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Hegemonía

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HEGEMONÍA

HEGEMONÍA
John Agnew es profesor de Geografía en
la Universidad de California, Los Ángeles.
Es el autor y coautor de Lugar y Política,
Estados Unidos en la economía mundial,
geopolítica, y Lugar y política en la Italia
moderna, entre otros títulos, así como tam-
bién es el coeditor de Espacio americano/
Lugar americano.
HEGEMONÍA
La nueva forma del poder global

JOHN AGNEW
Para Felicity
Hegemony: the new shape of global power, 2005
© 2005 Temple University
© CELAG, 2019
Fondo editorial BANDES-CELAG, 2019

Coordinación editorial: Guillermo Oglietti


Editora encargada: Taroa Zúñiga Silva
Asistente editorial: Gabriela Guillén

Diseño de tapa: Unidad de Diseño CELAG


Diseño de interior y diagramación: Lheorana González
Traducción: Mariana García Sojo
Edición y corrección: Taroa Zúñiga Silva

Impreso en la República Bolivariana de Venezuela.


Hecho el depósito de ley
Depósito legal: DC2018001766
ISBN: 978-980-6748-09-5
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida
sin permiso escrito del editor.
Contenido

Prólogo a la edición en español 13


Prólogo 21
Agradecimientos 25
1 Introducción 27
2 Hegemonía vs. Imperio 43
3 Hegemonía estadounidense y la nueva geografía
del poder 77
4 Posicionando la hegemonía estadounidense 125
5 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad
de mercado? 167
6 Globalizando la hegemonía estadounidense 191
7 La nueva economía global 249
8 La globalización llega a casa 291
9 Conclusión 333
Prólogo a la edición en español
Pablo Iglesias Turrión*

E
n su clásico manual sobre Geografía Política1, Peter Taylor y
Colin Flint hablan de la “escala de la realidad”. Estos autores
dividen el espacio en tres escalas:
En primer lugar, estaría la escala local, que identifican como
escala de la experiencia, en las que los seres humanos se relacio-
nan experiencialmente entre ellos y con el espacio. Se trata de
la escala de la localidad, del municipio, de la ciudad. A esta la
llamaban la escala local o de la experiencia.
En segundo lugar, describen la escala política por excelencia,
que es la escala más conocida y mediáticamente más relevante:
la escala del Estado. Para Taylor y Flint la escala del Estado es la
escala ideológica, la escala donde opera la ideología, en la que se
construyen de alguna forma los relatos ideológicos. Es la escala
de la Nación por excelencia.
En tercer lugar, aparece la escala de la globalización, de la
geopolítica, que estos autores definen como la escala de la rea-
lidad, donde la política se convierte en confrontación de inte-
reses. La escala de la realidad, aparentemente la más lejana, es
en última instancia absolutamente determinante para condi-
cionar nuestras vidas.
Cada vez que un dirigente político dice que “a mí me gustaría
hacer muchas cosas, pero no es posible hacerlas”, a lo que bá-
sicamente se está refiriendo es a la escala de la realidad y a ese
conjunto de relaciones de poder que establecen las condiciones
de posibilidad en el resto de las escalas.
Hablar de geopolítica es usar una palabra que no siempre
estuvo de moda y que no siempre estuvo permitida. La palabra
geopolítica fue, durante mucho tiempo, una palabra prohibi-
da, vedada, tanto en el lenguaje académico como en el lenguaje
politológico y, también, en el lenguaje político. Se asociaba a la
política expansionista de la Alemania nazi, y al trabajo de algu-
1  Taylor, Peter, y Flint, Colint., (2002). Geografía Política: Economía-Mundo, Estado-nación y Lo-
calidad. Madrid: Trama.
nos geopolíticos alemanes muy vinculados al Tercer Reich, como,
por ejemplo, Karl Haushofer, geógrafo alemán colaborador de
Rudolf Hess cuyas ideas inspiraron la política exterior de la Ale-
mania nazi. La palabra geopolítica se volvió a poner de moda
a partir de los años setenta, fundamentalmente por el trabajo
de una figura política ineludible; Henry Kissinger, famosísimo
secretario de Estado norteamericano, que empezó a identificar
el término geopolítica con lo que hoy conocemos. Si él hablaba
de geopolítica, entonces todos los demás debían bailar a su son.
Con las dinámicas de la Guerra Fría y la configuración de es-
pacios de influencia mundial entre dos grandes bloques, socia-
lista y capitalista, la geopolítica se convirtió en una disciplina
hiperrealista, la disciplina de la realpolitik para comprender
las relaciones internacionales dominadas, fundamentalmente,
por dos superpotencias.
El contexto histórico en el que nos vemos hoy, es muy di-
ferente al de la Guerra Fría. En la tertulia televisiva que dirijo,
Fort Apache, nos gustan mucho los debates sobre relaciones
internacionales y sobre cuestiones geopolíticas. Allí decimos
siempre que todavía hay –en los que nos aproximamos en es-
tas cuestiones– una cierta nostalgia metodológica de la Guerra
Fría. ¿Por qué decimos que hay una nostalgia metodológica?
Básicamente porque la Guerra Fría servía, de alguna manera,
para orientarse, para hacerse un mapa ideológico, aparente-
mente sencillo, de cómo funcionan las relaciones internacio-
nales, y para entender quiénes eran “los buenos” y quiénes “los
malos” (aunque en las relaciones internacionales nunca hay
buenos y nunca hay malos del todo, sino un conjunto de rela-
ciones complejas).
Sin embargo, es cierto que esa nostalgia de la geopolítica
de la Guerra Fría se expresa en las dificultades que tenemos
en el presente para establecer mapas ideológicos que nos
permitan comprender la complejidad de las relaciones inter-
nacionales en un mundo que ya no es bipolar, pero tampoco
exactamente unipolar. El mundo no se puede definir hoy des-
de la hegemonía absoluta de los EE. UU.
Immanuel Wallerstein y los teóricos del “análisis del
sistema-mundo” describen la hegemonía como una ventaja
simultánea de una superpotencia en diferentes áreas: en la
producción agroindustrial, en el comercio y, también, una
ventaja militar. Es muy difícil que una superpotencia manten-
ga, simultáneamente, en sus procesos productivos o en su sis-
tema de organización agroindustrial, en su capacidad comercial
y capacidad militar, una ventaja clara sobre el resto de actores
políticos a nivel internacional. Y esto viene siendo una realidad,
desde hace unas cuantas décadas, para los EE. UU. a la hora de
definir su papel internacional. Es evidente y nadie cuestiona la
superioridad militar de los EE. UU. pero incluso esa superiori-
dad militar en algunos momentos históricos se ha visto también
cuestionada. El ejemplo histórico del siglo XX más evidente fue
la Guerra de Vietnam, donde una potencia del tercer mundo –
en una guerra asimétrica– fue capaz de derrotar y arrodillar al
ejército más importante del mundo. Pero también vimos en el
conflicto de Irak, las enormes dificultades que tiene una gran
potencia cuando tiene que sustituir los bombardeos por inter-
venciones terrestres y, sobre todo, por la organización de una
administración afín que sea capaz de mantener el orden. Mi-
chael Mann definió esta incapacidad de los EE. UU. como su
incapacidad para ser coherentemente imperialista2.
Los norteamericanos han sido tan conscientes de sus de-
bilidades que después de Vietnam se cuentan con las manos
las intervenciones militares en las que han utilizado fuerzas de
tierra; una cosa es la superioridad aérea y otra bien distinta es
utilizar a tu propio ejército para intervenir. Esto lo vimos, por
ejemplo, en Afganistán, donde prefirieron combinar los ataques
aéreos con el uso de fuerzas aliadas semi-mercenarias, como la
famosa Alianza del Norte, y lo hemos visto también en las di-
ficultades de los EE. UU. para hacer presentes a sus tropas de
tierra en los conflictos de Oriente Próximo.
Esta crisis de hegemonía, de dominio geopolítico por parte de
los EE. UU., ha generado una situación de transición geopolítica
en la que operan diferentes elementos. Y, seguramente, la victoria
de Trump tiene mucho que ver con una suerte de “orgullo herido”
de los EE. UU. en lo que se refiere a su papel internacional. El fa-
moso America First, de Donald Trump, tiene mucho que ver con
esa crisis de hegemonía. Y, probablemente, lo que algunos juzga-
mos como un errático diseño de política internacional tenga que
ver con esa crisis de hegemonía, que lejos de convertir a EE. UU.

2  Mann, Michael (2003); Incoherent Empire. Verso.


en un actor más estable, lo ha convertido en un actor mucho más
peligroso. Desde luego, su alianza con Israel y la ruptura del acuer-
do nuclear con Irán, son una mala noticia para el conjunto del pla-
neta, porque lo hacen mucho más inseguro.
Al mismo tiempo, en los últimos años se ha producido la
re-emergencia de actores geopolíticos determinantes e ineludi-
bles. El más obvio a la hora de verse a sí mismo como un actor
geopolítico de primer orden, es Rusia. Con la administración
de Putin, la vuelta de Rusia al escenario geopolítico internacio-
nal es una realidad, en especial como actor militar.
China, con un estilo mucho más discreto, que ha disimu-
lado sus enormes potencialidades y capacidades militares, se
ha convertido en un actor geopolítico de primer orden, y ha
convertido al mundo asiático en una referencia geopolítica lla-
mada a disputar, en todos los órdenes, la hegemonía de los EE.
UU. En Adam Smith en Pekín el gran Giovanni Arrighi dejó un
excelente material para entender lo que puede representar el
papel geopolítico de China3.
Pero no bastan Rusia y China para comprender el nuevo mapa
geopolítico global. Incluso algunos de los llamados BRICS, de
las potencias emergentes, han tenido sus momentos de “orgullo
geopolítico” a la hora de plantear reconfiguraciones a nivel regio-
nal. Y aquí es obligatorio mencionar lo que han representado los
procesos de empoderamiento, también en términos geopolíticos,
en América Latina. En algunos momentos Brasil llegó a disputarle
a EE. UU. el carácter de potencia mediadora o potencia ordenado-
ra de las crisis políticas en América Latina.
Llegados a este punto, hay una cuestión que quiero proble-
matizar, dejando un tema para la discusión: la ausencia geopo-
lítica de Europa. Hablar de la ausencia geopolítica de Europa es
hablar de la ausencia de una conciencia geopolítica europeísta.
En los mejores momentos de la Unión Europea, en los mejores
momentos de la Comunidad Económica Europea, se definía a la
UE como un gigante económico, un enano político y un gusano
militar. Si esto era cierto cuando a la UE le iba bien, en este mo-
mento la situación es enormemente preocupante.
La crisis económica del 2008 hizo saltar definitivamen-
te por los aires lo poco que quedaba de las bases ideológicas
3  Arrighi, Giovanni (2007). Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Madrid:
Akal.
constitutivas del proyecto europeo, que tenían que ver con los
consensos antifascistas, derivados del resultado de la Segun-
da Guerra Mundial. La clave para entender aquellos consensos
era el gran acuerdo entre socialdemócratas y democristianos
sobre la importancia de los derechos sociales y de los estados
del bienestar como elementos formadores de la identidad polí-
tica y social de Europa. Eso saltó por los aires con el Neolibe-
ralismo, y la consecuencia política más fuerte fue la crisis, en
buena parte de los países europeos, de los antiguos partidos
socialdemócratas y la crisis de buena parte de los sistemas
políticos europeos. El Reino Unido ha votado salirse de la
Unión Europea, y estamos asistiendo a cambios sin prece-
dentes en los sistemas políticos y en los sistemas de partidos
en los principales países de la UE. En Italia, Berlusconi y el
Partido Democrático acordaron hacer un cambio del sistema
electoral, aparentemente para aislar y llevar a los márgenes
a las dos fuerzas antieuropeístas (la Lega Nord, en un senti-
do reaccionario de derechas, y en un sentido indescifrable el
Movimento 5 Stelle) y resultó que el Movimento 5 Stelle y la
vieja Liga Lombarda se han transformado en los partidos eje
de la política italiana ¡gobernando juntos! Dos fuerzas polí-
ticas aparentemente antieuropeistas están cogobernando en
uno de los países fundadores de la UE.
Esto hace que nos tengamos que plantear la siguiente pre-
gunta: ¿somos europeístas? Yo respondo: sí, debemos ser eu-
ropeístas, porque tenemos una conciencia geopolítica de lo que
tiene que ser Europa. Pero tener esa conciencia geopolítica, no
supone comulgar con ninguna de las ruedas de molino sobre
las que se ha construido el proyecto, primero, de la Comuni-
dad Económica Europea y, después, de la Unión Europea. Te-
ner conciencia geopolítica europeísta implica, en primer lugar,
asumir una cuestión que puede no tener buena prensa pero que
es fundamental: la dimensión militar.
La dimensión militar de Europa se configuró en el contexto
de la Guerra Fría, dependiente a un sistema llamado OTAN, que
llenó de bases militares de una potencia no europea el territorio
europeo. ¿Tuvo alguna cosa buena la OTAN? Podría decir que sí.
La OTAN, para los españoles, contribuyó a modernizar al ejér-
cito de una dictadura que abrió sus expectativas a otro tipo de
culturas militares. Pero ¿tiene sentido hoy que la OTAN sea el
sistema de defensa de los europeos? ¿Tiene sentido que los EE.
UU. diseñen la soberanía militar de Europa? ¿Tiene sentido que
los EE. UU. diseñen la relación que tenemos que tener los euro-
peos con Rusia? Yo creo que no.
Ser europeísta implica apostar por superar, en primer lugar,
el modelo de la OTAN, que ni se explica ni se justifica en un con-
texto posterior a la Guerra Fría, y asumir que Europa necesita un
sistema de defensa integral europeo y propio.
En segundo lugar, ser europeísta debe implicar asumir
la dimensión política que le corresponde a Europa, y aquí es
necesario hacerse la siguiente pregunta: ¿La dimensión po-
lítica que le corresponde a Europa es compatible con estar
dominada por un club neoliberal? No. ¿Asumir la dimensión
política de Europa implica reconocer que Europa tiene que
estar dominada por el club de amigos de Alemania? Tampo-
co. Asumir la dimensión política de Europa implica reconocer
lo que significan las soberanías populares y nacionales y asu-
mir que puede haber soberanías compartidas para construir un
proyecto común mediante mecanismos de solidaridad y control
democrático, que es la gran asignatura pendiente de la Unión
Europea realmente existente.
En tercer lugar, lo único que puede hacer viable un proyec-
to colectivo de Europa son los derechos sociales y los estados del
bienestar. Esto ha sido así siempre. ¿Por qué en España y en otros
países, como Grecia y Portugal, había un sentimiento popular tan
evidentemente favorable a formar parte de la construcción polí-
tica de Europa y de la Comunidad Económica Europea? Por algo
muy sencillo que todos los europeos del sur entendemos perfec-
tamente: la prosperidad y los derechos sociales. Europa fue una
promesa de derechos humanos, de derechos sociales y de ciertas
instituciones de protección social que aseguraban o prometían
que estar en Europa nos podía permitir imaginar que el futuro iba
a ser mejor, que íbamos a poder tener escuelas públicas, hospita-
les públicos, que los hijos de la gente trabajadora iban a poder ir a
la universidad y que, en última instancia, íbamos a tener sistemas
de protección social, en un contexto democrático de cierto res-
peto de los derechos civiles y de los derechos humanos.
Eso está puesto en cuestión en Europa por las fórmulas de
gobernanza neoliberal. Por lo tanto, defender Europa como
ámbito geopolítico implica asumir estas tres dimensiones. En
primer lugar, debe asumirse la soberanía militar de Europa, lo
cual significa que no se puede depender ni de EE. UU. ni de nin-
guna otra potencia. Segundo, es imprescindible respetar las di-
ferentes soberanías nacionales y asumir que las soberanías com-
partidas se tienen que construir con instrumentos de solidaridad.
Y, en tercer lugar, es clave entender que la base de sostenibilidad
material de cualquier proyecto europeo se tiene que fundamentar
en los derechos sociales y en el Estado del Bienestar.
La debilidad geopolítica de Europa es una de las claves para
entender hoy las dinámicas geopolíticas del sistema interesta-
tal. En este libro, Agnew nos muestra que la hegemonía de EE.
UU. no es el imperio en su forma tradicional territorial. EE. UU.
ha construido una hegemonía global basada en un conjunto de
prácticas que el autor denomina marketplace society. El objetivo
principal de la política exterior y comercial de EE. UU. es un
mundo que reproduzca su modo “americano” de hacer negocios.
Este es el marco definido por EE. UU. en sus relaciones externas,
y Latinoamérica, al igual que Europa, tiene la tarea pendiente de
pensar su dimensión política, su dimensión militar y su modelo
de bienestar, a conciencia de que solo podrá alcanzar soluciones
efectivas resolviendo la tarea inconclusa de su integración. La
disyuntiva regional parece marcada por la dicotomía entre una
integración continental mercantil, de corte neoliberal decidida
por el norte, versus integración de sentido latinoamericanista,
decidida por los pueblos para la soberanía y la justicia social.

***

Este prólogo fue elaborado con base en la exposición del


autor en la inauguración de las “Jornadas Geopolíticas Sur”,
celebradas en la Facultad de Geografía e Historia de la Universi-
dad de Valencia, organizadas por el Frente Cívico, en Valencia,
en mayo de 2018.

*Sobre el autor: Pablo Iglesias es doctor en Ciencia Política


y secretario general de Podemos. Entre 2008 y 2014 enseñó
Geografía Política en la Universidad Complutense de Madrid.
Prólogo

C
uando era niño, percibía la “influencia” estadounidense
en el mundo de manera diferente a aquella del mundo de
la “alta política” diplomática y económica de la que ha-
bía oído hablar en la radio o de mis padres y profesores.
La primera vez que vi un vehículo estadounidense ocupando
ambos canales de la calle principal en mi pueblo natal al no-
reste de Inglaterra –llevado allí para ser exhibido, no conduci-
do, por un nativo de vacaciones, por lo general empleado por
Chevrolet en algún lugar de “por allá”– comprendí algo de la
atracción ejercida por la cornucopia estadounidense sobre el
resto del mundo.
Abrí los ojos ante todo esto siendo estudiante universitario.
En Política Internacional me enseñaron que la única influencia
estadounidense importante fue la ejercida por el Gobierno de
Estados Unidos como resultado de su fuerza militar y la capa-
cidad de la economía que gobernaba. Pero, aparte de eso, todos
los Estados compartían más o menos las mismas condiciones en
la lucha por la primacía global. El hecho de que Estados Unidos
haya “reemplazado” a países como Gran Bretaña en la cima del
cúmulo global de Estados fue atribuido a su brillante capacidad
industrial, una dosis de suerte y al apoyo de aliados tan incondi-
cionales como los británicos, cuyo tiempo como potencia mun-
dial finalmente se había agotado. Mis instructores más positivis-
tas de ciencias sociales fueron particularmente despectivos con
respecto a la idea de que cualquier cosa “única” sobre la historia
estadounidense podría tener relación con “algo”. El “ascenso” de
EE. UU. se debió a que los actores racionales explotaron las con-
jugaciones universales asociadas a brotes de cambios tecnoló-
gicos y resultados de las guerras (predeterminadas por quienes
poseían mayores cantidades de material de guerra). EE. UU. era
otro “caso” como todos los demás.
Desde entonces, el mundo parece haber cambiado más allá
de todo reconocimiento. Muchos de estos cambios apuntan a la
“globalización”, aunque lo que esto significa exactamente aún
nos elude. Se trata en parte de “la compresión espacio/tiempo”
–la reducción de la centralidad de las distancias para una exten-
sa gama de transacciones– , pero también se trata de cambios
significativos en el alcance geográfico y la rapidez temporal de
las transacciones económicas y la transmisión rápida de men-
sajes culturales. Ciertamente, las viejas teorías de la política
mundial de los Estados chocando entre sí ahora parecen no sólo
anticuadas sino engañosas.
Este libro vincula la globalización con esa influencia es-
tadounidense sobre el resto del mundo que había reconoci-
do inmemorialmente hace tantos años atrás. Un artículo que
escribí anteriormente, Globalization has a home address (“La
globalización tiene dirección domiciliar”), presenta algunos de
los aspectos principales de mi pensamiento. Expresa muy bien
uno de los principales argumentos de este libro: la globalización
es, en un grado significativo, “hecha en [Link]”. Ahora deseo ir
más allá de esta idea para presentar el argumento adicional de
que la globalización, bajo la influencia estadounidense, ha ini-
ciado un cambio en la ontología espacial de la política mundial.
Con esto quiero decir que la geografía del poder está cada vez
menos organizada sobre la base territorial/singular mediante la
referencia de los Estados, tal como los conocemos desde el siglo
XVIII. En su lugar estamos viendo un mundo con una espaciali-
dad del poder cada vez más compleja, a medida que localidades,
ciudades/regiones globales, regiones y bloques comerciales se
conectan en red o entre sí para desafiar las divisiones territoria-
les primarias basadas en el Estado. Así, si el siglo XX fue el siglo
americano, el siglo XXI probablemente no lo sea. La hegemonía
estadounidense ha puesto en movimiento un mundo que no po-
drá ser dominado por un solo Estado o por sus frutos culturales.
Sin embargo, una de las formas más comunes de referirse a
la influencia estadounidense hoy día es dirigirse a los EE. UU.
como un “imperio”, real o incipiente. Con la desaparición de la
Unión Soviética como superpotencia competidora, el Gobierno
de EE. UU. ciertamente pareciera no tener un semejante. De he-
cho, particularmente desde el 11 de septiembre del 2001, se ha
confrontado al resto del mundo con la arrogancia y la noblesse
oblige que se asocian con el púrpura imperial. Pero el término
imperio implica mucho más que esto: implica un alto grado de
organización territorial, poder efectivo centralizado e inteligencia
en capacidad de dirección. Estos rasgos no parecen coincidir con
las formas en las que actualmente un Gobierno estadounidense
-esencialmente improvisado- se relaciona con el resto del mundo.
Quizás la historia nos guía por un mal camino al buscar repeti-
ciones en el comportamiento de los Gobiernos poderosos. Si los
Estados con los más grandes complejos militares o los mayores
PIB per cápita del pasado se convirtieron o intentaron convertirse
en imperios entonces, seguramente ¿EE. UU. también lo hará?
Creo que la designación de imperio es fundamentalmente enga-
ñosa en la comprensión de la situación actual y la influencia de
EE. UU. en la política mundial. En su lugar, propongo el concep-
to de hegemonía; no simplemente en el sentido de dominación o
como equivalente a imperio, sino como una confluencia entre una
posición globalmente dominante por un lado, y, por el otro, un
conjunto de atributos que ese dominio ha creado y que a la vez le
permite difundirse e imponerse en todo el mundo: es decir lo que
yo llamo “sociedad de mercado”.
La hegemonía, por consiguiente, ha tenido un contenido es-
pecíficamente estadounidense, si bien está abierto a la adaptación
a medida que se desplaza e inscribe a otros en sus operaciones.
Esto no es lo mismo que la modernización o la conversión de las
personas a la modernidad bajo un disfraz americano –es decir, la
adopción por parte de los individuos de un conjunto de valores
modernos en oposición a los llamados tradicionales–. Más bien,
se trata de la adopción de reglas de vida económica y política que
reorientan y reorganizan la política mundial. La globalización y la
nueva geografía del poder que esto conlleva han sido el resultado.
La tentación de imperio, aunque se sienta con fuerza en algunos
sectores de Washington, refleja las cargas negativas del eco pro-
ducido por el triunfo de aquello que llamo “la hegemonía estadou-
nidense dentro de los EE. UU.”; y no una búsqueda estratégica
coherente con miras al futuro surgida de la experiencia estadou-
nidense o de la historia mundial reciente. Entonces, el objetivo
de este libro es argumentar la existencia de una nueva forma de
poder global que se ha desarrollado a partir de la hegemonía es-
tadounidense pero que ahora apunta a un mundo cada vez más
fuera del control directo de EE. UU. o de cualquier otro Estado.
Agradecimientos

M
e gustaría agradecer a una serie de personas quienes
han contribuido con este libro y los planteamientos
que están detrás del mismo. James Anderson y Gerard
Toal me alentaron a desarrollar mi argumento sobre
imperio vs. hegemonía. Tom Mertes me hizo aclarar mis crí-
ticas a imperio como un concepto útil en la situación mundial
actual. David Lake me demostró cómo un politólogo reflexi-
vo considera las cuestiones de la anarquía y la jerarquía en
la política internacional. Leslie Sklair cuestionó mi modelo
de consumo de la hegemonía estadounidense y me alentó a
explicar detalladamente mi argumento. Dennis Conway ha
tolerado mi obsesión con la necesidad de comprender la
“experiencia estadounidense”, entendiendo que esto no im-
plica dejarse llevar por el excepcionalismo que incita tanta
arrogancia a lo largo del camino del Potomac. Steve Legg me
aportó una minuciosa lectura de los capítulos uno y dos. Mat
Coleman hizo algunas sugerencias cruciales que me ayuda-
ron a aclarar el argumento del capítulo cinco. Jo Sharp y yo
trabajamos juntos en muchas de las ideas del capítulo cuatro.
Chase Langford concibió y bosquejó el mapa de la “Coalición
de los voluntariosos” que aparece como figura 9.1. También
dibujó todas las otras figuras. Finalmente, Leslie Sklair y Fe-
licity Nussbaum leyeron el manuscrito con mucho cuidado,
ahorrándome un sinfín de errores y declaraciones erróneas;
todas las que permanezcan en el libro son sólo mi responsabi-
lidad. Felicity también me dio su cálido apoyo en los momen-
tos más difíciles. Peter Wissoker ha allanado el camino con
Temple University Press. Estoy particularmente agradecido
con él. Una versión mucho más temprana del capítulo dos fue
publicada en La Antípoda 35 (2003), y el capítulo tres apa-
reció de la siguiente forma: El Milenio: Diario de estudios
internacionales; secciones de este capítulo aparecieron en El
Milenio (vol. 28, No. 3, 1999), y fueron reproducidas aquí
tras muchas alteraciones con la aprobación de la editorial.
Agradezco inmensamente a Yale University Press por el permiso
de reproducir (como la figura 4.1) el mapa de Donal Meinig, La
formación de América (1986), figura 67, p. 402.
27

1 | Introducción

L
as palabras importan. Actualmente se dice y se escribe mu-
cho sobre el imperio o el imperio estadounidense –palabras
empleadas para describir la fuerza dominante de la política
mundial hoy día–.1 Quiero desafiar este escurridizo consenso
proponiendo una palabra diferente para describir el estado actual
de las cosas. La palabra hegemonía es generalmente confundida
con imperio y aparece con frecuencia junto palabras auxiliares
como imperial, imperialista, entre otras, como si todas significa-
ran lo mismo. Por supuesto, se puede lograr que todas parezcan
lo mismo pero ¿y si el consenso existente está errado sobre lo que
es fundamentalmente único de la situación actual? Y a modo de
sustitución ¿qué pasa si a la palabra hegemonía se le da un signi-
ficado distinto al de imperio, un significado que ha tenido desde
hace mucho tiempo, proporcionando así una mirada alternativa
de la política mundial contemporánea? Mi tarea es convencer a
los lectores de que el término hegemonía, al menos en el uso que
yo le doy, es mucho más útil que el término imperio para describir
la relación histórica entre los EE. UU. y el resto del mundo. Esta
no es una elección estética, es analítica. Las palabras pueden ayu-
dar a comprender o pueden dificultarlo. En este sentido, el uso
descuidado de la palabra imperio no cumple con el deber teórico
que se le ha otorgado.
En resumen, argumento que el empuje principal de la política
mundial contemporánea es resultado de la hegemonía específica
1 Una muestra de los libros más recientes al respecto podrían incluir: Andrew Bacevich, Ameri-
can Empire: The Realities and Consequences of U.S. Diplomacy (trad. cast. Imperio america-
no: Las realidades y Consecuencias de la Diplomacia de EE. UU.) (Cambridge, MA: Harvard
University Press, 2003); Niall Ferguson, Colossus: The Price of America’s Empire (trad. cast.
Coloso: Auge y decadencia del imperio americano) (Nueva York: Penguin, 2004); Chalmers
Johnson, The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (trad.
cast. Las Amenazas del Imperio: militarismo, secretismo y el fin de la República) (New York:
Metropolitan Books, 2003); Michael Mann, Incoherent Empire (trad. cast. El Imperio incohe-
rente) (Londres: Verso, 2003); y Emmanuel Todd, After the Empire: The Breakdown of the
American Order (trad. cast. Después del Imperio: La caída del orden estadounidense) (Nue-
va York: Columbia University Press, 2003). Cualesquiera que sean sus méritos individuales, y
Bacevich, Johnson y Mann tienen muchos, todos aceptan la idea que EE. UU. actualmente es
mejor definido como “imperio”.
28 Introducción

ejercida por la sociedad estadounidense sobre el resto del mundo


a través de la acción tanto del Gobierno de EE. UU. como de una
amplia gama de otras instituciones y corporaciones filantrópicas
e intergubernamentales, cuyas estructuras y normas básicas son
las de la sociedad de mercado que se desarrolló en EE. UU. en los
siglos XIX y XX. Hegemonía, por lo tanto, es mucho más que la
simple dominación implícita cuando es equiparada con impe-
rio o, como en otros usos convencionales, cuando se le consi-
dera simplemente como la identidad de un Estado dominante
sin inquirir en la naturaleza de esa identidad y cómo afecta sus
relaciones con otros Estados.2 En el uso que hago del término,
la hegemonía es el reclutamiento de otros en el ejercicio de tu
poder al convencerlos, engatusarlos y obligarlos a que quieran
lo que tú quieres. Aunque nunca alcanza la totalidad y es fre-
cuentemente resistida, significa la unión de personas, objetos e
instituciones alrededor de normas y estándares culturales que
emanan a través del tiempo y el espacio desde sedes de poder
(que tienen ubicaciones discretas) ocupadas por actores autori-
tarios. La hegemonía no es, por consiguiente, el ejercicio bruto
del poderío militar, económico y político por el más reciente en
una larga lista de “hegemones”, como si el ejercicio del poder hu-
biera permanecido inalterable a través de los siglos. Tampoco es
una simple continuación del poder político y militar ejercido te-
rritorialmente, como sugiere el uso de la palabra imperio, esté o
no avalado por términos como formal o informal. Este uso solo
desplaza la trampa intelectual de “la territorialidad” –es decir,
creer que el poder es invariablemente territorial– desde el nivel
del Estado al de imperio global.3
Si los imperios tienen un rasgo central es que ejercen po-
der territorialmente a través de un eficaz orden centralizado.
El Imperio Romano, muchas veces tomado como análogo al
2  Este es el consenso común entre miradas de la política mundial muy disimiles entre sí, como
lo son el realismo clásico, el neorrealismo, la teoría de sistemas mundiales y gran parte de lo que
hoy día se considera marxismo (particularmente de corte leninista). En mi opinión, la manera
en que se ha desarrollado el poder estadounidense no puede reducirse a un cálculo de com-
portamiento universal y eterno como consecuencia automática de que el Gobierno de EE. UU.
haya alcanzado una posición globalmente dominante debido a su destreza económica y militar.
3  John Agnew, The Territorial Trap: The Geographical Assumptions of International Rela-
tions Theory (trad. cast. “La trampa territorial: presunción geográfica en la teoría de relaciones
internacionales”), Review of International Political Economy 1 (1994): 53-80. Se trata de la
presunción de que el poder político es invariablemente territorial, ya sea en Estados o imperios
territoriales. Me parece particularmente problemático el uso de la palabra imperio en un mun-
do en el cual el poder no es invariablemente territorializado.
HEGEMONÍA 29

Imperio Estadounidense contemporáneo, era un imperio en


donde todos los caminos conducían (figurativa y literalmen-
te) directamente a Roma. La hegemonía estadounidense, sin
embargo, a pesar de que obviamente tiene atributos coerciti-
vos que se han hecho muy evidentes en años recientes, no es
fundamentalmente imperial en sus objetivos ni territorial en
su organización.4 Efectivamente, argumento que la globaliza-
ción, por su fragmentación de los Estados–territorios existentes
y su geografía del poder cada vez más interconectada, es necesa-
riamente la consecuencia de la hegemonía global estadounidense
y no una suerte de imperio. La globalización hoy día y bajo la
hegemonía estadounidense representa una dramática acelera-
ción y reformulación geográfica de la universalización progre-
siva de la mercantilización y acumulación capitalista.5 Pero la
globalización no es un proceso abstracto del imperialismo, ni es
simplemente reducible al cambio tecnológico o a estrategias de
reinversión firmes. La globalización es un proyecto hegemónico
íntimamente conectado al cálculo geopolítico del Gobierno de
EE. UU., sus intereses económicos durante la Guerra Fría y la
incorporación del mundo entero dentro de sus controles desde
la desaparición del proyecto comunista en la antigua Unión So-
viética y China gracias a una infinidad de agentes con sede en

4  Proféticamente, el alemán (y nazi) filósofo legal Carl Schmitt sugirió en 1932 que “EE. UU.
no sólo fue un nuevo poder sino que también había algo distintivamente nuevo en cuanto a su
poder” (William Rasch, “Derechos humanos como Geopolítica: Carl Schmitt y la forma legal
de la supremacía americana”. Critica Cultural 54 (2003): 122, citando Carl Schmitt, Positionen
und Begriffe im Kampf mit Weimar-Genf-Versailles, 1923-1939 [Berlin: Duncker y Humblot,
1988, 184-203]). A los ojos de Schmitt, continua Rasch (122-23), “por ser predominantemen-
te económico… las expropiaciones americanas eran consideradas como pacíficas y apolíticas;
además, eran legales o mejor dicho, se hicieron ver como la promoción y ampliación de una
legalidad vinculante y universal per se”. En consecuencia, “oponer la hegemonía estadouni-
dense es oponerse a los intereses comunes y universalmente buenos de la humanidad”. Rasch
concluye: “Éste –la equivalencia de intereses económicos y políticos particulares con normas
morales universalmente vinculantes– es el logro intelectual que Schmitt no podía sino admirar
aún mientras se embarcaba en sus desastrosos intentos por vencer un enemigo elusivo –no
localizable– que resultó ser mera lucha contra las sombras”.
5  Acepto de este modo y de manera general el señalamiento de una restructuración signifi-
cativa del capitalismo mundial desde 1970 hecho por y teóricos neo-gramscianos y post-impe-
rialistas y como, respectivamente, Robert W Cox, Power, Production and World Order (trad.
cast. Poder, producción y orden mundial) (Nueva York: Cambridge University Press, 1978), y
David G. Becker et al. Postimperialism: International Capitalism and Development in the Late
Twentieth Century (trad. cast. Postimperialísmo: Capitalísmo internacional y desarrollo en
el final del siglo XX) (Boulder, CO: Lynne Rienner, 1987), pero con énfasis en el papel central
de las prácticas culturales relacionadas al consumo más allá de la simple lógica basada en la
producción que ellos respaldan. Ellos tampoco logran identificar las raíces de la transformación
en el carácter particular de la hegemonía estadounidense.
30 Introducción

los EE. UU. Desde este punto de vista, la globalización no es lo


mismo que la liberalización. La globalización se refiere al cre-
ciente alcance y ritmo de actividades económicas y culturales a
través del espacio. La liberalización se refiere a la combinación
de políticas promulgadas por el Gobierno que tienden a expo-
ner a los Estados a presiones externas, atendiendo a cambios
políticos y tecnológicos, y a políticas que invitan a la orienta-
ción de instituciones mundiales tales como el Fondo Monetario
Internacional (IMF por sus siglas en inglés), la Organización
Mundial del Comercio (WTO, por sus siglas en inglés) y el Ban-
co Mundial mediante la privatización de activos del Estado, la
reducción de la inversión estatal en bienestar social y mayor
apertura al comercio e inversión extranjera directa. La libera-
lización ha sido un mecanismo importante para incrementar la
intensidad de la globalización, pero no es para nada lo mismo.6
La tendencia del Gobierno estadounidense desde 1980 a
la acción militar y económica unilateral –desde rehusar com-
prometerse con tratados ambientales globales o participar en
la Corte Penal Internacional, hasta la invasión y ocupación
de Irak– no representan su creciente fuerza sino su debilidad
dentro del mismo orden mundial que los EE. UU. han hecho
tanto para crear. Asociar a los EE. UU. contemporáneos con
la palabra imperio es querer decir exactamente lo contrario.7
Una estrategia imperial, cuales sean sus éxitos posibles a cor-
to plazo y pocos son inmediatamente visibles, va en contra de
aquello que la sociedad estadounidense trajo al mundo durante
el siglo pasado en términos de ideas y prácticas sobre la cen-
tralidad de la sociedad del mercado para la vida social: desde el
consumo masivo y la vida a través de las mercancías; pasando
6  Sobre la historia de la globalización como proceso que emana desde diferentes regiones
del mundo en vez de ser un fenómeno singularmente occidental o capitalista , ver por ejemplo
A.G. Hopkind (ed.) Globalization in World History ( trad. cast. La Globalización en la historia
mundial) (New York: Norton, 2002). Leslie Sklair, Globalization: Capitalism and its Alterna-
tives (trad. cast. La Globalización y sus alternativas) (Oxford University Press, 2002) hace la
útil distinción entre lo que él llama “globalización genérica” y “globalización capitalista”. Estos
términos se acercan a lo que quiero decir con globalización y liberalización, respectivamente,
aunque no he visto ningún aspecto de la globalización reciente (como cambios en comunicación
y transporte tecnológico) como algo independiente del contexto capitalista dentro del cual se ha
desarrollado. Es justamente que las políticas específicas y las prácticas asociadas al liberalismo
trasnacional no son lo mismo como la globalización tout court.
7  David Harvey, The New Imperialism (trad. cast. El nuevo imperialismo) (Oxford: Oxford
University Press, 2003, p. 207) plantea la idea sucintamente: “El ejercicio unilateralista del po-
der imperial de EE. UU. no logra reconocer el alto grado de integración a través de territorios que
ahora existe dentro de la organización capitalista de la circulación y acumulación del capital”.
HEGEMONÍA 31

por jerarquías de clases ocultas detrás de una retórica cultural


del emprendimiento y la igualdad de oportunidades; hasta li-
mitando la prestación de lo que en otras partes se consideran
bienes públicos, esencialmente promoviendo una visión priva-
tizada de la vida.8 Este paradigma del “mercado central” no es
simplemente un cúmulo de ideas sino que se trata de un con-
junto de prácticas sociales en las que la conducta instrumental
(de mercado) tiende a desplazar los comportamientos consue-
tudinarios (comunitarios) y de comando (ordenados por el Es-
tado) como el estándar social. Es también algo más demótico
o popular que elitista en su idioma. Parte de la premisa de que
la fuerza física es una forma de poder muy inestable, si bien
algunas veces necesaria.9
Fue en EE. UU. que esta sociedad de mercado echó raíces por
primera vez como un fenómeno de masas y no como un fenómeno
de élite.10 De hecho, se podría argumentar que la independencia de
EE. UU. fue en sí misma una manifestación temprana de los mur-
mullos de una sociedad de mercado emergente contra un sistema
de orden imperial extensivo.11 En este sentido, nos viene a la mente
la famosa frase de Karl Marx en su Crítica de la filosofía del derecho
de Hegel: “La teoría… se convierte en una fuerza material tan pronto

8  La frase “sociedad de mercado” empleada es este libro marca una fusión entre ideas si-
milares sobre “sociedad de mercado” en C.B. Macpherson, The Political Theory of Possesive
Individualism: From Hobbes to Locke (trad. aprox. cast. La teoría Política del individualismo
posesivo: desde Hobbes a Locke) (Oxford University Press, 1962) y “sociedad de mercado” en
William Appleman Williams, The Roots of the Modern American Empire (trad. aprox. cast. Las
raíces del imperio estadounidense moderno) (Nueva York: Vintage 1969) pero ampliada para
incorporar a los EE. UU. como el lugar en donde la sociedad de mercado alcanzó su expresión
más completa desde finales del siglo XIX en adelante. El uso que hace Williams del término
“imperio” sugiere una comprensión más matizada de la hegemonía norteamericana que lo que
podría inferirse por su adopción de dicho término.
9  Este es el argumento fundamental de Karl Polanyi, The Great Transformation (trad. aprox.
cast. La Gran Tranformación) (Boston: Beacon Press, 1944) pero también es importante en los
escritos de Max Weber y Antonio Gramsci. Pareciera haberse disipado tanto para entusiastas
como para críticos del “imperio” estadounidense.
10  El nacimiento de la sociedad de consumo moderna tiene orígenes más antiguos en la In-
glaterra del siglo XVIII inglés, aún si es a finales del siglo XIX cuando logra rebasar por primera
vez un segmento relativamente restringido de la población estadounidense. Ver, por ejemplo,
Neil McKendrick et al. The Birth of a Consumer Society: The Commercialization of Eighte-
enth-Century England (trad. aprox. cast. El nacimiento de una sociedad de consumo: la co-
mercialización del siglo XVIII de Inglaterra) (Bloongton, IN: Indiana University Press, 1982)
y John Brewer y Roy Porter (eds.), Consumption an the World of Goods (trad. aprox. cast. El
mundo de los Bienes y servicios) (London: Routledge, 1992).
11  T.H. Breen plantea un fuerte argumento al respecto en The Marketplace of Revolution:
How Consumer Politics Shaped American Independence (trad. aprox. cast.: La revolución de
la sociedad de mercado: cómo las políticas de consumo influenciaron el la Independencia de
EE. UU.) (New York: Oxford University Press, 2014).
32 Introducción

como se prende en las masas”.12 Desde este punto de vista, el con-


tenido de la hegemonía estadounidense le debe mucho más a la
sociedad estadounidense que a las maquinaciones de un Estado
a menudo incoherente, incompetente, corrupto y desconcerta-
do. En otras palabras, es mucho más el American Main Street
(y el centro comercial) que Washington D.C., quien ha propor-
cionado las normas y prácticas sociales que otros alrededor del
mundo han llegado a emular y que ha proporcionado gran parte
de la base de la hegemonía estadounidense.
Mucho de lo escrito sobre imperio y hegemonía se basa
en una visión particularmente productivista del poder, ade-
más de estar excesivamente centrado en el Estado. Esto ocu-
rre tanto en los casos que giran alrededor del Estado como
los que están centrados en las clases sociales.13 De acuerdo
con este enfoque, dado que el valor se crea en el proceso de
producción, todo lo demás se remite a ese proceso. Esto es
errado debido a que el valor solo se completa en el consumo
cuando el circulo M-P-M’ es cerrado (al menos para el mar-
xismo).14 El marxismo convencional ha perdido esta “perspectiva
de paralaje” en la cual producción y consumo juegan equitativa-
mente papeles importantes. Para demasiados analistas, el in-
tercambio y consumo son vistos aún como una esfera ilusoria
en donde la especulación y la fetichización de las mercancías
distraen a los posibles revolucionarios de tomar el control en
sus espacios de trabajo. Pero el consumo no es meramente
una “compra” de trabajadores o un ejercicio alienante en la
mistificación burguesa sino un momento esencial en el capi-
talismo mismo. Desde este punto de vista, por lo tanto, fue
12  Karl Marx [1844] Introducción para la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (ingl.
The Critique of Hegel’s Philosophy of Right) editado por J. O’Malley (Cambridge University
Press, 1970 p.3).
13  Para Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias (ingl. The Rice and Fall of the
Great Powers) (Nueva York: Random House, 1986) por ejemplo, los territorios estatales son
como depósitos gigantes (mercantilistas) de almacenamiento de recursos para ser usados con-
tra los adversarios militares. Para David Harvey, (El nuevo imperialismo), la política exterior
de EE. UU. ha tratado esencialmente de sentar las bases para resolver los dilemas de acumula-
ción del capital de EE. UU. Para ninguno de los dos el momento de consumo en el proceso de
capital figura prominentemente.
14  El capital como un proceso transforma el dinero (D o M, por su sigla en inglés) en bienes
(B o P por su sigla en inglés) y luego de vuelta a dinero (D’ o M’) (más la ganancia). Esta es una
idea de mucha importancia para Kojim Karatani, Transcritique: On Kant and Marx (trad. cast.
Transcrítica: Sobre Kant y Marx) (Cambridge, MA: MIT Press, 2003). Una crítica muy útil de
este argumento es suministrado en Slavoj Zízek, “La perspectiva de paralaje”, (ingl. “The Para-
llax View”), New Left Review, 25 (2004): 121-34.
HEGEMONÍA 33

dentro del vasto territorio de EE. UU. donde el capitalismo


alcanzó por vez primera todo su potencial. La gente tenía que
ser libre de consumir así como también de trabajar para ce-
rrar el círculo del capital. Con la hegemonía estadounidense
este potencial se ha globalizado.
La estandarización del espacio que acompañó al asentamien-
to europeo en el siglo XIX trajo a EE. UU., entre otras cosas, el
sistema de municipio y rango de división de las tierras, los ferro-
carriles y sus horarios, y las innovaciones logísticas de comercios
nacionales después de la Guerra Civil; todo esto suministró una
estructura para el nacimiento de la primera economía de consu-
mo de gran escala. La ausencia de barreras para el comercio y
la existencia de una moneda común crearon un espacio masivo
dentro del cual las economías de escala pudieron ser parte del
sueño liberal en los que el cálculo y la racionalidad constituyeran
las bases para realizar el deseo de mejorar las propias condiciones
materiales. EE. UU. fue la primera economía capitalista moderna
en el sentido en que lo entendían teóricos como Adam Smith.15
En casa y afuera, sin embargo, la hegemonía estadouniden-
se tiene consecuencias mucho más heterogéneas de lo que sus
defensores o sus críticos tienden a señalar. En lo particular,
la lógica cultural de la sociedad de mercado tiene efectos po-
líticos tanto progresistas como negativos. Por ejemplo, puede
reenfocar el compromiso emocional masculino en torno a la
consecución de negocios en lugar de las fantasías de guerra.
Edith Wharton declaró memorablemente que en la Edad de
Oro (finales del siglo XIX) para el hombre de la clase alta nor-
teamericana, “el verdadero crimen pasional es encontrarse
‘una ganga’”.16 La hegemonía estadounidense también puede
ser liberadora de las influencias de tradiciones que privan de
poder a varios grupos, en especial a las mujeres, cuya subjeti-
vidad independiente (como ciudadanas y consumidoras en vez
de como madres o madres potenciales) y, en paralelo, su parti-
cipación en la sociedad como personas individuales, ha tendido
a aumentar con su propagación.
15  Ver, en particular, Albert O. Hirschman, Las pasiones y los intereses: Argumentos po-
líticos en favor del capitalismo previos a su triunfo (ingl. The Passions and the Interests:
Political Arguments for Capitalism before its Triumph) Princenton, NJ: Princenton Univer-
sity Press, 1977).
16  E. Wharton (1913) Las costumbres del país (ingl. The Custom of The Country) (Nueva
York: Bantam, 1991) p. 96.
34 Introducción

La sociedad de mercado también ha generado el contexto


necesario para el crecimiento de una esfera pública en donde
las normas sociales, políticas y culturales pueden ser debatidas
fuera del control de la autoridad absoluta. Al mismo tiempo,
sus promesas de “el paraíso ahora o pronto” obviamente ame-
nazan aquellos proyectos políticos (y teológicos) que ubican la
utopía dentro de un futuro indefinido. Las incesantes críticas
a la cultura del consumo, ciertamente uno de los componentes
más importantes de la sociedad del mercado, tienden a operar
con ingenuidad con respecto a las sociedades socavadas por la
sociedad de consumo. Ocultar el pasado con la imagen de arte-
sanos produciendo cariñosamente bienes sin deseo de lucro y
consumidores que son conocedores de los bienes como objetos
valiosos en sí mismos, es –por decir lo menos– históricamente
problemático. Karl Marx, por su parte, estaba atento a la para-
doja de la modernidad capitalista. Al mismo tiempo en que pro-
metía más a un número de personas cada vez mayor, también
los hacía más dependientes de los nexos del mercado, pero sin
los recursos familiares y de parentesco para compensar su nueva
vulnerabilidad. Desde este punto de vista, el simple anticonsu-
mismo romántico es una utopía conservadora o retrógrada.17
Lo que hizo la llegada de la sociedad de mercado fue demo-
cratizar el deseo, posibilitar para las multitudes el consumo de
bienes en formas previamente disponibles solo para los ricos.
Por supuesto, hacer esto invariablemente rompió con vínculos
y dependencias locales, remplazándolas con vínculos a mayo-
res distancias. Lo “local” suena bien para muchos oídos esta-
dounidenses, pero la mayor parte de la historia estadounidense
se ha transitado incorporando lo local dentro de lo nacional y
cada vez más a lo global. Por ejemplo, la comida y la informa-
ción solían circular fundamentalmente dentro de los confines
locales. Este obviamente ya no es el caso. Aún más significativo
socialmente fue trasladar personas de condiciones locales a
otras nuevas dentro de divisiones amplias de espacios laborales,

17  Karl Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (ingl. The 18th Brumaire of Louis
Bonaparte) (Nueva York: Publicaciones internacionales [1852] 1963, pp15,16,135). Peter Sta-
llybrass, “El abrigo de Marx”, en Fetichismo fronterizo: objetos materiales y espacios ines-
tables (ingl. “Marx’s Coat,” in Border Fetishism: Material Objects and Unstable Spaces) ed.
Patricia Spyer (Londres: Routledge, 1998), utiliza la experiencia de Marx de tener que empe-
ñarse su propio abrigo cuando los tiempos se vieron limitados financieramente para ilustrar su
argumento sobre el doble filo del consumo capitalista.
HEGEMONÍA 35

lo cual requirió nuevas medidas de valor social. Los bienes y las


personas fueron “despojados de la luminosidad del lugar y del
espíritu de reciprocidad en un auténtico mercado de productos
básicos”.18 Como resultado, se llegó a nuevas medidas de valores
y estatus a través de la mercantilización de personas y bienes. A
medida en que la reciprocidad y la autoridad retrocedieron como
formas dominantes de intercambio social, fueron reemplazadas
por tasaciones sociales que estaban basadas en la posición en el
mercado, expresada esta última en ingreso y nivel de consumo.
Pero esta mercantilización no es vista como un simple proce-
so de “cadena de mando” ni, en términos funcionalistas, como un
truco deliberado para hacer que las personas se ajusten a lo que
desean sus superiores. Las personas constantemente demandan
diferenciarse entre sí.19 Así, la búsqueda por distinciones en la
ausencia de mecanismos de comando o consuetudinarios, dota a
las personas y cosas con sus propios valores particulares en una
sociedad de mercado.20 En tales sociedades, por consiguiente,
las personas y las cosas siempre son, en realidad o potencial-
mente, mercantilizables. El que este proceso pueda seguir sos-
teniéndose económica y ambientalmente a nivel global, podría
ser problemático, particularmente ahora de cara al crecimiento
de las clases medias en China e India, donde cientos de millones
aspiran seguir en las sendas del consumo trazadas por los ame-
ricanos, europeos y japoneses. En la medida en que sus más pre-
ciados bienes suelen tener un valor posicional, cuyo valor social
yace en su relativa escasez, toda la iniciativa termina más bien
como un perro persiguiendo su propia cola. Eso, sin embargo,
no le resta importancia en relación a la forma en que el mundo
moderno trabaja.
18  Christopher A. Bayly, “Los orígenes de la Swadeshi (Industria del hogar): la tela y la so-
ciedad en la India, 1700-1930”, en La vida social de las cosas: mercancías en la perspecti-
va cultural (ingl. The Social Life of Things: Commodities in Cultural Perspective), ed. Arjun
Appadurai (Cambridge: Cambridge University Press, 1986. p. 314). Los objetos pueden ser to-
talmente valorados por dentro y por fuera de sí mismos. A menudo, sin embargo, sirven para
usos sociales de una u otra manera. Ver en particular, Chandra Mukerji. Desde las imágenes
de talla: Patrones del materialismo moderno (ingl. From Graven Images: Patterns of Modern
Materialism) (Nueva York: Columbia University Press, 1983).
19  Pierre Bourdieu, Distinción: Una crítica social del juicio de gusto (ingl. Distinction: A
Social Critique of the judgment of Taste) (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1984).
20  La esencia del argumento de Georg Simmel, La filosofía del dinero (ingl. The philosophy
of money) (Londres: Routledge, 1978) es que es la demanda lo que dota a personas y cosas de
valor. Esto no significa que el valor se escoge libremente, en el sentido de la autonomía indivi-
dual, sino que existe una influencia popular en las valoraciones hegemónicas de la sociedad del
mercado, a diferencia de las sociedades consuetudinarias o jerárquicas.
36 Introducción

Quizás el impacto más negativo de la mercantilización es


político. En la sociedad de mercado el rol del ciudadano está
cada vez más eclipsado por el rol del consumidor. Efectivamen-
te, a pesar de una temprana asociación con el desarrollo de una
esfera pública, su expansión está claramente vinculada con la
redirección de las energías políticas populares desde el debate
efectivo sobre “la mejor sociedad” hacia la competencia entre
políticos para ver quién promete “más”.21 Si bien las primeras
narrativas sobre lo que más tarde se llamó “el sueño america-
no” eran predominantemente acerca de la libertad religiosa y
política; las más recientes tienen que ver con la movilidad social
ascendente, tener propiedad de la vivienda y lograr fama y for-
tuna.22 Immanuel Wallerstein expone de forma brillante el ca-
rácter cuantitativo de la promesa estadounidense y su vínculo
con la benevolencia de la providencia cuando escribe: “pienso
que los estadounidenses tienden a creer que otros tienen menos
de lo que nosotros tenemos, y el hecho de que nosotros tenga-
mos más es un signo de bendición”.23 Este “tener menos” no solo
se refiere al consumo sino también a la eficiencia relativa de las
economías, el alcance de las aspiraciones sociales y las amplias
posibilidades de los desarrollos tecnológicos. Durante la Guerra
Fría, la promesa americana constituyó la simiente de la entra-
da estadounidense en la “ideología geopolítica” de la época.24 En
este sentido, aunque estaba cubierta por la retórica de demo-
cracia versus totalitarismo, la ideología americana representaba
la victoria de la promesa del consumo cada vez mayor sobre la
21  Jürgen Habermas, La transformación estructural de la esfera pública (ingl. The Structu-
ral Transformation of the Public Sphere) (Cambridge, MA:MIT Press, 1991) plantea un fuerte
argumento acerca de la conexión entre el auge de la sociedad de mercado y el desarrollo de una
“esfera pública”. Ha sido criticado por no haber señalado sus efectos perniciosos en la esfera
pública a largo plazo. Ver, por ejemplo, Nancy Fraser, “Reconsiderando la esfera pública: Una
contribución a la crítica de la democracia realmente existente,” en La esfera pública fantasma,
(ingl. The Phantom Public Sphere) ed. Bruce Robbins (Minneapolis: Universidad de Minnesota
Press, 1993). Lizabeth Cohen en Una República consumidora: Las políticas de masas de con-
sumo estadounidense en la post-guerra, ( ingl. A Consumer’s Republic: The Politics of Mass
Consumption in Postwar America) (Nueva York, Random House, 2003) ofrece un brillante
relato de las políticas de consumo masivo en EE. UU. después de la Segunda Guerra Mundial,
cuando el país finalmente pudo y quiso dejar su huella en el mundo.
22  Jim Cullen, El sueño americano: una corta historia de una idea que desarrolló una na-
ción (ingl. The American Dream: A Short History of an Idea that Shaped a Nation) (Nueva
York: Oxford University Press, 2003), p. 195.
23  Immanuel Wallerstein, La decadencia del poder estadounidense (ingl. The decline of
American Power) (Nueva York: New Press, 2003), p. 195.
24  John Agnew, Geopolítica: Una re-visión de la política mundial (ingl. Geopolitics: Revisioning
World Pololitics) Segunda edición (Londres: Routledge, 2003).
HEGEMONÍA 37

democracia abierta y deliberativa. Lo que De Tocqueville llamó


proféticamente “el encanto del éxito anticipado” convirtió a
los obreros y empleados en consumidores cuya imagen de sí
mismos era la de individuos cuyo destino yacía en sus propias
manos y no en la acción colectiva o en la solidaridad con los
pobres o con los menos dotados materialmente.25 La sombra de
la sociedad de mercado se ha proyectado a lo largo y ancho aún
cuando muchas veces antes ha sido desafiada por hegemonías
residuales y emergentes. Las residuales incluyen el republica-
nismo que inspiró en parte el experimento político estadouni-
dense pero que fue rápidamente eclipsado por un liberalismo
más poderoso socialmente y varios fundamentalismos religio-
sos que instaban al retorno a conductas tradicionales. Por su
parte, las emergentes incluyen los diferentes experimentos
socialistas, fascistas, socialdemocráticos y comunitaristas que
han surgido para resistir y cuestionar la inevitabilidad de la so-
ciedad de mercado.
Por ahora, estas alternativas parecen en gran parte en reposo
con la notable excepción de los fundamentalismos religiosos. La
sociedad de mercado está en un período de absoluta supremacía
alrededor del mundo.26 A finales de la década de 1980, en China,
por ejemplo, el líder entonces contemporáneo, Deng Xioaping,
en un momento de demandas generalizadas por mayor demo-
cracia, supuestamente anunció que “hacerse rico es glorioso” y
recondujo al país hacia la adopción plena del modelo de mer-
cado con adaptaciones importantes a la China Comunista. En
1989, Deng desafió con éxito las protestas por democracia en la
Plaza Tiananmen –donde desfilaron con una réplica con la Es-
tatua de la Libertad– no sólo con tanques sino con la promesa
de mayor consumo. Así mismo el partido político Bharataniya
Janata (BJP) en la India trajo consigo la apertura del país a la
economía mundial cuando asumió el Gobierno a mediados de
la década de 1990. Con un electorado principalmente de la clase
media –y la casta alta–, el BJP adoptó audazmente un modelo
25  La cita de De Tocqueville es tomada de Cullen, El sueño Americano (ingl. The America
Dream), p. 5.
26  Leslie Sklair, Globalización: El capitalismo y sus alternativas (ingl. Globalization: Capi-
talism and Its Alternatives) formula un poderoso argumento sobre el surgimiento de un siste-
ma mundial de prácticas basado en la “Cultura-ideología del consumismo”, asociado a corpora-
ciones transnacionales y una clase corporativa transnacional. Esto es similar a lo que tengo en
mente con la frase “sociedad de mercado” pero deseo extender eso para incluir el tratamiento
de las personas y las cosas y, por supuesto, lo vinculo a la hegemonía estadounidense.
38 Introducción

liberal de desarrollo económico en lugar del modelo centrado


en el Estado del Partido del Congreso, dominante después de
la independencia. Como en China, la mayor consecuencia fue
la creciente polarización del crecimiento económico y los ingre-
sos entre regiones y entre las clases sociales. Esto permitió un
retorno al poder del Partido del Congreso y sus aliados en el
2004 con el apoyo de aquellos excluidos de los frutos del con-
sumo. Su compromiso, sin embargo, es extender el acceso a los
beneficios de una economía floreciente, no retroceder al viejo
modelo. En la Italia actual, la popularidad electoral del Primer
Ministro, Silvio Berlusconi, se basa totalmente en venderse –a
través de su control fortuito sobre gran parte de la televisión
italiana– como un símbolo de ascenso en una sociedad de mer-
cado que en su vulgaridad eclipsa, incluso, a la de EE. UU. El
que Berlusconi haya adquirido su posición como la persona más
rica de Italia en gran parte gracias a manipulación política y
situaciones tensas con la ley, solo es visto como una evidencia
de su sagacia (astucia) y su fortuna favorevole (buena suerte):
en otras palabras, las bondades de la magia del mercado. Ésta
es una adaptación italiana, no simplemente una conducta gené-
rica como pudiese implicar la palabra americanización. Parte
del ingenio de la hegemonía estadounidense es su habilidad de
adaptarse a medida que convoca. Cuando el festival musulmán
del Ramadán se convierta en la orgía de consumo que es la na-
vidad americana, entonces la hegemonía de la sociedad de mer-
cado habrá capturado uno de los últimos reticentes. Adoptar la
navidad como tal no es necesario.
El atractivo generalizado del sentir consumista puede atri-
buirse al “espíritu animal” universal que ha inspirado el con-
sumo como fin en sí mismo desde la edad de piedra hasta hoy
día. Sin embargo, el que la sociedad de mercado posea al menos
algún contenido local parece mucho menos debatible que el rol
dual que ha tenido la hegemonía estadounidense en el recluta-
miento para la sociedad de mercado. Por un lado, instituciones
estadounidenses han tenido el poder de promulgar globalmente
una visión dominante de “la buena sociedad”. Por otro lado, esta
visión ha estado caracterizada por un aumento constante en el
consumo masivo. La hegemonía de la sociedad de mercado, por
consiguiente, es lo que yace en el centro de la sociedad global
contemporánea. En palabras de William Leach: “Quien tenga
HEGEMONÍA 39

el poder de proyectar una visión de la vida buena y lograr que


esta prevalezca tiene el poder más decisivo de todos”.27 Desde
este punto de vista, pensar sobre el mundo político contempo-
ráneo en términos de imperios clásicos o mutantes simplemente
oscurece los mecanismos actuales a través de los que el poder
es ejercido en un mundo ya no reducible a Estados territoriales
e imperios chocando abruptamente contra unos y otros en una
competencia por la primacía.28 La geografía contemporánea del
poder es muy compleja para esta reducción. En particular, las
cadenas productivas globales, el sistema financiero y los inter-
cambios culturales enlazados junto al mercado global tienen
raíces locales con alcances globales. Esta es una topología del
poder interconectada y fragmentaria, más que territorial y ho-
mogénea. Por lo tanto, construir políticas globales o suprana-
cionales, o posiciones políticas alternativas sobre anticuadas
imágenes como la de imperio podría tener consecuencias equi-
vocadas e incluso catastróficas.
Este libro es una respuesta a la proliferación de publicaciones
que ofrecen la temática del imperio como si se tratara de la más
poderosa herramienta para la política del mundo contemporá-
neo. Entonces, comienzo el capítulo 2 con una discusión de la
palabra imperio y hegemonía en relación a la reciente partici-
pación de EE. UU. en la política mundial, particularmente la
invasión de Irak en el 2003. El capítulo 3 se mueve más allá del
escenario inmediato para considerar las conexiones teóricas
más profundas entre hegemonía, globalización y la geografía
del poder. Argumento que la política mundial no está fijada en
piedra para toda la eternidad sino que ha evolucionado mucho
más allá del modelo del “campo de fuerzas” de Estados territo-
riales que aún domina muchas de las discusiones de la política
mundial. Proporciono algunas herramientas intelectuales para
ayudar a entender cómo sucedió esta evolución, enfatizando
cuán crucial para el proceso ha sido la forma particular adoptada
por la hegemonía estadounidense. Desafío la opinión de que la
hegemonía de EE. UU. es simplemente el resultado de una dia-
léctica ad hoc entre presiones coyunturales (la derrota alemana

27  William Leach, La tierra de los deseos: Comerciantes, poder y el surgimiento de una nue-
va cultura americana, (ingl. Land of Desire: Merchants Power, and the Rise of a New Ameri-
can Culture) (Nueva York: Pantheon, 1993), p. xiii.
28  Ver Agnew, Geopolítica (ingl. Geopolitics), capítulo 7 y 8.
40 Introducción

y japonesa en la Segunda Guerra Mundial; la sublevación de las


colonias con el imperialismo europeo, etc.) y procesos universa-
les (como la carrera por la primacía entre las grandes potencias,
o la lucha de clases). En cambio, enfatizo el desarrollo histórico
de una serie de factores sociológicos y culturales que para finales
del siglo XIX diferenciaron a los EE. UU. de otras sociedades ca-
pitalistas nacionales y del resto del mundo en general, pero que
se han convertido cada vez más en el “estándar” o norma alre-
dedor del mundo bajo la hegemonía estadounidense. Desde esta
perspectiva, el lugar que viene a ejercer la hegemonía importa,
por consiguiente, en el contenido y la forma que la hegemonía
toma. En otras palabras, una dialéctica espacial entre EE. UU.
y el resto del mundo ha hecho más para dar forma a la política
mundial contemporánea que una dialéctica histórica coyuntu-
ral/universal con apenas rasgos geográficos.
El capítulo 4 retoma las especificidades de EE. UU. como la
primera sociedad de mercado completamente desarrollada en
la que prevaleció el énfasis en el consumo masivo popular, en
gran parte nuevo en la historia humana, y del cual han evolucio-
nado muchas de las características asociadas a la globalización.
Desde esta perspectiva, el crecimiento del consumo masivo po-
pular desarrollado primero en el capitalismo estadounidense y
difundido luego en otros lugares, y no meros cambios en la pro-
ducción, han hecho posible la perpetuación y profundización del
capitalismo escalando a nivel global. Dentro y fuera de EE. UU.,
la sociedad de mercado emergente ha tenido crisis episódicas
de credibilidad. Particularmente en 1930, estuvo a punto de
colapsar en los EE. UU. mismos pero su resurrección después
de la Segunda Guerra Mundial fue reforzada significativamente
por el papel central que jugó en el conflicto ideológico con la
Unión Soviética.
En el capítulo 5, sostengo que la propagación de la socie-
dad de mercado define los atributos esenciales de la hegemonía
estadounidense, no la mímesis o restructuración de la política
mundial alrededor de una división política del trabajo que evoca
el constitucionalismo estadounidense, como se ha alegado por
algunos teóricos del imperio, particularmente Hardt y Negri.29
Es el papel dominante de la sociedad estadounidense y no una
29  Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio (ingl. Empire) (Cambridge, MA: Harvard Uni-
versity Press, 2000).
HEGEMONÍA 41

versión a gran escala de la estructura política estadounidense


lo que ha proporcionado las bases a su hegemonía. De hecho,
este papel hace posible pensar en una hegemonía global no ne-
cesariamente adherida a sus raíces estadounidenses mediante
las acciones del Gobierno de EE. UU. En efecto, al menos a la
luz de eventos recientes como la invasión de Irak, tales acciones
políticas podrían ser vistas como adversas a la hegemonía esta-
dounidense en lugar de ser funcional a sus propósitos. La socie-
dad del mercado podría necesitar apoyos institucionales, pero
este apoyo no sería necesariamente identificable con la institu-
cionalidad estadounidense. En ese sentido, también argumento
que el Gobierno de EE. UU. está tan limitado por su estructura
constitucional que es particularmente ineficaz para hacer frente
a muchos desafíos económicos, militares y políticos. Si el Go-
bierno de EE. UU. es el monstruo que tan a menudo se alega
que es, es uno verdaderamente incompetente e incoherente.
Con el capítulo 6, hago un recuento detallado de la globali-
zación contemporánea, remontándome al Gobierno de EE. UU.
y su logro como potencia global después de la Segunda Guerra
Mundial pero con raíces más antiguas (como argumento en el
capítulo 4) ligadas a una geografía del poder emergente en la
cual las redes a larga distancia ayudaron a fragmentar conve-
nios territoriales existentes para la organización de sociedades
y economías. Si bien estas redes no tenían nada nuevo (en el
capítulo 3 explico sus orígenes históricos) la habilidad de los
Gobiernos de Estados territoriales para dirigirlos y limitarlos,
incluyendo el Gobierno de EE. UU., se ha vuelto cada vez más
problemática. En el capítulo 7 se describen las consecuencias de
esta nueva geografía del poder para los patrones globales de de-
sarrollo. Después de detallar las perspectivas dominantes entre
geógrafos sobre la nueva economía global, uso evidencia empí-
rica sobre las tendencias en los patrones globales de desarrollo
para mostrar cómo la nueva geografía del poder explica por qué
al mismo tiempo en que las desigualdades entre Estados han ve-
nido disminuyendo (particularmente entre países desarrollados
y en cierta medida entre todos los países a causa del crecimiento
económico de China), las desigualdades dentro de los países han
aumentado considerablemente.
En el capítulo 8, concluyo mi argumento regresando a EE. UU.
En lugar de la temible fuerza imperial retratada recientemente en
42 Introducción

tantas miradas de la política global, subrayo la vulnerabilidad de


EE. UU. frente a las mismas fuerzas de la globalización, desen-
cadenadas por sucesivos Gobiernos y negocios estadounidenses.
Los mismos cambios sociales y geográficos que están en marcha
en otros lugares pueden ser vistos dentro de EE. UU., con una
creciente polarización de ingresos, una clase media en declive y
una reterritorialización de la economía en ciertas regiones. La
cuota decreciente de mercados de productos en EE. UU., ocupa-
dos por estadounidenses junto a desequilibrios fiscales masivos,
auguran una reversión rápida de las polaridades sociales y geo-
gráficas. Chalmers Johnson se ha referido memorablemente a
este proceso como “retroceso” (“blowback”), que es “una abrevia-
tura para decir que una nación cosecha lo que siembra, incluso si
no sabe o no comprende completamente lo que ha cosechado”.30
Una breve conclusión resume la idea central del libro al plantear
de una forma distinta el problema que planteé anteriormente:
¿Qué palabra –imperio o hegemonía– describe mejor el rol de
EE. UU. en la política mundial contemporánea? Si EE. UU. es un
imperio, es uno peculiarmente incoherente y cada vez más hueco.
Es más comprensible como cada vez más sujeto a presiones de la
misma hegemonía que ha liberado en el mundo.

30  Chalmers Johnson, Blowback: Costes y consecuencias del imperio americano (Blowcast:
The Costs and Consequences of American Empire) (New York: Henry Holt, 2000), p. 223.
43

2 | Hegemonía vs. Imperio

E
E. UU. creó la primera “sociedad de mercado” completa-
mente desarrollada de la historia. Se trata de una sociedad
territorial en la cual la política y la sociedad operan en gran
medida en términos de valor de cambio en lugar de valor
de uso. Esta distinción entre valor de cambio vs. valor de uso,
hecha por primera vez por Adam Smith y desarrollada de diver-
sas maneras por pensadores posteriores como Karl Marx y Karl
Polanyi, gira en torno a la idea de que las relaciones sociales
y políticas pueden basarse predominantemente sobre su valor
instrumental (es decir, como si se les pudiera poner un precio)
o su valor intrínseco/consumatorio (es decir, como si tuvieran
cualidades únicas). Las sociedades anteriores tenían elemen-
tos de ambas valoraciones, pero con el auge del capitalismo el
valor de cambio opacó cada vez más el valor de uso. Sólo en
EE. UU. existían a la vez suficientemente pocas barreras para
la difusión del valor de cambio a todos los ámbitos de la vida,
y muchos incentivos para la aceptación de las regulaciones del
mercado que lo que acompañaron. En particular, el naciente
país no tenía ninguno de los remanentes monárquicos feudales
que fueron importantes para la formación del Estado moderno
en Europa. En EE. UU., el “Estado” fue diseñado para servir a
su sociedad, en particular a sus terratenientes y empresarios,
mas no el instrumento para perpetuar el dominio aristocrático
en una economía mundial cada vez más capitalista. El tama-
ño del país y su creciente diversidad étnica, combinados con
su peculiar ejercicio de la independencia, crearon condiciones
materiales e ideológicas propicias para que el valor de cambio
fuese la base de todas las relaciones sociales y políticas, no solo
económicas. Así, incluso cuando EE. UU. se expandía territo-
rialmente hacia América del Norte y hacia el resto del mundo
mediante el comercio y la inversión, su proceso de ejercicio del
poder ha sido a través del mercado, tanto material como ideo-
lógicamente, en lugar de limitarse a ejercer control coercitivo
44 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

sobre territorios. Eso ha sido, si acaso episódico, suplementa-


rio y altamente significativo.
Sin embargo, mucha discusión académica y popular sobre
el papel de EE. UU. en el mundo insiste en que EE. UU. simple-
mente es “otro Estado” (aunque sea más grande y más poderoso)
o un imperio, ampliando el significado evidentemente territorial
de “imperio” para incluir su influencia y control no territorial.
Sin embargo, ninguno de estos enfoques es satisfactorio. En pri-
mer lugar, el mundo actual es significativamente diferente con
respecto a épocas anteriores, especialmente en su geografía de
poder. A menudo se considera que estamos viviendo el tiempo
de la “globalización”, señalando el surgimiento de actores (em-
presas multinacionales, organizaciones no gubernamentales
mundiales [ONG], instituciones internacionales, etc.) y proce-
sos de desarrollo (mercados financieros globalizados, cadenas
productivas internacionales, etc.), que no pueden vincularse a
un solo domicilio territorial. Este es un mundo que EE. UU. ha
coadyuvado a crear, tanto intencionadamente como a través de
consecuencias involuntarias. Si éste fuera un “imperio” sería el
único descentrado de la historia, lo que parece sugerir que se
trata de otra cosa. En segundo lugar, este mundo no ha sido
creado predominantemente a través de la coacción directa o por
un Gobierno territorial, sino más bien a través de la incorpora-
ción socioeconómica en prácticas y rutinas derivadas o compati-
bles con las desarrolladas por primera vez en EE. UU. La mejor
palabra para describir este proceso es “hegemonía”.
Los conceptos de hegemonía e imperio ofrecen percepciones
profundamente diferentes del poder estadounidense y sus ma-
nifestaciones contemporáneas, especialmente en lo referente a
las posibilidades de enfrentarse a dicho poder. Curiosamente,
a pesar de su uso frecuente, los dos términos no se distinguen
fácilmente el uno del otro; en general, suelen hacer alusión a
un EE. UU. todopoderoso que reconfigura el mundo a su ima-
gen. Desde este punto de vista, la hegemonía es simplemente el
poder coercitivo relativamente sin restricciones ejercido por un
hegemón o sede del imperio. Creo que este uso es problemático,
tanto histórica como analíticamente. Más específicamente, los
términos hegemonía e imperio tienen etimologías y significados
contemporáneos característicos en inglés y otros idiomas. Cuan-
do se utilizan analíticamente, pueden ayudar a dar precisión a lo
HEGEMONÍA 45

que le sucedió a las relaciones de EE. UU. con el mundo como


consecuencia, por ejemplo, de la guerra contra Irak en 2003. En
conjunto, proporcionan un punto de partida para la relación his-
tórica entre la hegemonía de EE. UU. y la globalización, que es
tomada en cuenta a lo largo del libro.
Es posible tener imperio sin hegemonía. Por ejemplo, ni
España ni Portugal del siglo XVI tenían mucho control sobre
la política mundial después de 1600, pero sí tenían “posesio-
nes” territoriales producto de su rol temprano en la conquista
europea del mundo. También es posible tener hegemonía sin
imperio, como cuando el Gobierno de EE. UU. ejerció una tre-
menda influencia sobre la política mundial después de la Se-
gunda Guerra Mundial, pero con poca o ninguna extensión te-
rritorial simultánea. El Gobierno de EE. UU., en consonancia
con sus propios orígenes republicanos y anticoloniales, así como
con un nuevo interés material en el libre comercio, se identifi-
có en gran parte con los movimientos anticoloniales en todo el
mundo. La distinción entre hegemonía e imperio puede ser útil
en este momento para identificar si la búsqueda por consolidar-
se como imperio fue la mejor manera de mantener la hegemonía
después del fin de la Guerra Fría. ¿La continuidad de la hegemo-
nía de EE. UU. dependerá de la creación de un imperio, parecido
a como Gran Bretaña gobernó –a fines del siglo XIX– en lugar
de seguir trabajando multilateralmente a través de instituciones
y alianzas internacionales, particularmente cuando los proble-
mas económicos de EE. UU. asoman la posibilidad de un orden
mundial globalizado en el cual EE. UU. ya no sea primordial? La
distinción entre hegemonía e imperio también nos permite ver
dos impulsos distintivos dentro de la geopolítica de EE. UU. que
históricamente han caracterizado la autopercepción nacional
estadounidense y su proyección hacia el exterior: lo que puede
llamarse “república” e “imperio”.
Comienzo el capítulo con una breve discusión de la repúbli-
ca vs. el imperio como temas en la historia política de EE. UU.
Luego ofrezco definiciones contemporáneas de “hegemonía” e
“imperio” para orientar un análisis posterior del uso académi-
co reciente de ambos términos, incluyendo las contribuciones
de Niall Ferguson, Joseph Nye, Michael Hardt y Antonio Negri.
Después de una visión general de la geopolítica de EE. UU. des-
de el final de la Guerra Fría, identifico el momento actual como
46 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

uno crítico para la hegemonía de EE. UU., con un cambio posi-


blemente decisivo hacia una dependencia en el imperio como ca-
racterística clave en el razonamiento geopolítico emergente del
Gobierno estadounidense. Sin embargo, una limitación de esta
estrategia es que las instituciones y las costumbres de la socie-
dad de mercado estadounidense no apoyan fácilmente el manto
imperial. Es importante señalar que la hegemonía de EE. UU.
no es compatible con la reinstauración de un imperio explícita-
mente territorial, pues ha creado una nueva geografía de poder
asociada con el término globalización. Por lo tanto, a modo de
conclusión, enfatizo la probabilidad de que este imperio fracase
y, como resultado, la globalización se vuelva cada vez más libre
de una hegemonía independiente de EE. UU. para ser regulada
por un complejo de mercados, Estados e instituciones globales
en lugar de un solo hegemón.

¿República o imperio?

Los creadores del primer Estado constitucional, fundamen-


tado en la rebelión contra el colonialismo británico, trataron de
encontrar un equilibrio entre la soberanía popular y el estado
de derecho. Este modelo republicano requería reglas cuidadosa-
mente construidas sobre la conducta de la representación y los
límites de la intervención del Gobierno. Sin embargo, el temor
de que la virtud pública se viera corrompida por intereses priva-
dos era difícil de mitigar una vez que la revolución contra Gran
Bretaña terminara y la economía política esencialmente liberal
heredada del pasado resultara más significativa que las institu-
ciones del republicanismo en cuanto a la integración del vasto
nuevo país.1 El tamaño geográfico y la heterogeneidad cultural
atentaron contra la participación popular y la virtud pública pro-
metida por el modelo republicano implícito en la Constitución de
EE. UU., que demostró ser demasiado grande para ser gobernado
por dichos principios. El modelo republicano también necesitaba
romper formalmente con las tensiones dinásticas y la política de
1  Bernard Bailyn, The ideological Origins of the American Revolution (Cambridge, MA: Belk-
nap Press Harvard University Press, 1967); Gordon S. Wood, The Creation of the American
Republic, 1776-1787 (Chapel Hill, NC: University of North Carolina Press, 19696); Hannah
Arendt, On Revolution (Nueva York: Penguin, 1963).
HEGEMONÍA 47

equilibrio de poder de la Europa del siglo XVIII. El concepto de


raison d’ état (razón de Estado) era ampliamente visto como una
antítesis del experimento estadounidense en democracia, ya que
conducía a embrollos extranjeros y aumentaba el papel de los mi-
litares en la política interna. Sin embargo, al mismo tiempo, el in-
cipiente país estadounidense tuvo que ajustarse a un mundo que
funcionaba de acuerdo con diferentes reglas y tomó decisiones
sobre su forma territorial en América del Norte y el carácter de
su economía política interna que distaban del ideal republicano.
Aunque lejos de Europa, EE. UU. estuvo inmediatamente
implicado en la política de poder europea, sobre todo en cómo
responder a los reclamos europeos de territorio en el interior
continental de América del Norte. Del mismo modo, el modelo
republicano ofrecía poco sobre cómo dirigir o limitar las acti-
vidades económicas privadas dentro y más allá de las fronteras
estadounidenses, entre otras cosas porque se basaba en limi-
tar los poderes del Gobierno y considerar a EE. UU. como una
empresa territorial fija sin “intereses” más allá de sus confines
geográficos inmediatos. En la práctica, el modelo republicano
siempre ha fracasado en contener el impulso expansionista:
aunque afirma tener credenciales republicanas impecables y,
por lo tanto, solicita acuerdos, cooperación y consentimiento de
aquellos gobernados por sus acciones, el Gobierno de EE. UU.
ha expandido consistentemente su control territorial y económi-
co más allá de los límites jurídicos del propio país. Esta “ansia
de imperio” inicialmente tomó una forma territorial en la ex-
pansión continental, pero en el siglo XX se ha basado princi-
palmente en la construcción de alianzas (como la Organización
del Tratado del Atlántico Norte [OTAN]), la construcción de
instituciones internacionales (como el sistema de las Naciones
Unidas [ONU], el Fondo Monetario Internacional [FMI], el
Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio [OMC],
etc.) y el uso de la influencia económica y militar (como el dólar
estadounidense y la amenaza de armas nucleares). Sin embar-
go, dado el origen de EE. UU., el control territorial explícito so-
bre otros lugares, al menos aquellos juzgados como equivalen-
tes moral y políticamente (a diferencia de los grupos indígenas
nativos de América del Norte), se ha considerado problemático
a menos que pueda colocarse en una relación positiva con el
modelo republicano.
48 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

Aquí es donde surgió la “hegemonía” como solución al dile-


ma estadounidense. Ejercer el poder más allá de las fronteras
nacionales no requiere control territorial. De hecho, se puede
habilitar y perseguir a través de la cooperación, los acuerdos y
la aceptación de los demás como resultado de su socialización
para que se vea como correcto, apropiado y provechoso. Esto
requirió un cambio en la geografía del poder desde una territo-
rialidad estrictamente absoluta (espacio delimitado, absoluto) a
una espacialidad relacional y funcional que implica el dominio
de las reglas de la interacción espacial (comercio, flujos de capi-
tal, etc.). Con o sin intención, esta alteración fundamental en la
práctica de la política exterior es lo que sentó las bases para una
globalización posterior. En la década de 1940, EE. UU. estaba
particularmente preparado para esta transformación debido a
sus intereses comerciales mundiales, la centralidad del capital
financiero internacional en su economía, la percepción de que
los bloques económicos territorializados habían profundizado la
depresión de la década de 1930 y la necesidad de que su tradi-
ción republicana encajara con un papel global. Un papel global
que había sido problemático desde hace mucho tiempo antes en
la política doméstica estadounidense debido a la amenaza que
representaba para el ideal de un “nuevo” tipo de política. La gue-
rra entre México y EE. UU. había sido condenada por el enton-
ces representante del Congreso, Abraham Lincoln, ya que favo-
recía la expansión territorial a expensas del “gobierno honesto”
en el país, como entonces lo era.2 Lincoln estuvo particularmente
inquieto por el montaje del presidente James Polk de un pre-
texto para ir a la guerra con México, un escenario notablemente
similar al de la intervención en Irak de 2003 que involucraba
alegatos sobre la posesión de “armas de destrucción masiva”,
que resultaron ser engañosos. De nuevo, entre 1890 y la década
de 1920, cuando la economía nacional se deterioró, la “solución”
de la expansión territorial volvió a ser popular.3 El claro fraca-
so de esta estrategia al momento del colapso de Wall Street en
1929 sugirió que era necesario algún otro camino para resolver
2  William Lee Miller, Lincoln’s Virtues: An Ethnical Biography (Nueva York: Random Hou-
se, 2002), 190.
3  Walter Karp, The Politics of War: The story of two Wars Which Forever Altered the Po-
litical Life of the American Republic (1898-1920) (New York: Harper y Row, 1979); Thomas
Schoonover, Uncle Sam’s War of 1898 and the Origins of Globalization (Lexington, KT: Uni-
versity Press of Kentucky, 2003).
HEGEMONÍA 49

la contradicción entre “el acotado panorama espiritual nacional


(republicano) y el ilimitado mercado materialista”.4
La idea de que la república y el imperio son intrínsecamente
contradictorios se “resolvió” después de la década de 1940 inten-
tando practicar y proyectar el impulso expansionista de confor-
midad con al menos principios republicanos mínimos, tanto en
el exterior como en casa: creando un “buen gobierno”, confor-
mando la “comunidad internacional”, y logrando “un consenso
global”.5 Esto se materializó aún más después de que EE. UU.
se enfrentó a un enemigo global especialmente poderoso, que
representaba un modelo muy diferente de Gobierno y economía
política: la Unión Soviética. Hay evidencia de que el Gobierno
de EE. UU. estaba empezando a orientarse hacia la hegemonía
como estrategia política global desde 1934.6 Sin embargo, la pre-
sencia de un poderoso competidor mundial significaba que tenía
que andar con cuidado por temor a alienar a los aliados poten-
ciales de su “promesa republicana”. El final de la Guerra Fría ha-
bía eliminado esta restricción. Al mismo tiempo, el Gobierno de
EE. UU. se ha impacientado con los lazos internacionales y está
cada vez más dispuesto a ejercer su poderío militar en pos de sus
“intereses” sin el respaldo de la “comunidad internacional”. Los
ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 proporcionaron
un mayor impulso inmediato a la acción unilateral, al indicar
que la “patria” de EE. UU. no es tan geográficamente distante y
resguardada del resto del mundo, como muchos estadouniden-
ses habían llegado a pensar. Pero la tentación de actuar solo tie-
ne raíces históricas mucho más profundas; ha estado presente
desde la fundación de EE. UU.
La tensión entre la república y el imperio ha sido recurrente
en las relaciones de EE. UU. con el resto del mundo. Sin embar-
go, la manera cómo esto se ha resuelto ha cambiado a medida
que el mundo y la política interna de EE. UU. han cambiado.7
Parece claro que el internacionalismo generador de institucio-
nes del período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra

4  David W. Noble, Deth of a Nation: American Culture and the End of Exceptionalism (Min-
neapolis: University of Minnesota Press, 2002), xliv.
5  George Monbiot, “Out of the Wreckage”. Guardian (Londres), Febrero 25, 2003:19
6  Stephan Haggard, “The Institutional Foundation of Hegemony: Explaining the Reciprocal
Trade Agreements Act of 1934”. International Organization, 42 (1988): 91-119.
7  Walter Russell Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed
the World (Nueva York: Routledge, 2002).
50 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

Mundial, apoyado por la mayoría de los principales actores po-


líticos de EE. UU., llegaron a su fin con la debacle de la Guerra
de Vietnam y la derogación unilateral del Acuerdo de Bretton
Woods en 1971 por parte de EE. UU. Desde entonces, pero par-
ticularmente desde el final de la Guerra Fría, el Gobierno de EE.
UU. ha estado dividido en cuanto al mejor camino para conti-
nuar asegurando la hegemonía de EE. UU. La evidencia del ran-
go de opciones consideradas y ejecutadas indica el problema de
no ver diferencias en las políticas entre y dentro de los Gobier-
nos de EE. UU., o insistir en que existe un diseño maestro en la
política exterior estadounidense que no ha cambiado a través de los
años, salvo por el aumento del poder militar en relación con otros
Estados. Esta lectura realista de la política exterior de EE. UU., po-
pular tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda,
deja poco espacio para el análisis de las políticas reales.
A modo de ejemplo, el ascenso al poder nacional de un
Partido Republicano dominado por el sur con la elección de
George W. Bush en el año 2000, estuvo marcada por una re-
nuencia inicial a involucrarse en “asuntos internacionales”,
incluyendo poco interés –si es que hubiese– en “intervencio-
nes humanitarias” o en acuerdos internacionales. Este bien
podría haber seguido siendo el caso si no hubiese sido por los
hechos del 11 de septiembre de 2001, que desencadenaron una
reacción que se basó en los temores profundamente arraigados
y en las actitudes previamente articuladas de quienes rodearon
a Bush y lo llevaron al poder. El origen regional del Gobierno
de Bush en los estados montañosos del sur de EE. UU. es muy
importante para comprender tanto sus políticas como su estilo
de gobierno.8 No solo son las poblaciones blancas de estos es-
tados las más propensas a beneficiarse del gasto militar y las
más comprometidas al servicio como oficiales en el ejército, sino
que también son en quienes se encuentra más profundamente
arraigados los credos de la bravuconada machista, el capitalis-
mo rentista, el vigilantismo y el cristianismo apocalíptico.9 No es
sorprendente que en la reencarnación posterior al 11 de septiem-
bre de 2001, supervisada por el asesor electoral Karl Rove, el

8  Peter Trubowitz, Defining the National Interest: Continuity and Change in American Fo-
reign Policy (Chicago: University of Chicago Press, 1998).
9  Michael Lind, Made in Texas: George W. Bush and the Southern Takeover of American
Politics (Nueva York: Basic Books, 2002).
HEGEMONÍA 51

presidente Bush haya prosperado como comandante en jefe “del


bien” en la guerra contra “el mal”, en lugar de ser el jefe ejecutivo
del Gobierno Federal. No es exagerado decir que: “El presidente
estadounidense –aunque no de EE. UU.– a quien George Bush
se parece más es Jefferson Davis de la Confederación”.10
Inmediatamente después de las controvertidas elecciones
de Bush en noviembre de 2000, su Gobierno convirtió en una
prioridad tratar de reorganizar la economía política de EE. UU.
dando mayores libertades a las empresas y redistribuyendo los
ingresos a los ricos con la premisa de que esto produciría una
bonanza de inversión nacional. Pero después del 11 de septiem-
bre de 2001, este enfoque fue ampliamente opacado de la vis-
ta del público por una política exterior ferozmente agresiva y
militarista que cayó en manos de un grupo neoconservador de
funcionarios y asesores. Este grupo incluía figuras como Donald
Rumsfeld, Paul Wolfowitz y William Kristol, quienes ya estaban
ansiosos por aplicar una estrategia abiertamente imperial con-
tra Estados que consideraban responsables de ayudar, instigar
o brindar apoyo moral a redes terroristas que se oponían a las
políticas estadounidenses en Medio Oriente y en otros lugares, y
quienes fueron responsabilizados de los ataques terroristas del
11 de septiembre de 2001.11 Si Irak, el objetivo principal de esta
política, era en realidad uno de estos Estados sigue siendo, en el
mejor de los casos, discutible y poco probable. Ciertamente no
existe ni existió alguna evidencia creíble que vincule a Saddam
Hussein con la red de Al-Qaeda de Osama Bin Laden. Tampoco
existen pruebas que demuestren que los supuestos programas de
armas de Saddam plantearan una amenaza directa o indirecta (a
través de terroristas) a la seguridad de EE. UU.12 Lo que parece
10  Harold Meyerson, “The Most Dangerous President Ever”. The American Prospect, Mayo
2003:25-28.
11  Véase, e.g., Lawrence F. Kaplan and William Kristol, The War Over Iraq: Sadam’s Tyrany
and American’s Mission (Nueva York: Encouter Books, 2003), en cuanto a los comentarios pers-
picaces sobre esta manera de pensar, sus antecedentes, y la opocisión dentro y fuera de la admi-
nistración de Bush véase e.g., William Pfaff, “The Question of the Hegemony”. Foreign Affairs,
80/1 (1999), 221-232; Seymour Hersh, “Selective Intelligence: How the Pentagon Outwitted the
C.I.A”. The New Yorker, 12 de mayo, 2003:44-51; Jonathan Eyal, “The War Is a Sign of Things to
Come as U.S. Yearns for Global Invincibility”. The Irish Times, 24 de marzo, 2003: 16; Michael
Howard, “The Bush Doctrine: It’s a Brutal World, so Act Brutally”. Sunday Times (Londres), 23
de marzo, 2003:21; Jean-Jacques Mével, “Rumsfeld et Powell à couteaux tirés». Le Figaro, 25 de
abril, 2003 :3 ; "The Shadow Men". Economist, 26 de abril, 2003 : 21-23.
12  Simon Jenkins, “Bin Laden’s Laughter Echoes Across the West”. Times (Londres), 19 de
marzo: 2003: 22; Thomas Powers, “The Vanishing Case for War”. Nueva York Review of Books,
4 de diciembre, 2003: 12-17.
52 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

obvio para muchos observadores es que la esencia de Al-Qaeda


consiste en una serie de células terroristas conectadas libremen-
te sin el apoyo abierto o clandestino de Irak, Irán y Siria o cual-
quier otro Estado. De hecho, representa un excelente ejemplo
de la nueva geografía del poder, siendo una red reticular o sin
jerarquía de alcance global más allá del control o la influencia de
los actores con base territorial. Lo que parece más importante
para motivar la invasión estadounidense en Irak es que el dicta-
dor iraquí, Saddam Hussein, desde hace tiempo había burlado
los designios de EE. UU. en el Medio Oriente y que Irak tenía
los recursos potenciales (en forma de petróleo) para subsidiar
su propia liberación de las fuerzas estadounidenses. En otras
palabras, fue la falta de aceptación de Saddam de la hegemonía
estadounidense, la resistencia que opuso a las normas estadou-
nidenses de conducta política y económica, junto con los otros
“Estados forajidos” Irán y Corea del Norte, a los que el presiden-
te G.W. Bush llamó el “eje del mal” en la política mundial, lo que
los singularizó para recibir un tratamiento especial.
Después del 11 de septiembre de 2001, el Gobierno de Bush
abandonó en gran medida la institucionalidad multilateral –la
misma que, es importante reiterar, el Gobierno de EE. UU. ha-
bía inventado y puesto en práctica en gran medida después de la
Segunda Guerra Mundial– para asumir un militarismo agresivo
y unilateral. Esto se justificó alegando que debido a que los ata-
ques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron dirigidos
contra objetivos dentro de EE. UU., el Gobierno de EE. UU. te-
nía el derecho de vigilar el mundo en la búsqueda de todos aque-
llos que pudieran tener una conexión con el terrorismo y que
pudieran dirigir un ataque a EE. UU. en el futuro. Esta licencia
para operar una interminable Guerra contra el terror vino con
un alto precio tanto en el ámbito local como en el exterior. Esta
política puso al Gobierno de EE. UU. en desacuerdo con muchos
otros Gobiernos, incluidos muchos de sus aliados nominales en
la OTAN y con organizaciones internacionales. También pone a
EE. UU. en desacuerdo consigo mismo, a nivel nacional, habien-
do llevado a la Ley Patriótica y otras leyes antisubversivas a pa-
recerse a las políticas contra las cuales los colonos estadouniden-
ses se rebelaron en búsqueda de la independencia y crearon de la
forma republicana de Gobierno, simbolizada por la Declaración
HEGEMONÍA 53

de Independencia y la Constitución de EE. UU.13 El hecho de que


el Congreso de EE. UU. haya apoyado el ferviente deseo del pre-
sidente Bush de atacar Irak sin cuestionar la inestable inteligen-
cia “secreta” en la que éste se basaba, revela hasta qué punto se
ha corrompido esta institución estadounidense con apleaciones
a amenazas hipotéticas, exageradas e imaginarias, las cuales se
remontan incluso a la “brecha de bombarderos” entre EE. UU.
y la Unión Soviética, alegada por John Kennedy durante las
elecciones presidenciales de 1960. “Un Congreso tan fácilmente
manipulable se ha entregado en su función, permitiendo a los
presidentes hacer lo que quieran”.14
En cuanto a imperialismo se trata, el intento de imperio
estadounidense también es singularmente incoherente e inci-
piente.15 Esto se revela sobre todo en la falta de inclinación a
conocer gran cosa sobre sus dominios. A diferencia de las an-
tiguas empresas coloniales de británicos y franceses, quienes
deseaban diligentemente comprender a quienes conquistaban,
incluso si se basaban en suposiciones ampliamente orientalis-
tas, la apuesta de EE. UU. está completamente desprovista de
curiosidad cultural. En este sentido, la experiencia histórica es-
tadounidense de definir su forma de gobierno republicana en
oposición al resto del mundo es crucial. Desde este punto de
vista, literalmente no hay mucho que aprender de otros que
pueda desafiar lo que ya se sabe. Esto conduce a un estilo de ad-
ministración y vigilancia sin mayor intervención (“Hands-off”)
que implica la repetición de consignas sobre la “creación de la
democracia” y “derrotar al terrorismo” pero sin absolutamen-
te ninguna estrategia para hacerlo, y que ha demostrado tener
efectos letales en la postconquista de Irak. Tal aproximación au-
tista hacia la construcción de imperio no inspira confianza en su
longevidad. La tensión entre la república y el imperio en la vida
política estadounidense nunca ha sido tan claramente visible en
ningún momento desde las guerras con México, España y los
pueblos indígenas durante el siglo XIX.

