivos como trata de explicar la película Canino
(Yorgos Lanthimos, 2009). Er ella, unos padres deciden educar a sus hijos entre los
muros de su casa también aislados del mundo exterior. Ni siquiera tienen contacto
con e exterior a través de la televisión o el teléfono. Así que la única realidad de los
niños de la película es la que sus padres conciben diariamente bajo sus propias
preferencias: de ese modo, por ejemplo, cada vez que e cielo es cruzado por un avión

Página 238
comercial, los padres aseguran que se trata de un juguete. O acuñan el significado de
las palabras a su gusto, a fin de que los términos malsonantes no ensucien las mentes
profilácticas de sus hijos; por ejemplo, la madre explica que «un coño es una lámpara
muy grande». También siguen normas absurdas y arbitrarias, aunque completamente
lógicas en su microuniverso, como que jamás debe traspasarse la puerta del jardín
que conduce al exterior hasta que se les caiga el diente canino por segunda vez: algo
totalmente imposible cuando ya han sustituido los dientes de leche.
En aras de proteger a los niños de todos los riesgos posibles, podemos llevarlos a
reaccionar con miedo exagerado ante situaciones que no son riesgosas en absoluto y
aislarlos de las habilidades adultas que algún día tendrán que dominar, como resume
Jonathan Haidt:

Todos debemos tomar precauciones razonables para proteger la


seguridad física de nuestros hijos —⁠ por ejemplo, teniendo un extintor
de incendios⁠ —, pero no deberíamos someterlos a la atracción de la
ultraseguridad (sobreestimar el peligro, fetichizar la seguridad y no
aceptar ningún riesgo), lo que priva a los críos de algunas de las
experiencias más valiosas de la infancia[303].

La generación más segura de la historia


Concebir un niño es casi un milagro. No solo por la complejidad y todos los
elementos que entran en juego en el proceso, sino porque la probabilidad de que la
nueva vida prospere ha sido siempre bastante baja durante toda la historia de la
humanidad.
En términos informáticos, si trasladamos el acto sexual a simples datos, una
descarga seminal por parte del hombre supone más de 30 000 TB (terabytes) de
información codificada por ADN si su recuento de espermatozoides no es bajo. O lo
que es lo mismo: 30 000 000 GB (gigabytes). O 30 000 000 000 MB (megabytes). Lo
suficiente como para almacenar todas las películas de la historia del cine con una
calidad de vídeo bastante decente.
Esto significa, continuando con la analogía informática, que durante una relación
sexual tradicional sin que medie profilaxis en la que la mujer se queda embarazada, el
óvulo resiste este ataque DDOS a 1,5 terabytes por segundo, y solo deja pasar un
paquete de datos, ¡siendo así el mejor firewall del mundo! La desventaja es que este
único paquete de datos pequeño que deja pasar bloquea el sistema durante nueve
meses.

Página 239
«UNA DESCARGA SEMINAL POR PARTE DEL HOMBRE SUPONE MÁS DE 30 000 TB
(TERABYTES) DE INFORMACIÓN CODIFICADA POR ADN»

El embarazo, pues, requiere de una transmisión de datos inimaginable, y todos


sabemos lo que pasa cuando hay muchos datos implicados: la tasa de errores puede
llegar a ser importante.
Si todo sale bien, y no se produce un aborto espontáneo o una anomalía
genómica, transcurridos los nueve meses la madre dará a luz. Y entonces el bebé
deberá enfrentarse a otros imponderables más allá de los estrictamente biológicos: los
que atienden al nivel técnico de la medicina de la época histórica en la que ha nacido.
Durante millones de años, ese nivel técnico ha sido básicamente el mismo. Bajo,
desordenado y proclive a las infecciones mortales, sobre todo en lo tocante a la fiebre
puerperal o sepsis puerperal. Este contratiempo, de hecho, se detectó por primera vez
en la ciudad alemana de Leipzig en 1652, y desde allí se propagó por toda Europa. A
menudo, este problema acababa con la vida de la madre, del niño o de ambos. Como
descubrió un instructor médico de Viena llamado Ignaz Semelweis en 1847, bastaba
con que los facultativos se lavaran las manos antes de ayudar a dar a luz para que la
fiebre puerperal no apareciera. Con todo, fueron pocos los que le hicieron caso, y la
higiene siempre ha sido un problema a la hora de dar a luz en todos los hospitales del
mundo.
Uno de los mejores hospitales del siglo XIX era el Allgemeine Krankenhaus, un
hospital general de Viena. Sin embargo, a pesar de tener lo último en medios y
personal, de los 20 000 partos que se atendieron entre 1841 y 1846, murieron casi
2000 madres, es decir, una tasa de 100 de cada 1000 nacimientos.
De hecho, hasta bien entrada la década de 1930, la fiebre puerperal continuaba
siendo la responsable de 4 de cada 10 muertes de los hospitales maternoinfantiles de
Europa y América. Cada 238 partos, moría una madre (hoy esto ocurre cada 12 200
partos, según cifras de Gran Bretaña).
Con la llegada de la penicilina se venció definitivamente a la fiebre puerperal. La
tasa de mujeres que mueren en el parto se ha logrado rebajar a 3,9 por cada 100 000
partos (Italia) o 4,6 (Suecia). España cuenta con una tasa de mortalidad materna de 6
mujeres por cada 100 000 recién nacidos vivos (en 2017, por ejemplo, falleció un
total de 26 mujeres durante el parto). Estados Unidos, a pesar de ser una nación con
altos ingresos, tiene una tasa de mortalidad particularmente alta: 16,7 por cada
100 000 (las mujeres estadounidenses tienen un 70 % más de probabilidad de morir
durante el parto que las europeas). De forma global, la tasa de mortalidad en los
países en vías de desarrollo es de 216 mujeres por 100 000. Los Objetivos de
Desarrollo Sostenible buscan reducir esta tasa de mortalidad materna mundial a
menos de 70 por 100 000 nacidos vivos entre 2016 y 2030.

Página 240
«EN 2017, POR EJEMPLO, FALLECIÓ UN TOTAL DE 26 MUJERES DURANTE EL
PARTO»

A la vez que se han ido reduciendo las tasas de mortalidad de las mujeres,
también lo han hecho en consecuencia las de los niños. En los últimos años, desde
1990 hasta 2015, tuvo lugar un extraordinario descenso en las tasas de mortalidad,
reduciéndose a la mitad, pasando de 90 fallecimientos por cada 1000 nacimientos a
solo 43, y eso en términos globales: en los mejores hospitales del mundo, la tasa es
muy inferior. De hecho, las muertes de niños menores de cinco años han disminuido
desde los 12,7 millones en 1990 a 5,9 millones en 2015. Solo con la mejora en la tasa
de fallecidos entre el año 2000 y 2015 se han salvado 48 millones de niños.
De nuevo, es Estados Unidos el país con altos ingresos donde hay más muertes de
bebés durante el parto: 1 de cada 233 recién nacidos no logra sobrevivir. En Francia,
sin embargo, la cifra es de 1 de cada 450. Así, la tasa de mortalidad de bebés por cada
1000 nacidos vivos sería la siguiente para algunos países, siendo la media mundial de
29 por cada 1000:

Francia: 3.
España: 3.
Estados Unidos: 6.
Finlandia: 1.
Islandia: 2.
Nigeria: 76.
Somalia: 77.
Sierra Leona: 79.
República centroafricana: 85.

Los bebés que nacen en un país como Pakistán tienen 50 veces mayor probabilidad
de morir que un bebé nacido en Japón. 8 de los 10 lugares más peligrosos para nacer
están en el África subsahariana.
También sobrevivir a la niñez y la adolescencia y alcanzar la mayoría de edad
resulta ahora extraordinariamente más fácil que hace apenas cien años. Según datos
de la Human Mortality Database, una iniciativa conjunta del Departamento de
Demografía de la Universidad de California, Berkeley en los Estados Unidos y el
Instituto Max Planck de Investigación Demográfica en Rostock, Alemania, en Gran
Bretaña, uno de los países más prósperos y modernos en el año 1841, el 31 % de
todos los nacidos en Inglaterra y Gales murieron antes de cumplir los 16 años. Es
decir, que 30 de cada 100 personas no llegaba a la mayoría de edad. Incluso teniendo
la suerte de sobrevivir, de nuevo estamos sometidos a una gran presión por parte de la
Parca, solo el 50 % de esos supervivientes podía llegar vivo a los 64 años.

