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Encuentro en el Silencio del Mar

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos: Un oficial alemán es asignado a alojarse en la casa de un hombre y su sobrina en la Francia ocupada. A pesar de la tensa situación, el oficial se comporta de manera cortés y respetuosa con sus anfitriones, quienes mantienen un silencio desafiante pero no hostil. Con el tiempo, la relación entre los tres se vuelve más tranquila a medida que comparten la vida cotidiana.

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Encuentro en el Silencio del Mar

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos: Un oficial alemán es asignado a alojarse en la casa de un hombre y su sobrina en la Francia ocupada. A pesar de la tensa situación, el oficial se comporta de manera cortés y respetuosa con sus anfitriones, quienes mantienen un silencio desafiante pero no hostil. Con el tiempo, la relación entre los tres se vuelve más tranquila a medida que comparten la vida cotidiana.

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EL SILENCIO DEL MAR

En memoria de Saint-Pol-Roux,
poeta asesinado1.

F
ue precedido por un gran despliegue de aparato mi-
litar. Primero, dos soldados, los dos muy rubios,
uno desgarbado y flaco, el otro fornido, con manos
de picapedrero. Miraron la casa, sin entrar. Después vino
un suboficial. El soldado desgarbado lo acompañaba. Me
hablaron en lo que suponían que era francés. No entendí
una palabra. Sin embargo, les mostré las habitaciones li-
bres. Parecieron satisfechos.
A la mañana siguiente, un automóvil del ejército, gris y
enorme, penetró en el jardín. El chófer y un militar joven,
delgado, rubio y sonriente, descargaron dos cajas y un gran
bulto envuelto en tela gris. Lo subieron todo a la habita-
ción más amplia. El vehículo se marchó, y pocas horas más
tarde oí pasos de caballos. Aparecieron tres jinetes. Uno de

1
Saint-Pol-Roux: seudónimo literario de Paul-Pierre Roux (1861-1940),
poeta francés, nacido en Marsella, autor, entre otras muchas obras, de
Mort du Persée y Reposoirs des processionss (3 vols.). La noche del 22 de ju-
nio de 1940, un soldado alemán borracho invadió su hogar, atacó a sus
moradores, hirió gravemente a su hija de un balazo, destruyó su bibliote-
ca y quemó sus manuscritos inéditos. Afectado por todo ello, el anciano
escritor fue trasladado a un hospital de Brest, donde murió el 18 de oc-
tubre. Vercors no había llegado a conocer personalmente a Saint-Pol-
Roux; pero fue informado de lo acontecido por el dramaturgo Charles
Vildrac.

[51]
ellos echó pie a tierra y fue a visitar la vieja construcción de
piedra. Volvió, y todos, hombres y caballos, entraron en el
granero que me sirve de taller. Vi más tarde que habían
metido el soporte de mi banco de carpintero entre dos pie-
dras, en un agujero de la pared, atado una cuerda al sopor-
te, y los caballos a la cuerda.
Durante dos días no pasó nada más. No volví a ver a
nadie. Los jinetes salían temprano con sus caballos, regre-
saban por la noche y se acostaban en la paja con la que
habían hecho sus camastros.
Luego, el tercer día por la mañana, volvió el gran
automóvil. El joven sonriente se echó al hombro un volu-
minoso baúl y lo llevó a la habitación. Cogió después su
mochila y la depositó en la habitación vecina. Descendió y,
dirigiéndose a mi sobrina en un correcto francés, le pidió
sábanas.

