Domingo de Ramos
¿Quién es éste?
(Mateo 21:1-11)
“Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmo-
vió, diciendo: ¿Quién es este?” (Mateo 21:10)
Hace unos 40 años vino el conocido evangelista Billy
Graham a Villahermosa. Fue todo un acontecimiento.
Todas las iglesias se unieron para celebrar una gran
cruzada evangelística en el estadio de beisbol 27 de fe-
brero. Eran tiempos en que no era fácil que el gobierno
facilitara un local como ése para un evento cristiano. Y
vaya que el pueblo cristiano aprovechó la ocasión. Dia
tras día el parque de beisbol se llenó de gente que lle-
gaba de todos los municipios. Dios bendijo ese gran
evento con miles de personas que entregaron su vida al
Señor Jesucristo. Fueron días en que el mensaje del
evangelio prácticamente saturó el ambiente, y el nom-
bre de Cristo fue grandemente glorificado.
Me pregunto cuándo fue la última vez que Cristo sacu-
dió tu comunidad, tu ciudad, o tu estado. Cuál fue esa
ocasión en la que el nombre de Cristo conmovió el lu-
gar, y logró que quienes no lo conocen, se preguntaran
quién es Jesús.
Recuerdo hace algunos años que una alcaldesa anunció
que le entregaba las llaves de la ciudad a Jesucristo. La
noticia causó todo tipo de reacciones, aunque trato de
imaginarme cómo sería una ciudad en la que él verda-
deramente tuviera las llaves del lugar.
El pasaje de hoy habla de la ciudad de Jerusalén, la ciu-
dad santa. Es el día que conocemos como la entrada
triunfal, uno de los eventos más conocidos de la vida
de Jesús en la tierra. A diferencia de otros aconteci-
mientos como su nacimiento y su resurrección, la en-
trada triunfal fue un evento público, testificado tanto
por sus seguidores como por quienes ni siquiera lo co-
nocían. A diferencia del viernes de pasión, que fue un
evento lleno de maldad y de crueldad, la entrada triun-
fal es un evento festivo que el Señor mismo disfrutó
como lo que es: el rey de su pueblo.
Lo que llama la atención es el impacto que su entrada
en esta ciudad causó: “Toda la ciudad se conmovió”. Su
presencia no pasó desapercibida. Nadie quedó indife-
rente. Los habitantes de la ciudad no habían visto an-
tes algo así. No imaginaban siquiera que en ese mo-
mento se estaban cumpliendo profecías pronunciadas
desde siglos atrás. Y en medio de toda esa conmoción,
ellos hacen la pregunta, que más se escucha acerca de
Jesús: “¿Quién es este?”. Ellos no quieren saber quienes
son los apóstoles, o cuál es la historia del burrito. Ellos
quieren saber quién es la persona que viene montada
en un pollino y a quien las multitudes vitorean. ELa
pregunta que ellos tienen es: ¿Quién es realmente Jesu-
cristo?
I. Lo que la gente dice: él es el profeta
“Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret
de Galilea ” (21:11)
¿Quién era esta gente que respondió de esta forma? Me
atrevo a pensar que no era gente tan cercana a Jesús.
Tal vez eran parte de la multitud que le seguía porque
les gustaban sus enseñanzas, les asombraban sus mila-
gros, y veían en Jesús a una persona diferente a la gen-
te religiosa de su tiempo. Pero la respuesta que ofrecen
deja realmente mucho que desear.
La respuesta que ellos dan refleja un malentendido
que Jesús corrigió a su debido tiempo. Cuando andaba
por la región de Cesarea de Filipo, él le preguntó a sus
discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo
del Hombre?” (Mat. 16:13). Y ahí vemos que mucha
gente consideraba a Jesús un profeta.
Hay algo de cierto en esta respuesta, porque éste es
uno de los oficios que Jesús desempeña. Pero Jesús era
más que un profeta. Si nosotros nos quedamos con esa
respuesta, eso es lo que los musulmanes creen acerca
de Jesús. A menos que creamos que él es el Cristo, el
Hijo del Dios viviente, Jesús no será de gran beneficio
para las personas.
II. Lo que la multitud celebra: él es el Mesías
“Y la gente que iba delante y la que iba detrás acla-
maba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito
el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las
alturas! ” (21:9)
El pasaje deja en claro que esta era gente más cercana
a Jesús. Era gente que tal vez estaba esperando este
momento para aclamarlo por lo que ellos creen que es:
el Mesías de Israel.
Por eso, ellos utilizan y aplican este salmo mesiánico a
Jesucristo. Es el Salmo 118 que ellos esperaban que un
descendiente de David cumpliera algún día. Antes de
estas palabras que ellos usaron, hay una súplica que
todo judío pronunciaba durante la fiesta de la pascua:
“Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh
Jehová, que nos hagas prosperar ahora” (Salmo
118:25). Ellos veían al Mesías como un salvador y libe-
rador, ¿pero de qué los iba a salvar realmente?
Aquí está el peligro de ver a Jesús como el mesías, pe-
ro no a la luz de lo que la Escritura enseña, sino a la
luz de las expectativas que la gente se había formado
acerca de él. Las multitudes esperaban un mesías que
los liberara de Roma y que trajera prosperidad a la na-
ción. Y debido a que Jesús no veía su misión en un sen-
tido político, esta misma multitud después, entonaría,
a manera de coro, la petición más ruin que jamás se
haya hecho: Crucifícale, crucifícale. Irónicamente, esa
petición iba dirigida a un magistrado romano.
III. Lo que la Biblia predice: él es el Rey
“Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por
el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion: He aquí,
tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, So-
bre un pollino, hijo de animal de carga (21:4-5).
Dejamos atrás lo que la gente dice y revisamos lo que
la Escritura enseña. La cita de Mateo es una profecía de
Zacarías de más de 400 años atrás, y lo que ahí se
anuncia es que Jesús es el rey de su pueblo. Este es el
rey de los judíos por el que los magos hicieron un lar-
go viaje con la intención de estar presentes en su naci-
miento.
Y este domingo de la entrada triunfal se cumple la ve-
nida de este rey. Nada de esto ocurrió por accidente. Ni
siquiera el burrito que Jesús monta es casualidad. To-
do estaba ya predicho de una manera precisa y aquella
multitud era testigo de un acontecimiento trascenden-
tal.
Cinco días después un letrero que identifica a Jesús
como el rey de los judíos estaba a la vista de todo el
pueblo judío. Estaba escrito en tres idiomas distintos
para que todos los presentes entendieran su significa-
do. Ese era el cargo con el que los judíos lograron que
Pilato condenara a Jesús. Y sin embargo, es una verdad
incuestionable que Jesús es rey, pero su reino no es de
este mundo. Y llegará el día en que él consumará ese
reino en toda su plenitud, y él aparecerá en un caballo
blando como el Rey de Reyes y Señor de Señores.
IV. Lo que Jesús dice: él es el Señor
“Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego ha-
llaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla,
y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor
los necesita; y luego los enviará” (21:3-4).
“El Señor los necesita”. Eso fue suficiente para que el
dueño de aquellos animalitos los pusiera a disposición
de Jesús. Llama la atención que Jesús ni siquiera esta-
ba en el lugar. Pero él ya sabía la ubicación precisa de
la asna y el pollino. Ya sabía que uno estaba atado. Y
sabía que el dueño al escuchar para quién eran, no va-
cilaría en acceder a darlos prestados.
No sé que entiendas por la palabra “Señor”, pero hay
una razón por la cual en nuestras Biblias aparece con
mayúscula. Esta es una palabra que solo se usaba para
referirse a Dios. Era una manera de reconocer su carác-
ter soberano y su dominio sobre todo lo que existe.
Por eso, este pasaje nos enseña que aquel por quien
todas las cosas fueron hechas de manera ordenada en
seis días, es el mismo que pre-ordena los eventos de
este día. Y es él que espera que nosotros proclamemos
su nombre, para que en el nombre de Jesús se doble
toda rodilla se doble toda rodilla de los que están en
los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda
lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria
de Dios Padre” (Fil. 2:11)
Lunes de autoridad
El peligro de ignorar la Escritura
(Marcos 11:15-19)
“¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración
para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho
cueva de ladrones” (Marcos 11:15).
“¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración
para todas las naciones?”. Imagine que estaba en el
templo ese día, que había presenciado la purificación
del templo y que había visto a un Cristo distinto a la
imagen tierna con que a veces se le representa. Y, en-
tonces, el Señor apela a la Biblia para explicar sus ac-
ciones. ¿Qué hubiera respondido si le pregunta en qué
libro de la Biblia se encuentra esa cita? Ah, claro, sería
fácil mirar la concordancia, solo que en ese tiempo la
Biblia como tal no existía.
Pero supongamos que tiene una Biblia como la nuestra
a la mano y descubre que esa cita viene de Isaías, ¿de
qué estaba hablando el profeta en ese pasaje? ¿Qué luz
nos aporta ese pasaje para entender el enojo del Señor
ante lo que estaba ocurriendo en el templo?
Nosotros no estábamos allí, es cierto, pero sí los escri-
bas, expertos en la Escritura, y los principales sacerdo-
tes, guardianes de la religión. Ellos escucharon las pa-
labras de Jesús, y en lugar de buscar el pasaje, busca-
ban como matar a Jesús.
Que Jesús apunte a la ignorancia de las Escrituras para
explicar las anomalías que ocurrían en el templo, debe
servirnos de advertencia. Sobre todo porque desde ha-
ce mucho hay algunas voces que han señalado un pa-
decimiento de muchos creyentes: la anorexia espiri-
tual. Se trata de personas asiduas a la iglesia pero que
no se alimentan de manera recurrente del alimento de
la Palabra. A veces incluso solo ingieren lo que se les
provee el domingo, y durante la semana guardan las
Escrituras, pero en un cajón.
¿Qué peligros se corren cuando hacemos a un lado la
Palabra de Dios en la vida de la iglesia? ¿A qué errores
nos exponemos cuando ignoramos el libro al cual lla-
mamos nuestra norma de fe y práctica? Vamos a acer-
carnos a este incidente que ocurre el lunes de la sema-
na de pasión, y ver la manera en que nos ayuda a res-
ponder esta pregunta.
I. Ignorar la Escritura nos conduce a cometer graves
errores en la casa del Señor
“Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el tem-
plo, comenzó a echar fuera a los que vendían y com-
praban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas,
y las sillas de los que vendían palomas” (Mc. 11:15).
El ambiente era ensordecedor. Los vendedores grita-
ban. Los compradores intentaban regatear los precios.
El ruido de las monedas se unía al bullicio. Los anima-
les también hacían de las suyas, no teniendo adonde
acudir para hacer sus necesidades. El espectáculo era
más propio de un bazar que de la casa de Dios.
¿Qué hay de malo en esto?, podría preguntar alguien.
Al fin y al cabo, la intención parece razonable. No era
cómodo viajar con animales para los sacrificios, o no
se tenía siempre a la mano el tipo de moneda que se
usaba en el templo. ¿Qué hay de malo en facilitarle a la
gente hacer a un lado esas preocupaciones?
Nosotros podemos preguntar también: ¿Por qué en el
templo? Aun si esto se hacía en uno de los atrios, ¿por
qué ahí? O más bien, ¿por qué lo permitían las autori-
dades religiosas que eran quienes tenían a su cargo to-
do lo que se hacía en ese lugar?
Ese es el meollo del asunto. Es a ellos a quienes Cristo
acusa de haber convertido su casa de oración en una
cueva de ladrones. La religión se había convertido para
ellos en un negocio, y Cristo es una amenaza para
quienes cometen estas atrocidades.
El templo no es para eso. Su propósito es facilitar la
intimidad con Dios a quienes se acercan necesitados
de su gracia y de su perdón. Si lee Isaías 56, el pasaje
que el Señor cita, ahí habla de gente que piensa que
por su condición o su nacionalidad no será bienvenida
a la casa de Dios. Cuando Dios dice que “su casa, será
llamada casa de oración para todos los pueblos”, es
porque hay lugar incluso para quienes no forman parte
del pueblo de Israel.
El error más grande de los líderes religiosos es impedir
que la gente que está necesitada de la gracia y el per-
dón de Dios, cuenten con las condiciones adecuadas en
su casa para hacerlo. Para nosotros, los creyentes del
nuevo pacto, la importancia de cuidar todo aquello que
tenga que ver con el culto a Dios no debe ser descuida-
do. Siempre debemos buscar la forma de que la casa
de Dios sea un lugar hospitalario para quienes buscan
la intimidad con Dios y no un estorbo.
II. Desobedecer la Escritura nos expone a sufrir el
castigo severo de Dios por nuestras fallas.
“...y no consentía que nadie atravesase el templo lle-
vando utensilio alguno” (Mc. 11:16).
Me imagino que no es la imagen que tiene de Jesús. A
la gente le gusta más verlo sonriendo que con el rostro
enfurecido. Prefiere ver una toalla en su mano que un
látigo. Les agrada más escuchar que él nos ama incon-
dicionalmente a que nos ame lo suficiente como para
corregirnos. Y, sin embargo, en el nivel más profundo
de su persona, tanto su amor como su ira coexisten
para bien de los que le aman.
Si somos sinceros, a nosotros también nos intimida el
Jesús que se muestra el lunes de la semana de pasión.
¿Cristo sacando del templo a las personas? ¿El Salva-
dor volcando mesas y sillas ante la sorpresa de todos?
¿El Señor impidiendo el paso al templo solo por llevar
algún utensilio?
En nuestro tiempo la imagen de Jesús que más se escu-
cha es la de una especie de terapeuta. Un Cristo sin de-
mandas, un evangelio sin compromiso, un mensaje que
simplemente nos hace sentir bien. Buscamos masaje,
no mensaje. Pero esto no le hace bien a nadie, cuando
están viviendo en un error. Y aunque Cristo muchas
veces actúa de manera suave y tierna con sus ovejas
desorientadas, también recurre a la disciplina severa
para corregir su rebeldía. “Porque el Señor al que ama,
disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb.
12:6).
Cristo sabe que necesitamos su Palabra para que nos
alumbre. Él sabe muy bien que ella es nuestra lámpara
para ver con claridad nuestros errores y nuestra condi-
ción. Por eso, al enseñarle a la gente y a los transgre-
sores el error que estaban cometiendo, les muestra que
su celo por su casa está bien fundado. ¿No está escri-
to? Claro que sí.
III. Desechar la Escritura nos convierte en enemigos
de Cristo.
“Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y
buscaban cómo matarle; porque le tenían miedo, por
cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctri-
na” (Mc. 11:18).
¡Qué privilegio debe haber sido escuchar a Cristo! ¡Qué
bendición debe haber sido recibir su enseñanza! Cuan-
do unos alguaciles tenían la orden de arrestar a Jesús,
no lo hicieron. La razón: ellos dijeron: “¡Jamás hombre
alguno ha hablado como este hombre!” (Jn 7:46).
Pero eso era lo que más molestaba a los expertos de la
ley y los líderes religiosos. Ellos resentían la enseñanza
de Cristo porque era su arma más poderosa contra
ellos. Y cómo no tenían una manera de hacer frente a
sus argumentos, ni de impedir que actuara con autori-
dad, ellos toman una decisión fatal: eliminar al Hijo de
Dios.
¿Se da cuenta del peligro tan grande de endurecer
nuestro corazón al Señor y a su Palabra? Su exhorta-
ción para todos aquellos que no tienen su Palabra mo-
rando en sus corazón, son las mismas que dirigió a
estas personas para defender su autoridad:
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os pare-
ce que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que
dan testimonio de mí” (Jn. 5:39).
Pidamos la dirección de su Espíritu para que abra
nuestros ojos para someternos a la autoridad de Cristo
y de su Palabra. Y, sobre todo, que lleguemos a verlos
como una bendición para nuestras vidas.
Martes de controversia
Después que la muerte nos separe
(Marcos 12:18-27)
“Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán
ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles
que están en los cielos” (Mc. 12:25).