Página 241
En 1966, cuando los Beatles grabaron Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, del
31 % se pasó al 2,5 %: solo 2 de cada 100 personas no alcanzaba la mayoría de edad.
En el año 2009, menos del 1 % moría antes de cumplir los 16. Y los supervivientes,
que son casi todos, tenían un 87 % de probabilidad de alcanzar los 64 años (y un
92 % si eras mujer). Como abunda en ello el físico y periodista científico
luxemburgués Ranganathan Yogeshwar: «Cuando Darwin publicó su revolucionaria
obra, la mortalidad infantil rozaba el 25 %. Uno de cada cuatro niños moría durante el
parto o en los primeros cinco años de vida»[304].
Los medios de comunicación y hasta UNICEF pueden hacer hincapié,
torticeramente, en que en 2016 murieron 4,2 millones de bebés antes de cumplir un
año. Sin embargo, las cifras no son buenas o malas per se, sino si podemos
compararlas con otras cifras similares. En 2015 fueron 4,4 millones los bebés
muertos. En 1950, 14,4 millones. Lo cual resulta mucho más aterrador si tenemos en
cuenta que en 1950 nacieron 97 millones de niños y en 2016 lo hicieron 141
millones. «De repente, esa cifra terrible empieza a parecer más pequeña. De hecho,
nunca ha sido más baja»[305]. Producir alarma y escándalo al descontextualizar una
cifra puede perseguir fines nobles (la implicación de más gente y recursos en su
reducción), pero se olvida a menudo que el exceso de pesimismo y catastrofismo
acaban por producir el efecto contrario: miedo, desasosiego, pesimismo, rendición y,
finalmente, abulia, porque parece que, por más esfuerzo que pongamos, las cosas no
mejoran.
En el último siglo, la esperanza de vida al nacer en España ha aumentado más de
cuarenta años, lo que quiere decir que por cada año de calendario hemos ganado más
de cuatro meses de vida, tal y como explica el sociólogo José Manuel García
González en La transformación de la longevidad en España[306] de 1910 a 2009. Si
ahora España ocupa el cuarto lugar del mundo con mayor esperanza de vida, con 82,9
años, un estudio publicado en The Lancet sugiere que pasaría al primer lugar en 2040
con 85,8 años.
James Vaupel, director y fundador del prestigioso Instituto Max Planck de
Investigaciones Demográficas de Rostock, Alemania, donde preside el Laboratorio de
Supervivencia y Longevidad, tiene noticias alentadoras para todos nosotros: nuestra
esperanza de vida está creciendo cada vez más rápido en todo el mundo. Este
incremento es tan acelerado hoy en día que podemos decir que un estadounidense
medio, por cada día que vive, incrementa 5 horas su esperanza de vida. En otros
países incluso se suman 6 horas al día. 5 o 6 horas al día no parece mucho, pero quizá
os parezca más si lo contamos así: por cada 6 meses que transcurren, la esperanza de
vida aumenta 5 semanas.
En 10 años, ganaremos 2 años y medio.
Por eso no es extraño que la OMS haya estimado que en 2050 habrá más mayores
de 65 años que niños menores de 14 años.

Página 242
¡Peligro real: ser viejo (y estar solo)!

Ser viejo es la receta segura para morir. No hay más. Después de todo, de algo
hay que morir. «Soy demasiado viejo para esta mierda», que diría el sargento
Murtaugh en la película Arma Letal.
Si la niñez es el cénit, la senectud es el nadir.
El problema es que cada vez hay más nadir que cénit, sobre todo en países como
España o Japón, donde la pirámide poblacional se está invirtiendo. A día de hoy, en
España, contamos con 120 mayores de 64 años por cada 100 menores de 16.

Zonas azules: lugares donde se vive más de 100


años

Las zonas azules son las regiones del planeta donde la gente es extrañamente
longeva. Nuoro, en ese sentido, se lleva la palma porque es donde vive el
mayor porcentaje de personas centenarias del mundo. Y eso que nunca se
olvidan de su vaso de vino diario (o precisamente por eso).
En Loma Linda, en California, también hay una importante zona azul:
allí vive la comunidad de adventistas del séptimo día: la expectativa de vida
de esta comunidad es 11 años mayor que la media de sus compatriotas
americanos.
En Ikaria, un pueblo estadounidense ubicado en el estado de Minnesota
ocurre tanto de lo mismo. Otro caso milagroso es el de Roseto, también en
Estados Unidos, concretamente en Pensilvania. Al parecer, el secreto de su
longevidad respecto a la de los vecinos estadounidenses es que la mayor
parte de los habitantes de Roseto son inmigrantes italianos que conservan los
hábitos saludables de su pueblo de origen: Roseto de Valfortore, una villa
situada en Italia, al pie de los Apeninos, a unos 160 km al sureste de Roma.
Otras zonas azules reconocidas oficialmente son Nicoya, en Costa Rica,
y Okinawa, en Japón. En Okinawa, por cierto, encontramos el mayor número
de mujeres centenarias que disfrutan de extraordinaria salud.
Lo que parecen tener en común las zonas azules es que en ellas se vive
tranquilo, se hace siesta, se respeta mucho a los mayores, hay altos
impuestos (lo que deriva en servicios públicos de calidad y escasa
competencia entre sueldos) y una vida moderadamente activa con caprichos
alimentarios (nada de ir al gimnasio cada día ni de cuidar una dieta a
rajatabla). Las zonas azules, en suma, son lugares donde la vida social es

Página 243
más rica, hay relaciones interpersonales más intensas y los amigos son de
verdad.
El popularizador de esta clase de lugares ha sido el viajero Dan Buettner,
sobre todo a raíz de su libro Blue Zones: Lessons for Living Longer from the
People whove Lived Longest[307].

Hoy, como cada día que pasa, cumplen 60 años de edad unas 210 000 personas en
todo el mundo. 54 000 de ellas en China. 12 000 en Estados Unidos. Hay unos 1000
millones de personas con 60 años o más. En 2030, serán 1400 millones.
A menudo a la vejez se une la soledad, si bien esta es cada vez más común a todas
las edades (básicamente resulta difícil ser viejo en la juventud, al menos a nivel
biológico). Y la soledad es lo más parecido a la muerte. Por ello no deben
sorprendernos los resultados de un estudio[308] de 2010 llevado a cabo por Julianne
Holt-Lunstad, profesora de psicología en la Universidad Brigham Young.
En él sugería que las personas que tenían vínculos sociales más débiles tenían un
50 % más de probabilidad de morir antes que aquellos con los más fuertes. Según
concluyó, estar sin amigos representaba un peligro comparable a fumar 15 cigarrillos
al día, y ello tenía mayor capacidad de predicción de muerte prematura que los
efectos de la contaminación del aire o la inactividad física (siempre cabe la
posibilidad, en aras de seguir practicando una contumaz misantropía, el dejar de
fumar).
Es más, el estudio (en realidad un gigantesco metaanálisis que incluyó a más de
300 000 adultos en 148 estudios, más un segundo metaanálisis (que incluyó 70
estudios con más de 3,4 millones de adultos) halló que el riesgo de muerte temprana
asociado con soledad, aislamiento social y vivir solo era igual o mayor que el riesgo
de muerte prematura asociado con la obesidad y otras condiciones de salud
importantes. Hay que recordar que la obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas
a nivel mundial, y cada año mueren, como mínimo, 2,8 millones de personas a causa
de la obesidad o sobrepeso. Irónicamente, incluso muere más gente por obesidad que
por hambre.

«ESTAR SIN AMIGOS REPRESENTABA UN PELIGRO COMPARABLE A FUMAR 15


CIGARRILLOS AL DIA»

Y las cosas van a peor para todos, también para la gente joven: de 1985 a 2009, el
tamaño promedio de la red social de un estadounidense, definido por el número de
confidentes que las personas sienten que tienen, ha disminuido en más de un
tercio[309].