[52]
Fue mi sobrina la que acudió a abrir cuando llamaron a la
puerta. Acababa de servirme el café, como todas las noches
(el café me hace dormir). Yo estaba sentado al fondo del cuar-
to, en una relativa penumbra. La puerta da al jardín, al mis-
mo nivel. A lo largo de toda la casa se extiende una franja de
baldosas rojas muy cómoda cuando llueve. Oímos los pasos,
el ruido de los tacones sobre las baldosas. Mi sobrina me
miró y dejó su taza. Yo sostuve la mía en mis manos.
Era de noche, no hacía mucho frío: aquel noviembre no
fue muy frío. Vi la inmensa silueta, la gorra de plato, el
impermeable echado sobre los hombros como una capa.
Mi sobrina había abierto la puerta y permanecía en si-
lencio. Había dejado la puerta abierta contra la pared y ella
misma se apoyaba en la pared, sin mirar nada. Yo bebía mi
café a pequeños sorbos.
El oficial, en la puerta, dijo: «Con permiso». Hizo una
leve inclinación de cabeza. Parecía medir el silencio. Des-
pués entró.
Deslizó la capa hasta su antebrazo, saludó militarmente
y se descubrió. Se volvió hacia mi sobrina y sonrió discreta-
mente e inclinando muy ligeramente el busto. Luego, me
miró de frente e hizo una reverencia más pronunciada. Dijo:
«Me llamo Werner von Ebrennac». Tuve tiempo de pensar,
muy deprisa: «El nombre no es alemán. ¿Descendiente de
emigrado protestante?»2. Añadió: «Lo lamento».

2
A consecuencia de la revocación en 1685 del Edicto de Nantes, por
el que Enrique IV había establecido en 1589 la libertad de cultos, más de

[53]
Esta última frase, pronunciada con voz cansina, cayó en
el silencio. Mi sobrina había cerrado la puerta y seguía apo-
yada en la pared, mirando con fijeza hacia adelante. Yo no
me había levantado. Deposité lentamente mi taza sobre el
armonio, crucé las manos y esperé.
El oficial continuó:
—Naturalmente, esto era necesario. Lo habría evitado si
hubiera sido posible. Creo que mi ordenanza hará todo lo
que pueda para que estén ustedes tranquilos.
Estaba de pie en medio de la habitación. Era muy alto y
delgado. Levantando el brazo habría tocado las vigas del techo.
Su cabeza se inclinaba ligeramente hacia adelante, como
si el cuello no estuviera plantado entre los hombros, sino
en la parte superior del pecho. No estaba encorvado, pero
lo parecía. Sus caderas y sus hombros estrechos eran impre-
sionantes. El rostro era hermoso. Viril y marcado por dos
grandes depresiones a lo largo de las mejillas. No se le veían
los ojos, ocultos por la penumbra del soportal. Me parecie-
ron claros. Los cabellos eran rubios y suaves, peinados ha-
cia atrás, y brillaban sedosos a la luz de la lámpara.
El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso,
como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovi-
lidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más
pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, de-
sorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer
una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro
alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo signi-
ficado no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre
tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil
poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre
sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los
ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

medio millón de hugonotes abandonaron Francia y se establecieron en


países que gozaban de tolerancia religiosa (Holanda, Suiza, Alemania).

[54]
—Siento una gran estima por las personas que aman a
su patria —y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mi-
rada en el ángel esculpido sobre la ventana—. Ahora me
gustaría subir a mi habitación —dijo—. Pero no conozco
el camino.
Mi sobrina abrió la puerta que da la pequeña escalera y
comenzó a subir los peldaños, sin dirigir una mirada al ofi-
cial, como si hubiera estado sola. El oficial la siguió. Vi
entonces que tenía una pierna rígida.
Oí que atravesaban la antesala; los pasos del alemán
resonaron en el pasillo, alternativamente fuertes y débiles;
se abrió una puerta, luego se cerró. Mi sobrina regresó.
Volvió a coger su taza y continuó bebiendo su café. En-
cendí una pipa. Permanecimos silenciosos algunos minu-
tos. Dije: «Gracias a Dios, tiene un aspecto correcto». Mi
sobrina se encogió de hombros. Echó sobre sus rodillas
mi chaqueta de terciopelo y concluyó el remiendo invisible
que había empezado a coser.