Los niños hacen preguntas que a veces no sabemos có-
mo contestar. Algunas de esas preguntas tienen que
ver con el cielo. Por eso hay páginas de internet que les
dicen a los padres cuáles pueden ser esas preguntas y
cómo contestarlas.
Me llama la atención una página en particular que ha-
bla de diez preguntas. Algunas son bastante simples
como, qué es el cielo, si van a estar sus amigos en el
cielo, o si el cielo se puede quedar sin cupo para más
gente. Hay otras preguntas que son un tanto diverti-
das. ¿Nos vamos a aburrir en el cielo? ¿Van a poder te-
ner las mamás niños en el cielo? ¿Se van las mascotas
al cielo?
Pero hay una pregunta que me llama la atención por
que no sabría cómo responder: ¿De qué edad vamos a
ser en el cielo?”. La misma página reconoce que la Bi-
blia no responde a esta pregunta. Y creo que a noso-
tros se nos podrían ocurrir otras más.
En el tiempo de Jesús la gente también se hacía pre-
guntas acerca de la vida futura. Y al igual que hoy, ha-
bía quienes tomaban esas preguntas en serio como
quienes simplemente las hacían para burlarse. Entre
estos últimos estaba un grupo religioso muy influyente
conocido como los saduceos. Era gente de la clase alta,
de la cual escuchamos muy poco en los evangelios. Pe-
ro el martes de controversia, en que los distintos gru-
pos religiosos se unieron para intentar atrapar a Jesús,
ellos también hicieron su aparición.
Aunque ellos no creían en la vida futura se acerca-
ron a Jesús con una pregunta relacionada a este
tema, que ellos estaban seguros que no les podría
responder. Para esto recurren a una antigua prác-
tica judía conocida como la ley del levirato.
“Maestro, Moisés nos escribió que si el hermano de
alguno muriere y dejare esposa, pero no dejare hi-
jos, que su hermano se case con ella, y levante des-
cendencia a su hermano” (Mc12:19).
Entonces ellos le presentan a Jesús el caso hipoté-
tico de una familia de siete hermanos, en que el
primero tomó una esposa y murió sin dejar des-
cendencia. Para cumplir con la ley, el segundo se
casó con esta mujer pero también murió sin dejar
descendencia, y los mismo ocurrió con los demás
hermanos. Y, claro, no se les olvidó omitir que
también la pobre mujer murió.
La pregunta que ellos tienen para Jesús es bastan-
te ingeniosa, “En la resurrección, pues, cuando re-
suciten, ¿de cuál de ellos será ella mujer, ya que los
siete la tuvieron por mujer?” (Mc 12:23). Como
ellos no creen en la resurrección, están convenci-
dos que Jesús no podrá responderles, pero por lo
menos esperan pasar un buen rato al verlo titu-
bear para encontrar una solución a este dilema.
Sin embargo, eran los saduceos quienes no esta-
ban preparados para la respuesta contundente de
Jesús. “¿No erráis por esto, porque ignoráis las Es-
crituras, y el poder de Dios?”. Nuestro Señor no
solo reafirma la creencia en la resurrección sino
también nos da un atisbo de cómo será la vida fu-
tura. ¿Qué nos dice el Señor acerca de esto?
I. La doctrina de la vida futura es una enseñanza ver-
dadera
“Porque cuando resuciten de los muertos…” (Mc.
12:25)
Los saduceos estaban equivocados, y lo están todos
aquellos que cuestionan la vida futura. “Imagina que
no hay cielo”, dice una canción muy popular. El paraíso
está aquí es la creencia de mucha gente escéptica. Para
ellos, la muerte es el final de la existencia. “Comamos y
bebamos que mañana moriremos” resume esa forma
de pensar. (1 Cor. 15:32).
Al mostrarles su error, Jesús dice: “Cuando los muer-
tos resuciten”. No dice, si los muertos resucitan, o en
caso de que los muertos resuciten. Su confianza en la
la resurrección es tan segura como que él sabía que la
tumba no sería el final de su ministerio aquí en la tie-
rra. No solo eso, sino es a él mismo a quien Dios le ha
confiado las llaves de la muerte y el Hades. “Porque
como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así
también el Hijo a los que quiere da vida” (Jn. 5:21).
Lo más maravilloso de esta doctrina es que está basada
en la resurrección de Jesús. Él es las primicias, y un día
nosotros resucitaremos con un cuerpo glorioso como
el suyo. Por eso no nos avergonzamos de confesar:
Creo en la resurrección de la carne y la vida perdura-
ble.
II. La doctrina de la vida futura es una enseñanza bí-
blica
“Pero respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis
leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zar-
za, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de
Isaac y el Dios de Jacob?” (Mc. 12:26).
Los saduceos estaban convencidos de que la Biblia no
enseña la resurrección de los muertos ni la vida futura.
Claro, ellos solo tenían el Antiguo Testamento, y de
éste, solo aceptaban los libros de Moisés como autori-
tativos. Nosotros sabemos que Daniel dice: “Y muchos
de los que duermen en el polvo de la tierra serán des-
pertados, unos para vida eterna, y otros para vergüen-
za y confusión perpetua” (12:1). Pero ellos no acepta-
ban la autoridad de este libro porque no fue escrito
por Moisés.
Por eso, la respuesta de Jesús va a la yugular.
¿Prefieren a Moisés? Entonces, escuchen lo que Moisés
dice acerca de Dios: “Yo soy el Dios de Abraham, el
Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Si ustedes creen en el
mismo Dios de sus antepasados, entonces deben creer
que el no es Dios de muertos, sino de vivos.
Cristo no se refiere aquí a la inmortalidad del alma,
porque ese no era el tema. Él habla de la resurrección
del cuerpo y las promesas de una vida futura. Tiene
que haber resurrección para que Dios cumpla la pro-
mesa a los patriarcas de llevarlos a una patria celestial.
Él no les ha cumplido todavía esa promesa, pero un día
lo va a hacer. “Pero anhelaban una mejor, esto es, ce-
lestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse
Dios de ellos; porque les ha preparado una ciu-
dad” (Heb. 11:24).
Los patriarcas solo saludaron esta ciudad desde lejos.
Lo mismo ocurre con nosotros. Pero confiamos en
aquel que fue a preparar lugar para nosotros, para que
donde él esté, nosotros también estemos.
III. La doctrina de la vida futura es una enseñanza
maravillosa.
“Cuando los muertos resuciten, los hombres y las muje-
res no se casarán, pues serán como los ángeles que es-
tán en el cielo” (Mc. 12:25).
Es difícil imaginar como será exactamente la vida futu-
ra. Cómo serán nuestros cuerpos glorificados, de qué
edad resucitaremos, cómo nos relacionaremos con los
seres queridos, en fin. Solo podemos especular pero
hay algo que Jesús dice aquí que llama la atención: en
el cielo no habrá matrimonios, y no sé si eso le alegre o
le decepcione. Seremos como los ángeles del cielo, no
en el sentido de que no tendremos cuerpos, sino en
que no nos daremos en casamiento.
Y esta es una observación muy importante en cuanto a
la distinción entre la vida presente y la vida futura. Al-
gunas realidades maravillosas como el matrimonio que
disfrutamos aquí en la tierra, ya no serán necesarias en
el cielo. Se trata de la entrada a un nuevo orden, glorio-
so, maravilloso, angelical, pero en nuestros cuerpos
transformados y glorificados. El matrimonio dura has-
ta que la muerte nos separe. En el nuevo cielo y tierra
nueva, después que la muerte nos separe, nuestra co-
munión íntima y perfecta no es con nuestra pareja,
sino con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Y es-
peramos que también, por la fe en Jesús, ese Dios sea
el suyo.
Miércoles de retiro
De víctima a vindicada
Mateo 26:6-13
“Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a
esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena
obra” (Mt. 26:10).
¿Ha oído hablar de Melinda Rankin? Aunque tal vez no
haya escuchado de ella, los creyentes presbiterianos en
México deberíamos estar muy agradecidos con su la-
bor. Ella fue la primera persona de la fe evangélica que
se dedicó por completo a desarrollar un trabajo misio-
nero en México. Aunque originalmente su labor la hizo
sin un afiliación a alguna denominación, al terminar su
labor de Veinte años entre los mexicanos, como se lla-
ma su libro, entregó los frutos de su trabajo a la iglesia
presbiteriana.