Página 244
Cuando la BBC realizó una encuesta[310] sobre la soledad, preguntando a 55 000
personas sobre sus relaciones, encontró que los adultos entre las edades de 16 y 24
años eran los más solitarios, con un 40 % respondiendo que se sentían solos «a
menudo» o «muy a menudo». El 27 % de los mayores de 75 años ofrecieron la misma
respuesta.
Otro estudio[311] reveló que el 9 % de los adultos en Japón, el 22 % en Estados
Unidos y el 23 % en Gran Bretaña siempre o con frecuencia se sentían solos, carecían
de compañía o se sentían excluidos o aislados.
Si los accidentes cardiovasculares son la primera causa de mortalidad en el
mundo, este factor puede verse incrementado si la persona vive en soledad, con
escasos vínculos sociales, según un estudio[312] publicado en la revista Heart y
llevado a cabo por investigadores de la Facultad de Ciencias de la Salud de la
Universidad de York en Heslington (Reino Unido). En concreto, las personas que
viven desconectadas de su entorno social tienen un 30 % más de riesgo de padecer
ictus y otras cardiopatías. Para llegar a esta conclusión se revisaron 23 estudios que
involucraban a casi 200 000 personas donde ya se había probado que la soledad tiene
relación con la tensión o presión arterial alta, las alteraciones del sistema inmune y
con un mayor riesgo de muerte prematura. El incremento de incidencia de ictus,
cardiopatía isquémica, infartos de miocardio y anginas de pecho asociadas a la
soledad eran comparables a las del estrés laboral.
Todavía queda dilucidar si estamos ante una correlación o una causalidad, y qué
se entiende exactamente por estar solo (¿estar solo sin más?, ¿sentirse solo a pesar de
estar rodeado de personas?). Con todo, deberemos tener en cuenta este factor en lo
sucesivo.

La amistad 2.0 nos hace sentir solos

Gracias a Facebook e Instagram, muchos de nosotros todavía estamos


nominalmente en contacto con nuestros amigos del colegio y compañeros de
antiguos trabajos. Pero esto es amistad 2.0, relaciones sociales online, que no
constituyen relaciones tan plenas como las que tenemos en el mundo real, el
1.0.
Es posible que tengamos cientos de amigos en Instagram, pero cada vez
hay más pruebas de que esas conexiones no son las que nos proporcionan el
bálsamo social que necesitamos, que es el contacto humano[313].
En cambio, cuanto más «conectados» estamos con los demás en el 2.0,
más parecemos dejar que nuestras relaciones sociales 1.0 se atrofien.
Y parece que nos está pasando a todos: a pesar de que vivimos en
ciudades más densas o estamos rodeados de más personas con las que

Página 245
interactuamos, realmente no tenemos relaciones profundas, por eso cada vez
hay más personas que dicen sentirse solas.

La mayoría de estadounidenses, hasta 1945, moría en su casa, tal como señala el


médico Atul Gawande en su libro Ser mortal. En la década de 1980 el porcentaje se
redujo al 17 %. Actualmente casi todos morimos en la soledad de los hospitales, en
las unidades de cuidados paliativos, en asilos y residencias[314].
Las personas anhelan un sentido de pertenencia. Y, sin embargo, nos enfocamos
en vestirnos mejor, hacer más ejercicio para estar en forma y trabajar de manera
efectiva, a menudo descuidando realizar los esfuerzos necesarios para construir y
mantener lazos sociales.
Sí, esfuerzos necesarios, porque parece que nuestra capacidad de socializar
también es como un músculo que podemos entrenar o, por el contrario, permitir que
se atrofie. John Cacioppo, un psicólogo estadounidense especialista en la soledad,
descubrió que aprender a conectarse requería la reconstrucción de ciertos músculos
físicos, incluido el aprendizaje o el reaprendizaje de señales sociales, como el tono de
voz, el contacto visual y la postura.
También es necesario dar a los demás, para que ellos a su vez nos lo den a
nosotros, y viceversa. Esto requiere ser vulnerable en un momento en que uno se
siente excepcionalmente inadecuado para serlo. Por eso no es suficiente obtener
ayuda o tener un terapeuta, según Cacioppo: «Necesitamos protección mutua. Si solo
estás recibiendo ayuda y protección de otros, eso no satisface el sentido más profundo
de pertenencia»[315].
Todos, o al menos la mayoría de nosotros, llegará a viejo. La mayoría no será
asesinada, no será víctima de un ataque terrorista, no sufrirá un accidente aéreo, no
descubrirá que su paracaídas no se abre, no será azotado por un tsunami o un
terremoto, no será devorado por un tiburón, no será expuesto a niveles letales de
radiactividad. La mayoría de nosotros sobrevivirá.
Nadie conoce el futuro, nadie tiene una bola de cristal, pero sí tenemos las
estadísticas, las probabilidades, unos sólidos cimientos donde levantar nuestro
optimismo.
Precisamente por eso lo más probable es que nos vayamos de este mundo cuando
seamos viejos, después de que nuestro corazón haya latido 2800 millones de veces
(75 veces por minuto, 4500 veces por hora, 108 000 veces al día), el triple de lo que
ha latido para cualquier persona la mayor parte de la historia. Hay que aprovechar ese
plus y que la vida se mida tanto por las veces que respiras y tu corazón bombea como
por las veces que te quedas sin respiración y tu corazón se acelera. Porque lo peor que
puede pasarte es que te mueras. Pero eso es incluso mejor que no vivir la vida por
miedo a morir.

Página 246
Sí, todos vamos a morir algún día (a no ser que la ciencia médica logre dar con la
clave de la vida eterna). Disponemos de unos 30 000 días (o 1000 meses), sobre todo
si vives en Europa o América del Norte. 30 000 días en los que, de media, conocerás
a 2000 personas.
No es obligatorio vivir todos esos días porque los últimos probablemente
requerirán un tributo en forma de mala salud: «por cada año de vida que se ha
logrado añadir desde 1990, solo hay 10 meses de buena salud»[316]. Por eso casi la
mitad de las personas de más de 50 años sufre de algún dolor crónico o alguna
discapacidad. La mayoría de enfermedades aparecen en el tramo final, así que si no
nos mata la enfermedad, moriremos igualmente poco después: erradicar por completo
la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, «solo añadiría 19 días a la esperanza de
vida»[317]; erradicar hasta la última forma de enfermedad cardiaca, solo 5,5 años más.
Las personas de 65 años o más son las que mayoritariamente mueren de cáncer
(75 %), neumonía (90 %), gripe (90 %) o cualquier otra enfermedad (80 %).
Sabiendo todo eso, habiéndolo interiorizado por fin, lo mejor que podemos hacer
es recorrer el camino con personas que nos importan, y llegar al destino, aquel al que
nos apetezca llegar o nuestras fuerzas nos permitan alcanzar, con cierto optimismo y
con la mejor compañía posible. Y… telón.

Tus nuevos aforismos


No tengas miedo de que un desconocido asesine a tu hijo: lo más probable
es que lo hagas tú o alguno de tus familiares.
Llegados a determinadas tasas de seguridad, aspirar al riesgo cero
comporta la creación de nuevos problemas e imprevistos que resultan más
gravosos.
La más alta probabilidad de ser asesinado tiene lugar entre los 20 y los 24
años. La más baja entre los 1 y 12 años.
No tener amigos es para tu salud como fumar 15 cigarrillos diarios.
Lo peor que puede pasarte es que te mueras. Pero eso es incluso mejor que
no vivir la vida por miedo a morir. ¡VIVE!

Página 247
AGRADECIMIENTOS

Este libro tiene un aspecto más lozano y una menor tasa de errores genómicos gracias
a la inestimable ayuda de un montón de personas que me rodean, y me hacen sentir
más acompañado (y por tanto con mejor salud y mayor esperanza de vida), entre los
que quiero destacar las siguientes:
A Ignacio López-Goñi por su asistencia y sus observaciones para el capítulo sobre
la COVID-19.
A Fernando Frías por hacer lo propio en el capítulo sobre la medicina alternativa.
A Cuca Casado por toda su sapiencia disidente en lo relativo a la violencia y el
suicidio.
A Alfredo García por prestarme un poquito de su mojo y su azul cherenkov en el
capítulo sobre radiactividad.
A Eva Moya y el resto del Departamento de Castellano del IES Manuel Cabanyes
por brindarme sus muchos ojos y conocimientos a la hora de mejorar el texto e
identificar erratas.
Y, por supuesto, al hombre del Renacimiento que es Ignacio Crespo por prestarse
a escribir el prólogo, el mejor mascarón de proa que me podía imaginar para una obra
tan poliédrica como esta.
Todos ellos me han ayudado a quedar mejor frente a ti, lector, y lo han hecho sin
recibir nada a cambio (nada medible con claridad, al menos). Si hay algo que esté mal
aquí, sin duda será por mi mala cabeza (y porque soy humano, oye). Dadles a ellos
también todo el crédito que se merecen. Son gente muy, muy maja que lo merece.

