Relaciones militares de Cartago (410-221 a.n.e.)
Relaciones militares de Cartago (410-221 a.n.e.)
Directores
Agradecimientos v
Abreviaturas ix
Resumen xi
Abstract xiii
1. Introducción 1
1.1. Contextualización 1
1.2. Presentación de la problemática y objetivos de la tesis 4
1.3. Metodología 4
1.4. Antecedentes historiográficos. Los estudios sobre diplomacia
y mercenariado en Occidente 6
1.5. Estructura de la investigación 7
3. El ejército cartaginés 33
3.1 Estructura de mando 37
3.1.1. Identificación epigráfica y duración del cargo 38
3.1.2. Colegialidad 40
3.1.3. Poderes 48
3.1.4. Dinastía 49
3.2. Ejército de tierra 52
3.2.1. Infantería 53
3.2.2. Caballería 64
3.2.3. Elefantes de guerra 65
[Link]. El elefante en combate 67
3.2.4. Carros de guerra 74
i
3.3. Ejército de marina 75
3.3.1. Los puertos 76
3.3.2. Las naves 78
5. El avispero siciliano 99
5.1. Contexto histórico y geográfico 99
5.1.1. La población siciliota 100
[Link]. La revuelta de Ducetio 102
[Link]. Segesta y Selinunte 103
5.1.2. La llamada epikrateia púnica 104
5.1.3. Las tiranías de las ciudades griegas 106
5.2. Relaciones político-militares con el estado cartaginés 108
5.2.1. El inicio de la moneda fenicio-púnica 110
[Link]. La acuñación de moneda cartaginesa 112
5.2.2. La expedición de Aníbal en el año 410 114
5.2.3. Las guerras contra Dionisio el Viejo (397-358) 125
5.2.4. El avispero en ebullición: Dionisio el Joven, Timoleón, 133
Cartago e Hicetas
5.2.5. El conflicto se expande: las ofensivas de Agatocles y de Pirro 137
5.2.6. Campo de batalla: Sicilia (264-241) 139
5.3. Sicilia en el contexto Mediterráneo 142
5.3.1. La alianza de Siracusa con Esparta 144
ii
6.2.3. Las evidencias arqueológicas 181
6.3. Conclusiones: El papel de los mercenarios iberos en el Mediterráneo 187
Bibliografía 273
iii
iv
AGRADECIMIENTOS
Una vez terminado este reto personal y académico es inevitable -y recomendable- que uno
vuelva la cabeza hacia atrás y contemple el largo recorrido que ha llevado a cabo durante tanto
tiempo. Imagino que los altibajos, las incertidumbres, las aceleraciones y los periodos de
estancación son algo común en la mayor parte de los casos, más aun teniendo en cuenta que la
carrera académica no es aliena a la vida personal. Pero lo importante es que llegados a este
punto, uno se sienta satisfecho del trabajo realizado. En mi caso, así es. En un espectro
geográfico y temporal tan vasto como el que aquí se analiza es lícito preguntarse si todo cuanto
se ha leído, estudiado y analizado es suficiente como para fundamentar el desarrollo y las
conclusiones que aquí se presentan. La producción literaria científica es cada vez mayor y la
acumulación de información puede llegar a resultar desbordante. Conscientes de ello, uno de
los aspectos que más nos preocupaba al plantearnos esta tesis doctoral fue la de la gestión y
administración de la información; un aspecto que cobra especial sentido cuando el director de
tesis domina totalmente la actualidad de las publicaciones sobre la Antigüedad e inunda al
novato doctorando con miles de documentos digitales, docenas de libros y decenas de
archivadores llenos de artículos fotocopiados durante su primera semana de trabajo. Ahora, casi
cinco años más tarde, no puedo sino agradecer al Dr. Toni Ñaco su incansable labor de apoyo,
dirección y consejo en la elaboración de esta investigación. Todo ello, además, sin contar que
fue gracias a él y a su proyecto que he podido disfrutar de una beca FPI del Ministerio de
Economía y Competitividad (anteriormente, de Innovación y Ciencia) del Gobierno español
durante cuatro años, sin la cual este trabajo hubiera sido irrealizable. Vayan para él, pues, los
primeros agradecimientos.
v
Sin embargo, el planteamiento inicial de la tesis no fue sino de mi codirector de tesis, el Dr.
Fernando López Sánchez. Recuerdo nítidamente la noche en la cual nos reunimos mis dos
codirectores y yo en un humilde restaurante tailandés en Oxford. Terminando mis estudios de
máster y pese a no tener muchos números para conseguir una beca predoctoral, mi voluntad
era la de iniciar mi carrera académica hasta dónde y cuándo pudiera llegar. Pero no conseguía
encontrar un tema, una problemática historiográfica que encajara en mi perfil y fuera que
además fuera algo novedoso. Fernando y Toni me recomendaron que ampliara mis horizontes
conceptuales (pues yo me estaba especializando por aquella época en estudios relacionados con
el mundo ibérico) y analizara los fenómenos del Mundo Antiguo desde una perspectiva más
global, haciendo hincapié en los contactos y relaciones entre distintos estados y territorios. Fue
durante esa cena, que Fernando, a falta de un soporte mejor a nuestro alcance, empezó a
garabatear sobre una servilleta una propuesta de investigación que finalmente se iba a convertir
en el esqueleto de esta tesis. No quería agradecer a Fernando su apoyo en esta tesis sin dejar
de mencionar este momento clave, aunque por supuesto su trabajo ha ido mucho más allá,
especialmente en el campo de la numismática y en saberme transmitir esta concepción de que
“todo está relacionado con todo”.
No voy a enjabonar con palabras dulces a todo aquél que haya pasado a mi lado durante este
tiempo para ser políticamente correcto y por tanto no voy a alargarme innecesariamente en
este primer apartado. Pero al César lo que es del César. Y en este sentido quiero agradecer
sinceramente a toda aquella gente que ha estado a mi lado en estancias al extranjero y me ha
acompañado tanto durante el tiempo académico como fuera de él. Con especial emoción
mantengo vivo el recuerdo de mis días en la ciudad de Roma junto a un buen puñado de colegas:
Ana Portillo, Juan Pablo López, Pablo Molina, el Dr. Javier Salido, la Dra. Carla Rubiera y Jorge el
Cántabro. Mi estancia en Oxford fue sin duda mucho más llevadera junto al Dr. Javier Rodríguez
Corral y al Dr. Enrique García Riaza, dado que el mundo anglosajón constituye para un hombre
puramente mediterráneo como yo, un salto cultural bastante notable. Su amplia experiencia y
su abierto carácter fueron para mí de gran ayuda en uno de los momentos claves de la
investigación
Como mencionaba al inicio, la vida académica discurre junto a la personal y es inevitable que a
menudo se entremezcle y sea una sola. Y en este plano, quiero reconocer el apoyo que me han
brindado mis padres, Josep y Àngels, y mi hermano, Jordi, en todo este tiempo. No tan sólo han
demostrado una fe inquebrantable hacia mi labor -no muchas veces comprendida en el mundo
extraacadémico-, sino que además me han ayudado con un análisis crítico de la investigación -
cosa aún menos común- aportando un punto de vista exterior, fresco y crítico a la misma.
Y por supuesto a Anna Casellas, junto con quién he compartido innumerables horas de trabajo
y cuya dedicación a su propia tesis ha constituido un ejemplo a seguir; recorrer juntos este
periodo vital ha sido una maravillosa coincidencia, pero más allá de lo académico debo
agradecérselo en lo personal, por estar siempre a mi lado en las horas más sombrías.
vi
La evidencia literaria acerca de los inicios de esta investigación.
vii
viii
ABREVIATURAS
SNG Cop. Sylloge Nummorum Graecorum. The Royal Collection of Coins and Medals
(Copenhagen, 1942-).
ix
x
RESUMEN
La tesis doctoral que se presenta a continuación tiene como propósito investigar la red
diplomática y las relaciones de índole militar que se establecieron en el Mediterráneo Occidental
a través de la ciudad de Cartago. El marco cronológico se enmarca entre los siglos V y III a.n.e.,
coincidiendo con el momento de mayor apogeo político de la ciudad. Es, por tanto, un estudio
de amplio espectro cronológico y espacial, que abarca este fenómeno desde sus inicios hasta su
culminación en época de Aníbal, aunque sin entrar propiamente en ésta última. Este análisis
histórico se realizará a través del estudio de varios aspectos: el mercenariado, los tratados
diplomáticos, las alianzas políticas y el estudio de la guerra en su papel de motor histórico.
xi
Posteriormente se analizan las relaciones militares y diplomáticas con el estado cartaginés en sí.
Finalmente se extrapolan los resultados al contexto mediterráneo a fin de valorar la evolución
de estas relaciones.
xii
ABSTRACT
The purpose of this dissertation is to investigate the diplomatic network and military relations that
were established in the Western Mediterranean by the city of Carthage. The chronological
framework is defined between the 5th and 3rd centuries BCE, which coincides with the time of the
city’s political peak. Thus, this paper will study a wide chronological and spatial spectrum, which
spans this era from its beginnings until its culmination at the time of Hannibal (221), but without
covering the latter fully. This historical analysis will be conducted by studying various aspects:
mercenaries, diplomatic treaties, political alliances and the study of war in its role as a driving force
of history.
A multidisciplinary methodology will be used to develop this research. Due to the shortage of
archaeological and literary artefacts pertaining to the Punic civilization, in comparison to other
cultures and eras, this seems to be the best way to approach its historical discovery. Whilst
recognising the prevailing role of classical literature in the following discourse, we have tried to
utilise and combine all possible data originating from archaeology, numismatics, epigraphy and
philology. In this way, we will try to arm a discourse that reconciles all the data in order to achieve
the final objective: to prove the existence of a Mare Punicum, before a Mare Nostrum.
The PhD dissertation has been divided into chapters that each address the core issue from a
geographical region with its own identity: North Africa, Iberia, Southern Gaul, the Italian peninsula
and Sicily. Each of these regions was home to a number of diverse peoples, all in different states of
civic evolution. In order to thoroughly analyse the relations between each of these nations with
Carthage, the chapters are divided into three segments. The first segment provides a historical and
geographical context for all these nations with particular emphasis on the relationship they had with
xiii
Phoenician trade prior to the 5th century. Subsequently, we will analyse military and diplomatic
relations with the Carthaginian state itself. Finally, the results will be compared to a Mediterranean
context with the aim of assessing the evolution of these relations.
The political and military organization of Carthage is also addressed. We realise that if we wish to
analyse diplomatic and mercenary phenomena, it seems clear that we should also discover what was
the nature of these aspects in the organization that drove them. It essentially deals with issues that
have been highly debated but where very little is known about in current historiography, which we
will put forward for discussion.
Lastly the phenomenon as a whole will be analysed in the final chapter, aiming to piece together a
global and dynamic vision. It also has a direct bearing on the importance of interpreting this
historical process as a multipolar phenomenon and not as an exclusive Carthaginian heritage. Whilst
Carthage was weaving its complex and extensive network of alliances, many other cities for better or
worse, were trying to fuel the same process. Rome, Syracuse and Massalia were among these. We
believe that by merely discovering the dynamics, objectives and evolution of all these territories
collectively, we will be able to understand many of the aspects or incidents that seemingly cannot be
explained by themselves without the appropriate general context.
xiv
1. INTRODUCCIÓN
1.1. Contextualización
Investigar, interpretar y comprender. El estudio del mundo antiguo exige un esfuerzo notable
sobre quiénes se atreven -y tienen la fortuna- de poder dedicar parte de su vida a la carrera
académica. Investigar, pese a sus dificultades, constituye la parte más sencilla de toda la
operación. Le recopilación de datos, su gestión y armonización no es sino que la primera de las
tareas de cualquier trabajo académico, y esta tesis doctoral no es una excepción, pese a
contar, como veremos, con algunos hándicap particulares. Interpretar toda esta amalgama de
datos, en la era de la información, significa poder abstraerse de las lecturas e intentar
recomponer un rompecabezas de tamaño descomunal, probando, una a una, qué pieza puede
conectarse con otra, qué dato puede relacionarse con otro. Y si el investigador ha llegado a
reconstruir una parte de ese rompecabezas, la recompensa es esquiva: no hay comprobación
posible. No podemos, por el momento, comprobar la veracidad de nuestras teorías. A
diferencia del físico o del matemático, no nos es permitido disfrutar del placer de saber que
aquella hipótesis, es, y se convierte en regla. He aquí que el historiador tiene que exigirse la
mayor exactitud en la investigación sobre las evidencias -arqueológicas, literarias,
numismáticas, epigráficas-, para poder apoyar sus teorías y llegar, como máximo, a un “alto
grado de probabilidad”. Sin embargo existe aún un tercer eslabón, quizá el más difícil de todos
y el más teórico. Comprender los fenómenos, procesos o acontecimientos en la historia
constituye el clímax del historiador, precisamente porque raras veces se consigue. El ser
humano, nuestro protagonista y objeto de estudio, no siempre, ni mucho menos, responde a
modelos estrictos, comportamientos predecibles o decisiones razonables. Esa es, quizá, una de
las pocas verdades absolutas a disposición del historiador. Discusiones metodológicas y
tendencias historiográficas aparte, el ser humano, más que ningún otro ser vivo, actúa durante
su vida con un notable grado de impulsividad, lo emocional afecta casi siempre en la toma de
1
sus decisiones, y esta presunción adquiere especial importancia cuando las decisiones de un
sólo hombre -un rey, un general, un emperador- afectan a otros miles de personas.
La investigación de esta tesis doctoral pretende aportar al conocimiento histórico una visión de
conjunto de un momento y de un lugar que la tradición historiográfica ha tendido a estudiar de
forma regional. Este momento y este lugar son los siglos V-III a.n.e. del Mediterráneo Central y
Occidental. Dentro de este contexto, nuestro foco de atención no va más allá de centrarnos en
un aspecto concreto, pues cualquier otra pretensión sería inabarcable con el nivel de
profundidad y detalle que una tesis doctoral exige. Este aspecto, sobre el cual edificaremos
nuestra investigación, y que utilizaremos como eje conductor, son las relaciones militares y
diplomáticas que se llevaron a cabo entre los distintos poderes políticos en este vasto espacio.
Las peculiaridades del periodo, que analizaremos más adelante, propiciaron un gran
incremento de relaciones entre potencias emergentes, estados consolidados, líderes tribales y
caudillos mercenarios procedentes de áreas que hasta ese momento se encontraban en la
periferia de las grandes civilizaciones mediterráneas.
La decisión de tomar como fecha de partida un año tan concreto como el 410 no es aleatoria.
Aquel fue el año en que la ciudad siciliana de Segesta pidió ayuda militar a Cartago para frenar
los ataques de la vecina Selinunte, una guerra cuyos orígenes se encuentran en la fallida
expedición ateniense sobre Siracusa unos pocos años atrás. Esta invitación fue aceptada por
Cartago, que al año siguiente envió un enorme ejército al mando de Aníbal, dando comienzo
así a dos centurias de guerras por el control de la isla entre Siracusa y Cartago. La metrópolis
africana ya había desembarcado grandes ejércitos en la isla con anterioridad. Especialmente
reseñable fue la campaña del año 480, una guerra que posiblemente formara parte de una
estrategia conjunta con Persia. Sin embargo, los cartagineses fueron derrotados por el tirano
Gelón -según la tradición clásica, el mismo día en que Leónidas hacía frente al propio Jerjes en
las Termópilas (Diod. XI, 24, 1)-, y por un espacio de 70 años, la influencia púnica sobre la isla
quedó reducida a su parte más occidental, dónde parece que no hubo enfrentamientos
2
reseñables. En cambio, durante este mismo periodo de tiempo acontecieron una serie de
cambios en Cartago durante el cual se consolidó territorial y políticamente: se reforzaron los
vínculos con las colonias, se consolidó el dominio territorial en el hinterland africano y se
produjo una revolución política que terminó con la dinastía magónida. La ciudad que
conocemos de finales del siglo V era ya una potencia madura. Además, la campaña sobre Sicilia
del 409 inicia un nuevo fenómeno: la acuñación de moneda por parte de Cartago para el pago
de sus tropas mercenarias. Pese a que se conocía la existencia de monedas en el mundo
oriental fenicio y en la Magna Grecia, hasta ese momento Cartago no había acuñado nunca
moneda propia. Aún con la complejidad que entraña el estudio de la moneda cartaginesa
aquel acontecimiento ha dado a los arqueólogos e historiadores un rastro de evidencias para
identificar los movimientos de mercenarios cartagineses por el Mediterráneo.
En este sentido, la campaña del año 409 no sólo implicó a la isla de Sicilia, aunque ésta fuera su
escenario bélico. Esta confrontación afectó a muchos otros territorios de forma directa e
indirecta y desató una serie acontecimientos trascendentales: el reclutamiento de mercenarios
en el norte de África e Iberia por parte de Cartago, las expediciones de saqueo de Dionisio en
Italia, los acuerdos entre Roma y Cartago, el apoyo militar mutuo entre Siracusa y el
Peloponeso o los movimientos de población gala hacia el sur de la península Itálica, entre
muchos otros.
Sin embargo, he aquí algo que notar. Teniendo en cuenta la exitosa trayectoria histórica de
Roma en siglos posteriores, la mayor parte de las fuentes clásicas que nos han llegado
proceden del ámbito grecolatino. Aunque pocas de ellas fueran contemporáneas a los
acontecimientos de los siglos IV o III, sus relatos se desarrollan casi siempre en torno o en
relación a Roma. Esta circunstancia no merma la calidad de estas fuentes; simplemente
eligieron contar como era en el pasado la ciudad que los gobernaba en su presente. No
obstante los historiadores posteriores han magnificado en ocasiones la importancia de la
historia de Roma durante la república media, en función de su hegemonía ulterior. Roma en el
siglo IV no era más que una de las muchas ciudades italiotas que guerreaban por la hegemonía
territorial y política de su espacio vital. Cierto que no era poca importancia, pero muchas otras
ciudades italianas estaban al menos a su altura en ese momento: Capua, varias ciudades
etruscas -como la ya mencionada Veyes-, Caere, Cumas o Tarento, entre otras. La única
3
diferencia entre ellas es que, ya fuera a través las armas o ya mediante la diplomacia, Roma
logró imponerse, dos siglos más tarde, sobre todas ellas.
Hemos cerrado esta investigación en el año 221. Y naturalmente, tampoco se trata de una
fecha escogida al azar. Fue entonces cuando, a la muerte de Asdrúbal en Iberia, su cuñado
Aníbal Barca tomó las riendas del ejército bárcida y poco después fue ratificado por el senado
cartaginés. Tres años más tarde estalló la Segunda Guerra Púnica. El ejército anibálico fue la
culminación del fenómeno político y militar que hemos intentado desentrañar en esta obra.
Sin embargo, la cantidad de literatura científica y de información acerca de ese conflicto es
mucho mayor que aquella respecto a los doscientos años precedentes. De modo que, teniendo
en cuenta la limitación de tiempo que se nos ha impuesto, la incorporación del periodo
anibálico no nos pareció factible.
Sin duda conviene señalar el porqué de este estudio. Aunque hoy en día la labor investigadora
en historia no necesite legitimación alguna, sí es preciso que ésta tenga por objetivo ampliar
nuestros conocimientos sobre una problemática en particular, o bien reformular y revisar
aquellos conceptos o fenómenos que, a través de nuevos datos, hayan quedado superados.
Somos conscientes que un estudio doctoral es una prueba de validación de calidad
investigadora pero no basta con reunir grandes cantidades de datos, ordenarlos y presentarlos
de forma atractiva.
Así pues, decidimos comprometernos con una investigación que aportara un punto de vista
original y novedoso. Este objetivo, en suma, no es otro que demostrar el alto grado de
interconexión que se creó en el Mediterráneo Occidental entre los siglos V-III a.n.e. auspiciado
por Cartago. Una interconectividad que se consolidó a lo largo de este periodo y que ya nunca
más volvió a disolverse. Durante el siglo V el estado cartaginés empezó a tejer una red no sólo
comercial, sino también diplomática y militar que movilizó una multitud de recursos materiales
y humanos hasta cotas nunca antes alcanzadas en esta parte del Mediterráneo. Siguiendo la
idea de Klaus von Clausewitz de que la guerra no es más que la prolongación de la política
mediante el uso de la fuerza, queremos investigar la movilización de tropas indígenas, de
mercenarios y de ciudadanos, así como el establecimiento de alianzas militares y de tratados
de repartos de influencia que convirtieron Cartago en la principal potencia del Oeste.
1.3. Metodología
En un ámbito territorial tan extenso como son los pueblos del Mediterráneo Central y
Occidental y en un periodo igualmente amplio de doscientos años, es lícito preguntarse
aquello que puede aportar este estudio al conjunto de la investigación. Fundamentalmente,
queremos centrarnos en dos aspectos que nos parecen de importancia fundamental: a)
estudiar la problemática cartaginesa desde un punto de vista macroregional; b) abordar dicha
problemática desde la multidisciplinareidad.
4
No es necesario volver a incidir sobre la escasez de material historiográfico que afecta a este
periodo en el Mediterráneo Occidental en comparación con el Mediterráneo Oriental. Por lo
tanto, creemos totalmente indispensable abordar esta investigación utilizando los diversos
recursos disponibles -epigráficos, numismáticos, arqueológicos, literario- como hicieron en su
momento algunas de las grandes referencias sobre el mundo púnico como M. Fantar o D.
Hoyos1. De esta forma, un estudio multidisciplinar en este ámbito no es un ejercicio
meramente complementario sino un trabajo imprescindible. En este sentido, no es difícil
encontrar una problemática histórica en los estudios que atañen al mundo cartaginés; el
verdadero problema es que en la mayor parte de ellas las evidencias son tan escasas que, hoy
por hoy, no pueden ser resueltas. El funcionamiento político y militar de Cartago es un buen
ejemplo de ello. Disponemos de muy pocos datos, mayoritariamente de carácter literario, que
puedan informarnos del funcionamiento interno de una de las mayores potencias del
Mediterráneo. Y aun así, esos datos reflejan realidades anacrónicas, pues tales pinceladas de
información hacen referencia a un amplio arco cronológico. Con toda probabilidad, el sistema
político cartaginés padeció cambios y evoluciones a lo largo de su historia, y lo mismo puede
afirmarse en cuanto a su organización militar. Sin embargo, resulta complicado recomponer el
rompecabezas con tan pocas fichas.
Una de las ideas que queremos transmitir es que nunca podremos comprender
adecuadamente la evolución de una ciudad, estado o pueblo si tan sólo fijamos el foco de
atención sobre él mismo. Al contrario, debemos tener en cuenta que la influencia, la
interacción y los procesos sociales y políticos de sus vecinos indudablemente tuvieron
consecuencias sobre dichos sujetos. Las sociedades son permeables al flujo de ideas,
mercancías y personas, y de esta forma se adaptan, se transforman y evolucionan. Algunas
veces estas interacciones de producen de manera más violenta o por imposición, pero en la
mayoría de los casos son consecuencia de interacciones más graduales. Baste citar en este
sentido la influencia que ejercieron las colonias griegas ubicadas en la península Ibérica sobre
los pueblos indígenas del nordeste peninsular. Lo mismo cabe decir de las factorías fenicias y
púnicas de la costa ibérica meridional o del norte de África. Un ejemplo aún más claro: ningún
historiador osaría realizar una investigación sobre la isla de Sicilia sin tener en cuenta la
presencia púnica y griega en la misma.
1
Fantar, 1993a, 1993b; Hoyos, 2010.
5
En cuanto al apartado metodológico, existe aún una última consideración que tener en cuenta.
Como el lector puede comprender, resulta imposible abarcar toda la literatura científica actual
de todos y cada uno de los territorios que se incluyen en esta investigación. Aunque nuestra
voluntad es la de centrarnos en los aspectos políticos y militares de la antigüedad, estas
materias se encuentran estrechamente relacionadas con muchos otros aspectos de los cuales
no pueden desligarse. Conscientes de ello, hemos preferido dedicar una especial atención a las
fuentes literarias clásicas, quizá en detrimento de una mayor profusión de literatura científica
moderna.
Uno de los primeros aspectos que busca un joven investigador al empezar a recorrer el camino
hacia una tesis doctoral es la búsqueda de algo novedoso u original. Sin embargo, y aunque
existen muchas problemáticas históricas, encontrar algún aspecto novedoso en función al
material existente (literario, arqueológico, epigráfico o numismático), no es tarea fácil.
En este sentido cabe destacar algunas obras de referencia cuyas aportaciones han sido de gran
valor para esta investigación. Entre ellas figura la obra de Anna Chiara Fariselli I mercenari di
Cartagine, publicado en el año 2002, una magnífica obra monográfica sobre el fenómeno
mercenario en el estado cartaginés. Esta publicación recoge toda la información acerca de
ellos en las fuentes literarias y las analiza en su contexto histórico, complementando la
información con algunos datos arqueológicos y numismáticos. También del norte de Italia
procede Monete puniche. Repertorio epigrafico e numismatico, de Lorenza Ilia Manfredi,
publicado en 1995. En esta ocasión se trata de un corpus numismático de gran valor que
pretende abordar el proceso de monetización en Cartago. La misma autora también ha
realizado buenas aportaciones en el campo político y administrativo cartaginés.
Por supuesto, si se quiere discutir sobre Cartago, no se pueden obviar los trabajos de
Mohammed Hassine Fantar, especialmente su Carthage. Approche d’une civilisation (1993),
una oba no sólo indispensable por su contenido sino también por su método. Fantar es una de
estas figuras polifacéticas que aportan a sus estudios datos procedentes de distintos campos,
arqueológico, literario, artístico, etc. complementándolos de manera magnífica.
6
doctoral es la constatación del injusto reducido tratamiento de los trabajos españoles en el
mundo académico extranjero. Me parece obligado constatar al respecto que en numerosas
obras del mundo anglosajón y alemán -y, en menor medida, francés e italiano-, los estudios
procedentes de España son escandalosamente infravalorados. Este hecho no sería tan grave si
la calidad de los estudios españoles no hubiera demostrado tan alta calidad como la que tiene
actualmente, con autores de la talla de C. González Wagner, E. Ferrer Albelda o L. A. Ruiz
Cabrero, entre muchos otros.
Con un estilo directo y claro y una metodología similar a la de Fantar, Fernando Quesada Sanz
es otra de las referencias en esta tesis. Sus estudios relativos a la guerra en la antigüedad
aportan no sólo un ejemplo de trabajo en cuanto a rigor de contenido sino también en método
y estructura. En este sentido subscribimos totalmente su concepción metodológica que
resume la frase “actuar localmente, pensar globalmente”. En su profusa obra científica
aparecen varios trabajos en relación al ejército púnico y al mercenariado que también han sido
una referencia en este campo. Por supuesto, existen muchos más nombres propios cuyos
trabajos hemos destacado en sus oportunos apartados y que son citados explícitamente en el
momento adecuado.
Para poder comprender con claridad el nivel de complejidad en las relaciones internacionales
alcanzado por Cartago, debemos empezar por definir cuál y como era la estructura política
cartaginesa. Para ello contamos con varios recursos historiográficos, entre los que destacan un
fragmento de la obra Política de Aristóteles, y otro de las Historias de Polibio. En el primer
caso, no sólo se trata de un examen notablemente detallado de la constitución cartaginesa
sino que, además, esta obra resulta ser contemporánea de nuestro periodo de estudio. Las
investigaciones en torno a esta cuestión han suscitado puntos de vista encontrados, de
manera que el debate, como analizaremos en el siguiente capítulo, se mantiene abierto. Sin
embargo, gracias a recientes estudios centrados en la epigrafía funeraria de la ciudad 2, es
posible plantear nuevas hipótesis en torno a esta cuestión.
Siguiendo con la descripción del contexto histórico cartaginés, el segundo capítulo se ocupa de
analizar al ejército púnico. Creemos que es necesario conocer cuáles eran las características de
esta fuerza (tanto terrestre como naval) para poder entender las cualidades y las debilidades
del mismo, y poder así comprender por qué el peso del mercenariado fue tan grande en la
ciudad. De todas formas, no hay que olvidar que el ciudadano cartaginés también participó en
la guerra, y no solamente en los puestos de comandancia; veremos que la imagen tradicional
del ejército cartaginés formado íntegramente por mercenarios bajo oficiales púnicos, no es
exacta. Veremos, además, que pese a sus particularidades, las fuerzas armadas de Cartago
estaban plenamente integradas en el estilo de guerra del Mediterráneo central y oriental, y
que trabajaban y se organizaban según claros patrones helenísticos. No sólo los
descubrimientos arqueológicos de panoplia van corroborando esta relación, también la
epigrafía y el arte dan testimonio de ello.
2
Especialmente destaca la labor realizada por Ruiz Cabrero (2008).
7
Especial atención merece el apartado dedicado a la cadena de mando púnica. Una vez
reconocido e identificado el cargo de rb o rab como el máximo cargo militar, se ha podido
estudiar con mayor atención las características de esta magistratura, tan alejada de la del
cónsul romano como cercana a la del strategos griego. Son aún muchas las incógnitas
alrededor de esta figura que vamos a tratar de desentrañar a lo largo de este segundo
capítulo: duración, colegialidad, poderes, elección, etc. En cambio, sí que disponemos de un
buen puñado de nombres propios de generales y de sus operaciones a través de la literatura
clásica.
Por supuesto, la marina púnica merece también una gran atención, puesto que durante unos
pocos siglos fue el garante y el enlace de esta koiné cartaginesa. Su papel frente a Roma y la
derrota final en aguas sicilianas comportó grandes consecuencias históricas.
En aras de una mayor comodidad y claridad en la exposición de la tesis hemos decidido dividir
esta investigación en capítulos monográficos. Cada uno de ellos se centra en un área
geográfica concreta: el norte de África, la península Ibérica, el sur de la Galia, la península
Itálica y Sicilia. En estos capítulos haremos una exposición del contexto histórico, étnico y
geográfico para después abordar las relaciones de estos pueblos con Cartago, así como con el
resto de regiones, en caso de que éstas sean rastreables. Se trata, pues, de un recorrido
circular por el Mediterráneo occidental dónde se abordarán guerras, embajadas, tratados y
reformas de forma simultánea en varios capítulos a lo largo este periodo del 410 al 221. A
medida que este periodo de investigación avanza, el número de relaciones aumenta hasta
llegar al estallido de la Segunda Guerra Púnica, que pone definitivamente en conexión a todos
estos territorios.
Es necesario aclarar brevemente los límites geográficos que abarcan todos estos capítulos
monográficos. Si esta tesis está dirigida a comprender las relaciones entre territorios que baña
el Mediterráneo occidental, es evidente que uno de los objetivos que nos proponemos se basa
en analizar este espacio sin tener en cuenta los límites políticos actuales, es decir, las fronteras
entre estados. Es más, denunciamos esta práctica, tan alejada de lo que entendemos tendrían
que ser los estudios históricos. Sólo tiene un sentido estudiar las fases antiguas de la
civilización de un territorio en base a las fronteras actuales: la comodidad de su autor. Y esta
no puede ser una excusa en ningún trabajo de investigación riguroso. Para empezar, las
fronteras entre civilizaciones fluctúan, no son estáticas, y por tanto pocas veces un estado
conserva sus mismas fronteras durante varios siglos. En segundo lugar, los límites entre
estados en la antigüedad eran en ocasiones difusos, especialmente en áreas de extensas
llanuras y baja demografía como el norte de África. A menudo los límites entre pueblos
antiguos estaban marcados por cadenas montañosas o ríos, accidentes naturales de fácil
reconocimiento. Sin embargo, ni siquiera los Pirineos o los Alpes actuaron como tales en
algunas ocasiones. La civilización ibérica no sólo ocupó el levante y el sur de la península
Ibérica sino que también se extendió hasta el mediodía francés. Los mismos romanos
reconocían la existencia de dos Galias, una a cada vertiente de los Alpes.
Parece evidente, pues, que una división en función de los estados actuales sería erróneo. En
lugar de ello hemos estructurado los capítulos en base a unidades geográficas y culturales:
Iberia -desde Huelva al Languedoc francés-, el sur de la Galia -que comprende la Provenza
8
francesa y el noroeste de Italia-, la península Itálica -del norte de los Apeninos hasta el
estrecho de Messina-, Sicilia, y, por último, el norte de África -desde la Cirenaica hasta el
Atlántico-.
3
Talbert, 2000.
9
10
2. EL SISTEMA POLÍTICO CARTAGINÉS
Uno de los aspectos más controvertidos en los estudios que atañen a la ciudad de Cartago es
aquel que se refiere a sus instituciones, magistraturas y, en suma, a la organización política y
militar del estado. Resulta casi paradójico que una de las constituciones que fuera más alabada
y reconocida en la Antigüedad sea para nosotros tan esquiva1. Y sin embargo, tan sumamente
importante2. No es para menos; conocer las leyes, las instituciones y el funcionamiento de una
gran potencia como Cartago es el paso necesario para comprender en buena medida su
engranaje diplomático y militar, sus mecanismos de regulación social y, al fin, el porqué y el
cómo de su papel como potencia en el Mediterráneo central y la relación con su imperio
colonial. Es por todo ello que aproximarnos a la realidad política de Cartago de los siglos IV y III
resulta de especial interés para nuestra investigación. Así pues, ¿qué materiales tenemos a
nuestro alcance para abordar esta cuestión? A falta de documentos literarios originales,
merced a la destrucción de la ciudad en el año 146, abordamos la problemática
fundamentalmente desde tres perspectivas complementarias: la literatura clásica grecolatina,
la epigrafía y, desde luego, los numerosos estudios modernos que han tratado esta cuestión,
cuyas interpretaciones no son -ni mucho menos- coincidentes, pero que constituyen una sólida
base para la discusión científica.
Esta metodología es, de hecho, aquella que han seguido, en mayor o en menor medida, buena
parte de investigadores sobre Cartago hasta la actualidad. En lo que a epigrafía se refiere,
1
Aluden de forma positiva a la constitución cartaginesa Aristóteles (Pol. II, 11, 1; 1272b), Polibio (VI, 7,
51, 1), Estrabón (I, 4, 9), Isócrates (Nic. 24), Diógenes Laercio (Vidas, III, 82, 46)
2
Al contrario que otras grandes potencias de la Antigüedad, como Roma o Atenas, el sistema político
cartaginés no ha sido objeto de gran atención hasta el primer tercio del siglo XX, pese a excepciones
como los trabajos de Wilhem Boetticher y su Geschichte der Carthager (Berlin, 1827) o Émile Bourgeois
con De la constitution carthaginoise (1882).
11
contamos con un notable corpus procedente del tofet de Cartago, cuya excavación científica se
inició en el invierno de 1921-223, a los que se suman importantes documentos epigráficos
hallados en el mundo colonial fenicio-púnico, -como por ejemplo la llamada estela de Nora, de
un altísimo valor histórico4-. Si bien es cierto que sólo un pequeño porcentaje de ese material
puede arrojar luz sobre el marco legislativo de la ciudad, no es menos cierto que se trata de los
únicos documentos directos de que disponemos, de modo que cada una de estas piezas
resulta de gran valor histórico. Como veremos, disponemos de algunos excelentes estudios
que abordan la cuestión aunando ambas disciplinas con resultados mucho más ricos de lo que
cabría imaginar dadas las circunstancias. Es poco probable que la literatura grecolatina pueda
aportar algún dato más en el futuro; de modo que es en la arqueología dónde debemos
centrar nuestras esperanzas de encontrar nuevos datos que permitan avanzar en tan oscuro
territorio.
3
En 1874 el francés E. de Saint Marie halló el tofet en una época en que primaba el coleccionismo por
encima de la investigación científica y empezó a extraer material de forma mecánica. Sin embargo,
aquello verdaderamente trágico fue el hundimiento del barco que transportaba más de 2.000 estelas
procedentes del tofet hacia París, perdiendo todo el valioso cargamento. No fue hasta 1921 que F. Icard
y P. Gielly reiniciaron los trabajos en la zona (Prados 2012: 120).
4
Ver Moore Cross (1972). Para un estado reciente de la cuestión y las teorías historiográficas al
respecto, ver Pilkington (2012).
5
Además de los mencionados anteriormente, también Heródoto, Diodoro Sículo, Tito Livio, Justino,
Cornelio Nepote o Apiano, entre otros, aportan información interesante, directa o indirectamente, para
conocer el funcionamiento político y militar de Cartago.
6
Buenos comentarios acerca de estos pasajes se encuentran en Barker (1948) y Schütrumpf (1994) para
Aristóteles, y Walbank (1984) para Polibio; aunque Walbank sea un gran referente aún en la actualidad
se muestra más sucinto de lo habitual sobre este tema en particular.
7
El concepto de imperialismo cartaginés es aún actualmente tema de abierto debate. Para un análisis
específico ver Whittaker, 1978; en contra: Whittaker, 1978, Wagner 1994b; a favor: Picard, 1988; Prados
Martínez 2012. Posteriormente volveremos con más atención sobre este asunto, el problema de fondo
del cual gira más en torno a la definición del concepto “imperialismo en la Antigüedad” que no sobre la
presencia y actividad del estado cartaginés sobre amplias zonas de la costa mediterránea occidental.
12
Examinemos pues el valiosísimo documento escrito por Aristóteles. Dicho pasaje se encuentra
en su obra Política, en la cual el filósofo de Estagira reflexiona sobre el modelo ideal de ciudad.
Y es en su libro II dónde pone en relación algunas de las constituciones conocidas mejor
valoradas en aquél momento.
“Los cartagineses también parecen gobernarse bien y superan en muchas cosas a los demás; en
algunas, se acercan extraordinariamente a los laconios. Estos tres regímenes -el de Creta, el de
Laconia y este tercero de Cartago- están en cierto modo muy próximos entre sí y son muy
diferentes de los demás. Muchas de sus instituciones son buenas. Y una señal de un régimen
bien ordenado es que, teniendo un elemento popular, permanezca dentro del orden de la
constitución y no haya habido ni sedición digna de decir, ni tiranía 8.
Tiene instituciones parecidas a las del régimen de Laconia: las comidas en común de las
asociaciones políticas [hetairíai] son semejantes a las fidítia, y la magistratura de los Ciento
Cuatro a los éforos (pero mejor: mientras los éforos se eligen entre cualesquiera, esta
magistratura se elige por las cualidades). Los reyes y el Consejo de Ancianos son análogos a los
reyes y Ancianos de Esparta. Y también con la ventaja de que los reyes no son del mismo linaje,
ni de uno cualquiera; si hay algún linaje que se distinga, se eligen de él, más atendiendo a la
edad; pues una vez establecidos con plenos poderes sobre asuntos importantes, si son gente
simple pueden causar grandes daños, como ya los causaron en la ciudad de los lacedemonios.
La mayoría de los puntos que pueden ser criticados, por ser desviaciones, son comunes a todos
los regímenes de que hemos hablado. Respecto al principio de base de la aristocracia o de la
“república” se inclina en unas cosas hacia la democracia y en otras hacia la oligarquía. Pues los
reyes, junto con los Ancianos, si están todos de acuerdo, son dueños de presentar un asunto y
de no presentar otro ante el pueblo; si no están de acuerdo también decide el pueblo sobre
tales asuntos. Cuando éstos los presentan, conceden al pueblo no sólo el derecho de oír la
opinión de los gobernantes, sino de decidir soberanamente, y a quienquiera le es posible
oponerse a las propuestas, cosa que no ocurre en los otros regímenes. El de los pentarcas, que
deciden soberanamente de muchos e importantes asuntos, sean elegidos por ellos mismos y
elijan ellos la magistratura suprema de los Cien, y además ejerzan el poder más tiempo que los
demás (de hecho, lo ejercen después de salir del cargo y desde su designación), son rasgos
oligárquicos. En cambio, que no reciban un sueldo, ni se elijan por sorteo debe ser considerado
aristocrático, y cualquier otra disposición semejante, como la de que todas las causas sean
juzgadas por los magistrados, y no unos unas y otros otras, como en Lacedemonia.
8
Más adelante Aristóteles corrige el dato y especifica que un tal Hannón aspiró a la tiranía en Cartago
(Pol. V, 7, 4; 1307a); también cita a Cartago como ejemplo de que un régimen tiránico puede convertirse
en aristocrático (Pol. V, 12, 12; 1316a).
9
Posteriormente, Aristóteles define al gobierno de Cartago como democrático (Ari. Pol. V, 12, 14;
1316b) y, de nuevo, como aristocrático (Ari. Pol. IV, 7, 4; 1293b). Aunque parece que el autor se esté
contradiciendo mediante esta divergencia de definiciones para Cartago, lo cierto es que Aristóteles
simplemente parece destacar uno u otro de los órganos cartagineses según le conviene en el contexto
del pasaje, sin que ello implique la inexistencia de los otros.
13
Pero hay que pensar que esta desviación de la aristocracia es un error del legislador; pues desde
un principio una de las cosas más necesarias es procurar que los mejores puedan tener tiempo
libre y no caigan en ignominia, no sólo en el ejercicio de su cargo, sino tampoco como
particulares. Pero si hay que tener en cuenta la abundancia con vistas al ocio, es malo que
puedan comprarse las magistraturas supremas, la realeza y el generalato. Esa ley estima más la
riqueza que la virtud y hace a la ciudad entera codiciosa. Lo que los dirigentes tomen como
honroso, lo acogerá necesariamente la opinión de los demás ciudadanos, y donde no se estima
sobre todo la virtud no es posible que el régimen sea sólidamente aristocrático.
Es lógico que los que han comprado su cargo se acostumbren a lucrarse, cuando lo ejercen a
costa de sus dispendios; pues es absurdo que uno que es pobre pero honrado quiera lucrarse, y
no lo quiera un hombre inferior después de haber hecho sus gastos. Por eso los que son capaces
de gobernar mejor, esos deben hacerlo. Y sería mejor que, aunque el legislador hubiera dejado a
un lado la abundancia de las clases superiores, se hubiese cuidado del ocio de los gobernantes.
Puede parecer también mal que una misma persona ejerza varios cargos, práctica que es muy
bien vista entre los cartagineses; pues cada labor se realiza mejor al cuidado de uno solo, y el
legislador debe velar por ello y no ordenar que la misma persona toque la flauta y haga zapatos.
De modo que cuando la ciudad no es pequeña es constitucional y más democrático que
participen muchos de las magistraturas, pues la participación común es mayor, como dijimos, y
cada una de ellas se cumple mejor y más rápidamente. Esto es evidente en los asuntos de la
guerra y de la marina: en una y otra, el mando y la obediencia se distribuyen, por así decirlo,
entre todos.
Aunque éste es un régimen oligárquico, los cartagineses rehúyen muy bien los peligros por el
enriquecimiento de los ciudadanos: enviando periódicamente una parte del pueblo a las
colonias. Con este remedio curan y hacen estable el régimen. Sin embargo, esto es obra del azar,
cuando es el legislador el que debería hacer imposibles las revueltas civiles. Ahora, en cambio, si
sobreviene algún infortunio y la masa del pueblo se rebela contra los gobernantes, no hay
ningún remedio, dentro de las leyes, para mantener la paz.
Este es el carácter de los regímenes de Laconia, de Creta y de Cartago, que tiene con justicia
buena reputación.10” (Aris. Pol. II, 1272b-1273b)
Antes de empezar a analizar su contenido, es preciso contextualizar dicho pasaje para poder
entender algunas de las referencias que se citan y analizarlo en su conjunto con la perspectiva
adecuada. Así, el libro segundo de Política centra el debate en torno a la cuestión de la
organización y estructura ideal para una ciudad. Aristóteles expone y critica las teorías de otros
analistas que participaron en este mismo debate: Hipódamo de Mileto, Sócrates a través de
Platón y Faleas, principalmente. La reflexión del autor le lleva a proponer a menudo un punto
medio ideal entre los extremos políticos y sociales que plantean algunos de estos autores.
Sirvan como ejemplo su concepción de la dualidad casa/ciudad “la casa y la ciudad, en efecto,
deben ser unitarias en cierto sentido, pero no en absoluto” (Ari. Pol. II, 5, 32; 1263b), o bien su
visión sobre la propiedad de la tierra “es mejor que la propiedad sea privada, pero su
utilización, común” (Ari. Pol. II, 5, 40; 1263a)11. Y es precisamente esta búsqueda del equilibrio
lo que lleva al autor a afirmar que “el régimen compuesto de más [regímenes distintos] es
mejor” (Ari. Pol. II, 6, 3; 1266a). Es aquí dónde se prestan a examen las constituciones de
10
Traducción de Manuela García Valdés para la editorial Gredos (1988). Texto completo en griego en el
apéndice 1.
11
Sobre el ideal político del término medio ante los extremos en la obra aristotélica, ver Dietz, M. G.
(2012: 285).
14
Lacedemonia, Creta y Cartago, las cuales comparten el hecho de poseer instituciones dónde
participan (o participaron) distintas clases sociales: la oligarquía, la monarquía, la aristocracia y
el demos, a través de órganos propios. A partir del caso paradigmático de Lacedemonia, que
Licurgo habría tomado prestado de Creta, el estado funcionaba mediante la relación de fuerzas
de tres órganos de poder: un consejo de ancianos, representantes de la aristocracia de la
ciudad, conformaba la gerousía, el órgano judicial y legislativo básico de la ciudad. Dicha
magistratura era vitalicia y estaba reservada a los mayores de sesenta años. Paralelamente,
dos reyes (procedentes de cada una de las dinastías reales, agíadas y europóntidas), se
encargaban de dirigir los asuntos de la guerra. Y por último, el eforado, compuesto de cinco
miembros escogidos del demos espartano, tenía la potestad de ratificar o denegar las
resoluciones aprobadas por cualquiera de las instituciones anteriores. Nada dice Aristóteles de
la cámara baja, la Apella, que sí es mencionada por otros autores12, la asamblea del pueblo
encargada de escoger a los éforos y los gerontes. No obstante, no es lo mismo disponer de un
buen marco legal para regular el funcionamiento de una ciudad que es llevarlo a cabo desde
un punto de vista práctico. Tanto es así que Aristóteles critica duramente varios aspectos de la
vida política en Esparta, especialmente el funcionamiento del eforado.
Y es entonces, una vez analizadas las constituciones de Creta y Lacedemonia, que Aristóteles
expone las características principales del sistema político cartaginés. Y lo hace no sólo porque
estos tres regímenes sean parecidos entre sí sino también porque “difieren mucho de los
demás”. Y éste es un punto muy importante a tener en cuenta. Frente a las tiranías, las
monarquías y las aristocracias de tantas otras ciudades, el sistema mixto de Creta,
Lacedemonia y Cartago, aun con sus limitaciones y carencias, se revelan para Aristóteles el
12
Plutarco menciona esta institución, ὥρας ἐξ ὥρας ἀπελλάζειν μεταξὺ Βαβύκας τε καὶ Κνακιῶνος (Lyc.
6), aunque Tucídides (I, 87) y Jenofonte (Hel. V, 2) utilizan el término ἐκκλησία, como en Atenas.
13
Siempre según Aristóteles, en Creta estas comidas eran mucho más comunales, sin restricciones de
ningún tipo, mientras que en Esparta cada individuo debía realiza alguna aportación para poder
participar en ellas, y según parece, no pocos se quedaban fuera (Ari. Pol. II, 10, 1-9; 1272a).
15
modelo a seguir y desarrollar, como bien indica en la primera sentencia del pasaje: “los
cartagineses también parecen gobernarse bien” (Pol. II, 11, 1; 1272b).
El sistema político cartaginés es, pues, y en primer lugar, un régimen mixto. Dicho régimen se
compone de una realeza, un senado, un tribunal especial y una asamblea del pueblo. El autor
no realiza una descripción a fondo de cada una de estas instituciones, pero mediante la
comparación con Lacedemonia, de los testimonios de otros autores como Polibio, Tito Livio o
Justino, y de la epigrafía, vamos a entrar en el debate historiográfico actual y tratar de definir
con toda la precisión posible a cada una ellas. Unas instituciones, cabe también resaltar, sobre
las que no existe, ni mucho menos, unanimidad de parecer.
2.1. El sufetado
La equivalencia entre el basileus descrito por Aristóteles y los sufetes (špṭm) atestiguados
epigráficamente, y citados también por unos pocos autores latinos (p.e., en Livio XXVIII, 37, 4;
XXXIV, 61, 15; XXX, 7, 5), fue propuesta ya a finales del siglo XIX y comienzos del XX14. Si bien
algunos especialistas aun discrepan en este sentido15, la opinión mayoritaria actual sigue
aceptando la equivalencia entre ambos cargos16. Aristóteles, bien por desconocimiento del
término exacto original, bien para mayor comprensión de su público, utilizó el término
basileus, pero hay varias razones que nos inclinan a pensar que el filósofo ateniense se refería
al sufetado.
En un primer momento compara al basileus cartaginés con los reyes lacedemonios, con lo que
podríamos deducir que estos magistrados tenían una función militar. Sin embargo poco
después nombra a los strategoi púnicos junto con los primeros. De modo que ambos cargos,
diferenciados, formaban las magistraturas supremas (Pol. II, 11, 9; 1273a), y dado que los
segundos evocan inequívocamente al estamento militar, cabe entender que los sufetes se
ocupaban de la esfera política. En segundo lugar, no tenemos testimonio de otro alto cargo
político en Cartago fuera de los špṭm17. Una de las pruebas que atestiguan su poder en la
ciudad es que, según dos documentos epigráficos de gran importancia18, uno de los špṭm daba
14
Meltzer, 1896, De Sanctis, 1916, Gsell, 1918.
15
Van den Branden (1977) argumenta que el término basileus designa en las fuentes griegas al cargo de
rb -generales- de los magónidas, pese reconocer las diferencias entre ambos cargos. En cambio, el
término empleado para referirse a los špṭm sería dinastós (Van den Branden, 1977: 143-144). También
Sanders (1988), cree reconocer en la supremacía magónida -primera mitad del siglo V- un régimen casi
monárquico, que coincidiría con la denominación de basileus por algunos autores griegos. A tenor de la
acusación de aspiración a la tiranía sobre el general Malco justo antes del periodo magónida (Just. XVIII,
7, 18), parece poco probable el advenimiento de una realeza plena.
16
Picard, 1964; Angeli Bertinelli, 1981; Huss, 1993; González Wagner, 1994; Jahn, 2004; Sanmartín,
2004; Prados Martínez, 2006; Barceló, 2008; Hoyos, 2010: 25.
17
Cabe mencionar que en las colonias fenicias de Oriente se ha documentado epigráficamente el cargo
škn “gobernador”, en las ciudades de Kition, Akko o la Cartago de Chipre, en altas cronologías. Sin
embargo dicho cargo no aparece en ninguna de las colonias occidentales (Ruiz Cabrero, 2009: 11).
18
Se trata de “il tariffario di Marsiglia” (KAI 69 / CIS 165) fechada a finales del siglo III, y del ejemplar
presentado por A. Mahjoubi y M. H. Fantar (1966: 201). Estas dos inscripciones, además, dan buena
cuenta de la colegialidad de la magistratura.
16
nombre al año, exactamente igual que el arconte epónimo en Atenas19. En este sentido, existir
unanimidad científica en reconocer al sufete en el término špṭ, el cargo civil de más rango en la
ciudad.
Estamos, pues, ante la máxima figura política del estado. Electa y civil. Un cargo elegido, según
Aristóteles, tanto en base a los méritos como a la riqueza y, por tanto procedente, con toda
seguridad, de la clase senatorial. No pocas veces se ha comparado la magistratura sufetal con
los cargos de arconte griego o cónsul romano20. Tratándose de la principal figura política de la
ciudad y como cabeza visible del senado, debemos suponer un alto grado de representatividad
de los mismos en el exterior21, especialmente en misiones diplomáticas, una cuestión que en
este trabajo nos interesa particularmente. En este sentido deben interpretarse un par de
notorios epígrafes hallados en Atenas y en Delos. El primero de ellos (CIA II, 235=IG II, 418) se
refiere a un embajador llamado Bomílcar22 enviado por Cartago a Atenas con posterioridad al
año 330. El segundo (IG XI 2, 161), fechado en el año 279, es un listado de reyes y magistrados
de alto rango de aquella época (aparecen, por ejemplo, Ptolomeo y Berenice, o Filocles, rey de
Sidón) que donaron ofrendas al santuario de Artemis en Delos; entre aparece un tal Iômilkos,
sin ningún tipo de título, que ha sido interpretado como el sufete Himilcón23.
En cuanto al resto de funciones de los sufetes, los investigadores modernos han adjudicado a
esta magistratura un totum revolutum de cargos a partir de la terminología que utiliza la
literatura grecolatina. Es decir, Aristóteles nombra a esta magistratura basileia, pero al mismo
tiempo la compara con la monarquía espartana; y por si fuera poco el vocablo špṭm sugiere
una más que probable relación con los schofetim que aparecen en el Antiguo Testamento24
(Dt. 21, 2; Esd. 10, 14). Es evidente que los sufetes no podían cumplir todas las funciones de
estos tres cargos a la vez. Ya hemos mencionado que la existencia de stratégoi en Cartago
exime a los sufetes de responsabilidades militares y, en este sentido, no procede compararse
con las funciones de los reyes lacedemonios. Si nos centramos en el cargo de basileus, lo
primero que debemos preguntarnos es qué entendía Aristóteles como tal, puesto que este
cargo también evolucionó en la Hélade a lo largo de los siglos. En la Atenas de Aristóteles, en
pleno siglo IV, el basileus constituía uno de los nueve arcontes de la ciudad, pero éstos ya no
eran las máximas autoridades políticas que habían sido apenas un siglo antes. Sus funciones en
aquella época se centraban especialmente en asuntos relativos a la administración de justicia y
19
Bacigalupo Pareo, 1978; González Wagner, 1994: 829; Ruiz Cabrero, 2009: 13.
20
González Wagner, 2006.
21
Huss, 1993: 309.
22
La transcripción al griego indica [B]()Masson, 1979: 54-55.
23
Masson, 1979: 53-57; Hoyos, 2010: 28.
24
J. Sanmartín realizó recientemente un artículo agudo, sintético pero de amplio espectro, sobre la
relación entre el término špṭ/sufete y el schofet oriental: “El término špṭ suele traducirse por “juez”. La
fuente de esta opción es el término hebreo bíblico sofet, que la versión Septuaginta traduce
normalmente krítes, y menos frecuentemente (en cuatro ocasiones) dikastés. Solo en un lugar (Is 40:23)
se traduce por árkhon. (…) Un repaso al material lexicográfico bíblico y vetero oriental indica que la
situación es más complicada: en la Biblia, los usos específicos de la base /s-p-t/ son los de “dirigir”,
“gobernar”, “ejercer una autoridad” (…) Todo ello sucede en continuidad con las tradiciones
extrabíblicas: el aspitum de la Mari paleobabiblónica, como el supitu de la Emar babilónica media, es un
prefecto encargado de mantener el orden social en virtud de una autoridad delegada. Es mucho más que
un juez, aunque esta cualidad quede incluida entre sus funciones” Sanmartín, 2004: 422.
17
la revisión de leyes. El arconte basileus era, además, el encargado de mantener ciertas
funciones religiosas que antaño ejercían los reyes. Su cargo era anual y su elección, por sorteo.
Dado que el schofet hebreo está igualmente relacionado con la administración de justicia,
debemos suponer para el sufeta un alto peso legislativo y judicial25, sentencia que viene
corroborada por Livio (XXXIV, 61, 15) en señalar para el año 193: “cuando los sufetes tomaron
asiento para administrar justicia”. Posiblemente estas funciones religiosas heredadas de época
monárquica que pasaron a ser competencia del basileus llevó a W. Huss26 a proponer a los
sufetes para el cargo de “despertadores del dios (Mlqrt)”. Sin embargo, coincidimos con J.
Sanmartín en la opinión de desligar los deberes del sufete con las tareas de tipo religioso; la
epigrafía demuestra que cuando un personaje con el cargo de sufete realiza funciones
religiosas, se especifica claramente, de modo que hay que concluir que no era la norma sino la
excepción27. El mismo Huss apuntaba también los deberes de controlar las finanzas del estado
y capitanear a las fuerzas de orden público de la ciudad, funciones que podemos imaginar
estarían relacionadas con el cargo pero sobre las que existen escasas o nulas evidencias28.
Todas estas atribuciones, así como la naturaleza electa del cargo29, parecen alejarnos de la
comparación aristotélica con la monarquía espartana. Así pues, pudiera pensarse que la
comparación de Aristóteles se refiriera a la colegialidad. Esta teoría viene respaldada por
algunas inscripciones púnicas en las que aparecen los nombres de dos sufetes en el mismo año
(CIS I 5632.5-7; CIS I 5510; KAI 80.2/3; KAI 81.6). Pasajes de Cornelio Nepote (Han. VII, 4),
Zonaras y Tito Livio (XXX, 7, 5) se han interpretado también en este sentido30. Incluso se ha
propuesto la presidencia de varias cámaras para ellos: bien el Consejo de los Ciento Cuatro31,
bien el Senado y la Asamblea Popular para cada uno de ellos32. Dado que la epigrafía no parece
distinguir entre los dos sufetes con ningún apelativo específico, nos inclinamos a pensar que,
aunque sólo uno de ellos fuera el magistrado epónimo33, ambos compartirían de forma
colegiada la función de presidencia del Senado34. Pensamos que esta sería la situación hasta, al
menos, el siglo III, pues hasta entonces la Asamblea Popular no habría disfrutado de un gran
poder. De todos modos, esta última cuestión se mantiene en el campo de la conjetura, dadas
las pocas fuentes de información con las que contamos.
A modo de resumen, creemos que el sufetado fue un cargo importado de la metrópolis, Tiro35,
desde el momento mismo de la fundación de Cartago, pero que sin embargo evolucionó de tal
forma que en un momento dado (nos inclinamos a pensar que durante la primera mitad del
siglo V) sus funciones sobrepasaron el ámbito judicial hasta convertirse en la primera figura
25
Huss, 1993: 309; Lazenby, 1996: 20; Barceló, 2004: 18; Sanmartín, 2004: 421; Ruiz Cabrero, 2008: 94.
26
Huss, 1993: 309.
27
Sanmartín, 2004.
28
Huss, 1993: 309.
29
Polibio compara en un momento dado a los reyes cartagineses con el meddix tuticus itálico.
30
Bacigalupo Pareo, 1978: 73; Huss, 1993: 308; Jahn, 2004: 187; González Wagner, 2006: 106; Barceló,
2008: 18; Ruiz Cabrero 2008: 3; Hoyos, 2010: 26.
31
Bacigalupo Pareo, 1978: 73.
32
Lazenby, 1996: 20; González Wagner, 2006: 106.
33
Bacigalupo Pareo, 1996.
34
Jahn, 2004: 203.
35
Acerca de las relaciones entre Cartago y Tiro y la influencia de la metrópolis sobre su colonia, ver
Ferjaoui, 1993.
18
política del estado; es decir, la presidencia del Senado. El resto de funciones le serían
adjudicadas como portavoz y representante del mismo. Su anualidad y colegialidad pueden ser
rastreadas a partir de citas literarias y testimonios epigráficos. No habría que sorprenderse que
una figura con un alto grado de peso político en el Próximo Oriente como seria el schofet,
terminara convirtiéndose en la más alta magistratura civil en un contexto de constitución
republicana, reemplazando en cierto modo a la realeza oriental y asumiendo algunas de sus
funciones.
36
También Orosio (IV, 6, 6-9) menciona, de forma más escueta este episodio. Sin embargo, el mismo
autor reconoce que sus fuentes de información son precisamente Pompeyo Trogo y Justino.
37
Mago, Karthaginiensium imperator, cum primus omnium ordinata disciplina militari imperium
Poenorum condidisset viresque civitatis non minus bellandi arte quam virtute firmasset, diem fungitur
relictis duobus filiis, Asdrubale et Hamilcare, qui per vestigia paternae virtutis decurrentes sicuti generi,
ita et magnitudini patris sucesserunt. His ducibus Sardiniae bellum inlatum; adversus Afros quoque
vectigal pro solo urbis multorum annorum repetentes dimicatum. Sed Afrorum sicuti causa iustior, ita et
fortuna superior fuit, bellumque cum his solutione pecuniae, non armis finitum. In Sardinia quoque
Asdrubal graviter vulneratus imperio Hamilcari fratri tradito interiit, cuius mortem cum luctus civitatis,
tum et dictaturae undecim et triumphi quattuor insignem fecere. Hostibus quoque crevere animi, veluti
19
“Entretanto Amílcar es muerto en la guerra de Sicilia dejando tres hijos: Himilcón,
Anón y Gisgón. Asdrúbal también tuvo igual número de hijos: Aníbal, Asdrúbal y Safón.
Éstos eran quienes dirigían en aquel tiempo el gobierno de los cartagineses. Así pues
se hizo la guerra a los moros, se luchó contra los númidas, y los africanos fueron
obligados a perdonar a los cartagineses el tributo por la fundación de la ciudad.
Después, puesto que una familia de generales, tan poderosa, era una carga para un
estado libre y puesto que ellos mismos eran juez y parte en todo, del grupo de los
senadores se escogen cien jueces, que exigieran a los generales al volver de la guerra,
cuenta de sus acciones, para que con este temor meditaran las órdenes en la guerra
con la vista puesta en las leyes y juicios una vez en la patria.38” (Just. XIX, 2, 1-6)
Ambos pasajes han sido interpretados de forma distinta entre los especialistas. Fuera de toda
duda queda el hecho que se produjo una expansión territorial por Cerdeña y conflictos en el
hinterland de Cartago bajo el mando de Magón. Sus hijos, Asdrúbal y Amílcar continuaron con
esta política intervencionista en Sicilia y en África, lo que permitió desprenderse del tributo
anual a los pueblos mauros por haber fundado la ciudad en su territorio. Queda también
patente el influjo de la dinastía magónida sobre la dirección de la ciudad durante varias
décadas, de modo muy parecido a las tiranías griegas39. Y finalmente Justino nos informa de la
creación de un órgano político que limitaba el poder de éstos sobre Cartago, que no puede ser
otro que el Tribunal de los Ciento Cuatro que aparece en Aristóteles. Pero la cronología de
estos acontecimientos así como la naturaleza del poder magónida son foco de discusión aún
no resuelta.
Varios autores de prestigio del siglo XX como Beloch, Gsell, Warmington, Barreca o Picard40
coincidieron en ubicar la caída de los magónidas y el establecimiento del Tribunal de los Ciento
Cuatro hacia mediados del siglo V. Sin embargo en 1962, L. Maurin advirtió que no había que
leer el fragmento de Justino como una serie de acontecimientos consecutivos en el tiempo,
sino como un resumen de más de cien años en la historia de Cartago41. Así, la creación del
Tribunal de los Ciento Cuatro no cabía ubicarlo en el momento en que los nietos de Magón
detentaban la autoridad, sino mucho después. Concretamente hacia el 396, es decir, en la
época en que Dionisio de Siracusa e Himilcón luchaban por la supremacía griega o púnica de
Sicilia. Uno de los argumentos esgrimidos por Maurin fue la posición regente de Aníbal en su
cum duce vires Poenorum cecidissent. (Just. XIX, 1, 1-8). Traducción de José Castro Sánchez para la
editorial Gredos (2008).
38
Interea Hamilcar bello Siciliensi interficitur relictis tribus filiis, Himilcone, Hannone, Gisgone. Asdrubali
quoque par numerus filiorum fuit, Hannibal, Asdrubal et Sapho. Per hos res Karthaginiensium ea
tempestate regebantur. Itaque et Mauris bellum inlatum et adversus Numidas pugnatum et Afri conpulsi
stipendium urbis conditae Karthaginiensibus remittere. Dein, cum familia tanta imperatorum gravis
liberae civitati esset omniaque ipsi agerent simul et iudicarent, centum ex numero senatorum iudices
deliguntur, qui reversis a bello ducibus rationem rerum gestarum exigerent, ut hoc metu ita in bello
imperia cogitarent, ut domi iudicia legesque respicerent. (Just. XIX, 2, 1-6). Traducción de José Castro
Sánchez para la editorial Gredos (1995).
39
González Wagner, 2006: 105.
40
Warmington (1969), Barreca (1964: 49), Picard (1988).
41
Maurin, 1962: 5-43.
20
expedición sobre Sicilia en el año 409. Aníbal era magónida y según el testimonio de Diodoro
en ese momento lideraba la política cartaginesa:
“No obstante, dado que el primer ciudadano, Aníbal, aconsejo hacerse cargo de la
ciudad, respondieron a los embajadores [de la ciudad siciliana de Egesta] que les
prestarían su ayuda, y que, para la dirección de la empresa, si había necesidad de
entrar en guerra, confiaban el mando a Aníbal que entonces ocupaba legítimamente la
suprema magistratura. Este Aníbal era nieta de Amílcar, el que había combatido contra
Gelón y había muerto junto a Hímera, e hijo de Gescón, el cual, a causa de la derrota
de su padre, había sido exiliado y había acabado sus días en Selinunte.42” (Diod. XIII,
43, 5).
Según Maurin, quedaba demostrado que Aníbal, un magónida, ocupaba el primer lugar de la
ciudad y por lo tanto, la dinastía magónida seguía en el poder. Aníbal desembarcó en Sicilia en
el 409 y obtuvo una serie de victorias que lo llevaron hasta las puertas de Siracusa, pero allí el
ejército fue gravemente mermado por culpa de una epidemia y las tropas cartaginesas
tuvieron que abandonar el asedio. Dionisio de Siracusa emprendió poco después una larga
campaña para recuperar y extender la hegemonía de Siracusa sobre la isla que culminó con la
toma de la colonia fenicio-púnica de Motya, tras un largo asedio, en el 397 (Diod. XIV, 47-52).
Esta derrota, y especialmente las consecuencias políticas, económicas y sociales que ésta
implicó, habrían comportado un movimiento antimagónida que culminaría con la expulsión de
éstos y la creación del Tribunal de los Ciento Cuatro. Convencido de estos argumentos, Picard
rectificó posteriormente su datación tradicional y estableció la creación del Tribunal aún más
tarde que Maurin, en el año 37343. Varios investigadores también optaron por fechar estos
acontecimientos a principios del siglo IV44, mientras que otros, en cambio, opinan que los
argumentos esgrimidos por Maurin carecen de peso y mantienen la cronología alta -mediados
del siglo V- para el cambio de régimen45.
Detengámonos pues en este punto y analicemos los datos de qué disponemos. Si damos fe a
Justino al establecer el inicio del periodo magónida inmediatamente después de la caída de
Malco debemos fechar este acontecimiento hacia el 540. Heródoto (I, 166-167) y también
Tucídides (I, 13, 6) nos transmiten que poco después se produjo la batalla de Alalia entre
colonos griegos en el Mediterráneo occidental y una coalición púnico-estrusca46, que viene a
corroborar a Justino en cuanto a que Magón expandió el dominio cartaginés en las grandes
42
οὐ μὴν ἀλλὰ καὶ τοῦ παρ᾽ αὐτοῖς πρωτεύοντος Ἀννίβου συμβουλεύοντος παραλαβεῖν τὴν πόλιν, τοῖς
μὲν πρεσβευταῖς ἀπεκρίθησαν βοηθήσειν, εἰς δὲ τὴν τούτων διοίκησιν, ἂν ᾖ χρεία πολεμεῖν, στρατηγὸν
κατέστησαν τὸν Ἀννίβαν, κατὰ νόμους τότε βασιλεύοντα. οὗτος δὲ ἦν υἱωνὸς μὲν τοῦ πρὸς Γέλωνα
πολεμήσαντος Ἀμίλκου καὶ πρὸς Ἱμέρᾳ τελευτήσαντος, υἱὸς δὲ Γέσκωνος, ὃς διὰ τὴν τοῦ πατρὸς ἧτταν
ἐφυγαδεύθη καὶ κατεβίωσεν ἐν τῇ Σελινοῦντι (Diod. XIII, 43, 5). Traducción de Juan José Torres
Esbarranch para la editorial Gredos (2008).
43
Picard, 1968.
44
Bacigalupo Pareo, 1978; Huss, 1993; Lancel, 1995; Jahn, 2004; Barceló, 2008.
45
Krahmalkov, 1976; Tsirkin, 1988; Sanders, 1988; Krings, 2003: 89; Bondì, 2003: 38; González Wagner
2006: 106.
46
Pausanias (X, 8, 6-7 y X, 18, 7) también menciona conflictos entre Masalia y Cartago, qua analizaremos
en el capítulo 8.
21
islas del Mediterráneo. Este dominio abarcó también la costa africana unos años más tarde
como atestigua la reacción púnica ante el intento infructuoso del espartano Dorieo de
implantar una colonia en Libia47. En esta ocasión los libios quisieron evitar el establecimiento
de un puerto griego en su territorio y pidieron ayuda a Cartago para combatir a los
peloponesios. Cartago respondió a la llamada y los espartanos fueron expulsados (Hrd. V, 42).
Unos pocos años después el mismo Dorieo fundó una nueva colonia en Sicilia, Heraclea, pero,
de nuevo, los fenicios lo impidieron48 (Diod. IV, 23, 3; Diod. X, 8; Hdt. V, 43-45). Esto ocurría a
fines del siglo VI. En esta época la segunda generación magónida, los hermanos Asdrúbal y
Amílcar, lideraban Cartago. Pero ambos hermanos cayeron en combate, el primero en Cerdeña
y el segundo en Hímera en el 480. Los nietos de Magón parece que siguieron la estela familiar
y cimentaron su poder a través de las conquistas territoriales, pero esta vez, centrándose en
territorio africano. A partir de aquí surgen las discrepancias. Según Maurin49 y sus seguidores,
como no hay testimonio de actuación alguna del Tribunal de los Ciento Cuatro hasta el siglo IV,
debemos creer que ésta no se produjo hasta entonces. Pero para el caso concreto de Cartago,
con las brevísimas, parciales y foráneas fuentes de información que poseemos, este
argumento carece totalmente de valor. En segundo lugar, el general Aníbal que en 409
desembarcó con 200.000 hombres en Sicilia (Diod. XIII, 54, 2-5) era magónida, cierto, pero
¿acaso el asalto al poder contra esta familia tuvo que suponer necesariamente la eliminación
física de esta dinastía y de su influencia sobre el senado y demás instituciones estatales? La
respuesta es que no. Bien al contrario, coincidimos con Sanders que la creación del Tribunal no
es sinónimo de desaparición de los magónidas50. El asalto al poder de la oligarquía senatorial
no significó la desaparición de una familia sino la caída de una tiranía. ¿Cómo explicar, si no es
a través del Tribunal, que el hijo del Amílcar, Gisgón, tuviera que exiliarse a la ciudad siciliana
de Selinunte después de la derrota de su padre (Diod. XIII, 43, 5)? En tercer lugar, cabe
destacar que cuando los embajadores de Segesta piden ayuda a Cartago en el 410, expusieron
sus argumentos al senado (Diod. XIII, 43, 4); Aníbal, que “ocupaba legítimamente la suprema
magistratura”, aconsejó -y no ordenó- ayudar a los segesteos y el senado respondió a los
embajadores que en caso de entrar en guerra confiaban el cargo a Aníbal. Son muchas las
evidencias en este pequeño pasaje que demuestran que era el Senado quién detentaba el
poder en Cartago y que Aníbal ocupaba una de las magistraturas supremas, es decir, el
generalato.
Una última prueba que nos inclina a pensar que la revolución oligárquica se produjo entre los
años 470-450 es el cambio de rumbo que tomó la política cartaginesa después de la batalla de
Hímera51 (Hrd, VII, 164-167; Diod. XI, 20). En el periodo 480-410 parece que la política exterior
cartaginesa sustituyó las armas por la diplomacia, pues ninguna de nuestras fuentes cita
expedición militar alguna. Si tenemos en cuenta que buena parte de la legitimación de los
47
Dorieo era hijo del rey agíada Anaxándridas II pero fue apartado del trono en favor de su hermanastro
Cleómenes I.
48
En contra de la opinión mayoritaria, Whittaker cree que la presencia cartaginesa en la expulsión de
Doireo de la isla fue testimonial (Whittaker, 1978: 64).
49
Maurin, 1962: 8.
50
Sanders: 1988: 79.
51
Sanders (1988) cree que después de Hímera, los magónidas tuvieron que aliarse con una parte de la
oligarquía para mantenerse en el poder; pero poco a poco estos senadores fueron tomando más fuerza
hasta que se vieron lo suficientemente fuertes como para asaltar el poder.
22
magónidas se fundamentaba en un estado de guerra ininterrumpido, parece lógico suponer
que un cambio político provocó un cambio de política52. Un periodo en el que, según S.F.
Bondì53, Cartago experimentó un fuerte crecimiento.
Todas estas evidencias demuestran que el Senado detentaba ya el poder a fines del siglo V.
Incuso el hecho de que Aníbal hubiera tomado decisiones que ultrapasaban sus atribuciones
durante su campaña en Sicilia no significaría nada. Por un lado se trataba de una campaña muy
personal del cartaginés, pues su abuelo había perdido la vida en la isla contra esos mismos
enemigos y, por la misma causa, él y su padre habían sido desterrados de Cartago. Que las
emociones y los sentimientos personales afectaron a algunas decisiones militares que adoptó
Aníbal quedan probadas con la destrucción total de Hímera, de sus templos y la eliminación
total de sus ciudadanos (Diod. XIII, 61-62). Por otro lado, Aníbal volvió posteriormente a
Cartago y abandonó su cargo, como demuestra el hecho que fuera elegido de nuevo unos años
más tarde. De modo que la autoridad del general cartaginés era únicamente sobre el ejército,
no sobre la esfera política del estado.
Pero si aun con todas estas consideraciones quedara alguna sombra de duda sobre la
cronología de este acontecimiento, la epigrafía nos aporta el testimonio definitivo. La
inscripción CIS I 5632.2, fechada en función de parámetros paleográficos hacia el 450,
demuestra que el cargo de sufete ya era la máxima magistratura política en la ciudad veinte
años antes de la erección de la estela54.
Contrariando a la opinión mayoritaria actual, creemos que hay suficientes evidencias como
para creer que la creación del Tribunal de los Ciento Cuatro se produjo a finales de la primera
mitad del siglo V y no durante el siglo IV. En cuanto a sus funciones y naturaleza, como hemos
visto, Justino no aporta más información que la creación de este Consejo para exigir a los
generales, “al volver de la guerra, dar cuenta de sus acciones, para que, con este temor,
meditaran las órdenes en la guerra con la vista puesta en las leyes y juicios un vez en la patria”
(Just. XIX, 2, 6). Sabemos por otros autores que, durante los siglos IV y III, se dieron varios
casos en que los altos mandos cartagineses fueron amonestados con el exilio o incluso
condenados a muerte55.
Aristóteles nos aporta escasa información. En primer lugar, compara esta institución con el
eforado espartano, cuya función principal era la supervisar las actuaciones de los diarcas
lacedemonios. El filósofo ateniense no dice explícitamente que este Tribunal fuera el
encargado de vigilar las actuaciones de los altos mandos militares, sin embargo sí lo hace
Justino (XIX, 2, 5-6), de modo que interpretamos que la comparación aristotélica se refería a
esta función. Sin embargo, afirma que, a diferencia de aquel, sus miembros no eran elegidos
por sorteo sino según sus méritos y cualidades. Un cuerpo de pentarquías, sobre el que
52
Algunos investigadores sostienen que precisamente sobre el año 460 se firmó el primer tratado
romano-cartaginés. Sobre la cronología del mismo y las distintas propuestas cronológicas, ver Scardigli,
1991: 32; Espada, 2013: 34; 37-49).
53
Bondì, 1999: 45. En contra Warmington, 1969: 58.
54
Krahmalkov, 1976; Van den Branden, 1977; Ruiz Cabrero, 2009: 13; Hoyos, 2010: 26.
55
Por ejemplo el general Bomílcar, quien en el año 308, en plena guerra contra Agatocles, intentó
instaurar una tiranía (Diod. XX, 43-44, 6; Just. XXII, 7).
23
prácticamente no sabemos nada, era el encargado de escoger los miembros del Tribunal; así
pues, ¿debemos entender que se trata de una institución aristocrática? Sí y no. En teoría, -dice
Aristóteles- el método de elección se servía de parámetros tales como méritos y cualidades
individuales, lo cual nos habla de un método aristocrático. Sin embargo, huelga decir que, en la
práctica, dichos nombramientos dependerían en buena medida de la transmisión de bienes de
carácter material, pues la compra y la acumulación de varios cargos constituían una práctica
política habitual en Cartago (Pol. II, 11, 12; 1273b). Así pues, y pese a la convicción de
Aristóteles de que el Consejo de los Ciento Cuatro es una institución a medio camino entre lo
oligárquico y lo aristocrático, nos inclinamos a pensar en una tendencia hacia lo primero. A
este respecto, Tsirkin sentenciaba que “the economic elite was at the same time a political
elite56”.
Aunque no procede adentrarse en esta temática, cabe señalar que varios autores han señalado
que de forma paralela a la reforma política se produjo una reforma religiosa, algo que no es
extraordinario en el mundo antiguo y que pone de relieve la asociación de ambas esferas, la
civil y la religiosa. En este sentido, el dios titular de la ciudad Ba’al, perdió su liderazgo en favor
de la diosa Tanit60, en un proceso que también debió de afectar a la organización del clero61.
2.3. El Senado
El senado cartaginés, del cual desconocemos totalmente sus orígenes, era en el siglo IV la
institución fundamental de la política de la ciudad. Y lo era no sólo porque congregase a “la
flor y nata de la aristocracia cartaginesa62” o la “aristocracia del dinero63” sino además porque
56
Tsirkin, 1988:132.
57
González Wagner, 2006: 106.
58
En este sentido, R. Docter (Docter, 2009) ha demostrado recientemente que ya en los siglos V y IV la
mayor parte de productos agrícolas que llegaban a la ciudad procedían de su propia chora,
contrariamente a la opinión generalizada hasta entonces, que retrasaba este fenómeno hasta el siglo III.
Pese a la falta de datos arqueológicos en su momento, Tsirkin ya había propuesto este mismo fenómeno
años antes (Tsirkin, 1988: 129)
59
Ruiz Cabrero, 2009.
60
Warmington, 1969: 59.
61
Barreca, 1968: 50-57.
62
Barceló, 2008: 21.
63
Sanmartín, 2004: 421.
24
se encontraba en su momento de mayor notoriedad. Si damos crédito a Justino, ya a finales
del siglo VI, cuando Cartago empezaba a embarcarse en expediciones militares fuera de África,
existía un consejo en la ciudad con un alto grado de autoridad64. Tanto, que fuera capaz de
ordenar el exilio de un general renombrado como era Malco65 y a sus tropas (Just. XVIII, 7, 2;
Oros. IV, 6, 7-9). Por tanto, no se trataba de un órgano puramente consultivo. Sin embargo,
Malco y su ejército se negaron a acatar semejante castigo e intentaron, infructuosamente,
pactar otra salida ante tal situación. Malco envió legados a la ciudad (Just. XVIII, 7, 3-4), y
podemos imaginar que expusieron sus argumentos ante el Senado. Las quejas se tornaron en
amenazas a medida que los legados perdían las esperanzas de encontrar una salida pacífica al
conflicto. Durante las conversaciones, arribó de Tiro Cartalón, sacerdote de Melqart e hijo del
propio Malco, que había ido a la metrópolis a tributar el diezmo del botín procedente de Sicilia
al templo de su dios66. Con el ejército dispuesto ya ante los muros de la ciudad, Cartalón se
presentó ante su padre. El pasaje de Justino deja entrever que la visita de Cartalón fue por
voluntad propia, pero dado el alto cargo que ocupaba y su filiación con el general rebelde,
parece mejor pensar que fue el Senado quién utilizó a su hijo como legado, para intentar
disuadir a Malco de sus intenciones. Algo que, al parecer, no logró. Malco crucificó a su hijo -
según Justino, por presentarse ante su ejército de modo ostentoso e irrespetuoso- y asaltó la
ciudad. Una vez tomada, Malco “convoca al pueblo a una asamblea”, y decidió liquidar a los 10
senadores67 que habían propuesto su exilio. Sea por la razón que fuera, Malco no aprovechó la
oportunidad para alzarse con el poder, sino que retornó “la ciudad a sus leyes” (Just. XVIII, 7,
17).
64
Sobre el inicio de las intervenciones cartaginesas en el Mediterráneo y su eclosión como gran potencia
existe una vasta bibliografía. Sólo a modo de ejemplo: Huss, 1993, González Wagner, 1994; Prados
Martínez, 2001; Manfredi, 2003.
65
Como ya han advertido algunos investigadores, probablemente el nombre de Malco sea una
desviación del cargo mlk (Sanders, 1988; González Wagner 2006: 105). Whittaker (1978: 64) añade la
posibilidad que sea una corrupción del nombre Magón, ya que en uno de los manuscritos aparece como
“Mazeus”. S. Lancel va más allá y en base a la etimología del nombre junto al hecho que ningún otro
autor clásico mencionada nada de este personaje, no cree que haya verisimilitud histórica detrás de este
episodio: Trogo Pompeyo, por invención propia o recogiendo algún relato oral habría escrito esta
historia antes llegar hasta nosotros a través del epítome de Justino (Lancel, 1995: 112). V. Krings (2003:
90-91), también pone en cuestión la historicidad de este personaje.
66
Se trataba probablemente del botín de la campaña del año anterior en Sicilia, dirigida también por el
propio Malco.
67
Justino los llama senatores.
68
Huss, 1993: 307.
69
Tsirkin (1986: 136) planteaba una evolución de la ciudad en varias fases, de forma similar a la
transformación de las póleis griegas de época clásica. Según el autor soviético, partiendo de Tiro, en
25
no hay que caer en el error más común entre los historiadores, que no es otro que el de
justificar determinadas acciones, modelos o dinámicas en función al resultado final. El proceso
que siguieron muchas póleis griegas consistente en un periodo monárquico, luego tiránico y
finalmente república oligárquica -como también fue el caso de Roma, aunque los intentos
tiránicos que hubo no tuvieran éxito, o Atenas- fue un modelo frecuente en el Mediterráneo
central. No obstante, eso no implica en ningún caso que haya que trasladar este patrón allí
dónde las evidencias son escasas, con el fin de rellenar aquellos periodos más oscuros.
Coincidimos, como ya han propuesto otros investigadores70, en entender a Cartago como una
más de las póleis que poblaban el Mediterráneo; hecho sin duda que no implica que hubiera
que seguir paso a paso el modelo canónico hasta desembocar en la república de mixta de corte
aristocrático que nos describe Aristóteles.
Así pues, a partir de mediados del siglo V, con el cambio de régimen y la creación del Tribunal
de los Ciento Cuatro, el Senado se convirtió en el órgano político fundamental de Cartago. No
debe confundirnos el protagonismo que los generales cartagineses tienen en los relatos de la
literatura clásica, más inclinados en relatar conflictos y gestas militares que no en análisis
políticos. Incluso ante un personaje de la talla de Aníbal Barca, que dado su poder militar y
liderazgo podría haber actuado de forma mucho más autónoma, el senado se rebela como el
último eslabón de la cadena de mando, el garante de la última palabra en decisiones políticas.
Es en esta línea que Isócrates escribía a comienzos del siglo IV: “los cartagineses y los
lacedemonios, que son los mejor gobernados de los griegos, tienen una oligarquía como
sistema político en su patria, pero emplean la monarquía para guerra” (Iso. Nic. III, 24)
En cuanto a su composición, ni Justino, ni Aristóteles ni más tarde Polibio, arrojan luz sobre su
número. Habida cuenta que el Tribunal de los Ciento Cuatro era escogido entre los miembros
del Senado, es evidente que su composición sería bastante superior. La mayor parte de
primer lugar se asentó en la ciudad un régimen monárquico, que a nivel mítico se equipararía a la
fundación de Cartago por Dido/Elisa, con un estamento aristocrático muy notable en su círculo más
cercano. Posteriormente, esta monarquía sería substituida por un régimen tiránico del cual Malco sería
nuestro único representante conocido (Justin. 18, 7). Pero las aspiraciones de Malco de inaugurar una
nueva dinastía en la ciudad fracasaron, dando lugar al periodo de hegemonía magónida entres finales
del siglo VI y las primeras décadas del siglo siguiente. En este sentido, Tsirkin subraya que tanto Magón
como sus sucesores serían strategoi electos; por lo tanto, ni reyes ni tiranos. Hacia mediados del siglo V
se producirían algunos cambios importantes en la conformación política de la ciudad que se
materializarían cuando el Senado logró crear el Tribunal de los Ciento Cuatro, mientras que la Asamblea
Popular conseguía poner un pie en la vida política cartaginesa mediante la potestad de elegir a sus
magistrados y comandantes. Tsirkin añade que quizá fuera entonces, con la caída de los magónidas, que
apareció el sufetado.
70
Tsirkin, 1986; G. Wagner, 1994b: 8; Prados Martínez, 2012: 112.
26
especialistas se inclinan a pensar en unos 300 miembros, que era el número de senadores en
Roma durante la mayor parte de la República71. Aristóteles deja muy claro que para acceder al
senado cartaginés, aunque los méritos personales y la carrera política o militar de un
magistrado fueran una buena carta de presentación, al final, la riqueza constituía un elemento
indispensable para el acceso a esta institución:
El Senado, al que Aristóteles llama gerousía, Polibio añade synhedrion y synkletos y Diodoro
utiliza ambos términos en el mismo párrafo (XIV, 47, 1-3) se identifica con las inscripciones
h’drm/hcdrm (=los poderosos) y quizás también con hrcsm (=las cabezas) halladas en epigrafía
púnica73. Desconocemos el método de elección así como el número de senadores que
ocupaban la cámara, aunque se han propuesto dos o tres centenares de miembros74. Lo que sí
sabemos es que esta éste órgano el encargado de nombrar los cartagos de general (rab), tal y
como aparece a menudo señalado en las fuentes. Lo más probable, además, es que los sufetes
fueran elegidos de entre estos magistrados75.
27
informa de dicho grupo76, pero en un contexto tardío, lo que ha llevado a la mayor parte de
investigadores a proponer que su conformación acaeció sobre los siglos III-II77. Sin embargo, su
mención es tan escueta que tan sólo nos permite pensar en una élite de prestigio restringida
dentro del mismo senado. El hecho que aparezca una sola vez mencionado explícitamente y
que no haya testimonio epigráfico alguno78 nos inclina a pensar que tan sólo se trató de una
delegación circunstancial, sin ningún tipo de atribución política diferencial respecto al resto de
senadores. La única diferencia con el resto de miembros del senado era su edad, pues se
trataba de los 30 magistrados más ancianos; quizá esta característica responda únicamente a
la estrategia diplomática cartaginesa, enviando a los más veteranos miembros de su élite
política para mostrar a los romanos una imagen de respetabilidad.
La ciudadanía cartaginesa, por su parte, la formaba el conjunto de población libre, a la que las
fuentes literarias denominan demos o plebs, disponía de un órgano de participación política en
la ciudad llamada La Asamblea del Pueblo. También Aristóteles y Polibio dan cuenta de esta
institución y, aunque sus descripciones son muy breves, podemos entrever, aquí sí, una clara
evolución en un órgano político cartaginés entre los siglos IV-III. Según el filósofo ateniense, la
Asamblea tan sólo era consultada en dos casos: o bien cuando el Senado decidía relegar
ciertos asuntos a su discusión, o bien cuando se producía divergencia de opiniones entre los
reyes (=sufetes) y el senado, en cuyo caso la Asamblea tenía la potestad de inclinar la decisión
hacía uno u otro lado (Arist. Pol. II, 11, 6; 1273a). Es fácil imaginar que los asuntos que
delegaba el senado a la ciudadanía no eran aquellos más importantes que concernían a la alta
política del estado, sino probablemente sólo aquellos necesarios para tener satisfechos a los
ciudadanos y mantener el status quo. Bien es cierto que la elección para los cargos, tanto del
76
perculsi, iam nullo auctore belli ultra audito oratoris ad pacem petendam mittunt triginta seniorum
principes (Liv. XXX, 16, 3).
77
Huss, 1993: 309; Hoyos, 2010: 31.
78
Hoyos, 2010: 30.
79
Prados Martínez, 2001; 2006; 2012.
80
Fantar, 2000: 12.
81
Tsirkin, 1986:135.
28
Senado, del sufetado como del generalato, parecen estar en manos de la Asamblea82, pero los
asuntos de política exterior así como aquellos directamente relacionados con la guerra
estarían, en el siglo IV, fuera de su alcance.
“En cuanto al régimen de los cartagineses me parece que estuvo bien ordenado desde
su origen en sus rasgos esenciales. Pues ellos tuvieron reyes y el senado gozó de un
poder aristocrático y el pueblo fue dueño de sus propias competencias, y, en general,
el ensamblaje del conjunto de poderes era similar al de los romanos y de los
lacedemonios. Sin embargo, por el tiempo en que entró en la guerra de Aníbal, el
régimen cartaginés era peor y el romano mejor. Puesto que, en efecto, todo cuerpo,
toda constitución y toda acción conocen un desarrollo natural, a continuación un
florecimiento y, por último, una destrucción, y sus mayores potencialidades son todas
las pertenecientes al periodo de florecimiento, en relación con este proceso natural
entonces los dos regímenes diferían ente sí. Pues en la medida en que el régimen de
los cartagineses había tenido poder y prosperidad antes que el de los romanos, en esa
medida Cartago entonces ya había dejado atrás su etapa de florecimiento y Roma
estaba en el momento álgido del suyo, al menos en lo relativo a la organización de su
sistema político. Por ello, también entre los cartagineses el pueblo había asumido el
papel preponderante en las deliberaciones, mientras que, entre los romanos, el
senado estaba en la plenitud de su poder. De donde que, al deliberar en un caso el
pueblo, y en el otro la aristocracia, las deliberaciones de los romanos eran más eficaces
en los asuntos públicos. Por esta razón, aunque estuvieron al borde del desastre total,
gracias a sus mejores decisiones vencieron finalmente en la guerra contra los
cartagineses.83” (Pol. VI, 51).
A tenor de este pasaje, escrito a mediados del siglo II y haciendo referencia a hechos acaecidos
media centuria antes, hemos de creer que en algún momento indeterminado entre mediados
del siglo IV y finales del III, la Asamblea del pueblo cartaginesa logró ampliar su poder político
en la ciudad. Teniendo en cuenta la política de los bárcidas a partir del final de la Guerra de los
mercenarios, y muy especialmente las reformas introducidas por Aníbal durante su sufetado
82
Huss, 1993: 310; Barceló, 2008: 22.
83
τὸ δὲ Καρχηδονίων πολίτευμα τὸ μὲν ἀνέκαθέν μοι δοκεῖ καλῶς κατά γε τὰς ὁλοσχερεῖς διαφορὰς
συνεστάσθαι. καὶ γὰρ βασιλεῖς ἦσαν παρ᾽ αὐτοῖς, καὶ τὸ γερόντιον εἶχε τὴν ἀριστοκρατικὴν ἐξουσίαν,
καὶ τὸ πλῆθος ἦν κύριον τῶν καθηκόντων αὐτῷ: καθόλου δὲ τὴν τῶν ὅλων ἁρμογὴν εἶχε παραπλησίαν
τῇ Ῥωμαίων καὶ Λακεδαιμονίων. κατά γε μὴν τοὺς καιροὺς τούτους, καθ᾽ οὓς εἰς τὸν Ἀννιβιακὸν
ἐνέβαινε πόλεμον, χεῖρον ἦν τὸ Καρχηδονίων, ἄμεινον δὲ τὸ Ῥωμαίων. ἐπειδὴ γὰρ παντὸς καὶ σώματος
καὶ πολιτείας καὶ πράξεώς ἐστί τις αὔξησις κατὰ φύσιν, μετὰ δὲ ταύτην ἀκμή, κἄπειτα φθίσις, κράτιστα
δ᾽ αὑτῶν ἐστι πάντα τὰ κατὰ τὴν ἀκμήν, παρὰ τοῦτο καὶ τότε διέφερεν ἀλλήλων τὰ πολιτεύματα. καθ᾽
ὅσον γὰρ ἡ Καρχηδονίων πρότερον ἴσχυε καὶ πρότερον εὐτύχει τῆς Ῥωμαίων, κατὰ τοσοῦτον ἡ μὲν
Καρχηδὼν ἤδη τότε παρήκμαζεν, ἡ δὲ Ῥώμη μάλιστα τότ᾽ εἶχε τὴν ἀκμὴν κατά γε τὴν τῆς πολιτείας
σύστασιν. διὸ καὶ τὴν πλείστην δύναμιν ἐν τοῖς διαβουλίοις παρὰ μὲν Καρχηδονίοις ὁ δῆμος ἤδη
μετειλήφει, παρὰ δὲ Ῥωμαίοις ἀκμὴν εἶχεν ἡ σύγκλητος. ὅθεν παρ᾽ οἷς μὲν τῶν πολλῶν βουλευομένων,
παρ᾽ οἷς δὲ τῶν ἀρίστων, κατίσχυε τὰ Ῥωμαίων διαβούλια περὶ τὰς κοινὰς πράξεις. ᾗ καὶ πταίσαντες
τοῖς ὅλοις τῷ βουλεύεσθαι καλῶς τέλος ἐπεκράτησαν τῷ πολέμῳ τῶν Καρχηδονίων. (Pol. VI, 51).
Traducción de Antonio Sancho Roy para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, 2008).
29
(Liv. XXXIII, 46, 6-7), creemos, como Szyncer84 que la Asamblea del pueblo no debió de alcanzar
altas cuotas de poder hasta finales del siglo III e inicios del II. G. Ch. Picard85 es aún más
concreto: “il est logique de penser que la plupart des changements importants survenus en
237, année qui marque une coupure décisive, puisque désormais les partisans des Barcides vont
exercer jusqu’à a Zama une autorité aussi peu contestée que des oligarques dans la période
précédente”.
Pese a la escasez de datos sobre el funcionamiento de la Asamblea, la epigrafía nos aporta algo
más de información. A través de una inscripción de Bitia, S. Moscati logró identificar que el
término ‘m significaba “pueblo”, pudiendo también referirse de forma genérica a “Asamblea
del pueblo89”. Posteriormente, Sznycer llevó a cabo un exhaustivo análisis epigráfico con todas
aquellas inscripciones que contenían dicho término. De esta forma llegó a reconocer, entre
otras, la expresión que firmaba la potestad de la Asamblea lmy’ms ‘m qrthdst “selon
l’ordenance (ou: le registre) de l’Assemblée du peuple de Carthage90”.
Una vez analizados los datos de que disponemos actualmente, así como un seguimiento de la
trayectoria historiográfica que atañe a la constitución de Cartago y a sus organismos estatales
vamos a proceder a resumir nuestro propio punto de vista, que ya ha sido esbozado y
argumentado más ampliamente a lo largo de las páginas precedentes. Si centramos nuestra
atención en nuestro periodo de estudio (410-201), nos encontramos con una ciudad
políticamente madura. Después de la “revolución oligárquica” protagonizada en la primera
mitad del siglo V, Cartago contaba en ese momento con un órgano estatal básico alrededor del
cual giraba la política de la ciudad: el senado. No sabemos el número exacto de senadores que
ocupaban una silla en este órgano pero la cifra alrededor de los 300 que han propuesto varios
84
Szyncer, 1975: 49.
85
Picard, 1968: 121.
86
Huss, 1993: 310.
87
Movers, 1949; Meltzer, 1896; Gsell, 1928; Sznycer, 1975.
88
Hoyos, 2010: 22.
89
Moscati, 1968.
90
Sznycer, 1975: 67.
30
autores nos parece aceptable. Esta institución lideraba la dirección política de la ciudad y
defendía en buena medida los intereses de la oligarquía. Los conceptos aristocracia/oligarquía
eran permeables en Cartago. Como ya apuntaba S. Lancel (1995: 116), hablar de aristocracia u
oligarquía puede resultar confuso, más aún cuando las fuentes literarias antiguas ya utilizaban
ambos términos para referirse a una misma institución. Podemos tachar tanto al Senado como
al Tribunal de los Ciento Cuatro de ambos conceptos, pues si bien en teoría aquellos elegidos
para el cargo disponían méritos personales, la compra de cargos y la evidencia epigráfica
muestran que el dinero y la familia eran en realidad la condición sine qua non para acceder a
ellos. Quizás en un principio el senado hubiera sido de corte más aristocrático, pero se fue
convirtiendo cada vez más en un órgano oligárquico. De modo que, a fin de cuentas, haríamos
mejor en hablar de oligarquía senatorial, que de aristocracia.
El senado estaba presidido por los sufetes. La máxima magistratura política del estado era
colegiada, anual, electa y en manos de unas pocas familias que coparon este cargo a lo largo
de los siglos IV y III. Como representantes del senado, los sufetes eran también los máximos
responsables de las decisiones asociadas con la política exterior, y solo quizás, de oficializar
algunas ceremonias de carácter religioso. Pero sus funciones no se limitaban a moderar el
Senado, sino que sus votos contaban tanto como el conjunto del senado. Cuando ocurría que
los sufetes y el senado diferían en alguna decisión, podían recurrir a la Asamblea del pueblo
que decantara su voto hacia un lado u otro. Este órgano empezó con un pobre y limitado papel
político real. Sin embargo, a lo largo del siglo IV y especialmente en la segunda mitad del siglo
III consiguió alzarse de tal forma que, según Polibio, a finales del siglo III ostentaba ya el mayor
poder en la ciudad. Este mismo órgano era el encargado de escoger a los mandos militares en
esa época.
De forma paralela existía un Tribunal, denominado el Consejo de los Ciento Cuatro, que
apareció probablemente en el momento en que la dinastía magónida fue apartada del poder.
Ésta había actuado durante más de medio siglo de forma similar a una tiranía, hasta que la
oligarquía de la ciudad, junto con la nueva y pujante clase terrateniente del hinterland de
Cartago, lograron arrebatarles el monopolio político. A partir de entonces, y con vistas a
prevenir posibles intentos tiránicos procedentes de la casta militar, el Tribunal actuó como
órgano de seguimiento y control de las campañas militares de los generales cartagineses. Los
miembros de este consejo eran elegidos, según Aristóteles, a través de unas pentarquías. De
este órgano de 5 magistrados no sabemos prácticamente nada; no hay más información de
ellos salvo aquella que nos brinda el propio sabio filósofo, esto es, que tienen la potestad de
decidir sobe muchos e importantes asuntos y que ejercen su poder incluso después de salir de
su cargo.
31
Figura 1. Organigrama político de Cartago a partir de la segunda mitad del siglo V.
32
3. EL SISTEMA MILITAR CARTAGINÉS
Una vez analizado el sistema político cartaginés, creemos haber dejado clara la división de
poderes entre lo civil y lo militar durante los siglos IV y III. En el siguiente apartado vamos a
tratar de profundizar sobre la composición, la estructura de mando y las características del
ejército púnico para disponer así de una buena plataforma sobre la que discutir con
posterioridad las relaciones internacionales de Cartago, pues atañen a ambas esferas. Tan sólo
el tercer poder, el religioso, quedará inserto al texto tan sólo allí cuando sea necesario. Si bien
tenemos motivos para creer que la sacralidad afectaba de un modo u otro a la esfera civil y
militar -como en todas las ciudades del Mediterráneo en la Antigüedad- ésta sobrepasa los
límites estrictos de esta investigación.
En este apartado vamos también a superar dos conceptos que se relacionan comúnmente con
el ejército cartaginés. Por un lado, la presencia y peso de contingentes mercenarios dentro de
las fuerzas armadas púnicas, una característica que ya los autores de época clásica señalaron
para subrayar así las diferencias respecto la antagonista de Cartago en la segunda mitad del
siglo III, Roma (Pol. VI, 52). Éstos serán investigados en su propio contexto geográfico en los
siguientes capítulos. Por el otro, como ya indicamos en el capítulo anterior, no podemos
trasladar las características del ejército a finales del siglo III -de dónde poseemos más
información- al resto del periodo de estudio, pues igual que en política, el ejército púnico
cambió a lo largo de estas dos centurias. Y no hay mejor ejemplo para ello que el ejército
anibálico que, en palabras de Tito Livio era “un general completamente diferente, con un
ejército diferente, formado de modo diferente” (Liv. XXV, 21, 8).
Siguiendo este esquema, utilizaremos distintas herramientas para tratar de acercarnos lo más
posible al perfil de fuerzas armadas que poseyó Cartago en cada momento. Esto incluye, en
33
primer y destacado lugar, a las fuentes escritas, muy avezadas a relatar acontecimientos de
carácter bélico. Aunque es cierto que la mayor parte de la tinta se dedicó a la Primera, y
especialmente Segunda Guerra Púnica, ya hemos visto como también disponemos de algunas
fuentes literarias que relatan acontecimientos más remotos. Huelga decir que todas estas
fuentes son evidentemente exógenas. En segundo lugar, la epigrafía nos brinda también
valiosa información directa sobre mandos y estructura del ejército, y en este sentido, como
veremos, los epigrafistas nos han aportado en la última década interesantes investigaciones
acerca de ello. También la arqueología, a través de panoplia localizada en ajuares y campos de
batalla, la iconografía procedente de estelas y monumentos, y mediante la identificación de
enclaves militares típicamente púnicos a lo largo y ancho del Mediterráneo occidental,
contribuye a aumentar nuestro conocimiento sobre el ejército púnico. Baste citar el hallazgo
reciente de numerosos espolones cartagineses cerca de la costa occidental de Sicilia, dónde el
material arqueológico recuperado pertenece a la definitiva batalla naval entre cartagineses y
romanos en las Islas Égades al final de la Primera Guerra Púnica1. Por último, debemos a la
numismática aportaciones en relación a la utilización de elefantes de guerra, a la estructura
interna del ejército e incluso a la panoplia de los soldados cartagineses, como trataremos de
desentrañar en este capítulo.
En cuanto al cariz de la política militar cartaginesa durante este periodo, esto es, en qué grado
podemos definir las relaciones exteriores de Cartago con el Mediterráneo Occidental a nivel
militar, quisiéramos hacer algunas consideraciones. A menudo, incluso en la literatura
científica actual, no se presta la atención adecuada a la importancia del vocabulario; así,
términos como “imperialismo”, “revolución” o “conquista” se utilizan sin más para explicar
procesos sumamente complejos a los que no basta con caracterizar con un solo término o para
los cuales son necesarias precisiones posteriores. El hecho que en historia antigua no
contemos con tan amplia información a nuestro alcance como en los estudios de historia
contemporánea no significa que en pasado las relaciones nacionales e internacionales fueran
más simples. ¿Cabría acaso, por ejemplo, tachar a Alemania de intervencionista durante el
siglo XX, en un estudio riguroso? Pues no sin una explicación ulterior, ya que la respuesta varía
en función del momento, del gobierno en el poder, de las presiones interiores (poderes
económicos) y exteriores (relaciones y pactos internacionales), etc. En este sentido, el estado
en el mundo antiguo no difiere del estado moderno. ¿Así pues, porqué ese empeño de
simplificar los hechos y reducirlos a simples dinámicas, buscando un titular de periodismo
barato? ¿Era Cartago una potencia imperialista? Pues la respuesta es la misma que en la
Alemania del siglo XX: depende.