13  Eamonn McCann, “Home Front Defeat on Cards of Aspiring U.S. Imperialist”. Belfast Te-
legraph, 20 de marzo, 2003: 18. De manera más general, véase Benjamin J. Barber, Fear’s
Empire: War, Terrorism, and Democracy (Nueva York: Norton, 2003).
14  Poderes, “The Vanishing Case for War,” 17.
15  Le debo este punto a Sankaran Krishna, “An Inarticulate Imperialism: Dubya, Afgha-
nistan and American Century”. Alternatives: Turkish Journal of International Relations, 1
(2003): 69-80.
54 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

Hegemonía e imperio

Al igual que muchas palabras políticas “técnicas” en idiomas


europeos, “hegemonía” e “imperio” tienen raíces griegas y ro-
manas. Hegemonía proviene de una palabra griega que significa
dominación o liderazgo, particularmente de un Estado o nación
en una liga o confederación, pero sin un claro consenso sobre si
es el resultado de la coacción, el consenso o una combinación de
ambos. Sin embargo y sin duda alguna, la dominación o el lide-
razgo ejercido no es necesariamente territorial ni contiguo; pue-
de ser difuso y generalizado o concentrado geográficamente. Por
lo general, implica algo más que una simple coerción militar y
económica, y depende del asentimiento activo y la cooperación.
Las “reglas”, las instituciones y los valores comunes forman el
núcleo de la hegemonía, respaldados por la posición económica,
cultural y militar superior que ocupa el Estado o grupo social
que ejerce la hegemonía. Así, la palabra “hegemonía” representa
una supuesta solución para el dilema de la determinación única-
mente económica o cultural al postular una “forma integral de
gobierno de clase que existe no solo en las instituciones y relacio-
nes políticas y económicas, sino también en las formas activas de
experiencia y conciencia”.16 En el contexto de la política mundial,
los dos sentidos de la hegemonía se pueden fusionar de manera
rentable: el sentido de la hegemonía del Estado –como es en-
tendida en gran parte de la literatura sobre sistemas mundiales
y relaciones internacionales–, o la dirección recibida desde el
Estado que sirve de ancla a la economía mundial; y el sentido
de la dominación consensual, en el sentido de Antonio Gramsci
y la Escuela de Frankfurt, cuya dirección se basa en reclutar a
otros en prácticas e ideas surgidas de la experiencia del Estado
o grupo social dominante. Debido a su dependencia en la socie-
dad del mercado, la hegemonía estadounidense es una forma de
dominación social que se ha vuelto cada vez más transnacional
al operar más allá del patrocinio y control del Estado formal.
aún así, el imperio aún podría ser la forma geográfica que la
hegemonía adquiera, sin embargo, ésta no solo es analítica
16  Raymond Williams, Keywords: A Vocabulary of Culture and Society (Londres: Harper
Collins, 1983), 45. De manera más general, véase a Roger Simon, Gramsci’s Political Thought:
An Introduction (Londres: Lawrence and Wishart, 1991).
HEGEMONÍA 55

e históricamente distinta: es básicamente incompatible con la


trayectoria de la hegemonía estadounidense en los últimos 50 años.
La palabra “imperio” es de origen romano/latino, y sig-
nifica el dominio absoluto, el poder absoluto. Típicamente se
trata de un sistema de Gobierno en el que muchos pueblos y
territorios se unen administrativamente bajo una sola norma
o un sólo aparato administrativo. Un imperio puede ser un te-
rritorio contiguo (como sucedía en el antiguo Imperio Romano
o el Imperio Ruso moderno) pero también puede ser un im-
perio marítimo o de ultramar (como sucedía con los Imperios
español, holandés, francés y británico). Muchos Estados terri-
toriales tienen un aspecto de “imperio” dentro de ellos mismos
como resultado de la conquista de territorios adyacentes (por
ejemplo, Inglaterra en Gales e Irlanda; EE. UU. al oeste de las
colonias originales), pero una vez que las poblaciones están lo
suficientemente homogeneizadas, la importancia cultural de
esto se desvanece. La característica distintiva de los imperios
es la unificación de múltiples pueblos bajo un solo gobernante;
o para ponerlo de manera diferente, el “imperio es el gobierno
ejercido por una nación sobre otras tanto para regular su com-
portamiento externo como para asegurar formas mínimamen-
te aceptables de comportamiento interno dentro de los Estados
subordinados. Los Estados meramente poderosos hacen lo pri-
mero, pero no lo segundo”.17 A menudo, el término se usa más
metafóricamente18 para indicar dominación o hegemonía, pero
esto se aparta del uso más histórico y pierde la capacidad ana-
lítica que proviene de tener diferentes palabras para diferentes
constelaciones de poder político-geográfico.19
Si bien la etimología nos permite aclarar qué podrían sig-
nificar realmente ciertos términos en el uso común, no se con-
centra explícitamente en cómo se usan en círculos políticos y
académicos. Lo mejor es estudiar las formas recientes en que se
han usado “hegemonía” e “imperio” en los relatos de la política
17  Stephen P. Rosen, “An Empire, If You Can Keep It”. The National Interest, 71 (Spring
2003), 51.
18  Véase, e.g., Andrew Bacevich, American Empire: The Realities and Consequences of U.S.
Diplomacy (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2002); y Neil Smith, American Empi-
re: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization (Berkeley: University of Califor-
nia Press, 2003).
19  Para una análoga pero aún más extensa discusión sobre los grados de jerarquía y territo-
rialidad en las relaciones de seguridad, véase David A. Lake, Entangling Relations: American
Foreing Policy in Its Century (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1999), 17-34.
56 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

mundial contemporánea. Su uso parece diferir a lo largo de dos


dimensiones de poder: tipo de poder (duro o blando) y la orga-
nización geográfica del poder (fuerte o débil). Obviamente, estos
son tipos continuos o ideales en lugar de categorías específicas
y, por lo tanto, cualquier ejemplo del mundo real podría ser una
mezcla de todas las tendencias ubicadas simplemente uno a uno
entre extremos. Las dos dimensiones y ejemplos asociados en
escritos recientes se proporcionan en la tabla 2.1. Mientras el
poder duro está anclado a la coerción militar y el poder blando
a los valores culturales, gustos y preferencias, la organización
geográfica del poder varía desde lo fuertemente territorial a lo
extremadamente difuso o interconectado.
Las categorías definidas por estas dimensiones están ne-
cesariamente superdeterminadas en el sentido de que omiten
cómo una puede conducir a la otra en cualquier contexto del
mundo real. No están necesariamente en total oposición entre
sí, pero aparecen así cuando se ponen en yuxtaposición como
en la tabla 2.1.

TABLA 2.1. Categorías de hegemonía e imperio

Concentración Tipo de poder


territorial
de poder Duro Blando

Fuerte Imperio clásico (Ferguson, Cash Nexus) Hegemonía (Agnew y


Corbridge, Mastering Space)
Suave Neo Imperio (Hardt and Negri, Empire) Liderazgo (Nye, Bound to Lead)

Las categorías también son intrínsecamente normativas en


el sentido de que quienes las utilizan pueden verlas como situa-
ciones preferidas o progresivas, o como objetivos o situaciones
que resuelven problemas políticos o son al menos mejores que
las alternativas. Así, todavía hay nostalgia por una imagen be-
nigna del Imperio Británico en ciertos círculos en Inglaterra y en
EE. UU. (como si el Imperio Británico solo se hubiese tratado de
autosacrificio, el té de la tarde, cricket, rugby y orden político).
Las listas de best seller británicos en el año 2003 tenían una can-
tidad de libros dedicados a contar historias sobre aquellos que se
habían sacrificado por el Imperio. En los casos más apologéticos,
HEGEMONÍA 57

el argumento parece ser que el imperio no es necesariamente


algo malo. Aún más estridentemente, marca el renacimiento de
la vieja idea romana del homo sacer: nosotros británicos, esta-
dounidenses, etc., somos capaces de autogobernarnos, los otros
no; necesitan nuestro savoir faire y nosotros se lo impondre-
mos.20 Sin embargo, al mismo tiempo, la guerra que ahora debe
librarse contra el “terrorismo” es global, sin límites espaciales ni
objetivos territoriales singulares, e implica el colapso de la dis-
tinción entre escenarios en mar, aire y tierra.21 Aquí hay un gran
desencuentro entre el pensamiento “dentro/fuera” y la realidad
de un mundo contemporáneo que ya no es divisible en bloques
territoriales claros.22
En un estilo similar, la hegemonía lograda por medios distin-
tos del imperio puede retratarse en una luz positiva, involucran-
do un “liderazgo” relativamente benigno (o incluso sacrificado);
o en una luz negativa, que implica relaciones profundamente
explotadoras basadas en hondos gradientes de poder entre el
hegemón y sus subordinados en una jerarquía de poder. Sin em-
bargo, la diferencia entre hegemonía e imperio radica (1) en pri-
mer lugar su falta de compromiso explícito con la organización
territorial o geográfica del poder per se y (2) en segundo lugar
su tendencia a persuadir o recompensar a los subordinados en
lugar de coaccionarlos inmediatamente (aunque incluso el im-
perio como “hegemonía absoluta” no puede lograrse de forma
estable exclusivamente por medios coercitivos). Si podemos dar
al menos algo de credibilidad a la evidencia de juegos experi-
mentales en laboratorios psicológicos, esto sugiere que “los Casi
Hegemones [son] aún menos atentos a los intereses de los socios
menores que un dictador absoluto, el cual no necesita aliados…
Cuando tenemos poder absoluto sobre otros, tomamos ligera-
mente en cuenta sus intereses, por un asunto de principios mo-
rales”.23 Pero cuando otros también tienen poder, “la apariencia
de tener que ‘negociar con los demás’ otorga permiso a los Casi
Hegemones de ignorar los intereses de los demás”.24
20  No se trata de apoyar el resurgimiento del término homo sacer de la forma como la defien-
de Giorgio Agamben (Homo Sacer: Sovereing Power and Bare Life [Standford, CA: Standford
University Press, 1998]) quien define al poder como algo invariablemente terrorializado y la
distinción nosotros/ellos necesariamente siguiendo las mismas líneas.
21  Carlo Galli, La guerra globale (Roma: Laterza, 2003).
22  Carlo Galli, Spazi politici: L’etá moderna et l’etá globale (Bolonia: Il Mulino, 2001).
23  Robert E. Goodin, “How Amoral Is Hegemon?” Perspectives on Politics, 1 (2003): 123-124.
24  Ib. Idem. P. 125.
58 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

La Unión Europea (UE) ofrece un buen ejemplo contem-


poráneo de una forma de hegemonía sin imperio, aunque solo
sea dentro de una región del mundo.25 Los neoconservadores
estadounidenses que planearon la guerra de Irak en 2003, por
supuesto, descartaron a la UE como Stalin descartó al Papa:
“¿Cuántos batallones tienen?”. Sin embargo, no entienden en lo
absoluto el punto. La UE tiene un inmenso alcance legal y moral.
Mientras se expande para abarcar más países y más aspectos de
regulación política, la UE se ha insinuado en la fibra misma de
la vida cotidiana, no solo en los países miembros, sino también
en aquellos a los que les gustaría unirse y en los que comercian
con ella. En primer lugar, la UE se extiende sigilosamente; su
influencia funciona en gran medida a través de las instituciones
existentes al crear e imponer estándares comunes. En segun-
do lugar, la UE exporta su legislación como una “franquicia” al
amenazar implícitamente a las empresas y los países que se en-
cuentran fuera de sus fronteras con el aislamiento. Las empresas
de EE. UU., por ejemplo, deben seguir las regulaciones de la UE
para obtener acceso a los mercados europeos. En tercer lugar, la
UE funciona como una red y no como un sistema de comando y
control. Henry Kissinger una vez se quejó de que Europa no tu-
viera un único número de teléfono al que pudiera llamar cuando
se enfrentara a una “crisis” de política exterior. Todavía no lo
tiene. La UE es, más bien, una red de centros unidos en torno a
objetivos y políticas comunes que pueden, en consecuencia, ex-
pandirse tanto en el ámbito de lo que hacen como en el área geo-
gráfica que abarcan sin colapsar. Esto puede ser una desventaja
para alcanzar un consenso rápido en situaciones de crisis pero
permite una administración relativamente ligera al fomentar la
reforma política y económica a través de los canales existentes
en lugar de centralizar el poder en un solo centro.
Sin embargo, las diversas categorías de imperio y hegemo-
nía pueden entenderse mejor con respecto a algunos ejemplos
específicos del uso contemporáneo. Los que siguen no son de
ninguna manera los únicos disponibles, pero son los que pare-
cen definir algunas de las principales características del debate
actual sobre el imperio y la hegemonía en relación con la ideo-
logía y la acción del Gobierno de EE. UU.

25  M. Leonard, “Euro Space: Combine and Conquer”. Wired, june 2003: 132.
HEGEMONÍA 59

En The Cash Nexus de Niall Ferguson, por ejemplo (y tam-


bién en su libro más reciente para acompañar la serie de televi-
sión de la BBC del mismo título, Empire), la política global es
vista como mejor ordenada por los imperios “clásicos” (como el
británico en su época).26 Irónicamente, aquellos en la izquierda
que ven al Gobierno de EE. UU. exclusivamente como la cara po-
lítica del capital nacional estadounidense también ven la nece-
sidad de que EE. UU. adopte un enfoque cada vez más imperial
para garantizar los recursos (particularmente petróleo) y envíe
mensajes belicosos a posibles retadores de su dominación global
(como China).27 Esto refleja el mismo imperialismo diagnosti-
cado por Lenin. Fergurson, aunque reconoce los sacrificios he-
chos para el imperio –fundamentalmente los de sus servidores
más que los de sus víctimas–, quiere recuperar el orden que este
imperio trajo a las regiones desordenadas y “peligrosas”. En su
opinión, el mundo actual está en desorden en gran parte debido
a la renuencia de los EE. UU. de asumir su destino imperial y de
meter al mundo en cintura. Por supuesto, esto es similar al es-
tribillo de aquellos neoconservadores en EE. UU. asociados con
el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (Gary Schmitt,
Richard Perle, William Kristol, Robert Kagan, entre otros) y sus
agentes en la administración Bush, como Paul Wolfowitz. En su
perspectiva, hay partes del mundo donde la hegemonía estadou-
nidense no prevalece actualmente pero donde se debe aplicar el
poder duro para evitar que se materialicen futuras amenazas mi-
litares, a fin de asegurar recursos fundamentales para la econo-
mía mundial y para eliminar gobernantes que se niegan a seguir
las reglas establecidas bajo la hegemonía actual.
En diferentes artículos escritos mucho antes del 11 de sep-
tiembre de 2001, Ferguson y otros argumentaron que para que

26  Niall Ferguson, The Cash Nexus: Money and Power in the Modern World, 1700-2000
(Nueva York: Basic Books, 2001), y Niall Ferguson, Empire: How Britain Made the Modern
World (Londres: BBC Books, 2003). Véase también Niall Ferguson, Colossus: The Price of
America’s Empire (Nueva York: Penguin, 2004).
27  Véase, e.g, John Pilger, The New Rulers of the World (Londres: Verso, 2002); W. Blum,
Rogue State: A guide to the World’s Only Superpower (Londres: Zed Books, 2002); o cual-
quiera de los muchos textos sobre política mundial de Noam Chomsky, tal como Hegemony
or Survival: America’s Quest for Global Dominance (Nueva York: Metropolitan Books, 2003).
En cada caso la política exterior actual de EE. UU. se mira como una artimaña tramada para
subyugar al resto del mundo, esto es, para establecer el imperialismo global pero sin atender
a la distinción entre el Gobierno de EE. UU. y la influencia tout court de los EE. UU. en las
divisiones de la política nacional de los EE. UU., o a las diferencias entre la hegemonía (como
yo lo definí) e imperio o dominio.
60 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

el mundo disminuya con éxito las amenazas militares y para me-


jorar los intereses económicos de EE. UU., éste debe convertirse
en una potencia imperial en lugar de continuar como un Es-
tado-nación tradicional. Desde este punto de vista, existe poco
o ningún peligro de “sobrecarga imperial” en el sentido popula-
rizado por Paul Kennedy.28 La amenaza económica para EE. UU.
no proviene de su presupuesto militar, sino de los costos del
bienestar doméstico y los programas de pensiones. Sin embargo
sus defensores estadounidenses, creen que imperio no significa
necesariamente gobierno directo, sino más bien un sistema de
gobierno informal o indirecto a través de suplentes que acep-
tan abiertamente el dominio político y económico de EE. UU. A
diferencia de Ferguson, quien enfatiza el papel de la persuasión
política y el intercambio cultural, así como la coerción militar
en la construcción del imperio, los defensores estadounidenses
del imperio tienden a poner todo su énfasis en el poder militar
como el único tramo para la construcción del imperio. De hecho,
la “coalición” de EE. UU., Gran Bretaña y Australia en Irak en
2003 tal vez sugiere algo de una predisposición cultural de tipo
blanco, protestante, anglosajón, al imperio como una estrategia
hegemónica cuando se considera que los caminos multilaterales
requieren demasiada diplomacia, consulta y compromiso.29
El otro uso reciente más importante del término “imperio”
proviene de una fuente muy diferente (Michael Hardt y Antonio
Negri en su libro, Empire) y tiene un significado muy diferente
(éstos son sus críticos en lugar de sus defensores). En su uso,
“imperio” es esencialmente sinónimo de globalización contem-
poránea: un mundo de redes y flujos que puede haber surgido
bajo el patrocinio estadounidense pero que es cada vez más di-
fuso, descentrado y sin lugar.30 Este “neo-imperio” tiene poca o
ninguna semejanza con ningún otro imperio en la historia pre-
via. Es un conjunto de prácticas asociadas con la acumulación
de capital y la explotación laboral sin ninguna “patria”. Es el im-
perialismo sin un emperador. Pero también puede ser liberador
en las posibilidades que ofrece para liberar a la gente común (la
“multitud”) de las reificaciones territoriales (Estados y lugares)

28  Pau Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers (Nueva York: Random House, 1986).
29  Amitav Ghosh, “The Anglophone Empire: Can Occupation Ever Work?” The New Yorker,
7 de abril, 2003:46-47.
30  Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Cambrige, MA: Harvard University Press, 2000).
HEGEMONÍA 61

que durante mucho tiempo los mantuvieron bajo esclavitud.


Esto podría interpretarse como hegemonía sin un poder hege-
mónico, y esto parece ser lo que Hardt y Negri realmente tie-
nen en mente. Sin embargo, su elección de la palabra “imperio”
para describir este fenómeno es engañosa, si bien llamativa.
Una fusión original y provocativa del pensamiento marxista y
post-estructuralista, Empire es un intento serio de aprehender
lo que es diferente sobre el mundo contemporáneo y evitar caer
en vocablos políticos sobre el imperialismo, el colonialismo, etc.,
que están firmemente atascados en el siglo XIX y principios del
siglo XX. Por supuesto, es muy dudoso si este enfoque tiene una
relación directa con la organización real de la economía mundial
contemporánea, la cual aún parece fuertemente dividida geográ-
ficamente entre Estados y otros lugares. Su imagen del imperio
parece ser una versión idéntica de la visión de la globalización
que se encuentra entre sus defensores más exuberantes, la cual
consiste en que internet y los viajes aéreos han creado un mundo
completamente nuevo en lugar de uno radicalmente cambiante.
Políticamente hablando también parece problemático que, in-
cluso dentro de su marco, defender lugares puede ser más po-
deroso para impugnar la lógica del imperio que simplemente
respaldar las virtudes del movimiento y el nomadismo que éste
conlleva. Por supuesto, el desafío entonces es encontrar estrate-
gias colectivas mutuamente inteligibles y compatibles para una
“multitud en el lugar”. Pero el descubrimiento de algún tipo de
elemento común en todos los lugares parece una base más rea-
lista para la acción compensatoria en la globalización contem-
poránea que una “multitud en movimiento”. Empire contiene
más que una pizca del espontaneismo de Georges Sorel y Rosa
Luxemburgo.
Lo que este “imperio” tiene que ver con los imperios his-
tóricos o con la hegemonía no está del todo clara en el texto,
excepto que señala que el poder económico duro (control sobre
el capital) es responsable de hacer que el mundo gire, cada vez
más sin un patrocinador nacional-territorial identificable pero
dentro de un marco “constitucional” de “separación de poderes”
entre varias formas institucionales análogas a las de EE. UU.
No está del todo claro cómo la invasión estadounidense a Irak
encajaría en este panorama, excepto quizás como un retroceso
a “viejas formas” cada vez más anacrónicas en una era global.
62 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

Más importante, sin embargo, es que su énfasis excesivo en la


trascendencia del lugar en la globalización tal vez lleva a Hardt y
Negri a subestimar el grado en que el imperio, en el sentido ro-
mano, sigue siendo en gran medida una opción disponible para
asegurar la hegemonía y, por lo tanto, para proteger al “imperio”
de la amenaza que supone la multitud. Sin embargo, en un vo-
lumen reciente que consiste en una entrevista y varios ensayos
aclaratorios de Antonio Negri sobre temas de Empire, Negri ar-
gumenta que “Bush y el aparato político-militar del que dispone
no deben confundirse con el Gobierno del Imperio. Más bien,
me parece [Negri] que la ideología imperialista actual y la práctica
del Gobierno de Bush comenzarán a chocar muy pronto con las
fuerzas capitalistas que a nivel global trabajan para el Imperio. La
situación está completamente abierta.31
El término “hegemonía” ocupa un lugar destacado en la
descripción de la geopolítica moderna propuesta por Stuart
Corbridge y mi persona en Mastering Space.32 Este relato
considera que el mundo moderno experimenta una sucesión
de hegemonías asociadas con diferentes Estados dominantes
pero con la reciente hegemonía estadounidense dando paso
lentamente a una hegemonía sin hegemón, o a una hegemonía
ejercida cada vez más a través de los mercados globales e institu-
ciones internacionales por una creciente clase transnacional de
empresarios y burócratas. En esta construcción, la hegemonía
no es en absoluto equivalente a la dominación simple (territorial
o de otro tipo), sino que se refiere al consentimiento generaliza-
do a los principios de conducta que son el “sentido común” de
la política mundial y que emana de sitios culturales-económicos
distintivos con alcance potencialmente global.33 Considera que
la transformación de la hegemonía estadounidense es anterior al
final de la Guerra Fría pero se intensifica a partir de entonces y
ve el aumento del unilateralismo de EE. UU. desde 1970, comen-
zando con la derogación del Acuerdo de Bretton Woods que rige
los tipos de cambio de la moneda fija en 1971, como evidencia

31  Antonio Negri, Guide: Cinque Lezoni su Impero e dintorni (Milan: Raffaello Cortina,
2003), 18, mi traducción.
32  John Agnew y Stuart Corbrige, Mastering Space: Hegemony, Territory, and Internatio-
nal Political Economy (Londres: Routledge, 1995).
33  Robert W. Cox, “Structural Issues of Global Governance: Implications for Europe,” en
Gramsci, Historical Materialism and Iternational Relations, ed. Stephen Gill (Cambridge, In-
glaterra: Cambrige University Press, 1993); y Agnew y Corbridge, Mastering Space.
HEGEMONÍA 63

de una crisis en lugar de un fortalecimiento de la hegemonía


estadounidense. Sin embargo, este y otros actos unilaterales del
Gobierno de EE. UU. han tenido el efecto no intencionado de
extender y profundizar el impacto de la globalización. Por ejem-
plo, el reconocimiento estadounidense de China comunista en
1972 tuvo el efecto a largo plazo de colocar a China en la econo-
mía mundial como un gran productor y consumidor. Además, el
apoyo a los fundamentalistas islámicos en Afganistán durante
el período de la ocupación soviética ayudó a crear el terrorismo
global que depende de las tecnologías de la globalización. Por su
parte, la imposición de controles a la importación a automóviles
japoneses en la década de 1980 llevó a las compañías japonesas
de automóviles a producir en EE. UU. En esta construcción, la
hegemonía estadounidense depende en gran medida de su po-
der blando, el consentimiento activo y el acuerdo con las normas
internacionales de conducta que rigen las transacciones econó-
micas y políticas, incluso cuando el Gobierno de EE. UU. critica
fuertemente a las instituciones y reglas (como la ONU, por ejem-
plo) que ha patrocinado desde el principio. Osama Bin Laden y
Al-Qaeda saben esto muy bien y es por eso que se comportan
como lo hacen.
En contraste con el imperio de Hardt y Negri, el orden
geopolítico posterior a la Guerra Fría todavía está organizado
geográficamente. La estructura geográfica ya no está compuesta
por bloques soviéticos y estadounidenses y un Tercer Mundo en
el que compiten las dos potencias centrales. Por el contrario, con-
siste en una economía global profundamente desigual o fragmenta-
da con un mosaico de áreas locales y regionales conectadas juntas o
marginalmente a los centros de control en las principales ciudades y
centros gubernamentales del mundo. Pero los Estados son, en todo
caso, incluso más importantes para esta hegemonía económica sin
un control político centralizado que para el orden geopolítico de la
Guerra Fría, parafraseando a Wood.34 Desde esta perspectiva, las
acciones recientes del Gobierno de EE. UU. –posteriores al 11 de
septiembre de 2001– pueden considerarse un intento de resta-
blecer a los EE. UU. como epicentro de la hegemonía contemporá-
nea utilizando el único recurso –el poder militar– en el que sigue
manteniendo supremacía. Aunque se puede interpretar que los

34  Ellen Meiksins Wood, Empire of Capital (Londres: Verso, 2003).


64 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

ataques del 11 de septiembre de 2001 estuvieron dirigidos tanto


a los valores y las prácticas de la economía mundial en general
como a EE. UU. específicamente, la administración Bush ha ele-
gido verlos a la luz del nacionalismo. En gran medida, esta res-
puesta se relaciona con el hecho de que la administración Bush
está dominada por personas con vínculos comerciales y políticos
con las industrias de defensa militar, así como con las actitudes
militaristas del sur de EE. UU.35 Desafortunadamente, no está
claro que EE. UU. pueda llevar adelante una guerra sin fin
contra el terrorismo o contra sus oponentes culturales y po-
líticos percibidos sin la cooperación activa de sus anteriores
aliados y sin sacrificar los valores e intereses mismos que se
supone la guerra debía proteger.36 Al final, los imperios siem-
pre parecen socavar exactamente aquello que inicialmente se
suponía que sustentaban.37 Desde esta perspectiva, el impe-
rio es insostenible y contraproducente como una estrategia
para restablecer la hegemonía de EE. UU.
Finalmente, la hegemonía de EE. UU. puede interpretarse
como un liderazgo positivo y benigno que responde al problema
de “acción colectiva” en un mundo donde la mayoría de los ac-
tores no tienen ningún incentivo para trabajar juntos en la crea-
ción de acuerdos e instituciones internacionales. Este relato es
ofrecido por Joseph Nye en su libro Bound to Lead, en el que
aboga por la necesidad del liderazgo de EE. UU. en un mundo
que necesita “bienes públicos” –dirección sobre cuestiones de
importancia global, una moneda global, la aplicación global de
normas de conducta, intervención en nombre de los “derechos
humanos”, etc.–, que solo pueden ser suministrados por la úl-
tima superpotencia que queda en el mundo.38 Desde este punto
de vista, EE. UU. ha tendido a favorecer el poder blando sobre el
poder duro en un mundo que es culturalmente plural y política-
mente fragmentado. A este respecto, difiere fundamentalmente
de los “hegemones” previos en cuanto a que depende del poder
35  Chalmers Johnson, “The War Business: Squeenzing a Profit from the Wreckage in Iraq”.
Harper’s Magazine, noviembre 2003: 53-58.
36  Alberto Ronchey, “L’Illuzione di fare da soli: Il vero limite della ‘dottrina Bush.’” Corriere
della Sera, April 24, 2003: 1; Jeffrey E. Garten, “Ripple Effects: Anti-Americanism May Harm
U.S. Firms”. International Herald Tribune, 16 de abril, 2003:9.
37  Véase, e.g., Karl E. Meyer, The Dust of Empire: The Race for Mastery in the Asian Heart-
land (Nueva York: Public Affairs, 2002).
38  Joseph Nye, Bound to Lead: The Changing Nature of American Power (Nueva York: Ba-
sic Books, 1990).
HEGEMONÍA 65

blando (tabla 2.2).39 Esto se remonta a la imagen esencialmente


liberal que el Gobierno de EE. UU. afirma tener de su papel en
el orden mundial, en el cual la ausencia de acción colectiva in-
ternacional espontánea requiere un líder dispuesto a asumir la
tarea de organizar instituciones y acuerdos internacionales.

TABLA 2.2. Principales Estados y sus recursos, 1500-2000

Período Estado Recursos principales

Siglo XVI España Lingotes de oro, comercio colonial, ejércitos


mercenarios, lazos dinásticos

Siglo XVII Países Bajos Comercio, mercados de capitales, la marina

Siglo XVIII Francia Población, industria rural, administración


pública, fuerza armada, cultura (poder blando)

Siglo XIX Gran Bretaña Industria, cohesión política, finanzas y crédito,


marina, regulaciones liberales (poder blando),
ubicación de la isla (fácil de defender)

Siglo XX Estados Unidos Escala económica, liderazgo científico y técnico,


ubicación, fuerzas militares y alianzas, cultura
universalista y regímenes internacionales
liberales (poder blando)

Siglo XXI Estados Unidos Liderazgo tecnológico, escala económica y


militar, poder suave, centro de comunicaciones
transnacionales

Fuente: Joseph S. Nye Jr., Limits of American Power, Cuadro 1, p. 555. Reimpreso mediante permiso del
Political Science Quarterly, 117 (Invierno 2002-03): 545-559.

En ausencia de dicho papel, la acción colectiva no tendrá lu-


gar bajo condiciones de anarquía internacional. Debido a que el
poder de EE. UU. debe tener límites, éste debe ser un líder ab-
negado y benevolente, y debe abordar el problema de la acción
colectiva global: la incapacidad de coordinar acciones entre
múltiples actores. Si EE. UU. no asume este papel, el mundo se
convertirá en un lugar desesperadamente inestable y peligroso
para todos. El hecho de que el Gobierno de EE. UU. no obtuviera
el respaldo de la ONU para su invasión a Irak podría verse como
39  Joseph Nye, “Limits To American Powe”. Political Science Quarterly, 117/4 (2002-
2003): 545-559.
66 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

un incumplimiento de este rol. Sin embargo, la guerra también


podría ser interpretada como la toma de ese liderazgo, aunque
en adelante deba apoyarse rápidamente en la coordinación in-
ternacional en lugar de que la administración estadounidense
continúe tutelando a un Irak de posguerra “liberado”. El peli-
gro para [Link] es que recurrir a la guerra debilite aún más su
hegemonía dado que ésta, más que cualquier otra hegemonía en
la historia, depende del despliegue del poder blando. Este po-
der blando requiere al menos la apariencia de consentimiento y
aceptación; recurrir a la coacción y el impulso de imperio podría
interpretarse como signos de debilidad por parte de EE. UU. en
lugar de fortaleza.

Después de la guerra fría

Estas perspectivas sobre hegemonía e imperio deben exami-


narse a la luz de las tendencias en EE. UU. y su relación con el
mundo desde el final de la Guerra Fría a comienzos de los años
90. Identificaré cuatro tendencias centrales:

1. La primera es la obvia superioridad militar de EE. UU.


en relación a otros países y alianzas. En términos ab-
solutos, gastó poco menos de $ 300 mil millones en su
ejército en el año 2000. Quienes le siguen en gasto, los
países europeos de la OTAN, gastaron alrededor de $ 152
mil millones, con Rusia en tercer lugar con $ 50 mil mi-
llones. Pero en términos relativos, EE. UU. gasta algo
menos del 3 % de su PIB (a partir del año 2000), mien-
tras que Francia (parte de la OTAN), en segundo lugar
con alrededor de $ 40 mil millones, gasta alrededor del
2,5 % de su PIB. En otras palabras, EE. UU. es absolu-
tamente superior en capacidad de defensa en compara-
ción con los otros cinco países siguientes juntos pero lo
logra con una inversión de solo 0.5 % de su PIB más que
el segundo país de mayor gasto en defensa. Pero dada la
vulnerabilidad de EE. UU. a las tecnologías cotidianas,
como los aviones de pasajeros, los cuales se convierten
en armas, no está claro qué ventaja absoluta brinda toda
HEGEMONÍA 67

esta capacidad de defensa en una guerra contra redes


encubiertas de terroristas.
2. EE. UU. necesita capital extranjero para financiar tanto su
gasto público como su consumo masivo. Debido a que la tasa
de ahorro nacional es tan baja, las importaciones de capital
superan las exportaciones en términos de dólares consisten-
temente y cada vez en mayor volumen. Excepto por unos
cuantos años cerca del 2000, el Gobierno de EE. UU. ha te-
nido un gran déficit entre lo que recauda por concepto de in-
gresos públicos y lo que gasta en defensa, seguridad social y
otros servicios. EE. UU. cuenta con su capacidad para atraer
inversiones de todo el mundo para financiar su economía
nacional. No hay nada necesariamente problemático desde
el punto de vista económico en este déficit en la balanza de
pagos si, ceteris paribus, esta situación parece ser beneficio-
sa para el resto del mundo a los ojos de quienes controlan
los flujos de capital. Sin embargo, esto significa que EE. UU.
depende cada vez más de la buena voluntad de la inversión
extranjera, incluidos Gobiernos extranjeros, a pesar de su
gran capacidad militar.
3. EE. UU. también tiene un alto nivel de dependencia de
ciertos recursos importados, particularmente petróleo.
Aproximadamente el 20 % de su petróleo proviene del
Medio Oriente. Esto significa que la disponibilidad de pe-
tróleo de esa región es una consideración importante en
la política exterior estadounidense. Sin embargo, también
significa que, dada la vulnerabilidad de los suministros de
petróleo frente a la inestabilidad política y las amenazas
terroristas, EE. UU. históricamente ha apoyado a dictado-
res y regímenes autoritarios para mantener el petróleo flu-
yendo desde las partes del mundo de las que depende para
obtenerlo. No obstante, es importante señalar que otros
países, como Japón y China, son aún más dependientes
que EE. UU. del petróleo de Medio Oriente.
4. Finalmente, sin la Unión Soviética u otra amenaza global
de proporciones similares, es cada vez más difícil para el
Gobierno de EE. UU. “disciplinar” a sus aliados para que
sigan su ejemplo o acepten sus decisiones unilaterales (to-
madas sin consulta, negociación o acuerdo). Durante la
Guerra Fría, el peligro común percibido como proveniente
68 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

de la Unión Soviética mantuvo a los aliados en línea. En la


ausencia de dicha amenaza, éstos han tendido a alejarse
de la línea estadounidense en una amplia gama de asun-
tos. Como resultado, se han abierto importantes fisuras
entre EE. UU. y sus aliados en Europa y Asia.

En general, desde el final de la Guerra Fría, EE. UU. ha ad-


quirido una posición militar global dominante en lo que respecta
al gasto militar. Si esto es sostenible económicamente depende
tanto de la disposición de los inversores extranjeros para finan-
ciar la economía de EE. UU. (y al Gobierno Federal), como de la
capacidad económica del propio Gobierno estadounidense. Esto,
sumado a la ausencia de una fuerza externa disciplinaria sobre
los aliados, hace aconsejable la precaución al emprender accio-
nes unilaterales. Una mayor dependencia del petróleo extranje-
ro, particularmente del Medio Oriente, podría sugerir la necesi-
dad de una acción unilateral aunque, nuevamente, otros tienen
niveles similares de dependencia. O bien la acción conjunta con
aliados para promover suministros estables, o intentos de redu-
cir la demanda doméstica de petróleo podría tener más sentido
como estrategias nacionales que involucrarse en acciones milita-
res unilaterales.

La guerra en Irak: ¿un momento crucial?

El momento presente es crucial para la dirección del razona-


miento geopolítico de EE. UU. para la próxima década. Es justo
decir que la posición geopolítica de EE. UU. desde la Segunda
Guerra Mundial se ha basado en gran medida en la hegemonía
asegurada a través de mecanismos multilaterales y de mercado,
aunque esto se ha debilitado considerablemente desde la déca-
da de 1970.40 Pero esta forma de hegemonía ha tenido numero-
sos beneficios y relativamente pocos costos para EE. UU. Los
beneficios han incluido:

1. Lo que podría llamarse “imperio ligero”: un nivel relati-


vamente bajo de gastos en defensa como porcentaje del
40  Agnew y Corbridge, Mastering Space, capítulo 7.
HEGEMONÍA 69

PBI.41 El imperio total o la hegemonía absoluta sería mu-


cho más costosa.
2. La capacidad de usar el dólar estadounidense para ex-
portar problemas económicos internos al resto del mun-
do mediante la manipulación de la tasa cambiaria y el
suministro monetario.
3. La capacidad ideológica para jugar la carta del legado re-
publicano de EE. UU. mientras se cosecha una ventaja
material en todo el mundo.

Los costos han involucrado:

1. Asegurar el acuerdo con los aliados.


2. Aceptar la necesidad de involucrarse en la diplomacia
que no siempre resulta como se desea.

La tentación del imperio es que ya no se necesita consul-


tar a los aliados o tomarlos en serio. El desprecio de la admi-
nistración Bush por la llamada “comunidad internacional” es
sintomático de este atractivo.42 El gobierno directo o el nom-
bramiento forzado de regímenes suplentes también le daría al
Gobierno de EE. UU. mucha más libertad para implementar
una doctrina de guerra preventiva contra Estados como Irán,
Siria, Corea del Norte y Cuba, los cuales son vistos como una
amenaza para EE. UU. de una forma u otra. Esta doctrina, por
supuesto, no es generalmente aceptada por la “comunidad in-
ternacional”, pero si el imperio realmente parece funcionar,
entonces los aliados también pueden ser excluidos de los fru-
tos de la victoria. Sin embargo, es probable que los costos sean
altos e incluyen lo siguiente:

1. Menor distribución entre varios de los costos militares y


administrativos (como fue el caso con la Guerra del Golfo
de 1991).
2. Establecer un precedente para que otros tomen medidas
preventivas (por ejemplo, India contra Pakistán o China
contra Taiwán).
41  Michael Ignatieff, “Emprie Lite”. Prospect, febrero 2003: 36-43.
42  Esto se manifiesta en las declaraciones oficiales de los EE. UU. sobre el rol de las Naciones
Unidas antes del ataque contra Irak en el 2003.
70 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

3. Socavar la base institucional de las “normas” del com-


portamiento internacional que han sentado las bases de
la globalización económica contemporánea, en gran me-
dida bajo el auspicio de EE. UU.
4. Reivindicaciones vacías de prácticas democráticas im-
puestas a otros por la fuerza.
5. Vulnerabilidad de EE. UU. ante represalias tanto econó-
micas como militares asimétricas.
6. Límites a la disidencia nacional y crítica de aventuras im-
periales, socavando lo que queda del modelo republicano
en casa.
7. La omisión de que la destrucción de regímenes seculares
en el mundo árabe –como el de Irak– es un objetivo de-
clarado de Al-Qaeda, los terroristas detrás de los ataques
del 11 de septiembre de 2001. Al atacar y conquistar Irak,
EE. UU. les está haciendo el trabajo a ellos.

Más allá de la hegemonía estadounidense

Los costos y beneficios de ser imperio deben ser ubicados en


el contexto de los tiempos que corren. Tanto los Estados como
otros actores en la política global son parte de acuerdos mundia-
les que, de forma creciente, apuntan más allá de la hegemonía y
del imperio de EE. UU. Hoy, la economía mundial es verdade-
ramente global a una escala nunca antes vista gracias su alcance
geográfico, el ritmo de transacciones entre espacios ampliamen-
te dispersos y el vaciamiento de simples formas territoriales de
autoridad política en una amplia variedad de asuntos (económi-
cos, sociales y políticos). En futuros capítulos desarrollaré cómo
esto ha sido posible debido a la naturaleza de la hegemonía esta-
dounidense. Sin embargo, esa hegemonía se ha hecho cada vez
más redundante. La influencia de capital es ahora mediada por
los mercados financieros globales, el flujo comercial por firmas
multinacionales y las capacidades limitadas de las instituciones
reguladoras globales. Sus costos y beneficios ahora recaen en to-
das partes del mundo. Aún si ese peso recae desigualmente, tal
desnivel ya no se expresa entre un par de países, o de bloque a
bloque. La variación geográfica en el crecimiento de la economía
HEGEMONÍA 71

es cada vez más local y regional dentro de los países. Sin embar-
go no es lo “global” lo que es nuevo en la globalización, sino la ló-
gica geográfica en permanente cambio de la economía mundial.
En otras palabras, no es su “globalidad” lo que es nuevo sino su
combinación de redes mundiales y fragmentación territorial lo-
calizada. Bajo la globalidad “previa”, la economía mundial esta-
ba estructurada ampliamente (pero no enteramente) alrededor
de entidades territoriales tales como Estados, imperios colonia-
les y esferas geográficas de influencia. Hoy en día, las princi-
pales innovaciones son el creciente protagonismo –tanto para
la prosperidad económica como para el subdesarrollo– de los
flujos transfronterizos, en relación a los Estados nacionales y a
las redes que conectan las ciudades entre sí y con sus periferias;
y la creciente diferenciación entre localidades y regiones, como
resultado de un sesgo espacial construido en esas redes de flujo.
En lugar del “final” de la geografía, la globalización implica
su reformulación para pasar de un mapa económico del mundo
en términos de territorios estatales hacia un mosaico más com-
plejo de Estados, regiones, regiones urbanas globales y áreas
diferencialmente integradas en la economía global. Por lo tan-
to, existe una geopolítica de la globalización contemporánea,
tanto con respecto a sus orígenes como a su continuidad ope-
rativa. Culturalmente, el mundo está también más “creolizado”
que simplemente americanizado. 43 Esto no es sorprendente de-
bido a la creciente heterogeneidad cultural del propio EE. UU. y
la necesidad de las empresas, sean de América, Europa u otro
lugar, de adaptar sus productos a diferentes mercados nacio-
nales o extranjeros. Algo crucial es que, por primera vez desde
el siglo XVIII, la “cuna del capitalismo” –Europa Occidental y
EE. UU.– “tiene tanto que temer de la rapidez del cambio como
la periferia”.44 Más específicamente, el cambio político más
importante es el drástico descenso en la autonomía incluso
de los Estados más poderosos frente a la globalización de la
producción, el comercio, la tecnología y la comunicación.
El poder de los Estados modernos siempre ha tenido dos as-
pectos: poder despótico y poder infraestructural.45 Si el primero
43  Richard Pells, Not Like Us: How Europeans Have Loved, Hated and Transformed Ame-
rican Culture since World War II (Nueva York: Basic Books, 1997).
44  Meghnad Deai, Marx’s Revenge: The Resurgence of Capitalism and the Death of Statist
Socialism (Londres: Verso, 2002), 305.
45  Michael Mann, “The Autonomous Power of the State”. European Journal of Sociology 25
72 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

se refiere al poder ejercido por las élites socio económicas –que


ocupan los cargos políticos–, entonces lo segundo se refiere al
poder que el Estado acumula de su entrega de bienes infraes-
tructurales o públicos a la población. Históricamente, el ascenso
en la importancia relativa del poder infraestructural, a medida
que las élites han sido forzadas a ser más receptivas a sus po-
blaciones mediante luchas políticas, llevó a la territorialización
de la autoridad política. Hasta hace poco, las tecnologías para
proporcionar bienes públicos han contenido un sesgo territorial,
especialmente en lo relacionado con la absorción de externali-
dades positivas. Sin embargo, cada vez más el poder infraestruc-
tural se puede implementar a través de redes que, aunque estén
ubicadas en lugares discretos, no producen necesariamente ám-
bitos externos territoriales. Por lo tanto, las monedas, el sistema
de medidas, las redes comerciales, la oferta educativa, y los ser-
vicios sociales no necesitan estar asociados con membresías ex-
clusivas en un Estado-Estado convencional: nuevos despliegues
de poder infraestructural contribuyen tanto a des-territorializar
Estados existentes como a re-territorializadar membresías alre-
dedor de ciudades, periferias, regiones y entidades políticas de
nivel continental como la U.E.46 Hay una ampliación y reducción
simultánea de los campos geográficos relevantes de la infraes-
tructura del poder, dependiendo de las economías políticas de
escala de diferentes bienes públicos reguladores, productivos y
redistributivos. Por consiguiente, “cuantas más economías de
escala de bienes y activos dominantes divergen de la escala es-
tructural del Estado-nación, y cuanto más esas divergencias se
retroalimenten entre sí de maneras complejas, entonces mayor
será el debilitamiento y socavamiento de la autoridad, la legiti-
midad, la capacidad para la formulación de políticas y la efectivi-
dad de su implementación para los Estados, tanto adentro como
afuera”.47 En el caso de EE. UU., se ha agravado (como argumen-
to en el capítulo 5), debido a las dificultades de coordinación de
propósito y dirección dentro del sistema gubernamental.
Usando el ejemplo de la moneda, EE. UU. ha alentado el uso
del dólar estadounidense en el comercio mundial y las finanzas

(1984): 185-213.
46  Allen J. Scott, Regions and the World Economy (Oxford: Oxford University Press, 1998).
47  Philip G. Cerny, “Globalization and the Changing Logic of Collective Action”. International
Organization 49 (1995): 621.
HEGEMONÍA 73

desde el colapso del sistema de Bretton Woods a principios de


1970. Inicialmente designado por el Gobierno de Nixon para
hacer las exportaciones estadounidenses más competitivas y
contener el déficit de la balanza de pagos de los EE. UU., la
circulación del dólar estadounidense frente otras monedas ha
sido un estímulo importante, aunque involuntario, para la glo-
balización, tanto facilitando el comercio como fomentando la
explosión de las finanzas globales.48 El Gobierno de EE. UU., en
la medida en que puede influir en la Reserva Federal (el banco
central estadounidense), puede usar su moneda para manipu-
lar la economía mundial y beneficiar a sus productores y consu-
midores. Sin embargo, para esto hay límites importantes en la
medida en que (1) EE. UU. depende de los ingresos masivos de
inversión originada en el extranjero; (2) existe una proporción
muy grande de moneda estadounidense en circulación fuera
de las fronteras territoriales de EE. UU.; y (3) otros Gobiernos
(como el de China) vinculan sus monedas al dólar y constru-
yen grandes reservas que pueden usar para mantener precios
competitivos de sus exportaciones en el mercado interno de
EE. UU. Como resultado, el dólar estadounidense, junto a mo-
nedas de difusión mayor (como el euro y el yen japonés) han
lentamente erosionado el poder infraestructural monetario in-
dependiente tanto de los Estados en donde circulan como de
sí mismas. Esto pone a estos países, y no sólo a los detentores
de monedas menos potentes, en el extremo receptor de shocks
monetarios desde el “exterior”. Los mercados globales deter-
minan cada vez más los valores relativos de lo que todavía son
nominalmente monedas de Estados-naciones. Ciertamente, el
“adentro” y el “afuera” del Estado están cada vez más en cues-
tión en cuanto a su importancia material. Por lo tanto, en un
área en la cual EE. UU. había hasta ahora ejercido hegemonía
económica –el mercado de divisas globales– hay un aumento
de signos de hegemonía sin un solo Estado hegemón que pueda
interceder efectivamente en ellos.
48  David M. Andrews, “Capital Mobility and State Autonomy: Towards a Structural Theory of
International Monetary Relations”. International Studies Quarterly, 38 (1994): 193-218; Eric
Helleiner, States and The Reemergence of Global Finance: From Brettom Woods to the 1990s
(Ithaca, NY: Cornell University Press, 1994). Un excelente análisis sobre los pros y contras del
papel de las finanzas en el cambio de la soberanía del Estado, es el que nos facilita Eric Hellei-
ner, “Sobereignty, Territoriality and the Globalization of Finance,” en States and Sovereignety
in the Global Economy, ed. David A. Smith, Dorothy J. Solinger, y Steven C. Topik (Londres:
Routledge, 1999).
74 HEGEMONÍA VS. IMPERIO

Conclusión

La guerra de 2003 en Irak trajo a luz la contradicción his-


tórica en el razonamiento geopolítico de EE. UU. entre repú-
blica e imperio. Con el ascenso estadounidense al poder global
después de la Segunda Guerra Mundial, esta contradicción fue
administrada con un énfasis en asegurar la hegemonía sin im-
perio: reclutando aliados y construyendo instituciones inter-
nacionales. A pesar de que la hegemonía estadounidense entró
en crisis a finales de la década de 1960 y el comportamiento del
Gobierno de EE. UU. a partir de entonces se hizo cada vez más
unilateral, EE. UU. ha continuado beneficiándose del orden
mundial que su hegemonía ayudó a construir. Luego del 11 de
septiembre de 2011, la tendencia del Gobierno de Bush hacia
una creciente y descarada estrategia imperial es indiscutible-
mente fruto de un nuevo compromiso ideológico con el imperio
en lugar de otros medios para asegurar la hegemonía, partien-
do de sus intentos sistemáticos por desestabilizar un número
de iniciativas internacionales que anteriormente estaban muy
en conformidad con intentos estadounidenses de gestionar los
asuntos mundiales de forma multilateral. El problema es, como
el artista estadounidense Thomas Cole retrata en su pintura de
1836, The course of empire: destruction, que los imperios son
empresas sumamente frágiles. Incluso cuando parecen tener
control total, esto resulta ilusorio ya que deben gastar recur-
sos considerables para mantener su legitimidad moral.49 Otros
medios de asegurar la hegemonía son más económicos y más
duraderos, particularmente cuando los recursos de poder son
limitados.50 Los imperios también invitan a la oposición orga-
nizada tanto desde Estados subordinados como desde aliados
que desertan.51 En el particular caso de EE. UU., el imperio pro-
mete una mayor erosión de una república ya gravemente des-
gastada. Si Hardt y Negri o Agnew y Corbridge están en lo co-
rrecto, aún de maneras obviamente diferentes, el imperio estilo
americano puede ser totalmente irrelevante para el mundo en
construcción de hegemonía sin hegemón. Cualquiera que sea
49  Goodin, “How Amoral Is Hegemon?”.
50  Nye, “Limits to American Power”.
51  Jack Snyder, “Imperial Temptations”. The National Interest, 71 (2003): 29-40.
HEGEMONÍA 75

el pronóstico a largo plazo acerca del avance hacia al imperio


global, Paul Starr pone muy en claro el actual dilema del Go-
bierno de EE. UU. frente a la guerra contra Irak desde un punto
de vista estadounidense:

Cuando el polvo se despeje en Bagdad, probablemente no estemos


más a salvo del terrorismo que antes, pero nuestras alianzas esta-
rán estropeadas y nuestros verdaderos enemigos estarán más con-
vencidos que nunca de que lo que necesitan para evitar convertirse
en otro Irak es un arsenal nuclear. Si esta guerra es fácil, puede que
no represente indicación alguna de lo que pueda deparar el futuro.52

El próximo capítulo evalúa la relación triangular entre geo-


grafías del poder, globalización y hegemonía estadounidense.
Lograré esto a través de un enfoque más teórico en torno a la
geografía del poder que la comparación de imperio y hegemonía
implicada en este capítulo. Regreso a la revisión empírica de la
naturaleza y el impacto global de la hegemonía estadounidense
en los capítulos 4 y 6.

52  Paul Starr, “The Easy War”. The American Prospect, March 2003:21.
77

3 | La hegemonía estadounidense
y la nueva geografía del poder

E
n las teorías convencionales de la política mundial, el fun-
cionamiento del poder político es visto generalmente como
una constante histórica. Comparten la idea expresada tan
claramente por Paul Ricoeur de que “el poder no tiene gran
cosa como historia”.1 Al mismo tiempo, el poder político es aso-
ciado impresionantemente con el “Estado moderno”, con lo que
se supone que corresponden todos los Estados, pero que es ge-
neralmente una versión de Francia, Inglaterra o EE. UU. visto
como un actor unitario equivalente a un solo individuo. El poder
político está concebido en términos de unidades de soberanía
territorial (por lo menos para los llamados Grandes Poderes)
que ejercen poder a través de sus territorios y disputan unos con
otros para adquirir poder más allá de sus fronteras actuales.2
Este capítulo debate estas opiniones y ofrece una alternativa ba-
sada en el concepto de “hegemonía”. Primero, demuestro que en
efecto el poder político sí tiene historia. Segundo, expongo que
esta historia es evidenciada por la cambiante espacialidad del
poder bajo la influencia de una hegemonía específica (cuando
digo espacialidad del poder me refiero al carácter históricamen-
te cambiante y la estructura espacial del poder). La hegemonía
empleada así se refiere a la mezcla de coerción y consentimien-
to que permite a un Estado o grupo de actores establecer las
1  Paul Ricoeur, Lectures on Ideology and Utopia (Nueva York: The free Press, (1986, 198.)
Por supuesto, tal como George Steinmetz (“Introduction: Culture and the State,” en State/
Culture: State Formation after the Cultural Turn, ed. George Steinmetz, 20-23 [(Ithaca, NY:
Cornell University Press, 199)] señala, la “descontextualización fundacionalista” es caracte-
rística de todas las teorías del Estado y la política global que son ortodoxas del positivismo,
marxismo o elección racional; no son solo el señalamiento de un candidato dudoso como lo
es el hermenéutico Ricoeur.
2  Esta es la visión estándar no solo en varios relatos del realismo político sino que lo es tam-
bién para el liberalismo en el cual la concentración del poder político en el Estado es visto
como una razón para ser derrocado. La mayoría de los textos sobre relaciones internacionales
se inclinan por la visión estándar. Véase, e.g., K. J. Holsti, The Dividing Discipline: Hegemony
and Diversity in International Theory (Boston: Allen and Unwin, 1985); y D.A. Baldwin (ed.),
Neorealism and Neoliberalism: The Contemporary Debate (Nueva York: Columbia University
Press, 1993).
78 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

normas para la interacción y movimiento político, económico


y militar a través del espacio y tiempo.3 Lo que ha sido proble-
mático es una comprensión transhistórica del poder político
según la cual el poder es siempre ejercido territorialmente por
Estados más o menos iguales que contienen y canalizan la cir-
culación de personas, bienes, dinero y armas.
El objetivo de este capítulo es construir una comprensión
historizada del funcionamiento del poder político para la política
mundial haciéndole un mapeo a partir de cuatro perspectivas di-
ferentes: (1) en términos de tipos ideales de la espacialidad domi-
nante del poder en diferentes épocas históricas; (2) con respecto
a las presunciones ontológicas y morales sobre la condición de
Estado que asumen la existencia de una identidad entre poder
político y condición de Estado; (3) en términos del papel de la
hegemonía estadounidense en proveer una inflexión particular
al perfil del poder político contemporáneo como un estímulo a la
globalización; y (4) con respecto a las condiciones empíricas de
movimiento que refuerzan o socavan la asociación entre el poder
político y la condición de Estado territorial.
El capítulo tiene seis secciones. La primera ofrece una breve
revisión crítica de las definiciones de poder político y las formas
en que éstas acercan o alejan la comprensión de la espacialidad
del poder hacia los Estados como sitios exclusivos para la acu-
mulación y ejercicio de poder. La segunda sección está dedicada
a una perspectiva sobre el mapeo del poder. Están identifica-
dos cuatro modelos de la espacialidad del poder que pueden ser
usados para caracterizar la espacialidad del poder en diferentes
épocas históricas. En este marco, la concentración de poder en
Estados territoriales es vista como históricamente contingente.
La tercera sección se enfoca en el mapeo del poder desde una
segunda perspectiva: cuestiona el privilegio ontológico de “el
Estado” como un vínculo singular del poder político y la iden-
tidad política segura, llamando la atención a las suposiciones
geográficas críticas que hacen esto posible: la identidad com-
partida entre la categoría de Estado e individuo, el descuido de
las normas sociales de la categoría de Estado, y la territorializa-
ción del poder. En la cuarta sección, argumento que en lugar de
3  Robert W. Cox, “Structural Issues in Global Governance: Implications for Europe”, en
Gramsci, Historical Materialism and International Relations, ed. Stephen Gill, 264 (Cambri-
dge, Inglaterra: Polity Press, 1999).
HEGEMONÍA 79

la ontología basada en el Estado, la hegemonía estadounidense


ha alterado fundamentalmente la práctica de política mundial
para producir una tendencia hacia una geografía de poder dis-
persa o en red. La quinta sección discute la tercera y última
perspectiva sobre el mapeo del poder político más allá de las
fronteras del Estado. Introduce ejemplos contemporáneos de
movimiento o circulación en la ecuación de territorialidad del
Estado y las identidades políticas estables, en tres sentidos:
el impacto de la migración sobre el concepto de ciudadanía,
la geografía cambiante del dinero, y el impacto de las nuevas
tecnologías militares sobre los Estados en una economía glo-
bal emergente. Cada uno de estos ejemplos apunta a una espa-
cialidad del poder dinámica que queda por fuera de la imagen
territorializada convencional del poder político. Finalmente,
la sexta sección provee una breve conclusión.

Poder político y Estado territorial

El actual pensamiento crítico sobre el poder político identi-


fica dos tipos fundamentales de poder: instrumental y asociati-
vo.4 El primero implica la capacidad de hacer que otros hagan
nuestra voluntad en relación a objetivos que involucran acceso
y control sobre bienes que se debe proporcionar colectivamente
debido a su carácter (ejemplo, infraestructura, seguridad). El
segundo implica el poder de hacer cosas actuando de manera
concertada o usando mediación institucional. Esta mirada sim-
plificada de poder político es la pieza central de gran parte del
pensamiento reciente bajo la influencia de pensadores tan di-
versos como Hannah Arendt, Michel Foucault, Gilles Deleuze
y Bruno Latour, incluso cuando cada uno de estos pensadores
también trata de lidiar con preguntas en torno a la dominación.5
4  John Allen, “Spatial Assemblages of Power: From Domination to Empowerment,” en Hu-
man Geography Today, ed. Doreen Massey, John Allen, Lost Geogrphiesof Power (Oxford:
Blackwell, 2003).
5  Véase, e.g., Hannah Arendt, The Human Condition (Chicago: University of Chicago Press,
1975); Michel Foucault, Power/Knowledge (Brighton: Harvester, 1980); Gilles Deleuze, Fou-
cault (Londres: Athlone Press, 1980)]; y Bruno Latour, “The Powers of Association,” en Power,
Actions, and Belief, ed. J. Law, 264-280 (Londres: Routledge, 1986). Para una exploración
minuciosa y coherente sobre el enfoque de Foucault en torno al poder, enfatizando cómo la
capacidad de incidencia puede ser teorizada incluso en la ausencia de la autonomía asociada
a las concepciones individualistas y no sociológicas del individuo, véase Mark Bevir, “Foucault
80 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

Cada una de estas dos visiones capta una dimensión de poder


político que las otras carecen. La primera dimensión es la ha-
bilidad de controlar, dominar, cooptar, seducir y resentir. Esto
puede ser llamado poder negativo. La segunda dimensión es
la capacidad de actuar, resistir, cooperar y consentir. Esto
puede ser llamado poder positivo. Si las juntamos, el poder
político puede ser considerado como la suma de recursos y
estrategias involucradas en luchas sobre bienes colectivos en
las cuales las partes actúan con y sobre otros para lograr re-
sultados vinculantes.
El poder político nunca parece ser ejercido igualmente en
todas partes. Esto es en parte porque el poder se acumula en los
centros como resultado de la concentración de recursos, pero
es también debido a las atribuciones, discursivas y prácticas,
y el traslado de poder a niveles más altos en jerarquías de po-
der político por personas e instituciones de niveles más bajos.
Las configuraciones históricas del poder político, basado en la
distribución de los recursos económicos, políticos y militares,
dan lugar a hegemonías (mezclas de coacción y consentimien-
to) ejercidas por los Estados dominantes o grupos sociales.6 A
través de ellas, las reglas de conducta, los bienes públicos y las
estructuras de expectativas están establecidas para orientar la
política mundial hacia ciertas conductas esperadas en lugar de
otras. Sin embargo, el poder político también fortalece o debi-
lita geográficamente ya que trasladar poder político a través del
espacio involucra prácticas de otros que conducen a su trans-
formación a medida que se desplaza de un lugar a otro. El po-
der político, por lo tanto, es ejercido desde sitios que varían en
sus alcances geográficos. Este alcance puede ser jerárquico y
en forma de red así como territorial o de aplicación contigua.
Algunas veces el poder se mueve indirectamente de un lugar a
otro a través de usuarios o intermediarios; en otros momentos,
hace cortocircuito a las jerarquías y se mueve directamente.7
Por lo tanto, hoy día las localidades o regiones interactúan di-
rectamente con la economía global sin mucha de la mediación
a nivel de Estado que alguna vez dominó tales conexiones. El
and Critique: Deploying Agency Against AUtonomy”. Political Theory 27, no. 1 (1999): 65-84.
6  John Agnew y Stuart Corbridge, Mastering Space: Hegemony, Territory and Internatio-
nal Political Economy (Londres: Routledge, 1995); Andrew Jones, “Re-theorizing the Core: A
‘Globalized’ Business Elite in Santiago, Chile”. Political Geography 17, no. 3 81998): 295-318.
7  Allen, “Spatial Assemblages of Power”.
HEGEMONÍA 81

equilibrio entre los niveles de las jerarquías de poder deter-


mina la espacialidad (o la configuración geográfica) del poder
político en cualquier momento dado.8
En gran parte de las teorías tradicionales sobre relaciones
internacionales existen tres convenciones cruciales sobre la re-
lación entre el poder político y el Estado que reducen la posibi-
lidad de identificar esta visión geográficamente informada del
poder político. La primera es una concepción territorial rígida
del contexto espacial en donde opera el poder: un sistema de
Estados territoriales. Una concepción más rica en contexto es-
pacial ve el territorio del Estado como uno solo de muchos mar-
cos geográficos en el cual el poder político es operativo.9 Los
marcos imperiales, las redes globales, las alianzas y los marcos
continentales son todos contextos más o menos apropiados de-
pendiendo del tema, el período de tiempo y la región mundial.
La importancia particular de los diferentes marcos geográficos
para el funcionamiento y el impacto del poder cambia históri-
camente en conexión con la estructura espacial cambiante de la
economía, la cultura y las actividades políticas.10
La segunda convención es la definición diádica (perso-
na-persona, persona-Estado, Estado-Estado) de la naturaleza
de las relaciones de poder. Esto abstrae al poder de los contex-
tos sociológicos en los que se origina y opera hacia un conjunto
de relaciones individuales aisladas.11 También concibe al po-
der únicamente como una capacidad cuantitativa de entidades
evidentes y preexistentes: la habilidad de una persona o Estado
de dirigir a otros o expandir su rango de influencia a pesar de

8  David Held, Anthony McGrew, David Goldblatt, y Jonathan Perraton, Global Transforma-
tions: Politics, Economics and Culture (Stanford, CA: Stanford University Press, 1999).
9  Véase, e.g., Michael Shapiro, The Politics of Representation (Madison, WI: University of
Wisconsin Press, 1988), 93; R.B.J. Walker, Inside/Outside: International Relations as Poli-
tical Theory (Cambridge, MA: Cambridge University Press, 1993); David Campbell, Writing
Security: United State Foreign Policy and the Politics of Identity (Baltirmore, MD: Johns Ho-
kins University Press, 1992); Stuart Hall, “The West and the Rest: Discourse and Power”, en
Formation of Modernity, ed. S. Hall y B. Gieben (Cambridge, England: Polity Press, 1992); y
Gearóid Ó Tuathail, Critical Geopolitics: The Politics of Writing Global Space (Minneapolis:
University of Minnesota Press, 1996).
10  Agnew y Corbridge, Mastering Space, 13-45.
11  Alexander Wendt, “Anarchy Is What the States Make of It: The Social Construction of
Power Politics”. International Organization 46 (1992): 391-425. Sobre el poder como medio
producto de la movilización social, véase sobre todo a Anthony Giddens, The Consequences
of Modernity (Cambridge, Inglaterra: Polity, 1990); y Michael Mann, The Sources of Social
Power. Vol. I: A History of Power from the Beginning to A.D 1760 (Cambridge, Inglaterra:
Cambridge University Press, 1986).
82 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

la resistencia.12 Desde este punto de vista, el poder es una pose-


sión. La omnipresencia aparente de poder en todas las relacio-
nes sociales podría reforzar esta idea. Sin embargo, en la medida
en que el poder es siempre manifiesto en sus efectos más que
simplemente como una capacidad o posesión, las relaciones de
poder pueden pensarse mejor en términos de territorios de po-
der y redes dispersas de poder en las que los individuos, Estados
y otros actores (Gobiernos locales, colectivos, empresas, orga-
nizaciones no gubernamentales, entre otros) están integrados
y localizados espacialmente en relación uno con el otro.13 Pero
la importancia relativa de territorios y redes dispersas fluctúa
continuamente como resultado de las condiciones geográficas
cambiantes bajo las cuales las prácticas políticas tienen lugar y
en relación al tema en cuestión.14
La tercera convención es la homología hecha entre in-
dividuos y Estados: los Estados son tratados como si fuesen
equivalentes ontológica y moralmente a los individuos. Esto
familiariza al Estado y le da una condición moral/política equi-
valente a la de una persona.15 Considerar a los Estados como
actores unitarios y singulares es una característica importante
de muchas visiones ortodoxas del poder político y el Estado.
Esta suposición privilegia al Estado territorial al asociarlo con
el carácter de un individuo y su voluntad moral, una caracterís-
tica intelectualmente poderosa de la teoría política occidental
moderna. En el pensamiento político de la Europa medieval,
por ejemplo, el Estado no tenía tal exaltada condición.16 Esto
señala nuevamente la historicidad de la relación entre el poder
político y el Estado.

12  Richard K. Ashley, “The Poverty of Neorealism”. International Organization 38 (1984): 225-286.
13  John Gerard Ruggie, “Territoriality and Beyond: Problematizing Modernity in Internatio-
nal Relations”. International Organization 47 (1993): 139-174; John A. Agnew, “The Territorial
Trap: The Geographical Assumptions of International Relations Theory”. Review of Internatio-
nal Political Economy 1 (1994): 53-80.
14  David Held et al., Global Transformations.
15  Véase, por ejemplo, sobre el papel importante de Hobbes en la justificación de esto, Nor-
man Jacobson, “The Strange Case of the Hobbesian Man”. Representation 63 (1998): 1-12; y
Quentin Skinner, “Hobbes and the Purely Artificial Person of the State”. Journal of Political
Philosophy 7 (1999): 1-29.
16  Otto Gierke, Political Theories of the Middle Age, trans. F. W. Maitland (Cambridge,
England: Cambridge University Press, 1922).
HEGEMONÍA 83

Espacialidades históricas del poder político

La comprensión convencional de la geografía del poder po-


lítico está sustentada en tres hipótesis que están relacionadas
invariablemente unas con otras. Las he explorado con bastante
detenimiento en un artículo llamado “Trampa Territorial”17. La
primera hipótesis es también la más profundamente enraizada,
y supone que la soberanía del Estado moderno requiere terri-
torios claramente delimitados. El Estado moderno por lo tanto
difiere de otros modos de organización política por su reclamo
de la soberanía total sobre su territorio. Así, defender la se-
guridad de su soberanía espacial particular se convierte en el
primer objetivo de un Estado territorial. En un momento dado,
la soberanía fue concedida a la figura del monarca u otro líder
en una jerarquía de “orden”, desde los más bajos campesinos
hasta los guerreros, sacerdotes y nobles; ahora, la soberanía
recae en el territorio.
La segunda hipótesis esencial es que hay una oposición fun-
damental entre asuntos “nacionales” y “extranjeros” en el mundo
moderno. Esto descansa sobre la visión común de la teoría mo-
derna política (abordada más adelante con más detalle en relación
con la individualidad de los Estados putativos) de que los Estados
son similares a individuos luchando por adquirir poder y riqueza
en un mundo hostil. Las ganancias de un Estado siempre vienen a
expensas de otros; afuera, la razón de Estado es suprema. Esto fija
la competición política al nivel del sistema de Estados.
La tercera hipótesis consiste en que el Estado territorial es
visto como el “contenedor” geográfico de la sociedad moder-
na. La organización política y social es definida en términos
de cada Estado particular. Por lo tanto, hablamos y escribimos
inconscientemente de la sociedad “estadounidense”, “italiana”
o “canadiense”, como si los límites de un Estado fueran inva-
riablemente los límites de cualquier proceso social o político en
los que estamos interesados. Otras escalas geográficas de pen-
samiento o análisis son por consiguiente excluidas. Frecuente-
mente esto es debido a que el Estado es visto como el garante
de orden social en la sociedad moderna. Por lo tanto, el Estado

17  Agnew, “The Territorial Trap”.


84 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

sustituye sus fronteras por el orden cultural auto regulador que


se encuentra en las denominadas sociedades tradicionales.
Estas hipótesis en conjunto sustentan una concepción que
sobrevive en el tiempo, según la cual la condición de Estado es
la única fuente de poder político en el mundo moderno. La pri-
mera hipótesis data del período en la historia europea cuando la
soberanía se desplazó del monarca al Estado y, eventualmente,
a sus ciudadanos. En Europa, este proceso duró desde el siglo
XV hasta el siglo XIX. Las otras dos hipótesis datan desde los
últimos 100 años, aunque la oposición entre asuntos naciona-
les y extranjeros tiene raíces en el mercantilismo del siglo XVII.
Juntos, sirven para poner al Estado territorial moderno más allá
de la historia en general, particularmente la historia de ciertos
Estados específicos. La geografía esconde la historia, por así
decirlo, ya que el mundo es visto como dividido entre actores
territoriales similares que persiguen sus objetivos a través del
control sobre bloques de espacio.
La espacialidad del poder, sin embargo, no debe ser reducida
invariablemente a la territorialidad del Estado. Podemos identi-
ficar al menos cuatro modelos de espacialidad de poder. Recurro
al trabajo de los geógrafos franceses Marie-Françoise Durand et
al. y Jacques Lévy, quienes han usado modelos idealizados de
patrones de interacción económica y cultural para entender las
transformaciones de largo plazo en la política mundial.18 Cada
uno de sus modelos está asociado estrechamente con un con-
junto de condiciones políticas-económicas/tecnológicas y las
respectivas concepciones culturales asociadas. La lógica de estos
modelos es que la espacialidad del poder dominante cambiará
a medida en que las condiciones materiales y las concepciones
asociadas a ellos cambian. Tales procesos de cambio no son in-
terpretados como espontáneos; por el contrario, la historia de
la espacialidad implica que ambas fuerzas materiales y pers-
pectivas o representaciones intelectuales interactúan en una
colección dominante de prácticas (o hegemonía) para producir
la espacialidad del poder predominante dentro de una época
histórica dada.19 Pero cada modelo espacial también tiene una
validez sincrónica en el sentido de que el poder político, desde
18  Marie- Françoise Durand, Jacques Lévy, y Denis Retaillé, Le monde: Espaces et systèmes
(paris : Dalloz, 1992) ; Jacques Lévy, Europe : Une géographie (Paris Hachette, 1997).
19  Agnew y Corbridge, Mastering Space, 15-23.
HEGEMONÍA 85

cualquier perspectiva, no puede ser nunca totalmente reducido


a un modelo único. Este enfoque es equivalente a la discusión
planteada por Karl Polanyi en cuanto a la emergencia del in-
tercambio cambiario a expensas de la reciprocidad y la re-
distribución como principios de integración económica en la
sociedad de mercado; como un modelo viene a predominar,
otros modelos no son eclipsados tanto como relegados a roles
subordinados o emergentes.20 Los modelos ofrecen, enton-
ces, no sólo una manera de historizar el poder político sino
también de dar cuenta de la complejidad de la espacialidad
del poder durante cualquier período histórico (figura 3.1).
En el modelo del “conjunto de mundos”, los grupos huma-
nos viven en áreas culturales separadas o civilizaciones con co-
municación e interacción limitada entre ellas. Cada área en este
modelo tiene un sentido de diferencia profunda con respecto a
lo que está más allá de sus propias fronteras, sin ninguna con-
cepción la particularidades de los otros. Las formas comunita-
rias de construcción social ocurren en un entorno territorial de
asentamiento permanente, con flujos de migrantes y movimien-
tos estacionales pero con fronteras exteriores difusas. El tiempo
es cíclico o estacional, con dinastías y estaciones reemplazándose
unos a otros en secuencia natural. El poder político es orientado
principalmente desde el interior y dirigido hacia el mantenimien-
to dinástico y el orden interno. Su espacialidad se basa en una
concepción fundamentalmente física del espacio como distancia
para ser superada o circulación para ser administrada.
En contraste, el modelo geopolítico de los Estados en un “cam-
po de fuerzas” gira en torno a unidades definidas estrictamente en
las cuales cada Estado puede obtener poder sólo a expensas
de otros y cada uno tiene control total sobre su propio terri-
torio. Es similar a un campo de fuerzas en mecánica en el cual
los Estados ejercen fuerza unos sobre otros y el resultado de la
competencia mecánica depende de la población y los recursos
que cada uno pueda poner a valer. El éxito también depen-
de de crear bloques de aliados o clientes e identificar puntos
espaciales de debilidad y vulnerabilidad en la situación de
los adversarios. Todos los atributos de la política, tales como
derechos, representación, legitimidad y ciudadanía, están

20  Karl Polanyi, The Great Transformation (Boston: Beacon Press, 1944).
86 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

FIGURA 3.1. Espacialidades alternativas del poder.

1. Conjunto de mundos

2. Campo de fuerzas

3. Red jerárquica

4. Sociedad global

Fuente: Basado en M-F. Durand et al., Le monde, espaces et système (Paris: Dalloz, 1992), 18.
HEGEMONÍA 87

restringidos a los territorios de Estados individuales. La pre-


misa es que el ámbito de la geopolítica está más allá de tales
preocupaciones.
La fuerza y el potencial uso de la fuerza son la norma su-
prema más allá de los límites del Estado. El tiempo está orde-
nado sobre una base de racionalidad global para que los trenes
puedan ser puntuales, los trabajadores pueden estar en el tra-
bajo a tiempo y las fuerzas militares puedan coordinar sus acti-
vidades. La espacialidad dominante, por lo tanto, es esa del
Estado-territorialidad, en la cual los límites políticos sirven
como contenedores para la mayoría de las actividades socia-
les, económicas y políticas. Las élites políticas son élites de
Estado e imitan mutuamente su discurso y sus prácticas.
Un tercer modelo es la “red jerárquica”. Esto es la estruc-
tura espacial de una economía mundial en la cual los centros,
las periferias y las semiperiferias están unidos por los flujos de
bienes, personas e inversiones. Las transacciones basadas en
gran medida en el intercambio comercial producen patrones de
desarrollo desigual a medida que los flujos mueven la riqueza
a través de las redes de comercio y comunicación produciendo
concentraciones regionales de riqueza y pobreza relativa. En la
escala local, particularmente la de los centros urbanos, las zo-
nas del interior son atraídas hacia la conexión con un mundo
más grande que se ha hecho progresivamente más planetario
ampliando su alcance geográfico durante los últimos 500 años.
El poder político es una función de los lugares según donde esté
ubicado (en la jerarquía geográfica, desde los centros globales
hasta las periferias rurales). El tiempo está organizado según
el alcance geográfico y el ritmo temporal de las transacciones fi-
nancieras y económicas. La espacialidad es el resultado de redes
que unen una jerarquía de nodos y áreas conectadas por flujos
de personas, bienes, capital e información. Hoy en día, tales redes
son particularmente importantes en la unión de ciudades-regiones
que constituyen los nodos alrededor de los cuales cada vez más está
organizada la economía global. En algunas circunstancias, las re-
des pueden desarrollar una forma reticular en la que no hay un
centro claro o estructura jerárquica. Este es el caso, por ejem-
plo, de las redes implícitas en algunos modelos de negocios, tales
como las alianzas estratégicas en la que prevalece la asociación
sobre el espacio en lugar del predominio entre un nodo y el otro.
88 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

Notablemente, este también es el caso con algunos grupos terro-


ristas globales y redes criminales.
El cuarto y último modelo es el de “sociedad global inte-
grada”. Este se ajusta al ideal humanista de un mundo en el
cual la comunidad cultural, la identidad política y la integra-
ción económica están todas estructuradas en una escala global.
Pero también refleja el aumento de la percepción de problemas
globales comunes (tales como los ambientales) que no respe-
tan las fronteras de los Estados; la inutilidad de los conflictos
armados entre Estados en la presencia de armas nucleares; las
ventajas de la defensa sobre la ofensa en la guerra moderna;
y el crecimiento de una “opinión pública” internacional. Este
modelo privilegia la comunicación a escala global basada entre
múltiples actores articulados en redes relativamente carentes
de jerarquía o reticulares y más o menos densas dependiendo
de la voluntad de los propios actores. El carácter de brote de
estas conexiones hace que se las compare con los “rizomas”
vegetales (un término popularizado por Gilles Deleuze), que
se diseminan lanzando brotes en direcciones múltiples pero
impredecibles. El tiempo y el espacio están definidos por la
espontánea y reciproca sincronización y espaciamiento de las
actividades humanas. Los espacios reales y virtuales se vuel-
ven indistinguibles. Este modelo obviamente tiene un fuerte
elemento utópico pero también refleja algunas propiedades
emergentes del mundo interconectado que se encuentra ac-
tualmente en construcción.
En el mundo contemporáneo, hay evidencia de la coexistencia
de cada uno de estos modelos, con los antiguos modelos terri-
toriales un tanto eclipsados y los últimos modelos de redes un
tanto resurgentes luego de un período de 100 años en el cual
el modelo de los campos de fuerza fue preeminente (aunque no
exclusivo).21 Si la tendencia hacia el separatismo regional den-
tro de Estados existentes presagia una fragmentación que pue-
da reforzar el modelo de campo de fuerzas en la medida en que
nuevos Estado emergen, la globalización económica y la unifica-
ción cultural global trabajan para reforzar las redes jerárquicas
21  Michael Storper, “Territories, Flows, and Hierarchies in the Global Economy,” en Spaces
of Globalization: Reasserting the Power of the Local, ed. Kevin R. Cox, 19-44 (Nueva York:
Guilford Press, 1997); y Peter Dicken et al., “Chains and Networks, Territories and Scales: To-
wards a Relational Framework for Analyzing the Global Economy,” Global Networks 1 (2001):
89-112.
HEGEMONÍA 89

y el modelo de sociedad global integrada. Al mismo tiempo, el


movimiento hacia la unificación política-económica (como en la
Unión Europea) y el desarrollo de movimientos culturales con
un fuerte elemento territorial (como con los movimientos islá-
micos integralistas) tienden a presionar para la reafirmación de
un conjunto de mundos.
Sin embargo, históricamente, ha habido un desplazamiento
de un modelo a otro como hegemónico o elemento directivo.
En este sentido, propongo un esquema teorético sobre la base
del trabajo de Durand et al. en el cual el modelo de “conjunto
de mundos” lentamente dio paso al modelo de “campo de fuer-
zas” cerca de 1500 d.C., cuando el sistema estatal europeo tomó
forma (figura 3.2). Las hegemonías tendieron a variar geográfi-
camente, así que para el siglo XIX una hegemonía de balance del
poder dominó Europa. Sin embargo, las hegemonías imperiales
eran superiores en gran parte del resto del mundo a excepción
de la hegemonía de bienes públicos ejercida por Gran Bretaña a

FIGURA 3.2. Diacronía de la espacialidad del poder.

100 Con
jun
to
Porcentaje = Predominio de la
espacialidad a escala mundial

de
mu
nd
os
de fuerz rárquica
po a d je
m Re
s
Ca

50
l
dia
un
dm

a
ied
Soc

0
10,000 3,000 B.C. 1500 1848 1945 1991 A.D.
Segunda Guerra

Unión Soviética;
descubrimiento
Acentamientos

fin de la Guerra
Revoluciones
la civilización
Comienzo de

Colapso de la
permanentes

en Europa

Fin de la

Mundial
urbana

Era de

Fría

Fuente: Basado en M-F. Durand et al., Le monde, espaces et système (Paris: Dalloz, 1992), 18.
90 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

través de su papel como defensora de los estándares de excelen-


cia y almacenamiento en un sistema multilateral de comercio que
unificó una economía mundial emergente. En la medida en que
este modelo estaba estableciendo su dominio, la “red jerárquica”
moderna también comenzó su ascenso alrededor del marco pro-
porcionado por el sistema estatal. Bajo el colonialismo euro-
peo, la parte del mundo en que los Estados se reconocieron
mutuamente como actores legítimos (lo que es ahora llamado
frecuentemente el Norte Global) se divorció de las regiones en
las que se negó dicho estatus.22 Con la independencia después
de la Segunda Guerra Mundial, numerosos nuevos Estados, inde-
pendientemente de su relativa eficacia política, se extendieron en
la mayor parte de la superficie terrestre del mundo. Pero muchos
de estos nuevos Estados eran clientes de EE. UU. o de la Unión So-
viética –partes de las hegemonías de esferas de influencia– o zo-
nas violentas de conflicto entre ellos. En el “campo de fuerzas” eran
apenas fuerzas iguales. Desde 1945 el modelo de red jerárquica
se ha hecho cada vez más central en la distribución de poder
político como resultado de la mayor entrada de territorios esta-
tales al comercio global y los flujos de población e inversión bajo
la hegemonía estadounidense. Esta es ahora una hegemonía
realmente planetaria, la primera en la historia, con respecto
a su alcance geográfico potencial y al rango de su influencia
funcional basada en los principios de la sociedad del mercado,
incluso cuando su agente principal, EE. UU., pueda ser cada
vez menos central en ella.
Con el final de la Guerra Fría, la cual produjo una importante
restitución del modelo de campo de fuerzas entre los Estados más
poderosos, el modelo de red jerárquica está en acenso, con signos
de un comienzo de tendencia hacia un modelo de “sociedad global”
integrada; pero esto está aún empezando. Este marco es, por su-
puesto, solo sugestivo de tendencias a largo plazo. Proporciona una
idea de espacialidad histórica del poder político, asociada en dife-
rentes épocas a diferentes modos dominantes de espacialidad en
coexistencia con otros. Los tipos ideales son una manera de pensar
sobre el mundo, pero nunca substitutos de las complejidades reales
del mundo cualesquiera sean el momento y el lugar.

22  Roxanne Lynn Doty, Imperial Encounters: The Politics of Representation in North-South
Relations (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1996).
HEGEMONÍA 91

La geo-sociología del poder político

La estrecha definición de poder político ha enfrentado cues-


tionamientos considerables en años recientes.23 Típicamente se
piensa que el poder político se muestra a sí mismo en sus efectos
–en la habilidad de producir un efecto a través de la aplicación
de ciertas capacidades y recursos–.24 Esto generalmente lleva a
poner el énfasis en su posesión cuantitativa por parte de acto-
res preexistentes y evidentes, que ejercen poder uno contra otro.
Para dar cuenta de los efectos indirectos o impersonales del po-
der además de, o en contraposición con, la idea tradicional de
poder como una acción directa de un individuo o Estado sobre
otro, se han sugerido nociones de poder estructural o meta po-
der25. En consecuencia, el concepto de poder político puede servir
dar cuenta de la aparición de sistemas de autoridad (por ejemplo
regímenes); gobernanza (por ejemplo instituciones internacio-
nales); y transnacionalismos no-estatales (por ejemplo firmas
transnacionales, comunidades epistémicas, y redes temáticas)
colectivos y de orden superior que regulan o proporcionan las
reglas para las relaciones entre los actores unitarios en el siste-
ma de poder estructural.26 Este tipo de análisis de poder mueve
la comprensión de la relación de poder “a escala”, más allá de la
concepción diádica característica del poder convencional y las
teorías de relaciones internacionales. Pero sigue careciendo de
una base meticulosa en las condiciones sociales-geográficas para
la creación y operación de relaciones de poder. En particular,

23  Véase, inter alia, John Gaventa, Power and Powerlessness (Oxford: Clarendon Press,
1990); Steven Lukes, ed., Power (Nueva York: New York University Press, 1986); Peter Morris,
Power: A Philosophical Analysis (Manchester: Manchester University Press, 1987); y Stefano
Guzzini, “Structural Power: The Limits of Neorealist Power Analysis”. International Organiza-
tion 47 (1993): 443-478.
24  Véase, por ejemplo, Robert A. Dahl, “Power,” en International Encyclopedia of the Social
Sciences, ed. David Sills, 405-415 (Nueva York: The Free Press, 1968); Max Weber, Economy
and Society (Berkeley: University of California Press, 1972), capítulo 10.
25  Véase Guzzini, “Structural Power”.
26  Véase, por ejemplo, Stephen D. Karasner, “Regimes and the Limits of Realism: Regimes as
Autonomous Variables”. International Organization 36 (1982): 497-510; James Rosenau, The
Study of Global Interdependece: Essays on the Transnationalization of World Affairs (Londres:
Pinter, 1980); Stephen Gill y David Law, “Global Hegemony and the Structural Power of Cap-
ital”. “International Studies Quarterly 33 (1989): 475-499; Peter M. Haas, ed., “Knowledge,
Power and International Policy Coordination”. International Organization 46 81992): 1-390;
Kathryn Sikkink, “Human Rights, Principled Issue-Networks, and Sovereignty in Latin Ameri-
ca”. International Organization 47 (1993): 411-441.
92 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

aún se da por sentado la presencia del Estado, el equivalente


ontológico y moral al individuo del liberalismo clásico, sin nin-
gún contexto sociológico del necesario para explicar por qué
las formas geográficas de poder cambian históricamente. Pro-
porcionaré parte de esa base aquí.
En primer lugar, exaltar el Estado como fuente única de po-
der político ha involucrado equiparar la identidad del Estado con
la identidad aparentemente autónoma del individuo. Esto no
significa que la individualidad o la condición de Estado no sean
análogas como construcciones sociales. Más bien, significa ne-
gar la comprensión atomizada de Estados y personas que tienen
los enfoques convencionales en las teorías de relaciones políticas
e internacionales sobre la capacidad de incidencia personal y es-
tatal. Esto no es sólo una visión des-socializada de la persona o
el Estado, implicando una imagen esencialmente transcenden-
tal, pero también hace de los Estados soberanos meros indivi-
duos abstractos, untados con la autoridad ontológica y moral de
su propia individualidad. Así, la condición de Estado moderno
es suscrita al individualismo moderno. Un reclamo moral que
equipara la autonomía de un individuo con la del Estado queda
enmascarado por el reclamo natural que se hace en nombre de
los Estados como individuos.27
El atractivo de esta estrategia conceptual es doble y refleja un
aspecto intelectualmente poderoso de la construcción social mo-
derna de la condición de Estado.28 Por una parte permite, como
lo señalara el filósofo inglés del siglo XVII Thomas Hobbes, la
identificación de un “estado de naturaleza” histórico en el cual un
conjunto de individuos primitivos, liberados de condicionamien-
to social, pueden comparar su condición natural con aquella ofre-
cida por un conjunto específico de condiciones sociales-políticas
asociadas con la condición de Estado. Las actuales relaciones de
poder de dominio y subordinación pueden por lo tanto estar

27  Esta tendencia es característica tanto de las teorías constructivistas como de las realistas y
liberales, por ejemplo, en Alexander Wendt, Social Theory as International Politics (Cambri-
dge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1999). Una brillante crítica sobre ello y aún más
exhaustiva base sociológica de la teoría social de las políticas mundiales la encontraremos en
la teoría del “marco societal” de Georg Simmel, véase Lars-Erik Cederman y Christopher Daa-
se, “Endogenizing Corporate Identities: The Next Step in Constuctivist IR Theory”. European
Journal of International Relations 9 (2003): 5-35.
28  Naeem Inayatullah y Mark E. Rupert, “Hobbes, Smith and the Problem of Mixed Ontol-
ogies,” en The Global Economy as Political Space, ed. Stephen Rosow, Naeem Inayatullah, y
Mark E. Rupert (Boulder, CO; Lynne Rienner, 1993).
HEGEMONÍA 93

atribuidas a la necesidad de seguridad y/o riqueza en un mun-


do que no fue creado ningún individuo. La separación y aisla-
miento del individuo en unidades básicas produce una situa-
ción lógicamente convincente para la agrupación de poder en
las manos de un solo soberano.
Por otra parte, la proyección de cualidades de individuali-
dad idealizadas en condición de Estado se sustenta tanto en la
sospecha constante y la hostilidad con la que las personas se ven
unas a otras en el estado de naturaleza, como también, paradó-
jicamente, en la tendencia humanista a privilegiar a la persona
que se auto-engrandece en otras corrientes del pensamiento oc-
cidental. Al mismo tiempo, por lo tanto, el Estado puede ser vis-
to como la encarnación de los dos lados de la moneda ontológica
y moral moderna. El Estado representa (como en las lecturas
predominantes de Hobbes) la solución territorial al problema de
la agresión humana entre un grupo de personas determinado,
desplazando las agresiones al campo de las relaciones entre Es-
tados. El Estado es también construido como equivalente a una
persona con habilidades únicas, particularmente con referencia a
sus habilidades para especializarse dentro de la división espacial
del trabajo (como en la mayoría de las lecturas de Adam Smith),
que potencialmente maximiza la producción y por lo tanto incre-
menta la riqueza y satisfacción de todos. Estas dos maniobras,
una “política” que aborda la agresión humana, y la otra “eco-
nómica” y en torno al poder adquisitivo humano, impulsan al
Estado a una preeminencia intelectual en relación con la pro-
ducción y distribución del poder político, independientemente
de su veracidad histórica.
Adicionalmente, argumento que la individualidad y la con-
dición de Estado no son previamente dados. Más bien, ambas
son identidades subjetivas establecidas en medio del funcio-
namiento de las relaciones de poder. Empezando con el flujo
de eventos y acciones en la vida social y política, identidades
contingentes como personas o Estados son formadas cuando
la interacción social y el reconocimiento mutuo reúnen varios
y diversos actores tales como hogares, tribus y dinastías. Las
identidades como personas o Estados emergen para obtener
una posición o control en un mundo incierto donde los objeti-
vos o intenciones están definidos por suponer las intenciones
de los otros; donde las malas interpretaciones y los juicios
94 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

retroalimentan la identidad; y donde biografías o historias son


contadas o escritas para sanear la identidad y hacerla evidente.
Este es el planteamiento de la “individualidad” como es identi-
ficada por el sociólogo Harrison White en su teoría social de la
identidad.29 En esta construcción, la individualidad se desarro-
lla a partir de luchas por control identitario en una mezcla de
redes sociales en las cuales personas putativas están envueltas
desde la niñez. El punto principal de White en conexión con los
análisis de relaciones de poder es que “las identidades estables
(como personas) son difíciles de construir; ellas son alcanzadas
únicamente en algunos contextos sociales; ellas son focos ana-
líticos no preconcebidos” (mi énfasis).30 De manera similar, la
condición de Estado es el resultado de luchas por control, y no
una base preconcebida sobre la cual dichas luchas suceden. Un
mundo social amplio y geográficamente abarcador es necesario
para que se desarrolle la identidad de un Estado. Los Estados
se convierten en centros de poder en la medida en que las iden-
tidades son definidas en redes de relaciones que varían en su
densidad geográfica (desde local a global) y en el grado al cual
los enlaces de las redes conducen a ganancias mutuas o asimé-
tricas para los actores. Así es como se desarrolla una jerarquía
de Estados de más a menos poderosos.
Un Estado es definido y reconocido como tal sólo en el mar-
co de un conjunto de relaciones que establezcan normas para lo
que es y no es un “Estado”. En otras palabras, y parafraseando
al teórico político Richard Ashley, un Estado no es ontológica-
mente anterior a un conjunto de relaciones entre Estados.31 El
poder de los Estados, por lo tanto, nunca es el resultado de las
acciones en una sola escala geográfica –la de Estados territo-
riales por sí solos– sino de reglas sociales que trabajan en una
escala geográfica más amplia y “desde abajo”. La condición de
Estado es resultado del reconocimiento mutuo entre Estados.32

29  Harrison White, Identity and Control: A Structural Theory of Social Action (Princeton,
NJ: Princeton University Press, 1992).
30  White, Identity and Control, 201.
31  Ashely, “The Poverty of Neorealism,” 240.
32  Thomas J. Biersteker y Cythia Weber, ed., State Sereignety as Social Construct (Cam-
bridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1996). El sociólogo John Meyer y sus colegas
han argumentado de forma convincente que los Estados nacionales han construido exógena-
mente entidades derivadas de los modelos mundiales construidos y propagados mediante el pa-
trocinio de países potencia y la difusión cultural global subsecuente. Véase, e.g., John W. Meyer
et al., “World Society and the Nation State”. American Journal Sociology 103 (1997): 144-179;
HEGEMONÍA 95

No es el resultado de “Estados aislados” alcanzando separa-


damente la condición de Estado y luego involucrándose unos
con otros como individuos abstractos. La importancia de la Paz
de Westfalia de 1648, por ejemplo, radica en su legitimación
entre élites políticas de los Estados territoriales de la Europa
emergente como un conjunto de centros neutrales de poder pú-
blico imponiendo orden en facciones religiosas beligerantes.33
La condición de Estado también adquiere legitimidad popular
de manera importante cuando los regímenes asociados (arre-
glos institucionales) y Gobiernos generan lealtad y apoyo como
la fuente principal de identidad política, muy dependiente de
un adecuado mapeo superpuesto de Estado y nación. Sin este
apoyo, el reconocimiento entre Estados queda vulnerable a los
desafíos “internos”.
Finalmente, el poder en redes de subjetividad emerge como
una mezcla entre capacidad cuantitativa o poder convencional
sobre otros y poder en el sentido de habilidad para vincular a
otros a redes de consentimiento. Términos tales como “poder
estructural” señalan este poder de consentimiento. Según esta
interpretación, sin embargo, un solo actor (tal como un Esta-
do hegemón) no puede crear consentimiento privilegiado au-
tomáticamente; más bien, se considera que el consentimiento
proviene de la fuerza de asociación entre actores basada en
normas y valores compartidos. En otras palabras, para citar
a los geógrafos Ash Amin y Nigel Thrift, el poder depende de:

La fuerza de asociación entre actores, la cual a su vez depende de


la habilidad de usar la red para reclutar la fuerza de otros y hablar
por ellos…
El poder es la acción de los otros. Si los actores tienen éxito serán
capaces de construir, mantener y expandir esas redes para actuar
a distancias considerable.34

y John W. Meyer, “The Changing Cultural Content of the Nation-State: A World Society Per-
spective,” en State/Culture: State-Formation after the Cultural Turn, ed. George Steinmetz
(Ithaca, NY: Cornell University Press, 1999).
33  Reinhart Koselleck, Critique and Crisis: Enlightenment and the Pathogenesis of Modern
Society (Oxford: Berg, 1988); Paul Hirst, From Statism and Pluralism (Londres: UCL Press,
1997), 2016-235. Sin embargo, la Paz de Westfalia no debe ser interpretada como un momento
fundacional de la condición de Estado (véase, e.g., Benno Teskchke, The Myth of 1648: Class,
Geopolitics, and the Making of Modern international Relations [Londres: Verso, 2003]).
34  Ash Amin y Nigel Thrift, “Institutional Issues for the European Regions: From Markets and
Plans to Socioeconomics and Power of Association”. Economy and Society 24 (1995): 50-51.
96 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

Esto incluiría, sin limitarse a ello, la redacción de agendas,


el silenciamiento de ciertas opciones, y otros modos de “movi-
lización del sesgo”. Por lo tanto, cubre necesariamente las “re-
glas del juego” (o hegemonía) entre los actores sobre quienes
el poder estructural pone la atención. Históricamente, entre
los Estados modernos territoriales estas normas han enfati-
zado el poder “fuerte” o coercitivo. Hoy en día, como sugieren
algunos analistas, estas normas involucran el uso más persua-
sivo del poder “suave” o de cooptación, con el cual el consen-
timiento se ha vuelto más significativo que la coerción.35 Esto
refleja el surgimiento de un mundo en el cual las transacciones
económicas difusas son cada vez más vitales para la construcción
de los poderes políticos que son los medios para coerción militar.
Pero, por definición, incluso la coerción requiere la aplica-
ción de reglas de conducta aceptadas comúnmente y tácita-
mente reconocidas.
Históricamente, las redes sociales en las cuales las relaciones
de poder cuantitativo y discursivo están insertadas han definido los
entornos geográficos. En la sociedad industrial occidental del siglo
XIX y principios del XX, por ejemplo, las redes estaban confinadas
a entornos rígidamente delimitados, estatal-territoriales, imperiales
y mundial-regionales. La comprensión de Jeremy Bentham sobre
el poder de la mirada reguladora ejercida a través de las buro-
cracias estatales ejemplifica la época, como Michel Foucault fa-
mosamente declaró. Un modelo núcleo-periferia regido por la
espacialidad del poder. En términos de Timothy Luke, “las dis-
tinciones relacionales y espaciales relativamente claras del es-
tatus social, la preeminencia cultural y la autoridad política se
desarrollaron de acuerdo con un espacio panóptico y limitado a
los medios impresos en las sociedades industriales tradicionales
o en las sociedades agrícolas industrializadoras”.36
En otras palabras, los vínculos de la fabricación de ma-
terias primas dentro de los imperios territoriales, las comu-
nicaciones basadas en medios impresos y los aparatos de
Estados centralizados produjeron un conjunto de relaciones
territorializadas entre nodos locales de redes con conexiones

35  Véase, e.g., Joseph Nye, “The Changing Nature of World Power”. Political Science Quar-
terly 105 (1990): 177-192.
36  Timothy [Link], Screens of Power: Ideology, Domination and Resistance in Informa-
tional Society (Urbana, IL: University of Illinois Press, 1989), 47.
HEGEMONÍA 97

más densas dentro de los límites del Estado y enlaces más


tenues alrededor del mundo.
En la “sociedad informacional” contemporánea, sin embar-
go, el carácter espacio-temporal de las relaciones de poder se
está transformando. Como Luke expresa esta tendencia:

Con la creciente hegemonía del capital corporativo transnacional,


los medios de información se convierten en la fuerza crítica en los
modos de producción modernos. Una nueva política de imagen, en
la cual la distribución autoritaria de valores y sanciones activan la
codificación y decodificación de imágenes ampliamente circulantes
por parte de grupos temáticos politizados, surge a la par y arriba de
la política de grupos intelectuales de la sociedad industrial. Cues-
tionar estas mitologías puede exponer algunas de las contradic-
ciones y dimensiones ocultas del poder impulsado por la imagen.
Pero, en general, la corriente sin fin de imágenes mitológicas jun-
tan el flujo de control de élite, aceptación masiva y consentimiento
individual en una nueva formación social informativa, la “sociedad
del espectáculo”.37

Este es un sistema de redes sin territorialidad en el cual los


nodos están ampliamente dispersos alrededor del mundo, aun-
que más densamente conectados dentro y entre Europa, Améri-
ca del Norte y Asia del Este, y aún limitados por las estructuras
territoriales del poder heredadas de la época anterior. La inte-
gración geográfica de las relaciones de poder de hoy día, por lo
tanto, es diferente en relación al pasado, en términos del equili-
brio relativo entre los elementos territoriales y geográficos de las
redes, así como el alcance geográfico bajo el cual se producen las
relaciones de poder.