Página 248
SERGIO PARRA (Barcelona, 1978). Escritor y crítico literario español, editor y
colaborador en diversos medios, como Xataka, Jot Down, Yorokobu, Muy Interesante
o Diario del Viajero, y mantiene un canal de YouTube de pensamiento crítico: Baker
Cafe. Como divulgador científico, es autor de una extensa obra: una biografía de
Michael Faraday, Ciencia de alta tensión (RBA, 2013), La inteligencia artificial. El
camino hacia la ultrainteligencia (National Geographic, 2017), Eso no estaba en mi
libro de genética (Guadalmazán, 2020), 300 lugares de verdad que parecen de
mentira (Martínez Roca, 2013) e Historia de la incertidumbre (Pinolia, 2021), entre
muchas otras publicaciones.
Ha publicado varias novelas dentro del género fantástico y de la ciencia ficción.
Miembro de blogs literarios como Papel en Blanco o de webs dedicadas al fantástico
como [Link], Parra ha destacado en certámenes como el UPC de la
Politécnica de Cataluña, del que recibió una mención honorífica, y también en el XIV
Certamen de Narrativa Caja Castilla la Mancha, del que resultó ganador. Ha recibido
diversos reconocimientos por su obra narrativa, entre los que destacan el V Certamen
Nacional de Narrativa Caja Castilla La Mancha «Valentín García Yebra» por La
moleskine (Nostrum, 2006) o la mención del Premio Ignotus y de los premios de la
crítica Xatafi-Cyberdark, que premian lo mejor de la literatura fantástica, por
Jitanjáfora (Grupo AJEC, 2006).

Página 249
Notas

Página 250
[1] [Link] <<

Página 251
[2] Rosling, H., Factfulness: diez razones por las que estamos equivocados sobre el

mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas, Deusto, 2018. <<

Página 252
[3] Beck, H., Errar es útil: cuando equivocarse es acertar, Ariel, 2019. <<

Página 253
[4] Lieberman, D.E., La historia del cuerpo humano: evolución, salud y enfermedad,

Pasado y Presente, 2017. <<

Página 254
[5] Levitt, S.D. y Dubner, S.J., Superfreakonomics, Debate, 2010. <<

Página 255
[6] Burnett, D., El cerebro feliz: la explicación científica de dónde se origina la

felicidad y por qué, Martínez Roca, 2018. <<

Página 256
[7] [Link] <<

Página 257
[8] Rosling, op. cit. <<

Página 258
[9] Kahneman, D., Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012. <<

Página 259
[10] Spiegelhalter y Blastland, op. cit. <<

Página 260
[11] LaFreniere, L.S. y Newman, M.G., «Exposing Worry's Deceit: Percentage of

Untrue Worries in Generalized Anxiety Disorder Treatment», Behavior Therapy,


2020. <<

Página 261
[12] Stephens-Davidowitz, S., Todo el mundo miente: lo que internet y el big data

pueden decirnos sobre nosotros, Capitán Swing, 2019. <<

Página 262
[13] Diamandis, P.H. y Kotler, S., Abundancia. El futuro es mejor de lo que piensas,

Antoni Bosch, 2013. <<

Página 263
[14] Thompson, D., Creadores de hits: cómo triunfar en la era de la distracción,

Capitán Swing, 2018. <<

Página 264
[15] Marshall, S.L.A., Men Against Fire: The Problem of Battle Command, University

of Oklahoma Press, Norman, 2000. <<

Página 265
[16] Harari, N.Y., Homo deus: breve historia del mañana, Debate, 2016. <<

Página 266
[17] Gómez de Ágreda, A., Mundo Orwell: manual de supervivencia para un mundo

hiperconectado, Planeta, 2019. <<

Página 267
[18] De Lora, P., Lo sexual es político (y jurídico), Alianza Ensayo, 2019. <<

Página 268
[19] Taleb, N.N., El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2011.

<<

Página 269
[20] Vanderbilt, T., Tráfico: por qué el carril de al lado siempre avanza más rápido y

otros misterios, Debate, 2009. <<

Página 270
[21] Sandman, P.M., Responding to Community Outrage: Strategies for Effective Risk

Communication, American Industrial Hygiene Association, 1993. <<

Página 271
[22] [Link]

angeles-police-data-analysis-algorithm-minority-report <<

Página 272
[23] Black, D., «Crime as Social Control», American Sociological Review, Vol. 48,

No. 1 (Feb., 1983), pp. 34-45. <<

Página 273
[24] Levitt, S.D. y Dubner, S.J., Cuándo robar un banco, Ediciones B, 2016. <<

Página 274
[25] Gannoni, A. y Cussen, T., «Same-sex intimate partner homicide in Australia»,

Trends & issues in crime and criminal justice (2014). <<

Página 275
[26] Mize K. y Schackelford, T., «Intimate partner homicide methods in heterosexual,

gay and lesbian relationships», Violence and Victims 23: 98-114 (2008). <<

Página 276
[27] Glass, N.; Koziol-MacLain, J.; Campbell, J. y Bloc, C.R., «Female-perpetrated

feticide and attempted feminine», Violence against women, vol 10 n.o 6606-625
(2004). <<

Página 277
[28] Spencer, C.; Cafferky, B. y Stith, S. (2016). «Gender Differences in Risk Markers

for Perpetration of Physical Partner Violence: Results from a Meta-Analytic


Review», Journal of Family Violence (2016). <<

Página 278
[29] [Link]

<<

Página 279
[30] Hinduja, S., «Digital Dating Abuse Among a National Sample of U.S. Youth»,

Journal of Interpersonal Violence, 2020. <<

Página 280
[31] Shaffer, C., «Ten-Year Trends in Physical Dating Violence Victimization Among

Adolescent Boys and Girls in British Columbia, Canada», Journal of Interpersonal


Violence, 2018. <<

Página 281
[32] Angier, N., Mujer: una geografía íntima, Paidós, 2011. <<

Página 282
[33] Morris, J., «Sexual dimorphism in human arm power and force», Journal of

Experimental Biology, 2020. <<

Página 283
[34] Carrier, D.R., «Protective buttressing of the hominin face», Biological review of

the Cambridge Philosophical Society, 2015. <<

Página 284
[35] Leyk, D., «Hand-grip strength of young men, women and highly trained female

athletes», European Journal of applied physiology, 2007. <<

Página 285
[36] Zimring, F., The city that became safe: New York's lessons for urban crime and

it's control, Oxford University Press, 2013. <<

Página 286
[37] Haidt, J. y Lukianoff, G., La transformación de la mente moderna, Deusto, 2019.

<<

Página 287
[38] Bryson, B., 1927: un verano que cambió el mundo, RBA, 2019. <<

Página 288
[39] Pinker, S., Los ángeles que llevamos dentro, Paidós, 2018. <<

Página 289
[40] Yates, K., Los números de la vida, Blackie Books, 2020. <<

Página 290
[41] Farrell, G.; Tilley, N. y Tseloni, A., «Why the crime drop?», Crime and Justice,

2014. <<

Página 291
[42] Haidt, J., La mente de los justos, Planeta, 2019. <<

Página 292
[43] Lerner, J.S. y Tetlock, P.E., «Bridging individual, interpersonal, and institutional

approaches to judgment and choice: The Impact of Accountability on Cognitive


Bias», Cambridge University Press <<

Página 293
[44] Ericksen, K.P. y Horton, H., «Blood Feuds: Cross-Cultural Variations in Kin

Group Vengeance», Behavior Science Research, 26(1-4), 57-85, 1992. <<

Página 294
[45] Ember, C., «Myths about Hunter-Gatherers», Ethnology, 1978. <<

Página 295
[46] [Link] <<

Página 296
[47] [Link] <<

Página 297
[48] Swaab, D., Somos nuestro cerebro. Cómo pensamos, sufrimos y amamos,

Plataforma editorial, 2014. <<

Página 298
[49] Moffitt, T.E., «Male antisocial behaviour in adolescence and beyond». Nature

Human Behaviour 2, 177-186 (2018). <<

Página 299
[50] Steinberg, L., Age of Opportunity: Lessons from the New Science of Adolescence,

Houghton Mifflin Harcourt, 2014. <<

Página 300
[51] Levitt, S.D. y Donohue, J.J., «The Impact of Legalized Abortion on Crime»,