Como república oligárquica que era, y además con una población cosmopolita y con relaciones
internacionales que abarcaban todo el Mediterráneo, Cartago tenía en su seno diferentes
corrientes de pensamiento que se reflejaban en el senado con la existencia de diferentes
partidos2 y también en forma de profundas rivalidades entre magistrados importantes (por
ejemplo, en Liv. XXI, 10). Como es lógico, atendiendo al hecho que todas las fuentes literarias
antiguas son exógenas, no disponemos de muchas evidencias sobre esta realidad, que sin
embargo están bien testimoniadas en otras urbes de la época. Siguiendo a Justino (XIX, 1-3)
34
durante al menos el primer tercio del siglo V el poder tiránico de la dinastía magónida marcó
una línea política claramente intervencionista, militarmente muy activa. Los magónidas
sostenían su poder por medio del monopolio de cargos en el seno de su círculo y por el apoyo
del ejército. Nadie osó discutir su política -o, al menos, nadie lo consiguió- hasta que la derrota
de Hímera (480) puso en tela de juicio su autoridad sobre el ejército y perdió apoyo ciudadano,
mientras que la aristocracia terrateniente y la oligarquía de la ciudad presionaban cada vez
más por participar de las decisiones políticas. Todas estas causas provocaron la caída de la
tiranía magónida y el establecimiento de una república oligarca. Como ya supo captar Polibio
(III, 6-9) en relación a la Segunda Guerra Púnica, en el estallido de un conflicto cabe reconocer
las causas de fondo, las causas directas y la chispa que inicia de deflagración.
Los magónidas ejercieron una política imperialista con vocación de anexión territorial, pero,
¿qué entendemos por imperialismo? Este es un concepto moderno derivado del latín imperare
(=tener control sobre algo), el cual no refleja con exactitud todas las connotaciones actuales
del término. Los autores griegos disponían de términos como “hegemonía” (=liderazgo, guía),
o mejor “eparchia”, pero en su lugar la mayor parte de autores prefirió utilizar el término
ἐπικράτεια (=influencia, poder) para referirse al control de Cartago sobre sus territorios
sicilianos (Plat. Ep. 7. 349c; Pol. II, 39.7). Diodoro, sin embargo, también utiliza el término
ἡγεμονία (hegemonía) (Diod. X, 18, 6; XII, 26, 3) para referirse al mismo territorio durante el
mismo periodo. Discusiones terminológicas a un lado, queda demostrado que algún tipo de
control sobre la parte occidental de Sicilia existía por parte de Cartago. C.R. Whittaker3
enumeraba una serie de condiciones que permitieran reconocer políticas imperialistas: control
y anexión territorial, un sistema de administración provincial, recaudación de tributos,
explotación de los recursos naturales, alianzas desiguales, y por último, monopolio y control
comercial. Según esta definición, son varios los elementos que definen la relación de Cartago
con los territorios occidentales de Sicilia de modo imperialista. De igual manera podríamos
sumar las regiones costeras de Cerdeña, sur de la península Ibérica y norte del África
occidental, así como numerosas islas menores del Mediterráneo central y occidental como
Ibiza, Malta, Lampedusa o Pentellería. Si todos estos territorios estuvieran enlazados
territorialmente, no dudaríamos en hablar de imperio cartaginés: todos ellos controlaban
zonas amplias a través de enclaves estratégicos, con un mayor o menor grado de presencia
militar, administrados por Cartago a nivel político y económico; eran tributarios de la
metrópolis y, al menos en algunos de ellos, también tenía la potestad de organizar levas
militares; por último, está claro que el comercio dentro de este perímetro colonial está
controlado por la metrópolis durante los siglos V y IV y buena parte del III. La única diferencia
es que la zona geográfica bajo control no es eminentemente terrestre sino marítima.
Según estas premisas, ciertamente entendemos al estado cartaginés del siglo IV y primera
mitad del III como un imperio colonial/marítimo cuyo centro administrativo, político, militar y
económico se hallaba indudablemente en la ciudad Cartago. Este fue el resultado de las
numerosas campañas de carácter militar llevadas a cabo durante el siglo VI y comienzos del V,
que proporcionaron a la metrópolis una red de enclaves estratégicos costeros en el
Mediterráneo Occidental. A través del control de los puertos de estas regiones se consiguió
3
Whittaker, 1978: 63.
35
articular el comercio marítimo casi en forma de monopolio. Pese a las discrepancias que
envuelven el resultado de la batalla naval de Alalia (c.535), lo cierto es que, no muchos años
más tarde, los cartagineses se erigieron como la primera potencia marítima en la región. Pero
a diferencia de la mayor parte de imperios, sometidos a presiones internas y externas,
sublevaciones regionales y disputas étnico-territoriales, el dominio marítimo les protegía de
estos peligros. Tan sólo la piratería podía suponer una amenaza a mar abierto, y para ello
Cartago contaba con su numerosa flota militar. La ciudad basaba buena parte de su
enriquecimiento en el comercio, y como ya se ha dicho, el comercio y la guerra no son buenos
aliados, de modo que, de nuevo, a diferencia de tantos otros imperios, el suyo no necesitaba
expandirse mediante conquistas sino mantener su autoridad sobre las colonias y los puertos
bajo su control. Según algunos investigadores -y en contra de la visión tradicional transmitida
por las fuentes literarias- Cartago antepuso generalmente la diplomacia a la intervención
militar para asegurar ese control4.
En el hiato entre el 410 y el 200 se produjeron, en algún u otro momento, ataques indígenas
sobre colonias fenicio-púnicas o ciudades aliadas de Cartago. En el norte de África, territorio
sobre el que hablaremos con detalles en el siguiente capítulo, son numerosas las referencias a
sublevaciones de territorios o ciudades, especialmente aprovechando momentos de debilidad
interna. Así por ejemplo durante la guerra de Agatocles en África (311-306), la ofensiva de
Marco Atilio Régulo (255), o durante la revuelta de los mercenarios una vez terminada la
Primera Guerra Púnica (241-238). Por su parte, Cerdeña siempre mantuvo un componente
indígena presto a luchar por su independencia y expulsar a los extranjeros, no sólo durante la
ocupación púnica sino también romana. También en Iberia, aunque menos conocidas,
contamos también con algunos ejemplos de revueltas indígenas contra el territorio de colonias
fenicio-púnicas o sus aliados5 (Just. XDIV, 5). Por el contrario, en Sicilia, sículos y sicanos se
mostraron comúnmente más inclinados a los intereses fenicio-púnicos que a las tiranías
griegas; el enemigo en la isla no era, pues, la población autóctona, sino las poderosas colonias
griegas establecidas en el área oriental de la isla, muy especialmente, Siracusa.
36
sustituido al establecimiento de colonias tanto en Italia como en el sur de la Galia, tal y como
veremos en los siguientes capítulos.
Así como para la estructura política de Cartago contamos con unos pocos testimonios
literarios, el panorama de evidencias respecto a la cadena de mando o el funcionamiento del
ejército es bastante más desolador. Como hemos podido comprobar, las fuentes literarias son
poco precisas en este aspecto, circunstancia que se agrava aún más con la mayoría de autores
clásicos tardíos. En este sentido debemos realizar un esfuerzo para filtrar toda la información
literaria a nuestro alcance; no podemos reconocer la misma credibilidad a Polibio que a Silio
Itálico u Orosio. Por el contrario, contamos con muchos más ejemplos de personajes y
campañas en concreto, a través de los cuales vamos a tratar de perfilar el carácter de la
comandancia en cada momento. Como se ha dicho anteriormente, los autores clásicos se
7
De hecho sí hay una, aunque muy breve, de Tito Livio para el año 431, que sin embargo no parece
haber tenido grandes consecuencias ni un papel protagonista de la ciudad púnica: “A los grandes
acontecimientos que dieron relieve a aquel año [un victoria romana sobre ecuos y volscos] se suma el
hecho, que entonces no pareció que tuviese nada que ver con Roma, de que los cartagineses, que iban a
ser tan grandes enemigos, entonces por primera vez durante unas disensiones entre los sicilianos
pasaron un ejército a Sicilia para ayudar a uno de los bandos” (Liv. IV, 29, 8)
8
Pilkington, 2013.
37
inclinan mucho más por el relato de acontecimientos ligados a la guerra que en cualquier otro
aspecto histórico. De este modo, nos encontramos con la paradoja de contar con información
analítica y crítica respecto al sufetado, pero con escasos ejemplos concretos de personajes que
ejercieran dicha magistratura; por el contrario, la situación respecto al generalato es inversa:
disponemos de una numerosa lista de nombres propios y sin embargo las características
propias de este cargo resultan mucho más esquivas.
Esta hipótesis ha sido aceptada y seguida por reconocidos filólogos como A. Ferjaoui (1991) o
L.A. Ruiz Cabrero (2009), pero paradójicamente, muchos historiadores parecen desconocer tan
grande aportación13. No es el caso, por ejemplo, de Carlos González Wagner, quién defendía
con total claridad la existencia de una alta magistratura civil -el sufete- y otra de militar -el rb-,
9
A partir de las inscripciones púnicas y neopúnicas dónde aparece mhnt y de leyendas monetales en
tetradracmas púnicas en Sicilia con Cm mhnt o bien Cm hmhnt, que Sznycer traduce como ejército y
tropa respectivamente; y de rb, vocablo con numerosos testimonios epigráficos y que significa jefe o
responsable de algo o de alguien (Sznycer, 1990); por ejemplo rb khn “jefe de sacerdote”; rb hsprm “jefe
de los escribas” y otros (Ruiz Cabrero, 2009).
10
Hoyos, 2010: 33.
11
Van den Branden (1977) sugería unos años antes que el título de rb sería patrimonio de la dinastía
magónida y que posteriormente, a mediados del siglo IV, con la disminución de su influencia política y la
creación del Tribunal de los Ciento Cuatro, el título rb pasaría a designar a un alto cargo militar no
político. (1977: 145). Posteriormente, en base a la inscripción bilingüe Tripol 27=KAI 120, dedicada a
Augusto procedente de Leptis Magna, M.G. Angeli Bertinelli propuso al rb mhnt como un alto oficial
militar, similar al lawagetas micénico respecto al wanax (1981: 15), o al procónsul romano (1981: 22).
12
En adelante, utilizaremos indistintamente los términos “general” o “rab” como sinónimos, para
referirnos al rb mhnt, al poseedor de la máxima magistratura militar. En cualquier otra función de rb
(=jefe de algo) la especificaremos a continuación.
13
Así, W. Huss, ni siquiera vincula al rb con el aparato militar del estado, sino con el financiero (Huss,
1993: 311), Barceló los desvincula de las magistraturas políticas y militares para el desempeño de cargos
estatales de menor graduación (2009: 19), como también insinúa Lancel (1995: 120); otros, en estudios
sobre el generalato cartaginés, sorprendentemente ni siquiera aluden al término epigráfico (Loreto,
1996; Quesada, 2009). No es el caso, sin embargo, de D. Hoyos, quién sí que reconoce el cargo de
general en dicho término (Hoyos, 2010: 33).
38
con unas competencias bien diferenciadas entre sí, tal y como las había en Atenas entre el
estratego y el epónimo o el basileús14. He aquí cómo, erróneamente, en ocasiones se han
buscado paralelismos entre el consulado romano y el sufetado/generalato sin una solución al
respecto, cuando la realidad es mucha más cercana al mundo griego15. G. Wagner continuaba
así respecto a la duración en el cargo: “como en otras partes, en Cartago los generales eran
también elegidos para su cargo, y el prolongado periodo que a veces permanecieron en éste,
no ha de tener necesariamente un significado distinto al de un Pericles reelegido una y otra
vez al frente de los intereses, y no solo militares, de Atenas16”. Este ha sido uno de los aspectos
controvertidos sobre el cargo de general. La mayoría de investigadores creen que la
magistratura no estaba limitada por un período concreto de tiempo sino por las circunstancias:
un general lideraba una campaña hasta que ésta finalizaba, era destituido o dimitía del cargo17,
lo cual sucedió en no pocas ocasiones durante los siglos IV y III. Nos parece muy válida la
hipótesis de un cargo anual renovable antes que un periodo ilimitado de tiempo18, pues
incluso durante el periodo magónida la noticia de Justino sobre la muerte de Amílcar hacia el
490 nos inclina a pensar en un ciclo anual: “su muerte fue memorable no sólo por el luto de la
ciudad sino también por sus once dictaduras y sus cuatro triunfos” (Just. XIX, 1, 7). La existencia
de una magistratura a la que Justino llama dictadura, parece tener unas fechas de inicio y de
final preestablecidas, dado que Amílcar la ostentó en nada menos que 11 ocasiones y sin
embargo sólo cuatro veces pudo celebrar el triunfo. O bien Amílcar llevó al menos cuatro
campañas plurianuales, durante las cuales ostentó el cargo de dictador, cosa poco probable a
no ser que estuviera en activo durante más de 30 años; o bien, más sencillo, las campañas eran
anuales -como en el resto del Mediterráneo- y el cargo era elegido anualmente, siendo el
mismo general comúnmente reelegido. Además, el cargo de dictador era para Pompeyo Trogo
(la fuente de Justino) más de carácter temporal que cualquier otro, pues durante la República
romana dicho cargo tenía una duración de tan sólo seis meses19.
De este modo, podemos resumir que, a diferencia del sufete, el rab no ejercía, a la práctica, su
cargo limitado temporalmente sino que era renovado anualmente mientras durase el
conflicto. La epigrafía nos brinda una estupenda prueba en este sentido; la expresión para
fechar un acontecimiento en función del sufete epónimo es bst špṭm 20, es decir, “en el año de
los sufetas”, mientras que en función del generalato, la fórmula es ctr rbm21 “en la época de los
rabs”22. La permanencia en el cargo del rab de forma ilimitada (siempre con el beneplácito del
senado) es un aspecto en el que sí coinciden la mayor parte de investigadores actuales23.
39
3.1.2 Colegialidad
Sobre la colegialidad del cargo de comandante del ejército, comprobamos cierta tendencia a
creer en su existencia24. Sin embargo, esto no es cierto para finales del siglo V e incluso para la
primera mitad del siglo IV. Los escasos testimonios literarios de que disponemos
(fundamentalmente Diodoro y Justino) no indican esa dirección. Cuando en el año 410 los
emisarios de la ciudad siciliana de Segesta pidieron ayuda a Cartago para defenderse de los
ataques de la vecina Selinunte (ciudades que se habían alineado en bandos opuestos durante
la guerra entre Atenas y Siracusa) el senado decidió enviar a Aníbal25, como general (Diod. XIII,
43, 1-7). No se menciona ningún colega.
Dos años más tarde, en el 407/6, Cartago envió de nuevo a Aníbal a Sicilia. Se podría postular
que el hecho que Himilcón acompañara a Aníbal en el inicio de la contienda señalara un
ejemplo de colegialidad. Sin embargo, nosotros rechazamos esta hipótesis en base a que a)
Diodoro especifica claramente que el senado dotó a Aníbal de total autoridad (Diod. XIII, 80,
1); b) no fue hasta que Aníbal alegó su avanzada edad que el senado le confirió un ayudante,
Himilcón (Diod. XIII, 80, 2); y c) el hecho mismo que Diodoro especifique las causas de la
presencia de dos generales en el ejército demuestra que el hecho era singular, no aquello
habitual.
De igual modo, una década más tarde, Himilcón aparece como Καρχηδονίων στρατηγὸς,
general de los cartagineses (Diod. XIV, 49, 1). Durante esos diez años, aprovechando que la
epidemia del ejército púnico había pasado a África, Dionisio había conseguido afincar su poder
y adueñarse de prácticamente toda Sicilia. Hasta que, en el año 397, puso sitio a la más
importante ciudad fenicia de la isla, Motya. Fue entonces cuando Himilcón asumió de nuevo el
mando y, de nuevo, en solitario26. De hecho, en el mismo pasaje, Diodoro apunta que lo
primero que hizo el general fue mandar a 10 trirremes al cargo de su navarco, al puerto de
Siracusa. Si hemos de creer a Diodoro, esta segunda guerra contra Siracusa acabó como la
primera: Himilcón recuperó el territorio a favor de los cartagineses y durante el asedio a
Siracusa una nueva epidemia se extendió sobre su ejército. De los 300.000 hombres que según
Éforo formaban su ejército de tierra (además de 250 naves púnicas, con sus tripulaciones,
bloqueando el puerto siracusano), 150.000 perecieron a causa de la enfermedad (Diod. XIV,
76, 2). Dionisio aprovechó la ocasión y junto con algunos refuerzos llegados de Esparta atacó
por sorpresa al ejército púnico (Polien, Estrat., II, 11; Xen. Hel. 2, 12; Diod. XIV, 63, 4; Front., I,
4, 12). Fue tal la magnitud de los daños provocado por la epidemia y las tropas de Dionisio que,
contra todo pronóstico, Himilcón se vio forzado a pedir una tregua. Dionisio permitió la
retirada en secreto de Himilcón y de las tropas formadas por ciudadanos cartagineses (Diod.
XIV, 75, 2). El resto de tropas, -Diodoro menciona a mercenarios iberos (Diod. XIV, 54, 5-6),
galos, griegos y aliados siciliotas (Diod. XIV, 75, 6) y norteafricanos (Diod. XIV, 77)-, fueron
abandonados a su suerte (Diod. XIV, 75). A su regreso a Cartago, el escándalo debió de ser tan
24
Gracia, 2003: 174; Barceló 2008: 19.
25
Se trata del nieto del Amílcar que desapareció durante la batalla de Hímera en el 480 e hijo de Gisgón,
el magónida exiliado a Selinunte (Diod. XIII, 43, 5).
26
También Polieno menciona tan sólo a Himilcón durante su enfrentamiento contra Dionisio en Motya
(Polien, Estrat., V, 2, 6).
40
grande que Himilcón no esperó a la sentencia del Tribunal; según Diodoro, se suicidó en su
propia casa (Diod. XIV, 76).
Nombre Filiación Status Cole- Cron Elección Guerra Fin de Fuente Notas
gialidad ologí mandato
a
man
dato
Malco General No Segu - Sicilia, Ejecutado Just. XVIII, 7; Oros. Dirigió expediciones con éxito
(Dux) nda Cerdeña IV, 6, 7-9 en Sicilia y África. En Cerdeña,
mita y África fue vencido y condenado al
d s. ostracismo. Se sublevó y tomó
VI la propia Cartago. Finalmente
fue juzgado y condenado a
muerte acusado de aspirar a la
tiranía
Magón Tirano No Final - Descon. - Just. XIX, 1, 1 Reformador del ejército
(imperat es s.
or) VI
Asdrúbal Hijo de Tirano No Inicio - Cerdeña Muerte en Just. XIX, 1, 1-8 Celebró 4 triunfos y obtuvo 11
Magón s. V y África combate en dictaduras. A su muerte
Cerdeña entregó el mando a su
(c.490) hermano Amílcar
Amílcar Hijo de Tirano No Inicio Traspaso Cerdeña? Desapareci Just. XIX, 1-2 Desaparece en la batalla de
Magón s. V - de y Sicilia do en Hímera (480)
480 Asdrúbal combate
(480)
27
Alrededor del año 345 se producen una serie acontecimientos que son narrados de forma confusa y
en ocasiones contradictoria por los autores clásicos. Según Justino, mientras Dionisio el Joven recupera
el poder en Siracusa hacia el 347, uno de los principales notables de Cartago intenta un golpe de estado
tiránico, pero fracasa (Just. XXI, 4, 1-7). Según Diodoro, es también un Hannón quien entre el 345 y el
344 llega a Sicilia aprovechando las luchas intestinas en Siracusa para recuperar el terreno púnico
perdido en la isla (Diod. XVI, 67, 2). Y finalmente según Plutarco un tal Magón era quién dirigía el
ejército mientras que Hannón lideraba la flota (Plut. Tim. 18-19).
28
En 339, Cartago manda a unos Asdrúbal y Aníbal a Sicilia, pero probablemente se trate, como en el
caso de Magón y Hannón en c.345, de un general y un almirante (Diod. XVI, 77, 4-5).
41
Himilcón, Magónid Varios - Prim Herencia África Golpe de Just. XIX, 2, 1-4 Al menos algunos de ellos
Hannón, a, Hijos er estado (Gisgón) fueron condenados al
Gisgón, de terci oligárquico exilio por el Tribunal de los 104
Aníbal, Asdrúbal o s. V
Asdrúbal y y Amílcar
Safón
¿? - - - 431 - Sicilia - Liv. IV, 29, 8
Aníbal Magónid General No 409/8; Senado Sicilia Muerte en Diod. XIII, 43; 44; Enviado a Sicilia en socorro de
a, hijo de 406 campaña 54-62; 79; Front. la ciudad de Segesta, hostigada
Gisgón Strat., III, 10, 3 por Selinunte. Campaña
exitosa
Himilcón Magónid General No 406 - Senado Sicilia Suicidio Diod. XIII, 80, 2-5; Enviado en primer lugar como
a, 404 85-90; 95; 96; 108- lugarteniente de Aníbal en 406.
pariente 114; ¿Front. Strat., Tomó el mando a la muerte de
de Aníbal III, 10, 5?; Xen. éste
Hel. II, 2, 24; 3, 5;
Polien. V, 2, 2;
Just. XIX, 2-3
Himilcón Descon. General No 397/ Senado Sicilia Suicidio Diod. XIV, 49-52; Puede ser el mismo personaje
396- 55-76; Polien. I, 8, que el anterior
395 12; V, 2, 6; 2, 9; 2,
17; ¿10, 1?; 10, 2;
Front. Strat. I, 1, 2;
4, 12; 8, 12; Oros.
IV, 6, 10-15
Magón Descon. General No 393/ …. Sicilia Diod. XIV, 90-96
392
Magón Descon. General No 383/ Senado Sicilia Muerte en Diod. XV, 15-16
2- combate.
¿378 IV Guerra
/9? Greco-
púnica
Himilcón Descon. Almirant No 383/ Senado y Sicilia IV Guerra Diod. XV, 17; Almirante de Magón hasta la
ey 2- Ejército Greco- Polien. V, 10, 5; VI, muerte de éste, cuando fue
general ¿378 púnica 16, 1 nombrado strategos
/7?
¿? 379/ Cerdeña IV Guerra Diod. XV, 24, 2-3 Una epidemia sacudió Cartago
378 y Libia Greco- y fue aprovechado por libios y
púnica corsos para sublevarse, pero
son derrotados. Huss lo sitúa
en 374/3
Hannón Descon. General No 368/ Sicilia V Guerra Diod. XV, 73; Just. Su enemigo Suniato, el
367 Greco- XX 5, 11-12 ciudadano más importante de
púnica Cartago, quiso avisar a Dionisio
del ataque de Hannón, pero
fue descubierto y Hannón
venció
Magón Descon. General No 344- Sicilia Suicidio Plut. Tim. 16-22
343
Hannón Descon. Almirant No 344- Sicilia Asesinado Plut. Tim 18-20; Orosio, Justino y Aristóteles
e ¿? Diod. XVI, 67, 2; mencionan a un Hannón que
Just. XXI, 4, 1-7; intentó dos veces imponer la
Oros. IV, 6, 16-20; tiranía; no lo consiguió y fue
Ari. Pol. V, 7, 4- ejecutado por los cartagineses
1307a
Amílcar Hijo de General No ¿? Libia Condenado Polien. V, 11 Hijo del anterior; hermano de
Hannón a muerte Giscón, fue acusado de aspirar
a la tiranía y ejecutado
Asdrúbal Descon. 340 Sicilia Plut. Tim. 25-29;
Diod. XVI, 77-80;
Polien, V, 12, 3
42
Aníbal Descon. 340 Sicilia Plut. Tim. 25-29;
Diod. XVI, 77-80;
Polien. V, 12, 3
Giscón Hijo de 339 Sicilia Diod. XVI, 81; Hijo del Hannón que intentó
Hannón Polien. V, 11; Plut. instaurar la tiranía
Tim. 30; 34
¿? 322- Sicilia Diod. XIX, 4-5 Primeras batallas contra
318 Agatocles.
Amílcar Descon. General? 318- Sicilia VII Guerra Just. XXII, 2-3; Amílcar medió entre Agatocles
317; Greco- Diod. XIX, 71-72; y Siracusa. Y luego entre
314? púnica Polien. V, 3, 7 Mesina, Acragas y Gela contra
Agatocles. Puede que en
ambos actuara como sufete y
no como general
Amílcar Hijo de General No 314; Senado Sicilia VII Guerra Just. XXII, 3; 7; Asedió Siracusa pero fue
Gisgón 311- Greco- Diod. XIX, 102; capturado, torturado y muerto
310 púnica. 104; 106-110; XX, por los siracusanos
Asesinado 13-16; 29-30;
por los [Link]. I, 7, 8
siracusanos
Hannón Descon. General Sí 310 Senado África VII Guerra Diod. XX, 10-13; Se enfrentó a Agatocles junto a
Greco- Just. XXII, 6; Oros. Bomílcar en el 310
púnica. IV, 6, 25
Muerte en
combate
Bomílcar Sobrino General Sí 310 Senado África Condenado Diod. XX, 10-13; Intentó conseguir la tiranía en
de a muerte 43-44; Just. XXII, 6; Cartago, pero fue rechazado
Amílcar por 7; Oros. IV, 6, 32 por sus ciudadanos durante el
(el del intentar intento en el 309
318) imponer la
tiranía
Hannón - General Si? 307- Senado África Diod. XX, 60
306
Himilcón - General Si? 307- Senado África Diod. XX, 60-61
306
¿? - General Si? 307 Senado África Diod. XX, 60
¿? - Almirant 307 Senado Costa de Suicidio por Diod. XX, 61, 4-8
e África la derrota
ante la
flota sículo-
etrusca
¿? - General? - 288 Senado Sicilia - Just. XXIII, 2, 13 A la muerte Agatocles en 288,
Cartago decidió recuperar sus
posesiones en la isla
Magón - General 280 Senado Italia No entran Val. Max. III, 7, 10; Cartago envió una flota de
en combate Just. XVIII, 2, 1-7 120/130 navíos a Roma en
ayuda contra Pirro, pero ésta
los rechazó. Luego, Magón se
reunió con Pirro
¿? 278- Senado Sicilia. Diod. XXII, 8-10; No se menciona el nombre de
276 Guerra Just. XVIII, 2, 10- ningún general
contra 12; Plut. Pyrr., 22-
Pirro 24; Dio Hal. XX, 8-
9; Zonaras, VIII, 5,
10-11
¿? 275 Italia, Zonar. VIII, 6, 12- Según Zonaras Cartago habría
Tarento 13 ayudado a Roma a tomar
Tarento
Aníbal c.269 Sicilia Diod. XXII, 13, 2-8 Mediador entre Hierón II y los
mamertinos
43
Hannón Comanda No 264 Sicilia Muerto a Dio. Cas. XI, 43; Los romanos lograron ocupar
nte manos de Zonaras, VIII, 9; Mesina y expulsaron a la
guarnició sus Pol. I, 11-12, 3 guarnición púnica de la ciudad.
n de soldados Hannón cayó muerto en el
Mesina conflicto
Aníbal Hijo de General; 263- Sicilia/Ital Crucificado Diod. XXIII, 4; 7-8; Durante el 262 dirigió la
Gisgón en el 259 ia/Cerde por sus Pol. I, 17-19; 21; defensa de Acragas.
260, ña propias 23; 24, 3-7; Zonar. Incursiones en Italia durante
almirante tropas VIII, 10-11; Dio. 261-260, hasta que fue
después de Cas. XI, 43, 18; Val. derrotado en la batalla naval
perder una Max. VII, 3, 7; de Mylas
segunda Oros. IV, 7, 5-10;
derrota 8, 4
naval
contra los
romanos en
Cerdeña.
Hannón el Hijo de General; 264; Senado Sicilia y Destituido Pol. I, 18-19; 26- Enviado a recuperar Mesina
Viejo Aníbal almirante 262- África por el 28; Zonar. VIII, 10, junto a Hierón (264); enviado
(256)(¿24 261; Senado en 1-6; 12, 8-9; 12, en ayuda de Aníbal en Acragas
1?) 256; 261. 10; Diod. XXIII, 1, (262-261). Primera mención de
255/ Reaparece 1-4; 7-9; 12; Oros. utilización de elefantes por
4? en 256 IV, 7, 5; 8, 6; Liv. parte de cartagineses.
¿241 como Per., 18; Eutr. II, Derrotado en Ecnomus junto
? almirante 22, 2 con Amílcar (256). Lideró dos
embajadas diplomáticas para
llegar a un acuerdo de paz
(256). Se enfrentó a los
romanos vencidos por Jantipo
cerca de Aspis, pero fue
derrotado (255/4). Quizá
comandó la flota en la derrota
de las Islas Égades y se
entrevistó posteriormente con
Lutacio (241).
Amílcar General; Sí en 261- Senado Sicilia y Diod. XXIII, 8-9; Enviado a Sicilia en sustitución
el 257 y 256? 254 África 11; Zonar. VIII, 10- de Hannón. Ganó varias
256 13; Front, Strat., batallas a los romanos.
aparece III, 16, 3; Pol. I, 21; Trasladó la población de Érice a
capitane 24, 3; 26-28; 30; Drépana. Batalla de Tíndaris
ando la Dio. Cas. XI, 43, (257). Batalla de Ecnomus
flota 18; Polien. Estrat., (256). Derrotado por Régulo a
VI, 38, 7; VIII, 20; África (256). Entregó el mando
Oros. IV, 8, 6; 8, a Jantipo (255). Lideró una
16; 9, 9 campaña para someter a los
aliados númidas sublevados
(254)
Boades/Bo “miembr 260 Senado Sicilia Pol. I, 21; Polien. Capturó a Cornelio Escipión en
odes o del Estrat., VI, 16, 5; las Islas Líparas
senado” Zonar. VIII, 10, 8-9
(Pol. I,
21)
“lugarten
iente de
Amílcar”
(Zonar.)
Hannón General 259 Senado Cerdeña Muerte en Val. Max. V, 1, 2; ¿Se trata del mismo Hannón
combate Oros. IV, 7, 11; 9, 7 destituido en 262?
(Olbia)
Asdrúbal Hijo de General Sí 256; Senado Sicilia y Condenado Front. Strat., III, Derrotado en Adys por Régulo
Hannón 255/ África a muerte y 17, 1; II, 5, 4; Pol. I, (256). Fue enviado a Sicilia en
44
4y empalado 30; 38, 1-4; 40; 255/4 con un ejército con 140
251- per perder Diod. XXIII, 21; elefantes. Intentó tomar
250 en la Zonar. VIII, 14, 8- Panormo pero fue derrotado
batalla de 12; Flor. I, 18, 27- estrepitosamente (250)
Panormo a 28; Plin. NH. VIII,
todo su 1-11; Oros. IV, 8,
ejército y 16; 9, 14-15
60
elefantes
Bóstar General Sí 256 Senado África Quizá Pol. I, 30 Derrotado en Adys por Régulo
capturado (256)
en Adys y
muerto en
Roma
(Diod. XXIV,
12)
Jantipo* lacedem General No 255 Senado África Descon. App. Pun. 3-4; Pol. Victoria sobre Régulo en África
onio I, 32-34; 36; Flor. I, (255)
18, 15-26; Front,
Strat., II, 2-3;
Zonar. VIII, 13, 5-
10; Diod. XXIII, 14-
16; Veg. Epit. III,
prlg., 5-6; Oros. IV,
9, 2-4
Hannón General Sí, con 255/ Senado África Oros. IV, 9, 7; Liv. Derrotado frente a los
Hannón 4 Per., 18; Eutr. II, romanos acantonados en Aspis
el Viejo 22, 2; Oros. IV, 9, 7 (255/4)
en 255
¿? Almirant 255/ Senado África Pol. I, 36, 11; Diod. Derrota naval frente a los
e 4 XXIII, 18, 1; Oros. romanos en el Cabo Hermaia
IV, 9, 5-6.
Cartalón General; Sí, con 254; Senado Sicilia e Sustituido Diod. XXIII, 18, 2; Tomó y destruyó Acragas
como Adérbal 249- Italia por Amílcar Pol. I, 53-54; (254); destruyó la flota romana
almirante en 249 248/ Barca al Zonar. VIII, 15, 14; que bloqueaba Lilibeo (249).
y general 7 finalizar su 16, 1-2; Diod. Tomó la ciudad de Egitalo y
en 249 mandato XXIV, 1, 7-11 capturó a L. Junio. Saqueó las
costas de Italia (248)
Adérbal ¿Almiran Sí, con 250- Senado Sicilia e Zonar. VIII, 15, 8- Transportó víveres en el sitio
te? Cartaló 249 Italia 12; Pol. I, 46, 1-3; de Lilibeo y realizó incursiones
General n en 49-51; 53-54; Flor. en la costa italiana y luego se
249 I, 18, 29; Diod. instaló en Drépana, donde
XXIV, 1, 5; Diod. venció a los romanos en batalla
XXIV, 3; Val. Max. naval cerca del puerto (249)
VIII, 1, 4
Himilcón Comanda No 250 Sicilia En algún Zonar., VIII, 15, 8- Dirigió la defensa de Lilibeo
(Hannón nte de la momento 12; Pol. I, 42-45;
en ciudad es 48; 53-54; Diod.
Zonaras) sustituido XXIV, 1, 4;
por Giscón
Aníbal Hijo del sotscoma No 250 Sicilia Pol. I, 42-43
Aníbal ndante
muerto
de
Cerdeña
Aníbal Hijo de Trierarca No 250- Senado Sicilia Pol. I, 44-45; Diod. Transportó víveres a Lilibeo y
Amílcar y Primer 249 XXIV, 1, 6; Oros. luego se dirigió a Drépana.
amigo de IV, 10, 2-3 Saqueó Panormo y de nuevo
Adérbal transportó provisiones a Lilibeo
(249)
Aníbal el No 250 Se ofrece Sicilia Capturado Pol. I, 46-47 Realizó numerosas incursiones
45
Rodio al Senado por los con éxito para transportar
romanos víveres de Cartago a Lilibeo,
pero finalmente fue capturado
Amílcar Bárcida, Almirant Sí, en 247- Senado; Sicilia, Muerte en Pol. I, 56-57; 60; Realizó numerosas incursiones
Barca hijo de ey 240- 241; ejército Italia, combate 62-64; 66; 75-78; de saqueo y destrucción en
Aníbal general 239, y 240- (238); África e (229) 82; 84-88; II, 1, 5- Lócride y Brutium y durante 5
(Nep. 238, 237; Senado Iberia 9; III, 9-11; Diod. años atacó y emboscó a los
XXII, ?, ?) junto a 237- (237) XXIV, 5-9; 13; XXV, ejércitos romanos desde Érice.
Hannón 229 3: 5; 8; 10, 1-4; 19; Eludió por poco ser juzgado en
y Zonar. VIII, 17, 3-6; Cartago (241). Venció a los
tempor 19; Val. Max. VI, 6, mercenarios sublevados (241-
alment 2; App. Iber. 4-5; 238). A su fin, consiguió que lo
e, en Nep. XXII, 2, 4-5; nombraran comandante en
238 con App. Han. 1-2; jefe para dirigir una nueva
Aníbal. Front, Strat., II, 4, campaña contra Iberia (237)
17; Oros. IV, 13, 1;
14, 3
Bodostor Subaltern No 244 Sicilia Diod. XXIV, 9, 1 Cayó en una emboscada
o de romana mientras saqueaba el
Amílcar territorio desobedeciendo a
Amílcar
Hannón el Almirant Sí, en c.245 En 240, Sicilia y Pol. I, 59-61; 67; ¿Se trata del mismo Hannón de
Grande ey 240- ; 241 nombrad África 72-74; 82; 87-88; 256? Entre 247 y 241 conquista
general 239, (I o por el Diod. XXIV, 10-11; Hekatompylos (c.245) ¿Derrota
con GP); Senado XXV; 10, 3; Val. naval definitiva frente a los
Amílcar 240- Max. VI, 6, 2; App. romanos en las Islas Égades
Barca y 238 Iber. 4; Dio. Cas. (241)? ¿o fue el Hannón el
de XII, 46, 1-2; Oros. Viejo? Primer intermediario
nuevo a IV, 10, 6-7; 12, 3 para resolver el motín de los
finales mercenarios (241)
del 238
Giscón Comanda No 241 Sicilia y Muerto por Diod. XXIV, 13; Dirigió buena parte del
nte de la África los Pol. I, 66; 69-70; traslado de mercenarios de
ciudad mercenario 80-81; Diod. XXV, Sicilia a África. Una vez
s 3 amotinados, es uno de los
sublevados intermediarios (241)
Bóstar Beotarca, No 240/ Cerdeña Muerto Pol. I, 79 ¿Se trata del mismo Bóstar de
comanda 238 durante la 256?
nte de la sublevación
guarnició de los
n púnica mercenario
en s en
Cerdeña Cerdeña
Hannón No c.238 Senado Cerdeña Muerto en Pol. I, 79; Enviado a Cerdeña para ayudar
Cerdeña a sofocar la rebelión de los
por sus mercenarios, fue traicionado
tropas por sus propios mercenarios
mercenaria (c.238)
s
Aníbal General Si, con 238 Senado África Capturado Pol. I, 82, 11-14; Enviado en sustitución de
Amílcar por el líder 86; Diod. XXV, 5 Hannón contra la guerra de los
Barca mercenario mercenarios. Puede tratarse de
Mathos y uno de los dos Aníbal que
crucificado aparecen en 250.
Naravas* Aliado Comanda No 239- Amílcar África Pol. I, 77-78; 82 Desertó de los mercenarios
númida nte 238 sublevados y puso a 2.000
aliado númidas bajo las órdenes de
Amílcar
Asdrúbal Yerno de General; No 237 África e Asesinado Pol. II, 1, 5-9; 13; Como senador, ayudó a
Amílcar trierarca (a Iberia por un 36 Diod. XXV, 12; Amílcar a evitar el juicio ante el
Barca (Pol, II, 1, parti esclavo Liv. XXI, 2, 5-7; Tribunal de los 104 (241).
46
5-9) r del (221) App. Iber. 4-6; Lideró la campaña contra una
229, App. Han. 2; Nep. sublevación númida (237/6). A
com XXII; Front, Strat., la muerte de Amílcar, asumió
anda IV, 7, 18; Zonar. todo el poder del ejército, con
nte VIII, 19, 1 Aníbal como mano derecha.
en Estipuló el Tratado del Ebro
jefe) con los romanos (226)
Aníbal Bárcida General No 221- Ejército; Iberia, Rendición a Muy numerosos
Barca 201 ratificado Galia, Roma (201)
por la Italia,
Asamble Sicilia,
a del África y
pueblo Asia
(Pol. III,
13, 1-4)
Ante esta evidencia de falta de cargos colegiales, cabe preguntarse por qué la epigrafía
menciona en ocasiones -no siempre- los rab en plural (rbm). Nótese que generalmente la
epigrafía no indica que fueran exactamente dos magistrados sino, simplemente, más de uno;
podrían ser dos, tres o, tal y como pensamos, un número irregular de ellos. En efecto, una vez
realizado el esfuerzo de desasociar el consulado y el sistema político militar romano del
cartaginés, es lícito preguntarse por qué el ejército púnico habría de tener más de un general,
cuando históricamente la comandancia suprema no ha sido compartida. La respuesta más
sencilla responde precisamente a la naturaleza del imperio cartaginés: la distancia entre sus
colonias y los dominios africanos alejaba considerablemente los posibles frentes de guerra, de
modo que si un general estaba luchando en Sicilia y aparecía una amenaza en otra “provincia”,
el Senado decidía nombrar a un nuevo general con los mismos poderes que el anterior, para
hacer frente al nuevo peligro. Tal es el caso de la invasión en África de Agatocles en el año 310:
mientras el general cartaginés Amílcar continuaba el asedio a Siracusa, el Senado nombró dos
nuevos generales, Hannón y Bomílcar, para enfrentarse al tirano (Diod. XX, 9-10). Idéntica
situación se repitió en 256 cuando el cónsul romano M. A. Régulo desembarcó en el cabo Bon
mientras el cartaginés Amílcar se recuperaba en Sicilia de la reciente derrota naval de
Ecnomus. En esta ocasión, el Senado cartaginés también nombró a dos nuevos generales,
Asdrúbal y Bóstar (Pol. I, 30). Debemos admitir que en ambos casos podría tratarse de
magistrados con un rango menor en la jerarquía militar que las fuentes literarias tradujeron
simplemente como “general”, pues la distancia cronológica y cultural respecto los autores que
citan dichos acontecimientos es notable y suelen perderse los matices, de modo que nos es
imposible establecer cuáles y cuántos de ellos eran los auténticos rabs y cuáles oficiales
inferiores. En otras ocasiones, la literatura clásica cita varios personajes liderando flotas o
ejércitos cartagineses en el mismo año, como en Sicilia en el año 250, dónde compartieron
responsabilidades militares Aníbal hijo de Amílcar, Himilcón, Adérbal, además de Aníbal el
Rodio y Aníbal hijo de Aníbal (éste último, claramente ostentando una magistratura militar de
menor rango). Durante la Segunda Guerra Púnica, con un teatro de operaciones tan amplio, los
generales cartagineses en activo al mismo tiempo son numerosos, aunque dicho conflicto es
tan particular, que merece ser tratado de forma independiente.
47
En la colegialidad estricta, con el mismo rango, los casos de Hannón y Bomílcar en el año 310, y
de Asdrúbal y Bóstar en el 256 son los primeros y prácticamente únicos casos registrados en
las fuentes literarias. Y ambos, con la circunstancia -quizá no casual- de encontrarse en una
situación de excepcional peligro, pues era la propia ciudad de Cartago quién estaba
amenazada y con el rab coetáneo fuera de África. A ellos hay que añadir el cargo compartido
de Amílcar Barca con Hannón el Grande durante la Guerra de los Mercenarios (excepto un
corto período en el que Amílcar compartió el poder con un Aníbal en 238); parece que también
Adérbal y Cartalón compartieron el cargo de rab en 249; y finalmente la triple colegialidad de
Hannón, Himilcón y un tercer general, cuyo nombre no transmite Diodoro, que lucharon -con
éxito- para expulsar las tropas de Agatocles de África en 307.
¿Qué indican todos estos datos? A tenor de las evidencias aportadas hasta el momento nos
inclinamos a pensar en la existencia de un solo rab en Cartago en circunstancias bélicas
normales, elegido por la Asamblea Popular. Un solo comandante en jefe a cuya disposición
tendría varios oficiales de alta graduación capaces de encargarse de misiones en campaña o
liderar guarniciones de ciudades aliadas por ellos mismos. Sin embargo esto no significa que en
circunstancias especialmente graves y acuciantes el senado pudiera decidir incorporar uno o
varios generales adicionales que vendrían a sumarse al rab elegido por la Asamblea. Tal es el
caso de los ejemplos anteriores. El hecho que, epigráficamente, aparezca la fórmula “en la
época de los rab X” (=’t r)29 puede entenderse si aceptamos que su duración podía no ser
anual30 y que podía haber más de un general en activo.
Sin embargo, no podemos dejar de anotar cierta idea que parece desprenderse de lista
generales establecida en función de la literatura clásica. Ocurre que siempre que aparece más
de un rab simultáneamente, se asocia a un momento en que la propia ciudad de Cartago se
encuentra en peligro, excepto en los acontecimientos del 250 anteriormente citados, que
podrían responder a otra explicación. En este sentido cabe plantearse la posibilidad que en
ocasiones hubiera dos rab en Cartago: uno, elegido por la Asamblea, dedicado a las misiones
en el exterior; el otro (u otros), elegidos por el Senado y encargados de la seguridad de la
propia ciudad. Tal sería el caso de Hannón y Bomílcar en 309, Asdrúbal y Bóstar en 256 y de
Hannón el Grande y Amílcar Barca en 240-238.
3.1.3. Poderes
Otro de los focos de atención sobre el generalato púnico es aquel que se refiere a los límites
de sus competencias, pues si bien los sufetes se encargaban claramente de la esfera política
29
Sznycer, 1990: 120.
30
La propuesta de C. González Wagner mencionada anteriormente sobre la duración del cargo del rab,
equiparable al arcontado ateniense en cuanto a que el cargo era anual pero el magistrado podía ser
elegido una y otra vez, no discrepa necesariamente con el hecho que el rab pudiera ejercer como tal en
periodos no equiparables a un año. La duración de una campaña no necesariamente tenía una duración
anual y, además, el Senado tenía la potestad de destituir o sustituir al rab (por ejemplo, Hannón el Viejo
en 261), de modo que en un mismo año pudo haber más de un rab en el cargo sin que hubiera
colegialidad y al mismo tiempo un solo rab podía ejercer el cargo durante más de 12 meses.
48
del estado, encontramos numerosos ejemplos dónde el papel de los rab desborda lo
estrictamente militar. Y este es un fenómeno que observamos ya al inicio de nuestro periodo
de estudio. Antes de iniciar las operaciones sobre Sicilia pero una vez nombrado rab, Aníbal
(409) se ofreció como árbitro para mediar entre las ciudades de Segesta y Selinunte, una
acción de carácter marcadamente diplomático, pese a que las verdaderas intenciones de
Aníbal fueran evitar cualquier excusa para la entrada de Siracusa en la contienda. En cambio,
no hay evidencias que fuese el propio Aníbal quién, dos o tres años más tarde, fundara en la
isla la colonia de Terma (actual Termini Imerese), como se ha señalado erróneamente en
alguna ocasión31.
La iniciativa en política exterior de Aníbal no fue un hecho aislado. A lo largo de las dos
centurias siguientes nos encontramos con numerosos ejemplos al respecto. No es claro que el
Amílcar que en 318/7 arbitró entre Agatocles y varias ciudades griegas estuviese ya en
posesión del cargo de rab cuando desplegó esta importante tasca diplomática (Just. XXII, 2-3;
Diod. XIX, 71-72; Polien. V, 3, 7), pero sí lo era Magón cuando se entrevistó con Pirro en 280 en
Italia (Val. Max. III, 7, 10; Just. XVIII, 2, 1-7) o Hannón el Viejo en 256 (Diod. XXIII, 12, 1) en el
momento de pedir la paz a M. A. Régulo. Así también fue un general, Amílcar Barca según unos
(Pol. I, 62, 3; Diod. XXIV, 13) o Hannón según otros (Val. Max. VI, 6, 2), quién dispuso las
cláusulas del fin de la contienda en 241 con el cónsul C. Lutacio. No obstante, en este último
caso, Polibio (I, 62, 3) especifica que el senado púnico envió un mensajero para otorgar plenos
poderes a Amílcar para tratar tan importante asunto, demostrando así, que antes no poseía
tales poderes. Este pequeño detalle, podría sugerir que el resto de generales que actuaron
más allá de sus competencias militares, quizá podrían haberlos recibido del senado de forma
temporal, como en el caso de Amílcar.
Tampoco hay que olvidar el tratado del Ebro firmado en 226 entre Asdrúbal y Roma que ponía
límites territoriales a la expansión cartaginesa en Iberia (Pol. II, 13, 7; Liv. XXI, 2, 7; App. Iber.
7), pero en esta ocasión nos surge la problemática acerca de la autonomía de la familia bárcida
instalada en Iberia respecto a la metrópolis. En cambio, el episodio en que el general Aníbal
envió a un legado al senado cartaginés (Val. Max. VII, 3, 7) pidiendo permiso para enfrentarse a
una flota romana durante los primeros años de la Primera Guerra Púnica no debe entenderse
como una limitación de poderes. Aníbal envió al legado una vez terminada -y perdida- la
batalla (batalla de Milas, 260 a.n.e.) por motivos de pura supervivencia. De esta forma, el
senado era quién autorizaba la acción y por lo tanto quién se responsabilizaba del resultado de
la misma, aludiendo Aníbal de esta forma las más que posibles represalias del Tribunal una vez
de regreso a la patria.
3.1.4. Dinastía
Hay que destacar un último aspecto en relación al rab cartaginés. Ruiz Cabrero ha realizado
recientemente un estudio exhaustivo de las estelas del tofet de Cartago que revelan
31
El pasaje en cuestión (Diod. XIII, 79, 8) indica claramente que “los cartagineses” eligieron a un grupo
de voluntarios y fundaron la ciudad, con anterioridad al traslado de tropas a Sicilia.
49
interesantes datos sobre la política cartaginesa. La mayor parte de las estelas del tofet
pertenecen a un arco cronológico comprendido entre los siglos IV y II, por lo que entran de
lleno en nuestro periodo de estudio. Una de las conclusiones que destaca el autor es que unas
pocas familias coparon los puestos de poder tanto en el ámbito político, como religioso y
militar y que las alianzas y matrimonios entre ellas permitieron afianzarlas en ellos32. Así, de 61
estelas en las que aparece el cargo de rab, en 14 ocasiones el título es ostentado por varios
miembros de la misma familia, mientras que en el caso del sufetado, la relación es de 26 casos
en 100 estelas33. A. Ferjaoui también destacaba que ambas magistraturas, sufetes y rabs,
aparecen en la epigrafía formando dos categorías administrativas claramente diferenciadas y
que además estaban controladas por dos familias distintas (Ferjaoui, 1991:479). Nótese, de
paso, el notable menor número de estelas con individuos ostentando el cargo de rab respecto
al de sufete en el mismo lapso de tiempo, hecho que viene a apoyar la tesis que el primero de
ellos no fue colegial y el segundo, sí.
A decir verdad, no es ninguna sorpresa que las más altas magistraturas fueran coto privado de
un reducido número de familias; históricamente las élites siempre han intentado perpetuarse
en el poder. Sin embargo, los testimonios epigráficos dan ahora buena prueba de ello34 y
establecen las bases para futuros estudios prosopográficos. Pero quizá más importante aún es
darse cuenta que la dinastía magónida no era una excepción ni un periodo oscuro en la historia
de Cartago: hubo siempre algunas familias más poderosas que otras, y especialmente después
de la revolución oligárquica de mediados del siglo V, las ricas familias terratenientes y
comerciantes se abrieron paso hasta el poder y se ocuparon de crear los mecanismos
necesarios para permanecer ahí.
32
Ruiz Cabrero, 2009: 10.
33
Ruiz Cabrero, 2009: 13-15.
34
Ruiz Cabrero, 2008.
35
Ruiz Cabrero, 2009: 20.
36
Vita, 1995: 129. Aunque este cargo no siempre está vinculado al ejército sino que podría aplicarse
también en grupos de Trabajo para otras tareas.
37
Berthier-Charlier, 1955: 76; Tomback, 1978: 21, Ruiz Cabrero, 2009: 21.
50
que los anteriores. Así lo indica el hallazgo de una inscripción púnica que menciona varias
personas como rb mt (KAI 101)38 dando así por confirmada la pervivencia de, como mínimo,
algunos de los cargos de la cadena de mando militar fenicia a Cartago.
Por último, cabe destacar las leyendas monetales dónde aparecen inscripciones m’hmnt, mhnt,
m’ mhnt o s’m hmhnt (=gente del campamento39). Se trata de ejemplares de moneda de plata
cartaginesa acuñada en Sicilia a finales del siglo IV40. Aunque Cartago no acuña numerario
propio en la ciudad hasta finales del mismo siglo41, había empezado a producir moneda ya en
la campaña siciliana del 409 para pagar a los mercenarios contratados por Aníbal42. Algunos
investigadores han interpretado estas leyendas del siglo IV como el testimonio de la existencia
de asambleas militares dentro del ejército cartaginés con cierto poder político, como por
ejemplo la potestad de elección de comandante en caso de muerte del anterior43.
Polibio y Apiano mencionan una magistratura más: el boetarco (βοήθαρχος). Bóstar, un oficial
al cargo de tropas mercenarias estacionadas en Cerdeña al inicio de la Guerra de los
Mercenarios, es intitulado así por Polibio (Pol. I, 79, 2). Apiano, por su parte, alude con este
cargo a Asdrúbal, jefe de las tropas auxiliares en Cartago en los prolegómenos de la Tercera
Guerra Púnica (App. Pun. 70). Todo parece indicar, pues, que se trataría de un oficial
cartaginés al mando de tropas no cartaginesas, ya fueran mercenarios o aliados44.
Comúnmente estas tropas estaban lideradas por sus propios capitanes quienes, a su vez,
respondían ante los oficiales superiores cartagineses. Este es el caso de Jantipo o Autárito y
tantos otros líderes extranjeros que lucharon para Cartago. Pero ninguna regla es inmutable y,
como podemos apreciar, también existía un cargo cartaginés encargado de dicho liderazgo si
era necesario, o bien para que actuara de enlace entre los distintos capitanes extranjeros y los
oficiales superiores cartagineses. Tal era la función del boetarca. Por otra parte, M. Fantar cree
reconocer en el término mishthar al funcionario encargado de reclutar mercenarios a partir de
inscripciones halladas en Volubilis y Cirta45.
38
Vita, 2003: 72.
39
González Wagner, 1994a: 833; Manfredi, 1995: 64; Manfredi, 1999: 72.
40
Sznycer, 1990: 117.
41
Tsirkin, 1988: 128; Mildenberg, 1989: 10.
42
Manfredi, 1995: 63-64, con bibliografía. Las primeras acuñaciones en plata se fechan hacia 410-390, y
llevan la leyenda qrthst, a menudo con el término mhnt en la misma moneda, que ha sido interpretado
conjuntamente como “Administración militar cartaginesa” por Mildenberg (1989: 6-8). Las monedas de
oro y electro cartaginesas aparecen entre 350 y 320 (Visonà, 1985: 673), quizás, como apuntaba
Manfredi (2003: 371), debido al tipo de relación política entre Cartago y Persia, pues la acuñación en
estos materiales estaba reservada a los emperadores aqueménidas. En cuanto a la moneda de bronce,
ésta ha sido objeto de debate en torno a su periodización (ver Visonà, 1985). Manfredi sitúa el inicio de
la acuñación de moneda de bronce en la primera mitad del siglo IV (Manfredi, 1995: 153; 1999: 71).
43
Acquaro, 1974: 80-81; Huss, 1993: 320; González Wagner, 1994a: 833.
44
Gracia, 2003: 174.
45
Fantar, 1993: 82.
51
3.2. Ejército de tierra
“Sin embargo, en cuanto a las diferencias de detalles, por ejemplo, en principio, en relación con
las cosas de la guerra, los cartagineses están mejor entrenados y preparados para las
operaciones en el mar, lo que por lo demás es natural, porque desde antiguo era algo tradicional
parar ellos esta experiencia y el hacer de la mar su profesión más que cualquier otro pueblo.
Pero en las operaciones terrestres los romanos están mucho mejor entrenados que los
cartagineses. Pues los romanos ponen todo su afán en ello y, en cambio, los cartagineses se
despreocupan por completo de las fuerzas de infantería y a las de caballería le prestan una
escasa atención. Y el motivo de ello es que los cartagineses utilizan tropas extranjeras y
mercenarias, pero los romanos del país y ciudadanas. Por esta razón, también en este aspecto,
hay que admitir que el régimen de los romanos es mejor que el cartaginés. Pues este último cifra
sus esperanzas en de libertad en todo momento en el coraje de sus mercenarios, el romano, por
el contrario, en el valor de sus propias tropas y en el socorro de sus aliados. Por ello, aunque
sufran una derrota alguna vez al comienzo, la reparan por completo con un nuevo combate, y a
los cartagineses les ocurre lo contrario. Los romanos, en efecto, como combaten por su patria y
por sus hijos nunca pueden cejar en su ardor, sino que resisten luchando con valor hasta que
vencen a los enemigos. Así, aunque ellos tengan menos experiencia en relación con las fuerzas
navales, como dije antes, se imponen por completo gracias al valor de sus hombres; pues
aunque la práctica marinera contribuye en no escasa medida a afrontar los combates en el mar,
no obstante, el coraje de las tropas embarcadas inclina el fiel de la balanza de modo decisivo
hacia la victoria. Todos los italianos, realmente, aventajan a los fenicios y a los africanos por su
naturaleza, tanto en vigor corporal como en arrojo espiritual y además, en este aspecto,
potencian el estímulo de los jóvenes por medio de ciertos hábitos46.” (Pol. VI, 52, 1-10)
El tratamiento despectivo acerca del uso de mercenarios, las diferencias entre ambos sistemas
sociales y militares, y el ensalzamiento de la virtus romana tratadas en este pasaje son la
semilla de la visión clásica y tradicional sobre Roma y Cartago que recogieron y supieron
enfatizar autores como Apiano, Silio Itálico u Orosio y que se ha mantenido aún hasta nuestros
días fuera del ámbito estrictamente académico. Aunque es cierto que algunas de estas
46
τά γε μὴν κατὰ μέρος, οἷον εὐθέως τὰ πρὸς τὰς πολεμικὰς χρείας, τὸ μὲν πρὸς τὰς κατὰ θάλατταν,
ὅπερ εἰκός, ἄμεινον ἀσκοῦσι καὶ παρασκευάζονται Καρχηδόνιοι διὰ τὸ καὶ πάτριον αὐτοῖς ὑπάρχειν ἐκ
παλαιοῦ τὴν ἐμπειρίαν ταύτην καὶ θαλαττουργεῖν μάλιστα πάντων ἀνθρώπων, τὸ δὲ περὶ τὰς πεζικὰς
χρείας πολὺ δή τι Ῥωμαῖοι πρὸς τὸ βέλτιον ἀσκοῦσι Καρχηδονίων. οἱ μὲν γὰρ τὴν ὅλην περὶ τοῦτο
ποιοῦνται σπουδήν, Καρχηδόνιοι δὲ τῶν μὲν πεζικῶν εἰς τέλος ὀλιγωροῦσι, τῶν δ᾽ ἱππικῶν βραχεῖάν
τινα ποιοῦνται πρόνοιαν. αἴτιον δὲ τούτων ἐστὶν ὅτι ξενικαῖς καὶ μισθοφόροις χρῶνται δυνάμεσι,
Ῥωμαῖοι δ᾽ ἐγχωρίοις καὶ πολιτικαῖς. ᾗ καὶ περὶ τοῦτο τὸ μέρος ταύτην τὴν πολιτείαν ἀποδεκτέον
ἐκείνης μᾶλλον: ἡ μὲν γὰρ ἐν ταῖς τῶν μισθοφόρων εὐψυχίαις ἔχει τὰς ἐλπίδας ἀεὶ τῆς ἐλευθερίας, ἡ δὲ
Ῥωμαίων ἐν ταῖς σφετέραις ἀρεταῖς καὶ ταῖς τῶν συμμάχων ἐπαρκείαις. διὸ κἄν ποτε πταίσωσι κατὰ
τὰς ἀρχάς, Ῥωμαῖοι μὲν ἀναμάχονται τοῖς ὅλοις, Καρχηδόνιοι δὲ τοὐναντίον. ἐκεῖνοι γὰρ ὑπὲρ πατρίδος
ἀγωνιζόμενοι καὶ τέκνων οὐδέποτε δύνανται λῆξαι τῆς ὀργῆς, ἀλλὰ μένουσι ψυχομαχοῦντες, ἕως ἂν
περιγένωνται τῶν ἐχθρῶν. διὸ καὶ περὶ τὰς ναυτικὰς δυνάμεις πολύ τι λειπόμενοι Ῥωμαῖοι κατὰ τὴν
ἐμπειρίαν, ὡς προεῖπον ἐπάνω, τοῖς ὅλοις ἐπικρατοῦσι διὰ τὰς τῶν ἀνδρῶν ἀρετάς: καίπερ γὰρ οὐ
μικρὰ συμβαλλομένης εἰς τοὺς κατὰ θάλατταν κινδύνους τῆς ναυτικῆς χρείας, ὅμως ἡ τῶν ἐπιβατῶν
εὐψυχία πλείστην παρέχεται ῥοπὴν εἰς τὸ νικᾶν. διαφέρουσι μὲν οὖν καὶ φύσει πάντες Ἰταλιῶται
Φοινίκων καὶ Λιβύων τῇ τε σωματικῇ ῥώμῃ καὶ ταῖς ψυχικαῖς τόλμαις: μεγάλην δὲ καὶ διὰ τῶν ἐθισμῶν
πρὸς τοῦτο τὸ μέρος ποιοῦνται τῶν νέων παρόρμησιν (Pol. VI, 52, 1-10).Traducción de Antonio Sancho
Royo para el CSIC (2008).
52
consideraciones son exageradas en mayor o menor medida, nuestra obligación como
historiadores no puede ser el aceptarlas o desecharlas sin más. En este sentido, el uso -o
abuso- de mercenarios por parte de Cartago constituye un ejemplo muy claro; como veremos
en este mismo capítulo, cada vez son más los investigadores que ponen en entredicho la
teórica dependencia de Cartago respecto a los soldados de fortuna. De igual forma, tampoco
debería desecharse per se la opinión de Polibio sobre la superioridad romana en infantería;
dentro de lo que parece una afirmación gratuita en aras de ensalzar la grandiosidad romana,
se esconde una realidad social dónde se contrapone una ciudad -Cartago- con una clara
vocación comercial, cosmopolita más proclive a la diplomacia que a las armas, ante otra -
Roma- que año tras año a lo largo de las últimas tres centurias movilizó a sus ciudadanos hacia
la guerra y dónde, a nivel cultural, político y social, se promovió la gesta de armas.
Como cabría esperar, son muy escasas las fuentes de información sobre el ejército púnico
antes del estallido de las Guerras Púnicas. Disponemos para su estudio de los datos aportados
por las fuentes literarias clásicas, los depósitos de armas encontrados en tumbas, la
iconografía sobre estelas y monedas, y los hallazgos arqueológicos puntuales. Y ninguna de
estas herramientas es especialmente reveladora. Así pues, más que nunca, es tarea del
investigador cohesionar, relacionar e interpretar los datos procedentes de todas estas fuentes
de información para poder esbozar un retrato en movimiento del ejército cartaginés a lo largo
de su existencia. Así lo hizo M. Fantar en el capítulo homónimo de una obra que sigue siendo la
referencia en este campo: Carthage. Approche d’une civilisation47.
3.2.1. La infantería
Empecemos pues, por preguntarnos quien componía la infantería de línea cartaginesa, cómo
actuaba y cuál era su panoplia, pues todas estas cuestiones están estrechamente ligadas entre
sí. La primera noticia que tenemos asociada al grueso de tropas púnicas es el episodio narrado
por Justino (XVIII, 7, 2) y Orosio (IV, 6, 7) en el que Malco y su ejército fueron desterrados a
causa de su derrota en Cerdeña. Como bien hizo notar Gsell48, no tendría sentido desterrar a
las tropas junto a su general a menos que fueran ciudadanos cartagineses. Estos soldados
habían actuado con anterioridad a las órdenes de su comandante en otras campañas en Sicilia
y África antes de embarcarse a Cerdeña (XVIII, 7, 2). Por otro lado, la zona de influencia de la
ciudad era mucho más limitada en época de Malco de lo que lo sería en los siglos siguientes,
de modo que todo apunta que en ese momento el grueso del ejército de Cartago estaba
formado por sus propios ciudadanos. No tenemos mucha más información acerca de este
periodo excepto por una escueta mención de Justino en referencia al fundador de la dinastía
magónida:
47
Fantar, 1993a; 1993b.
48 Gsell, 1920: vol. II, 344.
53
haber consolidado la potencia de su estado no menos con el arte de la guerra que con
el valor.49” (Just. XIX, 1, 1)
Parece pues, que a finales del siglo VI hubo algún tipo de reforma estructural en el sino del
ejército que lo profesionalizó. Qué alcance tuvo esta reforma no lo sabemos. Tan sólo cabe
especular que estuviera relacionada bien con el uso de mercenarios50, bien con el inicio de la
inclusión de tropas africanas de la chora de Cartago51. Pero en cualquier caso, querer sacar
más conclusiones en base a esta brevísima mención, es arriesgado y carece del fundamento
necesario.
Años después de la muerte de Magón, Amílcar, uno de sus dos hijos, lideró la campaña
cartaginesa sobre Sicilia al mando de un poderoso ejército. La campaña terminó de forma
inesperada con la derrota a las puertas de la ciudad griega de Hímera en el año 48052 (Just. XIX,
1, 6; Hdt VII, 166; Diod. XI, 20-22). Es en esta batalla dónde se menciona por primera vez el uso
de mercenarios por parte de Cartago (Hrd. VII, 165). La utilización del mercenariado en
ejércitos griegos no era aún un fenómeno muy extendido, como ciertamente lo será a partir
del fin de la Guerra del Peloponeso (431-404), pero sí era ya sobradamente conocido53,
especialmente en el ámbito del oriente próximo54. Algunas de las tiranías que abundaban en
Sicilia en la época de Amílcar probablemente sustentaran su poder sobre tropas mercenarias.
Dionisio I el Viejo sería, sin embargo, el primero en utilizarlos de forma masiva en el
Mediterráneo Central55.
Setenta años más tarde, a raíz del litigio entre las ciudades de Egesta y Selinunte, Cartago
emprendió una nueva campaña en territorio siciliano. El general cartaginés de aquella ocasión,
Aníbal, envió en ayuda a Segesta a 5.000 libios y 800 campanos, a quienes dio caballos y
“considerables soldadas” (Diod. XIII, 44, 1-2). Estos campanos habían combatido en la guerra
entre Siracusa y Atenas (415-413) y se encontraban en ese momento en Sicilia y sin trabajo, de
modo que resultó de lo más cómodo para Cartago; además, Aníbal se aseguraba así que no
fueran contratados por Selinunte o Siracusa. Gracias a estos refuerzos, Segesta combatió y
venció a los selinuntios. Pero esta batalla no hizo más que atizar las ya tensas relaciones greco-
púnicas en la isla. Selinunte pidió ayuda a Siracusa, y Cartago, previendo la confrontación,
empezó a organizar una gran fuerza expedicionaria. Aníbal reclutó “muchos mercenarios de
Iberia y también alistó a no pocos de sus conciudadanos; recorrió Libia eligiendo a los hombres
49
Mago, Karthaginiensium imperator, cum primus omnium ordinata disciplina militari imperium
Poenorum condidisset viresque civitatis non minus bellandi arte quam virtute firmasset. (Just. XIX, 1, 1)
Traducción de José Castro Sánchez para la editorial Gredos (1995).
50
Barreca, 1964: 38.
51 Fariselli, 2011: 130.
52
S. Vasallo ha publicado numeroso artículos sobre la batalla de Hímera, a raíz del descubrimiento de
numerosas fosas comunes con los cuerpos de los soldados griegos caídos en batalla. Entre los cuerpos
(la inmensa mayoría hombres de entre 20 y 40 años) se han recuperado piezas del armamento utilizado
por el enemigo púnico: puntas de lanza, puntas de flecha, puntales e incluso espadas (Vassallo, 2010:
27-31).
53
Griffith, 1935: 4.
54
Vidal, 2014.
55
Griffith, 1935: 194-195.
54
mejores de cada ciudad y preparó una flota con la intención de cruzar el mar a principio de la
primavera56” (Diod. XIII, 44, 6). He aquí un clarísimo retrato de tres formas de alistamiento
distintas: el mercenario, el ciudadano y el aliado o leva súbdita. Este va a ser el modelo
empleado por Cartago en la mayor parte de sus confrontaciones durante los siguientes 200
años. Y dicho modelo es un reflejo fiel tanto de la naturaleza de su imperio como,
posiblemente, de la diferente vinculación jurídica de los territorios de ultramar respecto a la
propia ciudad y a sus territorios limítrofes. Es decir, los mercenarios eran reclutados en Iberia,
Italia, la Galia o la Liguria, que eran en ese momento regiones que escapaban al control directo
de Cartago pero donde, sin embargo, la vasta red comercial cartaginesa llegaba con suficiente
fuerza a través de ciudades aliadas como para montar centros de reclutamiento de guerreros
indígenas a gran escala. En cambio, las antiguas colonias fenicias del norte de África habían ido
cayendo bajo el influjo del poder y del liderazgo cartaginés y probablemente estarían obligadas
a aportar tropas en caso de conflicto, ya fuera mediante levas o a través de contingentes
aliados57. Pero aquello que merece destacarse es que los ciudadanos cartagineses seguían
siendo reclutados; su participación en el sino del ejército era activa y numerosa.
Diodoro informa que sus fuentes discrepan en cuanto al tamaño del ejército de Aníbal: según
Éforo sumaban 200.000 infantes y 4.000 jinetes, mientras que Timeo advierte un total de
100.000 hombres. En cualquier caso, se trataba sin duda de una fuerza poderosa, apoyada por
60 navíos de guerra y 1.500 cargueros con abundante material de asedio (Diod. XIII, 54, 1-5).
Una vez bajo las murallas de Selinunte, Diodoro menciona que los arqueros y honderos al
servicio de Cartago ayudaron a limpiar las murallas de defensores (Diod. XIII, 7). Cuando los
arietes lograron al fin abrir una brecha en la muralla, los primeros en entrar en la ciudad
fueron las tropas campanas (Diod. XIII, 55, 7) aunque fueron rechazadas; guerreros iberos
tomaron el relevo y lograron penetrar en la ciudad (Diod. XIII, 56, 6), gesta que repitieron poco
después en Hímera (Diod. XIII, 62, 2). Hasta qué punto podemos creer en la identificación de
tropas en el relato de Diodoro es difícil de discernir. De ser así, significaría que las tropas
campanas que habían sido dotadas de monturas anteriormente actuaban ahora como tropa de
infantería de primera línea.
56
La expresión que utiliza Diodoro en esta ocasión para referirse a mercenario, es xenologos
(ξενολογέω). El pasaje completo dice así: ὁ δὲ Ἀννίβας τό τε θέρος ἐκεῖνο καὶ τὸν συνάπτοντα χειμῶνα
πολλοὺς μὲν ἐξ Ἰβηρίας ἐξενολόγησεν, οὐκ ὀλίγους δὲ καὶ τῶν πολιτῶν κατέγραφεν: ἐπῄει δὲ καὶ τὴν
Λιβύην ἐπιλεγόμενος ἐξ ἁπάσης πόλεως τοὺς κρατίστους, καὶ ναῦς παρεσκευάζετο, διανοούμενος τῆς
ἐαρινῆς ὥρας ἐνισταμένης διαβιβάζειν τὰς δυνάμεις. τὰ μὲν οὖν κατὰ τὴν Σικελίαν ἐν τούτοις ἦν. (Diod.
XIII, 44, 6).
57
En este sentido es interesante mencionar el estudio de M.P. García Bellido sobre la institución de la
clerujía, esto es, la concesión de tierras de frontera a mercenarios en activo, con tal de poder trabajarlas
y, a la vez, defenderla de posibles incursiones incorporándose al ejército en caso de necesidad. Estas
posesiones tendrían carácter hereditario y se han identificado también en Grecia y Egipto. El caso es
que, a tenor de dos discursos pronunciados por sendos generales púnicos, Himilcón en 396 (Diod. XIV,
61,5) y Aníbal en 218 (Liv. XXI, 45), García Bellido interpreta -y convence- de la existencia de este tipo de
concesiones en Cartago (García Bellido, 2013: 302-303).
55
podemos dejar que el árbol nos impida ver el bosque: la inclusión de mercenarios y aliados en
unidades de infantería no implica la desaparición de la infantería ciudadana, sino su adición.
Dicho de otro modo, las tropas de infantería extranjera no sustituían a las propias sino que las
reforzaban. A menudo, además, como tropas especialistas, como lo eran, por ejemplo, los
honderos baleáricos. Varios autores han reivindicado recientemente el papel de las tropas
ciudadanas cartaginesas en su propio ejército, como ya en su momento afirmó S. Gsell58, y no
tan sólo en momentos concretos como en la batalla de Crimisos (c.339) sino a lo largo de toda
su historia59. En este sentido, la existencia del famoso Batallón Sagrado, regimiento de élite
homónimo al de Tebas, implica necesariamente que existieran otros regimientos de tropas
ciudadanas sobre los cuales destacar. Estas unidades estarían formadas por ciudadanos
comunes obligados por la ley o las circunstancias a blandir las armas cuando fuera necesario.
Es más, como afirmaba Y. Garlan, en la antigüedad no existía la disociación entre estado y
ciudadano tal y como la entendemos actualmente; el ciudadano era, por definición, un
soldado60. Creemos que esta afirmación era tan válida en Atenas como en Cartago, no sólo por
las más que numerosas relaciones sociales, políticas y militares entre la Magna Grecia y la
ciudad de Dido, sino también porque es la consecuencia lógica en el proceso de expansión de
un estado. Por muchos recursos que disponga una ciudad para la contratación de mercenarios
o la inclusión de aliados, es lógico suponer que en la eclosión y sustento de un proceso de
expansión militar, las tropas autóctonas actúan como pilar fundamental de la fuerza
expedicionaria: son baratas, son fieles, garantizan la cohesión, actúan de bisagra entre la
comandancia y las tropas extranjeras e impregnan al resto de fuerzas y a los territorios
conquistados del carácter de su ciudad. Son, en suma, el blasón del ejército. La propia ciudad
incitaba a sus ciudadanos a participar en el ejército mediante recompensas y reconocimiento
público, tal y como se desprende de un pasaje de Aristóteles según el cual los soldados
“reciben el adorno formado por los brazaletes, tantos como campañas militares en que hayan
tomado parte” (Ari. Pol. VII, 2, 10). Se mencionan tropas cartaginesas -40 trirremes-en la
retirada de Himilcón de Sicilia en el 396 (Diod. XIV, 75,4) y reclutados contra Agatocles en 310,
nada menos que 40.000 infantes (Diod. XX, 10, 5). Tampoco es cierto que estas tropas
actuaran tan sólo en suelo africano, como en ocasiones se ha señalado61, pues también las
encontramos luchando en Iberia durante la Segunda Guerra Púnica, bajo las órdenes de
Asdrúbal Barca62. Parece pues, evidente, que el ejército de Cartago siempre incluyó un cuerpo
de ciudadanos en sus filas.
56
infantería hoplítica63. Este estilo de lucha y equipo era conocido y practicado no sólo en Grecia
sino también en Persia, Italia y Sicilia y así es como debieron de organizarse también las tropas
ciudadanas cartaginesas en combate a tenor de los numerosos testimonios que analizaremos a
continuación. El modelo canónico de este tipo de infantería es el de una unidad de combate
llamada falange, muy compacta, armada fundamentalmente por un gran escudo redondo -
hoplon- y una lanza larga de entre 1,8 y 2,4m64. En función de aquello que cada individuo podía
permitirse se incorporaba también un casco, grebas, espada y protecciones en muslos, brazos,
hombros y pecho65, así como una espada corta66.
Las pocas referencias literarias que tenemos al respecto señalan precisamente en esta línea.
En la batalla de Crimisos (c.339) Plutarco distingue bien en el ejército púnico a “diez mil
hoplitas de blancos escudos detrás de éstas [las cuadrigas]. Se comprobaba que éstos eran
cartagineses por el brillo de su armadura y por la lentitud y orden de marcha” y los demás
pueblos que conformaban el ejército púnico que “hacían la travesía [del río Crimisos] a
empellones y en desorden” (Plut. Tim. 27, 4-6). Plutarco no estuvo desde luego en la batalla y
por tanto es difícil -aunque posible- que su fuente diera tantos detalles. Pero el autor da por
hecho que aun siendo no-griegos, bárbaros, luchaban como hoplitas. Y eso sí es revelador. Más
adelante especifica su panoplia: “aguantaron con fuerza el primer embate y, como tenían el
cuerpo bien protegido con petos de hierro y cascos de bronce y habían colocado delante
grandes escudos, repelieron el golpe de las lanzas” (Plut. Tim. 28, 1). Y aún, “Para los
63
Existe una vasta bibliografía dedicada al estudio de la falange hoplita, en todas sus facetas, pues no
sólo incumbe al ámbito estrictamente militar sino también al social, político e incluso artístico. La razón
de ello es que según la historiografía tradicional, este tipo de unidad está estrictamente relacionada con
el armamento pesado que la definía y por ende, con el enriquecimiento de la ciudadanía de la polis,
especialmente con los propietarios de tierras. Las implicaciones sociales y políticas que siguieron a los
éxitos militares de estos ciudadanos habrían contribuido así al desarrollo de la democracia y de la
participación ciudadana en las poleis griegas. Sin embargo, en 1991 V. D. Hanson publicó un importante
artículo en el que invertía el orden de la llamada reforma hoplítica: no habría sido el armamento
introducido por los propietarios agrícolas quién cambió el estilo de lucha en Grecia, sino que el estilo de
lucha ya existía tanto en Grecia como en Persia y la panoplia fue evolucionando para adaptarse mejor a
él, hasta originar el armamento típicamente hoplita formado por un gran escudo redondo, lanza y varias
piezas de armadura corporal (casco, grebas, coraza pectoral, protecciones para brazos, muslos y
hombros). Este fenómeno se produjo hacia el siglo VII y su éxito condujo a estancamiento de la
evolución en la panoplia. Sólo a largo plazo, durante las siguientes centurias y hasta mediados del siglo
IV parecía apreciarse una paulatina reducción del armamento defensivo en pro de una mayor movilidad,
la mayor desventaja de la falange (Hanson, 1991: 64). Sin embargo Hans Van Wees (2004) y aún más
recientemente Adam Schwartz (2009) recelan sobre la realidad de este aligeramiento en la panoplia de
los hoplitas, en el sentido de que nunca habrían ido pertrechados con el equipo completo. Basándose en
los testimonios gráficos en escultura y especialmente pintura sobre cerámica, estos dos autores, creen
que el arte de época arcaica sobredimensionó el equipamiento completo hoplítico cuando en realidad la
mayoría de combatientes, en todas las épocas, habrían combatido con el equipamiento base, o sea,
lanza y escudo.
64
Un buen análisis, profundo y riguroso, sobre los materiales, utilización y tipologías de la panoplia
hoplítica se encuentra en Schwartz, A (2009): Reinstating the hoplite. Arms, Armour and Phalanx
Fighting in Archaic and Classical Greece.
65
En época arcaica los hoplitas griegos llevaban también una o dos jabalinas, con un alcance útil de unos
30m (Schwartz, 2009: 85); sin embargo, el escaso tiempo entre que los enemigos se situaban a distancia
de tiro y el momento de choque, junto a la escasa eficacia frente a un enemigo fuertemente protegido,
no hacía muy rentable su inclusión y fue desapareciendo paulatinamente.
66
A partir del siglo V, la espada recta arcaica de doble filo arcaica fue sustituida por un tipo de espada
curva, de un solo filo denominada machaera o kopis (Anderson, 1991: 26; Schwartz 2009: 86).
57
cartagineses, que no estaban armados a la ligera, sino, como se ha dicho, totalmente cubiertos
por su armadura, eran un impedimento tanto el barro como los pliegues de sus túnicas” (Plut.
Tim. 28, 5). Posteriormente, en el año 310, vuelve a mencionarse la formación falangita.
Diodoro señala que el ejército cartaginés se preparó para defender la ciudad del ataque de
Agatocles y dispuso en el flanco izquierdo el general Bomílcar con la falange, mientras que en
el derecho se posicionó el Batallón Sagrado bajo las órdenes de Hannón (Diod. XX, 10, 6). Por
último, cuando el general espartano Jantipo presentó batalla al cónsul M. A. Régulo en 255,
situó a la “falange cartaginesa” en el centro de la línea de batalla, justo por detrás de los
elefantes (Pol. I, 33, 6).
En comparación con el ámbito griego o itálico son pocos los testimonios de carácter artístico
que arrojan luz sobre la panoplia y el tipo de formación cartaginesa. Sin embargo, existen, y
precisamente apuntan en la misma dirección que las fuentes literarias. M. Fantar realizó hace
años un sobresaliente estudio sobre el armamento cartaginés dónde recogió la mayor parte de
testimonios de la iconografía de la glíptica, de las estelas y de la pintura demostrando la
realidad de la panoplia hoplítica entre los soldados cartagineses67. Entre estos testimonios
destacan algunas piezas como la estela de El Hoffra (Constantina) de mediados del siglo II, el
escarabeo de Sidi Salem (Kerkouane), del siglo IV, o el fresco de la tumba de Kef El Blida
(Khroumirie) de entre finales del siglo V e inicios del siglo IV. Estos son tan sólo algunos de los
testimonios que cita M. Fantar, a los que podemos añadir otros testimonios como el reverso
de un tipo de moneda de Agatocles (c.310), donde aparece una victoria alada erigiendo un
trofeo con la panoplia cartaginesa, o un escarabeo de procedencia púnico-sarda donada al
Museu Arqueològic d’Eivissa68. Especialmente espectaculares debieron ser los monumentos
regios de Chemtou y Kbor Klib, cuyas paredes estaban adornadas con relieves de escudos
redondos y ovales separados por armaduras de lino69.
Fantar concluyó, a partir de los testimonios observados, que las armas defensivas incluían un
gran escudo redondo de metal que pasó a ser ovalado y de madera en la época de las Guerras
Púnicas; una coraza de metal o cuero de tipo helénico, como también indican las fuentes
literarias70; grebas; y finalmente casco, de tipología heterogénea71. Entre las armas ofensivas
destaca la presencia de la lanza como arma principal, pero también aparecen espadas, puñales
y hondas. Podemos concluir, por tanto, que el tipo de lucha que desarrolló y evolucionó en
67
Fantar, 1993.
68
Barral, 2004.
69
Estos monumentos datan del siglo II pero al encontrarse en el corazón de Numidia, de discute si la
panoplia representa un botín sustraído de Cartago o bien, como defiende A. Kuttner, hace referencia al
equipo militar indígena (Kuttner, 2013: 228-248). Su similitud con la panoplia que aparece en la moneda
de Agatocles es sospechosamente similar a la cartaginesa. Pero en cualquier caso, olvida Kuttner que no
fue sino Cartago quién helenizó la zona del norte África occidental. Por tanto, si la panoplia mostrada en
Chemtou y Kbor Klib no es propiamente cartaginesa, como mínimo sigue modelos cartagineses.
Volveremos a ellos en el siguiente capítulo.
70
Además del testimonio de Plutarco en la batalla de Crimisos también disponemos de un pasaje de
Pausanias dónde afirma que entre los tesoros de Olimpia “como exvotos, hay un Zeus de gran tamaño,
tres corazas de lino ofrecidas por Gelón y los siracusanos que vencieron a los fenicios por mar o por
tierra” (Pau. Vi, 19, 7). Traducción de Antonio Tovar para Ediciones Orbis (1946).
71
Fantar, 1993: 95-100.
58
Cartago durante este periodo fue efectivamente la falange hoplítica72. Además, la arqueología
ha permitido recuperar puntas de flecha de varias épocas -un arma, el arco, que aparece muy
raramente en las fuentes literarias-, abarcando un arco cronológico desde el siglo VII hasta la
destrucción de Cartago en el 14673.
Figura 2. Escarabeo púnico hallado fuera de contexto en la necrópolis de Puig des Molins (Ibiza). Muestra
un guerrero a pie armado con espada, casco, gran escudo oval colgado en la espalda, peto de cuero de
tirantes cruzados, sobrepeto de placas metálicas hasta la cintura, y quizás grebas. A su derecha cuelga la
vaina de la espada. Siglo VI-V. Posible procedencia de Tharros “patria presumible de los escarabeos
púnicos de Occidente” (Barral, 2003: 55). Museu Arqueològic d’Eivissa, col·lecció Posadas, MAEF 21028.
Figura 3. Reverso. Tetradracma (AR) de Siracusa acuñada por Agatocles. c.305-295, 24.37 mm, 16.80 gr.
AGAQOKLEIOS, Nike, desnuda de pie derecho, colocando armadura cartaginesa completa como trofeo
con un clavo en la mano izquierda y un martillo en la derecha. En el anverso: KORAS cabeza de Kore
coronada hacia la derecha, con pendiente y collar. BMC 379; Gulbenkian 333. SNG Copenhagen 765;
Boston 462; McClean 2836.
72
Brizzi, 1995, 307; Koon, 2011: 80, entre otros.
73
Fantar, 1993: 101-104.
59
Figura 1. Escarabeo descubierto en la tumba de la necrópolis púnica de Sidi Salem, Kerkouane (Menzel
Témime, Túnez). Siglo IV. Representación de cuatro guerreros hoplitas completamente equipados y en
formación de marcha. Su panoplia consiste en escudo redondo, casco con cimera, grebas y lanza (el
tamaño del escudo impide ver si también llevarían peto o coraza). Fantar, 1993: 94; Hoyos, 2010: 159.
Figura 2. Estela púnica de El Hofra (Constantina, antigua Cirta). Aparece la panoplia de un guerrero
formada por: escudo oval, dos jabalinas, espada, casco cónico y ¿lanza?. Siglo II. (Fantar, 1993: 95)
60
Figura 3. Fresco de la gruta de Kef el-Blida (Khroumirie, NO de Túnez). Fines del siglo V-inicios del siglo IV.
Se aprecia una nave de guerra repleta con 7 soldados armados con lanza, casco y lanza. En la proa
aparece otro personaje, presumiblemente el capitán de la nave en actitud ofensiva, portando un escudo
y un hacha de doble filo. Una divinidad alada guía la nave. (Fantar, 1993: 94).
Existe actualmente un debate abierto en torno a la identificación del soldado hoplita griego
que podemos extrapolar perfectamente al caso cartaginés74. ¿Quiénes eran estos hombres de
bronce75? ¿Se trata de campesinos enriquecidos o de élites urbanas capaces de adquirir el
equipo completo de un hoplita? De nuevo, siguiendo a Aristóteles, la respuesta no se
encuentra en uno u otro de los extremos. En primer lugar, dada la difusión en el tiempo y en el
espacio de la falange hoplítica, debemos suponer cierto grado de variedad tanto en equipo
como en estatus social76. H. van Wees opina que la mayor parte de hoplitas no eran
agricultores, artesanos o pastores sino hombres de extracción social más elevada que se
podían dedicar al entrenamiento físico y mental mientras otros trabajaban para ellos77. Eso
podía ser cierto en grandes ciudades como Atenas, pero era numéricamente imposible en
ciudades menores o villas, cuya élite en edad militar podían ser sólo unas pocas decenas. En
cualquier caso, Cartago era ya una gran una ciudad populosa a finales del siglo V con una gran
masa de población movilizable. Desconocemos si por aquel entonces el estado ya equipaba a
sus ciudadanos a costa de las arcas del estado, pero teniendo en cuenta el contexto
mediterráneo, tendemos a pensar que no78. En su lugar, cada hombre era responsable de
adquirir su propio equipo, acorde con sus posibilidades, de modo que, a excepción de lanza y
escudo, acorde al modo de combate, cabe imaginar cierta heterogeneidad en la panoplia el
74
Picard y Picard, 1961: 195; Gracia, 2003: 180.
75
Los pueblos no griegos llamaron así a los hoplitas griegos según Heródoto (Hdt. II, 152) debido a la
gran cantidad de bronce con que iban protegidos. En el escudo, sobre un armazón de madera, se
adhería una lámina de bronce. Si el individuo podía permitírselo, la mayor parte de panoplia defensiva
(grebas, protecciones, coraza, casco) eran también de bronce, lo que sin duda debía de ofrecer un
aspecto imponente al enemigo.
76
Gracia 2003: 165.
77
Van Wees, 2004: 55.
78
D. Hoyos cree probable que Cartago pagara una soldada a sus tropas que sin embargo tendrían que
adquirir el equipo por su cuenta (Hoyos, 2010: 158), pero lo cierto es que aporta pocas evidencias en
ese sentido.
61
ejército ciudadano cartaginés, aunque no -desde luego- en su forma de combate. Este ejército
estaría compuesto por varias falanges de este tipo al mando de oficiales del tipo rb srt (=jefe
de diez), rb mt (=jefe de cientos) o ‘lp (=jefe de mil), citados anteriormente. Pero entre todas
estas unidades destacaba una: el Batallón sagrado.
Estrictamente, tenemos tan sólo un par de referencias en los textos clásicos referentes al
Batallón Sagrado. El primero de ellos se refiere a su participación en la batalla de Crimisos
(c.339), dónde un gran ejército cartaginés pereció en manos de las tropas del corintio
Timoleón a orillas del río homónimo a la batalla. Diodoro relata que entre las 10.000 bajas del
ejército púnico estaban los integrantes del Batallón Sagrado, 2.500 hombres “que ocupaban el
primer puesto por su valor y reputación y también por su riqueza, todos fueron muertos
después de luchar con brillantez” (Diod. XVI, 80, 4). Plutarco no cita el nombre propio del
batallón, pero sí afirma que “entre los diez mil cadáveres, tres mil eran cartagineses, gran
duelo para su ciudad. Pues no había otros mejores que aquellos ni por su nacimiento ni por su
riqueza ni por su gloria” (Plut. Tim. 28, 10-11). Además, de los despojos de la batalla, los
siracusanos recuperaron “mil corazas de una factura y belleza excepcionales y diez mil
escudos” (Plut. Tim. 29, 2). Este millar de corazas de gran calidad probablemente habrían
pertenecido a los infantes del Batallón Sagrado.
“Pero como el enemigo aún presionaba y parecía que huía en vez de batirse en
retirada, el batallón de libios que se encontraba detrás, en la idea de que las
líneas de vanguardia habían sido derrotadas, se puso en fuga a toda prisa; y los
que estaban al frente del Batallón Sagrado tras la muerte del general Hannón, al
principio opusieron resistencia resueltamente y subiéndose a los cuerpos de los
caídos de su bando resistieron cada ataque; pero cuando se enteraron de que la
mayor parte del ejército se había dado a la fuga y que os enemigos estaban a sus
espaldas, se vieron obligados a batirse en retirada 79.” (Diod. XX, 12, 7)
79
τοῦτο γὰρ συμφέρειν. ἐπικειμένων δὲ τῶν πολεμίων καὶ τῆς ὅλης ὑποχωρήσεως φυγῇ παραπλησίας
γινομένης οἱ μὲν συνεχεῖς Λίβυες ἀπὸ κράτους ἡττῆσθαι τοὺς πρωτοστάτας νομίσαντες πρὸς φυγὴν
ὥρμησαν, οἱ δὲ τὸν ἱερὸν λόχον ἔχοντες μετὰ τὸν Ἄννωνος τοῦ στρατηγοῦ θάνατον τὸ μὲν πρῶτον
ἀντεῖχον εὐρώστως καὶ τοὺς ἐξ αὐτῶν πίπτοντας ὑπερβαίνοντες ὑπέμενον πάντα κίνδυνον, ἐπεὶ δὲ
κατενόησαν τὸ πλεῖον μέρος τῆς δυνάμεως πρὸς φυγὴν ὡρμημένον καὶ τοὺς πολεμίους
περιισταμένους κατὰ νώτου, συνηναγκάσθησαν ἐκκλῖναι. (Diod. XX, 12, 7). Traducción de Juan Pablo
Sánchez para la editorial Gredos (2014).
62
Con estas escuetas referencias es difícil poder discutir con propiedad sobre quiénes eran los
hombres que formaban el Batallón Sagrado. Posiblemente, las referencias a su riqueza en
Plutarco y Diodoro, se deban a su excelente equipo. Y seguramente no se equivocaban: las
mejores piezas de panoplia sólo estaban al alcance de los mejores bolsillos. Ahora bien, la
designación “Batallón Sagrado” nos recuerda irremediablemente a otra unidad, homónima,
famosa por constituir una verdadera tropa de élite entre los helenos y que terminó sus días
enfrentándose al regimiento de Compañeros de Alejandro Magno en Queronea: el Batallón
Sagrado de Tebas. Deberíamos preguntarnos sobre la casualidad o no de esta homonimia.
Diodoro conocía la existencia del Batallón Sagrado de Tebas, y en ningún momento los
relaciona. Sin embargo, las semejanzas son varias. Ambos regimientos, tebano y púnico
comparten en buena medida la cronología, siendo la unidad cartaginesa un poco más joven. Se
trataba de infantería falangita pesada, armados con panoplia completa y formada
enteramente de ciudadanos80. Pero sobre todo, era una unidad de élite.
He aquí que cabe citar un importante documento epigráfico: IG VII, 2407. Se trata de un
decreto de proxenía que la federación beocia concedió al cartaginés Nobas, hijo de Axiuba,
poco después de la batalla de Leuctra (371), así como la concesión de tierras y excepción de
impuestos81. En 1926 M. Cary hizo notar la posible relación entre este documento epigráfico y
las relaciones militares entre Cartago y Tebas. El contexto histórico le respalda. En esa época,
aproximadamente el segundo cuarto del siglo IV, Tebas se había erigido como potencia
principal en la Hélade, siendo Esparta su principal rival y opositor. Dionisio I de Siracusa
siempre mantuvo buenas relaciones con la ciudad Lacedemonia y en varias ocasiones envió
tropas al Peloponeso. En este sentido, Tebas y Cartago tenían enemigos comunes, el eje
espartano-siracusano, así que resulta totalmente comprensible que los lazos entre estas dos
ciudades se estrecharan en esta época. A Tebas le convenía mantener ocupado a Dionisio para
que no enviara tropas de refuerzo a Esparta. Y Cartago, además de procurar en el mismo
sentido, estrechaba los lazos diplomáticos con la fuerza hegemónica en Grecia. ¿Es posible,
entonces, que los tebanos a quién dio cobijo y ayuda Nobas, fueran instructores militares que
ayudaran a la ciudad africana a formar su propio Batallón Sagrado? Creemos que sí. Las
relaciones de Cartago con Grecia siempre habían sido estrechas82 y no sería la última vez que
un mando militar griego se trasladara a la capital púnica para instruir a tropas cartaginesas. De
este modo, además, podría entenderse la existencia de las fidítia aludidas por Aristóteles (Ari.
Pol. II, 11, 3) pues habría que asociarla directamente al Batallón Sagrado83.
80
Cabe la posibilidad que las representaciones de guerreros cartagineses con panoplia completa -como
la del escarabeo de Sidi Salem (Kerkouane)- sean un retrato del Batallón Sagrado (Fantar, 1993: 101).
81
Cary, (1926: 190-191) sitúa el epígrafe en c.370; Pascual (1986: 78), en c.364/3; Rhodes y Osborne,
(2003: 216-218) en la década ente 360 y 350.
82
Fantar, 1998; Pilkington, 2013.
83
Cary, 1926: 191.
63
3.2.2. La caballería
El papel de la llamada caballería númida, en cambio, fuera cual fuera su estatus respecto al
ejército púnico -aliado, mercenario o leva-, es especialmente destacable. Sin embargo, si el
estudio de las instituciones políticas y militares cartaginesas se caracteriza por su opacidad, en
lo que se refiere a la población númida, los datos son aún más escasos. En el capítulo 4
analizaremos en profundidad las relaciones entre Cartago y sus vecinos númidas y mauros, y
veremos cómo, en numerosas ocasiones, los ejércitos de Cartago incluyeron a contingentes de
tropas montadas norteafricanas. Unas tropas que, por cierto, fueron de gran ayuda para los
generales cartagineses durante el siglo III y a las que Aníbal Barca supo exprimir al máximo sus
posibilidades tácticas.
84
Diod. XX, 10, 5. Según Justino (XXII, 6, 6) fueron 30.000 campesinos con Hannón al frente.
85
La referencias literarias son igualmente escasas en este sentido, pero podemos citar, por ejemplo, el
pasaje relativo a la batalla de Túnez (255) en la que un infante replica a su general, Jantipo, que era muy
fácil recriminar a los soldados la huida mientras uno iba montado (Diod., XXIII, 14, 2)
64
3.2.3. Elefantes de guerra
Una de las características más impactantes visualmente del ejército púnico fue, sin duda
alguna, la inclusión de unidades de elefantes de guerra durante el siglo III. La utilización de
estos animales con fines militares en el Mediterráneo eclosionó con la conquista de la Persia
Aqueménida por parte de Alejandro Magno y se expandió rápidamente durante los Reinos
Helenísticos. Fue en la batalla de Gaugamela (331), la primera vez que un ejército europeo se
enfrentaba a elefantes entrenados para el combate. El rey Darío III contaba, según Arriano con
una quincena de estos animales, además de 200 carros con cuchillas (Arr. III, 8, 6). Sin
embargo, el impacto de las bestias en esa batalla fue más bien escaso, o quizá ni siquiera
participaran en ella86. Muy diferente fue el encuentro de las ya veteranas tropas macedonias
frente al ejército del rey indio Poro en la batalla de Hidaspes (326), cuya principal fuerza de
choque estaba formada por 200 paquidermos (Arr. V, 15, 4). Aunque finalmente la victoria se
decantó a favor de los macedonios, su impacto psicológico fue tremendo. Tanto fue así que,
meses más tarde, el principal argumento que los soldados de Alejandro esgrimieron para
detener la marcha de la campaña hacia oriente fue el rumor sobre la existencia de un gran
ejército de elefantes (Arr. V, 25, 1-2). Después de la muerte de Alejandro (323) Seleuco I
Nicator acabó por erigirse rey de los territorios orientales y supo sacar provecho de la
diplomacia con los reinos indios, de quienes recibió numerosos elefantes87. Ya en 321, Pérdicas
incluyó elefantes en su ejército durante la invasión de Egipto (Diod. XVIII, 33, 5). Volvemos a
encontrarnos con paquidermos cuatro años más tarde en Asia Menor, en el conflicto entre
Antígono y Eumenes (Diod. XIX, 14; 15; 27-30; 39-44). Pero fue en Ipso (301), dónde Seleuco
apostó todo el peso de la victoria, literalmente, en el impacto de los elefantes88.
Tan sólo 20 años más tarde, el uso de elefantes en batalla arribó al Mediterráneo Central.
Pirro, rey del Epiro, quién había sido testimonio de excepción en la batalla de Ipsos y tomó
buena nota del uso de elefantes en batalla, acudió en auxilio de la ciudad griega de Tarento
cuando ésta entró en guerra contra Roma en el año 281. Aunque buena parte de su ejército
fue destruido por una tormenta durante la travesía, Pirro consiguió alinear a un puñado de
elefantes en el flanco de su ejército en la batalla de Heraclea (280). La carga de los animales
ahuyentó a la caballería romana y propició la rotura del flanco de la infantería (Plut. Pyrr. 17),
otorgando la victoria a Pirro por escaso margen. Al año siguiente, en Ásculum, la carga de los
elefantes aún resultó más decisiva, pues según Plutarco (Plut. Pyrr. 21, 7-12), hasta que éstos
hicieron aparición en el segundo día de la batalla, las líneas romanas habían permanecido
firmes.
A diferencia de la opinión común, popular, que tiende a difundirse sobre el ejército de Cartago,
éste no incorporó a los elefantes entre sus filas hasta fechas relativamente tardías -en
86
Scullard, 1974: 64.
87
En el 302 pactó un tratado de paz con el rey del valle del Indo Chandragupta Maurya, mediante el
cual, a cambio de las ciudades de Paropamisade, Aracosia y Gedrosia y de la mano de su hija, recibió 500
paquidermos (Strab. XV, 2, 9).
88
En la Batalla de Ipsos (301) La coalición formada por Casandro, Lisímaco y Seleuco (gobernadores de
Macedonia, Tracia, y Babilonia y Persia respectivamente) alineó 400 elefantes (según Plut. Demetrio, 28)
o 480 (según Diod. XX, 113) frente a los 75 de Antígono Monoftalmos, y su hijo, Demetrio “Poliorcetes”,
en la mayor batalla de elefantes de la historia.
65
comparación a su historia como potencia- y su utilización fue más bien breve. La primera
mención de estos animales actuando bajo los mandos púnicos corresponde al año 262, ya en
plena II guerra Púnica: según Diodoro (XXIII, 8, 1), Cartago mandó al general Hannón con
50.000 infantes, 6.000 jinetes y 60 elefantes89 a liberar del asedio el importante enclave militar
de Agrigento, que en ese momento estaba siendo atacada por los romanos. Medio siglo más
tarde, en la llanura de Zama (202), Aníbal perdía la batalla, la guerra y con ella a los elefantes
de guerra, contra Escipión. Fue la última vez que Cartago desplegó a paquidermos entre sus
filas90. Sin embargo, lo cierto es que unas pocas pero exitosas hazañas junto con el exotismo
que hoy en día pueda parecernos el imaginar a estos animales luchar junto a ejércitos
mediterráneos en Sicilia, en Iberia o en Italia, han imprimido sin duda alguna un carácter de
originalidad, épica y singularidad al ejército púnico como pocos ejércitos despiertan en la
Antigüedad.
Existen varias cuestiones relativas al uso de elefantes en el ejército púnico que han vertido ríos
de tinta entre los especialistas a lo largo del siglo XX y XXI. Destacan especialmente cuatro
cuestiones: dado que actualmente no existen elefantes en el norte de África, ¿qué especie
utilizaban los cartagineses? ¿Cómo iban equipadas estas bestias en el combate, con torres
(howdah) o sin ellas? ¿Eran realmente útiles en combate? ¿Cómo luchaban?
Por lo que respecta a la primera pregunta vamos a tratar de resumir rápidamente el foco de
discusión y como ha sido hallada la respuesta. Actualmente existen dos especies de elefantes
que, a su vez, se dividen en varias subespecies distintas. Estas dos especies son el elefante
africano (Loxodonta africana) y el elefante indio (Elephas maximus), las únicas especies vivas
de la familia Elephantidae. Las diferencias biológicas entre ambas especies pueden apreciarse
a simple vista. Así, en términos generales el elefante africano es de mayor tamaño, con unas
orejas más grandes y la cabeza erguida, mientras que sus primos asiáticos son de color más
oscuro, un poco más pequeños, con el lomo arqueado y normalmente las hembras no
disponen de colmillos91. Sin embargo, en ambas especies existe y existió una notable
variabilidad geográfica que los dividió en varias subespecies. Varios testimonios revelan, por
ejemplo, que durante el primer milenio a.n.e. aún existía una variedad del elefante asiático en
Mesopotamia. Así lo muestran los escritos de varios reyes asirios92 o el obelisco de la victoria
de Salmanasar III (859-824), donde puede distinguirse un elefante. De igual modo, el
espécimen africano puede hoy dividirse en dos variedades: el elefante africano de sabana
(Loxodonta africana africana) y el elefante africano de bosque (Loxodonta africana cyclotis)93.
89
Según Orosio (IV, 7, 5), eran 30.000 hombres, 1,500 jinetes y 30 elefantes. Polibio (I, 19, 2) solo
menciona unos 50 elefantes y un número indeterminado de tropas.
90
Roma impuso la entrega de todos los elefantes como una de las condiciones de paz (App. Pun. 54;
Zonar. IX, 14, 11-12).
91
El elefante asiático (Elephas maximus) se caracteriza, además de su menor tamaño, lomo arqueado, y
color oscuro por unas orejas de menor tamaño y por tener un solo lóbulo o “dedo” al final de la trompa.
Aun así, su estatura media se encuentra entre 2,5 y 3m altura (Sikes, 1971:11-12). Actualmente existen
varias subespecies distribuidas entre el norte y sur de la India, Sri Lanka, Birmania, en zonas de
Tailandia, Laos y Camboya e incluso en Malasia y la isla de Sumatra (Gröning y Saller, 2000: 463-464).
92
Sikes, 1971: 291.