Hegemonía estadounidense y la nueva


geografía del poder

¿Cómo surgió esta nueva geografía del poder? Desde luego


que los cambios económicos y tecnológicos asociados a la re-
ducción o ampliación del mundo (según la perspectiva que se
37  Luke, Screens of Power, 51.
98 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

tenga) han tenido un impacto significativo. El crecimiento de


las corporaciones transnacionales, de los mercados financieros
mundiales y de las innovaciones tecnológicas tales como la ace-
leración del uso de los containers o contenedores, el fax y el in-
ternet han sido primordiales. Sin embargo la difusión de esto
solo ha sido posible debido a los cambios en las identidades, los
valores y los intereses implantados mientras EE. UU. tuvo una
influencia determinante sobre la política mundial. Por ejemplo,
la historia económica de EE. UU. ha estado caracterizada en
gran medida por la sustitución de innovaciones tecnológicas por
trabajo, como es el caso del reemplazo de los contenedores por
el trabajo manual en los muelles y la invención del internet que
surgió directamente del conflicto de la Guerra Fría con la Unión
Soviética. Dicho de otra manera, la nueva geografía del poder a
la que me referí anteriormente no hubiera sucedido sin la he-
gemonía estadounidense. Tal hegemonía creó un ambiente po-
lítico mundial diferente al proyectar como políticas mundiales
convenciones y prácticas políticas y económicas desarrolladas
anteriormente en EE. UU.38
La influencia de EE. UU. ha sido especialmente difundida
y potente en comparación con épocas anteriores que podrían ser
identificadas con la “hegemonía” de otros Estados.39 En primer
38  Algunos autores destacan “Estado occidental global” emergente o “Estado de mercado”
como la forma política fundamental del orden constitucional mundial de la contemporaneidad,
por ejemplo, Martin Shaw, Theory of the Global State: Globality as Unfinished Revolution
(Cambridge, Inglaterra: Cambridge Univresity Press, 2000) y Philip Bobbitt, The Shield of
Achilles: War, Peace, and the Courses of History (Nueva York: Knopf, 2002), respectivamente,
pero sin rastrear sus raíces americanas. En ninguno de los casos se detecta una geografía cam-
biante del poder, probablemente porque cada uno sigue estando apegado a un ideal de Estado
territorial como el agente y contenedor de la acción política y social, independientemente del
“orden constitucional” en cuestión.
39  Algunos analistas afirman que Gran Bretaña estuvo más comprometida con la hegemo-
nía de los bienes públicos de lo que han estado los EE. UU., mientras otros afirman que los
EE. UU. sustituyeron exitosa y progresivamente la coerción por la hegemonía desde los años
1970; aún otros declaran que ambos han sido imperios para los cuales la palabra “hegemo-
nía” es simplemente un eufemismo. Sobre las dos primeras, una, véase una perspectiva muy
bien articulada: Beverly J. Silver y Giovanni Arrighi, “Polanyi’s ‘Double Movement’: La Belle
Époque de la Hegemonía comparada del Reino Unidos y de los [Link].”. Politics and Society
31 (2003): 325-355; y, tercero, Niall Ferguson, “Empire or Hegemony?”. Foreing Affairs 82,
5 (2003): 154-161. Es innecesario decir que el argumento de este libro es que EE. UU. ha
establecido las bases para la primera y única sociedad de mercado o hegemonía capitalista.
Muchos de los capítulos en Patrick Karl O’Brien y Armand Clesse, ed., Two Hegemonies: Bri-
tain 1846-1914 and the United State 1914-2001 (Aldershot: Ashgate, 2002) se acercan a esta
posición pero sobre todo en términos de políticas monetarias y de comercio más que en lo que
respecta a la sociedad de mercado más ampliamente. Para una descripción concisa del caso de
la singularidad de los EE. UU. como hegemón, con la cual yo estoy casi totalmente de acuerdo,
véase Partick O’Brien, “Myth of Hegemony”. New Left Review 24 (2003): 113-134.
HEGEMONÍA 99

lugar, la hegemonía estadounidense se ha basado en el rechazo a


los límites territoriales para su influencia, como necesariamente
sucedería si fuera imperio. En este sentido, ha sido una apuesta
no territorial, aún cuando hubo períodos en los que se aplica-
ron estrategias territoriales como en el caso de la Guerra His-
pano-Estadounidense. EE. UU. no es sólo uno más en una larga
lista de países hegemones que alcanzaron el “poder” mundial
compartiendo una forma de actuar. En épocas anteriores, tales
como durante la hegemonía británica en el siglo XIX, la influen-
cia ejercida estaba mucho más circunscrita geográficamente. En
efecto, Gran Bretaña tenía poca o incluso nada de hegemonía en
Europa. Fuera de Europa su imperio era fundamental para su
compañía, aunque había una inversión considerable y comercio
con EE. UU., América Latina, así como otras partes del mundo.
El mundo entero se ha convertido en la ostra americana, por así
decirlo; particularmente desde del fin de la Guerra Fría, que tra-
jo consigo dentro de la órbita económica y cultural estadouni-
dense incluso a antiguos adversarios como Rusia y China.
En segundo lugar, la hegemonía ha sido un potente caldo de
cultivo con diversas doctrinas económico-políticas y culturales,
y de reglas de conducta que son generalmente el resultado del
consentimiento y la cooperación más que de la coerción direc-
ta. Excepto entre algunos grupos de “anglófilos”, Gran Bretaña
nunca tuvo la misma influencia alrededor del mundo. Más im-
portante aún, creer que la globalización resultante está basada
simplemente en la coerción es un profundo error. Esta es el re-
sultado de la automotivación de personas a adoptar prácticas,
rutinas y perspectivas que no solo aceptan sino que consideran
como propias. Esto ha sido el “genio” de la hegemonía estadou-
nidense: reclutar a otros a su ejercicio. Sin embargo, este caldo
de cultivo no apareció de la nada inmediatamente después de
que EE. UU. hiciera uso de sus recursos para convertirse en una
súper potencia mundial. Ya se estaba fomentando a nivel nacio-
nal dentro de un contexto económico, político y cultural que ha
tenido cualquier cantidad de similitudes históricas significativas
con el mundo exterior: una historia de graves y persistentes con-
flictos geográficos y sociales; un sistema de Gobierno fundado
en la división institucional del poder; un sistema capitalista e
industrial que ha evolucionado sin mucha dirección central o
regulación negativa; una población de orígenes multiétnicos;
100 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

partidos políticos débiles; trabajo organizado; y, desde 1890 en


adelante, la primera economía política destinada a convertir la
producción y el consumo en círculos virtuosos (eventualmente
en la forma del fordismo).
Ahora, hablaré sobre cómo la hegemonía estadounidense se
conecta con la nueva geografía del poder asociada con la globa-
lización. En el capítulo 4 se encuentra una interpretación empí-
ricamente más detallada sobre el “contenido” de la hegemonía
estadounidense cuando emergió en el siglo XIX y a comienzos
del siglo XX. Hay cinco elementos lógicos en el argumento so-
bre el vínculo entre la hegemonía estadounidense y la geografía
del poder característica de la globalización contemporánea. En
primer lugar, es de central importancia el hecho de que EE. UU.
ha sido una sociedad de mercado más o menos desde el princi-
pio en el cual se difundió un consenso social sobre la rectitud de
las decisiones del mercado, basadas en la “naturalidad” de las
transacciones de mercado como determinantes para el curso de
la vida40. Por lo tanto, las relaciones del intercambio de mercado
han tendido a predominar por encima de –usando la termino-
logía de Karl Polanyi– las relaciones recíprocas (por ejemplo,
familiares) o redistributivas (por ejemplo, impuestas por el Es-
tado) en la mayoría de las esferas de la vida. Aunque esto fue
rebatido desde el inicio y ocasionalmente a partir de entonces
(particularmente en la era New Deal desde 1930 hasta 1960), las
convenciones sociales del mercado en relación a sueldos, costos,
valores de tierras, entre otros, han tendido a ser ampliamente
aceptados como la forma correcta de organizar la sociedad (no
solo la “economía”).41 De este modo, el estatus social de EE. UU.
ha estado ampliamente basado en el control sobre recursos,

40  La mayor parte de la literatura antropológica sobre “el mercado” tiende a asociar tanto
ideas sobre su incidencia práctica como sobre el poder de la retórica del mercado con “Occiden-
te”. Por ejemplo, James G. Carrier, ed., en Meaning of the Market: The Free Market in Western
Culture (Nueva York: Berg, 1997, ix), cataloga a “Occidente como la tierra del mercado”. Esta
etiqueta geográfica requiere cierta deconstrucción.
41  Alternativamente, la sociedad de mercado está asociada con el aumento del comporta-
miento instrumental en detrimento del comportamiento consuetudinario y en respuesta a ór-
denes, a medida en que los individuos buscan en los mercados, más que en las comunidades
o en las autoridades, soluciones al desafío de los cambios sociales. En cualquier caso real, por
supuesto, el flujo de la conducta no es simplemente unidireccional o sin contradicciones. Sobre
esto, véanse los argumentos, por ejemplo, de Peter Temin en Taking Your Medicine: Drugs
Regulation in the United States (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1979), 162-192; y
Naomi Lamoreaux, “Rethinking the Transition to Capitalism in the Early American Northeast”.
Journal of American History 90 (2003): 437-461.
HEGEMONÍA 101

justificado en términos del resultado de las transacciones del


mercado en lugar de herencia social, independientemente de si
este es, en efecto, el caso. La promesa de la sociedad americana
se expresó cada vez más en términos de aumento de ingreso pro-
medio y el consumo que hacía esto posible, más que en la remota
posibilidad de entrar en las filas de los ricos y famosos. Si la “fase
heroica” en la historia estadounidense terminó en 1890 cuando
el asentamiento fronterizo de los pioneros llegó a su “fin”, esta
fue remplazada por una nueva fase en la que la fábrica y la pro-
ducción industrial para el consumo masivo se hicieron los temas
principales del “experimento”42 americano.
El mercado, en la sociedad de mercado, no es simplemente
un mecanismo o un medio (como en el marxismo clásico o en la
economía neoclásica); a través de su mercantilización de bienes
y personas, proporciona las bases de la cultura del capitalismo
americano43. Sin embargo, desde los albores del capitalismo, el
mercado siempre ha tenido que ajustarse a instituciones socia-
les preexistentes y al activismo social dirigido en contra de su
depredación económica y su redistribución de poder. Este fue
mucho menos el caso de EE. UU. que el de Europa o Japón, pues
desde su fundación como avanzada europea en América del Nor-
te hasta y después de su independencia de Gran Bretaña, surgió
una sociedad profundamente capitalista en la cual el mercado
no había sido inserto en medio de acuerdos sociales existentes
sino que constituía en gran medida la estructura misma de la
vida cotidiana para segmentos de población en constante creci-
miento en el interior del país así como en el litoral. En palabras
del historiador Charles Sellers: “El despegue de la economía es-
tadounidense fue impulsado por la iniciativa inusualmente fre-
nética de su mercado. Los colonos americanos persiguieron la
riqueza con mayores libertades que los propios europeos porque

42  Este punto es abordado firmemente por Jim Cullen en The American Dream: A short His-
tory of the Idea that Shaped a Nation (Nueva Yo0rk: Oxford University Press, 2003).
43  Una reformulación de los elementos centrales de los argumentos de Karl Polanyi, econo-
mista y periodista húngaro, y Antonio Gramsci, pensador y activista comunista italiano, puede
proveernos de argumentos teóricos sobre (1) la importancia vital de la sociedad civil en el ca-
pitalismo avanzado y (2) la supervivencia del capitalismo a través del reemplazo de conflictos
irreconciliables (entre el capital y el trabajo) con el antagonismo cooperativo característico de
la hegemonía capitalista posmoderna. Michael Burawoy recientemente contribuyó con una bri-
llante síntesis teórica en este sentido. Véase “Michael Burawoy, “For a Sociological Marxism:
The Complementary Convergence of Antonio Gramsci y Karl Polanyi”. Politics and Society
31(2003): 193-261.
102 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

no estaban ensombrecidos ni asediados por aristócratas e ins-


tituciones posfeudales. Asimismo, persiguieron la riqueza más
ávidamente porque esto los convertía en el equivalente america-
no de la aristocracia”.44
El término “fordismo” es comúnmente aplicado a la transfor-
mación programática de una economía, como se experimentó por
primera vez en EE. UU. a principios del siglo XX cuando Henry
Ford y otros poderosos empresarios organizaron no solo sus
fábricas sino también su mano de obra. El incremento de la
producción (y de ahí, la rentabilidad) fue visto como depen-
diente cada vez más del creciente poder adquisitivo, y por tanto
el consumo de la mano de obra se comprometió con la produc-
ción. A través de las economías masivas de escala, los produc-
tos de las compañías estadounidenses estuvieron disponibles
a un ejército de consumidores americanos que generaron los
ingresos que ellos mismos necesitaban para adquirir esos pro-
ductos a través del trabajo en las fábricas. Aplicado por prime-
ra vez a la experiencia americana tal como lo explicó en 1920
Antonio Gramsci en su Cuadernos de la cárcel, el término “for-
dismo” fue repopularizado en 1970 para referirse de manera
más general a un modo de organización capitalista que había
remplazado el capitalismo liberal estudiado por Karl Marx.45
Sin embargo, para Gramsci el término fordismo creció fuera de
la experiencia concreta del desarrollo económico político esta-
dounidense; no fue un nacimiento universal. A medida en que
fue difundido por todas partes como una solución de los fracasos del
capitalismo liberal, él señaló la emergencia de una “época america-
nizada” basada en un nuevo balance entre el Estado y el mercado
que él llamaba “americanismo”. Gramsci consideraba que el poder
del mercado en relación con el Estado en EE. UU. era resultado,
por un lado, de la debilidad de la clase rentista (fuera del sur), con
su presión sobre los Gobiernos por mantener el valor de las rentas
de la tierra y, por el otro lado, de la “simplicidad social” del país en
comparación con países con campesinados numerosos, aristocra-
cias y grupos de artesanos, cuya población vivió la emergencia del
modelo industrial como resultado de la libertad económica y no

44  Charles Sellers, The Market Revolution: Jackosonian America, 1815-1846 (Nueva York:
Oxford University Press, 1991).
45  Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks (Nueva York: International Pub-
lishers, 1971).
HEGEMONÍA 103

de una imposición centralizada. A medida en que se difundiera el


fordismo también lo haría el americanismo, ahuecando Estados
fuertes y creando mayor simplicidad social en relación a las distin-
ciones y estatus en su camino.
En opinión de Gramsci, el americanismo “manifiesta su
expresión política en una filosofía exactamente antagónica al
jacobinismo de estilo europeo” en el cual el Gobierno local y
la iniciativa privada son consideradas preferibles al Gobierno
centralizado porque se les ve como más eficaces y receptivos.46
Irónicamente, por supuesto, esta sociedad de mercado ha
producido el capitalismo monopolista. Debido a que ha traí-
do consigo mayores ingresos, innovación y consumo, es visto
en general bajo una luz relativamente benigna. Sin embargo,
Gramsci señala que el mercado en sí mismo es a menudo insu-
ficiente para mantener el modelo industrial en funcionamiento.
Los capitalistas industriales a menudo deben imponer normas
de comportamiento a sus trabajadores, e incluso el Gobierno
interviene cuando se considera que un “mal” social mayor tal
como el alcoholismo requiere una acción más concertada, como
la prohibición de la venta del mismo. Este es un signo de que
el fordismo no podía depender enteramente de las relaciones
integrales con la fábrica y la empresa (como la relación sala-
rial) sino que necesitaba una racionalización de las identidades
personales para crear el consentimiento social que sólo podía
ser proporcionado por la mediación política. El consentimiento,
pues, no se elige libremente, sino que se construye en la unión
entre el Estado y la sociedad civil, donde el mercado sirve de
nexo práctico e ideológico entre ambos.47
No obstante, incluso cuando el fordismo entró en crisis en
la década de 1970, la “magia del mercado” mantuvo su atrac-
tivo, sugiriendo que el americanismo siempre había dependido
menos de la fábrica y más de la ideología y la política de lo que
Gramsci quizás había pensado. Una de las principales ironías
de la sociedad estadounidense es que es intensamente religiosa,
aunque extremadamente hedonista. Las justificaciones religio-
sas para las soluciones de mercado ante los dilemas de la vida y

46  Silvio Suppa, Parsons Politico: Una lettura dell’americanismo (Bari, Italia: Dedalo, 1984, 35).
47  Antonio Gramsci, “Americanismo e Fordismo, en Quaderni del carcere, Vol. III (Turín,
Italia: Einaudi, 1975, 2137-2181). Para Gramsci, el fordismo no era el fenómeno universal del
que se habla en muchos relatos neomarxistas. Tuvo claras raíces en la experiencia americana.
104 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

la debilidad de las organizaciones colectivas que podrían cues-


tionar la sabiduría convencional, particularmente los sindicatos
que podrían ir más allá del lugar de trabajo en sus concepciones
de la “buena sociedad”, sin duda justifican parte del atractivo
continuo de la sociedad de mercado. La creencia religiosa no es
simplemente una ilusión que un análisis político serio pueda obviar
como epifenómeno. En realidad, EE. UU. “nació protestante”,
como dice el filósofo político Dick Howard.48 Los puntos de vista
americanos sobre la libertad y la igualdad tienen su fuente en “el
énfasis en la validez equitativa de la experiencia (espiritual) de
cada persona”.49 Esto nos aleja del énfasis en asegurar la igual-
dad material hacia la meta de asegurar que cada persona tenga
la posibilidad de automejorarse. Aquellos que fracasan en esta
tarea, en sus propios ojos y en los de otros (y es el éxito material
el que se considera el indicador más visible de éxito y fracaso)
no sólo son responsables del resultado, sino que también están
condenados y no merecen compasión ni ayuda. Esta perspectiva
cultural tiene dos consecuencias. Desde el punto de vista social,
sugiere que la estratificación por clase y por estatus es princi-
palmente el resultado del esfuerzo individual y que no se puede
hacer mucho al respecto sin el riesgo moral de recompensar a
los que no lo merecen. Políticamente, conlleva a la lectura de
que EE. UU. es una “especie de ideología viva y vivida” que se
elige de manera muy parecida a la iglesia que uno escoge para
unirse.50 El puritanismo estadounidense, por lo tanto, sólo po-
día ser “llamado” para el deber de regular el comportamiento
social bajo el fordismo (haciendo cumplir los roles de género en
el hogar y el trabajo, enfatizando el trabajo como algo central en
la vida, etc.) porque ya tenía una poderosa y continua presencia
cultural en la sociedad civil estadounidense.51
Una narrativa nacional relacionada, aunque más seculari-
zada, del “yo liberal” ha sido probablemente al menos igual de
significativa. Aprendida en el hogar, en la escuela y a través de
los medios de comunicación popular, la narrativa nacional ha
sido el “discurso de la libertad” en el que “la cultura nacional
48  Dick Howard, The Specter of Democracy (Nueva York: Colombia university Press, 2002),
Capítulo 12, nota al pie 19.
49  Howard, The Specter of Democracy, 231.
50  Howard, The Specter of Democracy, 232.
51  Gramsci, “Americanismo e Fordimos,” 2165, se refiere a las ‘puritanas’ iniciativas de los
industrialistas americanos fordistas.
HEGEMONÍA 105

se ha entendido a sí misma como un experimento colectivo en


la libertad humana y como tal, modelo y símbolo de las aspira-
ciones del mundo”.52 Es distintivo en su énfasis en el yo como
agente de cambios y, por lo tanto, en la ausencia de coerción
en relación con otras sociedades. Fue un escenario propicio
para el surgimiento de una hegemonía fuertemente orientada al
mercado, contradictorio como parecería sugerir la compulsión
implícita de la hegemonía y la acción voluntaria implícita en el
mercado. Aunque cuestionada episódicamente en la historia es-
tadounidense, y nunca tanto como desde finales de los años 60,
la narrativa nacional ha tenido una persistencia notable, siendo
reciclada en la retórica de políticos y en los pronunciamientos de
intelectuales públicos. Sus partidarios más vociferantes hoy en
día son los neoconservadores y liberales críticos de las relecturas
republicanas y multiculturales de la sociedad estadounidense.
En el pasado, esto tuvo una influencia incuestionable en gran-
des segmentos de la población estadounidense. Se basaba en la
aceptación de la autoridad no reconocida, no del despotismo o la
tiranía, sino del poder de los “límites internalizados” (principal-
mente de fuentes religiosas) y de las “limitaciones instituciona-
les” (de la comunidad, el mercado y los instrumentos jurídicos)
utilizando “incentivos voluntaristas”. Observadores del EE. UU.
prebélico, como De Tocqueville, pensaron que estos incentivos
producían conformidad frente a un individualismo desenfrena-
do.53 La capacidad de incidencia estadounidense, por lo tanto,
dista mucho de ser una libertad individual sin restricciones. Es,
más bien, la búsqueda restringida por parte de los individuos de
metas colectivas tales como la membresía activa en el sistema
político estadounidense.54
El segundo eslabón del argumento pasa de la sociedad de
mercado y su mutación a lo largo del tiempo a las consecuencias
sociales y geográficas. EE. UU., debido a que estaba formado en
gran parte por inmigrantes que habían abandonado comunidades
locales sólidas en sus países de origen porque estaban desafectos
o excluidos y fueron en busca de mejores vidas, se convirtió en la
52  James E. Block, A Nation of Agents: The American Path to a Modern Self and Society
(Cambridge, MA: Harvard University Press, 2002, 1).
53  Block, A Nation of Agents, 34.
54  La antropóloga Mary Douglas (The World of Goods [Nueva York: Basic Books, 1979]) cla-
sifica a EE. UU. como “una cuadrícula débil, una sociedad grupal débil,” en dicho grupo los
valores son impuestos a través de la elección individual.
106 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

tierra de los “débiles” lazos sociales.55 El mercado militó a favor


de la vida como una perpetua actividad de negociación, mientras
que la combinación de personas de una amplia gama de orígenes
nacionales, religiosos y étnicos alentó redes sociales en las que se
otorgaba más importancia a las relaciones especializadas que a
las relaciones con múltiples propósitos. Juntos, el mercado y la
inmigración hicieron de redes sociales con interacciones densas
y polivalentes unas relaciones mucho más difusas y con fines es-
pecializados. La facilidad de la migración interna y la creación
de mercados nacionales continentales de consumo después de
la Guerra Civil se combinaron para estimular una red basada
en la ciudad, en la que los flujos de capital, personas, bienes
e ideas saltaban entre las ciudades y a través del país sin el
control centralizado y la vigilancia estatal que caracterizaba a
muchos Estados europeos. El territorio no se consideraba una
barrera importante para la circulación como lo era en Europa,
al menos hasta la llegada del ferrocarril. Podía superarse conec-
tando ciudades y asentamientos muy dispersos. Las virtudes y
rentabilidad del movimiento, entonces, caracterizan la geogra-
fía de la sociedad estadounidense más que el compromiso con
el territorio y los bienes locales y fijos.56
El tercer eslabón de la cadena viene dado por la peculiar na-
turaleza del Gobierno estadounidense. El carácter de división
funcional y geográfica del Gobierno de EE. UU. hizo que la so-
ciedad estadounidense estuviera particularmente abierta a la de-
pendencia del mercado como modelo y metáfora. En su aparente
pasividad con respecto a la sociedad, el Gobierno estadounidense
ha cumplido generalmente, excepto en períodos especiales como
el New Deal de los años 30, para posibilitar o dar bendiciones

55  De este modo, uno de los requerimientos para el logro de redes sociales de larga distancia,
tales como aquellas que constituyen actualmente la emergente red de la economía global, al-
gunas basadas en muchos “lazos débiles,” fue elaborado por primera vez como un prototipo a
gran escala en los EE. UU. Véase a Mark Granovetter, “The Strength of Weak Ties”. American
Journal of Sociology 78 (1973): 1360-1380; y Mark Buchanan, Nexus: Small Worlds and the
Groundbreaking Theory of Networks (Nueva York: Norton, 2002), capítulo 2. La obsesión de
algunos analistas como Robert Putnam con el “reestablecimiento” de asociaciones y comunida-
des fuertes en los EE. UU. parece olvidar el hecho de que el ingenio peculiar de la sociedad esta-
dounidense ha sido precisamente la ausencia de tales fuertes comunidades (véase, e.g., Robert
D. Putnam, Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community [Nueva York:
Simon and Schuster, 2000]).
56  Otra forma de exponer esto podría ser que los EE. UU. fue donde el movimiento y la rapi-
dez superaron la distancia a escala continental por primera vez. De manera más general, véase
a Paul Virilio, Speed and Politics: An Essay on Dromology (Nueva York: Semiotext[e], 1986).
HEGEMONÍA 107

públicas a las iniciativas privadas. En EE. UU., los términos pú-


blico y privado han tomado significados diferentes de los que
tenían en Europa en los siglos XVIII y XIX. Particularmente, el
alcance de la acción gubernamental se ha limitado a la restricción
del propio Gobierno o al fomento de la empresa privada, excepto
en relación con la “seguridad nacional”. Lo que se ha llamado la
“revolución de mercado” de finales del siglo XVIII y principios
del XIX produjo un auge comercial que “hizo de la promoción gu-
bernamental del crecimiento económico la dinámica central de
la política estadounidense”. Las élites empresariales necesitaban
que el Estado garantizara la propiedad; que hiciera cumplir los
contratos; que proporcionara estructuras jurídicas, financieras y
de transporte; que movilizara los recursos de la sociedad como
capital de inversión; y que trucara los dados legalmente a favor
de las empresas de innumerables maneras”.57 Esto es cualquier
cosa menos un simple Estado pluralista de mera tolerancia o,
como lo considerarían los teóricos políticos del siglo XIX, “un
Estado vigilante nocturno”. Mejor dicho, el Gobierno ha sido
un instrumento de integración y equilibrio, allanando el cami-
no para las iniciativas privadas y el cebado público de la bomba
económica nacional. En este sentido, el Gobierno estadouniden-
se ha desempeñado las “funciones” de la sociedad en general que
le atribuyen sociólogos estadounidenses como Talcott Parsons
en el concepto de “sistema político”. Esta terminología delimi-
ta precisamente la diferencia histórica concreta entre las ins-
tituciones de regulación política en EE. UU. y en otras partes,
especialmente en Francia cuyo “Estado” tiene poca o ninguna
relación en la formación o función de su “aparato” equivalente al
otro lado del Atlántico.58 No es de extrañar, por lo tanto, que el
Gobierno de EE. UU. y las empresas estadounidenses presionen
por un rol de gobierno limitado en sus esfuerzos de cabildeo en
el extranjero y en las instituciones internacionales que dominan.
El cuarto elemento en el argumento es que, a medida que
EE. UU. se convirtió en el país más rico del mundo a principios

57  Sellers, The Market Revolution, 32.


58  Suppa, Parsons Politico. No se trata de un riesgo menor el exagerar los rasgos comunes del
“Estado de bienestar” que caracterizaron el “fordismo atlántico”, cuando la versión estadouni-
dense fue mucho menos extensiva e intensiva que aquella producida por europeos mucho más
Estado-céntricos después de la Segunda Guerra Mundial, aún cuando se le asigna correctamen-
te la mayor parte de la influencia al modelo industrial estadounidense. (Véase, e.g., Bob Jessop,
The Future of the Capitalist State [Cambridge, Inglaterra: Polity Press, 2002]).
108 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

del siglo XX y más tarde lo tradujo en fuerza política y militar, tra-


jo consigo su propia experiencia histórica sobre cómo manejar y
desarrollar sus relaciones exteriores. No había una mera “traduc-
ción del imperio” (o hegemonía) en la que EE. UU. simplemente
siguiera las formas y medios de poder previamente ejercidos por
los británicos o incluso por los antiguos romanos. La visión cíclica
común del auge y la caída de las hegemonías llama la atención
sobre el papel de los Estados “clave” en el funcionamiento de la
política mundial pero al centrarse excesivamente en la identidad
de los hegemónicos, esta visión a menudo pierde el carácter dis-
tintivo de la hegemonía que ejercen. En el caso de EE. UU. se trata
de una economía política histórica cuyo lema “fue, parafraseando
a Robert Cooper, ‘serás libre de hacer tratos’, y una política exte-
rior que reconcilió su creencia en el excepcionalismo norteameri-
cano con su creencia en la misión norteamericana al actuar bajo
el principio ‘seremos libres de actuar unilateralmente’”.59 Tal vez
proyectamos hacia atrás sobre hegemonías anteriores muchas de
las características que hemos llegado a dar por sentado de la he-
gemonía ejercida por EE. UU. en el siglo XX.
EE. UU. emergió lenta e irregularmente como actor mun-
dial de preeminencia, como dejo claro en los capítulos 4 y 6. Sólo
después de la década de 1890 EE. UU. emergió como una de las
grandes potencias, tanto económica como militarmente. Después
de su decisiva intervención en la Primera Guerra Mundial, el pre-
sidente estadounidense Woodrow Wilson intentó forjar un orden
mundial basado en una proyección de los valores y las institucio-
nes estadounidenses. Aunque el Tratado de Versalles no resultó
en lo absoluto como Wilson quería, esperaba que una futura Liga
de las Naciones pudiera rectificar sus errores. Esto no ocurrió, so-
bre todo porque Wilson no quiso negociar algunas de sus caracte-
rísticas y porque muchos estadounidenses no estaban dispuestos
a aventurarse en el terreno internacional desconocido. Wilson
comprendió, sin embargo, como muchos en su momento no lo
entendieron, que el mundo estaba al borde de una crisis histórica
a la que su versión del internacionalismo capitalista acabaría re-
sultando ser una solución.60
59  Walter LaFeber, “The United States and Europe in an Age of Uniteralism,” en The Amer-
ican Century in Europe, ed. R. Laurence Moore and Maurizio Vaudagna, 27-28 (Ithaca, NY:
Cornell University Press, 2003).
60  Como lo señala Massimo L. Salvadori, “Utopia and Realism in Woodrow Wilson’s Vision
of the International Order” en The American Century in Europe, ed. R. Laurence Moore y
HEGEMONÍA 109

A los efectos del presente texto, es preciso hacer hincapié en


tres puntos. El primero es que el plan del presidente Woodrow Wi-
lson para el orden mundial después de la Primera Guerra Mundial
fue de hecho retomado después de la Segunda Guerra Mundial con
un mayor énfasis en la creación de un nuevo orden económico in-
ternacional. La respuesta del New Deal de EE. UU. a la depresión
de la década de 1930 sugirió que los mercados requieren que las
instituciones reguladoras funcionen adecuadamente. Las Nacio-
nes Unidas (ONU), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Inter-
nacional (FMI), el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros
y Comercio (GATT [por sus siglas en inglés] que luego sería la
Organización Mundial del Comercio [OMC]) y muchas otras ins-
tituciones tienen su origen en este período. La posición econó-
mica de EE. UU. al final de la guerra sugirió que sólo EE. UU. era
capaz de inscribir a otros Estados en su operación.61
El segundo punto es que sin el desafío de la Unión Soviética
después de la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía estadou-
nidense habría carecido de la gran amenaza que dio ímpetu a
los programas y alianzas más formales (como el Plan Marshall
para Europa y la Organización del Tratado del Norte [OTAN])
que sentaron las bases políticas para llevar el mundo “al mer-
cado”. Este desafío ideológico, militar y económico tuvo el efec-
to de poner a las élites políticas extranjeras bajo el “paraguas”
de la seguridad estadounidense y de estimular una economía
militar en EE. UU. que había cobrado vida durante la Segunda
Guerra Mundial.62
El tercer punto es que, aunque de la boca para afuera elogien el
“libre comercio” y la libertad del capital, las empresas estadouniden-
ses y el Gobierno de EE. UU. han estado más orientados a incorporar
el mundo a un mercado único que en garantizar su funcionamiento
justo. La hegemonía es por definición asimétrica. Sin embargo, la

Maurizio Vadagna (Ithaca, NY: Cornell University Press, 2003), la visión de Wilson ha supe-
rado en la práctica a aquellas de sus principales oponentes extranjeros, desde Clemenceau y
Lloyd George a Lenin y Mussolini.
61  Mark Ruppert, Producing Hegemony (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press,
1995). Aún si motivado de forma instrumental, David W. Noble, Death of a Nation: American
Culture and the End of Exceptionalism (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2002),
298, argumenta de manera plausible que desde los años 1940 los líderes políticos estadouni-
denses reemplazaron el “panorama nacional” por el “mercado internacional” como un “espacio
intemporal” donde se localiza el ideal americano. De acuerdo a su relato estos habían estado
previamente bajo tensión entre sí.
62  Agnew y Corbridge, Mastering Space, 37–44.
110 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

incorporación del mundo a una sociedad de mercado estadou-


nidense, inicialmente en el “mundo libre” de la esfera ameri-
cana de la Guerra Fría pero recientemente en todo el mundo, se
ha basado en la exportación de modelos culturales-económicos,
primero el fordismo pero más recientemente la producción flexi-
ble que tiene sus raíces en la experiencia americana.63
Entre paréntesis, y desde esta perspectiva, rastrear el impulso
ideológico de la globalización (generalmente bajo la etiqueta de
“neoliberalismo”) a los teóricos del mercado que fueron popula-
res durante la presidencia de Reagan en los años 80, como Von
Hayek y Friedman, pierden de vista tanto la historia más larga del
modelo de mercado americano como sus orígenes prácticos más
que teóricos o académicos. Reagan se comercializó a sí mismo
como el americano por excelencia, poniendo su fe en el “milagro
del mercado”. Su popularidad generalizada reflejaba esta identi-
dad más que compromiso con ciertos teóricos del mercado.64
Más allá de las costas americanas, la hegemonía estadouni-
dense no ha sido llevada a todas partes de la misma manera. Ha
habido una geografía definitiva para su funcionamiento. En algu-
nas partes del mundo y durante muchos años, como la antigua
Unión Soviética y China desde 1947 hasta 1990, no funcionó en
absoluto excepto en términos que definen ciertas reglas minima-
listas de comportamiento interestatal. En relación con Europa
Occidental y Japón, se ha tendido a hacer hincapié en lograr un
alto grado de consenso. Sin embargo, desde la década de 1970, el
Gobierno de EE. UU. ha recurrido a una coerción mucho mayor,
especialmente a través del uso de políticas monetarias para be-
neficiar los intereses estadounidenses, en particular en los sec-
tores económicos basados a la exportación. En la zona costera
del este y sudeste asiático, las políticas estadounidenses de la
Guerra Fría ayudaron a sentar las bases para el establecimiento
de economías basadas en la exportación durante las décadas de
1980 y 1990. En gran parte del resto del mundo, particularmente
63  Mark Rupert, Ideologies of Globalization: Contending Visions of a New World Order
(Londres: Routledge, 2000), capítulos 2 y 3. David Singh Grewal, “Network Power and Glo-
balization”, Ethics and International Affairs 17 (2003): 89–98, argumenta que el resultante
“poder interconectado” constituye un tipo de “imperio informal”. Sin embargo, argumenta que
esto debe sostenerse necesariamente en teorizar el poder de tal manera que “no se parezca a la
orden de un superior político” (pág. 90). La elección de la palabra “imperio”, por lo tanto, deja
mucho que desear.
64  En el capítulo 6, hablo de las políticas económicas del período de Reagan con mucho ma-
yor detalle del que me es posible en este punto.
HEGEMONÍA 111

en América Latina y el Medio Oriente, EE. UU. ha adoptado un


enfoque mucho más coercitivo en el derrocamiento de los regí-
menes y en el apoyo a déspotas favorecidos. Sólo desde los años
1980, y en gran medida a través de instituciones como el FMI y
el Banco Mundial, se ha ampliado la hegemonía estadounidense,
a menudo de manera coercitiva pero también con connivencia
de las élites extranjeras, a la extensión de la sociedad de merca-
do en todo el mundo.
El resultado neto de este proceso ha sido un énfasis en
extender el poder indirectamente a través de la inscripción
privada, más que directamente a través de la coerción. Las
amenazas públicas también pueden ser utilizadas, pero si es
así, generalmente se dirigen a actores mucho menos podero-
sos. Ha sido particularmente desde la década de los 70, aún
cuando el predominio económico general de EE. UU. ha dis-
minuido pero su posición político-militar se ha mantenido,
que el Gobierno estadounidense ha recurrido en mayor me-
dida a aquellas políticas orientadas al mercado (generalmente
calificadas colectivamente como neoliberalismo o liberalismo
transnacional) que combinan la cooptación y el reclutamiento
con amenazas coercitivas de fondo sobre las que la hegemonía
doméstica en EE. UU. ha dependido durante mucho tiempo.
Por lo tanto, no es una mera coincidencia que los cimientos y
el crecimiento de la globalización hayan ocurrido durante el
período de centralidad estadounidense en la política mundial.
Su geografía de poder es la que se deriva lógicamente del po-
der en red que ha sido cultivado durante mucho tiempo dentro
de la sociedad de mercado estadounidense. La revolución de la
información y las comunicaciones que comenzó en los años 70
ciertamente aceleró su expansión. “Pero la tecnología no fue
la causa, sólo el medio. La fuente [inmediata] de la globaliza-
ción fue el proceso de reestructuración capitalista que buscó
superar la crisis de mediados de los 70”.65 Además, detrás de
esta crisis está el modelo cultural-económico de EE. UU. y su
hegemónica posición mundial.66
65  Martin Carnoy y Manuel Castells, “Globalization, the Knowledge Society, and the Network
State: Poulantzas at the Millennium”. Global Networks 1 (2001): 5.
66  Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Cambridge, MA: Harvard Uni- versity Press,
2000) también americanizan la globalización, pero lo hacen en términos del alcance del consti-
tucionalismo americano y no en términos de propagación de la sociedad de mercado y la nueva
geografía del poder que ésta ha traído consigo. En el capítulo 5, compruebo que el constitucio-
112 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

La dinámica geográfica contemporánea


del poder político

Los Estados nunca aparentan mayor “soberanía” en el senti-


do convencional de entidades singulares dotadas del monopolio
de poder sobre sus territorios que cuando se les asocia con la defi-
nición e implementación de políticas relacionadas a los derechos
de propiedad y ciudadanía. Tanto la propiedad como la ciuda-
danía son áreas que los Estados territoriales modernos han re-
forzado fuertemente. Gran parte de la legislación en los Estados
occidentales y, por exportación, en otros lugares, se ha dedicado
a establecer los derechos de propiedad y acceso. Sin embargo,
al mismo tiempo, un territorio de origen proporciona una base
segura desde la que hacer intentos de adquisición de bienes en
otros lugares. Las reglas que establecen la transferibilidad inte-
restatal y la liquidez de la propiedad han dado ímpetu a la inver-
sión de flujo del capital en respuesta a las posibilidades de mayor
comercio más allá de las fronteras estatales. La gente también se
mueve en respuesta a las señales de los mercados laborales y para
escapar de la represión política. Como resultado, los derechos de
ciudadanía se restringen con menos facilidad únicamente a los
nacidos dentro de los límites estatales. Las presiones aumentan
para que se admita a los inmigrantes a la condición de ciudada-
nos o, al menos, para que se extiendan los derechos sociales y
económicos mínimos a los de los inmigrantes reconocidos ofi-
cialmente. La circulación de bienes y personas más allá de las
fronteras estatales, por lo tanto, desafía la estrecha conexión en-
tre la soberanía y el territorio que ha suscrito el vínculo concep-
tual del poder político con la condición de Estado.
Este proceso no es nuevo. Los Estados siempre han tenido
que luchar para capturar activos móviles e imponer restricciones
a los derechos de ciudadanía. Lo que es nuevo es el aumento de
la escala cuantitativa y la ampliación del alcance geográfico de la
propiedad móvil y las personas que ahora se mueven de un lado
a otro a través de las fronteras de los Estados del mundo. Hay
una disminución de la relación entre los derechos de propiedad

nalismo americano ha tenido posibilidades limitadas de transcender sus raíces particulares. El


argumento de este libro es justamente que no puede decirse lo mismo de la sociedad de mercado.
HEGEMONÍA 113

y la territorialidad estatal. Por ejemplo, una serie de factores no


territoriales determinan ahora la competitividad de muchas in-
dustrias.67 Éstas incluyen el acceso a la tecnología, estrategias
de marketing, capacidad de respuesta a los consumidores y
técnicas de gestión flexible. Con las multinacionales estadouni-
denses como prototipo, todas estas son ahora principalmente
activos de empresas, no de territorios. Las empresas crecen y
tienen éxito desplegando sus activos internos de la manera más
eficaz posible. Los Estados y los Gobiernos de los niveles infe-
riores compiten entre sí para atraer bienes móviles a sus terri-
torios. La revolución de las telecomunicaciones significa que el
comercio de muchos servicios (desde la banca hasta el diseño
y el embalaje), que hasta ahora habían sido más territoriali-
zados que el comercio de bienes, puede ahora suministrarse a
los mercados mundiales. La explosión de la migración en los
últimos 30 años debe algo a la mayor facilidad de movimiento
internacional en la era del jumbo jet, pero también está relacio-
nada con las enormes diferencias de ingresos internacionales,
la demanda de mano de obra en los países ricos y el aumento
del número de refugiados políticos; esto ha puesto bajo presión
a los procesos de ciudadanía existentes.68 No sólo se cuestionan
en los Estados de destino las nacionalidades étnicas y los luga-
res de nacimiento de la ciudadanía, sino que la concentración
de inmigrantes en algunas ciudades y localidades conduce a la
extensión de facto de algunos derechos, lo que socava la exclu-
sividad de la pertenencia política tal como la define la ciudada-
nía estatal.
La dinámica geográfica contemporánea del poder político se
puede ilustrar haciendo referencia a varias tendencias que juntas
ilustran el actual proceso de ruptura de la territorialidad estatal
y de la identidad política estable: el impacto de las poblaciones
migrantes en la ciudadanía, la geografía cambiante del dinero y
el efecto sobre los Estados de las nuevas tecnologías militares en
una nueva economía mundial.
67  De Anne Julius, Global Companies and Public Policy: The Growing Challenge of Foreign
Direct Investment (Nueva York: Council on Foreign Relations Press, 1990); Manuel Castells,
The Information Age. Vol. I: The Rise of the Network Society (Oxford: Blackwell, 1996).
68  En la dimensión empírica de la “explosión” véase, por ejemplo, Stephen Castles y Mark
J. Miller, The Age of Migration: International Population Movements in the Modern World
(Londres: Macmillan, 1993). Sobre las consecuencias en la ciudadanía en Europa y Norte
América, véase W. Rogers Brubaker, ed., Immigration and the Politics of Citizenship in Europe
and North America (Lanham, MD: University Press of America, 1989).
114 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

Migración y ciudadanía

La ciudadanía moderna está estrechamente relacionada con


el surgimiento del Estado. Los puntos de vista convencionales
de la condición de Estado ven el control sobre la membresía en
su territorio como un requisito crucial; la lealtad exclusiva a
un Estado específico y la participación política son vistos como
componentes esenciales de la ciudadanía. La condición de Es-
tado se ha unido a la de nación por medio de la ciudadanía. Las
luchas para extender y profundizar la representación política
centradas en la confluencia democrática de las instituciones
estatales han servido para dar a los Estados una de sus fuentes
más importantes de legitimidad. Consecuentemente, la teoría
y práctica más democrática asume una comunidad política te-
rritorial, con la ciudadanía como medio para delinear quién
pertenece y quién no al “pueblo”. Hoy en día, sólo los Estados
tienen la autoridad de acuerdo con el derecho internacional para
conceder o negar la condición de ciudadano. Así pues, la ciuda-
danía está fuertemente ligada a la idea de comunidad política,
que a su vez se ve como sinónimo de exclusividad territorial del
Estado-nación soberano.69
Pero el vínculo histórico entre los Estados y la ciudadanía
está sometido a una presión cada vez mayor por parte de la
inmigración y las convenciones multinacionales y mundiales
que rigen los derechos humanos (como las establecidas por la
Unión Europea).70 En primer lugar, los derechos de residencia
en contraposición al derecho de nacimiento están impulsan-
do cada vez más la redefinición de ciudadanía. En Europa y
América del Norte, se puede argumentar que está sucediendo
un “cambio de paradigma (y escala)” en la comprensión de la
ciudadanía, un cambio que desplaza la ciudadanía de la sobe-
ranía del Estado-nación al régimen internacional de derechos
humanos.71 Esto se debe tanto a la presión del número absoluto
de inmigrantes como al temor de los sindicatos laborales y otros
69  Andrew Linklater, The Transformation of Political Community (Cambridge, Inglaterra:
Polity Press, 1998).
70  Y.N. Soysal, Limits of Citizenship: Migrants and Postnational Membership (Chicago:
University of Chicago Press, 1994).
71  David Jacobson, Rights Across Borders: Immigration and the Decline of Citizenship (Bal-
timore, MD: Johns Hopkins University Press, 1996).
HEGEMONÍA 115

intereses de que, sin algunos derechos de afiliación política para


los inmigrantes, los derechos de todos serán perjudicados. Sin
embargo, al mismo tiempo, los derechos políticos que se extien-
den a través de las fronteras de un Estado a otro también están
creciendo. Los ciudadanos de un país que residen en el exterior
pueden ahora tener derechos de voto y pensión que hasta hace
poco estaban limitados a los residentes en el país en cuestión.
Por ejemplo, este es el caso ahora de los ciudadanos mexicanos
residentes en EE. UU. En el seno de la Unión Europea, la cues-
tión de la doble o incluso múltiple ciudadanía ha sido trascen-
dida por la posibilidad de una ciudadanía europea que también
permite continuar las alianzas a escalas estatales y subnacio-
nales de ciudadanía. Por lo tanto, la ciudadanía plural es una
realidad emergente.72
La reciente migración internacional es diferente de lo que
fue en el pasado de dos maneras que son particularmente ame-
nazadoras para las concepciones tradicionales de ciudadanía.
Una de ellas es la concentración a largo plazo de comunidades
migrantes en ciertas ciudades y localidades que, en lugar de asi-
milarse a una “corriente principal” nacional, mantienen su par-
ticularidad cultural.73 Esto se debe tanto a un mayor pluralismo
cultural y tolerancia en los países de acogida como a mayores
diferencias culturales entre los inmigrantes y sus sociedades
de acogida. Muchos inmigrantes permanecen vinculados a sus
países de origen y se consideran residentes temporales en lugar
de permanentes de la nueva sociedad. Otra característica dis-
tintiva de la migración mundial contemporánea es la facilidad
de movimiento de personas e ideas entre las zonas de origen y
el destino.74 Con las nuevas tecnologías de telecomunicaciones,
hoy en día es relativamente fácil mantener vínculos más allá de
las fronteras estatales y despejar vínculos políticos y económicos
sin un compromiso real con un Estado u otro.

72  Elizabeth Meehan, Citizenship and the European Community (Londres: Sage, 1993);
Rainer Baubo¨ ck, Transnational Citizenship: Membership and Rights in International Mi-
gration (Aldershot, England: Edward Elgar, 1994); Rainer Baubo¨ ck y John Rundell, ed.,
Blurred Boundaries: Migration, Ethnicity, Citizenship (Aldershot, Inglaterra: Ashgate, 1998).
73  Engin F. Isin, “Citizenship, Class and the Global City”. Citizenship Studies, 3 (1999): 267–282.
74  David Harvey, The Condition of Postmodernity (Oxford: Blackwell, 1989); Doreen Massey,
“Politics and Space/Time,” in Place and the Politics of Identity, ed. Michael Keith and Steve
Pile, 156–157 (Londres: Routledge, 1993); Ali Rattansi, “ ‘Western’ Racisms, Ethnicities and
Identities in a ‘Postmodern’ Frame,” en Racism, Modernity and Identity, ed. Ali Rattansi y
Sallie Westwood, 32–33 (Cambridge, Inglaterra: Polity Press, 1994).
116 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

Así como las definiciones de ciudadanía se ven perturbadas


por el carácter novedoso de la migración mundial contemporá-
nea, surgen también presiones compensatorias para restablecer
la “normalidad”. Los “pánicos de invasión”, basados en temores
exagerados sobre el alcance y los impactos de la inmigración, se
han desatado en destinos tan dispares como California, Francia
e Italia en los últimos diez años.75 A menudo son de inspiración
cultural, dado el aumento de flujos migratorios que son más visi-
blemente diferentes de las poblaciones nativas que generaciones
anteriores de inmigrantes. Pero también reflejan preocupacio-
nes en torno a la competencia laboral o a nuevas cargas sobre
el gasto del sector público en bienestar o seguridad social. Los
partidos políticos juegan la “carta de la inmigración” en ciertas
áreas y circunscripciones electorales cuando usan la “amenaza”
de la inmigración para movilizar a los votantes nativos.76 Sin
embargo, en un cierto momento dado, esta estrategia puede
resultar contraproducente, como lo ha hecho para el Partido
Republicano en California, cuando números suficientemente
altos de inmigrantes adquieren la ciudadanía y demuestran su
fuerza electoral votando masivamente en contra de aquellos
que satanizan a los inmigrantes como la fuente dominante de
los males locales sociales y fiscales.
La ciudadanía es una característica central de la soberanía
estatal. Independientemente de que sean democráticos o no, los
Estados dependen en un alto grado de la exclusividad identita-
ria que sus ciudadanos poseen para mantener el poder dentro
de sus jurisdicciones. Históricamente, se han otorgado algunos
derechos civiles y sociales a los no ciudadanos. Sin embargo,
cada vez más, incluso los derechos políticos se han vuelto relati-
vamente móviles. Los ciudadanos no residentes, los ciudadanos
inmigrantes, los residentes de jurisdicciones abarcadoras como
la Unión Europea, y los poseedores de ciudadanías múltiples
son categorías de personas que experimentan la ciudadanía de
maneras que violan la correspondencia uno-a-uno entre el Es-
tado y la ciudadanía sobre la cual la autoridad estatal del poder
político ha descansado por mucho tiempo. Una de las grandes
75  Giovanna Zincone, “The Powerful Consequences of Being Too Weak: The Impact of Immi-
gration on Democratic Regimes”. Archives Europeans Sociologie 38 (1997): 104–138; Domi-
nique Schnapper, “The European Debate on Citizenship”. Daedalus 126, 3 (1997): 199–222.
76  Jeannette Money, “No Vacancy: The Political Geography of Immigration Control in Ad-
vanced Industrial Countries”. International Organization 51 (1997): 685–720.
HEGEMONÍA 117

ventajas de los Estados, hablar y actuar en nombre de las nacio-


nes, se ve socavada cuando el eslabón clave entre los dos, una
ciudadanía afectiva y singular, se ve erosionado por los movi-
mientos de personas que transgreden en lugar de reforzar las
fronteras de los Estados.

La geografía del dinero

El control y mantenimiento de una moneda territorialmente


uniforme y exclusiva se considera a menudo como uno de los
otros atributos principales de la soberanía del Estado. Si un Es-
tado no puede emitir y controlar su propia moneda, entonces no
es un Estado. Benjamin J. Cohen ofrece una declaración concisa
de esta posición:

La creación de dinero es ampliamente reconocida como uno de los


atributos fundamentales de la soberanía política. Prácticamente
todos los Estados emiten su propia moneda nacional; dentro de las
fronteras nacionales, únicamente la moneda local es aceptada para
cumplir las tres funciones tradicionales de la moneda: medio de
cambio, unidad de cuenta y contenedor de valor.77

Una moneda tiene el papel adicional y vital de asegurar sim-


bólicamente la condición de Estado. La solvencia de la moneda
representa para una población nacional que “el objeto último de
su fe, el Estado nación, es real, poderoso y legítimo; es el garante
último del valor”.78
Las monedas territoriales se desarrollaron a gran escala sólo
en el siglo XIX, mucho después de que se instaurara el sistema de
Estados de Westfalia.79 Sin embargo, simbólicamente las mone-
das (incluyendo los símbolos encontrados en las monedas y bi-
lletes de banco) fueron elementos importantes para establecer la
legitimidad estatal mucho antes del siglo XIX. Como se señaló en
relación con la condición de Estado y la ciudadanía, la condición
77  Benjamin J. Cohen, Organizing the World’s Money (Nueva York: Basic Books, 1977), 3.
78  Patrick Brantlinger, Fictions of State: Culture and Credit in Britain, 1694–1994 (Ithaca,
NY: Cornell University Press, 1996), 241.
79  Eric Helleiner, “Historicizing Territorial Currencies: Monetary Space and the Nation-State
in North America”. Political Geography 18 (1999): 309–339.
118 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

moderna de Estado no se logró sin relación con la construcción


de la nación, aunque el “Estado” y la “nación” pueden distinguir-
se analítica y deliberadamente y confundirse, refiriéndose el pri-
mero a un conjunto de instituciones que gobiernan un territorio
particular y el segundo a un grupo de personas que comparten un
sentido de destino común y ocupan un espacio común. El hecho
de que las verdaderas monedas territoriales sean relativamente
recientes no debe ir en detrimento de la persistencia a lo largo de
muchos siglos de la moneda como una representación importan-
te de la independencia de la nación, por difusa que fuera a menu-
do y en muchos aspectos la relación entre la moneda y el Estado.
Sin embargo, cada vez más, la noción de que cada Estado
debe tener su propia “moneda territorial”, homogénea y exclu-
siva dentro de sus propios límites, está siendo materialmente
desafiada. Tres acontecimientos han comenzado a desvincular
las monedas de los Estados en relación a la forma en que antes
eran mutuamente definidas. El primero es el uso creciente de
monedas extranjeras para una gama de transacciones dentro
de los territorios de moneda nacional. Desde los llamados mer-
cados del eurodólar en Londres y otros lugares hasta los cen-
tros financieros extraterritoriales del Caribe y el rápido inter-
cambio de monedas entre los centros financieros mundiales, la
integración financiera mundial está destruyendo la exclusivi-
dad de los espacios monetarios nacionales.80 El segundo acon-
tecimiento es el uso generalizado de monedas supranacionales
(como el euro) o “monedas fuertes” (como el dólar estadouni-
dense o el yen japonés) como monedas transnacionales.81 Gran
parte del comercio mundial está expresado en dólares, euros o
yenes japoneses, independientemente de su origen o destino
particular. Las reformas económicas impuestas por las organi-
zaciones internacionales, como el FMI, también han fomentado
el uso de monedas como el dólar para estabilizar los flujos de
capital y apoyar las monedas locales. Por último, las monedas
estrictamente locales –pagarés o dinero simbólico– también
han mostrado signos de crecimiento.82 Éstas no sustituyen a las
80  Eric Helleiner, States and the Re-emergence of Global Finance: From Bretton Woods to the
1990s (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1994), capítulo 4; Richard O’Brien, Global Financial
Integration: The End of Geography (Nueva York: Council on Foreign Relations, 1992).
81  Benjamin J. Cohen, The Geography of Money (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1998).
82  A. Rotstein y C. Duncan, “For a Second Economy,” en The New Era of Global Competition,
ed. Daniel Drache y Meric Gertler (Montreal: McGill- Queen’s University Press, 1991).
HEGEMONÍA 119

monedas nacionales, pero sí ofrecen alternativas en las comu-


nidades locales. Son tal vez sintomáticos de una disminución
de la confianza en las monedas territoriales, particularmente
en entornos donde las altas tasas de inflación y la inestabilidad
monetaria empujan a la gente a salir de la economía monetaria.
Ninguna de estas tendencias indica la inminente desaparición
de las monedas territoriales. La erosión de las monedas territoria-
les sólo continuará si los Estados más poderosos lo permiten. Sin
embargo, el hecho de que ahora exista una ventaja considerable
en esta erosión para los Estados sugiere que ésta continuará. A
medida que se profundiza y se propaga, bien podría ganar un ím-
petu propio que será difícil de contrarrestar, por muy poderoso
que sea el Estado en cuestión.

Nuevos límites a la guerra interestatal

El poder político más allá de las fronteras estatales a menu-


do ha sido visto como la proyección de fuerza de un Estado con-
tra otro. Una vía en que esto se expresa es la idea de la anarquía
rampante en el espacio más allá de los límites del propio espacio
ordenado y doméstico, que sólo puede ser enfrentada con una
vigilante preparación para la guerra. Sin una maquinaria bélica
sustancial preparada para atacar a los adversarios, un Estado
es vulnerable a la conquista y la subyugación. Una segunda vía
es la opinión generalizada de que los Estados están en com-
petencia perpetua y se enfrentan entre sí en una guerra por
recursos escasos.
Sin embargo, a comienzos de la Guerra Fría, los Estados mili-
tares más poderosos del mundo comenzaron a mostrar reservas
acerca del uso la fuerza de unos contra otros y, aunque en menor
medida, contra los Estados más débiles. Resulta razonable asu-
mir que el motivo se debe a que las premisas ortodoxas dejaron
de ser sustentadas.83 Entre paréntesis, es importante señalar
que esta tendencia no augura necesariamente una disminución
83  Esta es la lectura generalizada a través de una amplia gama de posiciones teóricas y po-
líticas; véase, por ejemplo, Daniel Deudney, “Nuclear Weapons and the Waning of the Real-
State”. Daedalus 124 (1998): 209–251; Lawrence Freedman, “International Security: Changing
Targets”. Foreign Policy 110 (1998): 48–63; Mary Kaldor, New and Old Wars: Organized Vio-
lence in a Global Era (Cambridge, England: Polity Press, 1999).
120 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

de la violencia política total. De hecho, existe una tendencia


contemporánea hacia un aumento en la prevalencia de guerras
internas a medida que la autoridad estatal se derrumba en los
Estados multinacionales.84 Esto más bien indica que el monopo-
lio estatal sobre el uso de la fuerza es tan problemático dentro de
las fronteras estatales como fuera de ellas.
¿Cuál es la raíz de la aparente declinación de la utilidad de
la fuerza militar por parte de los Estados entre sí? El impacto
de las armas nucleares es uno de los cambios más críticos en
la tecnología militar.85 Estas armas han tenido el efecto de no
sólo introducir la disuasión mutua sino también de sugerir a
los posibles combatientes la probable escalada de toda violen-
cia interestatal organizada hasta llegar al intercambio nuclear.
La destructividad sin precedentes de las armas nucleares y su
probable impacto negativo (a través de la radiación retardada)
sobre los vencedores, así como sobre los vencidos, significa que
sus poseedores paradójicamente limitan sus opciones milita-
res al poseerlas. Disciplinan a aliados y adversarios por igual
introduciendo la perspectiva de una escalada rápida. Las ar-
mas nucleares también parecen favorecer la defensa más que
engrandecer las acciones militares al aumentar los riesgos para
los posibles agresores.86
Sin embargo, incluso antes del advenimiento de las armas
nucleares, una segunda característica de la guerra moderna
había comenzado a erosionar la base racional para su uso. Los
costos económicos y políticos de la guerra entre adversarios en
condiciones de razonable igualdad superan ahora cualquier be-
neficio colectivo concebible que las poblaciones nacionales pue-
dan derivar de ella.87 Hay, por supuesto, intereses nacionales

84  Kaldor, New and Old Wars.


85  S. Feldman, Israeli Nuclear Deterrence: A Strategy for the 1980s (Nueva York: Columbia
University Press, 1982); Robert Jervis, The Meaning of the Nuclear Revolution (Ithaca, NY:
Cornell University Press, 1989); J. Mueller, Retreat from Doomsday: The Obsolescence of Ma-
jor War (Nueva York: Basic Books, 1989).
86  Con el fin de la Guerra Fría, la posesión de armas nucleares por parte de EE. UU. fue lo que
proporcionó uno de los principales incentivos para que otros actores (Estados y renegados) de-
searan adquirirlas. Como lo presenta Philip Bobbit en (The Shield of Achilles, pág.14): “cuando
se le preguntó cuál fue la lección aprendida en la Guerra del Golfo (1991), se reporta que el Jefe
de Despacho de la India dijo: ‘Nunca pelees con EE. UU. sin armas nucleares’ ”. Parece factible
que renegados, como terroristas o Estados capturados por visionarios apocalípticos, puedan
convertirse en los primeros usuarios de artefactos nucleares en el siglo XXI. Bobbitt (pág. 15)
está en lo correcto al sugerir que no existe nada “intrínseco en tales armas” que impida su uso.
87  Mueller, Retreat from Doomsday.
HEGEMONÍA 121

que todavía se ven servidos por la guerra y su preparación (ar-


meros, oficiales del ejército, etc.), pero la guerra requiere ahora
inversiones muy costosas que no garantizan resultados favora-
bles. Las guerras civiles que implican la intervención de EE. UU.
en Vietnam y la antigua Unión Soviética en Afganistán son recor-
datorios de que incluso en casos aparentemente asimétricos, los
mejor armados pueden no prevalecer.
En tercer lugar, con respecto a los factores militares, existe
una creciente aversión entre las poblaciones más afectadas del
mundo por los costos humanos de la guerra y los beneficios
aparentemente débiles que genera. El uso de la fuerza militar
se enfrenta a una crisis de legitimidad. La pérdida de hasta un
solo piloto o soldado, particularmente si es un recluta o de un
grupo de influencia, ahora a menudo causa un replanteamiento
total de los compromisos de la fuerza estadounidense. Esto es
quizás producto del aumento de la visibilidad de las conductas
bélicas en una era visual. Aunque la guerra televisada a menu-
do toma una forma espectacular o de entretenimiento, también
introduce un sentido inmediato de la mortandad de la guerra
que los civiles en épocas anteriores nunca experimentaron. Al
mismo tiempo, crece la desilusión con los “frutos” de la guerra.
Las ganancias a menudo parecen insuficientes en relación a los
sacrificios. La inconclusión política de muchas guerras recien-
tes (como la de Irak en el Golfo en 1991, la “intervención” de la
OTAN en Kosovo en 1999, el “derrocamiento” de los talibanes
en Afganistán en 2002 y la ocupación estadounidense de Irak
en 2003-2004) suma al escepticismo. La democratización de
la política exterior en muchos países probablemente ha suma-
do también al cuestionamiento. Antiguamente reservada a las
élites pequeñas, la política exterior está cada vez más sujeta a
los desafíos del debate público (incluso de aquellos con ciuda-
danía convencional) en formas nunca vistas hace 30 años.88
Paralelamente a estas tendencias relacionadas con las fuerzas
armadas, hay dos hechos que se repiten en la economía mundial. En
primer lugar, la competencia interestatal ahora trata en gran medi-
da de captar los beneficios del crecimiento económico mundial para
el propio país más que de conquistar el territorio de otro Estado

88  D. Skidmore and V. Hudson, ed., The Limits of State Autonomy (Boulder, CO: Westview
Press, 1993).
122 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

para capturar sus recursos.89 La inserción en las redes corporativas


y financieras mundiales ahora parece crucial para el curso del desa-
rrollo económico nacional. Las excepciones ayudan a mostrar lo que
ahora es en gran medida la regla generalizada. La invasión iraquí de
Kuwait en 1989-1990 fue diseñada para capturar los activos de ese
país. Lo que reveló fue hasta qué punto los activos de Kuwait, aparte
de sus reservas de petróleo, eran móviles más allá de las fronteras
del Estado. De hecho, el Gobierno kuwaití en el exilio contribuyó
generosamente a la liberación de Kuwait de la ocupación iraquí por
parte de una fuerza sancionada por la ONU mediante acceso con-
tinuo a un gran número de inversiones extranjeras importantes.90
En segundo lugar, el cambio tecnológico ha abierto la posi-
bilidad de escapar del dilema de los Estados competitivos que
van a la guerra entre sí por perseguir los mismos recursos. En
la era actual del capitalismo informativo, las actividades más
productivas y rentables ya no son las que consumen más recur-
sos, como las industrias pesadas y la agricultura extensiva, sino
las manufacturas tecnológicamente intensivas, como la elec-
trónica y la biotecnología, y las industrias de servicios, como
el turismo, el financiamiento y los servicios personales. Éstas
se logran mejor ya sea por medio de economías externas en
agrupaciones locales de empresas (como en Silicon Valley, Ca-
lifornia) o por medio de redes globales de mano de obra espe-
cializada y producción personalizada.91 Este ya no es un mundo
en el que lo territorialmente más grande es automáticamente
mejor económica o políticamente. Es un mundo en el que la
fuerza militar pierde mucho de su antiguo sentido en la bús-
queda de objetivos racionales como el aumento de los recursos
o para hacer frente a la anarquía con la que amenazan otros

89  Este argumento es desarrollado en una extensa literatura en economía política internacio-
nal. Véase, e.g., Richard Rosecrance, The Rise of the Trading State: Commerce and Conquest
in the Modern World (Nueva York: Basic Books, 1986); y Peter F. Cowhey y Jonathan D. Aron-
son, Managing the World Economy (Nueva York: Council on Foreign Relations Press, 1993).
Para una evaluación directa los “cambios en los beneficios de la conquista”, véase Stephen G.
Brooks, “The Globalization of Production and the Changing Benefits of Conquest”. Journal of
Conflict Resolution, 43/5 (1999): 646-670.
90  Timothy W. Luke, “The Discipline of Security Studies and the Codes of Containment:
Learning from Kuwait”. Alternatives 16 (1991): 315–344.
91  Castells, The Information Age. Vol. I; Susan Strange, The Retreat of the State: The Dif-
fusion of Power in the World Economy (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press,
1996); Allen J. Scott, Regions and the World Economy: The Coming Shape of Global Produc-
tion, Competition and Political Order (Oxford: Oxford University Press, 1998).
Estados.92 En un mundo de rápida circulación económica, el
vínculo racional entre los Estados y la fuerza militar se ha des-
gastado mucho, si es que aún no se ha cortado del todo.

Conclusión

En este capítulo he desafiado tres convenciones cruciales so-


bre el poder político y la condición de Estado en los principales
entendimientos de la política mundial: (1) la trampa de una es-
pacialidad históricamente constante, la de la territorialidad del
Estado en un modelo de poder político basado en un campo de
fuerzas; (2) la concepción diádica del poder que involucra a per-
sonas o Estados como unidades ontológicamente preexistentes
en las relaciones bilaterales a una escala geográfica única; y (3) el
Estado como actor unitario y singular con un estatus moral equi-
valente al de la persona individual en el pensamiento occiden-
tal. Lo he hecho proporcionando cuatro perspectivas sobre cómo
evaluar el funcionamiento del poder político fuera de un marco
singularmente centrado en el Estado. La primera perspectiva es
explícitamente historicista, utilizando modelos de tipo ideal de
la espacialidad del poder para trazar un panorama histórico del
dominio relativo de las distintas geografías del poder, particu-
larmente los cambios históricos en la significación relativa del
territorio como medio de organizar el poder político. La segunda
es la geosociológica, que cuestiona críticamente los fundamentos
ontológicos y morales sobre los que descansan las concepciones
dominantes del poder político, en particular sus concepciones ato-
místicas de las identidades de las personas y los Estados.
En lugar de tales concepciones, propongo en una tercera
perspectiva un enfoque geográfico: la hegemonía estadouniden-
se ha alterado las bases de la política mundial a través de la pro-
yección más allá de las fronteras de EE. UU. de prácticas propias
de una sociedad de mercado desarrollada inicialmente “a nivel
mundial”, “desde casa”.
92  Estos continúan siendo los principios claves en la ortodoxia realista en la teoría de las rela-
ciones internacionales, en particular la vinculada a estudios de seguridad. Un reciente ejemplo
de ello está en John Orme, “The Utility of Force in a World of Scarcity”. International Security,
22 (1997–98), 138–167. De manera más general, en Hedley Bull, The Anarchical Society: A
Study of Order in World Politics (Londres: Macmillan, 1977).
124 La Hegemonía Estadounidense y la Nueva Geografía del Poder

La perspectiva final es más contemporánea y de orientación


mundial. Señala las tendencias empíricas recientes en el movi-
miento de personas y dinero y la problemática racionalidad de la
guerra interestatal a la luz de los cambios en la tecnología militar
y el funcionamiento de la economía mundial, para sugerir que el
poder político circula ahora de maneras que no son mejor captu-
radas por la ecuación teórica de la territorialidad de Estado fija,
las identidades políticas predefinidas y el movimiento limitado
de bienes, inversiones y personas. A la hegemonía estadouniden-
se se le da un papel rector para explicar cómo la política mundial
se ha movido cada vez más en los últimos años hacia una geogra-
fía de poder interconectada.
Durante períodos de aparente estabilidad política y econó-
mica como el de la Guerra Fría (al menos dentro de los países
económicamente desarrollados de Occidente), la “geografía”, en
forma de suposiciones sobre territorialidad, identidad y movi-
miento, ocultaba la historia del poder. Las principales teorías
de las relaciones internacionales desarrolladas en EE. UU. y
en Europa occidental para ayudar a comprender y gestionar
la relación entre las grandes potencias deben ahora enfren-
tarse a sus representaciones geográficas a la luz de nuevas
realidades. El fin de la Guerra Fría y el surgimiento de una eco-
nomía mundial más globalizada han aumentado la conciencia de
sus limitaciones. Como resultado, los límites estatales estableci-
dos están perdiendo su capacidad de monopolizar la represen-
tación del poder político. Pero en términos teóricos, aún no nos
ponemos al día. Una manera de hacerlo es abordar el funciona-
miento del poder político a través del mapeo de sus atributos de
territorialidad, identidad y movimiento. La geografía del poder
político es una función del cambio histórico en las combinacio-
nes de procesos materiales y representativos. El poder político
sí tiene una historia, pero es una que se puede entender mejor a
través de su geografía cambiante y de cómo se ha desarrollado
esa geografía. Más recientemente, esto ha estado bajo la égida y
la forma de la hegemonía estadounidense.
125

4 | Posicionando la hegemonía
estadounidense

E
l siglo XX fue a decir de muchos el siglo americano. El
siglo XXI, sin embargo, probablemente no lo sea. Entre
estas dos frases se encuentra la historia de la hegemonía
estadounidense. En este capítulo muestro cómo comen-
zó la hegemonía estadounidense. Comenzó en casa. Sólo más
tarde se extendió hacia el exterior, y fueron las intervenciones
de EE. UU. en las dos Guerras Mundiales del siglo XX las que
lo hicieron posible. Después de la Segunda Guerra Mundial en
particular, EE. UU. formó la OTAN y otras alianzas para con-
tener a la antigua Unión Soviética y sus aliados. Esto requirió
compromisos militares y políticos significativos más allá de las
fronteras de América del Norte, transformando la participa-
ción intermitente de EE. UU. en los asuntos mundiales en una
presencia permanente y decisiva. A primera vista, esto resultó
aparentemente positivo para EE. UU., con la decadencia y el
colapso de la Unión Soviética entre 1989 y 1992. Sin embargo,
el pronóstico a largo plazo dista mucho de ser claro. El mundo
globalizador que EE. UU. ha hecho tanto por fomentar, es una
estructura geográfica emergente que parece plantear serios de-
safíos a la continuación de la hegemonía estadounidense en la
forma que previamente ha tomado, tanto en el país como en
el exterior. Voy a entrar en más detalles al respecto en los ca-
pítulos posteriores. En este capítulo explicaré los orígenes y el
curso de la hegemonía estadounidense en su hogar.
La historia de la hegemonía estadounidense no es la del
simple ascenso de otro Estado hegemónico más en sucesión a
los anteriores. Por el contrario, se trata de la creación de una
economía mundial bajo los auspicios de EE. UU., reflejando el
contenido de una hegemonía que surgía del desarrollo de EE.
UU., y la retroalimentación de este sistema sobre el comporta-
miento del Gobierno estadounidense. En este capítulo muestro
por qué las estrategias hegemónicas posteriores del Gobierno
126 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

de EE. UU. en la política mundial que favorecen el poder “blan-


do” del consentimiento, la cooperación, la incorporación y el
consenso (aunque invariablemente se centrasen en los propios
intereses y estuviesen respaldadas por la coerción) surgieron
de las particularidades de la experiencia histórica estadouni-
dense, especialmente la institucionalidad política dividida y
la sociedad de mercado que la diferenciaron de otros Estados.
Esto no implica apoyar la afirmación excepcionalista de que
EE. UU. no sólo es diferente, sino que es simplemente mejor
que otros lugares. Sustituye más bien la narrativa de la hege-
monía como Gran Poder, esencialmente indistinguible de otros
que sustituyen al poder ya en decadencia; un modelo mecánico
de sucesión hegemónica, con una narrativa que le da un conte-
nido distintivo a la hegemonía según la sociedad que la ejerza.
La globalización es el resultado del proyecto geográfico de la
sociedad de mercado americana aliada a los avances tecnológi-
cos en materia de comunicación y transporte.
Para alcanzar estos objetivos, el capítulo se divide en dos
secciones. La primera sección describe la hegemonía que surgió
de la fundación de EE. UU. y cómo evolucionó de proporcionar
un contexto propicio para una “sociedad de mercado” nacional
a una que estimuló los principios de lo que ahora conocemos
como “globalización” desde los inicios de la década de 1890. La
segunda sección identifica los factores causales críticos de por
qué esta hegemonía emergió en EE. UU. y no en otro lugar. Por
lo tanto, las raíces de la hegemonía estadounidense ejercida
más tarde en todo el mundo pueden encontrarse en la historia
de EE. UU. Reitero, este no es un argumento a favor de la supe-
rioridad de EE. UU., como tienden a afirmar quienes confunden
la especificidad de la experiencia estadounidense con su “excep-
cionalismo”. Se trata, más bien, de que la historia del mundo
tiene sus raíces en lugares específicos, no en todas partes a la vez
o en imperativos conductuales que emanan de alguna totalidad
global como el “capital”. Esto no es, por lo tanto, un argumento
para un telos global (tales como la acumulación de capital, el
cambio tecnológico o el liberalismo) o una causa única que se
encuentra “detrás” de todo lo demás. Hago hincapié, más bien,
en las experiencias colectivas y adquiridas de la población esta-
dounidense y en las historias relatadas sobre estas experiencias
por los líderes y las generaciones posteriores, particularmente
HEGEMONÍA 127

en relación con coyunturas críticas como la de finales del siglo


XIX, y el efecto acumulativo de éstas sobre las prácticas y actitu-
des populares. En este sentido, recuerdo un pasaje de una carta
escrita por Karl Marx en 1877: “Los acontecimientos sorpren-
dentemente similares, pero que se producen en un entorno
histórico diferente, conducen a resultados completamente di-
ferentes. Estudiando cada una de estas evoluciones por separa-
do y luego comparándolas, es más fácil encontrar la clave para
comprender este fenómeno; pero nunca es posible llegar a esta
comprensión utilizando el comodín de alguna teoría histórica,
filosófica universal cuya gran virtud es situarse por encima de
la historia”.1

De la sociedad de mercado a la globalización

La construcción de una economía mundial bajo los auspicios


estadounidenses refleja el quehacer mundial de la hegemonía
basada en la experiencia histórica de los EE. UU. Entender cómo
la hegemonía estadounidense ha dado origen a la globalización
y no a alguna otra forma político-económica, como un imperio,
requiere por tanto entender cómo esta hegemonía se desarrolló
primero en los EE. UU. Luego de brindar una descripción del
desarrollo de la sociedad de mercado estadounidense en el siglo
XIX y su expansionismo inherente más allá de las fronteras te-
rritoriales establecidas, identifico los factores causales cruciales
del por qué los EE. UU. han sido el semillero para una hegemo-
nía basada en las relaciones sociales promercado.
Hoy día es común ver la brillantez de la Constitución esta-
dounidense de 1787, como fue expresado muy elocuente y per-
suasivamente en los escritos de James Madison, al vincular la
libertad con el “imperio”. Pero no imperio en el sentido que los
fundadores asociaban a los británicos y franceses. Ellos habían
vivido los límites (y abusos) del poder imperial antes y duran-
te la guerra de independencia.2 Madison sostuvo que la mejor
solución para los rebeldes estadounidenses sería la creación de
un poderoso Gobierno central que pudiera proveer un epicentro

1  Citado en E. H. Carr, What Is History? (Nueva York: Knopf, 1961, 82).


2  Emma Rothschild, “Empire Beware!” New York Review of Books, 25 de marzo del 2004: 37–38.
128 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

de seguridad para la supervivencia del Gobierno republicano, en


lugar del sistema colonial británico. El Gobierno central podría
supervisar la expansión geográfica en el territorio continental,
lo cual garantizaría una salida para la población en crecimiento,
pues de lo contrario ésta invadiría los derechos y bienes de otros
ciudadanos. De esta forma, el Gobierno republicano fue atado a
un sistema en permanente expansión. Madison, de manera ge-
nial, había dado vuelta al pensamiento tradicional sobre la rela-
ción entre tamaño y libertad. Lo pequeño ya no era considerado
deseado. Por supuesto que, al inicio, Thomas Jefferson y otros,
menos conectados a las fortunas por adquisición de tierras y
crecimiento de mercados, se opusieron a la lógica del expan-
sionismo; pero al poco tiempo también la aceptaron. En efecto,
cuando Jefferson fue presidente justificó la adquisición de Lui-
siana y la posible adición de Canadá y Cuba bajo el argumento
de la expansión de un “imperio para la libertad”.3
A pesar de estar acuñada en el lenguaje de los derechos políticos
y de ciudadanía, la asociación de la libertad con la expansión geo-
gráfica refleja dos importantes principios político-económicos. El
primero, la expansión geográfica del mercado es necesaria para
el bienestar político y social. La concepción del término fronte-
ra que evolucionó en los EE. UU. no es la referida a los límites
o fronteras sino la referida a una zona en constante expansión.
Esto difiere profundamente del entendimiento europeo que
iguala la frontera a los límites y áreas fronterizas. La expansión
geográfica, inicialmente en el territorio continental pero luego en
todas las direcciones, incluyendo el espacio exterior (la “frontera
definitiva” de la serie de televisión Star Trek), se dio para liberar
las pasiones políticas y económicas que hubieran podido, de otra
forma, suponer un peligro para el statu quo social sobre el cual
estaba basada la fundación de los EE. UU. El segundo principio
era que la libertad económica es, por definición, la base funda-
cional de la libertad en sí misma. La libertad para los estadou-
nidenses suponía ser libres para “contratar e intercambiar”, tal
como lo había concebido Adam Smith. Las otras libertades eran
vistas como derivacionesde o secundarias a la libertad económica
en vez de coexistir con ésta, por ejemplo, la libertad de ser dueño
de bienes y hacer con ellos lo que le venga en gana. Por lo tanto,
3  William Appleman Williams, The Roots of the Modern American Empire (Nueva York: Vin-
tage, 1969).
129

desde sus inicios, los EE. UU. fue una sociedad profundamente
economicista que reflejaba los valores e intereses de los merca-
deres, banqueros y latifundistas, quienes fueron los arquitectos
de sus instituciones políticas. Por ende, el sistema político total-
mente nuevo luego de la independencia fue diseñado para com-
binar estos dos principios: (1) el Gobierno central garantizando
la posibilidad de expansión a nivel continental y hacia mercados
extranjeros y, (2) Gobiernos de nivel descentralizado (estados) y
una división de poderes entre los órganos del Gobierno central
que restrinja los poderes del Gobierno para regular y limitar la
libertad económica.
La Constitución estadounidense y sus primeras interpre-
taciones judiciales combinaron estos dos principios para crear
una versión exclusivamente estadounidense de capitalismo de-
mocrático. Por una parte, el Gobierno federal enfatizó la expan-
sión en el interior del territorio continental y estimuló el inte-
rés de productos estadounidenses en mercados extranjeros. Por
otra parte, las subunidades federales (estados) y la división de
poderes entre los órganos del Gobierno federal (el Congreso,
la Presidencia y la Corte Suprema) limitaron el poder del Go-
bierno para regular la actividad económica privada. Max Edling
ha comentado recientemente que los federalistas exitosos (por
oposición a aquellos que deseaban tener una confederación más
holgada) desarrollaron “un marco conceptual que hizo posible
acomodar la creación de un Gobierno nacional poderoso frente
a la fuerte corriente anti-estatal en la tradición política estadou-
nidense”4 y lo lograron diseñando un federalismo que sería “la
marca de un Estado que sería tanto poderoso como respetuoso
de la aversión del pueblo hacia el Gobierno”5. Sin embargo y, a
pesar del genio de los fundadores, las cualidades de un Gobier-
no “poderoso” pero “suave e inconspicuo” no siempre se han
asentado juntas fácilmente.6
Cada uno de los principios político-económicos puede ser
visto en funcionamiento en las historias del “carácter nacio-
nal” estadounidense y el modelo de ciudadanía ofrecido por la
visión del excepcionalismo estadounidense. A pesar de que los

4  Max M. Edling, A Revolution in Favor of Government: Origins of the U.S. Constitution and
the Making of the American State (Nueva York: Oxford University Press, 2003, 219).
5  Edling, A Revolution in Favor of Government, 223.
6  Edling, A Revolution in Favor of Government, 224.
130 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

estadounidenses celebran algunas fechas históricas, tal como


el día de independencia (el 4 de julio) y documentos fundacio-
nales, como es el caso de la declaración de independencia y la
Constitución, éstos no han tenido mucha historia por la cual
puedan definirse a sí mismos. Los EE. UU. de América han sido
definidos no tanto por una historia común, tal como sí lo han
sido la mayoría de las comunidades nacionales imaginables,7
sino que se han definido a sí mismos mediante una geografía
compartida, expresada en la expansión de la frontera por los
pioneros individuales de cara al futuro. El padre fundador Tho-
mas Jefferson decía que le gustaban más “los sueños del futuro
que la historia del pasado”.
Los fundadores de los EE. UU. pudieron encontrar la justifi-
cación para su creación institucional en la oportuna publicación
en 1776 del “Estudio sobre la naturaleza y causa de la riqueza
de las naciones” de Adam Smith. Smith surgió, en relación con
la fundación, como un sistematizador del “sentido común” emer-
gente para la época, así como Keynes lo hizo respecto a la política
económica del New Deal en la década de 1930. La Constitución
está abierta a interpretaciones contrarias sobre los poderes rela-
tivos tanto de los órganos federales como de los diferentes niveles
de gobierno.8 Sin embargo, a través de los años el nivel federal ha
expandido sus facultades mucho más allá de lo que cualquiera
de los fundadores, incluso su mayor promotor, Alexander Ha-
milton, habrían previsto. A nivel federal y, reflejando esa ambi-
güedad esencial de la Constitución, la Corte Suprema ha venido
también a ejercer un gran poder mediante su competencia para
interpretar el significado del documento fundacional.9 Pero el
espíritu detrás del ejercicio de este poder ha mantenido la insti-
tucionalización de la sociedad comercial, tal y como los filósofos
escoceses que escribieron sobre el progreso en estos términos,
allá por el siglo XVIII, habrían estado complacidos de ver.10
Los granjeros estadounidenses, como grupo social numérica-
mente dominante para la época de independencia y por muchos
7  Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origins and Spread of Na-
tionalism (Londres: Verso, 1983).
8  Joseph M. Lynch, Negotiating the Constitution: The Earliest Debates over Original Intent
(Ithaca, NY: Cornell University Press, 1999).
9  Joyce Appleby, “Presidents, Congress, and Courts: Partisan Passions in Motion”. Journal of
American History 88 (2001): 408–414.
10  Véase, por ejemplo, James Buchan, Crowded with Genius: The Scottish Enlightenment,
Edinburgh’s Moment of the Mind (Nueva York: HarperCollins, 2003).
HEGEMONÍA 131

años después de ésta, se vieron rápidamente envueltos intrínse-


camente en relaciones de mercado. Fuera de aquellos granjeros
que arrancaban del bosque una agricultura de subsistencia:

Una revolución del mercado estaba superando las barreras de


transporte terrestre [en 1815]. Esto, a la vez que disolvía patrones
de conducta y creencias con profundas raíces sobre el esfuerzo com-
petitivo, movilizaba recursos colectivos a través del Gobierno para
fomentar el crecimiento de incontables formas, incluyendo la crea-
ción de infraestructuras legales, financieras y de transporte esencia-
les. La revolución del mercado nos ha creado a nosotros y a la mayor
parte del mundo que conocemos en la medida en que estableció la
hegemonía capitalista sobre la economía, la política y la cultura.11

La “cultura del mercado” puso en jaque y superó rápidamen-


te la cultura de “la tierra”, además de abrir la posibilidad del
movimiento a largas distancias para localidades. Sin embargo,
la revolución del mercado sucedida a principios del siglo XIX
tiene raíces más antiguas. La perspectiva comercial de muchos
agricultores tenía sus orígenes en la división espacial del trabajo
organizado bajo el mercantilismo británico, en el cual pasaron
de la agricultura de subsistencia a constituir mercados distan-
tes. Gran parte de la base de la independencia estadounidense
está en la lucha por expandir los límites de la libertad económica
individual en medio de un sistema que estaba más orientado a
un sentido de totalidad orgánica: el Imperio Británico. La “socie-
dad de mercado” americana, por lo tanto, no fue ni producción
intelectual pura ni nacida enteramente en la post-Independen-
cia, sino que surgió de un contexto material cambiante como la
síntesis emergente de la identidad e intereses del grupo social
dominante de agricultores capitalistas.12 A medida en que la bur-
guesía industrial fue adquiriendo preeminencia en el siglo XIX,
heredaron la hegemonía de la sociedad de mercado existente,
expandiéndola tanto geográficamente, hasta todos los rincones
del creciente país; como funcionalmente, en todos los aspectos
de la vida cotidiana.

11  Charles Sellers, The Market Revolution: Jacksonian America, 1815-1846 (Nueva York: Ox-
ford University Press, 1991), 5.
12  John Agnew, The United States in the World Economy: A Regional Geography (Cam-
bridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1987).
132 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

Por lo tanto, el sentido común de la sociedad estadouniden-


se es uno profundamente mercantilizado en el que todo y todos
tienen un precio,13 aunque eso no significa que siempre haya
habido consenso total sobre hasta qué punto permitir esto, o si
el Gobierno debe ser su propiciador o inhibidor. En efecto, los
excesos del mercado siempre han recibido resistencias, desde la
época de Jackson a finales de 1820 y principios de 1830, hasta el
presente. Ciertamente, en el marco de los amplios parámetros
de la sociedad de mercado, la política estadounidense siempre
ha oscilado entre intentos de vigilancia y control del mercado a
favor de intereses de diversos grupos mediante el uso del poder
gubernamental; y dejar sueltas las fuerzas del mercado de los
amarres institucionales.14 Generalmente, ha sido durante épo-
cas de malestar económico o en respuesta a amenazas políticas
percibidas (internas, como en la Guerra Civil; o externas, como
en las guerras mundiales) que el equilibrio se ha desplazado ha-
cia mayor control. No obstante, aunque los dos destartalados
partidos políticos que desde la Guerra Civil atan la sociedad es-
tadounidense con sus institucionales políticas aceptan el modelo
de mercado, ambos tienen actitudes divergentes sobre cómo ad-
ministrarlo. A excepción del Partido Demócrata durante la dé-
cada de 1930, que aumentó de manera vertiginosa el rol federal
en la economía y sociedad estadounidense, ambos partidos han
tendido a evitar interferir con el dominio político de los intereses
del sector económico privado.
En su historia temprana, desde 1775 hasta el final de la Gue-
rra en 1812, EE. UU. sufrió luchas armadas periódicas, amenazas
recurrentes de luchas armadas, y discrepancias profundas sobre
el rol de instituciones como la Corte Suprema y los poderes de los
estados en relación al Gobierno federal. Diversas identidades e
intereses tendieron a unirse en torno a las dos mayores facciones
políticas que emergieron en la década de 1790: los Federalistas
y los Republicanos-Demócratas. Mientras los Federalistas, como
Alexander Hamilton y John Adams, querían concentrar el poder
en el centro, los Republicanos (con Jefferson a la cabeza) querían
reducirlo. La Constitución dio al sur, donde predominaban los

13  T. H. Breen, The Marketplace of Revolution: How Consumer Politics Shaped American
Independence (Nueva York: Oxford University Press, 2004).
14  Véase, por ejemplo, Carville Earle, The American Way: A Geographical History of Crisis
and Recovery (Lanham, MD: Rowman and Littlefield, 2003).
HEGEMONÍA 133

Republicanos-Demócratas, una ventaja electoral incorporada. La


llamada “cláusula de los tres quintos” indicaba que cada esclavo
contaba por tres quintos de una persona al momento de deter-
minar el número de personas en cada estado y en cada distrito
parlamentario y, por lo tanto, los números tanto de los represen-
tantes al Congreso, como los votos electorales para la presidencia
que cada estado podría ejercer. Aunque el balance poblacional
entre el norte y sur cambió una vez que grandes números de in-
migrantes se asentaron en las áreas manufactureras del norte,
hasta la Guerra Civil el sur dominaba la política nacional en gran
parte gracias a la regla de los tres quintos.15
Con una población crecientemente dividida entre las líneas
norte-sur en torno a cuestiones como la extensión de la esclavi-
tud hacia el interior continental y el papel del Gobierno federal
en el financiamiento del desarrollo infraestructural y del creci-
miento económico, la idea de Thomas Jefferson sobre la unión
federal como un convenio entre Estados soberanos resultó no
aportar ninguna solución a los problemas emergentes.16 Incluso
cuando aliados como James Madison mantuvieron la confianza
de que el “modelo” americano tenía lecciones que dar, hacia el fi-
nal de su vida Jefferson no estaba tan seguro de que la “república
extendida” sobreviviera las tensiones implícitas al sistema inau-
gurado en 1787.17 Durante el período de asentamiento y desarro-
llo de la economía nacional, arraigaron un conjunto importante
de diferencias entre lugares en relación a la naturaleza y niveles
de desarrollo económico, entre perspectivas sobre el equilibrio
entre niveles de Gobierno federal y estatal, y entre concepciones
del bien público, poniendo en jaque la idea de un espacio ameri-
cano abstracto e idealizado.18
15  Garry Willis, “Negro President”: Jefferson and the Slave Power (Nueva York, Houghton
Mifflin, 2003). Por supuesto, si el sur hubiera sido capaz de contar esclavos uno por uno, ha-
brían tenido una representación aún mayor. El que no pudieran fue resultado de la negociación
con los norteños. Las mujeres y los niños estarían igualmente incluidos en los censos de la
población, de uno a uno, aún cuando no tenían derecho al voto.
16  Daniel Deudney, en Bounding Power: Republican Security Theory from the Polis to the
Global Village (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 2004), argumenta de for-
ma plausible que los EE. UU. eran una distintiva “Unión Filadelfiana” antes de la Guerra Civil,
que solo después del 1865 llega a ser un reconocido y moderno Estado-nación. La expansión
occidental de la unión constantemente amenazó al balance del poder entre norte y sur, depen-
diendo de si los estados entran como libres o esclavos. Solo después de una extremadamente
violenta guerra de secesión era factible para una sociedad de mercado emerger como una arga-
masa económica-cultural que junto a un nacionalismo en crecimiento abarcaron todo el país.
17  Peter S. Onuf and Leonard J. Sadosky, Jeffersonian America (Oxford: Blackwell, 2002, 218–19).
18  John A. Agnew, “Introduction,” en American Space/American Place: Geographies of the
134 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

La mirada ampliamente compartida entre los Padres Fun-


dadores de que estaban creando un “imperio” potencialmente
continental no abarcaba la cuestión de los medios para ello.
La figura central en la diplomacia estadounidense era sin duda
Thomas Jefferson, quien se oponía a la “razón de Estado” al
viejo estilo europeo. Aunque perseguía ambiciosas metas, so-
bre todo la expansión territorial y la reforma comercial,

estaba decidido a deshacerse, tanto como le fuera posible, de


todos los ejércitos, marinas y acuerdos diplomáticos que habían
perjudicado los prospectos de libertad política y prosperidad
económica en el exterior, y estaba dispuesto a hacer lo mismo
en casa si éstos algunas vez se enquistaban.19

“Conquistar sin guerra” –materializar los objetivos de la po-


lítica estadounidense a través de la coerción económica y otros
medios pacíficos de conseguir consentimiento– fue el principal
legado de Jefferson a los EE. UU.
Al escribir la Declaración de Independencia, Jefferson ha-
bía incluido en el segundo párrafo la frase “todos los hombres
son creados iguales, y Dotados por su Creador con ciertos de-
rechos inalienables”. Esta frase se convertiría en el toque de
clarín a mediado del siglo XIX para aquellos, particularmente
Abraham Lincoln, quienes consideraban la Declaración de In-
dependencia (más que la Constitución) como la base moral de
la Revolución Americana.20 En este texto, los ideales de la na-
ción vencen los intereses de facciones particulares, estados
o grupos en materia de esclavitud y otros asuntos (como ban-
ca nacional o desarrollo industrial). Este énfasis entusiasta de
la Declaración de Independencia en la igualdad humana y el
propósito nacional se convirtió en la base para luchar la Gue-
rra Civil. También fue la base de la creación de unos EE. UU.
más políticamente centralizados y económicamente integrados,
luego del triunfo de la Unión sobre la Confederación sureña.
La esclavitud constituía una abominación para Lincoln no
Contemporary United States, ed. John A. Agnew y Jonathan Smith (Edinburgh: Edinburgh
University Press, 2002).
19  Robert W. Tucker y David C. Hedrickson, Empire of Liberty: The Statecraft of Thomas
Jefferson (Nueva York: Oxford University Press, 1990), ix.
20  William Lee Miller, Lincoln’s Virtues: An Ethical Biography (Nueva York: Random
House, 2002), 88.
HEGEMONÍA 135

solamente por principios morales, tal como en el argumento de


algunos abolicionistas según el cual toda la gente debía ser dueña
de su humanidad para poder ser dueña de su alma, sino porque
socavaba el acceso igualitario al mercado para los trabajadores
no remunerados al poner un precio sobre la gente sin pagarles.
El mayor temor de Lincoln era la expansión de la esclavitud
hacia los territorios occidentales. En esencia, la expansión de la
esclavitud obstaculizaba la consecución de un mercado nacional
para el trabajo no remunerado. Solo un libre mercado de trabajo
podía lograr la promesa de la Declaración de Independencia.
Por supuesto, los sectarismos, especialmente entre norte y sur,
continuaron dividiendo el país luego de la Guerra Civil y las
distintivas posturas frente a asuntos domésticos y extranjeros
siguieron esta división. Sin embargo, hasta la década de 1890, la
integración a la sociedad de mercado nacional de los territorios
adquiridos con la Compra de Luisiana en 1803 y la Guerra con
México de 1847 a 1849 tuvo prioridad sobre todo lo demás.
El sistema bipartito estadounidense a partir de la Guerra Ci-
vil contribuyó a apuntalar la sociedad de mercado. Si el Partido
Republicano moderno ha tenido un tema común desde su fun-
dación en 1854, ha sido el de presentarse como el partido de la
nación americana, del patriotismo, y de la economía nacional.
El Partido Demócrata (la transformación Jacksoniana de los
Republicanos-Demócratas), con su poderosa base sureña hasta
tiempos recientes, se convirtió en el partido de la moderación
y la concertación en todos los sectores. Todos los movimientos
progresistas para el cambio –el movimiento obrero, los derechos
civiles, los movimientos de mujeres, etc.– han tenido que llegar
desde afuera del Partido Demócrata incluso tras haber intenta-
do influir en él. En contraste el Republicano ha sido el partido
de las soluciones intransigentes, frecuentemente draconianas, a
los problemas nacionales percibidos, basados en una identidad
que se mueve entre el propósito nacional y la empresa de ne-
gocios. Particularmente luego de la Guerra Civil, fueron los Re-
publicanos quienes más hicieron para promover la sociedad de
mercado. Desde esta perspectiva, la Guerra Civil estadounidense
y la era de la Reconstrucción pueden entenderse mejor como un
período de revolución liberal.21 A pesar de su nombre, el Partido
21  Thomas D. Schoonover, Dollars over Dominion: The Triumph of Liberalism in Mexican–
United States Relations, 1861–1867 (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1978).
136 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

Republicano fue en realidad el caballo de Troya para el libera-


lismo de pura cepa. Así fue como se resolvió la contradicción
fundacional entre las tendencias republicanas y liberales.
Tras la muerte de Lincoln, los intereses privados vencieron
la virtud pública.
La extensión de los EE. UU. hacia el interior de América del
Norte en el siglo XIX creó una masa de terrenos y base de re-
cursos inigualable por ningún otro imperio territorial excepto
Rusia. Aunque inicialmente orientada al desarrollo agrícola, la
política nacional de conquista, asentamiento y explotación dio
lugar luego de la Guerra Civil (1860-1865) al establecimiento de
una economía integrada manufacturera. La Guerra Civil fue una
lucha por la trayectoria económica del país en su totalidad, tanto
como un conflicto sobre la moralidad de la esclavitud.22 La vic-
toria del norte industrial sobre el sur agrario-esclavista aseguró
el desplazamiento de la economía estadounidense de una base
agrícola a una manufacturera. El sur y el occidente se convirtie-
ron en periferias de recursos para el creciente cinturón manu-
facturero del noreste, proveyendo de comida y materias primas
a las fábricas de los entonces dominantes empresarios norteños
y sus banqueros aliados.23
La federación era en sí misma una solución de parches al pro-
blema de mantener unido un conjunto de sociedades regionales
con características culturales y económicas divergentes. Al mismo
tiempo, la “morfología geográfica” emergente contribuía a menos-
cabar tanto la igualdad económica como una identidad nacional
común. La tensión entre mercado y lugar se resolvió incorpo-
rando ambos espacios al mercado. Donald Meinig ha propuesto
un modelo heurístico para ilustrar los elementos principales de
esta morfología en los principios de EE. UU., alrededor de 1800
(figura 4.1).24 Pero esta morfología ha mantenido una influencia
persistente a través de los años tanto en términos de la estructu-
ra geográfica de la economía estadounidense y su influencia en
la política y las políticas nacionales (por ejemplo, en las posturas
hacia restricciones comerciales, intervenciones militares extran-
jeras, etc.). Ha sido de particular importancia el control sobre el
22  Richard H. Sewell, A House Divided: Selectionalism and Civil War, 1848-1865 (Balti-
more: John Hopkins University Press, 1988).
23  Agnew, The United States in the World Economy, capítulo 3.
24  Donald W. Meinig, The Shaping of America. Volume I: Atlantic America (New Haven, CT:
Yale University Press, 1986).
HEGEMONÍA 137

desarrollo nacional ejercido por las ciudades-regionales del no-


reste. Nueva York y Filadelfia rápidamente se convirtieron en
centros nacionales, más que estatales o regionales. Prosperaron
en su interacción con centros provinciales y periferias internas.
También sirvieron como puntos principales de intersección con la

FIGURA 4.1. Morfología geográfica estadounidense, hacia 1800.