Price Theory Initiative, 2001. <<

Página 301
[52] Swaab, op. cit. <<

Página 302
[53] Yogeshwar, R., Próxima estación: futuro, Arpa ediciones, 2016. <<

Página 303
[54] Sherwood, B., El club de los supervivientes, Paidós, 2010. <<

Página 304
[55] Glaeser, E., El triunfo de las ciudades, Taurus, 2019. <<

Página 305
[56] [Link] <<

Página 306
[57] Kandel, E., La nueva biología de la mente, Paidós, 2019. <<

Página 307
[58] Stephens-Davidowitz, op. cit. <<

Página 308
[59] Christakis, N. y Fowler, J., Conectados: el sorprendente poder de las redes

sociales y cómo nos afectan, Taurus, 2010. <<

Página 309
[60] Niederkrotenthaler, T., «Association between suicide reporting in the media and

suicide: systematic review and meta-analysis», BMJ, 2020. <<

Página 310
[61] Niederkrotenthaler, T., «Role of media reports in completed and prevented

suicide: Werther vs. Papageno effects», British Journal of Psychiatry, 2010. <<

Página 311
[62] Punset, E., El viaje al amor, Destino, 2011. <<

Página 312
[63] Otra cosa, claro está, es que un grupo terrorista se concentre en grupos de

personas más pequeños: miembros de la Guardia Civil, seguidores de determinado


culto o religión, etc. Siempre que estos grupos no sean tampoco muy numerosos.
Como los aficionados a la numismática. <<

Página 313
[64] Pinker, Los ángeles…, op. cit. <<

Página 314
[65] En realidad se están intoxicando etílicamente, alterando sustancialmente el

funcionamiento de su sistema nervioso, lo cual, dicho así, adquiere una pátina


ominosa y funesta mucho más ajustada a la realidad. <<

Página 315
[66] En realidad no es una frase de Nicolás Maquiavelo, sino resultado y

transformación de una frase extraída del texto en latín Medulla theologiae moralis
(1645) y cuyo autor fue el teólogo alemán Hermmann Busenbaum. Quién sí la dijo
fue Napoleón Bonaparte tras la lectura de El Príncipe, la obra más insigne de
Maquiavelo. <<

Página 316
[67] Levitt y Dubner, Super…, op. cit. <<

Página 317
[68] Jetter, M., «The effect of media attention on terrorism», Journal of Public

Economics, 2017. <<

Página 318
[69] Levitt, S.D. y Dubner, S.J., Piensa como un freak, Ediciones B, 2015. <<

Página 319
[70] Inyengar, S., Is Anyone Responsible? How Television Frames Political Issues,

University of Chicago Press, 1991. <<

Página 320
[71] Norris, P., Women, Media and Politics, Oxford University Press, 1997. <<

Página 321
[72] Paulos, J.A., El hombre anumérico, Tusquets, 1990. <<

Página 322
[73] Haidt y Lukianoff, op. cit. <<

Página 323
[74] [Link]

[Link] <<

Página 324
[75] Abrahms, M., «Why Terrorism Does Not Work», International Security, 2006. <<

Página 325
[76] Yogeshwar , op. cit. <<

Página 326
[77] Chenoweth, E. y Stephan, M.J., «Why Civil Resistance Works. The Strategic

Logic of Nonviolent Conflict», International Security, 2011. <<

Página 327
[78] Jones, S.G. y Libicki, M.C., How Terrorist Groups End, Lessons for countering al

Qa'ida, RAND Corporation, 2008. <<

Página 328
[79] Zanella, M.; Vitriolo, A.; Andirko, A. y Martins, P.T., «Dosage analysis of the

7q11.23 Williams region identifies BAZ1B as a major human gene patterning the
modern human face and underlying self-domestication», Science Advances, 2019. <<

Página 329
[80] Falk, O.; Wallinius, M.; Lundstróm, S. y Frisell, T., «The 1 % of the population

accountable for 63 % of all violent crime convictions», Social Psychiatry and
Psychiatric Epidemiology, 2014. <<

Página 330
[81]
[Link]
<<

Página 331
[82] Meji, Leander van der, «Hair cortisol and work stress: Importance of workload

and stress model», Psychoneuroendocrinology, 2018. <<

Página 332
[83] Ridley, M., Genoma, Taurus, 2000. <<

Página 333
[84] Lloyd, J., El pequeño gran libro de la ignorancia, Paidós, 2008. <<

Página 334
[85] Guillé, M., 2030. Viajando hacia el fin del mundo tal y como lo conocemos,

Deusto, 2020. <<

Página 335
[86] Nordt, C.; Warnke, I.; Seifritz, E. y Kawohl, W., «Modelling suicide and

unemployment: a longitudinal analysis covering 63 countries, 2000-11», The Lancet


Psychiatry, 2015. <<

Página 336
[87] Kaufman J.A.; Salas-Hernández, L.K.; Komro, K.A. et al., «Effects of increased

minimum wages by unemployment rate on suicide in the USA», Journal of


Epidemiol Community Health, 2020 <<

Página 337
[88] Adler, N.E.; Epel, E.S.; Castellazzo, G. e Ickovics, J.R., «Relationship of

subjective and objective social status with psychological and physiological


functioning; preliminary data in healthy white women», Health Psychology Program,
2000. <<

Página 338
[89] Sapolsky, R., Compórtate. La biología que hay detrás de nuestros mejores y

peores comportamientos, Capitán Swing, 2019. <<

Página 339
[90] Sherwood, op. cit. <<

Página 340
[91] Johnson, S., Futuro perfecto, Turner, 2013. <<

Página 341
[91b] Rodao, F., La soledad del país vulnerable, Crítica, 2019. <<

Página 342
[92] Gladwell, M., Fueras de serie, Punto de Lectura, 2011. <<

Página 343
[93] Bryson, 1927…, op. cit. <<

Página 344
[94] Matthews, R., ¿Por qué la araña no se queda pegada a la tela?, Ariel, 2010. <<

Página 345
[95] «Factsheet—Turbulence», Federal Aviation Administration (FAA).

[Link] <<

Página 346
[96] Payán, M.J. y Payán, J., Secretos y mentiras de Hollywood, TB Editores. 2003.

<<

Página 347
[97] Vanderbilt, op. cit. <<

Página 348
[98] Crofton, I., Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, Ariel, 2007. <<

Página 349
[99] Lee, K.F., Superpotencias de la inteligencia artificial, Deusto, 2020. <<

Página 350
[100] [Link] <<

Página 351
[101] Pamos de la Hoz, A., Actitud Digital, Létrame, 2019. <<

Página 352
[102] Smeed, R.J., «The Traffic Problem in Towns: A Review of Possible Long Term

Solutions», The Town Planning Review, 1964. <<

Página 353
[103] Yong, E., Yo contengo multitudes: los microbios que nos habitan y una visión

más amplia de la vida, Debate, 2020. <<

Página 354
[104] Silver, N., La señal y el ruido: cómo navegar por la maraña de datos que nos

inunda, localizar los que son relevantes y utilizarlos para elaborar predicciones
infalibles <<

Página 355
[105] Kahneman, op. cit. <<

Página 356
[106] Miodownik, M., Líquidos: sustancias deliciosas y peligrosas que fluyen por

nuestras vidas, Drakontos, 2020. <<

Página 357
[107] Pinker, S., En defensa de la Ilustración, Paidós, 2018. <<

Página 358
[108] [Link] <<

Página 359
[109] Rees, M., En el futuro. Perspectivas para la humanidad, Crítica, 201). <<

Página 360
[110] [Link] <<

Página 361
[111] [Link]

may-have-saved-77000-lives-in-china-just-from-pollution-reduction/ <<

Página 362
[112] Diamandis y KotlerDiamandis, op. cit. <<

Página 363
[113] Willner, D., «Metagenomic Analysis of Respiratory Tract DNA Viral

Communities in Cystic Fibrosis and Non-Cystic Fibrosis Individuals», PLoS ONE,


2009. <<

Página 364
[114] Parra, S., Eso no estaba en mi libro de genética, Guadalmazán, 2020. <<

Página 365
[115] Jankowiak, W., «Is the Romantic-Sexual Kiss a Near Human Universal?»,

American Anthropologist, 2015. <<

Página 366
[116] Bryson, B., El cuerpo humano, RBA, 2020. <<

Página 367
[117] Reissland, N., «Laterality of foetal self-touch in relation to maternal stress»,