Pero su trabajo no fue nada fácil. Primero porque los
estadounidenses no tenían un buen concepto de los
mexicanos. La idea que los “gringos” tenían es que los
mexicanos eran unos salvajes y no valía la pena inver-
tir en ellos. Además,, las iglesias protestantes creían
que como la iglesia católica dominaba en México, el
país ya estaba evangelizado.
Otra dificultad que ella encontró fue la situación políti-
ca tan cambiante, tanto en México como en los Estados
Unidos. En ese tiempo en México ocurrieron las gue-
rras de reforma y la intervención francesa. En los Esta-
dos Unidos ocurrió la guerra de secesión, un episodio
que la hizo moverse de un lugar a otro. En ambos paí-
ses su vida estuvo en peligro en varias ocasiones.
Pero uno de los mayores obstáculos que enfrentó fue
su condición de mujer. Dado que su labor evangelística
la hizo a través de levantar escuelas, esta era una tarea
que era dominaba por los varones. Y es debido a su
tesón, y, claro, a que Dios estuvo con ella, que logró
dejar sembrada algunas de las primeras misiones que
después llegarían a ser iglesias presbiterianas.
¿Qué le parece esta historia? Tenemos aquí una misma
obra, pero dos distintas apreciaciones. Unos estaban a
favor, otros en contra. Para unos era una obra y un
gasto innecesario que se podía invertir en asuntos más
importantes; para otros, era una obra necesaria que
glorificaría el nombre de Cristo. Y, sobre todo, en el
medio, una persona vulnerable, un blanco fácil para
quienes no estaban de acuerdo con su decisión de ser-
vir a Jesús en una forma extravagante.
Lo que decimos de la obra de Melinda Rankin, puede
decirse también de la acción de otra mujer cuyo nom-
bre no se nos dice, pero es más conocida por todos no-
sotros. Nos referimos a la mujer que derramó un cos-
toso perfume en la cabeza de Jesús durante la semana
de pasión. Se trata sin duda de un acto extravagante,
porque se trata no solo de una fragancia rara que se
producía en tierras lejanas, sino porque ella lo derra-
mó todo, sin guardarse nada para ella.
Aquí tenemos también una acción de una mujer, que,
en su tiempo no era bienvenida a una reunión de varo-
nes, y por tanto, era un blanco fácil para la crítica. Te-
nemos también que hay quienes desaprueban lo que
ella hace, y alguien que defiende sus acciones. Y, sobre
todo, que quienes no están de acuerdo con ella, piensa
que el costo de ese perfume puede usarse en cosas
más importantes. Por un lado, tenemos la perspectiva
humana, y por el otro, la perspectiva divina.
Por eso, podemos decir, ¡qué bueno que Jesús estaba
allí! Porque es su evaluación de este acto el que más
nos interesa. ¿Cómo difiere la apreciación de los discí-
pulos de lo que esta mujer hace, de la evaluación que
Jesús hace?
I. La perspectiva de los discípulos
“Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para
qué este desperdicio?” (v. 8).
El relato de Mateo destaca que quienes abrieron sus
labios para comentar el incidente fueron los propios
discípulos de Jesús. No fueron personas lejanas a Je-
sús, o enemigas de la religión. Se trataba de personas
que formaban parte del círculo íntimo del Maestro, que
deberían conocer bastante bien su voluntad. El comen-
tario que vierten es en apariencia bastante piadoso,
sensible a las necesidades de los demás, y palabras co-
mo las suyas se escuchan a menudo en nuestras igle-
sias, Pero lo que realmente demuestra es que esta mu-
jer es:
• Esta mujer es víctima de la incomprensión
Los discípulos se enojaron. No vieron con buenos ojos
la acción de esta mujer. Y no era la primera vez que
esto ocurría. ¿Recuerda cuando unos padres trajeron a
sus niños para que Cristo les pusiera las manos y orara
por ellos? “Los discípulos los reprendieron”, dice en
Mateo 19:14. El contraste con la actitud de Jesús es
enorme. Mientras que Jesús les da la bienvenida a los
niños, y les concede un lugar importante en su reino,
los discípulos quieren cerrarles el camino.
Y lo que en este pasaje ocurre nos lleva a preguntar-
nos, ¿cuántas veces nosotros cerramos la puerta a
quienes Cristo la ha abierto? ¿En cuántas ocasiones por
un celo malentendido criticamos a quienes quieren ha-
cer algo para el Señor, los señalamos y hasta excluimos
de la colaboración en la obra?
Y por lo general el hilo se rompe por lo más delgado.
Ocurre con quienes tienen ideas para revigorizar el tra-
bajo juvenil, o con las mujeres que incursionan en es-
pacios que se creen solo para hombres, o con niños de
quienes creemos que no tenemos nada qué aprender.
Por eso, debemos tener cuidado, porque podemos ter-
minar pareciéndonos a los discípulos en lo negativo
que en lo que es positivo y provechoso.
• Esta mujer es víctima de los intereses
“Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y
haberse dado a los pobres” ( Mt. 26:9)
El comentario que los discípulos vierten es en aparien-
cia bastante piadoso, sensible a las necesidades de los
demás. ¿Acaso no hay tanta necesidad en el mundo?
¿Acaso no la Biblia nos llama a amar al prójimo y pro-
curar su bienestar? Todo esto es muy cierto, y todo tie-
ne su tiempo.
En este caso, la situación es distinta. Cono dice Juan de
las verdaderas motivaciones encarnadas por Judas:
“Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres,
sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de
lo que se echaba en ella” (Juan 12:6). No, a veces no
son motivos santos los que dirigen nuestras acciones.
Muchas veces lo que nos mueve es el anhelo de poder,
de control y de mantener nuestros intereses.
¿Qué tan lejos estamos realmente de que algo así nos
suceda a nosotros? No creo que tanto. Tal vez no a la
escala de quienes ocupan puestos distinguidos, pero sí
de quienes no ceden el control total de su vida a Jesús.
Por eso cuidamos que Jesús no intervenga en cómo
manejamos el dinero, cómo invertimos nuestro tiempo
o qué amistades frecuentamos. Jesús es Señor el do-
mingo, nosotros decidimos el resto de la semana.
II. La perspectiva de Jesús
“¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmi-
go una buena obra. 11 Porque siempre tendréis pobres
con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis” (Mt.
26:10)
¿Cómo responde Jesús ante la acción desprendida de
esta mujer? ¿Cuál es su evaluación aprobatoria de lo
que los discípulos habían desaprobado? Hay tres cosas
que él nos dice de este acto.
• Para Jesús esta mujer sí entiende la importancia
que él tiene.
La intervención del Señor en favor de esta mujer es de-
terminante. Él valora sus acciones como una obra bue-
na. Él no la considera un desperdicio como los discípu-
los pensaban. Tampoco insinúa que los pobres no ten-
gan alguna importancia. Al contrario, él mismo dice:
“cuando queráis les podréis hacer bien” (Mc. 14:7).
Lo que caracteriza la acción de esta mujer es que es un
reconocimiento profundo de la gloria y el carácter úni-
co de Cristo. Lo que ella hace es un acto de devoción al
maestro, aunque no sabemos a ciencia cierta qué haya
hecho el Señor por ella. Lo hace en un momento en que
el Señor está aún con vida y no como otros que se
acercaron a él ya que estaba muerto (Juan 19:38-40). Y
las palabras de Cristo nos recuerdan que él no compar-
te su gloria con nadie. Él debe ser el motivo supremo
de nuestros afectos y devoción. Jesús, para ella, es
digno de lo mejor de nosotros.
• Para Jesús la acción de esta mujer representa
una nota positiva durante su pasión y muerte.
“Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo,
lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultu-
ra” (Mt. 26:12)
El Señor ve lo que nosotros no alcanzamos a ver. Él
evalúa nuestra contribución a él desde una perspectiva
más amplia. Él no se deja deslumbrar por lo cuantioso
de la ofrenda o por la elocuencia de nuestras oracio-
nes. Él puede usar para su gloria lo que nosotros consi-
deramos un desperdicio.