TERRITORIO EXTRANJERO

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DEL NORTE BRITÁ
L U I S I A N A

Boston
Albany
DOMINIO
LIBRE
Carlisle Ne w York
Philade lphia
Baltimore
Wa shingt on, D.C.
Lexington Richmond

DOMINIO
ESCLAVO

Charleston

Estados Unidos
F L O R I D c. 1800
A

Fuente: D. Meinig, The shaping of America. Volume I: Atlantic America, 1492-1800 (New Haven, CT: Yale
University Press, 1986, 402). Copyright Yale University Press
138 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

economía del Atlántico. Como nodos en una red transatlántica de


flujos comerciales, de capital y laborales, mediaron entre el inte-
rior continental y el mundo más allá de sus fronteras.
En términos de Meinig, el área nuclear incluyendo Nueva
York y Filadelfia, rápidamente dio lugar a una región medular
con centros regionales importantes como Baltimore y Boston.
Más allá de esto había un dominio de áreas vinculadas directa-
mente (en el norte) o indirectamente (en el sur) a la carretera na-
cional y más tarde, a redes de canales y ferrocarriles. Finalmen-
te, a la mayor distancia de la región medular estaba la región, o
esfera, fronteriza, que ejercía un atractivo imaginario potente
pero que apenas estaba incorporada débilmente en la estructura
económica-comunicacional de la nación, hasta más adelante en
el siglo XIX. El poder relativo, o la capacidad de afectar las deci-
siones políticas y económicas, tendía a ser paralelo a la morfolo-
gía geográfica básica.
El equilibrio regional alcanzado para la década de 1830 se
apoyaba en una serie de especializaciones económicas claves.
La exportación de algodón al sur ataba a EE. UU. directamente
a la economía mundial a través de exportaciones fundamental-
mente a Gran Bretaña. El sur importaba crecientes cantidades
de productos alimenticios del oeste (hoy día el medio oeste) del
país, y con los ingresos percibidos el oeste compraba bienes ma-
nufacturados del noreste. Así, se estableció una especialización
con vínculos interregionales, creando tres economías regiona-
les distintas dentro de sí. Lentamente, se deshizo el equilibrio.
El crecimiento industrial en el noreste se aceleró al punto en
que la región tenía una economía manufacturera que generaba
su propia demanda interna. Esto, a su vez, estimulaba la deman-
da de producción agrícola del oeste. A medida en que nuevas
rutas ferroviarias integraban el noreste y el oeste, el sur se veía
cada vez más aislado como una economía de exportación basada
en un sistema de plantación esclavista que no encajaba ni con la
economía industrial norteña emergente ni con los postulados de
la sociedad de mercado. La cuestión fundamental por la que se
peleó la Guerra Civil tenía que ver con cuál economía sería favo-
recida por el Gobierno federal.25 Ninguna podía coexistir con las
otras en el mismo espacio nacional. Si el sur hubiese ganado, es
25  Barrington Moore, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy (Boston: Beacon
Press, 1966), 133.
HEGEMONÍA 139

poco probable que nadie estuviera escribiendo libros sobre la


hegemonía estadounidense.
La economía emergente nacional de finales del siglo XIX se
basaba en gran medida en el crecimiento de la primera economía
de consumo capitalista. Las empresas estadounidenses fueron
pioneras en utilizar la publicidad y habilidad comercial como
vehículos para atraer a la población hacia mercados masivos de
bienes manufacturados y productos alimenticios. En relación al
resto del mundo, el crecimiento estadounidense en producción
manufacturera fue increíble. Mucha de esta producción depen-
día de la expansión de mercados para conseguir productos así
como de acceder a los vastos recursos de materia prima en el
interior estadounidense (figura 4.2). El crecimiento dependía de
cuatro factores: la expansión de las vías ferroviarias, la remoción

FIGURA 4.2 La expansión continental de los asentamientos


estadounidenses.

FE
RR
O CARR I L D L PAC
E Í F I C O NORTE

L
FERRO CARRI L DEL PA CÍ F ICO C ENTR A

FERRO CA
R RIL
DE
PA
L

C ÍFIC
OS
UR

OCUPADO EN 1800
OCUPADO ALREDEDOR DE 1850
OCUPADO ALREDEDOR DE 1900
140 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

de barreras legales para el comercio interestatal, el desarrollo de


grandes empresas o consorcios explotando economías de es-
cala para capturar mercados nacionales, y la explosión del
mercadeo, publicidad y habilidades comerciales para estimu-
lar la demanda.26 Alan Trachtenberg captura bien la creación
de un verdadero e incipiente mercado internacional producto
de esta combinación:

Tras la pista de los ferrocarriles, las empresas comerciales e indus-


triales asumieron tener todo el espacio nacional a su disposición:
desde las materias primas hasta el procesamiento de bienes para
la comercialización. El proceso de hacerse de escala nacional im-
plicó un cambio en la relación entre corporaciones y agricultura,
una asimilación de la empresa agrícola dentro de las estructuras
productivas y de mercado… Los productos agrícolas entraron en el
mercado de mercancías y se hicieron parte del sistema internacio-
nal de compra, venta y envío.27

El edificio económico entero se apoyaba sobre una rápida


expansión del consumo basada en el crecimiento de una “cultu-
ra de ventas” en la cual la compra de bienes era un medio para
alcanzar la satisfacción y la felicidad personal. Aunque otros
factores –como las vías de ferrocarriles, las grandes empresas,
la eliminación de barreras a las operaciones comerciales nacio-
nales– sin duda tuvieron mucho que ver en la creación de un
mercado nacional, quizás han recibido innecesaria atención.
Efectivamente, éstos podrían ser vistos como posibilitadores
más que fundamentales al tipo de economía que había emergido
para principios de 1900. Las empresas estadounidenses fueron

26  Véase, por ejemplo, Richard Franklin Bensel, The Political Economy of American Indus-
trialization, 1877-1900 (Nueva York: Cambridge University Press, 2000); David R. Meyer,
The Roots of American Industrialization (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2003);
y el más importante desde mi punto de vista, Timothy B. Spears, 100 Years on the Road:
The Traveling Salesman in American Culture (New Haven, CT: Yale University Press, 1995).
Spears nos muestra cómo los vendedores hicieron de los suburbios de grandes ciudades y el
interior continental de EE. UU. progresivamente un único mercado, y cómo su rol en la vida
cotidiana (por ejemplo, alentando la “lealtad a la marca”) fue central para una cultura de con-
sumo que entretejió cada vez más la dispar sociedad nacional hacia finales del siglo XIX. La
decisión de Robbins de 1887 emitida por la Suprema Corte de los EE. UU. sentenció que las or-
denanzas y leyes locales restringiendo a los vendedores viajantes eran violaciones a la libertad
de comercio interestatal, propinando un golpe constitucional a favor del mercado nacional.
27  Alan Trachtenberg, The Incorporation of America: Culture and Society in the Gilded Age
(Nueva York: Hill and Wang, 1982), 20-21.
HEGEMONÍA 141

pioneras tanto en la publicidad como en las habilidades comer-


ciales como medios para incorporar a la población a mercados
masivos de los bienes salidos de sus propias fábricas. El ethos de
la producción masiva para consumo masivo fue una invención
estadounidense. Las promesas del mercado –las cosas que podía
proveer y el estatus asociado a su posesión– sirvieron para inte-
grar social y geográficamente a la población de un vasto territo-
rio que de lo contrario hubiese estado dividido por clases, razas,
etnicidad, religión e intereses económicos sectoriales. Eso fue
celebrado por analistas y políticos como la búsqueda del “Sueño
Americano”. No obstante, eventualmente, los límites definidos
para el consumo por el tamaño del mercado nacional, aunque
pueda parecer gigantesco, solo podrían ser superados con la ex-
pansión hacia el horizonte. Alimentar el sueño no podía ser confi-
nado territorialmente. El alcance territorial debía ser expandido.
El ascenso de la cultura de consumo americana a finales
del siglo XIX y principios del siglo XX puede verse de distintas
maneras. Desde una perspectiva, representó una “democrati-
zación del deseo” o la conversión de lo que antes eran lujos
consumidos por las élites a mercancías vendidas a las masas.
Esto no solo despolitizó la “libertad de elegir”, llevándola de los
ideales republicanos de autogobierno a la elección entre pro-
ductos diferentes; sino que también creó soluciones a la cues-
tión económica al expandir las oportunidades de acumulación
de capital y a la cuestión política de atar trabajo asalariado a la
producción capitalista por medios más allá de la relación asa-
lariada. Una visión de la “buena vida”, basada en el consumo ma-
terial y potencialmente disponible para todos, marginalizó cada
vez más otras miradas a finales del siglo XIX.28 La idea de perte-
necer a la clase media se convirtió en el estatus autodenomina-
do por muchos que, strictu sensu, seguían siendo trabajadores.
Ser de clase media significaba disfrutar y vivir para las cosas. En
otras palabras, “la promesa de la democracia era la promesa de
la plenitud”.29
Desde otra perspectiva, el ascenso de la cultura de consumo
americana representó un cambio fundamental en la naturaleza
de la ética burguesa asociada con el capitalismo temprano y sus
28  William Leach, Land of Desire: Merchants, Power, and the Rise of a New American
Culture (Nueva York: Pantheon, 1993).
29  Olivier Zunz, Why the American Century? (Chicago: University of Chicago Press, 1998), 75.
142 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

teóricos como Adam Smith y Karl Marx. En los EE. UU., como
en otras partes, esta ética “había juntado trabajo perpetuo,
ahorro compulsivo, responsabilidad cívica y una moral rígida
de la abnegación. Para inicios del siglo XX, esa actitud había
empezado a ceder lugar a un conjunto de valores avalando el
esparcimiento periódico, gasto compulsivo, pasividad apolíti-
ca y una moral de aparente permisividad (aunque sutilmente
coercitiva) hacia la satisfacción individual”.30 Esta transforma-
ción tuvo lugar lenta pero inexorablemente. Por un lado, las
empresas apelaban cada vez más a las ansiedades de estatus
como medio para expandir el consumo que solo podía resol-
verse (según decía la publicidad) siendo propietario de algún
producto. El consumo es motivado principalmente por lo que
otras personas están consumiendo.31 A su vez, las ansiedades
de estatus emergieron en la población debido a un aumento
en la movilidad social; la llegada de grupos inmigrantes con
costumbres e indicadores sociales de estatus distintivos que
necesitaban un mínimo común denominador para coexistir
socialmente; el aumento en las demandas de las mujeres para
ser reconocidas como iguales socialmente; y el desplazamiento
dentro de la cultura estadounidense dominante de una morali-
dad protestante de la abnegación a un ethos terapéutico enfati-
zando la realización personal.
Cambios institucionales apuntando hacia una sociedad de mer-
cado más integrada prefiguraron las transformaciones psicológicas
y religiosas. Sin embargo, es importante no ver esto último como
simplemente funcional o subsiguiente a lo primero. Sucedieron en
concordancia, no en orden de prioridad uno respecto al otro. Una
serie de actos legislativos de los años de la Guerra Civil sentaron las
bases para la creación de un mercado verdaderamente nacional. El
más importante de éstos fue el Acta de la Banca Nacional de 1863.
Este trajo un atisbo de homogeneidad a la circulación de notas ban-
carias a lo largo y ancho de EE. UU. Hasta entonces, los costos de
las transacciones comerciales a través del territorio nacional habían
aumentado de manera importante debido a la existencia de miles
30  T. J. Jackson Lears, “From Salvation to Self-Realization: Advertising and the Therapeutic
Roots of the Consumer Culture, 1880–1930,” en The Culture of Consumption: Critical Essays
in American History, 1880–1980, ed. Richard Wightman Fox and T.J. Jackson Lears, 3 (Nueva
York: Pantheon, 1983).
31  Nota 31 Sobre este proceso, véase, por ejemplo, el más notorio, Thorstein Veblen, The
Theory of the Leisure Class (edición original, 1899; Nueva York: Mentor, 1953).
HEGEMONÍA 143

de notas bancarias distintas circulando localmente, muchas de las


cuales eran falsificadas. El Acta de la Banca no solo contribuyó a
definir un espacio de circulación para la moneda en EE. UU. (in-
cluidos símbolos nacionales), sino que también marcó el inicio de
un proceso mediante el cual el control sobre el dinero se convertiría
en una palanca importante en las regulaciones del Gobierno federal
sobre la economía nacional.32
También vital para el desarrollo del emprendimiento en
general fue el estatus legal especial dado a las empresas en los
años posteriores a la Guerra Civil.33 Así como la Guerra Civil
había enriquecido a los fabricantes de materiales de guerra y
los ferrocarriles para transportarlos, la emergencia de un mer-
cado de alcance nacional también motivó el crecimiento de
grandes compañías buscando capturar las economías de escala
necesarias para prosperar en el período posterior a la guerra.
Estas compañías maniobraron agresivamente a través de las
cortes federales para obtener acceso al mismo estatus para sí
como agentes legales que la Constitución de los EE. UU. había
reservado hasta ese punto a personas individuales: personali-
dad jurídica. En un caso de 1886 de la Corte Suprema, Condado
Santa Clara vs. Southern Pacific, una corporación fue recono-
cida como equivalente a una persona en relación a los derechos
constitucionales bajo la Decimocuarta Enmienda, la cual fue
introducida en 1868 con el propósito de garantizar personali-
dad legal plena a esclavos liberados. A partir de entonces, las
empresas han conseguido obtener la garantía al discurso políti-
co de la Primera Enmienda (incluyendo contribuciones a cam-
pañas políticas); medidas de protección contra búsquedas sin
orden judicial como planteado en la Cuarta Enmienda; la pro-
tección contra doble riesgo de la Quinta Enmienda; y derechos
de la Sexta Enmienda a un juicio con jurado. Presumiblemente,
las empresas han obtenido mayores derechos que los indivi-
duos, particularmente si tenemos en cuenta que la capacidad
de las corporaciones de proteger sus intereses legales es tanto
mayor que la de un individuo promedio. El efecto neto de estas
protecciones fue el de liberar las empresas de la supervisión

32  Eric Helleiner, “Historicizing Territorial Currencies: Monetary Space and the Nation-State
in North America”. Political Geography 18 (1999): 309-339.
33  Thom Hartmann, Unequal Protection: The Rise of Corporate Dominance and the Theft of
Human Rights (Emmaus, PA: Rodale, 2002).
144 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

gubernamental y limitar la regulación judicial de la conducta


comercial. En ningún otro país tienen las empresas tantas pro-
tecciones constitucionales sin dirección gubernamental.
El capitalismo de consumo recibió un impulso importante
de la concentración de empresas en manos de consorcios cada
vez más grandes. A partir de la década de 1870, el crecimien-
to económico de EE. UU. fue administrado cada vez más por
las grandes empresas industriales y bancos de inversión como
J.P. Morgan. La primera fase de la concentración industrial
coincidió con el comienzo de la larga depresión económica en
1873. Muchas empresas se habían sobreexpandido durante los
años posteriores a la etapa de la Guerra Civil para satisfacer las
demandas del mercado nacional en crecimiento. Después de
darse cuenta de que el exceso de capacidad estaba bajando los
precios por debajo del costo de producción, las pequeñas em-
presas fueron parte de una oleada de agrupaciones y fusiones.
El resultado fue la consolidación masiva y centralización de una
amplia gama de industrias, especialmente la de bienes de con-
sumo. La empresa más famosa producida por esta ola de conso-
lidación fue Standard Oil (producción de querosene) propiedad
de John D. Rockefeller. Aunque muchas de las empresas que se
dedicaron a las absorciones y adquisiciones comenzaron como
empresas familiares, la propiedad y la administración se sepa-
raron rápidamente en EE. UU., a diferencia de muchos otros
países en los que el control de la familia se mantuvo en el cen-
tro de las operaciones de la empresa. Esto no solo estimuló el
crecimiento de una clase de “expertos” de negocios, comple-
mentados con sus propios títulos (particularmente maestrías
en administración de empresas), sino que también llevó a una
expansión de la propiedad a través de la venta de acciones con
el propósito de reunir capital para inversión y limitar el control
ejercido por los intereses familiares.
La severa desaceleración de 1893-1896 provocó un cese tem-
poral de la concentración empresarial, pero la cuestión de los
“consorcios” ya se había convertido en un tema clave en la políti-
ca nacional estadounidense, dividiendo el país entre el “núcleo”
nororiental, donde se favorecía o se aceptaba la concentración,
y el resto del país (la “periferia”), donde la concentración era
ampliamente vista como un instrumento de dominación por el
HEGEMONÍA 145

capital del noreste.34 La legislación antimonopolio como la Ley


Sherman de 1890, continuó dando la impresión de un país com-
prometido con el capitalismo a pequeña escala, pero este no era
el caso. La recuperación económica del período 1896-1905 marcó
la mayor oleada de fusiones y adquisiciones en la historia de los
EE. UU., más grande en términos reales que las de 1925-1929,
finales de los 70 y los años 80. Las empresas creadas en este pe-
ríodo incluyeron General Electric, Eastman Kodak, International
Harvester y U.S. Steel. Los accionistas originales eran a menu-
do “ladrones de cuello blanco” como Cornelius Vanderbilt, John
D. Rockefeller y Andrew Carnegie. Muchas de las negociaciones
sobre las adquisiciones fueron negociadas por J.P. Morgan, el
banco de inversión que dominó las finanzas estadounidenses a
lo largo de este período.35 La estrecha relación entre los bancos
de inversión y las empresas representaba el rápido cambio que
había tenido lugar en la economía estadounidense desde la pro-
piedad familiar hasta compañías con cotizaciones bursátiles y el
capitalismo de gestión. Otros países se quedaron atrás.36
En 1905 aproximadamente dos quintas partes del capital
manufacturero de EE. UU. estaban controladas por 300 empre-
sas, con una capitalización agregada de $ 9 mil millones (a pre-
cios de 2002). Varios estímulos causaron las consolidaciones.
Uno de ellos fue el coste de producción en masa y la consiguiente
necesidad de aprovechar las economías de escala que requerían
grandes inversiones de capital. Otro incentivo importante en
las primeras fusiones, fue el deseo de eliminar la competencia y
fijar precios de monopolio. Un tercer estímulo, el mayor, provi-
no del deseo de expandirse hacia el exterior. Las empresas más
grandes podían manejar mejor los costos iniciales y las dificul-
tades políticas involucradas en la inversión extranjera directa.
Más importante aún, una vez engrandecidas gracias a la expan-
sión doméstica, las empresas podrían obtener mayores ganan-
cias, mayor participación y dominio del mercado solo a través
de la expansión en el extranjero.37 Para 1914, un mínimo de 41
34  Elizabeth Sanders, “Industrial Concentration, Sectional Competition, and Antitrust Pol-
itics in the United States, 1880-1980”. Studies in American Political Development 1 (1986):
142–214.
35  Ron Chernow, The House of Morgan: An American Banking Dynasty and the Rise of
Modern Finance (Nueva York: Atlantic Press, 1990).
36  Alfred D. Chandler, “The Growth of the Transnational Industrial Firm in the United States
and United Kingdom: A Comparative Analysis”. Economic History Review 33 (1980): 396-410.
37  Mira Wilkins, The Emergence of Multinational Enterprise: American Business Abroad
146 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

compañías estadounidenses, principalmente en las industrias


de procesamiento de alimentos y maquinaria, habían construi-
do dos o más fábricas en el extranjero. El hecho de que el mayor
número de fábricas construidas en el extranjero después de Ca-
nadá fuera en Gran Bretaña, un país comprometido con el libre
comercio, muestra que los costos de transporte y satisfacer las
demandas de los mercados locales en el extranjero eran objeti-
vos más importantes en la inversión extranjera directa de EE.
UU. que simplemente evitar las barreras arancelarias.38
Sin embargo, la creación de una economía nacional inte-
grada no significaba que las principales secciones o regiones
de EE. UU. estuvieran de acuerdo en la dirección que la expan-
sión estadounidense debería tomar más allá de sus fronteras.
En efecto, las disputas políticas estadounidenses en torno al
comercio, inversión, banca y políticas militares siempre han
tenido un carácter sectorial dado las diferentes necesidades y
expectativas de las poblaciones asociadas con las principales
secciones del país.39 Por ejemplo, el dominio de la manufactu-
ra en el noreste desde la Guerra Civil hasta la década de 1950
fomentó una actitud positiva en esa región hacia los arance-
les sobre la importación de productos manufacturados que
en la economía basada en materias primas del sur, donde se
consideraba que esos aranceles aumentaban los costos de los
productos manufacturados en la región sin una compensación
acorde a las necesidades de la economía regional. Sin embargo,
lo que no está en discusión es que tales disputas siempre han
tenido lugar dentro de un discurso dominante que ha privile-
giado los supuestos beneficios del crecimiento económico con-
tinuo y la necesidad de expandirse económicamente más allá de
las fronteras territoriales actuales para alcanzar ese objetivo. En
otras palabras, las disputas interregionales sobre política exte-
rior se han librado principalmente en torno a los medios más
que los fines.
Ciertamente en la década de 1890, EE. UU., a los ojos de
analistas influyentes y líderes políticos de todo el país, había
alcanzado su “destino continental”. Creían que el tiempo era

from the Colonial Era to 1914 (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1970).
38  Chandler, “The Growth of the Transnational Industrial Firm,” 399.
39  Peter Trubowitz, Defining the National Interest: Conflict and Change in American For-
eign Policy (Chicago: University of Chicago Press, 1998).
HEGEMONÍA 147

propicio para lanzar a EE. UU. como una verdadera potencia


mundial. Una fuente de esta tendencia era la preocupación
por el orden social interno. El final del siglo XIX no solo fue
testigo del crecimiento del trabajo doméstico y movimientos
socialistas que desafiaron la preeminencia de los negocios den-
tro la sociedad estadunidense, sino que también se trató de un
período importante de depresión y estancamiento, la llamada
Gran Depresión desde 1870 hasta 1896, en la que el margen de
las ganancias disminuyó y el desempleo aumentó. Esta com-
binación fue vista como un cóctel volátil, listo para explotar
en cualquier momento. La expansión comercial en el exterior
fue vista como una forma de construir mercados y resolver el
problema de las ganancias. El desempleo bajaría, el consumo
aumentaría, y el atractivo de la política subversiva disminuiría.
Otra fuente fue más tajantemente ideológica. La historia de EE.
UU. ha sido de expansión: ¿por qué debería el continente esta-
blecer límites para la “marcha de la libertad”? Para Frederick
Jackson Turner, el historiador quien había señalado la “fronte-
ra” interna como la fuente de la diferencia entre la estadouni-
dense y otras sociedades, EE. UU. solo podrían ser “sí mismo”
(para lo cual se reservó el término “América”, a pesar de que se
aplicaba a todo el continente y no sólo a la parte ocupada por
EE. UU.) si continuaba expandiéndose. Una política exterior
estadounidense fortalecida y la inversión más allá de las costas
continentales fueron los corolarios necesarios:

Durante casi trescientos años, el hecho dominante en la vida esta-


dounidense ha sido la expansión. Con el asentamiento de la cos-
ta del Pacífico y la ocupación de las tierras libres (sic), este movi-
miento ha llegado a controlarse. Que estas energías de expansión
ya no funcionarán sería una predicción imprudente; las demandas
de una política exterior vigorosa, de un canal interoceánico, de un
renacimiento de nuestro poder sobre los mares y de la extensión
de la influencia estadounidense a las islas periféricas y los países
colindantes, son indicios de que este movimiento continuará.40

El estallido del colonialismo europeo a fines del siglo XIX tam-


bién fue importante para estimular los proyectos estadounidenses

40  Frederick Jackson Turner, “The Problem of the West”. Atlantic Monthly 78 (1896), 289.
148 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

de expansión más allá de los límites continentales. Los mercados


internos ya no eran suficientes para grandes segmentos de la
industria manufacturera estadounidense, particularmente los
monopolios emergentes como Standard Oil y Singer Sewing
Machine Co. Se temía que si no emulaban a las europeas, las
empresas estadounidenses serían excluidas de los mercados
extranjeros que ejercían un hechizo cada vez mayor sobre la
imaginación nacional estadounidense, como China y el sudeste
asiático. La diferencia entre los estadounidenses y la mayoría
de los europeos, sin embargo, era que la expansión de los ne-
gocios estadounidenses no necesariamente implicaba expansión
territorial. El acceso garantizado era lo que anhelaban. De he-
cho, el colonialismo en la tradición europea generalmente no se
consideraba necesario ni deseable. Además de ser costoso para
los Gobiernos, en muchos casos también implicaba hacer pactos
culturales y ser deferente con los déspotas locales de una u otra
forma, un precio que muchos estadounidenses no estaban dis-
puestos a pagar. También existía la dificultad de encajar el im-
perio con una identidad nacional que había mantenido por largo
tiempo un considerable componente antiimperialista.41
A EE. UU. le tomó un tiempo reaccionar al estallido del im-
perialismo europeo a partir de la década de 1870. De hecho,
no fue hasta la década de 1890 que EE. UU. se embarcó en un
proyecto imperialista explícito, cuando concluyó la integración
de la economía estadounidense después de la Guerra Civil y
tanto el sector industrial como el agrícola entraron en recesión.
Sin duda por un tiempo, y como resultado de ambos impera-
tivos económicos y el deseo de evitar quedar rezagados de los
europeos (y japoneses) en “prestigio imperial”, el Gobierno de
EE. UU. persiguió posesiones territoriales. Desde 1910 aproxi-
madamente hasta la década de 1940, sin embargo, se produjo
una reacción contra esto (al menos en lo que se refiere a terri-
torios fuera de América Latina), con un retorno a la sospecha
de expansión territorial. Después de la Segunda Guerra Mun-
dial, consideraciones sobre seguridad y estabilidad durante la
Guerra Fría con la Unión Soviética tendieron a sobreponerse al
antiimperialismo, pero en el sentido no tanto de perseguir el im-
perio territorial estadounidense sino en restringir el desarrollo
41  Mary Ann Heiss, “The Evolution of the Imperial Idea and U.S. National Identity”. Diplo-
matic History, 26 (2002): 511-540.
HEGEMONÍA 149

de regímenes considerados simpatizantes de la Unión Soviética:


desde Irán y Guatemala en la década de 1950, hasta Cuba, Chile,
Nicaragua, Angola, Vietnam del Sur y una miríada de otros paí-
ses más tarde.
Desde la década de 1890, el enfoque estadounidense de la
expansión económica tendió a favorecer la inversión directa en
lugar de la inversión de cartera y el comercio convencional. Las
ventajas hasta ahora específicas para EE. UU. en términos de
concentración económica y mercados masivos –la relación cos-
to-eficacia de las grandes fábricas, las economías de proceso, la
integración de los productos y el mercado– eran exportables por
las grandes empresas cuando invertían en subsidiarias en el ex-
tranjero. Durante gran parte del siglo XIX, las exportaciones de
capital y el comercio fueron lo que impulsó la economía mun-
dial. Sin embargo, para 1910, un tipo –en gran parte nuevo– de
inversión extranjera era cada vez más dominante: la creación
de sucursales extranjeras en otros países industriales por parte
de empresas con base de operaciones en su país. Las empresas
de EE. UU. eran, por abrumadora mayoría, los agentes más im-
portantes de esta nueva tendencia. Ellos estaban sentando las
bases para la globalización de la producción que ha emergido
lentamente, con la década de 1930 y la década de 1940 como el
único período de retracción.42 La globalización de la producción
a través de inversiones directas, alianzas estratégicas y una dis-
tensión aliada del control nacional-estatal sobre los mercados
financieros constituyen las fuerzas impulsoras más importantes
detrás de la globalización contemporánea. La globalización de la
producción tiene sus raíces en la experiencia estadounidense de
inversión extranjera directa a partir de la década de 1890.
Pero el expansionismo estadounidense después de 1896 nun-
ca fue simplemente económico. Al igual que con la hegemonía
doméstica, siempre fue político y cultural. Había una “misión”
de difundir los valores y el ethos estadounidenses, así como de
rescatar a las empresas estadounidenses de su impasse econó-
mico. Estas, como parte de un círculo virtuoso, estaban inva-
riablemente relacionadas entre sí mediante políticos y analistas
estadounidenses. La difusión de los “valores” estadounidenses
condujo al consumo de productos estadounidenses; la cultura de
42  Agnew, The United States in the World Economy; Thomas W. Zeiler, “Just Do IT! Global-
ization for Diplomatic Historians”. Diplomatic History 25 (2001): 529- 551.
150 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

masas estadounidense rompió las barreras de clase y etnia; y so-


cavando estas barreras estimuló el mayor consumo de productos
fabricados por empresas estadounidenses. La política exterior
estadounidense siguió en gran medida esta tendencia a partir
de entonces, con diferentes énfasis que reflejaban el equilibrio
de poder entre diferentes intereses nacionales y las condiciones
globales generales: hacer que el mundo fuera seguro para la ex-
pansión de mercados y aumentar la inversión más allá de las
fronteras de EE. UU. América misma se vendió como una idea.
El campo de las relaciones públicas fue la forma de arte estadou-
nidense por excelencia desde el principio:

Los comerciantes estadounidenses llevarían mejores productos


a un mayor número de personas; los inversores estadouniden-
ses ayudarían en el desarrollo de las potencialidades nativas; los
reformadores estadounidenses (misioneros y filántropos) erra-
dicarían las culturas bárbaras y generarían una comprensión
internacional; la cultura de masas estadounidense, llevando el
entretenimiento y la información a las masas, homogeneizaría las
tareas y rompería las barreras geográficas y de clase. Un mundo
abierto a la benevolencia de la influencia estadounidense parecía
un mundo en el camino del progreso. Los tres pilares (el comercio
y la inversión sin restricciones, el libre comercio, y el libre inter-
cambio cultural) se convirtieron en el fundamento intelectual de
la expansión estadounidense.43

El movimiento de una sociedad de mercado territorializada a


la globalización se basaba en la existencia previa de las “fronte-
ras abiertas” que caracterizaron el experimento estadounidense.
Aunque hubo presiones políticas periódicas para cerrar el terri-
torio nacional a productos, personas y capitales extranjeros, los
cuales se hicieron famosos en tiempos de declinación de la ren-
tabilidad empresarial, desempleo creciente y agitación social, la
trayectoria general de la política estadounidense desde 1890 en
adelante se encaminó hacia la apertura de la economía en rela-
ción con el resto del mundo.
Esto reflejaba los orígenes de EE. UU. como un conjunto de
colonias de pobladores en las que el espacio estaba abierto a la
43  Emily S. Rosenberg, Spreading the American Dream: American Economic and Cultural
Expansion, 1890–1945 (Nueva York: Hill and Wang, 1983, 37).
HEGEMONÍA 151

expansión en lugar de estar encerrado en defensa de los foras-


teros. Por lo tanto, las orientaciones del espacio son de particu-
lar importancia para entender a EE. UU., sea con respecto a la
política extranjera o a la identidad nacional. Podría argumen-
tarse que una imaginación geográfica es central para todas las
culturas políticas nacionales. Imaginar una entidad territorial
coherente que contenga un grupo de personas con un vínculo
común con ese territorio ha sido crucial en la creación de todos
los Estados nacionales. Sin embargo, si todas las naciones son
comunidades imaginarias, entonces América (EE. UU.) es la co-
munidad imaginada por excelencia.44 El espacio de “América”
ya fue creado en la imaginación de los primeros colonos euro-
peos en camino al “Nuevo Mundo” como un espacio de apertu-
ra y posibilidad.45 No fue construida y corrompida por siglos de
historia y luchas de poder como lo fue Europa. Incluso ahora,
EE. UU. es un país que es fácilmente visto como “en ninguna
parte” y “sin pasado”, construido como totalmente moderno y
democrático contra un país europeo (u otro) enredado en una
historia despótica y estratificado por la tiranía de la aristocracia.
La ideología del Sueño Americano –una ideología que enfatiza
que cualquiera puede tener éxito en la adquisición de capital y
bienes si trabaja duro, tiene un poco de suerte y un gobierno
discreto– marca la experiencia histórica estadounidense como
única o excepcional. El dominio de esta ideología liberal ha signi-
ficado que EE. UU. nunca tuvo las tradiciones revolucionarias o
reaccionarias prevalecientes en la Europa moderna. Al estrechar
el campo político, la tradición liberal estadounidense protege los
objetivos del individuo contra el Estado y las colectividades so-
ciales.46 Las narrativas de la historia de EE. UU. como un país
de migrantes que buscan con éxito una mejor forma de vida
proporcionan evidencia práctica para esta imaginación. Los
africanos esclavizados y los indios conquistados que hicieron
posible la construcción del Nuevo Mundo están en gran parte
ausentes de esta visión, excepto como personajes incidentales
o como barreras a ser superadas.
44  David Campbell, Writing Security: United States Foreign Policy and the Politics of Iden-
tity (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1992).
45  Frederick Dolan, Allegories of America: Narratives-Metaphysics-Politics (Ithaca, NY:
Cornell University Press, 1994).
46  Frederick Dolan, Allegories of America: Narratives-Metaphysics-Politics (Ithaca, NY:
Cornell University Press, 1994).
152 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

La mentalidad de la posibilidad ilimitada fue reforzada por


el mito de la experiencia fronteriza de la movilidad social indi-
vidual y de la energía de un país joven en contraste con el estan-
camiento social y la desigualdad económica de la “vieja” Europa.
Los estadounidenses tenían la libertad de instalarse en la gran
extensión de tierra “vacía” disponible en la frontera, descontan-
do la presencia de nativos cuyo evidente “atraso” tecnológico y
religioso justificaba la expropiación de su tierra. Todos los colo-
nos se hallaban en pie de igualdad en la frontera (según reza el
mito), y quienes prosperaban lo hacían gracias a su esfuerzo y
no por privilegios de cuna. Queda claro que este mito nacional
omite importantes elementos historiográficos, entre los cuales
cabe mencionar que la colonización incluyó el exterminio de
otros pueblos y de su pasado, lo que sucedió como parte de este
movimiento geográfico47. Sin embargo, el mito ha permanecido
durante mucho tiempo como un poderoso aspecto de la cultura
estadounidense. El supuesto inicial era que, mientras la frontera
continuara expandiéndose, EE. UU. florecería. Esta mentalidad
siguió siendo influyente más allá de la expansión física de EE.
UU. en todo el continente, mientras “la frontera” era reconfigu-
rada en torno a la necesidad de expandir el “camino americano” y
el “bien estadounidense” más allá de las costas estadounidenses.
Esto fue especialmente así en los años posteriores al final de la
Segunda Guerra Mundial, cuando otra potencia (la Unión Sovié-
tica) ofreció una interpretación utópica competitiva de la econo-
mía política. La historia de la frontera no es simplemente una
construcción de élite que se le dice a la población en general, sino
que se dice una y otra vez y se recicla a través de una variedad de
formas culturales: a través de la educación masiva, así como a
través de los medios y la cultura popular.48
El carácter de “frontera” de la economía estadounidense (la
expansión de los mercados de bienes y oportunidades para indi-
viduos más allá de los límites previos), figura fuertemente en el
estímulo estadounidense a la globalización económica contempo-
ránea. Como he argumentado, esto mismo está ligado a una ima-
gen cultural particular: los valores del consumidor-ciudadano.49
47  Louis Hartz, The Liberal Tradition in America: An Interpretation of American Political
Thought since Revolution (Nueva York: Harcourt Brance World, 1955).
48  Michael J. Shapiro, Violent Cartographies: Mapping Cultures of War (Minneapolis: Uni-
versity of Minnesota Press, 1997).
49  Véase, por ejemplo, Richard Slotkin, Gunfighter Nation: The Myth of the Frontier in
HEGEMONÍA 153

La posición estadounidense en la Guerra Fría de defender y pro-


mulgar este modelo chocó con el modelo soviético competidor
del Estado-obrero. El orden geopolítico resultante estaba ín-
timamente ligado a la expresión de la identidad americana.
Esto se difundió a través de ideas de “desarrollo”, que recogen
claramente las experiencias estadounidenses, primero en ac-
tos como el Plan Marshall, para ayudar a la reconstrucción de
Europa inmediatamente después de la Segunda Guerra Mun-
dial, y luego en la modernización del “Tercer Mundo” siguien-
do elementos de un modelo de la sociedad estadounidense
impulsado más fuertemente durante la corta presidencia de
John Kennedy (1961-1962). La Era del Alto Consumo Masivo
que el asesor de Kennedy (y Johnson), Walt Rostow proclamó
como el fin de la historia (y el objetivo de los esfuerzos de de-
sarrollo en todo el mundo) fue el reflejo en el espejo que EE.
UU. sostuvo ante el mundo.50
Esta narración histórica selectiva señala cómo los fun-
damentos de la globalización y la nueva geografía del poder
asociada a ella se presentaron inicialmente en EE. UU. a fines
del siglo XIX. Sin embargo, una forma alternativa de exami-
nar este proceso es resaltar analíticamente por qué EE. UU.
proporcionó esta base. Una serie de características sociales,
económicas y políticas de la sociedad estadounidense han sido
responsables de asegurar el desarrollo de una vigorosa “socie-
dad de mercado”, su aceptación generalizada en todas las cla-
ses sociales y la apertura a la expansión en el mundo en general.
Estos tienen ecos claros con elementos del argumento sobre la
construcción de la hegemonía estadounidense en el capítulo 3,
pero se plantean aquí para reforzar la idea de que la hegemo-
nía estadounidense, más allá de las fronteras nacionales de EE.
UU., refleja el logro previo de la hegemonía de la sociedad de
mercado dentro del mismo país. El capitalismo se ha desarro-
llado de diferentes maneras en diferentes lugares. El hecho de
que el capitalismo global contemporáneo refleje mucho más las
características de la sociedad del mercado estadounidense que
otras variedades de capitalismo sugiere el poder ejercido por
esta proyección particular.
Twentieth-Century America (Nueva York: Atheneum, 1992).
50  Gary Cross, An All-Consuming Century: Why Commercialism Won in Modern America
(Nueva York: Columbia University Press, 2000).
154 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

La hegemonía de la sociedad de mercado


La primera característica es identificada por Karl Marx en
el último capítulo de su libro El Capital (Volumen I). Marx con-
trasta los mercados laborales en el capitalismo del Viejo Mun-
do con los del Nuevo Mundo, señalando con cierta extensión la
ausencia de lo que él llama la “dependencia social” del obrero
sobre el capitalista. En particular, sugiere un corolario a esto:
dado que el trabajo en el Nuevo Mundo es relativamente escaso
y siempre puede convertirse en trabajo por cuenta propia (como
agricultor o artesano) “el grado de explotación del trabajo de los
trabajadores asalariados sigue siendo indecentemente bajo. El
trabajador asalariado pierde en esta situación, junto con la rela-
ción de dependencia, también el sentimiento de dependencia del
capital abstemio”.51 Marx nunca detalló esta diferencia a profun-
didad. Quizás debería haberlo hecho porque, como señala Desai,
la rentabilidad del capitalismo estadounidense con base en alto
salario/alta productividad/alta rentabilidad “predijeron la nueva
fase del capitalismo”.52 Por lo tanto, de manera crucial, la expe-
riencia estadounidense del capitalismo era totalmente diferente
de la de Europa, con consecuencias fatídicas para las predicciones
sobre la aceptación futura del capitalismo por parte de los traba-
jadores asalariados estadounidenses y la trayectoria futura del
capitalismo en otros lugares bajo la influencia estadounidense.
En relación con Europa, mayor libertad económica (capacidad
de cambiar de empleo, avanzar hacia el empleo independiente,
etc.) combinado con mayores derechos políticos (al menos para
los hombres blancos, cuyo estatus se convirtió entonces en el es-
tándar al que todos los otros grupos [afroamericanos, mujeres,
etc.] aspiraron) produjo una mayor aceptación de EE. UU. como
una “sociedad de mercado”:

La falta de aristocracia feudal significó que a medida que se producía


la expansión hacia el oeste, la tierra no fue monopolizada y dividida
en latifundios en EE. UU., como lo fue en Sudamérica. Esto hizo
que el mercado laboral fuera difícil. Pero también había mayores
51  Karl Marx, Capital, Volume I (Londres: Lawrence and Wishart edn., [1887] 1974), 720,
mi énfasis.
52  Meghnad Desai, Marx’s Revenge: The Resurgence of Capitalism and the Death of Statist
Socialism (Londres: Verso, 2002), 142.
HEGEMONÍA 155

niveles de alfabetización en los EE. UU. en comparación con Euro-


pa. Para hacerse ciudadano, un inmigrante tenía que demostrar la
capacidad de leer y cierto conocimiento de la Constitución estadou-
nidense. La alfabetización más alta en EE. UU. es, por lo tanto, par-
te del concepto de ciudadanía como un derecho, no como un don.53

Uno de los corolarios de la escasez de mano de obra, parti-


cularmente mano de obra calificada, fue el énfasis temprano en
la sustitución del capital (en forma de tecnología) por trabajo.
Desde la década de 1820 en adelante, pero con mayor vigor des-
pués de la Guerra Civil, las empresas de EE. UU. fueron pioneras
en nuevos productos y nuevas tecnologías de proceso. Los estu-
dios de tiempo y movimiento tayloristas sumados a un uso más
eficiente de la mano de obra con líneas de montaje se convir-
tieron en la norma en la industria de EE. UU. mucho antes que
en otros lugares. La estructura de los negocios estadounidenses,
compuesto por grandes empresas en crecimiento verticalmente
integradas con una gerencia profesional, estimuló la racionaliza-
ción de la producción a través de segmentos de mercado y reduc-
ción de costos. El sistema de protección de patentes de EE. UU.
alentó la invención al otorgar a los inventores el monopolio de
sus inventos por largos períodos de tiempo cuando esto era raro
en otro lugar: por catorce años en 1790 y diecisiete años después
de 1861. También restringió la difusión de invenciones a otros
países. Implícitamente protegía a los productores nacionales, de
forma más sutil que los relativamente altos aranceles de EE. UU.
sobre productos industriales. Los extranjeros podrían licenciar
patentes, pero particularmente con los nuevos productos in-
dustriales, el sistema de patentes alentaba a las empresas de
EE. UU. a expandir sus operaciones en el extranjero. Estas po-
drían llevar nuevos productos a nuevos mercados sin temor a
la competencia local. Desde la década de 1890 en adelante se
sentaron las bases para la explosión de la producción globaliza-
da de los años 1980 y 1990 que para entonces incluía empresas
con todo tipo de orígenes nacionales. Una desventaja inicial, en
el sentido de mano de obra calificada relativamente cara, se con-
virtió en una gran ventaja en la facilidad con que las tecnologías
fueron llevadas al mercado y aceptadas como mejoras naturales

53  Desai, Marx’s Revenge, 142.


156 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

en los entornos de trabajo y en la vida cotidiana en general. No-


vedad y moda en productos de consumo fueron características
integradas de un capitalismo que prosperó en la dualidad de in-
novación y obsolescencia.
Las divisiones entre salarios para mano de obra calificada
y no calificada en entornos sociales/étnicos fragmentaron el
mundo laboral, haciendo difícil que los trabajadores se uniesen
como lo hacían los trabajadores en Europa, donde la lucha por
condiciones de trabajo más estables y mejores combinaba con
la lucha para extender la franquicia. Al menos para los traba-
jadores –hombres blancos– en EE. UU., la franquicia ya esta-
ba disponible a fines del siglo XIX. De hecho, los derechos de
ciudadanía y el estatus de trabajador sirvieron para dividir a la
población obrera en lugar de unirla. Esto hizo difícil articular
una visión ampliamente atractiva de oposición a la sociedad de
mercado, incluso si los movimientos socialistas y populistas de
la época habían podido ir más allá del corto plazo y las preocu-
paciones relacionadas con el lugar de trabajo. Mike Davis pro-
porciona un breve resumen de lo que sucedía:

Los signos premonitorios de una ruptura política a mediados de


la década de 1980 resultaron espurios, ya que las renovadas di-
visiones étnicas y raciales socavaron la unificación embrionaria
de los trabajadores industriales orientales. Los “partidos laboris-
tas” se derrumbaron cuando los trabajadores fueron reabsorbidos
con éxito en un sistema bipartidista capitalista que manipulaba y
acentuaba de manera brillante las brechas culturales y políticas en
la clase trabajadora. El 6 % de las elecciones presidenciales que
Gene Debs ganó en 1912, internacionalmente aclamado como el
comienzo del ascenso del Partido Socialista a la representación
mayoritaria del proletariado estadounidense, resultó ser su punto
álgido, seguido de un amargo conflicto y fragmentación. El fratri-
cidio socialista fue, a su vez, una manifestación y un síntoma de
los profundos antagonismos en el movimiento sindical de comien-
zos del siglo XX entre artesanos “nativos” organizados y masas
desorganizadas de trabajadores inmigrantes.54
54  Mike Davis, Prisoners of the American Dream: Politics and Economy in the History of
the U.S. Working Class (Londres: Verso, 1986, 5). Sobre la forma geográficamente compleja
que tuvo este fratricidio y el rol crítico en él de la distinción de mano de obra especializada/
no especializada, véase, por ejemplo, Sari Bennet y Carville Earle, “Socialism in America: A
Geographical Interpretation of its Failure”. Political Geography Quarterly, 2 (1983): 31-55.
HEGEMONÍA 157

El tamaño de la economía estadounidense una vez que la


Guerra Civil estableció la base sobre la cual se construiría –la
mano de obra industrial libre del Norte frente a la esclavitud del
sur agrario– también alentó el crecimiento de grandes empre-
sas de orientación nacional. Esto fue estimulado aún más por
la latitud del Gobierno federal hacia la propiedad monopólica.
Las administraciones federales republicanas de los años poste-
riores a la Guerra Civil se vieron a sí mismas como facilitadoras
de una economía territorial nacional independientemente de
la concentración de poder económico que esto conllevaba. Los
obstáculos para explotar la enorme pero geográficamente difusa
base de recursos continental de EE. UU., el desafío de construir
ferrocarriles de grandes distancias y la dificultad de reunir ca-
pital para financiar tales empresas conspiraron para alentar el
crecimiento de empresas industriales a gran escala. A medida
que estas empresas enfrentaban un declive de los márgenes de
ganancia a finales del siglo XX, recurrieron a los mercados en ex-
pansión en el país a través del modelo fordista y a la expansión a
través de la inversión directa. En ambos aspecto eran avatares de
la globalización posterior a la Segunda Guerra Mundial: grandes
empresas que buscaban mercados y menores costos de produc-
ción al estimular el consumo interno y reubicar las operaciones
en el exterior.
La noción de la frontera como una línea móvil de asenta-
miento capta otra característica importante de la “sociedad de
mercado” estadounidense. Esta fue la facilidad con la que las
personas se desplazaron de un lugar a otro, echando pocas raí-
ces y aceptando la necesidad de reubicarse cuando eran des-
pedidos o cuando mayores oportunidades les atrajeran desde
otro lugar. Hasta el día de hoy, los estadounidenses emigran
mucho más fácilmente que las personas de otras sociedades
capitalistas. Los orígenes del país como colonia de colonos, la
disponibilidad de tierras en la frontera, el carácter rapaz de la
economía de recursos y la asociación entre la movilidad social
ascendente y el movimiento geográfico contribuyen a la acep-
tación generalizada del cambio social a través de la movilidad.
El establecimiento temprano y la difusión de tecnologías de la
información que abarcaba todo el país, desde el sistema pos-
tal hasta el telégrafo y el teléfono, también facilitaron –relati-
vamente– el movimiento, incluso cuando unieron un mercado
158 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

nacional. Podría decirse que los estadounidenses ingresaron a


la “autopista de la información” en tiempos de la colonia y esti-
mularon lentamente las tecnologías que incrementaron la difu-
sión de información a través de un continente y hacia el mundo
en general.55 El inconsciente estadounidense ha sido durante
mucho tiempo uno tecnológico.
La predisposición estadounidense es a lo que se puede llamar
“salida” en lugar de “voz” o “lealtad” en términos de estrategias
de adaptación personal a cambios sociales y económicos.56 Esto
hace que los estadounidenses acepten mucho más las decisiones
basadas en el mercado (como cierres de fábricas, fluctuaciones
del mercado de vivienda, crisis de fondos de pensiones, etc.)
debido a la posibilidad de la salvación a través del movimiento
–la hierba podría ser más verde en otro lugar–. Al mismo tiem-
po, los orígenes heterogéneos de la población pusieron especial
énfasis en encontrar los medios para establecer distinciones de
estatus y solidaridades políticas fácilmente reproducibles don-
dequiera que uno se mueva y que sean transmisibles a través de
las barreras étnicas y sociales. La distinción social es casi impo-
sible en EE. UU., excepto al alardear las posesiones materiales.
El cálculo de la acción política, por lo tanto, tiende a favorecer la
salida sobre la voz. ¿Por qué quedarse aquí para luchar o partici-
par en una acción política con otros en situaciones similares en
lo que bien podría ser una batalla perdida si simplemente puede
seguir adelante? Los héroes de tantas películas estadounidenses
(especialmente las Westerns) son invariablemente vagabundos
que nunca pasan el tiempo en la ciudad lo suficiente como para
echar raíces o postularse para un cargo público.
Esta tendencia a la fuga personal en lugar de la lucha po-
lítica refleja otra característica de “América” que por largo
tiempo e incluso ahora continúa diferenciándola de Europa:
el carácter extrañamente individualista y nacionalista-popu-
lista de una gran parte de la religión en EE. UU. El viajero
francés De Tocqueville comentó elocuentemente sobre esto
en Democracia en EE. UU. (Volumen II, Parte 3, capítulo
24). Desde el comienzo del asentamiento en la Nueva Inglaterra
55  Alfred D. Chandler y James W. Cortada, ed., A Nation Transformed by Information: How
Information Has Shaped the United States from Colonial Times to the Present (Nueva York:
Oxford University Press, 2000).
56  Terminología de Albert Hirschman, Exit, Voice, and Loyalty (Cambridge, MA: Harvard
University Press, 1970).
HEGEMONÍA 159

puritana, EE. UU. fue ampliamente visto como un “Nuevo Israel”


o “Tierra Prometida” con Europa en el papel de “Egipto”. Como
refugiados religiosos, los primeros colonos de Inglaterra fueron
particularmente proclives a una interpretación visionaria y de
cruzada de sus esfuerzos. Se identificaron con El Bien y los otros
lugares (y sus oponentes) como El Mal. El recurso frecuente a
este lenguaje religioso en la retórica política estadounidense (no
menos importante durante la Guerra Fría y en relación con la
actual “Guerra contra el Terrorismo”) muestra cómo una pasión
religiosa individualista estadounidense se convierte fácilmente
en una especie de moralidad política populista distante de sus
raíces teológicas. Lo que hizo esto posible fue que “EE. UU. fue la
primera nación protestante… En efecto, EE. UU. representa un
sistema único y experiencial unificado de creencia, una especie
de ideología viviente y vivida que uno elige de la misma manera
que uno elige entrar en una secta confesional”.57 Aunque análogo
a una compra en el mercado porque se trata de una elección entre
bueno y malo, no hay medias tintas. Por lo tanto, “toda cosa que
cae en el dominio de lo incierto, lo ambiguo, o el indeterminado
tiene que ser rechazado. El resultado paradójico es que el indivi-
dualismo democrático y populista que se expresó en la pluralidad
de sectas se vuelve mesiánico: rígido, exclusivo y doctrinario”.58
En esta “religión americana de la nación” se encuentra una de
las principales anclas de la sociedad de mercado y de la apertura
a la globalización: la elección individual es sagrada y no simple-
mente un imperativo profano. Esto no quiere decir que la crítica
religiosa del consumismo haya estado ausente en EE. UU., sino
que esa crítica entra en conflicto a fines del siglo XIX con la idea
cada vez más popular en el protestantismo dominante de que la

57  Dick Howard, The Specter of Democracy (Nueva York: Columbia University Press, 2002,
232), mi énfasis.
58  Howard, The Specter of Democracy, 232. El resurgimiento del Fundamentalismo Ameri-
cano Cristiano desde 1970, ha implicado una fusión entre Americanismo y Cristiandad, difícil
de comprender para analistas extranjeros. Esto se muestra con frecuencia enteramente como
paranoia o xenofobia sobre raza y cambio cultural, cuando además refleja una interpretación
teológica de los EE. UU. tanto como “La Última Gran Esperanza de la Humanidad” (manifies-
to en su abundancia material) y el Lado Bueno en el Milenialismo Maniqueo siempre a punto
de producirse contra el Lado del Mal, representado por quienquiera sea el enemigo de turno
del Gobierno de los EE. UU. Sobre el origen del reciente resurgimiento fundamentalista en los
EE. UU., véase, por ejemplo, Joel A. Carpenter, Revive Us Again: The Reawakening of Ame-
rican Fundamentalism (Nueva York: Oxford University Press, 1997), y sobre una de sus más
importantes ideas teológicas y geopolíticas, véase Philip Melling, Fundamentalism in America:
Millennialism, Identity and Militant Religion (Edinburgh: Edinburgh University Press, 1999).
160 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

profusión de bienes era “un regalo de Dios para la humanidad”.59


De esta manera, el lenguaje del mercado colapsó totalmente en
el de la religión. El surgimiento de la autorrealización a través
del consumo puede ser visto como una manifestación material
de la salvación en la que el mercado sustituye la mano de Dios
al separar a los ganadores de los perdedores. Esta es la religión
como una forma de “culto a las mercancías”, algo que la apa-
riencia de los estadounidenses (y todos sus “objetos”) inducían
con frecuencia en las islas del Pacífico. La sensación era: “obten-
dremos todo esos objetos también, si solo adoramos a su dios o
a ellos”. Irónicamente, sin embargo, incluso cuando ayudan a
justificar la sociedad de mercado, las creencias y prácticas reli-
giosas también proporcionan un refugio de los excesos de la so-
ciedad de mercado al ofrecer ideales de experiencia compartida
y acción colectiva, aunque sean de una variedad localizada, que
vaya más allá. Tal vez no sea coincidencia, por lo tanto, que los
desafíos más vigorosos a los excesos de la sociedad mercantil en
EE. UU. a menudo provengan de grupos religiosos menos fun-
damentalistas, como los cuáqueros, los unitarios y los católicos
con conciencia social.
Un gran impulso a la sociedad del mercado también ha ve-
nido de la desconfianza popular estadounidense hacia el Gobier-
no. A diferencia de los rusos, franceses o chinos, que buscan en
el Gobierno nacional soluciones a sus problemas, los estadou-
nidenses siempre han tendido a buscar soluciones en la acción
espontánea. Un antigubernamentalismo generalizado es incluso
anterior a la fundación de EE. UU., en particular entre los gru-
pos desfavorecidos dentro de la sociedad de mercado. En lugar
de intentar controlar el Gobierno nacional como una forma de
compensar sus problemas, los estadounidenses tienden a me-
nospreciarlo. Esto le hace el juego a aquellos que por razones
de interés propio desean limitar los poderes gubernamentales
para gravar y redistribuir la riqueza tanto como sea posible.
Estas personas creen que el mejor Gobierno es el que gobierna
menos. Aunque obviamente desafiado por realidades materia-
les que han llevado a la expansión de los poderes del Gobierno
central (como la Depresión de la década de 1930 y la militari-
zación de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y ahora la
59  Peter N. Stearns, Consumerism in World History: The Global Transformation of Desire
(Londres: Routledge, 2001, 53).
HEGEMONÍA 161

“Guerra contra el Terrorismo”) y por grupos que favorecían un


Gobierno nacional más poderoso (desde los republicanos de la
Guerra Civil hasta los activistas por los derechos civiles en la
década de 1960), ha habido períodos recurrentes en la historia
de EE. UU. cuando la autoridad gubernamental ha sido abier-
tamente vilipendiada y desafiada.
Desde la década de 1960, el Gobierno federal como agente
de valores impuestos ha sido un motivo persistente de la po-
lítica nacional estadounidense. Inicialmente el blanco de los
movimientos pacifistas y del activismo por los derechos civiles,
el Gobierno federal fue vilipendiado por su traición a la pro-
mesa política estadounidense. Entonces, los cambios sociales
y culturales de la década de 1960 asociados con la “revolución
sexual”, el desafío a las jerarquías raciales y el cuestionamiento
del consumismo por los hippies y otros provocaron un “contra-
golpe populista”, en el cual una “mayoría silenciosa” estadou-
nidense fue reclutada por un revitalizado Partido Republicano
a una guerra cultural que denigraba la “dependencia” social y el
“nihilismo” político generado por un Gobierno federal hiperac-
tivo. Desde este punto de vista, el Gobierno federal era ocupado
por extranjeros ideológicos en guerra con los “verdaderos” va-
lores americanos. Que muchos de los revolucionarios de la dé-
cada de 1960 se convirtieron en cautivos de los mismos valores
comerciales que habían criticado previamente (desde la ven-
ta de camisetas del Che Guevara hasta su entrada al mercado
de trabajo), incluso cuando se desviaron de la política regular,
solo agrava la terrible ironía.60 En ambos lados, por lo tanto,
los mercados llegaron a ser vistos como más verdaderamente
democráticos que el Gobierno elegido. Esto es lo que Thomas
Frank ha llamado memorablemente “populismo de mercado”.61
El período desde la década de 1970 ha visto la profundización
de las actitudes fuertemente antigubernamentales. En 1998,
por ejemplo, el encuestador del presidente Clinton, Mark Penn,
informó que en los 25 años posteriores a 1973, el porcentaje
de votantes estadounidenses que estaban de acuerdo con la
afirmación “El mejor Gobierno es el que gobierna menos” pasó

60  Thomas Frank, The Conquest of Cool: Business Culture, Counterculture, and the Rise of
Hip Consumerism (Chicago: University of Chicago Press, 1997).
61  Thomas Frank, One Market Under God: Extreme Capitalism, Market Populism, and the
End of Economic Democracy (Nueva York: Random House, 2000).
162 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

del 32 al 56 %. Solo el 16 % en 1998 estuvo de acuerdo con la


declaración “El Gobierno debería gastar en programas sociales
cuando sea necesario, porque en EE. UU. no se trata de dejar
a todos valerse por sí mismos” [sic]. Solo el 12 % de los esta-
dounidenses encuestados estuvo de acuerdo con la declaración
“El Gobierno debería resolver los problemas y proteger a las
personas de la adversidad”. Por supuesto, este es el consenso
de ciertos votantes, no la población en general. Otras encuestas
sugieren que muchos de los que no votan, en particular los lati-
nos y los afroamericanos, tienen actitudes más positivas hacia
el Gobierno.62
La actitud negativa de los estadounidenses hacia el Gobierno
siempre ha incluido dos elementos. Uno es un antiautoritarismo
general que se muestra en fenómenos tales como la sospecha de
que la Constitución milita contra el poder local, la preferencia por
los derechos de los estados sobre el Gobierno federal, el indivi-
dualismo de la teoría política estadounidense y el ferviente culto
de la posesión de armas. La otra es la creencia de que el Gobierno
no solo es, sino que de hecho debería ser ineficiente. Tales fe-
nómenos como las elecciones de revocación, los límites de man-
dato para representantes, papeletas de iniciativas, mayorías de
dos tercios en legislaturas para aumentos de impuestos y man-
datos cortos están diseñados para mantener un amateurismo
generalizado en la política y para frustrar la concentración del
poder público que luego podría organizarse contra grupos parti-
culares. El efecto neto de esto es disminuir el papel del Gobier-
no y la participación popular en su funcionamiento. De hecho,
intentar deliberadamente socavar o declarar la quiebra de los
Gobiernos estatales y federales podría verse como una de las es-
trategias que la administración de George W. Bush ha utilizado
para controlar el Gobierno “fugitivo” (es decir, redistributivo).
La administración Reagan en la década de 1980 afirmó que uno
de los beneficios secundarios de los altos déficit presupuestarios
federales era que desalentaban los intentos de utilizar el Gobier-
no federal para regular la economía privada al fomentar medi-
das de estímulo de la demanda (keynesianas). Todo esto violaría
el funcionamiento de la “magia del mercado”. Irónicamente, es
una tradición que
62  Nicholas Lemann, “The New American Consensus: Government of, by, and for the Com-
fortable”. New York Times Magazine, 1 de noviembre, 1998, 68.
HEGEMONÍA 163

desprecia a EE. UU., que nos pide amar a nuestro país odiando a
nuestro Gobierno, que convierte a nuestros padres fundadores en
lo contrario, que glorifica a los colonos de la frontera para degradar
lo que establecieron, que nos obliga a despreciar a las personas por
las que votamos.63

Sin embargo, el crecimiento de la sociedad del mercado en


EE. UU. siempre ha dependido en gran medida de las políticas
de los sucesivos Gobiernos. Es un mito del laissez-faire que la
sociedad de mercado fue en su totalidad el fruto de la mano
oculta del mercado. Dejados a su suerte, la gente podría sospe-
char intensamente de la lógica de competencia en el mercado;
a menudo han deseado socavarla o subvertirla desafiando los
reclamos hechos por productos particulares o las decisiones
de inversión tomadas por empresas particulares.64 Pero el Go-
bierno a menudo les impidió el camino. Si los comienzos de la
hegemonía nacional de la sociedad del mercado radican en el
favorable tratamiento judicial y legislativo de las empresas a
fines del siglo XIX, su poder se profundizó con la adopción de
políticas económicas de gestión de la demanda tras la Depre-
sión de la década de 1930. Los mayores avances en la expansión
de la economía de consumo masivo vinieron con la “República
del Consumidor” que surgió después de la Segunda Guerra Mun-
dial, pero que tuvo sus raíces en las políticas del New Deal (Nue-
vo Trato) de la década de 1930.65 Esto se debió en parte al uso del
consumo para estimular la economía nacional, pero también se
trataba de extender las posibilidades de consumo a segmentos
de la población hasta entonces ampliamente excluidos de él. Las
cuestiones de la protección del consumidor contra los productos
de mala calidad y peligrosos no eran tan centrales para la política
gubernamental. Más bien, aumentaba el poder adquisitivo agre-
gado de los consumidores que se destacó a través de programas

63  Garry Wills, A Necessary Evil: A History of American Distrust of Government (Nueva
York: Simon and Schuster, 1999), 320.
64  Frank, One Market under God; Charles McGovern, “Consumption and Citizenship in the
United States, 1900–1940,” en Getting and Spending: European and American Consumer
Societies in the Twentieth Century, ed. Susan Strasser, Charles McGovern, y Matthias Judt
(Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1998).
65  Lizabeth Cohen, “The New Deal State and the Making of Citizen Consumers,” en Getting
and Spending: European and American Consumer Societies in the Twentieth Century, ed.
Susan Strasser, Charles McGovern, y Matthias Judt (Cambridge, Inglaterra: Cambridge Uni-
versity Press, 1998).
164 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

tales como préstamos de vivienda asegurada y subsidios fisca-


les para varios productos. Revivir el capitalismo estadounidense
dependía de estimular el gasto, no de alentar el ahorro personal.
Como resultado, “los ciudadanos-consumidores se hicieron de
arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba”.66
Finalmente, a fines del siglo XIX, cuando la sociedad del
mercado estadounidense tomó por primera vez su forma reco-
nocible y moderna, hubo un momento de interrupción signifi-
cativa en las vidas de las élites estadounidenses, así como en la
masa de la gente común. El período comprendido entre 1870 y
1900 vio más cambios sociales y económicos en la vida cotidiana
en EE. UU. que antes o después: la inmigración extranjera enor-
memente expandida, el creciente papel económico y la inde-
pendencia política de las mujeres, las crisis agrarias extendidas,
burbujas especulativas en torno a la tierra –entre otros–, dispu-
tas sobre la regulación monetaria y comercial, la concentración
de la propiedad industrial y el crecimiento de las poblaciones
urbanas a expensas de las rurales. Este fue un período crucial en
el desarrollo de una verdadera cultura nacional. Fue una cultura
de consumo. De particular importancia es el surgimiento de una
nueva clase profesional gerencial con las nuevas empresas, que
se vio atrapada entre los valores más antiguos relacionados con
el trabajo y el ocio y nuevos imperativos asociados con la expan-
sión de los mercados y el aumento de los beneficios. Esta nueva
clase, dedicada a la eficiencia en la producción y al estímulo del
consumo, moldeó una nueva moralidad que hizo de la salvación
la autorrealización y convirtió la virtud del trabajo en la recom-
pensa de la gratificación. “Este vínculo de finales del siglo XIX
entre el hedonismo individual y la organización burocrática, un
vínculo que se ha fortalecido en el siglo XX, marca el punto de
partida de la cultura moderna de consumo estadounidense”.67
Esto no quiere decir que se trató de una simple conspiración en-
tre élites para engañar a las personas como podría ser retratado
en una película hecha para TV. Esa visión de la cultura simple-
mente no es creíble, porque las personas no son tan pasivas o
66  Cohen, “The New Deal State and the Making of Consumers Citizen,” 125.
67  Richard Wightman Fox y T. J. Jackson Lears, “Introduction,” en The Culture of Con-
sumption: Critical Essays in American History, 1880–1980, ed. Richard Wightman Fox y T. J.
Jackson Lears, xii (Nueva York: Pantheon, 1983). Más general, véase Jeffrey L. Decker, Made in
America: Self-Styled Success from Horatio Alger to Oprah Winfrey (Minneapolis: University
of Minnesota Press, 1997).
HEGEMONÍA 165

uniformemente estúpidas. Más bien, el consumo se convirtió en


una “forma de ver” hegemónica, ya que la publicidad, la conver-
sación y la interacción social, y la devoción a los símbolos de
estatus, convergieron para crear un nuevo clima cultural. Este
brebaje cultural hace tiempo que echó su hechizo sobre partes
del mundo donde ciertamente nunca podría haber sido iniciado.
El “americanismo” (referido a EE. UU.), el carácter peculiar
de la sociedad y la economía estadounidense y la cultura de con-
sumo que los unía cada vez más, tiene por lo tanto, varias raíces
distintivas en la experiencia histórica estadounidense. Pero se
juntaron para definir una cultura nacional particular que estuvo
más o menos en su lugar en la década de 1890 y principios de
1900. Esto fue reforzado por la “República del consumidor” de
la década de 1950 y su reclutamiento en la geopolítica ideológica
de la Guerra Fría.68 Ha sido la proyección de esta hegemonía des-
de el hogar, por así decirlo, hacia el mundo en general, lo que ha
sentado las bases políticas para la globalización de la economía
mundial durante los últimos 30 años más o menos.
Los diversos elementos de lo que provocó y reforzó la socie-
dad de mercado en EE. UU. no estaban presentes en ninguna
otra parte, al menos no en su particular “mezcla”. Esa mezcla
es lo que distingue a EE. UU. Pero bajo la influencia estadouni-
dense, muchas de sus consecuencias para la organización social,
económica y política se han convertido en el “sentido común”
global, que gobierna los debates populares y restringe las op-
ciones políticas en todo el mundo. Esta es la esencia de la hege-
monía más allá de las fronteras nacionales: proyectar lo que se
da por hecho es la “mejor” forma de hacer las cosas, y engatu-
sar, cooptar, colaborar y reclutar a otros para que no solo hagan
lo que quieran sino haciéndoles creer que esto es en realidad lo
que ellos quieren. Continúo con esta historia en el capítulo 6.
Primero, en el capítulo 5, abordo las conexiones entre el cons-
titucionalismo político estadounidense y la globalización, tanto
con respecto a la supuesta mímesis de este último con respecto
a la anterior como a las dificultades que implica la forma de Go-
bierno estadounidense, ya sea para la construcción del imperio
o para el sustento futuro de la hegemonía estadounidense tanto
en el país como en el extranjero.
68  Lizabeth Cohen, A Consumers’ Republic: The Politics of Mass Consumption in Postwar
America (Nueva York: Random House, 2003).
166 POSICIONANDO LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE

Conclusión

El compromiso de EE. UU. con la expansión externa para


gestionar conflictos domésticos y servir a los valores comercia-
les de los grupos sociales dominantes apuntala el carácter de la
hegemonía de EE. UU. Pasando de una posición periférica a una
posición central dentro de la política mundial, EE. UU. trajo a
esa posición un ethos establecido en su historia como un Estado
nacional peculiar con un Gobierno relativamente débil y dividi-
do. Su predominio económico absoluto y una serie de cambios
institucionales clave producidos en los años críticos durante y
después de la Segunda Guerra Mundial permitieron una pro-
yección exitosa de la hegemonía estadounidense más allá de sus
costas (ver capítulo 6). Esta hegemonía descansaba en la exten-
sión geográfica de la sociedad del mercado estadounidense como
se manifiesta en la globalización. Durante un largo período de
tiempo, la expansión pareció producir no solo beneficios econó-
micos sino también políticos para el sistema estadounidense. Un
capítulo posterior (capítulo 8) cuestiona si este sigue siendo el
caso. La fragmentación y creciente entropía del sistema guber-
namental estadounidense que produjo la hegemonía estadouni-
dense sugiere, sin embargo, que lograr el control y la dirección
centralizados para restablecer el poder estadounidense más allá
de las costas estadounidenses (o incluso dentro de ellas) no será
tarea fácil (véase el capítulo 5). Este es particularmente el caso
cuando, como sugiero en el capítulo 6, el mundo que la hegemo-
nía de EE. UU. ha creado está cada vez menos sujeto a cualquier
dirección central singular, desde donde sea que venga.
167

5 | ¿Constitucionalismo
estadounidense o sociedad
de mercado?

L
a singularidad de EE. UU. a menudo se atribuye a la es-
tructura de su organización política más que a su econo-
mía política. Como el primer sistema político moderno
totalmente construido desde cero, con referencias a las
teorías políticas modernas y tempranas del republicanismo y
el liberalismo, EE. UU. a menudo ha sido presentado como un
modelo constitucional para el mundo en general. La línea del
pensamiento político estadounidense más cercana al presiden-
te Woodrow Wilson, posiblemente el fundador de la ciencia
política estadounidense moderna y el profeta del institucio-
nalismo global estadounidense, se presenta a la política mun-
dial no solo como un modelo para la emulación, sino también
como una representación de la triple división de poderes po-
líticos –ejecutivo, legislativo y judicial– independientemente
de su institucionalización específica en EE. UU. (ver capítulo
4). Desde este punto de vista, la hegemonía estadounidense se
basa en la proyección de su modo de organización política en
una escala mundial. Debido a que el Gobierno de EE. UU. es
la fuerza política más importante en la política mundial, es-
pecialmente desde el colapso de la Unión Soviética, la idea de
que EE. UU. aplique su “orden constitucional” en los asuntos
mundiales tiene cierta verosimilitud. Ciertamente, hay una ló-
gica en la separación de las funciones de Gobierno ejecutivas,
legislativas y judiciales que puede verse como recapitulada en
las prácticas aparentemente incipientes de la política mundial
más allá de las costas estadounidenses. Desde cierto punto de
vista, hay un orden constitucional global que proporciona la
base político-jurídica para la globalización, por ejemplo, po-
niendo a disposición mecanismos para resolver disputas co-
merciales (judicial), negociar reglas de inversión (legislativo) y
hacer cumplir el orden (ejecutivo).
Sin embargo, la analogía de una división de poderes es tan
genérica, sin ninguna conexión necesaria con una hegemonía
168 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

específicamente estadounidense, que es difícil ver por que este


rasgo de la experiencia estadounidense, más que el logro de
la sociedad de mercado, a veces se destaca como el rasgo defi-
nitorio y el modus operandi de la hegemonía estadounidense.
Incluso Philip Bobbitt, que ve el final de las “guerras de época”
como los momentos en que las nuevas “órdenes constitucio-
nales” para la política mundial son impuestas por los Estados
victoriosos, se aparta de empujar la analogía demasiado lejos.1
Después de la “Guerra Larga” de 1914 a 1990, él ve una imposi-
ción de EE. UU. de su visión de un “Estado de mercado” sobre
el resto del mundo, permitiendo la variación institucional entre
los Estados, siempre y cuando se mantenga el objetivo general
de “oportunidad”. Si bien él no explica por qué es un “Estado de
mercado” que ahora patrocina el Gobierno de EE. UU., tampoco
insiste en que existe una analogía directa entre el orden constitu-
cional interno de los EE. UU. y el nuevo orden global. De hecho,
en un momento sugiere las limitaciones de dicha analogía es-
pecíficamente en relación con el fracaso de Woodrow Wilson (y
su estratega, Colonel House) después del Tratado de Versalles,
cuando escribe: “Wilson y House habían intentado reformar la
estructura profunda de la soberanía del Estado. Irónicamente,
fue precisamente el sistema estadounidense de soberanía limi-
tada el que aplastó sus planes, ya que fue la negativa del Senado
estadounidense a consentir el tratado lo que impidió la ratifica-
ción del acuerdo de Versalles y luego frustró la participación de
EE. UU. en la Sociedad de Naciones”.2
Asumo aquí el señalamiento de una identidad emergente
entre la estructura de la organización política de los EE. UU.
y el “orden constitucional” global con referencia al funciona-
miento real del constitucionalismo estadounidense. Que los
arreglos políticos estadounidenses puedan verse como implí-
citos en el orden político-jurídico de la globalización (si tiene
tal orden) es profundamente problemático. Decir que se puede
establecer una analogía entre el sistema de gobierno descen-
tralizado y dividido que es característico de EE. UU. y el de la
globalización contemporánea, como si este último estuviera de
alguna manera implicado por el primero, es atractivo pero es
1  Philip Bobbitt, The Shield of Achilles: War, Peace, and the Course of History (Nueva York:
Knopf, 2002).
2  Bobbitt, The Shield of Achilles, 410.
HEGEMONÍA 169

erróneo. También parto de este punto para señalar algunos de


los graves problemas del sistema de gobierno estadounidense
contemporáneo. Esto es importante tanto para cuestionar los re-
tratos exagerados de la efectividad del poder gubernamental de
los EE. UU. en muchos escritos contemporáneos –en los cuales
adopta cualidades similares a las de Dios o, más frecuentemente
y con mayor eficacia, de Satanás– y las dificultades que enfrenta
el Gobierno de EE. UU. para retomar el control sobre los procesos
mismos de la globalización y la nueva geografía del poder asocia-
da que previamente ayudó a desatar. En resumen, no es correcto
ver la forma de gobierno estadounidense como la forma consti-
tucional que sustenta la globalización reciente ni como un siste-
ma político reactivo frente a las tensiones entre una economía
mundial en globalización, por un lado, y la economía y pobla-
ción territorial de EE. UU., por otro.

Federalismo estadounidense

El politólogo estadounidense Samuel Huntington una vez


se refirió a EE. UU. como un “sistema político de Tudor”.3 Con
esto quiso decir que la Constitución de EE. UU. no era tanto
un producto de esa nación a mediados del siglo XVIII en la
que se escribió sino una reformulación formal de los principios
del Gobierno nacional que se había levantado durante el reina-
do de los Tudor en la Inglaterra del siglo XVI. A diferencia de
Francia, donde el poder se concentró en las manos del monarca
absolutista, en la Inglaterra de Tudor el poder se dispersó a tra-
vés de una amplia gama de instituciones: la monarquía, las dos
cámaras del Parlamento, la Iglesia de Inglaterra y una multitud
de cuerpos menores como las corporaciones municipales y los
Inns of Court (colegiatura de abogados del Reino Unido). Una
red de costumbres y tradiciones que mantenía todo el entrama-
do en su lugar; se llamaba Constitución Antigua, aunque no era
antigua ni estaba formalmente escrita en un solo documento.
Del mismo modo, en EE. UU. en virtud de la Constitución, el po-
der se dispersó y se descentralizó, solo que ahora se formalizó en

3  Samuel P. Huntington, Political Order in Changing Societies (New Haven, CT: Yale Uni-
versity Press, 1968), 93.
170 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

una constitución escrita. Como en la Inglaterra de Tudor, pero


sin el papel decisivo del monarca, el poder en EE. UU. estaba
dividido horizontalmente entre las ramas del Gobierno central
y verticalmente entre las unidades constituyentes, en este caso
los estados, que al unirse después de la independencia, habían
creado el Estado más grande (nación) en sí mismo.

Constitucionalismo estadounidense

James Madison, el principal arquitecto de la codificación


del sistema de poder público dividido, veía una particular
virtud en la tensión entre el poder ejecutivo y el legislativo.
Representó esa ideología dentro del mundo angloestadouni-
dense del siglo XVIII que vio la política eternamente equili-
brada entre la ley y la virtud pública por un lado y la tiranía
por el otro, con la ventaja, en los últimos años, claramente
inclinada hacia a este último. La cuestión de la soberanía era
central en esta visión del mundo. En lugar de descansar con
el monarca o con la población a través de instituciones repre-
sentativas, se consideró que descansaba en la ley. Esta fue la
base del constitucionalismo, la idea de que la ley básica de-
bía ser codificada y colocada más o menos fuera del alcance
de las instituciones que traía a la existencia. El federalismo
“Madisoniano”, por lo tanto, comienza con una constitución
formal en la cual la distribución de poderes entre las ramas
y los niveles de gobierno está formalmente codificada y con
pocas posibilidades, excepto a través de revisión judicial y
un engorroso proceso de enmienda, para adaptar la Consti-
tución en respuesta al cambio político y económico. Su base
en el derecho conduce a la exégesis textual como una parte
permanente del proceso político. En otras palabras, la políti-
ca en gran parte se reduce a disputas sobre el significado y el
alcance de las diversas secciones de la Constitución y las en-
miendas a la misma (incluida la Declaración de Derechos).4

4  Véase, por ejemplo, Joseph M. Lynch, Negotiating the Constitution: The Earliest Debates
over Original Intent (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1999), para un estudio más objetivo
sobre las disputas interpretativas en torno a la Constitución de los EE. UU. en los primeros años
de la independencia estadounidense y su continua importancia hasta nuestros días.
HEGEMONÍA 171

El “federalismo centralizador” estadounidense, para usar


la frase de Riker, se hizo tangible en el contexto histórico de
una guerra colonial de independencia y era una avenencia en-
tre “nacionalistas” y “provinciales” una vez la guerra estuviese
en curso.5 El primero representaba un poderoso Gobierno cen-
tral, mientras que el segundo representaba la opinión de que
se deberían conferir más poderes a los estados que al Gobierno
central. Solo la presión para sumar recursos y coordinar la re-
belión condujo a la adopción de la Constitución de EE. UU. En
ausencia de algo tan convincente como una rebelión colonial,
Riker vio pocos incentivos para que las unidades territoriales
existentes, como los Estados-nación, se lanzaran a su suerte con
una autoridad supranacional federal. Muchos de los esquemas
federales inventados e impuestos en todo el mundo durante el
siglo pasado sin alguna presión militar local o mundial-regional
para contrarrestar el desorden y la insatisfacción han durado
poco o han sido deshechos por la inestabilidad. Nueva Zelanda,
Yugoslavia, las Antillas, Checoslovaquia y Nigeria son algunos
ejemplos de esto.
El constitucionalismo federal, sin embargo, ha tenido una
serie de ventajas para una comunidad geográficamente grande,
culturalmente diversa y conflictiva como la de EE. UU. En pri-
mer lugar, proporcionó un medio político para superar las di-
ferencias económicas fundamentales, particularmente las de la
esclavitud, al imponer un territorialismo “puro” en el que cada
estado, independientemente de su área o tamaño de su pobla-
ción, tenía la misma representación en el Senado, y los repre-
sentantes de la Cámara procedían de distritos uninominales
cuyos intereses territoriales debían representar a nivel federal.
Esto proporcionó una segunda ventaja: diferentes funciones gu-
bernamentales podrían asignarse en diferentes niveles –federal,
estatal y municipal– dependiendo de la correspondencia entre el
alcance espacial (o el tamaño de territorio necesario) de una fun-
ción dada y el nivel de Gobierno que parecía más apropiado para
ello. Otorgar autoridad direccional al nivel federal era una caracte-
rística particularmente importante de la Constitución en contraste
con el débil Gobierno central de la Confederación al que reemplazó
en 1789, pese al folklore estadounidense contemporáneo popular
5  William H. Riker, “Federalism,” en A Companion to Political Philosophy, ed. Robert E.
Goodin and Philip Pettit (Oxford: Blackwell, 1993), 509.
172 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

según el cual los Fundadores vieron al Gobierno federal solo


como un “mal necesario”.6
En tercer lugar, la representación territorial sirvió para
afianzar la idea de la representación individual como la base de
la democracia representativa. El enfoque legal sobre la agrega-
ción de votantes individuales en distritos uninominales que eli-
gen representantes locales oscureció la posibilidad de derechos
grupales y políticas ideológicas.7 De esta manera, la concepción
estadounidense de lo “colectivo” se ha definido territorialmente
en términos de la agregación formal de los votos individuales,
más que socialmente con respecto a las identidades e intereses
distintivos de los grupos.
En cuarto lugar, el constitucionalismo institucionalizó un
equilibrio mecánico de poderes entre las diversas ramas del
Gobierno. De hecho, el estancamiento entre las ramas ejecu-
tiva (Presidente) y legislativa (Congreso) está inscrito en el
sistema. El constitucionalismo estadounidense, por lo tan-
to, se trata más de un Gobierno limitado y limitante que de
equilibrar la concentración del poder y la libertad personal.8
Se ha vuelto popular criticar el “estancamiento” en Washing-
ton,9 pero esto era de hecho parte de lo que Madison tenía en
mente. Él le temía al poder público concentrado y su amenaza
a la propiedad privada de los desposeídos más de lo que le te-
mía al estancamiento dentro del Gobierno federal.10 El que esto
chocara con la creencia republicana en la necesidad de resistir
la influencia corruptora de los intereses privados, particular-
mente como planteaba la visión esencialmente cristiana de los

6  Compare Garry Wills, A Necessary Evil: A History of American Distrust of Government


(Nueva York: Simon and Schuster, 1999) con Max M. Edling, A Revolution in Favor of Gov-
ernment: Origins of the U.S. Constitution and the Making of the American State (Nueva York:
Oxford University Press, 2003).
7  Esto también fomenta la manipulación partidista para obtener distritos electorales que
maximicen las ventajas de un partido sobre los otros. En los distritos legislativo multinomina-
les con representación proporcional no hay tal incentivo. Para una vista más general, véase, por
ejemplo, Bhikhu Parekh, “The Cultural Particularity of Liberal Democracy,” en Prospects for
Democracy: North, South, East, West, ed. David Held (Standford, CA: Standford University
Press, 1993).
8  U.K. Preuss, “The Political Meaning of Constitutionalism,” en Constitutionalism, Democ-
racy and Sovereignty: American and European Perspectives, ed. Richard Bellamy (Aldershot,
Inglaterra: Avebury, 1996).
9  Véase, por ejemplo, Kevin P. Phillips, Arrogant Capital: Washington, Wall Street, and the
Frustration of American Politics (Boston: Little, Brown, 1994).
10  Jennifer Nedelsky, Private Property and the Limits of American Constitutionalism: The
Madisonian Framework and its Legacy (Chicago: University of Chicago Press, 1990).
173

Fundadores de la posibilidad de una “república perpetua” que


podría resistir la corrupción y declinar de la virtud pública, fue
quizás la principal contradicción dentro del constitucionalismo
estadounidense desde el principio.11 Sin embargo, a diferencia
de Europa, donde los regímenes constitucionales han ido y
venido con cierta rapidez, el régimen estadounidense ha per-
manecido en vigencia desde finales del siglo XVIII. En este
contexto, es EE. UU. y no Europa el que aparece como el “vie-
jo” sistema idealista.12
En quinto lugar, y finalmente, la centralidad de un docu-
mento fundacional alienta una actitud bíblica al respecto. Esta
es una parte muy importante de la socialización en la ciudada-
nía estadounidense. La Constitución de los EE. UU. es un ele-
mento clave en el “americanismo” (refiriéndose a EE. UU.) o na-
cionalismo cívico mediante el cual diversos pueblos han sido
inducidos a una identidad común como “estadounidenses”.
Junto con la bandera y el himno nacional, descubiertos como
símbolos poderosos en la década de 1890, la Constitución en-
carna una referencia firme para “naturalizar” a las personas
para que pertenezcan a un emprendimiento nacional que se
cree con raíces sagradas, más que seculares. También propor-
ciona la base para un consenso político nacional dentro de es-
trechos límites ideológicos que De Tocqueville contrastó con
el vibrante oposicionismo que caracterizó la política europea
de su época.13 El americanismo basado en el constitucionalis-
mo engendra el “antiamericanismo” alrededor del cual se ha
organizado tanta política estadounidense en este siglo. Cada
posición política fuera de la “corriente principal” se convierte
así en potencialmente subversiva de la Constitución misma.14

11  John G. A. Pocock, The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the At-
lantic Republican Tradition (Princeton: Princeton University Press, 1975).
12  Pace Robert Kagan, Of Paradise and Power: America and Europe in the New World Or-
der (Nueva York: Knopf, 2003).
13  Marcel Gauchet, “Tocqueville,” en New French Thought: Political Philosophy, ed. Mark
Lilla (Princeton: Princeton University Press, 1994).
14  Potencialmente, esta es una de las principales causas de la baja participación electoral en
las elecciones en los EE. UU. La gama de opciones entre las posiciones políticas es notablemen-
te limitada en los EE. UU. en comparación a muchos otros países democráticos. Sobre esto,
véase la investigación magisterial de Walter Dean Burnham, The Current Crisis in American
Politics (Nueva York: Oxford University Press, 1982).
174 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

Hegemonía estadounidense
y constitucionalismo americano

La posibilidad de atribuir la base de la hegemonía esta-


dounidense a este modelo político en oposición al modelo de
la sociedad de mercado siempre ha sido problemática, aunque
algunos analistas interpretan la hegemonía de EE. UU. y sus
efectos en gran medida en tales términos. Lo más importante,
entre los analistas recientes sobre la relación entre EE. UU. y la
globalización, Hardt y Negri sostienen que la globalización con-
temporánea refleja directamente la motivación constitucional
singular estadounidense de que no existe un papel para la “tras-
cendencia del poder”.15 Esto encaja perfectamente con su im-
perativo posestructuralista para evitar la trascendencia, incluso
cuando, como marxistas, tratan de rescatar el universalismo.16
Esto lleva necesariamente a ver la globalización como la proyec-
ción del orden constitucional estadounidense sobre el mundo en
su conjunto. Por supuesto, hay más en su aparato intelectual que
este énfasis en el Imperio como una versión ampliada del cons-
titucionalismo estadounidense. Para ellos, Imperio es un nuevo
paradigma que emana de la transfiguración de la modernidad en
la posmodernidad. Deja a su paso Estados soberanos e imperia-
lismo. No tiene “centro”. Por lo tanto, “no es estadounidense”,
incluso si EE. UU. proporciona la inspiración política para su
división de poderes. Pero al igual que el sistema constitucional
de EE. UU., es una “totalidad sistémica” en la que “el poder no
tiene un terreno o centro real y localizable. El poder imperial se
distribuye en redes a través de mecanismos de control moviliza-
dos y articulados”. Un mercado mundial proporciona el contexto
necesario para los albores del Imperio, un nuevo “aparato de go-
bierno descentralizado y desterritorializante que incorpora pro-
gresivamente todo el ámbito global dentro de su frontera abierta
en expansión”.17 ¿Qué podría ser más estadounidense que eso?
En lugar de recurrir a los detalles de la economía política para
explicar cómo el mundo se está convirtiendo en un “espacio liso”

15  Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2000).
16  Martin Morris, “The Critique of Transcendence: Poststructuralism and the Political”. Po-
litical Theory, 32 (2004): 121–132.
17  Hardt and Negri, Empire, 333, sus énfasis.
HEGEMONÍA 175

a través del cual el capital, las personas, los bienes y las ideas se
mueven libremente –aunque con barreras de clase, raza y etnia
que en general no sigue los límites de los Estados modernos–
Hardt y Negri invocan un conflicto universal entre capital y tra-
bajo. El Imperio es una respuesta a las luchas laborales evocadas
por la explotación, pero la forma estructural que adopta se basa
en la Constitución de los EE. UU. Desde este punto de vista, la so-
beranía de los EE. UU. siempre fue posmoderna al punto de nun-
ca aceptar límites territoriales. El Imperio continúa hasta donde
lo fue llevando. Para Hardt y Negri, por lo tanto, es la Constitu-
ción de EE. UU. la que define la esencia de la influencia de EE.
UU. en el mundo en general. El Imperio es el mundo hecho en la
imagen constitucional estadounidense. Específicamente, la doc-
trina de Estados Unidos de la separación de poderes, según ellos,
se originó en una lectura republicana del antiguo principio roma-
no de equilibrar el poder monárquico, aristocrático y democráti-
co al asignar tales roles, respectivamente, a las ramas ejecutiva,
judicial y legislativa. Bajo la globalización contemporánea, una
“constitución mixta” análoga ha ganado un control de facto sobre
la política mundial presumiblemente debido al poder anterior de
EE. UU. Esta constitución mixta consiste en una

unidad monárquica de poder y su monopolio global de la fuerza;


articulaciones aristocráticas a través de corporaciones transna-
cionales y Estados-nación; la comitia (asamblea) democrático-re-
presentativa, presentada nuevamente en forma de Estados-nación
junto con varios tipos de ONG, organizaciones de medios y otros
organismos “populares”. 18

Dentro de este dominio, la búsqueda incansable de oportuni-


dades de inversión por el capital y la resistencia desde el trabajo
(la “multitud”) conduce a una continua fragmentación y recombi-
nación de identidades sociales. Aunque es así como un mundo es-
pecíficamente “posmoderno” del Imperio difiere en apariencia del
mundo “moderno” de identidades establecidas (particularmente
nacionales) que vinieron antes, es el marco político-jurídico lo
que define la base del nuevo régimen de acumulación asociado
con globalización.

18  Hardt and Negri, Empire, 314.


176 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

Pero ¿cuán fructífera es la analogía constitucional entre el


mundo globalizado contemporáneo y EE. UU. al explicar la glo-
balización si los arreglos constitucionales estadounidenses son
de hecho muy diferentes del ideal que Hardt y Negri alegan es
en realidad empírico, y si la difusión de tales arreglos queda des-
cartada por su particularidad, específicamente su territorialidad
inherente en un mundo globalizado que desafía espacios limi-
tados? Si su modelo de constitucionalismo estadounidense está
equivocado, entonces sus formas análogas en Imperio también
lo estarán.
De hecho, el modelo constitucional estadounidense es en-
trópico y desterritorializado precisamente porque se basa en
una estriación radical y en capas territoriales del poder insti-
tucional diseñadas para equilibrar los intereses regionales, las
identidades políticas y las prácticas culturales. Por lo tanto, una
analogía directa con el sistema estadounidense a escala global
involucraría una división geográfica similarmente radical en lu-
gar de la lisa ausencia de espacio que, según insisten Hardt y
Negri, define la naturaleza del Imperio. La variación geográfica
está filosóficamente arraigada en el constitucionalismo esta-
dounidense. En consecuencia, pensar que la división de poderes
estadounidense es análoga u homóloga a la división de poderes
dentro de un Imperio des-centrado, pasa por alto exactamente
lo que es característico del sistema político postmoderno “real-
mente existente” que ellos invocan como inspiración.
Aunque la Liga de las Naciones y las Naciones Unidas in-
corporaron ideas estadounidenses sobre la división de poderes
dentro de ellas, el hecho de que ambos cuerpos no tengan un
impacto importante en la política mundial, absoluto en el pri-
mer caso y relativo en el segundo, sugiere cuán limitado el efecto
del constitucionalismo estadounidense ha estado más allá de las
fronteras nacionales. La difusión y aceptación de la hegemonía
estadounidense han sido desiguales y sujetas a frecuentes de-
safíos. Sin embargo, a pesar de los altibajos de la Guerra Fría y
la participación de EE. UU. en ella, el modelo estadounidense
de capitalismo liberal y el sistema federal de gobierno asociado
con él se han convertido en los elementos ideológicos dominan-
tes en la hegemonía que ahora gobierna el mundo después de la
Guerra Fría. Esto no quiere decir que el modelo wilsoniano de
un orden mundial construido sobre el ejemplo estadounidense
HEGEMONÍA 177

haya sido realizado. De hecho, en la práctica, la política exterior


estadounidense ha tendido a favorecer la defensa y la extensión
del capitalismo liberal sobre la propagación de cualquier tipo de
ethos democrático.19 En otras palabras, ha alentado la globali-
zación económica sobre el federalismo de Madison, a pesar del
apoyo retórico dado a esto último. Hay buenas razones por las
cuales esto ha sido así.
Hay varios problemas importantes con el modelo de fede-
ralismo de EE. UU. que merecen una discusión más amplia. El
primero es la inflexibilidad de la división de poderes y la difi-
cultad de reformarla dentro de un constitucionalismo rígido. El
segundo es su dependencia en el consenso más que en la política
de oposición. El tercero es su territorialismo jerárquico. El cuar-
to punto es su dependencia de las creencias populares sobre ser
los elegidos históricos. En combinación, estas son limitaciones
muy serias para el federalismo de Madison como un modelo o
una imagen de orden constitucional para el mundo más allá de
las costas estadounidenses.