93
Los machos adultos del elefante africano de sabana (Loxodonta africana africana) pesan una media de
6 toneladas y miden unos 3,5m, aunque se han hallado individuos de hasta 4m. Tienen las patas más
largas y mantienen la cabeza erguida, a diferencia de sus primos asiáticos. Las orejas, triangulares, son
66
Aunque en la Antigüedad la población de elefantes ocupaba prácticamente todo el continente
africano, la variedad L. a. africana, el mamífero terrestre vivo más grande del planeta, no fue la
especie que cartagineses y egipcios utilizaron como bestia de guerra, pues su población se
encontraba, como ahora, al sur del Sáhara, una frontera natural difícilmente transitable. El
elefante africano de bosque, por su parte, hoy en día tan sólo se encuentra en algunas zonas
del Africa ecuatorial, en las costas este y oeste del continente. Más pequeño y con aspecto
redondeado pero con unos colmillos menos curvados y más resistentes que su pariente, el L. a.
cyclotis tampoco fue el espécimen alistado en el ejército púnico. Este dudoso honor recayó
sobre una subespecie, ya extinta, muy cercana físicamente al L. a. cyclotis que habitó en el
norte del continente africano, el elefante de bosque norteafricano (L. a. pharaonensis), que se
encuentra hoy en día en discusión entre los taxonomistas94.
La decisión de incluir elefantes en el ejército púnico debió producirse entre las victorias de
Pirro en Italia (280 y 279) y el ya mencionado asedio de Agrigento en 262, dónde se menciona
por primera vez a estas bestias entre las filas cartaginesas96. Pero una cosa es decidir su
grandes y tapan todo el cuello, mientras que los colmillos son mucho más curvados y enfocados hacia
delante. Por su parte, el elefante africano de bosque no suele pasar de los 2,4m a altura hasta los
hombros pero sin embargo sus colmillos son de mayor densidad y resistencia. El periodo de gestación
del elefante es de 22 meses y la pubertad no se supera hasta los 13 años (Sikes, 1971:13-15).
Cabe señalar que un estudio reciente señala que en realidad, a tenor de los estudios genéticos, el L. a.
africana y el L. a. cyclotis no son dos subespecies si no dos especies distintas (Rohlan et alii, 2010). Sin
embargo, la definición biológica de especie es totalmente subjetiva por cuanto una especie se diferencia
de otra en el momento que son físicamente diferenciables, así que en nuestro estudio, no influye en
absoluto que taxón atribuirles; tan sólo importa que físicamente guardaban ciertas diferencias.
94
(Nowak, 1999: 1002). Así pues, sabiendo que tanto cartagineses como egipcios utilizaron dos
variantes muy similares del elefante africano de bosque -y no el de sabana- se entiende la afirmación de
Polibio respecto la batalla de Raphia dónde afirmaba que los elefantes indios eran de mayor tamaño
(Pol. V, 84, 6).
95
Por ejemplo, Plinio el Viejo (NH. V, 2, 18-19; VIII, 1-11). Un estudio completo y de referencia sigue
siendo The elephant in the Greek and Roman World de H. H. Scullard (1974).
96
Una moneda procedente de la ciudad fenicio-púnica de Panormo es motivo de especial controversia
en cuanto a la fecha en que los cartagineses empezaron a utilizar elefantes. Esta pieza presenta en el
anverso una cabeza de deidad femenina cubierta por una piel de elefante. La tipología no causaría tanto
interés de no ser porque los especialistas han fechado la moneda en la primera mitad del siglo IV, es
decir, décadas antes que Alejandro de Macedonia entrara en Persia y la India y acuñara para sí mismo la
tipología de cabeza cubierta por piel de elefante (Scullard, 1974: 147). A decir verdad, esto no implica
que los cartagineses hubieran amaestrado elefantes en cronologías tan antiguas, sino, solamente, que
67
incorporación a filas y otra muy distinta encontrar la forma de utilizarlos. Esta reforma debió
de constituir un verdadero desafío tanto para los generales púnicos como para los helenísticos,
pues si bien es cierto que su sola presencia podía amedrentar al enemigo incluso hasta el
punto de declinar el enfrentamiento97, no menos cierto es que cuando se descontrolaban
podían dar media vuelta y arrollar a amigos y enemigos por igual. Aun así, esta peligrosa
aleatoriedad, junto con las dificultades logísticas que desafiaban a un ejército en campaña98 y
los costes que implicaban para el estado, no impidieron a Cartago apostar por la inclusión de
estos animales entre sus filas durante 60 años. Y si no hay rastro de ellos durante el medio
siglo de vida que tuvo la Cartago púnica después de la Segunda Guerra Púnica, fue porque
Roma le prohibió su utilización -al igual que hizo con la flota-, y no en la supuestamente
dudosa potencialidad del elefante en el combate.
conocían la existencia de dichos animales, pero hemos querido señalar la existencia de esta pieza y de la
controversia que ha generado.
97
Por ejemplo, durante el paso de Aníbal por los Alpes, o bien en Sicilia durante la I Guerra Púnica,
donde los romanos durante un par de años no se atrevieron a plantear batalla después de la derrota
que habían sufrido frente a Jantipo y su escuadrón de elefantes (Pol. I, 39, 12-13).
98
Un elefante indio de tamaño medio consume diariamente unos 50 Kg de comida (Sikes, 1971: 102).
99
Charles y Rhodan, 2007: 388.
100
De hecho, P. Sabin (1996: 70) lo que dice en realidad es que los elefantes de guerra no fueron
decisivos en ninguna victoria cartaginesa de la Segunda Guerra Púnica por su menor número, pero que
sin embargo durante la Primera Guerra éstos se mostraron altamente peligrosos desplegados en
pantalla.
68
o y Amílcar Adis
255 Cerca de 100 Jantipo I Guerra Púnica. Roma Victoria Pol. I, 32,9;
Tunis/Bagradas Front, Strat., II,
2, 11; Zonar.
VIII, 13, 5-10
251 130/60 I Guerra Púnica. Roma Derrota Diod. XXIII, 21;
Panormo Zonar. VIII, 14,
8-12; Front,
Strat., II, 5, 4;
Sen. Dial. X 13,
8; Plin. NH. VIII,
1-11; Flor. I, 18,
27-28; Pol. I, 40
240 C100 Hannón el Guerra de los Mercenarios Victoria Pol. I, 74
Grande Mercenarios. sublevados
Útica
240 70 Amílcar Guerra de los Mercenarios Victoria Pol. I, 75-76
Barca Mercenarios. sublevados
Útica
238 indeterminad Amílcar Guerra de los Mercenarios Victoria por Pol. I, 84-85
o Barca Mercenarios. sublevados rendición
“La Sierra”
c.227 200 Asdrúbal Conquista de Orisios Victoria Diod. XXV, 12
Iberia. País de (¿oretanos?)
los Orisios
219 40 Aníbal Conquista de Olcades, Victoria Liv. XXI, 5, 5-17;
Barca Iberia. Río Tajo vacceos y Pol. III, 14
carpetanos
218 37 Aníbal II Guerra Galos Victoria Pol. III, 43;
Barca Púnica. Río
Ródano
218 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma Victoria App. Han. 6-7;
o; (<37) Barca Púnica. Trebia Liv. XXI, 54-56;
Zonar. VIII, 24,
4-5; Pol. III, 70-
74
216 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma Empate Plut. Marc. 12
o (>6) Barca Púnica. Cerca de
Nola
216 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXIII, 17-18
o (Cartago le Barca Púnica. Asedio a
había Casilino
mandado
cerca de 40
poc antes)
215 Indeterminad Asdrúbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXIII, 29
o (en 218 Barca Púnica. Iberia,
tenía 20) cerca del río
Ebro
69
215 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXIII, 42-46;
o Barca Púnica. Italia, Zonar. IX, 3, 4-6
asedio de Nola
215 Indeterminad Himilcón II Guerra Roma 3 batallas Zonar. IX, 4, 9;
o Púnica. Sicilia seguidas: Liv. XXIV, 36-39
derrota,
victoria y
derrota
214 Indeterminad Asdrúbal II Guerra Roma Varias Liv. XXIV, 41 -42
o Barca y Púnica. Iberia derrotas
Asdrúbal
de Gisgón
212 Indeterminad Hannón y II Guerra Roma Derrota Liv. XXV, 40-41
o (>8) Epicides Púnica. Sicilia
212 33 Aníbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXVI, 5-6
Barca Púnica. Italia,
Capua
211 30 Asdrúbal II Guerra Roma Victoria App. Iber. 16
Barca Púnica. Iberia
209 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma 2 Batallas. Liv. XXVII, 12-
o (>5) Barca Púnica. Italia, Victoria y 14; Plut. Marc.
Canusio derrota 25-26
207 36 Asdrúbal II Guerra Roma Derrota App. Iber. 25-27
de Púnica. Iberia,
Gisgón, Ilipa
Hannón y
Masinisa
207 15 Asdrúbal II Guerra Roma Derrota App. Han. 52;
Barca Púnica. Italia, Zonar. IX, 9, 5-
Metauro 12
207 Indeterminad Aníbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXVII, 41-42
o (>6) Barca Púnica. Itali,
Grumento
203 Indeterminad Magón II Guerra Roma Derrota Liv. XXX, 18
o Barca Púnica. Galia
cisalpina
202 80 Aníbal II Guerra Roma Derrota Liv. XXX, 32-35;
Barca Púnica. África. Front, Strat., II,
Zama 3, 16
* Cuando aparece un número entre paréntesis y el signo > significa que los únicos datos que disponemos son del
número de animales muertos o capturados y que, por tanto, el número de ejemplares que fueron alineados era
mayor.
** Sólo se incluyen las referencias textuales que aluden explícitamente la presencia de elefantes y no todas aquellas
que se refieran a la batalla.
70
más de las que dispone un general. Como toda arma, el elefante tiene puntos fuertes y puntos
débiles, y sólo la pericia, inteligencia y experiencia del general, deciden la manera de
utilizarlos. El éxito de esta unidad en batalla viene determinada por el uso que su general
resuelve darles en función de las características del terreno, del enemigo, etc. Sin olvidar que
el enemigo puede también contar con tácticas concretas o no para luchar contra elefantes101.
El mismo Glover escribía, años más tarde, las tres ventajas principales de incluir elefantes en el
ejército: infunden pánico al enemigo, minando su moral; aterrorizan a la caballería enemiga; y,
obviamente, son temibles en combate cuerpo a cuerpo102.
El hecho de infundir terror a las tropas enemigas es algo totalmente comprensible. Y en cuanto
a los caballos, varios autores clásicos reseñan que tanto los barritos, la apariencia y el olor que
desprendían, les causaban el mismo pánico (Arr. Anab. V, 10, 2; Plut. Pyrr. 17, 6; Liv. XXI, 55, 7;
App. Han. 7; Flor. I, 13, 7-8), desbaratando cualquier tipo de táctica que los enemigos hubieran
confiado en la caballería, antes incluso de empezar el combate. Pero era en el combate cuerpo
a cuerpo dónde podía desatarse todo el potencial de los elefantes. En este sentido, el mismo
Glover señalaba que no debiera compararse a estas bestias con los tanques actuales103,
aunque compartieran ciertas características (gran tamaño, menor maniobrabilidad, cierto
número de transporte de tropas, alta resistencia) sino con la propia caballería. Las
características de su tipo de combate indican en esta dirección. A diferencia de un tanque,
cuya mayor virtud reside en ser un gran cañón móvil, los elefantes no disparan (aunque
puedan hacerlo algunos de sus tripulantes). Es el choque de su gran mole contra formaciones
apretadas de infantería lo que realmente causaba estragos entre los enemigos. Al igual que las
unidades de caballería pesada de la Baja Edad Media, el choque de la carga era brutal, pero a
diferencia de estas, una vez la carga era detenida, el elefante disponía de otras buenas armas
de combate cerrado. La primera de ellas, los colmillos, los cuales podían ser utilizados para
ensartar o para barrer. Los colmillos de un elefante crecen durante toda la vida, alargándose
cada vez más con el paso de los años104: el peso medio de los de un ejemplar asiático macho
oscilan entre 40 y 50Kg cada uno, mientras que en el caso del elefante de bosque (el más
cercano al utilizado por los cartagineses) son algo mayores, aunque sin llegar a las medidas del
elefante africano de sabana105. La segunda arma a disposición era la trompa, con la cual
también podía barrer al adversario e incluso levantar del suelo a un enemigo individual. En
tercer lugar, si un infante conseguía esquivar colmillos y trompa, debía cuidar de no caerse,
ante el riesgo de ser pisoteado por la una masa de, al menos, dos toneladas, a la que,
obviamente, no sobreviviría.
Por último, aunque no menos importante, hay que tener en cuenta a los tripulantes que
guiaban a los elefantes o eran transportados por él. El término indio que designa al conductor
de elefantes, mahout, se ha generalizado actualmente para designar a cualquier tipo de
conductor de elefante, sea cual sea su origen étnico; de igual modo ocurrió en la antigüedad,
101
Glover, 1944: 258.
102 Glover, 1948: 4-5.
103
Como apuntaban G. y C. Picard (1961: 200) y, de nuevo, se equivocan Charles y Rhodan (2007: 378).
104
Sikes, 1971: 86.
105
Gröning y Saller, 2000: 58. Los colmillos de un macho de L. a. africana adulto tienen una media de
unos 1,5m de longitud y un peso de entre 50 y 80kg cada uno, aunque se han llegado a encontrar
ejemplares de hasta 3,5m de longitud y más de 117Kg de peso (Sikes, 1971: 80).
71
pues Polibio llama “indios” a todos los mahout. Este conductor montaba sobre el cuello del
elefante y lo dirigía mediante riendas atadas en la cabeza y los colmillos. En cuanto al resto de
tripulación, una de las cuestiones más debatidas en la actualidad reside en precisar si los
elefantes de guerra cartagineses transportaban una plataforma parapetada -en forma de
torre- a sus espaldas, o bien tan sólo uno o dos tripulantes más, armados con arco y lanza, a
lomos del animal. Los elefantes de guerra indios, en efecto, transportaban una torre -llamada
howdah- con varios tripulantes en su interior armados con picas, pero el elefante
norteafricano era de menor tamaño y por tanto su capacidad era más limitada. La cuestión ha
sido debatida en muchos trabajos dedicados al estudio del ejército cartaginés y no parece que
haya unanimidad al respecto106. Uno de los puntos clave es que las fuentes más cercanas a los
acontecimientos de la Primera y Segunda Guerra Púnica, no citan en ningún momento la
existencia de estas torres. Aunque Plinio (NH. VIII, 9) afirma que los elefantes transportaban
torres con hombres armados en sus lomos, se refiere a su uso de modo general, como lo hizo
por ejemplo Pirro (Flor. I, 13, 11-13), los Seléucidas y los Ptolomeos. Tan sólo un pasaje
problemático de Polibio, mencionado en la Suda (θ438; Polybius Fr.162B), parecía dar
testimonio del uso de torres en elefantes cartagineses107; sin embargo dicho pasaje ha sido
analizado recientemente por P. Rance concluyendo que pertenece a Diodoro Sículo108. Polibio
conocía la utilización de torres sobre los elefantes africanos, ya que en la batalla de Raphia
(217) cuenta como las bestias de Ptolomeo transportaban a hombres de esta forma, los cuales
iban armados con picas (Pol. V, 84, 2). Esto indica dos hechos: 1) que los elefantes
norteafricanos podían, físicamente, equiparse con torres, y 2) que pese a conocer esta técnica,
Polibio no hace referencia a ello en los elefantes cartagineses.
La numismática aporta nuevos datos. Se han recuperado varias series de monedas púnicas en
las cuales aparecen elefantes en el reverso. Varias de ellas se corresponden con el periodo
237-218 y en su mayor parte aparece un elefante solo, sin torre, con o sin mahout. Sin
embargo, sí que aparece un elefante con un howdah en algunas monedas campanas de la II
Guerra Púnica. Además, otros testimonios arqueológicos en suelo itálico dan testimonio del
conocimiento de elefantes con torres: una pátera campana de Cales109, un plato pintado
procedente de Capena110 o una figura de Terracota en el santuario de Apolo en Veyes111. ¿Qué
debemos entender entonces? Simplemente que la tecnología de guerra evoluciona, se
106
Scullard (1974: 240-241) cree que no hay evidencia segura de utilización de torres, ni siquiera entre
los indios, hasta que fueran introducidas por Pirro. Además, tampoco cree que los elefantes
cartagineses hubieran llevado nunca howdah (Scullard, 1974: 242). La misma opinión mantienen Brizzi
(1995: 311), Lazenby (1996: 27) y Charles y Rhodan, (2007: 367), mientras P. Rance (2009: 107) disiente.
107
Silio Itálico también menciona a elefantes “con torres en sus lomos” (Sil. IV, 599) durante la batalla de
Trebia (218). Sin embargo, dada la tipología de su obra y el gran volumen de ficción incluida en ella,
creemos que hay que analizar sus afirmaciones con mucho cuidado.
108
Rance, 2009: 91-111.
109
Dicha pieza se encuentra actualmente en el Musée du Louvre. En el interior de la pieza se puede
apreciar un elefante que por sus características físicas se acerca más al africano que al asiático, con una
torre encima y un soldado que asoma la cabeza.
110
En este caso, la obra representa a un elefante con torre con un par de soldados armados con lanzas
en su interior. Una cría de elefante sigue a su madre agarrándole de la cola. Sin embargo, hay
investigadores que señalan, en base a la datación de la pieza, que se trata de uno de los elefantes indios
transportados por Pirro a Italia a inicios del siglo III (Scullard, 1974: 241).
111
Scullard, 1974: 176.
72
transforma, se adapta y prueba nuevas formas de ser más eficiente. El ejército de Cartago, más
que ningún otro, era voluble.
Figura 7. Shekel c.230 hallado en España. Amílcar-Melkart en el anverso, elefante con jinete hacia la
derecha en el reverso. Brittish Museum. CM 1911-7-2-1 (IGCH 2328).
Cartago conocía la existencia de elefantes porque, a diferencia de Egipto o del Epiro, existían
en su territorio. Eso está fuera de toda duda. Ahora bien, aprender a cazarlos y domarlos, o
bien a criarlos en cautividad, tuvo que representar un proceso lento y complicado. Y aún un
más complejo tuvo que ser entrenarlos con fines militares, lo cual no tan sólo habría requerido
tiempo y dinero, sino también especialistas. Algunos autores creen que Cartago y Egipto
empezaron a alquilar los servicios de mahouts procedentes de Oriente hacia la década del
280112. Puede que fuese incluso antes. Frontino (Strat., I, 2, 3) y Justino (XXI, 6) mencionan a un
espía cartaginés, Amílcar Ródano, quién fue enviado a la corte de Alejandro pretendiendo ser
un exiliado, con el verdadero objetivo de informar de los avances y objetivos del rey
macedonio, pues incluso Cartago se sentía amenazada ante su extraordinaria expansión113.
Cabe suponer que entre sus informes habría dado buena cuenta a su patria de las nuevas
armas de guerra que el macedonio encontró en Persia. Cartago tenía la materia prima y
Oriente les enseñó que era posible su utilización militar. Así pues, era tan sólo cuestión de
tiempo que los elefantes norteafricanos entraran en liza.
Si nos atenemos a los datos de que disponemos, podemos trazar cierta evolución. Entre finales
del siglo IV e inicios del siglo III Cartago decide empezar a adiestrar elefantes para el combate.
La primera vez que son mencionados, en 262, son desplegados incorrectamente y su impacto
en batalla es escaso, lo cual revela una inexperiencia en su utilización. Ahora bien, se trata de
una fuerza poderosa, 50 o 60 animales transportados a Sicilia constituye un desafío a muchos
niveles, lo que puede significar que el ejército púnico llevaba ya tiempo preparando una
operación de este calibre. Después de Agrigento, no son mencionados hasta el desembarco de
112
Gowers, 1947: 43.
113
Orosio (III, 20, 2) se limita mencionar que una embajada de legados cartagineses (junto con sus
homólogos galos, hispanos, sardos y sículos, cuya veracidad podemos poner en entredicho dado que no
representaban a ningún estado) esperaba a Alejandro a su vuelta a Babilonia. Más adelante, el mismo
Orosio (IV, 6, 21-22), bebiendo de Pompeyo Trogo y Justino, relata la misma historia acerca de Amílcar el
Ródano.
73
M. A. Régulo en África, donde los cartagineses son de nuevo derrotados cerca de Adis (256).
Será Jantipo, militar lacedemonio contratado por Cartago, quién enseñe a la comandancia
púnica el correcto uso de estas bestias de guerra, consiguiendo al año siguiente una aplastante
victoria en Tunis (255). A partir de entonces, a excepción de la emboscada en Panormo del
251, los elefantes son utilizados con éxito tanto en la Guerra de los Mercenarios como en la
conquista de Iberia. Por otro lado, atendiéndonos a los testimonios numismáticos, todo parece
indicar que los elefantes púnicos iban desprovistos de torre o howdah. Pero esta situación
cambia con la llegada de Aníbal Barca. Como hemos visto, varios testimonios numismáticos y
arqueológicos así como el pasaje de Diodoro Sículo en la Suda, indican que al menos una parte
de los elefantes anibálicos iban pertrechados con ellas114. Por supuesto, que fuera Aníbal quién
introdujera esta innovación no debería sorprendernos; su bagaje familiar, su formación
castrense, así como los técnicos especialistas y consejeros que tuvo a su alrededor, le
proporcionaron una formación militar al más alto nivel que dieron sus frutos durante la
segunda guerra contra Roma.
Scullard observó que la introducción de los elefantes coincidía con la desaparición de los carros
de combate en las fuentes escritas115. En efecto, como hemos indicado en el apartado anterior,
la introducción de elefantes en el ejército púnico se habría producido a principios del siglo III;
pues bien, la última participación de carros de combate en batalla se produjo en África, contra
Agatocles, en el año 310 (Diod. XX, 10, 6). De hecho, son muy escasas las referencias a la
utilización de esta máquina por parte púnica, aunque cuando aparecen, lo hacen en grandes
cantidades: 400 carros de guerra en 396 (Diod. XIV, 54, 5-6), 300 en 344 (Diod. XVI, 67, 2), un
“gran número” en 339 (Diod. XVI, 77, 4; 80) y un número indeterminado en 310 (Diod. XX, 10,
6).
El carro de guerra tuvo un destacado papel en los ejércitos del Próximo Oriente116 y la tradición
de las colonias fenicias occidentales conservó su práctica117. Se trataba normalmente de carros
ligeros, de dos ruedas, arrastrados por dos -biga- o cuatro caballos -cuadriga- y armados con
cuchillas118. Sin embargo varias causas terminaron por retirarlos de los campos de batalla. La
primera de ellas ya la hemos comentado: la introducción del elefante de guerra suplió las
tareas de los carros e incluso las mejoró. Ambas unidades se caracterizan por los estragos que
causa el choque de su masa contra unidades de infantería en formación cerrada; pero una vez
frenado el impacto, el carro difícilmente podía sobrevivir al combate cuerpo a cuerpo, y en
114
A partir de un pasaje de Plinio (NH. VIII, 5), donde menciona un elefante llamado Surus dentro del
ejército de Aníbal, varios investigadores han propuesto la inclusión de elefantes asiáticos en el ejército
anibálico, dado que “Surus” podría significar “el sirio” (principalmente, Scullard, 1974: 174-177). De
modo que existe la posibilidad que fueran los elefantes asiáticos de Aníbal quienes transportaran estas
torres. Sin embargo, la evidencia en este sentido es más que escasa (ver Rance, 2009: 107, nota 66).
115
Scullard, 1974: 148.
116
Vita, 2003: 73-75; Quesada Sanz, 2005b: 40-42.
117
Huss, 1993: 319; Brizzi, 1995: 307.
118
Gracia, 2003: 176.
74
cambio el elefante, sí. En segundo lugar, las reformas introducidas por Filipo y Alejandro en los
ejércitos falangitas, basadas en unidades de infantería más móviles, con lanzas más largas y
más profundidad de filas, puestas a prueba con éxito en Oriente, fueron emulados por los
diádocos y epígonos y se convirtieron en norma en el Mediterráneo Oriental durante el siglo
III. Esta mayor movilidad, junto con la ampliación del alcance de las lanzas, anularon los
choques de carros. En tercer lugar, hay que tener en cuenta el factor logístico. Cartago libró la
mayor parte de sus guerras fuera del continente africano, de modo que era necesario
embarcar y desembarcar sus tropas mediante su flota. Transportar 300 carros de guerra de
esta forma significa desmontarlos, amarrarlos, transportarlos ocupando mucho espacio,
desembarcar, montar y uncir los caballos. Tiempo y espacio que podrían haberse dedicado a
otros menesteres quizá más productivos. Algo similar debió pensar al alto mando cartaginés
después de sufrir una aplastante derrota en Crimisos (c.339) a manos de la infantería
siracusana liderada por Timoleón, quién supo aprovechar las inclemencias del tiempo y las
condiciones geográficas. Por último, cabe mencionar los no pocos condicionantes orográficos
que precisa un carro de guerra no sólo para poder entrar en combate sino también para
desplazarse hasta el campo de batalla. En el norte de África y Oriente Próximo abundan las
llanuras dónde poder optimizar su utilización, sin embargo en Sicilia, Iberia o Italia el terreno
es generalmente mucho más abrupto.
Polibio, en su retrato paralelo entre Roma y Cartago, afirmaba que los cartagineses eran
mejores en marinos que los romanos porque estaban acostumbrados, desde hacía varias
generaciones, a navegar hacia cualquier rincón del mar (Pol. VI, 52, 1). En efecto, como hemos
podido comprobar en los capítulos anteriores, la ciudad norteafricana, al igual que su patria,
Tiro, hizo del mar su dominio territorial. Esto significa control del comercio marítimo y conlleva
la existencia de una flota militar que lo garantice. La flota militar fue la seña de identidad de
Cartago y así lo transmiten varios autores clásicos como, por ejemplo, Diodoro, (Diod. XXIII, 2,
1; también Dion Cas. XI, 43, 8-9) quién en boca del general Hannón el Viejo advierte a Roma
que no interfiera en los asuntos del mar. En este sentido cabe destacar el trabajo de L.
Rawlings119 en relación a la marina cartaginesa y en la utilización de ésta y de las colonias
fenicio-púnicas para establecer su propia talasocracia. Rawlings defiende la hegemonía púnica
en el mar a lo largo de los siglos V-IV y como esta presencia marina ayudó a consolidar y
proteger a muchas de las colonias fenicio-púnicas del Mediterráneo Occidental120.
Un repaso a las fuentes literarias antiguas nos informa que el número de éxitos en batalla
reseñados de la flota cartaginesa es comparable al número de derrotas. Uno puede
preguntarse, pues, si tal fama en la antigüedad era o no merecida. Sin embargo, cabe recordar
que todas estas batallas, victorias o derrotas, se corresponden a enfrentamientos contra Roma
o Siracusa narradas por autores griegos o latinos; dado que no tenemos acceso a ninguna
fuente cartaginesa, desconocemos por completo el resto de sus intervenciones, calladas o
119
Rawlings, 2010.
120
Rawlings, 2010: 258.
75
directamente desconocidas por dichos autores. Aún así, en base a los datos de que
disponemos, podemos afirmar que en la formación y expansión del imperialismo cartaginés,
sin duda su flota jugó un papel imprescindible. Hay que tener en cuenta que dicha flota no
solamente fue creada para el enfrentamiento marítimo sino, fundamentalmente, para el
transporte de tropas, la escolta de barcos, defensa contra la piratería, bloqueo de ciudades
marítimas, como vía de comunicación institucional entre colonias/ciudades aliadas y Cartago, y
por último, como defensa de fortalezas en las islas. No debemos olvidar que la mayor parte de
enfrentamientos en los que participó Cartago se desarrollaron en tierra firme y que, la
inmensa mayoría de batallas navales tienen como objetivo apoyar a las tropas terrestres, pues
los objetivos de toda guerra se encuentran ahí, y no en el mar121.
Atendiendo a los datos que sí tenemos, las fuentes literarias mencionan por primera vez a la
flota cartaginesa en la batalla de Alalia (c.535), cuyo desenlace según Heródoto fue una
victoria cadmea -aún no pírrica, pues estamos en el siglo VI- para los griegos, que sin embargo
obligó a los foceos a abandonar la isla (Hdt. I, 166). En tal ocasión la flota cartaginesa estaba
formada por 60 naves. Cincuenta años más tarde, Diodoro (XI, 20, 2) afirma que Amílcar utilizó
más de 200 naves de guerra y más de 300 barcos de carga122 en su campaña en Sicilia que
terminó con derrota en la batalla de Hímera (480). En la campaña del 409 Aníbal transportó su
ejército a bordo de 60 naves de guerra y 150 de transporte123 (Diod. XIII, 54, 1); un par de años
más tarde Cartago envió una nueva oleada de 40 trirremes en avanzadilla de nada menos que
un millar de naves de transporte. Estas fueron rechazados en batalla naval (15 fueron
hundidas) por la marina siracusana cerca de Érix (Diod. XIII, 80, 5-7), pero la situación de
invirtió al año siguiente, pues la misma cantidad de trirremes púnicas atacó y capturó al
convoy siracusano que transportaba víveres hacia Acragas (Diod. XIII, 88, 3-5). No se puede
establecer, por tanto -al menos a tenor de los testimonios literarios-, que la flota cartaginesa
estuviera organizada en escuadrones de 60 navíos, como presentaba Lancel124.
El puerto naval de Cartago en los siglos V, IV y la mayor parte del III no era el cothon125 o
puerto militar circular descrito por Apiano (Punic Wars, 96), Estrabón (XVII, 3, 14) y citado por
Diodoro Sículo (III, 44, 8), conectado con el puerto comercial rectangular, que tantas
ilustraciones ha inspirado. Aquel no fue construido hasta después de la II Guerra Púnica,
probablemente en una fecha poco anterior al 150 (Hurst, 1993: 48). En este sentido, los datos
cronológicos proporcionados por la arqueología coinciden con el fin de las multas impuestas
121
Hoyos, 2010: 153.
122
ἔχων πεζὴν μὲν δύναμιν οὐκ ἐλάττω τῶν τριάκοντα μυριάδων, ναῦς δὲ μακρὰς πλείους τῶν
διακοσίων, καὶ χωρὶς πολλὰς ναῦς φορτίδας τὰς κομιζούσας τὴν ἀγοράν, ὑπὲρ τὰς τρισχιλίας. Diod. XI,
20, 2.
123
περὶ δὲ τούτους τοὺς καιροὺς Ἀννίβας ὁ τῶν Καρχηδονίων στρατηγὸς τούς τ᾽ ἐξ Ἰβηρίας
ξενολογηθέντας καὶ τοὺς ἐκ τῆς Λιβύης καταγραφέντας στρατιώτας συνήγαγε, καὶ μακρὰς μὲν ἑξήκοντα
ναῦς ἐπλήρωσε, τὰ δὲ φορτηγὰ πλοῖα περὶ χίλια πεντακόσια παρεσκευάσατο. Diod. XIII, 54, 1.
124
Lancel, 1995: 126.
125
Sobre la denominación cothon en determinados puertos de la Antigüedad, ver Carayon, 2005.
76
por Roma con el desenlace de la Guerra Anibálica y también con la noticia de Catón, quién,
alarmado, afirmaba que Cartago se estaba rearmando. Quizá pues, las advertencias de Catón
no fueran meras impresiones cargadas de sentimiento antipúnico; si lo que vio en su visita a
Cartago en el 157 fueron los últimos arreglos a las obras del puerto circular, con capacidad
para 220 naves, sin duda sus temores estaban bien fundados126. En cambio, es muy poco lo
que sabemos respecto al puerto -o puertos- utilizado por la armada púnica durante los siglos
VI-III. Mediante un estudio geomorfológico, de los sedimentos en la zona de los puertos, Vitali
y su grupo concluyó que los antiguos puertos estuvieron ubicados en la misma zona, pero que
dada la inexistencia de restos materiales antrópicos, éste debiera ser un puerto natural, a
diferencia del cothon del siglo II (Vitali et alii, 1992: 565). Varios autores han intentado resolver
la evolución de los puertos cartagineses hasta su fase neopúnica127. El retrato más acurado nos
lo ofrece Hurst, quién, después de varias publicaciones anteriores, describe la presencia de un
antiguo canal artificial, aprovechando las condiciones naturales del terreno, que discurría
paralelo a la costa en la zona del futuro puerto rectangular y que comunicaba la bahía de
Túnez con la zona de dársenas. Esta zona se amplió posteriormente, entre el siglo IV y
comienzos del III dando lugar a la fase 0 del puerto circular neopúnico. Esta misma zona se
remodelaría después de la Segunda Guerra Púnica dando lugar al puerto descrito por las
fuentes clásicas, mientras que el canal de ensanchó transformándose en el puerto
comercial128.
Por otro lado, parece igualmente probable, a tenor de su ubicación, que la bahía actualmente
ocupada por el Lago de Túnez se utilizara también como fondeadero129. Sin embargo, los
problemas de sedimentación quizá ya fueran una realidad en época púnica. En la actualidad el
agua del lago se encuentra a unos 2 quilómetros de la antigua ciudad, pero todo apunta que
antiguamente la costa arribaba a los pies de la misma130. Quizá estos problemas de
navegabilidad, especialmente en naves de medio o gran calado, motivaron la construcción, en
una época sin determinar, del denominado “cuadrilátero de Falbe”. Se trata de una
superestructura de 425m de longitud por 100m de anchura ubicado al SO del puerto
rectangular que actualmente aún puede apreciarse a escasa distancia de la superficie del mar.
126
Varios autores, entre ellos D. Hoyos (2010: 87; 92), retrotraen la construcción del puerto hacia
alrededores del año 200. Sin embargo, no tiene sentido construir un puerto con estas prestaciones y
dimensiones para una flota de 10 navíos de guerra, que es el número de naves que estipuló el tratado
del fin de la II Guerra Púnica. Tampoco me convence la cronología relativa a la guerra de Aníbal; no es ni
durante ni después de una guerra cuando se pueden dedicar esfuerzos económicos, logísticos y
humanos a empresas de tal envergadura como esta, sino precisamente antes -antes de la III Guerra
Púnica o los enfrentamientos con Masinisa- con tal de preparase lo mejor posible para la empresa
bélica.
127
Stager, 1992, 75-76; Hurst, 1992: 83; Panero, 2008: 70.
128
Hurst, 1994: 43-45.
129
Hurst, 1992: 84; Hurst, 1993:51; Panero, 2008: 69.
130
Hurst, 1993:51.
77
3.3.2. Las naves
Los orígenes de esta nave parecen remontarse al Levante mediterráneo hacia c.600131 y, con
pocos cambios sustanciales, se difundió por el Egeo y el Mediterráneo central con bastante
rapidez. Pese al notable empujón que recibido la arqueología subacuática en la última mitad
de siglo XX, debido al material perecedero y a las difíciles condiciones de conservación en el
Mediterráneo, aún no se ha podido localizar aún ningún pecio de trirreme que permita
conocer todas sus características. Sin embargo, gracias a los testimonios literarios, artísticos y
los datos que sí ha podido recoger la arqueología -incluida la arqueología experimental132-, se
ha logrado reconstruir un modelo hipotético. Las dimensiones de esta nave se han calculado
en 35m de eslora máxima (longitud total) por 3,5m de manga (anchura)133. Los remeros
estaban distribuidos en 3 filas de 27, 27 y 31 hombres cada una -de inferior a superior- en cada
lado, sumando un total de 170 remeros a los que debemos añadir entre 14 y 40 tripulantes
más. El número de infantes armados fue en aumento a medida que la nave se acondicionó
para ello, pues en un principio el espacio no ocupado por los remeros era mínimo. Para
ampliar el área donde transportar soldados, en lugar de aumentar la manga, se construyeron
dos cubiertas elevadas por encima de la fila superior de remeros, que evolucionó hasta
convertirse en una cubierta que abarcaba toda la anchura del casco, cuya denominación
aparece en las fuentes con el apelativo catafracto134. Entre esta tripulación cabe incorporar a
personal marinero, oficiales, infantes, y dotación de máquinas de proyectiles, si las había. Se
calcula una tripulación total de 200 hombres por nave135. En el mundo griego el oficial al cargo
de la nave era designado por el general del ejército, al menos desde el siglo IV -si no antes-, y
era denominado trierarca136. Esta misma denominación aparece en algunos momentos en la
literatura clásica137 para referirse a un capitán cartaginés, al desconocer nuestras fuentes la
palabra semita utilizada en realidad.
131
Coates, 1987: 111.
132
En agosto de 1987 se botó en Grecia un trirreme a escala real llamada Olympias. Esta nave fue
construida por J. Coates y J.S. Morrison utilizando las técnicas y los materiales propios de los siglos V-IV,
siendo propulsada y dirigida, por tanto, por 170 remeros. Se trata de un gran ejemplo de arqueología
experimental que permitió conocer las particularidades de esta nave no solo durante su navegación sino
también en su construcción, como por ejemplo, su velocidad máxima, 9 nudos (17 Km/h), o su
maniobrabilidad. Actualmente tan solo se utiliza en exhibiciones (por ejemplo en las Olimpíadas de
Atenas 2004). Un completo informe y actualizado sobre esta nave puede verse en Rankov, 2012.
133
El cálculo de las medidas de una trirreme se ha basado en la medida del espacio entre remeros, de
modo que no existe unanimidad al respecto, pudiendo variar de los 33 a los 39m de eslora y entre los
3,5-5m de manga (en función también de si la nave iba provista o no de cubierta), Coates, 1985: 115;
Rankov, 1996: 50; Rankkov, 2012b: 229.
134
Rebolo, 2005: 40.
135
Coates, 1985: 83.
136
Jordan, 1972: 63.
137
App. Pun, 4; Diod. XXIV, 1, 6; Pol. II, 1, 9; Polien. VI, 16, 4. En Pol. I, 44,1 aparece τριήραρχος.
78
Entre finales del siglo V y comienzos del siglo IV aparecieron naves de mayor tamaño,
denominadas en función del número de remeros en cada columna138. Plinio el viejo señalaba la
aparición de estos colosos, desde las cuadrimerres, o “cuatros”, introducidas por los
cartagineses, hasta la dudosa cantidad de “cuarenta” de Ptolomeo IV:
Por su parte, Diodoro Sículo (XIV, 41, 3) señala que las quinquerremes fueron creadas por
Dionisio I de Siracusa en 399/398, precisamente para enfrentarse a los cartagineses, y poco
después subraya que nunca antes habían sido construidas (XIV, 42, 2). Sea como fuere, lo
cierto es que las quinquerremes fueron adoptadas más tarde por los propios cartagineses. Por
sus superiores dimensiones, unos 40m de eslora y 5m de manga140, esta nave fue utilizada a
menudo con fines de prestigio en misiones diplomáticas y transporte oficial. Así lo vemos en
Dionisio en numerosas ocasiones y también, posteriormente, en el mundo romano141; parece
lógico pensar que también en el mundo cartaginés hubiera sido la nave insignia en misiones de
este tipo. Sin embargo su principal función seguía siendo táctico-militar. Así como la trirreme
transportaba a unos 200 hombres en total, Polibio afirma que eran necesarios 300 hombres en
los remos para manejarla y que podía albergar hasta 120 soldados142 (Pol. I, 26, 7).
¿Quién eran estos remeros? ¿soldados, ciudadanos, eslavos? Probablemente el origen de los
remeros debe ponerse en relación a cada momento histórico. En los primeros siglos desde la
fundación de la ciudad, los buques de guerra cartagineses probablemente utilizarían a sus
propios ciudadanos. Posteriormente, a medida que el número de naves se iba incrementando
y el imperio territorial cartaginés con él, habría sido necesario incorporar a súbditos, aliados,
mercenarios y esclavos. Pese a que se ha sugerido que lo habitual era la utilización de hombres
libres de baja extracción social en lugar de esclavos para evitar actos de saboteo o falta de
motivación en los remos143, se puede argumentar que una vez embarcado y frente a un
138
Para un resumen sobre la cuestión de la disposición y número de remeros en este tipo de naves, que
ha sido foco de discusión durante décadas, ver Murray, 2012: 6-9.
139
Plin. NH. VII, 56(57), 208. Traducción del equipo de Antonio Fontán y Ana Mª Moure Casas para la
editorial Gredos.
140
Rebolo, 2005: 42.
141
Para numerosos ejemplos, ver Murray, 2012: 25 y ss.
142
Sobre las características técnicas, capacidad y limitaciones de las naves de guerra en la Antigüedad
ver Rebolo Gómez, 2005. Procedente de la Ingeniería Aeronáutica y no de los Estudios Clásicos, el autor
proporciona interesantes datos y diferentes puntos de vista de una cuestión tan compleja como el
desarrollo, dispersión y funcionamiento de la marina de guerra cartaginesa.
143
Rebolo Gómez, 2005: 46.
79
enemigo que quiere eliminarte sin importarle quien está en los remos, la motivación para
sobrevivir supera cualquier afinidad política. En este sentido se pronuncia M. Fantar al afirmar
que los pilotos de la nave y el personal de abordo, así como los soldados que pudiera haber en
ella serían indudablemente ciudadanos de la propia Cartago u otras ciudades púnicas,
mientras que los remos estarían a cargo de esclavos y mercenarios144.
Cabe destacar un último aspecto en relación al espacio libre en un trirreme, que bien se puede
extrapolar al resto de polirremes. Como ya demostró el Olympias en arqueología
experimental, los remeros necesitan una gran cantidad de agua en una jornada de viaje; no tan
solo por el esfuerzo sino también para recuperar el líquido transpirado: hay que recordar que
la época de navegación en el Mediterráneo se extiende de mediados de primavera a mediados
de otoño -como máximo- y que, en un espacio semicerrado con 170 hombres realizando
ejercicio físico, en seguida subiría más aun el sofocante calor. Además, del espacio necesario
para cubrir las necesidades de agua para 200 hombres habría que sumar la comida. Así pues,
teniendo en cuenta que tampoco había espacio para descansar y menos aún, para tumbarse a
144
Fantar, 1993: 125.
145
Los 7 espolones han proporcionado una valiosa información de primera mano sobre los navíos de
guerra en la Antigüedad. Cabe destacar que todas estas piezas no son estándares, aun pudiendo ser del
mismo bando en conflicto. Por otro lado, es muy destacable el hecho que, a través de la medida de
estos espolones, de entre 60 y 85 cm de longitud, pueda establecerse una asociación con la medida
aproximada del casco la nave al que iba anclado; y estos datos no coinciden con la noticia de Polibio
sobre la batalla (Pol. I, 63, 8) según el cual la mayor parte de naves eran quinquerremes -no así en
Diodoro (XXIV, 11, 1-2) quién solo menciona “naves de guerra” y “naves de transporte” en ambos
ejércitos-. La situación no tiene fácil solución en este sentido. En cuanto a la procedencia púnica o
romana de estas piezas, en el espolón número 3 se encontraron caracteres fenicios, mientras en el 1, 4,
6 y 7, latinos. El número 4 presenta una deformación producto probablemente del choque contra un
espolón enemigo y otras piezas tienen deformaciones menores debidas a impactos contra el casco. Se
han podido recuperar, además, varios cascos, entre ellos 4 de tipo Montefortino (Tusa y Royal, 2012).
146
Murray, 2012: 17-30.
80
dormir, varios autores han advertido que en el caso de las naves de guerra era necesario
desembarcar cada noche para descansar, comer y reponer provisiones147. Este hecho tiene
importantes repercusiones geoestratégicas: demuestra la necesidad de la existencia y control
de puertos a lo largo de la costa y en islas bien situadas para poder garantizar el
aprovisionamiento de la flota.
Así pues, durante el siglo V y buena parte del III el trirreme capitaneó la flota cartaginesa;
posteriormente se incluyeron otras naves, especialmente la quinquerreme, aunque no la
sustituyeron totalmente. La primera alusión a quinquerremes en manos cartaginesas es
indirecta; Polibio (I, 20) informa que en el año 262 Roma construyó una gran flota con 100
quinquerremes y 20 trirremes y que para la construcción de las primeras -dado que las
trirremes eran sobradamente conocidas- utilizó como modelo una nave cartaginesa que había
quedado escorada dos años antes en el estrecho de Mesina, en 264 (Pol, I, 20, 15), un hecho
cuya verosimilitud se ha puesto a menudo en entredicho. Pese a que las quinquerremes son
mencionadas a menudo en manos romanas, es en la batalla de Ecnomus (256) donde cobraron
todo el protagonismo148. Vale la pena detenerse brevemente en este punto, pues se trata de la
mayor batalla naval de la Antigüedad y posiblemente de la Historia de la humanidad149. Casi
una década llevaban romanos y cartagineses enfrentándose en tierras sicilianas y pese a las
numerosas victorias itálicas, Cartago seguía resistiéndose. El Senado romano decidió entonces
construir una enorme flota compuesta por unas 330 naves de guerra (ναυσὶ καταφράκτοις) y
llevar la ofensiva a África (Pol. I, 25, 7). Cada nave, especifica Polibio, transportaba 300
remeros y 120 infantes (Pol. I, 26, 7), sumando un total de 140.000 hombres, con lo cual, se
trataba de quinquerremes, como, efectivamente, indica más adelante (Pol. I, 63, 8), además de
dos héxeras para sendos cónsules (I, 26, 10) y naves de transporte para caballos (I, 28, 2).
Alertada, Cartago envió una nueva flota que alcanzaba la cifra de 350 naves (también ναυσὶ
καταφράκτοις) (Pol. I, 25, 8). A tenor del número de naves, el ejército púnico se podía cifrar en
150.000 hombres (Pol. I, 26, 8), cifra que grosso modo, cuadraría con 350 naves, con 420
hombres cada una150. El historiador de Megalópolis, afirma que el flanco derecho de la línea
cartaginesa estaba al cargo de Hannón con las quinquerremes más rápidas (πεντήρεις τὰς
μάλιστα ταχυναυτούσας) (Pol. I, 27,5) y durante el desarrollo de la batalla causó estragos a los
romanos; sin embargo desconocemos si estas “quinquerremes más rápidas” lo eran por su
diseño o por su tripulación, probablemente ambas. Al final de la primera contienda, Polibio
calculó que los romanos habían perdido unas 700 quinquerremes entre batallas y tormentas,
mientras que por parte cartaginesa contaba 500 (Pol. I, 63, 8).
147
Rankov, 1996: 51.
148
En operaciones anteriores, como por ejemplo en la batalla de Milas (261), Polibio no especifica nunca
el tipo de nave que utilizaron los cartagineses, excepto la nave de su comandante, Aníbal, en esa misma
batalla, una héptera que había pertenecido a Pirro (Pol. I, 23, 4).
149
Rebolo Gómez, 2005: 31; Lazenby, 1996, 1; 87.
150
Aunque se ha señalado que probablemente el número de cartagineses no sea el correcto, pues
aunque hubiera 350 naves, no se trataba de un ejército de invasión como el que preparaba Roma y en
segundo lugar, Cartago no utilizaba -que sepamos- la táctica del abordaje que sí utilizaba su adversario,
a través de los corvi, de modo que quizá no habría 120 infantes a bordo de queda quinquerreme
(Lazenby, 1996: 86).
81
Más tarde, en 218 aparecen, por primera vez en contexto histórico-literario, las cuadrirremes.
Se trata de las fuerzas Aníbal dejó bajo la dirección de Asdrúbal en Iberia, nada menos que 50
quinquerremes (32 con sus dotaciones), 2 cuatrirremes y 5 trirremes (Pol. III, 33, 16, del cual
bebe también Livio en XXI, 22). Aunque su participación en batalla debió de ser más bien
escasa, las cuatrirremes ya son mencionadas por Aristóteles, según hemos visto en el pasaje
de Plinio, así que ya debieron de ser utilizadas por Cartago a finales del siglo IV.
Probablemente esto habría sucedido poco antes de la introducción de las quinquerremes, por
quienes habrían sido sustituidas.
151
Frost, 1974.
152
Según Lancel, un monoreme o birreme (1995: 130), según Fantar una birreme o una trirreme (1993:
126), según Rebolo Gómez, simplemente “un buque auxiliar para acompañar a la armada” (2005: 34).
153
Hoyos, 2010, 150-151.
82
4. LOS VECINOS NORTEAFRICANOS
1
Las primeras fundaciones de colonias en el norte de África parecen ser Útica y Lixus. Heródoto fecha
estas fundaciones hacia el año 1.100, aunque los datos arqueológicos retrasan la presencia fenicia en la
región hasta el siglo IX.
2
Warmington: 1969, 81; Coltelloni-Trannoy, 2003: 30-31, quién también destaca la influencia helénica
en dicho proceso.
83
existen indicios para sostener que a partir del siglo IV empezaron a configurarse las primeras
entidades estatales a nivel regional3. Si bien es cierto que algunos autores clásicos fijaron en su
momento su mirada en el norte de África y señalaron algunos de sus pueblos, ciudades o
personajes, también lo es que todos ellos estuvieron, cronológica y geográficamente, muy
alejados del África prerromana. Pese a esta carencia es preciso esbozar, al menos, un cuadro
general4.
Debido a la mencionada distancia de las fuentes literarias, sus aportaciones no son sólo
escasas sino que además la terminología empleada es confusa, cuando no contradictoria. El
ejemplo más evidente en este lo constituye es el término “libio”, que esconde un significado
con matices importantes entre los autores grecolatinos. Así, en Plinio (NH. V, 1, 1-4) designa a
todos los habitantes del norte de África de forma general. En Diodoro (III, 49-51) y Estrabón
(XVII, 3, 23), en cambio, se refiere a los pueblos de las futuras provincias tripolitana y cirenaica.
Por último, en Polibio y también en otro pasaje de Diodoro (XX, 55, 3-4) describe a los
habitantes de la chora cartaginesa. Apiano, en cambio, prefiere utilizar el término africani para
designar a la mayor parte de pueblos del norte de África. Ante esta problemática étnico-
territorial, A. C. Fariselli concluía que “stando a quato si ricava dalle informazione letterarie a
disposizione, non è possibile rintracciare una precisa corrispondenza di “étnico” fra le
denominazioni di Libî ed Afri, e la reale distribuizione del popolamento nordafricano antico (…)
Di conseguenza, il valore, per così dire, étnico-geografico del termine riferito al popolo debe
essere di volta in volta dedotto dal contesto ed adeguato alla prospettiva della fonte in
esame5”.
3
Desanges, 1994: 68.
4
Es difícil encontrar una obra dedicada íntegramente a la cuestión política y etnográfica del norte de
África prerromana, pues al carecer de testimonios escritos contemporáneos -salvo Herodoto-, la
arqueología se rebela como la mejor herramienta en este sentido. Por desgracia, la mayor parte de
estudios atañen a yacimientos o regiones muy concretas, careciendo de un estudio global. Además, la
intensidad con que se ha estudiado el paisaje a nivel arqueológico dista mucho de ser homogéneo; así,
mientras que en la actual Túnez se llevan a cabo numerosos proyectos de forma paralela, la situación en
Marruecos, Argelia y Libia es menos generosa. Además de unas pocas pero notables obras clásicas sobre
esta temática, como la de Gsell (1920), o la de Warmington, 1969, encontramos algunos buenos
estudios de carácter más puramente histórico, en los capítulos introductorios de obras relativas a
Cartago, a las Guerras Púnicas o al África romana. En especial merece destacarse, Le Bohec, 2001 y
Fariselli, 2002. Por otra parte, sobresalen dos estudios sobre la punicización del territorio africano y la
expansión del imperialismo cartaginés sobre sus vecinos: Fantar, 1993b y Manfredi, 2003.
5
Fariselli, 2002: 8.
6
Sífax y Gala (o Gaia) habría que identificarlos con los reyes de masesulios y masilios respectivamente
antes y durante la Segunda Guerra Púnica, de tal modo que parece evidente que al menos estos dos
reinos constituían unidades políticas independientes en época protohistórica. Las fuentes escritas
también mencionan a un rey mauro en la misma época: Baga o Bogus (Liv. XXIX, 30, 1; Est. XVII, 3, 5).
84
Utilizaremos la acepción polibiana y diodorea7 de Libia, esto es, el territorio que actualmente
ocupa la mitad norte del país de Túnez y que fue progresivamente fagocitado por la chora de
Cartago; mientras que hacia el este recurriremos a topónimos concretos para referirnos a los
habitantes de la zona entre las dos Sirtes y hasta la Cirenaica. El término africano, designará a
todo habitante del continente al oeste de Egipto, sea cual sea su adscripción cultural. Por otra
parte, las fuentes literarias se refieren a menudo al etnónimo númida. En este caso se trata de
una anacronía, pues el Reino Númida no se formó como tal hasta el fin de la Segunda Guerra
Púnica, a partir de la unión de los territorios de masesulios y masilios bajo el liderazgo de
Masinisa. A menudo la literatura clásica (especialmente Livio, Polibio o Apiano) utiliza esta
denominación para referirse, en realidad, a los jinetes masilios que acompañaron a los
ejércitos cartagineses durante la mayor parte de la Guerra Anibálica.
Por desgracia, Diodoro, no distingue posteriormente entre mauros, masesulios o masilios sino
que utiliza indistintamente los términos “libio”, “africano” o “bárbaro”. Teniendo en cuenta
que la influencia política y económica aumentaba conforme los territorios más próximos a
7
Tal y como la define en Diod. XX, 55, 4.
8
Callegarin y Moreau, 2009.
85
Cartago, defendemos que las alianzas militares con masesulios y masilios también se
mantuvieron en pie entre los siglos IV-III. Los motivos que nos empujan a defender tal
hipótesis es que, por un lado, durante dicho periodo el peso político y militar de Cartago -tanto
en el Mediterráneo como en África- no retrocedió sino que fue en aumento, lo que implica un
mayor radio de control e influencia; por otro lado, no parece que la situación política cambiara
demasiado ni en el extremo occidental ni tampoco en el oriental, hacia la frontera con Cirene,
durante este periodo. Ninguna otra potencia mediterránea expandió sus dominios sobre
aquellos territorios, de modo que el papel de Cartago como potencia regional no se puso en
entredicho. Por tanto, si ya en el 406 había una estructura preparada para proveer de tropas a
Cartago, defendemos que durante las grandes campañas de los siglos posteriores, estos
canales siguieron utilizándose para reforzar el ejército púnico.
Figura 8. El norte de África entre los siglos V y III con indicación de los principales pueblos y ciudades.
86
cerámico, de los objetos o edificios de culto y, sobretodo, de las necrópolis. Más difícil es
discernir si el grado de influencia permanecía en términos comerciales y culturales o bien si
Cartago ejerció algún tipo de subyugación política. F. Prados cree que no podemos establecer
unos parámetros comunes a nivel cultural-arqueológico que definan el mundo púnico de la
misma forma en todos sus territorios, pues en cada uno de ellos los patrones fueron
permeables (o se adaptaron) a las características culturales indígenas9. Aun así, había ciertas
características comunes; siguiendo el esquema próximo-oriental dónde el poder del rey se
manifestaba a través de palacios y templos, también en Cartago la monumentalización de
templos y necrópolis recordaba a propios y extraños quién detentaba el poder. Este fenómeno
se extendió por las ciudades norteafricanas más cercanas a Cartago. Posteriormente fue
adoptado en el reino de Numidia, a través de los grandes monumentos funerarios turriformes
neopúnicos10. Fuera del ámbito de la “arquitectura del poder”, cabe mencionar tres técnicas
propiamente fenicio-púnicas: la presencia de murallas de compartimentos en la arquitectura
defensiva, la utilización del opus africanum o muros en forma de telar, y la existencia de un
“almacén” tripartito o mercado en lugares dominantes o en las entradas de una ciudad11.
Volveremos con algunos de estos elementos indicativos en capítulos posteriores.
Para finalizar esta introducción geopolítica, cabe destacar dos aspectos muy genuinos de esta
región. Por un lado, un marcado carácter tribal de sus comunidades, como aún en la actualidad
puede observarse en zonas como el norte de Libia o Argelia, que pervivieron en -o
paralelamente a- las estructuras protoestatales de los reinos masesulio y masilio. Por el otro, la
tradición nómada de la población que habitaba estas tierras, especialmente en las regiones
interiores del Atlas. El mismo término númidas (=nómadas) lo atestigua (Ap. Hist. Rom., Prol.,
1). Sin embargo, este nomadismo no impidió la ni sedentarización de algunas poblaciones ni la
aparición de verdaderas ciudades, no sólo en la costa, sino también hacia el interior,
remontando los principales cauces fluviales (como por ejemplo Cirta, actual Constantina). Esta
sedentarización permitió un aumento demográfico y económico que debió propiciar la
aparición de poderes político-religiosos como tantas veces se ha podido comprobar en otras
zonas mediterráneas en fase de desarrollo preestatal. En este sentido, el mundo colonial
fenicio afincado en la costa actuó, sin duda, de catalizador en el proceso. Dado que ya en el
siglo IX empezaron a fundarse colonias en la costa y se incrementaron durante las dos
centurias siguientes, cabe imaginar que el peso demográfico, económico, político y cultural de
éstas fue introduciéndose lenta pero paulatinamente en el mundo indígena.
La eclosión de Cartago como primera potencia entre las colonias fenicias occidentales conllevó
transformaciones en la propia ciudad a distintos niveles. Aunque esta evolución fue gradual,
9
Prados, 2003: 21.
10
Prados, 2003: 22.
11
Prados, 2003: 26-45.
87
apreciarse de una forma más evidente especialmente a partir del siglo VII12. La llegada de
refugiados de Tiro frente a las ofensivas asirias en el inicio de aquel siglo aceleró aún más este
proceso, debido a la presión demográfica13. No sabemos con precisión la extensión de la
ciudad de Cartago en esa época; algunos autores apuntan que hacia finales del siglo VI, su
rondaría las 70ha14, pero con toda probabilidad la ciudad experimentó un crecimiento notable
durante el siglo V15. Cartago se erigió como potencia en el Mediterráneo central de forma
paralela a este proceso, de modo que parece lógico imaginar que el siguiente paso consistiría
en asegurar tres recursos fundamentales: el alimento para la población; la protección de la
ciudad; y el ingreso de metal tanto para sustentar a sus fuerzas armadas, como para construir
armamento y pagar las soldadas. En pocas palabras: seguridad y recursos16.
Este planteamiento teórico coincide con la ya mencionada noticia de Justino (XVIII, 7) dónde
relata que Magón, muy a finales del siglo VI, se encargó de expandir el dominio de la ciudad.
Aunque no explicita que fueran los territorios alrededor de ésta, lo más lógico es pensar que
así hubiese ocurrido realmente. En cualquier caso, Justino especifica concretamente que los
hijos de Asdrúbal y Amílcar, tuvieron que enfrentarse a los africanos que exigían el pago del
tributo a cambio de ocupar sus tierras. Un conflicto, que según el propio Justino, concluyó con
el pago de la deuda y no con las armas (Just., XIX, 1, 1-3). Estos mismos generales participaron
en campañas de conquista en Cerdeña y Sicilia, donde lograron mayores éxitos militares.
El primer indicio de que Cartago empezaba a erigirse como potencia regional es el episodio
dónde se relata la fundación de una colonia espartana por Dorieo al lado del río Cínipe, cerca
de Leptis Magna17 (Hdt. V, 42). La colonia se fundó c.520, pero tan sólo dos años después,
Cartago y los libios de la región se aliaron para expulsar a los colonos griegos. Varias razones
empujaron a Cartago a actuar lejos de su zona de influencia directa en el norte del continente.
La primera de ellas, sin duda, reside en que la expansión de colonos griegos sobre territorio
africano podía suponer, a medio/largo plazo, una competencia comercial directa en la zona18.
La segunda, que podía constituir una cabeza de puente perfecta para el desembarco de tropas.
En esos momentos Siracusa ya era el máximo competidor de Cartago en la zona y Esparta,
patria de Dorieo, podría convertirse en su aliado en caso de conflicto. Se ha postulado que
aquello que buscaba Dorieo era neutralizar la posible alianza entre Persia y Cartago, pues
recordemos que Fenicia cayó en manos de Ciro el Grande hacia el 535 y los aqueménidas
habían reemprendido las relaciones entre Tiro y Cartago19. Nosotros creemos que esa
interpretación quizás sobredimensiona el sentido de algunas de las evidencias literarias,
distorsionando el contexto histórico; no creemos que Dorieo estuviera pensando en el
contexto internacional en ese momento sino, simplemente, en la fundación de una ciudad.
12
Huss, 1993: 34; Aubet, 2009: 86.
13
Huss, 1993: 34; Champion, 2010: 7.
14
Rakob, 1990: 33.
15
Rakob, 1990: 41. Sobre la ciudad arcaica, ver también Lancel, 1990; Niemeyer, 1990.
16
Warmington (1969: 81) recordaba que, a diferencia de Roma, Cartago se encontraba ubicada en un
territorio cuya cultura, política y economía eran totalmente distintas a la suya, de modo que la
integración en ella fue mucho más difícil.
17
Sobre Leptis Magna, fundada hacia el 600, ver Bianchi Bandinelli, Vergara y Caputo, 1964; también
Floriani Squarciapino, 1966.
18
Champion, 2010: 28-29.
19
Manfredi, 2003: 367-368.
88
Por lo que respecta a Persia, el dominio del Mediterráneo oriental constituyó un objetivo
prioritario durante buena parte del reinado de la dinastía Aqueménida. Y en ese contexto
Cartago era la piedra angular de las rutas comerciales de Occidente a Oriente. En este sentido,
Heródoto afirma que, después de la anexión de Egipto, el Gran Rey Cambises pretendía
expandir sus conquistas hasta Cartago pero que, ante la oposición de algunas ciudades
fenicias, prefirió desechar la operación antes que enfrentarse a una revuelta de las ciudades
del Levante (Hdt, III, 19).
La expansión africana siguió con la segunda generación magónida, donde “se hizo la guerra a
los moros, se luchó contra los númidas, y los africanos” (Just. XIX, 2, 4). El conflicto contra los
africanos -por los cuales hay que entender las tribus libias más cercanas a Cartago- se saldó
con la exención del tributo por ocupar sus tierras. Dejando a un lado la anacronía númida, es
poco probable que la expansión cartaginesa llegara tan lejos como para enfrentarse
directamente al reino mauro. En su lugar quizás deberíamos considerar esta noticia como una
prueba del apoyo miliar cartaginés a las colonias fenicias ubicadas en ese territorio y el inicio
de la alianza militar a la que hacíamos referencia en el apartado anterior. No se trataría, por
tanto, de una operación expansionista territorial sino de una guerra defensiva en apoyo a las
colonias fenicias occidentales concluida mediante un tratado de cooperación.
Las áreas más cercanas a Cartago fueron rápidamente ocupadas por parte de la clase
adinerada de Cartago, empezando por el Cabo Bon20. Más tarde se unirían los valles del bajo
Medjerba, la parte occidental del Alto Tell y la zona septentrional del Sahel. Las explotaciones
agrícolas eran irrigadas por canales artificiales y controladas por granjas, muchas de ellas
fortificadas21, propiedad de los terratenientes púnicos. Al poco, estas familias se convirtieron
en una poderosa clase terrateniente, las mismas que a mediados del siglo V presionarían para
participar de las instituciones políticas en Cartago. Paralelamente, algunas ciudades indígenas
pasaron a incorporarse a la chora cartaginesa, pero saber con qué estatus jurídico fueron
integradas es algo que la evidencia documental no permite reconocer.
Cuando este proceso estaba ya en marcha se produjo la campaña sobre Sicilia del año 480 y la
famosa primera batalla de Hímera, que terminó con un resultado desastroso para Cartago.
Esta derrota, como hemos visto en capítulos anteriores, tuvo graves consecuencias a nivel
político y económico sobre la ciudad, además de detener el proceso expansionista púnico
sobre el Mediterráneo central. El cambio de régimen comportó una desviación de intereses, ya
que el nuevo senado cartaginés redirigieron su atención hacia las tierras africanas en lugar de
hacerlo hacia el mar22. A lo largo del siglo V Cartago se afianzó así como potencia marítima y
20
La zona del Cabo Bon se convirtió en un importante enclave de explotación agrícola, como
posteriormente mencionan las Diodoro (XX, 8, 3-4) y Polibio (I, 29, 7). Sobre las granjas púnicas de
explotación agrícola, ver Van Dommelen, 2006. También, Cecchini, 1986: 107-108.
21
Prados Martínez, 2008: 42.
22
Warmington, 1969: 60.
89
terrestre, lo que la convirtió definitivamente en el actor hegemónico entre las colonias fenicias
occidentales. Esta consolidación le permitió, a su vez, controlar las líneas de abastecimiento de
metales que circulaban desde Iberia y el África Occidental hasta la propia ciudad23.
L. I. Manfredi estableció tres grandes fases en la anexión de territorios africanos, que fueron
encuadrados en distritos o provincias a medida que iban siendo incorporados, y cuyo
ordenamiento relacionó con el esquema imperialista aqueménida31. Gracias a la epigrafía han
podido ser identificados algunos de estos distritos, que fueron llamados pagus en latín y `rs en
neopúnico32. Sus habitantes serían obligados a servir en el ejército púnico en caso de conflicto
a través de levas ciudadanas obligatorias, y además estarían sometidos al pago de tributos33.
En esta primera fase, producida entre el siglo VI y la primera mitad del siglo IV se incorporaron
23
Warmington, 1969: 60.
24
Prados Martínez, 2008: 38-39; Garvati, 2009: 129.
25
Prados Martínez, 2008: 34-38.
26
Acquaro et al., 1973
27
Bartoloni, 1973: 17. Según este autor el influjo púnico era muy potente en esta zona y el elemento
indígena se fue diluyendo después del siglo V (Bartoloni, 1973: 35). Sobre necrópolis púnicas, ver Fantar,
1995.
28
Fantar, 1984: 77-79. Sobre Kerkouane, ver Fantar, 1984.
29
Di Vita, 1968: 174; Warmington, 1969: 63.
30
Fantar, 1993a: 326.
31
Manfredi 2003: 408-410. Según esta versión, la capital de estos territorios albergaría mansiones de
carácter administrativo con ciudadanos cartagineses al frente. La población indígena que residía dentro
de este distrito entraría a formar parte de la estructura social cartaginesa. Este sistema llegaría a su
punto culminante con la política Bárcida, que pretendió incorporar definitivamente los elementos
indígenas -o al menos el libiofenicio- en el aparato del estado, buscando una mayor cohesión de los
territorios.
32
G. Ch. Picard (1969: 4-7) identificó 7 pagi provinciales, a los que Manfredi sumó otros dos. Los
distritos atestiguados epigráficamente son cuatro: Muxsi, Zeugei, Gunzuzi y Tusca; sin embargo la mayor
parte de autores coincide en catalogar de la misma forma -aunque sus fronteras no son claras- el Cabo
Bon, Bizacena, Los Campos Magnos, Gurza y el territorio delimitado por Theveste-Tipasa-Sicca
(Manfredi, 2003: 420-421).
33
Warmington, 1969: 61.
90
al territorio cartaginés la zona del Cabo Bon (cuya denominación administrativa
desconocemos) y los distritos de Muxsi, Zeugei y quizá también el de Bizacena34 (Figura 9).
Entre la segunda mitad del siglo IV y la mayor parte del siglo III se habría producido la segunda
fase de expansión de la chora cartaginesa, alcanzando hacia el final de este periodo su máxima
extensión histórica. De esta forma eran incorporados los distritos de Los Campos Magnos,
Gunzuzi y Tusca. Es posible que, durante este proceso, Cartago decidiera fortificar sus nuevas
fronteras por medio de guarniciones, como en Sicca y quizás también en Theveste35. Estas
guarniciones formaban el círculo exterior del sistema de cinturones concéntricos que se
construyeron alrededor de Cartago, cuyo primer nivel estaba formado por las fortificaciones
de la costa mencionadas anteriormente, además de las poblaciones de Nepheris, Uthina y
Tunes. Dicho sistema tendría un segundo círculo a unos 60 Km de la metrópolis, en el área de
Ziqua, Simingi y Jebel Moraba. La región alrededor de Thugga, por su importancia estratégica,
así como el distrito Tusca, también contarían con cinturones de fortificaciones propios36.
Mediante los cordones de seguridad Cartago buscaba asegurarse el control de las tierras
fértiles y a la vez proteger sus fronteras conviviendo en un mismo hábitat la explotación
agrícola y la vigilancia fronteriza37.
De forma paralela, siguiendo la división establecida por Ferchiou38, Manfredi identificó tres
estados de relación gradual entre Cartago y los territorios adyacentes. El círculo más cercano a
la capital estaba formado por aquellos territorios directamente controlados por la ciudad:
inicialmente el Cabo Bon, y los distritos de Muxsi y Zeugei.
34
Manfredi, 2003: 409-410.
35
Saint-Amans, 2004: 35. Sobre la fortificación de líneas de frontera, y la cuestión de la Fossa Regia, ver
también Prados Martínez, 2008: 39- 42.
36
Manfredi, 2003: 420.
37
Manfredi, 2003: 420; Saint-Amans, 2004: 35.
38
Ferchiou, 1995.
39
El llamado Altar de los Filenos no ha sido identificado arqueológicamente, y se pone en duda su propia
existencia física más allá de una línea de frontera. Warmington (1969: 62) cree que de haber existido,
debería coincidir con la frontera entre las futuras provincias romanas de Tripolitana y Cirenaica. Otros,
como Champion (2010: 29), la ubican en la antigua Automala, hoy El Agheila.
40
Manfredi, 2003: 451-477.
91
territorios adyacentes a la chora cartaginesa: ciudades como Mactar, Thugga41 o Bulla Regia se
encontraban en plena relación económica con Cartago42. Aunque no sabemos con exactitud
cuáles eran las características de las relaciones políticas, sí sabemos que había diferentes
categorías; las antiguas colonias fenicias así como las colonias de la propia Cartago estarían en
la cima de esta pirámide, seguidas por las ciudades africanas cuyo valor estratégico y comercial
podía medirse en relación a su estatus jurídico. A medida que esta chora iba sumando distritos,
empujaba a su vez el área punicizada hacia el exterior.
El último nivel de jerarquización estaría constituido por todos aquellos territorios africanos con
los cuales Cartago mantenía relaciones comerciales pero que se encontraban fuera de su área
de influencia política. Esta denominación incluía el área subsahariana habitada por tribus
sedentarias y otras seminómadas, principalmente gétulos y garamantes43.
41
Uno de los generales de Agatocles que penetró hacia el interior de África en el año 307 se enfrentó a
una ciudad llamada Tocai por Diodoro (XX, 57, 4), que quizás se corresponda con la población de Thugga
(Saint-Amans, 2004: 35).
42
Saint-Amans, 2004: 35.
43
Manfredi, 2003: 479-484.
92
Una de las evidencias más determinante del nivel de punicización de los territorios más allá de
la chora de la propia Cartago lo constituyen los epígrafes en los que aparece el cargo de sufete
y la Asamblea de la Ciudad como autoridades civiles44, a imagen y semejanza de la estructura
política de la propia capital. La mayor parte de estos epígrafes están fechados a partir del siglo
II, pero la influencia del sistema administrativo cartaginés queda bien reflejado en ellos. Este
modelo se extendió por todo el norte de África, desde los Emporia hasta Gibraltar45, aunque
por el momento, los únicos testimonios anteriores al año 200 se encuentran en Útica, Curubis,
Uthina, Thinissut, Thuburnica, Cirta y Leptis Magna46.
Una vez esbozado el amplio y complejo panorama político en el norte de África nos
centraremos en la actuación de sus habitantes en el ámbito militar. En este sentido, las
relaciones entre Cartago y sus vecinos distaron de ser homogéneas y regulares a lo largo de los
siglos IV y III. De hecho, las revueltas de la población indígena contra la metrópolis fueron
bastante frecuentes, a menudo apoyadas o instigadas por potencias extranjeras.
Habida cuenta la limitada demografía de la ciudad de Cartago, parece lógico postular que las
tropas africanas constituyeron a menudo el esqueleto del ejército púnico. Así al menos lo
interpretan buena parte de los especialistas actuales47. Según el testimonio de Diodoro (Diod.
XI, 1, 4-5) y de Heródoto (VII, 165, 1), ya en la primera batalla de Hímera (480) se documentan
tropas africanas en el ejército púnico. Con un territorio bajo dominio directo ya considerable,
la colonia tiria podía, ciertamente, llamar a filas a un buen número de ciudadanos africanos.
Heródoto (Hdt. VII, 165) relata que entre los 300.000 hombres reunidos bajo el estandarte del
general Amílcar había fenicios (Φοινίκων) y libios (Λιβύων), además de iberos (Ἰβήρων), ligures
(Λιγύων), elisicios (Ἐλισύκων), sardos (Σαρδονίων) y corsos (Κυρνίων). Del mismo modo que
los territorios africanos tenían distintos grados de relación política con Cartago, cabe imaginar
que sus soldados fueron incorporados a filas también según distintos procedimientos.
De esta forma, la población africana inscrita dentro de la chora cartaginesa -en ese momento,
el Cabo Bon y los distritos de Muxsi y Zeugei- así como las antiguas colonias fenicias en
44
Normalmente aparecen dos sufetes, sin embargo en algunas ciudades como Thugga, Althiburos o
Mactaris se han documentado 3 sufetes al mismo tiempo. Asimismo también aparece en algunas
inscripciones un sufes maior o rb hsptm, es decir, un sufeta principal (Manfredi, 2003: 379-380).
45
Manfredi, 2003: 380.
46
Manfredi, 2003: 386. Para el caso de Cirta, con la leyenda monetal: Cirta. Siendo sufetes Bodmelqart y
Hanno, ver Berthier, 2000: 302. Para Leptis Magna, ver Floriani Squarciapino, 1966: 9. Para Útica, ver
Ben Hassen y Maurin, 1998: 39.
47
Aquí cabe recordar la teoría de A. C. Fariselli según la cual la “reforma de la disciplina militar” llevada a
cabo por Magón a finales del siglo VI, no sería la introducción de mercenarios entre las tropas
cartaginesas sino la entrada de contingentes africanos (Fariselli, 2011: 130).
93
occidente posiblemente estuvieran obligadas a enviar levas ciudadanas. En segundo lugar, en
las denominadas áreas punicizadas resulta más razonable imaginar el establecimiento de
pactos con cada ciudad en concreto para el envío de tropas aliadas. Y así, por último, en los
territorios más alejados, en las colonias entre las Sirtes y en la frontera con los territorios de
gétulos y garamantes, serían enviados reclutadores de mercenarios en busca de hombres
dispuestos a luchar a cambio de dinero, tierras o bienes.
Tan sólo contamos con algunos indicios para presentar este esquema interpretativo, pero al
menos permite establecer una hipótesis sobre la que trabajar. Dicho esquema, además, sería
también aplicable a otros de territorios de la koiné cartaginesa, tal y como nos da a entender
Diodoro en tres pasajes que pertenecen al contexto de las campañas de finales del siglo V:
“En este periodo, Aníbal, general de los cartagineses, reunió a los mercenarios
que había elegido en Iberia y a los soldados que había reclutado en Libia 49”
(Diod. XIII, 54, 2).
“Una vez que los dos hubieron deliberado y se hubieron puesto de acuerdo,
enviaron a algunos ciudadanos que gozaban de gran consideración entre los
cartagineses con grades sumas de dinero, unos a Iberia y otros a las Islas
Baleárides, con la orden de reclutar el mayor número posible de mercenarios.
Ellos mismos recorrieron Libia, alistando a libios y fenicios y a sus mejores
conciudadanos. También enviaron a buscar soldados de los pueblos y reyes
que eran aliados suyos, los maurusios, los nómadas y otras gentes que habitan
en las regiones que se extienden hasta Cirene. Asimismo reclutaron en Italia
mercenarios campanos y los trasladaron a Libia 50” (Diod. XIII, 80, 2-4)
48
ὁ δὲ Ἀννίβας τό τε θέρος ἐκεῖνο καὶ τὸν συνάπτοντα χειμῶνα πολλοὺς μὲν ἐξ Ἰβηρίας ἐξενολόγησεν,
οὐκ ὀλίγους δὲ καὶ τῶν πολιτῶν κατέγραφεν: ἐπῄει δὲ καὶ τὴν Λιβύην ἐπιλεγόμενος ἐξ ἁπάσης πόλεως
τοὺς κρατίστους, καὶ ναῦς παρεσκευάζετο, διανοούμενος τῆς ἐαρινῆς ὥρας ἐνισταμένης διαβιβάζειν
τὰς δυνάμεις. τὰ μὲν οὖν κατὰ τὴν Σικελίαν ἐν τούτοις ἦν. Traducción de Juan José Torres Esbarranch
para la editorial Gredos (2008).
49
περὶ δὲ τούτους τοὺς καιροὺς Ἀννίβας ὁ τῶν Καρχηδονίων στρατηγὸς τούς τ᾽ ἐξ Ἰβηρίας
ξενολογηθέντας καὶ τοὺς ἐκ τῆς Λιβύης. Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial
Gredos (2008).
50
οὗτοι δὲ κοινῇ συνεδρεύσαντες ἔπεμψάν τινας τῶν ἐν ἀξιώματι παρὰ τοῖς Καρχηδονίοις ὄντων μετὰ
πολλῶν χρημάτων, τοὺς μὲν εἰς Ἰβηρίαν, τοὺς δ᾽ εἰς τὰς Βαλιαρίδας νήσους, παρακελευσάμενοι
ξενολογεῖν ὡς πλείστους. αὐτοὶ δ᾽ ἐπῄεσαν τὴν Λιβύην καταγράφοντες στρατιώτας Λίβυας καὶ
Φοίνικας καὶ τῶν πολιτικῶν τοὺς κρατίστους. μετεπέμποντο δὲ καὶ παρὰ τῶν συμμαχούντων αὐτοῖς
ἐθνῶν καὶ βασιλέων στρατιώτας Μαυρουσίους καὶ Νομάδας καί τινας τῶν οἰκούντων τὰ πρὸς τὴν
Κυρήνην κεκλιμένα μέρη. ἐκ δὲ τῆς Ἰταλίας μισθωσάμενοι Καμπανοὺς διεβίβασαν εἰς Λιβύην.
Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (2008).
94
Queda claro, por tanto, que a finales del siglo V existían varias zonas en África dónde los
ciudadanos eran alistados de distinta manera por parte de Cartago. Dentro del territorio
cartaginés, el generalato púnico escogía a los ciudadanos que debían servir en el ejército en
calidad de soldados estatales; es decir, lo que probablemente debamos definir como una leva
ciudadana. En cambio, los reinos africanos aliados proporcionaban tropas, a las que Diodoro se
afana en distinguir de los mercenarios iberos o itálicos.
En el siglo IV, los enfrentamientos entre Cartago y Siracusa continuaron. En el año 396 el
general cartaginés Himilcón había logrado una serie de victorias que lo llevaron hasta el asedio
de la propia colonia corintia. Parecía tenerlo todo a su favor para capturar la ciudad e
incorporar toda la isla bajo dominio púnico. Sin embargo una epidemia se extendió
rápidamente por el campamento cartaginés y, en unos pocos días, sus efectos fueron
devastadores. Dionisio, al percatarse de la situación, aprovechó el momento para lanzar un
ataque coordinado por tierra y por mar que sorprendió a los cartagineses (Diod. XIV, 70-74).
Himilcón, derrotado, tuvo que apresurarse a pedir una tregua y negociar una salida lo más
digna posible. El tirano permitió partir al comandante enemigo y a las tropas ciudadanas
cartaginesas, de modo que al tercer día después del ataque, Himilcón zarpó de Sicilia
abandonando al resto de tropas a su suerte (Diod. XIV, 75).
Cuando las noticias de la inesperada derrota llegaron a Cartago, no fueron bien recibidas.
Hasta el punto de que el propio Himilcón acabó por suicidarse en su propia casa, ya fuera por
vergüenza o por miedo al Tribunal de los Ciento Cuatro. Pero cuando la información acerca del
abandono de las tropas llegó al resto del territorio africano, la reacción fue más enérgica.
Según relata Diodoro (Diod. XIV, 77) se produjo una rebelión abierta en territorio libio. Se
desconoce qué alcance tuvo y cuáles fueron las ciudades; el historiador siciliota tan sólo
menciona que algunas ciudades acordaron rebelarse porque querían desprenderse de la
dominación cartaginesa, lo cual nos invita a pensar que se trataba de ciudades indígenas
dentro de la propia chora o bien en la contigua área punicizada. A ellas se les unieron
numerosos esclavos, con toda probabilidad procedentes de las vastas explotaciones agrícolas
púnicas, llegando así a reunirse una poderosa fuerza de 200.000 hombres. Esta cifra parece
bastante exagerada teniendo en cuenta que buena parte de la población libia en edad militar
se encontraba en esos momentos, precisamente, en Sicilia; pero en cualquier caso tuvo una
magnitud suficiente como para quedar registrada en las fuentes de las que bebió Diodoro. Esta
multitud se reunió en Tunis (que en este caso constituye además la mención más antigua de la
ciudad), inaugurando entonces su trayectoria como cuartel general para los enemigos de
Cartago. Se produjeron algunos enfrentamientos, probablemente de poca entidad, que
contribuyeron a aumentar la sensación de inseguridad en la metrópolis. No obstante, las
rivalidades entre los líderes de los clanes indígenas y la falta de víveres salvaron de un asedio a
la capital púnica.
Un examen atento de este pasaje nos sugiere que una notable coalición de ciudades y de
tribus nómadas hizo causa común en beneficio propio. La mayor parte de ellas se enfrascaron
en el conflicto motivadas por el abandono de sus compatriotas y familiares en Sicilia y tenían
95
como objetivo desprenderse política y económicamente de los tributos de Cartago. Otras, en
cambio, junto con las bandas de nómadas, lo hicieron aprovechando la inestabilidad regional
para saquear el rico territorio de la chora cartaginesa. El saqueo se llevó a cabo y por el camino
se les unieron bandas de esclavos cuyos amos habrían abandonado en sus villas en busca del
amparo de la ciudad. Sin embargo, una vez en Tunis, con las murallas de una auténtica
metrópolis a la vista, estallaron las discusiones. El saqueo de villas agrícolas era algo muy
distinto al asedio de una ciudad bien amurallada y con una guarnición profesional
defendiéndola. En este sentido es totalmente comprensible que a los primeros síntomas de
falta de provisiones la mayor parte de tropas de la coalición decidiera darse por satisfecha con
el botín obtenido hasta entonces y volviera a sus hogares. Con sus efectivos disminuidos y un
número elevado de los restantes compuestos por esclavos sin formación ni equipo militar, el
resto de sublevados no tenían ninguna posibilidad de tomar la ciudad y abandonaron el
cometido. La falta de un líder con experiencia castrense y de un proyecto común salvó a
Cartago en aquel momento, que aún tardó un par de años en restablecer el control de la
situación. De hecho, el senado cartaginés no pudo enviar un nuevo ejército a Sicilia hasta el
año 393/392, con el rab Magón al frente (Diod. XIV, 90, 1).
Entre los años 378 y 368 se produjo una situación similar, aunque esta vez la epidemia afectó a
la misma Cartago. Diodoro relata dos veces, con un intervalo de 10 años, que se produjeron
brotes de epidemia en la ciudad, situación que fue aprovechada no sólo por los libios para
rebelarse de nuevo sino también, al menos en la primera ocasión, por los sardos (Diod. XV, 24,
2-3; Diod. XV, 73, 1-4). Resulta cuanto menos curioso, si no directamente sospechoso que
Diodoro no haga ninguna referencia a la anterior epidemia en el segundo episodio. ¿Es posible
que el historiador siciliano repitiese por error el mismo episodio en dos momentos distintos de
la misma? ¿O es que la epidemia se tuvo varios brotes durante 10 años? Ambas posibilidades
son viables.
Durante la segunda mitad del mismo siglo se produjeron otras dos revueltas en Libia, pero a
diferencia de las anteriores, esta vez no fueron instigadas por líderes africanos sino por
caudillos extranjeros. Tales líderes supieron canalizar el descontento de los libios frente a la
metrópolis para la consecución de sus propios intereses. Y en ambos casos estas revueltas
supusieron un desafío mucho mayor para Cartago que las sublevaciones precedentes.
96
algunos combates, pero finalmente la revuelta fue dominada y Hannón ejecutado. Justino no
aporta más información acerca de las acciones emprendidas contra la población libia
sublevada o contra el rey de los mauros, pero sin su líder al frente, presumiblemente los
cartagineses sofocaron la rebelión sin mayores problemas. Aunque Justino no aporta ninguna
referencia cronológica, una mención de Diodoro nos permite ubicar este episodio a mediados
del siglo V; después de la derrota sufrida en la batalla del río Crimisos (339) contra Timoleón,
los cartagineses llamaron del exilio a un tal Gescón, hijo de Hannón, y le nombraron general
(Diod. XVI, 81, 3). Diodoro no menciona aquel intento de golpe de estado, pero todo parece
indicar que el hecho que Gescón estuviera exiliado era consecuencia de ser el hijo de aquel
Hannón; más adelante, también Justino da a entender este parentesco (Just. XXII, 1, 10).
Parece que la situación en África se mantuvo en relativa calma durante los siguientes treinta
años. Pero entonces entró en escena un nuevo personaje, el himerense Agatocles, que se
convirtió en el nuevo tirano de Siracusa e inició una serie de ofensivas que llevarían la guerra a
suelo itálico, siciliota y africano. Durante el transcurso de la Séptima Guerra Greco-púnica, el
general cartaginés Amílcar, con el apoyo de numerosas ciudades sicilianas, logró empujar a las
tropas de Agatocles hasta la misma Siracusa y se dispuso a asaltar la ciudad. Entonces el tirano
tomó una arriesgada decisión para invertir la iniciativa de la guerra. Después de asegurarse la
fidelidad de la ciudadanía y de las tropas siracusanas mediante el terror, la captura de rehenes
y la eliminación de sus oponentes políticos, Agatocles embarcó con sus tropas mercenarias y
decidió llevar la guerra al continente africano (Diod. XX, 3). Según Justino partió con 1.600
ciudadanos y un gran número de esclavos liberados51 (Just., XXII, 4). La idea del tirano era
arriesgada pero astuta. Después de cruzar el mar cartaginés con la flota púnica persiguiéndoles
de cerca, desembarcaron en un lugar denominado Latomiae (Diod. XX, 6), posiblemente
ubicado en el Cabo Bon. Después de tomar por sorpresa algunas poblaciones y saquear el
territorio, los generales Hannón y Bomílcar le salieron a su encuentro. Los cartagineses apenas
lograron reunir de forma precipitada entre 30.000 y 40.000 efectivos (Diod. XX, 10, 5; Just.
XXII, 6, 5-8; Oros. IV, 6), y fueron derrotados.
51
Según Polieno (V, 3, 5) y Diodoro (Diod. XX, 5), alcanzó la costa cartaginesa con 60 naves.
52
Champion, 2012: 121-122.
97
4.3.4. La Guerra de los Mercenarios (o Guerra Inexpiable)
Una vez terminada la Primera Guerra Púnica, el generalato púnico devolvió buena parte de sus
mercenarios a tierras africanas. Sin embargo, las arcas de Cartago estaban exhaustas y
empezaron a tener problemas para pagar a todas aquellas tropas. Hannón y Giscón intentaron
dirigir la situación con diplomacia, pero el malestar de los mercenarios iba en aumento a
medida que pasaban los días. Finalmente, bajo el liderazgo del campano Espendio y el africano
Mato, los soldados se sublevaron (Pol. I, 70).
Los mercenarios enviaron mensajeros a las principales ciudades libias para que se unieran a la
revuelta y las animaban a desprenderse del dominio cartaginés. Polibio (I, 70, 7-9) señala que
la mayor parte de ellas se unió a la revuelta; tan sólo dos se mantuvieron fieles a Cartago:
Útica (Djebel Menzel Goul) e Hipozarita (Bizerta).
53
Huss, 1993: 172-183; Hoyos, 2010, 190-192.
98
5. EL AVISPERO SICILIANO
Ninguna isla del mundo ha tenido tan alto valor estratégico y durante tanto tiempo como Sicilia.
Este honor es debido, fundamentalmente, a dos factores. Por un lado, desde las colonizaciones
fenicias y griegas hasta la operación Avalanche en septiembre de 1943 n.e. la isla ha sido un
valioso enclave militar gracias a su ubicación, justo en el centro del Mare nostrum, a medio
camino entre los extremos oriental y occidental, y cabeza de puente entre el continente africano
y europeo. Su posición fue también la causa de que padeciera innumerables conquistas durante
la antigüedad tardía y el medievo, a manos de vándalos, ostrogodos, bizantinos, árabes y
normandos, entre otros.
Por otro lado, Sicilia cuenta con algunos buenos puertos naturales que fueron rápidamente
aprovechados por comerciantes y navegantes extranjeros atraídos por nuevos mercados y por
su centralidad respecto a las rutas comerciales entre Occidente y Oriente. En este sentido, las
primeras evidencias de contactos exójenos en la isla lo constituyen materiales cerámicos
micénicos hallados en la costa1. Aunque por el momento la arqueología no ha corroborado la
presencia estable de fenicios en la isla anterior al s. VIII, es evidente que éstos ya la conocían
con anterioridad, al menos des del siglo IX, porque sí hay testimonio arqueológico de colonias
fenicias precedentes en el Mediterráneo occidental: Gadir en la península Ibérica, Nora en
Cerdeña, o Útica en el norte de África2.
También cabe destacar, además de su valor estratégico, que Sicilia era valorada por su riqueza
natural, lo que la convertía en una codiciada adquisición. Gracias a un clima suave y caluroso y
a la riqueza del subsuelo, su tierra poseía una buena fertilidad, un aspecto de gran importancia
1
Aubet, 2009: 245.
2
Este momento se circunscribe en la llamada fase precolonial, entre fines del siglo X e inicios del s. VIII,
en la cual el comercio con objetos fenicios es ya una realidad pero el fenómeno de colonización se
encuentra aún en ciernes (Aubet, 2009: 216-225).
99
en la antigüedad y que explica también el notable interés de las poleis griegas en la isla3.
Estrabón (VI, 2, 7) y Diodoro (IV, 82 5; IV, 84, 1; V, 2; V, 69, 3), e incluso Homero (Odis. IX, 109-
111) destacaban la cantidad y variedad de productos que producía la isla.
De acuerdo con Tucídides (VI, 2, 6), en cuanto los griegos empezaron a instalar colonias en Sicilia
hacia finales del siglo VIII, éstos empujaron a los fenicios, hasta entonces instalados en
promontorios y pequeños islotes cercanos a la costa, hacia la zona occidental de la isla, en
territorio de los élimos. Al contrario que sus predecesores micénicos y fenicios, los jonios de
época arcaica llegaron a la isla en busca de buenas tierras cultivables donde establecerse; su
prioridad no era comerciar con la población indígena, sino encontrar un lugar donde fundar una
ciudad y dar cabida y tierras a los ciudadanos griegos que habían decidido emigrar4. Así se fundó
la colonia de Naxos -denominada así porque entre estos emigrantes se encontraba población
procedente de Calcis y de la isla de Naxos- hacia el año 734. Al año siguiente le siguió Siracusa,
liderada por colonos procedentes de Corinto, y al poco Leontinos, Catana y Mégara Hiblea, hacia
729-7275. Se iniciaba así un proceso de establecimiento de colonias griegas en la parte oriental
de la isla que no iba a estar exenta de tensiones con la población indígena ni con la fenicia6. La
presión griega empujó a los fenicios a congregarse en las ciudades noroccidentales de Motya,
Solunto y Panormo.
Obviamente, los fenicios no fueron los únicos a quién afectó la llegada y establecimiento de
población griega en la isla. Tucídides (VI, 2), Diodoro (V, 6) y Estrabón (VI, 2, 4) afirman que en
ese momento había tres grupos de población indígena en ella: sículos, sicanos y élimos. Mucho
se ha escrito sobre estos pueblos acerca de su origen y la cronología de su establecimiento en la
isla7. Baste constatar aquí que éstos ya conformaban la población de Sicilia cuando llegaron los
colonos fenicios y griegos. La distribución de estos pueblos parece que se mantuvo estable,
3
Serrati, 2000: 10
4
Champion, 2010: 3.
5
Champion 2010: 1-2.
6
Durante la década de 730-720 se fundaron Zancle, Megara Hyblaea, Katane y Rhegio, ésta última en el
extremo sur de la península Itálica. Acerca de la cronología de estos yacimientos, ver Jannelli y Longo,
2004. Sobre la confrontación entre los colonos griegos -especialmente aquellos de origen dorio- y la
población indígena, Champion, 2010: 4-5.
7
Según Diodoro (V, 6) los sicanos habitaban la isla con anterioridad a los sículos. En un momento
determinado -pero antes de las colonizaciones fenicias o griegas- una erupción del Etna obligó a los
sicanos a retirar-se a la parte occidental de la isla, de modo que algún tiempo después los sicanos,
procedentes del sur de la península Itálica, decidieron asentarse sobre ese territorio abandonado.
Tucídides (VI, 2, 4-5) añade que los sículos no se trasladaron a Sicilia por voluntad propia sino huyendo de
los ópicos, y señala que esta migración se habría producido hacia mediados del siglo XI. Ambos autores
señalan que se produjeron algunos enfrentamientos territoriales entre sículos y sicanos que finalmente
fueron zanjados con el establecimiento de fronteras entre ellos. Tucídides, además, afirma que los sicanos
habían sido iberos antaño, expulsados de la zona del río Sicano por los ligures y establecidos en Sicilia en
una época indeterminada (Tuc. VI, 2, 1-2). Diodoro también recoge esta tradición a través de Filisto pero
no le concede crédito alguno (Diod. V, 6, 1). Según la versión tucididea, los élimos tendrían su origen en
los ciudadanos troyanos que habían logrado escapar de la destrucción de su ciudad por parte de los
aqueos; estos refugiados se establecieron en la parte oriental de Sicilia y habrían fundado Segesta y Érice
(Tuc. VI, 2, 3). Serrati, 2000: 9-10; Anello, 2006.
100
grosso modo, del siglo VIII hasta el periodo de dominación romana, con los sículos establecidos
en la mitad oriental de la isla, los sicanos en el interior de la misma y los élimos en la zona
occidental. La llegada de las primeras factorías fenicias no parece que hubiera afectado de forma
sustancial la identidad de estas comunidades, más allá del intercambio cultural que supone el
contacto entre civilizaciones distintas. En cambio, mucho mayor fue el impacto que ejercieron
las colonizaciones griegas a partir del siglo VIII. Al narrar los acontecimientos relativos a la
segunda expedición ateniense sobre Sicilia en su sexto libro, Tucídides firma un excursus sobre
cómo se sucedieron las fundaciones de colonias griegas en Sicilia y qué impacto causaron sobre
las poblaciones precedentes, en aras de contextualizar al lector sobre la situación geopolítica en
la isla (Tuc. VI, 2-5). De este pasaje se desprende que en un primer momento las colonias griegas
expulsaron a los sículos de la costa hacia el interior, arrebatándoles el territorio para establecer
sus propias ciudades8 y, sobretodo, ocupar las tierras más fértiles9. En este sentido, los trabajos
arqueológicos han podido reconocer algunos asentamientos indígenas en niveles inferiores a las
colonias griegas10. Con el paso del tiempo, el gran peso demográfico y económico de estas
colonias fue influyendo a la población indígena, la cual, poco a poco, acabó helenizándose
significativamente11.
Figura 10. Distribución de los principales pueblos y ciudades en Sicilia a finales en el siglo V.
8
Tuc. VI, 3, 2; también en Estrab. VI, 2, 4.
9
Champion, 2010: 13.
10
Champion, 2010: 5-6.
11
Champion, 2010: 5; Serrati, 2000: 11-14.
101
[Link]. La revuelta de Ducetio
Del relato de las fuentes literarias clásicas emana la visión de la población indígena siciliota como
un actor secundario en el largo trasiego de acontecimientos políticos y militares entre el siglo V
y la incorporación a la República Romana. Después del impacto que causó el establecimiento de
numerosas colonias griegas, la población sícula y sicana se replegó en buena medida hacia el
interior de la isla. Esta retirada no significó un abandono total de la costa oriental; la interacción
con las ciudades griegas fue constante y explica su paulatina helenización. Sin embargo, desde
comienzos del siglo V, y especialmente a finales del mismo, la población indígena se vio
involuntariamente inmersa en una serie de conflictos protagonizados por auténticas potencias
militares: Cartago, Siracusa, Atenas y Roma. Sicilia se convirtió en el campo de batalla y en el
fruto de la discordia donde aquellas ciudades midieron sus fuerzas. Ante la talla de tales
contrincantes, sículos, élimos y sicanos fueron arrastrados a la guerra, viéndose obligados a
aliarse con unas u otras para sobrevivir12.
Pero no siempre fue así. A mediados del siglo V, con Cartago concentrada en sus asuntos
africanos y Siracusa inmersa en conflictos sociales internos (Diod. XI, 87-88), un líder sículo
emergió entre la población siciliota: Ducetio. Acerca de la figura de este caudillo tenemos tan
sólo la información que nos concede Diodoro Sículo en su undécimo libro. Según su versión,
hacia el 453, Ducetio unió a prácticamente todas las ciudades sículas en una confederación
político-militar (Diod. XI, 88, 6). Después de reubicar su ciudad natal de Menae y fundar Palike
justo al lado de un antiguo santuario indígena, inició una serie de ofensivas sobre ciudades
rivales. Después de apoderarse de Etna, más tarde trasladó sus fuerzas hacia el sur, en territorio
de los acragantinos, donde asedió la fortaleza de Motio13. Acragas pidió ayuda a Siracusa y las
tropas de ambas ciudades se enfrentaron a Ducetio en el año 45114. La batalla se resolvió a favor
de la confederación sícula que, sin embargo, no pudo aprovechar el resultado de la victoria
debido a la llegada del invierno (Diod. XI, 91, 1). Se trataba de la primera gran victoria de tropas
indígenas frente a los colonizadores en los últimos tres siglos. Sin embargo, al año siguiente,
Acragas y Siracusa coordinaron un ataque simultáneo contra los indígenas sublevados. Mientras
la primera ponía sitio a Motio, las tropas siracusanas, bajo el mando de un nuevo general, caía
por sorpresa sobre el campamento del grueso del ejército de Ducetio. La batalla, muy reñida
según el relato diodoreo, finalmente se decantó de lado siracusano, y así también la guarnición
sícula de Motio terminó por capitular. Esta derrota comportó la dispersión del ejército sículo y
la caída del liderazgo de Ducetio, que prefirió entregarse como suplicante a Siracusa que
arriesgarse a una traición entre sus propias filas. De este modo, Ducetio finalmente fue juzgado
por la Asamblea siracusana, que por escaso margen decidió salvar su vida exiliándole a Corinto.
Algunos años más tarde, hacia 448, Ducetio volvió a Sicilia al frente de una expedición colonial
corintia a la que se unieron posteriormente habitantes sículos bajo el mando de un nuevo líder
llamado Arcónides (Diod. XII, 8, 1-2). Ducetio murió poco después de fundar Caleacte (actual
12
En ocasiones, trataron de aprovechar las ofensivas cartaginesas para liberarse de la hegemonía griega,
como en 409, dónde contingentes de los tres pueblos, élimos, sículos y sicanos, se unieron a los púnicos
voluntariamente (Diod. XIII, 59, 6).
13
No debe confundirse con la colonia portuaria fenicia de Motya. Motio se ha identificado con el
yacimiento Vassallaggi, en San Cataldo.
14
Serrati, 2000: 12.
102
Caronia) sobre un pequeño poblado indígena, en la costa tirrénica de la isla. Sin embargo, según
la opinión de Diodoro, su vuelta fue tomada como una afrenta por los acragantinos, que nunca
habían visto con buenos ojos que Siracusa perdonase la vida de quién tantos estragos les había
causado. Con Ducetio de nuevo en liza, los reproches entre Siracusa y Acragas aumentaron de
intensidad hasta convertirse en una guerra abierta. Este conflicto fue zanjado en una sola
batalla, cerca del río Hímera (actual Salso), dónde vencieron los siracusanos (Diod. XII, 8, 3-4).
En el otro extremo de la isla merecen especial atención, teniendo en cuenta sus ulteriores
repercusiones, los numerosos conflictos entre las ciudades de Segesta y Selinunte, que se
remontan, al menos, hasta el siglo VI. Segesta era una de las más importantes ciudades élimas
y se encontraba a unos 30 Km de la costa norte. Selinunte, fundación de Mégara Hyblea hacia
628-627 (Tuc. VI, 4, 2), se hallaba en la costa del mar de Cartago. Pese la notable distancia entre
ellas, las disputas territoriales por el control de la zona interior de la isla fueron frecuentes. Unas
disputas que, según el relato diodoreo, se convirtió en enfrentamiento abierto en tiempos de la
quincuagésima Olimpíada (580/79-576/75). Durante el transcurso de esta guerra llegó también
un grupo de colonos cnidios bajo el mando de Pentatlo, los cuales se alinearon junto a los
selinuntios en el conflicto. Pese al apoyo de los cnidios, los selinuntios fueron derrotados y
Pentatlo falleció en el combate (Diod. V, 9, 2-3).
A mediados del siglo V, Segesta se vio envuelta de nuevo en un conflicto bélico. Diodoro indica
que en esta ocasión los segestanos se enfrentaron a Lilibeo (actual Marsala) en las tierras
cercanas al río Mazaro (Diod. XI, 86, 2) (actual Màzaro). No obstante, Lilibeo fue fundada por los
cartagineses en el año 397/396 de modo que, o bien el autor siciliano se equivoca de fecha o
bien de rival. A tenor de la ubicación del río Màzaro y puesto que Diodoro insiste en la rivalidad
ente las dos ciudades (XI, 86, 2), la respuesta más probable es que, por alguna razón que
desconocemos, confundiera a Lilibeo con Selinunte15. Es difícil de entender cómo Diodoro,
experto conocedor de la isla y de sus ciudades confundiera ambas poblaciones, de modo que no
es descabellado plantear que con anterioridad a la fundación cartaginesa, en Lilibeo existiera un
núcleo de población indígena contra quienes, efectivamente, se habría enfrentado Segesta.
Con algo más de seguridad sabemos que durante el transcurso de la Guerra del Peloponeso
(431-404) Segesta pidió ayuda a Atenas para detener los continuos ataques que padecía por
parte de Selinunte, con el beneplácito de Siracusa (Tuc, VI, 6, 2-3). Atenas respondió, y en el año
415 envió una notable fuera expedicionaria contra la amenaza que suponía Siracusa, aunque
bajo la excusa de prestar ayuda a Segesta. De esta forma se retomaba la guerra de Atenas contra
los aliados lacedemonios de Sicilia, que en realidad habían empezado ya en el año 426 pero que
se habían interrumpido 3 años después gracias a los acuerdos de paz de Gela (Tuc. IV, 58-65).
Atenas, pues, se alineó con Segesta, pero este apoyo no se resolvió tal y como habían planeado
ambos aliados. La victoria de Siracusa y la posterior retirada de los atenienses de la isla dejó a
Segesta -y al resto de ciudades proatenienses- a merced del bando siracusano. Selinunte no
15
Champion (2010: 55) sigue esta opción y vincula el enfrentamiento a la lucha por el control de las tierras
fértiles de la isla.