Esta mujer no tenía idea del significado que Cristo le
daría a sus acciones. El Señor estaba a punto de entre-
gar su vida por nosotros; estaba a punto de sufrir el
desprecio cruel y el castigo despiadado de parte de sus
enemigos. Pero no todo fue amargo y perverso durante
los eventos de nuestra redención. El gesto de esta mu-
jer alegra el corazón de Jesús porque pudo ver un haz
de luz en medio de la oscuridad.
¡Qué maravilloso que en este evento único de la muerte
expiatoria de Cristo, aquella mujer podía observar que
en ese cuerpo maltratado, sus manos se habían encar-
gado de ungir al maestro! Las mujeres que seguían a
Jesús lo quisieron hacer cuando ya el Señor había resu-
citado. Nicodemo lo hizo cuando el Señor ya estaba
muerto. Ella se anticipó y de qué manera.
Me trae a la mente la conversión de Carlos Spurgeon, el
más grande predicador que haya existido. Siendo un
adolescente decidió ir a la iglesia durante una tormen-
ta de nieve. El pastor invitado no pudo llegar, y tomó la
palabra un hermano de la congregación sin mucha pre-
paración. Pero lo que dijo aquella noche impactó el co-
razón de aquel joven que decidió entregar su vida a
Cristo esa misma noche. Una predicación de un laico
inexperto sirvió traer a los pies de Cristo a un predica-
dor que alcanzaría con su mensaje a miles de gentes.
Por eso, dejemos que sea Cristo quien apruebe o
desapruebe lo que le ofrecemos.
• Para Jesús, la acción de esta mujer es un perfu-
me grato que perdura a través de los siglos.
“De cierto os digo que dondequiera que se predique este
evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que
ésta ha hecho, para memoria de ella” (Mt. 26:13)
¿Por qué todavía seguimos hablando de lo que esta
mujer hizo hasta este tiempo? ¿No le estamos dando
demasiada importancia a las buenas obras de una per-
sona en lugar de centrarnos en Cristo?
No hay nada de malo en recordar a quienes han contri-
buido a la obra del Señor. Pablo siempre reconocía en
sus cartas a sus colaboradores fieles. Lo que no está
bien es darle la gloria a ellos, dedicarles nuestra devo-
ción. Nuestras esfuerzos y sacrificios en la obra del Se-
ñor deben ser un testimonio del poder de Dios en
nuestras vidas, de nuestro amor por el Señor, y de un
deseo profundo porque su reino se siga extendiendo
sobre la tierra. De esa forma, haremos un impacto, no
solo para una época particular, sino más allá de nues-
tro tiempo de vida, para la gloria del Dios trino.
Jueves de comunión
En manos del Maestro
(Marcos 12:12-16)
¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que co-
mas la pascua? (Mc. 12:12)
Seguramente usted ha visto una obra de Leonardo da
Vinci en el comedor de alguna casa. Es, hasta donde
he visto, una de las pinturas favoritas en muchos ho-
gares. Me refiero a La última cena, en la que el pintor
capta el momento en que Jesús acaba de anunciar
que uno de sus discípulos le va a entregar. Y siempre
me he preguntado, qué se sentiría comer con esa mis-
ma pintura de fondo, pero en un mural de unos cinco
metros de alto por nueve de ancho. Porque eso es
más o menos lo que mide la pintura original, Y se en-
cuentra precisamente en la pared del comedor de un
convento en Italia.
Me llama la atención porque no fue una obra sencilla.
A da Vinci le llevó tres años completar la pintura, pe-
ro él estaba decidido a poner atención suficiente a
los detalles de manera que resultara una obra maes-
tra. Y vaya que si lo logró. Esta obra se ha vuelto tan
famosa que ahora es considerada patrimonio de la
humanidad. Ha sobrevivido a las bombas de la segun-
da guerra mundial, aunque ha tenido que ser restau-
rada varias veces.
La mayoría de la gente no tiene, o no tenemos, el ta-
lento ni la creatividad de los grandes pintores que,
como da Vinci, han intentado plasmar el momento de
la última cena. En realidad estamos lejos de hacer
una contribución notable de este tipo que pudiera
hacer que las futuras nos recuerden. Pero ¿qué tal si
ponemos nuestras vidas y nuestros recursos en al-
guien que sí puede hacer una obra maestra con ellos?
¿Qué le parece si se pone a disposición del Maestro de
Galilea para que él le incluya en su maravilloso proyec-
to de redención de la humanidad?
En esta ocasión vamos a hablar de una persona que
hizo precisamente esto. En el día jueves de la semana
de pasión, él decidió poner su casa al servicio del Se-
ñor, y al poner ese lugar en manos del maestro, hizo
una contribución muy grande en el plan divino. ¿Qué
podemos aprender del ejemplo de esta persona, cuyo
nombre ni siquiera conocemos?
I. Es Jesús mismo quien la escoge.
“El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de
comer la pascua con mis discípulos?” (Mc 14:14)
La fiesta de la pascua en Jerusalén atraía mucha gente.
Hay quienes hablan de más de un millón de personas,
aunque cifras más conservadoras la reducen a un cuar-
to de millón de visitantes. En cualquier caso, no era
fácil encontrar acomodo, y sin ningún plan previo, era
como salir a buscar restaurante el día de las madres
sin hacer reservación.
Ese es el caso de los discípulos de Jesús. Hasta ahora a
ninguno de ellos se le ha ocurrido hacer algún prepa-
rativo. Es ya el mero día que ellos le preguntan a Jesús,
“¿dónde quieres que vayamos a preparar para que co-
mas la pascua?”. Ellos no tienen la menor idea de lo
que va a pasar ese día, pero Jesús sí tiene todo listo. Él
no deja nada a la casualidad.
Por eso las palabras de Jesús suenan algo como esto:
“Van a encontrar a un hombre con un cántaro, lo van
a seguir, y adonde fuere, lo siguen, y a la casa que
llegue, preguntan por el lugar para celebrar la pas-
cua”. ¿No les parecen unas indicaciones un tanto des-
concertantes? Me imagino que esperaban algo más
preciso como una búsqueda en Google maps. Pero
¿Un hombre con un cántaro? ¿De vuelta a una casa?
¿Y decirle que nos dé su casa}? Nosotros hubiéramos
hecho algunas preguntas… cómo es el hombre… y si
nos dice que no…
Hay quienes postulan que era una clave, dado el ries-
go que Jesús corría. Y es posible, porque si algo es
seguro es que el dueño de la casa conoce a Jesús:
Basta con que le digan: El maestro dice…y él obedece.
Y es aquí dónde él nos ofrece un ejemplo valioso a
quienes seguimos a Jesús. ¿Hasta qué punto está us-
ted dispuesto a llegar para servir a Jesús con sus bie-
nes sabiendo que en sus manos él los usará de una
manera increíble? ¿Qué sacrificios implica a veces re-
conocer a Jesús como Señor de nuestra vida?
II. La presencia de Jesús santifica ese lugar
“De cierto os digo que no beberé más del fruto de la
vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino
de Dios” (Mc 14:25).
¿Se imagina lo espacioso que debió ser el aposento
alto donde Jesús celebró la última cena? ¿Cuánta gen-
te pudo haber acomodado si el dueño hubiera queri-
do rentar el lugar en lugar de cedérselo a Jesús? Pero
el dueño del lugar no piensa en las ganancias que
pueda obtener, sino en servir a Jesús, ¡y de qué mane-
ra! Es difícil que a esas alturas este hombre haya alcan-
zado a entender la dimensión de sus acciones al servir
a Jesús. Pero lo que el maestro hace con lo que aquel
hombre pone a su disposición sobrepasa lo que cual-
quiera de nosotros puede imaginar. Aquel lugar se
convierte en el escenario de una de las acciones más
recordadas de la vida de Jesús: la institución de la san-
ta cena.