Inflexibilidad. EE. UU. es, en muchos sentidos, una “repú-


blica congelada” en la que el cambio político se mantiene como
rehén de un sistema diseñado a fines del siglo XVIII para unir
de manera limitada un conjunto de subunidades distintivas y
con frecuencia hostiles, los estados.20 El alardeado sistema de
“controles y equilibrios” entre las ramas y los niveles de gobier-
no sirve para frustrar el ajuste colectivo a los tiempos cambian-
tes. A diferencia, por ejemplo, del sistema de gobierno británico
más flexible que emergió lentamente en los siglos XVIII y XIX
en respuesta a las cambiantes condiciones materiales, el sistema
estadounidense fue diseñado para frenar el cambio institucional
frente a las nuevas condiciones de vida.
Actualmente, la inflexibilidad presenta varias consecuencias
problemáticas. Una de ellas es el hecho de que el sistema es solo
parcialmente democrático. Aunque instituciones tales como el
Senado de EE. UU., el Colegio Electoral y el Poder Judicial es-
tán expuestas a la opinión pública, las mismas están basadas

19  William I. Robinson, Promoting Polyarchy: Globalization, U.S. Intervention, and Hege-
mony (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1996).
20  Daniel Lazare Frozen Republic: How the Constitution Is Paralyzing Democracy (Nueva
York: Harcourt Brace, 1996).
178 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

esencialmente en la élite, es decir, son el resultado de intentos


de democratizar las instituciones predemocráticas pero que
aún están basadas significativamente en el nombramiento y
privilegio. El Senado representa la igualdad de los estados, no
la igualdad de los ciudadanos. La membresía en el senado exi-
ge recursos económicos que tienden a restringirla a individuos
acaudalados capaces de financiar campañas a nivel estatal. El
Colegio Electoral, notorio luego de las elecciones presidencia-
les del año 2000, restringe la elección directa del presidente
mediante un sistema que otorga mayor importancia a los esta-
dos con población más reducida en relación a los de población
más grande. Fue inventado para dar mayor representación al
sur de la que merecía sobre la base únicamente de su pobla-
ción blanca. El hecho de que aún se implemente dicha práctica
representa una muestra del conservacionismo fundamental de
las instituciones políticas estadounidenses. La judicatura fede-
ral designada posee facultades de reforma legislativa que im-
plican una constante referencia al acta fundacional y sucesivas
modificaciones. Se trata de una institución fundamentalmente
conservadora. Asimismo, modificar la Constitución es prácti-
camente imposible sin el apoyo de una amplia mayoría a ni-
vel nacional. Para ello se necesitan dos tercios de los votos de
ambas cámaras del Congreso y tres cuartos de los votos de la
legislatura estatal por mayoría simple.
Por último, y más controversialmente, el poder parcial, como
el que es construido en la separación de poderes de EE. UU., pue-
de reducir potencialmente tanto la rendición de cuentas públi-
ca como la posibilidad de coordinar la elaboración de políticas.
De Tocqueville, a menudo citado para justificar la separación
de poderes y un alto grado de descentralización como normas
universales, de hecho planteó que consideraba como apropiado
el federalismo estadounidense únicamente en condiciones so-
ciales como las que observó durante sus viajes hacia EE. UU.21
Asimismo, fue un potente defensor de un Gobierno nacional
fuerte que contara con “su propia base tributaria así como la
capacidad de actuar sobre los ciudadanos de manera directa
(por la fuerza si era necesario) con independencia de los es-
tados miembros”.22 Sin embargo, al utilizar una analogía de
21  Gauchet, “Tocqueville”; Larry Siedentop, Tocqueville (Oxford: Oxford University Press, 1994).
22  Philip Schitter, “Federalism and the Euro-Polity”. Journal of Democracy 11 (2000): 41.
HEGEMONÍA 179

la película Titanic, Lazare expresa tanto de manera pintoresca


como con un grado de exageración que la expectativa de De To-
cqueville no se había cumplido: “En lugar de posicionar al na-
vegante en una parte del barco, al capitán en un segundo lugar,
al timonel en un tercero e intentar que todos ellos trabajen en
propósitos superpuestos, la teoría democrática moderna [de los
siglos XIX y XX] hace un llamado para que estos estén ubicados
en un mismo cuarto y así puedan coordinar sus acciones en caso
de una repentina amenaza de iceberg”.23 Una especie de “parla-
mentarismo constreñido” podría proveer un mejor modelo de
separación de poderes que el de EE. UU., mediante los poderes
legislativos de un parlamento “acotado por otras instituciones
de un autogobierno democrático, como referéndums populares
a nivel nacional y la representación de gobiernos por provincias
en sistemas federales”.24
En realidad, la separación de poderes no es remotamente tan
inmovilizadora como Lazare afirma.25 Existe una considerable
cooperación entre los diferentes poderes. De hecho, la historia
de EE. UU. sugiere que el sistema –a diferencia de la opinión de
Woodrow Wilson como fundador de la ciencia política estadou-
nidense más que como presidente de EE. UU.– ha resultado en el
beneficio concreto de la presidencia y la dirección central, espe-
cialmente desde la Depresión de 1930 hasta el final de la Guerra
Fría.26 El control de los dos poderes ejercido por diferentes parti-
dos políticos es lo que ha tendido a causar una inmovilidad mayor
del Gobierno federal en los últimos años. De cualquier manera,
muchos analistas y reformadores consideran de forma bastante
negativa la separación de poderes de los EE. UU.: como frustran-
te para Gobiernos decisivos y proyector de intereses creados.

Siedentop, Tocqueville, might beg to differ.


23  Lazare, Frozen Republic, pp: 145-146.
24  Bruce Ackerman, The New Separation of Powers”. Harvard Law Review 113 (2000): 641.
25  Véase, por ejemplo, John Zvesper, “The Separation of Powers in American Politics: Why
We Fail to Accentuate the Positive”. Government and Opposition 34 (1999) 3-23.
26  En Woodrow Wilson, Congressional Government: A Study in American Politics (Boston:
Houghton Mifflin, 1885). Podría decirse que la separación de poderes ha permitido que los gru-
pos de interés organizados, particularmente los corporativos, proporcionen un papel de coordi-
nación nacional no oficial a través de contribuciones de campaña y cabildeo, las cuales no están
permitidas en la Constitución para ninguna institución formal. Esto comenzó realmente en el
mismo momento en que los intereses económicos de los EE. UU. se expandían externamente
y el Gobierno llegaba a ser más activo en la política mundial, entre 1890 y 1920 (véase, por
ejemplo, Daniel J. Tichenor and Richard A. Harris, “Organized Interests and American Political
Development”. Political Science Quarterly 117 [2002–03]: 587– 612).
180 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

Política de consenso. De Tocqueville afirma convincen-


temente en sus escritos sobre la democracia estadounidense y
el impacto de la revolución francesa, que la bendición de EE.
UU. y el infortunio de Europa residen en “la unidad intelec-
tual viva” de EE. UU.27 Ello dio a la política estadunidense un
conjunto de suposiciones comunes que escaseaban –y en caso
de que analistas como Larry Siedentop estuvieran en lo cier-
to, aún escasean– por ejemplo, en Europa.28 Sin embargo, por
encima de todo, los estadounidenses compartían una limita-
ción intelectual provista, en el pensamiento de De Tocquevi-
lle, por una fe ampliamente compartida en lo divino, lo cual li-
mitaba el cuestionamiento de las instituciones que él asociaba
con los excesos de la Revolución Francesa. No obstante, una
prueba decisiva de democracia moderna es la medida en que
la oposición está no sólo autorizada sino alimentada dentro de
las instituciones. Si el siglo después de De Tocqueville aclaró
algo, por consiguiente,

...en que debemos revertir las palabras de Tocqueville y considerar


como esenciales a la democracia las características que él atribuyó
a las consecuencias del accidente revolucionario –tanto en relación
al desacuerdo interno con respecto a las formas de gobierno como
en los debates sobre asuntos fundamentales–. Desde el día en que
Tocqueville escribió, ni la unidad intelectual ni las limitaciones a
la inteligencia han surgido como contribuciones originales incom-
patibles con el universo democrático. Mantener la unidad entre
los hombres [sic] por medio de su desacuerdo, comprometerse a
realizar una valoración continua del significado al tiempo que son
unidos en sociedad: en el análisis final, éstas son características
fundamentales de la democracia en el Viejo Mundo… A diferencia
de la visión temprana estadounidense de Tocqueville, la democra-
cia no se trata de un acuerdo profundo entre las personas sino de la
disolución despiadada del significado y antagonismo de las ideas.29

Sin embargo, el fundamento histórico del modelo estadou-


nidense en el consenso social generalizado sobre valores, aún
cuando actualmente ese consenso ha retrocedido desde hace
27  Gauchet, “Tocqueville,” 98.
28  Larry Siedentop, Democracy in Europe (Londres: Allen Lane, 2000).
29  Gauchet, “Tocqueville,” 101-102.
HEGEMONÍA 181

mucho tiempo, establece límites a la exportación de un mode-


lo constitucional que requiere ser identificado con una serie de
creencias asociadas con un conjunto particular de instituciones.
A nivel mundial, un modelo de democracia negativista en donde
todo está en tela de juicio, así como las propias instituciones,
parece ser más apropiado. En el seno de la Unión Europea, por
ejemplo, podría argumentarse que lo que se necesita para redu-
cir el actual “déficit democrático” no es una estructura federal
formal sino mayor apertura al acceso sistemático de la oposición
dentro de las instituciones existentes, con el objetivo de trabajar
por el bien común mediante el debate y la crítica.30

Territorialismo jerárquico. El federalismo madisoniano


descansa en un compromiso ferviente con respecto a la terri-
torialidad como principio de organización del espacio, pese a
la visión de Hardt y Negri sobre ello como esencialmente sin
contexto geográfico. Dos tercios del Gobierno, uno (los esta-
dos) anidado dentro del otro (la federación), están concebidos
para proveer los bienes y servicios públicos que demanda la
ciudadanía, en conformidad con el modo más eficiente de ad-
ministración. A lo largo de la historia, mientras cambiaban las
exigencias a los Gobiernos, la balanza cambiaba de los esta-
dos al Gobierno federal, a pesar de que los recientes ataques
contra el poder del mismo han conducido hacia una cierta de-
volución del poder a los estados. En un mundo cada vez más
globalizado, no obstante, el patrón de las externalidades del
sector privado y público es menos territorial que en el pasado.
Las fuerzas transnacionales crean comunidades de intereses y
defensa que no son debidamente incluidas en una concepción
territorial del ámbito público. En este contexto, la posibilidad
de asignar eficientemente diferentes funciones reguladoras, así
como las de reparto y distribución a las diferentes dimensio-
nes de las unidades territoriales, es muy reducida. Mientras
el alcance del control sobre varias actividades económicas
y culturales se ajusta más a redes de interconexión entre los
nodos regionales ampliamente dispersos en el espacio, la

30  K. Neunreither, “Governance without Opposition: The Case of the European Union”.
Government and Opposition 33 (1998): 419-441; Michael Newman, “Reconceptualising De-
mocracy in the European Union,” en Transnational Democracy: Political Spaces and Border
Crossings, ed. James Anderson (Londres: Routledge, 2002).
182 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

estructura territorial del federalismo estadounidense ofrece


cada vez menos oportunidades de inversión en el “mundo
real” al cual debe ajustarse. Finalmente, más allá del contexto
estadounidense, la construcción de un modelo federal de
democracia transnacional requeriría una acción centralizada,
cuyo peligro radica en que ello podría crear un flujo de poder
organizado a puerta cerrada aún más “de arriba a abajo” que
el que caracteriza al sistema estadounidense en la actualidad.

Elegidos históricos. El término “Destino manifiesto” fue


acuñado en la década de 1840 para hacer referencia a la misión
civilizadora/constitucionalizadora inherente en la progresiva
expansión territorial de EE. UU. desde su origen oriental hasta
el océano Pacífico. Ello reflejaba una percepción más antigua de
misión providencial que inspiró a los primeros colonos europeos
y a sus descendientes, los Padres Fundadores. Sin embargo, di-
cha percepción tuvo su origen en la justificación del colonialismo
planteada por el teórico político del siglo XVII, John Locke, que
afirma que aquella persona que usa la tierra productivamente (es
decir, en la agricultura sistemática) son las que tienen el derecho
de poseerla. Por tanto, los colonos podían reclamar la tierra si
los nativos eran considerados como personas “indiferentes” con
respecto al uso agrario de la misma.31 El Destino manifiesto tenía
dos impulsos contradictorios. El primero se trataba de señalar
la naturaleza única de EE. UU., en particular, su Constitución;
el segundo se trataba de insinuar su propio alcance universal.
En cualquier caso, el federalismo estadounidense siempre ha te-
nido una carga cultural que lo distingue de una “solución” sim-
plemente técnica o instrumental al “problema” de gobernanza.
Todo esto resulta de la experiencia histórica estadounidense.
En primer lugar, la balanza entre los estados (y, por con-
siguiente, en el sistema) dependía históricamente de la expan-
sión de la totalidad. Madison consideraba que la expansión
mediante la adición de nuevos estados era la clave para evitar
que cualquier región, facción o interés dominara y subvirtiera
el todo. En la práctica, no funcionaba de esta manera ya que las
condiciones para la inclusión de nuevos estados –sobre todo si
se permitían o no la esclavitud– ofrecieron un mayor ímpetu a
31  Barbara Arneil, The Defense of English Colonialism (Nueva York: Oxford University
Press, 1996).
HEGEMONÍA 183

la crisis, lo cual dio lugar a la Guerra Civil y a la posterior amplia-


ción de los poderes del Gobierno federal en relación con los esta-
dos. En segundo lugar, la Constitución se estableció rápidamente
como la clave de la identidad estadounidense. Se trataba de una
identidad política que descansaba en la creencia y suscripción a
la Constitución. En tercer lugar, había un elemento racial duran-
te lo ocurrido con respecto a la expansión estadounidense y la
propensión civilizadora de los antepasados ingleses de EE. UU.
Anders Stephanson plasma muy bien la dependencia mutua del
constitucionalismo estadounidense y la expansión colonial esta-
dounidense en el interior de América del Norte:

Había una extensión de tierra inmensa y ociosa en este lugar que


debía ser transformada. La nueva nación fue una condensación de
todo lo que era considerado un bien en la civilización del occidente
más avanzada hasta la fecha, a saber, los británicos… Se requirió
un conjunto de símbolos simples, lo que condensaría el pasado y
al mismo tiempo proclamaría el futuro. La extraordinaria rapidez
con la que la Revolución fue monumentalizada en realidad de-
mostró la urgencia: la vanguardia revolucionaria se convirtió en
los Padres Fundadores, patriarcas bíblicos, Washington en el go-
bierno casi como una deidad, todo evocado con una solemnidad
ritual cada 4 de julio.32

Finalmente, el modelo estadounidense de federalismo ha


dependido de la fusión de dos puntos de vista peculiares de una
comunidad política que no es fácilmente transferible a otro lu-
gar ni expresa una definición coherente de comunidad política
apropiada para ser adoptada a nivel global. Por una parte, la
división del espacio nacional estrictamente en unidades terri-
toriales descansa en una representación cartesiana del espacio
territorial como una superficie abstracta sobre la cual se puede
inscribir la representación política. Por otra parte, dicha divi-
sión está justificada con argumentos aristotélicos como un mun-
do de lugares particulares en el cual diferentes modos de apego
político e ideales opuestos de justicia, igualdad y libertad pueden
ser debatidos dentro de los límites de un marco constitucional

32  Anders Stephanson, Manifest Destiny: American Expansion and the Empire of Right
(Nueva York: Hill and Wang, 1995), 18–20.
184 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

más amplio.33 Por mucho tiempo, la tensión entre estas dos con-
cepciones de espacio político ha desgarrado la vida política esta-
dounidense, desde el conflicto sobre la esclavitud hasta debates
contemporáneos sobre boicots de comercio a nivel del Estado e
inversión en específicos países extranjeros. Sin embargo, el te-
rritorialismo “puro” del modelo de EE. UU. depende, para su
justificación política, no tanto de su conjunto de voces indivi-
duales como de un llamado a las diferentes tradiciones políticas
asociadas con diferentes lugares (regiones y localidades).
En muchos aspectos, sin embargo, el federalismo de EE.
UU. no está fácilmente desentrañado de sus raíces particulares.
Su proyección por analogía dentro de la estructura de la globa-
lización es cualquier otra cosa menos reveladora. Ciertamente,
la misma está alejando la atención del análisis constante sobre
la falta de adopción de formas institucionales establecidas en la
globalización, así como obviando la sociedad de mercado como
base de la descentralización y difusión del poder el cual es una
característica resaltante de la globalización. Al interpretar la
globalización como una extensión del constitucionalismo esta-
dounidense, autores como Hardt y Negri le otorgan una solidez
y estabilidad territorial al punto que sus propias afirmaciones
sobre la naturaleza difusa y fragmentada del poder bajo la glo-
balización se contradicen explícitamente.

Entropía madisoniana y los límites políticos


a la hegemonía estadounidense

El sistema estadounidense de gobierno, así como lo establece


la influencia de las ideas y concesiones de los Fundadores, siem-
pre ha estado en tensión con la conducta centralizada de la polí-
tica a nivel mundial. Este país de tan gran dimensión en cuanto a
población y territorio no solo ha tenido economías regionales dis-
tintas con diferentes identidades e intereses que de alguna ma-
nera tenían que ser administradas colectivamente, sino también
la episódica e incluso innegable tendencia hacia un Gobierno
central cada vez más poderoso que a su vez ha tenido que hacer

33  J. Nicholas Entrikin, “Political Community, Identity, and the Cosmopolitan Place”. Inter-
national Sociology 14 (1999): 269-282.
HEGEMONÍA 185

frente a un marco constitucional diseñado para frustrar la con-


secución del poder público concentrado. Puede que efectiva-
mente “EE. UU. sea demasiado extenso para ser gobernado”.34
Sin embargo, la división federal de poderes entre los estados y
el Gobierno central y la separación de poderes en el centro en-
tre el poder legislativo, ejecutivo y judicial también representa
un gran desafío en cuanto a la creación de cualquier respuesta
coherente a los dilemas que enfrenta EE. UU. en un mundo glo-
balizado. Un sistema de gobierno establecido para facilitar la
expansión de intereses económicos del sector privado mientras
restringe el ejercicio del poder político colectivo tiene desven-
tajas incorporadas para enfrentarse a los ajustes de una nueva
economía mundial donde ya no es el único centro. Los enfoques
dirigidos a la comprensión de la política mundial según los cua-
les todos los Estados son similares a un Estado francés jacobino
son, por lo tanto, peligrosamente deficientes cuando consideran
a EE. UU. bajo esa luz.35
Philip Cerny se ha referido en tono de provocación a la arqui-
tectura particular del Estado estadounidense como una que da lu-
gar al problema que él denomina la “entropía madisoniana” frente
a los desafíos externos para el bienestar económico estadouniden-
se.36 En este sentido, su planteamiento es que “el sistema de go-
bierno de EE. UU. está caracterizado por una gran cantidad de
energía que es absorbida o disipada mediante el funcionamiento
interno de la estructura, y la cual queda inaccesible para las tareas
políticas que deben ser ejecutadas por los Estados modernos”.37
En física, la entropía hace referencia a la medida de energía in-
accesible para trabajar dentro de un sistema. La entropía madi-
soniana representa la influencia dominante de James Madison
sobre la forma final tomada por las instituciones de EE. UU. en el
momento de la ratificación de la Constitución de dicho país.
Según el punto de vista de Cerny, la posición geopolítica de
EE. UU. durante la Guerra Fría estuvo basada en tres cambios
institucionales en el sistema de gobierno de EE. UU. que pu-
dieron rodear los bloqueos incorporados al sistema. Ausentes
estos cambios, sin embargo, la característica de fragmentación
34  David P. Calleo, The Imperious Economy (Cambridge, MA: Harvard University Press,
1982), 193-194.
35  Carville Earle, The American Way: A Geographical History of Crisis and Recovery (Lan-
ham, MD: Rowman and Littlefield, 2003), 185-205.
36  Philip Cerny, “Political Entropy and American Decline”. Millennium 18 (1989): 47-63.
37  Cerny, “Political Entropy and American Decline,” 54.
186 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

institucional del Gobierno de EE. UU. volverá a frustrar la ca-


pacidad de rescatar al país de los conflictos internos a través
de la expansión externa, el leitmotiv de la política externa es-
tadounidense desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días
que solo se materializó después de la Segunda Guerra Mundial.
El primer cambio fue el de la “presidencia imperial” en la cual
el presidente era considerado como la figura de un monarca que
sobrepasaba a los otros poderes del Gobierno debido a la ame-
naza inminente de la guerra nuclear y a la necesidad de pla-
nificar respuestas rápidas a las crisis extranjeras.38 El segundo
cambio fue el mantenimiento prolongado de un consenso de
diferentes partidos sobre los principales asuntos de política ex-
terna con la deferencia del congreso a la autoridad presidencial
sobre las relaciones exteriores. El tercer cambio consistió en la
capacidad superior del poder ejecutivo federal de abordar asun-
tos monetarios y comerciales sin la interferencia desde el poder
legislativo u otros estados.
Cada uno de estos cambios ha sido socavado. La Guerra de
Vietnam inició la erosión tanto de la presidencia imperial como
del consenso bipartito entre los partidos Demócrata y Repu-
blicano sobre el comportamiento de las relaciones exteriores.
El escándalo de Watetgate en la década de 1970 y el escánda-
lo Contra-Irán durante la década de 1980 socavaron aún más
la autoridad presidencial con respecto a la implementación de
iniciativas de política exterior sin trabas por parte del Congre-
so. El intento de impugnación del presidente Clinton a finales
de 1990, aunque tuvo que ver con sus tendencias sexuales en
lugar de cualquier otro asunto relacionado con las implicacio-
nes de políticas, ha debilitado aún más el cargo. La intervención
de la Corte Suprema al declarar a George W. Bush ganador de
las elecciones presidenciales del año 2000, a pesar de que tenía
una menor cantidad del voto popular que Al Gore, probable-
mente ha socavado aún más la legitimidad presidencial (y ju-
dicial), al menos a los ojos de aquellas personas cuyos votos no
fueron tomados en cuenta.39 Los partidos políticos debilitados,
38  La “Presidencia imperial” ha tenido una enorme debilidad, como Theodore J. Lowi lo se-
ñaló en (The Personal President: Power Invested, Promise Unfulfilled [Ithaca, NY: Cornell
University Press, 1985]), en la medida en que ha carecido de cualquier sistema de responsa-
bilidad colectiva o controles y equilibrios dentro del poder ejecutivo y, por lo tanto, ha estado
sujeto a todo tipo de abusos como se revela en el Watergate, Contra, y otros escándalos.
39  Howard Gillman, The Votes that Counted: How the Court Decided the 2000 Presidential
HEGEMONÍA 187

en los cuales los políticos representan cada vez más el electo-


rado sectorial, geográfico o de un solo tema, se han retractado
del consenso marcado por la política externa estadounidense
en las décadas de 1950 y 1960. Ahora, los resultados de las elec-
ciones están ampliamente determinados por la titularidad de
los cargos y la habilidad de recaudar fondos a partir de medios
privados o miembros de un grupo de presión (lobbistas).40 La
influencia puede ser adquirida abiertamente a través de la vo-
tación de bloqueo por parte de grupos étnicos o de inmigrantes
o contribuciones de campañas de intereses comerciales con el
fin de obstaculizar políticas que puedan estar en el “interés na-
cional” pero que perjudicarían aleatoriamente a países extran-
jeros o intereses comerciales. Ejemplos clásicos podrían ser la
manera en cómo las políticas actuales en Cuba, Taiwán e Israel
responden directamente a vetos electorales y contribuciones de
campañas ejecutados por partes interesadas tal como los in-
migrantes cubanos, los intereses comerciales taiwaneses y el
electorado judío.
En términos económicos, aunque el dólar estadounidense
ha conservado una importancia considerable en el sistema post
Bretton Woods de tipos de cambio flotantes, su liberación de
un sistema de tipos de cambio fijos por parte del Gobierno de
EE. UU. en 1971 eliminó el pilar central de la escena internacio-
nal sobre el cual se apoyaba la potencia financiera nacional del
poder ejecutivo federal. Los mercados han sustituido el poder
gubernamental central en esta área crítica, a pesar del surgi-
miento del nexo Washington-Wall Street durante un intento de
la administración de Clinton de utilizar el dólar estadounidense
como un arma para el crecimiento económico nacional.41 En el
ámbito judicial, desde la década de 1980 la Corte Suprema ha
cambiado el equilibrio de poder al interpretar la Constitución
fuera del marco del Gobierno federal con respecto a los estados

Election (Chicago: University of Chicago Press, 2001).


40  La manipulación partidista de los distritos electorales es una de las principales formas en
que se institucionaliza la titularidad de cargos como factor determinante hasta el punto en que,
a partir de 2003, solo alrededor del 15 % de los miembros en la Cámara de Representantes de
EE. UU. son realmente competitivos. Sin embargo, cada vez más la mayoría de los miembros se
controlan a través de primarias partidistas en las que un pequeño porcentaje del electorado (en
el caso de los Republicanos, cada vez más conservadores) determina quién es elegido.
41  Peter Gowan, The Global Gamble: Washington’s Bid for World Dominance (Londres:
Verso, 1999).
188 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

y a la propia Corte.42 Por ejemplo, mediante el uso de la doctrina


del derecho común sobre la inmunidad soberana, la Corte Su-
prema bajo el juez presidente William Rehnquist protegió a los
estados de los daños ocasionados debido a la discriminación
por edad, por discapacidad y la violación de las patentes, de-
rechos de autor, marcas registradas y estándares laborales jus-
tos. Varios estados, envalentonados, están apostando con sus
propios medios a atraer inversión extranjera, aplicar políticas
industriales y comerciales y establecer límites (por ejemplo,
con respecto a los controles de inmigración) en áreas tradicio-
nalmente reservadas para el Gobierno federal. A modo de ilus-
tración, el estado de California, el cual por sí solo constituye la
séptima economía más importante a nivel mundial, cuenta con
diez oficinas de representación comercial en el mundo, desde
la ciudad de México hasta Tokio. Asimismo, el estado inten-
tó crear su propia política de inmigración, así como gestionar
sus propios sistemas de bienestar y de atención médica para
la población económicamente desfavorecida, aprobar leyes que
restrinjan las inversiones realizadas por el estado en otros paí-
ses en protesta a las políticas estadounidenses en materia de
derechos humanos en el exterior.43 Con los estados afirmando
sus poderes y dado el equilibrio de los intereses regionales en
el Congreso, la consecución de una política industrial nacional
o una respuesta coherente a nivel nacional con respecto a la
globalización de los mercados laborales parece prácticamente
imposible. Tal como lo afirma Cerny:

La estadounidense quizás no sea una ‘sociedad de estancamien-


to’, usando la muy conocida descripción de Stanley Hoffman de
Francia bajo la Tercera República. Ciertamente, la sociedad es-
tadounidense sigue siendo, como siempre, energética y creativa
en muchos niveles. No obstante, lo que absorbe y difunde dicha
energía es la complejidad, duplicación y superposición de obje-
tivos los cuales fueron establecidos en el sistema madisoniano y
también han estado incrementándose más rápido que la capaci-
dad de resolución de problemas del sistema, especialmente en el
ámbito de interés de la interdependencia internacional. EE. UU.

42  John T. Noonan, Jr., Narrowing the Nation’s Power: The Supreme Court Sides with the
States (Berkeley: University of California Press, 2002).
43  D. Lasher, “Golden- and Global -in California”. Los Angeles Times, 8 de enero, 1998: A1, 22.
HEGEMONÍA 189

es víctima de una especie de inmovilismo dinámico, estancamien-


to creativo o superestructura de estancamiento, la cual he deno-
minado entropía madisoniana.44

Conclusión

En el presente capítulo, he demostrado que debido a su dise-


ño y desarrollo, no es correcto considerar la forma de Gobierno
estadounidense como una forma constitucional que respalda la
globalización actual ni como una que sea adaptable a las friccio-
nes entre una economía mundial globalizada por una parte, y el
territorio nacional estadounidense por otra parte. La analogía
posible entre el sistema de gobierno dividido y descentralizado
característico de EE. UU. y el de la globalización contemporá-
nea, como si el primero de algún modo implicara al segundo, es
una idea atractiva pero errónea. No solo es la naturaleza de la
globalización y la geografía del poder que ocasionan difícilmente
miméticas de la forma territorial central al constitucionalismo
estadounidense, sino que los mismos también son ajenos a sus
propias cualidades. Asimismo, en lugar de ser una difusa pero
eficiente organización del poder (tal como la del Imperio de Har-
dt y Negri), se trata de un sistema con serias ineficiencias, re-
dundancias incorporadas y sesgos hacia la acción desordenada.
En efecto, fue diseñado de esa manera para favorecer la creación
de lo que se convirtió en la primera sociedad de mercado.
El Gobierno estadunidense, dinámico, estancado, contra-
dictorio e inmovilizado como pueda ser, también conserva una
definitiva, si bien siempre cambiante, geografía del poder. Como
corolario, ello sugiere que EE. UU. nunca ha estado bien pre-
parado para aplicar una estrategia como imperio en la política
internacional. La ironía es que al ayudar en la creación de la so-
ciedad de mercado y patrocinarla a nivel mundial, el Gobierno
de EE. UU. ahora padece las consecuencias de lo que han sido,
desde el punto de vista de la hegemonía estadounidense, sus
propias fortalezas. Dado que actualmente dicho país es incapaz
de responder adecuadamente a los diferentes desafíos mundia-
les que lo confrontan, su inmovilidad dinámica se ha convertido
44  Cerny, “Political Entropy and American Decline,” 59.
190 ¿Constitucionalismo estadounidense o sociedad de mercado?

en el epitafio para el triunfo definitivo, al menos por ahora, de


una sociedad de mercado cada vez más globalizada. Ello sienta
las bases para el posible desarrollo de un mundo cada vez más
globalizado en el que, mediante el debilitamiento de la autoridad
gubernamental de EE. UU., la hegemonía establecida bajo los
auspicios estadounidenses puede seguir existiendo sin un hege-
món rector central. Como consecuencia, la sociedad de mercado
se habrá vuelto en su contra.
191

6 | Globalizando la hegemonía
estadounidense

“G
lobalización” es una de las palabras más escuchadas a
comienzos de siglo XXI. Con respecto a su uso más ge-
neral, dicho término se refiere a la idea de un mundo
cada vez más extenso, encogido, conectado, entrelazado,
integrado, interdependiente o menos dividido en el ámbito terri-
torial, económico y cultural entre Estados nacionales. Frecuen-
temente se le considera un proceso tecnológico y económico de
la compresión del tiempo-espacio; así como una modernización
social de la creciente homogeneidad cultural –anteriormente de
naturaleza nacional, pero que ha aumentado progresivamente
su escala hasta ser de alcance global–; o como una abreviatura
para hacer referencia a las prácticas de liberalismo económico
espontáneamente adoptadas por Gobiernos en todo el mundo.1
No pretendo negar la verdad en cada una de estas perspecti-
vas. Pero sí, reconsiderando la globalización como un término
geopolítico, intentaré situarlo en un contexto histórico del creci-
miento de una economía mundial que solo recientemente se ha
globalizado bajo los auspicios en gran medida estadounidenses.

Como nuevo “concepto maestro”, la globalización es consi-


derada a menudo como sustituta de la geopolítica.2 Desde este
punto de vista, si la globalización se trata de un mundo que des-
conoce fronteras, la geopolítica se trató de grandes potencias e
imperios que dividían el mundo e imponían un control territorial
sobre el mismo. Ello traza de manera muy audaz una línea entre
un mundo que existe y un mundo que existió. La globalización

1  Véase sobre lo primero, en particular, David Harvey, The Condition of Postmodernity (Ox-
ford: Blackwell, 1989); en lo segundo, véase Roland Robertson, Globalization: Social Theory
and Global Culture (Londres: Sage, 1992); y tercero, véase Henk Overbeek, ed., Restructuring
Hegemony in the Global Political Economy: The Rise of Transnational Neo-Liberalism in the
1980s (Londres: Routledge, 1993), y Meghanad Desai, Marx’s Revenge: The Resurgence of
Capitalism and the Death of Statist Socialism (Londres: Verso, 2002).
2  Véase, por ejemplo, Brian W. Blouet, Geopolitics and Globalization in the Twentieth Centu-
ry (Londres: Reaktion Books, 2001).
192 Globalizando la hegemonía estadounidense

tal y como la conocemos hoy en día cuenta con orígenes y ses-


gos geopolíticos. Por lo tanto, inicio el presente capítulo con el
análisis de los orígenes geopolíticos de la globalización en las po-
líticas y prácticas estadounidenses durante la Guerra Fría, pero
que tienen orígenes más antiguos en la historia estadounidense,
particularmente la experiencia e ideología de la “frontera” (tal
como se explica en el capítulo 4). Luego, ello politizaría el tema
en oposición directa a la tendencia de naturalizarlo en muchos
de los escritos recientes, como si se tratara de un fenómeno com-
pletamente tecnológico, social o ideológico. Esto es importante
ya que sugiere que la forma adoptada por la globalización actual
es el resultado de decisiones políticas que pueden ser revertidas
o redireccionadas. Un tema recurrente en muchos de los escritos
sobre globalización es que ésta representa una clara ruptura con
la geopolítica de la Guerra Fría (y las épocas precedentes). Con-
sidero que no es el caso en lo absoluto. Ciertamente, la economía
del “mundo libre” inventada por el bloque estadounidense en la
Guerra Fría sigue siendo el mantra de la “nueva” economía en
proceso de globalización. Para comprender la globalización con-
temporánea se torna necesario examinar las prácticas e ideas que
sentaron sus bases en el período entre la década de 1940 y la dé-
cada de 1970. En la primera parte del capítulo, identifico aquellas
características del “liberalismo incrustado” del período de post-
guerra que ayudaron a sentar las bases durante la aceleración de
la globalización tras la década de 1970.
La segunda sección describe cómo dicho sistema comenzó a
desgastarse en la década de 1960. Durante la administración de
Nixon el sistema fue reemplazado por los comienzos de un nue-
vo “régimen de acceso al mercado” en el cual las funciones de
organizaciones internacionales tales como el Fondo Monetario
Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Acuerdo General
sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas
en inglés) (posteriormente la Organización Mundial del Co-
mercio [OMC]) fueron revolucionadas mediante su dedicación
a la aplicación de un liberalismo económico mucho más radical
que parecía servir a los intereses económicos estadouniden-
ses, al menos a corto plazo. En este contexto, surgió una nueva
geografía económica mundial en la cual existe tensión entre la
constante regulación estatal de las actividades económicas, por
una parte, y una economía mundial cada vez más organizada
HEGEMONÍA 193

mediante flujos de capital y bienes en lugares ubicados de ma-


nera muy dispersa, por otra parte. Aunque extensas zonas del
mundo están quedando cada vez más excluidas del desarrollo
económico mundial, ello sucede en un contexto donde la escala
del desarrollo desigual está cambiando cada vez más desde un
nivel nacional a un nivel local y regional.
Dicha transformación reciente plantea la interrogante sobre
el significado de “geográfico” en relación con la globalización de
la economía mundial y la tensión a largo plazo entre la forma
territorial e internacional (basada en los flujos) para organi-
zar el capitalismo a nivel mundial (véase también el capítulo 4).
¿La hegemonía de un solo Estado, por relativamente poderoso
que pueda ser, es compatible desde el punto de vista político y
económico con una economía mundial en proceso de globaliza-
ción? Una tercera sección ofrece una visión general de la diná-
mica geográfica de una economía globalizada emergente. Se le
da especial atención al proceso dual de la globalización y frag-
mentación en el cual los procesos financieros y de producción
dificultan el hecho de considerar la economía mundial como una
economía simplemente internacional o interestatal.

Creación de la economía del mundo libre

A finales del siglo XIX, EE. UU., como la mayoría de los paí-
ses en proceso de industrialización, escudó sus industrias tras
altas barreras arancelarias; sin embargo, también se mantuvo
vinculado al patrón oro, incluso frente a una considerable opo-
sición nacional, y por consiguiente subordinada a una economía
internacional financiada en ese momento por Gran Bretaña. Di-
cho “sistema” permaneció en gran parte vigente hasta la década
de 1920. La movilización de las economías nacionales para la
guerra entre 1914 y 1918, la sangría económica de Gran Bretaña
desde la Primera Guerra Mundial, la falta de inversión de Gran
Bretaña en nuevas tecnologías para actualizar sus industrias y el
auge de ideas antiliberales tales como el  bolchevismo y el fas-
cismo en diferentes países conspiraron para condenar la futura
expansión de la economía internacional la cual estaba comen-
zando a replegarse sobre sí misma incluso antes del cataclismo
194 Globalizando la hegemonía estadounidense

económico de 1929 a 1938. El Gobierno estadounidense en la


década de 1920 se negó a dar un paso al frente para rescatar la
economía internacional mediante el reemplazo de Gran Breta-
ña como prestamista de última instancia y cobrador oficial. Esto
reflejó parcialmente la relativa falta de importancia de las tran-
sacciones internacionales hacia la economía estadounidense, al
menos en comparación con la de Gran Bretaña, pero también,
y más importante, ello reflejó la debilidad ideológica y regula-
toria del Gobierno federal. El Gobierno no fue capaz de dar un
paso adelante. El presidente Calvin Coolidge planteó con mucha
claridad la posición de aquellas personas que pertenecen a los
centros de poder: “Si el Gobierno federal debería desaparecer,
las personas en su transitar diario no detectarían la diferencia
en sus vidas cotidianas por un considerable período de tiempo”.3
Bajo el emblema del Nuevo Trato, las reformas económicas
que sucedieron el inicio de la Depresión expandieron enorme-
mente los poderes del Gobierno federal para dirigir e intervenir
en la economía nacional. Sin embargo, el objetivo central no era
estimular el crecimiento económico en el sentido de manipular
las políticas fiscales y monetarias para lograr un crecimiento
prolongado en la producción e ingresos. Procurar una regula-
ción más contundente de las empresas, gestionar las relaciones
industriales y apoyar la demanda agregada fomentando la cons-
trucción de viviendas fueron  prioridades mucho más esenciales.
Tales reformas estructurales fueron diseñadas para impulsar las
respuestas del sector privado al problema de la recuperación
económica. Solo después de 1938, una política económica nacio-
nal más “keynesiana” orientada al estímulo económico del lado
de la demanda comenzó a emerger con prominencia. Lo que es
innegable, no obstante, es el hecho de que las políticas del Nuevo
Trato de las administraciones de Roosevelt durante la década de
1930 y la Segunda Guerra Mundial llevaron a un profundo em-
poderamiento del Gobierno federal.
Al principio, la aseveración del poder central no estuvo
acompañada por una política exterior más dirigida y abierta. En
efecto, a principios de 1930, EE. UU. se volvió enérgicamente
más proteccionista y aislacionista. El arancel Smoot-Hawley de
1930 había llevado las tasas de importación a su nivel más alto
3  El presidente Calvin Coolidge, cita en Arthur M. Schlesinger, Jr., The Age of Roosevelt,
Volume I (Boston: Houghton Mifflin, 1956), 57.
HEGEMONÍA 195

en la historia estadounidense. Luego de su elección, Roosevelt


prometió y más tarde se retractó sobre los esfuerzos en la estabi-
lización del tipo de cambio y un regreso al patrón oro. En el año
1933, desdeñó la Conferencia Económica Mundial al declarar
que sus prioridades eran nacionales y no internacionales. De-
bido a que las mismas son inflacionarias por naturaleza, había
pocas alternativas más que evitar la coordinación internacional.
“Ciertos fetiches de los llamados banqueros internacionales”,
decía Roosevelt, “están siendo reemplazados por los esfuerzos
dirigidos a planificar divisas nacionales”.4 En la década de 1930,
los principales países industriales “cayeron más en la inquietan-
te espiral de aislacionismo económico y de rearme militar hacia
la catástrofe final de la guerra mundial. Roosevelt no había de-
mostrado poseer mayor perspectiva que los otros nacionalistas
desesperadamente autoprotectores en 1933, quizá incluso me-
nos en cierto modo. Después de haber sangrado un rato, EE. UU.
depuso sus compromisos internacionales. ¿Quién podría indicar
si EE. UU. se levantaría para luchar nuevamente? Dado que se
pensaban erróneamente a salvo tras de sus fosas oceánicas, los
estadounidenses estaban preparados a tomar las armas en con-
tra de la Depresión”.5
No obstante, a comienzos de su primer período presidencial,
Roosevelt también expresó un mensaje muy diferente al apoyar
la Ley de Acuerdos Comerciales Recíprocos (RTAA, por sus si-
glas en inglés) de 1934, así como en sus esfuerzos de seguimien-
to para negociar tratados bilaterales basados en el comercio
que apoya el Principio de “Nación más Favorecida”. Asimismo,
Roosevelt reconoció a la Unión Soviética y en 1936 negoció un
acuerdo de estabilización cambiaria con Gran Bretaña y Francia.
El historiador David Kennedy sagazmente declaró, sin embargo,
que “Por un largo tiempo, Roosevelt parecía más comprometido
con una especie de internacionalismo posible y abstracto que con
cualquier cosa concreta en el aquí y ahora. Como wilsoniano, sin
duda esperaba que un mundo de comercio liberalizado y coope-
ración internacional emergería un día del lamentable caos que la
guerra y la depresión habían infligido en el mundo”.6 No era aún

4  David M. Kennedy, Freedom from Fear: The American People in Depression and War,
1929–1945 (Nueva York: Oxford University Press, 1999), 155.
5  Kennedy, Freedom from Fear, 159.
6  Kennedy, Freedom from Fear, 390
196 Globalizando la hegemonía estadounidense

el momento de comercio liberalizado ni de cooperación interna-


cional. Sin embargo, la RTAA en particular resultó decisiva, al
punto que algunos la consideran como la base de la hegemonía
estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial más allá
de las costas de dicho país.7 Lo importante es que la RTAA re-
presentaba la llegada de una época de Gobierno federal activista
en cuanto a relaciones exteriores. Esto transfirió la autorización
para la elaboración de aranceles del Congreso al poder ejecutivo,
lo que le permitió al Gobierno de EE. UU. comprometerse de
manera creíble en el uso del poder de mercado de la economía
estadounidense para liberalizar el comercio internacional. Dicha
ley en específico apuntaba más allá del Nuevo Trato, hacia una
situación mundial completamente diferente. En ese momento,
no obstante, EE. UU. estaba limitado a actuar dentro de un sis-
tema de rivalidad interimperial que solo podía ser superado una
vez que sus principales agentes –Alemania, Italia y Japón– hu-
bieran sido derrotados.
En 1945, la consumación de la victoria soviética-anglo-es-
tadounidense sobre la Alemania nazi y el Japón imperial y sus
aliados dio lugar a dos consecuencias inmediatas. En primer lu-
gar, la influencia soviética se extendió a lo largo de la Europa
occidental y en Alemania. Al finalizar la guerra, el ejército sovié-
tico se desplazó tan hacia el occidente que llegó al Río Elbe. Ello
incentivó tanto la ininterrumpida presencia militar estadouni-
dense en Europa como una confrontación directa con la Unión
Soviética, en tanto competidora militar y patrocinadora de un
concepto alternativo del orden mundial. Esta situación rápida-
mente encontró su expresión más clara en la doctrina geopolítica
de “contención”, según la cual el Gobierno de EE. UU., a través
de alianzas y presencia militar, se comprometió a mantener el
statu quo político establecido en 1945. El desarrollo estadouni-
dense de las armas nucleares y una disposición demostrada para

7  Véase, por ejemplo, Stephan Haggard, “The Institutional Foundations of Hegemony: Ex-
plaining the Reciprocal Trade Agreements Act of 1934”. International Organization 42 (1988):
91–119. Una ley aparentemente modesta con restricciones sobre cómo y durante cuánto tiempo
podrían continuar las negociaciones, el RTAA (por sus siglas en inglés) otorgó al presidente la
autoridad para negociar reducciones arancelarias con Gobiernos extranjeros independiente-
mente de la acción del Congreso. Por lo tanto, “el acceso a los mercados estadounidenses podría
intercambiarse para entrar en los mercados extranjeros, y las empresas estadounidenses que
desearan exportar tendrían el incentivo para presionar a modo de contrapeso a aquellos que
buscaban protección” (John M. Rothgeb, Jr., U.S. Trade Policy: Balancing Economic Dreams
and Political Realities [Washington, DC: CQ Press, 2001], 45).
HEGEMONÍA 197

usarlas implicaba que el sistema de seguridad de EE. UU. era in-


cuestionable.8 Ciertamente, el relativo aislamiento geográfico de
EE. UU. con respecto a la mayoría de sus adversarios históricos
siempre ha sido una ventaja estadounidense, sin tomar en cuenta
las amenazas por parte de terroristas con armas nucleares o Es-
tados que hacen caso omiso de la “normas” de comportamiento
interestatal. La lealtad de otros países hacia EE. UU. y su modelo
político-económico era lo que estaba en duda.
En segundo lugar, desde el punto de vista económico y polí-
tico, EE. UU. no tenía ninguna competencia seria al imponer su
visión del orden mundial tanto sobre sus enemigos derrotados
como sobre la mayoría de sus nuevos aliados. A diferencia de lo
que sucedió después de la Primera Guerra Mundial, cuando EE.
UU. descartó la expansión de su hegemonía, esta vez parecía no
haber alternativa. Europa y Japón estaban devastados. La inter-
pretación de los orígenes de la Gran Depresión y de la Segunda
Guerra Mundial que predominó durante las administraciones de
Roosevelt y Truman sugería que la salud ininterrumpida de la
economía estadounidense y la estabilidad de su política nacional
dependían del incremento en lugar de la disminución de la inver-
sión y comercio internacional.9 Europa y Japón tenían que ser
restaurados económicamente, tanto para negárselos a la Unión
Soviética como para impulsar la economía estadounidense. El
plan de Robert Morgenthau de principios de la década de 1940
para la “ruralización” de Alemania fue rápidamente rechazado.
Esto no quiere decir que no había oposición a la posición
“internacionalista”. Ciertamente, las mayorías republicanas en
el Congreso de EE. UU. durante los primeros años de postguerra
fueron generalmente tan escépticas acerca de la proyección de la
experiencia del Nuevo Trato estadounidense sobre la interven-
ción económica gubernamental en el extranjero como lo fueron
con respecto a su ejecución en el país. Las fuerzas militares es-
tadounidenses se desmovilizaron rápidamente luego de 1945. Solo
después del año 1947, por el miedo en aumento a la Unión Soviética
como enemiga extranjera y subversiva nacional, comenzó a surgir
un consenso internacionalista. La adquisición de la bomba atómica

8  Robert J. Art, “A Defensible Defense: America’s Grand Strategy after the Cold War”. Inter-
national Security 15 (1991): 5-53.
9  Howard Wachtel, The Money Mandarins: The Making of a Supranational Economic Order
(Nueva York: Pantheon, 1986).
198 Globalizando la hegemonía estadounidense

por parte de la Unión Soviética y la victoria de los comunistas


chinos en la Guerra Civil de China fueron factores especialmente
importantes en la creación de la política exterior consensuada
en EE. UU., que involucró tanto al partido Demócrata como al
Republicano en 1950. Sin embargo, los problemas existentes en
cuanto a la revitalización de la economía mundial también tu-
vieron que ver con dicho consenso. Japón y la Europa occiden-
tal habían sido devastados durante la Segunda Guerra Mundial.
Las guerras civiles y la independencia política efectivamente
eliminaron los mercados japoneses a lo largo de Asia. Por otra
parte, el lento crecimiento en cuanto al restablecimiento de la
producción primaria, en gran medida debido a las alteraciones
causadas por la descolonización en India y en Indonesia, restrin-
gieron el restablecimiento de los mercados para los manufac-
tureros europeos. Las políticas de sustitución de importaciones
en Latinoamérica y en otros continentes y la escasez de dólares
en Europa para la adquisición de activos en EE. UU. limitaron el
crecimiento mundial. Todos estos problemas operaron a favor de
un rol activo para EE. UU. tanto en contener a la Unión Soviética
y a sus aliados como en encontrar maneras de impulsar la recupe-
ración económica mundial. Incluso los políticos estadounidenses
más aislacionistas llegaron a la conclusión de que la prosperidad
y el crecimiento económico estadounidenses dependían de darle
un empujón a la economía mundial.
El período comprendido desde 1945 hasta 1970 fue uno en
el cual se desarrolló dicho consenso, a nivel nacional e interna-
cional. Luego de un intento inicial para regresar a la normalidad
(tal como fue definida en la década de 1920 antes de la Depre-
sión y sus secuelas) entre los años 1945 y 1947, el Gobierno esta-
dounidense se dispuso, después de 1947, a patrocinar un orden
internacional en el cual sus gastos militares proveerían un siste-
ma de protección para un mayor comercio (y, aunque en menor
medida, la inversión) a través de las fronteras nacionales. Esto, a
su vez, repercutiría para beneficio doméstico estadounidense. La
lógica subyacente radicaba en la presunta identidad trascenden-
tal entre la economía estadounidense y las economías mundiales.
La expansión de una era considerada como positiva para la otra.
La consecución de esto implicaba la proyección a nivel mundial
de aquellas instituciones y prácticas que ya habían surgido en
EE. UU., tales como la organización industrial de producción
HEGEMONÍA 199

fordista y consumo en masa, democracia electoral, políticas de


bienestar social limitadas y políticas económicas gubernamen-
tales dirigidas a la estimulación de actividades económicas del
sector privado.10 John Ruggie denomina el contenido normativo
de dichas políticas “liberalismo incrustado” porque las mismas
fueron institucionalizadas en el Acuerdo de Bretton Woods de
1944 y en tales “instituciones de Bretton Woods” como el FMI, el
Banco Mundial y el GATT (OMC, después de 1994).11
La economía nacional aún era considerada como la piedra
angular de la economía mundial. La idea de los mercados como
sustitutos absolutos de las instituciones estatales como base para
las relaciones internacionales fue rápidamente considerada como
una reliquia del pensamiento del siglo XIX. Una agenda totalmen-
te liberal –libre mercado, libre comercio, laissez-faire– nunca fue
adoptada. Mientras los enemigos y aliados de la Segunda Guerra
Mundial se recuperaban de la devastación de la guerra, EE. UU.
estaba alentando, reprendiendo y obligándolos a adoptar ciertos
procedimientos a seguir que permitían considerables variaciones
institucionales y de política a lo largo de varios países. A dife-
rencia de lo que sucedió después de la Primera Guerra Mundial,
“Esta vez EE. UU. abandonó su aislamiento y se comprometió ac-
tivamente en la reconstrucción de la Europa [y el Japón] de pos-
guerra”.12 Es de sobra conocido que dicho compromiso ayudó a
abrir paso a lo que se convirtió desde 1947 hasta 1970, al menos
en retrospectiva, en la Edad de Oro del Capitalismo Nacional.
Varias características de la economía estadounidense fueron
particularmente importantes al momento de respaldar el inter-
nacionalismo de la política estadounidense durante el período
inmediato de posguerra (la década de 1960). Una de esas ca-
racterísticas era la concentración económica. Continuando con

10  Charles S. Maier, “The Politics of Productivity: Foundations of American International


Economic Policy after World War II,” en Between Power and Plenty, ed. Peter J. Katzenstein
(Madison: University of Wisconsin Press, 1978); y Mark E. Rupert, “Producing Hegemony:
State/Society Relations and the Politics of Productivity en the United States”. International
Studies Quarterly 34 (1990): 427-456.
11  John G. Ruggie, “International Regimes, Transactions, and Change: Embedded Liber-
alism in the Postwar Economic Order,” en International Regimes, ed. Stephen D. Krasner
(Ithaca, NY: Cornell University Press, 1983). John Killick proporciona una buena visión ge-
neral de la convergencia político-económica entre los EE. UU. y Europa occidental y cuánto
puede deberse esto a las acciones del Gobierno de los EE. UU. en The United States and
European Reconstruction, 1945-1960 (Edinburgh: Keele University Press, distributed by
Edinburgh University Press, 1997).
12  Desai, Marx’s Revenge, 220.
200 Globalizando la hegemonía estadounidense

una tendencia intermitente desde la década de 1980, en casi to-


das las industrias estadounidenses el control sobre el mercado
llegaba a ejercerse por cada vez menos empresas. La expansión
de la concentración estuvo acompañada y alentada por el creci-
miento del Gobierno, especialmente a nivel federal. Gran parte
de ello estaba relacionado con los gastos militares diseñados
para enfrentarse a la amenaza a largo plazo de la Unión Soviéti-
ca. Dichas tendencias fueron reforzadas, por lo que se convirtió
en el principal desafío para la perpetuación del modelo dentro
de EE. UU.: la inversión directa de las corporaciones estadou-
nidenses en el extranjero, gran parte de las cuales ocurrían en
otros países industrializados. El eje de la acumulación de capital
ahora atravesaba el núcleo en lugar de pasar entre el núcleo y la
periferia. A corto plazo, las ganancias repatriadas beneficiaron
la economía estadounidense. No obstante, a finales de la década
de 1960, mientras la tecnología y la administración nacionales
iban tras el capital en el exterior, las exportaciones tradiciona-
les fueron reemplazadas por la producción extranjera de las fi-
liales estadounidenses, en detrimento del empleo en EE. UU. El
consumo en masa estadounidense ya no estaba completamente
respaldado por los salarios relativamente elevados de sus tra-
bajadores en la producción en masa: esto es lo que caracteriza
a la crisis o al impasse que enfrenta el modelo americano en
EE. UU.13 Lo que Giovanni Arrighi denomina Sistema de Libre
Empresa –“es decir, libre del… vasallaje del poder estatal”– ha-
bía surgido para desafiar el sistema interestatal como el único
centro de poder en un economía en proceso de globalización.14
La hegemonía no solo sucede; se construye. Cualquier he-
gemonía necesita estar basada en el poder militar y económico
pero eso no es suficiente por sí solo, tal y como parecen afirmar
muchas explicaciones estructurales de la hegemonía estadou-
nidense. La visión y la determinación para luchar por la hege-
monía son ingredientes vitales.15 Luego de la devastación de la
Segunda Guerra Mundial, el Gobierno estadounidense contaba
con ambos: la visión provenía de la experiencia exitosa del Nue-
vo Trato combinada con el internacionalismo económico, y la
13  John Agnew, The United States in the World Economy: A Regional Geography (Cam-
bridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1987). Capítulo 4
14  Giovanni Arrighi, “The Three Hegemonies of Historical Capitalism”. Review 13 (1990): 403.
15  Henry R. Nau, The Myth of America’s Decline: Leading the World Economy into the 1990s
(Nueva York: Oxford University Press, 1990).
HEGEMONÍA 201

determinación provenía de una élite de empresarios, dirigen-


tes sindicales y políticos estrechamente asociados con la última
administración de Roosevelt. El Plan Marshall sobre la ayuda
financiera masiva de EE. UU. para ayudar a Europa –activa-
mente gestionado por los europeos– representa su monumento
más duradero.16 La lógica de dicho enfoque consistía en esti-
mular la demanda mediante el consumo en masa. El consumo
en masa, por lo tanto, se convirtió en el leitmotiv de la econo-
mía política mundial.
La difusión, aceptación e institucionalización del enfoque
estadounidense no fue de ninguna manera un proceso fácil o
predestinado. En EE. UU., las estrategias para controlar la in-
teracción estadounidense con la economía mundial y aquellas
destinadas a coordinar las políticas económicas con otros países
han cambiado con el paso del tiempo. En particular, el equilibrio
entre los mecanismos de mercado y los institucionales en cuanto
a la gestión de las transacciones internacionales (tales como el
comercio, tipos de cambio y flujos de capital) ha fluctuado con
el tiempo en lugar de establecerse en un único molde. Algunos
de estos cambios, tal como el ocurrido durante la primera admi-
nistración de Reagan, pueden ser considerados como inspirados
ideológicamente –una extraña mezcla de economía monetarista
y economía centrada en la oferta, en donde la última era prepon-
derante basada en la superioridad de los mercados– o generados
por las exigencias de las fuerzas nacionalistas o proteccionistas
con respecto a las políticas nacionales estadounidenses durante
los últimos años de la administración de Nixon. El incremento
de la volatilidad en los cambios en cuanto a la operacionalización
de la hegemonía desde la descomposición final del sistema mo-
netario de Bretton Woods en 1971, constituyó un indicativo de la
existencia de potencias económicas emergentes, especialmente
Alemania y Japón, así como un sistema financiero mundial cada
vez más globalizado. Sin embargo, existe una coincidencia in-
teresante entre el caos en cuanto a la política económica exte-
rior de EE. UU. –especialmente durante los primeros años de
la posguerra y el período comprendido entre 1967 y 1980– y
el dominio relativo de Gobiernos de centroizquierda en otros
16  Marie-Laure Djelic, Exporting the American Model: The Postwar Transformation of Eu-
ropean Business (Oxford: Oxford University Press, 1998); John Agnew y J. Nicholas Entrikin,
ed., The Marshall Plan Today (Londres: Routledge, 2004).
202 Globalizando la hegemonía estadounidense

países industrializados.17 Ello indica, quizá, la importancia


de por lo menos un cierto grado de solidaridad entre élites
nacionales en cuanto a la operación exitosa de la hegemonía
estadounidense.
Las instituciones y prácticas claves se difundieron rápida-
mente a finales de 1949 y 1950. Las mismas fueron aceptadas fi-
nalmente en la totalidad de los principales países industrializados
ya sea mediante el proceso de “inducción externa” (por ejemplo,
la ayuda del Plan Marshall), o coerción (por ejemplo, el prés-
tamo a Gran Bretaña de 1946), o a través de la intervención y
reconstrucción directas (como en Alemania Occidental y Japón).
En todos los casos, sin embargo, hay un notable consenso con las
élites locales sobre el equilibrio relativo del crecimiento y de los
elementos relacionados con el bienestar en la política pública.18
Asimismo, dicho proceso aplica a las estrategias destinadas a la
seguridad militar, en donde se extendió a menudo más allá de
las élites para incluir poblaciones en masa. En Japón, por ejem-
plo, la conocida doctrina Yoshida, la cual integraba a Japón en la
hegemonía estadounidense mientras se enfocaba en el desarro-
llo económico nacional, indicó un enorme cambio de la anterior
identidad imperial dominante. A pesar de estar sujeta a polémi-
cos debates, la doctrina Yoshida se convirtió en el eje central de
la política exterior japonesa con un amplio grado de aceptación
pública. Dicha transformación cultural provino de dos aconte-
cimientos externos: la desastrosa guerra que Japón acababa de
librar y la elección de políticos centristas para que difundieran
la doctrina como una solución razonable a la situación de pos-
guerra de Japón.19
La aceptación de las normas y prácticas clave era crucial
para lograr la socialización de las élites (y poblaciones en masa)
dentro de la hegemonía estadounidense. El hecho de que estas
permanecieran ampliamente previsibles hasta la década de 1960
constituyó una de las principales razones de su aceptación. Los
elementos fundamentales para la hegemonía estadounidense

17  Nau, The Myth of America’s Decline, 48-49.


18  G. John Ikenberry y Charles A. Kupchan, “Socialization and Hegemonic Power”. Interna-
tional Organization 44 (1990): 283–315. Para un excelente estudio, véase, Wyatt Wells, Anti-
trust and the Formation of the Postwar World (Nueva York: Columbia University Press, 2002).
19  Qingxin Ken Wang, “Hegemony and Socialisation of the Mass Public: The Case of Postwar
Japan’s Cooperation with the United States on China Policy”. Review of International Studies
29 (2003): 99–119.
HEGEMONÍA 203

bajo el sistema de Bretton Woods eran los siguientes: (1) esti-


mulación del crecimiento económico de manera indirecta, a
través de políticas monetarias y fiscales; (2) compromiso con
un mercado mundial unitario basado en producir el mayor vo-
lumen posible de bienes de la manera menos costosa posible
para su venta en el mercado más amplio posible, a través de una
división mundial del trabajo; (3) aceptación de EE. UU. como
el principal supervisor monetario y hogar de la mayor reserva
monetaria de la economía mundial (el sistema Bretton Woods,
1944-1971; el sistema de tipo de cambio flotante basado en el
dólar, 1971-actualmente); (4) hostilidad incesante hacia el “co-
munismo” o hacia cualquier ideología político-económica que
pudiera estar asociada con la Unión Soviética; y (5) el supuesto
de la responsabilidad de intervenir militarmente cada vez que
los cambios realizados en el Gobierno o en insurgencias sean
interpretados como una amenaza para el statu quo político es-
tablecido en 1945 (la doctrina Truman).
Por lo tanto, no solo las relaciones internacionales sino tam-
bién el orden social-nacional de otros Estados era un tema en
discusión al momento de constituir el orden geopolítico durante
el período de la Guerra Fría. Todos los Estados eran idealmente
internacionales, abiertos al libre flujo de inversiones y comer-
cio y al establecimiento de la sociedad de mercado.20 Lo que le
importaba a los estadounidenses que formularon el Plan Mar-
shall y otros mecanismos de la hegemonía estadounidense era
el desempeño de la política nacional en cuanto a la creación de
una “comunidad política compartida” que reflejara el debate y
la elección voluntaria entre múltiples países con el fin de faci-
litar el equilibrio internacional y la apertura progresiva.21 Los
resultados finales de los debates y las decisiones resultaron ser,
en efecto, muy diversos, sugiriendo que los primeros años de la
hegemonía estadounidense tuvo límites específicos una vez que
se exigía el cumplimiento de ciertas normas mundiales del com-
portamiento internacional y nacional. Por ejemplo, los bancos
comerciales conservaron cierta función en la gestión de las com-
pañías industriales en Alemania y Japón, lo cual fue desaproba-
do en EE. UU. Japón impuso criterios de responsabilidad y de
20  R. Wood, From Marshall Plan to Debt Crisis: Foreign Aid and Development Choices in
the World Economy (Berkeley: University of California Press, 1986).
21  Nau, The Myth of America’s Decline.
204 Globalizando la hegemonía estadounidense

contenido del producto sobre los productos industriales y agrí-


colas importados; y por otra parte, los bancos centrales tenían
variables grados de independencia de la gestión política. Incluso
más importante, lo que el economista Meghnad Desai denomina
“socialismo con capitalismo”, lo que implica la nacionalización del
comercio, los servicios de salud administrados por el Gobierno, y los
estados de bienestar expansivos, fue considerado con consternación
en muchos sectores de EE. UU.; sin embargo, fue tolerado sin el
fracaso de las instituciones básicas, desde alianzas militares ta-
les como la Organización del Tratado del Atlántico del Norte
(OTAN) hasta varias instituciones de Bretton Woods.22
No resulta exagerado asegurar que durante las dos décadas
que sucedieron el año 1947 el dominio estadounidense estuvo
en el centro de un auge notable del capitalismo “interactivo”.
Basado inicialmente en la expansión del consumo masivo en los
países más industrializados, esto más tarde supuso la reorgani-
zación de la economía mundial alrededor de un aumento masi-
vo del comercio de bienes manufacturados y la inversión directa
extranjera. Sin embargo, aquello no constituía una recapitula-
ción de la economía mundial precedente. Luego de abandonar
el imperialismo territorial, “el capitalismo occidental [bajo los
auspicios estadounidenses]… resolvió el antiguo problema de la
sobreproducción, eliminando así lo que Lenin creía ser el gran
incentivo para el imperialismo y la guerra”.23 La principal fuer-
za impulsora era el crecimiento del consumo en masa en Norte
América, Europa occidental y Japón. La promesa del consumo
creciente para sectores cada vez más amplios de la población
nacional se convirtió tanto en la fuerza impulsora del creci-
miento económico como su justificación evidente. EE. UU. pro-
porcionó el prototipo de sociedad de consumo, pero más allá
de los parámetros más amplios el mismo adoptó diferentes ca-
racterísticas en diferentes países. No obstante, la producción
manufacturera en todo el mundo dependía de la estimulación
de la demanda. Los productos de tales sectores como bienes
raíces, electrodomésticos, automóviles, alimentos procesados y
entretenimiento masivo formaban parte del consumo dentro de
(y, progresivamente, entre) los países productores. El Estado
22  Desai, Marx’s Revenge, 217.
23  David P. Calleo, Beyond American Hegemony: The Future of the Western Alliance (Nueva
York: Basic Books, 1987), 147.
HEGEMONÍA 205

de bienestar “keynesiano” contribuyó a mantener la demanda


por medio de la redistribución de ingresos y del poder adquisiti-
vo. El antiguo sistema comercial “cruzado” de la época colonial
dejó de ser necesario. Si antes de la Segunda Guerra Mundial la
prosperidad de los países industrializados dependía del esta-
blecimiento de términos comerciales favorables con el mundo
subdesarrollado, ahora la demanda era estimulada en el país.
Asimismo, hasta la década de 1970 las condiciones comercia-
les de ingreso de la mayoría de las materias primas y de los
productos alimenticios tendieron a reducirse. Dicha tendencia
repercutió negativamente en las economías del Tercer Mundo
en su conjunto y más aún en las de ciertas regiones como el
África subsahariana. No obstante, aquello impulsó a algunos
países a comprometerse con nuevos modelos de industriali-
zación, particularmente en Asia oriental y en América Latina,
lo cual luego dio buenos resultados en la medida de que estos
países encontraban lucrativos mercados de exportación para
sus bienes manufacturados. La globalización de la producción
mediante el crecimiento de los países recientemente industria-
lizados (PRI) (también ayudados por los gastos militares esta-
dounidenses durante la Guerra Fría como en el caso de Corea
del Sur y Taiwán) y el flujo creciente de comercio e inversión
extranjera directa entre los países ya industrializados finalmente
socavó los vínculos geográficos de consumo-producción (con fre-
cuencia denominados como “fordismo central”) que constituían
el leitmotiv durante las primeras décadas de posguerra. La
producción manufacturera y el consumo podían ahora estar
en lugares muy separados entre sí.
Un elemento vital que permitió a EE. UU. tener tal presen-
cia dominante en la economía mundial fue el constante conflic-
to político-militar con la Unión Soviética. Ello sirvió tanto para
unir firmemente a Alemania y Japón en una alianza con EE. UU.
como para definir las dos esferas geográficas de influencia a ni-
vel mundial. Durante mucho tiempo, esta situación impuso una
estabilidad general en la política mundial, dado que EE. UU. y
la Unión Soviética eran las principales potencias nucleares, a
pesar de que ello promovió numerosas “guerras limitadas” en el
Tercer Mundo por parte de antiguas colonias donde cada una de
las “superpotencias” proveía armas a sus allegados o intervenía
206 Globalizando la hegemonía estadounidense

para impedir que la otra lograra una “conversión” exitosa.24 Los


valores del mercado, con su cultura de consumismo gerencial
que se difundió con relativo éxito en Europa occidental, en Ja-
pón y en otros núcleos después de 1950, fueron en gran medida
ineficaces en la mayoría de los escenarios poscoloniales: “En es-
tos lugares, la panacea estadounidense de la reforma evolucio-
naría, necesariamente basada en una clase media frágil, si es que
existía, fue reiteradamente desafiada y a veces superada por na-
cionalistas apasionados o revolucionarios radicales inspirados
por figuras tan emblemáticas como Lenin, Mao y Castro. La re-
sistencia de dichos personajes produjo una larga serie de inter-
venciones estadounidenses, con frecuencia en complot con dic-
tadores locales claramente expuestos, y a veces en áreas remotas
donde no había un interés nacional evidente”.25 La coerción en el
Tercer Mundo resultó mucho menos exitosa que las silenciosas
proposiciones de hegemonía en el Primer Mundo.
Sin embargo, el Tercer Mundo y otros países pequeños, a pe-
sar de su debilidad, no podían ser tratados como objetos pasivos
de la competencia imperialista durante la Guerra Fría. Los mis-
mos tenían que ser atraídos y con frecuencia se resistían. Ello
limitaba la capacidad de las superpotencias de expandir su in-
fluencia. A diferencia del siglo XIX, el mapamundi ya no era un
“vacío” que esperaba ser ocupado por un pequeño número de
grandes potencias. No obstante, las fronteras y la integridad de
los Estados existentes estaban protegidas por el impasse militar
entre las superpotencias. Cualquier perturbación del statu quo
amenazaba la hegemonía de cada una dentro sus respectivas es-
feras de influencia. Cuando esto ocurría, como por ejemplo, en
Cuba en el año 1962, en el Medio Oriente en el 1956, 1967 y 1973,
y en América Central en la década de 1980, la Guerra Fría ame-
nazaba con calentarse.
El período comprendido entre 1956-1957 fue histórico en
cuanto al establecimiento de las principales características de la
hegemonía estadounidense. Durante la crisis de Suez, el intento
de EE. UU. de manipular al presidente egipcio Nasser para que
abandonara el “no alineamiento” a cambio de financiar la repre-
sa de Asuán fracasó. No obstante, el resultado de la crisis, junto
24  John O’Loughlin, “World-Power Competition and Local Conflicts in the Third World,” en
A World in Crisis? ed. R. J. Johnston y Peter J. Taylor (Oxford: Blackwell, 1989).
25  Fraser J. Harbutt, The Cold War Era (Oxford: Blackwell, 2002), 324.
HEGEMONÍA 207

con la presión estadounidense sobre Gran Bretaña y Francia para


que retiraran sus tropas luego de intervenir la nacionalización del
Canal de Suez por parte de Nasser, demostraron quiénes estaban
encargados de la política “occidental” e indicaron la importancia
de valerse de ayuda de forma más directa y en lugares más pro-
vechosos que Egipto. Una de las principales consecuencias fue la
búsqueda de regímenes “moderados” en lugar de “nacionalistas”
como el de Nasser a fin de servir como aliados regionales y esta-
bilizadores en todo el mundo.
El año 1956 también representó un momento decisivo en
la creación del orden económico internacional, que fue el eje
central de la hegemonía estadounidense. El GATT, fundado en
1948 pero hasta el momento decadente, emergió como un ins-
trumento para la negociación de reducciones multilaterales de
aranceles y para reclutar a los principales países industrializa-
dos capitalistas en un régimen que favorezca el libre comercio y
el libre intercambio bajos los auspicios de EE. UU. Finalmente,
en 1958 se efectuó la plena convertibilidad entre el dólar esta-
dounidense (USD) y las principales monedas europeas. La Co-
munidad Económica Europea (CEE) fue creada como un medio
para reducir las barreras al comercio y a los flujos de capitales
entre sus Estados miembros, incluso cuando sus miembros estu-
vieren vinculados políticamente con EE. UU. mediante la alian-
za de la OTAN de 1949. Finalmente, se cerró la brecha del dólar
tanto para Japón como para Europa occidental, lo que indicó
el éxito definitivo de los esfuerzos de EE. UU. para estimular la
economía mundial a través del mantenimiento de los déficits de
la balanza de pagos estadounidense.
Estos éxitos demostraron ser más frágiles de lo que parecían
en ese momento. Primero, sin Gran Bretaña (que no había deci-
dido si era parte de Europa), la Comunidad Europea era poten-
cialmente un vehículo para las ambiciones francesas de crear un
bloque europeo entre los EE. UU. y la Unión Soviética. Además,
la CEE era potencialmente una amenaza económica para los EE.
UU., particularmente si restringía las empresas multinacionales
estadounidenses y aumentaba los aranceles contra los bienes y
servicios estadounidenses. Segundo, el despliegue de grandes
fuerzas militares estadounidenses en Europa occidental y Ja-
pón, una de las principales formas en que EE. UU. transfería
dólares al exterior, era cada vez más costoso para los EE. UU.
208 Globalizando la hegemonía estadounidense

A fines de la década de 1950, el déficit de la balanza de pagos de


los EE. UU. amenazaba su capacidad para cumplir sus obligacio-
nes en virtud del Acuerdo de Bretton Woods de 1944 −mantener
una relación estable entre el dólar, el precio del oro y los valo-
res de las monedas− ya que las economías asociadas con estas
otras monedas comenzaron a experimentar mayores tasas de
crecimiento en productividad y rentabilidad que los EE. UU. En
el país, el gasto militar también estaba fuera de control con un
efecto indirecto limitado en la economía general y ser financiaba
–cada vez más hacia mediados de la década de 1960– mediante
la expansión del suministro de dinero, en lugar de aumentar los
ingresos. Finalmente, el apoyo financiero a los llamados regíme-
nes moderados en el mundo post-colonial no solo envolvió a EE.
UU. en aventuras militares cada vez más costosas, más infame-
mente en Vietnam del Sur, sino que también impuso una tensión
en la economía de los EE. UU. a medida en que el Gobierno fede-
ral estadounidense expandía los gastos de seguridad y bienestar
a fines de la década de 1960 sin aumentar los impuestos.26
A pesar de las fricciones causadas por los gastos militares,
la economía de los EE. UU. creció de manera espectacular entre
1961 y 1967: más del 6 % anual. Pero en 1967 y 1968, el des-
empleo y la inflación subieron juntos. Se estableció un período
de “estanflación” que duró hasta principios de los años 80. Los
primeros años de la década de 1970 estuvieron marcados por los
grandes déficits comerciales, que solo superaron los de la déca-
da de 1980 y principios de la de 2000, que, combinados con la
especulación monetaria, provocaron la desaparición definitiva
del sistema de regulación monetaria internacional de Bretton
Woods. Ese sistema, sin embargo, ya estaba muy fuera de lugar
con el resurgimiento de las finanzas globales, silenciosamente
patrocinadas por los Gobiernos de EE. UU. y Gran Bretaña, con
el mecanismo del llamado Euromercado “creado a fines de la dé-
cada de 1950 y ubicado principalmente en Londres en la década
de 1960, [éste] permitía que las operaciones financieras interna-
cionales se llevaran a cabo con relativa libertad, las transacciones
se podían hacer en monedas no locales, especialmente dólares,
completamente libres de regulaciones estatales”.27 Los ingresos
26  Robert M. Collins, More: The Politics of Economic Growth in Postwar America (Nueva
York: Oxford University Press, 2000).
27  Eric Helleiner, States and Reemergence of Global Finance: From Bretton Woods to the
HEGEMONÍA 209

reales promedio de los hogares estadounidenses alcanzaron su


punto máximo en 1974, para nunca volver a acercarse a tal punto
luego de entonces. En el mismo año, la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP) forzó una rápida subida de los
precios mundiales del petróleo, produciendo una importante
transferencia de riquezas dentro de la economía mundial, desde
los países industrializados hacia los países productores de pe-
tróleo. Incapaces de manejar el influjo de dólares, los producto-
res de petróleo los reciclaron a través de bancos internacionales
que los prestaron en empresas de alto riesgo en América Latina,
África y Asia, dada la falta de atractivo de la inversión en los EE.
UU. y otros países industrializados en esa época. Ya no había
una identidad clara entre la economía territorial de los EE. UU.
y el funcionamiento de la economía mundial. ¿Qué salió mal?
Bajo la economía política que había prevalecido a fines de
la década de 1950 y 1960, la concentración económica había
dado sus frutos en los EE. UU. mediante la expansión de la
rentabilidad comercial y el proporcionando ingresos prome-
dio mayores que a su vez estimularon la demanda de bienes de
consumo. Pero las grandes empresas, protegidas de la compe-
tencia de precios por prácticas oligopólicas, no lograron invo-
lucrarse en el tipo de investigación y desarrollo que impulsaría
la innovación en la economía civil. El desarrollo de productos
a partir de la investigación militar ya no era estimulante para
la economía general. La productividad comenzó un largo des-
plazamiento en comparación con los productores extranjeros,
especialmente en Alemania y Japón. Los aumentos salariales
incorporados a los contratos para los trabajadores de grandes
empresas redujeron las ganancias. El control corporativo sobre
los precios impidió que los precios cayeran lo suficientemente
rápido como para reflejar las nuevas condiciones económicas.
Esto aumentó la inflación.
El crecimiento masivo del gasto gubernamental también fue
uno de los principales culpables de la espiral inflacionaria. Las
enormes sumas requeridas para procesar la guerra fallida en
Vietnam, mantener la vasta presencia militar estadounidense en
todo el mundo y pagar las políticas sociales promulgadas a fines
de la década de 1960 para satisfacer las demandas de los grupos

1990s (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1994), 82.


210 Globalizando la hegemonía estadounidense

sociales que no compartían la prosperidad del momento, die-


ron lugar al Estado burocrático que EE. UU. había logrado evitar
hasta el momento. Debido a que los aumentos de impuestos para
pagar esto eran impopulares –dada la hostilidad de diferentes
grupos organizados a varios tipos de gasto gubernamental– el
estímulo de la economía fue posible solo mediante el aumento
de la oferta de dólares y el fomento del endeudamiento privado.
Los efectos netos fueron un gran impulso a la inflación, espe-
cialmente al interior del sector corporativo, endeudamiento
masivo del sector público en el mercado de bonos y un aumen-
to dramático en la inestabilidad de los mercados financieros.
Entre 1968 y 1971, la economía estadounidense estuvo cerca
del colapso.
Las compañías multinacionales estadounidenses descubrie-
ron que las inversiones directas y de cartera en el exterior eran
más rentables que las inversiones dentro del país, lo cual al princi-
pio fue una consecuencia –y luego la causa– de la desaceleración
económica en los EE. UU. Esto no solo aumentó el desempleo,
especialmente en el sector manufacturero de altos salarios, sino
que también redujo la disponibilidad de capital para reacondicio-
nar fábricas e invertir en la innovación de productos en los EE.
UU.28 Los problemas de la economía y la disidencia sobre la
Guerra de Vietnam terminaron efectivamente con el “consenso
de la Guerra Fría” que había prevalecido en la política nacional
durante las dos décadas anteriores. El aumento de la exposición
de las industrias del cinturón manufacturero estadounidense
con productores extranjeros en mercados locales (incluidas las
subsidiarias de empresas con sede en EE. UU.) provocaron un
aumento de las solicitudes de protección por parte de los repre-
sentantes políticos de las regiones más afectadas. Los costos
económicos y morales de vigilar el mundo fueron traídos cada
vez más a casa y se pudieron ver en las noticias nocturnas y en
las comunidades locales.
Los efectos de la crisis que comenzaron a principios de la
década de 1970 no solo fueron económicos. Este período ha sido
llamado por un analista el “fin de la cultura de la victoria”, de-
bido a una crisis de confianza por parte de muchos estadouni-
denses en la expansión aparentemente inevitable −y necesaria−

28  Agnew, The United States in the World Economy, capítulo 4.


HEGEMONÍA 211

de la influencia estadounidense y del estilo estadounidense.29


El fracaso de EE. UU. en la guerra con Vietnam −el hecho de
que el hegemón mundial hubiera encontrado su igual en un país
aparentemente insignificante del Tercer Mundo− tuvo un efec-
to particularmente profundo en la psique nacional. Para algu-
nas personas, el derecho del destino manifiesto de los EE. UU.
a servir como modelo mundial fue puesto en cuestión por los
informes de brutalidad de los soldados estadounidenses hacia
soldados y civiles vietnamitas. “Nosotros no debíamos compor-
tarnos así". De alguna manera se suponía que ganar debía llevar-
se a cabo sin esfuerzo y con un mínimo de violencia. Informes de
Vietnam condujeron a un reexamen de guerras anteriores, como
las guerras contra los pueblos indígenas de 1800 y la ocupación
estadounidense de las Filipinas en 1900, sugiriendo que la apli-
cación de la fuerza por parte de las tropas estadounidenses a casi
todos, no solo a los combatientes militares, era un poco menos
noble de lo que se creía. Esto coincidió con el creciente poder y
efectividad del movimiento por los derechos civiles en la década
de 1960 y su poderoso recordatorio de la grotesca violencia de
la historia doméstica estadounidense, desde las masacres indias
hasta el linchamiento de los negros en el sur en la posguerra de
la Guerra Civil. Para otros, el problema era simplemente que el
poder de la nación había sido desafiado con éxito. Algunas in-
terpretaciones han sugerido que los políticos débiles (y femini-
zados) no estaban suficientemente comprometidos con la guerra
(o con los soldados estadounidenses que luchan contra ella). Las
películas de Rambo ilustran esto más claramente, con líderes
supinos que se negaban a apoyar a sus hombres, buscando ne-
gociar con el enemigo.30 Las identidades personales de muchos
hombres estadounidenses se vieron particularmente afectadas.
La histórica celebración americana de la guerra exitosa (desde
la efectuada contra los nativos americanos hasta los nazis y los
japoneses) y los guerreros que regresaban, había llegado a un
ignominioso final en las selvas de Vietnam. Cualquiera que haya

29  Thomas Engelhardt, The End of Victory Culture: Cold War America and the Disillusion-
ing of a Generation (Nueva York: Basic Books, 1995).
30  Véase, por ejemplo, Susan Jeffords, The Remasculinization of America: Gender and the
Vietnam War (Bloomington: Indiana University Press, 1989); Cynthia Enloe, The Morning Af-
ter: Sexual Politics at the End of the Cold War (Berkeley: University of California Press, 1993);
y James W. Gibson, Warrior Dreams: Violence and Manhood en Post-Vietnam America (Nue-
va York: Hill and Wang, 1994).
212 Globalizando la hegemonía estadounidense

sido el efecto particular, la profundidad del sentimiento es cla-


ra: la guerra de Vietnam se ha librado una y otra vez en el cine
y la televisión estadounidenses, demostrando una agonizante
contemplación de una identidad americana que la guerra puso
en cuestión. La extraña fijación estadounidense con la posesión
de armas y la celebración de la redención, tanto religiosa como
política, a través de la violencia, son indicaciones importantes
de la mitología continua, aunque cada vez más desafiada, de una
nación alimentada por individuos que toman la ley en sus pro-
pias manos.
La respuesta de la administración Nixon a los problemas que
enfrentó fue cuádruple. Primero, a través de engatusamiento y
coerción, hizo que Japón y Europa occidental revaluaran y lue-
go dejaran fluctuar sus monedas en relación al dólar. A corto
plazo, esto hizo que las exportaciones estadounidenses fueran
más competitivas y que las importaciones lo fueran menos. Sin
embargo, sus efectos a largo plazo fueron la desaparición de un
sistema de tasas de cambio de oro estable y un importante im-
pulso a un sistema financiero global más exento del control gu-
bernamental directo como lo había sido, en gran medida, bajo el
sistema de Bretton Woods.31
Segundo, con respecto a la Unión Soviética, y según su gurú
de política exterior, Henry Kissinger, se reconoció la paridad
militar, particularmente en términos de armas nucleares estra-
tégicas. Durante los años de Brezhnev, a medida que el resto de
la economía soviética se estancaba, se hizo mayor hincapié en
lograr la paridad con los EE. UU. en los sistemas de armas es-
tratégicas. Esto no aumentó la seguridad soviética, ni mejoró la
calidad generalmente baja de las fuerzas soviéticas en general.32
Lo que hizo fue aumentar las percepciones de los EE. UU. sobre
la Unión Soviética como un adversario serio. Al mismo tiempo,
sin embargo, la división entre la Unión Soviética y China hizo
posible que los EE. UU. aceptaran a la Unión Soviética como un
igual militar y utilizaran el contrapeso potencial de China si las
demandas soviéticas demostraban ser excesivas. Esta lectura re-
alista fue la esencia de la política de distensión de Nixon con la

31  Susan Strange, Casino Capitalism (Oxford: Blackwell, 1986).


32  Véase, por ejemplo, R. Edmonds, Soviet Foreign Policy: The Brezhnev Years (Nueva York:
Oxford University Press, 1983), y Andrew Cockburn, The Threat: Inside the Soviet Military
Machine (Nueva York: Random House, 1983).
HEGEMONÍA 213

Unión Soviética y la apertura a China. Pero también conllevaba


beneficios económicos potenciales en términos de comercio e in-
versión de los EE. UU. si había una mayor apertura con todo el
Segundo Mundo.
En tercer lugar, como consecuencia de la desastrosa parti-
cipación en Vietnam, la administración Nixon sustituyó la do-
tación de armas y el apoyo de “suplementes regionales”, como
el Irán del Sha, por una intervención militar estadounidense di-
recta (la Doctrina Nixon). Esto trajo la ventaja del aumento de
las exportaciones de bienes militares y la promesa de “no más
Vietnamitas” en el que los estadounidenses serían las víctimas
de las guerras de EE. UU. Como corolario, también condujo a un
renovado énfasis en subvertir regímenes, como el del presidente
Allende en Chile en 1973, que incluso si se elegía para un cargo (y
por ende democrático en la mayoría de las medidas), represen-
taba un desafío a la expansión global de la sociedad del mercado
significado por la inviolabilidad de la propiedad privada, el con-
sumismo de clase media y el acceso abierto al capital extranjero.33
En cuarto lugar, los años de Nixon vieron un intento de re-
ducir la expansión del Gobierno federal a través de mecanismos
tales como compartir los ingresos con los estados, reorganizar las
burocracias y reducir el gasto militar. Paralelamente a reclamos
contemporáneos por “poner límites al crecimiento”, el presi-
dente Nixon estaba preocupado, al menos hasta el escándalo de
Watergate, por instar un sentido de límites a los estadouniden-
ses que habían llegado a esperar sueldos cada vez mayores y un
consumo cada vez mayor. A diferencia de los republicanos que
lo sucedieron, Nixon no fue un defensor de los intereses de las
grandes empresas, ni suponía que liberar a las empresas esta-
dounidenses de los impuestos y otras obligaciones arreglaría
todo. De hecho, más como un demócrata, Nixon creía en un Go-
bierno benevolente (al menos para la mayoría silenciosa de los
blancos) y estaba “desesperado por evitar que la economía arrui-
nara su presidencia”.34
Nixon estaba consciente de que EE. UU. ya no podía simplemen-
te asumir una posición internacional dominante. Como resultado,

33  Peter Kornbluh, ed., The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Account-
ability (Nueva York: New Press, 2003).
34  Allen J. Matusow, Nixon’s Economy: Boom, Bust, Dollars, and Votes (Lawrence, KS: Uni-
versity Press of Kansas, 1998), 5.
214 Globalizando la hegemonía estadounidense

el historiador Robert Collins lo ha presentado como una figura


trágicamente profética en lugar del oscuro político consumado,
oportunista y propenso al crimen que narran la mayoría de las
descripciones:

Nixon presentó sus iniciativas extranjeras y nacionales como pre-


paración para la nueva carrera económica global. La lucha sería
feroz, el resultado no estaba garantizado, pero el objetivo era la
preeminencia estadounidense continuada. Los EE. UU. necesita-
ban, en palabras de Nixon, “dirigir esta carrera económicamente,
ejecutarla de manera efectiva y mantener la posición de lideraz-
go mundial”. La Distensión y la Doctrina Nixon contribuirían al
disminuir la probabilidad de embrollos catastróficos al estilo de
Vietnam en el extranjero. Pero la perspectiva de una competencia
económica global también dictaba que “EE. UU. ahora no puede
estar satisfecho a nivel nacional”.35

Nixon fue clarividente, por lo tanto, al señalar que el perío-


do 1967-1974 marcó un punto de inflexión en las relaciones de
EE. UU. con el resto del mundo. La administración que habló
abiertamente de la geopolítica como una forma de cálculo entre
las Grandes Potencias fue la primera desde la Segunda Guerra
Mundial tan refrenada a −nivel nacional, por el disenso y las re-
acciones conspirativas (como en el asunto Watergate), e interna-
cionalmente, por un creciente ambiente económico hostil− que
no pudo ponerla en práctica de manera efectiva.36 Más bien, los
EE. UU. habían sucumbido a la lógica del propio mercado −
ahora ampliado de la escala nacional a la escala mundial− que
su gobierno y sociedad habían estado imponiendo al país desde
el siglo XIX e imponiéndose al mundo desde 1947. La compren-
sión cambiante de la hegemonía estadounidense a principios de
los años 70 se puede atribuir particularmente a la aparición de
la competencia extranjera contra los negocios estadounidenses
dentro de los EE. UU.; el colapso de un sistema monetario in-
ternacional operado por los EE. UU.; la percepción de la paridad
estratégica entre los EE. UU. y la Unión Soviética; y la división de
la opinión nacional sobre la actuación policial de los EE. UU. en el
mundo y la virtud de una economía mundial cada vez más abierta.
35  Collins, More, 109.
36  Jonathan Schell, Observing the Nixon Years (Nueva York: Random House, 1989).
HEGEMONÍA 215

Al final, el mundo de la Guerra Fría se deshizo con el colap-


so de la Unión Soviética a fines de la década de 1980 porque
no logró entregar “armas y mantequilla”, innovar tecnológica-
mente y hacer que la burocracia estatal respondiera ante una
población cada vez más inquieta. Pero esto fue solo el último
signo de un viejo orden en decadencia; la economía mundial
libre también estaba desorganizada en la década de 1970, como
indicaban clara y sucesivamente la creciente estanflación, el
endeudamiento y los desequilibrios de la balanza de pagos. De
hecho, la estabilidad de la hegemonía estadounidense había es-
tado en problemas desde alrededor de 1960, cuando la crisis
del oro en Londres mostró la debilidad potencial del mecanis-
mo de intercambio de oro-dólar en el corazón del sistema de
Bretton Woods.37 Financiar la Guerra de Vietnam sin aumentar
los impuestos y expandir enormemente los gastos del Gobier-
no federal para proporcionar beneficios sociales, subsidios de
vivienda y programas de salud (“Medicare” para los ancianos y
“Medicaid” para los pobres) crearon una presión fiscal masiva
en la última parte de los años 70. En 1971, cuando la admi-
nistración Nixon derogó el Acuerdo de Bretton Woods, los EE.
UU. enfrentaban una tasa de crecimiento económico en rápido
declive y necesitaban recurrir a una devaluación competitiva
del dólar. En otras palabras, la administración Nixon consi-
deró que las necesidades económicas internas de los EE. UU.
eran más importantes que mantener el régimen monetario de
Bretton Woods centrado en los EE. UU. El presidente Nixon
no fue “obligado” a la abrogación. El consenso dentro de su
administración fue que “la supervivencia del régimen monetario
internacional de la posguerra ocupaba un distante tercer lugar
en los objetivos prioritarios de los EE. UU., muy por detrás de
mantener una economía interna próspera y garantizar el logro
de los objetivos de seguridad de los [Link].”38 Por lo tanto, e
irónicamente, la explosión de la globalización que siguió a esta
fatídica decisión se basa en lo que era una búsqueda explícita del
interés económico nacional de EE. UU. sin mucha negociación
37  Robert Triffin, Gold and the Dollar Crisis (New Haven, CT: Yale University Press, 1960);
y A. W. Cafruny, “A Gramscian Concept of Declining Hegemony: Stages of U.S. Power and the
Evolution of International Economic Relations,” en World Leadership and Hegemony, ed. Da-
vid P. Rapkin (Boulder, CO: Lynne Rienner, 1990).
38  Joanne S. Gowa, Closing the Gold Window: Domestic Politics and the End of Bretton
Woods (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1983), 23.
216 Globalizando la hegemonía estadounidense

o acuerdo con otros Estados de por medio. De hecho, el Gobier-


no de los EE. UU. desde 1971, ha tendido a ser cada vez más
nacionalista y unilateral, combinando un enfoque económico
en el uso del papel global del dólar para exportar los costos
de las políticas fiscales de EE. UU. (en particular, la balanza
gemela de pagos y déficits federales) y una focalización política
en coaccionar a los Estados reacios que son vistos como una
amenaza para la globalización y la hegemonía de EE. UU.
En otras palabras, la globalización basada en el mercado
–que fue durante mucho tiempo la meta inherente de la hege-
monía estadounidense– ha sido desafiada cada vez más por un
neoimperialismo estadounidense, con el Gobierno de EE. UU.
disciplinando fiscal y monetariamente a otros incluso cuando
derrochan sus propios recursos y amenazan con intervenciones
militares en busca de amenazas a la seguridad de los EE. UU.
y su economía. Fases más internacionalistas, como la segunda
administración Reagan hasta los años de Clinton, que llevaron
a los EE. UU. hacia políticas exteriores más multilaterales y me-
nos militarizadas, sugieren cuánto se centra ahora la política es-
tadounidense en sopesar los costos y beneficios para el territorio
de los EE. UU. de continuar la hegemonía estadounidense en
oposición a la retirada realista o la ambición imperial. No obs-
tante, existen serias dudas sobre si el genio de la sociedad de
mercado desatado en el mundo puede ser devuelto a su botella
territorial. Ahora bien, si las consecuencias del genio para los
estadounidenses y otros son particularmente beneficiosas es una
discusión completamente distinta.