Laterality, 2015. <<

Página 368
[118] Hylton, W.S., «A Bug in the System», The New Yorker, 2015. <<

Página 369
[119] Swaab, op. cit. <<

Página 370
[120] Bryson, B., En casa, RBA, 2014. <<

Página 371
[121] [Link] <<

Página 372
[122] Schnohr, P:; O'Keefe, J.H.; Marott, J.L.; Lange, P. y Jensen, G.B., «Dose of

jogging and long-term mortality: the Copenhagen City Heart Study», Journal of the
American College of Cardiology, 2015. <<

Página 373
[123] Mons, U.; Hahmann, H. y Brenner, H., «A reverse J-shaped association of leisure

time physical activity with prognosis in patients with stable coronary heart disease:
evidence from a large cohort with repeated measurements», Heart, 2014. <<

Página 374
[124] Spiegelhalter, D., «Using speed of ageing and “microlives” to communicate the

effects of lifetime habits and environment», BMJ, 2012. <<

Página 375
[125] Wilson, R., «Analyzing the Risks of Daily life», Technology Review, pp. 41-46,

Vol. 81. No. 4, February, 1979. <<

Página 376
[126] Burnett, op. cit. <<

Página 377
[127] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 378
[128] Gardner, J.W., «Years of Potential Life Lost (YPLL)—what Does It Measure?»,

Epidemiology, 1990. <<

Página 379
[129] Thom et al., «Heart Disease and Stroke Statistics—2006 Update», Circulation,

2006. <<

Página 380
[130] Orozco-Beltran, D., «Tendencias en mortalidad por infarto de miocardio. Estudio

comparativo entre España y Estados Unidos: 1990-2006», Revista Española de


Cardiología, 2012. <<

Página 381
[131] Stevens, G. y Leanne, G., «Worldwide trends in insufficient physical activity

from 2001 to 2016: a pooled analysis of 358 population-based surveys with 109
million participants», The Lancet Global Health, 2018. <<

Página 382
[132] Lieberman, D.E., «Is Exercise Really Medicine? An Evolutionary Perspective»,

Current Sports Medicine Reports, 2015. <<

Página 383
[133] Lieberman, D.E., La historia…, op. cit. <<

Página 384
[134] Grontved, A. y Hu, E.B., «Television viewing and risk of type 2 diabetes,

cardiovascular disease, and all-cause mortality: a meta-analysis», Journal of the


American Medical Association, 2011. <<

Página 385
[135] Valenzuela, T.D. et al., «Outcomes of Rapid Defibrillation by Security Officers

after Cardiac Arrest in Casinos», The New Journal of Medicine, 2000. <<

Página 386
[136] Sherwood, op. cit. <<

Página 387
[137] Borgenicht, D. y Piven, J., En el peor de los casos: manual de supervivencia

para situaciones límite, Cúpula, 2020. <<

Página 388
[138] Patterson, R. et al., «Sedentary behaviour and risk of all-cause, cardiovascular

and cancer mortality, and incident type 2 diabetes: a systematic review and dose
response meta-analysis», European Journal of Epidemiology, 2018. <<

Página 389
[139] Pereira, A.C. y Small, S.A., «An in vivo correlate of exercise-induced

neurogenesis in the adult dentate gyrus», Proceedings of the National Academy of


Sciences, 2007. <<

Página 390
[140] Kelly, P. et al., «Systematic review and meta-analysis of reduction in all-cause

mortality from walking and cycling and shape of dose response relationship»,
International Journal of Behavioral Nutrition and Physical Activity, 2014. <<

Página 391
[141] Lee, I.; Shiroma, E.J.; Kamada, M., Bassett, D.R., Matthews, C.E. y Buring, J.E.,

«Association of Step Volume and Intensity With All-Cause Mortality in Older


Women», Journal of the American Medical Association, 2019. <<

Página 392
[142] Rosique-Esteban, N.; Díaz-López, A.; Martínez-González, M.A.; Corella, D.;

Goday, A.; Martínez, J.A. et al., «Leisure-time physical activity, sedentary behaviors,
sleep, and cardiometabolic risk factors at baseline in the PREDIMED-PLUS
intervention trial: A cross-sectional analysis», PLoS ONE, 2017. <<

Página 393
[143] Lieberman, «Is Exercise…», op. cit. <<

Página 394
[144] «Global burden of 87 risk factors in 204 countries and territories, 1990-2019: a

systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2019», The Lancet, 2020.
<<

Página 395
[145] Blaschke, J., Cerebro 2.0, el gran enigma del universo, Ma Non Troppo, 2013.

<<

Página 396
[146] Cormier, Z., La ciencia del placer: sexo, drogas y música bajo el microscopio,

RBA, 2015. <<

Página 397
[147] [Link] <<

Página 398
[148] Peacock, A.; Leung, J. et al., «Global statistics on alcohol, tobacco and illicit

drug use: 2017 status report», Addiction, 2018. <<

Página 399
[149] Linden, D.J., La brújula del placer, Ediciones Paidós, 2011. <<

Página 400
[150] Pendergrast, M., El café, Ediciones Barataria, 2002. <<

Página 401
[151] Liedtke W.B.; McKinley, M.J.; Walker, L.L.; Zhang, H.; Pfenning, A.R.; Drago,

J.; Hochendoner, S.J.; Hilton, D.L.; Lawrence, A.J. y Denton, D.A., «Relation of
addiction genes to hypothalamic gene changes subserving genesis and gratification of
a classic instinct, sodium appetite», Proceedings of the National Academy of
Sciences, 2011. <<

Página 402
[152] DiPatrizio N.V.; Astarita, G.; Schwartz, G.; Li, X. y Piomelli, D.,

«Endocannabinoid signal in the gut controls dietary fat intake», Proceedings of the
National Academy of Sciences, 2011. <<

Página 403
[153] Szasz, T., El mito de la enfermedad mental: bases para una teoría de la

conducta personal, Amorrortu Editores, 2008. <<

Página 404
[154] Cormier, op. cit. <<

Página 405
[155] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 406
[156] Hari, J., Conexiones perdidas: causas reales y soluciones inesperadas para la

depresión, Capitán Swing, 2020. <<

Página 407
[157] Quinones, S., Tierra de sueños, Capitán Swing, 2020. <<

Página 408
[158] Ibidem <<

Página 409
[159] Kamienski, L., Las drogas de la guerra, Editorial Crítica, 2017. <<

Página 410
[160] GBD 2016 Alcohol Collaborators, «Alcohol use and burden for 195 countries

and territories, 1990-2016: a systematic analysis for the Global Burden of Disease
Study 2016», The Lancet, 2018. <<

Página 411
[161] Masayoshi, Z., «Light to moderate amount of lifetime alcohol consumption and

risk of cancer in Japan», Cancer, 2019. <<

Página 412
[162] Chown, M., El universo en tu bolsillo, RBA, 2015. <<

Página 413
[163] Ritenour, A.E., «Lightning injury: a review», Burns, 2008 <<

Página 414
[164] Silver, op. cit. <<

Página 415
[165] Lloyd, op. cit. <<

Página 416
[166] Pereyra, J., Respuestas sorprendentes a preguntas cotidianas: curiosidades que

solo la ciencia puede explicar, Planeta, 2020. <<

Página 417
[167] Boyd, D., «Streams of Content, Limited Attention: The Flow of Information

through Social Media», Web2.0 Expo. New York, NY, 17 de noviembre de 2009. <<

Página 418
[168] Burnett, op. cit. <<

Página 419
[169] Porter, E., Todo tiene un precio, Aguilar, 2011. <<

Página 420
[170] Wootton, D., La invención de la ciencia, Crítica, 2017. <<

Página 421
[171] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 422
[172] Roach, M., Glup: aventuras en el canal alimentario, Crítica, 2014. <<

Página 423
[173] Miodownik, op. cit. <<

Página 424
[174] Stephens-Davidowitz, op. cit. <<

Página 425
[175] Levitt, S.J. y Dubner, S.D., Freakonomics, Ediciones B, 2007. <<

Página 426
[176] López, A., Ya está el listo que todo lo sabe, Léeme, 2012. <<

Página 427
[177] Rosling, op. cit. <<

Página 428
[178] Marcus, G., Kluge: la azarosa construcción de la mente humana, Ariel, 2010.