103
tardó en aprovechar la oportunidad para incrementar sus posesiones territoriales y, pese a una
inicial concesión de Segesta, sus incursiones no tardaron en amenazar a la propia ciudad,
situación que, como hemos repetido en varias ocasiones, precipitó los acontecimientos hasta la
gran ofensiva cartaginesa del año 409.
Hace un par de décadas, S.F. Bondì afirmaba, no sin razón, que el debate historiográfico sobre
el tipo de relación política entre Cartago y la Sicilia occidental era tan rico y estimulante como
escaso en certezas absolutas16. Aunque la labor investigadora ha permitido avanzar en muchos
otros aspectos, Bondì estaba en lo cierto. Como veremos a lo largo de las páginas que siguen, la
conexión entre la metrópolis africana y la isla de Sicilia fue siempre muy estrecha, ya fuera a
través del comercio, ya mediante la guerra. Y en esta relación jugaron un papel determinante
las antiguas colonias fenicias de Panormo, Motya y Solunto. A partir de finales del siglo V,
además, las conquistas territoriales púnicas y los numerosos tratados con Siracusa dejaron al
tercio oeste de la isla bajo una de órbita territorial con una clara influencia cartaginesa. Esta
área, que se había convertido en una forma de protectorado púnico, vino a denominarse
eparchía o epikrateia por los historiadores clásicos posteriores.
Estos dos conceptos, epikrateia (ἐπικράτεια) y eparchía (ἐπαρχία), han generado auténtico ríos
de tinta por la distinta significación político-administrativa que conllevan. El término epikrateia,
utilizado ya por Platón (Ep., 7, 379) a mediados del siglo IV, se refería a aquella parte de la isla
bajo el paraguas militar de Cartago. Sin embargo, este concepto conlleva una orientación hostil
hacia la potencia dominante; es decir, se trata de un protectorado impuesto, con toda la
connotación negativa que supone y razón por la cual este término es utilizado comúnmente
entre los autores anticartagineses17. Diodoro utiliza siempre esta expresión desde fechas tan
alejadas como el año 40418; también lo usa Plutarco, en el contexto de mediados del siglo IV19.
En cambio, el concepto eparchía define un territorio legalmente controlado, esto es, una
provincia20, y es el término adoptado por Polibio en relación a los dos primeros tratados púnico-
romanos21 (III, 22, 10; 23, 4; 24, 8). No obstante, cabe preguntarnos si acaso existen territorios
16
Bondì, 1990-1: 215.
17
Para un estudio detallado acerca de la utilización de ambos términos en relación a la ideología de su
autor, ver Cataldi, 2003; especialmente Cataldi, 2003: 228, donde define el término ἐπικρατέω, como
“l’esercizio di un dominio o di una signoria incontrastata sul mare, sulla terraferma, su dei populi, su una
città, o una vittoria militare, oppure ancora la prevalenza (quasi sempre in seguito ad una stasis più o
meno violenta) di una parte política sull’altra. (…) sembra riflettere nelle fonti greche un orientamento
ostile alla potenza dominante, teso a connotare negativamente, nel segno della sopraffazione, un dominio
di tipo militare, e conseguentemente anche político” También en Anello (1986) o Tusa (1990-1991), entre
otros.
18
Diod. XIV, 8, 5.
19
Por ejemplo, en Plut. Tim. 24, 4.
20
“l’uso del verbo ἐπαρχέω e che il termine derivato ἐπαρχία viene usato nelle fonti letterarie nel senso di
territorio rientrante nella sfera di legittimo controllo di una potenza dominante che vi esercita la sua άρχή,
mentre nelle fonti epigrafiche ἐπαρχία s’incontra sempre col significato tecnico-giuridico del latino
provincia” Cataldi, 2003: 218.
21
Aunque posteriormente también utiliza epikrateia (Pol. XII, 25, 3) probablemente influenciado por su
fuente, Timeo (Cataldi, 2003: 218)
104
que no hayan sido alguna vez subyugados mediante la fuerza antes de ser convertidos en
provincias (o cualquier otro término equivalente). Ambos términos definen, en realidad, una
misma situación: cierto grado de dominación cartaginesa en la parte occidental de la isla.
Desconociendo el término púnico real y las condiciones jurídicas que se impusieron sobre el
terreno, los autores antiguos posteriores simplemente utilizaron epikrateia o eparchía de un
modo subjetivo, en función de sus propias simpatías hacia Cartago.
Pero, ¿cuándo se produjo esta dominación? Como hemos visto anteriormente, la presencia
fenicia en la isla puede documentarse desde un periodo ciertamente antiguo; tan antigua, al
menos, como la fundación de Cartago. Y aunque las relaciones comerciales entre estas colonias
se establecieran desde ese mismo momento, la metrópolis cartaginesa no empezó a ejercer
influencia sobre la isla hasta el siglo VI. Y aún entonces, las antiguas colonias de Solunto,
Panormo y Motya conservaron su autonomía al menos hasta fines del siglo V22. La oportunidad
para Cartago llegó gracias a sus vecinos griegos. El proceso durante el cual la Sicilia occidental
fue cayendo bajo la esfera de influencia cartaginesa se explica como la contrapartida al apoyo
militar a los intereses y las colonias fenicias en la isla. Los mercados de las ciudades griegas de
la costa este presionaban cada vez más, y con más insistencia, como lo demuestra la paulatina
fundación de colonias en dirección oeste; por otro lado las tiranías23 de estas ciudades se
afanaban en sustentar su poder mediante la movilización de recursos militares y la conquista de
territorios hacia el interior de la misma. Esta presión no sólo afectó a los intereses fenicios sino
también, obviamente, a las comunidades indígenas, cuya reacción más evidente fue, como ya
hemos visto, la revuelta de Ducetio.
Algunos investigadores consideran que el control púnico sobre una parte de la isla no se
estableció hasta esta segunda mitad del siglo IV24; nosotros creemos que este control ya era una
realidad de facto a partir del tratado del 405. En las siguientes páginas veremos más
detalladamente cuales fueron los pasos en la consolidación de este dominio siciliano así como
la fluctuación de las áreas de influencia en la isla respecto a su némesis, Siracusa. A nivel léxico,
teniendo en cuenta que se desconoce el término jurídico púnico apropiado, creemos que la
utilización de epikrateia o eparchía no reviste mayor importancia una vez definidos y explicados
ambos conceptos, siempre que se tenga en cuenta que esta hegemonía sobre una parte de Sicilia
fue evolucionando. Este proceso fue progresando paulatinamente desde una mera influencia
comercial hasta la incorporación -de facto o de iure- al estado cartaginés. Este fenómeno lleva a
22
Cataldi, 2003: 229.
23
Lewis, 2006.
24
Bondì, 1990-91: 216; Cataldi, 2003: 238; Anello, 1986.
105
preguntarnos ¿Acaso la mayor parte de territorios provinciales romanos no fueron un dominio
impuesto antes de convertirse en provincias? Dado que desconocemos las características
jurídicas de este territorio en relación a Cartago, ¿Por qué utilizar los conceptos griegos, que
resultan tan extranjeros a la realidad púnica como lo son actualmente el inglés o el castellano?
Así pues, en adelante hablaremos de “territorios bajo dominio cartaginés”, “área púnica
siciliana”, o bien “zonas bajo hegemonía cartaginesa”.
J. Champion afirmaba recientemente que las tiranías aparecieron en las ciudades griegas
principalmente como resultado del conflicto de clases; un conflicto entre ricos y pobres25. Sin
embargo, en el caso concreto de Sicilia otro factor vino a sumarse a estos vientos de cambio
político: la sensación de constante amenaza cartaginesa. De forma especial a partir del 480, la
figura del tirano fue magnificada gracias a la victoria de Gelón en Hímera y que la tiranía parecía
ser la respuesta más segura ante el peligro púnico26. Por supuesto, hubo tiranías con
anterioridad al 480, pero sí es cierto que este tipo de gobierno proliferó con posterioridad a esa
fecha27. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar por su propia propaganda: las tiranías no
se asentaron en Sicilia gracias a la amenaza cartaginesa; lo hicieron porque los tiranos supieron
infundir la falsa entre la población griega la falsa sensación de inseguridad, culpando de ello a la
metrópolis púnica, que no es exactamente lo mismo28. Si algo caracterizó a las tiranías es que su
sustento se fundamentaba en un ejército propio, casi personal, que los protegía y que
aseguraban el cumplimiento de sus mandatos. Y para mantenerlo, para argumentar su
existencia ante una población suspicaz, debían tenerlo en activo. Las situaciones de crisis,
además, acostumbran a diluir el resto de problemas internos de una comunidad; la población
olvida sus diferencias temporalmente para enfrentarse a una amenaza mayor. Y la peor
situación de crisis es, efectivamente, la guerra. Por tanto la guerra era para los tiranos lo que el
pan era para el demos.
A finales del siglo VI y comienzos del siguiente algunas de las ciudades greco-sicilianas más
importantes estaban gobernadas por tiranos. Uno de ellos fue Hipócrates de Gela, que convirtió
su ciudad en una de las mayores potencias de la zona gracias a una política despótica y
traicionera. Su mayor víctima fueron las poblaciones sículas más cercanas, la mayoría de las
cuales fueron destruidas y sus campos de cultivo, ocupados29. Pero también otras colonias
griegas como Naxos, Zancle o Leontinos padecieron las mismas consecuencias al enfrentarse a
Hipócrates. En este contexto vemos por primera vez como algunos sículos son contratados como
mercenarios para luchar junto al propio tirano (Polyaenus, V, 6). Su política agresiva estableció,
25
Champion, 2010: 24; Lewis, 2006.
26
Champion, 2010: 25.
27
El primer ciudadano en erigirse tirano siciliano fue Falaris, en la ciudad de Acragas. Su gobierno se alargó
durante 16 años, aproximadamente entre 571 y 555, durante los cuales expandió los dominios de la
ciudad por el centro de la isla a costa de las poblaciones indígenas sicanas (Champion, 2010: 26-27).
28
Caven, 1990: 93.
29
Champion, 2010: 30.
106
en cierto modo, una forma de gobernar exitosa para los futuros tiranos que tanto protagonismo
iban a tener en la isla en el siglo V.
Aunque Siracusa ejercía un liderazgo notable sobre la parte oriental de la isla, y su alianza con
Terón de Acragas reforzaba aún más su hegemonía, no todas las ciudades se aliaron con ella.
Selinunte, Hímera y Mesina (la antigua Zancle), se opusieron a Gelón y por tanto se vieron
impelidas a buscar protección bajo otra gran potencia: Cartago. La gran ofensiva púnica sobre la
isla iba a resolver la tensión militar en la isla, en un sentido u otro. Y la victoria recayó sobre el
bando de Gelón. La victoria fue tan absoluta que los cartagineses no volvieron a pisar Sicilia en
armas hasta siete décadas más tarde y sumió a la metrópolis africana en una profunda crisis
que, como vimos en capítulos anteriores, supuso un cambio de régimen y de línea política.
Durante el resto del sigo V, hasta las campañas atenienses sobre la isla en el último cuarto de
siglo, Sicilia experimentó su propio periodo democrático. Al poco de la muerte de Terón de
Acragas en 473, y de Hierón -el sucesor de Gelón en Siracusa- en 467, una serie de revueltas
evitaron la sucesión de tiranías. Una vez establecidos los regímenes democráticos en estas dos
importantes ciudades, sus ciudadanos ayudaron a otras colonias griegas a liberarse de sus
tiranos. (Diod. XI, 72, 1).
La paz entre las ciudades griegas duró apenas una generación. El retorno de Ducetio a Sicilia
hacia el 448 precipitó en último término el estallido de un conflicto entre Acragas y Siracusa.
Como ya hemos visto, la guerra se resolvió en una sola batalla, cerca de Hímera, donde los
siracusanos alcanzaron la victoria y, con ella, la hegemonía de facto, sobre el resto de ciudades
griegas de la isla. Después de reducir definitivamente a los sículos bajo su dominio, Siracusa
experimentó un notable crecimiento demográfico y militar. Este enriquecimiento vino
propiciado, principalmente, a costa de la población sícula, ya fuera a través del aumento de
impuestos sobre los indígenas (Diod. XII, 30, 1), o bien mediante la expropiación de sus tierras,
que pasaron a manos de la ciudadanía siracusana30.
Este desarrollo se vio truncado en el último cuarto de siglo. Esta vez la guerra no procedía de la
amenaza cartaginesa ni de revueltas indígenas, sino de la propia Grecia. Quizá los atenienses no
tomaron buena nota del potencial de la ciudad en la embajada del 481 a Gelón. A finales del
30
Champion, 2010: 57.
107
siglo V Siracusa no solo no había disminuido su poder sino que lo había incrementado y
consolidado definitivamente.
Las relaciones de Cartago con la isla de Sicilia cabe fecharlas desde el mismo momento de la
fundación de Cartago, pues para entonces ya existían aquellos pequeños asentamientos fenicios
de los que habla Tucídides (VI, 2, 6). Después, con la fundación de auténticas ciudades como
fueron Panormo, Solunto y Motya, las relaciones económicas y sociales debieron de estrecharse,
pero no fue hasta la segunda mitad del siglo VI, cuando los cartagineses intervinieron en la isla
de forma regular.
Ya tratamos en el capítulo 2 la intervención de Malco en la segunda mitad del siglo VI. El asedio
asirio a la ciudad de Tiro, unido a la presión de las fundaciones coloniales griegas, obligó a las
antiguas colonias fenicias a buscar un nuevo aliado, un protector. La joven Cartago se puso al
frente de la tarea y bajo el liderazgo del general Malco se concluyeron una serie de campañas
sobre Cerdeña, el norte de África, y también Sicilia.
Tomemos buena nota también del infructuoso intento del espartano Dorieo de instalar una
colonia en la isla. Después de ser expulsado de la región de Cínipe hacia c.520, Dorieo no dio su
brazo a torcer y tras consultar al oráculo de Delfos, zarpó de nuevo hacia el oeste. Después de
una breve campaña en la península Itálica, dónde ayudó a la colonia de Crotona a luchar contra
la ciudad de Síbaris31 (Hdt. V, 44, 1), los espartanos pusieron rumbo a Sicilia. Según la tradición
clásica (Diod. IV, 23, 1-3; Hdt. V, 43, 1), Dorieo desembarcó cerca del monte Érix32 donde
Heracles luchó y venció al rey de los élimos, con quién se había jugado la propiedad de aquellas
tierras. A su victoria, Heracles anunció a los élimos que podrían disfrutar del país hasta el
momento en que llegara uno de sus descendientes para reclamar el territorio. Y así llegó Dorieo,
en una fecha cercana a finales del siglo VI. Su objetivo se había trasladado, así, de África a Sicilia,
pero se cruzó con los mismos adversarios que en el infructuoso intento anterior: la población
indígena y las colonias fenicias apoyadas por Cartago. Dorieo, fundó Heraclea, en honor a su
mítico antepasado, pero parece que rápidamente los élimos se aliaron con los fenicios para
expulsar a los nuevos colonizadores. Sabiendo cómo habían actuado los dorios en la parte
oriental de la isla, la población indígena quería evitar a toda costa ser víctima del mismo expolio
territorial en su país. Además, una nueva colonia griega sobre el territorio significaba un aliado
potencial, muy bien situado estratégicamente, para la ciudad de Selinunte, hecho que Segesta
no estaba dispuesta a tolerar.
Obviamente, a las ciudades fenicias de la zona tampoco les interesaba lo más mínimo el
establecimiento de una colonia griega justo en medio de su área comercial. Heródoto (V, 46, 1)
31
Heródoto (V, 44-45) cuenta que en la guerra entre Crotona y Síbaris había quién afirmaba que Dorieo
ayudó a los primeros, mientras que otras fuentes negaban tal intervención.
32
A propósito de este emplazamiento, Diodoro (IV, 83) menciona la existencia de un santuario muy
importante dedicado a Afrodita dónde, “los sicanos, que honraron a la diosa durante muchas
generaciones, siguieron cuidando el santuario con magníficos sacrificios y ofrendas. A continuación, los
cartagineses, que se hicieron dueños de una parte de Sicilia, no cesaron de honrar a la diosa de un modo
especial”.
108
menciona que fueron estas ciudades quienes se aliaron con Segesta y los élimos contra Dorieo
y sus colonos, mientras que Diodoro (IV, 23, 3) añade también la intervención de Cartago en el
conflicto. La participación de la metrópolis púnica es bastante probable: los cartagineses ya
mantenían buenas relaciones con las ciudades fenicias de la zona con anterioridad e incluso
habían realizado algunas intervenciones militares en la isla de la mano de Malco. En cambio,
quizá la pregunta que deberíamos plantearnos es porque el líder espartano no recibió ningún
tipo de apoyo por parte de sus compatriotas sicilianos. La realidad es que al tratarse de hechos
muy alejados en el tiempo -en el caso de Diodoro-, o en el espacio -en el de Heródoto-, la
información que nos ha llegado a través de los textos clásicos es escasa, incompleta y en
ocasiones ambigua33.
En cualquier caso, el intento de fundar Heraclea se vio frustrado por la coalición fenicio-élima y
el propio Dorieo murió en el conflicto. Los peloponesios supervivientes huyeron a Heraclea
Minoa y la tomaron por la fuerza. Este séquito se puso bajo el liderazgo de un personaje llamado
Eurileon. Según Heródoto (V, 46, 2) poco después de establecerse en su nueva ciudad, una
facción de Selinunte les pidió ayuda para derrocar a su tirano. Los peloponesios respondieron a
la llamada de socorro y consiguieron deponer al tirano. El propio Eurileon intentó
posteriormente apoderarse del poder, a lo que los selinuntios respondieron con una revuelta y
lo mataron.
Más conocida es la campaña cartaginesa sobre la isla en el año 480. Heródoto y Diodoro son
nuestras principales fuentes literarias34 al respecto y ambos atribuyen la iniciativa de la guerra
al Gran Rey Jerjes de Persia. Según el relato de ambos historiadores, éste último entabló
conversaciones con los cartagineses mientras preparaba su expedición contra la Hélade; la
intención del Rey de Reyes era evitar que Siracusa pudiera apoyar a las ciudades griegas
continentales abriéndole un segundo frente por el oeste que le supusiera una amenaza real.
Después de años de preparativos, al fin Cartago y Persia iniciaron el ataque en pinza. Amílcar,
nieto de Magón, comandaba las fuerzas púnicas que ascendían a 300.000 hombres (Diod. XI, 1,
5; Hdt. VII, 165, 1). El ejército cartaginés desembarcó en Solunto después de superar con
dificultades una tempestad durante la travesía. Solunto estaba situada en la costa norte de la
isla y era la ciudad fenicio-púnica ubicada más al este, y por tanto, la más cercana al área de
hegemonía griega. A pocos quilómetros, pero ya al otro lado de la “frontera” se encontraba la
colonia griega de Hímera. Fue hacia ella donde Amílcar dirigió a sus tropas en primer lugar, por
tierra y por mar, y se prepararon ara el asedio. Sin embargo, el tirano de Siracusa Gelón acudió
en auxilio de la ciudad y gracias a una estratagema logró provocar el pánico y la huida del grueso
del ejército cartaginés, logrando una victoria inesperada. Según Diodoro, Amílcar fue eliminado
por la caballería siracusana mientras estaba realizando los sacrificios (Diod. XI, 22, 1; Polie, I, 27,
2); Heródoto se permitió una licencia literaria y afirmó que al ver que la derrota se cernía sobre
su ejército, él mismo se arrojó a las llamas sagradas35 (Hdt. VII, 167, 1).
33
Recordemos el mismo fragmento en Heródoto (V, 44-45), dónde narra dos versiones acerca de la
presencia o no de Dorieo en Italia. En el caso de Diodoro (IV, 23, 3) señala que narrará los acontecimientos
inmediatamente posteriores a la derrota de Dorieo en otro momento; sin embargo, no se ha conservado
ningún otro fragmento de la obra del historiador sículo que contenga esta información.
34
Diod. XI, 1, 1-5; 20-24; Hdt. VII, 165.
35
Vasallo, 2010.
109
5.2.1. El inicio de la moneda fenicio-púnica
El estudio de su moneda es uno de los aspectos más amplios y complejos del mundo fenicio-
púnico. Amplios debido a la variedad iconográfica, ponderal y distributiva; complejos en cuanto
a identificación de procedencia, autoridad, utilización e incluso cronología. Todas estas
cuestiones han suscitado -y suscitan- un debate de importantes consecuencias historiográficas.
La circulación monetaria se abrió paso en las ciudades fenicias de Levante con anterioridad al
siglo V procedentes del mundo griego36. Sin embargo no es hasta mediados de dicho siglo
cuando las principales ciudades levantinas (Tiro, Sidón, Biblos) empezaron a acuñar su propia
moneda37, aunque este proceso no se realizó de forma coetánea y aún no dispone de una
cronología detallada38. En este primer periodo la moneda se acuñó en plata; el oro y el bronce
fueron incorporados más tarde39.
En el Mediterráneo central, Sicilia también había incorporado la moneda antes del c.50040. En
esta isla, donde el marco geográfico limitado aumentaba el grado de interacción entre las
colonias, es dónde aparecen por primera vez monedas fenicias en Occidente. Tan grande fue la
influencia de la moneda griega que los tipos y el diseño de las monedas fenicias se inspiraron en
ellas durante mucho tiempo41.
En todo caso, las primeras monedas fenicias en Occidente parece que no fueron dictadas
directamente por la metrópolis cartaginesa sino por las antiguas colonias fenicias en Sicilia:
Panormo, Motya, y con posterioridad al 410 pero siguiendo la misma pauta, Solunto. Estas tres
colonias, como veremos en capítulos posteriores, no formaban parte del dominio directo
cartaginés pero indudablemente estaban bajo su área de influencia y cabe imaginar una
frecuente presencia de políticos y comerciantes cartagineses en ellas. Esta zona de influencia
púnica en la isla no esconde que las tres antiguas colonias estaban notablemente integradas en
los circuitos comerciales y diplomáticos de Sicilia, tanto respecto a las ciudades indígenas élimas
-especialmente Segesta y Érice- como en relación a las colonias griegas de la parte oriental de la
misma. Es por ello que en un momento dado, en el último cuarto del siglo V, deciden acuñar
moneda a fin de adaptarse a la realidad política, económica y cultural de la isla42. Como las
ciudades griegas ya habían empezado a acuñar moneda décadas antes, lo que hicieron las
ciudades fenicias fue simplemente adaptar esa misma moneda a sus propias comunidades. De
este modo, el material, el peso, el valor e incluso la iconografía cartaginesa en la isla fueron
imitados o copiados a partir de los modelos de sus vecinos griegos43.
La cronología exacta de estas primeras emisiones fenicias en occidente no es clara pero la mayor
parte de investigadores coincide en ubicarla en el último cuarto del siglo V. La primera de las
36
Howgego 1995: 9.
37
Campo, 2012.
38
Campo, 2012: 10
39
Campo, 2012: 10.
40
Manfredi 2010: 203.
41
Costa, 2012: 67.
42
Manfredi, 2010: 203.
43
Costa, 2012: 67.
110
cecas en empezar a producir moneda parece haber sido Panormo44, con numerario de bronce y
plata con la leyenda ṢYṢ y un gallo en el anverso, cuya emisión se ubica alrededor del año 43045;
posteriormente, acuñaría litrae bilingües con ṢYṢ y . Aún se documenta un tercer
tipo de leyenda en Panormo, š b’l ṣyṣ, que habría sido acuñada con posterioridad a la campaña
del 410/40946. Jenkins propuso interpretar esta leyenda como “de los ciudadanos de Panormo”,
propuesta que siguen la mayor parte de investigadores en la actualidad47.
Motya fue la segunda ciudad fenicia en incorporar moneda, y lo hizo hacia el año 41548 con
dracmas de patrón ático, con la leyenda MOTYAION y con una iconografía a imitación de las
ciudades de Hímera y Segesta49. A raíz de la intervención cartaginesa en 410/409, tanto Motya
como Panormo comenzaron a acuñar sus monedas únicamente con caracteres fenicios50, que
en el caso de la primera se identifican con ˁmtw51. Parece que Solunto se incorporó más tarde a
este fenómeno, ya a inicios del siglo IV, pero aun así fabricó su propio cuño, que se ha
identificado con la leyenda kprˀ 52.
Pese a la creciente presencia púnica en la isla, estas ciudades siguieron acuñando su propia
moneda con posterioridad al año 409, demostrando así cierto grado de autonomía dentro de la
hegemonía cartaginesa. Motya fabricó dos series de tetradracmas y didracmas antes de caer
destruida frente al tirano Dionisio en 39753. Panormo, por su parte, realizó tetradracmas con
una cuadriga en el anverso y cabeza femenina en el reverso, de amplia dispersión en toda
Sicilia54, y también litrae de plata y moneda de bronce hasta finales del siglo IV55 . Incluso Terma
y Érice seguirán siendo cecas activas durante este periodo56.
44
Costa, 2012: 66.
45
Manfredi, 1995: 110 y ss.; Manfredi 2000: 12. En esta misma obra, Manfredi señala más adelante
(página 13) que las emisiones más antiguas de Motya se ubican entre el año 480 y el 397, con tipos muy
ligados a los de Hímera y Selinunte. Creemos que, dado que ningún otro autor ha señalado esta emisión
en unas cronologías tan antiguas, debe tratarse de un error tipográfico.
46
Manfredi, 1995: 112-114.
47
Una discusión al respecto, con bibliografía, en Manfredi, 2000: 12-13.
48
Manfredi, 1995: 110 y ss.; Manfredi 2000: 11.
49
Costa, 2012: 66.
50
Costa, 2012: 66.
51
Manfredi, 1995: 110 y ss.
52
Manfredi, 1995: 110-112.; Manfredi, 2000: 13; Cutroni Tusa, 1994:16-21
53
Cutroni Tusa (2004: 493) reconoce tres fases en la monetización de Motya en función de iconografía: la
primera de ellas, con una profunda influencia de la colonia caldícea de Hímera, caracterizada por un
carnero y un apobates en el reverso; la segunda, con influencia segestina son didracmas con leyendas en
griego y en fenicio; la tercera y última, más cercana a la tipología de Agrigento y Siracusa, se trata de
didracmas y tetradacmas con águila o cangrejo y cabeza femenina, con leyenda únicamente fenicia
(Manfredi, 2010: 206, n. 1).
54
Manfredi, 2000: 12.
55
Frey-Kupper, 2014: 81.
56
Costa, 2012.
111
Figura 11. Tetradracma de Panormo, c. 350-320, AR 16.95 g. Cuadriga hacia la izquierda Coronado por Niké, debajo,
leyenda púnica sys (Panormo). Reverso cabeza de Kore-Perséfone con diadema, collar y pendientes con delfines a su
alrededor. SNG Ashmolean 2138; SNG Lloyd 1586; Jenkins Punic pl. 13, 63. Imagen: [Link].
Hace ya más de cuarenta años G. Kenneth Jenkins fechó la emisión del primer grupo de monedas
propiamente cartaginesas en el periodo 410-39257, una periodización que hoy en día sigue
vigente. El inicio de esta emisión fue estipulado en base a la nueva ofensiva púnica sobre la isla58,
después de setenta años de no intervención militar, puesto que vinculaba dicha emisión al pago
de tropas mercenarias por parte del estado cartaginés59. La tipología de estas primeras
emisiones contiene un prótomo de caballo con la leyenda QRTHDST en el anverso, y una palmera
con la leyenda MHNT en el reverso.
Sin embargo, el mismo autor señaló que la leyenda de estas monedas, QRTHDST, indicaba
claramente que éstas fueron acuñadas en la propia Cartago y posteriormente enviadas a Sicilia60.
Actualmente, la mayor parte de especialistas opinan que esta leyenda indica solamente la
autoridad emisora, y no la ceca61.
Después de la producción de moneda de plata que se inició para la campaña del 410, y que
seguramente siguió acuñándose hasta, al menos, el final del conflicto (404)62, Cartago no volvió
a acuñar moneda hasta mediados del siglo IV. Sin embargo, a partir de este momento se empezó
57
Jenkins, 1974: 23-25.
58
Jenkins, 1974: 23-25. En cuanto a la fecha final de la emisión, Jenkins utilizó como referencia la
composición de los tesoros de Contessa y Vito Superiore, ambos en la región de Calabria. El hecho que el
segundo de ellos fuera escondido antes del ataque de Dionisio I a Regio en el año 387, suponía establecer
una fecha final en ese año, pero dado que las últimas operaciones cartaginesas en la isla por aquella época
habían terminado en el año 393/392, Jenkins piensa que ese fue el último año posible de acuñación. En
cuanto a la fecha de inicio de emisión el hallazgo de una moneda de Akragas reacuñada sobre una
cartaginesa de esta serie suponía retrasar su emisión hasta, al menos, el año 406, fecha en que la ciudad
fue destruida. De esta forma, dado que la primera intervención cartaginesa en Sicilia en muchas décadas
se realizó en el 410, Jenkins estableció esa fecha como inicio de la acuñación de moneda.
59
Campo, 2012: 11; Manfredi, 1995: 152; Jenkins, 1974: 24-25.
60
Jenkins, 1974: 25-26.
61
A partir de la publicación de Mildenberg, 1992: 289.
62
Frey-Kupper (2014: 81), siguiendo a Jenkins (1974: 26-7), ubica el final de esta producción, sin ningún
tipo de justificación, en el año 392. El año 392 coincide con el final de la siguiente confrontación entre
Cartago y Siracusa, pero parece cuanto menos poco probable que se utilizara la misma moneda durante
20 años con dos guerras y un tratado de paz de por medio.
112
a producir moneda no sólo de plata sino también de oro y bronce. Una de las características en
común de estas monedas es que son mayoritariamente anepigráficas, con excepción de unas
pocas series con una sola letra y otras con doble letra63. Este hecho ha sido interpretado por
Manfredi como una prueba de que la autoridad emisora era siempre el mismo: el estado
cartaginés, y por tanto no era necesario especificarlo en ninguna moneda de tipo fenicio64.
La moneda de bronce, cuyas series más antiguas quizá pertenezcan a la primera mitad del siglo
IV65, presentan una diversidad tipológica y una oscilación ponderal que muy probablemente
signifique la existencia de, no una, sino de varias cecas al mismo tiempo, una de las cuales
correspondería a la metrópolis púnica66. Se trata de dos emisiones que presentan cabeza
masculina hacia la izquierda en el anverso y caballo al galope en el reverso, o bien cabeza de
Kore y caballo con palma. Esta diferencia ponderal en la moneda de bronce osciló entre la
medida microasiática (5,40-5,70g) y la fenicia (7,50) hasta el siglo III. En este momento el valor
se unificó en la medida fenicia y con el tipo caballo y palmera67.
En cambio, las ciudades griegas de Sicilia acuñaban monedas de bronce al menos desde el último
cuarto del siglo V68, una fecha muy anterior a la acuñación del bronce por parte de Atenas (tercer
cuarto del siglo III) e incluso que Macedonia (finales del siglo V)69. Tal vez a partir del 350, pero
con seguridad a partir del 330, aparece la serie llamada SNG Cop. 94-7 con cabeza masculina en
el anverso y caballo rampante en el reverso. Es la primera de unas series de bronce que tendrán
una gran dispersión por toda la koiné cartaginesa70.
Por lo que respecta a la moneda de plata tampoco existe unanimidad en dictaminar la cronología
de las series que siguieron a la producción de 410-390, aunque la mayor parte de los
especialistas las atribuye al periodo 350-320. Este espacio de medio siglo sin apenas registro de
moneda es muy sorprendente habida cuenta que en este mismo periodo se produjeron
continuas disputas territoriales entre Cartago y Siracusa sobre Sicilia, algo que sin duda tendría
que afectar al reclutamiento y pago de tropas. No sólo guardan silencio las monedas púnicas
sino que también desaparecen las de Siracusa durante el mismo periodo. Por otro lado, las
ciudades fenicio-púnicas de Sicilia, Lilibeo, Panormo, Terma, Rsmlqrt y Solunto, siguieron
produciendo tetradracmas o fracciones de la litrae siciliana71 entre los años 350 y el 30072.
63
Manfredi, 1995
64
Manfredi, 1999:71
65
Manfredi, 2000: 15.
66
Manfredi, 2000: 15
67
Manfredi, 1995: 153-154.
68
Howgego, 1995: 8.
69
Howgego, 1995: 8.
70
Frey-Kupper, 2014: 82.
71
Una quinta parte de una dracma, esto es, 0,85g.
72
Frey-Kupper, 2014: 81.
113
“controladores financieros”, que ha llevado a concluir una mayor centralización cartaginesa en
el este de la isla durante este periodo73.
Cartago también empezó a fabricar una notable cantidad de monedas de oro entre los años 350
y 320. El hecho que se hayan reconocido 88 tipos distintos de anverso y 104 de reverso74 puede
dar una pista acerca del elevado número de series y ejemplares que se produjeron75, dato que,
además, ha llevado a pensar en la estandarización de la moneda en la ciudad76. A nuestro
parecer, aunque creamos que verdaderamente en la segunda mitad del siglo IV Cartago fuera
ya una sociedad plenamente monetizada, esto no puede argumentarse a través de grandes
emisiones de moneda de oro, ya que estas estaban fuera de la gran mayoría de transacciones
comunes77. Por el contrario, es la acuñación de los distintos metales, y especialmente el bronce,
el mejor indicador para tal aseveración. En cambio, según Howgego, Cartago ya acuñaba
monedas de oro a principios del siglo IV78, aunque el porcentaje áureo en ellas fue disminuido
paulatinamente de un 98% hasta un 30% durante la Segunda Guerra Púnica79.
Como ya hemos comentado, la derrota ateniense ante las murallas de Siracusa en 413 propició
una nueva ofensiva de la colonia griega de Selinunte sobre la élima Segesta. Este conflicto
territorial entre dos ciudades siciliotas importantes tuvo unas consecuencias que trascendieron
el ámbito regional y condicionó el futuro de la isla durante el resto del siglo V y buena parte del
siguiente. Es a partir de este conflicto menor cuando Cartago volvió de nuevo a la escena
siciliana80.
Hay que tener en cuenta que en el momento de la ofensiva de Selinunte sobre una Segesta que
había participado en el lado perdedor, eran muy pocos los aliados de quienes ésta última pudiera
esperar auxilio. Por un lado, la mitad de las ciudades sicilianas había luchado al lado de Selinunte
en la ofensiva de Atenas contra Sicilia; y por la misma razón, no cabía esperar ningún apoyo por
parte de Siracusa. Por el otro, el resto de ciudades de la isla habían sido derrotadas o bien no
tenían el potencial militar suficiente para inmiscuirse entre ellas; y obviamente tampoco podía
73
Frey-Kupper, 2014: 81.
74
Frey-Kupper, 2014: 81.
75
Howgego (1995: 32), a partir de un estudio sobre la moneda de plata del IV en Delfos, calcula que un
cuño podía llegar a producir entre 23.000 y 47.000 monedas antes de quedar inutilizable.
76
Frey-Kupper, 2014: 81.
77
Según Howgego (1995:8-9), este tipo de moneda era utilizado mayoritariamente par pagos entre
estados y como reserva estatal para afrontar posibles crisis.
78
Howgego, 1995: 8.
79
Howgego, 1995: 113.
80
Debemos reseñar una breve noticia en Tito Livio (IV, 29, 8) referente al año 431 donde señala que los
cartagineses “que iban a ser tan grandes enemigos, entonces por primera vez durante unas disensiones
entre los sicilianos pasaron un ejército a Sicilia para ayudar a uno de los bandos”. No sabemos nada más
acerca de esta campaña ni tampoco Diodoro da cuenta de ella. Así pues, o bien se trató de una pequeña
expedición en ayuda de sus aliados fenicio-púnicos en la isla o bien, más probablemente, se trate de un
error cronológico del historiador paduano, adelantando veinte años la campaña de Aníbal.
114
solicitar ayuda a Atenas después de su reciente fracaso. Cartago era, pues, la única potencia a la
que Segesta podía acudir. Y esta vez, Cartago respondió.
Aunque la respuesta, en nuestra opinión, no fue tan fácil de resolver por parte del Senado
cartaginés como cabría imaginar. Con toda probabilidad Cartago había seguido con especial
atención el desarrollo de la última ofensiva ateniense sobre la isla entre el 415 y 413. La
metrópolis púnica tenía sus propios intereses en la isla y si la información de Tucídides es cierta,
Atenas se había planteado incluso atacar Cartago (Tuc. VI, 15, 2; 34, 2), una amenaza que de
buen seguro habría sido evaluada por el senado cartaginés. Además hay que recordar que
Segesta ya había solicitado ayuda a Cartago en el año 415 y que ésta prefirió no inmiscuirse en
el conflicto. ¿Qué había cambiado en el 410 para que el senado púnico se dispusiera a
emprender una intervención militar a gran escala? Ciertamente habían cambiado dos factores
importantes: en primer lugar la amenaza ateniense había desaparecido; en segundo lugar, pese
a ganar la guerra, Siracusa había perdido muchos hombres y recursos en aquellos tres años.
Unos hombres y recursos que ahora no tendría para enfrentarse a Cartago.
El hecho de que Cartago parece que acuñara moneda propia por primera vez a partir de aquel
mismo año 41081 plantea una serie de cuestiones interesantes. Parece evidente que este hecho
está relacionado con el enrolamiento de mercenarios para la campaña de Aníbal. Actualmente
existe unanimidad entre los investigadores en creer que ésta se acuñó con la intención de pagar
a estas tropas foráneas82, no tan sólo porque sean coincidentes en tiempo y en espacio -pues
estas monedas fueron acuñadas en Sicilia- sino también porque no se ha encontrado ni un solo
ejemplar de estas primeras emisiones en el norte de África83. Todo ello nos plantea
inmediatamente una cuestión: ¿cómo se pagaron entonces a las tropas mercenarias que habían
actuado junto a Cartago en el año 480 y que fueron derrotadas en la batalla de Hímera? El
fenómeno mercenario no era nuevo ni en el año 410 ni tampoco en el 480; sin embargo, sí es
cierto que durante el siglo V, y especialmente en el siguiente, el Mediterráneo asiste a un
aumento muy significativo en el empleo de este tipo de tropas. En el caso de Sicilia, la solicitud
de mercenarios no sólo procedía del alto mando cartaginés sino, de forma mucho más regular,
de la demanda para formar parte de la guardia personal de los numerosos tiranos de las
ciudades griegas de la isla. Retomando la cuestión del pago de tropas, hasta mediados del primer
milenio el metal a peso se utilizaba como herramienta de intercambio y de valor, en forma de
81
Jenkins, 1974: 26-27; Jenkins 1971; 1977; 1978; 1997; Visonà 1995; 1998; Manfredi, 2000: 14. Las
ciudades fenicias de Sicilia empezaron a acuñar su propia moneda hacia el 430. Panormo, Motya, -y con
posterioridad al 410 pero siguiendo la misma pauta, Solunto- no formaban parte todavía del dominio
directo cartaginés, aunque indudablemente se encontraban bajo su área de influencia y cabe imaginar
una frecuente presencia de políticos y comerciantes cartagineses. Las tres antiguas colonias estaban
notablemente integradas en los circuitos comerciales y diplomáticos de Sicilia y por ello, en un momento
dado, deciden acuñar moneda a fin de adaptarse a la realidad política y cultural de la isla (Manfredi, 2010:
203). Como las colonias griegas de la parte oriental ya habían empezado a acuñar moneda décadas antes
y habían establecido las pautas en este tipo de transacciones, lo que hicieron las ciudades fenicio-púnicas
fue simplemente adaptar ese nuevo instrumento a sus propias ciudades. De este modo, el material, el
peso y el valor de las didracmas eran el mismo que el de las ciudades griegas. Posteriormente, y de forma
paralela a las emisiones propiamente cartaginesas, Solunto y Panormo siguieron acuñando su propia
moneda hasta el final de la Primera Guerra Púnica (Campo, 2013: 11).
82
Campo, 2012: 11; Manfredi, 1995: 152.
83
Frey-Kupper, 2014: 81.
115
lingotes, anillos o chatarra84, de modo que este sería uno de los métodos empleados a tal fin85.
Además, la lógica nos lleva a pensar que, aunque no exista testimonio alguno en época clásica,
podemos generalizar que mientras hubiera algún tipo de recompensa, ya fuera en forma de
tierras, botín, alimento o bienes muebles, siempre habría quienes estarían dispuestos a luchar
a cambio de ella.
¿Por qué Cartago empezó entonces a acuñar moneda para sus tropas en el año 410?¿Qué había
cambiado desde la última gran campaña cartaginesa sobre la isla? G.T. Griffith, uno de los
mayores especialistas en el fenómeno del mercenariado griego, ya señaló que durante el siglo
V la ciudad de Atenas empezó a pagar una soldada a sus tropas, además de la intendencia de los
alimentos86. Poco después, en lugar de subministrar el alimento directamente, Atenas decidió
repartir el dinero a sus tropas para que se compraran ellos mismos su comida. Sin duda, era una
buena manera de mejorar la logística, ya que sus soldados podrían encargarse ellos mismos de
alimentarse y los strategoi se ahorraban tener que organizar buena parte del tren de
suministros. De esta forma la moneda se introducía en el circuito militar. Ya fuera porque a los
soldados también les interesaba cobrar en moneda, que era más ligera y cómoda y por tanto,
podía viajar con su dueño; o bien porque el resto de ciudades -y estados- se dieron cuenta de
las ventajas que suponía respecto a otro tipo de pagos, entre finales del siglo V y comienzos del
siguiente la moneda se convirtió rápidamente en una de las principales formas de pago al
mercenariado87. Una de las pocas referencias al pago de mercenarios en la literatura clásica se
encuentra contextualizada precisamente en ese momento: se trata del pago de Ciro -o más bien
del impago- a los mercenarios griegos contratados para derrocar a su hermano, el Gran Rey de
Persia88 (Xen. Anab. I, 2, 11). Otro ejemplo se encuentra en Tucídides, quién afirma que en el
año 413 tanto los mercenarios tracios como los marineros atenienses cobraban 1 dracma al día
(VII, 27, 2; Tuc. VI, 31, 3). En el invierno del año siguiente, Esparta redujo esta misma cantidad a
3 óbolos, aunque cabe añadir que fue una medida tomada por Tisafernes a instancias de
Alcibíades, cuyas intención secreta era en minar las relaciones de Esparta con Persia (Tuc. VIII,
45, 1-2).
Volviendo al año 410, en el gran ejército que organizó Aníbal fueron incorporadas, siguiendo a
Diodoro, tropas procedentes de Iberia y de Libia (Diod. XIII, 44, 4-6). Claramente, estas tropas se
encontraban aún fuera de las grandes rutas de contratación de mercenarios del siglo V y por
tanto, desconocían esta nueva forma de pago. No fueron ellos quienes pidieron cobrar en
moneda. Ni probablemente tampoco fue Cartago quién impulsó la iniciativa. La clave para
entender este temprano pago de mercenarios en plata nos la da el mismo Diodoro:
8484
Howgego, 1995: 13; Manfredi, 2010: 204
85
Griffith (1935: 264) sostenía que, al menos hasta el siglo V, a menudo simplemente se pagaba a los
mercenarios mediante el sustento y el avituallamiento.
86
Griffith (1935: 264-265).
87
Conviene recordar, por último, que el propio Griffith (1935) realizó un detallado análisis de este proceso
también en un sentido filológico. En griego, la palabra más común utilizada para referirse a un mercenario
es mistophoros.
88
Roy, 1967.
116
“Después del regreso de sus embajadores, los cartagineses enviaron a los egesteos
cinco mil libios y ochocientos campanos. Estas tropas habían sido llamadas como
fuerzas mercenarias por los calcideos [de Sicilia] para ayudar a los atenienses en la
guerra contra los siracusanos y, a su regreso después de la derrota, no tenían a nadie
que reclamara sus servicios; pero entonces los cartagineses compraron caballos para
todos y, dándoles unas considerables soldadas, los enviaron a Egesta89” (Diod. XIII, 44,
1-2)
Este pasaje, que pudiera parecer totalmente baladí, en realidad es muy revelador. Fueron,
ciertamente, los campanos los primeros en exigir a Cartago ser pagados mediante moneda90. Y
lo hicieron porque tan sólo unos años antes habían sido contratados precisamente por la ciudad
que empezó a utilizar el sistema de pago monetal a sus soldados. Parece adecuado pensar que
una vez estos mercenarios recibieron su pago en moneda durante la guerra de la expedición
ateniense a Sicilia, y reconocieron las ventajas de este sistema, decidieron adoptarlo. En esos
momentos el uso de la moneda se estaba generalizando rápidamente en muchos otros ámbitos,
lo que sin duda favorecía su aceptación por parte de las tropas. Podemos concluir, por tanto,
que fueron los mercenarios campanos quienes propiciaron la acuñación de moneda por parte
del estado cartaginés. Una acuñación, no obstante, que se limitaría por espacio de medio siglo
al escenario de guerra, es decir Sicilia, pues no existen evidencias de la existencia de moneda en
la propia metrópolis hasta mediados del siglo IV91.
La serie acuñada para la campaña del 410/40992 también era de plata, de forma semejante a las
primeras emisiones de Solunto y Panormo. Estas monedas eran distintas de sus predecesoras
sicilianas en varios sentidos. Por una lado se acuñaron tetradracmas de peso ático93 en lugar de
didracmas; se adoptó, además, un patrón tipológico uniforme, el prótomo de caballo y la
palmera, motivos comunes en todas ellas, aunque con variantes; por último, las leyendas
monetales de las monedas del c.410 eran también distintos: qrthdst, qrthdst/mhnt,
mhnt/qrthdst, mhnt o qrthdst/qrthdst94 (serie NA 1-11 de Manfredi).
Precisamente estas leyendas han suscitado cierto debate acerca del lugar de fabricación de esta
moneda. Jenkins95 (1974) defiendió que estas leyendas indican la ceca de acuñación de la
moneda y por tanto estas fueron fabricadas en la propia Cartago. En cambio, para muchos de
89
“μετὰ δὲ τὴν ἐπάνοδον τῶν πρεσβευτῶν Καρχηδόνιοι μὲν τοῖς Αἰγεσταίοις ἀπέστειλαν Λίβυάς τε
πεντακισχιλίους καὶ τῶν Καμπανῶν ὀκτακοσίους. οὗτοι δ' ἦσαν ὑπὸ τῶν Χαλκιδέων τοῖς Ἀθηναίοις εἰς
τὸν πρὸς Συρακοσίους πόλεμον μεμισθωμένοι, καὶ μετὰ τὴν ἧτταν καταπεπλευκότες οὐκ εἶχον τοὺς
μισθοδοτήσοντας· οἱ δὲ Καρχηδόνιοι πᾶσιν ἵππους ἀγοράσαντες καὶ μισθοὺς ἀξιολόγους δόντες εἰς τὴν
Αἴγεσταν κατέστησαν.” (Diod. XIII, 44, 1-2). Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial
Gredos (2008).
90
Estos campanos habían sido reclutados anteriormente por Atenas en su conflicto contra Siracusa del
415-413 (Tagliamonte: 1994: 124-129).
91
Frey-Kupper, 2014: 81.
92
Según Frey-Kupper (2014: 81), en circulación entre c.410 y 392.
93
Frey-Kupper, 2014: 80.
94
Manfredi, 1995: 152.
95
Jenkins 1974: 26-27.
117
los especialistas en la actualidad como por ejemplo Manfredi96, Tusa Cutroni97 o Mildenberg98
estas leyendas hacen referencia a la autoridad emisora y no a la ceca, y por tanto no
necesariamente serían producidas en la misma ciudad. De hecho, dado que todas ellas han sido
halladas en Sicilia, ésta parece haber sido su lugar de acuñación. Ya en el segundo capítulo
señalábamos que el término mhnt hacía referencia a “ejército”, de modo que aceptamos la
propuesta de Mildenberg que entendía la leyenda qrtdhst mhnt y sus variantes como referentes
a los agentes de administración cartaginesa en la isla99.
Ahora bien, si la ceca de estas monedas no estaba en Cartago, ¿en qué lugar de Sicilia se
encontraba? No hay evidencias que puedan aportar datos concluyentes a esta pregunta, de
forma que lo único que podemos hacer, hasta que la arqueología no aporte nuevos datos, es
plantear las distintas hipótesis al respecto. La primera de ellas es que el cuño viajara con el
ejército de Aníbal hasta una de las ciudades aliadas de Cartago y fuera allí dónde empezara la
producción, quizá Entella, como propuso I. Lee100. O bien que la leyenda qrthdst, que
literalmente significa “ciudad nueva”, hiciera referencia a una supuesta nueva capital púnica en
Sicilia101. Tampoco no debe descararse que se tratara incluso de una ceca ambulante.
Estas son las únicas monedas cartaginesas que graban una palabra completa en la leyenda; a
partir de entonces, el resto de moneda púnica, ya sea en plata, oro, bronce o electro fueron
anepigráficas o bien contaron con una o dos letras solamente. Este hecho ha sido interpretado
por Manfredi como una prueba de que la autoridad emisora continuaba siendo la misma: el
estado cartaginés. Esta circunstancia explicaría que no fuese necesario especificarlo en ninguna
moneda de tipo fenicio102.
Figura 11. Moneda sículo-púnica c. 410-395 con las leyendas QRTHDST en el anverso y MHNT en el reverso. Jenkins
002. Fuente: [Link]
96
Manfredi (1995: 153; 1999: 70; 2000: 15) es cauta a este aspecto y deja abiertas otras posibilidades,
aunque tiende a mostrarse partidaria de la opción siciliana.
97
Tusa Cutroni, 1996: 113.
98
Mildenberg, 1989: 6-8.
99
Mildenberg, 1989: 6-8.
100
Lee, 2000.
101
Al respecto, ver Manfredi 1999:70.
102
Manfredi, 1999: 71.
118
En el plano logístico y militar, Aníbal desembarcó sus tropas en el cabo Boeo, donde
posteriormente sería fundada Lilibeo. Entre estas tropas había mercenarios procedentes de
Iberia, soldados cartagineses y levas africanas que fueron transportados en 60 navíos de guerra
y acompañados por 2.500 naves de carga con máquinas de asedio y armas en sus bodegas (Diod.
XIII, 44, 6; 54, 2). Posiblemente también habría que añadir levas obligatorias de ciudadanos de
aquellos lugares más estrechamente vinculados a Cartago, tanto de Cerdeña como de Sicilia. El
número total de efectivos ascendía a más de 200.000 hombres según Éforo, o 100.000 según
Timeo, como recoge Diodoro (XIII, 54, 5), pero cabe pensar que se trata a todas luces de cifras
exageradas. En cualquier caso la fuerza militar enorme. A ellos, además, se les unieron
posteriormente soldados segesteos, tropas campanas y aliados procedentes de otras ciudades
sicilianas. Una vez reunidas todas las fuerzas y dispuestas para la marcha, Aníbal se dirigió con
sus tropas directamente hacia Selinunte y la sometió a asedio.
Diodoro dedica una emotiva narración a los defensores de la ciudad, que consiguieron resistir
nueve días ante los arietes y las torres de asedio cartaginesas, mientras censura a las huestes
púnicas por su impiedad y barbarie. Selinunte contaba en esa época con unos 14.000
habitantes103, de los cuales tan solo 2.600 consiguieron escapar hasta Acragas. A los pocos días
llegaron los primeros refuerzos siracusanos que venían a apoyar a los selinuntios, pero dado que
la ciudad ya había sido asaltada y saqueada tan solo pudieron pedir a los cartagineses que
liberaran a los prisioneros, previo pago de rescate. Aníbal se mostró inflexible y no cedió, pero
en cambio, la intervención de un personaje particular, salvó a la ciudad del abandono (Diod. XIII,
59, 3). Se trataba de Empedión, un ciudadano selinuntio que no aparece en ninguna otra fuente
y que formaba parta de la facción filocartaginesa de la ciudad. Tanto a él como a su familia Aníbal
les liberó y les restituyó sus bienes. Finalmente, a cambio de un tributo, permitió que los
selinuntios exiliados pudieran volver a la ciudad y reocuparan sus tierras.
He aquí dos aspectos interesantes. El primero de ellos, es la propia figura de Empedión; este
personaje ejemplifica una realidad política y social poliédrica verdaderamente importante. En
las ciudades sicilianas, ya fueran griegas, indígenas o fenicias, había varias facciones políticas
(como también las había en el resto de grandes ciudades mediterráneas, como veremos más
adelante), que, ya fuera por lazos económicos, familiares o culturales, eran más afectivas hacia
unos u otros vecinos. Dicho de otra manera, a menudo tendemos a simplificar los
acontecimientos históricos reduciendo el carácter político de una polis o de un estado hacia una
sola dirección: si una ciudad se aliaba con otra en el decurso de una guerra tendemos a pensar
que toda su población se inclinaba en el mismo sentido, sin fisuras. Y la realidad, con toda
probabilidad, reflejaba lo contrario. En Sagunto por ejemplo, existen evidencias que demuestran
la existencia de una facción filopúnica en 219; en Masalia la facción filorromana abrió las puertas
103
Diodoro cuenta 6.000 muertos durante el asedio, 5.000 prisioneros (Diod. XIII, 57, 6), 2.600 refugiados
en Acragas (Diod. XIII, 58, 3), más los jinetes que lograron enviar hacia Gela y Siracusa en busca de ayuda
días antes de la caída de la ciudad, con lo cual podríamos redondear esta cifra a unos 14.000 habitantes.
A diferencia de otras referencias demográficas, que mayoritariamente solo aluden a los ciudadanos con
derechos de una ciudad, en este caso, si damos crédito a sus cifras, se trataría del conjunto de habitantes
de Selinunte, pues ya no sería posible discernir en la mayor parte de las cifras citadas, cuales eran esclavos
o menores de edad y cuáles no.
119
a una embajada republicana en ese mismo año; en Capua, las dos facciones -filorromana y
filopúnica-, compitieron por el poder durante la primera década de la Segunda Guerra Púnica;
incluso en Siracusa hubo partidos que abogaban por un acercamiento a Cartago durante los
siglos IV y III104. En el caso que nos ocupa, en Selinunte, la facción más cercana a Cartago estaba
liderada por un personaje llamado Empedión.
Derrotada Selinunte, sólo había otra ciudad griega que pudiera representar un peligro para
Segesta y, especialmente, para los intereses fenicio-púnicos de Solunto y Panormo: Hímera. Esta
ciudad era para Cartago el símbolo de su debilidad, una vergüenza para su clase militar y la
tumba de miles de sus conciudadanos. Pero además de todo ello, para Aníbal tenía un significado
mucho más profundo y personal: cerca de sus muros murió su abuelo debido a una estratagema
de Gelón, y aquella derrota comportó la caída en desgracia de su dinastía y el destierro de su
padre (Diod. XIII, 43, 5; 59, 5). He aquí la razón por la que, desde un inicio, Aníbal quiso comandar
esta expedición (Diod. XIII, 43, 5). La ciudad fue cercada y, al tercer día, cayó. Por suerte para
ellos, la mayor parte de sus ciudadanos pudieron ser evacuados por mar gracias a las naves que
envió el siracusano Hermócrates106, pero la ciudad fue saqueada y destruida, incluidos sus
templos (Diod. XIII, 62, 3-4). Una vez conseguidos sus objetivos, Aníbal licenció a la mayor parte
de sus tropas y retornó a Cartago con un cuantioso botín (Diod. XIII, 62, 5-6).
104
A menudo estos lazos políticos y económicos se personificaban en una figura llamada próxenos, un
enlace o intermediario de una ciudad para los ciudadanos de otra. En el capítulo 3 vimos a un próxenos
cartaginés de Tebas, Nobas. Quizás otro ejemplo, pero esta vez en Hímera, fuera Terillos (Hdt, VII, 165),
líder de la facción filocartaginesa y tirano de la ciudad en la década de 480 (Champion, 2010: 35).
105
Recordemos que en esa misma época Siracusa se enfrentaba a Naxos, Catana y Leontinos, que habían
apoyado a Atenas unos años antes (Diod. XIII, 56, 2).
106
Hermócrates, después de haber sido condenado al exilio por Siracusa mientras apoyaba a los
espartanos en la Guerra del Peloponeso, volvió a Sicilia gracias al apoyo económico del sátrapa persa
Farnabazo (Diod. XIII, 63, 1-2). Sordi, 1981; Vanotti, 2005.
120
Figura 12. Campaña de Aníbal en el año 409.
¿Cuál era el motivo real de la intervención cartaginesa en Sicilia? Segesta, en efecto, había
pedido ayuda a Cartago ante la ofensiva selinuntia hacia su territorio; pero de igual modo que
la toma de Sagunto no fue la causa de fondo del estallido de la Segunda Guerra Púnica, tampoco
podemos explicar la invasión de Sicilia del 409 con unas fuerzas militares tan enormes tan solo
como una operación para salvaguardar a una ciudad aliada. A tenor de las acciones del general
Aníbal la impresión no es la de resolver un conflicto regional, sino la de consolidar un
protectorado cartaginés en la isla que incluyera las antiguas colonias fenicias y el territorio
élimo. Pero al contrario que las campañas venideras, las fuerzas cartaginesas no fueron más allá.
Con un ejército de aquellas dimensiones y con Siracusa inmersa en luchas intestinas y
extranjeras, cabe preguntarnos por qué Aníbal no continuó su campaña hacia el este, teniendo
en cuenta, además, el apoyo de las poblaciones indígenas. Quizá se trató de un exceso de celo
o bien, simplemente, las órdenes del Senado le prohibieron emprender una guerra abierta
contra Siracusa.
Sea como fuere, a la partida de Aníbal le siguió la contraofensiva de Hermócrates, que pretendía
reunir apoyos entre los siciliotas enfrentándose a los púnicos con el objetivo final de volver a
Siracusa, ya fuera mediante la revocación de su exilio, ya mediante la fuerza. Así, Hermócrates
retomó Selinunte, liberándola de su tributo, y luego saqueó los territorios de las colonias fenicias
de Motya y Panormo (Diod. XIII, 63). Al año siguiente, en el 408/407, después de intentar en
vano ganarse las simpatías de la población siracusana, intentó tomar la ciudad por la fuerza
121
mediante un ataque nocturno. Sin embargo, el plan fue descubierto y la población siracusana
rodeó y atacó a los golpistas. La mayor parte de ellos resultaron muertos, incluido el propio
Hermócrates. El resto de su grupo fue condenado al exilio; pero hubo algunos que consiguieron
escapar. Y entre ellos se hallaba Dionisio, el futuro tirano de la ciudad (Diod. XIII, 75, 2-9).
Por aquel entonces, Cartago fundó una colonia al norte de Sicilia, muy cercana a la ruinas de
Hímera, a la que llamó Terma (Diod. XIII, 79, 8). Esta fundación debió de producirse hacia el 408.
Sorprende el lugar escogido para construir esta ciudad, muy cerca de las colonias fenicias de
Panormo y Solunto, y por tanto encarada hacia el mar Tirreno, en lugar de construirla en la costa
sur de la isla, más próxima a Cartago y con algunas ciudades griegas importantes potencialmente
peligrosas. Quizá el Senado cartaginés pensó que con Selinunte bajo su protección y con un
gobierno filopúnico al mando, ya tenían un enclave estratégico en esa zona. Pero Hermócrates
había retomado Selinunte hacia el 408 e incluso la había convertido en su base de operaciones
antes de marchar sobre Siracusa, de modo que la decisión de fundar Terma en la costa norte
debió de producirse en los primeros meses de aquel año.
Al mismo tiempo, Siracusa envió legados a Cartago como respuesta a la campaña de Aníbal y
para encontrar una solución al conflicto, pero Cartago respondió de forma ambigua (Diod. XIII,
79, 8), probablemente debido a la contraofensiva de Hermócrates, que estaba actuando en
contra de los intereses púnicos en esos momentos. De esta forma, el senado púnico mandó
organizar un nuevo ejército para partir hacia Sicilia bajo el mando de Aníbal e Himilcón. Diodoro
afirma que el segundo tan sólo lo acompañaba por petición expresa del primero, dada su
avanzada edad, y por lo tanto no debiéramos ver en este episodio ningún ejemplo de
magistratura bicéfala. De nuevo, se reclutaron mercenarios en Iberia, las Baleares y Campania,
se movilizaron levas en la propia Cartago y en las ciudades fenicias y libias más cercanas, y se
pidieron tropas a los reinos mauros y africanos hasta Cirene, sumando un total de poco más de
120.000 hombres, según Timeo107 (Diod. XIII, 80, 2-5).
El ejército púnico desembarcó en Sicilia en el año 406/405 y rápidamente puso cerco a la ciudad
de Acragas, que por aquel entonces contaba con unos 200.000 habitantes108. Dada la posición
de Acragas, no parece descabellado pensar que las tropas desembarcaran en Selinunte, que
después de la partida de Hermócrates habría quedado de nuevo bajo el control de la facción
filopúnica. Sin embargo, a diferencia de la campaña anterior, esta vez las ciudades griegas
esperaban el ataque púnico y prepararon bien sus defensas y su aparato diplomático y logístico.
Se solicitó ayuda tanto a las ciudades griegas de Italia como a las de la propia Hélade y se
incorporaron nuevas tropas a filas, entre ellas, los mercenarios campanos que habían servido a
Aníbal y que se mostraron disconformes con la paga al final de la campaña anterior. También
acudió a Acragas el lacedemonio Dexipo, al mando de 1.500 mercenarios (Diod. XIII, 85, 3-4).
Al poco de empezar el asedio se produjo una epidemia en el campamento cartaginés que segó
la vida de Aníbal y de numerosos soldados. Himilcón tomó el control del ejército, y retomó el
asedio, pero pronto aumentaron las dificultades. Un ejército de 40.000 hombres procedente de
Siracusa acampó cerca de los cartagineses y empezó a hostigar a las tropas encargadas del
avituallamiento. Pronto, los alimentos empezaron a escasear y los campanos a punto estuvieron
107
Según Diodoro, Éforo contabilizó en ese ejército 300.000 hombres (Diod. XIII, 80, 5).
108
De los cuales, 20.000 eran ciudadanos (Diod. XIII, 84, 3).
122
de pasarse al enemigo. Pero entonces, Himilcón consiguió información acerca de un cargamento
de grano procedente de Siracusa con destino a Acragas y rápidamente movilizó a la flota
establecida en Motya para que sorprendieran a estas naves, logrando una valiosísima provisión
de alimentos y privando de ella a los acragantinos. Así, la situación dio la vuelta de tal manera
que, al poco, los acragantinos empezaron a padecer escasez de alimentos, provocando la
deserción de algunos mercenarios. El mismo Dexipo también abandonó la ciudad. Según
Diodoro, el general lacedemonio fue sobornado con quince talentos de oro, y arguyó como
excusa que su mandato había expirado (Diod. XIII, 88). La ciudad cayó después de un asedio de
ocho meses, según Diodoro (Diod. XIII, 91, 1), siete según Jenofonte (Xen, Hel., I, 5, 21)109.
109
Frontino y Polieno relatan la que quizá fuera la estratagema que utilizó Himilcón para derrotar
definitivamente a unos hambrientos acragantinos. Fingiendo la retirada de su ejército, los acragantinos
salieron de la ciudad y los persiguieron, pero entonces una parte del ejército cartaginés hizo hogueras al
pie de la ciudad. Desde lejos, los acragantinos que habían salido en persecución vieron las llamas y
pensaron que la ciudad estaba ardiendo; al punto dieron la vuelta, pero entonces los cartagineses en
retirada junto con otro cuerpo de ejército escondido les tendieron una emboscada y los liquidaron (Front,
Strat., III, 10, 5), (Polien. V, 10, 4).
123
Mientras Himilcón se dirigía hacia Gela, en Siracusa la población estaba cada vez más nerviosa.
Creían, no sin razón, que si caía Gela, ellos serían el siguiente objetivo de Cartago. Aprovechando
el tumulto y el poco apoyo popular a los generales de ese momento, Dionisio se las ingenió para
llegar al generalato, y una vez ahí, se autoproclamó tirano (Diod. XIII, 91-96; Xen, Hel., II, 2, 24;
Poliè, Estrat., V, 2, 2). Consiguió reunir un ejército de 50.000 hombres110 formado por población
siracusana, aliados itálicos y mercenarios de procedencia no especificada (posiblemente griegos)
(Diod. XIII, 109, 1-2). Pero los esfuerzos de Dionisio no fueron suficientes: su ejército fue
derrotado y Gela, tomada y saqueada.
Diodoro relata los conflictos que estallaron contra Dionisio durante su retirada hacia Siracusa, y
todo hacía prever un asedio a la ciudad, pero justo entonces el relato de Diodoro se interrumpe
debido a una laguna en el texto que no ha podido ser recuperada. Siendo nuestro único
testimonio al respecto, la pérdida es importante. La narración se reanuda con la invitación de
Himilcón a un tratado de paz, a la que Dionisio accede rápidamente. La respuesta a esta
repentina cancelación de la ofensiva púnica puede encontrarse unas líneas más abajo. El
historiador siciliano relata que Himilcón retornó a Cartago con la mitad de sus hombres, pues la
otra mitad había perecido debido a la epidemia contraída en Acragas; una vez en África, la
epidemia se propagó entre los cartagineses y sus aliados (Diod. XIII, 114, 2; Just., Epítome, XIX,
2-3).
Los términos del tratado entre Himilcón y Dionisio mostraban claramente la posición de
fortaleza con que Cartago se consolidaba en la isla: quedaban bajo dominio púnico los territorios
élimos, sicanos, además de los que ya controlaba anteriormente111. Las ciudades de Selinunte,
Acragas, Hímera, Gela y Camarina podían volver a ser ocupadas siempre y cuando no fueran
amuralladas y sus habitantes pagaran un tributo anual a Cartago. Por otra parte los habitantes
de Leontinos, los mesenios y los sículos -con quiénes Siracusa estaba en guerra cuando Himilcón
desembarcó en Sicilia- mantendrían su autonomía respecto Siracusa (Diod. XIII, 114, 1).
110
30.000 hombres según Timeo (Diod. XIII, 109, 2).
111
Tusa, 1982-1983; Anello, 1986.
124
Figura 14. Reparto de las áreas bajo dominio púnico y siracusano con el Tratado del año 405.
Durante el largo periodo en que Dionisio ejerció la tiranía en Siracusa el enfrentamiento político
y militar contra Cartago por el control de Sicilia fue constante. Las ambiciones del tirano
ampliaron la órbita de la guerra por el control del eje mediterráneo hasta Etruria, la Hélade e
incluso a pueblos galos, mientras que, por su parte, Cartago incrementó sus relaciones con Iberia
y el norte de África en busca de más tropas y más recursos.
Una vez logró vencer a sus opositores y fortalecer su posición política en Siracusa, Dionisio
reanudó su guerra contra las ciudades griegas y sículas. Etna, Enna, Herbita, Naxos, Catana y
finalmente, Leontinos, fueron cayendo bajo su órbita. Catana y Naxos fueron saqueadas y sus
habitantes reducidos a la esclavitud (Diod. XIV, 15, 2-3). Además, ambas ciudades fueron
entregadas a campanos y sículos respectivamente para ganarse sus apoyos112. Por su parte, los
habitantes de Leontinos fueron obligados a abandonar su ciudad y trasladarse a Siracusa.
Asistimos aquí a una práctica no desconocida en la antigüedad pero sí notablemente explotada
por Dionisio I: la deportación113.
112
Caven, 1990: 86-87.
113
Anello, 2002: 358-359; Sordi, 1980: 27-30.
125
III Guerra Greco-púnica (396-392)
Durante los siguientes años, aproximadamente entre el 402 y el 398, Dionisio estuvo
concentrado en fortalecer el poderío militar de Siracusa y su papel como potencia hegemónica
en el Mediterráneo central. Una vez consolidado ese poder, se dispuso a invadir los territorios
cartagineses en la isla. Ciertamente, el tirano ya había contravenido las cláusulas del tratado del
año 405 conquistando las ciudades calcídeas de la isla, pero desconocemos cualquier tipo de
multa o represalia exigida por Cartago ante la ruptura del acuerdo. Es posible que la metrópolis
norteafricana tuviera sus propios problemas internos -probablemente debido a la epidemia que
trajo Himilcón consigo- o bien, simplemente, no quería empezar una nueva guerra con sus
efectivos tan reducidos, luchando por unas ciudades que, al fin y al cabo, estaban fuera de sus
dominios.
Sin embargo, la ofensiva que Dionisio inició en el año 398/397 ya no era una cuestión menor,
sino una afrenta total a los intereses púnicos. Dionisio convenció a los siracusanos de la
conveniencia de aprovechar la debilidad de Cartago para acabar con ella y con la amenaza
constante que significaba para toda la isla. La idea que se desprende de la narración de Diodoro
es, de nuevo, que la tiranía se sustenta en el miedo de los ciudadanos114; primero, en el miedo
hacia una amenaza exterior, por la cual se permite que un solo hombre posea tanto el poder
político como el militar y que la ciudadanía se olvide del resto de sus problemas internos; el
segundo, en el miedo hacia el propio tirano y la facilidad con que éste podía acabar con sus
enemigos políticos sin ningún tipo de impedimento legal. Dionisio sabía muy bien cuáles eran
sus armas y estuvo preparándose para fortalecer su posición durante los años precedentes. En
una ciudad tan densamente poblada como Siracusa, le convenía ganarse el favor de buena parte
de los siracusanos, algo que logró mediante la construcción de edificios públicos, medidas
populares y discursos bien elaborados, presentándose a sí mismo como el salvador de la patria
y a los cartagineses como el enemigo contra el cual debían unirse para defender la ciudad.
También procuró mantener la fidelidad de tropas propias y extranjeras mediante la donación de
lotes de tierras y alojamientos en la ciudad 115(Diod. XIV, 7, 4-5).
Dionisio preparó la guerra con esmero. Según Diodoro, consiguió reunir una gran cantidad de
artesanos procedentes, no sólo de las ciudades bajo su autoridad, sino también de Italia y Grecia
“e incluso de regiones sometidas al poder cartaginés116” (Diod. XIV, 41, 3), es decir, ciudades de
la Sicilia oriental. De Italia también hizo importar toneladas de madera para la construcción de
armamento. Mientras preparaba sus ejércitos con nuevas máquinas de guerra -quinquerremes
y catapultas- no desatendía su liderazgo popular mediante discursos ante la Asamblea (Diod.
XIV, 41, 3; 42, 1-3). Al terminar una de sus intervenciones hostiles contra Cartago, Dionisio
permitió a parte de los siracusanos que se armasen y atacaran a los cartagineses que vivían y
comerciaban en la ciudad en aquellos momentos. Las propiedades de estos cartagineses fueron
sometidas al pillaje e imaginamos que sus propietarios serían agredidos en el menor de los casos.
Este estallido de violencia se propago rápidamente por otras ciudades griegas de la isla y
aquellas que estaban bajo dominio cartaginés, se revelaron abiertamente (Diod. XIV, 46, 1-3).
114
Por ejemplo, en Diod. XIV, 7, 1.
115
Caven, 1990: 93-97.
116
“ἔτι δὲ τῆς Καρχηδονίων ἐπικρατείας” (Diod. XIV, 41, 3).
126
Una vez hubo hecho todos los preparativos, y sólo entonces, Dionisio envió a una delegación
diplomática a Cartago instándola a abandonar las ciudades que tenía bajo su control. Según
Diodoro, el senado cartaginés117 se mostró muy preocupado por estos acontecimientos, pues su
población había disminuido notablemente debido a la epidemia, y mandó contratar mercenarios
a Europa (Diod. XIV, 47, 1-3).
El inicio de la campaña se produjo en 397/396 y ya hemos visto como Dionisio había logrado
reclutar tropas procedentes de Grecia, Italia y del resto de Sicilia bajo su mando. Diodoro señala
que entre ellos había mercenarios y aliados (Diod. XIV, 47, 4). Durante su marcha hacia el oeste
de la isla otras ciudades griegas le abrieron sus puertas y aportaron aún más soldados. Incluso
varias ciudades élimas y sicanas prefirieron antes apoyarle que enfrentarse a su ejército. Tan
sólo Halicias, Solunto, Segesta, Panormo y Entela permanecieron fieles a los cartagineses (Diod.
XIV, 48, 5). Ninguna noticia, sin embargo, de Therma. Dionisio se dirigió directamente hacia el
corazón político de Cartago en la isla: Motya. Después de un largo asedio, en el cual Cartago tan
solo apoyó a sus compatriotas con un ataque relámpago a la flota siracusana, la ciudad cayó en
manos griegas. En el asalto final se distinguieron las tropas de un tal Arquilo (Diod. XIV, 52, 5;
53, 4) procedente de la ciudad itálica de Turios. Con la caída de Motya118, Dionisio y su hermano
Leptines concentraron sus esfuerzos sobre las ciudades filocartaginesas que aún no habían sido
tomadas. Una a una fueron cayendo mediante el uso de la fuerza (caso de Segesta) o la
diplomacia (caso de Halicias) durante el transcurso del resto de aquel año y el inicio del
siguiente. En un breve plazo la isla de Sicilia había caído completamente bajo la hegemonía de
Siracusa y, salvo la tímida incursión de Himilcón, Cartago seguía desaparecida de escena. El
tratado de paz no había durado ni tan sólo una década.
Parece que Diodoro no tenía mucha información acerca de Cartago durante este periodo. Quizá
sus fuentes principales al respecto, Éforo y Timeo, desconocieran también cuales eran las
decisiones que se tomaron en la metrópolis africana en aquellos momentos. Diodoro se muestra
impreciso y errático al hablar de las repercusiones políticas y militares que tuvo la campaña de
Dionisio en Cartago119. Parece, de hecho, que estuviera improvisando la redacción. En cambio,
una vez el senado púnico decidió finalmente tomar cartas en el asunto, sus apreciaciones son
mucho más precisas:
“Por esa razón, después de haber designado a Himilcón como soberano [rab] de
acuerdo con la ley, juntaron tropas procedentes de todos los puntos de Libia, y
117
Diodoro utiliza aquí gerousía y synkletos para referirse al Senado cartaginés (Diod. XIV, 47, 1-2).
118
Merece ser mencionado el hecho que Diodoro afirma que entre los defensores de Motya también
había griegos -quizá enemigos políticos de Dionisio- entre los cuales menciona a un tal Daímenes (Diod.
XIV, 53, 4).
119
Por ejemplo, Diodoro afirma que durante la ofensiva siracusana, Cartago mandó reclutar mercenarios
“a Europa”, sin ningún tipo de especificación o explicación ulterior (Diod. XIV, 47, 3). Posteriormente,
narra por duplicado lo que parece a todas luces la misma operación bélica -la incursión naval de Himilcón-
en Diod. XIV, 49 y XIV, 50, aunque en el primer fragmento participan 10 naves en el ataque y en el segundo,
100.
127
también de Iberia, en parte convocadas entre sus aliados y en parte reclutadas
como fuerzas mercenarias120” (Diod. XIV, 54, 5)
Himilcón desembarcó en Panormo, en la costa norte de la isla, en el año 396. Desde ahí se dirigió,
con las tropas terrestres, hacia Érix y Motya, que recuperó para los cartagineses. Algunas
ciudades élimas y sicanas empezaron a entablar alianzas con ellos, desobedeciendo la autoridad
de Siracusa (Diod. XIV, 55, 7). Posteriormente, el ejército púnico regresó con la flota y se dirigió
hacia Hímera y Lípara, que también se rindieron rápidamente (Diod. XIV, 56, 2). Mientras
Dionisio, ante la magnitud del ejército enemigo, se replegaba a Siracusa, Himilcón desembarcó
en el cabo Pelorio, en el vértice nororiental de la isla, con la intención de tomar Mesina. Los
mesenios fueron a su encuentro, pero cayeron totalmente derrotados y su ciudad, que había
quedado desguarnecida, fue tomada por mar gracias el almirante Magón (Diod. XIV, 57, 1-5). En
ese momento, la mayor parte de sículos que habían caído bajo órbita siracusana se pasaron a
los cartagineses, reuniéndose con Magón en el lugar donde se fundaría Tauromenio (Diod. XIV,
59, 1-2). Dionisio mandó entonces a su hermano Leptines al frente de la armada contra la flota
de Magón, mientras el tirano avanzaba con sus tropas hacia el norte. La batalla naval tuvo lugar
aguas adentro, cerca de Catana, y la victoria se inclinó, de nuevo, del lado cartaginés. En ese
momento Dionisio temió que, al igual que había ocurrido con Mesina, la flota de Magón se
apoderase de Siracusa sin encontrar oposición, así que rehusó ir al encuentro de Himilcón y
prefirió retirarse a su ciudad.
En unas pocas semanas, Himilcón había conseguido el control de todo el norte de la isla y, aún
más importante, había logrado cortar el paso de eventuales apoyos greco-itálicos a través del
estrecho de Mesina. Además, la mayor parte de ciudades indígenas importantes concluyeron
alianzas con ellos, de modo que a Dionisio no le quedó más remedio que buscar apoyos fuera
de Sicilia. Antes que la flota de Magón cerrara el puerto de Siracusa Dionisio envió a su cuñado
Políxeno a recabar refuerzos en Italia, Corinto y Lacedemonia (Diod. XIV, 62, 1). Entre éstos
últimos se encontraba el navarca espartano, Fárax (o Farácidas) (Diod. XIV, 63, 2; Plut. Dion. 48,
8). Pero no fueron estos refuerzos los que salvaron la ciudad. Como ya había sucedido en otras
ocasiones anteriores121, una epidemia se extendió entre el ejército asediante y al cabo de unos
días se hizo evidente que la situación era ya dramática122. Aprovechando la ocasión, Dionisio
atacó por sorpresa por tierra y por mar, logrando una gran victoria. Himilcón se vio forzado,
inesperadamente, a concluir una rendición para poder huir a Cartago tan sólo con sus propios
120
“διόπερ Ἰμίλκωνα βασιλέα κατὰ νόμον καταστήσαντες, ἐκ τῆς Λιβύης ὅλης, ἔτι δ' ἐκ τῆς Ἰβηρίας
συνήγαγον δυνάμεις, τὰς μὲν παρὰ τῶν συμμάχων μεταπεμπόμενοι, τὰς δὲ μισθούμενοι” (Diod. XIV, 54,
5). Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (2008).
121
Los atenienses padecieron también una epidemia mientras asediaban Siracusa en el año 413. Unos
pocos años después, el ejército púnico también tuvo que retirarse inesperadamente de la isla debido a
una epidemia contraída durante el asedio a Acragas.
122
Aunque excesiva, la cifra de muertos por epidemia en Diodoro, 150.000 hombres, da buena cuenta de
las causas del desastre cartaginés.
128
conciudadanos. El resto del ejército, aliados siciliotas y mercenarios iberos en su mayoría, fueron
abandonados a su merced en la isla. (Diod. XIV, 75, 1-3).
Figura 15. Campaña sobre Sicilia del general cartaginés Himilcón en el año 396.
Himilcón regresó a Cartago y, si damos crédito a Diodoro, al poco tiempo se suicidó debido a la
deshonrosa situación en la que se encontraba. Sin embargo, si analizamos detenidamente el
pasaje en cuestión (Diod. XIV, 76), nos parece más bien una reflexión sobre el cambio de la
fortuna y la impiedad de los cartagineses hacia los dioses que no un relato historiográfico, de
modo que tenemos nuestras reservas acerca del destino final del general púnico.
Por su parte, Dionisio contrató a buena parte de los mercenarios íberos que habían sido
abandonados en la isla (Diod. XIV, 75, 9). Farácidas debió de abandonar Siracusa por aquel
entonces, ya que al año siguiente se encontraba en Rodas liderando una flota de 120 naves
espartanas (Diod. XIV, 79, 4), pero una buena parte de mercenarios peloponesios se quedaron
al servicio de Dionisio. Diodoro igualmente nos informa de la presencia de cerca de 10.000
mercenarios al servicio del tirano, bajo el mando de otro lacedemonio, Aristóteles (Diod. XIV,
78, 1-2). Debido al enorme coste para las finanzas del Estado que suponía mantener tal cantidad
de tropas, Dionisio les entregó a los mercenarios la ciudad y el territorio de Leontinos en
compensación por su paga (Diod. XIV, 78, 3). Esta acción fue repetida cinco años más tarde, en
129
391, en la ciudad de Tauromenio, dónde el tirano expulsó a los sículos y estableció en ella a
buena parte de sus mercenarios (Diod. XIV, 96, 4).
“se comportaba con humanidad con las ciudades sometidas y acogía a aquellos
a los que Dionisio hacía la guerra. Concertó asimismo alianzas con la mayor
parte de los sículos123” Diod. XIV, 90, 3
Una vez Magón logró reunir una fuerza considerable se trasladó al territorio de Mesina
(recordemos que en ese momento la ciudad estaba en ruinas), saqueó su territorio y se instaló
junto a la ciudad aliada de Abacene. Dionisio fue a su encuentro y, tras una batalla, obligó a
Magón a retirarse de nuevo (Diod. XIV, 90, 3-4). Acto seguido, el tirano trató de tomar Regio por
sorpresa, aunque no lo consiguió (Diod. XIV, 90, 5-6). Diodoro no relaciona ambos sucesos, pese
a que los narra de forma concatenada. Desde nuestro punto de vista existe una alta probabilidad
de que Magón y los reginos fueran aliados en esos momentos, no tan sólo porque tuvieran un
enemigo en común, sino también por la inclinación de ambos hacia la búsqueda de aliados:
Magón con la población indígena siciliota; Regio formando parte de la Liga Italiota. Además, la
ruta de ataque de Magón no era casual. En efecto, Mesina y Abacene se encontraban justo en
la costa siciliana del estrecho de Mesina, enfrente de Regio. No parece casualidad que ambas
operaciones militares se produjeran simultáneamente.
Al año siguiente, en 392/391, ya con la sublevación africana apaciguada, Cartago logró enviar a
Magón un numeroso contingente de tropas -80.000 hombres- procedente de Cerdeña, Libia e
Italia (Diod. XIV, 95, 1). Magón y Dionisio se enfrentaron de nuevo en el centro de la isla, cerca
de Agirio, y nuevamente las tropas griegas salieron victoriosas. Con esta derrota concluyó la
123
“ταῖς τε γὰρ ὑποτεταγμέναις πόλεσι φιλανθρώπως προσεφέρετο καὶ τοὺς ὑπὸ Διονυσίου
πολεμουμένους ὑπεδέχετο.” (Diod. XIV, 90, 3). Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial
Gredos (2008).
130
guerra que había estallado cinco años antes y se firmó un nuevo tratado de paz124 que, debido
a problemas de división interna, Dionisio no pudo explotar tanto como hubiera querido. Diodoro
lo detalla de forma escueta:
“Las cláusulas eran, en líneas generales, similares a las del tratado precedente [es
decir, el del 405], pero se añadía que los sículos pasarían a estar bajo la autoridad de
Dionisio, que también recibiría Tauromenio 125” Diod. XIV, 96, 4.
Terminaba así la Tercera Guerra Greco-púnica, que no significó un cambio drástico para los
territorios púnicos en la isla. Más bien reforzaban la autoridad de Cartago en la zona, habida
cuenta de la amenaza constante que significaba Dionisio126.
Figura 16. Reparto de las áreas bajo dominio púnico y siracusano con el Tratado del año 391.
124
Sordi, 1980: 31.
125
“ἦσαν δ' αἱ συνθῆκαι τὰ μὲν ἄλλα παραπλήσιαι ταῖς πρότερον, Σικελοὺς δὲ δεῖν ὑπὸ Διονύσιον
τετάχθαι καὶ παραλαβεῖν αὐτὸν τὸ Ταυρομένιον” (Diod. XIV, 96, 4). Traducción de Juan José Torres
Esbarranch para la editorial Gredos (2008).
126
Tusa, 1990-1991.
131
IV Guerra Greco-púnica (383-c.375)
Las hostilidades entre ambas potencias se reanudaron en el año 383. No tenemos ninguna
información acerca de actividad militar cartaginesa durante la década precedente, situación que
contrasta totalmente con el panorama en Siracusa. Aparcadas las hostilidades con sus vecinos
norteafricanos, Dionisio dedicó sus esfuerzos bélicos hacia la península Itálica, presionando
sobre la ciudades de la Liga Italiota, saqueando la costa tirrénica y construyendo alianzas en el
Adriático. Cuando creyó que estaba de nuevo preparado para enfrentarse a los cartagineses,
Dionisio presionó a algunas de las ciudades que estaban bajo el área púnica de Sicilia para que
se revelaran. La primera reacción de Cartago en cuanto tuvo conocimiento de ello fue enviar
una delegación diplomática a Siracusa; pero Dionisio hizo caso omiso de sus quejas127 (Diod. XV,
15, 1-2).
Así pues, el senado cartaginés decidió enviar de nuevo una fuerza militar a Cartago. Esta vez, no
obstante, el aparato diplomático púnico consiguió establecer una alianza con las ciudades de la
Liga Italiota; recordemos que en la campaña anterior se realizaron los primeros contactos entre
ambas esferas, a través de Regio, aunque no de modo tan visible como en aquel entonces. El
relato de Diodoro al respecto de esta guerra es bastante breve; de hecho, le concede tan sólo
un año de duración, aunque la mayor parte de los especialistas coinciden en alargar el conflicto
hasta alrededor del año 375128. Dado que en ningún momento aparecen tropas greco-itálicas
luchando junto a los ejércitos cartagineses entendemos que, con buen criterio, ambas potencias
decidieron atacar al tirano por ambos frentes.
La estrategia funcionó. Pese a la inicial derrota púnica en la batalla de Cábala, las tropas
cartaginesas se resarcieron y terminaron venciendo a los siracusanos en Cronion (Poliè, Estrat.,
V, 10, 5). Siguiendo a Diodoro, embajadores cartagineses concedieron a Dionisio la oportunidad
de firmar la paz, y éste accedió. Los términos del tratado del c.375 eran los mismos estipulados
en la paz anterior, salvo por el hecho de que las poblaciones de Selinunte y Acragas eran
incorporadas al protectorado púnico. De nuevo, Siracusa escapaba de un asedio (Diod. XV, 16-
17).
Quizá la razón de esta tregua en las hostilidades deba ponerse en relación con la noticia de una
revuelta de los territorios púnicos en África y Cerdeña. Hacia mediados de los años 70 del siglo
IV una epidemia causó estragos en Cartago y la situación fue aprovechada por la población libia
para intentar deshacerse del yugo cartaginés129 (Diod. XV, 24, 2-3). No sería en absoluto
sorprendente que detrás de estas revueltas pudiera encontrarse Siracusa.
La situación no debió de resultar en absoluto sencilla para Cartago, puesto que sabemos que en
el año 368 los disturbios aún continuaban. Por enésima vez, Dionisio aprovechó las
circunstancias para realizar una nueva ofensiva sobre el área púnica de Sicilia. Consiguió algunas
127
P.J. Stylianou, 1998: 200-204.
128
Torres Esbarranch y Guzmán Hermida, 2012: 38, n. 67. Caven, 1990: 188.
129
P.J. Stylianou, 1998: 229.
132
plazas importantes, como Erice, pero no logró que Lilibeo cayera en sus manos antes de que
llegaran los refuerzos procedentes de Cartago. La flota púnica logró vencer a la flota siracusana
y ante la llegada del invierno, se concluyó un armisticio130 (Diod. XV, 73, 1-4). Esta vez, Dionisio
no retomó el conflicto; murió durante aquel invierno quizá por enfermedad como afirma
Diodoro (Diod. XV, 73, 5), quizá asesinado por los suyos según Justino (Just. XX, 5, 10-14).
No está claro qué sucedió con posterioridad a estos hechos. El relato de Diodoro se centra en el
ascenso de Dionisio el Joven y su confrontación con Dión. De la poca información que tenemos
de esta guerra, podríamos deducir que no se realizaron grandes ofensivas a partir de entonces.
Siracusa estaba inmersa en la sucesión del tirano y Dionisio el Joven más preocupado en
asegurar su posición que en los cartagineses; en el otro bando, ya hemos visto que en los
conflictos anteriores Cartago se complacía con mantener el control de la parte occidental de la
isla. Así, todo parece indicar que el armisticio firmado por Dionisio el Viejo justo antes de su
muerte se mantuvo a lo largo de los años siguientes. Pero un armisticio no es un tratado de paz,
y éste no llegó hasta algunos años más tarde (Diod. XVI, 5, 2). Entendemos, pues, este periodo
como una guerra estática, con ambos enemigos asegurando las posiciones pero sin correr
grandes riesgos ni emprender ofensivas. Probablemente haya que pensar que fue tras la
intervención de Dión, cuando de acordó el cese definitivo de las hostilidades hacia el año 358131.
La muerte de Dionisio el Viejo, situó a su hijo Dionisio II en la cima del poder en Siracusa. Pero si
nos atenemos al testimonio de Plutarco y Diodoro, éste carecía de las dotes políticas y militares
de su padre. Aunque dicho retrato fuera un juicio subjetivo por parte de ambos historiadores,
lo cierto es que su figura fue eclipsada debido a la presencia de otro importante actor en la corte
de la ciudad, Dión. Este personaje, discípulo de Platón, era cuñado de Dionisio el Viejo a través
de su hermana Aristómaca, la segunda mujer del tirano, y procedía de una familia adinerada de
Siracusa. En cambio, Dionisio II era hijo de la primera mujer de su padre, Doris de Locros (Diod.
XVI, 6, 2-3). Los relatos de Diodoro y Plutarco subrayan a menudo una imagen de tirano cruel,
despótico e inestable de Dionisio132; mientras, Dión es presentado siempre como un hombre
culto y honrado, con grandes dotes militares (Diod. XVI, 6, 3). Plutarco (Dion 5, 8) y Cornelio
Nepote (X, 1, 5) también alabaron sus cualidades intelectuales e indican que a menudo era
utilizado como mediador entre Siracusa y Cartago, lo que nos induce a pensar que fuera él quien
terminó firmando la paz en c.358133.
Igualmente, las relaciones de Siracusa con algunos de los pueblos y ciudades del sur de Italia
mejoraron en aquella época. Después de abandonar la guerra contra los lucanos que había
heredado de su padre, Dionisio fundó algunas ciudades en la costa Adriática para frenar la
130
Diodoro utiliza la expresión ἀνοχὰς, dando a entender que se trataba de un cese temporal de las
hostilidades ante la llegada del invierno, y no el fin de la guerra: “μετὰ δὲ ταῦτα τοῦ χειμῶνος ἐνστάντος
ἀνοχὰς ποιησάμενοι διεχωρίσθησαν εἰς τὰς οἰκείας ἑκάτεροι πόλεις” (Diod. XV, 73, 4).
131
Torres Esbarranch y Guzmán Hermida, 2012: 193, n.23. En cambio, J. Champion (2012: 4-5) considera
el verdadero fin de la guerra el armisticio del 368, opinión que no compartimos.
132
Especialmente en Diod. XVI, 5, 1-4.
133
También Aristóteles (Pol., V, 10, 26-28) menciona la talla moral del personaje. Anello, 2002: 358.
133
actividad pirática de la región (Diod. XVI, 5, 2-3). De todos modos, este excesivo protagonismo y
las diferencias de criterio político entre ambos, terminaron con la orden de Dionisio de expulsar
a Dión (Plut. Dion 14, 4-7). En esta jugada habría que ver también el miedo del tirano a que Dión
quisiera derrocarle en favor de sus sobrinos -y hermanastros de Dionisio-, Hiparino y Niseo. Dión
abandonó Siracusa y se trasladó a Corinto, dónde empezó a granjearse buena fama entre los
griegos. Incluso los lacedemonios, aliados históricos de Siracusa, le encumbraron otorgándole la
ciudadanía espartana (Plut. Dion 17). El tiempo y la distancia no disminuyeron las diferencias
entre ambos; las agravaron hasta el punto que Dión organizó una revuelta desde el exilio para
derrocar al tirano.
Después de recabar apoyos suficientes en la Hélade, Dión retornó a Sicilia. A pesar de todo, no
contaba, ni de lejos, con hombres suficientes para atacar directamente a la ciudad más poderosa
del mundo griego (Diod. XVI, 9, 2), así que puso rumbo a Acragas. En aquel momento la ciudad
estaba bajo autoridad cartaginesa y Dión utilizó sus contactos para desembarcar cerca de allí.
En efecto, el gobernador de la ciudad, de nombre Páralo (Diod. XVI, 9, 5) o Sínalo (Plut. Dion 25,
12-14), le recibió de buen grado y le apoyó en su campaña. Aprovechando que Dionisio se
encontraba en Italia, Dión inició la ofensiva. La mayor parte de la población siracusana, así como
Gela, Camarina y tropas sículas y sicanas se unieron a Dión. Dionisio volvió a toda prisa hacia
Siracusa y se refugió en la fortaleza de Ortigia.
Desde ese momento se inició un largo periodo de enfrentamiento por el control de la ciudad en
el que, poco a poco, se iban sumando nuevos actores y tropas mercenarias: los almirantes Filisto
y Heráclides, el general mercenario napolitano Nipsio (Diod. XVI, 18, 1), o el espartano Gesilo.
Finalmente Dión consiguió expulsar a Dionisio de la ciudad, que huyó hacia Locros y gobernó
aquella ciudad durante unos ocho años. Parecía que los siracusanos iban a tener, al fin, un
gobierno de consenso de la mano de Dión, pero éste fue asesinado en 354 por uno de sus
lugartenientes, Calipo134 (Diod. XVI, 31, 7; Plut. Dion 54-58). A partir de entonces la situación se
complicó aún más. Los aspirantes al gobierno de la ciudad iban en aumento. A los gobiernos de
Calipo (354-353), Hiparino (353-351), Niseo (351-346) y Leptines, se unió la vuelta de Dionisio el
Joven en 346, el auxilio del tirano de Leontinos Hícetas y la llegada de Timoleón pocos meses
después.
El papel de Cartago ante esta situación de profunda inestabilidad había sido la de un mero
espectador. Salvo por la colaboración del gobernador Páralo/Sínalo con Dión, los cartagineses
se habían mantenido al margen hasta entonces. En el año 345, en cambio, decidieron intervenir;
pero no está nada claro qué les empujó a hacerlo ni la cronología de los acontecimientos. Las
fuentes literarias de que disponemos, fundamentalmente Plutarco, Diodoro, Cornelio Nepote y
Justino, no son coincidentes en este punto. Sin embargo si simplificamos sus relatos y
eliminamos episodios anecdóticos, podemos extraer una línea argumental coherente.
Hacia el año 346 Dionisio II retornó a Siracusa, consiguió expulsar a los usurpadores y
reestableció su tiranía por la fuerza. Descontentos con su política y temerosos de las represalias
que pudiera tomar contra sus enemigos políticos, los ciudadanos de Siracusa decidieron buscar
ayuda en el exterior. Como ya hemos visto en otras ocasiones, la ciudadanía de una gran urbe
no era un bloque monolítico sino que había distintos bandos, así que, de manera más o menos
134
Nepote (Vidas. Dión, 8) lo llama Calícrates.
134
contemporánea se pidieron apoyos en distintas ciudades griegas. Dos de ellas respondieron a la
llamada. Corinto mandó a Timoleón y Leontinos al tirano Hícetas. El problema es que el primero
llegaba para derrocar la tiranía y el segundo para establecer la suya propia. Plutarco indica que
fue Hícetas quién contactó con los cartagineses para ayudarle a derrocar a Dionisio II, lo cual
tiene bastante sentido teniendo en cuenta que aquel, por sí solo, no podía bloquear la llegada
de mercenarios del tirano por mar (Plut. Tim. 2).
“En Sicilia, Timoleón, tras hacer una alianza con adranitas y tindaritas, recibió
no pocos soldados de ellos, mientras que en Siracusa dominaba una enorme
confusión, porque Dionisio tenía la Isla [de Ortigia], Hícetas era dueño de
Acradina y Neápolis y Timoleón había ocupado el resto de la ciudad, y, además
los cartagineses habían navegado hacia el Gran Puerto con ciento cincuenta
trirremes y acampado con cincuenta mil infantes135” Diod. XVI, 69, 3
Finalmente las fuerzas de Timoleón prevalecieron en Siracusa (Diod. XVI, 69, 6; Plut. Tim. 21),
debido a la súbita y sorprendente retirada cartaginesa. Quizá esta retirada deba ponerse
precisamente en relación con la revuelta de Hannón y retrasar así su intento de golpe de estado
al año 344/343. Ante la amenaza que significó para Cartago dicha revuelta, el senado púnico
pudo ordenar el regreso de al menos una parte del ejército a la ciudad para enfrentarse a ese
nuevo desafío. Por su parte, Timoleón perdonó la vida a Dionisio, que fue exiliado a Corinto.
135
“κατὰ δὲ τὴν Σικελίαν Τιμολέων μὲν Ἀδρανίτας καὶ Τυνδαρίτας εἰς συμμαχίαν προς-λαβόμενος
στρατιώτας οὐκ ὀλίγους παρ' αὐτῶν παρέλαβεν, ἐν δὲ ταῖς Συρακούσσαις πολλὴ ταραχὴ κατεῖχε τὴν
πόλιν Διονυσίου μὲν τὴν Νῆσον ἔχοντος, Ἱκέτα δὲ τῆς Ἀχραδινῆς καὶ Νέας πόλεως κυριεύοντος,
Τιμολέοντος δὲ τὰ λοιπὰ τῆς πόλεως παρειληφότος, καὶ Καρχηδονίων τριήρεσι μὲν ἑκατὸν καὶ
πεντήκοντα καταπεπλευκότων εἰς τὸν μέγαν λιμένα, πεζοῖς δὲ στρατιώταις πεντακισμυρίοις
κατεστρατοπεδευκότων”. Traducción de Juan José Torres Esbarranch y Juan Manuel Guzmán Hermida
para la editorial Gredos (2012).
135
Posteriormente, el general corintio también se enfrentó con éxito a Hícetas y Mamerco, a
quiénes venció definitivamente hacia el 342 (Plut. Tim. 32; Nep. XX, 2, 3).
La campaña de liberación tiránica en Sicilia promovida por Timoleón provocó que algunas
ciudades sículas quisieran deshacerse también de la hegemonía cartaginesa. Esta revuelta, junto
con las incursiones de saqueo en territorio púnico por parte de Timoleón, obligaron al senado
cartaginés a mover ficha (Diod. XVI, 73, 1-2). Según Diodoro (XVI, 73, 3), el ejército cartaginés de
Magón seguía en la isla, pero dado que la situación estaba empeorando, el senado mandó
organizar un nuevo ejército de apoyo para el que se contrataron mercenarios íberos, celtas y
ligures. Como ya hemos mencionado anteriormente, la batalla entre ambos ejércitos acaeció en
el río Crimisos y, pese a la gran inferioridad numérica siracusana, los cartagineses fueron
totalmente superados (Diod. XVI, 79-80; Plut. Tim. 25-29; Polien. V, 12, 3). Al año siguiente un
nuevo general cartaginés, Gisgón, se trasladó a Sicilia y recuperó parte del terreno perdido136.
Finalmente estipularon un tratado de paz con Timoleón según el cual el límite del área púnica
en Sicilia retrocedía hasta el río Lico (actual Platani), se liberaba de la tutela cartaginesa a todas
las ciudades griegas, y se prohibía a los púnicos ayudar a cualquier tirano siciliano contra Siracusa
(Plut. Tim. 34; Diod. XVI, 82, 3).
Figura 17. Reparto de las áreas bajo dominio púnico y siracusano con el Tratado del año 338.
136
Diodoro (XVI, 81, 4) afirma que por primera vez se incorporaron mercenarios de origen griego al
ejército púnico. Sin embargo según Plutarco (Timoleón, 20) éstos ya habían sido utilizados durante el
bloqueo a Siracusa 5 años antes y el propio Dionisio había mencionado tropas griegas entre los defensores
de Motya en el año 396 (Diod. XIV, 53, 4).
136
5.2.5. El conflicto de expande: las ofensivas de Agatocles y de Pirro
Las guerras contra Dionisio el Viejo demostraron a Cartago la necesidad de mantener algún tipo
de protectorado púnico en la isla, entre otras razones para contar con una buena cabeza de
puente desde África y a la necesidad de unos cuarteles de invierno debido a la larga duración de
las campañas militares. La guerra contra Timoleón aumentó el radio del conflicto hasta la Hélade
y la contratación mercenaria ya no se limitó a Iberia y Sicilia sino que se extendió hasta Liguria y
el Peloponeso. El siguiente conflicto con el que se enfrentaron los cartagineses, contra el tirano
Agatocles, supuso un grado más en la escalada bélica y, por primera vez en su historia, Cartago
padeció dos ofensivas extranjeras en su propio territorio; no se trataba de razzias o incursiones
de castigo puntuales sino de auténticos intentos de conquista.
La Sexta Guerra Greco-púnica estalló en el año 312. De nuevo, fue Siracusa quién inició las
hostilidades. Como había sucedido en tantas otras ocasiones, Cartago tuvo que enviar a un
ejército a defender sus territorios en la isla frente a las incursiones de un tirano siracusano (Diod.
XIX, 72, 1-2; 102, 8). La guerra terminó después de siete años con un tratado de paz que, pese a
la debilidad de Agatocles en esos momentos, mantenía el status quo y las fronteras de la isla en
las mismas condiciones anteriores a la guerra (Diod. XX, 79, 5).
Durante diecisiete años (306-290), la tregua entre griegos y púnicos se mantuvo más o menos
estable. Pero hacia final de su vida (murió al año siguiente), Agatocles preparaba una nueva
ofensiva contra Cartago, con la connivencia de Demetrios Poliorcetes (Diod. XXI, 15). La muerte
del tirano, sin embargo, sumió a la ciudad en un nuevo periodo de crisis sucesoria entre los hijos
de aquél y sus más allegados generales. Uno de ellos, Menón de Segesta, se hizo con el poder
de un numeroso ejército mercenario después de asesinar a uno de los hijos del propio Agatocles,
Archagatus. Las intenciones de Menón no son claras y tenemos muy poca información acerca
de este periodo. Lo que sí sabemos es que en Siracusa volvió a gobernar el Consejo de los
Seiscientos, después de casi treinta años de tiranía. El Consejo nombró a Hícetas137 general de
sus ejércitos y le envió a derrotar a Menón. Éste, consciente de su inferioridad, atrajo a los
cartagineses a su causa y juntos lograron derrotar a Hícetas (Diod. XXI, 18, 1). Según todos los
indicios, los cartagineses creyeron que era suficiente con doblegar el poderío siracusano a
campo abierto y no pusieron cerco a la ciudad, no sin antes capturar algunas ciudades bajo su
control (Just. XXIII, 2, 13). Desconocemos lo que ocurrió posteriormente con Menón, pero el
gobierno oligárquico de Siracusa tuvo que enfrentarse a algunos de sus mercenarios (¿quizás los
mercenarios de Menón que se habían quedado sin trabajo138?) que estaban provocando
tumultos en la ciudad. Finalmente éstos fueron expulsados y se dirigieron al norte, dónde,
Mesina, enemiga de Siracusa, los recibió con las puertas abiertas. Esta operación no resultó en
provecho a los mesenios si con ello pretendían aumentar su poderío militar. Los mercenarios
tomaron el control de la ciudad y mataron a buena parte de su población (Diod. XXI, 18, 2-3; Pol.