Construyendo el régimen de “acceso


al mercado”

A mediados de la década de 1970, el enfoque nacionalis-


ta de Nixon para resolver las dificultades de EE. UU. en la
economía mundial era cada vez más cuestionado. Su fuerte
énfasis en las relaciones diplomáticas de EE. UU. y la acción
económica unilateral condujo a una considerable inquietud
entre los sectores más internacionalizados de los negocios
HEGEMONÍA 217

estadounidenses.39 Cómo convertir esta inquietud en política


nacional fue otro problema. Durante el período de Ford de
1974-1976, poco o nada se hizo. En sus primeros dos años
en el cargo, el presidente Carter intentó políticas que harían
a EE. UU. menos dependiente de las fuentes extranjeras de
petróleo, estabilizaría la competencia armamentista con la
Unión Soviética y alentaría un mayor respeto por los dere-
chos humanos entre los regímenes aliados a los EE. UU. Sin
embargo, estas políticas fracasaron rápidamente debido a tres
tendencias. Una fue la creciente influencia de grupos e indivi-
duos que vieron la política de distensión de Nixon como nada
menos que el apaciguamiento de la Unión Soviética. Fuera de la
necesidad fiscal, el gasto militar de EE. UU. había disminuido
desde 1970, pero ahora, se decía, EE. UU. estaba siendo “supe-
rado” por la Unión Soviética, que era más implacablemente mi-
litarista. Como era de esperar, muchos de los defensores de un
mayor gasto de defensa tenían lazos estrechos con el complejo
militar industrial del cual el presidente Eisenhower había adver-
tido en su último discurso.
Una segunda tendencia fue que el reciclaje de los denomi-
nados petrodólares, producidos por los aumentos de precios de
la OPEP, en la forma de préstamos a los países en proceso
de industrialización del Tercer Mundo a través de los bancos
estadounidenses y de otros países, había creado en 1978 el co-
mienzo de lo que se convirtió en la crisis de la deuda global. Los
préstamos se volvieron difíciles cuando las tasas de interés esta-
dounidenses subieron para seguir atrayendo capital extranjero
para pagar el consumo interno y los déficits gubernamentales.
Se hizo casi imposible una vez que los precios del petróleo vol-
vieron a subir en 1979-1980 y la demanda de productos básicos
que muchos de los países muy endeudados exportaban dismi-
nuyó frente a la recesión mundial. Los EE. UU. tropezaban con
el fantasma de grandes quiebras bancarias si varios de los deudores
más grandes (como México y Brasil) incumplían simultáneamente.
Una tercera tendencia fue la erosión de la Doctrina Nixon
con la desintegración del régimen del Shah en Irán y la inestabi-
lidad y falta de fiabilidad de los regímenes suplentes en el Cuer-
no de África y América Latina. La Unión Soviética se enfrentó a
39  Stephen Gill, American Hegemony and the Trilateral Commission (Cambridge, Inglater-
ra: Cambridge University Press, 1990).
218 Globalizando la hegemonía estadounidense

un problema similar en Afganistán. En conjunto, por lo tanto,


la competencia de las superpotencias ya no se podía sublimar
mediante el uso de suplentes allegados. El presidente Carter
perdió las elecciones de 1980 en gran parte debido a la caída
del Shah y la vergüenza de la toma de rehenes por parte del
régimen de reemplazo.
En ausencia de una estrategia viable para una política indus-
trial nacional (como la defendida más adelante en la primera ad-
ministración Clinton por Robert Reich) aliada a los controles de
exportación de capital y a una disminución del gasto militar, la
única solución probada y verdadera para los múltiples dilemas
que enfrentaba el país fue un renacimiento de la militarización
(o “keynesianismo militar” como a veces se lo llama). Tanto la
administración Carter posterior como las administraciones de
Reagan de la década de 1980 eligieron este curso. La lógica era
que el aumento del gasto militar estimularía la inversión y el
gasto en el hogar, al menos en aquellos lugares donde se ubica-
ban las industrias de defensa, y el aumento de los compromisos
militares en el exterior demostraría la determinación estadou-
nidense de reafirmar su importancia para el “mundo libre” que
había creado. Para el presidente Reagan, en 1984, “ya era de ma-
ñana otra vez en América”.
La primera administración de Reagan llevó a cabo la estra-
tegia de remilitarización iniciada bajo Carter a un nivel no visto
desde la Segunda Guerra Mundial. Se hizo mayor hincapié en
el desarrollo de nuevos sistemas de armas en lugar de mejorar
y actualizar las fuerzas existentes. Esto proporcionó un estí-
mulo económico importante que la actualización de las fuerzas
no proporcionaría. El propósito político era recordarle a Euro-
pa occidental y Japón que confiaban en un compromiso militar
estadounidense que garantizaba su desarrollo económico, para
contrarrestar el intento soviético de igualdad militar con los EE.
UU. y para alentar regímenes amistosos a los intereses económi-
cos estadounidenses en el Tercer Mundo. Con su propuesta de
“La Guerra de las Galaxias” de un “escudo” de defensa antimisiles
para EE. UU., el presidente Reagan también intentó utilizar una
iniciativa militar para apelar a los temores populares y sentir el
impulso de expandir constantemente los programas militares.40
40  Frances Fitzgerald, Way Out There in the Blue: Reagan, Star Wars and the End of the
Cold War (Nueva York: Simon and Schuster, 2000) muestra cómo Reagan pudo obtener
HEGEMONÍA 219

Junto con el gasto militar masivo, el Gobierno de Reagan in-


tentó revertir la caída competitiva de EE. UU. en la economía
mundial y controlar la inflación de cuatro maneras: recesión,
recortes de impuestos, desregulación y coordinación internacio-
nal de nuevo estilo. Para reducir la inflación, reducir las tasas de
salarios, reducir el número de productores ineficientes y hacer
que las industrias estadounidenses fuesen más competitivas en
el país y en el extranjero, la primera orden del día fue una políti-
ca monetaria más estricta.41 Esto se hizo de manera tan drástica
a través del aumento de las tasas de interés y la limitación del
suministro de dinero, que en 1981 EE. UU. experimentó su re-
cesión económica más severa desde 1937. La atención luego se
concentró en la “economía real”. Bajo el pretexto de “economía
de la oferta”, los impuestos sobre la renta, especialmente para
aquellos con altos ingresos, se redujeron drásticamente con la
teoría de que el dinero extra puesto en circulación terminaría
como una inversión productiva. Supuestamente, la pérdida de
ingresos en el corto plazo estaría compuesta por la expansión de
la economía, produciendo una captación a largo plazo de los in-
gresos. La desregulación también fue presionada para permitir
que el “mercado” eligiera entre candidatos para el crecimiento y
la bancarrota. La ruta principal era alentar fusiones, adquisicio-
nes y alianzas estratégicas. Pero las políticas asociadas incluye-
ron la reducción de las normas ambientales y de seguridad, los
ataques contra los sindicatos y la eliminación de muchas normas
que rigen la conducta de las instituciones financieras. Finalmen-
te, el Gobierno de los EE. UU. participó en intentos de acción
coordinada con otros países industrializados para responder
a la crisis de la deuda, realinear las monedas (particularmen-
te después de 1985) y reestructurar la economía mundial a
través de líneas más liberales y orientadas al mercado.42
miles de millones de dólares en fondos para un programa que era tecnológicamente imposi-
ble gracias a su capacidad de leer el miedo popular estadounidense a la guerra nuclear y así
mismo apelar a la creencia de los estadounidenses en las “soluciones” técnicas que no les
requerirían cambiar la forma en que ellos o su Gobierno actúan.
41  William Greider, Secrets of the Temple: How the Federal Reserve Runs the Country (Nue-
va York: Simon and Schuster, 1987), parte tres.
42  Esta lista hace que las políticas de Reagan parezcan mucho más coherentes internamente
de lo que eran en la realidad, si creemos en el relato informativo de David A. Stockman, The
Triumph of Politics: The Inside Story of the Reagan Revolution (Nueva York: Harper and Row,
1986). Stockman, director de la Oficina de Administración y Presupuesto de la Casa Blanca en
la primera administración Reagan, revela que la reducción de los impuestos se convirtió en la
razón y fin de la “Revolución Reagan”, a pesar de que los recortes impositivos requerían mante-
220 Globalizando la hegemonía estadounidense

La estanflación de la década de 1970 había desacreditado en


gran medida la intervención convencional de la demanda por
parte de los Gobiernos (asociada a la economía keynesiana), en
la cual la tasa de desempleo supuestamente era inversamen-
te proporcional con la tasa de inflación. Esto proporcionó una
oportunidad ideal para una reafirmación de ideas económicas
liberales que habían sido marginadas dentro de la profesión eco-
nómica y en círculos políticos durante la era de Bretton Woods.43
Particularmente en los EE. UU. y Gran Bretaña, los Gobiernos
de Reagan y Thatcher se embarcaron en políticas económicas
diseñadas para disminuir el poder de los sindicatos y afirmar la
centralidad de los mercados en las transacciones nacionales e
internacionales. Aunque a menudo referenciados juntos, el en-
foque de Thatcher era mucho más ideológicamente coherente
que el de Reagan. Con el Gobierno de Thatcher, no había nada
de la hostilidad hacia el poder gubernamental o la creencia en la
magia de aliviar la carga tributaria de los ricos como la clave del
ner los gastos del Gobierno federal y el endeudamiento y así expandir el déficit federal. Pero en
los primeros años de Reagan, todo tipo de ideas descabelladas parecían haber circulado sin que
el presidente realmente entendiera lo que querían decir y cómo podrían funcionar para fines
contradictorios. Una, por ejemplo, se refería a si el Banco de la Reserva Federal era “realmente
necesario” (Letter, Gordon C. Luce to Ronald Reagan, July 23, 1981; Letter, Ronald Reagan to
Gordon C. Luce, July 30, 1981, FG 143, WHORM Subject File, Ronald Reagan Library). Aunque
los defensores radicales de los recortes fiscales como panacea del financiamiento público, como
Jude Wanniski y Jack Kemp, se consideraron marginados durante los primeros años de Reagan
porque las doctrinas monetaristas tendían a dominar bajo la influencia del presidente de la
Reserva Federal Paul Volcker, proporcionaron la base para reducir los impuestos sin reducir los
gastos lo que se convirtió en el leitmotiv de los años de Reagan. (Folder 1008, WHORM Subject
File, Ronald Reagan Library). Siguiendo la creencia de que los recortes de impuestos estimula-
rían la economía de manera tal que los ingresos explotarían, Reagan dejó un legado venenoso
acogido con entusiasmo por la administración de George W. Bush: que los déficits federales
no importan ni a los EE. UU. ni a las economías mundiales. Por supuesto si el déficit hubiese
sido adquirido por inversiones en la productividad sería una cosa. Pero que sean el producto de
substituir ingresos fiscales con préstamos (principalmente de origen extranjero) para cubrir los
gastos es algo completamente distinto.
43  También se argumentó que la intervención del Gobierno puede ser perversa, inútil y poner
en peligro la “libertad”. De hecho, los ricos eran vistos como una “minoría asediada” sujeta a
impuestos punitivos que no solo limitaban sus “espíritus animales” como inversores poten-
ciales, sino que también interferían con su libertad de hacer con su dinero a su antojo. Estas
clásicas afirmaciones reaccionarias han sido examinadas de manera convincente por Albert O.
Hirschman, The Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy (Cambridge, MA: Belk-
nap Press of Harvard University Press, 1991). Al mismo tiempo, se interpretó que el mercado
representaba un retorno a un antiguo EE. UU. (pre-Nuevo Trato) en el que: “Uno logra el bien
al negarse a intentarlo o planificarlo. Todas las acciones del individuo son buenas siempre y
cuando no se interfiera con ellas”. El mercado por lo tanto, produce un resultado feliz frente
miserias sin fin, un producto sin pecado de innumerables pecados e inadvertencias. El Edén se
perdió por libre elección en la Caída del Hombre. Se levanta de nuevo, espontáneamente, por
las ingenierías automáticas del Mercado”. (Garry Wills, Reagan’s America: Innocents at Home
[Nueva York: Doubleday, 1987], 384).
HEGEMONÍA 221

crecimiento económico que marcó la versión Reagan del libera-


lismo. Thatcher tenía un enfoque más claro en la privatización
de los activos del Estado, la liberación de los mercados laborales
y la aplicación de una política monetaria restrictiva. De hecho,
las cartas entre Thatcher y Reagan, depositadas en la biblioteca
presidencial de Reagan, sugieren que la relación entre ellos era
menos cercana personal e ideológicamente de lo que sugerían la
propaganda contemporánea y los estudios eruditos.44
En el corto plazo, las políticas de Reagan parecieron un éxi-
to sorprendente, particularmente en la reducción de la inflación.
Aseguraron su reelección en 1984 y alentaron la imitación ge-
neralizada en el extranjero. Las cualidades peculiares de la eco-
nomía política estadounidense en comparación con otros países
industrializados −menor gasto público en servicios, bajos niveles
de sindicalización de los trabajadores− se convirtieron en están-
dares globales de excelencia en el desempeño económico.45 Los
efectos a largo plazo fueron mucho más problemáticos, en el país
y en el extranjero. Los recortes impositivos no estimularon la in-
versión de capital en los EE. UU. El dinero se destinó al consumo,
a menudo de bienes fabricados en el extranjero, lo que aumentó
el déficit comercial; un frenesí de fusiones y adquisiciones entre
grandes empresas; y hacia inversiones en el extranjero, en una
economía mundial con controles de capital mínimos desde fina-
les de los años 70.46 El déficit del presupuesto federal aumentó de
$ 59.6 mil millones en 1980 a $ 202.8 mil millones en 1985. En
44  Joel Krieger, Reagan, Thatcher, and the Politics of Decline (Cambridge, Inglaterra: Pol-
ity Press, 1986), por ejemplo, exagera los paralelos. Las cartas entre el presidente Reagan y
la primera ministra Thatcher desclasificadas bajo la Ley de Libertad de Información (FOIA
por sus siglas en inglés) en la Biblioteca Ronald Reagan en Simi Valley, California, se centran
típicamente en un tema específico (por ejemplo, de Ronald Reagan a Margaret Thatcher el 17
de octubre de 1982, pidiendo que la planeada Cumbre del G7 en Williamsburg fuese más
informal que las cumbres anteriores; de Ronald Reagan a Margaret Thatcher, 15 de junio de
1983, alabando las políticas económicas de Thatcher y felicitándola por su contundente vic-
toria electoral, y de Ronald Reagan a Margaret Thatcher, 16 de enero de 1984, compartiendo
la esencia de un discurso sobre las relaciones entre los EE. UU. y la Unión Soviética antes de
presentarlo, FOIA [12/11/97] Thatcher, Biblioteca Ronald Reagan). Las cartas son amigables
pero no efusivamente. Muchas de las cartas a la primer ministra son en realidad réplicas de
las cartas enviadas a otros líderes, como el presidente Mitterrand de Francia. La mayoría
de las respuestas de la Primera Ministra llegaron indirectamente a través de la embajada
británica en Washington en lugar de «persona a persona». El tráfico de cartas entre los dos
líderes durante la segunda administración Reagan aún no ha sido desclasificadas. Podría
revelar una relación más profunda sobre importantes asuntos económicos, como podría tener
acceso a registros telefónicos.
45  Mike Davis, Prisoners of the American Dream (Londres: Verso, 1986), Capítulo 6.
46  Benjamin Friedman, Day of Reckoning: The Consequences of American Economic Policy
(Nueva York: Random House, 1988), 233–270.
222 Globalizando la hegemonía estadounidense

lugar de los impuestos perdidos después de 1981, los aumentos


masivos en el gasto militar (junto con la falta de recortes al gasto
interno) tuvieron que ser financiados por préstamos. Debido a
que la tasa de ahorro de los EE. UU. era muy baja, la mayor parte
del endeudamiento tenía que hacerse en el extranjero.47 Agrega-
do al déficit comercial estimulado por los recortes de impuestos,
el déficit de cuenta corriente de EE. UU. se infló. La economía de
los EE. UU. dependía cada vez más de la financiación extranjera
y, por lo tanto, estaba sujeta a conmociones externas de las que
hasta el momento había permanecido en gran medida protegida.
Dentro de los EE. UU. hubo una redistribución masiva del ingre-
so a aquellos grupos y regiones que se beneficiaron de la econo-
mía “reaganiana”. El gasto militar generó enormes sumas en el
sur de California, Nueva Inglaterra y el estado de Washington.
Otras regiones, como el medio oeste, recibieron poco. Los ricos
en todas partes se beneficiaron a expensas de los pobres, que vie-
ron como sus impuestos apenas disminuían a medida que dismi-
nuían los servicios del Gobierno. El tamaño de la clase media se
redujo a medida que los trabajos en manufactura que pagaban
bien desaparecieron y fueron reemplazados por empleos insegu-
ros y de menores salarios en el sector de servicios.48
Una extraña mezcla de keynesianismo militar, monetarismo
y economía de la oferta ciertamente había sorteado económica-
mente los “límites” de los años 70. También desempeñaron un
papel en el colapso soviético de 1989-1992 al sobrepasar en gas-
tos al no tan gran adversario en declive, difundir el neoliberalis-
mo (desregulación, privatización e ideología del libre mercado)
a través de la imitación de los Gobiernos de todo el mundo, y es-
tablecer las bases para un brote de globalización completamente
nuevo en los años 90.49 Los Gobiernos de Bush padre y Clinton
heredaron este manto. El primero fracasó con su promesa de
continuar la obsesión de Reagan con los recortes de impuestos
solo para tener que revertir esta postura en 1990; el segundo
optó por la reducción del déficit a medida en que la influencia de
la Reserva Federal y los defensores del mercado de bonos supe-
raban a los defensores de una política económica nacional.50 En
47  Friedman, Day of Reckoning, 209–232.
48  Kevin Phillips, The Politics of Rich and Poor (Nueva York: Harper Collins, 1990).
49  Overbeek, Restructuring Hegemony in the Global Political Economy; Helleneir, States
and the Reemergence of Global Finances, capítulo 7.
50  Collins, More, 214–232.
HEGEMONÍA 223

ambos casos, sin embargo, la disciplina de los mercados estable-


ció severos límites a la acción gubernamental independiente. La
combinación del Gobierno de Clinton de aumentos de impues-
tos y recortes de gastos (en defensa, bienestar social e infraes-
tructura) junto con la explosión de inversiones especulativas en
bienes raíces y el sector de alta tecnología ciertamente produjo
una reducción dramática en la deuda federal. Pero la balanza
de pagos nunca estuvo bajo control. EE. UU. estaba demasiado
ligado a la producción y al financiamiento del exterior. Al igual
que Gulliver, atado por pequeñas crías, la enorme economía es-
tadounidense ahora dependía de cómo se podrían manejar las
relaciones con una economía mundial más grande y de creci-
miento más rápido. ¿Cómo sucedió esto?
El amplio reconocimiento de que la economía mundial ha
experimentado una reorganización fundamental desde la dé-
cada de 1970 no significa que haya acuerdo sobre cómo y por
qué ha sucedido esto. El acuerdo se limita al sentido de que la
economía mundial ha entrado en una fase de producción y acu-
mulación flexible donde las operaciones comerciales en todo
el mundo adoptan cada vez más la forma de empresas centra-
les (a menudo de alcance transnacional) conectadas mediante
alianzas formales e informales con redes de otras organizacio-
nes, empresas, Gobiernos y comunidades (también conocido a
veces como capitalismo desorganizado).51 La paradoja de esta
tendencia, y por lo tanto generadora de intenso debate, es que,
si bien la creación de redes permite una mayor expansión de las
fronteras políticas por parte de organizaciones empresariales
concentradas, también abre la posibilidad de una producción
más descentralizada a sitios con ventajas competitivas. Al mis-
mo tiempo, las redes adoptan diferentes formas en diferentes
sectores y en diferentes lugares.52
Una explicación sobre la fuente de este cambio en la eco-
nomía mundial de grandes empresas verticalmente integradas
y organizadas en torno a las economías nacionales, a redes de
51  Algunas fuentes básicas incluyen, inter alia, Michael Piore y Charles Sabel, The Second
Industrial Divide (Nueva York: Basic Books, 1984); Peter F. Cowhey y Jonathan D. Aronson,
Managing the World Economy: The Consequences of Corporate Alliances (Nueva York: Coun-
cil on Foreign Relations Press, 1993); Michael Storper, “The New Industrial Geography”. Urban
Geography 8 (1987): 585–598; y Peter Dicken et al., “Chains and Networks, Territories and
Scales: Towards a Relational Framework for Analysing the Global Economy”. Global Networks
1 (2001): 89–112.
52  Dicken et al. “Chains and Network, Territories and States”.
224 Globalizando la hegemonía estadounidense

producción y finanzas que abarcan todo el mundo, pone el énfa-


sis en las tasas decrecientes de productividad y ganancias de las
principales corporaciones entre los años 1965 y 1980.53 Las tasas
de ganancia, promediadas entre las siete economías industriales
nacionales más grandes y definidas como el superávit operativo
neto dividido por el stock de capital neto a precios corrientes,
disminuyeron en estos años en el sector manufacturero del 25 %
al 12 %. En todos los sectores, la tasa de ganancia promedio cayó
del 17 % al 11 %.54 Sin embargo, hubo una considerable variabilidad
en las tasas de ganancia en las décadas de 1950 y 1960, por lo
que la historia de un auge prolongado (o “edad de oro”) com-
partida por todos los países industrializados que fue seguida
por un colapso repentino está en entredicho.55 Lo que pare-
ce haber sucedido es que el período comprendido entre 1960 y
principios de la década de 1970 fue uno de índices de beneficios
en general en aumento. A partir de entonces, las tasas de ga-
nancia comenzaron a disminuir, pero a diferentes ritmos y si-
guiendo diferentes trayectorias (figura 6.1). Estos parecen estar
más vinculados a la disminución de las tasas de productividad
(eficiencia en el uso de equipos y recursos) que al aumento de
los costos laborales. Aunque ha habido una recuperación de las
tasas de ganancia en algunas economías (como EE. UU.) desde
mediados de la década de 1980, esto parece impulsado en parte
por la supresión de los salarios y otros beneficios laborales más
que por la rentabilidad de nuevas tecnologías (como computa-
doras) o nueva inversión.56 También refleja los resultados del
“giro global” tomado más agresivamente por grandes (y otras)
empresas estadounidenses desde la década de 1970, como su-
gieren los casos individuales de General Motors o Ford. Cada
uno de ellos depende cada vez más de la rentabilidad de sus em-
prendimientos en todo el mundo para compensar la pérdida de
cuota de mercado y la rentabilidad en los EE. UU. El Gobierno
de George W. Bush, si bien adoptó muchas de las característi-
cas de la estrategia de Reagan (aunque al heredar un superávit
53  Véase, por ejemplo, Robert Brenner, The Boom and the Bubble: The U.S. in the World
Economy (Londres: Verso, 2002).
54  Andrew Glyn et al., “The Rise and Fall of the Golden Age,” en The Golden Age of Capi-
talism: Reinterpreting the Postwar Experience, ed. Stephen A. Marglin y Juliet B. Schor, 53
(Oxford: Clarendon Press, 1990).
55  Michael J. Webber y David L. Rigby, The Golden Age Illusion: Rethinking Postwar Capi-
talism (Nueva York: Guilford Press, 1996).
56  Webber and Rigby, The Golden Age Illusion, 325.
HEGEMONÍA 225

FIGURA 6.1. Declive de tasas de ganancias en varios países


industrializados, 1955-80.

30
Alemania*
Japón
tasa de ganancia (porcentaje)

20
[Link].

Francia

10

Reino Unido
*manufacturing only
0
1955 1960 1965 1970 1975 1980

Fuente: Departamento de Comercio e Industria, Gran Bretaña, British Business, 1981, 17.

del presupuesto federal y luego convertirlo rápidamente en un


déficit masivo, no fue necesaria la restricción monetaria), ha
favorecido el tratamiento de las ganancias de las multinacionales
estadounidenses en el país y en el extranjero como equivalente
a efectos fiscales.57 Aliado a la reducción masiva de impuestos
corporativos, no se puede imaginar un mayor estímulo fiscal
para los movimientos rápidos de la inversión extranjera directa.
La globalización se trata en parte de empresas intentando
sacar provecho de la ventaja comparativa que disfrutan otros
países y localidades en la producción y obtener acceso sin obstá-
culos a sus mercados de consumo. Pero también se trata de Go-
biernos que buscan atraer capital y experiencia más allá de sus
fronteras para aumentar el empleo, aprender de socios extranje-
ros y, en general, mejorar la posición competitiva global de “sus”
empresas. La combinación de ambos ha dado lugar a un régimen
de “acceso al mercado” de comercio e inversión mundial.58 Esto

57  Sobre las perspectivas de armonización de las políticas fiscales entre países y sus impli-
caciones para la “condición de Estado” véase Roland Paris, “The Globalization of Taxation:
Electronic Commerce and the Transformation of the State”. International Studies Quarterly,
47 (2003): 153–182.
58  Cowhey and Aronson, Managing the World Economy.
226 Globalizando la hegemonía estadounidense

ha erosionado el régimen de libre comercio que predominaba


cada vez más en el comercio entre los principales países capita-
listas industriales en el período posterior a la Segunda Guerra
Mundial. En su lugar, hay un régimen en el cual las reglas acep-
tables que gobiernan el comercio y la inversión se han extendido
desde el ámbito relativamente estrecho del comercio para abar-
car una amplia gama de áreas de organización y desempeño de
las empresas.
El régimen monetario flexible que reemplazó el sistema de
Bretton Woods después de la abrogación estadounidense a prin-
cipios de los años 70 alentó este cambio, aunque la tendencia
hacia una mayor inversión extranjera directa por parte de em-
presas multinacionales estadounidenses y europeas ya estaba en
marcha como una solución a sus tasas decrecientes de ganancia.
Esto no solo fomentó el aumento de los flujos de capital entre
monedas debido a la capacidad de aprovechar los diferenciales
de los tipos de cambio, sino que también estimuló a las empresas
a preocuparse por la condición macroeconómica relativa (tipos
de cambio, tasas de interés, tasas de inflación, etc.) de los países
en los que invirtieron, y así preocuparse por la mayor rentabili-
dad que podría resultar de ubicar la inversión en varios países
en lugar de dejarla en un sólo lugar. Tal vez de igual importancia
fueron las disminuciones negociadas en los niveles arancelarios
promedio en el comercio de bienes manufacturados entre países
industrializados, comenzando con la llamada Ronda Kennedy
del GATT a mediados de la década de 1960; la fuerza creciente
de la Unión (o Comunidad, como era entonces) Europea para re-
ducir las barreras al comercio y la movilidad del capital entre los
países miembros; las presiones sobre el Gobierno japonés por
parte del Gobierno de los EE. UU. para admitir más importa-
ciones y restringir “voluntariamente” las exportaciones, lo que
a su vez alentó a las empresas japonesas a ubicar instalaciones
de producción en el extranjero; y la combinación de una menor
productividad/mayores salarios en la década de 1970 produci-
da por uno o ambos factores: aumento de la influencia sindi-
cal y una menor inversión en tecnología. A fines de la década
de 1970, el desafío en los precios de fabricación, especialmente
en sectores como ropa, electrónica y construcción naval, de los
productores en los PRI y más recientemente de China, también
alentó una búsqueda por parte de las empresas estadounidenses
HEGEMONÍA 227

de sitios más rentables en los cuales ubicar las instalaciones de


producción. Muchos de estos sitios también se encuentran en
países en desarrollo, como China y otros países de reciente in-
dustrialización, donde, en consecuencia, la inversión extranjera
directa de los EE. UU. y otras empresas multinacionales ha re-
emplazado otras formas de inversión externa (figura 6.2).
Al mismo tiempo, sin embargo, los mercados de bienes de
consumo también han cambiado. El paradigma estadounidense
de la producción en masa/consumo masivo (fordismo), asociado
tanto con el crecimiento económico de la posguerra estadouni-
dense como con el Plan Marshall, comenzó a desmoronarse en

FIGURA 6.2. La composición variante de la inversión


extranjera en los países en desarrollo, 1970-2002.

300

250
Flujos de capital privado en billones

200

150

100

50

50

100
1970 ‘80 ‘90 ‘96 ‘97 ‘98 ‘99 ‘00 01 ‘02 est.

Deuda privada de corto plazo


Deuda privada a mediano y largo plazo
Deuda de cartera
Inversión Directa Extranjera
Flujos privados netos

Fuente: Banco Mundial, Informe de Desarrollo Mundial (Nueva York, prensa de la Universidad de
Oxford, 2003).
228 Globalizando la hegemonía estadounidense

los años 70. Aunque muchos productos todavía se fabrican de


forma masiva, ahora a menudo se producen en otro lugar y por
personas diferentes a las que los consumen. Este es un cambio
importante con respecto al sistema fordista en el que la produc-
ción y el consumo eran geográficamente paralelos. El fordismo
clásico era, por definición, de naturaleza territorial, y se basaba
en una alta correlación geográfica entre producción y consumo
regulado por Estados territoriales activos. Pero muchos bienes
también se fabrican cada vez más de acuerdo con un “paradigma
artesanal” más antiguo pero revitalizado, principalmente porque
este enfoque responde más rápidamente a los cambios en la de-
manda del consumidor (y, por lo tanto, puede explotar cambios
repentinos en la moda), permite una rápida innovación tecno-
lógica y depende de las fuerzas de trabajo no sindicalizadas que
son menos exigentes de mejoras salariales y de beneficios. En
general, los productos personalizados producidos por este mo-
delo anterior de organización industrial han desafiado cada vez
más los productos producidos en masa que hasta ahora tendían
a impulsar el crecimiento económico en los EE. UU. y en otros
lugares. Esto es, en parte, una respuesta a mayores ingresos dis-
ponibles por parte de ciertos segmentos de la población en todo
el mundo industrializado y el deseo aliado de consumir produc-
tos personalizados de mayor categoría. Pero también es el re-
sultado de la búsqueda de mayores ventas a través del mercado
“especializado”: la identificación y comercialización de ciertos
gustos y preferencias asociados con diferentes grupos étnicos,
de ingresos y de estatus. Como se ha globalizado, la sociedad
del mercado también se ha personalizado cada vez más. El he-
cho de que la mayoría de los productos producidos en masa y
muchos de los personalizados no se fabriquen en los EE. UU.
tiene obvias implicaciones político-económicas. EE. UU. se está
desindustrializando.
Se pueden identificar seis “pilares” del sistema de acceso al
mercado. El primero es un alejamiento del dominio del modelo
estadounidense de organización industrial en las negociaciones
internacionales hacia un modelo híbrido en el que se pone me-
nos énfasis en mantener a los Gobiernos y las industrias “a cierta
distancia” y en el compromiso de alentar la colaboración y alian-
zas entre empresas tanto a través como dentro de las fronteras
nacionales. En este nuevo modelo, las empresas extranjeras
HEGEMONÍA 229

pueden impugnar la mayoría de los segmentos de los mercados


nacionales, excepto en los casos en que los sectores claramente
demarcados se dejan para las empresas locales. Un segundo pilar
implica una mayor cooperación y aceptación de normas comunes
sobre comercio, inversión y dinero por parte de las burocracias
nacionales con un papel cada vez más poderoso también desem-
peñado por organizaciones internacionales y supranacionales
(como la Comisión Europea para la UE y la Organización Mundial
del Comercio para la GATT, respectivamente). Dos consecuencias
son la difuminación de las líneas de regulación entre las “áreas
temáticas” (como el comercio y la inversión extranjera directa,
que cada vez pueden sustituirse entre sí) y la penetración de las
“normas globales” en las prácticas de las burocracias nacionales.
El tercer pilar es el creciente comercio de servicios más allá de
las fronteras nacionales y la creciente importancia concomitan-
te de los servicios (bancarios, de seguros, de transporte, legales,
publicitarios, etc.) en la economía mundial. Una razón para esto
es que los productos de alta tecnología (computadoras, aviones
comerciales, etc.) contienen altos niveles de insumos de servicio,
y el mantenimiento del software que tales productos requieren
ha llevado a una explosión de servicios al productor. Otra razón
es que los productores exigen servicios de alta calidad y a precios
competitivos. Pueden recurrir a proveedores extranjeros si los
apropiados no están disponibles localmente. Las industrias ban-
caria y telefónica son dos que han experimentado un aumento
dramático en la internacionalización ya que los productores han
recurrido a proveedores no tradicionales (frecuentemente ex-
tranjeros). El cuarto pilar son las negociaciones internacionales
sobre comercio e inversión que ahora están organizadas mucho
más a lo largo de líneas sectoriales y específicas por temas que
en el pasado. Una regla ya no se ajusta a todas. Pero muchas
de las nuevas reglas son esencialmente ad hoc y no formales.
Esto ha abierto las posibilidades de negociaciones bilaterales y
minilaterales (más de dos partes, pero no todas las partes), pero
a expensas de una mayor transparencia que provendría de un
enfoque multilateral consistente.
Los dos pilares finales se refieren a las reglas del régimen
de acceso al mercado. Uno es la equivalencia, hoy día, entre el
comercio y la inversión, que se debe principalmente a las acti-
vidades de las empresas transnacionales al ampliar el nivel de
230 Globalizando la hegemonía estadounidense

inversión extranjera directa a niveles astronómicos. Sin embar-


go, las reglas de contenido local sobre cuánto de un producto
final debe fabricarse localmente (dentro de un país particular)
y las preocupaciones sobre la competitividad de las alianzas
entre empresas también han llevado a nuevos esfuerzos de los
Gobiernos de países industrializados para regular los flujos de
inversión extranjera. “Nivelar el campo de juego”, para usar el
lenguaje estadounidense, ha significado presiones y contrapre-
siones entre los Gobiernos para asegurar al menos un grado de
similitud en la regulación (en, por ejemplo, casos de presun-
tas violaciones de monopolio o antimonopolio). El pilar final
involucra el cambio por parte de las empresas de una preo-
cupación por la ventaja comparativa nacional o local a una
preocupación por establecer ventajas competitivas globales
o regional-mundiales internas para las empresas y sus redes.
Esto refleja el atractivo abrumador de la “multinacionalidad”
para muchas empresas como una forma de diversificar acti-
vos, aumentar el acceso al mercado y disfrutar de las firmes
economías de escala que provienen de abastecer a mercados
más grandes. Al mismo tiempo, las economías de escala de las
fábricas (reducciones en los costos unitarios atribuibles a un
mayor volumen de producción) han tendido a disminuir en
una amplia gama de sectores, como señaló por primera vez Joe
Bain en 1959.59 Esto significa que las grandes empresas pue-
den disfrutar de economías de escala firmes sin tener solo unas
pocas fábricas grandes. No están restringidas por el atractivo
de las economías de plantas de promedio alto a uno o pocos
lugares de producción. Las instalaciones de producción pue-
den ubicarse para aprovechar otros beneficios que provienen
de operar en múltiples ubicaciones, particularmente aquellos
que ofrecen sitios extranjeros.
Cinco importantes consecuencias parecen establecer el nue-
vo orden transnacional asociado con el régimen de acceso al mer-
cado aparte del período inmediato de la posguerra. Primero, la
inversión extranjera directa ha aumentado a un ritmo más rápido
que el crecimiento de las exportaciones (figura 6.3). Los lazos que
unen a la economía mundial son crecientemente los de la inver-
sión directa más que el comercio. A fines de los años 80 y en los

59  Joe S. Bain, Industrial Organization (Nueva York: John Wiley and Sons, 1959).
HEGEMONÍA 231

FIGURA 6.3. El crecimiento del total mundial de la


inversión extranjera directa relativa a las exportaciones,
1989-2001 en billones del actual $ de [Link].

1,500

6,500
1,000

700
6,000

600
Exportaciones

5,500
Exportaciones
500
5,000

FDI
FDI
400
4,000

300
4,000

200
3500

100
3000

1900 1992 1994 1996 1998 2000 2002

Fuente: Fondo Monetario Internacional, Dirección de Estadísticas de Comercio (2002); Balance del Anuario
Estadístico de Pago (2001).

90, la tasa de crecimiento de la inversión extranjera directa en la


economía mundial fue tres veces mayor que la del crecimiento de
las exportaciones mundiales de bienes y servicios.60
En segundo lugar, las cuentas comerciales nacionales pueden
ser guías engañosas para los patrones complejos de comercio e
inversión que caracterizan la nueva economía global. Tal vez el
50 % del comercio mundial total entre países a partir de 2000
fue comercial dentro de las empresas. Además, más de la mitad
de todo el comercio entre los principales países industrializados
60  Peter Dicken, Global Shift: Transforming the Global Economy, Third Edition (Nueva
York: Guilford Press, 1998); John H. Dunning, “Globalization and the New Geography of For-
eign Direct Investment,” en The Political Economy of Globalization, ed. Ngaire Woods (Lon-
dres: Palgrave, 2000). A modo de ejemplo, en 2001, una cuarta parte de las ganancias de las
empresas estadounidenses provinieron del exterior. (Martin Wolf, “The Dependent Superpow-
er: How Will the U.S. Cope with the Global Integration its Policies Unleashed?” Financial Times
[December 18, 2003]: 11).
232 Globalizando la hegemonía estadounidense

es el comercio entre empresas y sus filiales extranjeras. Un tercio


de las exportaciones de EE. UU. va a empresas estadounidenses
en el extranjero; otro tercio pasa de empresas extranjeras en EE.
UU. a sus países de origen. Y debido a que las nuevas redes de co-
mercio global involucran tanto el intercambio de servicios como
el movimiento de componentes y productos terminados, mu-
chos productos ya no tienen identidades nacionales distintivas.61
El déficit comercial de EE. UU. de 1986 de $ 144 mil millones se
convierte así en un superávit comercial de $ 77 mil millones si se
incluyen en los cálculos las actividades de empresas propiedad
de EE. UU. fuera del mismo país y empresas de propiedad ex-
tranjera en los EE. UU.62
En tercer lugar, a medida que la economía territorial de EE.
UU. pierde puestos de trabajo en el sector manufacturero y parte
de la producción mundial frente a otros países, las cuotas globales
de sus empresas se mantienen o aumentan. A medida que la par-
ticipación de los EE. UU. en las exportaciones mundiales de ma-
nufacturas pasó del 17.5 % en 1966 al 14 % en 1984, las empresas
estadounidenses y sus afiliadas aumentaron sus acciones del 17.7 %
al 18.1 %.63 Esto lleva a la pregunta ¿quiénes son los EE. UU.? en
relación con las políticas gubernamentales que pueden favorecer
a las empresas estadounidenses en lugar de la economía esta-
dounidense64. Desde este punto de vista, ayudar a empresas “ex-
tranjeras” a ubicarse en los EE. UU. beneficia más a la economía
territorial de los EE. UU. que a las empresas “estadounidenses”,
que pueden ser propiedad de estadounidenses o tener su sede en
los EE. UU. pero tienen la mayoría de sus instalaciones y emplea-
dos ubicados en ultramar. Mientras la economía estadounidense
esté creciendo a través del aumento del empleo y la productividad,
estas paradojas exigirán poco precio político. Pero en recesión y
cuando el Gobierno de EE. UU. reconstruye el código tributario
para beneficiar (nominalmente) a las empresas estadounidenses a
expensas del contribuyente mediano (como con la administración
de George W. Bush), es de esperar que reciban más atención.
61  Robert B. Reich, The Work of Nations: Preparing Ourselves for Twenty first Century
Capitalism (Nueva York : Vintage, 1996).
62  DeAnne Julius, Global Companies and Public Policy: The Growing Challenge of Foreign
Direct Investment (Nueva York: Council on Foreign Relations, 1990).
63  Richard Lipsey and Irving Kravis, “The Competitiveness and Comparative Advantage
of U.S. Multinationals, 1957–1984”. Banca Nazionale del Lavoro Quarterly Review, 161
(1987): 147–165.
64  Robert B. Reich, “Who Do We Think They Are?” American Prospect, 4 (1991): 49–53.
HEGEMONÍA 233

En cuarto lugar, los vínculos productivos y culturales en el


corazón de la globalización están cada vez más anclados en re-
giones y localidades particulares dentro de los países y no en los
países en su conjunto. Desde el punto de vista de las empresas
transnacionales, por ejemplo, los EE. UU. no son un espacio uni-
tario sino una mezcla dispar de lugares con costos y beneficios
bastante diferentes de un ámbito de inversión. El regreso a la
aglomeración (como la ubicación cerca de empresas similares
donde hay grupos de mano de obra calificada y servicios comu-
nes, como Hollywood y Silicon Valley); los incentivos estata-
les (como exenciones fiscales por ubicarse en una jurisdicción
determinada); y acceso a recursos clave (como mano de obra
más barata cuando los costos de mano de obra son un alto com-
ponente de los costos totales) determinan el atractivo relativo
de las diferentes regiones. Las condiciones macroeconómicas,
entonces, con frecuencia proporcionan solo los contextos más
amplios dentro de los cuales se toman decisiones de inversión
geográficamente más ajustadas.65
En quinto lugar, el Gobierno de EE. UU. sigue siendo el “ejecu-
tor” de último recurso para mantener el régimen de acceso al mer-
cado en su lugar, pero a menudo en una capacidad neoimperial más
clara en relación con supuestos aliados que durante el período de
1947 a 1971. Este papel puede adoptar varias formas diferentes que
han variado en todas las administraciones y en respuesta a diferen-
tes situaciones desde la década de 1970 hasta el presente. Una
es en forma de intervención militar para imponer la estabilidad
política o eliminar Gobiernos renuentes. La administración de
George W. Bush no ha tenido reparos en seguir este curso de
acción, usando el pretexto de los ataques terroristas contra
el World Trade Center de Nueva York y el Departamento de
Defensa de los EE. UU. en Washington, DC (el Pentágono) el
11 de septiembre de 2001. Una segunda forma es supervisar
y garantizar los rescates financieros para los países que se
enfrentan ya sea a la bancarrota o a una grave crisis mone-
taria. Los casos de México en 1983, Indonesia y otros países
del sudeste asiático en 1998, y Turquía y Argentina en 2002
son ejemplos de esto. Una tercera forma es publicitar y re-
clutar simpatizantes de élite de todo el mundo para que la
65  Allen J. Scott y Michael Stoper, Regions, Globalization, Development”. Regional Studies
37 (2003): 579–593.
234 Globalizando la hegemonía estadounidense

globalización actual (en la forma del régimen de acceso al


mercado) sea tanto inevitable como positiva. Incluso el Go-
bierno de la China nominalmente comunista parece haber
aceptado muchos de los preceptos de la sociedad del merca-
do. Si el Gobierno de los EE. UU. puede permitirse continuar
vigilando la globalización cuando sus beneficios no regresan
proporcionalmente a la economía territorial de los EE. UU. y
si el resto del mundo continuará complaciendo sus intentos
de utilizar la globalización con fines estadounidenses, son,
probablemente, las principales preguntas de las que depen-
de la sostenibilidad a largo plazo del régimen de acceso al
mercado.66 En ciertos temas en específico, el Gobierno de los
EE. UU. ahora tiene considerables dificultades para persua-
dir o coaccionar a otros. Por ejemplo, el antimonopolio, la
evasión de impuestos y la inmigración ilegal son algunos de
los problemas sobre los cuales el Gobierno de los EE. UU.
ya no muestra ningún signo de ejercer el liderazgo.67 Por lo
tanto, puede que se esté acercando un momento en que el
papel directo del Gobierno de los EE. UU. en la globalización
se vea reducido, pero la institucionalización de la hegemonía
estadounidense en varias instancias globales podría augurar la
continuación de la globalización sin mucho control por parte
del Gobierno de EE. UU.68

La geografía de la globalización

La época de la Guerra Fría ciertamente sentó las bases de


todo lo que vemos a nuestro alrededor en los albores del siglo
XXI. Pero es a partir de los 70 que la geografía del poder en
todo el mundo sufrió los mayores cambios. Particularmente,
los Estados territoriales existentes han pasado a ser cada vez

66  Véase, por ejemplo, Robert Wade, “The Coming Fight over Capital Flows”. Foreign Poli-
cy, 113 (1998–1999): 41–54; y George Soros, “Capitalism’s Last Chance?” Foreign Policy, 113
(1998–1999): 55–66.
67  Robert T. Kudrle, “Hegemony Strikes Out: The U.S. Global Role in Antitrust, Tax Evasion,
and Illegal Immigration”. Documento presentado del 22 al 26 de marzo del 2002 en el Encuen-
tro de la Asociación de Estudios Internacionales, Nueva Orleans.
68  Compare, por ejemplo, John Agnew y Stuart Corbridge, Mastering Space: Hegemony, Te-
rritory, and International Political Economy (Londres: Routledge, 1995), Capítulos 7 y 8, con
Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2000).
HEGEMONÍA 235

menos “sociedades plenas”. Son a la vez demasiado grandes y


demasiado pequeñas. Son demasiado grandes como para poseer
identidades sociales y varios intereses económicos reales. Esto
puede observarse en las divisiones económicas y políticas entre
regiones de los EE. UU., que a menudo son disimuladas apenas
por la declaración de los intereses “nacionales” comunes en ries-
go en algún remoto rincón del mundo. Puede también apreciarse
en la eflorescencia de reivindicaciones nacionales entre grupos
étnicos en gran parte de los Estados. Pero los Estados existentes
son además demasiado pequeños para muchos fines económi-
cos. Se han convertido progresivamente en “sectores del merca-
do” dentro de una economía mundial sumamente competitiva,
integrada, pero inestable. Esta es la paradoja de la fragmenta-
ción en el contexto de la globalización que muchos geógrafos
han señalado con respecto al mundo desde el “lento final” de
la Guerra Fría en los 80. A pesar de ser vistos frecuentemente
como procesos separados, la globalización y la fragmentación,
de hecho son aspectos conexos de un orden geopolítico que ha
venido surgiendo lentamente.
Al escribir sobre relaciones internacionales y economía po-
lítica, se ha dicho muy poco con respecto a este proceso dual de
fragmentación y globalización.69 El hecho de que una hegemonía
basada en un Estado, como la de EE. UU., haya sido un fenóme-
no temporal de los siglos XIX y XX, ha recibido muy poca aten-
ción.70 La mayoría de los retratos del orden mundial mantienen
su atención en los Estados territoriales y en un supuesto “espacio
muerto” alrededor y dentro de ellos que evita la posibilidad de
siquiera contemplar geografías de poder alternativas. Un escritor
que sí contempla esto, Richard Rosecrance, ofrece un argumento
de por qué esto es tan poco común:

Una de las dificultades que comparten la mayoría de las teorías


internacionales es que han sido de carácter analítico y no históri-
co: han sido deterministas más que contingentes. Se han ofrecido
69  Véase en, por ejemplo, James N. Rosenau, Distant Proximities: Dynamics Beyond Glo-
balization (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2003). Rosenau, sin embargo, no puede
asignar ninguna importancia a las regiones y localidades porque su visión de la geografía se
reduce a una mirada bidimensional o de presuntos Estados territoriales o redes sin lugar. Esta
polaridad ataca a muchos escritos sobre la globalización como si fuera sinónimo de desterrito-
rialización y que en conjunto representan el “fin de la geografía” tout court.
70  Isabelle Grunberg, “Exploring the ‘Myth’ of Hegemonic Stability”. International Organi-
zation 44 (1990): 431–477.
236 Globalizando la hegemonía estadounidense

modelos que describen una época histórica pero que no han tenido
en cuenta las demás. En este sentido, la dinámica del desarrollo his-
tórico ha derrotado cualquier enfoque meramente monista.71

Al otro lado del debate sobre globalización se encuentran


aquellos que realizan aseveraciones radicales sobre la “muerte
de la distancia”, la hipermovilidad de bienes y mensajes, y nóma-
das postmodernos que viven permanentemente en movimiento.
En este marco de referencia, las economías y culturas ya no se
encuentran arraigadas en espacios. No existe geografía alguna.
Pero esta imagen del mundo depende de dos supuestos falaces.
El primero es que alguna vez hubo una era totalizante de terri-
torios establecidos, basándose en una “norma de sedentarismo”,
que ahora ha sido trascendida por las tecnologías de compresión
espacio-temporal.72 De hecho, las personas y los objetos han
estado en movimiento, si bien a menores velocidades, durante
gran parte de la historia de la humanidad. Lo que representa
una novedad en la globalización contemporánea es el dominio
global cada vez mayor de las imágenes y prácticas directamen-
te relacionadas a una sociedad de mercado y la velocidad con
que las transacciones se llevan a cabo en el mundo. El segundo
supuesto es que el mundo apenas recientemente se ha entrela-
zado estrechamente con lo local. En cierto sentido, no existe tal
cosa como lo “global”. Existe únicamente como una propiedad
emergente; lo global está formado por redes de interacción, mo-
vimiento, vigilancia y regulación entre personas e instituciones
con ubicaciones discretas en lugares particulares. Lo nuevo es la
densidad y el alcance geográfico del tejido entre los lugares, no la
existencia de conexiones globales/locales como tal.

Globalización

La hegemonía británica en el siglo XIX hizo al comercio más


libre e interdependiente. La hegemonía estadounidense duran-
te la Guerra Fría dio un paso más allá en la promoción de la

71  Richard Rosecrance, The Rise of the Trading State: Commerce and Conquest in the Mod-
ern World (Nueva York: Basic Books, 1986), 67.
72  David Morley, Home Territories: Media, Mobility and Identity (Londres: Routledge, 2000).
HEGEMONÍA 237

movilidad transnacional de todos los factores móviles de pro-


ducción: capital, mano de obra y tecnología. El libre comercio
pudo ser siempre limitado cuando la producción era totalmente
organizada a escala nacional. Pero hoy en día la producción y
el comercio fluyen con relativa facilidad a través de las fronte-
ras nacionales. Asimismo, las personas se desplazan en grandes
cantidades pero se enfrentan a mayores barreras que el capital
y el comercio. En este mundo, la posibilidad de una economía
nacional autosuficiente o autárquica se ve aún más disminuida.
Esto significa que la hegemonía por sí misma puede comenzar a
perder cualquier clara identidad nacional. El poder económico,
la base material del poder político y militar, no es ya un simple
atributo de Estados “contenedores” o “depositarios” que tienen
más o menos de él.
Existe gran evidencia de este cambio significativo en el carác-
ter de la economía mundial y la disminución de la importancia
económica de los Estados territoriales existentes como unidades
básicas de cuenta. En primer lugar, desde los años 50, pero a un
ritmo de expansión acelerado en los años 80 y 90, el comercio
mundial se ha expandido a un ritmo muy superior al de períodos
anteriores.73 Gran parte de este crecimiento del comercio se ha
generado en las regiones ya industrializadas del mundo. Se debe
en gran parte a la importancia cada vez menor de los costos de
transporte y las innovaciones institucionales tales como el GATT
(desde 1994 la OMC) y la Unión Europea. En un mundo domina-
do por el comercio de gran escala, la prioridad está en mantener
la apertura y el equilibrio más que en la expansión territorial y la
superioridad militar.74
Las diferentes regiones del mundo se han beneficiado de
manera desigual en el crecimiento del comercio. La expansión
del comercio de bienes manufacturados ha superado por mucho
aquella de productos básicos. Por lo general, las economías más
industrializadas han experimentado el mayor crecimiento en
términos de comercio. La economía estadounidense, hasta ahora
aislada e insular, se ha convertido en un importante participante
como nodo en este sistema de comercio finamente equilibrado.
A finales de los años 70 los principales circuitos de este sistema
73  Ronald Rogowski, Commerce and Coalitions: How Trade Affects Domestic Political
Alignments (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1989), 88.
74  Rosecrance, The Rise of the Trading State.
238 Globalizando la hegemonía estadounidense

eran los siguientes: (1) un déficit comercial manufacturero de


EE. UU. con Asia oriental (carros, electrónicos, ropa) compen-
sado con un superávit con Europa (computadoras, aeronáutica);
(2) un superávit comercial neto de los EE. UU. con América La-
tina compensado con un egreso de inversiones directas desde
EE. UU., principalmente hacia Brasil y México; (3) Déficits ma-
nufactureros europeos con EE. UU. y Asia oriental compensado
con superávits con África; y (4) los superávits japoneses con Eu-
ropa y EE. UU. compensados con pagos por concepto de energía
y materias primas y la exportación de capital hacia EE. UU., Asia
oriental y a otros lugares.75
En los años 80 este sistema comenzó a desestabilizarse de-
bido a la crisis de la deuda y una sobre expansión del déficit
comercial de EE. UU. con Japón y Asia oriental. Desde la déca-
da de los 90, en la medida en que la crisis de la deuda se hizo
crónica más que aguda, el surgimiento de China como un socio
comercial de EE. UU. ha tendido a socavar el equilibrio en el sis-
tema, junto a la intervención de los Gobiernos chino y japonés
para evitar que los tipos de cambio de sus monedas con respec-
to al dólar estadounidense aumentaran y por ende perjudicaran
la competitividad de sus exportaciones. Cada parte tiene interés
en mantener el equilibrio dentro de los límites, dada la magnitud
de los flujos de capital transfronterizos y la dependencia mutua
del mercado del otro. Por ejemplo, la inversión directa de Japón
en EE. UU. ha sustituido cada vez más productos fabricados en
los EE. UU. por aquellos importados desde Japón. La dependen-
cia china de los EE. UU. como un mercado final para muchas de
sus exportaciones limita sus posibilidades de desafiar la política
cambiaria estadounidense, pero la dependencia estadounidense
de China en cuanto a productos que ya no manufactura también
limita la influencia del Gobierno de EE. UU. sobre las políticas
económicas de China.
En esta porosa economía mundial promovida por el estilo
capitalista estadounidense es un error analizar la perspectiva
doméstica de cualquier país como si se tratase de un mundo
en sí mismo. El capital y los bienes ahora fluyen con la relativa
facilidad de una región a otra. En efecto, podría argumentarse
que a partir del 2003, China y Japón permitieron a EE. UU.

75  Davis, Prisoners of the American Dream, capítulo 6.


HEGEMONÍA 239

mantener el actual déficit contable creando inmensas reservas


de dólares que luego usaron para apuntalar la tasa de cambio
del dólar contra el yuan y el yen. Tomando en cuenta el estado
del presupuesto federal de EE. UU. y el enorme déficit de su
balanza de pagos en 2004, es más que irónico que el gasto mili-
tar estadounidense, por ejemplo, diseñado para proyectar a los
EE. UU. como el “único súper poder que queda” en el mundo,
haya terminado dependiendo de China y Japón para gran parte
de su financiamiento. A finales del 2004, los extranjeros eran
dueños de un tercio de los Bonos del Tesoro de EE. UU., entre
los cuales China y Japón contaban con alrededor de la mitad.
Por supuesto esto limita la capacidad de acción de EE. UU. para
forzar cualquier cambio en las políticas cambiarias de China y
Japón. El balance final para los EE. UU. cerca de 2004 es que la
manufactura a nivel nacional en EE. UU., socavada por la com-
petencia china y japonesa, ha sido sacrificada para mantener el
despilfarro presupuestario del Gobierno federal estadouniden-
se y para servir a los intereses de las empresas multinacionales
estadounidenses (y otras) cuyas fábricas se encuentra ubicadas
en China. Los desequilibrios en la economía mundial son conse-
cuencia de la creciente especialización geográfica que representa
la fuerza motriz de la globalización económica. Pero aún cuando
los desequilibrios amenazan con estallar, las partes involucra-
das están tan fuertemente vinculadas que les resulta más bene-
ficioso comprometerse mutuamente que ver los desequilibrios
como un juego suma-cero en el que el ganador se lleva todo.
Esta es la esencia de una economía mundial desterritorializada
pero aún en gran parte regulada por los Estados.
Segundo, las empresas multinacionales estadounidenses
han sido importantes agentes en la promoción de una economía
mundial más abierta. Por ejemplo, como se mencionó anterior-
mente, aún cuando el porcentaje total de las exportaciones mun-
diales de la economía territorial de los EE. UU. disminuyó en un
25 % entre 1966 y 1984, las empresas con sede en EE. UU. con-
taban con la misma proporción de exportaciones mundiales de-
bido a sus operaciones mundiales.76 Incluso empresas pequeñas
se han “internacionalizado”. En un primer momento, a menudo
dependen de empresas conjuntas, asociaciones y acuerdos de

76  Lipsey y Kravis, “The Competitiveness and Comparative Advantage of U. S. Multinationals”.


240 Globalizando la hegemonía estadounidense

concesión de licencias. La expansión en el extranjero puede ser


renuente, diseñada para diversificar mercados y ganar accesos
a la demanda internacional más que para conquistar porcenta-
jes del mercado mundial. Pero ello ilustra la presión general por
“competir internacionalmente para ser exitoso”, independiente-
mente del tamaño de la empresa.77 De manera determinante, las
empresas estadounidenses se han asociado fundamentalmente
con multinacionales de todo el mundo, desde China y Corea del
Sur hasta Europa occidental y Japón. Para 1985, las empresas
europeas contaban con el 50 % del total de inversiones extran-
jeras directas (IED) del mundo. Ahora, las multinacionales no
estadounidenses cuentan con la mayoría de las IED totales. A
excepción de los flujos de capital hacia centros financieros ex-
traterritoriales, las IED en países en desarrollo han disminuido
en los últimos veinte años, salvo en el caso de China y algunos
países del sudeste asiático. Al mismo tiempo, las IED entre Nor-
teamérica, Japón y Europa occidental se han disparado. Entre
1983 y 1989 y nuevamente entre 1992 y 1999, estas IED aumen-
taron aproximadamente tres veces más rápido que la tasa de
crecimiento comercial mundial. Entre 1960 y 1983, el comercio
mundial y las IED habían aumentado a tasas comparables. Para
mediados de los 90, los bienes de propiedad extranjera habían
alcanzado el 57 % del producto interno bruto mundial, mientras
que en 1980 habían representado únicamente el 18 % del total.78
La “nacionalidad” de las empresas se encuentra cada vez menos
relacionada con la distribución de sus activos.
Tercero, incluso la economía japonesa, relativamente protec-
cionista y la segunda más grande del mundo después de EE. UU.,
se encuentra cada vez más internacionalizada y sujeta a tensio-
nes generadas en el extranjero.79 Por ejemplo, la “crisis” de va-
rias economías asiáticas en 1997-1998 tuvo un impacto negativo
sobre Japón debido a su fuerte participación en la región a tra-
vés de exportaciones, inversión y producción. A partir de finales
de los 80, los activos extranjeros de empresas japonesas se han
hecho comparables a los estadounidenses. Al igual que en el caso
de EE. UU., gran parte de esto es en IED en lugar de bonos o

77  Louis Uchitelle, “Small Companies Go Global”. New York Times, 29 de noviembre, 1989: 1–5.
78  Martin Wolf, “The Dependent Superpower,” 11.
79  C. Higashi y G. P Lauter, The Internationalization of the Japanese Economy (Boston: Klu-
wer 1987).
HEGEMONÍA 241

inversión de cartera. La creciente apertura de la economía japo-


nesa es además evidente en el papel creciente del yen en transac-
ciones internacionales, particularmente en Asia; en la importan-
cia del banco central japonés en las finanzas mundiales; y en los
vínculos que se han establecido con la Unión Europea, EE. UU.,
Asia oriental, México y Rusia, a través de las IED.
Cuarto, el sistema financiero mundial está cada vez más
globalizado. Las exigencias de los inversionistas instituciona-
les, tales como fondos de pensiones y compañías aseguradoras,
por carteras más diversificadas; la desregulación de los merca-
dos bursátiles nacionales; y lo voluble de las tasas de cambio de
divisas han resultado en una transnacionalización financiera.
La desregulación en los años 80, particularmente en Londres
y Nueva York, motivó el desarrollo de nuevos productos finan-
cieros tales como los bonos basura, fondos derivados y fondos
especulativos. Para atender a su clientela a nivel mundial, mu-
chos mercados financieros ahora trabajan las 24 horas del día
y sin una supervisión gubernamental atenta. Trabajan con una
mezcla de monedas: el dólar estadounidense, que todavía figura
como moneda dominante, y otras monedas, particularmente el
euro y el yen, que han adquirido cada vez mayores funciones
de reserva. Estas tendencias financieras han redefinido el espa-
cio para una soberanía monetaria nacional, al potenciar flujos
transfronterizos de capital cada vez más rápidos e intensos. La
amenaza de las fugas de capital impide a los Gobiernos seguir
políticas contra-inflacionarias rigurosas y limita la expansión
fiscal. Esto fija evidentes límites a los gastos sociales del Gobier-
no cuando estos son considerados inflacionarios y que pueden
incrementar las tasas de interés y perjudicar el crecimiento del
sector privado. Dichas tendencias además aumentan la vulne-
rabilidad de los sistemas bancarios nacionales en vista de las
prácticas más flexibles y la rotunda criminalidad de los bancos
que operan fuera de los canales nacionales regulados.
Quinto, numerosas instituciones y grupos sociales han surgi-
do como agentes de la globalización de la producción y comer-
cio. El FMI y el Banco Mundial, por ejemplo, se han hecho ambos
más poderosos y más autónomos de sus Estados miembros de
lo que se pretendía cuando fueron fundados en los años 40. La
OMC, antiguo GATT, ha tenido un difícil comienzo pero de todas
formas representa un foro potencialmente “mayor que la suma
242 Globalizando la hegemonía estadounidense

de sus partes”. Las organizaciones privadas, tales como la Comi-


sión Trilateral y el Foro Económico Mundial intentan construir
un consenso internacionalista entre los principales empresarios,
periodistas y académicos de EE. UU., Europa y Japón.80 Algunos
analistas perciben el crecimiento progresivo de una “burguesía”
internacional o de una clase de ejecutivos de empresas transna-
cionales que son leales a sus empresas más que a sus países de
origen.81 Que estos grupos emergentes se conviertan en importan-
tes actores en la economía mundial como agentes del “liberalismo
transnacional” dependerá en gran medida del éxito que tengan las
organizaciones transnacionales tales como la Comisión Trilateral
y el Foro Económico Mundial en mantener y legitimar una econo-
mía mundial abierta.
Sexto, y finalmente, las fronteras entre Estados están o bien es-
fumándose lentamente por una variedad de flujos, como en el caso
de los Estados dentro de la Unión Europea; transformándose en
oportunidades para la colaboración transfronteriza, como las llama-
das Euroregiones entre países europeos adyacentes y los diferentes
diálogos que han surgido en la frontera irlandesa a raíz del Acuerdo
de Viernes Santo de 1998; o bien cambiando sus puntos de control
efectivo de los bordes de los Estados a los aeropuertos y ciudades
portuarias por donde la mayoría de los inmigrantes, refugiados y
solicitantes de asilo intentan ingresar. Sin embargo, para la mayo-
ría de las personas las fronteras interestatales conservan un signi-
ficado general vinculado al acceso a los derechos de ciudadanía y
la identidad política, el cual ha comenzado a perderse para las em-
presas.82 En efecto, esta es una fuente importante de conflictos
en muchos países relativamente ricos como EE. UU., Francia y
Gran Bretaña, donde inmigrantes provenientes de países pobres
se convierten en el blanco principal de movimientos políticos
ansiosos de restaurar los controles fronterizos para restablecer
una homogeneidad cultural nacional. Una de las consecuencias
del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU.
ha sido el incremento en los controles fronterizos del país aún
cuando su economía todavía depende de entradas masivas de
80  Gill, American Hegemony and the Trilateral Commission.
81  Para un análisis profético en particular, véase Richard L. Sklar “Postimperialism A Class
Analysis of Multinational Corporate Expansion”. Comparative Politics 9 (1976): 75-92.
82  Véase, por ejemplo, David Newman, ed., Boundaries, Territory and Postmodernity (Lon-
dres: Frank Cass, 1998); Malcolm Anderson y Eberhart Bort, The Irish Border: History, Poli-
tics, Culture (Liverpool: University of Liverpool Press, 1999).
HEGEMONÍA 243

capital y bienes provenientes del extranjero. Pero imponer una


serie de límites simples “interior-exterior” en el país frente a los
imperativos de la globalización no será una tarea fácil.
Esta nueva economía mundial no es ni inherentemente es-
table ni irreversible. En particular, los volúmenes totales del
comercio internacional y de los flujos de inversiones extranje-
ras directas podrían ser limitados por un crecimiento de los blo-
ques comerciales mundiales y regionales, tales como la Unión
Europea y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN), los cuales desvían el comercio y las inversiones hacia
circuitos mejor protegidos y reducen los flujos mundiales que se
han expandido en los últimos años, debido a la incapacidad de
muchos países del mundo de obtener beneficios de la globaliza-
ción, y por la dificultad para reformar las instituciones interna-
cionales (desde el sistema de las Naciones Unidas hasta el FMI
y el Banco Mundial) para hacerlas más abiertas y democráticas.

Fragmentación

Bajo los rígidos bloques militares de la Guerra Fría y pre-


vio al surgimiento del “régimen de acceso a los mercados” en
los años 70, las mejoras en los ingresos per cápita, las políticas
económicas regionales y la represión estatal generaron un or-
den mundial en el que el Estado y la sociedad eran mutuamente
determinantes. Sin embargo, con la globalización, un proceso
de desarrollo económico cada vez más desigual, el retiro de
las políticas regionales frente a las presiones para aumentar la
competitividad “nacional” en la economía mundial y la desa-
parición del socialismo de Estado en casi todos los países salvo
en unos pocos puestos de avanzada como Cuba, Laos y Corea
del Norte han puesto en duda esta ecuación. El crecimiento del
faccionalismo dentro del Estado, el localismo, el regionalismo y
el separatismo étnico, por lo tanto, han sido interdependientes
de la globalización económica.
Esta creciente fragmentación parece tener dos aspectos parti-
culares. El primero es la redefinición de los intereses económicos
desde la escala nacional a la regional, local y de grupos étnicos.
En segundo lugar está el cuestionamiento de la identidad política
244 Globalizando la hegemonía estadounidense

como un fenómeno únicamente de los Estados existentes. El pri-


mero de estos aspectos es el resultado directo de la desaparición de
la economía nacional como elemento básico de la economía mun-
dial.83 La reestructuración económica ha significado un colapso de
la especialización económica regional-sectorial en las industrias
establecidas (vehículos en Detroit, acero en Pittsburgh, etc.) y la
descentralización de la producción en múltiples locaciones, inclu-
yendo muchas en otros Estados. Al mismo tiempo, los mercados
están cada vez menos organizados en territorios meramente na-
cionales. Una consecuencia política importante ha sido la redefi-
nición geográfica de los intereses económicos. Las áreas locales
ahora están vinculadas directamente con los mercados mundiales
en donde deben competir con otras localidades y regiones por in-
versión. Mientras tanto, las actividades económicamente estimu-
lantes y regulativas de los Gobiernos nacionales se han debilitado
y se han hecho menos efectivas. Dirigidas a una economía nacional
que se ha fragmentado en regiones y sectores, las políticas guber-
namentales ya no pueden proteger a las comunidades locales o
grupos étnicos de los impactos de la competencia, o redistribuir
recursos rápidamente hacia áreas en decadencia o más pobres.
El resultado neto, como muestra el capítulo 7 con más deta-
lle, ha sido un alza substancial en las desigualdades de ingreso
dentro de los países, incluso si se tratase de un contexto de alza
generalizada de los ingresos promedio a nivel mundial (lo que
se explica particularmente con el caso del impresionante creci-
miento económico de China, y en menor medida, de la India).
La tendencia hacia una mayor polarización (entre regiones y
categoría de ingresos) ha sido mucho mayor dentro de los paí-
ses que entre los países. En otras palabras, relativamente más
del total de las desigualdades de ingresos a nivel mundial ahora
se explican por la desigualdad dentro de los países que por la
desigualdad entre ellos, aún cuando las diferencias entre países
en lo que respecta a países pobres (como categoría) también
han aumentado.
El otro aspecto de la fragmentación ha sido impulsado por el
desmoronamiento de las economías nacionales, pero tiene que
ver más con el surgimiento de nuevas identidades políticas so-
bre la base de viejas pero revitalizadas divisiones étnicas.84 Los
83  Allen J. Scott, Regions and the World Economy (Oxford: Oxford University Press, 1998).
84  Guntram H. Herb y David H. Kaplan, eds., Nested Identities: Nationalism, Territory, and
HEGEMONÍA 245

últimos veinte años han sido partícipes de la proliferación de


movimientos políticos con objetivos secesionistas o autonomis-
tas. En Europa occidental esta tendencia puede estar relaciona-
da a la redundancia creciente de Gobiernos nacionales con el
auge de poder de la Unión Europea y los crecientes niveles de
precariedad relativa entre regiones y grupos étnicos. En Europa
oriental y en la antigua Unión Soviética, la reivindicación de las
identidades étnicas tiene que ver más con la desaparición de
Gobiernos nacionales fuertes, el agotamiento del socialismo de
Estado como una ideología que incorporaba a las élites étnicas
y el ajuste de antiguas cuentas políticas de un pasado lejano.
En África, y hasta cierto punto en otros lugares, el desarrollo
económico a nivel nacional y la consolidación nacional están
siendo sacrificadas a favor de intereses étnicos y regionales, lue-
go de la euforia inmediata de la independencia y la estasis im-
puesta por la Guerra Fría. Ahora estos deben buscar fortuna en
un mundo en que el poder de sus Estados, tan debilitado como
pueda estar, se ve cada vez más cooptado por instituciones in-
ternacionales como el FMI y Banco Mundial. Como resultado,
los límites entre regiones y localidades dentro de los países, en
tanto los más significativos desde la perspectiva de la vida social
cotidiana para muchas personas, desafían cada vez más los lí-
mites que aparecen en el mapa político mundial. En Sudán, por
ejemplo, la división norte-sur es políticamente más importante
que la división entre Sudán y sus países vecinos. Este proceso
no ocurre sólo en África. En Irlanda, por ejemplo, mientras la
frontera entre el norte y el sur conserva una importancia polí-
tica simbólica, los límites entre ciudades vecinas como Belfast
y la brecha económica entre Dublín y las zonas rurales del oc-
cidente de Irlanda son más importantes en cuanto a la vida co-
tidiana de sus ciudadanos. Una consecuencia de las divisiones
político-económicas y étnicas dentro de los países ha sido una
creciente descentralización de funciones normativas y adminis-
trativas a las regiones y localidades.85

Scale (Lanham, MD: Rowman and Littlefield, 1999).


85  Andrés Rodríguez-Pose y Nicholas Gill, “The Global Trend Towards Devolution and Its
Implications”. Environment and Planning C: Government and Policy 21 (2003): 333–351;
Darel E. Paul, “Re-scaling IPE: Subnational States and the Regulation of the Global Political
Economy”. Review of International Political Economy, 9 (2002): 465–489.
246 Globalizando la hegemonía estadounidense

Conclusión

La globalización contemporánea no es un simple resultado


del cambio tecnológico, la propagación de la modernidad o la
atracción intelectual de economías liberales. Todos estos fenó-
menos pudieron haberse dado sin el surgimiento de la particular
lógica geográfica que marca el presente de la economía mundial.
Esta lógica proviene de la influencia dominante ejercida sobre la
economía mundial a lo largo de los últimos 50 años por parte del
Gobierno estadounidense, poniendo en práctica a nivel mundial
y frente a una variedad de poderes compensatorios, una disposi-
ción ideológica y una serie de políticas inicialmente desarrolla-
das dentro de EE. UU.
La hegemonía estadounidense –el patrocinio y naturaliza-
ción de una sociedad de mercado– ha pasado por dos fases prin-
cipales desde la Segunda Guerra Mundial, cuando EE. UU. surge
como uno de los grandes vencedores. En la primera fase de los
acuerdos de Bretton Woods, el Gobierno estadounidense sirvió
como el prestamista mundial en última instancia, instituyó una
serie de organizaciones internacionales económica y políticas
para el manejo multilateral de la economía mundial, e integró
una economía mundial libre a través de la organización de alian-
zas en contra de su mayor adversario: la Unión Soviética. En los
años 70, la primera parte de este sistema representó un serio
problema desde una perspectiva estadounidense. Bajo el siste-
ma Bretton Woods el Gobierno de los EE. UU. no pudo deva-
luar el dólar estadounidense para estimular sus exportaciones
nacionales ni el crecimiento de su economía doméstica. De esta
manera, la economía mundial más abierta y libre que se produjo
a principios de los 70 irónicamente había tenido origen en las
acciones egoístas del Gobierno estadounidense.
El régimen de acceso al mercado para el comercio y las inver-
siones directas extranjeras que ha reemplazado al viejo sistema
de Bretton Woods se ha basado en acelerar el sistema financiero
mundial, disgregando las economías nacionales en partes geo-
gráficas diferenciadas; hacer uso de las instituciones resultantes
de los acuerdos de Bretton Woods (en especial el FMI y el Banco
Mundial) para disciplinar a los Estados que apuestan por políti-
cas económicas inconformistas; y tener a EE. UU. como ejecutor
HEGEMONÍA 247

de normas de conducta política y económica a nivel mundial,


aún si las consecuencias fiscales para la economía territorial
estadounidense son graves. Empezando con la administración
Reagan en 1981, se han llevado a cabo una serie de audaces in-
tentos por restablecer la centralidad estadounidense en la eco-
nomía mundial, aún mientras se promueve la globalización.
Sin embargo, si lo que ahora parece una paradoja es en efecto
sostenible, está abierto al debate. Los siguientes dos capítulos
abordan, respectivamente, las desigualdades y las dinámicas de
la nueva economía mundial y los impactos de la globalización
sobre el propio EE. UU.
249

7 | La nueva economía global

E
n estudios recientes de la economía mundial que aluden al
impacto de la globalización, la idea de “compresión tiem-
po-espacio” o sus equivalentes han dominado el debate entre
geógrafos y muchos otros.1 Esta idea plantea que los cambios
revolucionarios en las tecnologías de la comunicación y el trans-
porte están generando una nueva economía mundial. En este
capítulo cuestiono la idoneidad de esta idea para comprender el
curso de la economía mundial contemporánea y el nuevo desa-
rrollo desigual que está produciendo. En su lugar, planteo la im-
portancia del rol geopolítico de los EE. UU. y la visión del orden
económico mundial –liberalismo transnacional– que, a partir de
los años 70, el Gobierno estadounidense ha apoyado activamente,
tanto unilateral como multilateralmente, en el surgimiento de un
nueva economía de espacio global y su estructura geográfica. En
esta perspectiva, los cambios tecnológicos han sido capacitadores
y prometedores más que determinantes por sí solos.
Comienzo con una breve discusión acerca de cómo el es-
pacio o la territorialidad definidos por el Estado ha tendido a
monopolizar la concepción del desarrollo económico. Luego pre-
sento un estudio crítico de las diversas corrientes de la literatu-
ra emergente que perciben la compresión tiempo-espacio como
fundamental en la transformación de la economía mundial en
una economía de espacio global. Dos corrientes se distinguen
por su énfasis en la singularidad del presente, sugiriendo que la
“compresión tiempo-espacio” contemporánea augura un mundo
postmoderno en el que los espacios territoriales fijos de la mo-
dernidad no se corresponden con un nuevo mundo de espacios
caleidoscópicos y entrecruzados en el que la velocidad vence a
las representaciones geográficas establecidas. Una de estas co-
rrientes sigue concentrándose en el rol de los agentes de capital
en la creación de este nuevo mundo, mientras que la otra intenta
destacar el impacto de las nuevas tecnologías de comunicación
1  David Harvey, The Condition of Postmodernity (Oxford: Blackwell, 1989).
250 La nueva Economía Global

y representación tales como la transmisión de noticias 24 horas,


el internet y los nuevos sistemas armamentísticos. Una tercera
corriente percibe una mayor continuidad entre el presente y el
pasado en la configuración del espacio global. En esta perspec-
tiva, los nuevos espacios locales interrelacionados con espacios
territoriales existentes producen un patrón de mosaico para el
desarrollo mundial, con fuerzas tanto locales como mundiales
liderando el proceso. No es evidente lo que es completamente
nuevo sobre gran parte de todo esto. La geografía económica del
mundo lleva mucho tiempo siendo producto de una mezcla de
presiones globalizantes y localizantes. Lo que representa una no-
vedad es un contexto geopolítico diferente en el cual la hegemo-
nía estadounidense opera ahora sin las limitaciones de la Guerra
Fría. Por lo tanto, en una tercera sección recapitulo brevemente
el caso de la geopolítica de la globalización planteado con más
detalle en capítulos anteriores. En sintonía con este argumento,
una cuarta y última sección ofrece evidencia del surgimiento de
un patrón de desarrollo mundial desigual – en términos de des-
igualdades de ingresos mundiales que muestran una creciente
polarización entre clases y regiones dentro de los países– para lo
cual el régimen de acceso a los mercados mundiales impulsado
por el Gobierno estadounidense ofrece una explicación histórica
más completa que la que ofrece la compresión tiempo-espacial o
cualquier otra explicación tecnológica-económica relacionada.

Los Estados y el espacio territorial

Desde un punto de vista, el espacio territorial es inerte. Es


simplemente la superficie geográfica sobre la cual las ideas y
prácticas físicas, sociales y económicas ejercen su influencia.
Pero en vista de que el impacto de las prácticas e ideas es histó-
ricamente acumulativo y geográficamente diferenciador, puede
llegar a pensarse que el espacio tiene efectos a largo plazo en la
conducta de la vida humana debido a la propia inequidad de la
distribución espacial de los recursos físicos y de las capacidades
humanas. En este sentido, el espacio se convierte en un lugar o
un “espacio vivido”: las configuraciones humanamente construi-
das para la acción política y social. La geografía contemporánea
HEGEMONÍA 251

ha dejado de lado la visión que en su momento fue característi-


ca de muchos de sus estudiosos angloamericanos y alemanes en
la que la geografía física es determinante de otros aspectos de
la diferencia geográfica a través de escalas geográficas, desde lo
local a lo global. Por el contrario, las prácticas sociales y econó-
micas ahora son vistas como fundamentales para la creación de
diferencias geográficas de todo tipo.
En el ámbito político moderno, el espacio vivido ha esta-
do casi siempre asociado a la idea de la territorialidad estatal;
la política se trata de modos de gobierno dentro de ellos y de
patrones de conflicto y cooperación entre territorios o espacio
estrechamente vinculados de los Estados modernos. Sin embar-
go, esta interpretación de la asociación entre política y espacio
es razonablemente problemática tanto desde un punto de vista
histórico como geográfico. La relación Estado-territorio no es solo
una relación reciente sino que es además una relación que jamás
ha derrotado del todo a otros tipos de geografía política (tales como
parentescos basados en la red y las relaciones ciudad-estado o siste-
mas políticos imperiales de centro-periferia) alrededor del mundo.
Al escribir sobre Estados “fallidos” o “cuasi Estados” en lugares
tan diversos como África oriental o el sur de Europa, por ejem-
plo, con frecuencia se pasa por alto el hecho de que la ausen-
cia de una burocracia estatal en funcionamiento a lo largo del
territorio de un Estado determinado no implica la ausencia de
política o de acuerdos de gobernanza alternativos en funciona-
miento de forma no territorial.
Por lo tanto, el “espacio político” no puede reducirse a la terri-
torialidad del Estado por dos razones. Primero, los Estados se ven
enfrentados, siempre y en todas partes, contra formas de política
que no se corresponden con las fronteras del Estado en cuestión.
Por ejemplo, algunas localidades tienen políticas de parentesco o
patronazgo, otras tienen políticas étnicas o irredentistas orientadas
o a la autonomía o a la secesión, y otras apoyan a movimientos
políticos contrarios a los acuerdos constitucionales del momento,
incluyendo la distribución de poderes gubernamentales entre
diferentes niveles de Gobierno dentro del Estado. Segundo, las
fronteras de los Estados son permeables, y cada vez más, ante un
amplio flujo de ideas, inversiones, bienes y personas que abren
los territorios a influencias más allá del alcance geográfico de los
actuales poderes gubernamentales.
252 La nueva Economía Global

El punto es que la territorialidad representa un solo tipo


de espacialidad o de forma en que el espacio es constituido so-
cialmente y movilizado políticamente.2 La territorialidad tiene
siempre dos características: bloques de espacio rígidamente de-
limitado y la dominación o el control como la modalidad política
sobre la cual se erige tal delimitación. Esto bien puede ser poder
legítimo –es decir, ejercido con autoridad (burocrática o caris-
mática), pero en última instancia depende de la demarcación a
través de la dominación.3 El poder autoritario, que implica or-
den y obediencia, también puede operar sobre largas distancias
(por ejemplo, a través del despliegue de medios militares), pero
esto tiene menos posibilidades de generar un impacto sostenido
o legítimo entre las personas con las que entra en contacto. Sin
embargo, esta es una forma de dominación interconectada; está
basada en el control sobre los flujos a través de redes que abar-
can determinados espacios, en vez de controles sobre bloques
de espacio. Por el contrario, el poder difuso hace referencia a
un poder que no es concentrado o directamente impuesto, sino
que resulta de patrones de asociación social y de interacción en
grupos y movimientos o a través del mercado cambiario.4 Se
puede territorializar, pero solo en la medida en que las redes
que define estén limitadas territorialmente por un poder autori-
tario. De lo contrario, las redes estarán limitadas espacialmente
únicamente a los propósitos para los cuales fueron formadas.
De esta forma, el poder se genera a través de la asociación y
la afiliación más que de órdenes o dominación.5 Sin embargo,
cuando no están sustentadas por la acción colectiva, las redes
de poder creadas se desintegrarán.
Las redes de la élite corporativa global constituyen uno
de los motores no territoriales emergentes más importante
de la nueva economía mundial.6 Estos incluyen tanto juntas
2  Marie Françoise Durand et al., Le Monde: Espaces et systemes (Paris: Dalloz, 1993).
3  Michael Mann, The Sources of Social Power. Vol. II: The Rise of Classes and Nation- States,
1760–1914 (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1993); John Allen, Hidden Ge-
ographies of Power (Oxford: Blackwell, 2003).
4  Agencias calificadoras de bonos (Standard and Poor’s, etc.) son un ejemplo. Véase, por
ejemplo, Timothy J. Sinclair, “Reinventing Authority: Embedded Knowledge Networks
and the New Global Finance”. Environment and Planning C: Government and Policy, 18
(2000): 487–502.
5  Hannah Arendt, The Human Condition (Chicago: University of Chicago Press, 1958).
6  Véase, por ejemplo, Stephen Gill, American Hegemony and the Trilateral Commission
(Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1990); Leslie Sklair, The Transnational
Capitalist Class (Oxford: Blackwell, 2001) para un claro enfoque sobre la desnacionalización
HEGEMONÍA 253

directivas corporativas interconectadas y grupos de políti-


cas mundiales (tales como la Cámara de Comercio Internacio-
nal [CCI], las Conferencias Bilderberg, La Comisión Trilateral, el
Foro Económico Mundial, y Consejo Empresarial Mundial para
el Desarrollo Sostenible [CEMDS]). Mientras las juntas directivas
corporativas representan las operaciones de diversos intereses
empresariales, los grupos de políticas mundiales proporcionan
una agenda mucho más abiertamente política en la represen-
tación de los objetivos de diferentes variedades de liberalismo
transnacional, desde el capitalismo de laissez faire del CCI has-
ta el evidentemente regulador CEMDS. A pesar de que muchas
empresas aún conservan importantes “sedes principales” con res-
pecto a la contratación de directivos al igual que de operaciones,7
estos están cada vez más políticamente entrelazados a través de
redes transnacionales que unen a las empresas tanto directa como
indirectamente a través de los diversos grupos de políticas. Por
ejemplo, los sociólogos Carroll y Carson han demostrado empíri-
camente cómo los cinco grupos de políticas mundiales más impor-
tantes están relacionados a través de juntas directivas interconec-
tadas y cómo cada uno, sucesivamente, realiza una contribución
particular a la hegemonía capitalista transnacional al generar un
consenso entre élites corporativas mundiales y al abogar por sus
versiones del liberalismo transnacional ante audiencias y Gobier-
nos. Éstas van desde comercio libre sin restricciones y moneta-
rismo, hasta versiones más reguladas que se centran en alcanzar
objetivos comunes a través de la colaboración internacional.8 A
pesar de estar fuertemente centralizada alrededor de unos pocos
líderes empresariales cosmopolitas, la red se extiende de manera
desigual a través de grandes corporaciones alrededor del mundo.
Por consiguiente, en la perspectiva geográfica existe un
desequilibrio entre el énfasis abrumador en las ciencias so-
ciales contemporáneas sobre los Estados territoriales como
los principales vehículos de gobernanza y el mundo geográfica-
mente abigarrado que el Gobierno territorial actual es incapaz

de las élites capitalistas.


7  Peter Dicken, “Placing Firms: Grounding the Debate on the ‘Global’ Corporation,” en Re-
making the Global Economy: Economic-Geographical Perspectives, ed. Jamie Peck y Henry
Wai-chung Yeung (London: Sage, 2003).
8  William K. Carroll y Colin Carson, “Forging a New Hegemony? The Role of Transnational
Policy Groups in the Network and Discourses of Global Corporate Governance”. Journal of
World-Systems Research, 9 (2003): 67-102.
254 La nueva Economía Global

de administrar y representar por sí mismo. La literatura ha


comenzado a evolucionar hacia una geografía que aborde los
orígenes de este impasse político. Gran parte de ello tiene que
ver con la idea de la compresión tiempo-espacio.

La compresión tiempo-espacio
y el fin de la historia

Para principios del siglo XX parecía evidente que el filósofo


alemán, y profeta del mundo de los Estado-nación territoriales,
G.W.F Hegel, había dado en el clavo cien años atrás. Tal como
Hegel lo había pensado, la historia parecía haber terminado con
la llegada del Estado-nación europeo y el Estado-nación parecía
ser la más grande forma de gobernanza, aceptada en cuanto re-
presentaba la esencia fundamental de la civilización occidental.
Ahora un nuevo final de la historia ha aparecido. Sin embargo,
esta vez se trata de uno en el que lo global sustituye al Estado.
Esta facilidad con la que el espacio es ahora superado militar,
económica y culturalmente se percibe como la creación de un
mundo en el que “todo lo que es sólido se derrite en el aire”,
tomando una frase de Karl Marx. El capital ahora se mueve
alrededor del mundo con tan solo pulsar un botón, los bienes
pueden ser transportados a través de grandes distancias a cos-
tos relativamente bajos gracias a la contenedorización y demás
innovaciones, íconos culturales representados por tales pro-
ductos como blue jeans o latas de refrescos son reconocibles en
todo el mundo, y la Tecnología Furtiva perjudica la capacidad
del poder militar territorial para ejercer el control sobre su es-
pacio aéreo. Está surgiendo un nuevo mundo postmoderno en
el cual las viejas normas de organización espacial basadas en la
disminución de las distancias lineales de los costos de transpor-
te, y los efectos de la externalidad territorial se han roto.
Bajo la nueva “acumulación flexible” asociada a la globali-
zación, los atributos únicos de ciertos lugares pueden adquirir
un mayor valor en virtud de lo que pueden ofrecer a un capital
cada vez más móvil, desde tipos específicos de mercado labo-
ral hasta incentivos fiscales. La necesidad de acceso rápido a la
información ha privilegiado a aquellas “ciudades cosmopolitas”
HEGEMONÍA 255

que tienen buena conectividad en relación a otros lugares. La dis-


ponibilidad local de iniciativas empresariales, de capital de ries-
go, conocimientos técnicos y capacidades de diseño genera una
diferenciación entre lugares “atractivos” y “no atractivos” para
la inversión. Al mismo tiempo, el gusto de los consumidores es
cada vez más volátil, sometido a la manipulación publicitaria y
al declive de los marcadores de status distintos de aquellos de
consumo. Los mercados especializados o de nicho, asociados a
diferentes grupos sociales traspasan cada vez más las fronteras
nacionales, dando como resultado mercados transnacionales que
pueden ser abastecidos con productos de fábricas ubicadas en al-
guno de estos países o con bienes que requieren uso intensivo de
mano de obra, producidos en cualquier lugar en el que los costos
laborales sean más bajos.
Para David Harvey, uno de los defensores más persuasivos
de la compresión tiempo-espacio como la causa de la reciente
globalización, la “condición de la postmodernidad” no significa
la importancia decreciente del espacio (o por lo menos no por
ahora).9 Por el contrario, representa la última ronda de la ani-
quilación a largo plazo del espacio por el tiempo en el capitalis-
mo, pues los capitalistas ahora deben prestar “mayor atención
a las ventajas de ubicación relativas, precisamente porque la
disminución de las barreras espaciales [les] da el poder de ex-
plotar al máximo hasta las mínimas diferenciaciones espaciales.
Las pequeñas diferencias en lo que el espacio contiene en cuanto
a mano de obra, recursos, infraestructuras y demás adquieren
mayor importancia”.10 Políticamente, esto hace a las poblaciones
locales y a las élites cada vez más vulnerables a las depredacio-
nes del capital sin la protección del Estado. Las fronteras de los
Estados desaparecen rápidamente y estos están siendo vaciados.
La diferenciación espacial beneficia a algunas localidades pero
todas están sujetas a la amenaza del retiro de capitales a menos
que se ajusten a sus demandas.
Sin embargo, a fin de cuentas, según la lógica de la compre-
sión tiempo-espacio, el mundo que puede esperarse es uno en
el que las personas ya no tienen realmente importancia en tér-
minos materiales o culturales. En esta perspectiva está implícita
una disminución inminente de la importancia del lugar, ya que
9  Harvey, The Condition of Postmodernity.
10  Harvey, The Condition of Postmodernity, 294.
256 La nueva Economía Global

primero las condiciones tecnológicas y luego las relaciones so-


ciales producirán un espacio global cada vez más homogeneiza-
do dentro del cual la diferencia local será puramente el resultado
de la voluntad humana y probablemente políticamente reaccio-
naria para promover la nostalgia de las diferencias del pasado.
Solo en el aquí y en el ahora hay una mayor diferenciación, a
medida que las nuevas tecnologías aunado al imperativo inmu-
table de la acumulación de capital, funcionan de forma desigual
en todo el mundo posmoderno. Sin embargo, el record histórico
no da muchas esperanzas a esta teleología. La riqueza y el poder
siempre parecen coincidir en algunos lugares y en otros no. No
obstante, en esta oportunidad el patrón corresponde a uno mu-
cho más localizado a aquel asociado con la era del capitalismo
nacional-industrial (fordista) y sus estados de bienestar.
Basándose particularmente en el filósofo Henri Lefebvre,
Edward Soja argumenta que el pensamiento sobre la política del
espacio ha cambiado acompañado por los impactos materiales
sugeridos por Harvey.11 En particular, Soja señala evidencias de
un “giro espacial” en la ciencia social contemporánea en la cual
los enfoques historicistas previamente dominantes son cada vez
más desafiados y desplazados por aquellos en los que el “espacio
vivido” está unido al espacio “percibido” y “concebido” para dar
lugar a una “conciencia espacial compartida… para tomar con-
trol sobre la producción de nuestros espacios vividos”.12 En otras
palabras, las transformaciones recientes en la producción de es-
pacio han estimulado una imaginación espacial crítica, dando
lugar a una nueva “política espacial” que fundamentalmente de-
safía las concepciones histórico-sociales hasta ahora dominan-
tes del cambio político. Desde este punto de vista, el final de la
historia hace referencia a una concepción tanto intelectual y polí-
tica como material.13 No obstante, hasta el momento las ciencias
sociales “normales” muestran poca o ninguna evidencia del “giro
espacial”, pese a la contundentemente lógica argumentación que
11  Véase, por ejemplo, Henri Lefebvre, The Production of Space (Oxford: Blackwell, 1991);
Edward W. Soja, Postmodern Geographies: The Reassertion of Space in Critical Social Theory
(Londres: Verso 1989); Edward W. Soja, Thirdspace: Journeys to Los Angeles and Other Re-
al-and-Imagined Places (Oxford: Blackwell, 1996); Edward W. Soja, “Thirdspace: Expanding
the Scope of the Geographical Imagination”, en Human Geography Today, ed. Doreen Massey
et al. (Cambridge, Inglaterra: Polity Press, 1999).
12  Soja, “Thirdspace”, 277.
13  Robert A. Dodgshon, “Human Geography at the End of Time? Some Thoughts on the Idea
of Time-Space Compression”. Society and Space, 17 (1999): 607–620.
HEGEMONÍA 257

plantea Soja para su llegada.14 Para ellos, citando la famosa frase


del escritor William Faulkner sobre el sur de los EE. UU., “el
pasado no está muerto, no es ni siquiera pasado”.
Al mismo tiempo, la distribución del poder no ha cambiado
mucho. Aún se encuentra concentrado en las manos de relati-
vamente pocos Estados poderosos y actores de mercado domi-
nantes. Las posibilidades de una resistencia organizada a esta
concentración de poder pueden bien incrementar en localidades
que poseen bienes codiciados, pero ciertamente esto no ocu-
rre en aquellas localidades en las que los poderes fácticos es-
tán más que dispuestos a descartarlos como agotados o sin nada
que ofrecer. Las perspectivas de resistencia, por lo tanto, son
geográficamente contingentes a escalas distintas de la nacional
y en diversas localidades, no debido a un nuevo mundo en el
que la conciencia espacial es ahora predominante, sino preci-
samente por el carácter del momento histórico en el que nos
encontramos ahora.
Una segunda corriente al hablar de la compresión tiem-
po-espacio hace mayor énfasis en el rol de la velocidad en la
postmodernidad que en el rol de los lugares locales o en el es-
pacio vivido. De hecho, entendido de esta manera, “el poder del
espacio está superando al poder del lugar”.15 Aceptando la re-
tórica de los gurús del mundo del Internet y de la “tercera ola”,
esta perspectiva percibe el mundo como si estuviese en una
trayectoria tecnológica en la que el espacio global está siendo
“remasterizado” por una imaginación totalmente nueva en la
que los crecientes flujos de información e identidades socavan
las formaciones territoriales modernistas. Con base en autores
como Paul Virilio,16 “los lugares se conceptualizan en términos
de su capacidad para acelerar u obstaculizar los intercambios
de información a nivel mundial”.17 El espacio es concebido no
como “masas fijas de territorio, sino como velocídromos, con
vías de tráfico intenso, con grandes conexiones de banda an-
cha o configuraciones web dinámicas en una red mundial de

14  Véase, por ejemplo, Peter J. Taylor et al., “On the Nation-State, the Global, and Social
Science”. Environment and Planning A, 28 (1996): 1917-1995.
15  Timothy W. Luke y Gearoid Ó Tuathail, “Global Flowmations, Local Fundamentalisms,
and Fast Geopolitics: ‘America’ in an Accelerating World Order”, en An Unruly World? Global-
ization, Governance and Geography, ed. Andrew Herod et al. (Londres: Routledge, 1998), 72.
16  Paul Virilio, Speed and Politics (Nueva York: Semiotext[e], 1986).
17  Luke y Ó Tuathail, “Global Flowmations”, 76.
258 La nueva Economía Global

informaciones en masa”.18 A pesar de haber mucho de cierto en


esta historia, el principal peligro aquí, como lo indica McKen-
zie Wark, es confundir una tendencia hacia el aumento masivo
de los flujos de información con un mundo desterritorializado
donde la ubicación de las personas deja de importar.19 Desde
mi punto de vista, todavía son inmensamente importantes.
Algunos lugares están muy bien conectados mientras otros no
lo están; los medios de comunicación y las compañías publici-
tarias trabajan desde algunos lugares y culturas y desde otros
no. Las simulaciones de los medios de comunicación aún son
diferenciables (para algunas personas) de los peligros y dile-
mas de la vida cotidiana. El ritmo es por sí mismo problemático
y potencialmente perturbador cuando las imágenes e informa-
ción que transmiten conducen a información sobrecargada y fa-
tigante más que a una toma de decisiones acertada y a tiempo
real. El mundo televisivo tan publicitado aún debe interactuar
con un mundo real en el que la mayoría de la gente tiene ruti-
nas cotidianas muy limitadas que los enraíza a lugares bastante
particulares. Pensar que la geopolítica está siendo reemplazada
por la cronopolítica es proyectar el deseo de un mundo sin fron-
teras, característico de un antiguo utopismo, sobre un mundo
real en el que la vieja imaginación geopolítica todavía está muy
viva y presente. La historia aún no ha terminado en la simula-
ción electrónica instantánea. La historia no es lo que vemos en
History Channel.
Una tercera corriente de pensamiento es menos apocalíptica en
cuanto al reciente cambio en la naturaleza del espacio global. Consi-
dera que los cambios recientes en los modos de organización social
y política más territorializados, como las redes corporativas globales
mencionadas anteriormente, surgen de las características previas
de las organizaciones político-económicas globales. Particularmen-
te, hace énfasis en que la organización espacial o la espacialidad del
desarrollo, se construye cada vez más “a través de las interacciones
entre economías de flujo y las economías territoriales”.20 No se trata
de una u otra cosa, sino de cómo se relaciona uno con el otro.
18  Luke y Ó Tuathail, “Global Flowmations”, 76.
19  Mackenzie Wark, Virtual Geography: Living with Global Media Events (Bloomington:
Indiana University Press, 1994), 93.
20  Michael Storper, “Territories, Flows and Hierarchies in the Global Econ- omy”, en Spaces
of Globalization: Reasserting the Power of the Local, ed. Kevin R. Cox (Nueva York: Guilford
Press, 1997), 31.
HEGEMONÍA 259

En esta corriente, se distinguen varias dinámicas territo-


riales-organizacionales diferentes para monitorear mejor la
tendencia hacia la globalización y su desafío a los modos de
regulación y gobernanza establecidos y en gran medida territo-
riales. Las fuentes locales de ventaja conservan un papel que no
puede producir una sustituibilidad de ubicación completa para
las empresas que mueven sus inversiones de un lugar a otro.
Michael Storper, por ejemplo, distingue cuatro dinámicas que
funcionan de manera diferenciada a través de sectores econó-
micos y regiones del mundo:

En algunos casos, la apertura de relaciones internacionales coloca


a los antiguos recursos localmente específicos en una nueva posi-
ción de dominación mundial. En un segundo conjunto de casos,
estos recursos son devaluados por medio de su substitución por
otros productos que ahora penetran dentro de los mercados loca-
les; sin embargo, esto no es un proceso económico sencillo; existe
un intermediario cultural. En un tercer conjunto de casos, la inte-
gración territorial permite la famosa obtención de economías de
escala masivas y de organización, devalúa los recursos localmente
específicos y conduce a una desterritorialización y una penetra-
ción generalizada de los mercados. En un cuarto conjunto de ca-
sos, la integración territorial se enfrenta con la diferenciación y
la desestandarización de al menos algunos elementos cruciales de
la cadena de productos, lo que exige la reinvención de los activos
relacionales específicos del territorio.21

Por lo tanto, la globalización del comercio, de la inversión


directa extranjera y de la producción no se trata solo de una
geografía de flujos emergente sino además de cómo los flujos
encajan y se adaptan a los existentes patrones territoriales o
basados en el lugar del desarrollo económico.
El punto es que la “globalización no genera una única lógica
unidireccional socioespacial”.22 Por el contrario, las condicio-
nes específicas de los territorios aún condicionan muchas re-
laciones de producción y comercio. Por ejemplo, la mayoría de

21  Storper, “Territories, Flows, and Hierarchies”, 35.


22  Kevin R. Cox, “Introduction: Globalization and Its Politics in Question”, en Spaces of
Globalization: Reasserting the Power of the Local, ed. Kevin R. Cox (Nueva York: Guilford
Press, 1997), 16.
260 La nueva Economía Global

las empresas multinacionales aún demuestran fuertes prejui-


cios nacionales en cuanto a actividades de inversión, y la inte-
racción de varias economías externas y “recursos relacionales”
(para usar el término de Storper) otorga diferentes ventajas a
diferentes lugares en la expansión de su base económica. Va-
rios modos de regulación y gobernanza local y a larga distancia
surgen para manejar el proceso de desarrollo. Particularmente,
una tendencia global hacia la devolución del poder a los niveles
más bajos del Gobierno sugiere que las localidades y regiones
han sido bien movilizadas por los Estados para organizar sus
respuestas a las fuerzas del mercado23 o han asumido este papel
ellos mismos dada la incapacidad de los Estados para actuar en
su nombre.24
Cualquiera que sea el resultado preciso en términos de de-
volución de poderes regulatorios, la nueva economía mundial,
bajo las condiciones de acceso a los mercados, está basada en
concesiones específicas para diferentes sectores comerciales
entre los costos/beneficios de las transacciones económicas so-
bre el espacio, por una parte, y por otra los costos/beneficios
de las empresas agrupándose entre ellas.25 El primero se redu-
ce a los costos de transacción espacial, es decir, los costos que
representa el juntar insumos, servir a los mercados, etc., mien-
tras que el segundo involucra las economías externas obtenidas
de la ubicación adyacente a proveedores, competidores, grupos
especializados de mano de obra, etc. (tabla 7.1).
En un primer escenario (similar a la situación que enfrentan
las industrias basadas en recursos básicos), las ventas al por ma-
yor y al por menor, los costes de transporte y/o el acceso directo a
los consumidores orientan las decisiones en cuanto a la ubicación.
Existe muy poco o ningún incentivo para que las empresas se
agrupen. El resultado son patrones de ubicación casi paralelos a la
distribución de recursos y población (1). Un segundo escenario (2)
es aquel en que ambas economías externas son importantes y los
23  Neil Brenner, “‘Glocalization’ as a State Spatial Strategy: Urban Entrepreneurialism and
the New Politics of Uneven Development in Western Europe”, in Remaking the Global Econ-
omy: Economic-Geographical Perspectives, ed. Jamie Peck y Henry Wai-chung Yeung (Lon-
dres: Sage, 2003).
24  Véase, por ejemplo, Jefferey M. Sellers, Governing from Below: Urban Regions and the
Global Economy (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 2002); Andre´s Rodrí-
guez-Pose y Nicholas Gill, “The Global Trend Towards Devolution and Its Implications”. Envi-
ronment and Planning C: Government and Policy 21 (2003): 333-351.
25  Allen J. Scott, “Regional Motors of the Global Economy”. Futures 28 (1996): 391-411.
HEGEMONÍA 261

TABLA 7.1. Combinaciones de costes de transacción espacial


y economías externas

Costes de transacción espacial


Economías externas Bajo Medio Alto
Alto 4 5 1
Bajo 3 6 2
Fuente: Con base en Allen J. Scott, “Regional Motors of the Global Economy” (Motores regionales de
la Economía mundial) Futures 28 (1996): 391-411.

costos de transacción espacial son altos. Esto define la situación


de los distritos industriales y de los complejos de alta tecnología
(como Silicon Valley en California). Las intensas relaciones entre
empresas incentivan la agrupación, pero las grandes entradas de
recursos y la sensibilidad de los mercados de consumidores limi-
tan la aglomeración. En un tercer escenario (3), esencialmente el
de la industrialización de las filiales, las economías externas se in-
ternalizan dentro de las empresas (o alianzas entre las mismas)
y se realizan a través de la dispersión de la producción a lugares
con costos ventajosos (por ejemplo, menores salarios). Un cuar-
to escenario (4) es aquel en donde cualquier actividad productiva
puede desarrollarse en cualquier lugar. Esto sería el mundo de la
compresión del espacio-tiempo en su máxima expresión. Hasta
el momento no existe ningún ejemplo en el mundo real. Es más
probable que se presente un quinto (5) escenario en donde las
economías externas se pueden obtener a distancia, pero los cos-
tos de transacción espacial requieren una ubicación cercana a los
mercados o a las fuentes de insumos. Pero para la nueva econo-
mía mundial es más importante el sexto (6) escenario. En este
caso, las economías externas representan costos de transacción
elevados y espaciales promedio. El resultado neto es un alto in-
centivo a la agrupación. Estas producen las concentraciones de in-
dustrias innovadoras manufactureras y de servicios que conducen
la nueva economía mundial. Las principales beneficiarias de este
proceso son las grandes áreas metropolitanas, dadas sus ventajas
competitivas en los servicios y proveedores que las empresas in-
novadoras necesitan.
Sin embargo, a menudo no queda muy claro qué es lo com-
pletamente nuevo sobre todo esto. La geografía económica
262 La nueva Economía Global

mundial por mucho tiempo ha sido producto de un conjunto de


presiones localizantes y globalizantes, como ha sido menciona-
do por teóricos de los sistema mundiales.26 En el último caso,
un escepticismo genuino con respecto a la base empírica de la
globalización como un proceso universal está vinculada a una
representación bastante economicista de lo que está sucediendo.
Desde esta perspectiva, la producción es el único motor detrás
de la nueva economía mundial. Aquí es donde se necesita una
mayor atención al contexto geopolítico, no para negar la escala/
complejidad del impacto espacial de la globalización sino para
ofrecer una explicación diferente de sus orígenes, novedad e
impacto geográfico. Desde este punto de vista, la globalización
contemporánea tiene sus raíces en la geopolítica ideológica de
la Guerra Fría, con los intentos del Gobierno estadounidense
de revivir la Europa occidental y desafiar la planificación eco-
nómica del estilo soviético, estimulando una “economía liberal”
comprometida con la reducción de los obstáculos al comercio
mundial y a los flujos de capital internacional.27

La geopolítica de la globalización

Por lo tanto, la globalización no solo ocurrió. Fue necesaria


una base política considerable, sin la cual los estímulos tecnoló-
gicos y económicos para una mayor interdependencia económica
internacional no podrían haber tenido lugar. Desde el punto de
vista estadounidense generalizado, idealmente todos los Estados
estarían internacionalizados, abiertos al flujo libre de inversión y
comercio. Esto no solo contrastaba con el carácter cerrado, au-
tárquico de la economía soviética, sino que además tenía como
gran estímulo la idea de que la depresión de los años 30 había
sido exacerbada por el cierre al comercio internacional. En las
cinco décadas posteriores a 1945, el dominio estadounidense
se encontraba en el centro de una notable explosión de lo que
he llamado capitalismo “internacional”.28 Basado en principio
26  Giovanni Arrighi and Beverly J. Silver, Chaos and Governance in the Modern World-Sys-
tem (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1999).
27  Véase el capítulo 6.
28  John Agnew, “The United States and American Hegemony”, en The Political Geography
of the Twentieth Century, ed. Peter J. Taylor (Londres: Belhaven Press, 1993).
HEGEMONÍA 263

en la expansión del consumo masivo dentro de los países más


industrializados, el capitalismo de interacción posteriormente
involucró la reorganización sistemática de la economía mundial
alrededor de aumentos masivos en el volumen del comercio de
bienes manufacturados y de inversión directa extranjera.
A partir de la década de los 70, este sistema comenzó a cambiar
profundamente, augurando el inicio de la explosión contemporá-
nea de la globalización (como se detalla en el capítulo 6). Primero
vino un aumento en los niveles del comercio internacional, parti-
cularmente entre las grandes regiones industrializadas del mun-
do, siguiendo los efectos revolucionarios de la Ronda Kennedy del
Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT)
a mediados de los años 70. A esto le siguió en 1971 la abrogación
por parte de EE. UU. de los Acuerdos de Bretton Woods de 1994,
liberando las monedas de un tipo de cambio fijo al dólar estadou-
nidense a fin de mejorar la deteriorada posición comercial de la
economía estadounidense. Las monedas podían ahora fluctuar
una contra la otra y esto creó el sistema financiero globalizado
que tenemos hoy en día. En tercer lugar vino la globalización de
la producción, asociada a los aumentos dramáticos en los niveles
de inversión directa extranjera. Guiados inicialmente por gran-
des empresas estadounidenses, para la década de los 70 y 80,
empresas europeas, japonesas, entre otras, habían descubierto
los beneficios de la producción en mercados locales (sobre todo,
aquellos de sus principales competidores). Estos beneficios in-
cluían tomar ventaja de las condiciones macroeconómicas (tasas
de cambio, tasas de interés, etc.), evadir aranceles y demás ba-
rreras al comercio directo, y obtener conocimiento de los gustos
y preferencias locales. La inversión directa extranjera ha crecido
vertiginosamente siete veces desde los años 70, hasta aproxima-
damente 400 miles de millones de dólares por año para la déca-
da de los 90.29
Con el colapso del sistema soviético alternativo a partir
de 1989 (debido en gran parte a su incapacidad de cumplir con la

29  Véase, por ejemplo, Robert C. Feenstra, “Integration of Trade and Disintegration of Pro-
duction in the Global Economy”. Journal of Economic Perspectives 12 (1998): 31-50; Richard
Kozul-Wright y Robert Rowthorn, “Spoilt for Choice? Multi-national Corporations and the
Geography of International Production”. Oxford Review of Economic Policy 14 (1998): 74-
92; Jörn Kleinart, “Growing Trade in Intermediate Goods: Outsourcing, Global Sourcing, or
Increasing Importance of MNE Networks?” Review of International Economics 11 (2003):
464-482.
264 La nueva Economía Global

promesa de incrementar la afluencia material), el mercado “es-


tadounidense” se convirtió en prominente a escala mundial. Un
alcance establecido en los años 40 para hacer frente a la amenaza
percibida en casa contra el modelo estadounidense, al exportarlo
al extranjero, ha dado origen a una economía mundial globaliza-
da que va más allá de lo que sus arquitectos pudieran haber pre-
visto en los inicios de la Guerra Fría. Sin embargo, allí es donde
encuentran sus orígenes –no en los recientes cambios tecnológi-
cos o simplemente en las recientes maquinaciones de las grandes
empresas del mundo o de las estadounidenses–. La globalización
tiene orígenes geopolíticos más que meramente tecnológicos.
La globalización también ha tenido efectos dramáticos sobre
la geografía política global, afectando la autonomía política de in-
cluso los Estados más poderosos. Uno de estos efectos es la inter-
nacionalización de una serie de políticas hasta ahora domésticas
que deben cumplir con las normas globales de desempeño. Por
tanto, no sólo son las políticas comerciales las que están sujetas
a definición y supervisión en términos de impacto sobre el ac-
ceso al mercado entre los países, sino también las industriales,
las de responsabilidad sobre el producto, las ambientales y las de
bienestar social. El segundo efecto es el incremento de mercado
global en los servicios, anteriormente prestados y utilizados en
gran medida dentro de las fronteras de un Estado. En parte, esto
refleja el hecho de que muchos bienes fabricados contienen aho-
ra insumos para los servicios –desde la I&D hasta el mercadeo
y la publicidad–. Sin embargo, es también por la revolución de
las telecomunicaciones desde los años 80 que muchos servicios,
desde la banca hasta el diseño y embalaje, pueden ahora prestar-
se a los mercados globales. Finalmente, el incremento del alcan-
ce geográfico de las empresas multinacionales y el crecimiento
de las alianzas empresariales han influido profundamente en la
naturaleza del comercio y la inversión, en detrimento de la iden-
tidad entre los territorios nacionales y los procesos económicos.
Como síntoma de la integración del comercio y la inversión, exis-
ten preocupaciones por las normas, tales como las normas de fis-
calización unitaria, de contenido local para evaluar dónde se ha
agregado el valor en la producción, y de prácticas de competencia
desleal y monopolio.30

30  Véase el capítulo 6 sobre el capitalismo de acceso al mercado.


HEGEMONÍA 265

Ya ninguno de estos ámbitos normativos se encuentra den-


tro del control especial de Estados supuestamente soberanos.
Todos deben vivir en un entorno institucional cada vez más
compartido, incluso EE. UU. Desafortunadamente, tal como
lo demostraron claramente las protestas durante la reunión de
la Organización Mundial del Comercio (OMC) (anteriormente,
GATT) en Seattle, el ámbito institucional en el mundo no está
actualmente abierto a las exigencias democráticas. De hecho,
este mundo globalizado sufre una crisis de gobernabilidad ya
que las instituciones públicas nacionales de la actualidad no
pueden ofrecer el espacio necesario para regular las transaccio-
nes que se expanden cada vez más a escala regional y mundial;
sin embargo, las instituciones globales de la actualidad todavía
actúan como mascotas de los Estados más poderosos y los gru-
pos económicos predominantes.
La economía mundial globalizada se caracteriza por una
geografía de expectativas económicas y de consumo significati-
vamente diferente a la geografía del capitalismo territorializado
de la era colonial y la geografía de las estrategias de desarrollo
nacional del período de la Guerra Fría. La nueva geografía nunca
hubiera surgido sin los cambios fundamentales en la estructura y
regulaciones de la economía mundial que han tenido lugar bajo el
patrocinio estadounidense desde los años 70. La nueva economía
global tiene tres características significativamente particulares.
La primera es que se enfoca en una red mundial de ciudades, en
vez de enfocarse en las economías nacionales dominantes. Esto
se debe en parte a la lógica, desde el punto de vista económico,
de las altas economías externas y los costos promedio de las tran-
sacciones según el espacio para las empresas, como se señaló an-
teriormente. No obstante, esto nos lleva a preguntarnos por qué
están en aumento las empresas que presentan esta estructura de
costos. Una razón se basa en que los sectores directivos de la nue-
va economía global prestan servicios financieros y comerciales,
tales servicios bancarios, agencias de publicidad, consultorías de
mercado, escritorios jurídicos y compañías de seguros; medios y
empresas de comunicación; servicios inmobiliarios, administra-
tivos y los servicios de atención al consumidor que los sostienen.
Todos estos entes se encuentran bien localizados en las grandes
ciudades. Las fábricas se ubican cada vez más en el interior o en
zonas exclusivamente industriales.
266 La nueva Economía Global

Lo importante de este argumento es que el poder sobre


otros sectores y la definición de la vanguardia del consumo es-
tán cada vez más concentrados en una jerarquía de ciudades
en el mundo. Esto constituye la nueva geografía del poder, no
sólo para dominar otros lugares sino también, con la ayuda de
organizaciones afiliadas, para darles un papel preponderante a
las capitales del mundo en la economía global en general. Los
“centros de comando globales” para dicho sistema son las ciu-
dades de Nueva York y Londres, pero las redes que los unen
se extienden por todas partes, con conexiones más densas en
Europa y América del Norte (con una extensión significativa en
Asia Oriental) que en otras partes, sobre todo con respecto a las
“ciudades de entrada” que acceden a territorios circundantes
para operaciones industriales, tales como Hong Kong para las
costas del sur de China.31
Una segunda característica es la centralidad del consumo y
la distribución en un mundo en el que la vida diaria para mu-
chas personas es cada vez más globalizada. Paralelamente al
incremento de los índices de movilidad física, sobre todo en las
capitales del mundo, existe una exposición vertiginosamente
mayor a las imágenes, productos y prácticas que circulan a tra-
vés de los diversos medios de comunicación. Tal como lo expli-
ca Bruce Robbins: “Estamos conectados a todo tipo de lugares,
causalmente e incluso conscientemente, incluyendo aquellos a
los cuales nunca hemos ido y quizás hemos visto sólo en tele-
visión”.32 Este es el mundo del “ecúmene global” de Ulf Han-
nerz en el que, en vez de haber una yuxtaposición de culturas
separadas arraigadas en diferentes lugares, existe un sistema
complejo de expansión a larga distancia de imágenes, bienes
y personas que se movilizan según los valores de intercambio
de una sociedad de mercado global.33 En muchas partes del
mundo, sobre todo en las grandes capitales y en lugares estre-
chamente conectados con los circuitos globales de migración
y comercio, lo local se convierte en un momento espacial en lo
global en vez de ser una comunidad residual arraigada en las
rutinas tradicionales.