<<

Página 429
[179] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 430
[180] Denke, C. et al., «Belief in a just world is associated with activity in insula and

somatosensory cortices as a response to the perception of norm violations», Social


Neuroscience, 2014. <<

Página 431
[181] Rodao, op. cit. <<

Página 432
[182] [Link] <<

Página 433
[183] García, A., La energía nuclear salvará el mundo: derribando mitos sobre la

energía nuclear, Planeta, 2020. <<

Página 434
[184] Spiegelhalter y Blastland, op. cit. <<

Página 435
[185] Ghiassi-Nejad, M., «Long-term immune and cytogenetic effects of high level

natural radiation on Ramsar inhabitants in Iran», Journal of Environmental


Radioactivity, 2004. <<

Página 436
[186] Crofton, op. cit. <<

Página 437
[187] Pereyra, op. cit. <<

Página 438
[188] Kean, S., El último aliento de César, Ariel, 2018. <<

Página 439
[189] Kean, S., La cuchara menguante, Ariel, 2011. <<

Página 440
[190] Pereyra, op. cit. <<

Página 441
[191] Aldersey-Williams, H., La tabla periódica: la curiosa historia de los elementos,

Ariel, 2013. <<

Página 442
[192] Markandya, A. y Wilkinson, P., «Electricity generation and health», The Lancet,

2007. <<

Página 443
[193] Sovacool, B.K.; Andersen, R.; Sorensen, S.; Sorensen, K.; Tienda, V.; Vainorius,

A.; Schirach, O.M. y Bjorn-Thygesen, F., «Balancing safety with sustainability:


assessing the risk of accidents for modern low-carbon energy systems», Journal of
Cleaner Production, 2016. <<

Página 444
[194] Ropeik, D., How Risky Is It, Really?: Why Our Fears Don't Always Match the

Facts, McGraw-Hill Education, 2010. <<

Página 445
[195] Christian, D., La gran historia de todo, Crítica, 2019. <<

Página 446
[196] Crosby, A., Children of the Sun: A History of Humanity's Unappeasable Appetite

For Energy, W.W. Norton & Company, 2007. <<

Página 447
[197] Tegmark, M., Vida 3.0, Taurus, 2018. <<

Página 448
[198] Ames, B.N., «Dietary pesticides (99.99 % all natural)», Proceedings of the

National Academy of Sciences, 1990. <<

Página 449
[199] [Link] <<

Página 450
[200] Rivas, L., «Source apportionment of particle number size distribution in urban

background and traffic stations in four European cities», Environment International.


2020. <<

Página 451
[201] Crofton, op. cit. <<

Página 452
[202] Repacholi, M.H., «Systematic review of wireless phone use and brain cancer and

other head tumors», Bioelectromagnetics, 2012. <<

Página 453
[203] Schwarz, M.J., La izquierda feng-shui: cuando la ciencia y la razón dejaron de

ser progres, Ariel, 2017. <<

Página 454
[204] Mulet, J.M., Comer sin miedo: mitos, falacias y mentiras sobre la alimentación

en el siglo XXI, Destino, 2014. <<

Página 455
[205] Poon, S.L. et al., «Genome-Wide Mutational Signatures of Aristolochic Acid

and Its Application as a Screening Tool», Science Translational Medicine, agosto,


2013. <<

Página 456
[206] Muller, R., Physics and Technology for Future Presidents: An Introduction to the

Essential Physics Every World Leader Needs to Know, Princeton University Press,
2010. <<

Página 457
[207] Garlaschelli, L., El «científico loco»: una historia de la investigación en los

límites, Alianza, 2019. <<

Página 458
[208] Ehrenreich, B., Causas naturales: cómo nos matamos por vivir más, Turner,

2018. <<

Página 459
[209] Bryson, B., Breve historia de casi todo, RBA, 2016. <<

Página 460
[210] Parra, op. cit. <<

Página 461
[211] [Link]

melanoma/acerca/[Link] <<

Página 462
[212] Franco, O.H., «Vitamin D and risk of cause specific death: systematic review

and meta-analysis of observational cohort and randomised intervention studies»,


BMJ, 2014. <<

Página 463
[213] Wilson, V.K., «Relationship Between 25-Hydroxyvitamin D and Cognitive

Function in Older Adults: The Health, Aging and Body Composition Study», Journal
of the American Geriatrics Society, 2014. <<

Página 464
[214] Chante Karimkhani, B.A. et al., «The Surgeon General Should Say That Indoor

Ultraviolet Radiation Tanning Causes Skin Cancer», American Journal of Preventive


Medicine, abril, 2015. <<

Página 465
[215] Cook, K., El koala asesino. Relatos humorísticos de la Australia profunda,

Sajalín, 2011. <<

Página 466
[216] Harari, op. cit. <<

Página 467
[217] Pinker, Los ángeles…, op. cit. <<

Página 468
[218] Borgenicht y Piven, op. cit. <<

Página 469
[219] Undheim, E. et al., «Weaponization of a Hormone: Convergent Recruitment of

Hyperglycemic Hormone into the Venom of Arthropod Predators», Structure, junio


2015. <<

Página 470
[220] Merino, I., 1000 maneras estúpidas de morir por culpa de un animal, Planeta,

2014. <<

Página 471
[221] Pinker, Los ángeles…, op. cit. <<

Página 472
[222] Weinersmith, K., Un ascensor al espacio: un viaje fascinante por las

innovaciones que marcarán nuestro futuro, Blackie Books, 2019. <<

Página 473
[223] Winegard, T.C., El mosquito. La historia de la lucha de la humanidad contra su

depredador más letal, Ediciones B, 2019. <<

Página 474
[224] Hoel D.E., «Efficacy of ovitrap colors and patterns for attracting Aedes

albopictus at suburban field sites in north-central Florida», Journal of the American


Mosquito Control Association, 2011. <<

Página 475
[225] Lieberman, D.E., La historia…, op. cit. <<

Página 476
[226] Wu, T., Comerciantes de atención: la lucha épica por entrar en nuestra cabeza,

Capitán Swing, 2020. <<

Página 477
[227] Eagleman, D., Incógnito: las vidas secretas del cerebro, Anagrama, 2013. <<

Página 478
[228] Feinstein, J.S., «The human amygdala and the induction and experience of fear»,

Current Biology, 2011. <<

Página 479
[229] Wolfe, D.W., El subsuelo: una historia natural de la vida subterránea, Seix

Barral, 2019. <<

Página 480
[230] O'Neill, C; Marchi, S; Zhang, S y Bottke, W., «Impact-driven subduction on the

Hadean Earth», Nature Geoscience, 2017. <<

Página 481
[231] Nowak, M., Supercooperadores, Ediciones B, 2012. <<

Página 482
[232] [Link]

space-delivered-to-earth-by-meteorites/ <<

Página 483
[233] Álvarez, W., El viaje más improbable: catorce mil millones de años de historia

cósmica, Crítica, 2017. <<

Página 484
[234] Dawkins, R., El cuento del antepasado: un viaje a los albores de la evolución,

Antoni Bosch Editor, 2008. <<

Página 485
[235] Spiegelhalter y Blastland, op. cit. <<

Página 486
[236] [Link] <<

Página 487
[237] Reynolds, M.D., Falling Stars: A Guide to Meteors and Meteorites, Stackpole

Books, 2001. <<

Página 488
[238] Beck, op. cit. <<

Página 489
[239] Rosling, op. cit. <<

Página 490
[240] Angell, M., «Alternative medicine—The risks of untested and unregulated

remedies». New England Journal of Medicine, 1998. <<

Página 491
[241] Heath, J., Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Taurus, 2005. <<

Página 492
[242] Sokal, A., Más allá de las imposturas intelectuales: ciencia, filosofía y cultura,

Paidós, 2009. <<

Página 493
[243] Heath, op. cit. <<

Página 494
[244] Linde, K. et al., «Are the clinical effects of homoeopathy placebo effects? A

meta-analysis of placebo-controlled trials», The Lancet, septiembre, 1997. <<

Página 495
[245] Goldacre, B., Mala farma: cómo las empresas farmacéuticas engañan a los

médicos y perjudican a los pacientes, Paidós, 2013. <<

Página 496
[246] Wotton, D., Bad Medicine: Doctors Doing harm Since, Oxford University Press,

2007. <<

Página 497
[247] [Link]

combatting-rising-superbug-threat/ <<

Página 498
[248] Krupenkin, M., «Does Partisanship Affect Compliance With Government