[55]
A la mañana siguiente, el oficial bajó de su habitación
cuando nosotros tomábamos el desayuno en la cocina.
Otra escalera conduce hasta allí, y no sé si el alemán nos
había oído o si tomó ese camino por azar. Se detuvo en el
umbral y dijo: «He pasado muy buena noche. Quisiera que
ustedes también hubieran pasado buena noche». Miraba la
amplia habitación, sonriendo. Como teníamos poca leña y
aún menos carbón, la había repintado y habíamos llevado
algunos muebles, cobres y platos antiguos para hacer allí
nuestra vida durante el invierno. Examinaba la habitación,
y se veía brillar el borde de sus dientes, muy blancos. Ob-
servé que sus ojos no eran azules, como había creído, sino
dorados. Al fin, atravesó la habitación y abrió la puerta que
da al jardín. Avanzó dos pasos y se volvió para contemplar
nuestra gran casa baja, cubierta de parras, con viejas tejas
oscuras. Su sonrisa se abrió sin reservas.
—Su viejo alcalde me había dicho que me alojaría en el
castillo —dijo, señalando con el revés de la mano la preten-
ciosa construcción que los árboles dejaban ver en lo alto de
la colina—. Felicitaré a mis hombres por
p haberse equivoca-
do. Éste es un palacio mucho más hermoso.
Después cerró la puerta, nos saludó a través de los crista-
les y se fue.
Volvió por la noche a la misma hora que la víspera. Es-
tábamos tomando nuestro café. Llamó a la puerta, pero no
esperó a que mi sobrina le abriera. Abrió él mismo. «Temo
que les molesto —dijo—. Si ustedes lo prefieren, pasaré
por la cocina: así podrán cerrar esta puerta con llave». Cru-
[56]
zó la habitación y se detuvo un momento con la mano en
el picaporte, observando los diversos rincones de la estan-
cia. Por fin, inclinó ligeramente el busto: «Les deseo buenas
noches», y salió.
Nunca cerramos la puerta con llave. No estoy seguro de
que las razones de esa abstención fueran muy claras ni muy
puras. Por un acuerdo tácito, mi sobrina y yo habíamos
decidido no cambiar nada en nuestra vida, ni el más míni-
mo detalle: como si el oficial no existiera, como si hubiera
sido un fantasma. Pero es posible que otro sentimiento se
mezclara en mi corazón con esta decisión: no puedo ofen-
der a un hombre sin sufrir, aunque sea mi enemigo.
Durante mucho tiempo —un mes— se repitió la misma
escena cada día. El oficial llamaba a la puerta y entraba. Pro-
nunciaba algunas palabras sobre el tiempo, la temperatura o
algún otro tema de la misma importancia: temas cuya carac-
terística común era que no exigían respuesta. Se demoraba
siempre un poco en el umbral de la pequeña puerta. Miraba
a su alrededor. Una sonrisa muy ligera revelaba el placer que
parecía producirle este examen: el mismo examen cada día y
el mismo placer. Sus ojos se detenían en el perfil inclinado de
mi sobrina, indefectiblemente severa e insensible, y cuando
finalmente apartaba su mirada, yo estaba seguro de poder
leer en ella una especie de aprobación sonriente. Luego, incli-
nándose, decía: «Les deseo buenas noches», y salía.
Las cosas cambiaron bruscamente una noche. Afuera caía
una nieve fina mezclada con lluvia, terriblemente glacial y
humedecedora. Yo hacía arder en el hogar unos gruesos leños
que conservaba para esa clase de días. A pesar mío, imaginaba
al oficial en el exterior, el lamentable aspecto que tendría al
entrar. Pero no entró. Hacía un buen rato que había trans-
currido la hora de su llegada, y me molestaba reconocer que