I, 7). Fueron estos mismos mercenarios, autodenominados mamertinos (hijos del dios Mamers),
quienes veinte años más tarde provocaron el estallido de la Primera Guerra Púnica139.
137
El personaje que aquí recibe el nombre de Hícetas nada tiene que ver con el anterior que se enfrentó
a Timoleón.
138
Champion, 2012: 137.
139
Santagati Ruggeri, 1997: 76; Péré-Noguès, 2002-2003: 57.
137
Parece que durante cierto tiempo la frontera greco-púnica en la isla se mantuvo estable y
Cartago se permitió enviar ayuda militar a Roma en dos ocasiones. La primera, en el año 280,
con respecto a la guerra que enfrentaba a los romanos contra Pirro, fue amablemente rechazada
por el senado (Just. XVIII, 2, 1-7). No obstante, Diodoro afirma que al año siguiente los
cartagineses ayudaron a los romanos con navíos para evitar que Pirro traspasara a Sicilia desde
Regio (Diod. XXII, 7, 5; Pol. III, 25, 1-5). Mientras, en Siracusa el general Hícetas se proclamó
tirano y gobernó como tal unos nueve años, hasta que fue substituido por un oligarca llamado
Toenon o Toinón. Durante aquellos nueve años se enfrentó con el tirano de Acragas, Fíntias, a
quién venció en la batalla de Hyblaea. Animado por aquel éxito militar siguió hacia el oeste y
atacó a los cartagineses, pero pronto fue derrotado cerca del río Terias y obligado a retirarse
(Diod. XXII, 2, 1).
Diodoro recupera el relato de Sicilia con los cartagineses asediando de nuevo la ciudad de
Siracusa en el año 278, con un potente ejército, mientras en el interior dos facciones rivales,
Sostratus y Toinón, pugnaban por el poder (Diod. XXII, 8, 1-2). Fue entonces cuando los
ciudadanos siracusanos, pidieron auxilio a Pirro.
En el año 278 Pirro desembarcó en Sicilia y rápidamente fue bienvenido por Tauromenio y
Catana. Siracusa le abrió las puertas y ante el poderío del rey epirota, Sostratus y Toinón tuvieron
que claudicar (Diod. XXII, 8, 1-4) y la flota púnica retrocedió hacia los territorios occidentales.
Con Siracusa en su poder sin haber librado batalla, otras muchas ciudades siciliotas le pidieron
su alianza y protección frente a los cartagineses. Después de preparar concienzudamente la
campaña y las máquinas de guerra adecuadas, los epirotas penetraron hacia el interior de Sicilia
y liberaron algunas ciudades de sus guarniciones cartaginesas (Diodoro cita a Heracleia y
Azones). Otras, como Selinus, Halicias y Segesta capitularon sin ofrecer resistencia. Más
resistencia presentaron Érix y Panormo, pero finalmente también claudicaron. En poco más de
un año, tan sólo la ciudad portuaria de Lilibeo evitaba la completa expulsión púnica de la isla
(Diod. XXII, 10, 1-4).
Pero Lilibeo resistió. Al fin, Cartago mandó un ejército de refuerzo a la isla y no tan sólo logró
levantar el asedio (Diod. XXII, 10, 5-7) sino que además venció al ejército de Pirro en una batalla
138
naval (Just. XXV, 3, 1). Por aquel entonces Pirro recibió una llamada de socorro de sus aliados
itálicos, incapaces por sí solos de resistir a las legiones romanas. La guerra en dos frentes obligó
al general epirota a elegir uno de ellos, así que abandonó Sicilia a toda prisa para enfrentarse de
nuevo a los romanos (Just. XXIII, 3, 5-11; (App. Sam. 11). Rápidamente, los siracusanos
nombraron general -y posteriormente rey- a Hierón, quién había servido a las órdenes de Pirro
(Just. XXIII, 4). Según se desprende de la breve noticia recogida por Justino, la guerra no se
prolongó mucho más tiempo. Ambos bandos habían perdido numerosas tropas y a tenor de los
acontecimientos posteriores posiblemente la división de la isla en zonas de influencia volviera a
la situación del año 305.
En el año 264 Sicilia dejó de convertirse en un coto privado de griegos y cartagineses con el
desembarco de las tropas romanas en Mesina140. El desencadenante de la guerra, según quería
transmitir la versión romana, fue el auxilio a los mercenarios campanos acantonados en aquella
ciudad frente al acoso de cartagineses y/o siracusanos141. Lo cierto es que Roma tan solo
buscaba una excusa para seguir expandiéndose territorialmente, y la primera de las razones que
argumentó fue la ayuda que los cartagineses prestaron a Tarento justo después de la partida de
Pirro (Pol. I, 6, 6-7; Dio. Cas. XI, 43, 1-3; Zonar. VIII, 8, 1-3). El mismo Zonaras (VIII, 7, 2-3) afirma
que los romanos sostuvieron una excusa similar para atacar Brindisio unos meses antes.
En realidad, los mercenarios campanos habían tomado Mesina a traición veinte años atrás. En
los albores de la Primera Guerra Púnica, posiblemente se habría convertido en un refugio de
mercenarios desempleados y una oportunidad para reconvertirse en piratas y bandidos. Aquello
obviamente era un obstáculo para los intereses comerciales y políticos de Siracusa. Hierón,
convertido en rey de la ciudad, realizó varias campañas contra ellos durante la década de los
sesenta (Diod. XXII, 13, 2). Lentamente, las fuerzas siracusanas se fueron imponiendo, hasta que
empezaron a cercar la ciudad con la intención de tomarla y expulsar de allí a los exmercenarios.
Ante tal situación, los campanos, o mamertinos142, pidieron ayuda a Roma y a Cartago (Pol. I, 10,
1-4; Zonaras, VIII, 8, 4-8; Dion Casio, XI, 43, 5-7). Tropas romanas se encontraban muy cerca en
aquel momento atacando Regio, dónde un grupo de soldados de habían amotinado y habían
tomado la ciudad para sí mismos, eliminado la aristocracia local (Pol. I, 6, 8); es decir, lo mismo
que hicieron los campanos dos décadas antes.
Como era de esperar, Cartago, aliada natural de los enemigos de Siracusa, envió ayuda. El
general Aníbal logró introducir refuerzos para los campanos en la ciudad y ésta resistió (Diod.
XXII, 13, 2-8). El relato de los hechos a partir de este momento no es coincidente entre las
fuentes. Según Zonaras y Dion Casio, en aquel momento Aníbal intercedió entre ambas partes
para reestablecer la paz, imponiendo a cambio el establecimiento de una guarnición cartaginesa
en la ciudad (Zonaras, VIII, 8, 4-8; Dion Casio, XI, 43, 5-7). Cuando el asunto ya se había
solucionado, y después de recuperar Regio de las manos del romano Decio, el senado romano
140
Lazenby, 1996: 35-42; Hoyos, 2011b; Vacanti, 2012: 14-15.
141
Flor. I, 18, 1-5;
142
Acerca de los mamertinos y su actividad mercenaria, ver Tagliamonte, 1994: 191-206.
139
aprobó el envío de tropas a Mesina143 (Pol. I, 11, 1-3; Est. VI, 1, 6). Una vez hubo llegado la
embajada romana a Mesina como respuesta a la petición de ayuda mamertina, la guarnición
cartaginesa ni siquiera le abrió las puertas. Sin embargo, los campanos creyeron ver en aquella
embajada una oportunidad para deshacerse de la guarnición cartaginesa y secretamente
empujaron a los romanos a tomar la ciudad. El tribuno Apio Claudio se dispuso a transportar sus
tropas hasta Mesina, pero naves cartaginesas se lo impidieron en el estrecho de Mesina y sus
naves tuvieron que retirarse a Regio (Zonaras, VIII, 8, 4-8; Dion Casio, XI, 43, 5-7).
Aquel cambio de situación no era en absoluto irrelevante. Roma ya se había convertido en una
potencia militar muy poderosa y estaba expandiendo su hegemonía por la península Itálica de
manera exponencial. Ante aquella amenaza, Cartago envió un nuevo ejército a la isla y decidió
aliarse con su vieja enemiga, Siracusa y evitar así que una tercera potencia penetrara en Sicilia
(Diod. XXIII, 1, 1-2). Sin embargo, de algún modo, Apio Claudio consiguió finalmente
desembarcar en Mesinae y aliarse con los mamertinos (Diod. XXIII, 1, 3-4; Front, Strat., I, 4, 11;
Pol. I, 11, 4). Después de unas infructuosas conversaciones diplomáticas, ambos bandos se
enfrascaron en un conflicto de enormes dimensiones (Diod. XXIII, 1-2; Zonaras, VIII, 9, 1).
La guerra que siguió fue la más cruenta y larga de todas cuanto habían acontecido en la isla. A
lo largo de 24 años, miles de hombres fueron movilizados hacia la isla, decenas de ciudades
fueron asediadas o tomadas por la fuerza, cambiando de manos en numerosas ocasiones, y los
recursos invertidos por ambas potencias, Cartago y Roma, dejaron agotadas las arcas de ambos
estados. Siracusa, pese a todo su potencial, quedó ensombrecida, militar y políticamente por
aquella. El conflicto se desarrolló fundamentalmente en la propia Sicilia, aunque hubo
incursiones en Italia por parte cartaginesa y un intento fallido de invasión africana por parte
romana. Para un estudio completo, riguroso y exhaustivo de este conflicto nos remitimos a la
magistral obra de J.F. Lazenby, entre muchas otras144.
Las consecuencias de esta guerra para los intereses romanos son de sobra conocidos: a partir
del 241 se convirtieron en la potencia dominante, incontestable, del Mediterráneo central.
Incorporaron la isla de Sicilia a su imperio (al que sin duda podemos llamar así) y construyeron
una flota propia que les permitió el dominio del tirreno. ¿Pero que significó aquella derrota para
Cartago?
Durante siglos, Cartago había dominado el mercado marítimo en Occidente. Además de su flota,
contaba con una extensa red de puertos, colonias y ciudades aliadas que conformaban los
pilares de este entramado económico y militar. Contaba además con sectores filocartagineses
en muchas de las grandes ciudades mediterráneas, desde la propia Siracusa145, a Sagunto, o las
ciudades etruscas. De modo que, en realidad, el control político total sobre Sicilia no le era
indispensable para seguir creciendo. En este sentido, cabe señalar que prácticamente todas las
guerras greco-púnicas en Sicilia no fueron a iniciativa de Cartago, sino en defensa de las
143
Dada la flagrante contradicción moral que suponía para el relato argumentar la ayuda romana a unos
mercenarios que habían actuado tan traicionera y despóticamente como lo había hecho Decio en Regio,
Polibio añade que en realidad el senado romano estaba en contra de tal resolución pero que la presión
de la plebe les convenció para avanzar en este sentido (Pol. I, 11, 1-3).
144
Lazenby, 1996. También Le Bohec, 2001; Hoyos, 2011a; Vacanti, 2012.
145
Un buen testimonio de ello en Siracusa son las represalias que recibieron de manos de los partidarios
de Dionisio el Viejo en 397/396 (Diod. XIV, 46, 1-3).
140
agresiones siracusanas. En este sentido sí que podríamos utilizar el concepto de guerra defensiva
que Polibio, erróneamente, aplica a Roma. A Cartago le bastaba con mantener el equilibrio de
fuerzas en la isla y posiblemente el senado púnico era consciente que la hegemonía política en
la isla sólo les hubiera traído problemas, en forma de revueltas y de enemistad con la Hélade.
Pero la derrota de 241 trastocó radicalmente su imperio político y comercial.
Del tratado de Lutacio, que ponía fin a la guerra, nos da su testimonio Polibio:
Estas concesiones fueron las consecuencias inmediatas, legalmente establecidas, que tuvieron
que acatar los cartagineses. Pero más allá de aquellas reflejadas en el tratado de paz, hubo
muchas otras que afloraron a medio plazo en relación a Cartago:
a) La pérdida de los territorios directamente controlados por la ciudad, tanto en Sicilia, como, al
poco, en Cerdeña.
146
“τοῦ δὲ Λυτατίου προθύμως δεξαμένου τὰ παρακαλούμενα διὰ τὸ συνειδέναι τοῖς σφετέροις
πράγμασι τετρυμένοις καὶ κάμνουσιν ἤδη τῷ πολέμῳ, συνέβη τέλος ἐπιθεῖναι τῇ διαφορᾷ τοιούτων
τινῶν συνθηκῶν διαγραφεισῶν: ἐπὶ τοῖσδε φιλίαν εἶναι Καρχηδονίοις καὶ Ῥωμαίοις, ἐὰν καὶ τῷ δήμῳ τῶν
Ῥωμαίων συνδοκῇ. ἐκχωρεῖν Σικελίας ἁπάσης Καρχηδονίους καὶ μὴ πολεμεῖν Ἱέρωνι μηδ᾽ ἐπιφέρειν ὅπλα
Συρακοσίοις μηδὲ τῶν Συρακοσίων συμμάχοις. ἀποδοῦναι Καρχηδονίους Ῥωμαίοις χωρὶς λύτρων
ἅπαντας τοὺς αἰχμαλώτους. ἀργυ ρίου κατενεγκεῖν Καρχηδονίους Ῥωμαίοις ἐν ἔτεσιν εἴκοσι δισχίλια καὶ
διακόσια τάλαντα Εὐβοϊκά. τούτων δ᾽ ἐπανενεχθέντων εἰς τὴν Ῥώμην, οὐ προσεδέξατο τὰς συνθήκας ὁ
δῆμος. ἀλλ᾽ ἐξαπέστειλεν ἄνδρας δέκα τοὺς ἐπισκεψομένους ὑπὲρ τῶν πραγμάτων. οἳ καὶ
παραγενόμενοι τῶν μὲν ὅλων οὐδὲν ἔτι μετέθηκαν, βραχέα δὲ προσεπέτειναν τοὺς Καρχηδονίους. τόν
τε γὰρ χρόνον τῶν φόρων ἐποίησαν ἥμισυν, χίλια τάλαντα προσθέντες, τῶν τε νήσων ἐκχωρεῖν
Καρχηδονίους προσεπέταξαν, ὅσαι μεταξὺ τῆς Ἰταλίας κεῖνται καὶ τῆς Σικελίας.” (Pol. I, 62, 7- 63, 3).
Traducción de Manuel Balasch para la editorial Gredos (1991).
141
d) La revuelta de los territorios subyugados por Cartago, tanto en Cerdeña como en Libia,
aprovechando el momento de crisis.
Todos estos factores condujeron a una drástica reducción del peso político de Cartago en el
Mediterráneo Occidental. Y esta reducción no se refería únicamente a una cuestión de prestigio.
Al contrario, si tal y como hemos planteado anteriormente, la red político-económica
cartaginesa se basaba en el establecimiento de alianzas desiguales entre ella las ciudades
mediterráneas ¿que impedía a estas ciudades a renegociar estas alianzas, con las pérdida de
ingresos que supondría para Cartago, o incluso abandonar esa relación y aliarse con nuevas y
emergentes potencias? Cartago, por tanto, estaba al borde del abismo. La solución hacia la
salvación, una vez aplacada la revuelta en Libia, pasaba por el extremo occidente, del cual nos
ocuparemos en el siguiente capítulo.
La ubicación de la isla en el centro del Mediterráneo así como el gran peso de la población
colonial que residía en sus costas explica perfectamente la destacada relación de la isla con el
resto de la cuenca a lo largo de nuestro periodo de estudio. Sin duda alguna, la historia de la isla
transcurre íntimamente ligada a la historia de Cartago y viceversa, como ya hemos visto. Pero
existieron contactos no menos regulares con el sur de la península Itálica y con la Grecia
continental. Obviamente, no era la población sícula o sicana quién impulsaba estos vínculos
panmediterráneos, sino las numerosas colonias griegas ubicadas en la mitad oriental de Sicilia,
quienes mantenían relaciones, no sólo comerciales, con el resto de ciudades de la Magna Grecia.
Por tanto, vamos a centrarnos en este apartado de las redes de contactos de la población griega
de la isla; unas redes que, obviamente no se iniciaron en el año 410 sino desde el momento
mismo de las primeras fundaciones coloniales.
En primer lugar, cabe tener en cuenta que existía un contacto constante y fluido entre todo el
mundo colonial griego y sus metrópolis en la península Balcánica. Aun separadas por el mar, las
ciudades griegas mantuvieron vías de comunicación regulares entre ellas, especialmente en
cuanto al transporte de mercancías y de personas, pero también de asuntos concernientes a la
guerra. Por tanto, la naturaleza de las relaciones entre Sicilia y el resto del Mediterráneo hay
que abordarla teniendo en cuenta, en primer lugar, que los motores de estas conexiones no
fueron otros que los griegos establecidos en la isla; en segundo lugar, que estas relaciones
fueron eminentemente comerciales; y por último, en lo que concierne a los contactos
diplomáticos y militares, que la ciudad de Siracusa se erigió como potencia y líder indiscutible
de la isla. Obviamente, en este trabajo vamos a centrarnos en este último tipo de relaciones, en
142
un momento histórico inmediatamente posterior a la destacadísima expedición ateniense en la
isla, de la cual ya hemos hablado en distintos momentos de este trabajo.
Así pues, llegados al inicio de nuestro periodo de investigación, nos encontramos con unas
ciudades griegas sicilianas ya veteranas en asuntos diplomáticos, debido, en buena parte, al
esfuerzo que supuso su participación en la Guerra del Peloponeso. Este conflicto propició un
salto cualitativo en el aparato diplomático siracusano: la red de contactos, de aliados y de
enemigos, se expandió y se tornó más compleja. Y el ejemplo más evidente en este sentido lo
encontramos justo después de la campaña de Aníbal del año 409, cuando el general siracusano
Hermócrates, que había sido condenado al exilio mientras luchaba en el Egeo apoyando a la
causa espartana (Diod. XIII, 34, 4; 63, 1; Xen, Hel., I, 1, 26-29), recibió una más que generosa
ayuda económica por parte de Farnabazo, el sátrapa persa de la Frigia Helespóntica.
Con el dinero recibido, Hermócrates logró comprar nada menos que cinco trirremes y alistar a
un millar de hombres para volver a Siracusa. Algunos himerenses de unieron a su causa, y al
contar, además, con poderosos aliados dentro de la ciudad, Hermócrates planeaba inicialmente
penetrar por sorpresa en la ciudad, derrocar a sus enemigos políticos -principalmente el
legislador Diocles- y erigirse como tirano. El plan fracasó en el primer intento. A los pocos meses,
y después de recuperar algunas ciudades de manos cartaginesas, Hermócrates volvió a
intentarlo, perdiendo la vida en el proceso. Pero lo importante de este episodio no es que un
personaje destacado de la ciudad quisiera convertirse en tirano -ya que, como hemos visto, era
una actividad bastante habitual en Siracusa-, sino que para conseguirlo recibiera el apoyo de un
sátrapa persa. ¿A qué respondía esta alianza? ¿Qué ventajas pretendía conseguir Farnabazo?
El contexto político desde las Guerras Médicas había cambiado mucho. Persia había cambiado
de estrategia en relación al mundo griego, basculando de la conquista directa de la península
balcánica a limitarse con incorporar a su imperio a las ciudades jonias. Buscaba además
mantener a los griegos europeos ocupados en sus disputas internas. En este sentido, la Guerra
del Peloponeso fue la mejor de las noticias para Persia, quién prefirió apoyar puntualmente a
Esparta -mucho más cercana políticamente- que a la democrática Atenas. Así, Persia se mantuvo
en un segundo plano mientras fortalecía sus propios intereses.
Esta situación nos lleva a la segunda clave para entender la relación entre Siracusa y Persia, o
mejor, entre Farnabazo y Hermócrates: de no haber sido por la Guerra del Peloponeso y por el
apoyo de ambos a Esparta, difícilmente se habría producido este acercamiento. A la vez, Diodoro
(XIII, 63, 2) da a entender que Hermócrates recibió una considerable cantidad de dinero gracias
a su amistad con Farnabazo, hecho que constata también Jenofonte (Hel., I, 1, 31). No se trata,
pues, de una alianza institucional entre dos estados, Persia y Siracusa, si no en un trato personal
entre dos altos magistrados. Sin duda alguna nos faltan datos para entender por qué, más allá
de la amistad, Farnabazo obsequió al general siracusano con tal cantidad de dinero. ¿Se trataba
de una recompensa por testificar contra su rival Tisafernes, sátrapa de Lidia y Caria y enemigo
político reconocido, como sugiere el propio Jenofonte (Hel., I, 1, 31)? ¿O bien Farnabazo
pretendía colocar al mando de la mayor ciudad de la Magna Grecia a un aliado fiel? Sin más
datos que los aportados por Jenofonte y Diodoro, es imposible saber a ciencia cierta a qué
respondió esta fugaz alianza, por cuanto Hermócrates no tardó en caer abatido mortalmente.
143
En cualquier caso, no tenemos noticia que posteriormente se produjeran más apoyos militares
entre persas y siracusanos.
Mucho más habituales eran, como apuntábamos anteriormente, los contactos políticos de las
ciudades greco-siciliotas con sus metrópolis continentales y sus aliados en Grecia. En este
sentido, particularmente destacable fue la relación de Siracusa con Esparta, que prácticamente
monopoliza este tipo de relaciones en la isla. De hecho, después de la fallida expedición
ateniense del 415-413, tan sólo Esparta y Corinto, entre las ciudades griegas continentales,
mantendrán relaciones con Sicilia más allá de la esfera comercial.
Los testimonios acerca del apoyo mutuo entre Siracusa y Esparta nos muestran que la primera
envió tropas al Peloponeso en varias ocasiones durante los siglos V-III. De hecho, mientras Aníbal
desembarcaba en Sicilia en el año 409, 35 trirremes siracusanas llevaban dos años combatiendo
al lado de los lacedemonios, al mando del propio Hermócrates (Diod. XIII, 34, 4), en el contexto
de la Guerra del Peloponeso. Más adelante, en el año 369 un contingente de mercenarios iberos
y celtas que habían luchado bajo las órdenes de Dionisio fueron trasladados hasta Lacedemonia,
dónde lucharon y se destacaron en varias batallas contra los beocios (Diod. XV, 70, 1; Xen. Hel.
VII, 1, 20-22).
Esparta y Siracusa fueron buenos aliados en el siglo IV, pero a diferencia de la segunda, Esparta
pocas veces envió grandes contingentes de tropas, ya fueran propias o aliadas, como sí lo hizo
Siracusa, probablemente debido a su menor peso demográfico y económico. En su lugar, fueron
enviados verdaderos especialistas militares, generales expertos, para liderar las operaciones
siracusanas. Contamos con buenos ejemplos de ello: Gilipo (Diod. XIII, 7, 2-7; 8, 1-4; 28, 1-6; 43,
4; 106, 8-10; Just., epítom. IV, 4, 7-12; Polien. estrat. I, 42), Deixipo (Diod. XIII, 85-90), Aristo o
Aretes (Diod. XIV, 10), Farácidas (Diod. XIV, 79, 4-5; Plut. Dion 47-48) o Gesilo (Plut. Dion 49). A
falta de cantidad, el apoyo espartano se centró en la calidad, algo que mantuvo a lo largo de
esta fructífera alianza militar y que también caracterizó el apoyo espartano en otros lugares147.
Aún así, Esparta consiguió reunir a un notable número de tropas para apoyar, en momentos
concretos, la tiranía de Dionisio I. La primera mención se circunscribe en el año 398/397,
mientras Dionisio se encuentra haciendo los preparativos de guerra para romper el tratado del
405 y expulsar a los cartagineses de la isla. En ese momento, del que ya hemos hablado
anteriormente, Dionisio buscó tropas mercenarias de distintas procedencias, tanto para
aumentar las filas de su ejército como para formar su escolta personal (Diod. XIV, 43-44). He
aquí que,
147
Por ejemplo, Jantipo, en Cartago o Sósilo, con Aníbal Barca.
144
permiso para reclutar entre ellos cuantos mercenarios quisiera 148” (Diod. XIV,
44, 2)
Este pasaje resulta interesante no sólo por especificar que reclutó mercenarios (Diodoro utiliza
el término μισθοφόρους) procedentes de Lacedemonia sino porque, además, indica que accedió
a ellos por mediación de la propia autoridad estatal, Esparta. Si Diodoro está en lo cierto, y
sabiendo que las relaciones entre Esparta y Siracusa eran habituales en aquella época, cabe
preguntarse por qué una ciudad aliada no envió tropas aliadas, en lugar de mercenarios. La
respuesta puede enmarcarse dentro de la política económica y militar espartana iniciada a
finales del siglo V, cuando descubrieron que podían sufragar su difícil situación económica y
política mediante el cobro por prestación de servicios militares. Agesilao II y muchos otros reyes
y generales espartanos vendieron sus servicios como mercenarios en Persia, Sicilia, Egipto y
Libia149.
Podemos observar, por tanto, que la red diplomática y militar de Siracusa no se limitaba a la
Magna Grecia sino, muy al contrario, los contactos eran habituales con las polis helénicas. En
este sentido no hemos pretendido fijar aquí todas y cada una de ellas sino cerciorar la existencia
de las mismas.
148
“συνήγαγε δὲ καὶ μισθοφόρους ἐκ τῆς Ἑλλάδος καὶ μάλιστα παρὰ τῶν Λακεδαιμονίων: οὗτοι γὰρ αὐτῷ
συναύξοντες τὴν ἀρχὴν ἔδωκαν ἐξουσίαν ὅσους βούλοιτο παρ᾽ αὐτῶν ξενολογεῖν.” Traducción de Juan
José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (2008).
149
Riera (en preparación).
145
146
6. EL GRANERO MERCENARIO IBERO
Si bien la presencia de mercenarios de origen ibérico se cita a menudo entre las filas de los
ejércitos púnicos, ya desde el siglo V, lo cierto es que los autores grecolatinos que mencionan
estas tropas apenas aportan información acerca de sus orígenes concretos ni tampoco respecto
a la relación política entre sus pueblos o ciudades y Cartago. Otro tipo de indicios, como el
hallazgo de tesoros monetarios en la península Ibérica así como el grado de implantación de las
antiguas colonias fenicias sobre territorios del interior, o el avance en los estudios sobre el tipo
y la dispersión de la panoplia militar, pueden aportarnos algunos datos más sobre este proceso
de reclutamiento.
147
Ante todo, sin embargo, cabe definir con precisión los términos geográficos de Iberia1, pues
tampoco en este sentido existe unanimidad entre las fuentes literarias. Todas ellas coinciden en
establecer a los pueblos iberos en la costa entre la actual Murcia y el Languedoc francés,
mientras que otros tantos expanden el área ibérica hasta el estrecho de Gibraltar o la bahía de
Huelva. Esta última acepción, contenida en las obras de Polibio o Eratóstenes entre otros, es
aquella que sigue la mayor parte de investigadores modernos, y que nosotros también
suscribimos. Aunque es cierto que existe cierto debate, totalmente abierto, acerca de la
idoneidad de aplicar este apelativo en algunos de estos pueblos. Esta vasta extensión de
territorio no se articuló nunca bajo un mismo poder central sino que estuvo conformado por
varias comunidades políticas independientes, unos pueblos -mucho mejor que etnias- con
distintos grados de madurez política, que compartían ciertas características culturales comunes.
Las influencias de las colonias griegas y fenicias, así como las migraciones procedentes de centro
Europa terminaron de conformar las particularidades de cada uno de estos pueblos. Celtas y
otros grupos indoeuropeos ocupaban el resto de la península Ibérica durante ese periodo; sin
embargo, su participación en los procesos diplomáticos y militares mediterráneos durante
nuestro periodo de estudio fue escaso hasta bien entrado el siglo III. A nivel cronológico, el
periodo de estudio que abarca nuestra investigación coincide con el periodo arqueológico
llamado Ibérico Pleno o Medio, establecido durante los siglos IV y III.
El fenómeno colonial fenicio, así como su interacción con la población indígena, ha sido tratado
profusamente en la literatura científica española a lo largo de la segunda mitad del siglo XX,
estimulado por descubrimientos tan mediáticos y espectaculares como el Tesoro del Carambolo,
el pecio de Mazarrón o el yacimiento del Castillo de Doña Blanca. Los trabajos arqueológicos
actuales están aportando una complejidad y una amplitud geográfica cada vez mayor a este
proceso colonial. En este sentido, si bien la mayor parte de establecimientos o factorías fenicias
se encuentran en el llamado Círculo del Estrecho existen otros yacimientos a lo largo de la costa
de la península ibérica que amplían la red fenicia -eminentemente comercial- que se extendía
desde el Ebro hasta Galicia. La explicación fundamental a esta vasta red de factorías cabe
buscarlas, al menos inicialmente, en la búsqueda y extracción de metal2. Ésta era una de las
mercancías más preciadas en Oriente a partir del siglo IX-VIII y el comercio fenicio entre la
península Ibérica y Fenicia vino a suplir esta demanda. Las últimas revisiones cronológicas en
base a la datación por C-14 y su posterior calibración dendrocronológica sitúa la fundación de
1
Utilizaremos el término Iberia para referirnos al conjunto del territorio de la península ibérica o, más
comúnmente, al territorio histórico de la cultura ibérica, considerándolo entre los ríos Tinto, en el
sudoeste y Hérault en el nordeste, a través de la fachada litoral de la península Ibérica, penetrando en
algunos zonas hacia el interior, como en los cursos del Guadalquivir y del Ebro. En cambio, no utilizaremos
Hispania, más apropiado a partir del año 197, y menos aún, España -término utilizado asiduamente en la
literatura anglosajona-, ya que designan entidades políticas posteriores siendo, por tanto, términos
inadecuados.
2
Aubet, 2009: 224-228.
148
Gadir, el Castillo de Doña Blanca, Toscanos o el Morro de Mezquitilla precisamente en la segunda
mitad del siglo IX3.
Figura 18. Mapa de la península Ibérica con los principales pueblos y ciudades de la civilización ibérica.
Actualmente nadie niega el impacto que la influencia fenicia4 ejerció sobre el territorio
autóctono, aunque se discute el grado con que se ejerció en cada momento5. En primer lugar,
3
Aubet 2009: 226. Actualmente, los restos más antiguos atribuibles a la presencia fenicia corresponden
a la zona de Huelva y retrotraen la cronología de las primeras importaciones al siglo X (González de
Canales, Serrano, Llompart, 2006).
4
Una buena síntesis de las aportaciones fenicias sobre el mundo indígena en el plano ceramológico,
metalúrgico, arquitectónico y otros aspectos, en Oliver Foix, 2004: 110-117.
5
Tradicionalmente se ha definido como fenicio al periodo de contacto comercial de Iberia con población
fenicia procedente de Oriente durante los siglos IX-VII, y como púnico, el periodo entre los siglos VI y III,
149
como también ocurre en distintas zonas de la región occidental, los asentamientos fenicios
fueron una de las bases sobre las que se tejió la red política y comercial cartaginesa a partir del
siglo VI, de modo que es importante conocer cuál fue la situación y evolución del proceso en sus
orígenes. En segundo lugar, estipula los límites teóricos de la contratación mercenaria en Iberia,
ya durante el periodo púnico. Y por último, no debemos olvidar la presencia de colonias griegas
a lo largo de la costa mediterránea6 que, aunque escasa, es un elemento importante a tener en
cuenta por sus implicaciones políticas y económicas. Por todo ello, es necesario tener en cuenta
el contexto histórico precedente para poder entender con mayor claridad las decisiones y los
acontecimientos que se dieron a partir de finales del siglo V.
Como señalábamos, la expansión fenicia en Occidente constituye uno de los topoi más debatidos
por la historiografía de Iberia durante el siglo XX, tanto por lo que respecta a su naturaleza como
a su cronología. Actualmente, parece aceptada la división en dos fases de esta expansión7. La
primera de ellas define un primer momento llamado precolonial, en los que la interacción con
el mundo indígena era irregular, sin la construcción de puertos dedicados al trato comercial y
sin ningún tipo de dominancia ejercida por los fenicios. A este periodo de contactos esporádicos
le seguiría, siempre que las condiciones comerciales y políticas hubieran sido proclives, una fase
propiamente colonial, con el establecimiento de enclaves urbanos estables, un flujo estable de
comunicación entre estos y Fenicia y cierto de grado de hegemonía sobre los territorios
indígenas cercanos, a menudo con la complicidad y participación de las propias élites
aristocráticas indígenas8.
que coincide con el aumento progresivo de la presencia comercial fenicia procedente de Cartago en la
península. Aunque esta distinción haya suscitado algunas pequeñas controversias, seguiremos con ella en
este trabajo.
6
Principalmente Rhode y Emporion. Las colonias de Hemeroscopeion, Alonis y Mainake, mencionadas por
las fuentes literarias constituyen una problemática distinta, empezando por las dificultades que atañen a
su identificación arqueológica.
7
Aubet, 2009: 211-228.
8
J. Alvar propone la posibilidad que ambas fases de contactos entre fenicios e indígenas pudieran darse
simultáneamente. Por tanto, el término “precolonización”, que define una temporalidad necesariamente
anterior a la colonización, sería inadecuado. Alvar propone definir una primera fase de contactos
esporádicos, con mercancías sobre las cuales los fenicios no controlaban los medios de producción y sin
enclaves permanentes de carácter administrativo, a la que denomina Modo de Contacto no Hegemónico
o MCnH. En cambio, una vez los fenicios controlaron directa o indirectamente la explotación de recursos
locales, gestionaron estas mercancías e iniciaron un fenómeno de relación hegemónica sobre la población
indígena, el autor propone la denominación Modo de Contacto Sistémico Hegemónico (MCSH). (Alvar,
1999: 331; 2008: 20). Esta división tiene un carácter similar a la propuesta por Domínguez Monedero al
distinguir entre una expansión de tipo comercial, que tiene por objetivo extender las redes comerciales,
y otra de tipo propiamente colonial “cuya finalidad última es la reproducción de las formas de vida propias
de los centros de origen”. Ambas culturas, griega y fenicia, establecerían en la península ibérica estos dos
tipos de procesos (Domínguez Monedero, 2003: 19-20). Otros autores han preferido utilizar los conceptos
“emporitano-precolonial” y “emporitano-colonial” como sugieren González de Canales, Serrano y
Llompart (2006: 107 y ss.) para definir ambas fases de contacto.
150
El carácter comercial-aristocrático de los primeros asentamientos fenicios9, en lugar de una
colonización en busca de tierras de cultivo para albergar a excedentes de población, parece
corroborarlo la arqueología; las pequeñas dimensiones de las fases más antiguas del Morro de
Mezquitilla (2ha), Abdera (2ha), Toscanos (2,5 ha), Chorreras (3ha) -tan sólo Gadir llega en estos
momentos a las 10ha-, así como lo reducido de las necrópolis de esta fase (Laurita y Puente de
Noy en Almuñecar, y Trayamar en Algarrobo), indican una escasa presencia fenicia a nivel
demográfico10. Esto parece demostrar que no hubo, por tanto, voluntad de asentar a grandes
masas de población. En cambio, la mayor parte de estos yacimientos incluyen algunas
residencias de notables dimensiones, complejas y lujosas, claramente distinguibles del resto, lo
que parece subrayar la naturaleza aristocrática de estas empresas.
El sur de la península, alrededor del llamado Círculo del Estrecho, acogió, con diferencia, la
mayor concentración de asentamientos fenicios en el Mediterráneo Occidental. Todos ellos
comparten cierta homogeneidad tipológica: ubicados en la línea de la costa o bien en islotes
cercanos a ella, carácter eminentemente portuario y uniformidad arquitectónica, funeraria y en
cuanto a la cultura material11. Entre todos ellos, destaca, por supuesto, Gadir (bajo la actual
Cádiz), ubicada en la desembocadura del río Guadalete, ya en aguas atlánticas. Esta ciudad,
fundada entre finales del siglo IX e inicios del VIII, se convirtió en el principal baluarte fenicio en
extremo occidente y desde esa posición los fenicios pudieron emprender una expansión
marítima hacia el norte y terrestre hacia el interior de la península12. Su importancia no sólo
recaía en su ubicación estratégica a nivel comercial sino también en su relevancia política, de lo
cual el templo de Melkhart13, garante no tan sólo de las relaciones económicas y religiosas sino
de también de la unión de la colonia con la metrópolis14, fue el mayor ejemplo.
A propósito del Círculo del Estrecho, cabe subrayar que fue un área eminentemente comercial
que no solamente abarcaba las ciudades fenicias del sur de la península ibérica sino también a
las factorías del norte África, geográficamente opuestas a las anteriores. A este respecto, son
cada vez más las evidencias de estrechos vínculos entre ambos continentes15.
9
Aubet (2006: 35), pese a reconocer este carácter aristocrático, distingue al menos tres niveles de
comercio: las instituciones públicas -el templo y el palacio-, los consorcios comerciales y los comerciantes
privados. Acerca del tipo de comercio público o privado, se han defendido distintas hipótesis, desde el
carácter comercial gestionado por los templos (González Wagner, 2000: 50-51; Romero, 2006), el privado
(Bondì, 1988: 354-355) o el palacial (Alvar, 1999: 332-333) o estatal (Domínguez Monedero, 2003: 32),
Aubet sentencia: “En Oriente ambas esferas, la privada y la institucional, no siempre actúan
separadamente en el ámbito del comercio internacional, por lo que el debate es probablemente inútil”
(Aubet, 2006: 37).
10
Aubet, 2006: 37-39.
11
Aubet, 2006: 36.
12
Entre otras funciones, Gadir actuó como centro redistribuidor de numerosas mercancías, pero
especialmente del estaño procedente del Atlántico (Alvar, 1999: 340-51; 371). Se ha propuesto también
que los pequeños enclaves fenicios del sur peninsular, ubicados en puntos estratégicos para la explotación
de recursos locales pero sin trama urbana ni edificios públicos, como Chorreras, Morro de Mezquitilla o
Toscanos, fueran fundaciones procedentes de Gadir, y no directamente de Fenicia (González Wagner,
2000: 51-52).
13
Sobre la importancia política, social y económica del Templo de Melkhart, ver Rodríguez Ferrer, 1988:
101-102.
14
Ruiz de Arbulo, 2000: 23.
15
Domínguez Monedero, 2000: 67; Callegarin y El Harrif, 2000: 23-42.
151
La expansión fenicia hacia la fachada atlántica puede rastrearse gracias a la presencia de
numerosos objetos de lujo de origen fenicio en asentamientos y necrópolis indígenas. Hace
apenas veinte años tan sólo se conocía un yacimiento fenicio con seguridad en Portugal: Abul,
en el estuario del río Sado16. Actualmente, la labor arqueológica ha conseguido identificar media
docena más de asentamientos de factura fenicia en la fachada atlántica: Alcácer do Sal, Tavira,
Setúbal, Castelo de Faria, A Lanzada y San Estêvao da Facha, pero siguen siendo
comparativamente mucho menos numerosos que en el sur17. Esta escasez podría inclinarnos a
pensar en la poca presencia de rutas comerciales fenicias en el Atlántico. No obstante, la
explicación parece hallarse en el control que las élites indígenas tenían ya sobre las rutas
comerciales, tanto hacia el interior, como hacia el norte18. De hecho, la propia Gadir impulsó
buena parte de este comercio atlántico entre los siglos VIII y VII, tanto por vías marítimas como
terrestres, a la búsqueda de estaño, cobre y otros productos19. Estas rutas ya habían sido
frecuentadas por fenicios e incluso tartesios, con anterioridad, hacia el siglo IX20.
16
Makaroun, Mayet y Tavares, 1994.
17
Pellicer Catalán, 1998: 93-105; Blánquez Pérez, 2008: 153.
18
Aubet, 2009: 295-301.
19
Aubet, 2009: 296.
20
Aubet, 2009: 296; Sobre el caso concreto de una posible colonización tartesia, ver Almagro Gorbea y
Torres: 2009.
21
Blánquez Pérez, 2008: 153.
22
Ferrer Albelda apunto el curioso hecho de que la historiografía española se empeña en llamar “colonos”
a gentes que llevaban ya siglos establecidos en los asentamientos fenicio-púnicos (Ferrer Albelda, 1998:
32).
23
En este sentido destaca el artículo de Maluquer de Motes “Los fenicios en Cataluña” (1968), que inició
los estudios acerca de la presencia fenicia en el nordeste peninsular, seguido una década más tarde por
“El factor fenici a les costes catalanes i del golf de Lleó” (Arteaga, Padró, Sanmartí, 1978). El estado actual
de la cuestión ha avanzado mucho desde entonces; la arqueología ha permitido constatar la presencia de
abundantes materiales fenicios en numerosos yacimientos indígenas alrededor y al norte del Ebro
(Sanmartí y Asensio, 2005; Bea et al., 2008) llegando incluso al Languedoc (Arteaga, Padró y Sanmartí,
1986). En el yacimiento de L’Illa d’en Reixac (Ullastret), se pudo constatar la importación de productos
gracias al hallazgo de numerosas ánforas de procedencia fenicia. Estas importaciones, sin embargo,
cesaron de repente a partir del segundo cuarto del siglo VI, coincidiendo con la caída de Tiro y la llegada
de los foceos a Occidente (Ramon Torres, 2003: 134; 143).
152
resulta innegable. Tal es caso, por ejemplo, de Aldovesta (Benifallet, Tarragona), a orillas del río
Ebro, dónde sus investigadores reconocen un asentamiento de raíz indígena, aunque la
presencia de material cerámico fenicio sea porcentualmente superior al autóctono24. Otros
yacimientos indígenas cercanos, aún sin contar una proporción cerámica tan desigual como en
Aldovesta, también evidencian un comercio intenso con las factorías sud-peninsulares e Ibiza
durante el siglo VII e inicios del VI: Barranc de Gàfols (Ginestar, Tarragona), La Ferradura
(Ulldecona, Tarragona), Sant Jaume/Mas d’En Serrà (Alcanar, Tarragona) o la Palaiapolis
emporitana25. Las evidencias de este comercio alcanzan su clímax hace el año 600, pero declinan
drásticamente hacia el 575 o poco después26. A principios del siglo IV las importaciones fenicias,
principalmente en forma en ánfora ebusitanas, volvieron al norte del Ebro; esta vez dentro de
un nuevo horizonte de buenas relaciones comerciales entre el mundo fenicio y emporitano,
atestiguado también por la numismática27. A lo largo de la centuria siguiente, se incorporaron
además importaciones cartaginesas: sobretodo ánforas, pero también cerámica común y de
cocina28.
24
El yacimiento de Aldovesta (Benifallet) es un pequeño asentamiento de apenas 200m 2, con abundante
ánfora fenicia (un centenar de ánforas del tipo 1 de Toscanos (=Vuillemot R-1/Ramon [Link])) con una
ocupación estable entre la segunda mitad del siglo VII y el primer cuarto del siglo VI. Sus reducidas
dimensiones y el método constructivo sugieren un asentamiento indígena propio del Bronze Final IIIB,
excluyendo totalmente la posibilidad de un enclave colonial, aunque es evidente su fuerte relación con
comerciantes fenicios (Santacana, 1994: 147-148). Es destacable también la presencia de algunos
productos de procedencia sarda (Mascort, Sanmartí, Santacana, 1988-89).
25
Ramon Torres, 2003: 134; 142-143; Santacana y Belarte, 2004: 133-135.
26
Sanmartí y Asensio, 2005: 91-92.
27
García y Bellido, 1991: 128-135; García y Bellido, 2006: 290.
28
Sanmartí y Asensio, 2005: 96-97.
29
Esta sería, según la opinión de J. Alvar, la principal causa de las colonizaciones hacia el interior en el
siglo VII (Alvar, 1999: 321-327).
30
Aubet 2006: 42.
31
Sala Sellés, 2004: 61; en especial, para el periodo entre los siglos VI-III: López Castro, 2008. Por su parte,
Alvar (1999: 378-381) afirma que durante el siglo VII se produjo una migración importante desde Oriente,
provocada por la inestabilidad política en la zona, que desembocó en la llegada de nueva población en
Iberia; sería esta población quién, en opinión del autor, lideraría la penetración rural fenicia hacia el
interior de la península.
153
mediante bienes de prestigio32. Así, a medida que el comercio de metal se consolidaba, mayor
era la complejidad y la expansión de toda la actividad económica dependiente de ella33.
Este fenómeno no tan solo afectó a los aspectos cotidianos o artísticos sino que terminó por
catalizar el proceso de cambio en la organización política indígena; significó, en buena medida,
la transición de la vida protourbana a la ciudad38. Entre finales del siglo VIII e inicios del siglo VI
se aprecian en la vega del Guadalquivir una serie de cambios en la pauta de asentamiento y
también en la propia conformación urbana de éstos que ha sido interpretada por algunos
autores como el fruto del cambio de régimen monárquico -si es que alguna vez lo hubo- al
aristocrático39. Pese a la oscuridad que envuelve este periodo, podemos inclinarnos a pensar en
un proceso similar en el resto del área sur peninsular que daría pie a la eclosión del mundo
ibérico.
32
Alvar, 1999: 372.
33
En este sentido, debemos destacar el hecho demostrado de que, si bien la motivación de una buena
parte de los primeros asentamientos fenicios en Iberia parece ser la obtención y comercio de metal, ésta
motivación no responde a la función y naturaleza de algunos otros enclaves de la colonización arcaica.
Así, a modo de ejemplo, podemos citar el caso del Cerro del Villar (Málaga), en el hinterland inmediato
del cual no existen ni yacimientos metalíferos ni buenas tierras de labranza (Aubet, 2006: 37); en este
caso, todo parece indicar, por su ubicación y material mueble, que podría tratarse de un asentamiento
con un marcado carácter de mercado y redistribución (Aubet, 2002; Aubet y Delgado, 2003). Una variedad
de asentamientos coloniales indica, por consiguiente, una variedad de interacción con el mundo indígena.
34
Aubet, 2006: 36.
35
En uno de los yacimientos de Montilla, en la desembocadura del río Guadiaro, se ha localizado un barrio
fenicio extramuros a un asentamiento indígena, una pauta comercial común en Oriente, pero muy poco
conocida en Occidente. (Aubet, 2006: 43).
36
Sala Sellés, 2004: 64.
37
García-Gelabert y Blázquez, 1996: 8.
38
Aubet, 1977-78: 83. Acerca de las formas de aculturación y de sus evidencias arqueológicas, ver
González Wagner, 1986.
39
Ruiz y Molinos, 1993: 258-261.
40
Aubet, 2006.
154
Arteaga, y de su propia experiencia de campo en arqueología fenicia, plantea un sistema en el
cual contaríamos con unos pocos asentamientos coloniales de primer orden en la costa ibérica
que organizarían y administrarían, ya no una línea de explotación metalúrgica, sino auténticas
esferas comerciales. Estos centros encabezarían un sistema económico y político jerarquizado,
con otros asentamientos de segundo y tercer grado diseminados sobre el territorio con
funcionalidades más específicas, como la explotación de recursos -para el comercio y para el
autoabastecimiento- o centros de mercado con el mundo indígena41. López Castro reivindica,
además, que este esquema no se reduce a la zona de Gadir, sino que se reproduce en todo el
sur de la península en centros como Malaka, Sexs, Abdera y especialmente en Baria42. Los
hallazgos arqueológicos en el sudeste peninsular indican una notable presencia fenicia sobre
esta zona, tanto a nivel demográfico como económico y político, en connivencia con elementos
indígenas43. Así pues, no debería extrañarnos que Avieno y el Pseudo Escimno indicaran la
presencia de población libiofenicia en esta zona44. Pese a todas las discusiones que este
etnónimo ha generado, está claro que ambos autores destacan la presencia de población
extranjera de adscripción fenicia rodeada de pueblos autóctonos. Tampoco, pues, debería
extrañarnos que precisamente una de las mejores piezas del arte ibérico, la Dama de Baza, fuera
elaborada en la Bastetania, pues sus influjos orientales son innegables.
En clave de colonialismo dependiente, en cambio, se han establecido dos fases distintas para las
colonias fenicias occidentales. Así, se distingue entre un periodo en el cual estas colonias
41
López Castro, San Martín y Escoriza (1987-88): 159; Sala Sellés, 2004: 67-68. En contra, Domínguez
Monedero, 1995.
42
López Castro, San Martín y Escoriza, 1987-88: 159.
43
Durante el periodo Ibérico Antiguo, el elemento indígena se concentra especialmente en el interior de
la Bastetania, al norte de la actual provincia de Almería (Sala Sellés, 2004: 68). En cambio, en la depresión
litoral y prelitoral, la presencia fenicia es mucho más destacada, aunque también se reconocen hábitats
propiamente ibéricos. Esta doble población ha sido interpretada como un ejemplo de relación intensa,
aparentemente pacífica, entre ambas comunidades, como demuestran los enterramientos ibéricos en el
área de la necrópolis púnica de Villaricos (López Castro, 2000: 103). Sin embargo, el proceso de iberización
reconocido en otras áreas tendentes a la agrupación en oppida, a la atomización, resulta difícil de
identificar en esta zona, ya que los mayores núcleos de época plena han sido identificados como púnicos
-y no ibéricos- por otros autores. Esto significa que, de ser así, nos encontramos ante una población
indígena económicamente vinculada a los asentamientos fenopúnicos pero políticamente dependientes
de oppida tan alejados como Basti (Sala Sellés, 2004: 69). Esta situación resulta posible pero improbable,
dada su poca utilidad práctica. Quizá, en este sentido, tendríamos que plantearnos un grado más de
hegemonía púnica sobre el territorio y englobar este poblamiento ibero al sur de la Bastetania, sometido
políticamente a Baria.
44
Avieno (O.M. 419-424) cita a los libiofenicios, juntamente con los mastienos, los tartesios y los cilbicenos
en algún lugar del sur peninsular. El Pseudo Escimno (v.v. 106-109), por su parte, afirma que se
encontraban en el litoral Mediterráneo de Iberia, al sur de los iberos. Acerca de los libiofenicios, existe
una controversia en torno a su identidad y origen, agravada aún más por las menciones en Polibio (III, 33,
14-16) y Tito Livio (XXI, 22, 3), y también por las llamadas monedas libiofenicias. Desde nuestro punto de
vista, la utilización del término por Polibio y Livio nada tienen que ver con las menciones de Avieno y el
Pseudo Escimno, por cuestiones de contexto y narración histórica. De igual modo, las monedas mal
llamadas libiofenicias son simplemente un apelativo historiográfico moderno a monedas con leyendas
neopúnicas poco elaboradas de mediados del siglo II y comienzos del I (García Bellido, 1993b); Domínguez
Monedero, 1995: 224-225). En torno a la cuestión étnica e histórica de los libiofenicios se enfrentan
visiones como la de López Castro (1992), que defiende su identificación como colonos púnicos que
ocuparon tierras agrícolas en el sur peninsular, con aquellas otras que entienden por libiofenicios
estrictamente a los fenicios que vivían en las colonias costeras de Iberia, sin consideración étnico-
territorial alguna (Domínguez Monedero, 1995: 228-229; Ferrer Albelda, 2000).
155
mantuvieron una relación de dependencia respecto a Tiro, abarcando los siglos IX-VII, y una
segunda fase, a partir del siglo VI, llamado comúnmente periodo púnico, en el que entraron en
la órbita de la Cartago.
Cuando los fenicios desembarcaron por vez primera en las costas de Iberia se encontraron con
sociedades en distintas fases de maduración cívica, cuyo exponente más desarrollado eran los
tartesios, ubicados en la zona de Huelva y la bahía de Cádiz.
A finales del siglo V, la cultura ibérica se hallaba ya consolidada en toda la franja Mediterránea
y el Alto Guadalquivir. Bajo el apelativo de ibérico se halla un conjunto bastante numeroso de
pueblos distintos que ocuparon el territorio costero que transcurre desde Huelva al Languedoc,
penetrando también en algunas zonas hacia el interior de la península Ibérica. Estas diferencias
fueron el producto de la evolución de las sociedades de la Edad del Hierro, definidas por distintos
sustratos culturales, por la influencia en menor o mayor grado de unas u otras civilizaciones
foráneas y, evidentemente, por condiciones medioambientales particulares. Estas condiciones
dieron lugar, alrededor del 600 a.n.e., a procesos de etnogénesis diferenciados48.
Desde una perspectiva arqueológica, en cambio, grandes diferencias entre todos estos pueblos;
si conocemos sus nombres y, a grandes rasgos, sus delimitaciones geográficas, no es a partir de
la arqueología sino, fundamentalmente, gracias a las fuentes literarias49. Entiéndase: sí que
existen, en efecto, diferencias destacables en aspectos concretos, (urbanismo, arte, escritura50
e incluso desarrollo político51), pero estas diferencias no se manifestaron de un pueblo a otro
sino más bien sobre tres o cuatro grandes zonas regionales: sur, levante y nordeste peninsular.
45
Lipińsky, 2004: 130; Ruiz Cabrero, 2009.
46
Liverani, 2011: 480.
47
Alvar, 1999: 382-383.
48
Sánchez-Moreno, 2008: 23.
49
Es este otro de los topoi historiográficos en el estudio de la Iberia prerromana, por lo que existe
abundantísima bibliografía acerca de ello. A modo de compendio de estudios y puntos de vista
metodológicos, ver Almagro Gorbea y Ruiz Zapatero, 1992. Más recientemente, destacan los estudios de
Pierre Moret; por ejemplo, en Moret, 2006.
50
De Hoz, 2005; Velaza, 2009.
51
Ruiz y Molinos (1993: 246) destacan que la principal diferencia entre las etnias ibéricas del siglo V es su
desarrollo político, ya que, culturalmente, son muy próximas. Sin embargo, a tenor de los continuos
trabajos arqueológicos y el desarrollo de los estudios ibéricos, actualmente se tiene a reconsiderar, o
mejor, a matizar, tal “proximidad”.
156
[Link]. El sur peninsular
A partir de los testimonios literarios grecolatinos podemos identificar algunos de los pueblos
iberos que habitaban la región meridional de la península Ibérica. No obstante, existen algunas
problemáticas no resueltas debido a importantes contradicciones entre estas fuentes, a la
distancia cronológica entre ellas -y también entre los acontecimientos que relatan- y a no pocas
confusiones o transformaciones terminológicas. Esta cuestión afecta también al nordeste
peninsular. Entre los varios pueblos ibéricos que mencionan los autores clásicos aparecen los
turdetanos, un pueblo que ocupaba el territorio histórico tartesio, en el bajo Guadalquivir, con
enclaves tan importantes como Tucci (Tejada la Vieja, en Escacena del Campo), Urso (Osuna),
Carmo (Carmona), Ilipa (Alcalá del Río), el santuario de Torreparedones y los niveles ibéricos de
Sevilla y Córdoba. Mientras que los turdetanos disfrutaban de buenas tierras de cultivo, como
en su día afirmaba Estrabón (III, 2, 4), sus vecinos norteños, los túrdulos, tenían a su alcance
importantes yacimientos metalíferos (Est. III, 2, 6). El mismo Estrabón (III, 1, 6) señala que si bien
autores más antiguos que él, como Polibio, distinguían entre ambas etnias, en su propia época
esta distinción ya no existía. Plinio (III, 1, 8-14) y Apiano (Iber. 9), pese a ser algunas generaciones
más jóvenes que Estrabón, siguieron haciendo referencia a túrdulos52. Actualmente hay quién
plantea que, en realidad, túrdulos, turdetanos y tartessios eran equivalentes: un pueblo cuyo
nombre partía de la raíz *trt- y al que se añadió el sufijo griego (-ssos) y latino (-anus, -i, o –ulus).
De esta forma, autores posteriores, recopilando informaciones de distinta procedencia, habrían
considerado estos pueblos como realidades diferentes, en un claro ejemplo de distorsión
terminológica, y por ende, histórica53.
Figura 19. Mapa del sur de la península Ibérica con las principales ciudades indígenas y colonias fenicio-púnicas.
52
Acerca de las descripciones de las fuentes literarias clásicas sobre el sur peninsular y sus problemáticas,
ver Bendala y Corzo, 1992: 95-99.
53
Ferrer Albelda, 2000: 425. Un estudio completo acerca de esta problemática, Ferrer Albelda y García
Fernández, 2002.
157
Los bastetanos, a quien algunos autores equiparan a los mastienos mencionados por Avieno,
Hecateo y Polibio54, ocuparon la zona sureste de la península, con capital en la epónima Basti
(Baza) y su costa meridional poblada de asentamientos fenicio-púnicos. Plinio también
menciona a unos bástulos (III, 1, 8; 19) que, de nuevo según Estrabón (III, 4, 1) no serían sino el
mismo pueblo que los bastetanos. Se trataría, pues, del mismo problema terminológico que
existe entre túrdulos, turdetanos y tartesios, pero en este caso, tal error ya habría sido
identificado por Estrabón.
Hacia el interior, en el curso alto del Guadalquivir, encontramos a los oretanos, cuyo territorio
albergó también buenas vetas metalíferas y tierras de cultivo. Esta riqueza dio lugar a ciudades
tan importantes como Cástulo (Cazlona), Baecula (Bailén), Obulco (Porcuna), Iliturgis (Mengíbar)
y su capital epónima, Oretum (Granátula de Calatrava).
[Link]. Levante
El área ibérica levatina está formada por tres grupos étnicos bien definidos, de sur a norte:
contestanos, edetanos e ilercavones. Se trata de pueblos con poca expansión hacia el interior,
con vocación claramente mediterránea, y con una jerarquización del territorio acusada.
Figura 20. Mapa del levante de la península Ibérica con las principales ciudades indígenas y colonias fenicio-púnicas.
La Contestania ocupa mayoritariamente la región comprendida entre las cuencas de los ríos
Segura y Vinalopó. Una serie de características comunes rastreables a través de la arqueología
54
Ruiz y Molinos, 1993; Sánchez Moreno, 2008: 30. Acerca de la problemática en sí, García Moreno, 1990.
158
ha permitido ubicar a este pueblo con mayor precisión. Las fuentes literarias, presentaban
algunos problemas, ya que o bien tan sólo nos permiten situar este pueblo al sur de los edetanos
(Plin. NH. III, 20) o bien el texto presenta inexactitudes55 (Ptolomeo). Mucho mejor conocida es,
pues, su cultura material. La escultura, la escritura greco-ibérica56 y el estilo de pintura sobre
cerámica llamado de “Elche-Archena” constituyen buenos indicadores de la identidad de un
pueblo con claras influencias mediterráneas. Ahora bien, el origen de estos influjos extranjeros
es aún motivo de debate entre la evidencia literaria que afirma la presencia de tres colonias
griegas en la Contestania, y la arqueológica, que tiende a señalar hacia el mundo fenicio-
púnico57. Quizá la respuesta se halla en el hecho de que la presencia de unos no invalida la de
los otros, sino que se trata de enclaves comerciales no excluyentes, como ya ha sido
documentado en otros lugares58. La arqueología está mostrando un tráfico notable de productos
griegos y fenicios de norte a sur, con Gadir, Ampurias e Ibiza como principales polos de
redistribución y dinamización59, desmitificando así la visión clásica del cierre de la península
Ibérica al comercio griego. La gran cantidad de cerámica campaniense y suditálica anterior al
siglo III, hallada desde Sant Antoni de Calaceit hasta el Cigarralejo (Mula), ha sido interpretada
también en este sentido: estos productos llegarían a través de griegos masaliotas a las costas
levantinas y entrarían así en los circuitos ibéricos60. Pero lo cierto es que desconocemos por el
momento si todas estas mercancías fueron trasportadas directamente por comerciantes griegos
o bien lo fueron por fenicios utilizando cargamentos de importaciones de distintas procedencias.
Nos inclinamos a pensar por la segunda opción.
Al norte del río Júcar, los Edetanos conforman otra unidad territorial de la cual conocemos su
capital, Edeta (Sant Miquel de Llíria) y a uno de sus monarcas, Edecón (Liv. XXVII, 17)
compartiendo el etnónimo, topónimo y antropónimo, circunstancia que no es desconocida en
el resto del mundo ibérico. Al igual que ocurre en la Turdetania, se han localizado algunos
pequeños asentamientos en altura, fortines, alrededor de Edeta, que guardan el paso del río
Turia y los yacimientos metalíferos cercanos. Sin embargo, no es Edeta sino Arse (Sagunto), la
ciudad que ocuparía un relevante papel histórico a finales del siglo III. No muy lejos de ambas
ciudades la Edetania da paso a la Ilercavonia. El pueblo ilercavón ocupaba el territorio que se
extendía hasta el Ebro. Existe cierta uniformidad en la pauta de poblamiento sobre la franja
litoral de la actual provincia de Castellón, con una serie de oppida cercanos a la costa con
magníficas condiciones visuales sobre el territorio, como Puig de la Nao (Benicarló), Puig de la
Misericòrdia (Vinaròs) o La Moleta del Remei (Alcanar). Pero es sobre el propio río Ebro donde
aparecen las ciudades ilercavonas más importantes, Hibera (probablemente Tortosa) y el
Castellet de Banyoles (Tivissa).
55
Abad, 2009: 22.
56
De Hoz, 1985-1986.
57
Sobre esta cuestión, el debate historiográfico en Abad, 2009.
58
Domínguez Monedero, 2003: 23; Oliver Foix, 2004: 109.
59
Cabrera y Perdigones, 1996: 163-164; Campo, 2000: 90; Ramon Torres, 2003: 144; López Castro, 2006:
34-38. Sánchez (2003: 134-135) destaca en este sentido que durante la segunda mitad del siglo V el papel
de Ampurias se fortalece y que la conexión entre Gadir, Ibiza y el levante peninsular es cada vez más
potente. En este momento, las importaciones griegas experimentan un auge notable con especial
mención de las copas de tipo “Cástulo”, un auge que perdurará hasta mediados del siglo IV (también en
López Castro, 2006: 37).
60
Blázquez, 1967: 210-211.
159
[Link]. Nordeste peninsular
Hecateo de Mileto, en su descripción de la península ibérica, sitúa a los misgetes al norte de los
ilauragates, dónde posteriormente muchos otros autores grecolatinos situaran a una notable
cantidad de territorios étnicos diferenciados. Es posible que la designación de misgetes
designara a una multitud de pueblos, difícilmente diferenciables e identificables, sin ningún tipo
de unidad política, en una fase anterior a la conformación de entidades protoestatales, como lo
serán poco más tarde los layetanos, cosetanos, ausetanos, etc. Estos pueblos, cuyos límites
territoriales tampoco son claros, aparecen en la literatura antigua en el marco de la Segunda
Guerra Púnica, algunos de los cuales con un papel destacable en esta confrontación. Otros, en
cambio, aparecen más tarde, ya en acontecimientos del siglo II o incluso en el periodo de las
Guerras Civiles romanas. Ya hemos tratado en profundidad sobre esta cuestión en otro lugar61
utilizando parámetros arqueológicos, políticos, geográficos y numismáticos, así como estudios
toponímicos actuales62 para intentar recomponer el rompecabezas de la distribución de pueblos
ibéricos entre el Ebro y los Pirineos. Nuestra propuesta se resume en la siguiente figura (Fig.
……..), donde se muestra una hipótesis de distribución correspondiente al siglo III. Queda sin
embargo, aún por resolver, la problemática en torno a los ausetanos y los ausetanos del Ebro u
ositanos63. En cualquier caso, nos basaremos en esta reconstrucción, que podría retrotraerse
hasta el siglo IV.
Figura 21. Mapa del nordeste de la península Ibérica con las principales ciudades indígenas y colonias fenicio-
púnicas.
61
Riera, 2012.
62
Broch, 2004.
63
Burillo, 2001-2002.
160
Al norte de los Pirineos estaban situados los sordones, cuya probable capital sería Ruscino
(Perpignan). Como veremos en el capítulo referente a la Galia, durante el siglo V se produjo un
movimiento migratorio de procedencia ibera hacia el norte, hasta alcanzar la región de Agde.
Además de sus inequívocas relaciones económicas y culturales con el nordeste peninsular, su
inclusión en el mundo ibérico es importante por cuanto varios de los autores clásicos adscriben
esta región dentro lo ibérico y con ello, la posibilidad de que los mercenarios iberos
mencionados a menudo, puedan proceder también de esta zona.
A diferencia del sur y el Levante peninsular, las evidencias de presencia fenicia al norte del Ebro
desaparecen a partir del siglo VI, que es precisamente el momento de desembarco de los griegos
foceo-masaliotas en la bahía de Emporion. Ambos hechos no pueden ser coincidentes; ahora
bien, cuál de ellos fue la consecuencia del otro resulta más discutible. Efectivamente, es durante
el primer cuarto del siglo VI cuando se funda el primer asentamiento de Emporion64, colonia que
sobrevivirá al fin de la cultura ibérica y será fagocitada finalmente por la ciudad romana. La fecha
fundacional de Rhode es más esquiva, debido a la construcción de un fuerte en el siglo XVI sobre
el asentamiento griego que destruyó buena parte del yacimiento; por el momento, sus
arqueólogas han fechado los estratos más antiguos en el siglo IV65. Estas dos colonias ejercieron
una fuerte influencia sobre el pueblo ibero de ese territorio, los indiketes, como bien lo atestigua
la cultura material en el yacimiento de Ullastret o la existencia de enclaves helenizados como
Mas Castellar (Pontós, Girona). En este mismo sentido existe un abierto debate acerca de
“helenidad” o no de las murallas de algunos asentamientos indígenas del nordeste como Puig
de Sant Andreu (Ullastret, Girona), Castellet de Banyoles (Tivissa), Alorda Park (Calafell), Mayans
o Mailhac66. Nos preguntamos, sin embargo, si no se ha exagerado en demasía la influencia de
estas colonias sobre el resto de la actual Cataluña, en pro de un pretendido prestigio
mediterráneo. Por otro lado, cada vez son más los indicios que estrechan los lazos de la cultura
ibérica del nordeste con el ámbito céltico67, una relación que sin duda contribuyó a definir la
cultura política al norte del Ebro.
El debate en torno a la organización política que rigió a los pueblos iberos no es nuevo en
absoluto68 y, sin embargo, se mantiene todavía hoy muy abierto. Para acercarse adecuadamente
a esta cuestión, deben tenerse varios factores en consideración, sobre cuya importancia relativa
se fundamentan las visiones actuales. El primero de estos factores lo constituyen las fuentes
literarias; o mejor dicho, el contexto que narran estas obras. Aquellos autores que nos aportan
64
Morat y Sanmartí, 1989.
65
Puig y Martin, 2006.
66
Un rico y fructífero debate mediante una serie de artículos en la revista Gladius se produjo hace unos
años acerca de la influencia mediterránea en las fortificaciones del mundo ibérico y/o su comprensión y
correcto uso por parte de las poblaciones indígenas. El debate giró en torno a F. Gracia (2000; 2001), quién
defendía las competencias y aptitudes por parte de los iberos, y P. Moret (2001) y F. Quesada Sanz (2001),
quienes dudaban acerca de la aplicación y/o comprensión de tecnología poliorcética avanzada en los
pueblos del Ibérico Medio. Acerca de los yacimientos franceses, Tréziny, 2006: 164-165.
67
Coll y Garcés, 1998: 443-5; Sánchez Moreno, 2008: 24; Quesada Sanz (2003: 126) para el caso concreto
de los ilergetes.
68
Iniciaron el debate científico, Rodríguez Adrados, 1952; Caro Baroja, 1971.
161
información al respecto se refieren tan sólo a las últimas décadas del siglo III o posterior, de
modo que el primer escollo al que se enfrenta el historiador es dilucidar si esta situación puede
extrapolarse al conjunto de la época ibérica o no. Si el tiempo define la primera consideración,
el espacio discute la segunda. Dado que las regiones que acabamos de presentar son el
resultado, en buena parte, del sustrato preibérico que les precedió en cada uno de sus
territorios, parece lógico suponer que las instituciones políticas posteriores se vieran
influenciadas por ello. En este sentido, la investigación coincide en señalar la existencia de
ciertas diferencias políticas entre los territorios ibéricos. Algunos trabajos han intentado aportar
nuevos datos a partir de la arqueología; más concretamente, en función de la organización
territorial y funeraria de algunos de estos pueblos69, pero estos modelos teóricos, aunque
necesarios, en ocasiones solo logran aproximarse a generalidades espacio-temporales
totalmente abstractas, que bien pudieran lograrse aplicando simplemente razonamientos
lógico-deductivos.
Sin embargo, existe un tercer factor cuya importancia no ha sido, en nuestra opinión,
debidamente subrayado en la mayoría de trabajos, y que se refiere al contexto político concreto
que narran estas fuentes. Como hemos dicho anteriormente, la mayor parte de referencias
relativas a los acontecimientos históricos en Iberia se sitúan a partir del desembarco de Amílcar
Barca en 237 y, con mayor profundidad, a partir del asedio de Sagunto (219). Esto significa que
los datos de que disponemos narran un contexto referente a un estado de guerra permanente,
un periodo de conflicto bélico abierto y, por tanto, a condiciones políticas y sociales
excepcionales. La clave de todo esto radica en dilucidar si estas condiciones excepcionales
provocaron la mutación del organigrama político ibero; dicho de otro modo, ¿hubieran existido
los reyes Edecón, Indíbil o Culchas, y con ello las pretendidas monarquías ibéricas, en
condiciones no-bélicas? ¿es, por tanto, la institución monárquica ibera, fruto de un contexto
bélico concreto?
Superada la discusión acerca del carácter de estos líderes indígenas en función del término
utilizado por los autores clásicos, ha quedado demostrado que la utilización de uno u otro
concepto (reguli, dynastoi, basileus, prínceps, reges…) no implica ningún tipo de diferenciación
política real70. Los autores grecorromanos desconocen las funciones y la naturaleza del cargo
que ostentan esos personajes en aquél momento concreto; simplemente aluden al líder de un
pueblo o confederación, de forma más o menos grandilocuente o despectiva en función de sus
actos respecto Roma.
El esquema propuesto en su día por J. Muñiz71, en la misma línea de multiplicidad que seguiría
F. Quesada72 unos años más tarde, nos parece el retrato más acertado del sistema político de
los iberos, a tenor de las diferencias de sustrato cultural e influencias externas en cada uno de
ellos. Un retrato, eso sí, en movimiento. Este esquema subraya, por una parte, la existencia de
una heterogeneidad política en el ámbito ibérico, tendente, durante el siglo III, a la monarquía;
tendente, aunque no siempre establecida73. Por la otra, vincula acertadamente la defensa del
69
Ruiz y Molinos, 1993.
70
Pitillas, 1997: 99-100; Coll y Garcés, 1998: 442; Moret, 2002-2003: 24.
71
Muñiz, 1994: 293.
72
Quesada Sanz, 2003: 117-125. También en Moret, 2002-2003: 32.
73
Esta misma concepción mantienen Coll y Garcés, 1998: 440.
162
territorio con el liderazgo político, es decir, la esfera militar con la esfera cívica. Otros autores
han defendido formas distintas de organización política, desde la monarquía74, sistemas de
jefatura75, hasta confederaciones de pueblos vecinos de base aristocrática. Esta última opción,
defendida por López Domech76, sugiere que no hubo reyes en sentido estricto sino caudillos
militares eventuales escogidos -y esta es la palabra clave- en momentos de guerra por parte de
una confederación de ciudades, una visión similar a la defendida por F. Quesada. Este sería el
caso de Calbo, “nobilem Tartesiorum ducem” en el año 216 (Liv. XXIII, 26, 6), de Culchas,
“duodetriginta oppidis regnatem” en el 206 (Liv. XXVIII, 13, 3), o de Calbo y Luxinio en 197 (Liv.
XXXIII, 21, 8), cuando se erigen líderes de una confederación de 17 ciudades el primero, y de
Carmo y Baldo el segundo. Atenes, también en el año 206, recibe el título de “regulo
Turdenatorum” (Liv. XXVIII, 15, 15), cuyo significado, según defendemos, equivaldría a
“general/líder de los turdetanos” en lugar del literal “rey de los turdetanos”.
Ahora bien, la pregunta clave en todo reside en el grado de sentimiento de pertenencia del
territorio a un determinado pueblo y, consecuentemente, el sistema de jerarquización entre
oppida y, por extensión, entre las aristocracias que los rigieron. En este sentido, el Levante y el
nordeste peninsular reflejan un sistema bastante más rígido y jerárquico que el sur, con unos
centros urbanos claramente distinguibles y de mayores dimensiones que el resto de
asentamientos de su territorio.
En todos estos casos, las aristocracias asentadas en los oppida más importantes de cada
territorio habrían logrado imponerse sobre un número indeterminado de enclaves menores,
estableciendo así la base de un concepto territorial que acabaría siendo reconocido por sus
vecinos foráneos por el nombre de su capital (Edeta=Edetania; Iltirta=Ilergetes; Ore=Oretania;
74
Presedo, 1980: 185.
75
Bermúdez, 2010: 47.
76
Estas últimas, propuestas por López Domech (1986: 21). Por su parte, Cruz Andreotti (2002-2003: 42)
destaca que es fundamentalmente la relación entre la organización política y las alianzas militares de los
pueblos indígenas el mejor indicador para definir espacios territoriales étnicos a partir de finales del siglo
III, porque son estas pautas las que destacan los autores clásicos -especialmente Polibio- que
posteriormente nos transmiten etnónimos al narrar el proceso de conquista romana en Iberia.
77
Ruiz y Molinos, 1993: 262. Aunque en este sentido no creemos que exista relación causa-efecto con la
aparición de la fides o la devotio, como defienden sus autores. Como ya notaron varios autores (Blázquez,
1977: 399; Dopico, 1998; Coll y Garcés, 1998: 443), existen paralelos a estos instrumentos en muchas
otras culturas con distinta organización política.
78
También Coll y Garcés (1998: 442) observan diferencias, durante la última fase ibérica, entre las
monarquías meridionales de la península, con los oppida como pilares de su poder, y las levantinas, dónde
éstas se asocian a un populus, más que a un solo oppidum.
163
Indika=Indiketes,…)79. Este auge de la aristocracia se habría producido a comienzos del siglo V
en el sur peninsular, y a finales del mismo habría alcanzado y sobrepasado los Pirineos80. De
forma muy resumida podemos establecer, a modo de hipótesis, que las dinámicas internas a
nivel económico, social, y especialmente militar, habrían ido reduciendo el grupo de la élite
aristocrática de forma paralela a la consolidación de fronteras y, por ende, a la concepción étnica
de esos territorios, a su identidad. Ya en el siglo III, quizá en algunos de estos territorios la
acumulación de poderes habría dado lugar a esta gradación de formas de poder unipersonales,
siendo ya toda una realidad en el último cuarto de siglo, con figuras como Amusico, Edecón o
Indíbil. No resulta extraño, pues, que fuera en este momento cuando se acuñaron las primeras
monedas ibéricas con inscripciones gentilicias como ausesken (“de los ausetanos”), layesken
(“de los layetanos”) o ilterkesken (“de los ilergetes”).
Por tanto, el hecho que en algunas ocasiones aparezcan testimonios acerca de “asambleas” de
corte aristocrático en algunas ciudades, como en el caso de Sagunto81 o en la capital ilergete82,
no invalida en absoluto esta tendencia, sino todo lo contrario83. Las ciudades y pueblos habrían
seguido manteniendo sus propias administraciones políticas locales durante todo este tiempo;
se trataría de consejos municipales que regirían el día a día de la comunidad pero supeditados
siempre al poder de la capital. En este sentido, y en el caso concreto del nordeste peninsular, a
menudo se ha insistido en las diferencias de organización política entre los pueblos de la costa,
supuestamente proromanos, y los del interior, encabezados por los ilergetes, con una
organización monárquica84. En realidad, las evidencias, tanto literarias como arqueológicas no
muestran tal distinción. El hecho de que no aparezca mencionado ningún “rey” indikete,
layetano o cosetano, dado el carácter eminentemente militar del cargo que las fuentes le
otorgan a este término, tan sólo indica que estos pueblos no opusieron resistencia al avance de
las tropas romanas después de su desembarco en Emporion. En efecto, Livio (XXI, 60, 1-4) señala
que el C. Cornelio Escipión sometió la costa catalana mediante el establecimiento o renovación
de tratados con los pueblos indígenas. Las razones de esta actitud cabe buscarlas, bien en su
preestablecida alianza de los pueblos costeros con la colonia masaliota, como se ha sugerido
79
Debemos admitir, sin embargo, una segunda posibilidad que explique esta dualidad “nombre de la
ciudad/etnónimo” y es que la literatura grecolatina, desde Hecateo a Polibio, concedieran el apelativo a
una región desconocida en función de su ciudad más importante o conocida, sin tener en cuenta
parámetros políticos o hegemónicos en ningún momento. De esta forma, la división administrativa clásica,
seguida por la historiografía hasta la actualidad, sería una invención; no tendría ninguna veracidad
histórica. Esta posibilidad haría replantear seriamente los procesos de etnogénesis y los fenómenos
políticos y sociales del mundo ibérico. No somos partidarios de esta opción, pero sin duda abre las puertas
a nuevas líneas de investigación.
80
Sanmartí y Santacana, 2003: 59-60.
81
Liv. XXI, 12, 8: Quo cum extemplo concursus omnis generis hominum esset factus, subnota cetera
multitudine senatus Alorco datus est, cuius talis oratio fuit.
82
Liv. XXIX, 3, 1-5: Tum a Mandonio evocati in concilium conquestique ibi clades suas increpitis auctoribus
belli legatos mittendos ad arma tradenda deditionemque fasciendam censuere. Quibus culpam in
auctorem belli Indibilem ceterosque principes, quorum plerique in acie cecidissident, conferentibus
tradentibusque arma et dedentibus sese responsum est in deditionem ita accipi eos, si Mandonium
ceterosque belli concitores tradidissent vivos; si minus, exercitum se in agrum Ilergetum Ausetanorumque
et deinceps aliorum populorum inducturos. Haec dicta legatis renuntiatique in concilium.
83
Por su parte, Moret (1997: 158) cree que la reunión de una asamblea en el ámbito ilergete fue un hecho
excepcional, fuera de la norma y que, por tanto, no debería tomarse como una evidencia de que en las
instituciones políticas ibéricas existiera este tipo de órganos.
84
164
tradicionalmente85, bien como una oportunidad de aliarse con una potencia extranjera para
detener el expansionismo de los pueblos procartagineses del interior86. Una última posibilidad
sugiere que, dado su escaso potencial material y humano, el enfrentamiento a Roma hubiera
resultado simplemente en desastre. Por tanto, si no hubo resistencia -o la que hubo fue muy
débil-, no hubo líder militar que los propios romanos se preocuparan de reseñar. En cambio, en
el interior, con una potencialidad humana muy superior, y con una alianza establecida con los
cartagineses, los iberos se organizaron para repeler a los invasores. He aquí dónde emerge la
figura del caudillo o líder militar al que las fuentes llaman “rey”, para enfrentarse, repetidamente
a los romanos.
Por tanto, nuestra propuesta de interpretación de las fuentes es inversa a la establecida hasta
ahora. Aquella propugnaba que los romanos pactaron con los pueblos de la costa de la actual
Cataluña, más afines políticamente por tratarse de protoestados de talante aristocrático, y que
se habían enfrentado a los pueblos del interior, de carácter monárquico y claramente
procartagineses. Nuestra tesis, en cambio, propone que, por un lado, no existían importantes
diferencias entre el sistema político de los pueblos de la costa y del interior sino diferencias de
potencial militar. Por el otro, que los primeros no alcanzaron a escoger ningún líder militar para
enfrentarse a los Escipiones porqué decidieron no enfrentarse a ellos; mientras que, los
segundos, también con instituciones aristocráticas pero a la vez un potencial bélico superior,
decidieron nombrar a sus caudillos -Amusico, Indíbil, Mandonio- para dirigir la guerra.
Desde nuestro punto de vista, y a modo de resumen, la organización política ibérica fue
fundamentalmente de base gentilicia aristocrática entre los siglos V y III, aunque con distintas
velocidades y grados de maduración en función de la región. Este sistema favoreció el auge y
posterior consolidación de unos centros urbanos respecto otros, estableciendo una jerarquía
entre ellos. Llegados a un determinado punto, la dependencia o relación de los asentamientos
menores hacia el oppidum principal fue tal que el territorio del primero se amplió, fagocitó a los
demás asentamientos menores y le dio su nombre a todo el conjunto. Este fenómeno culminó
en el levante y en el nordeste peninsular (en este caso con unos límites territoriales más
reducidos) dónde la hegemonía del oppidum principal era incontestable. Este proceso favoreció
la aparición de líderes con vocación monárquica hacia el final del periodo, aunque sus
atribuciones estuvieron siempre mucho más relacionadas con el ámbito militar que no con el
político. En el sur de la península, y en especial la región turdetana, la multiplicidad de centros
importantes evitó la concentración de poder en una sola ciudad, consolidando así a las
aristocracias locales, que tan solo se reunían bajo alianzas y confederaciones, como podemos
ver tan claramente en los casos de Culchas y Luxinio.
85
Blázquez, 1967: 105.
86
Blázquez, 1967: 112; Mangas Manjarres, 1970: 491; Cadiou, 2008: 63.
165
6.2. Relaciones político-militares con el estado cartaginés
A partir de finales del siglo VI se advierte un cambio importante en la cultura material de las
colonias fenicias de Iberia que se ha relacionado con la caída de este espacio comercial bajo la
égida cartaginesa, pero lo cierto es que también en el mundo indígena se produce un cambio de
paradigma que puede rastrearse gracias a la arqueología. Se constata, en este sentido, un
abandono de numerosos yacimientos de pequeñas dimensiones y un proceso de sinecismo y
encastillamiento de los poblados preexistentes. A la par, se produce también la destrucción de
algunos santuarios que, no lo olvidemos, en la antigüedad funcionaban como polos de
intercambio mercantil y de reunión política, además de como centros religiosos. Cuál fue causa
y cuál la consecuencia de este cambio de modelo territorial y colonial es algo que se nos escapa
por el momento, aunque se han planteado algunas hipótesis relativas al agotamiento de algunas
minas de plata, el cambio de actividades económicas o la búsqueda de nuevas rutas
comerciales87.
Al igual que ocurrió en Sicilia, Cerdeña y otras regiones del Mediterráneo, las antiguas colonias
fenicias actuaron como enlace entre las comunidades indígenas y el floreciente estado
cartaginés de finales del siglo VI. Desconocemos los pormenores de este proceso en el caso de
Iberia, pero podemos suponer que no debió de ser muy diferente a otros casos ya analizados:
las colonias de Tiro quedaron huérfanas de una potencia protectora y además vieron
interrumpido el tráfico comercial con su metrópolis de forma repetida debido a las guerras,
asedios y bloqueos que sufrió Tiro a lo largo de los siglos VIII y VII. Cartago asumió el rol de líder
para las dispersas colonias y factorías en Occidente, mientras que aseguraba además un apoyo
militar mucho más rápidamente88. Al igual que la mayoría de establecimientos fenicios, las
factorías del sur de Iberia no perdieron su autonomía completamente. Aunque no tengamos
testimonios de la relación jurídica de éstas con Cartago, si nos ceñimos al escaso papel que las
fuentes literarias clásicas les otorgan en el contexto internacional hasta la segunda mitad del
siglo III, nos inclinamos por pensar en una evolución histórica propia, sin grandes ataduras
político-militares con la metrópolis norteafricana.
En este sentido se han planteado distintas hipótesis con respecto a esta relación jurídica entre
las antiguas ciudades fenicias de la península y Cartago, desde una relación hegemónica a nivel
comercial89, hasta una liga de ciudades encabezada por Gadir90, o incluso la existencia de
alianzas o pactos entre éstas y la metrópolis norteafricana91. No hay ningún tipo de evidencia
clara en uno u otro sentido, pero lo cierto es que ninguna de estas opciones resulta tampoco
excluyente entre sí. A tenor de la potencia comercial que detentó Gadir en el siglo VI, y que
siguió en aumento en la centuria siguiente, es improbable que su influencia no se dejara sentir
sobre las ciudades y factorías del Círculo del Estrecho. Ahora bien, durante este mismo periodo
uno de los más importantes centros geográficos y mercantiles del Mediterráneo -si no el que
más- era precisamente Cartago, y dado que la mayor parte del metal con que comerciaba Gadir
87
González Wagner (1984: 215-217). Un buen análisis sobre estado de esta cuestión en Pliego, 2003: 41-
47.
88
Champion 2010: 28.
89
Wagner, 1984: 217-218.
90
Arteaga, 1994: 23-57.
91
López Castro, 1991: 73-86.
166
tenía a la capital púnica como escala o como meta, parece lógico pensar que era ésta quién
ejercía una cierta hegemonía sobre el resto de antiguas colonias fenicias. Por último, teniendo
en cuenta el testimonio de tratados económicos y políticos con algunas de los principales
puertos del Mediterráneo (Siracusa, Pyrgi) apostamos por que esta hegemonía no sólo se ejerció
de facto sino que estuvo hasta cierto punto regulada por tratados similares. En el segundo
tratado entre Roma y Cartago, a mediados del siglo IV, Cartago ya no habla sólo en su nombre,
sino también como portavoz o líder de las ciudades fenicias occidentales92.
Existe un último dato a tener en cuenta acerca de la presencia de Cartago en Iberia. Se trata de
un controvertido pasaje de Ateneo el Mecánico (IV, 9, 3), ampliado por Vitrubio (De arch. X, 13,
1) en el cual se menciona un conflicto entre cartagineses y gaditanos, resuelto a través del asedio
y conquista de los primeros por a los segundos. Este pasaje viene a colación del empleo
primigenio del ariete en el Mediterráneo occidental, único dato que puede aportarnos alguna
información acerca de la cronología de este suceso, siendo anterior al año 400, dado que el
tirano Dionisio I de Siracusa utilizó máquinas de asedio más elaboradas en el sitio de Motya a
finales del siglo V. Por su parte, Justino93 (XLIV, 5, 3) afirma que, también en un momento sin
determinar, Gadir pagó a los cartagineses con su territorio (¿con su autonomía?) después de
que éstos le hubieran ayudado a defenderse de sus vecinos. ¿Cuál es el grado de credibilidad
que merecen estos cortos pasajes? ¿se trata de hechos aislados o bien tienen alguna relación
entre ellos? La información que tenemos acerca de estos acontecimientos es tan limitada que
resulta imposible argumentar debidamente una u otra hipótesis. Dado que estamos hablando
de un periodo temporal que se cifra en siglos, no sería extraño en modo alguno que estos dos
hechos fueran el recuerdo de hechos reales y distanciados cronológicamente entre ellos. Así, no
resulta nada inusual que una colonia se viera en apuros en contra de una población autóctona
que no participaba de los beneficios de aquella. Y tampoco debería sorprendernos que, en algún
momento de tránsito entre la hegemonía económica de Gadir en el sur de Iberia y la expansión
comercial cartaginesa, llegaran a entrar en conflicto de forma puntual en algún momento entre
el silgo VI y V. En este sentido, un último pasaje, esta vez del reputado Polibio, ha sido objeto de
análisis de todo tipo. Dicho pasaje se circunscribe al desembarco de Amílcar en Iberia en el año
237 y dice que el general cartaginés “recuperó para los cartagineses el dominio de Iberia94” (Pol.
II, 1, 6). Algunos investigadores han defendido que dicha afirmación sugiere un dominio
cartaginés anterior al periodo bárcida95. Desde nuestro punto de vista, sin embargo, este pasaje
no debe interpretarse en ese sentido. Ningún otro indicio, arqueológico, literario o numismático
apunta hacia esa dirección. Por lo tanto, o bien Polibio utilizó el término “cartaginés” como
sinónimo de “fenicio”96, o bien se refería a una “influencia” y no a un “dominio territorial”. Una
92
Pliego, 2003: 46.
93
Just. Epit. XLIV, 5, 3: Ibi felici expeditione et Gaditanos ab iniuria vindicaverunt et maiore iniuria partem
provinciae imperio suo adiecerunt.
94
Pol. II, 1, 6: ἀνεκτᾶτο τὰ κατὰ τὴν Ἰβηρίαν πράγματα τοῖς Καρχηδονίοις.
95
Acerca de esta cuestión y sus controvertidos pasajes literarios: Barceló, 2006; Álvarez Martí-Aguilar,
2014.
96
Así lo defiende también Domínguez Monedero (2000: 63), quien opina que para los autores griegos de
finales del siglo II-inicios del I “existía una continuidad evidente en el dominio fenicio de la región,
representando Tiro, Cádiz y Cartago simplemente etapas de una misma hegemonía fenicia” (Monedero,
2000: 63-64).
167
influencia que, probablemente, se habría perdido después de la derrota contra Roma en la
Primera Guerra Púnica.
Los iberos aparecen enrolados en los ejércitos cartagineses desde antiguo. Al igual que celtas y
ligures, tropas ibéricas son mencionadas a raíz de la batalla de Hímera tanto por Diodoro como
por Heródoto. Sin embargo, a diferencia de aquellas, cuya veracidad histórica es discutible -
analizaremos este tema en el capítulo dedicado a la Galia-, no puede resultarnos extraño que ya
a comienzos del siglo V, Cartago incorporase en sus filas a soldados procedentes de Iberia. En
cualquier caso, para el periodo que nos ocupa, las fuentes literarias señalan su pronta
incorporación a las fuerzas púnicas, ya en la campaña de Aníbal sobre Sicilia del 409. No en vano,
constituyen el tipo de tropas extranjeras que más repetidamente aparecen en el registro escrito
y además lo hacen durante todo nuestro periodo de investigación. La otra cara de la moneda es
que, junto con las menciones a las tropas norteafricanas, el pueblo ibero es aquel cuyos centros
de reclutamiento y/o embarco son más difíciles de ubicar, ya que los autores grecolatinos en
ningún momento especifican dónde se dirigían los reclutadores de mercenarios o bien a qué
pueblo ibérico concreto pertenecían las tropas que enrolaron; siempre utilizan, simplemente, el
término “ibero” como procedente de unidad geográfica y no en términos étnicos concretos97.
97
Fariselli, 2002: 141.
168
407/406 II Guerra greco- Indeterminado Mercenarios Leva Diod. XIII, 80,
púnica 2-5
396 III Guerra greco- Indeterminado Mercenarios Abandono Diod. XIV, 75,
púnica por parte de 8-9
Himilcón. Son
contratados
por Dionisio I
A los que podemos añadir los mercenarios procedentes de las Islas Baleares:
169
311 VII Guerra greco- baleáricos Mercenarios En combate Diod. XIX,
púnica – Batalla 108-109
de Hímera
Pueden fácilmente observarse hay una serie de pautas que se repiten muy a menudo. En primer
lugar, la mayor parte de citas proceden del catálogo de tropas mercenarias reclutadas por
Cartago al inicio de un conflicto, en pocas ocasiones se mencionan estas tropas en combate,
salvo en un par de ocasiones a finales del siglo V. En segundo lugar, nunca, en ningún momento,
estas tropas son cuantificadas, lo que tiene mucho sentido dado que las fuentes que las citan,
principalmente Polibio y Diodoro, no son autores que pudieran acceder fácilmente a este tipo
de información98. Por último, pero no menos importante, ambos autores subrayan el carácter
mercenario de los contingentes iberos, bien de forma directa, utilizando el término mistophoroi,
bien de forma indirecta aludiendo a su paga.
Por otro lado, sorprende que durante un periodo de casi 150 años, entre la Tercera Guerra
Greco-púnica y la Primera Guerra Romano-púnica, tan sólo existan datos en una única ocasión
respecto al uso de estas tropas, en 342/341, en referencia a la leva que formó parte del ejército
púnico contra Timoleón. Bien es cierto que para ese periodo prácticamente solo contamos con
el testimonio de Diodoro, pero aún así, resulta significativa esta desaparición en un periodo en
que no faltaron los conflictos en Cartago. Aparece, en cambio, un contingente de 1.000
honderos procedentes de las Islas Baleares en el año 311, en el contexto de la Séptima Guerra
Greco-púnica (Diod. XIX, 106, 1-2; 108-109). Asimismo, tropas iberas también son mencionadas
en varias ocasiones bajo las órdenes de Dionisio el Viejo durante la primera mitad del siglo IV.
Además, cabe añadir que en múltiples ocasiones Diodoro cita a mercenarios “bárbaros” a las
órdenes de Cartago, sin ofrecer más detalles al respecto. Todo esto nos indica que los
contingentes mercenarios ibéricos probablemente siguieron siendo reclutados por Cartago,
aunque Diodoro no lo especifique. La numismática, como veremos a continuación, también
apoya esta hipótesis.
98
Observamos, atónitos, como M.P. García Gelabert y J.M. Blázquez citan entre 25.000 y 30.000 efectivos
iberos ante las murallas de Selinunte en el año 409, sin ningún tipo de explicación acerca de este cálculo
(García Gelabert y Blázquez: 1987-1988: 258).
99
Chaves, 1990.
100
El estudio de la moneda cartaginesa foránea localizada en Iberia, ha sido objeto de estudio en sí misma
por numerosos especialistas, desde L. Villaronga (1973; 1983) hasta la propia F. Chaves (1990), C. Alfaro
Asins (1994, con C. Marcos; 2000a; 2000b), B. Mora, M. Campo, y más recientemente R. Pliego (2003;
2005; 2011, con E. Ferrer Albelda) y T. Hurtado Mullor (2009).
170
cartaginesas habido cuenta que una vez finalizado el conflicto buena parte de ese numerario fue
reacuñado; y c) el hallazgo de grandes lotes de moneda, que podría indicar un abandono brusco
y violento y su no recuperación por parte del propietario. Además, los tesoros analizados por
Chaves fueron descubiertos en zonas muy adecuadas, geográfica y orográficamente, para el
acantonamiento de tropas, lo que dispuso a su autora a identificar como campamentos
cartagineses tales sitios arqueológicos. Aunque actualmente puedan señalarse algunos defectos
de forma o apriorismos en las conclusiones del estudio, lo cierto es que este artículo permitió
abordar cuestiones relacionadas con la presencia púnica en Iberia más allá de los acotados
testimonios de la literatura clásica y otro tipo de datos arqueológicos.
Una década más tarde, R. Pliego realizó un estudio específico sobre las monedas de uno de estos
yacimientos, El Gandul (Alcalá de Guadaíra), descubriendo que la mayor parte de ellas no se
adscribían temporalmente en época de la Segunda Guerra Púnica sino, como mínimo, un siglo
antes. Concretamente, la colección numismática del yacimiento está formada por 251 piezas de
bronce, de las cuales 182 se atribuyen a un arco cronológico entre mediados del siglo IV y
principios del siglo III, y 69 entre mediados del siglo IV y la Segunda Guerra Púnica. La tipología
mayoritaria pertenece a la emisión sículo-púnica del siglo IV con Tanit/caballo y palmera (SNG
Cop. 109-119), precedida por la sardo-púnica Tanit/prótomo de caballo del primer tercio del
siglo III (SNG Cop. 148-151), además de algunas monedas que sí pertenecían a la última fase del
siglo III101.
Figura 22. Moneda de bronce sículo-púnica con cabeza de Tanit a la izquierda/caballo parado y palmera. SNG Cop.
109.1. Imagen extraída de [Link].
101
Pliego, 2003: 49; Pliego 2005.
102
Pliego, 2003: 50-51.
103
Pliego, 2003: 51.
171
yacimiento catalogado como posible campamento cartaginés, Montemolín (Marchena, Sevilla),
dónde apareció un tesorillo con monedas pertenecientes a la Segunda Guerra Púnica. Por tanto,
todo apunta a una concurrencia militar cartaginesa en la zona durante al menos una centuria.
Sin embargo, la falta de estructuras importantes indica que más que un cuartel permanente,
podría tratarse de una pequeña guarnición con funciones de vigilancia o bien de un centro de
reclutamiento de tropas104.
Los trabajos de Chaves y Pliego pueden darnos algunas pistas acerca de la implantación militar
cartaginesa sobre el territorio ibérico. Sin embargo, existe un amplio número de monedas
cartaginesas en la península que fueron halladas en contextos muy diferentes y sin formar parte
de un conjunto monetal relativamente homogéneo, como lo fueron los casos anteriores, lo que
merece distinta interpretación. Este habría sido el caso de las piezas halladas en el tesoro de
Montgó (Alicante), donde se halló un tesorillo en lo que debió de ser el escondrijo de un platero.
Este conjunto contenía una moneda de plata sículo-cartaginesa105, una quincena de monedas
greco-siciliotas, óbolos masaliotas y fraccionarias emporitanas así como otros objetos de plata
destinados presumiblemente a su fundición. Aunque el óbolo púnico pertenece al siglo IV se ha
fechado el momento de ocultación hacia el 310. Guadán interpretó que el conjunto podría haber
pertenecido a un mercenario que habría servido en las guerras en Sicilia106. Este parece ser
también el caso de dos tetradracmas de Panormo de finales del siglo IV, una de ellas descubierta
en la necrópolis de Torrecica (Llano de la Consolación, Montealegre del Castillo, Albacete),
mientras que la otra procede del barranco del Arc (Sella, Alicante)107.
De esta forma, nos hallamos ante la disyuntiva de relacionar los hallazgos monetarios anteriores
a la llegada de Roma con el mercenariado o bien con cualquier otro tipo de comercio. Huelga
decir que, probablemente, no todos los ejemplares reseñados más adelante fueron fruto de un
mismo fenómeno, pero esta vez, dado que resulta imposible verificar su utilización y la mayor
parte de ellas fueron recuperadas fuera de su contexto arqueológico original, vamos a tener que
apostar por una hipótesis conjunta.
A favor de la hipótesis que explica estas monedas como fruto del intercambio comercial juega
la existencia de una antigua y bien asentada red de asentamientos fenicio-púnicos a lo ancho
del sur de la península ibérica -así como en Ibiza- y sus contactos con otras colonias griegas
(básicamente, Emporion y Rhode), todas ellas familiarizadas desde finales del siglo V con la
economía monetal108. Sin embargo, los circuitos monetarios no alcanzaban más allá de los
propios asentamientos coloniales. Las comunidades ibéricas no comerciaban con moneda con
las colonias fenicio-púnicas, en cuyo caso el reflejo arqueológico de estos intercambios aportaría
una cantidad de moneda mucho mayor en los yacimientos indígenas.
104
Pliego, 2003: 52.
105
Se trata de una rara pieza que Jenkins (Coins of Punic Sicily, part 4, pg 58, lam. 24) atribuye a Sicilia.
106
Guadán, 1968-70: 141.
107
Alfaro Asins, 2000b: 101-2.
108
Emporion empieza a acuñar moneda propia a mediados del siglo V, las más antiguas realizadas en la
península ibérica (pequeñas fracciones de plata de gran variedad tipológica); Ebusus y Rhode lo harán a
partir de la primera mitad del siglo III, primero en plata y bronce, posteriormente únicamente en bronce
(Campo, 2000: 89-93). Pero resulta evidente que su iniciativa nació dentro de un marco monetal, es decir,
ya habían entrado en este tipo de mercado cuando empezaron a acuñar sus propias monedas.
172
Así pues, ¿qué nos induce a pensar en la posibilidad de relacionar estos hallazgos con el
mercenariado? En primer lugar, el hecho que estas monedas se hayan encontrado en contextos
indígenas. Cierto es que muchas de ellas pertenecen -o pertenecieron- a coleccionistas privados
que llegaron a sus manos sin la debida investigación arqueológica. Sin embargo, en la mayoría
de los casos -que en cualquier caso forman parte del listado que sigue a continuación- se
conserva el recuerdo de su lugar de procedencia, aunque sea de forma aproximada, de manera
que, por una vez, el objeto en sí todavía puede aportarnos mucha información, y todo ello muy
a pesar de haberse hallado fuera de su contexto arqueológico original. Otro de los elementos
que conviene destacar es el hecho que, a menudo, estas monedas cartaginesas aparecen en
conjuntos, bien monetales, bien de otros materiales, con cronologías distintas. Aunque es
posible que en algunos casos, como afirma Alfaro Asins, algunas monedas estuvieran en
circulación durante muchas décadas, mayoritariamente no fue así109; las monedas de
reacuñaban, se perdían, se ocultaban o, sobretodo, se fundían con la intención de sacar
provecho del material noble, especialmente con la plata y el oro. Para explicar la inclusión de
moneda cartaginesa en necrópolis más recientes, en tesorillos posteriores o en cualquier otro
contexto arqueológico posterior, cabe recordar que la sociedad ibérica no utilizaba la moneda
para el intercambio comercial y por tanto su valor era meramente suntuoso, de distinción social.
De esta forma, las monedas pervivían como objetos lujosos y personales de aquel individuo o
aquella familia hasta que se le encontraba una nueva utilidad: como parte de un ajuar funerario,
como regalo o como intercambio de bienes de prestigio. Lo importante en este sentido no es,
pues, el contexto que rodea un hallazgo de una moneda romana o cartaginesa, sino su propia
existencia, que señala que alguien, en la época de aquella moneda -o inmediatamente después-
la trajo del extranjero hasta algún lugar de Iberia.
109
110
A partir de los datos extraídos en Alfaro Asins, 2000a, complementado con otras noticias y
publicaciones.
173
Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
¿Cartago?
Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-97
casi puro) IV
Carteia Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-97
(San Roque, casi puro) IV
Cádiz)
Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
¿Cartago?
La Balaguera Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-98
(Pobla de casi puro) IV
Tornesa,
Valencia)
Sagunto Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-97
(Valencia) casi puro) IV
Emporion Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. 4 ejemplares SNG Cop
(Girona) casi puro) IV 94-97, 4 ejemplares
SNG Cop 102-106, 2
ejemplares SNG Cop
107-108 y 8 ejemplares
de SNG Cop 109-119
Los Nietos Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-97
(Cartagena, casi puro) IV
Murcia)
Ibiza Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-98, SNG
(Islas Baleares) casi puro) IV Cop 109-119 y SNG Cop
120-123 (2)
Ilurco Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 102-105
(Pinos Puente, casi puro) IV
Granada)
Elche Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 102-105
(Alicante) casi puro) IV
Toledo Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 102-105
(Toledo) casi puro) IV
Mallorca Bronce (cobre Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 102-106 y
(Islas Baleares) casi puro) IV SNG Cop 109-119
El Gandul Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Alcalá de ¿Cartago? (centenares)
Guadaíra,
Sevilla)
Ostur Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Villalba del ¿Cartago?
Alcor, Sevilla)
El Viso de Alcor Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119 (5)
(Sevilla) ¿Cartago?
Asta Regia Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Jerez de la ¿Cartago?
Frontera, Cádiz)
Las Cumbres Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119 (3)
(Puerto de Sta. ¿Cartago?
María, Cádiz)
Gadir Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119 (2)
(Cádiz) ¿Cartago?
Alicante Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Alicante) ¿Cartago?
Azaila Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Teruel) ¿Cartago?
Malió Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
(Vilafranca del ¿Cartago?
Penedès,
Barcelona)
Menorca Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119
174
(Islas Baleares) ¿Cartago?
Castillo de Bronce Sículo-púnicas Finales s. IV SNG Cop 109-119 (2)
Doña Blanca ¿Cartago?
(El puerto de
Sta. María,
Cádiz)
Rhode Bronce Sículo-púnicas Mediados s. IV-finales s. SNG Cop 94-97
(Roses, Girona) IV
Olonzac Bronce SNG Cop 108
(Hérault)
111
A partir de los datos extraídos en Alfaro Asins, 2000a, complementado con otras noticias y
publicaciones.