31  Peter J. Taylor, World City Network: A Global Urban Analysis (Londres: Routledge, 2004).
32  Bruce Robbins, “Actually Existing Cosmopolitanism”, en Cosmopolitics, ed. P. Cheah y
Bruce Robbins (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1998), 1.
33  Ulf Hannerz, Transnational Connections (Londres: Routledge, 1996), Capítulo 4.
HEGEMONÍA 267

En un estudio cautivador sobre las relaciones entre los me-


dios de comunicación, la movilidad y la identidad en esta nueva
economía global, David Morley cita la descripción de Richard
Wilk del Belice contemporáneo, muy apartado de las redes de
las grandes capitales:

La economía está abierta al capital extranjero, las tiendas están lle-


nas de importaciones. Los beliceños son en sí transnacionales –sus
familias están dispersas en todo los EE. UU. y Canadá–, y la mayor
parte de sus jóvenes esperan pasar parte de su vida en el extranjero.
Los que se quedan en el país sufren el bombardeo de los medios in-
ternacionales… Cuando los beliceños apagan la televisión, pueden
mirar desde su ventana un desfile de turistas, inmigrantes residen-
tes y estudiantes en busca de experiencia local auténtica, medicina
tradicional, selvas tropicales vírgenes y zonas arqueólogicas.34

En este mundo, el consumo de productos extranjeros está


ampliamente presente incluso en los sectores más humildes de
la población. Esto no es simplemente “americanización” en tér-
minos de consumo de bienes producidos y comercializados por
negocios estadounidenses. No tiene nada que ver con eso. Aun-
que el modelo de mercado podría tener raíces estadounidenses,
ya ha trascendido bastante dichas raíces tan particulares. De
hecho, muchos de los bienes más demandados son aquellos que
podemos llamar electrónica japonesa, ropa italiana o perfumes
franceses, sólo que muchos de éstos ya no se fabrican dentro de
los espacios nacionales con los que solemos asociarlos de manera
intuitiva. Esa imagen nacional es todo lo que puede quedar
de la producción nacional. ¿Significa entonces que, en térmi-
nos de consumo tales como los de producción, la compresión
espacio-temporal está dando lugar a la homogenización y estan-
darización cultural? Dicho de otra forma, ¿están los mercados
simplemente sobrecargando los lugares en vez de apoyarlos y
beneficiarlos? Ciertamente, el modelo de mercado es central
para las alianzas de larga distancia a través de las cuales la distri-
bución se conecta con la producción y el consumo. Sin embargo,
más allá, existe una persistente diferenciación entre lugares, no
34  Richard Wilk, “Learning to Be Local in Belize”, in Worlds Apart, ed. Daniel Miller, 111
(Londres: Routledge, 1997), citado David Morley, Home Territories: Media, Mobility, Identity
(Londres: Routledge, 2000), 11.
268 La nueva Economía Global

sólo en la explotación de imágenes locales, tales como el “Diseño


Italiano” cuando en realidad fue “Hecho en China”. Por ejem-
plo, McDonald’s tradicionalmente trata de adaptarse a diversos
gustos locales incluso cuando construye un parte del mercado
global en la industria de la comida rápida.35 Starbucks es una
versión peculiarmente estadounidense (específicamente de no-
roeste hacia el pacífico) del café “bar” italiano, que ahora se ha
difundido incluso en Italia, donde ha tenido que ajustarse a los
gustos locales en cuando al café que difiere considerablemente
del café “tostado medio” que tanto prefieren los estadouniden-
ses. Japón se ha vuelto cada vez más atractivo como centro de
consumo. Tal vez el ejemplo más emblemático, además de los di-
bujos animados japoneses y Pokemón, es la pasión por el sushi.
En su estudio sobre la cadena productiva que conecta la pesca de
atún de aleta azul con la industria del sushi japonés (una cadena
productiva global por excelencia), Theodore Bestor demuestra
cómo el sushi y otros platos japoneses, adaptados de muchas
formas, se ha difundido en Norteamérica.36 La comida japonesa
se ha convertido en una inspiración para la Nouvelle cuisine:

El puré de papa al wasabi, el aderezo de jengibre para sushi y los file-


tes de atún tipo sashimi chamuscado se han vuelto muy comunes en
restaurantes de lujo en América del Norte y Europa. En una cafete-
ría en Cambridge, Massachusetts, hay un cartel pintado en forma de
ventana que promociona lo siguiente: “expresso, capuchino, jugo de
zanahoria, lasaña y sushi”. A su vez, el sushi también se ha popula-
rizado. En los supermercados, incluso aquellos ubicados en lugares
remotos como Uthaca, Nueva York, ahora podemos encontrar sushi
en envases de almuerzo para llevar preparado al instante por em-
pleados que usan hachimaki (cintas para la cabeza) y ropa happi.37

La tercera característica de la nueva economía global que


la diferencia claramente de períodos anteriores es la rapidez de
las transacciones económicas y las dificultades que los Estados
tienen al regular el rápido flujo posterior de personas, bienes,
mensajes y capital. Desde luego, gran parte de esto se debe a la
35  James L. Watson et al., ed., Golden Arches East: McDonald’s in East Asia (Stanford, CA:
Stanford University Press, 1997).
36  Theodore C. Bestor, “Supply-Side Sushi: Commodity, Market, and the Global City”. Amer-
ican Anthropologist 103 (2001): 76-95.
37  Bestor, “Supply-Side Sushi”, 83.
HEGEMONÍA 269

tecnología que ha hecho posible la aceleración del transporte y


las telecomunicaciones –desde la contenedorización, los aviones
jumbo, el fax y el internet hasta los teléfonos celulares, el GPS y
la comercialización de capital y divisas–, gran parte de la cual se
desarrolla con las investigaciones del Departamento de Defensa
de EE. UU., y programas de desarrollo y la abrumadora insisten-
cia del comercio estadounidense en sustituir el trabajo (a través
de la tecnología) por capital. No obstante, parte de esto también
incluye la densidad relativa y dispersa de personas que necesitan
ahora conectarse con la mayor rapidez y eficiencia posible. Una
vez más, la expansión de la sociedad de mercado como medio
para realizar transacciones favorece esos sitios, tales como las
grandes ciudades, que facilitan el acceso a los servicios y los te-
rritorios circundantes. En estas localidades, las personas prove-
nientes de una gran diversidad de orígenes y ámbitos desiguales
en cuanto a organización económica, acción política y creencias,
interactúan con las nuevas tecnologías. Entonces, el avance fa-
vorece aquellos lugares con mayor conexión a otros desde el
punto de vista cultural y tecnológico. Pero castiga a los menos
conectados. Así como el ritmo del dinero y del crédito determina
cada vez más el flujo de la economía mundial, también las difi-
cultades que sufren los Estados al tomar control conllevan a un
mundo de Estados cada vez más desiguales a niveles geográficos
en cuanto al acceso al mercado.

Desarrollo desigual en el mundo

Gran parte del alboroto sociológico en torno a la globaliza-


ción la ve como sinónimo de homogenización, como si todas las
partes del mundo fueran cada vez más parecidas desde el punto
de vista cultural y económico. La teoría sobre la compresión es-
pacio-temporal podría también sugerir dicho panorama, aunque
sea en un horizonte alejado. De hecho, se puede comprobar que
la globalización está dividiendo geográficamente al mundo en su
totalidad entre partes que “tienen” y que “no tienen”: entre re-
giones y localidades atadas a la economía mundial globalizada y
aquellas que están fuera de la misma (fuera de internet y fuera de
todo), y entre aquellas que han recibido “una mano” para entrar
270 La nueva Economía Global

en dicha economía y aquellas que se han quedado por fuera. Cu-


briré estos puntos en cuanto a la evolución en la desigualdad de
ingresos entre grupos de países y dentro de los mismos, pero pri-
mero quisiera presentar un panorama más amplio del desarrollo
desigual en el mundo contemporáneo.
El primer punto que quiero destacar es que la economía mun-
dial globalizada no es una economía de territorios nacionales que
comercian entre sí, como el Banco Mundial y otras organizacio-
nes pretenden hacer creer. Más bien es un mosaico complejo de
ciudades-regiones, áreas rurales prósperas, sitios con recursos y
“zonas muertas”, cada vez más aisladas de la compresión espa-
cio-temporal. Todos éstos se encuentran ampliamente dispersos
en todo el mundo, aún cuando existe una estructura mundial
básica norte-sur para toda la economía mundial. Algunas de las
áreas prósperas, por ejemplo, pueden encontrarse incluso den-
tro de los países más pobres; por ello, es importante tener pre-
sente la naturaleza compleja de la economía mundial emergente
a lo largo de la siguiente discusión.38 La palabra “mosaico” se
usa aquí deliberadamente, no en el sentido en el que Taylor, por
ejemplo, la asocia con una metageografía mundial de Estados
territoriales, sino como una metáfora para referirse a los enlaces
interconectados entre lugares y la territorialidad fracturada que
caracteriza a la nueva economía global.39
El segundo punto es que los principales puntos de ancla-
je geográficos de la nueva economía global están localizados
de manera abrumadora en América del Norte, Europa y Asia
Oriental, cualesquiera que sean las preocupaciones de ingresos
y empleo de los manifestantes del primer mundo en Seattle. Por
ejemplo, entre 1998 y 2000, EE. UU., la Unión Europea y Japón
representaron el 75 % de los flujos de inversión extranjera di-
recta (IED) y el 85 % de los flujos externos, y casi el 60 % de los
ingresos y casi el 80 % de las salidas de IED.40 Sin embargo, las
tendencias sugieren que desde 1985, los EE. UU. se han vuelto
relativamente menos importante como fuente y también como
destino para la IED, mientras que algunos países más pobres
se han vuelto relativamente más importantes como destinos y

38  John Agnew y Stuart Corbridge, Mastering Space: Hegemony, Territory, and Interna-
tional Political Economy (Londres: Routledge, 1995), 167-168.
39  Taylor, World City Network.
40  UNCTAD World Investment Report (Nueva York: United Nations, 2001), 13.
HEGEMONÍA 271

también como fuentes: China, Brasil, Corea del Sur, México y


Malasia son los casos más relevantes.
En este contexto, por lo tanto, cabe destacar que algunos
países anteriormente pobres, sobre todo en el este y sudeste de
Asia, han mejorado su desempeño económico. Desde 1987, Chi-
na se ha convertido en un importante destino para la IED y un
importante exportador de productos manufacturados hacia los
EE. UU. y otros lugares del mundo. Gran parte de esto se debe
a los bajos salarios que se les paga a los trabajadores de las fá-
bricas chinas que son tan calificados como cualquier otro traba-
jador en el mundo. Por lo tanto, las empresas estadounidenses
y otras multinacionales se ven atraídas por China ya que tienen
procesos de producción particularmente intensos pero también
porque China está estrechamente conectada con redes comer-
ciales en Asia oriental radicadas en Hong Kong (que desde 1995
es oficialmente parte de China, pero aún con una administración
independiente), Taiwán y la diáspora china en el sudeste asiático
y en América del Norte. El Gobierno de China abrió su economía
en la década de 1980, precisamente en el momento en que los
salarios habían comenzado a aumentar para los trabajadores en
países como Corea del Sur y México. No sorprende que parte
del crecimiento de China haya sido a costa de estos trabajado-
res. Pero el Gobierno chino también ha ayudado a proteger y
mejorar el reciente crecimiento económico nacional al permi-
tir que sus Gobiernos locales e individuos puedan asociarse con
industrias extranjeras mientras mantiene controles de capital y
administra la tasa de cambio de su moneda –el yuan– frente al
dólar estadounidense. Este caso ilustra la mezcla entre la indus-
trialización de sucursales para los mercados de exportación, los
grandes mercados nacionales, la mano de obra calificada pero
relativamente mal pagada y los Gobiernos intervencionistas que
han estado detrás de gran parte del éxito económico en Asia
oriental desde los años 70.
Al mismo tiempo, otras regiones del mundo están en el mar-
gen o cayéndose de la economía mundial ya que no son atrac-
tivas para los inversionistas extranjeros. Habiendo obtenido
grandes préstamos de los mercados financieros internacionales
para financiar proyectos nacionales de desarrollo (y estilos de
vida de élite) en las décadas de 1970 y 1980, estas regiones se
han sometido a programas de reestructuración económica bajo
272 La nueva Economía Global

mandato internacional que reflejan más la ideología neoliberal


dominante del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de gru-
pos globales de política comercial como el CCI, que lo apropiado
para la situación local. Gran parte de África constituye un ejem-
plo. Naturalmente, en estos casos, las características económicas
son más o menos al revés de las que exhibe China. En muchos
países, sin embargo, las dificultades económicas se han visto exa-
cerbadas por las desastrosas rivalidades interétnicas, la epidemia
del SIDA y la debilidad general de las instituciones estatales.

Desigualdad de ingresos en el mundo

Como forma de tratar de describir el patrón actual de desa-


rrollo desigual en el mundo, podemos examinar las tendencias
en las desigualdades de ingresos. Esta es una especie de captura
parcial de una amplia gama de procesos más complejos operan-
tes. Existe una considerable controversia sobre la relación entre
la desigualdad de ingresos y el crecimiento económico. Pero el
consenso general es que, ceteris paribus, un mayor crecimiento
puede eventualmente reducir la desigualdad. La principal con-
troversia es si esto se ha retrasado o si se refleja directamente
un aumento en la reducción de la desigualdad.41 Supongo que
con la globalización debería haber un patrón cambiante en el
que las desigualdades de ingreso dentro de un país aumentan
en relación con las desigualdades de ingreso entre países en el
contexto general de un patrón global de crecimiento económico
geográficamente mucho más diferenciado entre países.
Hasta hace muy poco, las desigualdades de ingresos en el
mundo por lo general se han medido comparando las diferen-
cias entre los promedios nacionales a lo largo del tiempo. Si
las diferencias aumentaban entre grupos de países, se inter-
pretaba como un aumento de la desigualdad global o vicever-
sa. Generalmente, todavía se usa este enfoque. Sin duda, es un
indicador del desempeño relativo de diferentes economías na-
cionales y, como tal, tiene sus méritos. Pero no proporciona
una descripción precisa de la desigualdad entre individuos a

41  James K. Galbraith, “A Perfect Crime: Inequality in the Age of Globalization”. Daedalus
(Winter, 2002): 11-25.
HEGEMONÍA 273

escala global. En una economía globalizada, la estimación de


los cambios en la desigualdad entre individuos en todos los
países podría ser un mejor medidor de la desigualdad global.
En esta configuración, lo que importa es la situación por la que
atraviesan los individuos, no las economías nacionales. El pro-
blema aquí es que no da idea de los procesos por los cuales las
desigualdades a nivel individual aumentan o disminuyen con
respecto al desempeño de las economías globales, nacionales,
regionales y locales de las cuales forman parte los individuos.
Después de revisar los resultados de ambos enfoques, presento
una explicación resumida de las tendencias actuales en la des-
igualdad de ingresos en el mundo.

Desigualdad de ingresos en el mundo por país

La evidencia general sugiere claramente dos tendencias im-


portantes en la desigualdad mundial por país: entre los países
más ricos del mundo, los ingresos per cápita han convergido
durante los últimos 130 años, los países más pobres –dentro
de los ricos– han estado desarrollándose más rápidamente y al-
canzando a los más ricos; por otro lado, la divergencia entre los
países ricos y pobres ha aumentado, particularmente en la era
de la globalización después de 1970.42 Subyacente al examen de
estas tendencias particulares, por supuesto, está la idea de que
la mayor parte de la desigualdad de ingresos se encuentra entre
países, no dentro de ellos.
En cuanto a la convergencia entre los países ricos, hay algo
tautológico en el hecho de los países que eran relativamente ri-
cos y se empobrecieron (como Argentina) y los que eran pobres
pero se empobrecieron aún más (como India) no están inclui-
dos en la representación de trayectorias de crecimiento. Sólo se
incluyen los diecisiete países que son actualmente ricos según
el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico (OCDE).
Sin embargo, para estos países existe un nuevo agrupamien-
to (1980-1994) alrededor del promedio grupal de las tasas de
crecimiento del producto interno bruto (PIB) per cápita después
42  Lant Pritchett, “Divergence, Big Time”. Journal of Economic Perspectives, 11 (1997): 3-17.
274 La nueva Economía Global

de un largo período de agrupamiento (1870-1960) y un corto pe-


ríodo de divergencia (1960-1979): de una desviación estándar
de 0,33 entre los años 1870 y 1960; de 1,1 para el período entre
1960 y 1979; de 0,51 para el período entre 1980 y 1994 (véase la
tabla 7.2).43 Dicho de otro modo, existe casi la misma convergen-
cia en las tasas de crecimiento en los ingresos entre países ricos
durante los 34 años transcurridos entre 1960 y 1994, y los 90
años desde 1870 hasta 1960. Lo que importa para los propósitos
actuales, sin embargo, es que la era de la globalización entre
1980 y 1994 muestra una convergencia sostenida después de un
corto período de aumento en la divergencia entre 1960 y 1979.
Entendiendo esto, la convergencia se detuvo temporalmente
entre los países ricos a medida que el viejo sistema de Bretton
Woods/Guerra Fría se deshizo y la globalización retomó dramá-
ticamente su ritmo.
No obstante, también parece claro que, mientras los países
ricos de hoy en día han estado convergiendo unos con otros, el
resto del mundo ha quedado atrás en gran medida. Suponiendo
un límite inferior de P$ 250 para el país más pobre en 1870,
Pritchett demuestra que el ingreso per cápita de EE. UU. pasó
de P$ 2,063 en 1870 a P$ 9,895 en 1960 y a P$ 18,054 en 1990;
la del país promedio con escasez de recursos pasó de P$ 740 a
P$ 1,579 y a P $ 3,296, respectivamente (P$ = paridad de poder
adquisitivo para 1985 en dólares estadounidenses [$ ]).44 Ade-
más, al examinar las tasas de crecimiento de los ingresos per
cápita en 28 países de mayor pobreza que suponen ingresos
iniciales bastante inferiores a los que probablemente sería el
caso para muchos de ellos (tabla 7.2), la conclusión inequívoca
es la creciente divergencia entre ellos y los países ricos, con las
tasas de crecimiento más bajas entre 1980 y 1994 después de
cierta aceleración entre 1960 y 1979. Utilizando datos de pago de
manufactura, Galbraith reporta un hallazgo similar que indica
mayor desigualdad mundial, pero tiene en su marco de referen-
cia de tiempo más limitado que fija la tendencia de la década de
1980, pero no antes de entonces.45 Para Galbraith, esto sugiere
43  Pritchett, “Divergence: Big Time”, 5, 13; basado en Angus Maddison, Monitoring the
World Economy, 1820–1992 (Paris: OECD, 1995).
44  Pritchett, “Divergence: Big Time”, 11. El límite inferior se basa en el promedio anual del
ingreso per cápita que encontramos en los países más pobres que se proyectaron en el siglo
XIX. Los ingresos reales probablemente eran más bajos.
45  Galbraith, “A Perfect Crime”.
HEGEMONÍA 275

TABLA 7.2. Tasas de crecimiento anual promedio en el PIB


per cápita para 17 países capitalistas avanzados y 28 países
más pobres

1870–1960 1960–79 1980–94


17 países capitalistas avanzados 1,5 3,2 1,5
(d.e.) (0,33) (1,1) (0,51)
28 países más pobres 1,2 2,5 0,34
(d.e.) (0,88) (1,7) (3,0)

Fuente: Lant Pritchett, “Divergence, Big Time”. Revista: Journal of Economic Perspectives 11 (1997): 5,
13; basado en Angus Maddison, Monitoring the World Economy, 1820-1992 (Paris: OCDE, 1995).

que las políticas de liberalización que comenzaron durante esa


década están detrás del aumento de las desigualdades, no sólo
la expansión del comercio y la inversión. Si se supone que en
el siglo XIX prevalecieron los mayores ingresos y mayores índi-
ces de crecimiento para países que son pobres en la actualidad,46
probablemente ha habido una mayor divergencia a largo plazo
entre ricos y pobres, siendo el período desde 1980 significativo
en el incremento de dicha brecha.
Por consiguiente, lo que sugiere esta data es que la divergen-
cia entre los países ricos y pobres se ha incrementado significa-
tivamente durante la era de la globalización en comparación al
período que le precede inmediatamente. Al menos en la escala
de grupos de países relativamente ricos y pobres y con respecto a
aquellos que se incluyen en dicha data, el mundo se ha estado di-
vidiendo en dos partes: un mundo cada vez más rico con menor
desigualdad en el incremento de ingresos entre países y un mun-
do cada vez más pobre con un incremento de divergencias entre
sus miembros. En consecuencia, con sólo 15 % de la población
mundial, los países ricos ahora representan aproximadamente
60 % del PIB mundial. Poniendo esto en perspectiva histórica, si
en 1960 los veinte países más ricos del mundo tenían treinta ve-
ces mayor ingreso que el 20 % más pobre, para 1995 esa brecha
había crecido a setenta y cuatro veces.
Así como la convergencia entre los países ricos ha aumenta-
do desde la década de 1970, también ha variado entre los países
más pobres. Las desviaciones estándar reflejadas en la tabla 7.2
46  Como alega Paul Bairoch, Economics and World History: Myths and Paradoxes (Chica-
go: University of Chicago Press, 1993).
276 La nueva Economía Global

muestran una mayor variación entre los países más pobres en


sus tasas de crecimiento de ingresos a lo largo del tiempo, con un
aumento significativo después de 1980. Los países más pobres
son cada vez menos parecidos con respecto a las tasas de creci-
miento económico, lo cual ha ocurrido a un ritmo creciente des-
de 1980. Entre 1970 y 1995, los países más pobres no han tenido
ningún incremento en los ingresos reales promedio, y los que
tenían una mejor posición tuvieron solo un aumento promedio
anual de 0,7 % en comparación con 1,9 % para los países ricos47.
De los 108 países para los cuales hay datos razonablemente con-
fiables disponibles en los Penn World Tables, once se desarro-
llaron más rápido del 4,2 % (la tasa a la cual un país debería
desarrollarse para ir desde lo más bajo de 1870 [P$ 250] hasta
el nivel estadounidense de 1960 [P$ 9,895]) durante el período
1960-1990.48 Casi todas eran economías del este y sudeste asiáti-
co tales como Corea del Sur, Taiwán e Indonesia. A la mayoría de
los países les fue mucho peor que a estos once: cuarenta (más de
un tercio) tuvieron tasas anuales de crecimiento del PIB entre 0,5
y 1 %; veintiocho (más de un cuarto) tenían tasas de 0 a 0,5 % (por
ejemplo, Perú con 0,1 %); y dieciséis tuvieron tasas de crecimiento
negativas (por ejemplo, Mozambique con un 2,2 % y Guyana con
un 0,7 %). El rango de tasas anuales de crecimiento del PBI en los
países pobres entre 1960 y 1990 fue de -2,7 % a +6,9 %.49
Lo que parece haber ocurrido desde la década de 1970 es
que tres grupos de países con menores recursos han agudiza-
do sus diferencias; unos pocos afortunados en gran parte del
este y sudeste asiático (con China como la última y más exito-
sa adición) se han convertido en plataformas de exportación de
bienes vendidos con éxito principalmente en el mundo capita-
lista avanzado, pero también han construido mercados internos
para ellos mismos; algunos países más grandes (como Brasil)
y países ricos en petróleo (como Irán y Arabia Saudita) tienen,
respectivamente, grandes mercados nacionales (y sectores de
sustitución de importaciones razonablemente fuertes) o pro-
ductos esenciales que sustenten al menos un mínimo de creci-
miento; y “los demás” disponen de pocos productos básicos en
47  World Bank, World Development Report: Attacking World Poverty (New York: Oxford
University Press, 2001).
48  R. Summers and A. Heston, “The Penn World Tables (Mark 5): An Expanded Set of Inter-
national Comparisons, 1950-88”. Quarterly Journal of Economics, 106 (1991): 327-368.
49  Pritchett, “Divergence: Big Time”, 14.
HEGEMONÍA 277

el comercio mundial y pocas ventajas en el mercado laboral,


en el mercado de consumo o en recursos para ofrecer a los
países ricos y sus inversores.50

Desigualdad de ingresos entre los individuos


en el mundo

Algunos estudios recientes sugieren que, a diferencia de los


estudios realizados por países, la desigualdad mundial en cuanto
a ingresos entre individuos está disminuyendo y que este fenó-
meno constituye una característica positiva de la globalización.
Esta afirmación se basa en un intento por convertir los datos de
ingresos de todos los países, usualmente presentados en quintiles
en lugar de información sobre los individuos, en una distribución
global que muestra cómo se ha pasado a una mayor igualdad du-
rante los años comprendidos entre 1970 y 2000. En ese sentido,
un estudio muestra cómo un “abultamiento” en la distribución de
ingresos en toda la población mundial (cantidades en dólares por
cada millón de personas) se ha incrementado, indicando tanto un
incremento de igualdad como un incremento de la clase media en
todo el mundo.51 Esto puede entonces estar informalmente “corre-
lacionado” con información sobre lo mucho o poco que un grupo
determinado de países se ha globalizado, lo cual se entiende como
comercio liberalizado o regulaciones monetarias, para sugerir que
la disminución de la desigualdad individual se debe al crecimiento
de la globalización.52 Desafortunadamente para esta afirmación,
ni China ni India encajan en el papel de globalizador modelo con
monedas de libre fluctuación y mercados nacionales abiertos.
Con diferente información y diferente método, Bhalla calcula
un estimado de ingreso promedio para cada percentil dentro de
un país y luego los agrega para obtener una distribución de in-
gresos global.53 Entre una gama de resultados, Bhalla reporta que
50  Proféticamente, el fallecido David Gordon nos ofreció un conjunto similar de categorías.
Véase David Gordon, “The Global Economy: New Edifice or Crumbling Foundations?” New
Left Review, 168 (1988): 57.
51  Xavier Sala-i-Martin, The World Distribution of Income (Cambridge, MA: National Bu-
reau of Economic Research, 2002).
52  El editor de The Economist, Bill Emmott, realiza esta inferencia: “Radical Thoughts on our
160th Birthday”. The Economist, 28 de junio, 2003, 5.
53  Surjit S. Bhalla, Imagine There’s No Country: Poverty, Inequality, and Growth in the Era
278 La nueva Economía Global

una caída en la proporción de la población mundial que vive en


la pobreza (que gana 2 dólares por día según la definición que
establece la normativa del Banco Mundial), de 56 % en 1980 a
23 % en 2000; una reducción neta de ingresos en la desigualdad
global desde 1970 hasta 2000; y, más específicamente, un ele-
vado incremento de la desigualdad en Europa del Este (la parte
más equitativa del mundo en 1960), la mayor caída de la desigual-
dad en los países en vías de desarrollo (7 % para cuatro quintos
de la población mundial), y crecimiento de la desigualdad en el
interior de China y de EE. UU. desde la década de 1980.
Bhalla argumenta de forma plausible que buena parte del cam-
bio hacia la caída de la desigualdad individual se debe en gran me-
dida al destacable desarrollo económico de China, un país con una
enorme población (1,3 mil millones), el cual pasó de tener la mitad
de su población en absoluta pobreza en 1960 a encontrarse en una
situación en la que ha logrado tasas de crecimiento de 6 a 7,5 %
cada año desde los años ochenta.54 Según Bhalla, India ha experi-
mentado recientemente un fenómeno muy parecido que apunta en
la misma dirección. Ni China ni India, sin embargo, representan
un buen ejemplo de país que siguen de cerca las panaceas de li-
beralización, incluso cuando son participantes activos de la nueva
economía global. El caso de China demuestra la importancia de no
confundir la expansión de la sociedad de mercado relacionada a la
globalización con las políticas particulares impulsadas por el FMI
o los partidarios de la liberalización económica extrema.
Estos dos grandes países figuran en el informe de Stanley
Fischer sobre las últimas tendencias en cuanto a la desigualdad
de ingresos global,55 que muestra que si el PIB por habitante en
1980 experimenta una regresión frente al porcentaje del creci-
miento del PIB real per cápita de 1980 a 2000, hay una curva
ascendente que indica que, en promedio, los países ricos si-
guen enriqueciéndose más rápidamente que los países pobres.
Pero señala que si los países se ponderan por el tamaño de la
población, la comparación se hace entre las personas más ricas
y las más pobres, no entre los países más ricos y los más pobres.
Al cambiar el enfoque, se produce una curva descendente entre

of Globalization (Washington, DC: Institute for International Economics, 2002).


54  Bhalla, Imagine There’s No Country, 184.
55  Stanley Fischer, “Globalization and Its Challenges”. American Economic Review, 93
(2003): 984.
HEGEMONÍA 279

las dos variables. La razón principal es que los pobres, en pro-


medio, están acortando las distancias. Esto se debe en gran parte
a que China e India, dos de los países más pobres del mundo,
tienen enormes poblaciones que permanecen ocultas al calcular
la desigualdad global si se comparan sus promedios con los de
los países más pequeños, y tuvieron aumentos rápidos en los in-
gresos per cápita durante los años en cuestión, de 1980 a 2000.
Junto con Brasil y Rusia, otros dos países grandes con recursos
significativos y posibilidades de crecimiento económico masivo,
China e India podrían superar en el PIB total el G6 de los países
industrializados (EE. UU., Japón, Francia, Alemania, Gran Bre-
taña e Italia) antes de mediados de siglo.56
Los estudios de desigualdad global entre individuos, por lo
tanto, contrastan marcadamente con los estudios basados ​​en paí-
ses. Sin embargo, poseen algunos problemas que merecen mayor
atención. En primer lugar, la desigualdad individual global puede
estar disminuyendo debido a la disminución de las desigualdades
entre países, pero las desigualdades dentro del país pueden seguir
aumentando. En otras palabras, no todos en China e India nece-
sariamente están experimentando el aumento promedio de los in-
gresos; algunos grupos y regiones pueden quedar rezagados. En
segundo lugar, es importante revisar la era anterior a la globaliza-
ción para verificar si los cambios son tan notables. Por ejemplo, los
estudios basados en países sugieren que la divergencia entre los
países ricos y pobres aumentó entre 1980 y 1994 en relación con
el período 1960-1979. Además, realmente no es necesario calcular
los datos globales y afirmar que se trata de datos individuales. En
realidad, no lo son. Se trata de deciles o percentiles de distribucio-
nes nacionales. Son simplemente indicadores más refinados de la
desigualdad de ingresos dentro del país. Por último, observar las
desigualdades de ingresos globales entre los individuos no ayuda
a comprender cómo se producen o se disminuyen las desigualda-
des. La desigualdad no sólo les ocurre a los individuos al azar; es
más bien un producto primero de dónde naces y luego de lo que
haces para ganarte la vida, dónde trabajas y cuánto te pagan.

56  “Follow the Yellow BRIC Road: Welcome to Tomorrow’s Economic Giants”, The Econo-
mist, october 11, 2003: 74.
280 La nueva Economía Global

Una reseña en síntesis

Parece claro que las desigualdades de ingreso a escala mun-


dial aumentaron enormemente durante los siglos XIX y XX. Esto
fue en gran medida el resultado de incrementos dramáticos en
las desigualdades de ingresos entre países.57 De hecho, incluso
hoy en día, alrededor del 70 % de la variación en los ingresos de
los individuos en todo el mundo se explica por el país en el que
viven. Fue la industrialización nacional capitalista la que pro-
vocó estas disparidades. Pero a medida que la nueva economía
mundial reemplaza a las anteriores economías orientadas ha-
cia la nación y las fuerzas nacionales ceden el paso a las fuerzas
mundiales en la generación de ingresos, entonces la correlación
entre el ingreso y la nación debería disminuir.
El demógrafo Glenn Firebaugh presenta un fuerte argumen-
to empírico para la llamada “nueva geografía” de la desigualdad
del ingreso global.58 En resumen, lo que muestra en el período
entre 1975 y 2000 es la disminución de la desigualdad entre
países, además del incremento de la desigualdad en el interior
de muchos países. Esto sugiere que los enfoques dominantes
han pasado por alto el punto, comprometidos como lo están con
las unidades nacionales o los resultados individuales como los
puntos de referencia básicos para discutir la desigualdad. Obse-
sionados con la divergencia o convergencia global, los autores
de estos enfoques han tenido la tendencia a pasar por alto la
cambiante forma geográfica de la desigualdad. En particular, no
han podido notar que la cambiante estructura geográfica de la
desigualdad del ingreso global, y no su profundización o reduc-
ción global, constituye el tema central.
Firebaugh analiza la mayoría de los estudios existentes sobre
la desigualdad del ingreso global y luego presenta sus propias es-
timaciones sobre la desigualdad del ingreso entre países y den-
tro de los mismos.59
Utilizando la PPA (paridad del poder adquisitivo) de Penn
(1960-1989) y los datos de la PPA del Banco Mundial (1990-1998)

57  Glenn Firebaugh, The New Geography of Income Inequality (Cambridge, MA: Harvard
University Press, 2003), 6-12.
58  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality.
59  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality.
HEGEMONÍA 281

(y países ponderados según el tamaño de la población para dar


a los individuos la misma facturación), calcula los coeficientes
de Theil, DLM (Desviación Logarítmica Media) y Gini, los cua-
les muestran que las desigualdades de ingresos entre naciones
disminuyeron a un ritmo acelerado durante los años 90. Esto
sucedió después de un período de mayor desigualdad de ingre-
sos entre los países durante la década de 1960, la cual alcanzó
su punto máximo a principios de la década de 1970, y posterior-
mente un período de desigualdad decreciente desde la década de
1970 hasta la de 1980. China, sin embargo, ocupa nuevamente
un lugar importante en estos cálculos. Sin China, “la desigual-
dad de ingresos entre naciones era casi la misma a fines de la
década de 1990 que en 1960”.60 En todo el mundo es de utilidad
mostrar tanto la ponderación de China como la de India en la es-
timación de desigualdades de ingresos globales y las tendencias
en la desigualdad de ingresos entre los países durante la década
de 1990 en comparación con las décadas anteriores (figura 7.1).
Los principales países industrializados (OCDE), China, India y
otros países reportan que los ingresos per cápita alcanzaron su
máximo nivel en la década de 1990, mientras que en otras partes
del mundo, donde hay tasas más bajas de crecimiento económi-
co y menos peso demográfico, los ingresos per cápita alcanzaron
su máximo nivel antes de la década de 1990.
Usando datos en quintiles, Firebaugh también muestra que
de 1980 a 1995, la desigualdad de ingresos dentro del país au-
mentó en todas las regiones del mundo, excepto en África.61
Gran Bretaña, EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda
(“ramificaciones occidentales”) tuvieron mayores aumentos
en la desigualdad que los países de Europa occidental. La des-
igualdad también se incrementó rápidamente dentro de los
países de Asia y América Latina, sobre todo en los años 80. Eu-
ropa oriental ha experimentado el mayor incremento en des-
igualdad de ingresos, casi duplicándose desde 1989 hasta 1995.
El colapso del comunismo, en consecuencia, es por supuesto
una razón para el resurgimiento de la desigualdad de ingre-
sos dentro de los países, al mismo tiempo que la desigualdad
entre países ha ido decayendo. Firebaugh sugiere una serie de
causas adicionales: incremento de la industrialización que crea
60  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality, 130.
61  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality, 160-161.
282 La nueva Economía Global

FIGURA 7.1. Países cuyos ingresos per cápita llegan al máximo


nivel en la década de 1990 o antes

Población de países cuyos Población de países cuyos


ingresos actuales per cápita ingresos per cápita en los
fueron sobre pasados en años 90 fueron mayores
décadas anteriores que nunca

China

India

3 20 OCDE

7 21 Otros países de Asia

14 2 Estados árabes

20 Europa oriental y países de la CEI

22 12 América Latina y el Caribe

35 8 África subsahariana

400 200 0 200 400 600 800 1,000 1,200

# = Número de países

Fuente: Banco Mundial, Informe sobre Desarrollo Humano, 1996.

un incremento en la desigualdad de ingresos entre los traba-


jadores del ámbito agrícola e industrial en países con mayor
pobreza; incremento de las desigualdades dentro de los paí-
ses ricos como resultado desindustrialización y el desarrollo de
un sector de servicios polarizado entre trabajos bien pagados
y mal pagados; el impacto creciente del acceso al mercado, lo
cual crea presiones para que los Estados generen respuestas
institucionales compartidas, pero también limita su capacidad
de operar internamente en la redistribución de ingresos; y la
geografía cambiante de producción que permite el flujo cre-
ciente de información a través de las fronteras nacionales, sin
embargo su acceso se encuentra aún estratificado dentro de los
países por perfiles académicos y la distribución de oportunida-
des para aprovecharlo.62
62  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality, 187-203.
HEGEMONÍA 283

Desde luego, el incremento de desigualdad de ingresos den-


tro de los países se distribuye socialmente y geográficamente. No
obstante, muchas de las causas que Firebaugh identifica están
estrechamente relacionadas con el incremento de diferencias es-
paciales en el crecimiento económico dentro de los países. Dada
su importancia para el caso para hacer disminuir la desigualdad
entre países en todo el mundo, resulta útil enfocarse brevemente
en el caso de China.
Si las cifras de Bhalla, Firebaugh, entre otros, son correctas,
entonces en China 400 millones de personas han salido de la po-
breza (según las definiciones del Banco Mundial) durante los úl-
timos 30 años.63 Sin embargo, el crecimiento económico general
en China ha generado enormes desigualdades de ingresos dentro
de este país –que se encuentra entre aquellos con crecimiento
más rápido en el mundo–. Cuando el Gobierno chino empezó a
alejarse del plan central en 1978, el ratio promedio de los ingresos
en las zonas rurales y urbanas era de 2.5:1; a mediados de la dé-
cada de 1980, este ratio se había limitado a 1.8:1 principalmente
como resultado de la privatización de políticas agrícolas y guber-
namentales que favorecen las áreas rurales. Desde entonces, sin
embargo, los ingresos en materia de agricultura se ha estancado
y el auge en las industria manufacturera ha beneficiado a los resi-
dentes urbanos de manera que éstos tengan ingresos medios tres
veces mayores a los residentes de las zonas rurales. Los vastos in-
crementos en el consumo en China desde los años 80, incluyen-
do vehículos y otras mercancías perdurables, están abrumadora-
mente concentrados en las zonas urbanas.64 La vida en el campo
mantiene su ritmo y sus niveles de consumo son muy similares a
los niveles de hace 30 años. El Gobierno chino está plenamente
consciente del potencial conflicto social que dicha brecha podría
presagiar. De hecho, el malestar social en el campo y en las ciuda-
des del interior ya ha comenzado. Las cifras oficiales podrían, de
hecho, sobrevalorar los ingresos rurales, de manera que la brecha
podría ser incluso más grande de lo que se ha reportado. Algunas
estimaciones ubican el ratio de los ingresos rurales y urbanos al-
rededor de 6:1. El ratio entre las provincias costeras acomodadas

63  Bhalla, Imagine There’s No Country; Firebaugh, The New Geography of Global Income
Inequality.
64  Richard McGregor, “GM Hitches a Ride on the Chinese Expressway: Car-maker Expects
China to Become Largest Market by 2025”. Financial Times, 17 de octubre, 2003: 18.
284 La nueva Economía Global

en los territorios circundantes de Hong Kong, Shanghái y Tai-


wán, tanto en el ámbito rural como el urbano, en relación a las
zonas mucho más pobres del interior es de magnitud similar.
El Gobierno central ha transferido el poder a los Gobiernos
locales como parte de sus estrategias para abrir el país a la IED
y a los proyectos de desarrollo conjuntos. Aquellas áreas que
han sido más exitosas en su emprendimiento están cada vez
más protegidas en cuando a lo que han logrado. Incluso si el
Gobierno deseara interferir con la gallina de los huevos de oro,
no pudiera esperar lograr tanto desarrollo lejos de los territo-
rios costeros a menos que la infraestructura y los servicios es-
tén mejorando dramáticamente en otra parte y a menos que las
industrias estatales ineficientes que dominan en las ciudades
del interior se estén renovando o cerrando. Aunque las restric-
ciones en la migración de la vida rural a la vida urbana se han
flexibilizado, el tamaño absoluto de la población rural (cerca de
dos tercios del total de la población de 1,3 mil millones) también
establece límites a la factibilidad de migración como solución a

FIGURA 7.2. Promedio de ingresos per cápita en zonas rurales


y urbanas en China, 1990–2002

8,000
Ingreso promedio por habitante, en yuanes

7,000

6,000 Zonas urbanas


(Ingresos disponibles)
5,000

4,000

3,000

2,000 Zonas rurales


(Ingresos netos)
1,000

0
1900 1992 1994 1996 1998 2000 2002

Fuente: Oficina Nacional de Estadísticas de China, 2003.


HEGEMONÍA 285

la “brecha de desarrollo” entre las zonas rurales, urbanas, cos-


teras, y del interior del país. Si la tendencia actual sirve de re-
ferencia, la desigualdad espacial de ingresos en China seguirá
creciendo (figura 7.2).65

Desigualdad global de ingresos y desarrollo


desigual global

A este respecto, resulta mejor retomar el tema central de la


presente sección: ¿Cómo se relacionan las tendencias en la des-
igualdad de ingresos globales con la geografía cambiante de la
economía mundial? En primer lugar, recordemos los tres gru-
pos de países más pobres identificados por Pritchett: los pocos
afortunados del este y sureste de Asia; una miscelánea de gran-
des países (como Brasil) y países exportadores de petróleo; y
los países pobres que son ahora más pobres.66 Aunque Pritchett
llega esta clasificación a través del uso de promedios nacionales,
el uso de quintiles o percentiles no cambiaría en lo absoluto este
panorama. El primer y tercer grupo son de particular interés.
Si nos enfocamos inicialmente en el primer grupo, exis-
te todo tipo de explicaciones en el llamado fenómeno NIC
(en inglés, países recientemente industrializados) que se
asocia regularmente con dicho grupo, desde sus niveles re-
lativamente altos en materia de educación hasta su buena
infraestructura, Gobiernos fuertes, homogeneidad étnica,
tradiciones culturales confucianas y altas tasas de ahorro. A
principios del siglo XX, tenían muchas de estas caracterís-
ticas, pero eran tan pobres como lo son los países africanos
hoy en día en comparación con los países capitalistas desa-
rrollados. Bruce Cummings fue tal vez el primero en sugerir
qué era lo más importante para impulsar la “bomba” del cre-
cimiento económico en Asia oriental y apartar esta región de
otras partes del mundo subdesarrollado de los años 60 y 70.67

65  Azizur Rahman Khan y Carl Riskin, Inequality and Poverty in China in the Age of Global-
ization (Nueva York: Oxford University Press, 2001).
66  Pritchett, “Divergence: Big Time”.
67  Bruce Cumings, “The Origins and Development of the Northeast Asian Political Economy:
Industrial Sectors, Product Cycles, and Political Consequences”. International Organization
38 (1984): 1–40.
286 La nueva Economía Global

Desde luego, una vez impulsada, la bomba ha tenido que tra-


bajar con los recursos y capacidades locales.
Para Cummings, este impulso se llevó a cabo gracias a la
combinación entre la dedicación geopolítica de EE. UU. en la
región durante la Guerra Fría y la previa inversión en infraes-
tructura (ferrocarriles, puertos, etc.) bajo el imperio japonés.68
Ciertamente, el Gobierno estadounidense invirtió capital en los
puestos de avanzada del mundo libre como Taiwán y Corea del
Sur a modo de ayuda militar e inversión en infraestructuras,
construyendo sobre lo que ya estaba ahí. El objetivo inmediato
era el control de la China comunista, pero a esto estaba ligado
el objetivo de anclar la región de Asia y el Pacífico, sobre todo
Japón, con la economía mundial basada en EE. UU. La inversión
inicial en la región desde afuera fue se basó en la “estabilidad” que
las relaciones con EE. UU. traían a la región. La incorporación
posterior de otros países de la región en la economía mundial glo-
balizada –irónicamente incluyendo a China, ya que el capital de
Hong Kong y Taiwán contribuyó al desarrollo del continente– le
debe mucho al patrocinio geopolítico asumido previamente por el
Gobierno de EE. UU. Evidentemente, otros factores tales como
las capacidades laborales, la organización política, las políticas
sociales nacionales y las conexiones con los mercados globales
en crecimiento han adquirido posteriormente importancia para
sacar estos pocos países del estatus de países más pobres del
mundo. Como se sabe bien, la vulnerabilidad de muchas de es-
tas economías a las presiones financieras globales ha limitado su
crecimiento desde que las crisis monetarias comenzaron a ocu-
rrir en la región desde finales de la década de 1990. De hecho,
ocho de los 27 países pobres que reciben más del 90 % de todo
el capital privado que fluye en dichos países en conjunto se en-
cuentran en el este y sureste de Asia, y sufrieron profundas crisis
financieras entre 1997 y 1999.69
Sin el contexto de la Guerra Fría para atraer hasta la más
mínima atención del Gobierno estadounidense y otros actores
poderosos del mundo, muchos países ahora enfrentan la posi-
bilidad de retirarse efectivamente de toda la economía mun-
dial hacia zonas económicas locales con conexiones limitadas al
68  Cumings, “The Origins and Development of the Northeast Asian Political Economy”.
69  “Global Capitalism: Can It Be Made to Work Better?” Business Week, Special Issue,
2000: 98.
HEGEMONÍA 287

mundo globalizado. Muchos países de África y de otras partes ya


no disponen de nichos bien establecidos dentro de la división
mundial del trabajo, tras haber perdido las posiciones que ocu-
paban como principales productores de materias primas den-
tro del capitalismo imperialista territorial de inicios del siglo
XX. Por ejemplo, la participación africana en las exportaciones
mundiales de café cayó de 29 a 15 % entre 1974 y 1994.70 Los
siguientes cuatro factores parecen ser de importancia primor-
dial con relación a la posición que África perdió en la economía
mundial, sugiriendo que ningún factor aislado ofrece una expli-
cación completa: la pérdida de ventaja comparativa y la caída en
los términos de comercio para muchos productos básicos, sobre
todo desde 1970; la vulnerabilidad a los mercados por el colapso
de los vínculos coloniales; favoritismo político y corrupción; y la
sobrevaluación de divisas para fines políticos, particularmente
para apoyar a las poblaciones urbanas en detrimento de las po-
blaciones rurales.71 La imaginación geopolítica de los EE. UU.
durante la Guerra Fría tuvo un lugar limitado para África y otras
regiones en parte debido al conflicto principal. Pero al menos los
países de estas regiones tenían una influencia potencial sobre la
amenaza omnipresente que representaba la antigua Unión So-
viética y su ideología política y económica. Esto ya pasó y con
esto se fue el incentivo para estimular la inversión en grandes
áreas que son, en consecuencia, las “tierras muertas” más exten-
sas del mundo actual: sin ventaja económica o geopolítica den-
tro de la economía mundial en proceso de globalización.
En segundo lugar, sin embargo, enfocarse únicamente en la
divergencia entre países es potencialmente engañoso. Oscurece
el argumento de Firebaugh de que la principal característica de
la nueva economía global es el aumento significativo de las des-
igualdades de ingresos dentro de los países a medida que dismi-
nuye la desigualdad entre países (casi todo debido al reciente y
enorme crecimiento económico en China e India).72 Esta es una
tendencia global desde China hasta EE. UU. Por lo tanto, no es
sólo una característica de una “etapa” nacional del desarrollo en
el que la nueva industrialización incrementa temporalmente las

70  Richard Grant y John Agnew, “Representing Africa: The Geography of Africa in World
Trade, 1960-1992”. Annals of the Association of American Geographers, 86 (1996): 729-744.
71  Grant y Agnew, “Representing Africa”.
72  Firebaugh, The New Geography of Global Income Inequality.
288 La nueva Economía Global

desigualdades en los salarios entre los trabajadores del campo y


los de las ciudades. Evidentemente, hay un poco de eso en Chi-
na, pero también hay algo mucho más global en esta tendencia.
Representa una nueva geografía económica en la que las locali-
dades y regiones encuentran cada vez más su lugar dentro de una
economía global, no dentro de las economías nacionales aisladas.

Conclusión

No hay un único término que pueda describir de manera ade-


cuada la nueva economía global. No está organizada territorial-
mente como lo estuvieron los viejos imperios europeos, la Unión
Soviética o EE. UU. tal como “se hizo a sí mismo” en el siglo XIX.
De modo que “imperio” no serviría. El orden en el que se basa,
sin embargo, es una hegemonía que incluye un líder hegemónico
continuo y cada vez más conflictivo: EE. UU. Pero es a la vez un
orden liberal transnacional basado en el acceso relativamente
libre de las empresas a las oportunidades donde sea que puedan
encontrarlas. En el análisis final, el liberalismo transnacional
encuentra su apoyo político más fuerte entre aquellos intereses
cuyos nexos de red definen la nueva geografía del poder detrás
de la nueva economía global. Esto no quiere decir que todos los
Gobiernos de los países que operan bajo esta hegemonía liberal
transnacional son o han sido liberales o democráticos. Solo ne-
cesitan permitir relativamente el acceso libre al capital y oponer-
se a demasiado desarrollo económico basado en el Estado para
poder optar por el ingreso y el posible patrocinio del Gobierno
de EE. UU. El paso aparentemente improbable de China de ser
un adversario comunista a un miembro de la OMC y de otras ins-
tituciones del capitalismo global es el ejemplo más extraño de
reclutamiento en los modos del liberalismo transnacional y la
sociedad de mercado en el exterior.73 Como lo destacó Bruce Cu-
mings, una de las fortalezas del liberalismo es la “aceptación de
normas” a medida que se compara la práctica con los ideales y las
73  En términos del PBI según paridad de capacidad adquisitiva, China fue responsable
por el 25 % del aumento en el PIB global entre 1995 y 2002, comparado al 20 % de los EE.
UU. y al 18 % del resto de Asia (excluyendo Japón). En estos términos, es China, y no los EE.
UU., el “motor” de la economía mundial (véase “Steaming”. Economist, 15 de noviembre del
2003: 67-68).
HEGEMONÍA 289

prácticas se ajustan a las mismas.74 Junto con esto, sin embargo,


han surgido la coerción y una vasta militarización global que ha
traído la presencia militar estadounidense, grandes inversiones
en infraestructura y la inculcación de normas liberales. Algunas
regiones han recibido indudablemente beneficios de esto –los
países de Europa occidental con el Plan Marshall, Japón y los
países de Asia oriental, como Taiwán, Corea del Sur y ahora Chi-
na– pero otros han sido y siguen siendo excluidos.

En consecuencia:

Una segregación espacial cada vez más profunda entre ricos y po-
bres dentro de los países y en el mundo, define nuestra era y forta-
lece el poder central, al igual que periferiza a los que quedan atrás,
creando nuevas polarizaciones de riqueza y pobreza que solo han
aumentado durante las últimas dos décadas.75

Este es el regalo geopolítico de EE. UU. para el mundo.

74  Bruce Cumings, “Still the American Century?” Review of International Studies, 25, Spe-
cial Issue (1999): 287.
75  Cumings, “Still the American Century?” 294.
291

8 | La globalización llega a casa

L
a economía mundial que EE. UU. ha creado más allá de sus
límites territoriales ya no es aquella en la que todo EE. UU.
puede ver un reflejo positivo de sí. Aunque la economía es-
tadounidense se ha recuperado en gran medida de las peo-
res tendencias negativas de los años 70 y 80, existe, no obstante,
una inquietud generalizada acerca de lo que la economía mundial
ofrece a EE. UU. Como este capítulo indica, hay una buena razón
para esto. EE. UU. ahora enfrenta un estancamiento en sus rela-
ciones con la economía global. Esto no quiere decir que EE. UU.,
homogéneamente, sea una víctima de su propia hegemonía. Pero
durante la década de los 90, los factores que impulsaron el cre-
cimiento fueron principalmente el sector financiero, las ventas al
por mayor y al por menor y una economía de burbuja asociada
con los servicios de Internet y las telecomunicaciones. Muchos
otros sectores han experimentado poco más que declive, particu-
larmente en relación con el crecimiento del empleo y la participa-
ción en el mercado global propiciado por las fábricas en EE. UU.
Aunque parece que EE. UU. tuvo un buen desempeño desde
1990 y hasta principios de la década de 2000, o al menos uno
mejor que en la década de 1970 y 1980, a muchos estadouni-
denses no les ha ido muy bien en lo absoluto. Si lo han hecho
bien depende de dónde viven y para qué industrias trabajan. Las
principales áreas metropolitanas han experimentado mayores
proporciones del crecimiento económico nacional total, pero
también ilustran más visiblemente la creciente polarización na-
cional en ingresos y riqueza entre ricos y pobres. La década de
1990 fue una buena década para los estadounidenses ricos. Fue
más problemática para el resto. La segunda sección del capítulo,
por lo tanto, pasa del estancamiento de EE. UU. en la economía
mundial a un examen de las consecuencias para grupos y luga-
res dentro de EE. UU. y al contexto macroeconómico en el que
ocurrieron. El análisis es similar al de la nueva economía global
como un todo, que se discute en el capítulo 7. El punto principal
292 La globalización llega a casa

es el derrumbe de la identidad entre EE. UU. y las economías


mundiales que durante tanto tiempo sirvió para sustentar el
apoyo interno a la hegemonía estadounidense.

El estancamiento estadounidense

Una opinión común es que desde 1985 EE. UU. ha experi-


mentado una especie de renacimiento económico. Ciertamente,
la reciente trayectoria general de la economía estadounidense
ha sido más favorable si se compara con la edad oscura de 1970
a 1985, cuando el bajo crecimiento económico se combinó con
la alta inflación, y en relación con otros países industriales im-
portantes. A finales de la década de 1990, cuando el mercado
bursátil estadounidense tuvo un auge y las nuevas tecnologías
informativas prometieron una era aparentemente interminable
de crecimiento (la llamada nueva economía), EE. UU. pareció
restablecer su importancia para la innovación en la fabricación
y los servicios en la economía mundial.1 En general, sin em-
bargo, la idea de que la economía estadounidense se encuentra
en la cima del mundo es cuestionable. En 2003-2004, algunas
señales apuntaban a un repunte significativo en el crecimiento
económico de EE. UU. en comparación con otros países, pero
gran parte de esto puede deberse a la reducción de costos y
a los empleados que trabajan más horas que a una profunda
“revolución de la productividad”.2 Parte de la historia del cre-
cimiento económico estadounidense desde la década de los 80

1  Véase, por ejemplo, Erik Brynjolffson y Loren Hilt, “Beyond Computation: Information
Technology, Organizational Transformation, and Business Performance”. Journal of Economic
Perspectives 14 (2000): 23-48; Dale Jorgenson y Kevin Stiroh, “Raising the Speed Limit: U.S.
Economic Growth in the Information Age”. Brookings Papers on Economic Activity 1 (2000):
125-211; Steven Oliner y Daniel Sichel, “The Resurgence of Growth in the Late 1990s: Is Infor-
mation Technology the Story?” Journal of Economic Perspectives 14 (2000): 3-22.
2  Los optimistas incluyen a J. Bradford DeLong, “Productivity Growth in the 2000s” (Do-
cumento inédito, del Departamento de Economía de la Universidad de California, Berkeley,
Junio 2002). Susanto Basu et al., “Productivity Growth in the 1990s: Technology, Utilization,
or Adjustment” (Cambridge, MA: National Bureau of Economic Research, 2000) proporcionar
evidencia de que la tasa de cambio tecnológico se recuperó dramáticamente después de 1995,
pero son agnósticos sobre su sostenibilidad. The McKinsey Global Institute, “U.S. Productivity
Growth, 1995-2000” (Nueva York: McKinsey and Company, 2001), y Stephen S. Roach, “The
Productivity Paradox”. New York Times, 30 de noviembre, 2003: op-ed, 9, son un poco más
pesimistas en cuanto a que (a) los aumentos de la productividad reportados sean reales y (b)
que la tecnología sea responsable en gran parte de los aumentos reportados.
HEGEMONÍA 293

ha ido de un falso amanecer a otro, por lo que se justifica el


escepticismo en cuanto a la sostenibilidad del “cambio de ten-
dencia” de 2003-2004.
Durante los años transcurridos entre 1989 y 2002, la mejor
medida del desempeño económico, el crecimiento del producto
interno bruto (PIB) per cápita, fue en promedio 1,6 % para EE.
UU., casi lo mismo que en Japón, pero mucho menos que el
1,9 % de Alemania. Al mismo tiempo, la medida principal de lo
que causa el crecimiento económico, el cambio en el nivel de
productividad multifactorial (la eficiencia del uso del capital,
el trabajo y la tecnología), creció más lentamente en EE. UU.
que en Japón o Alemania con promedios anuales de 0,9 %, 1,3
% y 2,6 % respectivamente. La tasa de desempleo en EE. UU.
promedió 5,8 %, menos que el 7,8 % de Alemania pero más alta
que el 2,4 % de Japón.3 En la recesión de 2000 a 2003, la tasa
de desempleo en EE. UU. volvió a subir por encima del 6 %, ya
que el país perdió aproximadamente 2,7 millones de empleos.
En lo único que EE. UU. superó a cualquiera de estos otros paí-
ses industriales durante el período 1989-2002 fue en la crea-
ción de empleos. Sin embargo, muchos de los nuevos empleos
que reemplazaron a los empleos del sector manufacturero, en
su mayoría, que se perdieron en EE. UU. en la década de 1990
y entre 2000 y 2003, pagan mucho menos. En Los Ángeles,
por ejemplo, los registros estatales de nómina muestran que
de los 300,000 nuevos empleos creados entre 1993 y 1999, la
mayoría pagó menos del promedio de 25.000 dólares al año
del área metropolitana en 1993, y solo uno de cada diez pagó
60.000 dólares o más al año; el número de empleos que pagan
15.000 dólares o menos creció a una tasa anual del 4 % más del
doble de la tasa para todas las demás categorías de ingresos.4
Los trabajadores estadounidenses también suelen trabajar mu-
chas más horas que los trabajadores en otros países industria-
les. Esto, sumado a un porcentaje más alto de la población en
la fuerza de trabajo representa el aumento en el promedio del
PIB per cápita en EE. UU., no simplemente una mayor pro-
ductividad o eficiencia en el uso de los factores de producción.5
3  “Desperately Seeking a Perfect Model”. The Economist, 8 de abril, 1999: 10; Lawrence
Mishel et al., The State of Working America (Ithaca, NY: ILR Press, 2003), capítulo 7.
4  D. Lee, “L.A. County Jobs Surge Since ’93, but Not Wages”. Los Angeles Times, 26 de julio,
1999: A1, A10.
5  Mishel et al., The State of Working America, 430-432. Para una discusión a fondo sobre
294 La globalización llega a casa

Las personas en otros países industrializados suelen tener más


tiempo de ocio y más y mejores bienes públicos.
El “sentido común” popular se basa más en las comparacio-
nes con las experiencias pasadas de EE. UU. que con otros países.
Pero también es cierto que los años 90 no fueron excepcionales
(tabla 8.1). En promedio, la economía no creció más rápido que

TABLA 8.1. Mayores indicadores económicos estadounidenses.


Incrementos Anuales Promedio para las décadas de 1960, 1970,
1980 Y 1990
1960s 1970s 1980s 1990s

Incrementos Anuales Promedio*


PIB real 4.4 % 3.3 % 3.1 % 3.1 %
Productividad 2.9 % 2.0 % 1.4 % 1.9 %
Empleo 1,9 % 2.4 % 1.7 % 1.3 %
SyP 500 6.6 % -0.5 % 12.9 % 15.9 %
Nivel Promedio**
Inflación 2.3 % 7.1 % 5.6 % 3.0 %
Desempleo 4.8 % 6.2 % 7.3 % 5.8 %
*Basado en el crecimiento trimestral año a año. SyP se refiere al rendimiento total ajustado a la inflación
**Basado
*Basadoenendatos trimestrales trimestral año a año. SyP se refiere al rendimiento total ajustado a la in-
el crecimiento
flación
**Basado en datos trimestrales

Fuente: Cletus C. Coughlin y Daniel L. Thornton, Federal Reserve Bank de Saint Louis, “Yes, the ‘90s
Were Unusual, But Not Because of Economic Growth”. (trad. Cast. Sí, los 90 fueron inusuales pero no
por el crecimiento económico) Business Week, April 24, 2000:32.

en los años 70 y 80, y fue mucho más lenta que en los años 70.
A través de los indicadores clave de crecimiento promedio de
la productividad, el desempleo e incluso la inflación, la década
no fue rival para los años 70. Parece aún menos impresionante
cuando se tiene en cuenta el hecho de que la inflación, la produc-
tividad y el desempleo ahora se miden de manera que definiti-
vamente subestiman la inflación y el desempleo, al tiempo que
aumenta el empleo en relación con las décadas anteriores.6 Solo
cómo hacer comparaciones de ingresos y productividad entre EE. UU. y Europa véase Robert
Gordon, “Two Centuries of Economic Growth: Europe Chasing the American Frontier”. Dispo-
nible en [Link] [Link].
6  “Yes, the ’90s Were Unusual but Not Because of Economic Growth”. Business Week, 24 de
abril, 2000: 32; Austan Goolsbee, “The Unemployment Myth”. New York Times, 30 de noviem-
bre, 2003: op-ed, 9.
HEGEMONÍA 295

en dos aspectos brillaron los años 90, que reflejaban el poder


de los mercados financieros de los EE. UU. y el papel del dólar
estadounidense como estándar monetario global efectivo. El pri-
mero es la estabilidad económica. La inflación y el crecimiento
económico se mantuvieron más estables a través del tiempo que
en épocas anteriores, probablemente como resultado de la ca-
pacidad del Gobierno de EE. UU. de utilizar las tasas de interés
para manipular los precios relativos. El segundo es el mercado
de valores. El rendimiento anual promedio del 15.9 % publicado
por el índice bursátil S&P 500 fue muy superior al de la década
de 1960 y al miserable de los años 70. Su colapso desde 2000,
sin embargo, ilustra el grado en que su ascenso en la década de
1990 no tuvo mucha relación con el verdadero estado de la eco-
nomía de los EE. UU.
A pesar del revuelo sobre la prolongada expansión de la eco-
nomía de EE. UU. entre 1991 y 2000 y la explosión del mercado
de valores, el modelo económico estadounidense ya no es un pa-
rangón nacional o global. Ahora debe luchar junto con todos los
demás, produciendo un crecimiento algo mayor que en el perío-
do de 1970 a 1985, pero con mayor desigualdad de ingresos que
en la mayoría de los países industrializados. A veces se afirma
que EE. UU. ha negociado una mayor desigualdad para favore-
cer un crecimiento más rápido. Sin embargo, durante el período
de 1989 a 1998, los ingresos individuales promedio han aumen-
tado en cantidades similares en Japón, Alemania y EE. UU., a
pesar de que EE. UU. tiene diferenciales de ingresos mucho ma-
yores. En EE. UU., el 20 % más rico gana nueve veces más que
el 20 % más pobre, en comparación con la proporción de cuatro
veces en Japón y seis veces en Alemania. A pesar de un ingreso
promedio más alto en EE. UU., el 20 % más pobre de Japón se
encuentra aproximadamente un 50 % en mejores condiciones
que el 20 % más pobre de EE. UU.7
Una explicación plausible de los fenómenos del estanca-
miento de los ingresos y del desvanecimiento de las promesas
apuntaría, en primer lugar, al corte del nudo fordista que ataba
la producción y el consumo. La globalización de los mercados
laborales ha significado que las empresas sin mercados locales
fijos son relativamente libres de moverse a voluntad a cualquier

7  “Desperately Seeking a Perfect Model”. The Economist.


296 La globalización llega a casa

lugar donde puedan conseguir el mejor “negocio”. Bajo tales con-


diciones, el expansionismo más allá de las fronteras nacionales
ya no garantiza la rentabilidad para la mayoría de las personas
que se quedaron en casa. Los únicos que se benefician son los
que se ganan la vida a través de las inversiones. Al mismo tiem-
po, esto también desalienta a las empresas a invertir en capital,
especialmente en equipos que mejoren la productividad.8 Esta
situación explica a su vez la disminución de la relación capital/
producción en EE. UU. (una medida de la importancia relativa de
la mano de obra y la tecnología en la producción que se mide en
cuántas unidades de capital deben invertirse en promedio para
obtener una unidad de producción) desde principios de los años
80 hasta mediados de los 90. Esto ahora parece haber cambiado,
particularmente en el sector manufacturero, donde la tecnología
ha sustituido cada vez a la mano de obra. La tasa de crecimiento
de la cantidad de capital disponible para cada trabajador en EE.
UU. cayó desde su punto máximo a principios de la década de
1980 hasta mediados de la década de 1990, lo que sugiere que
la economía estadounidense producía sus bienes y servicios de
una manera más intensiva que en el pasado, en relación con la
mano de obra. En otras palabras, el trabajo fue sustituido por el
capital. El trabajo más arduo aumentó a medida que disminuyó
la inversión en equipo de capital. Mientras que la productividad
aumentó significativamente en 2003 (y más lentamente desde
1995 hasta 2002), de ninguna manera resulta claro que esto sea
el resultado de un mayor rendimiento de la inversión en tecno-
logía. Podría deberse a que las personas trabajaron más duro.
El dilema a largo plazo es que sin una inversión de capital sufi-
ciente, los ingresos medios no aumentarán, y si no aumentan los
ingresos, la mano de obra no podrá comprar los productos de la
producción globalizada. Este es el gran enigma que enfrenta la
sociedad de mercado estadounidense.
Al principio, esto puede sonar sorprendente. Por ejemplo,
¿no ha habido una gran inversión en tecnología informática que
supuestamente ha mejorado la productividad y reducido la car-
ga laboral? ¿Esto no retroalimenta al bienestar de los trabaja-
dores estadounidenses? De hecho, existe evidencia considerable
que sugiere que la tecnología informática aún no ha producido
8  William Wolman y Anne Colamosca, The Judas Economy: The Triumph of Capital and the
Betrayal of Work (Reading, MA: Addison-Wesley, 1997), 76-77.
HEGEMONÍA 297

esas tan ampliamente predichas ganancias de productividad,


particularmente en el sector de servicios, donde se ha concen-
trado gran parte del crecimiento de la economía de EE. UU. La
sobrecarga de información, la rápida obsolescencia y la falta de
impacto del procesamiento de la información en muchas indus-
trias, así como los conflictos de interfaz técnica, han conspirado
para reducir el efecto general de la nueva tecnología en la eco-
nomía de EE. UU.9 Aunque la informatización ha tenido efectos
positivos innegables (por ejemplo, en las operaciones de firmas
como Wal-Mart), no parece ser este el beneficio a largo plazo de
la fuerza de trabajo de Estados Unidos en cuanto a una mejora
del nivel de vida.
Ha habido un colapso cada vez mayor de la coincidencia
geográfica entre la producción y el consumo debido a que los
trabajos de fabricación sucumben a la tecnología o se mudan al
extranjero y son reemplazados por trabajos peor remunerados,
lo que lleva a que los consumidores estadounidenses compren
bienes y servicios que no producen. Este colapso se ha visto exa-
cerbado por el aumento de las presiones sobre los Gobiernos
para facilitar el “acceso al mercado” y hacer que “sus” empresas
estén “en buena forma y listos” para los rigores de la competen-
cia global. Cada vez hay menos “políticas de amortiguamiento”
entre los países y el ciclo comercial global.10 Incluso economías
grandes y previamente “protegidas”, como EE. UU., se encuen-
tran sujetas a choques económicos que están cada vez más allá
de los poderes de gestión del Gobierno central. Al mismo tiem-
po, para ajustarse a la disciplina de los mercados financieros, los
países deben restringir los gastos dedicados al bienestar social;
sin embargo, como Rodrik ha sugerido de forma tan convincen-
te, las economías que han estado tradicionalmente más abiertas
al comercio y la inversión han tenido mayores gastos de bienes-
tar relativos.11 EE. UU., con su estado de bienestar minimalista
(según los estándares de los países industrializados), se enfrenta
9  Véase, por ejemplo, Alan S. Blinder and Richard E. Quandt, “The Computer and the Econ-
omy”. The Atlantic Monthly (Diciembre 1997): 26-32. Sobre el efecto limitado de la tecnología
sobre la productividad y la gran importancia de los aumentos de las horas de trabajo, véase,
Lawrence Mishel et al., The State of Working America, 203-212, 238-243
10  Daniel Drache, “From Keynes to K-Mart: Competitiveness in a Corporate Age,” en States
Against Markets: The Limits of Globalization, ed. Robert Boyer y Daniel Drache, 31-61 (Lon-
dres: Routledge, 1996).
11  Dani Rodrik, Has Globalization Gone Too Far? (Washington, DC: Institute for Interna-
tional Economics, 1997).
298 La globalización llega a casa

por lo tanto con un problema social prospectivo, ya que los re-


cortes en el bienestar son paralelos a una mayor apertura de la
economía nacional.
La sensación de un futuro económico más frágil e inesta-
ble ha dado lugar a un cuestionamiento del “sentido común”
de la ética estadounidense. El libre comercio y la competen-
cia económica internacional son abiertamente criticados en
una forma que no hubiera sido posible hace 30 años. Las
críticas se basan en la lamentable condición de la balanza de
pagos de EE. UU. en los años 80 y 90. Las cifras sugieren una
economía que depende cada vez más de las importaciones de
bienes y capitales de otros lugares en lugar de una economía
poderosa que domina el resto del mundo y es invulnerable
a las decisiones en el extranjero (tabla 8.2). El comercio y
la competencia son corolarios vitales de la extensión de la
nación fronteriza en el mundo en general. Pero el estable-
cimiento de salarios en el lugar de menor costo –sin abor-
dar las consecuencias colectivas para los estadounidenses de
expandir la producción en el extranjero y sin incrementos
proporcionales en la capacidad de ingresos para el consumo
estadounidense– se considera una violación de la promesa
estadounidense a su propio pueblo. Curiosamente, la crítica
proviene tanto de la izquierda como la derecha del espectro
político, como se aprecia más dramáticamente en las protes-
tas contra la reunión de 1999 de la Organización Mundial de
Comercio (OMC) en Seattle.
Los sindicatos, los activistas dedicados a la defensa del me-
dio ambiente y los grupos de milicias de extrema derecha se
oponen a la idea de que EE. UU. y sus regiones son solo luga-
res de inversión y desinversión en lugar de partes del espacio
abstracto de la promesa económica legada por la nación fronte-
riza. Esta actitud se manifiesta en el aumento de las posiciones
aislacionistas tanto en cuestiones económicas como militares.
Estas posiciones cuestionan compromisos centrales de EE. UU.
como el activismo diplomático global, el liderazgo de organiza-
ciones internacionales liberales como la OMC, la membrecía en
el sistema de las Naciones Unidas y varias estructuras de alian-
za como la OTAN. Aunque existe una gama de “aislacionismos”
que dan prioridad a diferentes cuestiones, desde la protección
de empleos existentes y las reglamentaciones ambientales hasta
HEGEMONÍA 299

TABLA 8.2. Principales flujos de capital de Estados Unidos,


1970-2000 (miles de millones a precios corrientes; [-] denotan
flujos a la fuga)

1970 1970 1980 2000


Balance en G + S + I * 4 11 -59 -391
Exportaciones G + S + I 63 344 697 1419
Importaciones G + S + I -59 -334 -757 -1809
Transferencias unilaterales -3 -8 -33 -54
Donaciones/ pensiones [Link] -2 -7 -20 -22
Regalos privados -1 -1 -13 -33
Bienes de EE. UU. en el exterior -8 -87 -74 -581
Activos del Gbno. -2 -13 -4 -1
Inversión directa -4 -19 -30 -152
Valores extranjeros -1 -4 -29 -125
Bancos estadounidenses y otros préstamos -1 -51 -11 -302
Activos extranjeros en los [Link]. Netos 6 58 122 1024
Activos extranjeros en el extranjero, neto - 15 34 38
Activos privados extranjeros, neto 6 43 88 987
Inversión directa - 17 48 288
Valores del Tesoro de los Estados Unidos - 3 -3 -53
Otros valores de los Estados Unidos 4 5 35 486
Banco de los Estados Unidos y otros pasivos 2 18 8 266
Residual 1 27 44 -2

*G + S + I = bienes más servicios más inversión, por sus siglas en inglés.

Fuente: Oficina del Censo, Departamento de Comercio de los [Link]., Resumen estadístico de los Estados Unidos:
1998, 1992; y la Oficina de Análisis Económico de [Link]., Encuesta de negocios actuales, 2001.

la preocupación por las influencias culturales extranjeras, todos


ellos comparten una antipatía básica hacia el statu quo globalis-
ta.12 Entre ellos y al acecho está el deseo de devolver al genio (la
globalización), puesto en libertad por la nación fronteriza, a la
botella territorial (EE. UU.).
Una dimensión de la globalización particularmente cuestio-
nable es la fe en los beneficios del libre comercio. Se escuchan
cada vez más las críticas a un régimen de libre comercio en el
que los salarios se fijan en la ubicación de menor costo sin pres-
tar atención a las consecuencias colectivas de la expansión de

12  John Dumbrell, “Varieties of Post-Cold War American Isolationism”. Government and
Opposition 34 (1999): 24-43
300 La globalización llega a casa

la producción sin aumentar de manera proporcional la capaci-


dad de ingresos para el consumo mundial. Este es un problema
tanto mundial como estadounidense, y los estadounidenses ya
no están protegidos de sus efectos. A pesar de que EE. UU. es
menos abierto y menos dependiente del comercio exterior que
cualquier otro país industrial importante (tablas 8.3 y 8.4), su
posición relativa ha cambiado significativamente en los años
posteriores a 1960.

TABLA 8.3. Apertura comercial de las principales economías


industriales (Exportaciones + importaciones como porcentaje
del PIB), 1960-2000

País 1960 1970 1980 1990 2000

Canadá 33.0 44.4 52.3 60.4 86.8


Estados Unidos 08.5 11.9 17.8 22.0 26.2
Japón 14.7 21.2 28.7 36.5 20.1
Alemania occidental * 28.1 43.1 66.2 76.3 67.0
Francia 22.6 36.3 45.1 52.6 55.7
Italia 22.5 42.1 43.6 51.0 55.8
Reino Unido 42.9 53.0 56.3 62.6 57.9

* Alemania en 2000.

Fuente: Cuentas nacionales de la OCDE, Volumen 2, tablas detalladas (París: OCDE, 1979, 1992, 2002).

Los trabajadores menos cualificados y de bajos ingresos par-


ticularmente tienden a oponerse a la liberalización del comercio,
a la inmigración y a la inversión extranjera directa, y fueron sus
mayores críticos entre los años 70 y los 90. Esto refleja la reali-
dad de su situación. Sin embargo, a partir de 1998, dos tercios de
los estadounidenses, no solo los de bajos salarios, pensaron que
el comercio había sido una “causa principal” de los bajos niveles
de vida de los EE. UU.13 La percepción negativa de la globaliza-
ción, por lo tanto, se extiende mucho más allá de aquellos que tal
vez se hayan visto más directamente afectados por ella.
13  Kenneth F. Scheve y Matthew J. Slaughter, Globalization and the Perceptions of Amer-
ican Workers (Washington, DC: Institute for International Economics, 2001), 90 Kenneth F.
Scheve and Matthew J. Slaughter, Globalization and the Perceptions of American Workers
(Washington, DC: Institute for International Economics, 2001), 90. Una excelente encuesta
empírica reciente sobre los beneficios y los costos de la globalización en todas las industrias y
grupos sociales de los EE. UU. nos ofrece J. David Richardson, Global Forces, American Faces:
U.S. Economic Globalization at the Grass Roots (Washington, DC: Institute for International
Economics, 2003).
HEGEMONÍA 301

TABLA 8.4. Dependencia del comercio de las principales


economías industriales (exportaciones como porcentaje
del PIB), 1960-2000

País 1960 1970 1980 1990 2000

Canadá 17.2 22.0 28.4 29.2 46.0


Estados Unidos 05.2 05.8 07.1 10.5 11.2
Japón 10.7 10.6 14.6 18.1 10.8
Alemania occidental * 19.0 20.9 32.4 39,7 33,7
Francia 14,5 16,7 23,9 25,2 28,5
Italia 13,0 17,7 22,8 23,8 28,4
Reino Unido 20,9 21,8 29,1 29,4 28,1

* Alemania en 2000.

Fuente: Cuentas nacionales de la OCDE, volumen 1, principales agregados (París: OCDE, 1990, 2002).

El problema básico en el estado general de la economía de


EE. UU. es su autonomía relativa en comparación con su capa-
cidad relativa. Por un lado, un indicador de interdependencia
o susceptibilidad a los choques externos (la relación entre el
comercio y las exportaciones de EE. UU. y el producto interno
bruto [PIB] o el PNI) ha aumentado dramáticamente desde 1970
(figura 8.1). Por otro lado, un indicador de capacidad dentro de la
economía mundial (la relación entre el PNB de EE. UU. o el PIB
respecto del PNB o PIB total) declinó casi linealmente entre 1950
y 1980, pero desde entonces ha fluctuado con aumentos marca-
dos a principios de la década de 1980 y finales de la de 1990 (des-
pués de una caída significativa de 1985 a 1995). Con la economía
de EE. UU. como el “motor” de la economía mundial tanto a prin-
cipios de los años 80 como a fines de los 90, estos resultados no
son sorprendentes. Sin embargo, la sostenibilidad del “rebote” de
fines de los años 90 ahora depende en mayor medida de la recu-
peración de otras economías industrializadas que del desempeño
económico estadounidense en general. EE. UU. ha estado gastan-
do mucho más de lo que produce y ahorra, por lo tanto, está muy
en juego que haya una caída como la que tuvo lugar después de la
década de 1980. Fred Bergsten ha utilizado el término “efecto ti-
jera” para describir las consecuencias conjuntas para la economía
de los EE. UU. de una mayor interdependencia económica y una
capacidad en declive, si bien recientemente resiliente:
302 La globalización llega a casa

EE. UU. se ha vuelto a la vez mucho más dependiente de la econo-


mía mundial y mucho menos capaz de dictar el curso de los eventos
internacionales. El entorno económico global es más crítico para
EE. UU. y menos susceptible a su influencia.14

A finales de la década de los 80, proporcioné un análisis


detallado de por qué la autonomía y la capacidad económica
de EE. UU. habían disminuido.15 Al actualizar este análisis, y
a la luz de la autonomía, los enormes y cada vez más amplios
déficits de comercio y cuenta corriente de EE. UU. muestran al
país como el mayor deudor e importador del mundo en relación
con las exportaciones, con Japón y China como sus principales
acreedores. Pero más allá de esto, la mayor interdependencia
y velocidad de los mercados financieros mundiales afectan a
EE. UU. tal como lo hacen a otros países. EE. UU. tiene al-
gunas ventajas obvias. La más importante de ellas es que los
principales comerciantes del país mantienen sus reservas ma-
yormente en moneda estadounidense y, por lo tanto, ayudan a
financiar los déficit de EE. UU., dado que la tasa de ahorro en
EE. UU. es demasiado baja para hacerlo internamente. Con-
trolar la principal moneda transnacional del mundo, en la que
está denominada gran parte del comercio mundial, también le
da a EE. UU. la capacidad de permitir que el dólar caiga para
impulsar las exportaciones y afectar los precios reales relativos
de los productos de sus rivales. Estas ventajas, sin embargo, no
son absolutas. Por un lado, perder la cooperación extranjera
podría llevar a una caída dramática en el valor del dólar porque
al menos un tercio de la deuda del Tesoro de EE. UU. es propie-
dad de agencias extranjeras oficiales. Por otro lado, “disminuir
el valor del dólar” puede provocar un colapso en lugar de una
disminución controlada del valor. Por lo tanto, la idea de que
la economía de EE. UU. tiene “poder imperial”, como alegan
numerosos escritores, necesita relacionarse con el desempeño
real de la economía estadounidense y no con las cuentas abs-
tractas de los poderes que EE. UU. tiene potencialmente a su
disposición.16. Si bien estos poderes pueden haber ayudado a
14  C. Fred Bergsten, “The United States and the World Economy”. Annals of the American
Academy of Arts and Sciences 460 (1982): 13.
15  John Agnew, The United States in the World Economy: A Regional Geography (Cam-
bridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1987).
16  Véase, por ejemplo, Peter Gowan, The Global Gamble: Washington’s Faustian Bid for
HEGEMONÍA 303

FIGURA 8.1. El “Efecto tijera”: relación de (A) Comercio


y exportaciones de [Link]. PIB (1950-2000) y (B) Estados Unidos
al PIB total (mundo industrial) PNB (1950-67) y PIB (1960-2000).
industriales (exportaciones como porcentaje del PIB), 1960-2000
(A)
26

24
22
20

18
16
14
12 Comercio

10
8
6
Exportaciones
4

1950 1960 1970 1980 1990 2000

(B)
75

70

65 GNP

60

55
GDP

50

45

40

35
1950 1960 1970 1980 1990 2000

Fuente: Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos, Cuentas Nacionales, 2002.