seguía ocupando mis pensamientos. Mi sobrina cosía len-
tamente, con aire muy aplicado.
Al fin se dejaron oír sus pasos. Pero venían del interior
de la casa. Reconocí, por su sonido desigual, el caminar del
[57]
oficial. Comprendí que había entrado por la otra puerta y
que venía de su habitación. Sin duda no había querido pre-
sentarse ante nuestros ojos con un uniforme empapado y
sin prestancia: antes se había cambiado.
Los pasos —uno fuerte, uno débil— bajaron la escalera.
Se abrió la puerta y apareció el oficial. Vestía de paisano. El
pantalón era de espesa franela gris; la chaqueta, de mezcla
de lana azul acero salpicada de manchas castaño oscuro.
Era ancha y larga, y caía con un descuido lleno de elegan-
cia. Bajo la chaqueta, un jersey de gruesa lana cruda mol-
deaba el torso fino y musculoso.
—Perdónenme —dijo—. No tengo calor. Estaba muy
mojado, y mi habitación es muy fría. Me calentaré unos
minutos junto a su fuego.
Se puso en cuclillas con dificultad ante la chimenea y
extendió las manos. Les daba la vuelta una y otra vez.
Decía: «¡Bien...! ¡Bien...!». Se volvió y quedó de espaldas
al fuego, siempre en cuclillas, con una rodilla entre sus
brazos.
—Esto no es nada —dijo—. El invierno en Francia es
una estación suave. En mi tierra es muy duro. Mucho. Los
árboles son abetos, bosques apretados; allá la nieve es pesa-
da. Aquí los árboles son finos. La nieve, sobre ellos, es
como un encaje. En nuestra tierra pensamos en un toro,
recio y poderoso, que necesita su fuerza para vivir. Aquí
existe el ingenio, el pensamiento sutil y poético
Su voz era bastante opaca, muy poco timbrada. El
acento era ligero, sólo perceptible en las consonantes du-
ras. El conjunto parecía más bien una especie de murmu-
llo cantado.
Se levantó. Apoyó el antebrazo en el dintel de la alta
chimenea y la frente en el dorso de su mano. Era tan alto
que tenía que inclinarse un poco; yo no llegaría ni a rozar
el dintel con la cabeza.
Permaneció inmóvil bastante tiempo, sin moverse y sin
hablar. Mi sobrina cosía con una vivacidad mecánica. No
[58]
posó los ojos sobre él ni una sola vez. Yo fumaba, medio
tumbado en mi cómodo y amplio butacón. Pensaba que el
peso de nuestro silencio no podía ser alterado. Que el hom-
bre iba a saludarnos y marcharse.
Pero el murmullo opaco y melodioso se elevó de nuevo;
no puede decirse que rompiera el silencio, sino más bien
que hubiera nacido de él.
—Siempre he amado a Francia —dijo el oficial, sin mo-
verse—. Siempre. En la otra guerra, yo era un niño, y no
cuenta lo que pensara entonces. Pero después la he amado
siempre. Aunque la amaba de lejos. Como a la Princesa
Lejana —hizo una pausa antes de decir gravemente—:
A causa de mi padre.
Se volvió y, con las manos en los bolsillos de la chaqueta,
se apoyó en la jamba de la chimenea. Su cabeza rozaba un
poco la repisa. De cuando en cuando se frotaba lentamente
la nuca, con un gesto natural, como el de un ciervo. Había
un sillón a su alcance, muy cerca de él. Nunca se sentó.
Hasta el último día no se sentó jamás. Nunca se lo ofreci-
mos, y él no hizo jamás nada que pudiera pasar por fami-
liaridad.
Repitió:
—A causa de mi padre. Era un gran patriota. La derrota
le produjo un violento dolor. Sin embargo, amó a Francia.
Amó a Briand3, creía en la República de Weimar y en
Briand. Era muy entusiasta. Decía: «Nos va a unir, como
marido y mujer». Pensaba que por fin el sol iba a brillar
sobre Europa...