175
Gadir Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178 (2)
(Cádiz)
Carteia Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(San Roque, Cádiz)
Ullastret Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(Girona)
Albacete Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178 (3)
(Albacete)
Villaricos Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
El Gandul Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(Alcalá de Guadaíra)
Menorca Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(Islas Baleares)
Ibiza Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178 (16)
(Islas Baleares)
Mailhac Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(Aude)
Montlaurès Bronce Sardo-púnicas 300-264 SNG Cop 144-178
(Aude)
Sigean Bronce SNG Cop 158
(Aude)
112
A partir de los datos extraídos en Alfaro Asins, 2000a, complementado con otras noticias y
publicaciones.
176
De todas las posibles maneras con las que un ibero podía llegar a recibir monedas cartaginesas
durante los siglos IV y III, la opción del mercenariado es la más evidente. Las fuentes literarias
clásicas dan buena cuenta de las numerosas ocasiones en que la comandancia púnica utilizó a
guerreros iberos en sus guerras en Sicilia. Sabemos también que Cartago empezó a pagar a parte
de sus mercenarios con moneda a partir del año 410; no sólo eso, sino que la metrópolis africana
empezó a acuñar moneda específicamente para este propósito. Durante la primera mitad del
siglo IV la metrópolis africana acuñó también moneda de bronce y posiblemente, a tenor de una
mayor comodidad, empezó a pagar a sus mercenarios con moneda. Si tenemos en cuenta que
la mayor parte de moneda cartaginesa hallada en Iberia procede de cecas sicilianas o sardas,
parece que su vinculación a zonas de conflicto queda totalmente demostrada. Por tanto, a
nuestro parecer, la presencia de moneda cartaginesa anterior a la Segunda Guerra Púnica debe
interpretarse en relación al retorno de mercenarios iberos quienes, alquilados por Cartago,
habrían luchado para ésta en Sicilia.
Queda, sin embargo, un escollo en la tesis defendida por Pliego: el material empleado para la
fabricación de estas monedas. Tradicionalmente se ha vinculado el pago de tropas mercenarias
con la moneda de plata, y todos los ejemplares procedentes de El Gandul son de bronce. Esta
no es una cuestión de menor importancia ya que las conclusiones que podemos sacar son
determinantes para esta investigación. En este sentido, su autora defiende la viabilidad de su
hipótesis en base a que el pago inicial de las tropas podría realizarse en bronce mientras que la
moneda de plata se guardaría para el pago final. Además, para un sistema económico
premonetal como era la indígena de aquel entonces, la plata, a diferencia del bronce, tenía
mucho más valor en sí misma, lo que podría haber dado pie a su fundición y posterior
reutilización113.
Por nuestra parte, secundamos la tesis de Pliego en cuanto a la posibilidad que al menos una
parte del pago de estas tropas se efectuara en moneda de bronce, lo cual podría también
utilizarse para una circulación interna en los campamentos. No ponemos en duda el hecho que
en sociedades monetales, como la Hélade o la propia Sicilia, dónde el valor de estas monedas se
medía por su valor ponderal, el pago con moneda de plata a los mercenarios sí sería lo habitual.
Pero de un modo u otro debe explicarse la falta de moneda de plata cartaginesa en la península.
De este modo, la cuestión no estriba en dilucidar si los iberos fueron pagados en bronce y el
resto de tropas del Mediterráneo en plata, sino la posibilidad de que todos los mercenarios
fueran pagados con ambas, pero que al llegar a sus tierras de origen, los iberos reutilizaran las
monedas de bronce mediante su refundición, ya que éstas no les servían para ninguna
transacción en sus comunidades y habrían borrado, de este modo, el rastro de monedas de plata
en toda el área ibérica114.
113
Pliego, 2003: 55.
114
Manfredi, 2002: 209-210.
177
ese dinero lo más ajustadamente posible a cambio de bienes materiales o inmateriales. Pero
siempre queda un remanente. Y ese remanente siempre tiene forma de moneda pequeña,
calderilla, que una vez en el hogar queda fuera de circulación. Quizá algo parecido pudiera
ocurrir cuando los iberos, conscientes que aquella plata no tendría más valor aparte de su propio
peso, decidieran gastarlo antes de partir en bienes más útiles, o bien lo gastaran en el viaje de
vuelta o en alguna de las colonias fenicio-púnicas de Iberia, restando solamente aquellas
monedas de menor valor.
Si planteamos la cuestión a la inversa, sabiendo que hubo guerreros iberos luchando con Cartago
en Sicilia, que fueron alquilados como mercenarios, y que en Iberia encontramos abundante
moneda de bronce cartaginesa, parece lógico pesar que en efecto debe existir algún tipo de
relación entre todo ello. Quizá un mapa de dispersión de estas monedas pueda arrojar algo de
luz en este sentido.
178
Figura 24. Monedas cartaginesas del periodo 300-265 halladas en Iberia.
Es preciso destacar un último punto acerca de las evidencias numismáticas como indicador de
las relaciones Iberia-Cartago. Se trata de las monedas emporitanas con tipología y peso púnicos
acuñadas alrededor del año 300.
179
A lo largo del siglo IV, la influencia cartaginesa sobre Iberia se expandió, agregando la costa
levantina, cruzando el Ebro y llegando incluso al territorio de los sordones115. Emporion entró
poco a poco en el círculo comercial entre Gadir y Ebusus, y por tanto, también lo hizo con el
mundo cartaginés. A finales de siglo, tanto Emporion como Rhode decidieron adaptar su patrón
numismático a las medidas cartaginesas116 (4,70 g), cosa que haría también Gadir no mucho
tiempo después117. Alrededor del año 300, sin embargo los colonos emporitanos fueron un paso
más allá y empezaron a acuñar moneda no sólo con el patrón sino también con tipología púnica,
concretamente el caballo parado en el reverso118.
Figura 26. Dracma de Emporion. Moneda de plata acuñada en Emporion entre finales del siglo IV e inicios del siglo III.
Anverso: cabeza de Ártemis (¿Perséfone?) y la leyenda ENPORITON; Reverso: Caballo parado a la derecha coronado
por Niké. Fuente: Gabinet Numismàtic de Catalunya. Nº inventario: 020543-N.
Sin duda, constituye todo un desafío historiográfico y numismático comprender la razón de este
teórico acercamiento al mundo cartaginés. Para empezar ¿fue un cambio voluntario, o bien
estuvo sujeto a presiones externas? ¿fue la respuesta emporitana al desafío de la fundación
masaliota de Rhode en el mismo espacio geográfico, si es que realmente fue tal119? ¿se puede
interpretar la posterior reacuñación de moneda sardo-púnica por parte de Rhode, dentro del
mismo fenómeno histórico? Sea como fuere, la presencia púnica en el cuadrante nordeste se
115
Ramon, 2004: 106.
116
Dicho peso, entre 4,80 y 4,70g puede relacionarse también con múltiples del patrón masaliota
(Villaronga, 2000: 116-117)
117
García Bellido, 1993a: 127-128; 2006: 290.
118
García Bellido, 2006: 290; Campo, 2001: 11. Emporion empezó a acuñar moneda a mediados del siglo
V. Se trataba de fracciones de moneda de plata de tipo Auriol con una gran variedad tipológica muy
emparentada con el mundo simbólico de la Magna Grecia. Esta situación perduró entre c. 450-300,
momento en que la colonia foceo-masaliota empieza a acuñar moneda propia, donde, por primera vez,
se especifica el nombre de la autoridad emisora Emporiton. En el anverso de estas monedas se gravó una
cabeza de Ártemis (divinidad muy vinculada a Focea y sus colonias) y en el reverso el citado caballo
parado, con una Niké sobrevolando. Sin embargo dicha emisión pronto fue sustituida por la tipología con
la que sería identificada Emporion hasta la actualidad: el pegaso (Villaronga, 2000; Campo, 2001: 10-11)
119
La naturaleza de la fundación rhodetana sigue siendo motivo de discusión entre aquellos que
defienden su procedencia masaliota y aquellos que la vinculan a Emporion. La voluntad de Rhode de
distanciarse políticamente de Emporion ya ha sido señalada por M. Campo (2001: 11).
180
hizo sentir cada vez con mayor intensidad120. El hecho de encontrar vajilla de cocina cartaginesa
en yacimientos no sólo dedicados principalmente al comercio -como lo era Emporion- sino
también en oppida ibéricos, nos indica que dicha presencia penetró también en el mundo
indígena en el siglo III. Así, la esfera de influencia cartaginesa en Occidente aumentó, y con ella
pudo hacerlo también el área potencialmente útil para la captación de mercenarios.
La tercera parte fundamental para analizar las relaciones militares entre Cartago y el mundo
ibérico lo constituyen los datos arqueológicos. Y con ello no sólo nos referimos a objetos
arqueológicos muebles, sino también a ciertos yacimientos cuyas estructuras arquitectónicas
pueden relacionarse con este proceso. La información recabada en este campo durante las
últimas décadas ha crecido exponencialmente, así como la literatura científica relacionada con
ella. Sin embargo, debemos ser cautos y encuadrar esta información en nuestro ámbito de
estudio mediante una clara premisa que a menudo no se tiene suficientemente en
consideración. Se trata de la interpretación acerca de la presencia de material púnico, o de
tradición fenicia, en un yacimiento. Pese a lo tentador que resulta interpretar su presencia con
la existencia de agentes púnicos (comerciantes, artesanos, aristócratas…), o incluso de
contingentes militares, tal equivalencia debe ser correctamente analizada en cada caso
concreto. Como hemos podido comprobar a lo largo de las páginas anteriores, el comercio
fenicio-púnico estuvo muy arraigado en el sur de la península y experimentó también una
penetración destacable hacia el interior del Ebro ya en fechas muy tempranas. Por tanto, la
simple presencia de material mueble de tradición púnica en un yacimiento no indica, por sí sola,
la existencia de guarniciones cartaginesas. Un claro ejemplo en este sentido lo constituyen las
famosas thymiateria, con una amplia dispersión por buena parte del Mediterráneo occidental
pero que, a nivel cronológico y geográfico no tienen por qué guardar una relación directa con
posibles establecimientos púnicos121.
¿Cuáles pueden ser, entonces, los indicadores válidos para comprender mejor esa posible
vinculación? Obviamente, el primero de ellos es el armamento122. Aunque no es imposible la
reutilización de panoplia exógena por parte de soldados indígenas, lo mayoritario y más común
es que los contingentes militares de cualquier época y región utilicen siempre sus propias armas
y elementos defensivos. La explicación es fácilmente comprensible por dos razones básicas: por
una parte, un soldado o guerrero siempre combate mejor -y se siente más seguro- con aquellas
armas con las que ha luchado y entrenado habitualmente; por la otra, en determinadas
formaciones regimentales, especialmente en infantería pesada, era necesario que todos sus
componentes estuvieran armados de igual forma para que ésta fuera eficaz, y por tanto,
120
Blázquez, 1967: 106-107.
121
Sanmartí y Asensio, 2005: 100. El debate acerca de la procedencia y función de estos pebeteros de
terracota se remonta a los años cuarenta del siglo pasado. Actualmente no se pone en duda su
procedencia púnica, pero sí las vías a través de las cuales llegaron a Iberia: quizá directamente, quizá por
medio del mundo siciliota, quizá por Cerdeña (Tortosa, 2001: 36). Acerca de su uso y empleo, pese a su
carácter original como quemador de perfumes, en Iberia se habría utilizado como imagen de la divinidad
(Ruiz de Arbulo, 1994: 168) u otras funcionalidades (Pena, 1987).
122
Acerca del armamento ibero y su evolución, Quesada Sanz, 2002, 2003.
181
determinados elementos de armamento no podían ser heterogéneos. Este hecho no impide, por
supuesto, que a lo largo del tiempo la panoplia militar evolucionara mediante la apropiación y
adaptación de modelos exógenos, el desarrollo en las formas de combate, pero por norma
general puede establecerse una correspondencia entre un pueblo y su panoplia123. El problema
es que, hasta donde conocemos, no existen testimonios de panoplia típicamente púnica halladas
en la península Ibérica.
123
Graells, 2014: 27.
124
Graells, 2014. “La aproximación a los mercenarios a partir de las anomalías en la composición de
ajuares militares metálicos y la distribución de piezas de armamento étnicamente muy concentradas fuera
de su contexto “habitual” parecen fórmulas válidas” Graells, 2014: 26.
125
El principal talón de Aquiles del estudio de Graells es el análisis de las fuentes literarias. No se puede
afirmar que “cada grupo de mercenarios o episodio donde aparecen los mercenarios hispanos al lado de
los púnicos va seguido de otro en el que sirven al bando griego” (Graells, 2014: 49-50) porque, simple y
llanamente, las fuentes literarias no dicen eso; o que “en la contienda agatoclea contra Cartago (310 a.C.),
no aparecen citados aunque junto a la genérica cita a “samnitas, etruscos y celtas” podrían leerse también
algunos de estos hispanos” (Graells, 2014: 52) sin ningún tipo de explicación ulterior, cuando en realidad
no existe tal indicio. Por otra parte, los mismos apriorismos que aplica a los materiales relacionables con
prácticas militares hispanas en el extranjero -que no tenían por qué ser siempre de carácter mercenario-
, esto es, que son testimonio de su paso por la región, no las aplica a las piezas alógenas recuperadas en
la península Ibérica. En este caso, según el autor, estos materiales importados son los propios de
mercenarios hispanos que retornan a sus tierras.
126
Graells, 2014: 63-73.
127
Graells, 2014: 73-75; Vasallo, 2014.
128
Graells, 2014: 75-76.
129
Graells, 2014: 76.
130
Graells, 2014: 76-79.
131
En este sentido el disco-coraza había sido relacionado anteriormente con la esfera itálica y con la
oriental; el único indicio que aporta Graells para adscribirlo al ámbito ibérico es el número de parejas de
agujeros para su fijación a las correas (Graells, 2014: 75). Francamente, creemos que es un indicio
insuficiente para sacar unas conclusiones de ese calibre. De hecho los discos-coraza también se
encuentran entre la panoplia de la élite centroitaliana en época orientalizante (Cherici, 2007: 231).
182
muestran a sendos guerreros ataviados con un disco-coraza sin muchos detalles, aunque
podrían representar a guerreros iberos en combate, no nos parecen suficientemente explícitas
como para identificarlas directamente como evidencias de mercenariado ibero.
Así pues, la lista de realia nos queda reducida a los broches de cinturón, la cabezada132 y las
grebas, cuya distribución espacial nos sitúa en el Mediterráneo central. Respecto al primer
grupo, los primeros broches en ser relacionados con mercenarios hispanos fueron aquellos
encontrados en Olimpia y Mon Repos (Corfú), con paralelos en el nordeste de la península
ibérica y la céltica mediterránea, en un arco cronológico entre mediados del siglo VI e inicios del
V133. Otros ejemplares han sido hallados posteriormente en la zona etrusca -Génova, Pisa, Aleria
y Nepi- procedentes de la parte baja del Ebro o de la Celtiberia, aunque Graells no los relaciona
con grupos de mercenarios ibéricos sino más bien como panoplia de personajes etruscos o
itálicos, a modo ornamentación personal134.
Sin embargo, las piezas más destacables en cuanto a su significación son una pareja de grebas
de bronce recuperadas en una de las necrópolis de Hímera135. La pieza en sí, de talla pequeña,
tiene unos paralelos muy claros con piezas recuperadas en la península Ibérica, en Cabezo
Lucero (Guardamar del Segura, Alicante) y en Arroyo Judío (Cártama, Málaga), ambas de la
primera mitad del siglo V136, y su adscripción étnica parece no albergar muchas dudas137. Dado
que tanto Diodoro como Heródoto mencionan la presencia de tropas mercenarias ibéricas en la
batalla de Hímera del año 480, ésta parece ser su confirmación arqueológica.
Respecto a los dos grupos restantes, entre las importaciones halladas en Iberia se encuentran
las famosos cascos corintios hallados en Andalucía138, varias puntas de flecha de tipo sículo-
masaliota139, una posible pieza de carro etrusco procedente del entorno de Emporion140, dos
cascos de procedencia etrusca hallados en el delta del Llobregat141, dos espadas de La Têne y
varios cascos y broches de cinturón de procedencia céltica142, algunas muserolas de factura
italo-meridional o Epiro-macedonia143, un fragmento de cinturón samnita en el Delta del Ebro y
una coraza anatómica típicamente suritálica en la costa de Sexi144. Todas estas piezas se pueden
interpretar de dos maneras: o bien, como hace Graells, como testimonio de panoplias foráneas
traídas por guerreros iberos de vuelta de sus campañas, o bien como evidencia de la presencia
de mercenarios foráneos en suelo ibérico. Probablemente la respuesta no sea única, ni tampoco
132
Esta pieza apareció en una subasta pública a principios del siglo XX. Pese a tener posibles paralelos con
piezas procedentes de la Meseta norte de la península Ibérica, su descontextualización y su material
(bronce, en lugar del hierro típico en la Meseta), hacen de ella una pieza de difícil utilización científica.
133
Graells, 2014: 68-69.
134
Graells, 2014: 72.
135
Concretamente, la situada en la localidad actual de Buonfornello (Vasallo, 2014: 533).
136
Existen otros dos paralelos, en La Solivella (Castellón) y Oliva (Valencia), todos ellos analizados en
Farnié Lobensteiner y Quesada Sanz, 2005: 207.
137
Graells, 2014: 73-75.
138
Graells, 2014: 96-99.
139
Graells, 2014: 99-100.
140
Graells, 2014: 105-106.
141
Graells, 2014: 107-114.
142
Graells, 2014: 125-131.
143
Graells, 2014: 145-147.
144
Graells, 2014: 165-169.
183
haya que vincularla estrictamente al mercenariado. Existen evidencias de otros grupos armados
en el Mediterráneo que podrían haber dispersado estos materiales por todas sus costas: piratas,
soldados estatales, ciudadanos particulares, aventureros o escoltas de personajes importantes,
por mencionar tan solo los más comunes. Lo único que demuestran estos escasos hallazgos es
cierta movilidad de hombres armados entre los siglos VI y IV.
145
López Castro, 1991: 77; González Wagner, 1994b: 13-14.
146
González Wagner, 1994b: 14.
147
Oliver Foix, 2004: 109.
148
Guardiola, 2001: 22.
149
Ánfora cartaginesa del siglo VI fue localizada en la Moleta del Remei (Alcanar), Aldovesta, la Palaiapolis
emporitana y Masalia (Ramon, 2006: 76-79)
150
Ramon, 2006: 80-81.
151
Asensio, 2004.
152
Asensio, 2004: 315-316.
184
por parte de las aristocracias locales en un intento de elevar y diferenciar su status social en la
comunidad153.
153
Sanmartí y Asensio, 2005: 98-99.
154
Acerca de las fortificaciones fenicio-púnicas en Cerdeña, ver Barreca, 1974; Bartoloni, 2009.
155
Hasta finales del siglo VII las colonias fenicias de la península Ibérica no incorporaron elementos
defensivos notables en su trama; hasta ese momento se valían de defensas naturales casi exclusivamente,
tales como islotes o penínsulas. Sin embargo a partir de dicho siglo, coincidiendo con una reorganización
a nivel territorial, los asentamientos empiezan a amurallarse. En una tercera fase, a partir del siglo VI
algunas de las colonias empiezan a convertirse en ciudades y experimentan un verdadero crecimiento
urbano, en el cual las murallas son ya un elemento físico y conceptual intrínseco (Montanero, 2008: 103-
122).
156
Montanero: 2008: 95.
157
La explicación acerca de porqué el nombre de “muralla de casamata” es erróneo y la propuesta de
“muralla de compartimentos”, en Montanero, 2008: 96.
158
Prados, 2003.
159
Montanero, 2008: 95.
160
Montanero, 2008: 122-123.
185
afectó al ámbito estrictamente fenicio sino que traspasó también al indígena, como en La
Serreta de Alcoy (Alcoy, Alicate), Peña Negra de Crevillent (Orihuela, Alicante), El Oral (San
Fulgencio) o Tossal de Manises (Alicante) o, muy significativamente, en Edeta (Tossal de Sant
Miquel, Lliria)161. Tal expansión e influencia sobre la arquitectura y el urbanismo denotan un
grado de penetración política y militar mucho mayor que en periodos precedentes, y todo ello
en apenas treinta años de gobierno púnico, doce de los cuales en confrontación abierta contra
Roma. Pero lo que quizás resulte aún más sorprendente es la posibilidad de la existencia de
fortines al norte del Ebro.
A partir de la factura y los epígrafes de un muro del actual palacio del arzobispado en Tarragona,
Bendala y Blánquez ha propuesto la existencia de un núcleo militar anterior al romano en la
parte alta de la ciudad, justo al lado de la Kese ibérica. Dicho emplazamiento podría constituir
el campamento militar cartaginés de Hannón en 218, mencionado por Livio (XXI, 60, 8-9) D.
Asensio también documenta que en los niveles del siglo III bajo la ciudad de Tarragona apareció
un fragmento de cerámica de cocina cartaginesa162.
Además, existen dos yacimientos aún más septentrionales, en la frontera entre layetanos y
ausetanos, cuya factura es totalmente distinta a los asentamientos ibéricos del resto de
Cataluña. No es cuestión ahora de entrar en un debate cuya mejor discusión sería más acertada
en otro lugar y en otro formato, pero cabe definirlos brevemente por cuanto, desde nuestro
punto de vista, apoyan la existencia de contactos militares y diplomáticos entre el nordeste
peninsular y la Iberia bárcida. Se trata del Casol de Puigcastellet163 (Folgueroles) y El Turó de
Montgròs164 (El Brull), ambos con unas estructuras defensivas muy destacables fechadas entre
finales del silgo IV y mitad del siglo III y destruidos hacia el año 200. Dichas murallas se
caracterizan, precisamente, por sus murallas de compartimentación, su buena factura y su
ubicación estratégica, cerrando el paso a un espacio diáfano, y protegiéndose en los restantes
flancos por acantilados. Si bien es cierto que a diferencia de los ejemplos en Cartagena o El
Castillo de Doña Blanca, su alzado no se compone de opus quadratum sino de un aparato
irregular, nos parece sorprendente que se desvincule su construcción de cualquier influjo
extranjero y se achaque a un modelo edilicio propiamente ausetano165 y únicamente con
finalidad de ostentación166. Dadas las evidencias literarias y arqueológicas que indican la
presencia de agentes púnicos con anterioridad al siglo III, el contexto histórico en el que se
enmarcan, y la completa falta de paralelos ibéricos al norte del Turia, creemos que la factura de
tales construcciones no responde a criterios indígenas sino que, al menos su arquitecto,
procedía del mundo púnico y tenía grandes conocimientos acerca de los sistemas defensivos
helenísticos. Quizá la pregunta que cabría plantearse, por tanto, no es el quién sino el porqué.
161
Bendala y Blánquez, 2002-2003; Blánquez Pérez, 2008: 149.
162
Asensio, 2004: 310.
163
Molas et al., 1988; Molas et al., 1990-91.
164
López Mullor y Fierro, 2011. Sobre sus murallas, con un resumen historiográfico acerca de ellas, López
Mullor, 2011: 149-153.
165
Olmos, 2014: 46.
166
Olmos, 2014: 47.
186
6.3. Conclusiones: El papel de los mercenarios iberos en el Mediterráneo.
En primer lugar cabe reconocer un peso específico importante del mercenariado ibérico en los
ejércitos cartagineses. A nivel literario, las fuentes tan sólo citan una veintena de veces a tropas
ibéricas durante este periodo, y ello añadiendo las menciones a tropas baleáricas, tal y como ya
hemos señalado. Sin embargo, comparándolo con otras áreas, nos damos cuenta que las tropas
de procedencia celta aparecen tan sólo en una decena de ocasiones, al igual que aquellas
procedentes de Italia, cinco las griegas, y cuatro veces son mencionados los ligures. Por tanto,
los iberos ocupan el segundo eslabón en este ranking literario, tan sólo por detrás de los libios.
Además, si bien a nivel de realia el testimonio arqueológico del paso de mercenarios a Sicilia no
es significativo, la numismática sí que aporta evidencias de su paso por los frentes de guerra
cartagineses a través de la moneda.
A tenor de lo expuesto en la primera parte del capítulo puede entenderse perfectamente las
razones de esta recurrencia al alquiler de mercenarios en Iberia. El establecimiento de colonias
fenicias que posteriormente pasaron a la órbita cartaginesa, con unas habituales relaciones con
las poblaciones autóctonas, convertían la península Ibérica en un mercado potencial muy
interesante para Cartago. Un mercado, además, que como indicaba A.C. Fariselli, podría estar
167
Tal reivindicación estaba, en efecto, plenamente justificada durante buena parte del siglo XX. Por
fortuna, a finales del mismo, la historiografía española ha ido siendo cada vez más respetada por la
academia europea en general, aunque no así en la historiografía anglosajona, que en general sigue
enraizada en viejos estereotipos y tópicos historiográficos acerca de Iberia que aquí han sido superados
hace ya tiempo.
168
Bosch Gimpera, 1966: 141-148.
169
Quesada (1994a: 309; 1994b: 195) y Manfredi (2002: 145) creen que este influjo fue muy reducido o
nulo; Graells (2014: 30), en cambio, acepta cierto grado de penetración cultural mediterránea a través de
los mercenarios.
187
monopolizado por los púnicos170. No tan sólo disponían ya de una red social que vinculaba los
intereses indígenas con los púnicos, a través fundamentalmente del comercio y la explotación
de minas, sino que además disponían de la infraestructura adecuada para rentabilizar al máximo
este fenómeno. En este sentido, F. Quesada subrayaba la importancia de distinguir entre centros
de reclutamiento, que estarían ubicados más al interior, y los puntos de embarque de las tropas
hacia el frente de guerra171 (o Cartago, en su caso). Los puertos de las factorías y colonias fenicio-
púnicas del sur y sureste de Iberia sin duda alguna fueron utilizados como estos últimos, incluso
quizá para ambas tareas.
De igual modo, cabe pensar que para identificar los puntos de reclutamiento, éstos deberían
integrar al menos tres características: a) estar ubicados en zonas de alta densidad demográfica
indígena, b) mantener una cercanía a vías de comunicación, y c) registrar una notable presencia
o influencia púnica a través de los datos arqueológicos. A partir de estos preceptos podemos
aportar algunas propuestas.
Siguiendo los parámetros que nos hemos impuesto, otros candidatos para captar y vehicular
este tráfico humano podrían haber sido Basti (Baza), Iliberris (Granada), L’Hospitalet vell175
(Manacor), Muela del Ajo176 (Tíjola), aunque podrían ser muchos más, imposibles de rastrear
con la información actualmente al alcance. Todos ellos comparten buenas rutas de
comunicación directa, terrestres o fluviales, con puertos fenicio-púnicos, un área de captación
demográfica elevada y notables evidencias de contactos socio-económicos con el mundo
170
Fariselli, 2002: 204. En contra, Krasilnikoff, 1996: 9-10.
171
Quesada 1994b: 203
172
Quesada 1994b: 203-204; Fariselli, 2002: 215-216.
173
Guerrero Ayuso, 1989: 99.
174
Fariselli, 2002: 207.
175
Guerrero Ayuso, 1989: 100-105.
176
Alfaro Asins, 1993.
188
púnico177. Cabría añadir también los propios puertos que hemos mencionado antes; el hecho
que funcionaran como lugares de embarque de tropas no impedía que también actuaran como
punto de reclutamiento.
Figura 27. Mapa del área de reclutamiento potencial de mercenarios iberos en el siglo V.
Aunque las fuentes literarias tan sólo mencionan explícitamente la utilización de mercenarios
ibéricos en el siglo IV en unas pocas ocasiones, este vacío no invalida su presencia en Sicilia
durante este periodo, dado que en muchas otras ocasiones Diodoro hace referencia a los
bárbaros que acompañaban al ejército cartaginés. En este sentido, por tanto, no tenemos
ninguna razón para pensar que las tropas reclutadas en Iberia no siguieron luchando a las
órdenes de Cartago hasta el final de la Sexta Guerra Greco-púnica (c.339). El permanente estado
de guerra contra los tiranos de Siracusa entre los año 397 y c.339, el limitado potencial
demográfico de la propia ciudad, así como las evidencias arqueológicas de un mayor contacto
con el levante peninsular son argumentos que nos invitan a considerarlo de esta manera.
177
M. Bendala avisaba hace unos años, de la presencia de ciertos indicios en algunos asentamientos
turdetanos que apuntaban, ya desde época fenicia, a “agrupaciones de semitas fuertemente
cohesionados” que podrían agruparse en barrios o calles, como en Huelva, Montemolín, Osuna, o la propia
Cástulo. (Bendala, 1994: 66).
189
Figura 28. Mapa del área de reclutamiento potencial de mercenarios iberos en el periodo 396-339.
Después de la guerra contra Timoleón, Cartago vivió casi tres décadas de relativa paz si nos
atenemos al testimonio de las fuentes literarias. Esta paz se vio interrumpida con la llegada de
Agatocles al poder en Siracusa y la declaración de guerra del 311, que volvió a movilizar el
aparato diplomático y militar cartaginés hasta las costas ibéricas. Los principales focos de
contratación, se mantuvieron en el sur y levante de la península, dónde la influencia púnica se
consolidó a tenor de la documentación arqueológica (arquitectura, comercio, numismática…).
De hecho, esta área de reclutamiento no sólo se afianzó sino que también se expandió hacia al
norte de los Pirineos, tal y como indican los datos numismáticos. Esta situación terminaría con
la retirada de Sicilia de las tropas de Pirro, en 276, que podría coincidir con el cese de los tipos
cartagineses en las monedas emporitanas.
190
Figura 29. Mapa del área de reclutamiento potencial de mercenarios iberos en el periodo 311-276.
En el segundo tercio del siglo III, sin embargo, la situación se transformó. En un momento no
determinado en este arco cronológico, Emporion dejó de acuñar el caballo en sus monedas y lo
sustituyó por el pegaso, que acabó convirtiéndose en su emblema cívico-monetal. El número de
monedas cartaginesas en todo Iberia descendió notablemente, encontrándose tan solo una
decena de ejemplares al norte del Ebro. Todas ellas fueron halladas en la colonia foceo-
masaliota, pero visto el giro tipológico-monetal de la colonia, que sin duda no estuvo desligado
de la dinámica política de la época, creemos que su presencia no debe vincularse estrictamente
a moneda mercenaria. Por otro lado, sabemos que hubo mercenarios ibéricos luchando junto a
los cartagineses en Sicilia durante la Primera Guerra Púnica porque sigue apareciendo moneda
cartaginesa en el sur de Iberia y porque las fuentes literarias los mencionan justo al inicio y al
final de la contienda. Cabe entender, por tanto, que a lo largo de los 24 años que duró el conflicto
hubo un tráfico habitual de tropas iberas hacia el frente de guerra.
191
Figura 30.. Mapa del área de reclutamiento potencial de mercenarios iberos en el periodo 264-241.
En esos momentos el enemigo no era ya Siracusa sino Roma. Y este cambio de enemigo debió
de afectar también al marco de las relaciones internacionales y tratados de alianza que habían
imperado hasta entonces. Retomaremos el hilo de la cuestión en el capítulo siguiente. En este
momento baste apuntar que la buena relación que había mantenido el mundo cartaginés -y
especialmente el púnico-ebusitano- con Emporion se vio interrumpida en aquella época. Dados
los pocos indicios arqueológicos que tenemos disponibles que puedan ser ubicados con
precisión en este periodo es difícil discernir si este cambio de relaciones afectó al reclutamiento
de tropas en el nordeste peninsular. Es posible que buena parte de este tráfico se interrumpiera
por aquel entonces y no volviera a retomarse hasta época bárcida, dónde los contactos, a todos
niveles, se retomaron con vigor.
192
eran proclives al enrolamiento de mercenarios indígenas. Por un lado porque la mayor parte de
iberos no vería con buenos ojos el objetivo imperialista de Cartago; por el otro, el propio Amílcar,
como general experimentado que era, desconfiaría de la lealtad de unos mercenarios obligados
a luchar contra sus parientes o vecinos.
Uno de los aspectos que precisamente nos informa de la pérdida de influencia en el nordeste
ibérico durante el periodo anterior es que, hacia el 220-218 Aníbal tuvo que rehacer las
relaciones con los pueblos de la zona mediante el envío de delegados y el establecimiento de
pactos personales178. Las conclusiones de un reciente estudio que hemos realizado en
colaboración con J. Principal señalan, entre otras cuestiones, una división de apoyos a los
cartagineses en el nordeste peninsular, ya no sólo entre unos pueblos y otros, sino dentro de
cada uno de ellos. El artículo aborda concretamente el caso ilergete, pero esta división podría
hacerse extensible a sus pueblos vecinos, evidenciando un lógico recelo y un distanciamiento
hacia las nuevas políticas emprendidas, desde su punto de vista, por Cartago.
Llegados a este punto entendemos que el mercenariado ibérico entró en una nueva etapa. Ni la
potencia reclutadora ni la zona de conflicto se hallaban más allá del mar sino que se luchaba en
el propio territorio. El periodo bárcida resulta sumamente interesante en los estudios de la
península Ibérica por cuanto los acontecimientos políticos y militares se sucedieron con mucho
más dinamismo y están mejor documentados que ningún periodo precedente. Sus tres
protagonistas indiscutibles, Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, llevaron a cabo la expansión del dominio
cartaginés por diferentes vías, pero todas ellas exitosas. El factor ibérico jugó un papel cada vez
más activo en las filas cartaginesas hasta culminar, en el ejército anibálico, siendo una de sus
partes fundamentales, pero ya no como guerreros ni mercenarios, sino como soldados.
178
Riera y Principal (en prensa).
193
194
7. LA MULTIPOLAR PENÍNSULA ITÁLICA
Posteriormente analizaremos qué tipo de relaciones mantuvo Cartago de forma específica con
cada una de estas tres áreas políticas y culturales -Etruria, Roma y la Magna Grecia-, para
finalizar con una interpretación de conjunto.
7.1.1. Los pueblos antiguos de la península itálica: breve contextualización en los siglos V-IV.
Al igual que el resto de macroáreas regionales que venimos analizando, a mediados del siglo V
la península Itálica estaba formada por un mosaico de pueblos y ciudades con un notable grado
de autonomía entre ellas. Discernir las categorías entre cada una de estas regiones culturales u
étnicas resulta tan complejo como la definición del concepto “especie” en el mundo de la
biología: ¿cuáles son los mecanismos que nos permiten distinguir entre varios pueblos o entre
distintas culturas? Las razones y argumentos que sirven en algunos casos son inútiles o
195
injustificables en otros. Además, todas estas comunidades no eran impermeables ni inmutables,
sino muy al contrario, dinámicas y abiertas a los contactos con otras comunidades. Incluso se ha
planteado la posibilidad que un gran número de habitantes del sur de la península no se
identificaran con una sola comunidad o cultura, sino con varias a la vez1, hecho que sin duda
pone en serios aprietos el estudio etnográfico en la antigüedad y plantea la cuestión acerca de
la idoneidad de aplicar este tipo de distinciones étnicas en determinados contextos con un alto
grado de heterogeneidad cultural. Este tema no es nuevo, y es una característica bastante propia
de la protohistoria europea: conocemos muchos nombres de pueblos, pero pocas veces
podemos establecer una clara jerarquía étnica y política entre ellos.
Pero al contrario que la mayor parte de las áreas tratadas anteriormente, la cantidad de
nombres de pueblos mencionados por los textos clásicos es especialmente elevada en la
península Itálica. Quizá uno de los mejores indicadores para establecer cierto orden
esquemático entre todos ellos es el lingüístico2, una herramienta muy útil que nos permite
agrupar ciertas zonas geográficas bajo un mismo parámetro inequívocamente étnico-cultural.
Aunque el campo de la lingüística prerromana de Italia es un tema controvertido y de abierto
debate, han podido ser identificados varios grupos claramente diferenciados. Entre estos
podemos destacar el ligur, el celta y el véneto -ubicados al norte de la península-, y el etrusco,
el único testimonio de lengua no indoeuropea que pervivió hasta época clásica en la región. Más
al sur, dentro de la familia de lenguas itálicas sabélicas destacan el osco, el umbro (a menudo
agrupados en un mismo taxón) y el latín, subdividido en un amplio grupo dialectal: sabino,
marsio, peligno, marrucino, vestino, ferentano, ecuo, volsco y samnita.
Según se desprende de los textos clásicos, estas ciudades se agrupaban, por norma general, bajo
confederaciones políticas3 sobre las que pronto desarrollaron cierto sentido de pertenencia e
identidad, frente a sus vecinos. Esto no significa que no pudieran estallar conflictos internos
entre ciudades de una misma confederación, ya que la falta de un aparato estatal y de un poder
centralizado suponía la existencia de competencia económica entre ellas. Estas luchas, sin
embargo, cesaban de inmediato cuando el peligro procedía del exterior de la confederación,
como se puede observar repetidamente en las numerosas guerras que muchos de estos pueblos
tuvieron que sostener contra un enemigo común, generalmente, galos, griegos o romanos.
La situación socio-política a finales del siglo V en la península Itálica puede resumirse en una
palabra: dinámica. Este dinamismo vino propiciado tanto por migraciones irregulares de amplia
cronología, como fueron algunas de las penetraciones de pueblos celtas procedentes del otro
lado de los Alpes, como por operaciones de conquista militar, como en el caso de Roma en el
centro de Italia. Entre la migración pacífica, de poco calado y extensa en el tiempo, y la conquista
inmediata de un territorio mediante las armas, se produjeron otras muchas dinámicas étnico-
territoriales que alteraron el orden geopolítico en esos momentos, aunque ciertamente ninguno
de estos casos comportó un cambio verdaderamente radical.
1
Ynterna, 2009: 145-147. En este artículo, la autora pone como ejemplo paradigmático una tumba del
siglo II localizada cerca de Bríndisi con una tipología claramente de tradición mesapia pero vinculada a
una inscripción donde el personaje se identifica a la vez tanto con el mundo romano como con el griego.
2
Forsythe, 2009: 10.
3
Así se ha propuesto para el caso, por ejemplo, de los samnitas (Salmon, 1967: 187).
196
Figura 31. Mapa de las distintas lenguas prerromanas de la península Itálica. Elaborado a partir de Cornell (1999) y
Forsythe (2005).
Fue en aquella época cuando muchas de las comunidades y pueblos itálicos empezaron a
madurar políticamente y a consolidarse territorialmente, lo que debió conducir a no pocos
conflictos fronterizos entre ellos. De forma paralela, las diferencias de potencial económico y
militar entre la población autóctona y las colonias griegas del sur de la península dejaron de ser
insalvables, lo que desembocó en una lucha por la recuperación de las llanuras fértiles del sur.
No parece casualidad que se produzca un fenómeno muy similar durante la misma época en la
isla de Sicilia, capitaneado por Ducetio, del cual ya hemos hablado con anterioridad.
197
También en el centro de Italia, se produjeron numerosos enfrentamientos a lo largo del siglo V
por la misma razón: el control de las tierras más productivas. Obviamente esto no debe
sorprendernos en absoluto en el sino de unas comunidades cuya economía se basaba,
fundamentalmente, en la agricultura y la ganadería, tal y como se deduce de las constantes
referencias en las fuentes literarias a saqueos y destrucciones de campos de cultivo. Parte de
estos conflictos son relatados por Dionisio de Halicarnaso y Tito Livio en tanto que la República
Romana fue partícipe de ellos; como cabría esperar, el relato de estos conflictos que ha llegado
hasta nosotros está escrito desde un punto de vista totalmente romano, por unos autores
filorromanos, y en un momento histórico -los últimos años de la República- en el que Roma
gobernaba ya la mayor parte del Mediterráneo. Por tanto, habría que entender que las
dinámicas del siglo V dentro de su propio contexto histórico, esto es, aquél en dónde un número
considerable de pueblos y comunidades luchaba por establecer su hegemonía en el centro de la
península Itálica. Estas guerras, muy alejadas a nivel material y humano de aquellas que se
producían en el Mediterráneo Oriental por la misma época, eran de carácter estacional y de
ámbito regional o incluso local. Y ello pese al componente épico con que los autores antiguos
embellecen la narración. Conocemos los nombres de algunos de estos pueblos debido a sus
alianzas o conflictos respecto a Roma: los ecuos, los volscos (no confundir con el pueblo celta de
los volcos), los hérnicos, los marsios… así como también el de algunas ciudades importantes,
como Veyes, Fidenas o Falerios. A estas luchas cabe añadir las periódicas migraciones de
carácter violento protagonizadas por los galos procedentes del norte, a las cuales Polibio (II, 17-
22) dedica un excursus propio. Lentamente, la mayor parte de estos territorios fueron
fagocitados por la República Romana. Pero esta no era la única potencia que iba consolidándose
en esa época.
Un poco más al sur, los samnitas4 empezaron a descender de los Apeninos y a ocupar las tierras
bajas. No debió ser un fenómeno puntual ni de poco calado teniendo en cuenta que hacia el año
423 capturaron la ciudad etrusca de Volturno, a la que rebautizaron como Capua (Liv. IV, 36, 1).
Tres años más tarde caía también la vecina ciudad de Cumas, la más antigua colonia griega de la
Italia continental, a manos de los campanos (Liv. IV, 44, 12; Diod. XII, 76, 4). Estos campanos
parecen ser los habitantes oriundos de la región, Campania, aunque algunos creen que en
realidad se trataba de los samnitas que se establecieron en el lugar5; quizá cabría plantear una
solución intermedia y entender a los campanos como el resultado de la suma de ambas
poblaciones. Como veremos, samnitas y romanos protagonizaran tres guerras, ya de mayor
envergadura, entre la segunda mitad del siglo IV e inicios del III por la hegemonía del centro de
Italia, pero en el siglo V sus intereses todavía no se habían cruzado. Es más, entre finales del
siglo V y las primeras décadas del siglo IV compartieron un mismo enemigo aunque en distintos
escenarios: las ciudades etruscas.
7.1.2. Etruria
La civilización etrusca se desarrolló alrededor de la actual Toscana, entre los ríos Arno y Tíber,
aunque en algunos momentos llegó a abarcar una zona mucho más amplia. Los testimonios
4
Scopacasa, 2014; 2015: 183-187.
5
Cornell, 1999: 354.
198
escritos que nos han legado los etruscos -los cuales se llamaban a sí mismos rasenna según
Dionisio de Halicarnaso (I, 30, 3)- demuestran que la suya era una lengua pre-indoeuropea, la
única que perduró en la península Itálica en época histórica. Este hecho, sumado al nivel de
desarrollo político, económico, social y arquitectónico que alcanzaron hicieron verter ríos de
tinta acerca de su posible origen extraitálico. Probablemente el debate historiográfico acerca de
sus origen no hubiera sido tal si no fuera por un pasaje de Heródoto, quién, ya en el siglo V,
aseguraba que los tirrenos (etruscos) eran los descendientes de antiguos inmigrantes
procedentes de Lidia (Hdt. I, 94, 2). Aunque a mediados del siglo XX aún se debatía acerca de sus
orígenes, actualmente, la discusión se ha decantado definitivamente en favor de una explicación
menos complicada basada en la pervivencia de comunidades preindoeuropeas que supieron
mantener cierta cohesión cultural ante la llegada de los futuros pueblos itálicos. En palabras de
T.J. Cornell, “no hay indicios que se produjera ninguna interrupción decisiva en la continuidad de
los asentamientos ni en la composición de la población, respecto de la fase anterior,
correspondiente a la cultura villanoviana6”. A esta resistencia debieron también contribuir
aspectos económicos fruto de la buena ubicación geográfica del área etrusca. En efecto, la
calidad de las tierras bajo su dominio era -y es, aún hoy- muy destacable, tanto por lo que
respecta a la agricultura como a los yacimientos metalíferos, especialmente de cobre, de hierro
y, en menor cantidad, de plata7.
Si tal era la calidad de sus tierras parece adecuado preguntarse por qué griegos o fenicios no
establecieron ninguna colonia en sus costas. La respuesta podría ser que, a diferencia del sur de
la península o de la región del Midi francés, en Etruria ya se estaba consolidando una civilización
potente cuando el principal empuje colonizador -que no el comercial- llegó a sus costas, de
modo que sus habitantes no permitieron la explotación de sus recursos naturales en manos
extranjeras. Aún así, algunos asentamientos extranjeros sí lograron introducirse en el territorio
periférico entre finales del siglo IX e inicios del siguiente, los griegos en Cumas, en la zona de la
denominada “Gran Etruria” e incluso remontando el río Tíber8, donde también los fenicios
habían logrado establecer un punto comercial9. El comercio con ambas culturas, griega y fenicia,
existió desde luego, pero la relación entre ellas no fue la de un colonizador fuerte frente a un
indígena débil sino algo más equitativa que en otras áreas. Así lo demuestran inscripciones
votivas en los puertos de algunas ciudades etruscas, como Gravisca10, Pyrgi o Punicum11, con
muchas dedicatorias a dioses del panteón griego y fenicio. Precisamente en Pyrgi se produjo uno
6
Cornell, 1999: 67. En la misma línea se pronuncia Torelli, 1986: 50-51; 1996: 28. Para un resumen de la
cuestión, ver Torelli, 1996: 27-47.
7
Torelli, 1986: 47; Fortsythe, 2005: 39-41.
8
Torelli, 1996: 64-65.
9
Rebuffat, 1966; Remedios, 2010.
10
El yacimiento de Gravisca, el antiguo puerto de la ciudad etrusca de Tarquinia contiene ciertos
elementos que podrían inducirnos a pensar en un establecimiento griego, pero es muy probable que, en
realidad, se tratara de un centro cosmopolita cuya cronología coincide con la expansión de la ciudad de
Tarquinia (MacIntosh Turfa, 1986: 71). Ciertamente, la presencia de un elemento cultual tan importante
como es un templo de tradición griega puede inducirnos a pensar en una fundación griega, dada la
estrecha relación entre los templos y el contacto comercial griego, pero en cualquier caso, este hipotético
emporio no floreció sino bajo la supervisión y administración de Tarquinia.
11
Pyrgi y Punicum eran los puertos de la ciudad etrusca de Caere, ubicada en el interior. La etimología de
ambos nombres, Pyrgi, que en griego significa “fuerte” o “torre”, y Punicum, la palabra latina para
designar a fenicios o cartagineses, dan fe de la fuerte relación de estos asentamientos con el comercio
mediterráneo (Forsythe, 2005: 44).
199
de los hallazgos arqueológicos más importantes en relación al mundo etrusco y fenicio del cual
hablaremos más adelante.
En ocasiones se olvida que, aunque en menor medida que algunos de sus vecinos
mediterráneos, los etruscos también tuvieron un periodo de comercio marítimo a media
distancia, alcanzando el Golfo de León y el sur de Italia. Un comercio que, sin embargo, sufrió
una importante regresión con la llegada de las colonias foceas en el Mediterráneo noroccidental.
Como ya vimos en el capítulo dedicado a la Galia, el establecimiento de Masalia y su rápido
crecimiento condujeron a la pérdida del comercio marítimo en la región por parte de las
ciudades etruscas. Muy poco tiempo después estallaría una importante batalla naval, cerca de
la colonia griega de Alalia (Córcega), con importantes implicaciones políticas y económicas en
toda la región.
De todas formas, las relaciones con el mundo griego no siempre fueron negativas, ni mucho
menos. Durante décadas, el influjo heleno se dejó sentir en la cultura etrusca en varios sentidos
a partir de mediados del siglo VIII: en el urbanismo, en las costumbres, pero especialmente en
el ámbito artístico12. Buena muestra de ello lo constituyen los objetos recuperados en sus
necrópolis, que dan testimonio de un carácter marcadamente orientalizante. Estas necrópolis,
por cierto, de un nivel artístico y arquitectónico destacadísimo, conforman uno de los pilares
principales del conocimiento que tenemos acerca de esta cultura. Y todo ello no solo a través de
los objetos depositados en sus ajuares sino también gracias a los murales pintados en fresco
sobre sus paredes y techos representando escenas propias de todo tipo. Igualmente destacables
en cuanto a su factura son los dos palacios excavados a finales del siglo XX en Murlo, cerca de
Siena, y en Acquarossa (Viterbo). Ambas residencias, aunque con diferencias estructurales
notables, comparten una organización alrededor de un patio central con columnata de madera,
habitaciones adosadas al muro exterior y profusa decoración en las paredes13.
La civilización etrusca experimentó su clímax entre los siglos VII y V, pero nunca bajo un poder
único y centralizado. En su lugar, cada ciudad mantenía una fuerte autonomía, de base
aristocrática, aunque existieran lazos culturales y sociales muy fuertes entre ellas. Podría no ser
muy diferente de la situación política en la Hélade en la misma época, hecho que, según M.
Torelli, explicaría esa búsqueda de un origen homérico en la civilización etrusca por parte de
algunos autores antiguos14. Algunas de estas ciudades sobresalían entre las demás debido a su
potencial económico, demográfico y, por tanto, también político: Veyes, Ceres, Tarquinia, Vulci,
Volterra, Populonia, Vetulonia, Clusio y Volsinii eran algunas de ellas. En la zona de la Campania
también hubo algunos centros altamente etrusquizados desde al menos el siglo VIII,
especialmente Capua y Montecagnano15.
12
Torelli, 1996: 71; 130-136; 146-155.
13
Torelli, 1996: 83-88.
14
Torelli, 1986: 48.
15
Torelli, 1986: 51.
200
estas clases sociales así como una concentración cada vez mayor del poder en unas pocas
familias aristocráticas, lo que en algunos momentos evolucionó en intentos de usurpación
tiránica sobre las ciudades16. Varias de estas dinastías terminaron finalmente por conseguir
asentarse en el poder de sus ciudades inaugurando monarquías, que probablemente fue el
sistema político más común en el siglo VI, pero los indicios epigráficos nos indican que la mayor
parte de principales ciudades continuaron siendo autónomas y compitiendo entre ellas por una
hegemonía económica, aunque no política17.
Figura 32. Mapa de las principales potencias y ciudades de la península Itálica entre el siglo V y el III.
16
Torelli, 1986: 51.
17
Torelli, 1986: 55.
201
A mediados del siglo VII la expansión etrusca había llegado a dominar la zona entre la Etruria del
norte y la Campania, incluyendo Falierios, Praeneste, y a finales de esa centuria, la misma Roma
a través de la dinastía de los Tarquinios. En la centuria siguiente se consolidó el control sobre la
zona campaniense e incluso se fundaron colonias ex novo en el Valle del Po18. El siglo VI marca
pues el clímax territorial del dominio etrusco, ya que durante la primera mitad del siglo V se
produjeron una serie de fenómenos migratorios y de conflictos armados que debilitaron su
liderazgo en Italia. Así, hacia el 500 los etruscos perdieron el control sobre el Lacio (según la
tradición clásica, en el año 509 la dinastía tarquinia fue expulsada de Roma), mientras que, al
mismo tiempo, el poderío de las colonias griegas occidentales ahogaba cada vez más la
economía etrusca. Este conflicto de intereses terminó en la batalla naval de Cumas (C474),
dónde los etruscos sufrieron un importante revés militar a manos de una coalición cumano-
siracusana. Más al sur, los territorios de la Campania se perdieron definitivamente en el último
cuarto de siglo de la mano de las ya mencionadas migraciones de poblaciones osco-umbras
procedentes de los Apeninos hacia las tierras bajas en busca de buenas tierras cultivables, con
la caída de Volturno (Capua).
Sin embargo, contra todo pronóstico, las ciudades etruscas al norte del Tíber se recuperaron a
lo largo del siglo IV. Se trata de un “renacimiento” para el cual los especialistas no han
encontrado una explicación convincente, pero que tiene un claro reflejo en la arqueología. A las
nuevas importaciones de vajilla de lujo griegas se añade el trabajo autóctono en bronce de
pequeña escultura, pero lo que más destaca entre estos testimonios son, sin duda, los edificios
públicos que las aristocracias locales empezaron a sufragar con el objetivo de ganar prestigio y
apoyo popular. Precisamente de esta época tenemos el nombre de uno de los magistrados
encargados del funcionamiento de la ciudad etrusca, el zilath, cuyas atribuciones parecen haber
sido judiciales y se han comparado en algunas ocasiones a las del pretor romano19.
7.1.3. Roma
De forma paralela, a mediados del siglo V, la ciudad de Roma empezaba a ser reconocida en el
centro de la península Itálica como una potencia regional a tener en cuenta. Situada a orillas del
río Tiber, Roma era, en buena medida, un cruce de caminos, hecho que explica su inicial
crecimiento y expansión urbana y económica. Su acceso al mar por vía fluvial le permitió recibir
los influjos culturales y materiales del tráfico comercial mediterráneo y, a la vez, mantenerse a
salvo de los ataques de los piratas que asaltaban frecuentemente algunos asentamientos
costeros. El mismo Tíber, de notable caudal, actuaba de frontera en muchos sentidos y no tenía
muchos puntos vadeables, pero Roma controlaba uno de ellos. Por tanto, la ciudad dominaba
también el paso de una importante vía terrestre que recorría la península de noroeste a sudeste.
18
Forsythe, 2005: 49.
19
Torelli, 1986: 57; Forsythe, 2005: 46.
202
centrarnos en los momentos anteriores al inicio de nuestro periodo de investigación, al siglo V.
O mejor, una década antes.
Las referencias más antiguas acerca de los orígenes de la ciudad nos han llegado a través de
autores del siglo II o de época augustea como Polibio, Cicerón, Tito Livio, Dionisio de Halicarnaso,
o Diodoro Sículo, a los que hay que sumar otros más tardíos como Plinio el Viejo, Aurelio Víctor
o Aulio Gelio, entre otros. Todos ellos utilizaron las informaciones aportadas por autores más
antiguos cuyas obras, por desgracia, no han podido ser conservadas más que en pequeños
fragmentos o a través de citaciones. En este sentido cabe mencionar a Varrón (de cuya
extensísima obra tan sólo nos ha llegado una de forma completa, De re rustica) o Pompeyo Trogo
(cuya obra ha pervivido en parte gracias a su compilador, Justino), pero sobre todo a Fabio
Píctor, Quinto Ennio y Catón el Viejo. Estos tres autores, cuyas obras fueron elaboradas entre
finales del siglo III y comienzos del silgo II recogen por primera vez en forma literaria la historia
de los orígenes de la ciudad y de la República Romana. Hasta ese momento el único dato que
conocemos acerca de los testimonios escritos propios de la ciudad son los llamados Anales
Máximos. Se trataba de una especie de breviario anual recogido por los pontífices máximos de
los que Cicerón (de Orat. 2, 52) da testimonio de su existencia y cuyos inicios se remontaban
hasta el siglo V20. En estos Anales, los pontífices escribieron de forma escueta, los principales
sucesos que habían acaecido en la ciudad durante el año anterior. No se trata, pues, de una
composición literaria sino de notas informativas, de modo que, al menos en teoría, pese a su
sobriedad, sus noticias tendrían un notable rigor histórico.
Pero los Anales Máximos no fueron los únicos testimonios escritos a los que tuvieron acceso los
primeros literatos romanos. Contaban también con obras de autores helenos que se empezaron
a interesar por la historia de la ciudad a mediados del siglo IV y, muy especialmente, después de
la derrota de Pirro de Epiro, a comienzos de la centuria siguiente. Este dato es importante en
relación a la tradición historiográfica romana y a los métodos de transmisión de la memoria
acerca de las etapas más antiguas de la ciudad. Pero no es este el aspecto que queremos
destacar aquí, sino el hecho que autores del Mediterráneo oriental se interesaran por
acontecimientos de una ciudad tan alejada. Sabemos, a través de Plutarco (Cam. XXII, 2-3) y
Plinio (NH. III, 9, 57), que Teopompo, Aristóteles y Heráclides Póntico recogieron en sus obras el
saqueo de la ciudad por parte de los galos del año 390. Pero su mención tampoco es totalmente
sorprendente. En la época en que escribieron todos ellos, hacia finales del siglo IV21, Roma
20
Cornell, 1999: 31-36.
21
Otros historiadores griegos, aunque un poco posteriores, fueron de vital importancia en la historiografía
romana y merecen ser destacados, especialmente Jerónimo y Timeo, cuyas obras escribieron a principios
203
estaba librando una larga guerra (la segunda) contra los samnitas, los cuales dominaban buena
parte del sur peninsular. Por tanto, teniendo en cuenta las numerosas colonias griegas que había
en la región y la magnitud del conflicto, parece coherente considerar que los griegos se
interesaran por él.
De esta manera, los conocimientos y recuerdos de acontecimientos muy antiguos fueron siendo
recopilados y transmitidos hasta los autores clásicos cuyas obras sí han podido perdurar hasta
la actualidad22. Como puede imaginarse, la información de que disponemos está
complementada con elementos míticos y legendarios cuanto más antiguos son los hechos que
relatan, un paradigma que se observa claramente en época monárquica. Entre los hechos y
acontecimientos relativos a los cuatro primeros reyes de Roma (Rómulo, Numa Pompilio, Tulo
Hostilio y Anco Marcio) y los tres de la dinastía etrusca (Tarquino el Joven, Servio Tulio y Tarquino
el Soberbio) se observa una diferencia de historicidad bastante palpable. Pero volvamos al año
509.
Vamos a centrarnos brevemente en los tres aspectos que nos parecen más interesantes a partir
de la caída de la monarquía: la ciudad y su territorio, el sistema y las instituciones políticas y la
relación de la ciudad con sus vecinos inmediatos.
Más allá del relato dramático y épico que la tradición clásica transmite en relación al golpe de
estado contra Tarquino, lo que está fuera de toda duda es que se produjo un cambio de
régimen24. Debemos preguntarnos qué cambios a nivel político podemos extraer realmente de
este episodio más allá de los episodios de la venganza del esposo de Lucrecia, los intentos del
rey Tarquino de recuperar el poder, así como el comportamiento de Lars Porsena respecto a
Roma, cuya veracidad histórica es bastante discutible. El poder sobre la ciudad pasó de ser
unipersonal a colegiado y aristocrático, con dos altas magistraturas con una duración anual, con
atribuciones tanto políticas como militares, los cónsules25. La tradición clásica recoge los
nombres de estos primeros cónsules: L. Junio Bruto y M. Horacio (Pol. III, 22, 1).
del siglo III y fueron utilizados en abundancia durante los siglos posteriores. Diodoro Sículo, por ejemplo,
reconoce beber de la obra de Timeo en varios pasajes.
22
[Link] (ed.), 2013.
23
Cornell, 1999: 124-5; 138-143.
24
Se han encontrado indicios de un incendio en el santuario de Sant’Omobono fechados alrededor del
año 500 (Coarelli, 1983: 137-138).
25
Llamados inicialmente pretores (Cornell, 1999: 267, a partir de la cita de Livio III, 55, 12). Acerca de las
teorías al respecto de los orígenes de esta magistratura así como de su cronología, ver Cornell, 1999: 267-
271.
204
Ahora bien, que todos estos acontecimientos tuvieran lugar exactamente en el 509 parece algo
poco probable. Dadas las dificultades para fechar acontecimientos tan antiguos es posible que
ni siquiera sucedieran en ese año concreto; creemos, por el contrario, que es mucho más
adecuado acertado considerar que el cambio político en Roma se produjo a finales del siglo VI,
sin buscar una fecha específica para ello. J. Espada ha realizado recientemente un
pormenorizado estudio al respecto, en cuyas conclusiones establece un orden cronológico para
estos episodios. Así, en el año 509 se habría producido la expulsión o derrota de Tarquinio en
Roma, seguida de una breve etapa de sujeción romana a Lars Porsenna (509-503) durante el
cual se consagró el templo de Júpiter (entre 509 y 507); finalmente, en un proceso más gradual
que espontáneo, se habría iniciado el periodo republicano hacia 504/50326. Estas
consideraciones permiten en todo caso mejorar la comprensión del primer tratado entre Roma
y Cartago.
Conocemos de forma bastante escasa las instituciones políticas itálicas de esa misma época. En
la mayor parte de inscripciones acerca de magistraturas supremas aparece un solo cargo, caso
del zilath etrusco o del meddix tuticus en las comunidades samnitas27, pero tampoco es
infrecuente encontrar inscripciones con cargos colegiales en el mundo osco-umbro28. En el
mismo Lacio, la ciudad de Praeneste también estaba gobernada por dos pretores29. Dado que
en la misma época este sistema dual o múltiple de base aristocrática ya era muy conocido en el
Mediterráneo a través de las ciudades helenas y sus colonias, podemos afirmar que el proceso
romano no fue ningún caso aislado sino más bien fruto de su propio tiempo. En Etruria, en
cambio, la institución monárquica pudo haberse mantenido en algunas ciudades hasta el siglo
V, algo que en el caso concreto de Veyes se extendió hasta su conquista por parte romana en el
año 39630.
26
Espada, 2013: 266-267.
27
Cornell, 1999: 271-272.
28
Salmon, 1967: 86; Scopacasa, 2015: 214-222.
29
Cornell, 1999: 272.
30
Aunque bien es cierto que, en el caso de Veyes, Livio nos advierte que se trataba de un algo singular
para la época (Liv. V, 1, 3).
31
Cornell, 1999: 303-305.
205
ellos patricios - a tal efecto. Hacia el 450 esta constitución fue finalmente terminada y expuesta
en el foro en forma de doce tablas de bronce (Liv. III, 34, 6; Diod. XII, 26,1; Dion. Hal. X, 57,7),
que le dieron nombre: la Ley de las Doce Tablas. Aunque el viaje de los decenviros a Atenas con
el objetivo de estudiar las leyes de Solón y aplicarlas a Roma puede ser una invención, lo cierto
es que el resultado final desprendía una gran influencia helenística32.
A nivel político-militar, una vez derrotado el ejército de Lars Porsena en la batalla de Aricia unos
años antes del cambio de siglo, Roma entró en guerra contra varias ciudades latinas reunidas
bajo la denominada Liga Latina33. La victoria final cayó del bando romano hacia el año 493, con
la firma del tratado de Espurio Casio, más conocido como foedus Cassianum, (Dion. Hal. VI, 95)
y ponía fin a una confederación de ciudades aliadas militarmente para hacer frente a Roma
(Dion. Hal. III, 34, 3). Afortunadamente, uno de los fragmentos que se ha conservado de la obra
de Catón transcribe probablemente una inscripción votiva original que constituye un testimonio
fiel de esta coalición:
“El dictador latino Egerio Bebio de Túsculo consagró el bosque sagrado de Diana en el
bosque de Aricia. Los pueblos siguientes en común: el de Túsculo, el de Aricia, el de
Lanuvio, el de Laurento, el de Cora, el de Tíbur, el de Pomecia, y el rútulo de Árdea34”
Catón, Orig., II, 28a
Hay que tener presente que Roma no era la única amenaza de la Liga Latina, como demuestran
los hechos que se produjeron a lo largo del siglo V. Sabinos, volscos y ecuos realizaron
incursiones (más que guerras propiamente dichas) durante toda la centuria hacia las tierras
bajas, más fértiles y ricas. Se trataría más bien, de expediciones puntuales de saqueo, las cuales,
quizás, se volvieran más comunes e intensas con el paso del tiempo. Este hecho empujó a los
hérnicos a unirse a la alianza con Roma y la Liga en el año 486 y explica también la creación de
colonias por la confederación en este siglo (Vélitras en el año 494, Norba en el 492, Ancio en el
467, Árdea en el 442, Labicos en el 418)35. El conflicto contra los ecuos no terminaría hasta el
siglo siguiente, hacia el año 388 y contra los volscos en el 377.
Justino (XLIII, 5, 8) menciona que los masaliotas, al enterarse del saqueo de Roma por los galos,
les enviaron ayuda. Hay quién ha interpretado este pasaje como el establecimiento de un
tratado entre ambas potencias36. ¿Podría estar relacionado este tratado con la sorprendente
noticia de Diodoro (Diod. XV, 27, 4) acerca del envío de 500 colonos romanos a la isla de Cerdeña
en la misma época? Dada la importancia y la singularidad de ambos acontecimientos podrían
explicarse mutuamente. Pero desde nuestro punto de vista nos cuesta creer en esta noticia
señalada por Justino. Parece extraño que ningún otro autor aluda a este pacto. Además, la
32
Cornell, 1999: 321.
33
Cornell, 1999: 342.
34
Lucum Dianium in nemore Aricino Egerius Laeuius Tusculanus dedicauit dictator Latinus. hi populi
communiter: Tusculanus, Aricinus, Lanuuinus, Laurens, Coranus, Tiburtis, Pometinus, Ardeatis Rutulus.
Catón, Orig., II, 28ª. Traducción de Alfonso García-Toraño Martínez para la editorial Gredos (2012).
35
Cornell, 1999: 347-355.
36
Espada, 2013: 53.
206
narración de Justino en aquel pasaje resulta demasiado novelesca, enmarcada en la historia de
Masalia como una continua lucha contra enemigos externos; en suma, nos parece una licencia
literaria con pocos indicios de historicidad.
Respecto a la expansión romana a partir del último tercio del siglo IV, la historiografía nos brinda
una de esas dicotomías entre posturas totalmente opuestas. Por una parte, se hallan aquellos
seguidores de la teoría de la guerra preventiva pregonada por Polibio y la mayor parte de fuentes
clásicas cuyo primer gran defensor moderno fue T. Mommsen, seguido posteriormente por
muchos otros. Por la otra, en los años 80 y 90 del siglo pasado W. V. Harris37 propuso una visión
radicalmente distinta, presentando a Roma como una potencia orgánicamente desarrollada
hacia la guerra ofensiva, el paradigma de un imperialismo agresivo. Bajo esta concepción, las
incursiones, saqueos y piratería sobre los enemigos jugarían un papel, ya no solo militar, sino
también económico, muy destacable38. Una posición intermedia es la propuesta de A. Eckstein39.
Ciertamente, este tipo de debates han enriquecido muchísimo el estudio y análisis de los
acontecimientos de la República media40. Aquello seguro es que, a finales del siglo IV, el
territorio, y con éste la población al servicio del aparato militar romano, incrementó de forma
sustancial para los intereses de Roma41.
El fenómeno colonizador heleno, del que ya hemos hablado en el capítulo 5, tuvo también un
destacadísimo papel en el sur de la península Itálica. Sobre el territorio de los antiguos lucanos,
mesapios y iapigios se asentaron numerosas colonias griegas que ejercieron una gran influencia
sobre la población indígena. Aunque Estrabón (V, 4, 4), afirma que la más antigua de estas
colonias fue Cumas (actual Bacoli, Nápoles), en realidad ésta fue la consecuencia de la
consolidación del emporio ubicado en la isla de Ischia, junto al frente de su costa. Hacia
mediados del siglo VIII colonos de Calcis y Eretria se asentaron en la isla, que prosperó con
notable rapidez. Una vez asegurada la viabilidad del comercio en la zona, buena parte de la
población, junto con ciudadanos de Cime se trasladaron al continente, fundando Cumas hacia el
año 750. Las ciudades de Síbaris, Crotona, Taras y Locros se fundaron hacia finales de la misma
centuria, coincidiendo con las primeras fundaciones en la isla de Sicilia. Se establecía así un gran
mercado colonial en la costa meridional de Italia que aún iba a concentrarse más con primeras
y segundas fundaciones de estas mismas colonias. Así lo hicieron Locros y Cumas hacia el 650
fundando las colonias de Hipponium y Nápoles respectivamente42. Esta colonización tuvo, pues,
un alcance notable sobre la península; se focalizó especialmente en el sur pero irradió sobre
toda la costa tirrénica. La explicación no se asocia tanto con el hecho de ubicarse en las rutas
comerciales entre el Mediterráneo occidental y oriental sino más bien con el hecho que en esa
37
Harris, 1979; 1984: 92-93; 1990: 495-498.
38
Acerca de esta práctica romana en los siglos III-II, ver Bragg, 2010.
39
Eckstein, 2008.
40
Una buena revisión historiográfica, en Sidebottom, 2005.
41
Sekunda, 2007: 326.
42
Forsythe, 2005: 34-35.
207
época la población autóctona de la zona era escasa43. Su peso demográfico era relativamente
pobre en relación a otras zonas itálicas, pero la diferencia era tanto más significativa con
respecto a la Hélade. Con una economía indígena fundamentalmente pastoril, los colonos no
tuvieron muchas dificultades para establecerse y dominar económicamente la región.
Pese al auge económico y político de todas estas ciudades así como su influencia activa sobre el
mundo indígena, las noticias acerca de su evolución histórica son mucho menos generosas que
en relación a sus conciudadanos de Sicilia o de la Hélade. Este hecho se explica, en parte, debido
a su escasa implicación en las grandes contiendas griegas de la antigüedad: las Guerras Médicas,
la Guerra del Peloponeso o las Guerras entre Cartago y Siracusa. Parece que todos estos
conflictos, que marcaron sin duda el devenir de la historia del mundo griego, estuvieran
totalmente alejados de sus fronteras, cuando la realidad geográfica nos indica todo lo contrario.
Quizá esta ausencia política y militar en el Mediterráneo -aunque no, desde luego, a nivel
económico mercantil- se explique debido a sus problemas internos. Diodoro, Estrabón y
Pausanias citan numerosos conflictos entre estas colonias, así como también entre éstas y las
poblaciones autóctonas. En este sentido cabe recordar las expansiones etruscas y samnitas hacia
el sur de Italia, así como también el interés de los primeros en controlar el comercio marítimo
en el tirrénico. Los samnitas, un pueblo de lengua osco-umbria ubicado en los Apeninos, y
finalizando un proceso de consolidación en esa época, empezó a descender hacia las llanuras de
la Campania y Lucania, lo cual, a su vez, empujó otras comunidades hacia el sur44.
Un claro ejemplo nos lo proporciona Diodoro (X, 23; XII, 9-10), quién relata la guerra entre Síbaris
y Crotona acaecida hacia el año 445, en la cual, pese a su superioridad numérica, los sibaritas
fueron derrotados y su ciudad, destruida. Los sibaritas supervivientes fundaron poco tiempo
más tarde una nueva ciudad cerca de allí, a la que llamaron Turios. Sin embargo, pronto
surgieron conflictos con otra colonia griega, Taras (Tarento), que a menudo desembocaban en
escaramuzas y reyertas (Diod. XII, 23, 2). Tarento también mantenía conflictos con Siris (Diod.
XII, 36, 4) hacia el 433. Estas confrontaciones estaban instigadas en buena parte por la aparición
y sustento de gobiernos tiránicos populistas, quienes, como se ha vista ya, a menudo
fomentaban las guerras al exterior para apaciguar los conflictos intestinos de sus ciudades 45.
Finalmente, sin embargo, las amenazas procedentes del mundo indígena y de Siracusa se
antepusieron a las reyertas locales y hacia finales del siglo V algunas de estas ciudades se aliaron,
creando la Liga Italiota.
43
Fortsythe, 2005: 33.
44
Salmon, 1967: 34-38. Tagliamonte, 1994: 111-113; 164-165
45
Acerca de las tiranías en la Magna Grecia, ver Champion, 2010: 21 y ss.
46
Tagliamonte, 1994.
208
Sicilia47, a las que podríamos añadir también las de las ciudades del sur de Italia. Pese a que las
fuentes literarias normalmente utilizan el termino “bárbaro” para referirse a cualquier tipo de
mercenario no griego, sin más especificaciones étnicas, a partir de panoplia hallada en Sicilia
Tagliamonte cree poder ubicar a inicios del siglo V a los primeros mercenarios suditálicos que
fueron utilizados en isla48.
Las evidencias arqueológicas demuestran la buena relación entre Etruria y Cartago desde época
arcaica, a partir del hallazgo de pecios con cargamentos mixtos de mercancías, en la utilización
de los mismos puertos, y en la presencia material de ambas civilizaciones en la mayor parte de
territorios del Mediterráneo occidental49. De todos modos, también los testimonios literarios y
epigráficos nos indican que las relaciones entre ambos territorios pueden retrotraerse con
seguridad hasta al siglo VI. Así lo demuestran la batalla de Alalia (C535), tantas veces
mencionada a lo largo de esta investigación, y las tablillas de Pyrgi, una valiosísima evidencia
acerca de las relaciones diplomáticas de la ciudad norteafricana con el Mediterráneo central. Si
bien ambos testimonios se apartan notablemente de nuestro periodo de investigación, son
fundamentales para entender el marco de relaciones diplomáticas entre ambas. También
Aristóteles (Pol. III, 9; 1280a) menciona la existencia de tratados entre etruscos y cartagineses;
no especifica ni cuantos ni cuando se realizaron, pero sí su naturaleza: el apoyo militar. Quizá
Aristóteles se estuviera refiriendo precisamente, tan sólo a la batalla de Alalia; no podemos
cerciorarnos en un sentido u otro, pero dado que esta coalición se enfrentó a una ciudad griega,
parece lógico pensar que el filósofo tendría más acceso a esta información que a cualquier otro
episodio de asociación entre aquellas dos potencias.
47
Tagliamonte, 1994: 99.
48
Tagilamonte, 1994: 101-102.
49
Oliver Foix, 2004: 108.
209
victoria cadmea, pues cuarenta de sus naves fueron destruidas y las veinte
restantes quedaron inservibles, al haber resultado doblados sus espolones. Se
volvieron, pues, a Alalia, recogieron a sus hijos, a sus mujeres y todos aquellos
enseres que sus naves podían transportar y, sin demora, abandonaron Córcega
poniendo rumbo a Regio. Y por cierto que a los marineros de las naves
destruidas, los cartagineses y los tirrenios (se los sortearon; y entre éstos
fueron los agileos quienes) en el sorteo obtuvieron el mayor número de ellos;
luego, los sacaron a las afueras de su ciudad y los lapidaron. Desde aquel
momento, en Agila, todo cuanto pasaba por el lugar en que yacían los foceos
lapidados -fueran rebaños, bestias de carga o personas- quedaba contrecho,
tullido e impotente50.” (Hdt. I, 166, 1 - I, 167, 1)
Huyendo de la ofensiva de Ciro el Grande, una parte de la población de Focea emigró hacia el
oeste y se estableció en -o cerca de- la ciudad de Alalia (actual Aleria). Ésta había sido fundada
unos años antes, hacia el 560, por algunos de sus conciudadanos foceos. Por otro lado, a
mediados del siglo VI, como hemos visto, Cartago se encontraba en plena expansión,
especialmente gracias a las tropas del general Malco, mientras que las ciudades etruscas
dominaban buena parte de la costa tirrénica. Sin embargo, la fundación de Masalia y la paulatina
fundación de colonias griegas en la zona central del Mediterráneo amenazaban las ambiciones
de etruscos y cartagineses. El peligro no venía tan sólo del dominio de puertos, estrechos y vías
de comunicación, sino también en forma de piratería o corsarismo. Heródoto achaca las causas
de la guerra precisamente a la práctica pirática por parte de los foceos. Así, Cartago estableció
una alianza militar con una o varias ciudades etruscas (como mínimo Caere, actual Cerveteri) y
decidieron atacar a la flota alaliense con un notable ejército de 120 naves (60 púnicas y 60
etruscas). Pese a su inferioridad numérica de dos a uno, los foceos consiguieron las naves
enemigas, pero su flota quedó totalmente maltrecha. Ante la posibilidad de un contraataque,
que hubiera sido catastrófico, los foceos decidieron abandonar la isla y establecerse en Regio.
De este modo, aunque ganaron la batalla, los foceos perdieron la guerra, ya que la coalición
púnico-etrusca había conseguido su objetivo de eliminar la presencia griega de la zona.
50
ἐπείτε δὲ ἐς τὴν Κύρνον ἀπίκοντο, οἴκεον κοινῇ μετὰ τῶν πρότερον ἀπικομένων ἐπ᾽ ἔτεα πέντε, καὶ ἱρὰ
ἐνιδρύσαντο. καὶ ἦγον γὰρ δὴ καὶ ἔφερον τοὺς περιοίκους ἅπαντας, στρατεύονται ὦν ἐπ᾽ αὐτοὺς κοινῷ
λόγω χρησάμενοι Τυρσηνοὶ καὶ Καρχηδόνιοι, νηυσὶ ἑκάτεροι ἑξήκόντα. οἱ δὲ Φωκαιέες πληρώσαντες καὶ
αὐτοὶ τὰ πλοῖα, ἐόντα ἀριθμὸν ἑξήκοντα, ἀντίαζον ἐς τὸ Σαρδόνιον καλεόμενον πέλαγος. συμμισγόντων
δὲ τῇ ναυμαχίῃ Καδμείη τις νίκη τοῖσι Φωκαιεῦσι ἐγένετο: αἱ μὲν γὰρ τεσσεράκοντά σφι νέες
διεφθάρησαν, αἱ δὲ εἴκοσι αἱ περιεοῦσαι ἦσαν ἄχρηστοι: ἀπεστράφατο γὰρ τοὺς ἐμβόλους.
καταπλώσαντες δὲ ἐς τὴν Ἀλαλίην ἀνέλαβον τὰ τέκνα καὶ τὰς γυναῖκας καὶ τὴν ἄλλην κτῆσιν ὅσην οἷαι τε
ἐγίνοντο αἱ νέες σφι ἄγειν, καὶ ἔπειτα ἀπέντες τὴν Κύρνον ἔπλεον ἐς Ῥήγιον. τῶν δὲ διαφθαρεισέων νεῶν
τοὺς ἄνδρας οἱ τε Καρχηδόνιοι καὶ οἱ Τυρσηνοὶ διέλαχον, τῶν δὲ Τυρσηνῶν οἱ Ἀγυλλαῖοι ἔλαχόν τε αὐτῶν
πολλῷ πλείστους καὶ τούτους ἐξαγαγόντες κατέλευσαν. μετὰ δὲ Ἀγυλλαίοισι πάντα τὰ παριόντα τὸν
χῶρον, ἐν τῶ οἱ Φωκαιέες καταλευσθέντες ἐκέατο, ἐγίνετο διάστροφα καὶ ἔμπηρα καὶ ἀπόπληκτα,
ὁμοίως πρόβατα καὶ ὑποζύγια καὶ ἄνθρωποι. (Hdt. I, 166, 1 - I, 167, 1). Traducción de Carlos Schrader
para la editorial Gredos (1984).
210
referencias aluden a una importante batalla entre ambas ciudades que probablemente ya era
conocida por los lectores de la época. No tenemos constancia de ninguna otra batalla que
enfrentara a cartagineses y griegos al norte de Cerdeña antes de finales del siglo V (el término
antequem lo marca Tucídides) y parece difícil que la joven Alalia pudiera botar 60 naves de
guerra ella sola, así que, si tenemos que decantarnos hacia alguna opción, añadiríamos a Masalia
en la ecuación.
En cuanto a las tablillas de Pyrgi, son sin duda uno de los mayores hallazgos arqueológicos en el
mundo de la diplomacia y las relaciones internacionales en la Antigüedad. Se trata de tres
pequeñas láminas de oro descubiertas en 1964 junto a dos templos en Pyrgi (actual Santa
Severa), uno de los tres puertos que tenía bajo su control la ciudad etrusca de Caere
(precisamente aquella dónde fueron ejecutados los prisioneros griegos de la batalla de Alalia).
Dos de las láminas están escritas en etrusco y, la tercera, en fenicio; a partir de parámetros
lingüísticos se ha podido establecer su fecha alrededor del año 50052. Esta antigüedad no ha
permitido establecer si los etruscos llevaron a cabo esta inscripción con elementos fenicios
orientales o bien con cartagineses -ya que en ese momento el dialecto púnico aún era
demasiado similar al fenicio-, aunque el contexto histórico señala claramente hacia los
segundos.
51
Son muchas las referencias en la literatura clásica acerca de la piratería etrusca: Diod. V, 9, 4-5; XI, 88,
4; XIV, 93, 3-5; Liv. V, 28, 2-4; Est., VI, 2, 10; Val. Max I, 1, 4; Pau. X, 16, 7; Plut., Camilo, 8, 5; Calímaco fr.
93 Pfeiffer. Diodor (V, 17, 3) también menciona la presencia de piratas en las Baleares.
52
Pallotino et al., 1964: 49-117.
211
en su templo como las estrellas de aquí53
La versión de las tablillas en etrusco no es literal54, pero pese a sus problemas de traducción,
parece que expresa la misma situación: un tal Thefarie Velanias, líder de la ciudad de Caere,
consagra el templo a la divinidad Astarté, a quién equipara con la diosa etrusca Uni. En esta
versión, Velianas es nombrado zilath de Caere. Nos indica también que este personaje disfruta
de su tercer año en el poder, de modo que, o bien el zilath no era una magistratura anual, o bien
era un tirano55.
Más allá del contenido textual del documento, las tablillas de Pyrgi atestiguan las relaciones
entre el mundo fenicio occidental -en esa época, ya liderados por Cartago- y el mundo etrusco.
No es banal la equiparación entre deidades procedentes del panteón de ambas culturas ni
tampoco el hecho que el contenido de las láminas esté escrito en ambos idiomas.
Probablemente la ciudad de Pyrgi llegara a albergar una comunidad permanente de
comerciantes fenicios en su seno y este documento es un alegato al mantenimiento de las
buenas relaciones comerciales y políticas con ellos. Unas buenas relaciones, por otro lado,
atestiguadas también por los hallazgos arqueológicos de material etrusco en África y cartaginés
en Etruria56.
Nada induce a pensar que estas buenas relaciones no se mantuvieran a lo largo de los siglos
siguientes, dado que sus respectivas esferas de influencia comercial no se contravenían; es más,
compartían en común la amenaza del comercio griego. Etruria perdió su baza contra éste,
primero en el asedio de Cumas en el año 524 (Dio. Hal. VII, 3-4) y luego en la batalla naval frente
a la ciudad (474), donde los cumanos recibieron el apoyo del tirano Hierón de Siracusa (Diod. XI,
51, 1-2), perdiendo así toda posibilidad de retomar el control sobre el tirreno meridional.
Por lo que se refiere a la participación etrusca en los ejércitos cartagineses, tan sólo contamos
con una referencia en todo este periodo. Se trata de 1.200 mercenarios que fueron contratados
para el general Amílcar en el inicio de las hostilidades contra el recién ascendido Agatocles, el
nueva tirano de Siracusa, en el año 310. Diodoro afirma que entre honderos baleáricos,
ciudadanos cartagineses e infantería libia se contaban también “1.000 mercenarios de infantería
ligera y 200 zeugippae procedentes de Etruria57” (Diod. XIX, 106, 2). Desconocemos el significado
exacto del término zeugippae, que podría referirse bien a infantería pesada, por contraposición
a la infantería ligera mencionada antes, o bien algún tipo específico de jinetes, como proponen
algunos autores58. Aquello que sí subraya Diodoro es que se trata de μισθοφόρους. ¿Podía
tratarse, por tanto, de grupos de mercenarios peregrinos y autónomos en lugar de tropas
procedentes de una ciudad etrusca? Quizá esto explicaría que al año siguiente se encontraran
estas mismas tropas luchando en el lado del tirano frente a las puertas de Cartago (Diod. XX, 11,
53
Traducción de J. Espada directamente de la versión italiana de Ferron en 1972 (Espada, 2013: 66).
54
Para el análisis lingüístico de las tablillas escritas en etrusco, en última instancia, Pittau, 1996.
55
Forsythe, 2005: 46.
56
Pittau, 1996: 1658.
57
“ἐκ δὲ τῆς Τυρρηνίας μισθοφόρους χιλίους καὶ ζευγίππας διακοσίους” Diod. XIX, 106, 2.
58
Geer 1962, 121, n.3.
212
1), junta a samnitas, celtas y griegos59. Ahora bien, sabiendo que en Etruria no tan sólo había
etruscos, sino que también podían encontrarse mercenarios ligures60 y celtas61 (ver capítulo 8),
cabe preguntarse si la procedencia aludida en el pasaje de Diodoro contiene un significado
étnico o tan sólo geográfico.
En cualquier caso, parece que el apoyo militar etrusco-púnico se restringió a la batalla de Alalia,
puesto que ni los cartagineses aparecen en el asedio (524) ni la batalla naval de Cumas (474), ni
los etruscos en Hímera (480; 410) ni en cualquier otra de las guerras greco-púnicas. ¿Podría
achacarse esta desaparición al desconocimiento de las fuentes de las que beben Timeo, Éforo o
incluso Diodoro? Por supuesto. Pero en cualquier caso esta es una condición que afecta a todos
los datos de esta investigación y por el momento debemos atendernos a las evidencias que
tenemos. En este caso concreto tan sólo disponemos de las literarias -pues las epigráficas
tampoco aluden al apoyo militar-, y éstas no aluden a ningún tipo de alianza militar entre ambas
esferas, sino tan solo a mercenarios, y en un momento muy concreto.
7.2.2. Las relaciones entre las ciudades griegas del sur de Italia y Cartago
Tal y como vimos en el capítulo dedicado a Sicilia, las antiguas colonias griegas del sur de la
península itálica estuvieron profundamente ligadas al devenir histórico de la isla, especialmente
a partir de la amenaza que supuso la ambición imperialista de Dionisio el Viejo. La potencia
económica y militar de Siracusa obligó a la Liga Italiota a dirigir sus defensas hacia el oeste.
Diodoro (XIV, 91, 1) menciona inicialmente la Liga en el año 393/392, ante la ofensiva de
Dionisio, pero del texto se desprende que ésta se habría creado algunos años antes para hacer
frente a la amenaza de los lucanos. Polibio (II, 39, 6) recoge la fundación de la misma a cargo de
Crotona, Síbaris y Caulonia, a las que posteriormente se unieron Regio, Turios, Hiponio, Elea,
Metapontio y Tarento62. Ya en el año 390/389 Dionisio se enfrentó a un ejército combinado de
la Liga Italiota mientras asediaba Caulonia. Varios autores mencionan la victoria de Dionisio (Pol.
I, 6, 1-3; Dio. Hal. XX, 7, 2-3; Polien., Estrat., V, 3, 2), pero tan solo Diodoro (XIV, 103-105) nos
ofrece un breve relato en el cual las fuerzas italiotas lideradas por el exiliado siracusano Heloris
fueron derrotadas cerca del río Eléporo (actual Galliparo).
Siete años más tarde, en 383/382, el tirano siracusano inició una nueva ofensiva sobre los
territorios púnicos de Sicilia. Además de reclutar “como soldados a los ciudadanos aptos para
las armas y, con grandes sumas de dinero que habían reservado, alistaron numerosas fuerzas
mercenarias” (Diod. XV, 15, 2), Cartago estableció una alianza con la Liga Italiota para
enfrentarse al tirano. No es mucho lo que sabemos de esta guerra, que según Diodoro duró tan
solo un año63 (Diod. XV, 15-17) pero varios investigadores alargan hasta el 378 o incluso hasta el
59
Colonna, 2013: 17.
60
Tagliamonte, 1994: 97; Maggiani, 2004: 388-389.
61
Fariselli, 2002: 372.
62
Espada, 2013: 75.
63
Acerca del desconocimiento de Diodoro acerca del periodo 386-367, Stylianou, 1998: 78.
213
37464. En ella se produjeron al menos dos enfrentamientos importantes, además de “muchas
batallas con la participación de sólo una parte de las tropas y frecuentes escaramuzas” (Diod.
XV, 15, 3). Diodoro también especifica que el tirano dividió su ejército en dos frentes para
enfrentarse a ambos enemigos, de modo que, según parece, cartagineses e italiotas no
mezclaron sus ejércitos sino que solamente se aliaron estratégicamente, en un amplio teatro de
operaciones. De hecho, el historiador siciliano tan solo relata los acontecimientos relativos a la
confrontación entre Dionisio y Cartago, olvidándose de la Liga Italiota, lo que puede indicarnos
que ese frente de guerra se desarrolló en suelo continental. Sea como fuere, el primer
enfrentamiento destacable fue la batalla de Cábala, que cayó del lado siracusano, eliminando
durante el combate al general enemigo, Magón. Sin embargo las tropas supervivientes se
reagruparon en torno al hijo de aquel y, bajo su liderazgo, lograron vencer en la siguiente
contienda, la batalla de Cronion, eliminando además al general Leptines (Diod. XV, 17).
410/409 II Guerra greco- 800 campanos Mercenarios Tropas que Diod. XIII, 44,
púnica habían sido 1-2
utilizados
por los
atenienses y
ahora
estaban en
Sicilia
392 III Guerra greco- Indeterminado Mercenarios Leva Diod. XIV, 95,
púnica “bárbaros de 1
64
Comentario acerca de la cronología del conflicto, Stylianou, 1998: 79-83. De hecho, el propio Diodoro
afirma que púnicos e italiotas hicieron grandes preparativos “previendo, acertadamente, la larga duración
de la guerra”. Si la duración fue efectivamente larga, entonces no podemos limitarla a sólo el año 383/382.
214
Italia” (Ἰταλίας
βαρβάρων)
311/310 VII Guerra greco- 1.000 infantes y Mercenarios Leva Diod. XIX,
púnica 200 zeugitas 106, 2
(¿infantería
pesada?)
etruscos
La voluntad imperialista de los tiranos siracusanos sobre las ciudades griegas del sur de la
península, especialmente de Dionisio el Viejo y Agatocles, propiciaron el acercamiento con otros
elementos suditálicos: los brutios y los lucanos. Parece que ambos tiranos utilizaron con
frecuencia mercenarios procedentes de ambos pueblos en sus ejércitos, tal y como defienden
algunos autores, pese a la parquedad documental65. El enfrentamiento entre el elemento
indígena y el griego en la zona se prolongó durante siglos, hasta que la imposición romana, justo
después de la retirada de Pirro, terminó de un plumazo con estas reyertas.
Precisamente en la época en que el general epirota abandonó Italia, y con ella a sus aliados
itálicos, Tarento pidió ayuda a Cartago para seguir luchando contra Roma. Tan sólo Orosio (IV,
3, 1-2) reseña este episodio que sin duda alguna reviste de una importancia histórica mayúscula.
Cartago respondió afirmativamente a la demanda de Tarento, pero la coalición fue derrotada
en el campo de batalla. La escueta noticia de Orosio, por desgracia, no permite dibujar un cuadro
demasiado preciso de los acontecimientos. Unas líneas más adelante, sin embargo, el
historiador tardoantiguo aclara que los romanos enviaron una delegación a los cartagineses
quejándose de su actuación y reprochándoles el incumplimiento del tratado anterior, en
relación a Pirro (Oros. IV, 5, 2). Es curioso que Orosio achaque la ruptura de un tratado sobre el
cual la mayor parte de autores afirman que los romanos rechazaron firmar. Si nos atenemos al
testimonio de Orosio, dicho tratado no solamente habría existido, sino que además no sería
únicamente para defenderse de Pirro, sino también contra sus aliados (en este caso, Tarento).
Lo cierto es que no tenemos ningún indicio de que romanos y cartagineses se apoyaran
65
Caven, 1990: 133-134; Tagliamonte, 1994: 154-156.
215
mutuamente en sus respectivas guerras contra Pirro (la flota enviada por Cartago al inicio de la
guerra en Italia fue amablemente rechazada por Roma), de modo que se abre aquí una nueva e
interesante línea de investigación. Esta versión también parece deducirse en pasajes de Dión
Casio (XI, 43, 1-3), Zonaras (VIII, 8, 1-3) y en Polibio (I, 6, 6-7).
Recientemente ha sido publicada la tesis doctoral de J. Espada66 acerca de los dos primeros
tratados romano-cartagineses, en la cual analiza minuciosamente todos y cada uno de los
aspectos relativos a los mismos, así como los varios puntos de vista historiográficos que se han
ido presentando, especialmente en lo referente a la cronología. Como es bien sabido, existe una
debatida controversia historiográfica acerca del número, fecha y significado toponímico de estos
acuerdos, especialmente en relación a los tres primeros. Pese a lo complicado de su redacción y
su falta de hilo argumentativo, el análisis que realiza Espada sobre esta problemática es notable,
arrojando luz y argumentos desde distintos y enriquecedores puntos de vista. Su investigación
supera en mucho cualquier trabajo anterior y creemos debería sentar la base de referencia en
esta temática67.
Tito Livio, por su parte, no menciona el tratado del 509, aunque sí uno establecido en el 348,
que normalmente se identifica con el segundo aludido por Polibio (Liv. VII, 27, 2). Livio, en
cambio, sí reconoce al tratado de Filino69 (Liv. IX, 43, 26), como Servio (ad Aen. IV, 628; FGrH,
174, F. 1), y además le nombra como la tercera renovación; teniendo en cuenta el cómputo
romano inclusivo en relación a los años, se trata de un reconocimiento indirecto de la existencia
del tratado del 509. El tratado en tiempos de Pirro (Liv. Per. XIII) sería, así, el cuarto tratado entre
ambas potencias. Posteriormente se firmarían los tratados de paz de Lutacio, pero dado que se
han perdido los libros de Livio referentes a esta época, no tenemos constancia de éste.
Finalmente menciona brevemente el tratado del Ebro (Liv. XXI, 2, 7).
66
Espada, 2013.
67
La obra de Scardigli (1991) es también una referencia en esta temática.
68
Tsirkin, 1991.
69
Eckstein, 2010.
216
Por último, Diodoro Sículo, certifica el tratado del 348 (Diod. XVI, 69, 1), que define
erróneamente como el primero de ellos y descuida el de 306.
De esta serie de tratados hay que distinguir entre los que se establecen en términos de zonas
de mercado, aquellos basados en la cooperación militar, y los tratados de paz impuestos por una
de las potencias (Roma, en ambos casos). En el primer grupo incluimos los tres primeros tratados
y el de Asdrúbal (por tanto 509, 348, 306 y 226); en el segundo, el de Pirro; y finalmente el
tratado de Lutacio y el de Cerdeña en relación a los tratados de paz. Quizá podríamos incluso
incluir dos acuerdos más en esta lista. El primero lo situamos en el trascurso de la Guerra de los
Mercenarios, durante la cual Roma no tan sólo no accedió a la petición de ayuda de los
sublevados sino que incluso apoyó a Cartago. Las cláusulas de dicho apoyo bien tendrían que
haberse establecido mediante algún tipo de pacto. El segundo, pocos años después, se produce
en la embajada que Roma envía a Amílcar mientras éste se encontraba en campaña en lberia.
Los delegados romanos volvieron a su ciudad convencidos de la justa y conveniente acción de
Amílcar en favor de sus intereses; pero lo común en estas situaciones es redactar unos acuerdos
en los cuales se establezca claramente cuáles son las realidades y los objetivos de ambas partes.
Aquello que sí sabemos con seguridad es que esta serie de tratados evidencian al menos dos
puntos importantes: a) que el aparato diplomático cartaginés no sólo estaba presente en todos
los rincones del Mediterráneo occidental sino que además era dinámico y atento a la situación
sociopolítica de cada momento, y b) el paulatino aumento de contrapoder que fue adquiriendo
Roma respecto a Cartago a lo largo de estos tres siglos. Por tanto, no vamos a entrar aquí en el
eterno debate acerca de la identificación de Mastia Tarseion y Kalon Akroteion que inundan la
217
bibliografía ya que todas las opiniones defienden con vehemencia sus posturas y en realidad hay
muchas más dudas que seguridades en todo el asunto; lo que sí queremos subrayar es la propia
existencia de estos tratados, que evidencian un interés cartaginés por la situación política en el
centro de Italia -por las consecuencias económicas que le pudieran comportar-, extensible a
todo el tirreno, así como el carácter “comercial” de los mismos. No se trata de pactos de apoyo
militar sino de contratos puramente comerciales, si bien es cierto que en la antigüedad a
menudo ambas esferas estaban vinculadas.
No es fácil establecer unas conclusiones generales acerca del tipo de relación que se estableció
y evolucionó desde finales del siglo V a finales del III entre Cartago y la península Itálica. Como
hemos podido comprobar, la multiplicidad de centros económicos y políticos en Italia, así como
su dinamismo interior, en forma de migraciones, invasiones y mutaciones propias, inducían a
abordar este capítulo a través de distintas áreas étnicas: Liguria, Etruria, Roma y la Magna
Grecia. La primera será tratada en el capítulo siguiente dedicado a la Galia y la última, a tenor
de su cercanía a la evolución histórica de Sicilia, lo ha sido también en capítulos anteriores en
relación a las guerras greco-púnicas y a las operaciones de Dionisio contra la Liga Italiota. En
realidad, pese a su mínima separación física con respecto a su isla vecina, el sur de la península
Itálica estuvo tan emparentada a Sicilia que podríamos haber analizado ambos territorios en un
mismo capítulo de forma igualmente cohesionada.
Centrándonos en Etruria, hemos comprobado como todas las evidencias acerca de alianzas
comerciales o apoyos militares se restringen a una época anterior, al menos, a la primera mitad
del siglo IV: la batalla de Alalia, las tablillas de Pyrgi o el testimonio de Aristóteles, son todos
anteriores a mediados del siglo IV. Y eso teniendo en cuenta que el filósofo de Estagira podría
estar refiriéndose a relaciones mucho más antiguas. Así pues, durante el periodo de los siglos V-
III, no existe ninguna alusión a algún tipo de coalición de carácter militar entre ambos territorios
pese a las repetidas ocasiones en las que el enemigo era compartido y hubieran podido sacar
provecho común, como en la batalla naval de Cumas (474), los dos primeros asedios de Hímera
(480 y 410), las guerras contra Dionisio el Viejo, y un largo etcétera. Sin embargo no debemos
olvidar que Etruria no era un estado, sino muchos; cada ciudad se regía por sí misma y establecía
aquellas alianzas que más le convenían. Quizá después del desastre de Cumas, ninguna ciudad
etrusca se atrevió a levantarse abiertamente contra las colonias griegas del sur.
Tan sólo tenemos dos menciones acerca de acciones militares fuera de sus territorios con
posterioridad a esa derrota naval. La primera de ellas es el caso de la ciudad etrusca que envió
tres pentecónteras en apoyo a Atenas durante el asedio a Siracusa en la campaña de 415-413
(Tuc. VI, 103, 2); tres pentecónteras no parecen el esfuerzo bélico que podría llegar a fletar una
confederación importante de ciudades, sino más bien tan sólo el de una, y además pequeña.
Otra explicación, nada descabellada, sería adjudicar estas naves a los intereses de un ciudadano
privado. Si la piratería, como hemos visto, era una actividad de sobra conocida por los tirrenos,
es posible que estas naves no fueran sino un grupo de hombres que apoyaran a la facción que
218
llevaba la iniciativa en esos momentos -es decir, Atenas-, en previsión de un goloso beneficio: el
saqueo de Siracusa.
El segundo ejemplo procede de la flota etrusca formada por 80 naves que llegó en ayuda de
Agatocles en el año 307 (Diod. XX, 61, 6). En ese momento la marina cartaginesa estaba
bloqueando el puerto siracusano, pero de alguna manera, harta extraña, 80 naves pudieron
superar el cerco y adentrarse en el puerto. Se ha planteado la posibilidad que estas naves
procedieran de Populonia y Vetulonia, explicando que este cambio de alianza con respecto a
Cartago respondiera a la competencia entre ambas esferas por el control de Córcega, una
posibilidad totalmente aceptable70.
Pero no solo mercenarios etruscos salieron de los puertos de las ciudades tirrénicas72. Los
indicios arqueológicos inducen a pensar en una presencia habitual de mercenarios ligures en la
Etruria septentrional, lo que nos invita a pensar en esa zona limítrofe entre celtas, tirrenos y
ligures en una zona proclive al enrolamiento de este tipo de tropas. En este sentido Tagliamonte
defendía la posibilidad de que los mercenarios corsos, ligures (y también algunos procedentes
del Languedoc francés) fueran enrolados gracias a los canales comerciales establecidos por los
tirrenos, tal y como veremos en el siguiente capítulo73.
A medida que nos acercamos a finales a mediados del siglo III, asistimos a la lenta pero
inexorable conquista romana de la península Itálica. Durante esta expansión, Roma se enfrentó
con éxito a enemigos de un creciente peso político y militar a medida que iba ampliando su
territorio. Así, una vez dominada la mayor parte de la península Itálica, el conflicto contra las
grandes del Mediterráneo central, Cartago y Siracusa, era inevitable si pretendía seguir
expandiéndose. Siracusa se apartó rápidamente del envite, mostrándose inicialmente como una
potencia neutral, pero a la práctica apoyando claramente a Roma. Estallaba así la Primera
Guerra Púnica, con un escenario bélico prácticamente enclaustrado en Sicilia, pero afectando
indirectamente a la mayor parte de territorios del Mediterráneo Occidental. Italia, representada
por la potencia regente del momento, se convertía así, en el principal enemigo de Cartago. Y
70
Acerca de esta problemática, Fariselli, 2002: 371-373; Romualdi y Amadasi, 2007.
71
Castrizio, 2000: 55.
72
Fariselli destaca los puertos de Caere y Tarquinia como probables puntos de enrolamiento y embarque
de mercenarios (2002: 371).
73
Tagliamonte: 1994: 97.
219
esta enemistad se prolongó hasta el mismo final de Cartago con la conclusión de la Tercera
Guerra Púnica, en el año 153.
220
8. LA GALIA MERIDIONAL
Este capítulo se centra en la franja de territorio que se extiende entre los Pirineos, el Macizo
Central francés, los Alpes y el golfo de Génova, zona que actualmente pertenece a las regiones
francesas de Languedoc-Roussillon y Provence-Alpes-Côte d’Azur, y a la región italiana de
Liguria. Este territorio estuvo ocupado fundamentalmente por celtas (keltoi) y ligures según las
denominaciones literarias más antiguas. Unos conceptos, sin embargo que fueron adquiriendo
distintos significados, ya durante la propia Antigüedad. En realidad, bajo el término “celta”
subyace un gran número de pueblos con características propias -algunos de los cuales también
fueron descritos por autores grecolatinos, especialmente durante los últimos años de la
República romana- aunque difícilmente distinguibles a nivel arqueológico. Además de celtas y
ligures existieron dos otros importantes focos de población en la región: los iberos, que
ocuparon la vertiente norte de los Pirineos hasta el río Hérault, y las colonias griegas, ubicadas
en la línea de la costa mediterránea, con Masalia como centro vertebrador. Tampoco no fueron
escasos los contactos con elementos etruscos y cartagineses1, aunque su huella en la literatura
clásica sea prácticamente nula.
En pro de una mayor comprensión y articulación del discurso de esta investigación, lo más
conveniente era agrupar en este capítulo a celtas/galos, ligures, en lugar de dedicar un capítulo
entero para cada uno de ellos. Dos razones fundamentales aconsejaron tal opción. La primera
es la parquedad documental de cada uno de ellos respecto al tema tratado en esta tesis, ya que,
pese a sus numerosas apariciones a lo largo de nuestro periodo de estudio, es poca la
1
Janin y Py, 2012: 141.
221
información acerca de sus orígenes, motivaciones o intenciones políticas; la segunda, la
frecuencia de las fuentes literarias clásicas en confundir o relacionar a estos pueblos entre ellos2.
Todo este territorio no se conformó como entidad político-territorial hasta la conquista por
parte de César, ya en el siglo I. Sin embargo, esto no significa que cada uno de estos pueblos
fuera autárquico. Existieron contactos, relaciones comerciales, políticas, culturales y militares
entre todos ellos que sedenterizaron definitivamente las sociedades del Bronce Final y activaron
un proceso de urbanización y sinecismo. Este proceso desembocó en un completo desarrollo
urbanístico con la aparición de las ciudades a finales del siglo VI y su consolidación a partir del
siglo IV3.