Global Dominance (Londres: Verso, 1999); y Robert Hunter Wade, “The Invisible Hand of the
American Empire”. Ethics and International Affairs 17 (2003): 77-88.
304 La globalización llega a casa

las instituciones financieras, a las multinacionales que invier-


ten fuera de EE. UU. y a la posición monetaria de EE. UU., no
se han traducido en un desempeño económico general superior
automático para la economía de EE. UU.
Con respecto a la capacidad, el principal problema reside en
la disminución relativa del potencial de PNB o la capacidad de
producción. Esto es en parte una función de la fuerza de trabajo
cambiante (más dependientes, menos habilidades, etc.), pero en
gran parte es producto de la disminución de la productividad
nacional. En 1990, esto se indexó en 1.4, en comparación con
un 4.3 en 1965. Para el año 2000 mejoró un poco hasta alcanzar
1,9. Como consecuencia, el crecimiento real del PNB o del PIB,
ha caído del 4,4 % en la década de 1960, al 3,3 % en la década
de 1970, al 3,1 % en la década de 1980 y al 3,1 % en la década de
1990. Parte de la respuesta a este patrón es que las industrias de
servicios cuya participación en el PIB total y cuya tasa de empleo es
la que más está creciendo en EE. UU. muestran aumentos mucho
más bajos en la productividad que las industrias manufactureras
que tienen participación en el PIB total y cuyas tasas de empleo es-
tán disminuyendo dramáticamente.17 Pero el capital de la globali-
zación y los mercados de trabajo también son indudablemente
parte de la respuesta. Por un lado, la creciente uniformidad de
las regulaciones y el acceso a las diferentes economías nacionales
facilita que las empresas muevan la inversión de una a otra. Por
otro lado, la mano de obra ahora está cada vez más disponible
a nivel mundial. La mano de obra calificada, particularmente,
puede importarse si la economía local proporciona trabajadores
calificados insuficientes. La competencia de las restricciones la-
borales y legales de salarios más bajos (a menudo en el extran-
jero) ha afectado conjuntamente la capacidad de los sindicatos
para organizar la fuerza de trabajo. Como resultado, no solo han
bajado los salarios medios, sino también los beneficios prome-
dio (como las pensiones y el seguro de salud), que tienden a ser
considerablemente más altos para los miembros del sindicato.
Esto hace que la producción sea más flexible y también menos
dependiente de poblaciones locales relativamente inmóviles. El
efecto neto es convertir los salarios de la fuente de demanda en la
que estaban bajo el fordismo, al costo de producción en el que se
17  Robert Rowthorn y R. Ramaswamy, “Growth, Trade and Deindustrialization”. IMF Staff
Working Papers 46 (1999): 18-41.
HEGEMONÍA 305

han convertido en una economía más globalizada.18 Como resul-


tado, existe una potencial “nivelación” global de los ingresos. No
es una coincidencia que la “edad de oro” de los ingresos y estilos
de vida de la clase media para los trabajadores estadounidenses
se correlaciona con niveles relativamente altos de membrecía en
los sindicatos y con una limitada movilidad global del capital.19
La globalización de los mercados laborales se puede ver en el
trabajo de dos maneras distintas. Una de ellas es la creciente se-
lección de ubicaciones disponibles para las empresas que tienen
una amplia gama de requisitos del mercado laboral en diferen-
tes fases de producción, o que se sienten atraídas por diversos
mercados con el fin de distribuir los riesgos de inversión. A medi-
da que los países “liberalizan” sus economías, reducen las regla-
mentaciones y las limitaciones en las prácticas comerciales. Por
lo tanto, imponen menos restricciones (regulaciones ambientales,
restricciones de mano de obra, reclamos de responsabilidad por
productos defectuosos, etc.) a las empresas móviles. La otra for-
ma en que se puede ver la globalización de los mercados laborales
es en la contratación y migración de trabajadores calificados y no
calificados. En el primer caso, el movimiento ocurre tanto dentro
de las empresas transnacionales como en sectores como el de la
salud, donde los contratos reflejan, respectivamente, las necesi-
dades de las empresas y la escasez mundial de mano de obra. En
el segundo caso, el movimiento ocurre cuando un gran número de
trabajadores no calificados de países más pobres se ocupa de tra-
bajos de poco atractivos para los trabajadores locales, en econo-
mías industrializadas y en otras economías ricas. Estas tendencias
no sólo tienen consecuencias económicas en términos de reducir
potencialmente el poder de negociación de los trabajadores resi-
dentes, sino que también tienen impactos culturales y sociales a
medida que sociedades como la de EE. UU. se vuelven cada vez
más multiculturales con marcadas divisiones étnicas en el traba-
jo. Sin embargo, desde 1990 existe evidencia de que la migración
internacional de mano de obra calificada y no calificada a EE. UU.

18  Bob Jessop, The Future of the Capitalist State (Cambridge, Inglaterra: Polity Press,
2002), 105.
19  Mishel et al., “The State of Working America”, 189-196, muestra una prima constante a
través de los salarios y beneficios para pertenecer a un sindicato. La pena es que cada vez menos
trabajadores estadounidenses pertenecen a los sindicatos, cayendo del 29 % en 1977 a alrededor
del 14 % en 2001. Véase también Robert E. Baldwin, The Decline of U.S. Labor Unions and the
Role of Trade (Washington, DC: Institute for International Economics, 2003).
306 La globalización llega a casa

ha disminuido con respecto a la década anterior, mientras que el


movimiento de inversión extranjera directa ha tendido a aumen-
tar. Por lo tanto, la primera característica de la globalización de
los mercados laborales es ahora más importante en relación con
EE. UU. que con la segunda.
La virtud del expansionismo inherente a la experiencia es-
tadounidense ha sido cuestionada recientemente en EE. UU.
En otros lugares, la benevolencia de la omnipotencia estadou-
nidense ha sido abiertamente problemática desde hace mucho
tiempo. Lo que ha concentrado voluntades ha sido el impacto
aparentemente negativo que la globalización aportada por la
hegemonía global estadounidense está teniendo ahora en casa.
Por un lado, el dramático incremento de la polarización de los
ingresos y la riqueza entre los ricos y el resto de la gente ha sido
atribuido por muchos analistas y algunos políticos a los efectos
de la globalización, en particular la pérdida de empleos rela-
tivamente bien remunerados de las líneas de ensamblaje que
caracterizaron a ese EE. UU. de la era fordista.20 Parece más que
una coincidencia temporal que las ganancias del hombre pro-
medio estadounidense y los ingresos familiares promedio al-
canzaran su punto máximo en 1973 y se hayan estancado desde
entonces, cuando se abrió una enorme brecha salarial durante
el mismo período entre el 1 % más rico de la población (cuyos
ingresos provienen mayormente de las acciones y del sector
inmobiliario) y el resto de la gente (cuyos ingresos provienen
del trabajo) (figura 8.2). La desaceleración de los salarios
reales está concentrada particularmente en los servicios menos
cotizados: dado que los empleos en este sector son los únicos
disponibles debido a la contracción de empleos de manufactura
mejor pagados, la globalización está obrando a través de este
desplazamiento para afectar las ganancias promedio. Aunque
el desempleo en EE. UU. ha sido consistentemente más bajo
que en Europa desde 1973, esta diferencia se explica en gran
parte por el crecimiento del empleo a tiempo parcial y los mal
pagados empleos de servicio al cliente en EE. UU. en relación
con Europa. Por ejemplo, entre 1965 y 1998, los empleos en los
sectores minorista y de servicios, los dos sectores que pagan los
20  Véase, por ejemplo, John O’Loughlin, “Economic Globalization and Income Inequality in
the United States,” en State Restructuring in America: Implications for a Diverse Society, ed.
Lynn Staeheli, Janet Kodras, y Colin Flint (Thousand Oaks, CA: Sage, 1997).
HEGEMONÍA 307

FIGURA 8.2. Desigualdad del ingreso de los hogares


por coeficiente de Gini, 1965-1997.

15%
15
Coeficiente de Gini, cambio en el porcentaje

10

-5
1970 1980 1990 1997
Período de Recesión

Nota: El coeficiente de Gini mide el grado de concentración de los hogares en toda la distribución
del ingreso. El cambio porcentual muestra la medida en que los ingresos son cada vez menos (si son
positivos) o más (si son negativos) distribuidos por igual en todos los hogares.

Fuente: Oficina del Censo de los Estados Unidos, Resumen estadístico de los Estados Unidos
(Washington DC: Departamento de Comercio de los Estados Unidos, 1998).

salarios más bajos, subieron del 30 al 48 % de todos los empleos


de producción y de no supervisión en EE. UU.21 Wal-Mart no
es solo un lugar donde muchos estadounidenses compran, pro-
ductos importados principalmente, sino que también es donde
muchos de ellos podrían terminar trabajando pronto, ganando
salarios de miseria.
Esto representa una situación económica inestable. Desde
fines del siglo XIX hasta la década de los 80, las masivas econo-
mías de escala de la producción manufacturera de EE. UU. per-
mitieron al país beneficiarse de un círculo virtuoso de expansión
en la producción, en los ingresos y en el consumo.

21  “A New Economy but No New Deal: More Full-Time Workers Are Poor”. Business Week,
July 10, 2000: 34.
308 La globalización llega a casa

En la economía global contemporánea, EE. UU. funciona


como una gigantesca máquina de compra de productos cuya
manufactura cada vez más frecuentemente se realiza en otros
lugares. El crecimiento económico en el pasado reciente (2000-
2004) ha sido impulsado casi por completo por el consumo. Sin
embargo, a medida que aumenten los ingresos para los que fa-
brican estos productos, emergerán mercados masivos alternati-
vos al mercado estadounidense. El país perderá gran parte de su
influencia sobre la economía mundial como el “último recurso
de compra”. En otras palabras, la productividad de las econo-
mías de escala más grandes en lugares que realmente producen
bienes –esto es, el aumento del producto por trabajador– dará
lugar a ingresos crecientes que pueden pagar salarios más altos
y mayores ganancias que, a su vez, se pueden destinar a la inves-
tigación y comercialización22 de nuevos productos. Desde este
punto de vista, ser el mayor consumidor mundial es simplemen-
te insostenible. Dada la situación en la que está EE. UU., ya no
es posible conservar el acceso a las ganancias y los ingresos que
su mercado masivo alguna vez hizo posible.
Desde un ángulo diferente, se ha señalado que hay un crecien-
te pesimismo por parte de los estadounidenses sobre el logro de
una de las “promesas” fundamentales de la experiencia histórica
estadounidense, como lo es la alta probabilidad de que nuestros
hijos tengan un nivel de vida más elevado que el nuestro.
Las generaciones que llegaron a la madurez después de la
Segunda Guerra Mundial y trabajaron en las florecientes indus-
trias fordistas de la época disfrutaron del continuo crecimiento
real de sus ingresos. De 1973 a 1999, sin embargo, este patrón fue
reemplazado por disminuciones netas en los ingresos semanales
reales para los trabajadores estadounidenses (figura 8.3). Esto
no sugiere que esta promesa sea necesariamente algo bueno en
el contexto de la creciente preocupación por la sostenibilidad de
altos niveles de crecimiento económico bajo condiciones de de-
gradación ambiental, sino solo que la promesa de aumentar los
ingresos es en gran medida una parte de la ética del mercado.
Su potencial pérdida es de gran importancia cultural y política.23
22  Robert Brenner, “New Boom or New Bubble? The Trajectory of the U.S. Economy”. New
Left Review, 25 (2004): 57-100.
23  Véase K. M. Dudley, The End of the Line: Lost Jobs, New Lives in Postindustrial America
(Chicago: University of Chicago Press, 1994); y Katherine Newman, Declining Fortunes: The
Withering of the American Dream (Nueva York: Basic Books, 1993). Sobre la concentración
HEGEMONÍA 309

FIGURA 8.3. Ganancias semanales promedio no agrícolas


del sector privado, 1965-2000

320

300
1982 dollars

280

260

240

1970 1980 1990 2000

Fuente: Departamento de Trabajo de los [Link]., Oficina de Estadísticas Laborales, total de ganan-
cias semanales promedio semanales en dólares estadounidenses de 1982, 2002. http: // www. bis.
gov/[Link].

Es este “acuerdo” entre la población y la economía en expansión


lo que ha ligado a muchos estadounidenses a las normas de la
sociedad del mercado.
Sería un error, sin embargo, suponer que el mito del excep-
cionalismo estadounidense simplemente se está desvaneciendo
como resultado de los excesos de la globalización. Ir de compras
sigue siendo no solo el principal pasatiempo nacional, sino tam-
bién absolutamente fundamental para el crecimiento económi-
co.24 “Los consumidores en EE. UU. gastan porque sienten que
de activos o riqueza aún mayor y creciente que la de los ingresos en los EE. UU. Véase Edward
N. Wolff, “Recent Trends in the Size Distribution of Household Wealth”. Journal of Economic
Perspectives 12 (1998): 131-150.
24  Sharon Zukin, Point of Purchase: How Shopping Changed American Culture (Nueva
York: Routledge, 2003).
310 La globalización llega a casa

deben gastar. Más que en el pasado, las necesidades de la vida,


reales y percibidas, consumen sus ingresos”.25 El gasto es enor-
me: aproximadamente $ 7,6 billones anuales en bienes y servi-
cios y alrededor de dos tercios de la actividad económica nacional
total. Cada vez más, sin embargo, es menos discrecional y rela-
tivamente más financiado por los ingresos no salariales, como
el del refinanciamiento de la hipoteca o el crédito. Al escribir
sobre el período comprendido entre 2000 y 2003, Robert Bren-
ner señala: “El crecimiento económico de EE. UU. en los últimos
tres años ha sido impulsado por los aumentos de la demanda
generados por los préstamos contra la apreciación especulativa
de la riqueza en papel, mucho más que la demanda generada
por el aumento de la inversión y el empleo, impulsado por el
aumento de las ganancias”.26 Se está refiriendo específicamente
al financiamiento del consumo actual del efectivo liberado por
el refinanciamiento de las hipotecas y la inflación de los precios
de la vivienda. Una fuerza importante que también aumenta el
gasto es que el hogar promedio ahora tiene dos adultos en el tra-
bajo en lugar de uno como a principios de los años 70. A pesar de
que se han extendido las dudas sobre los rendimientos de la vie-
ja ética, la retórica del tecno-capitalismo se combina con el ex-
cepcionalismo estadounidense para sugerir nuevas fronteras en
el ciberespacio y no en el espacio geográfico. Al mismo tiempo,
muchos estadounidenses parecen aceptar, e incluso saborear,
las desigualdades sociales creadas por el auge económico de los
años 90. Cada vez más, a medida que las grandes desigualdades
de riqueza se toman como medidas naturales de demostración
de éxito y valor del mercado, los políticos y expertos conservado-
res critican al Gobierno federal, al periodismo, a la academia y a
Hollywood por estar poblados por una “nueva clase” abigarrada
que está socavando sistemáticamente la fe en el “estilo de vida
estadounidense”. Las relaciones con este “populismo de mer-
cado”, para usar el término de Thomas Frank, estuvieron en el
centro de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2000
y 2004, lo que evidenció la polarización geográfica del país en-
tre las costas escépticas y los verdaderos creyentes en medio del

25  Louis Uchitelle, “Why Americans Must Keep Spending”. New York Times,1° de diciembre,
2003: A1, A4.
26  Brenner, “New Boom or New Bubble?” 77.
HEGEMONÍA 311

“corazón” (el medio oeste) estadounidense.27 Ni las fronteras del


ciberespacio ni la idolatría del mercado, sin embargo, contra-
rrestan por completo las depredaciones de la globalización y la
imagen de este EE. UU. que ahora se encuentra en el extremo
receptor de poderosas fuerzas que se originan tanto fuera como
dentro de sus fronteras.

La sociedad de mercado llega a casa a descansar

Es engañoso retratar a EE. UU. y su población simplemen-


te como un conjunto más de “víctimas” de la globalización. En
primer lugar, muchos estadounidenses y algunas localidades
estadounidenses se han beneficiado enormemente del creci-
miento del comercio y la inversión extranjera. Este es parti-
cularmente el caso de los trabajadores y lugares que cuentan
con compañías exportadoras exitosas, y también de quienes
gozan de flujos de inversión extranjera directa. Por ejemplo, el
crecimiento del comercio con el Pacífico Asiático ha beneficia-
do particularmente a los estados occidentales de EE. UU. con
respecto a transporte, exportaciones de recursos y alimentos
y alianzas estratégicas a medida que los países asiáticos de la
zona del Pacífico se han insertado en los circuitos de la pro-
ducción globalizada. En segundo lugar, la economía mundial
contemporánea es, en gran medida, un producto del diseño y la
ideología de EE. UU. Desde sus orígenes como un nuevo Esta-
do a fines del siglo XVIII, el expansionismo político-económico
ha sido un elemento central para la experiencia estadouniden-
se. Al encontrarse en posición de concretar sus viejas ambicio-
nes después de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno y las
empresas de EE. UU. se convirtieron en partidarios entusiastas
de un mundo cada vez más reducido en el que el capital no
conocería fronteras. Los estadounidenses ahora afrontan las
consecuencias: un mundo mucho más abierto al comercio y a

27  Thomas Frank, One Market Under God: Extreme Capitalism, Market Populism, and the
End of Economic Democracy (Nueva York: Random House, 2000). Que la verdadera geografía
electoral es mucho más heterogénea y localizada, véase Thomas Frank, “Lie Down for America:
How the Republican Party Sows Ruin on the Great Plains”. Harper’s Magazine (Abril 2004):
33–46; y Philip A. Klinkner, “Red and Blue Scare: The Continuing Diversity of the American
Electoral Landscape”. The Forum 2 (2004), artículo 2, [Link]
312 La globalización llega a casa

la inversión y diversas influencias culturales, pero también un


mundo donde se ha incrementado la competencia económica
y la inseguridad. En la década de 1990, las industrias manu-
factureras establecidas fueron en gran parte sacrificadas a
medida que los sectores de servicios y financieros llegaron
a dominar a EE. UU. económica y políticamente en la nueva
economía global.28 Por lo tanto, el bienestar relativo de los
diferentes grupos y localidades tiene mucho que ver con los
sectores nacionales que ahora llevan las de perder en la com-
petencia global y aquellos que tienen una ventaja competitiva
continua o creciente.

La geografía de los ganadores y los perdedores

Desde finales del siglo XIX hasta los años posteriores a la


Segunda Guerra Mundial, EE. UU. tenía una economía nacional
estructurada por regiones. La mayor parte de la manufactura y
el empleo relacionados con esta industria se ubicaron dentro de
una franja que va desde Long Island en el este, hasta Illinois en
el oeste, limitando al sur con el río Ohio y al norte con la fron-
tera canadiense (con una extensión hacia Ontario). En su clá-
sico trabajo, Perloff et al. muestran que este patrón geográfico,
a excepción de la nueva inversión industrial en California y la
industria textil en el piedemonte del sur, duró desde la década
de 1890 hasta la década de los 50.29 La mayoría de las industrias
manufactureras clásicas ubicadas en el núcleo industrial lleva-
ban a cabo todas las etapas de producción en el sitio o en sus
cercanías. En otras palabras, hubo un bajo nivel de separación
de funciones dentro de la producción y un bajo nivel de varia-
ción en los requisitos de ubicación entre funciones. Esto se basó
en las condiciones tecnológicas (altos costos de transporte,
deficiente comunicación de larga distancia, etc.) y la falta de
competencia internacional en los mercados estadounidenses. De
28  Neil Fligstein y Taekjin Shin, “The Shareholder Value Society: A Review of Changes in
Working Conditions in the U.S., 1976-2000,” en The New Inequalities, ed. K. Neckerman (Nue-
va York: Russell Sage Foundation, 2004), Demuestra que concentrarse en el valor para los
accionistas llevó a los directores de las empresas de los EE. UU. a prestar más atención a los
beneficios y al precio de las acciones y menos a los empleados y las comunidades.
29  Harvey S. Perloff et al., Regions, Resources, and Economic Growth (Lincoln, NE: University
of Nebraska Press, 1960).
HEGEMONÍA 313

esta manera, la división espacial del trabajo se fundó en la espe-


cialización sectorial, como por ejemplo automóviles en Detroit,
acero en Pittsburgh, pintura en Cleveland, cerveza en Milwaukee,
etc. Las otras regiones se especializaron en la extracción de recur-
sos y en la agricultura, junto con “islas” de mayor especialización
económica (como la realización de películas en Los Ángeles) des-
perdigadas por varias razones relacionadas con el clima, los re-
cursos locales y a la serendipia del desarrollo histórico anterior.
Para la década de los 60, los costos estaban aumentando en
el núcleo, por lo que las empresas recurrieron a la periferia para
aprovechar la mano de obra no sindicada de bajo costo, los mer-
cados en crecimiento y los sitios de bajo costo en las principales
rutas de transporte. Como resultado, las industrias manufactu-
reras comenzaron a cerrar en el casco industrial y a mover sus
operaciones hacia el sur y hacia el oeste. Algunos analistas han
argumentado que esto fue un reequilibrio puramente interno
entre el casco y la periferia dentro de la economía de EE. UU.
Desde este punto de vista, las regiones pasan por ciclos de vida
con economías de escala ascendentes en su juventud, y una esca-
la decreciente y economías externas a medida que envejecen. En
consecuencia, la competencia interregional estaba produciendo
un patrón más disperso de ubicación industrial y una disminu-
ción concomitante en la desigualdad del ingreso interregional.
El problema con esta interpretación es doble. Fue solo cuan-
do la posición de EE. UU. en relación con la economía mundial
cambió después de la década de los 60 que el viejo patrón geo-
gráfico comenzó a desintegrarse. Durante la década de los 60,
las negociaciones comerciales, en particular la Ronda Kennedy
en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio
(GATT), redujeron muchos aranceles sobre los productos ma-
nufacturados comercializados entre los países más industriali-
zados del mundo. Esto tuvo un impacto dramático en EE. UU.
Las empresas estadounidenses que habían dado por hecho su
enorme mercado nacional, ahora se enfrentaban con competi-
dores extranjeros ávidos de tener una participación de mercado
en EE. UU. Por lo tanto, la creciente competencia por parte de
las empresas extranjeras fue el catalizador inicial en la reestruc-
turación geográfica de la economía de los EE. UU. ya que obligó
a las empresas manufactureras estadounidenses a desarrollar es-
trategias tales como reubicarse en el sur, el oeste y en el exterior
314 La globalización llega a casa

para enfrentar el desafío competitivo. A medida que las empre-


sas fordistas del casco industrial empezaron a cambiarse a la
subcontratación o a la externalización de muchas de sus fun-
ciones a otras empresas más pequeñas, pudieron disfrutar de
las ventajas de costos al descentralizar la producción, al tiempo
que conservaban el control corporativo central. Esto condujo a
un nuevo desarrollo desigual en EE. UU. con la aparente para-
doja de una deslocalización o concentración de control sobre
muchas funciones de las compañías y una localización o des-
centralización de operaciones de las compañías hacia lugares
más “atractivos” para sus funciones particulares. La lógica de
las diversas30 combinaciones locales de costos de transacción
espacial y economías externas descritas anteriormente (en el
capítulo 7) estaba en funcionamiento en EE. UU.
El segundo punto se relaciona con la naturaleza de la com-
petencia. En el contexto de una mayor competencia de las
compañías extranjeras, las localidades y las ciudades, no las
grandes regiones o secciones, tienen que competir entre sí para
obtener más compañías o conservar lo que tienen. A medida
que las empresas compiten más entre sí, sin la concha protec-
tora de aranceles y cuotas altas, los lugares se orientan a rete-
ner y atraer el capital móvil que a menudo prepara el motor del
desarrollo local. Como resultado, una consecuencia política de
la mayor apertura de la economía estadounidense ha sido que
los estados americanos y varios municipios se han embarcado
en programas para establecer sus propias políticas de inversión
y comercio sin pasar por Washington DC. Por ejemplo, Califor-
nia, que goza de la séptima economía más grande del mundo,
tiene sus propias políticas de salud y pensiones y ha tratado de
establecer su propia política de inmigración.
El nuevo desarrollo desigual en la distribución de la indus-
tria manufacturera, que comenzó a fines de la década de los 60
pero aumentó su ritmo a partir de entonces, ha tenido una serie
de efectos no solo en la geografía de la producción, sino tam-
bién en el consumo. Lo anterior incluye una mayor polarización
en la estructura ocupacional entre las ciudades y los suburbios
a medida que las nuevas industrias de alta tecnología se ubican
en los suburbios, y antiguas fábricas se cierran en las ciudades;

30  Agnew, The United States in the World Economy, Chapter 3.


HEGEMONÍA 315

una desindustrialización de las viejas ciudades industriales que


son reemplazadas por trabajos en servicios al productor relati-
vamente bien pagados y servicios al consumidor relativamente
mal pagados; nuevas plantas de ramificación en sitios totalmen-
te nuevos en el sur y en el oeste; una concentración de las funcio-
nes de la sede en grandes ciudades como Nueva York, Chicago y
Los Ángeles, donde grupos altamente calificados reciben servi-
cios de trabajadores con remuneraciones mucho más bajas que a
menudo son inmigrantes recién llegados a EE. UU.; la aparición
de nuevos centros para ciertas industrias de servicios, como la
banca en Charlotte, Carolina del Norte, y en Miami; y los prin-
cipales distritos industriales de alta tecnología como Silicon
Valley en California. En resumen, una nueva división espacial
del trabajo estimulada por la competencia extranjera y hecha
posible por las nuevas tecnologías de información y comunica-
ción, así como por las nuevas economías de escala no espacial,
creó un patrón de reestructuración localizada.
No sorprende que, dado este proceso de competencia global y
de crecimiento y declive localizados, haya un aspecto muy locali-
zado en el patrón de disminución y polarización del ingreso.31 Si
en el período comprendido entre 1945 y principios de la década
de los 70 las principales regiones de EE. UU. habían convergido
en cuanto a ingresos, lo que refleja un proceso nacional de creci-
miento en la clase media, el período desde entonces ha visto una
tendencia hacia la diferenciación regional en desarrollo e ingre-
sos que había caracterizado épocas anteriores de la historia de
EE. UU. Esta vez, sin embargo, el patrón geográfico es mucho
más irregular, ya que las diferencias ciudad-suburbio y zona me-
tropolitana-ciudad pequeña son más significativas que las dife-
rencias regionales.32 Sin embargo, algunas tendencias regionales
más amplias son evidentes. Como resultado de su dominación

31  Janet E. Kodras, “‘With Liberty and Justice for All: Negotiating Freedom and Fairness in
the American Income Distribution,” en American Space/American Place: Geographies of the
Contemporary United States, ed. John A. Agnew y Jonathan Smith (Edinburgh: Edinburgh
University Press, 2002).
32  Iain Wallace, “Manufacturing in North America”, en North America: A Geographical
Mosaic, ed. Frederick W. Boal y Stephen A. Royle (Londres: Arnold, 1999); William B. Beyers,
“The Service Economy”, en North America: A Geographical Mosaic, ed. Frederick W. Boal y
Stephen A. Royle (Londres: Arnold, 1999); David L. Rigby, “Urban and Regional Restructuring
in the Second Half of the Twentieth Century”, en American Space/American Place: Geogra-
phies of the Contemporary United States, ed. John A. Agnew y Jonathan Smith (Edimburgo:
Edinburgh University Press, 2002).
316 La globalización llega a casa

económica ocasionada por la disminución de las industrias ma-


nufactureras pesadas, la región del medio oeste ha experimenta-
do los niveles más altos de pérdida de empleos en las categorías
de ingresos medios, con empleos de manufactura y servicios de
bajos ingresos disponibles como sustitutos. En el otro extremo,
California y Nueva Inglaterra se han beneficiado en gran medida
del aumento del comercio y la inversión de nacionales y extran-
jeros, particularmente en las industrias de alta tecnología y en
las tecnologías de la información. El nordeste y el oeste dominan
totalmente con respecto a la nueva inversión de capital, reflejan-
do concentraciones de trabajadores calificados, grupos de inno-
vación tecnológica y presencia de capital ubicado localmente en
manos de aquellos que se han beneficiado de las anteriores ron-
das de inversión. Seis estados (California, Massachusetts, Nueva
York, Texas, Washington y Colorado) representaron el 75 % del
capital de riesgo en 1999, en comparación con su participación
del 50 % en 1995. Los avances tecnológicos, medidos por nuevas
patentes, se concentran de forma abrumadora en estos estados.
El capital de riesgo proviene de la riqueza acumulada por empre-
sarios consolidados en alta tecnología. Estas personas tienden a
vivir en áreas como Silicon Valley, Boston y Seattle, y a favorecer
la inversión en empresas locales que pueden vigilar fácilmente.33
En todo caso, las imágenes de muchas industrias manufac-
tureras de EE. UU., los lugares en los que se encuentran y las
personas que trabajan en ellas, se han vuelto más lúgubres desde
fines de la década de los 90. Después de recuperarse de una gran
caída a fines de la década de los 80 desde el máximo histórico
de 1979, el número de empleos en la industria manufacturera en
EE. UU. volvió a ser 17.6 millones en 1998. Desde entonces sim-
plemente se ha derrumbado, perdiendo casi 3 millones de esos
empleos en 2003. Esto se debe mayormente a que muchas com-
pañías estadounidenses y de otra procedencia mudan sus ope-
raciones al exterior, particularmente a China; a la sustitución
de tecnología por mano de obra en operaciones con base en
EE. UU.; y a la pérdida general de la industria manufacturera
en EE. UU. cuando las empresas estadounidenses cierran sus
puertas. Como síntoma de esta tendencia, entre 2002 y 2003,
33  “Whose Economy Will Prosper? How America’s 50 States Stack Up”. Business Week, 27
de julio, 2000: 20; “Where Venture Capital Ventures: To Just a Few States and Industries”.
Business Week, 7 de febrero, 2000: 30.
HEGEMONÍA 317

la economía de EE. UU. tuvo una “recuperación sin empleos”


de la recesión de 2000-2001, ya que las ganancias en producti-
vidad superaron drásticamente el aumento del empleo.34 Esto
es un cambio estructural. En el pasado, los trabajadores des-
pedidos podían esperar que los reengancharan una vez que los
negocios remontaban, pero no hoy en día. Muchas industrias
manufactureras estadounidenses han cerrado o se redujeron
permanentemente en términos de empleo.35 Por lo tanto, la pro-
babilidad de cerrar la “brecha laboral” a través de la reactivación
de los trabajos de manufactura de alta remuneración36 parece
sumamente improbable.37
La estructura geográfica emergente de la nueva economía
estadounidense, que refleja la centralidad del servicio y los sec-
tores de alta tecnología como su vanguardia, está fuertemente
orientada hacia la ciudad. Algunos escritores argumentan que
las ciudades se convierten cada vez más en parte de las redes
globales, en que se constituyen centros de servicio para las com-
pañías multinacionales que se han “globalizado”.38 Los flujos de
la red de información, decisiones, personal y capital que unen a
las ciudades y les proporcionan sus propósitos se canalizan por
las fronteras nacionales solo hasta cierto límite. Nueva York y
Londres, las dos ciudades que se sientan a horcajadas sobre toda
la red mundial para la más amplia gama de funciones, son los
centros de decisión para un sistema jerárquico mundial de ciu-
dades. La investigación de Peter Taylor muestra, sin embargo,
que más allá de Nueva York, Chicago, Los Ángeles, San Fran-
cisco y Miami, la mayoría de las ciudades de EE. UU. todavía
están “relativamente separadas de las ciudades del mundo en
otros países”.39 Taylor sugiere que puede deberse a dos razones.

34  Edward Alden, “Crusader Urges ‘Unfair Trade’ Crackdown”. Financial Times, 22 de agos-
to, 2003: 2.
35  Alan Beattie y Christopher Swann, “Gains in Productivity Leave Jobs Market Lagging
Behind Recovery”. Financial Times, 2 de octubre, 2003: 2.
36  Simon Head, The New Ruthless Economy: Work and Power in the Digital Age (Nueva
York: Oxford University Press, 2003), 188, señala, “El vínculo entre una mayor productividad y
mayores salarios y beneficios reales se rompe cuando la tecnología se utiliza de manera tal que
desmantela a la mayoría de los trabajadores, socava su seguridad en el lugar de trabajo y los
deja vulnerables a los empleadores que poseen un poder abrumador”.
37  Stephen Cecchetti, “America’s Job Gap Will Be Difficult to Close”. Financial Times, 2 de
octubre, 2003: 13.
38  Véase, e.g., Peter J. Taylor, World City Network: AGlobal Urban Analysis (Londres:
Routledge, 2004).
39  Taylor, World City Network, 204.
318 La globalización llega a casa

Una es que las compañías de servicios extranjeros generalmente


no son competitivas más allá de Nueva York y de algunas otras
ciudades de EE. UU. en las que se ubican para atender a clientes
no estadounidenses. Otra es que muchas empresas estadouni-
denses se expanden a otras ciudades de EE. UU. más allá de su
base de operaciones en lugar de convertirse en transnacionales
porque el mercado de EE. UU. es muy grande.
Lo que está claro es que las ciudades de EE. UU. están en
el corazón de la emergente economía de EE. UU. Las princi-
pales industrias en términos de contribución al crecimiento
del PIB de EE. UU. en la década de 1990 han sido las de tec-
nologías de la información, procesamiento y telecomunica-
ciones, por un lado, y los usuarios de los productos de estas
industrias en finanzas, seguros y bienes raíces (FIRE, por sus
siglas en inglés), por el otro. Las ciudades más grandes han
cosechado gran parte de los beneficios de esta nueva econo-
mía y muchos de los costos durante la recesión de 2001 a
2003. De forma colectiva, estos sectores con base en grandes
ciudades generaron el 26 % del PIB de EE. UU. en 1996.40 Su
concentración en las grandes ciudades se ha equiparado con
su contribución al desarrollo suburbano masivo alrededor de
estas ciudades, lo que ha producido las llamadas ciudades
periféricas donde los centros de oficinas y desarrollos resi-
denciales se extienden en la campiña a una distancia de hasta
50 millas de los cascos históricos de ciudades como Atlan-
ta, Washington DC, Houston y Los Ángeles. El otro lado de
esta tendencia es la creciente marginalidad e indigencia en
aquellos barrios de la ciudad central donde se han perdido
los trabajos de manufactura de la vieja línea y carecen de ac-
ceso espacial o educativo a los nuevos trabajos que aparecen
en las franjas urbanas o en los bloques de oficinas del centro
de la ciudad.
En todas las áreas metropolitanas de EE. UU., el efecto neto
de las tendencias duales hacia el crecimiento del capitalismo in-
formacional y financiero, así como el declive de las industrias
manufactureras tradicionales, ha sido una polarización entre dos
conjuntos de ciudades. Las ciudades industriales más antiguas y
especializadas en el nordeste y el medio Oeste de EE. UU. han

40  Manuel Castells, The Rise of Network Society (Oxford: Blackwell, 1996), 148-149.
HEGEMONÍA 319

tenido un desempeño deficiente en crecimiento económico y


manteniendo su población (tabla 8.5). Las ciudades a las que les
ha ido mejor son muchísimo más pequeñas, más diversificadas
y están ubicadas fuera del núcleo del histórico cinturón indus-
trial. Muchas otras están involucradas en el dinámico sector
de la alta tecnología; otras son lugares recreativos, de retiro o
centros gubernamentales. El rango en las tasas de crecimiento
o pérdida de población durante la década de 1980 fue inmenso,
lo que sugiere una clara geografía de ganadores y perdedores
en la nueva economía de EE. UU. Sin embargo, esto se debilitó
en la década de 1990 a medida que las tasas de crecimiento se

TABLA 8.5. Ganadores y perdedores en el sistema urbano


estadounidense: extremos de crecimiento y declive, 1980-1990

Grande (+ 250,000) Áreas Población (000) Base económica para


estadísticas metropolitanas (Estado) % Cambio crecimiento /
1980 1990 disminución

Mayor crecimiento
Fort Pierce (FL) 151 251 66.1 R&R*
Fort Myers (FL) 205 335 63.1 R&R
Las Vegas (NV) 463 741 60.1 Recreation
Orlando (FL) 700 1073 53.3 R&R
West Palm Bezch (FL) 577 864 49.7 P&R
Melbourne (FL) 273 399 46.2 R&R
Austin (TX) 532 782 45.6 Govt/HT†
Daytona Beach (FL) 259 371 43.3 R&R
Phoenix (AZ) 1509 2122 40.6 Services/R&R
Modesto (CA) 266 371 39.3 Services
Most Rapidly Declining
Davenport (IA) 384 351 -8.8 Agric. Services
Pittsburg (PA) 2423 2243 -7.4 Industrial
Youngtown (OH) 531 493 -7.3 Industrial
Huntington (WV) 336 313 -7.1 Resources
Charleston (WV) 270 250 -7.1 Resources
Saginaw (MI) 422 399 -5.3 Industrial
Peoria (IL) 356 339 -4.8 Industrial
Flint (MI) 450 430 -4.4 Industrial
Buffalo-Niagara Falls (NY) 1243 1189 -4.3 Industrial
Beaumont (TX) 373 361 -3.2 Resources
Recursos * R & R = Recreación y Retiro
† Tecn. = Alta Tecnología

Fuente: Larry S. Bourne, “El Sistema Urbano de América del Norte: La macrogeografía del desarrollo
desigual. “Norteamérica: A Geographical Mosaic, ed., Frederick W. Boal y Stephen A. Royle (Londres:
Arnold, 1999), cuadro 12.7, 185.
320 La globalización llega a casa

redujeron (excepto en Las Vegas y algunas otras ciudades) y


las tasas de disminución se ralentizaron en todo el nordeste y
el medio oeste. Sin embargo, los patrones regionales y locales
se solidificaron, lo que sugiere perspectivas limitadas de cual-
quier cambio inmediato en las fortunas urbanas.41
Dado que la imagen económica general varía tanto de un lu-
gar a otro, algunos ejemplos específicos pueden dar un retrato
más matizado de lo que ha estado pasando. Por ejemplo, Detroit
es sinónimo de la industria que fabrica uno de los iconos princi-
pales de la cultura del consumidor estadounidense: el automóvil.
Tradicionalmente dominado por el Big Three (los tres grandes)
General Motors, Ford y Chrysler, el mercado automotriz esta-
dounidense se ha fragmentado desde 1970 de cara a la compe-
tencia extranjera agresiva. La ruptura en parte refleja cambios
en la demanda del consumidor, específicamente en 1970 y 1980
cuando las compañías estadounidenses no ofrecían modelos de
bajo consumo de gasolina en un momento en el que los precios
del petróleo se incrementaron dramáticamente. Productores ja-
poneses y algunos europeos, como Volkswagen, ocuparon el va-
cío. Para el año 2003, la firma japonesa Toyota había superado
tanto a Chrysler como a Ford, y ocupó el segundo lugar en ventas
de EE. UU., luego de General Motors. En términos de ganan-
cias, la Toyota ya ocupaba el primer lugar. Muchas compañías
estadounidenses usaban descuentos en efectivo y préstamos con
tasas de interés bajas para impulsar las ventas; lo que les daba
ventaja en precio sobre los vehículos japoneses, pero también
reducía sus márgenes de ganancia.
En aras de enfrentar el desafío que representaban las com-
pañías extranjeras, las empresas estadounidenses han cambiado
la forma en la que operan, mudando muchas de sus operaciones
a proveedores externos en EE. UU. y en el exterior, participando
en empresas mixtas con algunos de sus competidores y reubi-
cando sus plantas de ensamblaje a lugares de menor costo. Las
firmas japonesas, en respuesta a los acuerdos de “limitación

41  Larry S. Bourne, “The North American Urban System: The Macro- Geography of Uneven
Development”, en North America: A Geographical Mosaic, ed. Frederick W. Boal y Stephen A.
Royle (Londres: Arnold, 1999). Para la década de los 1990 me he basado en la Oficina de censos
de los EE. UU., tabla 5: Áreas metropolitanas clasificadas por cambio de población porcentual,
1990-2000 (PHC-T-3 del Censo 2000) (Washington, DC: Oficina del Censo, 2001). Entre 1980
y 2000, la población de Las Vegas, Nevada aumentó en un asombroso 237.6 %. Solo Orlando,
Florida (134.9 %) y Austin, Texas (132.7 %) estuvieron cerca.
HEGEMONÍA 321

voluntaria de exportaciones” sobre importaciones de carros des-


de Japón, negociados entre los Gobiernos de Japón y EE. UU.
en 1980, establecieron sus propias plantas de ensamblaje en EE.
UU. Ubicaron estas fábricas en Ohio, Kentucky y otros estados
que ofrecían acuerdos de servicios sin la larga historia de re-
laciones laborales antagónicas de Detroit (y Michigan). Como
respuesta, los Big Three han adoptado muchos procesos de
“producción ajustada” cuyos pioneros fueron los japoneses,
pero resultaron menos eficientes en la prestación de servicios
a grandes segmentos del mercado estadounidense con sus mo-
delos y en términos de fiabilidad vehicular.42 Los productores
japoneses se han beneficiado de los años de debilidad del yen
frente al dólar estadounidense porque importan 30 a 50 % de los
componentes cotizados en yenes desde Japón y luego venden los
vehículos en dólares. Las ganancias extraordinarias por la tasa
de cambio es una de las razones por las que las firmas Toyota,
Honda y otras firmas japonesas que producen automóviles en
EE. UU. son más rentables que los Big Three. Chrysler se ha fu-
sionado con Daimler-Benz (la compañía alemana) pero en una
posición de subordinación con respecto a las decisiones admi-
nistrativas. Como consecuencia de todos estos cambios, Detroit
(y su periferia) ha perdido la posición central que tuvo una vez
en la industria automovilística y en los corazones de los consu-
midores estadounidenses.43
Un segundo ejemplo proviene de la ciudad de Siracusa en
Nueva York. La producción manufacturera fue por mucho tiem-
po la columna vertebral de esta ciudad, proporcionando ingresos
sustanciales y crecientes a la población trabajadora así como los
impuestos que mantenían los servicios de la ciudad. En los últimos
30 años, todas las fábricas en la ciudad han cerrado lentamente
sus puertas, dado que dejaron de funcionar, de producir o

42  Aunque con la caída de los precios del petróleo en la década de 1990 demostraron ser
expertos en ajustarse al gusto estadounidense maniático por los vehículos masivos de tipo VUD
(vehículo utilitario deportivo o SUV, por sus siglas en inglés). Las firmas japonesas rápidamen-
te siguieron el ejemplo, ya que los consumidores exigían VUD “más grandes y mejores” que
eran mucho más bienes de estado que los eficientes (o seguros) que los transportes de pasaje-
ros. Sobre esta tendencia, véase la devastadora acusación de Keith Bradsher, High and Mighty:
The Dangerous Rise of the SUV (Nueva York: Public Affairs, 2002).
43  Barry Lynn, “Unmade in America: The True Cost of the Global Assembly Line”. Harper’s
Magazine (June 2002): 33–41; Micheline Maynard, The End of Detroit: How the Big Three
Lost Their Grip on the American Market (Nueva York: Doubleday, 2003); Jeremy Grant, “Toy-
ota Nudges Ford Motors out of Second Slot”. Financial Times, 11 de noviembre, 2003: 22.
322 La globalización llega a casa

mudaron sus operaciones a otro lugar. Uno de los cierres más


recientes fue en septiembre de 2003, cuando Carrier Corporation,
compañía productora de equipos de aire acondicionado, anunció
que eliminaría gradualmente lo que quedaba de su producción
local y despediría los 1200 trabajadores restantes. La razón que
alegaron fue que la compañía vende 80 % de los contenedores
que viajan con sus unidades de refrigeración, hasta el momento
hechos en Siracusa, en Asia, por lo que tiene más sentido produ-
cirlos donde se compran.44 Naturalmente, los costos de produc-
ción, específicamente los gastos salariales, serán más bajos en
Asia. Cualquiera que sea la razón precisa, efectivamente Carrier
se está convirtiendo en una compañía asiática, al menos en lo
que respecta a la producción de contenedores de refrigeración.
Siracusa, en cambio, sigue reduciendo su población y lo más
lamentable es que ya no puede ofrecer trabajos con la promesa
de aumentos de ingreso y otras compensaciones. Uno de los em-
pleadores que quedan en la ciudad es un gran centro comercial,
el Carousel Center, en el cual se venden bienes, muchos de los
cuales son hechos en China y otros países, a una población con
disminución de ingresos efectivos reales individuales.
Un tercer ejemplo es un estado que según varias medidas se
ha desempeñado bien económicamente comparado con muchos
otros estados de EE. UU. durante la era de la globalización: Ca-
lifornia. Sin embargo, en octubre de 2013, en una elección “por
revocación del mandato”, los votantes desplazaron al goberna-
dor Gray Davis, quien había sido reelecto el noviembre anterior,
y eligieron en su lugar a la celebridad de películas de acción
Arnold Schwarzenegger. Los votantes le dijeron a los encues-
tadores que estaban preocupados por la economía del estado,
específicamente por el presupuesto del mismo, aunque les iba
relativamente bien. En el lado negativo del libro de cuentas eco-
nómico estaba el déficit presupuestario estatal en 2002-2003 de
38 millones de dólares, una crisis energética en 2001 (provocada
por Enron y otros proveedores de energía pero negociada por
Davis), y el estallido de la llamada Burbuja Puntocom en Sili-
con Valley después de cinco años de un aparente crecimiento
interminable (cuyo potencial para generar ganancias también
era estimado como interminable por el Gobierno estadal). Sin
44  Lydia Polgreen, “As Jobs Vanish, the Sweet Talk Could Turn Tough”. New York Times, 12
de octubre, 2003: 26.
HEGEMONÍA 323

embargo, por el lado positivo, estaba el crecimiento en el gasto


militar (40 % de incremento desde 2000 hasta 2003) después
del colapso de los años posteriores a la Guerra Fría, la construc-
ción de casas, un repunte en el sector de equipos informáticos
y el resurgimiento de la banca y las finanzas. Las pérdidas de
empleo en el período desde 2001 a 2003 se concentraban en las
áreas costeras, específicamente en San Francisco y San José. El
crecimiento del empleo se movió en el interior hacia Merced en
San Joaquín Valley, y hacia el este hacia los condados de River-
side y San Bernandino en el sur de California. En gran medida,
las ganancias en las islas reflejan pérdidas en las costas ya que
las personas y los negocios se mudaron para aprovechar vivien-
das más costeables y tierra barata para fábricas y almacenes. El
movimiento de la inversión y las personas dentro del estado ha
compensado la ausencia de nuevas inversiones mayores desde
fuera de California. Dadas las tendencias en la economía hacia
una estructura de ingresos polarizada, ingresos medios mayo-
res generados por el empleo en los sectores de la alta tecnología
y FIRE (Finanzas, Aseguradoras e Inmobiliaria, por sus siglas
en inglés), e ingresos medios mucho más bajos en servicios per-
sonales (con frecuencia ofrecidos por nuevos inmigrantes que
frecuentemente están indocumentados), quizás California hace
honor a su reputación como un indicador para todo EE. UU.:
Los Angeles hoy, el resto de EE. UU. mañana.45
La nueva apertura de la economía estadounidense a las pre-
siones externas desde 1970, ha tenido impactos políticos radi-
calmente diferentes en partes del país dependiendo de la mezcla
económica y la vulnerabilidad a la competencia extranjera. No
es sorprendente que los defensores más fervientes del libre co-
mercio normalmente provengan de California y Nueva Inglate-
rra; aquellos que aconsejan un mayor grado de proteccionismo
y se oponen al desarrollo de mayores acuerdos de libre comercio
con otros países tienden a provenir de la región central y aquellas
partes del sur que tienen más cosas que perder con una globali-
zación de mercados laborales a través de la movilidad capital.46
Sin embargo, el patrón parece ser más homogéneo que éste porque

45  Evelyn Iritani y Marla Dickerson, “Tech Jobs Become State’s Unwanted Big Export”. Los
Angeles Times, 12 de noviembre, 2002: 1, 46; Andrew Pollack y David Leonhardt, “Economy
Worries Californians, but It’s Not That Bad”. Los Angeles Times, 12 de octubre, 2003: 21.
46  Kevin Phillips, The Politics of Rich and Poor (Nueva York: Random House, 1991).
324 La globalización llega a casa

los intereses en juego generalmente son más localizados en la


actualidad que en el pasado. Por ello, se puede esperar que las
consecuencias de la reestructuración económica localizada apa-
rezcan en la legislación sobre comercio e inversión, a través de
un patrón geográfico relativamente heterogéneo de votos de re-
presentantes en el Congreso.
En efecto, esto se evidencia, por ejemplo, en los votos para
dos leyes relacionadas con el comercio y la inversión que fueron
introducidas en el Congreso estadounidense en 1985: el proyecto
de ley de cuotas de importación de productos textiles (HR1562)
del 10 de octubre de 1985, que impone cuotas sobre las impor-
taciones de productos textiles; y el proyecto de ley sobre noti-
ficaciones de cierres de fábricas (HR1616) del 21 de noviembre
de 1985, que exige a los empleadores con 50 o más empleados
darles a los trabajadores una notificación de al menos 90 días
sobre cualquier cierre de fábrica o despidos que involucren al
menos 100 empleados o el 30 % de la fuerza de trabajo. La pri-
mera ley, aprobada por la Cámara de Representantes con 252 a
159 votos (Republicanos 75-97; Demócratas 187-62), no parece
tener un patrón regional en los votos a favor y en contra. Debido
a las locaciones diseminadas de las industrias relacionadas con
los productos textiles, no existe una “posición” seccional o regio-
nal que lleve a votar a favor o en contra (tabla 8.6). Un análisis
en base a tres regiones (noreste, occidente, sur) de la variación
no respalda la interpretación seccional.
La segunda ley, rechazada por la Cámara con 203 a 208 vo-
tos (republicanos 20-154; demócratas 183-54), si tiene un efecto
seccional. En este caso, las delegaciones del congreso del nores-
te/centro tendieron a respaldar la ley y otros votaron en contra.
El hecho de que este proyecto de ley fuese apoyado por sin-
dicatos laborales, los cuales han tenido su mayor fuerza en el
antiguo núcleo industrial, probablemente tenga mucho que ver
con este resultado.
El cambio en el patrón de concentración geográfica de gran
parte de las actividades económicas, desde la mayor agrupación
de empresas integradas verticalmente bajo el fordismo hasta el
patrón más descentralizado hoy en día, evidentemente hace que
el voto seccional sea una anomalía. Los votos en materia de co-
mercio e inversión, mucho más diversos, ahora son la norma.
Esto es importante políticamente. El primer proyecto de ley, con
HEGEMONÍA 325

apoyo localizado, fue aprobado; el segundo proyecto, de base


sectorial, no lo fue. Como demuestra Ronald Rogowski, “La des-
centralización aumenta la influencia proteccionista; significa el
aumento de actividades de grupos de presión, más contiendas a
nivel distrital entre grupos de presión, un cambio de poder hacia

TABLA 8.6. ¿Seccionalismo reempaquetado? Votos de dos


proyectos de ley sobre comercio, de la Cámara de Representantes
de Estados Unidos en 1985

Percents Yes
Trade Area A B

Philadelphia (NE) 100 80


Boston (NE) 100 80
Buffalo (NE) 50 50
Chicago (NE) 50 70
New York (NE) 75 65
Detroit (NE) 60 40
Pittsburgh (NE) 100 85
San Francisco (W) 50 75
Cleveland (NE) 80 80
Omaha (W) 0 0
Cincinnati (NE) 50 50
Minneapolis 25 65
Indianapolis (NE) 25 50
Kansas City (W) 0 40
Denver (W) 0 15
St Louis (W) 90 55
Baltimore (NE) 80 50
Louisville (S) 90 50
Richmond (S) 85 0
New Orleans (S) 70 30
Birminghan (S) 100 20
Atlanta (S) 100 0
Memphis (S) 100 30
Dallas (S) 55 30
Analisis of Variance Actual F = 1.69 6.76
(p = 0.05) Critical = 3.42 3.42
Regiones: NE = Noereste; W = Occidente; S = Sur

Regiones: NE = Noreste; W = Occidente; S = Sur

Nota: votos por área comercial (cerca de 5 %) que apoyan el proyecto de ley de cuotas de importación
de productos textiles (HR1562), que impone cuotas sobre las importaciones de productos textiles, y el
proyecto de ley sobre notificaciones de cierres de fábricas (HR1616), que exige a los empleadores con
50 o más empleados darles a los trabajadores una notificación de al menos 90 días sobre cualquier
cierre de fábrica o despidos que involucren al menos 100 empleados o el 30 % de la fuerza de trabajo.

Fuente. John Agnew Beyond Core and Periphery: The Myth of Regional Political-Economic Restruc-
turing and Sectionalism in Contemporary American Politics”. Political Geography Quarterly (1988) Ta-
bla 6, 136.
326 La globalización llega a casa

intereses que antes eran más centralizados y el aumento de la


volatilidad de las políticas”.47 Rogowski demuestra que los in-
tereses “dispersos moderadamente” son los que obtienen más
apoyo del congreso que los centralizados y altamente dispersos.
En consecuencia, mientras el número de distritos con vulnera-
bilidad al comercio internacional ha aumentado, el apoyo tradi-
cional estadounidense por el libre comercio sufre mayor presión
que cuando la actividad industrial se concentraba geográfica-
mente y los representantes de otros lugares podían ganar la ma-
yoría de votos en las áreas altamente industrializadas.

Contexto macroeconómico

Los estadounidenses siguen gastando más y más, aunque


produzcan relativamente menos. El consumo no ha perdido su
magia. De hecho, ha sido el gasto estadounidense (y la produc-
ción china) lo que ha mantenido la economía mundial a flote y
creciendo desde mediados de 1990. Esto es posible por los gran-
des flujos de crédito desde el exterior (ver tabla 8.2). Por ello,
hay un desequilibro fundamental en la economía mundial crea-
do por la brecha entre el consumo estadounidense y la produc-
ción de EE. UU. Esto se refleja sobre todo en el déficit en cuenta
corriente del país. El déficit de cuenta corriente es la cantidad
que EE. UU. debe pedir prestado anualmente a extranjeros para
gastar más de lo que produce. Esto ha ido incrementando con
rapidez y, en 2013, alcanzó un nivel histórico de más del 5 % del
PIB. Consecuentemente, EE. UU., que hasta 1985 era un país
acreedor, se ha convertido en el mayor deudor del mundo.48 ¿Por
qué el gasto ha sobrepasado las fuentes domésticas de financia-
miento? ¿Serán sostenibles los déficits en cuenta corriente?
En los años 90, las empresas estadounidenses impulsaron
gran parte de su ola de gastos basada en préstamos extranje-
ros con inversiones masivas financiadas mediante deudas. Esto

47  Ronald Rogowski, “Trade and Representation: How Diminishing Geographic Concentra-
tion Augments Protectionist Pressure in the U.S. House of Representatives”, en Shaped by War
and Trade: International Influences on American Political Development, ed. Ira Katznelson y
Martin Shefter, 204 (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2002).
48  Catherine L. Mann, “Perspectives on the U.S. Current Account Deficit and Sustainability”.
Journal of Economic Perspectives 16 (2002): 131–152.
HEGEMONÍA 327

disminuyó después de la caída bursátil de 2000. A partir de ese


momento, la tasa de inversión estadounidense ha caído, por lo
que la mayoría del flujo de capital a EE. UU. ahora se usa para
financiar el consumo privado y el Gobierno, y no la inversión.
Por ende, las otras dos fuentes de gasto más allá de los medios
nacionales son las familias y el Gobierno. Este hecho sigue sin
ser debatido, siendo el último particularmente importante du-
rante el Gobierno de George W. Bush. El ratio entre servicio
y deuda para las familias en 2003 alcanzó un nivel histórico,
dado que la deuda de las personas constituía una parte cada vez
mayor de sus ingresos anuales. El auge anterior de 1985 regis-
tró 100 % de los ingresos disponibles; el año 2003 lo sobrepasó
con 120 %.49 Esto se puede mantener por un tiempo con tasas
de interés bajas, pero eventualmente toca pagar cuando las ta-
sas de interés aumentan y los créditos fáciles se agotan. En este
punto, los consumidores tendrán que gastar menos y ahorrar
más. Al mismo tiempo, el Gobierno ha estado en un despilfarro
de préstamos para cubrir los déficits de ingresos de la recesión
económica de 2000 y 2003, fuertes recortes fiscales regresivos,
aumentos significativos en el gasto en materia militar, de se-
guridad social, Medicare y subsidios a la agroindustria. En el
corto plazo, el déficit del Gobierno federal tiene efectos econó-
micos estimulantes. Sin embargo, la perspectiva a largo plazo
es diferente. La extensión de los recortes fiscales, la venidera
jubilación de la generación del “baby boom”, el envejecimiento
de la población y la guerra abierta contra el terrorismo, incre-
mentarán la presión sobre el presupuesto federal. Una de las
pocas señales positivas para EE. UU., comparado con Europa y
Japón, es que debido a la inmigración, EE. UU. tiene una pobla-
ción más “joven” con mayor potencial de personas disponibles
para pagar por todos esos jubilados. Sin embargo, a diferencia
de lo sucedido a finales de los 80, cuando surgieron déficits
generales en el presupuesto, esta vez no habrá “dividendo de
Guerra Fría”, en la forma de gastos militares reducidos ni in-
crementos dramáticos en el mercado bursátil, con un aumento
asociado en ganancias, y sí habrá un crecimiento exponencial
en el gasto en ayuda social para atención médica y pensiones
para los adultos mayores.
49  “Another Hangover in the Making? America’s Spurt in Growth Is Being Fuelled by a Dan-
gerous Cocktail”. The Economist, 9 de noviembre, 2003: 71–72.
328 La globalización llega a casa

Regresando al tema de los déficits de cuenta corriente, una


de las perspectivas es que son sustentables porque EE. UU. es
en cierta forma un destino que permanece atractivo para los
ahorros extranjeros. EE. UU. proporciona rendimientos de la
inversión más altos y con menor riesgo que en otros lugares.
Los mercados financieros estadounidenses son los más atrac-
tivos en el mundo debido a la gama de productos financieros y
la sofisticación de sus intercambios comerciales. Asimismo, el
papel estructural del dólar estadounidense en un mundo ma-
yormente con tipos de cambio flotantes, le brinda a la econo-
mía estadounidense un mayor estímulo.50 Los déficits de cuenta
corriente se pueden financiar vendiendo títulos de deuda del
Gobierno. Debido a que el dólar estadounidense es la moneda
principal para las transacciones internacionales, los extranjeros
tienden a mantener sus reservas en dólares. Esto significa que
cuando el valor del dólar estadounidense disminuye, la carga de
la deuda de EE. UU. se reduce porque la deuda a otros países
es recuperada en dólares. En esencia, EE. UU. no se enfrenta a
ningún riesgo de tipo de cambio. Por persuadir a tantos países
para que liberaran sus mercados financieros entre 1980 y 1990,
EE. UU. ahora puede hacerlos financiar su déficits ya que sus
nacionales (y Gobiernos) despilfarran sus reservas (en dólares)
en instrumentos de deuda estadounidenses.51 Por ello, desde
este punto de vista, el partido puede seguir en cierto modo in-
definidamente mientras otros pagan la cuenta por el despilfarro
estadounidense.
Otro enfoque es que los déficits de cuenta corriente no son
sustentables y que luego de que alcanzan un 4 a 5 % del PIB,
todo tipo de consecuencias surgen, independientemente del es-
tatus especial que disfruta Estados Unidos gracias a su moneda.
Tres posibles escenarios son posibles. El despilfarro perpetuo
no es uno de ellos. El primer escenario es posponer el ajuste:
si la demanda estadounidense se acelera, llevándose consigo el
crecimiento del PIB, los déficits de cuenta corriente aumentan,

50  Pero el rol incesable del dólar estadounidense en esta capacidad no está garantizado, par-
ticularmente si los bancos centrales en China y en otros lugares deciden flotar sus monedas
contra una “cesta” de monedas extranjeras (otras que no sea sólo el dólar estadounidense) y
disminuye el valor del dólar frente al euro y otras monedas animan tal diversificación, (véase “A
Central Question: How Long Will Central Banks Outside America Keep Buying Greenbacks?”
The Economist, 13 de diciembre, 2003: 75–76.
51  Véase, por ejemplo, Wade, “The Invisible Hand of the American Empire”.
HEGEMONÍA 329

pero el resto del mundo correrá con los gastos por la participa-
ción colectiva en la estabilidad de la economía estadouniden-
se. En algún punto en el futuro, sin embargo, es más probable
que los ahorros de las familias aumenten a que disminuyan,
dada su extremadamente baja tasa actual. Como consecuencia,
los ahorros estadounidenses empezarán a facilitar créditos en
lugar de inversionistas extranjeros. Esta alternativa parecería
improbable, si no fuese porque el déficit federal estadouni-
dense y las bajas tasas de interés llevarán inevitablemente a
los inversionistas extranjeros a buscar mejores rendimientos
en otros lugares. Solo quedarán los Gobiernos extranjeros con
grandes tenencias en dólares, como Japón y China. Sin embar-
go, incluso ellos muestran señales de querer diversificar sus te-
nencias en dólares al euro, aunque solo fuese para estar menos
comprometidos con las políticas estadounidenses.
Por ello, un segundo escenario es el ajuste brutal: un dólar
estadounidense en colapso (contra el yen y el euro) sigue a los
intentos por parte de EE. UU. de promover las exportaciones
a través de un dólar devaluado, haciendo que las monedas de
China y Japón se aprecien contra el dólar. Esto amenazaría la
recuperación económica de Japón y Europa y, a su vez, incre-
mentaría tasas de interés en EE. UU. Esto incrementaría la car-
ga de servicio de la deuda de los países más pobres y afectaría
la recuperación económica de EE. UU. También podría reducir
el atractivo a largo plazo de EE. UU. como refugio para la in-
versión extranjera.
Eso deja un tercer resultado posible: un ajuste suave. Este
escenario requiere un reajuste de la demanda mundial, con Eu-
ropa, Japón y China experimentando incrementos dramáticos
en la demanda con relación a EE. UU. En vez de enviar dinero a
EE. UU., los otros países combinarían entonces la apreciación
de sus monedas contra el dólar con un gasto mayor. Evidente-
mente, esto requeriría un estímulo fiscal coordinado en otros
países y reducciones en el gasto familiar y gubernamental en
EE. UU. Desde el comienzo de la década de los 90, el Gobierno
estadounidense ha abandonado en gran parte cualquier tipo de
coordinación macroeconómica concertada con los otros países
industriales principales.
El Gobierno federal de EE. UU. muestra pocas o ninguna se-
ñal de contemplar este tercer escenario. Implicaría un ataque
330 La globalización llega a casa

directo al presupuesto federal de “armas y mantequilla” y reque-


riría el incremento de tasas de interés para repartir créditos. Sin
embargo, EE. UU. no quiere restringir el consumo. Por ende, el
primer y segundo escenario se mantienen. El primero que su-
gerí es poco probable. Por ello, el segundo es el más plausible.
Probablemente, se exacerbe por dos tendencias en el comercio
y la política exterior de EE. UU. La primera tendencia es que
EE. UU. ha comenzado a abandonar los acuerdos comerciales
multilaterales por bilaterales en los que el Gobierno estadou-
nidense trata de forzar acuerdos especiales para EE. UU. con-
tra sus socios comerciales.52 Sin embargo, ha resultado mucho
más difícil hacerlo contra países como China que contra países
como Japón. La razón es que EE. UU. tiene una relación co-
mercial complementaria con el primero pero una relación com-
petitiva con el segundo. Esto significa simplemente que EE.
UU. tiene menos poder sobre China dado que necesita lo que
China exporta, mientras que en el caso de Japón, ambos países
se venden el mismo tipo de cosas. En consecuencia, en política
monetaria, el Gobierno de EE. UU. no puede usar el comercio
como arma contra China en la manera que puede hacerlo con
Japón y Europa. Si China empieza a mover sus reservas lejos
del dólar estadounidense, el Gobierno estadounidense tendría
pocas posibilidades de castigar a China sin castigar también a
la economía estadounidense. La segunda tendencia es que EE.
UU. quiere seguir una política exterior cada vez más unilate-
ral, como se evidenció con la guerra en Iraq, cuando muchos
de sus antiguos aliados (y gran parte de su propia población)
se opusieron a la guerra. ¿Puede el Gobierno de EE. UU. man-
tener dicha política exterior cuando depende cada vez más de
extranjeros para financiar su consumo actual? Esto parece
poco probable. Una hegemonía (y ciertamente un imperio) no
se puede construir con deudas. La asimetría en la economía
mundial de un EE. UU. que pide préstamos y aún así pretende
seguir su propio curso unilateral no es una que pueda persistir
por mucho tiempo.

52  Ka Zeng, “Trade Structure and the Effectiveness of America’s ‘Aggressively Unilateral’
Trade Policy”. International Studies Quarterly 46 (2002): 93–115.
HEGEMONÍA 331

Conclusión

En 1950, la economía territorial de EE. UU. dominaba el


mundo en términos de sus acciones de productos fabricados,
comercio de bienes e inversión extranjera. Por supuesto, esto
sucedió en la sombra de la Segunda Guerra Mundial cuando la
mayoría de las economías industriales principales, aparte de la
de EE. UU., seguían devastadas. Sin embargo, muchos estadou-
nidenses en los años siguientes asumieron que ese era el estado
“natural” de las relaciones. Pero en el año 2000, la porción re-
lativa de la economía estadounidense en la producción mundial
había declinado cerca del 50 % desde su auge posterior a la gue-
rra y su posición comercial se había debilitado enormemente.
EE. UU. pasó de aportar casi la mitad de la inversión directa in-
ternacional en 1960, a aportar menos del 25 %. En gran medida,
estos cambios son el resultado de la globalización de la econo-
mía mundial, con su creciente fragmentación en la producción y
la separación geográfica de diferentes etapas de procesamiento.
En este contexto global, la economía nacional estadounidense
ha experimentado un número de reajustes profundos, desde el
aumento del “cambio global” de los negocios estadounidenses a
través del declive relativo del sector productivo como fuente de
empleo y del PIB, y el incremento del sector de servicios, a la res-
tructuración geográfica de la población y trabajos en nuevos es-
pacios económicos, generalmente en términos de un movimiento
del noreste y el centro al sur y occidente. La explosión de flujos
entre las áreas metropolitanas más grandes ha impulsado el pa-
pel de las ciudades en la economía general del país, pero con
ingresos y riqueza cada vez más polarizados entre aquellos en los
sectores crecientes como la tecnología de la información y las Fi-
nanzas, Seguros y Bienes Inmuebles (FIRE) y aquellos atrapados
en trabajos de servicio personal. Ciertamente, en este contexto,
escribir sobre EE. UU. como una economía separable tiene poco
sentido comparado con el pasado.
Sin embargo, estas tendencias han ocurrido en un contexto
macroeconómico en el que EE. UU. ha adquirido una posición
cada vez más asimétrica en la economía mundial: pedir prestado
lo que se pudiera financiar internamente a acreedores extranje-
ros para financiar el excesivo gasto nacional. EE. UU. lo puede
hacer por la posición dominante del dólar estadounidense como
moneda transnacional. Sin embargo, es probable que esta posi-
ción no se sostenga, a menos que la demanda estadounidense
disminuya y la de las otras economías clave aumenten. Para que
eso suceda, el Gobierno de EE. UU. tendría que abandonar la
estrategia de mantener su hegemonía estadounidense –y la so-
ciedad de mercado estadounidense– a través de la manipulación
del dólar estadounidense, y de la política exterior unilateralista.
aún así, para muchas personas y lugares dentro de EE. UU., esto
ya no es suficiente porque ya no se benefician. En el pasado no
existía ese dilema. El bienestar económico nacional y el estatus
global de EE. UU. se reforzaban mutuamente. Cumplir con uno
ahora ya no garantiza el otro. La globalización y la nueva geogra-
fía de poder han cortado la conexión entre ellas. En el comienzo
del nuevo siglo, ese es la raíz del impasse estadounidense.
333

9 | Conclusión

L
os términos “globalización” e “imperialismo” significan
dos características de las políticas mundiales contempo-
ráneas que son consideradas como antagonistas entre sí.
El primero representa un aparente proceso autónomo de
decadencia o estiramiento (depende de cómo se mire), mien-
tras que el segundo indica una extracción consciente y despla-
zamiento de las ganancias de algunos lugares a otros a través
de la dominación y la coerción política, más que de la raciona-
lidad económica. Si los defensores del primero tienden a tener
una perspectiva postmoderna, despolitizada del mundo, los del
segundo tienden a tener una profunda perspectiva geopolítica
modernista, en la que los Estados dominantes (sobre todo, EE.
UU., que usualmente surge como una presencia monstruosa o
satánica) tratan de transformar constantemente un mundo polí-
ticamente dividido, en un imperio.
En este libro, ofrezco un enfoque teórico alternativo para
esas dos perspectivas, argumentando que EE. UU. no ha ad-
quirido un imperio en ningún sentido significativo, y para
nada ha perseguido uno, excepto como movimiento prede-
terminado cuando todo lo demás falla. En cambio, EE. UU.
ha producido la hegemonía mundial singularmente más efec-
tiva en la historia, sobre la base de un conjunto de prácticas
que he denominado “sociedad de mercado”. Si es la geografía
interconectada de poder asociada con esta hegemonía la que
sugiere más contundentemente por qué es un error seguir
pensando en los términos territoriales del imperio, entonces
son el patrocinio y las acciones estadounidenses en nombre
de la globalización las que indican que la misma es cualquier
cosa menos espontánea. Sin embargo, esta hegemonía mun-
dial es difícilmente el resultado del “Gran Plan” de EE. UU. Es
un error pensar en la hegemonía estadounidense como un dote
singular del Gobierno de EE. UU. La sociedad estadounidense
ha sido mucho más instrumental en hilar los materiales de la
334 Conclusión

hegemonía, de las cuales el Gobierno no siempre ha tejido un


plan coherente.
Este libro da cuenta de cómo sucedió la hegemonía esta-
dounidense, sus efectos en el mundo y cómo ha regresado para
atormentar a sus creadores. Comienzo con una discusión de
cómo la invasión estadounidense en Irak en el año 2003 ilustra
el debate sobre imperio vs. hegemonía como formas distintivas
de entender el papel de EE. UU. en el mundo. Luego hago un
examen de las conexiones entre estatalidad, hegemonía, globa-
lización y geografía del poder. El capítulo siguiente traza el “au-
mento” de la hegemonía estadounidense, desde la fundación
de EE. UU. a finales del siglo XVIII hasta el crecimiento de la
“sociedad de mercado” nacional en el siglo XIX y a comienzos
del siglo XX. Posteriormente, discuto la perspectiva de que la
hegemonía estadounidense tiene raíces principalmente polí-
ticas y constitucionales, lo que sugiere que el sistema de go-
bierno de EE. UU. realmente es disfuncional desde el punto
de vista hegemónico e imperial. Esto conlleva a una reseña de
la imposición mundial de la hegemonía estadounidense en el
siglo XX con un análisis detallado de la geografía de la econo-
mía mundial que ha producido. Los dos últimos capítulos exa-
minan, respectivamente, la naturaleza de la nueva economía
global y sus impactos en EE. UU.
Vale la pena reiterar dos puntos sobre esta exposición. El pri-
mero es que identifica un modelo económico basado en el con-
sumo que fue desarrollado a gran escala primeramente en EE.
UU. como dínamo en el corazón de la hegemonía estadouniden-
se. Este modelo en un conjunto de prácticas materiales e ideas
asociadas, no solamente una “ideología” atada a una estructura
“más profunda”. Por tanto, se aleja considerablemente de aque-
llas versiones que privilegian ya sea la producción por sí misma o
la competencia militar. Según esta versión, aquellas son sirvien-
tes de un modelo de consumo y no al revés.1 Segundo, aunque
EE. UU. ha dominado el mundo de muchas maneras desde me-
diados del siglo XX, se ha sometido cada vez más a la lógica de la
1  Fue primero en los Estados Unidos y ahora, como resultado de la hegemonía estadouniden-
se en otros lugares, que el capitalismo se ha globalizado verdaderamente. La perspectiva de este
libro enfatiza la prioridad para el capitalismo de la circulación a través del consumo. Como lo
planteó Marx (en Grundrisse, Notebook IV [Londres: Penguin, 1993, 420–421]): “Lo que pre-
cisamente distingue al capital de la relación maestro-esclavo es que el trabajador lo confronta
como consumidor y poseedor de valores de cambio, y que en la forma del poseedor de dinero,
HEGEMONÍA 335

globalización que sus Gobiernos y otras instituciones ayudaron


a crear. No se puede ver como el beneficiario singular de la glo-
balización. De hecho, argumento que las tentaciones imperiales
estadounidenses recientes son una respuesta a la debilidad, no a
la fuerza, dentro de la economía mundial.
La hegemonía estadounidense ha entrado ahora a un pe-
ríodo de crisis. Sin embargo, dos características críticas de esta
crisis implican que la salida no será a través del imperio (ya sea
estadounidense o no) o por medios para restituir o fortalecer
la soberanía del Estado solamente. Vale la pena examinarlas a
profundidad porque implican consecuencias políticas para un
mundo globalizado en el que el papel estadounidense como ad-
ministrador de su hegemonía está muy reducido. En primer lu-
gar, la globalización se trata de producir una economía mundial
en la que existe una disparidad entre las geografías mundiales
económicas y políticas. Con frecuencia, esto se expresa como un
problema de “déficit democrático” pero más generalmente se
relaciona con el problema de establecer algún grado de control
popular sobre la economía mundial cada vez con un ritmo más
rápido y más fragmentado espacialmente. El déficit democrático
contemporáneo se puede considerar bajo tres apartados: sobe-
ranía, flujos vs. territorios, e identidades no territoriales. Mien-
tras varias formas de democracia se desarrollaron en los siglos
XIX y XX, todas solían ser asociadas con la captura o influencia
sobre Gobiernos nacionales-estatales dado que el destino de la
población era visto como limitado en gran medida por el creci-
miento económico y la autonomía cultural de los territorios que
esos Gobiernos controlaban. La globalización pone cada una de
estas asociaciones en tela de juicio.
La soberanía moderna del Estado está fuertemente entrela-
zada con la teoría democrática moderna y sus reclamaciones. La
democracia en gran medida se trata de controlar e influir a los
Estados según el interés de varios grupos nacionales. Las fronte-
ras geográficas del Estado definen las fronteras del “contrato so-
cial” sobre el que descansa la ciudadanía moderna. Por ello, los
en forma de dinero, se convierte en un simple centro de circulación-uno de sus infinitos centros
en el que se extingue su especificidad como trabajador”. Desde este punto de vista, no hay una
salida fácil del capitalismo cuando los trabajadores están fundamentalmente involucrados en
su propia producción y reproducción. En consecuencia, solo a través de su posición social como
consumidores, los trabajadores pueden rehacer colectivamente el sistema (Kojin Karatani,
Transcritique: On Kant and Marx [Cambridge, MA: MIT Press, 2003]).
336 Conclusión

reclamos sobre derechos políticos y sociales están delimitados


por la soberanía de Estados particulares. El Estado en sí mismo
es entendido como un agente soberano “ubicado en el centro del
cuerpo político que esgrime poder y autoridad absolutos. Explí-
cita o implícitamente, el soberano está dotado de una voluntad
identificable y distintiva y una capacidad para la toma racional
de decisiones”.2 El dilema contemporáneo es que los éxitos en la
lucha por la democracia han sido confinados en gran medida a la
democratización del Estado nacional y su extensión de derechos
sociales y políticos (incluidos aquellos del “Estado social”) a sus
propios ciudadanos. aún así, la tendencia a la globalización de
los mercados y finanzas abre los territorios del Estado al aumen-
to substancial de la competencia internacional. Esto lleva a un
retraso del Estado precisamente en aquellas áreas de mayor lo-
gro democrático, por ejemplo, derechos sociales, beneficios para
desempleados, salud pública y la regulación de las condiciones
laborales (a pesar de que sean áreas que en gran medida perma-
necen preservadas de los Estados nacionales en términos for-
males). Dichos derechos son considerados como insostenibles
financieramente, en la medida en que las normas minimalistas
de la regulación laboral siguen la apertura de los mercados na-
cionales.3 A medida que los Estados comienzan a imponer nue-
vos estándares, la soberanía del Estado aparece cada vez más
como una barrera que como un estímulo a la profundización de
la democracia. En vez de ser un instrumento para un poder in-
fraestructural que los Estados pueden ofrecer a territorios deli-
mitados, la soberanía en un mundo desterritorializado se con-
vierte en un instrumento para vaciar los Estados al beneficio de
aquellos negocios, grupos sociales, y mercados que son más ap-
tos para explotar las nuevas tecnologías, acuerdos financieros y
productivos y de seguridad.4
La teoría y práctica de la democracia se organizan predomi-
nantemente por referencia a bloques territoriales discretos de
espacio territorial. La mayoría de los Gobiernos representativos

2  James A. Camilleri y James Falk, The End of Sovereignty? The Politics of a Shrinking and
Fragmenting World (Aldershot: Edward Elgar, 1992), 238.
3  Dani Rodrik, Has Globalization Gone Too Far? (Washington, DC: Institute of International
Economics, 1997).
4  Algo más optimista sobre la capacidad del Estado bajo la globalización lo encontramos en
Geoffrey Garrett, “Shrinking States? Globalization and National Autonomy”, en The Political
Economy of Globalization, ed. Ngaire Woods (Londres: Palgrave, 2000).
HEGEMONÍA 337

están basados en circunscripciones territoriales y sus agencias


administrativas se organizan en áreas de servicios jerárquicas,
con unidades pequeñas agregadas en otras áreas cada vez más
grandes. La territorialidad ha sido un medio vital de organiza-
ción de la gobernanza.5 Las luchas democráticas, desde aquellas
que determinaban las horas de trabajo en el siglo XIX hasta los
movimientos de derechos civiles en el siglo XX, se han concen-
trado principalmente en lograr cambios en leyes y normas que
tienen jurisdicciones espaciales bien definidas. Sin embargo, lo-
calidades y regiones citadinas cada vez más grandes se encuen-
tran incorporadas en la economía global emergente de forma
diferenciada. Los bienes mundiales y cadenas financieras aho-
ra se extienden en el mundo, dibujando áreas pequeñas y áreas
metropolitanas en redes de flujo de capital, bienes, mensajes, y
personas que primordialmente no están organizadas territorial-
mente sino en nodos en redes. Paradójicamente, de algún modo
la globalización depende de procesos localizados de crecimiento
y desarrollo dada la reducción de los obstáculos al movimiento
del capital, bienes y tecnología y la importancia creciente en mu-
chos sectores dinámicos de economías de producción externas
localizadas (fuerzas laborales especializadas, industrias e insti-
tuciones que prestan apoyo).6 Este mundo evolutivo de flujos no
es bien atendido por los modelos territoriales de gobernanza, en
los cuales las localidades y regiones citadinas están subordina-
das a los Estados nacionales que a veces pueden pertenecer a
organizaciones de orden superior regionales y mundiales tales
como la Unión Europea, y a organizaciones como la Organiza-
ción Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Interna-
cional (FMI) y el Banco Mundial. Existe un desajuste creciente
entre la anatomía geográfica de la economía mundial emergente
y la base territorial y la gobernanza democrática.
La política democrática no ha sido respaldada por mucho
tiempo, bajo la asunción de que las identidades políticas na-
cionales son superiores en las mentes y comportamiento de los
ciudadanos. De hecho, la política y nacionalismo democrático
crecieron juntos. No solo la extensión de la política democráti-
ca ocurre con frecuencia como un “premio” por los servicios de
5  Robert D. Sack, Human Territoriality: Its Theory and History (Cambridge, MA: Cam-
bridge University Press, 1986).
6  Allen J. Scott, Regions and the World Economy (Oxford: Oxford University Press, 1998).
338 Conclusión

la nación (por ejemplo, al ampliar las franquicias en muchos


países después de la Primera Guerra Mundial, o la construc-
ción del Servicio Nacional de Salud en Gran Bretaña después de
la Segunda Guerra Mundial), sino que la lucha por la democracia
y la independencia nacional a menudo iban mano a mano (como
los movimientos independentistas postcoloniales en india y Áfri-
ca). Aunque las identidades nacionales y éticas asociadas con te-
rritorios discretos mantienen un poder atractivo considerable,
hoy deben compartir la arena política con un conjunto de iden-
tidades mucho más complejas, algunas de las cuales solo tienen
una dimensión territorial explícita. Algunas identidades implican
un cambio directo en intereses económicos y lealtades políticas
a niveles distintos al nacional (como el regional) o identidades
de clase que se expanden en el mundo (como con empleados de
compañías mundiales). Otras involucran nuevas fuentes de iden-
tidad, tales como el género, la orientación sexual y otras identi-
dades de “movimientos sociales” que se han vuelto importantes
justo en el momento en que las identidades nacionales han dejado
de tener el asidero inclusivo que una vez tuvieron sobre grandes
poblaciones. Las nuevas fuentes de identidad son probablemente
el resultado de la globalización cultural, el aumento de imágenes
compartidas en los medios y la elección de identidades disponi-
bles de acciones negociables. Pero también son el resultado de la
eficacia disminuida de identidades nacionales singulares en un
mundo donde la membrecía nacional ya no garantiza el estatus y
reconocimientos que una vez garantizaron.7 Desde esta perspec-
tiva, identidades heréticas pueden florecer cuando las presiones
poderosas hacia la conformación de identidades nacionales se
reducen. En la medida en que las identidades nacionales reflejan
el poder de los Estados para canalizar o comandar otras identi-
dades a un camino escogido, el poder disminuido de los Estados
en el ámbito de la comunicación, la educación y la socialización
de los adultos (como en las conscripciones militares) permite
una variedad mayor y combinación de identidades. La corriente
“comunitaria” en la teoría política está dedicada en gran parte
a tratar de restablecer la base para una identidad política y
territorial estable e inclusiva. La probabilidad y conveniencia
de hacerlo bajo las condiciones de la globalización es similar
7  Bhikhu Parekh, “Reconstituting the Modern State”, en Transnational Democracy: Political
Spaces and Border Crossings, ed. James Anderson (Londres: Routledge, 2002).
HEGEMONÍA 339

al intento de los fabulistas de devolver el genio a la botella de


donde había escapado.8
En segundo lugar, EE. UU. tiene una posición cada vez más
ambivalente dentro de su propia hegemonía. Como señalé en
el capítulo 8, EE. UU. ahora está más en el lado receptor que
del lado proveedor de las fuerzas liberadas por la globaliza-
ción. “Finalmente, la historia está presentando a EE. UU. con
su proyecto”.9 Actualmente, EE. UU. es incuestionablemente
el poder militar más significativo en el mundo. Sin embargo,
no está claro lo que ello significa en un mundo donde la guerra
es cada vez más asimétrica, como lo muestran los resultados
indeterminados de las guerras recientes en Afganistán e Irak.
Económicamente, EE. UU. ahora depende del consumo de los
ahorros del resto del mundo. Pero esto no redunda en la venta-
ja de la mayoría de los estadounidenses quienes se encuentran
con menos seguridad laboral, gastan más y más sus ingresos en
“necesidades”, y tienen menos prospecto de la movilidad social
intergeneracional que le dan su atractivo popular a la sociedad
de mercado. El compromiso estadounidense con la expansión
externa para manejar conflictos en casa y cumplir con el carác-
ter distintivo comercial de los grupos dominantes ha regresado
a cazar a sus creadores. EE. UU. ahora aparece como un país
“ordinario” sujeto a presiones externas más que simplemente la
fuente de presión sobre otros.
Por ello, la relación de EE. UU. con el mundo exterior ha
cambiado profundamente desde los días de Madison y Jeffer-
son. Al moverse desde la periferia a una posición central den-
tro del orden geopolítico, EE. UU. trajo a esa posición su propio
carácter distintivo. Su predominancia económica absoluta y un
número de cambios institucionales clave producidos en los años
críticos durante y después de la Segunda Guerra Mundial per-
mitieron que la proyección exitosa del carácter distintivo esta-
dounidense se extendiera más allá de sus costas. La expansión
parecía producir no solo retornos económicos sino políticos para
el sistema estadounidense. Los beneficios demostraron ser más
efímeros para la mayoría de los estadounidenses de lo que jamás

8  Andrew Linklater, The Transformation of Political Community (Cambridge, MA: Polity


Press, 1998).
9  David P. Calleo, The Imperious Economy (Cambridge, MA: Harvard University Press,
1982), 195.
340 Conclusión

se había contemplado. La globalización de la economía mundial


bajo el auspicio estadounidense ha cambiado el control sobre
parte de la economía estadounidense a centros de poder aún
más distantes. La fragmentación creciente y la entropía del sis-
tema de gobierno estadounidense sugieren que recuperar el con-
trol será una tarea casi imposible. Consecuentemente, muchos
estadounidenses se encuentran con un sensación de inseguridad
y pérdida de control cada vez mayores de lo que otros han expe-
rimentado por mucho tiempo. Desde sus orígenes como país, la
promesa de EE. UU. ha sido que con la expansión la mayoría se
beneficiaría, tanto que nadie se cuestiona el propio sistema que
hizo esa promesa en primer lugar. La observación profética de
Max Horkheimer sobre la Alemania nazi parece apropiada en el
caso estadounidense: “Una y otra vez en la historia, las ideas han
abandonado sus ropas envolventes y ponchado al sistema social
que las soportó”.10
El militarismo agresivo reciente en respuesta a los ataques
terroristas del 11 de septiembre de 2001, un estallido de me-
didas para proteger la industrias de producción nacional y co-
mercios agrícolas, y la retirada de varios tipos de compromisos
multilaterales son indicativos de las reacciones del Gobierno
de EE. UU. a las amenazas militares y económicas percibidas.
Este EE. UU. se está convirtiendo en un enemigo de la globa-
lización por la percepción de estar amenazados (otra vez) por
“enemigos” externos. En parte, las reacciones atacan a los ene-
migos percibidos, sin embargo, se definen a los enemigos in-
adecuadamente. De hecho, la lista potencial incluye muchos
aún desconocidos, como se relata en el famoso discurso del se-
cretario de Defensa Rumsfeld:

Hay cosas que sabemos que se saben. Hay cosas desconocidas co-
nocidas. Es decir, hay cosas que sabemos que no se saben. Pero
también hay cosas desconocidas que desconocemos. Hay cosas que
no sabemos que no se saben…cada año, descubrimos más de estos
hechos desconocidos que no sabemos.11

10  Max Horkheimer, Eclipse of Reason (Nueva York: Oxford University Press, 1947), 178.
11  Citado en G. John Ikenberry, “America’s Imperial Ambition”. Foreign Affairs 81 (Septiem-
bre/Octubre 2002): 52.
HEGEMONÍA 341

Fuera de la opacidad del estilo de Rumsfeld, este pronuncia-


miento parece indicar el compromiso no solo con una guerra sin
fin sino con una guerra que no se podía ganar de ninguna manera
dadas las muchas “cosas que sabemos que no se saben”. Sin que-
rer, por ello, revela que el Gobierno de George W. Bush no sabía
realmente lo que estaba haciendo –en Irak o en otros lugares– y,
como resultado, su ignorancia convertía a casi cualquier grupo
en terroristas y comprometía a EE. UU. a medidas tales como la
guerra preventiva y el gasto militar sin límites, las cuales son in-
sostenibles si EE. UU. se quiere mantener como una sociedad de
mercado con al menos una pizca de democracia. Esta arrogancia
imperial también es representada como una obra para la audien-
cia nacional de EE. UU.: de que algo, cualquier cosa, se hace para
prevenir que se repita el 11 de septiembre y para limitar la com-
petencia económica extranjera. Es pretender hacer algo, mas no
necesariamente lograr algo, que ha llevado a la política exterior
de EE. UU. hacia una dirección unilateral. ¿Pero qué tan exitoso
puede ser EE. UU. en darle la espalda al mundo que creó?
Para responder esta pregunta, vale la pena enfatizar so-
bre tres puntos. El primero se relaciona con la legitimidad
de EE. UU., el segundo con el poder de EE. UU. y el tercero
con la naturaleza de la hegemonía en el siglo XXI. En primer
lugar, Immanuel Wallerstein sostiene:

En la historia del mundo, el poder militar nunca ha sido suficien-


te para mantener la supremacía. La legitimidad es esencial, al
menos la legitimidad reconocida por una parte significativa del
mundo. Con su guerra preventiva, los halcones estadounidenses
han socavado fundamentalmente el derecho de EE. UU. a la legi-
timidad. Por ello, han debilitado irremediablemente a EE. UU. en
la arena geopolítica.12

Esto es particularmente cierto en el caso estadounidense por-


que el éxito de su hegemonía ha dependido inmensamente de una
“imposición” consensuada, involucrando a otros en su ejercicio.
Sin embargo, cada vez más EE. UU. es visto, incluso entre
sus aliados antiguos, como un “Estado fuera de control”. Por
ejemplo, la mayoría de sus competidores económicos se unen

12  Immanuel Wallerstein, The Decline of American Power (Nueva York: New Press, 2003), 308.
342 Conclusión

para oponerse, y ganar apoyo de la OMC en contra de las medi-


das proteccionistas de EE. UU. en la producción y la agricultura.
La oposición oficial estadounidense a los tratados internacio-
nales múltiples que regulan los crímenes contra la humanidad,
los sistemas de misiles antibalísticos, y al cambio climático, han
aislado aún más a ese país en los ojos del mundo. Más evidente
aún, la falta de apoyo de otros Gobiernos por la invasión de EE. UU.
a Irak en 2003, sugiere una erosión significativa de la legitimidad
estadounidense. Durante la Guerra del Golfo, 32 países enviaron
tropas para apoyar las fuerzas estadounidenses en la liberación
de Kuwait de la ocupación iraquí. En la invasión a Irak de 2003,
solo tres países, EE. UU., Gran Bretaña y Australia, enviaron
fuerzas al combate. Por supuesto, la guerra de 1991 estaba bajo
el patrocinio de las Naciones Unidas, mientras que la guerra
de 2003 no lo estaba. Lo que es más importante aún, EE. UU.
emergió de 2003 con una dispareja y fragmentada “coalición de
la voluntad” (nombre que le dio el Gobierno de George W. Bush
a aquellos países cuyos Gobiernos apoyaron la invasión en varias
formas), pero sin la alianza solidaria de los grandes países in-
dustrializados que habían sostenido la política exterior estadou-
nidense desde la Segunda Guerra Mundial (figura 9.1).
La principal alianza de EE. UU., la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN), fue completamente dividida por la
obsesión de EE. UU. con Saddam Hussein. Con su guerra abierta
contra el terrorismo y las dificultades para vigilar a un Irak con-
quistado, EE. UU. ahora tiene una necesidad urgente de aliados
capaces. De otro modo, debe proporcionar tropas de forma in-
definida para ocupar un país sin la fachada propagandística de
operar bajo el mandato de la ONU. Sin embargo, grandes aliados
como Francia y Alemania se han distanciado por la falta de con-
sulta y por la incapacidad total del Gobierno estadounidense de
ofrecer una justificación razonable de por qué la invasión a Irak
contribuiría en traer a la justicia a los responsables del ataque
terrorista del 11 de septiembre de 2001.
El retractarse de una imposición consensuada hace que EE. UU.
tenga que usar sus propios recursos así como lo que puede ganar de
su control del dólar estadounidense. Sin embargo, ¿el poder de
EE. UU. está preparado para lo que le demandan? En práctica,
el poder estadounidense es mucho menos efectivo de lo que
afirman sus proponentes o críticos. Como diría Mary Kaldor:
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Fuente: Chase Langford y autor.


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Durante la Guerra del Golfo en 1991, 32


gobiernos enviaron tropas para apoyar a
Estados Unidos. Esta vez acudieron 3
de Estados Unidos a Irak, 2003.

“Coalición de la voluntad”
Envió tropas a combate
Proporcionó apoyo logistico militar limitado
Sólo política; sin implicación directa Se opuso a la guerra en Irak $ Apoyo directamente ligado al pago financiero de Estados Unidos
Solo ayuda humanitaria de postguerra Fue neutral o no emitió posición ! Contribuyó con los esfuerzos de la guerra pero expresó oposición
FIGURA 9.1 La “Coalición de la voluntad” en la invasión

N Miembro de la OTAN
HEGEMONÍA
343
344 Conclusión

“Si EE. UU. fuese un verdadero imperio, seguramente podría


esparcir la democracia otras regiones para imponer su sistema
en el resto del mundo”.13 Las restricciones son tanto geopolí-
ticas como económicas. La política exterior del Gobierno de
Bush no tiene un orden de prioridades estratégicas. La Guerra
contra el terrorismo recuerda las guerras contra las drogas, de-
claradas periódicamente por el Gobierno de EE. UU., las cuales
saltaban al frente de la otra. Al mismo tiempo, está en marcha
una gran inversión para la reorganización de EE. UU. a tra-
vés del financiamiento del llamado escudo antimisiles. Se le da
poca o ninguna atención al hecho de acabar con la hostilidad,
ayudando, por ejemplo, a resolver el conflicto entre Israel y los
países árabes. Ello desafía arreglos técnicos simples.
Económicamente, EE. UU. ha visto las ganancias los re-
sultados de los “déficits gemelos” (twin deficits) de la presi-
dencia de Reagan: el gasto excesivo del Gobierno para pagar
mayores gastos militares además de las demandas crecientes
de gastos en ayudas sociales por parte de poderosos grupos
de presión nacionales (especialmente el número creciente de
adultos mayores) de cara a cortes dramáticos en los impues-
tos para los ricos, lo que causa un gran déficit federal; y una
economía nacional cada vez más impulsada por créditos debi-
do a grandes intercambios comerciales y déficits generales de
cuenta corriente. El Gobierno estadounidense siempre ha teni-
do dos grandes ventajas al financiar su despilfarro en los años
pasados: la Guerra Fría y el dólar. La amenaza soviética le dio a
EE. UU. poder en las negociaciones con sus aliados en Europa y
Japón. El papel internacional del dólar le dio a EE. UU. la ca-
pacidad de importar créditos en su propia moneda y exportar
sus problemas a través de la manipulación del valor del dólar
incrementando sus suministros, ajustando las tasas de interés,
o reduciendo su valor contra las monedas de los competidores
de EE. UU. Ambas ventajas se han erosionado.
El fantasma abierto terrorista no sustituye a la Unión So-
viética. La venida del euro y la dependencia absoluta de la eco-
nomía estadounidense de acreedores extranjeros representan
retos importantes a la superioridad monetaria de EE. UU.
Eventualmente, “se necesitarán tasas de interés mayores para
13  Mary Kaldor, “American Power: From ‘Compellance’ to Cosmopolitanism?” International
Affairs 79 (2003): 1–2.
HEGEMONÍA 345

atraer ahorros extranjeros. Las tasas mayores probablemente


forzarán a la política estadounidense a elecciones más duras –
entre armas y mantequilla–, o crecimiento y consumo”.14
Simultáneamente, la estructura geográfica de la economía
mundial ha cambiado con el surgimiento de China y otros paí-
ses como participantes activos en intercambios comerciales, fi-
nancieros y culturales que impulsan la globalización. EE. UU.
está ligado profundamente a este sistema evolutivo y ya no pue-
de actuar como si fuese autónomo. La ironía es que esta depen-
dencia refleja en parte la real victoria en la Guerra Fría que el
EE. UU. oficial deseaba fervientemente pero que muchos ahora
lamentan por muchas razones. El fin de la Guerra Fría trajo el
colapso de la oposición ideológica más importante a la idea de
la sociedad de mercado como un ideal global. Desde entonces,
China, Rusia y otros países que fueron bastiones las economías
de producción de bienes capitales comandadas por el Estado,
se cambiaron al modelo de consumo iniciado en EE. UU. y pa-
trocinado por el Gobierno de dicho país. Algunos de estos paí-
ses –particularmente China– parecían dispuestos a desplazar a
EE. UU. como el ancla de la globalización si se aleja mucho en
la persecución del ganso silvestre de una guerra interminable
contra el terrorismo.
Finalmente, los dos puntos anteriores siguen basados en
la asunción de un mundo dividido en Estados territoriales que
conservan a sus actores singulares. Sin embargo, la carga del
argumento de este libro ha sido que esto no es la ontología es-
pacial o estructura geográfica que la hegemonía de EE. UU. ha
provocado. En cambio, en un mundo en el que las instituciones
y actores transnacionales son cada vez más fuertes, es erróneo
continuar entendiendo la economía en términos de territoriali-
zación. Desde este punto de vista, se está formando una nueva
clase de capitalistas que podrían ser estadounidenses, chinos o
alemanes en su nacionalidad formal, pero cuyas operaciones, in-
tereses e identidades están cada vez más conectadas globalmen-
te. La hegemonía de la sociedad de mercado está cada vez más
en sus hombros, no en los del Gobierno de EE. UU. Los circuitos
del capital y los deseos de consumo ahora se multiplican entre
los territorios nacionales, por así decirlo, que dentro de ellos.
14  David P. Calleo, “Power, Wealth, and Wisdom: The United States and Europe after Iraq”.
The National Interest 72 (2003): 9–10.
346 Conclusión

El rasgo distintivo de la nueva burguesía transnacional, la


cual es ahora el principal instrumento de la globalización, es que
sus intereses se basan en la acumulación de capital donde quiera
que se pueda lograr en vez de cualquier espacio nacional dado o
lugar local.15 La expansión de los negocios multinacionales, las
fusiones y adquisiciones transfronterizas, las alianzas estratégi-
cas y las cadenas de producción y consumo que hilan grandes
distancias son indicadores de un bloque histórico emergente
que reúne a los capitalistas globales, sus gerentes y funcionarios
en organizaciones internacionales y los diversos foros transna-
cionales que dirigen en conjunto. La principal fortaleza de este
bloque es su capacidad de reunir los valores de la sociedad de
mercado. Su debilidad es la dificultad de establecer cualquier
tipo de aparato global regulatorio para imponer una estabilidad
que pueda sustituir a los Estados que han llevado a cabo esta ac-
tividad. Lo que sí parece claro, como se ha argumentado en este
libro, es que restablecer una soberanía de Estado “clásica” para
comandar un pedazo territorial del pastel económico global a la
luz de esta nueva clase y sus aliados globales será muy difícil. Por
ello, incluso para muchos estadounidenses, el “en Dios confia-
mos” en la ley del dólar promete ser cada vez más una esperanza
vana que una garantía blindada que consideraban como un de-
recho nacional de nacimiento.

15  Las juntas directivas corporativas y grupos de políticos que operan a través de los límites
del Estado constituyen dos de los principales fundamentos de esta clase (véase el capítulo 7).
Sugestivo de la importancia de estos grupos en la creación de una dirección de clase para una
sociedad del mercado verdaderamente global, véase por ejemplo, William I. Robinson, “Social
Theory and Globalization: The Rise of a Transnational State”. Theory and Society 30 (2001):
157–200; y Leslie Sklair, The Transnational Capitalist Class (Oxford: Blackwell, 2001).

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