3
Aristide Briand (1862-1932): hombre de leyes y político francés,
progresista y eminentemente pacifista, fue once veces presidente del Go-
bierno y fundó con Jean Jaurès el diario L’Humanité. é Firmó el pacto de
Locarno en 1925 con el alemán Gustave Stresemann y el inglés Cham-
berlain; y en 1928, el convenio Briand-Kellogg. En 1926 recibió el Premio
Nobel de la Paz. Profundamente admirado por p Vercors, éste escribió su
biografía: Moi, Aristide Briand (Éd. Plon, 1981).

[59]
Al hablar, miraba a mi sobrina. No la miraba como un
hombre mira a una mujer, sino como quien mira a una
estatua. Y, en efecto, era una estatua. Una estatua animada,
pero una estatua.
—... Pero Briand fue vencido. Mi padre vio que Francia
estaba aún dirigida por sus grandes y crueles burgueses...,
gentes como sus Wendel, sus Henry Bordeaux y su viejo
Mariscal4. Me dijo: «Nunca deberás ir a Francia antes de
poder entrar con botas y casco». Tuve que prometérselo,
pues se hallaba a punto de morir. Al comenzar la guerra, yo
conocía toda Europa, salvo Francia.
Sonrió y dijo, como si eso hubiera sido una explicación:
—Soy músico.
Un leño se deshizo y las brasas cayeron fuera del hogar.
El alemán se inclinó y recogió las brasas con unas tenacillas.
Prosiguió:
—No soy ejecutante: compongo música. Eso es toda mi
vida, y, por eso, me siento ridículo al verme como hombre
de guerra. Sin embargo, no lamento esta guerra. No. Creo
que de esto saldrán grandes cosas...
Se levantó, sacó las manos de los bolsillos y las mantuvo
un poco en alto:
—Perdónenme: quizás he podido herirlos. Pero lo que
decía lo pienso de buena fe: lo pienso por amor a Francia.
Saldrán grandes cosas para Alemania y para Francia. Creo,
como mi padre, que el sol va a brillar sobre Europa.
Dio dos pasos e inclinó el busto. Como todas las noches,
dijo: «Les deseo buenas noches». Después salió.

4
La familia Wendel dominó desde el siglo xviii hasta la Segunda
Guerra Mundial la minería y las industrias metalúrgicas de Lorena.
Henry Bordeaux (1870-1963) fue un abogado y escritor saboyano, ca-
tólico y de ideas conservadoras. El «viejo Mariscal» es, obviamente,
Philippe Pétain (1856-1951), héroe de Verdún en 1916, firmante del
armisticio con Hitler en 1940 y presidente del gobierno colaboracio-
nista de Vichy.

[60]
Terminé silenciosamente mi pipa. Tosí un poco y dije:
«Tal vez sea inhumano negarle el óbolo de una sola pala-
bra». Mi sobrina levantó el rostro. Alzó mucho las cejas
sobre sus ojos brillantes e indignados. Sentí que casi me
ruborizaba.