Es en ese lugar donde se celebra la primera santa cena,
y la única en la que el Señor estuvo presente de mane-
ra física. Y si alguien deseaba que ese momento llegara
era el propio Jesús. “Cuánto he deseado comer esta
pascua con ustedes antes que padezca” son sus pala-
bras (Lc. 22:15). Él vino precisamente con esta misión:
dar su vida por nosotros. Cada vez que los israelitas
celebraban la pascua, cada vez que inmolaban un cor-
dero en ese día, apuntaban al cordero sin mancha que
es Jesús. Y este día, en ese aposento prestado, el Señor
establece un nuevo pacto fundado en su sacrificio úni-
co, perfecto y permanente.
No habrá en toda la historia otra celebración igual a
esa, hasta que Cristo venga de nuevo. Este momento
íntimo de Jesús con sus discípulos se repetirá solo
hasta que todo el pueblo de Dios esté con Jesús en la
mesa para celebrar las bodas del cordero. Y qué alegría
debe ser para nosotros ver las maneras en que Dios
bendice lo que nosotros ponemos a su disposición.
III. La presencia de Jesús bendice ese lugar
“Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban
Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolo-
mé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Ju-
das hermano de Jacobo” (Hech. 1:13).
El dueño de aquella casa nunca se imaginó la trascen-
dencia de aquella celebración. De allí en adelante, mi-
llones de cristianos se reunirían para celebrar lo que
ocurrió en esa ocasión en aquel aposento alto. ¿Se
imagina usted lo que el Señor puede hacer con usted y
con lo que él mismo le ha dado para avanzar su reino
aquí en la tierra? ¿Qué tan dispuesto ha estado para
decirle sí a Jesús, cuando escuchamos de algo que te-
nemos: “el Señor lo necesita”?
Y hay algo que no debemos olvidar. La acción del due-
ño de aquella cosa no fue algo ocasional. Él puso su
casa al servicio del Señor aun cuando el peligro seguía
existiendo. Es allí donde los discípulos se esconden
después de la crucifixión de Jesús. Es en ese lugar
adonde se elige a Matías como apóstol en lugar de Ju-
das. Es allí donde los seguidores de Jesús esperan el
derramamiento del Espíritu Santo. Es en ese mismo
lugar adonde Pedro regresa después de ser liberado de
la prisión.
¿Coincidencia? No. Nada es fortuito en la obra del Se-
ñor. Lo importante es estar dispuestos y disponibles
cuando el Señor, pregunte, dónde está lo que él quiere
usar para sus propósitos. Y, entonces, en sus manos,
él lo bendecirá y lo usará de una forma que ni siquiera
imaginamos. Ponte en las manos del maestro, y deja
que sea él quien ponga su firma en la obra que él reali-
za a través de ti.
Viernes Santo
¿Quién mató a Jesús?
Lucas 23:26-49
Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del cri-
men. Aunque dudo que lo haga, una “buena” razón se-
ría para borrar algún rastro, o buscar echarle la culpa a
alguien más. Quienes sí visitan la escena son los exper-
tos encargados de aclarar los hechos, establecer el mó-
vil y dar con el asesino. Ellos intentan encontrar algún
rastro que sea de utilidad para resolver el caso.
Un caso famoso es el de Thomas Jennings ocurrido en
Chicago en 1910. Era un criminal que estaba en liber-
tad bajo palabra, y fue el primer asesino en ser descu-
bierto a través de sus huellas digitales. Jennings había
entrado a robar en una casa donde una pareja dormía,
y al ser descubierto por el esposo, forcejeó, y disparó
contra él, quitándole la vida. Cuando la policía lo en-
contró obviamente negó que tuviera que ver algo. Pero
en el portón recién pintado, habían quedado sus hue-
llas bastante nítidas, y la policía de Chicago usó por
primera vez esta técnica para inculpar a un asesino.
El día de hoy vamos a ir a la escena de un crimen bas-
tante conocido. No hay lugar del mundo donde en este
día no se hable de este caso. Y dado que existen relatos
extensos, testigos presenciales, posibles culpables, y
distintos móviles, vamos a acercarnos a este caso con
esta pregunta: ¿Quién mató realmente a Jesús? ¿Quién
es el culpable de acabar con la vida del Hijo de Dios?
¿Quién cometió tal villanía de darle muerte al único ser
perfecto que ha existido sobre la tierra?
Vamos, pues, a examinar de cerca los relatos existen-
tes, a buscar cualquier indicio o pista que nos permita
dar con el o los asesinos de Jesús. ¿Quién es el culpa-
ble de la muerte del Hijo de Dios? Hay siete posibles
candidatos.
1. Judas Iscariote
Él es el candidato más obvio. Su nombre hasta nues-
tros días es sinónimo de traición. En la forma en que
Mateo lo presenta, es él quien toma la iniciativa de ir a
los principales sacerdotes con una oferta que éstos no
podían rechazar: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo en-
tregaré?” (Mt 26:15). Al convenir en el precio, Judas en-
contró la oportunidad para entregar a Jesús después
de la Santa Cena (Mt. 26:47-48).
¿Qué fue lo que motivó a Judas a entregar a su Maes-
tro? Por el retrato que los evangelios nos presentan to-
do apunta a que fue la codicia lo que llevó a Judas a
hacerlo. Él era el tesorero del grupo y no vacilaba en
extraer dinero de los fondos (Jn 12:6). Al aceptar las
treinta monedas que los sacerdotes le ofrecieron, nos
damos cuenta que su lealtad a Jesús tenía un precio. Y
llegado el momento no vaciló en traicionar a Jesús.
Hay quienes intentan limpiar la imagen de Judas de
distintas formas. Al fin y al cabo, si Jesús tenía que
morir, alguien tenía que hacer el trabajo sucio. Un
evangelio apócrifo antiguo sugiere que fue Jesús mis-
mo quien le pidió que lo traicionara. Un evangelio apó-
crifo modernos afirma que no fue Judas quien traicio-
nó a Jesús, sino Jesús quien traicionó a Judas, al no
cumplirle la promesa de introducir un nuevo reino.
Una pregunta que mucha gente se hace es por qué se le
considera culpable si su traición ya estaba profetizada
y él simplemente cumplió el plan de Dios (Mt 26:24,
Hch. 1:16). Pero nada de esto le quita la responsabili-
dad. Judas Iscariote carga con la responsabilidad por-
que él fue quien tomó la decisión de hacerlo. Y cómo
Jesús dice: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del
Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no
haber nacido” (Mc 14:21).
Para nosotros, el final de la vida de Judas nos recuerda
el peligro de ser desleales a Cristo. ¿Cuánto cuesta
nuestra fidelidad a Cristo? Si la codicia, o cualquier
otra cosa, puede comprometer nuestra devoción al Se-
ñor, estamos en un peligro terrible y no tendremos es-
capatoria si cometemos un error tan grave.
2. Los sacerdotes y líderes judíos
Si nos atenemos a la evidencia, los principales sacerdo-
tes juegan un papel crucial en la muerte de Jesús. Des-
de tiempo atrás andaban en busca de una oportunidad
para prender a Jesús y aprovecharon el momento en
que Judas les ofreció entregarlo (Mt. 26:3-5, 15). Fue-
ron ellos quienes decidieron que la única manera de
frenar el problema que Jesús les representaba era dán-
dole muerte (Mt. 27:1). Ellos persuadieron a la multi-
tud para que Pilato soltase a Barrabás y no a Jesús (Mt.
27:20). Fueron ellos quienes pidieron la pena de la cru-
cifixión como castigo para Jesús (Juan 19:6). Y mien-
tras Jesús estaba crucificado, aprovecharon para bur-
larse de él (Mt. 27:41-42).
La Biblia no oculta la responsabilidad de los sacerdo-
tes en la muerte de Jesús (Hch. 4:10). ¿Cuál fue la ra-
zón que ellos tenían para eliminar a Jesús? Es Poncio
Pilato quien resume el móvil de los sacerdotes:
“Porque sabía que por envidia le habían entregado” Mt.
27:18). Jesús representaba una amenaza para su posi-
ción, autoridad y prestigio. Él los dejó en evidencia en
varias ocasiones y la tachó de hipócritas, falsos maes-
tros, y fuera de sintonía con el corazón de Dios. Su en-
vidia era tanta que no vacilaron en utilizar los recursos
del templo para maquinar en contra del Hijo de Dios.