Recommendations?», Political Behavior, mayo, 2020. <<

Página 499
[249] Monsted, B. y Lehmann, S., «Algorithmic Detection and Analysis of

Vaccine-Denialist Sentiment Clusters in Social Networks», mayo, 2019. <<

Página 500
[250] Nepogodiev, D. et al., «Global burden of postoperative death», The Lancet,

febrero, 2019. <<

Página 501
[251] Bryson, El cuerpo…, op. cit.. <<

Página 502
[252] Sunshine, J.E. et al., «Association of Adverse Effects of Medical Treatment With

Mortality in the United States: A Secondary Analysis of the Global Burden of


Diseases, Injuries, and Risk Factors Study», JAMA, enero, 2019. <<

Página 503
[253] Makary, M.A. y Daniel, M., «Medical error—the third leading cause of death in

the US», BMJ, mayo, 2016. <<

Página 504
[254] Saper, R., «Heavy metal content of ayurvedic herbal medicine products», JAMA,

2004. <<

Página 505
[255] Stanford, N.N. et al., «Prevalence and Nondisclosure of Complementary and

Alternative Medicine Use in Patients With Cancer and Cancer Survivors in the
United States», JAMA, abril, 2019. <<

Página 506
[256] Johnson, S.B., «Use of Alternative Medicine for Cancer and Its Impact on

Survival», Journal of the National Cancer Institute, 2018. <<

Página 507
[257] [Link]

[Link] <<

Página 508
[258] Risberg T., «Does use of alternative medicine predict survival from cancer?»,

European Journal of Cancer, 2003. <<

Página 509
[259] Ford, M., El auge de los robots: la tecnología y la amenaza de un futuro sin

empleo, Paidós, 2016. <<

Página 510
[260] Carr, N., Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas, Taurus,

2014. <<

Página 511
[I] La penicilina fue descubierta en 1928; se considera primer paciente tratado con la

misma a Albert Alexander, en 1941, si bien se menciona como primera cura la


conseguida en 1930 por Cecil George Paine en un adulto y tres bebés, como de
explica en el artículo de Milton Wainwright y Harold T. Swan «C.G. Paine and the
earliest surviving clinical records of penicillin therapy», publicado en Medical
History en 1986 y disponible en <[Link] (N.
del E. D.). <<

Página 512
[261] Dahl, G. y DellaVigna, S., «Does Movie Violence Increase Violent Crime?», The

Quarterly Journal of Economics, 2009. <<

Página 513
[262] Card, D. y Dahl, G.B., «Family Violence and Football: The Effect of Unexpected

Emotional Cues on Violent Behavior», Quarterly Journal of Economics, 2011. <<

Página 514
[263] Levitt y Dubner, Super…, op. cit. <<

Página 515
[264] Colman, I., «CARTOONS KILL: casualties in animated recreational theater in an

objective observational new study of kids' introduction to loss of life», BMJ, 2014.
<<

Página 516
[265] Kent, S.L., La gran historia de los videojuegos, Nova, 2016. <<

Página 517
[266] Rutherford, A., Breve historia de todos los que han vivido: el relato de nuestros

genes, Pasado y Presente, 2017. <<

Página 518
[267] Cunningham, S., «Violent Video Games and Violent Crime», Southern

Economic Association, 2016. <<

Página 519
[268] Ferguson, C.J., «The pleasure is momentary…the expense damnable? The

influence of pornography on rape and sexual assault», Aggression and Violent


Behavior, 2009. <<

Página 520
[269] Parkin, S., Muerte por videojuego, Turner, 2016. <<

Página 521
[270] Freedman, J., Media Violence and its Effect on Aggression: Assessing the

Scientific Evidence, University of Toronto Press, 2002. <<

Página 522
[271] Pinker, S., La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana, Paidós,

2018. <<

Página 523
[272] Tremblay, R., «The violence of the lambs», Science, 2000. <<

Página 524
[273] Parkin, op. cit. <<

Página 525
[274] Fowler, K.A., «Childhood Firearm Injuries in the United States», Pediatrics,

2017. <<

Página 526
[275] [Link]

[Link] <<

Página 527
[276] [Link]

us-gun-stock-over-past-20-years/ <<

Página 528
[277] [Link]

americans-views-of-guns-and-gun-ownership/ <<

Página 529
[278] Reeping, P.M., «State gun laws, gun ownership, and mass shootings in the US:

cross sectional time series», BMJ, 2019. <<

Página 530
[279] Kivisto, A.J., «Firearm Legislation and Fatal Police Shootings in the United

States», American Journal of Public Health, 2017. <<

Página 531
[280] [Link] <<

Página 532
[281] Bryson, B., Historias de un gran país, Península, 2020. <<

Página 533
[282] Pooley, S., «“All we parents want is that our children's health and lives should be

regarded”: Child Health and Parental Concern in England, c. 1860–1910», Social


History of Medicine, 2010. <<

Página 534
[283] Wilson, B., El primer bocado, 2016. <<

Página 535
[284] Ropeik, op. cit. <<

Página 536
[285] Harris, R., La trampa de la felicidad, Planeta, 2010. <<

Página 537
[286] Hofferth, S.L. y Sandberg, J.F., «How American Children Spend Their Time»,

Journal of Marriage and Family, 2004. <<

Página 538
[287] Goodman, M., Los delitos del futuro, Ariel, 2015. <<

Página 539
[288] Wolak, J., «Are Crimes by Online Predators Different From Crimes by Sex

Offenders Who Know Youth In-Person?», Journal of Adolescent Health, diciembre,


2013. <<

Página 540
[289] Haidt y Lukianoff, op. cit. <<

Página 541
[290] Christakis, N., «This allergies hysteria is just nuts», British Medical Journal,

2008. <<

Página 542
[291] Schwarcz, J., Monos, mitos y moléculas, Pasado y Presente, 2016. <<

Página 543
[292] Graham-Rowe, D., «Lifestyle: When allergies go west», Nature, 2011. <<

Página 544
[293] VIII Congreso Internacional de la Lengua Española. Instituto Cervantes, abril de

2019. [Link] <<

Página 545
[294] Taleb, N.N., Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden, Paidós, 2013.

<<

Página 546
[295] [Link] <<

Página 547
[296] Christakis, «This allergies…», op. cit. <<

Página 548
[297] Levitt y Dubner, Freak…, op. cit. <<

Página 549
[298] Spiegelhalter y Blastland, op. cit. <<

Página 550
[299] «Unexplained deaths in infancy, England and Wales: 2010», Office for National

Statistics,
[Link]
08-21 <<

Página 551
[300] Grill, T., No Fear: Growing Up in a Risk-Averse Society, Calouste Gulbenkian

Foundation, 2007. <<

Página 552
[301] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 553
[302] Lancy, D.E., «Playing With Knives: The Socialization of Self-Initiated

Learners», Child Development, mayo, 2016. <<

Página 554
[303] Haidt y Lukianoff, op. cit. <<

Página 555
[304] Yogeshwar , op. cit. <<

Página 556
[305] Rosling, op. cit. <<

Página 557
[306] García González, J.M., La transformación de la longevidad en España de 1910 a

2009, Centro de Investigaciones Sociológicas, enero, 2015. <<

Página 558
[307] Buettner, D., Blue Zones: Lessons for Living Longer from the People who've

Lived Longest, National Geographic Society, 2008. <<

Página 559
[308] Holt-Lunstad, J., «Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic

Review», PLOS Medicine, 2010. <<

Página 560
[309] [Link]

technology/ <<

Página 561
[310] [Link]

<<

Página 562
[311] [Link]

states-the-united-kingdom-and-japan-an-international-survey/ <<

Página 563
[312] Valtorta, N.K., «Loneliness and social isolation as risk factors for coronary heart

disease and stroke: systematic review and meta-analysis of longitudinal observational


studies», Heart, 2016. <<

Página 564
[313] Primack, B.A., «Social Media Use and Perceived Social Isolation Among Young

Adults in the U.S.», American Journal of Preventive Medicine, 2017. <<

Página 565
[314] Gawande, A., Ser mortal, Galaxia Gutemberg, 2015. <<

Página 566
[315] [Link] <<

Página 567
[316] Lieberman, La historia…, op. cit. <<

Página 568
[317] Bryson, El cuerpo…, op. cit. <<

Página 569

También podría gustarte