[61]
Desde aquel día sus visitas fueron de ese estilo. Salvo
muy raras veces, sólo lo vimos vestido de paisano. Se cam-
biaba primero y luego llamaba a nuestra puerta. ¿Era para
ahorrarnos la visión del uniforme enemigo? ¿O para hacer
que lo olvidáramos, que nos acostumbráramos a su perso-
na? Las dos cosas sin duda. Llamaba, y entraba sin esperar
una respuesta que sabía que no daríamos. Lo hacía con la
más candorosa naturalidad, y venía a calentarse a la chime-
nea, lo que era el pretexto constante de su venida: un pre-
texto que no nos engañaba ni a él ni a nosotros, y que él no
intentaba siquiera ocultar su carácter cómodamente con-
vencional.
No venía todas las noches; pero no recuerdo ni una sola
en que se despidiera sin haber hablado. Se inclinaba sobre
el fuego y, mientras ofrecía al calor de la llama alguna parte
de sí mismo, su voz ronca se elevaba suavemente, y a lo
largo de esas veladas, los temas que poblaban su corazón
—su país, la música, Francia— formaban un interminable
monólogo; porque ni una sola vez intentó obtener de no-
sotros una respuesta, una aquiescencia o al menos una mi-
rada. No hablaba durante mucho tiempo, nunca mucho
más que la primera noche. Pronunciaba algunas frases,
rotas a veces por silencios, a veces encadenadas con la
monótona continuidad de una plegaria. A veces, inmóvil
contra la chimenea, como una cariátide, a veces, acercán-
dose, sin interrumpirse, a un objeto, a un dibujo en la
pared. Después se callaba, se inclinaba y nos deseaba las
buenas noches.
[62]
Una vez (en una de sus primeras visitas) dijo:
—¿Dónde está la diferencia entre el fuego de mi casa y
éste? Seguramente la leña, la llama, la chimenea se aseme-
jan. Pero no la luz. Depende de los objetos que ilumina...,
de los habitantes de este cuarto, de los muebles, de las pa-
redes, de los libros en los estantes...
»¿Por qué me gusta tanto este cuarto? —dijo, pensativa-
mente—. No es tan bello..., perdónenme —rio—: Quiero
decir que no es una pieza de museo... De estos muebles no
se puede decir: son maravillas... No... Pero este cuarto tiene
un alma. Toda esta casa tiene un alma.
Estaba junto a los estantes de la biblioteca. Sus dedos
recorrían los lomos de los libros con una ligera caricia.
—... Balzac, Barrès, Baudelaire, Beaumarchais, Boileau,
Buffon... Chateaubriand, Corneille, Descartes, Fénelon,
Flaubert... La Fontaine, France, Gautier, Hugo... ¡Qué lista!
—dijo con una risa ligera y moviendo la cabeza—. ¡Y sólo
he llegado a la letra H! Ni Molière, ni Rabelais, ni Racine,
ni Pascal, ni Stendhal, ni Voltaire, ni Montaigne..., ¡ni to-
dos los demás! —seguía deslizando lentamente los dedos a
lo largo de los libros y, de trecho en trecho, dejaba escapar
un imperceptible «¡Ah!» cuando, supongo, leía un nombre
que no esperaba encontrar—. Los ingleses —continuó—,
e inmediatamente uno piensa: Shakespeare. Los italianos:
Dante. España: Cervantes. Y nosotros, en seguida: Goethe.
Después, hay que buscar. Pero si decimos: ¿Y Francia? En-
tonces, ¿quién surge al instante? ¿Molière? ¿Racine? ¿Hugo?
¿Voltaire? ¿Rabelais? ¿Algún otro? Se apretujan, son como
una muchedumbre a la entrada de un teatro, no se sabe a
quién dejar entrar primero.
Se volvió y dijo gravemente:
—Pero en cuanto a la música, sucede lo mismo entre
nosotros: Bach, Beethoven, Wagner, Mozart..., ¿qué nom-
bre es el primero?
»¡Y nos hemos hecho la guerra! —dijo lentamente, mo-
viendo la cabeza. Se acercó de nuevo a la chimenea, y sus
[63]
ojos sonrientes se posaron en el perfil de mi sobrina—.
¡Pero es la última! ¡No lucharemos más: nos casaremos!
Sus párpados se plegaron, las depresiones de los pómu-
los se transformaron en dos largos hoyuelos, aparecieron
sus dientes blancos. Dijo alegremente:
—¡Sí! ¡Sí! —una leve inclinación de cabeza ratificó la
afirmación—. Cuando entramos en Saintes5 —prosiguió
tras un silencio—, me sentí feliz porque la población nos
recibía bien. Me sentía muy feliz. Pensaba: esto será fácil.
Y luego vi que aquello no era así, que era cobardía —se
había puesto serio—. Desprecié a aquellas gentes. Y sentí
temor por Francia. Pensaba: ¿Francia se ha convertido ver-
daderamentee en esto? —sacudió la cabeza—. ¡No! No. Lo
vi en seguida; y ahora me siento feliz ante su rostro severo.
Su mirada se dirigió hacia la mía —que desvié—, se de-
tuvo un poco en diversos puntos de la habitación y luego
volvió de nuevo hacia el rostro de mi sobrina, despiadada-
mente insensible, que había dejado de mirar.
—Me siento feliz por haber encontrado aquí un anciano
digno. Y una joven silenciosa. Será preciso vencer ese silencio.
Será preciso vencer el silencio de Francia. Eso me agrada.
Miraba a mi sobrina, su perfil puro, obstinado y hermé-
tico, en silencio y con una grave insistencia en la que, sin
embargo, aún flotaban los restos de una sonrisa. Mi sobri-
na lo notaba. La vi ruborizarse ligeramente, y un pliegue se
formó poco a poco entre sus cejas. Sus dedos tiraban dema-
siado enérgicamente, con demasiada violencia, de la aguja,
corriendo el riesgo de romper el hilo.
—Sí —prosiguió la lenta voz opaca—, es mejor así. Mu-
cho mejor. Eso hace uniones sólidas..., uniones en las que
cada una de las partes adquiere grandeza... Hay un cuento
muy bonito para niños, que yo he leído, que ustedes han