La cuestión terminológica no está, pues, exenta de dificultades y resulta necesario definir qué
entendemos por cada uno de estos conceptos. Parece bastante probado que el término celta,
esto es, el habitante de la Keltikè, procede del ámbito griego y, por lo tanto, es exógeno. Esta
teoría ya fue formulada en la antigüedad por Dionisio de Halicarnaso (XIV, 1, 4) y Estrabón (IV,
1, 14), lo cuales concedieron la autoría de este etnónimo -de forma totalmente comprensible- a
los colonos masaliotas que desembarcaron en la región. Otra teoría propone que el etnónimo
Keltoi fuera la transliteración al griego de un etnónimo local del entorno de Masalia7. En
cualquier caso, aquella designación que en un primer momento describía a los indígenas
oriundos del sur de Francia, a lo largo del tiempo se convirtió en un sinónimo de extranjero, de
bárbaro8. El término galo, por su parte, no es más que el rebautizado nombre que los celtas
recibieron de los romanos. D. Rankin afirma que algunos pueblos celtas procedentes del centro
de Europa, habrían emigrado hacia el sur y suroeste, estableciéndose en la Galia Cisalpina hacia
2
En un sentido similar se expresaba S. Péré-Noguès (2007: 353).
3
Garcia, 2004: 66-67.
4
Garcia, 2004; 2006; 2010.
5
Bats 2003; 2004; 2009; 2011.
6
Garcia, Gruat y Verdin, 2007: 227; Tréziny, 2006: 163.
7
Renfrew, 1987 (1993): 264.
8
Garcia, 2004: 15-16.
222
el siglo V9. Estas migraciones no habrían estado exentas de conflictividad. Los griegos
establecidos en Masalia y sus proximidades habrían podido detener ese empuje gracias a su
superioridad en el campo militar, pero los ligures, habrían sido empujados hacia el este10.
Más vagos resultan los términos lígur y elisice. Ambos términos aparecen por vez primera en un
fragmento de Hecateo de Mileto (frag. 53-54) en relación, de nuevo, al pueblo que ocupaba las
tierras donde se fundó Masalia. Según el autor milesio, la colonia focea se fundó en territorio
ligur, pero este pueblo estaba dividido en varias comunidades, una de los cuales eran los elisices.
Heródoto (VII, 165, 1) menciona a estos elisices entre los pueblos que en el año 480 participaron
en la batalla de Hímera en el bando cartaginés, y, significativamente, lo hace distinguiéndolos
de iberos y ligures. El periplo de Avieno (O. M., v. 613) también menciona a los ligures, en este
caso limitando con los iberos en la ciudad de Agde; sin embargo, más tarde especifica que entre
los Pirineos y el Ródano se encontraban, de sur a norte los sordones y los elisices (vs. 534-614),
éstos últimos, con capital en Naro (muy probablemente el oppidum de Montlaurès en Narbona).
El Pseudo-Escílax (Periplo, 3, 4) por su parte, también ubica a los ligures en el entorno de Masalia,
mientras que Floro (II, 3) -ya en el siglo II n.e.- los coloca al pie de los Alpes. La ubicación
geográfica de los ligures a finales del siglo V parece corresponderse bien -al menos en su mayor
parte- con su probable origen etimológico, derivado del griego lygies, definiendo a su población
como “los de arriba”11, pero no siempre fue así. Algunos especialistas apuntan a que los ligures
habrían sido el pueblo autóctono de la céltica mediterránea y que, lentamente, fueron
empujados por iberos y galos12, retrocediendo territorialmente hacia el este en algunas zonas,
desmembrándose para integrarse entre los recién llegados, en otras. En algún momento, los
ligures habrían llegado a ocupar la mayor parte de la zona litoral del sur de la actual Francia,
sobrepasando los Alpes hasta alcanzar Génova y, según Polibio (II, 16, 2), incluso Pisa. Esta
extensión parece corroborarse gracias a los datos arqueológicos13 y toponímicos14.
Posteriormente, como hemos señalado, fueron empujados hacia el este, hacia la costa y la parte
meridional de los Alpes, mientras los galos ocupaban su lugar15.
Los galos, a su vez, estaban compuestos por una multitud de pueblos y comunidades de carácter
tribal entre los cuales se hallaban los segóbrigues, cuyo nombre, de raíz celta, los desvincula de
los ligures. Según Justino (XLIII, 3, 4-13) eran los segóbrigues aquellos que se hallaban en el
territorio de Masalia. La etimología de su nombre, que designa a la población de un monte o
fortaleza (“briga”) victoriosa (“sego”), es un claro ejemplo de la evolución de un núcleo indígena
local hasta su expansión sobre un territorio mucho más amplio y jerarquizado, que es con el que
topan los masaliotas a su llegada16.
9
Rankin, 1987/1996: 1-19; 38.
10
Rankin, 1987/1996: 38-9. Existen algunas referencias literarias, en Tito Livio (V, 34) y Justino (43, 4, 7),
de carácter mítico, que podrían hacer referencia, según Rankin, a antiguos conflictos entre celtas, griegos
y ligures.
11
Garcia, 2006: 66.
12
Garcia, 2006: 66.
13
Garcia, 2004: 67-76.
14
Roman y Roman, 1997: 233.
15
Rankin, 1987/1996: 38-9; Roman y Roman, 1997: 235.
16
Garcia y Bouffier, 2014: 25.
223
La arqueología, por su parte, recoge un proceso de iberización entre los Pirineos y la colonia de
Agde, desarrollado entre fines del siglo VII y alrededor del año 40017. La fundación de las
principales ciudades se inicia, como en la Iberia surpirenaica, a partir del siglo VI, como es el caso
de Ruscino (Perpignan), Pech-Maho (Sigean), Carcassone, Montlaurès (Narbona), Ensérune
(Nissan) o Iliberris (Elna)18. Este es, parcialmente, el territorio que habíamos adscrito a los
elisicios, en el bajo Hérault; he aquí, entonces, que durante los siglos VI y V se habría producido
una transformación cultural: ¿los ligures elisicios se habían iberizado? ¿se produjo una
penetración demográfica procedente del sur? Esta es una de las cuestiones candentes en la
historiografía de la protohistoria gala19. El resultado, en cualquier caso, es que durante el siglo
siguiente el proceso de sinecismo en esta zona continuó, consolidando la mayor parte de estos
núcleos urbanos, que siguieron creciendo hasta el siglo III20.
Sin embargo, también se observan algunos abandonos importantes, como es el caso de Mailhac
en el siglo V, o de Montlaurès en el siglo IV, que probablemente estén relacionadas con cambios
de régimen aristocrático21. En este sentido, cabe entender el territorio elisice, no como un
pueblo consolidado bajo un poder central sino más bien como una confederación de ciudades,
cada una de las cuales era gobernada por su propia aristocracia, sobre las cuales alguna de ellas
ejercería temporalmente una hegemonía limitada. De esta forma, se entiende la pujanza o
declive de algunos asentamientos, coincidiendo con la hegemonía o no de su clase aristocrática.
Este esquema político es aplicable, según nuestra opinión, a la mayor parte del Midi y explica,
además la cantidad de nombres étnicos, de mayor o menor envergadura, aplicados sobre la
región.
En el resto del Midi francés, también se produce, entre los siglos VII y VI una ruptura con el
periodo anterior, no tanto en cuanto a la cultura material sino en el poblamiento del territorio;
se produce una reordenación poblacional coincidiendo con los primeros contactos con pueblos
extranjeros procedentes del Mediterráneo y también con la llegada del hierro y su impacto sobre
la agricultura y el paisaje22. En este sentido se han establecido, de modo sintético, tres tipos de
contactos con poblaciones foráneas en el Midi: a) contactos comerciales y relaciones étnico-
culturales con sectores de población púnico-occidental e ibera que, procedentes del sur
participaron mayoritariamente en la zona del Languedoc Occidental y del Rosellón23; b)
explotación de recursos -fundamentalmente minerales- en el Macizo Central y regiones
interiores por parte de elementos etruscos; y c) implantación, producción, consumo y comercio
costero con el mundo griego24. Estos contactos no constituyen, desde luego, una excepción en
el marco mediterráneo, como se ha comprobado en capítulos anteriores.
17
Garcia, 2004: 22.
18
Garcia, 2004: 53-57.
19
Acerca de esta cuestión, Roman y Roman, 1997: 239-43.
20
Garcia, 2004: 63; 80.
21
Nuninger, 2003: 254.
22
Garcia y Bouffier, 2014: 21-22.
23
Garcia, 2006: 72; Janin y Py, 2012: 145.
24
Garcia, 1995: 143-144.
224
importante junto a un pequeño núcleo indígena25. Pero fuera de esta ciudad, por ahora no se ha
documentado ningún otro tipo de asentamiento colonial ni fenicio-púnico ni etrusco26; tan sólo
los griegos parecen haberse establecido de forma permanente sobre la región. No es casualidad
que precisamente la presencia de material etrusco en Lattes y, en menor medida, en otros
núcleos del Languedoc, se decaiga muy significativamente en torno al 500: hacia el 525 se
abandonan algunos de estos establecimientos indígenas en la costa que actuaban de enlace con
el mundo etrusco27, y en Lattara se documentan destrucciones producidas posiblemente por
incendios provocados hacia el 47528. Las importaciones de vino etrusco sobre la zona,
anteriormente muy destacables, disminuyen a partir de esa fecha29; el comercio etrusco
desaparece y la zona queda bajo control masaliota completamente. Un proceso similar ocurre
al este de Masalia, donde un importante núcleo de comercio etrusco como Saint-Blaise, termina
fagocitado por el comercio masaliota a comienzos del siglo V30.
Cabe destacar un último apunte importante respecto al comercio colonial que es aplicable tanto
a la región que nos ocupa como al resto del Mediterráneo occidental. Se trata de la relación
entre el descubrimiento de objetos muebles exógenos y el alcance comercial de sus fabricantes
sobre esa localización. Ya avisaba M. Bats que la presencia de material en un sitio arqueológico
no prueba, por sí mismo, que sus comerciantes hubieran llegado hasta ahí31. Al contrario, hay
que tener en cuenta que en esta época tanto comerciantes griegos como etruscos o fenicio-
púnicos comerciaban con una gran variedad de productos de distintas procedencias, como
puede comprobarse por ejemplo en el pecio de Grand Ribaud32. Además, podía existir un
notable número de intermediarios entre su lugar de fabricación y su destino final. Por lo tanto,
y a modo de ejemplo, el hecho que aparezca una crátera de figuras rojas en el centro de Francia
o un amuleto púnico en la cabecera del Ebro no implica en absoluto que griegos o cartagineses
fueran los responsables de haber importado tales piezas hasta ese punto ni que, por supuesto,
existiera una ruta comercial estable entre ellos. Así pues, y aunque este hecho dificulte aún más
la labor investigadora, no debemos dejarnos aventurar por lecturas simplistas. De forma
general, cuanto menor es la cantidad de objetos importados, menor es también la posibilidad
de contactos directos y regulares entre el lugar de origen y el de destino.
Retornando a los cambios acaecidos en la zona, esta reordenación del territorio alumbró
también un nuevo sentimiento de identidad entre las comunidades indígenas, cuyos territorios
se delimitaban a menudo mediante espacios cultuales o funerarios33. Las formas de organización
social acéfalas propias del Bronce Final dieron paso a sistemas de jefatura simple bajo el
liderazgo de un aristócrata34 (el “Big man” de Sahlins) en un proceso en que los bienes de
prestigio y los contactos con comerciantes extranjeros actuaran como un engranaje más de toda
la maquinaria, un fenómeno que no resulta tan distante ni tan distinto al periodo orientalizante
25
Py et al., 2006; Janin y Py, 2012: 145, 147.
26
Tréziny, 2006: 163.
27
Janin y Py, 2012: 145.
28
Py et al., 2006: 601.
29
Bats, 2011: 101.
30
Bats, 2003: 25.
31
Bats, 2003: 24-25.
32
Bats, 2011: 97.
33
Garcia y Bouffier, 2014: 23.
34
Garcia, Gruat y Verdin, 2007: 233; Garcia y Bouffier, 2014: 23-24.
225
en la península Ibérica. En otras palabras, a partir del siglo V se desarrolla un paulatino proceso
de jerarquización de las comunidades indígenas35. Por otro lado, la presencia de armas en la
mayor parte de tumbas masculinas de las necrópolis indígenas ha llevado a plantear la existencia
de una casta guerrera36 -que por cierto no ha sido reconocida en Iberia37- relacionada sin duda
con un periodo de notables confrontaciones violentas38.
Cabe señalar que este cuadro étnico-cultural no fue en absoluto estático sino profundamente
dinámico, permeable y heterogéneo. La investigación arqueológica recoge varias facies
culturales en algunos yacimientos así como abandonos y fundaciones de centros urbanos
durante los siglos V-IV39. Así pues, si bien es importante tener en cuenta cuál era la cultura
predominante en una u otra zona, o mejor, bajo qué territorios ejercía la hegemonía tal o cual
ciudad, no podemos olvidar el notable mestizaje, flujo y migración de población en la antigüedad
en general y en el sur de la Galia en particular. A este cuadro que acabamos de presentar hay
que añadirle las penetraciones de inmigrantes centroeuropeos que empezaron a llegar sobre la
zona a partir del siglo III: los volcos.
Figura 33. Mapa de la Céltica mediterránea con los principales núcleos urbanos indígenas (en negro) y las colonias
griegas (en blanco).
35
Garcia, 2010: 23.
36
Sanmartí, 1993: 20.
Garcia y Bouffier, 2014: 31.
37
Acerca de la existencia de una casta guerrera en Iberia, Quesada Sanz (2003: 122) señala su posible
existencia en el siglo V, pero la niega para el siglo III. Durante el Ibérico Medio (siglos IV-III) defiende la
existencia de una milicia cívica formada por campesinos libres.
38
Garcia, Gruat y Verdin, 2007: 227.
39
Roman y Roman, 1997: 233-7; Garcia, Gruat y Verdin, 2007.
226
8.1.2. Masalia y las colonias griegas
Poco después, a lo largo del siglo IV y III, Masalia fundó otras colonias, mencionadas por
Escymnos (vs. 203-217) y por Estrabón (IV, 5; 9): Rhodanousia (quizás Espeyran), Tauroeis (Six-
Fours), Antipolis (Antibes), Nikaia (Niza), y especialmente Olbia (Hyères), en el extremo sur de la
Costa Azul, como escala para sus rutas hacia la península Itálica y la Magna Grecia. M. Bats ha
propuesto, en base al urbanismo de Agde y Olbia, que pudiera tratarse de enclaves estratégicos
destinados a afianzar el dominio de Masalia sobre la Costa Azul mediante el sistema de las
cleruquías anteriormente utilizado la Hélade47.
La expansión demográfica y económica de Masalia comportó, con notable rapidez, una serie de
cambios en las pautas de poblamiento indígenas. Así, mientras que durante la primera mitad del
siglo VI fue la colonia focea quién se adaptó a las condiciones sociales y políticas de la región, a
partir de la segunda mitad de siglo, y de manera muy clara a partir de la centuria siguiente, se
40
Acerca del estudio arqueológico de Masalia, ver, recientemente, Tréziny, 2012.
41
Tréziny, 2005: 61.
42
Pausanias (X, 8, 6) relata la fundación de Masalia a partir del exilio de la población de Focea ante el
asedio de la ciudad por parte de Hárpago, el mejor general de Ciro el grande, que a mediados del siglo VI
estaba extendiendo el dominio persa hacia occidente (una información corroborada por Heródoto (I, 164-
165), aunque sin relación con Masalia). Por tanto, estos últimos datos retrocederían la fundación de
Masalia hacia el 545 aproximadamente.
43
Anteriormente había fundado Emporion, a principios del siglo VI, en el nordeste de la península Ibérica.
44
Un estudio acerca de la colonia de Agde y el impacto que supuso sobre el territorio circundante, en
Garcia, 1995.
45
De hecho, se ha documentado un establecimiento anterior, indígena, en el mismo lugar de Agde, que
se remontaría al siglo VII (Boissinot, 2005: 19).
46
Garcia, 2004: 88.
47
Bats, 2004: 382-383; Bats, 2009: 206.
227
produjo un intercambio de papeles. La presión demográfica y económica de la ciudad sobrepasó
sus murallas: el cultivo de la vid y el olivo demandó más territorios cultivables que fueron
arrebatados a los segóbrigues, incapaces de adaptarse a las nuevas formas de comercio a gran
escala. Muy pronto las comunidades indígenas tuvieron que adaptarse a la nueva situación
económica y política establecida por los masaliotas48. Se observa, por ejemplo, un crecimiento
de poblaciones indígenas de pequeñas y medianas dimensiones a lo largo del Ródano así como
en las cercanías de su desembocadura49. Estas poblaciones se especializaron en el cultivo de
cereal, un producto muy demandado en la colonia griega tanto para su consumo propio como
para su exportación.
Así, más que su propia fundación, fue la explosión económica y demográfica de Masalia, a fines
del siglo VI, aquello que provocó un mayor cambio en las comunidades y pueblos indígenas del
sur de la Galia. Para adaptarse a las nuevas condiciones de mercado, se produjo en toda la región
un movimiento de traslado poblacional hacia el litoral mediterráneo, un fenómeno que no fue
ajeno a la construcción o reafirmación de identidades autóctonas ni al paso a la vida
protourbana en las nuevas fundaciones50. ¿Significa eso que la población indígena se helenizó?
No, y menos aún con anterioridad al siglo II, según H. Tréziny51, que pone como ejemplo el poco
desarrollo que tuvo en ese momento la escritura galo-griega. En cambio, la población griega sí
que parece haber desempeñado un papel activo en el desarrollo de algunas fortificaciones
indígenas como las de Mayans -con unas singulares torres cuadrangulares- o Arles52 -con un
impresionante bastión de 36m sobre el río-.
Ya hemos visto en anteriores capítulos como el comercio griego -o al menos, sus productos- no
se enclaustraron al sur de la Galia después de la discutida batalla de Alalia y el auge comercial
de Cartago durante el siglo VI y V. Sin embargo no deja de ser cierto que su área de influencia
directa, su infraestructura física, quedó estancada al norte de los Pirineos, con las pequeñas
Emporion y Rhode como puestos avanzados. Con las fundaciones de Agde y Olbia, de mucho
mayor entidad que aquellas, la posición política y comercial de Masalia se consolidaba
plenamente en la región septentrional y no le faltaban ni mercados ni clientes, tanto en el norte
de la península Itálica como en la Magna Grecia. Incluso en fechas tan tempranas como el
periodo 525-470 parece que Masalia acuñó, por cuenta propia, dos tipos monetales, llamados
de Auriol. Estas series se han descubierto en gran proporción en Emporion y en la propia
Masalia, aunque también aparecen en numerosos enclaves indígenas sudgálicos. Precisamente
esta distribución sobre el territorio céltico había llegado a plantear la posibilidad que estos
establecimientos fueran mercados fundamentalmente masaliotas, un extremo que actualmente
ha sido descartado. En cambio, se defiende la teoría de la llegada de moneda en estos
48
Garcia y Bouffier, 2014: 30-31.
49
Garcia, 2010: 23; Garcia y Bouffier, 2014: 30.
50
Garcia y Bouffier, 2014: 31.
51
Tréziny, 2006: 164.
52
Tréziny, 2006: 165-6. No nos olvidamos que el gran oppidum de Saint-Blase también cuenta con una
parte de murallas de clara factura helenística (incluso existen epígrafes griegos en sus bloques), pero éstas
datan del siglo II, y por tanto quedan fuera de nuestro ámbito de estudio. En algún momento este
asentamiento de llegó a considerar de carácter plenamente griego, pero en la actualidad este extremo ha
sido desechado (Boissinot, 2005, 20).
228
yacimientos bien a través de distintos intermediarios, bien a través de su interpretación como
bien de prestigio, pero en cualquier caso, fuera de todo control territorial masaliota53.
En la segunda mitad del siglo III se produjo un cambio en la producción monetal en Masalia que
algunos investigadores han planteado relacionar con la conquista bárcida de la península Ibérica.
A partir del año 240 Masalia había empezado a acuñar un nuevo tipo de moneda denominado
dracma pesada (3,64 gr.). Sin embargo, tan solo quince años más tarde, se rebajó su peso en
casi un 30%, dando lugar a una nueva serie denominada dracma ligera (2,60-2,70 gr.),
coincidiendo con el inicio de las producciones de bronce. Según M. Bats, este cambio de modelo
podría estar relacionado con el miedo -o la realidad- de quedarse sin las importaciones de plata
procedentes de Iberia54.
Hacia inicios del siglo III se produjo una nueva oleada migratoria celta procedente del centro de
Europa, penetrando de nuevo en la península Itálica, el Midi francés y las vertientes
septentrionales de los Pirineos. Las fuentes literarias (pocas, por cierto), llamaron a estos
pueblos volcos, y los dividieron en dos grandes tribus: tectosages y arecomicos. Su referencia
más antigua nos la contextualiza Livio (XXI, 26, 6) en el paso de Aníbal por la Galia en el 218. En
este contexto los volcos oriundos de la región, cortaron el paso de los cartagineses en el Ródano:
“Aníbal, después de neutralizar a los demás con amenazas o dinero, había llegado ya al territorio
de los volcas55”. Nótese que Livio no distingue a dos categorías entre ellos; se trataría, según el
autor patavino, de un solo pueblo. Es a partir de Estrabón, algunos años más tarde, cuando
aparece la distinción entre Arecomicos y Tectosages56:
“Casi todas las tierras del otro lado del río [Ródano] están ocupadas por los
llamados volcos arecómsicos. Dicen que su dársena es Narbona, pero con más
propiedad podría afirmarse que lo es también del resto de la Céltica a juzgar por el
inigualable número de embarcaciones que la utilizan para el comercio. Los volcos
habitan junto al Ródano, y tienen enfrente, al otro lado del río, a los salios y a los
cavaros.57” (Est. IV, 1, 12).
“Los llamado tectósages ocupan los aledaños del Pirene, pero, por otra parte
rebasan un poco la vertiente septentrional de los Cemenos. Habitan una tierra rica
en oro. Existen indicios de que antaño eran poderosos y tenían un territorio tan
53
Bats, 2011: 101-102.
54
Bats, 2011: 106-107.
55
Hannibal ceteris metu aut pretio pacatis iam in Volcarum pervenerat agrum, gentis validae (Liv., XXI,
26, 6). Traducción de J. A. Villar Vidal para la editorial Gredos (2001).
56
Aunque Estrabón bebe, en buena parte, de la obra de Posidonio, y éste sí estuvo en la Galia, parece que
tal distinción aparece por primera vez en el propio Estrabón (Nuninger, 2003: 250).
57
τὴν δ᾽ ἐπὶ θάτερα μέρη τοῦ ποταμοῦ Ὀυόλκαι νέμονται τὴν πλείστην, οὓς Ἀρηκομίσκους
προσαγορεύουσι. τούτων δ᾽ ἐπίνειον ἡ Νάρβων λέγεται, δικαιότερον δ᾽ ἂν καὶ τῆς ἄλλης Κελτικῆς
λέγοιτο: τοσοῦτον ὑπερβέβληται τῷ πλήθει τῶν χρωμένων τῷ ἐμπορίῳ. οἱ μὲν οὖν Ὀυόλκαι γειτονεύουσι
τῷ Ῥοδανῷ, τοὺς Σάλυας ἔχοντες ἀντιπαρήκοντας αὐτοῖς ἐν τῇ περαίᾳ καὶ τοὺς Καουάρους. (Est. IV, 1,
12). Traducción de Mª José Meana y Félix Piñero para la editorial Gredos (1992).
229
superpoblado que, después de una guerra civil, hubo que expulsar a gran cantidad
de habitantes de sus propias tierras, a los cuales se unieron otros procedentes de
otros pueblos.58” (Est. IV, 1, 13).
Posteriormente, Plinio (Nat. Hist., III, 4(5), 31-33) y César (BG, I, 35) también distinguieron entre
volcos arecomicos y volcos tectosages. El hecho de que esta distinción aparezca tardíamente,
ha llevado a algunos historiadores a plantearse si no fue en realidad una división artificial
romana59, o incluso que los arecomicos fueran una invención60. La etimología de sus nombres
parece claramente de raíz celta61 y, como ha señalado el propio Fiches, entre el siglo IV y III se
produjo una reorganización territorial del poblamiento alrededor de la ciudad de Nîmes62, lo que
podría corresponderse con la implantación de un nuevo poder o con un cambio de régimen. Aún
así, lo cierto es que algunas evidencias apuntan a que tal distinción en las fuentes romanas
responde más a criterios administrativos político-militares exógenos, que a una realidad étnica
bien diferenciada. En este sentido, Nuninger ha planteado la posibilidad que detrás de la raíz
celta are- el término arecomico esté relacionado con el latino comes (le compagnon, l'associé) o
comis (doux, gentil, affable, bienveillant, obligeant), resultando el significado de volco
aremomico como “peuplades associées ou bienveillantes”63. En este sentido, los volcos
arecomicos, aquellos que barraron el paso a Aníbal en el Ródano, serían considerados
potencialmente aliados. En el otro lado, el término celta tectosage ha sido interpretado como la
latinización de texto- y sagi, cuyo significado podría ser “aquellos que buscan refugio” “aquellos
que mendigan”64. Se establece así una dicotomía entre aquellos volcos filoromanos, arecomicos,
y aquellos que “buscan refugio (en los cartagineses)”, y por tanto antirromanos65.
En relación al desarrollo político y social de los volcos, los indicios apuntan a un sistema muy
similar al descrito anteriormente para el caso de los elisices. Así, se distinguen dos niveles de
gobierno, uno local (o tribal), alrededor de la comunidad, y otro supralocal (o étnico),
confederativo, sin que éste ejerza una hegemonía férrea sobre cada una de las comunidades
inferiores, es decir, sin aparato estatal. Nuninger define a la organización político-social de los
volcos como protoestatal, a medio camino entre la del tipo samnita y la de los reinos
norteafricanos66. Si seguimos literalmente el pasaje anteriormente citado de Livio (XXI, 26, 6),
éste afirma que antes de llegar al Ródano, Aníbal aseguró su marcha desde los Pirineos mediante
el soborno y el miedo sobre las poblaciones indígenas, lo cual indica, efectivamente, que todas
aquellas comunidades no seguían unas mismas directrices con respecto al paso del ejército
58
οἱ δὲ Τεκτόσαγες καλούμενοι τῇ Πυρήνῃ πλησιάζουσιν, ἐφάπτονται δὲ μικρὰ καὶ τοῦ προσαρκτίου
πλευροῦ τῶν Κεμμένων, πολύχρυσόν τε νέμονται γῆν. ἐοίκασι δὲ καὶ δυναστεῦσαί ποτε καὶ εὐανδρῆσαι
τοσοῦτον ὥστε στάσεως ἐμπεσούσης ἐξελάσαι πολὺ πλῆθος ἐξ ἑαυτῶν ἐκ τῆς οἰκείας: κοινωνῆσαι δὲ
τούτοις καὶ ἄλλους ἐξ ἄλλων ἐθνῶν. (Est. IV, 1, 13). Traducción de Mª José Meana y Félix Piñero para la
editorial Gredos (1992).
59
Clavel, 1970: 132.
60
Fiches 2002: 124-125.
61
Acerca de su etimología, Nuninger, 2003: 258.
62
Fiches 2002: 125.
63
Nuninger, 2003: 258.
64
Lambert 1994: 35.
65
Nuninger, 2003: 258.
66
Nuninger, 2003: 254-5.
230
púnico. No había, por tanto, un poder central que hubiera dado órdenes en uno u otro sentido.
Bien es cierto, por otro lado, que esta afirmación puede tratarse simplemente de una
dramatización literaria del autor paduano que difícilmente habría podido saber con seguridad
que es lo que pasó en realidad entre los Pirineos y el Ródano.
El Midi francés, es probablemente la zona que más tardíamente se incorpora a los circuitos
comerciales mediterráneos, de entre todos los aquí tratados. Así como Sicilia, la zona del
Estrecho de Gibraltar, Etruria e incluso Córcega y Cerdeña presentan ya contactos con
elementos helenos o fenicios en el siglo IX, el sur de la Galia queda mayoritariamente al margen
de este proceso hasta finales de la centuria siguiente67. Incluso a lo largo del siglo VII son tan
escasos los objetos exógenos recuperados que ni tan sólo su origen -o mejor, su vía de llegada-
es distinguible entre el mundo griego, el colonial fenicio o incluso el etrusco68. Pese a la
importancia que tuvo la fundación de Masalia para la incorporación del sur de la Galia a los
circuitos mediterráneos -su “mediterranización”, según el término empleado por D. Garcia-, ésta
no fue sino la consecuencia de un fenómeno que ya habían iniciado los pueblos autóctonos con
el mundo etrusco. Efectivamente, entre finales del siglo VII e inicios del VI, las importaciones
tirrénicas de vino en la Galia significaron su entrada efectiva en los circuitos mediterráneos.
Desde este punto de vista, Masalia sería el resultado de este fenómeno, y no su causa69.
¿Pero qué hay de la presencia fenicio-púnica? Tal y como apuntábamos anteriormente existen
algunos indicios acerca del comercio con elementos fenicios con anterioridad al siglo V. Se trata
de comerciantes procedentes de las factorías fenicias del sur de la península Ibérica que, como
ya hemos visto en su momento, habían desarrollado una gran actividad y desarrollo en el
llamado Círculo del Estrecho. De este modo se ha postulado que entre finales del siglo VII e
inicios del siguiente hubo cierto interés por parte de elementos fenicios en encontrar una ruta
comercial desde el Languedoc hacia el Atlántico, hacia las fuentes del estaño, que eludieran la
circunnavegación de la península Ibérica. Sin embargo, estas rutas ya estaban en
funcionamiento y los etruscos no eran ajenos a ellas, de modo que los fenicios se habrían
satisfecho con establecer relaciones comerciales con los asentamientos costeros dónde
pudieran embarcar el metal70.
Sin entrar en elucubraciones acerca de los intereses fenicios en la región, lo cierto es que las
fuentes literarias no mencionan ningún asentamiento ni zona de influencia fenicio-púnica en el
sur de la Galia y la documentación arqueológica es bastante exigua al respecto. No parece, pues,
que hubiera ningún intento de fundación comercial estable. Quizá la razón debiera relacionarse
con el conflicto de intereses que supondría respecto al comercio etrusco, que ya durante el siglo
VII frecuentaba esta zona; a diferencia del sur de la península Ibérica, que era un nuevo nicho
de mercado para el Mediterráneo, en el sur de la Galia los etruscos ya comerciaban en ella.
67
Garcia y Sourisseau, 2010: 238.
68
Garcia y Sourisseau, 2010: 239 ; Py, 2012: 142-143.
69
Garcia y Sourisseau, 2010: 241.
70
Arteaga, Padró y Sanmartí, 1986: 313.
231
En los siglos posteriores, ya con Cartago liderando el comercio fenicio en el Mediterráneo
occidental y los etruscos en franco declive, Masalia y sus colonias convirtieron la zona en su coto
privado de comercio. Sin embargo, algunos indicios nos impelen a pensar que su proceso de
consolidación no resultó en ningún modo sencillo, sino que se produjeron algunos
enfrentamientos militares con Cartago durante el siglo VI. Veamos cuales son estas referencias.
En primer lugar contamos con un controvertido pasaje de Tucídides (I, 13, 6) que afirma “Y los
foceos, que fundaron Marsella, combatiendo por mar vencieron a los cartagineses71”. Con tan
parca información resulta imposible ubicar cronológicamente esta batalla y, en el pasaje griego
original no queda claro, gramaticalmente, si ésta tuvo lugar en el momento que los foceos
fundaban Masalia o si se dio posteriormente72, aunque personalmente nos inclinamos por la
segunda opción. De ser así, podría aludir a la batalla de Alalia, aunque bien es cierto que en el
corto relato herodoteo de dicha batalla son los refugiados foceos y los alaliotas quienes luchan
contra la coalición púnico-etrusca (Hdt. I, 166), sin que Masalia aparezca mencionada en ningún
momento. Estrabón, Pausanias y Justino también aluden a un enfrentamiento entre masaliotas
y cartagineses, pero también en ambos casos la información resulta tan limitada que no permite
ubicación cronológica ni geográfica alguna:
“Los masaliotas son colonos de los focenses de Jonia, que son una parte de los
de Focea que un día huyeron de Hárpago el medo. Venciendo en el mar a los
cartagineses, adquirieron la tierra que ahora poseen y alcanzaron gran
prosperidad73” Pausanias (X, 8, 6)
“Los focidios que ocupaban Elatea como resistieron el asedio de Casandro por
acudir en su ayuda Olimpiodoro desde Atenas- enviaron a Delfos un león de
bronce para Apolo. El Apolo que está más cerca del león es de los masaliotas,
una primicia de su batalla naval contra los cartagineses74” Pausanias (X, 18, 7)
71
Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (1990).
72
Torres Esbarranch, J. J., 1990: 149-150, n. 106.
73
οἱ δὲ Μεσσαλιῶται Φωκαέων εἰσὶν ἄποικοι τῶν ἐν Ἰωνίᾳ, μοῖρα καὶ αὕτη τῶν ποτε Ἅρπαγον τὸν Μῆδον
φυγόντων ἐκ Φωκαίας: γενόμενοι δὲ ναυσὶν ἐπικρατέστεροι Καρχηδονίων τήν τε γῆν ἣν ἔχουσιν
ἐκτήσαντο καὶ ἐπὶ μέγα ἀφίκοντο εὐδαιμονίας. Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo para la
editorial Gredos (1994).
74
Φωκέων δὲ οἱ ἔχοντες Ἐλάτειαν—ἀντέσχον γὰρ τῇ Κασσάνδρου πολιορκίᾳ Ὀλυμπιοδώρου σφίσιν ἐξ
Ἀθηνῶν ἀμύνοντος—λέοντα τῷ Ἀπόλλωνι χαλκοῦν ἀποπέμπουσιν ἐς Δελφούς. ὁ δὲ Ἀπόλλων ὁ ἐγγυτάτω
τοῦ λέοντος Μασσαλιωτῶν ἐστιν ἀπὸ τῆς πρὸς Καρχηδονίους ἀπαρχὴ ναυμαχίας. Traducción de María
Cruz Herrero Ingelmo para la editorial Gredos (1994).
75
ἀνάκειται δ᾽ ἐν πόλει συχνὰ τῶν ἀκροθινίων, ἃ ἔλαβον καταναυμαχοῦντες ἀεὶ τοὺς ἀμφισβητοῦντας
τῆς θαλάττης ἀδίκως. Traducción de M. ª J. Meana y F. Piñero para la editorial Gredos (1994).
232
“Al estallar la guerra con los cartagineses por el apresamiento de unos barcos
de pesca, más de una vez derrotaron también a sus ejércitos y, una vez
vencidos, les concedieron la paz76” Justino (XLIII, 5, 2)
¿Qué podemos extraer de todo ello? Ciertamente, nada concluyente. Con los datos que
poseemos actualmente no podemos llegar a ninguna conclusión sólida. Es posible que se
hubieran producido enfrentamientos armados entre Cartago y Masalia en el siglo VI como
intuyen algunos autores77 y el contexto histórico de ese momento era proclive a ello; nosotros
mismos nos inclinamos hacia esta opción. Pero cabe reconocer que con indicios tan escasos
resulta arriesgado afirmar nada con cierta rotundidad.
Esta confrontación a nivel político no impidió que productos cartagineses siguieran llegando a
Masalia a lo largo de los siglos VI y V. Ahora bien, quizá la vía de llegada no era directamente
desde Cartago sino mediante canales secundarios con la participación de varios intermediarios
y escalas portuarias.
Pese a la riqueza étnica y cultural que acabamos de describir para el sur de la Galia, en la mayor
parte de referencias en los textos clásicos no se produce ninguna distinción entre unas y otras
identidades concretas. Para la mayor parte de escritores, cuyas obras fueron escritas en los
siglos inmediatamente anteriores o posteriores al cambio de era, la Galia constituye un concepto
geográfico muy bien ubicado: básicamente, todo aquel territorio del centro y occidente de
Europa que no era ni Hispania ni la península Itálica; de ahí que si alguien procedía de ese
entorno había que calificarlo como galo sin duda. Tan sólo los masaliotas merecían cierta
distinción. Por tanto, bajo el concepto “celta” que mayoritariamente encontramos en las fuentes
escritas se esconde una realidad mucho más heterogénea. Pocas veces tendremos ocasión de
escudriñar con exactitud la procedencia exacta de estos “celtas”.
Como hemos visto, los contactos fenicios con la Céltica mediterránea fueron más bien escasos
a lo largo de toda la época clásica, especialmente si lo comparamos con otras áreas circundantes.
Sin embargo eso no impidió que ya en la primera batalla de Hímera (480) aparecieran
mercenarios celtas, ligures y elisices entre las filas cartaginesas. Se trata de la mención más
antigua acerca de la utilización de tropas extranjeras por parte cartaginesa, de la cual tenemos
los testimonios de Heródoto y Diodoro Sículo:
76
Karthaginiensium quoque exercitus, cum bellum captis piscatorum navibus ortum esset, saepe
fuderunt pacemque victis dederunt (Just. XLIII, 5, 2). Traducción de José Castro Sánchez para la editorial
Gredos (2008).
77
Malkin, 2011: 152; Roman y Roman, 1997: 289.
233
“Sin embargo, los habitantes de Sicilia cuentan también la siguiente versión de los
hechos: aunque iba a tener que estar a las órdenes de los lacedemonios, Gelón, pese a
ello, hubiese acudido en Socorro de los griegos, si el tirano de Hímera, Terilo, hijo de
Crinipo (que había sido expulsado de su ciudad por el soberano de Acragante, Terón,
hijo de Enesidamo), no hubiese hecho intervenir en Sicilia, por aquellas mismas fechas,
a un ejército de trescientos mil hombres integrado por fenicios, libios, iberos, ligures,
elísicos, sardonios y cirnios, a cuyo frente se hallaba Amílcar, hijo de Hannón, que era
rey de los cartagineses .78”. Hdt. VII, 165, 1
“Jerjes, persuadido por él y deseoso de expulsar a todos los griegos de sus tierras, envió
una embajada a los cartagineses para tratar de una acción conjunta y concluyó con ellos
un tratado en los términos siguientes: él, Jerjes, emprendería una expedición contra los
griegos de Grecia y los cartagineses, al mismo tiempo, prepararían un numeroso ejército
para derrotar a los griegos de Sicilia e Italia. Así pues, de acuerdo con este tratado, los
cartagineses reunieron una gran cantidad de dinero y alistaron mercenarios de Italia y
Liguria y también de Galia y de Iberia y, además de estas fuerzas, reclutaron tropas de
ciudadanos a lo largo de toda Libia y en Cartago; finamente, al cabo de tres años de
preparativos, reunieron un ejército de más de trescientos mil hombres y una flota de
doscientas naves.79”. Diod. XI, 1, 4-5.
Ubicado en su contexto nos damos cuenta de la importancia relativa de estos pasajes en ambos
autores. La campaña cartaginesa no tenía por objetivo únicamente la ciudad de Hímera sino que
pretendía acabar con la hegemonía griega en la isla de Sicilia (y en el sur de Italia, si creemos a
Diodoro al pie de la letra). Diodoro y Heródoto destacan que esta iniciativa estaba orquestada
por el Gran Rey persa Jerjes, que pretendía invadir la Hélade de forma simultánea, privando así
de refuerzos procedentes de la Magna Grecia a sus compatriotas helenos. A menudo se ha
discutido sobre la historicidad de esta alianza antihelena. Pero aunque es cierto que algunos
datos son probablemente fruto de la licencia literaria, como la coincidencia en el mismo día de
la derrota persa en Salamina (Hdt. VII, 166, 1) y la equivalente cartaginesa en Hímera, desde
nuestro punto de vista parece totalmente probable una coalición de estas características.
Recordemos que Cartago y Persia no eran dos potencias desconocidas entre sí, sino todo lo
contrario. En esa época, la metrópolis de Cartago, Tiro, formaba parte del imperio persa y de
hecho suministró la mayor parte de la flota al Gran Rey. Por otro lado, también hemos tenido
ocasión de comprobar en capítulos anteriores las intensas relaciones políticas, comerciales, e
78
λέγεται δὲ καὶ τάδε ὑπὸ τῶν ἐν τῇ Σικελίῃ οἰκημένων, ὡς ὅμως καὶ μέλλων ἄρχεσθαι ὑπὸ
Λακεδαιμονίων ὁ Γέλων ἐβοήθησε ἂν τοῖσι Ἕλλησι, εἰ μὴ ὑπὸ Θήρωνος τοῦ Αἰνησιδήμου Ἀκραγαντίνων
μουνάρχου ἐξελασθεὶς ἐξ Ἱμέρης Τήριλλος ὁ Κρινίππου τύραννος ἐὼν Ἱμέρης ἐπῆγε ὑπ᾽ αὐτὸν τὸν χρόνον
τοῦτον Φοινίκων καὶ Λιβύων καὶ Ἰβήρων καὶ Λιγύων καὶ Ἐλισύκων καὶ Σαρδονίων καὶ Κυρνίων τριήκοντα
μυριάδας καὶ στρατηγὸν αὐτῶν Ἀμίλκαν τὸν Ἄννωνος, Καρχηδονίων ἐόντα βασιλέα… (Hdt. VII, 165, 1).
Traducción de Carlos Schrader para la editorial Gredos (1985).
79
ὁ δὲ Ξέρξης πεισθεὶς αὐτῷ καὶ βουλόμενος πάντας τοὺς Ἕλληνας ἀναστάτους ποιῆσαι,
διεπρεσβεύσατο πρὸς Καρχηδονίους περὶ κοινοπραγίας καὶ συνέθετο πρὸς αὐτούς, ὥστε αὐτὸν μὲν ἐπὶ
τοὺς τὴν Ἑλλάδα κατοικοῦντας Ἕλληνας στρατεύειν, Καρχηδονίους δὲ τοῖς αὐτοῖς χρόνοις μεγάλας
παρασκευάσασθαι δυνάμεις καὶ καταπολεμῆσαι τῶν Ἑλλήνων τοὺς περὶ Σικελίαν καὶ Ἰταλίαν οἰκοῦντας.
ἀκολούθως οὖν ταῖς συνθήκαις Καρχηδόνιοι μὲν χρημάτων πλῆθος ἀθροίσαντες μισθοφόρους συνῆγον
ἔκ τε τῆς Ἰταλίας καὶ Λιγυστικῆς, ἔτι δὲ Γαλατίας καὶ Ἰβηρίας, πρὸς δὲ τούτοις ἐκ τῆς Λιβύης ἁπάσης καὶ
τῆς Καρχηδόνος κατέγραφον πολιτικὰς δυνάμεις: τέλος δὲ τριετῆ χρόνον περὶ τὰς παρασκευὰς
ἀσχοληθέντες ἤθροισαν πεζῶν μὲν ὑπὲρ τὰς τριάκοντα μυριάδας, ναῦς δὲ διακοσίας. (Diod. XI, 1, 4-5).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (2006).
234
incluso religiosas, entre la ciudad fenicia y la colonia norteafricana en esa época; baste recordar
que aún en el año 404, casi ochenta años más tarde, las tropas de Himilcón robaron una estatua
de Apolo en Gela y la enviaron a Tiro como regalo (Diod. XIII, 108, 2-4), lo que pone de manifiesto
esta cercana relación. Por último, dado el celo con que Jerjes preparó esa campaña contra
Atenas y sus aliados -nada menos que durante tres años-, no parece en absoluto una
exageración literaria que Persia se aliara con Cartago en aquella ocasión.
Ahora bien, si por un lado estamos convencidos de la estrecha relación entre ambas ofensivas,
por el otro nos cuesta creer en la veracidad de la lista étnica de mercenarios alineados con
Cartago en fechas tan antiguas. Para explicar esta participación han sido argumentadas distintas
teorías: desde el crecimiento de un sentimiento antigriego en el sur de la Galia, a la reubicación
geográfica de los elisices hacia el Languedoc Occidental, más próximos a los iberos80. Ninguna
de estas teorías nos parecen satisfactorias; tres razones fundamentales nos inducen a pensar en
otra explicación. La primera de ellas, como ya habíamos apuntado, es la escasa presencia fenicia
en el sur de la Céltica en esas cronologías; a lo largo del siglo VII e inicios del siguiente el comercio
con elementos fenicios podía haber sido algo relativamente común. Sin embargo en el siglo V,
aunque de buen seguro siguieron existiendo, el porcentaje de importaciones no griegas sobre
la Galia nos induce a pensar en un escaso contacto entre ambas esferas.
“Jerjes, por su parte, rivalizando en celo con los cartagineses, consiguió superarlos en
todos los preparativos en la misma medida que aventajaba a los cartagineses por el
número de pueblos de su imperio. Comenzó a hacerse construir naves en todas las zonas
costeras sometidas a su autoridad, en Egipto, Fenicia y Chipre, y también en Cilicia,
Panfilia, Pisidia e igualmente en Licia, Caria, Misia, Tróade y las ciudades del Helesponto,
en Bitinia y en el Ponto. Como los cartagineses, completó los preparativos en tres años
y consiguió equipar una flota de más de mil doscientos barcos de guerra.81” (Diod. XI, 2.
1)
80
Roman y Roman, 1997: 287-288. S. Péré-Noguès también pone en duda la historicidad de esta cita, pero
no aporta ninguna explicación alternativa (Péré-Noguès, 2007: 354). A.C. Fariselli se limita a decir que
existen divergencias entre ambas versiones (¿?) y que resulta difícil de explicar su presencia en los
ejércitos cartagineses en esas cronologías (2002: 243).
81
ὁ δὲ Ξέρξης ἁμιλλώμενος πρὸς τὴν τῶν Καρχηδονίων σπουδήν, ὑπερεβάλετο πάσαις ταῖς παρασκευαῖς
τοσοῦτον ὅσον καὶ τῷ πλήθει τῶν ἐθνῶν ὑπερεῖχε Καρχηδονίων. ἤρξατο δὲ ναυπηγεῖσθαι κατὰ πᾶσαν
τὴν παραθαλάττιον τὴν ὑπ᾽ αὐτὸν ταττομένην, Αἴγυπτόν τε καὶ Φοινίκην καὶ Κύπρον, πρὸς δὲ τούτοις
235
Creemos, pues, que esta analogía responde más a criterios literarios que no históricos. Aquello
que ambos historiadores pretenden transmitir al lector es la idea de una confrontación global
contra el mundo heleno en dos frentes, el oriental y el occidental, encabezado el primero por
Persia, el segundo liderado por Cartago.
En tercer y último lugar, vale la pena recordar la presencia de Masalia entre ligures y elisices.
Masalia constituía ya una potencia regional a comienzos del siglo V que no se habría quedado
inmóvil ante tal congregación de tropas en su área de influencia precisamente para luchar contra
sus aliados, corriendo el peligro de quedar totalmente aislada si sus enemigos lograban ganar la
guerra. Y no sólo eso, buena parte de su población era descendiente de aquellos inmigrantes
que tuvieron que huir de la ofensiva persa contra Focea algunas décadas atrás82, por lo que su
implicación en el conflicto estaría plenamente justificada. Ciertamente no contamos con
ninguna referencia a la participación de Masalia en los acontecimientos del 480, y quizá no se
implicara directamente en apoyo de sus compatriotas, pero su presencia e influencia podrían
haber dificultado el enrolamiento de tropas ligures, elisices o celtas (=gálatas, en Diodoro) en la
zona. Por sí solo, este argumento no tendría mucha validez histórica, pero si lo añadimos a los
dos anteriores, muy probablemente resulta más creíble.
Así pues, una vez contextualizados y analizados ambos pasajes literarios, creemos que
difícilmente ligures, elisices o celtas participaran realmente en la batalla de Hímera del 480. De
esta forma, deberíamos retrasar la primera participación atestiguada en filas cartaginesas hasta
mediados del siglo IV ¡casi 150 años más tarde! Esta tardía aparición no hace sino confirmar la
poca influencia que Cartago ejercía al norte de Córcega. Además, la procedencia de estos galos
es también un aspecto a discutir. Significativamente, las fuentes literarias no expresan nunca
que los cartagineses viajaran hasta la Céltica en busca de mercenarios, como sí hacen en el caso
de Iberia, Italia, Grecia o del norte de África, aspecto que analizaremos al final de este capítulo.
En efecto, mercenarios celtas y ligures vuelven a aparecer en la ofensiva cartaginesa del C340
contra la Siracusa de Timoleón. Diodoro nos informa que después de deponer a Dionisio II y al
resto de pretendientes al gobierno de Siracusa (Hicetas y Leptines), Timoleón se propuso liberar
a las ciudades griegas de Sicilia de sus tiranos (Diod. XVI, 72-73; Plut. Tim.24). Muchas de las
ciudades le abrieron sus puertas, entre ellas algunas de las que estaban en el área púnica de la
isla. Timoleón, además, realizó algunas incursiones y ataques sobre aquella zona para poder
pagar con el botín a sus propios mercenarios. Aquello disgustó a Cartago, que rápidamente
organizó un ejército para hacerle frente:
Κιλικίαν καὶ Παμφυλίαν καὶ Πισιδικήν, ἔτι δὲ Λυκίαν καὶ Καρίαν καὶ Μυσίαν καὶ Τρῳάδα καὶ τὰς ἐφ᾽
Ἑλλησπόντῳ πόλεις καὶ τὴν Βιθυνίαν καὶ τὸν Πόντον. ὁμοίως δὲ τοῖς Καρχηδονίοις τριετῆ χρόνον
παρασκευασάμενος κατεσκεύασε ναῦς μακρὰς πλείους τῶν χιλίων καὶ διακοσίων. (Diod. XI, 2. 1).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch para la editorial Gredos (2006).
82
Tréziny, 2005: 55.
236
máquinas de guerra reunían muchas naves de carga y se preparaban en todo los
demás de manera insuperable83” (Diod. XVI, 73, 3)
Así pues, avanzando ya en la primera gran guerra entre cartagineses y romanos, Polibio indica
que después de la traición de Hierón de Siracusa en el año 263, los primeros se dieron cuenta
de las proporciones que estaba tomando el conflicto en Sicilia y decidieron reclutar un gran
número de mercenarios procedentes de todo el Mediterráneo occidental:
“Los cartagineses, al ver que Hierón se les había convertido en enemigo, y que los
romanos, por otra parte, se habían comprometido a fondo en la empresa de
Sicilia, pensaron que era precisa una preparación más completa, con la que
fueran capaces de afrontar al enemigo y seguir con sus posesiones en Sicilia. Por
eso reclutaron mercenarios de la región que se halla frente a Sicilia, muchos
ligures y galos, iberos en número aún mayor que el de éstos, y los enviaron todos
a Sicilia84” (Pol. I, 17, 3-4)
La mención de Polibio es sumamente escueta pero, al menos, nos permite conocer que la
participación de los galos en el conflicto se remonta prácticamente a sus inicios. Posteriormente,
su participación en la guerra se documenta, del mismo modo, por referencias puntuales o
episodios concretos.
83
εὐθὺς οὖν τῶν πολιτῶν κατέλεγον τοὺς ἀρίστους εἰς τὴν στρατείαν καὶ τῶν Λιβύων τοὺς εὐθέτους
ἐστρατολόγουν, χωρὶς δὲ τούτων προχειρισάμενοι χρημάτων πλῆθος μισθοφόρους ἐξενολόγουν Ἴβηρας
καὶ Κελτοὺς καὶ Λίγυας: ἐναυπηγοῦντο δὲ καὶ ναῦς μακρὰς καὶ φορτηγοὺς πολλὰς ἤθροιζον καὶ τὴν ἄλλην
παρασκευὴν ἀνυπέρβλητον ἐποιοῦντο (Diod. XVI, 73, 3). Traducción de Juan José Torres Esbarranch y
Juan Manuel Guzmán Hermida para la editorial Gredos (2012).
84
οἱ δὲ Καρχηδόνιοι θεωροῦντες τὸν μὲν Ἱέρωνα πολέμιον αὑτοῖς γεγονότα, τοὺς δὲ Ῥωμαίους
ὁλοσχερέστερον ἐμπλεκομένους εἰς τὰ κατὰ τὴν Σικελίαν ὑπέλαβον βαρυτέρας προσδεῖσθαι
παρασκευῆς, δι᾽ ἧς ἀντοφθαλμεῖν δυνήσονται τοῖς πολεμίοις καὶ συνέχειν τὰ κατὰ τὴν Σικελίαν. διὸ καὶ
ξενολογήσαντες ἐκ τῆς ἀντιπέρας χώρας πολλοὺς μὲν Λιγυστίνους καὶ Κελτούς, ἔτι δὲ πλείους τούτων
Ἴβηρας, ἅπαντας εἰς τὴν Σικελίαν ἀπέστειλαν. (Pol. I, 17, 3-4). Traducción de Manuel Balasch Recort para
la editorial Gredos (1981).
237
Al término del año 262 la situación empezó a empeorar para los intereses cartagineses,
perdiendo la importante ciudad de Acragas después de un intenso asedio que se prolongó varios
meses (Pol. I, 17-20; Diod. XXIII, 7-9; Zonar. VIII, 10, 1-5). El general Hannón se enfrentó a los
romanos en dos ocasiones a campo abierto, y aunque Diodoro no especifica el resultado de tales
batallas sí reseña un importante número de bajas cartaginesas (Diod. XXIII, 8, 1). El ejército
púnico retrocedió a sus cuarteles de invierno en Lilibeo y en algún momento del año 261 Hannón
fue sustituido por otro general llamado Amílcar (personaje distinto a Amílcar Barca). Entre las
tropas apostadas en Lilibeo se hallaba un contingente mercenario galo de 4.000 hombres que
pretendía amotinarse85. El episodio, que narran Zonaras y Frontino de forma notablemente
diferente, pretende demostrar al público lector un ejemplo de la mezquindad cartaginesa, por
la cual su historicidad hay que ponerla en duda86. En nuestro caso no nos interesa el episodio en
sí mismo, sino el hecho de que se hubieran reclutado mercenarios galos entre las tropas púnicas.
Unos años más tarde, Polibio (I, 43) también cita un intento de deserción mercenaria en la
misma Lilibeo (año 250), mientras las tropas romanas se encontraban ya asediando la ciudad.
Esta vez el comandante cartaginés era Himilcón y entre las tropas descontentas parece
deducirse que se encontraba también un grupo de galos87. Finalmente, gracias a la mediación
de Alexón, un veterano mercenario al servicio de Cartago desde al menos el asedio de Acragas,
el motín fue sofocado y no desertaron. Probablemente se trate del mismo contingente de galos
al que alude Polibio cita posteriormente, en lo que constituye un magnífico ejemplo de la dudosa
reputación generalmente atribuida a los galos:
“Es lo que entonces, con toda razón, cosecharon los epirotas de parte de los
griegos. En efecto, en primer lugar, ¿quiénes, conocedores de la mala reputación
que acompañaba a esos galos, no hubieran recelado de poner en sus manos una
ciudad próspera, que tantos atractivos ofrecía para una traición? En segundo
lugar, ¿quién no habría sospechado de la intención de aquella horda? Estos
habían sido expulsados de su propia ciudad, pues sus mismos conciudadanos
habían salido contra ellos, por haber traicionado a sus propios parientes y amigos.
En efecto, cuando los cartagineses se veían oprimidos por la guerra, dieron
85
Frontino (Strat., III, 16, 3) y Diodoro (XXIII, 8, 3) afirman que en el momento del motín era aun Hannón
quien comandaba las tropas, mientras que Zonaras (VIII, 10, 7) indica que estaban bajo las órdenes de
Amílcar.
86
La versión de Frontino cuenta que Hannón, enterado de que el contingente galo planeaba desertar,
mandó un falso desertor al cónsul romano M. Otalicio anunciándole las intenciones de los celtas, mientras
él mismo persuadió a estas tropas prometiéndoles mejores condiciones. Tal y como planeaba Hannón,
Otalicio no se fio del desertor y preparó una emboscada a los galos, a quién Hannón envió
premeditadamente a por forraje. Cuando los romanos cayeron sobre ellos se produjo una batalla en que
las pérdidas en ambos bandos fueron considerables y quien salía ganando era Hannón, que se libraba de
unas tropas poco de fiar y de paso causaba bajas al ejército romano (Front, Strat., III, 16, 3). Por su parte,
la versión de Zonaras coincide en el diagnóstico pero no en el desarrollo de los hechos. En esta ocasión
sería Amílcar -y no Hannón- quién, enterado del malestar de los galos decidió deshacerse de ellos
enviándoles a una ciudad que teóricamente quería pasarse a los púnicos y les dio permiso para saquearla.
En realidad, la ciudad tenía una guarnición romana a quién Amílcar se encargó de avisar con antelación
de la llegada de los galos. Ambos bandos se enfrentaron y los galos resultaron masacrados, no sin causar
bajas romanas (Zonar., VIII, 10, 7).
87
Zonaras (VIII, 15, 8-12) también cita el mismo episodio, pero sin identificar étnicamente a las tropas
que intervinieron en el motín.
238
acogida a estos galos. Pero en primer lugar, al surgir una discordia entre los
soldados y sus generales a propósito de las soldadas, los galos se lanzaron al
punto a saquear la ciudad de los agrigentinos, en la que habían sido establecidos
como guarnición; eran entonces más de 3.000. Después, cuando la asediaban los
romanos, fueron trasladados a Érice para prestar allí el mismo servicio e
intentaron traicionar a la ciudad y a los asediados. En ello fracasaron y por esto
se pasaron al enemigo. Éste confió en ellos, y los galos le saquearon el templo de
Afrodita Ericina. Los romanos se dieron cuenta muy claramente de su deslealtad,
y así que acabaron la guerra contra los cartagineses hicieron lo más conveniente:
desarmar a los galos, meterlos en navíos y situarlos fuera de los límites de Italia 88”
(Pol. II, 7, 4-10)
Sin duda alguna resulta destacable el hecho que en todas las referencias a la presencia de
mercenarios celtas, la primera tan solo justifica su contratación y el resto se relaciona siempre
con motines y deserciones. Una situación, por cierto, que no cambió a la fin del conflicto, ya que
galos y ligures son mencionados entre los mercenarios que se rebelaron contra Cartago en 24189.
Y galo era, también, uno de los principales caudillos que lideraron la revuelta, Autárito (Pol. I,
77, 1; 5).
Celtas/galos
88
ἃ δὴ καὶ τότε παρὰ τῶν Ἑλλήνων εἰκότως ἂν τοῖς Ἠπειρώταις ἀπηντήθη. πρῶτον γὰρ τίς οὐκ ἂν τὴν
κοινὴν περὶ Γαλατῶν φήμην ὑπιδόμενος εὐλαβηθείη τούτοις ἐγχειρίσαι πόλιν εὐδαίμονα καὶ πολλὰς
ἀφορμὰς ἔχουσαν εἰς παρασπόνδησιν; δεύτερον τίς οὐκ ἂν ἐφυλάξατο τὴν αὐτοῦ τοῦ συστήματος
ἐκείνου προαίρεσιν; οἵ γε τὴν μὲν ἀρχὴν ἐξέπεσον ἐκ τῆς ἰδίας, συνδραμόντων ἐπ᾽ αὐτοὺς τῶν ὁμοεθνῶν
διὰ τὸ παρασπονδῆσαι τοὺς αὑτῶν οἰκείους καὶ συγγενεῖς: ὑποδεξαμένων γε μὴν αὐτοὺς Καρχηδονίων
διὰ τὸ κατεπείγεσθαι πολέμῳ, τὸ μὲν πρῶτον γενομένης τινὸς ἀντιρρήσεως τοῖς στρατιώταις πρὸς τοὺς
στρατηγοὺς ὑπὲρ ὀψωνίων ἐξ αὐτῆς ἐπεβάλοντο διαρπάζειν τὴν τῶν Ἀκραγαντίνων πόλιν, φυλακῆς
χάριν εἰσαχθέντες εἰς αὐτήν, ὄντες τότε πλείους τῶν τρισχιλίων: μετὰ δὲ ταῦτα παρεισαγαγόντων αὐτοὺς
πάλιν εἰς Ἔρυκα τῆς αὐτῆς χρείας ἕνεκεν, πολιορκούντων τὴν πόλιν Ῥωμαίων, ἐπεχείρησαν μὲν καὶ τὴν
πόλιν καὶ τοὺς συμπολιορκουμένους προδοῦναι: τῆς δὲ πράξεως ταύτης ἀποτυχόντες ηὐτομόλησαν
πρὸς τοὺς πολεμίους: παρ᾽ οἷς πιστευθέντες πάλιν ἐσύλησαν τὸ τῆς Ἀφροδίτης τῆς Ἐρυκίνης ἱερόν. διὸ
σαφῶς ἐπεγνωκότες Ῥωμαῖοι τὴν ἀσέβειαν αὐτῶν ἅμα τῷ διαλύσασθαι τὸν πρὸς Καρχηδονίους πόλεμον
οὐδὲν ἐποιήσαντο προυργιαίτερον τοῦ παροπλίσαντας αὐτοὺς ἐμβαλεῖν εἰς πλοῖα καὶ τῆς Ἰταλίας πάσης
ἐξορίστους καταστῆσαι. (Pol. II, 7, 4-10) Traducción de Manuel Balasch Recort para la editorial Gredos
(1981). El mismo Polibio (I, 77, 5) ya había mencionado brevemente esta deserción en Erice
anteriormente.
89
Polibio y Diodoro destacan a mercenarios Iberos, celtas, baleáricos, libios, semigriegos y ligures entre
los amotinados (Pol. I, 67, 7; Diod. XXV, 2), Apiano a galos y libios (Apia, Hist. Rom., Hist. Gal., 2, 3). y sin
determinar su origen mencionan la revuelta Cornelio Nepote (Nep. XXII, 2, 3), Zonaras (Zonaras, VIII, 17,
8-10)
239
411 II Guerra greco- Indeterminado Mercenarios Leva Diod. XIII, 44,
púnica 4-6
Ligures
240
8.3. Rutas y migraciones de los galos en el contexto del Mediterráneo Occidental
Antes de presentar nuestra hipótesis acerca de las relaciones de Cartago con el mundo galo y
sus mercenarios, resulta indispensable acercarnos a las oleadas migratorias e incursiones galas
hacia la península Itálica en busca de tierras más fértiles90. A menudo las incursiones violentas
de saqueo eran la vanguardia de movimientos migratorios más complejos, pacíficos y lentos,
pero no debemos olvidar que el sistema de jefatura en el ámbito celta estaba íntimamente
ligado al liderazgo militar. Es importante pues, entender que la movilidad y el saqueo formaban
parte de la propia cultura y organización social de los celtas. Estas partidas de guerra,
normalmente formadas por grupos que raramente alcanzarían el millar de efectivos (de otra
forma difícilmente serían económicamente rentables), salvo excepciones notables, encabezadas
por un líder tribal, son definidas por Polibio (II, 17, 12) como hétairies, es decir, compañías de
hombres ligadas entre sí por fuertes vínculos sociales y personales.
De esta forma, a partir de fines del siglo V empezaron a producirse migraciones celtas hacia el
norte de Italia, procedentes del centro de Europa. Las más importantes de estas tribus celtas -o
al menos, las mejor conocidas-, fueron los boyos, los senones y los ínsubres, las cuales chocaron
contra la población etrusca que habitaba la llanura del Po91 (Pol. II, 17; Plut. Cam., 17, 1; Diod.
XIV, 113)92. En un proceso del cual conocemos escasos detalles, las poblaciones galas lograron
establecerse en la región, los ínsubres alrededor de Mediolanum (Milán), que convirtieron en su
capital (Est. V, 1, 6); los boyos en el territorio de la antigua ciudad etrusca de Felsina (Bolonia);
y los senones hacia la costa nororiental de la península, empujando a los umbros hacia el sur.
No obstante, las incursiones no terminaron con el asentamiento de buena parte de los celtas en
la zona del Po.
Uno de los acontecimientos más recordados de la historia antigua de Roma es, sin duda alguna,
la toma y saqueo por parte de una de estas huestes, un episodio que aparece mencionado en
prácticamente todos los escritores clásicos interesados en los orígenes de la ciudad. Del relato
aportado por todos ellos se desprende que una notable hueste gala, quizás respaldada por otras
tribus, continuó con su expansión hacia el sur y asedió la ciudad etrusca de Clusio. Ésta pidió
auxilio a Roma, con quién las ciudades etruscas acababan de firmar un tratado, pero la ciudad
cayó de todas formas. Luego, prosiguieron su marcha hacia el sur hasta que un ejército romano
les salió a su encuentro. Los galos vencieron en la batalla de Alia (391) y más adelante atacaron
y tomaron Roma. Durante varios meses permanecieron ahí, probablemente saqueando a las
sorprendidas poblaciones vecinas, hasta que, finalmente, los refugiados romanos consiguieron
retomar la ciudad. La mayor parte de fuentes aluden al comandante Marco Furio Camilo como
protagonista de la liberación de la ciudad, quién habría logrado reunir a los desperdigados y
refugiados romanos bajo su liderazgo, reorganizarlos, y marchar contra los invasores celtas; pero
significativamente, una de nuestras fuentes más fiables, Polibio, ni siquiera menciona a este
personaje93 y afirma que los galos dejaron la ciudad después de acordarlo con los romanos (esto
90
Roman y Roman, 1997: 327.
91
Forsyhthe, 2005: 251-252.
92
Tito Livio (Liv. V, 33-34) es el único que afirma que los galos habían inmigrado a la región doscientos
años antes.
93
La figura de Camilo es, en efecto, controvertida y parece, a todas luces un segundo fundador de la
ciudad, después de una destrucción; es en este sentido que Plutarco lo compara con Temístocles. A. Pérez
Jiménez (1996: 26-28), argumenta filológicamente su discutible historicidad y carácter mítico: “Ni Fabio
241
es, previo algún tipo de pago, detalle que sí mencionan otras fuentes94). La razón del abandono
de Roma por parte gala estaba relacionada con que los vénetos amenazaban su propio territorio
en ese momento (Pol, II, 18, 2-3). Más allá de toda la literatura épico-romántica con que los
autores clásicos edulcoraron el episodio -el cual ha llegado a ponerse incluso en duda por
investigadores actuales-, el dato digno de ser reseñado es que a partir de entonces existen varias
noticias apuntando a la presencia de guerreros celtas en el centro de Italia, probablemente
pequeñas partidas de guerra, bien fruto de la desintegración del ejército que tomó la ciudad,
bien nuevos grupos incursores procedentes del norte.
Según relata Diodoro (Diod. XIV, 117, 7), al año siguiente un ejército procedente de Ceres
aniquiló por sorpresa un contingente de tropas galas en territorio de los yapigios, en la actual
región de Apulia. La explicación a esta marcha hacia el sur nos la proporciona un pasaje de
Justino:
“Y en el curso de esta guerra, se llegan a Dionisio unos embajadores de los galos que
pocos meses antes habían incendiado Roma, pidiendo su alianza y su amistad; su pueblo,
aseguraban situado en medios de los enemigos de Dionisio, le sería de gran utilidad, ya
en la batalla, mientras luchaba, ya por la espalda, cuando los enemigos se aplicaran a la
lucha. Le agradó a Dionisio la embajada. Así, pactada una alianza y fortalecido con los
refuerzos de los galos, reanuda la guerra como por primera vez 95” (Just., XX, 5, 4-7).
Recordemos que esta misma época Dionisio mantenía una guerra con la Liga Italiota, la coalición
de ciudades griegas del sur de la península Itálica. Aunque esta información no aparezca en
Diodoro ni en Polibio, nuestras mejores referencias de este conflicto, a nuestro parecer es
totalmente posible que, efectivamente, Dionisio alquilara los servicios de estos galos como
mercenarios. De hecho, posteriormente los galos aparecen a menudo bajo las órdenes del
Píctor ni Polibio dicen nada de ello; incluso la historicidad del hecho mismo se pone en duda y, como
sostiene J. Wolski, los detalles del asedio y la resistencia del Capitolio pueden ser una invención de los
analistas del siglo I a.C. utilizadas como propaganda durante la época de los Gracos o de las Guerras
Civiles. (...) Sería pues en el siglo I a.C. cuando se plasmó la idea de un Camilo liberador de Roma y se
aglutinaron en torno a su figura los acontecimientos de los galos (...) Según Wolski, los rasgos
aristocráticos de Camilo, oponiéndose a los tribunos de la plebe en el intento de éstos por transferir la
capital de Roma a Veyes, están tomados de la propaganda siliana (otros han identificado a Mario con
Manlio Capitolino); la idea del Camilo segundo fundador de Roma anuncia la figura de Octavio, y la
caracterización que nos ofrece Livio del personaje lo convierte no sólo en iniciador del principado, sino en
modelo ideal del prínceps, tal y como ha observado J. Hellegouarch.” (p. 27-28). También, Cornell, 1999:
366-367.
94
Por ejemplo, en Diodoro (XIV, 116, 7), Livio (V, 49) y Dionisio (XIII, 9, 1-2) y Plutarco (Camilo, 28).
95
Sed Dionysium gerentem bellum legati Gallorum, qui ante menses Romam incenderant societatem
amicitiamque petentes adeunt, gentem suam inter hostes eius positam esse magnoque usui ei futuram vel
in acie bellanti vel de tergo intentis in proelium hostibus adfirmant. Grata legatio Dionysio fuit. Ita pacta
societate et auxiliis Gallorum auctus bellum velut ex integro restaurat. His autem Gallis causa in Italiam
veniendi sedesque novas quaerendi intestina discordia et adsiduae domi dissensiones fuere. (Just., XX, 5,
4-7).Traducción de José Castro Sánchez para la editorial Gredos (2008).
242
tirano96, y habida cuenta que no tenemos noticia alguna que Dionisio reclutara mercenarios en
el norte de Italia o en la Galia, la explicación más plausible es que contactara con ellos en el sur
de la península. Siguiendo al hilo de las contrataciones llevadas a cabo por Dionisio, se ha
planteado la idea que la invasión gala del 390 que terminó con la toma de Roma, fuera en
realidad orquestada por el propio Dionisio97. Se trata de una vía de investigación sumamente
interesante y que podría ponerse en relación no tan sólo con los reclutamientos posteriores que
realizó el tirano sino también con las incursiones de saqueo que llevó a cabo en la sota tirrénica.
A lo largo de los siglo IV y III se sucedieron nuevas incursiones celtas hacia el sur que Polibio se
encarga de listar y fechar (Pol. II, 18-20). Tan sólo tenemos testimonios escritos de aquellas que
afectaron directamente a los romanos: en el año 369 los mismos romanos consiguieron
derrotarles en batalla campal en el río Anio (Liv. VI, 42, 5-7; Plut. Cam. 40-41; Polien. VIII, 7, 2;
Dio Hal. XIV, 8-10; Zonar. VII, 24, 10-13). Significativamente la mayoría de galos supervivientes
no huyó hacia el norte sino, de nuevo, hacia Apulia98 (Liv. VI, 42, 8). En 361/360 un nuevo
contingente galo se alió con Tibur (actual Tívoli), ciudad del Lacio, y posteriormente se trasladó
a la Campania (Liv. VII, 9-11; Pol. II, 18-20). Las incursiones se sucedieron alrededor del 350 (Pol.
II, 18, 7-8; Liv. VII, 23-26; Gell., IX, 11; Zonar., VII, 25, 7-8; Val. Max. III, 2, 6; Dio Hal. XV, 1); en
coalición con los etruscos en 315 o 305 (Pol, II, 19, 1-4) y contra los mismos tirrenos poco
después (Liv. X 10, 6-12); en la gran coalición con etruscos, samnitas y umbros que fueron
derrotados en la Batalla de Sentino (295) (Pol, II, 19, 5-6; Liv. X, 22-29; Diod. XXI, 6; Zonar. VIII,
1, 2-7; Front. Strat. I, 8, 3); hacia el 285 (Pol, II, 19, 7-13; Dion Casio, VIII, 38, 1-2); y finalmente,
y después de algunas ofensivas romanas sobre territorio de boyos e ínsubres, en 225 se produce
la última gran ofensiva gala hacia el sur, donde fueron derrotados en la batalla de Telamón (225)
(Pol. II, 23-31; Diod. XXV, 13). Precisamente en esta última etapa las fuentes literarias destacan
la participación de otro grupo galo denominado gesatas, reclutados por los propios galos
cisalpinos99.
Así, las incursiones a gran escala protagonizadas por celtas de este periodo, que provienen
mayoritariamente de la llanura del Po, llegaron en múltiples ocasiones hasta las regiones de
Campania y Apulia100. De esta forma entraron en contacto con los conflictos que allí se sostenían
entre los pueblos autóctonos, mayoritariamente lucanos y samnitas, las colonias griegas y
Siracusa. Tal y como afirma Justino creemos que Dionisio supo sacar provecho de estos nuevos
aliados; estas bandas guerreras celtas ya se dedicaban al pillaje y al saqueo, a Dionisio tan sólo
le faltaba indicarles los objetivos. Sin duda, esta primera participación poco después del 390
debió de incitar posteriormente a distintas huestes a probar fortuna de la misma manera. En
este sentido cabría valorar un escueto pasaje de Livio donde menciona que, después de
derrotarles, los romanos empujaron a los galos hasta sus naves y les hicieron huir por mar (Liv.
VII, 32, 9).
96
En 369 Dionisio envía tropas mercenarias de apoyo a Esparta en su guerra contra Tebas. Entre estas
tropas había iberos y celtas (Xen, Hel., VII, 1, 20-22; Diod. XV, 70, 1).
97
Cornell, 1999: 363-368.
98
La huida hacia Apulia se repetirá también en C350, según Livio (VII, 26).
99
Péré-Noguès, 2007: 354.
100
A propósito de lo cual publicó un estudio M. Sordi (1981-1982).
243
Ahora bien, retomando el hilo del mercenariado galo que luchó para Cartago, nuestra propuesta
es que Dionisio no fue el único en utilizar a estas bandas guerreras. A tenor del contexto histórico
y de la poca presencia púnica en la Céltica Mediterránea, creemos que los galos utilizados por
Cartago no procedían del entorno de Masalia. A partir de aquí se proponen dos posibilidades
sobre el origen regional de su contratación.
La primera hipótesis es que algunas huestes galas, como por ejemplo las que lucharon en 340
en el ejército púnico contra Timoleón, procedieran del sur de la península Itálica. Bien de forma
directa, contratados sobre el territorio, o bien exmercenarios contratados por Siracusa que
decidieron cambiar de bando (como hemos visto, un comportamiento bastante habitual), éstas
se acabaron enrolando a las fuerzas cartaginesas.
La segunda opción, planteada por otros investigadores, es que los galos fueran contratados en
el otro extremo de la península Itálica: en el norte. Teniendo en cuenta las buenas relaciones
que mantuvo Cartago con varias ciudades etruscas y la proximidad de algunas de ellas al
territorio ligur y con los galos del Valle del Po, es posible todos ellos fueran contratados al sur
del golfo de Génova de forma conjunta. Recientemente se ha subrayado la presencia de
mercenarios ligures en ciudades septentrionales etruscas101, y la penetración gala en territorios
ligures102 así que nada nos impide plantear que Cartago fuera uno de los promotores de tal
actividad. Esta hipótesis encaja mejor con la red de relaciones diplomáticas establecida por
Cartago a partir del siglo V y explica la falta de evidencias de este fenómeno mercenario en el
Midi francés. El aprovechamiento de los contactos con ciudades etruscas hubiera permitido a
Cartago, en fechas anteriores, la contratación de mercenarios elisices103, aunque como ya hemos
argumentado anteriormente, este extremo nos parece exagerado.
En este sentido se han planteado la ciudad de Génova como posible foco de enrolamiento y
embarcación de estos mercenarios104. A tenor de las evidencias arqueológicas y del contexto
geográfico posiblemente los puertos de La Spezia105 y Pisa106 pudieron efectuar el mismo papel.
De esta forma, mercenarios procedentes de la Galia Cisalpina, de la Liguria oriental y de la misma
Etruria, pudieron ser contratados por Cartago y dirigidos hacia Sicilia sin el estorbo las colonias
focenses.
101
Maggiani, 2004: 388-389.
102
Fariselli, 2002: 264-5.
103
Tagliamonte, 1994: 97; Fariselli, 2002: 265-6.
104
Fariselli, 2002: 268-9; Colonna, 2013: 17.
105
Péré-Noguès, 2007: 354-355.
106
Maggiani, 2004: 388-389.
244
9. CONCLUSIONES
El análisis de los datos recopilados hasta ahora nos permite abordar desde una perspectiva
global y diacrónica el fenómeno de la interconectividad en el Mediterráneo occidental a través
de Cartago. Una vez establecido el tipo de relación que tuvo la ciudad con cada uno de los
territorios geográficos de su koiné es momento de abordar de forma integral este proceso y
tratar de responder a las preguntas que nos planteábamos al iniciar la investigación.
Si pretendemos demostrar nuestra teoría acerca del papel que tuvo Cartago como nexo y motor
de las relaciones político-militares del Mediterráneo occidental, parece lógico empezar a
construir este discurso a partir de ella. Siendo conscientes que no podíamos abordar esta
problemática sin conocer al propio sujeto político en profundidad, hemos tratado de determinar
cuál era el organigrama político y militar que regía el sistema. Después de la caída de la familia
magónida hacia mediados del siglo V, -la denominada “revolución oligárquica”-, el poder cambió
de manos y, con él, la política exterior cartaginesa. Las grandes familias comerciantes de la
ciudad, junto con una nueva clase emergente procedente del ámbito rural detuvieron el
intervencionismo militar que había caracterizado la dinastía anterior. Por espacio de varias
décadas, las fuentes literarias no recogen ningún tipo de campaña militar púnica. Dado que a
partir de ese momento se documenta un auge de importaciones de productos cartagineses en
Iberia y Baleares, todo parece indicar que el nuevo gobierno cartaginés estaba más interesado
en fortalecer sus relaciones comerciales que en una expansión territorial. Pero no era una paz
desinteresada. La riqueza y el estatus social de los miembros del senado dependían en buena
manera del éxito comercial, así que una vez tomadas las riendas de la administración del estado,
se concentraron en impulsar la política exterior que más les interesaba. Habida cuenta la
245
excelente ubicación geográfica de la ciudad en el ámbito mediterráneo, y sus buenas relaciones
con los fenicios de ambos extremos del mar, el éxito estaba asegurado.
Tal y como hemos tratado de reflejar en la figura 1, el organigrama político de la ciudad era
complejo. Sin embargo, pese al tráfico de influencias y a la compra de cargos públicos, su sistema
se caracterizó por un marcado interés por evitar que algunas magistraturas terminaran
acumulando demasiado poder y se vieran tentadas a imponer una tiranía. Todos los colegios e
instituciones disponían de un organismo paralelo que podía vetar o limitar sus capacidades de
maniobra, tanto en la esfera civil como en la militar. Y esta es la característica que precisamente
se encargaron de alabar dos figuras históricas tan respetadas como Aristóteles y Polibio: la
combinación de realeza, aristocracia y democracia. O lo que es lo mismo: sufetado, senado y
asamblea.
Este relato político se interrumpe definitivamente en el año 410, cuando Segesta pidió ayuda a
Cartago, por segunda vez, ante la amenaza de la vecina Selinunte. El senado cartaginés dio
entonces un giro en su política exterior y decidió intervenir de nuevo en Sicilia. Probablemente
el recuerdo nefasto de la derrota en Hímera del año 480 se había ido difuminando con el tiempo.
Quizás, la oligarquiza cartaginesa interpretó que después del desgaste de la guerra contra
Atenas, las ciudades greco-siciliotas no supondrían una amenaza, y que el momento era el
momento adecuado para expandir su área de influencia político-económica sobre la isla.
Este es el inicio del periodo que nos atrevemos a bautizar como la “Gran Partida”, un remedo
antiguo del llamado por Arthur Conolly “Gran Juego” que enfrentó a los Imperios británico y
ruso por el control de Asia en los siglos XIX y XX. Como en su epígono imperialista europeo, en
la etapa histórica que hemos estudiado, las habilidades militares y diplomáticas cartaginesas
fueron puestas a prueba de forma constante durante dos centurias. Simultáneamente, este
fenómeno puso en contacto a pueblos y regiones alejados entre sí, hasta entonces ajenos al
curso histórico mediterráneo. A lo largo de este periodo Cartago luchó por la hegemonía total
en Occidente, siendo su mayor escollo y campo de batalla la isla de Sicilia y la población griega
1
Ruiz Cabrero, 2009.
246
establecida en sus ciudades. Siracusa se convirtió en la némesis de Cartago durante más 200
años, hasta que fue absorbida por Roma y ésta tomó su testigo. De forma paralela, y aunque el
foco de atención de los historiadores griegos y romanos se centró en dicha isla, estos conflictos
también afectaron a la relación de Cartago con muchos otros territorios, directa o
indirectamente; en ocasiones impulsaron alianzas con reinos extranjeros (por ejemplo con
mauros, masilios o masesulios, pero también con la embajada a Alejandro en 331, o a Ptolomeo
II en 257), o la búsqueda de apoyos en ciudades con objetivos estratégicos (por ejemplo el caso
de Tarento en 275, el de Siracusa en 264, a la ayuda a Gadir contra sus vecinos turdetanos en
una fecha indeterminada). En otras ocasiones las relaciones se fortalecieron a través del
reclutamiento de levas sobre territorios directamente controlados por Cartago (con seguridad
en el norte de África, probablemente Cerdeña y quizá en Iberia). Ninguno de estos vínculos entre
Cartago y los territorios de la koiné estaba exenta del juego político, ya fuera mediante la
potenciación de enemigos de una ciudad hostil (por ejemplo en el apoyo a la Liga Italiota contra
Dionisio I), potenciando facciones filocartaginesas en ciudades hostiles (en Selinunte en
409/408, en Siracusa en 214 y quizá en Emporion a mediados del siglo IV) o bien arropando a
caudillos militares (caso del ilergete Indíbil). Sin olvidar que en algunas ocasiones la presión
cartaginesa derivó en enfrentamientos abiertos contra la población indígenas.
Se produjeron también otras incursiones de menor calado, como la de Cleónimo, hijo del rey
agíada Cleómenes II, sobre el Véneto, a finales del siglo IV, o la de Demetrio de Faros, quién
atacó a los aliados de Roma hacia el 220, entre otras. No obstante, los generales orientales no
se mostraron siempre tan hostiles a Siracusa o Cartago. Por ejemplo, la iniciativa y la resolución
del lacedemonio Jantipo ayudaron a los púnicos a revertir el rumbo de la primera guerra contra
Roma. Y en Siracusa fueron varios los espartanos que fueron mandados en su ayuda: Gilipo
hacia el 414, Deixippo en 407, Aristo o Aretes dos años más tarde, Fárax en 356/355 y Gesilo
muy poco después, dan testimonio de ello.
Llegados a este punto creemos haber demostrado el alto grado de interconexión entre ellos, el
dinamismo de este proceso, y la certeza de que Cartago desempeñó un papel crucial en este
fenómeno. El Mediterráneo fue un caldo en ebullición en términos políticos, económicos y
247
militares (si es que alguno de estos aspectos puede desligarse del otro) en época clásica, mucho
antes de convertirse en el Mare Nostrum. Dicho esto, sabemos el qué y sabemos el cuándo;
trataremos de responder ahora al cómo y al porqué.
Abordar la cuestión acerca de los objetivos que perseguía Cartago es una cuestión delicada,
habida cuenta que resultan, admitámoslo, imposibles de verificar. Entender los motivos que
mueven al agente a iniciar un proceso, una conquista o cualquier otra acción es la clave para
comprender plenamente cualquier episodio histórico. A menudo no se presta demasiada
atención a este aspecto o bien se generaliza de forma inadecuada; afirmar que el único motivo
de la expansión cartaginesa a lo largo de los siglo V y III fue el control del comercio Mediterráneo
es una verdad a medias, pobre y simplista. Esta presunción equivale a afirmar que aquello que
busca cualquier estado es la hegemonía; la sentencia es tan obvia que no aporta nada al discurso
histórico ni al debate historiográfico.
La respuesta correcta, desde nuestro punto de vista, hay que buscarla de forma particular en
cada episodio concreto. Cada uno de ellos engloba sus propios actores, sus propias
particularidades, y su propio contexto político. Igualmente, tendemos a indagar sobre la
voluntad de Cartago o Roma o Siracusa como si fueran entelequias autónomas, sujetos en sí
mismos. Cierto es que la voluntad de los senados de todas estas ciudades regían las decisiones
políticas y militares de sus ciudades. Pero la realidad era mucho más compleja y llena de matices
a tener en cuenta. Cuando el senado envío a Aníbal el magónida a Sicilia en el año 409 fue la
clase política quién decidió iniciar la guerra; pero no es menos cierto que fue Aníbal, en función
también de sus propios intereses, quién decidió como se llevaría a cabo y cómo reaccionaría
ante cada nuevo movimiento de Siracusa. En algunas ocasiones el senado cartaginés y los
generales que se encontraban sobre el terreno discreparon sobre sus objetivos, por no
mencionar la existencia de distintas facciones dentro del propio senado púnico; un buen
ejemplo de ello se aprecia claramente al inicio de la Segunda Guerra Púnica entre partidarios y
detractores de iniciar la guerra. Sólo mediante estos presupuestos específicos, únicos en cada
momento y para cada actor histórico, pueden explicarse los intentos tiránicos de Hannón (345),
la decisión de Amílcar de someter la península Ibérica (238) o la actuación de Bomílcar en la
batalla contra Agatocles frente a las puertas de Cartago (310). En este sentido, reivindicamos el
papel de ciertos personajes históricos a nivel individual para entender fenómenos y procesos
enmarcados dentro de la evolución de un estado.
En esta Gran Partida desempeñó un papel fundamental el aparato diplomático púnico, cuya
participación en este periodo fue sumamente activa. Tenemos evidencias, literarias y
epigráficas, de pactos establecidos con Caere, con Roma, con ciudades etruscas y con algunas
ciudades al este de Sicilia, además de relaciones políticas atestiguadas con Tebas, Tiro y
Macedonia. Tenemos referencias de todas estas relaciones aún sin contar con ningún tipo de
soporte históriográfico procedente de Cartago, dato que nos invita a pensar que este tipo de
tratados fueron mucho más comunes y estuvieron mucho más extendidos de lo que el devenir
histórico ha dejado testimonio.
248
Así, estamos convencidos que esta red de alianzas se extendía por los principales puertos y
ciudades del norte de África, Iberia, Cerdeña, Etruria y la Magna Grecia. Varios indicios nos
empujan pensar en este sentido: a) la presencia de material arqueológico púnico relacionado
con el comercio; b) los precedentes históricos (como batalla de Alalia, la existencia de un área
de fuerte dominio político púnico en Sicilia, las campañas militares sobre Cerdeña o los
numerosos tratados reseñados anteriormente); c) la presencia de establecimientos púnicos en
Cerdeña (Sulci), Sicilia (Terma) e Iberia (Baria, Ibiza); y d) especialmente el hecho que a lo largo
del siglo V Cartago sustentó su imperio colonial y su despegue económico a partir del control
comercial marítimo; y este control -y su rentabilización- sólo era posible si se controlaban los
puertos.
2
Whitakker, 1978: 63.
3
Pilkington, 2013: 361-363.
249
9.3. Evolución de las áreas de reclutamiento
A lo largo de esta obra hemos ido desgranando cual fue la evolución temporal y espacial en la
evolución de la contratación mercenaria. Es el momento de reunir las conclusiones de todos los
capítulos para visualizar e interpretar este fenómeno, cuyos resultados forman una de las partes
fundamentales de esta investigación. Antes de entrar en materia queremos subrayar que se
trata simplemente de una propuesta (como ya hicieran anteriormente otros especialistas más
experimentados, en especial A. C. Fariselli4) basada en todos aquellos aspectos que nos han
parecido importantes desde nuestro punto de vista. Es, por tanto, subjetiva, y trata de aportar
nuestro grano de arena en la materia; no pretendemos, por tanto, dar por concluido dicho
debate sino, muy al contrario, mantenernos abiertos a cualquier tipo de discusión o crítica
científica.
Iniciando pues, nuestro repaso en la campaña de Aníbal el magónida del año 410/409, nos
encontramos con una Cartago recién salida de un periodo de expansión comercial y política
relativamente pacífico. Las principales razones de ese cambio de rumbo en política exterior
guardan relación, en primer lugar, con la voluntad de ampliar la epikrateia púnica en Sicilia y, a
continuación, con la rivalidad económica respecto Siracusa. Pese a todas sus diferencias, ambas
ciudades acabaron por responder de forma similar en la escalada militar y armamentística entre
ellas: el establecimiento de alianzas político-militares con otras ciudades y el reclutamiento de
grandes cantidades de mercenarios. El contexto histórico del momento así lo aconsejaba. Por
un lado, mientras en Oriente se habían forjado imperios territorialmente enormes, con estados
dotados de un poder militar propio indiscutible, como Egipto, la Persia Aqueménida, el imperio
de Alejandro o los reinos de los diádocos, en Occidente no nos encontramos con hegemonías
semejantes. Sin duda, Cartago y Siracusa, al igual que Masalia, Gadir o Tarento, eran ciudades
económicamente muy potentes, pero carecían de un gran dominio territorial; en este sentido,
incluso Cartago, en el momento de su mayor apogeo, no fue nunca comparable a los reinos e
imperios orientales.
Ante la imposibilidad de llevar a cabo una conquista militar territorial, esta situación de
atomización, obligó a las ciudades con pretensiones hegemónicas a tejer una red de alianzas
basada en el apoyo militar y en cierto grado de dependencia política. Cabe subrayar que estas
alianzas se vieron favorecidas por las numerosas tiranías establecidas en Sicilia e Italia,
permitiendo el establecimiento de pactos de tipo personal, a menudo ratificados mediante
matrimonios. Dionisio el Viejo, por ejemplo, tuvo dos esposas, una procedente de Siracusa y la
otra de Locros, las cuales respondían a la necesidad de asegurar el apoyo de ambas ciudades a
su gobierno (Diod. XIV, 44, 3-8).
Cabe añadir, además, que el fenómeno mercenario estaba en pleno apogeo en el siglo V en el
Mediterráneo oriental. Las fuentes literarias dan buena fe de ello, donde éste fenómeno ha sido
tratado con mayor profundidad por la historiografía moderna.
Por lo que respecta al área de procedencia de las tropas enroladas por Cartago en este periodo,
interpolando los datos que hemos obtenido en las conclusiones de los capítulos anteriores,
observamos como existe una estrecha relación con la esfera comercial de la ciudad. Este dato
4
Fariselli, 2002.
250
resulta totalmente comprensible si aplicamos la lógica del aprovechamiento de infraestructuras
y de las relaciones con el mundo indígena. Esta área incluye el sur de Iberia, el norte de África,
Sicilia y Cerdeña. A ellos hay que añadir los mercenarios campanos que no fueron reclutados
directamente en Italia sino en la propia Sicilia. Ahora bien, no en todos estos territorios cabría
comprender que el enrolamiento de hombres útiles a Cartago se hizo siempre en concepto de
mercenarios; como mínimo en Cerdeña, en el área directamente controlada por Cartago en el
norte de África, así como en determinadas ciudades de Sicilia e Iberia, estas tropas no servirían
como tales sino como ciudadanos-soldado obligados a luchar en el ejército. En otros lugares, la
relación se estableció en calidad de aliados, tal y como se especifica en varias ocasiones en la
literatura clásica. Discernir entre todas estas gradaciones, con los datos de que disponemos
actualmente, es altamente complejo. Podemos, eso sí, establecer hipótesis e identificar ciertos
enclaves como ciudades aliadas o súbditas, pero es muchísimo más aquello que ignoramos que
aquello que sabemos. En el mapa siguiente puede observarse la distribución de estas áreas de
reclutamiento que hemos establecido para finales del siglo V, coincidiendo con Segunda Guerra
Greco-púnica (410-404).
Los continuos conflictos entre los cartagineses y la Siracusa de Dionisio el Viejo ampliaron la red
de relaciones internacionales en el Mediterráneo occidental a partir del siglo IV. A la creciente
influencia y hegemonía política de Cartago sobre el norte África y la península Ibérica se
añadieron entonces la turbulenta situación en el sur de la península Itálica entre las ciudades
griegas, brutios y lucanos, y los intereses siracusanos sobre este territorio. Dicho conflicto
provocó la creación de la Liga Italiota. Aparecieron también en escena unos nuevos actores: los
galos, quienes fueron inicialmente utilizados como mercenarios por Dionisio. El fin de la Guerra
del Peloponeso en Oriente, y el creciente interés del Imperio persa por aprovechar las
disensiones internas en el mundo griego jugaron también su propio papel en este Gran Juego.
251
En el año 396 se retomaron las hostilidades entre Cartago y Siracusa, desembocando en la
Tercera Guerra Greco-púnica (396-392). Después de un breve paréntesis, el conflicto volvió a
estallar con más fuerza y mayores consecuencias apenas una década más tarde, en el año 383.
Pese a contar con ejércitos más numerosos, los púnicos no lograron derrotar definitivamente al
tirano, cuyas poderosas arcas le permitían rodearse de aliados poderosos y nutridos cuerpos de
mercenarios. Cartago, por su parte, logró sumar a su causa a las ciudades griegas de la Liga
Italiota, cansadas de las continuas incursiones y amenazas siracusanas sobre sus territorios. La
paz establecida con Magón en el año 392 no detuvo las aspiraciones expansionistas de Dionisio
sobre, pero éste sabía que no podía sostener una guerra en dos frentes opuestos, en Sicilia
contra los púnicos y en Italia contra la Liga Italiota. Ante la disyuntiva, cabían dos posibilidades:
o bien tratar de romper dicha alianza, o bien encontrar nuevos aliados. Esparta se sumó al eje
siracusano enviando fundamentalmente a generales experimentados; en aquellos momentos
los espartanos luchaban por mantener la hegemonía sobre la Hélade que tantos esfuerzos les
había costado y no podían permitirse el envío de tropas al oeste. Dionisio encontró parte de las
fuerzas humanas que necesitaba entre los brutios y lucanos, enfrentados a las ciudades de la
Magna Grecia desde hacía décadas. Pero entonces, se presentó un nuevo actor: los galos.
Procedentes del centro de Europa, los pueblos celtas habían empezado por expulsar a los
etruscos de la llanura padana y se habían establecido al norte de la península Itálica. Sus éxitos
militares y la amenaza que suponían para los pueblos itálicos septentrionales sin duda alguna
llegaron a oídos de Dionisio, probablemente gracias a las redes comerciales que seguían
navegando por el Tirreno de forma constante, y decidió tomar cartas en el asunto.
En el año 391 los galos senones5 atacaron la ciudad etrusca de Clusio. Pero ¿por qué Clusio? La
mayor parte de autores clásicos remiten a las migraciones galas en busca de mejores tierras
como la causa que les empujó hacia Roma. Pero Clusio no está en el norte. Está lejos de la llanura
padana. Quizá podamos presentar una nueva hipótesis de trabajo, algo más elaborada.
A comienzos de la década de los 80 del siglo IV, justo después del tratado con Magón, Dionisio
intensificó sus actividades en el Adriático. Estos movimientos no se reducían a imponer
gobiernos títeres, como en el caso de Alcetas en el reino de los Molosos, ni tampoco a pactos
con las tribus ilirias (Diod. XV, 13, 1-3). Dionisio fundó al menos dos ciudades en la costa adriática
durante esos años: Faros (actual isla de Hvar, en Croacia), en el año 384/383 y Liso (actual Lezhë,
Albania) “unos años antes” (Diod. XV, 13, 4). Es posible que fuera entonces cuando el tirano
entrara en contacto con aquellas huestes galas que habían descendido por la península Itálica y
se encontraban en la zona de la Apulia, es decir, enfrente de Liso. Justino (XX, 5, 1-6) afirma que
en ese momento Dionisio los contrató como mercenarios para luchar contra las ciudades griegas
del sur.
Sin embargo existe otra línea argumental posible y es que fuera el mismo tirano, quién hubiera
empujado a los galos hacia allí. Polibio (I, 6, 1-2) indica que el saqueo de Roma se produjo en la
época de la Paz de Antálcidas (387/386). Lo cual nos ubica en la época en la que Dionisio empezó
a forjar alianzas y a establecer enclaves siracusanos en la zona del Adriático. Este interés por la
zona adriática podría haber llevado a Dionisio a entablar relaciones con los galos senones, la
5
Boyos según Apiano (Gall., 1, 1-2), senones según Aulio Gelio (Gell., V, 17, 1-5; XVII, 21, 20), Floro (I, 7),
Livio (Liv. V, 35) y Estrabón (Est. V, 1, 6).
252
tribu celta que, precisamente, se encontraba establecida en la costa opuesta a la isla de Faros6.
T. J. Cornell propuso, a partir de la ruta seguida por los galos, que el objetivo de éstos era
trasladarse hacia la Campania7 y, desde ahí, atacar a las ciudades griegas de la Liga Italiota. En
efecto, el paso más factible desde el nordeste hacia la zona campana se realiza a través del curso
del río Tíber y luego bordear la costa hasta Nápoles, tal y como puede apreciarse en el mapa (fig.
3).
Figura 36. Rutas seguidas por Dionisio el Viejo y por los galos senones en la década del 380.
Se ha sugerido también que los posteriores ataques galos a Roma fueron orquestados por
Dionisio mientras él se encargaba de saquear la costa tirrénica y corsa en busca de recursos8. El
episodio más conocido lo constituye el saqueo del templo de Ilitia, cerca de Caere; el tirano
desembarcó en el puerto de Pyrgi y, pese a la rápida respuesta de los agilenses, logró obtener
un botín de 2.000 talentos de oro y plata (Est. V, 2, 8; Diod. XV, 14, 3-4; Poliè, Estrat., V, 2, 9). De
esta forma, el ataque de los galos habría estado coordinado con la incursión naval de Dionisio,
evitando que Roma pudiera prestar ayuda a Caere.
Es cierto que no existen más elementos de refuerzo que respalden más sólidamente esta teoría,
más que la contemporaneidad de los hechos. Sin embargo, y como venimos subrayando a lo
6
En este sentido, S. Péré-Noguès recupera la hipótesis planteada por V. Kruta de considerar Ancona como
un centro de reclutamiento mercenario en el Adriático (Kruta, 1981: 9; Péré-Noguès, 2007: 354).
7
Cornell, 1999: 365-366.
8
Cornell, 1999: 366.
253
largo de toda la investigación, la interconexión entre todos los pueblos que baña el
Mediterráneo era mucho más compleja y asentada de lo que comúnmente viene mostrándose.
Y aunque los canales de información en la Antigüedad fueran más lentos, podemos estar seguros
que un tirano como Dionisio conocía perfectamente cuál era la situación social y política en la
mayor parte de las ciudades y territorios importantes en el Mediterráneo. Aunque este episodio
no afecte directamente a Cartago, los hemos desarrollado con la intención de demostrar que
pese al papel regidor que la colonia tiria desarrolló en este periodo, no era, ni mucho menos, el
único actor activo. La evolución hegemónica de Cartago no experimentó una línea uniforme
ascendente sino que se enmarca dentro de una dinámica multipolar tremendamente compleja
e interconectada.
Las guerras entre Cartago y Siracusa producidas entre los años 396 y c.358 demuestran cual era
la situación en ambos extremos del Mediterráneo en el siglo IV: una continua lucha por la
hegemonía en la cual ninguna de las dos potencias daba el brazo a torcer. Esta conflictividad
alcanzó a uno de sus momentos culminantes en el transcurso de la Sexta Guerra Greco-púnica
(344-339). En el año 343 cuatro ejércitos dirigidos por tantos otros bandos enfrentados lucharon
dentro y fuera de las murallas de Siracusa para obtener el control de la ciudad (Diod. XVI, 69).
Aquella guerra se decantó finalmente del lado del corintio Timoleón, quién, contra todo
pronóstico, logró vencer al inmenso ejército cartaginés en el río Crimisos y posteriormente
expulsó las tiranías de la mayor parte de ciudades sicilianas.
Pasadas tres décadas, el senado cartaginés tuvo que ordenar una nueva leva de mercenarios.
Agatocles, el nuevo hombre fuerte de Siracusa, había iniciado la enésima ofensiva contra los
territorios púnicos de Sicilia. El general cartaginés Amílcar de Gisgón organizó un considerable
ejercito formado por libios, soldados cartagineses, y mercenarios baleáricos y etruscos para
254
frenar el avance griego en la isla. A todos ellos se añadieron posteriormente algunos miles de
mercenarios más, probablemente greco-siciliotas, para resarcir a su ejército después de haber
perdido muchas naves durante la travesía. Después de varios cambios de iniciativa, finalmente
los cartagineses terminaron venciendo el conflicto cinco años más tarde.
Un contingente de mercenarios griegos también entró a formar parte del ejército púnico
durante la contienda (de hecho, en ambos bandos había mercenarios griegos). En cambio, hasta
cierto punto resulta sorprendente que ni durante esta guerra, ni durante el conflicto posterior
contra Pirro, ninguna fuente literaria aluda a la participación de mercenarios de origen ibérico.
Sin embargo, a tenor de la buena relación política y económica en la península Ibérica, así como
respecto a los indicios arqueológicos y numismáticos (especialmente las monedas cartaginesas
de Emporion), creemos que en realidad, no tan sólo siguieron utilizándose mercenarios de
origen ibérico, sino que además su área de enrolamiento se expandió hacia el norte. Igualmente,
nada nos invita a pensar que en Cerdeña no se continuara reclutando levas ciudadanas.
Un ejército cartaginés fue enviado a Sicilia a la muerte de Agatocles en 289 (Just. XXIII, 2, 13),
pero nada sabemos de él ni de su composición salvo que se dedicó a recuperar las ciudades que
habían caído bajo la égida siracusana. Paralelamente, desde finales del siglo IV y durante la
mayor parte del siglo III se produjo una nueva fase de expansión territorial cartaginesa en suelo
africano, extendiendo la zona bajo control directo de la ciudad hasta los distritos de Los Campos
Magnos, Gunzuzi y Tusca.
La situación cambió notablemente con el estallido de la Primera Guerra Púnica. Siracusa, que
durante los primeros meses del conflicto permaneció en el lado cartaginés, terminó capitulando
ante Roma para transformarse, al cabo de poco tiempo, en uno de sus aliados más fieles. La
guerra que se desencadenó en aquel entonces fue el conflicto más largo registrado durante toda
la Antigüedad, 24 años de guerra ininterrumpida (264-241). El esfuerzo bélico fue llevado hasta
255
el extremo por parte de ambas potencias, tan sólo superado en cuanto a movilización de tropas,
transporte y logística por la Guerra Anibálica.