3. Poncio Pilato
El Credo de los apóstoles menciona a Poncio Pilato co-
mo una figura clave en la muerte de Jesús. El procura-
dor romano jugó un papel central en el juicio de Jesús.
Y algo que los evangelios destacan es que para este re-
presentante de la ley, Jesús era inocente: “Y Pilato dijo
a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito
hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Pilato intentó de va-
rias maneras lavarse las manos en este juicio injusto
de Jesús. Intentó transferirlo al rey Herodes (Lc. 23:6-
7), recurrió a azotarlo como una medida que creía sufi-
ciente (Lc. 23:26), intentó soltarlo utilizando la costum-
bre de liberar a un preso durante la fiesta (27:17).
¿Cómo puede ser que un juez convencido plenamente
de la inocencia de un acusado, decida finalmente con-
denarlo a muerte? La explicación más sencilla es que lo
hizo por cobardía. Lo que estaba en juego era su pues-
to, y cuando le insinuaron que podía meterse en pro-
blemas con el César simplemente tomó la salida más
fácil. ¿Le suena familiar? El llamado de Cristo es radi-
cal y para quienes, por temor o cobardía, deciden nos
seguirlo, la fe cristiana definitivamente no es para
ellos.
4. El pueblo judío
¿Podemos realmente incluir dentro de los responsables
de la muerte de Jesús al pueblo judío? Los apóstoles
no tenían duda de esto. Al predicarles el evangelio ,
Pedro dice: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa
de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificas-
teis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hech. 2:36). Ellos
mismos confiesan su participación y se sentencian a sí
mismos: “Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su san-
gre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mt
27:26). Por eso el evangelio de Juan dice que a los su-
yo vino, y los suyos no le recibieron.
¿Cuál fue la razón por la que los judíos se confabula-
ron en la muerte de Jesús? Hay muchas razones, pero
Pedro nos da una muy importante: “Mas ahora, herma-
nos, sé que por ignorancia lo habéis hecho” (Hch. 3:17).
El propio Jesús dijo que no sabían lo que hacen, aun-
que claro, esto no los exime de responsabilidad. El pue-
blo no pudo reconocer que Jesús era el mesías enviado
de Dios. Esperaban un libertador guerrero que expulsa-
ra a los romanos. Y como Jesús no se levantó en ar-
mas, ellos mismos pidieron que el gobierno de Roma
acabara con su vida. ¡Qué triste que quienes se decían
enemigos de Roma, se alíen con el imperio para acabar
con la vida del Mesías de Israel!
5. Los soldados romanos
Las huellas digitales de los soldados romanos se en-
cuentran por todas partes en el relato de la muerte de
Jesús. El más incriminatorio se encuentra en Juan 19:
23 que dice: “Cuando los soldados hubieron crucifica-
do a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro
partes, una para cada soldado”. Los soldados romanos
fueron los encargados de la ejecución de Jesús, y en su
defensa puede decirse que estaban haciendo su traba-
jo. Uno de ellos, incluso se encargó de verificar que Je-
sús estuviera muerto, y al confirmarlo, abrió su costa-
do con una lanza (Juan 19:23).
Sin embargo, el trato que le dieron a Jesús no fue nada
compasivo. Cuando Pilato les entregó a Jesús, el relato
de Mateo describe la manera cruel con la que trataron
a Jesús (Mateo 27:27-31). Nada de esto era necesario.
Las burlas y el maltrato al que sometieron a Jesús, es
un ejemplo de la bajeza humana. Y, con todo, al ser
testigos presenciales del evento más grande de la re-
dención humana, ellos tuvieron también la oportuni-
dad de recibir los beneficios de la muerte de Cristo: “El
centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús,
visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas,
temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente
este era Hijo de Dios” (Mateo 27:54)
6. Dios, el Padre
En los evangelios es evidente que Jesús muere debido a
la maldad humana. Los actores que hasta ahora hemos
visto no pueden eludir su responsabilidad, pero de
acuerdo a los apóstoles, la muerte de Jesús ocurrió de
acuerdo al propósito divino. Como dice en Hecho 2:22,
“a este, entregado por el determinado consejo y antici-
pado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis
por manos de inicuos, crucificándole”. Y esto lleva a
algunos a sugerir que es Dios mismo el responsable de
la muerte de su Hijo.
No es nuestra intención afirmar tal cosa. Sin embargo,
hay personas que sí lo piensan y es bueno preguntarse
por qué. La razón es que ese era el plan divino, y no
podía ser de otra forma. Fue anunciado de antemano
por los profetas y Cristo mismo dijo varias veces que
su muerte era necesaria, y que esa era la razón de su
venida a este mundo. Incluso, Jesús mismo dice que
entregó su vida de manera voluntaria. “ Nadie me la
quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:18).
Pero por otro lado, las Escrituras también afirman que
fue Dios mismo quien dio a su Hijo unigénito. “El que
no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él
todas las cosas?", pregunta el apóstol Pablo. Desde el
punto de vista divino, la muerte de Cristo era necesaria
para nuestra redención. Y es el propio Padre, quien en-
trega a su Hijo en nuestro lugar, y Jesús acepta volun-
tariamente hacer ese sacrificio.
¿Qué motivó a entregar a su Hijo a esta muerte tan
cruel? Fue su amor, como cantamos muchas veces en
un día como éste. No es Judas por codicia, no son los
sacerdotes por envidia, no es Pilato por cobardía, no
son los judíos por ignorancia, no son los soldados por
cumplir su responsabilidad, sino el amor del Padre el
que permitió que la maldad de estas personas los lle-
vara a cometer esta atrocidad. Como dice un autor in-
glés: “En el nivel humano, Judas lo entregó a los sacer-
dotes, quienes lo entregaron a Pilato, quien a su vez lo
entregó a los soldados, quienes lo crucificaron. Pero en
el nivel divino, fue el Padre quien lo entregó, y Jesús se
entregó a sí mismo para morir por nosotros.”
Esto no le quita la responsabilidad a quienes participa-
ron en la muerte del Hijo de Dios. Esa es la forma en
que lo presenta el apóstol Pedro. “Mas ahora, herma-
nos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como tam-
bién vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así
lo que había antes anunciado por boca de todos sus
profetas, que su Cristo había de padecer. Así que,
arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vues-
tros pecados; para que vengan de la presencia del Se-
ñor tiempos de refrigerio” (Hch, 3:17-19).
Aun cuando el pueblo de Israel haya hecho las cosas
por ignorancia al cumplir esta profecía acerca de la
muerte de Cristo, y aun cuando Cristo tenía que sufrir
de acuerdo al plan de Dios, quienes participaron en la
muerte de Jesús eran culpables y tenían que arrepen-
tirse para que el Señor los perdone.
7. El pecado de todos nosotros
Nos asombra el amor del Padre y nos entristece la ac-
ción vil de los responsables de la muerte de Cristo. Pe-
ro, ¿es todo? ¿No hay alguien más que tenga responsa-
bilidad por la muerte de Cristo? Es fácil echarle la cul-
pa a quienes participaron en la muerte de Cristo en el
primer siglo. Pero nosotros no estamos exentos de res-
ponsabilidad. Aquí sí se cumple el dicho que el asesino
regresa a la escena del crimen. Porque es ultimada-
mente el pecado de todos nosotros el que hace necesa-
ria la muerte de Cristo.
Él pudo haber pedido al Padre una legión de ángeles y
ellos hubieran impedido su muerte. Pero era necesario
que Cristo padeciera en la cruz en nuestro lugar para
que nosotros pudiéramos alcanzar la salvación. De he-
cho, cuando nosotros pecamos es como si estuviéra-
mos crucificando de nuevo al Hijo de Dios, dice en He-
breos 6:6. Como dice un canto muy conocido:
Si hubiera estado allí, entre la multitud que tu
muerte pidió, que te crucificó
Lo tengo que admitir, hubiera yo también cla-
vado en esa cruz tus manos, mi Jesús
Si hubiera estado allí, pensándolo más bien
también yo estaba allí
Yo fui el que te escupió y tu costado hirió”.