5
Saintes: pequeña ciudad de la Charente-Maritime, al sudeste de La
Rochelle.

[64]
leído, que todo el mundo ha leído. No sé si el título es el
mismo en los dos países. En el mío se llama Das Tier und die
Schönee6..., La Bella y la Bestia. ¡Pobre Bella! La Bestia la tiene
a su merced, impotente y prisionera, y le impone a todas las
horas del día su implacable y agobiante presencia... La Bella
es orgullosa, digna..., se ha endurecido... Pero la Bestia vale
más de lo que parece. ¡Oh, no ha sido muy bien educada! Es
torpe, brutal, parece muy zafia al lado de la Bella, ¡que es tan
fina...! Pero tiene corazón, sí, tiene un alma que aspira a ele-
varse. ¡Si la Bella quisiera...! La Bella tarda mucho tiempo en
querer. Sin embargo, poco a poco descubre que en el fondo
de los ojos de su odiado carcelero hay una luz..., un reflejo
donde pueden leerse la súplica y el amor. Y siente menos la
garra opresora, las cadenas de su prisión... Deja de odiar. Su
constancia la conmueve, le tiende su mano... Inmediata-
mente, la Bestia se transforma, el sortilegio que la mantenía
bajo aquel bárbaro pelaje se ha disipado: ahora es un caballe-
ro muy hermoso y muy puro, culto y delicado, al que cada
beso de la Bella otorga cualidades siempre más deslumbran-
tes... Su unión produce una felicidad sublime. Sus hijos, que
reúnen y combinan los dones de sus padres, son los más
bellos que hayan nacido en el mundo...
»¿No les gusta este cuento? A mí siempre me gustó. Lo
releía sin cesar. Me hacía llorar. Quería sobre todo a la Bes-
tia, porque comprendía su dolor. Todavía hoy me emocio-
no cuando hablo de él.
Se calló, respiró con fuerza y se inclinó:
—Les deseo buenas noches.

6
Literalmente: La Bestia y la Bella. Aunque Von Ebrennac cita el títu-
lo alemán, se trata de un antiguo cuento infantil de origen europeo inde-
terminado. Algunos eruditos lo consideran derivado del episodio amoro-
so de Cupido y Psique contenido en las Metamorfosis (Asno de Oro), del
poeta latino Apuleyo (siglo ii d.C.). En Francia, se atribuyó su autoría a
Marie-Pauline Leprince de Beaumont, bisabuela materna de Prosper
Mérimée.

[65]

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