Tropas de origen griego también son mencionadas bajo el estandarte cartaginés en distintos
momentos de la contienda, aunque resulta plausible plantear la presencia de tropas helenas
durante todo el conflicto. Estos soldados procedían tanto de la Hélade, según lo demuestra el
caso paradigmático de Jantipo (App. Pun. 3; Pol. I, 32-36; Front. Strat. II, 2, 11; Zonar. VIII, 13, 5-
10; Diod. XXIII, 14-15; Veg. III, prol., 5-6; Val. Max. IX, 6, 1), como de la propia Sicilia (Pol. I, 43,2-
3). No obstante, fue el norte de África la región que soportó el mayor peso de la guerra. Esta
vez, sin embargo, las tropas africanas no participaron tan solo con infantería y caballería. En este
contexto contamos con datos acerca de la incorporación de los temidos elefantes, cuya más
antigua mención se ubica en el año 262 (Diod. XXIII, 7-8; Pol. I, 19; Oros. IV, 7, 5). En cambio, no
parece que las ciudades etruscas participaran esta vez en el conflicto, habida cuenta que veinte
años antes habían sucumbido, por enésima y última vez, ante los romanos (Dio. Cas., VIII, 38, 1-
2). A consecuencia de ello su peso político y económico había decrecido ostensiblemente, hasta
ser eventualmente fagocitadas por Roma.
256
La derrota cartaginesa en 241 conllevó profundas transformaciones y consecuencias en el
panorama multipolar mediterráneo. Sicilia, tantos años disputada entre cartagineses y
siracusanos, cayó de facto en manos de una potencia recién llegada a la zona; una potencia
expansionista en rápida ascensión, Roma. Cartago no sólo fue expulsada de la isla, sino que
además tuvo que enfrentarse a las consecuencias de la derrota: las arcas del estado estaban
agotadas, Roma exigía la entrega de una enorme suma de dinero como indemnización de guerra,
y había miles de mercenarios a las puertas de Cartago esperando recibir su paga. La presencia
de un ejército de mercenarios ante la ciudad, desmovilizado y ansioso por cobrar, no constituía
la situación que había previsto el Senado cartaginés. Ante la imposibilidad de hacer frente al
sueldo que les debía, la metrópolis norteafricana empezó a dialogar con sus líderes, tratando de
hallar una solución. Sin embargo, ello no fue posible. Cansados de esperar, y dirigidos por
caudillos de cada rincón de la koiné, los mercenarios se rebelaron y declararon la guerra a la
ciudad a la que habían servido. Arrastraron con ellos buena parte de los territorios libios sujetos
a la hegemonía cartaginesa y empezó de este modo la Guerra Inexpiable o Guerra de los
Mercenarios (241-238).
Estas fueron las horas más sombrías de la historia de la ciudad hasta entonces. Cartago
únicamente logró reponerse a tal extrema situación gracias a las habilidades militares y
diplomáticas de Amílcar Barca, quién logró atraerse además a importantes sectores libios a su
bando. Después de numerosas batallas, la guerra terminó tres años y cuatro meses después (Pol.
I, 88, 7). La derrota frente a Roma y la revuelta mercenaria provocaron una desatención forzosa
del imperio marítimo cartaginés. Y esta situación no pasó inadvertida a los romanos, quienes
aprovecharon la crisis púnica para conquistar la isla de Cerdeña (Pol. I, 88, 8-12). Para un
espectador culto del año 238, aquel probablemente pareció significar el fin de la hegemonía
cartaginesa en el Mediterráneo occidental. Pero Amílcar, con el apoyo del ejército y de la
ciudadanía más que con la del Senado, encontró la fórmula para devolver la ciudad al plano
internacional.
El desembarco del general cartaginés en Iberia en el año 237 marca el inicio del resurgir de
Cartago en el siglo III. La conquista de aquel territorio que había sido el granero de mercenarios
cartagineses debió de constituir un desafío diplomático importante. Con el mar tirreno bajo
control romano, las vías de contratación de tropas ligures, galas, sicilianas y sardas quedaban
cerradas. De modo que el ejército que comandaba Amílcar estaba formado fundamentalmente
por tropas africanas y por los mercenarios veteranos que habían sobrevivido a la Primera Guerra
Púnica y a la Guerra Inexpiable. Aun así, el general púnico sometió políticamente buena parte
de los territorios que anteriormente tan solo se consideraban una suerte de zona de influencia
cartaginesa, además de a las numerosas poblaciones fenicio-púnicas que poblaban el sur de la
península. Su yerno Asdrúbal siguió expandiendo los límites de este nuevo imperio -esta vez sí,
territorial-, utilizando prioritariamente la diplomacia frente a las armas. El cambio de régimen
en Iberia tuvo su eco tanto en la fundación de las nuevas ciudades de Akrá Leuke y Cartago Nova
cuanto en la modernización de otras ya existentes mediante un ordenado plan de fortificaciones
con fuertes influjos poliorcéticos de origen helenístico.
257
Tan rápido crecimiento alarmó algunos sectores del senado romano, que enviaron una primera
delegación a Iberia en época de Amílcar y una segunda con Asdrúbal en el poder. El resultado
de esta última fue la firma del denominado Tratado del Ebro, en el año 226, que estipulaba los
límites precisos a la expansión territorial cartaginesa en el citado río. De forma sucinta podemos
resumir estas dos primeras décadas del imperio bárcida en la península con una primera fase de
conquista y expansión llevado a cabo por Amílcar, y una segunda que se caracterizó por afianzar
y administrar el imperio territorial recién creado. Esta fue la situación que heredó Aníbal Barca
en 221, fundamental para entender la guerra mundial que estalló tres años después. La Segunda
Guerra Púnica constituye, en cierta manera, el culmen de un proceso que venía fraguándose en
los últimos doscientos años.
Aníbal, el gran enemigo de Roma, constituyó el paradigma del general cartaginés definitivo.
Gracias a la koiné cartaginesa construida pacientemente durante los dos siglos anteriores, Aníbal
pudo aprovechar las conexiones diplomáticas y militares púnicas al máximo, desde Iberia hasta
Macedonia y del sur de la Galia a las llanuras africanas.
258
9ENG. CONCLUSION
The analysis of the compiled data thus far has allowed us to approach the phenomenon of
interconnectivity in the Western Mediterranean through Carthage from a global and diachronic
perspective. Once the type of relationship that the city had with each of the geographical territories
of its koiné has been established, we can start to approach this process holistically and try to answer
the questions that were raised at the beginning of the research.
If we are attempting to prove our theory regarding Carthage’s role as the nexus and driving force
behind political-military relations in the Western Mediterranean, it seems logical to use this as a
starting point from which to build our discourse. As we are aware that we cannot address this issue
without knowing in depth the very political subject in question, we have tried to determine what the
political and military organisational hierarchy was that governed the system. After the fall of the
Magonid family towards the middle of the 5th century, the so-called “oligarchic revolution,” power
changed hands and with it, Carthage’s foreign policy. The city’s greatest trading families, together
with a new, emerging class originating from the rural regions, put a stop to military intervention that
had characterised the previous dynasty. For a period of various decades, literary sources show no
evidence of any kind of Punic military campaign. Given that from this moment on a rise is
documented in imports of Carthaginian products to Iberia and the Balearics, everything would seem
to indicate that the new Carthaginian government was more interested in strengthening its trade
relations than in expanding its territory. However, it was not a selfless peace. The wealth and social
status of the Senate’s members depended greatly on successful trading, so that once they were at
the helm of State administration, they could concentrate on promulgating the foreign policy they
were most interested in. Given the ideal geographical location of the city in the Mediterranean
sphere and their good relations with the Phoenicians on both sides of the sea, success was
guaranteed.
259
It has also been shown that the oligarchy was predisposed to nepotism and bribery for public office,
which is often indicated in literary sources within the Carthaginian political system and confirmed in
epigraphy.1 Thus it has been proved that the majority of roles within the city’s highest authorities
were in the hands of a small number of families and that it was commonplace for the same person
to occupy various roles and to repeat terms in office.
As we have tried to convey in illustration 1 from the second chapter, the city’s political
organizational chart was complex. However, in spite of influence peddling and bribery for public
office, its system was characterised by a marked interest in ensuring that some authorities could not
accumulate excess power and become tempted to impose a tyranny. Every political institution had a
parallel body that could veto or limit their room to manoeuvre, both in the civil and military sphere.
It is precisely this characteristic that two highly respected historical figures, Aristotle and Polybius,
chose to praise: the combination of royalty, aristocracy and democracy. Or what can also be
described as: shophet, senate and assembly.
This political account was decisively interrupted in the year 410, when Segesta asked Carthage for
help a second time when faced with the threat of their neighbour Selinunte. The Carthaginian
Senate thereby took a notable turn in their foreign policy and decided to intervene again in Sicily.
Possibly the disastrous memory of the defeat at Himera in the year 480 had diminished over time.
Or perhaps the Carthaginian oligarchy construed that after the attrition of war against Athens, the
Greek-Sicilian cities would not pose a threat and that it was the right time to expand their political
and economic influence over the island.
The situation in the military sphere had not changed as much as the political one. The supreme
command lay with one of the last members of the Magonid dynasty, Hannibal (at least the last one
mentioned in classical literature). The army was formed by contracting mercenaries from diverse
ethnic and geographical backgrounds, principally from the Iberian Peninsula and North Africa. We
have already mentioned in chapter 8 that the list of nations involved in Hamilcar’s army in 480
seems exaggerated. Diodorus states that it took Hannibal a whole year to recruit these troops,
200,000 men according to Ephorus and 100,000 according to Timaeus (Diod. XIII, 54, 5), which could
effectively indicate the difficulty in reactivating the Carthaginian war machine after a long slumber.
This is the beginning of the period we have dared to name the “Big Game”, an ancient version of the
so-called “Great Game” as coined by Arthur Conolly, when the British imperialists and Russians
fought for control over Asia in the 19th and 20th centuries. As with its European imperialist epigone,
in the historical period we have studied, Carthaginian military and diplomatic abilities were
constantly tested throughout the two centuries. At the same time, this phenomenon connected
remote nations and regions that had previously been removed from the course of Mediterranean
history. Throughout this period, Carthage fought for complete hegemony in the West, with the
island of Sicily and the Greek population inhabiting its cities being its greatest obstacle and
battlefield. Syracuse became Carthage’s nemesis for more than 200 years until it became absorbed
by Rome and taken over. At the same time, and although the attention of Greek and Roman
1
Ruiz Cabrero, 2009.
260
historians has focused on the aforementioned island, these conflicts also directly or indirectly
affected Carthage’s relationship with many other territories. Occasionally it fuelled alliances with
foreign kings (for example with the Mauri, Massyliis or Maesulians, but also with the embassy of
Alexander in 331 and of Ptolemy II in 257) or the quest for support in cities with strategic objectives
(for example the case of Tarentum in 275, Syracuse in 264, to the aid of Gadir against its Turdetani
neighbours at an unknown date). On other occasions, relations were strengthened through levying
troops from territories directly controlled by Carthage (certainly in North Africa, probably Sardinia
and possibly in Iberia). None of these ties between Carthage and the koiné territories were exempt
from the game of politics, whether it were through the strengthening of enemies from a hostile city
(for example supporting the Italiote League against Dionysius I), strengthening Carthaginian factions
in hostile cities (in Selinunte in 409/408, in Syracuse in 214 and perhaps in Ampurias during the
middle of the 4th century) or by coming to the defence of military leaders (case of the Ilergete,
Indibilis). Not forgetting that on some occasions, Carthaginian pressure caused open conflicts against
indigenous populations.
Neither Syracuse, nor subsequently, Rome remained indifferent when faced with Carthaginian
deployment in foreign politics and they in turn sought their own allies. Dionysius found them among
the Gauls from the north of the Italian peninsula and the Campani, Bruttii and Lucani populations in
the south. They also strengthened their ties with Sparta with the mutual exchange of troops
throughout various points of the 4th century. In this respect, the Hellenic world was the only outside
factor that burst onto the Western scene with sufficient force to destabilise it. These “Hellenic
incursions” were normally short-lived campaigns, usually badly planned, which rarely ended
successfully. In fact it was the first of these, the Athenian expedition of 415-413, which brought
about Hannibal’s campaign of 410/409. Subsequently, the city of Tarentum sought help from
Alexander of Epirus to battle against the Lucani at the end of the 4th century, but was defeated
during the campaign. Without a doubt, the greatest example of this phenomenon was that of
Pyrrhus of Epirus, who fought for nearly seven years (280-274) in Italy and Sicily against the Romans
and Carthaginians. However, in spite of his military successes, his campaign also ended in disaster
and he was forced to return to Hellas with empty hands and less troops in his army.
There were also other incursions of less importance, such as that of Cleonymus, son of the Agiad
king Cleomenes II, on Veneto at the end of the 4th century or that of Demetrius of Pharos, who
attacked the Roman allies around the year 220, among others. Nevertheless, the Eastern generals
were not always as hostile to Syracuse or Carthage. For example, the initiative and resolution of
Xanthippus Lacedaemonius aided the Punics to change the course of the first war against Rome.
Moreover various Spartans in Syracuse were sent to their aid: Gylippus around 414, Deixippus in
407, Ariston or Aretes two years later, Farax in 356/355 and Gesilus shortly after, give account to
support this.
Thus far we believe we have shown a high degree of interconnection between them, the ambition of
this process and the certainty that Carthage played a crucial role in this phenomenon. The
Mediterranean was a boiling pot in political, economic and military terms (if it is possible to separate
one from the other) in the classical period, long before it became the Roman Mare Nostrum.
261
9.2 The “Big Game”. Carthage’s political strategy: diplomatic and military affairs
Addressing the matter concerning the goals Carthage was pursuing is a delicate question, given that
admittedly it is impossible to verify them. Understanding the underlying motives that drive a
perpetrator to embark on a process, conquest or any other action is key to fully understanding any
historical event. This aspect is often overlooked or is rather generalised inadequately; stating that
the only motive for Carthaginian expansion throughout the 5th and 3rd century was the control of
Mediterranean trade is a sparse and simplistic half-truth.
The correct response, from our point of view, is to search for it in a particular fashion in each specific
incident. Each one encompasses their own actors, their own peculiarities and their own political
context. Equally, we tend to carry out research concerning the will of Carthage or Rome or Syracuse
as if they were autonomous entelechies, subjects in themselves. Certainly it was the will of the
Senates of these cities that governed over the political and military decisions of their cities. Yet in
reality it was much more complex and nuanced. When the Senate sent Hannibal the Magonid to
Sicily in the year 409, it was the political class who decided to start the war; but it is no less certain
that it was Hannibal, acting on his own interests, who decided how it would be carried out and how
to react when faced with each of Syracuse’s new movements. On occasion, the Carthaginian Senate
and generals in the field would disagree on their objectives, not mentioning the existence of
different factions within the very Punic Senate; a good example of which was clearly seen at the
beginning of the Second Punic War between those in support of and those against starting the war.
Only through these specific calculations, unique to each moment and each historical actor, can the
tyrannical attempts of Hanno (345), Hamilcar’s decision to domineer the Iberian peninsula (238) or
the actions of Bomilcar in the battle against Agathocles before the gates of Carthage (310) be
explained. In this regard, we stress the role of certain historical figures individually in order to
understand phenomena and processes framed within the evolution of a state.
In this Big Game, the Punic diplomatic system played a fundamental role and was highly active in
this period. We have literary and epigraphic evidence from pacts established with Caere, Rome,
Etruscan cities and some cities in the east of Sicily, as well as proven political relations with Thebes,
Tiro and Macedonia. We have reports of all these relations without even counting on any kind of
historiographic record originating from Carthage, a fact which allows us to think that these types of
treaties were much more commonplace and further afield than historical records have evidenced.
Therefore, we are convinced that this network of alliances spanned the main ports and cities of
North Africa, Iberia, Sardinia, Etruria and Magna Graecia. Various indications lead us to think this: a)
the remains of Punic archaeological material relating to trade; b) historical precedents (such as the
battle of Alalia, the existence of an area of strong Punic political dominance in Sicily, the military
campaigns on Sardinia or the numerous treaties previously detailed); c) the presence of Punic
settlements in Sardinia (Sulci), Sicily (Terma) and Iberia (Baria, Ibiza); and d) primarily the fact that
throughout the 5th century Carthage supported its colonial empire and economic growth based on
control of maritime trade; and this control (and its profitability) was only possible if they controlled
the ports.
262
These alliances were based on an unequal agreement between Carthage and the port/city in
question: the former, presumably benefitting from port activity and volume of traffic; the latter
being incorporated into the Carthaginian trade route and receiving certain security guarantees. By
the end of the 5th century, with the launch of the great Carthaginian military campaigns in Sicily, it is
possible that some of these cities were obliged to support them in the war effort, whether by
providing troops or financial assistance.
All of this diplomatic and military deployment leads us to wonder about the suitability of applying
the concept of imperialism to Carthaginian politics between the 5th to 3rd centuries. As we have
detailed in chapter 3, sometimes too much importance is placed on a concept, when actually the
background is more important than the form. Perhaps the terms, hegemony or epikrateia, which
describe an influence with a special emphasis on a form of power, physically absent, but
unquestionably politically and economically regulatory, would be more appropriate to define the
influence that Carthage exerted over a significant part of the territories that lie in the Western
Mediterranean. In any case, C.R. Whitakker’s2 definition of imperialist policy seems very pertinent,
which is defined by a series of characteristics: control and territorial annexation, provincial
administration system, tax collection, exploiting natural resources, unequal alliances and lastly,
monopoly and control of trade. According to this definition, Carthage effectively deployed an
imperialist policy during this period. Recently N. Pilkington has supported this stance from a more
archaeological perspective, focusing on aspects of economical exchange.3 Perhaps researchers are
not convinced by the fact that these territories did not undergo a relevant expansion of their
borders under its control until the Barcid era. Unlike Rome, the area under Punic dominance
remained fairly stable from the mid 5th century until the mid 3rd century. In any case, we must return
to the point that if all the regions were territorially interconnected, we should not hesitate to speak
of a Carthaginian empire, just as we should not hesitate to use this term for the Athenian policy
subsequent to the Greco-Persian Wars. As Athens in the east, Carthage also based the connection of
its territories through control of the sea. The main difference between this and other empires of its
time was that the majority of its surface was sea and not land.
Throughout this paper we have been piecing together the spatial and temporal evolution in the
development of contracting mercenaries. We must now bring together the conclusions from all the
chapters in order to visualise and interpret this phenomenon. These results form one of the essential
parts of this research. Before we look at the material, we wish to emphasise that this is merely a
proposal (as has previously been done by more experienced specialists, in particular A. C. Fariselli4)
based on all those aspects we have considered important. We do not claim to have concluded this
debate, on the contrary, we remain open to any type of discussion or scientific criticism.
2
Whitakker, 1978: 63.
3
Pilkington, 2013: 361-363.
4
Fariselli, 2002.
263
Starting then with our review of Hannibal the Magonid’s campaign in the year 410/409, we find
ourselves in a Carthage recently emerging from a period of trade expansion and relatively pacific
policies. The main reasons for this change of course in foreign policy are related primarily to the
hope of extending the Punic epikrateia in Sicily and thereafter, economic competition with regard to
Syracuse. In spite of all their differences, both cities responded in similar ways during the military
and arms escalation between them: they established political-military alliances with other cities and
recruited large numbers of mercenaries. Historical context at the time advised them to do so. Whilst
in the East they were forging vast territorial empires of states equipped with their own indisputable
military powers, such as Egypt, Achaemenid Persia, Alexander’s empire or the kingdoms of the
Diadochi, in the West we do not find similar hegemonies. Undoubtedly, Carthage and Syracuse, like
Massalia, Gadir or Tarentum, were economically very powerful cities, but they lacked a great
territorial dominance. In this regard, Carthage, even at its height, was never comparable to the
eastern kingdoms or empires.
Faced with the inability to carry out a territorial military conquest, this situation of fragmentation
obliged cities with hegemonic intentions to weave a network of alliances based on military support
and to a certain degree, political dependence. It is worth mentioning that these alliances were
favoured by numerous tyrannies established in Sicily and Italy, allowing the establishment of
personal kinds of pacts, often ratified through marriage. Dionysius the Elder, for example, had two
wives, one from Syracuse and the other from Locri, both as a result of needing to secure support
from both cities to his government (Diod. XIV, 44, 3-8).
Furthermore, it is worth noting, that the occurrence of mercenaries was at its peak in the 5th century
in the Western Mediterranean. Literary sources provide evidence of this, where this phenomenon
has been detailed in great depth by modern historiography.
Regarding the place of origin of the troops enlisted by Carthage in this period, by interpolating the
data we have obtained from the previous chapters’ conclusions, we can observe how there is a close
relationship with the city’s commercial sphere. This information is completely plausible if we apply
the logic of exploiting infrastructure and relations with the indigenous world. This area includes
southern Iberia, North Africa, Sicily and Sardinia. To this it must be added that the Campanian
mercenaries were not recruited directly in Italy but in Sicily itself. However, the enlistment of able
men to be sent to Carthage was not always in the form of mercenaries. At least in Sardinia, North
Africa in the area controlled directly by Carthage, as well as certain cities in Sicily and Iberia, these
troops did not serve as mercenaries but as citizen-soldier forced to fight for the army. In other
places, the relationship worked as an alliance, as has been specified on various occasions in classic
literature. Differentiating between all these gradations, with the data currently available, is
extremely complex. What we can do is to establish hypotheses and identify certain enclaves as allied
or subjugated cities. The following map shows the distribution of the enlistment areas we have
established for the end of the 5th century, coinciding with the Second Graeco-Punic War (410-404).
264
Illustration 35. Carthaginian enlistment areas in the period 410-404.
Key:
Area of obligatory citizen conscription
Area of mercenary recruitment/allied territories
The long-term conflict between the Carthaginians and Dionysius the Elder’s Syracuse widened the
network of international relations in the Western Mediterranean from the 4th century. Added to
Carthage’s growing influence and political hegemony in North Africa and the Iberian Peninsula was
the turbulent situation in the southern Italian peninsula between the Greek, Bruttii and Lucani cities
and Syracusian interests in the territory. This conflict fuelled the creation of the Italiote League. New
protagonists also appeared on the scene: the Gauls, who were initially used as mercenaries by
Dionysius. The end of the Peloponnesian War in the East and the Persian Empire’s growing interest
in profiting from internal dissension in the Greek world also played their own roles in this Great
Game.
In the year 396, Carthage and Syracuse renewed hostilities, culminating in the Third Graeco-Punic
War (396-392). After a brief interval, the conflict erupted even more ferociously and with greater
consequences barely a decade later in 383. In spite of counting on larger armies, the Punics were not
able to defeat the tyrant once and for all, whose influential coffers meant he was surrounded by
powerful allies and well nourished mercenaries. Carthage, on the other hand, was able to attain
support from the Greek cities of the Italiote League, beleaguered by constant Syracusian incursions
and threats to their territories. The peace established under Mago in 392 did not stop Dionysius’
ambitions for expansion, although he knew he could not sustain a war on two opposite fronts,
against the Punics in Sicily and against the Italiote League in Italy. Faced with this dilemma, there
were two possibilities: either try to break such an alliance or find new allies. Sparta joined the
Syracusian cause mainly by sending experienced generals; at that time the Spartans were fighting to
maintain hegemony over Hellas, which had cost them dearly to gain and they could not afford to
265
send troops to the west. Dionysius found part of the manpower he needed amongst the Bruttii and
Lucani, who had been opposing the cities of Magna Graecia for decades. But then a new protagonist
appeared: the Gauls.
Originating from Central Europe, the Celts had begun to expel the Etruscans from the Po Valley and
had settled in the northern Italian peninsula. Their military success and the threat they posed to the
northern Italian nations had undoubtedly caught the attention of Dionysius, probably thanks to
trade networks that sailed constantly through the Tyrrhenian Sea and he decided to take a hand in
the matter.
In the year 391, the Gallic Senones5 besieged the Etruscan city of Clusium. But why Clusium? The
majority of classic authors refer to the Gallic migrations search for better lands as the reason for
driving them towards Rome. Yet Clusium is not in the North. It is far from the Po Valley. Perhaps we
can present a new working hypothesis, something more thorough.
At the beginning of the 80s in the 4th century, just after the treaty with Mago, Dionysius intensified
his activities in the Adriatic. These movements were not merely to impose puppet governments, as
in the case of Alcetas in the kingdom of Molosos, nor to force pacts with the Illyrian tribes (Diod. XV,
13, 1-3). Dionysius founded at least two cities in the Adriatic coast during those years: Pharos
(modern day Hvar island in Croatia), in the year 384/383 and Liso (modern day Lezhë, Albania)
“some years later” (Diod. XV, 13, 4). It is possible that that was when the tyrant came into contact
with those Gallic troops who had travelled down the Italian peninsula and they met in the Puglia
region, that is to say across from Liso. Justin (XX, 5, 1-6) states that, at that time, Dionysius
contracted them as mercenaries to fight against the southern Greek cities.
However there is another possible line of argument that it was the same tyrant who had driven the
Gauls there. Polybius (I, 6, 1-2) indicates that the Sack of Rome occurred at the time of the Peace of
Antalcidas (387/386), which places us in the period when Dionysius began to forge alliances and
establish Syracusian enclaves in the Adriatic region. This interest in the Adriatic region could have
led Dionysius to establish relations with the Gallic Senones, the Celtic tribe who were established
exactly on the opposite coast to the Faros Island. T. J. Cornell proposed, from the route taken by the
Gauls, that their aim was to move to Campania,6 and from there, attack the Greek cities of the
Italiote League. Indeed, the most feasible pass from the northeast towards the Campanian region is
across the River Tiber and then travelling along the coast towards Naples, as can be seen in the map
(fig. 3).
5
Boii according Appian (Gal., 1, 1-2), Senones according to Gellius (V, 17, 1-5; XVII, 21, 20), Florus (I, 7), Livy
(Liv. V, 35) and Strabo (Str. V, 1, 6).
6 Cornell, 1999: 365-366.
266
Illustration 36. Routes taken by Dionysus the Elder and the Gallic Senones in the decade 380.
Key:
Routes Taken
Possible Routes
Planned Routes
It has been suggested that Dionysius orchestrated the subsequent Gallic attacks on Rome, whilst he
was in charge of looting the Tyrrhenian and Corsican coast in search of resources.7 The most well
known episode is the looting of the temple of Ilithyia, near Caere; the tyrant landed in the Pyrgi port
and despite the quick response of the Agilenses, he succeeded in plundering 2,000 gold and silver
talents (Str. V, 2, 8; Diod. XV, 14, 3-4; Polyaen, Strat. V, 2, 9). Thus the Gallic attack would have been
coordinated with Dionysius’ naval incursion, so that Rome could not provide assistance to Caere.
Certainly there are no other supporting elements to reinforce this theory other than the
contemporary nature of the facts. However, as we have been emphasising throughout this research,
the interconnection between all the peoples that lie on Mediterranean shores was much more
complex and established than has been commonly shown. Although the channels of information in
ancient times were much slower, we can be sure that a tyrant such as Dionysius would know
perfectly well what the political and social situation was of the majority of the Mediterranean’s
important cities and territories. Even though this incident did not directly affect Carthage, we have
detailed it to show that despite the governing role the Tyrian colony developed in that period, it was
not by any means the only active protagonist. Carthage’s hegemonic evolution did not experience a
267
uniform ascending line but rather was framed within a multipolar and highly complex and
interconnected dynamic.
The wars between Carthage and Syracuse, which took place between the years 396 and c.358,
depict the situation on both sides of the Mediterranean in the 4th century: a constant battle for
hegemony in which both powers stood their ground. This conflict reached one of its defining
moments during the course of the Sixth Graeco-Punic War (344-339). In the year 343, four armies,
led by as many different opposing bands, fought inside and outside of Syracuse’s walls to gain
control of the city (Diod. XVI, 69). That war finally favoured the side of the Corinthian Timoleon, who
against all odds, was able to defeat the vast Carthaginian army at the Crimissus River and
subsequently drove the tyrannies out of the majority of Sicilian cities.
Key:
Area of obligatory citizen conscription
Area of mercenary recruitment/allied territories
After three decades, the Carthaginian Senate had to order a new levy of mercenaries. Agathocles,
the new strongman of Syracuse, had begun the umpteenth offensive against the Punic territories of
Sicily. The Carthaginian general, Hamilcar Gisco, organised a considerable army formed of Libyans,
Carthaginian soldiers and Etruscan and Balearic mercenaries to stop the Greek advance on the
island. To these troops they subsequently added a few thousand more mercenaries, probably Greek-
Siceliotes, to recoup their army after having lost many ships during the voyage. After various
changes of plan, the Carthaginians finished by conquering five years later.
A contingent of Greek mercenaries also came to form part of the Punic army during the battle (in
fact, there were Greek mercenaries on both sides). However, to a certain extent, it seems surprising
268
that no literary source alludes to the participation of Iberian mercenaries during this war or the
subsequent war against Pyrrhus. However, given the good political and economic relations with the
Iberian peninsula, as well as regarding the archaeological and numismatic evidence (especially the
Carthaginian coins from Ampurias), I believe that not only did they continue to use Iberian
mercenaries, but that the enlistment area extended towards the north. Likewise, there is no reason
to doubt that the conscription of citizens in Sardinia continued. A Carthaginian army was sent to
Sicily when Agathocles died in 289 (Just. XXIII, 2, 13), but we know nothing about it or its
composition apart from the fact it was dedicated to recapturing cities that had fallen under the aegis
of Syracuse. Concurrently, from the end of the 4th century and during the most part of 3rd century, a
new phase of Carthaginian territorial expansion took place on African soil, extending the area under
direct control from the city to the districts of the Great Plains, Gunzuzi and Tusca.
Key:
Area of obligatory citizen conscription
Area of mercenary recruitment/allied territories
The situation changed dramatically with the outbreak of the First Punic War. Syracuse, who for the
first few months of the conflict was on the Carthaginian side, ended up surrendering to Rome in
order to become, in a very short space of time, one of their most loyal allies. The war that then
broke out was the longest recorded conflict of all ancient times, 24 years of constant fighting (264-
241). The war effort was taken to the extreme by both powers, only exceeded by the Hannibalic War
in terms of troop deployment, transport and logistics.
On this occasion, classical literature evidences the enlistment of mercenaries originating from the
whole of Carthaginian koiné. Polybius naturally stands out amongst these authors for his research
and rigorous analysis, as well as his descriptions of the occurrences at that time. In Iberia, despite
269
the setback that took place in the Ampurian regions, the same ports continued to supply the Punic
armies from the start until the end of battle (Pol. I, 17, 3-5; I, 67; Diod. XXV, 2). Numerous
contingents of Gallic troops arrived regularly from the ports of northern Etruria and southern Liguria,
as indicated by various authors (Pol. I, 17, 4; Front, Strat. III, 16, 3; Zonar. VIII, 10, 7; 16, 8; Pol. I, 43,
4; Pol. I, 67; Diod. XXV, 2). Ligurian soldiers also travelled with them (Pol. I, 17, 4; Pol. I, 67; Diod.
XXV, 2). An allusion to the peoples “from the region across from Sicily” (Pol. I, 17, 4) could also
indicate the participation of Italian mercenaries among the Carthaginian troops, perhaps Bruttii or
Lucani.
Troops of Greek origin are also mentioned under the Carthaginian insignia at various times of the
battle, although it is plausible to suggest that Hellenic troops were present throughout the entire
conflict. These soldiers came from both Hellas, as shown in the emblematic case of Xanthippus (Ap.,
Africa, 3; Pol. I, 32-36; Front, Strat., II, 2, 11; Zon. VIII, 13, 5-10; Diod. XXIII, 14-15; Veg. Epitome, III,
prol., 5-6; Val. Max., H. Mem., IX, 6, 1), and from Sicily itself (Pol. I, 43 2-3). Nevertheless, it was the
region from the North of Africa that bore the brunt of the war. This time, however, the African
troops did not merely fight with infantry and cavalry. Within this context, we have data regarding
the use of feared elephants, whose earliest mention is dated to the year 262 (Diod. XXIII, 7-8; Pol. I,
19; Or. IV, 7, 5). In contrast, it seems that the Etruscan cities did not participate this time in the
conflict, considering that twenty years prior to that they had succumbed, for the umpteenth and last
time, to the Romans (Dio. Cas., VIII, 38, 1-2). As a consequence of this, their political and economic
weight had diminished considerably, until they were eventually absorbed by Rome.
Key:
Area of obligatory citizen conscription
Area of mercenary recruitment/allied territories
270
The Carthaginian defeat in 241 entailed profound consequences and transformations in the
multipolar Mediterranean panorama. Sicily, disputed for so many years between Carthaginians and
Syracusians, fell de facto into the hands of a newly arrived power to the region; an expansionist
power that was rising rapidly: Rome. Carthage was not only expelled from the island, but also had to
face the consequences of defeat: the state treasure had dried up, Rome was demanding a huge sum
of money as war reparations and thousands of mercenaries at the gates of Carthage were waiting to
be paid. The presence of a mercenary army, in front of the city gates, demobilised and anxious to be
paid, was not the situation the Carthaginian Senate had been anticipating. Faced with the inability to
pay them their dues, the North African metropolis began a dialogue with their leaders, trying to find
a solution. However, it was not possible. Tired of waiting and led by commanders from each corner
of the koiné, the mercenaries rebelled and declared war on the city they had served. With the
backing of a substantial part of Libyan territories subject to Carthaginian hegemony, they started the
Truceless War or the Mercenary War8 (241-237).
These were the darkest hours of the city’s history hitherto. Carthage only managed to recover from
such an extreme situation thanks to the diplomatic and military capabilities of Hamilcar Barca, who
won over a significant Libyan sector to his side. After numerous battles, the war ended three years
and four months later (Pol. I, 88, 7). The defeat against Rome and the mercenary revolt caused a
forced neglect of the Carthaginian maritime empire. This situation did not escape the Roman’s
attention, who took advantage of the Punic crisis to conquer the island of Sardinia (Pol. I, 88, 8-12).
To an educated observer in the year 238, this would have seemed to be the end of Carthaginian
hegemony in the Western Mediterranean. Yet Hamilcar, with more support from the army and
citizens than from the Senate, found the formula to return the city to the international stage.
The landing of the Carthaginian general in Iberia in 237 marked the beginning of Carthage’s
resurgence in the 3rd century. The conquest of that territory which had been the breadbasket of
Carthaginian mercenaries should have constituted an important diplomatic challenge. With the
Tyrrhenian Sea under Roman control, the routes for contracting Ligurian, Gallic, Sicilian and
Sardinian troops were closed. This meant that the army commanded by Hamilcar was principally
formed of African troops and veteran mercenaries who had survived the First Punic War and the
Truceless War. Even so, the Punic general politically subjugated a large part of those territories that
were previously considered only a kind of zone of Carthaginian influence, as well as the numerous
Phoenician-Punic populations in the southern peninsula. His son-in-law, Hasdrubal, continued
expanding the boundaries of the new empire, this time territorially, giving priority to diplomacy
before arms. The change of regime in Iberia was echoed both in the foundation of the new cities,
Akra Leuka and Carthago Nova, and in the modernisation of existing ones through an ordered plan
of fortifications with strong poliorcetica influences of Hellenistic origin.
Such rapid growth alarmed some sectors of the Roman Senate, who sent a preliminary delegation to
Iberia in the time of Hamilcar and a second when Hasdrubal was in power. The result of the latter
was the signing of the so-called Ebro Treaty, in the year 226, which stipulated the precise limits of
Carthaginian territorial expansion in the Ebro River. In short, we can resume these first two decades
8
Hoyos, 2007.
271
of the Barcid empire in the peninsula with a first phase of conquest and expansion undertaken by
Hamilcar and a second characterised by securing and administering the newly created territorial
empire. This was the situation inherited by Hannibal Barca in 221, which is key to understanding the
world war that broke out three years later. The Second Punic War, in a way, constitutes the
culmination of a process that had been brewing for the last two hundred years.
Hannibal, Rome’s great enemy, was the archetypal Carthaginian general. Thanks to the Carthaginian
koiné patiently built over the previous two centuries, Hannibal could fully exploit Punic diplomatic
and military connections, from Iberia to Macedonia and from the south of Gaul to the African plains.
Key:
Area of obligatory citizen conscription
Area of mercenary recruitment/allied territories
272
BIBLIOGRAFÍA
ABAD CASAL, L. (2009): Contestania, griegos e íberos, OLCINA DOMÉNECH, M.; RAMÓN
SÁNCHEZ, J.J. (eds.) Huellas griegas en la Contestania ibérica. Alicante: 20-29.
ACQUARO, E.; BARTOLONI, P.; CIASCA, A.; FANTAR, M. H. (eds.) (1973): Prospezione
archaeologica al Capo Bon - 1. Roma.
ALFARO ASINS, C. (1993): Una nueva ciudad púnica en Hispania: TGLYT - Res Publica Tagilitana,
Tíjola (Almería), Archivo Español de Arqueología, 66: 229-242
ALFARO ASINS, C.; MARCOS, C. (1994): Tesorillo de moneda cartaginesa hallado en la Torre de
Doña Blanca, Archivo Español de Arqueología, 67: 229-244.
ALMAGRO GORBEA, M.; RUIZ ZAPATERO, G. (eds.) (1992): Paleoetnología de la península Ibérica,
Complutum, 2-3. Madrid.
ALVAR, J. (1999): Los fenicios en Occidente, BLÁZQUEZ, J.M.; ALVAR, J.; G. WAGNER, C. (eds.)
Fenicios y cartagineses en el Mediterráneo. Madrid: 311-447.
ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, M. (2006): El origen del ariete: Cartago versus Gadir a fines del s. III
A.C., Initia Rerum. Sobre el concepto del origen en el mundo antiguo. Málaga: 125-140.
ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, M. (2014): Hijos de Melqart. Justino (44.5) y la koiné tiria entre los
siglos IV y III a.C., Archivo Español de Arqueología, 87: 21-40.
ANDERSON, J.K. (1991): Hoplite weapons and offensive arms, David Hanson (ed.) Hoplites. The
classical greek battle experience. London/New York: 15-37.
273
ANELLO, P. (1986): Il trattato del 405/4 a.C e la formazione dell “eparchia” punica di Sicilia,
Kokalos, 32: 115-179.
ANELLO, P. (2002): Siracusa e Cartagine, BONACASA, N.; BRACCESI, L.; DE MIRO, E. (eds.) La
Sicilia dei due Dionisî. Roma: 343-360.
ANELLO, P. (2006): I sicani nel IV secolo a.C., MICCICHÈ, C.; MODEO, S.; SANTAGATI, L. (eds.)
Diodoro Siculo e la Sicilia indigena. Caltanissetta: 150-157.
ARTEAGA, O.; PADRÓ, J.; SANMARTÍ, J. (1978): El factor fenici a les costes catalanes i del golf de
Lió, Els Pobles pre-romans del Pirineu. II Col·loqui Internacional d’Arqueologia de Puigcerdà.
Puigcerdà: 129-135.
ARTEAGA, O.; PADRÓ, J.; SANMARTÍ, J. (1986): La expansión fenicia por las costas de Cataluña y
del Languedoc, Aula Orientalis, 4: 303-314.
ARTEAGA, O. (1994): La liga púnica gaditana, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) VIII Jornadas de
Arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 23-57.
AUBET, Mª. E. (2002): Notas sobre tres pesos fenicios del Cerro del Villar (Málaga), AMADASI
GUZZO, M.G.; LIVERANI, M.; MATTHIAE, P. (eds.) Da Pyrgi a Mozia. Studi sull’archeologia del
Mediterraneo in memoria di Antonia Ciasca. Roma: 29-40.
AUBET, Mª. E. (2006): El sistema colonial fenicio y sus pautas de organización, Mainake, 28: 35-
47.
AUBET, Mª. E. (2009): Tiro y las colonias fenicias de Occidente. Tercera edición actualizada y
ampliada. Bellaterra.
AUBET, Mª. E.; DELGADO, A. (2003): El sistema colonial fenicio y sus pautas de organización,
GÓMEZ BELLARD, C. (ed.) Ecohistoria del paisaje agrario. La agricultura fenicio-púnica en el
Mediterráneo. Zaragoza: 57-74.
274
BADIAN, E. (1968): Roman imperialism. Oxford.
BARRAL, J. (2004): Glíptica de Ibiza. Escarabeo inédito con hoplita, de nuevo tipo dorsal y
probable origen tharrense, ARMANGUÉ HERRERO, J. Dei, uomini e regni, da Tharros a Oristano,
Archivio Oristanese, 2: 51-67.
BARTOLONI, P. (1973): Necropoli puniche della costa nord-orientale del Capo Bon, ACQUARO,
E.; BARTOLONI, P.; CIASCA, A.; FANTAR, M. H. (eds.) Prospezione archaeologica al Capo Bon - 1.
Roma: 9-67.
BATS, M. (2004): Les colonies massaliètes de Gaule méridionale: sources et modèles d’un
urbanisme militaire hellénistique, Des Ibères aux Vénètes. Phénomènes proto-urbains et urbains
de l’Espagne à l’Italie du Nord (IVe-IIe s. av. J.-C.), Actes du colloque intern. de Rome 1999 (coll.
EFR 328). Roma: 51-64.
BATS, M. (2011): Métal, objets précieux et monnaie dans les échanges en Gaule méridionale
protohistorique (VIIe-IIe s. a.C.), Barter, money and coinage in the Ancient Mediterranean (10th-
1st Centuries BC). Actas del IV Encuentro peninsular de numismática antigua (Madrid, 2010).
Anejos de Archivo Español de Arqueología, 58: 97-109.
BEA, D; DILOLI, J; GARCIA i RUBERT, D.; GRACIA, F.; MORENO, I; RAFEL, N.; SARDÀ, S. (2008):
Contacte i interacció entre indigenes i fenicis a les terres de l’Ebre i del Sènia durant la Primera
Edat del Ferro, GARCIA i RUBERT, D.; MORENO, I.; GRACIA, F. (coords.) Contactes. Indigenes i
fenicis a la Mediterrània occidental entre els segles VIII i VI ane. Alcanar: 135-170.
275
BEN HASSEN, H.; MAURIN, L. (1998): Oudhna (Uthina). La redécouverte d’une ville antique de
Tunisie. Bordeaux/Paris/Tunis.
BERMÚDEZ, X. (2010): L’Urgell en època ibèrica. Deconstruint els ilergets, Urtx, 24: 38-53.
BLÁNQUEZ PÉREZ, J. (2008): Arquitectura defensiva del suroeste de la península Ibérica, COSTA,
B.; HERNÁNDEZ, J. (eds.) Arquitectura defensiva fenicio-púnica. XXII Jornadas de arqueología
fenicio-púnica. Eivissa: 145-183.
BOISSINOT, P. (2005): Sur la plage emmêlés: Celtes, Ligures, Grecs et Ibères dans la
confrontation des textes et de l’archéologie, Mélanges de la Casa de Velázquez, 35 (2): 13-43.
BONDÌ, S.F. (1988): Sull’organizzazione dell’attività commerciale nella società fenicia, Stato,
economia, lavoro nell Vicino Oriente Antico, Milán: 348-362.
BONDÌ, S.F. (1990-1991): L’Eparchia punica in Sicilia. L’ordinamento giuridico, Kokalos, 36-37:
215-231.
BONDÌ, S.F. (1999): Carthage, Italy and the Vth Century Problem, Studia Punica, 12: 39-48.
BONDÌ, S.F. (2003): Il magistrate, ZAMORA, J. A. (ed.) El hombre fenicio. Estudios y materiales,
Roma: 33-44.
276
BOURGEOIS, É. (1882): De la constitution carthaginoise, Revue Historique, 20/2: 327-345.
BRAGG, E. (2010): Roman Seaborne Raids During the Mid-Republic: Sideshow or Headline
Feature?, Greece & Rome, 57: 47-64.
BURILLO MOZOTA, F. (2002-2003): Propuesta de una territorialidad étnica para el Bajo Aragón:
los Ausetanos del Ebro u Ositanos, Kalathos, 20-21: 159-187.
CABRERA, P.; PERDIGONES, L. (1996): Importaciones áticas del siglo V a.C. del Cerro del Prado
(Algeciras Cádiz), Trabajos de Prehistoria, 53/2: 157-165.
CADIOU, F. (2008): Hibera in terra miles. Les armées romaines et la conquête de l’Hispanie sous
la République (218-45 av. J.-C.). Madrid.
CALLEGARIN, L.; EL HARRIF, F.C. (2000): Ateliers et échanges monétaires dans le “Circuit de
Détroit”, Los cartagineses y la monetización del Mediterráneo Occidental. Anejos del Archivo
Español de Arqueología, 22: 23-42.
CALLEGARIN, L.; MOREAU, J. (2009): Le getule: cet autre insaisissable, MAREIN, M.F. ; VOISIN,
P. ; GALLEGO, J. (eds.) Figures de l’étranger autour de la Méditerranée antique, Paris: 203-222.
CALTABIANO, M. C.; CASTRIZIO, D.; PUGLISI, M. (2006): Dinamiche economiche in Sicilia tra
guerre e controllo del territorio, Guerra e pace in Sicilia e nel Mediterraneo antico (VIII-III sec.
a.C.). Arte, prassi e teoria della pace e della guerra, Vol. II. Erice: 655-679.
CAMPO, M. (2001): Concepte i funció de la moneda a les ciutats gregues. Reflexions entorn
d’Emporion i Rhode (segles V-III aC), V Curs d’Història monetària d’Hispania. Moneda i vida
urbana. Barcelona: 9-27.
CAMPO, M. (2012): De donde venían y a donde iban las monedas fenicio-púnicas. Producción,
función y difusión de las emisiones, COSTA, B.; HERNÁNDEZ, J. (eds.) La moneda y su papel en
las sociedades fenicio-púnicas. XXVII Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 9-33.
277
CAMPS, G. (1991): Chars protohistoriques de l’Afrique du Nord, L’armée et les Affaires militaires,
IVe Colloque International d’Histoire et d’Archéologie de l’Afrique du Nord, Vol. 2. Paris: 267-288.
CARAYON, N. (2005): Le cothon ou port artificial creusé. Essai de définition, Méditerranée, 104:
5-13.
CARO BAROJA, J. (1971): La realeza y los reyes en la España Antigua, TOVAR, A.; CARO BAROJA,
J. (eds.) Estudios sobre la España Antigua. Madrid: 135-223.
CARY, M (1926): Notes on the history of the Fourth century, The Classical Quarterly, 20-3/4: 186-
191.
CHAMPION, J. (2010): The tyrants of Syracuse. War in Ancient Sicily. Volume I: 480-367 BC.
Barnsley.
CHAMPION, J. (2012): The tyrants of Syracuse. War in Ancient Sicily. Volume II: 367-211 BC.
Barnsley.
CHERICI, A. (2007): Sulle rive del mediterraneo centrale-occidentale: aspetti della circolazione di
armi mercenari e culture, Annali della Fondazione per il Museo “Claudio Faina”, 14: 221-269.
278
COARELLI, F. (1983): Il foro romano. Periodo arcaico. Roma.
COATES, J. (1985): The trieres, its design and construction, TZALAS, H. (ed.) Proceedings of the
1st International symposium on ship construction in Antiquity. Piraeus: 83-90.
COATES, J. (1987): Pentekotors and triereis compared, TZALAS, H. (ed.) Proceedings of the 2nd
International symposium on ship construction in Antiquity. Delphi: 111-116.
COLL, N.; GARCÉS, I. (1998): Los últimos príncipes de Occidente. Soberanos ibéricos frente a
cartagineses y romanos, Saguntum, Extra-1: 437-446.
CORNELL, T.J. (1999): Los orígenes de Roma. C. 1000-264 a.C. Italia y Roma de la Edad de Bronce
a las Guerras Púnicas. Barcelona.
CORNELL, T.J. (ed.)(2013): The fragments of the Roman Historians. 3 vol. Oxford.
CRUZ ANDREOTTI, G. (2002-2003): La construcción de los espacios políticos ibéricos entre los
siglos III y I a.C.: Algunas cuestiones metodológicas e históricas a partir de Polibio y Estrabón,
Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 28-29: 35-54.
CUTRONI TUSA, A. (2004): Mozia al centro di un processo, NIGRO, L. (ed.), Mozia-X. Zona C. Il
Kothon. Zona D. Le pendici occidentali dell’Acropoli. Zona F. La porta ovest. Roma: 491-493.
DAVIS HANSON, V. (1991): Hoplite Technology in Phalanx battle, David Hanson (ed.) Hoplites.
The classical greek battle experience. London/New York: 63-84.
279
DE HOZ, J. (2005): Epigrafías y lenguas en contacto en la Hispania antigua, Acta Paleohispanica
IX. Actas del IX Coloquio sobre lenguas y culturas paleohispánicas. Paleohispanica, 5: 57-98.
DESANGES, J. (1986): De Timée à Strabon, la polémique sur le climat de l’Afrique du Nord et ses
effets, Histoire et Archéologie de l’Afrique du Nord, IIIè Colloque International. Paris: 27-34.
DESANGES, J. (1994): The indigenous kingdoms and the Hellenization of North Africa, From
Hannibal to Saint Augustine. Ancient Art of North Africa from the Musée du Louvre. Atlanta: 68-
71.
DE WILDE, M. (2012): The dictator’s trust: regulating and constraining emergency powers in the
Roman Republic, History of Political Thought, 33/4: 555-577.
DIETZ, M.G. (2012): Between Polis and Empire: Aristotle’s Politics, American Political Science
Review, 106/2: 275-293.
DOCTER, R. F. (2009): Carthage and its hinterland, Iberia Archaeologica, 13: 179-189.
DOPICO, M.D. (1998): La devotio ibérica, una revisión crítica, MANGAS, J.; ALVAR, J. (coords.)
Homenaje a José María Blázquez, 2. Madrid: 181-194.
ECKSTEIN, A. (2008): Rome enters the Greek East. From Anarchy to Hierarchy in the Hellenistic
Mediterranean, 230-170 BC. Oxford.
280
ECKSTEIN, A. (2008): Polybius, “The treaty of Philinus” and roman accusations against Carthage,
Classical Quarterly, 60/2: 406-426.
FANTAR, M. H. (1984) : Kerkouane. Cité punique du Cap Bon (Tunisie). 2 Vols. Tunis
FANTAR, M. H. (1993c): Le pays de Carthage, ACQUARO, E. ; AUBET, M.E. ; FANTAR, M.H. (eds.)
Insediamenti fenici e punici del Mediterraneo Occidentale. Roma: 11-75.
FANTAR, M. H. (1998): À propos de la présence des Grecs à Carthage, Antiquités africaines, 34:
11-19.
FARNIÉ LOBENSTEINER, C.; QUESADA SANZ, F. (2005): Espadas de hierro, grebas de bronce.
Símbolos de poder e instrumentos de guerra a comienzos de la Edad del Hierro en la Península
Ibérica. Murcia.
FARISELLI, A. C. (1999): The impact of military preparations on the Economy of Carthage state,
Studia Punica, 12: 59-67.
FARISELLI, A. C. (2011): Cartagine e i misthophoroi: riflessioni sulla gestione delle armate puniche
dalle guerre di Sicilia all’età di Annibale, Pratiques et identités culturelles des armées
hellénistiques du monde méditerranéen. Hellenistic Warfare 3. Bordeaux: 129-146.
FERCHIOU, N. (1986): Nouvelles données sur un fossé inconnu en Afrique proconsulaire et sur
la Fossa Regia, Histoire et Archéologie de l’Afrique du Nord. Actes du IIIè Colloque International
sur l’histoire et l’archéologie de l’Afrique du Nord. Paris: 351-365.
FERJAOUI, A. (1991): À propos des inscriptions mentionnant les sufètes et les rabs dans la
généalogie des dédicants à Carthage, Atti del Congresso Internazionale di Studi Fenici e Punici,
vol. 2. Roma: 479-483.
281
FERJAOUI, A. (1993) : Recherches sur les relations entre l’Orient phénicien et Carthage, Freiburg.
FERRER ALBELDA, E. (2000): Nam sunt feroces hoc libyphoenices loco: ¿libiofenicios en Iberia?,
SPAL, 9: 421-433.
FERRER ALBELDA, E.; GARCÍA FERNÁNDEZ, F.J. (2002): Turdetania y turdetanos: contribución a
una problemática historiográfica y arqueológica, Mainake, 24: 133-151.
FERRER ALBELDA, E.; PLIEGO, R. (2011): Carthaginian Garrisons in Turdetania: The Monetary
Evidence, DOWLER, A.; GALVIN, E. (eds.) Money, Trade, and Trade Routes in Pre-islamic North
Africa. Londres: 33-41.
FICHES, J. L. (2002): Volques Arécomiques et cité de Nîmes: évolution des idées, évolution des
territoires, GARCIA D., VERDIN F. (dir.) Territoires celtiques: Espaces ethniques et territoires des
agglomérations protohistoriques d'Europe occidentale. Paris: 119-128.
FORSYTHE, G. (2005): A Critical History of Early Rome. From Prehistory to the First Punic War.
Berkeley/Los Angeles/London.
FREY-KUPPER, S. (2014): Coins and their use in the Punic Mediterranean: case studies from
Carthage to Italy from the fourth to the first century BCE, QUINN, J.C.; VELLA, N.C. (eds.) The
Punic Mediterranean. Identities and Identification from Phoenician Settlement to Roman Rule.
Cambridge: 76-110.
FROST, H. (1974): The punic wreck in Sicily, The International Journal of Nautical Archaeology
and Underwater Exploration, 3/1: 35-42.
GARBATI, G. (2009): Cartagine e il Nord Africa, BONDÌ, S.F. ; BOTTO, M. ; GARBATI, G.; OGGIANO,
I. Fenici e Cartaginesi. Una civilità mediterranea. Roma: 103-153.
282
GARCIA, D. (2010): Territoire dei ligures della gallia meridionale: genesi e organizzazione, ANGELI
BERTINELLI, M. A.; DONATI, A. (eds.) Città e territorio. La Liguria e il Mondo Antico. Atti del IV
Incontro Internazionale di Storia Antica (Genova, 2009). Roma: 19-29.
GARCIA, D.; GRUAT, P.; VERDIN, F. (2007): Les habitats et leurs territoires dans le sud de la France
aux IVe-IIIe s. av. J.-C., La Gaule dans son contexte européen aux IVe et IIIe s. av. n. è., Actes du
Colloque de l’AFEAF (Clermont-Ferrand, mai 2003). Lattes: 227-236.
GARCIA, D.; SOURISSEAU, J.-C. (2010): Les échanges sur le littoral de la Gaule méridionale au
premier âge du Fer : du concept d'hellénisation à celui de méditerranéisation, Archéologie des
rivages méditerranéens: 50 ans de recherche. Actes du colloque d'Arles (Bouches-du-Rhône) 28-
29-30 octobre 2009. Paris: 237-245.
GARCÍA BELLIDO, M.P. (1993a): Las relaciones económicas entre Massalia, Emporion y Gades a
través de la moneda, Huelva Arqueológica, 13/2: 117-149.
GARCÍA BELLIDO, M.P. (1993b): Las cecas libiofenicias, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.)
Numismática hispano-púnica. VII Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 97-146.
GEER, R.M. (1962): Diodorus of Sicily, vol. X, Books XIX 66-100 and XX, Loeb Ed., Cambridge.
GLOVER, R. F. (1944): The Elephant in Ancient War, The Classical Journal, 39-5: 257-269.
GLOVER, R. F. (1948): The Tactical Handing of the Elephant, Greece & Rome, 17-49: 1-11.
283
GOLDSWORTHY, A. (2000): The Punic Wars. London.
GÓMEZ DE CASO ZURIAGA, J. (1995): Amílcar Barca y el fracaso militar cartaginés en la última
fase de la Primera Guerra Púnica, Polis, 7: 105-126.
GONZÁLEZ WAGNER, C. (1994a): Guerra, ejército y comunidad cívica en Cartago, SAEZ, P.;
ORDÓÑEZ, A. (eds.) Homenaje al profesor F. Presedo. Sevilla: 825-835.
GONZÁLEZ WAGNER, C. (2006): Ciudad y ciudadanía en la Cartago púnica, MARCO SIMÓN, F.;
PINA POLO, F.; REMESAL RODRÍGUEZ, J. (eds.) Repúblicas y ciudadanos: modelos de
participación cívica en el mundo antiguo. Barcelona. 103-113.
GONZÁLEZ DE CANALES, F.; SERRANO, L.; LLOMPART, J. (2006): Las evidencias más antiguas de
la presencia fenicia en el sur de la península, Mainake, 28: 105-128.
GOWERS, W. (1947): The African Elephant in Warfare, African Affairs, 46-182: 42-45.
GRACIA, F. (2000): Análisis táctico de las fortificaciones ibéricas. Gladius, 20: 131-170.
GRACIA, F. (2003): Roma, Cartago, Íberos y Celtíberos. Las grandes guerras en la península
Ibérica. Barcelona.
284
GRIFFITH, G.T. (1935): The mercenaries of the Hellenistic World. Cambridge.
GSELL, S. (1920): Histoire Ancienne de l’Afrique du nord. Tome II. L’état carthaginois. Paris.
GUADÁN, A.M. (1968-70): Las monedas de plata de Emporion y Rhode, Anales y Boletín de los
museos de arte de Barcelona, XII 1955-56, XIII 1957-58. Barcelona.
GUARDIOLA, A. (2001): La tumba: Descripción y análisis, En el umbral del más allá. Una tumba
ibérica d’Elx. Elche: 15-28.
GÜNTHER, L.M. (1999): Carthaginian parties during the Punic Wars, Mediterranean Historical
Review, 14/1: 18-30.
HARRIS, W.V. (1979): War and Imperialism in Republican Rome 327-70 BC. Oxford.
HARRIS, W.V. (1984): The Italians and the Empire, HARRIS (ed.) The imperialism of Mid-
Republican Rome. Roma: 89-109.
HARRIS, W.V. (1990): Roman warfare in the economic and social context of the 4th Century B.C.,
Eder, W. (ed.) Staat und Staatlichkeit in der frühen Republik. Berlín: 494-510.
HOYOS, D. (2007): Truceless War. Carthage’s Fight for Survival, 241 to 237 BC. Boston/Leiden.
HOYOS, D. (2011b): The outbreak of war, HOYOS, D. (ed.): A Companion to the Punic Wars.
Malden/Oxford: 131-148.
HURST, H. (1992): L’Ilot de l’Amirauté, le port circulaire et l’Avenue Bourguiba, ENNABLI, A. (dir.)
Pour sauver Carthage. Paris/Tunis: 79-94.
HURST, H. (1993): Le port militaire de Carthage, Les dossiers d’Archéologie, 183: 42-51.
285
HURST, H. (1994): Excavations at Carthage. The Brittish Mission, II,1. The circular Harbour, north
side the site and finds other than pottery. Oxford.
JANIN, T.; PY, M. (2012): Grecs et Celtes en Languedoc, HERMARY, A.; TSETSKHLADZE, G.R. (eds.)
From the Pillars of Hercules to the footsteps of the Argonauts. Leuven-Paris-Walpole: 141-161.
KOON, S. (2011): Phalanx and Legion: the “Face” of Punic War Battle, HOYOS D. (ed.) A
companion to the Punic Wars: 77-94.
KRAHMALKOV, C. (1976): Notes on the rule of the softim in Carthage, Rivista di studi fenici, 4:
153-157.
KRASILNIKOFF, J. A. (1996): Mercenary soldering in the West and the Development of the Army
of Rome, Analecta Romana, 23: 7-20.
KUTTNER. A. (2013): Representing Hellenistic Numidia: Africa and Rome, PRAG, J. Y QUINN, J.C.
(eds.) The Hellenistic West. Rethinking the Ancient Mediterranean. Cambridge: 216-272.
286
LAMBERT, P. Y. (1994): La langue gauloise, Description linguistique, commentaire d'inscriptions
choisies. Paris.
LAZENBY, J.F. (1996): The First Punic War. A military history, London.
LEE, I. (2000): Entella: The Silver Coinage of the Campanian Mercenaries and the Site of the First
Carthaginian Mint 410-409 BC, The Numismatic Chronicle, 160: 1-66.
LE BOHEC, Y. (2001): Histoire militaire des guerres puniques, 264-146 avant J.-C.. Paris.
LIPIŃSKI, E. (2004): Itineraria Phoenicia. Orientalia Lovaniensia Analecta, 127 (= Studia Phoenicia
18). Leuven.
LIVERANI, M. (2011): The Ancient Near East. History, society and economy. New York.
LÓPEZ CASTRO, J.L.; SAN MARTÍN, C.; ESCORIZA, T. (1987-88): La colonización fenicia en el
estuario del Almanzora. El asentamiento de Cabecico de Parra de Almizaraque (Cuevas del
Almanzora, Almería), Cuad. Preh. Gr., 12-13: 157-169.
LÓPEZ CASTRO, J.L. (1991): Cartago y la península Ibérica, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) La
caída de Tiro y el auge de Cartago. V Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 73-86.
LÓPEZ CASTRO, J.L. (1992): Los libiofenicios: una colonización agrícola cartaginesa en el sur de
la península Ibérica, Rivista di Studi Fenici, 20/1: 73-86.
LÓPEZ CASTRO, J.L. (2000): Fenicios e iberos en la depresión del Vera: territorio y recursos,
Fenicios y territorio. Actas del II Seminario Internacional sobre Temas Fenicios. Alicante: 99-119.
LÓPEZ CASTRO, J.L. (2006): Las ciudades fenicias occidentales: producción y comercio entre los
siglos VI-III a.C., COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Economía y finanzas en el mundo fenicio-
púnico de Occidente. XX Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 27-50.
LÓPEZ CASTRO, J.L. (2008): El poblamiento rural fenicio en el sur de la península Ibérica entre
los siglos VI a III a.C., Gerión, 26: 149-182.
287
LÓPEZ DOMECH, R. (1986): Sobre reyes, reyezuelos y caudillos militares en la protohistoria
hispana, Studia Historica. Historia Antigua, 4: 19-22.
LÓPEZ MULLOR, A. (2011): La muralla principal de l’oppidum ibèric del Montgròs (El Brull) i les
seves defenses perifèriques, Revista d’Arqueologia de Ponent, 21: 141-156.
LÓPEZ MULLOR, A.; FIERRO, X., (2011): Les darreres excavacions al Montgròs, el Brull (Osona),
Tribuna d’Arqueologia 2009-2010. Barcelona: 215-242.
MACINTOSH TURFA, J. (1986): International Contacts: Commerce, Trade and Foreign Affairs,
BONFANTE, L. (ed.) Etruscan Life and Afterlife: A Handbook of Etruscan Studies. Detroit: 66-91.
MAHJOUKI, A.; FANTAR, M. H. (1966): Une nouvelle inscription carthaginoise, Rendiconti delle
sedute dell’Accademia Nazionale dei Lincei, serie VIII, vol. XXI, fasc. 7-12: 201-209.
MALKIN, I. (2011): A small Greek World. Networks in the Ancient Mediterranean. New York.
MANFREDI, L.I. (1999): Carthaginian policy through coins, Studia Punica, 12: 69-78.
MANFREDI, L.I. (2000): Produzione e circolazione delle monete puniche nel sud dell’Italia e nelle
isole del Mediterráneo Occidentale (Sicilia e Sardegna), GARCÍA-BELLIDO. M.P.; CALLEGARIN, L.
(coords.) Anejos del Archivo Español de Arqueología XXII: Los cartagineses y la monetización del
Mediterráneo Occidental. Madrid: 11-22.
288
MASCORT, M; SANMARTÍ, J.; SANTACANA, J. (1988-1989): L’establiment protohistòric
d’Aldovesta (Benifallet, Baix Ebre). Un punt clau del comerç fenici a la Catalunya meridional.
Tribuna d’Arqueologia. Barcelona: 69-76.
MASSON, O. (1979): Le « roi » carthaginois Iômilkos dans des inscriptions de Délos, Semitica, 29:
53-57.
MAURIN, L. (1962): Himilcon le magonide. Crises et mutations à Carthage au début du Ive siècle
avant J.-C., Semitica, 12: 5-43.
MAYET, F.; TAVARES DA SILVA, C.; MAKAROUN, Y. (1994): L’établissement phénicien d’Abul
(Portugal), Comptes rendus des séances de l'Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, 138:
171-188.
MILDENBERG, L. (1989): Punic Coinage on the Eve of the First War against Rome. A
reconsideration, DEVIJNER, H.; LIPINSKY, E. (eds.), Punic Wars (=Studia Phoenicia, 10): 7-8.
MILDENBERG, L. (1992): The mint of the first Carthaginian coins, Florilegium Numismaticum
(=Numismatiska Meddelanden Föreningen, 38): 289-293.
MOLAS, D.; MESTRES, I.; ROCAFIGUERA, M. (1990-1991): La fortalesa ibérica ausetana del Casol
de Puigcastellet de Folgueroles (Osona). Tribuna d’Arqueologia. Barcelona: 53-61.
MOLAS, D.; MESTRES, I.; ROCAFIGUERA, M. (1988): La fortalesa ibèrica del Casol de Puigcastellet
(I). Una aproximació als límits del territori ausetà, Ausa, 13: 97-131.
MONTANERO, D. (2008): Los sistemas defensivos de origen fenicio-púnico del sureste peninsular
(siglos VIII-III a.C.): Nuevas interpretaciones, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Arquitectura
defensiva fenicio-púnica. XXII Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 91-144.
MOORE CROSS, F. (1972): An interpretation of the Nora Stone, Bulletin of the American Schools
of Oriental Research, 208: 13-19.
MORET, P. (1997): Les ilergètes et leurs voisins dans la troisième décade de Tite-Live, Pallas, 46:
147-165.
289
MORET, P. (2001): Del buen uso de las murallas ibéricas, Gladius, 21: 137-144.
MORET, P. (2002-2003): Los monarcas iberos en Polibio y Tito Livio, Cuadernos de Prehistoria y
Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 28-29: 23-33.
MOSCATI, S. (1968): Il popolo di Bitia, Rivista degli studi orientali, 43: 1-4.
MURRAY, W. M. (2012): The Age of the Titans. The rise and fall of the great Hellenistic navies.
Oxford.
NIEMEYER, H.G. (1990): A la recherche de la Carthage archaïque: premiers résultats des fouilles
de l’Université de Hambourg en 1986 et 1987, Carthage et son territoire dans l’Antiquité, IVè
Colloque International. Paris: 45-52.
PALLOTINO, M. et al. (1964): Scavi nel Santuario Etrusco di Pyrgi, Archeologia Classica, 16: 49-
117.
290
PANERO, E. (2008): La costa di Cartagine dalla fondazione púnica al dominio romano, Panero, E.
(ed.) La Maalga e i porti punici di Cartagine. Firenze: 69-78.
PASCUAL, J. (1986): El surgimiento de una facción democràtica tebana (382-379 AC), Faventia,
8/2: 69-83.
PENA, M.J. (1987): Los “thymiateria” en forma de cabeza femenina hallados en el noreste de la
península Ibérica, Grecs et Ibères au VIIe siècle avant J.C.: commerce et iconographie. Burdeos:
349-356.
PÉRÉ-NOGUÈS, S. (2007): Les Celtes et le mercenariat en Occident (IVe et IIIe s. av.n.è.) (1),
MENNESSIER-LOUANNET, C.; ADAM, A.-M.; MILCENT, P.-Y. (eds.) La Gaule dans son contexte
européen aux Ve et IIIe s. av. n. ère. Actes du XXVIIème AFEAF (Clermont, 2003). Monographies
d’Archéologie Méditerranéenne. Lattes: 353-361.
PÉREZ ALMOGUERA, A. (1999): Livio 21, 61, 6-7: Atanagrum urbem, quae caput eius populi erat.
El problema de Atanagrum y la capitalidad ilergete, Historia Antiqua, 23: 25-46.
PICARD, G.; PICARD, C. (1961): Daily life in Carthage at the time of Hannibal. London.
PICARD, [Link]. (1964): Les sufètes de Carthage dans Tite-Live et Cornelius Nepos, Revue des
études latines, 41: 269-281.
PICARD, [Link]. (1988): Le pouvoir supreme à Carthage, Carthago: Studia Phoenicia, 6: 119-124.
PILKINGTON, N. (2012): A note on Nora and the Nora stone, Bulletin of the American Schools of
Oriental Research, 365: 45-51.
291
PILKINGTON, N. (2013): An Archaeological History of Carthaginian Imperialism. Columbia
University. Tesis Doctoral.
PITTAU, M. (1996): Gli Etruschi e Cartagine: i documenti epigrafici, L'Africa romana: atti dell'11
Convegno di studio, vol. 3. Cartagine: 1657-1674.
PRADOS MARTÍNEZ, F. (2001): Pasado, presenta y futuro de las investigaciones sobre el mundo
púnico: una revisión ante el nuevo milenio, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología. Universidad
Autónoma de Madrid, 27: 63-78.
PRESEDO, F. (1990): Organización política y social de los iberos, BLÁZQUEZ, J.M.; PRESEDO, F.;
LOMAS, F.J; FERNÁNDEZ NIETO, J. (eds.), Historia de España Antigua, I. Protohistoria. Madrid:
183-214.
292
PRINCIPAL, J.; ASENSIO, D.; SALA, R. (2012): L’espai periurbà de la ciutat ilergeta del Molí
d’Espígol (Tornabous, L’Urgell), BELARTE, C.; PLANA, R. (eds.) Le paysage périurbain en
Méditerranée occidentale pendant la Protohistoire et l’Antiquité. Tarragona: 165-182.
PUIG, A.M.; MARTIN, A. (cords.)(2006): La colònia grega de Rhode (Roses, Alt Empordà). Roses.
PY, M.; LEBEAUPIN, D.; SÉJALON, P.; ROURE, R. (2006): Les étrusques et Lattara: Nouvelles
données, Gli etruschi da Genova ad Ampurias. Atti del XXXIV Convegno di Studi Etruschi ed Italici.
(Marseille-Lattes, 2002). Roma-Pisa: 583-608.
QUESADA SANZ, F. (1994b): Vías de contacto entre la Magna Grecia e Iberia: la cuestión del
mercenariado, VAQUERIZO GIL, D. (ed.) Encuentro Internacional “Arqueología de la Magna
Grecia, Sicilia y Peninsula Ibérica”. Córdoba: 191-242.
QUESADA SANZ, F. (2001): En torno al análisis táctico de las fortificaciones ibéricas. Algunos
puntos de vista alternativos, Gladius, 21: 145-154.
QUESADA SANZ, F. (2003): La guerra en las comunidades ibéricas, Morillo, A.; Cadiou,F.;
Hourcade, D. (coords.) Defensa y territorio en Hispania de los Escipiones a Augusto. Espacios
urbanos y rurales, municipales y provinciales. Madrid: 101-156.
QUESADA SANZ, F. (2005b): Carros en el Antiguo Mediterráneo De los orígenes a Roma, GALÁN,
E. (ed.) Historia del carruaje en España. Madrid: 16-71.
QUESADA SANZ, F. (2009): En torno a las instituciones militares cartaginesas, COSTA, B.;
FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Instituciones, demos y ejército en Cartago. XXIII Jornadas de arqueología
fenicio-púnica. Eivissa: 143-172.
QUINN, J.C.; VELLA, N.C. (2014): The Punic Mediterranean. Identities and Identification from
Phoenician Settlement to Roman Rule. Cambridge.
RANCE, P. (2009): Hannibal, Elephants and Turrets in Suda [omicron] 438 [Polybius Fr. 162 B] –
An identified fragment of Diodorus, Classical Quarterly, 59.1: 91-111.
293
RAKOB, F. (1990): La Carthage archaïque, Carthage et son territoire dans l’Antiquité, IVè Colloque
International. Paris: 31-44.
RAMON TORRES, J. (2003): Els grans factors de trasbalsament, Cota Zero, 18: 131-146.
RANKIN, D. (2003 (1987)): Celts and the Classical World. New York/London.
RANKOV, B. (1996): The second Punic War at Sea, CORNELL, T.; RANKOV, B.; SABIN P. (eds.) The
Second Punic War. A reappraisal. London: 49-57.
RANKOV, B. (2012b): The dimensions of the ancient trireme: a reconsideration of the evidence,
RANKOV, B. (ed.) Trireme Olympias. The Final Report: 225-230.
RAWLINGS, L. (2010): The Carthaginian navy: questions and assumptions, FAGAN, G.; TRUNDLE,
M. (eds.) New perspectives on Ancient Warfare, Leiden/Boston: 253-287.
REBOLO GÓMEZ, R (2005): La armada cartaginesa, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Guerra y
ejército en el mundo fenicio-púnico. XIX Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 143-
172.
REBUFFAT R. (1966): Les Phéniciens à Rome, Mélanges d'archéologie et d'histoire, 78: 7-48.
REMEDIOS, S. (2010): Apuntes sobre la presencia púnica en la Roma arcaica, Spal, 19: 187-196.
RENFREW, C. (1987): Archaeology and Language. The puzzle of indo-european origins, London.
RHODE, P.J.; OSBORNE, R. (eds.) (2003): Greek historical inscriptions 404-323 BC. Oxford.
RIERA, R. (2012): Identidad y etnicidad en los pueblos del nordeste peninsular. Nuevos enfoques,
DEL CERRO, C.; MORA, G.; PASCUAL, J.; SÁNCHEZ, E. (coords.) Ideología, identidades e
interacción en el Mundo Antiguo. Madrid: 561-578.
RIERA, R.; PRINCIPAL, J. (en prensa): Sitting on the fence: ilergetan attitudes and responses to
imperialistic strategies, ÑACO, T.; RIERA, R.; GÓMEZ CASTRO, D. (eds.) Ancient Disasters and
Crisis Management in Classical Antiquity. Monograph Series Akanthina, 10. Gdansk.
294
RODRÍGUEZ ADRADOS, F. (1952): Las rivalidades de las tribus del NE español y la conquista
romana. Estudios dedicados a Menéndez Pidal, 1. Madrid: 563-587.
ROHLAND, N., REICH, D.; MALLICK, S.; MEYER, M.; GREEN, R.; GEORGIADIS, N.; ROCA, A.;
HOFREITER, M. (2010): Genomic DNA Sequences from Mastodon and Wolly Mammoth Reveal
Deep Speciation of Forest and Savannah Elephants. PLoS Biol 8(12): e1000564.
Doi:10.1371/[Link].100564.
ROMERO, M. (2006): Economía de la colonización fenicia: empresa estatal vs. empresa privada,
COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Economía y finanzas en el mundo fenicio-púnico. XX Jornadas
de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 9-26.
ROMUALDI, A.; AMADASI, M.G. (2007): Cartaginesi a Populonia: l’iscrizione neopunica dalla
necropoli delle Grote Estruschi, greci, fenici e cartaginesi nel Mediterraneo centrale. Orvieto:
161-176.
ROY, J. (1967): The Mercenaries of Cyrus, Historia: Zeitschrift für Alte Geschichte, 16/3: 287-323.
RUIZ, A.; MOLINOS, M. (1993): Los iberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico.
Barcelona.
RUIZ CABRERO, L. A. (2009a): Instituciones, demos y ejército en Cartago, COSTA, B.; FERNÁNDEZ,
J. H. (eds.) XXIII Jornadas de Arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 7-73.
RUIZ CABRERO, L. A. (2009b): Sociedad, jerarquía y clases sociales de Cartago, COSTA, B.;
FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) XXIII Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa: 31-97.
RUIZ DE ARBULO, J. (1994): Los cernos figurados con cabeza de Core. Nuevas propuestas en
torno a su denominación, función y origen. Saguntum, 27: 155-171.
295
SAINT-AMANS, S. (2004): Topographie religieuse de Thugga (Dougga): ville romaine d’Afrique
proconsulaire (Tunisie). Pessac.
SALA SALLÉS, F. (2004): La influencia del mundo fenicio y púnico en las sociedades autóctonas
del sureste peninsular, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.) Colonialismo e interacción cultural: el
impacto fenicio púnico en las sociedades autóctonas de Occidente. XVIII Jornadas de arqueología
fenicio-púnica. Eivissa: 57-102.
SÁNCHEZ, C. (2003): Los griegos en España en los siglos V y IV aC. Ibiza y su papel en la
distribución de los materiales griegos de Occidente, COSTA, B.; FERNÁNDEZ, J. H. (eds.)
Contactos en el extremo de la oikouméne. Los griegos en Occidente y sus relaciones con los
fenicios. XVII Jornadas de arqueología fenicio-púnica Eivissa: 133-143.
SANDERS, L. (1988): Punic Politics in the Fifth Century B.C., Historia, XXXVII/1: 72-89.
SANMARTÍ, E. (1993): Grecs et Ibères à Emporion. Notes sur la population indigène de l’Empordà
et des territoires limitrophes, Documents d’archéologie méridionale, 16 : 19-25.
SANMARTÍ, J.; ASENSIO, D. (2005): Fenicis i púnics al territori de Catalunya: cinc segles
d’interacció colonial, Fonaments, 12: 89-105.
SANMARTÍN, J. (2004): Reyes y sufetes: una etiología del poder político en las sociedades vetero-
orientales, Estudios Orientales 5-6: El mundo púnico. Religión, antropología y cultura material.
Actas del II Congreso Internacional del Mundo Púnico. Cartagena: 417-424.
296
en las sociedades autóctonas de Occidente. XVIII Jornadas de arqueología fenicio-púnica. Eivissa:
127-144.
SCHÜTRUMPF, E. (1994): Aristotle on Sparta, POWEL, A.; HODKINSON, S. (eds.) The Shadow of
Sparta. London: 323-345.
SCHWARTZ, A. (2009): Reinstating the hoplite. Arms, Armour and Phalanx Fighting in Archaic
and Classical Greece. Stuttgart.
SCOPACASA, R. (2014): Building communities in Ancient Samnium: cult, Ethnicity and nested
identities, Oxford Journal of Archaeology, 33/1: 69-87.
SCOPACASA, R. (2015): Ancient Samnium. Settlement, Culture, and Identity between History and
Archaeology, Oxford.
SCULLARD, H.H. (1974): The Elephant in the Greek and Roman World. Cambridge.
SEKUNDA, N. (2007): Military Forces. Land Forces, SABIN, P.; VAN WEES, H.; WHITBY, M. (eds.)
The Cambridge History of Greek and Roman warfare, vol. 1 Cambridge: 325-355.
SERRATI, J. (2000): Sicily from pre-greek times to the fourth century. Edinburgh.
SORDI, M. (1980): I rapporti fra Dionigi I e Cartagine fra la pace del 405/4 e quella del 392/1,
Aevum, 54/1: 23-34.
SZNYCER, M. (1975): L’”Assemblée du peuple” dans les cités puniques, Semitica, XXV: 47-68.
SZNYCER, M. (1990): Les titres puniques des fonctions militaires a Carthage, Actes du IVè
colloque international sur l’Histoire et l’Archéologie de l’Afrique du Nord, CTHS: 113-121.
STAGER, L.E. (1992): Le tophet et le port commercial, ENNABLI, A. (dir.) Pour sauver Carthage.
Paris/Tunis: 73-78.
297
STYLIANOU, P.J. (1998): A Historical Commentary on Diodorus Siculus Book 15. Oxford.
TALBERT, R. (2000): Barrington Atlas of the Greek and Roman World. Princeton/Oxford.
TAULBEE, J.L. (1998): Mercenaries and citizens: A comparison of the armies of Carthage and
Rome, Small Wars and Insurgences, 9/3: 1-16.
TORELLI, M. (1986): History: Land and People, BONFANTE, L. (ed.) Etruscan Life and Afterlife: A
Handbook of Etruscan Studies. Detroit: 47-65.
TORRES ESBARRANCH, J. J. (1990): Historia de la Guerra del Peloponeso. Libros I-II. Madrid.
TORRES ESBARRANCH, J. J.; GUZMÁN HERMIDA, J. M. (2012): Biblioteca histórica. Libros XV-XVII.
Madrid.
TORTOSA, T. (2001): La dialéctica con el más alá a través de una tumba ilicitana, En el umbral del
más allá. Una tumba ibérica d’Elx. Elche: 29-46.
TRÉZINY, H. (2005): Les colonies grecques de Méditerranée Occidentale, Histoire urbaine, 13:
51-66.
TRÉZINY, H. (2012): Topography and town planning in ancient Marseilles, HERMARY, A.;
TSETSKHLADZE, G.R. (eds.) From the Pillars of Hercules to the footsteps of the Argonauts. Leuven-
Paris-Walpole: 83-107.
TSIRKIN, Yu.B. (1986): Carthage and the problem of polis, Rivista di studi fenici, 14: 129-141.
TSIRKIN, Yu. B. (1988): The economy of Carthage, Cartago. Estudia Phoenicia, 6: 125-135.
298
TUSA, S.; ROYAL, J. (2012): The landscape of the naval battle at the Egadi Islands (241 B.C.),
Journal of Roman Archaeology, 25: 7-48.
VACANTI, C. (2012): Guera per la Sicilia e Guerra della Sicilia. Il ruolo delle città siciliane nel primo
conflitto romano-punico. Napoli.
VAN DEN BRANDEN, A. (1977): Quelques notes concernant l’inscription CIS 5510, Rivista di Studi
Fenici, 5: 139-145.
VAN DOMMELEN, P. (2006): Punic Farms and Carthaginian colonists: surveying Punic rural
settlements in the central Mediterranean, Journal of Roman Archaeology, 19: 8-28.
VASALLO, S (2010): La battaglie di Himera alla luce degli scavi nella necropoli occidentali e alle
fortificazione. I luoghi, i proteginosti, Sicilia Antiqua, 7: 17-38.
VASALLO, S (2014): Un’offerta di schinieri di un mercenario iberico nella battaglia di Himera del
480 a.C., Sicilia Antiqua, 11: 533-540.
VIDAL, J. (2011): Las funciones del rb mgdlm en Ugarit, J. A. BELMONTE; J. OLIVA (eds.): Esta
Toledo, aquella Babilonia. Convivencia e interacción en las sociedades del Oriente y del
Mediterráneo Antiguos: 293-300.
299
VILLARONGA, L. (2000): Les monedes de plata d’Emporion, Rhode i les seves imitacions. De
principi del segle III fins a l’arribada dels romans, el 218 aC. Barcelona.
VISONÀ, P. (1985): Punic and Greek Bronze coins from Carthage, American Journal of
Archaeology, 89/4: 671-675.
VITA, J.P. (2003): El soldado, ZAMORA, J.A. (ed.) El hombre fenicio. Estudios y materiales. Roma:
69-77.
VITALI, V.; GIFFORD, J.A.; DJINDJIAN, F.; RAPP, G. (1992): A formalized approach to analysis of
Geoarchaeological sediment samples: the location of the Early Punic Harbor at Carthage,
Tunisia, Geoarchaeology, 7/6: 545-581.
WHITTAKER, C. R. (1978): Carthaginian imperialism in the fifth and fourth centuries, GARNSEY,
P.D.A.; WHITTAKER, C.R. (eds.) Imperialism in the Ancient World: 59-90.
YNTERNA, D. (2009): Material culture and plural identity in early Roman Southern Italy, DERKS,
T.; ROYMANS, N. (eds.) Ethnic Constructs in Antiquity: The Role of Power and Tradition.
Amsterdam: 145-166.
300
Anexo 1: Pasaje de Aristóteles aludiendo a la constitución cartaginesa
πολιτεύεσθαι δὲ δοκοῦσι καὶ Καρχηδόνιοι καλῶς καὶ πολλὰ περιττῶς πρὸς τοὺς ἄλλους,
μάλιστα δ᾽ ἔνια παραπλησίως τοῖς Λάκωσιν. αὗται γὰρ αἱ τρεῖς πολιτεῖαι ἀλλήλαις τε σύνεγγύς
πώς εἰσι καὶ τῶν ἄλλων πολὺ διαφέρουσιν, ἥ τε Κρητικὴ καὶ ἡ Λακωνικὴ καὶ τρίτη τούτων ἡ τῶν
Καρχηδονίων. καὶ πολλὰ τῶν τεταγμένων ἔχει παρ᾽ αὐτοῖς καλῶς: σημεῖον δὲ πολιτείας
συντεταγμένης τὸ τὸν δῆμον ἑκουσίον διαμένειν ἐν τῇ τάξει τῆς πολιτείας, καὶ μήτε στάσιν, ὅ
τι καὶ ἄξιον εἰπεῖν, γεγενῆσθαι μήτε τύραννον. ἔχει δὲ παραπλήσια τῇ Λακωνικῇ πολιτείᾳ τὰ
μὲν συσσίτια τῶν ἑταιριῶν τοῖς φιδιτίοις, τὴν δὲ τῶν ἑκατὸν καὶ τεττάρων ἀρχὴν τοῖς ἐφόροις
(πλὴν ὃ οὐ χεῖρον: οἱ μὲν ἐκ τῶν τυχόντων εἰσί, ταύτην δ᾽ αἱροῦνται τὴν ἀρχὴν ἀριστίνδην), τοὺς
δὲ βασιλεῖς καὶ τὴν γερουσίαν ἀνάλογον τοῖς ἐκεῖ βασιλεῦσι καὶ γέρουσιν: καὶ βέλτιον δὲ τοὺς
βασιλεῖς μήτε καθ᾽ αὑτὸ εἶναι γένος μήτε τοῦτο τὸ τυχόν, εἴτε διαφέρον ... ἐκ τούτων αἱρετοὺς
μᾶλλον ἢ καθ᾽ ἡλικίαν. μεγάλων γὰρ κύριοι καθεστῶτες, ἂν εὐτελεῖς ὦσι μεγάλα βλάπτουσι,
καὶ ἔβλαψαν ἤδη τὴν πόλιν τὴν τῶν Λακεδαιμονίων.
τὰ μὲν οὖν πλεῖστα τῶν ἐπιτιμηθέντων ἂν διὰ τὰς παρεκβάσεις κοινὰ τυγχάνει πάσαις ὄντα ταῖς
εἰρημέναις πολιτείαις: τῶν δὲ παρὰ τὴν ὑπόθεσιν τῆς ἀριστοκρατίας καὶ τῆς πολιτείας τὰ μὲν
εἰς δῆμον ἐκκλίνει μᾶλλον, τὰ δ᾽ εἰς ὀλιγαρχίαν. τοῦ μὲν γὰρ τὰ μὲν προσάγειν τὰ δὲ μὴ
προσάγειν πρὸς τὸν δῆμον οἱ βασιλεῖς κύριοι μετὰ τῶν γερόντων, ἂν ὁμογνωμονῶσι πάντες, εἰ
δὲ μή, καὶ τούτων ὁ δῆμος. ἃ δ᾽ ἂν εἰσφέρωσιν οὗτοι, οὐ διακοῦσαι μόνον ἀποδιδόασι τῷ δήμῳ
τὰ δόξαντα τοῖς ἄρχουσιν, ἀλλὰ κύριοι κρίνειν εἰσὶ καὶ τῷ βουλομένῳ τοῖς εἰσφερομένοις
ἀντειπεῖν ἔξεστιν, ὅπερ ἐν ταῖς ἑτέραις πολιτείαις οὐκ ἔστιν. τὸ δὲ τὰς πενταρχίας κυρίας οὔσας
πολλῶν καὶ μεγάλων ὑφ᾽ αὑτῶν αἱρετὰς εἶναι, καὶ τὴν τῶν ἑκατὸν ταύτας αἱρεῖσθαι, τὴν
μεγίστην ἀρχήν, ἔτι δὲ ταύτας πλείονα ἄρχειν χρόνον τῶν ἄλλων (καὶ γὰρ ἐξεληλυθότες
ἄρχουσι καὶ μέλλοντες) ὀλιγαρχικόν, τὸ δὲ ἀμίσθους καὶ μὴ κληρωτὰς ἀριστοκρατικὸν θετέον,
καὶ εἴ τι τοιοῦτον ἕτερον, καὶ τὸ τὰς δίκας ὑπὸ τῶν ἀρχείων δικάζεσθαι πάσας(καὶ μὴ ἄλλας
ὑπ᾽ ἄλλων, καθάπερ ἐν Λακεδαίμονι). παρεκβαίνει δὲ τῆς ἀριστοκρατίας ἡ τάξις τῶν
Καρχηδονίων μάλιστα πρὸς τὴν ὀλιγαρχίαν κατά τινα διάνοιαν ἣ συνδοκεῖ τοῖς πολλοῖς: οὐ γὰρ
μόνον ἀριστίνδην ἀλλὰ καὶ πλουτίνδην οἴονται δεῖν αἱρεῖσθαι τοὺς ἄρχοντας: ἀδύνατον γὰρ
τὸν ἀποροῦντα καλῶς ἄρχειν καὶ σχολάζειν. εἴπερ οὖν τὸ μὲν αἱρεῖσθαι πλουτίνδην ὀλιγαρχικὸν
τὸ δὲ κατ᾽ ἀρετὴν ἀριστοκρατικόν, αὕτη τις ἂν εἴη τάξις τρίτη, καθ᾽ ἥνπερ συντέτακται καὶ τοῖς
Καρχηδονίοις τὰ περὶ τὴν πολιτείαν: αἱροῦνται γὰρ εἰς δύο ταῦτα βλέποντες, καὶ μάλιστα τὰς
μεγίστας, τούς τε βασιλεῖς καὶ τοὺς στρατηγούς.
δεῖ δὲ νομίζειν ἁμάρτημα νομοθέτου τὴν παρέκβασιν εἶναι τῆς ἀριστοκρατίας ταύτην. ἐξ ἀρχῆς
γὰρ τοῦθ᾽ ὁρᾶν ἐστι τῶν ἀναγκαιοτάτων, ὅπως οἱ βέλτιστοι δύνωνται σχολάζειν καὶ μηδὲν
ἀσχημονεῖν, μὴ μόνον ἄρχοντες ἀλλὰ μηδ᾽ ἰδιωτεύοντες. εἰ δὲ δεῖ βλέπειν καὶ πρὸς εὐπορίαν
χάριν σχολῆς, φαῦλον τὸ τὰς μεγίστας ὠνητὰς εἶναι τῶν ἀρχῶν, τήν τε βασιλείαν καὶ τὴν
στρατηγίαν. ἔντιμον γὰρ ὁ νόμος οὗτος ποιεῖ τὸν πλοῦτον μᾶλλον τῆς ἀρετῆς, καὶ τὴν πόλιν
ὅλην φιλοχρήματον. ὅ τι δ᾽ ἂν ὑπολάβῃ τίμιον εἶναι τὸ κύριον, ἀνάγκη καὶ τὴν τῶν ἄλλων
πολιτῶν δόξαν ἀκολουθεῖν τούτοις. ὅπου δὲ μὴ μάλιστα ἀρετὴ τιμᾶται, ταύτην οὐχ οἷόν τε
βεβαίως ἀριστοκρατεῖσθαι τὴν πολιτείαν. ἐθίζεσθαι δ᾽ εὔλογον κερδαίνειν τοὺς ὠνουμένους,
ὅταν δαπανήσαντες ἄρχωσιν: ἄτοπον γὰρ εἰ πένης μὲν ὢν ἐπιεικὴς δὲ βουλήσεται κερδαίνειν,
φαυλότερος δ᾽ ὢν οὐ βουλήσεται δαπανήσας. διὸ δεῖ τοὺς δυναμένους ἄριστ᾽ ἀρχεῖν, τούτους
301
ἄρχειν. βέλτιον δ᾽, εἰ καὶ προεῖτο τὴν εὐπορίαν τῶν ἐπιεικῶν ὁ νομοθέτης, ἀλλὰ ἀρχόντων γε
ἐπιμελεῖσθαι τῆς σχολῆς. φαῦλον δ᾽ ἂν δόξειεν εἶναι καὶ τὸ πλείους ἀρχὰς τὸν αὐτὸν ἄρχειν:
ὅπερ εὐδοκιμεῖ παρὰ τοῖς Καρχηδονίοις: ἓν γὰρ ὑφ᾽ ἑνὸς ἔργον ἄριστ᾽ ἀποτελεῖται. δεῖ δ᾽ ὅπως
γίνηται τοῦθ᾽ ὁρᾶν τὸν νομοθέτην, καὶ μὴ προστάττειν τὸν αὐτὸν αὐλεῖν καὶ σκυτοτομεῖν. ὥσθ᾽
ὅπου μὴ μικρὰ ἡ πόλις, πολιτικώτερον πλείονας μετέχειν τῶν ἀρχῶν, καὶ δημοτικώτερον:
κοινότερόν τε γὰρ καθάπερ εἴπομεν καὶ κάλλιον ἕκαστον ἀποτελεῖται τῶν αὐτῶν καὶ θᾶττον.
δῆλον δὲ τοῦτο ἐπὶ τῶν πολεμικῶν καὶ τῶν ναυτικῶν: ἐν τούτοις γὰρ ἀμφοτέροις διὰ πάντων
ὡς εἰπεῖν διελήλυθε τὸ ἄρχειν καὶ τὸ ἄρχεσθαι. ὀλιγαρχικῆς δ᾽ οὔσης τῆς πολιτείας ἄριστα
ἐκφεύγουσι τῷ πλουτεῖν αἰεί τι τοῦ δήμου μέρος, ἐκπέμποντες ἐπὶ τὰς πόλεις. τούτῳ γὰρ ἰῶνται
καὶ ποιοῦσι μόνιμον τὴν πολιτείαν. ἀλλὰ τουτί ἐστι τύχης ἔργον, δεῖ δὲ ἀστασιάστους εἶναι διὰ
τὸν νομοθέτην. νῦν δέ, ἂν ἀτυχία γένηταί τις καὶ τὸ πλῆθος ἀποστῇ τῶν ἀρχομένων, οὐδὲν ἔστι
φάρμακον διὰ τῶν νόμων τῆς ἡσυχίας. περὶ μὲν οὖν τῆς Λακεδαιμονίων πολιτείας καὶ Κρητικῆς
καὶ τῆς Καρχηδονίων, αἵπερ δικαίως εὐδοκιμοῦσι, τοῦτον ἔχει τὸν τρόπον. Aris. Pol. II, 1272b-
1273b
302
Eje cronológico 410 - 200 a.n.e. en el Mediterráneo Occidental
410 400 390 380 370 360 350 340 330 320 310 305
Tibur y los galos se alían contra
los lucanos destruyen Roma pero son derrotados II tratado Alejandro de Epiro lucha contra lucanos
Turios (390 - 389) (361 - 360) Roma - Cartago y [Link] de amistad con Roma. Etruria se alza
saqueo de Roma por los rebelión (348) (332 - 331) contra Roma, pero
galos de Breno (390) nueva de tratado de rebelión de las Fabio ataca de
M. Manlio Capitolino invasión esclavos amistad Arquídamo de ciudades latinas horcas caudinas noche y aniquila al
es condenado a gala en Italia Roma - Samnio Esparta llega a contra Roma (321) ejército etrusco
los galos penetran en Italia (391) muerte (384) (367) (359) (354) Tarento (346) (339 - 338) (311 - 310)
I guerra
Italia guerra contra volscos y ecuos guerra contra
los ecuos guerra contra los volscos
Roma contra los
hérnicos (366 - 358)
Dionisio II tirano en
Locros (356 - 347)
samnita
(343-341) II guerra samnita (326 - 304)
asedio a Veyes (394 - 388) (389 - 377) guerra entre lucanos y
tarentinos (349 - 338)
Camilo toma Veyes (396) batalla del rio Eléporo. Dionisio Roma contra la Locros en guerra los brutios asedian Crotona. Siracusa la ayuda (324)
Dionisio vence a la envía coalición galos - contra los Alejandro de Epiro embajadas
liga italiota (389) ayuda a Dionisio envía tropas flota griega lucanos (347) desembarca en romanas,
Esparta celtas e íberas a (350 - 348) Italia en ayuda de tarentinas y
contra Esparta ayudándola después de liberar Siracusa, Tarento (332) nolanas a Nápoles Agatocles consigue el
Selinunte ataca Dionisio recupera las ciudades Dionisio saquea el Corcira contra Tebas (369) Dión es asesinado (354 - 353) para atraer la poder en Siracusa (317)
Segesta y ésta ciudades griegas de Italia templo etrusco de (373) ciudad a la causa
pide ajuda a importantes se unen frente a Cere y las costas Dionisio es expulsado Timoleón desembarca Timoleón libera Sicilia romana o samnita Acragas, Gela y Messenia se
Cartago (410) (403 - 402) Dionisio (392) de Córcega (384) de Siracusa (356) en Sicilia (344) de tiranías (339) (327) alzan contra Agatocles (314)
Sicilia y guerra
Cartago - Siracusa
Grecia (410 - 404) tiranía de Dionisio el Viejo en Siracusa (405 - 367) Dionisio el Joven tirano
en Siracusa (367 - 356)
gobiernos de Calipo,
Hiparino y Niseo Dionisio II
reinado de Alejandro Magno
(336 - 323)
Agatocles, tirano de Siracusa
(317 - 289)
guerra del Peloponeso hegemonía espartana en Grecia
Aníbal magón toma Dionisio ocupa Magón se indígenas de Faros batalla de acuerdo de Dión vuelve a Hícetas toma batalla de Queronea (338) Acrotatus de Esparta Aníbal impone un
Selinunte e Himera casi toda traslada a Sicilia se rebelan y piden Leuctra Dionisio inicia paz entre Sicilia y lucha Siracusa y viaja a Sicilia pero es acuerdo de paz (314)
(409) Sicilia (toma y acaba ayuda a los ilirios. (371) una ofensiva Dionisio II y contra Dionisio pacta con batalla de expulsado por su
de Motia 397) repartiéndose la Dionisio derrota a sobre Cartago (357) Cartago (345) Crimisos (340) comportamiento (314)
Cartago envia a Aníbal isla con Dionisio los ilirios (384) territorios (358)
Magón y tropas Himilcón (393 - 392) púnicos en
mercenarias en dos recupera Sicilia paz de los griegos colonizan la Sicilia (368) embajada de Cartago Aníbal Gisgón
tiempos (409) (asedio fallido a Antálcidas isla de Faros con ayuda II tratado Roma - Cartago a Alejandro Magno desembarca en
Siracusa 396) (386) de Dionisio (385) (348) (331) Sicilia (311)
Cartago y greco-púnica
II guerra III guerra
greco-púnica
IV guerra
greco-púnica
V guerra
greco-púnica
VI guerra
greco-púnica
VII guerra
greco-púnica
África (410 - 404) (396 - 392) (383 - c. 375) (368 - 358) (344 - c. 339) (311 - 306)
• batalla de Cronio, Himilcón epidemia en nueva rebelión en fracasa el intento de Agatocles desembarca
vence a Dionisio. Cartago. Libia (c. 368) golpe de estado en África (310)
• batalla de Cábala, Magón Cerdeña y Libia tiránico de Hannón
mercenarios pierde contra Dionisio se rebelan pero Dionisio envía tropas en Cartago (345)
íberos y libios son (c. 383) Cartago los celtas e íberas a
contractados por sofoca (c. 378) Esparta eyudándola
Cartago para Cartago restituye a la ciudad de contra Tebas (369)
luchar en Sicilia Hiponio los territorios que Dionisio
(409) habia dado a los locrios (379)
Iberia y
Galia
305 300 290 280 270 260 250 240 230 220 210 200
guerra entre ante la amenaza 1a batalla entre la coalición
Tarento y los de Cleónimo, los samnita - etrusca - umbra y batalla de Telamón.
mercenarios galos contra Roma. penetraciones Invasión y derrota
lucanos lucanos se alían galas al norte
con él y con Vence Roma (296) de los galos (225) Aníbal Barca a las
de Italia (237) puertas de Roma (211)
Tarento.
Juntos saquean 2a batalla y definitiva
Los samnitas Metaponto (Sentino) entre la coalición III (IV?) tratado tratado de Roma conquista batalla de batalla de batalla de
se rinden (304) (303 - 302) y Roma. Roma vence (295) Roma - Cartago (280) Lutacio (241) Córcega (236) Tesino (218) Trebia (218) Metauro (207)
Roma contra
Italia II guerra I Guerra Córcega, Liguria y Cerdeña, Roma en la Galia II Guerra
samnita III guerra samnita (224 - 222)
Púnica con Cartago apoyándolos Púnica
(238? - 230)
con la derrota de los Tarento se rebela contra Roma declara Hierón pacta una tregua tratado del Ebro (226) batalla de batalla de Aníbal Barca
samnitas, los ecuos Cleónimo, que retrocede la guerra a de 15 años con Roma Trasimeno Cannas (216) abandona
son casi a Corcira y después Tarento (281) ante la batalla de Panormo campañas de (217) Italia (203)
saquea Turios y el amenaza de (263) (Palermo) con victoria castigo romanas en
exterminados y el
resto de pueblos Véneto (302) Cartago,los romana (251) la Galia (224-222) Filipo V de Macedonia
pide la paz a Roma Pirro desembarca Pirro muere mamertinos los romanos toman batalla naval de quiere desembarcar en
(304) Tarento pide ayuda a en Italia (280) luchando piden Acragas mientras comienza el las Islas Egadas. campaña romana Italia, pero Levino se le
Esparta. en Argos protección a Cartago saquea las asedio a Victoria definitiva contra la reina Teuta avanza y alza a los
Llega Cleónimo (303) (272) Roma (264) costas de Italia (262) Lilibeo (250) romana (241) (229) etolios contra él (215)
Sicilia y Agatocles, tirano de Siracusa
Grecia (317 - 289) Hierón rey de Siracusa (270 - 216)
Pirro rey del Epiro (306 - 301) Pirro rey del Epiro (295 - 272)
contra todo Siracusa batalla de Hierón lucha batalla naval de batalla naval Amílcar Barca desembarca en Sicilia Demetrio de Faros saquea Marcelo con la traición de
pronóstico, expulsa a los Heraclea (280) contra los Milas. de Ecnomo. y recupera terreno (248 - 247) territorios aliados asedia Mutines, Sicilia
Agatocles vence a mercenarios, y mamertinos Victoria romana Victoria de Roma (220). Siracusa pasa a manos
Deinocrates en éstos ocupan batalla de (265) y pide (260) romana batalla naval de Drépano. Es derrotado (219) (214-212) romanas (210)
Torgium (305) Mesina (288) Asculum (279) ayuda a (256) Victoria púnica (249)
Cartago, que batalla naval de Lípari. campañas de
acepta (264) Victoria romana (257) Roma toma castigo romanas en Roma declara
batalla de Maleventum Jantipo vence a tratado de Cerdeña a la guerra a batalla de
(275) la Galia (224-222)
Régulo (255) Lutacio (241) Cartago (238) Cartago (218) Zama (202)
III (IV?) tratado Magas Magas se enfrenta a Los romanos Los romanos campañas de
ocupa Ptolomeo (274) desembarcan salen de África II Guerra muerte de los
Roma - Cartago (280) castigo romanas en
Cirene en África. y una Muerte de Amílcar. la Galia (224-222) Púnica Escipiones (211)
(279) Saquean y tempestad Asdrúbal ocupa su lugar
conquistan destruye su (229) Aníbal comandante Escipión toma
muchas flota (254) tratado supremo (221) Cartago Nova (209)
los galos penetran en Etruria. ciudades (256) Amílcar Barca penetraciones del
Enfrentamientos con Roma desembraca en galas al norte Ebro Aníbal ataca Lelio toma
(299) Iberia (237) de Italia (237) (226) Sagunt (219) Cadiz (206)
Iberia y
conquista púnica de la península Ibérica
Galia