No podemos lavarnos las manos, pues nuestras hue-
llas se encuentran impresas en el calvario. Pero lo más
maravilloso es que ahora podemos decir: “Con Cristo
estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive
Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en
la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí
mismo por mí”.
Domingo de resurrección
La pregunta última de Jesús
Juan 21:15-19
“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro:
Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?” (Juan
21:15).
Una sola pregunta. ¿Qué sentirías si eso es todo lo que
hay en un examen final, no solo de una materia o de
un semestre, sino de toda una carrera? ¿Cómo reaccio-
narías si supieras que de la respuesta a esa pregunta
depende tu futuro, tu destino? No sé si te parezca algo
descabellado o inadmisible. Al fin y al cabo, ¿a quién se
le ocurriría poner todo un tiempo de aprendizaje, un
período largo de prácticas y el futuro mismo de una
empresa en la respuesta a una sola pregunta? Hay al-
guien que sí lo hace: se trata de Jesús. Una pregunta es
todo lo que hay en el cuestionario que él le tiene pre-
parado a uno de sus discípulos.
No se trata de una pregunta acerca de una doctrina o
acerca del Credo. Tampoco tiene que ver con qué tanto
conoce de geografía bíblica o de los personajes de la
Biblia. Estas preguntas pueden ser importantes, pero
no para este momento tan especial. Por eso, vale la pe-
na averiguar qué es lo que a Jesús le interesa indagar
en un seguidor suyo. ¿Qué buscaría Jesús encontrar en
el corazón de una persona que dice creer en él si tuvie-
ra la oportunidad de cuestionarlo?
Para responder vamos a reflexionar en un incidente al
final de los días de Jesús aquí en la tierra después de
la resurrección. La persona a la que él confronta es al
apóstol Pedro, el apóstol designado para predicar en el
día de Pentecostés. Pero las últimas acciones de Pedro
no parecen estar en sintonía con los planes que Cristo
tiene para él. En lugar de estar orando por la unción
divina, preparando su sermón o animando a los herma-
nos, Pedro ha decidido volver a su antiguo oficio. Su
llamado a ser pescador de hombres está en riesgo, al
tomar de nuevo las redes y regresar al mar.
Por eso Cristo busca de nuevo a este discípulo en parti-
cular. Es una escena muy parecida a la del momento en
el que le hizo el llamamiento a ser pescador de hom-
bres (Lucas 5:1-11). Toda la noche habían intentado
pescar algo y no habían conseguido nada. Cuando Je-
sús aparece, los dirige a una pesca milagrosa. Y Pedro,
al ver que es el Señor, se acerca a Jesús, como si no hu-
biese pasado nada. Como si fallarle al Señor, negar su
nombre, abandonar su puesto, fueran detalles meno-
res, cosas que el Señor puede pasar por alto, sin nece-
sidad del arrepentimiento y la confesión.
Pero no es así. Y después de haber terminado el desa-
yuno que Jesús mismo había preparado, comienza uno
de los diálogos más conmovedores de la Biblia. Jesús
tiene una pregunta, solo una, para su discípulo más
impulsivo: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que
estos?”. Es la última pregunta de Jesús a Pedro, pero es
también la más importante, para él y para nosotros.
Veamos que encierra esta pregunta.
I. Es una pregunta personal.
“Simón, hijo de Jonás (v. 15)
El Señor hace tres veces la misma pregunta, y en las
tres ocasiones, indica a quién se dirige: a Simón, hijo de
Jonás. Dios nos conoce por nombre. Él nos llama por
nuestro nombre. No hay equivocaciones en el libro de
la vida. No hay peligro de que una letra vaya a estar
equivocada, o que el sistema no registre correctamente
algún dato importante.
Como en cualquier examen, en que se requiere el nom-
bre completo, Jesús se dirige a Pedro por la forma de
identificar a una persona. Indicando el nombre del pa-
dre de la persona, la familia de la cual procede. Simón,
hijo de Jonás. Entre los discípulos había otro discípulo
que se llamaba Simón, pero no era a él a quien Cristo
se dirigía.
Lo que más llama la atención, y lo que más debe haber-
le dolido a Pedro es que Cristo use el nombre que tenía
antes de ser discípulo del Señor. El nombre que le re-
cuerda su antigua vida, sin aspiraciones ni significado.
Fue Jesús mismo quien le cambió el nombre de Simón
a Pedro (Mc 3:16), pero ahora, se dirige a él como Si-
món, porque eso es lo que está pasando. Pedro está
actuando como cuando era Simón. Una llamada de
atención para nosotros que a veces podemos compor-
tarnos como lo que éramos antes de conocer a Cristo.
II. Es una pregunta íntima
“¿Me amas? (v. 15)
Una pregunta así la repiten los enamorados con fre-
cuencia. Y, en ocasiones, la hace un esposo o esposa
que ve cómo su matrimonio se ha enfriado. También la
hace a menudo padres e hijos, pero, ¿de Jesús a uno de
sus discípulos? ¿Y la última y única pregunta que le
hace en este reencuentro?
Es una pregunta bastante íntima que puede sonar un
tanto extraña a quienes se han imaginado a Jesús co-
mo una persona distante y desinteresada. Puede tam-
bién confundir a aquellos que han hecho de la fe cris-
tiana el asentimiento a un conjunto de dogmas o la
obediencia a una serie de reglas y que no han experi-
mentado una relación personal con Jesucristo.
La pregunta de Jesús a Pedro puede incluso tomar des-
prevenidos a muchos creyentes fieles, que se congre-
gan de manera regular, le sirven de manera desprendi-
da, pero que no están preparados para permitir que el
Señor hurgue en sus verdaderas motivaciones para ha-
cer lo que hacen. Sentimos que el corazón nuestro es
un terreno bastante privado incluso para aquel que lo
conoce mejor que nosotros mismos. Pero no podemos
pasar toda la vida evadiendo a Jesús. Todos necesita-
mos en algún momento que Jesús nos haga un alto en
el camino, se siente a nuestro lado, y nos pregunte:
¿Me amas? Esa fue la última pregunta de Jesús a Pedro,
pero es también la pregunta última para todos aque-
llos que se dicen sus seguidores
III. Una pregunta reveladora
“Me amas más que estos” (v. 15).
Es una pregunta que revela cuáles son nuestras priori-
dades o nuestros intereses. Aunque la frase se puede
traducir también “más que a éstos” (a los discípulos o
a lo peces), en cualquier caso, lo que el Señor quiere
saber es qué tan grande es nuestro amor por él. Él le
dijo a sus discípulos: El que ama a padre o madre más
que a mí, no es digno de mí (Mt. 10:37). Cristo debe ser
la máxima prioridad de nuestra vida, y nuestro amor
por él no debe quedar en un sentimiento superficial.
Para nosotros que contamos con tantas distracciones,
mucho entretenimiento, proyectos de vida, es impor-
tante que tomemos en serio esta pregunta. Nuestro
amor por el Señor debe estar por encima de nuestro
trabajo, de nuestros amigos, de nuestra familia.
III. Una pregunta determinante
“Apacienta mis corderos” (v. 15).
¿No le parece maravillosa la manera en que Jesús res-
taura a este apóstol caído? ¿Quién le daría una segun-
da oportunidad a una persona tan impetuosa y voluble
como Pedro? ¿Quién le confiaría un ministerio tan deli-
cado y un evento tan importante como el del Pentecos-
tés? Solo Cristo puede hacerlo.
Pedro entendió bien la lección. Después que el Señor le
preguntara la tercera vez si le ama, con el corazón ape-
sadumbrado, él respondió, Señor tú lo sabes todo, tú
sabes que te amo. Con esto, Pedro quería decir que el
sabe que le he fallado, le ha negado, que no podemos
esconder nuestras faltas delante de él.
No hay nada tan terrible como fallarle al Señor que tan-
to bien nos ha hecho, pero de la misma forma, no hay
nada tan maravilloso como ser restaurado por él a la
comunión con Dios. Por eso, el llamado del Dios es que
no te pierdas de la bendita experiencia de responderle
al Señor con tu deseo de seguirle de una manera fresca
y renovada. Siempre encontrarás un lugar donde mi-
nistrar a otros que como tú, necesitan de su gracia.